Libro N° 9566. La Señorita Berthe Y Su Amante. Simenon, George.
© Libro N° 9566. La Señorita Berthe Y Su Amante. Simenon, George. Emancipación. Febrero
5 de 2022.
Título original: © La Señorita Berthe Y Su Amante. George Simenon
Versión
Original: © La Señorita Berthe Y Su Amante. George Simenon
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.literatura.us/idiomas/simenon/gcs_ber.html
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/originals/10/91/c9/1091c9b191a2ac98e91bc7726f71da54.png
Portada E.O. de Imagen original:
https://www.lavanguardia.com/files/image_449_253/uploads/2021/11/01/618020ddc498f.jpeg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA SEÑORITA BERTHE Y SU AMANTE
George Simenon
La Señorita Berthe Y Su Amante
George Simenon
George
Simenon
(Lieja,
Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
La Señorita
Berthe Y Su Amante (1938)
(“Mademoiselle
Berthe et son amant”)
Originalmente
publicado en Police-Film
(29 de abril
de 1938);
Les nouvelles
enquêtes de Maigret
(París:
Éditions Gallimard, 1944, 528 págs.)
I
«Señor Comisario:
»Me doy cuenta, créame, de
la audacia que hay que tener para turbar su retiro y me doy tanta más cuenta
cuanto que he oído hablar de su encantadora casa a orillas del Loire.
»Pero ¿no me perdonará
cuando le haya dicho que para mí se trata de una cuestión de vida o muerte?
Estoy sola, en pleno París. El gentío se agita a mi alrededor. Voy y vengo como
las demás jóvenes y, sin embargo, de un segundo al otro ocurrirá el drama; ¿una
bala proveniente de Dios sabe dónde, tal vez una puñalada en la espalda? La
gente me verá caer; se llevará mi cuerpo a alguna farmacia antes de trasladarlo
al depósito. Esto sólo comportará algunas líneas en los periódicos, si es que
se dignan hablar de ello.
»Y, sin embargo, señor
comisario, quiero vivir, ¿entiende? ¡Soy joven! ¡Soy vigorosa! ¡Ríe gusta catar
todas las alegrías de la existencia!
»Sin duda se extrañará al
recibir esta carta en su ermita, de la cual es tan difícil obtener la
dirección. Sepa, pues, que soy la sobrina de un hombre que ha sido durante
mucho tiempo colaborador suyo en la Policía Judicial y que murió a su lado,
poco tiempo antes de que usted cogiese el retiro.
»Se lo suplico, señor
comisario, responda a mi llamada: ¡Sacrifíqueme algunos días o algunas horas!
Es una joven la que se lo pide con toda su alma, que se arrodilla ante usted
porque no quiere morir.
»El martes y el miércoles
estaré a las diez de la mañana en la terraza del café de Madrid. Llevaré un
sombrerito rojo. Por otra parte, si viene, yo le reconoceré, porque tengo una
fotografía de usted con mi tío.
»¡S.O.S.!… ¡S.O.S.!…
¡S.O.S.!…».
* * *
Maigret estaba furioso. En
primer lugar porque su primer movimiento, cuando se había dejado enternecer,
era siempre un movimiento de cólera ante su vista. A continuación, sin razón,
había preferido no hablar de aquella carta a su mujer y se sentía un poco
avergonzado por haber inventado un pretexto para ir a París. En tercer lugar,
su precipitación en acudir a aquella cita era la prueba de que no se sentía tan
feliz en su jardín como quería hacer creer y que, como un principiante, se
embalaba ante el primer misterio que surgía.
En fin, como acontece muy a
menudo en la vida, tenía una ridícula y pequeña razón material con respecto a
su cólera. Cuando había abandonado Meung-sur-Loire, a las siete de la mañana,
una niebla verdaderamente helada pesaba sobre el valle y Maigret se había
endosado un grueso abrigo de invierno.
Ahora bien, ahora que
estaba sentado en la terraza del café de Madrid, un picante sol de mayo bañaba
los Grandes Bulevares en los que no evolucionaban más que siluetas
primaverales.
—En primer lugar —se
decía—, esta carta huele demasiado a literatura para ser sincera. En cuanto al
colaborador muerto a mi lado poco antes de mi retiro, sólo puede ser el
brigadier Lucas y nunca me había hablado de una sobrina…
La terraza estaba desierta.
Estaba completamente solo ante un velador y, no sabiendo qué beber, porque ya
había tomado su café en la estación de Orléans, había pedido cerveza.
