Libro N° 9592. La Subasta. Simenon, George.
© Libro N° 9592. La Subasta. Simenon, George. Emancipación. Febrero
12 de 2022.
Título original: © La Subasta. George Simenon
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LA SUBASTA
George Simenon
La Subasta
George Simenon
George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
La Subasta (1941)
(“Vente à la bougie”)
Originalmente publicado en Sept Jours
(n.° 29 y 30, 20 y 27 de abril de 1941);
Maigret les petits cochons sans queue
(París: Presses de la Cité, 1950, 221 págs.)
Maigret
apartó el plato y la mesa, se levantó, gruñó, resopló, y levantó maquinalmente
la tapadera de la estufa.
—¡A
trabajar, hijos! ¡Iremos a acostarnos en seguida!
Los
otros, sentados en torno a la gran mesa del albergue, volvieron hacia él sus
rostros resignados. Fréderic Michaux, el patrón, cuya fuerte barba había
crecido durante tres días, se levantó el primero y se dirigió al mostrador.
—¿Qué
quieren ustedes...?
—¡No!
¡Basta! —gritó Maigret—. Primero blanco en abundancia; después calvados;
después, más vino blanco y...
Habían
llegado todos a ese grado de fatiga en que pican los párpados y en que todo el
cuerpo duele. Julia, que a fin de cuentas era la mujer de Fréderic, llevó a la
cocina un plato en el que sólo quedaba un resto de judías pintas. Teresa, la
criadita, se limpió los ojos, no porque llorase, sino porque tenía un catarro
de cabeza.
—¿A
qué hora vuelven a empezar? —preguntó —. ¿Cuándo haya retirado los servicios?
—Son
las ocho. Volveremos a empezar, pues, a las ocho y media de la noche.
—Entonces, ¿traigo el tapete y las cartas?
En el
albergue hacía calor, incluso demasiado; pero, fuera, el viento arrastraba en
la noche ráfagas de lluvia helada.
—Siéntese usted donde estaba, papá Nicolás... Usted, señor Groux, usted
no había llegado aún...
Intervino el patrón:
—Fue
precisamente al oír fuera los pasos de Groux cuando dije a Thérèse: «Pon las
cartas en la mesa»...
—¿Es
necesario que simule otra vez mi entrada? —gruñó Groux, un aldeano de un metro
ochenta de alto, ancho como un aparador rústico.
Se les
hubiera creído actores que ensayaban por vigésima vez una escena, con la cabeza
vacía, los gestos blandos, los ojos sin mirada. Al mismo Maigret, que hacía de
director, a veces le costaba trabajo conven¬cerse de que todo aquello era real.
¡Incluso el lugar donde se encontraba! ¿A quién se le había ocurrido la idea de
pasar tres días en un albergue perdido, distante varios kilómetros de cualquier
aldea, en plena marisma vendeana?
Se
llamaba Pont-du-Grau, y había, efectivamente, un puente, un largo puente de
madera, por encima de una especie de canal cenagoso que el mar llenaba dos
veces al día. Pero no se veía la mar. No se veía más que el comienzo de las
marismas, cortadas por multitud de canalillos de riego, y, muy lejos, en la
línea del horizonte, techos achatados, granjas que allí llamaban cabañas.
¿Por
qué estaba aquel albergue en el borde del camino? ¿Para uso de cazadores de
patos y avefrías? Había una bomba de gasolina pintada de rojo, mientras que en
la fachada figuraba el gran anuncio azul de una marca de chocolate.
Al
otro lado del puente había una chabola, una verdadera conejera: la casa del
viejo Nicolás, pescador de anguilas. A trescientos metros, una granja bastante
amplia, de grandes construcciones de una sola planta: la heredad de Groux.
«...el
15 de enero... a las 13 en punto... en el lugar llamado la Mulatière... venta
pública de una cabaña... treinta hectáreas de pantanos... ganados en
aparcería... material agrícola... mobiliario, vajilla...
»La
venta se hará al contado.»
