Libro N° 9616. Herr Vogt. Marx, Karl.
© Libro N° 9616. Herr Vogt. Marx, Karl. Emancipación. Febrero 19
de 2022.
Título original: © Herr Vogt. Karl Marx
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Original: © Herr Vogt. Karl Marx
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Miranda
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HERR VOGT
Karl Marx
Herr Vogt
Karl Marx
Karl Heinrich Marx, Herr Vogt.
El presente libro es una transcripción de: Carlos
Marx, Herr Vogt, publicada en 1947 por la desaparecida editorial Lautaro de
Buenos Aires, en traducción directa del alemán por Gabriela Moner.
Digitalizado por Pedro Silvio Vivono para el
Marxists Internet Archive. 2014.
Este y otros textos clásicos del marxismo se pueden
consultar libremente en http://www.marxists.org
|Solapa|*
Con la edición castellana de este libro, que
Federico Engels estimaba como el mejor trabajo polémico de Marx, llegándolo
hasta a considerar como superior al 18 Brumario, presenta EDITORIAL LAUTARO la
única “obra de grandes proporciones” del genial fundador del socialismo
científico que aún permanecía inédita en castellano.
Vogt, que se vio obligado a emigrar a Suiza por sus
ideas liberales, y luego de una serie de acontecimientos que agudamente analiza
Marx, se convierte en espía y agente provocador al servicio de Napoleón III y
su camarilla.
En este extraordinario libro polémico, Marx no sólo
desenmascara las actividades de Vogt, sino que se detiene a estudiar un
importante período de la historia de Europa: el de la formación de las
nacionalidades y las consiguientes luchas políticas.
A. M.
EDITORIAL LAUTARO
J. E. URIBURU 1225 – BS. AIRES
_______________________________
* Los
números entre | | indican la paginación de la edición de Editorial Lautaro de
1947. (N. de marxists.org)
|9|
ADVERTENCIA
Con la edición castellana de este libro, que
Federico Engels estimaba como el mejor trabajo polémico de Carlos Marx,
llegándolo hasta a considerar como superior al 18 Brumario, presenta EDITORIAL
LAUTARO la única “obra de grandes proporciones” del genial fundador del
socialismo científico que aún permanecía inédita en nuestro idioma.
Desde su aparición en 1860, editado en Londres,
constituyó siempre una de las obras de más difícil adquisición, puesto que
fueron bien pocos los ejemplares que lograron llegar al continente y sobre todo
a Alemania donde su importancia política era mayor.
Franz Mehring, aun cuando no alcanzó a entender el
verdadero significado y alcance político de HERR VOGT, quedó deslumbrado por
sus méritos intrínsecamente literarios, y si bien no se decidió a reeditar el
libro, cuando su falta se hacía sentir en la bibliografía marxista, le dedicó
en reiteradas oportunidades estudios más o menos extensos, aunque no
exhaustivos.
En el cuarto tomo de las Obras póstumas de Carlos
Marx, Federico Engels y Fernando Lasalle, “Cartas de Fernando Lasalle dirigidas
a Carlos Marx y Federico Engels”, Mehring dedica una veintena de páginas a la
explicación del “caso Vogt”, pues es ése el motivo de muchas de las cartas
cambiadas por Lasalle con Marx durante ese período. Es esta recopilación y
explicación la que durante mucho tiempo ha estado al alcance del gran público,
pues la edición original de HERR VOGT, ya |10| había pasado a ser una rareza
bibliográfica. Pero desgraciadamente también esa fuente desapareció, pues el
tomo antes mencionado fue retirado para ser substituido por otro: Escritos y
Cartas póstumas de Lasalle, publicadas en 1922 por Gustav Mayer.
Otras interesantes referencias al caso Vogt
aparecen en la biografía de Marx por Franz Mehring, y en el cuadernillo
dedicado a G. Liebknecht por Kurt Eisner. Como curiosidad también podría ser
citado el Nº 12 de “Neuen Zeit” (1912) en que Mehring trata del intercambio
epistolar entre Marx y Freiligrath.
*
¿Quién era este Señor Vogt, a quien Marx dedica
toda una obra, contra quien inicia un proceso, y acerca de cuyas actividades
tanto nos tiene que decir en su correspondencia?
Karl Vogt nació en 1817; célebre por sus
conocimientos científicos, ejerció decidida influencia sobre amplios círculos
donde predominaba el materialismo mecanicista o naturalista de aquella época,
viose obligado por sus ideas liberales a emigrar a Suiza en 1849. El conflicto,
cada vez más agudo entre Francia y Austria, llevó a tomar posiciones a la
democracia alemana. Vogt tomó la suya cerca de Napoleón; son sus vinculaciones
con el hermano del Emperador, Plon-Plon, seudomecenas, las que agudamente fustiga
Marx. Este es en pocas palabras el nudo de la cuestión que
con tanto brillo, con tanta gracia, y con
dialéctica incomparable, desarrolla Marx a lo largo de centenares de páginas
que se leen en forma apasionante.
Muchas son las razones que justifican la reedición
de HERR VOGT, para que en lo sucesivo pueda extraerse de la obra misma toda la
información digna de ser conocida. Esta información en modo alguno se limita
tan sólo al asunto Vogt, pues trasciende ampliamente al mismo: aparte de las
informaciones de la obra, ofrece también el placer de leer un producto
igualmente magistral, tanto en su faz científica como estética…
|11|
|12| Si bien Lasalle en su carta del 19 de enero de
1861 considera, entre otras cosas, que Marx había sabido plantear con “una
extraordinaria evidencia la prueba interna” de la venalidad de Vogt, es preciso
añadir también que precisamente las partes principales de esas pruebas
constituyen un brillante capítulo de la política europea correspondiente sobre
todo a la década que media entre 1850 y 1860. El análisis de la persona y de la
política de Napoleón III, combinado con las características de las tendencias
de Vogt, acabaron finalmente por convencer a Lasalle, de que Vogt había sido
sobornado por Bonaparte. Efectivamente, al morir éste se encontró entre sus
documentos —que el nuevo gobierno no tardó en publicar— un recibo firmado por
Vogt, por la suma de 40.000 francos que le habían sido entregados y provenían
de los fondos secretos de Napoleón. Engels aprovechó esta circunstancia para
hacer publicar en el Volkstaat del 10 de mayo de 1871, un pequeño epílogo a la
obra de Marx titulado “Una vez más el Sr. Vogt”. Este artículo fue impreso en
el folleto Internationales aus dem Volkstaat, publicado por Engels en 1894 [que
aparece en esta edición como apéndice]. Engels advierte en el prólogo que dicho
artículo constituye “el final de esa polémica sobre la guerra de Italia,
llevada a cabo entre 1859 y 1860, sostenida entre aquel falso naturalista y
republicano, pero legítimo bonapartista, vulgarmente liberal y fabricante de
libros, y Carlos Marx”. Este artículo terminó por adjudicar en forma definitiva
al señor Vogt el carácter de agente pagado por Bonaparte, circunstancia ésta
que Marx lógicamente sólo pudo demostrar en su HERR VOGT, publicado en 1860,
disponiendo de “pruebas indirectas”.
Interesante es comprobar también que en la
biografía de su padre publicada por Guillermo Vogt: La vie d’un homme, Carl
Vogt (1896) trata el viejo tema de tal manera que no hace sino confirmar la
culpabilidad del mismo, aunque discurre extensamente sobre el asunto escamotea
la mención de HERR VOGT, no perdiendo la oportunidad de referirse a Loyola-Marx
y a Robespierre-Liebknecht. La nota necrológica aparecida en el Vorwärts,
cuando la muerte de Vogt, suscitó también un pequeño incidente, acerca de cuyas
características no nos detendremos.
|13|
Una página de la edición original.
|14|
También en este libro, se advierten “las
investigaciones de Marx con respecto al complejo de problemas que presenta la
política europea hasta el año 1860, y sobre todo el de las nacionalidades, que
resultan de un extraordinario interés. Aun cuando se trata del producto de
cuidadosos estudios, todo esto puede parecer secundario en medio de este
fárrago de falsificaciones, tergiversaciones y malentendidos. Marx no pudo
evitar que la desgracia se convirtiera en cualidad y que de su poco menos que
efímera polémica naciera una objetiva obra histórica. Y como suele ocurrir en
él con tanta frecuencia, también aquí se destaca en forma admirable aparte de
lo positivo, y de los resultados obtenidos, el método de su pensamiento”.
*
La presente edición de HERR VOGT, está hecha sobre
la reproducción fotográfica de la original, publicada por Verlag von Rudolf
Liebing (L. Franz & Co.), Leipzig, 1927.
AGUSTÍN MENDOZA.
|15|
PRÓLOGO
Con fecha “Londres, 6 de febrero de 1860” publiqué
en el Volkszeitung de Berlín, en el Reform de Hamburgo, y otros diarios de
Alemania, una aclaración que comenzaba con las siguientes palabras:
“Con esto denuncio haber dado los pasos
preliminares para llevar ante los tribunales una acusación de calumnia contra
el National-Zeitung de Berlín, con motivo de la aparición de los artículos de
fondo Nº 37 y 41, referentes al panfleto de Vogt intitulado: Mi proceso contra
el Allgemeine Zeitung. Reservo para más adelante mi respuesta literaria a Vogt.
La razón por la cual resolví responder
literariamente a Carlos Vogt y judicialmente al National-Zeitung, quedará
demostrado en las páginas siguientes.
En el mes de febrero de 1860 llevé a los Tribunales
mi acusación por calumnia contra el National-Zeitung. Después que el proceso
pasó por cuatro instancias provisorias, se me comunicó el 23 de octubre la
resolución tomada por el Real Tribunal Superior Prusiano, según la cual se me
negaba el derecho de recurrir a la última instancia, quedando por lo tanto
anulado el proceso aún antes de iniciarse el debate público. Si, según me era
dado esperar, hubiera llegado a esta última instancia, yo me habría podido ahorrar
el primer tercio de la presente obra. Hubiera bastado una simple |16| copia del
informe estenográfico referente a las vistas de las causas, para librarme con
ello del desagradabilísimo trabajo que supone el contestar a acusaciones hechas
a mi persona, o sea, hablar de mí mismo. Siempre he puesto tanto cuidado en
eludir esto, que en efecto, Vogt podría tener motivos para abrigar la esperanza
de lograr algún éxito con sus mentiras. Sin embargo sunt cetti denique fines.
La chapucería de Vogt, resumida a su manera por el National-Zeitung, me acusaba
de haber cometido una serie de acciones infamantes, las que ahora, después de
haberme sido interdicta definitivamente la refutación pública y judicial,
exigen una refutación literaria. Pero, aparte de este motivo que no me deja
elección posible, yo tenía también otros, ya que era preciso darme por aludido,
para tratar más detalladamente las historias cinegéticas de Vogt, referentes a
mí y a mis correligionarios. Por un lado el casi unánime griterío triunfal con que
la llamada “prensa liberal” alemana recibió sus supuestas revelaciones, por el
otro, la oportunidad ofrecida por el análisis de aquella chapucería, para
establecer las características de aquel individuo que representaba toda una
tendencia.
Mi respuesta a Vogt me obligó a revelar de cuando
en cuando alguna “partie honteuse” de la historia de la emigración. Con ello
tan sólo hago uso del derecho de defensa propia. Por lo demás, a excepción de
algunas pocas personas, únicamente puede reprochársele ilusiones a la
emigración, ilusiones éstas que, teniendo en cuenta las condiciones de la
época, resultaban más o menos justificadas y tonterías que necesariamente
tenían que surgir, debido a la situación a que la emigración se veía abocada en
forma inesperada. Al decir esto, lógicamente me refiero solamente a los
primeros años de la emigración. De la comparación de la historia de los
gobiernos y de
la sociedad burguesa que regía aproximadamente
entre los |17| años de 1849 y 1859, con la historia contemporánea de la
emigración, resultaría la apología más brillante que podría escribirse con
respecto a esta última.
Sé de antemano que aquellos mismos sabihondos
caballeros que habían meneado gravemente sus cabezas ante la importancia de las
“revelaciones” aparecidas en el “bodrio” de Vogt, no podrán comprender ahora
cómo es posible que yo malgaste mi tiempo en la refutación de semejantes
niñerías, mientras aquellos chupatintas “liberales”, que con maliciosa alegría
se apresuraron a transmitir las torpes infamias y absurdas mentiras de Vogt a
toda la prensa alemana, suiza, francesa y americana, encontrarán sin duda reprochable
y chocante mi manera de pedirles cuentas a ellos y a su héroe. ¡But never mind!
Ni la parte política, como tampoco la parte
jurídica de esta obra, requieren un prólogo especial. Para evitar posibles
malentendidos, quiero anotar tan sólo esto: por parte de hombres que ya antes
del año 1848 estaban de acuerdo en reconocer en la independencia de Polonia,
Hungría e Italia, no sólo un derecho de estos países, sino también una ventaja
para Alemania y Europa, fueron expuestas opiniones muy dispares con respecto a
la táctica que Alemania habría de emplear en ocasión de producirse la guerra
que Luis Bonaparte llevó a cabo contra Italia en el año 1859. Este contraste de
opiniones nacía de juicios encontrados sobre las verdaderas suposiciones, a las
que recién habrían de juzgar los tiempos venideros. Yo, por mi parte, me ocupo
en esta obra únicamente de las opiniones de Vogt y de su círculo. Hasta la
opinión que pretendía defender y a la que representaba en la imaginación de un
grupo de faltos de criterio, excede en efecto los límites de mi crítica. Yo me
ocupo de las opiniones que realmente representaba.
|18| Por último quiero expresar mi sincero
agradecimiento por la desinteresada ayuda que me fue brindada durante la
redacción de este escrito, no sólo por parte de todos los amigos y
correligionarios, sino por muchas personas anteriormente ajenas a mí y en parte
también, por miembros de la emigración residente en Suiza, Francia e
Inglaterra, a los que hasta la fecha no he tenido oportunidad de conocer.
Londres, 17 de noviembre de 1860.
Carlos Marx.
|19|
CAPÍTULO I. LA BANDA DE AZUFRE
Clarín: Malas pastillas gasta;
hase untado
Con ungüento de azufre.
(Calderón).1
La naturaleza redondeada, según denominara el
abogado Hermann con suma espiritualidad a su esférico cliente, el heredero Vogt
de Nichilburg, delante del tribunal del partido de Augsburgo, inicia su absurda
falsificación histórica de la siguiente manera:
“Con el nombre de la Banda de Azufre, o también
bajo el no menos característico de los Bürstenheimer, se conocía entre los
exilados de 1848 a cierto grupo de personas que, diseminadas al principio en
Suiza, Francia e Inglaterra, fueron reuniéndose paulatinamente en Londres,
donde veneraban al señor Marx en calidad de evidente caudillo. El principio
político de estos sujetos era la dictadura del proletariado, etc.”, (Pág. 136,
Carlos Vogt, Mi proceso contra el Allgemeine Zeitung. Ginebra, Diciembre de 1859).
El Hauptbuch [Libro Mayor] en el que puede leerse este importante comunicado,
apareció |20| en el mes de diciembre del año 1859. No obstante, en mayo del
mismo año, es decir ocho meses antes, “la naturaleza redondeada” había
publicado un artículo en el Handelscourier —[El Correo Comercial]— de Biel,
artículo éste que debe considerarse como la base sobre la que se funda aquella
amplia falsificación histórica. Veamos el texto original:
“A partir de la derrota sufrida por la revolución
de 1849 —[así exagera el Commis Voyageur de Biel]— poco a poco fue reuniéndose
en Londres un grupo de exilados, a los que en tiempos de la emigración suiza se
les conocía bajo el nombre de Bürstenheimer o Schwefelbande o sea, Banda de
Azufre. (¡ !). Su jefe es Marx, el ex redactor de la “Rheinische Zeitung”
[Gaceta Renana], de Colonia, su consigna: república social y dictadura obrera,
y su ocupación: urdir combinaciones y conspirar” (También esto fue copiado del
Libro Mayor, capítulo tercero, documento N° 1, págs. 31 y 32).
El grupo de exilados “que en tiempos de la
emigración suiza” era conocido por el nombre de Banda de Azufre, se convierte
ocho meses más tarde en una “masa diseminada entre Suiza, Francia e
Inglaterra”, a la que “entre los exilados” generalmente se conocía como Banda
de Azufre. Es la vieja historia de los “almidonados” de Kandal-Green, tan
jocosamente narrada por el arquetipo de Carlos Vogt, el inmortal Sir John
Falstaff, que por cierto, en ésta su reencarnación zoológica, en modo alguno se
ve privado de la materia. Del texto original del Commis Voyageur de Biel se
desprende que tanto los Bürstenheimer como la Banda de Azufre eran engendros
locales suizos. Observemos un poco su historia natural.
1 En
castellano en el texto alemán (N. del t.).
Habiéndome confirmado algunos amigos que en
Ginebra, en efecto, floreció, entre los años 1849 y 1850, una agrupación
llamada Banda de Azufre, informándome al mismo tiempo que un rico comerciante
de la City de Londres, el señor S. L. |21| Borkheim, estaba en condiciones de
proporcionar datos concretos acerca del origen, desarrollo y decadencia de
dicha sociedad genial, me dirigí por carta en 1860 a dicho señor, en aquella
época desconocido para mí, recibiendo, después de un encuentro personal, el
siguiente bosquejo que copio literalmente:
Londres, febrero 12 de 1860.
18, Union Grove, Wanderworth Road.
Estimado señor:
Si bien, a pesar de permanecer durante nueve años
en un mismo país y generalmente también en una misma ciudad, no llegamos a
conocernos personalmente hasta hace tres días, no se equivocaba usted al
suponer que, en su condición de compañero mío en el exilio, yo le negaría la
información requerida.
Pero hablemos de la Banda de Azufre.
En el año 1849, poco después de que nosotros, los
rebeldes, fuésemos expulsados de Baden, se reunieron en Ginebra algunos
hombres, jóvenes que en parte habían sido destinados allí por las autoridades
suizas y en parte habían acudido a esa ciudad por propia elección. Estudiantes,
soldados o comerciantes, todos ellos ya se conocían mutuamente desde Alemania
o, por lo menos, habían trabado relaciones durante la revolución de 1848.
El humor de los fugitivos no resultaba ser
precisamente de color de rosa. Los llamados dirigentes políticos se acusaban
mutuamente de ser culpables del fracaso, los dirigentes militares se criticaban
también mutuamente los pasados movimientos de ofensiva, las marchas de flanco y
retiradas ofensivas; la gente comenzaba a insultarse, llamándose mutuamente
republicanos aburguesados, socialistas o comunistas, |22| llovían volantes que
en modo alguno ejercían una acción tranquilizadora, por todas partes se sospechaba
la presencia de espías y, entretanto, las ropas de la mayoría iban
convirtiéndose en andrajos, y en muchos rostros comenzaban a aparecer las
huellas del hambre. En medio de toda esta miseria, los jóvenes ya mencionados
se mantenían estrechamente unidos. Eran estos:
Eduardo Rosenblum, natural de Odessa e hijo de
padres alemanes; había estudiado medicina en Leipzig, Berlín y París.
Max Cohnheim, de Fráncfort , ex dependiente de
comercio que al estallar la revolución se había alistado como voluntario en las
filas de la guardia de artillería.
Korn, un químico y farmacéutico berlinés.
El ingeniero Becker, oriundo de la región renana. Y
yo mismo que, después de aprobar en 1844 mi examen de bachiller en el Gimnasio
de Werder de Berlín, pasé a Breslavia, Greifswalde y Berlín, sorprendiéndome
finalmente la revolución del 48 en mi ciudad natal Glogovia, donde me
encontraba cumpliendo el servicio militar en el cuerpo de artillería local.
Creo que ninguno de nosotros era mayor de 24 años.
Vivíamos muy cerca los unos de los otros y una temporada hasta la pasamos au
grand pré, habitando todos en una misma casa. En ese pequeño país, que tan
pocas oportunidades nos ofrecía para
ganarnos la vida, nuestra ocupación principal
consistía en no dejarnos vencer por la miseria y el malestar político que
predominaba entre los emigrantes. El clima y la naturaleza resultaban
estupendos. Nosotros no negábamos nuestros antecedentes de habitantes de la
Marca y, expresándonos en nuestro dialecto típico, encontrábamos que la región
era divina. Aquello que uno de nosotros poseía también lo poseían los demás y
cuando ninguno de nosotros tenía nada, |23| siempre encontrábamos a algún
fondero bondadoso u otras personas de buen corazón que sentían placer en
prestarnos algo por nuestras caras jóvenes y llenas de vida. Por lo visto todos
teníamos aspecto de ser muy honrados y atrevidos… Deseo recordar aquí con
agradecimiento a Bertin, el dueño del Café de l’Europe, el que no solo a
nosotros, sino también a muchos otros exilados alemanes, les hacía préstamos
verdaderamente desinteresados. En 1856, tras una ausencia de seis años, estuve
en Ginebra de paso, durante mi viaje de regreso de Crimea, a fin de pagar en
cierto modo mis deudas, con la emoción propia de todo “trotamundos” bien
intencionado. El bueno y gordo de Bertin se mostró sorprendido, asegurándome
que yo era el primero que le proporcionaba esa alegría, pero que no obstante
ello, él en modo alguno lamentaba el hecho de tener pendientes unos diez, o
veinte mil francos, remanentes de las cuentas adeudadas por los exilados, los
cuales hacía ya mucho tiempo se habían dispersado por el mundo entero. Aparte
de las cuestiones referentes a sus cuentas pendientes, se informó también con
sumo interés sobre la vida de mis amigos más íntimos. Desgraciadamente era muy
poco lo que yo podía comunicarle.
Dejando a un lado el inciso precedente, vuelvo a
hablarle del año 1849. Bebíamos y cantábamos despreocupadamente. Recuerdo haber
visto junto a
nuestra mesa a prófugos de todos los matices
políticos, como también a muchos italianos y franceses. Esas noches pasadas en
semejante dulci júbilo eran para todos una especie de oasis en medio del
miserable desierto que resultaba ser la vida de los exilados. También algunos
amigos, que ya por aquel entonces desempeñaban cargos de consejeros en Ginebra
o que más tarde llegaron a ocupar dichos puestos, solían buscar distracción y
descanso en nuestras orgías.
|24| Liebknecht, que ahora reside aquí y al que
durante los últimos nueve años apenas si he podido ver en tres o cuatro
oportunidades gracias a encuentros casuales en la calle, solía muy a menudo
formar parte de nuestro círculo. Estudiantes, doctores, antiguos amigos del
gimnasio y de la Universidad que se encontraban pasando sus vacaciones en
Suiza, bebieron muchos vasos de cerveza en nuestra compañía y también más de
una botella del barato y excelente vino Macon. A veces pasábamos días y hasta
semanas enteras bogando por el lago de Ginebra, sin echar pie a tierra,
cantando trovas y “haciendo la corte”, guitarra en mano, frente a las ventanas
de los chalets situados sobre las márgenes saboyanas y suizas.
No me resisto a mencionar aquí el hecho de que
nuestra sangre estudiantil también solía, de cuando en cuando, buscar expansión
en transgresiones realmente intolerables. El muy bondadoso y ya fallecido
Alberto Galeer, el poderoso enemigo político de Fazy en la burguesía de
Ginebra, solía hacernos objeto entonces de alguna amable prédica moralizadora.
—Sois unos muchachos alocados —decía—, si bien es
cierto que para tener vuestro humor en medio de vuestra mísera vida de
exilados, es preciso no ser débil de cuerpo ni de alma… Para eso hace falta
poseer elasticidad…
Aquel hombre bondadoso sufría cada vez que se veía
obligado a castigarnos duramente. Era consejero mayor del cantón de Ginebra.
En lo que a duelos se refiere, únicamente tengo
conocimiento de uno que se efectuó a pistola entre un señor R…n y yo. Pero las
razones del mismo no fueron políticas. Mi padrino era un artillero ginebrino
que únicamente hablaba francés y el juez era Oscar Galeer, hermano del
consejero mayor, el mismo que, siendo estudiante en Múnich, fue prematuramente
arrebatado por la muerte a consecuencia de una violenta |25| fiebre nerviosa.
Otro duelo, cuyo motivo tampoco era de carácter político, debía tener lugar entre
Rosenblum y un teniente von F…g, prófugo de Baden, el que poco después regresó
a su patria y, según creo, volvió a incorporarse al regenerado ejército
badense. La disidencia fue amigablemente solucionada en la mañana del mismo día
en que debía tener lugar el desafío, gracias a la intervención del señor Engels
que, de acuerdo a mis informes, es la misma persona de la que se dice que se
encuentra ahora en Manchester y a la que no he vuelto a ver desde entonces.
Este señor Engels se hallaba de paso en Ginebra y no fueron pocas las botellas
de vino que bebimos en su grata compañía. Si mal no recuerdo nuestro encuentro
con él nos resultaba siempre muy agradable, ya que nos era dado permitir que su
cartera ejerciera el comando.
No nos uníamos a dirigentes de los llamados
republicanos rojos o azules, como tampoco a socialistas o comunistas. Nos
permitíamos juzgar libre e independientemente —no pretendo afirmar que lo
hacíamos siempre con acierto— las actividades políticas de regentes imperiales,
miembros del Parlamento de Fráncfort y de otras entidades, generales,
revolucionarios, caporales o Dalai-Lamas de comunismo y hasta llegamos a fundar
con éste y otros motivos que nos preocupaban, un semanario intitulado:
RUMMELTIPUFF
Órgano oficial de la Pillocracia [Lausbubokratie]2
Este periódico tan sólo alcanzó a salir hasta el
segundo número. Cuando más adelante se me detuvo en Francia para |26| enviarme
a Inglaterra, la policía francesa se apoderó de mis documentos y diarios y no
puedo recordar claramente si dicho periódico feneció debido a la prohibición
decretada por las autoridades superiores o por falta de recursos.
Los “filisteos” —que militaban en las filas de los
burgueses republicanos y también en las de los obreros comunistas— nos
denominaban La Banda de Azufre. A veces se me ocurre que fuimos nosotros mismos
los que nos habíamos dado ese nombre. Lo cierto es que el mismo se adaptaba
exclusivamente a la sociedad en el amable sentido alemán de la palabra. De la
manera más amigable mantengo relaciones con compañeros en el exilio, amigos del
señor Vogt, y con otros que lo fueron y que probablemente continúan siéndolo
aún. Pero me place no haber encontrado nunca en ninguno de ambos bandos a
alguien que hable con desprecio, ya sea en sentido político o privado, de los
miembros que constituían La Banda de Azufre por mí mencionada.
2 “Si mal
no recuerdo, este título les fue adjudicado a todos los partidos liberales en
una de las cámaras bajas alemanas o en el Parlamento de Fráncfort. Nosotros
haremos todo lo posible por eternizarlo." (Borkheim).
Esta Banda de Azufre es la única de cuya existencia
tengo noticias. Existió en Ginebra entre los años 1848 y 1850. A mediados de
1850 los pocos miembros de esta peligrosa sociedad, con excepción de Korn, se
vieron obligados a abandonar Suiza por contarse entre las distintas categorías
de exilados que debían ser puestos en la frontera. Con ello, por lo tanto,
llegó a su fin la vida de dicha Banda de Azufre. Nada sé de otras bandas de
azufre, ni tampoco acerca de si las mismas existieron en otras localidades y
cuáles eran los fines que perseguían.
Creo que Korn se quedó en Suiza y, según se me ha
informado, está radicado allí, ejerciendo la profesión de farmacéutico.
Cohnheim y Rosenblum fueron a Holstein, aún antes de la batalla de Idstedt y
creo que también ambos intervinieron en la misma. Más adelante, en el año 1851,
se trasladaron a |27| América. Rosenblum regresó a Inglaterra a fines de ese
mismo año, dirigiéndose luego, en 1852, a Australia, desde donde no he vuelto a
tener noticias suyas a partir del año 1855. Dícese que Cohnheim hace ya algún
tiempo que ejerce funciones de redactor en el New York Humorist. Becker, por su
parte, se dirigió aún en el mismo año 1850 a América. Lamento no poder darle
informes concretos acerca de lo que ha sido de él.
En cuanto a mí, permanecí en París y Estrasburgo
durante el invierno de 1850 al 51 viéndome arrojado violentamente a Inglaterra
por la policía francesa, según ya lo manifesté más arriba. Durante tres meses
se me arrastró a través de 25 prisiones, debiendo efectuar a menudo penosas
marchas llevando pesadas cadenas. Aquí vivo, después de haber dedicado mi
primer año a la conquista del idioma, entregado a la vida comercial,
interesándome siempre vivamente por los acontecimientos políticos que tienen
lugar en mi patria, pero manteniéndome alejado por completo de toda actividad
desarrollada por los centros de expatriados políticos. Me va bastante bien o
como dirían los ingreses: Very well, sir, thank you. Es por su propia culpa que
ahora se ve precisado a vadear esta larga y poco importante historia.
Con todo respeto soy seguro servidor de usted,
Segismundo L. Borkheim.”
Hasta aquí la carta del señor Borkheim. Intuyendo
su significado histórico, la Banda de Azufre decidió tomar medidas de
precaución, grabando su propio registro de estado civil en el libro de la
historia e ilustrándola con xilografías. El primer número del Rummeltipuff ha
sido ilustrado con los retratos de sus fundadores.
|28| Los geniales caballeros que componían la Banda
de Azufre habían intervenido en el golpe de Estado republicano de Struve,
llevado a cabo en 1848, permaneciendo luego hasta mayo de 1849 en la cárcel de
Bruchsal, luchando después en calidad de soldados en la campaña por la
constitución alemana del Reich, campaña ésta que finalmente acabó por hacerle
trasponer la frontera suiza. Durante el año de 1850 llegaron a Londres dos
“primeras espadas”3 de la misma, Cohnheim y Rosenblum, donde se “agruparon” alrededor
del señor Gustavo Struve. Yo no tuve el honor de conocerlos personalmente. En
sentido político tomaron contacto conmigo al intentar formar, bajo la dirección
del mencionado Struve, un comité contrario al de los exilados fundado en
Londres por mí, Engels, Willich y otros, cuyo “pronunciamiento” hostil a
nosotros firmado por Struve, Rosenblum, Cohnheim, Bobzien, Grünich y Oswald,
fue
3 MATADORES
en el texto alemán, refiriéndose sin duda a las cuadrillas de toros (N. del
t.).
publicado también, entre otros lugares, en el
Berliner Abendpost [El Correo de la Tarde de Berlín].
En la época de su florecimiento la Santa Alianza de
la Kohlenbande [Carbonari], constituyó una generosa mina para las actividades
policiales y la fantasía aristocrática. ¿Acaso nuestro “Gorgellantua” Imperial
pensaba aprovechar la banda de azufre en provecho de la burguesía teutónica? La
Salpeterbande —[banda del ácido nítrico]— habría de completar la trinidad
policial. Acaso Carlos Vogt deteste también el azufre debido a que no puede
oler la pólvora. ¿O acaso, al igual de otros pacientes, odia también su remedio
específico? El médico privado Rademacher, como es sabido, clasifica las
enfermedades de acuerdo a sus remedios. Por lo tanto pertenecería a las
enfermedades del azufre, aquello que el abogado Her-|29|mann denominó en el
juzgado del distrito de Augsburgo “la naturaleza redondeada” de su cliente, o
sea lo que Rademacher denomina peritoneo tenso como el parche de un tambor”, y
que el aún más grande doctor Fischert ha dado en llamar “la ondulada panza de
Francia”. Por consiguiente todas las naturalezas falstafianas padecían en más
de un sentido la enfermedad del azufre. ¿O es que la conciencia zoológica de
Vogt le hizo recordar que el azufre significa la muerte para los sarnosos, vale
decir que está completamente en desacuerdo con los sarnosos, que han cambiado
la piel varias veces? Pues las investigaciones más recientes han demostrado que
únicamente el sarnoso despellejado es capaz de procrear; por lo tanto es
compelido al conocimiento de sí mismo. ¡Vaya contraste! ¡Por un lado el azufre
y por el otro el sarnoso autoconsciente! De todas maneras Vogt les debía, a su
“Emperador” y al liberal burgués teutón, la prueba de que toda la desgracia
“proviene del revés sufrido por la revolución de 1849”, de la Banda de Azufre,
de Ginebra, y no de la Banda de Diciembre, de París. En lo que a mi persona se
refiere, fue preciso que me elevara al cargo de jefe de la Banda de Azufre por
él difamada y desconocida para mí hasta la aparición del Libro Mayor,
castigando con ello mis pecados cometidos durante años enteros contra el
cabecilla y los miembros de la Banda del 10 de Diciembre. Para facilitar la
comprensión del justificado rencor de “aquel conversador ameno”, citaré aquí
algunos fragmentos referentes a “la banda de diciembre” perteneciente a mi
obra: El diez y ocho Brumario de Luis Bonaparte (New York, 1852; págs. 31-32,
61-62).
“Esta sociedad data del año 1849. Bajo el pretexto
de crear una sociedad de beneficencia, se organizó al lumpemproletariado de
París en secciones secretas, cada una de ellas dirigida por agentes
bonapartistas y un general bonapartista a la |30| cabeza de todas. Junto a
“roués” arruinados, con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia,
junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos
licenciados de tropas, licenciados de presidio, esclavos huidos de galeras,
timadores, saltimbanquis, “lazzaroni” carteristas y rateros, jugadores,
“maquereaus”, dueños de burdeles, mozos de cuerda, hombres de letras,
organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos, en una palabra, toda
esa masa informe, difusa, que los franceses llaman la “bohème”; con estos
elementos, tan afines a él, formó Bonaparte la solera de la Sociedad del 10 de
Diciembre. “Sociedad de beneficencia” en cuanto que todos sus componentes
sentían, al igual que Bonaparte, la necesidad de beneficiarse a costa de la nación
trabajadora. Este Bonaparte, que se erige en jefe del lumpemproletariado, en el
que encuentra reproducidos, si bien en masa, los intereses que él personalmente
persigue, que reconoce en esta hez, desecho y escoria de todas las clases, la
única clase en la que puede apoyarse sin reservas, es el auténtico
Bonaparte, el Bonaparte “sans phrase”. Viejo “roué”
ladino, concibe la vida histórica de los pueblos y los grandes actos del
gobierno y del Estado como una comedia, en el sentido más vulgar de la palabra,
como una mascarada, en que los grandes disfraces y las frases y gestos no son
más que la careta para ocultar lo más mezquino y miserable. Así, en una gira a
Estrasburgo, donde un buitre suizo amaestrado desempeñó el papel del águila
napoleónica, para su incursión en Boulogne, embute a unos cuantos lacayos de
Londres en uniformes franceses. Ellos representan el ejército. En su Sociedad
del 10 de Diciembre, reunió a 10.000 miserables del lumpem, que habían de
representar el pueblo, como Claus Zettel representaba el león. En un momento en
que la misma burguesía representaba la comedia más completa, pero con la mayor
seriedad del mundo, sin faltar a ninguna de las |31| pedantescas condiciones de
la etiqueta dramática francesa, y ella misma obraba a medias engañada y a
medias convencida de la solemnidad de sus grandes hechos de gobernación y actos
de Estado, tenía que vencer por fuerza el aventurero que tomase lisa y
llanamente la comedia como tal. Sólo después de eliminar a su solemne
adversario, cuando él mismo tome en serio su papel imperial y crea representar,
con su careta napoleónica, al auténtico Napoleón, sólo entonces será víctima de
su propia concepción del mundo, el payaso serio que ya no toma a la historia
universal por una comedia, sino su comedia por la historia universal. Lo que
para los obreros socialistas habían sido los talleres nacionales y para los
republicanos burgueses los “gardes mobiles” era para Bonaparte la Sociedad del
10 de Diciembre; la fuerza de combate de un partido que estaba a su completa
disposición. Las secciones de esa sociedad empaquetadas en el tren debían
improvisarle en sus viajes un público, representar el entusiasmo popular,
gritar “Vive L’Empereur!” insultar y apalear a los republicanos, naturalmente
bajo la protección de la policía. En sus viajes de regreso a París, debían formar
la vanguardia, adelantarse a las contramanifestaciones o dispersarlas. La
Sociedad del 10 de Diciembre le pertenecía a él, era su obra, su idea más
privativa, todo lo demás de que se apropia se lo da la fuerza de las
circunstancias, en todos sus actos actúan por él las circunstancias o se limita
a copiarlo de los hechos de otros; pero el Bonaparte que se presenta en
público, ante los ciudadanos, con las frases oficiales del orden, la religión,
la familia, la propiedad, y detrás de él la sociedad secreta de los Schufterles
y los Spiegelberg,4 la sociedad del desorden, la prostitución y el |32| robo,
es el propio Bonaparte como autor original y la historia de la Sociedad del 10
de diciembre es su propia historia”.5
…Bonaparte quisiera aparecer como el bienhechor
patriarcal de todas las clases. Pero no puede dar nada a una sin quitárselo a
otra. Y así como en los tiempos de la Fronda se decía del duque de Guisa que
era el hombre más “obligeant” de Francia, porque había convertido todas sus
fincas en obligaciones a favor de sus guerrilleros, a cargo de sí mismo,
Bonaparte quería ser también el hombre más “obligeant” de Francia y convertir
toda la propiedad y todo el trabajo de Francia en una obligación personal contra
él mismo. Quería robar a Francia entera para regalársela a Francia, o mejor
dicho, para comprar de nuevo a Francia con dinero francés, pues como jefe de la
Sociedad del 10 de Diciembre tiene necesariamente que comprar lo que quiere que
le pertenezca. Y en institución venal se convierten todas las instituciones del
Estado: el
4 Schufterles
y Spiegelberg: Nombres de los dos tipos más repelentes del drama de Schiller:
Los Bandidos (N. del t.).
5 El texto
castellano de esta cita corresponde a las págs. 52-53 de las “Ediciones en
Lenguas Extranjeras” Moscú 1941 (N. del t.).
Senado, el Consejo de Estado, el Cuerpo
Legislativo, la Legión de Honor, la medalla del soldado, los lavaderos, los
edificios públicos, los ferrocarriles, el Estado Mayor de la Guardia Nacional
sin soldados rasos, los bienes confiscados de la casa de Orléans. En medio
venal se convierten todos los puestos del ejército y de la máquina de gobierno.
Pero lo más importante en este proceso en que se gana a Francia para
entregársela, son los tantos por ciento que durante la operación de cambio
ganan el jefe y los individuos de la Sociedad del 10 de Diciembre. El chiste
con el que la condesa L., la amante del señor Morny caracterizaba la
confiscación de los bienes orleanistas: “C’est le premier vol de l’aigle”,6
puede aplicarse a todos los vueltos de este águila, que más que águila es
cuervo. |33| Tanto él como sus adeptos se gritan diariamente, como aquel
cartujo italiano al avaro, que contaba jactanciosamente sus bienes, cuando sólo
le restaban pocos años de disfrutarlos: Tu fai conto sopra i beni bisogno prima
far il conto sopra gli ann. [Calcular los bienes. Antes es preciso calcular los
años]. Para no equivocarse en los años, echan las cuentas por minutos. En la
corte, en los ministerios, en la cumbre de la administración y del ejército, se
amontona un tropel de bribones, del mejor de los cuales puede decirse que no se
sabe de dónde viene, una “bohème” estrepitosa, sospechosa y ávida de saqueo,
que se arrastra en sus casacas galoneadas con la misma grotesca dignidad que
los grandes dignatarios de Soulouque. Si queremos representarnos plásticamente
esta capa superior de la Sociedad del 10 de Diciembre nos basta con saber que
Véron-Crevel7 es su predicador de moral y Granier de Cassaganac su pensador.
Cuando Guizot, durante su ministerio, utilizó a este Granier en un periodicucho
contra la oposición dinástica, solía ensalzarlo con esta frase: “C’est le roi
des drôles”. Sería injusto recordar a propósito de la corte y del linaje de
Luis Bonaparte a la Regencia o a Luis XV. Pues “Francia ha pasado ya con
frecuencia por un gobierno de favoritas pero nunca todavía por un gobierno de
‘hommes entretenus’”.8
“Acosado por las exigencias contradictorias de su
situación y al mismo tiempo como un prestidigitador a atraer hacia sí, mediante
sorpresas constantes, las miradas del público, como hacía el sustituto de
Napoleón, y por tanto a ejecutar todos los días un golpe de Estado en
miniatura, Bonaparte lleva el caos a toda la economía burguesa, toca todo |34|
lo que a la revolución de 1848 había parecido intangible, hace a unos pacientes
para la revolución y a otros ansiosos de ella, y engendra él mismo la anarquía en
nombre del orden, despojando al mismo tiempo a toda la máquina del Estado del
halo de santidad, profanándola, haciéndola a la par asquerosa y ridícula. Copia
en París, bajo la forma de culto del manto imperial de Napoleón, el culto a la
sagrada túnica de Tréveris.9 Pero si por último el manto imperial cae sobre los
hombros de Luis Bonaparte, la estatua de bronce de Napoleón se vendrá a tierra
desde lo alto de la Columna de Vendôme”.
6 La
palabra vol significa vuelo y robo (Nota de Marx).
7 En su
obra La Cousine Bette, Balzac presenta en Crevel, personaje inspirado en el Dr.
Véron, propietario del periódico Constitutionel al tipo del filisteo más
libertino de París (Nota de Marx).
8 Palabras
de Madame Girardin (Nota de Marx).
9 Una de
las "santas” reliquias (“la túnica santa de Tréveris”) que en 1844 se
adoraba en la catedral de Tréveris (N. del t.)
|35|
CAPÍTULO II. LOS BÜRSTENHEIMER
“But, sirrah there’s no room for faith,
truth nor honesty, in this bosom of thine,
It is all filled up with guts and midriff”.
(SHAKESPEARE).
“Bürstenheimer” o Banda de Azufre, así reza el
evangelio original de Biel (pág. 31 del Libro Mayor. Documentos). Banda de
Azufre, o también Bürstenheimer, reza el Libro Mayor (pág. 37).
De acuerdo con ambas versiones la Banda de Azufre y
los Bürstenheimer resultaban ser una misma entidad. Según lo que hemos podido
ver a mediados de 1850 hacía ya mucho tiempo que la Banda de Azufre estaba
muerta y putrefacta. ¿Por lo tanto, lo estaban también los Bürstenheimer? La
“Naturaleza redondeada” es el civilizador agregado a la banda de diciembre y,
de acuerdo a lo que dice Fourrier, la civilización se diferencia de la barbarie
en que substituye la mentira simple con la mentira compuesta.
El “compuesto” Falstaff Imperial nos cuenta —página
198 del Libro Mayor— que un tal Abt es el vil de los viles. Admirable modestia
por cierto, con la que Vogt se coloca a sí mismo en lo positivo, colocando en
cambio a su Abt en lo superlativo |36| y nombrándolo, en cierto modo, de esta
manera, su mariscal Ney. Cuando el evangelio original de Vogt fue publicado por
el Commis Voyageur de Biel, yo pedí a la redacción del Volk [Pueblo], que
copiara ese indecoroso documento sin agregarle comentario alguno. Sin embargo
la redacción agregó a la copia la siguiente observación: “El bodrio insertado
más arriba pertenece a un sujeto sin fe ni ley llamado Abt, que hace ocho años
fue unánimemente juzgado indigno por un tribunal de exilados alemanes,
declarándosele al mismo tiempo culpable de varias acciones infamantes. (Nº 6
del Volk del 11 de junio de 1859).
La redacción del Volk creyó que Abt era el autor
del bodrio original de Vogt; olvidaba que Suiza tenía a dos Richmond a su
frente: Junto a un Abt, un Vogt. (Junto a un Abate, un Gobernador).
En la primavera de 1851 el más vil de los viles
inventó por lo tanto a los Bürstenheimer, los que en el otoño de 1859 son
escamoteados por Vogt a su propio mariscal. La dulce costumbre del plagio le
persigue instintivamente, acompañándolo de sus obras de historia natural a sus
trabajos policiales. La asociación obrera de Ginebra presidida durante una
temporada por el fabricante de cepillos [Bürstenmacher] Sauerheimer. Abt divide
la profesión y el apellido de este Bürstenmacher y Sauerheimer —y tomando la primera
mitad del primero y la segunda mitad del segundo, compone ingeniosamente el
nombre de Bürstenheimer. Con este título denomina originalmente —exceptuando al
mismo Sauerheimer— al círculo más íntimo que rodeaba a éste: Kamm, natural de
Bonn, de profesión fabricante de cepillos y Ranickel de Bingen, aprendiz de
encuadernador. A. Sauerheimer lo nombra general, a
Kanickel, asistente y a Kamm, el Bürstenheimer sans
phrase. Más adelante, cuando dos exilados pertenecientes a |37| la asociación
obrera de Ginebra. Imandt —actualmente profesor del seminario de Dundee— y
Schily —anteriormente abogado de Tréveris y ahora radicado en País— solicitan
la formación de un tribunal de honor para resolver la expulsión de Abt de la
asociación; éste publica un panfleto insultante, en el que eleva a toda la
asociación obrera de Ginebra a la categoría de los Bürstenheimer. Por lo tanto,
puede verse que hay Bürstenheimer en general y Bürstenheimer en especial. Los
Bürstenheimer en general comprendían a la asociación obrera de Ginebra, la
misma de la que Vogt, viéndose acosado por todos, logró obtener un testimonium
paupertaris publicado en el Allgemeine Zeitung de Berlín, y frente al cual no
vaciló en arrastrarse en cuatro patas durante la celebración del homenaje a
Schiller y a Roberto Blum (1859). Los Bürstenheimer en particular eran, tal
como ya lo he manifestado anteriormente, Sauerheimer, persona completamente
desconocida para mí y que nunca vino a Londres; Kamm, quien, viéndose expulsado
de Ginebra, emigró a los Estados Unidos, pasando previamente por Londres, donde
no me visitó a mí, sino a Kinkel; finalmente el o lo Ranickel, que en su
condición de asistente de los Bürstenheimer permaneció en Ginebra, en donde
acabó por “agruparse” alrededor de “la naturaleza redondeada”. En realidad
representa personalmente al proletariado de Vogt. Como es preciso que más
delante vuelva a hablar de Ranickel, me conformaré por ahora con apuntar tan
sólo algunas palabras previas referentes a este monstruo.
Ranickel pertenecía al cuartel de fugitivos de
Besanzón, dirigido por Willich después de la malograda campaña de Hecker. Bajo
el comando de éste intervino en la campaña por la constitución del Reich,
refugiándose luego con él en Suiza. Willich era su Mahoma comunista, el que
contra viento y marea habría de fundar el reino milenario. Melodramaturgo |38|
engreído, charlatán y fatuo, Ranickel logró tiranizar al tirano. En Ginebra
desencadenaba su roja furia sobre los “parlamentarios” en general y convertido
en un nuevo Guillermo Tell, amenazaba con “estrangular al gobernador”. Pero
cuando, por intermedio de Wallot, prófugo del año 30 y amigo de la infancia de
Vogt, se vio introducido en el círculo de este último, el sanguinario modo de
pensar de Ranickel se diluyó en “the milk of human kindness” y, como dice
Schiller, “el pillo se hizo partidario del gobernador”.10
El “asistente” de los Bürstenheimer se convirtió en
asistente del general Vogt, cuya gloria guerrera quedó relegada a segundo
término debido únicamente a que Plon-Plon le consideró suficientemente malo
para la misión que su “Corps des Touristes” debía cumplir en la campaña de
Italia, al napolitano, capitán Ulloa — también General by Courtesy— manteniendo
sin embargo en reserva sus consignas para la gran aventura del “tambor perdido”
que habría de desarrollarse a orillas del Rin. En el año 1859 Vogt hizo que su
Ranickel pasara de la clase proletaria a la burguesa, proporcionándole un
negocio —objetos de arte, encuadernación, artículos para escritorio— y
facilitándole además la clientela del gobierno ginebrino. El ayudante
Bürstenheimiense era para Vogt Maid of all work, Cicabeo, amigo de la casa,
Leporello, confidente, corresponsal, portavoz, fiscal y, sobre todo después del
pecado original del obeso Jack, también su espía y explotador bonapartista
entre los obreros.
Hace algún tiempo un periódico suizo anunció el
descubrimiento de una tercera especie de erizo, el erizo Ran o Renano que reúne
en sí la naturaleza del erizo canino con la del porcino y el que había sido
encontrado en un lugar a |39| orillas del Arve,
10 El verso
corresponde a Guillermo Tell (N. del t.).
perteneciente a las tierras y campos de
Humbold-Vogt. ¿Acaso eso del Ran-erizo — Ran-Igel en alemán— se refería a
nuestro Ranickel?
Lo cierto es que el único fugitivo radicado en
Ginebra con que yo mantenía relaciones, el doctor Ernesto Dronke, anteriormente
corredactor del Neue Reinische Zeitung y en la actualidad comerciante en
Liverpool, sostenía una postura de franca oposición a los Bürstenheimer.
Únicamente quiero anteponer aún a las cartas de
Imandt y Schily que siguen a continuación, que al estallar la revolución,
Imandt abandonó la Universidad para tomar parte en calidad de guerrillero en la
guerra de Schleswig-Holstein. En 1849, Imand y Schily dirigieron el asalto al
arsenal de Prün, desde donde y llevando consigo el botín de armas, la tropa se
abrió camino hacia el Palatinado para alistarse en las filas del ejército
partidario de la constitución del Reich. Al ser expulsados de Suiza a principios
del verano de 1852, resolvieron pasar a Londres.
Dundee, 5 de febrero de 1860.
Querido Marx,
…No comprendo como Vogt puede complicarte en los
asuntos ginebrinos. Entre la emigración de aquél entonces se sabía que entre
todos nosotros, únicamente Dronke estaba en contacto contigo. La Banda de
Azufre existía aún antes de mi tiempo y el único nombre que recuerdo de los que
pertenecían a ella, es el de Borkheim.
Los Bürstenheimer constituían la Asociación Obrera
de Ginebra. Este nombre debe su origen a Abt. Dicha asociación era por aquellos
tiempos un semillero de la Liga secreta de |40| Willich, en la que yo hacía las
veces de presidente. Cuando, accediendo a mi pedido, la Asociación Obrera, a la
que pertenecían muchos exilados, declaró que Abt era un sujeto infame e indigno
de mantener relaciones con los obreros y fugitivos, éste, pasado algún tiempo,
publicó un pasquín, en el que nos acusaba a Schily y a mí de haber cometido los
crímenes más absurdos. A consecuencia de ello volvimos a ventilar todo este
asunto en un local distinto y delante de otras personas. Al ser invitado a
probar la exactitud de las difamaciones por él publicadas, se negó a nuestro
requerimiento y sin que Schily o yo tuviéramos necesidad de decir algo en
nuestra defensa, Dentzer propuso declarar que Abt era un vulgar difamador. Por
segundo vez esta proposición fue aceptada por unanimidad en una reunión de
fugitivos, compuesta casi exclusivamente por parlamentarios. Lamento que mi
información resulte tan poco extensa, pero es esta la primera vez que, dentro
de ocho años, vuelvo a pensar en semejante porquería. No quisiera verme
condenado a tener que escribir sobre ella y grande será mi asombro si te es
posible meter tu mano en una salsa semejante.
Adiós.
Tuyo, Imandt.
Un conocido escritor ruso, muy amigo de Vogt
durante su estada en Ginebra, me escribió una carta de la que se desprendía la
misma intención contenida en las últimas líneas que transcribo más arriba:
|41|
París, 10 de mayo de 1860.
Mon cher Marx!
J’ai appris avec la plus vive indignation les
calomnies que onte éte rependus sur votre compte et done j’ai eu connaissance
par un article de la Revue Contempocaine, signé par Edouard Simon. Ce qui m’a
particulierment etonné, c’est que Vogt, que je croyais ni béte, ni méchant, ait
pu tomber dans l’abaíssement moral que sa brochure révèle. Je n’avais besoin
d’aucun temoignage pour étre assuré, que vous étiez incapable de basses et
sales intrigues, et il m’a été d’autant plus pénible de lire ces diffamations,
que dans le moment méme ou ont les imprimait, vous donniez au monde savant la
premiére partie du beau travail que doit renouveler la science economique et la
fonder sur des nouvelles et plus solides bases… Mon cher Marx, ne vous occupéz
plus de toutes ces miséres; tous les hommes scrieux, tous les hommes
consciencieux sont pour vous, mais ils attendent de vous autre chose que des
polémiques steriles; ils voudrait pouvois étudier le plus tôt posible la
continuation de votre belle oeuvre. Votre succés est inmense parmi les hommes
pensants et s’il vous peut étre agréable d'apprendre le retcntissement que vos
doctrines trouve en Russie, je vous dirait qu'au commencement de cette année le
professeur a fail a Moscovie un cours public d’économie politique dont la
premiere leçon n’a pas été autre chose que la paraphrase de votre recente
publication. Je vous adresse un numéro de la Gazette du Nord, ou vous verez
combien votre nom est estimé dans mon pays. Adieu mon chér Marx, conservez-vous
en bonne santé et travaillez comme par le passé, a |42| eclairer le monde, sans
vous préocuper des petites betises et des petites lâchetés. Croyez a l’amitié
de votre devoué…”11
También Szémère, el ex ministro húngaro, me
escribió: “Vaut-il la peine que vous vous occupiez de toutes ces bavardises?”12
El por qué a pesar de éstos y similares consejos de
no hacerlo metí —para expresarme con el rudo lenguaje de Imandt— mi mano en la
salsa de Vogt, queda brevemente aclarado en el prólogo.
11 ¡Mi
querido Marx!
Con la más viva indignación me he enterado de las
calumnias que le son dirigidas y que tuve oportunidad de conocer a través de un
artículo publicado en la Revue Contemporaine, firmado por Edouard Simon. Lo que
ante todo me ha sorprendido particularmente es que Vogt, al que yo no creía
tonto ni malvado, haya podido caer en la bajeza moral que revela su folleto. Yo
no necesitaba de pruebas para estar seguro de que usted es incapaz de intrigas
bajas y sucias, resultándome tanto más penosa la lectura de dichas difamaciones.
En el momento mismo de ser impresas, usted daba al mundo intelectual la primera
parte de su hermoso trabajo destinado a renovar la ciencia económica,
fundándola sobre nuevas bases más sólidas… Mi querido Marx, no siga ocupándose
usted de esas miserias; todos los hombres serios, todos los hombres conscientes
están con usted, pero esperan de usted otra cosa que polémicas estériles;
quisieran poder estudiar lo antes posible la continuación de su hermosa obra.
Su éxito de usted es inmenso entre los hombres sabios y si, como supongo, puede
resultarle agradable enterarse del eco despertado en Rusia por sus doctrinas,
le diré que al principio de este año el profesor dictó en Moscú un curso
público de economía política, cuya primera lección no era otra cosa que la
paráfrasis de su reciente publicación. Le remito un número de la Gazette du
Nord, en el que usted podrá ver hasta qué punto su nombre es estimado en mi
país. Adiós, mi querido Marx, consérvese usted sano y continúe trabajando como
hasta ahora, empeñado en proporcionar cultura al mundo, sin preocuparse de
pequeñas tonterías y pequeñas bajezas. Confíe en la amistad de su devoto…”
12 “¿Vale la
pena que usted se ocupe de todas esas tonterías?”
Pero volvamos a los Bürstenheimer, Copio
textualmente la siguiente carta de Schily, y también aquello que no se refiere
al “carnero”. Sin embargo he abreviado las partes relativas a la Banda de
Azufre puesto que sería volver |43| a darnos la carta de Borkheim, reservándome
además también algunos otros fragmentos para su aplicación posterior, ya que es
preciso que trate en cierto modo de exponer “artísticamente” a mi “simpático
sujeto”, no pudiendo revelar por lo tanto todos los secretos de una sola vez.
París. 8 de febrero de 1860.
45, Rue Lafayette.
“¡Querido Marx!
Fue muy agradable para mí recibir noticias tuyas a
través de tu carta del 31 del mes pasado, encontrándome ahora tanto más
dispuesto a proporcionarte informaciones sobre los dudosos asuntos ginebrinos,
por cuanto ya era mi intención escribirte de motu propio sobre ellos. El que
Vogt, según me escribes, te complique con personas que te son completamente
desconocidas, no fue la causa de mi asombro personal, sino también del de todos
los amigos radicados aquí, en Ginebra, cuando ocasionalmente conversé con ellos
al respecto, y es así como en aras de la verdad me dispongo a comunicarte ahora
todo lo referente a los Bürstenheimer y a la Banda de Azufre.
Por lo tanto comprenderás que tus dos preguntas:
1º) ¿Quiénes eran los Bürstenheimer y qué hacían?
2º) ¿Qué era la Banda de Azufre, de qué elementos
se componía y de qué se ocupaba? —, fueron muy oportunas para mí. Pero es
preciso que anteponga un reproche a tu contravención cronológica, pues de
acuerdo a ésta la prioridad correspondería a la Banda de Azufre. Si la
intención de Vogt era la de amedrentar con el diablo al filisteo alemán o a
marcar su frente con azufre, proporcionándose simultánea-|44|mente una
“diversión” con ello, habría sido preciso que en efecto tomara por modelos a
personajes más diabólicos de lo que lo eran aquellos inofensivos y alegres
genios de la borrachera, a los que nosotros, los padres de la emigración
ginebrina, dimos en llamar cariñosamente y sin intención maliciosa alguna, La
Banda de Azufre, denominación ésta que fue aceptada por ellos con idéntica
ingenuidad. Se trataba de alegres hijos de las musas que habían aprobado sus
exámenes y prácticas en los distintos golpes de Estado llevados a cabo en el
Sud de Alemania, quedando reprobados finalmente en la campaña del Reich, procurando
ahora, en vista del fracaso sufrido, recobrar fuerzas para la reanudación del
negocio en el Rothen de Ginebra, en compañía de sus examinadores y maestros
instructores… Queda lógicamente excluido de la Banda, todo aquel que se
encontró en Ginebra o que recién llegó a dicha ciudad después de la disolución
de la misma. Es que ésta era un producto puramente local y del momento —por lo
que resultaría más acertada que a ese sublimado se le denominara “producto de
azufre”— el que probablemente debido a su Rummeltipuff impregnado de olor a
revolución, resultó excesivamente maloliente para los nervios de la
confederación Suiza; pues Druey sopló y los pétalos de la flor volaron en todas
direcciones. Recién mucho tiempo después vino Abt y pasados algunos años, llegó
Cherval. Ambos expandieron su aroma, “cada cual a su manera”, pero en modo
alguno, como afirma Vogt, entre las flores de aquel
ramo ha tiempo marchito, destrozado y olvidado.
“Las actividades de la banda quedan resumidas, más
o menos, con las palabras: Trabajaban en la viña del Señor. Aparte de esto se
ocupaban de la redacción del Rummeltipuff, empleando el siguiente lema:
“Quédate en el país y aliméntate |45| rojamente,13 con lo que se burlaban
espiritual y humorísticamente de Dios y del mundo, denunciando a los falsos
profetas, fustigando a los parlamentaristas —Inde irae!— no excluyéndose de
ello a sí, ni a nosotros mismos, los forasteros, y caricaturizando a todos, ya
fueran amigos o enemigos, con una minuciosidad y conciencia realmente digna de
ser tomada en cuenta.
“No necesito decirte que en modo alguno estaban en
contacto contigo y que tampoco calzaban los puntos de tu Liga. Pero no me es
posible ocultarte el que semejante calzado tampoco habría sido del agrado de
ellos. Actualmente vagan por el mundo muchos soldados de la revolución,
calzando la zapatilla del armisticio, hasta que aquélla vuelva a reactivarlos,
reequipándolos con su propio coturno —la bota de siete leguas del evidente
progreso— y no cabe duda que habría sido mal recibido por ellos aquél que hubiese
querido frustrarles su siesta con los problemas de la economía estatal
marxista, dictadura obrera, etc. ¡Dios nos libre! El trabajo que realizaban
apenas si requería a un presidente que rigiera sus borracheras, y sus estudios
económicos giraban tan solo alrededor del pote y su rojo contenido. “El derecho
al trabajo” —así manifestó cierta vez Backfisch, un honrado obrero natural del
Odenwald que solía asistir a estas sesiones—, no está mal, pero que se me deje
en paz con eso del deber de trabajar”.
Dejemos por lo tanto que la lápida tan alevosamente
violada vuelva a cubrir la tumba de la Banda de Azufre. En realidad sería
preciso que un Hafiz entonara el requiescat in pace para conjurar nuevas
violaciones de la lápida de la banda. A |46| falta del mismo reciba ella pro
viatico et epitafio el siguiente artículo necrológico: “Todos ellos olieron la
pólvora” mientras su sacrílego historiador únicamente llegó a oler el azufre.
Los Bürstenheimer surgieron cuando el recuerdo de
los bandidos de azufre ya sólo perduraba en la leyenda, en los registros de los
filisteos ginebrinos y también, en los corazones de las beldades ginebrinas.
Los cepilleros y encuadernadores Sauerheimer, Kamm, Ranickel, etc., se pelearon
con Abt; debido a que los defendíamos vivamente; también Imand, yo y otros
fuimos atacados por él. Por lo tanto se decidió hacer comparecer a Abt en una
sesión general, a la que la asociación obrera y los exilados concurrieron en
calidad de “cour des pairs” o sea, como “Haute cour de justice”, en la que en
efecto se hizo presente, no limitándose tan solo a no sostener sus acusaciones
lanzadas contra éste y aquél, y declarando en cambio con todo descaro, haber
sido el autor de las mismas para servirse de ellas en calidad de represalias
contra las acusaciones de que le hicieron objeto sus adversarios. Todas ellas
constaban de estos mismos elementos: “Chorizos con chorizos, las represalias
mantienen la unión del mundo”, —fue lo que dijo. Después de que hubo defendido
valientemente este método carnicero, convenciendo de su valor práctico a altos
dignatarios y presentando además pruebas referentes a las denuncias efectuadas
13 En el
original …“nahre dich röthlich”. Juego de palabras en el que la palabra
“radlich” — honradamente— ha quedado convertida en “rötlich” —rojizo—, con lo
que sin duda se ha querido aludir al color del vino (N. del t.).
contra su persona, acabó por confesar sus malvadas
maquinaciones, declarándosele culpable de las demás malas acciones que le
habrían sido imputadas, expulsándosele y proscribiéndosele finalmente. Por lo
tanto optó por vengarse y denominar Bürstenheimer a los altos dignatarios que
originalmente no eran otra cosa que afiliados gremiales, título que como puedes
ver resulta una feliz combinación formada por el nombre y la profesión del que
de ellos fue nombrado en primer término y al que por consiguiente tendrás que
venerar en su condición de antepasado de |47| los Bürstenheimer, sin que, no
obstante, te sea permitido unirte o alistarte en las filas de esta casta,
pertenezca o no la misma a la patria o al gremio. Pues es preciso que sepas que
los que de entre ellos se ocupaban de la “organización de la revolución”, no lo
hacían en calidad de adictos a ti, sino como enemigos tuyos; veneraban a
Willich como a su Dios-Padre, o por lo menos, como a su Papa, calumniándote en
cambio como su Anticristo o Papa contrario, hasta el punto que Dronke, que era
considerado tu único adicto y legatus ad latere en la diócesis de Ginebra, fue
alejado de todos los conciliábulos —con excepción de los vinícolas— entre los
que era primas inter pares. Pero también la Bürstenheimería resultó ser, como
la Banda de Azufre, pura efemérides, dispersándose luego bajo el vigoroso
aliento de Druey.
El que un discípulo de Agassiz haya podido
filtrarse entre estos fósiles de la emigración ginebrina, logrando confeccionar
tan extraordinarias historietas naturales como las presentadas en su folleto,
debe sorprendernos tanto más al relacionarlas con la Species Bürstenheimeriana,
por cuanto precisamente para esto cuenta en su gabinete zoológico con un
extraordinario ejemplar de mastodonte, perteneciente a la especie de los
rumiantes, encarnado en la persona del Bürstenheimer tipo Ranickel. Por lo
tanto, la ruminación no parece haber sido efectuada o estudiada con acierto por
dicho discípulo…
“Ahí tienes ya todo lo que me has pedido y au delá.
Pero ahora yo también quiero pedirte algo a tí o sea, tu opinión con respecto a
la implantación de una cuota hereditaria pro patria, vulgo Estado, como
principal fuente financiera, tras la eliminación de los impuestos que resultan
gravosos para las clases no pudientes y, que como es natural, es dirigida
únicamente contra sucesiones importantes… Aparte de esta cuota hereditaria me
preocupan también otras dos instituciones ale-|48|manas: la “Fusión de las propiedades”
y “El Seguro Hipotecario”, las que quisiera hacer llegar a un acuerdo en este
país, acuerdo del que carece en absoluto hasta el punto, que por lo general los
franceses, con muy escasas excepciones, no ven en la orilla opuesta del Rin
otra cosa que no sean nebulosas o chucrut. Hace algún tiempo l’Univers hizo una
excepción, lamentándose exageradamente por la división de la propiedad,
agregando con razón: “Il serait desirable qu’on appliquat inmediatament les
remedes energiques dont une partie de l’Allemagne s’est servíe avec avantage;
le remaniement obligatoire des proprietés, partout ou les 7/10 des
proprietaires d’une commune reclame cette mesure. La nouvelle repartition fácil
iterait le drainage, l’irrigation, la culture rationelle et la voirie des
proprietés”.14 A esto responde el Siècle, ya generalmente de por sí algo miope
en lo que a la observación de situaciones alemanes se refiere, pero en especial
totalmente obcecado en su chauvinismo llevado jactanciosamente “a la Diógenes”,
el
14 Sería
deseable que se aplicasen inmediatamente las enérgicas medidas de que se sirvió
con provecho una parte de Alemania: la revisión obligatoria de las propiedades
en todas las partes en que 7/10 de los propietarios de una comuna reclama esa
medida. La nueva repartición los facilitará el drenaje, la irrigación, el
cultivo racional y la administración de las propiedades.
del traje agujereado, papilla ésta que recalienta
día tras día, ofreciéndosela a sus abonados con visos de patriotismo. Este
“Chauvin” afirma por consiguiente, después de haber presentado a l’Univers, su
carnero negro, el obligado saludo matutino:
“Proprietaires ruraux, suivez ce conseíl! Empressez
vous de declamer le remaiement oblígatoire des proprietés; depouillez les
petits au profit des grands. O fortunatus nimium agricolas —trop heureux
habitants des campagnes— sua si bona norint —s’ils connaissaient l’avantage a
remanier obligatoirement la |49| proprieté!”15 Como si en una votación por
cabezas de los propietarios, pudieran prevalecer los grandes sobre los
pequeños.
Por lo demás, dejo que las aguas de Dios corran por
la tierra de Dios, dando al César lo que es del César y a Dios lo que es de
Dios respectivamente y hasta al mismo diablo, “la parte del diablo”, y continúo
siendo con ello tu viejo amigo
SCHILY”.
De las informaciones publicadas hasta aquí se
desprende que, si bien entre los años 1849 y 1852 existían en Ginebra una Banda
de Azufre y otra llamada Bürstenheimer, dos sociedades que nada tenían en común
ni qué ver la una con la otra, resultando en cambio la existencia de la Banda
de Azufre o de los Bürstenheimer, revelada por nuestro bufón parlamentario,
materia de su propia materia, una mentira de cuarta potencia “tan
descomunalmente gorda como el padre que le dio vida”. Imagínese a un
historiador que tuviera el descaro de afirmar que en la época de la primera
revolución francesa se conocía a cierto número de personas bajo el nombre de
“cercle social” o también con el no menos característico de los “Jacobinos”. En
lo que respecta a la vida y las acciones de la Banda de Azufre o Bürstenheimer
por él compuesta, nuestro bromista elude todo gasto de producción. Quiero citar
aquí un único ejemplo:
|50| “Una de las ocupaciones principales de la
Banda de Azufre —[así cuenta el “redondeado” a su asombrado público de
filisteos]— consistía en comprometer hasta tal punto a algunas personas que
permanecían en la patria de tal modo que ya no les fuera posible resistirse a
los intentos de extorsión, acabando por desembolsar dinero —[resulta también un
bonito pasaje: ¡ya no podían resistirse a los intentos de extorsión…!]— para
que la banda guardara el secreto de sus compromisos. No una sino muchas cartas fueron
enviadas por centenares de personas —[por los homunculi de Vogt]— a Alemania,
cartas éstas que contenían abiertamente la consigna, según la cual se ¿firmaba
que se denunciaría ésta o aquella participación en ésta o aquella acción
revolucionaria, siempre que hasta una fecha determinada no llegara una cierta
suma de dinero a una dirección señalada” (pág. 139 del Libro Mayor).
¿Por qué Vogt no mandó imprimir una sola de esas
cartas? Sencillamente porque la Banda de Azufre “escribía centenares de ellas”.
Si las cartas amenazadoras fuesen tan baratas como las grosellas, Vogt juraría
que nosotros no habremos de poseer una sola carta intimidatoria. Si mañana le
citase a comparecer ante un tribunal de honor del Grütli-Verein —[Asociación
Grütli]—, obligándosele a rendir cuentas sobre estos centenares de cartas
amenazadoras, estoy seguro de que en lugar de una carta, sacaría
15 ¡Propietarios
rurales, seguid este consejo! Apuraos a reclamar la revisión obligatoria de las
propiedades; desplumad a los pequeños en provecho de los grandes O fortunatus
nimium agricolas — demasiado felices habitantes del campo— sua si bona norint—,
si ellos reconocieran la ventaja de revisar obligatoriamente la propiedad!
de su cinturón una botella de vino y, haciendo
chasquear su lengua, haría una pequeña mueca para remedar a su amigo Abt y
exclamar entre convulsas carcajadas dignas de un Sileno:
“¡Chorizos contra chorizos; las represalias
mantienen la unión del mundo!”
|51|
CAPÍTULO III. ASUNTOS POLICIALES
Welches Neues Unerhörtes hat der
Vogt sich ausgesonnen!
[¡Qué nuevo absurdo ha concebido el
gobernador!]
SCHILLER.
“Lo digo sin ambages —[manifiesta Vogt asumiendo la
actitud más grave que un bufo como él es capaz de adoptar]—, lo digo sin
ambages: Todo aquel que se aviene a tratar con Marx y sus secuaces e intervenir
en quién sabe qué clase de actividades políticas, caerá tarde o temprano en
manos de la policía. Estas actividades, desde un principio reveladas a la
policía secreta, son conocidas y convenientemente empolladas por ésta —[según
parece las tales actividades son meros huevos y la policía es la gallina clueca
que los empolla]—, cuando estima que ha llegado el momento propicio para ello —
como es de suponer los provocadores Marx y Co. se mantienen a buen recaudo en
Londres. [(¿Mientras la gallina empolla los huevos?)]. No me hallaría en apuros
para proporcionar pruebas que atestigüen la veracidad en esta afirmación mía”.
(Págs. 166, 167 del Libro Mayor). Vogt “no se halla en aprietos” — verlegen;
mentir — verlogen — miente todo lo que queráis, |52| pero, ¿hallarse en
aprietos?... Bueno, veamos tus testimonios, Jack, ¡tus testimonios!…
1) AUTOCONFESIÓN
“El mismo Marx afirma lo siguiente en su folleto,
publicado en el año 1853, Revelaciones sobre el proceso de los comunistas de
Colonia, página 77: “Ante el partido proletario se abría, tanto después de 1849
como antes de 1848, tan solo un único camino: el de las relaciones secretas.
Descubierta por la policía en el continente, una numerosa serie de estas
relaciones fueron proscriptas por la justicia a partir del año 1849, violadas
por los regímenes carcelarios y siempre vueltas a ser restablecidas por las circunstancias.
Marx afirma aquí —[así dice Vogt]— que en ello se denomina de eufemística a
cierta situación” (pág. 167 del Libro Mayor).
Por lo tanto Marx dice que “a partir de 1849 la
policía había descubierto una serie de relaciones secretas”, relaciones éstas
que las circunstancias se encargaron de volver a restablecer. Vogt dice que era
Marx y no “las circunstancias” las que volvían a restablecer las relaciones
secretas. Por consiguiente, Vogt acaba de atestiguarnos con esto, que todas las
veces que la policía de Badinguet descubría a la “Marianne”, Marx, de acuerdo
con Pietri, volvía a restablecerla.
“¡El mismo Marx lo dice!” Ahora citaré en relación
con todo esto, qué es lo que el mismo Marx dice en realidad.
“Después de la derrota de la revolución de
1848-1849, el partido proletario continental perdió lo que poseía durante ese
breve período: imprenta, libertad de palabra, derecho de asociación, vale
decir, los medios legales para la organización del partido. Los liberales
burgueses y los democráticos peque-|53|ño burgueses encontraron la forma, no
obstante la reacción, y a causa de la posición ocupada por las clases que esos
partidos representaban, de reunirse en una u otra forma, para defender más o
menos vigorosamente sus intereses comunes. Al partido proletario, después de
1848, no le quedó libre más que un solo camino: el de la asociación secreta.
Después de 1849 surgieron pues en el continente toda una serie de uniones
proletarias secretas, descubiertas por la policía, condenadas por los jueces,
destrozadas por las cárceles, y por la necesidad de las cosas continuamente
reconstituidas.
Una parte de estas sociedades secretas apuntaba
directamente a la ruina del Estado existente. Esto era lógico en Francia… Otra
parte de las sociedades secretas apuntaba a la formación en partido del
proletariado, sin ocuparse, ni poco ni mucho, de los gobiernos existentes. Cosa
que era necesaria en Alemania… No hay dudas de que también en Alemania los
componentes de los partidos proletarios habrían de nuevo tomado parte en una
revolución contra el statu quo existente: pero no era su misión histórica preparar
esta revolución, agitarse por ella, conspirar e intrigar… La Liga de los
Comunistas no era, por consiguiente, una sociedad conspiradora,…16
Pero el cruel Vogt señala también como criminal a
la “propaganda” simple, exceptuando lógicamente tan sólo la propaganda dirigida
por Pietri y Laith. “Agitar, conspirar, complotar”, hasta esto es permitido por
el Land-Vogt —por el gobernador—
, pero
únicamente cuando su domicilio central se encuentra en el Palais Royal, en la
casa del Enriquito de |54| su corazón, Heliogábalo17 Plon-Plon… ¡Pero
propaganda entre los proletarios!… ¡Qué asco!…
Después del fragmento citado más arriba y tan
ingeniosamente descompuesto por nuestro juez de instrucción Vogt, continuaré de
la siguiente manera con “las revelaciones”:
“Se comprende que una sociedad secreta de esta
índole, que miraba, no a la formación del gobierno del futuro, sino, en cambio,
a la del partido de oposición del futuro, no podía ofrecer una gran atracción,
para individuos que, por un lado, procuraban exaltar la propia nulidad bajo el
mando teatral de la conspiración, y por el otro, querían satisfacer el propio
orgullo limitado en el día de la próxima revolución, pero que por el momento
parecían atareados en tomar parte en el botín de la demagogia y en ser bien
considerados por los chillones de la democracia.
“Se separó, en consecuencia, de la Liga de los
Comunistas, o fue separada, una fracción que, si no tendía a verdaderas y
propias conspiraciones, tendía sin embargo a la apariencia de la conspiración y
deseaba entonces una alianza directa con los héroes democráticos del día: la
fracción Willich-Schapper. Es algo característico de esta
16 Revelaciones,
etc., pág. 62 y 63, ed. de Boston [las palabras en cursiva han sido subrayadas
por Marx para la ed. de Herr Vogt], La versión castellana corresponde a la ed.
“Lautaro” Bs. As., 1946, págs. 161-162 (N. del t.).
17 Emperador
romano (reinó 218 a 222 después de J. C.) (N. del t.).
fracción, que Willich figure junto a Kinkel como
entrepreneur del empréstito revolucionario alemán-americano”.18
“Mientras ambos —[los partidos]— actuaban todavía
unidos, trabajaban, de acuerdo con lo dicho por el mismo Marx, en la fundación
de asociaciones secretas y en comprometer a sociedades e individuos que
habitaban el continente” (pág. 171).
|55| Pero el pícaro gordo olvida citar la página de
las Revelaciones, en la que “el mismo Marx” manifiesta: “Egli è bugiardo, e
padre di menzogna”.
2) EL DÍA DE LA REVOLUCIÓN DE MURTEN
“Carlos el temerario”, el “temerario Carlos”,
vulgarmente Carlos Vogt, nos presenta ahora la derrota de Murten.
“Gran número de obreros y fugitivos fueron
convencidos y embaucados —[es decir, ¡por Liebknecht!]— hasta que finalmente se
fijó una fecha para la revolución de Murten. Los delegados de las asociaciones
secundarias habrían de trasladarse en secreto a dicha localidad, en la que se
discutirían los últimos detalles referentes a la organización de la Liga y la
fecha definitiva en que la revolución habría de llevarse a cabo. Los
preparativos habían sido realizados con un secreto absoluto y las reuniones
únicamente eran convocadas por personas de confianza o corresponsales del señor
Liebknecht. De todas partes llegaban a Murten delegados que venían a pie, en
barco o en coche, siendo recibidos inmediatamente por gendarmes enterados de
antemano del “qué, cómo y de qué manera”. Todos los participantes de aquella
reunión así frustrada, fueron encellados por una temporada en el convento de
los Agustinos, de Eriburgo, expulsándoseles luego del país con rumbo a
Inglaterra y América. Al señor Liebknecht se le trató con especial
consideración” (pág. 108, Libro Mayor),
“El señor Liebknecht” acababa de participar en el
golpe de Estado llevado a cabo por Struve en septiembre de 1848, permaneciendo
luego hasta mediados de mayo de 1849, encarcelado en las cárceles badenses,
saliendo en libertad a consecuencia de la insurrección militar ocurrida en
Baden, alis-|56|tándose más tarde como soldado en la artillería popular
badense. Viéndose arrojado nuevamente por rebelión, a las casamatas de Rastatt
por Brentano, el amigo de Vogt, volvió a unirse después de su nueva liberación,
a la división de tropas mandada por Juan Felipe Becker durante la campaña por
la constitución del Reich, trasponiendo por último la frontera francesa en
compañía de Struve, Cohnheim, Korn y Rosenblum, con los que también fue a
Suiza.
Por aquel entonces “el señor Liebknecht” y sus
“días de revolución” en Suiza me resultaban más desconocidos aún que los días
de borrachera en la casa del hostelero Benz de la Kesslerstrasse de Berna, en
donde la rueda de comensales formada por los parlamentaristas, se dedicaba a
recitar y escuchar muy complacida sus propios discursos pronunciados en la
Paulskirche —Iglesia de San Pablo— repartiéndose los cargos imperiales
convenientemente numerados y procurando abreviar en lo posible la implacable
noche del exilio, escuchando las mentiras, bromas, los cuentos y exageraciones
de Carlos, el temerario, que, no exento de humor y aludiendo a una antigua
leyenda alemana, optó por adjudicarse él mismo la patente de
Reichs-Wein-Schwelg, [Imperial bebedor de vino].
18 Revelaciones,
etc., págs. 67 y 68, ed. Boston. La versión castellana corresponde a las págs.
162-163 de la ed. “Lautaro”. [Los subrayados corresponden a la edición original
de las Revelaciones, etc.].
La leyenda comienza con estas estrofas:
Swaz ich trinken’s hân gesëhen,
daz ist gar von kinden geschëhen;
ich hân einen swëlch gesëhen,
dem will ich meisterschefte jëhen
Den dûhten becher gar entwiht
ër wolde näpf noch kophe niht.
ër tranc ûz grôzen kannen.
|57|
ër ist vor alien mannen
ein vorlauf alten swëlben
von ûren und von ëlhen
watt solchet slünd nie niht getân.
[Lo que yo vi beber,
bebido fue por criaturas,
vi beber a un bebedor
al que quiero consagrar maestro.
Para él los vasos no servían,
no quería tazas ni fuentes,
pues bebía en grandes jarros,
es para todos los hombres
ejemplo de bebedor.
Jamás vi a bisontes ni alces
tomar tragos semejantes.]19
Pero volvamos al “día de la revolución de Murten”.
“¡El día de la revolución!” “¡Los últimos detalles de la organización de la
Liga!” “¡La fecha para iniciar la revolución!” “¡Los preparativos mantenidos en
estricto secreto!” “¡Una reunión celebrada en estrictísimo secreto!” a la que
los participantes “acuden de todas partes, ya sea a pie, en barco o en coche!”
Está visto que el “temerario Carlos” no estudió en vano el método Stiberiano
que descubrió en mis Revelaciones.
|58| Sencillamente el estado de cosas es el
siguiente: a principios de 1850 Liebknecht era el presidente de la asociación
obrera de Ginebra. Propuso una conexión entre las entonces disgregadas
asociaciones obreras alemanas de Suiza. Esta proposición fue aceptada. En vista
de ello se resolvió enviar un mensaje a veinticuatro distintas asociaciones
obreras, en el cual se les invitaba a concurrir a Murten para conversar allí
acerca de la organización y fundación de un periódico común. Los
19 De
acuerdo a un experto germanista, éste sería aproximadamente el sentido de esas
estrofas escritas en alto alemán medio (N. del t.).
debates en el local de la asociación obrera
ginebrina, el mensaje, las discusiones referentes a ello en las demás
veinticuatro asociaciones obreras, todo fue discutido públicamente y también se
fijó públicamente la fecha del congreso de Murten. De haber querido prohibirlo,
las autoridades suizas habrían podido hacerlo un mes antes de su celebración.
Pero en los planes del liberal señor Druey entraba la realización de un golpe
de teatro policial, buscando apaciguar con ello a la entonces amenazadora Santa
Alianza. Liebknecht, que en su condición de presidente de la asociación obrera
había firmado la convocatoria para asistir al congreso en cuestión, disfrutó de
los honores destinados a un capitán de banda superior. Separado de los otros
delegados, se le hospedó gratuitamente en el mirador más alto de la torre de
Friburgo, desde la cual pudo gozar de una amplísima vista y hasta del
privilegio de pasearse una hora diaria por la azotea de la torre. Lo único
original en el trato que se le prodigaba, era su aislamiento. Sus reiterados
pedidos de ser encarcelado con sus compañeros, fueron rechazados repetidas
veces. Sin embargo, Vogt afirma que la policía no aísla a “ses moutons” —a sus
carneros— mezclándolos por el contrario con el mayor número de presos para que hagan
las veces de “compañeros agradables”.
Dos meses más tarde, el director policial de
Friburgo envió a Liebknecht y a un tal Gebert a Besanzón en donde, lo mismo
|59| que a sus demás correligionarios, las autoridades francesas les entregaron
un pasaporte para ir a Londres, advirtiéndoles que en caso de apartarse de la
ruta prefijada, se les conduciría a Argelia. A consecuencia de este viaje
imprevisto, Liebknecht perdió la mayor parte de sus efectos dejados en Ginebra.
Por cierto que debemos a los señores Castella, Schaller y demás miembros del entonces
gobierno de Friburgo, el que tanto Liebknecht como todos los demás
correligionarios apresados en Murten, gozaran de un trato humanitario por
cierto. Aquellos caballeros no habían olvidado que hacían apenas unos pocos
años, también ellos estuvieron presos o prófugos, declarando abiertamente su
repudio a los servicios de verdugo de que les había hecho objeto el Gran
Kophta, Druey. Los prófugos detenidos no eran tratados tal como lo esperaban
los “parlamentaristas” fugitivos. Un mozo, residente aún ahora en Suiza, un tal
H…, compañero de los parlamentaristas, se consideró por lo tanto en el deber de
publicar un panfleto, en el que denunciaba a todos los detenidos en general y
en particular al detenido Liebknecht, por cultivar “ideas revolucionarias” que
exceden todos los límites de la cordura parlamentaria. Y “Carlos, el temerario”
parece no haberse conformado aún por “las consideraciones especiales” de que se
hacía objeto a Liebknecht.
El plagio caracteriza a nuestro “temerario” en toda
su quirografía. También ahora: los suizos acostumbraban a “liberalizar”
irremisiblemente los puntapiés confinatorios que asestaban a sus víctimas a
través de las calumnias de la Moucharderie. Fazy, después de expulsar a Struve
del país, le acusó públicamente de ser un “espía ruso”. Así declaró también el
boicot a Druey como mouchard francés. Similar procedimiento empleó Tourte
contra Schily, después de haber hecho detener a este último sorpresivamente en
una calle de Ginebra para |60| mandarlo a la Tour des Prisons de Berna. “Le
commisaire Maire féderal Monsieur Kern, exige votre expulsion” —[el comisario y
burgomaestre federal, señor Kern, exige vuestra expulsión]— fue la respuesta
del omnipotente Tourte a la pregunta con que Schily inquiría acerca de la causa
que había originado el brutal atropello cometido con él.
Schily: “Alors mettez moi en presence de Monsieur
Kern —[entonces llevadme a presencia del señor Kern]”.
Tourte: “Non, nous ne voulons pas que M. le
commisaire féderal fasse la pólice a Génève” —[no; no queremos que el señor
comisario federal haga de policía en Ginebra].
La lógica de esta respuesta resultaba en un todo
digna de la perspicacia con que, precisamente ese mismo tal Tourte, escribió a
su presidente federal, siendo éste embajador suizo en Turín y en la época en
que la entrega de Niza y Saboya ya era considerada un fait accompli, diciéndole
que Cavour se oponía y hacía todo lo posible para que dicha entrega quedara sin
efecto. Pero acaso ciertas circunstancias diplomáticas de carácter ferroviario
fueron las que por aquel entonces redujeron la capacidad normal de la
perspicacia de Tourte. Apenas Schily se encontró confinado en Berna al más
severo secret, cuando ya Tourte comenzó a “liberalizar” su brutalidad policial,
susurrando al oído de fugitivos alemanes, tales como el doctor Fink, que
“Schily habría mantenido relaciones secretas con Kern, denunciándolo a
fugitivos radicados en Ginebra”, etc. El Independant de Ginebra, incluía por
aquel entonces entre los pecados más notorios del gobierno ginebrino: “la
sistemática difamación de los fugitivos, elevada a una máxima estatal”. (Ver
Anexo Nº 1).
|61| Accediendo inmediatamente a las primeras
reclamaciones de la policía alemana, el liberalismo suizo violó el derecho de
asilo —y eso que había concebido el derecho de asilo a condición de que el
resto del ejército revolucionario no intentara librar una última batalla en
territorio hádense— expulsando a los llamados “dirigentes”. Más adelante les
tocó el turno a los “engañados”. Miles de soldados badenses fueron víctimas de
falsos espejismos, obteniendo las visaciones necesarias para poder regresar a
su patria, donde fueron recibidos con los brazos abiertos por los gendarmes
enterados de antemano del “qué, cómo y de qué manera”. Luego vinieron las
amenazas proferidas por la Santa Alianza y con ellas la farsa policial llevada
a cabo en Murten. Sin embargo, el “liberal” consejo federal no osó ir tan lejos
como “Carlos, el temerario”. Nada de “Días revolucionarios”, ni “organización
final de la Liga”, ni “fecha definitiva para el estallido de la revolución”. La
investigación que, por decencia, fue preciso iniciar, quedó totalmente
desbaratada.
“Amenazas de guerra” provenientes del extranjero y
tendencias hacia la “propaganda política”, eso fue todo lo que el “turbado”
consejero federal pudo tartamudear a través de un expediente oficial en propio
descargo (Ver Anexo Nº 2). Las grandes hazañas policiales del “liberalismo
suizo” en modo alguno terminaron con “el día de la revolución de Murten”. El 25
de febrero de 1851 mi amigo Guillermo Wolff — el “Parlaments-Wolff” o sea
lobo20 parlamentario como lo bautizaron los borregos del parlamento— me escribía
desde Zúrich: “Gracias a los procedimientos empleados hasta ahora, el Consejo
Federal ha logrado reducir a 500 el número de los 11.000 refugiados y no
descansará hasta que no haya expul-|62|sado a todos aquellos que no posean una
fortuna verdaderamente considerable o relaciones extraordinarias”. Los
refugiados que habían actuado a favor de la revolución, se encontraban en la
más lógica de las desavenencias con los señores de la Iglesia de San Pablo, que
se sentían aniquilados por su charla, por lo que estos últimos no tuvieron
reparos en entregarlos a manos de la policía suiza.
20 Juego de
palabras: wolf significa lobo (N. del t.).
Hasta el mismo partidario de Vogt, el monstruoso
Ranickel, le escribía a Schily al poco tiempo de su llegada a Londres: “Trate
usted de obtener unas cuantas columnas en alguno de los diarios belgas para la
publicación de aclaraciones y no olvide amargarles la estada en América a
aquellos malditos perros alemanes —los parlamentarios— que se vendieron a aquel
bien cebado diplomático —Druey— para convertirse en instrumentos suyos”.
Ahora se comprende lo que “Carlos, el temerario”
quiere decir con la frase: “Trabajé con todas mis fuerzas para limitar la
vagancia revolucionaria y poder proporcionar asilo a los exilados, ya fuera en
el mismo continente o del otro lado del Océano”. Ya en el número 297 del Neuen
Rheinischen Zeitung —[Nuevo Diario Renano]— puede leerse con la fecha
siguiente:
“Heidelberg, 13 de marzo de 1849: ¿Nuestro amigo
Vogt, defensor de izquierdas, humorista Imperial de Barrot, el actual
imperialista del futuro y leal monitor de la revolución, se reunía acaso con…
algunos correligionarios amigos? ¡Oh, no!… Algunos eran reaccionarios de
primera agua. ¿Y con qué objeto? Para expedir a América, o sea, deportar a las
“figuras” que se encuentran en Estrasburgo, Besanzón y demás localidades de la
frontera alemana. Aquello que el régimen de bayonetas de Cavaignac impartía
como castigo, pretenden imponer ahora esos señores en nombre del amor
cristiano… |63| ¡La amnistía ha muerto! ¡Viva la deportación! Naturalmente no
podía faltar en esto la pia fraus, como si los mismos fugitivos hubieran
manifestado su deseo de ser deportados, etc., y por lo tanto se les comunica a
las Seeblatter —[Páginas Marítimas]— de Estrasburgo, que estas veleidades
deportables desencadenaron entre todos los fugitivos una verdadera tormenta de
protestas, etc. Todos ellos esperan poder regresar pronto a Alemania, aun
cuando esto implicara el peligro de verse obligados a “plegarse a una empresa
arriesgadísima”, según lo apuntado por el señor Vogt de manera profundamente
conmovedora”.
Pero ya hemos hablado bastante sobre el día de la
revolución de Murten, de “Carlos, el temerario”.
3) CHERVAL
“The virtus of this jest will be the
incomprehensible lies that this same
fat rogie will tell us”.
[Lo mejor de esta farsa serán las exa-
geradas mentiras que el susodicho y
gordo canalla nos habrá de contar].
En mis Revelaciones sobre el Proceso de los
Comunistas de Colonia figura un capítulo entero dedicado al complot Cherval. En
el mismo denuncio la forma como Stieber y Cherval —seudónimo de Kremer— en
calidad de instrumentos y con la asistencia de Carlier, Greif y Fleury, dieron
a luz en París el complot franco-alemán, llamado también de septiembre,21
puntualizando de este modo la falta sumario
21 Recién a
consecuencia del revuelo ocasionado por la aparición de mis Revelaciones,
llegué a enterarme de que también habían colaborado en ello De la Hodde, oculto
bajo el seudónimo de Duprez,
objetivo |64| señalada por los “tribunales de
Colonia”, en la acusación de los detenidos en dicha ciudad.
Las pruebas que proporcioné a la defensa durante el
desarrollo del proceso de Colonia, resultaron tan contundentes con respecto a
la absoluta falta de contacto entre Cherval, yo y los acusados, que hasta el
mismo Stieber, que el 18 de octubre nos había jurado aún su lealtad a Cherval
ya volvía a abjurar del mismo el 23 de octubre de 1852 — ver página 29 de las
Revelaciones [corresponde esta cita a la pág. 123 y sgts. De la edición
Lautaro]. Viéndose acorralado prefirió renunciar a su empeño por identificarnos
a nosotros con Cherval y el complot urdido por éste. Stieber era Stieber, pero
aún faltaba mucho para que Stieber fuera Vogt.
Considero absolutamente inútil transcribir aquí las
explicaciones dadas por mí en mis Revelaciones con respecto al llamado “complot
de septiembre”. A principios de mayo de 1852 Cherval regresaba a Londres, desde
donde se había trasladado a París en el verano del año 1850, por razones de
índole comercial. Pocos meses después de su condena, dictada en febrero de
1852, la policía parisiense le dejó escapar. En Londres fue recibido como un
mártir político por la asociación cultural obrera alemana, de la que tanto yo
como también mis amigos nos manteníamos apartados desde mediados de septiembre
de 1850. Sus hazañas parisienses no tardaron en ser reveladas y aún durante el
transcurso de ese mismo mes de mayo de 1852, se le expulsó de la asociación por
infamia, resolución ésta que fue tomada en una asamblea pública. Entretanto los
acusados de Colonia, encarcelados desde principios de mayo de 1851, continuaban
aún bajo prisión preventiva. A través de una nota enviada desde París por el
espía Beckman al Kölnische Zeitung —[Diario de Colonia]— órgano a cuyo servicio
estaba, me enteré de que la policía prusiana |65| intentaba fabricar, aún
posteriormente, una relación entre Cherval, el complot urdido por éste y los
acusados de Colonia. Por lo tanto me dediqué a hacer anotaciones referentes a
Cherval. Dábase el caso que éste se había ofrecido en julio de 1852 a un tal
señor R… antiguo ministro de Luis Felipe y conocido filósofo ecléctico, para
cumplir funciones como agente de los orleanistas. Las relaciones mantenidas por
el señor R… con la prefectura de la policía parisiense, le autorizaban a
extractar fragmentos del dossier Cherval. En el informe de la policía francesa,
Cherval figuraba como Cherval, nommé Frank, dont le veritable nom est Kremer, o
sea: Cherval, llamado Frank y cuyo verdadero nombre es Kremer. Dicho extracto
afirmaba que durante una temporada más o menos larga éste había actuado como
agente del príncipe Hatzfeld, por aquel entonces embajador prusiano en París;
que fue él quien hizo las veces de traidor en el complot franco-alemán y que en
la actualidad era espía francés, etc. Durante las vistas del proceso de Colonia
entregué estas notas a uno de los defensores, el abogado Schneider II,
autorizándole para que en caso de necesidad hiciera uso de la fuente que con
ellas le proporcionaba. Cuando en la Sesión del 18 de octubre Stieber prestó
declaración jurada, afirmando que el irlandés Cherval, del que por lo demás no
vaciló en revelar que en 1845 había cumplido una condena en Aquisgrán por
falsificación de pagarés, en la actualidad se encontraba preso en París,
comuniqué de inmediato al señor Schneider II, que el ciudadano Kremer, oriundo
de la Prusia renana, continuaba actuando permanentemente en Londres bajo el
seudónimo de Cherval y manteniendo trato diario con el teniente de la policía
prusiana Greif. En su condición de criminal prusiano
y los agentes de la policía prusiana, Beckmann, por
aquel entonces corresponsal del Kölnische Zeitung [Diario de Colonia] y Sommer.
condenado por los tribunales prusianos, Inglaterra
no vacilaría en entregarlo, apenas recibiera la menor reclama-|66|ción del
gobierno de Prusia. Con su traslado a Colonia todo el sistema de Stieber habría
quedado desbaratado.
Viéndose duramente increpado por Schneider II,
Stieber acabó por creer finalmente, haber oído decir el 23 de octubre que
Cherval había huido de París, jurando ignorar, sin embargo, tener conocimiento
del paradero del irlandés y de su alianza con la policía prusiana. En efecto,
por aquel entonces Cherval estaba en Londres al servicio de Greif, quien
semanalmente le abonaba una determinada suma por sus servicios. Los debates
originados por mis notas en el tribunal laico de Colonia, sobre el “misterio de
Cherval”, acabaron por ahuyentar a éste de la capital de Inglaterra. Me enteré
de que había iniciado un viaje a Jersey para cumplir una misión policial. Hacía
ya algún tiempo que lo había perdido de vista, cuando quiso la casualidad que
leyera una noticia de Ginebra publicada en el Republik der Arbeiter —
[República Obrera]— aparecido en Nueva York y según la cual Cherval había
llegado a Ginebra en marzo de 1853 bajo el nombre de Nugent, volviendo a
fugarse de allí durante el verano de 1854. Por lo tanto Cherval se presentó a
Vogt en Ginebra pocas semanas después de aparecer mis Revelaciones, tan
comprometedoras para él, en el diario de Schabelitz de Basilea.
Pero volvamos a la falstafiana falsificación
histórica.
Tras la supuesta fuga de París, Vogt deja que su
Cherval llegue inmediatamente a Ginebra, después de hacer que la liga secreta
comunista —l. c. pág. 172— lo enviara desde Londres a París, pocos meses antes
del descubrimiento del complot de septiembre. Tal como el espacio de tiempo que
media entre el mes de mayo de 1852 y el de marzo de 1853 desaparece de manera
tan completa, así también el intervalo entre junio de 1850 y septiembre de 1851
habrá de quedar reducido a “unos pocos meses” para él. ¡Qué no habría dado
Stieber por |67| un Vogt que, frente a los tribunales de Colonia, jurara que la
"Liga Secreta Comunista” de Londres lo había mandado a París en junio de
1850, y qué no habría dado también por ver a Vogt sudando la gota gorda,
sentado junto a su Stieber en el banco destinado a los testigos! Una reunión,
por cierto muy simpática: Stieber que jura por su pajarraco, el grifo — Greif—,
por su Wermuth, su duendecillo de oro —Goldheimchen— y su gobernador mendigo —
Bettelvogt. El Cherval de Vogt lleva a Ginebra “cartas de presentación
dirigidas a todos los amigos de Marx & Co. de los cuales no tardará en
convertirse en compañero inseparable” (pág. 173). “Se instala en el domicilio
de un corresponsal del Allgemeine Zeitung, franqueándose, probablemente gracias
a las cartas de recomendación que yo le había dado —de las Revelaciones— la
entrada a la casa de Vogt, quien lo emplea como litógrafo y se dedica a
cultivar con él una especie de “relación científica”, como la que años atrás
había mantenido con el archiduque Juan y habría de sostener más adelante con
Plon-Plon. Cierto día, en que Nugent se encuentra trabajando en el cabinete de
la regencia Imperial, un “conocido” reconoce en él a Cherval y lo denuncia como
“agente provocador”. Lo cierto es que en Ginebra Nugent no se ocupaba
únicamente de Vogt, sino también de la fundación de una “asociación secreta”.
“Cherval-Nugent hacía las veces de presidente, llevaba las actas y atendía la
correspondencia con Londres” (l. c. pág. 175). “Había hecho partícipes del secreto
a algunos obreros, hombres de pocos alcances, pero no obstante resultaban ser
bravos trabajadores” (ibíd.). Sin embargo “entre los asociados se encontraba
también un afiliado al círculo marxista, al que
todos consideraban un peligroso emisario de las policías alemanas” (l. c.).
|68| “Todos los conocidos” de Marx, de los que
Cherval-Nugent “se había convertido en amigo inseparable”, resultan ser
repentinamente “un solo afiliado”, afiliado éste que, por su parte, se
descompone también en “los afiliados al partido marxista que quedaron en
Ginebra” —pág. 176— y con los que Nugent más adelante, no sólo habrá de
continuar “manteniendo correspondencia desde París”, sino “atraerlos también”
al igual de un imán “hacia la Ciudad Luz” (l. c.).
¡Por lo tanto una vez más volvemos a encontrarnos
ante el preciado “cambio de forma” del almidonado “género” de Kendal-Green!
El fin perseguido por Nugent y su asociación era la
“falsificación en masa de billetes de banco y cédulas del tesoro, cuya emisión
habría de socavar los cimientos del crédito de que gozan los déspotas y
arruinar sus finanzas”. (l. c. pág. 175).
Según parece, Cherval anhelaba imitar al famoso
Pitt que, como es notorio, había instalado en las inmediaciones de Londres, una
fábrica de falsas asignaciones francesas durante la guerra antijacobina. “El
mismo Nugent ya había grabado con este fin varias planchas de piedra y cobre, y
hasta se designaron los crédulos asociados de la sociedad secreta, que habrían
de ser los portadores de los paquetes que contendrían —[¿las planchas de piedra
y cobre? ¡No!]— los falsificados billetes de banco —[por lo visto los billetes
de banco fueron empaquetados aún antes de ser fabricados]— destinados a
Francia, Suiza y Alemania” (pág. 175).
Pero Cicerón-Vogt había desenvainado su espada y
amenazaba con dejarla caer sobre la cabeza de Cherval-Catilina. Uno de los
rasgos más salientes de las naturalezas falstafianas es que, no contentándose
con ser gordas, ponen también todo su empeño en hacerse las gordas. Veamos sino
como nuestro Gur-|69|gergrosslingés, que en Suiza ya había logrado “reducir la
vagancia revolucionaria”, proporcionando un pasar allende los mares a
verdaderos cargamentos de fugitivos, se melodramatiza al hacer su entrada en escena,
agrandando hasta lo infinito la aventura corrida por Stieber en París, o sea,
su desafío a puñetazos con Cherval —ver Revelaciones. ¡Es así como empuña su
lanza y asesta sus golpes!
“El plan para toda esta conspiración” —(lug. cit.,
página 176)— había sido trazado de la manera más repulsiva que cabe imaginarse.
Lo que se pretendía era introducir en todas las asociaciones obreras el
proyecto de Cherval. Ya se habían iniciado “consultas confidenciales por parte
de las embajadas extranjeras” y se deseaba “comprometer a Suiza y, sobre todo,
el Cantón de Ginebra”. Pero el gobernador —Landvog— vigilaba. Inició su primer
salvamento suizo, experimento éste que más adelante habría de repetir aún
muchas veces con éxito creciente. “No niego” —así exclama aquel hombre
corpulento— “que he contribuido con lo mío para desbaratar estas maquinaciones
diabólicas; no negaré tampoco el haber solicitado la colaboración de la policía
de la república ginebrina para el logro de estos fines; lamento aún hoy” —¡oh
Cicerón inconsolable!— “que el afán de algunos engañados haya servido de
advertencia a aquel organizador astuto, facilitándosele con ello la fuga y
siéndole posible por consiguiente, eludir su detención”. Pero lo cierto es que
Cicerón-Vogt había logrado “desbaratar” la conspiración catilinea y salvar a
Suiza, contribuyendo para ello con lo suyo, no importa en dónde y cómo lo haya
llevado consigo. Según lo narrado, a las pocas semanas, Cherval ya reaparecía
nuevamente en París, “donde en modo alguno trató de mantenerse oculto, viviendo
en cambio
públicamente, al igual de cualquier otro ciudadano”
(l. c., |70| pág. 176). Es sabido cuán públicamente viven los ciudadanos
parisienses —citoyens— bajo el así retratado Empire.
¡Mientras Cherval se pasea tan “públicamente” por
la capital de Francia, el poor Vogt se ve obligado a ocultarse en el Palais
Royal y bajo la mesa de Plon-Plon, durante todas las visitas que efectúa a
París!
Lamento positivamente verme obligado a rebatir esta
poderosa “zacariada” de Vogt con la siguiente carta de Juan Felipe Becker,
aquel mismo Juan Felipe Becker, veterano de la emigración alemana, cuya
eficacia revolucionaria, a partir del sitio de Hambach hasta la campaña por la
constitución del Imperio, en la que luchó como jefe del quinto regimiento del
ejército —un órgano periodístico de indudable imparcialidad partidista, el
semanario militar de Berlín, contiene un testimonio referente a sus proezas militares—
resulta demasiado conocida como para que por mi parte yo deba pronunciar
palabras alusivas a él. Por lo tanto me limito a señalar únicamente que la
misma había sido dirigida a mi amigo R…, comerciante radicado en Londres, que
no conozco personalmente, por I. P. Becker, que éste tampoco mantuvo conmigo
relaciones políticas y finalmente, que omito el principio de la carta, por
contener asuntos de negocios, como también todo lo referente a la Banda de
Azufre y a los Bürstenheimer, conocido ya a través de mis comentarios
anteriores (Los originales de esta carta se encuentran entre las actas
pertenecientes a mi proceso ventilado en Berlín).
París, 20 de marzo de 1860.
“…Días pasados tuve oportunidad de examinar el
folleto de Vogt contra Marx. Esta obra me entristeció tanto más, por cuanto en
ella encontré completamente desfigurada la his-|71|toria de la llamada Banda de
Azufre y del difamado Cherval, la que tuve oportunidad de conocer en todos sus
detalles durante aquella estada mía en Ginebra, viéndola además injustamente
relacionada con la eficiencia política del economista Marx. No conozco ni he
tenido relación alguna con ese tal señor Marx, conociendo en cambio, hace ya
más de 20 años al señor Vogt y a su familia y considerándome por ello
infinitamente más afín a este último. Me veo obligado a lamentar amargamente la
falta de tacto y la inconsciencia con que Vogt emprende esta lucha, que censuro
enérgicamente. No es digno de hombres el valerse en sus combates de hechos
tergiversados o fingidos. Lamento sinceramente tener que constatar cómo Vogt
arruina, con su superficialidad, una virtud superior, en forma casi suicida,
comprometiendo y dejando mal parada su posición y prestigio, hasta en el
supuesto caso de que en efecto fuera posible absolverlo de todas las
acusaciones que se le hacen, de haber estado al servicio de Napoleón. ¡Cuánto
habría deseado yo que en cambio se hubiera valido de medios honestos para
lograr librarse brillantemente de tan graves acusaciones! En lo referente a lo
que hasta el momento ha emprendido con respecto a este asunto poco edificante,
siento una verdadera necesidad de comunicarle a usted, de qué naturaleza era
esa llamada Banda de Azufre y el susodicho señor Cherval, para que usted mismo
pueda darse una idea, hasta qué punto el señor Marx puede responsabilizarse de
sus existencias y actividades.
“Pero digamos algo sobre el nacimiento y la muerte
de la Banda de Azufre, sobre la que dificulto que pueda haber alguien capaz de
proporcionar mejores datos que yo.
Durante mi estada en Ginebra, gracias al cargo que
ocupaba, no sólo tuve oportunidad de observar desde un principio todas las
actividades de los emigrantes; en mi condición de hombre ya mayor y atento a la
causa en general, me interesaba también especial-|72|mente en observar todos
sus movimientos para, en el caso de producirse, poder intervenir y evitar
cualquier acción absurda, perdonable por cierto si se tenía en cuenta el estado
de sobreexcitación en que la desventura había hecho caer el ánimo de todos. Mis
treinta años de experiencia me habían enseñado de sobra, cuán generosamente la
emigración se ve dotada de ilusiones.”
