Libro N° 9596. El Imperialismo Y La Revolución. Hoxha, Enver.
© Libro N° 9596. El Imperialismo Y La Revolución. Hoxha, Enver. Emancipación. Febrero
12 de 2022.
Título original: © El Imperialismo Y La Revolución. Enver Hoxha
Versión
Original: © El Imperialismo Y La Revolución. Enver Hoxha
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.marxists.org/espanol/enver/imprev/index.htm
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://fotos-bb2b.s3.eu-west-3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2021/08/05082819/imagenes-de-fondo-para-revistas-750x450.jpg
Portada E.O. de Imagen original:
https://elestado.net/wp-content/uploads/2019/09/pg-10-hoxha-rex.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL IMPERIALISMO Y LA REVOLUCIÓN
Enver Hoxha
El Imperialismo Y La Revolución
Enver Hoxha
Enver Hoxha
EL IMPERIALISMO Y LA REVOLUCION
Escrito: 1978
Primera vez publicado: 1978, Tirana - Albania.
Primera edición en castellano: Tirana - Albania,
Editorial "8 Nëntori", 1979.
Transcripción/HTML: Marxists Internet Archive,
marzo 2011.
CONTENIDO
Prefacio a la Primera Edición
Nota a la Segunda Edición
PRIMERA PARTE
I. La estrategia del imperialismo y del
revisionismo moderno
II. La teoría leninista sobre el imperialismo
mantiene toda su actualidad
III. La revolución y los pueblos
SEGUNDA PARTE
I. La Teoría de los «Tres Mundos», teoría
contrarrevolucionaria y chovinista
II. El plan de china para convertirse en
superpotencia
III. El pensamiento «Mao Tse-Tung», teoría
antimarxista
LA DEFENSA DEL MARXISMO-LENINISMO, GRAN TAREA DE
TODOS LOS AUTENTICOS REVOLUCIONARIOS
Notas
PREFACIO A LA PRIMERA EDICIÓN ALBANESA
Desde que apareció el ((Manifiesto del Partido
Comunista» de Marx y Engels en 1848 hasta nuestros días, la lucha entre el
marxismo revolucionario y el oportunismo, tanto en el campo político como en el
ideológico, se ha centrado alrededor de un problema: ¿Es o no necesaria la
revolución para transformar la sociedad sobre bases socialistas? ¿Existen o no
las condiciones para llevar a cabo la revolución? ¿Es posible hacerla mediante
el camino pacifico, o es imprescindible la violencia revolucionaria?
La burguesía y los oportunistas, con todas sus
teorías, que se cuentan por decenas por no decir centenares, se han esforzado y
se esfuerzan por negar la verdad incuestionable de que la contradicción
fundamental de la sociedad capitalista es la contradicción entre los
explotadores y los explotados, por negar el lugar y el papel histórico de la
clase obrera, por negar la misma lucha de clases como factor determinante del
desarrollo y del progreso de la sociedad humana. Su objetivo ha sido y es el de
desorientar ideológicamente al proletariado, obstaculizar la revolución,
perpetuar la explotación capitalista y destruir el marxismo-leninismo, la
ciencia triunfante de la revolución y de la edificación del socialismo.
Todos estos adversarios y enemigos del proletariado
y de la revolución han intentado hacer creer que el marxismo-leninismo es
anticuado e hilvanar diversas ((teorías», supuestamente en consonancia con las
nuevas condiciones históricas, con los cambios que ha sufrido el capitalismo,
el imperialismo, y con la evolución general de la sociedad humana.
Así Bernstein declaro que Marx estaba caduco, y
Kautsky, especulando con la transición del capitalismo al imperialismo, negó la
revolución. Su ejemplo y sus métodos han sido seguidos par todos los
revisionistas modernos, desde Browder y Tito, Jruschov y los ((eurocomunistas»,
hasta los ((teóricos» chinos de los ((tres mundos».
Bajo el falso pretexto de aplicar y desarrollar el
marxismo-leninismo ((de manera creadora», adaptándolo a las nuevas condiciones
que se han creado hoy en el mundo, todos estos antimarxistas tratan de negar la
ideología científica de la clase obrera y reemplazarla con el oportunismo
burgués. El proletariado, los revolucionarios y sus verdaderos partidos
marxista-leninistas han desarrollado y desarrollan una encarnizada lucha, que
no ha cesado ni cesará jamás, contra el revisionismo moderno y sus diversas corrientes.
Los revisionistas, la burguesía reaccionaria y sus
partidos intentan calificar nuestra teoría, el marxismo-leninismo, de dogma, de
algo fijo, rígido, que supuestamente no se adapta a los tiempos actuales,
llenos de dinamismo y vitalidad. Pero, si se habla de dinamismo y vitalidad,
esto solo lo tiene el marxismo-leninismo, ya que es la teoría de la clase
obrera, la clase más avanzada de la sociedad, la clase más activa y más
revolucionaria, la que piensa de manera justa, la que produce los bienes
materiales y está en constante actividad.
Los esfuerzos de la burguesía y sus ideólogos, los
cuales intentan convencer a la gente de que el marxismo-leninismo supuestamente
ha envejecido y no corresponde a los «tiempos modernos», tienen como finalidad
combatir la ideología científica del proletariado y reemplazarla con varias
teorías que preconizan una vida adulterada, una vida propia del lumpen, una
sociedad de desenfrenada degeneración, una sociedad denominada de consumo. Las
teorizaciones que pretenden que ahora se han encontrado las formas de una nueva
sociedad en permanente movimiento y progreso, tienden igualmente a golpear el
pensamiento progresista revolucionario del proletariado, su ideología
dirigente, perpetuar la opresión y la explotación capitalistas.
Nuestra teoría, como nos enseña Lenin, juzga y
define correctamente las formas y los métodos de la lucha de clases. Está
estrechamente ligada a los problemas prácticos que plantea la vida, que plantea
la época. Esta arma nos ayuda a analizar y comprender de forma justa, en cada
momento, el curso del desarrollo humano, a analizar y comprender correctamente
cada viraje histórico de la sociedad, a transformarla de manera revolucionaria.
Nuestro Partido desenmascaró en su VII Congreso las
distintas corrientes revisionistas, entre ellas la teoría china de los «tres
mundos». Al subrayar la vital importancia que tiene el marxismo-leninismo para
el triunfo de la revolución, del socialismo y de la liberación de los pueblos,
rechazó firmemente las tesis y los puntos de vista burgués-oportunistas sobre
la presente etapa del proceso histórico mundial, que niegan la revolución y
defienden la explotación capitalista, y recalcó enérgicamente que ningún cambio
en el desarrollo del capitalismo y del imperialismo justifica las «invenciones»
y las mistificaciones revisionistas. La crítica de principios y el incesante
desenmascaramiento de las teorías antirrevolucionarias y anticomunistas son
imprescindibles si se quiere defender el marxismoleninismo, si se quiere hacer
avanzar la causa de la revolución y de los pueblos, si se quiere demostrar que
la teoría de Marx, Engels, Lenin y Stalin se mantiene siempre joven, como la
brújula segura que indica el camino hacia futuras victorias.
Abril, 1978
NOTA A LA SEGUNDA EDICIÓN
Esta obra ha sido publicada por primera vez [en
albanés] en abril de 1978 y distribuida en el seno del Partido.
Para satisfacer los deseos de los comunistas,
después de que conocieron su contenido, esta obra es reeditada para el público.
La presente edición evoca algún acontecimiento que
se ha producido desde que apareció la primera.
PRIMERA PARTE
LA ESTRATEGIA DEL IMPERIALISMO Y DEL REVISIONISMO
MODERNO
EI VII Congreso del Partido del Trabajo de Albania,
al analizar la actual situación internacional y la existente en el movimiento
revolucionario mundial, puso de manifiesto los peligros que representan el
imperialismo y el revisionismo moderno para la revolución y la liberación de
los pueblos, acentuó la necesidad de librar una lucha implacable contra ellos y
de apoyar activamente al movimiento marxista-leninista en el mundo.
Estos problemas adquieren una gran importancia
debido a que la construcción del socialismo, la lucha por reforzar la dictadura
del proletariado y la defensa de la Patria son inseparables de la situación
internacional y del proceso general de la evolución mundial.
Actualmente, grandes fuerzas representantes del
oscurantismo, de la esclavitud, de la explotación del proletariado y de los
pueblos -el imperialismo norteamericano y sus agentes, el socialimperialismo
soviético, el socialimperialismo chino, la gran burguesía y la reacción-, se
han puesto en pie y luchan contra el marxismo-leninismo. También corrientes
ideológicas contrarrevolucionarias, como la socialdemocracia, el revisionismo
moderno y muchas otras, se han levantado en contra de nuestra ideología revolucionaria.
En nuestro combate contra todos estos enemigos
debernos apoyarnos firmemente en la teoría marxista-leninista y en el
proletariado mundial. Nuestra lucha en el aspecto teórico será llevada a cabo
con éxito cuando hagamos un análisis dialéctico correcto de la situación
internacional, de los acontecimientos que tienen lugar, de los objetivos y los
propósitos de todas las fuerzas sociales en movimiento, que están en
contradicción y en lucha entre sí. El análisis científico de la situación
internacional y la visión clara de la estrategia, ayudan a definir justas
tácticas de lucha revolucionaria en las diversas circunstancias, para ganar
batalla tras batalla. Nuestro Partido siempre ha actuado así.
El socialismo está en lucha con el capitalismo, el
proletariado mundial está en inexorable y continua lucha con la burguesía
capitalista, los pueblos del mundo están en lucha con sus opresores externos e
internos. En su lucha, el proletariado mundial se guía por su propia ideología
marxista-leninista, que explica la necesidad indispensable de esta lucha y
moviliza las fuerzas para la batalla. Por este motivo el capitalismo y el
imperialismo siempre han organizado una encarnizada lucha contra la teoría de
Marx, Engels, Lenin y Stalin.
Carlos Marx descubrió las leyes del desarrollo
social, de las transformaciones revolucionarias y de la transición de la
sociedad de un orden social inferior a otro superior, analizó sobre bases
científicas la propiedad privada de los medios de producción, el modo
capitalista de distribución, la plusvalía que arranca el capitalista. Formuló
la teoría científica sobre las clases y la lucha de clases, y determinó los
rumbos de la lucha del proletariado para derrocar a la burguesía, destruir el
sistema capitalista, implantar la dictadura del proletariado y edificar la
sociedad socialista.
En todos los países del mundo diversos teóricos
reaccionarios han intentado por todos los medios denigrar la teoría de Marx,
echar barro sobre ella, tergiversarla, combatirla. Pero esta teoría, que es una
auténtica ciencia, ha logrado dominar el pensamiento humano progresista y
hacerse un arma poderosa del proletariado y de los pueblos en la lucha contra
sus enemigos.
Aplicando la teoría marxista y desarrollándola aún
más, Lenin proporcionó al proletariado y a su vanguardia, el partido
marxista-leninista, una teoría científica para las condiciones del imperialismo
y de las revoluciones proletarias. Lenin desarrolló el marxismo no sólo en la
teoría, sino también en la práctica. Aplicando la doctrina de Carlos Marx,
dirigió la revolución bolchevique y la condujo a la victoria. La obra de Lenin
fue desarrollada aún más por Stalin.
El triunfo de la Gran Revolución Socialista de
Octubre asestó el primer golpe demoledor al imperialismo, a todo el sistema
capitalista mundial. Marcó el comienzo de la crisis general del capitalismo,
que se profundizó constantemente.
Con la creación y la consolidación del estado
soviético, se alcanzó una victoria colosal que enseñó al proletariado y a los
pueblos que era posible derrotar, aniquilar al enemigo que tenían en frente, el
capitalismo, el imperialismo. Un testimonio vivo de ello era la Unión
Soviética.
La coalición imperialista y capitalista mundial,
enfurecida por la derrota que le infligió la Revolución de Octubre en Rusia,
reforzó los medios de lucha política, económica y militar contra el nuevo
estado de los proletarios y contra la propagación de la ideología
marxista-leninista en el mundo. Los imperialistas, la burguesía reaccionaria,
la socialdemocracia europea y mundial, junto con los demás partidos del
capital, prepararon la intervención contra la Unión Soviética. Ellos, junto con
los hitlerianos, con los fascistas italianos y japoneses, prepararon también la
Segunda Guerra Mundial.
Pero en esta guerra se confirmó aún mejor la
vitalidad del socialismo y del marxismo-leninismo, que salieron victoriosos.
Después de la victoria sobre el fascismo, el mundo
sufrió grandes cambios en beneficio del socialismo. En Europa y Asia surgieron
nuevos estados socialistas. Fue creado el campo socialista con la Unión
Soviética a la cabeza. Esto venia a constituir otra gran victoria del
socialismo, del marxismo-leninismo, y otra gran derrota del capitalismo, del
imperialismo.
El sistema capitalista fue profundamente
estremecido por la Segunda Guerra Mundial, que rompió por completo su
equilibrio. Alemania, Japón e Italia, como potencias vencidas, salieron de la
guerra con una economía arruinada. Perdieron las posiciones políticas y
militares que antes ocupaban. Otros estados imperialistas, como Gran Bretaña y
Francia, no obstante salir victoriosos de la guerra, se habían debilitado hasta
tal punto, económica y militarmente, que su papel de gran potencia estaba por
los suelos.
Con el desmoronamiento del sistema colonial se
profundizó aún más la crisis general del capitalismo. Debido a este
desmoronamiento surgieron una serie de nuevos estados nacionales, mientras que
en los países que permanecieron en su situación de colonias o semicolonias,
creció el movimiento libertador contra el yugo imperialista.
Estos cambios crearon condiciones aún más propicias
para el triunfo del socialismo a nivel mundial. Bastantes estados capitalistas
se encontraban, a causa de la profunda crisis económica y política y del
creciente descontento de las masas, en vísperas de estallidos revolucionarios.
En tales situaciones sumamente graves y críticas, acudió en su ayuda el
imperialismo norteamericano.
A diferencia de las demás potencias imperialistas,
los Estados Unidos de América salieron de la guerra más fuertes. No sólo no
sufrieron daños, sino que acumularon riquezas colosales y aumentaron
desmesuradamente su potencial económico y militar, su base técnica-científica.
Este imperialismo, cebado con la sangre derramada por los pueblos, se convirtió
en el único leadership de todo el mundo capitalista.
EI imperialismo norteamericano movilizó a todas las
fuerzas reaccionarias del mundo capitalista con el fin de salvar al viejo
régimen capitalista y aplastar todo movimiento revolucionario y de liberación
nacional que lo amenazara, destruir el campo socialista y restaurar el
capitalismo en la Unión Soviética y en los países de democracia popular,
establecer su hegemonía en todos los lugares del mundo.
Para alcanzar sus objetivos, el imperialismo
norteamericano junto con el capital mundial pusieron en marcha su gigantesca
maquina burocrático-militar estatal, su gran potencial económico, técnico y
financiero, todas sus fuerzas humanas. Aquel ayudó al capitalismo europeo y
japonés, que estaban agotados, a reponerse política, económica y militarmente,
y en lugar del sistema colonial derrumbado, levantó un nuevo sistema de
explotación y expoliación, el neocolonialismo.
El imperialismo norteamericano movilizó ingentes
medios de propaganda, filósofos, economistas, sociólogos, escritores, etc., en
la furibunda campaña que desató contra el marxismo-leninismo, contra el
comunismo, contra la Unión Soviética y contra los demás países socialistas de
Europa y Asia.
Simultáneamente, puso en práctica una política
agresiva declarada. La fiebre de la guerra, de la militarización y del
anticomunismo invadió todos los terrenos de la vida, la economía, la política,
la ideología, el ejército, la ciencia, en los Estados Unidos de América.
Para derrocar el socialismo, para aplastar los
movimientos revolucionarios de liberación, para combatir la gran influencia de
la teoría marxista-leninista y para implantar su hegemonía en el mundo, el
imperialismo norteamericano recurrió a dos caminos.
El primer camino fue la agresión y la intervención
armada. Los imperialistas norteamericanos crearon bloques militares agresivos
como la OTAN, la SEATO, etc., acantonaron un gran número de tropas en los
territorios de muchos otros países, instalaron bases militares en todos los
continentes, construyeron poderosas flotas de guerra que diseminaron por mares
y océanos. Para aplastar y sofocar la revolución intervinieron militarmente en
Grecia, Corea, Vietnam y otros lugares.
El otro camino fue el de la agresión ideológica y
la subversión en contra de los estados socialistas y los partidos comunistas y
obreros, el de los esfuerzos encaminados a conseguir la degeneración burguesa
de estos estados y de estos partidos. En este sentido el imperialismo
norteamericano y todo el capital mundial utilizaron poderosos medios de
propaganda y diversión ideológica.
Pero el imperialismo norteamericano con el
capitalismo mundial, que se recobraba después de la guerra, tenían en frente un
poderoso adversario, el campo socialista con la Unión Soviética a la cabeza, el
proletariado mundial, los pueblos amantes de la libertad. Por eso debían hacer
bien sus cálculos ante esta gigantesca fuerza, que se guiaba por una política
correcta y clara, por una ideología triunfante que había conquistado y
continuaba conquistando cada vez más el corazón y la mente de los obreros, de
los revolucionarios, de los elementos progresistas.
El movimiento revolucionario del proletariado y la
lucha de liberación de los pueblos crecían y se reforzaban, a pesar de los
esfuerzos que hacían el imperialismo norteamericano y la reacción mundial para
aplastarlos y destruirlos. La Unión Soviética, bajo la dirección de Stalin,
restañó muy rápidamente las heridas de la guerra y avanzaba a altos ritmos en
todos los terrenos, en la economía, la ciencia, la técnica, etc. En los países
de democracia popular se consolidaban las posiciones del socialismo. Los partidos
comunistas y el movimiento democrático antiimperialista extendían su influencia
entre las masas.
En tales condiciones, el imperialismo y el
capitalismo mundial explotaron a los revisionistas modernos, y en primer lugar
a los revisionistas yugoslavos, en la lucha contra el socialismo y los
movimientos de liberación de los pueblos.
Fue una suerte para el capitalismo mundial que un
país supuestamente de democracia popular, Yugoslavia, se opusiera a la Unión
Soviética y entrara en abierto conflicto ideológico y político con ella, porque
en el seno del campo del socialismo uno de sus miembros se rebelaba. El
capitalismo mundial armó una gran bulla en torno a este acontecimiento, que le
sirvió en su lucha en contra del socialismo y la revolución.
La traición titista, a pesar de los grandes
perjuicios que ocasionó a la causa de la revolución y del socialismo, no logró
escindir el campo socialista y el movimiento comunista, como esperaban la
burguesía y la reacción. Los comunistas y los revolucionarios en todo el mundo
condenaron enérgicamente esta traición y pusieron en evidencia el peligro que
significaba el titismo, como agencia del imperialismo contra el comunismo.
Los que prestaron el mayor servicio al capitalismo
mundial en la lucha contra el socialismo, la revolución y el
marxismo-leninismo, fueron los revisionistas jruschovistas que, después de la
muerte de Stalin, tomaron el poder en la Unión Soviética. La aparición del
grupo revisionista de Jruschov constituyó la mayor victoria política e
ideológica de la estrategia del imperialismo después de la Segunda Guerra
Mundial.
El derrocamiento contrarrevolucionario que se
produjo en la Unión Soviética alegro enormemente a los imperialistas
norteamericanos y a las demás potencias capitalistas, porque el país socialista
más poderoso, el soporte de la revolución y la liberación de los pueblos estaba
abandonando el camino del socialismo y del marxismo-leninismo y se
transformaría en un apoyo, en la teoría y en la práctica de la
contrarrevolución, del capitalismo.
El viraje que se operó en la Unión Soviética,
provocó la escisión del campo socialista y del movimiento comunista
internacional. Fue uno de los principales factores que influyeron y crearon
condiciones favorables para que el revisionismo moderno se difundiera en el
seno de muchos partidos comunistas. La corriente revisionista jruschovista dañó
gravemente la causa de la revolución y del socialismo en todo el mundo.
Entre las autenticas fuerzas marxista-leninistas y
revolucionarias, por un lado, y el revisionismo jruschovista, por otro, empezó
una lucha encarnizada. EI Partido del Trabajo de Albania, del mismo modo que
había luchado y luchaba resueltamente contra el revisionismo yugoslavo,
enarboló desde los primeros momentos la bandera de la lucha intransigente y de
principios contra el revisionismo soviético y sus seguidores; defendió con
valentía el marxismo-leninismo, la causa del socialismo y de la liberación de los
pueblos. Contra la traición jruschovista se levantaron también los verdaderos
marxista-leninistas y revolucionarios en todo el mundo. Del seno del
proletariado revolucionario de los diversos países surgieron los nuevos
partidos marxista-leninistas, que asumieron la difícil tarea de dirigir la
lucha de la clase obrera y de los pueblos contra la burguesía, el imperialismo
y el revisionismo moderno.
Las esperanzas del imperialismo y del revisionismo
de ver destruido definitivamente el socialismo, sofocado el verdadero
movimiento comunista internacional y aplastada la lucha de los pueblos, no se
realizaron. Los revisionistas jruschovistas pronto pusieron al descubierto su
catadura antimarxista y contrarrevolucionaria. Los pueblos vieron que la Unión
Soviética se había convertido en una superpotencia imperialista, que rivalizaba
con los Estados Unidos de América por la dominación del mundo; vieron que se
había transformado, junto con el imperialismo norteamericano, en otro gran
enemigo de la revolución, del socialismo y de los pueblos del mundo.
Por otro lado, la grave crisis económica,
financiera, ideológica y política que abarco todo el mundo capitalista y
revisionista, mostraba claramente no solo la mayor descomposición del sistema
capitalista, su invariable naturaleza opresora y explotadora, sino que ponía de
manifiesto también la demagogia y la hipocresía de todos los revisionistas
modernos, que embellecían el sistema capitalista.
Pero cuando el movimiento revolucionario crecía y
se consolidaba en todo el mundo, cuando el capitalismo estaba cada vez mas
atenazado por la crisis, y cuando el revisionismo jruschovista y otras
corrientes del revisionismo moderno eran desenmascarados ante los ojos del
proletariado y de los pueblos, en la escena mundial apareció abiertamente el
revisionismo chino. Este se convirtió en intimo aliado del imperialismo
norteamericano y de la gran burguesía internacional para sofocar y sabotear las
luchas revolucionarias del proletariado y de los pueblos.
Actualmente en el mundo se ha creado una situación
muy compleja. Hoy en la arena internacional actúan diversas fuerzas
imperialistas y socialimperialistas que, por un lado, luchan juntas contra la
revolución y la libertad de los pueblos, y, por otro, chocan y se enfrentan por
conseguir mercados, zonas de influencia, hegemonía. A la rivalidad
soviético-norteamericana por dominar el mundo, ahora se le han sumado las
pretensiones expansionistas del socialimperialismo chino, las miras rapaces del
militarismo japonés, los esfuerzos del imperialismo germanooccidental por
conquistar nuevos espacios, la feroz competencia del Mercado Común Europeo, que
ha puesto sus ojos en las antiguas colonias.
Todo esto ha agudizado aún más las numerosas
contradicciones del mundo capitalista y revisionista. Al mismo tiempo, la
perspectiva de la revolución y de la liberación de los pueblos no sólo no ha
desaparecido como consecuencia de la traición de los revisionistas titistas,
soviéticos, chinos, etc., sino que tras un retroceso momentáneo, la revolución
se encuentra ahora en el umbral de un nuevo auge, y con toda seguridad avanzará
por el camino que le ha asignado la historia y triunfará a escala mundial.
Nada puede liberar al imperialismo, al capitalismo
y al revisionismo de la implacable venganza del proletariado y de los pueblos,
nada puede salvarles de las profundas contradicciones antagónicas y de las
continuas crisis, de las revoluciones, de la muerte inevitable.
Es precisamente esta situación la que hace que el
imperialismo busque nuevos caminos y senderos, elabore nuevas estrategias y
tácticas a fin de escapar a la catástrofe que le espera.
La estrategia del imperialismo mundial
El imperialismo norteamericano y los otros estados
capitalistas han luchado y luchan por conservar su hegemonía en el mundo, por
defender el sistema capitalista y neocolonialista, por salir lo menos dañados
posible de la profunda crisis que los atenaza. Han hecho y hacen esfuerzos por
impedir que los pueblos y el proletariado hagan realidad sus aspiraciones
revolucionarias, liberadoras. El imperialismo norteamericano, que domina
política, económica y militarmente a sus socios, es quien desempeña el papel principal
en la lucha por alcanzar estos objetivos.
Los enemigos de la revolución y de los pueblos
pretenden hacer creer que los cambios operados en el mundo y las pérdidas
sufridas por el socialismo, han dado lugar a unas condiciones enteramente
diferentes de las anteriores. Por eso, el imperialismo norteamericano y la
burguesía capitalista mundial, el socialimperialismo soviético y el
socialimperialismo chino, el revisionismo moderno y la socialdemocracia, a
pesar de tener agudas contradicciones entre sí, han iniciado la búsqueda de un
modus vivendi, una «sociedad nueva», híbrida, para apuntalar el sistema
burgués-capitalista, evitar las revoluciones y. continuar oprimiendo y
explotando a los pueblos, con nuevas formas y métodos.
El imperialismo y el capitalismo llegaron a
comprender que ya no podían continuar explotando a los pueblos del mundo con
los métodos anteriores, par eso, siempre y cuando su sistema no se vea
amenazado, se ven, en la obligación de hacer algunas concesiones que no les
perjudiquen, a fin de mantener subyugadas a las masas. Esto pretenden lograrlo
mediante las inversiones y los créditos que distribuyen entre los estados y las
camarillas que han asegurado su influencia, o a través de las armas, es decir,
por medio de guerras parciales, ya sea participando directamente en ellas o
instigando a un estado contra otro. Las guerras locales sirven para someter
mejor a la hegemonía del capital mundial a los países que caen en sus trampas.
Todos los «teóricos» al servicio del capital
mundial, en el Oeste y en el Este, se esfuerzan por formular esta «sociedad
nueva». Esta forma «nueva» la tienen en la sociedad capitalista-revisionista de
la Unión Soviética, la cual no es mas que una sociedad degenerada; la han
encontrado en el sistema capitalista de la «autogestión» yugoslava y en algunos
regímenes llamados de orientación socialista del «tercer mundo». Tratan de
encontrar una «nueva sociedad» capitalista de este tipo también en la variante
china, que ahora esta cristalizando.
En la declaración programática que el presidente
Carter hizo el 22 de mayo de 1977, en la que expuso la línea de una política
supuestamente nueva de los Estados Unidos de América, aparece claramente que la
característica general y fundamental de esta «política nueva», en las
condiciones actuales, es la lucha de esta superpotencia para hacer frente a la
revolución proletaria y a las luchas de liberación nacional de los pueblos que
aspiran a sacudirse el yugo del gran capital mundial, particularmente del imperialismo
norteamericano y del socialimperialismo soviético.
El mundo capitalista, como pusimos de relieve
anteriormente, intenta encontrar, aunque sea provisionalmente, una salida a su
situación catastrófica. Naturalmente, el imperialismo norteamericano pretende
encontrarla y coordinarla en lo posible con el socialimperialismo soviético,
con sus aliados de la OTAN, con China y también con los otros países
capitalistas industrializados. Carter hizo un llamamiento a los países del
Este, del Oeste y a los países miembros de la OPEP, y les exigió que uniesen
sus esfuerzos y «ayudasen efectivamente a los países más pobres». EI
imperialismo norteamericano considera esta colaboración como la única
alternativa y como el único camino para prevenir las guerras.
El presidente norteamericano dijo en su discurso
que hoy «nos hemos liberado del miedo permanente al comunismo, miedo que en el
pasado nos llevaba a abrazarnos con cualquier dictador que sintiese lo mismo».
Como es natural Carter, que es el fiel
representante del imperialismo más sanguinario de nuestros tiempos, cuando
habla de «la liberación del miedo al comunismo», piensa en el comunismo a lo
yugoslavo, a lo jruschovista, a lo chino, que de comunistas solo tienen las
máscaras; pero la burguesía capitalista no se ha liberado ni jamás se liberará
de su miedo al comunismo verdadero. Por el contrario, el comunismo verdadero ha
aterrorizado, y aterrorizará todavía más, al imperialismo y al
socialimperialismo. A causa de este miedo y este terror los imperialistas y los
revisionistas se ven obligados a unirse, a coordinar sus planes y encontrar las
formas más adecuadas para prolongar los días de su dominación opresora y
explotadora.
En estos momentos de profunda crisis económica,
política y militar, los imperialistas de los Estados Unidos de América
pretenden consolidar las victorias alcanzadas por el imperialismo, con la
traición del revisionismo moderno, en la Unión Soviética, en los antiguos
países de democracia popular y en China, y aprovecharlas como una barrera para
contener la revolución y la lucha revolucionaria de liberación del proletariado
y de los pueblos.
El presidente norteamericano reconoce, asimismo,
que, debido al miedo al comunismo, los capitalistas y los imperialistas han
abrazado y sostenido en el pasado a los dictadores fascistas, como Mussolini,
Hitler, Hirohito, Franco, etc. Las dictaduras fascistas en los respectivos
países han sido la última arma a la que han recurrido la burguesía capitalista
y el imperialismo mundial contra la Unión Soviética de los tiempos de Lenin y
Stalin y contra la revolución proletaria mundial.
Con una cierta seguridad, el presidente
norteamericano declara que los estados comunistas (léase revisionistas) han
cambiado de fisonomía, y en esto no se equivoca. Dice que «este sistema no
podía permanecer inmutable toda la vida». Naturalmente, confunde la traición
revisionista con el verdadero sistema socialista, con el comunismo. El
imperialismo norteamericano considera el sistema soviético jruschovista como
una victoria del capitalismo mundial y de ahí deduce que el peligro de un
conflicto con la Unión Soviética se ha vuelto menos intenso, a pesar de que no
niega las contradicciones con ella ni la rivalidad por la hegemonía.
Según Carter, el gobierno norteamericano hará todo
lo que esté a su alcance por mantener el statu quo. En otras palabras, esto
significa que, tanto el imperialismo norteamericano como los otros estados
imperialistas, harán esfuerzos por conservar y reforzar sus posiciones en el
mundo, mientras que los desacuerdos que puedan existir, y que de hecho existen,
con los países amigos y con sus aliados, esperan solucionarlos conjuntamente en
el marco de este statu quo.
Como conclusión, dice Carter, «la política
norteamericana debe basarse en un nuevo y más vasto mosaico de intereses
globales, regionales y bilaterales». Después de haber desmenuzado este nuevo y
más vasto «mosaico» de intereses globales, regionales y bilaterales, reafirma
que «todos los compromisos que los Estados Unidos de América han asumido
respecto a la OTAN, la cual debe ser una organización fuerte, serán cumplidos»,
que «la alianza de los Estados Unidos de América con las grandes democracias
industrializadas es indispensable, porque protege los mismos valores, y por
esto el deber de todos nosotros es luchar por una vida mejor».
Como se ve, también los Estados Unidos de América
se unen a los esfuerzos de los revisionistas modernos soviéticos, chinos y a
los esfuerzos de las «grandes democracias industrializadas» por crear una
«realidad nueva», un «mundo nuevo». En otras palabras, haciendo demagogia, la
política de los Estados Unidos de América pretende adaptarse a las situaciones
creadas. Para mantener el statu quo, para contener el ímpetu del hegemonismo
soviético, para debilitar al socialimperialismo soviético y arrastrar a China,
de modo que ésta se integre cada vez más profundamente en el campo
imperialista, para sofocar las luchas revolucionarias del proletariado y de los
pueblos, los Estados Unidos de América deben hacer algunas concesiones
políticas fraudulentas. Pero no hacen ninguna concesión militar, ninguna
concesión en la política de mantener subyugados y bajo control a los estados y
a los pueblos, en la política de explotar las riquezas nacionales de otros
países en beneficio propio y de los países industrializados.
Esta es la «política nueva» de los Estados Unidos
de América. Para nosotros está claro que no es en absoluto una política nueva,
sino una vieja política imperialista expoliadora, neocolonialista, avasalladora
y de feroz explotación de los pueblos y de sus riquezas, una política
encaminada a sofocar las revoluciones y las luchas de liberación nacional.
Ahora el imperialismo norteamericano quiere dar a esta política vieja y
permanente un tinte supuestamente nuevo, fresco, y suministrar armas a los
elementos contrarrevolucionarios que están o no en el poder, para combatir al
comunismo, el cual lanza a los pueblos y al proletariado a las luchas de
liberación y a la revolución.
Contrariamente a lo que se afirma en la teoría
china de los «tres mundos», que es una teoría falsa capitalista y revisionista,
el imperialismo norteamericano continúa estando a la ofensiva. Trata de
conservar las viejas alianzas y crear otras nuevas en beneficio propio y en
perjuicio del socialimperialismo soviético o de quienquiera que pueda amenazar
el potencial imperialista norteamericano. Sobre todo se esfuerza por reforzar
la OTAN, que ha sido y sigue siendo una organización política y militar agresiva.
En todo su juego estratégico, los Estados Unidos de
América no agravan excesivamente sus relaciones con la Unión Soviética,
continúan con ella las conversaciones SALT, independientemente de que Carter
declarase que producirá las bombas de neutrones. Sin embargo, aparece una
tendencia a mantener el statu quo entre los Estados Unidos de América y la
Unión Soviética.
Naturalmente, los Estados Unidos de América y la
OTAN quieren mantener este statu quo con la Unión Soviética, teniendo, al mismo
tiempo, contradicciones con ésta, pero estas contradicciones aún no han llegado
a un grado tal que justifique las prédicas chinas de que la guerra en Europa es
inminente.
En la actualidad, el imperialismo norteamericano
apoya a China para reforzarla en los terrenos militar y económico. Los
capitales norteamericanos afluyen hacia China, donde se hacen importantes
inversiones con los créditos procedentes de los principales bancos
estadounidenses, pero también del estado norteamericano.
Los Estados Unidos de América están jugando
fuertemente la carta de China, pero con cuidado. Al mismo tiempo continúan
jugando la carta del Japón. Los Estados Unidos de América quieren mantener las
aguas tranquilas con el Japón, que la ayuda entre ellos sea recíproca, para que
el Japón, según los objetivos norteamericanos, se fortalezca y se convierta en
un Israel en el Extremo Oriente, en el Pacífico, en el Sudeste Asiático y, por
que no, cuando sea necesario y llegue el momento, para poder utilizarlo también
contra China.
En esta situación China firmó el tratado de amistad
y de colaboración con el Japón. Este tratado ha empezado a adquirir, y en el
futuro lo hará todavía más, grandes proporciones, multilaterales, peligrosas y
monstruosas para los destinos del mundo, dado que entre el Japón y China se
establecerá una estrecha colaboración económica y militar cuyo objetivo será la
creación de esferas de influencia, particulares y comunes, sobre todo en Asia,
en Australia y en toda la cuenca del Pacifico. Naturalmente, esta colaboración
empezara a edificarse a la sombra de la alianza con los Estados Unidos de
América y al son de la propaganda de guerra contra el socialimperialismo
soviético. EI principal objetivo de esta alianza chino-japonesa es frenar y
debilitar a la Unión Soviética, desplazarla de Siberia, Mongolia y otras zonas
y poner fin a su influencia en toda Asia y Oceanía, en todos los países
miembros de la ASEAN.
Esta es la estrategia del imperialismo
norteamericano, pero también lo es del imperialismo chino y del militarismo
japonés. Los Estados Unidos de América procurarán ayudar a China y al Japón, y
mantenerlos bajo su dirección, procurarán reforzar la alianza con ellos y
lanzarlos contra la Unión Soviética. Pero a la vez existe la posibilidad de que
un día la política diabólica, hipócrita, imperial, carente de principios y con
un espíritu imperialista-militarista de China y el Japón, se oponga a la
superpotencia que les ayudó a levantarse, como hizo Alemania en la época de
Hitler, que se convirtió en una terrible potencia fascista, atacó a los aliados
de los Estados Unidos de América y entró en guerra con ellos.
Los Estados Unidos de América se esforzaron por
mantener el equilibrio entre el potencial chino y el japonés, el cual va en
aumento. Pero, un buen día no estarán en condiciones de hacerlo y la alianza
imperialista militarista chino-japonesa constituirá simultáneamente un peligro
no sólo para la Unión Soviética, sino también para los propios Estados Unidos
de América, debido a que los intereses de estos dos grandes países asiáticos
imperialistas, China y el Japón, coinciden en sus designios de dominar Asia y
otras zonas, y de debilitar al imperialismo norteamericano y al
socialimperialismo soviético.
En la OTAN, los Estados Unidos de América tienen
una posición dominante y una gran influencia militar, política y económica. No
obstante esto, y a pesar de su unidad interna, la OTAN ha comenzado a
diferenciarse desde el punto de vista de la influencia que ejercen cada uno de
sus miembros y por la imposición de un estado sobre los otros.
En esta organización la Republica Federal de
Alemania se fortalece de año en año. Su potencial económico y político, y su
comercio de armas rebasan las fronteras del Mercado Común Europeo. Ahora
podemos decir que la política de Alemania Occidental está tomando los rasgos de
un revanchismo fascista totalitario que pretende crear sus propias zonas de
influencia. Esto, naturalmente, no es del agrado de Inglaterra y Francia, que
son los otros dos socios principales de los Estados Unidos de América en la OTAN.
Alemania Occidental reclama la unificación de los
dos estados alemanes que daría lugar a un estado poderoso con un gran potencial
militar, el cual constituiría una amenaza para el socialimperialismo soviético
y, en caso de una conflagración general, en alianza con el Japón y China,
podría llegar a ser un peligro para todo el mundo. Desarrolla relaciones muy
estrechas especialmente con China. Se encuentra a la cabeza de los estados
europeos en los intercambios comerciales con China. Al mismo tiempo Alemania Occidental
es el mayor y más poderoso abastecedor europeo de China con créditos,
tecnología y armas modernas.
Inglaterra y Francia tienen, del mismo modo,
grandes intereses en China, por eso desarrollan sus relaciones con ella. Ahora
bien, los intereses de China con Bonn son mayores. Esto preocupa a Inglaterra y
Francia porque, de fortalecerse todavía más, la República Federal de Alemania
puede llegar a tener un mayor dominio sobre sus socios de la OTAN y del Mercado
Común Europeo. Por eso, constatamos que tanto el gobierno inglés como el
francés, cuando hablan de amistad y de relaciones con China, no olvidan señalar
que desean desarrollar aún más las relaciones económicas y amistosas con la
Unión Soviética. Lo mismo dice Bonn, y sin embargo desarrolla rápidamente sus
relaciones con China, que se presenta como el principal enemigo de la Unión
Soviética. Los poderosos revanchistas de Bonn, se proclaman abiertamente como
los más próximos aliados de China. Por eso China no mira a la Alemania Federal
de la misma manera que a Francia e Inglaterra.
La estrategia del socialimperialismo soviético
Una vez que los jruschovistas se hicieron con el
poder en la Unión Soviética, se plantearon como principal objetivo la
destrucción de la dictadura del proletariado, la restauración del capitalismo y
la transformación de la Unión Soviética en una superpotencia imperialista.[1]
En primer lugar, Jruschov y su grupo, tras
consolidar sus posiciones después de la muerte de Stalin, desencadenaron su
ofensiva contra la ideología marxista-leninista y la lucha para repudiar el
leninismo, atacando a Stalin y haciendo recaer sobre él todas las calumnias que
había fabricado desde hacia tiempo la inmunda propaganda de la burguesía
capitalista mundial. Los jruschovistas asumieron así el papel de portavoces y
ejecutores de los deseos del capital contra la ideología marxista-leninista y
la revolución en la Unión Soviética. De manera sistemática liquidaron toda la
estructura socialista de la Unión Soviética, se empeñaron en liberalizar el
sistema soviético, en transformar el estado de dictadura del proletariado en un
estado burgués, y la economía y la cultura socialistas en capitalistas.
La Unión Soviética, que se convirtió en un país
revisionista, en un estado socialimperialista, trazó una estrategia y una
táctica propias. Los jruschovistas estructuraron una política que les
permitiera encubrir toda su actividad con una fraseología leninista. Elaboraron
su ideología revisionista de tal manera que les permitiera hacerla pasar a los
ojos del proletariado y de los pueblos como un «marxismo-leninismo de un nuevo
período», y decir a los comunistas, del interior y el exterior del país, que «en
la Unión Soviética prosigue la revolución en las nuevas condiciones políticas,
ideológicas y económicas de la evolución mundial» y que ésta revolución no sólo
continuaba, sino que supuestamente este país estaba pasando a la fase de la
construcción de una sociedad comunista sin clases, en la que el partido y el
estado se extinguían.
El partido fue despojado de sus atributos de
vanguardia de la clase obrera, de única fuerza política dirigente del estado y
de la sociedad, y se transformó en un partido dominado por los aparatchiks y
los agentes del KGB. Los revisionistas soviéticos calificaron su partido de
«partido de todo el pueblo» y lo redujeron a tal estado que ya no puede ser el
partido de la clase obrera, sino de la nueva burguesía soviética.
Por otra parte, los revisionistas soviéticos
predicaron la coexistencia pacífica jruschovista como línea general del
movimiento comunista internacional y proclamaron la «competencia pacífica con
el imperialismo norteamericano» como el camino para el triunfo del socialismo
en la Unión Soviética y en los otros países. Declararon, asimismo, que,
supuestamente, la revolución proletaria había entrado en una nueva fase, que
podía triunfar también por otras vías, diferentes de la toma violenta del poder
por parte del proletariado. Según ellos, el poder podía ser tomado por medio
del camino pacífico, parlamentario y democrático, por medio de las reformas.
Especulando con el nombre de Lenin y del partido
bolchevique, los revisionistas jruschovistas hicieron todo tipo de esfuerzos
para imponer su línea antimarxista, esta revisión de la teoría
marxista-leninista en todos los terrenos, a todos los partidos comunistas del
mundo. Querían que los partidos comunistas y obreros del mundo se encuadraran
en esta línea revisionista y se transformaran en partidos
contrarrevolucionarios, en ciegos instrumentos de la dictadura burguesa, para
servir al capitalismo.
Pero estos deseos no se vieron completamente
realizados, porque, en primer lugar, el Partido del Trabajo de Albania se
mantuvo inconmovible en la aplicación consecuente del marxismo-leninismo y en
la defensa de su pureza. En aquellos momentos hubo también otros partidos que,
sin tener razones marxista-leninistas puras, vacilaron, no aceptaron
enteramente las orientaciones jruschovistas, otros las admitieron a medias,
pero posteriormente acabaron por someterse. En aquellos momentos también el
Partido Comunista de China se opuso a los jruschovistas, pero, como demuestran
los hechos, se guiaba por fines y objetivos totalmente opuestos a los que
llevaron al Partido del Trabajo de Albania a lanzarse al combate contra el
revisionismo jruschovista.
Con su acceso al poder, los jruschovistas
prepararon a la vez la plataforma de su política exterior. Al igual que el
imperialismo norteamericano, el socialimperialismo soviético basó su política
exterior en la expansión y el hegemonismo, a través de la carrera armamentista,
las presiones y el chantaje, la agresión militar, económica e ideológica. El
objetivo de esta política era el establecimiento de la dominación
socialimperialista en todo el mundo.
La Unión Soviética aplica una política típicamente
neocolonialista en los países del COMECON. Las economías de estos países se han
convertido en apéndices de la economía soviética. Para tenerlos subyugados, la
Unión Soviética se vale del Tratado de Varsovia, que le permite mantener
acantonados en estos países importantes contingentes militares, que en nada
difieren de los ejércitos ocupantes. El Tratado de Varsovia es un pacto militar
agresivo que está al servicio de la política de las presiones, los chantajes y
las intervenciones armadas del socialimperialismo soviético. También las
«teorías» revisionista-imperialistas de la «comunidad socialista», la «división
socialista del trabajo», la «soberanía limitada», la «integración económica
socialista», etc., están al servicio de esta política neocolonialista.
Pero el socialimperialismo soviético no se siente
satisfecho con la dominación que ejerce sobre sus estados satélites. Del mismo
modo que los demás estados imperialistas, la Unión Soviética pugna ahora por
conseguir nuevos mercados y esferas de influencia, por invertir sus capitales
en diversos países, por acaparar fuentes de materias primas, par extender su
neocolonialismo a África, Asia, América Latina y otras partes.
Para ensanchar su expansión y su hegemonismo, el
socialimperialismo soviético ha elaborado todo un plan estratégico, que
comprende una serie de actividades económicas, políticas, ideológicas y
militares.
Al mismo tiempo los revisionistas soviéticos se
dedican a minar las revoluciones y las luchas de liberación de los pueblos
recurriendo a los mismos medios y métodos que utilizan los imperialistas
norteamericanos. Normalmente los socialimperialistas actúan por medio de los
partidos revisionistas, que son instrumentos suyos, sin embargo, según el caso
y las circunstancias, también intentan corromper y sobornar a camarillas que
dominan en los países no desarrollados, ofrecen «ayudas» económicas avasalladoras
para después penetrar en estos países, instigan conflictos armados entre las
distintas camarillas, apoyando a una u otra, traman complots y putschs para
colocar en el poder regímenes pro soviéticos, recurren a la intervención
militar directa, como hicieron junto con los cubanos en Angola, Etiopia y otros
lugares.
Los socialimperialistas soviéticos llevan a cabo su
intervención y sus actos hegemonistas y neocolonialistas bajo la mascara de la
ayuda y el respaldo a las fuerzas revolucionarias, a la revolución, a la
construcción socialista. En verdad lo que hacen es ayudar a la
contrarrevolución.
La Unión Soviética intenta abrirse paso para
realizar sus planes expansionistas neocolonialistas, presentándose como un país
que sigue una política leninista e internacionalista, como aliado, amigo y
defensor de los nuevos estados nacionales, de los países poco desarrollados,
etc. Los revisionistas soviéticos preconizan que estos países, al ligarse a la
Unión Soviética y a la llamada «comunidad socialista», que es proclamada como
la «principal fuerza motriz de la actual evolución mundial», pueden avanzar con
éxito por el camino de la libertad y la independencia, e incluso del
socialismo. A tal efecto han inventado asimismo las teorías del «camino no
capitalista de desarrollo», de la «orientación socialista», etc.
La estrategia de los socialimperialistas soviéticos
no tiene nada en común con el socialismo y el leninismo, contrariamente a lo
que ellos pretenden. Es la estrategia de un estado imperialista rapaz que busca
extender su hegemonía y su dominación a todos los continentes y a todos los
países.
Esta política hegemonista y neocolonialista que
sigue la Unión Soviética revisionista choca, y no puede ser de otra manera, con
la política que siguen los Estados Unidos de América y la que ha comenzado a
practicar China. Se trata de un enfrentamiento de intereses de los
imperialistas en su lucha por repartirse el mundo. Son precisamente estos
intereses y esta lucha los que contraponen a las superpotencias entre sí, los
que incitan a cada una de ellas a utilizar todas sus fuerzas y medios para
debilitar a su rival o rivales, mientras que los choques no lleguen a tal punto
de exacerbación que los lance a enfrentamientos armados.
La estrategia del socialimperialismo chino
Los acontecimientos y los hechos demuestran cada
vez mejor que China se hunde más y más en el revisionismo, en el capitalismo y
en el imperialismo. En este sentido trabaja para realizar una serie de tareas
estratégicas, a escala nacional e internacional.
A escala nacional, el socialimperialismo chino se
ha planteado la tarea de suprimir cualquier medida de carácter socialista que
se hubiera adoptado después de la liberación, y crear un sistema capitalista en
la base y la superestructura a fin de hacer que China sea a finales del
presente siglo una gran potencia capitalista, gracias a la aplicación de las
llamadas «cuatro modernizaciones», de la industria, la agricultura, el ejercito
y la ciencia.
Lucha por crear en el interior del país una
organización que asegure la dominación de la vieja y la nueva burguesía
capitalista china sobre el pueblo chino. El revisionismo chino intenta
implantar esta organización y dominación adoptando el camino fascista, con el
látigo, con la represión. Trabaja para crear una unidad entre el ejercito y las
retaguardias, de tal manera que éstas sirvan a este ejercito represivo.
Las formas y los métodos que más han llamado la
atención de la dirección china, y que pueden ser aplicados en China, son los
titistas, particularmente el sistema yugoslavo de «autogestión». Numerosas
comisiones y delegaciones chinas, de todos los sectores y especialidades, han
sido encargadas de estudiar sobre el terreno este sistema y en general la
experiencia del «socialismo» capitalista yugoslavo.
Este sistema y esta experiencia ya están siendo
aplicados en China. Sin embargo, por otro lado, los dirigentes revisionistas de
China no pueden hacer caso omiso de los fracasos de la «autogestión» titista,
no pueden dejar de tener presente que las condiciones de su país son totalmente
diferentes de las de Yugoslavia. Además, consideran indispensable tomar de
prestado muchas cosas de las formas y los métodos capitalistas, los cuales,
según ellos, han mostrado su «eficacia» en los Estados Unidos de América, en
Alemania Occidental, en el Japón y en otros países burgueses. Al parecer, el
sistema capitalista que se está construyendo y desarrollando en China, será un
sistema injertado con diferentes formas y métodos revisionista-capitalistas y
tradicionales chinos.
Para transformarse en una gran potencia
capitalista, el revisionismo chino necesita un período de paz. Con esta
necesidad está ligada la consigna del «gran orden» lanzada por el XI Congreso
del partido chino.1 Para asegurar un «orden» de este tipo,
se requiere, por un lado, un régimen capitalista de tipo dictatorial fascista
y, por otro, conservar a toda costa la paz y el compromiso entre los grupos
rivales, que han existido y siguen existiendo en el partido y el estado chino.
El tiempo dirá en que medida podrán asegurarse este orden y esta paz.
La política de los dirigentes chinos para hacer de
China una superpotencia, trata de conseguir que ésta se beneficie económica y
militarmente del imperialismo norteamericano, así como de los países
capitalistas desarrollados, aliados de los Estados Unidos de América.
Esta política de China ha suscitado un gran interés
en el mundo capitalista, sobre todo el interés del imperialismo norteamericano,
quien ve en esta política de China un gran apoyo a su propia estrategia, que
tiende a mantener en pie el capitalismo y el imperialismo, consolidar el
neocolonialismo, extinguir las revoluciones y estrangular el socialismo, así
como a debilitar a su rival, la Unión Soviética.
Como ha declarado Carter, el imperialismo
norteamericano desea «colaborar estrechamente con los chinos» . Carter ha
subrayado: «nosotros consideramos las relaciones norteamericano-chinas como un
elemento central de nuesta politica global y consideramos a China como una
fuerza clave para la paz» . China está por una coexistencia pacífica que la
aproxime lo más posible a los Estados Unidos de América.
Debido a estos puntos de vista y posturas, China se
alinea con los estados burgués-capitalistas que fundan su existencia, en tanto
que estados, en el imperialismo norteamericano. Este viraje de China hacia el
imperialismo, al igual que el que dieran antes la Unión Soviética y otros, es
cada día más real. Esto es observado por los mismos imperialistas, que, alegres
ante esta «nueva realidad» , declaran que «los conflictos ideológicos que
separaron a los Estados Unidos de América, la Unión Soviética y China en los
años 50, hoy son menos visibles y existe una creciente necesidad de
colaboración entre las superpotencias...».
Los imperialistas norteamericanos y su presidente
Carter se muestran dispuestos a ayudar a China para que consolide su economía y
refuerce su ejército, siempre, claro está, en la medida en que les interese.
Palmotean las espaldas de los dirigentes revisionistas chinos, porque la
estrategia de China constituye una importante ayuda para los objetivos
hegemonistas del imperialismo norteamericano.
China aplaude los puntos de vista y los actos
norteamericanos contra la Unión Soviética revisionista, porque quiere demostrar
que supuestamente sirven a la revolución, sirven al debilitamiento de la gran
potencia más peligrosa del mundo, el socialimperialismo soviético. A su vez, el
imperialismo norteamericano aplaude los puntos de vista y los actos de China
contra la Unión Soviética revisionista, porque, como ha declarado uno de los
más íntimos colaboradores de Carter, «el conflicto chino-soviético crea una
especie de estructura global más pluralista», por la cual se pronuncia el
imperialismo norteamericano y la considera compatible con su noción de «cómo
debe ser organizado el mundo», es decir, de cómo azuzar a los demás a
destrozarse mutuamente y después los Estados Unidos de América asentar con más
facilidad su dominación en todos lados.
La política pragmática y aberrante de China la ha
empujado a convertirse en aliada del imperialismo norteamericano y a proclamar
al socialimperialismo soviético como el enemigo y peligro principal. Mañana,
cuando China vea que ha logrado su objetivo de debilitar al socialimperialismo
soviético, cuando vea, según su lógica, que el imperialismo norteamericano está
fortaleciéndose, entonces, dado que se apoya en un imperialismo para combatir a
otro imperialismo, podrá continuar su lucha en el otro flanco. En este caso el
imperialismo norteamericano podrá convertirse en el más peligroso y entonces
China, automáticamente, podrá adoptar una posición contraria a la precedente.
Esta es una posibilidad real. En su VIII Congreso
celebrado en 1956 los revisionistas chinos consideraron al imperialismo
norteamericano como el peligro principal. Posteriormente, en el IX Congreso, en
abril de 1969, declararon que el peligro principal lo constituían las dos
superpotencias, el imperialismo norteamericano y el socialimperialismo
soviético. Más tarde, después del X Congreso, que se efectuó en agosto de 1973,
y en el XI Congreso, proclamaron como enemigo principal únicamente al
socialimperialismo soviético. Con tales bandazos, con tal política pragmática,
no está descartado que el XII o el XIII Congreso apoye al socialimperialismo
soviético y declare que el enemigo principal es el imperialismo norteamericano,
y así hasta que China alcance su objetivo de transformarse un una gran potencia
capitalista mundial. En este caso, ¿qué papel desempeñará China en la arena
internacional? Su papel nunca será revolucionario, sino regresivo,
contrarrevolucionario.
Un importante aspecto de la política exterior china
es la alianza con el Japón. Esta alianza racista de estos dos estados, por así
decirlo, amarillos, sellada recientemente con el tratado chino-japonés, tiende,
como subrayamos más arriba, a realizar los planes estratégicos de China y Japón
para dominar conjuntamente Asia, los países de la ASEAN y Oceanía. Los
revisionistas chinos necesitan este tratado y la amistad con el Japón para
amenazar, en colusión con los militaristas japoneses, al socialimperialismo
soviético y, si fuera posible, liquidarlo y acabar con su influencia en Asia.
Pero, además, China trata de aprovechar sus lazos
con el Japón para obtener créditos de él, importar técnica, tecnología y
armamento con miras a realizar sus propias ambiciones de gran patencia. Tanta
importancia atribuye China a la colaboración económica multilateral con el
Japón, que más de la mitad de su comercio exterior se desarrolla con este país.
A la hora de realizar su política expansionista, la
China socialimperialista trabaja por extender lo más posible su influencia en
Asia. Actualmente no tiene ninguna influencia en la India, donde tanto los
Estados Unidos de América como la Unión Soviética, tienen intereses
particulares y comunes en el marco de los cambios y las alianzas que puedan
tener lugar en el futuro. China desea mejorar de una u otra manera sus
relaciones diplomáticas con la India. Pero las pretensiones de la India hacia
el Tibet son grandes. La India combatirá por liquidar la escasa influencia que
pueda tener China en Pakistán, puesto que éste es un país estratégico en el
flanco de Irán y Afganistán. Aquí comienzan las rivalidades por la gran cuenca
petrolífera del Oriente Medio, que está dominada por el imperialismo
norteamericano. A China le es muy difícil penetrar en ella. Hará una política
contraria a los intereses de los pueblos árabes y en pro de los intereses
norteamericanos, hasta que llegue el momento de potenciarse ella misma. A la
vez China ayudará a los Estados Unidos de América para que, junto con países
como Irán, Arabia Saudita y otros, se conviertan en una poderosa barrera contra
la penetración política, económica y militar soviética en esta zona vital para
el imperialismo norteamericano y el imperialismo europeo.
Para alcanzar sus fines, los socialimperialistas
chinos dedican una atención particular a Europa Occidental. Su objetivo es
contraponerla al socialimperialismo soviético. Por eso apoyan, utilizando todas
las formas, a la OTAN y la alianza de los países europeos con los Estados
Unidos de América, al Mercado Común Europeo y la «Europa Unida».
En su plan estratégico, la China socialimperialista
se propone extender a los países del «tercer mundo», como ella los llama, su
influencia y su hegemonía. La teoría del «tercer mundo» tiene gran importancia
para China. Mao Tse-tung no proclamó esta «teoría» porque fuese un soñador,
sino con objetivos hegemonistas bien determinados, para que China domine el
mundo. Los sucesores de Mao Tse-tung y Chou En-lai siguen la misma estrategia.
Los designios estratégicos chinos se extienden
también al llamado «mundo no alineado», que es preconizado por el titismo.
Entre estos «mundos» no existe ninguna diferencia, se interfieren mutuamente.
Es difícil discernir qué estados son del «tercer mundo» y qué los distingue de
los «países no alineados», qué estados forman parte de los «no alineados» y qué
los distingue de los del «tercer mundo». Así pues, cualquiera que sea el nombre
que se les dé, se trata de los mismos estados.
Esta es otra de las razones por las que la
dirección china atribuye una importancia tan grande a las muy amistosas
relaciones estatales y de partido con Tito y Yugoslavia en todos los terrenos:
ideológico, político, económico y militar.
La comunidad de concepciones entre los
revisionistas chinos y los revisionistas yugoslavos no les impide explotar la
cordial amistad que existe entre ellos en función de los fines particulares de
cada uno.
Tito trata de aprovechar las declaraciones de Jua
Kuo-feng sobre su fidelidad y la del partido yugoslavo al marxismo-leninismo,
sobre el carácter socialista de la «autogestión», sobre la política interior y
exterior «marxista-leninista» que siguen los titistas, para demostrar que el
desenmascaramiento de que ha sido objeto por sus desviaciones antimarxistas,
por su política chovinista, reaccionaria y pro imperialista, por su
revisionismo, no pasa de ser una calumnia de los stalinistas y, sobre esta base,
trata de mejorar su reputación a escala internacional.
Por su parte, Jua Kuo-feng aprovecha las relaciones
con Yugoslavia para la llamada apertura de China hacia Europa. Los
revisionistas chinos se esfuerzan también por utilizar la amistad con los
titistas, que se las dan de campeones del «no-alineamiento», como un importante
canal para poder introducirse en los países «no alineados» e imponerles su
dominación. No fue por azar que Jua Kuofeng, en el curso de su visita a
Yugoslavia2, pusiese por las nubes el movimiento de los
«no alineados», calificándolo de «fuerza importantísima en la lucha de los
pueblos del mundo contra el imperialismo, el colonialismo y el hegemonismo». Si
cubrió de elogios a este movimiento y a Tito, es porque sueña con apoderarse de
dicho movimiento y hacer que Pekín se convierta en su centro.
En todos sus aspectos, la política del
socialimperialismo chino es la política de una gran potencia imperialista, es
una política contrarrevolucionaria y belicista, y por eso será execrada,
contestada y combatida cada vez más por los pueblos.
*
* *
Las superpotencias imperialistas, de las cuales
hemos hablado más arriba, seguirán siendo imperialistas y belicistas, y, si no
es hoy, será mañana cuando arrojaran el mundo a una gran guerra atómica.
El imperialismo norteamericano trata de hundir cada
vez más sus colmillos en la economía de los otros pueblos, mientras que el
socialimperialismo soviético, que apenas ha mostrado sus garras, intenta
clavarlas en diversos países del mundo para crearse, a su vez, posiciones
neocolonialistas e imperialistas y reforzarlas. Pero existe también la «Europa
Unida», ligada por medio de la OTAN a los Estados Unidos de América, que tiene
tendencias imperialistas no globales, sino particulares. Por otra parte, China,
que busca convertirse en superpotencia, también ha entrado en la danza, así
como el militarismo japonés que se ha levantado. Estos dos imperialismos se
alían para formar una potencia imperialista que se oponga a las demás. En tales
condiciones aumenta el gran peligro de una guerra mundial. Las alianzas
actuales son un hecho, pero irán dislocándose, en el sentido de modificar sus
rumbos, no así su contenido.
Los bellos discursos sobre el desarme que se
pronuncian en la ONU y en las distintas conferencias internacionales
organizadas por los imperialistas, son demagogia. Los imperialistas han creado
y protegen el monopolio de las armas estratégicas y desarrollan un enorme
tráfico de armas, no para garantizar la paz y la seguridad de las naciones,
sino para obtener superganancias y aplastar la revolución y los pueblos, para
desencadenar guerras de agresión. Stalin ha dicho:
«Los estados burgueses se arman y se rearman
furiosamente. ¿Por qué? Naturalmente, no para pasar el tiempo, sino para la
guerra. Y los imperialistas necesitan la guerra, porque es el único medio para
repartirse el mundo, para repartirse los mercados, las fuentes de materias
primas y las esferas de utiización del capital.»[2]
En su rivalidad, que las conduce a la guerra, las
superpotencias, con seguridad, provocarán y fomentarán muchas guerras parciales
entre diversos estados del «tercer mundo», de los «países no alineados» o de
los «países en vías de desarrollo».
El presidente Carter ha expresado la opinión de que
la guerra puede estallar sólo en dos puntos del globo, en Oriente Medio y en
África. Y se comprende por qué, porque precisamente en estas dos regiones del
mundo los Estados Unidos de América tienen hoy mayores intereses. En el Oriente
Medio se encuentra el petróleo y en la rica África chocan los grandes intereses
económicos y estratégicos neocolonialistas por el reparto de los mercados y las
zonas de influencia entre las superpotencias, que buscan conservar y reforzar
sus posiciones y conquistar otras.
Pero, aparte del Oriente Medio y África, hay otras
zonas donde chocan los intereses de las superpotencias, como por ejemplo el
Sudeste Asiático. Los Estados Unidos de América, la Unión Soviética y, además,
China, tratan, de establecer sus zonas de influencia y repartirse los mercados.
Esto incluso engendra conflictos que de vez en cuando se convierten en guerras
locales, cuyo objetivo no es en absoluto liberar a los pueblos, sino implantar
o suplantar las camarillas dominantes del capital aborigen, que unas veces
están con una superpotencia y otras veces con otra. El socialimperialismo
soviético y el imperialismo norteamericano son dos hidras de las cuales los
pueblos no se fían. Del mismo modo, los pueblos tampoco se fían de China.
Cuando las superpotencias no consigan realizar sus
intereses expoliadores a través de los medios económicos, ideológicos y
diplomáticos, cuando las contradicciones se hayan agravado al extremo, cuando
las transacciones y las «reformas» resulten ineficaces para resolver estas
contradicciones, entonces estallará la guerra entre ellas. Por lo tanto los
pueblos, que serán los que derramaran su sangre en esta guerra, deben intentar
con todas sus fuerzas no dejarse coger desprevenidos, deben sabotear la guerra
interimperialista de rapiña, para evitar que tome las proporciones de una
conflagración mundial y, si esto no pueden lograrlo, convertirla en guerra de
liberación y triunfar.
El papel del titismo y de las otras corrientes
revisionistas en la estrategia global del imperialismo y del socialimperialismo
EI imperialismo, el socialimperialismo, el
capitalismo mundial y la reacción en la lucha feroz que llevan a cabo contra la
revolución, el socialismo y los pueblos, tienen el respaldo de los
revisionistas modernos de todas las corrientes. Estos renegados y traidores
contribuyen a que el imperialismo aplique su estrategia global, minando desde
el interior, escindiendo y saboteando los esfuerzos del proletariado y la lucha
de los pueblos por sacudirse del yugo social y nacional. Los revisionistas
modernos han asumido la misión de denigrar y deformar el marxismo-leninismo, de
desorientar a la gente y apartarla de la lucha revolucionaria, de ayudar a que
el capital preserve y perpetúe su sistema de opresión y explotación.
A la par de los revisionistas soviéticos y chinos,
sobre los cuales ya hemos hablado, también los revisionistas titistas
yugoslavos desempeñan un papel de primer orden en el grande y pel igroso juego
contrarrevolucionario.
El titismo es una vieja agencia del capital, una de
las armas preferidas de la burguesía imperialista en su lucha contra el
socialismo y los movimientos de liberación.
Los pueblos de Yugoslavia lucharon con abnegación
contra los ocupantes nazi fascistas por la libertad, la democracia y el
socialismo. Lograron liberar el país, pero no les dejaron llevar adelante la
revolución en el camino del socialismo. La dirección revisionista yugoslava con
Tito a la cabeza, trabajada hace tiempo en secreta por el Intelligence Service,
aunque durante el periodo de la guerra pretendía hacer creer que conservaba los
rasgos de un partido de la III Internacional, en realidad perseguía otros
objetivos, en oposición al marxismo-leninismo y a las aspiraciones de los
pueblos de Yugoslavia de construir una sociedad verdaderamente socialista en
este país.
El Partido Comunista de Yugoslavia que llegó al
poder, había heredado considerables errores de carácter desviacionista. Después
de la Segunda Guerra Mundial manifestó acentuados rasgos nacional-chovinistas,
que ya habían aflorado en los tiempos de la guerra. Estos rasgos aparecieron en
su renuncia a la ideología marxista-leninista, en sus posturas respecto a la
Unión Soviética y Stalin, en sus actitudes y actos chovinistas hacia Albania,
etc.
El sistema de democracia popular que se instauró en
Yugoslavia, era provisional, no se ajustaba a los deseos de la camarilla en el
poder, a pesar de que esta camarilla no dejaba de autodenominarse «marxista».
Los titistas no estaban por la construcción del socialismo, no estaban por que
el Partido Comunista de Yugoslavia se guiara por la teoría marxista-leninista y
no aceptaban la dictadura del proletariado. En esto tuvo su origen el conflicto
que estalló entre la Oficina de Información de los Partidos Comunistas y
Obreros y el Partido Comunista de Yugoslavia. Se trataba de un conflicto
ideológico entre el marxismo-leninismo y el revisionismo, y no de un conflicto
entre personas por razones de «predominio», como quieren presentarlo los
revisionistas. Stalin defendía la pureza de la teoría marxista-leninista, Tito
defendía la corriente desviacionista, revisionista, antimarxista del
revisionismo moderno, siguiendo las huellas de Browder y de los otros
oportunistas, que aparecieron en vísperas y en el curso de la Segunda Guerra
Mundial.
En los primeros años de la liberación, la dirección
yugoslava simulaba tomar como ejemplo la construcción del socialismo en la
Unión Soviética y proclamó que estaba construyendo el socialismo en Yugoslavia.
Esto se hacía para embaucar a los pueblos de Yugoslavia que habían derramado la
sangre y aspiraban al socialismo auténtico.
De hecho, los titistas no estaban ni podían estar
por el régimen social socialista ni por la forma de organización del estado
soviético, porque Tito abogaba por el sistema capitalista y por un estado
esencialmente democrático-burgués, donde su camarilla tuviera el poder. Este
estado serviría para crear la idea de que en Yugoslavia se construía el
socialismo, pero un socialismo «específico» de un «tipo más humano»,
precisamente esa especie de «socialismo» que serviría de quinta columna en el
seno de los países socialistas. Todo había sido bien calculado y coordinado por
los imperialistas anglo-norteamericanos y el grupo titista. Así los
revisionistas yugoslavos, haciendo el juego al imperialismo y al capitalismo
mundial, y en colusión con ellos, se pusieron en contra de la Unión Soviética.
El imperialismo inglés, y posteriormente el
norteamericano, continuando sus viejos planes, ya en los tiempos de la lucha
antifascista de liberación nacional, ayudaron a Tito no sólo a separarse de la
Unión Soviética, sino también a emprender actos de sabotaje contra ella y,
sobre todo a trabajar para separar del campo socialista otros países de
democracia popular, a fin de aislar a la Unión Soviética de todos estos países
y unirlos con Occidente. Esta era la política del capitalismo mundial y de su
agente el titismo.
Churchill, este anticomunista rabioso, se interesó
directa y personalmente por poner a Tito y su grupo al servicio del
capitalismo. Durante la guerra, envió junto al estado mayor de Tito, como dice
el propio líder británico, a sus «amigos de mayor confianza» y después a su
hijo. Por último, él mismo se entrevistó con Tito en Nápoles, en agosto de
1944, para asegurarse plenamente de que no le andaba con subterfugios. En sus
memorias Churchill escribe que, en sus conversaciones con Tito, éste se mostró
dispuesto a hacer más tarde una declaración abierta diciendo que «el comunismo
no será instaurado en Yugoslavia después de la guerra».
Tito puso tanta energía en servir a sus amos, que
Churchill apreciando sus grandes servicios, le declaró: «Ahora comprendo que
usted tenía razón, por eso estoy con usted, le quiero mucho, incluso mucho más
que antes». No se podría imaginar una declaración de amor más ardiente.
Sin haberse separado por completo de la Unión
Soviética y de los países de democracia popular, Yugoslavia recibió
considerables ayudas económicas, políticas, ideológicas y militares de los
imperialistas, en particular del imperialismo norteamericano, ayudas que con el
correr del tiempo fueron más frecuentes y continuas.
Estas ayudas fueron concedidas sólo a condición de
que el país se desarrollase en la vía capitalista. La burguesía imperialista no
se oponía a que Yugoslavia conservara exteriormente formas socialistas, al
contrario, le interesaba mucho que se presentara con un barniz socialista
porque así serviría como un arma más eficaz en la lucha contra el socialismo y
los movimientos de liberación. Este tipo de «socialismo» no sólo se
diferenciaría por completo; sino que además sería contrario al socialismo
previsto y realizado por Lenin y Stalin.
En un periodo relativamente breve, Yugoslavia se
convirtió en el portavoz «socialista» del imperialismo norteamericano, en
agencia diversionista destinada a ayudar al capital mundial. Desde 1948 basta
hoy día, el titismo se ha caracterizado por una febril actividad contra el
marxismoleninismo, para organizar en todo el mundo una campaña propagandística
que presente el sistema yugoslavo bajo la forma de un régimen «socialista
auténtico», como una «sociedad nueva», como un «socialismo no alineado», que no
es como el que Lenin y Stalin habían construido en la Unión Soviética, sino un
régimen socialista «con rostro humano», que se experimenta por primera vez en
el mundo y que da «brillantes resultado». Esta propaganda se ha propuesto y se
propone meter en un callejón sin salida a los pueblos y a las fuerzas
progresistas, que luchan por la libertad y la independencia en los cuatro
puntos cardinales del globo.
Los revisionistas yugoslavos adoptaron en su país
las formas de gobierno que en los tiempos de Lenin pretendieron utilizar en la
Unión Soviética los trotskistas y otros elementos anarquistas incitados por la
burguesía capitalista para sabotear la construcción del socialismo. Adoptando
estas formas, Tito, mientras decía que estaba construyendo el socialismo,
deformó por completo los principios marxista-leninistas de la edificación de la
industria, la agricultura, etc.
En el plano de la administración y la dirección
organizativo-política, las Repúblicas de Yugoslavia adquirieron una fisonomía
tal que el centralismo democrático fue liquidado, el papel del Partido
Comunista de Yugoslavia se desvaneció. El Partido Comunista de Yugoslavia
cambió de nombre, transformándose en «Liga de los Comunistas de Yugoslavia»,
denominación en apariencia marxista, pero antimarxista en su contenido, en sus
normas, en sus atribuciones y en sus fines. La Liga se convirtió en un frente
sin columna vertebral, se despojó de los rasgos distintivos de un partido
marxista-leninista, conservó la vieja forma, pero ya no desempeñaba el papel de
vanguardia de la clase obrera, ya no era la fuerza política que dirigía la
República Federativa de Yugoslavia, sino que, según decían los revisionistas,
sólo cumplía funciones «educativas» generales.
La dirección titista puso el partido bajo la
dependencia y el control de la UDB, lo transformó en una organización fascista,
y el estado en una dictadura fascista. Nosotros conocemos de sobra el carácter
extremadamente peligroso de estos actos, porque lo mismo pretendió hacer en
Albania el agente de los titistas Koci Xoxe.
Tito, Rankovic y su red de agentes liquidaron por
entero todo lo que podía tener el verdadero color del socialismo. El titismo
combatió encarnizadamente a los elementos del interior que buscaban hacer
saltar por los aires esta red de agentes y esta organización
capitalista-revisionista, así como a la propaganda marxista-leninista que se
desarrollaba en el exterior y desenmascaraba ese sistema que se hacía pasar por
socialista.
La dirección titista abandonó muy pronto la
colectivización de la agricultura que había empezado en los primeros años, creó
las granjas estatales capitalistas, estimuló el desarrollo de la propiedad
privada en el campo, permitió la compraventa de la tierra, rehabilitó a los
kulaks, dejó el camino libre al florecimiento del mercado privado en la ciudad
y en el campo, emprendió las primeras reformas que reforzaban la orientación
capitalista de la economía.
Entretanto, la burguesía titista estaba en busca de
una forma «nueva» para disfrazar el sistema capitalista yugoslavo, y la
encontró. Le dieron el nombre de «autogestión» yugoslava. La vistieron con un
ropaje «marxista-leninista», pretendiendo que este sistema era el socialismo
más autentico.
Inicialmente, la «autogestión» nació como un
sistema económico, luego se extendió al dominio de la organización estatal y a
todos los demás terrenos de la vida del país.
La teoría y la práctica de la «autogestión»
yugoslava son una negación abierta de las enseñanzas del marxismo-leninismo y
de las leyes generales de la construcción del socialismo. El sistema económico
y político de «autogestión», es una forma anarcosindicalista de la dictadura
burguesa que domina en la Yugoslavia dependiente del capital internacional.
EI sistema de «autogestión» con todos sus rasgos
distintivos, como la eliminación del centralismo democrático, del papel de la
dirección única del estado, el federalismo anarquista, la ideología antiestado
en general, ha provocado en Yugoslavia un desorden y una confusión económica,
política e ideológica permanentes, un desarrollo débil y desigual entre sus
repúblicas y regiones, grandes diferenciaciones sociales y de clase, discordia
y opresión nacional y degeneración de la vida espiritual. Ha causado un marcado
fraccionamiento de la clase obrera, suscitando rivalidades entre sus diversos
destacamentos y alimentando el espíritu burgués sectorial, localista e
individualista. En Yugoslavia, la clase obrera no sólo no desempeña el papel
hegemónico en el estado y la sociedad, sino que el sistema de «autogestión» la
pone en condiciones de incapacidad para defender sus propios intereses
generales y actuar unida y compacta.
El mundo capitalista, sobre todo el imperialismo
norteamericano, ha vertido en Yugoslavia ingentes capitales en forma de
inversiones, créditos y empréstitos. Son estos capitales los que constituyen la
base material del desarrollo del «socialismo de autogestión» capitalista
yugoslava. Sólo la deuda exterior asciende a más de 11.000 millones de dólares.
Yugoslavia ha recibido de los Estados Unidos de América más de 7.000 millones
de dólares en forma de créditos.
A pesar de los numerosos créditos que la dirección
titista recibe del exterior, los pueblos de Yugoslavia no han probado ni
prueban los «brillantes resultados» del «socialismo» específico. Por el
contrario, en Yugoslavia existe un caos político e ideológico, reina un sistema
que engendra un enorme paro forzoso en el interior y una fuerte emigración de
mano de obra hacia el exterior, lo que hace de Yugoslavia un país totalmente
dependiente de las potencias imperialistas. Los pueblos yugoslavos son explotados
hasta la médula para satisfacer los intereses de la clase en el poder y los de
todas las potencias imperialistas que han hecho inversiones en este país.
Al estado yugoslavo no le importa que los precios
aumenten a diario, que la miseria de las masas trabajadoras aumente sin cesar,
y que el país se haya hundido en deudas, además de verse profundamente sumido
en la grave crisis del mundo capitalista. La independencia y la soberanía de
Yugoslavia están truncadas porque, entre otras cosas, el país no cuenta con un
potencial económico enteramente propio. La parte principal de este potencial es
común a firmas extranjeras y a diversos estados capitalistas, y por ello sólo
puede sentir sobre sus espaldas los efectos desastrosos de la crisis y de la
explotación extranjera.
No es por casualidad que el capitalismo mundial
apoye tanto, política y financieramente, a la «autogestión» yugoslava y haga
coro a la propaganda titista para vender este sistema como una «forma nueva y
experimentada de la construcción del socialismo» válida para todos los países.
Lo hace porque la forma de la «autogestión»
yugoslava es una vía de subversión y diversión ideológica y política contra los
movimientos revolucionarios y de liberación del proletariado y de los pueblos,
es una manera de abrir paso a la penetración política y económica del
imperialismo en diversos países del mundo. El imperialismo y la burguesía
quieren mantener la «autogestión», para ciertas circunstancias y países, como
un sistema de reserva para prolongar los días del capitalismo, que no expira
fácilmente, sino que hace esfuerzos por encontrar diversas formas de gobernar a
expensas de los pueblos.
Un gran servicio prestan a los diversos
imperialistas las teorías y prácticas yugoslavas del «noalineamiento», ya que
les ayudan a engañar a los pueblos. Esto les interesa tanto a los imperialistas
como a los socialimpertalistas, porque les ayuda a establecer y reforzar su
influencia en los «países no alineados», apartar a los pueblos amantes de la
libertad del camino de la liberación nacional y la revolución proletaria. Por
ello, Carter, Brezhnev y también Jua Kuo-feng, elogian la política titista de los
«no alineados» y tratan de aprovecharla para sus propios designios.