Todo
se había originado allí. Hacía años que la vida en el albergue era igual todas
las noches. Llegaba papá Nicolás, siempre medio borracho, y, antes de sentarse
ante su chato de vino, echaba un trago en el mostrador. Después era Groux quien
llegaba de su cabaña. Thérèse extendía un tapete rojo sobre la mesa y traía las
fichas y las cartas. Hacía falta entonces esperar al adunero para hacer de
cuarto; pero, cuando faltaba, lo reemplazaba Julia.
A todo
esto, el 14 de enero, víspera de la venta, había en el albergue dos clientes
más, aldeanos que venían de lejos para la subasta; uno de ellos, Borchain, de
los alrededores de Angoulême; el otro, Canut, de Sain-Jean-d'Angély.
—¡La
carta! — dijo Maigret cuando el patrón iba a barajar—. Borchain se fue a
acostar antes de las ocho, o sea, inmediatamente después de haber comido.
¿Quién le llevó a su habitación?
—Fui
yo —replicó Fréderic.
—¿Había bebido?
—No
demasiado. Seguramente un poco. Me preguntó quién era el tipo aquél de aire tan
lúgubre, y le dije que era Groux, cuyos bienes iban a venderse. Entonces me
preguntó cómo se las había arreglado Groux para perder dinero con tan buenos
regadíos, y yo...
—Se
habla por hablar —refunfuñó Groux.
El
gigante estaba sombrío. No quería admitir que jamás se había ocupado seriamente
de su tierra y de sus animales, y atribuía al cielo su ruina.
—Bueno. En este momento, ¿quién había visto su cartera?
—Todo
el mundo. La había sacado del bolsillo mientras comía para enseñar una foto de
su mujer. Se vio entonces que estaba llena de billetes... Incluso si no se la
hubieran visto, se sabía, puesto que venía con intención de comprar, y como la
venta estaba anunciada al contado...
—Lo
mismo que usted, Canut; ¿no llevaba usted también más de cien mil francos
encima?
—Ciento cincuenta mil... No quería pasar de ahí...
Ya a
su llegada allí, Maigret, que dirigía en aquella época la brigada móvil de
Nantes, había fruncido las cejas al examinar a Fréderic Michaux de pies a
cabeza. Michaux, que tenía alrededor de cuarenta y cinco años, con su traje de
boxeador y su nariz aplastada, no parecía precisamente un ventero.
—Dígame, pues... ¿No tiene usted la impresión de que nos hemos visto ya
en alguna parte?
—No
vale la pena perder el tiempo... Tiene usted razón, comisario... Pero ahora
estoy en regla...
Vagabundeaje en el barrio de las Ternes, golpes y heridas, apuestas
clandestinas, máquinas tragaperras... En resumen, Fréderic Michaux, ventero del
Pont-du-Grau, que estaba en lo más alejado de la Vendée, era más conocido de la
policía bajo el nombre de Fred el Boxeador.
—Sin
duda reconocerá usted también a Julia... Hace ya diez años que nos encerró
juntos... Pero comprobará usted que se ha convertido en una burguesa...
Era
cierto, Julia, cebada, hinchada, mal cuidada, los cabellos grasientos,
arrastrando sus pantuflas de la cocina a la taberna y de la taberna a la
cocina, no recordaba en nada a la Julia de la plaza de los Ternes, y lo que
todavía resultaba más inesperado era que guisaba de maravilla.
—Nos
trajimos a Thérèse con nosotros... La hemos sacado del orfeli¬nato...
Dieciocho años, un cuerpo delgado y largo, una nariz puntiaguda, una
extraña boca y una mirada descarada.
—¿Tenemos que simular que jugamos? —preguntó el aduanero, que se llamaba
Gentil.
—Como
la otra vez. Usted, Canut, ¿por qué no ha ido ya a acostarse?
—Miraba la partida... —murmuró el paisano.
—O
sea, que está constantemente detrás de mí —puntualizó Thérèse —Subí a mi
habitación...
—¿En
qué momento?
—Poco
después de la vuelta de M. Groux...