—Felizmente no vendrá y
podré coger el tren de las once.
En el momento preciso en
que el reloj de la encrucijada Montmartre marcaba las diez, un sombrerito rojo
se deslizó entre la gente y un instante después una persona joven un poco
regordeta se sentaba al lado de Maigret, que notaba en seguida su jadeante
respiración.
—Excúseme… —resoplaba
llevándose la mano a la parte izquierda del pecho en donde el corazón debía
latir desacompasadamente—. Sigo teniendo tanto miedo…
Y añadía, mostrándole un
rostro que se esforzaba en sonreír:
—Pero, desde el momento en
que usted está aquí, ¡se ha acabado!… Le prometo ser valiente…
Todo aquello sólo había
durado algunos segundos, y Maigret todavía estaba asombrado por tener a su lado
aquella viva estampa de mujer cuyas manos tanteaban nerviosamente un bolso de
cocodrilo. Como el camarero les miraba, él preguntó:
—¿Qué toma?
—Algo fuerte, si me
permite…
—¿Coñac?
—Como quiera… Estaba segura
de que vendría… Lo que me asustaba era el pensar que tal vez no llegase a
tiempo…
—¿Es sobrina de Lucas?
—Sí… Ya pensé que lo
adivinaría… Su sobrina segunda, más exactamente… Si no le di mi nombre y mi
dirección, es porque temía que en correos…
En el mismo momento, miraba
fijamente algo, a alguien más bien, un joven que acababa de sentarse en la
terraza, algunas mesas más lejos. Maigret se percató de que la angustia
aparecía en los ojos de la joven y farfulló:
—¿Es él?
—¿Quién?
—El tipo que está allá…
Pero se rehacía en seguida.
Sonrió.
—¡Claro que no!… Se
equivoca… Únicamente que, desde que aparece la silueta de un hombre, sobre todo
con impermeable beige, me sobresalto a pesar mío…
Notó que en lugar de apurar
la copa de un trago, se mojaba lentamente los labios. El aire irónico y un poco
despectivo del camarero no le pasó por alto y comprendió que tenía la facha de
un señor de cierta edad amante de la lozana juventud.
—Me llamo Berthe… —decía la
joven, a la que parecía no gustarle el silencio—. Tengo veintiocho años… Ahora
que acepta ocuparse de mí, estoy dispuesta a contárselo todo…
Su sombrerito rojo la hacía
tan chispeante como la primavera, pero, sin embargo, se percibía en ella la
seguridad de una buena mujercita que sabe lo que quiere.
—Porque acepta, ¿verdad,
señor comisario?
—Todavía no sé nada de su
historia…
—¡La conocerá! ¡Lo sabrá
todo! No me dejará ya mucho tiempo en la angustia…
¿Era la presencia del joven
con impermeable lo que la impedía estar a gusto? Su cabeza giraba en todas
direcciones. Su mirada seguía a los transeúntes entre el gentío, volvía a
Maigret, a la copa de coñac, al joven, y siempre se esforzaba nerviosamente en
sonreír.
—¿Le molestaría venir a mi
casa? No está muy lejos de aquí… Calle Caulaincourt, en Montmartre… En taxi,
llegaremos en seguida…
Y Maigret, siempre
desagradable, porque la situación le parecía ridícula, golpeó el velador con
una moneda; se percató, al abandonar la terraza, de que el joven de beige
llamaba a su vez al camarero.
* * *
Era el 67 bis, no lejos de
la plaza Constantin Pecqueur, entre una panadería y el tenderete de un
carbonero. Una casa de Montmartre, como la mayoría de las casas de Montmartre,
con la portería cerca de la puerta de entrada, una alfombra rojiza y usada en
la escalera, paredes de falso mármol amarillento y dos puertas con aldaba de
cobre por piso.
—Me siento confundida por
hacerle subir tan arriba… Es arriba del todo, en el sexto, y no hay ascensor…
Una vez en la alfombrilla,
sacó una llave de su bolso y casi en seguida se produjo el encanto. La
primavera de los Grandes Bulevares palidecía y carecía de sabor al lado de la
primavera que se descubría en aquel piso inclinado por encima de los techos de
París. Abajo, la calle Caulaincourt, por donde desfilaban autobuses y camiones,
era como un río oscuro y se compadecía a los que gravitaban tan lejos del aire
y del sol.
