Libro N° 9591. El Hombre En La Calle. Simenon, George.
© Libro N° 9591. El Hombre En La Calle. Simenon, George. Emancipación. Febrero
12 de 2022.
Título original: © El Hombre En La Calle. George Simenon
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Original: © El Hombre En La Calle. George Simenon
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Miranda
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EL HOMBRE EN LA CALLE
George Simenon
El Hombre En La Calle
George Simenon
George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
El Hombre En La Calle (1940)
[Ese hombre por las calles]
(“L’homme dans la rue”)
Originalmente publicado, como “Le Prisonnier de la
rue”, en Sept Jours
(n.° 11 y 12, 15 y 22 de diciembre de 1940);
Maigret les petits cochons sans queue
(París: Presses de la Cité, 1950)
Los
cuatro hombres iban apretujados dentro del taxi. En París helaba. A las siete y
media de la mañana la ciudad estaba lívida, el viento hacía correr a ras de
suelo un polvillo de hielo.
El más
delgado de los cuatro, en un asiento abatible, tenía un cigarrillo pegado al
labio inferior e iba esposado. El más importante, de mandíbula fuerte, envuelto
en un recio abrigo y con un sombrero hongo en la cabeza, fumaba en pipa viendo
desfilar ante sus ojos la verja del Bois de Boulogne.
—¿Le
hago el número de la pataleta? —propuso amablemente P’tit Louis, el hombre de
las esposas—. ¿Con contorsiones, espumarajos, insultos y todo eso?
Maigret gruñó, quitándole el cigarrillo de los labios y abriendo la
portezuela, porque ya habían llegado a la Porte de Bagatelle:
—No
quieras pasarte de listo.
Los
caminos del Bois estaban desiertos, blancos y duros como el mármol. Unas diez
personas pateaban la nieve para combatir el frío al lado de un sendero para
jinetes, y un fotógrafo quiso retratar al grupo que se acercaba. Pero P’tit
Louis, tal como le habían recomendado, levantó los brazos para taparse la cara.
Maigret, con aire malhumorado, giraba la cabeza como un oso,
observándolo todo: los edificios nuevos del Boulevard Richard Wallace, todavía
con los postigos cerrados, unos obreros en bicicleta que venían de Puteaux, un
tranvía iluminado, dos porteras que caminaban con las manos violáceas de frío.
—¿Todo
a punto? —preguntó.
La
víspera, había permitido a los periódicos que publicaran la información
siguiente:
EL CRIMEN DE BAGATELLE
En
esta ocasión la policía no ha tardado mucho en aclarar un asunto que parecía
ofrecer dificultades insuperables. Como es sabido, el lunes por la mañana un
guarda del Bois de Boulogne descubrió en uno de los senderos, a unos cien
metros de la Porte de Bagatelle, el cadáver de un hombre que pudo ser
identificado inmediatamente.
Se
trata de Ernest Borms, médico vienés muy conocido que vivía en Neuilly desde
hacía varios años. Borms vestía esmoquin. Alguien debió de atacarle en la noche
del domingo al lunes cuando volvía a su piso, en el Boulevard Richard-Wallace.
Una
bala disparada a quemarropa con un revólver de pequeño calibre lo alcanzó en el
corazón.
Borms,
que aún era joven, de buena apariencia, muy elegante, llevaba una intensa vida
social.
Apenas
cuarenta y ocho horas después de este crimen, la Policía Judicial acaba de
proceder a una detención. Mañana por la mañana, entre las siete y las ocho, se
procederá a la reconstrucción del crimen en el lugar de los hechos.
Posteriormente, en el Quai des Orfevres se habló de este asunto, y se
comentaba que en él Maigret había utilizado tal vez el más característico de
sus procedimientos; pero cuando lo mencionaban en su presencia, reaccionaba de
un modo extraño, volviendo la cabeza y emitiendo un gruñido.
¡Vamos
allá! Todo el mundo estaba en su sitio. Muy pocos mirones, tal como había
previsto. Por algo había elegido aquella hora matinal. Y además, entre las diez
o quince personas que daban patadas en el suelo podía reconocerse a varios
inspectores que adoptaban un aire lo más inocente posible, y uno de ellos,
Torrence, a quien le encantaba disfrazarse, se había vestido de repartidor de
leche, lo cual hizo que su jefe se encogiera de hombros.