—¡Muy
bien! Vayamos allá juntos... Ustedes, continúen... ¿Habían vuelto ustedes a
jugar?
—No
inmediatamente... Groux no quería... Hablábamos... Yo fui a comprar un paquete
de cigarrillos al mostrador...
—Venga, Thérèse...
La
habitación donde Borchain había muerto era verdaderamente un punto estratégico.
La escalera no distaba de ella apenas dos metros. Thérèse, pues, había
podido...
Una
habitación estrecha, una cama de hierro, ropa interior y vestidos encima de una
silla.
—¿Qué
venía usted a hacer?
—A
escribir...
—¿A
escribir, qué?
—Que
al día siguiente era probable que no estuviésemos ni un instante solos...
Thérèse miraba a Maigret a los ojos, lo desafiaba.
—Sabe
usted bien de qué le hablo... He comprendido las miradas y las preguntas de
usted... La vieja desconfía... Anda siempre encima de nosotros... He pedido a
Fred que me lleve, y hemos decidido largarnos en primavera.
—¿Por
qué en primavera?
—Yo no
sé nada... Fue Fred quien fijó la fecha... Debíamos mar¬char a Panamá, donde
vivió ya hace tiempo, y montaríamos allá una ta¬berna...
—¿Cuánto tiempo permaneció usted en su habitación?
—No
mucho... Oí a la vieja que subía... Me preguntó lo que hacía... Le respondí que
nada... Me detesta y la detesto... Juraría que sospecha nuestro proyecto...
Thérèse sostenía la mirada de Maigret. Era una de esas muchachas que
saben lo que quieren y que lo quieren decididamente.
—¿Piensa usted que Julia preferiría ver a Fred preso que saberle huido
con usted?
—¡Es
capaz!
—¿Qué
venía a hacer a su habitación?
—Quitarse la faja... Ella necesita faja de goma para sujetar lo que le
sobra...
Los
dientes puntiagudos de Thérèse hacían pensar en los de un animalito, del que
tenía la crueldad inconsciente. Al hablar de la que le había precedido en el
corazón de Fred, sus labios se fruncieron.
—Por
la noche, sobre todo cuando ha comido mucho (se atraca que da asco), su faja le
ahoga y sube a quitársela.
—¿Cuánto tiempo permaneció aquí?
—Diez
minutos... Cuando volvió a bajar la ayudé a limpiar las legumbres... Los otros
seguían jugando a las cartas...
—¿Estaba abierta la puerta entre la cocina y la sala?
—Siempre está abierta...
Maigret la miró una vez más, y descendió pesadamente la escalera que
crujía. Se oía al perro, que, en el patio, arrastraba su cadena.
Al
abrir la puerta de la bodega se había encontrado, justamente detrás, un montón
de carbón del que se había retirado el arma del crimen: un pesado martillo.
Nada
de huellas digitales. El asesino había debido de asir el instrumento con un
trapo. Fuera de allí, en la casa, incluido el picaporte de la habitación,
huellas múltiples, confusas, las de todos los que estaban el 14 por la noche.
En
cuanto a la cartera, los policías se habían vuelto locos buscándola en los
lugares más inverosímiles: a pesar de estar acostumbrados a aquella clase de
búsquedas, la víspera habían tenido que llamar a los poceros para que vaciasen
el pozo negro.
El
pobre Borchain había venido de su tierra para comprar la granja de Groux. Hasta
entonces no había sido más que granjero. Quería ser propietario. Estaba casada
y tenía tres hijas. Había comido en una de las mesas. Había charlado con Canut,
que también era comprador eventual. Le había enseñado la fotografía de su
mujer.
Embotado por una comida demasiado abundante y frecuentemente rociada, se
había dirigido a su casa con aquel modo de caminar que tienen los aldeanos
cuando llega la hora del sueño. ¿Había escondido la cartera bajo la almohada?
En la sala, como todas las noches, cuatro hombres jugando a la belotte y
bebiendo vino blanco: Fred Groux, el viejo Nicolás, que cuando echaba el
completo de alcohol se volvía color violeta, y el aduanero Gentil, a quien le
hubiera valido más hacer su ronda.