[Lo que sigue ahora ya ha sido anticipado en lo
esencial, en las cartas de Borkheim y de Schily.]
…por broma se le dio a esta sociedad formada
esencialmente por vagabundos, el mote burlón de Banda de Azufre. Era esta una
agrupación de sujetos que la casualidad había reunido, constituida
espontáneamente y carente de presidente, programa, estatutos y dogmas. Ninguno
de ellos pensaba en conspirar secretamente, ni tampoco en perseguir
sistemáticamente algún fin político o de otra índole cualquiera. Todos se
limitaban tan sólo a lograr publicidad con extraordinaria franqueza y sin
reparar mayormente en los excesos que acaso pudieran cometer. Menos aún
mantenían relaciones con Marx, el que por su parte probablemente nada sabía, no
podía saber de su existencia y con el que por aquel entonces divergían
ampliamente en sus opiniones político-sociológicas. Además en aquella época los
muchachos ponían de manifiesto una definida inclinación hacia la independencia,
que en muchos casos llegaba a convertirse también en una especie de egolatría
exagerada, de modo que no es dable creer que hayan podido someterse ni teórica
ni prácticamente a teoría alguna; más bien habrían ridiculizado las arcaicas
advertencias de Vogt, burlándose además de las tendenciosas indicaciones de
Marx.
“Yo conocía tanto o más los detalles de todo lo que
ocurría en ese ambiente, por cuanto mi hijo mayor frecuentaba a diario a los
cabecillas principales… Por lo demás toda la di-|73|versión de aquella
incontenida banda no duró más allá del invierno de 1849 a 1850; luego las
circunstancias dispersaron a nuestros héroes.
“¡Quién habría sospechado por aquel entonces, que
la llama de la ya olvidada Banda de Azufre volvería a ser encendida por el
profesor Vogt después de 10 años de profundo sueño, para expandir su maloliente
pestilencia sobre supuestos agresores y verse luego gozosamente distribuida en
escala cuasi electromagnética simpatizante por periodistas complacientes! Hasta
el mismo señor von Blinke, liberal par excellence, se dignó mencionar la Banda
de Azufre, ilustrando con ello a la modesta cámara de Prusia, en ocasión de
ventilarse la cuestión italiana. Y la población de Breslavia, tan respetable de
ordinario, hasta llegó a organizar en su sancta simplicitas una mascarada
carnavalesca en homenaje a la banda, haciendo arder cantidades de azufre para
fumigar a toda la ciudad, simbolizando con ello su adhesión a la misma.
¡Pobre e inocente Banda de Azufre! ¡Pensar que
después de tu muerte te viste obligada nolens volens a convertirte en un
poderoso volcán; a hacer que los tímidos cayeran en calidad de rehenes en la
trampa de la policía, vulcanizando a todos los imbéciles del mundo y
carbonizando todos los cerebros ardorosos, hasta que de ellos apenas quedara
rastro alguno; a tal punto que, según creo, el mismo Vogt llegó a quemarse la
lengua en su llama!
Pero pasemos a hablar de Kremer, vulgo Cherval.
Este estafador político y social llegó a Ginebra en el año 1853, haciéndose
pasar por un inglés llamado Nugent. Era
éste el nombre de la casta de su supuesta esposa,
la mujer que le acompañaba y que en efecto era en verdad inglesa. Él hablaba el
inglés y el francés a la perfección y durante mucho tiempo evitó pronunciar una
sola palabra en alemán, ya que, según parece, tenía |74| sumo interés en ser
considerado inglés de pura sangre. En su condición de experto cromolitógrafo
introdujo —según lo manifestado por él mismo— el arte de la litografía en la
ciudad de Ginebra. Cuando se encuentra en sociedad se muestra hábil, desenvuelto,
sabe destacarse y presentarse de la manera más favorable. Entre los profesores
de la Academia no tardó en hallar amplio campo propicio para desarrollar su
profesión, reproduciendo dibujos referentes a asuntos de historia natural e
historia antigua. Al principio llevaba una vida muy retraída, tratando de
relacionarse más adelante, casi exclusivamente, con exilados oriundos de
Francia e Inglaterra. Yo, que por aquel entonces me encontraba ocupado en la
fundación de un office de renseignements y de un diario Le Messager du Léman,
tenía como colaborador a un fugitivo badense llamado Stecher, antiguo discípulo
de la Escuela Real. Este hombre poseía un extraordinario talento para el dibujo
y trataba de encontrar en la cromografía un mejor medio de vida; halló un
maestro en el inglés Nugent. Muy a menudo Stecher solía contarme las cosas más
bonitas de ese inglés siempre hábil, amable y generoso y de su inglesita,
graciosa y seria. Aparte de todas estas actividades, Stecher ejercía también la
de profesor de canto en la Asociación Cultural Obrera, a la que solía concurrir
de tarde en tarde con su maestro Nugent. fue en una de esas oportunidades que
tuve la ocasión de conocerlo, y que se dignó hablarme en un alemán tan
típicamente del bajo Rin, que no pude menos que decirle:
— ¡Usted nunca fue inglés!
“A pesar de ello insistió en afirmar que en su
primera infancia sus padres le habían enviado a Bonn, en donde estuvo internado
en un colegio hasta cumplir los 18 años de edad, acostumbrándose a hablar por
lo tanto con el acento típico de la región. Stecher, que hasta el último
momento se sintió encan-|75|tado de la compañía de aquel hombre “simpático”,
contribuyó también con lo suyo para facilitarle aún más el hacerse pasar por
inglés. En mí, en cambio, este episodio despertó una profunda desconfianza por
aquel supuesto hijo de Albión y hasta recomendé a los componentes de la
asociación que procedieran con toda cautela. Más adelante me encontré con el
inglés ese, en momentos en que se jactaba ante un núcleo de refugiados
franceses, de sus heroicidades llevadas a cabo durante los desórdenes ocurridos
en París. fue ésa la primera vez que comprobé que también se interesaba por la
política. Ello contribuyó para que lo considerara más sospechoso aún. Parodié
la “extraordinaria bravura” con que pretendía haberse batido, a fin de
brindarle oportunidad de hacerme demostración de la misma delante de aquellos
franceses. Al advertir que mi sangrienta burla era recibida por él tan sólo con
el valor de un perro apaleado, acabé por considerarlo sencillamente
despreciable.
“A partir de entonces siempre que podía, Nugent
evitaba el encontrarse conmigo. Entre tanto se dedicaba a organizar con Stecher
veladas danzantes que tenían lugar en la Asociación de Obreros Alemanes y a las
que invitaban a concurrir y colaborar gratuitamente a músicos italianos, suizos
y franceses. Fue en estos bailes que volví a encontrarme con este inglés,
convertido en un perfecto maître de plaisir y que según parecía, se hallaba en
su verdadero elemento, pues le sentaba mejor el hacerse el hombre alocado y
alegre, favorito de las mujeres, que el decantado “bravucón y valiente”. Sin
embargo no hacía política en la asociación obrera,
limitándose tan sólo a saltar y correr, reír,
cantar y beber. El orfebre Fritz, natural de Würtenberg, me informó que el
“inglés revolucionario” había fundado una asociación con el mismo Fritz, otro
alemán más y algunos italianos y franceses y que sumados todos ellos, no
excedían de 7 socios. Yo traté de convencer a Fritz para |76| que no se dejara
arrastrar por ese saltimbanqui político para entrar en ningún asunto serio; a
darse inmediatamente de baja como miembro de dicha asociación, invitando a sus compañeros
a seguir su ejemplo. Algún tiempo después mi librero me hizo llegar un folleto
firmado por Marx, que trataba sobre el proceso de los comunistas de Colonia y
en el que Cherval quedaba claramente caracterizado bajo el nombre de Kremer,
siendo duramente fustigado y acusado de traidor y estafador. De inmediato
sospeché que Nugent fuera el tal Cherval, sobre todo porque, de acuerdo a lo
manifestado en el folleto, se trataba de un ciudadano renano, lo que estaba
perfectamente de acuerdo con su acento, que además convivía con una inglesa,
factor este que también coincidía en un todo con Nugent. Comuniqué mis
sospechas a Stecher, Fritz y otros, haciendo circular con este fin el folleto
recibido. Rápidamente cundió la desconfianza hacia Nugent; el folleto de Marx
surtía su efecto. Muy pronto Fritz vino a verme para explicarme que ya no era
socio de aquella pequeña “asociación” y que los demás consocios no tardarían en
imitarlo. Además me reveló cual era el fin secreto perseguido por la misma. El
“inglés” habría querido destruir el crédito de los distintos Estados valiéndose
para ello de la reproducción de documentos de Estado y proponiéndose organizar
con el dinero ganado, una revolución europea, etc. Por aquella misma época un
tal señor Laya, fugitivo francés y antiguo abogado parisiense, pronunció
algunas conferencias sobre el socialismo. Nugent concurrió a ellas; Laya, que
había sido su defensor durante el proceso ventilado en París, reconoció en él a
Cherval, y no titubeó en decírselo personalmente. Nugent rogó que no se le
descubriera. Yo me enteré de todo esto por intermedio de un fugitivo francés,
amigo de Laya, y me apresuré a divulgar la noticia. Nugent tuvo el descaro de
volver a presentarse una vez más en la Asociación Obrera, de |77| donde se le
expulsó por haber sido reconocido como el alemán Kremer y el francés Cherval.
Dicen que el tal Ranickel, natural de Bingen, fue quien le atacó más
violentamente al ventilarse esta cuestión. Ahora también la policía ginebrina
amenaza con detenerlo por el asunto de su pequeña asociación, pero el
falsificador de documentos de Estado ha desaparecido sin dejar rastros.
“En París, Cherval trabajaba en decoraciones de
porcelanas y como también yo me ocupaba aquí de esto, llegamos a encontrarnos a
lo largo de nuestros respectivos caminos comerciales. Lo cierto es que pude
comprobar que continuaba siendo aún el mismo superficial e incorregible
tarambana de siempre.
“Realmente me resulta incomprensible cómo Vogt ha
podido relacionar a estos estafadores con las pretensiones y actividades de un
Marx en Ginebra, sobre todo tratándose precisamente de un momento, en el que
Marx, en su escrito, trataba a ese tipo con tan implacable energía y decisión.
Precisamente por eso es Marx quien lo desenmascara, expulsándolo de Ginebra,
donde se afirma que, desaparecido Vogt, se dedicó a trabajar para Marx.
“Cada vez que pienso cómo es posible que el
naturalista Vogt ha podido tomar un camino tan pernicioso, confieso que me
siento desconcertado por completo. ¿Acaso no resulta penoso ver cómo la hermosa
influencia ejercida por Vogt, gracias a fortuitas coincidencias
circunstanciales, queda anulada de manera poco fructífera?
¿Podría sorprendernos, por consiguiente, que
después de semejantes apreciaciones, todo el mundo recibiera con desconfianza
las investigaciones fisiológicas de Vogt, como si sus conclusiones científicas
se basaran, con la misma superficialidad y falta de seriedad, sobre
concepcio-|78|nes falsas y no sobre hechos positivos y profundamente
investigados?
“Para ser un hombre de Estado y un sabio, es
preciso poseer algo más que ambición, pues de lo contrario hasta el mismo
Kremer estaría en condiciones de ser ambas cosas. Desgraciadamente el mismo
Vogt ha descendido también a una especie de Cherval, gracias a este último y a
su Banda de Azufre. Y en efecto ambos poseen cierto parecido íntimo debido a su
necesidad poderosamente desarrollada de disfrutar de una vida cómoda, de la
sociabilidad amable y de poder burlarse superficialmente de los asuntos serios…
“Esperando su pronta y amable respuesta le saluda
con cordial devoción, su
I. PH. BECKER”.
“P. D.: Acabo de echar otro nuevo vistazo al
folleto de Vogt, comprobando, con la consiguiente sorpresa, que también en él
se trata a los Bürstenheimer, tributándoseles con los honores que merecen.
Dentro de poco le haré saber también qué clase de sujetos eran esos tales
Bürstenheimer…
“…Además vi en esa obra, que Vogt afirma que
Nugent-Cherval-Kremer había llegado a Ginebra, cumpliendo una orden de Marx. Es
preciso por eso que yo añada, que hasta el último momento de su estada en
Ginebra, Nugent insistió en desempeñar su papel de inglés, no dejando entrever
nunca, en parte alguna, que alguna vez hubiese podido tener contacto con un
fugitivo alemán, lo cual hubiese podido estar de acuerdo con la incógnita que
se había impuesto guardar. Aún aquí, donde ya ello puede importarle mucho menos,
no desea ser considerado como tal y desmiente toda amistad que pueda haber
tenido anteriormente con alemanes.
|79| “Yo siempre creí que Vogt había dejado
despreocupadamente que otros lo mistificaran, pero ahora cada vez más su
actitud se me antoja como el fruto de una astucia maliciosa. Por consiguiente,
no lo siento tanto por él, como por su bondadoso y anciano padre, al que toda
esta historia sin duda deparará aún más de una hora amarga.
“No sólo le permito, sino que le ruego en pro de la
verdad, y de la buena causa quiera usted divulgar entre sus amistades las
informaciones que acabo de suministrarle.
“Siempre suyo cordialmente,
I. PHILIPPE B.” (Ver suplemento 3).
4) EL PROCESO DE LOS COMUNISTAS DE COLONIA
Del “gabinete” de la Regencia Imperial de Ginebra
al Real Tribunal Laico prusiano de Colonia:
“En el proceso de Colonia Marx desempeñó un papel
preponderante”. No cabe duda de que así fue.
“En Colonia fueron juzgados sus aliados”. Según lo
confesado, sí.
La prisión preventiva de los acusados de Colonia
duró año y medio.
La policía y la embajada prusiana, Hinkeldey con
todas sus huestes, emisarios y magistrados, ministerios del interior y de
justicia, habían puesto todo su empeño durante ese año y medio para descubrir
algún corpus delicti.
Por lo tanto en ésta, su investigación de mis
“actividades”, Vogt dispone en cierto modo de los medios complementarios
proporcionados por el Estado prusiano y hasta encuentra materiales auténticos
en mis Revelaciones, referentes al proceso de |80| los comunistas llevado a
cabo en Colonia (Basilea, 1853), de las que halló un ejemplar en la asociación
obrera de Ginebra, pidiéndolo prestado y “estudiándolo” luego minuciosamente.
Por consiguiente esta vez el niño Carlos acabará por hacérseme temible. ¡Pero no!
Esta vez Vogt se “cohíbe”, lanza una cuantas de sus salvajes bombas de vapor y
mal olor22 para tartamudear inmediatamente, ansioso ya de emprender la
retirada:
…“Para nosotros el proceso de Colonia ya no tiene
mayor importancia”. (Pág. 172 del Libro Mayor).
En las Revelaciones yo no pude prescindir de atacar
también al señor A. Willich. El señor Willich inicia su autodefensa en el
diario criminalista neoyorkino del 28 de octubre de 1853,23 caracterizando mi
obra “como una crítica magistral al horripilante procedimiento practicado por
la central policial de la federación alemana”. I. Schabelitz, hijo, el editor
de la obra, después de recibir mi manuscrito, me escribe desde Basilea con
fecha del 11 de diciembre de 1852: “Sus revelaciones acerca de las infamias policiales
son insuperables. Acaba usted de rendir un brillante homenaje al actual régimen
alemán”. Agrega además que su propia opinión es compartida también por los
entendidos en la materia, “entendidos” éstos, cuyo grupo era encabezado por un
actual amigo ginebrino del señor Carlos Vogt.
A los siete años de su aparición este mismo escrito
impulsó al señor Eichhoff de Berlín —persona completamente desco-|81|nocida
para mí y la que, como es sabido, debió comparecer ante el tribunal de justicia
por acusársele de haber calumniado a Stieber— a hacer la siguiente
manifestación, durante la vista de su causa: “Había estudiado a fondo el
proceso de los comunistas de Colonia, viéndose obligado, no sólo a sostener su
antigua afirmación de que Stieber había hecho un falso juramento, sino a
ampliarla aún más, afirmando que todas las declaraciones que el tal Stieber
había hecho durante ese proceso, resultaban ser completamente falsas… La
condena de los acusados de Colonia se debió exclusivamente a las declaraciones
de Stieber… Toda la declaración de éste habría sido un juramento falso, llevado
a cabo de manera consecuente”.
El mismo Vogt confiesa: “Marx hizo todos los
esfuerzos imaginables para remitir a los defensores de los acusados, materiales
e instrucciones para el desarrollo del proceso…
22 “Las
bombas de vapor y de mal olor son muy eficaces en la guerra minera. Se trabaja
sobre la base de la fórmula para los proyectiles luminosos, con la única
diferencia de que la cantidad de azufre debe ser mayor y la de plumas, cuernos,
astillas y demás desperdicios, todo lo grande que pueda tolerar la receta,
llenándose con ello algunas bolsas y disparando el proyectil con borra de
consumo” (Z. E. Plünicke, Manual para los oficiales de la Real Artillería
Prusiana. Primera parte, Berlín, 1820).
23 Publiqué
una réplica en mi panfleto: Der Ritter vom edelmütigen Bewustseiu [El Caballero
de la Noble Conciencia].
“Según es sabido allí —en Colonia— los agentes
Stieber, Fleury, etc., presentaron documentos fabricados por ellos mismos, para
que sirvieran de “testimonios”, descubriéndose además, entre toda aquella
chusma policial, un abismo de perversión tal, que provocaba escalofríos” (Págs.
169, 170 del Libro Mayor).
Ya que Vogt trata de manifestar su odio al golpe de
Estado por medio de propaganda bonapartista, ¿por qué; no habría de testimoniar
yo mi “acuerdo” con la policía secreta, descubriendo para ello su infinita
perversión? De haber poseído la policía testimonios legítimos, ¿para qué habría
tenido necesidad de fabricar testimonios falsos?
Pero el profesor Vogt continúa perorando: “Sin
embargo, los únicos abatidos por el rayo fueron únicamente los miembros de la
liga marxista y del partido de Marx”.
¡En efecto, Polonio! ¿Acaso en París el rayo no
había caído ya sobre otro partido, luego sobre otro en Berlín —el pro-|82|ceso
de Ladendorff— y sobre otro en Bremen —Todtenbund, etc., etc.?
En lo que a la condena de los acusados de Colonia
se refiere, prefiero citar un pasaje perteneciente a mis Revelaciones:
“Al principio se hizo necesaria la milagrosa
intervención de la policía para ocultar el carácter puramente tendencioso de
este proceso. Las presentes revelaciones —así inició la sesión el procurador
Staedt— les demostrarán a ustedes que este proceso no es un proceso
tendencioso. Ahora —al finalizar los debates— realza el carácter tendencioso
para hacer olvidar las revelaciones policiales. Después de un año y medio de
investigación previa, el jurado necesitaba de un estado de cosas más objetivo,
para poder justificar su actitud ante la opinión pública.
“Al cabo de aquella comedia policial que duró cinco
semanas, necesitaron de la “tendencia pura” para poder salir del barro. Es por
eso que Staedt no sólo se limita al material, gracias al cual el senado
acusador emitió el siguiente juicio: “No consideraba que existía una causa
objetiva”. Y va más lejos aún: trata de demostrar que la ley contra los
complots ni siquiera requiere una causa. Es tan solo una ley tendenciosa, de
modo que la categoría del complot resulta ser únicamente, un pretexto para
condenar legalmente a la pira, a los herejes políticos. Su intento prometía un
éxito tanto mayor, gracias a la aplicación del nuevo código penal promulgado
después de la detención de los acusados. Argumentamos que el tal código
contenía disposiciones poco severas, la corte servil pudo llegar a tolerar su
adopción retroactiva. ¿Pero, y si el proceso no era otra cosa que un proceso
puramente tendencioso, para qué entonces aquel año y medio de investigación
previa? Sencillamente por tendencia también” (lug. cit., págs. 71, 72, ed.
“Lautaro” pág. 172).
|83| Con el descubrimiento del protocolo el proceso
había entrado en un nuevo estadio. Los jurados no eran más libres para declarar
culpables o inocentes a los acusados; ahora debían, o encontrar culpables a los
acusados, o culpable al gobierno.
Absolver a los acusados, significaba condenar al
gobierno. (pág. 70, lug. cit., ed.
“Lautaro” pág. 170).
El que por aquel entonces el gobierno prusiano
interpretara la situación de una manera muy similar, queda demostrado en un
documento de Hinkeldey, dirigido por éste durante la época de las vistas del
proceso de Colonia a la embajada prusiana en Londres y en el que se decía que
“toda la existencia de la policía política, dependía exclusivamente del
resultado de dicho proceso”. Por lo tanto se requirieron los servicios de una
persona que habría de llevar ante la justicia al testigo prófugo H.,
cuyas declaraciones serían pagadas a razón de 1000
taleros. Lo cierto es que dicha persona ya había sido hallada cuando llegó una
nueva carta de Hinkeldey: “El procurador del Estado espera lograr la
declaración de los culpables sin necesidad de tomar medidas extraordinarias,
valiéndose para ello de una hábil formación del jurado, por lo que él
—Hinkeldey— rogaba que no se continuara insistiendo en la búsqueda de dicho
sujeto” (Ver anexo Nº 4).
En efecto fue esta feliz formación del jurado de
Colonia, la que impuso en Prusia el régimen de Hinkeldey-Stieber. “En Berlín se
dará un golpe en cuanto hayan sido condenados los acusados de Colonia”,
afirmaba ya en octubre de 1852 la chusma policial agregada a la embajada
prusiana en Londres, aun mando en Berlín la bomba policíaca recién estalló a
fines de marzo de 1853. (Conspiración de Ladendorf. Ver anexo Nº 4).
|84| El ulterior griterío liberalista referente a
una época reaccionaria, resulta siempre tanto más sonoro cuanto más desmedida
es la cobardía liberal que durante años enteros ha dejado el campo
incondicionalmente en manos de la reacción. Es así como en la época del proceso
de Colonia fracasaron todos mis esfuerzos por publicar en la prensa liberal
prusiana el fraudulento sistema de Stieber. Este había estampado con grandes
letras sobre su estandarte: ¡La seguridad es el deber primordial de todo
ciudadano y bajo su consigna vivirás!
5) FIESTA
CENTRAL DE LA ASOCIACIÓN CULTURAL DE OBREROS ALEMANES EN LAUSANA (26 y 27 de
junio de 1859)
Nuestro héroe siempre vuelve a refugiarse con
renovado placer en… Arcadia. Volvemos a encontrarlo “en un retirado rincón de
Suiza”, en Lausana, al celebrarse a fines de junio la fiesta central de cierto
número de Asociaciones Culturales de Obreros Alemanes. Es aquí donde Carlos
Vogt inicia su segundo salvamento suizo. Mientras Catilina se encuentra en
Londres, en Lausana el Cicerón de la levita abigarrada hace oír sus rugidos:
Jam jam intelligis me acrius vigilare ad salutem,
quam te ad perniciem reipublicae. Casualmente disponemos de un informe
auténtico sobre dicha “fiesta central” y la heroicidad llevada a cabo durante
su desarrollo por “la naturaleza redondeada”. El título de este informe
redactado por el señor G. Lomel en colaboración con Vogt, reza como sigue: “La
fiesta central de las Asociaciones Alemanas Cultural-Obreras, celebrada en
Suiza Oriental. (Lausana 1859) Ginebra, 1859, Markus Vaney, Rué de la Croix
D’Or”. Comparemos el informe |85| auténtico con el Libro Mayor aparecido cinco
meses más tarde.
Este informe contiene "el discurso pronunciado
por el mismo Cicerón-Vogt, en cuya introducción revela el secreto de su
presencia en dicha ocasión. Aparece mezclado entre los obreros, los arenga
porque “durante los últimos tiempos se le ha hecho objeto de graves
acusaciones, las que de ser ciertas, deberían quebrantar toda la confianza
depositada en él y anular toda su influencia política”. “Vengo hasta aquí —
[así continúa diciendo]— para hablar con franqueza, sobre aquella hipocresía”.
[La
señalada más arriba] (pág. 67 del Informe). Se le
imputan maquinaciones bonapartistas, es preciso que salve su influencia y, de
acuerdo a su costumbre, defiende el pellejo con la lengua. Al cabo de hora y
media de inconsistente charla, recuerda la advertencia de Demóstenes que afirma
que “la acción, la acción y nada más que la acción es el alma de la
elocuencia”.
Pero, ¿qué es la acción? En América existe un
pequeño animal llamado zorrino, que en los momentos de mayor peligro dispone
tan sólo de un único recurso de defensa: su olor repugnante. Cuando se lo
ataca, lanza a través de determinado órgano una materia, cuyo líquido condena
irremisiblemente nuestras ropas a la hoguera y, en el caso de rociar nuestra
piel, nos proscribe por algún tiempo de la sociedad humana. La intensidad de
dicho olor es tal, que los cazadores suelen tomar las de Villadiego en cuanto advierten
que sus perros han descubierto la huella de un zorrino, escapando con más
premura y miedo que si les persiguiera algún león o tigre hambriento. Contra el
lobo y el tigre les defiende la pólvora y el plomo, pero no ha nacido aún la
hierba capaz de soportar el ad posterior del zorrino.
Eso es acción, se dice el orador que ha tomado
carta de ciudadanía en el “Reino de los Animales” y por lo tanto re-|86|suelve
rociar esta especie de secreción zorrinesca sobre sus supuestos perseguidores.
“Ante todo quiero recomendaros especial cautela con
una cosa: se trata de las maquinaciones de un reducido montón de despreciables
hombrecillos, todas cuyas obras y aspiraciones están destinadas únicamente a
apartar al obrero de su profesión, complicándolo en conspiraciones y complots
comunistas, para finalmente, después de haber vivido a costas del sudor de su
frente, abandonarlo con toda frialdad a su desgracia —es decir, después de que
haya sudado lo bastante—. También ahora ese grupillo vuelve a esforzarse por
atraer a sus redes traicioneras, cueste lo que cueste, y de la manera más
vulgar imaginable, a las asociaciones obreras. Digan lo que digan con respecto
a las maquinaciones bonapartistas de Vogt, podéis estar seguros de que
únicamente pretenden explotar al obrero en provecho de sus propios fines
egoístas, dejándolo por último abandonado a su propia suerte” (Ver página 18
del Informe. Ver anexo).
Ni siquiera resulta original la desvergüenza con
que el zorrino ese hace que tanto yo como mis amigos, que siempre hemos
sacrificado nuestros propios intereses en provecho de la clase obrera, “vivamos
a expensas del sudor de la frente de los obreros”. No sólo los Mouchards
decembristas aullaron calumnias similares tras Luis Blanc, Blanqui, Raspail,
etc; también en todas las épocas y partes del mundo los Sicofantes de la clase
reinante calumniaron siempre en forma igualmente infamante a los precursores literarios
y políticos pertenecientes a la clase sometida. (Ver anexo Nº 5).
Pero después de esta acción, nuestra “naturaleza
redondeada” ya no puede continuar manteniendo su seriedad. Por lo tanto el
bufón se dedica a comparar a sus “perseguidores” que se encuentran en libertad,
con los “rusos capturados cerca de |87| Zorndorf y a sí mismo —¡adivínese!—
¡con Federico el Grande!24 Falstaff-Vogt
24 Kobes I
relata en el panfleto publicado por Jacobo Venedey Pro domo et pro patria
contra Carlos Vogt, Hanóver 1860: “…dice haber podido comprobar personalmente
que el señor regente imperial, Carlos Vogt, no se hallaba presente cuando
nosotros, como también los otros cuatro regentes imperiales, obligamos al
gobierno würtenburgués a proporcionar retoñar, costase lo que costare, un final
digno al parlamento. Es esta una historia divertida. Cuando los otros cuatro
regentes imperiales ya
recordaba que Federico el Grande había escapado
corriendo cuando le tocó asistir a su primera batalla. Cuánto más grande
resulta ser por lo tanto Vogt, que también había escapado sin siquiera asistir
a batalla alguna…
Hasta aquí la descripción de la fiesta central de
Lausana, de acuerdo al informe auténtico. Después de esto “obsérvese” —para
repetir las palabras de Fischart— “esa pegajosa y torpemente glotona bola de
masa” y la picara papilla policial que sirvió cinco meses más tarde a los
filisteos alemanes.
“Se deseaba provocar a toda costa, una complicación
en Suiza: era preciso asestar un golpe… a la política de neutralidad. Se me
comunicó que la fiesta central de las asociaciones culturales obreras habría de
ser aprovechada para llevar a los obreros por caminos que anteriormente ellos
habían rechazado, con toda energía. Se esperaba poder aprovechar aquella
hermosa fiesta para formar un comité secreto, que habría de entrar en contacto
con los correligionarios residentes en Alemania y tomar — aunque convenientemente
informado, Vogt afirma no saberlo— Dios sabe qué clase de medidas. Circulaban
sordas murmuraciones y misteriosos comentarios acerca |88| de una activa
intervención de los obreros en la política patrióticamente alemana.
Inmediatamente resolví oponerme a estas maquinaciones para recomendar una vez
más a los obreros, que en modo alguno prestaran oídos a proposiciones de esa
índole. Al final del discurso mencionado más arriba, pronuncié esta
advertencia, etc.” (pág. 180 del Libro Mayor).
Cicerón-Vogt olvida que al principio de su discurso
había revelado públicamente los motivos que le impulsaron a concurrir a la
fiesta central: no era la neutralidad de Suiza, sino el poner a resguardo su
propio pellejo. En todo su discurso no se encuentra una sola sílaba referente
al planeado atentado a Suiza, a las veleidades conspiratorias de la fiesta
central, al comité secreto, a la intervención activa de los obreros en la
política alemana, ni a las proposiciones de esta u “otra” índole cualquiera. Nada
de todas estas stieberiadas. Su advertencia final fue tan solo la del honorable
caballero Sykes, quien en la sala de audiencias de Old Bailey recomendó al
jurado que no prestara oídos a los “despreciables” detectives que habían
descubierto su robo.
“Los sucesos que se produjeron de inmediato —afirma
Falstaff-Vogt, (pág. 181 del Libro Mayor)— confirmaron mis sospechas” ¿Cómo,
sospechas? Pero Falstaff vuelve a olvidar que unos pocos renglones más arriba
no “sospechaba”, sino que se le “había informado” de los planes trazados por
los conspiradores e inclusive que también se le había informado de todos los
detalles. ¿Y cuáles —¡oh cándido angelito!— fueron los acontecimientos que se
produjeron de inmediato? “Un artículo del Allgemeine Zeitung atribuía a esa
fiesta y a la vida de los obreros, propósitos en los que los mismos —es decir
la fiesta y la vida— ni pensaba siquiera (Del mismo modo como Vogt se las
atribuye al congreso de Murten y a las comunicaciones obreras). A consecuencia
de este artículo |89| y de su publicación en el Frankfurter Journal — [Diario
de Fráncfort]— el embajador de un Estado del Sud de Alemania solicitó un
informe confidencial, en el que se atribuía a dicha fiesta la importancia que
le “imputara” el artículo del Allgemeine Zeitung y su copia aparecida en el
Frankfurter
habían subido al coche para (de acuerdo a lo
convenido) dirigirse a la sala de audiencias y exponer allí,
conjuntamente con el tronco del parlamento, el
pecho descubierto—, evidentemente ese tronco carecía
de cabeza — Carlos Vogt le gritó al cochero en
momentos que cerraba la portezuela: —¡Arranca ya!...
De todos modos el coche está completo... ¡Yo os
seguiré!...
Carlos Vogt llegó cuando ya había pasado el posible
peligro”. (l. c., págs. 23, 24).
Journal —y de ninguna manera— “la que, de acuerdo a
los fracasados propósitos de la Banda de Azufre, HABRÍA DEBIDO TENER”. ¡Sí
señores! ¡HABRÍA DE TENER!
Aun cuando la comparación superficial del Libro
Mayor con el auténtico informe referente a la fiesta central bastaría para
descubrir el secreto de la segunda salvación suiza llevada a cabo por Cicerón
Vogt, yo desearía poder comprobar que —como de costumbre— no fuera acaso una
tergiversación la que le había proporcionado el material necesario para poder
desplegar sus fuerzas. Por lo tanto dirigí una carta al redactor del auténtico
informe, el señor G. Lomel radicado en Ginebra. El señor Lomel debe haber mantenido
relaciones amistosas con Vogt, ya que no se limitó tan sólo a redactar con su
ayuda dicho informe sobre la fiesta central de Lausana, sino que También trató
de disimular en un folleto posterior el papelón que Vogt había hecho durante el
homenaje a Schiller y a Roberto Blum, celebrado en Ginebra. En su respuesta
fechada el 13 de abril de 1860, el señor Lomel, a quien no conozco
personalmente, me escribe lo siguiente: “El relato en que Vogt afirma que
durante su estada en Lausana había frustrado una conspiración peligrosa, es
sencillamente un cuento o MENTIRA; lo único que busca en Lausana es un lugar en
el cual poder hablar para luego tener oportunidad de mandar imprimir su
discurso. Dicho discurso, que duró hora y media, fue su autodefensa, en la que
trató de negar que jamás haya sido un bonapartista asalariado. Yo mismo guardo
en mi propia casa los originales de dicho discurso”.
|90| Un francés residente en Ginebra, al ser
interrogado sobre dicha conspiración vogtiana, responde brevemente: “Il faut
connaître cet individues —es
decir a Vogt—, surtout le FAISEUR, l'homme
important, toujours hors de la nature et de la verité”.25
El mismo Vogt afirma en la página 99 de sus
llamados Ensayos, que “nunca se había jactado de poseer cualidades proféticas”.
Pero ya el Viejo Testamento nos enseña que el asno vio lo que no veía el
profeta. Y es así como se explica el que Vogt haya visto la conspiración, que
en el mes de noviembre de 1859 decía suponer haberla “frustrado” en el mes de
junio de ese mismo año.
6) DE TODO UN POCO
“Si mi memoria no me traiciona —[así dice el bufón
parlamentario]—, “la circular” —[es decir una supuesta circular londinense
dirigida a los parlamentarios en 1850]— “había sido redactada por un
correligionario de Marx, el llamado “Parlaments-Wolff” —[Lobo parlamentario]—
“y entregada a las manos de la policía hanoveriana. También ahora vuelve a
surgir este canal en la historia de la circular de los amigos de la patria a
los ciudadanos de Gotha” (pág. 144 del Libro Mayor).
¡Surge un canal! ¿Acaso pro lapsus ani de filólogos
chistosos?
En cuanto al lobo parlamentario se refiere —y más
adelante nos enteraremos por qué el “Parlaments-Wolff” oprime |91| la memoria
del bufón parlamentario como una pesadilla— éste había publicado la siguiente
aclaración en el Volkszeitung de Berlín, en el Allgemeine Zeitung y el
Hamburger Reform:
25 Es
preciso conocer a ese individuo, sobre todo el HACEDOR, el hombre importante
que siempre está fuera de la naturaleza y de la verdad
“SOLICITADA. Manchester, 6 de febrero de 1860”:
A través de la carta de un amigo me entero de que
el National-Zeitung —[Diario Nacional]— (Nº 41 del año en curso) ha publicado
el siguiente pasaje en su artículo de fondo basado sobre el folleto de Vogt:
“En 1850 fue redactado en Londres un nuevo
despacho-circular cuyo redactor, según lo cree Vogt, fue el Parlaments-Wolff
—[Lobo Parlamentario]— alias Kassematten-Wolff —[Lobo de casamatas]—. Este
despacho fue remitido más adelante a los proletarios de Alemania, pasando
simultáneamente a manos de la policía hanoveriana”.
Yo no tuve oportunidad de ver ese número del
National-Zeitung, ni tampoco el folleto de Vogt, por lo que respondo,
refiriéndome tan sólo al pasaje citado:
1. En el
año 1850 yo vivía en Zúrich y no en Londres, a donde recién me trasladé en el
verano del año 1851.
2. En toda
mi vida no he redactado un despacho-circular dirigido a “los proletarios” ni
tampoco a los otros.
3. En lo
que a la insinuación relacionada con la policía hanoveriana se refiere, rechazo
con todo el desprecio que su autor me merece aquella calumnia, fruto de su
audacia y desvergüenza. Si el resto del panfleto de Vogt resulta tan falso como
todo lo referente a mi |92| persona, no me cabe duda de que la obra merece
compararse con las chapucerías de un Chenu, de la Hadde y demás secuaces.
W. WOLFF.”
En efecto: tal como Cuvier descubrió que todo el
armazón de Thiers constaba de un solo hueso, así Wolff supo analizar también a
través de una única cita, toda la chapucería de Vogt. En realidad Carlos Vogt
aparece junto a Chenu y de la Hadde como Primus inter pares.
El último testimonio proporcionado por este Vogt
“que no se cohíbe” para demostrar mi entente cordiale con la policía secreta en
general y “mis relaciones con el partido del Kreuzzeitung en particular”,
consiste en que mi mujer es hermana del ex ministro de Westfalia (pág. 194 del
Libro Mayor). ¿Cómo oponerse por lo tanto a esta cobarde artimaña del gordo
Falstaff? Acaso el bufón le perdone a mi esposa el cognaticio ministro
prusiano, si se entera de que uno de sus agnados escoceses había sido decapitado
en la plaza del mercado de Edimburgo por intervenir como rebelde en la guerra
liberadora contra Jacobo II. Está visto que el mismo Vogt conserva y pasea aún
su propia cabeza, debido tan sólo a una equivocación. En el homenaje a Roberto
Blum llevado a cabo por la Asociación Cultural de los Obreros Alemanes en
Ginebra — 13 de noviembre de 1859— nos informa acerca de “cómo las izquierdas
del parlamento de Fráncfort, habían estado indecisas durante mucho tiempo
acerca de a quién habrían de enviar a Viena: si a Blum o a él. Finalmente la
suerte —[una brizna de paja]— había decidido a favor, o mejor dicho, en contra
de Blum” (págs. 22, 29. Homenaje a Schiller en Ginebra, etc. Ginebra 1859). El
13 de octubre Roberto |93| Blum salía de Fráncfort con rumbo a Viena. El 23 o
24 de octubre llegaba a Colonia una embajada de la extrema izquierda de
Fráncfort, que se hallaba de paso en dicha ciudad y cuya meta era el congreso
de los demócratas a celebrarse en Berlín. Yo vi a aquellos señores, entre los
que se contaban algunos parlamentaristas estrechamente
vinculados al Neuen Rheinischen Zeitung —[Nuevo
Diario Renano]—. Estos últimos, de los cuales uno fue fusilado bajo la ley
marcial durante la campaña por la constitución del Imperio, otro murió en el
exilio y el tercero continúa viviendo aún, me murmuraron al oído historias
espeluznantemente extrañas, referentes a los manejos de Vogt relacionados con
la misión que Blum habría de cumplir en Viena. Pero…
Heiss mich nicht reden, heiss mich schweigen,
denn das Geheimnis ist mir Pflicht!…
[No me hagas hablar, mándame que calle,
pues mi secreto es un deber!…]
El homenaje a Roberto Blum mencionado más arriba
—noviembre de 1859— y realizado en Ginebra, no fue grato a la “naturaleza
redondeada”. Apenas entró en el recinto, arrastrándose servilmente a los píes
de su patrón, James Fazy, un obrero exclamó: “¡Ahí va Enrique y, tras él,
Falstaff”. Cuando, al relatar su bonita anécdota pretendió hacerse pasar por un
alter ego de Roberto Blum, fue preciso un gran esfuerzo para evitar que algunos
obreros exaltados, asaltaran la tribuna del orador. Y cuando finalmente, sin recordar
cómo en junio había frustrado la revolución, volvió a gritar una vez más: “¡A
las barricadas!” —pág. 29 del Homenaje a Schdler—, le respondió un eco burlón:
“¿Barricadas?… ¡Tortas!”. Sin em-|94|bargo en el extranjero se valoraron tan
justicieramente las peroratas políticas de Vogt, que por esta vez se prefirió
dejar sin efecto “el requerimiento de informes confidenciales, formulado por un
embajador del Sud de Alemania”, no publicándose tampoco artículo alguno en el
Allgemeine Zeitung.
Toda la “stieberiada” de Vogt, desde la Banda de
Azufre hasta “El Ministro Retirado”, revela en él aquella clase de maestros
cantores de los que el Dante dice:
Ed egli avea fatto del cul trompetta.
|95|
CAPÍTULO IV. LA CARTA DE TECHOW
¿Qué es lo que la “naturaleza redondeada” vuelve a
sacar nuevamente
del triste sacco
che merde fa di quel,
che si trangugia?
DANTE.
Una carta de Techow fechada en Londres el 26 de
Agosto de 1850.
“Para caracterizar estas actividades —[vale decir
las de la Banda de Azufre]— lo mejor que puedo hacer es transcribir aquí la
carta de un hombre, al que todo aquel que le haya conocido —[¡!]— no vacilará
en reconocer como a una persona honorable, y la que me es permitido publicar
—[publicar qué? ¿La persona honorable o la carta?]— ya que la misma estaba
destinada expresamente a servir de información — [¿para quién?]— pues han
desaparecido los obstáculos —[¿por parte de quiénes?]— que se oponían a su publicación”
(pág. 141 del Libro Mayor).
A fines de agosto de 1850 Techow pasó de Suiza a
Londres. Su carta está dirigida al ex teniente prusiano Schimmelp-|96|fennig,
por aquel entonces radicado en Berna, “para que éste la hiciera circular entre
los amigos”, es decir, entre los antiguos miembros de la Centralización, una
asociación secreta extinguida hacía ya casi más de una década, fundada en Suiza
por fugitivos alemanes y compuesta por una masa abigarrada y generosamente
sazonada por elementos parlamentarios. Techow formaba parte de dicha asociación;
no así Vogt y sus amigos. ¿Cómo, por lo tanto, la carta de Techow pudo caer en
manos de Vogt y quién le dio permiso para publicarla?
El mismo Techow me escribe desde Australia con
fecha de 17 de abril de 1860: “Lo cierto es que nunca tuve oportunidad de
autorizar al señor Carlos Vogt para algo en lo referente a este asunto”.
De los “amigos” de Techow a quienes debía ser
comunicado el contenido de esa carta, quedan en Suiza tan sólo dos. Que sean
ellos mismos quienes hablen:
El señor E. a Schily, 29 de abril de 1860. Alta
Engadina. Cantón de los Grisones.
“Al aparecer el folleto de Vogt Mi proceso contra
el Allgemeine Zeitung, en el que ha sido copiada una carta dirigida por Techow
a sus amigos residentes en Suiza, de fecha 26 de agosto de 1850, resolvimos
nosotros, los amigos de Techow que aún continuamos residiendo en Suiza,
manifestar en una carta dirigida a Vogt, nuestro desagrado por la desautorizada
publicación de la misma. La carta de Techow había sido dirigida a
Schimmelpfennig que se encontraba en Berna y debía ser comunicada a los amigos
por medio de copias… Me satisface el que ninguno de todos nosotros, que ninguno
de todos los amigos de Techow autorizados para hacer uso de dicha |97| carta
del 26 de agosto, baya cometido la torpeza de servirse de ella, tal como
recientemente acaba de hacerlo Vogt, a quien
probablemente un hecho fortuito puso en su poder. El 22 de enero se le escribió
a Vogt, criticándosele por la publicación desautorizada de la carta de Techow,
protestándose además contra todo abuso que pudiera cometer ulteriormente y
exigiendo la devolución de la misma. El 27 de ese mismo mes, Vogt contestó:
“que la carta de Techow había sido destinada a ser comunicada a sus amigos y
que un amigo común, en cuyas manos se encontraba, se la había entregado encareciéndole
su publicación… y que él únicamente devolvería aquella carta a quién se la
había entregado”.
El señor B. a Schily. Zúrich 1 de mayo de 1860.
“La carta dirigida a Vogt fue escrita por mí
después de consultar con E… — R… no se contaba entre los “amigos” a quienes
debía comunicárseles la carta de Techow; pero Vogt sabía por el contenido de la
misma, que ésta también me había sido dirigida a mí, cuidándose sin embargo muy
mucho de requerir mi consentimiento para su publicación”.
Para la solución del problema he reservado un
pasaje perteneciente a la carta de
Schily publicada más arriba. El mismo dice así:
“Es preciso que te hable ahora de ese tal RANICKEL,
pues es muy probable que haya sido él quien puso la carta de Techow en manos de
Vogt, punto éste que figura en tu consulta y que por poco paso por alto. Debes
saber que dicha carta fue dirigida por Techow a los amigos con los cuales había
|98| convivido en Zúrich, como ser Schimmelpfennig, B. y E. En mi condición de
amigo de estos amigos y del mismo Techow, la carta también me fue entregada,
aunque algo más tarde que a los demás. Al producirse mi brutal y sumaría
expulsión de Suiza —se me detuvo en las calles de Ginebra sin previa orden de
ser puesto en la frontera— no se me permitió regresar una vez más a mi
domicilio para ordenar mis cosas. Por lo tanto desde la cárcel de Berna le
escribí a una persona de mi confianza en Ginebra, el maestro zapatero Thum, que
por favor encomendara a alguno de mis amigos —yo no sabía cuáles de ellos
pudieron haber corrido mi misma suerte— que recogiera mis efectos personales,
seleccionara lo mejor de entre ellos y me lo mandara a Berna, guardando
momentáneamente en Ginebra el resto. Recomendaba una minuciosa revisión de
todos mis papeles, para evitar que el envío que habría de hacérseme, contuviera
algo que acaso pudiera no soportar el tránsito por Francia. Así se hizo y la
carta de Techow quedó en Ginebra. Entre aquellos papeles se contaban varios
documentos referentes al levantamiento parlamentario de aquel entonces contra
el comité local de Ginebra, con motivo de la distribución de los dineros
destinados a los fugitivos —este comité se componía de tres ciudadanos
ginebrinos, entre los que figuraba Thum, y dos fugitivos, Becker y yo—
documentos estos que Ranickel conocía perfectamente a consecuencia de su
defensa del comité ante los parlamentaristas. Por lo tanto yo rogué a Thum para
que en su condición de cajero y archivista del comité le pidiera a Ranickel que
seleccionara dichos documentos de entre todos los papeles que yo había dejado.
Acaso éste, así autorizado para revisar mis papeles, se haya apropiado de una u
otra manera de la carta de Techow, o bien, a través del relato de alguno de los
veedores. En modo alguno me propongo impugnar el traspaso de posesión —no
confundir con |99|
traspaso de la propiedad— de mí a él, no obstante
lo cual, lo sostengo sin ambages. No tardé en escribirle a Ranickel desde
Londres, que por favor me remitiera dicha carta. Pero Ranickel no accedió a mi
pedido; es de entonces que data su culpa manifiesta, la que al principio
probablemente haya sido únicamente levis y que luego, de acuerdo al grado de su
complicidad en la cuestión de la publicación de la carta, fue acentuándose a
magnus o máxima culpa o acaso también, a dolus. No dudo un solo instante que la
publicación de dicha carta no contaba con la autorización correspondiente, por
lo que también le escribí a E. sobre este punto. Tampoco puede dudarse de que
Ranickel haya sido quien tendió la mano para dicha publicación, conociéndose
como se conoce su notoria intimidad con Vogt y aun cuando no es mi intención
criticar en lo más mínimo dicha intimidad, no puedo evitar el llamar la
atención sobre el contraste que la misma presenta con respecto a ciertos
aspectos anteriores. Ranickel en general no sólo se limitaba a ser uno de los
más grandes tragones parlamentarios, sino que también manifestaba, al referirse
en particular al regente del Reich, los instintos más sanguinarios que cabe
imaginar: “Tengo que estrangular a ese sujeto —[gritaba]— no me importa que por
ello me obliguen a ir a Berna”. Ni tampoco le importaba, por así decirlo, que
se le pusiera camisa de fuerza para abstenerlo de sus propósitos regicidas.
Pero ahora que parecía haberse roto el velo que hasta tanto le había impedido
ver con claridad y que de Saulo se había convertido en Pablo, tengo curiosidad
de ver cómo logrará salir airoso de otro asunto o sea, de su papel de vengador
de Europa. “He luchado —[solía decir en aquellos días en que titubeaba entre
decidirse por América o por Europa]— pero ahora felizmente todo eso ya pasó.
¡Me quedo!… y, ¡me vengo! ¡Tiembla Bizancio!”
Hasta aquí la carta de Schily.
|100| Por consiguiente el Ranickel ese descubre la
carta de Techow entre los papeles dejados por el fugitivo Schily. A pesar de
las reclamaciones de este último, retiene la misma. La carta así sustraída es
entregada por el “amigo” Ranickel al “amigo” Vogt y con la poca escrupulosidad
de conciencia que los caracteriza, declaran estar autorizados a publicarla,
pues Vogt y Ranickel son “amigos”. Quiere decir que todo aquel que dirige un
comunicado a “amigos”, lo dirige necesariamente también a los “amigos” Vogt y
Ranickel… arcades ambo.
Lamento que esta jurisprudencia traiga a mi memoria
historias remotas y ya casi olvidadas; pero Ranickel empezó y a mí me toca
seguir.
En 1836 se fundó en París la Liga de los Comunistas
que originariamente actuaba bajo otro nombre. De acuerdo a su lenta evolución,
la misma se componía de: un número determinado de asociados que formaban una
“comunidad”; distintas comunidades en una misma ciudad, todas las cuales
constituían un “circuito” y un número más o menos elevado de circuitos que se
agrupaban alrededor de un “circuito central”. A la cabeza del todo funcionaba
la “secretaría central” que, si bien debía ser votada en un congreso celebrado
con asistencia de todos los diputados, estaba autorizada, en los casos de
extrema urgencia, a completar ella misma el número de sus componentes y nombrar
a sus sucesores. Al principio la secretaría central estaba radicada en París,
estableciéndose luego en Londres, donde permaneció desde el año 1840 hasta
1848. Los dirigentes de las comunidades y circuitos, como también los de la
“secretaría central”, eran nombrados por votación. Esta constitución
democrática, absolutamente inútil para asociaciones secretas y conspiratorias,
al menos no resultaba incompatible con la misión de una asociación de
propaganda. Las actividades
de la Liga comprendían en primer término la |101|
fundación de Asociaciones Culturales de Obreros Alemanes, públicas y la mayoría
de las asociaciones de esta índole que todavía existen en Suiza, Inglaterra,
Bélgica y Estados Unidos, fueron fundadas directamente por ella o por antiguos
socios de la misma. Es debido a ello que la constitución que rige a estas
asociaciones obreras sea igual en todas partes. Se fijaba un día de la semana
para polemizar, otro para los entretenimientos sociales —canto, declamación,
etc.—; en todas partes se fundaban bibliotecas sociales y siempre que era
posible, se instituían clases en las que se proporcionaban conocimientos
elementales a los obreros. La Liga que apoyaba y dirigía estas asociaciones
obreras hallaba en ellas un terreno propicio para su propaganda pública, como
también para completar y ampliar sus comisiones con los miembros más capaces de
las mismas. Debido a la vida errante que llevaban los obreros alemanes, muy
raras veces la secretaría central se veía obligada a destacar emisarios
especiales.
En lo que se refiere a la doctrina secreta de la
Liga en sí, es preciso admitir que la misma soportó todas las transformaciones
del socialismo y comunismo francés e inglés, como también de sus derivados
alemanes (Por ejemplo, las fantasías de Weitling). A partir de 1839, tal como
ya se desprende del informe de Bluntschli, la cuestión religiosa jugaba, junto
al problema social, el papel preponderante. Las distintas fases por que pasó la
filosofía alemana desde 1839 hasta 1846, eran seguidas con el más vivo interés
en el seno de dichas asociaciones. La forma secreta de las mismas debió su
origen a París. Su fin principal —la propaganda entre los obreros en Alemania—
impuso también la ulterior conservación de dicha forma. Durante mi primera
estada en París, yo mantenía relaciones personales con los dirigentes locales
de la Liga, como también con los de la mayoría de las asociaciones obreras
|102| francesas, sin entrar, no obstante, a formar parte de las mismas. En
Bruselas, a donde fui enviado por Guizot, fundé con Engels, W. Wolff y otros,
la Asociación Cultural de Obreros Alemanes que aún existe allí. Al mismo tiempo
publicamos una serie de panfletos, ya fueran impresos o litografiados, en los
que la mezcolanza de socialismo anglo-francés y de filosofía alemana, era
sometida a una crítica despiadada que por aquel entonces constituía la doctrina
secreta de la Liga, recomendándose en cambio el estudio científico de la
estructura económica de la sociedad burguesa, como único fundamento teórico
pertinente, explicándose en un lenguaje netamente popular, que lo que se
trataba no era la imposición de un sistema utópico cualquiera, sino la
participación activa y consciente en el proceso revolucionario social a que
asistíamos. A consecuencia de estas actividades la secretaría central
londinense se puso en contacto con nosotros, enviando a Bruselas a fines del
año 1846, a uno de sus miembros, el relojero José Moll, caído más adelante en
el campo de batalla de Baden como soldado de la revolución y cuya misión
consistía en invitarnos a entrar a formar parte de la Liga. Todas las
objeciones que opusimos a este pedido fueron rebatidas por Moll, quien nos
reveló la intención de la secretaría central, de convocar un congreso de la
Liga en Londres, en el que las opiniones críticas que nosotros habíamos dado a
conocer, habrían de ser expuestas en un manifiesto público en calidad de
doctrina federal y que, si bien frente a los elementos anticuados y opositores
nuestra colaboración se hacía indispensable, la misma exigía también nuestra
entrada en la Liga. Por consiguiente resolvimos entrar. El congreso en que se
presentaron los correspondientes representantes de las federaciones de Suiza,
Francia, Alemania e Inglaterra, fue celebrado y después de algunas semanas de
violentos debates, quedó
aceptado el Manifiesto del |103| Partido Comunista
que Engels y yo habíamos redactado, imprimiéndose a principios del año 1848 y
traduciéndose más adelante a los idiomas inglés, francés, danés e italiano. Al
estallar la revolución de febrero, la secretaría de Londres me encomendó la
dirección superior de la Liga. Durante la época de la revolución se
extinguieron por sí solas en Alemania todas sus actividades, con el
advenimiento de los nuevos caminos que habrían de contribuir a destruir sus
fines. Cuando en el año 1849 volví a Londres después de mi nueva expulsión de
Francia, encontré restauradas las ruinas de la secretaría central y reanudadas
las comunicaciones con los restablecidos círculos alemanes. Willich llegó a
Londres algunos meses después. Atendiendo a mi consejo, fue recibido en el seno
de la secretaría central. Me había sido recomendado por Engels, quien intervino
como ayudante suyo en la campaña por la constitución del Reich. Para completar
la historia de la Liga quiero agregar tan solo: el 15 de septiembre de 1850 se
produjo una disgregación, en el seno de la misma. La mayoría, incluso Engels y
yo, trasladamos a Colonia el domicilio de la secretaría central, donde hacía
tiempo actuaba el “circuito directivo” del Sud y Centro de Alemania y se encontraba
después del de Londres, el más importantes núcleo de intelectuales.
Simultáneamente nos retiramos de la Asociación
Cultural Obrera londinense. La minoría, entre la que se encontraban Willich y
Schapper, fundó a su vez una federación nueva cuyo propósito era mantener las
comunicaciones con la Asociación Cultural Obrera, como también restablecer las
relaciones con Francia y Suiza, truncas desde el año 1848. La sentencia de los
acusados de Colonia tuvo lugar el 12 de noviembre de 1852. Algunos días después
y de acuerdo a mi consejo, la Liga se declaró disuelta. Un documento referente
a esta disolución, fechado en noviembre de 1852, fue agregado por mí a las
ac-|104|tas relacionadas con mi proceso contra el National-Zeitung. En el mismo
se menciona como motivo de la disolución el que, a partir de las detenciones
practicadas en Alemania, es decir que durante la primavera de 1851, cesaron
todas las relaciones con el resto del continente, perdiendo actualidad toda
asociación dedicada a esa índole de propaganda. Pocos meses después, o sea, a
principios del año 1853, moría también la nueva Liga fundada por Willich y
Schapper.
Las principales causas que motivaron la
disgregación mencionada más arriba, pueden encontrarse en mis Revelaciones
sobre el Proceso de los Comunistas de Colonia, en las que también figura una
copia del resumen del acta levantada durante la sesión celebrada por la
secretaría central, el 15 de septiembre de 1850. El motivo práctico más
inmediato fue originado por el afán de Willich de complicar la Liga con los
entretenimientos revolucionarios practicados por la emigración democrática
alemana. Una interpretación completamente distinta de la situación política
contribuyó también a acentuar aún más las divergencias. Quiero citar tan solo
un único ejemplo: Willich pensaba que las divergencias entre Prusia y Austria,
en ocasión de plantearse la cuestión del electorado hessiense y federal,
conducirían a conflictos realmente serios, prestándose con ello un asidero en
qué apoyarse al partido revolucionario. El 10 de noviembre de 1850, poco
después de dividirse la Liga, publicó una proclama concebida también en ese sentido,
dirigida aux démocrates de toutes les nations (a los demócratas de todas las
Naciones), la que firmaba la secretaría central de la nueva Liga, junto con
algunos exilados franceses, húngaros y polacos. Engels y yo, en cambio,
opinábamos todo lo contrario, según puede advertirse al leer las páginas 174 y
175 de la Revue del Neuen Rheinischen Zeitung —(Revista del nuevo diario
renano)— número
doble correspondiente a los meses |105| de mayo a
octubre: “todo este alboroto no conducirá a nada concreto… Sin que se haya
derramado una sola gota de sangre los representantes de los partidos austríaco
y prusiano se encontrarán en Fráncfort cómodamente sentados en los sillones del
Congreso Federal, no quedando relegados sin embargo en lo más mínimo, sus
pequeños celos mutuos, ni sus disputas con sus correspondientes subordinados,
ni tampoco su disconformidad con la suprema dominación rusa”.
De si la personalidad de Willich, de cuya capacidad
por lo demás no había de dudarse y cuyos recuerdos de Besanzón por aquel
entonces —1850— frescos todavía, le capacitaban para interpretar de manera
“impersonal” los inevitables conflictos diariamente renovados, debido a la
discrepancia de las distintas opiniones, es algo que puede juzgarse a través
del siguiente expediente:
La Legión Alemana de Nancy, al ciudadano Juan
Felipe Becker, radicado en Biel. Presidente de la Asociación de Defensa
Alemana, Hilf Dir [Ayúdate]
“Conciudadano:
“En tu calidad de representante electo por los
republicanos alemanes fugitivos, te comunicamos que en Nancy se ha constituido
una legión de exilados alemanes que responde al nombre de “Legión de Nancy”.
“Los exilados que componen dicha columna son, en
parte, antiguos componentes de la Legión de Vesoul y en parte, ex componentes
de la de Besanzón; el alejamiento de estos últimos de Besanzón fue motivado por
causas de carácter puramente democrático.
“Es que en todo lo que hacía, muy pocas veces
Willich acostumbraba a requerir el consejo de la Legión; por lo tanto |106| las
leyes fundamentales que regían la Legión de Besanzón no eran discutidas e
impuestas por todos, sino decretadas y puestas en vigencia a priori por
Willich, sin el previo consentimiento de los componentes de la organización.
“Además a posteriori Willich también nos
proporcionó pruebas de su carácter despótico a través de una serie de órdenes
dignas de un Jellachich o Windischgrätz, pero no de un republicano.
“Willich ordenó que a un miembro llamado Schön, que
se disponía a abandonar la Legión, le fueran sacados los zapatos nuevos
adquiridos con los fondos recolectados por la entidad, sin pensar en que
también el mismo Schön había contribuido a ellos, ya que los mismos provenían
en su mayor parte de los diez sous que Francia pagaba diariamente por cabeza en
calidad de subsidio… Schön quería llevarse los zapatos, pero Willich ordenó que
fuera despojado de ellos.
“Sin consultar a la Legión de Besanzón, Willich
despidió a varios de los miembros más competentes de la misma por pequeñas
faltas cometidas, como ser el no presentarse a los llamados, deslices ocurridos
durante las horas de prácticas, llegar después de la hora al anochecer, o por
pequeñas divergencias producidas, manifestándoles que ya podrían marcharse al
África, pues no se les permitiría continuar en Francia y de no resolverse a ir
a África, él mismo se encargaría de hacerlos expulsar, enviándolos a Alemania,
puesto que el gobierno francés le había acordado para ello las atribuciones
necesarias. Más adelante, después de efectuar en
la prefectura de Besanzón las averiguaciones
pertinentes, se descubrió que esto último ni siquiera era cierto. Casi
diariamente Willich declaraba al pasar revista:
“—Al que no le guste, que se marche si quiere y
cuanto antes lo haga, mejor. El camino al África está abierto, etc.…
|107| “En otra oportunidad profirió delante de
todos la siguiente amenaza: Aquel que se opusiera a sus órdenes, podía elegir
entre irse al África o ser entregado al gobierno alemán, amenaza esta que
originó la investigación en la prefectura mencionada más arriba. Debido a estas
amenazas cotidianas, muchos se cansaron de la vida que se veían obligados a
llevar en Besanzón, donde, según decían, todos los días se les echaba en cara
su pobreza.
“—Para ser esclavos habríamos podido ir también a
Rusia y ni siquiera habríamos tenido necesidad de iniciar la lucha en
Alemania—, decían.
“En resumidas cuentas: declararon que no era
posible continuar por más tiempo esa clase de vida en Besanzón sin que
diariamente se produjeran entre ellos y Willich desagradabilísimos conflictos.
Por lo tanto resolvieron marcharse. Pero como por aquel entonces en ninguna
parte se había constituido una Legión de esa índole, en la que hubieran podido
alistarse todos ellos y ya que no les era posible vivir con los diez sous
diarios de que disponían, no les quedaba otro recurso que aceptar el primer
contrato que se les ofrecía para ir al África. De esta manera Willich acabó por
llevar a la desesperación a treinta bravos ciudadanos, siendo culpable además
de que la patria se viera privada para siempre de sus servicios.
“Willich demostró ser además muy poco inteligente
al elogiar cada vez que pasaba revista a sus viejos soldados, rebajando en
cambio los méritos de todos los nuevos, actitud esta que necesariamente debía
originar constantes disputas entre ellos. Cierta vez hasta llegó a declarar que
los prusianos eran muy superiores a los alemanes del sud en lo que a cerebro,
corazón y físico se refería o, como él mismo gustaba expresarse, “en cuanto a
condiciones físicas, morales e intelectuales”. A cambio de ello los alemanes
sureños poseían la bonhomía. |108| Con esto se refería a la tontería, pero no
se atrevió a decirlo abiertamente. Con ello Willich logró amargar a todos o
casi todos los nacidos en el Sud de Alemania que militaban en sus filas. Pero
aún queda por referir la torpeza máxima.
“Cuando, hace unos quince días de esto, la 7ª
compañía, haciendo caso omiso de la prohibición impartida por Willich, permitió
a uno de sus miembros apellidado Baroggio, arbitrariamente despedido por dicho
jefe, que pasara una noche más en el cuartel, haciéndole permanecer en su
dormitorio y defendiéndolo ante los partidarios del mismo, unos sastrecillos
fanatizados, Willich ordenó que fueran traídas cuerdas para atar a los
rebeldes. En efecto, así se hizo y las cuerdas fueron traídas. Probablemente la
voluntad de Willich habría bastado para hacer cumplir esta orden; no así su
poder… Estas fueron las causas que motivaron su alejamiento.
“No escribimos todo esto con ánimo de acusar a
Willich. Sabemos que su carácter y voluntad son buenos y muchos de entre
nosotros sentimos un profundo respeto por él, pero la manera con que trataba de
lograr sus fines y los medios de que se valía, no nos agradaron en su mayor
parte. Tiene buenas intenciones, pero lo malo es que se considera a sí mismo la
personificación de la sabiduría y ultima ratio, califica de tonto o traidor a
todo aquel que lo contradice en lo más mínimo. Para decirlo con pocas palabras:
Willich no admite otra opinión que no sea la suya propia. Es un aristócrata y
déspota espiritual y siempre que considera que algo está bien no
desperdicia medio alguno para lograrlo. Pero no
hablemos más de esto; ya sabemos quién es Willich. Conocemos sus flaquezas y
virtudes y es por ello que hemos abandonado Besanzón. Además al partir de
Besanzón todos declararon que se separaban de Willich, pero que no deseaban
dejar de pertenecer a la Asociación de Defensa Alemana Hilf Dir (Ayúdate).
|109| Así también lo hicieron los de Vesoul…
(....................................................................................)
Con el testimonio de nuestra consideración más
distinguida, terminamos presentándole el fraternal saludo y apretón de manos de
la Legión de Nancy.
Acordado por la asamblea general del 13 de
noviembre de 1848. Nancy, 14 de noviembre de 1848.
En nombre y por orden de la Legión
el secretario B…”
Pero volvamos a la carta de Techow. En su carta, el
veneno está, tal como en aquel otro reptil, en la cola o sea, en la posdata
fechada el 3 de septiembre de 1850. Esta se refiere a un duelo entre mi amigo
prematuramente fallecido, Conrado Schramm y el señor Willich. Este duelo se
llevó a cabo en Amberes a principios de septiembre de 1850. Techow y el francés
Barthélemy intervinieron en calidad de padrinos de Willich. Techow escribe a
Schimmelpfennig para que éste “se lo comunique a sus amigos”: “Éstos” —es decir
Marx y sus partidarios— “han lanzado su campeón Schramm contra Willich, el que”
—Techow quiere decir aquí al que— “fue atacado por él con las mentiras más
infames, acabando finalmente por desafiarlo a duelo” (págs. 156, 157 del Libro
Mayor).
Hace siete años que mi respuesta a esta estúpida
chismografía ha sido impresa en el panfleto anteriormente citado: Der Ritter
von edelmütigen Bewusstsein (El Caballero de la Noble Conciencia). Nueva York
1853.
Por aquel entonces Schramm vivía aún. Tanto él como
Willich se encontraban en Estados Unidos.
|110| Barthélemy, el testigo de Willich, todavía no
había sido ahorcado; tampoco el testigo de Schramm, el bravo oficial polaco
Miskowski, había muerto aún en la pira y el señor Techow no podía haber
olvidado ya su circular destinada "a informar a los amigos”.
En el citado panfleto se encuentra una carta de mi
amigo Federico Engels, fechada en Manchester el 23 de noviembre de 1853, al
final de la cual puede leerse lo siguiente:
“En la asamblea de la secretaría central en que se
originó el desafío entre Schramm y Willich, dicen que yo” —[Engels según
Willich]— “cometí el delito de abandonar el recinto momentos antes de
producirse el entredicho o sea, haber preparado toda esa escena. Anteriormente
había sido Marx —[según Willich]— quien había azuzado a Schramm; ahora, para
cambiar, dicen que fui yo. Un duelo entre un viejo teniente prusiano y hábil
tirador de pistola y un comerciante que probablemente jamás en su vida había
tomado entre sus manos un arma de fuego, resultaba ser sin duda una
acertadísima medida para “sacar de en medio” al teniente. Sin embargo en todas
partes el amigo Willich manifestó, ya fuera verbalmente o por escrito, que
nosotros nos habíamos propuesto hacerlo fusilar… Schramm, sencillamente, se
había
enfurecido al advertir la desvergonzada actitud que
asumía Willich y con la consiguiente sorpresa de todos nosotros, le obligó a
aceptar el duelo. Minutos antes ni siquiera el mismo Schramm sospechaba que las
cosas tomarían un giro semejante. Jamás acción alguna fue más espontánea…
Schramm únicamente se alejó, abandonando la sala de audiencias ante el
insistente pedido de Marx que deseaba evitar un escándalo mayúsculo.
FEDERICO ENGELS” — (Der Ritter, etc., pág. 9).
|111| Hasta qué punto yo estaba lejos de sospechar
que Techow se prestaría para divulgar esta chismografía estúpida, puede
comprobarse si se lee el siguiente pasaje de este mismo panfleto:
“Originalmente, según lo manifestado a su regreso a
Londres por et mismo Techow frente a mí y a Engels, Willich estaba convencido
de que yo, por intermedio de Schramm, me proponía hacer desaparecer la nobleza
de la tierra, transmitiendo a todo el mundo esta idea suya. Pero sin embargo,
al reflexionarlo más detenidamente, se dio cuenta de que a un estratega tan
insólito como yo, jamás podía ocurrírsele eliminarlo provocando un duelo entre
Schramm y él” (lug. cit. pág. 9).
Los chismes que el señor Techow pasa a
Schimmelpfennig para que éste se los “comunique a sus amigos”, son simplemente
repeticiones de lo que él ha oído decir. Carlos Schapper, quien al producirse
más tarde la división de la Liga se plegó a los adictos a Willich y que además
había asistido al desafío, me escribe refiriéndose al mismo:
“3, Percy Street, Bedford Square,
27 de septiembre de 1860.
“Querido Marx:
Con respecto al suceso entre Schramm y Willich,
quiero comunicarte lo siguiente: El
mismo se originó
durante una asamblea
de la secretaría
central y a consecuencia de una violenta disputa que se
produjo inesperadamente entre ambos durante la discusión. Recuerdo
perfectamente que pusiste todo de tu parte para cal-|112|mar los
ánimos y componer
el asunto, y
que además parecías
tan sorprendido por esta explosión repentina, como yo y todos los demás
miembros que
se hallaban presentes.
Salud.
Tuyo
CARLOS SCHAPPER”.
Finalmente aún quiero señalar aquí que algunas
semanas después de efectuado el duelo, el mismo Schramm me acusó de haberme
manifestado partidario de Willich, en una carta fechada el 31 de diciembre de
1850. El desacuerdo que Engels como yo manifestamos abiertamente, tantos antes
como después del desafío, le había disgustado momentáneamente. Pongo a
disposición de sus parientes para su revisión esta carta suya, como también los
demás documentos referentes a aquel lance, que él mismo y Miskowski me hicieron
llegar. Considero que los mismos no deben publicarse.
Cuando a su regreso de Estados Unidos Conrado
Schramm vino a visitarme en Londres, a mediados de 1857, la vida de aquel
hombre de audaz y esbelta figura juvenil
ya se había abatido, minada por la tisis, la que,
no obstante, había contribuido a espiritualizar aún más su rostro de rasgos
bellamente característicos. Con el extraordinario buen humor que le era propio
y que no le abandonaba nunca, lo primero que hizo fue mostrarme riendo su
propia esquela mortuoria, publicada por un amigo indiscreto en uno de los
diarios alemanes que se publicaban en Nueva York. Por prescripción médica
Schramm fue a St. Helier, en Jersey, donde Engels y yo le vimos por última vez.
Murió el 16 de enero de 1858. En su entierro, al que asistió toda la población
liberal de St. Helier y todos los |113| emigrantes allí radicados, G. Julián
Harney, uno de los mejores oradores populares ingleses, conocido hacía ya
tiempo como destacado dirigente Cartista y amigo de Schramm durante su estada
en Londres, fue quien pronunció la alocución fúnebre. La impetuosa naturaleza
ardorosamente activa de Schramm, que nunca se dejaba atar por intereses
vulgares, desbordaba comprensión crítica, vigorosa originalidad de pensamiento,
humor e ingenua bonhomía. Era el Percy Heissporn de nuestro partido.
Pero volvamos a la carta del señor Techow. Algunos
días después de su llegada a Londres celebró con Engels, Schramm y yo, un
prolongado rendez-vous en una taberna a la que le habíamos convidado. Este
rendez-vous es descrito por él en su carta dirigida a Schimmelpfennig el 26 de
agosto de 1850 y destinada a “ser comunicada a sus amigos”. Yo no le había
visto nunca anteriormente y creo que después tampoco fueron más de dos las
veces en que tuve algún encuentro con él. Sin embargo inmediatamente supo descubrir
todo lo que pasaba en nuestros cerebros y corazones, apresurándose a remitir a
Suiza sin nuestro consentimiento un estudio psicológico de nuestras personas,
cuya divulgación y publicación secreta encareció a sus “amigos”.
Techow se ocupa mucho de mi “corazón”. Prefiero ser
magnánimo y no seguir sus pasos en ese terreno. “Ne parlons pas morale” —, como
acostumbraba decir la Grisette parisién cuando su amigo se pone a hablar de
política. Detengámonos algunos instantes ante el destinatario de la carta del
26 de agosto, el ex teniente prusiano Schimmelpfennig. No conozco personalmente
a este caballero, ni tampoco le he visto nunca. Deduzco su carácter a través de
dos cartas. La primera de ellas que aquí tan solo presentaré en forma
fragmentaria, me fue remitida por mi amigo W. Steffen, antiguo teniente
prusiano y |114| maestro de la escuela de la división. La misma está fechada en
Chester el 23 de agosto de 1853 y en ella puede leerse lo siguiente:
“Cierta vez Willich envió allí —a Colonia— a un
ayudante suyo llamado Schimmelpfennig. Este me concedió el honor de mandarme a
buscar y parecía estar convencidísimo de poder juzgar todas las circunstancias
mejor que aquellos que día a día debían enfrentarse con los acontecimientos.
Por lo tanto se forjó un juicio muy mediocre de mi persona cuando le comuniqué
que los oficiales del ejército prusiano en modo alguno se considerarían felices
al tener que luchar bajo la bandera que él y Willich hacían flamear y que de
ninguna manera se sentían inclinados a declarar citissime la república de este
último. Pero se enfureció aún más al ver que nadie resultaba estar lo
suficientemente loco como para prestarse a divulgar la invitación que él traía
para los oficiales y en la que se les instaba a declararse partidarios de
“aquello” que él denominaba democracia.
“Enfurecido abandonó “aquella Colonia esclavizada
por Marx —[según él mismo me escribió]— para dirigirse a otra parte donde poder
divulgar e imponer ese disparate y hacer llegar dicho manifiesto a un elevado
número de oficiales. Fue así
cómo el extraño secreto de este método audaz para
convertir en republicanos a los oficiales prusianos, se vio prostituido por el
“espectador” del Kreuzzeitung”.
En la época en que tuvo lugar esta aventura yo no
conocía aún a Steffen, quien recién vino a Londres en 1853. Pero el tal
Schimmelpfennig se caracteriza a sí mismo de manera más contundente aún, en la
siguiente carta dirigida a aquel tal Hörfel que más adelante habría de ser
reconocido como agente |115| de la policía francesa, alma del comité
revolucionario fundado en París a fines de 1850 por Schimmelpfennig, Schurz,
Härfner y otros amigos de Kinkel y que además fue el hombre de confianza de
aquellos dos matadores que eran Schurz y Schimmelfennig.
De Schimmelpfennig a Hörfel (En París, 1851).
“Aquí en Londres acaba de producirse ahora lo
siguiente… Hemos escrito a todos nuestros amigos influyentes allí —en América—
recomendándoles que preparasen el terreno para el empréstito —[empréstito de
Kinkel]— hablando al pueblo durante una temporada previa, ya fuera
personalmente o por medio de los diarios, sobre la importancia de la
conspiración y demostrando que los elementos competentes, tanto alemanes, como
franceses e italianos, nunca abandonarían el campo de batalla. — [¿Acaso esta
historia no tiene fecha?]…— Ahora nuestro trabajo se inicia bien. En cuanto
caigan las primeras personas demasiado obcecadas, éstas no tardarán en hacerse
presentes para aceptar gustosas las condiciones formuladas. Ya que nuestro
trabajo ha quedado lo suficientemente asegurado, me avendré a tener una
entrevista mañana con Ruge y Hang… Mi posición social es, tal como la tuya, por
demás precaria. ES NECESARIO QUE NUESTRO NEGOCIO TOME MEJOR GIRO MUY PRONTO
[Con esto Schimmelpfennig se refiere al negocio del empréstito revolucionario
de Kinkel].
Tuyo,
SCHIMMELPFENNIG”.
|116| Esta carta de Schimmelpfennig se encuentra
entre las Revelaciones publicadas por A. Ruge en Louisville, el 11 de
septiembre de 1853 en el Herold des Western [Heraldo de Occidente],
Schimmelpfennig, que ya se hallaba en los Estados Unidos en la época en que
esta carta fue publicada, nunca protestó negando la autenticidad de la misma.
Las Revelaciones de Ruge son copia de un documento perteneciente “a los
expedientes de la prefectura de policía berlinesa”. Este documento se compone
de notas marginales pertenecientes a Hinkeldey y de algunos papeles que en
París habían sido encontrados por la policía francesa entre los efectos de
Schimmelpfennig y Hörfel, o descubiertos en Bremen en casa del predicador
Dulon, o finalmente también, durante la Batracomiomaquia26 librada entre la
asociación revolucionaria de Ruge y la asociación de emigrantes de Kinkel,
siendo confiados luego por los mismos adversarios fratricidas a la prensa
germano-americana. Muy característica resulta la ironía con que Hinkeldey se
refiere a Schimmelpfennig, afirmando que este interrumpió su gira de propaganda
pro empréstito de la revolución de Kinkel, “por creerse perseguido por la
policía”. Entre estas mismas Revelaciones se encuentra también una carta de
Carlos Schurz, “el representante del comité parisién
26 Es decir,
el combate de las ratas contra las ranas, poema burlesco, parodia de los poemas
homéricos (N. del t.).
en Londres”, es decir, del comité de Hörfel,
Häfner, Schimmelpfennig, etc., que dice así:
“Ayer se resolvió incluir en las conferencias a los
miembros de la emigración aquí presentes: Bucher, doctor Frank, Redz de Viena y
Techow, quien no tardará en llegar.
“N. B: Por el momento nada debe comunicársele a
este último, ni verbalmente ni por escrito, sobre esta resolución, |117|
debiéndose esperar para ello su llegada a ésta” (K. Schurz, a “aquellos
queridos amigos” de París. Londres 16 de abril de 1851).
Y es a “uno de esos queridos amigos”, el señor
Schimmelpfennig, a quien Techow dirige su carta del 26 de agosto de 1850,
“destinada a ser comunicada a sus amigos”. En primer término participa a “ese
buen amigo” teorías que yo había mantenido en riguroso secreto y de las que
logró enterarse durante nuestra entrevista gracias al viejo lema: in vino
veritae.
“Yo” —[así le cuenta el señor Techow al señor
Schimmelpfennig para que este se lo “comunique a los amigos”]— “yo… declaré
finalmente que siempre los había imaginado” —[a Marx, Engels, etc.]— como a
hombres superiores y que estaban muy por encima de aquel disparate que resulta
ser la bienaventuranza comunista a la Cabet” (pág. 150 del Libro Mayor).
“¡Imaginado!”… Quiere decir que Techow ni siquiera
tenía noción de los más primarios elementos que sustentaban nuestras opiniones,
no obstante sentirse lo suficientemente magnánimo como para venirse a no
imaginárselas precisamente como a un “disparate”.
No mencionaremos las obras científicas, pero habría
bastado con que leyera el Manifiesto del Partido Comunista señalado más
adelante por él como mi “catecismo de los proletarios”, para que hubiera podido
encontrar en el mismo un extenso capítulo intitulado: “Literatura Socialista y
Comunista”, y al final un párrafo: “El socialismo y el comunismo críticamente
utópico”, que dice así:
“Los sistemas socialistas y comunistas propiamente
dichos, los sistemas de Saint-Simon, de Fourier, de Owen, etc., hacen su
aparición en el primer período de la lucha entre el proletariado y la
burguesía, período descrito anteriormente.
|118| Los inventores de estos sistemas se dieron
cuenta del antagonismo de las clases así como de la acción de los elementos
disolventes en la misma sociedad dominante. Pero no advierten del lado del
proletariado ninguna independencia histórica, ningún movimiento político que le
sea propio.
Como el desarrollo del antagonismo de las clases va
de par con el desarrollo de la industria, no advierten de antemano las
condiciones materiales de la emancipación del proletariado, y se aventura en
busca de una ciencia social de leyes sociales, con el fin de crear esas
condiciones.
A la actividad social anteponen su propio ingenio;
a las condiciones históricas de la emancipación, condiciones fantásticas; a la
organización gradual y espontánea del proletariado en clase, una organización
completa fabricada por ellos. El porvenir del mundo se decide con la propaganda
y la práctica de sus planes de sociedad… La importancia del socialismo y del
comunismo crítico-utópico está en razón inversa al desarrollo histórico… He ahí
por qué si en muchos respectos los autores de esos sistemas eran revolucionarios,
las sectas formadas por sus discípulos son siempre reaccionarias, pues sus
secuaces se obstinan en oponer las viejas concepciones de su maestro a la
evolución histórica del proletariado. Buscan pues, y en eso son lógicos,
entorpecer la lucha de las clases y conciliar los antagonismos. Continúan
soñando con
la realización experimental de sus utopías
sociales; establecimientos de falansterios aislados, creación de colonias
interiores, fundación de una pequeña Icaria —una edición en doceavo de la nueva
Jerusalén…” (Manifiesto del Partido Comunista, 1848, págs. 21-22) [Los
subrayados son de Marx y corresponden a esta edición].
En las últimas palabras la Icaria de Cabet o, como
lo denomina Techow, “el estado de la bienaventuranza”, es |119| señalado
claramente como “una edición en doceavo de la nueva Jerusalén”.
La absoluta ignorancia, confesada por Techow, con
respecto a las opiniones que Engels y yo habíamos publicado en ejemplares
impresos muchos años antes de conocerle, es un factor que explica perfectamente
su malentendido. Algunos ejemplos más para su propia caracterización:
“Él —[Marx]— se ríe tanto de los tontos que repiten
su catecismo proletario, como de los comunistas a la Willich y de los
burgueses. Los únicos que respeta son los aristócratas, los hombres puros y
aquellos que lo son a conciencia. Para desplazarlos de la soberanía necesita de
una fuerza que únicamente podrá hallar en el proletariado y es por ello que ha
cortado su sistema sobre el molde de este último” [pág. 152 del Libro Mayor].
Es decir por lo tanto que Techow “se imagina” que
yo he redactado un “catecismo proletario”. Con ello se refiere al Manifiesto en
el que se critican y, si prefiere, se “hace burla” de todas las utopías
críticas y socialistas. Sólo que este “burlarse” no resulta tan simple como él
se lo “imagina”, requiriendo, en cambio, su buen esfuerzo, según ha podido
comprobarse a través de mi obra dirigida contra Proudhon, Misère de la
Philosofie (1847) [La Miseria de la Filosofía]. Techow “se imagina” también que
yo he “cortado un sistema”, mientras lo cierto es que yo desechaba todos los
sistemas y también los que aparecen en dicho Manifiesto, suplantándolos con la
comprensión crítica de las condiciones, el desarrollo y los resultados
generales del legítimo movimiento social. Y una “comprensión” así, no puede ser
repetida, ni “cortada” al igual de un molde. Extrañamente ingenua es la manera
de interpretar la relación entre la aristocracia, la burguesía y el |120|
proletariado, tal como se la “imagina” Techow y me la adjudica a mí.
“Respeto” la aristocracia, me “río” de la burguesía
y para los proletarios “corto” un sistema para lograr desplazar por su
intermedio a la “aristocracia de la soberanía”. En el primer párrafo del
Manifiesto intitulado: Burgueses y proletarios —ver Manifiesto, pág. 11— se
explica ampliamente que el dominio económico de la burguesía y por consiguiente
también en una u otra forma político, es la condición primordial, tanto para la
existencia del proletariado moderno, como para la creación “de las condiciones
materiales necesarias para su liberación”. “El desarrollo del proletariado
moderno” (ver Revue del Neuen Rheinischen Zeitung —[Revista del Nuevo Diario
Renano]— Enero de 1850, pág. 13), tiene como condición general el desarrollo de
la burguesía industrial. Bajo su imperio ésta recién podrá adquirir la amplía
existencia nacional, capaz de hacer de su revolución una revolución nacional,
ya que es ella la que crea los modernos recursos de producción que habrán de
convertirse en otros tantos recursos para su liberación revolucionaria. Su
imperio comenzará por extirpar las raíces materiales de la sociedad feudal,
despejando el único terreno en que se hace posible una revolución proletaria”.
Es por ello que en esa misma Revista declaro que todo movimiento proletario del
que no haya participado Inglaterra, resulta ser una mera “borrasca en un vaso
de agua”. Ya en 1846, Engels había desarrollado
esta misma opinión en su Situación de la clase
obrera en Inglaterra. Por lo tanto considero que los países en que es necesario
obtener el poder, la aristocracia en su sentido continental —y es así como
Techow entendía a la “aristocracia”— falta por completo la primera hipótesis de
una revolución proletaria o sea un proletariado industrial en escala nacional.
|121| Techow pudo encontrar muy claramente
expresada en el Manifiesto mi opinión sobre la posición que en especial los
obreros alemanes adoptaron frente al movimiento burgués.
En Alemania el partido comunista lucha de acuerdo
con la burguesía tantas veces como la burguesía se vuelve revolucionariamente
contra la monarquía absoluta, la propiedad territorial feudal y la pequeña
burguesía.
Pero jamás, en ningún momento, olvida este partido
despertar entre los obreros una conciencia clara y limpia del antagonismo
profundo que existe entre la burguesía y el proletariado (Manifiesto, etc. pág.
23).
Cierta vez que por “rebelión” fui sometido al
interrogatorio de un jurado burgués, declaré en este mismo sentido: “En la
sociedad burguesa moderna aún existen las clases, pero ya no las castas. La
evolución consiste en la lucha de dichas clases, pero éstas ya se han unido
entre sí contra las castas y su bienaventurada realeza” (Pág. 59, Dos procesos
políticos ventilados en Colonia ante los tribunales de febrero de 1849).
¿Qué otra cosa hacía la burguesía liberal en sus
proclamas dirigidas al proletariado desde 1688 hasta 1848, que no fuera “cortar
y medir frases”, para, con el vigor de las mismas, tratar de desplazar a la
aristocracia del poder? ¡Quiere decir que la simiente que el señor Techow
pretende descubrir en mi teoría secreta, no pasaría de ser el más vulgar de los
liberalismos burgueses! ¡Tant de bruit pour une omelette! [¡Tanto ruido por una
tortilla!] Pero como por otra parte Techow sabía también que “Marx” no era un
burgués liberal, no le quedó otro recurso que “llevarse la impresión de que el
fin perseguido por todas sus actividades era únicamente su dominio personal”.
“¡Todas mis actividades!”… ¡Vaya expresión moderada para mi única entrevista
con el señor Techow!
|122| Más adelante Techow le confía a su querido
Schimmelpfennig para que éste a su vez se lo “comunique a los amigos”, que yo
había hecho la siguiente manifestación monstruosa: “Al fin y al cabo era
indiferente que desapareciera la miserable Europa, lo que de todos modos habría
de ocurrir dentro de poco si no se producía la revolución social, para que
América, luego, pudiera aprovecharse del antiguo sistema a costas de Europa”
(pág. 148 del Libro Mayor). Mi entrevista con Techow tuvo lugar a fines de agosto
de 1850. En el número correspondiente al mes de febrero del mismo año de la
Revista del Nuevo Diario Renano, vale decir ocho meses antes de que Techow me
sonsacara este secreto, hice al público alemán la siguiente revelación:
“Ahora nos toca analizar a América. El hecho más
importante, hasta más importante que la revolución de febrero, es el
descubrimiento de las minas de oro de California. Ya ahora, apenas
transcurridos diez y ocho meses de su hallazgo, puede preverse que el mismo
tendrá resultados infinitamente más trascendentales que el descubrimiento de
América… Por segunda vez el mercado mundial adquirirá una nueva directiva.
Entonces el Océano Pacífico desempeñará un papel tan importante como el que
actualmente juega el Océano Atlántico y como el que en la antigüedad
desempeñaba el Mar Mediterráneo, o sea, el de la
gran vía fluvial para el tránsito mundial; y el Océano Atlántico descenderá a
la categoría de un lago continental, tal como la que actualmente ocupa el Mar
Mediterráneo. La única posibilidad de evitar que los países civilizados de
Europa caigan en la misma dependencia industrial, comercial y política en que
actualmente se encuentran Italia, España y Portugal, reside en la revolución
social, etc. (pág. 77 de la Revista. Cuaderno segundo. Febrero de 1850).
|123| A la cosecha del señor Techow corresponde tan
sólo “la muerte” de la vieja Europa y la ascensión al trono por América, que
habrá de tener lugar a la segunda mañana siguiente de haberse producido la
primera. Hasta qué punto yo vislumbraba el porvenir inmediato de América, podrá
advertirse si se lee el siguiente pasaje aparecido en esa misma revista:
“Muy pronto se desarrollará la sobreespeculación y
aun cuando entre en juego una considerable cantidad de capital inglés, esta vez
el centro de toda aquella estafa será Nueva York y, al igual de lo que ocurrió
en 1836, será preciso que también ahora asista previamente a su derrumbe” (pág.
149, número doble de la Revista correspondiente a los meses de mayo a octubre
de 1850). Este pronóstico mío con respecto a América, formulado por mí en el
año 1850, habría de cumplirse punto por punto al producirse la gran crisis
comercial en 1857. En cambio, después de describir su florecimiento económico,
lo que digo de la vieja Europa es lo siguiente: “En esta prosperidad general,
en la que tan generosamente se desarrollan las fuerzas productivas de la
sociedad burguesa, no es posible hablar de una revolución de verdad… Las
distintas discusiones con que en la actualidad se entretienen y comprometen
mutuamente las diversas fracciones del partido continental del orden, lejos de
motivar una revolución, son posibles tan sólo, debido a que momentáneamente las
bases de las circunstancias resultan tan firmes y, cosa que ignora la reacción,
tan aburguesadas. Contra ellas se estrellarán todos los intentos reaccionarios
para detener el desarrollo burgués, como también toda la indignación moral y
las entusiastas proclamas de los demócratas. Una revolución únicamente es
posible luego de una crisis (pág. 153, lug. cit.).
En realidad después de la crisis de 1857 a 1858, la
historia europea volvió a tomar un carácter reaccionario y si se |124| quiere
también revolucionario. Lo cierto es que precisamente durante la época de
reacción entre los años 1849 y 1859, la industria y el comercio del continente
se desarrollaron en una medida insospechada y simultáneamente con ello se
echaron también las bases materiales para el imperio político de la burguesía.
Durante esa época, en efecto, “toda la indignación moral y las entusiastas proclamas
de la democracia” vinieron a estrellarse contra las condiciones económicas.
Aún cuando Techow tomara tan a broma la seriedad de
nuestra discusión, no por eso dejó de estimar muy en serio lo que en ella había
de broma. Con aire de enterrador le comunica solemnemente a su querido
Schimmelpfennig para que éste se lo “transmita a los amigos”:
“Marx dijo además: en las revoluciones los
oficiales siempre resultan ser el factor más peligroso; desde Napoleón a
Lafayette únicamente pueden enumerarse una serie de traidores y traiciones. Es
preciso tener siempre a mano para ellos el puñal y el veneno” (pág. 153 del
Libro Mayor).
Supongo que ni siquiera el mismo Techow pretenderá
endosarme como idea original propia, aquel lugar común, referente a las
traiciones de “los señores militares”. La única originalidad residiría en todo
caso en el “puñal y el veneno” que es preciso tener siempre preparado para
ellos. ¿Acaso Techow no sabía que ya por aquel entonces los gobiernos realmente
revolucionarios, como por ejemplo, el comité du salut public tenían preparados
para los “señores militares” remedios que no por ser tan melodramáticos, resultaban
menos drásticos? En todo caso el puñal y el veneno habrían estado más de
acuerdo con los efectos de una oligarquía veneciana. Si Techow volviera a
revisar su propia carta, podría advertir, aunque tarde, la ironía contenida en
ese puñal y veneno. El cobandido de Vogt y notorio bonapartista, MOUCHARD |125|
EDOUARD SIMON, traduce en la Revue Contemporaine —XIII, París 1860; pág. 258,
en su Processe de M. Vogt, etc.— el último párrafo de la carta de Techow,
agregándole, una glosa marginal: Marx n'aime pas beaucoup voir des officiers
dans sa bande. Les officiers son trop dangereux dans les revolutions.
II faut toujours tenir préts pour eux le poignard
et le poison!
Techow, qui est officier, se le tient pour dit; ir
se rembarque et retourne en Suisse”.27
Edouard Simon hace que el susto del pobre Techow y
su miedo al “puñal y veneno” que yo tengo preparado para él sea tal, que opta
por escaparse rápidamente, embarcándose de inmediato para Suiza. El Reichs-Vogt
—[gobernador imperial]— publica y manda imprimir con gruesos caracteres el
pasaje referente al “puñal y veneno”, para con ello intimidar a los filisteos
alemanes. Sin embargo este mismo personaje cómico también escribe en sus
Ensayos: “…la navaja y el veneno del español relucen hoy con un fulgor transfigurado;
es que se trata de la independencia de la Nación” (pág. 79, lug. cit.).
Apunto al pasar: las fuentes históricas españolas e
inglesas, referentes al período de 1807 y 1814, hace tiempo que desmintieron
las envenenadas leyendas inventadas por los franceses. Sin embargo y como es de
suponerse, las mismas continúan existiendo para estos politiquillos.
Finalmente me toca ocuparme de los “chismes” que
figuran en la carta de Techow, aprovechando la oportunidad para |126| dejar
constancia con algunos ejemplos, de su desenfado histórico:
“En primer lugar se habló de la competencia entre
ellos y nosotros o sea, entre Suiza y Londres. Habrían tenido que respetar los
derechos de la vieja alianza, la que como es lógico, debido a su definida
posición política, no habría podido tolerar amistosamente la presencia de otra
alianza —la del proletariado— en ese mismo terreno” (pág. 143 del Libro Mayor).
La asociación competidora suiza a la que Techow se
refiere aquí y en cuya calidad de representante podemos decir que en cierto
modo nos salió al encuentro, no era otra que la ya mencionada “centralización
revolucionaria”. Su central estaba instalada en Zúrich; a su frente actuaba un
abogado que hacía las veces de presidente y que había sido vicepresidente de
uno de los minúsculos parlamentos de Alemania en 1849. En el mes de julio de
1850 Dronke llegaba a Zúrich donde, en su condición de miembro
27 “A Marx
no le agrada mucho ver oficiales en su banda. Los oficiales resultan ser
demasiado nocivos para las revoluciones. Es preciso tener siempre preparados
para ellos el puñal y el veneno. Techow, que también es oficial, no olvida la
advertencia; vuelve a reembarcarse y regresa a Suiza”.
de la “Liga” londinense, aquel señor abogado le
hizo conocer una especie de acuerdo que más tarde debería serme “transmitido” a
mí. Este acuerdo dice textualmente:
“Entre la Liga Comunista y la Central
Revolucionaria se ha acordado, teniendo en cuenta la necesidad de una unión de
todos los elementos realmente revolucionarios y después de que todos los
miembros de la Central Revolucionaria hayan comprendido la necesidad de que el
carácter de la próxima revolución sea netamente proletario, aun cuando no todos
sus miembros se encuentren ya en condiciones de declararse partidarios del
programa redactado en Londres —Manifiesto, 1848— aclarar los puntos siguientes:
1) Ambas
partes están conformes en continuar trabajando juntamente la Central
Revolucionaria tratando |127| de preparar la próxima revolución por medio de la
unificación de todos los elementos revolucionarios y la Asociación londinense
tratando de preparar la soberanía del proletariado, organizando preferentemente
para ello a los elementos partidarios;
2) La
Central Revolucionaria instruye a sus agentes y delegados a fin de que los
mismos, al procederse a la formación de secciones en Alemania, puedan llamar la
atención de los miembros que estimen aptos para ser incluidos en la Liga
Comunista, sobre la existencia de una organización instituida preferentemente
de acuerdo a los intereses proletarios.
3) y 4) En
Suiza la dirección debe ser confiada tan sólo a legítimos partidarios del
Manifiesto londinense dado a conocer en la Central revolucionaria y que,
además, se hará efectivo un informe mutuo”.
De este documento que aún obra en mi poder puede
deducirse: que no se trata de dos asociaciones secretas emplazadas “en un mismo
terreno” —proletariado— sino de la alianza entre dos asociaciones que ejercen
sus funciones en terrenos distintos y de tendencias distintas también. Además
puede verse que, además de continuar persiguiendo sus propios fines, la Central
Revolucionaria se declaraba dispuesta a formar una especie de sucursal
destinada a la “Liga Comunista”.
Esta proposición fue rechazada por considerársela
incompatible con el “principal” carácter de la “Liga”.
“Pero ahora fue a Kinkel a quién tocó su turno…
Respondieron… Ellos nunca habían buscado la popularidad barata. ¡Muy al
contrario! En lo que al mismo Kinkel se refería, afirmaban que de todo corazón
le habrían concedido su popularidad barata, con tal de que él se quedara
tranquilo. Pero |128| después de ser publicado por él aquel discurso de Rastatt
en el Berliner Abendpost —[El Correo de la Tarde, de Berlín]— ya no fue posible
sostener la paz. Sabían que todo el mundo comenzaría a gritar; y también intuyeron
claramente que con ello se jugaban la existencia de su actual órgano
periodístico, la Revista del Nuevo Diario Renano. Además sus temores se habían
cumplido. Ese asunto les había costado la vida, haciéndoles perder a todos los
abonados residentes en la provincia renana y obligándolos finalmente a
interrumpir la publicación de dicha revista, Pero todo eso no significaba mucho
para ellos” (págs. 146-148, lug. cit.).
Ante todo aclaremos: por aquel entonces ni la
revista había dejado de existir, ya que tres meses después aún aparecía un
nuevo número doble de la misma, ni tampoco perdimos un solo abonado de la
provincia renana, según puede atestiguarlo mi viejo amigo I. Weydemeyer, ex
teniente de la artillería prusiana y por aquel entonces
redactor del Neuen Detschen Zeitung —[Nuevo Diario
Alemán]— de Fráncfort, quien tuvo la gentileza de cobrar para nosotros las
suscripciones de los mismos. Techow, que únicamente conocía de oídas las
actividades literarias desarrolladas por Engels y por mí, tiene que haber leído
por lo menos, nuestra crítica del discurso de Kinkel, ya que a su vez hizo la
crítica de la misma. ¿Qué objeto tenía, por consiguiente, su informe
confidencial destinado “a la buena gente” que se encontraba en Suiza? ¿Para qué
ese empeño suyo en “revelarles” aquello que hacía cinco meses nosotros ya nos
habíamos encargado de revelar al público? En la mencionada crítica puede leerse
textualmente:
Sabemos de antemano que provocaremos la indignación
general de los embaucadores sentimentales y grandilocuentes declamadores
democráticos, al denunciar a nuestro partido este discurso pronunciado por el
“Preso Kinkel”. Ello nos es com-|129|pletamente indiferente. Nuestra misión
consiste en criticar y en criticar sin piedad… Y al confirmar esta posición
nuestra, renunciamos gustosos a la barata popularidad democrática. En modo
alguno nuestro ataque empeorará la situación del señor Kinkel: lo recomendamos
a la amnistía, confirmando su confesión de que no es el hombre por el que se le
pretende conocer, declarando que no sólo le consideramos digno de ser
amnistiado, sino también de entrar al servicio activo del Estado. Además su
discurso ha sido publicado ya” (págs. 70 y 71. Revista del Nuevo Diario Renano,
Abril 1850).
Techow habla de nuestra actitud comprometedora para
con los petits grands hommes de la revolución. Sin embargo no interpreta esta
“actitud comprometedora” en el sentido policial del señor Vogt. Piensa en
cambio que la operación mediante la cual nosotros despojábamos de las
revolucionarias pieles de lobo con que trataban de disfrazarse ciertas ovejas,
era practicada con el fin de preservarlos y evitar que corrieran la suerte de
aquel famoso trovador provenzal, que fue destrozado por unos perros que creyeron
en la autenticidad de la piel de lobo con que se cubría.
Como ejemplo de la incorrección de nuestros
ataques, Techow señala ante todo la glosa ocasional referente al general Siegel
en la Descripción de la Campaña por la Constitución del Reich de Engels (Ver la
Revista de marzo de 1850, págs. 70-78).
Compárese por lo tanto la documentada crítica de
Engels con el superficial chismorreo mandado imprimir contra ese mismo general
Siegel por la “Asociación de Emigración Londinense”, dirigida por Techow,
Kinkel, Willich, Schimmelpfennig, Schurz, H. B. Oppenheim, Eduardo Meyer, etc.,
poco más de un año después de nuestro encuentro con el primero de los nombrados
y motivado únicamente porque Siegel se |130| mantenía del lado de la
“Asociación Revolucionaria” de Ruge y no del de la “Asociación de Emigrantes”
de Kinkel.
El 3 de diciembre de 1851, bajo el título: “La
Asociación Revolucionaria de
Londres”, el Baltimore Correspondent, por aquel
entonces una especie de monitor de
Kinkel, publicaba la siguiente descripción del
carácter de Siegel:
“Pero continuemos viendo quiénes son esos
respetables señores para los que todos los demás son meramente políticos faltos
de madurez. El generalísimo Siegel. Si alguna vez se le preguntara a la musa de
la Historia, cómo esa nulidad incolora pudo alcanzar el rango de generalísimo,
probablemente la misma para poder responder, se vería en un aprieto más serio
aún que si se le preguntara algo referente a aquel monstruo llamado Napoleón.
Éste, por lo menos, es “sobrino de su tío”; pero Siegel es apenas “hermano de
su hermano”. Su hermano se había convertido en un oficial popular gracias a sus
manifestaciones hostiles al gobierno motivadas por los
frecuentes arrestos a que se le sometía para
hacerle purgar sus banales calaveradas. Siegel, el más joven, consideró que
ello era motivo suficiente para aprovechar la primera confusión originada por
el levantamiento revolucionario y hacerse aclamar como generalísimo y ministro
de guerra. La artillería badense que ya muchas veces había demostrado su
eficiencia, disponía de oficiales, antiguos y expertos, ante los cuales el
joven y bisoño teniente Siegel quedaba relegado a segundo término, por lo que
sintieron indignados al verse obligados a obedecer a un hombre tan joven,
insignificante e inexperto, como falto de talento. Pero existía un Brentano que
resultó ser lo suficientemente tonto y traidor como para dejar que la
revolución arruinara todo lo que se le viniera en gana. En efecto, resulta un
hecho ridículo, pero no por eso menos efectivo, el que Siegel se haya nombrado
generalísimo a sí mismo y que Bren-|131|tano lo reconociera luego como tal… Por
lo pronto resulta digno de ser apuntado como un rasgo característica de Siegel,
el que éste dejara sin los refuerzos prometidos a los soldados más valientes
del ejército republicano que se debatían en una estéril lucha en Rastatt y en
la Selva Negra, mientras él se paseaba por Zúrich en el cabriolé del príncipe de
Fürstenberg, luciendo sus charreteras y representando el papel de un
generalísimo interesante y desdichado. Esta es la conocida grandeza del
político maduro al que, “consciente” de sus pasadas heroicidades, se le
permitió imponerse por segunda vez en calidad de jefe supremo a la Asociación
Revolucionaria. Esta es la gran celebridad; el hermano de su hermano. La
imparcialidad nos exige que también escuchemos por un instante lo que dice la
“Asociación Revolucionaria” de Ruge, a través de la persona de su prohombre
Tausenau. Tausenau dice entre otras cosas en una circular abierta fechada en
Londres el 14 de noviembre de 1851 y dirigida “al ciudadano Seidensticker”,
refiriéndose a la Asociación de Emigrantes fundada por Kinkel, Techow, etc.:
“…usted manifiesta su convencimiento de que la
unión de todos resultaría beneficiosa para la patria y las necesidades de una
revolución. La “Asociación Revolucionaria” alemana comparte esta convicción que
sus adictos pusieron en práctica a través de amplios intentos de unificación
con Kinkel y sus partidarios. Pero todas las bases para una cooperación
política desaparecían apenas se creía haberlas conquistado y se sucedían
siempre renovados espejismos: arbitrariedades oponiéndose a antiguos convenios,
intereses aislados, ocultos bajo la máscara de la condescendencia, aparición
sistemática de mayorías, presentación de celebridades desconocidas como jefes
organizadores de partidos, intentos para lograr imponer una comisión secreta de
finanzas, o como quiera llamarse a todas |132| aquellas jugadas con que los
poco duchos políticos de todos los tiempos pretendieron siempre regir desde el
exilio los destinos de su patria, mientras ya las primeras olas del calor
revolucionario bastan para convertir en meras nubecillas de verano a esa clase
de jactancias… Fuimos denunciados pública y abiertamente por los partidarios de
Kinkel; la PRENSA REACCIONARIA ALEMANA, inaccesible para nosotros, estaba
repleta de informaciones que nos eran desfavorables, pero que en cambio fueron
favorables para Kinkel, hasta que éste finalmente emprendió viaje a los Estados
Unidos para dictarnos desde allí, valiéndose para ello, de su llamado
empréstito alemán allí iniciado, una unión o, mejor dicho, una subordinación y
dependencia ambicionada por todos los organizadores de la fusión financiera de
los partidos. Se puso tanto empeño en guardar el secreto de la partida de
Kinkel, que recién nos enteramos de ella a través de las noticias publicadas
por los diarios norteamericanos sobre su llegada a Nueva York.
Estos y otros más fueron los motivos que obligaron
a los revolucionarios positivamente serios y que no sobreestimaban su propia
eficacia, pero que conscientes de acciones anteriores podían afirmar que
estaban respaldados por sectores de pueblo claramente circunscriptos, entrar a
formar parte de una asociación que, a su manera, trataba de apoyar los
intereses de la revolución”. Kinkel, como también la mayoría de los garantes
nombrados por él, es acusado además de haber invertido los fondos por él
reunidos “para beneficiar a un núcleo determinado”, según lo ha revelado su
comportamiento observado, tanto aquí —Londres— como en América.
Al final puede leerse lo siguiente:
“No prometemos a nuestros amigos que les pagaremos
rentas ni que les devolveremos sus ofrendas patrióticas, pero sabemos que su
confianza quedará ampliamente justificada |133| por nuestra actividad honesta”
—¿servicio esmerado?— “y consciente rendición de cuentas, que les hará
acreedores al agradecimiento de su patria cuando demos a publicidad la lista de
sus nombres” (Baltimor Wecker del 29 de noviembre de 1851).
Esta era la índole de “actividad literaria” que por
el término de tres años desarrollaron en la prensa germano-americana los héroes
democráticos de la “Asociación Revolucionaria” y de la “Asociación de
Emigrantes” y a las que más tarde habría de sumarse también “La Unión
Revolucionaria de Ambos Mundos”, fundada por Gögg. (Ver suplemento Nº 6).
Además el conflicto entre los fugitivos se había
iniciado con un desafío papiráceo entre los parlamentarios Sitz y Rösler von
Oels.