¡Con
tal de que P’tit Louis no exagerara! Era un «cliente» suyo, un delincuente muy
conocido, a quien habían detenido el día anterior mientras practicaba su oficio
de carterista en el metro.
«Mañana por la mañana nos echarás una mano, y ya procuraremos que esta
vez no salgas muy mal librado…».
Le
habían sacado de la prisión.
—¡Adelante! —Gruñó Maigret—. Cuando oíste pasos estabas escondido en
este rincón, ¿verdad?
—Fue
exactamente así, señor comisario. Yo tenía hambre, ¿me comprende? Y no me
quedaba ni un céntimo. Entonces me dije que un tipo que volvía a su casa de
esmoquin, seguro que llevaba la cartera repleta… «¡La bolsa o la vida!», le
dije acercándome a él. Y le juro que no fue culpa mía si se me disparó. Supongo
que fue el frío lo que hizo que el dedo apretara el gatillo…
Las
once de la mañana. Maigret recorría su despacho del Quai des Orfevres a grandes
zancadas, fumaba una pipa tras otra, no cesaba de atender al teléfono.
—¡Oiga! ¿Es usted, jefe? Soy Lucas. He seguido al viejo que parecía
interesarse por la reconstrucción. Una pista falsa: es un maniático que todas
las mañanas da un paseíto por el Bois.
—De
acuerdo, puedes volver.
Once y
cuarto.
—Oiga,
¿es el jefe? Soy Torrence. He seguido al joven que usted me indicó mirándome de
reojo. Participa en todos los concursos de detectives. Trabaja de dependiente
en una tienda de los Campos Elíseos. ¿Puedo regresar?
Hasta
las doce menos cinco no recibió una llamada de Janvier.
Tengo
que ser breve, jefe, no sea que el pájaro eche a volar. Lo vigilo por el
espejito incrustado en la puerta de la cabina. Estoy en el bar del Nain Jaune,
en el Boulevard Rochechouart… Sí, me ha visto. No tiene la conciencia
tranquila. Al cruzar el Sena ha tirado algo al río. Además, ha intentado
despistarme diez veces. ¿Lo espero aquí?
Así
empezó una cacería que iba a prolongarse durante cinco días y cinco noches, por
entre transeúntes apresurados, en un París indiferente, de bar en bar, de
taberna en taberna; por un lado un hombre solo, por otro Maigret y sus
inspectores, que se turnaban en la persecución y que, a fin de cuentas,
acabaron tan exhaustos como su perseguido.
Maigret bajó del taxi delante del Nain Jaune, a la hora del aperitivo, y
encontró a Janvier acodado en el mostrador. No se tomó la molestia de adoptar
un aire inocente. ¡Al contrario!
—¿Quién es?
Con la
barbilla, el inspector le indicó un hombre sentado en un rincón, delante de un
velador. El hombre los miraba con sus pupilas claras, de un azul grisáceo, que
daban a su fisonomía el aspecto de ser extranjero. ¿Nórdico? ¿Eslavo? Más bien
eslavo. Llevaba un abrigo gris, un traje de buenas hechuras, un sombrero
flexible.
Debía
de tener unos treinta y cinco años. Estaba pálido, recién afeitado.
—¿Qué
quiere tomar, jefe?, ¿un Picon caliente?
—De
acuerdo, un Picon caliente. ¿Qué bebe él?
—Aguardiente. Se ha tomado cinco esta mañana. Y no le extrañe si me
trabuco un poco al hablar: siguiéndolo he tenido que entrar en todas las
tabernas. Tiene mucho aguante, ¿sabe usted?… Además, fíjese, lleva toda la
mañana así. Este no se da por vencido fácilmente.
Era
verdad. Y parecía raro. Aquello no podía llamarse arrogancia ni desafío. El
hombre sencillamente los miraba. Si estaba inquieto, no dejaba que nada
trasluciese. Su rostro expresaba más bien tristeza, pero una tristeza
tranquila, meditabunda.