El titismo ha sido y sigue siendo un arma de la
burguesía imperialista, un bombero de la revolución. Se mantiene en la misma
fila, tiene los mismos objetivos y está en unidad ideológica con el
revisionismo moderno en general y con sus diversas variantes. Las vías, las
formas, las tácticas a las que recurren en la lucha contra el
marxismo-leninismo, contra la revolución y el socialismo pueden ser diferentes,
pero los objetivos contrarrevolucionarios son los mismos.
En los esfuerzos que hacen la burguesía y la
reacción para aplastar la lucha revolucionaria del proletariado y de los
pueblos, les prestan un gran servicio los partidos revisionistas de
Europa, en primer término, así como los de los demás países en todos los
continentes.
Los partidos revisionistas de los países de Europa
Occidental despliegan esfuerzos para levantar una teoría sobre una «sociedad
nueva» llamada socialista,[3] a la que esperan llegar con «reformas
estructurales» y en estrecha coalición con los partidos socialdemócratas, e
incluso con los partidos de derecha. Esta sociedad, según ellos, se edificará
sobre nuevos fundamentos con «reformas sociales», en «paz social»; por «vía
parlamentaria», a través del «compromiso histórico» con los partidos burgueses.
Los partidos revisionistas de Europa, como los de
Italia, Francia y España, y tras ellos todos los demás partidos revisionistas
de Occidente, niegan el leninismo, la lucha de clases, la revolución y la
dictadura del proletariado. Todos se han metido en el camino del compromiso con
la burguesía capitalista. Han bautizado esta línea antimarxista con el nombre
de «eurocomunismo». El «eurocomunismo» es una nueva corriente seudo comunista
que está y no está en oposición al bloque revisionista soviético. Esta actitud
vacilante se explica con su propósito de tener una coexistencia de ideas con la
socialdemocracia europea, con toda la diversidad de concepciones que se cuecen
en la caldera de Europa. Los «eurocomunistas» pueden unirse a quienquiera que
sea, a excepción de aquellos que luchan por el triunfo de la revolución y por
la pureza de la ideología marxista-leninista.
Todas las corrientes revisionistas, oportunistas y
socialdemócratas hacen todo lo que está a su alcance por favorecer los
diabólicos actos de las superpotencias que tienen como fin aplastar la
revolución y los pueblos. El que estas corrientes apoyen los organismos
supuestamente nuevos de la burguesía, tiene como único objetivo estrangular la
revolución, poniéndole mil y un obstáculos materiales, políticos e ideológicos.
Ellas se afanan por desorientar y dividir al proletariado y sus aliados, porque
saben que divididos y escindidos en luchas fraccionalistas, no podrán lograr ni
en el interior de un país ni en la plataforma internacional la unidad
ideológica, política y de combate que es requisito indispensable para enfrentar
los ataques del capitalismo mundial en descomposición.
La coalición del revisionismo moderno con la
socialdemocracia tiene miedo al advenimiento del fascismo, sobre todo en
algunos países que están amenazados por la extrema derecha. Para evitar la
dictadura fascista, los revisionistas y los socialdemócratas intentan «atenuar»
las contradicciones y la lucha de clases entre las masas del pueblo y el
proletariado, de una parte, y la burguesía capitalista, de otra. Así pues, para
poder asegurar una «paz social», estos sujetos de la coalición deben hacerse
concesiones mutuas, concertar compromisos con la burguesía capitalista,
entenderse con ella sobre una especie de régimen adecuado para ambas partes.
Así, mientras la burguesía capitalista y sus partidos continúan abiertamente su
lucha contra el comunismo, los partidos revisionistas intentan tergiversar el
marxismo-leninismo, la ideología rectora de la revolución.
Los sindicatos reformistas, educados y entrenados
especialmente en compromisos con la patronal y únicamente para reclamar
limosnas económicas, y no para declarar huelgas por reivindicaciones políticas
y lograr el objetivo del proletariado de tomar el poder, se han convertido en
sostén de los partidos revisionistas de Europa. Como es natural, los
tejemanejes están encaminados a equilibrar la oferta y la demanda, una parte
reclama limosnas y la otra determina la cuantía de estas limosnas. Ambas
partes, tanto los sindicatos reformistas y los partidos revisionistas, como la
patronal con sus partidos, su poder y sus sindicatos, están amenazadas por la
revolución, por el proletariado, por sus partidos verdaderamente
marxista-leninistas. Por eso, están en busca de un compromiso reaccionario,
solución que no puede ser idéntica en todos los países capitalistas, a causa de
las diferencias en cuanto a la fuerza del capital, a las proporciones de la
crisis y a la amplitud de las contradicciones internas que los corroen.
La revolución, única arma para destruir la
estrategia de los enemigos del proletariado y de los pueblos
Todos los enemigos, los imperialistas, los
socialimperialistas y los revisionistas, juntos o por separado, luchan por
embaucar a la humanidad progresista, por desacreditar el marxismo-leninismo y
particularmente por tergiversar la teoría leninista de la revolución, por
aplastar la revolución, cualquier resistencia popular y lucha de liberación
nacional.
EI arsenal de los enemigos del marxismo-leninismo
es grande, pero también las fuerzas de la revolución son colosales. Son
precisamente estas fuerzas que están en ebullición, las que se enfrentan a los
enemigos de la revolución y los combaten, las que han turbado el sueño del
mundo capitalista y de la reacción mundial y les han hecho la vida imposible.
«Un fantasma recorre Europa: el fantasma del
comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada
para acosar a ese fantasma».[4]
Esta constatación de Marx y Engels sigue siendo
actual en nuestros días. El imperialismo, el socialimperialismo y el
revisionismo moderno se imaginan que el peligro del comunismo ha sido
eliminado, porque, al creer que el duro golpe que ha sufrido la revolución
debido a la traición revisionista es irreparable, menosprecian la fuerza del
marxismo-leninismo, sobreestiman las fuerzas materiales, militares, represivas
y económicas de que disponen. Por su parte, esto no es más que una ilusión.
El proletariado mundial recobra sus fuerzas. El y
los pueblos amantes de la libertad de día en día se dan cuenta por su propia
experiencia de la traición de los revisionistas titistas, jruschovistas,
chinos, «eurocomunistas», etc. El tiempo trabaja para la revolución, para el
socialismo y no para la burguesía y el imperialismo, ni para el revisionismo
moderno y la reacción mundial. El fuego de la revolución arde por doquier en
los corazones de los pueblos oprimidos que anhelan conquistar la libertad, la
democracia, la verdadera soberanía, tomar el poder en sus manos y seguir el
camino del socialismo, destruyendo al imperialismo y a sus lacayos.
Actualmente ocurre el mismo fenómeno que en la
época de Lenin, cuando la ruptura con la II Internacional dio lugar a la
creación de nuevos partidos marxista-leninistas. La traición revisionista ha
llevado y lleva aparejada necesariamente la creación y el fortalecimiento, en
todas partes, de los verdaderos partidos comunistas, que han recogido y
enarbolado la bandera del marxismo-leninismo y de la revolución, desechada y
pisoteada por los revisionistas. Estos partidos deben contraponer a la
estrategia global del imperialismo mundial y del revisionismo, la gloriosa
estrategia leninista de la revolución, la gran teoría del marxismo-leninismo.
Les incumbe hacer a las masas plenamente conscientes de los objetivos y de la
justeza de su lucha, de los sacrificios que se precisan; les incumbe
agruparlas, organizarlas, dirigirlas y conducirlas a la victoria.
Los marxista-leninistas, que estamos al frente de
la titánica lucha que se desarrolla en la actualidad entre el proletariado y
los pueblos oprimidos que aspiran a la libertad, por un lado, y los feroces y
voraces imperialistas, por otro lado, debemos darnos cuenta cabalmente de los
objetivos, las tácticas, los métodos y las formas de lucha de los enemigos
comunes y de los enemigos específicos de cada país. No podemos considerar esto
en su justo valor, si no nos apoyamos firmemente en la teoría marxista-leninista
de la revolución, si no vemos que en las situaciones actuales existe y seguirá
existiendo en el futuro una serie de eslabones débiles en la cadena del
capitalismo mundial, en los cuales los revolucionarios y los pueblos deben
desarrollar una actividad ininterrumpida, una lucha organizada, inflexible y
valerosa a fin de que estos eslabones vayan desgajándose de manera sucesiva.
Esto, naturalmente, exige esfuerzos, lucha, sacrificios y espíritu de
abnegación. Los pueblos y los hombres valerosos, guiándose por los intereses de
la revolución, pueden hacer y harán frente a las grandes fuerzas del
imperialismo, del socialimperialismo y de la reacción, que se unen entre sí,
que conciertan nuevas alianzas y buscan una salida a las situaciones difíciles
en las que se encuentran. Los revolucionarios, los marxista-leninistas, la
lucha de los pueblos en todos los continentes, en todos los países, son los que
crean estas situaciones difíciles a esas fuerzas regresivas.
Los comunistas, en todas partes del mundo, no
tienen por que temer los falsos mitos que han predominado por cierto tiempo en
el pensamiento revolucionario. Los comunistas deben esforzarse por ganarse a
los que se equivocan, con el fin de corregirlos, haciendo todas las tentativas
posibles en este sentido, naturalmente, sin caer ellos mismos en el
oportunismo. En el proceso de la lucha de principios, trascenderán, en un
comienzo, algunas vacilaciones, pero las vacilaciones se manifestarán en los
vacilantes, mientras que en los que están resueltos y aplican acertadamente la
teoría marxistaleninista, en los que consideran de manera correcta los
intereses del proletariado de sus países, del proletariado mundial y de la
revolución, no habrá vacilaciones, bien al contrario, cuando los vacilantes
vean que sus camaradas se mantienen firmes en sus concepciones revolucionarias
marxistaleninistas, se harán más fuertes en su lucha.
Si los marxista-leninistas aplican de manera justa
y decidida la teoría marxista-leninista, sobre la base de las actuales
condiciones internacionales y nacionales, si consolidan sin cesar la unidad
internacionalista proletaria, en implacable lucha contra el imperialismo y cada
corriente del revisionismo moderno, con seguridad vencerán todas las
dificultades que encontrarán en su camino, aunque sean muy grandes. El
marxismo-leninismo y sus principios inmortales, correctamente aplicados,
conducirán de manera inevitable a la destrucción del capitalismo mundial y al
triunfo de la dictadura del proletariado, mediante la cual la clase obrera
construirá el socialismo y se encaminará al comunismo.
LA TEORÍA LENINISTA SOBRE EL IMPERIALISMO MANTIENE
TODA SU ACTUALIDAD
En las condiciones presentes, cuando, so pretexto
de que las situaciones han cambiado, la causa de la revolución y la liberación
de los pueblos es blanco de los ataques de los revisionistas jruschovistas,
titistas, «eurocomunistas», chinos y las demás corrientes antimarxistas,
adquiere una importancia de primer orden el profundizar en el estudio de las
obras de Lenin sobre el imperialismo.
Debemos volver de nuevo a estas obras, y estudiar
profundamente y con suma meticulosidad en particular la genial obra de Lenin
El imperialismo, fase superior del capitalismo. Al estudiar con atención
esta obra, veremos asimismo cómo los revisionistas, y entre estos también los
dirigentes chinos, desnaturalizan el pensamiento leninista sobre el
imperialismo, cómo entienden los objetivos, la estrategia y las tácticas de
éste. Sus escritos, declaraciones, posiciones y actos demuestran que consideran
de forma muy errónea la naturaleza del imperialismo, la ven desde posiciones
contrarrevolucionarias y antimarxistas, tal como hacían todos los partidos de
la II Internacional y sus ideólogos, Kautsky y compañía, que han sido
desenmascarados sin compasión por Lenin.
Si estudiamos atentamente esta obra de Lenin y nos
atenemos con fidelidad a su análisis y conclusiones geniales, veremos que el
imperialismo en nuestros días conserva en su totalidad los mismos rasgos
característicos definidos por Lenin, veremos que la definición leninista de
nuestra época, como la época del imperialismo y de las revoluciones
proletarias, permanece inmutable, veremos que el triunfo de la revolución es
inevitable.
Como es sabido, Lenin comienza su análisis del
imperialismo con la concentración de la producción, del capital y con
los monopolios. Los fenómenos de la concentración y centralización de
la producción y del capital también hoy en día solo pueden ser analizados
correcta y científicamente basándose en el análisis leninista del imperialismo.
Un rasgo característico del capitalismo actual es
la concentración cada vez mayor de la producción y del capital, que ha llevado
a la unión de las pequeñas empresas con las empresas poderosas, o a la
absorción de aquellas por estas. Asimismo esto ha traído como consecuencia el
agrupamiento masivo de la fuerza de trabajo en grandes trusts y consorcios.
Además estas empresas han concentrado en sus manos enormes capacidades
productivas, fuentes energéticas y de materias primas en proporciones
incalculables. En la actualidad, en las grandes empresas capitalistas se
explota también la energía nuclear y la tecnología más reciente, que pertenecen
exclusivamente a dichas empresas.
Estos gigantescos organismos tienen un carácter
nacional e internacional. En el interior del país han destruido la mayoría de
los pequeños patronos e industriales, mientras que en el plano internacional se
han erigido en consorcios colosales, que abarcan ramas enteras de la industria,
la agricultura, la construcción, el transporte, etc., de muchos países.
Dondequiera que los consorcios hayan clavado sus garras y que un puñado de
capitalistas multimillonarios haya realizado la concentración de la producción,
se amplía y profundiza la tendencia a eliminar a los pequeños patronos e
industriales. Este camino ha conducido al ulterior fortalecimiento de los
monopolios.
«Esta transformación de la competencia en
monopolio -ha dicho Lenin- constituye
uno de los fenómenos más importantes -por no decir el más importante- de la
economía del capitalismo contemporáneo... »[5]
Al hablar sobre este rasgo del imperialismo, añadía
que
«...la aparición del monopolio, al concentrarse la
producción, es en general una ley universal y fundamental de la presente fase
del desarrollo del capitalismo».[6]
El desarrollo del capitalismo en las condiciones
actuales confirma enteramente la conclusión de Lenin arriba mencionada. En
nuestros días los monopolios son el fenómeno más típico y más corriente, que
determina la fisonomía del imperialismo, su esencia económica. En los países
imperialistas, como los Estados Unidos de América, la Republica Federal de
Alemania, Inglaterra, Japón, Francia, etc., la concentración de la producción
ha adquirido proporciones inusitadas.
Así, por ejemplo, en 1976, en las 500 corporaciones
norteamericanas más grandes, trabajaban casi 17 millones de personas, que
representaban más del 20 por ciento de la mana de obra ocupada. A ellas
correspondía el 66 por ciento de las mercancías vendidas. En la época en la que
Lenin escribió su obra: El imperialismo, fase superior del capitalismo,
en el mundo capitalista sólo existían una gran compañía norteamericana, la
«United States Steel Corporation», cuyo capital activo ascendía a más de mil
millones de dólares, mientras que en 1976 el número de sociedades
multimillonarias era alrededor de 350. El trust automovilístico «General Motors
Corporation», este súper monopolio, en 1975 disponía de un capital global
superior a los 22.000 millones de dólares y explotaba a un ejército de 800.000
obreros. A éste le sigue el monopolio «Standard Oil of New Jersey», que domina
la industria petrolera de los Estados Unidos de América y de los demás países y
explota a más de 700.000 obreros. En la industria automovilística existen tres
grandes monopolios que venden más del 90 por ciento de la producción de dicha
rama; en las industrias aeronáutica y siderúrgica cuatro compañías gigantescas
dan, respectivamente, el 65 y el 47 por ciento de la producción.
Un proceso similar ha tenido y tiene lugar también
en los otros países imperialistas. En la Republica Federal de Alemania, el 13
por ciento del total de las empresas han concentrado en sus manos alrededor del
50 por ciento de la producción y el 40 por ciento de la fuerza laboral del
país. En Inglaterra dominan 50 grandes monopolios. La corporación británica del
acero proporciona más del 90 por ciento de la producción del país. En Francia
las tres cuartas partes de esta producción están concentradas en las manos de
dos sociedades; cuatro monopolios poseen toda la producción de automóviles y
otros cuatro toda la producción de los derivados del petróleo. En el Japón,
diez grandes campañas siderúrgicas producen todo el hierro colado y más de las
tres cuartas partes del acero, mientras que en la metalurgia no ferrosa actúan
ocho compañías. Y lo mismo sucede en las demás ramas y sectores.[7]
Las pequeñas y medianas empresas, que subsisten en
estos países; dependen directamente de los monopolios. Reciben encargos de
estos monopolios y trabajan para ellos, reciben créditos y materias primas,
tecnología; etc. Prácticamente se han convertido en sus apéndices.
Hoy la concentración y la centralización de la
producción y del capital, creando monopolios gigantescos que no cuentan con una
unidad tecnológica, están muy propagadas. En el interior de estos gigantescos
monopolios «conglomerados», actúan empresas y ramas enteras dedicadas a la
producción industrial, la construcción, el transporte, el comercio, los
servicios, la infraestructura, etc., que producen desde juguetes para niños
hasta misiles intercontinentales.
La potencia económica de los monopolios y la
creciente concentración del capital, hacen que las «pequeñas criaturas», es
decir, las empresas no monopolizadas, típicas del pasado, no sean las únicas
victimas de la lucha competitiva, sino también las grandes empresas y grupos
financieros. Debido a la desenfrenada sed de los monopolios de obtener elevados
beneficios y a la exacerbación al máximo de la competencia, este proceso, a lo
largo de los últimos dos decenios, ha adquirido proporciones colosales. Actualmente
las fusiones y las absorciones en el mundo capitalista son de 7 a 10 veces
mayores que en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial.
La fusión y la unión de las empresas industriales,
comerciales, agrícolas y bancarias, han llevado a crear las nuevas formas de
los monopolios, los grandes complejos industrial-comerciales, o
industrialagrarios, formas que son aplicadas ampliamente no sólo en los países
capitalistas de Occidente, sino también en la Unión Soviética, Checoslovaquia,
Yugoslavia y otros países revisionistas. En el pasado las uniones monopolistas
realizaban el transporte y la venta de mercancías con la ayuda de otras firmas independientes;
hoy los monopolios tienen en su poder tanto la producción, como el transporte y
el mercado.
Los monopolios no sólo intentan evitar la
competencia entre las empresas que engloban, sino que además han echado la
zarpa con el propósito de monopolizar todas las fuentes de materias primas,
todas las zonas ricas en minerales esenciales, como hierro, hulla, cobre,
uranio, etc. Este proceso se desarrolla en el plano nacional e internacional.
La concentración de la producción y del capital
adquirió enormes proporciones, en particular después de la Segunda Guerra
Mundial, con la ampliación y el desarrollo del sector del capitalismo
monopolista de estado.
El capitalismo monopolista de estado representa la
subordinación del aparato estatal con respecto a los monopolios, la
implantación de la dominación total de éstos en la vida económica, política y
social del país. De este modo el estado interviene directamente en la economía
en interés de la oligarquía financiera, para asegurar el máximo beneficio a la
clase que detenta el poder a través de la explotación de todos los trabajadores
y para estrangular la revolución y las luchas de liberación de los pueblos.
La propiedad monopolista estatal, como uno de los
elementos básicos más característicos del capitalismo monopolista de estado, no
representa la propiedad de un solo capitalista o de un grupo de capitalistas
particulares, sino la propiedad del estado capitalista, la propiedad de la
clase burguesa que está en el poder. En diversos países imperialistas el sector
capitalista monopolista de estado ocupa del 20 al 30 por ciento en la
producción global.
El capitalismo monopolista de estado, que
representa el nivel más alto de la concentración de la producción y del
capital, es la principal forma de propiedad actualmente dominante en la Unión
Soviética y en los demás países revisionistas. Este capitalismo monopolista de
estado está al servicio de la nueva clase burguesa en el poder.
También en China, por medio de una serie de
reformas, como la institución de la ganancia en tanto que objetivo principal de
la actividad de las empresas, la aplicación de las prácticas capitalistas de
organización, dirección y remuneración, la creación de regiones económicas,
trusts y combinados muy semejantes a los existentes en la Unión Soviética,
Yugoslavia y Japón, la apertura de las puertas al capital extranjero, los
vínculos directos de las empresas de este país con los monopolios extranjeros,
etc., la economía está adquiriendo formas típicas del capitalismo monopolista
de estado.
Actualmente en el mundo capitalista y revisionista
la concentración y la centralización de la producción y del capital han llegado
a un nivel interestatal. Esta tendencia es estimulada y realizada en la
práctica también por el Mercado Común Europeo, el COMECON, etc., que
representan la unión de los monopolios de las diversas potencias imperialistas.
En su época, Lenin, al analizar las formas de los
monopolios internacionales, se refería a los cártels y sindicatos. En las
condiciones actuales, cuando la concentración de la producción y del capital ha
adquirido enormes proporciones, la burguesía monopolista ha hallado nuevas
formas de explotación de los trabajadores. Se trata de las sociedades
multinacionales.
En apariencia estas sociedades se presentan como
propiedad común de los capitalistas de muchos países. En realidad, las
multinacionales, en lo referente al capital y al control, pertenecen
fundamentalmente a un solo país, mientras su actividad se lleva a cabo en
muchos. Ellas se amplían cada vez más mediante la absorción de pequeñas y
grandes sociedades y firmas locales que están en la imposibilidad de hacer
frente a la feroz competencia.
Las multinacionales abren filiales y extienden sus
empresas a los países donde está más garantizada la perspectiva de obtener el
máximo beneficio. La multinacional norteamericana «Ford», por ejemplo, ha
instalado en otros países 20 grandes plantas industriales, en las que trabajan
100.000 obreros de distintas nacionalidades.
Entre las sociedades multinacionales y el estado
burgués existen estrechos lazos y una dependencia mutua, que están basados en
su carácter de clase y explotador. El estado capitalista es empleado como un
instrumento al servicio de sus fines de dominación y expansión, tanto en el
plano nacional como en el internacional.
Por su gran papel económico y el importante peso
que tienen en toda la vida del país, algunas multinacionales, tomadas por
separado, constituyen una gran fuerza económica que alcanza, o supera en muchos
casos, el presupuesto o la producción de varios países capitalistas
desarrollados tomados en conjunto. Una poderosa multinacional de los Estados
Unidos de América, la «General Motors Corporation», tiene una producción
industrial superior a la de Holanda, Bélgica y Suiza juntas. Estas sociedades
intervienen para asegurarse favores y privilegios especiales en los países
donde actúan. A título de ejemplo, en 1975, los propietarios de la industria
electrónica de los Estados Unidos de América exigieron al gobierno mexicano
modificar el Código Laboral que establecía algunas medidas de protección, pues
de lo contrario transferirían su industria a Costa Rica, y, para presionar,
cerraron muchas fábricas en las que trabajaban unos 12.000 obreros mexicanos.
Las multinacionales son palancas del imperialismo y
una de sus principales formas de expansión. Son pilares del neocolonialismo y
vulneran la soberanía nacional y la independencia de los países en que actúan.
Dichas sociedades, para abrir paso a su dominación, no se detienen ante ningún
crimen, desde la organización de complots y el trastorno de la economía, hasta
el soborno puro y simple de altos funcionarios, de dirigentes políticos y
sindicales, etc. El escándalo de la Lockheed fue la mejor confirmación de esto.
Un considerable número de multinacionales han sido
instaladas y desarrollan su actividad también en los países revisionistas.3 También han empezado a introducirse en
China.
La concentración y la centralización de la
producción y del capital, que hoy caracterizan al mundo capitalista y que han
conducido a una gran socialización de la producción, no han modificado en
absoluto la esencia explotadora del imperialismo. Por el contrario, han
intensificado la opresión y provocado una pauperización creciente de los
trabajadores. Estos fenómenos confirman por completo la tesis de Lenin de que
en las condiciones de la concentración de la producción y del capital, en el
imperialismo
«tiene lugar un gigantesco progreso de la
socialización de la producción», pero sin embargo «...la apropiación continúa
siendo privada. Los medios sociales de la producción siguen siendo propiedad
privada de un reducido número de individuos.»[8]
Los monopolios y las multinacionales siguen siendo
grandes enemigos del proletariado y de los pueblos.
La intensificación del proceso de concentración de
la producción y del capital que se desarrolla en nuestros días, ha recrudecido
aún más la contradicción fundamental del capitalismo, la contradicción entre el
carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación, así
como todas las demás contradicciones. Al igual que en el pasado, también hoy en
día, los enormes ingresos y superganancias que se obtienen de la cruel
explotación de los obreros, son apropiados por un puñado de magnates capitalistas.
Los medios de producción, con que han sido equipadas las ramas unificadas de la
industria, son, igualmente, propiedad privada de los capitalistas, mientras la
clase obrera sigue siendo esclava de los poseedores de los medios de producción
y la fuerza de sus brazos continúa siendo una mercancía. Ahora las grandes
empresas capitalistas no explotan a decenas o centenares de obreros, sino a
cientos de miles. Se calcula que sólo en 1976 la plusvalía creada por la feroz
explotación capitalista de este enorme ejército de obreros y arrebatada por las
corporaciones norteamericanas, fue superior a los 100.000 millones de dólares,
frente a 44.000 millones en 1960.
Lenin desenmascaró a los oportunistas de la II
Internacional, que predicaban la posibilidad de que se liquidasen las
contradicciones antagónicas del capitalismo como resultado de la aparición y
del desarrollo de los monopolios. Argumentó científicamente que los monopolios,
como vehículos de opresión, explotación y apropiación privada de los resultados
del trabajo, agudizan aún más las contradicciones del capitalismo. Sobre la
base del dominio de los monopolios, se erige la superestructura del sistema capitalista.
Dicha superestructura defiende y representa, tanto en el plano nacional como en
el internacional, los intereses expoliadores de los monopolios. Son los
monopolios los que dictan la política interior y exterior, la política
económica, social, militar, etc.
También la realidad actual de la concentración de
la producción y del capital desenmascara las prédicas de los reaccionarios
cabecillas de la socialdemocracia, de los revisionistas modernos y de los
oportunistas de toda laya, según los cuales los trusts, la propiedad del
capitalismo monopolista de estado, etc., pueden «transformarse», de manera
pacífica, en economía socialista y que el capitalismo monopolista actual «se
integrara» paulatinamente en el socialismo.
La concentración de la producción y del capital,
nos enseña Lenin, sirve de fundamento también para aumentar la concentración
del capital monetario, para concentrarlo en manos de los grandes bancos, para
que aparezca y se desarrolle el capital financiero. En el curso del desarrollo del capitalismo,
junto con los monopolios, los bancos adquieren un gran desarrollo; estos
absorben el capital monetario de los monopolios y los consorcios, el de los
pequeños productores y los ahorros personales. Así los bancos, que están en
manos de los capitalistas y les sirven a éstos, se convierten en poseedores de
los principales medios financieros.
El mismo proceso que se operó para la eliminación
de las pequeñas empresas por las grandes, por los cártels y los monopolios,
también se produjo en la liquidación progresiva de los pequeños bancos. De esta
forma, a semejanza de las grandes empresas que crearon los monopolios, los
grandes bancos fundaron sus consorcios bancarios. En estos dos últimos decenios
este fenómeno ha cobrado enormes proporciones y hoy prosigue a ritmos muy
altos. Un rasgo sobresaliente de las fusiones y absorciones actuales es que han
afectado no sólo a los pequeños bancos, sino también a los medianos o
relativamente grandes. Este fenómeno se explica por la agravación de las
contradicciones de la reproducción capitalista, por la ampliación de la lucha
competitiva y por la grave crisis en la que se encuentra el sistema financiero
y monetario del mundo capitalista.
En los Estados Unidos de América reinan 26 grandes
grupos financieros. EI mayor, el grupo Morgan, cuenta con 20 grandes bancos,
compañías de seguros, etc., con activos que ascienden a 90.000 millones de
dólares.
El grado de concentración y centralización del
capital bancario también es muy elevado en el resto de los principales países
capitalistas. En Alemania Occidental, de los 70 grandes bancos existentes, tres
poseen más del 58 por ciento de todos los activos bancarios. En Inglaterra toda
la actividad bancaria es controlada por 4 bancos conocidos con el nombre «Big
Four». También en el Japón y Francia el grado de concentración del capital
bancario es elevado.
Lenin ha argumentado que el capital bancario se
entrelaza con el capital industrial. Al comienzo los bancos se interesan por la
suerte de los créditos que prestan a los industriales. Sirven de mediadores
para que los industriales, que reciben estos créditos, se entiendan entre sí y
no desarrollen la competencia, porque ésta perjudicaría a los propios bancos.
Este es el primer paso de los bancos en su ligazón con el capital industrial.
Con el desarrollo de la concentración de la producción y del capital monetario,
los bancos se convierten en inversionistas directos en las empresas de
producción, organizando sociedades anónimas conjuntas. De este modo, el capital
bancario penetra en la industria, en la construcción, en la agricultura, en los
transportes, en la esfera de la circulación y en todo lo demás. Por su parte,
las empresas compran gran cantidad de acciones bancarias, convirtiéndose en
copartícipes. Actualmente los dirigentes de los bancos y de las empresas
monopolistas forman parte de los consejos de administración de ambos, creando
así lo que Lenin calificaba de «Unión personal». El capital financiero que
surge de este proceso lleva en sí mismo todas las formas del capital: capital
industrial, capital monetario y capital mercantil. Al caracterizar este
proceso, Lenin ha dicho:
«Concentración de la producción; monopolios que se
derivan de la misma; fusión o entrelazamiento de los bancos con la industria -
tal es la historia de la aparición del capital financiero y lo que dicho
concepto encierra.»[9]
Aunque después de la Segunda Guerra Mundial el
capital financiero ha crecido y ha sufrido cambios estructurales, persigue los
mismos fines de siempre: asegurar el máximo beneficio por medio de la
explotación de las amplias masas trabajadoras, dentro y fuera del país. Este
mismo papel juegan las compañías de seguros que se han extendido mucho en estos
últimos años en los principales países capitalistas, convirtiéndose en
competidoras de los bancos. En los Estados Unidos de América, por ejemplo, en
1970 los activos de los bancos aumentaron 3,5 veces en comparación con el nivel
de 1950, mientras que los activos de las compañías de seguros durante ese mismo
periodo crecieron 6,5 veces.
Estas compañías, con los capitales que acumulan,
producto del saqueo del pueblo, han llegado a conceder a los monopolios
créditos que ascienden a cientos de millones de dólares. De este modo, las
compañías de seguros se fusionan y se entrelazan con los monopolios
industriales y bancarios, transformándose en parte orgánica del capital
financiero.
La burguesía monopolista, incitada por su
insaciable sed de ganancias, convierte en capital toda fuente de medios
monetarios provisionalmente libres, como son las cuotas depositadas por los
trabajadores para las pensiones de jubilación, los ahorros de la población,
etc.
El capital financiero concentrado obtiene ingresos
extraordinariamente elevados, no sólo de las ganancias que se derivan de la
absorción del dinero de los consorcios, de los pequeños industriales, etc.,
etc., sino también emitiendo valores y practicando empréstitos. Al igual que
ocurre con los depósitos de los ahorros, también en estos casos se fija una
pequeña tasa de interés a favor del prestamista, pero con estas actividades el
banco obtiene ganancias colosales, con las cuales aumenta su capital, aumenta
las inversiones que, naturalmente, aportan al capital financiero continuos
beneficios. El capital financiero invierte más en la industria, pero ha
extendido su red especuladora a otras riquezas, como la tierra, los
ferrocarriles y otras ramas y sectores.
Los bancos tienen posibilidades reales para
conceder las considerables sumas de créditos, que requiere el alto nivel de la
concentración de la producción y la dominación de los monopolios. De este modo,
a las grandes uniones monopolistas se les crean condiciones favorables para
explotar más ferozmente a las masas trabajadoras dentro y fuera del país, a fin
de asegurar el máximo beneficio.
Con la restauración del capitalismo en la Unión
Soviética y en los demás países revisionistas, los bancos adquirieron todos los
rasgos característicos de los monopolios. En ellos, al igual que en todos los
demás países capitalistas, los bancos sirven para explotar a las amplias masas
trabajadoras, tanto dentro como fuera del país.
Durante los últimos años, en los países
capitalistas y revisionistas ha crecido rápidamente el comercio con el crédito
que se abre a los clientes para que adquieran artículos de consumo y
especialmente mercancías duraderas. Con la concesión de este tipo de crédito,
la burguesía se asegura mercados para la venta de sus mercancías, los
capitalistas se embolsan inmensas ganancias gracias a las altas tasas de
interés, los deudores se atan de pies a cabeza a los acreedores y las firmas
capitalistas.
En la actualidad, las deudas y otras formas de
obligaciones de los trabajadores con los bancos y las instituciones crediticias
han aumentado considerablemente. Sólo en los Estados Unidos de América, en
1976, el endeudamiento de la población debido a este tipo de créditos ascendía
a 167.000 millones de dólares frente a 6.000 millones en 1945; mientras que en
la República Federal de Alemania el endeudamiento de la población era superior
a los 46.000 millones de marcos.
EI aumento de la concentración y la centralización
del capital bancario ha conducido a una mayor dominación económica y política
por parte de la oligarquía financiera y a la utilización de una serie de formas
y métodos a fin de aumentar el yugo económico, la pobreza y la miseria de las
amplias masas trabajadoras.
El desarrollo del capital financiero ha hecho
posible que se concentrara en manos de un puñado de poderosos capitalistas
industriales y banqueros no sólo una gran riqueza, sino también un verdadero
poderío económico y político que actúa sobre toda la vida del país. Estos
hombres todopoderosos son los que están a la cabeza de los monopolios y los
bancos, y constituyen lo que se denomina oligarquía financiera. Los apologistas
del capitalismo, partiendo del hecho de que actualmente las grandes sociedades
se han transformado en sociedades de accionistas, donde también algún obrero
puede disponer de unas cuantas acciones simbólicas, intentan demostrar que
ahora el capital habría perdido el carácter privado que ten ía cuando Marx
escribió El Capital o cuando Lenin analizó el imperialismo; que el capital se
habría vuelto popular. Se trata de una patraña. Al igual que antes, hoy los
países imperialistas están dominados por los poderosos grupos
industrial-financieros privados: los Rockefeller, Morgan, Dupont, Mellon, Ford,
los grupos de Chicago, Texas, California, etc., en los Estados Unidos de
América; los grupos financieros de Rothschild, Behring, Samuel, etc., en
Inglaterra; de Krupp, Siemens, Mannesmann, Thyssen, Gerling, etc., en Alemania
Occidental; de Fiat, Alfa-Romeo, Montedison, Olivetti, etc., en Italia; las
doscientas familias en Francia y así sucesivamente.
La oligarquía financiera, como poseedora del
capital industrial y financiero, ha asegurado su dominio económico y político
en toda la vida del país. Ha subordinado a sus intereses también el aparato
estatal, el cual se ha transformado en un instrumento en manos de la
plutocracia financiera. La oligarquía financiera quita y pone gobiernos, dicta
la política interior y exterior. Mientras en la vida interna está ligada a las
fuerzas reaccionarias, a todas las instituciones políticas, ideológicas,
docentes y culturales que defienden su poder político y económico, en la
política exterior defiende y apoya a todas las fuerzas conservadoras y
reaccionarias que sostienen y abren paso a la expansión monopolista, que luchan
por conservar y consolidar el capitalismo.
Para asegurar su dominación, la oligarquía
financiera no repara en los medios que utiliza, implantando la reacción
política en todos los terrenos.
«. . . el capital financiero, decía Lenin, tiende a
la dominación y no a la libertad».[10]
La situación actual demuestra que la burguesía
monopolista ha intensificado la opresión en todas partes. Sobre esta base se
profundiza la contradicción entre el proletariado y la burguesía. Al mismo
tiempo, la expansión económica y financiera, acompañada de la expansión
política y militar, ha agudizado más las contradicciones entre los pueblos y el
imperialismo, así como las contradicciones entre las mismas potencias
imperialistas. Esta incontestable realidad objetiva es ignorada por la actual
propaganda revisionista china.
Ahora la concentración y la centralización de los
capitales bancarios se realizan no sólo en el marco de un país, sino también en
el de varios países capitalistas, o de capitalistas y revisionistas. Este es el
carácter de los bancos del Mercado Común Europeo, o del «Banco Internacional
para la Cooperación Económica», así como del «Banco de Inversiones» del
COMECON. Asimismo los bancos germano occidentales-polacos, los anglo-rumanos,
franco-rumanos y anglo-húngaros, o las corporaciones bancarias norteamericano-yugoslavas,
anglo-yugoslavas, etc.; son uniones bancarias de tipo capitalista. La Unión
Soviética ha abierto numerosos bancos en diversos países capitalistas, que se
han convertido en competidores y en socios de los bancos capitalistas
dondequiera que se han establecido, en Zurich, Londres, París, África, América
Latina y otras partes.
También China se ve envuelta cada vez más en la
vorágine de este proceso de la integración capitalista de los bancos. Además de
los bancos que tiene en Hong-Kong, Macao y Singapur, mañana China también los
creará en el Japón, en América, etc. Al mismo tiempo autoriza la penetración de
los bancos de las potencias imperialistas en el propio país.4
Lenin recalcaba que el capitalismo de hoy se
caracteriza por la exportación de capitales. Este rasgo económico del
imperialismo se ha desarrollado y reforzado más en nuestros días. Actualmente,
los Estados Unidos de América, el Japón, la Unión Soviética, la República
Federal Alemana, Inglaterra y Francia, son los mayores exportadores de
capitales en el mundo.
En un cierto periodo, eran los Estados Unidos de
América, Inglaterra, Francia y Alemania, países en que se había desarrollado la
industria, que absorbía las riquezas del suelo y del subsuelo de las colonias,
los que exportaban capitales. Posteriormente, la guerra, las crisis, trajeron
como consecuencia que unas potencias imperialistas, como Inglaterra, Francia y
Alemania, se debilitaran económicamente y se enriqueciera el imperialismo
norteamericano, que se transformó en superpotencia. En la situación creada tras
la Segunda Guerra Mundial, la exportación de capitales norteamericanos aumenta
en detrimento de las otras potencias capitalistas.
Hoy, el capital norteamericano se exporta a todos
los países, incluso a los industrializados, en forma de inversiones, créditos,
empréstitos, en forma de participación en sociedades mixtas o a través de la
creación de grandes compañías industriales. El imperialismo norteamericano, el
capital monopolista, invierte en los países poco desarrollados y pobres, puesto
que en estos los costos de la producción son bajos, mientras el grado de
explotación de los trabajadores es alto. Invierte para asegurarse materias
primas, acaparar mercados y vender los productos industrializados.
Es sabido que los países capitalistas se
desarrollan de manera desigual, por eso los grandes monopolios y sociedades de
los Estados Unidos de América y de otros países exportan capitales precisamente
a los países donde el desarrollo económico requiere inversiones y tecnología.
Los capitales invertidos aportan fabulosas
ganancias a los consorcios y monopolios financieros, puesto que en los países
pobres, poco desarrollados, la tierra es muy barata y con poco dinero puede ser
adquirida en grandes cantidades, y la tierra va acompañada de las riquezas que
contiene. La mano de obra asimismo es barata, puesto que los hombres que sufren
hambre, se ven obligados a trabajar con salarios muy reducidos. Se ha calculado
que por cada dólar invertido en estos países, las potencias imperialistas sacan
un beneficio de 5 dólares.
Según los datos oficiales norteamericanos, sólo
durante el período 1971-1975, el total de las inversiones directas de los
Estados Unidos de América en los nuevos estados fue de 6.500 millones de
dólares, mientras las ganancias que sacaron de estos países, en este mismo
período, alcanzaron el importe de casi 30.000 millones de dólares.[11]
Las potencias imperialistas, a fin de disfrazar la
exportación de capitales, practican también la concesión de créditos. Mediante
estos llamados créditos o ayudas, los grandes consorcios capitalistas y los
estados a que pertenecen, presionan fuertemente a los países y pueblos que los
aceptan y los mantienen bajo su férula. Las ayudas o los créditos a los países
poco desarrollados provienen del saqueo de sus riquezas y de la explotación de
las masas trabajadoras de los países desarrollados, y son concedidos a los
ricos de aquellos países. En otras palabras, esto significa que los grandes
monopolios norteamericanos por ejemplo, explotan el sudor del pueblo
norteamericano y de los otros pueblos y, cuando exportan sus capitales y
conceden créditos, estos representan precisamente el sudor y la sangre de esos
pueblos. Por otro lado, estos créditos que los grandes monopolios otorgan a los
países del llamado tercer mundo, de hecho, sirven a las clases feudal-burguesas
que dominan en ellos.
Los créditos que reciben los estados recién creados
sirven como eslabones de la cadena imperialista en el cuello de sus pueblos.
Según indican las estadísticas, las deudas de estos países se duplican cada
quinquenio. Si en 1955 las deudas de los países poco desarrollados con las
potencias imperialistas fueron de 8.500 millones de dólares, en 1977
ascendieron a más de 150.000 millones de dólares.
El capitalismo mundial ha desarrollado en su propio
interés la técnica y la tecnología, para multiplicar sus ganancias, por medio
del descubrimiento de las riquezas del subsuelo, de la creación de una
agricultura intensiva, etc. Toda esta tecnología, la propia revolución
técnico-científica y los nuevos métodos de explotación económica, benefician al
imperialismo, a los monopolios capitalistas y no a los pueblos. El capitalismo
nunca puede invertir en otros países, conceder préstamos y exportar capitales,
sin calcular de antemano los beneficios que se embolsará.
Si a los grandes monopolios y bancos, que se han
extendido como una telaraña por el mundo capitalista y revisionista, no se les
presentan datos concretos sobre los posibles ingresos a obtener de la
explotación de una mina, de las tierras, de la extracción del petróleo o del
agua en un desierto, no dan créditos.
También hay otras formas de conceder créditos, que
se practican de cara a los estados seudo socialistas que buscan camuflar el
camino capitalista que siguen. Estos créditos, que alcanzan grandes sumas, se
conceden en forma de créditos comerciales y se liquidan, naturalmente, a corto
plazo. Tales créditos son dados conjuntamente por muchos países capitalistas,
los cuales han calculado de antemano los beneficios económicos, y también los
políticos, que van a sacar del estado que los recibe, teniendo en cuenta tanto
el potencial económico, como la solvencia de los mismos. Los capitalistas en
ningún caso dan créditos para construir el socialismo, sino para destruirlo.
Por consiguiente, un verdadero país socialista nunca acepta créditos,
cualquiera que sea su forma, de un país capitalista, burgués o revisionista.
Al igual que los revisionistas jruschovistas
soviéticos, los revisionistas chinos emplean muchos slogans, numerosas citas,
construyen un sinfín de frases que suenan a «leninistas», a «revolucionarias»,
pero su verdadera actividad es reaccionaria, contrarrevolucionaria. Los
dirigentes chinos se esfuerzan por presentar también sus actitudes oportunistas
y las relaciones que mantienen con los países imperialistas como si fueran en
interés del socialismo. Estos revisionistas disfrazan así las cosas intencionalmente,
a fin de mantener a oscuras a las masas del proletariado y del pueblo, de
manera que éstas no puedan transformar su descontento en un recurso de fuerza
para llevar a cabo la revolución.
Consideremos, por ejemplo, la cuestión de la
edificación económica del país, del desarrollo de la economía socialista con
las propias fuerzas. Se trata de un principio correcto. Cada estado
independiente, soberano, socialista, debe movilizar a todo el pueblo y definir
correctamente la política económica, debe tomar todas las medidas para explotar
de forma adecuada y lo más racional posible todas las riquezas del país,
administrarlas con economía y aumentarlas en interés de su propio pueblo, y no
permitir que sean arrebatadas por otros. Esta es una orientación principal
básica para cualquier país socialista, en tanto que la ayuda exterior, la ayuda
que conceden los otros países socialistas, es suplementaria.
Los créditos que un país socialista da a otro país
socialista tienen un carácter totalmente diferente. Estos créditos constituyen
una ayuda internacionalista, desinteresada. La ayuda internacionalista nunca
engendra capitalismo, no empobrece a las masas populares, al contrario,
contribuye a desarrollar la industria y la agricultura, sirve a su
armonización, conduce al mejoramiento del bienestar de las masas trabajadoras,
al fortalecimiento del socialismo.
En primer lugar, los estados socialistas
económicamente desarrollados deben ayudar a los demás países socialistas. Esto
no quiere decir que un país socialista no tenga que desarrollar relaciones con
otros países no socialistas. Pero deben ser relaciones económicas sobre la base
del interés mutuo y de ninguna manera deben poner la economía de un país
socialista o de uno no socialista, bajo la dependencia de los países más
poderosos. Si estas relaciones entre estados están basadas en la explotación de
los países pequeños y económicamente débiles por parte de los estados grandes y
poderosos, entonces esa «ayuda» debe ser rechazada, porque es esclavizadora.
Lenin dice que el capital financiero ha echado sus
redes, en el sentido real de la palabra, en todos los países del mundo. Los
monopolios, los cártels y los sindicatos de los capitalistas, trabajan de forma
sistemática. Primero se apoderan del mercado interno, se apoderan de la
industria, la agricultura, subyugan a la clase obrera y los demás trabajadores,
sacan superganancias y posteriormente crean grandes posibilidades para acaparar
también mercados en todo el mundo. En esta cuestión el capital financiero juega
un papel directo.
También actualmente observamos, en completa
concordancia con las enseñanzas de Lenin sobre el imperialismo, como ultima
fase del capitalismo, que las dos superpotencias, el imperialismo
norteamericano y el socialimperialismo soviético, pugnan por repartirse el
mundo, por apoderarse de los mercados. El petróleo por ejemplo, una cuestión
que se ha agudizado en todo el mundo, está en primer lugar bajo el dominio de
las grandes sociedades monopolistas norteamericanas, pero en ellas participan
también compañías petroleras de Inglaterra, Holanda, etc. Los norteamericanos
maniobran en la cuestión del petróleo, para que éste siga siendo monopolio
suyo. Han invertido capitales e instalado una gran técnica en los países -
productores, como Arabia Saudita, Irán, etc., han tendido sus tentáculos sobre
las camarillas dominantes de estos países, comprometiendo con grandes sumas de
dólares a los reyes, jeques e imanes. Los cabecillas dominantes de los países
productores de petróleo tienen la autorización de la plutocracia financiera de
estos países para invertir en los Estados Unidos de América, en Inglaterra y
otras partes, comprando incluso acciones de diversas compañías monopolistas,
así como hoteles de lujo, fábricas, etc.
Arabia Saudita, por ejemplo, es un país semifeudal,
donde reina la pobreza y el oscurantismo, aunque de ella se extraen anualmente
420 millones de toneladas de petróleo. Mientras las masas trabajadoras viven en
la pobreza, el rey y la clase de los grandes terratenientes han depositado en
los bancos de Wall Street más de 40.000 millones de dólares. La misma situación
existe en Kuwait, en los Emiratos Árabes Unidos, etc. Estas camarillas hacen
toda clase de concesiones a las potencias imperialistas para que saqueen las
riquezas de los pueblos de los países que dominan, a fin de apropiarse de una
parte de las ganancias.
Las inversiones que hacen los países productores de
petróleo y que son propiedad de las camarillas dominantes, representan una
unión, naturalmente a una escala muy insignificante, del capital de estas
camarillas con el capital norteamericano o inglés. A primera vista parece que
las camarillas dominantes de los países de donde sale el petróleo son, en
cierta medida, socios inversionistas del imperialismo norteamericano, inglés
francés e influyen en su economía. En realidad ocurre todo lo contrario. Las ganancias
de los imperialistas norteamericanos y de los demás imperialistas son
extraordinariamente grandes en comparación con las ganancias que dejan a estas
camarillas. Esta es una característica del neocolonialismo actual, el cual,
para poder explotar al máximo las riquezas de algunos países, hace ciertas
concesiones mesuradas en favor de los grupos dominantes burgués capitalistas,
feudales, pero, ciertamente, no en detrimento suyo. Este ejemplo confirma la
justeza de la tesis de Lenin, de que es muy fácil que los intereses de la
burguesía de distintos países, así como los intereses de los monopolios
privados, se entrelacen con los intereses de los monopolios estatales. Los
grandes monopolios pueden entrelazarse también con monopolios menos poderosos,
pero que tengan en su posesión grandes riquezas, sobre todo del subsuelo, como
minas de hierro, cromo, cobre, uranio, etc.
Hoy día, los empréstitos, los créditos y las ayudas
gubernamentales constituyen una de las formas más difundidas de exportar
capitales. Este tipo de exportación lo practican especialmente la Unión
Soviética y los demás países revisionistas.
Además de asegurar beneficios capitalistas, estos
créditos, «ayudas» y empréstitos tienen también fines políticos. Los estados
que dan los créditos tienden a apuntalar y a consolidar el poder político y
económico de determinadas camarillas, que defienden los intereses económicos,
políticos y militares del país acreedor. Puesto que los acuerdos sobre este
tipo de créditos son ultimados entre gobiernos, refuerzan aún más la
dependencia económica y política del prestatario con respecto al prestamista.
Un ejemplo clásico en lo que se refiere a esta forma de exportación de
capitales lo constituye el «Plan Marshall», que después de la Segunda Guerra
Mundial pasó a ser la base económica de la expansión política y militar de los
Estados Unidos de América en los países de Europa Occidental. Similares son las
llamadas ayudas que los revisionistas soviéticos dan a países como la India,
Irak, etc., supuestamente para desarrollar la economía y crear el sector
estatal de la industria.
Actualmente el imperialismo norteamericano, el
socialimperialismo soviético y el capitalismo de los países industrializados
han alcanzado tal nivel de desarrollo que las ganancias que obtienen acumulando
capitales, son extraordinariamente grandes. La acumulación de capitales crea
enormes beneficios que van a parar a los bolsillos de los monopolistas, de la
oligarquía financiera, quienes no ponen estas utilidades al servicio del pueblo
trabajador, pobre e indigente, sino que las exportan a los países de donde
esperan obtener beneficios aún más grandes. Estos son los países que China
llama «tercer mundo». Pero también hacen inversiones de este tipo en los países
capitalistas desarrollados.
Se han escrito numerosos libros sobre el proceso de
la penetración de los capitales norteamericanos en Europa y sus objetivos
políticos y económicos. En un libro suyo, el autor norteamericano Geoffrey Owen
nos ofrece un claro panorama. Al empezar el capitulo «Sociedades
internacionales», dice que el aumento de las inversiones norteamericanas en el
exterior se ha realizado según la concepción de que los norteamericanos no
representan una sociedad con intereses en ultramar, sino una sociedad
internacional. El cuartel general de esta sociedad se encuentra en los Estados
Unidos de América. Esto significa que las grandes firmas norteamericanas no
piensan únicamente en cubrir las necesidades de su propio país, las de la
industria y de sus clientes en los Estados Unidos de América, sino también en
extender sus redes a otros países. Estas sociedades invierten sus «excedentes
de capitales» en otros países para obtener mayores beneficios. Corporaciones
gigantes tales como la «Socony Mobile», la «Standard Oil of New Jersey» y
otras, consiguen casi la mitad de sus ganancias saqueando y explotando a los
otros países. Alrededor de 500 compañías aseguran cada año aproximadamente
10.000 millones de dólares de beneficios en el exterior. Son más de 3.000 las
empresas de este género que han invertido en el extranjero. Por lo tanto, las
fórmulas y los términos, «sociedades multinacionales» o «capitalismo
internacional», están en boga, son utilizados en el lenguaje periodístico y en
las operaciones bancarias.
Geoffrey Owen señala que, en 1929, más de 1.300
sociedades europeas eran propiedad de firmas norteamericanas o estaban bajo su
control. Esta era la primera fase de la ofensiva norteamericana en dirección a
la industria europea. La presión de la Segunda Guerra Mundial que se preparaba,
contuvo momentáneamente la invasión de capitales norteamericanos. De 1929 a
1946, el valor de las inversiones directas, realizadas por las sociedades
norteamericanas en otros países del mundo, descendió de 7.500 a 7.200 millones
de dólares. Pero, después de la Segunda Guerra Mundial, en 1950, la cantidad de
inversiones norteamericanas en el exterior ascendió a 11.200 millones, cuya
mitad estaba concentrada en los países de América Latina y Canadá. En América
Latina se hicieron inversiones para explotar las materias primas: petróleo,
cobre, mineral de hierro, bauxita, así como bananas y otros productos
agrícolas. En Canadá estas inversiones se hicieron en mayor medida en las minas
y el petróleo, y se desarrollaban en amplia escala debido a la proximidad de
estos países y a otras condiciones que facilitaban la penetración.
Europa, del mismo modo, se convirtió en los años 50
en un importante terreno para las inversiones norteamericanas. Las inversiones
en este continente se extendieron rápidamente al sector de las comunicaciones,
a la gran producción en serie, a la fabricación de equipos complejos. Junto con
ellas afluyeron también las mercancías y los productos norteamericanos.
El mencionado autor indica que la situación creada
en el mercado capitalista después de la Segunda Guerra Mundial, dio un mayor
impulso a las inversiones norteamericanas. Veamos los siguientes datos sobre el
aumento de estas inversiones en el exterior; en 1946 totalizaban 7.200
millones, y luego comienzan a aumentar, en 1950 llegan a 11.200 millones, en
1964 alcanzan el importe de 44.300 millones y en 1977 superan los 60.000
millones de dólares.
Las sociedades norteamericanas, ampliando
continuamente sus operaciones a escala mundial, han exacerbado la competencia
con las firmas de cada país y se ha acrecentado el temor de éstas a verse
dominadas por las gigantes norteamericanas. Este problema es aún más agudo en
los países poco desarrollados donde las firmas norteamericanas dominan las
ramas clave de la industria y tienen una influencia preponderante sobre las
economías nacionales. En otras palabras, estas gigantescas sociedades
norteamericanas tienen en sus manos, y de hecho dirigen, las economías y los
gobiernos locales.
Es conocida la prolongada lucha desarrollada entre
las sociedades norteamericanas del petróleo y el gobierno mexicano, que
concluyó, en 1938, con el fracaso de la política de oposición del gobierno de
México. La misma suerte corrió la disputa entre el monopolio británico del
petróleo y el gobierno iraní, que terminó con la destitución de Mosadegh. Estas
contiendas son continuas y demoledoras y acaban siendo ganadas por los grandes
trusts norteamericanos.
Las grandes compañías petroleras actúan a escala
mundial. Para ellas es normal y necesario controlar de forma absoluta todos los
capitales y la producción de esta rama en los países donde han invertido,
controlar a los gobiernos, etc., porque de no tener estas posibilidades, se ven
dificultadas para la coordinación a escala mundial de sus actividades. Por eso
las grandes compañías extranjeras se oponen a los esfuerzos de los capitalistas
locales por obtener mayores beneficios de los que reciben de los inversionistas
norteamericanos o de los inversionistas de otros países imperialistas.
Las sociedades norteamericanas en Europa, en
Canadá, en Asia, en África, etc., han creado una situación tal que
prácticamente controlan la economía de muchos países. Sus gobiernos tienen un
miedo cerval a los Estados Unidos de América, que se han transformado en
leadership de la economía europea, de la misma forma que lo son de las
cuestiones militares. Por eso los países capitalistas europeos industrializados
intentan contener la invasión de capitales norteamericanos que afluyen cada vez
más hacia ellos.
La dirección china pretende que los estados de
Europa, industrializados ya desde el siglo XIX, están haciendo mayores
inversiones en los Estados Unidos de América. Pero es sabido que, mientras las
inversiones de capitales europeos en los Estados Unidos de América son
principalmente en forma de valores, acciones, obligaciones, depósitos, etc.,
las inversiones norteamericanas en Europa ocupan posiciones dominantes en las
más importantes ramas de la economía europea.
Geoffrey Owen, intentando justificar el aumento de
las inversiones norteamericanas, pretende que los países europeos desean
desarrollar su industria sobre bases científicas y hacen esfuerzos en este
sentido, por ejemplo, en la industria electrónica y de ordenadores, Estas
industrias, en cierta medida, contribuyen al progreso técnico, al aumento de
las exportaciones y, en general, al desarrollo económico de estos países. Pero
las sociedades norteamericanas están en este dominio más adelantadas que sus rivales
europeas y controlan este progreso técnico según sus propios intereses.
En lo que a los ordenadores se refiere, por
ejemplo, las sociedades europeas correspondientes están estrechamente ligadas
para hacer frente a la competencia de la corporación norteamericana
«International Business Machines» (IBM), que controla más del 70 por ciento del
mercado norteamericano y un porcentaje mayor del mercado mundial.
Del mismo modo, la tendencia de las grandes
sociedades norteamericanas es la de asociarse con las empresas locales. A fin
de encubrir la explotación, muchas firmas evitan tener filiales suyas al cien
por cien, y crean sociedades con inversiones mixtas en una proporción de 49 y
51 por ciento, o a medias. De este modo han actuado los norteamericanos en el
Japón, de este modo han actuado también en Yugoslavia, que intenta dar la
impresión de que construye el socialismo con sus propias fuerzas, cuando en realidad
los titistas han repartido económicamente Yugoslavia entre los Estados Unidos
de América y las grandes firmas de los países industriales desarrollados. De
esta forma los titistas también han recortado la libertad y la independencia de
Yugoslavia.
La tendencia de muchas de estas grandes sociedades
norteamericanas, como la «General Motors», «Ford», «Chrysler», «General
Electric», etc., es la de poseer de hecho al cien por cien sus filiales en los
países extranjeros. Sin embargo estas filiales, según Owen, no olvidan el
problema de la nacionalización, y la respuesta que dan al respecto es que «no
se trata de formar sociedades con inversionistas locales, sino de propiciar la
propiedad internacional de las acciones de las sociedades madres». Este es el concepto
de la «internacional» del capitalismo, cuya más ferviente defensora es en
particular la «General Motors».
Estas orientaciones del capital imperialista
norteamericano o de la potencia industrial norteamericana, que invierte fuera
de los Estados Unidos de América para crear sus colonias y su imperio, son
algunos hechos que ilustran de forma clara la tesis de que, contrariamente a lo
que pretenden los revisionistas chinos, el imperialismo norteamericano no se ha
debilitado en absoluto. Por el contrario, se ha fortalecido, ha obtenido
enormes concesiones en otros países, controla muchas importantes ramas de su economía.
Asimismo, ha hundido en innumerables dificultades a varios gobiernos, a menudo
hace la ley en estos países, y tiene muchos gobiernos bajo su control y su
dirección. Naturalmente, en este proceso hay también altibajos, pero la marcha
general no testimonia el debilitamiento del imperialismo norteamericano.
Actualmente vivimos en una época en que otra
superpotencia, el socialimperialismo soviético, exporta sus capitales y trata
de explotar a los diversos pueblos. Los capitales que exporta esta
superpotencia emanan de la plusvalía que se crea en la Unión Soviética,
transformada ya en un país capitalista.
La restauración del capitalismo ha llevado a una
polarización de la actual sociedad soviética, donde una pequeña parte de la
misma domina y explota a la mayoría aplastante del pueblo. La capa constituida
por los burócratas, los tecnócratas y la intelectualidad creadora de alto rango
ya ha sido creada y ha tomado la forma de una clase burguesa explotadora en sí
que se apropia y distribuye entre sus miembros la plusvalía que obtiene
explotando ferozmente a la clase obrera y las amplias masas trabajadoras. A diferencia
de los países de capitalismo clásico, donde la apropiación de la plusvalía es
proporcional al capital de cada capitalista, en la Unión Soviética y en los
demás países revisionistas ésta es distribuida de conformidad con el escalafón
de la alta capa de la burguesía en la jerarquía estatal, económica, científica,
cultural, etc.5 Los elevados sueldos, los emolumentos
ordinarios y extraordinarios, las gratificaciones y los incentivos materiales,
los favoritismos, etc., se han erigido en toda una institución para apropiarse
la plusvalía extraída de la explotación de los trabajadores. La capa que
representa el «capitalista colectivo» conserva este saqueo par medio de una
serie de leyes, de normas, que garantizan la opresión y la explotación
capitalistas.
La economía soviética ya se ha integrado en el
sistema del capitalismo mundial. Mientras las capitales norteamericanas,
alemanes, japoneses, etc., han penetrado profundamente en la Unión Soviética,
los capitales soviéticos son exportados a otros países y se fusionan en
diversas formas can los capitales de los mismos.
Es sabido que la Unión Soviética explota
económicamente en primer lugar a los países satélites. Pero ahora rivaliza y
pugna con los otros estados capitalistas por apoderarse de mercados, ganar
esferas de inversiones, saquear las materias primas, conservar las leyes
neocolonialistas en el comercio mundial, etc. Para extender su hegemonía, la
nueva burguesía soviética exporta capitales, pero en esto choca no sólo con la
competencia del imperialismo norteamericano, que es muy fuerte, sino también
con la de los otros estados capitalistas desarrollados, como el Japón, Gran
Bretaña, Alemania Occidental, Francia, etc. Estos estados, a fin de obtener
superganancias, exportan capitales no sólo a África, Asia y América Latina,
sino también a los países de Europa del Este que se encuentran bajo la tutela
de la Unión Soviética revisionista, e incluso los exportan a la propia Unión
Soviética.
Las camarillas dominantes de los países llamados
socialistas, como la Unión Soviética, Checoslovaquia, Polonia, etc., y ahora
también China, permiten la afluencia de capitales extranjeros a sus propios
países, porque estos capitales las benefician, mientras gravitan sobre las
espaldas de los pueblos. Los países del COMECON han contraído grandes deudas.
Su endeudamiento con los países del Occidente alcanza la cifra de 50.000
millones de dólares.
Yugoslavia es uno de los primeros países
revisionistas que ha permitido la penetración de capitales extranjeros en su
economía. Comenzó recibiendo créditos, luego patentes de producción, y más
tarde pasó a la formación de empresas mixtas. En 1967 se aprobó una ley que
autorizaba la creación de empresas mixtas con el 49 por ciento de capital
extranjero. En 1977, en Yugoslavia, el número de estas empresas llegaba a 170.
Yugoslavia ha asegurado a las firmas capitalistas las más favorables
condiciones para que desarrollen su actividad y obtengan el máximo beneficio.
El fenómeno yugoslavo demuestra que los capitales
extranjeros que se han invertido en Yugoslavia constituyen uno de los factores
determinantes de su transformación en un país capitalista. Los Estados Unidos
de América y otros estados capitalistas ricos no han salido perdiendo con estas
inversiones, por el contrario, han obtenido enormes beneficios, acrecentando la
miseria de la clase obrera y del campesinado de Yugoslavia. Lenin ha dicho que
la exportación de capitales es una buena base para la explotación de la mayoría
de las naciones y países del mundo, para la existencia del parasitismo
capitalista de un puñado de estados muy ricos.
Los estados capitalistas obtendrán enormes
ganancias también de China. Estamos viendo que a este país afluyen en miles de
millones de dólares los capitales norteamericanos, japoneses, germano
occidentales, etc. Con los japoneses se suscribieron acuerdos para explotar
conjuntamente los yacimientos petrolíferos y las capacidades energéticas del
río Yang Tse. Con los alemanes se firmó un acuerdo para construir minas de
carbón, etc. Las inversiones que se realizan en China, y las que se realizaran,
aportarán necesariamente ganancias satisfactorias a los capitalistas
extranjeros y al mismo tiempo fortalecerán las bases del capitalismo en China.
La exportación de capitales de un país capitalista
a otro país capitalista o revisionista, ya sea grande o pequeño el estado que
los da o el que los recibe, sigue siendo una de las formas de explotación de
los pueblos por el capital. Esta explotación lleva aparejada la dependencia
económica y política del país que los recibe.
Lenin ha señalado que los monopolios,
después de apoderarse del mercado interior, pugnan por repartirse y conquistar
económicamente el mercado mundial de productos industrializados y de materias
primas. La competencia y la sed de ganancias hace que los monopolistas
de los diversos países concierten acuerdos provisionales y alianzas, y lleguen
a unirse para repartirse los mercados en el plano internacional, vender sus
productos acabados y comprar materias primas. Los estados capitalistas
desarrollados, incluso cuando poseen reservas de materias primas y energéticas,
se abalanzan sobre los otros países, porque los costos de producción en estos
son menores que en los suyos y sobre todo porque el salario de los obreros es
varias veces más bajo.
Es conocida la lucha que se ha llevado y se lleva a
cabo por la conquista de los yacimientos y los mercados del petróleo. Esta
lucha ha arruinado a decenas y centenares de empresas y sociedades privadas y
se ha llegado a que el cartel internacional del petróleo, que comprende 7
grandes monopolios (de los cuales 5 son norteamericanos, 1 inglés y 1
anglo-holandés, las famosas Esso, Texaco, Shell, etc.), controle más del 60 por
ciento de la extracción y la venta del petróleo en los países capitalistas del mundo
occidental y elabore cerca del 54 por ciento de este producto.
Tal reparto de las fuentes de producción y de los
mercados ya se ha hecho también con el cobre y el estaño, con el uranio y otros
minerales preciosos y estratégicos.
Muchos de los viejos países colonialistas, como
Inglaterra y Francia, han concluido acuerdos especiales, llamados
preferenciales, de colaboración, etc., con las ex colonias, que les aseguran
privilegios económicos y comerciales casi exclusivos. La existencia de las
llamadas zonas del dólar, de la libra esterlina, del franco o del rublo
demuestran la división económica del mundo entre los monopolios y los diversos
estados imperialistas.
El imperialismo norteamericano, el
socialimperialismo soviético y las otras potencias imperialistas, a través de
diversas vías, a través de un comercio discriminatorio y desigual con estos
países, se aseguran los máximos beneficios. Solamente los países «en vías de
desarrollo», excluyendo a los de la OPEP, tienen en la actualidad un saldo
pasivo que asciende a casi 34.000 millones de dólares.
Los monopolios, en las condiciones actuales, sobre
todo en las condiciones de la crisis económica, concluyen acuerdos directos
también con los gobiernos de los países capitalistas, sobre cuotas de
producción, precios, mercados, etc. Incluso la propia existencia de organismos
como el Mercado Común Europeo, el COMECON y otros, es un claro testimonio del
reparto económico que existe hoy en el mundo.
Este reparto económico del mundo, la dominación de
los monopolios, el dictado que imponen a la vida y al desarrollo económico de
los otros países, no hace sino agravar aún más, aparte de la contradicción
entre el trabajo y el capital, las contradicciones entre los pueblos y el
imperialismo, así como las contradicciones interimperialistas.
La teoría china de los «tres mundos»; que busca la
conciliación del «tercer mundo» con el «segundo mundo» y con el imperialismo
norteamericano, está fuera de esta realidad. No quiere ver que la incontenible
ofensiva de los monopolios norteamericanos, ingleses, alemanes, japoneses,
franceses, etc., hacia lo que China llama «tercer mundo», aumenta la
resistencia de los pueblos frente a todas las potencias imperialistas y
hegemonistas y amplía las condiciones objetivas de la lucha intransigente entre
ellos. Por otra parte, el desarrollo desigual de las potencias imperialistas,
que es una ley objetiva del desarrollo del capitalismo, las incita a una
competencia y tensiones irreductibles entre sí para ampliar su expansión
económica a todo el mundo.
La teoría china de los «tres mundos», que pretende
conciliar estas contradicciones y predica lo mismo que desde hace mucho vienen
diciendo la socialdemocracia y los revisionistas de toda laya, está en
flagrante oposición con la estrategia leninista, que tiende no a negar, sino a
profundizar estas contradicciones, a fin de preparar al proletariado para la
revolución y a los pueblos para la liberación.
Lenin, en su análisis del imperialismo indicó que,
con el paso del capitalismo premonopolista a su fase superior y última, a
la fase del imperialismo, termina el reparto territorial del mundo entre las
grandes potencias imperialistas.
«...el rasgo característico del período que nos
ocupa es el reparto definitivo del planeta, definitivo, no en el sentido de que
sea imposible repartirlo de nuevo -al contrario, nuevos
repartos son posibles e inevitables-, sino en el de que la política colonial de
los países capitalistas ha terminado ya la conquista de todas
las tierras no ocupadas que había en nuestro planeta. Por primera vez el mundo
se encuentra ya repartido, de modo que lo que en adelante puede efectuarse
son únicamente nuevos repartos, es decir, el paso de
territorios de un «propietario» a otro.. .»[12]
El viejo colonialismo clásico, que explotaba
física, económica, política e ideológicamente a la mayoría de los pueblos,
después de la Segunda Guerra Mundial se ha transformado en un nuevo
colonialismo. Este nuevo colonialismo comprende todo un sistema de medidas
económicas, políticas, militares e ideológicas, que ha sido establecido por el
imperialismo con la finalidad de conservar su dominación y asegurar el control
político y la explotación económica de las antiguas colonias y de muchos otros
países, acomodándose a las nuevas condiciones que se crearon después de la
guerra.
¿Cuáles son estas nuevas condiciones?
Después de la guerra, los países imperialistas,
Francia, Inglaterra, Italia, Alemania, el Japón y los Estados Unidos de
América, no estaban en condiciones de conservar mediante la fuerza la situación
que existía antes de la guerra. Francia, por ejemplo, no podía mantener
colonizados, como antes, a Marruecos, Argelia, Túnez y otros países de África.
Lo mismo podemos decir del imperialismo británico, italiano, etc.
La Segunda Guerra Mundial produjo un cambio radical
en la correlación de fuerzas en el mundo. Condujo a la destrucción de las
grandes potencias fascistas, pero también estremeció los fundamentos y debilitó
considerablemente a las viejas potencias colonialistas. La guerra antifascista
planteó en todas partes, incluso en los países que no se habían visto envueltos
en su torbellino, el problema de la liberación nacional. Los pueblos de las
antiguas colonias que, conjuntamente con los países de la coalición antifascista,
habían participado en la guerra para sacudirse el yugo fascista, ya no podían
dar pasos atrás y soportar por más tiempo el yugo colonial. La victoria de la
Unión Soviética sobre el nazismo, la creación del campo socialista, la
liberación de China, dieron un poderosísimo impulso al despertar de la
conciencia nacional y a las luchas de liberación de los pueblos. Las amplias
masas de los pueblos colonizados llegaron a comprender que era preciso cambiar
la situación existente. Estallaron las luchas de liberación en Indochina,
África del Norte, etc.
Obligados por la situación, muchos países
colonialistas comprendieron que las viejas formas de explotación y
administración de las colonias eran anacrónicas, sin concederles la más mínima
libertad e independencia. Las potencias imperialistas, colonialistas, no
llegaron a esta conclusión movidas por sus sentimientos democráticos y por su
deseo de conceder la libertad a los pueblos, sino presionadas por los pueblos
colonizados y a causa de su debilidad militar, económica, política e
ideológica, que no les permitía conservar el viejo colonialismo. Pero, el
imperialismo francés, inglés, italiano, norteamericano, etc., no quería
renunciar a la explotación de esos pueblos y países. Cada potencia imperialista
se vio obligada por las circunstancias creadas a conceder la autonomía a estos
pueblos o prometerles la libertad y la independencia después de un cierto
plazo. Este plazo, que fijaron supuestamente para permitirles tomar conciencia
de su capacidad de gobernarse por sí mismos y formar a este fin los cuadros locales,
tendía de hecho a preparar nuevas formas de explotación imperialistas, el nuevo
colonialismo, dando a los países y a los pueblos la falsa impresión de que
habían conquistado la libertad.
Esto tenía lugar después de la guerra, cuando el
imperialismo mundial sufrió una grave derrota, cuando se acentuó aún más la
crisis del sistema colonial del imperialismo. Los Estados Unidos de América
aprovecharon este periodo de descomposición del capitalismo, como resultado de
la debilitación del imperialismo por la Segunda Guerra Mundial, y crearon una
nueva y profunda forma de explotación de los pueblos coloniales, supuestamente
libres e independientes. Extendieron su dominio imperialista a los países en
otro tiempo colonias de las otras potencias imperialistas, ahora debilitadas en
una u otra forma.
Muchos pueblos ex coloniales, a pesar de haber
obtenido esta «independencia» y esta «libertad», tal como se las habían dado
las antiguas potencias colonialistas, tuvieron que empuñar las armas porque los
imperialistas no estaban dispuestos a conceder de inmediato esa «libertad» y
esa «independencia». Particularmente los imperialistas franceses pretendían
conservar también después de la guerra la fuerza o la «grandeza» de Francia.
Así fue cómo los pueblos de Argelia, Vietnam y muchos otros dieron inicio a una
prolongada lucha de liberación y, por último, lograron liberarse. No entraremos
en detalles de cómo lo lograron, cuáles fueron las fuerzas sociales que
lucharon, etc. El hecho es que el viejo imperialismo francés e inglés se
debilitó. Se confirmaron así las tesis de Lenin, de que el imperialismo estaba
en descomposición, de que la vieja sociedad capitalista-imperialista estaba
siendo corroída por los movimientos revolucionarios y por los sentimientos de
amor a la libertad de los pueblos hasta entonces oprimidos y subyugados.
Durante este período, el imperialismo
norteamericano engordó, extendió la zona del dólar, puso bajo su control
territorios de la zona del franco y la libra esterlina y, con el fin de
conservar su poderío hegemónico imperialista, que consistía en explotar al
máximo a los pueblos, creó numerosas bases militares y colocó camarillas
políticas pronorteamericanas en muchos de los países del mundo que
supuestamente habían conquistado la libertad y la independencia. Naturalmente,
esta explotación estaba acompañada también de una serie de cambios
estructurales y superestructurales.
El capital financiero ha creado asimismo una
ideología propia, que le precede en la explotación del proletariado y en la
conquista del mundo, y completa la dominación de los pueblos, la legitimación
de esta dominación, con diversas formas almibaradas, predicando y concediendo
una cierta libertad, una cierta independencia, creando también algunos partidos
pretendidamente democráticos, etc.
Paralelamente a la inversión de capitales
norteamericanos, a la creación de bancos y de las llamadas multinacionales, se
exporta el modo de vida norteamericano, junto con la degeneración que comporta.
La exportación de capitales por las grandes
potencias imperialistas crea colonias, que hoy son los países dominados por el
neocolonialismo. La independencia de estos países es puramente formal. En otras
palabras, ahora al igual que antes, se desarrolla el mismo proceso de
exportación de capitales, pero en formas distintas, acompañando de
explicaciones y de una propaganda «almibarada». La explotación hasta la médula
de los pueblos de dichos países es la de siempre, incluso más salvaje aún;
continúa asimismo el saqueo de sus riquezas naturales.
La mayor potencia neocolonialista de nuestra época
son los Estados Unidos de América. A lo largo de tres años, de 1973 a 1975, las
inversiones básicas gubernamentales y privadas realizadas por los Estados
Unidos de América en las antiguas colonias, en los países dependientes y
semidependientes, representaban cerca del 36 por ciento de todas las
inversiones hechas en esas regiones por los países capitalistas y revisionistas
más desarrollados.[13]
Los tratados y los acuerdos económicos, políticos y
militares concluidos entre las potencias imperialistas y las ex colonias,
tienen un carácter avasallador, son armas en manos del imperialismo para
mantener a estos países en la esclavitud. Hoy, como ayer, son muy actuales las
palabras de Lenin, que puntualizaba:
«...es indispensable explicar infatigablemente y
desenmascarar de continuo ante las grandes masas trabajadoras de todos los
países, sobre todo de los atrasados, el engaño que utilizan sistemáticamente
las potencias imperialistas, las cuales, bajo el aspecto de estados
políticamente independientes, crean en realidad estados desde todo punto de
vista sojuzgados por ellas en el sentido económico, financiero y militar...».[14]
El imperialismo norteamericano, el
socialimperialismo soviético y las otras potencias imperialistas, viejas y
nuevas, con el fin de mantener dominados a los pueblos, instigan, donde pueden,
las disputas entre los estados vecinos o entre los diversos grupos sociales del
interior,6 y luego, apareciendo como árbitros o
sostenedores de una u otra parte, intervienen en los asuntos internos de los
otros, justifican su presencia económica, política y militar. Los hechos
demuestran que, cuando las superpotencias se han inmiscuido en los asuntos
internos de los demás pueblos, los problemas han quedado sin resolver o han
terminado con la consolidación de las posiciones del imperialismo y del
socialimperialismo en estos países. Una prueba de ello son los acontecimientos
del Oriente Medio, el conflicto entre Somalia y Etiopia, la guerra entre
Camboya y Vietnam, etc.
Los Estados Unidos de América, la Unión Soviética y
todos los demás países capitalistas, a la par de invertir, consolidan sus
posiciones en los países que aceptan estas inversiones, y luchan por conseguir
mercados y zonas de influencia. Esto crea fricciones entre los diversos estados
capitalistas, entre los grandes consorcios que no están enlazados ni son
interdependientes. Estas fricciones son las que provocan las guerras locales
que pueden llegar hasta una conflagración general. La guerra desatada por estas
razones, ya sea local o general, como nos enseña el leninismo, no tiene un
carácter libertador, sino de rapiña. La guerra es justa, es libertadora, sólo
cuando los pueblos se levantan contra los ocupantes extranjeros, cuando se
alzan contra la burguesía capitalista del país, que está estrechamente
vinculada con el imperialismo, el socialimperialismo y el capital mundial.
Los representantes del gran capital mundial hablan
mucho sobre la necesidad de cambiar el actual sistema de relaciones económicas
internacionales y de crear un «nuevo orden económico mundial», que también es
respaldado por los dirigentes chinos. Según ellos, este «nuevo orden económico»
servirá de «base para la estabilidad global». Por su parte, los revisionistas
soviéticos hablan de crear una pretendida estructura nueva en las relaciones
económicas internacionales.