Una puerta-ventana estaba
abierta sobre un largo balcón de hierro. Rodeando completamente este balcón,
los geranios parecían sangrar bajo la luz y un canario saltaba en su jaula, en
donde todavía había colgado un poco de alsine de la mañana.
—Póngase cómodo, señor
comisario… ¿Me permite que me pase un poco el peine?… Me he vestido de
cualquier manera, preguntándome si vendría…
Todas las puertas estaban
abiertas, se veía el piso entero. Se componía de tres habitaciones muy bien
amuebladas y de una meticulosa limpieza, con muchas telas claras que todavía
las hacían más agradables. La señorita Berthe, que se había quitado la chaqueta
de su traje sastre, aparecía con una blusa amarilla con florecitas cuya tela
estaba tensa a causa del pecho.
—Deme su abrigo… Siéntese,
se lo ruego… No sé dónde estoy… ¡Estoy tan contenta de verle! Tengo la
impresión de que la pesadilla ha terminado…
Y, en efecto, la alegría
estallaba en su rostro. Sus húmedos ojos brillaban. Sus labios carnosos y
rosados se entreabrían en una sonrisa.
—En seguida comprenderá… No
sé por dónde empezar, pero no importa, ¿verdad? Porque está acostumbrado… Le ha
bastado ver esta habitación, con la máquina de coser y todos estos trozos de
telas, para adivinar que soy modista… Incluso le voy a confesar algo más: sobre
todo hago vestidos que mis clientes, que son personas de muy buena posición, me
piden que copie de modelos que traen ellas y que provienen de las grandes
casas. ¿No me traicionará?
Desbordaba tanta vida que
no daba tiempo a pensar, ni de seguir todos los cambios de su fisonomía. Y
Maigret, una vez más, estaba un poco avergonzado por encontrarse allí, en
aquella atmósfera de feminidad y de juventud, como un hombre casado que hace
calaveradas.
—Ahora, es preciso que haga
una confesión más grave… Me da vergüenza, pero es necesario… A mi tío Lucas
nunca se lo hubiera podido decir… He aquí, comisario: no soy una joven lista…
Tengo, o mejor tenía, un amigo… Y es precisamente a causa de él que…
La vergüenza de Maigret se
tornó confusión. ¿Había sido lo bastante ingenuo para creer por un instante en
un caso serio, mientras que se trataba de una muchacha romántica a la que un
enamorado había amenazado en la esperanza de hacerla volver a él?
Ella seguía, con
desparpajo:
—Le conocí el verano pasado
en Saint-Malo, en donde yo pasaba mis vacaciones… Es un joven de buena familia,
el hijo de un industrial que ha tenido que declararse en quiebra… Durante toda
su infancia ha sido mimado como un niño rico; luego, de repente, a los
veintitrés años, ha tenido que trabajar…
—¿Qué es lo que hace?
—preguntó Maigret sin convicción.
—En Saint-Malo, vendía
automóviles por cuenta de un gran garaje… O mejor, intentaba venderlos, porque
no le iba demasiado bien… Y Albert —se llama Albert— tiene horror a importunar
a la gente. Poco después de mi regreso a París, él llegó a su vez y se puso a
buscar una plaza…
—¡Perdón! ¿Se alojaba aquí?
Y la mirada de Maigret se
dirigía a la puerta abierta del dormitorio, en donde se veía un armario de luna
y un suelo cuidadosamente encerado.
—No… No quise… Estaba en
una pequeña habitación en un hotel de la calle Lepic… Venía a menudo, pero
solamente durante el día…
—¿Era su amante?
Enrojeció e hizo un signo
afirmativo. Se levantó, preguntando a Maigret si quería un vaso de vino.
—Sólo tengo blanco…
Bordeaux dulce… No sé ni dónde lo he puesto… tampoco sé cómo vivo… ¡Escuche! Le
pido permiso para abreviar, porque siento que me voy a salir de mis casillas…
¡Me equivoqué con respecto a Albert, ahí está! Comprendí con bastante rapidez
que no buscaba seriamente trabajo y que se pasaba la mayor parte del tiempo en
bares poco recomendables… Varias veces le he visto estrechar la mano a personas
más que sospechosas… ¿Comprende lo que quiero decir?…
Iba y venía. Su voz se
cortaba. Se percibía que no tardaría en llorar.