—En
Bagatelle, cuando se dio cuenta de que usted no lo perdía de vista, se fue en
seguida, y yo tras él. Aún no había andado cien metros cuando ya había girado
la cabeza. Entonces, en vez de salir del Bois, como parecía su intención, echó
a andar a grandes zancadas por el primer sendero que encontró. Volvió la cabeza
otra vez. Me reconoció. Se sentó en un banco a pesar del frío, y yo me paré a
mi vez. Varias veces tuve la impresión de que quería dirigirme la palabra, pero
acabó por alejarse encogiéndose de hombros.
»En la
Porte Dauphine estuve a punto de perderlo, porque tomó un taxi, pero tuve la
suerte de encontrar otro casi al momento. Bajó en la Place de l’Opéra, y se
metió precipitadamente en el metro. Yo iba siguiéndolo, cambiamos cinco veces
de línea, hasta que empezó a comprender que de esta manera no podría
despistarme.
»Volvimos a subir a la superficie. Estábamos en la Place Clichy. Desde
entonces no hemos dejado de ir de bar en bar. Yo esperaba que entrara en un
buen lugar, con una cabina telefónica desde donde pudiera vigilarlo. Cuando me
ha visto telefonear, ha hecho una mueca irónica y triste. Luego, yo hubiese
jurado que lo estaba esperando a usted.
—Telefonea a «casa». Que Lucas y Torrence se preparen para venir
corriendo al primer aviso. Y que venga también un fotógrafo de Identidad
Judicial, con una cámara muy pequeña.
—¡Camarero! —llamó el desconocido—. ¿Qué le debo?
—Tres
cincuenta.
—Apostaría a que es polaco —murmuró Maigret a Janvier—. En marcha.
No
fueron muy lejos. En la Place Blanche el hombre entró en un pequeño
restaurante; ellos lo siguieron y se sentaron a una mesa que estaba junto a la
suya. Era un restaurante italiano, y comieron pasta.
A las
tres, Lucas fue a relevar a Janvier, cuando este se hallaba con Maigret en una
cervecería frente a la Gare du Nord.
—¿Y el
fotógrafo? —preguntó Maigret.
—Espera en la calle para sorprenderlo cuando salga.
Y, en
efecto, cuando el polaco salió, después de haber leído los periódicos, un
inspector se acercó rápidamente a él. A menos de un metro le hizo una foto. El
hombre se llevó en seguida la mano a la cara, pero ya era demasiado tarde, y
entonces, demostrando que comprendía, dirigió a Maigret una mirada de reproche.
—Amigo
mío —monologaba el comisario—, tienes muy buenas razones para no llevarnos a tu
domicilio. Pero si tú tienes paciencia, yo tengo tanta como tú…
Al
oscurecer, había copos de nieve revoloteando por las calles, mientas el
desconocido andaba, con las manos en los bolsillos, esperando la hora de
acostarse.
—¿Lo
relevo durante la noche, jefe? —propuso Lucas.
—No.
Prefiero que te ocupes de la fotografía. En primer lugar, consulta el fichero.
Luego investiga en los ambientes extranjeros. Este tipo conoce París. Seguro
que hace tiempo que vive aquí. Alguien ha de conocerlo.
—¿Y si
publicásemos su foto en los periódicos?
Maigret miró a su subordinado con desdén. ¿O sea con él desde hada
tantos años, no comprendía? ¿Acaso la policía tenía un indicio? ¡Nada! ¡Ni un
testimonio! Matan a un hombre de noche en el Bois de Boulogne. No se encuentra
el arma. Ni una huella. El doctor Borms vive solo, y su único sirviente adónde
fue víspera.
—¡Haz
lo que te digo! Largo…
A las
doce de la noche por fin el hombre se decidió a cruzar el umbral de un hotel.
Maigret le seguía los pasos. Era un hotel de segunda o incluso de tercera
categoría.
—Quisiera una habitación.
—¿Me
rellena esta ficha, por favor?
La
rellena entre titubeos, con los dedos entumecidos por el frío. Mira a Maigret
de arriba abajo, como diciéndole: «¡Si cree que me importa que me esté mirando!