Todo esto son esfuerzos y planes de las potencias
imperialistas y neocolonialistas, las cuales quieren mantener vivo y prolongar
el neocolonialismo, y conservar la opresión y la expoliación de los pueblos.
Pero, las leyes de desarrollo del capitalismo y del imperialismo no obedecen a
los deseos ni a las invenciones teóricas de la burguesía y de los
revisionistas. Como Lenin ha señalado, para resolver estas contradicciones es
necesaria la lucha consecuente contra el colonialismo y el neocolonialismo, la revolución.
Analizando los rasgos económicos fundamentales del
imperialismo, Lenin determinó también su lugar histórico. Recalcó que, el
imperialismo es no sólo la fase superior, sino también la última del
capitalismo, es la antesala de la revolución proletaria. Lenin ha escrito que:
«El imperialismo es una fase histórica especial del
capitalismo... es 1) capitalismo monopolista; 2) capitalismo parasitario o en
descomposición; 3) capitalismo agonizante.»[15]
La realidad del mundo capitalista actual confirma
enteramente esta conclusión.
La base económica de todas las plagas
económico-sociales del imperialismo, como ha confirmado Lenin, es el monopolio.
Los monopolios son impotentes para superar las contradicciones de la economía
capitalista. Lenin ligaba orgánicamente el parasitismo y la putrefacción del
imperialismo, con la tendencia de los monopolios a frenar en general el
desarrollo de las fuerzas productivas, a acentuar el desarrollo desproporcional
entre las diversas ramas y a nivel de toda la economía nacional, a no explotar
las capacidades productivas, humanas y materiales; los ligaba con su propensión
a impedir la introducción de los adelantos de la ciencia y de la técnica en
interés de las masas y del progreso de toda la sociedad.
La avidez de ganancias, la competencia, obligan a
los monopolios a hacer inversiones para introducir la técnica avanzada en la
actividad productiva. Pero en todo el proceso histórico del desarrollo del
imperialismo lo que predomina es la tendencia a un desarrollo desproporcional y
a frenarlo.
Los gastos para las investigaciones y el desarrollo
de la ciencia realizados en la industria, y particularmente en la industria de
guerra, en los Estados Unidos de América, por ejemplo, de 2.000 millones de
dólares que fueron en 1950, ascendieron a unos 11.000 millones en 1965 y a
30.000 millones, aproximadamente, en 1972. Muchas veces las grandes firmas
chocan con dificultades en las investigaciones científicas, pero, cuando se
hace un descubrimiento, compran patentes, contratan obreros cualificados y, sólo
cuando les conviene, lo llevan a la práctica.
Naturalmente, los principales sectores y los más
interesantes para las inversiones destinadas al desarrollo y a la revolución
técnica, tienen prioridad, porque aseguran mayores ganancias. En este sentido
el primer lugar es ocupado por la industria de guerra, debido a que aquí la
tasa de ganancias es más elevada. Así, por ejemplo, los Estados Unidos de
América invirtieron, en 1964, 3.565 millones de dólares en investigaciones
científicas en el sector de la aeronáutica y los misiles. Ese mismo año, en la industria
eléctrica y de telecomunicaciones invirtieron mil millones 537 mil dólares, en
la industria química 196 millones, en la de máquinas 136 millones, automóviles
174 millones, instrumentos científicos 172 millones, productos de caucho 38
millones, en la del petróleo 8 millones, en la del metano 9 millones, etc.
En las condiciones actuales, la militarización de
la economía, como manifestación de la descomposición del imperialismo, se ha
convertido en un rasgo característico de todos los países capitalistas y
revisionistas. Pero el proceso de la militarización de la economía ha adquirido
proporciones sin precedentes particularmente en los Estados Unidos de América y
en la Unión Soviética. Los gastos militares directos de ambas partes han
alcanzado proporciones astronómicas, ascendiendo a un total de más de 240.000 millones
de dólares al año.7
En su política tendente a la hegemonía y a la
dominación mundial, los Estados Unidos de América y la Unión Soviética
practican a amplia escala también el comercio de armas, que es otra clara
expresión de la descomposición del imperialismo. El valor de las armas que
venden anualmente supera los 20.000 millones de dólares. Los otros estados
imperialistas, como Inglaterra, Alemania Occidental, Francia, Italia, etc.,
también venden armas. Las camarillas reaccionarias y fascistas de Chile,
Israel, Corea del Sur, Rhodesia, la República Sudafricana, etc., son clientes
regulares de este comercio imperialista. Lo son asimismo los países ricos en
materias primas estratégicas o en petróleo, a los que los imperialistas
intentan atraerse con armas a cambio de saquear sus riquezas.
Un claro testimonio de la descomposición y del
parasitismo del capitalismo monopolista actual es el estallido cada vez más
frecuente de las crisis económicas de superproducción. El estallido de las
crisis, que en la actualidad son muy profundas, prueba la justeza de la teoría
marxista acerca del carácter anárquico, espontáneo y desproporcional de la
producción y del consumo, y rechaza las «teorías» burguesas del desarrolló del
capitalismo «sin crisis», o de la transformación del capitalismo en «capitalismo
dirigido».
En la sociedad capitalista de hoy actúa con una
fuerza aún mayor la ley general de la acumulación capitalista, descubierta por
Marx, según la cual, mientras, por un lado, aumenta la pobreza de los
trabajadores, por otro lado, crecen las ganancias de los capitalistas. Va
acentuándose el proceso de la polarización de la sociedad en proletarios y en
burgueses, que constituyen un número limitado de personas.
El sistema imperialista actual, que cuenta con
mayores posibilidades económicas para corromper a las capas altas del
proletariado, a la aristocracia obrera, ha hecho que ésta crezca en enormes
proporciones.
En la actualidad, la oligarquía financiera utiliza
ampliamente a esta aristocracia para embaucar y desorientar al proletariado,
para castrar su ímpetu revolucionario. De las filas de la aristocracia obrera
surgen de ordinario aquellos a los que Lenin llama socialistas de palabra e
imperialistas de hecho. En esta caracterización de Lenin se incluye a la
socialdemocracia, los «partidos obreros burgueses», los dirigentes oportunistas
de los sindicatos, los revisionistas modernos, etc. Lenin recalca que el imperialismo
se enlaza con el oportunismo, que los oportunistas contribuyen a salvaguardar y
reforzar al imperialismo. Él dice que:
«...los más peligrosos son los que no desean
comprender que la lucha contra el imperialismo es una frase vacía y falsa si no
va ligada indisolublemente a la lucha contra el oportunismo».[16]
La descomposición del imperialismo se ve claramente
también en la intensificación y la profundización de la reacción en todos los
terrenos, y particularmente en el político y social. La práctica demuestra que,
cuando la burguesía monopolista ve que se agudiza la lucha de clases, arroja
lejos las máscaras, negando a las masas trabajadoras incluso los escasos
derechos que habían obtenido a precio de sangre. Una prueba de ello son los
regímenes y las dictaduras fascistas implantadas en muchos países del mundo.
Todo este podrido sistema, que se encuentra en una
situación caótica, se mantiene en pie gracias a un gran ejército pretoriano, a
una policía muy numerosa que está movilizada y armada hasta los dientes. Todas
estas fuerzas militar-policíacas entran en acción para evitar y reprimir
cualquier resistencia que rebase los límites fijados por una inextricable
maraña de leyes promulgadas por la burguesía en el poder. Los cuadros del
ejército y de las demás fuerzas represivas viven lujosamente, reciben muy buenos
sueldos. En Italia, por ejemplo, no se oye hablar de otra cosa que del
ejército, la policía, el cuerpo de carabineros, los agentes de seguridad que
son condecorados, pero que también resultan muertos.
En esta situación tan confusa que impera en los
estados burgueses se ha desarrollado y propagado el bandidaje, que es un
engendro del propio sistema capitalista, expresión de su degeneración y reflejo
de la desesperación y desorientación originadas por el sistema burgués de
opresión y explotación. La burguesía intenta evitar aquellas manifestaciones de
bandidaje que le crean problemas y son motivo de preocupación para el estado
burgués. Pero lo fomenta y utiliza para aterrorizar a las amplias masas trabajadoras
que viven en la miseria. En muchos países capitalistas el bandidaje se ha
convertido en una industria que abarca desde los asaltos a los bancos y los
almacenes, hasta los secuestros de personas, reclamando enormes rescates a
cambio de su libertad. En algunos países el bandidaje se ha organizado en
grupos. Estos grupos tienen nombres que suenan a «revolucionarios», a
«comunistas», etc. La burguesía les deja actuar libremente con el fin de
preparar la situación para dar un golpe de estado fascista y justificar la
realización del mismo. Con el propósito de desacreditar a la revolución y al
socialismo, esta actividad de bandidaje es presentada como obra de «grupos
comunistas», que supuestamente actúan contra el régimen burgués.
Como conclusión, podemos afirmar que en la
situación actual del imperialismo en general, del imperialismo norteamericano,
del socialimperialismo soviético y de los otros imperialismos, el imperialismo,
cualquiera que sea su matiz, se encuentra en la fase de su debilitamiento y
putrefacción, y que la vieja sociedad, a través de la revolución, será
destruida desde sus cimientos y reemplazada por una sociedad nueva, por la
sociedad socialista. Esta nueva sociedad socialista existe y se ampliará, se
desarrollará, ganará terreno, independientemente de que los revisionistas
soviéticos traicionaron al socialismo en la Unión Soviética, independientemente
de que en China domina el oportunismo y se erige un socialimperialismo nuevo,
independientemente de que en los antiguos países de democracia popular se ha
restaurado el capitalismo. El socialismo seguirá avanzando en su camino y con
su lucha y sus esfuerzos saldrá victorioso sobre el imperialismo y el
capitalismo mundial, pero nunca y de ninguna manera lo hará mediante reformas,
a través del camino parlamentario y pacífico, como predicaba Jruschov y como
predican ahora todos los revisionistas. Triunfará permaneciendo fiel a la
teoría leninista sobre el imperialismo y la revolución proletaria, pero nunca
siguiendo las actuales teorías revisionistas que proclaman el capitalismo
monopolista de estado como una supuesta fase nueva y particular del
capitalismo, como la «aparición de los elementos socialistas en el seno del
capitalismo».
De conformidad con las conclusiones de Lenin sobre
la naturaleza del imperialismo y su lugar histórico, todo el imperialismo
mundial como sistema social, a causa de las contradicciones internas que lo
corroen y de las luchas revolucionarias y de liberación de los pueblos ya no
tiene ese poder de dominación exclusiva de antes. Esta es la dialéctica de la
historia y confirma la tesis marxista-leninista de que el imperialismo está en
descenso, en decadencia, en descomposición.
La tendencia del capitalismo y del imperialismo a
debilitarse, es hoy la tendencia principal en la historia universal. Marx y
Lenin han argumentado esto apoyándose en datos concretos, en los
acontecimientos históricos, en la dialéctica materialista. También la tendencia
a mancomunar los esfuerzos por parte de los estados que se oponen al
imperialismo, conduce al debilitamiento de éste. Pero esta segunda tendencia, a
la que China da carácter absoluto, sin hacer las diferenciaciones requeridas,
sin estudiar las situaciones particulares, no lleva a buen camino. Pretendiendo
que el imperialismo norteamericano está en decadencia y es menos poderoso que
el socialimperialismo soviético, proclamando el «tercer mundo», como la
principal fuerza motriz de la época, los dirigentes chinos prácticamente
incitan a la capitulación y la claudicación ante la burguesía.
Es verdad que los pueblos aspiran a la liberación,
pero deben conquistarla sólo con lucha, con esfuerzos y teniendo a la cabeza
una dirección combativa. Marx: Engels, Lenin y Stalin nos enseñan que esta
dirección es el proletariado de cada país. Pero, el proletariado y su partido
marxista-leninista deben hacer bien los análisis políticos, económicos y
militares, sopesarlo todo, tomar decisiones y definir una estrategia y táctica
adecuadas, teniendo siempre presente el preparar y hacer la revolución. Si no se
tiene en cuenta la revolución, como no la tienen en cuenta los chinos, los
análisis, los actos, la estrategia y las tácticas no pueden ser
marxista-leninistas, revolucionarios.
No podemos forjamos ninguna ilusión acerca del
imperialismo, del tipo que sea, poderoso o menos poderoso. La naturaleza misma
del imperialismo crea las condiciones para la expansión económica y política,
para el estallido de las guerras, porque su carácter es esencialmente
explotador, agresivo. Por eso, engañar a las amplias masas de los pueblos que
quieren su liberación diciéndoles que la obtendrán guiándose por teorías
revisionistas como la de los «tres mundos», significa cometer un crimen contra
los pueblos y la revolución.
Nuestra época; como nos enseña Lenin, es la época
del imperialismo y de las revoluciones proletarias. Con esto debemos comprender
que a nosotros, marxista-leninistas, nos corresponde combatir con la mayor
dureza al imperialismo mundial, a cualquier imperialismo, a cualquier potencia
capitalista, que son los que explotan al proletariado y a los pueblos.
Sostenemos la tesis leninista de que la revolución está actualmente a la orden
del día. El mundo seguirá adelante hacia una sociedad nueva, que será la sociedad
socialista. El capitalismo mundial, el imperialismo y el socialimperialismo se
descompondrán todavía más y serán liquidados por medio de la revolución.
Lenin nos enseña a combatir hasta el fin al
imperialismo, criticado en la amplia acepción de la palabra y levantar a las
clases oprimidas contra la política imperialista, contra la burguesía. El
análisis marxista-leninista del desarrollo actual del imperialismo, demuestra
claramente que son inmutables el análisis y las conclusiones de Lenin sobre el
imperialismo, sobre su naturaleza y sus rasgos, sobre la revolución. Los
intentos de todos los oportunistas, desde los socialdemócratas hasta los
revisionistas jruschovistas y chinos, de deformar las tesis leninistas sobre el
imperialismo, son intentos contrarrevolucionarios. Su objetivo es negar la
revolución, embellecer al imperialismo, prolongar la vida del capitalismo.
Cuando Lenin desenmascara al imperialismo y a sus apologistas como Bernstein,
Kautsky, Hilferding y todos los demás oportunistas de la II Internacional,
advierte que
«La ideología imperialista penetra incluso en el
seno de la clase obrera, que no está separada de las demás clases por una
muralla china.»[17]
Pero, desafortunadamente, ahora también la «muralla
china» se ha derrumbado y en China han penetrado la propaganda y la ideología
imperialistas. Los oportunistas chinos no son en absoluto originales. Avanzando
por el camino de Kautsky y compañía también ellos embellecen al imperialismo en
general y al norteamericano en particular, presentándolo como un imperialismo
que está en retroceso y en el que los pueblos deben apoyarse para defenderse de
los socialimperialistas soviéticos.
La semejanza de las «teorías» de los revisionistas
chinos con las de Kautsky es muy evidente. En su tiempo, este último trataba de
defender la política colonial del imperialismo, encubrir su explotación y
expansión, deformando la teoría marxista sobre el desarrollo del capitalismo.
Lo mismo están haciendo en la actualidad los dirigentes chinos, quienes, con la
intención de apoyar al imperialismo norteamericano y su política
neocolonialista, fabrican teorías absurdas supuestamente fundadas en Marx o en
Lenin. Pero si se habla en el lenguaje de Lenin, la «teoría» china es una inmersión
en la charca del revisionismo y del oportunismo.
La teoría de Kautsky propagaba la ilusión de que en
las condiciones del capitalismo monopolista existe la posibilidad de que se
realice otra política, no anexionista. Respecto a esto Lenin puntualizaba:
«Lo esencial es que Kautsky separa la política del
imperialismo de su economía, hablando de las anexiones como de la política
«preferida» por el capital financiero y oponiendo a ella otra política
burguesa, posible, segun él, sobre la misma base del capital financiero.
Resulta que los monopolios en la economía son compatibles con el modo de obrar
no-monopolista, no violento, no anexionista en política. Resulta que el reparto
territorial del mundo, terminado precisamente en la época del capital financiero
y que es la base de lo peculiar de las formas actuales de rivalidad entre los
más grandes estados capitalistas, es compatible con una política no
imperialista. Resulta que de este modo se disimulan, se atenuan las
contradicciones más importantes de la fase actual del capitalismo, en vez de
ponerlas al descubierto en toda su profundidad; resulta reformismo burgués en
lugar de marxismo.»[18]
Ignorando el hecho de que en los Estados Unidos de
América, en el terreno económico dominan los monopolios, el capital financiero,
y que precisamente éstos dictan la política interior y exterior, los
revisionistas chinos hablan de un imperialismo pacifico, que ya no busca la
expansión, que incluso está en retirada. Los dirigentes chinos «olvidan» la
afirmación de Stalin de que las principales peculiaridades y exigencias de la
ley económica fundamental del capitalismo actual son:
«...asegurar el máximo de beneficios capitalistas
explotando, arruinando, empobreciendo a la mayor parte de la población de un
país dado, esclavizando y despojando de manera sistemática a los pueblos de
otros países, sobre todo de los países atrasados, por ultimo desencadenando
guerras y miitarizando la economía nacional, con vistas a asegurar el máximo de
ganancias».[19]
Así, las «nuevas» teorías de los dirigentes chinos
demuestran que ellos cantan la vieja cantinela de Kautsky con una nueva
melodía.
Al desenmascarar a los cabecillas de la II
Internacional, que querían hacer distinción entre las potencias imperialistas,
dividiéndolas en más y menos agresoras, Lenin recalcaba que esta actitud era
antimarxista. Esta actitud llevó a los partidos de la II Internacional a las
posiciones del chovinismo, a traicionar abiertamente la causa del proletariado
y de la revolución. En nuestra época, decía Lenin, no puede plantearse el
problema de qué estado imperialista de los implicados en la Primera Guerra Mundial
en uno u otro campo, es el «peor de los males».
«La democracia contemporánea, decía, sólo será fiel
a sí misma si no se suma a ninguna burguesía imperialista, sí declara que «tan
pésima es una como otra» y sí desea en cada país la derrota de la burguesía
imperialista. Toda otra solución será, de hecho, una solución nacional-liberal,
y no tendrá nada en común con el verdadero internacionalismo.»[20]
En las condiciones actuales, si se aceptase la
tesis china según la cual el socialimperialismo soviético es más agresivo que
el imperialismo norteamericano, se caería en una traición abierta a la
revolución, a la misión histórica de la clase obrera, se pasaría a las
posiciones de la II Internacional. Ambas superpotencias imperialistas
representan, en el mismo grado, el principal enemigo y peligro para el
socialismo, para la libertad y la independencia de los pueblos, para la
soberanía de las naciones. Son los principales defensores del capitalismo
mundial.
Para disimular su traición a los pueblos, los
dirigentes chinos dicen que las relaciones de los grandes monopolios con
algunos países poseedores de grandes riquezas, crean una situación que incluso
puede evitar los conflictos entre las potencias monopolistas y los pueblos.
Esto es una gran absurdidad, es un esfuerzo tendente a presentar como mansa la
bestia imperialista, a crear una situación eufórica y falsa, alegando que
supuestamente la inversión de capitales creará el bienestar del pueblo del país
donde se realiza la inversión y que así dejarán de existir las contradicciones
antagónicas entre los imperialistas y los pueblos de dichos países. Esta falsa
teoría, que ahora pregonan los dirigentes chinos, ha sido creada por el
imperialismo para extender su dominación a todo el mundo y ayudar a las
camarillas reaccionarias dominantes en diversos países a oprimir a su pueblo y
vender su propio país a los extranjeros.
Estas «teorías» son una repetición, bajo formas
nuevas y refinadas, de las teorías reaccionarias de los oportunistas de la II
Internacional. Durante la Primera Guerra Mundial, Lenin desenmascaró la teoría
antimarxista de Kautsky del «ultraimperialismo», Kautsky pretendía que, en las
condiciones del imperialismo, las guerras pueden ser conjuradas mediante un
acuerdo entre los capitalistas de los diversos países.
Polemizando con Kautsky, Lenin decía que
«...las alianzas «interimperialistas» y
«ultraimperialistas» en el mundo real capitalista, y no en la vulgar fantasía
pequeñoburguesa de los curas ingleses o del «marxista» alemán Kautsky, sea cual
fuere su forma: una coalición imperialista contra otra coalición imperialista,
o una alianza general de todas las potencias imperialistas, sólo pueden ser
inevitablemente «treguas» entre las guerras».[21]
Estas enseñanzas de Lenin son muy actuales en las
condiciones de hoy cuando los revisionistas chinos hablan y despliegan febriles
esfuerzos para crear una alianza y un gran frente mundial de todos los estados
y los regímenes fascistas y feudales, capitalistas e imperialistas, incluyendo
a los Estados Unidos de América, contra el socialimperialismo soviético.
Entre los países imperialistas pueden crearse
alianzas, recalcaba Lenin, pero se crean con el único objetivo de aplastar
conjuntamente la revolución, el socialismo, de saquear conjuntamente las
colonias y los países dependientes y semidependientes.
Los revisionistas chinos, al igual que los
cabecillas de la II Internacional, han substituido la consigna del Manifiesto
Comunista «¡Proletarios de todos los países, uníos!» por la consigna
pragmática «Unámonos con todos aquellos que son susceptibles de unirse», contra
el socialimperialismo soviético.
La teoría de los «tres mundos», inventada por los
dirigentes chinos, no analiza el desarrollo histórico del imperialismo a través
del prisma marxista-leninista, sino que lo considera erróneamente, ignorando
las contradicciones de nuestra época, definidas de forma tan clara por Marx y
Lenin. Siguiendo esta «teoría», la China «socialista» se une con el
imperialismo norteamericano y el «segundo mundo», es decir, con otros
imperialistas, que explotan a los pueblos, y llama al «tercer mundo», a los
pueblos que aspiran a luchar contra el imperialismo y el capitalismo mundial,
tanto si es el imperialismo norteamericano como si es el socialimperialismo
soviético, a unirse únicamente contra este último.
También la teoría titista de los países «no
alineados» es tan antimarxista como la teoría de los «tres mundos».
Estas dos «teorías» son los rieles de una misma vía
férrea sobre la que rueda el tren del imperialismo norteamericano y del
socialimperialismo soviético, tren que, va cargado con las riquezas arrebatadas
a los pueblos del mundo. Los titistas y los revisionistas chinos tratan de
abrir algunos agujeros en los vagones de este tren imperialista y
socialimperialista para que se derrame un poco de aceite, un poco de azúcar,
algún dólar, alguna libra esterlina, algún franco o algún rubio. Estos rieles,
que están tendidos sobre las espaldas de los pueblos oprimidos y que tienden a
mantenerlos continuamente subyugados, son dos teorías tan reaccionarias como
todas las demás teorías antimarxistas de los trotskistas, anarquistas,
bujarinistas, jruschovistas, de los partidarios de Togliatti, Carrillo,
Marchais, etc., etc.
La vida confirma continuamente las geniales tesis
de Lenin sobre el imperialismo. El capitalismo ha entrado en la fase de su
putrefacción. Esta situación suscita la revuelta de los pueblos y los empuja a
la revolución. La lucha de los pueblos contra el imperialismo y contra las
camarillas capitalistas burguesas crece de diferentes formas, con diversa
intensidad. Ineluctablemente la cantidad se convertirá en calidad. Esto se
verificará antes en los países, que constituyen el eslabón más débil de la
cadena capitalista y donde la conciencia y la organización de la clase obrera
han alcanzado un alto nivel, donde el problema es tratado con una profunda
comprensión política e ideológica.
El imperialismo ha intensificado la opresión y la
bárbara explotación de los pueblos. Pero al mismo tiempo también los pueblos
del mundo se hacen cada vez más conscientes de que ya no se puede vivir en la
sociedad capitalista actual, donde las masas trabajadoras son oprimidas y
explotadas con una intensidad no menor a la de antes de la guerra.
El imperialismo, a pesar de sus esfuerzos y de los
de sus adeptos, ni ahora ni tampoco más tarde puede encontrar estabilidad en la
lucha que lleva a cabo por sentar su hegemonía sobre los pueblos. No puede
encontrarla porque se ha despertado la conciencia de la clase obrera y de las
masas trabajadoras oprimidas que quieren liberarse, y además a causa de las
inevitables contradicciones interimperialistas.
Los pueblos ven, y más tarde lo verán mejor, que el
imperialismo y el capitalismo mundial no se apoyan sólo en la fuerza económica,
militar, política e ideológica de las dos superpotencias, sino también en las
clases ricas que mantienen sojuzgados a los pueblos de sus países, que los
explotan y los aterrorizan a fin de que no se levanten para conquistar la
verdadera libertad e independencia.
Las amplias masas de los diversos países del mundo
han comenzado asimismo a comprender que la actual sociedad burgués-capitalista,
el sistema explotador del imperialismo mundial, deben ser derrocados. Para los
pueblos esto no es sólo una aspiración, en muchos países también han empuñado
las armas.
Por eso, no es necesario inventar teorías que
dividan el mundo en tres o cuatro partes, en «alineados» y en «no alineados»,
sino ver e interpretar correctamente el gran proceso histórico objetivo según
las enseñanzas del marxismo-leninismo. El mundo está dividido en dos partes, el
mundo del capitalismo y el mundo nuevo del socialismo, que están en implacable
lucha entre sí. En esta lucha triunfará lo nuevo, el mundo socialista, mientras
que la vieja sociedad capitalista, la sociedad burguesa e imperialista, se
derrumbará.
LA REVOLUCIÓN Y LOS PUEBLOS
Marx ha argumentado científicamente la necesidad de
destruir la sociedad capitalista y construir una sociedad más avanzada, la del
socialismo y después la del comunismo. En la obra El imperialismo, fase
superior del capitalismo, Lenin, desarrollando el pensamiento de Marx,
demostró que la época actual es la época del imperialismo y de las revoluciones
proletarias. Esta es la época de la destrucción del viejo régimen capitalista;
del colonialismo y del imperialismo, de la toma del poder por el proletariado y
de la liberación de los pueblos oprimidos, el período del triunfo del
socialismo a escala mundial.
Esto significa que hoy vivimos en la época de la
substitución de la vieja sociedad explotadora, insoportable para la mayoría de
la humanidad, para los oprimidos y los explotados, por una sociedad nueva,
donde desaparece de una vez y para siempre la explotación del hombre por el
hombre. Nuestro Partido, se ha basado precisamente en estas enseñanzas
fundamentales y en el análisis marxista-leninista de la actual evolución
mundial, al presentar en su VII Congreso la tesis de que el mundo se encuentra
en una fase en que la causa de la revolución y de la liberación de los pueblos
es un problema planteado que espera solución.
La lucha del proletariado contra la burguesía es
dura, inexorable y se desarrolla de continuo. Frente a frente se encuentran dos
grandes fuerzas sociales. De un lado, la burguesía capitalista imperialista,
que es la clase más salvaje, más embaucadora y más sanguinaria que haya
conocido la historia. De otro lado, está el proletariado, la clase totalmente
despojada de los medios de producción, la clase oprimida y explotada
despiadadamente por la burguesía, y, al mismo tiempo, la clase más avanzada de
la sociedad, que piensa, crea, trabaja, produce, y que, sin embargo, no goza de
los frutos de su trabajo.
Ambas clases intentan, cada una por su parte,
agrupar fuerzas a su alrededor y prepararlas para conseguir sus objetivos: el
proletariado para alcanzar la liberación nacional y social, para hacer la
revolución; la burguesía para conservar su dominación y aplastar la revolución.
Mientras la burguesía agrupa en torno suyo a las fuerzas más negras, más
regresivas y criminales, el proletariado se esfuerza por ganar para su causa a
todas las fuerzas revolucionarias y progresistas.
El marxismo-leninismo nos enseña que la lucha entre
el proletariado y la burguesía se intensifica ininterrumpidamente y que con
toda seguridad será coronada con la victoria del proletariado y de sus aliados.
Pero, para que esta lucha sea coronada con éxito es necesario que el
proletariado esté organizado, tenga su partido de vanguardia, haga conscientes
a las amplias masas populares de la necesidad de la revolución y las dirija en
la lucha por la toma del poder, por la instauración de su propia dictadura, por
la construcción del socialismo y del comunismo, de la sociedad sin clases.
En el mundo hay muchos elementos exaltados, con
buenas o malas intenciones, quienes piensan que es posible hacer la revolución
en cualquier época, en cualquier momento y en cualquier parte. Pero se
equivocan. La revolución no puede realizarse en cualquier momento y en
cualquier parte, conforme a los deseos. La revolución estalla y se realiza en
el eslabón más débil de la cadena capitalista. Para que estalle y triunfe,
deben existir condiciones apropiadas, objetivas y subjetivas, y hace falta
esperar el momento favorable para lanzarse a ella. Lo principal es que cuando
hagan estallar la revolución, las amplias masas del pueblo, con el proletariado
al frente, estén decididas y preparadas para llevarla hasta sus últimas
consecuencias.
Lenin puntualiza que la revolución es obra del
pueblo de cada país, que no puede ser exportada. Esto no significa que los
marxista-leninistas, dondequiera que militen, no se sientan solidarios,
mutuamente ligados por los sentimientos más puros del internacionalismo
proletario y no contribuyan a la lucha del proletariado y de los pueblos de los
otros países por su liberación. Por el contrario, todos los comunistas, los
proletarios, todas las fuerzas revolucionarias de los diversos países tienen la
obligación de ayudar a la revolución en cada país en particular y en todo el
mundo con su propaganda, agitación, ayuda material, ejemplo de determinación y
abnegación, y ateniéndose fielmente al marxismo-leninismo. Como es natural, el
que esta ayuda sea bien aprovechada depende, ante todo, del nivel de
preparación del proletariado y de su partido, del nivel de desarrollo de la
lucha revolucionaria en uno u otro país.
Marx y Engels en el Manifiesto del Partido
Comunista demuestran que los intereses del proletariado y del pueblo
de un país son inseparables de los intereses del proletariado y de los pueblos
de todo el mundo.
La revolución, como enseña Lenin y como la vida ha
confirmado, triunfa en cada país en particular. Por eso, esta victoria depende,
ante todo, de la clase obrera de cada país y de su partido revolucionario,
depende de su capacidad para aplicar, de acuerdo con las condiciones concretas,
las enseñanzas de Marx, Engels, Lenin y Stalin sobre la revolución.
Pero acerca de estas enseñanzas y sobre todo en
tomo a la teoría leninista de la revolución, los revisionistas modernos
titistas, soviéticos, «eurocomunistas», chinos, etc., que han asumido la misión
de desorientar a la gente en cuanto al problema de la revolución y de evitar su
estallido, han suscitado una confusión enorme y realizado una amplia actividad
de zapa.
Hoy, cuando esta cuestión está planteada para ser
resuelta, es una tarea imperativa disipar la neblina que han creado los
revisionistas acerca de la revolución, denunciar las maniobras y las
especulaciones que hacen en torno a esta cuestión, poner al descubierto sus
objetivos contrarrevolucionarios, chovinistas y hegemonistas, comprender y
aplicar correctamente las enseñanzas del marxismo-leninismo sobre la
revolución.
Defendamos y apliquemos las enseñanzas
marxista-leninistas sobre la revolución
El marxismo-leninismo nos enseña, y la experiencia
de todas las revoluciones ha confirmado que, para que estalle y triunfe la
revolución, deben existir los factores objetivos y subjetivos.
Lenin ha formulado esta enseñanza en su obra La
bancarrota de la II Internacional y la ha desarrollado posteriormente
en La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo y otros
escritos.
Considerando la situación revolucionaria como el
factor objetivo de la revolución, Lenin la caracteriza de este modo:
«1) La imposibilidad para las clases dominantes de
mantener su dominio en forma inmutable»[22] debido a la profunda crisis que ha afectado a estas clases, crisis
que provoca el descontento y la indignación de las clases oprimidas. «Para que
estalle la revolución - indica - ordinariamente no basta que «los de abajo no
quieran vivir» como antes, sino que hace falta también que «los de arriba no
puedan vivir» como hasta entonces. 2) Una agravación... de la miseria y las
penalidades de las clases oprimidas. 3) Una intensificación considerable, por
las razones antes indicadas, de la actividad de las masas que... son
empujadas... a una acción histórica independiente.»[23]
«En otras palabras, esta verdad se expresa del modo
siguiente: la revolución es imposible sin una crisis nacional general (que
afecte a explotados y explotadores).»[24]
«Sin estos cambios objetivos - puntualiza -,
independientes no sólo de la voluntad de tales o cuales grupos y partidos, sino
también de la voluntad de estas o aquellas clases, la revolución es, por regla
general, imposible.»[25]
Pero no toda situación revolucionaria da lugar a la
revolución, dice Lenin. En muchos casos, indica, las situaciones
revolucionarias, como las de 1860-1870 en Alemania, 1859-1861 y 1879-1880 en
Rusia, no se han transformado en revoluciones, porque no ha existido el factor
subjetivo, es decir, una elevada conciencia por parte de las masas, su
disposición para hacer la revolución,
«...la capacidad de la clase revolucionaria
según las palabras de Lenin - para llevar a cabo acciones revolucionarias de
masas lo bastante fuertes como para destruir (o quebrantar) al
viejo gobierno, que jamás «caerá», ni siquiera en las épocas de crisis, si no
se le «hace caer»».[26]
Como ha escrito Lenin ya en sus primeras obras, el
partido revolucionario de la clase obrera, su función de dirección, educación y
movilización de las masas revolucionarias, desempeñan un papel determinante en
la preparación del factor subjetivo. El partido logra esto tanto elaborando una
correcta línea política, que responda a las condiciones concretas, a los deseos
y a las exigencias revolucionarias de las masas, como realizando un trabajo muy
grande y acciones revolucionarias frecuentes y bien estudiadas en el plano
político, que hagan tomar conciencia al proletariado y a las masas trabajadoras
de la situación en que viven, de la opresión, la explotación y las bárbaras
leyes de la burguesía, de la necesidad de hacer la revolución, como el medio
para derrocar al régimen esclavizador.
De este modo las capas pobres reaccionarán con tal
intensidad que a los ricos, a la burguesía en el poder, conmocionados también
por las otras contradicciones internas y externas, les será difícil seguir
dominando como antes. Cuándo estos requisitos se cumplen, cuando existen los
factores objetivos y subjetivos, los cuales están entrelazados, entonces no
sólo puede estallar la revolución, sino también triunfar.
En todo momento, los revolucionarios reflexionan
hondamente sobre estas geniales tesis de Lenin y no sólo reflexiona, sino que
además analizan las situaciones de modo concreto y en todos sus aspectos.
Actúan con la vista puesta en no dejarse sorprender jamás por las situaciones
revolucionarias, de forma que no se encuentren desarmados en esos momentos
decisivos, sino que sepan aprovecharlas con la finalidad de preparar el
estallido de la revolución.
¿Qué demuestra el análisis de la situación actual
en el mundo? El Partido del Trabajo de Albania, partiendo de la teoría
leninista de la revolución, concluye que hoy la situación en el mundo es en
general revolucionaria, que en muchos países esta situación ha madurado o está
madurando rápidamente, mientras que en otros este proceso está en desarrollo.
Cuando decimos que hoy la situación es
revolucionaria tenemos en cuenta que el mundo de nuestros días está en
movimiento hacia grandes estallidos. En general, la situación actualmente
semeja un volcán en erupción, un fuego abrasador, cuyas llamas devorarán
precisamente a las clases dominantes, opresoras y explotadoras.
El mundo capitalista y revisionista está sumido en
una grave crisis económica y política, financiera y militar, ideológica y
moral. La presente crisis, que ha sacudido todas las estructuras y
superestructuras del régimen burgués y revisionista, ha recrudecido y
profundizado aún más la crisis general del sistema capitalista.
Las consecuencias de la crisis se presentan muy
serias y desastrosas sobre todo en el terreno de la economía. A partir de 1974
ha comenzado la profundización de la crisis económica más grave de las
aparecidas en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Esto ha
ocasionado una disminución en proporciones considerables de la producción
industrial: en el Japón 20%, Gran Bretaña 15%, Estados Unidos de América 14%,
Francia e Italia 13%, República Federal de Alemania 10%, etc. La crisis ha dado
lugar a una depresión muy profunda. En muchos países capitalistas las
capacidades productivas no aprovechadas en algunas ramas clave de la economía
oscilan entre un 25 y 40 por ciento, y esta situación se viene prolongando
desde hace años. Por esta razón ha quedado estancada la producción industrial.
Los stocks de «excedentes» de mercancías que no encuentran salida alcanzan
cantidades extraordinarias.
Pero no obstante estos stocks y a pesar de que no
se explotan muchas capacidades productivas, las ganancias de los monopolios
siguen aumentando debido al alza de los precios. Los precios suben de día en
día, mientras que la inflación en determinados países ha alcanzado porcentajes
muy elevados.
El alza de los precios y, sobre todo, la inflación,
se han convertido en un medio muy apropiado en poder de los monopolios y el
estado capitalista y revisionista para descargar el peso de la crisis sobre las
espaldas de la clase obrera y de los demás trabajadores.
Con el pretexto de tomar medidas
antiinflacionistas, los estados capitalistas y burgués-revisionistas elevan los
impuestos sobre los ingresos de las masas trabajadoras, congelan sus salarios
y, al mismo tiempo, reducen los impuestos sobre las ganancias de los
monopolios, devalúan la moneda, etc. Todas estas medidas están dirigidas contra
la clase obrera y todos los trabajadores, intensifican la explotación y atentan
contra su nivel de vida.
A causa de la prolongación de la crisis económica
ha empeorado y se ha agravado considerablemente la existencia de la clase
obrera y de las masas campesinas. Como en raras ocasiones se ha incrementado el
paro, el cual se ha convertido en un mal crónico, en una gran plaga de la
sociedad burguesa y revisionista. En el mundo capitalista-revisionista han sido
echados a la calle 110 millones de trabajadores. Sólo en los Estados Unidos de
América existen de 7 a 8 millones de parados. Millones de personas están hoy al
borde del hambre o efectivamente la padecen. Centenares de millones de personas
viven en una situación de angustia a causa de la incertidumbre de su porvenir.
La penuria y la inseguridad en que viven las
amplias masas trabajadoras, así como la política interior y exterior
reaccionaria, antipopular, que siguen los regímenes capitalistas y
burgués-revisionistas, vienen aumentando continuamente el descontento de las
amplias capas populares. Esta grave situación ha suscitado en estas capas una
incontenible indignación que se exterioriza por medio de huelgas, protestas,
manifestaciones, choques con los órganos represivos del régimen burgués y
revisionista, y en muchos casos a través de verdaderas rebeliones. Las masas
populares sienten una creciente hostilidad hacia los regímenes que las
subyugan.
Los gobiernos de los países imperialistas,
capitalistas y revisionistas, hacen todo tipo de promesas y propuestas
fraudulentas, esforzándose, también en esta situación de crisis, por acaparar
el máximo beneficio, por atenuar el descontento y la indignación de las masas y
desviarlas de la revolución.
Mientras tanto, los pobres se empobrecen cada vez
más, los ricos se enriquecen mucho más, el abismo entre las capas sociales
pobres y las ricas, entre los países capitalistas desarrollados y los países
poco desarrollados se ahonda sin cesar.
La crisis actual se ha extendido asimismo a la vida
política, atizando el fuego en los círculos dirigentes de los estados
capitalistas y revisionistas. Claro testimonio de esto son las repetidas crisis
gubernamentales y el cambio de los equipos en el poder.
La burguesía y las camarillas dominantes se ven
obligadas a cambiar más a menudo los caballos de los carros gubernamentales,
con el fin de engañar a los trabajadores y hacerles creer que los nuevos serán
mejores que los viejos, que los responsables de la crisis y de que ésta prosiga
son los anteriores, mientras que los substitutos mejorarán la situación, y
otras cosas por el estilo, Todo este engaño que alcanza proporciones cada vez
más vastas, se encubre, sobre todo durante las campañas electorales, con las
falsas consignas de libertad, democracia, etc. Al mismo tiempo la burguesía, en
los países capitalistas y revisionistas, refuerza sus salvajes armas de
represión, el ejército, la policía, los servicios secretos, los órganos
judiciales; refuerza el control de su dictadura sobre cualquier movimiento e
intento de lucha del proletariado. Hoy en los países capitalistas y
revisionistas es evidente la tendencia a intensificar la violencia burguesa y a
restringir los derechos democráticos. Se observan con una intensidad cada vez
mayor la propensión a fascistizar la vida del país y los preparativos para
instaurar el fascismo, en el momento en que la burguesía se vea en la
imposibilidad de dominar con métodos y medios «democráticos».
La crisis económico-financiera y política ha
abarcado no sólo los monopolios, los gobiernos, los partidos y las fuerzas
políticas internas de cada país, sino también las alianzas internacionales, los
bloques económicos, políticos y militares, como el Mercado Común Europeo y el
COMECON, la Comunidad Europea, la OTAN y el Tratado de Varsovia. Las
contradicciones, las fricciones, las contestaciones, las disputas entre los
socios de estas alianzas y bloques se manifiestan más abierta y violentamente.
Otra manifestación de la crisis y de los intentos
para salir de ella es la carrera armamentista, los vastos preparativos bélicos
y la provocación de guerras locales por parte de las superpotencias y las otras
potencias imperialistas como en el Oriente Medio, el Cuerno de África, el
Sahara Occidental, Indochina y otras regiones. Esto sirve a los planes
hegemonistas y expansionistas de una u otra potencia imperialista. Fomenta y
desarrolla la industria militar y el comercio de armas, que en la actualidad han
cobrado proporciones inauditas.
Pero todos estos medios políticos y militares no
son sino paliativos, incapaces de curar al sistema capitalista-revisionista de
la grave enfermedad que padece.
A la actual crisis económica y política del mundo
capitalista y revisionista hay que sumarle la crisis ideológica y moral sin
precedentes. Jamás han existido una confusión ideológica y una corrupción moral
como las que se observan hoy día. Jamás ha habido tanta variedad de teorías
burguesas, de derecha, de centro y de «izquierda», disfrazadas de las más
diversas formas, laicas y religiosas, clásicas y modernas, abiertamente
anticomunistas y pretendidamente comunistas y marxistas. Nunca se ha visto una
perversión moral tal, un modo de vida tan degenerado, una depresión espiritual
tan grande. Las teorías burguesas y revisionistas, tan penosamente hilvanadas y
tan ruidosamente propagadas como «guías para salvarse de los males de la vieja
sociedad», como es el caso de las teorías de la «estabilización definitiva del
capitalismo, del «capitalismo popular», de la «sociedad de consumo», de la
«sociedad postindustrial», de la «prevención de las crisis», de la «revolución
técnicocientífica», de la «coexistencia pacífica» jruschovista, del «mundo sin
ejércitos, sin armas y sin guerras», del «socialismo con rostro humano», etc.,
etc., ya se han resquebrajado en sus propios cimientos.
Todos estos aspectos de la crisis general se
encuentran no sólo en Yugoslavia, donde las consecuencias de la crisis son más
evidentes, sino también en la Unión Soviética socialimperialista y en los otros
países revisionistas. En todos ellos se han intensificado la opresión y la
explotación, todos padecen los males del capitalismo, en las filas de los
dirigentes y de las altas capas sociales han estallado rencillas y pugnas por
apoderarse del poder y obtener privilegios, en todas partes bulle el descontento
y la indignación de las masas populares. Así pues, también en estos países
existen grandes posibilidades para la revolución. También en ellos la ley de la
revolución actúa igual que en cualquier otro país burgués.
Es precisamente esta situación actual de crisis
general del capitalismo, que tiende a profundizarse de continuo, la que nos
lleva a sacar la conclusión de que la situación revolucionaria se ha dado o se
está dando en la mayoría de los países capitalistas y revisionistas y que esta
situación, por consiguiente, ha puesto la revolución en el orden del día.
La burguesía y los revisionistas, debido a la
presión creciente de la crisis y de los fracasos que han sufrido sus profecías
y sus maniobras para estrangular la revolución, intentan encontrar nuevos
expedientes y fabricar otras teorías mistificadoras.
Hoy los revisionistas modernos han enarbolado la
bandera de la defensa del sistema capitalista, de la opresión y la explotación
de los pueblos, de la escisión del movimiento revolucionario y de liberación, y
en general la bandera del embaucamiento de las masas. Pero correrán la misma
suerte que los socialdemócratas y todos los demás oportunistas del pasado, que
se convirtieron en meros lacayos de la burguesía.
La burguesía, en la situación en que se encuentra,
atenazada por graves crisis económicas, políticas e ideológicas, exige a sus
lacayos, los revisionistas, que acudan más abiertamente en su defensa.
Esto les obliga a quitarse cada vez más la careta,
pero también a desacreditarse aún más. Lenin dice:
«Los oportunistas son enemigos burgueses de la
revolución proletaria que, en tiempos de paz, realizan furtivamente su labor
burguesa incrustándose en los partidos obreros, pero que en épocas de crisis se
revelan enseguida como francos aliados, de toda la
burguesía unida, desde la conservadora hasta la más radical y democrática y
desde los burgueses librepensadores hasta los elementos religiosos y
clericales.»[27]
Esta conclusión científica de Lenin es enteramente
confirmada por el servicio que prestan hoy los revisionistas modernos al
sistema capitalista en crisis.
Tomemos, por ejemplo, Italia, que es un país típico
donde se refleja la descomposición del capitalismo en su base y
superestructura. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en Italia están
en el poder los democristianos, el partido de la gran burguesía, el partido del
Vaticano, que ha agrupado a su alrededor a toda la burguesía
clerical-reaccionaria y a los elementos de derecha. Su gobierno domina en un
país que se encuentra en una situación de quiebra. Las capas de la alta
burguesía a partir de 1945 han entrado en una crisis tan grave que han cambiado
unos 40 gobiernos, gobierno «monocolor» democristiano, gobierno
democristiano-socialista, gobierno tripartido
(democristiano-socialista-socialdemócrata), gobierno de «centro-sinistra»,
gobierno de «centrodestra», etc.
La profunda crisis gubernamental existente en
Italia representa una situación de crisis interna general, que no encuentra
ninguna salida. Como consecuencia, son cada vez más frecuentes las rencillas,
los conflictos, los asesinatos y los escándalos políticos, como la destitución
del presidente Leone, el asesinato del presidente del Partido Democristiano,
Mero, etc.
Italia se ha convertido en una plaza de armas de
los Estados Unidos de América. Su economía, que está en quiebra y apresada en
los tentáculos del imperialismo norteamericano, está enredada también con el
Mercado Común Europeo, en el que hace de último comparsa.
Como consecuencia de esta situación, las amplias
masas trabajadoras de Italia han venido empobreciéndose de manera
ininterrumpida. El paro existente es mucho mayor que en todos los demás países
del Mercado Común Europeo. Italia es el país con la más grande emigración de
mano de obra y donde la balanza comercial es muy deficitaria. Los países del
Mercado Común Europeo, en particular Alemania Occidental y Francia,
restringiendo la compra de géneros alimenticios a Italia, han puesto a la
agricultura italiana en una difícil situación. Los precios de exportación de la
mantequilla, la leche y las frutas italianas han registrado una baja
considerable; mientras que la vida se ha encarecido extraordinariamente. Italia
es el país de las grandes huelgas, en las que participan desde los obreros de
la industria pesada y ligera, del transporte, hasta los carteros y los pilotos,
e incluso la propia policía.
En tal situación de efervescencia, en la que los
intereses de las masas y de la revolución exigen que todo este enorme
descontento del proletariado y de todo el pueblo sea canalizado en la lucha
contra la burguesía reaccionaria, contra los preparativos para el asalto
fascista que se apresta a desencadenar, los revisionistas italianos y los
sindicatos reformistas, toda la aristocracia obrera, así como también los
sostenedores de la teoría china de los «tres mundos», actúan como bomberos de
la revolución y como defensores del régimen burgués.
Todos lo partidos, desde el fascista hasta el
partido revisionista de Berlinguer, defienden este putrefacto régimen burgués.
El partido revisionista italiano se une con la burguesía precisamente para
apuntalar este régimen burgués estremecido desde sus fundamentos. Intenta
embotar y reprimir el ímpetu revolucionario del proletariado italiano
pretendiendo hacerle creer que sigue y aplica un marxismo adecuado a las
condiciones de su país.
Berlinguer hace tiempo que ha entrado no sólo en
negociaciones con los democristianos, sino también en componendas; incluso
acerca de muchos problemas, sin participar oficialmente en el gobierno,
gobierna con ellos. El gobierno apoya a este partido y al mismo tiempo, por
pura fórmula, da a entender que pretendidamente no está de acuerdo con él. De
igual modo el partido revisionista italiano hace el mismo juego.
Los revisionistas italianos arman un gran ruido en
torno a un programa gubernamental, elaborado entre los cinco partidos de la
mayoría parlamentaria italiana, del que dicen que es una «importante victoria»,
una «nueva fase política» para su país. Pero esta fase política, a la cual se
refiere Berlinguer, significa encuadrar el partido revisionista en los planes
del capital italiano. Berlinguer califica esto como un acuerdo serio, realista
y no dogmático. Pretende que este acuerdo dará lugar a una transformación real,
no sólo de las relaciones políticas entre los partidos, sino de toda la vida
económica, social y estatal del país.
Los revisionistas italianos recorren así justamente
el mismo camino que ha previsto Lenin para los diversos oportunistas, quienes
buscan la unidad con el capital para contener el ímpetu revolucionario de las
masas. Con esta unidad piensan haber alcanzado hasta cierto punto su objetivo
de llegar al socialismo a través del pluralismo. Huelga decir que esto es un
sueño, y el presidente del Senado italiano, Amintore Fanfani, no se equivoca en
absoluto al calificar de colección de sueños el acuerdo de los cinco partidos.
Es una colección de sueños que acarician los revisionistas italianos, mientras
que para las fuerzas del capital no son en absoluto sueños, sino un trabajo
bien pensado a fin de liquidar las ideas del comunismo en Italia y rechazar las
reivindicaciones del pueblo y del proletariado italianos, aplastar su lucha
revolucionaria por construir una nueva sociedad. Los revisionistas italianos
están recibiendo algunas migajas, pero, pretendiendo que el gobierno tiene
necesidad de que el partido revisionista participe en él, tratan de encuadrarlo
por completo, para que se sienta como el pez en el agua. En una palabra, el
partido revisionista italiano intenta insertarse enteramente en el torbellino
reaccionario del capital monopolista italiano.
El partido de Berlinguer es un partido totalmente
degenerado en lo ideológico, con un programa socialdemócrata, de cabo a rabo
reformista y parlamentarista. Apoya el orden establecido por una Constitución
seudo democrática, en cuya formulación han tomado parte también los mismos
«comunistas» italianos encabezados por Togliatti. Precisamente en nombre de
esta Constitución, desde hace tres decenios, la burguesía reaccionaria y
clerical dicta la ley en Italia, oprime al proletariado y las amplias masas populares.
Los llamados comunistas italianos encuentran que esta opresión es justa y
conforme a la Constitución.
El partido revisionista italiano, junto con los
otros partidos burgueses, con los democristianos a la cabeza, desarrollan en el
parlamento o fuera de él, en los órganos de prensa, a través de la televisión y
la radio, una política y una demagogia desenfrenada que confunde a la opinión
pública italiana, que la desorienta y desconcierta cada día a fin de embotar la
voluntad revolucionaria del proletariado y la conciencia política de las masas
trabajadoras.
Toda esta actividad les es muy útil a la reacción
italiana y al Vaticano. El partido revisionista italiano trata de aplastar el
movimiento revolucionario de las masas populares, con el proletariado a la
cabeza, para detener la revolución, ayudar a la burguesía a salir del
atolladero y evitar el derrocamiento del régimen existente.
Tomemos otro ejemplo, España. Después de la muerte
de Franco subió al poder el rey Juan Carlos, que es el representante de la gran
burguesía española, la cual, viendo que la larga dominación del régimen
fascista había sumido al país en una grave crisis, llegó a la conclusión de que
España ya no podía ser gobernada como en la época de Franco. Había, pues, que
proceder a algunas modificaciones en la forma de gobierno y descartar del poder
a la desacreditada falange de Franco. Después de las peripecias de un cambio de
presidentes de gobierno, tomaron el poder los hombres de mayor confianza del
nuevo rey, continuador del franquismo reformado.
En España las manifestaciones y las huelgas
alcanzaron unas proporciones nunca vistas. Con ellas el pueblo exigía cambios,
aunque naturalmente no ese «cambio» que se ha hecho, sino cambios profundos y
radícales. En este país las huelgas, las manifestaciones y los choques ni se
acabaron ni dejan de acabar. Las masas exigen libertades y derechos, y las
diversas nacionalidades autonomía. En esta situación, el gobierno de Juan
Carlos, a fin de engañar a las masas indignadas, también legalizó el partido
revisionista de Carrillo-Ibárruri. Los cabecillas de este partido se
convirtieron en dóciles lacayos del régimen monárquico español, asumieron el
papel de francos esquiroles para castrar el gran ímpetu revolucionario, que
hoy, en la situación existente, es mayor, para aplastar junto con la burguesía,
a todos aquellos que mantienen vivas las ideas revolucionarias de la Guerra de
España y simpatizan con la República.
Con esto vemos cómo el partido revisionista español
desempeña el mismo papel de bombero que el partido revisionista italiano, pero
con menor eficacia que éste.
Un papel análogo juegan los partidos revisionistas
en Francia, el Japón, los Estados Unidos de América, Gran Bretaña, Portugal y
en todos los demás países capitalistas, con el objetivo de defender al régimen
burgués, para que éste supere las crisis y las situaciones revolucionarias,
aturdir y paralizar al proletariado y demás masas oprimidas y explotadas, que
se dan cuenta cada vez con mayor claridad de que ya no se puede vivir en la
«sociedad de consumo» y en otras sociedades explotadoras, y se rebelan contra
el régimen político y económico capitalista.
Los partidos revisionistas son en particular
enemigos del leninismo. Esto quiere decir que son enemigos de la revolución,
puesto que fue Lenin quien elaboró de manera perfecta la teoría sobre la
revolución proletaria y la llevó a la práctica en Rusia. Sobre la base de esta
teoría triunfó la revolución socialista en Albania y en otros países. La teoría
leninista, que indica el camino para que la revolución triunfe en todas partes,
pone al descubierto la falsedad de las teorías contrarrevolucionarlas revisionistas
de la transición pacifica al socialismo, a través de la vía parlamentaria, sin
destruir el aparato estatal burgués, incluso, según ellos, utilizándolo para
realizar transformaciones socialistas pacíficas, sin tener necesidad de la
dirección del proletariado y de su partido de vanguardia, ni tampoco de la
dictadura del proletariado.
Precisamente en estos momentos tan revolucionarios,
cuando existen muchas probabilidades de que la revolución estalle en los
eslabones más débiles de la cadena capitalista y cuando se siente una enorme
necesidad de elevar la conciencia de clase del proletariado, de preparar el
factor subjetivo y reforzar la confianza en la justeza y en el carácter
universal de la teoría marxista-leninista que indica al proletariado y a las
otras masas oprimidas el verdadero camino a seguir para tomar el poder, los
revisionistas prestan un servicio inestimable a la burguesía para que enfrente
y evite la revolución. Por eso la burguesía recurre a todos los medios para
encuadrar a los partidos revisionistas y los sindicatos influenciados por estos
últimos, en la lucha contra la revolución y el comunismo. Toda la línea del
imperialismo norteamericano, del capitalismo mundial y de la burguesía de cada
país, tiende precisamente a alcanzar este objetivo. La burguesía procura que
los partidos revisionistas se pongan de manera abierta y por completo al
servicio del capital, pero actuando con disfraces «comunistas» y luchando
supuestamente para cambiar la situación, y así crear una nueva sociedad
híbrida, en la que no sólo digan su opinión la patronal y las clases ricas,
sino presuntamente también las clases pobres, presentándose los partidos
«comunistas» revisionistas y los partidos socialistas como representantes y
defensores de éstas.
Sobre todo los revisionistas que están en el poder,
yugoslavos, soviéticos y chinos, prestan un servicio muy grande al capitalismo
mundial en la lucha para frenar y sofocar las revoluciones.
Los revisionistas yugoslavos son enemigos
declarados del leninismo, son los más ardientes propagandistas de la negación
del carácter universal de las leyes de la revolución socialista, encarnadas en
la Revolución de Octubre y reflejadas en la teoría leninista sobre la
revolución. Preconizan que supuestamente el mundo actual avanza de forma
espontánea hacia el socialismo, y que por eso no son necesarias la revolución,
la lucha de clases, etc. Los revisionistas yugoslavos presentan como modelo del
socialismo auténtico, su sistema capitalista de la «autogestión», que, según
ellos, es una panacea contra los «males» del socialismo «stalinista» y contra
los males del capitalismo. Para instaurar este sistema, dicen ellos, no se
precisan ni la revolución violenta, ni la dictadura del proletariado, ni la
propiedad estatal socialista, ni el centralismo democrático. ¡La «autogestión»
puede establecerse dulcemente, con el acuerdo y la colaboración entre los
círculos dominantes, entre los empresarios y los obreros, entre el gobierno y
la patronal! Precisamente porque el revisionismo yugoslavo es enemigo del
leninismo y sabotea la revolución, el capitalismo internacional, en especial el
imperialismo norteamericano, se muestra tan «generoso» a la hora de conceder
ayudas financieras, materiales, políticas e ideológicas a la Yugoslavia
titista.
Los revisionistas soviéticos de palabra no rechazan
el leninismo y la teoría leninista de la revolución, pero en la práctica los
combaten con sus posturas y su actividad contrarrevolucionarias. No tienen
menos miedo a la revolución proletaria que los imperialistas norteamericanos y
la burguesía de tal o cual país, porque saben que en su propio país la
revolución les destrona, les despoja del poder y de los privilegios de clase,
mientras en el exterior frustra sus planes estratégicos para dominar el mundo.
Pretenden presentarse como continuadores de la
Revolución de Octubre, como seguidores del leninismo, con el fin de engañar al
proletariado y a las masas trabajadoras tanto de la Unión Soviética como de los
otros países. Hablan de «socialismo desarrollado» y de «transición al
comunismo» para sofocar cualquier descontento, revuelta y movimiento
revolucionario de las masas trabajadoras de su país contra la dominación
revisionista, y reprimirlos como actos «contrarrevolucionario»,
«antisocialistas». De cara al exterior utilizan la máscara del «leninismo» para
encubrir sus teorías y prácticas antimarxistas, antileninistas, para desbrozar
el camino a los planes expansionistas y hegemonistas del socialimperialismo.
Los revisionistas soviéticos califican la
revolución violenta en los países capitalistas desarrollados de muy peligrosa
en la época actual, cuando cualquier estallido revolucionario puede
transformarse, según ellos, en una guerra mundial y termonuclear, que
exterminaría a la humanidad. Por eso, recomiendan que hoy el camino más
adecuado, es la revolución por vía pacifica, la transformación del parlamento
«de un órgano de democracia burguesa, en un órgano de democracia para los
trabajadores». También presentan la «détente», la llamada reducción de la
tensión que sirve a los objetivos de la política exterior soviética, como «la
tendencia general de la actual evolución mundial», que supuestamente conducirá
al triunfo pacifico de la revolución a escala mundial.
Con objetivos demagógicos, ellos no niegan la
dictadura del proletariado, incluso teóricamente se presentan como defensores
de la misma, dicen que, en casos especiales, puede utilizarse también la
revolución violenta. Pero necesitan hacer estas declaraciones sobre todo para
legitimar los complots y los putschs armados que urden en uno u otro país con
el propósito de implantar regímenes y camarillas reaccionarias pro soviéticos,
para apartar a los movimientos de liberación nacional del camino justo y colocarlos
bajo su hegemonía, etc.
Ahora, también la China revisionista se ha
convertido en celoso bombero de la revolución.
Toda la política interna y externa de los
revisionistas chinos está dirigida contra la revolución, porque la revolución
malogra su estrategia de hacer de China una superpotencia imperialista.
En China, la dirección revisionista reprime
salvajemente cualquier brote revolucionario de la clase obrera y las masas
trabajadoras contra sus posiciones y sus actos burgueses y
contrarrevolucionarios. Ella se esfuerza por encubrir a toda costa las contracciones
de la época actual, en particular la contradicción entre el trabajo y el
capital, entre el proletariado y la burguesía. Los revisionistas chinos dicen
que en el mundo actual hay una sola contradicción, la existente entre las dos
superpotencias, que es presentada como una contradicción entre los Estados
Unidos de América y todos los demás países del mundo, por un lado, y el
socialimperialismo Soviético, por otro. Apoyándose en esta tesis prefabricada,
llaman al proletariado y al pueblo de cada país a unirse con su propia
burguesía para «defender la patria y la independencia nacional» contra el
peligro que procede sólo del socialimperialismo soviético. Con esto, los
revisionistas chinos predican a las masas la idea de renunciar a la revolución
y a la lucha de liberación.
Para los revisionistas chinos, la cuestión de la
revolución proletaria y de la revolución de liberación nacional no se plantea
en absoluto en la época actual, debido también a que, según ellos, en ninguna
parte del mundo existe una situación revolucionaria. Por eso aconsejan al
proletariado que se encierre en las bibliotecas y estudie la «teoría», porque a
su juicio no ha llegado la hora de las acciones revolucionarias. En este marco
se ve a todas luces lo hostil y contrarrevolucionaria que es la política de los
revisionistas chinos, que escinden el movimiento marxista-leninista y
obstaculizan la unión de la clase obrera en la lucha contra el capital.
La prensa y la propaganda chinas, así como los
discursos de los dirigentes chinos, dejan pasar en el silencio más absoluto las
grandes manifestaciones y huelgas que desarrolla actualmente todo el
proletariado en los diversos países capitalistas. Hacen esto porque no quieren
estimular la revuelta de las masas, porque no quieren que el proletariado
aproveche estas situaciones para combatir la opresión y la explotación. ¡Cuán
hipócritas suenan sus consignas rimbombantes y hueras de que «los países
quieren la independencia, las naciones quieren la liberación y los pueblos
quieren la revolución»!
Los revisionistas chinos, al pretender que hoy en
el mundo no existe una situación revolucionaria, no sólo entran en
contradicción con la realidad, sino que también exigen que el proletariado con
su partido marxista-leninista se cruce de brazos, no emprenda ninguna acción
revolucionaria, no trabaje para preparar la revolución. Lenin, ya en el Segundo
Congreso de la Internacional Comunista, había criticado semejantes puntos de
vista capitulacionistas manifestados por el italiano Serratti, según el cual no
cabe realizar acciones revolucionarias cuando no existe una situación
revolucionaria.
«En eso reside -decía Lenin- la diferencia entre los socialistas y los
comunistas: los socialistas rehúsan actuar en la forma en que lo hacemos
nosotros en cualquier situación, o sea, realizar un trabajo revolucionario.»[28]
Esta crítica de Lenin es asimismo un bofetón para
los revisionistas modernos chinos y para el resto de los revisionistas, los
cuales, al igual que los socialdemócratas, están en contra de las acciones
revolucionarias del proletariado y de las masas trabajadoras en general.
Lenin calificaba a Kautsky de renegado porque
«...ha desnaturalizado por completo la doctrina de
Marx, tratando de adaptarla al oportunismo, «y ha renunciado a la revolución de
hecho, reconociéndola de palabra»».[29]
Los dirigentes revisionistas chinos van algo más
lejos que Kutsky. No reconocen ni de palabra la necesidad de la revolución.
Esta línea reaccionaria explica la política y las
posiciones profundamente contrarrevolucionarias de la dirección revisionista
china, la cual intenta por todos los medios establecer alianzas y colaborar con
el imperialismo norteamericano y los otros países capitalistas desarrollados,
apoya al Mercado Común Europeo y a la OTAN.
Aliándose y buscando la unidad con los
imperialistas norteamericanos, que son, junto con los socialimperialistas
soviéticos, los más feroces opresores y explotadores y los más grandes enemigos
del proletariado y de los pueblos, y con los demás imperialistas dominantes,
con la más negra reacción mundial, y exigiendo al proletariado de los países
europeos y de los otros países capitalistas desarrollados que doble el espinazo
ante la burguesía y acepte su opresión, los mismos revisionistas chinos
participan en esta opresión y se unen al capitalismo mundial en la lucha contra
la revolución, contra el socialismo, contra la liberación de los pueblos.
Como se puede observar, el capitalismo mundial con
el revisionismo moderno y todos sus demás instrumentos desarrolla una lucha
frontal, encarnizada y multilateral para impedir el estallido de las
revoluciones.
Intentan con todas sus fuerzas superar las crisis,
atenuar o sofocar las situaciones revolucionarias para que no se transformen en
revolución. Pero las crisis y las situaciones revolucionarias son fenómenos
objetivos que no dependen de la voluntad y los deseos ni de los capitalistas,
ni de los revisionistas, ni de ningún otro. Sólo podrán ser evitadas cuando
desaparezca el régimen capitalista de opresión y explotación que las origina de
manera inevitable.
Los imperialistas, los demás capitalistas y los
revisionistas saben bien que la revolución no estalla por sí misma en los
periodos de crisis y de situaciones revolucionarias. Por eso, dirigen su
atención y sus golpes principales contra el factor subjetivo. Por un lado, se
esfuerzan por aturdir y embaucar al proletariado, a las masas trabajadoras, a
los pueblos, por dificultar que adquieran conciencia de la necesidad absoluta
de la revolución y por impedir que se unan y se organicen; por otro lado, pugnan
por destruir el movimiento marxista-leninista internacional, para que no crezca
ni se fortalezca, para que no se convierta en una gran fuerza política
dirigente de la revolución, para que los auténticos partidos
marxista-leninistas de cada país no se doten de la capacidad política e
ideológica que les permita unir, organizar, movilizar y dirigir a las masas en
la revolución y llevarlas a la victoria.
Pero, por más que los imperialistas, los
capitalistas, los revisionistas y los reaccionarios se esfuercen y luchen, no
podrán detener el avance de la rueda de la historia. Sus esfuerzos y su lucha
chocarán con los esfuerzos y la lucha revolucionaria del proletariado y de los
pueblos amantes de la libertad; a su vez, los revisionistas modernos correrán
la misma suerte, que los socialdemócratas y todos los oportunistas del pasado,
la misma suerte que todos los lacayos de la burguesía y del imperialismo.
La lucha de liberación de los pueblos, parte
integrante de la revolución mundial
Cuando hablamos de la revolución no tenemos en
cuenta sólo la revolución socialista. Como han explicado Lenin y Stalin, hoy en
la época de la transición revolucionaria del capitalismo al socialismo, también
la lucha de liberación de los pueblos, las revoluciones nacional-democráticas,
antiimperialistas, los movimientos de liberación nacional, son parte de un
proceso revolucionario único, de la revolución proletaria mundial.
«El leninismo -dice Stalin - demostró... que la cuestión nacional puede
ser solucionada sólo en ligazón con la revolución proletaria y sobre la base de
ésta, que el camino del triunfo de la revolución en el Occidente pasa por la
alianza revolucionaria con el movimiento de liberación de las colonias y de los
países dependientes, contra el imperialismo. La cuestión nacional es parte
integrante de la cuestión general de la revolución proletaria, parte componente
de la cuestión de la dictadura del proletariado.»[30]
Esta ligazón se ha vuelto más clara, más natural,
hoy, cuando la mayoría de los pueblos, con el desmoronamiento del viejo sistema
colonial, han dado un gran paso adelante en el camino hacia la independencia,
creando sus propios estados nacionales y cuando, después de haber dado este
paso, aspiran a avanzar más aún. Ellos quieren suprimir el sistema
neocolonialista, toda dependencia del imperialismo, toda explotación del
capital extranjero, quieren su plena soberanía e independencia económica y
política. Está confirmado que estas aspiraciones pueden ser materializadas, que
tales objetivos pueden ser alcanzados, sólo con la supresión de toda dominación
y dependencia extranjeras, y poniendo fin a la opresión y la explotación de los
burgueses y los terratenientes del país.
De ahí la ligazón y el entrelazamiento de la
revolución nacional-democrática, antiimperialista, de liberación nacional, con
la revolución socialista, porque la primera, al golpear al imperialismo y a la
reacción, que son enemigos comunes del proletariado y de los pueblos, abre el
camino también a las grandes transformaciones sociales, contribuye al triunfo
de la revolución socialista. Y viceversa, la revolución socialista, al golpear
a la burguesía imperialista, al destruir sus posiciones económicas y políticas,
crea condiciones favorables y facilita el triunfo de los movimientos de
liberación.
Así enfoca el Partido del Trabajo de Albania la
cuestión de la revolución; la enfoca desde posiciones marxista-leninistas, por
eso apoya y respalda con todas sus fuerzas las justas luchas de los pueblos
amantes de la libertad contra el imperialismo norteamericano, el
socialimperialismo soviético y las otras potencias imperialistas, contra el
neocolonialismo, dado que con ellas aportan su contribución a la causa común de
la destrucción del imperialismo, del sistema capitalista, y al triunfo del
socialismo en cada país y a escala mundial.
Por eso, cuando sacamos la conclusión de que la
revolución es un problema planteado que espera solución, que está a la orden
del día, no sólo tenemos en cuenta la revolución socialista, sino también la
revolución democrática antiimperialista.
El grado de madurez de la situación revolucionaría,
el carácter y el desarrollo de la revolución, no pueden ser idénticos en todos
los países. Ello depende de las condiciones históricas concretas de cada uno en
particular, del estadio de su desarrollo económico y social, de la correlación
de clases, de la situación y el nivel de organización del proletariado y de las
masas oprimidas, del grado de intervención de las potencias extranjeras en
diversos países, etc. Cada país y cada pueblo tienen planteados muchos
problemas específicos de la revolución, que son bastante complejos.
En la actualidad se habla mucho de la situación en
África, Asía, América Latina, y de la realización de la revolución en estas
regiones. Los dirigentes chinos consideran la cuestión de la revolución, de la
independencia y la liberación nacional de los países de dichas regiones, de
manera global, como si fuese posible solucionarla a través de la unión de todo
el «tercer mundo», por lo tanto de los estados, las clases, los gobiernos,
etc., ignorando las situaciones y los problemas concretos de cada país y región.
Este enfoque metafísico demuestra que los dirigentes chinos, en realidad, están
en contra de la revolución y de la liberación de los pueblos de África, Asia,
América Latina, etc., que están por el mantenimiento del statu quo y de la
dominación imperialista y neocolonialista en estas regiones.
También nosotros hablamos de la cuestión de la
liberación de los pueblos africanos, asiáticos, árabes, etc. Estos pueblos
tienen que resolver considerables problemas comunes, pero cada uno de ellos en
concreto tiene planteados problemas específicos muy complejos.
La aspiración general y común de estos pueblos es
suprimir todo yugo extranjero imperialista colonial y neocolonial, la opresión
que ejerce la burguesía interna. Los pueblos de África, América Latina, Asía y
otras zonas expresan vehementemente su repulsa y su odio contra el yugo
extranjero y también contra el de las camarillas dominantes burguesas o
latifundista-burguesas internas, vendidas a los imperialistas norteamericanos,
a los socialimperialistas soviéticos o a otros imperialistas. Ahora se han despertado
y ya no soportan por más tiempo el saqueo de sus riquezas, de su sudor y su
sangre, no pueden resignarse por más tiempo al atraso económico, social y
cultural en el que se encuentran.
La lucha contra el imperialismo norteamericano y el
socialimperialismo soviético, los principales enemigos de la revolución, de la
liberación nacional y social de los pueblos, la lucha contra la burguesía y la
reacción, hacen que los pueblos tengan muchos intereses comunes, muchos
problemas comunes y que, sobre esta base, se unan.
La lucha contra Israel, el instrumento más
sanguinario del imperialismo norteamericano, el cual se ha convertido en un
gran obstáculo para el avance de los pueblos árabes, es una cuestión común a
todos ellos. No obstante,
en la práctica, no todos los estados árabes son de la misma opinión sobre la
lucha que deben llevar a cabo conjuntamente contra Israel y sobre el carácter
que debe tener esta lucha contra ese enemigo común.
Muchas veces, algunos la consideran desde un estrecho ángulo nacionalista.
Nosotros no podemos estar de acuerdo con una posición de este tipo. Somos
partidarios de que Israel se retire a su propia guarida y ponga fin a sus
posturas y actos chovinistas, provocadores, ofensivos y agresivos contra los
estados árabes. Exigimos que Israel devuelva a los árabes los territorios que
les ha arrebatado, que los palestinos conquisten todos sus derechos nacionales,
pero jamás seremos partidarios de que el pueblo israelí desaparezca.
Asimismo los esfuerzos encaminados a liberarse
completamente de las garras del imperialismo y del socialimperialismo, a
reforzar su libertad y su soberanía, son comunes a los pueblos árabes.
Sin embargo, cada pueblo árabe tiene sus propias
características, tiene problemas específicos, diferentes de los problemas de
los otros y que se derivan del grado de desarrollo económico-social, del nivel
cultural, de la organización estatal, del grado de libertad y soberanía, de la
unificación de las gens y tribus en muchos de ellos, etc. Es imposible
confundir todos estos elementos particulares y pretender que el problema de la
libertad, la independencia, la democracia y el socialismo en estos países sea solucionado
para todos en la misma forma y al mismo tiempo.
En los países árabes que han presentado mayor
interés para la burguesía, los diversos imperialistas han invertido
considerables sumas para explotar las riquezas naturales y a los pueblos. Para
este fin ha sido preciso que se creasen ciertas condiciones de trabajo tanto
para los colonizadores como para los colonizados. Allí donde las riquezas
naturales han sido más abundantes y mayores los intereses de los colonizadores,
la explotación del pueblo y de las riquezas ha sido más intensa. Naturalmente,
la explotación de las riquezas ha traído aparejado un cierto desarrollo, pero
que no puede ser considerado como un desarrollo general y armonioso de la
economía de este o aquel país. Los colonizadores han financiado y ayudado a los
jefes de las principales tribus, que se habían entregado en cuerpo y alma y
vendido las riquezas de sus pueblos a los ocupantes imperialistas, y que sólo
recibían un pequeño tanto por ciento de las fabulosas ganancias que obtenían
los colonizadores.
Con esto y con la ayuda de sus amos del exterior,
los jefes de estas tribus, según el caso y según el potencial del estado que
les había esclavizado, crearon una especie de estado, supuestamente
independiente, sostenido y controlado por el país colonizador. Así, con la
ayuda de los colonizadores, los jefes de las tribus se convirtieron en capas de
la burguesía rica de los jeques que, por unas migajas, vendieron sus
territorios y junto con ellos a los pueblos, colocándolos bajo un doble yugo,
el de los colonizadores extranjeros y el propio. De esta forma, en los países
árabes se crearon y se pusieron frente a frente, por un lado, la capa de la
gran burguesía, de los grandes feudales, de los reyes medievales, y, por otro
lado, los esclavos, el proletariado que trabajaba en las concesiones
extranjeras. Las capas altas, con el dinero y las ganancias que les
proporcionaban los explotadores extranjeros, adoptaron el modo de vida de la
burguesía europea y norteamericana. Sus hijos fueron a cursar estudios a las escuelas
de los colonizadores, donde recibieron una cierta cultura occidental. Se hacían
pasar por representantes de la cultura de su pueblo, pero de hecho, fueron
preparados para mantener subyugadas a las masas trabajadoras y permitir que los
colonizadores explotaran a éstas de continuo y hasta la médula.
De los estados árabes, aquel que contaba con
mayores riquezas, tuvo un desarrollo más rápido; el desarrollo del menos rico,
fue más lento; mientras el que era pobre, permaneció en un estadio de
desarrollo muy bajo.
El colonialismo, el poder de los reyes feudales y
de la gran burguesía latifundista, al contar con una organización adecuada para
ejercer una represión radical y al tener también en sus manos las fuerzas
armadas, aplastaban en embrión cualquier conato de rebelión, cualquier
reivindicación, aunque fuese de unos pocos derechos económicos muy limitados, y
esto por no hablar ya de reivindicaciones políticas y de revolución.
En la actualidad, el desarrollo de los estados
árabes no les plantea la solución de los mismos problemas. El rey de Arabia
Saudita, por ejemplo, tiene una serie de problemas planteados y ve las
cuestiones económicas, políticas, organizativas y militares, desde un
determinado ángulo; pero los emires del Golfo Pérsico ven estas cuestiones
desde un ángulo completamente diferente y en otra dimensión. Del mismo modo,
Irak, Siria, Egipto, Libia, Túnez, Argelia, Marruecos, Mauritania etc., ven sus
problemas con otros ojos.
Por eso, cuando nos referimos a los pueblos árabes,
llegamos a la conclusión de que sus problemas no son idénticos, aunque tienen
muchos intereses comunes, ni pueden ser solucionados de la misma manera en
todos los países. Asimismo no podemos afirmar que entre estos países existan
una alianza y la misma opinión sobre la solución de los problemas comunes. Los
problemas de cada estado árabe son diferentes, no sólo debido a la diferente
actitud de sus gobiernos, sino también a la actitud de los estados coloniales y
neocoloniales que todavía hacen la ley en la mayoría de ellos.
Lo dicho para los pueblos árabes, es aplicable a
los pueblos del continente africano. Africa es un mosaico de pueblos con una
antigua cultura. Cada uno de
ellos tiene su cultura, sus costumbres, su modo de vida, que se encuentran, en
unos sitios más y en otros menos, en un estadio bastante atrasado, por causas
conocidas. El despertar de la mayor parte de estos pueblos no hace mucho que ha
empezado. De jure, los pueblos africanos han obtenido en general la libertad y
la independencia. Pero no se trata de una libertad y una independencia
auténticas, porque la mayoría de ellos se encuentran todavía en estado colonial
o neocolonial. Muchos de estos países son gobernados por los cabecillas de las
viejas tribus, que han tomado el poder y se apoyan en los viejos colonialistas
o en los imperialistas norteamericanos y los socialimperialistas soviéticos. Tales
métodos de gobierno en estos estados, no son ni pueden ser en este estadio otra
cosa que un acentuado remanente del colonialismo. Los imperialistas dominan de
nuevo en la mayor parte de los países africanos a través de los consorcios, de
los capitales industriales invertidos, de los bancos, etc. La inmensa mayoría
de las riquezas de estos países continúa afluyendo a las metrópolis.