Detrás
de ellos, Canut, que miraba ora las cartas ora Thérèse, con la esperanza de que
aquella noche pasada fuera de su casa se señalase con una aventura.
En la
cocina, dos mujeres: Julia y la pequeña del orfelinato, alrededor de un cubo de
legumbres.
En un
momento dado, uno de estos personajes había entrado en el pasillo con un
pretexto u otro, había abierto primero la puerta de la bodega para coger allí
el martillo del carbón, y después la puerta de Borchain.
No se
había oído nada. La ausencia no había podido ser larga, puesto que no había
parecido anormal.
¡Y sin
embargo había bastado para que el asesino pusiera la cartera en lugar seguro!
Porque, puesto que había prendido fuego al colchón, no tardaría en dar
la alarma. Se telefonearía a la policía. Todos serían cacheados.
—¡Cuando pienso que usted ni siquiera tiene cerveza bebible! —se quejaba
Maigret regresando a la taberna.
¡Un
vaso de cerveza fresca, espumosa, sacada de un barril! Sin embargo, no había en
la casa más que innobles cañas de una cerveza llamada familiar.
—¿Y la
partida?
Fred
miró la hora en el reloj del anuncio rodeado de porcelana azul celeste. Estaba
acostumbrado a la policía. Cansado, como los otros, pero bastante menos febril.
—A las
diez menos veinte... Quizá aún no... Se seguía hablando... ¿Fuiste tú, Nicolás,
quien volvió a pedir vino?
—Es
posible...
Le
grité a Thérèse: «Ven a servir vino...» Luego me levanté y bajé yo mismo a la
bodega.
—¿Por
qué?
Se
encogió de hombros.
—Bueno, ¿qué se le va a hacer? Después de todo, que se entere. Cuando
todo esto haya terminado, la vida no volverá a ser como era antes... Yo había
oído a Thérèse subir a su habitación... Sospechaba que me había escrito una
nota... Debía de encontrarse en la cerradura de la puerta de la bodega...
¿Oyes, Julia? Ya no puedo más, vieja... Me has hecho demasia¬das escenas como
pago de nuestros momentos de placer...
Canut
enrojeció. Nicolás sonrió socarronamente bajo su bigote rojizo. M. Gentil miró
a otra parte, porque también él había hecho proposiciones a Thérèse.
—¿Estaba la nota?
—Sí...
La leí abajo, mientras el vino llenaba la botella. Thérèse decía, simplemente,
que al día siguiente difícilmente tendríamos un instante solos...
Cosa
extraña, se advertía que la pasión de Fred era sincera, e incluso que poseía
cualidades emotivas bastante inesperadas.
Thérèse, en la cocina, se levantó de repente, y se acercó a la mesa de
los jugadores.
—¿Se
ha terminado? —gritó con labios temblorosos —. Prefiero que nos arresten a
todos y nos lleven a la cárcel... Ya se verá que... Pero dar vueltas de esta
manera alrededor de la olla, como si fuéramos...
Estalló en sollozos y fue a pegar los brazos en la pared, con la cabeza
en ellos.
—Por
tanto, usted permaneció varios minutos en la bodega —continuó Maigret
imperturbable.
—Tres
o cuatro minutos, sí...
—¿Qué
hizo usted de la nota?
—La
quemé en la llama de una vela...
—¿Tenía miedo de Julia?
A
causa de esta frase, Fred miró a Maigret con rencor.
—¿Es
que usted no comprende? Usted, que nos ha detenido hace ya diez años... ¿Usted
no comprende que, cuando se han vivido juntos ciertas cosas...? ¡En fin! ¡Como
usted quiera...! ¡No hagas caso, mi pobre Julia...!
Una
voz tranquila llegó de la cocina:
—No
hago caso...