Añadimos aquí otro hecho que caracteriza a los
“buenos amigos” de Techow. Schimmelpfennig, el destinatario de la carta
dirigida por Techow “para ser
transmitida a los amigos”, había fundado en París y
a fines de 1850, según lo ya mencionado por nosotros más arriba, un llamado
Comité Revolucionario, contando para ello con la colaboración de Hörfel,
Höfner, Gögg y otros. Más adelante se sumó a ellos K. Schurz.
Hace algunos años se me entregó, para que yo le
diera el uso que estimara más conveniente, un documento perteneciente a un
antiguo miembro de este comité, dirigido a uno de los exilados políticos
refugiados aquí. Ese papel se encuentra aún en mi poder.
En el mismo puede leerse entre otras cosas:
“Todo el Comité se componía únicamente de Schurz y
Schimmelpfennig. Las demás personas que habían sido invitadas a colaborar con
ellos, únicamente hacían las veces de figurantes. Por aquel entonces aquellos
dos señores creían que |134| muy pronto podían poner al frente de sus negocios
en Alemania al tal Kinkel, del que se habían apoderado con ese fin. Sobre todo
odiaban los sarcasmos de Ruge como también las críticas y demoníacas
actividades de Marx. En ocasión de celebrarse una reunión de dichos caballeros
con sus colaboradores, nos ofrecieron una descripción realmente interesante de
Marx, inculcándonos un concepto exagerado de su peligrosidad pandemoníaca…
Schurz y Schimmelpfennig presentaron una solicitud, en la que se pedía la
anulación de Marx. Para ello se recomendaba poner en práctica intrigas,
acusaciones y hasta las CALUMNIAS más desvergonzadas. A continuación se
procedió a votar a favor de dicha proposición, tomándose una resolución, si es
que así quiere denominarse este juego infantil. El primer paso dado para su
realización fue el estudio del carácter de Marx publicado a principios de 1850
en el Feuilleton des
Hamburger Anzeiger —[Folletín del Noticiario
Hamburgués]— por L. Häfner y basado sobre la descripción mencionada más arriba,
perteneciente a Schurz y Schimmelpfennig”.
No cabe duda de que entre el folletín de Häfner y
la carta de Techow existe la más sorprendente afinidad electiva, aún cuando ni
el primero, ni la segunda pueden compararse con la “Lausiada” —[de piojos:
Läuse en alemán. N. del t.]— de Vogt. Es preciso no confundir la “Lausiada” con
las “Lusiadas” de Camões. Originalmente “Louisiad” es una epopeya
cómico-heroica de Pedro Píndaro.
|135|
CAPÍTULO V. REGENTE IMPERIAL Y
CONDE PALATINO
Vidi un col capo si di merda lordo,
Che non parea, s'era laico, o chercho.
Quei mi sgrido: Perche sè tu si ngordo
Di riguardar piu me, che gli altri brutti.
DANTE.28
El así vapuleado señor Vogt sentía una poderosa
necesidad de establecer cuál era la causa por la que precisamente él atraía en
calidad de “bête noir”, o sea carnero negro, las miradas de la Banda de Azufre.
Por lo tanto Cherval y la fracasada conspiración que debió tener lugar durante
la celebración de la fiesta central en Lausanne, se vieron compendiados por una
aventura igualmente real, habida con el “prófugo regente imperial”. Es
necesario no olvidar que por aquel entonces Vogt era virrey de la isla parlamentaria
de Barataria. El mismo nos lo relata:
“A comienzos del año 1850 apareció la Deutsche
Monatsschrift —[Revista Mensual Alemana]— de Kolatschek. |136| Inmediatamente
después de aparecido el primer número la Banda de Azufre hizo que uno de sus
miembros —[el mismo que más adelante emprendió viaje con rumbo a América]—
publicara un panfleto intitulado: “El prófugo regente imperial Vogt, sus
adictos y la Deutsche Monatsschrift de Adolfo Kolatschek, panfleto éste que
también fue mencionado por el Allgemeine Zeitung… Con la publicación de este
panfleto queda evidenciado una vez más el sistema aplicado por la Banda de
Azufre” (pág. 163, lug. cit.). Luego sigue un ampuloso relato de cómo en dicho
panfleto, un artículo anónimo sobre Gagern y sin duda redactado por el profesor
Hagen “fue atribuido” a Vogt, el fugitivo regente imperial, puesto que la banda
de azufre sabía” que “por aquel entonces Hagen residía en Alemania. Apercibido
por la policía badense, no se le podía nombrar abiertamente sin exponerlo a lo
más severos vejámenes” (pág. 163).
Schily, en su carta fechada en París el 6 de
febrero, me dice: “El que Greiner, que de acuerdo a mis noticias, nunca estuvo
en Ginebra, se viera envuelto en los asuntos de la Banda de Azufre, se debió a
la publicación de su responso para el “fugitivo regente imperial”, cuyo
redactor fue localizado y denunciado por los parlamentarios a D’Ester, hasta
que finalmente yo mismo informé sobre la verdad en una carta a un colega y
amigo de Vogt”.
28 “Vi de
alguien yo la cabeza tan sucia de mierda, no sé si clérigo o lego, por ella no
se le veía.
Que me gritó: ¿Por qué te afanas tanto por
reconocerme entre todos los sucios?”
Greiner era miembro del gobierno provisional del
Palatinado. Su gobierno fue “un espanto” —[ver los Ensayos de Vogt, pág. 28]—
sobre todo para mi amigo Engels, al que mandó apresar en Kirchheim, valiéndose
para ello de falsos pretextos. El mismo Engels relató detalladamente todo este
acontecimiento tragicómico en la Revista del Nuevo Diario Renano (págs. 53 a
55, Número correspondiente al mes de febrero de 1850). Y esto es todo lo que sé
acerca del señor |137| Greiner. El que el fugitivo regente imperial se valiera
de toda clase de embustes para complicarme en su conflicto con el “conde
palatino”, revela “una vez más” el sistema de acuerdo al cual ese hombre
imaginativo en exceso ha compuesto “la vida y milagros de la Banda de Azufre”.
Sin embargo me reconcilia su humor legítimamente
falstafiano con que hace que “el conde palatino se ausente de inmediato con
rumbo a América”. Una vez que el conde palatino hubo lanzado el panfleto
dirigido contra el “fugitivo regente imperial” como si fuera una flecha
partiana, Greiner se sintió presa del terror. Algo le impulsaba a abandonar
Suiza y pasar a Francia, y de Francia a Inglaterra. Ni siquiera se sintió lo
suficientemente seguro en la margen opuesta del Canal de la Mancha, de modo que
prosiguió su viaje a Liverpool, donde subió a bordo de un Canard Steamer a cuyo
capitán le gritó muy agitado: “¡Salgamos de aquí y crucemos el Océano!” Y el
stern mariner le respondió:
“Os arrebataré a las garras del gobernador [Vogt]!
Otro habrá de ayudaros a campear el temporal”.29
29 Cita
extraída del Guillermo Tell de Schiller, donde Vogt quiere significar
gobernador (N. del t.).
|139|
CAPÍTULO VI. VOGT Y EL NUEVO DIARIO RENANO
Sîn kumber was manecvalt30
El mismo Vogt declara que en el Libro Mayor su
“atención —pág. 162— se dirige sobre “la evolución de su posición personal con
respecto a aquel núcleo” [Marx y sus compinches]. Es extraño, pero lo cierto es
que únicamente se dedica a relatar conflicto jamás vividos por él y a vivir
conflictos que nunca llega a relatar. Es por ello que me veo obligado a oponer
un trozo de historia real a sus historias cinegéticas. Si se hojea el tomo del
Nuevo Diario Renano correspondiente al 1º de junio de 1848 al 19 de mayo de
1849, podrá comprobarse que, con una única excepción, el nombre de Vogt no
figura durante el transcurso del año 1848 en los artículos de fondo ni las
informaciones publicadas en dicho periódico. Únicamente se le encuentra en las
noticias diarias sobre los debates parlamentarios. El corresponsal de Fráncfort
no olvidaba nunca —con gran satisfacción de parte del señor Vogt— de registrar
minuciosamente el “aplauso” obtenido “por los discursos que él mismo
pronunciaba”. Vemos por lo tanto que mientras las |140| derechas de Fráncfort
contaban con las fuerzas unidas de un Arlequín, como lo era Lichnowsky y de un
payaso como lo era von Vinke, las izquierdas disponían tan sólo de los aislados
sainetes que representaba un único Vogt. Comprendimos entonces que éste
necesitaba de algún aliento.
That important Fellow
The children’s wonder — Signor Punchinello,31
por lo que resolvimos dejar que el corresponsal
continuara como hasta entonces. Pasados mediados de septiembre, se produjo un
cierto cambio en el color de las informaciones.
Vogt, que en los debates sobre el armisticio de
Malmöe había instigado el amotinamiento con sus redomontadas revolucionarias,
puso todo de su parte para que en el mismo momento de su aceptación fracasaran
las resoluciones tomadas por la asamblea popular en la Pfingst weide —[pradera
de Pentecostés]— las que ya habían sido aprobadas por una parte de la extrema
izquierda. Una vez sofocada la guerra de barricadas, convertido Fráncfort en un
campamento militar y proclamado el estado de sitio el 19 de septiembre, ese
mismo Vogt, accediendo al pedido insistente de Zacarías, se declaró conforme
con la urgente aceptación de las medidas hasta entonces tomadas por el
ministerio imperial y con que se les dieran las gracias a las tropas del
30 “Su
preocupación era múltiple”.
31 “Ese
amigo importante — Asombro de los niños. Signor Punchinello”.
Reich. Antes de que Vogt ocupara la tribuna, hasta
el mismo Venedey se había opuesto a la “urgencia” de dichas proposiciones,
declarando que en un momento como aquel, la discusión abierta atentaba contra
la dignidad de la asamblea. Pero Vogt estaba a las órdenes de |141| Venedey. En
castigo coloqué en el informe parlamentario detrás de la palabra. “Vogt”, la
palabra “charlatán”. Fue éste un lacónico toque de advertencia para el
corresponsal de Fráncfort.
Durante el siguiente mes de octubre Vogt no sólo
abandonó sus funciones o sea, el agitar la palmeta de bufón por sobre las
cabezas de la mayoría, que por aquel entonces se sentía osada y ávidamente
reaccionaria. Ni siquiera se atrevió a firmar la nota de protesta elevada por
Zimmermann de Spandau, en nombre de aproximadamente cuarenta diputados, contra
la ley protectora de la asamblea nacional del 10 de octubre. Esta ley —según lo
destacado con acierto por Zimmermann— constituía la más desvergonzada intromisión
en los derechos del pueblo conquistados con la revolución de marzo; libertad de
palabra, libertad para reunirse y libertad de prensa. Hasta Eisermann elevó una
protesta similar. Pero Vogt estaba por debajo de Eisermann. Cuando más
adelante, al fundarse la “Asociación Cultural” pretende volver a hacer valer su
impertinencia, su nombre reaparece en un artículo del Nuevo Diario Renano
—número del 29 de diciembre de 1848—, en el que la Asociación de Marzo es
calificada de “inconsciente instrumento de la contrarrevolución” y en el que
apenas se hace una crítica aniquilante de su programa, presentándose a Vogt
como a la mitad del doble personaje cuya otra mitad la constituía Vinke. Algo
más de una década más tarde, ambos “ministros del porvenir” reconocieron su
correlación mutua, convirtiendo en su lema, la división de Alemania.
El que nosotros interpretamos con acierto a la
“Asociación de Marzo”, no sólo nos lo ha demostrado su evolución posterior.
También la “Liga Popular” — [Volksbund]—, de Heidelberg, la “Asociación
Democrática”, de Breslavia, la “Asociación Democrática”, de Jena, etc.,
rechazaron con burlas sus |142| insistentes requerimientos amorosos y los
miembros pertenecientes a las extremas izquierdas que se habían afiliado a
ella, confirmaron nuestra crítica del 29 de diciembre de 1848. Pero Vogt, con
su callada grandeza de alma, se dedicó a recolectar brasas ardientes para
lanzarlas a nuestras cabezas, según podrá comprobarse a través de la siguiente
cita:
Nº 243 del Nuevo Diario Renano, Colonia.
1º de marzo de 1849
La llamada “Asociación de Marzo” de la intitulada
Asamblea Popular” tiene el descaro de hacernos llegar la siguiente carta
litografiada:
“La Asociación de Marzo” ha resuelto redactar una
lista de todos los diarios que nos ofrecieron sus columnas, para comunicársela
a todas las asociaciones relacionadas con nosotros. Gracias a esta unificación
así obtenida, dichos órganos deberán ser preferentemente beneficiados con la
inserción de los anuncios correspondientes. Al comunicarles por intermedio de
ésta, la lista así confeccionada, no creemos necesario recordarles la
importancia que los avisos pagados tienen para los diarios, puesto que representan
la principal fuente de ingresos con que suelen contar todas las empresas
periodísticas.
Fráncfort, a fines de febrero de 1848.
LA COMISIÓN DIRECTIVA DE LA “ASOCIACIÓN CENTRAL DE
MARZO”
En la lista adjunta figuran los diarios que
brindaron sus columnas a la “Asociación de Marzo”. Por lo tanto deberán |143|
ser privilegiados por los miembros de la misma con la correspondiente
publicación de avisos. Figura también el nombre del Nuevo Diario Renano,
provisto, por ende, de un honroso asterisco. Declaramos que nunca nuestro
diario brindó sus columnas a la “Asociación de Marzo”… El que dicha asociación
señale en su litografiado comunicado a nuestro diario, como a un órgano propio
entre aquellos que en efecto le ofrecieron sus páginas, resulta ser
sencillamente una calumnia para el Nuevo Diario Renano y una jactancia absurda
por parte de la “Asociación de Marzo”…
“Lógicamente no disponemos de respuesta alguna a la
sucia mención de aquellos patriotas ansiosos de provecho y azuzados por la
importante competencia que en un diario significan los anuncios pagados, como
la principal fuente de ingresos con que cuenta la empresa. También en esto,
como en todo, el Nuevo Diario Renano se ha diferenciado de los patriotas, al no
considerar al movimiento político como una caballeresca rama industrial o
fecunda fuente de ingresos”.
Poco después de este áspero rechazo de la fuente de
ingresos ofrecida por Vogt y sus compinches, el Nuevo Diario Renano fue
plañideramente mencionado en una asamblea de la Asociación Central Comercial,
presentándoselo como un ejemplo de “disgregación típicamente alemana”. Al final
de nuestra respuesta a esa jeremiada — [Nº 248 del Nuevo Diario Renano]—, Vogt
es señalado como “pequeño universitario, cervecero gruñón y fracasado Barrot
Imperial”. Es verdad que por aquel entonces —15 de marzo— no había tenido oportunidad
aún de comerse el ajo concerniente a la cuestión imperial. Pero nosotros ya
habíamos llegado definitivamente al cabo de la calle en lo que al señor Vogt se
refería, pudiendo considerar por consiguiente como un hecho indiscutible, su
futura traición, aún ni siquiera definida para él mismo.
|144| A partir de entonces entregamos a Vogt y sus
compinches a las manos de Schlöffel, hombre tan joven como espiritual, que a
principios de marzo había llegado a Fráncfort proveniente de Hungría y que a
partir de entonces nos mantenía al tanto de todos los temporales que se
producían en el estanque de ranas que por aquel entonces resultaba ser el
Reich.
Entretanto Vogt había caído tan bajo —como es de
suponer, él mismo había contribuido más a esta caída que el mismo Nuevo Diario
Renano—, que hasta Basserman pudo aventurarse a acusarlo de apóstata y
renegado.
A consecuencia de su participación en el
levantamiento de Elberfeld, un redactor del Nuevo Diario Renano se vio
precisado a huir y poco después yo mismo fui expulsado de Prusia, tras
fracasar, gracias a los jurados, los reiterados intentos de hacerme callar por
medio de procesos y la repetida renuncia hecha por el órgano oficial del
ministerio impuesto por el golpe de Estado, el Neue Preussische Zeitung —
[Nuevo Diario Prusiano]— a “la monumental desvergüenza del Nuevo Diario Renano,
comparado con el cual hasta el Moniteur de 1793 resultaba ser insignificante”
[Ver el Nº 299 del Nuevo Diario Renano]. Esa clase de “desvergüenzas
monumentales” estaban en su lugar en una fortaleza prusiana y en una época en
la que la contrarrevolución victoriosa trataba de impresionar al mundo
recurriendo para ello a la brutalidad más desvergonzada.
El 19 de mayo de 1849 apareció el último número del
Nuevo Diario Renano — número rojo—. Mientras éste existió, Vogt había tolerado
y callado. Cada vez que algún parlamentario se permitía reclamar, ello ocurría
siempre en forma modesta y más o menos de esta manera:
“Muy señor mío: no menosprecio en su periódico la
crítica aguda debido a que vigila con idéntica severidad a todos |145| los
partidos y a todas las personas por igual” [Ver el Nº 219 correspondiente al 11
de febrero de 1849. La reclamación de Wesendonk]. Una semana después de la
desaparición del Nuevo Diario Renano, Vogt, cubierto por el manto de la
inmunidad parlamentaria, por fin creyó poder tomar de los pelos la largamente
añorada oportunidad para poner en “vigor” la “materia” durante tanto tiempo almacenada
en lo más recóndito de su corazón. Un redactor del Nuevo Diario Renano,
Guillermo Wolff, acababa de incorporarse a aquella asamblea de Fráncfort “que
se hallaba en pleno proceso de disolución progresiva”, para substituir a un
parlamentario silesiano que había acabado su mandato.
Para poder comprender la siguiente escena
desarrollada durante la sesión celebrada por el parlamento el 26 de mayo de
1849, es preciso recordar que por aquel entonces ya habían sido sofocados el
levantamiento de Dresde y los movimientos parciales producidos en la provincia
renana; que se esperaba la intervención Imperial en Baden y en el Palatinado;
que el ejército ruso marchaba sobre Hungría y, finalmente, que el ministerio
del Reich acababa de dejar sin efecto las resoluciones tomadas por la asamblea.
En el orden del día figuraban dos “proclamas al pueblo alemán”, una de ellas
registrada por Uhland y proveniente de la mayoría y la otra del centro de los
miembros pertenecientes a un comité de los treinta. Hacía las veces de
presidente un caballero natural de Darmstadt, un tal señor Reh —corzo éste que
más tarde habría de convertirse en conejo— “separándose finalmente también de
aquella “asamblea en pleno proceso de disolución”. Transcribo del informe
oficial estenografiado Nº 229, sesión 228 celebrada en la Iglesia de San Pablo:
WOLFF (de Breslavia): —¡Señores! He dejado que se
me alistara en las filas de los contrarios a la proclama dirigida al |146|
pueblo, a esa misma proclama que, concebida por la mayoría, fue leída en este
mismo lugar, puesto que la considero fundamentalmente en desacuerdo con las
actuales circunstancias; porque la encuentro demasiado débil y apta tan solo
para ser publicada en calidad de artículo periodístico en los diarios que
representan al partido del que salió dicha proclama, y que no la creo digna de
ser dirigida al pueblo alemán. Como ahora también acaba de darse lectura a una
segunda proclama, quiero apuntar tan sólo al pasar, que me declararía mucho más
contrario aún a esta última, por motivos que no creo necesarios mencionar aquí.
UNA VOZ DEL CENTRO: —¿Y por qué no?
WOLFF: —Yo me refiero únicamente a la proclama de
la mayoría, la que por cierto ha sido redactada en términos tan medidos, que ni
siquiera el señor Buss ha podido decir mucho en su contra y no cabe duda de que
ello resulta ser la peor recomendación para una proclama. No, señores, no; si
ustedes pretenden ejercer aún alguna influencia sobre el pueblo, será preciso
que le hablen al pueblo de manera distinta a lo que lo hacen en dicha proclama;
es preciso no hablar de legalidad ni de terreno legal, etc., sino referirse a
la ilegalidad en el mismo tono en que hablan de ella los gobiernos, los rusos
—y conste que al decir rusos me refiero a los prusianos—, los austríacos,
bávaros y hanoverianos —[Murmullos y risas]—. Todos estos han sido
reunidos bajo el rubro general de rusos. —[Grandes
carcajadas]—. Sí, señores míos, también en esta asamblea están representados
los rusos. Será preciso que ustedes les digan: tal vez como vosotros
consideráis el punto de vista legal, así también lo consideraremos nosotros. Se
trata del punto de vista de la violencia y entre paréntesis, explíquenles
ustedes la legalidad, oponiendo a la violencia de los cañones de los rusos, las
bien organizadas tropas de asalto. En el supuesto |147| caso de que deba dictarse
una proclama, dicten una proclama en la que desde un principio declaren fuera
de la ley al primer traidor del pueblo o sea, al regente del Reich.
EXCLAMACIÓN: —¡Silencio! —[entusiasta ovación en la
galería].
WOLFF: —Del mismo modo a todos los ministros…
Renovado movimiento.
—¡Oh, no permitiré que se me contradiga! Es el
principal traidor del pueblo… PRESIDENTE: —Considero que el señor Wolff acaba
de excederse olvidando
hasta las más elementales normas de respeto. No es
posible que ante esta sala califique de traidor del pueblo, al archiduque
regente del Reich, por lo que me veo obligado a llamarle al orden. Por última
vez invito al público de las galerías a no intervenir en el debate, tal como
acaba de hacerlo.
WOLFF: —Yo, por mi parte, acepto el llamado al
orden y declaro que me había propuesto violar el orden y repito que tanto él
como sus ministros, no son más que traidores.
Desde todos los rincones de la sala se escuchan
gritos de:
—¡Silencio! ¡Esto es una grosería!
PRESIDENTE: —¡Me veo obligado a retirarle la
palabra!
WOLFF: —Bueno, protesto; mi intención era hablar
aquí en nombre del pueblo y decir lo que piensa el pueblo. Protesto contra toda
proclama que haya sido concebida en esos términos.
Gran agitación en la sala.
PRESIDENTE: —Señores, concededme la palabra por un
instante. Caballeros, puedo afirmar que el episodio que acaba de producirse es
el primero de esta índole desde que el parlamento sesiona aquí.
[En efecto fue ése el primero y único suceso
ocurrido en aquel club de debate]. |148| Hasta la fecha ningún orador ha
declarado aquí haberse propuesto violar
el orden y los fundamentos que rigen en esta casa.
[Al producirse una llamada al orden similar
Schöffel había declarado en la sesión del 25 de abril: “Acepto este llamado al
orden con tanto mayor gusto, por cuanto espero que no tardará en llegar el día,
en que esta asamblea será llamada al orden de una manera muy distinta”].
—Señores, debo lamentar profundamente que el señor
Wolff, recientemente ingresado a esta casa, debute de esta manera…
[Está visto que Reh considera este asunto desde un
punto de vista teatral], —¡Caballeros! He pronunciado contra él mi llamado al
orden, debido a la grosera
ofensa que acaba de permitirse en cuanto al
recuerdo y a la consideración que debemos a la persona del señor regente del
Reich…
Luego la asamblea continúa desarrollándose
normalmente. Hagen y Zachariä pronuncian extensos discursos, uno de ellos
declarándose partidario y el otro contrario a la proclama de la mayoría.
Finalmente se levanta VOGT de Giessen:
—¡Caballeros! Permitidme algunas palabras; no
quiero cansaros. Es exacto el que el parlamento ya no es como el que el año
pasado se reunía aquí y damos gracias al cielo —[¡Vogt, el devoto de Köhler, da
gracias al cielo!]— de que así haya llegado a ser. —¡Sí, señores! ¡De que así
haya llegado a ser!— y que aquellos que desesperaron de su pueblo y que en el
momento decisivo traicionaron la causa del mismo, se hayan separado de esta
asamblea! Señores, he pedido la palabra [quiere decir que hasta ahora la oración
de gracias era tan sólo una patraña]— para defender la límpida corriente
—[¡Vogt defiende la corriente!]— que, proveniente de un alma de poe-|149|ta
—[¡Vogt vuelve espiritual!]— alimentara esa proclama, del lodo infamante que se
pretendió mezclar o arrojar en ella —[Sin embargo aquella corriente cristalina
ya había sido absorbida por la proclama]—, para defender estas palabras —[Como
todo en Vogt, también esta corriente se convierte en palabras]— del barro
almacenado durante este último movimiento, y que amenaza con ahogar y
ensuciarlo todo. ¡Sí, señores! ¡Sí! Es —[Vogt se refiere al barro]— barro y es
lodo —[¡El barro es lodo!]— que de esta manera —[¿De qué manera?]— es arrojado
sobre todo pensamiento puro que pueda concebirse, y deseo manifestar mi profunda
indignación —[¡Vogt profundamente indignado! ¡Quel tableau… qué cuadro!]— al
ver que haya podido ocurrir algo semejante —[¿Qué?]—…
Y todo lo que Vogt dice es… lodo.
Wolff no había pronunciado una sola palabra acerca
de la redacción de UHLAND de dicha proclama. Según lo declarado reiteradas
veces por el presidente, se le había llamado al orden, había sido él quien
había provocado toda aquella tormenta al declarar traidores del pueblo al
regente del Reich y a todos sus ministros. Pero “el archiduque regente del
Reich”, el “desvencijado Habsburgo” —[Ensayos de Vogt, pág. 28]— y “todos sus
ministros” representan para Vogt, “todo pensamiento puro que pueda concebirse”.
Canta con Walther von der Vogelweide:
des fürsten milte ûz ôsteriche
fröit dem süezen rëgen gelich
beidiu liute und ouch daz lant.
[La benevolencia del archiduque de Austria,
beneficia, al igual de la dulce lluvia,
a los hombres como al país].
|150| ¿Acaso ya por aquel entonces Vogt mantenía
sus posteriormente confesadas “relaciones científicas” con el archiduque Juan?
(Ver pág. 26. Documentos. Libro Mayor).
Diez años después este mismo Vogt declara en sus
Ensayos, pág. 27: “Por lo menos es seguro que la Asamblea Nacional de Francia y
sus dirigentes, menospreciaron las cualidades de Luis Napoleón, del mismo modo
como los dirigentes de la Asamblea Nacional de Fráncfort menospreciaron a su
vez, las del archiduque Juan, y que cada cual en su esfera, ambos bribones
hicieron pagar caro los errores cometidos. Nada más ajeno a nuestra intención
que el pretender poner a ambos en un mismo plano. La tremenda falta de consideración,
etc., etc. —[de Luis Bonaparte]—. Todo esto contribuye a hacerle aparecer como
muy superior al anciano y ya gastado Habsburgo”.
Durante esa misma sesión Wolff hizo que Wirth, el
delegado de Sigmaringen, desafiara a Vogt a sostener con él un duelo a pistola
y al comprobar que el tal Vogt resolvía conservar sano su pellejo para el
Reich,32 le amenazara con propinarle un castigo corporal. Pero cuando al salir
de la iglesia de San Pablo, Wolff encontró a Carlos el Valiente custodiado por
dos señoras, rompió a reír y con sonoras carcajadas, resolvió abandonarlo a su
suerte. Wolff —[Lobo]—, cuyos dientes y corazón hacen honor a su nombre, no
deja de ser sin embargo un manso cordero frente al sexo débil. Su única
venganza, muy inofensiva por cierto, fue la publicación de un |151| artículo en
la Revista del Nuevo Diario Renano —[número de abril de 1850, pág. 73]—
intitulado: “Ulterioridades del Reich”, en el que podía leerse, referente al ex
regente del Reich:
“Durante aquellos días críticos, los de la “Central
de Marzo se mostraron muy activos. Ya antes de su salida de Fráncfort habían
gritado en una alocución dirigida a las “Asociaciones de Marzo” y al pueblo
alemán: “¡Compatriotas! ¡Ha sonado la hora undécima!”. Con el fin de constituir
un ejército popular, dieron a conocer desde Stuttgart una nueva proclama
dirigida “al pueblo alemán” y hete aquí que las manecillas del reloj de la
“Central de Marzo” continuaban aún en el mismo lugar. ¿O es que, del mismo modo
como al reloj del monasterio de Friburgo, se le había borrado el número doce de
su cuadrante? En resumidas cuentas la proclama reza una vez más:
“¡Compatriotas! ¡Ha sonado la hora undécima!”. ¡Oh!, ojalá la misma hubiera
sonado en vuestras cabezas aquella vez en que el héroe de la Central de Marzo,
Carlos Vogt — para satisfacción propia y de sus serviles aulladores— pacificó
la revolución de Franconia…33 La regencia instaló sus oficinas en la casa de
gobierno de Friburgo. El regente Carlos Vogt y simultáneamente ministro de
relaciones exteriores y de muchas otras más, también aquí se dedicó a
considerar ocasionalmente el bienestar del pueblo alemán. Tras largos días y
noches pasadas en su estudio, obtuvo por fin un invento bastante digno de su
época: “Pasaportes de la Regencia Imperial”. Estos pasaportes eran muy
sencillos, bellamente litografiados y se podían obtener todos los que se
deseaban sin dificultad alguna. Únicamente adolecían del pequeño defecto de que
tan sólo eran válidos y respetados en la cancillería de |152| Vogt. Acaso más
adelante alguno que otro ejemplar llegue a ocupar un lugar en la colección de
algún inglés amante de las curiosidades”.
Pero Wolff no siguió el ejemplo de Greimer. En
lugar de “ausentarse para
América inmediatamente después de aparecer la
revista”, pasó aún todo un año en
Suiza esperando la venganza del Land-Vogt, o sea
del gobernador.
32 Kobes I
relata en el ya mencionado panfleto de Jacobo Venedey: “Al ver que durante
aquella sesión en la iglesia de San Pablo, en la que Gagern abrazó a Gabriel
Riesser al finalizar éste su discurso imperialista, Carlos Vogt abrazaba al
delegado Zimmermann con énfasis burlón y sonoro griterío, le grité: “¡Deja ya
las pillerías!” Entonces Vogt creyó tener que ofenderme con una desafiante
palabrota y al exigirle yo una justificación personal, tuvo el valor —tras las
innumerables idas y venidas efectuadas por un amigo común— de no
responsabilizarse de dicha ofensa” (págs. 21, 22, lug. cit.).
33 Más
adelante Vogt trató de justificar su hazaña de Núremberg con las siguientes
palabras: “Le habrían faltado las garantías para su seguridad personal”.
|153|
CAPÍTULO VII. LA CAMPAÑA DE
AUGSBURGO
Poco después de que el ciudadano del cantón de
Thurgau finalizara su guerra con Italia, el ciudadano del cantón de Berna ya
iniciaba su campaña de Augsburgo.
“Allí, en Londres, siempre había sido el núcleo
marxista el que se ocupaba de proporcionar la mayor parte de las informaciones”
—[para el Allgemeine Zeitung]— “manteniendo a partir de 1849 ininterrumpidas
relaciones con dicho diario” (pág. 194 del Libro Mayor).
A un cuando el mismo Marx recién reside en Londres
a partir de fines del año 1849, es decir, desde su segunda expulsión de
Francia, parecería que “el núcleo marxista” siempre hubiera residido en Londres
y aun cuando, LA MAYOR PARTE DE LAS INFORMACIONES del Allgemeine Zeitung son
suministradas por dicho grupo, está visto que tan solo “a partir del año 1849”
sostenía “ininterrumpidas” relaciones con ese diario. Lo cierto es que la
cronología “vogtiana” se divide en dos grandes períodos —y ello no puede sorprendernos
por cierto, ya que antes de 1848 el hombre “no pensaba aún en dedicarse a una
actividad política” (pág. 225, lug. cit.)— o sea, |154| el período de
“siempre”, que alcanza hasta 1849 y el período que media entre 1849 y “este”
año.
De 1842 a 1843 yo fui director del antiguo
Rheinische Zeitung —[Diario Renano]— que había declarado una guerra a muerte al
Allgemeine Zeitung. De 1848 a 1849 el Nuevo Diario Renano reinició dicha
polémica. ¿Qué es lo que por lo tanto queda para el período de “siempre” o sea,
el que llega hasta 1849, que no comprueba el hecho de que Marx “siempre” había
declarado la guerra al Allgemeine Zeitung, mientras Vogt fue su constante
colaborador desde 1844 a 1847? (Ver página 225, del Libro Mayor).
Pero ocupémonos del segundo período de la historia
Universal vogtiana.
Desde Londres “yo mantenía ininterrumpidas
relaciones con el Allgemeine Zeitung, ininterrumpidas a partir del año 1849,
puesto que “a partir del año 1852, un tal Ohly ocupaba el cargo de primer
corresponsal en Londres del Allgemeine Zeitung”. Es verdad que Ohly no mantuvo
conmigo ninguna clase de relaciones, ni antes ni tampoco después del año 1852.
No le vi en toda mi vida. De acuerdo a su figuración entre los refugiados en
Londres, pertenecía a la Asociación de Emigrantes fundada por Kinkel. Pero esto
en nada cambia la cuestión, pues:
“El anterior oráculo del viejo bávaro althofiense
que había aprendido el inglés, el rubio Ohly, era compatriota mío” —[de Vogt]—
“que partiendo de una base comunista trataba de alcanzar más elevados puntos de
vista poéticos en la política y literatura y que, primeramente en Zúrich y
luego, a partir del año 1852, en Londres, fue jefe de corresponsales del
Allgemeine Zeitung, hasta que por último acabó sus días en una casa de locos”
(pág. 195 del Libro Mayor).
|155| Por su parte Mouchard, Edouard Simon, se
encarga de tergiversar esta vogtiada de la siguiente manera: “En voici d’abord
un qui de son point de départ
communiste, avait cherché a s’elever aux plus
hautes conceptions de la politique” [Por lo visto “los elevados puntos de vista
políticos” están también más allá del alcance de un Edouard Simon]. “A en
croire M. Vogt, cet adepte fut l’oracle de la Gazette d’Augsbourg jusqu’en
1852, époque ou il mourut dans une maison de Fous” (Pág. 529, Revue
Contemporaine, tomo XIII, París, 1860).
“Operam et oleum perdidi”, así puede exclamar Vogt
al referirse a su Libro Mayor y a su Ohly. Mientras hace que su “íntimo
compatriota” atienda a partir de 1852 la corresponsalía en Londres del
Allgemeine Zeitung, hasta que “termina finalmente sus días en una casa de
locos”, Edouard Simon afirma que “de creerse en las palabras de Vogt, Ohly
habría sido el oráculo para el Allgemeine Zeitung hasta 1852, año en que éste
—[que dicho sea de paso vive todavía]— “muere en un manicomio”. Pero Edouard
Simon conoce a su Carlos Vogt. Edouard sabe que cuando por fin uno se decide a
“creer” en el tal Carlos, no importa ya qué es lo que se le cree; si lo que
dice, o lo contrario de lo que dice.
“El señor Liebknecht —[así afirma Carlos Vogt]— lo
reemplazó” —[es decir a Ohly]— “en su puesto de corresponsal del Allgemeine
Zeitung”. “Recién después de que Liebknecht fuera públicamente proclamado
miembro del partido marxista, se le recibió como corresponsal en el Allgemeine
Zeitung” (Pág. 169, lug. cit.).
Aquella proclama tuvo lugar durante el Proceso de
los Comunistas de Colonia, vale decir, a fines de 1852.
Durante la primavera de 1851 Liebknecht se
convirtió en efecto en colaborador del Morgenblatt —[Diario de la
Ma-|156|ñana]—, en el que informaba sobre la exposición industrial de Londres.
Por intermedio del Morgenblatt obtuvo en septiembre de 1855 la corresponsalía
del Allgemeine Zeitung”.
“Sus camaradas” —[los de Marx]— “no escriben una
sola línea sin que él esté previamente enterado de su contenido (Pág. 194, lug.
cit.). La prueba resulta muy simple: “Él” —[Marx]— “domina incondicionalmente a
su gente”, (página 195), mientras Vogt obedece también incondicionalmente a su
amigo Fazy y a los compinches de éste. Nos encontramos aquí ante una
particularidad de la formación mítica de Vogt. Por todas partes hallamos las
proporciones enanas, propias de Giessen o Ginebra, el marco que les es propio a
las pequeñas ciudades de provincia y el olor característico de las tabernas
suizas. Transmitiendo ingenuamente su plácido caciquismo desde Ginebra a la
metrópoli londinense, no permite que Liebknecht, que se encuentra en West End,
escriba “una sola línea” de cuyo contenido yo, que residía en Hampstead, a
cuatro millas de distancia, no “me hubiera enterado previamente”. Y este mismo
servicio de Laguerronière lo presto diariamente a todo un ejército de
“compañeros” diseminados por toda Londres y que mantienen correspondencia con
el mundo entero. ¡Vaya oficio agradable y, sobre todo… lucrativo!
El mentor de Vogt, Edouard Simon, que si bien no
conocía las condiciones de la vida londinense, estaba al tanto, en cambio, de
lo que pasaba en París, presta con inconfundible tacto de artista, rasgos
metropolitanos al dibujo de su torpe “amigo campesino”.
“Marx, comme chef de la societé, ne tient pas
lui-même la plume, mais ses fidéles n’ecrivent pas une ligne sans l’avoir
consulté: La Gazette d’Augsbourg sera d’autant mieux servie”. (Pág. 529, l.
c.). Es decir que “Marx, en su calidad de jefe de la sociedad, no escribe, pero
sus adictos no escriben una sola |157| línea sin consultarlo
previamente. Por lo tanto el diario de Augsburgo
estará mejor servido”. ¿Vogt se dará cuenta de toda la delicadeza contenida en
esta corrección?
Yo tenía que ver tan poco con la información que
desde Londres Liebknecht proporcionaba al Allgemeine Zeitung, como con la que
Vogt le hacía llegar desde París. Por lo demás la información de Liebknecht era
muy digna de elogio — la descripción crítica de la política inglesa, comentada
por él en el Allgemeine Zeitung, como también sus simultáneas informaciones
destinadas a diarios radicales germano-americanos. El mismo Vogt, que revisa
minuciosamente colecciones enteras del Allgemeine Zeitung buscando palabras
capciosas en las cartas de Liebknecht, reduce la crítica de su contenido, a que
la firma de las informaciones de Liebknecht “son dos rayas delgadas y torcidas”
(Pág. 196 del Libro Mayor).
La posición torcida de estas rayas demostraba sin
duda que la situación de la corresponsalía también era torcida y, para colmo,
¡la delgadez! ¡Si por lo menos Liebknecht hubiera pintado en su sello de
corresponsal dos redondas manchas de grasa en lugar de aquellos “dos palotes
delgados y torcidos!” Pero si bien la correspondencia no adolece de otro
defecto que esos “dos palotes delgados y torcidos”, no por ello queda anulado
el inconveniente de que la misma era publicada en el Allgemeine Zeitung. ¿Y por
qué no habría de aparecer en el Allgemeine Zeitung?
Como es sabido el Allgemeine Zeitung cede la
palabra a las más diversas tendencias, por lo menos en los campos neutrales,
como lo es el de la política inglesa, y además es considerado en el extranjero
como el único órgano periodístico cuya importancia excede los límites locales.
Por lo tanto, Liebknecht bien podía publicar cartas de Londres en el mismo
periódico en que Heine daba a publicidad sus “Cartas de París” y
Fall-|158|merayer hacía conocer sus “Cartas de Oriente”. Vogt informa que en el
Allgemeine Zeitung colaboran personas de moralidad dudosa. Es sabido que
también él fue su colaborador desde 1844 a 1847.
En lo que a mí mismo y a Federico Engels se refiere
—menciono a Engels debido a que ambos trabajábamos de acuerdo a un plan común y
acordado con anterioridad— es exacto que en 1859 en cierto modo “tomamos
contacto” con el Allgemeine Zeitung. Durante los meses de enero, febrero y
marzo de 1859, publiqué en el New York Tribune una serie de artículos de fondo,
en los que entre otras cosas era sometida a una crítica minuciosa “la teoría
del gran poderío europeo central”, sostenida por el Allgemeine Zeitung y su
opinión, según la cual la continuación del dominio austríaco en Italia es uno
de los intereses alemanes. Poco antes de estallar la guerra, Engels publicaba,
no sin antes ponerse de acuerdo conmigo, El Po y el Rin, Berlín 1850, panfleto
este que sobre todo está dirigido en contra del Allgemeine Zeitung y el que
para emplear las palabras de Engels —[pág. 4 de su folleto Saboya, Niza y el
Rin, Berlín 1860]— demostraba de manera militarmente científica que “Alemania
no necesita trozo alguno de Italia para su defensa y que Francia, en el caso de
que únicamente se hicieran valer las causas militares, por cierto tenía mucho
más derecho a poseer el Rin, que Alemania a poseer el Mincio”. Sin embargo esta
polémica de ataque contra el Allgemeine Zeitung y su teoría de la necesidad de
una tiranía austríaca en Italia, concordaba entre nosotros con la polémica
iniciada contra la propaganda bonapartista. Yo, por ejemplo, demostré
claramente en el Tribune —[ver números: febrero de 1850]— que las condiciones
financieras y de política interna del “bas empire” habían llegado a un punto
crítico, allí donde una guerra en el extranjero prolongaría aún más |159| la
dominación en Francia del gobierno de facto y con ello la
de la contrarrevolución. Además denunciaba que la
liberación de Italia por Bonaparte era únicamente un pretexto para esclavizar a
Francia, someter a Italia al gobierno impuesto por el golpe de Estado,
trasladar las fronteras naturales entre Francia y Alemania, convertir a Austria
en un instrumento de Rusia y obligar a los pueblos a marchar a una guerra entre
la contrarrevolución legítima y la ilegítima. Todo esto ocurrió antes de que el
ex-Reichs-Vogt —[ex gobernador imperial]— hiciera sonar su trompeta.
Desde la aparición del artículo de Wolff en la
Revista del Nuevo Diario Renano — 1850—, yo había olvidado por completo a la
“naturaleza redondeada”. Recién volví a recordar a este divertido sujeto en
cierto atardecer del mes de abril de 1859, en que Freiligrath me hizo leer una
carta de Vogt, a la que éste había adjuntado su Programa político. Esto no era
una indiscreción, ya que la carta de Vogt estaba destinada a ser leída por “los
amigos”, no los suyos, sino los del destinatario de la misma.
A su pregunta acerca de lo que yo encontraba en
dicho “programa” respondí:
—Politiquería.
Inmediatamente reconocí a aquel viejo bromista a
través de su pedido a Freiligrath, de obtener la colaboración del señor Bucher
como corresponsal político para el órgano de propaganda planeado y que habría
de publicarse en Ginebra. La carta de Vogt había sido fechada el 1º de abril de
1859. Era sabido que a partir del mes de enero de 1859 Bucher había dado a
conocer en sus informaciones para el Berliner National-Zeitung —[Diario
Nacionalista Berlinés]— puntos de vista absolutamente contrarios al programa de
Vogt; pero para el hom-|160|bre de la “arbitrariedad crítica” todas las vacas
resultaban ser grises.
Después de este episodio que no consideré lo
suficientemente importante como para comentarlo con alguien, recibí los Ensayos
sobre la actual situación europea de Vogt, un panfleto quejumbroso que eliminó
en mí toda duda acerca de su relación con la propaganda bonapartista.
La noche del 9 de mayo de 1859 yo me encontraba en
la tribuna de un mitin público que David Urquhart había organizado con motivo
de la guerra con Italia. Abierto el mitin, se acercó a mí un personaje de
aspecto muy serio y grave. En la expresión hamletiana de su fisonomía advertí
de inmediato que “algo olía a podrido en Dinamarca”. Era este el homme d’Etat
Carlos Blind. Tras algunas frases sin importancia, comenzó a hablarme de las
“andanzas” de Vogt, afirmando con asombrado énfasis, que Vogt obtenía subsidios
bonapartistas para su propaganda, que a un escritor natural del Sud de Alemania
y cuyo nombre “lamentaba” no poder decirme, Vogt le había ofrecido 30.000
gulden para sobornarlo —confieso que yo no podía imaginarme qué escritor del
Sud de Alemania podía valer 30.000 gulden—; que también en Londres se habían
producido intentos de soborno, que ya en Ginebra, en el año 1854, al celebrarse
una reunión entre Plon-Plon, Fazy y sus demás compinches, se había discutido
sobre la futura guerra con Italia, señalándose al Gran Duque ruso Constantino,
como al futuro rey de Hungría; Vogt también le había invitado a él — [Blind]—,
a colaborar en su propaganda y que además poseía pruebas que atestiguaban las
traidoras actividades de Vogt. Blind regresó a su asiento instalado en el
ángulo opuesto de la plataforma y al lado de su amigo I. Fröbel; se dio
comienzo al
mitin y Urquhart in-|161|tentó demostrar en su
minucioso discurso, que la guerra con Italia era tan sólo el fruto de las
intrigas franco-rusas.34
Poco antes de finalizar el mitin, vino a mi
encuentro el doctor Fauchner, corresponsal extranjero del Morning Star —[órgano
del colegio de Manchester]—, para contarme que acababa de aparecer un nuevo
semanario germano-londinense |162| intitulado Das Volk —[El Pueblo]. El diario
obrero publicado por el señor A. Scherzer y dirigido por Eduardo Bauer, Die
Neue Zeit —[La Nueva Época]— se había fundido a consecuencia de una intriga de
Kinkel, el editor del Hermann. Al informarse de esto, Biskamp, hasta tanto corresponsal
del Die Neue Zeit, resolvió renunciar a su puesto de maestro en el Sud de
Inglaterra, para acudir a Londres y oponer Das Volk al Hermann, La Asociación
Obrera Cultural Alemana y algunas otras asociaciones londinenses, prestaban su
apoyo a dicho periódico, el que lógicamente, y al igual de todos los periódicos
obreros de esa índole, era dirigido y escrito gratuitamente. El mismo Fauchner,
en su condición de freetrader ajeno a la tendencia del Volk, no quería tolerar
monopolio alguno en la prensa alemana de Londres, por lo que había resuelto
fundar en dicha ciudad y en compañía de algunos conocidos suyos, un comité de
finanzas cuya misión consistiría en proporcionar fondos al mencionado diario.
Biskamp ya se había dirigido por carta a Liebknecht, hasta entonces desconocido
para él, para solicitarle colaboraciones literarias, etc. Finalmente Fauchner
me invitó a colaborar también en el Volk.
A pesar de que Biskamp vivía en Inglaterra desde el
año 1852, no habíamos tenido oportunidad aún de trabar relaciones. Al día
siguiente del mitin celebrado por Urquhart, Liebknecht lo trajo a mi casa. Por
el momento no me fue posible aceptar su invitación a colaborar en el Volk, ya
que no disponía del tiempo necesario para ello,
34 Como es
natural, Vogt deriva los ataques del núcleo marxista contra Lord Palmerston, de
mi oposición a él y a sus “amigos” (Libro Mayor, pág. 212). Por lo tanto
considero oportuno recordar brevemente mi relación con D. Urquhart y su
partido. Los escritos de Urquhart sobre Rusia y contra Palmerston me habían
interesado, pero no llegaron a convencerme. Para formarme una opinión más
firme, sometí los Debates Parlamentarios —[Parlamentary Debates]— de Hansard y
los Blue Books diplomáticos —[Libros Azules]—, aparecidos entre los años 1807 y
1850, a un minucioso y fatigoso análisis. El primer fruto producido por estos
estudios fue una serie de artículos de fondo publicada a fines de 1853 en el
Tribune de Nueva York, en los que comprobaba las relaciones de Palmerston con
el gabinete de Petrogrado, fundándome para ello en sus transacciones con
Polonia, Turquía, Circasia, etc. Poco después mandé imprimir estos trabajos en
el órgano cartista dirigido por Ernest Jones, The People’s Paper, agregándoles
nuevos párrafos referentes a la actividad de Palmerston. Entre tanto también el
Glasgow Sentinel había copiado uno de estos artículos —“Palmerson and Poland”—
artículo este que llamó la atención del señor Urquhart. A consecuencia de una
entrevista que tuve con él, Urquhart instó al señor Tucker, de Londres, a
publicar una parte de dichos artículos en forma de folletos. Estos folletos
sobre Palmerston fueron publicados más adelante en tiradas de quince y veinte
mil ejemplares. A raíz de mi análisis del Libro Azul —[Blue Book]— sobre el
caso de Kars, aparecido en el diario cartista de Londres —abril de 1850—, el
Foreign Affairs Comitee, de Sheffield, me hizo llegar una carta de
felicitación. (Ver suplemento Nº 7). Al examinar manuscritos diplomáticos que
se encuentran en el museo británico, descubrí una serie de expedientes ingleses
que retrocedían desde fines del siglo XVIII hasta la época de Pedro el Grande,
revelando la constante colaboración secreta entre el gabinete de Londres con el
de Petrogrado y en los que, al mismo tiempo, la época de Pedro el Grande
aparecía como la originadora de estas relaciones. Hasta ahora tan sólo he
mandado imprimir el prólogo de un minucioso trabajo referente a este tema,
intitulado Revelations of the diplomatic history of the 18th. century. Se
publicó primeramente en el Free Press de Sheffield y más adelante también en el
de Londres, órganos ambos partidarios de Urquhart, Según puede verse, mi
estudio de Palmerston y de la diplomacia anglo-rusa en general, se efectuó sin
que yo sospechara siquiera que el guardaespaldas de Lord Palmerston era el
señor Carlos Vogt.
pero en cambio prometí hacer que mis amigos
alemanes residentes en Londres se abonaran al diario y contribuyeran a su
publicación con subvenciones monetarias y colaboraciones literarias. En el
curso de la conversación comentamos también el mitin de Urquhart, que había
sido organizado para atacar a Vogt, cuyos Ensayos eran conocidos por Biskamp y
consideramos carentes de todo |163| valor. Yo les comuniqué a Liebknecht y a
él, el contenido del “programa” de Vogt y de las revelaciones de Blind,
apuntando, con relación a estas últimas, que el cargar las tintas era una
modalidad típica de los alemanes del Sud. Con gran sorpresa de mi parte, en el
número 2 del Volk —14 de mayo— apareció un artículo intitulado: “El regente
imperial como traidor del Reich” —Ver Libro Mayor. Documentos, pág. 17-18—, en
el que Biskamp menciona dos de los hechos enumerados por Blind: Los 30.000
gulden que por cierto rebaja a 4.000 y el origen bonapartista de los fondos con
que operaba Vogt. Por lo demás el resto del artículo se componía de chistes a
la manera del Hornisse — [Avispón]— que a partir de 1848-49 había sido dirigido
por él en compañía de Cassel. La Asociación Obrera Cultural Alemana, según me
enteré mucho después de aparecer el Libro Mayor —ver suplemento 8—, había
encargado entretanto a uno de sus dirigentes, el señor Scherzer, que invitara a
las asociaciones obreras culturales de Suiza, Bélgica y Estados Unidos, para
que prestaran su ayuda al Volk e iniciaran la lucha contra la propaganda
bonapartista. El mismo Biskamp se encargó de mandarle a Vogt el mencionado
artículo aparecido en el Volk del 14 de mayo de 1859. Simultáneamente Vogt
recibía también, por intermedio de su propio Ranickel, la circular del señor A.
Scherzer.
Vogt, con su famosa “arbitrariedad crítica”, no
vaciló en introducirse de inmediato en calidad de demiurgo, entre los hilos de
aquella trama repugnante para él. Sin pensarlo, publicó las Bases para su
futura tergiversación histórica en el ya repetidas veces citado Suplemento
extraordinario del Nº 150 del Schweizer Handels Courier [Correo Comercial
Suizo]. Este evangelio primitivo, en el que por primera vez eran revelados los
misterios de la Banda de Azufre, de los Bürstenheimer, |164| Cherval, etc., fechado
el 25 de mayo de 1859 —es decir en fecha más reciente que el evangelio de los
Mormones—, era encabezado por el título A MODO DE ADVERTENCIA y, de acuerdo a
los hechos, se relacionaba con un fragmento traducido, perteneciente al
desacreditado panfleto de E. About.35
El anónimo evangelio primitivo de Vogt, A MODO DE
ADVERTENCIA fue, según lo manifestado ya anteriormente, copiado a mi
requerimiento por el Volk.
A principios de junio abandoné Londres para ir a
visitar a Engels que se encontraba en Manchester, donde se reunió una
suscripción de aproximadamente 25 £. para el Volk. F. Engels, W. Wolff, yo y
finalmente también tres médicos alemanes radicados en Manchester y cuyos
nombres figuran en uno de los documentos judiciales remitidos por mí a Berlín,
reunimos este subsidio cuya “índole” excita la “curiosidad” de Vogt y le incita
a “echar una mirada por sobre el Canal de la Mancha” hacía Augsburgo y Viena
(pág. 21 del Libro Mayor). Vogt puede pedirle informes al doctor Fauchner sobre
las colectas efectuadas en Londres por el primitivo comité de finanzas.
35 Algunas
palabras sobre el Commis Voyageur de Biel, el insignificante monitor del
“fugitivo regente imperial”: el editor y redactor del Correo Comercial de Biel
es un tal Ernst Schüler, exilado político de 1838, maestro de postas,
comerciante en vinos, fallido y por aquel entonces con el monedero vuelto a
llenar, puesto que su diario, subvencionado durante la guerra de Crimea por la
propaganda británica-franco-suiza, cuenta con 1200 abonados.
En la página 225 del Libro Mayor, Vogt nos hace
saber: “Sin embargo siempre fue un truco de la reacción, el exigirles a los
demócratas que lo hicieran todo de balde, mientras ellos —[no los demócratas
sino la reacción]— disfrutaban del privilegio de hacerse pagar y de ser
pagados”. ¡Qué gran truco resulta ser por lo tanto el puesto en práctica por el
Volk, al no |165| conformarse con ser publicado gratuitamente, sino haciéndose
pagar además por sus colaboradores! Si esto no constituye un elocuentísimo testimonio
de la relación existente entre el Volk y la Reacción entonces que sea otro
quien se lo explique a Carlos Vogt.
Durante mi permanencia en Manchester se produjo en
Londres un acontecimiento trascendentalmente decisivo. Liebknecht había
encontrado en la imprenta de Hollinger —el impresor del Volk— la galera del
articulado anónimo dirigido contra el panfleto de Vogt intitulado A MODO DE
ADVERTENCIA. Al revisarlo distraídamente, reconoció de inmediato las
revelaciones de Blind, enterándose luego también para colmo por el cajista
Vögele, que Blind había entregado para su impresión a Hollinger los
correspondientes originales escritos de su propio puño y letra. Las
correcciones que se encontraban en la galera también, habían sido escritas por
Blind. Dos días después Hollinger le entregaba dicha galera a Liebknecht,
remitiéndola este último al Allgemeine Zeitung. La composición tipográfica del
panfleto fue conservada y sirvió más adelante para la copia del mismo,
publicada en el Nº 6 del Volk aparecido el 11 de junio de 1859.
Con la publicación de la Advertencia por el
Allgemeine Zeitung, se inicia la campaña augsburguesa del ex-Reichs-Vogt, o
sea, del ex gobernador del Reich. Éste entabló juicio contra el Allgemeine
Zeitung por haber copiado el panfleto.
En el Libro Mayor —págs. 227/228— Vogt parodia el
“soy, soy, soy el bandido Jaromir” de Müllner. Sólo que traduce el ser al
haber. “He acusado porque sabía de antemano que toda aquella vaciedad,
insignificancia y miserabilidad que caracteriza a dicha redacción, que tiene la
osadía de considerarse “representante de la alta cultura alemana”, habría de
descubrirse alguna vez; he acusado porque sabía de antemano que la |166|
relación de esta honorable redacción y de la política austríaca por ella tan
altamente elogiada, con la Banda de Azufre y toda la ralea de la revolución,
habría de quedar dilucidada algún día”. Y a esto sigue aún otras cuatro veces
el estribillo: he acusado. Vogt, el acusador, se sublimiza o de lo contrario
será preciso darle la razón a Longin que opina que en el mundo no hay nada más
seco que un hidrópico. “La consideración personal” —así exclama la “naturaleza
redondeada”—, fue el motivo menos importante de mi acusación”.
La verdad es que, no obstante, las cosas fueron
distintas. Ningún tercero habría podido tratar de eludir más temerosamente el
matadero, de lo que Carlos Vogt temía al banquillo del acusado. Mientras sus
amigos “más íntimos”, como ser Ranickel, Reonach —anteriormente la chronique
scandaleuse de Vogt— y el ampuloso y charlatán miembro del incompleto
parlamento, Mayer, natural de Esslingen, contribuían a confirmar en él su
creciente miedo al banquillo del acusado, le llegaban desde Zúrich insistentes
reclamaciones para que diera curso a dicha “demanda”. Durante la celebración de
la fiesta obrera de Lausanne, el comerciante en pieles, Roos, le declaró ante
testigos, que ya no le sería posible continuar respetándolo si no se decidía a
proceder. Pero Vogt se puso rígido: ¡Al diablo con la Banda de Azufre
augsburguesa y londinense! Él callaría… Sin embargo, repentinamente habló.
Algunos diarios publicaron el anuncio de su proceso y Ranickel manifestó: “Los
de Stuttgart no
lo habrían dejado en paz” —[a Vogt]— “Él”
—[Ranickel]— “no habría dado su consentimiento a eso”.
Por lo demás y ya que la “redondeada” se encontraba
en apuros, no cabía duda de que la demanda contra el Allgemeine Zeitung
resultaría ser la maniobra más promisora. La autoapología de Vogt, opuesta a un
ataque de Y. Venedey que le |167| había acusado de intervenir en maquinaciones
bonapartistas, vio por primera vez la luz del mundo en el Correo Comercial de
Biel, el 16 de junio de 1859, llegando por lo tanto a Londres después de la
aparición del volante anónimo que terminaba con la siguiente amenaza: “En el
supuesto caso que Vogt pretendiera negar, cosa que no creemos se atreverá a
hacer, estas revelaciones se verán seguidas por un segundo número”. Vogt había
negado y el segundo número de revelaciones no llegó. Ya seguro por este lado,
únicamente podía amenazarle la desgracia por parte de sus queridos amigos, a
los que conocía lo suficientemente como para poder contar con su cobarde
consideración. Cuanto más aumentaba su valor con una demanda pública, tanto más
seguro podía estar de su discreción, pues en cierto modo todo el incompleto
parlamentario se hallaba en la picota, en la persona del “fugitivo gobernador
imperial”.
El parlamentario Jacobo Venedey revela lo siguiente
en las páginas 27-28 de su
Pro Domo et pro Patria, dirigido contra Carlos
Vogt, Hanóver 1860:
“Fuera de las cartas presentadas por Vogt en la
descripción de su proceso, he leído otra en la que explica con mucha más
claridad que en la dirigida al doctor Löning, la posición ocupada por él como
ayudante de aquellos que no vacilaban en pagar altos precios por la
localización de la guerra en Italia. Para mi propia satisfacción he copiado
algunos pasajes de dicha carta que lamento no poder publicar aquí, puesto que
la persona a quien la misma había sido dirigida, me la comunicó tras obtener mi
promesa de no publicarla.
“Las consideraciones personales y políticas han
tratado de encubrir las actividades de Vogt relacionadas con este asunto de una
manera tal, que no me parecen justificables ante el partido, ni ante los
deberes del hombre para con su patria. Esta represión por parte de muchos lados
es la causa de que |168| Vogt continúe atreviéndose a pasar con todo descaro
por el cabecilla del partido alemán. Sin embargo me parece que, precisamente
debido a ello, el partido al que apoyaba se hace responsable en cierto modo de
estas actividades”.36
Por consiguiente y ya que el riesgo de un proceso
entablado contra el Allgemeine Zeitung no resultaba ser excesivo, una ofensiva
dirigida hacia esa tendencia habría de proporcionar al general Vogt una base
muy favorable para sus operaciones. ¡Fue Austria la que difamó al Reichs-Vogt
por intermedio del Allgemeine Zeitung; y fue Austria en unión con los
comunistas! Así el Reichs-Vogt aparecería como la interesante víctima de una
coalición monstruosa entre los enemigos del liberalismo burgués. ¡Y la prensa
menor alemana, simpatizante ya con el Reichs-Vogt por tratarse de un
minoritario del Reich, lo recibiría jubilosa y lo llevaría en andas!
A principios de julio de 1859, poco después de mi
regreso de Manchester, Blind vino a visitarme a consecuencia de un suceso que
aquí no viene al caso mencionar. Le
36 Ver
también pág. 4 del citado panfleto, en la que se lee: “Esta “contabilidad”
llevada por consideración al partido, la amoralidad que representa el confesor
en un círculo íntimo, que Vogt estuvo jugando un juego vergonzoso con su
patria, permitiéndosele luego a ese mismo Vogt, que acusara públicamente de
calumniadores a aquellos que tan sólo habían dicho lo que todos saben y piensan
y cuyas pruebas conocen y disponen de ellas, es algo que me repugna, etc.,
etc.”
acompañaban. Fidelio Hollinger y Liebknecht.
Durante esta entrevista les manifesté mi convicción de que Blind era el autor
del volante intitulado A Modo de Advertencia. Éste me aseguró lo contrario. Yo
repetí, punto por punto, mis informaciones del 9 de mayo que constituían en
efecto todo el contenido de dicho volante. Blind aceptó todo eso, pero continuó
afirmando que él no era el autor del mismo.
|169| Aproximadamente un mes más tarde, en agosto
de 1859, Liebknecht me enseñó una carta de la redacción del Allgemeine Zeitung,
en la que se le pedía insistentemente, que le proporcionara lo antes posible
testimonios que confirmaran la veracidad de las acusaciones contenidas en el
boletín A modo de Advertencia. Accediendo a su pedido, resolví acompañarlo
hasta St. John’s Wood, donde se encontraba el domicilio de Blind, el que, si
bien no era el autor de dicho panfleto, sin duda ya había sabido a principios
de mayo, aquello que éste recién revelaba al mundo a principios de junio,
pudiendo por lo tanto “probar sus conocimientos”. Blind se hallaba ausente. Se
encontraba en un balneario. En vista de ello Liebknecht le comunicó por escrito
cuál había sido el motivo de nuestra visita. No recibió contestación.
Liebknecht escribió una segunda carta: finalmente recibió el siguiente
documento diplomático:
“Querido señor Liebknecht:
Sus dos cartas, dirigidas ambas a una dirección
equivocada, me llegaron casi simultáneamente. Comprenderá usted que en modo
alguno yo deseo inmiscuirme en los asuntos de un diario completamente
desconocido para mí. Tanto menos tratándose de la cuestión presente, puesto
que, según lo manifestado anteriormente, no tuve participación en la causa
mencionada. En lo que se refiere a las manifestaciones hechas en conversación
privada, citadas por usted, es evidente que las mismas han sido mal
interpretadas, tratándose, con respecto a ellas, de una equivocación sobre la
que alguna vez desearía poder conversar personalmente con usted. Lamentando que
usted y Marx se hayan costeado inútilmente hasta mi casa, soy su S. S.
K. Blind.
St. Leonard’s. 8 de septiembre”.
|170| Esta nota diplomática, según la cual Blind no
había tenido INTERVENCIÓN ALGUNA en la denuncia contra Vogt, me recuerda un
artículo aparecido anónimamente en Londres, en el Free Press del 27 de mayo de
1859 y el que traducido reza, más o menos, así:
EL GRAN DUQUE CONSTANTINO, FUTURO REY DE HUNGRÍA.
Un corresponsal que adjunta su tarjeta de visita,
nos escribe:
“Muy señor mío: habiendo asistido al mitin37
celebrado en el Music Hall, escuché durante el mismo esta manifestación hecha
respecto al Gran Duque Constantino. Estoy en condiciones de comunicarles un
hecho distinto. Retrocedo hasta el verano pasado, en el que el príncipe
Jerónimo Napoleón comunicó en Ginebra a algunos de sus hombres de confianza, un
plan de ataque contra Austria y una futura reforma del mapa de Europa. Conozco
el nombre de un senador suizo, al que explicó este tema. En
37 Es éste
el mitin mencionado más arriba, celebrado por Urquhart el 9 de mayo.
aquel entonces el príncipe Jerónimo declaró que, de
acuerdo al plan trazado, el Gran Duque Constantino habría de convertirse en rey
de Hungría.
Además conozco ensayos hechos a principios del
corriente año a fin de obtener la colaboración de algunos demócratas alemanes
exilados, como también de liberales influyentes en Alemania. En calidad de
soborno se les ofrecieron grandes ventajas pecuniarias [Large pecuniary
advantages were held out lo them as a bribe]. Me considero feliz al poder
afirmar que dichas proposiciones fueron rechazadas con indignación” (Ver
Suplemento 9).
|171| Este artículo, en el que, aun cuando no se
nombra a Vogt, se le señala de manera inconfundible para la emigración alemana
en Londres, es en realidad el que proporciona la semilla de la que más adelante
habría de nacer el volante intitulado A Modo de Advertencia —[Zur Warnung]—. El
autor del futuro rey de Hungría, al que su afán de cumplir con sus deberes
patrióticos impulsó a denunciar anónimamente a Vogt, lógicamente tuvo que
apoderarse con avidez de aquella oportunidad dorada que le proporcionaba el
proceso de Augsburgo o sea, la posibilidad de descubrir judicialmente aquella
traición ante los ojos de toda Europa. ¿Y quién era el autor del “futuro rey de
Hungría”? El ciudadano Carlos Blind. Ya en el mes de mayo me lo habían revelado
la forma y el estilo de dicho artículo y ahora mis sospechas me eran
confirmadas oficialmente por el redactor del Free Press, el señor Collet,
apenas le hube explicado el significado de la controversia en suspenso y
comunicado la nota diplomática de Blind.
El 17 de septiembre de 1849, el cajista A. Vögele
me entregó una declaración escrita —[copiada en el Libro Mayor, Documentos Nº
30 y 31]— en la que en modo alguno atestigua que Blind sea el autor del
panfleto intitulado A Modo de Advertencia, pero sí afirma que él —[Vögele]— y
su jefe Hollinger, compusieron en la imprenta de este último el texto de dicho
planfleto, que el manuscrito estaba escrito con la letra de Blind y que
Hollinger le había señalado ocasionalmente a este último como el autor del mismo.
Apoyándose sobre la declaración de Vögele y el
“futuro rey de Hungría”, Liebknecht escribió una vez más a Blind, solicitándole
“pruebas” que atestiguaran los hechos por él denunciados en la Free Press y
comunicándole al mismo tiempo que ya se disponía de una prueba de su
participación en la |172| publicación del panfleto intitulado A Modo de
Advertencia. En lugar de contestar a Liebknecht, Blind me mandó al señor
Collet. Este debía invitarme en su nombre a no hacer uso públicamente en el
Free Press de mis conocimientos acerca de la paternidad del artículo en
cuestión. Le contesté que no podía prometer nada. Mi discreción marcharía de
acuerdo a la bravura de Blind.
Entretanto se acercaba la fecha fijada para la
iniciación del proceso en Augsburgo. Blind callaba. En sus múltiples
declaraciones públicas Vogt había intentado echar sobre mí la responsabilidad
del panfleto y del testimonio de las denuncias aparecidas en el mismo. Para
evitar esta maniobra, justificar la actitud de Liebknecht y defender al
Allgemeine Zeitung que, de acuerdo a mi modo de pensar había hecho una buena
obra al denunciar a Vogt, comuniqué por intermedio de Liebknecht a la redacción
de dicho diario, que en el caso de que la misma me lo pidiera por escrito, yo
estaba dispuesto a entregarle un documento referente al origen del panfleto A
modo de Advertencia. Fue así como se inició “la animada correspondencia que
Marx mantiene precisamente en estos momentos con el señor Kolb” —[según nos
dice Vogt
en la página 194 del Libro Mayor].38 Esta, “mi
animada correspondencia con el señor Kolb” se componía en realidad de dos
cartas que me fueron dirigidas por el señor Orges, ambas fechadas el mismo día,
y en las que dicho señor me pide el documento prometido, |173| que en efecto le
remití luego, acompañándolo de algunas líneas escritas de mi puño y letra.39
Ambas cartas del señor Orges, que en realidad
resultaron ser tan sólo la versión duplicada de una misma carta, llegaron a
Londres el 18 de octubre de 1859, cuando ya para el 24 del mismo mes debían
iniciarse las vistas del proceso de Augsburgo. Por lo tanto le escribí
inmediatamente a Vögele a fin de concertar con él una entrevista para el día
siguiente en el local de la policía de Marlborough, donde habría de conferir
forma de afidávit40 a su declaración referente al panfleto A Modo de
Advertencia. Mi carta no lo alcanzó a tiempo. Fue por eso que el 19 de
octubre41 me vi precisado — contrariando con ello mi primera intención— de
remitir al Allgemeine Zeitung la declaración del 17 de septiembre,
anteriormente mencionada, en lugar de un testimonio legal.42
Como es sabido, las vistas del proceso de Augsburgo
se convirtieron en una comedia de equivocaciones. El corpus delicti era el
panfleto intitulado A Modo de Advertencia copiado por el Allgemeine Zeitung y
que le había sido remitido por Liebknecht. Pero tanto el autor como el editor
del mismo, |174| se dedicaron a jugar a la gallina ciega; Liebknecht no podía
hacer comparecer a los testigos radicados en Londres, ante un tribunal que
actuaba en Augsburgo; en su perplejidad judicial los redactores del Allgemeine
Zeitung sólo atinaban a perorar galimatías políticas de mal gusto; el doctor
Hermann ofrecía al público la narración de las historias cinegéticas de la
“naturaleza redondeada”, relacionadas con la Banda de Azufre, la Fiesta de
Lausanne, etc., hasta que finalmente, el tribunal rechazó la denuncia de Vogt,
debido a que otros denunciantes habían equivocado la instancia correspondiente.
Las confusiones alcanzaron su punto culminante una vez que el proceso se dio
por terminado en Augsburgo y las noticias sobre el mismo llegaron a Londres
simultáneamente con el Allgemeine Zeitung. Blind, que hasta tanto había
mantenido su político silencio, aparece repentinamente en el escenario de la
publicidad, asustado por el testimonio de Vögele que yo había publicado. Vögele
no había declarado que Blind era el autor del panfleto, limitándose a decir tan
sólo que éste le había sido
38 En efecto
el señor Kolb menciona en el Nº 319 del Allgemeine Zeitung “una muy detallada
carta del señor Marx, que prefiero NO PUBLICAR". Sin embargo “esta
detallada carta” fue copiada por el “Hamburguer Reform” [Reforma de Hamburgo]
en su número 139, Suplemento del 19 de noviembre de 1859. Esta “detallada
carta” era una declaración que yo había destinado al público y que también
remití al Berliner Volkszeitung [Diario Popular de Berlín].
39 Mis
líneas y la declaración de Vögele se encuentran en el Libro Mayor, Documentos,
pág. 30-31; las cartas del señor Orges dirigidas a mí, figuran en el suplemento
Nº 10.
40 Afidávit
significa una declaración judicial que sustituye la declaración jurada y la que
en el caso de ser falsa se hace acreedora a todas las consecuencias jurídicas
con que la ley castiga un juramento falso.
41 Debido a
que mi letra resulta ilegible, se dispuso que el tribunal de Augsburgo fechara
mi carta del 19 de octubre, con fecha de 29 de octubre. Hermann, el abogado de
Vogt, el mismo Vogt, el honorable National-Zeitung de Berlín et hoc genus onze
de la espontaneidad crítica, no dudaron un solo instante de que una carta
fechada en Londres el 29 de octubre, ya podía encontrarse en Augsburgo el 24
del mismo mes.
42 El que
este quid pro quo se debió únicamente a la casualidad —es decir, a la retrasada
llegada de la carta de Vögele— queda demostrado en el afidávit de éste del 11
de febrero de 1860.
señalado como tal por Fidelio Hollinger. En cambio
declara categóricamente que el original del panfleto había sido escrito con la
letra de Blind, bien conocida de él y compuesto e impreso en la imprenta de
Hollinger. Blind podía ser el autor del volante, aun cuando no había sido
escrito con su letra, ni impreso en la imprenta de Hollinger. Del mismo modo
dicho panfleto también había podido ser escrito por Blind e impreso por
Hollinger, aun cuando Blind no fuera su autor.
En el Nº 313 del Allgemeine Zeitung, con fecha de
Londres, 3 de noviembre —ver Libro Mayor, Documentos 37/38—, el ciudadano y
estadista Blind declara que él no es el autor de dicho volante y para
demostrarlo publica el SIGUIENTE DOCUMENTO:
|175| “a) Con esto declaro que la afirmación del
cajista Vögele publicada por el Allgemeine Zeitung con respecto a si el volante
allí mencionado e intitulado A MODO DE ADVERTENCIA ha sido impreso en mi
imprenta, o de si el señor Carlos Blind fue el autor del mismo, es una mentira
malintencionada.
3. Litchfield Street, Soho. Londres 2 de noviembre
de 1859.
FIDELIO HOLLINGER.”
b) El
suscripto, que hace once meses vive y trabaja en el Nº 3 de la Litchfield
Street, atestigua por su parte la veracidad de las declaraciones del señor
Hollinger.
Londres, 2 de noviembre de 1859.
I. F.
WIEHE. Cajista”.
Vögele no había opinado en parte alguna que Blind
fuese el autor del panfleto. Por lo tanto Fidelio Hollinger comienza por
inventar esa afirmación de Vögele, para acabar luego por declararla una mentira
malintencionada. Por otra parte, ¿si el panfleto no había sido impreso en la
imprenta de Hollinger, cómo podía haber dicho Fidelio Hollinger, que Carlos
Blind no era su autor? Y, sobre todo, ¿cómo es posible que la circunstancia que
hace once meses —a contar retrocediendo desde el 2 de noviembre de 1859— que el
cajista Wiehe vive y trabaja en la casa de Hollinger lo faculte para atestiguar
LA VERACIDAD de esta declaración de Fidelio Hollinger?
Mi respuesta a esta declaración de Blind —[Nº 325
del Allgemeine Zeitung, ver Libro Mayor, Documentos, págs. 39-|176|40]—
terminaba con estas palabras: “El traslado del proceso de Augsburgo a Londres
acabaría por revelar todo aquel misterio existente entre Blind y Vogt”.
Blind, con toda la indignación moral de una bella
alma ofendida, vuelve al ataque en el “Suplemento del Allgemeine Zeitung”, del
11 de diciembre de 1859.
“Al mencionar repetidas veces —[recuérdese esto]—
los DOCUMENTOS FIRMADOS por el dueño de la imprenta Hollinger y el cajista
Wiehe, declaro ahora por última vez que la versión, que ya sólo resurge de vez
en cuando en forma de insinuación y según la cual, yo sería el autor del tan
frecuentemente mencionado panfleto, es sencillamente una burda mentira. En los
demás datos referentes a mi persona se encuentran también las más groseras
tergiversaciones”.
En una postdata que sigue a esta declaración, la
redacción del Allgemeine Zeitung manifiesta “que la discusión ya no interesa
mayormente al grueso del público”, invitando por lo tanto “a los caballeros
interesados en este asunto, a que se abstengan de formular nuevas réplicas”, lo
que en el final del Libro Mayor es comentado de la siguiente manera por la
“naturaleza redondeada”:
“Con otras palabras: la redacción del Allgemeine
Zeitung ruega a los señores Marx, Biskamp y Liebknecht,43 a los que, |177| en
lo que precede se les trata como a vulgares embusteros, que no continúen
haciendo papelones, ni se los sigan haciendo hacer al Allgemeine Zeitung”.
Es así como momentáneamente finalizó la campaña de
Augsburgo.
Recayendo en el tono de su Lausiada, Vogt hace que
el “cajista Vögele” deponga un falso testimonio ante Liebknecht y yo —[pág. 195
del Libro Mayor]—. Por otra parte explica el origen del panfleto, diciendo que
“Blind había descubierto conceptos sospechosos, comentando y divulgándolos
luego por todas partes. Con los mismos la Banda de Azufre forjó entonces el
panfleto en cuestión y los demás artículos, atribuyéndoselos al así acorralado
señor Blind (pág. 218 lug. cit.).
El que el Reichs-Vogt, de acuerdo a la invitación
que se le hiciera, no reiniciara en Londres su indefinida campaña, se debía en
parte a que Londres es un “mero pueblucho” —pág. 229 del Libro Mayor— y en
parte, a que los partidos en cuestión se acusaban mutuamente de no haber dicho
la verdad (lug. cit.).
Ahora dejaré que transcurran tres meses para
retomar el hilo de mi narración a partir de principios de febrero de 1860. Por
aquel entonces aún no había llegado a Londres el Libro Mayor de Vogt; en cambio
sí había llegado el florilegio del National-Zeitung de Berlín, en el que entre
otras cosas puede leerse:
|178| “Con toda facilidad el partido de Marx pudo
achacarle a Blind la paternidad del panfleto, dado que en una conversación
sostenida con Marx y en su artículo aparecido en el Free Press se había
manifestado en un sentido similar; aprovechando estas declaraciones de Blind y
empleando los giros que le son propios, pudo confeccionarse dicho panfleto de
manera que, tal como ha acontecido, tuviera todo el aspecto de ser un producto
suyo”.
Blind, que al igual de Falstaff considera que la
discreción es la mejor parte de la valentía, como también que el silencio es
todo el arte de la diplomacia, recomienza a callar. Para soltarle la lengua
publiqué una circular inglesa que llevaba mi firma al pie de la fecha: Londres,
4 de febrero de 1860 (Ver Suplemento 11).
Esta circular, dirigida al redactor del Free Press,
dice entre otras cosas:
“Antes de dar nuevos pasos es preciso que denuncie
a los sujetos que evidentemente sirvieron y nos entregaron a Vogt. Por lo tanto
declaro públicamente que la declaración de Blind, Wiehe y Hollinger, según la
cual el panfleto anónimo no fue impreso en la imprenta de Hollinger instalada
en el Nº 3 de Lichtfield Street, Soho,
43 El 20 de
octubre Biskamp había remitido una carta al Allgemeine Zeitung en la que se
refería al asunto de Vogt y acababa por ofrecerse como corresponsal. Recién por
intermedio del mismo Allgemeine Zeitung tuve conocimiento de dicha misiva. Vogt
inventa una teoría moralista, de acuerdo a la cual el apoyo prestado a un
diario fundido, me hace responsable de la correspondencia privada que
posteriormente sostiene su redacción. Cuanto mayor sería por lo tanto la
responsabilidad de Vogt en lo referente a “Las Voces de la Época” de
Kolatschek, ya que fue colaborador rentado de la Monatsschrift —[Revista
Mensual]— publicada por éste. Durante todo el tiempo que Biskamp editaba el
Volk puso de manifiesto un espíritu de sacrificio, ya que renunció a un puesto
ocupado por él durante largos años, para hacerse cargo de su redacción en
condiciones por cierto muy poco convenientes y ejercer su dirección ad honorem.
Finalmente hasta llegó a desechar corresponsalías para otros periódicos
alemanes, como por ejemplo el Kölnische Zeitung —[Diario de Colonia]— a fin de
tener amplia libertad y poder actuar de acuerdo a sus convicciones. Todo lo
demás no me importaba, ni me importa.
es una mentira infame,44 y después de haber
expuesto mis pruebas, termino con estas palabras:
“Por consiguiente declaro una vez más, que el tal
Carlos Blind más arriba mencionado, es un embustero infame —[deliberate liar]—.
En el caso de no asistirme la razón, le será muy fácil contradecirme, apelando
para ello a alguna cámara de justicia inglesa”.
|179| El 6 de febrero de 1860 un diario londinense
—el Daily Telegraph, del que me ocuparé más adelante— reproducía con el título
de “The Journalistic Auxiliaries of Austria” —los colaboradores periodísticos
de Austria— el florilegio del National-Zeitung. Yo, que por mi parte iniciaba
una demanda por calumnia contra el National-Zeitung, notifiqué al Telegraph que
se había iniciado otra demanda similar y comencé a recoger el material judicial
necesario.
Con fecha 11 de febrero de 1860, el cajista Vögele
depuso su afidávit en el tribunal policial de Bow Street. En el mismo repite,
sobre todo, el contenido de su declaración del 17 de septiembre de 1859, o sea,
que el manuscrito del panfleto en cuestión había estado escrito de puño y letra
de BLIND Y COMPUESTO EN LA IMPRENTA DE HOLLINGER, encargándose el mismo Vögele
de una parte de su composición y de la otra, Hollinger en persona (Ver
Suplemento 12).
Mucho menos importante resultó ser el afidávit del
cajista Wiehe, cuyo testimonio Blind había invocado repetidas veces en el
Allgemeine Zeitung con creciente seguridad de sí mismo.
Es por ello que, aparte del original —ver
Suplemento 13— sigue una traducción textual del mismo:
“Uno de los primeros días del último mes de
noviembre —no recuerdo con exactitud la fecha— entre 9 y 10 de la noche fui
sacado de la cama por el señor F. Hollinger, en cuya casa yo vivía por aquel
entonces y en cuya imprenta trabajaba de cajista. Me alargó un documento en el
que podía leerse que durante los últimos once meses precedentes, yo había
trabajado ininterrumpidamente en su casa y que durante todo aquel tiempo no se
había impreso en la imprenta del señor Hollinger, Nº 3, Lichtfield Street Sobo,
un determinado boletín alemán intitulado A Modo de Advertencia. Debido a mi
estado de confusión y sin conocer la importancia de dicha transacción, |180| no
titubeé en acceder a su pedido de copiar y firmar ese documento. El señor
Hollinger me prometió darme dinero; pero yo nada he recibido. Mientras se
verificaba esta transacción y de acuerdo a lo que más tarde me informó mi
esposa, el señor Carlos Blind esperaba en el despacho del señor Hollinger.
Algunos días después la señora de Hollinger me llamó para almorzar y me hizo
pasar AL DESPACHO de su marido, donde solamente encontré al señor Blind. Este
me presentó el mismo documento que días antes me había enseñado el señor
Hollinger, pidiéndome en forma insistente —[entreated me]— que firmara e
hiciera una nueva copia del mismo, puesto que necesitaba dos copias; una para
guardarla él y la otra para publicarla en los diarios. Añadió que sabría
demostrarme su agradecimiento. También esta vez copié y firmé el documento.
Con esto doy fe de que la declaración anterior es
exacta y agrego:
1) que
durante los 11 meses mencionados más arriba, no estuve a las órdenes del señor
Hollinger, sino a las de un tal señor Ermani;
44 En inglés
dice: “Deliberate lie”. El diario de Colonia tradujo: Mentira infame. Acepto
esta traducción aun cuando considero que “mentira taimada” se aproximaría más
al original
2) que no
trabajaba en la imprenta del señor Hollinger en la época en que apareció el
boletín A Modo de Advertencia;
3) que por
aquel entonces el señor Vögele, que en esa época trabajaba para el señor
Hollinger, me comunicó que él, en COMPAÑÍA DEL SEÑOR HOLLINGER, había compuesto
el boletín en cuestión y que el manuscrito había sido de letra de Blind;
4) la
composición del boletín se conservaba aun cuando volví a trabajar en la
imprenta de Hollinger. Yo mismo lo refundí para la nueva copia del mismo,
impresa por el señor Hollinger, Nº 3, Lichtfield |181| Street, Soho, en el
diario alemán intitulado Volk. Este boletín apareció en el Nº 7 del Volk, del
18 de junio del año 1859.
5) Vi cómo
el señor Hollinger entregaba al señor Liebknecht, domiciliado en el Nº 14,
Church Street, Soho, la galera del panfleto: A Modo de Advertencia, galera ésta
en la que el señor Carlos Blind había corregido de su propio puño y letra
cuatro o cinco erratas de imprenta. El señor Hollinger titubeaba en agregar
dicha galera al señor Liebknecht y apenas éste se hubo alejado, nos manifestó a
Vögele y a mí su arrepentimiento de haberse desprendido de ella.
JUAN FEDERICO WIEHE.
Declarado y firmado ante mí
por el tal Federico Wiehe en
el tribunal policial de Bow Street
en este día 8 de febrero de 1860.
I. HENRY, juez del citado tribunal.
(Police Court)
(Bow Street)
Con los afidávits de los cajistas Vögele y Wiehe se
había probado que el manuscrito del panfleto había sido escrito con letra de
Blind, compuesto en la imprenta de Hollinger y que una de sus correcciones
había sido realizada por el mismo Blind en persona.
Y fue entonces que aquel homme d’Etat le escribió a
Julio Fröbel con fecha Londres, 4 de julio de 1859: “Aquí acaba de aparecer, no
sé por parte de quién, una grave denuncia contra Vogt por soborno. En ella se
encuentran numerosos |182| hechos de los que nada oímos decir anteriormente”. Y
este mismo homme d’Etat le escribía a Liebknecht el 8 de septiembre de 1859 que
NADA TENÍA QUE VER EN EL ASUNTO MENCIONADO.
No satisfecho con estas proezas, el ciudadano y
hombre de Estado Blind confeccionó para colmo una declaración falsa, para la
que, valiéndose astutamente de promesas de dinero por parte de Fidelio
Hollinger y de reiteradas promesas de futuras demostraciones de agradecimiento
de parte suya, obtuvo la firma del cajista Wiehe.
No conforme con haber mandado al Allgemeine
Zeitung, este producto suyo con la firma astutamente obtenida, acompañándolo
del falso testimonio de Fidelio Hollinger, Blind “invoca” repetidas veces esos
“documentos” en una segunda declaración y en un arranque de indignación moral,
me acusa en relación con esos
mismos “documentos”, de haber maquinado y puesto en
práctica “un grosero embuste”.
Hice circular en los más distintos centros las
copias de los afidávit de Vögele y Wiehe, a consecuencia de lo cual se celebró
una reunión en la casa de Blind, de la que participaron el mismo Blind, Fidelio
Hollinger y un amigo del primero, el señor D. M. Carlos Schaible, hombre
honrado y silencioso que, en cierto modo, hacía el papel del elefante
amaestrado en las operaciones políticas de Blind.
En el número del Daily Telegraph, correspondiente
al 15 de febrero de 1860, apareció un párrafo que más adelante fue copiado por
los diarios alemanes y el que traducido reza como sigue:
|183| EL PANFLETO DE VOGT
Al Editor del Daily Telegraph
“Muy señor mío;
A consecuencia de datos equívocos dados a
publicidad, me creo en el deber de declarar oficialmente al señor Blind, como
también al señor Marx, que ninguno de los dos es el autor del panfleto dirigido
tiempo atrás contra el profesor Vogt, radicado en Ginebra. Dicho panfleto es
obra mía y sobre mí recae toda responsabilidad. Lamento, en consideración a los
señores Marx y Blind, que circunstancias incontrolables me vedaran hacer esta
declaración con anterioridad.
Londres, 14 de febrero de 1860.
CARLOS SCHAIBLE. M. D.”.
El señor Schaible me hizo llegar esta declaración.
Respondí a su gentileza, remitiéndole los afidávits depuestos por los cajistas
Vögele y Wiehe, escribiéndole al mismo tiempo que su declaración nada cambiaría
en lo referente a los falsos testimonios enviados por Blind al Allgemeine
Zeitung, ni en la conspiración de Blind y Hollinger destinada a obtener la
firma de Wiehe para aquel documento falso por ellos confeccionado.
Blind advirtió que esta vez no se hallaba en el
terreno seguro del Allgemeine Zeitung sino en la peligrosa jurisdicción
judicial de Inglaterra. Si quería anular los afidávit y las “groseras injurias”
basadas sobre ellos, entonces era preciso que tanto él como Hollinger,
depusieran afidávits contrarios; pero con las felonías no se puede jugar.
|184| Eisele-Blind no ha redactado el panfleto,
pues Beisele-Schaible declara públicamente ser el autor del mismo. Blind
únicamente ha confeccionado el manuscrito del boletín, encargándose tan sólo de
ordenar su impresión en la imprenta de Hollinger, haciendo después las
correcciones de galera necesarias, limitándose solamente a urdir falsos
testimonios en compañía de Hollinger para desmentir estos hechos y remitírselos
luego al Allgemeine Zeitung. Es la inocencia ignorada, pues no es el autor ni
originador de dicho panfleto. Únicamente actuaba en calidad de escribiente de
Beisele-Schaible. Precisamente por eso tampoco pudo saber el 4 de julio de
1859, “quien fue” el que había lanzado al mundo este panfleto; “no teniendo
participación alguna en el asunto en cuestión”, el día 8 de septiembre de 1859.
Para su tranquilidad diremos por lo tanto: en sentido literario el autor del
panfleto es Beisele-Schaile, pero
Eisele-Blind es su autor en el sentido técnico de
las leyes inglesas y su editor responsable en el de toda legislación
civilizada. ¡Habeas sibi!
A modo de despedida una palabra para el señor
Beisele-Schaible:
El pasquín publicado por Vogt contra mí en el
Handels-courier —[Correo Comercial]—, de Biel, con fecha, Berna 25 de mayo de
1859, estaba encabezado con el título: A Modo de Advertencia. El panfleto
concebido por Schaible y escrito y publicado por su secretario Blind a
principios de junio y en el que Vogt es denunciado como agente “sobornador y
sobornado” de Luis Bonaparte, lleva igualmente por título: A Modo de
Advertencia. Además está firmado por X. Aun cuando en álgebra la X representa
la cantidad desconocida, da la casualidad que también es la última letra de mi
apellido. ¿Acaso el título y la firma se proponían hacer pasar La Advertencia
de Schaible por una réplica mía a la Advertencia de |185| Vogt? Schaible había
prometido una revelación Nº 2 en cuanto Vogt osara negar la revelación Nº 1.
Vogt no se limitó a negarla, sino que inició una demanda por calumnias en
respuesta a la Advertencia de Schaible. Y hasta este momento nos falta la
revelación Nº 2 prometida por Schaible. Schaible había impreso en el encabezamiento
de su panfleto las siguientes palabras: Se ruega encarecidamente su
divulgación. Y cuando Liebknecht se mostró “tan amable”, encomendando su
“divulgación” al Allgemeine Zeitung “circunstancias incontrolables” paralizaron
desde junio de 1859 hasta febrero de 1860 la lengua del señor Schaible, la que
recién recobra su agilidad ante la amenaza que significaban los afidávit
depuestos en la corte de justicia policial de Bow Street.
Sea como fuere, Schaible, el primer denunciante de
Vogt se ha responsabilizado públicamente de los datos publicados en ese
panfleto. Es así como la campaña de Augsburgo, en lugar de terminar con la
victoria de Vogt, el defensor, termina con la ansiada aparición en escena de
Schaible, el agresor.
|187|
CAPÍTULO VIII. DÂ-DÂ VOGT Y SUS
“ENSAYOS”
“Sine studio”.
Aproximadamente un mes antes de estallar la guerra
con Italia aparecieron los llamados “Ensayos sobre la actual situación de
Europa”, de Vogt. Ginebra, 1859. ¿Cui bono?
Vogt sabía que “en la primera guerra, Inglaterra se
mantendría neutral” (Ensayos, pág. 5). Sabía que Rusia, “de común acuerdo con
Francia no escatimaría los recursos que están más acá de toda franca hostilidad
para perjudicar a Austria” (Ensayos, pág. 13). Sabía también que Prusia…; pero
dejemos que él mismo nos diga qué es lo que sabe sobre Prusia.
“Hasta el más miope debe haber comprendido por fin
que entre el gobierno prusiano y el gobierno Imperial de Francia existe un
acuerdo; que Prusia no se limitará a empuñar la espada sólo en defensa de las
provincias de Austria no alemanas que aprobará todas las medidas que impliquen
la defensa del territorio federal, oponiéndose en cambio a toda intervención de
la federación o de los distintos componentes de la misma a favor de Austria,
para luego obtener en las posteriores negociaciones de paz la correspondiente
recompensa |188| por estos SERVICIOS PRESTADOS, consistente en territorios
pertenecientes a los países bajos del Norte de Alemania” (lug. cit., pág. 19).
Facit: en la próxima cruzada que Bonaparte llevará
a cabo contra Austria, Inglaterra se mantendrá neutral, Rusia asumirá una
actitud hostil para con Austria, Prusia contendrá los probables impulsos
guerreros de los componentes de la federación y Europa localizará la guerra.
Tal como anteriormente había dirigido la guerra rusa, así Bonaparte dirigirá
también ahora la guerra italiana, contando para ello con el permiso de los
gobiernos y, en cierto modo, como general secreto de una coalición europea.
¿Qué objeto tenía por lo tanto el panfleto de Vogt? Ya que Vogt sabe que
Inglaterra, Rusia y Francia actúan contra Austria, ¿qué le obliga a escribir a
favor de Bonaparte? Pero parece que, aparte del antiguo odio a los franceses
“el pueblo alemán” —pág. 121 lug. cit.— “con el decrépito abuelo Arndt y la
sombra del cochino Jahn a la cabeza” se sintió sacudido por una especie de
movimiento nacional, logrando despertar cierto eco en toda clase de “cámaras y
diarios”, mientras “los gobiernos tan sólo se avenían a seguirla corriente
imperante, después de múltiples titubeos e indecisiones” (pág. 114 lug. cit.).
Parece que “la creencia en la amenaza de un peligro” hizo que en el “pueblo”
alemán, se escuchara un “grito que reclamaba los procedimientos comunes”. EL
MONITEUR francés —ver entre otros el número del 15 de marzo de 1859— asistía
“con doloroso asombro” a, este movimiento alemán.
“Una especie de cruzada contra Francia —(exclama el
mencionado órgano)— es predicada en las cámaras y la prensa de algunos Estados
de la federación alemana. Se la acusa de forjar planes ambiciosos de gloria,
planes éstos que ha negado; de preparar conquistas que no necesita”, etc.
Frente a |189| estas “calumnias” el Moniteur
demuestra que la actitud “del Emperador”, en lo que
a la cuestión italiana se refiere, “al revés del espíritu alemán, deberá
inspirar la mayor confianza”; que la unión y nacionalidad alemanas son, en
cierto modo, la ambición de la Francia decembrista, etc. Sin embargo El
Moniteur confiesa también —ver 10 de abril de 1859— que ciertos temores
alemanes acaso aparenten haber sido “provocados” por determinados panfletos
parisienses, panfletos éstos en los que Luis Bonaparte insiste, eligiéndose a
sí mismo, en proporcionar a su pueblo “la largamente ansiada oportunidad pour
s’étendre majestueusement des Alpes au Rhin” —(de extenderse majestuosamente de
los Alpes hasta el Rin)—. “Pero —[continúa diciendo el Moniteur]— Alemania
olvida que Francia se halla bajo la égida de una legislación que no permite
control preventivo alguno por parte del gobierno”. Estas y otras declaraciones
similares del Moniteur produjeron, de acuerdo a lo comunicado al conde de
Malmesbury —ver Libro Azul: On the affairs of Italy, January to March 1859—
exactamente lo contrario del efecto deseado. Aquello que el Moniteur no pudo,
quizá lo pudo Carlos Vogt. Sus ensayos no son más que la compilación traducida
al alemán, de artículos del Moniteur, panfletos de Dentu y mapas decembristas
para el porvenir.
La politiquería de Vogt con respecto a Inglaterra
tiene un solo objeto: explicar la manera de sus Ensayos. De acuerdo a sus
fuentes originales francesas, convierte al almirante inglés, Sir Charles
Napier, en un Lord Napier (Ensayos, pág. 4). Los Zouaves literarios ligados al
decembrismo han aprendido en el teatro de la Porte St. Martin, que todo inglés
distinguido es, por lo menos, un Lord.
|190| “Con Austria —[así nos cuenta Vogt]—
Inglaterra nunca ha podido armonizar por mucho tiempo. Cada vez que intereses
comunes unían momentáneamente por algún tiempo a ambos países, siempre la
necesidad política volvía a separarlos de nuevo. Con Prusia, en cambio,
Inglaterra siempre volvió a reanudar sus relaciones”, etc. (lug. cit., pág. 2).
En efecto la lucha común entre Inglaterra y Austria
contra Luis XIV dura —salvo insignificantes interrupciones— de 1689 a 1713, es
decir, casi un cuarto de siglo En la guerra de sucesión austríaca, Inglaterra
lucha durante casi seis años al lado de Austria contra Prusia y Francia. Recién
en la guerra de los siete años, Inglaterra se convierte en aliada de Prusia
contra Francia y Austria, pero ya en 1760 Lord Bute abandona a Federico el
Grande, para proponer alternativamente la “repartición de Prusia” al ministro
ruso Galitzih y al ministro austríaco Kanitz. En 1790 Inglaterra firma un pacto
con Prusia contra Rusia y Austria, pacto que ya queda sin efecto ese mismo año.
Durante la guerra antijacobina, Prusia se retira por medio de su pacto con
Basilea de la coalición Europea a pesar de los subsidios que percibe de Pitt.
Austria, en cambio, azuzada por Inglaterra, prosigue la lucha con breves
interrupciones desde 1793 hasta 1809. Apenas desaparecido Napoleón y aún
durante el congreso de Viena, Inglaterra firma un pacto secreto —9 de febrero
de 1815— con Austria y Francia, contra Rusia y Prusia. En 1821 Metternich y
Castlereagh conciertan en Hanóver un nuevo convenio contra Rusia. Pero mientras
debido a ello los mismos británicos, historiadores y oradores parlamentarios,
se refieren a Austria, llamándola preferentemente su ancient Ally —vieja
aliada— Vogt descubre en su panfleto original en francés, publicado por la
editorial Dentu, que, salvo “momentáneas alianzas”, Inglaterra y Austria
siempre se mantuvieron sepa-|191|radas, por lo que, sin duda, también Lord
Lyndhurst exclamó en la Cámara de los Lores, refiriéndose a Rusia: ¡Quem tu,
Romane, caveto! La
Inglaterra protestante no simpatiza con la Austria
católica, la Inglaterra liberal no es amiga de la Austria conservadora, la
Inglaterra librecambista está contra la Austria arancelaria, la Inglaterra
solvente repudia la Austria insolvente. Pero siempre el elemento patético fue
ajeno a la historia de Inglaterra. Es cierto que durante los 30 años de la
historia de su gobierno Lord Palmerston ameniza, de cuando en cuando, su
esclavitud de Rusia, con su antipatía por Austria. Debido a esta “antipatía”
rechaza por ejemplo la intervención de Inglaterra en Italia, que en 1848 le
había sido ofrecida por Austria con el beneplácito de Piamonte y Francia y de
acuerdo a la cual Austria debía retroceder hasta la línea del Adige y Verona,
entregándosele, en caso de considerarlo conveniente, la Lombardía a Piamonte y
entrando a formar parte de Lombardía, Parma y Módena, constituyendo Venecia en
cambio, un Estado italiano independiente que sería regido por algún archiduque
austríaco y que se daría a sí mismo su propia constitución (ver Blue Book on
the affairs of Italy. Part. II July 1849. Nº 377, 478). Sin duda estas
condiciones resultaban ser más convenientes que las formuladas en el tratado de
paz de Villafranca. Después de que Radezky hubo batido a los italianos en todas
partes, Palmerston aconsejó aceptar las condiciones que él mismo había
desechado. Apenas los intereses de Rusia exigieron un procedimiento contrario
durante la guerra de la independencia húngara, rechazó, a pesar de la
“antipatía” que le merecía Austria, la ayuda a que lo invitaban los húngaros,
apoyándose para ello en el tratado de 1711 y llegando basta desechar toda
protesta contra la intervención rusa, debido a que “la independencia y las
libertades de Europa estaban sometidas |192| a la conservación e integridad de
Austria como potencia europea” (Asamblea celebrada en la Cámara de los Comunes.
21 de julio de 1849).
Vogt continúa diciendo:
“Los intereses del Reino Unido… les son hostiles en
todo” (Se refiere a los intereses de Austria).
Ese todo se convierte de inmediato en el Mar
Mediterráneo.
“Inglaterra desea conservar, cueste lo que cueste,
su influencia sobre el Mediterráneo y los países que lo bordean. Nápoles y
Sicilia, Malta y las Islas Jónicas, Siria y Egipto, son meras etapas para su
política enfocada sobre las Indias Orientales; en todas partes, en lo referente
a este punto, Austria le opuso los obstáculos más insalvables (lug. cit.).
¡Hay que ver todo lo que el Vogt ese le cree al
original panfleto decembrista publicado en París por Dentu! Hasta entonces los
ingleses creían haber combatido alternativamente con rusos y franceses por la
posesión de Malta y de las Islas Jónicas, pero nunca pensaron en combatir con
Austria. Francia y no Austria habría sido la que anteriormente enviara una
expedición a Egipto, expedición que en esos momentos tomaba posesión del istmo
de Suez; Francia y no Austria habría hecho conquistas en la costa del Norte de
África, intentando despojar en compañía de España, a los británicos de
Gibraltar. Inglaterra había firmado en julio de 1840 contra Francia el tratado
referente a Siria y Egipto, uniéndose para ello a Austria; en cuanto a “la
política enfocada sobre las Indias Orientales”, Inglaterra tropieza en todas
partes con los obstáculos más “insalvables” opuestos por parte de Rusia y no
por parte de Austria; en el serio litigio entre Inglaterra y Nápoles —la
cuestión del azufre en 1840— había sido una asociación francesa y no austríaca,
cuyo monopolio del comercio de azufre siciliano sirvió de pretexto para la
controversia; final-|193|mente en la margen opuesta del Canal se hablaba de
tanto en tanto de transformar el Mediterráneo en un
lac français, pero nunca en un lac autrichien. Pero
aquí es preciso hablar acerca de una circunstancia muy importante.
Durante el año 1858 se difundió en Londres un mapa
de Europa intitulado L’Europe en 1860 —Europa en 1860—. Este mapa que había
sido publicado por la Embajada francesa y que contiene más de una insinuación
profética por tratarse del año 1858, como, por ejemplo, la anexión de Lombardía
y Venecia a Piamonte y de Marruecos a España, cambia por completo la geografía
política de toda Europa, exceptuando a Francia que aparentemente se mantendrá
dentro de sus límites conocidos. Los territorios a ella destinados les son
adjudicados con disimulada ironía a las potencias más inconcebibles. Es así
como Egipto le corresponde a Austria y en la glosa marginal impresa en el mapa
puede leerse:
Francois
Joseph I. l’Empereur
d’Austriche et d’Egypte”
[Francisco José I.
Emperador de Austria y Egipto].
Vogt había extendido ante sí el mapa de “L'Europe
en 1860” como si fuera una brújula decembrista. De ahí su conflicto entre
Inglaterra y Austria por la cuestión de Egipto y Siria. Vogt predice que este
conflicto “terminaría con la aniquilación de las potencias en litigio”, siempre
que —según lo advierte a última hora— “Austria dispusiera de una potencia
naval” (lug. cit., pág. 2). Pero los Ensayos alcanzan el punto culminante de la
sabiduría histórica que les es peculiar, en el párrafo siguiente:
“Cuando Napoleón I intentó hacer saltar el banco
inglés, éste, cierto día, decidió contar las sumas sin pesarlas, como hasta
tanto se acostumbraba a hacer; durante los 365 días del año el tesoro público
de Austria se encuentra en una situación semejante, por no decir, peor” (lug.
cit., pág. 43).
|194| Como es sabido, los pagos al contado
efectuados por el Banco de Inglaterra —(el “banco inglés” es también uno de los
fantasmas de Vogt)— fueron suspendidos a partir de febrero de 1797 hasta el año
1821. Durante estos 24 años los billetes de banco ingleses no podían ser
convertidos en metal, ya fuera pesado o contado. Al producirse la suspensión,
en Francia no existía aún Napoleón I —si bien es cierto que por aquella época
cierto general Bonaparte llevaba a cabo su primera campaña de Italia— y cuando
volvieron a reiniciarse los pagos en Threadneedle Street, ya Napoleón I había
dejado de existir para Europa. Esta clase de Ensayos son sin duda más eficaces
aún que la conquista de Tirol, atribuida por La Guerroniére al Emperador de
Austria.
La señora de Krüdener, la madre de la Santa
Alianza, diferenciaba el buen principio —[el blanco ángel del Norte, Alejandro
I]— del mal principio —[el negro ángel del Sud, Napoleón I]—. Vogt, el padre
adoptivo de la nueva Santa Alianza, convierte a ambos, al zar y al César,
Alejandro II y Napoleón III, en ángeles blancos. Ambos son los predestinados
libertadores de Europa.
Piamonte —[así afirma Vogt]— hasta ha conquistado
para sí el respeto de Rusia (lug. cit., pág. 11).
¡Qué más puede decirse de un Estado que hasta ha
logrado conquistar para sí el respeto de Rusia! Sobre todo después de que
Piamonte hubo cedido a Rusia la base naval de Villafranca y, como el mismo Vogt
advierte refiriéndose a la adquisición de la Bahía de Jade por Prusia, “una
base naval en territorio ajeno y carente de comunicaciones orgánicas con el
país a que pertenece, es una ridiculez tan disparatada, que su existencia
únicamente podrá cobrar importancia, si se la mira en cierto modo como punto de
partida de futuras aspiraciones. Tal es la nueva banderita
recientemente fijada y hacia la cual se |195|
orientan todas las líneas directivas” (Ensayos, pág. 15). Como es sabido, ya
Catalina II trató de obtener para Rusia bases navales en el Mediterráneo.
Su delicada atención para con el “ángel blanco del
Norte” lleva a Vogt a ofender groseramente con sus exageraciones “la modestia
de su naturaleza”, en cuanto aún es percibida por sus dentuescas fuentes
originales. Leyó en la página 20 de La Vraie Question, France-Itale-Autriche.
París 1859 [La verdadera cuestión, Francia-Italia-Austria].
“¿Con qué: derecho el gobierno austriaco podría
invocar la inviolabilidad de los tratados de 1815, habiendo sido precisamente
él quién los violara con su confiscación de Cracovia, cuya independencia la
garantizaban dichos tratados.45
Éste, su original francés, es traducido por él de
la siguiente manera:
“Resulta extraño escuchar este lenguaje de labios
del único gobierno que hasta ahora ha violado con todo descaro los tratados,
alargando en plena paz su mano para apoderarse de la República de Cracovia,
cuya independencia garantizaban dichos tratados, incorporándola sin más ni más
al Imperio” (lug. cit., pág. 58).
Como es natural, Nicolás destruyó la constitución e
independencia del reino polaco, garantizadas por los tratados de 1815, en
“consideración” a los tratados de 1850. Rusia tampoco menospreciaba la
integridad de Cracovia y en el año 1831 hasta llegó a ocupar dicha ciudad
libre, con tropas moscovitas. En el año 1836 Cracovia volvió a ser ocupada por
rusos, austríacos y prusianos, siendo tratada como país conquistado y aún en el
año 1840 apelaba en vano a Francia e Inglaterra, in-|196|vocando los tratados de
1815. Finalmente en 1846, una vez más los rusos, austríacos y prusianos
ocuparon Cracovia para entregársela a Austria. La violación del tratado fue
llevada a cabo por las tres grandes potencias del Norte y la confiscación
austríaca de 1846 representó únicamente la última palabra de la invasión rusa
de 1851. Por delicadeza para con el “ángel blanco” del Norte, Vogt olvida la
confiscación de Polonia y falsifica la historia de la confiscación de
Cracovia.46
La circunstancia de que Rusia “le es
definitivamente hostil a Inglaterra y simpatiza con Francia”, no hace dudar al
Vogt ese “de las tendencias liberadoras de pueblos, de Luis Bonaparte”, tal
como tampoco el hecho de que “su política” —[la de Luis Bonaparte]— “hoy esté
íntimamente ligada a la de Rusia” —página 30—, le permite abrigar duda alguna
acerca de las liberadoras tendencias de Alejandro II.