Esa libertad e independencia de que gozan los
países africanos, unos las han conquistado con la lucha, mientras que los otros
las han obtenido sin ella. Durante el periodo de su dominación colonial en
África, los colonizadores ingleses, franceses y otros han reprimido a los
pueblos, mas también han creado una burguesía indígena más o menos educada a la
manera occidental. De esta burguesía han surgido también personalidades. Entre
ellas hay un considerable número de elementos antiimperialistas, de combatientes
por la independencia de su país, pero la mayoría o bien se mantiene fiel a los
viejos colonizadores, para conservar estrechos vínculos con ellos aún después
de la desaparición formal del colonialismo, o bien se ha puesto bajo la
dependencia económica y política de los imperialistas norteamericanos o de los
socialimperialistas soviéticos.
En el pasado, los colonizadores no hicieron grandes
inversiones. Así ocurrió, por ejemplo, en Libia, Túnez, Egipto y otros países.
No obstante, en todos ellos los colonizadores saquearon las riquezas, se
apoderaron de vastos territorios y crearon un proletariado, importante
numéricamente, en determinadas ramas de la industria, como la de extracción y
transformación de las materias primas. Asimismo trasladaron a las metrópolis, a
Francia por ejemplo, pero también a Inglaterra, una gran cantidad de mano de obra
barata que trabajaba en las minas y las fábricas de los colonizadores.
En las otras regiones de África; sobre todo en
África negra, el desarrollo industrial ha quedado más atrasado. Todos los
países de esta cuenca estaban repartidos especialmente entre Francia,
Inglaterra, Bélgica y Portugal. Hace mucho que en ellos se descubrieron grandes
riquezas del subsuelo, como diamantes, hierro, cobre, oro, estaño; etc., y que
se creó una industria de extracción y tratamiento de los minerales.
En muchos países de África se han construido
grandes ciudades, típicamente coloniales, donde los colonizadores vivían de
manera fabulosa. Hoy, en ellos crece y se desarrolla, por un lado, la gran
burguesía nativa y sus riquezas y, por otro, se agrava aún más la pobreza de
las amplias masas trabajadoras. En dichos países se ha logrado, más o menos, un
cierto desarrollo cultural, pero tiene más bien un carácter europeo. La cultura
autóctona no está desarrollada, se ha quedado en general al nivel alcanzado por
las tribus y no está representada fuera de ellas, en los centros donde se
levantan los rascacielos. Esto ha sido así porque fuera de los grandes centros
donde vivían los colonizadores, existían la miseria más negra y el infortunio
más grande, reinaban el hambre, las enfermedades, la ignorancia y la
explotación de los hombres hasta la médula, en toda la acepción de la palabra.
La población africana se ha quedado en un nivel de
subdesarrollo desde el punto de vista cultural y económico y ha ido
disminuyendo, decayendo, a causa de las guerras coloniales, de la feroz
persecución racial, del tráfico de los negros africanos y de su traslado
forzoso a las metrópolis, a los Estados Unidos de América y a otros países,
para hacerlos trabajar como bestias en las plantaciones de algodón y otros
cultivos, y para destinarlos a los trabajos más pesados en la industria y la
construcción.
Por estas razones, los pueblos africanos aún tienen
por delante una gran lucha. Esta lucha es y será muy compleja, diferente en los
diversos países, debido a las condiciones del desarrollo económico, cultural y
educacional, del grado de su despertar político, de la gran influencia que
ejercen entre las masas de estos pueblos las diversas religiones, como la
cristiana, la musulmana, las viejas creencias paganas, etc. Esta lucha resulta
aún más difícil porque en muchos de estos países pesa actualmente la dominación
neocolonialista junto con la de las camarillas nativas burgués-capitalistas. En
ellos la ley la hacen los poderosos estados capitalistas e imperialistas que
subvencionan o que tienen bajo su dependencia a las camarillas dominantes, a
las que aupan al poder y derrocan cuando lo exigen los intereses de los
neocolonizadores o cuando se rompe el equilibrio de estos intereses.
La política de los latifundistas, la burguesía
reaccionaria; los imperialistas y los neocolonialistas tiende a mantener a los
pueblos africanos continuamente subyugados, en el oscurantismo, a impedir su
desarrollo social, político e ideológico, a obstaculizar su lucha por la
conquista de estos derechos. En la actualidad, vemos que los mismos
imperialistas que en el pasado dominaron a estos pueblos, y otros imperialistas
nuevos, intentan penetrar en el continente africano, interviniendo de todas las
formas en los asuntos internos de los pueblos. Todo ello ha hecho que se
exacerben cada vez más las contradicciones entre los imperialistas, entre los
pueblos y las direcciones burgués-capitalistas de la mayoría de estos países,
entre los pueblos y los nuevos colonizadores.
Estas contradicciones deben ser aprovechadas por
los pueblos, tanto para profundizarlas como para beneficiarse de ellas. Pero
esto sólo se logrará a través de la lucha resuelta del proletariado, del
campesinado pobre, de todos los oprimidos y los esclavos, contra el
imperialismo y el neocolonialismo, contra la gran burguesía nativa, los
latifundistas y todos los organismos creados por ellos. En esta lucha les
corresponde desempeñar un papel particular a los hombres progresistas y
demócratas, a los jóvenes revolucionarios y a los intelectuales patriotas, los
cuales aspiran a ver sus países avanzando libres e independientes en el camino
del desarrollo y del progreso. Sólo mediante una lucha continua y organizada se
les hará la vida difícil y el gobernar imposible a los opresores y explotadores
nativos y extranjeros. Esta situación, será preparada en las condiciones
concretas de cada estado africano.
El imperialismo inglés y el imperialismo
norteamericano no han concedido ni una sola libertad a los pueblos de África.
Todos vemos, por ejemplo, lo que ocurre en África del Sur, que está dominada
por los racistas blancos, por los capitalistas ingleses, dominada por los
explotadores, los cuales reprimen ferozmente a los pueblos de color de este
estado donde impera la ley de la jungla. Muchos otros países de África están
dominados por los consorcios y los capitales de los Estados Unidos de América,
Inglaterra, Francia, Bélgica, de los demás viejos colonizadores e
imperialistas, que se han debilitado en cierta medida, pero que continúan
controlando los puntos clave de la economía.
También los pueblos de Asia han recorrido un camino
lleno de sufrimientos y penalidades, de despiadada opresión y explotación
imperialistas. En vísperas
de la Segunda Guerra Mundial las nueve décimas partes de la población de este
continente, sin contar el Asia soviética, se encontraban en una situación de
opresión y explotación colonial y semicolonial ejercidas por las potencias
imperialistas de Europa, el Japón y los Estados Unidos de América. Sólo Gran.
Bretaña poseía en Asia colonias con una extensión de 5 millones 635 mil km2 y
con más de 420 millones de habitantes. La opresión y la explotación colonial de
la aplastante mayoría de los países de Asia, los había dejado en un acentuado
atraso económico-social y cultural y en una tremenda miseria. Sólo servían como
fuentes de abastecimiento de materias primas a las metrópolis imperialistas
(petróleo, carbón, cromo, manganeso, magnesita, estaño, caucho, etc.).
Después de la guerra también en Asia fue destruido
el régimen colonial. En las viejas colonias se levantaron estados nacionales
aparte. En la mayoría de ellas se logró esta victoria por medio de una lucha
sangrienta de las masas populares contra los colonizadores y los ocupantes
japoneses.
La lucha libertadora del pueblo chino, la cual
condujo a la liberación de China de la dominación imperialista japonesa, al
aniquilamiento de las fuerzas reaccionarias de Chiang Kai-shek y al triunfo de
la revolución democrática, tuvo una particular importancia para el
derrocamiento del colonialismo en Asia. Esta victoria, en un gran país como
China, ejerció durante uno cierto periodo una amplia influencia en la lucha de
liberación de los pueblos asiáticos y de los otros países dominados por las
potencias imperialistas o dependientes de ellas. Pero esta influencia fue
debilitándose paulatinamente, debido a la línea que adoptó la dirección china
tras la creación de la República Popular China.
La dirección china proclamó que su país se había
encauzado por el camino del desarrollo socialista. Los revolucionarios y los
pueblos del mundo amantes de la libertad, que deseaban y esperaban que se
convirtiera en un poderoso baluarte del socialismo y de la revolución mundial,
saludaron calurosamente esta proclamación. Pero sus deseos y sus esperanzas no
se confirmaban. La gente no quería creérselo, pero los hechos y la situación
muy agitada y turbulenta que predominaba en China, demostraban que no marchaba
por el camino del socialismo.
Mientras tanto, la lucha de los pueblos asiáticos
no había finalizado con la destrucción del colonialismo. Los colonizadores
ingleses, franceses; holandeses, etc., a pesar de verse obligados a reconocer
la independencia de las antiguas colonias, querían conservar sus posiciones
económicas y políticas a fin de continuar la dominación y la explotación bajo
otras formas, neocolonialistas. La situación se agravó particularmente por la
penetración de los Estados Unidos de América en Asia, sobre todo en el Lejano
Oriente, en el Sudeste Asiático y en las islas del Pacifico. Esta zona tenía y
tiene una gran importancia económica, militar-estratégica para el imperialismo
norteamericano. Allí estableció grandes bases y flotas de guerra. Paralelamente
a esto, el capital norteamericano clavó sus sangrientas garras en la economía
de esas regiones. Entretanto, los imperialistas norteamericanos llevaron a cabo
operaciones militares y acciones diversionistas de gran envergadura a fin de
aplastar los movimientos de liberación nacional en los países asiáticos.
Lograron dividir Corea y Vietnam en dos partes, implantando regímenes
reaccionarios, títeres, en la parte sur de estos países. En numerosas ex
colonias y semicolonias de Asia, se establecieron regímenes latifundistaburgueses
pro imperialistas. De este modo se conservaron allí la esclavitud medieval, la
feroz dominación de los maharajás, los reyes, los jeques, los samurais, de los
señores capitalistas «modernizados». Estos regímenes vendieron otra vez sus
países a los imperialistas, sobre todo al imperialismo norteamericano, frenando
así considerablemente el desarrollo económico, social y cultural de estos
países.
En estas condiciones, los pueblos de Asia,
agobiados de nuevo por el pesado yugo imperialista y latifundista-burgués, se
vieron obligados a no deponer las armas y continuar su lucha libertadora a fin
de liquidar este yugo. En general esta lucha estaba dirigida por los partidos
comunistas. Allí donde estos partidos habían logrado crear estrechos vínculos
con las masas, hacerlas conscientes de los objetivos libertadores de la lucha,
movilizarlas y organizarlas en la guerra revolucionaria, esta lucha dio resultados
positivos. La histórica victoria que lograron los pueblos de Indochina,
especialmente el pueblo vietnamita, sobre los imperialistas norteamericanos y
sus lacayos nativos latifundistaburgueses, demostró al mundo entero que el
imperialismo, aún siendo como los Estados Unidos de América una superpotencia,
a pesar de su gran potencial económico y militar y los modernos medios de
guerra de que dispone y que utiliza para aplastar los movimientos de
liberación, no es capaz de someter a los pueblos y los países, sean grandes o
pequeños, cuando están decididos a hacer cualquier sacrificio y luchar con
abnegación hasta el fin por su libertad y su independencia.
En muchos otros países de Asia, como Birmania,
Malasia, Filipinas, Indonesia, etc., se han desarrollado y todavía siguen
desarrollándose las luchas armadas de liberación. Estas luchas seguramente
habrían logrado mayores éxitos y victorias, si no hubieran sido obstaculizadas
por la intervención y las actitudes antimarxistas y chovinistas de la dirección
china, intervención y actitudes que han provocado escisión y desorientación en
las fuerzas revolucionarias y los partidos comunistas a la cabeza de estas fuerzas.
Por un lado, los dirigentes chinos decían apoyar las luchas libertadoras en
estos países y, por el otro, sostenían a los regímenes reaccionarios, recibían
y despedían con mil honores y elogios a sus cabecillas. Siempre han seguido la
estrategia y la táctica de someter los movimientos de liberación en los países
asiáticos a su política pragmática y a sus intereses hegemonistas. De continuo
han presionado a las fuerzas revolucionarias y a la dirección de estas fuerzas
para imponerles esa política. En realidad, no se han preocupado por la causa de
la liberación de los pueblos y de la revolución en los países de Asia, sino por
la realización de sus designios chovinistas. No han ayudado a estos pueblos,
sólo los han obstaculizado.
El problema de la revolución y de la lucha de
liberación en Asia, jamás se ha planteado con tanta fuerza y de manera tan
imperativa como ahora; nunca ha sido más complicado que ahora ni su solución
más difícil.
Esta complicación y estas dificultades se deben
principalmente a los designios y a la actividad de los imperialistas
norteamericanos, así como a los designios y la actividad antimarxista,
antipopular, hegemonista y expansionista de los revisionistas y los
socialimperialistas soviéticos y chinos.
Los Estados Unidos de América ambicionan e intentan
por todos los medios y con todas sus fuerzas conservar y reforzar sus
posiciones estratégicas, económicas y militares en Asia, puesto que consideran
estas posiciones como vitales para sus intereses imperialistas.
A su vez, también la Unión Soviética aspira a
extender las posiciones que ya ha conquistado en Asia y se vale de todos los
medios y de todas sus fuerzas para conseguirlo.
China, por su parte, ha manifestado abiertamente su
pretensión de dominar a los países asiáticos, estableciendo a este efecto
alianzas con los Estados Unidos de América y, en especial, con el Japón, y
contraponiéndose directamente a la Unión Soviética.
También el Japón pretende dominar en Asia; éste es
un viejo objetivo del imperialismo japonés.
Por eso la Unión Soviética tiene tanto miedo a la
alianza chino-japonesa y la combate tan enérgicamente. Pero tampoco el
imperialismo norteamericano desea que esta alianza cobre mayores proporciones y
supere los límites en que puedan verse afectados sus intereses, a pesar de que
estimuló y dio el «visto bueno» a la firma del Tratado entre China y el Japón
juzgando desde el punto de vista de que este tratado puede frenar la expansión
soviética que va en perjuicio de la dominación norteamericana.
También la India, que es un gran país, tiene la
ambición de convertirse en una gran potencia nuclear y con peso en Asia, de
desempeñar un papel particular, sobre todo dada su posición estratégica en el
cruce de los intereses expansionistas de las dos superpotencias imperialistas,
la norteamericana y la soviética, en el Océano Indico y el Golfo Pérsico, y en
sus fronteras septentrionales y orientales.
Tampoco el imperialismo inglés ha renunciado a sus
designios de dominar los países asiáticos. Otros estados
capitalista-imperialistas tienen asimismo una meta análoga.
Por esta razón Asia constituye hoy día una de las
zonas en las que tienen lugar las rivalidades interimperialistas más agudas; se
han creado, por lo tanto, muchos focos peligrosos que amenazan con
transformarse en conflagraciones mundiales, que serían pagadas por los pueblos.
Para sofocar las revoluciones y las luchas de
liberación en los países de Asia y abrir paso a sus planes hegemonistas y
expansionistas, los revisionistas soviéticos y chinos, en una febril
competencia entre si, han realizado y realizan un trabajo muy sucio de escisión
y de zapa en el seno de los partidos comunistas y de las fuerzas
revolucionarias y amantes de la libertad de estos países. Esta actividad fue
una de las causas principales de la catástrofe que sufrió el Partido Comunista
de Indonesia, de la escisión y del desbaratamiento del Partido Comunista de la
India, etc. Predican la alianza y la unidad del proletariado y de las amplias
masas populares con sus respectivas burguesías reaccionarias, esforzándose cada
uno por separado en granjearse la amistad de estas burguesías dominantes.
La ingerencia de los socialimperialistas soviéticos
y chinos en los diversos países de Asia, partiendo de sus posiciones y sus
objetivos hegemonistas y expansionistas, amenaza con grandes peligros a los
movimientos de liberación de estos pueblos y ha puesto directamente en peligro
también las victorias de la lucha de liberación en Vietnam, Camboya y Laos.
En los países asiáticos, las fuerzas
revolucionarias y amantes de la libertad, dirigidas por los partidos comunistas
marxista-leninistas, deben enfrentar y desbaratar tanto el peligro que proviene
de la reacción interna, armada por los amos imperialistas, como los peligros
procedentes de la actividad escisionista y de zapa, y de los planes
hegemonistas y expansionistas de los revisionistas soviéticos y chinos. Además
deben liberarse de una serie de antiguas ideas y concepciones reaccionarias;
religiosas, místicas, budistas, brahmanistas, etc., que frenan el movimiento.
Del mismo modo no deben permitir que arraiguen «nuevas» ideas y concepciones
reaccionarias, como las ideas revisionistas jruschovistas, maoístas y otras
teorías igual de reaccionarias, que desorientan a las masas, las engañan, las
despojan de su espíritu combativo de clase, las meten en callejones tortuosos y
sin salida.
Es cierto que la lucha de liberación que tienen por
delante los pueblos de Asia es difícil, es cierto que choca con muchos
obstáculos, pero no hay ni habrá lucha de liberación ni revolución fáciles, que
no sorteen grandes dificultades y obstáculos, que se lleven a cabo sin sangre y
sin grandes sacrificios, para alcanzar la victoria final.
Los países de América Latina en general tienen un
desarrollo capitalista superior a los países de África y Asia. Pero el grado de dependencia de los países
latinoamericanos respecto al capital extranjero no es menor que el de la gran
mayoría de los países africanos y asiáticos.
La mayor parte de los países de América Latina, a
diferencia de los países africanos y asiáticos, se proclamaron estados
independientes mucho más temprano, a partir de la primera mitad del siglo XIX,
como resultado de las guerras de liberación de sus pueblos en contra de los
colonizadores españoles y portugueses. Estos países habrían avanzado mucho más
si no hubieran caído, inmediatamente después de la supresión del yugo colonial
español y portugués, bajo otro yugo, semicolonial, del capital extranjero, inglés,
francés, alemán, norteamericano, etc. Hasta principios de este siglo, los
colonialistas ingleses eran quienes dominaban la situación en América Latina.
Saqueaban colosales cantidades de materias primas, construían puertos,
ferrocarriles, centrales eléctricas, exclusivamente al servicio de sus propias
sociedades concesionarias, y comerciaban con sus artículos industriales
producidos en Gran Bretaña.
Esta situación cambió, pero no en provecho de los
pueblos latinoamericanos, con la penetración en América Latina de los Estados
Unidos de América, que estaban en la etapa de su desarrollo imperialista. El
imperialismo de los Estados Unidos de América empleó el lema de «América para
los americanos», que estaba encarnado en la «Doctrina Monroe»8, para sentar su dominación exclusiva en todo
el hemisferio occidental. La penetración económica de los Estados Unidos de
América en este hemisferio se llevó a cabo tanto a través de la fuerza militar
y del chantaje político, como de la diplomacia del dólar, por medio del garrote
y la zanahoria. Así, en 1930 las inversiones de capitales norteamericanos e
ingleses en América Latina se igualaron, mientras que después de la Segunda
Guerra Mundial, los Estados Unidos de América se convirtieron en los verdaderos
dueños de la economía de esta parte del globo. Sus grandes monopolios se
apoderaron de las ramas clave de la economía latinoamericana. Los países de
esta región entraron a formar parte del imperio «invisible» del imperialismo
norteamericano, que empezó a hacer la ley en todos ellos, a cambiar a su antojo
jefes de estado y gobiernos, a dictarles su propia política económica y
militar, interior y exterior.
Las sociedades monopolistas de los Estados Unidos
de América sacaban fabulosas ganancias explotando las ricas fuentes naturales,
el trabajo, el sudor y la sangre de los pueblos latinoamericanos. Por cada
dólar invertido en los diversos países del continente, se embolsaban cuatro o
cinco. Y esta situación ha seguido inalterable hasta nuestros días.
A pesar de que las inversiones de capitales en
América Latina por parte de los estados imperialistas llevaron a la creación de
una cierta industria moderna, especialmente la industria de extracción, y
también la industria ligera y alimenticia, estas inversiones han frenado
sobremanera el desarrollo económico general de sus países. Los monopolios
extranjeros y la política neocolonialista de los estados imperialistas
deformaron monstruosamente el desarrollo económico de estos países, le dieron
un carácter unilateral, de monocultivo, los convirtieron en simples
abastecedores de materias primas: Venezuela se especializó en el petróleo,
Bolivia en el estaño, Chile en el cobre, Brasil y Colombia en el café, Cuba,
Haití y la República Dominicana en el azúcar, Uruguay y Argentina en productos
ganaderos, Ecuador en plátanos y así sucesivamente.
El carácter unilateral de la economía de estos
países hacía que ella fuera totalmente inestable, totalmente incapaz de
desarrollarse de manera acelerada y en todos sus aspectos, completamente
dependiente de las coyunturas y las fluctuaciones de los precios en el mercado
capitalista mundial. Cualquier descenso de la producción, cualquier síntoma de
crisis económica en los Estados Unidos de América y en los otros países
capitalistas, necesariamente se reflejaría de manera negativa, e incluso en
mayor medida, también en la economía de los países de América Latina. Después
de la Segunda Guerra Mundial, las metrópolis imperialistas comenzaron a hacer
grandes inversiones directas en las diversas ramas de la industria, en las
minas, la agricultura, a comprar empresas nacionales, etc. Dominaron sectores
enteros de la producción, extremaron la expoliación de los países
latinoamericanos. Al mismo tiempo, estimularon la concesión de empréstitos y
las financiaciones con una elevada tasa de interés, sometiendo aún más dichos
países a la dominación extranjera y, en primer lugar, a la de los Estados
Unidos de América. Sólo Brasil y México deben a los bancos extranjeros
respectivamente casi 40.000 y 30.000 millones de dólares.9
El desarrollo capitalista en América Latina se ha
quedado en general atrasado, también por el hecho de que aún subsisten
bastantes residuos de los latifundios, que no se han despojado por completo de
su carácter feudal, y por eso algunos de los países latinoamericanos tienen un
atraso tan acentuado como los de Asia y África. En función de la política
económica y la intervención imperialista directa, en los países de América
Latina se ha creado una oligarquía, una gran burguesía monopolista bastante
poderosa que, junto con los grandes propietarios de tierras, detenta el poder
y, siempre con el apoyo del imperialismo norteamericano y juntamente con él,
oprime y explota despiadadamente a la clase obrera, al campesinado y a las
otras capas trabajadoras, que llevan una vida miserable.
Este desarrollo ha creado también un proletariado
industrial bastante grande, que junto con el proletariado agrícola y los
obreros de la construcción y los servicios, representa casi la mitad de la
población, a diferencia de África y Asia, donde en la mayor parte de los países
la clase obrera es muy red ucida.
Además, en América Latina, el campesinado y la
clase obrera, surgida de sus filas, poseen ricas tradiciones de combate
revolucionario, adquiridas en las incesantes luchas por la libertad, por la
tierra, por el trabajo y por el pan, tradiciones que se han desarrollado aún
más en las batallas contra la oligarquía nativa y contra los monopolios
extranjeros, contra el imperialismo norteamericano. Los pueblos de América
Latina se encuentran entre los pueblos que más se han enfrentado a los
opresores y explotadores internos y externos, y que más sangre han derramado.
Las victorias que han logrado en estos enfrentamientos no han sido pocas ni
pequeñas, pero todavía en ningún país han triunfado plenamente las libertades
democráticas, ha desaparecido totalmente la explotación ni se ha logrado la
plena independencia y soberanía nacionales. Los pueblos latinoamericanos
cifraron muchas esperanzas, muchas ilusiones, en la victoria del pueblo cubano,
la cual fue una inspiración y un estímulo en la lucha para sacudirse el yugo de
los opresores capitalistas y terratenientes nativos y de los imperialistas
norteamericanos. Pero estas esperanzas y esta inspiración se desvanecieron
rápidamente, cuando vieron que la Cuba castrista no se desarrollaba por el
camino del socialismo, sino del capitalismo de tipo revisionista, y con mayor
motivo cuando se convirtió en vasalla y mercenaria del socialimperialismo
soviético.
Al igual que en todos los continentes, también en
América Latina hoy las situaciones se presentan complicadas.
En la mayoría de los países estas situaciones son
revolucionarias y plantean a la orden del día las revoluciones, para derrocar
el régimen burgués-latifundista y liquidar la dependencia imperialista.
Naturalmente, estas revoluciones no pueden tener en todas partes el mismo
carácter, seguir el mismo proceso y resolverse de la misma manera, por razones
ya conocidas, esto es, por las condiciones y los problemas particulares que
tiene cada país o grupo de países, los diferentes grados de desarrollo económico-social
y de dependencia del imperialismo y del socialimperialismo, el nivel de
moderación o de fascistización de los regímenes burgueses, etc. Pero una cosa
parece indispensable, la necesidad de entrelazar, más que en muchos países de
África y Asia, las tareas antiimperialistas, democráticas y socialistas de la
revolución.
De la misma manera, en América Latina hay muchas
ventajas para la preparación del factor subjetivo de la revolución, debido a
una conciencia bastante elevada y a la disposición de las amplias masas
populares a luchar contra la opresión y la explotación interna y extranjera,
por la libertad, la democracia y el socialismo. Pero su completa preparación es
obstaculizada, confundida y atacada con todas las fuerzas no sólo por los
imperialistas, particularmente los norteamericanos, y la reacción interna, sino
también por los revisionistas de los respectivos países y los otros
oportunistas, lacayos del capitalismo, así como por los revisionistas
soviéticos y chinos.
El imperialismo norteamericano, siguiendo la
política de siempre para que América Latina continúe siendo su feudo, del cual
saca superganancias colosales, maniobra con todos los medios, militares,
diversionistas, demagógicos y mistificadores, para no permitir que algún otro
imperialismo predomine allá, y garantizar que en ningún país estalle y triunfe
la revolución. Quiere conservar así la completa dependencia de los países
latinoamericanos respecto a los Estados Unidos de América y también el sistema
burgués-latifundista en estos países.
A este efecto, una importante arma en manos de los
Estados Unidos de América es la llamada Organización de Estados Americanos, que
es manipulada por el presidente, el Pentágono y el Departamento de Estado
norteamericanos. Los estatutos de esta organización les confieren el derecho de
intervenir valiéndose de todos los medios y procedimientos, incluso los
militares, para mantener el statu quo, tanto interior como exterior, en los
países de América Latina.
Mientras tanto, los grandes monopolios
norteamericanos han perfeccionado los métodos de explotación en estos países,
organizando sociedades monopolistas multinacionales, cuyos hilos son manejados
desde su central en los Estados Unidos de América, y utilizando en grandes
proporciones el capitalismo estatal, a través del cual logran manipular los
gobiernos y el aparato estatal de cada país en general.
Pero éstos y muchos otros medios que utilizan los
Estados Unidos de América no pueden resolver los problemas provocados por la
grave crisis económica y política que ha afectado también a los países
latinoamericanos.
En un momento en que los capitalistas y los
terratenientes nativos no pueden vivir a no ser que lo hagan bajo la tutela y
con el apoyo del imperialismo norteamericano, la idea de la revolución, como el
único medio indispensable para asegurar la liberación nacional y social,
penetra cada vez más profunda y ampliamente en la conciencia del proletariado,
del campesinado trabajador, de la intelectualidad progresista y de las masas de
la juventud de estos países.
Para evitar las revoluciones, los imperialistas
norteamericanos con los capitalistas nativos utilizan dos métodos principales.
Uno, el de establecer regímenes militar-fascistas por medio de un
pronunciamiento militar, cuando ven amenazadas de manera inminente sus
posiciones. Así actuaron en Brasil, Chile, Uruguay, Bolivia, etc. El otro
método es la organización de regímenes democráticoburgueses, con acentuadas
limitaciones y una pronunciada carencia de libertades fundamentales,
como en Venezuela y México, o como están haciendo
actualmente en Brasil, esforzándose así por atenuar las tensiones
revolucionarias y dar la impresión de que la burguesía de dichos países y, en
mayor medida, la administración de los Estados Unidos de América y su
presidente, se preocupan por los «derechos humanos».
Pero tales medios y maniobras no pueden resolver
los problemas de la crisis, no pueden evitar las situaciones revolucionarias,
no pueden borrar la revolución del orden del día.
El proletariado con todas las fuerzas
revolucionarias de los países latinoamericanos se encuentran ante tareas
revolucionarias muy importantes. Para realizar estas tareas, llevar a cabo la
revolución, conquistar la completa independencia nacional, instaurar las
libertades democráticas y el socialismo, deben luchar en muchas direcciones,
contra la oligarquía burguesa y latifundista nativa, contra el imperialismo
norteamericano, así como contra los diversos servidores del capital, del
imperialismo y del socialimperialismo, tales como los revisionistas
pro-soviéticos y castristas, los revisionistas pro- chinos, los trotskistas y
otros. No sólo tienen el deber de hacer frente a la actividad diversionista y
escisioncita de los oportunistas y los revisionistas de diverso pelaje, sino
también de liberarse de las influencias pequeñoburguesas que se reflejan en
algunas concepciones y prácticas golpistas, foquistas, aventureras, que se han
convertido en una cierta tradición, pero que no tienen nada en común con la verdadera
revolución, por el contrario la perjudican enormemente. Pero esta cuestión
requiere un tratamiento cuidadoso.
En lo que atañe a la tradición combativa de los
pueblos de América Latina, en ella predomina el aspecto positivo,
revolucionario, que constituye un factor muy importante y que hace falta
utilizar lo mejor y más ampliamente posible en la preparación y el desarrollo
de la revolución, dando a esta tradición un nuevo contenido, desprovisto de los
elementos negativos propios de las prácticas de los pistoleros y foquistas.
Para realizar estas grandes tareas, los partidos
marxista-leninistas de la clase obrera desempeñarán un papel decisivo. Estos
partidos no sólo han sido creados ya en casi todos los países de América
Latina, sino que la mayoría de ellos han dado importantes pasos hacia adelante
en el trabajo por preparar al proletariado y a las masas populares para la
revolución. En intransigente lucha contra los revisionistas y los demás
oportunistas, contra todos los lacayos de la burguesía y del imperialismo,
contra los puntos de vista y las prácticas castristas, jruschovistas,
trotskistas, tercermundistas, etc., han elaborado una línea política correcta y
acumulado una experiencia de lucha bastante grande para materializar esta
línea, convirtiéndose en portadores de toda la tradición revolucionaria del
pasado, para utilizarla y desarrollarla en adelante a favor del movimiento
obrero y de liberación, con el fin de preparar a las masas y lanzarlas a la
revolución.
La situación revolucionaria actual plantea ante
estos partidos la necesidad de mantener vínculos lo más estrechos y consultarse
lo más frecuentemente posible entre sÍ para que puedan aprovechar al máximo la
experiencia mutua y coordinar sus posiciones y sus acciones en lo concerniente
a los problemas comunes de la lucha contra la burguesía reaccionaria y el
imperialismo, contra el revisionismo moderno soviético, chino, etc., en lo
concerniente a todos los problemas de la revolución.
Ahora que los pueblos han despertado y ya no
aceptan vivir bajo el yugo imperialista y colonial, que exigen la libertad, la
independencia, el desarrollo y el progreso; ahora que crece el odio popular
contra los opresores extranjeros e internos, ahora que África, América Latina y
Asia se han transformado en una caldera en ebullición, para los colonizadores
viejos y nuevos es difícil, si no imposible, dominar y explotar a los pueblos
de estos países con los anteriores métodos y formas. Ellos no pueden abstraerse
de saquear y explotar las riquezas, el sudor y la sangre de estos pueblos.
He aquí la razón de todos los esfuerzos que se
despliegan para encontrar nuevos métodos y formas de engaño saqueo y
explotación, para repartir limosnas, que sin embargo no benefician a las masas,
sino a las clases burgués-latifundistas dominantes.
Mientras tanto, el problema se ha complicado aún
más, porque desde hace tiempo en las antiguas colonias y semicolonias ha
comenzado a penetrar profundamente el socialimperialismo soviético, y porque
también la China socialimperialista ha iniciado febrilmente sus esfuerzos para
introducirse en ellos.
La Unión soviética revisionista lleva a cabo su
intervención expansionista tras la máscara de una política supuestamente
leninista de ayuda a la lucha de liberación de los pueblos, presentándose como
aliado natural de estos países y pueblos. Los revisionistas soviéticos, como
medio para penetrar en África y en otras partes, emplean y propagan consignas
de tinte socialista, a fin de engañar a los pueblos que aspiran a liberarse, a
suprimir la opresión y la explotación y saben que el único camino que conduce a
la completa liberación nacional y social es el socialismo.
En su intervención, la Unión Soviética arrastra
además a sus aliados o, mejor dicho, a sus satélites. Esto lo vemos en concreto
en África, donde los socialimperialistas soviéticos y sus mercenarios cubanos
intervienen so pretexto de ayudar a la revolución. Desde luego, se trata de una
mentira. Su intervención no pasa de ser una acción colonialista; cuyo objetivo
es conquistar mercados y someter a los pueblos.
De esta índole es la intervención de la Unión
Soviética y de los mercenarios cubanos en Angola. Ellos no han tenido ni tienen
en absoluto el objetivo de ayudar a la revolución angoleña, sino el de clavar
sus garras en este país africano que había ganado cierta independencia después
de la expulsión de los colonizadores portugueses. Los mercenarios cubanos son
el ejército colonial enviado por la Unión Soviética a ocupar mercados y
posiciones estratégicas en los países del África Negra, a utilizar Angola para pasar
a otros estados, a fin de que también los socialimperialistas soviéticos puedan
crear un imperio colonial moderno.
La Unión Soviética y su mercenario, Cuba, con la
excusa de ayudar a la liberación de los pueblos, intervienen en otros países
con ejércitos dotados de cañones y ametralladoras supuestamente para construir
el socialismo que no existe ni en la Unión Soviética ni en Cuba. Estos dos
estados burguésrevisionistas se metieron en Angola para ayudar a una camarilla
capitalista a tomar el poder, contrariamente a las aspiraciones del pueblo
angoleño, que luchó contra los colonizadores portugueses para conquistar su libertad.
Agostinho Neto hace el juego a los soviéticos. Estando en lucha contra la otra
fracción, en sus intentos para hacerse con el poder, llamó a los soviéticos a
acudir en su ayuda. La confrontación entre los dos clanes en lucha no tenía en
absoluto un carácter revolucionario popular. El choque entre ellos era una
lucha de camarillas por el poder. Cada una de éstas era apoyada por diversos
estados imperialistas. De esta contienda salió victorioso Agostinho Neto, y en
Angola, lejos de triunfar el socialismo, se implantó, después de la
intervención extranjera, el neocolonialismo soviético.
También la China socialimperialista está haciendo
grandes esfuerzos por penetrar en las antiguas colonias y semicolonias.
Un ejemplo de cómo interviene China es el Zaire,
donde domina la camarilla más sangrienta y más rica del continente africano
acaudillada por Mobutu. En los últimos combates que se desarrollaron en el
Zaire, acudieron inmediatamente en ayuda de Mobutu, asesino de Patricio
Lumumba, los marroquíes del reino jerifiano de Marruecos, acudió la aviación
francesa, acudió asimismo China. La ayuda dada por los franceses es
comprensible, porque con su intervención defienden las concesiones y los
consorcios que poseen en Katanga, a la vez que defienden a sus gentes, así como
a Mobutu y su camarilla. Pero los revisionistas chinos ¿qué buscan en Katanga?
¿A quién asisten? ¿Acaso auxilian al pueblo del Zaire oprimido por Mobutu, por
su camarilla y por los concesionarios franceses, belgas, norteamericanos y
otros? ¿No será que también ellos ayudan a la sangrienta camarilla de Mobutu?
El hecho es que la dirección revisionista china socorre a esta camarilla no de
manera indirecta, sino muy abiertamente. Para que esta ayuda sea más concreta y
ostensible, mandó allí al ministro de Asuntos Exteriores Juan-Jua, envió
expertos militares, asistencia militar y económica, actuando así de manera
antimarxista, antirrevolucionaria. Su intervención tiene las mismas
características que las del rey Hassán de Marruecos y las de Francia.
Los socialimperialistas chinos se inmiscuyen no
sólo en este asunto, sino también en los otros problemas de los pueblos y de
los países de África y de los otros continentes, sobre todo en los países donde
tratan de penetrar a toda costa para crear bases económicas, políticas y
estratégicas.
Ni siquiera los Estados Unidos de América acuden
tan abiertamente en ayuda de Pinochet, verdugo fascista de Chile, como lo hace
China. Incluso los norteamericanos no socorren de este modo ni siquiera a los
gobernantes reaccionarios de los otros países, donde sus intereses son grandes.
Esto no significa que los imperialistas norteamericanos renuncien a sus
intereses. Defienden, incluso enérgicamente, estos intereses, pero en formas
sutiles.
Con la actitud que mantiene China, llamada
socialista, va en contra de los intereses y las aspiraciones de los pueblos, de
los comunistas, de los elementos revolucionarios, en contra de las aspiraciones
de todos los hombres progresistas de América Latina.
China asume la defensa de los diversos dictadores
que dominan a los pueblos y que con todos los medios a su alcance, incluido el
terror, reprimen los esfuerzos de los revolucionarios, del proletariado y de
los partidos marxista-leninistas por la liberación nacional y social. Con estas
posturas ha tomado el camino de la contrarrevolución. Disfrazándose con el
marxismo-leninismo, trata de hacer ver que supuestamente exporta a los diversos
países la idea de la revolución, pero de hecho está exportando la idea de la
contrarrevolución. Con esto ayuda al imperialismo norteamericano y a las
camarillas fascistas en el poder.
Las potencias imperialistas o socialimperialistas
tratan, de igual modo, de impedir que los pueblos africanos, asiáticos,
latinoamericanos desarrollen su lucha revolucionaria, etapa tras etapa, contra
la opresión, contra la feroz explotación por parte de sus gobernantes y de los
imperialistas que dominan en colusión con ellos y que les chupan la sangre.
El deber de los revolucionarios, de los hombres
progresistas y patriotas, en los países con un bajo nivel de desarrollo
económico-social y dependientes de las potencias imperialistas y
socialimperialistas, es hacer que los pueblos tomen conciencia de esta opresión
y explotación, educarles, movilizarles, organizarles, lanzarles a la lucha de
liberación, teniendo siempre presente que la revolución es obra de las amplias
masas, de los pueblos. Para lograrlo, es necesario analizar bien la situación
interna y externa de cada país, su desarrollo económico-social, a correlación
de las fuerzas de clase, los antagonismos entre las clases, los antagonismos
entre el pueblo y las camarillas reaccionarias en el poder, y entre el pueblo y
los estados imperialistas. Sobre esta base podrán sacarse justas conclusiones
acerca de los pasos a dar y las tácticas a seguir. De las fuerzas
revolucionarias se requiere un trabajo intenso, resolución e inteligencia, se
requiere ante todo que se comprenda bien que la lucha de liberación en sus
países puede alcanzar la victoria verdadera sólo ligando esta lucha con la
causa del proletariado, con la causa del socialismo.
Por eso, es necesario que el proletariado de cada
país cree su propio partido revolucionario, que sea capaz de aplicar con
fidelidad las enseñanzas de Marx, Engels, Lenin y Stalin, en estrecha relación
con las condiciones de cada país, con la situación de cada pueblo en
particular. Es indispensable que estos partidos conozcan bien la mentalidad de
las masas, el desarrollo económico, político, ideológico y cultural de cada
país y que no actúen de manera imaginaria y aventurera, de manera blanquista,
sino que luchen persistentemente para agrupar en torno suyo a los aliados del
proletariado, a las amplias masas populares.
Los revolucionarios y las masas populares tienen
necesidad de prepararse tenazmente, de tener en cuenta los actos de la
burguesía reaccionaria y de los grandes latifundistas en el poder, de los
opresores extranjeros, así como las intrigas de los neocolonialistas. Todos
ellos son factores importantes que los elementos revolucionarios y los pueblos
deben afrontar con madurez, con una sólida organización y con tácticas
revolucionarias.
Naturalmente, no sólo no se excluye sino que
también es imprescindible que entre las fuerzas y los elementos revolucionarios
de los diversos países se establezcan vínculos de colaboración, de coordinación
y de intercambio de experiencias. Esta tarea es facilitada por la existencia de
muchas condiciones idénticas, tales como la opresión y la explotación de los
neocolonialistas y de la burguesía reaccionaria, la cultura común y el objetivo
común de liberarse de esta opresión y explotación. Las condiciones y los
intereses comunes inducen a los elementos revolucionarios y progresistas de
todos estos países a consultarse, a colaborar entre sí y coordinar sus actos,
que se contraponen a los actos de los enemigos que les oprimen.
Viendo desde posiciones marxista-leninistas la
situación de los pueblos que se encuentran bajo la dominación neocolonialista,
a todos los auténticos revolucionarios se les plantea la tarea de respaldar y
apoyar sin reservas la lucha revolucionaria y de liberación de estos pueblos,
para que esta lucha vaya continuamente hacia adelante, para que la revolución
siga siempre su línea ascendente, hasta su victoria completa.
Los auténticos revolucionarios llaman a los
proletarios y a los pueblos a levantarse por el mundo nuevo, por el mundo
socialista
La crisis general del capitalismo, como hemos
explicado anteriormente, va profundizándose cada vez más. Esto hace que el
proletariado, las clases y los pueblos oprimidos ya no soporten la explotación,
exijan que cambie su vida, que sea derrocado el sistema burgués y suprimido el
neocolonialismo, el imperialismo. Pero estas aspiraciones sólo pueden ser
realizadas a través de la revolución. Ninguna victoria puede ser alcanzada sin
enfrentarse y golpear a los enemigos de clase, internos y externos.
Los verdaderos partidos marxista-leninistas de la
clase obrera como dirigentes de la revolución hacen tomar conciencia al
proletariado, a las masas trabajadoras y a los pueblos, y les preparan
política, ideológica y militarmente para esos enfrentamientos.
Los partidos marxista-leninistas, todos los
revolucionarios, por poco numerosos que sean, penetran en el seno del pueblo,
organizan sistemáticamente, con solicitud y gran paciencia a las masas, las
convencen de su gran fuerza, de que están en condiciones de derrumbar al
capital, de tomar en sus manos el poder y utilizarlo en interés del
proletariado y del pueblo. Estos partidos no piensan que, por ser pequeños, no
pueden hacer frente a la coalición de los partidos de la burguesía y a la
opinión creada por éstos. El deber de los revolucionarios es probar ante las
amplias masas del pueblo que dicha opinión, creada por la burguesía, es falsa,
y hace falta acabar con ella y formar la verdadera opinión revolucionaria, que
representa una gran fuerza transformadora.
Para realizar con éxito su misión, los partidos
marxista-leninistas ante todo piensan en dotarse de una estrategia y una
táctica revolucionarias, una acertada línea política que responda a los
intereses y aspiraciones de las amplias masas populares, a la solución
revolucionaria de los problemas y tareas que plantea en su curso la lucha por
la destrucción del régimen burgués y de la dominación imperialista extranjera.
El marxismo-leninismo es la única ciencia que
permite al partido revolucionario de la clase obrera elaborar una acertada
línea política, definir claramente el objetivo y las tareas estratégicas,
aplicar tácticas y métodos revolucionarios para la realización de los mismos.
Iluminado por el marxismo-leninismo y en
conformidad con las condiciones concretas económicosociales y políticas del
país, así como con las circunstancias internacionales, el partido
marxistaleninista sabe orientarse y estar a la cabeza de las masas, en cada
momento y cada etapa de la revolución, sea democrática, de liberación nacional
o socialista. Una estrategia revolucionaria y una acertada línea política
fundadas en el marxismo-leninismo, en la práctica revolucionaria del
proletariado mundial y de las luchas de clases de su propio país, hacen posible
determinar claramente el objetivo estratégico en una etapa dada, determinar
cuáles son los principales enemigos internos y externos en contra de los cuales
debe dirigirse el ataque principal, cuáles son los aliados internos y externos
del proletariado, etc.
Los partidos marxista-leninistas tienen como meta
derrocar el régimen capitalista y hacer que triunfe el socialismo, mientras
cuando la revolución en sus países confronta tareas de carácter democrático y
antiimperialista, tienden a desarrollarla ininterrumpidamente, a elevarla a
revolución socialista y a pasar cuanto antes a la solución de las tareas
socialistas.
Tanto el objetivo estratégico de los partidos
marxista-leninistas como los caminos para alcanzarlo, son totalmente diferentes
del objetivo y los caminos de los falsos partidos comunistas y obreros. Los
primeros no pueden concebir el logro de este objetivo sin subvertir las
relaciones capitalistas de producción y sin destruir desde sus cimientos el
viejo aparato estatal, toda la superestructura burguesa. Se atienen a las
enseñanzas de Lenin, que dice:
«La revolución consiste en que el proletariado
destruye el «aparato administrativo» y todo el aparato del
estado, substituyéndolo por otro nuevo, constituido por los obreros armados.»[31]
Los segundos predican la necesidad de conservar el
viejo aparato del estado, aunque de palabra dicen que están por el socialismo.
Según ellos, el socialismo puede ser implantado a través de reformas, a través
de la vía parlamentaria, e incluso utilizando la vieja máquina estatal.
Una serie de partidos llamados comunistas
actualmente se muestran más diligentes en la defensa del sistema capitalista
existente que los partidos burgueses declarados. A título de ejemplo, el
partido revisionista de Carrillo-Ibárruri defiende descaradamente al régimen
monárquico de Juan Carlos, mientras que algunos partidos burgueses españoles
exigen su substitución por un régimen republicano. Asimismo el partido
revisionista de Berlinguer se presenta como un ardiente defensor de las leyes
represivas del estado capitalista italiano que están dirigidas contra las
libertades democráticas, en tanto que algunos partidos burgueses no lo hacen
abiertamente. Los revisionistas chinos, por su parte, orientan a los partidos
que siguen la línea china en los países capitalistas a luchar conjuntamente con
los círculos más militaristas por el reforzamiento de los ejércitos y del
aparato represivo de la burguesía para supuestamente defender la patria, pero
en realidad es para aplastar la revolución, en caso de que estalle.
En sus designios por socavar el movimiento
revolucionario y de liberación, y perpetuar el capitalismo y la dominación
imperialista, la burguesía y sus adeptos; en particular los revisionistas
modernos, intentan por todos los medios desorientar y escindir a las fuerzas
revolucionarias, borrando la diferencia entre los amigos y los enemigos de la
revolución. Son típicas las prédicas de los revisionistas chinos, los cuales
presentan como aliados del proletariado y de los pueblos oprimidos a la gran
burguesía monopolista, a los regímenes reaccionarios y fascistas, a la OTAN y
al Mercado Común Europeo e incluso al imperialismo norteamericano.
En lo que concierne a los partidos
marxista-leninistas, éstos consideran como condición indispensable para trazar
una verdadera estrategia revolucionaria, la determinación de una línea neta de
demarcación entre las fuerzas motrices de la revolución y sus enemigos, y la
clara definición del principal enemigo interno y externo contra el cual, como
señalaba Stalin, es preciso dirigir los golpes principales, sin subestimar ni
olvidar la lucha contra los otros enemigos.
En nuestros días, en las condiciones del
imperialismo, e principal enemigo interno de la revolución, no sólo en los
países capitalistas desarrollados, sino también en los países oprimidos y
dependientes, es la gran burguesía del país, la cual está a la cabeza del
régimen capitalista y se vale de todos los medios, de la violencia y la
represión, de la demagogia y el engaño, para conservar su dominación y sus
privilegios, para estrangular y sofocar cualquier movimiento de los
trabajadores que afecte mismamente a su poder y sus intereses de clase.
Mientras el principal enemigo exterior de la revolución y de los pueblos es, en
las condiciones actuales, el imperialismo mundial, sobre todo las
superpotencias imperialistas. Aconsejar y llamar al proletariado y a los
pueblos oprimidos a apoyarse en una superpotencia para combatir a otra, o a
aliarse con las potencias imperialistas en nombre de a supuesta defensa de la
libertad y la independencia nacional, como predican los revisionistas chinos,
no es más que traicionar la causa de la revolución.
Los revisionistas han convertido en blanco suyo
especialmente el papel hegemónico de la clase obrera en la revolución,
que constituye uno de los problemas fundamentales de la estrategia
revolucionaria.
«Lo fundamental en la doctrina de Marx -ha escrito Lenin- es el
esclarecimiento del papel histórico mundial del proletariado como creador de la
sociedad socialista.»[32]
Lenin consideraba la negación de la idea de la
hegemonía del proletariado en el movimiento revolucionario como el aspecto más
vulgar del reformismo.
Entre los revisionistas modernos, unos intentan
demostrar que la clase obrera supuestamente se desproletariza y se convierte en
«co-administradora» de las empresas, y que por eso no cabe la revolución
proletaria, no hace falta un régimen social diferente del existente. Otros
pretenden que proletarios ya no son únicamente los obreros, sino todos los
hombres del trabajo y la cultura, todos los empleados, y que por el socialismo
están interesadas no sólo la clase obrera, sino también otras clases y capas de
la sociedad. Por ello, concluyen, el papel hegemónico de la clase obrera en el
movimiento revolucionario actual ha perdido su sentido. Los revisionistas
soviéticos, de palabra, no niegan el papel dirigente de la clase obrera,
mientras en la práctica lo han liquidado, porque han despojado a dicha clase de
toda posibilidad de dirigir. Pero también teóricamente eliminan este papel,
dado que defienden la nefasta teoría «del partido y del estado de todo el
pueblo». Los revisionistas chinos, como pragmáticos que son, colocan a la
cabeza de la «revolución», según el caso, unas veces al campesinado, otras al
ejército, en ocasiones a los estudiantes, etc.
El Partido del Trabajo de Albania defiende
firmemente la tesis marxista-leninista de que la clase obrera constituye la
fuerza decisiva del desarrollo de la sociedad, la fuerza dirigente de la
transformación revolucionaria del mundo, de la construcción de la sociedad
socialista y comunista.
La clase obrera sigue siendo la principal fuerza
productora de la sociedad, la clase más avanzada, y más interesada que
cualquier otra, en la liberación nacional y social, en el socialismo, la
portadora de las mejores tradiciones de organización y lucha revolucionarias.
Ella cuenta con la única teoría científica para conseguir la transformación
revolucionaria de la sociedad y con su partido combativo marxista-leninista que
la guían hacia esta meta. Objetivamente, la historia le ha encomendado la
misión de dirigir toda la lucha para la transición del capitalismo al
comunismo.
La hegemonía del proletariado en la revolución es
decisiva para solucionar, en su propio beneficio y en el de las masas
populares, el problema fundamental de la revolución, el problema del poder
político.
El nuevo poder puede pasar por diversas fases y
recibir diferentes nombres, de acuerdo con las condiciones concretas en las que
se desarrolla la revolución y con las distintas etapas que pueda atravesar,
pero no podrá haber una evolución de la revolución hacia el triunfo del
socialismo sin la instauración de la dictadura del proletariado. Esto nos lo
enseña el marxismo-leninismo, esto nos lo indica también la experiencia de
todas las revoluciones socialistas victoriosas. Por ello, el partido
marxista-leninista, en cualquier circunstancia que se desarrolle la revolución,
jamás renuncia a su objetivo de implantar la dictadura del proletariado.
Los revisionistas de toda laya y de diversas
corrientes, de un modo u otro, todos, sin excepción, niegan la necesidad de
instaurar la dictadura del proletariado, porque están en contra de la
revolución, porque están por salvaguardar y perpetuar el sistema capitalista.
El proletariado y su partido marxista-leninista van
a la lucha junto con sus aliados. También éste es uno de los problemas más
importantes de la estrategia revolucionaria.
El aliado natural y estrecho del proletariado es el
campesinado pobre, unido al primero no sólo por el objetivo estratégico
inmediato, sino también por el objetivo a largo plazo y final. Asimismo son
aliadas suyas las capas pobres de los trabajadores urbanos. El proletariado con
el campesinado pobre y los demás trabajadores oprimidos y explotados
constituyen las principales fuerzas motrices de la revolución.
También la pequeña burguesía de la ciudad, que se
encuentra constantemente en las tenazas del gran capital y bajo la amenaza de
una completa expropiación, puede y debe ser su aliada.
El proletariado busca y lucha por hacer aliadas
suyas a otras capas de la población, como el sector progresista de la
intelectualidad, que es explotado por el capital interno y externo. En los
países capitalistas y revisionistas el peso de la intelectualidad ha crecido.
Pero, pese a los cambios que han sufrido la posición, el carácter y el papel de
su trabajo, no es ni puede constituir una clase en sí, no es clase obrera ni
puede ser diluida en ésta, como pretenden los diversos revisionistas. Por eso,
como ha señalado Lenin y ha confirmado la historia, la intelectualidad no puede
ser una fuerza social y política independiente. Su papel y su lugar en la
sociedad son determinados por su situación económico-social y sus convicciones
ideológicas y políticas. Por mucho que cambien esta situación y estas
convicciones, la intelectualidad jamás puede sustituir a la clase obrera en el
papel dirigente de la revolución. El deber del proletariado es conquistar al
sector progresista de ella, convencerle de la inevitabilidad del hundimiento
del sistema capitalista y del triunfo del socialismo, hacer de él un aliado en
la revolución.
En los países de África, América Latina, Asia,
etc., con escaso desarrollo económico-social y más dependientes del capital
extranjero y donde las tareas democráticas y antiimperialistas de la revolución
revisten particular importancia, el proletariado puede tener como aliados al
campesinado medio y al sector de la burguesía que no está ligado al capital
extranjero y que aspira a un desarrollo independiente del país.
La vinculación de esta parte de la burguesía con la
revolución democrática y antiimperialista depende de la estrategia y de una
táctica justa del proletariado, y de si el partido revolucionario de la clase
obrera maniobra ágil y prudentemente. El proletariado con su partido puede
convencer, de esta forma, no sólo a la pequeña burguesía, sino también a ese
sector de la burguesía del que hablamos para que se ponga bajo su dirección y
se levante para suprimir la dominación extranjera y a la grande y feroz burguesía
capitalista, instrumento del imperialismo, que oprime y explota, que
desmoraliza al pueblo y adultera sus sentimientos puros, su cultura secular.
Para hacer aliadas suyas a las otras clases y capas
que están interesadas en lograr el objetivo estratégico en una determinada
etapa de la revolución, el proletariado, al igual que en cualquier otro
problema, se ve obligado a enfrentarse con la gran burguesía y los demás
reaccionarios.
La burguesía reaccionaria y los terratenientes,
previendo su derrota, hacen mil esfuerzos y maniobras para atraerse a la
pequeña burguesía, al campesinado y a la intelectualidad progresista, e impedir
que se conviertan en aliados del proletariado. Tratan de engañar también a la
misma clase obrera, a fin de que la revolución no estalle y, si estalla, no
vaya hasta el fin, se estanque o dé marcha atrás.
Por su parte, el proletariado y su partido
marxista-leninista trabajan y cuentan con todas las posibilidades para unir en
torno suyo a sus aliados contra los enemigos comunes, como la gran burguesía,
los terratenientes, los imperialistas y los socialimperialistas, y no permitir
que capas del campesinado y de la pequeña burguesía se conviertan en reservas
del gran capital o de la dictadura fascista, como ocurrió en los tiempos de
Hitler en Alemania, en los de Mussolini en Italia y en los de Franco durante la
Guerra de España.
El partido marxista-leninista mantiene una actitud
cuidadosa y hábil en particular respecto a los posibles aliados vacilantes o
temporales, incluyendo diversas capas de la burguesía media, etc., que están
atadas por numerosos hilos y diversos intereses, tradiciones y prejuicios al
mundo del capital y al imperialismo. El proletariado y su vanguardia, el
partido marxista-leninista, sin moverse en ningún momento de sus posiciones de
principio, están interesados en ganar para la revolución y la lucha de liberación
también a estas fuerzas, pese a sus vacilaciones y su inestabilidad, o por lo
menos neutralizarlas para que no se conviertan en reservas del enemigo.
Las leyes de la revolución, al igual que en todas
partes, actúan también en los países donde los revisionistas detentan el poder.
¿Cuál es la posición de la nueva burguesía que se desarrolla en los países
revisionistas de Europa? Esta burguesía aspira a liberarse de la opresión
multiforme y feroz de la burguesía soviética, del socialimperialismo soviético,
pero los intereses radicales de ambas son comunes. La burguesía de estos países
no puede vivir desligada de la burguesía soviética. Y si se divorciara de esta
grande y feroz burguesía socialimperialista, no cabe duda de que se pondría
pronto bajo la dominación de la burguesía de los estados capitalistas
desarrollados de Europa Occidental y del imperialismo norteamericano.
Pero, a la vez, en los países revisionistas, que
están integrándose económica, política y militarmente en el gran estado
soviético socialimperialista, además del proletariado; también otras capas de
la población están descontentas de la explotación a que las somete la nueva
burguesía, y de la dominación del socialimperialismo soviético. Por eso, odian
tanto a su propia burguesía dominante, como al hegemonismo y al neocolonialismo
ruso. Es preciso que el proletariado de estos países despierte y tome conciencia
de la necesidad histórica de descender de nuevo al campo de batalla, lanzarse a
la lucha para derrocar y desbaratar a los traidores, para realizar una vez más
la revolución proletaria, para restaurar la dictadura del proletariado. Debe
crear sus nuevos partidos marxistaleninistas y agrupar en torno suyo a todas
las masas populares.[33]
Ateniéndose consecuentemente al principio de que el
factor decisivo del triunfo de la revolución es el interno, es la propia lucha
revolucionaria del proletariado y del pueblo de un país dado, mientras que el
factor exterior es auxiliar y secundario, los partidos marxista-leninistas no
ignoran ni subestiman en absoluto a los aliados externos de la revolución. Al
igual que para los aliados internos, mantienen al mismo tiempo una actitud
flexible y de principios hacia los aliados externos.
En consonancia con las enseñanzas de Lenin y Stalin
y con las condiciones actuales, ellos ven en el proletariado y en su movimiento
revolucionario en los demás países, en el movimiento revolucionario
antiimperialista de los pueblos oprimidos del mundo y en los verdaderos países
socialistas, a los aliados externos, naturales y seguros, del movimiento
revolucionario de cada país.
En determinados casos pueden darse circunstancias
en que un país socialista o un pueblo que lucha contra la agresión imperialista
o socialimperialista, se encuentre en un frente común incluso con países del
mundo capitalista que luchan contra el mismo enemigo, como sucedió en el
periodo de la Segunda Guerra Mundial.
En tales ocasiones, es de primordial importancia
tener siempre en cuenta los intereses de la revolución, no olvidados,
eclipsados ni sacrificados en nombre de un frente común o de una alianza con
estos aliados provisionales, y que este frente o esta alianza no se convierta
en un objetivo en sí. Especialmente es importante impedir que estos aliados
intervengan para sabotear la revolución y arrebatarle la victoria. La
experiencia del Partido Comunista de Albania respecto a la actitud hacia los
aliados norteamericanos e ingleses en los años de la Lucha Antifascista de
Liberación Nacional es significativa. Esta actitud fue salvadora para los
destinos de la causa de la revolución en Albania.[34]
La estrategia revolucionaria es inseparable de las
tácticas revolucionarias que aplican los partidos marxista-leninistas a fin de
realizar el objetivo y las tareas de la revolución. Las tácticas, formando parte de la estrategia y
estando a su servicio, pueden cambiar de acuerdo con los flujos y reflujos de
la revolución, con las circunstancias y las condiciones concretas, pero siempre
dentro de los límites de la estrategia revolucionaria y de los principios
marxista-leninistas.
«La tarea de la dirección táctica - dice J. Stalin - es dominar todas
las formas de lucha y de organización del proletariado y asegurar su justo
aprovechamiento, para el logro del máximo de resultados en una correlación de
fuerzas dada, cosa que es necesaria indispensablemente para preparar el éxito
estratégico.»[35]
Los auténticos partidos marxista-leninistas, al
adoptar tácticas y formas de lucha ágiles para llevar adelante la causa de la
revolución, en todo momento se atienen con fidelidad a los principios
revolucionarios. Rechazan y combaten toda tendencia a abandonar los principios
en aras de las tácticas, son los más resueltos adversarios de toda política
carente de principios, coyuntural y pragmática, que caracteriza toda la
actividad de los revisionistas de todas las corrientes.
La revolución siempre es obra de las masas,
dirigidas por la vanguardia revolucionaria. Por eso el partido
marxista-leninista no puede dejar de prestar una gran atención a la
organización revolucionaria de las masas en forma adecuada, partiendo de las condiciones
y las circunstancias concretas, de las tradiciones que existen en cada país,
etc. Sin lazos organizados del partido con las masas es inimaginable el
levantamiento, la preparación y la movilización de las mismas en la lucha
revolucionaria.
Justamente por esta razón el partido
marxista-leninista dedica mucha importancia a la creación de organizaciones de
masas, bajo su dirección. Como es natural, éste no es un problema de fácil
solución, sobre todo en la actualidad cuando en todos los países capitalistas y
revisionistas existen toda suerte de organizaciones sindicales,
cooperativistas, culturales, científicas, juveniles, femeninas, etc., cuya
mayoría se encuentra bajo la dirección y la influencia de la burguesía, de los
revisionistas y de la iglesia.
Pero, como nos enseña Lenin, los comunistas deben
penetrar y trabajar en todas partes donde estén las masas. Por eso no pueden
dejar de trabajar en las organizaciones de masas controladas o influenciadas
por la burguesía, la socialdemocracia, los revisionistas, etc. Los
marxista-leninistas trabajan en ellas para socavar la influencia y la dirección
de los partidos burgueses y reformistas, para propagar entre las masas la
influencia del partido revolucionario de la clase obrera, para denunciar el
carácter mistificador de los programas y de la actividad de los cabecillas de
estas organizaciones, para dar a la acción de las masas un carácter político
anticapitalista, antiimperialista, antirrevisionista. Mediante el trabajo
revolucionario que despliegan en las filas de las masas, pueden formarse
asimismo fracciones revolucionarias en el seno de estas organizaciones, e
incluso puede darse la posibilidad de apoderarse de la dirección de estas
organizaciones y orientarlas en el justo camino.
Pero, en cualquiera de los casos, el partido
marxista-leninista nunca renuncia a su objetivo de levantar organizaciones
revolucionarias de masas, bajo su propia dirección.
Las organizaciones de masas más importantes son los
sindicatos o las tradeuniones. En
general, hoy estas organizaciones en los países capitalistas y revisionistas
sirven a la burguesía, al revisionismo, para mantener subyugados al
proletariado y a todas las masas trabajadoras. Engels en su época decía que las
tradeuniones en Inglaterra, se habían transformado de organizaciones que
infundían terror a la burguesía, en organizaciones que servían al capital. Las
organizaciones sindicales han atado al obrero con mil hilos, con miles de
grillos esclavizadores, de manera que el obrero aislado, cuando se levante, sea
fácilmente aplastado. Los dirigentes oportunistas de los sindicatos trabajan
para que las revueltas de los obreros, de una o más empresas, que se lanzan a
las huelgas y las manifestaciones, estén sujetas a su control y tomen
únicamente un carácter económico. En este sentido, la aristocracia obrera se
entrega a las más diversas manipulaciones. En los países capitalistas esta
aristocracia desempeña un gran papel de corrosión, de coerción y mistificación,
y hace tiempo que se ha convertido en bombero de la revolución.
Hoy, en todos los países capitalistas, los
principales partidos burgueses y revisionistas tienen sus propios sindicatos.
Ahora estos sindicatos actúan unitariamente y han establecido una estrecha
colaboración para frenar el movimiento revolucionario del proletariado, para
corromper política y moralmente a la clase obrera.
En Francia e Italia, por ejemplo, los sindicatos de
los partidos revisionistas son grandes y poderosos. Pero ¿a qué se dedican?
Tratan de mantener subyugado al proletariado, de adormecerlo y, cuando se
subleva y se desata, llevado a la mesa de las conversaciones con la patronal y
taparle la boca con alguna migaja muy insignificante procedente de las
superganancias capitalistas. Y lo que le dan, vuelven a quitárselo a través del
alza de los precios.
Por eso, para que el proletariado de cada país se
libere del capitalismo es indispensable que se quite de encima el yugo de los
sindicatos dominados por la burguesía y los oportunistas, así como el de
cualquier organización o partido socialdemócrata o revisionista. Todos estos
organismos secundan a la patronal en diversas formas, e intentan hacer creer
que «constituyen una gran fuerza», que «son un freno», que «pueden imponerse a
los grandes capitalistas» supuestamente en favor del proletariado. Esto no es otra
cosa que una gran mentira. El proletariado debe destruir estos organismos. Pero
¿cómo? Combatiendo a la dirección de estos sindicatos, levantándose contra sus
traicioneros vínculos con la burguesía, rompiendo la «tranquilidad», la «paz
social» que intentan establecer, «paz» que es disimulada con las supuestas
revueltas periódicas de los sindicatos contra la patronal.
Estos sindicatos pueden ser destruidos también
penetrando en su seno, para combatirlos y socavados, para oponerse a sus
decisiones y actos injustos. Esta actividad debe abarcar a grandes y poderosos
grupos de obreros en las fábricas. En todo caso es necesario tender al logro de
una unidad férrea del proletariado en la lucha no sólo contra la patronal, sino
también contra sus agentes, los cabecillas sindicales. La enérgica denuncia de
todos los elementos traidores que están a la cabeza de los sindicatos y del
aburguesamiento de la dirección sindical y de los sindicatos reformistas en
general, libera a los obreros de muchas ilusiones que abrigan todavía sobre
esta dirección y estos sindicatos.
Los marxista-leninistas, al penetrar en los
sindicatos existentes; jamás se deslizan hacia las posiciones tradeunionistas,
reformistas, anarcosindicalistas, revisionistas, que caracterizan a la
dirección de estos sindicatos. Jamás se asocian con los revisionistas y los
otros partidos oportunistas y burgueses en la dirección de los sindicatos. Su
objetivo es denunciar el carácter burgués y el papel reaccionario de los
actuales sindicatos de los países capitalistas y revisionistas en general,
minar estas organizaciones para permitir la creación de verdaderos sindicatos
proletarios.
La organización de las masas juveniles tiene una
importancia especial para los partidos marxista-leninistas. El papel de la juventud en los movimientos
revolucionarios siempre ha sido importante. Por su propia naturaleza, la
juventud está por lo nuevo y contra lo caduco, y se muestra dispuesta a
combatir por el triunfo de todo lo que sea progresista, revolucionario. Pero
por si sola no está en condiciones de encontrar el camino justo. Únicamente el
partido de la clase obrera puede indicarle este camino. Cuando las inagotables
energías revolucionarias de la juventud se unen a las energías de la clase
obrera y de las masas trabajadoras para acabar con la opresión y la
explotación, para lograr la liberación nacional y social, no hay fuerza capaz
de impedir el triunfo de la revolución.
Pero hoy día la mayoría de la juventud en los
países capitalistas y revisionistas malgasta sus energías siguiendo un camino
equivocado, es engañada por la burguesía y el revisionismo, y a menudo pasa al
aventurerismo y al anarquismo, o cae en la utopía y la desesperación, puesto
que está desorientada y aturdida, y ve sombrío su futuro y la perspectiva de la
satisfacción de sus reivindicaciones políticas, materiales y espirituales.
Los marxista-leninistas en todo momento dedican una
gran atención a la juventud, se esfuerzan por esclarecerla y convencerla de que
sólo por el camino que le indica el marxismo-leninismo y bajo la dirección de
la clase obrera y de su partido pueden hacerse realidad sus aspiraciones y
anhelos. Trabajan para apartar a la juventud de la influencia de la burguesía y
de los revisionistas, de los movimientos «izquierdistas», trotskistas,
anarquistas y arrastrarla a las organizaciones revolucionarias, para atraerla
al sendero de la revolución.
El auténtico partido marxista-leninista y los
comunistas revolucionarios participan activamente en las huelgas y las
manifestaciones de los obreros y luchan por convertirlas en huelgas y
manifestaciones políticas, a fin de hacer imposible la vida al capitalismo, a
la patronal, a los cártels, a los monopolios y a los cabecillas sindicales. En
el curso de esta vasta actividad, el proletariado se enfrentará de forma cada
vez más frecuente y abierta con las fuerzas armadas del régimen burgués, y a
través de los enfrentamientos aprenderá a combatir mejor. En el curso de la
lucha encontrará las posibles formas de organización y de lucha revolucionaria
justas y apropiadas. «A nadar se aprende nadando», dice una sentencia popular.
Si no se lucha a través de huelgas, manifestaciones, si no se participa en
acciones contra el capitalismo en general, no puede organizarse ni
intensificarse la lucha para conquistar la victoria final, no puede ser
derrocado el régimen burgués.
La revolución no se prepara con palabrería, como
hacen los diversos revisionistas, o teorizando sobre los «tres mundos», como
hacen los revisionistas chinos. No triunfa por la vía pacifica. Lenin ha
hablado sobre esta posibilidad en casos particulares, pero siempre ha hecho
hincapié principalmente en la violencia revolucionaria, porque la burguesía
jamás entrega voluntariamente el poder. La historia del movimiento
obrero y comunista internacional, del desarrollo de las revoluciones y de las
victorias de la clase obrera en una serie de países que fueron socialistas, y
en nuestro país socialista, demuestra que hasta el presente las revoluciones
sólo han triunfado a través de la insurrección armada.
La insurrección armada revolucionaria no tiene nada
en común con los putschs militares. La primera tiene por objetivo lograr
cambios políticos radicales; destruir el viejo régimen desde sus cimientos. Los
segundos no conducen ni pueden conducir al derrocamiento del régimen de
opresión y explotación o a la liquidación de la dominación imperialista. La
insurrección armada se basa en el apoyo de las amplias masas populares,
mientras que el putsch es expresión de la desconfianza en las masas, de la
separación de ellas. Las tendencias putschistas en la política y en la
actividad de un partido que se hace llamar partido de la clase obrera
constituyen una desviación del marxismoleninismo.
De acuerdo con las condiciones concretas de un país
y con la situación en general, la insurrección armada puede ser un estallido
repentino o un proceso revolucionario más largo, pero no sin fin y sin
perspectiva, como preconiza la «teoría de la guerra popular prolongada» de Mao
Tse-tung. Si se hace una confrontación entre las enseñanzas de Marx, Engels,
Lenin y Stalin sobre la insurrección armada revolucionaria y la teoría de Mao
sobre la «guerra popular», aparece claramente el carácter antimarxista, antileninista,
anticientífico de esta teoría. Las enseñanzas marxista-leninistas sobre la
insurrección armada se basan en la estrecha concatenación de la lucha en la
ciudad y en el campo bajo la dirección de la clase obrera y de su partido
revolucionario.
Oponiéndose al papel dirigente del proletariado en
la revolución, la teoría maoista considera el campo como la única base de la
insurrección armada y descuida la lucha armada de las masas trabajadoras en las
ciudades. Preconiza que el campo debe mantener asediada a la ciudad, que es
considerada como el reducto de la burguesía contrarrevolucionarla. Esto es una
expresión de desconfianza en la clase obrera, es una negación de su papel
hegemónico.
Ateniéndose sin vacilar a las enseñanzas del
marxismo-leninismo sobre la revolución violenta como ley general, el partido
revolucionario de la clase obrera es resuelto adversario del aventurerismo y
jamás juega con la insurrección armada. Desarrolla sin cesar, en todas las
condiciones y circunstancias, diversas formas de lucha y actividad
revolucionarias a fin de prepararse a sí mismo y preparar a las masas para las
batallas decisivas en la revolución, para poner fin a la dominación de la
burguesía mediante la violencia revolucionaria. Pero, sólo cuando la situación
revolucionaria está por completo madura, pone directamente la insurrección
armada al orden del día y adopta todas las medidas políticas, ideológicas,
organizativas y militares para llevarla a la victoria.
Un poderoso medio en manos del partido
marxista-leninista para preparar a las masas para la revolución, es la
propaganda, que debe ser activa, clara y convincente. La propaganda revolucionaria no tiene valor
si se limita únicamente a la fraseología. Sólo una propaganda incisiva,
correctamente relacionada con los problemas de la vida, con los problemas
generales y con las cuestiones locales, una propaganda que ayude a crear en las
amplias masas un espíritu de iniciativa, puede educar política e ideológicamente
al proletariado y a las masas trabajadoras, lanzarlas a la acción, prepararlas
para la revolución.
La burguesía capitalista en todos los países,
además de manejar una gran fuerza como el ejército, la policía, etc., posee
asimismo una vasta experiencia en la lucha contra el proletariado y su
actividad. Cuenta igualmente con toda una red de propaganda, la prensa, la
radio, la televisión, la cinematografía, el teatro, la música, etc. Todos estos
medios de propaganda son tan corruptores, que son susceptibles de desorientar,
viciar y debilitar durante cierto tiempo los esfuerzos del proletariado y su
lucha de liberación.
En los estados de llamada democracia burguesa,
donde existe una cierta «libertad democrática», no es suficiente desarrollar
sólo una propaganda periodística corriente contra el capitalismo en general.
Los órganos de prensa de los diversos partidos burgueses y revisionistas hablan
sin orden ni concierto, naturalmente no en contra del régimen burgués, sino en
contra de personas en particular, en contra de aquellos que pretenden reducir
la tajada de los demás en la gran mesa, a la que se han sentado y en la que
comen a expensas del pueblo.
La propaganda, sobre todo la prensa de los partidos
marxista-leninistas recién creados, tiene una importantísima tarea:
desenmascarar la falsedad de la «democracia» burguesa, denunciar todas sus
maquinaciones, y también la demagogia de los revisionistas y de los demás
lacayos del capital. La propaganda y la prensa marxista-leninista muestran la
verdad al desnudo, indican que el camino de la liberación social y nacional
pasa a través de la revolución, mientras que la propaganda y la prensa burguesa
y revisionista embaucan, adormecen, desorientan a las masas para apartarlas de
la revolución, meterlas en un callejón sin salida, mantenerlas esclavizadas.
Pero para esclarecer a las masas, para convencerlas
de la justeza de la línea política del partido de la clase obrera, para
prepararlas para la revolución, la propaganda por si sola no es suficiente.
Lenin dice que para preparar la revolución,
«...se precisa la propia experiencia política de
las masas»[36]
La propaganda misma es eficaz y hace mella cuando
es acompañada de la acción revolucionaria. Sin acción, el pensamiento se marchita. Esta actividad no es ni debe ser
una aventura, sino una lucha dura, un choque encarnizado con los enemigos de
clase, que pasa de una forma sencilla a una forma superior, que vence
innumerables dificultades y acepta todos los sacrificios que requiere la
revolución.
Los auténticos partidos marxista-leninistas están a
la vanguardia y no a la zaga de la acción revolucionaria. Las posibilidades
momentáneamente escasas de su lucha y sus esfuerzos, con los cuales se oponen y
deben oponerse a la gran fuerza de la reacción capitalista, no los desalientan.
Enseñan a sus miembros a ser osados y a no perder de vista que su acción justa,
ponderada, madura, resuelta, tiene hondas repercusiones en las masas que les
ven actuar y les escuchan. Cuando se obra así, las masas comprenden que el
objetivo de esta o aquella acción revolucionaría va en interés del proletariado
y de los explotados. El valor y la madurez en las acciones tienen una gran
importancia, porque de este modo, palmo a palmo, se gana terreno y se avanza en
el ascenso de la marejada de la revolución. La acción revolucionaria liga a los
partidos de la clase obrera con las masas, los pone a su cabeza, los hace
vencedores sobre los partidos reformistas, revisionistas.
«Cada paso de movimiento real -decía Marx- vale más que una docena
de programas.»[37]
En los países capitalistas, además de las fuerzas
revolucionarias que están dirigidas por el partido marxista-leninista, hay
otras fuerzas que luchan y se enfrentan con la policía, la gendarmería, etc.
Muchas acciones y enfrentamientos de estas otras fuerzas tienen un carácter
terrorista, aventurerista, anarquista, se presentan con toda clase de colores y
etiquetas y están guiadas por diversas ideologías. Estas acciones a menudo son
organizadas a instigación de los servicios secretos de los países capitalistas,
son financiadas por ellos, y tienen por objeto, entre otras cosas, desacreditar
a los partidos marxista-leninistas, atribuyéndoles tales acciones. Los
elementos fascistas o los agentes secretos de la burguesía que organizan y
dirigen frecuentemente estas acciones, se esfuerzan por sacar partida del
descontento, la indignación y el coraje del proletariado, de los estudiantes,
de la juventud en general, a fin de lanzar a los grupos y los diversos
movimientos que forman estas masas a acciones que, además de no tener nada en
común con los movimientos revolucionarios reales, ponen en peligro estos
movimientos, crean la impresión de que el proletariado está en degradación, de
que se ha transformado en lumpenproletariado.
Los partidos marxista-leninistas, dedicando la
debida atención a esta cuestión, deben, de una parte, hacer que las masas se
convenzan por su propia experiencia de que las acciones revolucionarias tienen
un carácter totalmente diferente de los actos terroristas y anarquistas y, de
otra parte, luchar para separar de las filas de los grupos terroristas y
anarquistas a los elementos revolucionarios que han caído en su trampa, para
separados de los fascistas y los agentes secretos de la burguesía infiltrados
en dichos grupos.