¿Y el
móvil, el famoso móvil del que hablan los cursos de criminología? Móviles, los
tenían todos. Groux más que cualquiera de los otros; Groux, que estaba
arruinado, cuya propiedad sería vendida al día siguiente, a quien pondrían a la
puerta de su casa, incluso sin muebles y sin ganado, y a quien no le quedaba
otro recurso que alquilarse como mozo de granja.
Conocía los lugares, la entrada de la bodega, el montón de carbón, el
martillo...
¿Y
Nicolás? Un viejo borracho, ¡sea! Vivía miserablemente. Pero tenía una hija en
Niort, colocada como sirvienta, cuyo sueldo íntegro dedicaba a pagar la pensión
de su hijo. ¿Acaso no hubiera también podido...?
Sin
contar con que Fred lo había dicho hacía un momento, era él quien venía todas
las semanas a partir leña y a romper el carbón.
Ahora
bien, hacia las diez, Nicolás había ido al retrete, dando traspiés como un
borracho. Gentil había observado:
—¡Con
tal de que no se equivoque de puerta!
Existen casualidades de éstas. ¿Por qué Gentil había dicho aquello
mientras jugaba maquinalmente con la baraja?
¿Y no
podía Gentil haber tenido la idea del crimen cuando, instantes más tarde, había
imitado al viejo Nicolás?
Era un
aduanero, sea; pero todo el mundo sabía que no era serio, que hacía visitas al
café, y que con él todo tenía arreglo.
—Diga,
pues, comisario —empezó Fred.
—Perdón... Estamos a las diez y cinco... ¿En dónde estábamos la otra
noche?
Entonces, Thérèse, que suspiraba, fue a sentarse detrás de su patrón,
cuya espalda rozaba con el hombro.
—¿Estaba usted ahí?
—Sí...
Había terminado con las legumbres... Cogí la chaqueta que estoy calcetando,
pero no trabajé...
Julia
continuaba en la cocina, sin que se la viese.
—¿Quiere usted decir algo, Fred?
—Una
idea que me ha pasado por la cabeza... Me parece que existe un detalle que
prueba que no fue nadie de la casa quien ha matado al paisano... Porque...
Suponga... ¡No!, no es esto lo que quiero decir... Si yo matase a alguien en mi
casa, ¿cree usted acaso que se me hubiera ocurrido prender fuego...? ¿Para qué?
¿Para llamar la atención...?
Maigret acababa de llenar una nueva pipa y la encendía lentamente.
—Deme
usted al menos un pequeño de calvados, Thérèse... En cuanto a usted, Fred, ¿por
qué no prender el fuego?
—Pues,
porque... Estaba desconcertado.
—Sin
ese conato de incendio, nadie se hubiera preocupado por el sujeto... Los otros
se hubieran vuelto a sus casas, y...
Maigret sonreía, con los labios extrañamente alargados alrededor del
tubo de su pipa.
—¡Lástima que pruebe usted exactamente todo lo contrario de lo que
quiere probar, Fred...! Ese conato de incendio es el único indicio serio, y me
ha preocupado desde mi llegada... Supongamos que usted mata al viejo aldeano,
como usted dice... Todo el mundo sabe que está en esta casa... Usted no puede,
pues, pensar en hacer desaparecer el cadáver... A la mañana siguiente sería
necesario abrir la puerta de la habitación y dar la alarma... ¿A qué hora había
ordenado que le llamasen?
—A las
seis... Quería visitar la granja y las tierras antes de la venta...
—Si,
pues, el cadáver se descubría a las seis, no habría en la casa nadie más que
usted, Julia y Thérèse, porque ya no hablo de M. Canut, de quien nadie habría
sospechado... Entonces nadie hubiera pensado que el crimen pudiera haberse
cometido durante la partida de cartas.
Fred
seguía con atención el razonamiento del comisario, y le pareció a Maigret que
había palidecido. Incluso desgarró maquinalmente una carta, cuyos pedazos dejó
caer en el suelo.