Por lo tanto es preciso que en Oriente “la Santa
Rusia sea considerada la amiga de las inclinaciones libertadoras” y de la
“evolución popular y nacional”, como lo es en Occidente la Francia decembrista.
La consigna que figura en el escrito editado por Dentu La Foi des Traités, les
Puisances Signatoires et l’Empereur Napoléon III. París, 1850” [La fe de los
tratados, las potencias firmantes y el Emperador Napoleón III. París, 1850].
“¿Pertenece Rusia a la familia de los eslavos, una raza privilegiada… Sorprendió
el repentino acuerdo que se estableció de pronto entre Francia y Rusia. Nada
más natural: Concordancia en los principios, acuerdo sobre el fin perseguido,
sometimiento
45 “De quel
droit d’ailleurs le gouvernement autrichien viendrait’il invoquer l’inviolalité
de ceux — traités— de 1815, lui qui les a violés, en confisquent Cracovie, dont
ces traités garantisséren l’indépendence”.
46 Palmerston,
que con su ridículo proceso había colaborado incansablemente a partir de 1831
en la intriga contra Cracovia, se burló de Europa (Ver mi folleto intitulado:
Palmerston and Poland. Londres, 1853).
a la ley de la santa alianza de los gobiernos y
pueblos, no para tender trampas ni imponerlas, sino para apoyar y regir |197|
los divinos impulsos de las naciones. De esta completa cordialidad —entre Luis
Felipe e Inglaterra reinaba sólo una entente cordiale [una alianza cordial]—,
mientras entre Luis Bonaparte y Rusia reina la cordialité la plus parfaite —[la
cordialidad más perfecta]—, han surgido los efectos más felices: Ferrocarriles,
manumisión de los esclavos, puertos comerciales en el Mediterráneo”, etc.
etc.47
Vogt recoge de inmediato “la abolición de la
esclavitud y señala que “el reciente impulso… podría hacer de Rusia más bien
una amiga y no una enemiga de las aspiraciones liberadoras” (lug. cit., pág.
10).
Tanto él como su original dentuesco hace recaer en
Luis Bonaparte el impulso de la llamada emancipación de los siervos rasos,
convirtiendo la guerra anglo-turco-franco-rusa perseguidora de este fin, en una
guerra francesa (lug. cit., pág. 10).
Como se sabe, el grito que pedía la emancipación de
los siervos se escuchó por primera vez durante la retirada de Alejandro I. El
Zar Nicolás se ocupó durante toda su vida de la emancipación de los siervos,
creó con este fin en 1838 un ministerio especial para la administración de los
bienes de la Corona, ordenó en 1843 a dicho ministerio que diera los pasos
preliminares y hasta llegó a dictar en 1847 leyes que defendían a los
labriegos, referentes a la enajenación de propiedades nobiliarias, hacia cuya
anulación únicamente pudo impulsarlo en 1848, el temor de la revolución. El que
la cuestión |198| de la emancipación de los siervos asumiera dimensiones de
mayor magnitud bajo el gobierno del “Zar benévolo”, como Vogt denomina
campechanamente a Alejandro II, parece deberse en una evolución económica, que
ni siquiera un Zar es capaz de anular con su poder. Por lo demás la
emancipación de los siervos en el sentido del gobierno ruso habría de
intensificar cíen veces el vigor agresivo de Rusia. Sencillamente persigue la
perfección de la autocracia por medio de la anulación de las barreras con que
hasta tanto el gran autócrata había tropezado en los innumerables pequeños
autócratas de la nobleza rusa que se apoyaban sobre la esclavitud, como también
en las comunas rurales de administración propia, cuyas bases materiales, o sea
la propiedad comunal, debía ser destruida por la llamada emancipación.
Pero da la casualidad que los siervos rusos
entienden la emancipación en un sentido distinto que el gobierno ruso y que,
por su parte, la nobleza rusa también la entiende de otra manera. “El Zar
benévolo” descubrió por lo tanto que una verdadera emancipación de los siervos
no concuerda con su autocracia, tal como el benévolo Pío IX descubrió en su
época, que la emancipación italiana no concordaba con las exigencias de la
existencia del Papado. Es por eso que el “Zar benévolo” ve en la guerra de
conquistas y en el ejercicio de la tradicional política extranjera de Rusia, la
que de acuerdo a lo apuntado por el historiador ruso Karamsin, resulta
“inmutable”, el único medio para postergar la revolución en el interior del
país. El príncipe Dolgoronkow aniquiló críticamente en su obra La verité sur la
Russie, 1860, las mentiras y los
47 “La
Russie est de la famille des Slaves, race d’élite… On s’est étonné de l’accord
chevaleresque survenue soudainement entre la France et la Russie. Rien de plus
naturel: accord des'principes, unanímité de but… soumission à la loi de
l’alliance sainte des gouvernements et des peuples, non pour leurrer et
contraindre, mais pour guider et aider la marche divine des nations. De la
cordialité la plus parfaite sont sorties les plus heureux effets: chemins de
fer, affranchissement des serfs, stations comerciales dans le Mediterranné,
etc., etc.” (pág. 33, La Foi des Traités, etc., París, 1859).
embustes sobre el milenio iniciado a partir de 1856
bajo Alejandro II, divulgado afanosamente por escritores rusos expresamente
pagados para ello, proclamados en 1859 en voz |199| alta por los decembristas y
repetidos con devoción por Vogt en sus Ensayos.
Según Vogt, ya antes de estallar la guerra con
Italia se había impuesto la alianza, fundada entre el “blanco Zar” y el “Hombre
de Diciembre” en los principios del Danubio, exclusivamente con el fin de
liberar naciones, sellando la unión e independencia de la nacionalidad rumana
con la elección del coronel Couza, convertido en príncipe de Moldavia y
Valaquia. Austria se debate de pies y manos, Francia y Rusia aplauden” (lug.
cit., pág. 65.)
En un memorándum copiado del Preussische
Wochenblatt —[Semanario Prusiano]— de 1855, bosquejado en 1837 por el gabinete
ruso para el Zar actual, puede leerse: “A Rusia no le agrada incorporarse de
inmediato un Estado con elementos extraños… De todos modos parece más acertado
dejar que los países, cuya adquisición está resuelta, vivan durante algún
tiempo bajo el régimen de determinados gobernantes, que en un todo dependen de
ella, tal como lo hiciera en Moldavia y Valaquia, etc.”. Antes de incorporarse Crimea,
Rusia proclamó su independencia.
En una proclama rusa del 11 de diciembre de 1814 se
lee entre otras cosas: “…el Emperador Alejandro, vuestro protector, apela a
vosotros, los polacos. Armaos para defender vuestra patria y la conservación de
vuestra independencia política”.
¡Y ahora esos principados del Danubio! A partir de
la entrada de Pedro el Grande en los principados del Danubio, Rusia ha estado
trabajando por su independencia. En el congreso de Niemirow —1737— la
Emperatriz Ana exigió al Sultán la independencia de los principados del Danubio
que estaban bajo protectorado ruso. En el congreso celebrado en Fokshani en
1772, Catalina II insistió en la independencia de |200| dichos principados
puestos bajo un protectorado europeo. Alejandro I, prosiguió estas gestiones, sellándolas
con la conversión de Besarabia en una provincia rusa (La paz firmada en
Bucarest en 1812). Nicolás hasta llegó a beneficiar a los romanos por
intermedio de Kisseleff, con el aun válido Reglement Organique organizador de
la esclavitud más infame, contando con el beneplácito de toda Europa, que se
mostraba orgullosa de este code de libertad. Alejandro II únicamente dio un
paso más en la política practicada durante siglo y medio por sus antepasados,
con su quasi unión de los principados del Danubio bajo el régimen de Couza.
Vogt descubre que a consecuencia de esta unión llevada a cabo bajo el gobierno
de un vasallo ruso, “los principados resultarían un obstáculo que se opondría
al avance ruso hacia el Sud” (lug. cit., pág. 64).
Puesto que Rusia aplaude la elección de Couza
—(lug. cit., pág. 65)—, resulta perfectamente claro que el “Zar benévolo” pone
todo su empeño en “cerrarse el camino hacia el Sud”, aún cuando “Constantinopla
siempre continuará siendo la eterna meta de la política rusa” (lug. cit., pág.
91).
Es nuevo este giro para describir a Rusia como
protectora del liberalismo y de las ambiciones nacionales. Catalina II fue
reverenciada por todo un ejército de pensadores franceses y alemanes, como la
abanderada del progreso. El “noble” Alejandro I —le Grec du Bas Empire, el
griego del bajo Imperio según lo denomina Napoleón de manera por cierto muy
innoble— jugó en un tiempo y en toda Europa el papel de héroe del liberalismo.
¿Acaso no concedió a Finlandia los beneficios de la civilización rusa? ¿No proporcionó
generosamente a Francia, aparte de una constitución, también
un primer ministro ruso, el príncipe de Richelieu?
¿No era acaso el jefe secreto de la Hetärie, mientras que en el congreso de
Verona instigaba a Luis XVIII por intermedio de Chateaubriand, que se le había
|201| vendido, al iniciar su campaña contra los rebeldes españoles? ¿Acaso no
azuzaba a Fernando VII por intermedio del confesor de éste, para que enviara
una expedición contra las revueltas colonias hispanoamericanas, mientras por
otra parte prometía su apoyo al presidente de los Estados Unidos de Norteamérica
para combatir toda intervención en el continente americano de parte de las
potencias europeas? ¿No había mandado a Valaquia a Ypsilanti, “el conductor del
sagrado ejército heleno”, haciendo que el mismo Ypsilanti traicionara a dicho
ejército, mandando asesinar alevosamente a Wladimiresco, el jefe de los
rebeldes valacos? Antes de 1830 también Nicolás fue elogiado en todos los
idiomas, ya fuera en verso o en prosa, como el héroe liberador de
nacionalidades. Al iniciar en 1828-1829 su campaña liberadora de los griegos
contra Mahmud II, puesto que Mahmud se había negado a dejar pasar un ejército
ruso destinado a sofocar la rebelión griega, Palmerston declaró frente al
parlamento inglés, que los enemigos de la Rusia libertadora necesariamente
debían ser “amigos” de los más grandes monstruos universales: de Don Miguel, de
Austria y del Sultán. ¿Acaso con su solicitud paternal Nicolás no les daba a
los griegos un general ruso, el conde Capo d’Istria, para presidente? Sólo que
los griegos no eran franceses y asesinaron al noble conde Capo d’Istria. Si
bien desde el estallido de la revolución de julio de 1830 Nicolás representaba
sobre todo el papel de protector de la legitimidad, no dejó de actuar un solo
instante en pro de la “liberación de las nacionalidades”. Bastan pocos
ejemplos. La revolución constitucional de Grecia había sido dirigida en
septiembre de 1843 por Katakasi, el ministro ruso en Atenas, anteriormente el
guardián superior, responsable del almirante Heyden, al producirse la
catástrofe de Navarino. La central de la rebelión búlgara de 1842 fue el
consulado ruso en Bucarest. Allí mismo el general ruso Duhamel recibió en la
pri-|202|mavera de 1842 a una delegación búlgara, a la que presentó el plan
para una insurrección general. Serbia debía servir de reserva para la
insurrección, transmitiéndose al general ruso Kisseleff el cargo de Hospodar de
Valaquia. Durante la insurrección serbia —1843— Rusia, por intermedio de su
Embajada en Constantinopla, instó a Turquía a someter a los serbios a medidas
disciplinarias, para luego poderse valer de este pretexto y apelar a la
simpatía y al fanatismo de Europa contra los turcos. Tampoco Italia quedaba
excluida de los planes liberadores del Zar Nicolás: La jeune Italie —[La joven
Italia]—, durante algún tiempo el órgano parisiense del partido mazzinista, nos
informa en un número perteneciente al mes de noviembre de 1843: “Los recientes
disturbios en Romana y los movimientos que se produjeron en Grecia, estaban más
o menos relacionados entre sí… El movimiento italiano fracasó debido a que el
partido realmente democrático le negó su apoyo. Los republicanos no quisieron
apoyar un movimiento que había sido iniciado en Rusia. El movimiento debía
comenzar en Nápoles, donde se esperaba que una parte del ejército lo encabezaría
o que haría causa común con los patriotas. Una vez estallada la revolución
debían levantarse la Lombardía, el Piamonte y la Romaña; y se fundaría un
Imperio Italiano, regido por el príncipe de Leuchtenberg, hijo de Eugenio de
Beauharnais y yerno del Zar. La Jeune Italie desbarató este plan.” El Times,
del 20 de noviembre de 1843, apunta refiriéndose a esta información de la Jeune
Italie: “Si este gran fin —[la fundación de un Imperio Italiano encabezado por
un príncipe ruso]— fuera factible, tanto mejor; pero otro beneficio más
inmediato, aun cuando no tan importante,
podría ser logrado en Italia por cualquier
movimiento, originar la alarma de Austria y desviar su atención |203| de los
espantosos —[fearful]— planes de Rusia en el Danubio”.
Después de que en 1843 Nicolás acudiera en vano a
“La Nueva Italia”, envió a Roma en marzo de 1844 al señor Boutenieff. En nombre
del Zar, Boutenieff comunicó al Papa que la Polonia rusa habría de ser
entregada a Austria a cambio de la Lombardía, la que se constituiría en un
reino del Norte de Italia gobernado por Leuchtenberg. El Tablet, de abril de
1844, por aquel entonces órgano inglés de la curia romana, objeta a esta
proposición: “Para la corte romana el cebo contenido en este hermoso plan
consistía en que Polonia pasara a manos católicas, mientras la Lombardía
continuaba como hasta entonces regida por una dinastía católica. Pero los
veteranos diplomáticos de Roma comprendieron que, puesto que Austria apenas es
capaz de mantener sus propiedades y que, de acuerdo a todas las probabilidades
humanas tarde o temprano se verá obligada a despojarse de sus provincias
eslavas, el traspaso de Polonia a Austria, suponiendo que esta parte de la
proposición fuera hecha en serio, sería tan solo un préstamo a devolver más
adelante, mientras con el príncipe de Leuchtenberg a la cabeza, el Norte de
Italia en efecto caería bajo protectorado ruso, viéndose muy pronto
irremisiblemente sometido al cetro de Rusia. Por consiguiente se resolvió dejar
momentáneamente sin efecto este plan tan insistentemente recomendado”.
Hasta aquí el Tablet de 1844.
La única circunstancia que desde mediados del siglo
XVIII justificaba la existencia estatal de Austria, su oposición a los
progresos de Rusia en el Este de Europa —una oposición desamparada,
inconsecuente, cobarde, pero obcecada— hace que Vogt descubra que “Austria es
el baluarte de toda controversia en Oriente” (lug. cit., pág. 5 6). Con “cierta
ingenuidad infan-|204|til” que tan bien sienta a su obesa modalidad, Vogt
explica las relaciones de Rusia y Francia contra Austria por parte de las
tendencias liberadoras del “Zar benevolente”, como consecuencia de la
ingratitud de Austria ante los servicios recibidos de Nicolás durante la
revolución húngara. “Durante la misma guerra de Crimea, Austria llegó hasta el
límite máximo de la neutralidad armada y hostil. Se comprende que esta actitud,
que para colmo llevaba el sello de la falsedad y traición, tenía que provocar
en el gobierno ruso un amargo rencor a Austria, impulsándolo a aliarse con
Francia” (lug. cit., págs. 10-11). Según Vogt, Rusia sigue una política sentimental.
El agradecimiento que durante el congreso de Varsovia celebrado en 1850,
Austria hizo llegar al Zar a costas de Alemania con la marcha sobre
Schleswig-Holstein, no satisfizo al agradecido Vogt.
En su famoso despacho fechado en París en diciembre
de 1825, el diplomático ruso Pozzo di Borgo, dice después de la previa
enumeración de las actividades austríacas contra los planes de intervención
rusa en Oriente: “Por eso nuestra política nos manda mostrarnos a este Estado
—[Austria]— bajo, un aspecto espantoso y a convencerlo con nuestros
preparativos que, en caso de osar el menor movimiento contra nosotros, se
desencadenaría sobre su cabeza la más tremenda tormenta que jamás haya debido
soportar”. Después de que Pozzo hubo amenazado con la guerra desde el exterior
y la revolución interna, señalando como probable solución pacífica, la
aceptación por Austria “de las provincias turcas que le corresponden”,
describiendo en cambio a Prusia como a un aliado dependiente de Rusia, continúa
diciendo: “De haber accedido la corte vienesa a nuestras buenas intenciones y
fines, haría ya tiempo que el
plan del gabinete Imperial se habría cumplido, plan
este que no sólo se limita a la ocupación de los Principados del Danubio y
Constantinopla, sino que hasta |205| se extiende a la expulsión de los turcos
de Europa”. Como se sabe, en el año 1830 se firmó un pacto secreto entre
Nicolás y Carlos X. En el mismo se estipulaba: Francia permite a Rusia la
ocupación de Constantinopla, obteniendo en reemplazo las provincias renanas y
Bélgica; Prusia será indemnizada con la entrega de Hanóver y Sajonia; Austria obtiene
una parte de las provincias turcas del Danubio. Este mismo plan volvió a ser
presentado bajo Luis Felipe a instancias de Rusia y por intermedio de Molé al
gabinete de Petrogrado. Poco después Brunnov llevaba a Londres el expediente,
en donde su texto le fue comunicado al gobierno inglés como prueba de la
traición de Francia, empleándose luego para la formación de la coalición
antifrancesa de 1840.
Veamos ahora cómo Rusia, de común acuerdo con
Francia, debía aprovechar la guerra italiana según las ideas de Vogt,
inspiradas por sus fuentes originales parisienses. La composición “Nacional” de
Rusia y en especial la “nacionalidad polaca”, podrían ofrecer aparentemente
algunas dificultades a un hombre cuya “estrella polar es el principio de la
nacionalidad”, pero: “mantenemos muy alto el principio de la nacionalidad, pero
más alto aún, el de la voluntad libre” (lug. cit., pág. 12).
Cuando por medio de los tratados de 1815, Rusia se
anexó la mayor parte del verdadero territorio polaco, logró una posición tan
avanzada hacia Occidente, interponiendo una cuña tan pronunciada, no sólo entre
Austria y Prusia, sino también entre Prusia Oriental y Silesia, que ya por
aquel entonces algunos oficiales prusianos, como por ejemplo Gneisenau,
advirtieron la insoportable situación que creaban semejantes condiciones
limítrofes. Pero cuando la derrota de Polonia en 1831 entregó
incondicionalmente este territorio a los rusos, fue cuando realmente quedó al
descubierto el verdadero sentido de esta cuña. El sometimiento de Polonia
únicamente habría de |206| servir de pretexto para las fortificaciones
instaladas en gran escala junto a Varsovia, Modlin e Ivángorod. Su verdadero
objetivo era la completa dominación del territorio del Vístula y la fundación
de una base para el ataque al Norte, Sud y Oeste. Hasta Haxthausen, que admira
al Zar ortodoxo y todo lo ruso, ve en ello un evidente peligro y amenaza para
Alemania. La posición fortificada de los rusos en el Vístula, resulta más
peligrosa para Alemania que todas las fortificaciones francesas reunidas, sobre
todo desde el momento en que cese la oposición nacional de Polonia, y Rusia
disponga de las fuerzas bélicas polacas como de las suyas propias. Por eso Vogt
tranquiliza a Alemania, diciéndole que Polonia se ha vuelto rusa por voluntad
propia. “No cabe duda —[expresa]— que debido a los denodados esfuerzos del
partido popular ruso, el abismo que se abría entre Polonia y Rusia se ha
reducido sensiblemente, hasta el punto que acaso sólo sea preciso un mínimo
esfuerzo para hacerlo desaparecer por completo” (lug. cit., pág. 12). Este
mínimo esfuerzo habría de proporcionarlo la guerra de Italia (Sin embargo Alejandro
II se convenció durante dicha guerra de que Polonia no estaban aún a la altura
de Vogt). La Polonia que “por voluntad propia” se había dejado absorber por
Rusia, atraería en su condición de cuerpo central y por medio de la ley de
gravedad, los miembros del otrora Imperio polaco, actualmente aislados y
sometidos a la dominación extranjera. Para que este proceso de atracción se
verifique con mayor facilidad, Vogt aconseja a Prusia que aproveche el momento
para desembarazarse del “apéndice eslavo” —[pág. 17]— es decir, Posen —[pág.
97]— y probablemente también de Prusia Occidental,
puesto que únicamente Prusia Oriental es reconocida
como territorio legítimamente alemán. Como es natural los miembros así
desligados de Prusia, recaerían de inmediato en poder del cuerpo central |207|
absorbido por Rusia, convirtiéndose el “territorio realmente alemán” de Prusia
Oriental en un Enclave ruso. Por otra parte, en lo que a Galizia se refiere,
que en el mapa de l’Europe en 1860 también aparece incorporada a Rusia, su
desprendimiento de Austria estaba contenido en el objetivo inmediato de la guerra,
o sea, la liberación de Alemania de las propiedades no germanas de Austria.
Vogt recuerda que antes de 1848 solía verse en Galizia con mayor frecuencia el
retrato del Zar de Rusia, que el Emperador de Austria” (pág. 12). Y con “la
extraordinaria habilidad que Rusia posee para enhebrar esta clase de
maquinaciones, nos hallaríamos aquí ante un motivo especial para que Austria
abrigue fundados temores” (lug. cit.).
Pero se sobreentiende que para desembarazarse del
“enemigo interno”, Alemania debe permitir tranquilamente a los rusos, que
“lleven tropas a la frontera — [pág. 13]— destinadas a apoyar estas
maquinaciones. Mientras la misma Prusia aparta de sí sus provincias polacas,
Rusia deberá provechar la guerra italiana para arrancar Galizia de Austria, tal
como ya en 1809 Alejandro I obtuvo un trozo de Galizia en pago por su teatral
apoyo prestado a Napoleón I. Se sabe que Rusia reclamó con éxito, en parte a
Napoleón I y en parte al Congreso de Viena, “una porción de los trozos” de
territorio polaco adjudicados originalmente a Austria y Prusia. Según Vogt, en
1859 había llegado el momento para unir toda Polonia a Rusia. En lugar de la
emancipación de la nacionalidad polaca de los rusos austríacos y prusianos,
Vogt exige la absorción y eliminación por Rusia de todo el antiguo Imperio
polaco. ¡Finis Polonise! Esta idea rusa de la “reconstrucción de Polonia” que
recorrió toda Europa inmediatamente después del fallecimiento del Zar Nicolás,
es denunciada por David Ur-|208|quhart en marzo de 1855 en el panfleto: The new
hope of Poland, la nueva esperanza de Polonia.
Pero Vogt aún no ha hecho bastante por Rusia.
“La extraordinaria amabilidad, [dice este
conversador ameno], casi diría la fraternidad con que los rusos trataron a los
revolucionarios húngaros, se destacaba demasiado del procedimientos de los
austríacos como para que no surtiera todo su efecto. Al aniquilar el partido
—[Nota bene: Según Vogt Rusia no aniquiló a Hungría sino al partido]—
tratándolo sin embargo con consideración y cortesía, Rusia echó los cimientos
para una manera de pensar que acaso pueda explicarse con que es preciso elegir
de dos males el menor y que, llegado el caso, Rusia no sería el mayor de ellos”
(lug. cit., págs. 12 y 13).
Con qué “extraordinaria amabilidad, consideración,
cortesía” y casi “fraternidad” el Falstaff de Plon-Plon conduce a los rusos
hacia Hungría, convirtiéndose a sí mismo en el “Canal” de la ilusión que hizo
fracasar en 1849 la revolución húngara. fue el partido del Görgei el que por
aquel entonces divulgó la fe en un príncipe ruso como futuro rey de Hungría,
quebrando con ella la resistencia de la revolución húngara.48
48 “Era la
desgracia de los húngaros —[así dice el coronel polaco Lapinski que hasta la
entrega de Kamorn luchó en las filas del ejército revolucionaria: húngaro y más
adelante se batió en Circasia contra los rusos]— el no haber conocido a los
rusos” (THEOPHIL LOPINSKI: Campaña del principal ejército húngaro en el año
1849. Hamburgo, 1859, pág. 216). “El gabinete vienés estaba completamente en
manos de los rusos… de acuerdo a su consejo los cabecillas fueron asesinados…
mientras los rusos trataban de conquistarse toda clase de simpatías, mandaban a
Austria que se hiciera odiar más que nunca” (lug. cit., pág. 188-189).
Sin apoyarse en una raza determinada, los
Habsburgos, como es natural, fundaban antes de 1848 su dominación de Hungría en
la nacionalidad imperante: los magiares. Además, |209| digamos de paso, que
Metternich fue el más grande conservador de nacionalidades. Abusaba de ellas,
enfrentándolas mutuamente, pero las necesitaba precisamente para poder abusar
de las mismas. Por eso las sostenía. Compárese a Pose con Galizia. Después de
la revolución de 1848-49 la dinastía habsburguesa, que había batido a los alemanes
y magiares por intermedio de los eslavos, intentó, imitando a José II, llevar
violentamente al poder el elemento germano en Hungría. Por temor a Rusia, los
Habsburgos no se atrevían a dejarse caer entre los brazos de sus salvadores,
los eslavos. Su reacción de Estado integral en Hungría estaba dirigida más bien
contra sus salvadores, los eslavos, que contra sus derrotados, los magiares. En
la lucha con sus propios salvadores, la reacción austríaca —según nos lo
demostró Szémère en su panfleto Hungary, 1848-1860; London 1860—, instó
nuevamente a los eslavos a alistarse bajo la bandera de los magiares. Por
consiguiente, tanto antes como después de 1848, la dominación austríaca sobre
Hungría y el poder magiar en Hungría resultaban ser una misma cosa. Muy distinto
era el caso de Rusia, ya dominara directa o indirectamente en Hungría. Sumados
los elementos estatal y religiosamente afines, Rusia cuenta de inmediato con la
mayoría no magiar de la población. Muy pronto la raza magiar es vencida por la
casta emparentada con los esclavos y de religión afín, la de los valacos. Por
lo tanto la dominación rusa en Hungría equivale a la anulación de la
nacionalidad húngara, vale decir, de la Hungría históricamente ligada a la
dominación magiar.49
|210| Vogt, que hace que los polacos por voluntad
propia se dejen absorber por Rusia, deja que los húngaros caigan en esclavitud
gracias a la dominación rusa.50
49 El general Mauricio Perczel, gloriosamente
conocido por su actuación en la guerra revolucionaria de Hungría, se apartó aún
durante la campaña italiana de los oficiales húngaros que en Turín rodeaban a
Kossuth, explicando en una declaración pública las causas de su retiro —por un
lado Kossuth que únicamente servía de espantapájaros bonapartista y por el
otro, la perspectiva de un futuro ruso para Hungría. En la respuesta de fecha
St. Helier, 19 de abril de 1860, a una carta en la que yo le pedía explicaciones
más amplias con respecto a sus declaraciones, dice entre otras cosas: “…Jamás
me prestaré a ayudar a arrancar a Hungría de entre las garras de la doble
águila, con el único objeto de entregarla luego al MORTÍFERO CARIÑO del oso del
Norte.”
50 El señor
Kossuth nunca se equivocó con respecto a la exactitud de la opinión expuesta en
el texto. Sabía que Austria podía maltratar pero no aniquilar a Hungría. “El
Emperador José II —[así le escribe el Gran Visir Reschid Pashá con fecha de
Kutapah, 15 de febrero de 1851]— el único hombre genial producido por la
familia de los Habsburgo, agotó todas las extraordinarias fuentes de recursos
con que contaba su espíritu maravilloso, como también las de las por aquel
entonces aún populares versiones acerca del poder de su casta, en el intento de
germanizar Hungría y hacerla entrar en el Estado integral; pero Hungría salió
con renovada vitalidad de la lucha… En la última revolución Austria únicamente
se levantó del polvo para caer de rodillas delante del Zar, su maestro, que
nunca concede su ayuda, vendiéndola en cambio siempre. Y Austria debió pagar
muy cara esta ayuda” (Correspondence of Kossuth, pág. 33). En, cambio afirma en
esa misma carta que únicamente Hungría y Turquía unidas serían capaces de quebrar
las actividades paneslavistas de Rusia. Le escribe a David Urquhart con fecha,
Kutayah, 17 de enero de 1851: “We must crush Russia, my dear Sir! and headed by
you, we will! I have not only the resolution of will, but also that of hope!
and this is no vain word, my dear Sir, no sanguine fascination; it is the word
of a man, who is wont only to calculate every chance: of a man though very weak
in faculties, not to be shaken in perseverance and resolution etc.” (lug cit.,
pág. 39). [Tenemos que aniquilar a Rusia, mi querido amigo; y dirigidos por
usted, la aplastaremos. Yo no sólo tengo la decisión de la voluntad, sino
también la de la esperanza y no es esta una frase vacía, querido amigo mío, ni
un desvarío sanguíneo; son las palabras de un hombre que está acostumbrado a
calcular cuidadosamente
Pero tampoco ahora Vogt ha hecho todavía lo
bastante en provecho de Rusia. Entre las “provincias extraalemanas” de Austria,
por las que la federación
alemana no debería “esgrimir la espada” contra
Francia y Rusia “que está en un todo con Francia”, no se |211| contaban
únicamente Galizia, Hungría e Italia, sino también Bohemia y Moravia. “Rusia
—[afirma Vogt]— ofrece el punto fijo alrededor del cual las nacionalidades
eslavas tratan de agruparse cada vez más”. Tal como Moscovia se convirtió en
Rusia, así Rusia deberá convertirse en Paneslavonia.
“Al lado de los checos cualquier enemigo nos
vencerá” (pág. 134). Nosotros, es decir Alemania, deberá tratar de
desembarazarse a toda costa de los checos o sea, de Bohemia y Moravia. Ninguna
garantía para las posesiones extraalemanas de los soberanos” (lug. cit., pág.
133). “Ya no provincias extraalemanas en la federación”, [lug cit.] ¡sino
únicamente provincias alemanas en Francia! Por lo tanto no sólo es preciso
“dejar hacer al actual Imperio francés siempre que NO viole el territorio de la
federación alemana”, (pág. 9. Prólogo), sino que también es preciso “dejar
hacer a Rusia “mientras no pase de violar provincias extraalemanas
pertenecientes a la federación. Rusia llevará a Alemania a la evolución de su
“unidad” y “nacionalidad”, haciendo avanzar las tropas hasta los “apéndices
eslavos” de Austria, expuestos a sus “maquinaciones” mientras Austria se
entretenía en Italia por Luis Bonaparte y Prusia vuelve a la vaina la espada de
la federación alemana, el “Zar benevolente” sabrá cómo apoyar secretamente con
dinero, armas y municiones, las revoluciones que estallarán en Bohemia y
Moravia” (pág. 11).
¡Y “al lado de los checos tendremos que dejar que
cualquier enemigo nos venza!”
¡Qué generoso el “Zar benevolente” al querer
librarnos de Bohemia y Moravia y sus correspondientes checos, que, como es
natural, en su condición de “nacionalidades eslavas” deberán agruparse
alrededor de Rusia!
Veamos como nuestro Reichs-Vogt —[gobernador
Imperial]— defiende la frontera oriental alemana con su incor-|212|poración de
Bohemia y Moravia a Rusia. ¡Bohemia rusa! Pero Bohemia está en medio de
Alemania, separada de la Polonia Rusa por Silesia, por la Moravia rusificada
por Vogt y de la Galizia y Hungría por Vogt también rusificadas. De esta manera
Rusia obtendrá un trozo del territorio federal alemán, de 50 millas alemanas de
longitud por 50 ó 30 de ancho. Adelanta su frontera occidental unas 65 millas hacia
el Oeste. Puesto que desde Eger hasta Lautenburgo en Alsacia hay en línea recta
únicamente 45 millas alemanas, la Alemania del Norte se vería completamente
aislada de la del Sud, por un lado por la cuña francesa y por el otro, por la
cuña rusa, quedando con ello finiquitada la división de Alemania. El camino
directo de Viena a Berlín pasaría por Rusia y hasta pasaría por ella el camino
directo de Berlín a Múnich. Dresde, Núremberg, Rogensburgo y Linz se
convertirían en nuestras ciudades fronterizas con Rusia en el Sud; nuestra
situación frente a los eslavos sería por lo menos la misma como antes de
Carlomagno —mientras en occidente Vogt no nos permite retroceder hasta Luis XV—
y bien podríamos borrar mil años de nuestra historia.
Para lo que pudo servir Polonia, Bohemia podrá
servir mejor aún, Praga se convertiría en un campamento fortificado y habría
fortificaciones anexas en la desembocadura del Moldava y Eger; en el Elba y en
Bohemia el ejército ruso podría
todas las posibilidades; de un hombre que, si bien
de condiciones muy endebles, resulta invencible en su resistencia y decisión,
etc.].
esperar tranquilamente el avance del ejército
alemán, de por sí dividido, que llegase desde Baviera, Austria y Brandemburgo,
dejando que los más fuertes se estrellaran contra las fortificaciones,
aniquilando uno por uno a los más débiles
Obsérvese el mapa lingüístico de Europa Central.
Tomemos por ejemplo a una autoridad eslava, el slovansky semévid de Schafarik.
Aquí la frontera del idioma eslavo se extiende desde Stolp, en la costa
pomerania, hasta Zastrow, pasando al |213| sud de Chodziehen junto al Motee, y
continúa luego hacia el Oeste hasta Meseritz. A partir de aquí, empero, dobla
repentinamente hacia el Sud-Oeste, donde la maciza cuña alemana de Silesia
penetra profundamente entre Polonia y Bohemia. Por su parte en Moravia y Bohemia
el idioma eslavo adelanta mucho hacia el Oeste — lógicamente carcomido por
todos lados por avanzados elementos alemanes y entremezclado de ciudades e
islas lingüísticas alemanas, tal como en el Norte del Vístula inferior y la
mejor parte de la Prusia Oriental y Occidental son alemanes, adelantándose de
manera muy poco cómoda hacia Polonia. Entre el punto más Occidental de lengua
polaca y el más oriental de idioma bohemio, está la isla lingüística de Lusacia
y Wenden, emplazada en pleno territorio alemán y de manera que casi separa a
Silesia.
Para Vogt, el paneslavista ruso que tiene a su
disposición a Bohemia, no puede plantearse problema alguno acerca de dónde está
la frontera natural del reino eslavo. Va de Meseritz directamente hasta
Lieberise y Lübbe, desde aquí continúa hacia el Sud de la cuenca del Elba a
través de las montañas fronterizas de Bohemia, continuando luego a lo largo de
la frontera occidental y sud de Bohemia y Moravia. Todo lo que queda más hacia
el Este es eslavo; de todos modos no tienen derecho a estar allí donde están. Una
vez planteada esta situación “paneslava”, se establece por sí sola la necesidad
de una rectificación similar al Sud de las fronteras. Aquí también una cuña
alemana se ha introducido inopinadamente entre el Norte y Sud de Eslavonia,
ocupando el Valle del Danubio y los Alpes estirios. Vogt no puede tolerar por
más tiempo esa cuña, por la que, consecuente consigo mismo, resuelve incorporar
a Rusia, Austria, Salzburgo, Estiria y las partes alemanas de Kärnthen. El que
con esta evolución del Imperio Eslavo-Ruso, de acuerdo a los probados
fundamentos del |214| “principio nacional” también pasan a formar parte de
Rusia los magiares y rumanos, amén de las distintas castas de turcos —el “Zar
benévolo” trabaja también por medio de la esclavitud de Circasia y la eliminación
de los tártaros de Crimea en el “principio de la nacionalidad”— en castigo por
haberse interpuesto entre los eslavos del Norte y los eslavos del Sud, también
ha sido desarrollado por Vogt a despecho de Austria.
Con esta operación, nosotros, los alemanes, no
perdemos más que la Prusia Oriental y Occidental, Silesia, parte de
Brandemburgo y Sajonia, toda Bohemia, Moravia y lo que queda de Austria, aparte
del Tirol, del que, una parte corresponde al “principio de nacionalidad
italiano”, amén de nuestra existencia nacional.
¡Pero detengámonos tan sólo en lo más inmediato,
según lo cual Galizia, Bohemia y Moravia serían rusas!
En esas circunstancias la Austria alemana, el
Sud-Oeste y el Norte de Alemania, nunca podrán actuar conjuntamente, salvo que
—y a ello tendría que llegarse necesariamente— estuvieran bajo control ruso!
Vogt hace que nosotros, los alemanes, cantemos
aquello que en 1815 cantaron sus parisienses:
Vive Alexandre,
Vive le roi des rois,
Sans rien prétendre,
Il nous donne des lois.
[Viva Alejandro,
Viva el rey de los reyes,
Sin que nada pretenda,
Nos da las leyes].
|215| El “principio de la nacionalidad” vogtiano,
que, pretendía hacer efectivo en 1859 por medio de la alianza entre “el blanco
ángel del Norte” y “el blanco ángel del Sud”, debía probarse primeramente de
acuerdo a su propia opinión, con el florecimiento de la nacionalidad polaca, la
desaparición de la nacionalidad magiar y absorción de la nacionalidad alemana…
por el rusismo.
Esta vez no mencioné sus panfletos originales de
Dentu porque me reservaba una única y eficacísima cita para demostrar que en
todo lo que aquí insinúa a medias y revela a medias también, obedece a una
consigna desde las Tullerías. En el número del Pensiero ed Azione —[pensamiento
y acción]— correspondiente al 2-16 de mayo de 1859, y en el que Mazzini predice
acontecimientos que habrían de producirse más adelante, advierte entre otras
cosas, que en la alianza convenida entre Alejandro II y Luis Bonaparte, la
primera cláusula reza como sigue: Abbandono assoluto della Polonia —[Abandono
absoluto de Polonia]— por parte de Francia, lo que, traducido por Vogt, es como
“la completa anulación del abismo abierto entre Posen y Rusia”. Che la guerra
si prolonghi e assuma… proporzioni europee, l’insurezione delle provincie oggi
tyrche preparata di lunga mano e quelle dell’Ingheria, daranno campo
all’Allianza di rivelarse… Principi russi governerebbo le y provincie che
surgerebbo sulle rovine dell’Impero Turco e dell’Austria… Constantino di Russia
e gia proposto ai malcontenti ungheresi (Ver “Pensiero ed Azione” 2-16 de mayo
de 1859).51
|216| Sin embargo el rusismo de Vogt es sólo
secundario. Con él obedece únicamente a una consigna dada por las Tullerías,
tratando de preparar a Alemania para maniobras convenidas previamente entre
Luis Bonaparte y Alejandro II para ciertas eventualidades de la guerra con
Austria y, en efecto, repite con la devoción de un esclavo, la paneslava
fórmula de su original panfleto parisiense. Su verdadera ocupación consiste en
cantar la canción de Ludovico:
Einan kùning wèiz ih, hèizit her Hlùdowig
ther gèrno Gòde (i, e, den Nationalitäten) dionot.
[Conozco un rey al que señor Ludovico llamaré,
al que agrada servir a Dios (y a las
nacionalidades)].
Vimos, hace un instante, cómo Vogt elogia a Cerdeña
por haber logrado conquistar para sí hasta el respeto de Rusia. Veamos ahora el
paralelo: “En sus
51 Pero si
la guerra se prolongara y asumiera proporciones europeas, entonces la
insurrección ha tiempo preparada por las hoy provincias de Turquía y Hungría,
proporcionará a la alianza la oportunidad de revelarse… Príncipes rusos
gobernarán los Estados que se levantarán sobre las ruinas de Turquía y Austria…
Constantino de Rusia les fue propuesto a los descontentos húngaros.
declaraciones —[de Prusia]— no se menciona a
Austria” —[así afirma… en el caso de una próxima guerra entre Norteamérica y la
Cochinchina, el lenguaje no sería distinto. Pero la misión alemana de Prusia,
las obligaciones alemanas, la vieja Prusia, todo eso es subrayado con
preferencia]—, Francia —[de acuerdo a su declaración prestada sobre este país
en la pág. 27]— se resume ahora únicamente en la persona de su soberano [A
continuación imparte sus alabanzas por intermedio del Moniteur y los demás
diarios]. “Entretanto Austria rabia”… (Ensayos, pág. 18).
“El que Prusia interpreta acertadamente su misión
alemana, se desprende de los elogios que Luis Bonaparte le hace llegar por
intermedio del Moniteur”. ¡Qué fría impertinencia! Recuérdese cómo Vogt, por
amor al “blanco ángel del Norte” hace que Austria sea la única que viole los
tratados de 1815 |217| y que únicamente ella sea quien confisque a Cracovia.
Este piadoso servicio se lo tributa ahora también al "blanco ángel del
Sud”.
“Este Estado Pontificio, cuya república
—[¡república del Estado Pontificio!]— fue víctima de la vergonzosa masacre de
los pueblos —[¡cometer una masacre de pueblos en la república de un Estado!]—
cometida por Cavaignac, el representante del doctrinario partido republicano y
contraste militar de Gager —[¡vaya el paralelo!]— que, a pesar de ello no llegó
a ocupar el sillón presidencial” (pág. 63).
¡Quiere decir que fue Cavaignac y no Luis Bonaparte
quien cometió la “vergonzosa masacre de los pueblos” en la república romana! En
noviembre de 1848 Cavaignac envió en efecto una flotilla de guerra a Civita
Vecchia, para que le sirviera al Papa de custodia personal. Pero recién al año
siguiente, después de que Cavaignac había pasado meses enteros alejado del
sillón presidencial, es decir, para el 9 de noviembre de 1849, fue anulado el
poderío terrenal del Papa proclamándose la República de Roma, por lo que
Cavaignac no pudo masacrar una república que aún no existía en la época de su
gobierno. El 22 de abril de 1849 Luis Bonaparte envió al general Oudinov al
frente de 14.000 hombres hasta Civita Vecchia, después de obtener astutamente
de la Asamblea Nacional los medios necesarios para emprender esta expedición,
declarando que lo único que perseguía era oponerse a un asalto a los Estados
Romanos planeado por Austria. Como se sabe, la catástrofe de París del 13 de
julio de 1849 se produjo a consecuencia de la resolución tomada por
Ledru-Rollin y La Montagne, de vengar “la vergonzosa masacre de los pueblos de
la república romana”, que simultáneamente resultaba ser “una vergonzosa
violación de la Constitución francesa” y “una vergonzosa ofensa para la
decisión tomada por |218| la Asamblea Nacional”, en el causante de todas estas
vergüenzas, Luis Bonaparte, poniéndolo en situación de acusado. Se ve cuán
“vergonzosamente” el taimado Sicofante del golpe de Estado, Carlos Vogt,
falsifica la historia, con tal de poner fuera de toda duda la misión cumplida
por su señor “Ludovico” para liberar a todas las nacionalidades en general y a
Italia en especial.
Vogt recuerda haber leído en el Nuevo Diario
Renano, que la clase de los campesinos parcelarios constituye en Francia junto
a la del vil proletariado, la única base del bas Empire. Ahora se arregla esto
de la siguiente manera:
“El actual Imperio no tiene partidarios entre la
gente culta ni tampoco en la burguesía francesa; le pertenecen tan solo dos
masas: el ejército y el proletariado campesino que no sabe leer ni escribir.
Pero éste representa las 9/10 partes de la población y comprende en sí el
instrumento poderosamente organizado con que es
posible aniquilar la oposición y la manada de
ilotas de las hipotecas cuyo único bien es el voto en las urnas” (pág. 25).
La población no ciudadana de Francia, con el
ejército inclusive, importa apenas las 2/3 partes de la población general. Vogt
convierte menos de 2/3 en 9/10. Toda la población rural de Francia, de la que
1/5 más o menos se compone de adinerados terratenientes y otro 1/5, de faltos
de tierras y propiedades, es convertida por él en campesinos parcelarios,
“ilotas de las hipotecas”. Finalmente elimina fuera de las ciudades de Francia
todo conocimiento de las letras. Tal como anteriormente ha falsificado la historia,
así falsifica ahora la estadística con tal de poder ampliar el pedestal de su
héroe. Y ahora este héroe suyo, es colocado sobre dicho pedestal.
“Por lo tanto ahora Francia se resume efectivamente
tan solo en la persona de su soberano, del que Mason dijo —|219|[¡Vaya
autoridad!]— que poseía grandes cualidades de estadista y soberano, una
voluntad inquebrantable, tacto seguro, decisión vigorosa, corazón valiente,
espíritu audaz y elevado y absoluta despreocupación (pág. 27).
wie saelecliche stât im an
allez daz, das êr begât!
wie gâr sin lip ze wunsche stât!
wie gênt im so geliche inein
die finen keiserlichem bein.
(TRISTÁN)
[qué bien le sale todo lo que comprende,
cuán perfecto su cuerpo es,
cómo recuerdan con él
las piernas imperiales].
Vogt arrebata a su Mason el incensario, para
agitarlo personalmente. Agrega a la lista de cualidades de Mason: “cálculo
frío, coordinación poderosa, astucia de víbora, paciencia obstinada” —[pág.
28]—, para luego balbucear en su condición de Tácito de antecámara: “El origen
de este régimen es un espanto”, lo que sin duda resulta ser,… un disparate. Es
preciso que ante todo melodramático la grotesca figura de un héroe,
convirtiéndolo en un gran hombre y es así como, de Napoléon le Petit” nace este
“hombre fatal” (pág. 38).
“Ojalá las actuales circunstancias contribuyan a
cambiar el régimen de éste — [del hombre fatal]— exclama Vogt. ¡Vaya expresión
modesta: Cambiar! No habrá de faltarle nuestra felicitación más sincera, aun
cuando por el momento no abri-|220|guemos esperanzas para ello (pág. 29). Si se
lee lo que sigue, podrá deducirse cuán en serio este sincero hermano tomaba su
felicitación llevada in petto:
“Pero DÍA A DÍA la situación en el interior resulta
MÁS INSOSTENIBLE A PESAR DE QUE LA PAZ CONTINÚA, ya que el ejército francés
está en los Estados Alemanes, en Prusia y Austria, puesto que dichos partidos
despiertan eco, sobre todo, entre los oficiales, por lo que el día menos
pensado podría escapársele al Emperador de entre las manos el único apoyo
activo con que cuenta el poder de que dispone” (pág. 27).
Por lo visto la situación en el interior era cada
día más insostenible, aún cuando LA PAZ PROSIGUIERA REINANDO. Por esto Vogt se
veía obligado a tratar de facilitar a
Luis Bonaparte la violación de dicha paz. El
ejército, “único apoyo activo” de su “poder”, amenazaba con “escapársele de
entre las manos”. Por ello Vogt demostró que la misión de Europa consistía en
volver a ligar el “ejército” francés a Luis Bonaparte, por medio de una guerra
“localizada” en Italia. En 1858 el papel de Badinguet, como los parisienses
llaman irrespetuosamente al “sobrino de su tío”, en efecto, pareció tener un
final lamentable. La generalizada crisis comercial de 1857 a 1858 había paralizado
la industria francesa.52 Las maniobras gubernamentales destinadas a evitar la
declaración de una crisis aguda, hicieron que el mal se volviera crónico, de
modo que la paralización del comercio francés se prolongó hasta el estallido de
la guerra italiana. Por otra parte, entre 1857 y |221| 1859 los precios del
cereal bajaron tanto, que en varios congrés agricoles se expresó en alta voz la
queja de que la agricultura francesa se hacía imposible, debido a los precios
bajos y a los altos aranceles que pesaban sobre ella. El ridículo intento de
Luis Bonaparte de aumentar artificialmente los precios del cereal y un ukase
que debía imponer a todos los panaderos de Francia la instalación de graneros,
sirvió tan sólo para poner de manifiesto la desesperada situación en que se
debatía su gobierno.
La política externa del golpe de Estado reveló
únicamente una serie de desgraciados intentos de hacer el Napoleón: todos ellos
arranques que siempre eran rematados por retiradas públicas. Tales sus intrigas
contra los Estados Unidos de América, las maniobras para renovar el comercio de
esclavos, las melodramáticas amenazas a Inglaterra. Las osadías que por aquel
entonces Luis Bonaparte se permitía para con Suiza, Cerdeña, Portugal y Bélgica
—aun cuando en Bélgica ni siquiera le fue posible impedir la fortificación de
Amberes— servían tan solo para poner más claramente de relieve su fracaso
frente a las grandes potencias. En el parlamento inglés, Napoléon, le Petit se
había convertido en el lema constante y en sus artículos finales del año 1858
el Times perfiló al “hombre de acero” como a un “hombre de gutapercha”.
Entretanto las granadas de mano de Orsini relampagueaban sobre la situación
interna de Francia. Quedó demostrado que el régimen de Luis Bonaparte
continuaba siendo tan endeble como en los primeros días que siguieron al golpe
de Estado. Las Lois de Sureté Public —[leyes de seguridad pública]— revelaron
su completo aislamiento. Debió renunciar a sus propios generales. Francia,
suceso extraordinario por cierto, fue dividida de acuerdo a la costumbre española,
en cinco capitanías generales. Por medio de la implantación de la regencia,
Pelissier fue recono-|222|cido como la autoridad suprema de Francia. Por lo
demás el renovado terreur no impuso el miedo. En lugar de temible, el sobrino
holandés de la batalla de Austerlitz únicamente resultaba grotesco. En París,
Montalembert pudo jugar el papel de Hamden; Berryer y Dufaure pudieron revelar
en sus informes las esperanzas de la burguesía y Proudhon pudo proclamar el
Louis Philippismus con un acte additionel celebrado en Bruselas, mientras el
mismo Luis Bonaparte revelaba a toda Europa el creciente poderío de Marianne.
La insurrección de Châlons, durante la cual los oficiales al recibir la noticia
de la proclamación de la república en París, en lugar de atacar a los
insurgentes, se informaron primero con toda cautela en la prefectura, si
realmente había sido proclamada la república, demostró que hasta el ejército
consideraba que el
52 En
efecto, es la prosperidad industrial la que mantuvo por tanto tiempo el régimen
de Luis Bonaparte. La exportación francesa que, debido a los descubrimientos
hechos en Australia y California había llegado a duplicarse en el mercado
internacional, experimentó un auge hasta tanto jamás visto. Además la
revolución de febrero fracasó en última instancia, debido a Australia y
California.
Imperio restaurado no era más que una pantomima
cuya escena final se acercaba. Escandalosos duelos entre los osados oficiales
de París, simultáneos con escandalosas jugadas de Bolsa, en las que estaban
comprometidos los más altos dirigentes de la banda del 10 de diciembre. ¡La
caída del ministerio de Palmerston en Inglaterra debida a su alianza con
Bonaparte! ¡Finalmente un tesoro de Estado que únicamente puede volver a
llenarse por medio de subterfugios extraordinarios! Esta era la situación del
bas Empire a fines de 1858. O caía el Imperio de Brumario, o se ponía punto
final, dentro de los límites impuestos por los tratados de 1815, a la ridícula
farsa de un supuesto Imperio Napoleónico. Pero para eso hacía falta una guerra
localizada. Sólo la posibilidad de una guerra con Europa habría bastado por
aquel entonces, para provocar la explosión en Francia. Cualquier criatura podía
comprender lo que Horsman dijo en el parlamento inglés: “Sabemos que Francia
apoyará al Emperador mientras nuestros titubeos permitan que su política
externa resulte exitosa, pero tenemos motivos para |223| creer que lo
abandonará en cuanto le opongamos una decidida resistencia”. Todo dependía de
la localización de la guerra, es decir, de poder llevarla a cabo con el permiso
de las superiores autoridades europeas. La misma Francia debía ser preparada
previamente para la guerra por medio de una serie de fingidas negociaciones de
paz y su reiterado fracaso. Hasta Luis Bonaparte se había obcecado con ello.
Lord Cowley, el Embajador inglés en París, había ido a Viena llevando consigo
proposiciones concebidas por Luis Bonaparte y aprobadas por el gabinete
londinense (Derby). Allí —véase el Libro Azul citado más arriba— presionadas
por Inglaterra, las proposiciones fueron aceptadas de inmediato. Cowley acaba
de regresar a Londres portador de la “solución pacífica”, cuando a la capital
inglesa llegó de improviso la noticia de que Luis Bonaparte había renunciado a
sus propias proposiciones, entrando a formar parte de un congreso propuesto por
Rusia para castigar a Austria. Únicamente con la intervención de Rusia la
guerra se hacía posible. Si Rusia no hubiera necesitado de Luis Bonaparte para
la realización de sus planes —ya fuera para cumplirlos con Francia o para
convertir a Francia y a Austria en sus incondicionales servidores a
consecuencia de los golpes asestados por Francia— Luis Bonaparte habría caído.
Pero a pesar del secreto apoyo de Rusia y de las promesas de Palmerston que en
Compiègne había aprobado la conspiración de Plombières, todo dependía de la
actitud que asumiera Alemania, puesto que por una parte en Inglaterra aún
estaba en el poder el gabinete Tory y por otra la entonces callada rebelión de
Francia contra el régimen bonapartista habría estallado con el anuncio de una
próxima guerra europea.
El mismo Vogt revela que no cantó su Ludwigslied
—[canción de Ludovico]— por compasión a Italia, ni por temor al miedoso y
conservador despotismo de Austria, tan |224| brutal como torpe. Creyó en cambio
que si Austria, que, entiéndase bien, era obligada a declarar la guerra,
lograba vencer en Italia, en Francia sin duda estallaría la revolución, caería
el Imperio y se abriría un nuevo porvenir (pág. 131). Creía que “los ejércitos
austríacos acabarían por no poder oponerse al desencadenado furor del pueblo francés”
(lug. cit.), que “en la revolución de Francia, Italia y Hungría, las
victoriosas armas austríacas crearían por sí mismas el enemigo que habría de
aplastarlas”. Pero a él no le interesaba librar a Italia de Austria, sino el
poder esclavizar a Francia por Luis Bonaparte.
¿Hacen falta más pruebas aún para establecer que
Vogt era tan solo uno de los grotescos portavoces a través de los cuales el
grotesco ventrílocuo máximo de las Tullerías se hacía escuchar en todos los
idiomas?
Se recordará que en la época en que Luis Bonaparte
descubrió por primera vez que su misión era la de liberar a las Naciones en
general y en especial a Italia, Francia presentaba un cuadro inusitado en su
historia. Toda Europa se maravillaba ante la obcecada tenacidad con que
rechazaba las ideas napoleónicas. El entusiasmo con que hasta los chiens
savants —[los perros sabios]— del Corps Legislatif —[cuerpo legislador]—
recibieron las promesas de paz formuladas por Morny; las avinagradas notas con
que el Moniteur amonestaba a la Nación por sumergirse en los intereses
materiales o por su falta de espíritu patriótico y sus dudas con respecto al
talento guerrero de Badinguet y su sabiduría política; los tranquilizadores
mensajes oficiales dirigidos a todas las cámaras de comercio francesas; la
afirmación Imperial de que étudier une question n’est pas la creer —[estudiar
una cuestión no es crearla]— se mantienen aún en la memoria popular. Por aquel
entonces la prensa inglesa, sorprendida ante el extraordinario obstáculo a que
le tocaba asistir, estaba saturada de |225| bien intencionadas majaderías sobre
la pacífica transformación sufrida por la naturaleza de los franceses; la Bolsa
trataba la “guerra” o “no guerra” como un duelo entre Luis Bonaparte que la
deseaba y la Nación que no la quería y se hacían apuestas a quién vencería: la
Nación o el “sobrino de su tío”. Para describir la situación de aquel entonces,
citaré tan sólo unos pocos pasajes del London Economist, el que, en su calidad
de órgano de la City, de vaticinador de la guerra italiana y propiedad de
Wilson —el tesorero de la India recientemente fallecido, incondicional
instrumento de Palmerston— cobraba en aquellos momentos extraordinaria
importancia.
“Alarmado por la tremenda excitación provocada, el
gobierno francés ensaya ahora el sistema de apaciguamiento”. (Economista, 15 de
enero de 1859). En su número del 22 de enero de 1859 el Economista dice en un
artículo intitulado “Límites prácticos del poder imperial en Francia”:
“Cúmplanse o no los planes del Emperador referente
a una guerra con Italia, por lo menos es un hecho el que sus proyectos hallaron
una muy firme y sin duda inesperada oposición en la fría actitud con que fueron
recibidos por el plebiscito de Francia y la absoluta falta de simpatía con que
cuenta el plan Imperial… El Emperador propone la guerra y el pueblo francés
únicamente se muestra alarmado y descontento, los valores del Estado están
desvalorizados, el temor al cobrador de impuestos es capaz de extinguir la más
poderosa chispa de entusiasmo marcial y político, el sector comercial del país
está vencido por el pánico, los distritos rurales callan y se muestran
descontentos, de nuevas conscripciones y aranceles; por las mismas causas los
círculos políticos que más apoyaron el régimen Imperial como un pis aller
contra la anarquía, se declaran contrarios a la guerra. Es evidente que |226|
Luis Napoleón descubrió en todas las clases sociales una grande y profunda
oposición a la guerra y más aún, a una guerra con Italia, que no sospechaba
siquiera.53
A consecuencia de este plebiscito francés se
publicó la parte del panfleto original dentuesco que “en nombre del pueblo”
exigía a gritos que “de una buena vez por todas el Emperador ayudara a Francia
a alcanzar su majestuosa expansión desde los
53 Lord
Chelsea, que reemplazó a Lord Cowley durante su ausencia de París, escribe en
el Moniteur del 4 de marzo de 1859: “The oficial disavowal of all warlike
intentions on the part of the Emperor this imperal message of peace, has been
received BY ALL CLASES OF PARIS WITH FEELINGS of what may be called exultation”
(Nº 88 del Blue Book “On the affaite of Italy. January to May 1859”). “El
desmentido oficial de todas las intenciones, guerreras del Emperador; este
mensaje de paz ha sido recibido en París con calurosas muestras de entusiasmo
por todas las clases”.
Alpes al Rin” y que no continuara oponiéndose a la
“ambición guerrera” y al deseo de “Liberación nacional” del país. Vogt corea el
grito de los prostituidos de diciembre. En el mismo momento en que Europa se
maravilla ante la tenacidad con que Francia insiste en mantener la paz, Vogt
descubre que: “Hoy el ágil pueblo —[de los franceses]— aparece saturado de
apetitos guerreros” —págs. 25-30—, y que el señor Ludovico “se limita
únicamente a seguir la imperante corriente del tiempo”, que, precisamente, enfoca
la “independencia de las nacionalidades” [pág. 31]. Como es natural no creía
una sola sílaba de todo lo que escribía. En su “programa”, en el que instaba a
todos los demócratas a colaborar en su propaganda bonapartista, relata con lujo
de detalles que la guerra de Italia no gozaba de popularidad en Francia. “Para
empezar no creo que peligre el Rin; pero a continuación puede producirse una
guerra, allí o en Inglaterra, acontecimiento que hará que Luis Bonaparte logre
hacerse |227|
popular; la guerra en Italia carece de esta
popularidad” (pág. 34. Documentos, Libro Mayor).54
Si bien una parte del panfleto original de Dentu
trataba de despertar de su “letargo de paz” a la Nación francesa por medio de
los tradicionales fantasmas de conquista, haciéndole repetir los deseos
personales de Luis Bonaparte, la otra, encabezada por el Moniteur, debía
convencer a Alemania delante de todos, de la antipatía del Emperador por la
conquista de otros países y de su misión a cumplir en calidad de Mesías
liberador de nacionalidades. Por un lado, las pruebas de carácter generoso de
su política y por el otro, las de su tendencia a liberar nacionalidades, son
fáciles de recordar de memoria, puesto que son constantemente repetidas y giran
tan sólo alrededor de dos ejes. Como prueba de la generosidad de la política
decembrista: la guerra de Crimea. Como prueba de la tendencia a liberar
nacionalidades: el Coronel Couza y la nacionalidad rumana. Era el Moniteur a
quien en esto le tocaba dar el tono (Véase el Moniteur del 15 de marzo de 1859
dedicado a la guerra de Crimea). El Moniteur del 10 de abril de 1859 dice
refiriéndose a la nacionalidad rumana: “En Alemania como en Italia, Francia
quiere que las nacionalidades reconocidas por los tratados se mantengan y
refuercen por sí mismas. En los principados del Danubio el Emperador ha tratado
de colaborar para que triunfaran los legítimos deseos de di-|228|chas
provincias y satisfacer así también en esta parte de Europa, el orden fundado
sobre los intereses nacionales”. Véase el panfleto aparecido en Dentu a
principios de 1859: “Napoléon III et la Question Romaine” [Napoleón III y la
cuestión romana]. Refiriéndose a la guerra de Crimea: “Y finalmente, ¿qué
compensación exigió Francia por la sangre vertida y los millones gastados en
Oriente en provecho de un interés exclusivamente europeo?” (pág. 13, La Vraie Question,
París, Dentu, 1859). Este mismo tema, desarrollado en innumerables variantes,
fue traducido por Vogt al alemán con tanto acierto, que E. About, la
parlanchina urraca del Bonapartismo, parece haber vuelto a vertir al francés la
traducción alemana de Vogt. Véase La Prusse en 1860. También aquí vuelve a
perseguirnos la guerra de Crimea y la nacionalidad rumana bajo el régimen del
coronel Couza.
54 Nota
bene: En sus Ensayos repite con el Moniteur y el panfleto original de Dentu,
“que es un extraño capricho del destino, el que obliga a ese hombre —[Luis
Bonaparte]— a ponerse en primera línea como libertador de las nacionalidades
(pág. 35) “de modo que es preciso conceder su colaboración a esa política,
mientras la misma se mantenga sujeta a los límites prescriptos por la
liberación de las nacionalidades” y “esperar a que dicha liberación haya sido
llevada a cabo por ese hombre predestinado” (pág. 36). “Podemos y debemos
advertir el peligro que significa para todos un colaborador semejante” (pág.
34, Documentos, Libro Mayor).
“Pero por lo menos sabemos —[así repite Vogt lo
publicado por el Moniteur y el panfleto original de Dentu]— que en Crimea,
Francia no conquistó un solo palmo de terreno y que después de esa victoriosa
campaña, el tío no se habría conformado con los magros resultados de la
superioridad constituida en el arte de la guerra” (Ensayos, pág. 33). “En esto
se advierte una diferencia esencial de la vieja política napoleónica” (lug.
cit.).55
|229| ¡Cómo si Vogt tuviera que demostrarnos que
Napoléon le Petit no es el verdadero Napoleón! Con idéntico derecho Vogt habría
podido predecir en 1851, en la época de la aventura de Strassburgo, la
expedición a Boulogne y la majadera revista de Sartori, que el sobrino, que
nada tuvo que objetar a la campaña de Italia y la expedición a Egipto, jamás
habría po-|230|dido imitar el diez y ocho de Brumario y mucho menos aún que
alguna vez llegara a ceñir una corona Imperial. Por cierto que ello “se diferenciaba
esencialmente de la vieja política napoleónica”. Era muy distinto hacer la
guerra con el permiso de una coalición europea a una coalición europea.
La “gloriosa campaña de Crimea”, en la que Francia,
Inglaterra, Turquía y Cerdeña unidas “conquistaron” después de dos años de
lucha la mitad de una fortificación rusa, ganándoles Rusia en cambio toda una
fortificación turca —Kars— viéndose además obligados, al tratarse la paz en el
congreso de París, a pedir
55 “Napoléon
le petit” ha copiado también del Napoleón auténtico la frase de la liberación
de las nacionalidades. Por ejemplo, en mayo de 1809, Napoleón dio una proclama
dirigida desde Schönbrunn a los húngaros, en la que, entre otras cosas dice:
"¡Húngaros!… Yo nada os pido. Únicamente deseo veros convertidos en una
nación libre e independiente. Vuestra unión con Austria fue vuestra desgracia”,
etc. El 16 de mayo de 1797, Bonaparte cerró un trato con la República
Veneciana, cuyo primer artículo rezaba: “En lo sucesivo reinará la paz y el
mutuo acuerdo entre Francia y la República Veneciana”. Tres días después revela
al Directorio francés los fines por él perseguidos con este tratado de paz, por
medio de un despacho secreto que comienza con las siguientes palabras: “Con
esto reciben ustedes el tratado que he firmado con la República Veneciana y de
acuerdo al cual, el general Baraguay d’Hilliers ocupó la ciudad con 16.000
hombres. Con este tratado de paz yo perseguía varios fines”. Como último de los
mismos cita: “…atemperar todo lo que pueda decirse en Europa, ya que ahora
nuestra ocupación de Venecia tendrá la apariencia de ser únicamente una
operación pasajera que habría sido ávidamente reclamada por los venecianos”.
Otros dos días después, el 26 de mayo, Bonaparte le escribe a la Municipalidad
de Venecia: “El tratado concertado en Milán puede ser firmado entretanto por la
Municipalidad — los artículos secretos deberán ser firmados por tres de sus
miembros. Haré siempre todo lo que esté a mi alcance para probaros que es mi
deseo el consolidar vuestras libertades y ver que la desgraciada Italia ocupa
por fin el lugar que le está destinado en el gran teatro del mundo, libre e
independiente de todo extranjero”. Algunos días más tarde le escribe al general
Baraguay d’Hilliers: "Al recibo de esta preséntese al gobierno provisional
de Venecia y explíquele que, de acuerdo con los principales que actualmente
unen a las repúblicas francesa y veneciana y con la inmediata defensa que la
república francesa brinda a la veneciana, es absolutamente necesario que el
poderío naval de la república sea puesto en condiciones de imponer respeto. Con
este pretexto usted se apoderará de todo, tratando simultáneamente de mantener
buenas relaciones con los venecianos y —[hablando siempre en nombre de
Venecia]— tratar de obtener para nosotros los servicios de todos los marinos de
la república. En una palabra: usted deberá arreglárselas de manera que pueda
transportar a Tolón todas las reservas de la marina y los buques fondeados en
el puerto de Venecia. De acuerdo a uno de los artículos secretos del tratado,
los venecianos están obligados a entregar a la República francesa reservas de
marina por valor de tres millones para la marina de Tolón, pero mi propósito es
obtener para la república francesa todos los barcos venecianos y las reservas
de marina para beneficiar a la de Tolón” (Ver Correspondence secréte et
confidencielle de Napoléon. 7 vols. París 1817) — [Correspondencia secreta y
confidencial de Napoleón, etc.]. Estas órdenes fueron cumplidas al pie de la
letra; apenas Venecia se vio despojada de todos sus barcos y recursos navales,
Napoleón entregó sin el menor titubeo al despótico yugo austríaco, su nuevo
aliado, la liberada república veneciana, a la que había jurado solemnemente defender
de cualquier peligro.
humildemente al enemigo, que le concediera “el
permiso” para poder transportar sin ser molestadas, sus tropas de vuelta a
casa, resultó ser, como lo fue en efecto, todo menos “napoleónica”. Es gloriosa
únicamente en la novela de Bazancourt. Pero la guerra de Crimea demostró otras
muchas cosas más. Luis Bonaparte traicionó a su supuesta aliada —Turquía— para
obtener la alianza del supuesto enemigo. La primera victoria de la paz
concertada en París fue el sacrificio de la “Nacionalidad Circasiana” y la expulsión,
por parte de Rusia, de los “tártaros de Crimea” como también la anulación de
las esperanzas nacionales que los polacos y suecos habían depositado en la
realización de una cruzada de la Europa occidental contra Rusia. Otra
consecuencia de la guerra de Crimea: Luis Bonaparte no debía llevar a cabo otra
guerra de Crimea, perdiendo un viejo ejército y adquiriendo una nueva deuda de
Estado, a cambio de la certidumbre de que Francia era lo suficientemente rica
de payer sa propre gloire — [como para pagarse su propia gloria]—; de que el
nombre de Luis Napoleón figurara en un tratado europeo; y que de acuerdo a los
calificativos de “la prensa conservadora y dinástica de Europa” se reconocieran
unánimemente “las cualidades del regente y la sabiduría y moderación del
Emperador” —(pág. 32)— y de |231| que por aquel entonces toda Europa le
tributara los honores correspondientes a un Napoleón auténtico, con la
condición expresa de que, al igual de Luis Felipe, Luis Napoleón Bonaparte
guardara juiciosamente los “límites de la razón práctica”, es decir, de los
tratados de 1815, no olvidando por un solo instante la fina línea divisoria que
separa el bufón del héroe que representa. Las combinaciones políticas, los
potentados y las condiciones sociales que hicieron posible el papel de un
Napoleón para el jefe de la banda de diciembre, pertenecen, en efecto,
primeramente en Francia y luego fuera del territorio francés, a su época y no a
los anales de la gran revolución francesa.
“Por lo menos es, en efecto, un hecho el que de
acuerdo a lo convenido, la actual política francesa satisfizo en Oriente las
aspiraciones de una nacionalidad —[la rumana]—. (Ensayos, págs. 34-35).
Según lo ya mencionado, Couza reserva su cargo para
algún gobernante o vasallo ruso. En el mapa L’Europe en 1860, un Gran Duque de
Mecklenburgo figura en calidad de vasallo. Naturalmente Rusia concedía a Luis
Bonaparte todos los honneurs de esta emancipación rumana, aprovechando
entretanto para sí todas las ventajas de la misma. Austria se oponía a sus
otras intenciones benévolas. Por lo tanto, la guerra de Italia había convertido
en un instrumento propio el obstáculo presentado por Austria.
Ya durante el año 1858 el ventrílocuo de las
Tullerías cantaba a través de una de sus innumerables bocinas el refrán de la
“nacionalidad rumana”. Por eso, el 20 de noviembre de 1858, una de las
autoridades de Vogt, el señor Kossuth, ya pudo responder a una conferencia
leída en Glaskow: “Valaquia y Moldavia obtendrán una constitución
convenientemente empollada en la cueva de la diplomacia secreta… En realidad
|232| no es ni más ni menos que una póliza, que le permite a Rusia disponer
libremente de los principados del Danubio” [It is in reality no more nor lees
than a vharter granted to Russia for the purpose of disposing of the
Principalities].
Por lo tanto en los principados del Danubio Luis
Bonaparte abusó del mismo modo del “principio de nacionalidad” a fin de
disfrazar su entrega a Rusia, como en 1848-1849, el gobierno austríaco abusó
del “principio de nacionalidad” para estrangular las revoluciones magiar y
alemana por medio de los serbios, eslovanios, croatas, valacos, etc.
El pueblo rumano —y de eso se ocupan exclusivamente
el cónsul ruso en Bucarest y los intereses de la chusma boyardo-moldava-valaca,
cuya mayoría ni siquiera resulta ser rumana, sino un abigarrado mosaico
compuesto de aventureros llegados desde el extranjero, una especie de banda
decembrista oriental— el pueblo rumano continúa soportando la esclavitud más
espantosa, como únicamente son capaces de organizaría los rusos por medio de un
reglement organique —[reglamento orgánico]—, y a la que tan sólo un demi-monde
oriental puede mantener en pie.
Vogt dice para adornar con su propia elocuencia la
ciencia que ha bebido en las fuentes originales de Dentu:
“En el Sud, Austria ya tiene de sobra con un
Piamonte; no necesita otro en Oriente” (lug. cit., pág. 64).
Piamonte se anexa territorios italianos. ¿De modo
que los principados del Danubio y el pacífico país turco se anexan territorios
rumanos? ¿Quiere decir que conquistan para sí la Besarabia rusa, Transilvania,
el Banato de Temesvar y la Bucovina de Austria? Vogt no sólo olvida el “Zar
benevolente”. Olvida también que en 1848-1849 Hungría en modo alguno parecía
estar dispuesta a dejar que esos territorios más o menos rumanos fueran
separados de ella, respondiendo con |233| la espada desenvainada a sus demandas
de auxilio, y que fue más bien Austria la que publicó contra Hungría esa clase
de “propaganda de principios nacionalistas”.
La sabiduría histórica de sus Ensayos vuelve a
relucir con todo su fulgor cuando Vogt, recordando a medias un panfleto que ha
hojeado distraídamente, “deriva” tranquilamente: “La desgraciada situación de
los principados… del corrompido veneno de los griegos y fanariotas” (lug. cit.,
pág. 63).
No sospechaba siquiera que los Fanariotas, llamados
así según el nombre de un barrio de Constantinopla, son aquellos mismos Griegos
que desde el siglo XVIII habitaron bajo protectorado ruso los principados del
Danubio. Son, en parte, los decembristas de los Limondii —[vendedores de
limones de Constantinopla]— que, cumpliendo órdenes rusas, se dedican ahora a
hacer “nacionalidad rumana”.
Mientras el ángel blanco del Norte avanza desde el
Oeste para aniquilar las nacionalidades en homenaje a la raza eslava, el ángel
blanco del Sud avanza por el lado contrario, en su calidad de abanderado del
principio nacional y “es preciso esperar” a que, gracias a este hombre
predestinado se haya producido la liberación de las nacionalidades —[Ensayos,
pág. 36]—. Mientras se realizan estas operaciones combinadas en íntima
concordancia por los dos ángeles y los dos “más grandes enemigos de la unidad
alemana” —[Ensayos, 2ª edición, Epílogo, pág. 154]— ¿cuál es el papel que el
Reichs-Vogt, el gobernador Imperial, quien, a pesar de no ser un “Augusto del
Imperio”, destina a Alemania?
“Aún el más miope —[afirma Vogt]— tendrá que
comprender ahora que el gobierno de Prusia actúa de común acuerdo |234| con el
gobierno Imperial de Francia; que Prusia no sólo desenvainará su espada para
defender las provincias extraalemanas de Austria” —incluidas lógicamente
Bohemia y Moravia—; y que dará su consentimiento para que se tomen las medidas
relacionadas con la defensa del territorio federal” —con excepción de sus
provincias “extraalemanas”, pero que por lo demás impediría toda participación
de la federación o de asilados integrantes de la misma para luego, durante las
posteriores negociaciones de paz, obtener en
recompensa por sus esfuerzos, las tierras bajas del
Norte de Alemania (Ensayos, 1ª edición, págs. 18-19).
Vogt, al publicar, aún antes de declararse la
guerra contra Austria, el secreto que le ha sido confiado por las Tullerías, de
que Prusia “actuaba de acuerdo a un trato secreto” convenido con “el enemigo
externo de Alemania” que “pagaría su deuda entregando las tierras bajas del
Norte de Alemania”, proporciona a Prusia el mejor anticipo para el logro de sus
supuestos fines. Despierta la desconfianza de los demás gobiernos alemanes
contra las aspiraciones neutralizadoras de Prusia, como también contra sus preparativos
militares y sus pretensiones de ejercer el comando superior durante el
transcurso de la guerra. “Sea cual fuere el camino —[así dice Vogt]— que
Alemania deba seguir durante la crisis actual, no cabe duda de que, considerada
en su totalidad, es preciso que siga con todas sus energías un camino
determinado, mientras el malhadado congreso federal, etc., etc.” (pág. 96). La
divulgación de la idea, de que Prusia recorre su camino “del brazo con su
enemigo exterior” para llegar a la asimilación de las tierras bajas del Norte
alemán, probablemente estaba destinada a implantar la unidad que faltaba en el
congreso federal. Se recuerda especialmente a Sajonia, a la que una vez más
Prusia “despojó de algunas de sus más hermosas provincias” (pág. 92). Se de-|235|nuncia
“la compra del territorio del Jade” (pág. 15). Holstein debía constituir el
precio de la colaboración de Prusia en la guerra turca, cuando el tristemente
célebre robo de los despachos oficiales dio otro giro a las negociaciones”
(pág. 15). “Mecklenburgo, Hanóver, Oldemburgo, Holstein y todo lo que aún
cuelga… Estos Estados hermanos constituyen el cebo del que Prusia —[y por
cierto que aprovechando “cualquier oportunidad que se le presente”]— “trata de
apoderarse ávidamente” (págs. 14-15) y con el que, según nos lo revela Vogt, en
esta ocasión ha sido clavada por Luis Bonaparte. Prusia, por su lado debe y
tiene que alcanzar de acuerdo a un “convenio secreto” con Bonaparte la costa
del mar del Norte y del mar Báltico a expensas de sus hermanos alemanes” (pág.
14). Por el otro, “Prusia recién obtendrá una frontera natural una vez que la
hidrográfica línea divisoria del Erz y Fichtelgebirge se haya prolongado a
través del blanco Meno, y la del Meno, hasta Maguncia” (pág. 93). ¡Fronteras
naturales en medio de Alemania! ¡Y sobre todo formadas por una línea divisoria
hidrográfica que atraviesa un río! Son estos los descubrimientos en el terreno
de la descripción física de la tierra, a las que también se suma el canal
surgente —ver Libro Mayor—, que ponen a “la naturaleza redondeada” en un mismo
plano con A. von Humbold. Mientras predica a la federación alemana una tal
confianza en la dirección prusiana, Vogt, descontento con la “vieja rivalidad
entre Prusia y Austria en territorio alemán”, etc., inventa simultáneamente una
rivalidad entre ambas “tantas veces manifestada en territorio extraeuropeo”
(pág. 20). Probablemente ese territorio extraeuropeo se encuentre en la Luna.
Vogt en efecto traduce en palabras el mapa
publicado por el gobierno francés en 1858, l’Europe en 1860. En el mismo,
Hanóver, Mecklenburgo, Brunswick, Holstein, Kurhessen, |236| amén de Waldeck,
Anhalt, Lippe, etc, aparecen anexadas a Prusia, mientras L’Empereur des
français conserve ses (¡!) limites actuelles —[el Emperador de los franceses
conserva sus límites actuales]— “Prusia hasta el Meno” es también el lema de la
diplomacia rusa (Ver por ejemplo el ya citado Memorándum de 1837). A un Norte
alemán prusiano se enfrentaría un Sud alemán austríaco, separados ambos por las
fronteras naturales de la tradición, religión, dialecto y diferencia de casta;
la
división de Alemania quedaría completada con la
simplificación de sus contrarios y declarándose con ello una permanente guerra
de los treinta años.
De acuerdo a la primera edición de los Ensayos,
Prusia debía obtener esa paga por sus “esfuerzos” para mantener encerrada en su
vaina durante la guerra, la espada de la confederación alemana. Es que en los
Ensayos de Vogt, como también en el mapa francés de l’Europe en 1860, no es
Luis Bonaparte, sino Prusia quien busca y encuentra en la guerra de Francia
contra Austria, la ampliación del territorio y sus fronteras naturales.
Aunque recién en el epílogo de la segunda edición
de sus Ensayos, aparecida durante la guerra franco-austríaca, Vogt revela cuál
es la verdadera misión de Prusia. Deberá iniciar una GUERRA CIVIL —[ver segunda
edición, pág. 152]—, para fundar un “poder central unificado” —[pág. 158]—
destinado a asimilar a Alemania a la monarquía prusiana. Mientras Rusia avanza
por Oriente y Austria se ve paralizada en Italia por Luis Bonaparte, Prusia
habrá de iniciar en Alemania una guerra civil dinástica. Vogt garantiza al
príncipe regente que “la guerra actualmente” declarada en Italia, “requerirá
para sí por lo menos todo el año 1859, mientras que la unidad de Alemania
instituida en un gesto de decisión rápida, no costaría tantas semanas como
meses exigiría la campaña italiana” (pág. |237| 155). ¡En Alemania la guerra
civil costaría tan sólo semanas! Aparte de las tropas austríacas que, según lo
cuenta el mismo Vogt, con o sin guerra italiana habrían marchado de inmediato
sobre Prusia, se tropieza con la oposición de “Baviera… completamente sometida
a la influencia austríaca” (Ensayos. Primera edición, pág. 90) de Sajonia, que
en primer lugar se vería amenazada y que por lo demás, no tendría mayores
motivos para reprimir “su simpatía por Austria” — [pág. 93]—; de “Würtenberg,
Hessen-Darmstart y Hanóver”… —[pág. 94]— resumiendo, de las “nueve décimas
partes” —[pág. 16]— de los “gobiernos alemanes”. Y estos gobiernos, como Vogt
continúa demostrándonos, en modo alguno perderían terreno en una “guerra civil”
dinástica como esa, sobre todo, si la misma es emprendida por Prusia en una
época en que “Alemania se ve amenazada por sus dos más grandes enemigos
externos”. En Baden “la corte” —[así dice Vogt]—, “acompañará a Prusia, pero no
cabe duda de que el pueblo no se adherirá a estas simpatías abrigadas por las
familias reales. Brisgovia, lo mismo que la Alta Suabia, continúa más
fuertemente ligada aún de lo que pudiera esperarse tras una separación tan
prolongada, al Emperador y al Imperio por los múltiples lazos de la simpatía y
religión, por los viejos recuerdos de la Austria anterior y a la que otrora
había pertenecido”. (págs. 93-94). “Exceptuando Mecklenburgo” y “quizá” también
a Kurhessen, “en el Norte de Alemania, impera la desconfianza a la teoría de
abandono y cierta contenida complacencia para con Prusia. El instintivo
sentimiento de rechazo y hasta de odio que el Sud de Alemania abriga para con
Prusia… tampoco ese sentimiento ha podido acallar todo el clamor y enfático
griterío del partido imperialista. Está vivo en el pueblo y ningún gobierno,
aun suponiendo que fuera el badense, podrá sustraerse a él por mucho tiempo.
Por lo |238| tanto Prusia no goza de verdaderas simpatías en sector alguno del
pueblo de Alemania, ni tampoco en los gobiernos de la federación alemana” (pág.
2).
Así dice Vogt. Y precisamente por eso, de acuerdo a
ese mismo Vogt, una “guerra civil” dinástica, organizada por prusianos en
“acuerdo secreto” con “los dos más grandes enemigos externos de Alemania”,
únicamente habría costado algunas pocas “semanas”. Pero aún no basta, “la vieja
Prusia está del lado del gobierno — Renania y
Westfalia se pliegan a la Austria católica. Si el
movimiento popular de allí no logra poner el gobierno del lado de Austria,
entonces la consecuencia más inmediata será que volverá a abrirse el abismo que
separa a las dos partes de la monarquía” (pág. 20). Sí, como dice Vogt, la
simple abstención de Prusia de actuar a favor de Austria bastará para reabrir
el abismo que separa la Renania y Westfalia de la vieja Prusia, entonces, de
acuerdo a ese mismo Vogt, una “guerra civil” emprendida por Prusia a fin de excluir
a Austria de Alemania, tendría que separar por completo la Renania y Westfalia
de Prusia. “¿Pero qué puede importarle Alemania a esos papistas?” Renania y
Westfalia son ultramontanas católico romanas, pero no son países auténticamente
alemanes. Por lo tanto deberán ser excluidas del territorio federal, tal como
Bohemia y Moravia. Y la guerra civil dinástica que Vogt recomienda a los
prusianos debía apresurar este proceso eliminatorio. En efecto, tal como en el
mapa publicado en 1858 por el gobierno francés, l’Europe en 1860 y que a Vogt
le servía de brújula para guiar sus Ensayos, Egipto aparecía anexado a Austria,
así también la provincia renana lo estaba a Bélgica por considerársela
territorio de nacionalidad católica —fórmula irónica por cierto, para lograr la
anexión de Bélgica y la provincia renana a Francia. El que Vogt vaya más lejos
aún que el mapa del gobierno francés |239| y que también entregue la Westfalia
católica en dicha transacción, se explica a través de las “relaciones
científicas” que el fugitivo regente imperial mantiene con Plon-Plon, el hijo
del ex rey de Westfalia.
En resumen: por un lado Luis Bonaparte permitirá a
Rusia extender sus brazos desde Posen hasta Bohemia y por sobre Hungría hasta
Turquía; por el otro obtendrá por las armas en la frontera francesa, una Italia
independiente y unida y todo ello… pour le roi de Prusse —[para el rey de
Prusia]—; todo para que Prusia tenga oportunidad de cobijar bajo su sombrero a
Alemania por medio de una guerra civil y “defender” para siempre “del poderío
de Francia las provincias renanas” (pág. 121).
“Pero ya que se dice que el territorio federal está
en peligro, que amenaza el enemigo mortal y que su meta es el Rin, defiéndasele
y defiéndase el territorio federal” —[pág. 105]—, y sobre todo, defiéndase el
territorio federal, entregando Bohemia y Moravia a Rusia, y defiéndase el Rin,
iniciando una “guerra civil” alemana que, entre otras cosas, está destinada a
desprender la Renania y Westfalia de Prusia. “Pero —[se dice]— Luis Napoleón
quiere saciar de cualquier manera la napoleónica avidez de territorio. Sin
embargo no lo creemos así; tenemos ante nosotros el ejemplo de la campaña de
Crimea” (pág. 129). Fuera de su incredulidad con respecto a la napoleónica sed
de territorio y su fe en la campaña de Crimea, Vogt dispone aún de otro
argumento más. Siguiendo el ejemplo de los gastos de Kilkenny, en Italia los
austríacos y franceses no dejarán de arañarse hasta que sólo queden las colas.
“Será una guerra terriblemente sangrienta, tenaz y, acaso también, indefinida”,
(pág. 127-128). “Sólo recurriendo a todas sus fuerzas, Francia y Piamonte
obtendrán la victoria y pasarán décadas antes de que logren reponerse de este
esfuerzo ani-|240|quilador” (pág. 129). Esta perspectiva de la duración de la
guerra vence a sus contrincantes. El método por el que Vogt prolonga en Italia
la resistencia de Austria a las armas francesas, paralizando la agresividad de
Francia, resulta en efecto muy original. Por un lado los franceses obtienen
carte blanche —[carta blanca]— en Italia; por el otro se le permite al “Zar
benevolente” que con sus maniobras en Galizia Hungría, Moravia y Bohemia,
“Mantenga una importante parte de las fuerzas bélicas de Austria en aquellos
sectores de la monarquía que están expuestas a un ataque ruso o son
accesibles a las actividades rusas”, por medio de
actividades revolucionarias en el interior y manifestaciones militares en las
fronteras (pág. 111). Finalmente, Austria, obligada por una “guerra civil”
dinástica, iniciada simultáneamente por Francia en Alemania se ve forzada a
retirar sus fuerzas de Italia para conservar sus territorios alemanes. Claro
está que en estas circunstancias Francisco José y Luis Bonaparte no podrán
firmar la paz de Campo Formio, sino… “deberán desangrarse ambos en Italia”.
En Oriente, Austria no le hará concesiones al “Zar
benevolente”, ni aceptará la indemnización en Serbia y Bosnia ofrecida tiempos
atrás, ni tampoco garantizará a Francia las provincias renanas ni atacará a
Prusia en colaboración con Rusia y Francia. ¡De ninguna manera! Insistirá en
“desangrarse en Italia”. En todo caso el "hombre predestinado” de Vogt,
sintiéndose moralmente ofendido, rechazaría una semejante indemnización del
Rin. Vogt sabe que “la política externa del actual Imperio, sólo tiene un único
principio, el de la auto-conservación” (pág. 31). Sabe que Luis Bonaparte tan
sólo “persigue una única idea, la de mantenerse en dicho poder” sobre Francia
(pág. 29). Sabe que la guerra con Italia “no le da popularidad” a él y a su
dinastía. Dice por lo tanto: “En |241| efecto las provincias renanas son una
ambición predilectas del Chauvin francés y es posible que si se llegara a
ahondar la cuestión, únicamente se encontraría una pequeña minoría de la nación
que en su corazón no abrigara este deseo” (pág. 121). Por otra parte los
“comprensivos de Francia” —[de ahí probablemente también el vogtiano “hombre
predestinado de la astucia viperina”]— saben que la esperanza de que esto se
convierta en realidad” —[es decir la conquista por Francia de la frontera natural
formada por el Rin]— “únicamente podrá persistir, mientras Alemania continúe
dividida en treinta y cuatro gobiernos distintos. Dejad que exista una Alemania
verdadera con intereses homogéneos y una organización firme, y la frontera
renana estará asegurada para siempre” (pág. 121). Precisamente por esto Luis
Bonaparte, que en Villafranca le ofreciera al Emperador alemán la Lombardía a
cambio de la garantía de las provincias renanas —[véase la declaración de
Kinglake en la Cámara de los Comunes del 12 de junio de 1860]— habría rechazado
indignado el ofrecimiento de Austria, que comprendía las provincias renanas a
cambio de la ayuda francesa en su guerra contra Prusia.
Tampoco las dentuescas fuentes originales de Vogt
se limitaban a poner de manifiesto sus románticos sentimientos en pro de la
unificación de una Alemania gobernada por Prusia:56 es sabido que rechazaban
con moderado énfasis cualquier |242| alusión a las codiciadas provincias
renanas. “¡El Rin!… ¿Qué es el Rin?… Una frontera. Muy pronto las fronteras
serán anacronismos” (pág. 36, La foi des Traités,
56 “La
Prusse est l’espoir d’Allemagne… l’espric allemand a son centre a Berlín…
l’esprit allemand cherche l’unité de son corps, la vérité de la Confédération.
C’est par cet entrainement que s’éleve la Prusse… D’ou vient-íl que, l’orsque
l'Italie redame l’intégrité, l’unité national, ce que l'Allemagne désire,
celle-ci favorise l’Autriche, negation vivante de toute nationalité?... C’est
que la Prusse n’est pas encore la tête; c’est que la tête est l’Autriche qui,
pesant avec ces torces héterogenes sur l’Allemagne politique, l’entraine a des
contradictions avec l’Allemagne véritable” (página 34, La Fois des Traités,
etc.). [Prusia es la esperanza de Alemania… el espíritu alemán tiene su centro
en Berlín… el espíritu alemán busca la unificación de su cuerpo, la verdad de
la confederación. Es por este impulso que Prusia se levanta… ¿A qué se debe el
que Italia, al reclamar la integridad y la unidad nacional deseada por
Alemania, ésta favorezca a Austria, negación viva de toda nacionalidad?... Es
que Prusia aún no es la cabeza; es que Austria es la cabeza que, pasando con
sus heterogéneas fuerzas sobre la Alemania política, la arrastra a
contradicciones con la Alemania verdadera] (La verdadera cuestión)
etc. París 1859) [La fe de los tratados].57 En el
Imperio milenario a fundarse por Badinguet sobre la base del principio de la
nacionalidad ¿quién pensará en hablar de la frontera renana y de fronteras en
general? ¿Acaso Francia estipula indemnizaciones por los sacrificios que está
dispuesta a hacer en pro de finalidades justas, de influencias justicieras y
beneficiosas para el equilibrio europeo? ¿Exige la margen izquierda del Rin?
¿Acaso manifiesta la más mínima pretensión a la posesión de Saboya y al condado
de Niza? La Vraie Question, etc. París 1859, pág. 13 [La verdadera cuestión].58
¡El renacimiento de Francia a Saboya y Niza como prueba de su renunciamiento al
Rin! Esto no fue traducido al alemán por Vogt.
Antes del comienzo de la guerra era de una
importancia decisiva para Luis Bonaparte —suponiendo que no lograría atraer a
Prusia hacía un tratado— hacer creer, al menos a la federación alemana, que lo
había logrado. En la primera edición de sus Ensayos Vogt intenta divulgar esta
creencia. Durante la guerra el impulsar a Prusia a dar pasos que acaso |243|
pudieran proporcionar a Austria pruebas auténticas o falsas de un tal convenio,
cobraba para Luis Bonaparte una importancia mucho mayor aún. Debido a ello Vogt
invita en un prólogo incluido en la segunda edición de los Ensayos aparecida
durante dicha guerra, a conquistar a Alemania e iniciar una “guerra civil
dinástica”, de la que en el texto del libro demuestra que será “sangrienta,
obcecada y acaso resulte indefinida”, costando por lo menos la pérdida de
Westfalia y Renania, afirmando, sin embargo, en el epílogo del libro, que la
misma “apenas duraría algunas semanas”. Pero, en efecto, la voz de Vogt no es
comparable al canto de las sirenas. Luis Bonaparte, apoyado en su majadería por
Botlle-holder Palmerston, se vio precisado a presentar en Villafranca a
Francisco José proposiciones prusianas que él mismo había redactado; Austria
debió convertir las modestas pretensiones prusianas referentes a la dirección
militar de Alemania en un pretexto de paz,59 del que Luis Bonaparte tuvo que
presentar excusas ante Francia, alegando que la guerra de Italia amenazaba
convertirse en una guerra general, “generadora de la unidad alemana,
cumpliéndose con ello una obra, cuyo fracaso había sido siempre el objeto
perseguido por la política francesa desde la época de Francisco I”.60
57 “Le Rhin… Qu'est ce que c'est le Rhin? Une
frontiete. Les frontieres seront bientót des anachronismes” (pág. 36).
58 La France
stipule-t-elle des dédomagements pour les sacririces qu’elle est préte a faite
dans un hut d’equité, de juste influence, et dans l’intétet de l’équilibre
européen? Demande-t-elle la rive gauche du Rhin? Eléve-t-elle méme des
prétensions sur la Savoie et sur le Comté de Nice? (pág. 13, La Vraie Question,
etc.).
59 El Diario
de Praga publicó algunos días después del tratado de paz de Villafranca, la
siguiente declaración oficial: “Esta protesta —[la protesta de Prusia para
hacerse cargo del comando superior del ejército federal bajo el control
federal]— demuestra claramente que Prusia ambiciona la hegemonía en Alemania,
es decir, la exclusión de Austria de Alemania. Puesto que la infiel Lombardía
resulta infinitamente menos valiosa que el sostenimiento de nuestra posición en
Alemania, la entregamos, con tal de obtener la paz que, debido a la actitud de
Prusia se había convertido para nosotros en una necesidad imperiosa”.
60 El
Galigmani's Messenger de París que únicamente por excepción y cumpliendo
órdenes oficiales publica artículos de fondo, dice en su número del 21 de julio
de 1859: “To give another province to the King of Piedmont, it WOULD NOT ONLY
HAVE BEEN NECESSARY to support a war against two-thirds of Europe, but GERMAN
UNITY WOULD HAVE BEEN REALISED, and a Work thus accomplished, which ever since
the time of Francis I it has been the object of French policy to prevent”.
El periódico oficial de Plon Plon la Opinion
Nationale, dice en un artículo del 8 de julio de 1860: “Ha pasado el día de la
reivindicación por la fuerza. Para ello el Emperador está dotado de un tacto
demasiado fino, de una intuición demasiado acertada con respecto a la tendencia
seguida por la opinión
|244| Una vez que con la guerra italiana Francia se
hubo adjudicado Saboya y Niza y con ellas, una posición que para la
eventualidad de una guerra renana significaba mucho más que todo un ejército,
“la unidad alemana bajo la hegemonía prusiana” y “la entrega de la margen
izquierda del Rin a Francia”, se convirtieron en grandezas factibles en el
cálculo de posibilidades del 2 de diciembre. El mapa publicado en 1858 L’Europe
en 1860, fue traducido por el mapa publicado en 1860, l’Europe pacifiée —[la
Europa pacificada]— y en el que Egipto no continúa siendo adjudicado a Austria,
anexándose en cambio a Francia, las provincias renanas amén de Bélgica, en
reemplazo de “las llanuras nórdicas” destinadas a Prusia.61
|245| Finalmente Persigny declara oficialmente en
Étienne, que “en beneficio del equilibrio europeo” toda nueva centralización de
Alemania exige el avance de Francia hacia el Rin. Pero el grotesco ventrílocuo
de las Tullerías jamás habló de manera más desvergonzada, ni antes ni después
de la guerra de Italia, que al convertirse en el portavoz del fugitivo regente
imperial.
Vogt, el de la “nueva Suiza, el ciudadano cantonal
de Berna y consejero de los Estados ginebrinos” [pág. 91 Prólogo], inicia el
capítulo “Suiza” de sus Ensayos con un prólogo —[págs. 37-39]— en el que dicho
país es invitado a estallar en júbilo ante la sustitución de Luis Felipe por
Luis Bonaparte. Es verdad que Luis Bonaparte exigió al consejo federal, “la
represión de prensa, pero en este sentido los napoleónidas parecen padecer una
epidemia extraordinariamente quisquillosa” [pág. 36]. Una simple enfermedad de
la piel tan ligada a la familia, que no sólo se hereda por la sangre, sino
también, a partir de Luis Bonaparte, simplemente por el nombre familiar. Sin
embargo: “La persecución en Ginebra de personas inocentes, efectuada por el
consejo federal en acatamiento a la orden imperial, con algunos pobres diablos
cuyo único crimen consistía en ser italianos: la implantación de consulados:
las vejaciones a la prensa: las absurdas imposiciones policiales de todas
clases y, en último término, las nego-|246|ciaciones con respecto a la entrega
del Valle de Dappes, contribuyeron esencialmente a borrar en Suiza el recuerdo
de los servicios prestados por el Emperador durante las negociaciones de
Neuchâtel, sobre todo al partido, que
pública… Pero, ¿acaso Prusia ha jurado no pensar
nunca en la unión alemana? ¿Podrá responsabilizarse de que jamás dirigirá
miradas codiciosas sobre Hanóver, Sajonia, Brunswick, Hessen, Oldemburgo y
Mecklemburgo? Hoy los monarcas se abrazan y no cabe duda de que su abrazo es
sincero. Pero, ¿quién sabe lo que dentro de algunos pocos años el pueblo
exigirá de ellos? Y sí, presionada por la opinión pública, Alemania llegara a
centralizarse, ¿sería justo, sería razonable el no permitírsele a Francia
extender su territorio a costas de sus vecinos?… Suponiendo que los alemanes
estimaran acertado cambiar su antigua constitución y sustituir la endeble
federación por un vigoroso gobierno centralizado, no nos es posible garantizar
que en ese caso Francia dejara de considerar aceptado el exigir a Alemania las
correspondientes garantías e indemnizaciones”.
61 El
Pecksniff Imperial se supera a sí mismo en el panfleto original de Dentu: La
Politique Anglaise, París, 1860 [La política inglesa, etc.]. De acuerdo al
mismo es preciso robar algunos millones de alemanes y belgas para mejorar la
constitución moral de Francia, cuyos elementos sureños necesitan de una mayor
mezcolanza con la solidez nórdica. Después de explicarse que por motivos
políticos y militares Francia necesita de las fronteras que la misma naturaleza
le asignara, se continúa diciendo: “Un segundo motivo hace necesaria esta
anexión —[de la frontera renana y de Bélgica]—. Francia ama y desea una
libertad razonable —[une sage liberté]— y el elemento sureño constituye un gran
elemento de sus cuerpos oficiales. Este elemento posee maravillosas cualidades…
pero carece de constancia y firmeza. Necesita de la paciente constancia que les
es propia a nuestros fríos e impertérritos hermanos del Norte. Por lo tanto las
fronteras que la providencia nos marcara, no nos son menos necesarias para
nuestra libertad, como para nuestra independencia”.
actualmente es el que con más violencia se vuelve
contra él” [pág. 37-38]. ¡Emperador generoso, partido desagradecido! En modo
alguno lo perseguido por el Emperador en aquel negociado de Neuenburgo era un
precedente de la violación de los pactos de 1815, la sumisión de Prusia y el
protectorado de Suiza. Le importaba prestar reales servicios a Suiza en su
condición de “ciudadano de la nueva Suiza, del Cantón de Turgovia y coronel de
la artillería de Oberstrassen”. La ingratitud de que en 1859 Vogt acusa al partido
antibonapartista de Suiza, le fue imputada en 1860 a toda Suiza por otro
servidor del Emperador, el señor de Thouvenel. En el Times del 30 de junio de
1860 puede leerse: “Hace algunos días tuvo lugar en el Ministerio de Relaciones
Exteriores de París una entrevista entre el Dr. Kern y el señor de Thouvenel en
presencia de Lord Cowley. Thouvenel explicó al respetable representante de
Suiza, que las dudas y protestas del gobierno federal resultan inofensivas,
puesto que en ellas se adivina la desconfianza en el régimen de Su Majestad
Imperial. Este comportamiento implica una grave falta de gratitud si se
consideran los servicios que el Emperador Napoleón había prestado a la
Federación en más de una oportunidad y, sobre todo, en el tratado de Neuchâtel.
Sea como fuere, ya que Suiza estuvo lo suficientemente ciega como para
desconfiar de su bienhechor, se vería precisada ahora a soportar las
consecuencias de su ceguera”. Y, sin embargo, ya en marzo de 1859, Vogt había
intentado abrir los ojos del enceguecido partido antibonapartista de Suiza. Por
un lado señala “los verdaderos servicios prestados por el Emperador”. Por lo
tanto, quedan anuladas por completo |247| las vejaciones imperiales”, si se las
compara con las verdaderas vejaciones que tuvieron lugar bajo el reinado de
Luis Felipe [pág. 39]. Cuando, por ejemplo, en 1858 el Consejo federal,
“cumpliendo órdenes Imperiales” expulsa a pobres diablos cuyo único delito
consistía en ser italianos” —[pág. 37]—; en 1838 se niega, a pesar de las
reiteradas amenazas de Luis Felipe, a expulsar a Luis Bonaparte, cuyo único
delito consistía en conspirar y hacer peligrar desde Suiza la corona de aquél.
En el año 1848 Suiza se arriesga, a pesar de las “amenazas de guerra” de Luis
Felipe, a iniciar una guerra extrafederal, pues se decía, al referirse al rey
de la paz: “No valen las intimidaciones”: en 1858 apenas si se comporta
virginalmente frente a los tanteos de Luis Bonaparte sobre el Valle de los
Dappes. El mismo Vogt afirma que “Luis Felipe había arrastrado una precaria
existencia europea, viéndose inhibido por todos lados, hasta de parte de los
pequeños monarcas legítimos, debido a que no se atrevía a seguir una política
aparentemente vigorosa” [pág. 31]. Pero “con respecto a Suiza la política
Imperial es sin duda, la de un vecino poderoso que sabe que al final podrá
lograr todo lo que se propone” [pág. 37]. “Por lo tanto —[termina diciendo Vogt
con una lógica digna de un Grandguillot]— desde el punto de vista
exclusivamente suizo, sólo cabe alegrarse en grado superlativo” —[pág. 39]— del
cambio que, en lugar del “de todos vituperado Luis Felipe”, proporcionó a Suiza
“un vecino poderoso, consciente de que, con respecto a ella, logrará todo lo
que se propone”.
A este prólogo que prepara el estado de ánimo
necesario, sigue una traducción alemana de la nota elevada por la asamblea del
Congreso Federal, celebrada el 14 de marzo de 1859 y, cosa extraña, Vogt elogia
esta nota en la que la Asamblea Federal invoca los tratados de 1815, invocación
ésta, que el |248| mismo Vogt declara ser una “hipocresía”. “¡Dejadme en paz
con vuestras hipocresías!” [pág. 112].62
62 En
realidad no fueron los “tratados” los que defendieron la neutralidad de Suiza,
sino los intereses alternativamente paralizados de las distintas potencias
fronterizas. “Los Suizos sienten —[así
A continuación Vogt investiga “¿por qué lado se
producirá el primer ataque a la neutralidad suiza?”, [pág. 84], presentando
como prueba por demás superflua, el que el ejército francés, que esta vez no
debía conquistar a Piamonte, no cruzaría el Simplón, ni tampoco el Gran San
Bernardo. Simultáneamente descubre el no existente camino por tierra “que cruza
el Monte Cenis, pasa por Fenestrella y el Valle del Stura —[pág. 84]—; lo que
quiere decir es el Valle Dora. Por lo tanto, desde Francia ningún peligro amenaza
a Suiza]. No cabe esperar con igual tranquilidad la no violación de la
neutralidad suiza por parte de Austria y son varios los fenómenos que hasta
hacen presumir que, dado el caso, en efecto se pretende violarla” [pág. 85].
“Acaso resulte sugestiva en este sentido, la acumulación de un cuerpo de
ejército en Breguenza y Felkirch”. [pág. 86]. Aquí aparece el hilo rojo que
atraviesa todos los Ensayos y que en línea recta va de Ginebra a París.
El Libro Azul publicado por el Derby Cabinet sobre
The affaire of Italy, January to May 1859, nos relata que, “la acumulación de
un cuerpo del ejército austríaco en Breguenza y Feldkirch”, no era otra cosa
que un rumor divulgado en Suiza por afanosos agentes bonapartistas y que
carecían de todo fundamento [Nº 7 del citado Libro Azul. Carta del capitán
Harris a Lord Malmesbury fechada en Berna, el 24 |249| de marzo de 1859]. En
esta ocasión Humbold-Vogt descubre también que Breguenza y Feldkirch se encuentran
“en las inmediaciones del Valle renano en que desembocan tres grandes pasos
alpinos, o sea, la Vía Mala, el Splügen y el Bernardino, este último
conduciendo a Tessino, mientras los dos primeros van hacia el Lago di Como”
[pág. 86]. En realidad la Vía Mala cruza en primer lugar el Splügen, luego el
Bernardino y finalmente, no conduce hacia ninguna otra parte.
Tras todas estas sandeces dignas de un Polonio,
destinadas a dirigir las sospechas de Suiza especialmente sobre la frontera
oriental, rondando, rondando, “la naturaleza redondeada” se acerca por fin a su
misión verdadera.
“Suiza —[así dice Vogt]— tiene toda la razón al
rechazar enérgicamente la obligación de no permitir el paso de tropas por esta
vía férrea —[de Culoz a Chambery]— limitándose, llegado el caso, a disponer del
territorio neutral, tan solo hasta donde es preciso para la defensa de su
propio territorio” [pág. 89]. Y asegura al Consejo Federal que “toda Suiza
responderá como un solo hombre a esta política señalada por él en su nota del
14 de marzo”.
A fines de marzo, Vogt publica sus Ensayos. Recién
el 24 de abril Luis Bonaparte emplea el citado camino férreo para transportar
sus tropas y mucho después aún, declara la guerra. Vogt, iniciado en los
detalles del plan bélico bonapartista, sabía por lo tanto “de qué lado
provendría el primer ataque a la neutralidad suiza”. Había recibido órdenes
expresas de preparar ese país para tolerar una primera violación de su
neutralidad y su consecuencia lógica: la anexión del neutralizado territorio
saboyano al Imperio decembrista. Palmeándoles los hombros a los consejos
federales, atribuye a la nota del 14 de marzo un sentido, que en realidad debía
tener desde el punto de vista bonapartista. El Consejo Federal |250| dice en su
nota, que “Suiza cumplirá con todos lealmente” y, de acuerdo a lo tratado, con
“su misión” de
escribe el capitán Harris, encargado de negocios de
Inglaterra en Berna, después de una entrevista con el presidente federal Frey
Herosée, a Lord Russell]—, que recientemente… los acontecimientos cambiaron
sensiblemente el peso relativo de las potencias fronterizas desde que, a
consecuencia del tratado de Neuchâtel, Prusia se volvió indiferente, Austria
paralizada y Francia se encuentra incomparablemente más fuerte que antaño”.
neutralidad. Más adelante cita un artículo de los
tratados, según el cual “ninguna fuerza militar perteneciente a potencia
extraña alguna podrá detenerse ni pasar por este territorio” —o sea el
territorio de Saboya. No menciona con una sola palabra el que permitirá a los
franceses el empleo del ferrocarril que atraviesa el territorio neutralizado.