Los partidos marxista-leninistas son partidos de la
revolución. En oposición a las teorías y las prácticas de los partidos
revisionistas, que se han hundido de pies a cabeza en el legalismo burgués y en
el «cretinismo parlamentario», no reducen su lucha al trabajo meramente legal
ni tampoco ven éste como su actividad principal. En el marco de los esfuerzos
por dominar todas las formas de la lucha, dedican particular importancia
a la combinación del trabajo legal con el ilegal, dando primacía a este
ultimo, por ser decisivo para el derrocamiento de la burguesía y por ser
una verdadera garantía para alcanzar la victoria.[38] Educan y enseñan a sus cuadros, a sus
militantes y a sus simpatizantes para que sepan obrar con inteligencia,
habilidad y valentía tanto en condiciones legales como ilegales. Pero también
cuando actúan en las condiciones de la profunda clandestinidad, esforzándose
por no exponer sus fuerzas ante el enemigo y proteger la organización
revolucionaria de sus golpes, los partidos marxista-leninistas no se encierran
en sí mismos, no debilitan ni rompen sus lazos con las masas, en ningún momento
cesan su actividad viva entre las masas ni dejan de aprovechar en favor de la
causa de la revolución todas las posibilidades legales que permiten las
condiciones y circunstancias.
El partido marxista-leninista, despojado de
cualquier ilusión acerca de la toma del poder a través de la vía parlamentaria,
puede juzgar y considerar oportuno participar, en algunos casos particulares y
favorables, también en actividades legales, como las elecciones municipales,
parlamentarias, etc., con el único objetivo de propagar su línea entre las
masas y desenmascarar el régimen político burgués. Pero el partido no convierte
esta participación en línea general de su lucha, como hacen los revisionistas,
no convierte estas formas en principales o, lo que es peor, en únicas formas de
lucha.
A la hora de explotar las posibilidades legales, el
partido busca, encuentra y utiliza formas y métodos de Carácter revolucionario,
desde los más simples hasta los más complejos, sin medir sacrificios, haciendo
esfuerzos para que estas formas y métodos sean lo más populares, lo más
accesibles a las masas.
En su actividad, los marxista-leninistas, no se
preocupan en absoluto de que, con sus acciones revolucionarias, pisotean y
violan la constitución, las leyes, las reglas, las normas, el régimen burgués.
Luchan para minar este régimen, para preparar la revolución. Por eso, el
partido marxistaleninista se prepara y prepara a las masas para hacer frente a
los golpes, que la burguesía puede dar en respuesta a las acciones
revolucionarias del proletariado y de las masas populares.
En las condiciones actuales del desarrollo del
movimiento revolucionario y de liberación, en tanto que un proceso complejo y
con una base social amplia, en el cual participan muchas fuerzas de clase y
políticas, el partido revolucionario del proletariado se enfrenta a menudo al
problema de la colaboración y de los frentes comunes con otros partidos y
organizaciones políticas en esta o aquella fase de la revolución, para estos o
aquellos asuntos, de interés común. En relación con este problema, la justa posición
de principios y al mismo tiempo ágil, lejos de todo oportunismo y sectarismo,
es de trascendental importancia para ganar, preparar y movilizar a las masas en
la revolución y en la lucha de liberación. El partido marxista-leninista no es
ni puede ser en principio adversario de la colaboración o de los frentes
comunes con otros partidos y fuerzas políticas, cuando lo exigen los intereses
de la causa de la revolución y lo imponen las situaciones. Pero jamás ve esto
como una coalición de cabecillas y como un fin en sí, sino como un medio para
unir a las masas y lanzarlas a la lucha. Es importante que en tales frentes
comunes el partido proletario no pierda de vista en ningún momento los
intereses de clase del proletariado, la meta final de su lucha, que no se
diluya en el frente, sino que conserve en él su individualidad ideológica y su
independencia política, organizativa y militar, y luche para asegurar en el
frente su papel dirigente y aplicar en él una política revolucionaria.
A fin de que el partido marxista-leninista pueda
elaborar y aplicar una estrategia y una táctica revolucionarias, una línea
política acertada, sepa orientarse correctamente en las situaciones difíciles,
sea capaz de enfrentar a los enemigos y superar los obstáculos, es
indispensable que desarrolle un grande y amplio trabajo para estudiar y
asimilar la teoría marxista-leninista.
Una de las razones de que los antiguos partidos
comunistas de los países capitalistas se convirtieran en partidos revisionistas
es precisamente el haber descuidado por completo el estudio y la asimilación
del marxismo-leninismo. La doctrina marxista-leninista sólo era utilizada como
lustre, se había convertido en palabras vacías, en slogans, no había penetrado
profundamente en la conciencia de los miembros del partido, no se había
convertido en sangre y carne suya, no se había hecho un arma para la acción. Si
se hacía alguna pequeña cosa respecto al estudio del marxismo-leninismo, tendía
únicamente a dar a conocer al miembro del partido algunas fórmulas áridas, sólo
para que pudiera decir que se llamaba comunista, para que amara el comunismo de
manera sentimental, pero de cómo se llegaría hasta ahí, no sabía nada, porque
no se lo hablan enseñado.
Los dirigentes de aquellos partidos, que tenían
solamente palabras y nada en las alforjas, vivían en un ambiente burgués y
contaminaban al proletariado de sus países con ideas liberales y reformistas.
De este modo, el viraje de los partidos
revisionistas hacia la burguesía es una evolución socialdemócrata, oportunista,
preparada desde hace tiempo por sus líderes socialdemócratas, por la
aristocracia obrera que dirigía estos partidos llamados comunistas.
Los partidos marxista-leninistas no pueden dejar de
tener en cuenta esta experiencia negativa, a fin de sacar de ella enseñanzas
para organizar el estudio y la asimilación del marxismo-leninismo sobre bases
sólidas, ligando siempre este estudio a la acción revolucionaria.
En la preparación de la revolución, la unidad y la
colaboración de los partidos marxistaleninistas de los diversos países sobre la
base de los principios del internacionalismo proletario, tiene una importancia
particular.
Esta unidad se reforzará y esta colaboración se
ampliará en lucha contra el imperialismo y el socialimperialismo, contra la
burguesía y el revisionismo moderno de toda laya, jruschovista, titista,
«eurocomunista», chino, etc.
Los revisionistas, en tanto que enemigos de la
revolución, combaten con todas sus fuerzas y por todos los medios el
internacionalismo proletario, para arrebatar al proletariado mundial en general
y al proletariado de cada país en particular, esta poderosa arma en su lucha
contra la burguesía y el imperialismo.
Los partidos marxista-leninistas tienen el deber de
desenmascarar las maniobras tanto de los revisionistas titistas y
«eurocomunistas» que hoy califican el internacionalismo proletario de anticuado
y superado, como de los revisionistas soviéticos y de los revisionistas chinos,
que lo han deformado y se esfuerzan por utilizarlo como arma para conseguir sus
fines hegemonistas, socialimperialistas.
El Partido Comunista de China, que no sigue los
principios del internacionalismo proletario ni apoya las luchas revolucionarias
y de liberación de los pueblos, ha tomado el camino de acercarse y entablar
amistad con los partidos socialdemócratas y burgueses, incluso con los más
derechistas y reaccionarios. Simultáneamente trata de crear diversos grupos
dependientes y dirigidos por él mismo. Necesita de tales agrupaciones para
sabotear precisamente a los auténticos partidos marxistaleninistas y a los elementos
progresistas, que se han dedicado al trabajo para despertar al pueblo, para
lanzarlo a la revolución contra las camarillas dominantes, las cuales están
ligadas a las superpotencias.
Los pequeños grupos que se hacen llamar partidos y
que siguen la línea china, como oportunistas que son, no hacen otra cosa que
defender y propagar las teorías revisionistas del grupo de Jua Kuofeng y de
Teng Siao-ping, así como sus actos contrarrevolucionarios. Estos grupos carecen
de toda personalidad y de resolución para luchar siguiendo la teoría
marxista-leninista.
Según la consigna principal de estos partidos, que
también es el slogan básico de la política china, en la situación actual el
proletariado tiene como tarea fundamental y única la salvaguardia de la
independencia nacional, amenazada supuestamente sólo por el socialimperialismo
soviético. Repiten casi al pie de la letra las consignas de los cabecillas de
la II Internacional, los cuales abandonaron la causa de la revolución
sustituyéndola con la tesis de la defensa de la patria capitalista. Lenin ha
desenmascarado esta consigna falsa y antimarxista, que no sirve para defender
la verdadera independencia, sino que fomenta las guerras interimperialistas. Ha
definido claramente cuál debe ser la actitud del auténtico revolucionario en
los conflictos entre las agrupaciones imperialistas. Él ha escrito:
«Si se trata de una guerra imperialista y
reaccionaria, es decir, de una guerra entre dos grupos mundiales de la
burguesía reaccionaria imperialista, despótica y expoliadora, toda burguesía
(incluso la de un pequeño país) se hace cómplice de la rapiña, y yo,
representante del proleta riado revolucionario, tengo el deber de
preparar la revolución proletaria mundial como única salvación
de los horrores de una carnicería mundial...
Esto es internacionalismo, este es el deber del
internacionalista, del obrero revolucionario, del verdadero socialista.»[39]
Los partidos de la línea china se han convertido en
apologistas del incremento y el fortalecimiento de los ejércitos burgueses,
justificando esto con la supuesta necesidad de proteger la independencia.
Llaman a los trabajadores a ser dóciles soldados, y, junto con la burguesía,
combaten a todos aquellos que luchan por debilitar esta arma principal de la
dominación y la explotación capitalistas. En una palabra, quieren que el
proletariado y las masas trabajadoras sean carne de cañón en las guerras de rapiña
que preparan el imperialismo y el socialimperialismo.
Al mismo tiempo, estos apéndices de los chinos se
han hecho ardientes defensores de las instituciones estatales capitalistas
burguesas, especialmente de la OTAN, el Mercado Común Europeo, etc.,
considerándolos factores principales en la «defensa de la independencia».
Ellos, al igual que los dirigentes chinos, blanquean y lustran estos puntales
de la dominación y la expansión capitalistas. Ayudan precisamente a los
organismos que, en realidad, han afectado gravemente a la independencia y a la
soberanía de sus propios países.
La alianza con la gran burguesía, la defensa del
ejército burgués, el apoyo a la OTAN, al Mercado Común Europeo, etc.,
constituyen para estos seudo marxistas un camino sin preocupaciones, puesto que
no sólo no les conduce a enfrentarse con la burguesía, sino que les asegura sus
favores.
Estas posiciones de estos elementos sin porvenir,
contaminados por el espíritu de grupo, les conducen a unificarse con los
partidos del «eurocomunismo» y de la burguesía, y esto ocurrirá, porque la
propia China llama al proletariado a unirse con la burguesía. Entre estos seudo
marxistaleninistas y Marchais ya no existe ninguna diferencia.
Los marxista-leninistas deben guardarse mucho de
las frases que utilizan los revisionistas modernos, los socialdemócratas y los
seudo marxista-leninistas acerca del internacionalismo proletario, de la unión
de los proletarios para defender la paz, y otras patrañas por el estilo. El
internacionalismo proletario es verdadero cuando la gente trabaja con
abnegación por favorecer y desarrollar las acciones revolucionarias, por crear
una verdadera situación de lucha revolucionaria, en primer lugar en su propio
país. Al mismo tiempo, como dice Lenin, ellos deben apoyar con propaganda, con
ayuda moral y material esta lucha, esta línea en todos los países, sin
excepción. Todo lo demás, como nos enseña él, es mentira y maniovismo.
Por eso debemos tener mucho cuidado con tales
elementos seudo marxistas, seudo revolucionarios, seudo internacionalistas,
sean individuos particulares o pequeños grupos de personas, o partidos que se
hacen llamar marxista-leninistas, pero que de hecho no lo son, son social
chovinistas, centristas o pequeñoburgueses. Todos estos partidos que juran
estar por el internacionalismo proletario, por la defensa de la paz, por
reformas, etc., sirven al capital.
También los revisionistas chinos hablan de vez en
cuando sobre el internacionalismo proletario, pero están en posiciones
nacionalistas y chovinistas. Los dirigentes chinos son de los que se dan golpes
de pecho y juran «por dios» que están por el internacionalismo proletario, por
la paz, en pro de las luchas del proletariado y de sus reivindicaciones, pero
en la práctica se cruzan de brazos y no sueltan más que frases fraudulentas
para provocar la escisión de las fuerzas revolucionarias.
La importante tarea que se plantea a los partidos
marxista-leninistas es la de fortalecer el internacionalismo proletario, que
debe desarrollarse entre todos los partidos, sean grandes o pequeños, antiguos
o recién creados. Todos ellos deben fortalecer la unidad entre sí y coordinar
las acciones políticas, ideológicas y de combate.
Acentuando esta importante línea, que es una tarea
primordial de los partidos marxista-leninistas para atacar frontalmente al
capitalismo mundial, su política esclavizadora, así como sus intrigas, sus
maldades y sus alianzas con el revisionismo moderno: soviético, titista, chino,
italiano, francés, español y otros, estos partidos crearán un poderoso frente
que se hará cada día más invencible. Si actúan unitariamente y atacan todos, a
la vez, a las fuerzas de la reacción, si denuncian todas las intrigas que el
capitalismo y el revisionismo moderno urden de diversas maneras para sofocar la
revolución y la lucha de clases, su victoria será segura.
Nosotros, los marxista-leninistas, debemos luchar y
llamar a los obreros, dondequiera que estén, a ponerse en pie contra sus
enemigos seculares y romper las cadenas, hacer la revolución y no someterse a
los monopolios y a los capitalistas, contrariamente a lo que predican los
revisionistas modernos. La tarea de los marxista-leninistas, de los verdaderos
revolucionarios, es llamar a los proletarios y a los pueblos a levantarse por
el mundo nuevo, por su mundo, por el mundo socialista.
___________________
[1] Véase: Enver Hoxha. Los Jruschovistas (Memorias), Casa
Editora «8 Nëntori», Tirana, 1984, segunda edición en español.
[2] J. V. Stalin. Obras, t. XII, págs. 242-243, ed. en
albanés.
[3] Ver: Enver Hoxha, Eurocomunismo es anticomunismo.
[4] C. Marx y F. Engels. Manifiesto del Partido Comunista, pág.
13, Tirana, 1974, ed. en albanés.
[5] V. I. Lenin. Obras, t. XXII, pág. 237, ed. en
albanés.
[6] Ibidem, pág. 241.
[7] Los datos han sido extraídos de Monthly Bulletin of
Statistics, United Nations, 1977; del Statistical Yearbook, 1976; de la
revista norteamericana Fortune, 1976, etc.
[8] V. I. Lenin. Obras, t. XXII, pág. 247, ed. en albanés.
[9] V. I. Lenin, Obras, t. XXII, pág. 273, ed. en albanés.
[10] V. I. Lenin. Obras, t. XXIII, pág. 124, ed. en
albanés.
[11] Revista norteamericana Survey of
Business, pág. 44, agosto, 1976.
[12] V. I. Lenin. Obras, t. XXII, págs. 308-309, ed. en
albanés.
[13] Anuario Estadístico de la RF de Alemania, 1977.
[14] V. I. Lenin. Obras, t. XXXI, pág. 159, ed. en albanés.
[15] V. I. Lenin. Obras, t. XXIII, pág. 122, ed. en
albanés.
[16] V. I. Lenin. Obras. t. XXII, pág. 367, ed. en albanés.
[17] V. I. Lenin. Obras, t. XXII, pág. 347, ed. en albanés.
[18] V. I. Lenin. Obras, t. XXII, pág. 328, ed. en albanés.
[19] J. V. Stalin. Problemas económicos del socialismo en la
URSS, Tirana, 1974, pág. 45, ed. en albanés.
[20] V. I. Lenin. Obras, t. XXI, págs. 145-146, ed. en
albanés.
[21] V. I. Lenin. Obras, t. XXII, págs. 3 59-360, ed.
en albanés.
[22] V. I. Lenin. Obras, t. XXI, pág. 223, ed. en
albanés.
[23] Ibidem.
[24] V. I. Lenin. Obras, t. XXXI, pág. 83, ed. en
albanés.
[25] V. I. Lenin. Obras, t. XXI, pág. 223, ed. en
albanés.
[26] Ibidem
[27] V. I. Lenin. Obras, t. XXI, pág. 106, ed. en albanés.
[28] V. I. Lenin. Obras, t. XXXI, pág. 277, ed. en albanés.
[29] V. I. Lenin. Obras, t: XXVIII, pág. 257, en albanés.
[30] J. V. Stalin. Obras, t. VI, pág. 144, ed. en albanés.
[31] V. I. Lenin. Obras, t. XXV, pág. 577, ed. en albanés.
[32] V. I. Lenin. Obras, t. XVIII, pág. 651, ed. en
albanés.
[33] Véase: Enver Hoxha. Obras Escogidas, t. IV, Casa
Editora «8 Nëntori», Tirana; 1983, págs. 416-449, ed. en español.
[34] Véase: Enver Hoxha. Las tramas anglo-americanas en Albania
(Memorias), Casa Editora «8 Nëntori», Tirana, 1982. ed. en español.
[35] J. V. Stalin. Obras, t. VI, pág. 164, ed. en albanés.
[36] V. I. Lenin. Obras. t. XXXI, pág. 92. ed. en
albanés.
[37] C. Marx y F. Engels. Obras Escogidas, Tirana, 1975, t.
II, pág. 8. ed. en albanés.
[38] Véase: Enver Hoxba. Obras Escogidas, t. IV, Casa
Editora «8 Nëntori», Tirana, 1983, págs. 598-601, ed. en español.
[39] V. I. Lenin. Obras, t. XXVIII, págs. 324-325, ed.
en albanés.
SEGUNDA PARTE
I
LA TEORIA DE LOS «TRES MUNDOS»,
TEORIA CONTRAREVOLUCIONARIA Y CHOVINISTA
En la actualidad han aparecido abiertamente y
luchan en un vasto frente contra la teoría y la estrategia leninistas de la
revolución y de la lucha de liberación de los pueblos también los revisionistas
chinos. Tratan de contraponer a esta teoría y estrategia científicas y
gloriosas su teoría de los «tres mundos», teoría falsa, contrarrevolucionaria y
chovinista.
La teoría de los «tres mundos» está en oposición a
la teoría de Marx, Engels, Lenin y Stalin, o más exactamente, es una negación
de ésta. Lo de menos es saber quién fue el primero que inventó el término
«tercer mundo», quién fue el primero que dividió el mundo en tres partes; lo
cierto es que no fue Lenin quien hizo esta división, mientras que el Partido
Comunista de China reivindica su paternidad y afirma que la teoría de los «tres
mundos» ha sido inventada por Mao Tse-tung. Si éste es el autor que ha formulado
por primera vez esta llamada teoría, se trata de otra confirmación de que Mao
Tse-tung no es un marxista. Pero, también si esta teoría ha sido formulada por
otros y él la ha adoptado, esto es suficiente para no ser un marxista.
El concepto de los «tres mundos», negación del
marxismo-leninismo
La noción de la existencia de tres mundos o de la
división del mundo en tres se funda en una comprensión racista y metafísica del
mundo, comprensión que es engendro del capitalismo mundial y de la reacción.
Pero la tesis racista que encasilla a los países en
tres grados o en tres «mundos», no se basa simplemente en el color de la piel.
Hace una clasificación cimentada en el nivel de desarrollo económico de los
países y tiende a determinar la «raza de los grandes señores», de una parte, y
la «raza de los parias y de la plebe», de la otra; tiende a crear una división
inmutable y metafísica, que concuerda con los intereses de la burguesía
capitalista. Esta tesis considera a las distintas naciones y a los diferentes
pueblos como un rebaño de ovejas, como un todo amorfo.
Los revisionistas chinos admiten y predican que la
«raza de los señores» debe ser preservada y que la «raza de los parias y de la
plebe» debe servir sumisa y devotamente a la primera.
La dialéctica marxista-leninista nos enseña que el
desarrollo jamás tiene límites, que todo está en continua transformación. En
éste proceso ininterrumpido de desarrollo hacia el futuro, se producen cambios
cuantitativos y cualitativos. Nuestra época, al igual que cualquier otra, se
caracteriza por la existencia de profundas contradicciones, que han sido
definidas con suma claridad por Marx, Engels, Lenin y Stalin. Es la época del
imperialismo y de las revoluciones proletarias, por lo tanto, una época de grandes
cambios cuantitativos y cualitativos, que conducen a la revolución y a la toma
del poder por la clase obrera, para construir la nueva sociedad socialista.
Toda la teoría de Marx está basada en la lucha de
clases y en el materialismo dialéctico e histórico. Marx ha probado que la
sociedad capitalista es una sociedad con clases explotadoras y explotadas, que
las clases desaparecerán sólo cuando se llegue a la sociedad sin clases, al
comunismo.
Actualmente vivimos en el estadio del
derrumbamiento del imperialismo y del triunfo de las revoluciones proletarias.
Esto significa que en la sociedad capitalista de hoy existen dos clases
principales, el proletariado y la burguesía, que están en lucha irreconciliable
y a muerte. ¿Quién vencerá a quién? Marx y Lenin, la ciencia
marxista-leninista, la teoría y la práctica de la revolución, nos prueban y
convencen de que, en último término, el vencedor será el proletariado, el cual
destruirá, derrocará el poder de la burguesía, al imperialismo; a todos los
explotadores y construirá una sociedad nueva, la sociedad socialista. Nos
enseñan igualmente que también en esta sociedad nueva existirán, durante un
período de tiempo muy largo, las clases: la clase obrera y el campesinado
trabajador, que están en estrecha alianza, pero también subsistirán los
remanentes de las clases derrocadas y expropiadas. A lo largo de todo este
período, estos remanentes, así como los elementos que degeneran y se oponen a
la construcción socialista, harán esfuerzos por recuperar el poder perdido. Así
pues, también en el socialismo existirá una enconada lucha de clases.
Los marxista-leninistas jamás pierden de vista que
en todos los países, a excepción de aquellos en los cuales ha triunfado la
revolución y se ha implantado el régimen socialista, existen las clases pobres,
con el proletariado a la cabeza, y las clases ricas, encabezadas por la
burguesía.
En todo estado capitalista, dondequiera que esté
situado, aunque sea democrático y progresista, hay oprimidos y opresores,
explotados y explotadores, hay antagonismos, se libra una lucha de clases
inexorable. El que la lucha tenga distinta intensidad no cambia esta realidad.
Esta lucha pasa por zigzags, sin embargo existe y no puede ser extinguida.
Existe en todas partes; existe en los Estados Unidos de América, entre el
proletariado y la burguesía imperialista; existe asimismo en la Unión
Soviética; donde fue traicionado el marxismo-leninismo y se creó una nueva
clase burgués-capitalista, que oprime a los trabajadores de ese país. Las
clases y la lucha de clases existen también en el «segundo mundo», en Francia,
Inglaterra, Italia, Alemania Occidental, el Japón. Existen igualmente en el
«tercer mundo», en la India, el Zaire, Burundi, Pakistán, Filipinas, etc.
Sólo según la teoría de los «tres mundos» de Mao
Tse-tung, en ningún país existen las clases y la lucha de clases. No las tiene
en cuenta, porque considera los países y los pueblos según las concepciones
geopolíticas burguesas y de acuerdo con su nivel de desarrollo económico.
Considerar el mundo dividido en tres, en «primer
mundo», «segundo mundo» y «tercer mundo», como hacen los revisionistas chinos,
no a través del prisma de clase, significa desviarse de la teoría
marxista-leninista de la lucha de clases, significa negar la lucha del
proletariado contra la burguesía, para pasar de una sociedad atrasada a una
sociedad nueva; a la sociedad socialista y más tarde a la sociedad sin clases,
a la sociedad comunista. Dividir el mundo en tres, significa desconocer los
rasgos característicos de la época, impedir el avance del proletariado y de los
pueblos hacia la revolución y la liberación nacional, impedir su lucha contra
el imperialismo norteamericano, contra el socialimperialismo soviético, contra
el capital y la reacción en cada país y en todos los confines del mundo. La
teoría de los «tres mundos» predica la paz social, la reconciliación de clases,
trata de crear alianzas entre enemigos irreconciliables, entre el proletariado
y la burguesía, entre los oprimidos y los opresores, entre los pueblos y el
imperialismo. Trata de prolongar los días del mundo viejo, del mundo
capitalista, y mantenerlo vivo precisamente buscando la extinción de la lucha
de clases.
Pero la lucha de clases, la lucha del proletariado
y de sus aliados para tomar el poder y la lucha de la burguesía para
conservarlo, jamás pueden ser apagadas. Esto es un hecho incontestable; esto no
puede ser cambiado por las vanas teorizaciones sobre los «mundos» el «primer
mundo», el «segundo mundo», el «tercer mundo», el «mundo no alineado» o el
«vigésimo mundo». Aceptar tal división, quiere decir renunciar a la teoría de
Marx, Engels, Lenin y Stalin sobre las clases y la lucha de clases, y abandonarla.
Después del triunfo de la Revolución de Octubre,
Lenin y Stalin han dicho que en nuestra época existen dos mundos: el mundo socialista y el mundo capitalista, a
pesar de que en aquel entonces el socialismo había sido instaurado en un solo
país:
«...en la actualidad - escribía Lenin
en 1921- existen dos mundos: el viejo, el capitalismo, que se ha
enredado, que nunca retrocederá, y el nuevo mundo en ascenso que, aunque
todavía muy débil, crece porque es invencible».[1]
Este criterio de clase sobre la división del mundo
es válido también hoy, independientemente de que el socialismo no haya
triunfado en muchos países y de que la sociedad nueva no haya reemplazado a la
vieja sociedad burgués-capitalista. Pero ineluctablemente esto se producirá
mañana.
El hecho de que en la Unión Soviética y en los
otros países ex socialistas fuese traicionado el socialismo, no cambia en lo
más mínimo el criterio leninista sobre la división del mundo. Hoy, al igual que
ayer, sólo existen dos mundos, y la lucha entre estos dos mundos, entre las dos
clases antagónicas, entre el socialismo y el capitalismo, tiene lugar no sólo a
escala nacional, sino también internacional.
Los revisionistas chinos no admiten la existencia
del mundo socialista so pretexto de que ya no existe el campo socialista,
debido a la traición de la Unión Soviética y los otros países ex socialistas.
Intencionadamente ignoran que la aparición del revisionismo moderno no modifica
en lo más mínimo la tendencia general de la historia hacia la revolución, hacia
el derrumbamiento del imperialismo, aunque el capitalismo siga existiendo
todavía. Al mismo tiempo desconocen la existencia, el desarrollo y el triunfo
de las ideas inmortales del marxismo-leninismo, la existencia de los partidos
marxista-leninistas, la existencia de Albania socialista, la existencia de los
pueblos que luchan por su libertad, por su independencia y soberanía nacional,
la existencia y la lucha del proletariado mundial.
La Comuna de París no triunfó, fue aplastada, pero
dio al proletariado mundial un gran ejemplo. Marx ha dicho que esta experiencia
confirmó la debilidad temporal del proletariado francés, pero preparó al
proletariado de todos los países para la revolución mundial y dio una gran
lección mostrando cuáles son las condiciones que se precisan para conquistar la
victoria. Marx elevó a teoría esta importante experiencia de los comuneros «que
asaltaron el cielo» y enseñó al proletariado que debe hacer uso de su violencia
revolucionaria para romper el aparato del estado burgués y su dictadura.
Los revisionistas modernos son unos cobardes.
Piensan que hoy las fuerzas contrarrevolucionarias son muy poderosas. Pero esto
no es en absoluto verdad. Son más débiles que los pueblos. Estos, con el
proletariado a la cabeza, son más fuertes. Ellos aplastarán a las fuerzas
contrarrevolucionarias, a las fuerzas de la reacción, del imperialismo y del
socialimperialismo. Esta es una concepción fundada en el análisis de clase del
mundo. Cualquier otra concepción es errónea, independientemente de que los revisionistas
disfracen su actividad y su miedo con frases revolucionarias.
Cuando los marxista-leninistas decimos que existen
dos y no tres o cinco mundos, estamos en el justo camino y, sobre la base del
marxismo-leninismo, debemos edificar nuestra lucha contra la burguesía
capitalista, contra el imperialismo norteamericano y el socialimperialismo
soviético, contra los otros imperialismos. Esta lucha debe llevar a la
destrucción del mundo viejo burgués-capitalista y a la instauración de un nuevo
orden, del orden socialista.
El proletariado es la fuerza motriz social de
nuestra época. Lenin ha puntualizado que la fuerza motriz que lleva adelante la
historia está representada por la
clase que se sitúa
«...en el centro de tal o cual época, y
determina su contenido fundamental, la tendencia principal de su desarrollo,
las particularidades esenciales de su situación histórica, etc.».[2]
Mientras que los revisionistas chinos, oponiéndose
a esta tesis de Lenin, se afanan en presentar el «tercer mundo» como la «gran
fuerza motriz que hace avanzar la rueda de la historia». Declarar semejante
cosa significa dar en la teoría y en la práctica una definición errónea de la
fuerza motriz. ¿Cómo es posible que en la época de la actual evolución social,
en la época que tiene en su centro a la clase más revolucionaria, el
proletariado, se califique de fuerza motriz a una agrupación de estados dominados
en su abrumadora mayoría por la burguesía y los feudales, incluso por
reaccionarios y fascistas declarados? Se trata de una burda deformación de la
teoría de Marx.
La dirección china no tiene presente que en el
«tercer mundo» hay oprimidos y opresores, que existen el proletariado y el
campesinado esclavizado, pobre y mísero, por un lado, y los capitalistas y los
terratenientes, que explotan y esquilman al pueblo, por el otro. Pasar por alto
esta situación de clase en el llamado tercer mundo, pasar por alto los
antagonismos existentes, significa revisar el marxismo-leninismo y defender el
capitalismo. En general, en los países del llamado tercer mundo es la burguesía
capitalista quien está en el poder. Esta burguesía explota al país, explota y
oprime al pueblo pobre en interés de su propia clase, para asegurarse los
mayores beneficios posibles y mantenerlo continuamente en la esclavitud y la
miseria.
En muchos países del «tercer mundo», los gobiernos
en el poder son gobiernos burgueses, capitalistas, naturalmente con distintos
matices políticos; son gobiernos de la clase enemiga del proletariado y del
campesinado pobre y oprimido, de la clase enemiga de la revolución y de las
luchas de liberación. La burguesía, que es quien detenta el poder en estos
países, protege precisamente esa sociedad capitalista que el proletariado, en
alianza con las capas pobres del campo y de la ciudad, busca derrotar. Constituye
esa clase alta que, en aras de sus mezquinos intereses, está dispuesta, en
cualquier momento y ante cualquier contingencia, a entregar al capitalismo
extranjero las riquezas del país, del suelo y del subsuelo, a enfeudar la
libertad, la independencia y la soberanía de la patria. Esta clase, allí donde
está en el poder, se opone a la lucha y a las aspiraciones del proletariado y
de sus aliados, las clases y las capas oprimidas.
Muchos de los estados, que la dirección china
engloba en el «tercer mundo», no están en contra del imperialismo
norteamericano y del socialimperialismo soviético. Calificar estos estados de
«fuerza motriz principal de la revolución y de la lucha contra el
imperialismo», como predica Mao Tse-tung, es un error tan grande como el
Himalaya. También existen otros seudo marxistas; pero por lo menos saben
ocultarse y enmascararse tras sus teorías burguesas. Para lo que llaman
«segundo mundo», que está dominado por la gran burguesía capitalista, que está
dominado por los grandes imperialistas que, al igual que ayer; siguen siendo
imperialistas, los revisionistas chinos tienen la misma visión antimarxista que
para el «tercer mundo». En los países del llamado «segundo mundo» existe un
proletariado grande y poderoso que es explotado hasta la médula, que es
oprimido por leyes agobiantes, por el ejército, la policía, los sindicatos, por
todas estas armas de la dictadura de la burguesía. Tanto en los países del
«tercer mundo» como en los del «segundo mundo», es la clase burguesa
capitalista, son las mismas fuerzas sociales las que dominan al proletariado y
a los pueblos y las que deben ser destruidas. También en estos últimos la
fuerza motriz principal es el proletariado.
En cambio los revisionistas chinos, en los países
del «tercer mundo» como en los del «segundo mundo», en los Estados Unidos de
América como en la Unión Soviética; desconocen precisamente al proletariado,
que representa el gran ejército de la revolución, niegan precisamente la
principal fuerza motriz de la sociedad, la fuerza que debe golpear a la
burguesía monopolista, a su enemiga de clase y enemiga de toda la revolución
mundial.
La teoría de los «tres mundos» de Mao Tse-tung
niega esta gran realidad y trata con desconsideración al proletariado europeo y
de los otros países desarrollados. Es verdad que en las filas del proletariado,
ya sea del llamado tercer mundo o del llamado segundo o primero, también hay
degeneración, porque la burguesía no se cruza de brazos, combate a su enemigo
recurriendo no sólo a las armas y a la opresión, sino también a la política y
la ideología, al modo de vida que propaga, etc. Pero el que degenere alguna
capa del proletariado, como es el caso de la aristocracia obrera, no significa
que se tenga que renunciar al marxismo-leninismo y negar el papel determinante
de la clase obrera en el proceso revolucionario mundial. Los verdaderos
comunistas protegen de la degeneración al proletariado de cualquier país y de
cualquier «mundo» mediante una correcta educación marxistaleninista y con su
actividad revolucionaria cotidiana, y lo movilizan para combatir a sus
opresores, sean éstos ingleses o franceses, italianos o alemanes, portugueses o
españoles; norteamericanos o japoneses, etc.
También en los Estados Unidos de América, que son
la cabeza del imperialismo mundial, existe un proletariado numeroso. Dado que
son uno de los países más industrializados del mundo, al mismo tiempo son el
país más rico, y así las migajas que concede el capital para engañar al
proletariado, aquí son un poco más grandes que en los demás países burgueses.
El modo de vida en los Estados Unidos de América ejerce una influencia más
grande sobre el proletariado, pero nosotros no podemos desdeñar en lo más mínimo
el papel del proletariado norteamericano en la revolución y su contribución a
la misma en su propio país. En realidad, también en los Estados Unidos de
América existe una opinión que se opone al imperialismo, a las guerras de
rapiña, a la opresión de los capitalistas, de los trusts, de los bancos, etc.
En este país, incluso en las capas de la pequeña burguesía, se observa una
resistencia a la opresión del gran capital.
Negando la lucha de clases, la teoría china de los
«tres mundos» niega también la lucha de los pueblos por liberarse de la
dominación extranjera, por conquistar los derechos y las libertades
democráticas, niega su lucha por el socialismo. Esta teoría contrarrevolucionaria y anticientífica hace cruz y
raya de la lucha de los pueblos contra sus enemigos, que son el imperialismo,
el socialimperialismo, toda la gran burguesía internacional.
Meter a los pueblos en «tres casillas» y predicar
que sólo el «tercer mundo» aspira a liberarse del imperialismo; que sólo él
sería «la principal fuerza motriz contra el imperialismo», es un engaño y una
desviación flagrante del marxismo-leninismo. Si en el «primer mundo» y en el
«segundo mundo» se incluye a los imperialistas y los capitalistas, entonces hay
que hacerse la siguiente pregunta: ¿Dónde se incluye a los pueblos de estos
«dos mundos», que luchan, igualmente, por liberarse de los mismos opresores que
subyugan también al «tercer mundo»? Los inventores y los partidarios de la
división del mundo en tres no están en condiciones de responder a esta
pregunta; porque, según su concepto antimarxista y antileninista, funden en un
todo único a los imperialistas, a los gobernantes y a los pueblos.
Los marxista-leninistas no pueden identificar a los
pueblos soviéticos con los estafadores antimarxistas, socialimperialistas y
nuevos capitalistas que los avasallan. Del mismo modo, tampoco pueden mezclar y
confundir al pueblo norteamericano con el imperialismo norteamericano. Si los
revolucionarios actuaran como los revisionistas chinos, cometerían un grave
error teórico y se opondrían a la revolución, respaldarían precisamente al
imperialismo y al socialimperialismo, a las fuerzas del capital, contra las
cuales combaten también el proletariado y el pueblo en la propia guarida de sus
enemigos.
¿Qué significado tiene el llamamiento chino a que
el «tercer mundo» se alíe con el «segundo mundo» para combatir a la mitad del
«primer mundo», cuando tal división del mundo confunde la personalidad de los
pueblos, que están en lucha con la oligarquía que los oprime, y cuyas
aspiraciones y nivel de desarrollo son distintos? De igual modo, el grado de
resistencia y la intensidad de la lucha revolucionaria de los pueblos son
diferentes, pero su meta final, el comunismo, es la misma. En estas
condiciones, los marxista-leninistas debemos hacer propaganda y movilizarnos
para que, a través de las incesantes luchas de clase contra el imperialismo, el
socialimperialismo, el capitalismo y sus ideologías engañosas, alcancemos el
objetivo final.
Los revisionistas chinos, no sólo funden en un todo
único a los pueblos y los gobernantes de los países capitalistas, sino que
además quieren liquidar la personalidad de los países socialistas, cuando
predican que también éstos pueden ser incluidos en el «tercer mundo».
¿Cómo se puede, según afirman los dirigentes
chinos, identificar un país socialista con el «tercer mundo», donde existen las
clases antagónicas, la opresión y la explotación, y alinearlo «con los reyes y
los príncipes»? Los revisionistas chinos, que califican de socialista a su
país, dicen que forman parte del «tercer mundo» para ayudar supuestamente a los
pueblos de este «mundo». Se trata de una mentira con la que pretenden encubrir
sus fines «expansionistas. Para ayudar y respaldar la lucha de los pueblos, un
país verdaderamente socialista no necesita dividir el mundo en tres ni
integrarse en el «tercer mundo».
Los marxista-leninistas, guiándonos por criterios
de clase, con nuestras posiciones, ayudamos a los pueblos, al proletariado, la
democracia, la soberanía y la libertad auténticas, y no al estado en el que
dominan los reyes, los sha y las camarillas reaccionarias. Ayudamos a los
pueblos y a los estados democráticos que quieren liberarse del yugo de las
superpotencias, pero remarcamos que para hacerlo debidamente, en el camino
correcto y con criterios de clase, hay que combatir también a los reyes y a los
monopolios internacionales que están entrelazados con las superpotencias. Los
dirigentes chinos pretenden haber solucionado este complejo problema de clase
«fundiéndose» en ese imaginario «tercer mundo». Pero es una solución
antimarxista. La mayoría de los estados y los gobiernos del «tercer mundo»,
opuestamente a lo que pretenden los dirigentes chinos, no están por la lucha
contra el «primer mundo», el imperialismo norteamericano y el
socialimperialismo soviético, o contra el «segundo mundo».
La corriente de los pueblos del mundo avanza hacia
la lucha por la liberación, por la revolución, por el socialismo, pero en esta
corriente no están englobados los gobiernos de los reyes, de los emires y de
las camarillas reaccionarias de la calaña de Mobutu y Pinochet que integran el
«tercer mundo», en el que también China se ha autoincluido.
En lo que atañe a los estados del llamado tercer
mundo, la dirección china no hace una distinción de clase de acuerdo con los
principios del internacionalismo proletario y los intereses de la revolución
mundial. No tiene en cuenta que estos estados nacionales, que en su mayoría
están dirigidos por las capas de la alta burguesía, se encuentran no sólo bajo
la influencia del imperialismo norteamericano, sino también del
socialimperialismo soviético, y están estrechamente ligados a ellos por muchos
hilos.
En estos estados existen profundas contradicciones
internas entre el proletariado y el campesinado pobre y oprimido, por una
parte, y la burguesía y todos los esclavizadores, por la otra. La ayuda, de un
país socialista a los pueblos de estos estados, debe servir de gran estímulo
para su marcha hacia adelante, para lograr crear un verdadero estado
democrático, sin ensombrecer la perspectiva, la cuestión del triunfo de la
revolución proletaria y de la toma del poder por el proletariado. La revolución
no se importa, será realizada por el proletariado y el pueblo de cada país.
Naturalmente, la toma del poder no es cuestión de un día, sino que, como nos
enseña Lenin, se deben crear las condiciones para que, ante cualquier viraje de
la historia, el proletariado encabece la lucha para derrocar el poder
degenerado de los dictadores y de la burguesía reaccionaria, e implantar el
poder del pueblo.
La división que los comunistas hacemos del mundo
actual, basándonos en el criterio de clase leninista, no nos impide combatir a
las superpotencias y apoyar a todos los pueblos y los estados que buscan
liberarse y que tienen contradicciones con ellas. Albania socialista ha
respaldado poderosamente con todo su corazón la lucha de los pueblos de Asia,
África y América Latina, porque responde a los intereses de los mismos y está
dirigida contra el imperialismo y la dominación colonial extranjera. Pero, no enunciar
abiertamente los principios y tergiversar el marxismo-leninismo, la ideología y
la política del partido del proletariado, como hacen los dirigentes chinos, es
antimarxista, es un bluf, es un engaño. El Partido del Trabajo de Albania jamás
ha hecho esto ni lo hará, porque sería un crimen imperdonable hacía su pueblo,
hacia los otros pueblos, hacia el proletariado internacional y la revolución
mundial.
Dividiendo el mundo en tres, el Partido Comunista
de China predica de hecho la conciliación de clases.
Los verdaderos marxista-leninistas jamás olvidan
las enseñanzas de Lenin, que subraya que los oportunistas y los revisionistas
hacen lo imposible por atenuar la lucha de clases, por engañar a la clase
obrera y a los oprimidos con fórmulas «revolucionarias», privando la doctrina
marxista-leninista de su contenido revolucionario. Esto es lo que hace la
dirección revisionista china, cuando predica la conciliación y la convivencia
pacifica de la clase obrera con la burguesía.
Como nos enseñan Engels y Lenin, las
contradicciones entre las clases o las fuerzas sociales con intereses
fundamentales opuestos, no sólo no pueden ser conciliadas, sino que se van
exacerbando incesantemente hasta culminar en conflictos político-sociales. La
Propia existencia del estado prueba que los antagonismos de clase son
irreconciliables. Por ello, intentar atenuar estos antagonismos de clase, que
se observan en los diversos países burgueses y revisionistas del «tercer
mundo», del «segundo» del «primero», preconizando la unión carente de
principios, significa negar el carácter objetivo de la existencia de las
contradicciones, tratar este problema de una manera antimarxista.
Los «teóricos» chinos se esfuerzan por conciliar
unas clases que jamás pueden ser conciliadas, lo cual significa que están en
posiciones revisionistas, oportunistas. La deformación de la teoría de Marx por
parte de los revisionistas chinos se ve claramente cuando consideran a los
países que incluyen en el «tercer mundo», como lugares donde reina la paz de
clases y a sus estados como organismos de conciliación de clases.
Aceptar la noción de «tercer mundo», tal como es
preconizada por los dirigentes chinos, significa trabajar por crear una opinión
que sirva para defender los organismos estatales que necesita la burguesía para
reprimir a la clase obrera y a las masas populares. La tesis de la atenuación
de la lucha de clases, como decía Lenin cuando atacaba a los revisionistas,
legaliza y afirma la opresión. Buscar la unidad en el interior del «tercer
mundo», de hecho significa buscar la unidad de la clase oprimida con la clase
opresora, es decir, hacer esfuerzos por atenuar los antagonismos entre las
masas trabajadoras y la burguesía, entre el pueblo y los opresores extranjeros.
Estas prédicas de los revisionistas chinos están en oposición a los intereses
de la liberación nacional y social de los pueblos, a sus aspiraciones de
libertad, independencia y justicia social.
La mayoría de los estados, que supuestamente forman
el «tercer mundo» o el «mundo no alineado», dependen del capital financiero
extranjero, que es tan fuerte, tan vasto, que ejerce un peso decisivo en toda
la vida de los mismos. Estos estados no gozan de una independencia plena, por
el contrario, dependen de ese gran capital financiero que es quien hace una
política y difunde una ideología que justifica la explotación de los pueblos.
La burguesía y el imperialismo hacen grandes
esfuerzos por ocultar esta realidad y, cuando son desenmascarados, inventan
toda suerte de «teorías» en contra de la independencia y la soberanía de los
estados. Los teóricos burgueses y revisionistas, con el fin de sofocar las
aspiraciones de los pueblos a la libertad, la independencia y la soberanía,
califican estas aspiraciones de «anacrónicas», dándoles diversas
interpretaciones metafísicas y contraponiéndoles la consigna de la
«interdependencia mundial»; que supuestamente expresa las tendencias de la
actual evolución de la sociedad humana, o la consigna de la «soberanía
limitada» que pretendidamente expresa los intereses supremos de la llamada
comunidad socialista, etc.
La realidad burgués-revisionista marcada por la
violación de la libertad, la independencia y la soberanía de las naciones y los
estados, en todas sus formas y en todos los dominios, demuestra la putrefacción
del sistema capitalista. Vivimos en una época en que la burguesía, como clase
dominante, está perdiendo terreno, mientras que el proletariado mundial se ha
convertido en una fuerza colosal y está empeñado en una lucha ininterrumpida y
a ultranza para sacudirse el yugo de la clase que le explota. La burguesía,
bajo los golpes de los pueblos y de la lucha de clases del proletariado, se ha
visto obligada a renunciar de jure al colonialismo y a reconocer formalmente la
libertad, la independencia y la soberanía a muchos países que, durante un largo
tiempo, había mantenido ocupados y explotados de manera salvaje.
Pero la libertad, la independencia y la soberanía,
reconocidas jurídicamente por los estados capitalistas a sus antiguas colonias,
hoy en muchos países se han quedado en el papel, porque siguen dominados bajo
nuevas formas por los capitalistas y los imperialistas. Para prolongar su
dominación en las ex colonias, estas fuerzas regresivas de nuestra época
practican en grandes proporciones los complots y las intrigas, para lo cual
encuentran aún terreno abonado en estos países, a fin de dividir y dominar a
los pueblos, aprovechando su atraso económico, político e ideológico y la falta
de organización de las fuerzas revolucionarias.
Al tratar este problema no debe pensarse que, dado
que los países ex coloniales aún no han obtenido una independencia y soberanía
completas, su lucha ha sido infructuosa. De ninguna manera. La lucha de los
pueblos por emancipar sus pequeños países del dictado y la tutela de los
grandes, del imperialismo y el socialimperialismo, no debe ser subestimada. Por
el contrario, el Partido del Trabajo de Albania y el estado albanés han apoyado
y apoyarán sin reservas esta justa lucha: revolucionaria y de liberación,
considerándola como una victoria de los pueblos que contribuye a reforzar la
independencia política, a liberarse de la dominación colonial y neocolonial.
Pero estamos en contra de los teóricos
revisionistas que predican que, ahora, toda la lucha revolucionaria deberla ser
reducida a la lucha por la independencia nacional, por conquistarla y
defenderla frente a la agresión de las potencias imperialistas, negando la
lucha por la liberación social. Sólo la victoria de esta última asegura al
mismo tiempo la libertad, la independencia y la soberanía nacional verdaderas y
completas. Estos abogados del régimen explotador «olvidan» que la lucha de
clases entre el proletariado y sus aliados, por un lado, y la burguesía del
país y sus aliados del exterior, por el otro, prosigue siempre de forma
encarnizada y que un día conducirá a ese momento, a esa situación
revolucionaria, como dice Lenin, en que la revolución estalla. Las condiciones
cada vez más favorables que se crean en el mundo para el amplio desarrollo de
las revoluciones antiimperialistas y democráticas y para que estén dirigidas
por el proletariado, deben ser aprovechadas para pasar de la lucha por la independencia
nacional a una fase más avanzada, a la lucha por el socialismo. Lenin nos
enseña que la revolución debe ser llevada hasta el final, liquidando a la
burguesía y su poder. Sólo sobre esta base se puede hablar de libertad,
independencia y soberanía verdaderas.
Según nuestro concepto marxista-leninista; en una
sociedad con clases antagónicas, que está dominada por la clase feudal o la
burguesía, el pueblo no puede gozar de libertad y soberanía. La libertad, la
independencia y la soberanía tienen un contenido político-social concreto. La
libertad y la soberanía verdaderas y plenas son aseguradas en las condiciones
de la dictadura del proletariado. Mientras que en aquellos lugares donde el
estado se encuentra en manos de las clases explotadoras, las relaciones económicas
y políticas desiguales entre los explotadores y los explotados y entre los
países, llevan a la pérdida o a la restricción de la libertad y de la soberanía
del pueblo. Por consiguiente, no puede hablarse de una verdadera libertad y
soberanía nacional, y mucho menos de soberanía del pueblo, en los países que se
encuadran en el «mundo no alineado» o en el «tercer mundo». Sólo sobre la base
de un análisis científico cimentado en la teoría marxista-leninista se puede
definir correctamente qué pueblo es verdaderamente libre y cuál está subyugado,
qué estado es independiente y soberano y cuál es dependiente y oprimido. La
teoría marxista-leninista explica claramente quiénes son los opresores y
explotadores de los pueblos y qué camino deben seguir éstos para ser libres,
independientes y soberanos. Los comunistas albaneses, a la luz del
marxismoleninismo, concebimos sólo de esta manera la libertad, la independencia
y la soberanía de los estados y de los pueblos.
La actitud de los revisionistas chinos respecto a
las contradicciones, es una actitud idealista, revisionista y capitulacionista
La aplicación de una estrategia revolucionaria
correcta, basada en las enseñanzas del marxismoleninismo; no sólo requiere
analizar y apreciar de forma multilateral y dialéctica las fuerzas motrices de
la corriente revolucionaría y libertadora mundial y valorar correctamente las
fuerzas del enemigo, con sus puntos fuertes y débiles, sino también una
comprensión justa y científica de las contradicciones que caracterizan nuestra
época.
Sólo si interpretamos las contradicciones según las
enseñanzas de la teoría marxista-leninista, de conformidad con los hechos
concretos y la verdadera evolución de las situaciones, entonces no nos
equivocaremos.
En lo que se refiere a las contradicciones, los
dirigentes chinos «teorizan», «interpretan», «filosofan», parafrasean y
confunden numerosas tesis formuladas con claridad meridiana por los clásicos
del marxismo-leninismo. Interpretando las contradicciones de una manera
distinta a su verdadero significado, llegan a acuerdos y conciertan
compromisos, no en favor de la lucha de liberación, de los pueblos, de la
revolución, de la construcción del socialismo, sino en favor de la burguesía y
del imperialismo. Estas gentes, que se las dan de filósofos
marxista-leninistas, tienen dos máscaras: una para hacer creer que son fieles a
la teoría marxista-leninista, y la otra para disimular su deformación en la
práctica.
Su posición respecto a las contradicciones, las
alianzas y los compromisos, es producto de un análisis deformado y pragmático
de la situación internacional, de las contradicciones existentes en el mundo,
de las contradicciones entre las potencias imperialistas, entre los diversos
estados capitalistas, entre el proletariado y la burguesía, etc. Esta posición
tiene su origen en su concepción idealista y revisionista del mundo.
Pero, no es un hecho fortuito el que los dirigentes
chinos pongan sobre el tapete precisamente el problema de las contradicciones,
las alianzas y los compromisos. Ahora, la dirección revisionista china se ha
quitado las máscaras y ha aparecido abiertamente contra la revolución, se ha
convertido en abanderada del oportunismo de derecha, del revisionismo. Al igual
que todos los revisionistas, los dirigentes del Partido Comunista de China se
esfuerzan por «justificar» su alejamiento de la teoría marxista-leninista, su
orientación revisionista, utilizando citas de Marx, Engels, Lenin y Stalin.
Naturalmente, estas citas están amputadas, fraccionadas y sacadas de su
contexto, y mutiladas de esta forma, las utilizan para hacer pasar por
marxista-leninistas sus posiciones y sus tesis reaccionarias. Pero los
revisionistas chinos no son ni los primeros ni los últimos que hacen estas
deformaciones, que mutilan e interpretan de manera tendenciosa nuestra correcta
teoría. Mucho antes que ellos han hecho cosas de esta índole los cabecillas de
la socialdemocracia, los titistas, los revisionistas soviéticos, italianos,
franceses y otros, y hoy continúan haciéndolo.
En primer lugar, haciendo malabarismos con las
contradicciones, los revisionistas chinos intentan justificar su actitud hacia
el imperialismo norteamericano, allanar el camino para acercarse y colaborar
con él.
Los revisionistas chinos pretenden que en el mundo
de hoy sólo existe una contradicción, la que enfrenta al «tercer mundo», al
«segundo mundo» y a la mitad del «primer mundo», con la Unión Soviética.
Partiendo de esta tesis que une a los pueblos con una agrupación de
imperialistas, predican que se deben dejar de lado todas las contradicciones de
clase y luchar únicamente contra el socialimperialismo soviético.
Pero analicemos cómo es la cuestión de las
contradicciones entre los pueblos y las superpotencias y las contradicciones
entre las propias superpotencias.
En las condiciones actuales, para definir una
estrategia y una táctica revolucionarias consecuentes, adquiere una importancia
primordial la actitud de principios respecto a las dos superpotencias
imperialistas, los Estados Unidos de América y la Unión Soviética, que
constituyen la fuerza defensiva más grande del sistema de opresión y
explotación capitalista, los principales reductos de la reacción mundial. Son
los enemigos jurados más peligrosos de la revolución, del socialismo y de los
pueblos del mundo entero, han asumido el odiado papel de gendarmes
internacionales contra cualquier movimiento revolucionario y de liberación y
representan las potencias más agresivas y belicistas que con su actuación
llevan al mundo a una guerra devastadora.
Nadie, y mucho menos el Partido del Trabajo de
Albania, puede negar la existencia de profundas contradicciones entre las dos
más grandes potencias imperialistas de nuestro tiempo, el imperialismo
norteamericano y el socialimperialismo soviético. Hemos acentuado continuamente
que las contradicciones entre las dos superpotencias no sólo existen, sino que
además se agudizan. Al mismo tiempo, las dos superpotencias hacen esfuerzos
para llegar a componendas sobre algunas cuestiones. Este fenómeno se explica con
lo que decía Lenin, sobre las dos tendencias del capital:
«...existen dos tendencias, una que hace
inevitable la alianza de todos los imperialistas y otra que enfrenta a unos
imperialistas con otros...»[3]
Pero, ¿por qué existen contradicciones y
antagonismos irreconciliables entre las dos superpotencias? Porque, cada una de
ellas, al ser una gran potencia imperialista, lucha por la hegemonía mundial,
por crear nuevas esferas de influencia, por subyugar y explotar a los pueblos.
La voracidad y la codicia de cada una de ellas les llevan a incomodarse
mutuamente e incluso a tener graves fricciones. Estas fricciones pueden
conducir a la guerra entre ellas, e incluso a una sangrienta guerra mundial.
Los marxista-leninistas debemos aprovechar las
contradicciones que existen entre las superpotencias en interés de la
revolución y de las luchas de liberación de los pueblos.
La explotación de las contradicciones existentes en
el campo enemigo es parte constitutiva de la estrategia y la táctica
revolucionarias. Stalin consideraba la utilización de las contradicciones y los
conflictos existentes en las filas de los enemigos de la clase obrera, en el
interior del país o entre los estados imperialistas en la arena internacional,
como reserva indirecta de la revolución proletaria. Es un hecho histórico
conocido que el estado socialista soviético, bajo la dirección de Lenin y Stalin,
en el periodo posterior a la Revolución de Octubre, o durante la Segunda Guerra
Mundial, supo tener en cuenta y aprovechar las contradicciones
interimperialistas.
Pero, en cualquier caso, la apreciación y el
aprovechamiento de las contradicciones existentes entre los enemigos por parte
de las fuerzas revolucionarias y de los países socialistas, son resultado de un
análisis marxista-leninista concreto de estas contradicciones y del grado de
agravación de las mismas, de la correlación de fuerzas en un periodo o momento
dados, para determinar por qué camino, en qué forma, y con qué medios serán
explotadas estas contradicciones. Es conforme a los principios que las contradicciones
sean siempre aprovechadas en beneficio de la revolución, en beneficio de los
pueblos y de su libertad, en beneficio de la causa del socialismo. La
utilización de las contradicciones existentes en las filas de los enemigos debe
conducir a acrecentar y reforzar el movimiento revolucionario y de liberación,
y no a debilitarlo y hacer que flaquee, debe conducir a una movilización cada
vez más activa de las fuerzas revolucionarias en la lucha contra los enemigos,
y sobre todo contra los principales, impidiendo que los pueblos se forjen
ilusiones hacia ellos.
Las dos superpotencias, los Estados Unidos de
América y la Unión Soviética revisionista; tienen como primer punto de su
programa aplastar la revolución y el socialismo. Los dirigentes chinos, lejos
de hacer hincapié en este hecho, que es expresión de la contradicción
irreconciliable entre el socialismo y el capitalismo, en la práctica lo niegan.
Naturalmente, a los marxista-leninistas no les está permitido olvidarse de que
las superpotencias, pese a que pugnan por la hegemonía, pese a las
contradicciones que tienen, no pierden de vista en lo más mínimo su objetivo
común de aplastar a los pueblos que exigen la libertad, de sabotear la
revolución, lo cual conduce de nuevo a guerras de carácter general o local. Al
respecto, los revisionistas chinos siguen manteniendo sus conocidas posiciones
de combatir únicamente contra el socialimperialismo soviético que, según ellos,
es el más peligroso, el más agresivo y el más belicista. Ponen al imperialismo
norteamericano en segundo plano y recalcan que los Estados Unidos de América
«desean el statu quo, que están en decadencia». De ahí que los revisionistas
chinos llegan a la conclusión de que puede y debe establecerse una alianza con
el imperialismo norteamericano contra el socialimperialismo soviético.
El imperialismo norteamericano en absoluto es débil
ni se ha amansado, como pretenden los dirigentes chinos; por el contrario, es
agresivo, feroz y poderoso, al igual que el socialimperialismo soviético. El
hecho de que el imperialismo norteamericano ya no tenga la posición dominante
que tenia en el pasado, no cambia nada. Esta es la dialéctica del desarrollo
del capitalismo y confirma la tesis de Lenin de que el imperialismo es
capitalismo en declive, en decadencia. Pero es inadmisible que partiendo de esto
se llegue a subestimar la actual fuerza económica, militar y agresiva de una u
otra superpotencia. Es asimismo inadmisible afirmar que dado que el potencial
de los imperialistas se ha debilitado y ha sufrido una decaída real, un
imperialismo se ha hecho menos peligroso y el otro más peligroso. Ambas
superpotencias imperialistas son peligrosas, porque ninguna de las dos se
olvida de combatir contra aquellos que buscan enterrarlas, y los que quieren
enterrar a las superpotencias son los pueblos.
Preconizar que sólo se debe luchar contra el socialimperialismo
soviético y borrar, de hecho, la lucha contra el imperialismo norteamericano,
como hacen los dirigentes chinos, significa no atenerse a las tesis
fundamentales del marxismo-leninismo. No cabe la menor duda de que se debe
luchar hasta el fin contra el socialimperialismo soviético. Pero no luchar con
la misma fuerza contra el imperialismo norteamericano, es inadmisible, es una
traición a la revolución. Si se sigue el camino chino, entonces no se tendrá
una idea clara de lo que son el imperialismo norteamericano y el
socialimperialismo soviético, por qué estas dos superpotencias tienen
contradicciones y en qué consisten, dónde reside la pugna que tiene lugar entre
ellas y que nosotros debemos profundizar, qué debemos hacer para impedir que estos
dos estados imperialistas desencadenen la guerra mundial, etc.
Si teóricamente comprendemos de manera justa estas
cuestiones y si actuamos correctamente sobre la base de la teoría
marxista-leninista, entonces aparece de forma clara la necesidad de respaldar y
apoyar a los pueblos que luchan contra las dos superpotencias y las camarillas
burguesas capitalistas que los dominan. Hoy el mundo capitalista pasa por una
grave crisis. Pero esta crisis debe ser juzgada en toda su magnitud, Y las
contradicciones existentes en el mundo capitalista asimismo deben ser juzgadas en
toda su profundidad.
La lógica pragmática y antimarxista lleva a los
revisionistas chinos a presentar a la Unión Soviética como un país que se
desarrolla sin contradicciones, como un imperialismo que ejerce su dominio sin
preocupaciones sobre los demás países revisionistas como Polonia, Alemania del
Este, Hungría, Checoslovaquia, Rumania y Bulgaria. Ellos presentan el bloque
soviético como un bloque en ascenso y la Unión Soviética como el único
imperialismo que ha quedado en el mundo y que busca sentar su hegemonía en
todas partes.
Si consideramos la hegemonía de la Unión Soviética
sobre los países revisionistas de Europa Oriental, vemos que se expresa, en
primer lugar, mediante la ocupación militar de estos países por las fuerzas
armadas soviéticas, mediante el saqueo inexorable y sin escrúpulos de sus
riquezas por parte del socialimperialismo soviético, que incluso se esfuerza
por integrarlos completamente en el sistema de las repúblicas soviéticas. Como
es natural, la Unión Soviética revisionista encuentra resistencia a sus esfuerzos.
Llegará el momento en que esta resistencia y estas contradicciones, que existen
en forma latente en el redil revisionista, terminen por agravarse y estallar.
Hemos calificado de agresivo al socialimperialismo
soviético porque agredió y ocupó Checoslovaquia, porque ha intervenido en
África y otros lugares, porque proyecta llevar a cabo más agresiones y hace
preparativos para realizarlas.10 Pero, ¿acaso el imperialismo
norteamericano ha perpetrado menos agresiones o es menos agresivo que el
socialimperialismo soviético?
La dirección china ha olvidado la agresión de los
Estados Unidos de América contra Corea, ha olvidado su larga y bárbara guerra
contra Vietnam, Camboya y Laos, ha olvidado su guerra en el Oriente Medio, su
intervención en las repúblicas de América Central, etc. Ha borrado todo esto de
su memoria y pretende que el imperialismo norteamericano se ha amansado! Olvida
que el imperialismo norteamericano ha clavado sus garras en todas partes, en
todo el mundo, que por doquier ha instalado sus bases militares, que amplia y
refuerza. Esto fue olvidado por Mao Tse-tung y Chou Enlai, y lo olvida la
dirección revisionista china, cuando dicen que el imperialismo norteamericano
se ha debilitado y amansado, ¡y que por eso es posible aliarse con él! Actuar
de esta manera equivale a querer sofocar la lucha contra el imperialismo en
general y el imperialismo norteamericano en particular, incluso contra el
socialimperialismo soviético, contra el cual China dice llevar a cabo una lucha
tan grande.
Es verdad que el socialimperialismo soviético está
ávido de expansión. Su intervención en Angola y Etiopia, los esfuerzos que hace
por crear bases en el Mediterráneo y en algunos países árabes, por ocupar los
estrechos del Mar Rojo o crear bases militares en el Océano Indico, son actos
imperialistas declarados. Pero estas posiciones no están consolidadas en la
misma medida que lo están las posiciones económicas neocolonialistas,
estratégico militares del imperialismo norteamericano en otros países. Precisamente
esta situación es subestimada en apariencia por la dirección china, pero, en
realidad, es reconocida y sustentada por ella.
Al mismo tiempo los revisionistas chinos no pueden
pasar por alto que los estados capitalistas de Europa Occidental y el
imperialismo norteamericano, pese a las contradicciones que tienen, están
estrechamente ligados, están vinculados a través de alianzas políticas,
militares y económicas, como la OTAN, el Mercado Común Europeo, etc. Es
imposible que la dirección china ignore que el capital norteamericano ha
penetrado profundamente en las economías de los países de Europa Occidental y
no sólo de ellos, sino también en los de Europa Oriental y la Unión Soviética.
La dirección china sabe
de sobra que los Estados Unidos de América han
invertido y signen invirtiendo decenas de miles de millones de dólares en
diversos países del mundo. Entonces ¿qué es lo que espera? ¿Acaso espera que
los países capitalistas occidentales -con todas las contradicciones que tienen
con los Estados Unidos de América- se aparten de éstos para debilitar su propio
campo, para renunciar al potencial militar común, a los lazos económicos,
sociales y culturales que les unen a ellos, y, en nombre de los intereses de China,
quedarse al descubierto frente al socialimperialismo soviético? Esta es una de
las absurdidades de la política exterior china.
Como hemos puntualizado más arriba, no cabe la
menor duda de que las contradicciones existentes entre las dos superpotencias y
los otros países imperialistas y capitalista-revisionistas deben ser
aprovechadas por las fuerzas revolucionarias y de liberación. Es importante que
esto sea comprendido correctamente y considerado siempre a través del prisma de
los intereses de la revolución y subordinándolo a ellos. El aprovechamiento de
las contradicciones existentes entre las potencias y las agrupaciones imperialistas,
los estados capitalista-revisionistas y otros, jamás puede ser un objetivo en
sí mismo para la clase obrera y los revolucionarios marxista-leninistas.
Explotar las contradicciones que existen entre los
países imperialistas y las dos superpotencias significa profundizar las
discrepancias que tienen entre sí, estimular a las fuerzas revolucionarias y
patrióticas de estos países a oponerse al imperialismo norteamericano y al
socialimperialismo soviético, los cuales buscan someterles económica, política
y militarmente, explotarles, negarles su personalidad nacional, etc.
Pero, ¿cómo actúa China?
La política china predica la «santa alianza» de los
países capitalistas occidentales con los Estados Unidos de América. Incluso va
más lejos. Predica la alianza del proletariado de los países de Europa
Occidental con la burguesía reaccionaria de estos países. ¿Dónde está al respecto la línea
marxista-leninista revolucionaria? ¿Dónde está la línea a seguir para
aprovechar las contradicciones? ¿Es que los dirigentes chinos piensan que con
tal política consolidarán este bloque conforme a sus deseos en contra de los
soviéticos? Sueñan con esta utopía, se trata de un punto de vista metafísico.
Los Estados Unidos de América, los países
capitalistas occidentales y, junto con ellos, también el Japón y Canadá, no son
tan necios como piensan los dirigentes chinos, no hacen una política tan
ingenua, como la que llevan a cabo los chinos. Por su parte saben aprovechar
muy bien las contradicciones que existen entre China y la Unión Soviética.
Saben cómo actuar para debilitar la gran potencia agresiva que es la Unión
Soviética y hace tiempo que luchan en este sentido, y no podemos decir que no
hayan obtenido resultados. Los Estados Unidos de América y todos los demás
estados capitalistas incitan las contradicciones entre los países revisionistas
del Este y el Kremlin.
Ahora China también ha comenzado a aplicar esta
vieja política norteamericana. La visita de Jua Kuo-feng a Rumania y Yugoslavia
era una continuación de esta política. Pero la apertura de China a Europa, el
que incite las contradicciones y sobre todo sus esfuerzos por crearse un
terreno favorable en los Balcanes, todo esto no va en interés de los pueblos y
de la revolución. Forma parte de la política china de instigación de la guerra,
política que tiene por objetivo que los pueblos de Europa se maten entre sí,
convirtiéndose en carne de cañón de la guerra imperialista.
Hace tiempo que Pravda viene
polemizando, naturalmente sin efecto, con los Estados Unidos de América,
acusándoles de desarrollar el armamento con rapidez y en grandes cantidades. Su
preocupación no es criticar este acto de los Estados Unidos de América, porque
los socialimperialistas soviéticos hacen lo mismo. El problema reside en que el
aumento del potencial de guerra norteamericano debilita relativamente el
poderío militar soviético y obliga a la Unión Soviética a seguir paso a paso a
los Estados Unidos de América para equilibrar su potencial militar y su
potencia agresiva. Pero el seguir paso a paso al imperialismo norteamericano en
la carrera armamentista, debilita la economía de la Unión Soviética, porque
grandes fondos materiales, monetarios y humanos destinados a la economía pasan
al ejército. Esto es lo que preocupa a los brezhnevianos.
Pero lo sorprendente es que los revisionistas
chinos, a través de su diario Renmin Ribao, se ponen sin reservas del lado de
los norteamericanos, publican artículo tras artículo incitando a los Estados
Unidos de América a no perder la superioridad en la carrera armamentista y a
aumentar continuamente su potencial militar. Así pues, según Renmin
Ribao no son los Estados Unidos de América los que se arman, sino que
sólo lo hace la Unión Soviética. Mejor abogado de los norteamericanos, como lo
está siendo la dirección revisionista china, no podría encontrarse en ninguna
parte. La burguesía, por lo menos, se esfuerza por ser ponderada en sus
críticas y en la interpretación de la realidad, por equilibrar, naturalmente de
manera tendenciosa, las situaciones que se desarrollan. Pero nunca se había
visto que se actúe como lo hacen los dirigentes chinos.
En su entrevista con Teng Siao-ping, el secretario
del Departamento de Estado Norteamericano, Vance, le explicó que «los Estados
Unidos de América son militarmente superiores a la Unión Soviética». Pero Teng
Siao-ping declaró ante un numeroso grupo de periodistas norteamericanos, de
visita en aquellos momentos a China, que «Pekín no da crédito» a la declaración
de Vance y que «la Unión Soviética es muy superior a los Estados Unidos de
América». Esto es como decir: «el abogado niega lo que su cliente confiesa».
No se puede admitir la tesis china, presentada como
una tesis supuestamente marxista, que pone en tela de juicio que son las dos
superpotencias imperialistas, y no sólo una, las que quieren repartirse el
mundo, crear nuevas colonias, oprimir a los pueblos, ampliar los mercados.
El mismo planteamiento de la cuestión de que un
imperialismo es más fuerte y el otro menos fuerte, uno agresivo y el otro
manso, no es marxista-leninista. Tal
planteamiento de la cuestión refleja un punto de vista reaccionario que lleva a
los revisionistas chinos a aliarse con los Estados Unidos de América, con la
OTAN y el Mercado Común Europeo, con el rey de España, con el Sha de Irán, con
Pinochet de Chile y con todos los dictadores fascistas. La política china, que
no afecta al imperialismo norteamericano, que no vulnera el poder de los bancos
y del capital más grande de nuestra época, es una política por completo
reformista burguesa, pacifista y extraordinariamente torpe.
Es imposible que los dirigentes chinos no vean que
el capital financiero, los trusts, los monopolios norteamericanos no disminuyen
en absoluto sus inversiones en el extranjero, no renuncian a sus objetivos de
explotación y esclavización, y que, por el contrario, se consolidan y se
esfuerzan por cambiar a su favor la correlación de fuerzas existente en el
mundo.
Lo mismo hacen los socialimperialistas soviéticos.
Su política económica y los grandes trusts existentes en la Unión Soviética
tienden igualmente a esquilmar por todos los medios a los satélites de éste y a
otros países. Con un nuevo disfraz y con otro nombre, se esfuerzan, asimismo,
en cambiar la correlación de fuerzas a su favor, en un principio supuestamente
con acuerdos y negociaciones, y llegado el momento, recurriendo también a la
fuerza, es decir, a la guerra.
Con sus elucubraciones de que los Estados Unidos de
América «desean el statu quo», que «están en decadencia», que el
socialimperialismo soviético es «el más peligroso, el más agresivo, el más
belicista», etc., los revisionistas chinos quieren demostrar que los Estados
Unidos de América pueden y deben hacerse aliados de China contra la Unión
Soviética. Una prueba de esto es la ampliación de los diversos acuerdos, el
apoyo abierto que prestan al aumento de los presupuestos de guerra y al mayor
armamento de los Estados Unidos de América.
Los revisionistas chinos predican que en la
situación actual los marxista-leninistas, los revolucionarios y los pueblos
pueden hacer compromisos con el imperialismo norteamericano y apoyarse en él.
Nuestro Partido está en contra de cualquier compromiso con el feroz
imperialismo norteamericano, porque esto no corresponde a los intereses de la
revolución y de la liberación de los pueblos. Hemos combatido al imperialismo
norteamericano, lo combatimos y lo combatiremos hasta su completa destrucción.
Asimismo, estamos en lucha contra el socialimperialismo soviético y lo
estaremos hasta el fin.
El apoyo que China presta al imperialismo
norteamericano no favorece en absoluto a la revolución y a los pueblos, sino a
la contrarrevolución. Con su línea política e ideológica reaccionaria, la
dirección china deja a los pueblos del mundo a merced de las garras del
imperialismo norteamericano. Esta dirección desea que los pueblos permanezcan
quietos, que no se levanten, que incluso se unan con el imperialismo
norteamericano contra la otra superpotencia, la cual quiere arrebatar a los
Estados Unidos de América las riquezas que han creado con el esfuerzo y el
sudor de los pueblos. La dirección china recomienda a los países capitalistas
de Europa, agrupados en el Mercado Común Europeo, que se unan. Alinea también a
los pueblos en la unión capitalista de Europa. Esta actitud significa: estaos
quietos, no habléis más de revolución, no habléis más de dictadura del
proletariado, al contrario, poneos al servicio de los trusts, de los
capitalistas y, junto con ellos, cread una fuerza económica y militar aún más grande,
para hacer frente al socialimperialismo soviético.
El Mercado Común Europeo, que es apoyado y
potenciado económicamente por China, no es otra cosa que un medio para que los
trusts monopolistas de Europa Occidental conserven el máximo de beneficios y
para agrupar a los estados industriales desarrollados, donde las clases ricas,
como dice Lenin, obtienen un tributo colosal procedente de África, Asia, etc.
Los dirigentes chinos, al apoyar a estos estados capitalistas, de hecho apoyan
el parasitismo de un puñado de capitalistas a costa de los mismos pueblos de estos
países, y de los pueblos de los países en los cuales han clavado sus garras.
La teoría de los «tres mundos» de los revisionistas
chinos, con la cual intentan legitimar sus posturas contrarrevolucionarias, no
es más que una variante del oportunismo en las filas del movimiento obrero, que
ayuda al imperialismo a crear mercados y a obtener ganancias en detrimento de
los otros pueblos, con el objetivo de recibir su parte de las migajas que les
dejarán los capitalistas.
Es un hecho innegable que la dirección china
defiende a las fuerzas y los estados capitalistas, y no a las fuerzas
revolucionarias y al proletariado europeo para que se levanten y destruyan los
planes del imperialismo norteamericano, del socialimperialismo soviético, de la
«Europa Unida», del Mercado Común Europeo y del COMECON, en una palabra, de
todos los puntales del sistema imperialista que, como una hidra, chupa la
sangre a los pueblos.
No obstante introducir en el «segundo mundo» a los
estados capitalistas desarrollados, como Alemania Occidental, Inglaterra,
Japón, Francia, Italia, etc., la dirección revisionista china no los considera
como enemigos de la revolución, independientemente de sus fruslerías teóricas
sobre su «doble» carácter. Por el contrario, los chinos han creído oportuno
hacerse los ciegos y establecer compromisos abiertos con estos estados, para
servirse de ellos supuestamente contra el socialimperialismo soviético.
La dirección china que está ofuscada por su
política pragmática y antimarxista, «olvida» que estados como Alemania
Occidental, Inglaterra, Japón, Francia, Italia y otros similares, siguen siendo
imperialistas, que sus tendencias a subyugar y colonizar, que han sido sus
características tradicionales, no han desaparecido y no pueden desaparecer. Es
cierto que después de la Segunda Guerra Mundial estas potencias imperialista s
se han debilitado incluso mucho, y que sus posiciones anteriores han cambiado
en beneficio del imperialismo norteamericano, sin embargo ni Francia, ni
Inglaterra ni otros han renunciado a la lucha por defender sus mercados y
conquistar otros en África, Asia y los países de América Latina.
Entre todos estos estados capitalistas e
imperialistas, menos poderosos que el imperialismo norteamericano, existen
contradicciones, pero al mismo tiempo existe también la tendencia a entenderse
mutuamente.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el
imperialismo norteamericano ayudó a levantarse a sus ex aliados de Europa, y
los monopolios norteamericanos se ligaron con los de éstos en un cúmulo de
intereses comunes. Pero entre ellos han existido y existen contradicciones en
los esfuerzos por tener cada uno las manos libres para acaparar mercados,
importar materias primas y exportar sus productos industriales. La realidad
internacional ha confirmado, y vuelve a confirmar en este caso, la justeza de
la tesis de Lenin sobre las dos tendencias objetivas del capital.
Es cierto, asimismo, que estos estados capitalistas
tienen contradicciones no sólo con el imperialismo norteamericano, sino también
con el socialimperialismo soviético. Se plantea el siguiente problema: ¿cómo
deben aprovecharse estas contradicciones? Las contradicciones
interimperialistas de ninguna manera pueden ser aprovechadas de la forma como
predican los revisionistas chinos. Los marxistaleninistas no podemos defender
por ejemplo a los diversos reaccionarios en Alemania y a los cabecillas
conservadores o laboristas en Inglaterra, en función de que tienen
contradicciones con el socialimperialismo soviético. Si hiciéramos esto y
secundáramos las prédicas de los chinos de que «los estados capitalistas de
Europa deben unirse al Mercado Común», de que la «Europa Unida» debe
fortalecerse para hacer frente al socialimperialismo soviético, significaría
que aceptamos que el proletariado de estos países sacrifique su lucha y sus
esfuerzos por romper las cadenas de la esclavitud, que se sabotee la
perspectiva de la revolución en ellos.
Los revisionistas chinos, contrayendo compromisos
carentes de principios con el imperialismo norteamericano, han traicionado al
marxismo-leninismo y a la revolución. Los marxista-leninistas
interpretan la tesis de Marx, Engels, Lenin y Stalin sobre las contradicciones
y sobre los compromisos en su verdadero espíritu. Los chinos interpretan esta
tesis de una manera diametralmente opuesta a la verdad.