Escribiré lo que me dé la gana».
Y, en
efecto, escribe el primer nombre y apellido que le viene a la cabeza: Nikolas
Slaatkovich, domiciliado en Cracovia, que había llegado a París el día
anterior.
Todo
falso, evidentemente. Maigret telefonea a la Policía Judicial. Se revisan los
expedientes de los pisos amueblados, los registros de extranjeros, llaman a los
puestos fronterizos. No existe ningún Nikolas Slaatkovich.
—¿Usted también desea una habitación? —pregunta el dueño con una mueca,
porque ya se huele que está ante un policía.
—No,
gracias. Pasaré la noche en la escalera.
Es más
seguro. Se sienta en un peldaño, delante de la puerta la habitación número 7.
Por dos veces esta puerta se abre. El hombre escudriña la oscuridad con la
mirada, ve la silueta de Maigret, y termina por acostarse. Por la mañana, la
barba le ha crecido, tiene las mejillas rasposas. No ha podido cambiarse de
ropa. Ni siquiera tenía peine, y lleva el pelo alborotado.
Lucas
acaba de llegar.
—¿Lo
relevo, jefe?
Maigret no se resigna a dejar a su desconocido. Lo ha visto pagar la
habitación. Lo ha visto palidecer. Adivina lo que pasa.
En
efecto, poco después, en un bar en el que toman, por así decirlo, codo con
codo, un café con leche y unos croissants, el hombre, sin ocultarse lo más
mínimo, cuenta el dinero que le queda. Un billete de cien francos, dos monedas
de veinte, una de diez y calderilla. Sus labios se estiran en una mueca de
contrariedad.
¡Bueno! Con eso no irá muy lejos. Cuando llegó al Bois de Boulogne,
acababa de salir de su casa, porque iba recién afeitado, sin una mota de polvo,
sin una arruga en el traje. ¿Tenía intención de volver al cabo de poco? Ni
siquiera se preocupó por el dinero que llevaba encima.
Maigret adivina lo que tiró al Sena: los documentos de identidad, tal
vez tarjetas de visita.
Quiere
evitar a toda costa que se descubra dónde vive.
Y el
callejeo típico de los que no tienen techo vuelve a empezar, con paradas
delante de las tiendas, de los puestos de vendedores ambulantes, o en los
bares, en los que tiene que entrar de vez en cuando, aunque solo sea para
sentarse, sobre todo porque en la calle hace frío, o para leer los periódicos.
¡Ciento cincuenta francos! Al mediodía, nada de restaurantes. El hombre
se conforma con huevos duros, que come de pie ante un mostrador, y una cerveza,
mientras Maigret engulle unos bocadillos.
El
otro duda mucho antes de entrar en un cine. Dentro del bolsillo su mano juega
con las monedas. Hay que resistir todo el tiempo posible. El hombre anda y
anda…
¡Por
cierto! Hay un detalle que llama la atención de Maigret, En su agotadora
caminata, el hombre recorre siempre determinados barrios: de la Trinité a la
Place Clichy; de la Place Clichy a Barbès, pasando por la Rue Caulaincourt; de
Barbès a la Gare du Nord y a la Rue La Fayette…
¿Tiene
también miedo a que le reconozcan? Seguramente elige los barrios más alejados
de su casa o de su hotel, los que suele frecuentar.
¿Vive
en Montparnasse, como tantos extranjeros? ¿En los alrededores del Panteón?
La
ropa que usa indica una posición media. Son prendas cómodas, sobrias, de buena
hechura. Sin duda, una profesión liberal. ¡Lleva alianza! O sea que ¡está
casado!
Maigret ha tenido que resignarse a ceder su lugar a Torrence. Pasa
rápidamente por su casa. Madame Maigret está contrariada: su hermana ha venido
de Orléans, ha preparado una cena muy especial, y su marido, después de haberse
afeitado y cambiado de ropa, vuelve a irse anunciando que no sabe cuándo
regresará.
El
comisario se precipita hacia el Quai des Orfevres.
—¿No
hay nada de Lucas para mí?
¡Sí!