—¡Fíjese en lo que hace! ¡Si ahora se le ocurre jugar, buscará en vano
el as de picas...! Decía, pues... ¡Ah, sí!... ¿Cómo hacer descubrir el crimen
antes de la partida de Groux, de Nicolás y de M. Gentil, de modo que las
sospechas pudieran recaer sobre ellos?... No había pretexto para entrar en la
habitación... ¡Sí!... ¡Uno solo!... El incendio...
Esta
vez Fred se levantó de un salto, con los puños cerrados, la mirada dura, y
gritó:
—¡Trueno de Dios!
Todo
el mundo callaba. Acababan de recibir algo así como un shock.
Hasta
entonces, era tanto el cansancio, que habían terminado por no creer en el
criminal. Nadie creía cierto que estuviese allí en la casa, que se le hablase,
que se comiese con él en la misma mesa, que tal vez se jugase a las cartas con
él, que con él se bebiese.
Fred
recorría a grandes pasos la sala de la venta, mientras Maigret, como recogido
en sí mismo, hacía la vista gorda. ¿Iba por fin a triunfar? Hacía tres días que
los tenía en jaque, minuto a minuto; les hacía repetir diez veces los mismos
gestos, las mismas palabras, con la esperanza, es cierto, de que un detalle
olvidado apareciese de pronto; sobre todo, para destrozarles los nervios, para
empujar al asesino a descubrirse.
Se oía
su voz apacible, las sílabas entrecortadas por las chupadas que daba a su pipa.
—Toda
la cuestión consiste en saber quién tenía a mano un escondrijo bastante seguro
para que sea imposible encontrar la cartera...
Cada
uno de ellos había sido cacheado. Uno tras otro, la famosa noche, los habían
dejado desnudos como gusanos. El carbón de la entrada de la bodega había sido
removido. Habían hecho sondas en las paredes, en las barricas. Todo lo cual no
impidió que la abultada cartera conteniendo más de cien billetes de cien
francos...
—Me
marea moviéndose de esa manera, Fred...
—Pero,
caray, ¿usted no comprende, pues, que...?
—¿Que
qué?
—¡Que
yo no lo he matado! ¡Que no soy lo bastante loco como para eso! ¡Que tengo unos
antecedentes penales bastante cargados como para...!
—¿No
era precisamente en primavera cuando quería usted marcharse con Thérèse a
América del Sur y comprar una taberna?
Fred
se volvió hacia la puerta de la cocina y, con los dientes apretados preguntó:
—¿Y
qué?
—¿Con
qué dinero?
Su
mirada se hundió en los ojos de Maigret.
—¿Es
ahí a donde usted quería llegar? ¡Pues se equivoca de camino, comisario! El
dinero, lo tendré el 15 de mayo. Se me ocurrió una idea de burgués cuando me
ganaba lindamente la vida organizando combates de boxeo. Hice un seguro de cien
mil francos, que debo cobrar a los cincuenta años. Esos cincuenta años los
cumpliré el 15 de mayo... Sí, Thérèse, cuento con más reservas de las que
habitualmente confieso...
—¿Estaba Julia al corriente de ese seguro?
—Eso
no concierne a las mujeres.
—¿De
modo que, usted, Julia, ignoraba que Fred iba a cobrar cien mil francos?
—Lo
sabía.
—¿Cómo? —gritó Fred sobresaltado.
—Sabía
también que quería largarse con ese cascajo...
—¿Y
los hubiera usted dejado marchar?
Julia
permaneció inmóvil, con la mirada fija en su amante; había en ella una extraña
quietud.
—¡No
me ha respondido! —insistió Maigret.
Ella
le miró. Sus labios se movieron. ¿Iba quizá a decir algo importante? Sin
embargo, se limitó a encogerse de hombros.
—¿Puede acaso saberse lo que hará un hombre?
Fred
no escuchaba. Se hubiera dicho que de repente le preocupaba otra cosa.
Reflexionaba, con las cejas fruncidas, y Maigret tuvo la impresión de que los
pensamientos de ambos seguían el mismo camino.
—Diga,
pues, Fred...
—¿Qué?
Era
como si lo hubieran arrancado de un sueño.