Nuestro Partido, siguiendo el camino leninista, no
está en contra de todo compromiso, sino que está en contra de los compromisos
traidores. Cuando el compromiso es necesario y sirve a los intereses de la
clase y de la revolución, entonces es posible concluirlo, pero teniendo siempre
presente que no afecte a la estrategia, la fidelidad a los principios del
marxismo-leninismo, que no afecte a los intereses de la clase y de la
revolución. Respecto a la actitud hacia los compromisos, Lenin, entre otras
cosas, dice:
«¿Puede un partidario de la revolución
proletaria concertar compromisos con los capitalistas o con la clase
capitalista ?... En verdad, sería un evidente absurdo responder negativamente
en general a esta cuestión. Es claro que un partidario de la revolución
proletaria puede concertar compromisos o acuerdos con los capitalistas. Todo
depende de qué acuerdos y en qué circunstancias se concierten. En esto y sólo
en esto se puede y debe buscar la diferencia entre el acuerdo legitimo, desde
el punto de vista de la revolución proletaria, y el acuerdo entreguista y
traidor (desde el mismo punto de vista).»[4]
y más abajo Lenin continúa:
«La conclusión es evidente: tan absurdo es
renunciar a todo acuerdo o compromiso con los bandidos, como justificar la
complicidad en un acto de bandidaje partiendo de la tesis abstracta de que, en
general, son admisibles y necesarios a veces los acuerdos con los bandidos»[5]
Asimismo Lenin ha dicho:
«El deber de un partido auténticamente
revolucionario no consiste en proclamar una renuncia imposible de todo
compromiso, sino en saber cumplir, pese a todos los compromisos, puesto que son
inevitables, fielmente con sus principios, su clase, su misión revolucionaria,
su obra de preparar la revolución y de educar a las masas populares para triun
far en la revolución».[6]
Los compromisos están permitidos sólo cuando se
parte de estas enseñanzas de Lenin. Pero ¿cómo puede estar en interés del
socialismo y de la revolución mundial un compromiso con el imperialismo
norteamericano o con el socialimperialismo soviético, cuando es sabido que
estas dos superpotencias son los más feroces enemigos de los pueblos y de la
revolución? Este compromiso no sólo no es necesario, sino que, por el
contrario, es peligroso para los intereses de la revolución. Concertar
compromisos o violar los principios en estos problemas de tanta importancia,
significa traicionar al marxismo-leninismo.
Si Mao Tse-tung y los demás dirigentes chinos han
hablado y hablan mucho «teóricamente» de las contradicciones, entonces deben
hablar no sólo de aprovechar las contradicciones interimperialistas y los
compromisos con los imperialistas, sino, en primer lugar, de las
contradicciones que están en los cimientos de la época actual, de las
contradicciones entre el proletariado y la burguesía, de las contradicciones
que tienen los pueblos y los países oprimidos con las dos superpotencias y todo
el imperialismo mundial, de las contradicciones entre el socialismo y el
capitalismo. Pero de estas contradicciones, que existen objetivamente y que no
pueden ser ocultadas, los dirigentes chinos no dicen nada. Hablan sólo de una
contradicción que, según ellos, es la existente entre el mundo entero y el
socialimperialismo soviético, queriendo justificar con esto sus compromisos sin
principio con el imperialismo norteamericano y todo el capitalismo mundial.
El análisis de clase marxista-leninista y los
hechos demuestran que la existencia de las contradicciones y las discrepancias
entre las potencias y las agrupaciones imperialistas no elimina en absoluto ni
relega a segundo plano las contradicciones entre el trabajo y el capital en los
países capitalistas e imperialistas o las contradicciones entre los pueblos
oprimidos y sus opresores imperialistas. Precisamente las contradicciones entre
el proletariado y la burguesía, entre los pueblos oprimidos y el imperialismo,
entre el socialismo y el capitalismo son las más profundas, son constantes,
irreductibles. De ahí que el aprovechamiento de las contradicciones
interimperialistas o entre los estados capitalistas y revisionistas sólo tenga
sentido cuando sirve para crear las condiciones lo más favorables posible para
el poderoso desarrollo del movimiento revolucionario y de liberación contra la
burguesía, el imperialismo y la reacción. Por eso, estas contradicciones deben
ser explotadas sin crear ilusiones en el proletariado y los pueblos acerca del
imperialismo y la burguesía. Es indispensable esclarecer las enseñanzas de
Lenin a los trabajadores y a los pueblos, hacerles conscientes de que sólo una
actitud intransigente hacia los opresores y los explotadores, de que sólo la
lucha resuelta contra el imperialismo y la burguesía, de que sólo la
revolución, les asegurará la verdadera liberación social y nacional.
La explotación de las contradicciones entre los
enemigos no puede constituir la tarea fundamental de la revolución ni puede ser
contrapuesta a la lucha por derrocar a la burguesía, a la dictadura
reaccionaria fascista y a los opresores imperialistas.
La actitud de los marxista-leninistas en esta
cuestión es clara. Ellos se dirigen a los pueblos, al proletariado, llaman a
las masas a que se pongan en pie para destruir los planes hegemonistas,
opresores, agresivos y belicistas de los imperialistas norteamericanos y de los
socialimperialistas soviéticos, para derrocar a la burguesía reaccionaria y su
dictadura, tanto en el Oeste como en el Este.
Nuestro Estado socialista, por su parte, ha
aprovechado, y lo sigue haciendo, las contradicciones que existen en el campo
adversario. Al explotarlas, nuestro Partido parte de la justa valoración del
carácter de las contradicciones que existen entre el país socialista y los
países imperialistas y burgués-revisionistas, de la justa valoración de las
contradicciones interimperialistas.
El marxismo-leninismo nos enseña que las
contradicciones entre el país socialista y los países capitalistas y
revisionistas, en tanto que expresión de las contradicciones entre dos clases
con intereses diametralmente opuestos, la clase obrera y la burguesía, son
permanentes, radicales, irreconciliables. Atraviesan como un hilo rojo toda la
época histórica de la transición del capitalismo al socialismo a escala
mundial. Mientras que las contradicciones entre las potencias imperialistas son
expresión de las contradicciones en el seno de los explotadores, de las clases
con intereses fundamentales comunes. Por eso, por agudas que sean las
contradicciones y los conflictos entre las potencias imperialistas, el peligro
real de los actos agresivos del imperialismo mundial o de sus diversos
destacamentos contra el país socialista sigue siendo permanente y es siempre
actual. La división entre los imperialistas, las riñas y los conflictos
interimperialistas pueden, a lo sumo, debilitar y postergar temporalmente el peligro
de las acciones del imperialismo contra el país socialista, por eso va en
interés de éste el aprovechar estas contradicciones que hay en las filas de los
enemigos, aunque no conjuren este peligro. Esto ha sido acentuado con energía
por Lenin al decir que
«...es inconcebible pensar que la Republica
Soviética pueda existir durante mucho tiempo al lado de los estados
imperialistas. En ultimo término tendrá que triunfar una de las dos partes. Y
mientras ese desenlace no se produzca serán inevitables una serie de choques
terribles entre la RepUblica Soviética y los estados burgueses».[7]
Estas enseñanzas de Lenin conservan toda su
actualidad. Han sido confirmadas perfectamente por una serie de acontecimientos
históricos, como la agresión fascista contra la Unión Soviética en los años de
la Segunda Guerra Mundial, la agresión del imperialismo norteamericano en Carea
y posteriormente en Vietnam, la actividad hostil y los diversos complots
imperialistas y socialimperialistas contra Albania, etc. Por eso, nuestro
Partido ha puntualizado y puntualiza que toda subestimación de las contradicciones
del estado socialista con las potencias imperialistas y los países
capitalista-revisionistas, que toda subestimación del peligro de los actos
agresivos de estos últimos contra Albania socialista, que todo relajamiento de
la vigilancia, como consecuencia de la idea de que las contradicciones entre
las propias potencias imperialistas son muy agudas, y que, por esta razón, no
pueden emprender tales actos contra nuestra Patria, entrañaría consecuencias
extremadamente peligrosas.
El Partido del Trabajo de Albania parte asimismo
del hecho de que sólo las fuerzas revolucionarias, libertadoras, amantes de la
libertad y del progreso, pueden ser aliados verdaderos y seguros de nuestro
país en tanto que país socialista. Nuestro país tiene relaciones estatales con
diversos países del mundo burgués-revisionista, aprovecha las contradicciones
entre los países imperialistas, capitalistas y revisionistas y, al mismo
tiempo, respalda poderosamente la lucha revolucionaria y de liberación de la clase
obrera, de las masas trabajadoras y de los pueblos de cualquier país en que se
desarrolla una lucha de este tipo, considerando este respaldo como su alta
tarea internacionalista. El Partido del Trabajo de Albania se ha atenido y se
atiene consecuentemente a este punto de vista, y también en su VII Congreso
recalcó que apoyará al proletariado y a los pueblos, a los partidos
marxista-leninistas, a los revolucionarios y a los hombres progresistas, que
luchan contra las superpotencias, contra la burguesía capitalista y
revisionista y la reacción mundial por la liberación social y nacional.
En otro tiempo el Partido Comunista de China en
relación con las contradicciones ha citado también conocidos principios y tesis
marxista-leninistas. Así por ejemplo, los chinos, en el conocido documento
titulado: «Proposición acerca de la línea general del movimiento comunista
internacional» publicado por el Comité Central del Partido Comunista de China
en 1963, escribían: «Los compromisos necesarios entre los países socialistas y
los países imperialistas no exigen que los pueblos y las naciones oprimidas contraigan,
a su vez, compromisos con el imperialismo y sus instrumentos». Y agregaban:
«Nadie debe exigir, en ninguna circunstancia, so pretexto de la coexistencia
pacifica, que los pueblos y naciones oprimidos renuncien a su lucha
revolucionaria». La dirección china hablaba así en aquel entonces, porque en
esa época era la dirección jruschovista la que exigía a los pueblos y a los
partidos comunistas que admitiesen que el imperialismo norteamericano y sus
cabecillas se habían vuelto pacíficos y se sometiesen a la política soviética
de acercamiento al imperialismo norteamericano. Ahora es la dirección del
Partido Comunista de China la que predica a los pueblos, a los revolucionarios,
a los partidos marxista-leninistas y a todo el proletariado mundial que se
alíen con los países imperialistas o capitalistas, que se unan con la burguesía
y con todos los reaccionarios contra el socialimperialismo soviético. Y los
chinos no expresan estas ideas con frases disimuladas, sino abiertamente. Estos
bandazos y virajes de 180 grados no tienen nada en común con la política de
principios marxista-leninista, son rasgos de la política pragmática que siguen
todos los revisionistas, los cuales subordinan los principios a sus intereses
burgueses e imperialistas.
Los dirigentes chinos y todos los partidarios de la
teoría de los «tres mundos», para justificar sus compromisos sin principio con
el imperialismo norteamericano y la burguesía internacional, especulan,
tergiversando la verdad histórica, con el pacto de no-agresión soviético-alemán
de 1939, así como con la alianza anglo-soviético-norteamericana durante la
Segunda Guerra Mundial.
El pacto soviético-alemán de no-agresión era una
manera hábil de aprovechar las contradicciones interimperialistas por parte de
Stalin. En esa época la agresión hitleriana contra la Unión Soviética era
inminente. Era el periodo en que la Alemania nazi había invadido Austria y
Checoslovaquia, y la Italia fascista Albania, en que se había realizado el
Munich y la máquina de guerra alemana avanzaba velozmente hacia el Este. La
Unión Soviética concluyó con Alemania no una alianza sino un pacto de
no-agresión, después de que las potencias occidentales se negaran a responder
al llamamiento de Stalin a actuar conjuntamente con el estado soviético para
frenar a los agresores nazifascistas, y cuando se vio claramente que estas
potencias azuzaban a Hitler contra el país de los soviets. El pacto
soviético-alemán frustró estos planes y dio tiempo a que la Unión Soviética se
preparase aún más en adelante para enfrentar la agresión nazi.
En lo referente a la alianza
anglo-soviético-norteamericana, es sabido que fue concluida cuando la Alemania
hitleriana, después que había ocupado Francia y estaba en guerra con
Inglaterra, desencadenó su feroz agresión contra la Unión Soviética, cuando la
lucha contra las potencias del Eje adquirió un claro y acentuado carácter
antifascista y libertador. Hay que recalcar que en aquel tiempo, Stalin y la
Unión Soviética nunca y en ningún caso preconizaron y llamaron al proletariado
y a los partidos comunistas a que desistieran de la revolución y se unieran con
la burguesía reaccionaria. Incluso cuando Browder renunció a la lucha de clases
y predicaba la conciliación de clases, porque supuestamente así lo exigían los
intereses de la alianza anglo-soviético-norteamericana, fue estigmatizado por
Stalin y el movimiento comunista como revisionista y renegado de la revolución.[8]
Como se ve, nada justifica los compromisos y las
alianzas sin principio de los chinos con el imperialismo norteamericano y con
las diversas fuerzas reaccionarias. La analogía histórica que quieren hacer los
revisionistas chinos es infundada.
Los dirigentes chinos en su propaganda intentan
hacer creer que pretendidamente nosotros, los albaneses, somos adversarios de
todo compromiso y que no luchamos por aprovechar debidamente las
contradicciones. Como es natural, ellos saben que nuestra actitud respecto a
estas cuestiones está en las posiciones del marxismo-leninismo, sin embargo
siguen haciendo propaganda en esta línea errada para disimular su alejamiento
de la teoría científica marxista-leninista y del camino de la revolución.
Actúan así para denigrar la política y las actitudes justas del partido y del
estado proletarios. Sus acusaciones no tienen base de sustentación, pero
refirámonos a los hechos.
Nuestro Partido, en todo momento, ha defendido y
defenderá enérgicamente y hasta el fin la justa causa de los pueblos árabes,
sin excepción. Sostenemos la lucha del pueblo palestino contra Israel, que
desde hace tiempo se ha convertido en un instrumento ciego, en un gendarme del
imperialismo norteamericano en el Oriente Medio. Se le ha asignado la misión de
proteger los ricos yacimientos de petróleo árabes en favor de las grandes
compañías monopolistas de los Estados Unidos de América y conservar el statu quo,
como dicen los revisionistas chinos.
Independientemente de que antes el presidente Sadat
y su gobierno estuviesen en alianza con la Unión Soviética, hemos sostenido la
lucha del pueblo de Egipto por recuperar los territorios ocupados por Israel,
pero hemos desenmascarado los designios de la Unión Soviética hacia Egipto y,
en general, sus artimañas en el Oriente Medio. En ningún momento hemos
permanecido callados ante los fines colonizadores de la Unión Soviética con
respecto a Egipto. Lo mismo hemos hecho respaldando con igual consecuencia al pueblo
egipcio en su lucha contra el imperialismo norteamericano e Israel.
Sosteniendo los intereses del pueblo egipcio y de
los otros pueblos árabes, nuestro Partido y nuestro pueblo desenmascaran
también las maniobras que realiza actualmente el imperialismo norteamericano
junto con Israel. No podemos aprobar ningún camino, ninguna línea que lleve a
un compromiso con el Israel agresor, so pretexto de que esto se hace en favor
del pueblo egipcio.
En cambio, la dirección china no desenmascara al
imperialismo norteamericano, aplaude los acuerdos israelí-egipcios e impele a
los pueblos árabes a pactar, a contraer compromisos con el imperialismo
norteamericano e Israel, que están entre sus principales enemigos. Esta actitud
no es marxista-leninista, este compromiso a lo chino no va en interés de los
pueblos. Es absolutamente inadmisible la absurdidad china de que,
precipitándose de un imperialismo a otro imperialismo, «se actúa en interés de
la libertad de los pueblos». Estas maniobras e intrigas típicamente burguesas
no pueden ser consideradas como actos marxista-leninistas que ayudan a
profundizar las contradicciones entre las dos superpotencias imperialistas.
El Partido y el pueblo albanés se oponen a las
guerras imperialistas de rapiña y están decididamente al lado de las justas
luchas de liberación nacional, que están y deben ir en todo momento en
beneficio de los pueblos, en favor de la revolución. Ellos no están en contra
de respaldar incluso a un estado burgués, cuando ven que sus gobernantes son
progresistas y combaten por los intereses de la liberación de su pueblo de la
hegemonía imperialista. Pero nuestro país no puede hacer causa común o
concertar compromisos, como los llaman los revisionistas chinos, con un estado
dominado por una camarilla reaccionaria, que en interés de su propia clase y en
detrimento de los intereses del pueblo, se alía con una u otra superpotencia.
Albania socialista, asimismo, no está en contra de
tener relaciones diplomáticas normales con los estados del «tercer mundo» o del
«segundo mundo». Está en contra de tales relaciones únicamente con las dos
superpotencias y con los estados fascistas. Pero también las relaciones
diplomáticas, al igual que las relaciones comerciales, culturales, etc., las
desarrollamos de conformidad con los principios, velando, en primer lugar, por
los intereses de nuestro país y de la revolución, contra los cuales no hemos marchado
ni jamás marcharemos.
Los marxista-leninistas que hemos llegado al poder,
debemos establecer relaciones diplomáticas también con los estados
burgués-capitalistas, porque en esto estamos interesados tanto nosotros como
ellos. Estos intereses son recíprocos.
Los marxista-leninistas siempre deben tener
presentes los principios. No pueden pisotearlos en virtud de las coyunturas que
se crean en uno u otro período. No hay que perder de vista que en los países
dominados por las altas capas de la burguesía, éstas están en lucha permanente
con el pueblo, con el proletariado y el campesinado pobre, con la pequeña
burguesía urbana. Por eso, tanto en el caso en que el país socialista mantiene
relaciones estatales con los países burgueses, como cuando no las tiene, debe dar
a comprender a los pueblos que defiende su lucha, que no aprueba los actos
reaccionarios y antipopulares de aquellos que los dominan.
Los marxista-leninistas debemos conocer y tener en
cuenta no sólo las contradicciones que existen entre las clases oprimidas y sus
opresores, sino también las contradicciones que surgen entre estados, es decir,
entre los gobiernos de dichos países con el imperialismo norteamericano, con el
socialimperialismo soviético, con los otros países capitalistas, etc. Siempre
debemos hacer una política tal que no nos lleve a defender un gobierno
reaccionario que, en función de sus propios intereses y de la clase que detenta
el poder, rompe momentáneamente con el imperialismo norteamericano para caer en
el regazo de otro imperialismo, como por ejemplo, en el del imperialismo
inglés, soviético, etc. Debemos aprovechar las contradicciones entre ellos
teniendo en cuenta que nuestra actitud contribuya a reforzar la lucha del
proletariado y de las masas oprimidas de ese país contra su gobierno
reaccionario. Si entre el gobierno capitalista reaccionario y opresor de un
país del «segundo mundo» o del «tercer mundo» y el gobierno de un país del
«primer mundo», según la división que hacen los revisionistas chinos, han
surgido contradicciones, no se puede decir que estas contradicciones estén
siempre a favor de la liberación del pueblo de dicho país del yugo del capital,
del yugo de la burguesía reaccionaria que impera en él. Aquí estamos
principalmente ante intereses de clase, ante intereses de gobiernos burgueses
que representan a las clases explotadoras, ante la cuestión de quién es el
mejor postor, de quién defiende mejor su permanencia en el poder y de quién
busca destronar a los otros para reemplazarlos por su propia gente.
Cuando se trata de la lucha del proletariado, no
debe confundirse la actitud hacia la burguesía con las relaciones diplomáticas,
comerciales, culturales y científicas entre el país socialista y los estados de
diferente sistema social. Estas relaciones interestatales deben existir y
desarrollarse, pero al establecerlas el país socialista debe tener objetivos
claros. La vida ideológica, política, moral, material del país socialista debe
ser un ejemplo para los pueblos de los estados con los cuales tiene relaciones,
de modo que a través de estas relaciones, los pueblos de los estados no
socialistas vean los beneficios y las ventajas que aporta el sistema
socialista. Seguir o no el camino socialista, naturalmente, es asunto de su
incumbencia, pero el deber del país socialista es dar buen ejemplo.
Los dirigentes chinos no sólo no tienen claros
todos estos problemas políticos, teóricos y organizativos y no desean
esclarecerlos, sino que deliberadamente los enturbian aún más porque, como dice
Mao Tse-tung, hay que enturbiar para esclarecer. Esta tesis no es justa. Por el
contrario, debemos esclarecer y persuadir para hacer la revolución, porque la
falta de claridad existe. Si se trata de enturbiar, entonces que se enturbie
aún más al imperialismo que está en agonía, pero no debe ayudársele y ponerle
muletas para prolongar sus días. Acortemos la vida del capitalismo para que los
pueblos y el proletariado se liberen, para que se aproxime la perspectiva del
socialismo y el comunismo. Este es nuestro camino revolucionario, el camino del
marxismo-leninismo. No existe otro camino.
En el pasado, los dirigentes chinos utilizaban la
expresión «lucha medida por medida» contra el imperialismo norteamericano, pero
esta fórmula no la han aplicado ni mucho menos la aplican hoy. No llevan a cabo
una lucha medida por medida porque se acercan al imperialismo norteamericano,
porque se han aliado con los Estados Unidos de América.
Las relaciones diplomáticas, comerciales y
culturales de China con los estados imperialistas y los demás estados del mundo
están fundadas sobre bases capitalistas. Estos lazos tienen por objetivo
reforzar las posiciones económicas y militares de China mediante las ayudas que
busca obtener de los estados imperialistas poderosos, para así poder competir
también ella con las otras dos superpotencias. La propaganda que hace China por
la radio y otros medios apunta a crear en el mundo la impresión de que China no
sólo es un estado grande, poderoso y con una cultura antigua, sino que además
la actual política china es progresista, e incluso marxista-leninista. Pero
esta actividad de los revisionistas chinos no sirve ni puede servir en absoluto
como un ejemplo a seguir por los pueblos del mundo en su lucha por destruir el
poder capitalista e imperialista.
La concepción china sobre la unidad del «tercer
mundo» es reaccionaria
La dirección china busca la unión de todos los
países del «tercer mundo», países heterogéneos desde cualquier punto de vista
que se los mire: desde el punto de vista del desarrollo económico, social y
cultural, del tiempo que ha requerido y del camino que ha recorrido cada uno
para conquistar el grado de libertad e independencia de que goza hoy, etc.
Pero ¿cómo imagina esta unión que preconiza? La
dirección china no la concibe en la vía marxistaleninista y en interés de la
revolución y la liberación de los pueblos. La concibe desde el punto de vista
burgués, es decir, como una unión realizada a través de tratados y acuerdos,
que atan y desatan los gobernantes de estos países, los cuales hoy están
ligados con una potencia imperialista, pero que mañana rompen los acuerdos
establecidos para vincularse a otra.
La dirección revisionista china olvida que la
unidad de estos estados nacionales sólo se puede asegurar gracias a la lucha
del proletariado y de las masas trabajadoras de cada país concreto, en primer
lugar contra el imperialismo del exterior que ha penetrado en ese país, pero
también contra el capitalismo y la reacción del interior. Únicamente sobre esta
base se puede lograr la unión de estos países, sólo sobre esta base se puede
constituir el frente único contra el imperialismo extranjero, así como contra
los reyes, la burguesía reaccionaria, los feudales y los dictadores nativos.
En el capitalismo la unión es realizada sólo por
arriba, en la cumbre, para salvaguardar las conquistas de la burguesía y
defenderse de la revolución. Mientras que la verdadera unión, la unión popular,
puede ser conseguida principalmente por abajo, teniendo al proletariado al
frente.
Naturalmente no debe ser desechada la táctica de
que puede valerse el proletariado de un país del llamado tercer mundo o el
proletariado de todos estos países para unirse con otras fuerzas políticas
contra el imperialismo. Tampoco puede descuidarse la unidad de las fuerzas
revolucionarias con la dirección burguesa de un país, cuando, en un momento
dado, se crea una contradicción profunda con un imperialismo extranjero o con
una dirección reaccionaria de uno de les países del «tercer mundo».
Todas estas eventualidades y posibilidades deben
ser estudiadas y aprovechadas por las fuerzas revolucionarias. Por esta razón
Lenin dice que la ayuda del país socialista y del proletariado internacional
debe ser diferenciada y condicionada.
Pero los dirigentes chinos predican precisamente
una alianza incondicional entre los gobiernos reaccionarios, para supuestamente
hacer frente al imperialismo. Y cuando hablan contra el imperialismo, no tienen
en cuenta el imperialismo en general, sino sólo el socialimperialismo
soviético.
El debilitamiento del imperialismo y del
capitalismo es hoy la tendencia principal de la historia mundial. Los esfuerzos
de los diversos estados por liberarse de la influencia del imperialismo
constituyen otra tendencia que conduce al debilitamiento del mismo. Pero esta
segunda tendencia, a la que la dirección revisionista china da, de manera
incondicional, un carácter absoluto, sin hacer ninguna diferenciación entre los
países, sin estudiar las situaciones generales y particulares, no conduce al
camino justo de unir a los pueblos en la lucha por liberarse de la ingerencia y
la dominación imperialistas. Tampoco puede conducir a un camino correcto el
punto de vista de los revisionistas chinos que considera Europa como un
continente con países del «segundo mundo», a los cuales alía con el «tercer
mundo». Esta agrupación de estados capitalistas jamás puede estar por
el debilitamiento general del capitalismo mundial.
Decir que tal cosa puede lograrse a través de la ayuda y la colaboración de la
burguesía aristocrática de Inglaterra, de la burguesía revanchista de Alemania
Occidental, de la astuta burguesía francesa y de otros grandes grupos
capitalistas, es una ingenuidad lamentable.
Los sostenedores de la teoría de los «tres mundos»
pueden pretender que, preconizando la unión de dichos países capitalistas,
tienden a debilitar al imperialismo. Pero ¿a cuál de los imperialismos
debilitará esta unión? ¿Al imperialismo con el que la teoría de los «tres
mundos» llama a crear un frente único contra el socialimperialismo? ¿Al
imperialismo con el cual los países capitalistas de Europa, pese a tener
también contradicciones con él, están aliados? Está claro que la prédica
llamando a reforzar esta agrupación de estados, es una prédica tendente a
consolidar las posiciones del imperialismo norteamericano, a fortalecer las
posiciones de los estados capitalistas de Europa Occidental.
Por otra parte, cuando la dirección china habla de
crear una alianza de los estados del «segundo mundo» con los estados del
llamado tercer mundo, sobreentiende la alianza entre los círculos dominantes de
dichos países. Pero pretender que estas alianzas contribuirán a liberar a los
pueblos, es un punto de vista idealista, metafísico, antimarxista. Por lo
tanto, engañar con tales teorías revisionistas a las amplias masas de los
pueblos que reivindican la liberación, es un crimen contra los pueblos y la revolución.
El Partido Comunista de China opina que el
imperialismo no sabe, no ve, no comprende y no aprovecha las contradicciones
que existen entre los países que acaban de sacudirse el yugo del colonialismo y
han caído bajo el yugo del neocolonialismo. Los hechos demuestran que estas
contradicciones son explotadas por el imperialismo a diario y constantemente en
beneficio propio. Este incita y empuja a dichos países y a sus pueblos a luchar
el uno contra el otro, a escindirse, a reñir entre sí, de modo que no alcancen
la unidad, aunque sea en algunos problemas particulares.
También el imperialismo lucha a vida o muerte, se
esfuerza por prolongar sus días y, cuando ve que no puede lograr esto con los
métodos corrientes, entonces desencadena guerras y agresiones abiertas para
reconquistar su supremacía y su hegemonía.
Los dirigentes chinos anhelan unir a los países del
«tercer mundo» no sólo entre sí, sino también con los Estados Unidos de
América, contra el socialimperialismo soviético. En otras palabras, los
revisionistas chinos dicen sin tapujos a los pueblos del «tercer mundo» que su
enemigo principal es el socialimperialismo soviético y por eso actualmente no
deben levantarse ni contra el imperialismo norteamericano ni contra su aliada,
la burguesía reaccionaria, que impera en sus países. Según la «teoría» china,
los estados del «tercer mundo» deben luchar, no por consolidar su libertad, su
independencia y su soberanía, ni por la revolución, que acaba con la dominación
de la burguesía, sino por mantener el statu qua. Es comprensible que los
revisionistas chinos, al predicar el acuerdo con los Estados Unidos de América,
en oposición a los intereses de la revolución y de la causa de la liberación
nacional, empujan estos estados a un compromiso de traición.
Los partidos verdaderamente marxista-leninistas
tienen como tarea internacionalista estimular al proletariado y a los pueblos
de todos estos países e inspirarles para que hagan la revolución, se levanten
contra la opresión y la servidumbre externas e internas bajo cualquier forma
que se presenten. Nuestro Partido opina que sólo así pueden crearse las
condiciones para que los pueblos combatan tanto al imperialismo como al
socialimperialismo, con los cuales la burguesía capitalista de la mayoría de
estos países del «tercer mundo» está unida de las más diversas formas.
Pero ¿qué hace China? China defiende a Mobutu y a
su camarilla en el Zaire. Con su propaganda intenta crear la impresión de que
está defendiendo al pueblo de este país frente a la invasión de mercenarios
urdida por la Unión Soviética, pero en realidad protege al régimen reaccionario
de Mobutu. La camarilla de Mobutu es una agencia al servicio del imperialismo
norteamericano. Con su propaganda y su postura «pro Zaire», China defiende la
alianza de Mobutu con el imperialismo norteamericano, con el neocolonialismo y
lucha para que en este país no se modifique el statu quo establecido. El deber
de los verdaderos revolucionarios no es defender a los gobernantes
reaccionarios, instrumentos de los imperialistas, sino trabajar para alentar al
pueblo del Zaire a que luche por su libertad y soberanía contra Mobutu, el
capital local y el imperialismo norteamericano, francés, belga, etc.
Del mismo modo que estamos contra Mobutu en el
Zaire, estamos contra Neto o sus acólitos en Angola, porque la Unión Soviética
hace con Neto en Angola exactamente lo mismo que los Estados Unidos de América
con Mobutu en el Zaire. Examinando la evolución de la situación en estos dos
estados mencionados, se observa claramente cómo en ellos se desarrolla la
rivalidad entre las superpotencias por el reparto colonial, por la distribución
de los mercados. Nosotros no defendemos ni a Neto, ni a la Unión Soviética, pero,
al combatirlos, no podemos apoyar al imperialismo norteamericano y a sus
mercenarios, enemigos del pueblo angoleño. En toda situación, en toda
circunstancia y en todo momento debemos respaldar a los pueblos revolucionarios
y, en el caso del Zaire y Angola, debemos apoyar únicamente a los pueblos de
estos dos países para que se sacudan el yugo que están imponiéndoles las
superpotencias.
¿Qué debe recomendarse a los revolucionarios del
Zaire? ¿Establecer compromisos con Mobutu, como recomiendan los revisionistas
chinos, para que el pueblo de este país sea oprimido aún más por el
imperialismo? No, los marxista-leninistas no pueden recomendar este tipo de
compromisos al pueblo del Zaire ni a ningún otro pueblo.
Tomemos como ejemplo la política de China en
Pakistán. El Pakistán de los khan, donde siempre han imperado la burguesía rica
y los grandes latifundistas, ha sido supuestamente aliado de China. La ayuda de
China a este país no ha tenido un sentido revolucionario. Ha ayudado a reforzar
a la burguesía reaccionaria y latifundista de Pakistán, la cual oprime
ferozmente al pueblo de este país, del mismo modo que las camarillas de Nehru,
Gandhi y los demás magnates reaccionarios oprimen al pueblo hindú. El gobierno
de Zulficar Ali Bhutto era igual. Primero se produjo la separación de Pakistán
Oriental del Occidental. La India supo aprovechar las grandes contradicciones
que existían entre el pueblo de Pakistán Oriental y la burguesía reaccionaria
que dominaba. Pakistán Occidental. Fomentó estas contradicciones hasta llevar
al pueblo de Pakistán Oriental a una insurrección contra el Pakistán de Ali
Bhutto. En aquel entonces se formó en Pakistán Oriental, que tomó el nombre de
Bangla Desh, el gobierno de Muyibur Rahman, que pretendidamente luchaba por la
democracia y por los intereses del pueblo. Pero un buen día Muyibur Rahman fue
asesinado por elementos estrechamente ligados al imperialismo norteamericano.
Ahora Ali Bhutto también ha sido derrocado.
Así el amigo y aliado de China, el latifundista y
el hombre más rico de Pakistán, ha sido derribado por otros reaccionarios a
través de un golpe de estado.
Pero, ¿qué es esta oposición que llegó al poder y
quiénes son los que la integran? También se trata de una fuerza reaccionaria,
integrada por militares, capitalistas y grandes terratenientes. Movidos por sus
intereses de clase y por los lazos que asimismo mantienen con los Estados
Unidos de América, con la Unión Soviética o con China, buscan mantener
firmemente en sus manos el poder reaccionario. En estas condiciones hablar al
pueblo de Pakistán de alianza estrecha con tal o cual fuerza política burguesa,
y de respaldo a una de esas fuerzas, a fin de que substituya una camarilla
dominante por otra, como hacen los dirigentes chinos, no es indicarle el camino
justo de la revolución. El camino correcto consiste en pedir al pueblo que,
entre los dos fuegos, el de Bhutto y el de sus adversarios, encienda el
poderoso fuego revolucionario que sofoque a los dos primeros, derribe a las dos
camarillas que existen en Pakistán, y que son harina del mismo costal. En esta
lucha en dos flancos el propio pueblo pakistaní debe saber aprovechar las
contradicciones.
Lo mismo podemos decir de muchos países del llamado
tercer mundo o «mundo no alineado».
Por lo tanto, la dirección china es desafortunada
no sólo en las alianzas y en la amistad con los marxista-leninistas, sino
también en las alianzas con los estados burgués-capitalistas. Pero, ¿por qué es
desafortunada? Es desafortunada porque su política no es marxista-leninista,
porque sus análisis y las deducciones que saca de ellos, son erróneos. En estas
condiciones, ¿acaso los pueblos del «tercer mundo» pueden confiar en China,
cuya intención es poner estos países bajo su férula?
Sólo la dictadura del proletariado, sólo la
ideología marxista-leninista, sólo el socialismo crean el cariño sincero, la
amistad estrecha y la unidad de acero entre los pueblos, eliminando todo lo que
los separa y divide. Para crear la unidad y la amistad entre los pueblos, para
zanjar los problemas siguiendo el camino mejor y más adecuado a sus intereses,
de ninguna manera debe ayudarse ni hacerse concesiones a burgueses degenerados
como Mobutu, Bhutto, Gandhi y otros, en nombre de establecer un supuesto equilibrio
político, que es una expresión de la teoría anticientífica, antipopular y
oportunista del «equilibrio», la cual sirve para mantener el statu qua y la
esclavitud.
Los marxista-leninistas luchamos contra el
neocolonialismo, contra la burguesía capitalista opresora de cada país, es
decir, contra los que oprimen a los pueblos. Esta lucha puede ser realizada si
los verdaderos partidos comunistas inspiran, organizan y dirigen al
proletariado y a las masas trabajadoras. El partido cumple con éxito su papel
de dirección del proletariado y de las masas cuando su inspiración es
marxista-leninista revolucionaria y no una inspiración equívoca a base de cien
significados o de cien banderas. El partido marxista-leninista del país
verdaderamente socialista no actúa partiendo únicamente de los intereses de su
propio estado, sino que, además, siempre tiene en cuenta el interés de la
revolución mundial.
La teoría china del «tercer mundo» y la teoría
yugoslava del «mundo no alineado» sabotean la lucha revolucionaria de los
pueblos
Todos los renegados del marxismo-leninismo, los
revisionistas modernos, soviéticos, titistas, chinos, etc., hacen lo imposible
para combatir al marxismo-leninismo, la teoría victoriosa del proletariado. La
denuncia que hizo nuestro Partido de la teoría de los «tres mundos», ha puesto
en una situación difícil a los revisionistas chinos; debido a que no están en
condiciones de responder teóricamente a nuestra oposición y desenmascaramiento,
no porque nos teman, sino porque lo que temen es su falta de argumentos.
Mao Tse-tung y Teng Siao-ping, que han enunciado o
han hecho suya la noción «tercer mundo», no han intentado, a propósito, y
además son incapaces de ello, argumentada de manera teórica. Y ¿por qué no lo
han hecho? Esta «negligencia» suya es una trampa y tiene por objetivo engañar a
la gente, hacer admitir sin discusión una tesis absurda, por el solo hecho de
que ha sido formulada por Mao Tse-tung. Mao Tse-tung no ha estado en
condiciones de explicar en qué consiste la base teórica de esta noción «filosófica»
o «política», porque no tiene ninguna base. El y sus discípulos se limitan a
proclamar su concepción de la división del mundo en tres, pero sin sustentarla
con argumentos, porque ellos mismos saben bien que esta tesis es insostenible.
El «tercer mundo» chino y el «mundo no alineado»
yugoslavo son casi la misma cosa. Estos dos «mundos» tienen por objetivo
justificar teóricamente la extinción de la lucha de clases entre el
proletariado y la burguesía, y servir a las grandes potencias imperialistas y
capitalistas a fin de conservar y perpetuar el sistema burgués de opresión y
explotación.
El mito que han creado los revisionistas chinos en
torno a la teoría del «tercer mundo», en tanto que teoría falsa, antimarxista,
sin ninguna base teórica, no surte efecto no sólo entre las amplias masas del
proletariado y de los pueblos que sufren en los países del «tercer mundo», sino
tampoco entre dirigentes de estos países. Estos últimos, a los que la dirección
china quiere poner bajo su paraguas, tienen sus propios puntos de vista
arraigados en la cabeza, tienen su propia ideología y orientaciones determinadas,
por eso no creen en los cuentos chinos. Los Teng Siao-ping y compañía se
imaginan que China puede imponerse a estos países por su extensión territorial
y por su población. Hasta cierto punto, y en la medida en que no le afecte, al
imperialismo norteamericano le conviene la teoría china de los «tres mundos».
Esta teoría fomenta la creación de situaciones confusas en el mundo, de las que
se benefician tanto el imperialismo norteamericano como el socialimperialismo
soviético para extender cada cual su propia hegemonía, para tramar de una
manera aún más intensa alianzas y acuerdos con los cabecillas capitalistas y
latifundista-burgueses de los países del llamado tercer mundo. Esta situación
también sirve a los fines socialimperialistas de los revisionistas chinos.
En cuanto a la teoría del «mundo no alineado» los
revisionistas yugoslavos la elevan a teoría universal, que debe sustituir la
teoría marxista-leninista, la cual, según ellos, «está anticuada», ha dejado de
ser «actual», porque los pueblos y el mundo supuestamente han cambiado. No
denuncian abiertamente el marxismo-leninismo como hace Carrillo, pero, con la
defensa de su teoría del «mundo no alineado», lo combaten, mientras que los que
defienden el marxismo-leninismo, según los revisionistas yugoslavos incurren
siempre en la misma «falta», no aceptan que se corrijan los principios, las
normas de esta doctrina revolucionaria, por lo tanto son «reincidentes». Según
ellos, el Partido del Trabajo de Albania (que es el blanco de sus ataques) es
un partido «reincidente», porque exige que se apliquen los principios, los
métodos, la doctrina científica de Marx, Engels, Lenin y Stalin en «un mundo
completamente distinto al de su época».
Los puntos de vista titistas son totalmente
antimarxistas. De estas posiciones parte también el análisis que hacen de la
actual evolución mundial. El revisionismo moderno en general y el revisionismo
yugoslavo y el chino en particular, están en contra de la revolución. Los
revisionistas yugoslavos y chinos consideran que el imperialismo norteamericano
es una fuerza poderosa capaz de tomar un camino más lógico, «ayudar» al mundo
de nuestros días que, según ellos, está en vías de desarrollo, y no desea estar
alineado. Pero la teoría yugoslava no logra dar la debida definición al término
«no alineado». Los países que incluye en este mundo suyo, ¿desde qué punto de
vista no están alineados? ¿Desde el punto de vista político, ideológico,
económico o militar? La teoría seudo marxista yugoslava no aborda ni menciona
esta cuestión, porque todos estos países, que busca dirigir pretendidamente
como un mundo nuevo, no pueden liberarse de su múltiple dependencia respecto al
imperialismo norteamericano o al socialimperialismo soviético.
La «teoría» yugoslava especula con el hecho de que
actualmente ha desaparecido en general el colonialismo de viejo tipo, pero no
dice que muchos pueblos han caído en las garras del nuevo colonialismo. Los
marxista-leninistas no negamos que el colonialismo de las viejas formas haya
desaparecido, pero acentuamos que ha sido reemplazado por el neocolonialismo.
Son los mismos colonizadores de ayer los que hoy siguen oprimiendo a los
pueblos con su potencial económico y militar, los que los desorientan política e
ideológicamente, propagando también su modo de vida corrompido. Los titistas
consideran que una situación de este tipo, es una gran transformación del mundo
y añaden que dicha situación no fue conocida ni por Marx ni por Lenin ni menos
aún por Stalin, a quien ignoran totalmente. Según ellos, ahora los pueblos son
libres, independientes, su única aspiración es convertirse en no alineados, y
que las riquezas del mundo sean distribuidas de manera más racional, más justa.
A fin de hacer realidad esta «aspiración», los
«teóricos» yugoslavos piden que los imperialistas norteamericanos, los
socialimperialistas soviéticos y los estados capitalistas desarrollados se
pongan la mano sobre el corazón y, bondadosamente, a través de conferencias
internacionales, de debates, de cesiones y concesiones reciprocas, contribuyan
a cambiar el mundo actual, el cual, según ellos, «ha adquirido el nivel de
conciencia requerido para ir al socialismo».
Este es el «socialismo» que predican los
revisionistas titistas, y lo hacen con particular insistencia para apartar a
los pueblos de la realidad. Puesto que no están por la revolución, están por la
conservación de la paz social, para que la burguesía y el proletariado se
entiendan «a fin de mejorar las condiciones de vida de las clases inferiores».
Es decir, suplican humildemente a las clases altas, que se muestren «generosas»
y que concedan parte de sus ganancias a los «pobres de la tierra».
Tito busca hacer de la teoría del «mundo no
alineado» una «doctrina universal», que supuestamente se acomode, como hemos
expuesto más arriba, a la «actual situación mundial». Los pueblos del mundo han
despertado y quieren vivir libres, pero esta «libertad», según la teoría de
Tito, actualmente es «incompleta» porque existen dos bloques, el bloque de la
OTAN y el de Varsovia.
Tito se hace pasar por una personalidad y el
abanderado de la política en contra de los bloques. Es verdad que su país no
forma parte de la OTAN ni del Tratado de Varsovia, sin embargo está ligado a
estas organizaciones militares por innumerables hilos. La economía y la
política yugoslavas, no son independientes, están condicionadas por los
créditos, las ayudas y los empréstitos de los países capitalistas, en primer
lugar del imperialismo norteamericano, por eso se apoya más en este
imperialismo. Pero Tito se apoya igualmente en el imperialismo soviético y en
todas las otras grandes potencias capitalistas. Así Yugoslavia, que se hace
pasar por no alineada, de facto, si no de jure, está alineada con las
organizaciones agresivas de las superpotencias.
En diversos países del mundo hay muchos dirigentes
como Tito, a los que pretende agrupar en el llamado mundo no alineado. En
general, estas personalidades son burgueses, capitalistas, no marxistas, muchas
de ellas combaten la revolución. Los apelativos socialista, demócrata,
socialdemócrata, republicano, republicano independiente y otros, que se
atribuyen a sí mismas algunas de ellas, en la mayoría de los casos sirven para
engañar al proletariado y al pueblo oprimido, para mantenerlos subyugados, para
jugar a sus espaldas.
En los estados «no alineados» impera la ideología
capitalista, antimarxista. Muchos de estos estados están enredados con las
superpotencias y todos los países capitalistas desarrollados del mundo por los
mismos lazos que lo está la Yugoslavia titista. La agrupación en el «mundo no
alineado» que predica Tito para todos los países del mundo, bajo su dirección,
tiene como única base el objetivo y la actividad tendentes a sofocar la
revolución, a impedir que el proletariado y los pueblos se levanten y derrumben
la vieja sociedad capitalista, e instauren la sociedad nueva, el socialismo.
Esta es la idea y éste es el principio fundamental
por los que se orienta Tito para agrupar a estos países. El se jacta de haber
logrado agruparlos y dirigirlos pero, de hecho, no hay nada de esto, porque
nadie da a la teoría titista del «mundo no alineado», ni tampoco a la teoría
china de los «tres mundos», la importancia que sus abanderados desean y
pretenden concederles. Cada uno anda a su manera por el camino que le asegure
los más substanciales y los más inmediatos beneficios.
Según todos los síntomas, el imperialismo
norteamericano y el capitalismo mundial prefieren el «mundo no alineado» de
Tito al «tercer mundo» de los chinos. Los países capitalistas desarrollados y
el imperialismo norteamericano, no obstante apoyar la teoría china de los «tres
mundos», muestran respecto a ella un cierto miedo, una cierta vacilación,
porque el fortalecimiento de China puede crear situaciones desagradables y
constituir más tarde una amenaza también para los propios norteamericanos. En
cambio, el «mundo no alineado» de Tito no representa ningún peligro para los
Estados Unidos de América. Por eso Carter, en el curso de la reciente visita de
Tito a los Estados Unidos de América, puso por las nubes el papel de este
último en la creación del «mundo no alineado», y calificó el movimiento de los
«países no alineados» de «factor importantísimo para la solución de los grandes
problemas del mundo actual».
Los «países no alineados», que en su mayoría son
capitalistas, han echado su suerte. Saben maniobrar políticamente y están con
las potencias imperialistas y capitalistas que les conceden más ayudas. Hacer
política, según la concepción burguesa y capitalista, significa mentir, andar
con rodeos, burlar a uno y a otro a más y mejor. Esta política es una política
de prostitución, cuyo objetivo en determinados momentos y de acuerdo a las
coyunturas, es beneficiarse por lo menos de algún plazo de un estado más poderoso,
en interés de su propia clase y de la gente gorda de la misma.
El titismo, con la teoría del «mundo no alineado»,
preconiza precisamente esta política. Pero esta política no tiene en todas
partes una orientación idéntica, como pregona Tito. Los estados «no alineados»
no preguntan a Tito lo que deben hacer y cómo deben actuar. Los gobernantes de
estos estados, con alguna excepción, se esfuerzan por reforzar su poder
capitalista, por explotar a sus propios pueblos, por tener amistad con un gran
país imperialista, por impedir el estallido de toda revuelta e insurrección popular,
de toda revolución y sofocarlas si estallan. He aquí toda la política del
«mundo no alineado» titista.
También la teoría china del «tercer mundo» es
partidaria del statu quo. El «mundo no alineado» titista tiene como finalidad
mendigar créditos al imperialismo norteamericano y a los otros países
capitalistas para enriquecer y mantener en el poder a la clase burguesa.
También China, con el «tercer mundo», pretende enriquecerse, potenciarse
económica y militarmente para convertirse en la superpotencia que domine el
mundo. Los objetivos de estos dos «mundos» son antimarxistas, son pro capital,
pro imperialismo norteamericano.
Los revisionistas yugoslavos, tal como demostraron
una vez más la visita de Tito a China11 y la de Jua Kuo-feng a Yugoslavia,
dirigen muchos elogios y astutas adulaciones a China que se adecuan
perfectamente al carácter de los revisionistas chinos, para arrastrados a sus
posiciones, con el fin de que la teoría de los «países no alineados» encuentre
no sólo buena comprensión, sino que además sea aceptada completamente por
Pekín. Los dirigentes revisionistas chinos, con Jua Kuo-feng y Teng Siao-ping a
la cabeza, a pesar de que no renuncian a la teoría del «tercer mundo», se han
expresado abiertamente en respaldo de la teoría titista del «mundo no
alineado». Dieron muestras de que desean trabajar estrechamente con los
revisionistas yugoslavos, en una misma línea, en dos rieles paralelos, con un
objetivo antimarxista común para engañar a los pueblos del «tercer mundo».
Ahora los dirigentes yugoslavos están desarrollando estos puntos de vista en
defensa de China. Tomándola bajo su defensa han planteado incluso algunos
«argumentos», que son ofensivos para China, como estado megalómano que es. Al
afirmar que la política actual de China es realista, los titistas se ponen de
su lado y defienden a los dirigentes chinos del desenmascaramiento a que está
sometiéndolos nuestro Partido.
China, dicen los yugoslavos, es un gran país que,
por su propia naturaleza, debe desarrollarse, porque aún está atrasada; es un
país en vías de desarrollo. Los titistas pretenden que los partidos
marxista-leninistas, como el Partido del Trabajo de Albania, cometen un error
al atacar a China por sus justas aspiraciones de desarrollo y de
no-alineamiento, por la ayuda que presta a las luchas de liberación nacional,
etc., etc. Yugoslavia tiene la pretensión de que China gire en torno a ella
como un satélite. Para los revisionistas yugoslavos es importante que China
adopte sin ninguna vacilación sus puntos de vista antimarxistas.
Con su teoría del «mundo no alineado», Yugoslavia
con Tito al frente, ha servido siempre con fidelidad al imperialismo
norteamericano. También ahora Tito y su grupo hacen el mismo tipo de servicio
al esforzarse por llevar a China hacia un acercamiento y alianza con los
Estados Unidos de América. Este era el objetivo principal del viaje de Tito a
Pekín y de sus conversaciones que concluyeron con el establecimiento de una
estrecha amistad, amistad que, con la visita de Jua Kuofeng a Yugoslavia,
adquirió la forma de una vasta colaboración no sólo entre estados sino también
a nivel de partidos. En el curso de la visita de Tito a Pekín, los dirigentes
chinos admitieron a media voz que la Liga de los Comunistas de Yugoslavia es un
partido marxista-leninista y que en Yugoslavia se construye el verdadero
socialismo. Cuando Jua Kuo-feng llegó a Belgrado, esto fue admitido abierta y
oficialmente.
En otras palabras, los maoistas hicieron lo mismo
que Mikoyan y Jruschov en su tiempo, que reconocieron abiertamente que Tito es
un «marxista», que «en Yugoslavia se está construyendo el socialismo», que «el
Partido Comunista de Yugoslavia es un partido marxista-leninista».
Los Estados Unidos de América manipulan, a su
antojo, tanto el hilo Tito, como los hilos Jua Kuo-feng y Teng Siao-ping. Los
dos últimos son muñecos que no aparecen abiertamente en el escenario de los
teatros de marionetas, sino que son de esos personajes que se ocultan, que,
cuando son atacadas sus teorías, cuando no encuentran argumentos para
polemizar, declaran: ¡«no hacemos polémica»! ¿Por qué no hacen polémica con
Albania socialista cuando ella y el Partido del Trabajo marxistaleninista los
están desenmascarando tanto ante la opinión pública mundial? ¿A qué esperan? No
quieren polemizar porque temen ver desenmascarado su juego traidor al
marxismo-leninismo y a la revolución. Esta es la razón por la que los
dirigentes chinos ocultan la verdad cuando, por medio de los yugoslavos y
otros, dicen que China no responderá a la polémica albanesa.
Los Estados Unidos de América, la Unión Soviética y
otros países capitalistas celebran reiteradas reuniones bilaterales y
multilaterales, organizan conferencias de todo tipo, convocan congresos,
adoptan resoluciones, pronuncian discursos y organizan conferencias de prensa,
dicen multitud de mentiras y hacen promesas, amenazas y chantajes. Y todo esto
con la finalidad de salir de la crisis que los tiene atenazados, de sofocar el
sentimiento de venganza de los pueblos que sufren bajo la opresión, de engañar
a las amplias masas trabajadoras y al proletariado, de engañar a los demócratas
progresistas. En todo este juego, en este sucio laberinto, también los
revisionistas yugoslavos y chinos juegan su carta.
De igual modo, la teoría del «mundo en vías de
desarrollo» es otra carta de este juego, que persigue el mismo objetivo
antimarxista, confundir a las gentes. Esta teoría no trata de cuestiones
políticas, porque lo haría en vano. Para ella sólo existe la «cuestión
económica» y la «cuestión del desarrollo» en general. Nadie determina qué
desarrollo es el que busca la teoría del «mundo en vías de desarrollo».
Naturalmente, los diversos países del mundo desean desarrollarse en todos los
terrenos de la vida: económico, político, cultural, etc. Los pueblos del mundo,
con el proletariado a la cabeza, aspiran a destruir el viejo y podrido mundo
burgués-capitalista y edificar en su lugar el mundo nuevo, el socialismo. Pero,
acerca de este mundo no se dice nada en la teoría del «mundo no alineado» ni en
la del «mundo en vías de desarrollo».
Cuando los marxista-leninistas hablamos de los
diversos países, también formulamos nuestras consideraciones respecto a ellos,
evaluamos asimismo el nivel de desarrollo de uno u otro país, las posibilidades
con que cuenta cada estado en este sentido. Nosotros decimos que el pueblo de
cada país debe hacer la revolución y construir la sociedad nueva con sus
propias fuerzas. Decimos que todo estado, para que sea libre, independiente y
soberano, debe edificar una sociedad nueva, debe combatir y derrocar a sus opresores,
batirse contra cualquier imperialismo que lo avasalle, conquistar y defender
los derechos políticos, económicos y culturales, edificar una patria plenamente
libre, plenamente independiente, donde domine la clase obrera en alianza con
todas las masas
trabajadoras. Nosotros declaramos esto y somos
resueltos defensores de la tesis leninista de los dos mundos. Somos miembros
del mundo nuevo, el mundo socialista, y combatimos a ultranza el viejo mundo
capitalista.
Todas las demás «teorías» sobre la división del
mundo en «primer mundo», «segundo mundo», «tercer mundo», «mundo no alineado»,
«mundo en vías de desarrollo» o en cualquier otro «mundo» que pueda ser
inventado en el futuro, sirven al capitalismo; a la hegemonía de las grandes
potencias, a sus designios de mantener subyugados a los pueblos. Por esta razón
combatimos con todas nuestras fuerzas estas teorías reaccionarias y
antimarxistas.
Esta lucha de nuestro Partido es seguida con
simpatía en todo el mundo, sobre todo en los países de los llamados tercer
mundo, mundo no alineado o mundo en vías de desarrollo. Los pueblos de estos
países, a los que las teorías revisionistas chinas, titistas, soviéticas, las
teorías del imperialismo norteamericano, etc., quieren engañar, ven en nuestras
concepciones marxista-leninistas, en la posición ideológica y política de
nuestro Partido, una actitud correcta que responde a su justa aspiración de liberarse
de una vez y para siempre de la opresión y la explotación.
Precisamente por eso los enemigos del
marxismo-leninismo y de nuestro Partido pretenden acusamos de sectarios,
ultraizquierdistas, blanquistas, de no hacer un análisis correcto de la
situación internacional, sino de atenernos a algunos viejos esquemas, etc. Es
fácil comprender que se refieren a nuestra doctrina revolucionaria, que
califican de «esquematismo marxista-leninista», «esquematismo staliniano», etc.
Nos acusan de que llamamos a los países que se han
liberado de la forma de explotación del viejo colonialismo y que han caído en
la forma de explotación del nuevo colonialismo, a pasar de inmediato al
socialismo, a realizar inmediatamente la revolución proletaria. Con esto creen
atacamos, presentándonos como aventureros. Pero nuestro Partido se mantiene
fiel a la teoría marxistaleninista, a la teoría que ha trazado de manera
correcta el camino de la revolución, las etapas por las que debe pasar esta revolución
y las condiciones que deben ser cumplidas para que la revolución, ya sea
nacional-democrática y antiimperialista, o socialista, se realice con éxito.
Hemos permanecido fieles a esta teoría en el curso de nuestra Lucha
Antifascista de Liberación Nacional, ahora permanecemos fieles a ella en la
construcción del socialismo, permanecemos fieles a ella en nuestra lucha
ideológica y en nuestra política exterior. Nuestro análisis es justo, por eso
ninguna calumnia puede alterarlo.
II
EL PLAN DE CHINA PARA CONVERTIRSE EN SUPERPOTENCIA
Al inicio, cuando analizamos la estrategia global
del imperialismo norteamericano y del socialimperialismo soviético para dominar
el mundo, cuando analizamos la aparición y el desarrollo de las diversas
variedades del revisionismo moderno, así como la lucha de todos estos enemigos
contra el marxismo-leninismo y la revolución, hemos hablado también del lugar
que ocupa el revisionismo chino y de su estrategia.
China autodenomina marxista-leninista la línea
política que sigue, pero la realidad demuestra lo contrario. Precisamente los
marxista-leninistas debemos desenmascarar la verdadera naturaleza de esta
línea. No debemos permitir que las teorías revisionistas chinas pasen por
teorías marxistas, no debemos tolerar que China, en el camino en el que se ha
metido, simule combatir por la revolución, cuando en realidad se opone a ella.
China, con su política, pone aún más en evidencia
que trata de reforzar las posiciones del capitalismo en el país e implantar su
hegemonía en el mundo, convertirse en una gran potencia imperialista para que
también ella ocupe, como suele decirse, el «lugar que se merece».
La historia demuestra que todo gran país
capitalista tiende a transformarse en una gran potencia mundial, alcanzar y
aventajar a las otras grandes potencias, competir con ellas por la dominación
mundial. Los caminos que han seguido los grandes estados burgueses para
transformarse en potencias imperialistas han sido diferentes; estos caminos han
estado condicionados por determinadas circunstancias históricas y geográficas,
por el desarrollo de las fuerzas productivas, etc. El camino seguido por los
Estados Unidos de América difiere del camino de las viejas potencias europeas,
como Inglaterra, Francia y Alemania. Estas se formaron como tales sobre la base
de las conquistas coloniales.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los Estados
Unidos de América vinieron a ser la mayor potencia capitalista. Sobre la base
del gran potencial económico y militar de que disponían y con el desarrollo del
neocolonialismo, se transformaron en una superpotencia imperialista. Pero no
transcurrió mucho tiempo y a esta superpotencia se le sumó otra, la Unión
Soviética, que, tras la muerte de Stalin y después de que la dirección
jruschovista traicionase al marxismo-leninismo, se transformó en una superpotencia
imperialista. Aprovechó para este fin el gran potencial económico, técnico y
militar creado por el socialismo.
Ahora nos vemos frente a los esfuerzos de otro gran
estado, la China de nuestros días, por convertirse en superpotencia, porque
también ella marcha apresuradamente por el camino del capitalismo. Pero China
no tiene colonias, carece de una industria grande y desarrollada, no posee una
economía fuerte en su conjunto, no tiene un gran potencial termonuclear del
mismo nivel del que disponen las otras dos superpotencias imperialistas.
Para convertirse en superpotencia se precisa a
cualquier precio de una economía desarrollada, de un ejército pertrechado con
la bomba atómica, se necesita asegurar mercados y zonas de influencia, hacer
inversiones de capitales en el extranjero, etc. China busca cumplir cuanto
antes tales requisitos. Esto quedó claro en el discurso pronunciado por Chou
En-lai en la Asamblea Popular, en 1975, y fue reiterado en el XI Congreso del
Partido Comunista de China, donde se proclamó que, antes de terminar este siglo,
China se convertirá en un país poderoso y moderno, con miras a alcanzar a los
Estados Unidos de América y a la Unión Soviética. Ahora todo este plan ha sido
ampliado y precisado en lo que se denomina la política de las «cuatro
modernizaciones».
Pero ¿qué camino ha escogido China para
transformarse también ella en una superpotencia? Actualmente, las colonias y
los mercados del mundo están ocupados por otros. Contrariamente a lo que
pretenden los dirigentes chinos, es imposible crear con las propias fuerzas y
en 20 años, un potencial económico y militar igual al que poseen los
norteamericanos y soviéticos.
En estas condiciones, para llegar a superpotencia,
China tendrá que pasar por dos fases principales: la primera, solicitar
créditos e inversiones del imperialismo norteamericano y de los otros países
capitalistas desarrollados, adquirir tecnología moderna para explotar las
riquezas de su país, la mayor parte de las cuales pasará a título de dividendos
a los acreedores. La segunda, invertir la plusvalía obtenida a expensas del
pueblo chino en estados de diversos continentes, como hacen en la actualidad los
imperialistas norteamericanos y los socialimperialistas soviéticos.
Los esfuerzos de China por convertirse en
superpotencia consisten, en primer lugar, en escoger los aliados y crear las
alianzas. Hoy en el mundo existen dos superpotencias, el imperialismo
norteamericano y el socialimperialismo soviético. Los dirigentes chinos
han pensado que deben apoyarse en el imperialismo norteamericano, del cual
tienen grandes esperanzas de obtener ayudas en el terreno económico,
financiero, tecnológico, organizativo y también en el aspecto militar. El
potencial económico-militar de los Estados Unidos de América es, efectivamente,
superior al del socialimperialismo soviético. Los revisionistas chinos lo saben
bien, aunque digan que América está en decadencia. En su camino, no pueden
apoyarse en un socio débil, del cual no pueden sacar gran provecho.
Precisamente porque los Estados Unidos de América son poderosos, los han
escogido como aliado.
La alianza con los Estados Unidos de América, el
acomodamiento de la política china a la política del imperialismo
norteamericano tiene también otros objetivos. Encierra en si misma una amenaza
contra el socialimperialismo soviético, lo cual se nota en la propaganda
ensordecedora y en la febril actividad de los dirigentes chillos contra la
Unión Soviética. Con esta política, China da a entender a la Unión Soviética
revisionista que los lazos que ha establecido con los Estados Unidos de América
constituyen una fuerza colosal contra ella en caso de estallar una guerra
imperialista.
La actual política china tiende, asimismo, a trabar
amistad y alianzas con todos los demás países capitalistas desarrollados, de
los cuales pretende obtener beneficios políticos y económicos. China desea e
intenta reforzar la alianza norteamericana con estos países del «segundo
mundo», tal como los llama, y hace esfuerzos en este sentido. Además, propugna
la unidad o mejor dicho la subordinación de éstos al imperialismo
norteamericano, a quien considera su socio mayor.
Esto explica los estrechos lazos que el gobierno
chino quiere establecer con todos los estados capitalistas ricos, con el Japón,
Alemania Occidental, Inglaterra, Francia, etc.; esto explica las numerosas
visitas a China de delegaciones económicas, culturales y científicas
gubernamentales, procedentes de los Estados Unidos de América y de los demás
países capitalistas desarrolladas, ya se trate de repúblicas o reinos, así como
las visitas de las delegaciones chinas a estos países. Así se explica que China,
de forma sistemática, tome en cualquier ocasión posición en favor de los
Estados Unidos de América, así como de los otros países capitalistas
industrializados, esforzándose por poner de relieve todo escrito, toda
declaración y toda acción de estos estados contra el socialimperialismo
soviético.
Esta política de los dirigentes chinos no puede
pasar inadvertida para los Estados Unidos de América y no encontrar el debido
respaldo de éstos. Es sabido que durante la Segunda Guerra Mundial en el
Departamento el Estado Norteamericano existían dos lobby respecto a la cuestión
china: uno en pro de Chiang Kai-shek y otro en pro de Mao Tse-tung.
Naturalmente, en esa época en el Departamento de Estado y en el Senado
Norteamericano salió vencedor el lobby de Chiang Kai-shek, mientras que sobre
el terreno, en el continente, en China venció el lobby de Mao Tse-tung. Entre
los inspiradores de este lobby se encontraban Marshall y Vandemeyer, Edgar Snow
y otros[9], que se convirtieron en
los amigos y consejeros de los chinos, los promotores e inspiradores de toda
suerte de organizaciones en la nueva China. En la actualidad estos viejos lazos
se renuevan, se refuerzan, se amplían y se hacen más concretos. Hoy todo el
mundo puede observar que China y los Estados Unidos de América se acercan cada
vez más. Hace poco tiempo uno de los diarios norteamericanos mejor informados,
el Washington Post, escribía: «Ahora existe un consenso norteamericano, que es
apoyado incluso por la derecha, incluso por aquellos que sienten escasa
simpatía por Pekín. Según este consenso, a pesar de lo ocurrido en el pasado,
ya no hay motivo para que China sea considerada como una amenaza para los
Estados Unidos de América. Salvo Taiwán, hay muy pocas cosas en las cuales los
dos gobiernos no se ponen de acuerdo. Ambas partes han aceptado, de hecho,
aplazar la cuestión de Taiwán, con el fin de beneficiarse en otros terrenos».
La cuestión de Taiwán, que se plantea en las
relaciones entre China y los Estados Unidos de América, no pasa de ser
puramente formal. Ahora China no insiste sobre esta cuestión. Le tiene sin
cuidado Hong Kong y no le preocupa en absoluto que Macao se encuentre aún bajo
la dominación de los portugueses. El gobierno chino no acepta la oferta del
nuevo gobierno portugués de restituir a China esta colonia, diciendo que «lo
regalado no se devuelve». La existencia de estas colonias es algo anacrónico,
pero para la política pragmática de los dirigentes chinos esto carece de
importancia. Si Hong Kong y Macao siguen siendo colonias, ¿por qué no habría de
serio Taiwán? Al parecer, China está muy interesada en que Taiwán continúe en
ese estado. Además de las relaciones abiertas, relaciones que desarrolla a la
luz del día, está interesada en desarrollar, a través de estas tres puertas, un
tráfico secreto con los imperialistas norteamericanos, los imperialistas
ingleses, japoneses, etc. Por eso, las pamplinas que pretenden hacer creer Teng
Siao-ping y Li Sien-nien, de que supuestamente las relaciones
chino-norteamericanas dependen de la actitud norteamericana respecto a Taiwán,
no son más que una cortina de humo para disimular la política china de
acercamiento a los Estados Unidos de América, con la finalidad de convertirse
en una superpotencia.
Carter ha declarado que los Estados Unidos de
América establecerán relaciones diplomáticas con China12. En lo que se refiere a Taiwán adoptarán la
actitud del Japón, es decir, formalmente cortarán las relaciones diplomáticas
con la isla, manteniendo las relaciones económicas y culturales y, al amparo de
éstas, también las militares. De hecho, China está interesada en las relaciones
militares entre los Estados Unidos de América y Taiwán. Desea que los Estados
Unidos de América mantengan tropas en Taiwán, el Japón, Corea del Sur y el
Océano Indico, porque piensa que su presencia la beneficia, ya que sirve de contrapeso
a la Unión Soviética.
Todas estas actitudes están ligadas al camino que
ha escogido la dirección china, para hacer de su país una superpotencia,
esforzándose por desarrollar la economía y acrecentar el potencial militar
mediante los créditos y las inversiones de los Estados Unidos de América y de
otros grandes países capitalistas. Ella legitima este camino pretendiendo
aplicar una política justa, la línea «marxista» de Mao Tse-tung, según el cual
«China debe aprovechar los grandes éxitos del mundo, las patentes, las nuevas tecnologías,
poniendo lo extranjero al servicio del desarrollo interno»13, etc. Los artículos de Renmin Ribao y los
discursos de los dirigentes chinos están plagados de tales slogans. Según la
concepción china; aprovechar los inventos y los logros en el terreno de la
industria de los otros estados, significa recibir créditos y aceptar
inversiones de los Estados Unidos de América, el Japón, Alemania Occidental,
Francia, Inglaterra y los otros países capitalistas, a los que China corteja a
más y mejor.
Los dirigentes chinos han hecho suyas las teorías
revisionistas, según las cuales los grandes países, y China entre ellos, que
tienen muchas riquezas, pueden recibir créditos del imperialismo norteamericano
o de cualquier estado, trust y poderoso banco capitalistas, porque
supuestamente son capaces de reembolsarlos. En defensa de este punto de vista
han salido los revisionistas yugoslavos, que, pregonando su experiencia de la
«construcción del socialismo específico» con las ayudas de la oligarquía financiera
mundial y especialmente del capital norteamericano, dan el ejemplo e incitan a
China a seguirlo sin vacilar.
Los grandes países podrán liquidar los créditos que
reciben, pero las inversiones imperialistas que se hacen en ellos, como en la
Unión Soviética revisionista o en China y en cualquier otro lugar,
inevitablemente acarrean graves consecuencias neocolonialistas. Las riquezas y
el sudor de los pueblos son explotados también en interés de los consorcios y
de los monopolios capitalistas extranjeros. Los imperialistas norteamericanos,
así como los estados capitalistas desarrollados de Europa Occidental o el Japón,
que invierten en China y en los países revisionistas, tienen como objeto
establecerse en ellos, pretenden que los consorcios de sus países se entrelacen
en una estrecha colaboración con los trusts y las ramas de las principales
industrias en estos países.
La inversión de capitales de los estados
imperialistas en China no es un problema tan sencillo, como tratan de
presentarlo los revisionistas, que consideran exenta de peligros esta
penetración del capital en sus países, ya que éste no se introduciría a través
de las relaciones interestatales (a pesar de que altos dirigentes chinos han
declarado últimamente que aceptarán créditos gubernamentales del exterior),
sino por medio de bancos y sociedades privadas sin implicaciones ni intereses
políticos. El endeudamiento de cualquier país, grande o pequeño, con un
imperialismo u otro, siempre conlleva peligros inevitables para la libertad, la
independencia y la soberanía del país que toma este camino, tanto más para
países económicamente pobres como China. Un país verdaderamente socialista no
necesita de tales deudas. Las fuentes de su desarrollo económico las encuentra
en su propio país, en sus propios recursos, en su acumulación interna y en la
fuerza creadora del pueblo. Un testimonio muy claro de qué medios, recursos y
capacidades inagotables dispone un país socialista para desarrollarse, es el
ejemplo de Albania, el ejemplo de un país pequeño. Mucho más importantes son
los medios y recursos de un país grande en caso de que marche consecuentemente
por el camino del marxismo-leninismo.
La apertura del mercado chino al imperialismo
norteamericano y a las grandes compañías norteamericanas y otras occidentales
ha sido acogida con irreprimible alegría por los imperialistas de los Estados
Unidos de América y por toda la burguesía internacional.
Las multinacionales, los industriales de los
Estados Unidos de América, conocen bien la economía de China y sus grandes
riquezas, por eso hacen todo lo posible para levantar en ella su red económica,
constituir sociedades mixtas y obtener grandes beneficios. Así están actuando
en China no sólo las grandes sociedades norteamericanas; sino también las
sociedades japonesas, alemanas y de otros países capitalistas desarrollados.
Ya China ha concluido un contrato con el Japón,
para venderle anualmente hasta 10 millones de toneladas de petróleo. También
representantes del ENI italiano, a la cabeza de un nutrido equipo, viajaron a
China para ofrecer licencias de tecnología de prospección del petróleo, pero
allí se encontraron con grandes grupos de las compañías petroleras
norteamericanas, que con anterioridad habían hecho transacciones con China para
extraer y explotar conjuntamente el petróleo. China hace lo mismo con los otros
sectores de la minería, el hierro y los distintos minerales que puedan ser
descubiertos y que allí se hallan en gran cantidad. Los magnates alemanes del
carbón ya están presentes en China y han concluido contratos de varias decenas
de miles de millones de marcos. Los ministros chinos recorren de punta a punta
el Japón, América y Europa para obtener créditos, contratar nuevos equipos
tecnológicos, comprar armas modernas, establecer acuerdos técnicocientíficos,
etc. Todas las puertas de las instituciones y de las empresas chinas están
abiertas para los hombres de negocios de Tokio, Wall Street y del Mercado Común
Europeo, que se dan prisa en ir a Pekín para ser los primeros en acaparar los
grandes proyectos de «modernización» que les ofrece el gobierno chino. De esta
manera también China está entrando en el gran círculo infernal de la absorción
imperialista, del insaciable hambre imperialista de apoderarse de las riquezas
del subsuelo y de las materias primas, de explotar la mano de obra de su país.
Es sabido que el capitalista no concede ayudas a
nadie sin antes considerar, en primer lugar, su propio interés económico,
político e ideológico. No se trata únicamente del porcentaje que obtiene como
ganancia. El país capitalista que concede el crédito, junto con él, introduce
en el país que recibe la «ayuda», también su modo de vida, su modo de pensar
capitalista, crea sus bases y se extiende insensiblemente como una mancha de
aceite, amplía su telaraña y la araña está siempre en el centro y chupa la sangre
a todas las moscas que caen en sus redes, como fue el caso de Yugoslavia, como
lo es actualmente el caso de la Unión Soviética. Y China correrá la misma
suerte.
Por consiguiente, China cederá, como lo está
haciendo ya, también en lo político e ideológico, mientras que el mercado chino
se convertirá en un débouché[10] de
gran importancia para el imperialismo norteamericano y las otras potencias
capitalistas industrializadas.
Los créditos y las inversiones norteamericanos,
germano-occidentales, japoneses, etc., que se realizan en China no pueden dejar
de vulnerar, en uno u otro grado, su independencia y soberanía. Tales créditos
acarrean la dependencia de cualquier estado que los recibe, porque el acreedor
impone su política. Por lo tanto, cualquier estado, grande o pequeño, que se
introduce en los engranajes del imperialismo, mutila o pierde su libertad
política, su independencia y soberanía. En esta situación de mutilación de su
soberanía se encuentra la Unión Soviética, que, cuando emprendió el camino de
la restauración del capitalismo, era mucho más fuerte económica y militarmente
que la China actual, la cual se encamina por el mismo sendero.
Como es de suponer, los países pequeños, cuando se
introducen en los engranajes del imperialismo, pierden su libertad e
independencia antes que los países grandes, como China y la Unión Soviética,
que pueden perderlas con una gradación más lenta, debido no sólo a que cuentan
con un mayor potencial económico y militar, sino porque, basándose en este
potencial, pugnan por conservar los mercados y apoderarse de nuevos, crear
zonas de influencia y ensancharlas para presionarse mutuamente, e incluso
trabarse en guerras, cuando no encuentren otra salida. Pero esto, a pesar de
todo, no les libra de las cadenas de los créditos Y las inversiones que atan
sus pies. Los créditos y los intereses deben ser pagados. Pues bien, si no se
está en condiciones de pagarlos, se contraen nuevas deudas. A las deudas
existentes se suman otras y el capitalista exige las rentas, y, cuando no
pueden ser pagadas, el deudor es puesto entre la espada y la pared. Las
sociedades monopolistas norteamericanas, por ejemplo, que imponen la política a
seguir a su propio gobierno, le obligan a proteger por todos los medios sus
capitales, a declarar, si es preciso, incluso la guerra para defenderlos.
Juzgando por el afán que muestran los dirigentes
chinos de apoyarse en el imperialismo norteamericano, en los capitalistas de
los Estados Unidos de América, para desarrollar la economía de su país, se cae
por su propio peso también su ruido ensordecedor sobre el debilitamiento de
este imperialismo. Sus declaraciones de que supuestamente el imperialismo
norteamericano se ha debilitado son una superchería, al igual que lo es su
declaración sobre el apoyo en las propias fuerzas. En la práctica de los revisionistas
chinos todo el mundo puede observar que dicen lo contrario de lo que piensan.
La prensa oficial china frecuentemente se muestra
preocupada por los créditos que recibe la Unión Soviética socialimperialista de
los bancos norteamericanos, germano-occidentales, japoneses, etc. Previene a
los Estados Unidos de América y demás países capitalistas desarrollados para
que estén atentos, ya que las ayudas tecnológicas y los créditos que conceden a
la Unión Soviética son empleados en el desarrollo y el reforzamiento de su
potencial económico y militar, que estas ayudas y créditos acrecientan el
peligro que para ellos significa el socialimperialismo, el cual, como dicen los
dirigentes chinos, ha venido a ocupar hoy el lugar del III Reich. Por eso
llaman a cancelar cuanto antes estos créditos.
No es difícil deducir el verdadero sentido de la
«preocupación» que muestran los dirigentes chinos en tomo a los créditos que
recibe la Unión Soviética. Naturalmente, les tiene sin cuidado la esencia
capitalista de estos créditos, o el peligro que representan para la soberanía
del estado soviético. Lo que quieren decir a los magnates del capital
norteamericano y al gobierno de los Estados Unidos de América, a los
capitalistas y gobiernos de los demás países imperialistas, es que no deben
conceder esos créditos y esas ayudas a la Unión Soviética, sino a China de la
cual no les viene ningún peligro, sino sólo beneficios.
Esta es una de las caras del plan chino para hacer
de China una superpotencia. La otra cara son los esfuerzos por dominar
a los países menos desarrollados del mundo, por convertirse en líder de lo que
China llama «tercer mundo».
El grupo que impera actualmente en China hace mucho
hincapié en el «tercer mundo», en el cual incluye a la propia China, y esto no
ocasionalmente y sin intención. El «tercer mundo» de los revisionistas chinos
tiene un objetivo político bastante determinado. Forma parte de la estrategia
que tiende a convertir China lo antes y lo más aceleradamente posible en una
superpotencia. China pretende agrupar en torno suyo a todos los países del
«tercer mundo» o los «países no alineados», o bien a los «países en vías de
desarrollo», para crear una gran fuerza, que no sólo aumentará el potencial
global chino, sino que también la ayudará a oponerse a las otras dos
superpotencias, los Estados Unidos de América y la Unión Soviética, a tener un
peso mayor en los chalaneos para el reparto de los mercados y las zonas de
influencia, a asegurarse el status de verdadera superpotencia imperialista.
China trata de realizar su objetivo de agrupar a su alrededor el mayor número
posible de estados del mundo bajo la falsa consigna de que está por que los
pueblos se liberen del neocolonialismo y pasen al socialismo a través de la
lucha contra el imperialismo. Este imperialismo es en cierto modo abstracto,
pero recalca que el imperialismo más peligroso es el soviético.