Hay una nota del brigada. Este ha enseñado la fotografía en numerosos círculos
polacos y rusos. Nadie lo conoce. Tampoco nada en los grupos políticos. En
último extremo, ha sacado numerosas copias de la famosa fotografía. En todos
los barrios de París hay agentes que van de puerta en puerta, de portería en
portería, mostrando la foto a los dueños de los bares y a los camareros.
—¡Oiga! ¿El comisario Maigret? Soy una acomodadora del Ciné-Actualités,
en el Boulevard de Strasbourg… Hay aquí un señor, Monsieur Torrence, que me ha
dicho que lo telefonee a usted para decirle que está aquí, pero que no se
atreve a salir de la sala.
¡No es
tonto el hombre! Ha escogido el mejor lugar para pasar algunas horas: con
calefacción y por poco precio, solo dos francos de entrada… ¡y con derecho a
varias sesiones!
Se ha
establecido una curiosa intimidad entre perseguidor y perseguido, entre el
hombre cuya barba crece, cuyas ropas se arrugan, y Maigret, que no lo pierde de
vista ni un instante. Incluso hay un detalle divertido. Los dos se han
resfriado. Tienen la nariz enrojecida. Casi al mismo tiempo sacan el pañuelo
del bolsillo, y en una ocasión el hombre no ha podido evitar una vaga sonrisa
al ver cómo Maigret suelta una serie de estornudos.
Un
hotel sucio, en el Boulevard de la Chapelle, después de cinco sesiones
continuas de documentales. En el registro, el mismo nombre. Y de nuevo Maigret
se instala en un peldaño de la escalera. Pero como es una casa de citas, cada
diez minutos tiene que apartarse para dejar pasar a parejas que lo miran con
extrañeza, y las mujeres se quedan intranquilas.
Cuando
se le acaben los recursos, cuando los nervios ya no resistan más, ¿se decidirá
a volver a su casa? En una cervecería en la que el otro se queda bastante rato
y se quita gris, Maigret no vacila en tomar y mirar interior del cuello. El
abrigo se compró en Old England, en el Boulevard des Italiens. Es de
confección, y casa debió de vender docenas abrigos Sin embargo, hay un indicio.
Es del invierno anterior. Así pues, el desconocido lleva en París por lo menos
un año. Y en el curso de un año seguro que ha tenido que recalar en un algún
lugar…
Maigret se dedica a tomar ponches para matar el resfriado. El otro va
soltando el dinero con cuentagotas. Toma cafés, pero sin añadirles licor. Se
alimenta de croissants y de huevos duros.
Las
noticias de «casa» son siempre las mismas: ¡nada nuevo! Nadie reconoce la
fotografía del polaco. No se ha denunciado ninguna desaparición.
Por lo
que respecta al muerto, tampoco nada. Tenía un consultorio importante. Se
ganaba muy bien la vida, no se metía en política, salía mucho y, como se
ocupaba sobre todo de enfermedades nerviosas, entre sus pacientes abundaban las
mujeres.
Era
una experiencia que Maigret aún no había tenido ocasión de llevar hasta el
final: ¿en cuánto tiempo un hombre bien educado, aseado, bien vestido, pierde
su barniz exterior cuando tiene que vagabundear por la calle?
¡Cuatro días! Ahora lo sabía. Primero la barba. La primera mañana, el
hombre parecía un abogado o un médico, un arquitecto, un industrial: uno se lo
imagina saliendo de un confortable piso. Una barba de cuatro días lo ha
transformado hasta el punto de que, si hubiesen publicado su retrato en los
periódicos evocando el caso del Bois de Boulogne, la gente hubiera dicho: «¡Se
ve a la legua tiene cara de asesino!».
Por el
frío y el dormir mal, se le había enrojecido el borde de los párpados, y
resfriado le ponía un toque de fiebre en los pómulos. Los zapatos, que habían
dejado de estar lustrosos, comenzaban a deformarse. El abrigo empezaba a ajarse
y sus pantalones tenían rodilleras.
Incluso se le notaba en la manera de andar. Ya no andaba de la misma
forma: iba pegado a las paredes, bajaba la vista cuando los transeúntes lo
miraban… Un detalle más: volvía la cabeza al pasar ante un restaurante donde
había clientes instalados a las mesas ante copiosos platos.