Condicionalmente y como “medida destinada a asegurar y defender su territorio”,
reserva a la federación “la ocupación militar” del territorio neutralizado. El
que en este caso Vogt tergiverse adrede y cumpliendo órdenes superiores, la
nota del Congreso Federal, no sólo queda demostrado en el texto, sino también
en la declaración de Lord Malmesbury —por aquel entonces ministro inglés de
relaciones exteriores— expuesta en la sesión de la Alta Cámara el 23 de abril
de 1860.
“Cuando las tropas francesas —[así dice
Malmesbury]— se disponían a marchar a través de Saboya y Cerdeña —[más de un
mes después de la nota expedida por la Cámara Federal, del 14 de marzo]— el
gobierno suizo, fiel a la neutralidad sobre la que se funda su independencia,
objetó primeramente que dichas tropas no tenían derecho a pasar por el
territorio neutralizado”.63 ¿Y cuáles fueron las objeciones con que Luis
Bonaparte y el partido suizo a él alistado desecharon los argumentos del
Consejo Federal? Vogt, que a fines de marzo de 1859 ya sabía que a fines de
abril del mismo año las tropas francesas invadirían el territorio neutralizado,
como es natural, anticipa también a fines de marzo, la frase según |251| la
cual Luis Bonaparte tratará de disfrazar a fines de abril su alevoso golpe
militar. Formula la duda acerca de si “la cabecera de la línea entre Culoz, Aix
y Chambery está situada en el territorio neutral” —[pág. 89]— y demuestra “que
la designación de dicho territorio neutral en modo alguno obedecía a la
voluntad de anular la comunicación entre Francia y Chambery”, eludiendo por lo
tanto dicho ferrocarril en sentido moral, el territorio neutral.64
Por otra parte veamos qué dice Lord Malmesbury:
“Luego, ante la objeción de si la línea férrea elude o no la parte neutralizada
de Saboya, el gobierno suizo retiró su protesta, permitiendo que las tropas
francesas pasaran por el mismo. Creo que no tenía razón de hacer esto [I think
that they were wrong in doing so]. Nosotros considerábamos la conservación de
la neutralidad de este territorio una cuestión de tanta importancia europea…
que el 28 de abril de 1859 remitimos a la corte francesa una protesta por el
paso de estas tropas en camino a Cerdeña”. Debido a esta protesta Palmerston
acusó a Malmesbury de abrigar simpatías “austríacas”, al haber “ofendido de muy
superflua manera por cierto, al gobierno francés” —[had useleely offended the
French government]— del mismo modo como Vogt, en su Libro Mayor, acusa al Volk
de “poner todo su empeño, |252| como es natural en provecho de Austria, “en
deparar toda clases de dificultades a Suiza…” Léanse sino los artículos
publicados por el Volk sobre la cuestión de la neutralidad planteada por el
paso de los franceses por
63 When the French troops were about to march
through Savoy into Sardinia the Swiss Government, true to the neutrality upon
which depends its independence, at first objected that these troops had no
right to pass through the neutralised territory.
64 El que el
ferrocarril pasara por el territorio neutral ha sido definitivamente aceptado
en una nota dirigida por el presidente federal Stämpfli y el Canciller Schiess
al capitán Harris, el 18 de noviembre de 1859. En la misma se lee: “Il pourrait
être aussi question d’un autre point qui concerne la neutralité de la Savoie…
Nous voulons parler du chemin-de-fer dernierement construit de Culoz a
Chambery, a l’égard duquel on peut se demander s’il devait continuer a faire
partie du territoire neutralisé”. (También podría hacerse cuestión referente a
otro punto que concierne a la neutralidad de Saboya… Queremos hablar del
ferrocarril últimamente construido entre Culoz y Chambery, respecto al cual
puede preguntarse si es que debe continuar formando parte del territorio
neutralizado).
Saboya y se podrá palpar con las propias manos
estas tendencias compartidas en un todo por el Allgemeine Zeitung.65
Por consiguiente resultará “palpable que todo aquel
párrafo de los Ensayos de Vogt referente a Suiza, no pretendía otra cosa que no
fuera la prolongación de la primeva violación del territorio neutral suizo por
su famoso “hombre predestinado”. Era el primer paso hacia la anexión de Saboya
y, por lo tanto, también de la Suiza francesa. El destino de Suiza dependía de
la energía con que saldría al encuentro de este primer paso, manteniendo sus
derechos, sirviéndose de ellos en el momento decisivo, elevándolo a una
cuestión europea en una época en que estaba segura del apoyo del gobierno
inglés y en que Luis Bonaparte, que acababa de iniciar su guerra localizada, no
podía arriesgarse a echarle el guante. Una vez comprometido oficialmente, el
gobierno inglés ya no podría retroceder.66 De ahí los tremendos esfuerzos del
“neo suizo, ciudadano del Cantón de Berna y consejero municipal de Ginebra”
para levantar nubes de polvo y presentar |253| el permiso para el paso de las
tropas francesas por el territorio neutralizado, como un DERECHO que Suiza
debía imponer en calidad de valiente manifestación contra Austria. ¡Acababa de
salvar a Suiza de Catilina-Cherval!
Mientras Vogt se hace eco de la protesta por las
veleidades fronterizo-renanas aparecidas en el panfleto original de Dentu,
elude hasta la más leve alusión a la resignación de Saboya y Niza contenida en
ese mismo panfleto. En sus Ensayos ni siquiera figuran las palabras Saboya y
Niza. Pero ya en febrero de 1859 los diputados saboyanos protestaron en Turín
contra la guerra de Italia, debido a que la anexión de Saboya al Imperio
decembrista constituía el precio de la alianza francesa. Esta protesta nunca llegó
a oídos de Vogt. Tampoco las estipulaciones convenidas en Plombières entre Luis
Bonaparte y Cavour, en agosto de 1858, bien conocidas por todo el resto de la
emigración francesa y publicadas en uno de los números siguientes del Volk. En
el ya anteriormente mencionado número del Pensiero ed Azzione —2 a 16 de mayo
de 1859— Mazzini había predicho textualmente: “Pero si ya al principio de la
guerra Austria fuera vencida y repitiera las proposiciones que durante algún
tiempo le hizo en el año 1848 al gobierno inglés o sea, la entrega de Lombardía
a condición de poder quedarse con Venecia, la paz sería aceptada. Las
condiciones de la ampliación de la monarquía sarda y de la cesión de Saboya y
Niza a Francia llegarían por sí solas a su realización.”67
A mediados de 1859 Mazzini publicaba su profecía,
Vogt, la segunda edición de sus Ensayos, a mediados de junio del mismo año,
pero sin decir en ellos una sola
65 Vogt
acusa especialmente al Volk —[Pueblo]— de haber intentado “poner en conflicto a
la confederación con las grandes potencias vecinas. Al producirse efectivamente
la anexión de Saboya, el Eidgenössische Zeitung —[Diario federal]— acusó a un
diario bonapartista, el órgano oficial llamado Bund —[Confederación]— de que su
opinión con respecto a Saboya y Francia era un insignificante residuo de la
política que ya desde 1848 pretendía complicar a Suiza en las luchas europeas”.
(Véase Bund, Berna, 12 de marzo de 1860, Nº 71). Está visto que las frases
escritas por las plumas bonapartistas fueron previamente confeccionadas.
66 Had Those
provinces [Chablais and Fancigny] been occupicd by the Federal troops… there
can be little doabt they would have remained in them up to this moment (L.
Oliphant, Universal Suffrage and Napoleon III, London, 1860, pág. 20).
67 “Ma dove
l’Austria, disfattaa in sulle prime, affacciasse proposte equali, a quelle
ch’essa affacció per breve tempo nel 1848 al Governo Inglese, abbandono della
Lombardia a patto di serbare il Venetto, la pace… sarebbe accetato: le sole
condizioni dell’ingrandinetto della Monarchia Sarda e della cessione della
Savoia e Nizza alla Francia, riceverebbero esecuzione”.
palabra sobre |254| Saboya y Niza. Ya antes de
Mazzini y anteriormente a los diputados saboyanos, ya en octubre de 1858, un
mes y medio antes de la conspiración de Plomières, el presidente federal
notificaba en un despacho propio al ministerio inglés, “que tenía motivos para
creer que entre Luis Bonaparte y Cavour se había cerrado un trato condicional
con respecto a la entrega de Saboya”.68
A principios de junio de 1859 el presidente federal
volvió a comunicar al encargado de negocios inglés en Berna, sus temores con
respecto a la próxima anexión de Saboya y Niza.69 Al salvador profesional de
Suiza, Vogt, jamás llegó la más mínima noticia de la protesta de los diputados
saboyanos, ni de las revelaciones de Mazzini, ni tampoco de los temores
abrigados desde octubre de 1858 a junio de 1859 por el gobierno de la
Federación suiza. Como veremos más adelante, aún en marzo de 1860, cuando ya el
secreto de Plomières recorría todas las calles de Europa, evitó encontrarse
alguna vez con el señor Vogt. Probablemente refiriéndose a su silencio con
respecto a la amenazante anexión, los Ensayos llevan este lema: “Callar es la
virtud de los esclavos”. Sin embargo contienen una alusión: “Pero suponiendo
también —[así dice Vogt]— “que ocurra lo inconcebible y el botín de guerra
llegara a pagarse en tierras itálicas, ya sea hacía el Sud o hacia el Norte…
Realmente desde el más estrecho punto de vista alemán… se quisiera poder desear
sinceramente que |255| el lobo francés obtenga un hueso italiano” (págs.
129-130). El territorio italiano hacia el Norte naturalmente significaba Niza y
Saboya. Después de que el neo suizo, ciudadano del Cantón de Berna y consejero
de las Cortes ginebrinas hubo invitado a Suiza a alegrarse en alto grado desde
un punto de vista netamente suizo —[pág. 39]— por la vecindad de Luis
Bonaparte, el fugitivo regente imperial recuerda de pronto que desde el más
estrecho punto de vista alemán quisiera en efecto desear “íntimamente”, que el
lobo extranjero pueda “apresar entre sus fauces” el “hueso” de Niza y Saboya y
por lo tanto también, el que representa la Suiza francesa.70
Hace algún tiempo apareció en París un panfleto:
Napoleón III y no Napoléon III et stalie, o Napoléon III et la question
Roumaine, o Napoléon III et la Prusse, sino solamente Napoléon III; Napoléon
III y nada más. Es un panegírico escrito en hipérboles por Napoleón III sobre
Napoleón III. Este panfleto fue traducido a su idioma materno por un árabe
llamado Dâ-Dâ. En el epílogo el maravillado Dâ-Dâ no puede
68 En su
discurso mencionado más arriba Lord Malmesbury dice: “There is a despatch now
in the Foreign Office, dated as long back as October 1858… from the president
of the Swiss Republic, stating that he had reason to beheve that some
addittonal agreement had been come to between the Emperor of the French and
Count Cavour WITH respect to Savoy”.
69 Ver Nº 1
del primer Blue Book “On the proposed annexation of Savoy”, etc.
70 El deseo
de Vogt de “echar desde el más estrecho punto de vista alemán” “huesos”
italianos entre las fauces del “lobo extranjero” a fin de que luego dicho lobo
padezca trastornos digestivos, no cabe duda que se verá satisfecho en una
medida creciente. El órgano oficial, la Revue Contemporaine del 15 de octubre
de 1860 —dicho sea de paso, la especial protectora de Vogt— se encuentra una
correspondencia turinesa del 8 de octubre, en la que, entre otras cosas, puede
leerse: “Génova y Cerdeña serían el legítimo precio de una nueva guerra
—[francesa]— por la unidad de Italia. Yo agrego que la posesión de Génova sería
el único instrumento necesario para nuestra influencia sobre la península y el
único medio eficaz para evitar que el poderío naval, a cuya formación habríamos
contribuido, escapara un buen día a nuestra alianza, para constituir otra
nueva. Sólo con nuestra rodilla sobre su cuello podemos asegurarnos la lealtad
de Italia, Austria, que es un buen juez en esta cuestión, lo sabe muy bien.
Apretaremos menos groseramente, pero con más fuerza que Austria… esa es toda la
diferencia.”
contener por más tiempo su entusiasmo, pasando a
expresarse en |256| fogosos y ardientes versos poéticos. Sin embargo en el
prólogo Dâ-Dâ está aún lo suficientemente sereno como para confesar que su obra
es publicada en cumplimiento de una orden dada por las autoridades locales de
Argel, destinándosela a ser distribuida entre las nativas castas árabes del
otro lado de las fronteras de Argel para que “se apodere de su imaginación la
idea de la unidad y nacionalidad bajo un jefe común”. Ese jefe común que habrá
de fundar “la unidad de la nacionalidad árabe” es, tal como lo revela Dâ-Dâ,
nadie menos que “el sol de la caridad, la gloria del firmamento… El Emperador
Napoleón III”. Vogt aún cuando no escribe en verso, no es otro que el Dâ-Dâ
alemán.
El que Dâ-Dâ-Vogt denominara de Ensayos su
transcripción alemana de los artículos de Moniteur, panfletos de Dentu y mapas
de Europa irradiados por el sol de la caridad y gloria del firmamento, es el
mejor chiste que se le ocurrió durante los alegres días de su vida, mejor aún
que la regencia Imperial y el real sibarita del vino y los pasaportes
imperiales para el extranjero por él inventados. El que aquel “Culto” burgués
alemán tomara bona fide por Ensayos, aquellos ensayos en los que Austria lucha
con Inglaterra y Egipto, Austria disputa a Prusia territorios extraeuropeos,
Napoleón I obliga al banco de Inglaterra a pesar su oro en lugar de contarlo,
los griegos y fanariotas resultan ser razas distintas, una carretera conduce
desde el Monte Cénis por el valle del Stura pasando por Fenestrella, etc.,
demuestra la presión que durante diez años ejerció cierta reacción sobre su
cerebro liberal.
Pero, cosa extraña, el mismo holgazán germano que
había aplaudido la groseramente exagerada versión alemana de Vogt del original
panfleto decembrista, se levantó muy enojado de su mecedora, apenas Edmond
About retraduce al francés, con sabia mesura, la compilación de Dâ-Dâ en su La
Prusse en |257| 1860 —[Prusia en 1860]— (originalmente Napoléon III et la
Prusse [Napoleón III y la Prusia]). Dicho sea de paso, esta urraca charlatana
del bonapartismo no carece de picardía. Como prueba de las simpatías bonapartistas
por Alemania, About pone como ejemplo el que el Imperio decembrista echa a
Dâ-Dâ-Vogt con Humbold en un mismo cesto, del mismo modo como lo hace con el
Lazarillo Hackländer y Goethe. Sin duda esta combinación Vogt-Hackländer pone
de manifiesto por parte de About, un estudio mucho más profundo del que es
posible encontrar en los Ensayos del Dâ-Dâ alemán.
|259|
CAPÍTULO IX. AGENCIA
So muosens alle striten
in vil angestlichen ziten
wart gescheiden doch her dan
…der Vogt da von Berne.
KLAGE.71
[Así todos tienen que luchar
en épocas muy angustiosas
fue excluido luego
…el Vogt —[gobernador]— de Berna.
(Lamento).
En un programa cuidadosamente redactado, fechado
por Vogt con extraordinario humorismo el 1 de abril de 1859, en el que invita a
demócratas de las más diversas tendencias a colaborar en un diario que habría
de publicarse en Ginebra y cuyo fin consistía en propagar la tendencia
ruso-decembrista |260| de sus Ensayos, la pezuña del diablo asoma de vez en
cuando bajo la tapa de papel secante. Pero no nos detengamos en esto.
Al final del programa, Vogt solicita a sus
destinatarios que le comuniquen los nombres de los correligionarios dispuestos
a colaborar en este sentido en los diarios y revistas a los cuales tienen
acceso”. En la fiesta central de Lausana declara haber esbozado un programa en
el que figura una invitación “a aquellos que estén dispuestos a cumplir el
mismo y trabajar, a cambio de honorarios adecuados, en los órganos de prensa
con que contaban” (pág. 17, Fiesta Central, etc.). Finalmente puede leerse en
una carta dirigida al doctor Löning: “¿Podrías ponerme en contacto con gente
capaz de influir desde Fráncfort en este sentido sobre diarios y revistas?
Estoy dispuesto a remunerarlos bien por los trabajos cuya propia me hagan
llegar (pág. 36, Documentos Libro Mayor).
En la fiesta central de Lausanne los
“correligionarios” se convierten en “aquellos que” y “aquellos que” se
convierten frente al doctor Löning, en “gente”, en “gente” sans phrase. A Vogt,
el tesorero y revisor general de la prensa alemana, le han sido puestos a
disposición fondos —pág. 36—, no sólo para pagar artículos aparecidos “en
71 Ivein
Hartmann hace que el Vogt —[gobernador]— diga, aludiendo sin duda a su
disidencia de opiniones con los llamados “gorras de Berna”:
von Been mac wol heizen ich,
wand ich dá niht ze schffen hân.
“Puede que se me llame el de Berna
Porque nada allí tengo que hacer”.
No confundir a este Hartmann con el amigo de Vogt,
el molusco lírico-parlamentario del mismo nombre.
diarios y revistas”, sino también para hacer frente
a los gastos de publicación de “folletos” (lug. cit.). Se comprende que una
agencia que esta a esa altura requiera “fondos” considerables.
—er sante nach allen den hèrren
die in diusken richen wârren;
êr klagete in allen sin nôt,
unde bôt in ouch sin golt rôt.
|261| —[mandó a buscar a todos los reyes
que en comarcas alemanas estuvieren;
se lamentó ante ellos de su angustia
y también les ofreció su oro rojo].
(KAISERKRONIK).
Pero, ¿con qué objeto los diarios, periódicos y
panfletos habrían de ser “revisados” y “remitidos” a Vogt por aquellos
determinados sujetos a los que se les prometía retribuir “equitativamente” sus
servicios? “Se trata de Italia”, eso es todo; pues para apartar el peligro del
Rin, el señor Vogt “estima” conveniente “hacer que Luis Bonaparte se desangre
en Italia” (pág. 34, Programa). No, “no se trata de Italia” (Carta al doctor
Löning, pág. 36). “Se trata de Hungría” (Carta al señor H. en N. (lug. cit.).
No, no se trata de Hungría. “Se trata… de cosas que no puedo publicar” (lug.
cit., Documentos, pág. 36).
Tan arbitraria como el objeto de que se trata,
resulta ser la fuente de que manan aquellos “fondos”. Es “un apartado rincón de
la Suiza francesa” (Libro Mayor, pág. 210). No; son mujeres del Este de
Hungría” (Carta dirigida a Carlos Blind, suplemento del Nº 44 del Allgemeine
Zeitung del 13 de febrero de 1860). Al contrario; son masculini que se
encuentran “en jurisdicción policial alemana y, sobre todo, austríaca” (pág.
17, Fiesta Central). El monto de dichos fondos resulta igualmente camaleónico
como su destino y procedencia. Son “unos pocos francos” (Libro Mayor, pág.
110). Son “pequeños fondos” (pág. 17, Fiesta Central). Son fondos suficientes
para pagar equitativamente a todas aquellas personas capaces de influir en
sentido vogtiano sobre la prensa y los panfletos alemanes. Finalmente y para
colmo, también la |262| índole de los fondos resulta arbitraria. Vogt ha
“logrado reunirlos con el máximo esfuerzo”. (Libro Mayor, pág. 210). ¡Pero no!
“Han sido puestos a su disposición” (lug. cit., Documentos, pág. 36).
“Si no me equivoco —[así afirma la “naturaleza
redondeada”]— sobornar equivale a inducir a una persona por medio de dinero u
otros beneficios a cometer actos o hacer manifestaciones contrarias a sus
convicciones” (pág. 217). Por lo tanto aquel cuya convicción está de acuerdo en
dejarse comprar, no podrá ser sobornado, como tampoco podrá serlo aquel cuya
convicción está en desacuerdo con ello. De modo que si la sección ministerial
parisiense ofrece a mitad, a un cuarto de su precio y hasta gratis la litografiada
correspondencia diaria de París, que cuesta 250 francos, advirtiendo a las
“redacciones bienintencionadas” que, de acuerdo a las crecientes relaciones
podrán contar cada una con un plus de 50, 100 y 150 francos mensuales, “según
los resultados”, ello en modo alguno puede ser calificado de soborno. Las
redacciones cuyas convicciones se oponen a la correspondencia diaria y la
sobrepaga
mensual, no serán obligadas a recibir la primera ni
aceptar la segunda. ¿Acaso Granier de Cassagnac, o Laguerronière, o About, o
Grandguillot, o Bullier, o Jourdan, el del Siècle, o Martin y Boniface de
Constantinopla, Rochaid Dâ-Dâ Albert han sido sobornados? ¿Cuándo en la vida
una acción o manifestación solvente ha tenido el contratiempo de entrar en
conflicto con la convicción de todos estos señores? ¿O es que Vogt ha
sobornado, por ejemplo, al agente de cierto periódico suizo anteriormente
contrario a él, al poner gratuitamente a su disposición varios centenares de
ejemplares de sus Ensayos? No cabe duda de que resulta extraña esta invitación
de Vogt dirigida a los publicistas para que en los periódicos de que disponen,
actúen de acuerdo a su propia convicción y percibir |263| por dicha actuación
sus correspondientes honorarios, pagados por el órgano periodístico ginebrino
del señor Carlos Vogt. El que Vogt eche en un mismo saco los honorarios que un
determinado diario abona a sus colaboradores con los subsidios secretos
provenientes de un fondo anónimo que un tercer sujeto les ofrece, a los
corresponsales de diarios completamente desconocidos para él y hasta a los de
la prensa de todo un país — es un quid pro quo que demuestra hasta qué punto el
Dâ-Dâ alemán llegó a “emplearse” en la moral del 2 de diciembre.
“Junto al manantial descansaba un niño…” Pero,
¿junto a qué manantial?
En lugar del semanario propuesto por Vogt, La Nueva
Suiza, apareció en Ginebra algo después El Nuevo Diario Suizo —[Neue Schweizer
Zeitung]— fundado por el antiguo amigo de Dâ-Dâ, el señor Brass. Cierta fría
mañana de noviembre el señor Brass declaró con el consiguiente asombro de toda
Ginebra, que “en una carta dirigida a Vogt había rechazado el comedero francés
que aquel había pretendido ofrecerle”. Simultáneamente se declaraba dispuesto a
responsabilizarse de su denuncia (Neue Schweizer Zeitung del 12 de noviembre de
1859). Y el gallo, o mejor dicho, el gallito que hasta tanto tan alegremente
había cacareado, calló, apenas se vio desplumado sobre su propio montón de
estiércol. El “neo suizo, ciudadano cantonal de Berna y consejero de las Cortes
de Ginebra” acababa de ser acusado públicamente en plena Ginebra, por uno de
sus “notorios” amigos, de intentar sobornar con dineros franceses. Y el
consejero de las Cortes Ginebrinas enmudeció.
No vaya a creerse que Vogt hubiera podido ignorar
olímpicamente el Neue Schweizer Zeitung. Como ya se ha dicho, la denuncia
contra él apareció en el número correspondiente al 12 de noviembre. Poco
después ese mismo diario publicaba |264| una picante caracterización de
Plon-Plon y la Revue de Génève, el órgano del dictador ginebrino James Fazy,
protestó de inmediato con un artículo de fondo a cuatro columnas (Revue de
Génève del 6 de diciembre de 1859). Protestaba au nom du radtcalisme genevois
[en nombre del radicalismo ginebrino]. Tal era la importancia que hasta el
mismo James Fazy le concedía al Neuen Schweizer Zeitung. Las cuatro columnas
del artículo de fondo aparecido en la Revue de Génève revelan la inconfundible
colaboración de Vogt. El mismo Brass es disculpado en cierto modo. No fue él el
instigador del atentado a Plon-Plon, únicamente se halla mal aconsejado, De
manera típicamente vogtiana el corpus delicti le es atribuido a L. Hëfner, del
que Vogt también sospecha en su Libro Mayor —pág. 188— que “escribía
repugnantes historias sobre escándalos personales del Emperador y del príncipe
Napoleón”, no faltando tampoco en Vogt la ineludible alusión al “difamado ex
teniente badense Klosmann” como corresponsal bernaés del Allgemeine Zeitung.
(Ver Libro Mayor, pág. 198). Detengámonos un instante a observar la protesta
que el patrón y el peón, James Fazy y
Carlos Vogt publicaron en la Revue de Génève del 6
de diciembre de 1859, “en nombre del radicalismo ginebrino” y para salvar la
honra de Plon-Plon.
Brass es acusado de tratar de “reafirmar su opinión
alemana con respecto a Francia por medio de insultos a un príncipe
perteneciente a la casa de Bonaparte”. Según hace tiempo se sabe en Ginebra,
Plon-Plon es un liberal de primera agua, que en la época de su exilio rechazó
orgullosamente “tomar a su cargo papel alguno en la corte de Stuttgart y hasta
en la de Petrogrado”. Nada más ridículo que pretender atribuirle la idea de la
formación, aquí o allí, de alguna pequeña soberanía, algo así como un reino etrusco,
tal como se permite hacerlo al injurioso artículo aparecido en el Nuevo Diario
Suizo. “El |265| príncipe Napoleón, vigoroso en la convicción de su GENIO y de
su TALENTO, se considera demasiado alto para esos tronos pequeños y
miserables”. En Francia, o sea “el centro de la alta civilización y del repudio
general” prefiere actuar junto a su augusto primo en calidad de Marqués de
Posa, como “príncipe ciudadano” [prince citoyen]. “Dígase lo que se diga, su
primo le respeta y quiere”. El príncipe no sólo es el Marqués Posa de
Bonaparte. Es “el desinteresado amigo” de Italia, de Suiza, en una palabra, de
todas las nacionalidades”. Tanto el príncipe Napoleón, como el Emperador, es un
gran economista… No cabe duda que si en Francia alguna vez llegaran a triunfar
los buenos principios de la economía política, el príncipe Napoleón habrá
contribuido muchísimo a ello”. Es y fue siempre partidario de la más amplia
libertad de prensa”, contrario a todas las medidas de previsión policiales de
censura, portavoz de “las ideas liberales en el más amplio de los sentidos,
tanto en su teoría, como en su aplicación”. Cuando, debido a las malas
compañías encuentra que los oídos del Emperador están sordos a su voz de
Egeria, entonces se retira con dignidad y “sin rencor”. Son “únicamente” sus
propios méritos los que lo expusieron a las difamaciones europeas”. Los
“enemigos de Francia la temen, debido a que se apoya sobre la colaboración de
los pueblos de Europa, para poder devolverles su nacionalidad y libertad”. Por
lo tanto, un crítico no reconocido, Marqués de Posa, Egeria, economista
protector de las nacionalidades sometidas, demócrata de primer agua, y —¿es
posible imaginarlo?— Plon-Plon es hábil comme général et brave comme tout
officier [hábil como general y valiente como todo oficial francés]. “Lo ha
demostrado durante la campaña de Oriente, en y después de la batalla del Alma”.
Y en la campaña italiana “ha sabido organizar su ejército de 50.000 hombres
—[el famoso corps de Touris-|266|tes —yo por poco digo corps de ballet]—
efectuando en breve lapso una penosa marcha a través de territorios montañosos
y sin que su tropa careciera de algo”. Como se sabe los soldados franceses en
Crimea bautizaron el miedo con el nombre de la maladie Plon-Plonienne —[la
enfermedad Plon-Ploniana]— y probablemente Plon-Plon se retiró de la península
debido únicamente a la creciente carencia de víveres. “Nosotros, [así termina
diciendo triunfalmente la Revue de Génève], nosotros lo hemos presentado —[a
Plon-Plon]— tal como es”. ¡Hurra por el general Plon-Plon!
No es de extrañar por lo tanto que Vogt afirme
haber recibido sus fondos de guerra “de manos democráticas”. Plon-Plon, el
Prince Rouge —[príncipe rojo]—, es el ideal de Vogt y de Fazy; en cierto modo
el príncipe maldito de la democracia europea. Vogt no podía recibir su dinero
de manos más legítimamente democráticas que de las de Plon-Plon. Aún cuando una
parte de los dineros directamente transferidos por el augusto primo de
Plon-Plon, el señor Kossuth, pasaron directamente de manos húngaras a las de aquél,
“su origen continuaba siendo un espanto”. ¡Pero venían de
manos de Plon-Plon! Hasta los dineros que Vogt
recibió en la época del tratado de Neuchâtel de la condesa de C…, la amiga de
Klapka, podían provenir de manos más delicadas, pero nunca de manos más puras y
democráticas. Plon-Plon est voluptueux comme Heliogabal, lache comme Ivan III
et faux comme un vrai Bonaparte, dice un famoso escritor francés.72
Lo peor que hizo Plon-Plon fue convertir a su primo
en un homme serieux, [en un hombre serio], Víctor Hugo pudo decir aún de Luis
Bonaparte: …N’est pas monstre qui veut, |267| no es monstruo quien quiere, pero
desde que Luis Bonaparte inventó a Plon-Plon sobre el hombre de las Tullerías
se concentró la faz comercial y sobre el del Palais Royal, la faz grotesca de
la imperialista cabeza de Jano. El falso Bonaparte, aquel que es el sobrino de
su tío, sin ser el hijo de su padre, aparecía como legítimo frente a este
legítimo Bonaparte; tanto es así que aún hay franceses que dicen: “L’autre est
plus sur —[el otro es más seguro]—. Plon-Plon es simultáneamente el Don Quijote
y el Hudibras del Bas Empire. Hamlet consideró peligroso el que acaso las
cenizas de Alejandro Magno estuvieran predestinadas a tapar el agujero de un
tonel de cerveza. ¡Qué diría Hamlet si llegara a ver la diluida cabeza de
Napoleón sobre los hombros de Plon-Plon.73
Si bien Vogt sacaba del “comedero francés” la mayor
parte de sus fondos de guerra, es muy probable que con el fin de disimular
dicho comedero haya organizado entre sus amigos más o menos democráticos
ostensibles colectas de “algunos francos”. Así quedan resueltas con toda
sencillez sus contradicciones referentes a las fuentes, a la cantidad e índole
de sus fondos.
La agencia de Vogt no se limitaba tan sólo a
Ensayos, Programas y a ser oficina de publicidad. En la “fiesta central” de
Lausana Vogt explicó a los obreros alemanes residentes en Suiza, la misión de
Luis Bonaparte en pro de la liberación de las nacionalidades, enfocándola desde
un punto de vista mucho más radical que el que expone en sus Ensayos,
destinados a los liberales filisteos alemanes. Mientras aquí había llegado por
|268| medio de la compenetración de la relación entre “la materia y la fuerza”
a la conclusión, de que “no podía pensarse en una conmoción y destrucción del
régimen imperante en Alemania” —pág. VII, Ensayos, Prólogo— gritándole al
burgués alemán —pág. 128— “que no olvidara que la liberación bonapartista” de
Italia, salvaría a Alemania de una “revolución”, les dice lo contrario a los
obreros alemanes, asegurándoles que “Austria es el único punto de apoyo en que
podrá continuar fundándose su existencia” —[la de los soberanos alemanes]—
Fiesta Central, etc., pág. 11. “Acabo de deciros —[así afirma]— que con
respecto al extranjero no existe una Alemania, que es preciso crearla primero,
y que, de acuerdo a mi convencimiento, únicamente podrá ser creada en la forma
de una confederación de repúblicas similar a la federación suiza” (pág. 10).
Esto lo afirmaba el 26 de julio de 1859, cuando aún el 6 de junio, en el
epílogo de la segunda edición de sus Ensayos, implora al príncipe regente de
Prusia que someta a Alemania a la casa de los Hohenzollern por las armas y una
guerra civil de carácter dinástico. La centralización
72 Plon-Plan
es voluptuoso como Heliogábalo, perverso como Iván III y falso como un
verdadero Bonaparte.
73 Según lo
narrado por Vogt, ya en 1852, éste debía emprender un viaje de exploración
—¿una expedición-bacanal?— en compañía de Plon-Plon, que le había sido
entusiastamente recomendado por un “proudhonista” en atención a su [mais do que
promettia a forca humana], sorprendentes investigaciones fisiológicas” (Libro
Mayor, Documentos, pág. 14).
monárquica por las armas representa naturalmente el
camino más corto para llegar a una república federada “similar a la federación
suiza”. Más adelante desarrolla la teoría del “enemigo externo” —Francia—, al
que Alemania deberá unirse para luchar contra el enemigo interno: Austria. “Si
yo —[exclamaba]— tuviera que elegir entre el diablo —[el habsburgués]— y su
abuela —[Luis Bonaparte]— entonces elegiría a esta última; ella es una vieja y
tendrá que morirse”. Esta invitación directa a Alemania para que, con el
pretexto de su odio a Austria, se eche en brazos de la Francia decembrista,
parecióle demasiado comprometedora frente al público lector, transformándola
por lo tanto en la versión impresa de su discurso, de la siguiente manera: “Y
si se tratara de tomar |269| posiciones en la lucha entre el diablo y su
abuela, consideramos que lo mejor sería que ambos se destrozaran y devoraran
mutuamente, ahorrándosenos con ello ese trabajo” (Fiesta Central, etc., pág.
13). Y mientras finalmente en sus Ensayos encumbra a Luis Bonaparte como
Emperador de campesinos y soldados, declara esta vez, frente a un público de
obreros, que “sobre todo en París, los obreros en su gran mayoría” han sido
convertidos actualmente en “partidarios de Luis Bonaparte”. “Este —[según la opinión
de los obreros franceses]— hace todo lo que la república debió hacer,
proporcionándoles trabajo a los trabajadores proletarios, arruinando a los
burgueses, etc. (Fiesta Central, pág. 9). Por lo tanto Luis Bonaparte es
dictador obrero y como dictador obrero es elogiado ante los obreros alemanes en
Suiza por el mismo Vogt, que en su Libro Mayor estalla en una aburguesada
explosión de ira ante el solo recuerdo del concepto: “¡Dictador!”
El programa parisiense, que a los agentes
decembristas en Suiza imponía su plan de operaciones con respecto a la anexión
de Saboya, constaba de tres puntos: 1) Ignorar mientras sea posible los rumores
de un próximo peligro y, de ser necesario, anularlos, declarándolos
maquinaciones austríacas. 2) Una vez alcanzado un estado avanzado, divulgar la
opinión de que Luis Bonaparte se propone entregar a Suiza el territorio
neutralizado. 3) Cumplida la anexión, hacer valer esta última como pretexto
para la alianza de Suiza y Francia, es decir, su voluntario sometimiento al
protectorado bonapartista. Veremos a continuación cuán lealmente el caballero y
su escudero, James Fazy y Carlos Vogt, el dictador de Ginebra y su, por él
creado, consejero de las cortes ginebrinas, sobreviven a este programa.
Ya se sabe que en sus Ensayos, Vogt evitó hacer
hasta la más leve alusión a la idea por la cual su hombre predestinado |270| en
la Fiesta Central de Lausana, en el Consejo Nacional, durante el homenaje a
Schiller y a Roberto Blum, en el Commis Voyageur de Biel y finalmente, también,
en el Libro Mayor. Sin embargo la idea era anterior aún a la conspiración de
Plombières. Ya en diciembre de 1851, algunos días después del golpe de Estado,
se leía en el Patriote Savoien: “En las antecámaras de los Elíseos se están
repartiendo los cargos oficiales saboyanos. Sus autoridades hasta se complacen
en mofarse de ello”.74 El 6 de diciembre de 1851 el señor Fazy ya veía a
Ginebra sometida al Imperio decembrista.75
74 “On se
partage deja les places… de la Sauoie dans ¡es antichambres de l'Elysée. Ses
journaux plaisantent même assez agréablement ladessus”.
75 “Peut-être
le citoyen Thourgovien que nous avons si bien défendu contre tes mènaces de
Louis Philippe, nous fera-t-il la grâce de vouloir bien se constituec comme
médiateut, et réprendre de nous Génève” [Acaso el ciudadano turingés que tan
bien hemos DEFENDIDO de las amenazas de Luis Felipe, nos hará la gracia de
querer constituirse en mediador y retomar Ginebra de nosotros (Revue de Génève
—[Revista de Ginebra]— del 6 de diciembre de 1851).
El primero de julio de 1859 Stämpfli, por aquel
entonces presidente de la federación, tuvo una entrevista con el capitán
Harris, encargado de negocios de Inglaterra en Berna. Repitió sus temores de
que en el caso de producirse en Italia una ampliación de la dominación de
Cerdeña, se haya resuelto la anexión de Saboya a Francia, destacando además que
dicha anexión y, sobre todo, la del norte de Saboya, dejaría por completo al
descubierto todo un flanco de Suiza y que en consecuencia no tardaría en producirse
la pérdida de Ginebra. (Véase el primer Blue Book: “On the proposed annexation
of Savoy and Nice”. Nº 1). Harris se lo comunicó a Melmesbury, quien, por su
parte, encargó a Lord Cowlay, que se encontraba en París, que exigiera a
Walewsky las explicaciones respecto a cuáles eran los propósitos del Emperador.
Walewsky |271| en modo alguno negó el que, “más de una vez se había tratado la
cuestión de la anexión entre Francia y Cerdeña y que el Emperador abrigaba la
idea, suponiendo que Cerdeña fuera elevada a la categoría de reino italiano,
que no sería absurdo esperar que también por otra parte haría concesiones
territoriales a Francia” (Nº IV, lug. cit.). La respuesta de Walewsky, fechada
el 4 de julio de 1859, antecedió por lo tanto al tratado de paz de Villafranca.
En agosto de 1859 aparecía en París el panfleto de Petetin, en el que se
preparaba a Europa para la próxima anexión de Saboya. En ese mismo mes de
agosto después de la sesión de verano de la Asamblea Nacional Suiza, el señor
Vogt se arrastró hasta París para recibir las instrucciones de Plon-Plon. A fin
de distraer la atención de su ruta, hizo que sus secuaces, Ranickel y demás
bandidos, divulgaran en Ginebra el rumor de que había ido a unas termas
situadas cerca del lago de los Cuatro Cantones.
zê Pâris lebt er mangen tac,
vil kleiner wisheit er en flac,
sin zerung was unmâzen grôz;…
ist ër ein esel und ein guoch,
daz sëlb ist ër zuo Pâris ouch.
[Más de un día pasa en París,
No fue poco su saber,
Su consumo fue inmenso…
Y aunque asno y payaso es
También sigue siéndolo en París].
En septiembre de 1859 el Consejo Federal Suizo veía
aproximarse cada vez más el peligro de la anexión —Nº VI|272|—; el 12 de
noviembre resolvió dirigir un memorándum concebido en ese sentido a las grandes
potencias y el 18 del mismo mes, el presidente Stämpfli y el canciller Schiess
entregaban una nota oficial al encargado de negocios de Inglaterra en Berna —Nº
IX— James Fazy, que en octubre había regresado de su fracasado viaje a Toscana,
donde trató en vano de influir a favor del reino etrusco de Plon-Plon, hizo
frente a los rumores de una probable anexión, con la modalidad afectadamente
iracunda, rezongona y ruidosa que le era peculiar. Ni en Francia, ni en
Cerdeña, nadie soñaba siquiera con esa anexión. A medida que se acercaba el
peligro, aumentaba también la confianza de la Revue de Génève, cuyo culto
napoleónida se había desencadenado alcanzando su paroxismo durante los
meses de noviembre y diciembre (Véase, por ejemplo,
el artículo de Plon-Plon citado más arriba).
Con el advenimiento del año 1860 entramos en la
segunda fase del tratado de anexión.
Ignorar y negar ya no concordaba con los intereses
decembristas. Ahora, sobre todo, importaba amaestrar a Suiza para la anexión y
tratar de llevarla con engaños a ocupar un lugar equivocado. El segundo punto
del programa de las Tullerías debía ser cumplido, es decir, era preciso
promulgar lo más someramente posible a la consigna referente a una probable
entrega a Suiza del territorio neutralizado. Como es natural, los decembristas
suizos eran apoyados por simultáneas maniobras efectuadas en París. Fue así como
Baroche, el ministro del interior, declaró a principios de enero de 1860 al
embajador Suizo, Dr. Kern, que “en el caso de producirse un cambio en la
posesión de Saboya, se le concedería a Suiza, de acuerdo a los tratados de
1815, una buena línea de defensa” (Véase el citado Blue Book, Nº XVIII). Aún el
2 de enero de 1860, el mismo día en que Thouvenel señalaba al |273| embajador
inglés, Lord Cowley, la anexión de Saboya y Niza como “algo muy probable”, le
declaró también “que el gobierno francés consideraba lógico el que en esas
circunstancias fueran entregados para siempre a Suiza los distritos de Chablais
y Faucigny” (lug. cit., Nº XXVII).
La divulgación de esta ilusión no sólo tenía por
objeto la preparación de Suiza para la anexión de Saboya al Imperio
decembrista, sino también anular su posterior protesta por la misma y
comprometerla ante el resto de Europa, haciéndola pasar como cómplice, aunque
un cómplice engañado por el decembrismo. Frey-Herosée, presidente de la
confederación suiza a partir de 1860, no cayó en la trampa, confiando en cambio
al capitán Harris sus temores con respecto a las supuestas ventajas que
implicaría la incorporación a Suiza del territorio neutralizado. Harris, por su
parte, previene al gobierno federal contra la intriga bonapartista, a fin de
que Suiza no aparezca como una potencia que “abriga veleidades anexionistas y
ambiciona ampliar su territorio” (lug. cit., Nº XV). Sir James Hudson,
embajador inglés en Turín, escribe en cambio a Lord John Russel; después de una
entrevista más o menos larga con Cavour: “Tengo motivos para pensar que también
Suiza ambiciona ávidamente poder anexarse una parte del territorio saboyano.
Por consiguiente no hay que hacerse ilusiones de que, mientras Francia es
criticada por sus veleidades anexionistas, Suiza sea menos culpable que ella…
Puesto que debido a este doble ataque la cuestión se complica tanto, la actitud
de Cerdeña resulta en cierto modo perdonable” (lug. cit., Nº XXXIV).
Por último, apenas Luis Bonaparte se sacó la
máscara, Thouvenel reveló con todo descaro el secreto de la consigna referente
a la anexión suiza del territorio neutral. En un despacho dirigido al embajador
francés en Berna, se burla abier-|274|tamente de la protesta de Suiza por la
anexión de Saboya a Francia. ¿Y con qué? Con el “plan para la división de
Saboya” impuesto a Suiza desde París (Véase el despacho de Thouvenel del 13 de
marzo de 1860).
¿Y hasta qué punto los agentes suizos del
decembrismo colaboraron entretanto en aquella trama traicionera? James Fazy es
el primero que en enero de 1860 explica en Berna al encargado de negocios de
Inglaterra la anexión de Chablais y Faucigny a Suiza, no como una promesa de
Luis Bonaparte, sino como el propio deseo de Suiza y de los habitantes de los
distritos neutralizados (lug cit., Nº XXIII). Vogt, que hasta tanto jamás había
sospechado la posibilidad de una anexión de Saboya, a Francia, se siente repentinamente
poseído de un espíritu profético y el Times, que desde su fundación
nunca había mencionado el nombre de Vogt, consigna
de pronto en una información: “El profesor suizo Vogt, afirma saber que Francia
desea proporcionar a Suiza Faucigny, Chablais y el Genovesado, además de los
territorios neutrales de Saboya, en el caso de que el Consejo Federal se avenga
a permitir a la República Francesa el paso por el Simplón” (Times, 3 de febrero
de 1860). ¡Pero aún hay más! A fines de enero de 1860 James Fazy le asegura al
encargado de negocios de Inglaterra en Berna, que Cavour, con el que hace
apenas dos meses ha celebrado una prolongada entrevista en Ginebra, se opone
decididamente a toda cesión de territorio a Francia (Véase el citado Blue Book,
Nº XXXIII). Y finalmente Tourte, embajador suizo en Turín, aún el 9 de febrero
corre a casa del embajador inglés Hudson para asegurarle “que no existe
convenio alguno entre Cerdeña y Francia respecto a la cesión de Saboya a esta
última y que Cerdeña de ningún modo está dispuesta a canjear o entregar Saboya
a Francia” (lug. cit.).
|275| Cada vez se aproximaba más el instante
decisivo. El Patrie de París del 25 de enero de 1860 preparaba la anexión de
Saboya en un artículo intitulado: “Les Voeux de la Savoie” —[Los deseos de
Saboya]. En otro artículo publicado el 27 del mismo mes, “Le Comté de Nice”
—[El condado de Niza]— hacía que su sombra literaria decembrista se adelantar a
la anexión de Niza. El 2 de febrero de 1860 Thouvenel anunció al embajador
inglés la anexión de Saboya y Niza, como una “posibilidad” que ya antes de
iniciarse la guerra había sido convenida entre Francia y Cerdeña. Una nota
oficial referente a la verdadera resolución de Francia de incorporar Saboya y
Niza a su territorio, recién le fue presentada el 5 de febrero a Lord Cowley
—Véase el discurso de Lord Cowley en la Alta Cámara del 23 de abril de 1860— y
al Dr. Kern, el 6 de ese mismo mes. Declarándoseles a ambos o sea, a los
embajadores inglés y suizo, que el territorio así neutralizado sería
incorporado a Suiza. Con anterioridad a estas declaraciones oficiales James
Fazy fue informado desde las Tullerías, que por medio de un convenio secreto,
Cerdeña ya había entregado a Francia, Saboya y Niza y que dicho tratado no
contenía cláusula alguna beneficiosa para Suiza. Antes de las declaraciones
oficiales a Thouvenel, Lord Cowley y al Dr. Kern, Fazy habría de dorarles y
endosarles la píldora Imperial a sus súbditos de Berna. Por lo tanto mandó que
John Perrier, su incondicional y devoto colaborador, organizara y celebrara el
3 de febrero en el local del Club Populaire, un mitin popular, en el que
aparentemente se hizo presente por mera casualidad y con el pretexto de que
“acababa de enterarse” —[les viens d’entendre]— de que se estaban tratando los
convenios recientemente firmados por Francia y Cerdeña con respecto a la cesión
de Saboya. Desgraciadamente el gobierno cerdeño ya había firmado un convenio
semejante el 27 de |276| enero; pero de este hecho político aún no debemos
sacar en conclusión que nuestra seguridad se halla realmente amenazada… Es
cierto que el tratado no contiene cláusula alguna concebida en este sentido…
Probablemente esté incluida como algo que se sobreentiende — [sous entendu,
comme allant de soi]— …No debemos poner de manifiesto antes de tiempo un
espíritu de desconfianza… Debemos reclamar simpatía —[para con el Imperio del
golpe de Estado]— …y abstenernos de pronunciar una sola palabra hostil” (Véase
la confiada alocución de Fazy, en su estilo, una obra maestra de demagogia,
aparecida en la Revue de Génève del 3 de febrero de 1860). El encargado de
negocios de Inglaterra en Berna consideró que la sabiduría profética de Fazy
resultaba ser lo suficientemente sospechosa como para informar de la misma a
Lord Russel en un despacho especial.
El tratado oficial sobre la cesión de Saboya y Niza
a Francia debía quedar finiquitado el 24 de marzo de 1860. Por lo tanto no
había tiempo que perder. El patriotismo suizo de los decembristas ginebrinos
debía constatarse oficialmente, aún antes de que se proclamara públicamente la
anexión de Saboya. Por consiguiente Vogt emprendió a principios de marzo un
viaje a París en compañía del general Klapka, que probablemente era la
personificación de la bonne foi —[de la buena fe]— para ejercer su influencia sobre
la Egeria del Palais Royal, el menospreciado genio de Plon-Plon, y dejar caer
ante los ojos de toda Suiza, todo su peso personal en el platillo que habría de
inclinarse a favor de la anexión del territorio neutralizado a Suiza. Ante la
opípara mesa de Plon-Plon —como es sabido Plon-Plon desafía en lo que a la
gastronomía se refiere a los Lucullus y Cambaceres, hasta el punto que de
resucitar Brillat Savarin, éste se vería obligado a admirar en él su genio, su
economía nacional, sus ideas li-|277|berales, su talento de guerrero y valor
personal en ese terreno. Desde la opípara mesa de Plon-Plon, de la que en su
condición de “conversador ameno” podía disfrutar ampliamente, Falstaff-Vogt
instaba ahora a Suiza a mostrarse valiente (Véase su carta de París publicada
en el Commis Voyageur de Biel, el 8 de marzo de 1860. Suplemento). Que “Suiza
demuestre que sus milicias no sirven únicamente para desfilar y jugar a los
soldaditos”. La entrega del territorio neutralizado a Suiza es una ilusión. La
entrega de Chablais y Faucigny a Suiza “representa un primer paso al que
sucederán otros muchos”. Caminando "con los dos zancos que son la
nacionalidad y las fronteras naturales, se acabará por ir al Lago de Constanza
y también al Rin… siempre que las piernas sean lo suficientemente vigorosas
para ello”. Pero —y ésta es la cuestión— Falstaff-Vogt aún no se aviene a creer
aquello que hace ya un mes, el ministro Thouvenel reveló oficialmente, lo que
sabe toda Europa: que ya en el mes de agosto de 1858 había sido convenida en Plombières
la cesión de Saboya y Niza, a cambio de la intervención francesa contra
Austria. Su “hombre predestinado” acaba de ser impulsado recientemente por los
curas, a caer, contra su voluntad, en brazos del chauvinismo, imponiéndosele la
confiscación del territorio neutralizado. “Sin duda — [así tartamudea el
perplejo apologeta]— se ha buscado en los círculos dirigentes un contrapeso que
contrarrestara el creciente movimiento clerical, creyéndose hallarlo ahora en
el llamado chauvinismo —en aquel obcecado espíritu nacional que no conoce otra
cosa que no sea la adquisición de un trocito (¡!) de tierra”.
Una vez que Vogt, mareado por los aromas de la
cocina Plon-Ploneana hubo colaborado tan valientemente en el Commis Voyageur,
comenzó a publicar poco después de su regreso y por intermedio del mismo
portavoz, fábulas absurdas, refe-|278|rentes a la incondicional adhesión que
los nizardos tributaban a Francia, a consecuencia de lo cual se vio envuelto en
un desagradable conflicto con Vizzi Ruscalla, uno de los directores centrales
de la Asociación Nacionalista Italiana y autor del panfleto: La Nationalitá di Nizza.
Y cuando este mismo héroe, que desde la mesa de Plon-Plon se había empeñado en
jugar el papel de un Winkelried, tomó la palabra en la Asamblea nacional de
Berna, entonces el guerrero toque de clarín se convirtió en un diplomático
susurro de flauta, que recomendaba la tranquila persecución de las
conversaciones con el Emperador, que siempre había simpatizado con los suizos e
insistía en advertir el peligro que siempre encerraría en sí una alianza con
Oriente. Froy-Herosée, el presidente federal, dejó caer algunas extrañas
alusiones a Vogt, el que, sin embargo, tuvo la satisfacción de ver elogiado su
discurso por el Nouvelliste Vaudois. El Nouvelliste Vaudois es el órgano de los
señores Blanchenay, Delarguaz y
demás magnates estatales del Pays de Vaud; en una
palabra, del ferrocarril occidental suizo, tal como la Neue Züricher Zeitung
—[El Nuevo Diario de Zúrich]— era el órgano del bonapartismo en Zúrich y del
ferrocarril oriental. Para caracterizar a los patronos del Nouvelliste Vaudois,
bastará señalar que en ocasión de la famosa huelga de los ferrocarriles de
Orón, siete concejales del Estado Vaudense fueron acusados repetidas veces por
la prensa adversaria, de que cada uno de ellos había recibido del Crédit Mobilier
de París —[Crédito Inmobiliario de París, el principal accionista del
ferrocarril occidental suizo]— la suma de 10.000 francos o sea, el equivalente
a veinte acciones.
Poco después de que Vogt partiera en compañía de
Klapka con rumbo hacia la Egeria del Palais Royal, James Fazy, acompañado por
John Perrier, emprendía viaje hacia la efigie de las Tullerías. Es sabido que a
Luis Bonaparte le agrada |279| representar el papel de la Efigie y que asalaria
a sus Edipos del mismo modo como los antiguos reyes de Francia asalariaban a
los bufones de la corte. En las Tullerías Fazy se interpuso entre Suiza y la
Efigie. Como ya dijimos anteriormente, John Perrier era su compañero de viaje.
Este John es la sombra de su James, hace todo lo que éste quiere, nada que éste
no quiere, vive por y para él, gracias a él se ha convertido en consejero
superior de Ginebra, prepara para él todas las fiestas y brindis, es su
Leporello, su Fialin.
Ambos regresaron a Ginebra sin haber cumplido su
cometido en cuanto a la situación de Suiza, y con sorprendente éxito, en cuanto
al peligro que corría la posición de Fazy, quien comenzó a bramar públicamente,
diciendo que se le habían abierto los ojos y que, de ahora en adelante, odiaría
a Luis Bonaparte tanto como hasta entonces le había amado. ¡Realmente es un
amor muy extraño el del republicano Fazy por el asesino de dos repúblicas! Fazy
jugó con tal destreza su papel de patriota desengañado, que toda Ginebra acabó
por impregnarse de entusiasmo fazista, hasta el punto que casi llegó a sentirse
más sensiblemente la pérdida de las ilusiones de Fazy, que la de las provincias
neutralizadas. Hasta Theodore de Saussure, su enemigo durante largos años y
jefe del aristocrático partido opositor, aceptó la imposibilidad de continuar
dudando del patriotismo suizo de James Fazy.
Una vez recibidas estas merecidas ovaciones
populares, el tirano de Ginebra fue en busca de la Asamblea Nacional de Berna.
Poco después de su partida, el adicto compañero de viaje a París, en una
palabra, su propio John Perrier, emprendió una expedición de argonautas de
índole muy extraña por cierto. Una banda de borrachos ginebrinos —así al menos
se les calificó en el London Times— seleccionados entre la sociedad los
Fruitiers, la democrática guardia de honor de Fazy, |280| emprendió sin armas y
bajo la dirección de Perrier, el viaje a Thonon para, en este punto del
territorio neutralizado, llevar a cabo una manifestación antifrancófila. En qué
consistía o debía consistir dicha manifestación, de si los argonautas debían
conquistar un vellón de oro o exponer el suyo propio, no ha podido decirlo
nadie hasta ahora, puesto que la argonáutica expedición de Perrier no fue
acompañada por ningún Orfeo, ni hubo Apolonio alguno que la cantara en sus
versos. Según parece se trataba de una simbólica toma del territorio neutralizado
por la Suiza representada por John Perrier y su banda. Fue tanto el trabajo que
en consecuencia tuvo la verdadera Suiza, en lo que a reparaciones diplomáticas,
declaraciones de lealtad y manifestaciones de indignación por la simbólica toma
de Thonon efectuada por John Perrier se refiere, que en efecto Luis Bonaparte
acabó por parecer muy magnánimo, al conformarse con solo la ocupación real de
Thonon y del resto del territorio neutralizado.
John Perrier en cuyos bolsillos había varios miles
de francos, fue detenido en Ginebra. El vice-canciller del Estado y redactor de
la Revue de Génève, el señor Ducommun, hombre joven, carente de fortuna
personal y dependiente, en los dos cargos anteriormente nombrados, del
presidente del Consejo de Estado y propietario de la revista, James Fazy,
también fue detenido a consecuencia de las declaraciones hechas por Perrier.
Admitió haberle dado el dinero a Perrier, dinero que se había sacado de una
caja destinada a la Fundación de un cuerpo de voluntarios, caja esta cuya
existencia hasta entonces era desconocida por los radicales de Ginebra. La
investigación judicial terminó con el despido, en primer lugar, de Ducommun y
luego de Perrier.
El 24 de marzo, Niza y Saboya, amén del territorio
neutralizado, eran entregados oficialmente por Víctor Manuel |281| a Bonaparte.
Entre el 29 y 30 del mismo mes John Perrier, que entretanto había regresado de
París a Ginebra en compañía de James Fazy, emprendía su argonáutica expedición,
una manifestación burlesca que hizo fracasar precisamente en el instinto
decisivo cualquier otra manifestación seria. James Fazy afirmaba en Berna “que
él nada sabía acerca de aquel suceso”.76
Laity afirmaba jactancioso en el ex territorio
neutral, que, de haber avanzado los Suizos en él bélicamente, su Emperador
habría mandado de inmediato tres divisiones para que ocuparan a Ginebra. Vogt
estaba completamente ajeno al secreto de dicha argonáutica expedición, pues,
pocos días antes de realizarse, denunciaba a la policía ginebrina con fines
profilácticos, un choque que habría de producirse desde Ginebra en la frontera
saboyana… pero señalando una pista falsa. Tengo ante mí, referente a esto, una
carta que un fugitivo radicado en Ginebra y ex conocido de Vogt dirige a otro
exilado radicado en Londres. En la misma se lee entre otras cosas: |282| “Vogt
divulgó la versión de que yo no cesaba de girar constantemente entre la Suiza
occidental y Saboya, a fin de urdir una revolución que resultaría perniciosa
para Suiza y favorable a potencias enemigas de la misma. Esto ocurría tan sólo
unos pocos días antes de producirse el atentado de Perrier, del que Vogt
seguramente estaba tan enterado, como usted y yo ignorábamos. Evidentemente
trataba de dirigir la pista sobre mi persona y aniquilarme. Por fortuna también
me denunció al jefe de policía, Duy, quien me mandó llamar y cuyo asombro fue
mayúsculo cuando, apenas me hubo dirigido la primera pregunta, le interrumpí
diciendo: “¡Ajá! ¡La famosa intriga vogtiana!” En vista de ello me pidió
referencias sobre mis relaciones con Vogt. Mis declaraciones fueron
simultáneamente sostenidas por un secretario del gobierno, miembro de la
Helvetia, el que al día siguiente partía para Berna a fin de asistir a la
Asamblea Central, donde manifestó al hermano de Vogt desagradables conceptos
referentes al comportamiento
76 La
certeza de que, a partir de la anexión del Norte Saboyano, Ginebra se había
convertido en enclave francés del mismo modo que la fortificación francesa del
puerto de Thonon, aguijonearon, como es sabido, en alto grado durante los
últimos tiempos el espíritu antidecembrista de la vieja república. Sin embargo,
las legítimas manifestaciones de esta tendencia popular son acompañadas por
otras falsas, realizadas de acuerdo al mandato parisiense y en parte también,
por el mismo personal de la policía francesa. Así, por ejemplo, podemos leer en
la Saturday Review del 22 de septiembre de 1860: “Una partida de llamados
suizos se dio en Thonon a proferir groseros insultos contra el Empire, cuando
un gendarme chapucero. dejándose llevar por un exceso de afán oficialista, echó
el guante a los llamados suizos, insistiendo en que debía revisar sus
pasaportes. Los suizos resultaron ser franceses cuyos documentos estaban
perfectamente en regla… El hecho más comprometedor con respecto a estas
ficticias colisiones, es que en una de las primeras y peores de ellas, se vio
complicado un íntimo partidario de James Fazy (el amigo Perrier).” [The gravest
fact relating to these artificial collisions is, that in one of the earliest
and the worst of them a close adherent of Mr. Fazy was prominently implicated].
de Carlos, a los que Gustavo respondió
lacónicamente, que ya hacía tiempo que a través de las cartas de aquél había
advertido cuál era el rumbo tomado por su política”.
Si primeramente el silencio, la negación y las
prácticas que recomendaban absoluta confianza en Luis Bonaparte debían eliminar
el peligro de la visión suiza, si el posterior griterío referente a la
incorporación de Faucigny, Chablias y del Genovesado a la Suiza debía
popularizar la anexión de Saboya y Niza a Francia y finalmente aquel incidente
burlesco de Thonon debía romper toda resistencia seria, de acuerdo al programa
parisiense, las anexiones realmente efectuadas y el peligro ya innegable debían
imponerse en última instancia, como los motivos que ocasionarían la voluntaria
deposición de |283| armas de Suiza, vale decir, su alianza con el Imperio
decembrista.
El problema era tan delicado que únicamente el
mismo James Fazy en persona era capaz de preparar su solución. A Vogt, su
servidor, le era permitido advertir el peligro de una alianza con el Oriente,
pero sólo Fazy podía abogar por una alianza con Oriente. Por primera vez aludió
a la necesidad de la misma en la Revue de Génève. El 18 de abril de 1860
circulaba en Ginebra un extracto de una carta recibida desde Londres, en la que
entre otras cosas se decía:
“Recomiéndeles a nuestros compatriotas influyentes
que se cuiden de los consejos de J. Fazy, que éste, acaso, pudiera dar a Suiza
con respecto a la renuncia de su neutralidad. Es muy probable que este consejo
provenga directamente del mismo gobierno francés, cuyo servicial agente fue
hasta la fecha James Fazy… Ahora adopta la postura de un buen suizo que trabaja
en contra de los propósitos de Francia, pero una persona que siempre está bien
informada, me asegura que ello es tan sólo una trampa. Apenas Suiza haya
declarado que ya no desea ni puede continuar siendo neutral, el gobierno
francés tomará nota de ello, obligándola a una alianza similar a la de la época
del primer Imperio”.
A ello Fauzy mandó responder en la Revue de Génève:
“El día en que Saboya esté unida a Francia, la
neutralidad de Suiza se habrá acabado por sí sola, con lo que un consejo
semejante de Fazy resultaría superfluo”.
Tres meses después el 10 de julio, James Fazy
pronunció un discurso en el Consejo Nacional Suizo, el que, “entre maldiciones
y gritos, levantando el puño contra los financistas y barones federales
bonapartistas —[a los que denunció como al gouvernement souterrain, gobierno
subterráneo]— marchaba directamente al campamento del bonapartismo”. El partido
|284| oficial franco-urich-valdense, si bien aparecía como el más groseramente
atacado, dejó que rezongara todo lo que quisiera. “Europa, y sobre todo Alemania,
abandonaban a Suiza. Debido a ello la neutralidad se ha convertido en un
imposible; Suiza tendrá que buscar una alianza, pero, ¿dónde?” El viejo
demagogo murmura entonces algo de “la Francia cercana y afín, que acabará por
comprender su error y tratará de repararlo alguna vez y que acaso también
termine por convertirse en república, etc. Pero los financistas y barones
federales caídos en desuso, no deberán inaugurar la nueva política; eso tendrá
que reservarse a la Helvetia, al pueblo: “Ya veréis, las próximas elecciones os
enseñarán… Las tropas federales son muy bien recibidas en Ginebra. Pero si su
presencia habrá de inspirar la menor duda con respecto al actual regimiento
ginebrino, ¡afuera con ellas! ¡Ginebra sabe valerse y defenderse por sí sola!”
Por consiguiente el 10 de julio James Fazy cumplía
en el Consejo Nacional aquello que había insinuado el 18 de abril en la Revue
de Génève: “La nueva política”, la
alianza entre Suiza y Francia, es decir, la anexión
de Suiza al decembrino. Suizos bien informados consideraron prematuras estas
revelaciones y el descubrimiento del verdadero rostro bonapartista. Sin
embargo, Fazy poseía precisamente un virtuosismo en el arte de la indiscreción
calculada, comparable tan sólo al de Palmerston.
Como es sabido, los más desacreditados
representantes del gouvernement souterrain —[del gobierno subterráneo]—,
solicitaron en el Consejo Nacional un voto de censura para Stämpfli porque, en
su condición de presidente federal, había comprendido la situación, tomando en
determinado momento la decisión apropiada: la defensa del territorio
neutralizado por medio de las tropas federales contra la intervención de las
|285| tropas francesas. El voto de censura fue rechazado por una enorme
mayoría, pero faltaba el voto de Vogt. Por aquel entonces se me escribió desde
Suiza: “Resulta muy característico de Carlos Vogt su ausencia durante esta
asamblea celebrada por las Cortes Suizas para tratar el voto de censura contra
el presidente federal R. Stämpfli. En su calidad de representante del Cantón de
Ginebra amenazado por Bonaparte, Vogt se verá obligado a emitir un enérgico
voto a favor de su defensor, Stämpfi. Además mantiene relaciones personales con
el mismo y le debe servicios. El padre de Vogt y dos de sus hermanos se ganan
la vida trabajando como empleados del Cantón de Berna; a otro hermano Stämpfli
le proporcionó, hace poco, el lucrativo cargo de jefe de estadísticos del
Estado. Por consiguiente no le era posible presentarse en una votación nominal
contra el amigo, bienhechor y hombre público. Por otra parte el Plon-Plonista
no puede aprobar una política que combate basta la muerte las agresiones del
bonapartismo. Por eso hay que escapar y esconder la cabeza, aún cuando el ancho
traste continúe visible y reciba los azotes; es esta la estratagema
acostumbrada y el destino terrenal del Falstaff moderno”.
La consigna del “Austriaquismo”, divulgada por las
Tullerías y tan frecuentemente proclamada por James Fazy, en la Revue de Génève
y repetida a gritos por su sirviente Vogt en el Commis Voyageur de Biel, los
Ensayos, el Libro Mayor, etc., acabó finalmente por recaer sobre la misma
Suiza. Más o menos a mediados de mayo en todas las tapias de Milán apareció un
letrero: “Desavenencias entre Napoleón y Suiza”. En el mismo podía leerse:
“Parece que Suiza consideró que Saboya era un
mendrugo apetecible, por lo que, acicateada por Austria, resolvió oponerse a
los planes de Napoleón III en una causa que únicamente |286| concierne a Italia
y Francia… Inglaterra y las potencias nórdicas, excluyendo Austria, no se
oponen en lo más mínimo a la incorporación de Saboya, sólo Suiza, azuzada por
Austria, que en todos los Estados Unidos de Cerdeña procura provocar rebeliones
y desasosiegos, fue la única que opuso su veto… Suiza es un Estado normal que
no podrá resistir por mucho tiempo más al acose del gran principio nacional.
Los alemanes, franceses e italianos no son capaces de someterse a dichas leyes.
Si así lo sabe Suiza, que no se olvide que en el Cantón del Tessino se habla el
idioma de los Foscoli y Giusti; que recuerde que una gran parte de ella
pertenece a la poderosa Nación que se llama Francia. Parecería que Suiza no
fuera más que un invento austríaco”.
Mientras Vogt se esforzaba tan afanosamente por
salvar a Suiza de las garras austríacas, confió la salvación de Alemania a uno
de sus más leales cobandidos, el sabio, parlanchín y enfático Carlos Meyer,
natural de Esslingen, miembro del cuerpo parlamentario, hombre presumido y
antiguo propietario de una fábrica de bisutería. Durante la bendición de la
bandera de la Asociación Obrera Alemana de Neuchâtel,
que se celebró en el “Krone” de St. Blaise, el
orador oficial, miembro del cuerpo parlamentario y bisutero Carlos Mayer,
natural de Esslingen, invitó a Alemania a que “dejara que los franceses
transpusieran tranquilamente el Rin, puesto que de lo contrario en Alemania la
situación nunca podría mejorar”.
Dos delegados de la Asociación Obrera de Ginebra,
al regresar después de Año Nuevo —[1860]— de dicha ceremonia, comentaron este
episodio. Una vez que su relato fue confirmado por varios delegados de otras
asociaciones del Oeste de Suiza, el Genfer Vorort —[Suburbio Ginebrino]—
publicó una circular destinada a prevenir contra las manifestacio-|287|nes
bonapartistas entre los obreros alemanes radicados en Suiza.
“Según una recordación —[cito ateniéndome a un
memorándum que tengo ante mí]— del primer Imperio, en el que ya también algunos
alemanes trataron de fomentar la dominación del mundo por Napoleón, confiando
en que el coloso no soportaría la caída de su sostenedor, y que entonces entre
las disgregadas provincias del Imperio Francés se encontraría también por lo
menos una Alemania unificada, tanto más capaz de lograr su libertad, se
consideraba una charlatanería política, el extraer toda la sangre de un cuerpo vivo,
dejando librado al loco milagro el que dicho cuerpo recuperara una sangre más
sana. Además se criticaba el que se le negara a un gran pueblo el derecho de
autosalvación, el derecho de disponer su propio destino; finalmente se menciona
que el esperado Mesías alemán acabara de demostrar en Italia cuál era su
concepto de la liberación nacional, etc. etc.”. La circular, según se afirmaba
en ella, estaba dirigida únicamente a esos alemanes, cuyos fines eran buenos,
pero que para lograrlos elegían medios inapropiados, rehusándose en cambio a
tratar con PUBLICISTAS VENDIDOS y AMBICIOSOS CI-DEVANTS.
Simultáneamente el Argauer Nachichten, Organ der
Helvetia —[Noticias de Argau, órgano de Helvecia]— criticaba “la lógica”,
afirmando que “era preciso dejar que el puercoespín entrara en la cueva del
topo para poder apresarlo mejor y echarlo más fácilmente, de acuerdo a cuya
repudiable lógica también sería preciso dejar libertad de acción a la Efialtes
para hacer posible el advenimiento de Leónidas. CIERTO PROFESOR que no es sino
la caricatura del pretensioso príncipe Ulrico de Würtenberg, que intentó el regreso
del exilio por intermedio de la Liga Federal, una vez que la bota de montar ya
nada quiso tener que ver con él; pero el SUSODICHO PROFESOR se |288| habría
disgustado con la Liga, por lo que ahora trata de trabar relaciones con la
bota, etc., etc.”.
La importancia de esta denuncia contra el señor
profesor Vogt consistía en que la misma apareció en un órgano de Helvecia. En
cambio se le tributó una acogida tanto más favorable en la Espérance
—[Esperanza]— un periódico de gran formato, fundado en Ginebra en 1859 por la
Caja del Estado Francés. La misión del Espérance consistía en especial en
predicar la anexión de Saboya y Renania y en general, la mesiánica misión
libertadora de nacionalidades de Luis Bonaparte. Toda Ginebra sabe que Vogt era
un habitué de la redacción del Espérance y uno de sus colaboradores más
eficaces. A mí mismo se me hicieron llegar detalles que anulan toda duda al
respecto. Aquello que Vogt insinúa en sus Ensayos; lo que hizo publicar
abiertamente en Neuchâtel por su cobandido, el suabio charlatán, miembro del
cuerpo parlamentario y bisutero, Carlos Mayer, natural de Esslinger, se
encuentra más ampliamente expuesto en el Espérance. Es así como, por ejemplo,
puede leerse en un número del mismo del 25 de marzo de 1860:
“Si la única esperanza de los patriotas alemanes se
funda en una guerra con Francia, ¿qué motivos pueden tener para querer
debilitar el gobierno de dicho país y vedarle el derecho a formar sus fronteras
naturales? ¿O es que el pueblo alemán se encuentra muy lejos de compartir este
odio a Francia? Sea como fuere, existen muy sinceros patriotas alemanes, sobre
todo entre los DEMÓCRATAS ALEMANES MÁS AVANZADOS —[en especial el Reichs-Vogt,
el o lo Ranickel, Carlos Mayer, de Esslingen y tutti cuanti]— que no consideran
que la pérdida de la margen izquierda del Rin sería una gran desgracia y que en
cambio están convencidos de que ÚNICAMENTE DES-|289|PUÉS DE DICHA PÉRDIDA podrá
comenzar la vida política de Alemania, de una Alemania renacida, fundada sobre
la alianza y absorbida por la civilización del Occidente europeo”.77 Informada
de este modo por Vogt sobre las opiniones de la democracia alemana más
avanzada, Espérance declara en un artículo de fondo del 30 de mayo que “un
plebiscito en la margen izquierda del Rin, no tardará en demostrar que allí
todo el mundo simpatiza con Francia”.
El Postheiri, un periódico humorístico suizo, hacía
malos chistes sobre Espérance, el “desvencijado jamelgo que tras los leves
laureles de Baco-Plon-Plon, se veía obligado ahora a soportar en el establo la
pesada alforja de su silencio”. De la precisión con que son realizadas las
extorsionadoras maniobras decembristas, puede comprobarse al examinar el caso
siguiente. El 30 de mayo Espérance entregaba al decembrismo por plebiscito la
margen izquierda del Rin; el 31 de mayo Luis Jourdan abrió en el Siècle de París
las trincheras pro anexión renana y a principios de junio el Propagateur du
Nord et du Pas de Calais —[Propagador del Norte y del Paso de Calais]— lanzaba
su carga de grueso calibre sobre Bélgica. Poco antes de estallar la bomba
ginebrina, Edmond About declaró en Opinion Nationale que la ampliación de
Cerdeña había obligado al Emperador “de pendre la Savoie… c. a. d., nous
fermons notre porte” —[a tomar Saboya, es decir que cerra-|290|mos nuestra
puerta]—. Y termina diciendo que si en Alemania las aspiraciones unitarias
llevaran a una ampliación similar de Prusia, allors nous saurions à veiller a
notre sureté, à prendre la rive gauche du Rhin, c’est a dire, nous fermerions
notre porte —[entonces nosotros tendríamos que velar por nuestra seguridad, tomar
la margen izquierda del Rin, es decir, que cerraríamos nuestra puerta]. A este
despreocupado cancerbero siguió de inmediato, pisándole los talones, el
inconvertible cornudo, el extraordinario corresponsal extranjero del
Independence Belge, una especie de José Proudhomme y adivino especial de
Providence radicada en las Tullerías. Esperance fomentó entretanto su extraño
entusiasmo por la unidad alemana y su indignada denuncia de los
antidecembristas alemanes vendidos a Austria, llevándolo a alturas tan mareantes,
que James Fazy, obligado a mantener ciertas relaciones diplomáticas, y que
además estaba a punto de convertir su Revue de Génève en la Nation Suisse, se
dignó declarar con generosa altivez por intermedio de la revista, que también
era posible oponerse al bonapartista sin ser necesariamente austríaco.
77 “Si la
seule espérance des patr íotes allemandes est fondée sur una guerre avec la
France, quelle raison peuvent-ils avoir de chercher a affaiblir le gouvernement
de ce pays et l’empécher de former ses frontières naturelles? Sarait-il que ie
peuple en Allemagne est lo in de partager cette haine de la France? Quoi qu’il
en soit, il y a des patriotes allemandes tres sinceres et notamment parmi les
democrates les plus avances, que ne voient pas grand malheur dans la perte de
la rive gauche du Rhin, qui sont au contraire, convaincus que c’est aprez cette
per te seulement que commencera la vie politique d’une Allemagne régènérée,
apuyée sur l’alliance et se confondant avec la civilisation del’Occident
européen” (L’Esperance, 25 mars, 1860).
Carlos Vogt, Dâ-Dâ alemán, propietario de una
agencia de publicidad decembrista para la prensa alemana, subagente de Fazy,
“conversador ameno” en el Palais Royal, Falstaff de Plon-Plon, “amigo” de
Ranickel, apuntador del Commis Voyageur de Basilea, colaborador de Espérance,
protegido de Edmont About, cantor de la Lusiada, debía descender entonces otro
escalón más. En París, a la vista del mundo, en la Revue Contemporaine, habría
de aparecer del brazo con MONSIEUR EDOUARD SIMON. Veamos por un instante qué es
la Revue Contemporaine y quién es Monsieur Edouard Simon.
La Revue Contemporaine fue originalmente la revista
oficial decembrista, contrariamente a la Revue des deux Mondes, en la que
colaboraban las plumas elegantes, la gente del Jour-|291|nal des Débats,
orleanistas, fusionistas, y, en especial también, profesores del Collège de
France y Membres de l’Institut. Como no era posible obligar a colaborar a este
personal de la Revue Contemporaine, se intentó alejarlo de la Revue des deux
Mondes, presionándolo de esta manera y dando un rodeo a favor de la revista decembrista.
Sin embargo este golpe no tuvo mucho éxito. Los propietarios de la Revue
Contemporaine hasta consideraron inapropiado negociar con el comité de
redacción que les había sido impuesto por el señor Laguerronière. Pero como
ahora el ventrílocuo de las Tullerías necesita de megáfonos especiales que
corresponden a los más diversos estados de ánimo, la Revue Contemporaine es
convertida en la revista oficiosa, mientras la Revue Européenne es destinada
con su comité de redacción impuesto por Laguerronière, a ser la revista
oficial.
Veamos quién es Edouard Simon: originalmente un
judío prusiano puro llamado Edouard Simon, que no obstante hace los más
extraños equilibrios para pasar por francés de profesión, con una única
desventaja: la de su estilo que delata a cada momento al judío netamente
prusiano, traducido al francés.
Poco después del homenaje a Schiller —noviembre de
1850—, me encontré en la casa de un amigo londinense con un respetabilísimo
comerciante, ha muchos años radicado en París, quien me informó ampliamente
acerca del homenaje al poeta, celebrado en dicha ciudad, las asociaciones
Schiller, etc. Lo interrumpí a fin de preguntarle cómo las Asociaciones y los
centros alemanes podían mantenerse en pie con respecto a la policía
decembrista. Me respondió con humorística sonrisa:
“Lógicamente no hay reunión sin Mouchard —[soplón]—
ni Asociación sin Mouchard. Para evitar mayores ulterioridades, adoptamos
definitivamente la simple técnica —pro-|292|batum est— de vincularnos con un
Mouchard conocido y hacerlo miembro del comité. Y para todas estas
oportunidades disponemos de nuestro eficaz EDOUARD SIMON. Usted sabrá que
Laguerronière fue anteriormente lacayo de Lamartine y fabricante de tartas de
Emilio de Girardin; en la actualidad es el favorito del Emperador, su estilista
secreto, y simultáneamente, censor superior de la prensa francesa. Ahora
Edouard Simon es el faldero de Laguerronière y —[añadió frunciendo sus narices
con un gesto extraño]— …es por cierto un can muy maloliente. Sin duda usted le
perdonará a Edouard Simon el no haber querido trabajar pour le roi de Prusse
—[para el rey de Prusia]—, considerando en cambio, que con su adhesión al
sistema decembrista se brindaba a sí mismo y a la civilización un incalculable
servicio. Es un tipo de poco espíritu y de carácter sucio, pero no del todo
ineficaz en una determinada esfera de la intriga subalterna. Laguerronière
destinó a la Patrie su Edouard Simon para que ejerciera las funciones de uno de
sus articulistas de fondo. Ello prueba el tacto del estilista secreto. El
propietario de Patrie, el banquero Delamarre, es un advenedizo
encopetado, terco y gruñón, que en su oficina no
tolera a personas que no sean criaturas de decidida adaptabilidad servil. Por
lo tanto era ese el lugar apropiado para nuestro Edouard Simon, quien a pesar
de su raticida, suele ser tan suave como un gato. Como usted sabe, Patrie fue
durante la República uno de los órganos más desvergonzados de la Rue des
Poitueurs. Desde el advenimiento del decembrismo, disputa al Pays y al
Constitutionelle el honor de ser el órgano semioficial de las Tullerías y,
desde que fue dada la señal, colabora intensamente en propagar la fiebre
anexionista. Usted conocerá seguramente a esos mendigos que representan ataques
de epilepsia en la calle para sustraer algunos céntimos a los transeúntes. En
efecto, Patrie tuvo el honor de |293| ser el primero en anunciar la próxima
anexión de Saboya y Niza. Apenas la anexión se hubo cumplido, cuando ya amplió
su diario, pues, como declaró ingenuamente el señor Delamarre, La Savoie et le
comté de Nice ayant éte anexés a la Prusse, la consequence naturelle est
l’agrandissement de la patrie —[una vez anexada Savoya y el condado de Niza, la
consecuencia natural es el engrandecimiento de la patria]—. ¿A quién esto no
habría de recordar aquel chiste del cínico parisiense que, a la pregunta:
Quest-ce-que la patrie? —[qué es la patria]— responde lacónicamente: Journal du
soir —[diario de la tarde]—. Y si ahora también llegase a anexarse las
provincias renanas, ¡cuál no sería el engrandecimiento de Patrie y su formato,
y del salario de Edouard Simon! En sentido económico nacional, Patrie ve la
felicidad de Francia en la abolición del Tourniquet de Bourse, con lo que los
negocios de bolsa y junto con ellos el país entero, volverían a escalar
subrepticiamente alturas inusitadas. También Edouard Simon sueña con la
abolición del Tourniquet de Bourse. Pero nuestro Edouard Simon no es únicamente
el editorialista de Patrie y el falderillo de Laguerronière. Es también el más
incondicional y asiduo amigo de la Nueva Jerusalén, alias prefectura policial,
es decir, del señor Palestrina. Para abreviar, señores —[terminó diciendo el
narrador]— todo comité que cuente con el señor EDOUARD SIMON en su seno, se
encuentra por ello en el más perfecto olor policial”. Y el señor… lanzó una
carcajada tan extrañamente aguda, como si el odeur de mauvaiz lieu —[olor de
mal lugar]—, y Monsieur Edouard Simon tuvieran una relación secreta e
indecible.
El señor Kinglake advirtió a los Comunes el
agradable equívoco de política exterior, policía y prensa, que caracteriza a
los agentes del decembrismo (Sesión del House of Commons, del 12 de julio de
1860). Monsieur EDOUARD SIMON —[el |294| conocido Edouard de Vogt, lógicamente
no debe confundirse con la dulce Kunigunda de éste, alias, Luis Simon Trier]—78
Monsieur EDOUARD SIMON, decimos, falderillo de Laguerronière, el perro de lanas
de Delamarre, espía de Palestrina y amigo de todos y de nadie, si bien no integra
la Crema, es evidente que pertenece al queso holandés del 10 de diciembre, al
segundo círculo en el que
s’annida
Ipocrisia, lusinghe, e chi affatura,
Falsitá, ladroneccio, e simonia
Ruffian, baratti, e simile lordura.
78 Por
intermedio de la suave Kunigunda se hicieron llegar algunos conceptos vogtianos
sobre mi persona, a un oscuro pasquín de mi ciudad natal, Tréveris, en el que
entre o tras cosas se habla de mi “contacto carnal” con el Allgemeine Zeitung.
¡Vaya asociación de ideas para la virginal Kunigunda! Very shocking indeed!
Muchas semanas antes de la aparición de su Libro
Mayor, Carlos Vogt había encomendado a Edouard Simon que lo comentara en la
prensa Francesa. Edouard Simon se decidió por el double emploi. En primer lugar
tradujo el Libro Mayor para el señor Laguerronière, en cuya oportunidad su
patrón lo destinó a la Revue Contemporaine. En vano la redacción de la Revue
Contemporaine solicitó humildemente que por lo menos el tal Edouard Simon
apareciera anónimamente en sus columnas. Laguerronière se mostró implacable. Edouard
Simon debutó en la Revue Contemporaine del 15 de febrero de 1860 con el anuncio
de su amigo Vogt, que encabezaba a grandes letras: Un tableau de Moeurs
Politiques de l’Allemagne. Le procès avec la Gazette d’Augsbourg. [Cuadro del
carácter político de Alemania. El proceso del señor Vogt contra el Diario de
Augsburgo]. Firmado: EDOUARD SIMON.
|295| El “latino” Edouard Simon no cree que para
ser “un buen francés es preciso que lance invenciones contra la noble raza
germana” —Revue Contemporaine, pág. 531—, pero como “buen francés” y “latino de
nacimiento”, es preciso que con respecto a lo alemán, por lo menos ponga de
manifiesto una ignorancia congénita. Así dice entre otras cosas, refiriéndose a
su Carlos Vogt: “Fue uno de los tres regentes del Imperio en un día”.79
Monsieur Edouard Simon lógicamente no sospecha siquiera, que el Reich in partibus
gemía bajo el régimen pentártico y “en su convicción de francés”, cree más bien
que, aunque más no fuera que por simetría, a los tres Reyes Magos de Colonia,
habrían correspondido tres regentes imperiales parlamentarios en Stuttgart. Los
chistes que “el amigo” Vogt hace en el Libro Mayor, “van a menudo demasiado
lejos para el gusto francés”.80 El Edouard francés arreglará esto “y tratará de
elegir”.81 “El amigo” Vogt ama, por naturaleza, “los colores chillones” y no se
le puede considerar precisamente hombre de buen gusto en lo que al lenguaje se
refiere”.82 ¡Naturalmente! El “amigo” Vogt es apenas un alemán anexado, del
mismo modo como Dâ-Dâ es un árabe anexado, mientras Edouard Simon es en cambio
por nacimiento “francés legítimo” y “latino” por raza. ¿Cuándo el señor Orges y
el Dr. Diezel fueron tan lejos en su negación de “la raza latina”?
Monsieur Edouard Simon divierte a sus superiores
presentando al público parisiense a uno de los “tres” Reyes Magos alemanes del
Parlamento incompleto — dicho sea de pa-|296|so, con el correspondiente
beneplácito y conformidad de dicho Rey Mago— haciéndolo caminar tras la carroza
triunfal del Quasimodo Imperialista. Está visto —afirma Edouard Simon, de
acuerdo a una cita perteneciente al Libro Mayor de Vogt— “que al señor Vogt no
le preocupaba el origen de donde provenía la ayuda a favor de la unidad alemana,
con tal de que la misma se hiciera efectiva; el Imperio francés hasta se le
antojaba especialmente apropiado para acelerar la solución por él deseada.
Acaso en esto el señor Vogt vendía a BAJO PRECIO [¿? ¡!] sus antecedentes, y
sin duda sus antiguos colegas que en el parlamento de Fráncfort compartieron
con él las bancas de la extrema izquierda, se sorprendían al ver cómo ese
furibundo enemigo de toda potencia unificada, ese ardiente defensor de la
monarquía, ponía de
79 “Il fut
un des trois régents de l’Empire-ephémére” (lug. cit., página 548).
80 “Il
depasserait le but au goût des français” (lug. cit., pág. 519).
81 “Nous
nous efforceront de choisir” (lug. cit.).
82 “M. Vogt
aime beaucoup les couleucs tranchantes, et il n’est pas précisément un gourmet
en matière de langage” (lug. cit., pág. 530).
manifiesto UNA TAN VIVA SIMPATÍA HACIA EL SOBERANO
QUE EN FRANCIA HABÍA VENCIDO A LA ANARQUÍA.83
De la izquierda indefinida, Edouard Simon traslada
al “fugitivo regente Imperial” a la extrema izquierda del parlamento de
Fráncfort . Del hombre “que votó por el hereditario Emperador alemán”, surge un
“furibundo enemigo de toda potencia unificada” y del miembro de la Asociación
Central de Marzo que a toda costa predicaba el “orden” entre los heterogéneos
partidos de los cabarets de Fráncfort, nace ahora un “ardiente defensor de la
anarquía”, todo para destacar la presa lograda por el 10 de diciembre en la
persona del “fu-|297|gitivo regente Imperial”. Cuanto más estupenda resulta ser
la “tan viva simpatía” que el señor Vogt “abriga para el hombre que ha vencido
en Francia a la anarquía”, tanto más valiosa se torna su actual comprensión de
que el Imperio francés es el más indicado para fundar la unidad alemana, y
tanto más comprensible resulta el gesto del “amigo” Simon que con la horqueta
señala que el “amigo” Vogt “acaso” haya vendido sus antecedentes “a bajo
precio” —[de bon marché]— es decir, que el hombre del decembrismo en modo
alguno los ha adquirido “a un precio demasiado elevado”. Y para no dejar la más
mínima duda en las esferas superiores de que el ahora “amigo” Vogt resulta ser
hombre de tanta confianza como el “amigo” Simon, Monsieur Edouard nos cuenta
sonriente, frotándose las manos, y guiñando su ojo izquierdo, que en su ansia
de orden, si es que interpreta bien al señor Vogt, éste hasta había llegado a
denunciar a las autoridades ginebrinas determinadas actividades
revolucionarias,84 del mismo modo como Monsieur Edouard Simon “presenta
denuncias a los señores Palestrina y Laguerronière”.
Es de dominio público que About y Jourdan, y
Granier de Cassagnac y Boniface, y el doctor Hoffmann; que los frailes de
Esperance, los caballeros de Nationalitées, los fuelles de Opinion Nationales,
los Penny-a-liner de Independence, del Morning Cronicle del Nouveliste Vaudois,
etc.; los Laguerronière y Simon, estilistas, civilizacionistas, decembristas,
Plon-Plonistas, Dentuistas y dentistas; que todos ellos en general y en
especial, deben su inspiración de una misma y augusta… CAJA. Ahora ya no
encontramos a Dâ-Dâ-Vogt como el defensor aislado que lucha por cuenta propia,
sino subvencio-|298|nado, endoctrinado, comandado, encanallado, formando un
nexo con Edouard Simon, anexado a Plon-Plon, coapresado y ahorcado. Resta
preguntar: ¿Carlos Vogt es pagado por su agencia?
“Si no me equivoco, sobornar equivale a mover al
prójimo por medio de dinero y otros beneficios, a cometer acciones y hacer
manifestaciones opuestas, a sus convicciones” (Libro Mayor, pág. 217). Y el
Plon-Plonismo es la convicción de Vogt. De modo que aun cuando se le pague con
dinero, ello no quiere decir que sea sobornado. Pero el cuño de la moneda no
podría ser más variado que la índole de la paga.
¿Quién sabe si Plon-Plon no designó a su Falstaff
para ejercer el comando sobre la torre de las ratas junto a la cueva de Bingen?
¿O el nombramiento de miembro
83 On le
voit, M. Vogt se souciait peu d’ou vint te secours en faveur de l’unité
allemande, pourvu qu’il vint; l’empire français lui semblait même
singulièrement propre à hâter le dénoûement qu’il désire. Peut-être en cela M.
Vogt faisait-il bon marché de ses antécédents, et il dut paraitre ètrange, à
ses anciens Collegues qui siégaient avec lui à l’extrême gauche dans le
Parlament de Fráncfort de voir ce fougoueux antagoniste de tout pouvoir unique,
se fervant zélateur de l’anarchie manifester de si vives sympathies envers le
souverain qui l’a vaincue en France (lug. cit., pág. 518).
84 Si nous
l’avons bien compris, it a même appelé l’attention des autoritées de Génève sur
ces menées (lug. cit., pág. 529).
corresponsal del Instituto, después que About en su
La Prusse en 1860 —[Prusia en 1860]— hace que los naturalistas franceses se
disputen el honor de mantener simultáneamente correspondencia con el Vogt vivo
y el difunto Diefenbach? ¿O es que está a la vista su restauración como Regente
Imperial?
Sí; aun cuando su fama explica las cosas en forma
más prosaica. Es así cómo “con el cambio de cosas producido a partir de 1859”
—hasta hacía poco el codirector de una sociedad anónima radicalmente esquilmada
y complicada en investigaciones policiales—, lo que los temerosos amigos
trataban de borrar, explicándolo con el valioso obsequio en acciones que cierta
asociación anónima minera italiana le había hecho a Vogt, en reconocimiento a
sus méritos mineralógicos y que éste, durante su primera estada en París, había
hecho efectivas. Desde Suiza y Francia los conocedores de la causa que
mutuamente se desconocen por completo, me escribieron casi a un mismo tiempo,
que el “conversador ameno” ejercía la vigilancia superior ligada a determinadas
ganancias, sobre |299| la finca rural cercana a Nyon —[en el País de Vaud]—
llamada “La Bergerie”, residencia que Plon-Plon había adquirido para la viuda
Ifigenia de Turín. En efecto, tengo conocimiento de una carta en la que un
“neo-suizo” que confía en Vogt aún mucho tiempo después del “cambio de 1859”,
especifica una suma muy importante a principios de 1860, comunicándosela a un
tal señor “P. B. B. 78, Fenchurchstreet, Londres”, suma que su ex amigo había
recibido de la Caja Central de París, no como soborno sino como adelanto.
Noticias similares y aún peores llegaron hasta
Londres, pero yo, por mi parte, no arriesgaría una sola brizna de paja por
ellas. Más bien, le creo a Vogt cuando dice que:
“A nadie le importa de dónde saco mis recursos. En
lo sucesivo continuaré tratando de obtener los medios necesarios para el logro
de mis fines políticos y seguiré aceptándolos, consciente de mi buena causa,
sea cual fuere el origen de los mismos” (Libro Mayor, pág. 226). Quiere decir
que también los tomaría de la Caja Central de París.
¡Fines políticos! Nugaris, cum tibi, Calve, Finquis
aqualiculus propenso sesquipede extet.
¡Buena caza! Probablemente sea éste el concepto
germano-idealista de aquello que el inglés, groseramente materialista, llama
the good things of this world [Las buenas cosas de este mundo].
Opine lo que opinare de ello M. D. Schaible, ¿por
qué no habría de creérsele al señor Vogt, ya que en ese mismo Libro Mayor y al
final de sus historias cinegéticas sobre la Banda de Azufre, etc., informa con
idéntica solemnidad:
“Con esto finaliza un capítulo de la HISTORIA
CONTEMPORÁNEA. Lo que propongo no son meras quimeras; SON EFECTIVOS” (Libro
Mayor, pág. 182).
|300| ¿Por qué su agencia no habría de ser tan pura
como los hechos relatados en su Libro Mayor?
Yo, por mi parte, estoy convencido de que,
contrariamente a todos los miembros de la Banda de Diciembre que escriben,
revolucionan, politiquean, conspiran, propagan, se jactan, plon-plonean,
complotan y se comprometen, sólo Vogt es, única y exclusivamente, quien
interpreta a su rey como el homme qu’on aime pour lui même [como al hombre que
se ama por él mismo].
Swerz niht geloubt, der sündet,85 como dice Wolfram
von Eschenbach o, como dice la canción moderna: “El que no cree se equivoca”.
85 Quien no
lo cree, peca.
|301|
CAPÍTULO X. PATRONOS Y COBANDIDOS
Principibus placuisse viris non ultima leus este.
Como garantes de su “good behaviour”, el
ex-Reichs-Vogt presenta a Kossuth y a los “hombres: Fazy, el reparador de
Ginebra y Klapka, el defensor de Comorn”, a los que “se enorgullece de llamar
sus amigos” (Libro Mayor, pág. 213). Yo los llamo sus patrones.
Después de la batalla de Comorn —2 de julio de
1849— Görgei usurpaba el comando superior del ejército de Hungría, contrariando
las órdenes del gobierno húngaro que lo había depuesto. “Si a la cabeza del
gobierno hubiera estado un hombre enérgico —[dice el Coronel Lapinski, que en
su escritorio aún es adicto de Kossuth]—, ya por aquel entonces se habría
puesto punto final a todas las intrigas de Görgei. Bastaba con que Kossuth se
presentara en el campamento y dirigiera unas veinte palabras al ejército, para que,
a pesar de toda su popularidad, Görgei no se salvara de caer… Pero Kossuth no
vino, no tenía la suficiente fuerza de voluntad para enfrentarse abiertamente
con Görgei y, mientras intrigaba secretamente contra el General, trataba de
justificar sus faltas ante el mundo (Th. Lapinski, Campaña del prin-|302|cipal
ejército húngaro, etc., págs. 125, 126). Según su propia confesión, la
premeditada traición de Görgei le fue denunciada algún tiempo después a Kossuth
por el General Guyon (Ver David Urquhart. Visit to the Hungarian Exiles at
Kutayah). “No obstante, Kossuth afirmó en un hermoso discurso pronunciado en
Szegetin, que si tuviera conocimiento de la existencia de algún traidor, no
vacilaría en matarlo con sus propias manos, con lo que probablemente se refería
a Görgei. Pero no sólo no cumplió esta amenaza un tanto teatral, sino que ni
siquiera pronunció ante sus ministros el nombre del que sospechaba; y mientras
con algunos forjaba miserables planes contra Görgei, hablaba con el mayor
respeto del mismo y hasta le escribía las más cariñosas cartas. Que lo entienda
quien sea capaz de ello; yo no comprendo cómo es posible que, reconociendo que
en la caída de un personaje peligroso reside la salvación de la patria, se
trate con mano temblorosa de empujarlo, mientras simultáneamente se le apoya,
proporcionándole adictos y admiradores por medio del testimonio de su confianza
en él y entregando con ello todo el poder en sus manos. Mientras Kossuth
trabajaba de esta desgraciada manera en pro y en contra de Görgei…, Görgei, más
firme y consecuente que él, daba cumplimiento a sus nefastos planes” (Th.
Lapinski, lug. cit., págs. 163, 164). El 11 de agosto de 1849, Kossuth,
cumpliendo órdenes de Görgei, según se dice, publicaba desde el fuerte de Arad
un manifiesto de renuncia, en el que inviste a Görgei “con los más altos
poderes civiles y militares” y declara: “Tras las desgraciadas batallas a que
en los últimos días sometió Dios a la Nación, ya no cabe esperar que podamos
continuar con éxito nuestra lucha de autodefensa contra las dos grandes
potencias unidas”. Después de haber declarado así al principio del manifiesto
irremisiblemente perdida la |303| causa de Hungría por la voluntad de Dios,
Kossuth “pone a Dios por testigo” de que Görgei empleará el poder a él confiado
“para salvar a Hungría”. Confiaba lo suficientemente en Görgei como para
entregarle a Hungría, pero no para entregarle su propia persona. Su
desconfianza personal hacia Görgei era tan
grande, que supo hacer coincidir hábilmente su
propio arribo a tierras turcas con la llegada a las manos de Görgei, de su
carta de abdicación. Por eso también su manifiesto termina con estas palabras:
“Si mi muerte pudiera servirle de algo a mi patria, complacido le sacrificaría
mi vida”. Aquello que en aras de la patria había sacrificado entregándolo a
Görgei, era el gobierno cuyo título sin embargo volvió a usurpar una vez que se
encontró bajo el protectorado turco.
En Kutayah, Su Excelencia, el gobernador in
partibus, recibía el primer Blue Book que Palmerston había presentado al
parlamento referente a la catástrofe húngara. El estudio de estos documentos
diplomáticos —así escribió a D. Urquhart— le convenció de que “Rusia disponía
de un espía, o mejor dicho, de un agente en cada gabinete” y de que Palmerston
había traicionado a la querida Hungría en pro de los intereses rusos.86 Y las
primeras palabras que se le ocurrió pronunciar en público, apenas pisó tierra inglesa
a su arribo a Southampton, fueron: Palmerston, the dear friend of my bossom
[Palmerston, el caro amigo de mi corazón].
Después de suspendida su intervención en Turquía,
Kossuth fue a Inglaterra. En el camino, al llegar a Marsella, donde, no |304|
obstante, no se le permitió bajar a tierra, dio a publicidad un manifiesto,
concebido de acuerdo al espíritu y a la consigna de la democracia socialista
francesa. Llegado a tierra inglesa, negó de inmediato “aquella nueva doctrina,
la democracia socialista, a la que, con o sin razón, se considera incompatible
con el orden social y la seguridad de la propiedad. Hungría no quiere, ni nada
tiene que ver con esa clase de doctrinas, ya que en Hungría no existe el más
mínimo motivo para aceptar la misma” [Compárese esto con la carta de Marsella].
Durante los primeros quince días de permanencia en Inglaterra, su credo cambió
tantas veces como de auditores: todo para todos. El conde Casimiro Batthyani
motivó por aquel entonces su ruptura oficial con Kossuth.
“No fueron únicamente los bévues [yerros] cometidos
por Kossuth a partir de sus quince días de libertad, los que me impulsaron a
dar este paso, sino toda la experiencia que adquirí, todo lo que vi, soporté,
toleré, sufrí y, según usted podrá recordarlo, disfracé y mantuve oculto,
primero en Hungría y luego en el exilio; en una palabra, la opinión que me
forjé sobre el hombre… Permítame advertir que aquello que el señor Kossuth dijo
o dirá en Southampton, Wisbeach o Londres, para abreviar, en Inglaterra, no puede
anular aquello que dijo en Marsella. En el país del “joven gigante” —
[América]— volverá a adoptar otra tonalidad, pues tal como en otras cosas
acostumbra a ser inescrupuloso, doblándose al igual de una débil caña al
impulso de cualquier fuerte ráfaga, desmiente sans gêne [sin embarazo] sus
propias palabras y no tiene inconveniente de cobijarse tras los nombres de los
Grandes desaparecidos, arruinados por él como, por ejemplo, mi pobre primo Luis
Batthyani… No titubeo un solo instante en declararos que, antes de que Kossuth
abandone Inglaterra, tendréis toda la razón para arrepentiros de los honores de
que |305| tan dispendiosamente habéis hecho objeto a un carácter tan sin valor
[a most undeserving heat]”. (Correspondence of Kossuth. Letter of Count
Batthyani to Mr. Urquhart. París, 29 de octubre de 1851).
86 Por aquel
entonces Kossuth no podía comprender cómo era posible que alguien “pudiera”
dejarse engañar por la hostilidad de Rusia simulada por Palmerston. “How could
a man of any intellect for a single moment believe that the Minister who
allowed Russia's intervention in Hungary, would give the word of attack against
her?” (Carta fechada, Kutayah, 17 de diciembre de 1850. Correspondence of
Kossuth).
La tourné: de Kossuth por los Estados Unidos donde
en el Norte abogaba en contra y en el Sud, abogaba en pro de la esclavitud,
dejó como saldo una decepción monstruosa y trescientas víctimas de su oratoria.
Pasando por alto este extraño episodio, apuntaré únicamente que aconsejaba con
ardor a los alemanes de Estados Unidos y especialmente también a la emigración
alemana, una alianza entre Alemania, Hungría e Italia con exclusión de Francia.
Inmediatamente después de su llegada a Londres trató, por intermedio de cierto
sujeto dudoso, el conde Szirmay y del coronel Kiss, de París, de anudar
relaciones con Luis Bonaparte. (Véase mi carta aparecida en el New York Tribune
del 28 de septiembre de 1852 y mi declaración aparecida en el mismo periódico,
el 16 de noviembre de 1852).
Durante la Emeute [revuelta] de Mazzini en Milán
—1853— apareció en las murallas de esta ciudad una proclama dirigida a las
tropas húngaras allí acampadas, instándolas a unirse a los insurgentes
italianos. La misma estaba firmada por Luis Kossuth. Apenas había llegado a
Londres la noticia de la derrota de los insurrectos, cuando ya Kossuth se
apresuró a declarar por intermedio del Times y otros diarios ingleses, que
dicha proclama era falsa, proporcionando de esta manera a su amigo Mazzini un
desmentido oficial. No obstante, la proclama era legítima. Mazzini la había
recibido de Kossuth y obraba de común acuerdo con éste. Convencido de que la
caída de la dictadura austríaca en Italia requería la acción unida de Italia
con Hungría, Mazzini comenzó por tratar de sustituir a Kossuth por un dirigente
húngaro más seguro, pero después del |306| fracaso de su intento, debido a las
divergencias de la emigración húngara, decidió perdonar a su inconstante
aliada, evitándole magnánimamente una situación embarazosa que necesariamente
debía aniquilarlo en Inglaterra.
Como es sabido, ese mismo año de 1853 tuvo lugar la
declaración de la guerra ruso-turca. El 17 de diciembre de 1850 Kossuth había
escrito refiriéndose a Kutayah y David Urquhart: “Sin un superior gobierno
turco, Turquía dejará de existir. Y, de acuerdo al actual estado de cosas,
Turquía es absolutamente necesaria pata la libertad del mundo”. En una carta
dirigida al Gran Visir Redschid Pashá, fechada el 15 de febrero de 1851, se
acentúa su entusiasmo por Turquía. Con exuberantes frases ofrecía sus servicios
al gobierno turco. Durante su gira por los Estados Unidos, el 22 de enero de
1852, le escribe a D. Urquhart: “¿Estaría usted dispuesto —y nadie como usted
puede saber hasta qué punto son idénticos los intereses de Turquía con los de
Hungría— a defender mi causa en Constantinopla? Durante mi estada en Turquía,
La Sublime Puerta no sabía quién era yo; el recibimiento de que se me hizo
objeto en Inglaterra y América y la situación que me proporcionaron la suerte y
casi diría, la providencia, acaso demuestren a dicha Sublime Puerta Sagrada que
soy amigo leal y, probablemente no del todo falto de influencias para Turquía y
su porvenir”. El 5 de noviembre de 1853 le ofrecía por carta al señor Crawshay
(urquhartiano) “ir a Constantinopla como aliado de Turquía, pero “no con las
manos vacías” —[not with empty hands]— por lo que encarece al señor Crawshay
que le proporcione dinero “por medio de amistosas presentaciones privadas en
las casas de personas liberales, capaces de otorgar la ayuda por él requerida”,
en esa misma carta dice: “Odio y desprecio el arte de hacer revoluciones [I
hate and despite the artifice or making revolu-|307|tions]. Mientras así
rebosaba de odio a las revoluciones y de amor a los turcos frente a los
urquhartianos, daba a publicidad en compañía de Mazzini, manifiestos en los que
se proclamaba la expulsión de los turcos de Europa y la
conversión de Turquía en “una Suiza Oriental”,
firmando nada menos que las proclamas del llamado comité central de la
democracia europea, en las que se abogaba por una revolución general.
Debido a que por una parte ya a fines de 1853
Kossuth malversó en América los dineros recogidos en nombre de Hungría, y por
otra el señor Crawshay hizo oídos sordos a su requerimiento, el gobernador
renunció a su planeada cruzada a Constantinopla, enviando sin embargo con las
mejores recomendaciones a su gente, el coronel Juan Banya.87
|308| El 20 de enero de 1858 se reunió en Aderbi,
Circasia, un tribunal de guerra que, por unanimidad, condenó a muerte al
Mehemet Bey, anteriormente Juan Banya d’Hlorfalva, convicto y confeso de
traicionar al país y mantener correspondencia secreta con el enemigo —[el
General ruso Philipson]— lo que, no obstante, no fue
87 En 1850 conocí en Londres a Banya y su entonces
amigo, el ahora General Türr. La desconfianza que rae inspiraban sus
maquinaciones con toda clase de partidos, orleanistas, bonapartistas, etc., y
sus relaciones con los policías de cualquier “nacionalidad”, quedó anulada en
cuanto él me presentó una credencial extendida por el mismo Kossuth, en la que
figuraba como exjefe provisional de la policía de Komorn, a las órdenes de
Klapka, designándosele para el cargo de jefe de policía in partibus. En su condición
de jefe de la policía secreta a las órdenes de la revolución, era lógico que se
mantuviera abiertas las puertas de la policía que estaba a las órdenes de los
gobiernos. Durante el verano de 1852 descubrí que me había robado un manuscrito
que le confié para que se lo entregara a cierto librero, pasándolo en cambio a
las manos del gobierno alemán. Después de escribir a un húngaro residente en
París acerca de este suceso y otras peculiaridades más que hacía tiempo me
habían llamado la atención y el misterio, de Banya se hubo descubierto
definitivamente gracias a la intervención de una tercera persona que estaba
perfectamente al tanto, envié a principios de 1853 al Kriminalzeitung —[Diario
Criminalista de Nueva York]—, una denuncia pública, firmada con mi nombre. En
una carta de justificación que aún obra en su poder, Banya demostró que yo era
el hombre menos indicado para considerarlo un espía, puesto que siempre había
evitado —y ello era verdad hablar conmigo sobre mis propios asuntos políticos.