—Hace ocho días hubo un
asunto… Lo ha leído en los periódicos, pero seguramente no le prestó atención…
Cuatro jóvenes, por la noche, desvalijaron la tienda de un vendedor de aparatos
de radio del bulevar Beaumarchais… No se interesaban por el material, demasiado
molesto, sino por el dinero que, Dios sabe cómo, sabían que encontrarían en la
caja… Se llevaron sesenta mil francos… En el momento de huir fueron vistos por
la policía… Uno de los jóvenes hizo un disparo que mató a un agente…
Maigret, de repente, había
recobrado su aplomo y se hubiera dicho que su silueta se había hecho más
pesada, su mirada más firme. Maquinalmente encendía su pipa, que hasta entonces
no se había atrevido a sacar del bolsillo.
—¿A continuación…? —dijo
con una voz que la señorita Berthe no le conocía todavía.
—Detuvieron a dos de los
ladrones… Dos individuos bien conocidos por la policía, el uno bajo el apodo de
Granizado, el otro bajo el de Marsellés… Dos jóvenes, casi dos principiantes,
que tienen su cuartel general al lado de la plaza Blanche, que Albert
frecuentaba…
—¿Quién disparó? —preguntó
Maigret fijándose en el canario a través del humo de su pipa.
—No se sabe… O mejor se
encontró el revólver en la acera y es el revólver de Albert… Era muy fácil de
reconocer puesto que se trataba de un arma que le había quitado a su padre y
que llevaba su nombre… El padre se dio a conocer, cuando lo leyó en los
periódicos… Le interrogaron en el Quai des Orfèvres…
—¿Y Albert?
—Se le busca. Usted sabe
mejor que yo cómo ocurren estas cosas. Supongo que han distribuido por todas
partes su descripción. Y es a causa de esto…
Se enjugó los ojos y se
plantó por un instante en el balcón. Volvió la espalda a Maigret, que vio sus
hombros sacudidos como por un sollozo.
Cuando se giró estaba
pálida, los rasgos tensos.
—Hubiera podido ir a decir
la verdad a la policía, pero tuve miedo… En usted, señor Maigret, tengo
confianza, porque sé que no me traicionará… ¡Tenga!…
Abrió una sopera de falso
Rouen que estaba sobre el buffet y sacó de ella una carta que tendió a Maigret.
Leyó, en una letra desigual con tinta violeta:
Mi pequeña Berthe:
Como verás por esta carta,
estoy en Calais, en donde tengo que pasar la frontera lo antes posible. Pero he
decidido no marcharme sin ti. Por lo tanto, te espero. Sólo tienes que poner en
«L’Intran» un anuncio que diga: «Albert, tal día, tal hora» y yo estaré en la
estación de Calais. Prefiero advertirte en seguida que, si enseñases esta carta
a las «moscas», sabría vengarme. Lo que he hecho, lo he hecho por ti. Por lo
tanto, ya sabes cuál es tu deber.
Te hago responsable de todo
lo que pudiese ocurrirme. Te advierto también que, antes de marchar solo, te
impediría ser de otro.
Comprende si puedes.
TU ALBERT
—¿Por qué no ha ido a
Calais? —preguntó Maigret con aire ingenuo.
—Porque no quiero ser la
mujer ni la amante de un asesino. Creía amar a Albert. Le tomaba por un
muchacho honrado que no había tenido suerte. Le he ayudado tanto como he
podido.
Su labio inferior temblaba.
La crisis de lágrimas estaba próxima.
—Ahora sé que no me quería,
que sólo quería mi dinero… Porque no ignora que tengo unos ahorros, más de
quince mil francos en la Caja de Ahorros…
Las lágrimas brotaron:
—¡Nunca me ha querido, ya
lo ve usted! ¡Y sufro! ¡Tengo miedo! No quiero ir allí… La idea que tiene… que
tiene…
Maigret se levantó
torpemente y palmeó la espalda de la señorita Berthe, que había puesto los
codos sobre la mesa y que lloraba, con el rostro entre las manos. Por otra
parte, casi en seguida se indignó.
—Alguien de la policía ha
venido a interrogarme… Por chiripa no me han encerrado como cómplice… No he
hablado de la carta, porque entonces estoy segura de que me hubiese visto
inquietada… Pero ¡tengo miedo!… ¡Estoy segura de que volverá desde allí y me
hará alguna mala pasada!… Una vez, porque un gato rozaba sus piernas, le cogió
tan brutalmente que el pobre animal quedo cojo… Hubiera hecho cualquier cosa
por él… Si le hubiese visto, hubiese creído, como yo, que era…
—¿Verdaderamente no conocía
al joven que se encontraba con nosotros en la terraza del Madrid? —interrumpió
Maigret.