«¡Tus
últimos veinte francos, amigo mío!», calculaba Maigret. «¿Y después?».
Lucas,
Torrence y Janvier lo relevaban de vez en cuando, pero él les cedía su lugar
con la menor frecuencia posible. Entraba en el Quai des Orfevres como un
huracán, veía al jefe.
—Sería
mejor que descansara, Maigret.
Un
Maigret huraño, susceptible, como si estuviera dominado por sentimientos
contradictorios, contestaba:
—Mi
deber es descubrir al asesino, ¿no?
—Evidentemente…
—¡Pues
en marcha! —suspiraba con una especie de rencor en la voz—. Me pregunto dónde
dormirá esta noche.
¡Los
últimos veinte francos! ¡Menos aún! Cuando se reunió con Torrence, este le dijo
que el hombre había comido tres huevos duros y tomado dos cafés con licor en un
bar de la esquina de la Rue Montmartre.
—Ocho
francos con cincuenta… Le quedan once francos con cincuenta.
Lo
admiraba. El otro no solo no se escondía, sino que andaba a su misma altura, a
veces a su lado, y tenía que contenerse para no dirigirle la palabra.
«¡Vamos a ver, hombre! ¿No crees que ya sería hora de que empezases a
cantar? En algún lugar te espera una casa con calefacción, una cama, unas
zapatillas, una navaja de afeitar, ¿verdad? Y una buena cena…».
¡Pero
no! El hombre vagó bajo las luces eléctricas de Les Halles, como los que ya no
saben adónde ir, entre los montones de coles y de zanahorias, apartándose al
oír el silbato del tren, al paso de los camiones de los hortelanos.
«¡Ya
no puedes pagarte una habitación!».
Aquella noche Servicio Meteorológico registró ocho grados bajo cero. El
hombre se compró unas salchichas calientes que una vendedora preparaba al aire
libre. ¡Apestaría a ajo y a grasa toda la noche!
En
cierto momento intentó introducirse en un pabellón y echarse en un rinconcito.
Un agente, al que Maigret no tuvo tiempo de dar instrucciones, lo echó de allí.
Ahora cojeaba. Los muelles. El Pont des Arts. ¡Con tal de que no se le
ocurriera tirarse al Sena! Maigret no se sentía con ánimos para saltar tras él
al agua negra, que empezaba a arrastrar pedazos de hielo.
Iba
por el muelle de la sirga. Unos vagabundos refunfuñaban. Bajo los puentes, los
buenos lugares ya estaban ocupados.
En una
calleja, cerca de la Place Maubert, a través de los cristales de una extraña
taberna se veían a unos viejos que dormían con la cabeza apoyada sobre la mesa.
¡Por veinte céntimos, incluyendo un vaso de vino tinto! El hombre miró a
Maigret por entre la oscuridad. Esbozó un ademán fatalista y empujó la puerta.
En el tiempo en que esta se abrió y volvió a cerrarse, Maigret recibió una
repugnante tufarada en el rostro. Prefirió quedarse en la calle. Llamó a un
agente, lo dejó vigilando en la acera y fue a telefonear a Lucas, que esa noche
estaba de guardia.
—Hace
una hora que estamos buscándolo, jefe. ¡Lo hemos identificado! Ha sido gracias
a una portera. El tipo se llama Stephan Strevzki, treinta y cuatro años, en
Varsovia, instalado en Francia desde hace tres años. Trabaja con un decorador
del Faubourg Saint-Honoré. Está casado con una húngara, una mujer guapísima que
se llama Dora. Vive en Passy, Rue de la Pompe, en un piso por el que paga doce
mil francos de alquiler. Nada de política… La portera nunca vio a la víctima.
Stephan salió de su casa el lunes por mañana más temprano de lo que solía. Ella
se sorprendió al ver que no regresaba, pero dejó de preocuparse al ver que…
—¿Qué
hora es?
—Las
tres y media. Aquí estoy solo. Me he hecho subir cerveza pero está muy fría…
—Óyeme
bien, Lucas. Irás… ¡Sí! ¡Ya lo sé! Es demasiado tarde para los de la mañana,
pero en los de la tarde… ¿Lo has entendido?