Aún cuando Kossuth y sus adictos por aquel entonces no abandonaron a Banya, mis
revelaciones publicadas en el Kriminalzeitung dificultaron sus posteriores
operaciones en Londres, por lo que aproveché tanto más complacido la ocasión
que le ofrecía el caos oriental para poder lucir sus talentos en otro
escenario. Muy poco después de ser firmada la paz en París —1856— me enteré por
los diarios ingleses que un tal Mehemet Bey, coronel al servicio de Turquía,
anteriormente Cristiano conocido con el nombre de Juan Banya, había ido en
compañía de un crecido número de fugitivos polacos de Constantinopla a
Circasia, donde actualmente figuraba como jefe del Estado Mayor de Sefer Pashá
y en cierto modo también como el “Simón Bolívar” de los circasianos. En la
London Free Press, de la que numerosos ejemplares son enviados a
Constantinopla, aludí al pasado del “libertador”. Según figura en el texto, el
20 de agosto de 1858 Banya fue condenado a muerte en Aderbi por un tribunal de
guerra de la legión polaca, presidido por el Coronel Th. Lapinski, por traición
premeditada a Circasia. Debido a que Banya era coronel turco, Sefer Pashá
consideró que el cumplimiento de la condena no era compatible con las
consideraciones debidas a la Sublime Puerta, por lo que embarcó al condenado
con rumbo a Trebisonda, desde donde muy pronto volvió a Constantinopla, gozando
de la más absoluta libertad. Entretanto la emigración polaca radicada en
Constantinopla había tomado apasionadamente el partido de Banya contra los
polacos. Debido a la defensa de la legación rusa hostil al Diván —que para
colmo, en su condición de “Coronel” está obligada a alimentarlo a él, amén de
todo su harén—, asegurada para él por los prejuicios de sus compatriotas contra
los polacos, Banya publicó con todo descaro una autoapología en el Journal de
Constantinople [Diario de Constantinopla], Sin embargo la inmediata llegada de
una imputación circasiana, puso punto final a este juego. La emigración húngara
se apartó oficialmente de su protegido, aun cuando lo hizo de tres mauvais grâce
[de muy mala gana]. Todos los documentos del tribunal de guerra de Aderbi y
entre ellos la confesión de Banya, como así también las cartas intercambiadas
más tarde en Constantinopla, fueron enviadas a Londres por la emigración polaca
local, donde el Free Press —mayo de 1858— publicó un extracto de las mismas. Yo
publiqué estas actas más detalladamente en el New York Tribune del 16 de junio
de 1858.
obstáculo para que hasta la fecha éste continúe
viviendo tranquilamente en Constantinopla. En la confesión escrita que el mismo
Mehemet Bey entregó personalmente al tribunal de guerra, Banya dice entre otras
cosas: “Mi actividad política estaba completamente reglamentada por el jefe de
mi país, Luis Kossuth… Munido de cartas de pre-|309|sentación firmadas por mi
jefe político, llegué a Constantinopla el 22 de diciembre de 1855”. Agrega
después que luego se convirtió en musulmán, entrando al servicio de Turquía con
el grado de coronel. “Mis instrucciones —[emitidas por Kossuth]— insistían en
recomendarme que, de una u otra manera, yo lograra acercarme a aquellas
divisiones militares que tuvieran algo que ver con las operaciones efectuadas
en la frontera circasiana”. Allí debía poner todo su empeño en evitar la
intervención de los circasianos en la guerra con Rusia. Cumplió exitosamente su
misión y a fines de la guerra envió a Kossuth a Constantinopla “un detallado
informe sobre la situación de Circasia”. Antes de emprender su segunda
expedición a Circasia, planeada juntamente con Polonia, recibió de Kossuth la
orden de actuar de común acuerdo con determinados húngaros, entre los que
también se contaba el General Stein (Ferhad Pashá). “El Capitán Franchini —[continúa
diciendo]—, secretario militar del Embajador ruso, asistió a algunas de
nuestras conferencias. El objeto era obtener en forma lenta y pacífica, pero
segura, la colaboración de Circasia a favor de los intereses rusos. Antes de
que la expedición abandonara a Constantinopla —a mediados de febrero de 1857—
recibí cartas e instrucciones de Kossuth, quién aprobaba mi plan de
operaciones”. En Circasia se descubrió la traición de Banya al interceptarse
una carta de éste dirigida al General ruso Philipson, “De acuerdo a mis
instrucciones —[dice Banya]— yo debía iniciar relaciones con el general ruso.
Pasó mucho tiempo antes de que me decidiera a dar este paso, pero finalmente
recibí órdenes tan imperativas, que ya no me fue posible continuar titubeando”.
Las sesiones del tribunal de guerra de Aderbi y,
sobre todo, la autoacusación de Banya, causaron gran sensación en
Constantinopla, Londres y Nueva York. En vano se le invitó re-|310|petidas
veces a Kossuth a que diera una explicación pública. Hasta la fecha ha
observado el más escrupuloso silencio con respecto a la misión que Banya debía
cumplir en Circasia.
Durante el otoño de 1858 Kossuth ambulaba por
Inglaterra y Escocia, ofreciendo conferencias a precios reducidos contra el
concordato austríaco con Bonaparte. El apasionado fanatismo con que por aquel
entonces prevenía a los ingleses de los traicioneros planes de Luis Bonaparte,
al que señalaba como aliado secreto de Rusia, podrá deducirse si se lee por
ejemplo, el Glasgow Sentinel del 20 de noviembre de 1860. Cuando a principios
de 1859 Luis Bonaparte reveló sus planes italianos, Kossuth lo denunció en el Pensiero
ed Azzione, de Mazzini, previniendo “a todos los verdaderos republicanos”,
italianos, húngaros y hasta alemanes, que no permitieran que el Quasimodo
Imperialista los empleara como guante. En febrero de 1859 Kossuth aseguraba que
el Coronel Kiss, el conde Teleky y el general Klapka, hacía rato que
pertenecían a la camarilla roja del Palais Royal y que en compañía de Plon-Plon
urdían un complot para la insurrección de Hungría. Ahora Kossuth amenazaba con
iniciar una polémica pública en la prensa inglesa, en el supuesto caso de que a
él no se le dejara entrar también en la “Liga Secreta”. Plon-Plon estaba más
que dispuesto a abrirle las puestas del cónclave. Munido de un pasaporte
inglés, extendido a nombre de Mr. Brown, a principios de mayo Kossuth emprendió
el viaje a París, se dirigió apresuradamente al Palais Royal y expuso ante
Plon-Plon sus planes para la
insurrección de Hungría. El 3 de mayo el prince
rouge llevó en su propio coche al ex gobernador a las Tullerías, para
presentárselo allí al salvador de la sociedad. Durante esta entrevista con Luis
Bonaparte, la lengua, de ordinario tan ágil de Kossuth, fracasó esta vez de
modo que Plon-Plon se vio obligado a tomar la palabra y, en cierto |311| modo,
a comunicar a su primo el programa de Kossuth. Posteriormente Kossuth alabó la
fidelidad de la casi textual traducción de Plon-Plon. Después de escuchar atentamente
las exposiciones de su primo, Luis Bonaparte declaró que, según su opinión, se
oponía tan sólo un único obstáculo a las proposiciones de Kossuth: los
principios y las relaciones republicanas del mismo. Pero el ex gobernador
abjuró solemnemente de su fe republicana, afirmando que ni ahora, ni nunca
había sido republicano, que únicamente la necesidad política y un extraño
enlace de circunstancias le habían obligado a aliarse con el partido
republicano de la emigración europea. Como prueba de su antirrepublicanismo,
ofreció a Plon-Plon la corona húngara. Por aquel entonces esta corona aún no
había sido anulada. Tampoco Kossuth disponía de atribuciones legales para
subastarla, pero todo aquel que observaba con atención su actuación en el
extranjero, tenía que saber también, que hacía mucho estaba acostumbrado a
hablar de su dear Hungary, tal como un hidalgo de aldea acostumbra a hablar de
sus campos.88
Considero sincera su negación del republicanismo.
Una colecta particular de 300.000 florines, reunida en Pest para mantener en
alto el brillo del ejecutivo; la transferencia a su propia hermana del
patronazgo de los hospitales, ejercido hasta entonces por una Gran Duquesa
austríaca; el intento de bautizar algunos regimientos con el nombre de Kossuth;
sus afanes por formar una camarilla; la tenacidad con que en países extraños se
aferraba al título de gobernador, al que renuncia en |312| el instante del peligro;
toda su actuación posterior más apropiada para un pretendiente que para un
fugitivo…, todo ello en efecto revela tendencias ajenas al republicanismo.
Después de la escena en que intentó anular toda
sospecha acerca de su republicanismo, se cerró un trato, según el cual se
pondrían tres millones de francos a disposición del señor Kossuth. En esta
estipulación no había nada capcioso, puesto que se requerían fondos para la
organización militar de los exilados húngaros y, ¿por qué el gobernador no
habría de recibir de su aliado los subsidios necesarios con el mismo derecho
con que todas las potencias despóticas de Europa los recibieron de Inglaterra
durante todo el desarrollo de la guerra antijacobina? Como adelanto, para sus
gastos personales a Kossuth se le entregan de inmediato 50.000 francos,
exigiendo él, a su vez, especiales ventajas pecuniarias, en cierto modo una
especie de póliza de seguro, para el caso de que llegara a producirse una
prematura interrupción de las acciones bélicas. En modo alguno quedan excluidas
la visión financiera y la sensibilidad melodramática. Kossuth, como bien debe
saberlo Dushek, su ex ministro de finanzas, ya durante la revolución húngara
tuvo la previsión de hacerse pagar su sueldo en monedas de plata o billetes de
banco austríacos, en lugar de las emisiones Kossuth.
Antes de que Kossuth abandonara las Tullerías quedó
acordado que éste neutralizaría las supuestas “tendencias austríacas” del Derby
Ministerium, con la iniciación en Inglaterra de una campaña neutralizadora. Es
sabido hasta qué punto el
88 El que
estas cosas salgan a la luz del día, resulta menos sorprendente, si se
considera que para ello entraban en juego por lo menos dos partidos
parlanchines. Por lo demás, los hechos fueron publicados en los periódicos
ingleses durante la estada de Kossuth en Londres (a fines del verano de 1859).
voluntario apoyo de los Wighs y del colegio de
Manchester, le hicieron posible cumplir con el mejor de los éxitos esta primera
parte del tratado. Una lecturing tournée desde el Mansionshouse de Londres
hasta el Freestrade Hall de Manchester constituyó la antítesis a la gira
anglo-escocesa efec-|313|tuada en el otoño de 1850, en la que a un chelín por
barba malvendía y pregonaba su odio a Bonaparte y Cherburg, the standing menace
to England [esta permanente amenaza contra Inglaterra].
La mayor parte de la emigración húngara de Europa
se había apartado de Kossuth a fines de 1852. La probabilidad de una invasión
de la costa adriática con ayuda francesa hizo que la mayoría volviera a
alistarse bajo su bandera. Sus negociaciones con el sector militarista de los
partidarios recuperados no estaban exentas de un dejo decembrista a fin de
poder destinarle una mayor cantidad de subsidios franceses, los promovió a los
más altos grados militares; por ejemplo, el teniente pasaba al grado de comandante.
En primer lugar, a cada uno le eran pagados los gastos del viaje a Turín, se le
entregaba un uniforme completo —[el costo de un uniforme de comandante
importaba 150 £]— y, finalmente seis meses de sueldo adelantado, con la promesa
de una pensión de un año, una vez terminada la guerra. Por lo demás, los
sueldos no eran exagerados: 10.000 francos para el general superior —Klapka—;
6.000 para los generales; 5.000 para los brigadieres; 4.000 para los tenientes
coroneles; 3.000 para los coroneles, etc., etc. Las fuerzas militares húngaras
reunidas en Turín se componían casi exclusivamente de oficiales sin soldados y
fueron muchas las amargas quejas que escuché de parte de la “clase baja” de la
emigración.
Según lo ya mencionado, el general Mauricio Perczel
se retiró dando a publicidad una declaración, en cuanto hubo comprendido cuál
era el juego diplomático. A pesar de la orden contraria de Luis Bonaparte,
Klapka insistió en efectuar un desembarco en Fiume, pero Kossuth mantenía el
cuerpo de fugitivos húngaros entre los límites escénicos prefijados por el
director teatral.
|314| Apenas el rumor del tratado de la paz de
Villafranca llegó a Turín, cuando Kossuth, temiendo caer en manos de Austria,
escapó sin previo aviso, dirigiéndose a Ginebra, en secreto y a las espaldas de
las fuerzas militares a sus órdenes. Ningún nombre, ni el de Francisco José, ni
el de Luis Bonaparte, era más odiado por aquel entonces en el campamento
húngaro de Turín, que el de Luis Kossuth, sólo que la comicidad dé su
escapatoria final acallada en cierto modo la crítica. A su regreso, Kossuth
publicó en Londres una carta dirigida a su elefante amaestrado, un tal Mac
Adam, de Glasgow, declarándose engañado, aun cuando no estafado, terminando con
el emotivo giro de que no había sabido dónde apoyar su cansada cabeza, por lo
que todas las cartas a él dirigidas habrían de ser enviadas a la casa de su
amigo F. Pulszky, quien había ofrecido hospitalidad al fugitivo. La crudeza más
que anglosajona con que la prensa londinense aconsejaba a Kossuth que se
alquilara su propia casa con los subsidios bonapartistas de que disponía, lo
convencieron de que por el momento ya no le sería posible continuar actuando en
Inglaterra.
Aparte de su talento de orador, Kossuth posee el
gran talento de callar apenas el auditorio manifiesta su desagrado, o cuando,
en efecto, nada hay que decir en provecho propio. Sabe eclipsarse igual que el
sol. El que por lo menos una vez en su vida supo ser consecuente, lo demuestra
su reciente carta a Garibaldi, en la que le aconseja abstenerse de un ataque a
Roma, para no ofender al Emperador de los franceses, “único apoyo de las
nacionalidades sometidas”.
Tal como en la primera mitad del siglo XVIII
Alberdoni era llamado el cardenal colosal, así también puede llamarse a Kossuth
un Laguerronière colosal. Es esencialmente el improvisador que recibe sus
impresiones de su público, y no el autor que da al mundo el sello de sus ideas
originales. Así como |315| Blondin baila sobre la cuerda floja, así Kossuth lo
hace sobre su lengua. Separado de la atmósfera de su pueblo, tenía que
degenerar en simple virtuosismo y caer en los vicios del mismo. La inconstancia
de pensamiento que caracteriza al improvisador, se refleja necesariamente en la
ambigüedad de la acción. Si bien es cierto que Kossuth fue la lira de Eolo, a
través de cuyas cuerdas sopló el huracán del pueblo, ahora ya no es más que el
odio de Dioniso, que murmurante repite los misteriosos susurros percibidos en
los aposentos del Palais Royal.
Sería por demás injusto pretender poner en el mismo
nivel de Kossuth al segundo patrón de Vogt, el General Klapka. Klapka fue uno
de los mejores generales revolucionarios de Hungría. Para él, como para la
mayor parte de los oficiales que en 1859 se reunieron en Turín, Luis Bonaparte
es poca cosa al lado de lo que Luis XIV había sido para Francisco Racozy. Para
ellos, Luis Bonaparte representaba el poder militar de Francia, capaz de servir
a Hungría, pero que debido a sus condiciones geográficas, jamás podrá
dañarla.89 Pero, ¿por qué Vogt invoca a Klapka?
|316| Klapka nunca negó haber pertenecido a la
camarilla roja de Plon-Plon. ¿Para qué el “amigo” Klapka sirviera de garante al
“amigo” Vogt? Klapka no tiene mucho talento para la elección de sus amistades.
Uno de sus amigos predilectos en Komorn era el Coronel Assermann. Veamos qué
dice con respecto a este Coronel Assermann, el coronel Lapinski que sirvió a
las órdenes de Klapka hasta la entrega de Komorn y que más adelante se destacó
en Circasia, en la lucha contra los rusos.
“Entre los numerosos y desocupados oficiales del
Estado Mayor radicados en Komorn —[así dice Lapinski]—, la traición de Villagos
había hecho cundir la mayor alarma… Aquellos perfumados caballeros de cuello
dorado, muchos de los cuales no sabían empuñar un fusil, ni dirigir a tres
hombres, corrían atemorizados de uno a otro lugar y urdían toda clase de
recursos para salvar el pellejo. Ellos, cuyos afanes lograron separarlos, bajo
toda clase de pretextos, del sector principal del ejército, permitiéndoles retirarse
a la agradable seguridad de la fortaleza inexpugnable, sin otra ocupación que
la de redactar el recibo del sueldo recibido, se espantaron ante la idea de
batirse hasta la muerte… Estos miserables fueron los que ante el general
pintaron el espantoso cuadro de desórdenes internos e imaginarios
amotinamientos, etc., para convencerlo de que entregara lo antes posible la
fortaleza a fin de salvarse todos ellos junto con sus propiedades. Esto último
interesaba especialmente a la mayoría; durante
89 Aun
cuando comprendo en Klapka un punto de vista semejante, me sorprende encontrar
algo similar en el más arriba citado escrito de Szémère al que también
comuniqué abiertamente cual era mi opinión al respecto. Menos aún comprendo su
última declaración sobre la concesión austríaca. Sé que en los asuntos
oficiales Szémère no se dejaba influir por motivos particulares, y que tenía
razones muy importantes para sus declaraciones: que con lo que Viena les ha
dado, los húngaros pueden ir o tomar todo en Pest; que toda insurrección
húngara y sobre todo apoyada por Francia, tendría copio consecuencia ineludible
la intervención rusa en Hungría, ya fuera en pro o en contra de Austria: que,
finalmente la autonomía concedida a Transilvania, Eslovania y Croacia, como
también a la Voivodina, aseguraría en ese mismo momento para el gabinete
vienés, del mismo modo como en 1848-1849, la colaboración de dichas
“nacionalidades” en la lucha contra los magiares. Todo esto es exacto, pero
también habría podido ser dicho sin aparentar reconocer la Constitución húngara
en la mutilada versión vienesa ad usum delphini.
la revolución todo su empeño estuvo dedicado a
enriquecerse, cosa que también lograron algunos. Ciertos individuos pudieron
enriquecerse muy fácilmente, debido a que muy a menudo pasaba medio año sin que
rindieran cuentas del dinero recibido. Como esto fomentaba la deslealtad y el
robo, es muy probable que más de uno haya hundido sus manos demasiado
profundamente en la caja, sa-|317|cando de ella mis de lo que podía reponer… Se
había firmado el armisticio. ¿De qué manera se aprovechará ahora? De los víveres
almacenados en la fortaleza y que debían alcanzar para todo un año, eran
llevadas a los pueblos raciones exageradas, no entrando en cambio las
provisiones adquiridas en los alrededores; hasta el pasto y la avena de los
labradores radicados en los pueblos más próximos, que pedían que se les
comprara a ellos, quedaban allí abandonados y algunas semanas después, los
caballos de los cosacos se comían lo que era de propiedad de los campesinos,
mientras nosotros, en la fortaleza, pasábamos necesidades. El ganado que aún se
encontraba en ella fue vendido fuera de la ciudad, so pretexto de que no
alcanzaba el forraje para alimentarlo. Probablemente el coronel Assermann
ignoraba que la carne puede salarse. También gran parte del cereal fue vendido,
aduciéndose que de lo contrario se pudriría; esto es lo que se hacía a la
vista, ya que en secreto se hacía muchos más aún. Con un hombre como Assermann
a su lado y otros individuos similares a su alrededor, Klapka necesariamente
tenía que desechar siempre toda buena idea que pudiera ocurrírsele; de ello se
encargaban aquellos señores…” (Lapinski, lug. cit., pág. 49).
Las memorias de Görgei y de Klapka demuestran
igualmente la falta de carácter de este último. Todos los errores cometidos por
él durante la defensa de Komorn, fueron consecuencias de este defecto. “De
haber poseído Klapka junto con todos sus conocimientos y su patriotismo, una
firme voluntad propia, obrando de acuerdo a su conciencia y no a la de los mala
cabeza y cobardes, la defensa de Komorn habría llegado a relucir en la Historia
como un meteoro (lug. cit., pág. 209).
El 3 de agosto Klapka obtuvo en Komorn una
brillante victoria sobre el cuerpo sitiador austríaco, dispersándolo por |318|
completo y dejándolo por mucho tiempo fuera de combate.
A continuación conquistó Raab y hasta pudo haber
tomado Viena sin mayor esfuerzo, pero se quedó durante ocho días en Raab
indeciso e inactivo, regresando luego a Komorn, donde le esperaban la noticia
de la capitulación de Görgei y una carta de éste. El enemigo pedía el
armisticio para concentrar en Komorn el dispersado cuerpo sitiador de los
austríacos y los rusos que venían desde Rima Izonbat, y luego poder cercar con
toda comodidad la fortaleza. En lugar de atacar y vencer sucesivamente las
aisladas divisiones enemigas que llegaban hasta ella, Klapka volvió a titubear
indeciso, negando sin embargo el armisticio a los parlamentarios austríacos y
rusos. “Entonces —[así continúa diciendo Lapinski]—, el 22 de agosto se
presentó en Komorn un ayudante del Emperador Nicolás… —Pero —[así decía el
mefistofélico ruso con entonación almibarada]— supongo que usted, mi General,
no nos negará por lo menos 15 días de armisticio. ¡Su Majestad, mi clementísimo
Emperador, se lo ruega…!”.
Estas palabras tuvieron el efecto de un activísimo
veneno. Lo que no pudieron los esfuerzos de los parlamentarios austríacos, ni
las convincentes palabras de los parlamentarios rusos, lo pudo la astucia del
ayudante del Emperador. Klapka no supo resistirse a los finos cumplidos y firmó
un armisticio por quince días. A partir de entonces comenzó la caída de Komorn.
Como ya dijimos anteriormente, Klapka hizo
que la tregua fuera aprovechada por su coronel
Assermann para que en el término de dos semanas las provisiones almacenadas en
la fortaleza para todo un año quedarán agotadas. Terminado el armisticio,
Grabbe asediaba a Komorn por el lado de Waag, mientras los austríacos, que
paulatinamente multiplicaron sus fuerzas hasta la cifra de 40.000 hombres,
acam-|319|paban en la margen derecha del Danubio. Las tropas que ocupaban
Komorn estaban desmoralizadas por la inactividad y el tiempo que permanecían
acampadas tras las murallas y parapetos. Klapka ni siquiera intentó un avance
sobre el cuerpo sitiador ruso que todavía no había asistido a batalla alguna y
que únicamente contaba con 19.000 hombres. En ningún momento el enemigo se vio
molestado en sus preparativos para el sitio. Desde el instante en que se aceptó
el armisticio, Klapka preparaba todo, no para una defensa, sino para una
capitulación. La única energía que desarrolló era de naturaleza policial y
estaba dirigida contra los bravos oficiales que se oponían a sus propósitos.
“Al final —[dice Lapinski]— resultaba peligroso decir algo contra los
austríacos si no se quería ser arrestado”. Finalmente, el 27 de septiembre, fue
concertada la capitulación. “Si se compara —[así continúa Lapinski]— el poder,
con la desesperada situación del país que había depositado sus últimas
esperanzas en Komorn; en comparación con la situación de las condiciones
europeas y la importancia de Austria, que con tal de conquistar a Komorn habría
hecho los mayores sacrificios, las cláusulas de la capitulación fueron todo lo
miserables que cabe imaginar”. Servían “apenas para que fuera posible salir de
Komorn y trasponer la frontera”, pero no exigían la menor garantía para los
húngaros y tampoco siquiera para los generales revolucionarios que se hallaban
en manos de los austríacos. Y, para colmo, habían sido redactadas con tanta
prisa y de manera tan ambigua y poco clara, que su posterior violación le era
en un todo facilitada a Hayman.
Hasta aquí lo referente a Klapka. Si Vogt no tiene
carácter, entonces Klapka es el menos indicado para proporcionarle esa
mercadería.
|320| El tercer patrón “James Fazy, el regenerador
de Ginebra”, como lo llama su bufón Vogt. Las cartas subsiguientes de Juan
Felipe Becker, dirigidas al destinatario de su carta copiada más arriba,
contienen una caracterización de Fazy demasiado justa para que se las importune
con comentarios adicionales. Por eso permítaseme tan sólo una advertencia
preliminar. El rasgo más repugnante que caracteriza a los Ensayos de Vogt, es
la simulación de un terror luterano, casi diría, calvinista, al “partido ultramontano”.
Es así como, por ejemplo, pone a Alemania ante la absurda alternativa de
conceder libertad de acción a Luis Bonaparte, o someterse al dominio del
concordato austríaco y, “en efecto preferiríamos soportar un segundo período de
humillación nacional” (Ensayos pág. 52). Con las más puritanas entonaciones
nasales, vuelve a exclamar: “el partido ultramontano, el enemigo mortal que
corroe la médula de toda la humanidad ¡esa asquerosidad!” (lug. cit., pág.
120). Como es natural, nunca escuchó aquello que hasta Dupin Ainé reveló en el
senado decembrista, es decir, que “bajo el régimen de Luis Bonaparte las
congregaciones, asociaciones y fundaciones de toda índole, regidas directamente
por la orden Jesuítica, habían adquirido un mayor incremento que bajo el Ancien
Régime y que todas las vallas estatales que aún antes de 1789 coartaban los
órganos de la propaganda ultramontana, fueron sistemáticamente desangradas por
la legislación y administración decembrista”. Pero lo que sin duda sabe Vogt,
es que el poder de su Bonaparte local, el señor James Fazy, se basa sobre una
coalición de años, entre el llamado partido radical y el partido ultramontano.
Al incorporar el Congreso de Viena a Ginebra, la antigua sede del
calvinismo, a la confederación, agregó a su
territorio, juntamente con determinados distritos saboyanos, una población
católica y la crema y nata del clericalismo ultramontano. En esta alianza con
“el enemigo a muerte |321| de la humanidad, ese monstruo”, la que ha hecho de
Fazy, el dictador de Ginebra y de Vogt, el diputado de Fazy. Hasta aquí las
preliminares.
París, 2 de julio de 1860.
Amigo R…:
Finalmente me veo obligado a cumplir su deseo. Le
escribo para hacer saber cuál es el concepto que me merece James Fazy…
Así como las ciencias estadísticas de nada sirven
sin el arte de su aplicación a la vida, también la política resultará yerma,
toda vez que no se funde sobre la ciencia y pensamiento filosófico. Con la
ciencia únicamente, ningún llamado Estadista logrará persuadir a nadie y muy
pronto se revelará su incompetencia. En cambio un hombre de política unilateral
podrá ocultar más fácilmente su falta de conocimientos y productividad
espiritual, pasar por un hombre de Estado práctico y tener para sí el gran mercado
de la mediocridad. De si por la actuación de un hombre así, un pueblo progresa
desde el punto de vista histórico-evolutivo y son creadas garantías para la
libre evolución progresiva, está más allá de la capacidad de opinión de la masa
que admira ciegamente. Con tal que exista la apariencia de que se avanza bien y
rápidamente, se está dispuesto a hacerlo todo en nombre de la libertad y de la
civilización.
En la persona de nuestro señor James Fazy le
presentaré ahora un ejemplar de lujo de la especie de los políticos. Este
hombre hábil, en efecto no se limita a hacer política, sino que ofrece
numerosas exhibiciones de la misma, hace pruebas y representa tours de force
cada vez que así lo exige el bienestar del pueblo, cuidándose, sin embargo, con
su acostumbrada inteligencia, de todo salto mortal. Listo para distribuir entre
|322| bastidores los papeles, capaz como apuntador y director de escena, es el
non plus ultra de un comediante italiano. Mucho podría apreciarse su “fortaleza
de alma” que no retrocede ante ningún medio para llegar al fin, si la misma no
naciera del todo de sus fines. Una vez conocida la falta de principios y de
carácter de este hombre, es cuando se admira menos la astucia con que encuentra
los medios y su habilidad para emplearlos. Todo lo bueno que ocurre o germina
en la vida del pueblo por él gobernado, es audazmente sustraído por él y
llevado a su propio seno para luego ser servido en su nombre a la gran masa, de
modo que crea y jura que todo eso lo ha hecho “papá Fazy” o que únicamente,
gracias a él, ha podido ser. Con idéntica habilidad sabe desprenderse de la
paternidad de todo lo malo y no popular y atribuírselo a otros. En su consejo
de ministros no tolera un solo carácter independiente, sus colegas tienen que
dejar que los desautorice a capricho y apadrinar sus fracasos. Gozando a
discretion de su brutalidad autoritaria, deben estar dispuestos a toda hora a
servir como burros de carga y recibir los palos en provecho del pueblo y para
gloria de su presidente. Del mismo modo como toda testa coronada antes de
dignarse a adoptar una nueva medida de Estado, por muy beneficiosa que ella
sea, se pregunta si la misma no será perjudicial para la dinastía, así también
antes de tomar cualquier resolución, “papá Fazy” se pregunta: “¿No hará
tambalear mi sillón presidencial?” Es por eso que nuestro héroe siempre enfoca
su política de acuerdo a
las circunstancias y que constantemente vive al
día. Hoy acaso represente una comedia en el consejo de Estado, mañana ofrezca
una prueba de equilibrio en la alta cámara y pasado dé un golpe teatral en una
asamblea popular. La gran masa, por él hábilmente agasajada, por su parte
también se complace en tener un Dios visible y audible al que puede venerar y
adorar, |323| se vuelve creyente y cree que los huevos fritos chirrean en la
sartén caliente cuando sobre el tejado cae un chubasco. En modo alguno pretende
decir con esto, que el pueblo ginebrino carezca de madurez e inteligencia. Por
el contrario, estoy convencido de que difícilmente en parte alguna pueda
encontrarse una vida pública más activa, ni más ambiciones espirituales de una
libre evolución de las condiciones burguesas, que aquí, a orillas del Lago
Leman. Más adelante me ocuparé de cómo, a pesar de ello, el señor Fazy logró
obtener para sí la mayoría de los votos.
Carga o hace que sus lacayos y adoradores carguen
en la cuenta de su régimen, aquello que durante quince años logró una
generación activa. La demolición de las obras de fortificación, la grandiosa
ampliación y el embellecimiento de la capital cantonal, habrán de ser
considerados, por ejemplo, obra suya.
Y sin embargo, toda administración, aún cuando
fuera la del señor Fazy, habría sido despiadadamente dejada a un lado, de
haberse opuesto de alguna manera al poderoso deseo de la población, de demoler
las inútiles construcciones de la fortaleza y ampliar la ciudad que, debido a
la acumulación de la creciente masa de habitantes, cada día resulta más
insalubre. Es así como este problema fue simultáneamente para Fazy el problema
de su existencia, cuya solución —el logro de su corona— emprendió con energía, ayudando
con la consiguiente satisfacción general, a llevar a cabo muchas cosas. Pero de
aquello que conquista la poderosa necesidad temporal por medio de la vigorosa
colaboración de toda una generación, no puede vanagloriarse sin tomarse
presuntuosas atribuciones de ser su creador y autor. Únicamente la sociedad en
pleno crea un todo y eso, también sólo relativamente, para lo que cada uno de
sus miembros, de acuerdo a su fuerza y |324| posición, proporciona una mayor o
menor fracción. La fe ciega en la autoridad es una superstición como otra
cualquiera y resulta perniciosa para toda sana evolución.
Sé muy bien que a nuestro señor Fazy le pasa lo que
a todos los demás seres humanos, que hace aquello que no puede dejar de hacer y
que sólo deja de hacer aquello que no le es posible; que en su afán de dar
absoluto relieve a su individualismo obedece —como todo en el reino animal— tan
sólo a sus necesidades. Sencillamente no se puede exigir de él más que de un
gato al que se le quiere obligar a entrar voluntariamente al agua, o de un
caballo, que trepe a los árboles. De lo contrario no sería él el James Fazy, y
al ser Fazy, acaso pretendiera ser Luis Bonaparte o algo por el estilo. Si
significa grandeza el que, consciente de su poder, se lleve de las narices a
todo un pueblo, deslumbrándolo con habilidades de prestidigitador, sin fijar en
la cultura espiritual y moral del mismo el sello del intenso progreso, marcando
los rastros de una existencia tan sólo con las señales de la corrupción social,
entonces probablemente también Fazy sería un gran hombre, y no sin motivo sería
envidiado por tiranos más poderosos que él.
Nuestros hombres saben navegar mejor que nadie a
favor de la contradicciones y ellas constituyen la fórmula mágica que ha
modelado la brújula que le sirve para pilotear el barco de su gobierno. Una vez
es el radicalismo quien le proporciona la tripulación y el ultramontanismo, la
carga, y otras, va de acuerdo a como mejor le
plazca y convenga a la administración del capitán.
De este modo la maquinaria estatal está siempre en marcha, yendo y viniendo
continuamente con el mismo isócrono tic-tac de un reloj de bolsillo. ¡Resultado
feliz! Los radicales juran que la cosa marcha; los ultramontanos creen en
cambio, que retrocede. Ambos tienen |325| razón, ambos son felices en su
creencia y Fazy continúa en su cargo.
Bueno, querido amigo, confórmese por ahora con
estas líneas.
Entre tanto lo saluda cordialmente su
JUAN FELIPE BECKER”.
París, 20 de julio de 1860.
QUERIDO R…,
De modo que usted opina que he cargado las tintas
en el retrato de Fazy. ¡De ninguna manera, querido amigo mío! Por lo demás, el
hombre no puede pensar y opinar sobre las personas como le plazca, sino de
acuerdo a lo que le dicta la lógica de sus observaciones y experiencias. Aquel
que en estas cosas habla contrariando sus ideas y obra contrariamente a lo que
dice, se engaña a sí mismo y es un canalla.
Fazy, que aprendió las primeras letras en un
instituto de enseñanza de “Herrenhuter” y que además domina el idioma alemán,
aún hoy, cumplidos los sesenta y cinco años de edad, parece juzgar a Alemania y
su pueblo, de acuerdo a ese establecimiento modelo. Todo lo alemán, aun cuando
él proviene de la Suiza alemana, no es de su agrado y sólo en raras excepciones
es objeto de su beneplácito. En su condición de ginebrino nato y sus más o
menos prolongadas permanencias en los Estados Unidos, se relacionó íntimamente
con las instituciones republicanas, los recursos de que dispone la agitación
revolucionaria y, de acuerdo a su naturaleza, también con las trampas de la
intriga. Es más demagogo que demócrata y su principal máxima estatal y divisa:
laissez aller, et laissez faire |326| —[dejad ir y dejad hacer]— no sería tan
mala, si él pudiera abstenerse de meter sus narices siempre allí donde sin el
permiso del gobierno, está a punto de producirse algo, para con ello agregar
algún valor a la cuenta de su gloria o, cuando no puede ser éste el caso, hacer
fracasar la empresa, como ocurrió con el Banque de Crédit et Échange y la
construcción de una Escuela de artes y oficios, proyectados ambos por el señor
Mayer y otros ciudadanos. Durante la revolución de Ginebra del año 1846, el
señor Fazy actuó de acuerdo a la frase: el mantenerse lejos de las balas hace
guerreros viejos, y pensó más en los medios para la fuga que en los de la
victoria. Se disponía precisamente a abandonar Ginebra en secreto, cuando
Alberto Galeer, vida y alma de todo el movimiento logró definir por fin la
lucha largamente oscilante, anunciándole su victoria definitiva. Galeer, al que
únicamente le importaba la causa y no su propia gloria y que, por lo menos por
aquel entonces, creía firmemente en el sincero amor al pueblo de Fazy, no vio
con desagrado el que el héroe, a último momento salvado de una huida prematura,
se presentara en una asamblea popular celebrada poco después de la victoria,
como si él fuera el vencedor. Por aquel entonces, una vez terminada la
revolución, Galeer no podía pensar en ocupar un puesto en el gobierno, por
cuanto no era ginebrino sino ciudadano del cantón de Berna y en aquella época
las leyes válidas en la federación, no le permitían votar ni ser votado. Sin
embargo, muy pronto se le concedió la ciudadanía, siendo luego elegido para
formar parte de la alta cámara, destinándosele también para ocupar el puesto de
traductor de las actas del Estado. En su condición de
eje de la juventud activa de Ginebra, se convirtió
en un vigoroso apoyo para el régimen radical. Gracias a él, Fazy fue cada vez
más el hombre admirado de la gran multitud. Con la fraseología del radicalismo
francés, de la que se había |327| apropiado cuando era colaborador del
National, de París, en la época de Luis Felipe, James Fazy agitaba y disfrazaba
en la prensa y las tribunas todo lo que le venía en gana, sus verdaderos
pensamientos y ambiciones. A pesar de sus artes demagógicas, no se tardó en acusársele
seriamente al cabo de un año en los distintos círculos, de mantener relaciones
secretas con los cabecillas del ultramontanismo y poco después de ser también
adicto al francesismo. En la Suiza alemana, donde las cosas son miradas con
mayor frialdad y más serenamente juzgadas, sus enredos parecen haber sido
advertidos muy pronto. A fines del año 1847, apenas terminada la guerra de la
federación separatista, el señor James Fazy llegó hasta las oficinas del
departamento de guerra, para hacerle una visita al General Ochsenbein; yo
estaba solo en la oficina, debido a que Ochsenbein había salido a visitar en
compañía de los demás oficiales, a los heridos internados en los hospitales.
Cuando a su regreso le comuniqué que durante su ausencia el señor Fazy le había
hecho una visita, pronunció con aire despectivo, estas palabras:
—¡Oh, vaya embustero traidor!
Quizás ahora el ex presidente de la federación
suiza y del gobierno de Berna, General Ochsenbein, que ya hace varios años
disfruta en Suiza de una pensión imperial francesa, abrigue sentimientos más
benévolos por su ex colega, que sin duda es de su misma alcurnia. Sorprendente
continúa siendo en general el que el señor Fazy hasta ahora nunca fuera elegido
por la Asamblea Nacional Suiza para integrar el Consejo Federal, a pesar de lo
que él, como también sus amigos se empeñaron en ello, y lo mucho que en esta
Asamblea rige hasta el egoísmo, la tendencia a asegurar alternativamente a los
más importantes cantones, la representación en el gobierno central. Contra el
poder federal, en el que para él no había poder a ejercer, con lo que se
limitaba la tan cómoda soberanía cantonal, siempre |328| se mostró obcecado y
siempre que le fue posible, le opuso obstáculos.
Cuando a principios del año 1849 la policía federal
consideró que sería provechoso para el Estado perseguirme por la organización
de una legión siciliana, fui a Ginebra, donde Fazy me hizo saber que podía
organizar de todo a mi antojo y sin preocuparme por el Consejo Federal. Sé muy
bien que el señor Fazy no titubea en sacrificar a cualquiera, apenas éste sea
víctima de la desgracia y hasta es capaz de hacerlo, aún en el caso en que la
ley esté de lado de su víctima, como pude comprobarlo más adelante en un caso,
que para contarlo por carta resultaría demasiado extenso y del que podrán
informarle los señores comisarios federales, Dr. Kern y Trog.
En la causa de los exilados, oponiéndose, bajo el
rótulo de Humanismo, a las medidas adoptadas por el Consejo Federal, perseguía
a los fugitivos que le eran personalmente antipáticos con malvada
arbitrariedad. En especial fueron expuestas a desconsideradas persecuciones,
excelentes personas que estaban íntimamente relacionadas con Galeer, en quien
Fazy presentía a un futuro rival. Mazzini se veía obligado a cuidarse más de
él, que de la policía federal. Heinzen, “el largo”, era un espanto para él y
muy pronto debió abandonar el Cantón: —“Pisa tan fuerte como si el suelo fuera
de su exclusiva propiedad” —era el ingenuo motivo que Fazy alegaba para
justificarlo. Durante un paseo en compañía de su esposa, Struve fue detenido
sin
previa orden del Consejo Federal, poniéndosele en
la frontera del Cantón de Vaud, acusado de ser espía ruso. Galeer llegó a
tiempo para convencer a Fazy de su equivocación. Se produjeron estentóreas
discusiones, pues Fazy cree convencer tanto más de su razón, cuanto más levanta
la voz y mayor es la indignación que aparenta. fue preciso que Struve
continuara siendo espía ruso. Si mal no recuerdo, esta escena |329| tuvo lugar
en el Hôtel des Borgues y en presencia de un fugitivo ruso, el señor Herzen, en
cuya compañía al presidente le agradaba comer. Este caballero sin duda no había
intervenido en la injusta acusación de Struve. Seguramente Fazy es más amigo de
Rusia que Struve, pues en cierto discurso que pronunció en una fiesta, le oí
decir: “En Rusia las obras de Juan Jacobo Rousseau se leen más y comprenden
mejor”. Claro está que con ello quiso dar en especial una paliza a los alemanes
amigos de Galeer y a los alemanes en general.
Galeer que hasta entonces había compartido con Fazy
todas las vicisitudes y al que vi inmediatamente después de su discusión con
éste, motivada por la detención de Struve, me dijo con el corazón acongojado:
—Ahora se acabó Fazy; puedo continuar respetándolo
pero no frecuentándolo. Ese hombre es realmente un monstruo político, una
verdadera bestia en sus deseos. Si yo continuara a su lado, significaría
colaborar en la destrucción interna de la causa del pueblo. Únicamente
oponiéndole un partido opositor decididamente liberal, se le obligará a
enarbolar la bandera del radicalismo para salvar su situación. Mientras esté
contra él solamente la vieja aristocracia y, puesto que hace ya tiempo que
coquetea con los ultramontanos, el asunto cada vez se pondrá peor y podrá hacer
y deshacer a discreción. Por lo demás no es suizo en sus ideas y prefiere
dirigir sus miradas sobre París, en lugar de dirigirlas sobre Berna. Hace mucho
que tengo motivos de sobra para apartarme de él, pero la costumbre de
considerarlo durante tanto tiempo un hombre eficaz, no me permitió hacerlo
antes. Únicamente las reiteradas luchas internas y la pelea de hoy lograron que
me decidiera por fin a arreglar cuentas con él.
Alrededor de Galeer se reunían todos los hombres de
carácter independiente, sobre todo, los pertenecientes a la nueva |330| escuela
de economía política y muy pronto los elementos decididamente radicales y
socialistas así “reunidos” fueron denominados, “partido democrático”. Salvo
insignificantes excepciones el radicalismo continuó persistiendo tan sólo en la
forma de un consciente e inconsciente servilismo a Fazy, quien por fin había
encontrado en los territorios católicos de Saboya unidos a Ginebra a partir de
1815, su verdadera palanca mayoritaria. Los allí omnipotentes frailes
ultramontanos, aceptaron la alianza con el “Radicalismo”, con el facit de Fazy.
Galeer fue calumniado y perseguido de la manera más vil y depuesto de su cargo.
El joven partido democrático, situado ahora entre el partido aristocrático, el
antiguo radicalismo unido y el partido ultramontano, no podía presentar aún
para las elecciones próximas una lista propia. Y aun cuando el señor James Fazy
se negó a aceptar en su propia lista algunos nombres de demócratas, Galeer y
sus amigos se decidieron, desechando los ofrecimientos del partido
aristocrático, a votar por esta vez, por la lista de Fazy y esperar la victoria
en un futuro próximo. Por lo tanto, si Fazy hubiera sido sincero en cuanto al
progreso y a una fundamental evolución burguesa, no habría tenido necesidad de
aferrarse a la asquerosa cola de los ultramontanos, que siempre miran hacia
atrás. Para activar con mayor éxito las persecuciones y malintencionadas
calumnias contra Galeer, los satélites de Su Excelencia, el presidente
“radical”, fundaron especialmente un pasquín injurioso, para que el inteligente
patrón
y maestro no tuviera necesidad de ensuciar su
“monitor”, la Revue de Génève, con sus inventos, con lo que el periódico de sus
burros de carga, a los que podía desautorizar toda vez que se le viniera en
gana, resultaba tanto más perfeccionado. Galeer, hombre de poca salud, Se dejó
vencer por esta persecución malvada, falleciendo ese mismo año —1852— a los 33
años de edad. Cuántas veces oí decir en Ginebra:
|331| —Nuestro bueno y noble Galeer cayó víctima de
la implacable venganza de nuestro jesuítico tirano.
Al celebrarse las próximas elecciones
gubernamentales, los amigos de Galeer aceptaron complacidos la alianza que les
ofrecía la aristocracia, por cuanto a la misma se conformaba con la caída de
Fazy y una modestísima participación en la administración pública. Galeer,
imperturbable en sus principios, probablemente habría rechazado también ahora
esta alianza, pero la gente de su partido decía:
—¿Para qué nos ha brindado el señor Fazy el bonito
ejemplo? ¿Por qué nosotros debemos avergonzarnos de la decente cola de la
aristocracia, cuando Fazy no se avergüenza de la indecente cola ultramontana?
¿Por qué nosotros en compañía de la aristocracia culta no habríamos de avanzar
por lo menos tan bien como Fazy pretende hacerlo con el ignorante
ultramontanismo?
Por consiguiente, durante las elecciones —creo que
fueron en noviembre de 1853— en las que muchos radicales y hasta colegas del
gobierno de Fazy se pasaron a las filas democráticas, el héroe de 1846 fue
expulsado por gran mayoría de votos del sillón presidencial. Ahora la situación
del endeudado ex presidente resultaba por demás comprometedora. Con respecto a
esto debo adelantar algunos rasgos característicos relacionados con su vida.
El señor James Fazy, que ya antes de hacerse cargo
de la presidencia del Estado había gastado una regular fortuna en placeres y
amoríos, se encontraba ahora endeudado y perseguido sin consideración por parte
de sus acreedores, trató lógicamente, apenas hubo ocupado el sillón
presidencial, de abolir lo más pronto posible, “en pro de la libertad
personal”, la pena por deudas. Es así como en el año 1856 me dijo un ginebrino
cargado de deudas:
|332| —Menos mal que el presidente de nuestro
gobierno tuvo deudas y que aún, cuando no suprimió a éstas, por lo menos
suprimió la prisión de los deudores.
No obstante, a principios de 1850, el señor Fazy se
vio en una situación por demás angustiosa, por lo que “el pueblo agradecido”
tuvo que acudir en su ayuda y regalarle un amplísimo terreno obtenido por la
demolición de las fortificaciones. ¿Y por qué no? Ya que había ayudado a librar
ese espacio de sus viejas construcciones, ¿por qué no habría de dejar que se le
“anexara” un trozo del mismo, si esto es algo que también hacen los potentados
mucho más importante que él? Ahora el señor Fazy podía vender grandes terrenos
para edificación y mandarse construir una hermosa casa propia. Desgraciadamente
no tardó en volver a encontrarse cargado de nuevas deudas, no pudiendo pagar
los gastos de la construcción. A principios del 1855 hubo de tolerar que un
maestro carpintero al que le debía varios miles de francos, le gritara en plena
calle:
—¡A ver, canalla, si me pagas, para que pueda
comprar el pan para mis hijos!
En esas condiciones y para colmar la medida, el
señor ex presidente se vio acosado por un problema más angustioso aún: la
Caisse d’Escompte, un establecimiento de crédito radical, tuvo que suspender
sus pagos. Los amigos de Fazy que se encontraban en dicho establecimiento y que
por su parte también estaban
cargados de deudas, contrariando los estatutos, le
y se habían concedido créditos demasiado elevados. El director del banco, que
aún hoy está en la cárcel —los malos ejemplos pervierten las buenas
costumbres—, se había adjudicado un crédito más amplío aún. Es así como la
Caisse d’Escompte se encontró en vísperas de un grave suceso: la |333|
bancarrota. Peligraban los ahorros de centenares de familias obreras. Era
necesaria, a toda costa, una acción salvadora, de lo contrario el fazismo se
habría desmoronado bajo el peso del déficit, como la paja al viento. Como es
natural, en esas condiciones no era posible obtener dinero para la Caisse
d’Escompte, Pero precisamente por aquel entonces otro establecimiento bancario
labraba en Ginebra su período de formación, el Banque Genérale Suisse [Banco
General Suizo]. Era conveniente proporcionar a este banco sumas respetables
para que, retribuyendo atenciones, pudiera salvar de la bancarrota a la Caisse
d’Escompte y al señor Fazy, de sus deudas. Fazy tuvo que representar el papel
del salvador para convertirse en salvado. En el caso de que la operación
tuviera éxito, se le asignó una importante comisión de un elevado tanto por
ciento y para la Caisse d’Escompte, el capital salvador. Por consiguiente, el
señor Fazy fue a París con este propósito pro domo y en representación del
Banque Générale Suisse, donde, tras varias semanas de negociaciones consiguió
—según dice la fama con la graciosa ayuda de su Majestad el Emperador— obtener
del Crédito Mobilier la carga salvadora compuesta de muchos millones de
francos. Precisamente por aquel entonces tenían lugar los preparativos para las
nuevas elecciones gubernamentales —noviembre de 1855— y como es natural, el
sauveur [el salvador], se apresuró a escribir antes de su llegada a Ginebra,
que próximamente él mismo traería la enorme carga de millones que necesitaba.
Era este un lenitivo para los doloridos corazones
de los accionistas de la Caisse d’Escompte y una antorcha mágica para los
electores ultramontano-radicales. Una caricatura de extraordinario parecido con
el original, lo presentaba convertido en un cisne que, cargado de sacos llenos
de oro, nadaba en el |334| Lago y estaba a punto de entrar en el puerto de
Ginebra. Un chistoso me contó por aquel entonces, que en la mesa de la
cervecería le habían dicho que Fazy traía cincuenta millones, en la de la vinería,
que era portador de cíen y en la rueda de los aficionados al extrait
d’Absinthe, que eran doscientos los millones que traía. La fama del poder
milagroso del “papá Fazy” volvió a cundir en el alma de sus hijos. Los
demócratas, convencidos de que en las elecciones pisarían terreno seguro, no
hicieron mayores esfuerzos. La sociedad de hombres jóvenes y vigorosos que
hacía ya algún tiempo se había constituido —les fruitiers— se comportaba como
si fuera la guardia de honor de Fazy, atemorizado durante las elecciones de la
manera más brutal… Y una vez más su ídolo se sentó en el sillón presidencial.
Pero esta vez quedó claramente demostrado que los
ultramontanos no en balde habían entregado su contribución monumental y que
ahora también exigirían el premio a su triunfo. Un buen día el obispo de
Friburgo, señor Marilli, expulsado de Suiza a consecuencia de la guerra de la
federación separatista, el eterno revolucionario y agitador, regresó de Francia
a Ginebra munido de una superior autorización del señor Fazy y comenzó a
predicar paros “santos”. En toda la ciudad se levantó un clamor de protestas que
muy pronto despertó su eco en toda Suiza. Esto hasta fue demasiado para los
radicales más ciegos y los más devotos fruitiers. De inmediato se celebró una
Asamblea popular, otorgándosele al señor presidente un voto de desconfianza. Su
colega, el señor consejero gubernamental Tourte, experimentó, a
pesar de ser también un discípulo de Fazy,
peligrosas ansias de emancipación y se abalanzó sin consideraciones contra su
patrón y maestro. Pero ya antes del arribo del señor Obispo, Fazy salió de
viaje, tal como acostumbraba a hacerlo siempre que había preparado |335| para
sus adictos una sopa que luego ellos solos debían beber. Como es natural, el
señor de Marilli tuvo que abandonar acto seguido la ciudad y el país. Papá
Fazy, por su parte, escribió una carta desde Berna, conformándose por el
momento con retar a sus rebelados hijos y afirmando que era víctima de una
interpretación equivocada, que el gobierno no había cumplido con su deber, que
él únicamente había obrado “en pro” de la libertad religiosa, permitiéndole al
obispo hacer tan solo una simple visita a la ciudad de Ginebra. Una vez que la
primera tormenta se hubo aplacado, el ofendidísimo “papá Fazy” regresó a dicha
ciudad. Le fue tanto más fácil reafirmar su autoridad ofendida con algunos
oráculos, que tienen aplicación para todo y que siempre parecen ciertos y
reconstruir la fe en su sincero amor a la libertad y a la patria, por cuanto
sus señores colegas, tuvieron la deferencia de cargar con la mayor parte de las
culpas. Entretanto Fazy había logrado con ello su hermoso propósito de
enseñarles a los ultramontanos que él siempre está dispuesto a hacerlo todo por
ellos… Todo lo que le sea posible. Hace ya algunos años que el señor Fazy es un
hombre bastante rico. No sólo se dice que el Banque Générale Suisse le ha
concedido con carácter vitalicio una importante participación del porcentaje,
sino que tampoco ha desperdiciado su presidencia actuando en las empresas
ferroviarias de su Cantón, etc., en provecho propio. En su casa, grande y
hermosa —el Hôtel Fazy, situado en el Quai du Mont Blanc— el mundo elegante
frecuenta el cercle des étrangers. Y desde que Saboya consideró que las “salas
de juego” de sus balnearios eran incompatibles con la moral de su Estado, el
misericordioso presidente de la República de Ginebra recogió, en calidad de
exilada a una de dichas salas en sus amplios salones. ¡Viva la |336| libertad!
¡Laissez aller et laissez faire! ¡allez chez moi et faites votre jeu!90
¿Qué más quieres, queridito?
tuyo,
JUAN FELIPE BECKER”.
De los patrones de Vogt desciendo ahora hasta sus
cobandidos.
Paece and goodwill to this fair meeting,
I come not With Hostility, but greeting.91
A la cabeza del desfile, del que tan sólo quiero
señalar algunas figuras extraordinarias, nos sale al encuentro el
National-Zeitung de Berlín, regido por la férula del señor F. ZABEL. Si se
compara el anuncio del Libro Mayor sugerido por el mismo Vogt publicado por Mr.
Edouard Simon en la Revue Contemporaine, con los correspondientes artículos del
National-Zeitung, del Breslaviaer Zeitung —[Diario de Bruselas]— etc., casi
podría creerse que la “naturaleza redondeada” había publicado dos programas:
Uno destinado a preparar la campaña de Italia y el otro, para la de Augsburgo.
¿Qué diablos convenció al señor F. Zabel, de ordinario tan aburrido,
90 ¡Dejad ir
y dejad hacer! Venid a mi casa y haced vuestro juego…
91 “Salud y
paz a esta gentil turba,
Os traigo mi saludo y no, mi burla”.
timorato, hipócrita y autor de los grandes
titulares del National-Zeitung, para que sobrepasara los límites de manera tan
extrema y publicara con gruesos caracteres las coplas de ciego concebidas por
Vogt?
|337| El primer comentario sobre el
National-Zeitung se encuentra en el Nº 205 del Neuen Rheinischen Zeitung
—[Nuevo Diario Renano]— del 26 de enero de 1849, en un artículo de fondo
intitulado: “Indicador del camino a Schilda”. Sin embargo, los brazos del
indicador son demasiado largos para que los copiemos aquí. En un editorial del
Neuen Rheinischen Zeitung —Nº 224 del 17 de febrero de 1849— puede leerse:
“El Berliner National-Zeitung es la sustancial
manifestación de la insustancialidad. Algunas nuevas pruebas de ello: se trata
de la nota prusiana… y, ¡sin embargo! ¡Poder, querer, aparentar! ¡Creer y
querer que el gobierno prusiano quiera! Cada giro, al igual de un presidiario,
arrastra una tonelada de lastre y, por lo mismo, pesa mucho. Cada “por”, cada
“no obstante” y cada “pero” equivale a un legítimo Dr. Utriusque juris. Pero si
desenvolvéis toda aquella hinchazón cristiano-germano, si le sacáis todos los
trapos de algodón en que el National-Zeitung tan cuidadosamente envuelve su
sabiduría como si fuera un lactante, ¿qué es lo que queda?… La politiquería
impresa como premier Berlin, en grand tenue… Evidentemente el National-Zeitung
está escrito para lectores que piensan de acuerdo a la Historia Universal de
Rotteck… Los franceses tienen una eficacísima especie de fórmula para esta
clase de pensamiento, toda cuya agilidad es puramente idiomática. Je n’aime pas
les épinards et je suis bien aise; car si je les aimais, y’en mangetais
beaucoup, et je ne peut pas les sufrir. [No me agradan las espinacas y eso está
muy bien, pues si me gustaran comería muchas y no puedo sufrirlas…] El
National-Zeitung desea la felicidad de Prusia y, precisamente por ello… otro ministerio.
Pero lo que quiere a toda costa es… un ministerio. Además esto es lo único
acerca de lo que los patronos del National-Zeitung están seguros y disfrutan
decididamente de una cierta conciencia de sí mismos”.
|338| En el Nº 296 del Neuen Rheinischen Zeitung se
lee con fecha: “Berlín, 8 de mayo de 1849… Es interesante observar la actitud
que la prensa berlinesa asume frente a la revolución sajona. El
National-Zeitung únicamente conoce un sólo sentimiento… el temor a ser
suspendido”. Veto el miedo es un elixir vivificador, según lo demostrado en el
National-Zeitung durante el decenio a Manteuffel.
El National-Zeitung ha confirmado las palabras de
Pope:
Still her old empire to restore she tries,
For born a goddess Dulness never dies.92
Sólo que el reino de la Dulness de Pope se
diferencia del del National-Zeitung en que allí “reina ahora Dunce II, del
mismo modo como anteriormente reinaba Dunce I”, mientras aquí, continúa
reinando aún el viejo Dunz, Dunce the first.
Le sigue al National-Zeitung, pisándoles los
talones, el Breslaviaer Zeitung que ahora habla con un entusiasmo del
ministerio de los Hohenzollern, tal como
92 Nuevo su
viejo reino quiere restaurar,
Dios de nacimiento, Dulness nunca habrá de morir.
No es posible traducir la palabra Dulness. Es más
que aburrimiento, por principio un ennui acentuado, rigidez aletargante, chata
indiferencia. Como curiosidad estilística, Dulness es algo así como aquello que
el Neue Rheinische Zeitung denomina de “sustancial manifestación de
insustanciabilidad” (N. del t.).
anteriormente lo había hecho del ministro de
Manteuffel. A principios de 1860 recibí la siguiente carta:
Breslavia, 27 de febrero de 1860.
“QUERIDO MARX:
Leí en el Volkszeitung —[Diario del Pueblo]— tu
dirección y tu declaración contra el National-Zeitung. Un artículo |339|
similar al del National-Zeitung también fue publicado en el diario de
Breslavia, artículo éste que provenía de la pluma de su colaborador cotidiano,
el DR. STEIN. Es este el mismo Dr. Stein que durante la Asamblea Nacional
celebrada en Berlín, compartía con d'Elster las bancas de la extrema izquierda
y que formuló la conocida solicitud contra los oficiales del ejército. Esta
piedra grande —[STEIN]—93 de pequeño cuerpo, ha sido suspendida en su cargo de
maestro. Desde que existe el nuevo ministerio, se ha impuesto la obligación de
fomentar la agitación a favor del mismo, no sólo durante las elecciones del año
próximo pasado, sino también aún ahora, con el fin de unir la democracia
silesiana con los constitucionales. A pesar de ello, el actual ministerio
rechazó no una, sino varias veces una solicitud suya, en la que requería una
concesión para poder dar lecciones particulares. El ministerio anterior
toleraba en silencio que diera dichas lecciones, mientras el actual se las ha
prohibido por ilegales. Por lo tanto fue a Berlín para obtener dicha concesión,
pero sin éxito alguno, según podrás leerlo en el mismo número del Volkszeitung,
en que aparece tu declaración. El Dr. Stein hizo desfilar ahora también a la
Banda de Azufre en la Asociación de Casinos de Breslavia durante el desfile
carnavalesco. Sin embargo, el Dr. Stein, Schlehan, Semrau y sus compinches,
tienen que soportar, una tras otra, las humillaciones que les imponen los
constitucionales, pero esa especie no renuncia a su patriotismo. ¿Qué me dices
de esta sociedad estupenda?”
¿Qué puedo decir yo acerca de mi colega Stein?
Pues, en efecto, Stein era mi colega. Trabajé todo un año como corresponsal de
la Neuen Oder Zeitung —[Nuevo Diario del Oder]— |340| (1855), y es éste el
único diario alemán para el que escribí durante mi permanencia en el
extranjero. Evidentemente Stein es el hombre del corazón de piedra —[steinernen
Hersen]— que ni siquiera se ablanda al serle negada la concesión para poder
dictar lecciones particulares. El Neue Rheinische Zeitung martilleó mucho esa
piedra —[Stein]— para levantarle un monumento como por ejemplo en el N° 225 del
mismo:
“Colonia, 16 de febrero de 1849... En lo que
especialmente se refiere a H. Stein, recordamos la época en la que fanático
constitucionalista, atacaba enérgicamente a los republicanos, llegando hasta
DENUNCIAR virtualmente en el Schlesische Zeitung — [Diario de Silesia]— a los
representantes de la clase obrera, maniobra para la que se valía de un maestro
de escuela que es su hermano espiritual y actual miembro de la “Asociación pro
orden legal”. Tan miserable como la asamblea de organizadores era también la llamada
fracción democrática de la misma. Era previsible que aquellos señores, con tal
de ser reelectos, reconocerían la constitución impuesta. Caracteriza
93 Juego de
palabras de Marx, pues Stein en alemán equivale a piedra (N. del t.).
aún más el punto de vista de estos caballeros, el
que después, en los clubes democráticos nieguen aquello que antes de las
elecciones afirmaron en las asambleas electorales. Esta astucia mezquina y
desvergonzada nunca fue la diplomacia propia de los caracteres revolucionarios.
El que el Rhenische Zeitung no esculpía en vano esa
piedra —[Stein]— lo demostró éste, apenas Manteuffel suprimió la cámara
impuesta, pues ya el doctor Julio Stein exclamaba en la “Central Democrática de
Breslavia”: “Nosotros —las extremas izquierdas berlinesas— dimos por perdida
desde un principio la cuestión alemana… Hay que convencerse ahora de que nunca
será posible una unidad alemana mientras existan los príncipes alemanes” (Nº
295. Neue Rheinische Zeitung).
|341| Es en efecto desgarrador y capaz de ablandar
a una piedra, el que ese mismo Stein, aun cuando ya no piedra de escándalo, sea
desechado una y otra vez desde Schwerin como un simple… ladrillo.
No sé si mis lectores conocen por experiencia
propia al Punch. Me refiero al Kladeradatsch de Londres.94 En la tapa aparece
Punch y frente a él está Toby, su perro, con expresión por demás avinagrada y
llevando una lapicera en la oreja, señales ambas de que es penny-a-liner nato.
Si se pudiera comparar lo pequeño con lo grande, acaso podría compararse a Vogt
con Punch, sobre todo desde que éste perdió su gracia, percance que le ocurrió
cuando en 1846 fueron abolidas las leyes del trigo. Pero a su camarada, el
perro Toby, únicamente puede comparársele a uno mismo o a… Eduardo Meyen. En
efecto, suponiendo que alguna tuviera que morirse, Eduardo Meyen ya no necesita
de la migración del alma pitagórica. Toby ya se encargó de ello en vida. No
pretendo afirmar precisamente que Eduardo Meyen haya posado para el dibujante
del grabado de esa portada, pero lo cierto es que en toda mi vida no he podido
encontrar un mayor parecido entre un ser humano y un perro. Sin embargo no es
de extrañar. E. Meyen es por naturaleza penny-a-liner y el penny-a-liner lo es
Toby también por naturaleza. Siempre le agradó a E. Meyen dedicar su pluma
conmovedora e impertinente a la vez, a las organizaciones de literatura
política ya definitivamente organizadas. Un programa impuesto ahorra el trabajo
de pensar por sí mismo, la conciencia de pertenecer a una masa más o menos
organizada, adormece el sentimiento de autosuficiencia y el tener conciencia de
que existe una caja de guerra, hasta es capaz de sobreponerse |342| por algunos
instantes al mal humor profesional de Toby. Es así como por aquel entonces
encontramos al tal Eduardo Meyen marchando a la cola del desdichado comité
democrático central, la nuez sorda que en 1848 nació en Fráncfort del Meno, de
la Asamblea de demócratas alemanes. Durante su exilio en Londres, Meyen estuvo
conceptuado como uno de los más hábiles artífices de panfletos litografiados,
en los que se insumieron gran parte de los fondos reunidos para el empréstito
de fabricación revolucionaria de Kinkel, cosa que lógicamente no impidió a este
tal Eduardo Meyen, pasarse con todas sus cosas al campamento del príncipe
regente y vociferar en pro de la amnistía y, en efecto, pordiosear el permiso
para poder publicar desde Wandsbeck en el Hamburguer Freichützn —[Francotirador
Hamburgués]— sus vejaciones a la política externa. Vogt que requería la
presencia de “aquellos que”, a la gente que “cumple su programa” y está
dispuesta a entregarle artículos y para colmo hacía bailar ante los ojos de
aquéllos una caja de guerra bien provista de dinero, llegó en un momento
extraordinariamente oportuno para nuestro Eduardo Meyen, que precisamente
vagaba sin dueño, y como debido a la crisis, nadie
94 Kladeradatsch:
revista humorística alemana de carácter político (N. del t.).
estaba dispuesto a pagar para él la correspondiente
patente de perro, Toby, exasperado, se puso a ladrar ante el tribunal,
afirmando que yo me proponía estafar al establecimiento literario del partido
vogtiano y despojar de los salarios de copista a sus doguillos vejadores de
plumas. ¡Quelle horreur! Vogt hizo llegar a su Eduardo Meyen las mismas
instrucciones para el obligado comentario de su Libro Mayor como a su Edouard
Simon y, en efecto, Eduardo Meyen se dedicó a adobar cinco números del
Freischütz —Nº 17-21, 1860— con las correspondientes tajadas del Libro Mayor.
¡Pero qué diferencia! Mientras Edouard Simon corrige el original, Eduardo Meyen
lo estropea. La más simple condición |343| para interpretar objetivamente un
tema dado, se manifiesta sin duda en la capacidad para copiar lo que está
impreso, pero nuestro Eduardo Meyen es sencillamente incapaz de copiar
correctamente, aunque más no sea sino una sola línea. El espíritu de Toby
carece hasta del vigor necesario para copiar. Veamos:
“Freischütz, Nº 17: “El diario —[Allgemeine
Zeitung]— …ahora confiesa haberse servido… también… de la ayuda un partido
revolucionario, al que Vogt estigmatizaba como la Banda de Azufre de los
republicanos alemanes”. ¿Dónde y cuándo Vogt desvaría hablando de la Banda
Azufre de los republicanos alemanes?
“Freischütz, Nº 18: Es Liebknecht quién debe elevar
en el Allgemeine Zeitung la acusación contra Vogt, repitiendo allí las
acusaciones forjadas por Biskamp en el Volk de Londres; sin embargo éstas
recién alcanzaron todo su peso cuando Marx remitió un panfleto al Allgemeine
Zeitung, panfleto éste aparecido en Londres y cuya paternidad se atribuyó a
Blind”.
Vogt podía mentir mucho, pero hasta su abogado
Hermann le prohibió el embuste de que el artículo de Biskamp no copiado por el
Allgemeine Zeitung había sido “reeditado” por Liebknecht. Del mismo modo
tampoco se le podía ocurrir decir a Vogt que yo había mandado al Allgemeine
Zeitung el panfleto intitulado “A Modo de Advertencia”. En cambio dice
textualmente: “El señor Liebknecht es… quien envió al Allgemeine Zeitung aquel
panfleto calumniador” (Libro Mayor, pág. 167).
“Freischütz, Nº 19: Blind negó positivamente su
paternidad del panfleto y el cajista atestiguó que el mismo no le había sido
entregado por Blind para su impresión. Sin embargo es exacto que el ofensivo
documento fue inmediatamente transferido en esa misma composición tipográfica
al Volk, que |344| Marx solicitó la publicación del mismo en el Allgemeine
Zeitung, etc.”.
Por un lado Vogt copia en el Libro Mayor la
declaración de Fidelio Hollinger en la que Fidelio afirma que el panfleto no
fue impreso en su imprenta y por otra parte mi declaración contraria, de que la
composición tipográfica original del libelo difamatorio se encontraba aún en
casa de Hollinger cuando fue nuevamente copiado por el Volk. ¡Y qué confusión
publica el desdichado Toby!
“Freischütz, Nº 19: En lo que a las personas se
refiere —[así habla de Engels y de mí en la carta de Techow]— son seres
puramente intelectuales que no conocen nacionalidad alguna”. Sentimentalidad,
mi querido Toby, sentimentalidad es lo que Techow escribe en la versión de
Vogt.
“Freischütz, Nº 20: Marx… permitió que los
duelistas se trasladaran a Ostende para batirse allí. Techow sirvió de padrino
a Willich, etc. Después de este episodio Techow se aparta de Marx y su núcleo”.
Eduardo Meyen no se conforma con leer Ostende en
lugar de Amberes. Probablemente haya oído decir en Londres aquello del francés
que en el lejano Oeste
se quejaba de que los ingleses escribieran Londres
y pronunciaran Constantinopla. Al tal Techow, que en la época de sus cartas me
había visto sólo una única vez y que además escribía textualmente, que al
principio había pensado unirse a mí y a mi círculo, Eduardo Meyen le hace
apartarse de mi lado y de mi círculo, del que nunca había formado parte.
“Freischütz, Nº 21: “A través de este suceso —[la
fiesta central obrera de Lausana]— se explica el violento ataque perpetrado
contra Vogt en el Volk de Londres”.
El mismo Vogt nos comunica en su Libro Mayor la
fecha en que apareció en el Volk, el “violento ataque” perpetrado |345| contra
él: 14 de mayo de 1859 (El panfleto apareció en el Volk el 18 de junio de
1859). En cambio la fiesta central de Lausana tuvo lugar el 26 y 27 de junio de
1859, es decir, mucho tiempo después del “violento ataque” que, según Meyen,
habría originado.
Pero basta ya de estos frutos literarios de Toby.
No es de extrañar el que Toby, que en la obra de Vogt leía todo aquello que la
misma en realidad no contenía, haya descubierto también en ella que: “Lo obra
de Vogt será incluida entre las obras literarias más audaces, divertidas y
útiles” (Freischütz, Nº 17).
Y ahora imagínese a este desdichado Toby incapaz de
copiar correctamente dos renglones de un libro impreso, condenado a leer
diariamente a Wansbeck, en el libro de la Historia Universal, a copiar
constantemente los sucesos del día insinuados apenas superficialmente con
iniciales poco claras y a retratar en tamaño natural para el Freischütz los
dissolving vives del presente. ¡Pobre mensajero de Wansbeck! ¡Dichoso el lector
hamburgués del Freischütz!
Hace algunos días el Times de Londres publicó un
párrafo extraño que pasó por toda la prensa inglesa y se intitulaba: “A Man
shot by a dog”. Por lo visto parece que Toby también sabe manejar armas de
fuego y por lo tanto no es de extrañar el que Eduardo Meyen cante en el
Freischütz: Soy tirador, asalariado por el regente”.
El Kölnische Zeitung —[diario de Colonia]— se
limita a publicar algunos párrafos y maliciosas insinuaciones a favor de Vogt.
Ocho días después de haber aparecido el Libro Mayor, divulgaba en sus columnas
la leyenda de que la edición ya se había agotado, probablemente para no tener
que ocuparse del mismo. Por lo demás, ¡cuánto humorismo hay en el curso del
mundo!
|346| ¡Cómo habría podido yo imaginarme en
1848-1849, la época del Neuen Rheinischen Zeitung [Nuevo Diario Renano], cuando
diariamente teníamos que romper lanzas con nuestro vecino de Colonia a favor de
los polacos, húngaros e italianos, que en 1859 ese mismo Diario de Colonia
—[Kölnische Zeitung]— resucitaría como caballero defensor del principio de
nacionalidad y el tan sencillo señor Joseph Dumont acabaría por convertirse en
un ¡Signor Giuseppe del Monte! Pero por aquel entonces ningún Luis Bonaparte
había conferido aún la suprema bendición de la libertad moral a las
nacionalidades y el Kölnische Zeitung jamás podrá olvidar que Luis Bonaparte
fue el salvador de la sociedad. La furia roja con que por aquel entonces
atacaba a Austria podrá demostrárnoslo:
Neue Rheinische Zeitung, Nº 144.
“Colonia, 15 de noviembre de 1848. En momentos en
que toda Alemania se levanta lanzando su grito de indignación, protestando de
que el sangriento siervo de
los bandidos austríacos, que un Windischgrätz
pudiera atreverse mandar matar como a un perro al diputado ROBERTO BLUM — en un
momento semejante, es hora de referirse a dos diarios alemanes, uno de los
cuales trató de denigrar con extraordinaria perfidia los últimos días del
extinto y el otro lo persiguió hasta la tumba con su insulso cretinismo;
Hablamos del Kölnische Zeitung y del Rheinische Volkshalle —[Estadio Popular
Renano]— (vulgo Narrhalla)… En el Nº 262 entusiastas dirigentes del partido
democrático se ausentaron de Viena: también… ROBERTO BLUM”. El diario de
Colonia daba esta información sin otro comentario, imprimiendo únicamente con
gruesos caracteres la denuncia contra Blum para fijarla |347| más fácilmente en
la mente de sus lectores. El Kölnische Zeitung se completó en números
posteriores. No se resistió a dar cabida en sus columnas a artículos
pertenecientes al más pardo de los órganos de la camarilla, y a los comunicados
del periódico de la Gran Duquesa Sofía, uno de los diarios austríacos más
infames…” [A esto sigue, entre otras cosas, como cita]: “Roberto Blum no
cosechó laureles en Viena… También habló en los salones del enemigo interno, de
la timidez, de la falta de valor y perseverancia; pero si aparte de estos
enemigos internos también habrían de existir otros —[él, por su parte, desea
que no sea así]—, o si en la ciudad existieran aún personas que prefieren el
triunfo de los militares al de la libertad, entonces la lucha eliminatorio
contra las masas que están a sus puertas tendría que volverse contra ellas con
el puñal desenvainado”… “En el discurso del señor Blum reside la locura de un
septembrista y si en efecto el señor Blum pronunció esas palabras —lo diremos
sin ambages—, entonces también, el señor Blum se habrá DESHONRADO. Hasta aquí,
de lo publicado por el Kölnische Zeitung.
Por medio de secretas cañerías artificiales, todos
los retretes de Londres vierten su inmundo contenido en el Támesis. Del mismo
modo la metrópoli mundial descarga a través de un organizado sistema de plumas
de ganso, todos sus desperdicios sociales en una grande y papirácea cloaca
central: el Daily Telegraph. Liebig critica con razón aquel absurdo despilfarro
que despoja al Támesis de su limpidez y a los campos de Inglaterra de su
estiércol. LEVY, en cambio, el propietario de la papirácea cloaca central, no
sólo tiene nociones de química, sino que también sabe algo de alquimia. Una vez
que ha convertido en artículos periodísticos la suciedad social de Londres,
convierte los artículos periodísticos en cobre, y finalmente el cobre en oro.
Sobre el portal que da acceso a la papirácea |348| cloaca central, han sido
grabadas las siguientes palabras: di colore oscuro: hic quisquam faxit oletum!,
o como Byron lo tradujo en forma bellamente poética: “Caminante, stop, and…
pis!”
Levy, como Habakuk, est capable de tout —[es capaz
de todo]—. Es capaz de imprimir editoriales a tres columnas, sobre un solo caso
de violación. A principios de este año obsequió a su numeroso público de
gourmets, con un fétido picadillo hábilmente compuesto con los tan inmundos y
asquerosos detalles de un determinado proceso judicial, hasta el punto que el
juez decidió mandar desalojar de la sala de audiencias a las mujeres y niños.
Desgraciadamente Levy echó en el picadillo, como condimento, el nombre de una
persona inocente. El proceso por calumnia iniciado contra él a consecuencia de
ello, terminó con su condena y la censura oficial de su órgano periodístico por
parte del tribunal inglés. Como se sabe, los procesos por calumnia, como
también todos los demás, resultan sumamente costosos en Inglaterra,
representando en cierto modo el privilegio del coffre fort. Sin embargo muy
pronto unos cuantos abogados desocupados de la City, descubrieron que Levy era
una presa codiciable; se reunieron y acordaron ofrecer gratuitamente y a título
de especulación,
sus servicios a todo aquel que estuviera dispuesto
a acusar a Levy por calumnia. Precisamente el mismo Levy ya se había quejado de
ello en su diario, vaticinando que no tardaría en entrar en vigor una nueva
especie de extorsionismo: la acusación por calumnia contra Levy. A partir de
entonces resultaba peligroso acusar a Levy. Se exponía uno a comentarios
ambiguos, pues tal como puede leerse en los paredones de Londres: Commit no
Nuisance, así también en las puertas de los Tribunales ingleses se leía: Commit
Levy.
|349| Los políticos denominan al Daily Telegraph el
“Moppaper de Palmerston”, pem el Shuite basurero de Levy carga política
únicamente como lastre. En cambio el Saturday Review caracterizaba con acierto
ese diario que se vendía a un penny, como “cheep and nasty” [barato y
asqueroso]. “Es un síntoma fatal —[afirma entre otras cosas]— el que
decididamente prefiera la suciedad a la limpieza; siempre excluirá la
información más importante, con tal de disponer del lugar necesario para poder
publicar algún artículo sucio”.
Sin embargo Levy también posee su propio pudor.
Así, por ejemplo, protesta por la inmoralidad de los teatros y, convertido en
segundo Catón el censor, crítica la indumentaria de las bailarinas del ballet
que, como afirma, siempre comienza demasiado tarde y termina demasiado pronto.
Estos ataques de decencia, hicieron caer a Levy como de Caribdis a Escila. ¡Oh,
consecuencia! —[exclama un periódico teatral londinense, The Player]—, ¿dónde
está el rubor de tu vergüenza? ¡Cómo aquel bribón —[the rogue]— se habrá reído
para sus barbas!… ¡El Telegraph, predicando moral sobre la indumentaria teatral
femenina! ¡Júpiter sagrado! ¿Qué ocurrirá después de esto? Terremotos y
llameantes cometas son lo menos que ahora cabe esperar. ¡Decencia! “I thank
thee jew for teaching me that word!” —[Gracias, judío, por haberme enseñado esa
palabra]. Y como Hamlet a Ofelia, así también el Player le aconseja a Levy que
ingrese en un convento y que ese convento sea de monjas. “Get thee to a
nunnery, Levy!” ¡Levy en un convento de monjas! Quizá el Nunnery sea tan sólo
una errata y en realidad quiera decir Nonaria, de modo que pueda leerse: “ve a
la nonaria, Levy” y en ese caso todos serán
|350| multum gaudera paratus,
Si Cynico —[el cínico Levy]— barbam petulans
Nonaria vellat.
El Weekly Mail opina que aunque Levy no pretende
engañar al público, haciéndole creer que una X es una U, si hace pasar una Y
por una I latina y en efecto, entre los 22.000 Levis que Moisés contó durante
su paso por el desierto, no hay un solo Levi que se escriba con Y griega. Tal
como Edouard Simon a toda costa quiere pertenecer a la raza latina, así Levy
pretende pertenecer a la anglo-sajona. Es por eso que por lo menos una vez al
mes, ataca a la política no inglesa del señor Disraeli, pues Disraeli, “el enigma
asiático” —[the asiatic mystery]— no provenía, como el Telegraph, de la raza
anglo-sajona. Pero de qué puede servirle al señor Levy el atacar al señor
Disraeli y pretender cambiar la Y griega por una I latina, puesto que la madre
naturaleza plantó en su propia cara con su más caprichosos signos, su propio
árbol genealógico. La nariz del misterioso desconocido de Slawkenbergius —véase
Tristram Shandry— que se había elegido la Finest nose del promontoty of noses
únicamente era el tema de conversación semanal de Estrasburgo, mientras la
nariz de Levy representa
el tema anual de la conversación de la City de
Londres. Un epigramático griego describe la nariz de un tal Cástor, que le
servía para realizar toda clase de menesteres, como pala, trompeta, guadaña,
ancla, etc., etc. Termina la descripción con estas palabras:
“Οὐτως εὐϱχρήστου σκεύουςϱ Κάστωρϱ τετὶχηκε,
Ῥἷνα φέ ων πάσης ἅ μενον ἕ γακσίας.”95
|351| pero sin embargo, Cástor no adivinó para qué
Levy emplearía su nariz. El poeta inglés se aproxima más a ello en los versos:
And ’tis a miracle we may suppose,
No mastiness offends his skiful nose.96
El gran arte de la nariz de Levy consiste, en
efecto, en coquetear con el olor a podrido, descubrirlo y atraerlo desde cien
millas de distancia. Es así como la nariz de Levy le sirve al Daily Telegraph,
como trompa de elefante, antena, faro y telégrafo. Por lo tanto puede decirse
sin temor a caer en la exageración, que Levy escribía su diario con las
narices.
Como es natural este buen Daily Telegraph era el
único diario inglés en el que podía aparecer y no debía faltar, la Lausiada
—[piojosería]— de Vogt. En el órgano de Levy del 6 de febrero de 1860 apareció
un artículo de dos columnas y media, bajo el título: “The Journalistic
Auxiliarles of Austria” —[Los auxiliares periodísticos de Austria]—, que en
realidad no era más que la traducción a un inglés por demás maloliente de los
dos editoriales del Berliner National-Zeitung. Para engañar, el artículo llevaba
como rótulo: “From an occasional correspondent, Frankfurt on the Main. February
2” —[de un corresponsal ocasional]—, Como es natural, yo sabía que el único
corresponsal del Telegraph estaba radicado en Berlín, donde con su acostumbrado
virtuosismo las narices de Levy lo habían descubierto. Escribo de inmediato a
un amigo que vivía en la capital alemana, pidiéndole que me comunicara el
nombre del corresponsal del órgano de Levy. Mi amigo, un hombre cuyo saber fue
reconocido por A. von Humboldt, se |352| mostró sin embargo lo suficientemente
obcecado como para afirmar que en Londres no existía Daily Telegraph alguno y
por consiguiente tampoco podía existir en Berlín un corresponsal del mismo. En
estas circunstancias me dirigí a otro amigo radicado en la ciudad del Spree.
Respuesta: El corresponsal del Daily Telegraph existe y se llama… ABEL. En esto
advertí una desagradable mistificación. Evidentemente Abel era una abreviatura
de ZABEL. La circunstancia de que Zabel no escribe en inglés, en modo alguno me
hizo dudar de ello. Si Abel es capaz como Zabel, de dirigir sin saber escribir
en alemán el National-Zeitung, ¿por qué Zabel, convertido en Abel, sin saber
escribir en inglés no habría de cumplir las funciones de corresponsal del
Telegraph? ¿De modo que Abel es Zabel y Zabel es Abel? ¿Cómo salir de esta
Babel? Una vez más comparé el órgano del saber berlinés con el órgano de Levy y
descubrí en el Nº 41 del National-Zeitung, el siguiente fragmento:
95 Y es así
como Cástor posee una eficaz herramienta, Llevando consigo la nariz dócil, útil
para obra cualquiera. 96 Es un milagro, lo digo sin broma.
No hay hedor que a la impertinente nariz moleste.
“Liebknecht agrega maravillosamente: "Haremos
que el magistrado (¿?) reconozca nuestras firmas”. Este pasaje del magistrado y
los sorprendidos interrogantes de Zabel después del magistrado, nos recuerda a
aquel suabio que “apenas llegado a Asia y descendido del trasatlántico,
pregunta: “¿No habrá aquí algún buen compañero de Bebbingen?” En el órgano de
Levy no sólo ha sido suprimido todo ese pasaje; también faltan los signos de
interrogación, de lo que se desprende con la claridad del sol, que el corresponsal
de Levy no comparte la opinión de F. Zabel, según la cual, el juez policial
londinense o magistrado —[magistrates]— equivale al magistrado berlinés.
Evidentemente Zabel no era Abel y Abel no era Zabel. Entretanto otros amigos de
Berlín se enteraron de mis gestiones. Uno de ellos me escribió:
“Entre los 22.000 Levis del cuarto libro de Moisés
se encuentra también un Abel, sólo que este se deletrea Abihail”. |353| Otro me
escribía: “Por lo visto esta vez Abel mató a Caín y no Caín a Abel”. Es así
como cada vez me internaba más en el “laberinto”, hasta que finalmente el
redactor de un diario inglés me aseguró con la seca seriedad típicamente
sajona, que Abel no era un broma, sino un literato judío de Berlín, cuyo nombre
completo era Dr. CARLOS ABEL, encantador muchachito éste, que había servido durante
mucho tiempo a las órdenes de Stahl y Gerlach como afanoso peón de trincheras
del Kreuzzeitung y que aún cuando no el pellejo, sí había cambiado de color al
producirse el cambio de ministerio. Sus insistentes afanes, propios de los
renegados, explicarían acaso cómo el corresponsal berlinés de Levy cree que la
libertad de prensa inglesa ha sido inventada exclusivamente para que él pueda
pregonar en público su epilepsia admirativa a favor del ministerio de
Hohenzollern. hipotéticamente acaso pueda suponerse que aparte de un Levy en
Londres, también exista un Abel en Berlín… par nobile fratrum.
Abel atiende a su Levy simultáneamente desde todas
las plazas imaginables: Berlín, Viena, Fráncfort del Meno, Estocolmo,
Petrogrado, Hong Kong, etc., lo que por cierto resulta una hazaña mucho más
importante aún que el Voyage autor de ma chambre —[viaje alrededor de mi
habitación]— de Le Maire. Pero sea cual fuere el zodíaco local bajo el cual
Abel escriba a su Levy, siempre le escribe bajo el solsticio de Cáncer.
Contrariamente a la procesión de Echtermacher, en la que por cada dos pasos que
se adelantan, se retrocede uno, los artículos de Abel avanzan un paso y
retroceden dos.
|354| No crab more active in the dirty dance,
Downward to climb, and backward to advance.97
Abel posee una innegable habilidad para hacer
llegar a su Levy los secretos de Estado del Continente. Por ejemplo, el Diario
de Colonia publica un editorial cualquiera, digamos, sobre finanzas rusas,
acaso extraído del Baltischen Monatschrift —[Revista Mensual del Báltico]— Abel
deja transcurrir un mes y luego, repentinamente, envía a Londres el artículo
del diario de Colonia proveniente de Londres, no olvidando sin duda, señalar
que, sino el mismo Zar, por lo menos ha sido el ministro de Finanzas ruso o alguna
de los directores de la Caja del Estado quien le ha confiado entre deux
cigarres —[entre dos cigarros]— ese secreto de Estado, y es así como exclama
triunfante: “I am in a position to State, etc.” [Me encuentro en
97 “No hay
cangrejo más vivaz en esa danza puerca, Adelante la cola, atrás la cabeza…”
condiciones de informarle…] O acaso el órgano
oficial, Preussische Zeitung —[Diario Prusiano]— extienda sus antenas
ministeriales e insinúa la incompetencia del señor von Schleinitz con respecto
a la cuestión del Gran Ducado de Hesse. Esta vez Abel no titubea un solo
instante y aún ese mismo día le escribe abiertamente a su Levy desde Berlín,
sobre la cuestión del Gran Ducado de Hesse. Ocho días después le comunica: el
Preussische Zeitung, que es el órgano oficial, publica el siguiente artículo
sobre la cuestión del Gran Ducado de Hesse: y “I owe to myself” —[considero un
deber…]— advertirle que hace ya ocho días que yo… etc., etc. O también traduce
algún artículo del Allgemeine Zeitung fechándolo |355| en Estocolmo. Entonces
sigue inevitablemente la frase: “I must warr your readers” [debo llamar la
atención de sus lectores], no sobre el artículo copiado, sino sobre alguno de
los artículos no copiados del Allgemeine Zeitung. Pero apenas Abel empieza a
hablar del Kreuzzeitung —[Diario de la Cruz]— se hace la señal de la cruz para
eternizarse.
En cuanto al estilo literario de Abel se refiere,
únicamente es posible insinuarlo en forma simbólica como la copia de
modalidades de la especie de “estrella sapientísima”, “el azul berlinés de
Isidor” y “Jacobo, arroyuelo de la pradera”.
Con el permiso de Abel haremos una digresión. El
original “astro sapientísimo es otro cobandido de Vogt, un tal L. BAMBERGER,
que en 1848 fue redactor de un oscuro diarucho de Maguncia y que en la
actualidad es un consorte Loop garou que en París está a “sueldo máximo” y,
demócrata decembrista “en el más sencillo sentido de la palabra”. Para poder
comprender este “sentido tan sencillo”, es preciso conocer el lenguaje gitano
de la sinagoga bursátil de París. La “sencilla” democracia del “astro
sapientísimo” es aquello mismo que Isaac Pereire llama “la democratisation du
credit” —[la democratización del crédito]— que consiste no en convertir
únicamente en una sala de juego los círculos aislados de una Nación, sino a
toda la Nación en general, para luego poder engañarla en masse. Mientras el
oligarca lobo bursátil a las órdenes de Luis Bonaparte resultaba ser tan
egoísta que únicamente trataba de apoderarse de la riqueza nacional acumulada
en las manos de la burguesía superior, bajo la égida de Luis Bonaparte todo
resultaba ser Fish para el democrático lobo bursátil que exclama con el
Emperador Romano: Non olet y agredí con la sapientísima estrella Bamberger:
“Las masas tienen que hacerlo”. Esta es “en su mayor sencillez”, la
“democracia” del astro sapientísimo.
|356| Hace poco, “astro sapientísimo Bamberger”
volvió a hacerse famoso bajo el título: “¡Hurra, vamos a Italia!”. Durante la
campaña por la Constitución del Reich atendía al nombre de: “¡Ay, es de
Kirchheimboland!” El astro sapientísimo Bamberger, evadido de Kirchheimboland,
y que llevó de las narices al cuerpo de voluntarios del Palatinado del Rin,
sobre cuyas heroicidades se me confió un delicioso manuscrito, era demasiado
inteligente como para no sospechar que el hinchado barro impregnado de sangre del
decembrismo, contenía oro para los inteligentes buscadores de tesoros. Por
consiguiente se dirigió a París, en donde, como dice tan bellamente su amigo
Isidoro, “azul berlinés”, alias H. B. Oppenheim, “uno se siente más libre aún
de lo que sabe”. Astro sapientísimo, para quien en 1858 “comenzó a
interrumpirse la circulación”, — véase el informe de la Banque de France sobre
la acumulación de 1858-1859— se sintió encantado cuando de pronto el sucio
barro del decembrismo comenzó a brillar con los claros colores de las ideas
altisonantes. El tan inteligente como reluciente Astro Sapientísimo comprendió
que un diluvio sobre el barro parisiense del decembrismo, también habría de
anegar el “Haber” de su Libro Mayor, dejando en pie únicamente el
“Debe”. Como se sabe, Astro Sapientísimo Bamberger
agregó a las nueve musas helénicas, una décima musa hebrea, la “musa del
tiempo” como acostumbra llamarla el boletín de la Bolsa.
Volvamos a Abel. El estilo de Abel está impregnado
del odor specificus, imprescindible para el Daily Telegraph, la papirácea
cloaca principal de la Metrópoli mundial. Cuando Levy se siente muy conmovido
por el perfume que emana la correspondencia de Abel, por la sabiduría de Abel y
la afanosidad industrial con que Abel escribe simultáneamente en veinte grados
de latitud distinta… en esos instantes de suprema emo-|357|ción, Levy llama
cariñosamente a Abel su… “industrious boy”.
Ya la justicia poética exige al final de la comedia
que la “naturaleza redondeada” no quede empantanada con Abel, en el fango
londinense; pero ¿quién habría de sacarla del barro? ¿Quién será el liberador?
El salvador será don cagaceite, vale decir, el Conde VON VINKE, hidalgo de la
roja tierra, caballero de la alegre figura, chevalier sans peur et sans
reproche.98
Según lo anteriormente manifestado ya en 1848 el
Neue Rheinische Zeitung había revelado a los enemigos Vogt y Vinke y el mismo
Vogt ya los intuyó en 1859 cuando escribía en sus Ensayos: “¡El señor von
Vinke, apóstol de la nueva libertad estatal!... Realmente esto es algo que raya
en el terreno de lo ridículo” —lug. cit., pág. 21— o sea, en el de Vogt. Sin
embargo el 1 de marzo de 1860, Vinke pronunció abiertamente la palabra
reconciliadora, al “ilustrar —[como dice Juan Felipe Becker]— la modesta cámara
prusiana, acerca de la Banda de Azufre”. Además un año antes, había recomendado
a esa misma casa el panfleto intitulado “El Po y el Rin” cuyo origen infernal
lógicamente no había podido olfatear por faltarle la nariz de Levy. Y cuando
Vinke, como Vogt, hasta comenzó a hacerse el italiano, Vinke, como Vogt,
insultó a los polacos, y Vinke, como Vogt también proclamó la división de
Alemania, entonces aquellos hermanos hostiles acabaron por abrazarse y
reconciliarse definitivamente,
Es sabido que dos polos iguales se rechazan
irremisiblemente. Y es así como Vogt y Vinke se rechazaron durante mucho
tiempo. Ambos sufren de verborrea, debido a que cada uno de ellos cree que el
otro no le dejará tomar la palabra.
|358| Según lo atestigua Ranickel, Vogt es un gran
zoólogo y así lo es también Vinke, según lo demuestra… su criadero de cerdos
instalado en Ickern.
En el teatro español, por cada héroe hay dos
bufones. Hasta Calderón provee a San Cipriano, el Fausto español, de un Moscón
y un Clarín. Así también en el parlamento de Fráncfort, el general reaccionario
disponía de los ayudantes cómicos: el arlequín Lichnowsky y el payaso Vinke.
Vogt, en cambio, el liberal payaso contrario, tenía que hacerlo todo solo, lo
que necesariamente contribuía a su rencor a Vinke, ya que Jaques Benedey
únicamente se hacía cargo del emotivo papel de Pantalón. De tarde en tarde a
Vinke le agradaba sacarse el gorro de cascabeles. Así declara en la Asamblea
Parlamentaria del 21 de junio de 1848: que “por momentos cree encontrarse más
bien en un teatro, que en una asamblea semejante”. Y en una solemne reunión de
los turistas parlamentarios de Fráncfort , hizo el papel de Príncipe de Thoren,
cantando sentado sobre un barril:
Soy el duque de Thoren
Elegido entre los borrachos.
98 Caballero
sin miedo y sin tacha.
También esto molestó a su contrincante. Para colmo
Vogt y Vinke no podían asustarse mutuamente, por lo que consideraron que lo más
razonable era atacarse. Falstaff Vogt sabía qué era lo que él tenía de
caballero sin miedo y sin tacha y viceversa. En su época, el boyardo westfalés
había estudiado derecho en las Universidades alemanas, a excepción del Corpus
Juri romano, pues, así afirmaba, no en vano los antepasados de la roja tierra
habían vencido a Varus. Con tanto mayor empeño se dedicaba en cambio al derecho
teutón o sea, a los comicios estudiantiles, cuyo terreno recorrió en todas las
dimensiones y al que más tarde habría de hacer famoso bajo el |359| nombre de
“terreno jurídico”. A consecuencia de este examen profundamente casuístico del
comicio estudiantil, más adelante tropezó también en cada duelo con algún pelo
dunscótico que en el momento decisivo se interponía tan sutilmente entre el
caballero y el derramamiento de sangre, como la espada desenvainada en el lecho
de la princesa y el locum tenens. Esta sutileza siempre se interponía con la
regularidad de una fiebre periódica, a partir de la aventura en que intervino
el asesor de la cámara de justicia, Benda, en la época que medió entre el
congreso unificado de 1847, y el no menos comentado episodio con el ministro de
guerra prusiano, que tuvo lugar en la cámara de diputados en el año 1860. Ya se
ve cuán injustamente se le recriminaba hace poco al hidalgo, el haber perdido
su terreno judicial. No es culpa suya, si su terreno judicial se compone únicamente
de trampas. En cambio y debido a que el comicio estudiantil sólo sirve para el
superior debate judicial, el espiritual hidalgo lo sustituye en la cotidiana
práctica parlamentaria con el… comicio de madera.
Cierta vez en el estanque de ranas de Fráncfort,
Vinke insultó enojadísimo a su contrincante, llamándolo “el ministro del
futuro”. Apenas se enteró en Ickern de que Vogt, recordando aquel dicho:
Ocupándote de algún carguito,
Todo el año te llamarás señor.
no sólo se había convertido en Regente Imperial,
sino también en ministro de relaciones exteriores in partibus, un
estremecimiento se apoderó de todos sus miembros y protestó gruñendo, por
ciertas y determinadas pretensiones a ascensos presidenciales. Pues ya en el
Congreso unificado de 1847, Vinke se había opuesto al ministerio como frondeur
y representante |360| aristocrático de la oposición burguesa. Al estallar la
revolución de marzo, creyó que por eso él era entre todos el elegido para
salvar la corona. Sin embargo sus rivales se convirtieron en los ministros del
presente, mientras él recibía un puesto de “Ministro del Futuro” cargo este que
basta la fecha invistió con éxito ininterrumpido.
Por vergüenza sacudió de sus zapatos el polvo de
Berlín, dirigiéndose a Fráncfort para ocupar en la Iglesia de San Pablo un
lugar en las bancas de la extrema derecha y actuar allí como payaso, claqueur y
Bully del General Radowitz.
Este pinzón99 —[Finke]— era un austriacófilo
fanático, mientras encontraba el aplauso de la autoridad. Protestaba como
alucinado contra las Nacionalidades. “En las izquierdas se aboga por toda clase
de nacionalidades, italianos, polacos y ahora, para colmo, también magiares”
(Sesión del 23 de octubre de 1848). Los tres caballeros Vinke, Lichnowsky y
Armin, ejecutaban con tal virtuosismo aquel trío musical que dice:
99 Juego de
palabras intraducibie (N. del t.).
…brama el toro, muge la vaca,
y el borrico en voz de bajo los acompaña,
en su oposición a los oradores partidarios de
Polonia —sesión del 5 de junio de 1848—
, que
hasta a la campanilla del presidente se le cortó el aliento y cuando Radowitz
llegó a reclamar en forma militarmente lógica el Mincio para el Imperio Alemán
—sesión del 15 de agosto de 1848— Vinke, para diversión de toda la galería y
con la secreta admiración de Vogt, se paró cabeza abajo para telegrafiar su
aplauso con las piernas. Claqueur principal de las resoluciones, con lo que el
estanque de ranas Fráncfort es imprimió su sello de voluntad |361| popular
alemana al sometimiento de Polonia, Hungría e Italia, el hidalgo de la tierra
roja chillaba más alegremente aun cuando fue preciso sacrificar las
pretensiones de la Nación alemana, debido al armisticio de Malmö. Para
asegurarse la mayoría de votos a favor de la ratificación de dicho armisticio,
los espectadores diplomáticos y no diplomáticos de las galerías se escurrieron
en las bancas de la derecha. El engaño fue descubierto y Raveaux insistió en
que se procediera a una nueva votación. Como es natural el pinzón —[Finke]— se
opuso, afirmando que no interesaba quién votaba sino qué era lo que se votaba
(Sesión del 16 de septiembre de 1848). Durante la insurrección de septiembre
ocurrida en Fráncfort y originada por la resolución tomada con respecto al
armisticio de Malmö, el boyardo westfalés desapareció sin dejar rastros, para,
después de proclamado el estado de sitio, vengarse del susto recibido del que
ya nadie podría indemnizarlo, dando furibundos revolcones reaccionarios.
No satisfecho de martillear con su lengua sobre los
polacos, húngaros e italianos, propuso el Gran Duque Juan de Austria para el
cargo de presidente de la provisional potencia central —sesión del 21 de junio
de 1848—, aun cuando con la sumisa condición de que la ejecutoria habsburguesa
del parlamento alemán, cuyas resoluciones plebeyas no habrían de ejecutarse ni
publicarse, ni tampoco ocuparse de ellas. Saltó enfurecido cuando sus propios
compañeros mayoritarios, aunque más no fuera que para cambiar, votaron para que
el administrador del Reich por lo menos se aviniera a llegar a un previo
acuerdo con el parlamento, en los casos en que se trataba de guerra, de paz o
de convenios con potencias extranjeras (Sesión del 30 de junio de 1848). Y la
grande y calurosa discusión en la que el pinzón —[Finke]— trataba de obtener a
gritos del parlamento alemán, del ministro Impe-|362|rial Schmerling y demás
compinches un voto de confianza como premio por su complicidad y la del
administrador del Reich, en la sangrienta e infame traición a Viena —sesión del
24 de octubre de 1848— rebatió victoriosa la difamación de Fischard:
Oh, qué bocas resfriadas
Son las bocas Westfalias.
De esta suerte Vinke fue habsburgués por buena
vecindad hasta que en el Sahara parlamentario apareció la Fata Morgana de la
pequeña Alemania y el hidalgo vio en ella una cartera ministerial de tamaño
natural que llevaba un guimbalete bajo el brazo. Debido a que las paredes de la
Iglesia de San Pablo tenían unas orejas extremadamente largas, le cupo esperar
que el alboroto de Fráncfort eses, de sus explosivas protestas de lealtad a los
Hohenzollern y a la dinastía, habrían sido
amistosamente recibidas en Berlín. ¿Acaso en la
repleta Iglesia de San Pablo no había declarado el 21 de junio: “Mis electores
me enviaron hasta aquí, no sólo para representar los derechos del pueblo, sino
también para defender los de los soberanos. Aún hoy me place recordar las
palabras del Gran Elector de Brandemburgo, que otrora intituló a los habitantes
de la Marca de “mis súbditos más leales y obedientes”. Y nosotros, los de la
Marca, nos enorgullecemos de ello”. Y el boyardo de la Marca pasó del dicho al
hecho en aquella famosa batalla de tribunas, a la que debe sus espolones de
caballero (Sesiones del 7 y 8 de agosto de 1848). Cuando Brentano, en ocasión
de solicitarse la amnistía para Federico Hecker se permitió pronunciar algunas
insinuaciones ambiguas referentes a un príncipe de Hohenzollern, el pinzón —
[Finke]— fue presa de un ataque de rabiosa lealtad. Saltando de su asiento y
lanzándose sobre |363| el señor Brentano, trató de arrancarlo de la tribuna
exclamando: “¡Baja de ahí, perro!”. Pero Brentano conservó su lugar. Algo
después, lógicamente luego de haber meditado seriamente sobre las posibilidades
que ofrece un terreno jurídico, el hidalgo le lanzó el guante caballeresco, que
fue recogido por Brentano con estas palabras: “Afuera, frente a la Iglesia
puede usted decirme todo lo que le venga en gana. De aquí y ahora mismo usted
me permitirá retirarme. De lo contrario lo abofetearé”. A consecuencia de esto
el hidalgo echó mano a su carcaj verbal, lanzando aún unos cuantos “perros” y
“sotretas” sobre las izquierdas, hasta que finalmente Reichhardt le gritó:
“¡Von Vinke, es usted un marrano!” (Sesión del 8 de agosto de 1848). El pinzón
—[Finke]— trató de desviar el debate sobre el conflicto entre el ministerio
brandemburgués y la Asamblea de delegados de Berlín, proponiendo sencillamente
que se pasara a leer la orden del día. “A partir de la victoriosa entrada de
Wrangel en Berlín —[así dijo]— se hizo la calma, subieron los valores… La
Asamblea berlinesa no tiene derecho a publicar proclamas dirigidas al pueblo,
etc., etc.” Apenas los delegados se hubieron dispersado, cuando ya el caballero
sin miedo y sin tacha los atacó con tanta mayor crueldad que antes. “Para ser
una república —[aullaba en la sesión del 15 de diciembre de 1848]— nos falta
preparación política; esto nos lo demostraron los representantes de la ex
asamblea berlinesa, al tomar resoluciones nacidas de bajas ambiciones
personales”. La tempestad que se desencadenó a consecuencia de estas palabras
fue aplacada por él con la declaración de que “estaba dispuesto a hacer valer
su opinión en forma caballeresca ante cualquier persona”, pero el cauteloso
caballero añadió también que “no se refería a miembros de esa Asamblea, sino a
los de la dispersada Asamblea berlinesa”.
|364| Aguerrido hasta este punto fue el grito de
guerra que el boyardo de la Marca lanzó contra todo un ejército de dispersos
delegados. Uno de éstos escuchó el llamado, se recobró y, en efecto, llegó a la
hazaña de condenar al hidalgo de la roja tierra, a concurrir al campo de
batalla junto a Eisenach. El derramamiento de sangre parecía inevitable, cuando
en el instante decisivo, el boyardo husmeó la presencia de una rata dunscótica.
Su rival se llamaba Jorge Jung y las leyes del honor mandaban que el caballero
sin miedo y sin tacha luchara con el dragón, pero en modo alguno, si se trataba
de un tocayo del caballero que mató al dragón. El pinzón no dejó que se le
sacara esta idea fija de la cabeza. Prefería jurar por todos los santos,
abrirse la barriga como un Damio japonés, a torcer un solo pelo de un hombre
que se llamaba Jorge y para colmo resultaba demasiado joven para batirse en un
duelo. Con sin igual encono, este decidido duelista se enfurecía y atacaba
entretanto en la Iglesia de San Pablo, a
las personas antigubernamentales que se encontraban
encerradas en la cárcel de Münster (Sesión del 8 de diciembre de 1848). Así
como no rechazaba el menor detalle para agradar a las autoridades, su afán de
lealtad se superaba en gigantescos esfuerzos a favor de la organización de una
pequeña Alemania, y de una gran corona prusiana. Warwick, el hacedor de reyes,
era un niño comparado con Vinke, el hacedor de Emperadores.