—A
propósito de esa póliza de seguros... de esa póliza que Julia conocía sin
saberlo usted... A mí también me gustaría echarle un vistazo...
¡Qué
caprichoso camino seguía la verdad para esclarecerse! Maigret creía haberlo
pensado todo. Thérèse, en su habitación, le había hablado de marcha, de dinero,
por tanto... Fred confesaba la existencia del seguro...
Sin
embargo... ¡Era de tal modo sencillo, de tal manera estúpido, que daban ganas
de soltar la risa: habían registrado diez veces la casa, y, sin embargo, no
habían encontrado ni póliza de seguros, ni papeles de identidad, ni cartilla
militar!
—A su
disposición, comisario —suspiró tranquilamente—. Al mismo tiempo, va usted a
conocer la cifra de mis economías...
Se
dirigió hacia la cocina.
—Puede
usted entrar... Cuando se vive en un agujero como éste... Sin contar con que,
además, conservo algunos papeles que a mis camaradas de antaño no les
disgustaría birlarme...
Thérèse, sorprendida, les seguía. Se oían los pesados pasos de Groux, y
Canut, a su vez, se levantó.
—No
crea que soy demasiado listo... Es una suerte que en mi juventud haya sido
calderero...
A la
derecha del fogón había un enorme cubo de basura de metal galvanizado. Fred
volcó el contenido en medio de la pieza e hizo saltar un doble fondo. Fue el
primero en mirar. Sus cejas se fruncieron. Levantó la cabeza con lentitud,
abrió la boca...
Allí,
entre los otros papeles, había una abultada cartera gastada por el uso, atada
con una cinta de goma roja cortada de un neumático.
—¿Qué
es esto, Julia? —preguntó dulcemente Maigret.
Entonces tuvo la impresión de ver cómo, a través de los rasgos pastosos
de la amante, revivía algo de la Julia de otro tiempo. Ella les miró a todos.
Su labio superior se alzó con una mueca desdeñosa. Hubiera podido creerse que
detrás temblaba un sollozo. Pero no estalló. Con voz mate, dejó caer:
—¿Y
qué? Yo lo hice...
Lo más
extraordinario fue que Thérèse se echó a llorar, bruscamente, como un perro
aulla a la muerte, mientras la que había matado añadía:
—Supongo que me llevarán ustedes en seguida, puesto que tienen auto...
¿Puedo llevar mis cosas conmigo?
Maigret le permitió liar el petate. Estaba triste: era la reacción,
después de una prolongada tensión nerviosa.
¿Desde
cuándo había Julia descubierto el escondrijo de Fred? Al ver la póliza de
seguros, de la que él no le había hablado nunca, ¿no había comprendido que, el
día en que recibiese el dinero, se marcharía con Thérèse?
Se
había presentado una ocasión: más dinero todavía que el que Fred iba a cobrar.
¡Y era ella quien se lo traería, pasadas algunas semanas, cuando se hubiera
olvidado el asunto!
—Verás, Fred... Yo estaba al corriente de todo... Querías marcharte con
ella, ¿no es así...? Creías que yo no servía para nada... Abre tu escondrijo...
¡Fui yo, la vieja, como tú me llamas, quien...!
Maigret, por lo que pudiera suceder, la vigilaba mientras iba y venía
por la habitación, donde no había más que una enorme cama de caoba con la
fotografía de Fred vestido de boxeador, colgada encima.
—Tengo
que ponerme la faja —dijo —. ¡Con tal de que no mire!... No resulta bonito...
Fue en
el coche donde se hundió, mientras Maigret miraba fijamente las gotas de lluvia
en los cristales. ¿Qué harían ahora los otros en la venta? ¿Y a quién se
adjudicaría la granja de Groux cuando, por tercera vez, la vela de la subasta
se hubiera apagado? [En la campiña francesa, al efectuar una subasta, es
costumbre encender una vela, y, mientras permanece encendida, los presentes
pueden seguir pujando. El objeto en venta se adjudica al que haya ofrecido la
última cantidad antes de apagarse la vela.]