Aquella mañana el hombre llevaba pegado a su ropa un sordo olor a
miseria. Los ojos más hundidos. La mirada que dirigió a Maigret, en la pálida
mañana, contenía el más patético de los reproches.
¿No lo
habían conducido, poco a poco, pero a una velocidad que no dejaba de ser
vertiginosa, hasta lo más bajo del escalafón? Se levantó el cuello del abrigo.
No salió del barrio. Con mal sabor de boca, se metió en una taberna que acababa
de abrir y se bebió, una tras otra, cuatro copas, como para arrancarse el
espantoso regusto que aquella noche le había dejado en la garganta y en el
pecho.
¡Qué
más daba! ¡Ahora ya no le quedaba nada! Solo podía echar a andar recorriendo
calles que el hielo había vuelto resbaladizas. Debía de tener agujetas. Cojeaba
de la pierna izquierda. De vez en cuando se detenía y miraba a su alrededor con
desesperación.
Como
ya no entraba en ningún café donde hubiera teléfono, a Maigret le era imposible
hacer que lo relevaran. ¡Otra vez los muelles! ¡Y ese gesto maquinal del hombre
que revuelve entre los libros de lance, pasando las páginas, a veces
asegurándose de la autenticidad de un grabado o de una estampa! Un viento
helado barría el Sena. El agua tintineaba en la proa de las chalanas en
movimiento, porque los pedacitos de hielo entrechocaban como si fueran
lentejuelas.
Desde
lejos, Maigret vio el edificio de la Policía Judicial, la ventana de su
despacho. Su cuñada ya había regresado a Orléans. Con tal de que Lucas…
No
sabía aún que aquella atroz investigación se convertiría en clásica, y que
generaciones de inspectores repetirían sus detalles a los novatos. Era una
tontería, pero, por encima de todo, lo conmovía un detalle ridículo: el hombre
tenía un grano en la frente, un grano que, fijándose bien, seguramente era un
forúnculo, de un color que iba pasando de rojo a morado.
Con
tal de que Lucas…
A las
doce, el hombre, que decididamente conocía muy bien París, se dirigió hacia
donde sopa popular, al final del Boulevard Saint-Germain, Y se puso en la fila
de andrajosos. Un viejo le dirigió la palabra, pero él fingió no entenderlo.
Entonces otro, con cara picada viruela, le habló en ruso.
Maigret cruzó a acera de enfrente, vaciló, se vio obligado a comer unos
bocadillos en una taberna, y volvió la espalda a medias para que el otro, a
través de los cristales, no le viera comer.
Aquellos pobres diablos avanzaban lentamente, entraban en grupos de
cuatro o de seis en la sala donde les servían escudillas de sopa caliente. La
cola se alargaba. De vez en cuando, los de atrás empujaban, y algunos dejaban
oír protestas.
La
una. Un chiquillo apareció en el extremo de la calle. Corría, adelantando el
cuerpo.
—L’Intran… L’Intran…
Tampoco él quería perder tiempo. Sabía desde lejos qué transeúntes
comprarían el periódico. No hizo el menor caso de la hilera de mendigos.
—L’Intran…
Humildemente, el hombre alzó la mano y dijo:
—¡Eh,
eh!
Los
demás lo miraron. ¿O sea que aún tenía algunos céntimos para comprarse un
periódico?
Maigret también llamó al vendedor, desplegó la hoja y, aliviado,
encontró en primera página lo que buscaba, la fotografía de una mujer joven,
bella, sonriente.
INQUIETANTE DESAPARICIÓN
Se nos
comunica que desde hace cuatro días ha desaparecido una joven polaca, Madame
Dora Strevzki, que no ha vuelto a su domicilio en Passy, Rue de la Pompe,
número 17.
A ello
se añade el significativo hecho de que el marido de la desaparecida, Monsieur
Stephan Strevzki, también desapareció de su domicilio la víspera, es decir, el
lunes, y la portera, que ha avisado a la policía, declara….