El boyardo de la Marca creyó que ya había reunido
suficientes brasas sobre la cabeza de la ingratitud de 1848. Al caer el
ministerio de la acción, Vinke desapareció por un tiempo de la Iglesia de San
Pablo, manteniéndose en disponibilidad. Lo mismo al caer el ministerio de
Pfuel. Pero como evidentemente la montaña no llegaba a Mahoma, Mahoma resolvió
ir hasta la montaña. Votado en una de las putrefactas ciudades, el caballero de
la roja tierra reapareció repentinamen-|365|te en Berlín en calidad de diputado
de la cámara impuesta, pletórico del gran afán de recibir el premio que le
esperaba en pago a las hazañas realizadas en Fráncfort. Por lo demás el
caballero se sentía muy bien en ese estado de sitio, que no habría de nevarle
la libertad antiparlamentaria. La silbatina y las exclamaciones con que lo
festejó el pueblo berlinés mientras esperaba frente al palacio, junto con los
demás diputados impuestos, el que se les recibiera en el Salón Blanco, fueron
recogidos y escuchados ávidamente por él con ambos oídos, puesto que Manteuffel
había insinuado en forma suave, que para premiar ciertos méritos, con tal de
encontrarse vacante una determinada cartera ministerial, en las esferas
superiores se tendía a aceptar de manos de los hacedores de Emperadores de
Fráncfort, la corona de la pequeña Alemania. Alucinado por esta dulce
esperanza, el pinzón trató ante todo de ser útil como dirty boy del gabinete.
De acuerdo a lo prescripto por el Kreuzzeitung, bosquejó, en primer lugar, el
rótulo para la corona, gritó contra la amnistía, aceptó la constitución
impuesta, bien que con la condición especial de que fuera nuevamente revisada y
pulida por una “vigorosa potencia estatal”, insultó a los diputados
izquierdistas atacados de la enfermedad del sitio, etc., y esperó la llegada de
su triunfo.
Se acercaba la catástrofe; la diputación Imperial
de Fráncfort había llegado a Berlín y el 2 de agosto de 1849 Vinke expuso una
enmienda del bosquejo Imperial, por el que Manteuffel había votado con toda
inocencia. Inmediatamente después de levantada la sesión Vinke corrió a grandes
saltos hasta un negocio de ropavejero vecino, para comprar un portafolio, un
portafolio de negras tapas de cartón, forro de terciopelo colorado y bordes
dorados. Contentísimo y con triunfal y faunesca sonrisa en los labios, el caballero
de la alegre figura fue a ocupar a la mañana siguiente su asiento de la cámara
|366| central pero… “¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca!” fue lo que oyó; la boca de
Manteuffel se contrajo en una mueca de sorna y el hidalgo sin miedo, lívidos
los labios, temblando, como una anguila eléctrica por la íntima emoción que lo
embargaba, le espetó salvajemente a sus amigos: “¡Detenedme si no queréis que
ocurra una desgracia!” Para detenerlo el Kreuzzeitung, cuyas instrucciones
hacía meses Vinke venía cumpliendo cuidadosamente y cuyo bosquejo para el
rótulo de la cámara había apadrinado, publicaba al día siguiente bajo el
título: “La Patria está en peligro”, un artículo en el que se decía que “el
Ministerio continúa y el rey responde al señor von Vinke y compañía, que no se
ocupen de lo que nada les importa”. Y el estafado caballero sans peur et sans
reproche, se marchó de Berlín con rumbo a Ickern con unas
narices más largas que las que jamás lució Levy y
las que sencillamente no puede hacerse más que a alguien que no sea… ¡Un
ministro del futuro!
Después de haberse agriado durante muchos años
ejerciendo la zoología práctica, el Cincinato de la tierra roja despertó cierta
hermosa mañana en Berlín como jefe oficial de la oposición de la cámara de
diputados prusiana. Puesto que en Fráncfort le fue tan mal con sus discursos
derechistas, se dedicó ahora a pronunciar discursos izquierdistas en Berlín. No
fue posible saber con certeza si representaba a la oposición de la confianza o
a la confianza de la oposición. Lo cierto es que continuó excediéndose en el
desempeño de su cargo. Muy pronto se había hecho tan indispensable para el
gabinete en las bancas opositorias, que se acabó por prohibirle que jamás las
abandonara. Y es así como el hidalgo de la tierra roja continuó siendo…
ministro del futuro.
En estas circunstancias el pinzón se hartó del
asunto y cerró su famoso trato de Ickern. Vogt se lo declaró por escrito:
apenas Plon-Plon conquiste la primera isla parlamentaria de |367| Barataria en
tierra alemana, la plebe schoppenheimiense,100 y designe para regente a su
Falstaff, Vogt nombraría primer ministro al boyardo, westfalés, invistiéndolo
con la más alta justicia vindicativa en todos los conflictos relacionados con
desafíos, ascendiéndolo además a legítimo constructor secreto general del Oberweg,101
pasándolo a la jerarquía de soberano con el título de príncipe de Thoran,
permitiéndole finalmente que grabara en la lata102 que sin duda circularía en
la prisión —Vogtei— insular, en sustitución del dinero, una pareja de mellizos
siameses: a la derecha Vogt en calidad de regente de Plon-Plon, a la izquierda,
Vinke como ministro de Vogt, y encuadrando la voluminosa imagen doble, rodeada
de racimos de uva y hojas de parra, la inscripción:
Boca sobre boca contigo,
Desafiaré a mi siglo.
|369|
CAPÍTULO XI. UN PROCESO
100 Schoppen,
significa chop. Schoppenheimer, significa pues “bebedor de chops”. Es decir que
Marx acusa a Vogt de ser un gran bebedor (N. del t.).
101 Véase el
opúsculo: Otra caracterización del delegado liberal von Vinke y la edificante
historia de la construcción de la carretera entre Sprachvögel y Elberfeld.
102 Blech,
significa lata, y en sentido figurado propósitos sin valor, futilidades (N. del
t.).
A fines de enero de 1860 llegaron a Londres dos
números del Berliner National-Zeitung —[Diario Nacional de Berlín]— en los que
aparecían dos artículos de fondo, el primero intitulado “Carlos Vogt y el
Allgemeine Zeitung” — Nº 37 del National-Zeitung y el segundo, “Cómo se hacen
panfletos radicales” — Nº 41 del National-Zeitung. Con títulos diversos F.
ZABEL publicaba una edición del Libro Mayor de Vogt, colaboraba in usum
delphini. Recién mucho después de esta última llegó a Londres. De inmediato
resolví instruir un juicio por calumnia al señor F. ZABEL de Berlín.
Los innumerables insultos aparecidos contra mí
durante los diez últimos años en la prensa alemana y germano-austriaca, tan
solo fueron respondidos por mí en casos muy aislados y excepcionales, cuando en
Colonia el proceso de los comunistas. Opino que la prensa tiene el derecho de
ofender a los escritores, políticos, comediantes y demás hombres públicos. Pero
cuando consideraba que una de esas notas era digna de ser tomada en cuenta,
entonces cumplía con aquel lema que dice: Contre corsaire, corsaire et demi.103
|370| Aquí la situación era otra. ZABEL me acusaba
de una serie de acciones criminales e infamantes, y esto, ante un público por
demás inclinado a creer en los prejuicios políticos, las monstruosidades más
absurdas y que por otra parte, debido a que hacía 11 años que yo faltaba de
Alemania, carecía de todo punto de referencia para poder juzgarme. Aparte de
todas las consideraciones políticas, también le debía a mi familia, a mi esposa
y a mis hijos, la satisfacción de someter a un examen judicial las infamantes
denuncias de Zabel.
Desde un principio la índole de mi denuncia excluía
toda posibilidad de que se produjera una comedia de equivocaciones similares a
la del proceso instruido por Vogt contra el Allgemeine Zeitung. En el supuesto
caso de que mi intención hubiera sido apelar contra Vogt en los mismos
tribunales de Fazy, que ya habían sofocado una investigación con tal de
beneficiar a Vogt, lo cierto es que ciertos puntos de decisiva trascendencia
únicamente podían ventilarse en Prusia y no en Ginebra, mientras, por lo contrario,
la única denuncia de Zabel, cuyos testimonios probablemente recurriría a Vogt,
se fundaba en supuestos escritos, los que Zabel podía presentar en Berlín con
la misma facilidad con que Vogt habría podido presentarlos en Ginebra. Mi
demanda contra Zabel constaba de los siguientes puntos:
§ 1) En el
artículo intitulado: “Carlos Vogt y el Allgemeine Zeitung”, del Nº 37 del
National-Zeitung del 22 de enero de 1860, Zabel afirma:
“Vogt dice en la página 136: “Bajo el nombre de
Banda de Azufre o también de Bürstenheimer, se conocía entre la emigración de
1849 a un crecido número de personas que, en un |371| principio dispersas en
Suiza, Francia e Inglaterra, acabaron por reunirse paulatinamente en Londres,
donde veneraban al señor Marx como a su evidente cabecilla. El principio
político de estos sujetos era la “dictadura del proletariado” y con esta
promesa engañaron al principio, no sólo a los mejores de entre los exilados,
sino también a los obreros de las divisiones voluntarias pertenecientes al
cuerpo de Willich. Entre los exilados continuaron la obra del Rheinische
Zeitung —[Diario Renano]— el que en 1849 aconsejó no participar del movimiento,
del mismo modo como también atacaba constantemente a todos los miembros del
parlamento, debido a que el movimiento tenía un único objetivo: la
103 Contra
corsario, corsario y medio (N. del t.).
conservación de la Constitución del Reich. Tremenda
era la disciplina que la Banda de Azufre agitaba sobre las cabezas de sus
adictos. Aquel que de entre ellos procuraba, de una u otra manera, escalar una
posición más o menos burguesa, tratando en cierto modo de independizarse, era
considerado traidor a la revolución, cuyo nuevo estallido podía esperarse de un
momento a otro, revolución que, por consiguiente, necesitaba movilizar a sus
soldados para poder enviarlos a la lucha. Desavenencias, desórdenes y duelos
eran el fruto de esta clase de vagabundos cuidadosamente conservada, por medio
de la siembra de rumores, de correspondencias, etc. El uno sospechaba del otro
de que fuera espía y reaccionario y en todos cundía la desconfianza hacia los
demás compañeros. Una de las principales ocupaciones de la Banda de Azufre
consistía en comprometer a personas radicadas en la patria, de manera que éstas
se viesen obligadas a pagar para que la banda guardara en secreto su
compromiso. No una, sino centenares de cartas fueron enviadas a Alemania, en
las que se decía que se denunciaría la participación en éste o aquel acto
revolucionario, en el supuesto de que al cabo de un plazo determinado no
llegara a una di-|372|rección fija determinada, cierta cantidad de dinero. De
acuerdo al principio según el cual aquel que no está con nosotros, está contra
nosotros, todo el que se oponía a estas actividades, no sólo era difamado entre
los fugitivos, sino que también era “arruinado” por medio de la prensa. Los
proletarios llenaban las columnas de la prensa reaccionaria en Alemania con sus
denuncias dirigidas contra aquellos demócratas, que no les rendían pleitesía,
convirtiéndose en los aliados de la policía secreta de Francia y Alemania. Para
lograr una caracterización más exacta, Vogt comunica una carta del teniente
Techow, fechada el 26 de agosto de 1850, en la que son descritos los
principios, las actividades, las hostilidades, las federaciones secretas de los
“proletarios” que se atacan mutuamente y en las que se vislumbra a Marx,
agitando con el napoleónico orgullo de su superioridad espiritual, su férula
entre los componentes de la Banda de Azufre”.
Para facilitar la comprensión de lo que sigue,
apuntaremos de inmediato que Zabel, que en el pasaje copiado más arriba simula
que es Vogt quien “informa”, ahora hace desfilar en su propio nombre para mayor
ilustración de la Banda de Azufre, uno tras otro el proceso de Cherval en
París, el Proceso de los Comunistas de Colonia, el documento referente al mismo
publicado por mí el día de la revolución de Liebknecht en Murten y su relación
con el Allgemeine Zeitung, en la que yo hice las veces de mediador; Ohly, “otro
canal de la Banda de Azufre” y, finalmente, la carta de Biskamp al Allgemeine
Zeitung, fechada el 20 de octubre de 1859, para luego terminar diciendo: “Ocho
días después de Biskamp, también Marx escribió al Allgemeine Zeitung,
ofreciéndole un documento judicial que habría de servir como testimonio contra
Vogt, de quien acaso nos ocuparemos en otra oportunidad. Estas son las
correspondencias del Allgemeine Zeitung”.
|373| De todo este primer editorial, únicamente
retengo para verificar la causa, el pasaje copiado más abajo y en el que se
encuentran más exactamente las siguientes frases.
“Una de las ocupaciones principales de la Banda de
Azufre —comandada por Marx— consistía en comprometer a personas radicadas en la
patria, de manera que se viesen obligadas a pagar para que la Banda guardara en
secreto su compromiso. No una, sino centenares de cartas fueron enviadas a
Alemania, en la que se decía que se denunciaría la participación en este o
aquel acto revolucionario, en el supuesto caso
de que al cabo de un plazo determinado no llegara a
una dirección determinada cierta cantidad de dinero”.
Como es natural, exigí que Zabel demostrara la
exactitud de sus palabras. En la primera información destinada a mi abogado, el
señor consejero Weber, de Berlín, escribí que no pretendía que Zabel me
presentara “centenares de cartas de extorsión”, ni siquiera una sola, sino
únicamente algunas líneas, en las que algunos de mis notorios correligionarios
habría hecho responsable de la infamia denunciada. Bastaría con que Zabel se
dirigiera a Vogt, quien a vuelta de correo sin duda le remitiría docenas y más
docenas de cartas extorsionadoras. Y en el caso de que Vogt no lograra hallar
una sola línea de aquellos centenares de cartas, por lo menos le sería posible
dar varios centenares de nombres de “personas radicadas en la patria” que
habían sido perjudicados de la manera aludida. Puesto que esa gente se
encuentra en “Alemania”, sin duda resultan más asequibles para un tribunal
berlinés, que para uno ginebrino.
Por lo tanto mi protesta contra el primer editorial
de Zabel se limitaba a un único punto: el compromiso político de gente
residente en Alemania con el fin de extorsionarla y sacarle dinero. Como
respuesta simultánea a los demás datos |374| de que consta su primer editorial,
publiqué toda una serie de hechos. En este caso yo no exigía la prueba de su
exactitud, tratando, en cambio, de probar su falsedad.
Con respecto a la Banda de Azufre, o también
Bürstenheimer, la carta de Juan Felipe Becker proporcionó suficientes
aclaraciones. En lo que me concierne al carácter de la Liga de los Comunistas y
a la índole de mi participación en la misma, era posible hacer concurrir como
testigo a Berlín, a A. H. Bürgers, de Colonia, uno de los condenados en el
Proceso de los Comunistas e interrogarlo durante el desarrollo de las vistas
judiciales. Además Federico Engels encontró entre sus papeles una carta fechada
en noviembre de 1852 y autentificada por los sellos de los correos de Londres y
Manchester, en la que yo le comunicaba la disolución de la Liga cumplida a
consecuencia de una indicación mía, como también los motivos que se hicieron
valer para la resolución referente a dicha disolución: que a partir de la
prisión de los acusados de Colonia, todas las comunicaciones con el continente
habían quedado cortadas y que una asociación de propaganda semejante ya ni
siquiera era digna de su época. En lo que se refiere a la desvergonzada alusión
de Zabel a mis relaciones “con la policía secreta” de Alemania y Francia, ésta
en parte quedaba demostrada con el Proceso de los Comunistas de Colonia y en
parte también, con el proceso de Cherval ventilado en París. A este último me
referiré más tarde. Con respecto al primero, envié a mi defensor mis
Revelaciones sobre el Proceso de los Comunistas de Colonia, aparecidas en 1858,
advirtiéndole además que se podía citar a Berlín al señor abogado Schneider II
para tomarle una declaración jurada sobre mi participación en la revelación de
las infamias policiales. A la afirmación de Zabel que asegura que yo y mis
correligionarios llenábamos “las columnas de los diarios de la prensa
reaccionaria alemana |375| con nuestras denuncias dirigidas contra aquellos
demócratas” que no nos “rendían pleitesía”, repuse, demostrando que nunca, ni
directa, ni indirectamente, había mantenido correspondencia desde el extranjero
con diarios alemanes, con la única excepción del Neuen Oder Zeitung —[Nuevo Diario
del Oder]—. Mis colaboraciones publicadas en dicho periódico y, en caso
necesario, también el testimonio de uno de sus redactores, el Dr. Elsner,
demostrarían que yo nunca consideré que valía la pena mencionar el nombre de
uno solo de los demócratas. En cuanto a la corresponsalía de Liebknecht para el
Allgemeine Zeitung, la misma
comenzó en la primavera de 1855 o sea, tres años
después de disolverse la Liga y, por cierto sin contar con mi beneplácito
previo, conteniendo por lo demás, según pueden confirmarlos las colecciones
correspondientes a esos años del Allgemeine Zeitung, informaciones relativas a
un punto de vista político sobre la política inglesa, aún cuando en modo alguno
figura en ellos una sola palabra sobre los “demócratas”. Si durante su
permanencia en Londres Liebknecht remitió al Allgemeine Zeitung un panfleto aparecido
en dicha ciudad y dirigido contra el “demócrata” Vogt, lo cierto es que estaba
perfectamente en su derecho de hacerlo, puesto que sabía que dicho panfleto
había sido publicado por un “demócrata”, al que el “demócrata” Vogt había
invitado personalmente a colaborar en su propaganda “democrática”, vale decir,
que lo había reconocido como a un “demócrata” de su propia catadura. A la broma
de Zabel, según la cual éste me hacía pasar por “corresponsal del Allgemeine
Zeitung”, se respondió enérgicamente, presentando una carta que el señor Orges
—Suplemento 10— me había escrito pocos días antes de iniciarse el proceso de
Augsburgo y en la que, entre otras cosas, trata de justificar mis presuntos
prejuicios “liberales” contra el Allgemeine Zeitung. Finalmente se desmoronó
por sí |376| misma la mentira de Zabel, que dice que “ocho días después de
Biskamp, también Marx escribía al Allgemeine Zeitung”, ya que la carta de
Biskamp fechada el 20 de octubre de 1859 y las breves líneas con que remití al
señor Orges el “documento” requerido, fueron presentados al tribunal del
distrito de Augsburgo el 24 de octubre, y que, por lo tanto, no podían haber
sido escritas en Londres el 29 de ese mismo mes.
Pareció oportuno añadir al material comprobatorio
destinado a la justicia, algunos pocos documentos que irradiaran al calumniador
la misma luz grotesca e infamante, con que el “demócrata Zabel” trata de
iluminar mi posición en la emigración y mis “maquinaciones” en el extranjero.
Viví en París desde 1843 hasta 1845, cuando me
expulsó Guizot. Como caracterización de mi posición en el partido
revolucionario francés durante mi permanencia en París, remití a mi defensor
una carta de Flocon, quien, en nombre del gobierno provisional de 1848 retira
la orden de expulsión emitida por Guizot, invitándome a regresar desde Bélgica
a Francia (Suplemento 14). En Bruselas estuve desde principios de 1845 hasta
fines de febrero de 1848, época ésta en que Rogier me expulsó de Bélgica.
Posteriormente la municipalidad de Bruselas depuso de su cargo al comisario que
nos había detenido, a mi esposa y a mí, en ocasión de dicha expulsión. En
Bruselas existía una Asociación Internacional Democrática, cuyo presidente
honorario era el anciano general Mellinet, el salvador de Amberes de los
Holandeses. El presidente era el abogado Jottrand, ex miembro del anterior
gobierno provisional belga; el vicepresidente por Polonia era Lelewel, ex
miembro del antiguo gobierno provisional polaco; el vicepresidente por Francia
era Imbert, gobernador de las Tullerías después de la revolución de febrero de
1848 y como vicepresidente por Alemania, actuaba yo, elegido en un mitin |377|
público compuesto por los miembros de la Asociación Obrera Alemana y toda la
emigración alemana radicada en Bruselas. Una carta que Jottrand me dirigió en
la época de fundarse el Neue Rheinische Zeitung —[Nuevo Diario Renano]—
(Jottrand pertenece a la llamada escuela republicana americana, vale decir, a
una tendencia que me es ajena)—, y además algunas líneas indiferentes de mi
amigo Lelewel, demuestran claramente cuál era mi posición dentro del partido
democrático de Bruselas. Por consiguiente las agregué a los documentos
comprobatorios (Suplemento 14).
Después de haber sido expulsado de Prusia en la
primavera de 1849 y al finalizar el verano del mismo año, de Francia, me dirigí
a Londres, donde a partir de la disolución de la Liga —1852— y después de que
la mayoría de mis amigos abandonaron la ciudad, me mantengo apartado de todas
las Asociaciones secretas y públicas y hasta diría, de toda manifestación
social, aun cuando de tarde en tarde acostumbro ofrecer gratuitamente, y con el
permiso del “demócrata” Zabel, conferencias sobre economía política ante un
núcleo selecto de obreros. La Asociación Cultural de Obreros Alemanes que
funciona en Londres, de la que me di de baja el 15 de marzo de 1850, festejaba
el 6 de febrero de 1860 el vigésimo aniversario de su fundación, con cuyo
motivo me invitó y en cuya oportunidad resolvió por unanimidad, “rechazar por
calumniosa” la acusación de Vogt que afirmaba, que yo había “desvalijado” a los
obreros alemanes en general y en especial, a los obreros londinenses. El por
aquel entonces presidente de la Asociación Obrera, señor Müller, hizo que esta
resolución fuera legalizada el 1 de marzo de 1860 por la corte policial de Bow
Street. Aparte de este documento, yo mandé a mi abogado una carta del abogado
inglés y dirigente del partido cartista, Ernest Jones —suplemento 14—, en la
que manifestaba su |378| indignación ante los “infamous articles” —[los
artículos infamantes del National-Zeitung]— de Ernest Jones —[nacido y criado
en Berlín, sabe más alemán que Zabel]— recordando entre otras cosas, los largos
años del partido cartista. Supongo que se me permitirá mencionar aquí, que, al
sesionar a fines de 1853 un parlamento obrero inglés en Manchester, Luis Blanc
y yo fuimos los únicos de entre todos los miembros de la emigración londinense
a quienes se honró con una invitación como miembro honorario.
Finalmente, ya que Ehrenvogt —[gobernador de
honras]— hace que yo “viva del sudor de los obreros” de quienes jamás recibí ni
exigí un sólo céntimo y el “demócrata” Zabel hace que yo “comprometa hasta tal
punto a personas residentes en la patria”, que las mismas se ven obligadas “a
pagar dinero para que la Banda mantenga en secreto su compromiso”, rogué al
señor Charles A. Dana, el managing editor del New York Tribune, el primer
periódico americano, que cuenta con 200 mil abonados y por consiguiente tiene
una difusión similar al Commis Voyageur y al Órgano de la democracia de Zabel
—que me hiciera llegar una declaración escrita sobre mis diez años de
colaboración pagada en el Tribune, la Cyclopædia Americana, etc. etc. Su carta,
por demás honrosa para mí —ver suplemento 14—, fue el último documento que creí
necesario entregar a mi abogado para mi defensa de la Vogt-Zabélica bomba de
mal olor Nº 1.
§ 2) En el
editorial Nº 2 de Zabel: “Cómo hacer panfletos radicales” (Nº 41 del
National-Zeitung del 25 de enero de 1860), puede leerse:
“De dónde provenían los dineros necesarios para
mantener este diario tan generosamente distribuido —[se refiere al Volk]— |379|
lo sabrán los dioses; el que a Marx y Biskamp no les sobra el dinero, lo saben
los hombres”.
Observado aisladamente, este pasaje podría pasar
por una exclamación de asombro, como si, por ejemplo, se me ocurriera decir:
“Como cierto asimilador de grasas, al que en mis épocas de estudiante conocía
en Berlín como a un langostino, tanto material como espiritualmente, — ahora
podía ser el propietario de un asilo para
párvulos y sus actividades literarias anteriores a
la revolución de 1848, se limitaban a algunas colaboraciones secretas,
publicadas en algún oscuro diarucho humorístico. Cómo, decimos, dicho
asimilador de grasas, pudo llegar a ser el redactor en jefe del
National-Zeitung, accionista del mismo y “demócrata poseedor de dinero
sobrante”, es algo que acaso lo sepan los dioses. Los hombres, en cambio, que
leyeron cierta determinada novela de Balzac y estudiaron el período de
Manteuffel, “probablemente puedan sospecharlo”.
La manifestación de Zabel adquirió un sentido muy
distinto y maligno, debido a que prosigue sus datos sobre mis relaciones con la
policía secreta de Francia y Alemania y mis cartas policial-conspiratorias,
extorsionadoras de dinero, sumándose directamente a la “Inmensa fabricación de
falsos billetes de banco” (a mencionarse en
§ 3).
Evidentemente lo que quería era insinuar al Volk, valiéndome para ello de
recursos deshonestos.
Para la refutación judicial de Zabel, sirvió un
afidávit fechado en Manchester, el 3 de marzo de 1860, según el cual todo el
dinero transferido por mí al Volk, excepto una parte alícuota que yo mismo
pagaba, no como lo afirma Vogt, proveniente “de la margen opuesta del Canal”,
sino de Manchester y, para colmo, de los bolsillos de mis amigos (Véase “La
Campaña de Augsburgo”).
|380| § 3) “Para caracterizar” las “Prácticas
aplicadas por el partido proletario A LAS ÓRDENES DE MARX”, en su editorial Nº
2 nos cuenta F. Zabel:
En 1852 se organizó de esta manera una conspiración
de la índole más vil, con fabricación en masa de falsos billetes de banco —[ver
detalles en la obra de Vogt]— dirigida contra las Asociaciones Obreras de
Suiza, etc”.
Así trabaja Zabel los datos dados por Vogt,
referentes a la aventura Cherval, convirtiéndome a mí en el instigador moral y
colaborador criminal de la “fabricación en masa de papel moneda falso”. Mis
materiales probatorios destinados a refutar esta denuncia del “demócrata”
Zabel, abarcaban todo el período que media entre la entrada de Cherval en la
Liga de los Comunistas hasta su fuga de Ginebra, acaecida en 1854. Un afidávit
depuesto ante la corte de justicia policial de Bow Street por Carlos Schapper el
1 de marzo de 1860, demostró que la entrada de Cherval en la Liga de Londres
tuvo lugar anteriormente a la mía, que no había sido conmigo con quien se puso
en contacto desde París, donde reside a partir del verano de 1850 hasta la
primavera de 1852, sino con la Liga contraría a mí, dirigida por Schapper y
Willich, entrando después de su simulada fuga de la cárcel de St. Pélagie y de
su regreso a Londres —primavera de 1852— a formar parte de la Asociación
Cultural de Obreros Alemanes allí existente y a la que yo ya no pertenecía
desde el mes de septiembre, hasta que finalmente se le desenmascaró en la
misma, declarándosele infame y expulsándosele por lo tanto de la organización.
Además el abogado Schneider II podía ser interrogado judicialmente en Colonia
acerca de si provenían de mí las revelaciones hechas sobre Cherval durante el
proceso |381| de los comunistas celebrado en dicha ciudad, sus relaciones con
la policía prusiana en Londres, etc. Mis Revelaciones, publicadas en 1853,
demostraron que una vez cerrado el proceso, yo lo había denunciado
públicamente. Finalmente la carta de Juan Felipe Becker informaba sobre el
período ginebrino de Cherval.
§ 4)
Después de que el “demócrata” Zabel opinó en su editorial Nº 2 con lógica
típicamente dunzcística sobre el panfleto intitulado A modo de Advertencia
dirigido contra Vogt, haciendo que el testimonio de Vögele que yo había enviado
al Allgemeine Zeitung, sobre el orden del mismo, aparezca todo lo sospecho
posible, termina diciendo:
“Él —[Blind]— evidentemente no es miembro del
núcleo más intimo del partido de Marx. Se nos antoja que para éste no habría de
resultar excesivamente difícil, hacer de él un sufrelotodo y, en el supuesto
caso de que la denuncia contra Vogt no careciera de fundamento, era necesario
que la misma recayera sobre una persona determinada que habría de
responsabilizarse de ella. Por consiguiente el partido de Marx podía atribuir
la paternidad del panfleto ahora a Blind, precisamente debido a que éste, en
una conversación con Marx y en un artículo publicado en el Free Press, se había
manifestado en un sentido similar; con el empleo de estas manifestaciones y
giros de Blind, fue posible forjar ese panfleto de manera que apareciera como
escrito por él… Cada cual podrá ahora, según le venga en gana, que Marx o Blind
fueron los autores del mismo”, etc.
Con esto Zabel me acusa de haber forjado en nombre
de Blind un documento — el panfleto A Modo de Advertencia— |382| presentándolo
luego como autor del panfleto por mi forjado, remitiendo al Allgemeine Zeitung
un testimonio falso. La refutación judicial de esas acusaciones del “demócrata”
Zabel resultó tan oportuna como simple. Se componía de la anteriormente
mencionada carta de Blind a Liebknecht, el artículo de Blind aparecido en el
Free Press, los dos afidávit de Vögele y de Wiehe —suplementos Nº 12 y 13— y la
colaboración impresa de M. D. Schaible.
Vogt, que como se sabe se burla en sus Ensayos del
gobierno bávaro, inició a fines de agosto de 1859 un juicio contra el
Allgemeine Zeitung. Ya durante el próximo mes de septiembre, el Allgemeine
Zeitung se vio obligado a solicitar su exclusión de la vista pública del mismo,
y a pesar de que esto le fue concedido, la mismo tuvo lugar el 24 de octubre de
1859. Si era posible que algo semejante ocurriera en el oscuro Estado de
Baviera, qué no habría de esperarse del luminoso Estado Prusiano, sin contar que
en Berlín proverbialmente “existen jueces”.
Mi abogado, el señor consejero de justicia Weber,
redactó mi acusación de la siguiente manera:
“El redactor del National-Zeitung, Dr. Zabel,
repetidamente me ha hecho objeto de calumnia pública en los editoriales de
dicho diario, contenidos en los Nº 37 y 41 del corriente año, acusándome sobre
todo de: 1) obtener y haber obtenido dinero valiéndome de recursos deshonestos
y criminales; 2) de haber forjado el panfleto anónimo intitulado A Modo de
Advertencia y haber hecho pasar como su autor ante el Allgemeine Zeitung
—contrariando con ello mi propia convicción— a un tal Blind, tratando también
de atestiguar esto con |383| un documento de cuyo contenido inexacto yo debería
haber estado enterado”.
El señor consejero de justicia eligió en primer
lugar el procedimiento de investigación. Es decir que denunció ante el fiscal
las calumnias de Zabel a fin de que se procediera judicialmente contra éste. El
18 de abril de 1860 se tomó la siguiente disposición:
“Devuélvase al señor Dr. Carlos Marx, por
intermedio del señor consejero de justicia Weber, por no haber interés público
alguno que motive mi intervención (Artículo XII de la ley preliminar del Código
Penal del 14 de abril de 1851).
Berlín, 18 de abril.
El Fiscal del Real Tribunal Municipal.
Firmado LIPPE”.
Mi defensor apeló al fiscal supremo y el 26 de
abril de 1860 obtuvo una segunda disposición redactada en los términos
siguientes:
“Al señor Real Consejero de Justicia Weber, en su
calidad de mandatario del señor Carlos Marx radicado en Londres. Se le
devuelven los documentos entregados en éste juzgado, acompañando la queja del
20 de abril en el asunto de la denuncia contra el señor Zabel, advirtiéndosele
que la única consideración por la que el fiscal podría guiarse de acuerdo a la
posibilidad discrecional mencionada en el artículo XVI de la ley preliminar del
Código Penal, plantea la cuestión de si la persecución es impulsada por algún
interés público reconoci-|384|ble. En el presente caso, de acuerdo con el Real
Fiscal, debo responder negativamente a esta cuestión, por lo que rechazo su
queja.
Berlín, 26 de abril de 1860.
El fiscal supremo de la Real Cámara de Justicia,
Firmado SCHWARCK”.
Consideré perfectamente justificadas estas
respuestas negativas del fiscal Lippe y del fiscal Schwarck. En todos los
Estados del mundo y por consiguiente también, en el Estado prusiano, se
entiende por intereses públicos los intereses gubernamentales. “Algún evidente
interés público”… No le correspondía al gobierno prusiano perseguir al
“demócrata” Zabel por calumniarme a mí y eso no podía discutirse. Los intereses
estaban más bien del lado contrario. Además el fiscal no posee las atribuciones
judiciales para juzgar; debe, aún contrariando su convicción u opinión íntima,
cumplir ciegamente las órdenes impartidas por su superior que, en última
instancia, es el ministro de justicia. En efecto, estoy en un todo de acuerdo
con las respuestas de los señores Lippe y Schwarck, aún cuando abrigo
escrúpulos jurídicos ante la mención de Lippe, del artículo XII de la ley
preliminar del Código Penal del 14 de abril de 1851. En el código prusiano no
figura mención alguna que obligue a la fiscalía a determinar cuáles son los
motivos por los que desiste de hacer uso de sus atribuciones para intervenir en
algún asunto. Tampoco el artículo XII citado por Lippe contiene una sola sílaba
referente a esto. ¿Para qué mencionarlo entonces?
|385| A continuación mi abogado acudió al recurso
de proceso civil y yo suspiré aliviado. Si bien el gobierno prusiano no tenía
menos interés en perseguir al señor F. Zabel, yo tenía el mayor interés
particular, en una autodefensa. Y esta vez me presenté en mi propio nombre. No
me importaba el resultado del fallo con tal de que me fuera posible obligar a
Zabel a comparecer ante las barreras de un juzgado público. ¡Imagínense mi
asombro! Según se me informaba, no se trataba aún de la iniciación
judicial de mi demanda, sino de la instrucción
jurídica a la cuestión de saber si en efecto me asistía el derecho de demandar
a F. Zabel.
De acuerdo al código penal prusiano —así se me
informó con el consiguiente espanto de mi parte— antes de que el juez mande
instruir la demanda, todo demandante debe exponer su caso al juez, de manera
que éste pueda decidir si en efecto existe una razón para la demanda. Durante
este previo examen de las actas, el juez podrá exigir nuevos recursos
probatorios, o también, pasar por alto una parte de los testimonios ya
presentados y considerar que no existe razón alguna para iniciar la demanda. Si
le place conceder al demandado el derecho a demandar, entonces el juez
instruirá el sumario, comenzará el procedimiento y la cuestión será decidida
por un fallo. Pero si el juez niega el derecho de demanda, entonces
sencillamente rechaza per decretum —[por disposición]— al demandante. Este
procedimiento no sólo es propio del proceso por calumnia, sino también del
proceso civil en general. Una demanda por injuria, como cualquier otra demanda
civil, podrá ser rechazada por medio de estas disposiciones oficiales y por consiguiente
nunca quedará resuelta.
Se estará de acuerdo conmigo en aceptar que una
legislación que no reconoce el derecho de la demanda de la persona civil en sus
cuestiones privadas, desconoce aún las más elementales |386| leyes de la
sociedad burguesa. Por el lógico derecho de la persona civil, independiente, el
derecho judicial se convierte en un privilegio que el Estado distribuye por
intermedio de sus gentiles funcionarios. En cada litigio judicial el Estado se
interpone entre el particular y la puerta del juzgado, que es de su propiedad
privada, y la abre o cierra de acuerdo a su voluntad. Ese mismo juez que
prejuzga sin haber interrogado previamente al acusado, ni haber llevado a cabo
un procedimiento para comprobar si en efecto existe o no una razón para la
demanda, que acaso se pone de parte del demandante, es decir, a favor de la
justificación de la demanda; ese mismo juez habrá de fallar equitativamente
durante la real vista de la causa entre el acusado y el acusador y, por
consiguiente habrá de juzgar su propio prejuicio. Por ejemplo: B abofetea a A.
A no puede demandar al abofeteador antes de haber obtenido la correspondiente
licencia otorgada por el funcionario judicial. A acusa a B por un terreno. B
necesita de una concesión momentánea para poder hacer valer judicialmente sus derechos
a la propiedad. Acaso la obtenga o no la obtenga. B difama a A en la prensa
oficial y en secreto acaso un funcionario judicial “dispone” que A no puede
perseguir a B… Se comprenderá la monstruosidad que semejante procedimiento
puede llegar a significar en los procesos civiles. ¡Y no hablemos de las
difamaciones entre los partidos políticos por intermedio de los órganos de
publicidad! En todos los países y hasta también en Prusia, se sabe que los
jueces son hombres como todos. Si hasta uno de los vicepresidentes del Real
Tribunal Supremo prusiano, el señor Dr. Götze declaró en la alta cámara
prusiana, que la jurisprudencia de Prusia se encontraba en apuros debido a los
trastornos de los años 1848, 1849 y 1850, debiendo pasar algún tiempo antes de
que pudiera orientarme un poco. ¿Quién garantiza al Dr. Götze que no se
equi-|387|voca en la duración del tiempo requerido para la orientación? El que
en Prusia el derecho de demandar a un difamador depende, por ejemplo, de la
momentánea “disposición” de un funcionario al que el gobierno, para colmo,
puede castigarlo por el llamado “incumplimiento de sus obligaciones”,
haciéndolo objeto de reprimendas, multas, traslados obligatorios a otra oficina
y hasta con el desdoroso despido de su cargo judicial —ver las disposiciones
preliminares del
10 de julio de 1849 y la ley disciplinaria del 7 de
mayo de 1851— ¿cómo podré explicar, y hasta hacer que los ingleses me crean
esto?
Pretendo la publicación de un folleto inglés sobre
mi casus contra F. Zabel. Y Edmundo About, al escribir La Prusse en 1860, ¿qué
no habría dado por saber que, en todo el territorio de la monarquía prusiana,
en parte alguna existe el derecho de demanda, salvo en la provincia renana,
“agraciada” con el Code Napoléon? En todas partes los hombres deben sufrir en
los estrados de la justicia, pero son muy pocos los países en los que se les
prohíbe demandar.
En estas circunstancias se comprenderá que mi
proceso contra Zabel ante los tribunales prusianos, necesariamente habría de
convertirse en mi proceso con los tribunales prusianos respecto a Zabel.
Apártese ahora la mirada de la belleza teórica de la delegación, para echar una
ojeada a los encantos prácticos de su aplicación.
El 8 de junio de 1860 el Real Tribunal Municipal de
Berlín, publicó la siguiente “disposición”:
“Disposición tomada con respecto a la demanda del 5
de junio en asuntos de injuria: Marx contra Zabel. M. 38 de 1860”.
|388| “Se rechaza la demanda por falta de pruebas,
debido a que los dos editoriales incriminados, aparecidos en el
National-Zeitung local, convierten en motivo de comentario la actitud política
del Allgemeine Zeitung de Augsburgo y la historia del panfleto anónimo A modo
de Advertencia y que las manifestaciones y opiniones en ellos contenidas fueron
hasta cierto punto emitidas por el mismo demandante y NO CONSISTEN EN SIMPLES
CITAS DE OTRAS PERSONAS, no sobrepasando los límites permitidos por la crítica;
por consiguiente y de acuerdo a lo establecido en el § 154 del Código Penal,
puesto que del tono empleado en estas manifestaciones y dada la índole de las
circunstancias en que fueron emitidas, no se desprende de las mismas el
propósito de ofender, ellas no pueden ser consideradas punibles.
Berlín 8 de junio de 1860.
Fiscalía Real. Sección para asuntos criminales.
Comisión I para asuntos de injuria.
(L. S.)”.
¡Quiere decir que la fiscalía me prohíbe demandar a
F. Zabel y entretanto dispensa a Zabel del enfado de tener que justificar sus
calumnias públicas! ¿Y por qué? “¡Por falta de pruebas!” La fiscalía se negaba
a intervenir a mi favor contra Zabel, debido a que no existía evidente interés
oficial. La justicia del Estado me prohibía proceder personalmente contra
Zabel, porque para ello faltaban motivos. ¿Y por qué faltaban los motivos?
En primer lugar: “Porque los dos editoriales del
National-Zeitung en cierto modo se refieren a la actitud política asumida por
el Allgemeine Zeitung”.
|389| Como con sus embustes Zabel me convierte en
“corresponsal del Allgemeine Zeitung”, tiene derecho a hacer de mí el burro de
carga de su litigio de competencia con el Allgemeine Zeitung ¡y yo ni siquiera
tengo derecho a quejarme de esta “disposición” tomada por el poderoso Zabel! La
Banda de Azufre, los Bürstenheimer, el complot franco-alemán, el día de la
revolución de Murten, el Proceso de los Comunistas de Colonia, la fabricación
en Ginebra de falsos billetes de
papel moneda, la obra del Rheinischen Zeitung,
etc., etc… Todo esto, en cierto modo, se refiere a la actitud política asumida
por el Allgemeine Zeitung.
En segundo lugar: “F. Zabel no se propone ofender”.
¡De ninguna manera! El pobre tan sólo quería aniquilarme política y moralmente
con sus mentiras.
El “demócrata” Zabel, al afirmar en el
National-Zeitung que he falsificado en cantidad los billetes de banco, que
forjé documentos en nombre de terceros, que comprometí políticamente a personas
residentes en la patria a fin de extorsionarlas y sacarles dinero,
amenazándolas con denunciarlas, etc., es evidente que, hablando en términos
jurídicos, únicamente pudo proponerse una de estas dos cosas: calumniarme o
denunciarme. En el primero de los casos, Zabel es jurídicamente punible y en el
segundo, deberá proporcionar el testimonio de que dice la verdad. ¿Qué pueden
importarme las demás intenciones privadas del “demócrata” Zabel?
Zabel calumnia, pero “sin abrigar la intención de
ofender”. Me corta la honra, del mismo modo como aquel turco le cortaba la
cabeza al griego sin proponerse lastimarlo.
La “intención” específica de Zabel de “ofender” —ya
que al referirnos a las infamias que el “demócrata” F. Zabel se empeña en
atribuirme, habremos de hablar de “ofensas” e “intenciones de ofender”— la
malvada intención del bueno |390| de Zabel, respira por todos los poros de sus
editoriales Nº 1 y Nº 2.
El Libro Mayor de Vogt, incluidos los suplementos,
cuenta nada menos que de 278 páginas. F. Zabel, acostumbrado to draw out the
thread of his verbosity finer than the stable of his argument, el ampuloso F.
Zabel, Dunce Zabel, logra transcribir esas 278 páginas en aproximadamente cinco
pequeñas columnas de diario, sin que se pierda una sola de las calumnias
dirigidas por Vogt contra mí y mi partido. De los pasajes más sucios, F. Zabel
nos brinda un ramillete de flores y de los menos drásticos, un índice de su
contenido. F. Zabel, acostumbrado a hacer 278 páginas de dos ideas moleculares,
condensa 278 páginas en dos artículos de fondo, sin que en ese proceso se le
pierda un solo átomo de ordinariez. Ira facit poetam. ¡Cuán intensa debía ser
la maldad para que la hidrocefálica cabeza de Zabel fuera capaz de
transformarla en una prensa hidráulica de semejante poder comprimidor!
Por otra parte, la maldad le nubla la vista hasta
el punto de atribuirme un poder milagroso, un verdadero poder milagroso, con el
único fin de poder insinuar una perversidad más.
Después que hubo comenzado en el primer artículo de
fondo con la descripción de la Banda de Azufre comandada por mí,
convirtiéndome, a Dios gracias, a mí y a mis correligionarios, en “aliados de
la policía secreta de Francia y Alemania”, después de haber contado entre otras
cosas, que “esa gente” odiaba a Vogt, porque los enfrentaba y salvaba
constantemente a Suiza, continúa diciendo: “Cuando el año pasado Vogt elevó su
demanda contra el Allgemeine Zeitung, a éste se presenta por carta otro nuevo
compinche residente en Londres, Biskamp… De la manera más desvergonzada el
remitente ofrece su pluma al diario para cumplir al lado de Liebknecht las
funciones de un segundo corresponsal. Ocho |391| días después de Biskamp.
TAMBIÉN Marx se dirige al Allgemeine Zeitung, ofreciendo “un documento
judicial” que habría de servir como testimonio contra Vogt, del que —¿del
documento o de Vogt?— acaso nos ocuparemos en otra oportunidad”. Esta última
promesa Zabel nos la hace el 22 de enero y ya para el 25 del mismo mes la cumple
en el Nº 41 del National-Zeitung, en el que puede leerse: “Por lo tanto Blind
no quiere ser el autor del
panfleto; en la carta de Biskamp del 24 de octubre,
dirigida al Allgemeine Zeitung… es mencionado como tal… Para continuar
sosteniendo que el autor es Blind, Marx escribe al Allgemeine Zeitung el 29 de
octubre”.
Por lo tanto no fue una, sino fueron dos las veces
—la primera el 22 de enero y luego la segunda, el 25 de enero— que Zabel,
después de haber dispuesto tres días para pensarlo, me atribuye el poder
milagroso de escribir en Londres el 29 de octubre una carta, de la que el
juzgado del distrito de Augsburgo YA puede disponer el 24 de dicho mes y ambas
veces me atribuye el poder milagroso de escribir en Londres el 29 entre el
“documento” por mí remitido al Allgemeine Zeitung y la escandalosa carta de
Biskamp, a fin de hacer aparecer la mía como pedisequus de la de Biskamp. ¿Y no
habría de ser maldad, maldad malvada, la que hacía que este F. Zabel se
volviera tan idiota de creer en milagros, mucho más idiota aún de lo que
establece la medida dunziana?
“Pero —[así continuaba “instruyendo” el juzgado el
artículo de fondo Nº 2 de Zabel]—, en cierto modo la historia del panfleto
anónimo “A Modo de Advertencia” es el objeto que motiva la discusión”. ¿Es el
objeto? Debe decirse: es el pretexto.
Eisele-Beisele, ocultos esta vez bajo el rubro de
“amigos de la patria”, según parece, remitieron en noviembre de 1859 una “carta
abierta” a la Asociación Nacional, carta ésta que |392| fue copiada y publicada
por el reaccionario Neuen Hanóverschen Zeitung —[Nuevo Diario Hanoveriano]—.
Esta “carta abierta” lesionó la medida de la “democracia” Zabel, que se
equipara a su fiereza leonina contra la dinastía Habsburguesa, a cambio de su
humilde devoción a la dinastía Hohenzollern. El Neue Preussiche Zeitung aprovechó
la “carta abierta” para hacer el poco original descubrimiento de que, una vez
iniciada la Democracia, ésta en modo alguno tendrá que terminar necesariamente
en… F. ZABEL y su “órgano de la Democracia”. Zabel se enfureció y escribió el
artículo de fondo Nº 2: “Cómo se hacen panfletos radicales”. “Al invitar al
Kreuzzeitung —[Diario de la Cruz]— [así dice Zabel con gravedad] a revisar con
nosotros la historia del panfleto —[A Modo de Advertencia]— y las actas y
acotaciones proporcionadas por Vogt, abrigamos la esperanza de que finalmente
acabara por concedernos el que, no obstante, tuvimos razón para decir ocho
semanas atrás, que la carta dirigida a la Asociación Nacional era para ellos y
no para nosotros; que la misma había sido escrita para sus columnas y no para
las nuestras”. El “demócrata” Zabel, iniciado radicalmente en el radicalismo de
Vogt, desea dictar al Kreuzzeitung el secreto de “Cómo se hacen Panfletos
Radicales” o, según lo manifestado por el juzgado, “convertir EN CIERTO MODO en
el objeto de la discusión, la historia del panfleto intitulado A Modo de
Advertencia”. ¿Y cómo encara Zabel este asunto?
Comienza con la táctica del “partido de los
“proletarios” a las órdenes de Marx”. En primer lugar nos cuenta cómo los
“proletarios a las órdenes de Marx” mantienen correspondencia desde Londres a
espaldas, pero no obstante en nombre de una asociación obrera, con asociaciones
obreras extranjeras, “cuyo perjuicio se pretendía”; cómo ponen en práctica
“maquinaciones”, la organización de la Liga secreta, etc., y finalmente, |393|
cómo se mandan redactar “escritos” que exponen a los asociaciones cuyo perjuicio
se pretende..., a las inevitables reclamaciones por parte de la policía”. Para
informar de esta manera al Kreuzzeitung de “cómo se hacen panfletos radicales”,
Zabel demuestra en primer lugar cómo “el partido de los “proletarios” “a las
órdenes de Marx” hace “correspondencias” y “escritos” policiales que no son
“panfletos”. Para
contarnos “cómo se hacen panfletos radicales” narra
cómo los proletarios “a las órdenes de Marx” en 1852 fabricaban en Ginebra,
“grandes cantidades de falso papel moneda” que tampoco son “panfletos
radicales”. Para contar “cómo se hacen panfletos radicales”, informa acerca de
“cómo los proletarios, a las órdenes de Marx” “maniobraban” en sentido
antisuizo y comprometedor para las asociaciones durante la celebración de la
fiesta central en Lausana, realizada en 1859, lo que tampoco son “panfletos
radicales”; de cómo “Biskamp y Marx” lograron la publicación del Volk con
dineros “cuyo origen únicamente podían conocer los dioses”, lo que tampoco es
un “panfleto radical” sino un semanario y después de todo esto, incluye algunas
palabras benévolas a favor de la casta pureza de la agencia de propaganda
vogtiana, la que tampoco es “un panfleto radical”. De este modo llena dos de
las tres columnas y un cuarto del artículo intitulado “Cómo se hacen panfletos
radicales”. Por consiguiente para estos dos tercios del artículo, la historia
del panfleto anónimo sirve tan sólo como pretexto para aplicar las infamias de
Vogt que el “amigo” y cobandido F. Zabel no ha podido aprovechar aún, bajo la
rúbrica: “Actitud política del Allgemeine Zeitung”. Finalmente y a último
momento, Dunce I se refiere al arte de “hacer panfletos radicales”, o sea a “la
historia” del panfleto intitulado A Modo de Advertencia.
|394| “Blind no quiere ser el autor del panfleto;
por vez primera es audazmente señalado como tal en la carta que Biskamp dirige
el 20 de octubre al Allgemeine Zeitung: “Traté de obtener el documento
acompañante, debido a que Blind se negaba a responsabilizarse de
manifestaciones que había hecho frente a mí y a otras personas”.
Por último Zabel también sospecha de este
documento, debido a que Liebknecht agrega… tan maravillosamente: “Queríamos que
el magistrado (¿?) —[estos interrogantes figuran en el texto original de
Zabel]— registrara nuestras firmas”. ¡Como Zabel está definitivamente resuelto
a no reconocer, fuera del magistrado berlinés, a magistrado alguno…! Más
adelante Zabel transcribe el contenido de la declaración de Vögele, según la
cual Blind remitió al Allgemeine Zeitung los testimonios de Hollinger y Wiehe
para demostrar que el panfleto no fue impreso en la imprenta de Hollinger y por
consiguiente tampoco había sido redactado por Blind y continúa diciendo: “El 15
de noviembre Marx, siempre oportuno, contesta a esto en el Allgemeine Zeitung”.
Zabel enumera los distintos pasajes de mi respuesta. Marx dice que… ADEMÁS MARX
INVOCA… Puesto que “además” no digo nada, ¿comunica Zabel como es natural a sus
lectores todos los puntos contenidos en mi respuesta? ¡No conocéis a vuestro
Zabel! Oculta, roba, estafa el pasaje más contundente de mi respuesta. En mi
declaración del 15 de noviembre expongo varios puntos que además están
numerados. Por lo tanto:
“1)… 2)… y finalmente… 3)…” Casualmente la copia
—[del panfleto]— aparecida en el Volk, fue sacada de la composición tipográfica
que aún se encontraba en la imprenta de Hollinger. Por lo tanto podría probarse
judicialmente y sin testigos, con la mera comparación del panfleto con su |395|
copia aparecida en el Volk, que aquél había salido de la imprenta de F.
Hollinger”. Zabel se dijo: Esto decide la cuestión. Mis lectores no deben
enterarse de esto. Es así como escamotea la fuerza convincente de mi respuesta,
para poder cargar sobre mi conciencia una réplica dudosa. Es así como Zabel
cuenta la “historia del panfleto”, falsificándola dos veces de intento, una de
ellas en su faz cronológica y la otra en lo referente al contenido de mi
declaración del 15 de
noviembre. Su doble falsificación le allana el
camino para llegar a la conclusión de que yo había “forjado” el panfleto y,
para colmo, de manera que tuviera toda la “apariencia de una fabricación” de
Blind. En consecuencia yo había enviado con el afidávit de Vögele, a sabiendas,
un falso testimonio al Allgemeine Zeitung. La acusación de forjar documentos
con el propósito de endosárselos a una tercera persona, “no sobrepasa”, según
la opinión del juzgado berlinés, “los límites de la crítica permitida” y mucho
menos aún hace pensar en el “propósito de ofender”.
Al final de su receta “Cómo se hacen panfletos
radicales”, Zabel recuerda repentinamente que aún no ha encontrado su
aplicación uno de los desvergonzados inventos de Vogt, y sin pérdida de tiempo,
agrega a su editorial Nº 2 la siguiente nota: “En 1850 el lobo parlamentario
—[Parlaments-Wolff]— alias Kassematten-Wolff — [lobo de casamatas]—, redactó
otro despacho circular —[según Vogt cree recordar]—, dirigido a los
“proletarios” residentes en Alemania y el que simultáneamente se hizo llegar a
las manos de la policía Hanóveriana”. Con esta edificante anécdota policial
referente a uno de los ex redactores del Neue Rheinische Zeitung —[Nuevo Diario
Renano]— el acumulador de grasas y demócrata Zabel se despide sonriente de su
público lector. Las palabras alias Kassematten-Wolff —[lobo de casamatas]— no
son de Vogt, sino |396| de F. Zabel. Sus lectores de Silesia debían saber que
se trataba de su compatriota W. Wolff, el antiguo colaborador del Neue
Rheinische Zeitung. ¡Con cuánto afán el bueno de Zabel se preocupa por
consignar hasta el último detalle de las relaciones entre el Neue Rheinische
Zeitung con la policía de Francia y Alemania! Sus silesianos acaso podían creer
que se trataba del B. Wolff, de exclusiva propiedad de Zabel, su “natural
superior” que, como es sabido, telegrafiaba Historia Universal en “acuerdo
secreto” con los famosos fabricantes de telegramas fraguados, Reuter, de
Londres y Havea, de París. Segismundo Engländer, el notorio agente secreto de
policía, es, empero, el alma de la agencia Reuter, vale decir, la unidad
animada de la trinidad B. Wolff-Reuter-Havas.
A pesar de ello y del propósito que anima al
demócrata Zabel de no ofender, el juzgado berlinés declara que en los dos
artículos de fondo firmados por éste se encuentran por cierto “manifestaciones
y afirmaciones” que “sobrepasan los límites de una crítica permitida” y que,
por lo mismo, son “punibles” y, por consiguiente, también resultan ser
demandables. ¡Que me lo traigan a Zabel! ¡Alto ahí! —exclama el juzgado. Las
“manifestaciones y afirmaciones hechas en ambos editoriales —[agrega el
juzgado]— en cuanto las mismas fueron hechas por su propio autor —[Zabel]— y no
CONSISTEN EN SIMPLES CITAS PERTENECIENTES A OTRAS PERSONAS”, no sobrepasan “los
límites de una crítica permitida”, no son “punibles” y por consiguiente Zabel
no debe sufrir pena alguna y tampoco debe ser demandado y por lo tanto, “los
expedientes deberán ser archivados con costas del demandante”. Quiere decir,
que la parte calumniadora de las “manifestaciones y afirmaciones de Zabel” son
SIMPLEMENTE CITAS”. ¡Voyons…!
|397| Se recordará que al principio de este
capítulo digo que mi demanda por calumnia contra Zabel se funda sobre cuatro
pasajes pertenecientes a sus dos editoriales. En el lugar en que se refiere a
las de que el Volk extrae sus dineros —sub 2) de los motivos de demanda más
arriba mencionados— el mismo Zabel no pretende contar y en efecto tampoco cita,
pues:
Zabel (National-Zeitung número 41)
Vogt (Libro Mayor, página 212).
“De dónde provenían los dineros para la impresión
de ese periódico (Volk) tan generosamente distribuido, lo sabrán los dioses;
los hombres, en cambio saben que a Marx y Biskamp no les sobra la plata”.
“El corresponsal permanente del Allgemeine Zeitung
es colaborador de dicho periódico (Volk) fundado con fondos de origen
desconocido, pues ni Biskamp ni Marx poseen para esto — [¿será para fundar un
periódico con fondos de origen desconocido?]— los medios necesarios.
En el pasaje incriminado —más arriba § 4)—, en el
que se me imputa el haber forjado un documento en nombre de Blind, Zabel hasta
declara textualmente que habla en su propio nombre y no en nombre de Vogt.
“Nos” —[en su condición de soberano del reino de la
Dulness emplea lógicamente el pluralis majestatis]— “Nos parece que para esto
—[para el partido de Marx]— no resultaba demasiado difícil convertirlo —[a
Blind]— en el burro de carga… con el empleo de estas declaraciones de Blind, el
panfleto pudo ser forjado, de manera que en un todo apa-|398|rezca como de su
exclusiva fabricación” (National-Zeitung, Nº 41).
El tercer pasaje por mí incriminado —más arriba, §
3)—, tengo que volver a citarlo íntegramente:
“De este modo en 1852 se enhebró una conspiración
de la más vil índole, con fabricación en cantidad de papel moneda falso
—[véanse más detalles en la obra de Vogt]— contra las Asociaciones Obreras
Suizas; conspiración ésta que habría ocasionado a las autoridades suizas los
mayores trastornos, de no haber sido descubierta a tiempo”.
¿Es esto SIMPLEMENTE UNA CITA como pretende afirmar
el juzgado, o en efecto, es cita? En parte, es plagio de Vogt, pero en modo
alguno es cita.
Por lo demás el mismo Zabel afirma que no cita,
sino que habla en nombre propio al advertir entre corchetes a su público
lector: [véase para más detalles la obra de Vogt]. ¡Y ahora obsérvese este
pasaje! En Ginebra se sabía que Cherval recién llegó a la ciudad en la
primavera de 1853 y que su “conspiración” y fuga tuvo lugar en la primavera de
1854. Por eso Vogt en Ginebra no se atreve a decir que la “conspiración” había
sido “enhebrada en… 1852”. Esta mentira se la deja al bueno de Zabel que está
en Berlín. Además Vogt dice: “Ya el mismo Nugent —[Cherval]— había grabado
varias planchas de piedra y de cobre para este fin —[la fabricación de falsos
billetes de banco]— etc.” (Libro Mayor, pág. 174). Quiere decir que ya se
habían grabado varías planchas de piedra y cobre para la falsificación de
dinero; los billetes de banco y las cédulas del tesoro no habían sido
fabricadas aún. Sin embargo, según Zabel, “la fabricación de esos billetes de
banco” ya fue realizada y, para colmo, “en can-|399|tidad”. Vogt dice que de
acuerdo a los estatutos el “propósito” de la conspiración de Cherval había
sido: “La lucha contra el despotismo por medio de sus propios recursos, es
decir, con la fabricación en cantidad de billetes y cédulas falsas del tesoro”
(lug. cit.). Zabel olvida la lucha contra el despotismo y se aferra a la
“fabricación en cantidad de papel moneda falso”.
Quiere decir que, según Zabel, se trata simplemente de un vil crimen de orden
civil, que ni siquiera se redime ante los miembros de la “federación secreta”
con el falso pretexto de perseguir fines políticos. Y es de esta manera como en
general Zabel CITA el Libro Mayor. fue preciso que Vogt hiciera un “libro” de
sus historias cinegéticas. Para ello detalla, teje, borronea, mancha, tiñe,
ensucia, trabaja, desarrolla, embrolla, motiva, inventa, fa del cul trompeta y
es así como el alma falstafiana se trasluce a través de todos los hechos
supuestos, que por su propio narración vuelve a disolver inconscientemente en
su primitiva Nada. En cambio Zabel, que se vio obligado a comprimir el libro en
dos editoriales y que no quería que se perdiera una sola canallada, calla todo,
menos el caput mortum de cada uno de los “hechos” supuestos, enhebra uno tras
otro todos estos resecos huesos calumniatorios para luego comenzar a rezar este
rosario con fariseico entusiasmo.
Tómese, por ejemplo, el caso presente. Vogt ata los
cabos de su invención con mi primera revelación del hecho, de que Cherval es
sin duda un agente provocador policial, asalariado por las distintas embajadas.
Y entonces puede leerse entre otras cosas: “Ya habían sido grabadas para este
fin —[la falsificación de moneda]— por Nugent —[Cherval]— varias planchas de
piedra y de cobre; ya se había dispuesto cuales de los crédulos miembros de la
federación secreta deberían llevar los paquetes que contenían estos falsos
billetes de banco |400| —[ni siquiera fabricados aún]— a Francia, Suiza y
Alemania; pero entretanto ya se habían producido también las correspondientes
denuncias a la policía, complicándose vergonzosamente a las Asociaciones
Obreras, etc.” (Libro Mayor, pág. 175). Por lo visto Vogt hace que Cherval
denuncie sus propias operaciones a la policía, después de haber grabado
únicamente planchas de piedra y de cobre destinadas a la falsificación de
dinero y antes de que el fin perseguido por su conspiración fuera alcanzado,
que se dispusiera de un corpus delicti, o se viera comprometida alguna otra
persona que no fuera el mismo Cherval. Pero a Cherval lo impulsa la inquietud
de poder “complicar de una u otra manera y en forma infamante, en su
conspiración a las Asociaciones Obreras”. Las embajadas extranjeras que emplean
a Cherval, resultan ser tan estúpidas como éste y responden con idéntica
premura a las preguntas de carácter reservado de la policía federal, que en las
Asociaciones Obreras, etc., se están activando maquinaciones de orden
político”. Simultáneamente estos bobos de embajadores, que no disponen de la
paciencia suficiente para dejar que madure la conspiración que Cherval ha
urdido en cumplimiento a sus órdenes, descubriendo a su propio agente con
infantil e inútil impaciencia, ponen gendarmes “en las fronteras” para que “en
el caso de que el asunto que ellos no dejaron madurar haya madurado, reciban” a
los emisarios de Cherval “y los billetes de banco falsificados” cuya
fabricación es impedida por ellos, “y poder aprovechar luego todo aquel asunto
para convertirlo en una persecución general, en la que masas enteras de
inocentes habrán de pagar las culpas de unos pocos canallas”. Y si ahora Vogt
continúa manifestando que: “el plan de toda esta conspiración había sido
concebido de la manera más repugnante”, nadie titubeará en darle la razón de
que la misma había sido proyectada en forma absurdamente tonta, y cuando
ter-|401|mina diciendo jactancioso: “No niego haber contribuido CON LO MÍO para
hacer fracasar este asunto diabólico”, todos comprenderán el chiste y
estallarán en sonoras carcajadas ante aquel diablo gracioso.
¡Pero comparemos ahora la frailuna versión de los
anales de Zabel! “De este modo, en 1852, se enhebró una conspiración de la más
vil índole, con fabricación de
papel moneda falso —[véanse más detalles en la obra
de Vogt]—, contra las Asociaciones Suizas, conspiración ésta que de no haber
sido descubierta a tiempo, habría ocasionado a las autoridades suizas los
mayores trastornos”. Aquí se ha mezclado en una sola frase todo un cargamento
de hechos tan insulsos como infamantes. “Conspiración de la índole más vil”
munida de la fecha 1852. “Fabricación en cantidad de papel moneda falso”. Por
consiguiente, un vulgar crimen civil. Perjudicación premeditada de las Asociaciones
Obreras Suizas. Por lo tanto, traición al propio partido. Los “mayores
trastornos” que acaso se ocasionarían a las “autoridades suizas”. En
consecuencia, agente provocador a favor de los déspotas continentales contra la
República Suiza. Finalmente: “Descubrimiento a tiempo de la conspiración”. Aquí
la crítica pierde todos los puntos de apoyo que le brinda la exposición
vogtiana, quedando los mismos escamoteados por completo. Es preciso creer o no
creer. Y de esta manera, Zabel elabora todo el Libro Mayor, en lo que a mí y a
mis correligionarios se refiere. Heinz dice, y con razón, que no hay hombre más
peligroso que un asno cornudo.
Por último el cuarto pasaje por mí incriminado —§
1—, con el que el editorial Nº 1 inicia sus revelaciones sobre la Banda de
Azufre —y al que Zabel, por cierto, da comienzo con estas palabras: “Vogt
informa en la página Nº 136 y subsiguientes”. Zabel no puntualiza si es que
resume o cita. |402| Se cuida muy mucho de emplear comillas. En efecto no cita.
Esto desde un principio estaba fuera de duda, puesto que Zabel reduce las
páginas 136, 137. 138, 139, 140 y 141 del Libro Mayor a 51 líneas, de aproximadamente
48 letras cada una, no señalando espacios, acumulando en cambio estrechamente
las frases, como si fueran arenques holandeses, hallando en esas 51 líneas el
espacio suficiente para los productos de su propia imaginación. Allí donde se
encuentra con una frase especialmente sucia, la recoge y la añade lo más
intacta posible a su fardo. Por lo demás mezcla los distintos pasajes
extractados no presentándolos de acuerdo a su continuidad, es decir, según la
enumeración de las páginas del Libro Mayor, sino como mejor convenga a sus
propósitos personales. La cabeza de una frase vogtiana es provista de la cola
de otra frase vogtiana. Por otra parte compone a veces una frase empleando para
ella el lema de una docena de frases vogtianas. Allí donde en las frases vogtianas
algunos escombros literarios impiden que la luz ilumine claramente una
calumnia, Zabel se encarga de retirarlos. Vogt dice, por ejemplo,
“comprometiendo hasta tal punto a personas residentes en la patria, que ésas,
por no poder sustraerse a los intentos de ser extorsionadas, se ven obligadas a
entregar dinero”. Zabel, en cambio, dice: “que tenían que dar dinero para que
la banda guardara en secreto su compromiso”. Finalmente Zabel “interpola”
frases enteras de fabricación propia, como por ejemplo: “La Banda de Azufre
sometía a sus adictos a un rigor severísimo” y “ellos”, es decir “los
compañeros… que en el exilio continuaron la obra del Rheinischen Zeitung
—[Diario Renano]— SE CONVIRTIERON EN ALIADOS DE LA POLICÍA SECRETA DE FRANCIA Y
ALEMANIA.”
De los cuatro pasajes por mí incriminados, según
Zabel, tres pertenecen al mismo Zabel, mientras el cuarto se supone |403| que
es una “cita” que aún cuando, entremezclada con citas, no es una cita y mucho
menos aún “una simple cita”, como lo afirma el juzgado, y en modo alguno es
“una cita de otras personas”, en plural, como dice el juzgado. Contrariamente,
en cambio, no se encuentra en todas las “manifestaciones y afirmaciones” de
Zabel referentes a mi persona, una sola línea que contenga “crítica y apreciación
permitida” o “no permitida”.
Pero admitiendo que las positivas apreciaciones del
juzgado fueran tan exactas como lo son equivocadas: admitiendo que Zabel se
haya limitado únicamente a citar sus calumnias contra mí, ¿el juzgado en efecto
está judicialmente facultado para prohibirme demandar a F. Zabel? En una
“disposición” que citaré de inmediato, la REAL CÁMARA DE JUSTICIA DECLARA QUE:
“NADA cambiaría el § 156 del Código Penal, el que
los hechos expuestos en los artículos esbozados se presentan como apreciaciones
propias del autor o CITAS de afirmaciones hechas por terceros”.
Cita o no: el “demócrata Zabel” continúa siendo
responsable de sus afirmaciones. El juzgado ya ha declarado que Zabel con
respecto a mi persona había manifestado conceptos “punibles”, sólo que los
mismos son citas y por eso resultan a prueba de balas. ¡Fuera con este pretexto
que judicialmente es inexacto! —exclama el TRIBUNAL IMPERIAL. ¡Por fin podré
agarrarlo a ese Zabel y se me abrirán las puertas de la justicia! ¡Italiam!
¡Italiam!
Mi abogado apeló de la Corte de Justicia al
Tribunal Imperial, y el 11 de julio de 1860 se le comunicaba la siguiente
“disposición”:
|404| “En los editoriales intitulados “Carlos Vogt
y el Allgemeine Zeitung y “Cómo se hacen Panfletos Radicales”, publicados en
los números 37 y 41, correspondientes al 22 y 25 de enero del corriente año, no
es posible encontrar calumnia alguna contra el demandante, Doctor Carlos Marx,
radicado en Londres. Si bien nada cambiaría el § 156 del código penal, el que
los hechos expuestos en los artículos esbozados se presenten como apreciaciones
propias del autor o como afirmaciones de terceros, no es posible impedir a la
prensa, el someter a comentario las actividades de los partidos y sus litigios,
siempre que de la polémica no se desprenda un evidente propósito de ofensa, lo
que en el presente caso no cabe suponer.
En los mencionados artículos se compara y comenta
preferentemente la discrepancia de opiniones que motivó el conflicto entre el
doctor Carlos Vogt por una parte y el Allgemeine Zeitung por otra, sobre el
partido a tomarse a favor de los intereses de Italia y de los de Austria que
rigieron la reciente guerra, y que simultáneamente explica la participación de
la llamada emigración alemana en Londres a favor del Allgemeine Zeitung contra
Vogt, como también lo demuestra en general, la momentánea división en partidos
y maquinaciones de dichos fugitivos.
Si bien es cierto que durante el transcurso de
estas deliberaciones se comentaron las relaciones que el demandante mantiene
con dichos partidos, su participación en parte de las ambiciones por ellos
abrigadas y, sobre todo, sus afanes por colaborar con el Allgemeine Zeitung, en
su polémica contra Vogt, tratando de proporcionarle testimonios, etc., los
pasajes citados referentes a esto y los hechos expuestos por el mismo en su
demanda, en lugar de proporcionarle la refutación buscada, tienden más bien a confirmar
su veracidad. Si en |405| cambio continúa afirmando que ha sido identificado en
forma para él injuriosa con aquellas actividades políticas que por cierto
fustigó repetidas veces en sus artículos, calificándolas de excéntricas, en
cierto modo faltas de carácter y deshonrosas, no es posible aceptar esto como
una afirmación fundada. Pues aun cuando el primer capítulo de la exposición de
Vogt manifiesta: “que los exilados de 1849 fueron reuniéndose poco a poco en
Londres, venerando a Marx como a su evidente cabecilla” y habla de una carta
de Techow: “en la que Marx aparece agitando con
napoleónico orgullo su férula sobre las cabezas de los componentes de la Banda
de Azufre, en lo que no reside más que una caracterización de la por Vogt
llamada Banda de Azufre y no un insulto a Marx, quien por el contrario es
descrito como el hombre que contiene y rige, no relacionándose su persona con
aquella gente acusada de extorsionismo y denunciación. Del mismo modo en el
segundo artículo no se pronuncia en pasaje alguno una sola palabra acerca de que
el demandante, contrariando su propia convicción, haya imputado a Blind la
paternidad del panfleto A Modo de Advertencia, enviando a sabiendas falsos
testimonios de terceros al Allgemeine Zeitung de Augsburgo. El mismo
demandante, al dar a conocer las respuestas contrarias del tipógrafo Hollinger
y del cajista Wiehe, acepta, en su demanda, que el testimonio de Vögele había
sido discutido. Por lo demás, de acuerdo a sus propios datos, más adelante —una
vez aparecidos los dos artículos del National-Zeitung— se dio a conocer a un
tal Schaible como autor del panfleto.
Siendo preciso considerar infundada la queja
fechada el 21 del mes pasado por la disposición del 8 del pasado mes, el Real
Tribunal de Justicia rechaza la demanda, por conside-|406|rarla infundada. 25
Sgr. deben entregarse de inmediato, so pena de incurrir en una multa, a la caja
local de salarios del Tribunal de Justicia.
Berlín, 11 de julio de 1860.
Cámara del Crimen del Real Tribunal de Colonia. II
sección.
GUTHSCHMIDT SCHULZE
Al doctor en filosofía, Carlos Marx, en manos del
señor consejero de justicia Weber, radicado en esta ciudad.
Cuando mi abogado me remitió esta “disposición”, en
la primera lectura pasé por alto el principio y el fin de la misma e, ignorante
como estaba de la justicia prusiana, creí hallarme frente a una copia de un
escrito justificativo que el “demócrata” F. Zabel había hecho llegar a la
Cámara de Justicia. Lo que Zabel —así me dije— escribe sobre “Las opiniones
—ver suplemento 15— del Dr. Carlos Vogt y el Allgemeine Zeitung de Augsburgo”,
sobre “los intereses de los italianos y los intereses de los austríacos”, probablemente
se haya pasado equivocadamente desde alguno de los editoriales destinados por
el National-Zeitung a su playdoyer.
En todo caso el “demócrata” F. Zabel no menciona
con una sola sílaba estas opiniones en las cuatro columnas referentes a mí y
pertenecientes a sus dos artículos, que en total apenas abarcan seis. En su
declaración Zabel dice que yo había colaborado en la polémica del Allgemeine
Zeitung contra Vogt, proporcionándole testimonios, etc.”. El proceso de Vogt
contra el Allgemeine Zeitung lo llama la polémica del Allgemeine Zeitung contra
Vogt. Si proceso y polémica fueran una misma cosa, ¿para qué habría yo necesitado
del permiso del fiscal, del |407| juzgado, de la cámara de justicia, etc., para
iniciar mi polémica contra Zabel? Y para colmo, esa afirmación de Zabel sobre
mis “citas de los pasajes de sus dos editoriales” referentes a mis relaciones
con el Allgemeine Zeitung, que en “los hechos por mí mencionados” más bien
hallan su confirmación y no la refutación que yo me proponía obtener por su
intermedio. ¡Más bien… qué! Sí o no se dice en justicia, y, ¿cuáles eran las
“menciones referentes” de Zabel?
Las “menciones” de Zabel "referentes a mis
relaciones con el Allgemeine Zeitung eran en el primer editorial:
1) Liebknecht
habría obtenido el puesto de corresponsal del Allgemeine Zeitung gracias a una
recomendación que yo le había proporcionado públicamente. En mi demanda yo
acusaba a Zabel de embustero, pero consideré que era inútil exponer otros
“hechos” sobre esta tontería.
2) Zabel
hace que el 29 de octubre yo envíe desde Londres al Allgemeine Zeitung un
“documento judicial” del que el 24 de octubre ya disponía el juzgado del
distrito de Augsburgo y pudo hallar la confirmación de esta “mención” en los
“hechos” por mí mencionados. Por cierto de los hechos por mí expuestos en mi
demanda, Zabel pudo sacar en conclusión que, a excepción de todos los motivos
políticos, mi envío del documento referente al origen del panfleto A Modo de
Advertencia se había hecho necesario, puesto que ya antes de iniciarse el
proceso, Vogt había intentado atribuirme la paternidad de dicho panfleto.
3) A la
“indicación” de Zabel de que yo soy uno de los corresponsales del Allgemeine
Zeitung, respondí con documentos auténticos. El editorial Nº 2 de Zabel, “Cómo
se hacen panfletos radicales”, contenía, según lo demostrado ya anteriormente
con respecto a mis relaciones con el Allgemeine Zei-|408|tung, únicamente las
“menciones referentes” a que yo mismo había forjado la “advertencia”,
atribuyéndosela a Blind y tratando luego de demostrar que él era el autor de la
misma, con el falso afidávit de Vögele. ¿Estas “menciones referentes” en efecto
hallaban en los hechos por mí mencionados en mi “demanda” más bien su
confirmación que la refutación que yo me había propuesto alcanzar por su
intermedio? El mismo Zabel confiesa lo contrario.
¿Acaso Zabel podía suponer que Schaible era el
autor del panfleto A Modo de Advertencia? ¿Debía creer Zabel que el testimonio
“discutible” y que, de acuerdo a mis propios datos, pertenecía a Vögele, era el
verdadero? ¿Pero, dónde diablos he atribuido yo al Zabel ese un saber tan vasto
y una creencia semejante? Mi demanda se refiere “más bien” a la
“correspondiente negación” de Zabel, según la cual yo habría forjado el
panfleto hasta el punto de que el mismo, en un todo, pareciera ser elaborado
por Blind, tratando más adelante de hacerlo pasar por una maquinación suya,
valiéndome para ello del afidávit de Vögele.
Por fin tropecé con una actitud defensiva de Zabel
que, por lo menos, parecía interesante.
“Si en cambio —[así dice]— continúa afirmando —[el
demandante Marx]— que ha sido identificado en forma para él injuriosa con
aquellas actividades políticas de la Banda de Azufre, que por cierto fustigó
repetidas veces en sus artículos —[los editoriales de Zabel]—, calificándolos
de excéntricos, en cierto modo faltos de carácter y deshonestos, no es posible
aceptar esto como una afirmación fundada… y mucho menos aún, su persona es
relacionada con aquella gente, a la que se acusa de extorsionismo y delación”.
|409| Evidentemente Zabel no se cuenta entre
aquellos romanos, de los que se dice: memoriam quoque cum voce perdidissimus.
Ha perdido la memoria pero no la lengua. Zabel no sólo hace pasar el azufre,
sino también la Banda de Azufre, del estado cristalizado al estado líquido y
del líquido, al gaseoso para, con sus rojos efluvios, poder engañarme
haciéndolos pasar por azuladas nubes de humo. Opina que la Banda
de Azufre es un “partido” con cuyas
"maquinaciones” nunca me ha “identificado” y con cuyas “extorsiones y
denuncias” jamás ha relacionado a las personas vinculadas conmigo. Será preciso
convertir los efluvios del azufre en aroma de azufre.
En el editorial Nº 1 —National-Zeitung Nº 37, 1860—
Zabel inicia sus “correspondientes menciones” referentes a la Banda de Azufre,
nombrando a “Marx” como a su “evidente cabecilla”. El segundo miembro de la
Banda de Azufre, al que para mejor caracterización de la misma prefiere no
nombrar, aun cuando lo describe, es Federico Engels. Señala la carta en la que
Techow habla sobre su encuentro con Federico Engels, E. Schramm y yo. Los dos
últimos son señalados por Zabel como ilustraciones para la Banda de Azufre.
Inmediatamente menciona a Cherval como emisario londinense. Luego le toca el
turno a Liebknecht. “Este tal Liebknecht in nomine omen,104 uno de los más
serviles partidarios de Marx… Inmediatamente después de su llegada, Liebknecht
tomó servicio a las órdenes de Marx, conquistándose el más sincero beneplácito
de su amo”. A renglón seguido de Liebknecht, desfila Ohly OTRO CANAL MÁS DE LA
BANDA DE AZUFRE. Finalmente “otro compinche londinense, Biskamp”. Todos estos
datos se suceden, uno tras otro, en el editorial Nº 1, pero al final del
editorial Nº 2 es nombrado posteriormente aún otro miem-|410|bro de la Banda de
Azufre: W. Wolff —“Lobo parlamentario, alias Lobo de casamatas”—, al que se le
ha confiado el importante cargo de “dar a publicidad despachos-circulares”. Por
lo tanto, de acuerdo a las “correspondientes menciones” de Zabel, la Banda de
Azufre se compone de: Marx, cabecilla de la misma: F. Engels, ilustración de la
Banda de Azufre; Cherval, emisario londinense; Liebknecht, “uno de los más
serviles correligionarios de Marx”; Ohly, “igualmente un canal de la Banda de
Azufre”; Biskamp, “otro compinche” londinense y por último Wolff, redactor de
telegramas para la Banda de Azufre.
La así compuesta Banda de Azufre ya desfila
alternativamente en las primeras 51 líneas del editorial de Zabel, figurando
con los nombres más diversos: Banda de Azufre o también Bürstenheimer;
“compañeros que entre los emigrados continúan la obra del RHEINISCHEN ZEITUNG”,
los “proletarios” o como puede leerse en el editorial Nº 2: “El partido de los
proletarios a las órdenes de Marx”.
Hasta aquí el personal y los nombres que componían
la Banda de Azufre. Su organización es descripta por Zabel en sus “menciones
correspondientes”, en forma breve y contundente. “Marx” es el “cabecilla”. La
Banda de Azufre representa en sí al “núcleo de sus más íntimos
correligionarios”, o, como dice Zabel en el segundo editorial: “el núcleo más
íntimo del partido de Marx”. Zabel hasta presenta una señal por la que puede
reconocerse “el núcleo más íntimo del partido de Marx”. El miembro
perteneciente al más íntimo núcleo del partido Marx, debe haber visto por lo
menos una vez en su vida al tal Biskamp. “Él —[(Blind) así dice Zabel en su
editorial Nº 2]— declara no haber visto en toda su vida a Biskamp;
evidentemente no es miembro del círculo más íntimo del PARTIDO DE MARX”. El
“círculo más íntimo del par-|411|tido de Marx” o sea, la Banda de Azufre, es
por lo tanto la Paire de la Banda, a diferenciarse de la tercera categoría, el
pueblo, compuesto por los “adictos” o de “aquella cuidadosamente mantenida especie
de vagabundos”. Por consiguiente, en primer término está Marx, luego viene la
Banda de Azufre en sí, o sea el “núcleo más íntimo del partido de Marx” y,
finalmente, “la masa compuesta por los adictos” o sea, “la clase de
vagabundos”. La Banda de Azufre, así dividida en estas tres categorías, es
104 Lieb:
querido; Knecht: siervo (N. del t.).
regida por una disciplina realmente espartana. La
Banda de Azufre —dice Zabel— sometía a sus adictos a una disciplina despiadada,
mientras por otra parte “Marx… agitaba su férula sobre las cabezas de los
miembros de la misma”. Cae de su propio peso, el que en una de aquellas bien
organizadas “Bandas”, las “actividades” características de la “Banda”, sus
“principales ocupaciones”, los hechos que la Banda lleva a cabo qua Banda, se
producen en cumplimiento a las órdenes del cabecilla que agita su férula, y son
presentadas por Zabel como la exclusiva obra de dicho cabecilla. Y ¿cuál era,
por así decirlo, la ocupación oficial de la Banda?
“Una de las principales ocupaciones de la Banda de
Azufre consistía en comprometer hasta tal punto a personas residentes en la
patria, que las mismas se veían obligadas a pagar dinero para que la Banda
guardara en secreto su compromiso. No una, sino centenares de cartas fueron
enviadas a Alemania, en las que se decía que se denunciaría la participación en
este o aquel acto revolucionario, si en un plazo, previamente fijado, no
llegaba a una dirección dada, una determinada suma de dinero… Todo aquel que se
oponía a ESTAS MAQUINACIONES, no sólo era arruinado por la emigración, sino que
también lo era por intermedio de la prensa. Los “proletarios” llenaban |412|
las columnas de la prensa reaccionaria en Alemania, con sus denuncias dirigidas
contra aquellos demócratas que no les rendían pleitesía y se convirtieron en
los aliados de la policía secreta de Francia y Alemania, etc.
(National-Zeitung, Nº 37).”
Después de que Zabel empieza estas “menciones
correspondientes” a la Banda de Azufre con la advertencia de que yo soy su
“evidente cabecilla”; después de haber enumerado “las principales ocupaciones
de la Banda de Azufre”, es decir, extorsión, denuncias, etc., cierra su
descripción general de la misma con estas palabras:
“…Se convirtieron en los aliados de la policía
secreta de Francia y Alemania. Para su mejor caracterización, Vogt publica una
carta del ex teniente Techow, fechada el 20 de agosto de 1850… en la que se
describe a Marx, tal como agita con napoleónico orgullo de su superioridad
espiritual, su férula sobre las cabezas de los miembros de la Banda de Azufre”.
Después de que al principio de su descripción hace
que se me venere como al “evidente cabecilla”, de Zabel se apodera el miedo de
que el lector pudiera creer que tras el evidente cabecilla se encontraba aún
otro cabecilla no evidente o que yo me había contentado con verme “venerado” en
calidad de Dalai Lama. Es por eso que al final de su descripción hace que —no
con las palabras de Vogt, sino con las suyas propias— únicamente el cabecilla
“evidente” se convierta en el cabecilla que empuña la férula, en el Dalai Lama,
en el Napoleón de la Banda de Azufre. Y precisamente es esto lo que en su
informe cita como prueba “de que no me ha querido |413| identificar en sus
artículos con las actividades políticas de la Banda de Azufre, despiadadamente
fustigadas como excéntricas, faltas de carácter y deshonestas”. ¡Pero no! ¡No
del todo! Me ha identificado, pero no “en forma injuriosa para mí”. “Más bien”
me ha honrado nombrándome el Napoleón de los extorsionadores, redactores de
cartas amenazadoras, mouchards, agents provocateurs, falsificadores de moneda,
etc.”. Está visto que Zabel saca sus conceptos del
honor del diccionario de la Banda de Azufre. De ahí el adjetivo “napoleónico”.
Pero precisamente yo lo demando por este honor que me hace. He DEMOSTRADO con
los hechos expuestos en mi demanda, y lo he demostrado en forma tan
contundente, que Zabel por nada del mundo quiere comparecer conmigo ante un
tribunal público. He DEMOSTRADO que todas sus “menciones correspondientes” a la
Banda de Azufre son invenciones vogtianas y embustes que Zabel únicamente “enumera”
para poder honrarme como al Napoleón de esa Banda de Azufre. Pero, ¿acaso no me
describe como al “hombre serio y que empuña las riendas”? ¿Acaso no me presenta
aplicando el rigor a los componentes de la Banda? El mismo nos cuenta en qué
consistía esa superioridad y ese rigor.
“La Banda de Azufre sometía a sus adictos a un
rigor despiadado. Todo aquel que de entre ellos trataba de buscarse una
existencia aburguesada, ya fuera por el simple hecho de anhelar una posición
independiente, era considerado en general un traidor de la revolución… Los
duelos, las desavenencias y grescas, eran fomentadas entre esta bien alimentada
clase de vagabundos, por medio de la siembra de rumores, correspondencias,
etc.”
|414| Pero Zabel no se conforma con esta
descripción general de las “actividades políticas” de la Banda de Azufre, con
las que me “identifica” honrosamente.
Liebknecht, “notorio miembro del partido de Marx”,
“uno de los más serviles partidarios de Marx, que conquistó para sí el más
sincero beneplácito de su amo”, compromete adrede a los obreros residentes en
Suiza, con su “día revolucionario de Murten”, en el que los entrega jubiloso,
“a los brazos” de los “gendarmes” emplazados expresamente para esperarlos. A
este “susodicho Liebknecht se le atribuyó durante el proceso de Colonia, la
redacción del falso registro de protocolos”. (Como es natural Zabel olvida decir
que esta mentira de Stieber ya había sido señalada durante las vistas como una
mentira stieberiana). Wolff, el ex corredactor del Neue Rheinische Zeitung —
[Nuevo Diario Renano]— dirige desde Londres una “circular-telegrama” a los
proletarios, la que “simultáneamente hace llegar también a las manos de la
policía hanoveriana”.
Mientras Zabel enumera personas tan “notoriamente
relacionadas” conmigo, como a agentes de la policía, me relaciona por otra
parte con un “notorio” agente secreto de la policía, agent provocateur [agente
provocador], y falsificador de moneda, o sea, con Cherval. Inmediatamente
después de su descripción generalizada de la Banda de Azufre, hace que “varias
personas”, entre ellas Cherval, vayan de Londres a París “en la doble condición
de embaucadores revolucionarios de los obreros y aliados de la policía secreta”,
donde originan el llamado “proceso de los comunistas”, etc., etc. En el
editorial Nº 11 continúa diciendo:
“De esta suerte en 1852 fue enhebrada una
conspiración de la más vil índole, con fabricación en masa de papel
mone-|415|da falso —PARA MÁS DETALLES VER LA OBRA DE VOGT— etcétera”.
¿Y si el lector del National-Zeitung aceptara la
imperiosa invitación de Zabel y en efecto viera más detalles en la obra de
Vogt, qué encontraría? Encontraría que Cherval había sido enviado por mí a
Ginebra para poner en práctica, bajo mi dirección inmediata, “la vergonzosa
conspiración con el asunto de la falsificación del papel moneda”, etc., etc. El
lector, al que Zabel dirige a Vogt, encuentra además: …“entretanto la relación
personal de Marx es, en este sentido, por completo falta de
importancia, pues según lo ya mencionado, no
importa el que sea el mismo Marx quien lo hace o quien manda hacerlo a uno de
los miembros de su banda: gobierna incondicionalmente a su gente”.
Pero tampoco Zabel estaba satisfecho. Al final de
sus dos editoriales sintió la necesidad imperiosa de susurrar una última
palabra al oído de sus lectores. Dice:
“Él —[Blind]—, declara simultáneamente no haber
visto a Biskamp en toda su vida; evidentemente no es miembro del núcleo más
íntimo del partido de Marx. Nos parece que para éste —[el núcleo más íntimo del
partido de Marx]— no habría de resultar demasiado difícil el convertirlo —[a
Blind]— en el borrico de carga… Ahora el partido de Marx podía atribuir con
toda facilidad a Blind la redacción del panfleto, precisamente porque… éste, en
sus conversaciones con Marx y en el artículo del Free Press, se había manifestado
en sentido similar; empleándose estas declaraciones y los giros que le son
propios —[de Blind]—, fue posible forjar el panfleto, de manera que tuviera
todo el aspecto de haber sido fabricado por él —[Blind]—”.
|416| ¿De modo que el “partido de Marx” o mejor
dicho, “el núcleo más íntimo del partido de Marx” forjó el “panfleto” de manera
que apareciera como una fabricación de Blind? Una vez desarrollada esta
hipótesis, Zabel resume secamente su contenido con las palabras siguientes:
“Ahora cada cual podrá creer, según mejor le venga en gana, que es MARX o que
es BLIND el autor del mismo”.
Por consiguiente no se trata del partido, de Marx o
de Blind, tampoco de Blind o del núcleo más íntimo del partido de Marx, vulgo
Banda de Azufre, sino de Blind o de Marx, sans phrase. Por lo tanto el partido
de Marx, el núcleo más íntimo del partido de Marx, la Banda de Azufre, etc.,
eran sólo títulos panteístas para nombrar a Marx, al sujeto Marx. Zabel no se
conforma con “identificar” a Marx con el “partido” de la Banda de Azufre,
también personifica a la Banda de Azufre con Marx. Y este mismo Zabel se atreve
a afirmar frente a los tribunales, que en sus editoriales no ha “identificado
en forma injuriosa al demandante Marx… con las actividades de la Banda de
Azufre”. Se golpea el pecho y jura que “mucho menos aún” habría “relacionado mi
persona con aquella gente” a la que acusa de haber ejercido extorsionismo y
delación”. ¡Qué espectáculo dará el Zabel ese —así pensé— en la vista pública
del proceso! ¡Qué espectáculo! Con esta exclamación consoladora recogí una vez
más el expediente que mi abogado me había hecho llegar, lo releí y creí
descubrir al final algo así como los nombres de Müller y Sehulze, pero muy
pronto hube de darme cuenta de mi error. Lo que yo sostenía entre mis manos, no
era un informe de Zabel sino… una “disposición” tomada por la Cámara de
Justicia, firmada por Guthschmidt y Schulze, disposición ésta que me privaba
del derecho de enjuiciar a Zabel y que para colmo, me condenaba a pagar de
inmediato, apenas verificada |417| la ejecutoria, la multa correspondiente a la
Caja de Salarios de Berlín, en castigo por haber osado elevar mi queja.
Confieso que me sentí atónito. Sin embargo, mi asombro se apaciguó con la nueva
y cuidadosa lectura de la “disposición”.
Zabel publica en el editorial del Nº 37 del Los señores Guthschmidt y Schulze leen en
National-Zeitung, 1860. el editorial del Nº 37 del National-Zeitung,
1860.
Vogt
dice en la
página 136 y Pues
aún cuando el primer artículo cita
subsiguientes: Con el nombre de Banda de la exposición de Vogt: que los exiliados
de Azufre o también de Bürstenheimer, se de 1849 fueron reuniéndose
conocía entre la emigración de 1849 a un paulatinamente en Londres,
donde
grupo de personas, las que, diseminadas veneraban al susodicho Marx como su
al principio en Suiza, Francia e Inglaterra, evidente cabecilla…
fueron reuniéndose paulatinamente en
Londres donde veneraban al señor Marx
como su evidente cabecilla.
Zabel dice: un grupo de personas, conocido entre
los exilados de 1849 con el nombre de Banda de Azufre o también de
Bürstenheimer, etc., se habría reunido paulatinamente en Londres, venerándome
allí como a su evidente cabecilla. Los señores Guthschmidt y Sehulze hacen que
el tal Zabel diga en cambio: la emigración de 1849 se habría reunido
paulatinamente en Londres —lo que ni siquiera es exacto, puesto que una gran
parte de los exilados fueron a refugiarse en París, Nueva York, Jersey, etc.—,
venerándome a mí como a su evidente cabecilla, honor éste del que no fui objeto
y el que tampoco me concedieron los señores Zabel y Vogt. Los señores
Guthschmidt y Schulze no resumen, sino citan entre comillas aquella frase que
Zabel jamás había publicado, como si fuera una de las frases pertenecientes a
la “exposición” mencionada en su primer editorial. Quiere decir que los señores
|418| Guthschmidt y Schulze disponían de una edición secreta del Nº 37 del
National-Zeitung, desconocida por el público y por mí. Esto explica todo
malentendido.
Pero la edición secreta del Nº 37 del
National-Zeitung, no sólo es diferente por su diferente lectura de algunas
frases pertenecientes a la edición corriente del mismo. Salvo algunas palabras
toda la coordinación del primer editorial nada tiene que ver en la edición
corriente con la coordinación que aparece en la edición secreta.
Zabel publica en el Nº 37 del National- Los señores Guthschmidt y Sehulze leen
Zeitung, una vez que me ha convertido en en el Nº 37 del National-Zeitung, una vez
el cabecilla de la Banda de Azufre. que
Zabel me hubo
convertido en el
cabecilla
de los exilados de 1849:
“Estos
sujetos… [la Banda
de Azufre], “…y
si bien [el
primer artículo del
continuaron entre los fugitivos la obra del National-Zeitung] continúa
hablando
Rheinischen Zeitung —[Diario Renano]—. ahora de una carta de Techow: “En la que
Una de las ocupaciones principales de la se vislumbra a Marx, con napoleónico
Banda de Azufre consistía en orgullo de
su superioridad espiritual,
comprometer hasta tal punto a personas agita su férula sobre la Banda de Azufre”.
residentes en la patria, que las mismas se
veían
obligadas a pagar
dinero… Los
“proletarios” llenaban las columnas de la
prensa reaccionaria de Alemania con sus
denuncias… se convirtieron en los aliados
de la policía
secreta de Francia
y
Alemania. Para continuar
con su
caracterización —[la de esta Banda de
Azufre o Bürstenheimer]— Vogt comunica
el contenido de una carta de… Techow…
en la que son descritos los principios, las
“actividades”, etc., de los “proletarios” y
en la que
se ve a Marx como,
con
napoleónico orgullo de su superioridad
espiritual, agita su férula sobre las
cabezas de los componentes de su Banda
de Azufre”.
|419| Ya que los jueces están facultados para
otorgar o negar a los civiles el derecho a entablar demanda, los señores
Guthschmidt y Schulze no sólo estaban autorizados, sino obligados a negarme el
derecho a entablar demanda contra Zabel, pues la por ellos in nuce comunicada
coordinación del editorial aparecido en el Nº 37 de la edición secreta del
National-Zeitung, excluye definitivamente TODO, posiblemente todo corpus
delicti. ¿Qué es lo que en efecto Zabel publica en dicha edición secreta? En
primer lugar me hace objeto del inmerecido honor de hacerme “venerar” como el
“evidente cabecilla” de los exilados de 1848 reunidos en Londres. ¿Y acaso yo
pretendo “demandarlo” por eso? Y luego me concede el honor, no menos
inmerecido, de dejar que yo agite “mi férula” sobre una cierta Banda de Azufre
que en modo alguno había estado relacionada conmigo, más o menos de la misma
manera como en 1838-1849 agité mi férula sobre el mismo Zabel y sus compinches.
¿Y por eso yo habría de demandar a Zabel?
Se ve a qué confusiones conduce el que la ley
permita a sus funcionarios judiciales “disponer” y, para colmo, “disponer” si
en efecto una persona tiene o no el derecho de demandar a otra por calumnias
tales como las publicadas en el National-Zeitung. El demandante eleva su
demanda fundándose para ello en una edición corriente del Nº 37, de la que
aproximadamente fueron distribuidos unos 10.000 ejemplares entre los lectores,
y el juez “dispone”, basándose para ello en una edición secreta de ese mismo
número especialmente editada para él. Tampoco está asegurada en este
procedimiento la simple identidad del corpus delicti en sí.
La legislación prusiana, al someter en cada caso el
derecho de demanda de las personas civiles a una concesión jurídica, parte de
la opinión de que el Estado, en su condición de autoridad paternal, debe
tutelar la vida civil de sus hijos estatales. |420| Pero aún mirada desde el
punto de vista de la legislación prusiana, esta “disposición” tomada por la
Cámara de Justicia se nos antoja ser un tanto extraña. Evidentemente la
legislación quiere evitar demandas frívolas y por lo tanto —si es que
interpreto acertadamente su espíritu y presumo con razón que lo que se pretende
no es una sistemática denegación jurídica— concede al juez el derecho de
rechazar la demanda si prima facie no existe motivo alguno para la misma, vale
decir, siempre y cuando la demanda resulte prima facie frívola. ¿Esto puede
valer para el caso presente? El juzgado acepta que el editorial de Zabel en
efecto contiene para mí conceptos “injuriosos” y que, por lo tanto, también son
“punibles”. Exime a F. Zabel de mi venganza legal únicamente por que el tal F.
Zabel sólo ha “citado” sus calumnias. La Cámara de Justicia declara que cita o
no —las manifestaciones injuriosas siempre son judicialmente punibles—, pero
por otra parte niega que el artículo de fondo de Zabel contenga manifestaciones
injuriosas —citadas o no citadas— sobre mi persona. Quiere decir que el juzgado
municipal y la Cámara de Justicia no sólo tienen opiniones distintas, sino
hasta mutuamente contradictorias sobre la causa en sí. Uno halla
manifestaciones injuriosas que afectan a mi persona allí donde el otro no las
encuentra. El contraste entre las opiniones
judiciales sobre la causa en sí demuestra en forma contundente que en este caso
existe prima facie un motivo para la demanda. Cuando Papiniano y Ulpiano dicen:
Esta manifestación impresa es injuriosa, Mucius Scevola y Manilius Brutus
afirman en cambio: Esta manifestación impresa no es injuriosa. ¿Qué habrá de
pensar el pueblo de los quirites? ¿Por qué el pueblo no habría de compartir con
Ulpiano y Papiniano la creencia de que Zabel había publicado manifestaciones injuriosas
sobre mi persona en el Nº 37 y 41 del National-Zeitung? Si yo tratara de
con-|421|vencer al pueblo de los quirites que Mucius Scevola y Manilius Brutus
me habían firmado un documento secreto, según el cual las manifestaciones y
afirmaciones “injuriosas” de Zabel en modo alguno afectan a mi persona,
entonces el pueblo de los quirites se encogería de hombres con un simple: à
d’autres.
Puesto que la Cámara de Justicia es quien en última
instancia debe decidir acerca de la causa, vale decir que aquí debía decidir en
última instancia si en los dos editoriales de Zabel se encontraban en efecto
conceptos afrentosos para mi honor y un deliberado propósito de ofensa; puesto
que la Cámara de Justicia niega este estado de cosas, otro recurso de apelación
al Tribunal Supremo ya únicamente podía plantear la cuestión acerca de si la
verdadera afirmación no estaba fundada en un error judicial. La misma Cámara de
Justicia había dejado sentado en su “disposición” que Zabel acusa a la Banda de
Azufre de ejercer actividades deshonestas y faltas de carácter, denuncias y
extorsiones por dinero, a aquella misma Banda de Azufre a la que Zabel en el
mismo editorial caracteriza como el “partido de Marx” o el “núcleo más íntimo
del partido de Marx”, cuyo evidente cabecilla, que empuña y agita su férula
sobre ella, es el mismo “Marx”. ¿La Cámara de Justicia estaba legalmente
autorizada para no encontrar en esto una afrenta a mi honor? Al respecto mi
abogado, el consejero de justicia Weber, dice entre otras cosas, en su queja
dirigida al Tribunal Supremo:
“Claro está que en ninguna parte se expresa
directamente —[Zabel]— que Marx haya extorsionado por dinero, ni que haya
ejercido la delación y la falsificación de moneda. ¿Pero acaso es necesaria una
explicación más clara aún que decir que Marx fue cabecilla de un partido que
perseguía los citados fines criminales y amorales? Nadie que tenga un
con-|422|cepto libre y sano podrá negar que el jefe de una Asociación cuyo fin
y, sobre todo, cuyas actividades están dedicadas a llevar a cabo crímenes, no
sólo aprueba dichas actividades, sino que también las ordena, dirige y disfruta
de sus beneficios; por eso no cabe duda de que este cabecilla no sólo se hace
responsable como partícipe, sino también como instigador intelectual, aun
cuando no fuera posible probarle una sola acción con la que habría participado
en forma inmediata en la realización de algún crimen. La opinión expuesta en la
disposición refutada —[la de la Cámara de Justicia]— conduciría a que el nombre
honrado de una persona quedara librado sin defensa alguna de la voluntad de
todo aquel que se proponga arruinarlo. En lugar de decir que A ha matado, al
difamador le bastaría con decir que aquí o allí existe una banda dedicada al
asesinato y que A es su cabecilla. La opinión de la Cámara de Justicia garantiza
para este difamador la impunidad más absoluta. De acuerdo a una opinión
justiciera el castigo caerá igualmente sobre el calumniador o calumniado,
siempre que éste haga pasar por jefe de bandidos a un tercero”.
Desde el punto de vista de un sano raciocinio
humano, en efecto existe una CALUMNIA. ¿La misma existe también en el sentido
de la legislación prusiana? La Cámara de Justicia dice que no; mi abogado dice
que sí. Cuando la Cámara de Justicia decide contra el Juzgado Municipal, que la
forma de la cita no hace susceptible de pena alguna al calumniador, ¿por qué el
Tribunal Supremo no habría de fallar contra la Cámara de Justicia, ya que la
forma de lombriz solitaria no deja de hacer que el calumniador sea susceptible
de ser castigado? Sobre este punto judicial, sobre este error judicial cometido
por la Cámara de Justicia en la puntualización de la causa, mi abogado apeló al
TRIBUNAL SUPREMO, vale decir, que en |423| cierto modo apelaba al Areópago. Y
el Tribunal Supremo “dispuso”:
“I) Con esto se rechaza —tras previa revisación de
las actas— como no válida, su reclamación del 23 de agosto referente a la
disposición del Senado Criminal de la Real Cámara de Justicia, en el asunto del
proceso por injurias iniciado el 11 de julio por el Dr. C. Marx contra el
redactor del National-Zeitung, Dr. Zabel.
II) Puesto
que la Real Cámara de Justicia no ha podido encontrar en los dos artículos en
cuestión pertenecientes al National-Zeitung una vejación al honor del
demandante, ni tampoco supone que en ello haya prevalecido la intención de
ofender a este último, estima que la iniciación del citado proceso por calumnia
ha sido rechazada con razón. De si existe una vejación objetiva del honor y si
ha prevalecido la intención de ofender, considera que son por su esencia
comprobaciones efectivas que únicamente pueden refutarse con una queja dirigida
al Real Tribunal Supremo, toda vez que la opinión del juez de apelaciones se
funde sobre un error judicial.
III) Sin
embargo en el presente caso no existe tal error judicial.
IV) Las costas de esta disposición deberán abonarse
con 25 Sgr. a la Caja de Salarios del Real Juzgado de esta capital en el
término de ocho días.
Berlín, 5 de octubre de 1860.
Real Tribunal Supremo.
VON SCHICKMANN
Al Sr. consejero de justicia Weber radicado en esta
capital.
|424| Para un más cómodo examen he enumerado los
distintos pasajes que componen la “disposición” tomada por el Real Tribunal
Supremo.
§ I) El
señor v. Schickmann nos comunica que la queja elevada contra la Cámara de
Justicia es “rechazada”.
§ II) El
señor v. Schickmann nos alecciona sobre la relación de competencia entre la
Cámara de Justicia y el Tribunal Supremo —evidentemente una digresión que no
viene al caso.
§ IV) El
señor Weber es emplazado a abonar en el término de ocho días a la Caja de
Salarios del Juzgado de Berlín, la suma de 25 Sgr., lo que sin duda es una
consecuencia de dicha “disposición”, pero no su causa.
¿Dónde, por consiguiente, está la justificación de
la “disposición” rechazante? ¿Dónde la respuesta a la muy minuciosa queja de mi
abogado? Veamos:
§ III)
“Sin embargo en el presente caso no existe un error semejante”.
Si de esta frase § III) se omite la palabrita NO,
entonces la motivación rezaría:
“Sin embargo en el presente caso existe un error
semejante”. Con esto quedaría
anulada la disposición de la Cámara de Justicia. La
misma únicamente se mantiene en pie por la palabrita NO colocada al final, con
lo que el señor von Schickmann “rechaza”, en nombre del Tribunal Supremo, la
queja del señor consejero de justicia Weber.
¡NO! El señor von Schickmann no refuta las
apreciaciones judiciales expuestas por mi abogado, no las comenta, ni siquiera
las menciona. Lógicamente el señor von Schickmann tenía suficientes motivos
para su “disposición”, pero prefiere |425| callarlos. ¡NO! La fuerza
convincente de esta palabrita reside exclusivamente en la autoridad de la
posición jerárquica que ocupa la persona que la pronuncia. En sí NO, nada
demuestra. ¡NO!
Fue así como también el Tribunal Supremo me
prohibió demandar al “demócrata” F. ZABEL.
Y fue así como terminó mi proceso con los
tribunales prusianos.
|427|
CAPÍTULO XII. SUPLEMENTOS
1) LA EXPULSIÓN DE SCHILY DE SUIZA
Debido a la falta de espacio siento tener que
presentar tan sólo forma fragmentaria una carta de Schily relacionada con su
expulsión de Suiza y en la que se detalla el trato dado a los exilados
antiparlamentarios. Esta carta comienza comunicando que dos fugitivos alemanes,
B. e I., amigos ambos de Schily, al abandonar Ginebra, fueron detenidos durante
su gira por Suiza, regresando luego a la ciudad antes nombrada, después de
haber sido puestos en libertad por Druey.