China ha lanzado esta consigna demagógica y carente
de contenido teórico con la esperanza de valerse de ella para lograr sus fines
hegemonistas. Al principio pretende establecer su dominación en el llamado
tercer mundo y luego manejar este «mundo» en función de sus intereses
imperialistas. Por el momento, China trata de disimular esto con su reputación
de país socialista. Especula con el hecho de que un país socialista no puede
sustentar puntos de vista esclavizadores, ni tener a los demás agarrados por
las narices, chantajearlos, combatirlos, oprimirlos y explotarlos. Emplea dicha
consigna apoyándola en la fama que tiene el Partido Comunista de China, creado
por el «gran» Mao Tse-tung, de ser, según dicen, un partido marxista-leninista,
que sigue fielmente la teoría de Marx y Lenin, teoría que combate todos los
males del sistema capitalista, la explotación colonial. etc.
Enmascarándose bajo esta falsa identidad,
ocultándose tras la frase «tercer mundo» e incluyéndose sin criterio alguno y
sin ninguna definición de clase en este «mundo», China piensa poder realizar
más fácilmente su objetivo estratégico de establecer en él su propia hegemonía.
La Unión Soviética ha utilizado el mismo engaño hacia los otros países. Todos
los revisionistas jruschovistas predican día y noche que son «socialistas» y
que sus partidos son «verdaderos partidos marxista-leninistas». A su vez, también
los revisionistas soviéticos tratan de establecer, bajo este disfraz, su
hegemonía en el mundo. Por consiguiente, podemos decir que no existe ninguna
diferencia esencial entre la actuación china y la del socialimperialismo
soviético.
Toda esta evolución de la política y la actuación
chinas corrobora en su totalidad la definición marxista-leninista de las
características del imperialismo, en tanto que dominación de la oligarquía
financiera que busca mercados, que quiere conquistar el mundo y sentar en todas
partes su hegemonía. En este sentido, China intenta penetrar en los países del
«tercer mundo» y ocupar un «lugar al sol». Pero este «lugar» debe ganárselo con
grandes sacrificios.
Para penetrar en el «tercer mundo»; para hacerse
con los mercados, se necesitan capitales. Las clases dominantes, que detentan
el poder en los países del «tercer mundo», reclaman inversiones, reclaman
créditos y «ayudas». Pues bien, China no está en condiciones de ofrecerles
«ayudas» en grandes cantidades, porque no cuenta con potencial económico
suficiente. Precisamente ahora intenta crear este potencial con la ayuda del
imperialismo norteamericano. En tales condiciones, la burguesía que ejerce su
dominio en los países del «tercer mundo» tiene claro que por el momento no
puede beneficiarse mucho de China ni desde el punto de vista económico y
tecnológico, ni desde el punto de vista militar. Puede obtener mayores
beneficios del imperialismo norteamericano y del socialimperialismo soviético,
que poseen un gran potencial económico, técnico y militar.
No obstante, China, al igual que todo país que
tiene objetivos imperialistas, pugna, y pugnará aún más, por apoderarse de
mercados extranjeros; se esfuerza, y se esforzará aún más, por extender su
influencia y su dominación. Ahora estos planes ya son evidentes. Está creando
sus propios bancos, no sólo en Hong Kong, donde los tiene desde hace tiempo,
sino también en Europa y otros lugares. En especial, intentará crear bancos en
los países del «tercer mundo» y exportar capitales hacia ellos. En este terreno,
hoy por hoy, hace muy poco. La «ayuda» de China consiste en la construcción de
alguna fábrica de cemento, de algún ferrocarril o de algún hospital, porque sus
posibilidades no dan para más. Sólo cuando las inversiones norteamericanas,
japonesas, etc., en China comiencen a dar los frutos deseados por ella, es
decir, cuando se desarrollen la economía, el comercio y la técnica militar,
China estará capacitada para emprender una verdadera expansión económica y
militar en vasta escala. Pero, para lograr esto se necesita tiempo.
Entre tanto maniobrará, como ya ha empezado a
hacerlo, con la política de «ayudas» y créditos sin o con un mínimo de
intereses, en unos momentos en que los soviéticos y norteamericanos exigen
mucho más. Mientras los capitales chinos no estén en condiciones de desbordarse
en el extranjero, la dirección revisionista de China centrará su atención en el
aspecto propagandístico de las escasas «ayudas» y créditos que concede a los
«países en vías de desarrollo», preconizando su «carácter internacionalista», sus
«fines desinteresados», acompañando esto con el lema de «apoyarse en las
propias fuerzas» para liberar y construir el país.
A medida que China se desarrolle económica y
militarmente, intentará cada vez más penetrar en los países pequeños y menos
desarrollados y dominarlos a través de sus exportaciones de capitales, y
entonces ya no exigirá el 1 o el 2 por ciento de interés por sus créditos, sino
que hará lo mismo que los demás.
Sin embargo, todos estos planes y esfuerzos no
pueden ser realizados de dos zancadas. Los países imperialistas y capitalistas
desarrollados, que tienen su influencia en los países del llamado tercer mundo,
no permiten que China ocupe fácilmente los mercados que ellos hace tiempo han
conquistado por medio de las guerras de rapiña. No sólo conservan fuertemente
sus viejas posiciones, sino que por todos los medios tratan de ocupar otras
nuevas y no permiten que China meta la mano en estos países.
El imperialismo es implacable con cualquiera de sus
socios tanto cuando se halla en dificultades, como cuando está en auge. A veces
puede hacer de mal agrado y para obtener después mayores beneficios, alguna
concesión, pero, sobre todo, procura reforzar sus cadenas, no sólo las que atan
a los países débiles, sino también a los desarrollados; como es el caso de los
estados capitalistas industrializados. Los Estados Unidos de América, por
ejemplo, siempre han seguido esta política con sus aliados capitalistas, cuando
éstos se han encontrado en momentos difíciles en las guerras imperialistas que
han estallado entre ellos. Pero, también después de estas guerras, cuando sus
aliados se han esforzado por recuperarse, el imperialismo norteamericano ha
empleado todas sus fuerzas para impedir que penetren en los países donde había
establecido su dominio. De este modo, después de la Segunda Guerra Mundial, los
Estados Unidos de América, «ayudando» a Inglaterra y Francia que salieron
debilitadas de ella, se introdujeron profundamente en el mercado de la libra
esterlina, en el del franco, etc. Los monopolios y los cártels norteamericanos
de la metalurgia, la química, los transportes y muchas otras ramas vitales para
el desarrollo del capitalismo, penetraron en una proporción abrumadora en los
monopolios y en los cártels de Inglaterra, Francia, etc., colocando estos
países bajo la dependencia del imperialismo norteamericano. Este imperialismo
feroz e insaciable, como todo imperialismo, no puede actuar de modo diferente con
China.
Teniendo en cuenta las dificultades con que choca
para penetrar económica y militarmente en los países del «tercer mundo», China
piensa poder asegurar su hegemonía en ellos si establece su influencia política
e ideológica. Considera que
esto será alcanzado ateniéndose a tres orientaciones: no combatir al
imperialismo norteamericano y a las camarillas dominantes en los países
capitalistas, al contrario, aliarse a este imperialismo y a estas camarillas;
combatir al socialimperialismo soviético, que lo tiene en sus mismas fronteras,
para debilitar y destruir sus bases en Asia, África y América Latina; embaucar
al proletariado y a los pueblos, que tanto padecen, de estos continentes, por
medio de la demagogia y de las maniobras seudorrevolucionarias y seudosocialistas,
socavando todo movimiento revolucionario de liberación.
El imperialismo norteamericano y las demás
potencias imperialistas, junto con el socialimperialismo, comprenden muy bien
estos objetivos de China. También los entienden los países del «tercer mundo»,
y por eso sospechan y ven que China hace un bluf con ellos, que no tiene como
meta el sostenerlos y ayudarlos, sino convertirse en una superpotencia. La mayoría
de las direcciones que dominan los países del llamado tercer mundo están, desde
hace tiempo, íntimamente vinculadas al imperialismo norteamericano o a las
potencias capitalistas desarrolladas, como Inglaterra, Francia, Alemania,
Bélgica y Japón entre otras. Por eso el flirteo de China con el «tercer mundo»
no es motivo de preocupación para los estados imperialistas y capitalistas
desarrollados.
Además, las tentativas de China por introducirse en
el «tercer mundo» por medio de su política y su ideología llamada «pensamiento
Mao Tse-tung», no pueden tener éxito debido a que su ideología y su línea
política son un caos. La línea política de China es confusa, es una línea
pragmática que
vacila y cambia de acuerdo con las coyunturas y los
intereses del momento. Las clases dominantes en los estados del «tercer mundo»
no tienen miedo a esta ideología, porque se dan cuenta de que no está por la
revolución y la verdadera liberación nacional de los pueblos. La burguesía de
dichos países, para oprimir y explotar más fácilmente al pueblo, ha creado sus
propios partidos que llevan toda clase de etiquetas. A estos partidos, que
están estrechamente ligados con los capitales extranjeros invertidos en los
estados del llamado tercer mundo, no les resulta difícil combatir y
desenmascarar la línea china. Por eso, los dirigentes revisionistas chinos han
optado por sonreír a los partidos de estos países, se esfuerzan por todos los
medios y aprovechan cualquier ocasión para mostrarse con ellos «dulces como la
miel».
China, que proyecta dominar el «tercer mundo»,
trata de canalizar en su interés, en la medida de lo posible, los movimientos
de las masas trabajadoras de este «mundo». Pero actualmente los pueblos
oprimidos, con el proletariado a la cabeza, no se hallan en la situación en que
se encontraban en las postrimerías del siglo XIX o a comienzos del siglo XX. Se
oponen a toda política hegemonista y de sometimiento por parte de las grandes
potencias imperialistas, ya sean imperialistas viejos o nuevos, norteamericanos,
soviéticos o chinos. Hoy las amplías masas de los pueblos del mundo, en
general, han despertado y, a través de sus luchas, de una u otra forma, han
llegado a adquirir cierta conciencia de la necesidad de defender sus derechos
económicos y políticos. Los pueblos del llamado tercer mundo no pueden dejar de
ver que China no trabaja para llevar a sus países las ideas de la revolución y
la liberación nacional, sino para sofocar la revolución, que impide la
penetración de la influencia china. Asimismo, la línea china de alianza con los
Estados Unidos de América y con los demás países neocolonialistas, desenmascara
al socialimperialismo chino ante los ojos de los pueblos.
China no puede llevar a cabo una propaganda
positiva y revolucionaria en los países del «tercer mundo» por otra razón, y es
que chocaría con la oposición de la superpotencia, de cuya inversión de
capitales en China y de cuya tecnología avanzada pretende beneficiarse. Tampoco
puede llevar a cabo esta propaganda porque la revolución derrocaría
precisamente aquellas camarillas reaccionarias que dominan varios países del
llamado tercer mundo y que son respaldadas y ayudadas por China para que se
mantengan en el poder.
El gran afán de los dirigentes chinos por hacer lo
más rápidamente posible de su país una superpotencia e imponer en todas partes
su hegemonía, sobre todo en el llamado tercer mundo, los ha llevado a asentar
su estrategia y su política exterior en la instigación de la guerra
interimperialista. Ellos
desean vehementemente un choque frontal entre los Estados Unidos de América y
la Unión Soviética en Europa, donde China desde lejos se calentaría las manos
en el fuego atómico que destruiría a sus dos rivales principales y que haría de
ella la única y omnipotente dominante del mundo.
Mientras no se sienta enteramente segura de su
poderío para competir con las otras superpotencias, mientras no consiga el
«lugar merecido» como superpotencia, China procurará la paz para sí y la guerra
para los demás. Con la paz que le hace falta actualmente, están relacionadas
las no disimuladas maniobras diplomáticas de los revisionistas chinos para
incitar la guerra entre los
Estados Unidos de América y la Unión Soviética, de
modo que ellos mismos se mantengan aparte y se dediquen a sus
«modernizaciones». No es casual la declaración de Teng Siao-ping de que no
habrá guerra en 20 años. Con dicha declaración quiere decir a las superpotencias
y a los otros países imperialistas que no tengan miedo a China en el curso de
los próximos 20 años. Simultáneamente, los dirigentes chinos incitan una guerra
entre las superpotencias en Europa, lejos de China y sin el peligro de verse
implicada. En qué medida será posible esto, es otra cosa, pero los dirigentes
chinos trabajan en este sentido, debido a que sienten la apremiante necesidad
de tener tranquilidad a lo largo de un periodo que consideran indispensable
para realizar sus objetivos de hacer de China una superpotencia.
China pregona a bombo y platillo el reforzamiento
de la «unidad europea», de la «unidad de los países capitalistas desarrollados
de Europa». En todas las cuestiones apoya esta unidad, vendiendo opiniones a
los viejos lobos y zorros, «enseñándoles» cómo reforzar su unidad militar y
económica, la unidad organizativa del estado, etc., frente al gran peligro del
socialimperialismo soviético. Pero no necesitan las lecciones de China, porque
están en condiciones de comprender, y saben muy bien, de dónde procede el
peligro para ellos.
Los países desarrollados del Occidente no son tan
ingenuos como para seguir y aplicar à la lettre[11] los
consejos y los deseos de los chinos. Se refuerzan para hacer frente a un
peligro eventual proveniente de la Unión Soviética, pero al mismo tiempo, hacen
todo lo posible por no agravar las relaciones con ella, por no ir demasiado
lejos y enojar al «oso ruso». Esto, naturalmente, está en contradicción con los
deseos de China.
A los estados capitalistas de Europa y a los
Estados Unidos de América les conviene que China incite la contradicción entre
ellos y los soviéticos, porque indirectamente les sirve para decirles a éstos
que «su enemigo principal es China, mientras que nosotros, junto con ustedes,
buscamos crear una distensión, una coexistencia pacifica, independientemente de
lo que ella dice». Por otro lado, estos estados, mientras fingen querer la paz,
se arman para reforzar su hegemonía y su unidad militar contra la revolución,
que es su enemigo principal. En esto reside el objetivo de todas las reuniones,
como las de Helsinki y de Belgrado, a las que se da largas y se parecen al
Congreso de Viena tras la derrota de Napoleón, que es conocido como el congreso
de los bailes y las veladas.
Los dirigentes chinos, según declaró oficialmente
Teng Siao-ping en la entrevista concedida al director de la AFP, llaman a crear
«un amplio frente que englobe el tercer mundo, el segundo mundo y los Estados
Unidos de América» para combatir contra el socialimperialismo soviético.
La estrategia de la dirección revisionista de China
de incitar al imperialismo norteamericano, al imperialismo de Europa
Occidental, etc., a una guerra contra el socialimperialismo soviético, se
expone más al riesgo de una guerra entre ella y la Unión Soviética, que a una
guerra entre la Unión Soviética y los Estados Unidos de América y sus aliados
de la OTAN.
Si China instiga a los otros a la guerra, también
el imperialismo norteamericano, los países capitalistas desarrollados y todos
los países donde el poder es detentado por las camarillas burguesas
capitalistas, hacen lo mismo e incitan tanto a China, como a la Unión Soviética
a un enfrentamiento entre sí. Por eso es muy probable que la política de los
Estados Unidos de América y la propia estrategia errónea de China induzcan a la
Unión Soviética a reforzarse aún más en el plano militar y, como potencia imperialista
que es, a atacar antes a China.
China, por su parte, tiene marcadas propensiones a
atacar a la Unión Soviética cuando se sienta poderosa, porque tiene grandes
ambiciones territoriales sobre Siberia y otros territorios del Lejano Oriente.
Hace tiempo que ha presentado estas reivindicaciones,14 pero pretenderá algo más cuando esté
preparada, cuando haya puesto en pie un ejército pertrechado con todo tipo de
armas. Este es el significado de la declaración que hizo Jua Kuo-feng al ex
primer ministro conservador inglés Heath, cuando le dijo: «Nosotros tenemos la
esperanza de ver una Europa unida y poderosa, y creemos que, por su parte,
también Europa espera ver una China poderosa». En pocas palabras, Jua Kuo-feng
le dice a la gran burguesía europea: Fortalézcanse y ataquen desde el Occidente,
mientras que nosotros, los chinos, nos fortaleceremos y atacaremos a la Unión
Soviética desde el Oriente.
La política china abrió un amplio y muy beneficioso
camino a los Estados Unidos de América, camino que inauguraron Mao Tse-tung,
Chou En-lai y Nixon. Entre los Estados Unidos de América y China se tendieron
muchos puentes, puentes velados, puentes eficaces y fructuosos. Nixon propugnó
la necesidad de «construir un puente tan grande que enlace San Francisco con
Pekín». La invitación que Mao Tse-tung y Chou En-lai cursaron a Nixon, después
del escándalo del Watergate, y su recepción por Mao, no eran inmotivadas ni
desintencionadas. Significaban que la amistad con los Estados Unidos de
América, lejos de ser una amistad coyuntural entre personas, es una amistad
entre países, entre China y los Estados Unidos de América, independientemente
de que el presidente que abrió este camino fuese destituido de su cargo por sus
trapicheos.
Ahora que Carter está en el poder, las relaciones
de amistad entre China y los Estados Unidos de América se amplían. A los
Estados Unidos de América les interesa enormemente la actitud actual de China,
cuya estrategia es adulada por Carter en múltiples formas.
Los Estados Unidos de América están interesados en
Conceder a China una multilateral ayuda política, militar y económica, para
empujarla en contra de la Unión Soviética. Han dado a China secretos atómicos.
Esto ya está claro. Igualmente le han suministrado los más modernos ordenadores
que sirven para la guerra nuclear. China ha recibido datos completos para que
ella misma construya submarinos atómicos. En la actualidad en Washington se
habla abierta y oficialmente de suministrar armas modernas a China. Todos estos
«bienes» que los Estados Unidos de América ofrecen a China, como es natural, no
se los dan para hacer de ella una gran potencia terrestre y naval que ponga en
peligro a los propios Estados Unidos de América, como hizo el Japón en la
Segunda Guerra Mundial. No, el imperialismo norteamericano calcula bien todas
las llamadas ayudas que ofrece a todo el mundo, y particularmente a China.
De esta manera la ambición de China para
transformarse en superpotencia, y sus febriles esfuerzos para contrabalancear a
los Estados Unidos de América y a la Unión Soviética, necesariamente llevarán a
nuevas tensiones, a conflagraciones, a guerras, que pueden tener carácter
local, pero también el carácter de una guerra general.
Toda la teoría de los «tres mundos», toda su
estrategia; las alianzas y los «frentes» que predica y los objetivos que quiere
alcanzar, fomentan la guerra imperialista mundial.
Nikita Jruschov y los revisionistas modernos
desarrollaron la nefasta teoría de la «coexistencia pacifica» jruschovista, que
preconizaba la «paz social», la competencia pacífica», la «vía pacifica» de la
revolución, el «mundo sin armas y sin guerras». Esta teoría pretendía debilitar
la lucha de clases, velando y allanando las contradicciones fundamentales de
nuestra época. Jruschov de manera particular predicaba la supresión de las
contradicciones entre la Unión Soviética y el imperialismo norteamericano, en
general las contradicciones entre el sistema socialista yo el capitalista.
Sostenía el punto de vista de que actualmente, con los cambios que se han
operado en el mundo, la contradicción histórica entre el socialismo y el
capitalismo sería solucionada entrando en una competencia pacifica, en una
competencia en el terreno económico, político, ideológico, cultural, etc.
«Dejemos que el tiempo lo confirme y nos diga quién
tiene la razón», decía Jruschov, y que, en esta competencia, los pueblos elijan
libremente y «en santa paz» el régimen más adecuado. Nikita Jruschov predicaba
a los pueblos la necesidad de entregar sus riquezas a las superpotencias y
esperar a que, como resultado de esta famosa competencia pacifica, se les
asegurara la libertad, la independencia y el bienestar. Naturalmente, esta
política antimarxista fue desenmascarada y nuestro Partido fue el primero en abrir
fuego contra ella.
Ya en vida de Mao Tse-tung el Partido Comunista de
China ha seguido una política similar a la de Jruschov. También esta política
llama a las dos partes, al proletariado y a la burguesía, a los pueblos y a los
que les dominan, a cesar la lucha de clases, a unirse sólo contra el
socialimperialismo soviético y a olvidarse del imperialismo norteamericano.
La teoría de los «tres mundos» es una teoría
reaccionaria, como lo era la de Jruschov sobre la «coexistencia pacifica».
Pero, mientras Jruschov y sus secuaces, los portavoces del revisionismo
moderno, en apariencia se presentaban como pacifistas, Mao Tse-tung, Teng
Siao-ping; Jua Kuofeng, etc., se presentan como belicistas declarados. Estos
pretenden dar a la coalición imperialistacapitalista, en la cual China se
autoincluye, el color de un organismo de guerra revolucionaria, el significado
de una lucha por el triunfo del proletariado y por la emancipación de los
pueblos. Pero en realidad la «teoría» de Mao Tse-tung y del Partido Comunista
de China sobre los «tres mundos», no llama a la revolución, sino a una guerra
imperialista.
La agravación de las contradicciones y de la
rivalidad entre las potencias y las agrupaciones imperialistas conlleva el
peligro de que estallen los conflictos armados, de que estallen las
esclavizadoras guerras de rapiña. Esta es una conocida tesis del marxismo-leninismo,
confirmada de manera irrebatible por la historia. Su justeza es demostrada
claramente por la evolución de los acontecimientos internacionales en nuestros
días.
En numerosas ocasiones el Partido del Trabajo de
Albania ha levantado su voz para desenmascarar la ensordecedora propaganda
pacifista que las superpotencias difunden, tratando de bajar la vigilancia de
los pueblos y de las naciones amantes de la paz, de aturdirles sembrando
ilusiones y así cogerles desprevenidos. Más de una vez ha advertido que el
imperialismo norteamericano y el socialimperialismo ruso conducen el mundo a
una nueva guerra mundial y que el estallido de tal guerra es un peligro real y
no imaginario. Este peligro no puede dejar de preocupar continuamente a los
pueblos, a las amplias masas trabajadoras, a las fuerzas y los países amantes
de la paz, a los marxista-leninistas y a los hombres progresistas del mundo
entero, los cuales no deben permanecer pasivos y con los brazos cruzados ante
este peligro. Pero, ¿qué es preciso hacer para detener la mano de los
belicistas imperialistas?
El camino a seguir no puede ser el de la
capitulación y la sumisión ante los belicistas imperialistas, ni el de la
atenuación de la lucha contra ellos. Los hechos han demostrado que los
compromisos y las concesiones carentes de principios de los revisionistas
jruschovistas no hicieron más manso, más cortés ni más pacifico al imperialismo
norteamericano, por el contrario, le hicieron más arrogante y aumentaron su
voracidad. Los marxista-leninistas no son partidarios de azuzar a un estado o
agrupación imperialista contra otro, ni llaman a desencadenar guerras
imperialistas, porque son los pueblos quienes sufren sus consecuencias. El gran
Lenin señalaba que nuestra política no tiende a fomentar la guerra, sino a
impedir que los imperialistas se unan contra el país socialista.
«...si efectivamente precipitáramos a la guerra
a obreros y campesinos. -decía él- sería un crimen. Pero toda nuestra política
y propaganda no se orienta en absoluto a precipitar a los pueblos a la guerra,
sino a ponerle fin. Y la experiencia ha demostrado por cierto que únicamente la
revolución socialista permite terminar con las eternas guerras».[12]
Por consiguiente, el único camino justo es que la
clase obrera, las amplias capas trabajadoras y los pueblos se lancen a la
acción revolucionaria para detener la mano de los belicistas imperialistas en
sus propios países. Siempre los marxista-leninistas han sido y son los más
resueltos adversarios de las guerras injustas.
Lenin ha enseñado a los revolucionarios comunistas
que su tarea es destruir los planes belicistas del imperialismo e impedir el
estallido de la guerra. Si no logran esto, entonces deben movilizar a la clase
obrera, a las masas populares, y convertir la guerra imperialista en guerra
revolucionaria y de liberación.
Los imperialistas y los socialimperialistas llevan
la guerra de agresión en la sangre. Sus ambiciones de esclavizar a todo el
mundo les empujan a la guerra. Pero, aunque los imperialistas son quienes
desencadenan la guerra imperialista mundial, el proletariado, los pueblos, los
revolucionarios y todos los hombres progresistas son los que la pagan con su
sangre. Por esta razón los marxista-leninistas, el proletariado y los pueblos
del mundo están en contra de la guerra imperialista mundial y luchan sin descanso
para frustrar los planes de los imperialistas, para impedirles que arrojen el
mundo a una nueva carnicería.
De esto se desprende que no se debe preconizar la
guerra imperialista, como hacen los revisionistas chinos, sino que se ha de
luchar contra ella. El deber de los marxista-leninistas es lanzar al
proletariado y a los pueblos del mundo a la lucha contra los opresores para
quitarles el poder, los privilegios, y para instaurar la dictadura del
proletariado. China no hace esto, el Partido Comunista de China no trabaja para
conseguirlo. Con sus teorías revisionistas, este partido debilita y aplaza la
revolución, escinde a las fuerzas de vanguardia del proletariado, los partidos
marxista-leninistas, que están llamados a organizar y dirigir esta revolución.
El camino que recomienda la dirección china es un
engaño, una vía que no responde a nuestra doctrina, el marxismo-leninismo. La
línea revisionista china, por el contrario, debilita al proletariado y a los
pueblos, los abate, hace cernirse sobre ellos el peligro de una guerra
sangrienta, la guerra imperialista, la guerra criminal, tan odiada por ellos.
También por esta razón la teoría de Mao Tse-tung de
los «tres mundos» y la actividad política del Partido Comunista de China y del
estado chino, de ningún modo pueden ser consideradas marxistaleninistas y
revolucionarias.
Cuando Jruschov predicaba la competencia económica,
ideológica y política entre el socialismo y el imperialismo, los dirigentes
chinos supuestamente se oponían a esta tesis y decían que, para lograr la
verdadera coexistencia pacifica, era preciso combatir al imperialismo, ya que
la «coexistencia» no puede destruirle, no puede llevar al triunfo de la
revolución ni a la liberación de los pueblos.
Pero estas declaraciones se quedaron en el papel.
En realidad, la dirección del Partido Comunista de China ha sido y continúa
siendo partidaria de la coexistencia pacífica de tipo jruschovista. En el
documento ya mencionado: «Proposición acerca de la línea general del movimiento
comunista internacional», se dice: «La política de principios es la única
política acertada... ¿Qué quiere decir política de principios? Esto significa
que, al plantear y elaborar cualquier política, debemos hacerlo desde las posiciones
proletarias, partir de los intereses radicales del proletariado y guiarnos por
la teoría y las tesis fundamentales del marxismo-leninismo». Esto ha sido
declarado por el Partido Comunista de China, pero, ¿qué ha hecho y qué es lo
que hace ahora? Ha hecho y hace todo lo contrario.
En el documento citado y en otras ocasiones, el
Partido Comunista de China ha declarado que «es preciso denunciar al
imperialismo norteamericano como el mayor enemigo de la revolución, del
socialismo y de los pueblos del mundo entero». Y añadía: «no hay que apoyarse
ni en el imperialismo norteamericano ni en ningún otro imperialismo, no hay que
apoyarse en los reaccionarios». Pero el Partido Comunista de China no ha
aplicado estas tesis. El Partido del Trabajo de Albania, que se basa firmemente
en los principios fundamentales del marxismo-leninismo, se atiene resueltamente
a la lucha contra el imperialismo y el socialimperialismo. Precisamente en esta
cuestión Albania socialista está en oposición a China, y el Partido del Trabajo
de Albania está en oposición al Partido Comunista de China. Los dirigentes
chinos nos acusan a los albaneses de que no hacemos «un análisis
marxista-leninista de la situación internacional y de las contradicciones» y
que, por consiguiente, no seguimos la línea china de llamar a la «Europa
Unida», al Mercado Común Europeo y a los proletarios del mundo a unirse con los
norteamericanos contra los soviéticos. Su conclusión es que, al no apoyar al
imperialismo norteamericano, a la «Europa Unida», etc., favorecemos
supuestamente al socialimperialismo soviético.
He aquí, por su parte, una actitud no sólo
revisionista, disfrazada con un ropaje «antirrevisionista», sino también hostil
y calumniosa hacia Albania socialista. El imperialismo norteamericano es
agresor, belicista e incitador de guerras. Los Estados Unidos de América no
quieren solamente el statu quo, como pretenden los chinos, sino además la
expansión, de lo contrario no cabrían sus contradicciones con la Unión
Soviética. La cita de Mao, evocada por ellos, de que «los Estados Unidos de
América se han convertido en una rata, y todo el mundo grita en la calle:
mátenla, mátenla», pretende demostrar que sólo la Unión Soviética desea la
guerra, y no los Estados Unidos de América. Con su benevolencia hacia los
Estados Unidos de América, invitan a no golpear a este estado «que se ha
convertido en una rata», pero que sin embargo debe transformarse en aliado de
China. ¡He aquí la estrategia antimarxista del «marxista» Mao!
La «estrategia» china, partiendo de un análisis que
se basa en la teoría de los «tres mundos», ha determinado «definitivamente» que
«la rivalidad entre las dos superpotencias está centrada en Europa».
¡Asombroso! Pero, ¿por qué no lo está en otra zona del mundo, donde la Unión
Soviética pretende expandirse, como en Asia, en África, en Australia o en
América Latina, sino precisamente en Europa?
Los «teóricos» chinos no explican esto. Su
«argumentación» es la siguiente: el rival principal de los Estados Unidos de
América es la Unión Soviética. Estas dos superpotencias, una de las cuales
quiere el statu quo y la otra la expansión, desatarán la guerra en Europa, como
ocurrió en los tiempos de Hitler. También éste ambicionaba expandirse, dominar
el mundo, pero, para lograrlo, primero debía someter a Francia, Inglaterra y a
la Unión Soviética. Por esta razón Hitler comenzó la guerra en Europa y no en otros
lugares. Y más adelante los revisionistas chinos razonan que Stalin se apoyó en
Inglaterra y en los Estados Unidos de América; entonces, concluyen los chinos,
¿por qué no deberíamos apoyamos también nosotros en los Estados Unidos de
América? Pero, como anteriormente explicábamos, olvidan que la Unión Soviética
se alió a Inglaterra y a los Estados Unidos de América después de que Alemania
atacara a la Unión Soviética y no antes.
Cuando la Alemania de Guillermo II atacó a Francia
e Inglaterra, los cabecillas de la II Internacional predicaron la «defensa de
la patria burguesa». Tanto los socialistas alemanes como los socialistas
franceses cayeron en estas posiciones. Es sabido cómo Lenin condenó todo esto y
lo que dijo contra las guerras imperialistas. Ahora también los revisionistas
chinos, al preconizar la unión de los pueblos europeos con el imperialismo en
nombre de la defensa de la independencia nacional, actúan igual que los partidarios
de la II Internacional. En oposición a las tesis de Lenin, instigan la futura
guerra nuclear que las dos superpotencias pretenden desatar y hacen
llamamientos «patrióticos» a los pueblos de Europa Occidental y al proletariado
de la misma a dejar de lado las «pequeñas» cosas que tienen con la burguesía
(la opresión, el hambre, los asesinatos, el paro forzoso), a no atentar contra
su poder y a unirse con la OTAN, con la «Europa Unida», con el Mercado Común de
la gran burguesía y de los consorcios europeos y a luchar únicamente contra la
Unión Soviética, a ser soldados disciplinados de la burguesía. Ni la II
Internacional lo hubiera hecho mejor.
Y la dirección china ¿qué aconseja hacer a los
pueblos de la Unión Soviética y de los otros países revisionistas miembros del
Tratado de Varsovia, del COMECON? ¡Nada! Prefiere guardar silencio y olvidarse
completamente de ellos. De vez en cuando incita a las camarillas revisionistas
que dominan estos países a separarse de la Unión Soviética y unirse con
América. De hecho a estos pueblos les dice; ¡callaos, someteos y convertíos en
carne de cañón de la sanguinaria camarilla del Kremlin! Esta línea de la dirección
revisionista de China es antiproletaria, belicista.
Todo esto demuestra que los dirigentes chinos
confunden intencionadamente las situaciones internacionales. Estas situaciones
las ven conforme a sus intereses para hacer de China una superpotencia y no
conforme al interés de la revolución, las ven según el interés de su estado
imperialista y no según el interés de la liberación de los pueblos, las
consideran desde la óptica del estrangulamiento de la revolución en su propio
país y de las revoluciones en los otros países, y no desde la óptica de la
organización y la intensificación de la lucha del proletariado y de los pueblos
contra las dos superpotencias, así como contra los opresores burgueses
capitalistas de los otros países, las ven a través del prisma de fomentar la
guerra imperialista mundial y no de oponerse a ella.
El camino seguido por China para convertirse en una
superpotencia acarreará graves consecuencias, en primer lugar para la propia
China y para el pueblo chino.
El análisis marxista-leninista de su política lleva
a la conclusión de que la dirección china está metiendo el país en un callejón
sin salida. Sirviendo al imperialismo norteamericano y al capitalismo mundial,
piensa obtener, a su vez, ciertos beneficios, pero estos beneficios son dudosos
y le costarán caro a China. Traerán aparejada la catástrofe del país y tendrán,
naturalmente, sensibles repercusiones en otros países.
La política de China para convertirse en
superpotencia, política inspirada en una ideología antimarxista, está siendo
desenmascarada y será desenmascarada aún más a los ojos de todos los pueblos,
sobre todo de los pueblos del llamado tercer mundo. Los pueblos del mundo comprenden los
designios políticos de cualquier estado, socialista, revisionista, capitalista
o imperialista. Observan y comprenden que China, aunque se hace pasar por
integrante del «tercer mundo», no tiene las mismas aspiraciones y los mismos
objetivos de los pueblos de este «mundo». Observan que sigue una política
socialimperialista. Por eso es comprensible que esta política sea impopular.
Una política que ayuda a la opresión social y nacional, es inadmisible para los
pueblos. Es una política que sólo conviene a las camarillas reaccionarias,
únicamente a los que dominan y oprimen a los pueblos.
China apoya y abastece con armas a Somalia, la
cual, empujada por los Estados Unidos de América, lucha contra Etiopía.
Mientras, Etiopía es ayudada por la Unión Soviética para anexionarse Somalia.
Lo mismo pasa con Eritrea. Así, China se pone de un lado, la Unión Soviética
del otro. Si China es vista con buenos ojos en Somalia, lo es sólo por los que
están en el poder, pero no por el pueblo de este país que está siendo
masacrado. Tampoco es vista con buenos ojos por la dirección de Etiopía, que es
apoyada por los soviéticos, ni por el pueblo etiope, que es incitado en contra
de los somalíes, los cuales, supuestamente, intentan invadir Etiopía. De esta
manera China no tiene ninguna influencia ni en Etiopía ni en Somalia.
Tampoco es bien vista en Argelia. Esta última apoya
al «Frente POLISARIO», mientras que China favorece a Mauritania y Marruecos, es
decir, se pone del lado del imperialismo norteamericano.
Con su política exterior, China sigue un curso
supuestamente en pro de los pueblos árabes. Pero esta política consiste sólo en
conseguir que los pueblos árabes se unan contra el socialimperialismo
soviético. Se sobreentiende, pues, que China sostiene a este fin todo
acercamiento de los árabes, en primer lugar; con los Estados Unidos de América.
En lo tocante a Israel, la dirección china se
pronuncia con frecuencia contra él. Pero, de hecho, su estrategia es pro
Israel. Esto ha sido y es notado por los pueblos árabes y, en particular, por
el palestino.
Podemos decir que, en los países de Asia, China no
tiene ninguna influencia visible y estable.
China no tiene una amistad sincera y estrecha con
los países vecinos, y no hablemos de los que están más lejos. La política de
China no es ni puede ser correcta porque no es marxista-leninista. Sobre la
base de tal política no puede tener una amistad sincera con Vietnam, Corea,
Camboya, Laos, Tailandia, etc. China finge desear la amistad con estos países,
pero, en realidad, entre éstos y aquélla existen desacuerdos por cuestiones
políticas, territoriales y económicas.
Con la política que sigue, China ha caído en
abierto conflicto con Vietnam. Entre estos dos países están ocurriendo graves
incidentes fronterizos. Los socialimperialistas chinos han intervenido
brutalmente en los asuntos internos de Vietnam; en función de sus fines
expansionistas atizan el conflicto entre Camboya y Vietnam, etc. Cuando la
dirección china se comporta de esta manera con Vietnam, con un país que hasta
ayer consideraba hermano e íntimo amigo, ¿qué pueden pensar los países de Asia
acerca de la política china? ¿Acaso pueden fiarse de ella?
Hablar de la influencia de China en los países de
América Latina, sería perder el tiempo. En esta región no tiene influencia, ni
política, ni ideológica, ni económica. Toda la influencia china se reduce a la
amistad con un tal Pinochet, que es un rabioso fascista y asesino. Esta actitud
de China ha indignado no sólo a los pueblos de América Latina, sino también a
la opinión mundial. Ellos ven que la dirección china está en pro de los
gobernantes opresores, en pro de los dictadores y los generales que ejercen su
dominio sobre los pueblos, ven que está en pro del imperialismo norteamericano
que ha clavado sus garras en la garganta de los pueblos de este continente. Así
pues, podemos afirmar que la influencia de China en los países de América
Latina es insignificante, carece de fuerza, de contenido.
La política de los dirigentes chinos, lejos de
gozar de la simpatía y el apoyo de los pueblos, hará que China se aísle cada
vez más de los países progresistas, del proletariado mundial. No puede haber un
pueblo, no pueden encontrarse un proletariado y unos revolucionarios que apoyen
la política china, cuando ven que en la tribuna de Tien An Men, como ocurrió el
día de la fiesta nacional, el 1° de Octubre de 1977, al lado de los dirigentes
chinos están presentes los ex generales nazis alemanes; los ex generales y
almirantes militaristas japoneses, los generales fascistas portugueses, etc.,
etc.
En su camino para transformarse en una
superpotencia, China no puede avanzar sin intensificar la explotación de las
amplias masas trabajadoras de su propio país. Los Estados Unidos de América y
los demás estados capitalistas tratarán de asegurar superganancias de los
capitales que invertirán allá, también ejercerán presión para conseguir cambios
rápidos y radicales en la base y la superestructura de la sociedad china en el
sentido capitalista. La intensificación de la explotación de las masas de
muchos millones de seres para mantener a la burguesía china y su gigantesco
aparato burocrático y para poder pagar los créditos e intereses de los
capitalistas extranjeros, conducirá inevitablemente a la aparición de profundas
contradicciones entre el proletariado y el campesinado chinos, de una parte, y
los gobernantes burgués-revisionistas, de la otra. Esto opondrá a estos últimos
a las masas trabajadoras de su país, cosa que no puede dejar de producir agudos
conflictos y explosiones revolucionarias en China.
III
EL «PENSAMIENTO MAO TSE-TUNG», TEORÍA ANTIMARXISTA
La situación actual en el Partido Comunista de
China, sus numerosos zigzags y sus posturas tambaleantes, oportunistas, los
frecuentes cambios en la estrategia, la política que ha seguido y sigue su
dirección para hacer de China una superpotencia, plantean de manera
completamente natural el problema del lugar y del papel de Mao Tse-tung y de
sus ideas, del llamado «pensamiento Mao Tse- tung» en la revolución china.
El «pensamiento Mao Tse-tung» es una «teoría»
desprovista de los rasgos del marxismo-leninismo. Todos los dirigentes chinos,
tanto los que estuvieron antes en el poder, como quienes lo han tomado
actualmente, para llevar a la práctica sus planes contrarrevolucionarios, han
especulado y especulan con el «pensamiento Mao Tse-tung» en las formas de
organización y los métodos de acción, en los fines estratégicos y tácticos.
Nuestras opiniones y nuestra convicción sobre el
peligro que representa el «pensamiento Mao Tse- tung», nosotros, los comunistas
albaneses, las hemos formado gradualmente viendo la actividad sospechosa, las
actitudes vacilantes y contradictorias, la ausencia de los principios y el
pragmatismo de la política interior y exterior china, la desviación del
marxismo-leninismo y la utilización de frases izquierdistas para disfrazarse.
Cuando se fundó nuestro Partido, durante la Lucha de Liberación Nacional, así
como después de la Liberación, nuestra gente tenía conocimientos muy escasos
sobre China. Pero, al igual que todos los revolucionarios del mundo, también
nosotros habíamos formado una opinión progresista acerca de ella: «China es un
gran continente, China lucha, en China bulle la revolución contra el
imperialismo extranjero, contra las concesiones», etc., etc. En general,
sabíamos algo sobre la actividad de Sun Yat-sen, sobre sus vínculos y su
amistad con la Unión Soviética y con Lenin; por último sabíamos algo sobre el
Kuomintang, conocíamos la lucha del pueblo chino contra los japoneses y la
existencia del Partido Comunista de China, que era considerado como un partido
grande, con un marxista-leninista a la cabeza, Mao Tse-tung. Y eso era todo.
Sólo después de 1956, nuestro Partido tuvo los
contactos más estrechos con los chinos. Estos contactos vinieron
multiplicándose a causa de la lucha que nuestro Partido desarrolló contra el
revisionismo moderno jruschovista. En aquel entonces nuestros contactos con el
Partido Comunista de China o, más exactamente, con sus cuadros dirigentes, se
hicieron más frecuentes y más cercanos, sobre todo cuando el mismo Partido
Comunista de China entró en abierto conflicto con los revisionistas
jruschovistas. Pero debemos reconocer que, en las entrevistas que hemos
mantenido con los dirigentes chinos, a pesar de que han sido buenas y
camaraderiles, China, Mao Tse-tung y el Partido Comunista de China quedaban, en
cierta medida, como un gran enigma para nosotros.
Pero, ¿por qué China, su Partido Comunista y Mao
Tse.-tung eran un enigma? Lo eran porque muchas posturas, no sólo generales,
sino también personales de los dirigentes chinos sobre una serie de grandes
problemas políticos, ideológicos, militares y organizativos, oscilaban unas
veces hacia la derecha y otras hacia la izquierda. En unas ocasiones se
mostraban decididos, en otras indecisos, de cuando en cuando también mantenían
posiciones correctas, pero en la mayoría de los casos saltaban a la vista sus actitudes
oportunistas. La política china, en general, a lo largo de todo el período en
que vivió Mao, ha sido vacilante, era una política de coyunturas, carecía de la
columna vertebral marxista-leninista. Un día se hablaba de una manera acerca de
un problema político importante, y al día siguiente se hacía de otra. En la
política china no se podía encontrar un hilo conductor estable y consecuente.
Naturalmente, todas estas posturas llamaban nuestra
atención y no las aprobábamos, sin embargo, en la medida en que conocíamos la
actividad de Mao Tse-tung, participábamos de la opinión general de que era un
marxista-leninista. Sobre muchas tesis de Mao Tse-tung, tales como la de tratar
las contradicciones entre el proletariado y la burguesía como contradicciones
no antagónicas, la tesis de la existencia de las clases antagónicas durante
todo el período del socialismo,[13] la tesis de que «el
campo debe asediar la ciudad», que da carácter absoluto al papel del
campesinado en la revolución, etc., teníamos nuestras reservas y nuestros
puntos de vista marxista-leninistas, que, cuando se ha presentado la ocasión,
hemos manifestado a los dirigentes chinos. En tanto que otras concepciones y
posiciones políticas de Mao Tse-tung y del Partido Comunista de China,
incompatibles con las concepciones y las posiciones marxista-leninistas de
nuestro Partido, las considerábamos como tácticas provisionales de un gran
estado dictadas por determinadas situaciones. Pero, con el tiempo, se hacía
cada vez más evidente que las actitudes del Partido Comunista de China no eran
sólo tácticas.
Nuestro Partido, analizando los hechos, llegó a
algunas conclusiones generales y particulares, que lo indujeron a estar
vigilante, pero evitaba la polémica con el Partido Comunista de China y con los
dirigentes chinos, no porque temiese polemizar, sino porque los datos de que
disponía sobre el camino erróneo, antimarxista, de este partido y del propio
Mao Tse-tung no eran completos, estos datos no permitían aún sacar conclusiones
rotundas. Por otro lado, durante un tiempo el Partido Comunista de China se opuso
al imperialismo norteamericano y a la reacción. Asimismo se puso en contra del
revisionismo jruschovista soviético, a pesar de que ahora está claro que su
lucha contra este revisionismo no estaba dictada por correctas posiciones de
principio marxista-leninistas.
Además, no hemos tenido datos completos sobre la
vida interna política, económica, cultural, social, etc., de China. La
organización del partido y del estado chinos siempre ha permanecido cerrada
para nosotros. Por su parte, el Partido Comunista del China no nos ha dado
ninguna posibilidad de estudiar las formas de organización del partido y del
estado chinos. Los comunistas albaneses estábamos al corriente únicamente de
cierta organización estatal general de China y nada más, porque no se nos daba
la oportunidad de conocer la experiencia del partido en China, de ver cómo
actuaba, cómo estaba organizado, qué direcciones había tomado el desarrollo del
trabajo en diversos sectores y cuáles eran en concreto estas direcciones.
Los dirigentes chinos han obrado astutamente. No
han hecho públicos muchos documentos necesarios para conocer la actividad del
partido y del estado. Se guardaban y se guardan mucho de publicar sus
documentos. Incluso los escasos documentos publicados de que se dispone, son
fragmentarios. Mientras que los cuatro tomos con las obras de Mao, que pueden
considerarse oficiales, no sólo contienen materiales escritos hasta 1949, sino
que además han sido compuestos cuidadosamente, de manera que no aparecen con exactitud
las situaciones reales que se han desarrollado en China.
La presentación política y teórica de los problemas
en la prensa china, por no hablar de la literatura, que era totalmente confusa,
sólo tenía carácter propagandístico. Los artículos estaban repletos de fórmulas
estereotipadas típicamente chinas, enunciadas aritméticamente, tales como «las
tres cosas buenas y las cinco malas», «las cuatro cosas viejas y las cuatro
nuevas», «las dos advertencias y los cinco controles de sí mismo», «las tres
cosas verdaderas y las siete falsas», etc., etc. El enjuiciamiento desde el
punto de vista «teórico» de estas cifras aritméticas era difícil para nosotros
que estamos acostumbrados a pensar, actuar y escribir según la teoría y la
cultura marxista-leninista tradicional.
Los dirigentes chinos nunca invitaron a nuestro
Partido para que enviase alguna delegación a estudiar su experiencia. Incluso
cuando alguna delegación, a petición de nuestro Partido, ha viajado a China,
más que darle alguna explicación o experiencia sobre el trabajo del partido se
han dedicado a hacerle propaganda y a llevarla de un sitio a otro visitando
comunas y fábricas. Y ¿con quiénes mantenían esta actitud rara? Con nosotros
los albaneses, sus amigos, que les hemos defendido en las más difíciles situaciones.
Para nosotros, todos estos actos eran incomprensibles, pero a la vez eran una
señal de que el Partido Comunista de China no quería darnos una imagen clara de
su situación.
Pero lo que más llamó la atención de nuestro
Partido fue la Revolución Cultural, sobre la cual se nos presentaron varias
grandes interrogantes. A lo largo de la Revolución Cultural, que desencadenó
Mao Tse-tung, en la actividad del Partido Comunista de China y del estado chino
se observaron ideas y hechos políticos, ideológicos y organizativos extraños
que no estaban fundados en las enseñanzas de Marx, Engels, Lenin y Stalin. La
apreciación de los actos dudosos habidos anteriormente, así como de los que se constataron
durante la Revolución Cultural, pero sobre todo de los acontecimientos
registrados después de esta revolución hasta el presente, los cambios en la
dirección, la subida y la bajada de uno y otro grupo, hoy del grupo de Lin
Piao, mañana del de Teng Siao-píng, o de un Jua Kuo-feng, etc., cada uno con su
propia plataforma opuesta a la del otro, la apreciación de todo esto indujo a
nuestro Partido a profundizar todavía más en las concepciones y la práctica de
Mao Tse-tung y del Partido Comunista de China, a adquirir un conocimiento más
completo del «pensamiento Mao Tse-tung». No nos parecía una conducta
revolucionaría el que esta Revolución Cultural no estuviese dirigida por el
partido, sino que fuese una explosión caótica tras un llamamiento que hizo Mao
Tse-tung. La autoridad de Mao en China hizo que se levantasen millones de
jóvenes no organizados, estudiantes y escolares, que marcharan hacia Pekín,
hacía los comités del partido y del poder, disolviéndolos. Se decía que estos
jóvenes representaban en aquel entonces en China la «ideología proletaria» y
que ¡enseñarían al partido y a los proletarios el «verdadero» camino!
Una revolución de este tipo, de acentuado carácter
político, fue llamada cultural. Para nuestro Partido esta denominación era
inexacta, porque en realidad en China se había desatado un movimiento político
y no cultural. Pero lo principal era que esta «gran revolución proletaria» no
estaba dirigida ni por el partido, ni por el proletariado. Esta grave situación
tenia su origen en los viejos conceptos antimarxistas de Mao Tse-tung que
subestiman el papel dirigente del proletariado y sobreestiman a la juventud en
la revolución. Mao había escrito: ¿«Qué papel ha desempeñado la juventud china
a partir del «movimiento del 4 de mayo»? En cierta medida, un papel de
vanguardia que, salvo los ultrarreaccionarios, todo nuestro país reconoce. ¿En
qué consiste este papel de vanguardia? En jugar el papel dirigente...»[14]
Así la clase obrera fue dejada de lado y hubo
numerosos casos en que se opuso a los guardias rojos, e incluso se enfrentó con
ellos. Nuestros camaradas, que en aquel entonces se encontraban en China, han
visto con sus propios ojos a los obreros de las fábricas luchar contra los
jóvenes. El partido fue disuelto, fue liquidado, y los comunistas y el
proletariado no eran tenidos en cuenta. Esta situación era muy grave.
Nuestro Partido apoyó la Revolución Cultural,
porque en China estaban en peligro las conquistas de la revolución.
Personalmente Mao Tse-tung nos dijo que allí el partido y el estado habían sido
usurpados por el grupo renegado de Liu Shao-chi y Teng Siao-ping y que las
victorias de la revolución china corrían peligro. En estas condiciones,
independientemente de quién era el responsable de que las cosas hubiesen ido
tan lejos, nuestro Partido apoyó la Revolución Cultural. Nuestro Partido
defendió al hermano pueblo chino, la causa de la revolución y del socialismo en
China y no la lucha fraccionalista de los grupos antimarxistas que chocaban
entre sí y que llegaban incluso a enfrentamientos armados para tomar el poder.
El curso de los acontecimientos demostró que la
Gran Revolución Cultural Proletaria no era ni revolución, ni grande, ni
cultural y, sobre todo, que no era en absoluto proletaria.[15] Era un putsch de
palacio a nivel panchino para liquidar a un puñado de reaccionarios que habían
tomado el poder.
Naturalmente, dicha Revolución Cultural era una
mistificación. Liquidó al mismo Partido Comunista de China e incluso a las
organizaciones de masas, y hundió a China en un nuevo caos. Esta revolución fue
dirigida por elementos no marxistas, que a su vez fueron liquidados por medio
de un putsch militar por otros elementos antimarxistas y fascistas.
En nuestra prensa Mao Tse-tung ha sido calificado
de gran marxista-leninista, pero nunca hemos empleado ni aprobado las
definiciones de la propaganda china que llamaba a Mao clásico del
marxismo-leninismo y al «pensamiento Mao Tse-tung» su tercera y más alta etapa.
Nuestro Partido ha considerado incompatible con el marxismo-leninismo el culto
desmesurado a Mao Tse-tung en China.
El desarrollo caótico de la Revolución Cultural y
sus resultados reforzaron aún más nuestra opinión, todavía no bien
cristalizada, de que en China el marxismo-leninismo no era conocido ni
aplicado, de que, en el fondo, el Partido Comunista de China y Mao Tse-tung no
sostenían puntos de vista marxista-leninistas, independientemente de su fachada
y de los slogans que solían emplear, como «por el proletariado, por su
dictadura y por la alianza con el campesinado pobre» y muchas más fórmulas
análogas.
A la luz de estos acontecimientos nuestro Partido
empezó a ver más profundamente las causas de las vacilaciones que se habían
observado en la actitud de la dirección china hacia el revisionismo
jruschovista, como por ejemplo en 1962 cuando buscaba la reconciliación y la
unión con los revisionistas soviéticos[16] en nombre de un
pretendido frente común contra el imperialismo norteamericano, o en 1964 cuando
Chou En-lai, reanudando sus esfuerzos por reconciliarse con los soviéticos, fue
a Moscú para saludar la llegada al poder del grupo de Brezhnev[17]. Estas
fluctuaciones no eran casuales, reflejaban la ausencia de los principios y de
la consecuencia revolucionaria.
Cuando Nixon fue invitado a China y la dirección
china, con Mao Tse-tung a la cabeza, proclamó la política de aproximarse y
unirse al imperialismo norteamericano, quedó patente que la línea y la política
chinas estaban en completa oposición al marxismo-leninismo y al
internacionalismo proletario. Después, comenzaron a ser más evidentes los
objetivos chovinistas y hegemonistas de China. La dirección china empezó a
oponerse más abiertamente a las luchas revolucionarias y de liberación de los
pueblos, al proletariado mundial y al auténtico movimiento marxista-leninista.
Desplegó la llamada teoría de los tres mundos, que estaba esforzándose por
imponer a todo el movimiento marxistaleninista como línea general.
El Partido del Trabajo de Albania, partiendo de los
intereses de la revolución y del socialismo, y pensando que los errores que se
constataban en la línea del Partido Comunista de China se debían a
apreciaciones incorrectas de las situaciones y a una serie de dificultades, más
de una vez ha intentado ayudar a la dirección china a corregir y superar estos
errores. Nuestro Partido ha manifestado abiertamente, de manera sincera y
camaraderil, sus puntos de vista a Mao Tse-tung y a los otras dirigentes chinos,
y, sobre una serie de actos de China, que perjudicaban directamente la línea
general del movimiento marxista-leninista, los intereses de los pueblos y de la
revolución, ha manifestado oficialmente y por escrito sus observaciones y su
disconformidad al Comité Central del Partido Comunista de China.[18]
Pero, por parte de la dirección china jamás han
sido bien acogidas las justas observaciones de principio de nuestro Partido.
Nunca nos ha contestado y jamás ha aceptado discutir sobre ellas.
Mientras tanto los actos antimarxistas de la
dirección china, tanto en el interior como en el exterior, pasaron a ser más
abiertos y evidentes. Todo esto obligó a nuestro Partido, así como a todos los
demás marxista-leninistas, a reconsiderar la línea del Partido Comunista de
China, las concepciones políticas e ideológicas por las que se ha guiado, la
actividad concreta y sus consecuencias. Debido a ello, vimos que el
«pensamiento Mao Tse-tung», que es el que ha guiado y guía al Partido Comunista
de China, representa una peligrosa variante del revisionismo moderno, contra la
cual es preciso desarrollar una lucha multilateral en el plano teórico y
político.
El «pensamiento Mao Tse-tung» es una variante del
revisionismo, que comenzó a tomar cuerpo ya antes de la Segunda Guerra Mundial,
y de manera particular después del 1935, cuando Mao Tse-tung se afirmó en el
poder. En este período Mao Tse-tung, con sus
secuaces, desencadenó una campaña «teórica» bajo la consigna de la lucha contra
el «dogmatismo», los «esquemas hechos», los «estereotipos extranjeros», etc., y
planteó el problema de elaborar el marxismo nacional, negando el carácter
universal del marxismo-leninismo. En lugar del marxismoleninismo, predicaba la
«manera china» de tratar las problemas y el estilo chino «...lleno de vida y
lozanía, agradable al oído y a los ojos del pueblo chino»,[19] propagando así la
tesis revisionista de que el marxismo debe tener en cada país un contenido
peculiar, especifico.
El «pensamiento Mao Tse-tung» fue proclamado como
el grado sumo del marxismo-leninismo en la época actual. Los dirigentes chinos
han declarado que «Mao Tse-tung ha hecho más que Marx, Engels y Lenin...» En
las Estatutos del Partido Comunista de China, aprobados en su IX Congreso, que
desarrolló sus trabajas bajo la dirección de Mao Tse-tung, se dice que «el
pensamiento Mao Tse- tung es el marxismo-leninismo de nuestra época...», que
Mao Tse-tung «...ha heredado, defendido y desarrollado el marxismo-leninismo y
lo ha hecho entrar en una etapa nueva y superior».[20]
El que la actividad del partido se basara no en los
principias y las normas del marxismo-leninismo, sino en el «pensamiento Mao
Tse-tung», abrió aún más las puertas al oportunismo y a la lucha fraccionalista
en las filas del Partido Comunista de China.
El «pensamiento Mao Tse-tung» es una amalgama de
concepciones que mezcla ideas y tesis tomadas de prestado del marxismo can
otros principias filosóficos, idealistas, pragmáticos y revisionistas. Sus
raíces se remontan a la antigua filosofía china y al pasado político e
ideológico de China, a su práctica estatal y militarista.
Todos los dirigentes chinos, tanto los que
actualmente han tomado el poder, como aquellas que han estado en él y han sido
derrocados, pero que han maniobrado para materializar sus planes
contrarrevolucionarios, han tenido y tienen por base ideológica el «pensamiento
Mao Tse-tung». El propio Mao Tse-tung ha admitido que su pensamiento puede ser
aprovechado por todos, tanto por los de izquierda como por los de derecha, como
él llama a los diversos grupos que constituyen la dirección china. En la carta
dirigida a Chiang Ching el 8 julio de 1966, Mao Tse-tung admite que «la derecha
en el poder puede utilizar mis palabras para hacerse fuerte durante un cierto
tiempo, pero la izquierda puede utilizar otras palabras mías y organizarse para
derrocar a los de derecha».[21] Esto demuestra que
Mao Tse-tung no ha sido un marxista-leninista, que sus puntos de vista son
eclécticos. Esto resalta en todas las «obras teóricas» de Mao, que a pesar de
estar disfrazadas con fraseología y slogans «revolucionarios», no pueden ocultar
que el «pensamiento Mao Tse-tung» no tiene nada en común con el
marxismo-leninismo.
Un vistazo crítico, aunque sea parcial, a los
escritos de Mao, a su manera de tratar los problemas fundamentales relativos al
papel del partido comunista, a las cuestiones de la revolución, de la
edificación del socialismo, etc., pone completamente al desnudo la diferencia
radical entre el «pensamiento Mao Tse-tung» y el marxismo-leninismo.
Tomemos en un comienzo la cuestión de la
organización del partido y de su papel dirigente. Mao pretendía hacer
creer que estaba por la aplicación de los principios leninistas acerca del
partido, pero si se analizan en concreto sus ideas sobre el partido, y
especialmente la práctica diaria de éste, se ve a todas luces que ha
substituido los principios y las normas leninistas con tesis revisionistas.
Mao Tse-tung no ha organizado el Partido Comunista
de China sobre la base de los principios de Marx, Engels, Lenin y Stalin. No ha
trabajado para hacer de él un partido de tipo leninista, un partido
bolchevique. Mao Tse-tung no estaba por un partido de clase proletario, sino
por un partido sin fronteras de clase. Ha utilizado la consigna de hacer masivo
el partido para borrar la línea de demarcación entre el partido y la clase. Por
consiguiente, en este partido podía entrar y salir cualquiera y cuando quisiera.
En este aspecto las concepciones del «pensamiento Mao Tse-tung» son idénticas a
las de los revisionistas yugoslavos y de los «eurocomunistas».
Paralelamente a esto, Mao Tse-tung, siempre ha
subordinado la construcción, los principios y las normas del partido a sus
posiciones y a sus intereses políticos, a su política aventurera, oportunista,
unas veces de derecha y otras de izquierda, a la lucha entre las fracciones,
etc.
En el Partido Comunista de China no ha existido ni
existe la verdadera unidad marxista-leninista de pensamiento y de acción. La
lucha entre las fracciones, que ha existido desde la fundación del Partido
Comunista de China, ha hecho que en este partido no se instaurara una correcta
línea marxista-leninista, que no se guiara por el pensamiento
marxista-leninista. Las diversas tendencias que se manifestaban en los
principales dirigentes del partido, unas veces eran de izquierda, otras
oportunistas de derecha, algunas veces centristas e incluso llegaban a ser
puntos de vista abiertamente anarquistas, chovinistas y racistas. Mientras Mao
Tse-tung y su grupo estuvieron a la cabeza del partido, estas tendencias fueron
una de las características distintivas del Partido Comunista de China. El
propio Mao Tse-tung ha predicado la necesidad de la existencia de las «dos
líneas» en el partido. Según él, la existencia de ambas líneas y la lucha entre
ellas es algo natural, es una expresión de la unidad de los contrarios, es una
política elástica que conjuga en sí misma el espíritu de principios y el
compromiso. «Así, escribe él, con un camarada que se equivoca pueden utilizarse
las dos manos: con una será combatido, con la otra se hará la unidad con él. El
propósito de esta lucha es preservar los principios del marxismo, lo cual
supone perseverar en los principios; éste es un aspecto del problema. El otro
aspecto es unirnos a él. La unión tiene por objetivo ofrecerle una salida,
concertar un compromiso con él»[22].
Estos puntos de vista son diametralmente opuestos a
las enseñanzas leninistas sobre el partido comunista como destacamento
organizado y de vanguardia, que debe tener una sola línea y una férrea unidad
de pensamiento y de acción.
La lucha de clases en el seno del partido, como
reflejo de la lucha de clases que se desarrolla fuera del mismo, no tiene nada
en común con las concepciones de Mao Tse-tung sobre las «dos líneas en el
partido». El partido no es arena de las diversas clases y de la lucha de las
clases antagónicas, no es una reunión de personas con objetivos opuestos. El
verdadero partido marxista-leninista es únicamente partido de la clase obrera y
se basa en los intereses de esta clase. Este es el factor decisivo para el triunfo
de la revolución y la edificación del socialismo. J. V. Stalin, defendiendo los
principios leninistas acerca del partido, que no permiten la existencia de
numerosas líneas, de corrientes opuestas en el seno del partido comunista,
señalaba que
«...el partido comunista es el partido
monolítico del proletariado y no el partido de un bloque de elementos de las
diversas clases.»[23]
En tanto que Mao Tse-tung concibe el partido como
una unión de clases con intereses opuestos, como una organización en que están
enfrentadas y luchan dos fuerzas, el proletariado y la burguesía, el «cuartel
general proletario» y el «cuartel general burgués», los cuales deben tener sus
representantes en todo el partido, desde la base hasta los más altos órganos
dirigentes. Así, en 1956 exigía que fueran elegidos al Comité Central los
dirigentes de las fracciones de izquierda y de derecha, presentando a este efecto
argumentos tan ingenuos como ridículos. «Todo el país, el mundo entero, dice
él, saben bien que ellos han cometido errores de línea. La razón por la que los
elegimos estriba precisamente en que ellos son famosos. ¡Qué otro remedio hay
si gozan de fama y la fama de los que no han cometido errores o sólo han
cometido pequeños errores no puede compararse con la suya! En nuestro país, que
tiene una gran masa de pequeñoburgueses, ellos son dos banderas.»[24] Renunciando a la
lucha de principios en las filas del partido, Mao Tse-tung hacía el juego a las
fracciones, buscaba concertar compromisos con algunas de ellas para oponerse a
otras y reforzar así sus posiciones.
Con tal plataforma organizativa, el Partido
Comunista de China nunca ha sido ni podía ser un partido marxista-leninista. En
él no se respetaban los principios y las normas leninistas. El congreso del
partido, en tanto que órgano supremo de dirección colectiva del mismo, no ha
sido convocado regularmente. Así, por ejemplo, entre el VII congreso y el VIII
trascurrieron 11 años, y 1315 años desde el VIII al IX, realizados
después de la guerra. Además, los congresos desarrollados han sido, a su vez,
formales, más bien reuniones de exhibición que de trabajo. Los delegados a los
congresos no eran elegidos con arreglo a los principios y las normas
marxista-leninistas de la vida del partido, sino que eran designados por los
órganos dirigentes y actuaban según el sistema de representación permanente.
Últimamente el diario Renmin Ribao publicó un
artículo escrito por un denominado grupo teórico del «Gabinete General» del
Comité Central del Partido Comunista de China.[25] El artículo afirma
que, bajo el nombre de «Gabinete General», Mao había creado en tomo suyo un
aparato especial que vigilaba y controlaba al Buró Político, al Comité Central
del Partido, a los cuadros del estado, del ejército, de la seguridad, etc.
Todos ellos, incluidos los miembros del Comité Central y del Buró Político,
tenían prohibida la entrada en este gabinete y conocer su trabajo. En él eran
trazados los proyectos para derrocar o llevar a la dirección a este o aquel
grupo fraccionalista. El personal de este gabinete se encontraba en todos
lados, vigilaba, espiaba e informaba de manera independiente y fuera del
control del partido. Además, el gabinete tenía a su disposición toda una serie
de destacamentos armados, que se ocultaban tras el nombre de «guardia del
presidente Mao». Esta guardia pretoriana integrada por más de 50.000 hombres
entraba en acción cuando el presidente decidía «actuar de un solo golpe», como
ha ocurrido a menudo en la historia del Partido Comunista de China y como
sucedió recientemente con la detención de los «cuatro» y sus partidarios por
Jua Kuo-feng.
So pretexto de mantener contacto con las masas, Mao
Tse-tung había creado al mismo tiempo una red especial de informadores sobre el
terreno, a los cuales se les había asignado la tarea de vigilar a los cuadros
de la base y de indagar el estado de ánimo y la sicología de las masas, sin que
nadie se enterase de ello. Esta red informaba directa y únicamente a Mao
Tse-tung, quien había interrumpido todos los contactos con las masas y veía el
mundo a través de los datos que le proporcionaban los agentes del «Gabinete
General». Mao ha dicho: «En lo que a mi se refiere, no escucho las radios; ni
las extranjeras ni las de China, sólo transmito». También ha afirmado: «He
declarado públicamente que no vaya leer más el diario Renmin Ribao. Lo mismo le
dije a su redactor jefe: No leo tu diario».[26]
El mencionado artículo de Renmin Ribao ofrece
nuevos datos para comprender aún mejor el rumbo antimarxista que Mao Tse-tung
había impreso al partido y al estado chinos y el poder personal que ejercía
sobre ellos. Mao Tse-tung no ha tenido la menor consideración hacia el Comité
Central y el congreso del partido, y no hablemos ya del partido en su conjunto
y de sus comités de base. Los comités del partido, los cuadros dirigentes e
incluso el propio Comité Central recibían órdenes del «Gabinete General», de
este «cuartel general especial», que consultaba únicamente a Mao Tse-tung. Las
instancias del partido, sus órganos electos no tenían ninguna competencia. En
el artículo de Renmin Ribao se dice que «ningún telegrama, ninguna carta,
ningún papel, ninguna orden podían despacharse por nadie sin ser controlados y
aprobados previamente por Mao Tse-tung». Resulta que desde el año 1953 Mao
Tse-tung había dado la siguiente orden categórica: «De hoy en adelante,
cualquier documento o telegrama que se haya de expedir en nombre del Comité
Central, sólo podrá ser despachado después que yo lo haya leído; de otra
manera, no tendrá validez».[27] En estas condiciones
no se puede hablar de dirección colectiva, ni de democracia interna en el
partido, ni de normas leninistas.
El poder ilimitado de Mao Tse-tung llegaba al
extremo de que designaba a sus herederos. En un tiempo nombró a Liu Shao-chi
como sustituto suyo. Más tarde proclamó que el heredero del poder y del
partido, tras su muerte, sería Lin Piao. Esto, que era algo sin precedentes en
la práctica de los partidos marxista-leninistas, fue sancionado incluso en los
estatutos del partido. También fue Mao Tse-tung quien designó a Jua Kuo-feng
para presidente del partido, después de su muerte. El propio Mao, teniendo en sus
manos los resortes del poder, criticaba, juzgaba, castigaba y después
rehabilitaba a altos dirigentes del partido y del Estado. Así ocurrió con Teng
Siao-ping, que, en su llamada autocrítica del 23 de octubre de 1966, ha
afirmado, «Yo y Liu Shao-chi somos auténticos monárquicos. La esencia de mis
errores radica en que no confío en las masas, no apoyo a las masas
revolucionarias, sino que estoy en contra de ellas, he seguido una línea
reaccionaria para aplastar la revolución, en la lucha de clases no he permanecido
al lado del proletariado, sino de la burguesía... Todo esto demuestra que... no
soy apto para ocupar puestos de responsabilidad».[28] Y a pesar de todos
estos crímenes, este revisionista de marca mayor volvió a la poltrona en que
estaba.
La esencia antimarxista del «pensamiento Mao
Tse-tung» acerca del partido y de su papel, se ve también en la forma de
concebir teóricamente y de aplicar en la práctica las relaciones entre el
partido y el ejército. Dejando
aparte las fórmulas utilizadas por Mao Tse-tung de que «el partido está por
encima del ejército», «la política por encima del fusil», etc., etc., en la
práctica concedía al ejército el papel político principal en la vida del país.
Ya en los tiempos de la guerra decía: «Todos los cuadros del ejército deben ser
capaces de dirigir a los obreros y organizar sindicatos, movilizar y organizar
a la juventud, unirse a los cuadros de las nuevas regiones liberadas e
instruirlos, administrar la industria y el comercio, dirigir escuelas,
periódicos, agencias de noticias y estaciones de radio, ocuparse de los asuntos
exteriores, arreglar los problemas relativos a los partidos democráticos y a
las organizaciones populares, coordinar las relaciones entre la ciudad y el
campo, resolver los problemas de los víveres y el abastecimiento de carbón y
otros artículos de primera necesidad, así como arreglar las cuestiones
monetarias y financieras.»[29]
Por lo tanto, el ejército estaba por encima del
partido, por encima de los órganos estatales, por encima de todo. De esto se
desprende que las palabras de Mao Tse-tung acerca del papel del partido, como
factor decisivo para la dirección de la revolución y la edificación socialista
no han sido más que slogans. Tanto en el periodo de la guerra de liberación,
como después de la creación de la República Popular China, en todas las luchas
que de continuo se han desatado para la toma del poder por parte de una u otra
fracción, el ejército ha jugado el papel decisivo. Asimismo, durante la
Revolución Cultural el ejército desempeñó el papel principal, fue la última
reserva de Mao. «Nosotros, ha dicho Mao Tse-tung en 1967, nos apoyamos en la
fuerza del ejército... En Pekín teníamos únicamente dos divisiones, pero en
mayo trajimos otras dos, para saldar las cuentas con el ex comité de Pekín del
partido.»[30]
Para liquidar a sus adversarios ideológicos, Mao
Tse-tung siempre ha movilizado al ejército. Levantó al ejército con Lin Piao a
la cabeza para actuar contra el grupo de Liu Shao-chi y Teng Siao-ping. Más
tarde, junto con Chou En-lai, organizó y lanzó al ejército contra Lin Piao.
También después de la muerte de Mao, el ejército, inspirado en el «pensamiento
Mao Tse-tung», ha desempeñado el mismo papel. Al igual que todos los que han
llegado al poder en China, Jua Kuo-feng se apoyó en el ejército y actuó por medio
de él. Éste, nada más morir Mao, levantó al ejército, y organizó, junto con los
militares Ye Chien-ying, Wang Tung-sing y otros, el putsch, deteniendo a sus
adversarios.
En China el poder sigue estando en manos del
ejército, mientras que el partido va a su zaga. Esto es una característica
general de los países dominados por el revisionismo. Los países verdaderamente
socialistas refuerzan el ejército, como poderosa arma de la dictadura del
proletariado, para aplastar a los enemigos del socialismo, en caso de que se
sublevaran, así como para defender el país frente a un posible ataque por parte
de los imperialistas y la reacción externa. Pero para que el ejército desempeñe
en todo momento este papel, debe estar siempre, como nos enseña el
marxismoleninismo, bajo la dirección del partido y no ser el partido quien esté
bajo la dirección del ejército.
Actualmente en China la ley es dictada por las
fracciones más poderosas del ejército, precisamente las más reaccionarias, las
cuales tienen como meta transformar China en un país socialimperialista.
En el futuro, a la par que China se convierte en
una superpotencia imperialista, crecerán cada vez más el papel y la fuerza del
ejército en la vida del país. Se reforzará como una guardia pretoriana armada
hasta los dientes para defender un régimen y una economía capitalistas. Será el
instrumento de una dictadura burguesa capitalista, de una dictadura que, en
caso de que la resistencia popular sea fuerte, podrá adquirir formas fascistas
abiertas.
El «pensamiento Mao Tse-tung», al preconizar la
necesidad de que existan muchos partidos en la dirección del país, de que
exista el llamado pluralismo político, está en oposición total a la doctrina
marxista-leninista sobre el papel incompartible del partido comunista en la
revolución y en la edificación socialistas. El que un país estuviese dirigido
por varios partidos políticos, según el modelo norteamericano, era calificado
por Mao Tse-tung, como ha declarado a E. Snow, como la forma más democrática de
gobierno. «En último término ¿qué es mejor?, preguntaba Mao Tse-tung, ¿que haya
uno o muchos partidos?» Y respondía: «Hoy, por lo que parece, es preferible que
haya muchos. Así ha sido en el pasado, y así podrá ser en el futuro. Esto
significa coexistencia duradera y control recíproco.»[31] Mao ha considerado
indispensable la participación de los partidos burgueses en el poder y en el
gobierno del país con los mismos derechos y prerrogativas que el Partido
Comunista de China. Y no sólo esto, sino que, estos partidos de la burguesía, según
él «históricos», no pueden desaparecer hasta que no desaparezca el Partido
Comunista de China, es decir, coexistirán hasta el comunismo.
Según el «pensamiento Mao Tse-tung» un régimen
democrático nuevo sólo puede existir sobre la base de la colaboración de todas
las clases y de todos los partidos, y sólo así se puede construir el
socialismo. Este concepto de la democracia socialista, del sistema político
socialista, concepto que esta fundado en «la coexistencia duradera y el control
recíproco» de todos los partidos y que es muy parecido a lo que pregonan
actualmente los revisionistas italianos, franceses, españoles, etc., es una
negación abierta del papel dirigente y exclusivo del partido marxista-leninista
en la revolución y la construcción socialistas. La experiencia histórica ya ha
confirmado que sin el papel dirigente e incompartible del partido
marxista-leninista no puede existir la dictadura del proletariado, es imposible
la construcción y la defensa del socialismo.
«...la dictadura del proletariado -decía Stalin-
únicamente puede ser completa cuando está dirigida por un partido, el partido
de los comunistas, el cual no comparte y no debe compartir la dirección con
otros partidos».[32]
Las concepciones revisionistas de Mao Tse-tung
tienen su base en la política de colaboración y de alianza con la burguesía,
que ha aplicado constantemente el Partido Comunista de China. También la línea
antimarxista y antileninista de que «se abran 100 flores y compitan 100
escuelas» tiene su origen en esta política y es manifestación directa de la
coexistencia de ideologías opuestas.
Según Mao Tse-tung, en la sociedad socialista,
paralelamente a la ideología proletaria, al materialismo y al ateísmo, hay que
permitir la existencia de la ideología burguesa, el idealismo y la religión,
hay que permitir que crezcan las «hierbas venenosas» a la par de las «flores
fragantes», etc. Esta línea, según él, es indispensable para el desarrollo del
marxismo, para abrir camino a los debates, a la libertad de opinión, pero en
realidad, por medio de ella, él trata de echar los cimientos teóricos de la política
de colaborar con la burguesía y de la coexistencia con su ideología. Mao Tse-
tung dice: «...impedir que la gente entre en contactos con lo falso, con lo
pernicioso o con lo que nos es hostil, con el idealismo y la metafísica,
impedir que conozca las ideas de Confucio, Lao Tsé y Chiang Kai-shek, sería una
política peligrosa. Conduciría a la regresión del pensamiento, a la
unilateralidad y haría a la persona incapaz de enfrentar las pruebas de la
vida.. .».[33] Es así como Mao
Tse-tung concluye que el idealismo, la metafísica y la ideología burguesa
existirán eternamente, y por tanto, no sólo no hay que impedirlos, sino que se
les debe dar la posibilidad de brotar, salir a la superficie y competir. Esta actitud
conciliadora con todo lo reaccionario va tan lejos, que considera irremediables
los desórdenes en la sociedad socialista y errónea la prohibición de la
actividad de los enemigos. «En mi opinión, dice él, cualquiera que desee
provocar disturbios puede hacerla durante el tiempo que le dé la gana: si no le
basta con un mes, nosotros le damos dos; en otras palabras, no declararemos
zanjado el asunto hasta que esté harto de disturbios. Si ustedes se apresuran a
poner fin a los desórdenes, tarde o temprano surgirán de nuevo».[34]
Aquí no estamos ante discusiones académicas
«científicas», sino ante una línea política oportunista contrarrevolucionaria
que se ha opuesto al marxismo-leninismo, que ha desorientado al Partido
Comunista de China, en cuyo seno han circulado ciento y pico puntos de vista e
ideas y hoy existen en verdad 100 escuelas compitiendo. Esto ha hecho que las
avispas burguesas revoloteen libremente por el jardín de las 100 flores y
viertan su veneno.
Tal actitud oportunista en lo tocante a los
problemas ideológicos tiene sus raíces, aparte de otras cosas, en que el
Partido Comunista de China, a lo largo de todo el periodo que va desde su
fundación hasta la liberación del país y de ahí en adelante, no se ha esforzado
por consolidarse ideológicamente, no ha trabajado por inculcar la teoría de
Marx, Engels, Lenin y Stalin en la mente y en el corazón de sus miembros, no ha
luchado por asimilar las cuestiones fundamentales de la ideología
marxista-leninista y aplicarlas consecuentemente, paso a paso, a las
condiciones concretas de China.