Al
hombre solo le faltaban por recorrer cinco o seis metros, en la fila que lo
arrastraba, para tener derecho a su escudilla de sopa humeante. En ese momento
salió de la cola, cruzó la calzada, donde estuvo a punto de que lo atropellara
un autobús, y llegó a la otra acera, para encontrarse justo ante Maigret.
—¡Estoy a su disposición! —se limitó a decir el hombre—. Lo acompaño
adonde usted quiera. Contestaré todas sus preguntas…
Estaban todos en el pasillo de la Policía Judicial: Lucas, Janvier,
Torrence, además de otros que no habían intervenido en el caso pero que estaban
al corriente. Al pasar, Lucas le hizo una señal a Maigret que quería decir:
«¡Asunto resuelto!».
Una
puerta que se abre y que vuelve a cerrarse. Cerveza y bocadillos encima de la
mesa.
—Antes
que nada, coma un poco.
Se
siente incómodo. No consigue tragar. Por fin el hombre habla.
—Ya
que ella se ha ido y está a salvo…
Maigret pareció sentir la necesidad de atizar la estufa.
—Cuando leí en los periódicos lo del crimen, ya hacía tiempo que
sospechaba que Dora me engañaba con aquel hombre. También sabía que no era su
única amante. Yo conocía bien a Dora, su carácter impetuoso, ¿me comprenden?
Sin duda él intentó librarse de ella, y yo sabía que Dora era capaz de… Ella
siempre llevaba en el bolso un revólver con adornos de nácar. Cuando los
periódicos anunciaron la detención del asesino y la reconstrucción del crimen,
quise ver…
Maigret hubiera querido poder decir, como los policías ingleses: «Le
advierto que todo lo que declare podrá utilizarse en su contra».
No se
había quitado el abrigo. Seguía llevando el sombrero puesto.
—Ahora
que ella ya está en lugar seguro… Porque supongo… —Miró a su alrededor con
angustia. Una sospecha cruzó por su mente—. Debió de comprender lo que pasaba
al ver que yo no volvía. Yo sabía que eso acabaría así, que Borms no era un
hombre para ella, que Dora nunca iba a aceptar servirle de pasatiempo, y que
entonces volvería a mí. El domingo por la tarde salió sola, como solía hacer en
estos últimos tiempos. Seguramente lo mató cuando…
Maigret se sonó. Se sonó durante largo rato. Un rayo de sol, de ese sol
puntiagudo de invierno que acompaña a los grandes fríos, entraba por la
ventana. El grano, el forúnculo, brillaba en la frente de aquel a quien no
podía llamar más que «el hombre».
—Su
esposa lo mató, sí, cuando comprendió que se había burlado de ella. Y usted
comprendió que ella lo había matado. Y entonces quiso… —Se acercó bruscamente
al polaco—. Le pido perdón, amigo —masculló como si hablase con un antiguo
compañero—. Me habían encargado que descubriese la verdad ¿no? Mi deber era…
—Abrió la puerta—. Que entre Madame Dora Strevzki. Lucas, sigue tú, yo…
Y en
la Policía Judicial nadie volvió a verlo durante dos días. El jefe lo telefoneó
a su casa.
—Bueno, Maigret. Ya debe de saber que ella lo ha confesado todo y que… A
propósito, ¿cómo va su resfriado? Me han dicho…
—No es
nada, estoy muy bien. Dentro de veinticuatro horas… ¿Y él?
—¿Cómo
dice? ¿Quién?
—¡Él!
—¡Ah,
ya comprendo! Ha contratado al mejor abogado de París. Confía en que… Ya sabe,
los crímenes pasionales…
Maigret volvió a acostarse y quedó atontado a fuerza de ponches y de
aspirinas.
Posteriormente, cuando alguien quería hablarle de aquella investigación,
Maigret gruñía: «¿Qué investigación?», para desanimar a los preguntones.
Y el
hombre iba a verlo una o dos veces por semana, y lo tenía al corriente de las
esperanzas del abogado.
No fue
una absolución completa: un año de libertad vigilada.
Y fue
ese hombre quien enseñó a Maigret a jugar al ajedrez.
Nieul-sur-Mer, 1939