“Complaciendo su pedido —[así continúa diciendo
Schily]— fui a ver a Fazy para enterarme de si eran perseguidos políticos,
obteniendo de éste la tranquilizadora respuesta que él, por parte de Cantón, no
violaría su incógnita, que no estaba permitida la requisa de la Federación y
que, por lo demás, yo haría muy bien en dirigirme, invocando su nombre, al Chef
du département de justice et de police [al jefe del departamento de justicia y
policía], M. Girard, cosa que cumplí con éxito similar, dejándole mi dirección
por si llegaban a producirse requisas federales. Pasadas algunas semanas, me
visitó un funcionario policial exigiéndome le diera la dirección de B. y de
|428| I. Se la niego, voy en busca del susodicho Girard, y ante sus amenazas de
expulsarme del país en el supuesto caso de que yo no me aviniera a hacerle
conocer la dirección requerida, le advierto que, de acuerdo a nuestra anterior
conversación, únicamente le sería posible detenerme en calidad de
intermediario, pero no como denunciador. A lo que me responde:
—Vous avez l’air de vouloir vous interposer comme
ambassadeur entre moi et ces refugiers, pour traiter de puisance à puisance
[parece usted querer interponerse como embajador entre aquellos refugiados y
yo, para luego tratar de potencia a potencia].
YO: —Je n’ai pas l’ambition d’être accrédité
ambassadeur prè de vous [no ambiciono las credenciales de embajador a su lado].
Lo cierto es que, a consecuencia de esto, se me
despidió sin respetar en lo más mínimo el ceremonial diplomático. Durante mi
camino de regreso, me enteré de que B. e I. acababan de ser encontrados,
detenidos y encarcelados, con lo que podía considerar como concretadas las
amenazas mencionadas más arriba. Pero no había contado con que era el 1 de
abril, pues en esa animosa fecha del año 1852 fui invitado en plena calle por
un agente de policía, a acompañarlo hasta el Hôtel de Ville donde se deseaba
hacerme una pregunta. Una vez allí, el señor consejero de Estado, Tourte, el
comisario ginebrino encargado de la expulsión de exilados, ad latus del que por
aquel entonces allí presente dito Trog, me hizo saber que se me había
expulsado, por lo que se veía obligado a enviarme inmediatamente a Berna, todo
ello, con gran disgusto de su parte, puesto que de acuerdo a los preceptos
cantonales, yo nada había cometido que me hiciera acreedor a ello y el
comisario federal insistía en la necesidad de que yo fuera expulsado. A mi
pedido de ser llevado a su presencia, Tourte me respondió:
|429| Non, nous ne voulons pas que le commisaire
fédéral fasse la police ici [no, no queremos que el comisario federal haga aquí
el policía].
Con esto, por lo tanto, desmentía lo dicho
anteriormente, perdiendo además toda su pose de consejero del Estado ginebrino,
la que consistía en oponerse, con
rubor liberal, a las órdenes de expulsión dictadas
por la federación, sometiéndose únicamente a la fuerza y en algunos casos de
gentle pressure, decidiendo complacido y resignado. Otro de los rasgos
salientes de este papel, consistía en decir del expulsado que era un espía y
que en pro “de la buena causa” había sido necesario expulsarlo… Es así como más
tarde Tourte les contó a los fugitivos que se había visto necesitado de
apartarme, debido a que yo mantenía un acuerdo secreto con el comisario
federal, actuando con él contra sus medidas de amparo a los exilados —las de
Tourte— vale decir, con aquel mismo comisario que, con gran disgusto de su
parte, me había mandado expulsar. Quelles tartines! ¡Cuántas mentiras y
contradicciones! ¡Y todo a cambio de un poco de aura popularis! Lógicamente, el
viento es precisamente el medio de que se vale este caballero para mantener en
alto su globito. Senador y consejero del Estado de Ginebra, consejero nacional
o de las cortes suizas, consejero confusionista nato, lo único que aún falta es
que integre el Consejo Federal para asegurar a Suiza días tranquilos, puesto
que está escrito: Providencia Dei, et confussione hominum Helvetia salva fuit
[Suiza fue salvada por la Providencia de Dios y la confusión de los hombres].
Una reclamación por las calumnias contra Tourte que
Schily había remitido a su llegada a Londres al Indépendant, de Ginebra, que se
encontraba bajo la influencia de Raissin, de quien nos ocuparemos más adelante
y que poco tiempo antes había fustigado severamente las coces calumniatorias
con que |430| los “facedores liberales pretendían expulsar de Suiza a los
exilados”, no fue aceptada.
“Del Hôtel de Ville de Ginebra —[continúa diciendo
Schily]— se me condujo a la cárcel; al día siguiente, por correo y bajo
custodia policial, a Berna, donde el señor Druey me mantuvo durante quince días
en la llamada cárcel vieja, sometiéndome al más severo encierro…”
Druey, en su correspondencia con el preso Schily y
la que habremos de mencionar más adelante, le echaba todas las culpas al Cantón
de Ginebra, mientras que Tourte aseguraba que toda la culpa la tenían las
autoridades federales y que de parte del Cantón de Ginebra no existía queja
alguna contra Schily. Una confirmación concordante le había sido dada hacía
poco por el juez de instrucción ginebrino, el doctor Raissim. Sobre este
caballero, Schily dice entre otras cosas:
“En ocasión de celebrarse en Ginebra en el verano
de 1852 el concurso del Tiro Federal, Raissin se había hecho cargo del
periódico publicado en francés y alemán, intitulado Journal du Tir Fédéral,
empleándome como colaborador, con la promesa de que me pagaría un sueldo de 300
francos, por el que yo también debía anotar, flagranti delicto, los discursos
de bienvenida y despedida del presidente del comité, Tourte, cosa que —y es
esto algo que debo recordar agradecido— me fue muy facilitada, debido a que Tourte
siempre pronunciaba, más o menos, las mismas palabras entusiastas, con alguna
que otra variante, apropiada para cumplimentar al Mutz de Berna, al Toro de Uri
y otros camaradas federales o para ser dirigidas a las distintas delegaciones
de tiradores, de modo que en el refrán: “Pero si alguna vez llegara el día del
peligro, entonces nosotros…”, podía dejar tranquilamente mi pluma y responder a
la pregunta de Raissin:
|431| —C’est le refrain du danger; je le sais par
coeur… [es el refrán del peligro, me lo sé de memoria]
En lugar de mis bienganados honorarios de 300
francos, después de mucho bregar, conseguía que Raissin, por lo menos, me
pagara 100, si bien con la promesa de
que haría colaborar en una nueva revista de
carácter político que se proponía fundar en Ginebra para, independientemente de
todos los partidos existentes, poder hacer frente a cualquier tendencia y,
sobre todo, al entonces régimen “liberal” de Fazy-Tourte, puesto que también él
pertenecía al mismo. Era en todo el hombre apropiado para una empresa
semejante, capaz —como él mismo acostumbraba a jactarse— d’arracher la peau a
qui que ce soit [de arrancar el pellejo a cualquiera]. De acuerdo a esto,
cuando, para descansar de mis agotadoras actividades en el Tir Fédéral,
emprendí un viaje por Suiza, me encargó trabar relaciones para su empresa, cosa
que cumplí y sobre cuyos resultados le entregué un informe escrito, a mi
regreso a Ginebra. Pero entretanto el viento había cambiado por completo,
impulsándolo a toda vela desde su expedición corsaria, hacia el puerto seguro
del gobierno actual. J’en etais donc pour mes frais et honoraires con cuyo
reclamo lo importuné en vano y sigo importunándolo todavía, a pesar de que se
ha convertido en un hombre rico… Poco antes de mi detención me había asegurado
que según se lo había hecho saber su amigo Tourte, no se pensaba en expulsarme
y que no tenía por qué dar paso alguno para contrarrestar la amenaza de Girard,
etc… A una carta que le escribí desde el de profundis de mi pasado
encarcelamiento y en la que le solicitaba que por lo menos me hiciera llegar
una pequeña cuota de los honorarios que aún continuaba adeudándome, amén de una
explicación sobre lo ocurrido —mi encarcelamiento, etc.—, observó un obstinado
|432| silencio, aún cuando prometió a la persona que se la había entregado, dar
cumplimiento a mi pedido…”
“…Algunos meses más tarde, K…, hombre de confianza
y libre de prejuicios, me escribió para decirme que los parlamentarios exilados
fueron quienes habían originado mi detención, cosa que mordicus, quedaba
confirmada en algunas líneas agregada por Ranickel. Además esa misma opinión me
fue confirmada personalmente sobre ese suceso… Sin embargo, yo, en realidad, no
era de los que se tragaban el parlamento, como por ejemplo lo hacía la hiena
Reinach, que día tras día sacaba al difunto regente Imperial Vogt del sepulcro
del Reich, para servirlo en la mesa de Berna, a la que éste también asistía en
una reencarnación de una especie de “Prometeo esposado”, para tironear de él y
entre poire et frommage tragarse despiadadamente y con el consiguiente espanto
general, su momia y también su encarnación. Claro está que yo no era un
admirador de las proezas parlamentarias. ¡Al contrario! ¿Acaso aquellos
canallas pretendieron censurarme por ello, aplicándome la proscripción
Imperial, incluyendo a Suiza en el Reich, puesto que la constitución, amén del
reciente retiro parlamentario, estaba enterrada en ella? Creo más bien que la
sospecha de su persecución en contra de mí, se funda sobre la jauría
parlamentaria por mí mencionada en una de mis anteriores cartas, jauría ésta
que había sido soltada para perseguirme a mí, a Becker y otros ciudadanos
ginebrinos que formaban parte del comité de los exilados residentes en Ginebra…
El por qué esos señores se empeñaban en usurpar la distribución de los dineros
destinados a los exilados, era algo sobre lo que ni siquiera ellos mismos
habían logrado ponerse de acuerdo. Algunos, y entre ellos Dentzel, el de la
pequeña cámara badense, querían apartarse de nuestro método destinado a ayudar
ante todo a los obreros más pobres y, en cambio, secar |433| preferentemente
las lágrimas de los penitentes de profesión, héroes de la revolución, hijos de
la patria que habían visto tiempos mejores… En el oficio se dice: Is facit cui
prodest y como mis ejercicios en efecto resultaban poco cómodos para aquellos
caballeros, cundió la sospecha de que para lograr mi alejamiento habían
utilizado su
influencia en los círculos competentes. Era sabido
que tenía Aurem principus y que por lo menos estaban lo suficientemente cerca
de aquel oído, como para susurrar en él algo referente a mi inquietud. Sobre
todo, princeps Toarte los había reunido varias veces a su alrededor…”
Schily, después de narrarnos su traslado de la
vieja cárcel de Berna a Basilea, vía frontera francesa, continúa contándonos:
“Con respecto a los gastos de expulsión de los
fugitivos, abrigo la esperanza de que los mismos en modo alguno son pagados por
el erario federal, sino la Santa Alianza. Cierto día, bastante después de
nuestra entrada en Suiza, la princesa Olga se encontraba almorzando con el
encargado de negocios ruso en un hotel de Berna. Entre poire et frommage —no
pretendo compararla con el terrible Reinach—, Su Alteza le decía a su vecino de
mesa:
—Eh, bien, monsieur le baron, avez vous encore
beaucoup de réfugiés? [¿Qué tal, señor barón? ¿Aún tiene usted muchos
refugiados aquí?]
—Pas mal, Princesse —le responde éste— bien que
nous ayons déjâ beaucaup renvoyé. M. Druey fait de son mieux à cet égard, et si
de nouveaux fonds nous arrivent, nous renverons bien encore [No está del todo
mal, princesa. Aun cuando ya hemos mandado a muchos de vuelta. El señor Druey
hace todo lo que puede en este sentido, y si nos llegaran nuevos fondos, serían
muchísimos más los que regresarían].
|434| Esto lo escuchó y me lo contó luego el
camarero que servía la mesa, antiguo guerrillero a mis órdenes en la campaña
por la constitución del Reich”.
Durante la expedición de Schily, sus equipajes
desaparecieron en forma misteriosa e irrecuperable.
“Hasta la fecha continúa siendo un enigma cómo fue
posible que los mismos desaparecieran repentinamente en el Havre, del caos
formado por los camareros del tren de emigrantes alemanes —en el que en Basilea
fuimos instalados, por cierto en medio de una tremenda confusión de bagajes
pertenecientes a los exilados— por el agente de emigración Klenk, a quien el
gobierno federal había encomendado nuestro transporte hasta el Havre —sin el
auxilio de una lista de los exilados y sus respectivos equipajes. Acaso el cónsul
federal, el gran negociante Wanner, radicado en el Havre, al que se nos envió
para nuestro ulterior traslado, sepa algo más al respecto. Nos prometió que
seríamos ampliamente indemnizados. Más adelante Druey me confirmó esta promesa
en una carta que, para activar mi reclamación en el Consejo Federal, envió al
abogado Vogt, de Berna, pero la que hasta el momento no fue posible recuperar.
De Vogt ni siquiera he recibido contestación alguna a todas las cartas que le
he dirigido. En cambio, en el verano de 1856 fui rechazado por el Consejo
Federal e invitado a llamarme en silencio, sin haber dado motivo alguno para
una respuesta semejante…”
“Pero todo esto, como también todas aquellas
expulsiones combinadas con infinidad de gendarmes, esposas, etc., son nada,
comparado con las repatriaciones puestas en práctica en forma extrañamente
amable y de acuerdo a un convenio de buena vecindad, de los llamados badenses
menos gravosos, a los que se muñía de documentos expresamente confeccionados
para el viaje y se les indicaba que apenas llegaran a su patria, |435| fueran a
presentarse a las autoridades del lugar, donde, en lugar de poder retomar sus
actividades, como ellos creían, se veían obligados a pasar por toda clase de
penitencias. Los callados sufrimientos de los así entregados a la
merced del enemigo —pues es este el único concepto
que corresponde— espera aún a su historiador y vengador”.
“Es una gloria para un hombre el que se pueda
enumerar sus fallas, sin que por ello deje de ser grande” —dice el Tácito de
Suiza. Por cierto no faltan argumentos para una alabanza semejante; no
estropeará su cintura el prodigársela… qui aime bien, châtie bien [el que bien
quiere, bien castiga]. Y en efecto, yo, por mi parte, siento en general una
irreductible simpatía por Suiza. Tanto el país como el pueblo me agradan.
Empuñando el fusil en el hogar, siempre dispuesto y hábil para su manejo y la
defensa de la leyenda histórica de buen tono, además de las conquistas de
competente fabricación casera, el suizo me resulta ser una figura por demás
respetable. Tiene derecho a simpatías extranjeras, puesto que también él las
cultiva por el esfuerzo ajeno en pro de una vida mejor.
—Hubiese preferido que Dios, Nuestro Señor, hubiera
perdido a sus dos mejores ángeles —dijo cierto agricultor suizo, disgustado por
el fracaso del levantamiento que acababa de producirse en el Sud de Alemania.
Probablemente no habría arriesgado por ello su propio coche, pero si su propio
pellejo con acompañamiento de fusil. Es así como en el fondo de su corazón el
suizo no es neutral, aun cuando lo es en base y defensa de la conservación de
su propiedad heredada. Por lo demás esta vieja costra de la neutralidad que
rodea a su mejor semilla —y es esta en efecto la esencia de la neutralidad—,
muy pronto acabará por estallar de tanto que se la pisotea y entonces se
desencadenará la tormenta y se purificará el aire”.
|436| Hasta aquí la carta de Schily. En la Tours
des Prisons de Berna no logró llegar a una entrevista personal con Druey, aun
cuando sí a mantener correspondencia con este caballero. A una carta en la que
Schily le pregunta por los motivos de su detención, solicitándole al mismo
tiempo el permiso para poder consultar judicialmente al abogado Wiss de Berna,
Druey le contesta con fecha 31 de abril de 1852:
“…L’autorité Genevoise a ordonné votre renvoi du
Canton, vous a fait arrêter et conduire à Berne à la déposition de mon
département, parceque vous vous êtez montré un des réfugiés les plus remuants
et que vous avez cherché à cacher Y. et B., que vous étiez engagé à répresenter
à l’autorité. Par ce motif et parceque votre séjour ulterieur en Suisse nuirait
aux relations internationales de la Confédération, le Conseil fédéral a ordoné
votre renvoi du territoire Suisse, etc… Comme votre arrestation n’a pas pour
but un procès criminel ou correctionnel, mais une mesure de haute pólice… Il
n’est pas nécessaire que vous consultiez d’avocat. D’ailleurs, avant de…
autoriser l’entrevue que vous me demandez avec M. l’avocat Wyss, je désire
savoir le but de cette entrevue”.105
Las cartas que, después de repetidas reclamaciones,
Schily pudo escribir a sus amigos radicados en Ginebra, debían ser to-|437|das
presentadas para su revisación al
105 “Las
autoridades ginebrinas ordenaron su expulsión del Cantón, lo hicieron arrestar
y conducir a Berna, poniéndolo a disposición del departamento, debido a que
usted se ha revelado como uno de los refugiados más inquietos, tratando de
encubrir a I. y B.; a que usted hasta llegó a pretender representar a la
autoridad. Por ese motivo y porque su ulterior permanencia en Suiza
perjudicaría las relaciones internacionales de la confederación, el Consejo
Federal ha ordenado su expulsión del territorio suizo, etc… Como su arresto no
tiene por finalidad un proceso criminal o correccional, pero sí, una medida
altamente policial… no hay necesidad de que usted consulte con un abogado. Sin
embargo… antes de autorizar la entrevista con el abogado Wiss que usted me solicita,
yo deseo conocer los fines de la misma”.
señor Druey. En una de estas cartas Schily empleó
el concepto Vae Victis. Druey le escribió refiriéndose a esto, con fecha de 19
de abril de 1852:
“Dans le billet que vous avez adressé a M. J., se
trouve les mots: vae victis… Cela veut-il dire que les autorités fédérales vous
traitent en vaincu? S’il en était ainsi, ce serait une accusation mensongère,
contre laquelle je devrais protester”.106
Schily respondió al poderoso Druey con fecha del 21
de abril de 1852:
“Je ne pense pas, M. le conseiller fédéral, que
cette manière de caracteriser les mesures prises a mon égard, puísse me valoir
le reproche d’une acussation mensongére; du moins un pareil reproche ne serait
pas de nature à me faire revenir de l’idée que je suis traite avec dureté; au
contraire, adressé à un prisionner, par celui qui le tient en prison, une telle
réponse me paraitrait une dureté de plus”.107
Hacia fines de marzo de 1852, poco antes de la
detención de Schily, y la anulación de otros fugitivos no parlamentarios, el
reaccionario Journal de Génève había comentado un poco de todo sobre complots
comunistas entre los panfletos ginebrinos: que el señor Trog estaba a punto de
desalojar una cueva de comunistas alemanes con una cría de 84 dragones
comunistas, etc. Junto a este diario reaccionario de Ginebra, en Berna se
encontraba un escribientillo perteneciente a la banda de los |438|
parlamentaristas, que cabe suponer que era CARLOS MARX, puesto que éste en el
Libro Mayor reclama repetidas veces para sí la salvación de Suiza de los
fugitivos comunistas —ocupado en difundir en el Frankfurter Journal [Diario de
Fráncfort] y bajo la sigla [SS]— noticias similares, como por ejemplo, que el
comité ginebrino integrado por comunistas y dedicado a la ayuda de los exilados
alemanes, había sido destituido por su mala distribución de los fondos,
sustituyéndosele por otro de hombres honrados —parlamentaristas— los que no
tardarían en poner punto final a esas irregularidades; que el dictador de
Ginebra por fin y a pesar de todo, parecía someterse a las órdenes impartidas
por los comisarios federales, puesto que hacía poco, dos fugitivos alemanes
pertenecientes a una fracción comunista habían sido trasladados de Ginebra a la
cárcel de Berna, etc. El Schweizerische National-Zeitung — [Diario Nacionalista
Suizo]— que se publicaba en Basilea, daba a conocer en su Nº 72 del 25 de marzo
de 1852 una respuesta proveniente de Ginebra en la que se decía: “Toda persona
imparcial sabe, que tal como la Suiza únicamente se ocupa de la afirmación y el
desarrollo constitucional de sus conquistas políticas, los endebles restos de
la emigración alemana del país, están dedicados únicamente a ganarse el pan
nuestro de cada día y a actividades por demás inofensivas, y que las leyendas
referentes al comunismo, son fruto únicamente de la imaginación de aburguesados
alucinados y delatores interesados política y personalmente”.
El artículo termina diciendo: “Los exilados aquí
radicados suponen que entre ellos se encuentran varios de los llamados “bravos
hombres” según el ejemplo de los antiguos “hombres honrados y de Bassermann”,
los que, impulsados por la añoranza de los pucheros de su patria, tratan de
allanarse el camino hacia el perdón de sus
106 “En el
billete que usted dirigió a M. J. se encuentran las palabras: vae victis…
¿Quiere decir usted con esto que las autoridades federales lo tratan a usted
como a un vencido? Si así fuera, ello sería una acusación falsa por lo que
deberé protestar.”
107 No creo,
señor consejero federal, que esta manera de caracterizar las medidas tomadas
para con mi persona puedan valerme el reproche de una acusación falsa; por lo
menos semejante reproche no sería de índole suficiente para hacerme desistir de
la idea de que soy tratado con dureza: al contrario, el dirigir una respuesta
semejante a un prisionero por aquel que lo tiene preso, me parecería más bien
un castigo más.
diputados, por medio de seme-|439|jantes
espectoraciones reaccionarias; se les desea buena suerte en su próximo viaje,
con tal de que no continúen comprometiendo a la emigración y al gobierno que
les brinda hospitalidad”.
Los parlamentarios fugitivos sabían que Schily era
el autor de este artículo. Apareció en el Basler National-Zeitung [Diario de
Basilea], el 25 de marzo y ya el 1 de abril se produjo la inmotivada detención
de Schily. Tantaene animis celestibus irae?
2) EL DÍA DE LA REVOLUCIÓN DE MURTEN
Después del escándalo de Murten, los exilados
alemanes radicados en Ginebra, exceptuando a los parlamentarios fugitivos,
publicaron una protesta, dirigida “A un alto departamento de Justicia y Policía
de la Federación”. Del mismo únicamente transcribo un pasaje:
“…Los monarcas no se conformaban con las conquistas
diplomáticas obtenidas. Levantaron un estruendo bélico alrededor de Suiza y
amenazaron con la ocupación militar, a fin de establecer el orden entre los
fugitivos; por lo menos, el Consejo Federal manifestó en un documento oficial
la preocupación que le ocasionaba este peligro. Y en efecto: volvieron a
producirse expulsiones, esta vez motivadas por la conocida asamblea de Murten y
so pretexto de que, a consecuencia del procedimiento iniciado, se había encontrado
la pista de ciertas tendencias de propaganda política. En su relación efectiva,
esta declaración es en un todo… discutible. Sin embargo, en sentido jurídico
podría recordarse que allí donde existen situaciones judiciales, únicamente
pueden imponerse castigos judiciales por casos punibles, previamente
considerados, lo que también vale para la expulsión del país, siempre que la
misma |440| no hubiera de manifestarse como una arbitrariedad policial. ¿O es
que también en esto se pretendía azuzar a la diplomacia contra nosotros,
afirmando: que en consideración a las potencias extranjeras y para poder
mantener en pie las relaciones internacionales, fue preciso obrar de esta
manera? Está bien; si así fuera, que la cruz federal se oculte ante la media
luna turca, la que, apenas el perseguidor de fugitivos golpea a su puerta, saca
sus cuernos y no se arrastra; que se nos entreguen nuestros pasaportes visados
para Turquía y, una vez que la puerta se haya cerrado a nuestras espaldas,
entréguense las llaves de la ciudadela suiza, como feudum oblatum a la Santa
Alianza, para que en lo sucesivo las lleve como insignia de gentilhombre de la
cámara, con la correspondiente divisa: ¡Finis Helvetiae!
3) CHERVAL
A través de la carta de J. B. Becker advertí que el
“afiliado marxista” mencionado por el Reichs-Vogt o el “afiliado” de Cherval,
no podía ser otro que el señor Stecher, actualmente radicado en Londres. Hasta
ese momento yo no había tenido el honor de su amistad personal, aún cuando a
mis oídos habían llegado muchos elogiosos conceptos sobre su grande y múltiple
talento de artista. A consecuencia de la carta de Becker, tuvimos una
entrevista. Lo que sigue es una carta que mi “afiliado” me dirige a mí.
Londres, 17 Sussex Street. W. C. 14 de octubre de
1860.
“MI QUERIDO SEÑOR MARX:
Con mucho gusto le daré algunas explicaciones sobre
el artículo Nugent — Cherval Krämer— del panfleto de Vogt |441| y del que usted
tuvo la gentileza de remitirme un extracto. En marzo de 1853, de regreso de un
viaje por Italia, llegué a Ginebra. Nugent llegó aproximadamente por la misma
época y yo le conocía en un establecimiento litográfico. Yo acababa de
iniciarme en la litografía y debido a que Nugent posee amplios conocimientos de
este arte y una naturaleza por demás amable, servicial y hasta diría, laboriosa,
me decidí a aceptar su proposición de trabajar con él en un mismo
establecimiento. Lo que Vogt dice acerca de las actividades de Nugent en
Ginebra es aproximadamente lo mismo que yo oí decir por aquel entonces, siempre
y cuando se resten las acostumbradas exageraciones propias del escritor de
panfletos y folletines. El éxito fue en extremo reducido. Yo únicamente conocí
a uno de los miembros de aquella sociedad, un mozo bonachón y trabajador, aún
cuando por demás superficial y despreocupado: y como éste era una de las
personalidades principales, es fácil llegar a la conclusión de que N. lo
representa todo en aquella sociedad y que los demás no pasaban de ser auditores
curiosos. Estoy convencido de que no se grabaron planchas de piedra ni de
acero, aún cuando es cierto que oí hablar a Nugent de asuntos similares. Mis
conocidos eran en su mayoría ginebrinos e italianos. Supe que más adelante Vogt
y otros fugitivos alemanes desconocidos por mí, me consideraron como a un
espía, pero no me molesté por ello; la verdad siempre a la luz del día; ni
siquiera me enojé con ellos; resultaba bien fácil despertar sospechas, puesto
que no faltaban los espías y no siempre era tarea sencilla el descubrirlos.
Estoy casi seguro de que Nugent no mantuvo correspondencia con persona alguna
de Ginebra después de haber sido expulsado de dicho ciudad. Más adelante recibí
dos cartas, en las que me invitaba a ir a París para hacerme cargo de la
ejecución de una obra sobre arquitectura medioeval, a lo que accedí. En París
encontré a Nugent |442| completamente apartado de las actividades políticas y
corresponsalías. Con lo que precede, por cierto puede explicarse el que yo sea
a quien se refieren aquellos “afiliados marxistas” pues jamás vi ni supe de
otra persona a la que Nugent hubiese arrastrado consigo hasta París. Como es
natural, el señor Vogt no podía saber que yo nunca, directa ni indirectamente,
había entrado en contacto con usted y que probablemente nunca habría llegado a
ello, de no haberme yo establecido en Londres, donde, por una casualidad, tuve
el agrado de conocerlo a usted y a su estimada familia.
Con mi más cordial saludo para usted y los suyos,
H. CAL. STECHER.
4) EL PROCESO DE LOS COMUNISTAS DE COLONIA
Los datos que en este capítulo doy a conocer sobre
la Embajada prusiana en Londres y sus relaciones con las autoridades prusianas
en el continente durante las vista del proceso de Colonia, se fundan en las
autoconfesiones publicadas por E. Willich, en el Kriminalzeitung [Diario
Criminalista], de Nueva York, de abril de 1853, bajo el título: “Las víctimas
de la Moucharderie, artículo de autojustificación de
Guillermo Kirsch”, de ese mismo Hirsch que en la
actualidad se encuentra preso en Hamburgo, que fue el instrumento principal del
teniente de policía Greif y su agente Fleury y que también bajo la dirección de
éstos, forjó durante el proceso de los comunistas, el falsificado registro de
protocolos presentado por Stieber. Daré aquí algunos extractos de las memorias
de Hirsch.
“Las Asociaciones alemanas eran vigiladas
simultáneamente —durante la exposición industrial— por un triunvirato
po-|443|licial: por Prusia el consejero policial Stieber, por Austria, un señor
Kubesch y el señor jefe de policía Huntel, de Bremen”.
Hirsch describe de la siguiente manera la primera
entrevista que tuvo, a consecuencia de su ofrecimiento para actuar como
Mouchard, con el secretario de la embajada prusiana en Londres:
“Los rendez-vous que la embajada prusiana en
Londres concedía a sus agentes secretos, tenía lugar en un local apropiado para
ello. La hostería The Cock, Fleestreet, Temple Bar, llama tan poco la atención
del transeúnte que, de no señalar su entrada un gallo dorado que sirve de
letrero, resultaría por demás dificultoso el encontrarla. Un angosto zaguán me
condujo hacia el interior de esta antigua taberna inglesa y a mi pregunta por
el señor Charles, se me presentó bajo este nombre y con una sonrisa tan amable
como si hiciera ya mucho tiempo que ambos fuéramos amigos, una personalidad
bien nutrida. El encargado de la embajada, pues no era otro, parecía estar muy
bien dispuesto y su buen humor se fortaleció aún más bebiendo brandy y agua en
cantidad, hasta el punto que pasó un buen rato durante el cual parecía haber
olvidado por completo cual era el objeto de nuestra entrevista. Mr. Charles, o,
como no tardó en presentárseme con su verdadero nombre, el escribiente de la
Embajada, Albertus, comenzó por informarme que él en realidad nada tenía que
ver con los asuntos policiales, pero que a pesar de ello se encargaría de las
negociaciones… Una segunda entrevista tuvo lugar en su domicilio de entonces,
Brewerstreet 39 Golden Square, donde conocí por primera vez al teniente de
policía Greif, tipo de auténtico corte policial, de estatura mediana, cabello
oscuro y una barba de igual color, cortada par odre, de forma que el bigote se
une a la barba de las mejillas y deja libre el mentón. Sus ojos que |444|
revelan todo menos espíritu, debido al continuo trato con ladrones y rufianes,
parecen haberse acostumbrado a fijar una, mirada penetrante y estúpida a la
vez… El señor Greif, tal como al principio lo había hecho Albertus, se envolvió
en el mismo manto del seudónimo de éste y también se hizo llamar Mr. Charles.
Pero este nuevo Mr. Charles que por lo menos ponía de manifiesto un carácter
más serio, creyó tener que comenzar por examinarme… Nuestra primera entrevista
terminó dándoseme el encargo de transmitirle datos exactos acerca de las
actividades a que se dedicaba la emigración revolucionaria… En la segunda el
señor Greif me presentó a su “brazo derecho”, como llamaba a uno de “sus
amigotes”. El así apodado era un hombre joven y alto, elegantemente vestido,
que también se me presentó como Mr. Charles; parecía que toda la policía
política había adoptado este nombre como seudónimo. Hasta ese momento yo había
tenido que ver con tres Charles. Sin embargo, el último en llegar parecía ser
el más respetable de los tres. “También él había sido” —según me lo hizo saber—
“revolucionario, pero todo iría bien si yo iba con él”. Greif abandonaba
Londres por algún tiempo y se despidió de Hirsch, “advirtiéndome que el nuevo
Mr. Charles siempre obraría de acuerdo a sus
órdenes, de modo que yo no tuviera escrúpulos en
sincerarme con él, y aun cuando alguna vez algo se me antojara un tanto
extraño, yo no debía molestarme por ello”. Y para que yo pudiera comprender
mejor esto, agregó: “De cuando en cuando el ministerio necesitaba de estos o
aquellos objetos; principalmente si son documentos y cuando no es posible
obtenerlos, entonces es preciso encontrar algún medio…”
Más adelante Hirsch nos cuenta que el último Mr.
Charles había sido Fleuty “anteriormente ocupado en la expedición del
“Dresdener Zeitung” [Diario de Dresde] dirigido por L. |445| Wittig. En Baden,
a consecuencia de las recomendaciones recibidas, fue expulsado de Sajonia por
el gobierno provisional y enviado al Palatinado, para impulsar la organización
de la última reserva, etc. Cuando los prusianos entraron en Carlsruhe, fue
hecho prisionero, etc. A fines de 1850 o principios de 1851 reapareció repentinamente
en Londres; aquí, desde un principio, llevó el nombre de Fleury y como tal se
encuentra entre los refugiados en una situación por lo menos aparentemente
mala; se muda con ellos al cuartel de exilados habilitado por el comité de
fugitivos y disfruta de su apoyo. A principios del verano de 1851 su situación
mejora como por encantamiento, se muda a una buena casa y, a fines del mismo
año, se casa con la hija de un ingeniero inglés. Más adelante lo veremos como
agente policial en París… Su verdadero nombre es Krause y es, por cierto, el
hijo de aquel zapatero Krause que 15 o 18 años atrás fue ajusticiado en Dresde,
junto con Bachkof y Beseler, por el asesinato cometido, en dicha ciudad, de la
condesa de Schemberg y la camarera de ésta… Muchas veces Fleury-Krause me dijo
que desde los catorce años había trabajado para el gobierno”.
Es éste el mismo Fleury-Krause al que en la vista
pública judicial celebrada en Colonia, Stieber ya señaló como a un agente de la
policía prusiana, directamente a las órdenes de Greif. Yo, por mi parte, en mis
Revelaciones sobre el Proceso de los Comunistas, digo refiriéndome a Fleury:
“Si bien Fleury no es precisamente la Fleur de Marie de las prostitutas de la
policía, no deja de ser flor y flores habrá de producir, aun cuando las mismas
no sean más que Fleurs de Lys”. Esto en cierto modo se ha cumplido. Algunos
meses después del proceso de los comunistas, Fleury fue condenado en Inglaterra
a algunos años de Hulks, por haber falsificado documentos.
|446| “En su condición de brazo derecho del
teniente de policía, Greif —[dice Hirsch]— Fleury, en su ausencia, negociaba
directamente con la embajada prusiana. Con Fleury estaba relacionado Max
Reuter, el que perpetró el robo de las cartas en casa de Osvaldo Dietz, por
aquel entonces archivista de la Liga Schamper-Willich. “Stieber —[así dice
Hirsch]— era informado por el agente del embajador prusiano Hatzfeld en París,
aquel sospechoso Cherval, de las cartas que este último había escrito a Londres
y únicamente encomendó a Reuter que averiguara el paradero de los mismos, a
consecuencia de lo cual, Fleury, cumpliendo órdenes de Stieber y con la ayuda
de Reuter, pudo perpetrar aquel hurto de las cartas. Son estas las “cartas
robadas” que, como tales, el señor Stieber no titubeó en deponer abiertamente
ante el tribunal de jurados de Colonia… En el otoño de 1851 Fleury había estado
en París en compañía de Greif y de Stieber, después de que este último, por
intermedio del conde Hatzfeld, ya se había puesto en contacto con el tal
Cherval o mejor dicho, José Cramer, con cuya ayuda esperaba poder poner en
práctica un complot. Con este fin los señores Stieber, Greif, Fleury, amén de
otros dos agentes policiales, Beckmann y Sommer, radicados en París, fueron a
consultar con el famoso espía francés Lucien de la Hadde
—bajo el nombre de Duprez— e impartieron sus
instrucciones a Cherval, a la medida de las cuales habría de cortar luego sus
correspondencias. Más de una vez Fleury se ha mofado ante mí de aquel ataque
provocado entre Stieber y Cherval, y ese tal Schmidt que se introdujo en la
Asociación fundada por Cherval en cumplimiento de órdenes policiales,
haciéndose pasar por secretario de una Asociación revolucionaria de
Estrasburgo, ese mismo Schmidt no es otro que el señor Fleury… Indudablemente
Fleury era en Londres el único agente de la policía secreta prusiana y todas
las ofertas y pro-|447|posiciones que se le hicieron a la Embajada pasaron por
sus manos… En muchos casos los señores Greif y Stieber requerían su opinión”.
Fleury rebela a Hirsch: “El señor Greif le dijo a
usted cómo es preciso obrar… La misma central de la policía de Fráncfort opina
también que ante todo se trata de asegurar la existencia de la policía
política, no importa cuáles sean los medios de que nos valemos para ello; con
el complot de septiembre de París, se ha dado ya el primer paso”.
Greif regresa a Londres, manifiesta su satisfacción
por los trabajos cumplidos por Hirsch, pero aún pide más y, sobre todo,
informes acerca “de las asambleas secretas de la Liga del partido de Marx”. “A
tout prix [a cualquier precio] —termina diciendo el teniente de policía— “es
necesario que redactemos informes sobre las sesiones de la Liga; hágalo como
mejor le plazca, únicamente es preciso que no exagere usted las posibilidades.
Yo, por mi parte, estoy demasiado ocupado para hacerlo. El señor de Fleury colaborará
con usted en mi nombre”. Según Hirsch, por aquel entonces la ocupación de Greif
consistía en mantener correspondencia con Maupas por intermedio de la
Hadde-Duprez sobre la aparente evasión de Cherval y Gipperich de la cárcel de
St. Pelagie a organizarse. A la afirmación de Hirsch, que “en Londres Marx no
había fundado una nueva asociación central federal”… Greif convino con Fleury
que en las circunstancias vigentes, por el momento fuéramos nosotros mismos
quienes confeccionáramos informes sobre las asambleas federales; él, Greif, se
encargaría de la legitimidad y garantía y de todas maneras sería aceptado todo
lo que él presentara. Por consiguiente Fleury y Hirsch se pusieron a trabajar.
“El contenido —[de mis informes sobre las asambleas
de la Liga secreta celebrada por mí]— era rellenado —[así dice |448| Hirsch]—
con alguna que otra discusión que solía producirse, la aceptación de nuevos
miembros de la federación, el que en algún rincón de Alemania acababa de
fundarse una nueva feligresía, el que tuviera lugar alguna nueva organización,
el que en Colonia los apresados amigos de Marx tuvieran o no posibilidades de
ser liberados, que habían llegado cartas de éste o aquél, etc. En lo que a esto
último se refiere, Fleury acostumbraba a tomar en cuenta a personas que se
encontraban en Alemania y que ya habían sido calificadas de sospechosas debido
a investigaciones policiales o que habían desarrollado alguna actividad
política; sin embargo, muy a menudo fue preciso recurrir a la imaginación y es
probable que en esos casos apareciera también algún miembro de la federación,
cuyo nombre acaso ni siquiera exista en el mundo entero. Sin embargo, el señor
Greif opinaba que nuestros informes eran buenos, ya que a tout prix [a
cualquier precio], era preciso forjarlos… En parte Fleury se encargaba él solo
de su redacción, pero en la mayoría de los casos yo tenía que ayudarle, puesto
que le resultaba imposible construir correctamente la frase más insignificante.
Es así como surgieron esos informes y, sin pensarlo mucho, el señor Greif
garantizó su exactitud”.
Hirsch continúa contando cómo él y Fleury fueron a
visitar a A. Ruge en Brigton y a Eduardo Meyen —el del recuerdo de Toby— para
robarles las cartas y correspondencias litografiadas. Y no basta con esto.
Greif-Fleury alquilan una prensa litográfica en la imprenta de Stambury, Fetter
Lane y, en compañía de Hirsch, se dedican ahora a confeccionar ellos mismos sus
“panfletos radicales”. En esto el “demócrata” F. Zabel puede aprender algo que
escuche pues:
“El primer panfleto que redacté —Hirsch— llevaba,
de acuerdo a las indicaciones de Fleury, el título: “Al Proletariado Campesino”
y fue posible lograr del mismo algunas copias |449| presentables. El señor
Greif remitió estas copias como si provinieran del partido marxista y, a fin de
hacer más verosímil su origen, agregó algunas líneas sobre la expedición de
esta clase de panfletos, fundándose para ello sobre la así señalada manera de
fabricarlos en las llamadas Asambleas Federales. Una vez más apareció un producción
semejante bajo el título: “A los hijos del pueblo” y no sé con qué firma esta
vez el señor Greif entregó la misma. Algún tiempo después terminaron estas
pruebas, sobre todo, debido a que era preciso invertir mucho dinero en ellas”.
Por fin, después de su aparente evasión de París,
Cherval llega a Londres y es momentáneamente agregado a Greif con un salario
semanal de 1£ con 10 chelines, “a cambio del cual deberá proporcionar informes
sobre las relaciones entre la emigración alemana y francesa”. Descubierto
oficialmente y expulsado como Mouchard de la Asociación Obrera, “Cherval, por
razones fácilmente comprensibles, representaba en forma muy poco digna de ser
tomada en cuenta a la emigración alemana y a sus órganos, debido a que hacia
ese lado le era totalmente imposible entregar siquiera una sola línea. En
cambio bosquejó para Greif un informe sobre el partido revolucionario
antialemán, informe éste que sobrepasó aún a Münchhausen”.
Luego Hirsch vuelve a referirse al proceso de
Colonia.
“Ya varias veces el señor Greif se había visto
interpelado, debido al contenido de los informes federales confeccionados por
Fleury en cumplimiento a sus órdenes, en cuanto los mismos se referían al
proceso de Colonia… También le llegaron determinados encargos sobre este
particular. Una vez se decía que Marx mantenía correspondencia con Lasalle bajo
el nombre de Trinkhans —[Juancito Bebedor]— y el señor procurador |450| del
Estado deseaba que al respecto se iniciaran investigaciones… Algo más ingenuo
se nos ocurre un pedido del señor procurador del Estado, en el que dice que
desearía se le informara con exactitud acerca de la ayuda pecuniaria que
Lassalle hace llegar, desde Düsseldorf a Röser, quien se halla preso en
Colonia… puesto que se comenta que ese dinero proviene de Londres…”
Ya en el párrafo III, 4, se menciona cómo, por
encargo de Hickeldey, Fleury debía encontrar a una persona residente en
Londres, que representara al desaparecido H. ante el tribunal jurado de
Colonia, etc. Tras una detallada exposición de este suceso, Hirsch continúa
diciendo:
“Entretanto el señor Stieber había planteado a
Greif su intenso deseo de poder presentar protocolos originales de las
asambleas federales, cuyos informes él había remitido. Fleury manifestó que con
tal de que se contara con la gente necesaria para ello, él se encargaría de
fabricar uno de esos protocolos originales. Pero sobre todo era necesario
obtener la letra de algunos de los amigos de Marx. Yo aproveché esta última
manifestación para, por mi parte, rechazar la proposición; sólo una vez más
Fleury volvió a hablar de este asunto, pero luego prefirió callar al respecto.
De repente, por
aquella época el señor Stieber se presentó en
Colonia llevando un libro de protocolo de la Asociación Federal que sesionaba
en Londres… Pero mi asombro fue mayor aún, cuando a través de los extractos
publicados por los diarios, reconocía los informes falsificados por Fleury por
encargo de Greif. Quería decir que el señor Stieber había logrado hacer de una
u otra manera, una copia, pues los protocolos que aparentaban estos fraguados
originales llevaban firmas y los que Fleury acostumbraba entregar nunca estaban
provistos de las mismas. Lo único que Fleury supo informarse sobre este
fenómeno fue que “Stieber lo sabía hacer todo. ¡El asunto ese haría furor!”
|451| Apenas Fleury se enteró de que “Marx” había
hecho legalizar ante una corte policial londinense las verdaderas firmas de los
supuestos firmantes de las actas —Liebknecht, Rings, Ulmer, etc.— redactó la
siguiente carta:
“AL PREFECTO POLICIAL DE BERLÍN. Londres en el día
de la fecha. Con el propósito de presentar como falsificadas las firmas de los
firmantes de los protocolos federales, aquí Marx y sus amigos pretenden poner
en práctica la legalización de letras que luego habrán de ser presentadas al
tribunal de apelación, como las únicas firmas realmente válidas. Todo aquel que
conoce las leyes inglesas sabe también que en este sentido las mismas se dejan
dar vuelta y que aquel que garantiza la legitimidad, en el fondo no presta
garantía alguna. El que firma la presente no se opone a poner su nombre en una
causa que defiende a la verdad. BECKER. 4 Lichtfeldstreet.”
Fleury conocía la dirección de Becker, un fugitivo
alemán que vivía en la misma casa de Willich, de modo que posteriormente sería
fácil hacer recaer sobre éste la sospecha de ser el autor de dicha carta, por
tratarse de un enemigo de Marx… Fleury disfrutaba de antemano al pensar en el
escándalo que esto originaría luego. Opinaba que lógicamente la carta serla
leída tan tarde, que el proceso ya se habría terminado… La carta firmada por
Becker había sido dirigida al presidio policial de Berlín, pero no fue a Berlín,
sino al funcionario policial “Goldbein, Frankfurter Hof de Colonia”, y un sobre
correspondiente a esta carta fue al presidio policial de Berlín, conteniendo
este billete: “El señor Stieber, actualmente en Colonia, dará amplias
explicaciones al respecto”… Pero el señor Stieber no hizo uso de esta carta, no
pudo emplearla, |452| puesto que se vio obligado a abandonar todo lo referente
al Libro de actas”.
Refiriéndose a esto último Hirsch dice:
“El señor Stieber declara —[ante la justicia]— que
quince días antes había tenido al mismo entre sus manos y que lo había pensado
mucho antes de emplearlo: declara también que él mismo le había llegado por
intermedio de un mensajero en la persona de Greif… Además Greif le habría
entregado también su propio trabajo. ¿Pero cómo concuerda todo esto con una
carta del señor Goldbein? El señor Goldbein escribe a la embajada: “que el
libro de actas había sido entregado con tanto retraso, debido a que únicamente
se deseaba eludir el éxito de probables interpelaciones referentes a su
legitimidad”… Viernes, 29 de octubre, el señor Goldbein llegaba a Londres. El
señor Stieber veía claramente la imposibilidad de mantener en pie la
legitimidad del libro de actas, por lo que envió a un emisario para negociar
allí mismo con Fleury. La cuestión consistía en hallar alguna posibilidad para
encontrar un camino que llevara hacia algún testimonio probatorio. Sus
conversaciones fueron infructuosas y Goldbein regresó sin haber llegado a
resultado alguno y dejando a Fleury en un estado de verdadera desesperación; es
que Stieber en este caso y para no comprometer a los jefes
policiales estaba decidido a descubrirlo. El que
era éste el motivo del desasosiego del señor Fleury, me lo demostró recién la
declaración del mismo, publicada poco tiempo después. Asustado, el señor Fleury
recurrió a un último medio: me trajo un original, de acuerdo al cual yo debía
copiar una declaración y firmarla con el nombre de Liebknecht para luego
presentarla al Lord Mayor de Londres, haciéndome pasar por Liebknecht, para que
aquel la legitimara… Fleury me dijo que la letra provenía de aquel que había
escrito el libro de actas y que el señor Goldbein la |453| había traído desde
Colonia. Pero si el señor Stieber había recibido el libro de actas por
intermedio del mensajero Greif, proveniente de Londres, ¿cómo era posible que
el señor Goldbein, en el mismo momento en que Greif ya volvía a encontrarse de
regreso en Londres, podía traer desde Colonia un original escrito de puño y
letra del supuesto secretario de actas?... Lo que Fleury me entregaba eran
apenas algunas pocas palabras y la firma…” Hirsch “copió la letra lo más
parecida posible y declaró que el abajo firmado, es decir, Liebknecht,
declaraba falsa la legitimación llevada a cabo por Marx y sus compinches y que
ésta, su firma, era la única verdadera. Una vez que hube terminado mi trabajo y
tuve entre mis manos el original —vale decir el documento que Fleury me había
entregado para su copia— y el que por fortuna conservo aún hoy, manifesté mis
dudas negándome —con gran asombro por parte de Fleury— categóricamente a
acceder a su pedido. Desconsolado al principio, me declaró luego que él mismo
garantizaría la firma… Para más seguridad, dijo, haría que el cónsul prusiano
diera su contraseña para la misma, para lo que fue hasta el despacho de aquél.
Yo lo esperaba en una taberna: a su regreso había logrado ya la contraseña,
después de lo cual decidió dirigirse al Lord Mayor para su legalización. Pero
el asunto no marchó por ese camino; el Lord Mayor exigió otras garantías que
Fleury no estaba en condiciones de proporcionar, por lo que el juramento quedó
sin efecto… Muy entrada la noche volví a ver una vez más, la última, al señor
de Fleury. Precisamente en ese día había tenido una sorpresa desagradable, al
leer en el Kölnische Zeitung —[Diario de Colonia]— la declaración que el señor
Stieber había hecho con respecto a él. “Pero sé que Stieber no pudo hacer otra
cosa, de lo contrario habría tenido que comprometerse a |454| al mismo”,
trataba de consolarse el señor Fleury con filosofía muy acertada por cierto”…
“En Berlín se daría un gran golpe, si los de
Colonia fuesen condenados”, me dijo el señor de Fleury uno de los últimos días
en que le vi”.
Las últimas entrevistas de Fleury y Hirsch tuvieron
lugar a fines de noviembre de ese mismo año; y a fines de 1853 tuvo lugar en
Berlín “aquel gran golpe” vaticinado por Fleury. (Conspiración de Ladendorf).
5) DIFAMACIONES
Una vez terminado el Proceso de los Comunistas de
Colonia se divulgaron, especialmente en la prensa germano-americana, calumnias
de índole vogtiana sobre mi “explotación de los obreros”. Algunos de mis amigos
residentes en América —los señores I. Weydemeyer, Dr. A. Jacobi, médico en
Nueva York, uno de los acusados en el Proceso de los Comunistas de Colonia, y
A. Cluss, empleado en la U. St. Navy Yard de Washington— publicaron, con fecha
Nueva York, 7 de noviembre de 1853, una detallada refutación de aquella
tontería, advirtiendo, que yo estaba en mi derecho de callar mis asuntos
privados, en cuanto no se trataba de lograr el beneplácito del
espíritu burgués. “Pero, frente a la crápule, al
burgués cursi y al vagabundo degenerado, opinamos que ese silencio es motivo
para la causa y es por ello que decidimos salir de él”.
|455|
6) BATRACOMIOMAQUIA
En mi panfleto anteriormente citado, El Caballero,
etc., puede leerse en la página
5:
“…el 20 de julio de 1851 se fundó la “Asociación de
Agitación” y el 27 de julio de 1851, el “Club de Emigración Alemana”. A partir
de este día, de esta fecha, data la lucha librada a ambos lados del Océano,
entre la “emigración” y la “agitación”. Y se inició la gran batracomiomaquia.
¿Quién me da las palabras y quién la voz
para con grandeza decir lo más grande?
Pues una lucha más bravía llevada con mayor furia
jamás se vio desde que el mundo existe.
Las otras batallas, aun cuando terribles,
son sólo rosas y violetas, y mi poesía
fracasa allí, donde bravura y honrosa gloria,
relucen con igual fulgor de esta lucha en la
historia.
(Según BOYARDO. Orlando Inam. Canto 27)
Aquí en modo alguno me propongo ocuparme más
detenidamente de la historia de “esta lucha” y ni siquiera de los “Preliminares
para mi tratado unificador” acordado entre Gottfried Kinkel en nombre de la
“Asociación de Emigración” y A. Göng, en el de la “Liga revolucionaria de ambos
mundos”, el 13 de agosto de 1852 (prohibido y publicado luego bajo este rubro,
en toda la piensa germano-americana). Únicamente señalo que toda la emigración,
con muy raras excepciones —los hombres como el de K. Vogt eran eludidos por
aquel entonces por todos los partidos, aunque más no fuera que |456| por pudor—
participó, de una u otra manera en ese carnaval.
Gottfried Kinkel, la flor pasionaria del
filisteísmo alemán, al final de su revolucionario viaje de placer a través de
los Estados Unidos, en el Memorándum sobre el patrimonio nacional alemán a
favor de la revolución, Elmira, Estado de Nueva York, 22 de febrero de 1852”,
hizo manifestaciones que por lo menos tienen el mérito de su absoluta
sencillez. Gottfried considera que el hacer revoluciones es similar a hacer
ferrocarriles. En uno de los casos, una vez que se dispone del dinero, el
ferrocarril es hallado, y en el otro, la revolución. Mientras la Nación
experimente necesidades revolucionarias, será conveniente que los hacedores de
revoluciones lleven dinero contante y sonante en sus bolsillos y, por
consiguiente, todo está en “reunir un pequeño grupo bien equipado y provisto de
dinero”. Ya se ve en qué laberintos ideológicos el viento mercantil de
Inglaterra es capaz de internar hasta a los cerebros más melodramáticos. Y yo
que aquí todo y hasta la public opinion se hace con acciones, ¿por qué no fundar
una Asociación Anónima “en pro del progreso de la revolución”?
En un encuentro público con Kossuth, que por aquel
entonces precisamente también cultivaba la esgrima revolucionaria en los
Estados Unidos, Gottfried dijo muy estéticamente: “También de su mano, señor
gobernador, la libertad regalada sería para mí un bocado de pan duro, al que
rociaría con las lágrimas de mi VERGÜENZA”. Gottfried, que tan atentamente
miraba los molares del caballo regalado, le aseguró, por lo tanto al
gobernador, que si éste le ofreciera con su diestra la “revolución de Oriente”,
él, Gottfried, con su diestra le entregaría al gobernador, como equivalente, la
“revolución de Occidente”. Siete años después, en el “Hermann” por él fundado,
este mismo Gottfried afirma ser un hombre de rara conse-|457|cuencia, y cuando
frente al tribunal de Rastatt proclama al príncipe regente, Emperador de
Alemania, recuerda que siempre ha sostenido este lema.
El conde Oscar Reichenbach, uno de los primitivos
tres regentes y cajero del empréstito revolucionario, publicó, con fecha
Londres, 8 de octubre de 1852 un balance, amén de una declaración, en la que
renuncia a la empresa, manifestando sin embargo al mismo tiempo, “que en todo
caso no entregará los dineros a los ciudadanos Kinkel, etc.”. En cambio invita
a los accionistas a hacer efectivas sus acciones, agregando que se las pagaría
con los dineros que había en caja”. A mi renuncia a la administración de la caja,
etc. —[así dice]—, me obligan causas políticas y legales… Las suposiciones
sobre las que se basaba la idea del empréstito, no se han producido. La suma de
20.000 dólares, tras cuya realización recién se pensaba llevar a efecto el
empréstito, no fue cubierta. La proposición de fundar un periódico y agitar los
espíritus, no halló eco… Sólo charlatanismo o monomanía revolucionaria es capaz
en este momento de declarar factible el empréstito y una inversión de los
dineros equitativamente justa para todas las fracciones del partido y, por lo
tanto, impersonal y activamente revolucionaria”. Sin embargo la fe
revolucionaria de Gottfried no se dejaba doblegar tan fácilmente y con este
dinero se proporcionó a sí mismo una “resolución” que le permitió continuar el
negocio bajo otra firma.
La rendición de cuentas de Reichenbach contenía
datos interesantes. “Por contribuciones —[así decía]— que más adelante los
comités pagaron a otros y no a mí”, los garantes no pueden responsabilizarse,
por lo que ruego a los comités, quieran tener cuidado al recaudar los billetes
y al efectuar el balance”. Las “entradas” sumaban, de acuerdo a su compte
rendu, 1587 £, 6 S., 4 D., a los que Londres había contribuido |458| con 2 £ 5
S., y “Alemania” con 9 £. Los gastos eran de 584 £. 18 S. 5 D. y se componían de
la siguiente manera: “Gastos del viaje de Kinkel y Hillgärtner: 220 £. Otros
viajeros: 54 £. Prensa litográfica: 11 £. Confección de los billetes
provisorios: 14 £. Correspondencia litográfica, franqueo, etc.: 106 £. 1 S. 6
D. Por orden de Kinkel, etc.: 100 £.
El empréstito revolucionario terminó en 1.000 £,
las que Gottfried Kinkel tiene depositadas en el Westminster Bank como fianza
para el primer gobierno provisional de Alemania. ¿Y a pesar de esto no hay aún
un gobierno provisional? Acaso Alemania piense que tiene bastante con 36
gobiernos definitivos.
Algunos fondos americanos separados para el
empréstito, que no fueron incorporados a la caja central londinense, por lo
menos de vez en cuando encontrarán una aplicación patriótica, como por ejemplo
las 100 £ que el señor Gottfried Kinkel entregó al señor Carlos Blind en la
primavera de 1858, para que los convirtiera en “panfletos radicales”, etc.
7) POLÉMICA DE PALMERSTON
“Doctor,
The Sheffield Foreign Affairs Committe instruct me
to convey to you an expression of their warm thanks for the great public
Service you have rendered by your admirable exposé of the Kars-Papers published
in the “People's Paper”.
I have the honour, &c.
WM. CYPLES, Secretary”.
Dr. Carlos Marx.
|459|
8) DECLARACIÓN DEL SEÑOR A. SCHERZER
El señor A. Scherzer, que desde el año treinta ha
tenido una participación encomiable en el movimiento obrero, me escribe una
carta fechada en Londres el 22 de abril de 1860:
“¡ESTIMADO CIUDADANO!
No puedo dejar de protestar por un pasaje que en la
repugnante trama de mentiras e infames difamaciones del folleto vogtiano, se
refiere a mi persona. Pues en el documento Nº 7 copiado del Schweizer
Handelscourrier —[Correo Comercial Suizo]— Nº 150, del 2 de junio,
“Suplemento”, puede leerse: “Sabemos que actualmente desde Londres vuelven a
efectuarse renovados esfuerzos. Cartas firmadas por A. Sch…, son dirigidas
desde allí a Asociaciones y personas, etc”. Estas “cartas” parecen ser la causa
que impulsa al señor K. Vogt a escribir en otro pasaje de su libro: “Al
principio de ese año —1859— pareció formarse un nuevo terreno propicio para la
agitación. Inmediatamente se aprovechó esta oportunidad para tratar de recobrar
alguna influencia. En este sentido hace años que la táctica no ha cambiado. Un
comité, del que puede decirse como en la vieja canción, “nadie sabe nada”,
divulga, por intermedio de un presidente o secretario, que por lo demás también
resultan perfectamente desconocidos, cartas, etc., etc. Una vez que de esta
manera el terreno ha sido sondeado, en el país surgen de pronto algunos
“hermanos viajeros”, los que de inmediato se ocupan de la organización de una
asociación secreta. La asociación a la que se quiere comprometer, nada sabe de
estas maquinaciones que continúan siendo actividades a favor de federaciones
separatistas, llevadas a cabo por algunos |460| individuos; en la mayoría de
los casos hasta la correspondencia cursada en nombre de dicha asociación es
completamente ignorada por ésta, aun cuando en las cartas puedan leerse
“nuestra sociedad”, etc., y las reclamaciones de la policía, que más adelante
se producen en forma irremisible, se refieren siempre a toda la asociación,
etc.”.
¿Por qué el señor Carlos Vogt no ha copiado toda la
carta a que se refiere en el documento Nº 7? ¿Por qué no ha “sondeado” la
fuente de que proviene? Habría sido facilísimo para él enterarse de que la
Asociación Cultural Obrera que oficialmente actúa en Londres, había nombrado
una comisión para la correspondencia en una
asamblea pública, comisión ésta para la que tuve el
honor de ser elegido. Cuando el señor Vogt habla de secretarios y demás
autoridades desconocidas, reconozco que me es muy grato que él no me conozca,
pero que en cambio me alegro de poder decir que me conocen miles de obreros
alemanes, todos los cuales han bebido en las fuentes de la sabiduría de los
hombres que él ahora difama. Los tiempos han cambiado. Ha pasado la época de
las asociaciones secretas. Es absurdo hablar de federación secreta o federación
separatista, cuando un asunto es abiertamente planteado en una Asociación
Obrera, a cada una de cuyas asambleas asisten extraños. Nosotros, los obreros
alemanes de Londres, únicamente pretendíamos llegar a conocer cuál era el
espíritu que imperaba en las Asociaciones Obreras del continente y fundar un
diario que representara los intereses de la clase trabajadora y atacara a las
plumas asalariadas por extraños. Es lógico que a ningún obrero alemán se le
ocurriera obrar a favor de un Bonaparte, de lo que únicamente un Vogt o sus
semejantes pueden ser capaces. Repudiamos el despotismo de Austria
probablemente con mayor seriedad que lo que lo repudia el señor Vogt, pero
|461| no buscamos vencerlo con el triunfo de un déspota extranjero. Cada pueblo
habrá de liberarse por sí solo. ¿Acaso no resulta sorprendente que el señor
Vogt reclame para sí precisamente el medio que, opuesto a sus actividades, en
nosotros convierte en crimen? Si el señor Vogt pretende hacernos creer que no
es pagado por Bonaparte y que únicamente recibió de manos democráticas dineros
para la fundación de un diario y quiere limpiarse con ello, ¿cómo es posible
que a pesar de toda su ciencia sea tan torpe de sospechar y denunciar a unos
obreros que se preocupan por el bienestar de su patria y hacen propaganda para
la fundación de un diario?
Con mi mayor consideración
A. SCHERZER”.
9) EL
ARTÍCULO DE BLIND PUBLICADO EN EL “FREE PRESS”, DEL 27 DE MAYO DE 1859
“The Grand Duke Constantine to be King of Hungary.
A Correspondent who endoses his card, writes as follows: —
Sir, —Having been present at the last meeting in
the Music Hall, I heard the statement made concerning the Grand Duke
Constantine. I am able to give you another fact.
So far back as last summer, Prince Jerome Napoleon
detailed to some of his confidants at Geneva a plan of attack against Austria,
and prospective rearrangement of the map of Europe. I know the name of a Swiss
senator to whom he broached the subject. Prince Jerome, at that time, declared
that, according to the plan made, Grand Duke Constantine was to become King of
Hungary.
I know further of attempts made, in the beginning
of the present year, to win over to the Russo Napoleonic scheme |462| some of
the exiled German Democrats, as well as some influential Liberals in Germany.
Large pecuniary advantages were held out to them as a bribe. I am gland to say
th at these offers were rejected with indignation”.
10) CARTAS DEL SEÑOR ORGES
“RESPETABILÍSIMO SEÑOR:
De parte del señor Liebknecht he recibido hoy la
noticia, que usted sería tan amable de poner a nuestra disposición un documento
judicial sobre el panfleto dirigido contra Vogt y referente a la historia de su
origen. Ruégole insistentemente que nos lo remita a la mayor brevedad posible
para que podamos presentarlo. Pido que nos remita el documento contra recibo y
cargue a nuestra cuenta los gastos que pueda originarle su envío. Por lo demás,
estimadísimo señor, el partido liberal a veces desestima al Allgemeine Zeitung;
todos nosotros —la redacción— hemos soportado la prueba del agua y del fuego de
la lealtad a nuestra convicción política. No observe usted tan sólo la parte
fragmentaria de los distintos artículos, sino la obra en su conjunto y llegará
a convencerse de que ningún otro diario alemán ambiciona tan sin prisa, pero
también tan sin pausa, la unidad y libertad, el poder y la cultura, el progreso
material y espiritual, la elevación del sentimiento nacional del pueblo alemán,
y que ninguno en este sentido ha logrado más que nosotros. Es preciso que usted
mida nuestra actividad por nuestra influencia. Solicitárnosle nuevamente quiera
usted tener la gentileza de acceder a mi pedido, firmo con mi mayor respeto, su
seguro servidor,
HERMANN ORGES.
Augsburgo, 16, 10”.
|463| La segunda carta de esta misma fecha era tan
sólo un extracto de la primera, “remitida también —[como escribe el señor
Orges]— para más seguridad” y requiere dito “el inmediato envío del documento
sobre el origen del conocido panfleto contra Vogt que, como nos lo escribe el
señor Liebknecht, usted tan gentilmente ha puesto a nuestra disposición”.
11) CIRCULAR CONTRA K. BLIND
De mi circular inglesa contra Blind, fechada el 4
de febrero de 1860, ofrezco aquí únicamente el final:
“Now, before taking any further step, I want to
show up the fellows who evidently have played into the hands of Vogt. I,
therefore, publicly declare that the statement of Blind, Wiehe and Hollinger,
according to which the anonymous pamphlet was not printed in Hollinger’s
office, 3, Lichtfield Street, Soho, is a deliberate lie. First Mr. Vögele, one
of the compositors, formerly employed by Hollinger, will declare upon oath that
the said pamphlet was printed in Hollinger’s office, was written in the hand-writing
of Mr. Blind, and partly composed by Hollinger himself. Secondly, it can be
judicially proved that the pamphlet and the article in Das Volk have been taken
off the same types. Thirdly, it will be shown that Wiehe was not employed by
Hollinger for eleven consecutive months, and, especially, was not employed by
him at the time of the pamphlet’s publication. Lastly, witmesses may be
summoned in whose presence Wiehe himself confessed having been persuaded by
Hollinger to sign the wilfully false
declaration in the Augsburg Gazette. Consequently,
I again declare the above said Charles Blind to be a deliberate liar.
CARLOS MARX”.
|464| From the London “Times”, February 3rd.
“Vienna, January 30th. — The Swiss Professor Vogt
pretends to know that France will procure for Switzerland Faucigny, Chablais,
and the Genevese, the neutral provinces of Savoy, if the Grand Council of the
Republic will let her have the free use of the Simplon”.
12) EL AFIDÁVIT DE VÖGELE
“I declare herewith:
that the Germán flysheet Zur Warnung (A Warning)
which was afterwards reprinted in Nº 1 (d. d. 18th June 1859) of “Das Volk” (a
German paper which was then published in London) and which was again reprinted
in the “allgemeine Zeitung” of Augsburg (the Augsburg Gazette) — that this
flysheet was composed partly by Mr. Fidelio Hollinger of 3. Litchfield Street,
Soho, London, partly by myself, who was them employed by M. Fidelio Hollinger,
and that the flysheet was published in Mr. F. Hollinger’s Printing office, 3,
Litchfield Street, Soho, London; that the manuscript of the said flysheet was
in the hand-writing of Mr. Charles Blind; that I saw Mr. F. Hollinger give to
Mr. William Liebknecht of 14 Church Street, Soho, London, the proofsheet of the
flysheet “Zur Warnung”; that Mr. F. Hollinger hesitated at first giving the
proofsheet to Mr. W. Liebknecht, and, that, when Mr. W. Liebknecht had
wíthdrawn, he, Mr. F. Hollinger, expressed to me, and to my fellow workman, J.
F. Wiehe, his regret for having given the proofsheet out of his hands.
|465| Declared at the Police Court, Bow Street, in
the Country of Middlesex the eleventh day of February 1860, before me J. Henry,
one of the Police Magistrates of the Metropolis.
A. VÖGELE
13) EL AFIDÁVIT DE WIEHE
“One of the first days of November last —I do not
recollect the exact date— in the evening between nine and ten o’clock I was
taken out of bed by Mr. F. Hollinger, in whose house I then lived, and by whom
I was employed as compositor. He presented to me a paper to the effect, that,
during the preceding eleven months I had been continously employed by him, and
that during all that time a certain German flysheet Zur Warnung (A Warning) had
not been composed and printed in Mr. Hollinger’s office, 3, Litchfield Street,
Soho. In my perplexed state, and not aware of the importance of the
transaction, I complied with his wish, and copied, and signed the document. Mr.
Hollinger promised me money, but I never received anything. During that
transaction Mr. Charles Blind, as my wife informed me at the time, was waiting
in Mr. Hollinger’s room. A few days later, Mrs. Hollinger called me down from
dinner and led me into her husband’s room, where I found Mr. Charles Blind
alone. He presented
me the same paper which Mr. Hollinger had presented
me before, and entreated me to write, and sign a second copy, as he wanted two,
the one for himself, and the other for publication in the Press. He addcd that
he would show himself grateful to me. Y copied and signed again the paper.
|466| I herewith declare the truth of the above
statements and that: 1) During the 11 months mentioned in the document I was
for six weeks not employed by Mr. Hollinger, but by a Mr. Ermani. 2) I did not
work in Mr. Hollinger’s office just at that time when the flysheet: Zur Warnung
(A Warning) was published. 3) I heard at the time from Mr. Vögele, who then
worked for Mr. Hollinger, that he, Vögele, had together with Mr. Hollinger
himself, composed the flysheet in question, and t hat the manuscript was in Mr.
Blind’s handwriting. 4) The types of the pamphlet were still standing when I
returned to Mr. Hollinger’s Service. I myself broke them into columns for the
reprint of the flysheet (or panphlet). Zur Warnung (A Waning) in the German
paper Das Volk published at London, by Mr. Fidelio Hollinger, 3, Litchfield
Street, Soho. The flysheet appeared in Nº 7, d. d. 18th June, 1859, of Das Volk
(The People). 5) I saw Mr. Hollinger give to Mr. William Liebknecht, of 14,
Church Street, Soho, London, the proofsheet of the pamphlet Zur Warnung on
which proofsheet Mr. Charles Blind with his own hand had corrected four or five
mistakes. M. Hollinger hesitated at first giving the proofsheet to Mr.
Liebknecht, and when Mr. Liebknecht had withdrawn, he, F. Hollinger, expressed
to me and my fellow workman Vögele his regret for having given the proofsheet
out of his hands.
Declared and signed by the said Johann Friedrich
Wiehe at the Police Court, Bow Street, this 8th day of February, 1860, before
me J. Henry, Magistrate of the said court.
L. S.
JOHANN FRIEDRICH WIEHE.”
|467|
14) DE LOS DOCUMENTOS DEL PROCESO
“Gouvernement Provisoire, République Française.
Liberté,
Egalité, Fraternité.
Au Nom du Peuple Français.
París, 1 Mars, 1848.
“Brave et loyale Marx,
le sol de la république frangaise est un champs
d’asyle pour tous les amis de l a liberté. La tyrannie vous a banni, la France
libre vous rouvre ses portes, à vous et à tous ceux qui combattent pour la
cause sainte, la cause fraternelle de tous les peuples. Tout agent du
gouvernement frangais doit interpréter sa mission dans ce sens. Salut et
fraternité.
FERDINAND FLOCON, Membre du Gouvernement
Provisoire”.
Bruxelles, le 13 mai, 1848.
“Mon cher Monsieur Marx,
J’entends avec un grand plaisir par notre ami
Weerth que vous allez faire paraître a Cologne une Nouvelle Gazette Rhénane
dont il m'a remis le prospectus. Il est bien nécessaire que cette feuille nous
tienne au courant en Belgique des affaires de la démocratie allemande, car il
est impossible d'en rien savoir de certain ici par la Gazette de Cologne, la
Gazette Universelle d'Augsbourg et les autres gazettes aristocratiques |468| de
l'Allemagne que nous recevons à Bruxelles, non plus que par notre Indépendance
Belge dont toutes les correspondances particulières sont conçues au point de
vue des intérêts de notre aristocratie bourgeoise, M. Weerth me dit qu'il va
vous joindre à Cologne pour contribuer à l'entreprise de la Nouvelle Gazette
Rhénane: et il me promet en votre nom l'envoi de cette feuille en échange du
Débat social que je vous enverrai de mon côté. Je ne demande pas mieux aussi
que d'entretenir avec vous une correspondance sur les affaires communes à nos
deux pays. Il est indispensable que les Belges et les Allemands ne restent pas
trop étrangers les uns aux autres, dans l'intérêt commun des deux pays: car il
se prépare en France des événements qui ne tarderont pas à mettre en jeu des
questions qui toucheront les deux pays ensemble. Je reviens de Paris où j'ai
passé une dizaine de jours que j'ai employés de mon mieux a me rendre compte de
la situation de cette grande capitale. Je me suis trouvé, à la fin de mon
séjour, juste au milieu des affaires du 15 mai. J'assistais même à la séance où
s'est passé le fait de l'irruption du peuple dans l'assemblée nationale... Tout
ce que j'ai compris, a voir l'attitude du peuple parisien et à entendre parler
les principaux personnages qui sont en ce moment dans les affaires de la
république française, c'est qu'on s'attend à une forte réaction de l'esprit
bourgeois contre les événements de février dernier; les affaires du 15 mai
précipiteront sans doute cette réaction. Or, celle-ci amènera indubitablement
dans peu de temps un nouveau soulèvement du peuple...
La France devra bientôt recourir à la guerre. C'est
pour ce cas-là que nous aurons à aviser, ici et chez vous, sur ce que nous
aurons à faire ensemble. Si la guerre se porte d'abord vers l'Italie nous
aurons du répit... Mais si elle se porte sur-le-champ vers ce pays-ci je ne
sais pas trop encore ce que nous aurons à faire, et alors |469| nous aurons
besoin du conseil des Allemands... En attendant j'annoncerai dans le Débat
Social de dimanche la publication prochaine de votre nouvelle feuille... Je
compte aller
à Londres
vers la fin du mois de juin prochain. Si vous avec occasion d'écrire à Londres
a quelques amis, veuillez les prier de m'y faire accueil. Tout à vous
cordialement,
L. JOTTRAND.
AVT.”.
Bruxelles, 10 Febr., 1860.
“MON CHER MARX,
N'ayant pas de vos nouvelles, depuis très
longtemps, j'ai reçu votre dernière avec la plus vive satisfaction. Voua vous
plaignez du retard des choses, et du peu d'empressement de ma part de vous
répondre à la question que vous m'aviez faite. Que faire: l'âge ralentit la
plume; j'espère cependant que vous trouverez mes avis et mon sentiment toujours
les mêmes. Je vois que votre dernière est tracée a la dictée par la main de
votre secrétaire intime, de votre adorable moitié: or Madame Marx ne cesse de
se rappeler du vieux hermite de Bruxelles. Qu'elle daigne recevoir avec bonté
mes salutations respectueuses.
Conservez-moi, cher confrère, dans vos amitiés.
Salut et fraternité,
LELEWEL”.
5, Cambridge Place, Kensington, London, Feb. 11th,
1960.
“MY DEAR MARX,
I have read a series of infamous articles against
you in the National-Zeitung and am utterly astonished at the falsehood and
malignity of the writer. I really feel it duty |470| that every one who is
acquainted with you, should, however unnecessary such a testimony must be, pay
a tribute to the worth, honour and disinterestedness of your character. It
becomes doubly incumbent in me to do so, when I recollect how many articles you
contributed to my little magazine, the “Notes to the People”, and subsequently
to the “People's Paper”, for a series of years, utterly gratuitously; articles
which were of such high value to the people's cause, and of such great benefit
to the paper. Permit me to hope that you will severely punish your dastardly
and unmanly libeller.
Believe me, my dear Marx, most sincerely, yours,
ERNEST JONES.
Dr. Karl Marx.”
Tribune Office, New York, March 8th, 1860.
“MY DEAR SIR,
In reply to your request I am very happy to State
the facts of your connection wi th various publications in the United States
concerning which I have had a personal knowledge. Nearly nine years ago I
engaged you to write for the New York Tribune, and the engagement has been
continued ever since. You have written for us constantly, without a single
week’s interruption, that I can remember; and you are not only one of the most
highly valued, but one of the best paid contributors attached to the journal. The
only fault I have had to find with you has been that you have occasionally
exhibited too German a tone of feeling for an American newspaper. This has been
the case with reference both to Russia and France. In questions relating to
both, Czrism and Bonapartism, I have sometimes thought that |471| you
manifested too much interest and too great anxiety for the unity and
independence of Germany. This was more striking perhaps in connection with the
late Italian war tan on any other occasion. In that I agreed perfectly with
you: sympathy with the Italian people. I had as little confidence as you in the
sincerity of the French Emperor, and believed as little as you that Italian
liberty was to be expected from him; but I did not think that Germany had any
such ground for alarm as you, in common with other patriotic Germans, thought
she had.
I must add that in all your writings which have
passed through my hands, you have always manifested the most cordial interest
in the welfare and progress of the labouring classes; and that you have written
much with direct reference to that end.
I have also at various times within the past five
or six years been the médium through which contributions of yours have been
furnished to Putnam’s monthly, a literary magazine of high character; and also
to the New American Cyclopædia, of which I am also an editor, and for which you
have furnished some very important articles.
If any other explanations are needed I shall be
happy tofurnish them. Meanwhile I remain yours very faithfully,
CHARLES A. DANA, Managing
Editor of the N. Y. Tribune.
Dr. Charles Marx.”
|472|
15) LOS PANFLETOS DE DENTU
Dije que los panfletos de Dentu son las fuentes en
que el Dâ-Dâ alemán bebe su sabiduría sobre la historia Universal en General y
“la saludable política de Napoleón” en especial. La “saludable política de
Napoleón” es una frase perteneciente a un reciente editorial del “demócrata” F.
Zabel. Lo que los mismos franceses piensan y saben acerca de estos panfletos,
puedo colegirlo del siguiente extracto del semanario parisién: Couvier du
Dimanche, Nº 42, 14 de octubre de 1860.
“Pour ce qui regarde le moment actuel, prenez dix
brochures au hasard, et vous reconnaîtrez que neuf au moins ont été pensées,
élaborées, écrites... par qui? par des romanciers de profession, par des
chansonniers, par des vaudevillistes, par des sacristains!
Parle-t-on dans les gazettes de mystérieuses
entrevues entre les puissances du Nord, de la Sainte-Alliance qui ressuscite?
Vite voilà un faiseur agréable de couplets assez littéraires, et même (jadis)
passablement libéraux, qui court chez l'inévitable M. Dentu et lui apporte sous
ce titre ronflant: La coalition, une longue et fade paraphrase des articles de
M. Grandguillot. L'alliance anglaise semble déplaire parfois a M. Limayrac?
Vite, un M. Châtelet, chevalier de l'ordre de Grégoire le Grand, et qui doit
être sacristain quelque part, si j'en crois son style, publie ou republie un
long et ridicule factum: Crimes et délits de l'Angleterre contre la France.
Déjà l'auteur du Compère Guillery (Edmond About) avait jugé à propos de nous
édifier sur les arcanes politiques de la monarchie prussienne, et avait donné
du haut de ses chutes théâtrales, des conseils de prudence aux chambres de
Berlin. On annonce que M. Clairville va prochainement élucider la |473|
question de l'isthme de Panama, si fort embrouillée par M. Belly; et sans doute
quelques jours après la conférence royale du 21 Octobre, on verra paraître a
toutes les vitrines de nos libraires une splendide brochure rose qui portera ce
titre; Mémoire sur l'entrevue de Varsovie par le corps de ballet de l'Opéra.
Cette invasion, en apparence inexplicable, des
questions politiques par les dii minores de la littérature, se rattache à bien
des causes. Nous en citerons ici une seule, mais qui est la plus immédiate et
la plus incontestable.
Dans le marasme presque universel d'esprit et de
cœur, ces messieurs, qui font le triste métier d'amuseurs publics, ne savent
plus par quel moyen secouer et réveiller leurs lecteurs. Les vieilles gaîtés de
leurs refrains et de leurs anecdotes leur reviennent sans cesse. Eux-mêmes se
sentent aussi mornes, aussi tristes, aussi ennuyés que ceux qu'ils
entreprennent de dérider. Voilà pourquoi à bout de ressources, ils se sont mis,
en désespoir de cause, à écrire les uns des mémoires de courtisanes, les autres
des brochures diplomatiques.
Puis, un beau matin, un aventurier de la plume, qui
n'a jamais fait a la politique le sacrifice d'une heure sérieuse d'étude, qui
n'a pas même au cœur le semblant d'une
conviction, quelle qu'elle soit, se lève et se dit:
'J'ai besoin de frapper un grand coup! Voyons! que ferai-je pour attirer sur
moi l'attention générale qui me fuit d'instinct? Écrirai-je un opuscule sur la
question Léotard ou sur la question d'Orient? Révélerai-je au monde surpris le
secret de boudoirs ou je n'entrai jamais, ou celui de la politique russe qui
m'est plus étrange encore? Dois-je m'attendrir en prose voltairienne sur les
femmes éclaboussées ou en prose évangélique sur les malheureuses populations
maronites traquées, dépouillées, massacrées par le fanatisme mahométan?
Lancerai-je une apologie |474| de mademoiselle Rigolboche ou un plaidoyer en
faveur du pouvoir temporel? Décidément, j'opte pour la politique. J'amuserai
encore mieux mon public avec les rois et les empereurs, qu'avec les lorettes.'
Cela dit, notre surnuméraire de la littérature bohème compulse le Moniteur,
hante quelques jours les colonnades de la Bourse, rend visite à quelques
fonctionnaires et sait enfin de quel côte souffle le vent de la curiosité à la
ville, ou celui de la faveur à la cour; il choisit alors un titre que ce vent
puisse enfler d'une façon suffisante et se repose content sur les lauriers.
Aussi bien son œuvre est faite désormais; car aujourd'hui, en matière de brochure,
il n'y a que deux choses qui comptent, le titre et les relations que l'on
suppose entre l'écrivain et 'de hauts personnages'.
Est-il nécessaire de dire, après cela, ce que
valent les brochures qui nous inondent? Ramassez un jour tout ce que vous avez
de courage, tâchez de les lire jusqu'au bout et vous serez effrayés de
l'ignorance inouïe, de la légèreté intolérable, voire même de l'amoindrissement
de sens moral qu'elles décèlent dans leurs auteurs. Et je ne parle pas ici des
plus mauvaises... Et chaque année nous courbe plus bas, chaque année voit
apparaître un nouveau signe de décadence intellectuelle, chaque année ajoute une
honte littéraire nouvelle a celles dont il nous faut déjà rougir. De telle
sorte que les plus optimistes se prennent quelquefois à douter de demain, et se
demandent avec angoisse: Sortirons-nous de là?"
Cité más arriba la frase del National-Zeitung: “La
saludable política de Napoleón”. Es extraño que el corresponsal parisiense del
Manchester Guardian —conocido en toda Inglaterra por su información exacta,
firme la curiosidad siguiente:
|475| “París, noviembre 8… Louis Bonaparte, spends
his gold in vain supporling such newspapers as the National-Zeitung”. [Luis
Bonaparte malgasta en vano su dinero en apoyar diarios como el
National-Zeitung]. Manchester Guardian, 12 de noviembre de 1860.
Sin embargo, yo creo que el corresponsal del
Manchester Guardian, de ordinario tan bien informado, esta vez se equivoca. Se
dice que F. Zabel se ha pasado al campamento bonapartista, para demostrar que
no se ha vendido a Austria. Por lo menos esto me ha sido comunicado desde
Berlín y está perfectamente de acuerdo con la… Dunciada.
16) APÉNDICE
a) K. VOGT Y “LA CIMENTAIRE”
Durante la impresión de estas últimas páginas la
casualidad puso en mis manos el cuaderno de octubre —1840— de Voces de la
Época. [Stimmen der Zeit] A. Kolatschek, antiguo editor del órgano de los
parlamentarios fugitivos, La Revista Mensual Alemana [Deutsche Monatschtift] y,
por lo tanto, en cierto modo el jefe literario del “fugitivo regente”, cuenta,
en la página 37, lo siguiente acerca de su amigo Carlos Vogt:
“La Sociedad Anónima Ginebrina ‘La Cimentaire’, a
cuya dirección pertenecía nada menos que el mismo señor Carlos Vogt, fue
fundada en 1857 y en 1858 los accionistas ya no disponían de un solo céntimo y
de inmediato el fiscal mandó a la cárcel a uno de los directores acusados de
estafa. En mo-|476|mentos de producirse el arresto, el señor Vogt, que se
encontraba precisamente en Berna, regresó de inmediato, el arrestado fue puesto
en libertad y el proceso suspendido “para evitar escándalos”, pero los accionistas
lo perdieron todo. Con semejante ejemplo, no es posible afirmar precisamente
que en Ginebra sea muy grande la seguridad de la propiedad y el error del señor
Carlos Vogt con respecto a esto, resulta tanto más extraño, por cuanto, como ya
dijimos, era codirector de dicha sociedad. En Francia, en procesos similares,
los directores culpables son detenidos y encarcelados y su fortuna personal es
requisada, es decir que se cumplen las exigencias civiles de los accionistas.
Compárese esto con lo que J. F. Becker dice en su
carta —capítulo X— sobre este acontecimiento bancario que impulsó al señor J.
Fazy hacia los brazos del decembrismo. Detalles similares contribuyen en mucho
a la solución del problema de cómo Napoléon le Petit pudo convertirse en el más
grande hombre de su época. El mismo Napoléon le Petit, como es sabido, debió
elegir entre el coup d’état, el golpe de Estado y… Clichy.
b) KOSSUTH
El siguiente extracto de un memorándum sobre una
conversación con Kossuth, demuestra rotundamente hasta qué punto Kossuth está
convencido de que Rusia representa el mayor peligro para Hungría. Este
memorándum proviene de uno de los miembros más radicales del actual House of
Commons.
“Memoradum of a conversation with M. Kossuth on the
evening of May 30th, 1854, at…
|477| …A return to strict legality in Hungary (said
he, viz. Kossuth) might renew the union of Hungary and Austria, and would
prevent Russia from finding any partisan in Hungary. He (Kossuth) would not
offer any opposition to a return to legality. He would advise his countrymen to
accept with good faith such a restauration, if it could be obtained, and would
pledge himself not in any way to be an obstacle to such an arrangement. He
would not himself return to Hungary. He would not put himself forward such a
course of Austria as he had no belief in Austria's return to legality, except
under pressure of dire necessity. He gave me authority to say, such were his
sentiments, and if appealed to, he should avow them, though he could not commit
himself to any proposal, as he should not expect Austria to abandon her
traditional scheme of centralisation till forced to do so... He would have
consented in 1848 to Hungarian troops being sent to resist attacks of the
Piedmontese (Herr Kossuth ging
1848 viel weiter, indem er die Sendung ungarischer
Truppen gegen die italienischen 'Rebellen' durch eine heftige Rede im Reichstag
zu Pest durchsetzte), but would not employ them to coerce Austrian Italy, as he
would not consent to foreign troops in Hungary.”
La fantasía del pueblo, creadora de mitos, en todos
los tiempos, se ha manifestado en la invención de “grandes hombres”. El mejor
ejemplo de esta índole no admite discusión: Simón Bolívar. En lo que a Kossuth
se refiere, es venerado como el hombre que eliminó en Hungría al feudalismo.
Sin embargo no tuvo participación algunas en las tres grandes medidas:
aranceles generales, anulación de los gravámenes campesinos-feudales y la
eliminación, sin indemnización del diezmo eclesiástico. La moción a favor de los
aranceles ge-|478|nerales —anteriormente la nobleza estaba eximida de ellos—
había sido hecha por Szémère; la moción en pro de la anulación de la corvée,
etc., fue obra de Bonis, diputado de Szabolcz y el mismo clero, por intermedio
del diputado y canónigo Jekelfalury renunciaba a ese diezmo.
c) EDMOND ABOUT: “LA PRUSSE EN 1860”
Al final del capítulo VIII, yo manifiesto mi
opinión de que el panfleto de E. About: “La Prusse en 1860” —[Prusia en 1860]—
o, como se llamaba originalmente, “Napoléon III et la Prusse” —[Napoleón III y
Prusia]— no era otra cosa que un extracto retraducido al alemán de la
compilación de Vogt, del panfleto de Dentu. La única reflexión que se oponía a
esta opinión mía era el absoluto desconocimiento del idioma alemán, del
fracasado comediógrafo E. About. Sin embargo, ¿por qué el campero Guillery no
habría podido descubrir en París una commère, allende? Quién podía ser esta
commère, continuaba siendo un tema de la crítica conjetural. La Prusse en 1860
fue publicada, como se sabe, en calidad de vademécum para el viaje Baden-Baden
de Bonaparte, a fin de que abogara ante el príncipe-regente por su pedido y
explicar a Prusia que, tal como lo dicen las palabras finales del panfleto,
poseía el 2 de diciembre a un allié tres utile [a un aliado muy útil], qui est
peut être appelé à lui —Prusia— rendre de grands Service, pourvu qu’elle s’y
prète un peu,108 puesto que aquello de pourvu qu’elle se préte un peu
traducido, equivale a “en el supuesto caso de que Prusia le venda la provincia
renana a |479| Francia”, lo que E. About —ver anteriormente capítulo IX
Agencia— y había revelado en francés en la primavera de 1860 a través de la
Opinion Nationale. Bajo estas entorpecedoras circunstancias, no me era posible
señalar a alguien, basándome tan sólo en suposiciones, como apuntador alemán
para el tronado comediógrafo y panfletista dentuesco, E. About. Pero ahora sí
tengo derecho a hacer esta aclaración: la commère alemana del compére Guillery
no era otra que la dulce Kunigunda de Vogt: el señor Luis Simón de Trier.
¡Probablemente no pudo sospechar esto el fugitivo alemán refugiado en Londres,
que escribió la conocida respuesta al panfleto de About!
108 “…que
probablemente esté llamada a rendirle grandes servicios, con tal de que se
preste un
poco”.
|481|
NUEVAMENTE EL SEÑOR VOGT
FEDERICO ENGELS
(Volkstaat, Nº 38, 10 de mayo de 1871)
|483| Desde la campaña de Augsburgo de 1859 que le
valió una tremenda azotaina, el señor Vogt parecía haberse hartado de la
política. Se dedicó con todas sus energías a las ciencias naturales, en las que
ya anteriormente, según lo dicho por él mismo, había logrado descubrimientos
“asombrosos”. Es así como —en la misma época en que Küchenmeister y Leukraft
estudiaron la por demás complicada historia del desarrollo de los parásitos
intestinales, con lo que la ciencia en efecto dio un gran paso hacia adelante—,
Vogt había hecho el asombroso descubrimiento que dichos parásitos se dividían
en dos clases de gusanos: redondos, que son los gusanos redondos, y chatos, que
son los gusanos chatos. Y ahora agregaba a esta grandiosa conquista, una
conquista mucho más grande aún.
El descubrimiento de numerosos huesos humanos
fosilizados pertenecientes a épocas prehistóricas, había puesto de moda el
estudio comparativo de los cráneos pertenecientes a distintas razas humanas.
Los cerebros eran medidos en todas las dimensiones, se les comparaba, se
discutía; no se llegó a resultado alguno, hasta que finalmente Vogt, con su
acostumbrado aplomo victorioso, anunció la solución del enigma: aquellos
cráneos que eran alargados, se llamaban cabezas largas, dolicocéfalas y otros
que son redondeados, cabezas cortas, branquicéfalos. Aquello que los más
minuciosos y activos observadores no lograron durante largos años de penosos
estudios, Vogt lo logró con la simple aplicación de su principio gusanil. Y si
a estos descubrimientos asombrosos, agregamos |484| aún otro descubrimiento en
el campo de la zoología política, vale decir, el de la Banda de Azufre, sin
duda hasta el más engreído estará de acuerdo con nosotros, en que Vogt ha hecho
bastante para justificar toda una vida humana.
Pero el gran espíritu de nuestro Vogt no tiene
sosiego. La política conservó sus irresistibles encantos para aquel hombre que
también en el banco de la cervecería era capaz de cumplir tanto y tan grande.
La azotaina del año sesenta había sido felizmente olvidada, Herr Vogt de Marx,
ya no se encontraba en las librerías; por sobre todas aquellas desagradables
historias, el pasto había crecido una y muchas veces. Nuestro Vogt había
realizado giras pronunciando conferencias que contaron con el aplauso de los filisteos
alemanes, se había repantigado en todas las colecciones de histología,
congresos etnológicos y de anticuarios, acercándose además a las legítimas
personalidades científicas; por consiguiente en cierto modo podía volver a
sentirse “hombre decente”, y creerse predestinado a estudiar también en sentido
político al filisteo alemán que con tanto ahínco había estudiado en sentido
histológico. Ocurrían grandes acontecimientos: Napoleón, el pequeño, había
capitulado en Sedán, los prusianos estaban a las puertas de París, Bismarck
reclamaba Alsacia y Lorena. Por lo tanto era hora que Vogt pronunciara su
palabra decisiva.
Esta palabra se intitula: Cartas políticas de
Carlos Vogt a Federico Kolb, Biel 1870; contiene doce cartas que primeramente
fueron publicadas en la Tagespresse —[Prensa
del Día]— de Viena y que además fueron copiadas en
el Monitor de Vogt, el Handelscourier —[Correo Comercial]— de Biel. Vogt se
declara contrario a la anexión y prusificación de Alemania y le fastidia
terriblemente el que en esto se encuentre ahora convertido en simple sucesor de
los tan odiados demócratas socialistas, vale decir, de la Banda de Azufre.
Sería obvio |485| ocuparse del resto del contenido de dicho panfleto, puesto
que resulta por demás indiferente saber cuáles son las ideas que un Vogt pueda
tener sobre asuntos semejantes. Por lo demás, los argumentos que expone son
únicamente los correspondientes a la politiquería de un filisteo cervecero,
sólo que esta vez Vogt no refleja al filisteo alemán, sino al filisteo suizo.
A nosotros únicamente interesa la agradable
personalidad del señor Vogt en sí, tal como pasa por sus innumerables vueltas y
revueltas.
Por consiguiente tomaremos el folletito y a su lado
depositaremos aquella desgraciada obra de Vogt, los Ensayos sobre la actual
situación de Europa, 1859, cuyas consecuencias tanto y tan largo tiempo le
hicieron sufrir. Entonces encontraremos, a pesar de toda su afinidad
espiritual, del mismo descuido en la forma de escribir —en la página 10 el
señor Vogt recoge sus “opiniones” con “sus propias orejas” que sin duda deberán
ser unas orejas muy peculiares—, que hoy el señor Vogt dice precisamente todo
lo contrario de lo que predicaba once años atrás. Los Ensayos tenían por objeto
convencer al filisteo alemán de que Alemania no tenía interés en inmiscuirse en
la guerra que Luis Bonaparte por aquel entonces planeaba contra Austria. Con
este fin era preciso presentar a Luis Bonaparte como a un “hombre
predestinado”, liberador de pueblos, y defenderlo de los acostumbrados ataques
de los republicanos y hasta también, de algunos burgueses liberales. Y el
supuesto republicano Vogt, también se avino a ello —claro está, con la cara
harto avinagrada que ello le ocasionaba. Las malas lenguas y algunos miembros
de la Banda de Azufre pretendían afirmar que el bueno de Vogt se sometía a
todos estos trastornos y a todas estas muecas, debido tan sólo a que del lado
bonapartista había obtenido aquello que los ingleses han dado en llamar una
“consideración”, es |486| decir, dinero contante y sonante. Por cierto que se
había producido toda clase de asuntos sospechosos. Vogt había ofrecido dinero a
las más diversas personas, con tal de que las mismas actuaran en la prensa en
su sentido, es decir, con tal que hicieran propaganda a favor de los propósitos
liberadores de los pueblos de Luis Bonaparte. El señor Brass, de cuyas
virtudes, como es sabido, no es posible dudar desde que dirige el Norddeutsche
Allgemeine Zeitung —[La Gaceta Universal del Norte de Alemania]—, hasta este
mismo señor Brass; rechazó oficialmente “el comedero francés que Vogt pretendía
ofrecerle”. Pero no queremos continuar hablando de estas historias desagradables
y preferimos suponer por ahora que los dolores de barriga y las muecas del
señor Vogt le pertenecían por herencia propia.
Ahora, entretanto, se produjo la catástrofe de
Sedán y con ella todo cambió también para el señor Vogt. El mismo Emperador de
los franceses, libertador de pueblos, es tratado aún con alguna reserva; de él
se dice únicamente que “la revolución ya se cernía sobre su cabeza. Aún sin
guerra, el Imperio tampoco habría visto el comienzo del año 1871 en las
Tullerías” (Página 1).
¡Pero su esposa! Oigámosle:
“Claro está que si Eugenia hubiera vencido —pues
esa española inculta que ni siquiera es capaz de escribir correctamente y sin
faltas de ortografía, se mantiene o mantenía en el campo de la batalla al
frente de toda aquella fétida cola del dragón,
formada por monjes fanáticos y populacho— si
Eugenia hubiera vencido, decimos, la situación momentánea habría sido peor
aún”, que después de las victorias prusianas, etc.
Pero peor aún es tratada la cola del dragón de Luis
Bonaparte, pues ahora queda demostrado que también él dispone de una cola
semejante. Ya en la página 2 se habla de “los |487| terribles despilfarras del
Imperio”. En la página 16, de la “plebe” que “comandaba el ejército y estaba al
frente de la administración Imperial”. Estos despilfarros y esta plebe ya se
encontraba en 1859 y aún mucho antes, en su plena floración; Vogt, que por
aquel entonces no tenía ojos para ello, lo ve ahora con toda claridad: otro
progreso más. Pero aún no basta con esto.
Aun cuando no puede decirse precisamente, que Vogt
insulta a su antiguo libertador, no puede eludir sin embargo, el citar una
carta de una sabio francés en la que se dice: “Si usted tiene alguna
influencia, trate de apartar de nosotros la peor de las vergüenzas —[celle de
manerer l’infame]— la de tener que repatriar al infame — [Luis Bonaparte]—. Es
preferible un Enrique V, los Orleans, un Hohenzollern, antes que este
“Traupmann, coronado que envenenaba todo lo que tocaba” (pág. 13).
Por muy malos que fueran el ex emperador, su
inculta esposa y sus respectivas colas de dragón, Vogt nos consuela sin
embargo, asegurándonos que aún queda uno en la familia que hace la excepción:
el príncipe Napoleón, más conocido con el nombre de Plon-Plon. De él, Vogt dice
en la página 33, que el mismo Plon-Plon le había manifestado “que no respetaría
a los alemanes del Sud si los mismos obraran de distinta manera”, es decir, si
no estuvieran dispuestos a participar en la lucha contra los franceses; además
estaba convencido del mal fin de la guerra y nunca lo había ocultado. ¿Quién se
atrevería a acusar a Vogt de ingrato? ¿Acaso no resulta conmovedor ver como él,
el “republicano”, tiende su mano fraternal al “príncipe” en desgracia,
proporcionándole un testimonio que éste podrá invocar en el caso de que alguna
vez se llamara a la gran licitación para encontrar al hombre que habrá de
sustituir a aquel “deshonrado”?
|488| En los Ensayos, de 1859, Rusia y la política
rusa es elogiada sin ambages, aquel Imperio, “a partir de la abolición de la
servilitud es más bien un camarada del movimiento liberal, que un enemigo del
mismo”; Polonia estaría a punto de fundirse con Rusia —¡según lo ha demostrado
el levantamiento de 1863!— y Vogt considera que es muy natural que Rusia
constituya “el punto fijo alrededor del cual las nacionalidades eslavas
tienden, cada vez más, a agruparse”. Y el que en 1859 la política rusa marchara
del brazo con la de Luis Bonaparte, naturalmente era un mérito enorme. Ahora
todo esto ha cambiado… ahora se dice: “No dudo un sólo instante de que estamos
a las puertas de un conflicto entre el mundo eslavo y el mundo germano… y de
que por uno de ambos lados será Rusia quien se encargue de dirigirlo” (págs. 30
y 31). Y entonces se demuestra que después de la anexión de Alsacia —[en este
conflicto Francia inmediatamente se pondrá del lado de los eslavos]— y que
hasta tratará de apresurar en lo posible su estallido, para poder recuperar a
Alsacia, de modo que aquella misma alianza franco-rusa, que en 1859 era
considerada una fortuna para Alemania, se le aparece ahora como un espantajo y
fantasma atemorizante. Pero Vogt conoce a sus filisteos alemanes. Sabe que
puede ofrecerles todo y que le está permitido desdecirse todas las veces que
quiera. Sólo nos preguntamos involuntariamente, ¿cómo fue posible que once años
atrás Vogt pudiera
tener la desvergüenza de propagar como la mejor
garantía para la evolución liberal de Alemania y de Europa, una alianza entre
Rusia y la Francia bonapartista?
¡Y ahora, para colmo, Prusia! En los Ensayos se
hace entender claramente a Prusia que apoye en forma indirecta los planes de
Napoleón contra Austria, que se limite a la defensa del terreno federal alemán
para luego, “al producirse las |489| negociaciones de paz, obtener su paga en
tierras pertenecientes a los territorios llanos del Norte de Alemania. Los
límites de la posterior federación del Norte —el Erzgebirge, el Meno y el mar—,
ya por aquel entonces le eran presentados a Prusia como carnada. Y en el epílogo
de la segunda edición, aparecida durante la guerra de Italia, cuando el fuego
ya ardía sobre las uñas de los bonapartistas y no había tiempo que perder con
rodeos y conversaciones, también Vogt dice por fin lo que tiene que decir,
invitando a Prusia a iniciar una guerra civil en Alemania a objeto de poder
fundar una potencia central unificada a favor de la incorporación de Alemania a
Prusia. Esta unificación de Alemania no costaría tantas semanas como meses
cuesta la guerra de Italia. Ahora bien: justamente siete años después, y
también de acuerdo con Luis Napoleón, Prusia obra al pie de la letra de las
insinuaciones bonapartistas repetidas por Vogt; se lanza a una guerra civil,
obtiene momentáneamente su premio en tierras de los territorios llanos del
Norte y proporciona, por lo menos para el Norte, una potencia central
unificada… ¿Y el señor Vogt? El señor Vogt se presenta ahora repentinamente y
se lamenta de que “la guerra de 1870 había sido la ineludible consecuencia de
la de 1866” (pág. 1). Se queja de la insaciable política de conquistas
prusiana, “que siempre pica la carnada cuando se le ofrece alguna conquista,
tal como un tiburón hincaría sus dientes en un trozo de tocino, (pág. 20).
“Nunca y en ninguna parte he visto un gobierno y un pueblo que mereciera tanto
este nombre —Estado ladrón, Estado pequeño— como el prusiano” (pág. 35).
Lamenta la incorporación de Alemania a Prusia, como la peor desgracia que pudo
ocurrirle a Alemania y a Europa —octava y novena carta—. Esto es lo que ha
sacado |490| Bismarck con seguir el consejo de Vogt y esto lo que le pasa a
Vogt, por haberle dado un consejo a Bismarck.
Hasta aquí todo parecía no marchar del todo mal
para nuestro Vogt. Las viejas historias difamatorias habían sido
definitivamente olvidadas por los filisteos y los Ensayos habían desaparecido
por completo. Vogt podía volver a hacerse pasar por un ciudadano decente,
medianamente demócrata y jactarse de que éstas, sus Cartas Políticas, se
oponían a la banal corriente filistea de Alemania.
Hasta el fatal acuerdo en la cuestión anexionista
con los demócratas socialistas, únicamente podía valerle honores: puesto que
Vogt no se había pasado a la Banda de Azufre, necesariamente la Banda de Azufre
tenía que pasarse a Vogt. Entonces, de repente, la mirada cae sobre una línea,
pálida y delgada, perteneciente a las listas recién publicadas de los fondos
secretos empleados por Luis Bonaparte:
VOGT — il lui a été remis en Août 1859… fr. 40.000.
[VOGT — le fueron remitidos en agosto de 1859…
40.000 francos].
¿Vogt? Pero, ¿quién es Vogt? ¡Qué desgracia para
Vogt que no se haya agregado algún calificativo más definido! Si se dijera: el
profesor Carlos Vogt, de Ginebra, y apareciera la dirección, calle y número,
etc., acaso entonces Vogt podría decir: “Ese no soy yo”, ese es mi hermano, mi
mujer, mi hijo mayor… Todos, menos yo. ¡Pero de esta manera! ¡Sencillamente
VOGT! Sin más datos, sin nombre de pila, sin dirección, ése
sólo puede ser un Vogt, el sabio universalmente
conocido, el gran descubridor de los gusanos redondos y de los gusanos chatos,
de los cráneos alargados y de los cráneos |491| redondeados y de la Banda de
Azufre, el hombre cuyo renombre es tan conocido por los policías de los fondos
secretos, que todo otro dato resulta superfluo! Y además, ¿acaso existe otro
Vogt que haya prestado tantos servicios al gobierno bonapartista de 1859, que
el mismo en agosto de ese mismo año —y precisamente para esa fecha Vogt se
encontraba en París— pudiera pagarle 40.000 francos? El que usted, señor Vogt,
haya prestado esos servicios es notorio; sus Ensayos lo atestiguan; estos
Ensayos aparecieron en su primera edición durante el transcurso de la
primavera; en su segunda, en el verano; el que a partir del 1 de abril hasta ya
muy avanzado el verano, usted se dedicó a invitar a numerosas personas a
trabajar, previa remuneración, a favor de sus intereses bonapartistas, es algo
que usted mismo ha confesado; en agosto de 1859, terminada la guerra, usted
estuvo en París — ¿y ahora pretende usted que nosotros creamos que ese Vogt a
secas, al que en 1859 Bonaparte hizo pagar 40.000 francos, es otro Vogt
completamente desconocido? Se lo juramos por todos sus gusanos redondos y
chatos: mientras usted no nos pruebe lo contrario, será preciso que supongamos
que es usted el Vogt en cuestión.
Pero acaso diga usted que esa es una afirmación que
se funda únicamente en la palabra del actual gobierno francés, es decir, en el
gobierno de los comunalistas o sea, comunistas, que también se llaman Banda de
Azufre. ¿Quién puede creer lo que diga esa gente? A esto podría responderse,
que el “Gobierno de la defensa nacional” llevó a cabo la publicación de la
Correspondence et papier de la famille Imperiale [correspondencia y los
documentos de la familia imperial], publicación ésta que constituye su acción oficial
y es garantizada por él. ¿Y qué opinaba usted de ese gobierno, Jules Favre,
|492| Tronchin, etc.? “Los hombres que ahora encabezan el gobierno nada tienen
que envidiar a nadie en cuanto a inteligencia, vigor activo y lealtad probada…,
pero no es posible que cumplan lo imposible”. Esto es lo que usted dice con
respecto a ellos en la página 52 de su folleto. En efecto, señor Vogt, no
pueden cumplir lo imposible, pero usted por lo menos habría podido guardarse
sus nombres en agradecimiento a esta cálida consideración de que tan pocas
veces fuera objeto.
Sin embargo, tal como usted mismo lo dice, señor
Vogt, “el oro es la equivalencia del daño que el individuo sufre en su persona”
—pág. 24—, y si bien su estimada persona, debido a sus brincos de orden
político, en efecto ha sufrido algún “daño” — esperamos que el mismo haya sido
tan sólo de orden moral…— confórmese usted con su equivalencia”.
Cuando en el verano pasado comenzó el fragor
bélico, usted estaba “convencido” de que toda aquella bulla gubernamental
francesa únicamente habría de servir para cubrir, con aparentes pertrechos, los
terribles despilfarras del Imperio. Bajo el gobierno de Luis Felipe, este
trabajo les había sido encomendado a los gusanos que carcomen la madera —los
gastos secretos que sobrepasaban el presupuesto, eran cargados sobre la cuenta
maderera de la Marina—; durante el Imperio habría bastado toda la carcoma del mundo
para cubrir los excesos” (pág. 4).
Bueno, señor Vogt, por lo visto volvemos a
encontrarnos entre sus tan queridos gusanos y esta vez con los gusanos
madereros.
¿A qué especie pertenecen éstos? ¿A los gusanos
redondos, o a los chatos? ¿Quién es capaz de decidirlo? Únicamente usted, señor
Vogt, y usted lo decidirá
efectivamente. De acuerdo a la Correspondance,
etc., también usted milita entre los “gu-|493|sanos madereros”, y ayudó a
comerse “los gastos excedentes al presupuesto del Estado”, hasta cubrir la suma
de 40.000 francos. Y el que usted es un “gusano redondeado”, eso lo sabe todo
aquel que lo conoce.
FIN