El «pensamiento Mao Tse-tungo» está en oposición a
la teoría marxista-leninista de la revolución.
En los escritos de Mao Tse-tung se habla
frecuentemente del papel de las revoluciones en el proceso del desarrollo de la
sociedad, pero en esencia él se atiene a una concepción metafísica,
evolucionista. Contrariamente a la dialéctica materialista, que argumenta el
desarrollo progresivo en forma de espiral, Mao Tse-tung predica el desarrollo
en forma cíclica, giratoria, como un proceso ondulatorio que pasa del
equilibrio al desequilibrio y nuevamente al equilibrio, del movimiento a la
inmovilidad y de nuevo al movimiento, del ascenso al descenso y del descenso al
ascenso, de la progresión a la regresión y seguidamente a la progresión, etc.
Así, ateniéndose al concepto de la antigua filosofía sobre el papel purificador
del fuego, Mao Tse-tung escribe: «Es preciso «encender el fuego» de forma
periódica. Pero, ¿cómo proceder en adelante? Según ustedes, ¿cuándo hay que
encenderlo, una vez al año o una vez cada tres años? A mi juicio debemos
hacerlo como mínimo dos veces cada cinco años, a semejanza de lo que ocurre con
el mes intercalar del año bisiesto en el calendario lunar, mes que se repite
una vez cada tres años o dos veces en cinco años.»[35] Así pues, al igual
que los viejos astrólogos, obtiene del calendario lunar la ley sobre el
encendido periódico del fuego, sobre el desarrollo que va de la «gran armonía»
al «gran desorden» y de nuevo a la «gran armonía», y así los ciclos se repiten
periódicamente. De este modo a la concepción materialista dialéctica sobre el
desarrollo que, como dice Lenin,
«...nos proporciona la clave del
«automovimiento» de todo lo existente; ...nos da la clave de los «saltos», la
«ruptura de la continuidad», la «transformación en el contrario», la
«destrucción de lo viejo y el surgimiento de lo nuevo»,[36]
el «pensamiento Mao Tse-tung» le contrapone la
concepción metafísica «sin vida, pálida, árida».
Esto se ve con mayor claridad cuando Mao Tse-tung
trata el problema de las contradicciones, dominio donde, según la propaganda
china, Mao habría dado «una contribución especial» y habría desarrollado aún
más la dialéctica materialista. Es cierto que Mao Tse-tung en muchos de sus
escritos habla frecuentemente de los contrarios, de las contradicciones, de la
unidad de los contrarios, emplea incluso citas y frases marxistas, pero, con
todo esto, está muy lejos de la comprensión materialista dialéctica de estas
cuestiones. Al tratar las contradicciones no parte de las tesis marxistas, sino
de las tesis de los antiguos filósofos chinos, considerando los contrarios de
manera mecánica como fenómenos externos e imaginando la transformación de los
mismos como una simple inversión de los dos términos. Operando con algunos de
esos contrarios eternos que coge de la filosofía antigua como arriba-abajo,
detrás-delante, derecha-izquierda, fácil-difícil, etc., etc., Mao Tse-tung, en
el fondo, niega las contradicciones internas en los mismos objetos y fenómenos,
y trata el desarrollo como una mera repetición, como una sucesión de estados
intangibles donde se observan los mismos contrarios y la misma correlación
entre ellos. Mao Tse-tung interpreta la transformación de cada uno de los dos
términos de una contradicción en su contrario como un esquema formal al cual
todo debe estar subordinado, como una simple inversión y no como la solución de
la contradicción ni como un cambio cualitativo del propio fenómeno que comporta
estos contrarios. Partiendo de este esquema Mao llega a declarar: «Cuando el
dogmatismo se transforma en su contrario, se convierte o bien en marxismo o
bien en revisionismo»,[37] «la metafísica se
transforma en dialéctica y la dialéctica en metafísica», etc. Detrás de estas
afirmaciones absurdas y tras el juego sofisticado de los contrarios se ocultan
los conceptos oportunistas y antirrevolucionarios de Mao Tse-tung. Así, la
revolución socialista no es vista por él como un cambio cualitativo de la
sociedad, donde desaparecen las clases antagónicas y la opresión y la
explotación del hombre por el hombre, sino que es imaginada como una simple
inversión de papeles entre la burguesía y el proletariado. Para probar este
«descubrimiento», Mao escribe: «Si la burguesía y el proletariado no pudieran
transformarse el uno en el otro, ¿cómo se explicaría que el proletariado se
convierta por medio de la revolución en clase dominante y la burguesía en una
clase dominada?... Nosotros y el Kuomintang de Chiang Kai-shek en lo
fundamental estamos en posiciones diametralmente opuestas. Como resultado de la
lucha y de la exclusión reciproca de los dos aspectos contradictorios, nosotros
y el Kuomintang cambiamos los lugares.. .»[38] Esta misma lógica ha
conducido a Mao Tse-tung también a revisar la teoría marxista-leninista sobre
las dos fases de la sociedad comunista. «La dialéctica nos enseña que el
régimen socialista, como fenómeno histórico, desaparecerá un día, del mismo modo
que muere la persona, y que el régimen comunista será la negación del
socialista. ¿Cómo puede considerarse marxista la aserción según la cual el
régimen socialista y también las relaciones de producción y la superestructura
del socialismo no desaparecerán? ¿No sería esto un dogma religioso, la teología
que predica la eternidad de Dios?»[39]
De este modo Mao Tse-tung, al revisar abiertamente
la concepción marxista-leninista sobre el socialismo y el comunismo, que en el
fondo son dos fases de un mismo tipo, de un mismo orden económico-social, y que
se diferencian únicamente por su grado de desarrollo y madurez, presenta el
socialismo como algo diametralmente opuesto al comunismo.
De tales conceptos metafísicos y antimarxistas
parte Mao Tse-tung cuando trata en general la cuestión de la revolución, que
contempla como un proceso sin fin que se repetirá periódicamente mientras
exista el ser humano sobre la tierra, como un proceso que pasa de la derrota a
la victoria, de la victoria a la derrota y así sucesivamente. Las concepciones
antimarxistas, unas veces evolucionistas y otras anarquistas de Mao Tse-tung
sobre la revolución, aparecen con mayor claridad cuando habla de los problemas de
la revolución en China.
Según se desprende de sus escritos, Mao Tse-tung no
se ha apoyado en la teoría marxista-leninista para analizar los problemas y
determinar las tareas de la revolución china. El mismo afirma en el discurso
que pronunció en la Conferencia ampliada de trabajo convocada por el Comité
Central del Partido Comunista de China en enero de 1962, que «el trabajo
revolucionario que durante muchos años hemos realizado ha sido a ciegas, sin
saber cómo debía llevarse a cabo la revolución, contra quién había que dirigir
su punta de lanza, sin imaginar sus etapas, a saber, quién debía ser derrocado
en un comienzo y quién más tarde, etc.» Esto ha hecho que el Partido Comunista
de China fuese incapaz de asegurar la dirección del proletariado en la
revolución democrática y transformarla en revolución socialista. Todo el
desarrollo de la revolución china es prueba de la trayectoria caótica del
Partido Comunista de China, el cual no se guiaba por el marxismo-leninismo,
sino por las concepciones antimarxistas del «pensamiento Mao Tse-tung» sobre el
carácter de la revolución, sobre sus etapas, sobre las fuerzas motrices, etc.
Mao Tse-tung nunca ha podido comprender y explicar
correctamente los estrechos vínculos que existen entre la revolución
democrático-burguesa y la revolución proletaria. En oposición a la teoría
marxista-leninista, que ha argumentado científicamente que entre la revolución
democrático-burguesa y la revolución socialista no se levanta una muralla
china, que ambas revoluciones no deben estar separadas por un largo período de
tiempo, Mao Tse-tung afirmaba: «La transformación de nuestra revolución en
revolución socialista es una cuestión que pertenece al futuro... Que cuando se
haga esta transición... puede necesitarse un período bastante largo. Dado que
para tal paso no se dan todas las condiciones políticas y económicas
necesarias, dado que esta transición no puede aportar beneficios, sino
perjuicios, a la mayoría aplastante de nuestro pueblo, no debe hablarse de
ella».[40]
A esta concepción antimarxista, que no está por la
transformación de la revolución democráticoburguesa en revolución socialista,
se ha atenido Mao Tse-tung a lo largo de toda la revolución, inclusive después
de la liberación. Así, en 1940 Mao Tse-tung dice: «La revolución china debe
atravesar necesariamente... la fase de la nueva democracia y solamente después,
la fase del socialismo. De estas dos fases, la primera será relativamente
larga.. .»[41]. En marzo de 1949, en el pleno del Comité
Central del Partido, en el que Mao Tse-tung presentó el programa para el
desarrollo de China después de la liberación, dice: «A lo largo de este período
habrá que permitir todos los elementos del capitalismo, tanto de la ciudad como
del campo». Estos puntos de vista y «teorías» han hecho que el Partido
Comunista de China y Mao Tse-tung no luchen por elevar la revolución china a
revolución socialista, que dejen el campo libre al desarrollo de la burguesía y
a las relaciones sociales capitalistas.
En la cuestión de la correlación entre la
revolución democrática y la socialista, Mao Tse-tung se mantiene en las
posiciones de los cabecillas de la II Internacional, que fueron los primeros
que atacaron y tergiversaron la teoría marxista-leninista sobre el ascenso de
la revolución y aparecieron con la tesis de que entre la revolución
democrático-burguesa y la revolución socialista media un periodo largo, durante
el cual la burguesía desarrolla el capitalismo y crea condiciones para pasar a
la revolución proletaria. La transformación de la revolución
democrático-burguesa en revolución socialista, sin dar al capitalismo la
posibilidad de desarrollarse ulteriormente, la consideraban como alga
imposible, como quemar etapas. También Mao Tse-tung se atiene por completo a
esta concepción cuando afirma: «Esforzarse par construir el socialismo sobre
las ruinas del orden colonial, semicolonial y semifeudal, sin un estado
unificado de nueva democracia... sin el desarrollo del sector privada
capitalista... seria pura quimera».[42]
Las concepciones antimarxistas del «pensamiento Mao
Tse-tung» sobre la revolución aparecen aún más claras cuando Mao enfoca las
fuerzas matrices de la revolución. Mao Tse-tung no reconocía el papel
hegemónico del proletariado. Lenin ha dicho que en el período del imperialismo,
en toda revolución, por la tanta en la revolución democrática, en la revolución
antiimperialista de liberación nacional y en la revolución socialista, la
dirección debe corresponder al proletariado. En tanto que Mao Tse-tung, pese a
que hablaba sobre el papel del proletariado, en la práctica subestimaba su
hegemonía en la revolución y ha elevada el papel del campesinado.16 Mao Tse-tung ha dicha que «...la lucha
actual contra los ocupantes japoneses es, en esencia, una lucha campesina. El
orden político de la nueva democracia, en el fondo, significa colocar a las
campesinas en el poder».[43]
Mao Tse-tung expresaba esta teoría pequeñoburguesa
en la tesis global «el campo debe asediar la ciudad». «...el campo
revolucionario, escribía él, puede asediar las ciudades... el trabajo en el
campo debe desempeñar el papel principal en el movimiento revolucionario chino,
mientras que el trabajo en la ciudad debe desempeñar un papel de segundo
orden».[44] Mao ha expuesto esta misma idea cuando ha
escrito sobre el papel del campesinado en el poder. Ha indicado que todos los
partidos y demás fuerzas políticas deben someterse al campesinado y a sus
puntos de vista. «...millones de campesinos se pondrán en pie, serán impetuosos
e indomables como un verdadero huracán, escribía él, y no habrá fuerza capaz de
contenerlos... Pondrán a prueba a todos los partidos y grupos revolucionarios,
a todos los revolucionarios, con el objetivo de que acepten o rechacen sus puntos
de vista».[45] Según Mao resulta que es el campesinado y
no la clase obrera quien debe ejercer la hegemonía en la revolución.
La tesis sobre el papel hegemónico del campesinado
en la revolución ha sido preconizada por Mao Tse-tung también como la vía de la
revolución mundial. De aquí parte la concepción antimarxista que considera el
llamado tercer mundo, que en la literatura política china se denomina entre
otras cosas el «campo mundial», como «la fuerza motriz principal para la
transformación de la sociedad contemporánea». Según los puntos de vista chinos,
el proletariado es una fuerza social secundaria, que no puede jugar el papel
que prevén Marx y Lenin en la lucha contra el capitalismo y en el triunfo de la
revolución, en alianza con todas las fuerzas oprimidas por el capital.
En la revolución china ha predominado la pequeña y
media burguesía. Es esta amplia capa de la pequeña burguesía la que ha influido
en todo el desarrollo de China.
Mao Tse-tung no se basaba en la teoría
marxista-leninista que nos enseña que el campesinado, y en general la pequeña
burguesía, es vacilante. Naturalmente, el campesinado pobre y medio desempeñan
un papel importante en la revolución y deben ser los aliados íntimos del
proletariado. Pero la clase campesina, la pequeño burguesía, no pueden dirigir
al proletariado en la revolución. Concebir y propagar lo contrario significa
estar en contra del marxismo-leninismo. Aquí radica asimismo una de las fuentes
principales de los puntos de vista antimarxistas de Mao Tse-tung, que han
influido negativamente en toda la revolución china.
El Partido Comunista de China no ha tenido
teóricamente claro el principio revolucionario y rector básico sobre el papel
hegemónico del proletariado en la revolución, y por consiguiente tampoco lo
aplicaba como es debido y de manera consecuente en la práctica. La experiencia
demuestra que el campesinado puede desempeñar su papel revolucionario sólo si
actúa en alianza con el proletariado y bajo su dirección. Esto ha sido
confirmado también en nuestro país durante la Lucha de Liberación Nacional. El
campesinado albanés era la fuerza principal de nuestra revolución, sin embargo
nuestra clase obrera, pese a ser numéricamente muy pequeña, dirigió al
campesinado porque la ideología marxista-leninista, la ideología del
proletariado, encarnada en el Partido Comunista, hoy Partido del Trabajo,
vanguardia de la clase obrera, era la guía de la revolución. Por eso vencimos
no sólo en la Lucha de Liberación Nacional, sino también en la construcción del
socialismo.
A pesar de las innumerables dificultades con que
chocamos en nuestro camino, hemos alcanzado un éxito tras otro. Y estos éxitos
los hemos alcanzado, en primer lugar, porque el Partido asimiló bien la esencia
de la teoría de Marx y Lenin, comprendió lo que era la revolución, quién la
hacía y quién debía dirigirla, comprendió que a la cabeza de la clase obrera,
en alianza con el campesinado, debla estar un partido de tipo leninista. Los
comunistas entendieron que este partido no sólo debía llevar el nombre de
comunista, sino además ser un partido que aplicara, en las condiciones de
nuestro país, la teoría marxista-leninista de la revolución y de la
construcción del Partido, que se dedicara al trabajo para edificar la nueva
sociedad socialista siguiendo el ejemplo de la construcción del socialismo en
la Unión Soviética del tiempo de Lenin y Stalin. Esta actitud dio la victoria a
nuestro Partido y al país el gran potencial político, económico y militar de
que goza hoy. Si se hubiera actuado de otra manera, si no se hubieran aplicado
consecuentemente estos principios de nuestra gran teoría en un país pequeño
como el nuestro, cercado de enemigos, no podía construirse el socialismo.
También en el caso de que por un momento se hubiera tomado el poder, la
burguesía lo hubiese arrebatado de nuevo, como ocurrió en Grecia, donde incluso
antes del fin victorioso de la guerra, el Partido Comunista Griego entregó las
armas a la burguesía reaccionaria del país y al imperialismo inglés.[46]
Por eso, el problema del papel hegemónico en la
revolución reviste una gran importancia de principios, porque de la cuestión de
saber quién la dirige dependen la dirección y el desarrollo que va a tomar.
«La renuncia a la idea de la hegemonía -puntualizaba
Lenin- es la variedad más burda del reformismo.»[47]
Precisamente la negación por parte del «pensamiento
Mao Tse-tung» del papel hegemónico del proletariado, fue una de las causas de
que la revolución china no pasase de ser una revolución democrático-burguesa y
no llegase a revolución socialista. Mao Tse-tung en su escrito «Sobre la nueva,
democracia» preconizaba que, después del triunfo de la revolución en China,
debía instaurarse un régimen que se asentase en la alianza de las «clases
democráticas», donde incluía, además del campesinado y el proletariado, a la
pequeña burguesía urbana y a la burguesía nacional.
«Si es justo, escribe él, que «deben comer todos»,
entonces el poder no debe ser usurpado sólo por un partido, un grupo, una
clase».[48] Esto mismo ha sido reflejado en la bandera
nacional de la República Popular China con las cuatro estrellas, que
representan cuatro clases: La clase obrera, el campesinado, la pequeña
burguesía de la ciudad y la burguesía nacional.
La revolución en China, que llevó a la liberación
del país, a la creación del estado chino independiente, fue una gran victoria
para el pueblo chino, para las fuerzas antiimperialistas y democráticas del
mundo. Después de la liberación en China se operaron bastantes cambios
positivos: se liquidó la dominación del imperialismo extranjero y de los
grandes terratenientes, se combatieron la pobreza y el paro forzoso, se
realizaron una serie de reformas económicas y sociales en favor de las masas
trabajadoras, se luchó contra el atraso educacional y cultural, se adoptaron
diversas medidas para reconstruir el país destruido por la guerra, se llevaron
a cabo asimismo algunas transformaciones de carácter socialista. En China,
donde antes la gente se moría por millones, ya no había hambre y otras lacras.
Todos estos son hechos innegables, son victorias importantes para el pueblo
chino.
Debido a la adopción de estas medidas y a que el
Partido Comunista de China llegó al poder, se creó la impresión de que China se
encaminaba hacia el socialismo. Pero no ocurrió así. El Partido Comunista de
China, que después del triunfo de la revolución democrático-burguesa debía
caminar con pasos mesurados, no dar muestra de izquierdismo ni quemar las
etapas, al basar su actividad en el «pensamiento Mao Tse-tung», se mostró
«democrático», liberal, oportunista y no orientó el país de manera consecuente por
el justo camino del socialismo.
Los puntos de vista políticos e ideológicos no
marxistas, eclécticos, burgueses de Mao Tse-tung dieron a la China liberada una
superestructura inestable, una organización estatal y económica caótica, que
nunca se estabilizó. China se debatía en un desorden permanente, incluso
anárquico, desorden que era estimulado por el propio Mao Tse-tung mediante la
consigna de que «se debe enturbiar para aclarar».
En el nuevo estado chino un papel especial ha
desempeñado Chou En-lai. Este era un economista y organizador capaz, pero jamás
fue un político marxista-leninista. Como pragmatista típico que era, supo
llevar a la práctica sus concepciones no marxistas y acomodarlas a la
perfección a cada grupo que tomaba el poder en China. Era un «poussa»[49], siempre estaba de pie, no obstante, en todo
momento se inclinaba desde el centro hacia la derecha, pero jamás hacia la
izquierda.
Chou En-lai era un maestro de los compromisos sin
principio. Ha apoyado y condenado a Chang Kai- shek, Kao-gang, Liu Shao-chi,
Teng Siao-ping, Mao Tse-tung, Lin Piao, a los «cuatro», pero jamás apoyó a
Lenin y a Stalin, al marxismo-leninismo.
Después de la liberación, como consecuencia de los
puntos de vista y de las posiciones de Mao Tse- tung, Chou En-lai, etc., en la
línea política del partido se advirtieron numerosas vacilaciones en todas las
direcciones. En China se conservó viva la tendencia predicada por el
«pensamiento Mao Tse-tung» de que la etapa de la revolución
democrático-burguesa debía proseguir por largo tiempo. Mao Tse-tung insistía en
que en esta etapa, a la par del desarrollo del capitalismo, al cual daba
prioridad, se crearían igualmente las premisas del socialismo. A esto está
ligada también su tesis sobre la convivencia del socialismo con la burguesía
durante un período de tiempo muy largo, considerando esto como algo útil tanto
para el socialismo como para la burguesía. Respondiendo a los que se oponían a
tal política y que presentaban como argumento la experiencia de la Revolución
Socialista de Octubre, Mao Tse-tung dice: «La burguesía rusa era una clase
contrarrevolucionaria; rechazó por aquel entonces las medidas del capitalismo
de estado, boicoteó la producción, hizo sabotajes y llegó a recurrir a las
armas. Así las cosas, el proletariado ruso no tuvo más remedio que liquidarla.
Exasperada por esto, la burguesía de los demás países vomitó injurias. Aquí en
China damos un tratamiento más o menos suave a la burguesía nacional, y ésta se
siente un poco a gusto al ver que todavía puede obtener algún provecho».[50] Tal política, según Mao Tse-tung, ha
aportado a China un supuesto prestigio a los ojos de la burguesía
internacional, cuando en realidad ha ocasionado un gran perjuicio al socialismo
en China.
Mao Tse-tung ha presentado esta actitud oportunista
hacia la burguesía como una aplicación creadora de las enseñanzas de Lenin
sobre la NEP (Nueva Política Económica). Pero entre las enseñanzas de Lenin y
la concepción de Mao Tse-tung sobre la ausencia de toda restricción a la
producción capitalista y la conservación de las relaciones burguesas en el
socialismo, existe una diferencia radical. Lenin reconoce que la NEP era un
retroceso que permitía el desarrollo de los elementos del capitalismo, durante un
cierto tiempo, pero, subraya:
«...para el poder proletario no hay en ello nada
terrible, mientras el proletariado sostenga firmemente el poder en sus manos,
mientras mantenga firmemente en sus manos los medios de transporte y la gran
industria».[51]
En China, en 1949 y en 1956, fechas en que Mao
Tse-tung hacia estas prédicas, de hecho el proletariado no mantenía en sus
manos ni el poder ni la gran industria.
Además Lenin consideraba la NEP como algo
provisional que venía impuesto por las condiciones concretas de la Rusia de
entonces, arruinada por la larga guerra civil, pero no como una ley general de
la construcción socialista. De hecho, un año después de la proclamación de la
NEP, Lenin puntualizaba que la retirada ya había terminado y lanzó la consigna
de preparar la ofensiva contra el capital privado en la economía. Mientras que
en China se preveía que el período de la preservación de la producción capitalista
se prolongase durante casi toda la vida. Según el punto de vista de Mao
Tse-tung el régimen implantado en China después de la liberación debía ser un
régimen democráticoburgués, mientras, aparentemente, debía estar en el poder el
Partido Comunista de China. Así es el «pensamiento Mao Tse-tung».
La transición de la revolución democrático-burguesa
a la revolución socialista puede realizarse siempre y cuando el proletariado
aparte del poder de manera resuelta a la burguesía y la expropia. En China
mientras la clase obrera compartió el poder con la burguesía, mientras la
burguesía conservó sus privilegios, el poder instaurado en ese país no podía
ser poder del proletariado, y por consiguiente la revolución china no podía
elevarse a revolución socialista.
El Partido Comunista de China ha mantenido una
actitud benévola, oportunista hacia las clases explotadoras y Mao Tse-tung ha
predicado abiertamente la integración pacifica de los elementos capitalistas en
el socialismo. Mao Tse-tung decía: «Aunque hoy todos los ultrarreaccionarios
del mundo son ultrarreaccionarios y lo serán mañana y pasado mañana, no pueden
serlo eternamente; al final cambiarán... Los ultrarreaccionarios, en esencia,
son testarudos, pero no inmutables... Ocurre que los ultrarreaccionarios cambian
para bien... reconocen sus errores y se ponen en el camino justo. En una
palabra, los ultrarreaccionarios cambian».[52]
Queriendo poner una base teórica a este concepto
oportunista y jugando con la «transformación de los contrarios»; Mao 'Tse-tung
decía que, a través del debate, la crítica y la transformación, las
contradicciones antagónicas se convierten en no antagónicas, que las clases
explotadoras y la intelectualidad burguesa pueden volverse en su contrario, es
decir, hacerse revolucionarias. «Pero en las condiciones de nuestro país,
escribía Mao Tse-tung en 1956, la mayor parte de los contrarrevolucionarios se
corregirán en diversos grados. Gracias a que hemos adoptado una política
correcta respecto a los contrarrevolucionarios, muchos de ellos han cambiado y
no se oponen a la revolución. Incluso, algunos han hecho cosas útiles.»[53]
Partiendo de tales concepciones antimarxistas,
según las cuales los enemigos de clase con el paso del tiempo se enmiendan, ha
predicado la conciliación de clases con ellos, y ha permitido que continúen
enriqueciéndose, explotando, expresándose y actuando libremente en contra de la
revolución. Para justificar esta actitud capitulacionista hacia los enemigos de
clase Mao Tse-tung escribía: «Ahora estamos muy atareados. Atacarlos todos los
días y durante cincuenta años, es imposible. Al que rehúse corregirse, podemos
dejarle así y que, llevando sus errores al ataúd, se presente ante los
soberanos del infierno».[54] Actuando en la práctica de acuerdo con
estas consideraciones conciliadoras con los enemigos, la administración estatal
en China permaneció en manos de los viejos funcionarios. Los generales de
Chiang Kai-shek llegaron incluso a ministros. Hasta el emperador Pu I de
Man-Chu-Kuo, emperador títere de los invasores japoneses, fue rodeado de todos
los cuidados y convertido en un objeto de museo para que las delegaciones se
entrevistaran y conversaran con él, y vieran cómo eran reeducadas las personas
de este tipo en la China «socialista». La publicidad que se hacía de este ex
emperador marioneta, tenia, entre otros, el objetivo de tranquilizar también a
los reyes, a los cabecillas y a los peleles de la reacción de los otros países,
y persuadirles de que el «socialismo» de Mao es bueno y no hay motivo para
tenerle miedo.
En China se han mantenido actitudes que no huelen a
lucha de clases también hacia los feudales y los capitalistas, que han cometido
innumerables crímenes contra el pueblo chino. Elevando a teoría tales actitudes
y defendiendo abiertamente a los contrarrevolucionarios, Mao Tse-tung
declaraba: «...no debemos ejecutar a nadie y tenemos que detener a muy pocos.
Los departamentos de la seguridad pública no deben arrestarlos, el ministerio
público no debe perseguirlos ni dar inicio a procesos de instrucción contra
ellos, y los tribunales no deben juzgar a nadie. Precisamente así tenemos que
actuar con más del 90 por ciento de los contrarrevolucionarios».[55] Mao Tse-tung, razonando como un sofista,
indica que la ejecución de los contrarrevolucionarios no reporta ningún
beneficio, que esto obstaculiza la producción y el nivel científico del país,
acarrea una mala fama en el mundo, etc., porque si se elimina a un
contrarrevolucionario «nos veríamos obligados a comparar con él a un segundo, a
un tercero y así sucesivamente, de modo que rodarían muchas cabezas... y si cae
una cabeza, no puede ser puesta en su lugar, no es como una cebolla que vuelve
a crecer después de ser cortada».[56]
Como resultado de estas concepciones antimarxistas
sobre las contradicciones, sobre las clases y sobre su papel en la revolución,
preconizadas por el «pensamiento Mao Tse-tung», China jamás marchó por el justo
camino de la construcción socialista. En la sociedad china han existido y
continúan existiendo no ya remanentes económicos, políticos, ideológicos y
sociales del pasado, sino también las clases explotadoras en tanto que clases,
las cuales han estado y siguen en el poder. La burguesía no sólo no ha dejado
de existir, sino que además continúa beneficiándose de las rentas de sus
antiguos bienes. Legalmente en China no ha desaparecido la renta capitalista,
porque la dirección china se ha atenido a la estrategia de la revolución
democrático-burguesa formulada por Mao Tse- tung en 1935, que en aquel entonces
decía: «la legislación laboral de la república popular..., no está dirigida
contra el enriquecimiento de la burguesía nacional...»[57] La capa de los kulaks, teniendo en cuenta
la forma que tomó en China, ha conservado grandes ventajas y beneficios, de
acuerdo con la «política del derecho igual a la tierra». El propio Mao Tse-tung
orientaba que los kulaks no fuesen tocados, porque esto podría suscitar la
cólera de la burguesía nacional, con la cual el Partido Comunista de China
había formado un frente único en lo político, lo económico y lo organizativo.[58]
Todo esto demuestra que el «pensamiento Mao
Tse-tung» no dirigió ni podía dirigir a China por el verdadero camino del
socialismo. Incluso, como ha declarado Chou En-Lai en 1949 al dirigirse en
secreto al gobierno norteamericano para que ayudara a China, ni Mao Tse-tung ni
sus principales sostenedores habían sido partidarios de la vía del socialismo.
«China, escribía Chou En-lai, todavía no es un país comunista, y si la política
de Mao Tse-tung es llevada correctamente a la práctica, tardará mucho tiempo en
serlo.»[59]
Demagógicamente, Mao Tse-tung y el Partido
Comunista de China han subordinado a su política pragmática todas las
declaraciones sobre la construcción de la sociedad socialista y comunista. Así,
en los años del llamado gran salto, con la intención de echar tierra a los ojos
de las masas, que, habiendo salido de la revolución, aspiraban al socialismo,
declaraban que en el lapso de 2 ó 3 quinquenios pasarían directamente al
comunismo. Pero más tarde, para encubrir sus fracasos, se pusieron a elucubrar
teorías según las cuales la construcción y el triunfo del socialismo
necesitarían diez mil años.
Es cierto que el Partido Comunista de China se
llamaba comunista, pero evolucionó en otra dirección, en un camino liberal
caótico, en un camino oportunista, y no podía ser una fuerza capaz de guiar el
país hacia el socialismo. El camino que recorría, y que se concretó más
claramente después de la muerte de Mao, no era el camino del socialismo, sino
el de la construcción de un gran estado burgués, socialimperialista.
El «pensamiento Mao Tse-tung», en tanto que
doctrina antimarxista, ha substituido el internacionalismo proletario por el
chovinismo de gran estado.
El Partido Comunista de China, ya en los primeros
pasos de su actividad, manifestó tendencias abiertamente nacionalistas y
chovinistas, las cuales, como demuestran los hechos, tampoco pudieron ser
erradicadas en los períodos posteriores. Li Da-chao, uno de los fundadores del
Partido Comunista de China, decía: «los europeos piensan que el mundo pertenece
exclusivamente a los blancos y que éstos constituyen la clase superior,
mientras que los pueblos de color, la clase inferior. El pueblo chino, prosigue
Li Da-chao, debe estar dispuesto a desarrollar una lucha de clases contra las
otras razas del mundo, en el curso de la cual manifestará una vez más sus
propias peculiaridades nacionales> >. Con estas concepciones se modeló
desde un comienzo el Partido Comunista de China.
Estas concepciones racistas y nacionalistas no
debían estar completamente erradicadas de la mentalidad de Mao Tse-tung y mucho
menos de la de Liu y de Teng. En el informe presentado en 1938 ante el Comité
Central del Partido, Mao Tse-tung decía: «La China de hoy es producto de todo
el desarrollo anterior de China... Debemos generalizar nuestro pasado, desde
Confucio hasta Sun Yat-sen, ... debemos tomar posesión de su valioso legado.
Esto será un fuerte apoyo para dirigir el gran movimiento actual.»[60]
Naturalmente, todo partido marxista-leninista
admite que es preciso apoyarse en el patrimonio del pasado de su pueblo, pero
tiene en cuenta que no se debe apoyar en cualquier patrimonio heredado, sino
sólo en el progresista. Los comunistas rechazan el patrimonio reaccionario
tanto en el terreno de las ideas como en cualquier otro. Los chinos han sido
muy conservadores, e incluso xenófobos, por lo que se refiere a las formas y al
contenido de este patrimonio y a sus viejas ideas. Conservaban lo viejo como un
tesoro de gran valor. De las conversaciones que hemos sostenido con ellos se
desprende que toda experiencia revolucionaria mundial, no tenía mucho valor
para los chinos. Para ellos sólo tenían valor su política, la lucha que han
desarrollado contra Chiang Kai-shek, la larga marcha, la teoría de Mao
Tse-tung. Por lo que se refiere a los valores progresistas de los demás
pueblos, los chinos no tenían ninguna consideración o ésta era muy poca,
incluso no se tomaban la molestia de estudiarlos. Mao Tse-tung ha declarado que
«los chinos deben dejar de lado las fórmulas creadas por los extranjeros». Pero
no determina cuáles son estas fórmulas. Él ha denunciado «todos los clichés y
los dogmas tomados de los otros países». Aquí surge la siguiente pregunta:
¿Acaso en estos «dogmas» y «clichés» extraños a China se incluye también la
teoría del socialismo científico que no ha sido elaborada por los chinos?
La dirección del Partido Comunista de China ha
considerado el marxismo-leninismo como monopolio de la Unión Soviética,
respecto a la cual Mao Tse-tung y compañía han abrigado puntos de vista
chovinistas, puntos de vista de gran estado, han tenido, por decirlo así, un
cierto celo burgués. No han considerado la Unión Soviética de los tiempos de
Lenin y Stalin como la gran patria del proletariado mundial, en la cual debían
apoyarse los proletarios de todo el mundo para realizar la revolución y a la
cual debían defender con todas sus fuerzas frente al gran ataque de la
burguesía y del imperialismo.
Hace algunas décadas, Mao Tse-tung y Chou En-lai,
los dos principales lideres del Partido Comunista de China, han hablado y
actuado en contra de la Unión Soviética dirigida por Stalin, han hablado
también en contra del propio Stalin. Mao Tse-tung acusaba a Stalin de
subjetivismo, de que «se le escapó la conexión existente entre la lucha y la
unidad de los contrarios»[61], de haber cometido «una serie de errores con
relación a China: de él provinieron tanto el aventurerismo de «izquierda» de
Wang Ming en la última fase de la Segunda Guerra Civil Revolucionaria como su
oportunismo de derecha en la fase inicial de la guerra de resistencia contra el
Japón»,[62] de que la manera de actuar de Stalin
respecto a Yugoslavia y a Tito ha sido errónea,[63] etc.
Mao Tse-tung, a pesar de que algunas veces defendía
por pura fórmula a Stalin, afirmando que sus errores representan únicamente el
30 por ciento de su obra, de hecho sólo hablaba de sus errores. No es casual
que en la Conferencia de los partidos comunistas y obreros celebrada en Moscú
en 1957, Mao declarase: «cuando vine a encontrar a Stalin me sentí como el
alumno ante el maestro, mientras que ahora, al encontrarnos con Jruschov, somos
como compañeros, somos libres». Con esto saludaba y aprobaba públicamente las
calumnias de Jruschov contra Stalin y defendía la línea jruschovista.
Al igual que los demás revisionistas, Mao Tse-tung
ha utilizado las críticas a la persona de Stalin para legitimar el abandono de
los principios marxista-leninistas, que fueron defendidos consecuentemente y
enriquecidos aún más por Stalin. Al atacarle, los revisionistas chinos
pretendían desprestigiar su obra y su autoridad, para elevar la autoridad de
Mao Tse-tung al rango de un dirigente mundial, de un clásico del
marxismo-leninismo que ¡habría seguido siempre una línea justa e infalible!
Asimismo, estas críticas reflejaban el descontento acumulado con respecto a
Stalin por las observaciones y las criticas que él y el Komintern habían hecho
a la dirección del Partido Comunista de China y a Mao Tse-tung, que no
aplicaban de manera consecuente los principios del marxismo-leninismo acerca
del papel dirigente del proletariado en la revolución, acerca del
internacionalismo proletario, acerca de la estrategia y la táctica de la guerra
revolucionaria, etc. Mao Tse-tung ha manifestado abiertamente este descontento diciendo:
«Stalin tuvo la sospecha de que la nuestra era una victoria al estilo Tito, y
en los años 1949 y 1950 ejerció una presión muy grande sobre nosotros».[64] Asimismo, en las conversaciones que Chou
En-lai sostuvo con nosotros aquí, en Tirana, nos dijo: «Stalin sospechaba que
fuésemos pronorteamericanos, o que siguiésemos la vía yugoslava». El tiempo
demostró que Stalin tenía toda la razón. Sus previsiones acerca de la
revolución china y las ideas que la orientaban, resultaron ser exactas.
Las contradicciones entre el Partido Comunista de
China dirigido por Mao Tse-tung y el Partido Comunista de la Unión Soviética
dirigido por Stalin, así como las contradicciones entre el Partido Comunista de
China y el Komintern eran contradicciones de principio acerca de cuestiones
fundamentales de la estrategia y la táctica revolucionarias
marxista-leninistas. Así, por ejemplo, el Comité Central del Partido Comunista
de China ha ignorado la tesis del Komintern sobre el desarrollo correcto y
consecuente de la revolución en China, su orientación de que la clase obrera en
la ciudad y el ejército de liberación actuasen conjuntamente, la tesis del
Komintern sobre el carácter y las etapas de la revolución china, etc. Mao
Tse-tung y los otros dirigentes del Partido Comunista de China continuamente
han hablado con desprecio respecto a los delegados enviados por el Komintern a
China, calificándoles de «necios», de «ignorantes», de «desconocer la realidad
china», etc. Mao Tse- tung, al considerar cada país como una «realidad objetiva
en sí misma», «cerrada para los otros», calificaba simplemente de imposible e
innecesaria la ayuda de los delegados del Komintern. En el discurso pronunciado
en la Conferencia ampliada de trabajo del Comité Central del Partido Comunista de
China, en enero de 1962, Mao Tse-tung ha dicho: «China, en tanto que mundo
objetivo, fue conocida por los chinos y no por los camaradas del Komintern, que
se ocupaban de la cuestión china. Estos camaradas del Komintern desconocían o
conocían poco la sociedad china, la nación china y la revolución china.
Entonces, ¿por qué hay que hablar aquí de estos camaradas extranjeros?»
Mao Tse-tung excluye al Komintern cuando se trata
de los éxitos. Por el contrario, le culpa a él y a sus representantes en China
de las derrotas y las desviaciones del Partido Comunista de China, de no haber
comprendido las situaciones que sé han desarrollado en este país y no haber
sacado de ellas las deducciones correctas. El y otros dirigentes chinos acusan
al Komintern de que a la hora de desarrollar una lucha consecuente para tomar
el poder y construir el socialismo en China los ha obstaculizado y confundido.
Pero, los hechos del pasado y sobre todo la actual realidad china confirman que
en general las resoluciones y las directrices del Komintern para China han sido
justas y que el Partido Comunista de China no ha actuado sobre la base y en el
espíritu de los principios del marxismo-leninismo.
Las consecuencias del nacionalismo estrecho y del
chovinismo de gran estado, que caracterizan el «pensamiento Mao Tse-tung» y que
han sido y son la base de la actividad del Partido Comunista de China, se
reflejan también en las posturas y en la actuación de este partido en el
movimiento comunista internacional.
Esto se observa en concreto en la actitud del
Partido Comunista de China hacia los nuevos partidos marxista-leninistas, que
se crearon después de la traición jruschovista. Desde un principio, la
dirección china no tuvo la más mínima confianza en ellos. Este punto de vista
ha sido expresado abiertamente por Keng Piao, persona que en el Comité Central
del Partido Comunista de China decide en lo que concierne a sus relaciones con
el movimiento comunista internacional. Al respecto ha dicho: «China no aprueba
la creación de los partidos marxista-leninistas ni desea que los representantes
de estos partidos vengan a China. Su llegada nos crea problemas, ha señalado,
pero qué vamos a hacer, no podemos expulsarlos. Los aceptamos al igual que
hacemos con los representantes de los partidos burgueses».[65] Esta política, que no tenía nada en común
con el internacionalismo proletario, era practicada en vida de Mao Tse-tung,
cuando estaba completamente en condiciones de pensar y dirigir, y por tanto
contaba con su total aprobación.
Cuando estos nuevos partidos marxista-leninistas,
en oposición a los deseos de los dirigentes chinos, comenzaron a reforzarse,
entonces aplicaron otra táctica, la de reconocer a todos los nuevos partidos y
cualquier grupo sin excepción y sin ninguna distinción, bastaba que se
autodenominasen «partido marxista», «partido revolucionario», «guardia roja»,
etc. Esta actitud y esta táctica del Partido Comunista de China han sido
criticadas por el Partido del Trabajo de Albania. Lo mismo han hecho los otros
verdaderos partidos marxista-leninistas. No obstante, la dirección revisionista
china ha continuado por el mismo camino.
De acuerdo con su política pragmática hacia los
nuevos partidos y grupos que se crearon, los dirigentes chinos han mantenido
actitudes diferenciadas. Han considerado Como enemigos suyos a los verdaderos
partidos marxista-leninistas, mientras los grupos y los partidos que se
contraponían a los primeros, se volvieron muy queridos para ellos. En la
actualidad, con estos partidos y grupos antimarxistas, que ponen por las nubes
el «pensamiento Mao Tse-tung», los revisionistas chinos no sólo mantienen
relaciones sino que además invitan a sus representantes uno tras otro a Pekín,
donde les preparan, les dan ayuda financiera y orientaciones políticas e
ideológicas, les instruyen sobre cómo actuar contra el Partido del Trabajo de
Albania y contra los verdaderos partidos marxistaleninistas. Les exigen que
hagan propaganda del «pensamiento Mao Tse-tung», de la teoría de los «tres
mundos» y, en general, de la política exterior de China, que eleven el culto a
la personalidad de Jua Kuo-feng y de Teng Siao-ping y condenen a los «cuatro».
Para los revisionistas chinos, el partido que cumple estos requisitos es
marxista-leninista, mientras que los partidos que están en contra de ellos son
calificados de antimarxistas, aventureros, etc.
Todo esto demuestra que los dirigentes
revisionistas chinos, en sus relaciones con los partidos marxista-leninistas,
no han aplicado los principios y las normas leninistas que regulan las
relaciones entre los auténticos partidos comunistas. Ellos, al igual que los
revisionistas jruschovistas, han utilizado hacia los otros partidos el concepto
antimarxista de «partido padre», el diktat, las presiones, la ingerencia en los
asuntos internos, y jamás han aceptado los consejos y las sugerencias
camaraderiles de los partidos hermanos. Se han opuesto a los encuentros
multilaterales de los partidos marxista-leninistas, a las reuniones donde se
discutiesen los grandes problemas de la preparación y el triunfo de la
revolución, de la lucha contra el revisionismo moderno y en defensa del
marxismo-leninismo, donde se intercambiase experiencia y se coordinasen las
acciones, etc. El motivo de esta actitud reside, entre otras cosas, en que han
tenido miedo de enfrentarse con los verdaderos marxista-leninistas en reuniones
multilaterales, porque hubieran sido puestas al descubierto y desenmascaradas
sus teorías antimarxistas y revisionistas al servicio del capital mundial y de
la estrategia para hacer de China una superpotencia.
Otro índice de la esencia antimarxista del
«pensamiento Mao Tse-tung» son los lazos que el Partido Comunista de China ha
mantenido y mantiene con muchos partidos y grupos fascistas heterogéneos,
revisionistas, etc. Ahora se esfuerza por preparar el terreno para infiltrarse
o establecer lazos también con los viejos partidos revisionistas de los
diversos países, como por ejemplo con el de Italia, Francia, España y de otros
países de Europa, América Latina, etc. Los chinos están dando una importancia
cada vez más grande a estos lazos en razón de que ideológicamente todos ellos
están en la misma línea que el Partido Comunista de China, no obstante las
diferencias que tienen en las tácticas, las cuales dependen de la naturaleza,
de la fuerza y el potencial del capitalismo en cada país.
Los vínculos del Partido Comunista de China con
estos partidos revisionistas tradicionales irán ampliándose gradualmente, su
actuación irá coordinándose, mientras que los pequeños grupos llamados
«marxista-leninistas», que siguen la línea china, continuarán siendo utilizados
por él para combatir y escindir a los verdaderos partidos marxista-leninistas,
que existen y que permanecen en posiciones inconmovibles, así como a los otros
partidos que nacen y nacerán. Al actuar de esta manera, los revisionistas chinos
ayudan abiertamente al capitalismo, a los partidos socialdemócratas y
revisionistas, sabotean el estallido y el triunfo de la revolución y, de manera
particular, la preparación del factor subjetivo, el fortalecimiento de los
verdaderos partidos marxista-leninistas que dirigirán esta revolución.
El Partido Comunista de China aplicó esta táctica
en sus relaciones con la llamada Liga de los Comunistas de Yugoslavia, que ha
trabajado con todas sus fuerzas para escindir el movimiento comunista
internacional y ha combatido incesantemente contra el socialismo y el
marxismo-leninismo. Los actuales dirigentes chinos desean avanzar junto con los
revisionistas yugoslavos y coordinar las acciones en la lucha contra el
marxismo-leninismo y todos los partidos marxista-leninistas, contra la
revolución, el socialismo y el comunismo.
Mao Tse-tung y el Partido Comunista de China han
mantenido una actitud pragmática hacia el revisionismo yugoslavo, y sus puntos
de vista sobre Tito y el titismo han sufrido una gran evolución. Al principio
Mao Tse-tung decía que Tito no se habla equivocado, sino que fue Stalin quien
cometió errores respecto a Tito. Más tarde el mismo Mao Tse-tung alineó a Tito
con Hitler y Chiang Kai-shek diciendo que «personas tales... como Tito, Hitler,
Chiang Kai-shek y el zar no pueden ser corregidas, hay que suprimirlas». Pero
de nuevo cambió su actitud y expresó su gran deseo de encontrarse con Tito. En
los últimos tiempos el propio Tito declaró: «Fui invitado a China cuando Mao
Tse-tung vivía. En el curso de la visita del presidente de la Veche Ejecutiva
Federativa, Djemal Biyedic, Mao Tse- tung le manifestó el deseo de que yo
visitara China. El presidente Jua Kuo-feng asimismo me dijo que hace cinco años
Mao Tse-tung había dicho que debía invitarme a realizar una visita, señalando
que Yugoslavia tenia razón también en 1948, cosa que él (Mao Tse-tung) ya había
declarado en aquel entonces en un circulo íntimo, pero que, teniendo en cuenta
las relaciones que existían en aquel tiempo entre China y la Unión Soviética,
esto no lo dijeron públicamente»[66].
La dirección revisionista de China está llevando a
la práctica fielmente este «testamento» de Mao Tse-tung. Jua Kuo-feng aprovechó
la visita de Tito a China y particularmente su visita a Yugoslavia para cubrir
de elogios a Tito, para presentarlo como un «marxista-leninista destacado»,
como un «gran dirigente» no sólo de Yugoslavia sino también del movimiento
comunista internacional. De esta forma, la dirección china aprobó de manera
abierta también los ataques de los titistas contra Stalin y el Partido Bolchevique,
contra el Partido del Trabajo de Albania, contra el movimiento comunista
internacional y el marxismo-leninismo.
Las estrechas relaciones políticas e ideológicas de
los revisionistas chinos con el titismo, con los «eurocomunistas» como Carrillo
y compañía, el apoyo que proporcionan a los partidos y grupos antimarxistas,
trotskistas, anarquistas y socialdemócratas, demuestran que los dirigentes
chinos, inspirados y orientados por el «pensamiento Mao Tse-tung», están
creando un frente ideológico común con los renegados del marxismo-leninismo,
contra la revolución, contra los intereses de la lucha de liberación de los pueblos.
Por eso, las «teorías» chinas son motivo de alegría para todos los enemigos del
comunismo, porque ven que el «pensamiento Mao Tse-tung», la política china,
están dirigidos contra la revolución y el socialismo.
Estas cuestiones que acabamos de analizar no agotan
todo el contenido antimarxista y antileninista del «pensamiento Mao Tse-tung».
No obstante, son suficientes para concluir que Mao Tse-tung no ha sido un
marxista-leninista, sino un revolucionario demócrata, progresista, que durante
un largo periodo de tiempo permaneció al frente del Partido Comunista de China
y desempeñó un papel importante en el triunfo de la revolución democrática,
antiimperialista china. En el interior de China, en el partido, en el pueblo, y
fuera de China recibió el nombre de gran marxista-leninista, y él mismo se
hacía pasar por comunista, por un dialéctico marxista-leninista, pero no lo
era. Era un ecléctico que juntaba varios elementos de la dialéctica marxista
con el idealismo, con la filosofía burguesa y revisionista, e incluso con la
vieja filosofía china. Por eso las concepciones de Mao Tse-tung no deben ser
estudiadas únicamente en las frases arregladas que aparecen en algunas de sus
obras editadas, sino que es preciso estudiarlas en su totalidad, en su
aplicación en la vida, viendo además las consecuencias que han acarreado en la
práctica.
En la evaluación del «pensamiento Mao Tse-tung», es
importante tener en cuenta también las condiciones históricas concretas en que
fue formado. Las ideas de Mao Tse-tung se desarrollaron en la época de la
descomposición del capitalismo, por tanto en el período en que las revoluciones
proletarias están en el orden del día y cuando el ejemplo de la Gran Revolución
Socialista de Octubre, las grandes enseñanzas de Marx, Engels, Lenin y Stalin
se han convertido en guía infalible para el proletariado y los pueblos
revolucionarios del mundo. La teoría de Mao Tse-tung, el «pensamiento Mao
Tse-tung», que nació en estas condiciones nuevas, intentaría cubrirse y se
cubrió con el ropaje de la teoría más revolucionaria y más científica del
momento, el marxismo-leninismo, pero en esencia siguió siendo una «teoría» que
está en oposición a la causa de la revolución proletaria y acude en ayuda del
imperialismo en crisis y descomposición. Por eso decimos que Mao Tse-tung y el
«pensamiento Mao Tse-tung» son antimarxistas.
Cuando se habla del «pensamiento Mao Tse-tung», es
difícil definir una línea única y clara del mismo, porque, como decíamos al
principio, es una amalgama de ideologías, comenzando por el anarquismo, el
trotskismo, el revisionismo moderno titista, jruschovista, «eurocomunista», y
acabando por el empleo de algunas frases marxistas. En toda esta amalgama, un
lugar de honor ocupan las viejas ideas de Confucio, de Mencio y de los otros
filósofos chinos, los cuales han influido directamente en la formación de las
ideas de Mao Tse-tung, en su desarrollo cultural y teórico. Incluso algunos
aspectos de las concepciones de Mao Tse-tung, que aparecen bajo la forma de un
marxismo-leninismo desnaturalizado, llevan el sello y presentan las
particularidades de un cierto «asio-comunismo» con fuertes dosis nacionalistas,
xenófobas y hasta religiosas, budistas, que cualquier día se opondrían
abiertamente al marxismo-leninismo.
El grupo revisionista de Jua Kuo-feng y Teng
Siao-ping, que hoy ejerce su dominio en China, tiene como base teórica y
plataforma ideológica de su política y su actividad reaccionarias el
«pensamiento Mao Tse-tung».
El grupo de Jua Kuo-feng y Ye Chien-ying que llegó
al poder, para reforzar sus posiciones tambaleantes, enarboló la bandera de Mao
Tse-tung. Bajo esta bandera condenó la manifestación de Tien An Men17 y suprimió a Teng Siao-ping, al que
colocó la merecida etiqueta de revisionista. Bajo esta bandera, dicho grupo
tomó el poder mediante un putsch y desbarató a los «cuatro». Pero el caos que
siempre ha caracterizado a China continuó agravándose. Esta situación turbia
hizo aparecer en escena e impuso la llegada al poder de Teng Siao-ping, el
cual, valiéndose de métodos fascistas, reanudó la marcha por su camino de
extrema derecha.
El objetivo de Teng era reforzar las posiciones de
su propio grupo, proseguir sin tapujos el curso de la alianza con el
imperialismo norteamericano y la burguesía reaccionaria mundial. Teng Siao-ping
elaboró el programa de las «cuatro modernizaciones», puso punto final a la
Revolución Cultural, liquidó a la inmensa masa de cuadros que fueron llevados
al poder, al partido y al ejército por dicha revolución y los reemplazó por
elementos de la más negra reacción, desenmascarados y condenados anteriormente.
Ahora asistimos a un período que se caracteriza por
los dazibaos contra Mao Tse-tung, con los cuales los partidarios de Teng
Siao-ping empapelan los muros de Pekín. Se trata del periodo de la «revancha»
que persigue dos objetivos: primero, liquidar el «prestigio» de Mao y eliminar
el obstáculo Jua Kuo-feng y, segundo, convertir a Teng Siao-ping en dictador
fascista omnipotente y rehabilitar a Liu Shao-chi.
En China, y también en el exterior, existen
personas que al observar estas maniobras reaccionarias, comparan la lucha de
Teng Siao-ping contra Mao, que jamás fue un marxista-leninista, con el crimen
perpetrado por Jruschov que echó barro sobre Stalin, el cual fue y sigue siendo
un gran marxistaleninista. Nadie que tenga dos dedos de frente puede admitir
tal analogía.
La comparación más justa que puede hacerse es la
siguiente: Brezhnev y su grupo revisionista derrocó a Jruschov y ahora el
Brezhnev chino, Teng Siao-ping, está derribando del pedestal al Jruschov chino,
Mao Tse-tung.
Todo esto es un juego revisionista, es una lucha
por el poder personal. En China siempre ha sido así. En todo esto no hay nada
de marxista. Esta situación será arreglada sólo por la clase obrera china y un
partido verdaderamente marxista-leninista depurado del «pensamiento Mao
Tse-tung», del «pensamiento Teng Siao-ping» y otros pensamientos similares
antimarxistas, revisionistas, burgueses. Las ideas de Marx, Engels, Lenin y
Stalin son las que pueden salvar a China de esta situación por medio de una verdadera
revolución proletaria.
Confiamos en que un día en China triunfarán el
marxismo-leninismo y la revolución proletaria y en que los enemigos del
proletariado y del pueblo chinos perderán. Naturalmente esto no podrá lograrse
sin lucha y sin sangre debido a que en China será preciso realizar muchos
esfuerzos para crear el partido revolucionario marxista-leninista, el dirigente
indispensable para conquistar la victoria sobre los traidores, para lograr la
victoria del socialismo.
Estamos convencidos de que el hermano pueblo chino,
los auténticos revolucionarios chinos se liberarán de las ilusiones y los
mitos. Comprenderán política e ideológicamente que en la dirección del Partido
Comunista de China no existen revolucionarios marxista-leninistas, sino gente
de la burguesía, del capitalismo, que siguen un camino que no tiene conexión
alguna con el socialismo y el comunismo. Pero, para que las masas y los
revolucionarios comprendan esto, es preciso que se percaten de que el «pensamiento
Mao Tse-tung» no es el marxismo-leninismo y que Mao Tse-tung no ha sido un
marxista-leninista.
La crítica que nosotros, los marxista-leninistas,
hacemos del «pensamiento Mao Tse-tung» no tiene nada en común con los ataques
emprendidos contra Mao Tse-tung por el grupo de Teng Siao-ping, en la pugna de
éste por el poder.
Hablando abierta y sinceramente de estos asuntos,
los comunistas albaneses cumplimos con nuestro deber en defensa del
marxismo-leninismo y, al mismo tiempo, en tanto que internacionalistas,
ayudamos al pueblo y a los revolucionarios chinos para que encuentren el camino
justo en estas difíciles situaciones por las que están pasando.
______________________
[1] V. I. Lenin. Obras,
t. XXXIII, págs, 153-154, ed. en albanés.
[2] V. I. Lenin. Obras,
t. XXI, pág. 147, ed. en albanés.
[3] V. I. Lenin. Obras,
t. XXVII, pág. 418, ed. en albanés.
[4] V. I. Lenin. Obras,
t. xxx, págs. 562-563, ed. en albanés.
[5] V. I. Lenin. Obras,
t. xxx, págs. 562-563, ed. en albanés.
[6] V. I. Lenin. Obras,
t. XXV, págs. 359-360, ed. en albanés.
[7] V. I. Lenin. Obras,
t. XXIX, pág. 160, ed. en albanés.
[8] Ver: Enver
Hoxha, Eurocomunismo es anticomunismo.
[9] Véase: Enver
Hoxha. Reflexiones sobre China, t. II, Casa Editora «8 Nëntori»,
Tirana, 1979, págs. 512-519, ed. en español.
[10] En francés -
vertedero.
[11] En francés en el
original - al pie de la letra.
[12] V. I. Lenin. Obras,
t. XXXI, pág. 540, ed en albanés.
[13] Véase: Enver
Hoxha. Obras Escogidas, t. IV, Casa Editora «8 Nëntori», Tirana,
1983, págs. 3 8-78, ed. en español.
[14] Mao Tse-tung. Obras
Escogidas, t. III, pág. 19. ed. en albanés.
[15] Véase: Enver
Hoxha. Reflexiones sobre China, t. II, Casa Editora «8 Nëntori»,
Tirana. 1979, págs. 797-826, ed. en español.
[16] Véase: Enver
Hoxha. Reflexiones sobre China, t. II, Casa Editora «8 Nëntori»,
Tirana, 1979, págs. 10-11, 22- 23, 26, 3 1-33, 49, 54-55 ed. en español, así
como Enver Hoxha. Los jruschovistas (Memorias), Casa Editora «8
Nëntori», Tirana, 1984, págs. 251-277, segunda edición en español.
[17] Véase: Enver
Hoxha. Reflexiones sobre China, t. I, Casa Editora «8 Nëntori»,
Tirana, 1979, págs. 172-175, 185-195, ed. en español.
[18] Véase: Enver
Hoxha. Obras Escogidas, t. IV, Casa Editora «8 Nëntori», Tirana,
1983, págs. 695-713, ed. en español.
[19] Mao Tse-tung. Obras
Escogidas, t. IV, pág. 84, ed. en albanés.
[20] IX Congreso del
Partido Comunista de China, Documentos, Tirana, 1969, págs. 79-80.
[21] Le Monde, 2 de
diciembre de 1972.
[22] Mao Tse-tung. Obras
Escogidas, t. V, Pekín, 1977, pág. 560, ed. en francés.
[23] J. V. Stalin. Obras,
t. XI, pág. 280, ed. en albanés.
[24] Mao Tse-tung. Obras
Escogidas, t. V, Pekín, 1977, pág. 348, ed. en francés.
[25] «Tengamos siempre en
la mente las enseñanzas del presidente Mao» Renmin Ribao 8 de
septiembre de 1977. Los puntos de vista manifestados en este artículo, han sido
analizados por el camarada Enver Hoxha en Reflexiones sobre China,
t. II, Casa Editora «8 Nëntori», Tirana. 1979, págs. 644-662, ed. en español.
[26] De la conversación de
Mao Tse-tung con camaradas de nuestro Partido, 3 de febrero de 1967. Archivos
Centrales del Partido del Trabajo de Albania (ACP).
[27] Mao Tse-tung. Obras
Escogidas, t. V, Pekín, 1977, pág. 96, ed. en francés.
[28] Extracto de la
autocrítica de Teng Siao-ping. (ACP).
[29] Mao Tse-tung. Obras
Escogidas, t. IV, Pekín, 1977, pág. 355. ed. enfrancés.
[30] Extracto de la
conversación de Mao Tse-tung con la delegación de Amistad de la RPA, 18 de
diciembre de 1967. (ACP).
[31] Mao Tse-tung. Obras
Escogidas, t. V, Pekín, 1977. pág. 319, ed. en francés.
[32] J. V. Stalin. Obras,
t. X, pág. 97, ed. en albanés.
[33] Mao Tse-tung. Obras
Escogidas, t. V, Pekín, 1977, pág. 397, ed. enfrancés.
[34] Ibídem, págs.
405-406.
[35] Mao Tse-tung. Obras
Escogidas, t. V, Pekín, 1977, pág. 499, ed. en francés.
[36] V. I. Lenin. Obras,
t. XXXVIII, pág. 396, ed. en albanés.
[37] Mao Tse-tung. Obras
Escogidas, t. V, Pekín, 1977, pág. 479, ed en francés.
[38] Mao Tse-tung. Obras
Escogidas, t. V, Pekín, 1977, págs. 399-400, ed. en francés.
[39] Ibídem, pág. 409.
[40] Mao Tse-tung. Obras Escogidas, t. I, pág. 210, ed. en
albanés.
[41] Mao Tse-tung. Obras Escogidas, t. III, pág. 169,
ed. en albanés.
[42] Mao Tse-tung. Obras Escogidas, t. IV, pág. 366, ed. en
albanés.
[43] Mao Tse-tung. Obras Escogidas, t. III, págs. 177-178,
ed. en albanés.
[44] Mao Tse-tung. Obras Escogidas, t. IV, págs. 257, 259,
ed. en albanés.
[45] Mao Tse-tung. Obras Escogidas, t. I, págs. 27-28, ed.
en albanés.
[46] Para mayores explicaciones al respecto véase: Enver Hoxha. Con
Stalin (Memorias), Casa Editora «8 Nëntori», Tirana, 1984, págs. 171-210,
ed. en francés.
[47] V. I. Lenin. Obras, t. XVII, pág. 252, ed. en albanés.
[48] Mao Tse-tung. Obras Escogidas, t. III, pág. 235, ed.
en albanés.
[49] En francés en el original - dominguillo.
[50] Mao Tse-tung. Obras Escogidas, t. V, Pekín, 1977, pág.
338, ed. en francés.
[51] V. I. Lenin. Obras, t. XXXII, pág. 434, ed. en
albanés.
[52] Mao Tse-tung. Obras Escogidas, t. III, pág. 239, ed.
en albanés.
[53] Mao Tse-tung. Obras Escogidas, t. V, Pekín, 1977, pág. 321, ed.
enfrancés.
[54] Tse-tung. Obras Escogidas, t. V, Pekín, 1977, pág.
512, ed. en francés.
[55] Mao Tse-tung. Obras Escogidas, t. V, Pekín, 1977, pág.
323. ed. en francés.
[56] Ibídem.
[57] Mao Tse-tung. Obras Escogidas, t. I, pág. 209, ed en
albanés.
[58] Mao Tse-tung. Obras Escogidas, t. V, Pekín, 1977, pág.
22, ed. en francés.
[59] International Herald Tribune, 14 de agosto de 1978.
[60] Mao Tse-tung. Obras Escogidas, t. II, págs. 250-251,
ed. en albanés.
[61] Mao Tse-tung. Obras Escogidas, t. V, Pekín, 1977, pág.
400, ed. en francés.
[62] Ibídem, pág. 328.
[63] Véase: Enver Hoxha. Los Jruschovistas (Memorias), Casa
Editora «8 Nëntori», Tirana, 1982, págs. 254-266, segunda edición en español.
[64] Mao Tse-tung. Obras Escogidas, t. V, Pekín, 1977, pág.
328, ed. en francés.
[65] Extracto de la conversación de Keng Piao con camaradas de nuestro
Partido en Pekín, 16 de abril de 1973. (ACP).
[66] Del discurso de Tito en el activo de la RS de Eslovenia, 8 de
septiembre de 1978.
LA DEFENSA DEL MARXISMO-LENINISMO,
GRAN TAREA DE TODOS LOS AUTÉNTICOS REVOLUCIONARIOS
La actual situación internacional es turbia, la
crisis en los países capitalista-revisionistas se agrava, la política agresiva
de las superpotencias engendra cada día nuevos y mayores peligros para la
libertad y la independencia de los pueblos y para la paz general. Las teorías
burguesas y revisionistas jruschovistas, titistas, «eurocomunistas» y, junto a
ellas, también las teorías chinas, son parte constitutiva del gran plan
estratégico del imperialismo y del revisionismo moderno para destruir el socialismo
y estrangular la revolución.
Dadas estas condiciones, la defensa del
marxismo-leninismo, de los principios del internacionalismo proletario, la
actitud consecuente y revolucionaria hacia los grandes problemas mundiales,
constituyen hoy para nuestro Partido, como para todos los auténticos
marxista-leninistas, una tarea fundamental. Nuestra justa lucha debe estimular
en los pueblos y los hombres progresistas la confianza en el triunfo de la
causa de la revolución, del socialismo y de la liberación de los pueblos.
Nuestro Partido está en el camino justo y triunfará, porque con él están los
revolucionarios y los pueblos del mundo, porque con él está la verdad
marxista-leninista.
Los marxista-leninistas y los revolucionarios en
todas partes del mundo ven que el Partido del Trabajo de Albania defiende el
marxismo-leninismo, cuando otros lo atacan, que defiende los principios del
internacionalismo proletario, cuando los diversos revisionistas han echado por
la borda estos principios. Ven que en las actitudes que adopta parte no sólo de
los intereses de su propio país, sino que expresa y representa intereses muy
grandes, entrañables y sagrados para todo el proletariado, los intereses del
verdadero socialismo, los intereses de todos aquellos que se basan en el
marxismoleninismo y se guían por sus principios para la transformación
revolucionaria del mundo.
Al mismo tiempo observamos que la política que
China sigue en sus relaciones con el imperialismo norteamericano, así como con
el socialimperialismo soviético, suscita dudas, descontento, es objeto de
continuas críticas en todas partes, sobre todo en los países del llamado tercer
mundo. Esto es natural, porque en estos países los hombres honrados ven que la
política china es incorrecta, una política que apoya a un imperialismo que les
oprime, que muchas de las prédicas de los dirigentes chinos no concuerdan con
sus actos y con la realidad concreta. Los pueblos ven que China sigue una
política socialimperialista que amenaza sus intereses.
En este sentido, también nuestro Partido da su
modesta contribución. Los pueblos creen en él, porque les dice la verdad y la
verdad tiene su origen en la teoría marxista-leninista, que es aplicada
concretamente en Albania. El desarrollo de nuestro país, sus luchas de
liberación, su situación social, económica, política y espiritual en el pasado,
tienen semejanza con los de muchos países del mundo que han sufrido y sufren
bajo la feroz dominación de los gobernantes locales y de los imperialistas
extranjeros. La experiencia acumulada por nuestro Partido en la toma del poder
por el pueblo, en la instauración de la dictadura del proletariado y en la
construcción del socialismo, es un ejemplo y una ayuda concreta para estos
pueblos. Las victorias y los éxitos obtenidos en la República Popular
Socialista de Albania, tienen su base en la teoría marxista-leninista, que
inspira al Partido del Trabajo de Albania y que éste lleva a la práctica.
A excepción de los lacayos y los
ultrarreaccionarios, nadie defiende directamente la fracasada teoría china de
los «tres mundos». La política de los chinos de acercamiento al imperialismo
norteamericano resucita los espectros de las guerras imperialistas, que nadie
quiere ver, hace más negra la noche colonial y neocolonial que nadie soporta,
sostiene la explotación capitalista, de la que todos quieren desembarazarse.
El Partido del Trabajo de Albania ha luchado, lucha
y luchará siempre firmemente en defensa de la pureza de las ideas
marxista-leninistas. Se opone y se opondrá en todo momento a todos aquellos que
tratan de tergiversarlas y substituirlas con ideas burguesas, revisionistas y
contrarrevolucionarias. Nuestro Partido es un partido proletario, un partido
marxista-leninista, un miembro activo de la revolución mundial, en aras de la
cual, hoy como ayer, está dispuesto a soportar cualquier sacrificio. No hay fuerza
en el mundo capaz de apartarlo de este glorioso camino del honor plenamente
internacionalista, no hay fuerza capaz de intimidarlo ni doblegarlo. Nuestro
Partido no puede transigir con ningún tipo de oportunismo, con ninguna
desviación y tergiversación del marxismo-leninismo. Luchará resueltamente
también contra el revisionismo chino, al igual que contra cualquier otro tipo
de revisionismo.
El nuestro es un partido marxista-leninista, y
precisamente porque es así, no debemos tener miedo de decir abiertamente la
verdad. Nuestro Partido es pequeño por el número de miembros que militan en sus
filas, pero es un partido templado en muchas luchas y siempre ha tenido la
osadía de plantear abiertamente las cuestiones cuando se ha tratado de defender
la pureza del marxismo-leninismo, la revolución y el socialismo. Los hechos
prueban que nuestra lucha contra el revisionismo chino es justa, es indispensable,
por eso es aprobada y respaldada por los marxista-leninistas y los
revolucionarios auténticos.
Un partido verdaderamente revolucionario, como el
nuestro, no renuncia en ningún caso a sus posiciones de principio. Nosotros no
podemos retroceder porque los otros puedan tachar de presunción el coraje que
es una virtud de nuestro Partido. El Partido no ha enseñado a sus miembros a
ser presuntuosos, pero si a ser siempre resueltos y justos, severos con el
enemigo de clase. En estas cuestiones el tamaño del partido carece de
importancia.
Los comunistas, los verdaderos revolucionarios, los
marxista-leninistas deben comprender bien la evolución actual de la situación
en el mundo. Esta evolución no obedece a estereotipos. Si se estudian, se
comprenden y se asimilan debidamente las enseñanzas de Marx, Engels, Lenin y
Stalin, la experiencia de las luchas revolucionarias del proletariado mundial,
así como la experiencia de todo auténtico partido marxista-leninista, se
comprenderá como es debido la evolución de esta situación y se ayudará poderosamente
a la revolución.
Nosotros, los comunistas albaneses, debemos
comprender bien que la asimilación del marxismoleninismo es absolutamente
indispensable. No hay que subestimar nunca el cerco capitalistarevisionista y
la presión que ejerce sobre nosotros. No debemos ser presuntuosos en la
comprensión de estas cuestiones y en la verdadera lucha que debemos desarrollar
contra los enemigos que nos rodean.
En su marcha la revolución ha tropezado y tropieza
con escollos, que debe minar y hacer saltar por los aires. Algunos debe
minarlos directamente, otros debe corroerlos, otros, en fin, tiene que
flanquearlos para luego asestarles el golpe definitivo. Esto significa
comprender la estrategia y la táctica de la revolución. Para crear la
convicción de que ésta triunfará, es imprescindible organizar a las amplias
masas populares, hacer que el proletariado tome conciencia de la firme
dirección de su verdadero partido marxista-leninista, porque de otro modo se
puede llegar incluso a emprender aventuras, a comprometer la causa de la
revolución. Los comunistas y las masas oprimidas del pueblo deben saber que el
imperialismo y el capitalismo mundial poseen una gran experiencia en la
opresión de las masas, en la organización de la contrarrevolución. Por eso hay
que comprender también las tácticas y la estrategia de los enemigos y hacerles
frente, conscientes de que nuestra ideología, nuestra política, nuestra estrategia
y nuestras tácticas son más poderosas que todo enemigo, dado que éstas sirven a
una causa justa, a la causa del comunismo.
Actualmente para nuestro Partido, al igual que para
todos los partidos marxista-leninistas del mundo, la lucha contra el
revisionismo chino merece una atención principal. Esta es una cuestión
importante a la que debemos dedicamos, pero no por ello nos está permitido
olvidar el revisionismo soviético, el revisionismo titista o el
«eurocomunismo», que son muy peligrosas variantes del revisionismo moderno.
Independientemente de las diferencias existentes en las formas de lucha, todas
estas corrientes antimarxistas, en lo que atañe a sus tácticas y a su
estrategia, están en el mismo cauce, persiguen el mismo objetivo, desarrollan
la misma lucha.
Por todos estos motivos jamás debemos apartar la
atención no sólo de la lucha que hay que llevar a cabo contra el imperialismo
norteamericano y toda la burguesía reaccionaria capitalista mundial, sino
también de la que hay que desarrollar contra el revisionismo soviético, el
revisionismo yugoslavo, el revisionismo chino, etc. Todos estos enemigos, con
todas las contradicciones que tienen entre sí, están ligados por el mismo hilo
que es la lucha contra la revolución, contra los partidos marxistaleninistas, contra
su unidad, contra la organización general del proletariado y de las masas
trabajadoras para lanzarse a la revolución.
La lucha contra el revisionismo moderno, y en
particular contra el revisionismo soviético, el revisionismo titista y el
revisionismo chino, no es una cosa fácil. Al contrario, esta lucha es y será
enconada, larga. Para que esta lucha se realice con éxito, para que se
conquisten victorias consecutivas, los comunistas, los cuadros, la
intelectualidad y las masas trabajadoras de nuestro país deben formarse en la
ideología de Marx, Engels, Lenin y Stalin, deben estudiar también la rica
experiencia conquistada por nuestro Partido en la lucha contra el revisionismo
moderno. Sólo así estaremos en condiciones de superar los obstáculos sin que
las zarzas de todo este gran bosque hostil nos desgarren.
Nuestro Partido del Trabajo debe, como siempre ha
hecho, mantener actitudes claras, resueltas, valientes en la correcta línea
marxista-leninista. Esta línea de nuestro Partido, con objetivos claros y bien
determinados, ayudará a desenmascarar al imperialismo norteamericano, al
socialimperialismo soviético, así como al socialimperialismo chino, y llevar a
cabo victoriosamente una lucha implacable contra ellos.
Nuestro Partido, así como también todos los
verdaderos comunistas del mundo tienen el deber de luchar con total entrega por
defender nuestra teoría marxista-leninista y depurarla de todas las
deformaciones de que es objeto por parte de la burguesía, de los revisionistas
modernos y de todos los oportunistas y traidores.
El marxismo-leninismo es la ideología triunfante.
Quien la hace suya, la defiende y la desarrolla, forma parte del glorioso
ejército de la revolución, del gran ejército invencible de los comunistas
auténticos, que dirigen al proletariado y a todos los oprimidos en la lucha
para transformar el mundo, destruir el capitalismo y construir el mundo nuevo,
el mundo socialista.
Se publica según el libro «El Imperialismo y la
Revolución», Segunda edición en albanés, Tirana, 1978
Notas
1.- Celebrado en agosto
de 1977.
2.- Agosto de 1978.
3.- En la Unión
Soviética se han instalado o cuentan con oficinas 17 multinacionales
norteamericanas, 18 japonesas, 13 germanooccidentales, 20 francesas, 7
italianas, etc. En Polonia se han establecido más de 30 multinacionales, de
ellas: 10 son norteamericanas, 6 germanooccidentales, 6 inglesas, 3 japonesas,
etc. En Rumania 32, en Hungría 31, en Checoslovaquia 30, y así sucesivamente en
otros países revisionistas. (Los datos son suministrados por el libro Vodka-Kola de
Carlos Levinson, 1977, págs. 79-82).
4.- Según la
prensa china, el Banco Mundial prestará a China la suma de 2 400 millones de
dólares USA para el período financiero 1984-1985. (Véase: Beijing
Review, Nº 24, 13 de junio de 1983, pág. 15).
5.- En la Unión
Soviética la proporción entre los salarios de los obreros, las de los
directivos de las empresas y las de los miembros de la nueva casta de la
burguesía soviética es 1 a 10, sin calcular las sumas de que se apropian estos
últimas recurriendo a diversas formas.
6.- El número de
víctimas como resultado de estas disputas que a menudo llevan al estallido de
guerras locales y civiles, desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial hasta
hoy, supera los 16 millones de personas. En todos estos conflictos, cuya
mayoría ha tenido lugar en los países no desarrollados, han estado implicados
directa o indirectamente el imperialismo norteamericano y el socialimperialismo
soviético.
7.- En 1982 esta
cifra casi se duplicó llegando a más de 430 mil millones de dólares y de año en
año aumentan continuamente los gastos militares.
8.- Fue
proclamada por el Presidente americano James Monroe, en el mensaje sobre el
estado de la Unión, el 2 de diciembre de 1823. Esta doctrina de carácter
expansionista tendía a camuflar los planes de los EE. UU. orientados a poner a
América Latina bajo la dominación norteamericana.
Tampoco tras la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo
norteamericano renunció a dicha política. En el espíritu de esta doctrina, ha
llevado a cabo decenas de intervenciones abiertas y encubiertas: 11 veces en
Panamá, 10 veces en Nicaragua, 9 veces en la República Dominicana, 7 veces en
Honduras, 2 veces en Guatemala, etc.
9.- Según datos
publicados en 1984, la deuda externa de Brasil ascendía a 100 mil millones de
dólares, convirtiéndose así en el país más endeudado del mundo.
En 1983, México tenía una deuda externa de unos 85 mil
millones de dólares.
10.- A finales de
diciembre de 1979 los socialimperialistas soviéticos emprendieron la agresión
contra Afganistán.
11.- Del 30 de
agosto al 8 de septiembre de 1977. Véase: Enver Hoxha, Reflexiones
sobre China. t. II, Casa Editora «8 Nëntori», Tirana, 1979, págs. 540-545,
617-622, 633-643, 665-666, ed. en español.
12.- Las
relaciones diplomáticas entre China y los EE.UU. fueron establecidas el 1 de
enero de 1979.
13.- A este fin
sirve también el Código sobre las empresas mixtas de capital chino y
extranjero, aprobado por la Asamblea Nacional Popular de China en julio de
1979, según el cual, la parte del capital extranjero no debe constituir menos
del 25 por ciento. (Véase: Beijing Review, N° 29, 23 de julio de
1979, págs. 25-27).
14.- Mao Tse-tung
y Chou En-lai, en el espíritu chovinista de gran estado, plantearon, en el
verano de 1964, la cuestión de revisar las fronteras de la Unión Soviética con
China y los demás países.
Partiendo de los intereses del comunismo, en septiembre de
1964, el CC del PTA dirigió una carta camaraderil al CC del PC de China.
15.- Durante un
período de más de 40 años, de 1928 a 1969, el Partido Comunista de China no
celebró más que 4 congresos: el VI Congreso tuvo lugar en 1928, el VII en 1945,
el VIII en 1956 y el IX en 1969.
16.- Es
significativo el hecho que mientras en 1927 este partido cantaba can 64.500
miembros, el 65 por ciento de los cuales eran obreros, el 20 por ciento
intelectuales y el 15 por ciento campesinos, en 1928 cuando el partido contaba
con 130.194 miembros, sólo el 10.9 par ciento eran obreros y 76.6 par ciento
campesinos.
17.- Se realizó en
abril de 1976.