—¡Lo juro!
—Es curioso…
—¿Por qué?
Se había plantado delante
del balcón, desde donde se veía la plaza Constantin Pecqueur. Y allá, justo en
la esquina de la calle Caulaincourt, podía ver el famoso impermeable beige que
recorría la calle.
—No lo sé… Una idea…
—¿Qué idea?… ¡Dígamela!…
¡Tranquilíceme!… Prométame, señor comisario, que va a protegerme… Necesito
saber dónde está Albert… ¡Si por lo menos estuviese segura de que ha franqueado
la frontera!…
—¿Qué haría? —gruñó.
—Respiraría más libremente…
Si no, sé que me matará, como…
Y alrededor de Maigret
estaba como una quintaesencia de aquel pequeño mundo de Montmartre que trabaja
valientemente, contentándose con pequeñas alegrías. Sobre una mesa de cocina se
veía una chuleta que iba a servir para el almuerzo y un sobre que contenía apio
en salsa picante comprado en la mantequería, así como una natilla en un plato
de loza azul.
Cerca de la máquina de
coser, un vestido empezado, un traje de noche de organdí sembrado de capullos
primaverales. En una copa de porcelana, agujas, botones, un lápiz, tiza de
sastre y algunos sellos.
Una pequeña vida, en suma,
soleada por aquel balcón colgado por encima de la ciudad.
La señorita Berthe
refunfuñaba, mostraba sin coquetería una nariz enrojecida, unas mejillas
brillantes.
—Ya sé que soy tonta, que
digo las cosas demasiado simplemente, como me vienen… Lo que no es óbice para
que, si usted no me ayuda, estoy segura, ¿entiende?, tenga que ir uno de estos
días a reconocerme al depósito… ¡Es mi primer amante, señor comisario!… Hasta
aquí, seguía siendo espabilada, créalo o no… Quería casarme, tener hijos…
¡Sobre todo tener hijos! Y ahora…
—Me ocuparé de esto, mi
pequeña —dijo Maigret con voz torpe porque siempre había tenido horror a las
efusiones.
Ahora bien, todavía no
había acabado cuando ella le cogía la mano y se la besaba.
—¡Gracias, comisario! Pero
dígame una cosa más… No soy un monstruo, ¿verdad? Le amaba, es cierto… Pero al
que amaba era al honrado muchacho que veía en él… No le traiciono por
traicionarle… La prueba está en que no he querido decir nada a la policía…
Usted, es diferente… Le he llamado para protegerme, porque tengo miedo, porque
soy demasiado joven para morir.
De nuevo se había apartado
de ella y, de pie en el balcón, le volvía la espalda mientras su cabeza se
aureolaba de humo de pipa.
—¿Qué va a hacer?
—proseguía ella—. Naturalmente, yo pagaré los gastos. No soy rica, pero ya le
he dicho que tengo un poco de dinero…
—¿No es un hotel, la casa
que está justo enfrente?
—El hotel Concarneau, sí…
—¡Pues bien! Probablemente
me voy a instalar ahí… Un buen consejo: salga lo menos posible…
—No saldré en absoluto si
usted quiere, salvo para comprar…
—¿No puede hacer las
compras por medio de la portera?
—Se lo preguntaré…
—Vendré a verla por la
noche… Lástima que no conociese a ese joven…
—¿A qué joven?
—Al que le ha seguido hasta
el Café de Madrid y que está de guardia en la esquina de la acera.
—A menos… —empezó ella
abriendo desmesuradamente los ojos.
—¿A menos?
—… A menos que sea un
cómplice de Albert… Suponga que en lugar de venir él mismo, ha encargado a uno
de sus amigos…
—¡Hasta ahora! —gruñó
Maigret dirigiéndose hacia la puerta.
No estaba contento. No
sabía por qué. En el descansillo, se quitó un trozo de hilo blanco pegado a su
manga. Y, bajando los seis pisos, se preguntaba qué iba a hacer.
Al verle, el joven del
impermeable se metió a toda prisa en una taberna que estaba en la esquina de la
plaza y Maigret entró tras él, pidió un gran medio, se aseguró de que la cabina
telefónica estaba en la misma sala y entró en ella, evitando cerrar la puerta.
—¡Hola!… ¿La P.J.? Póngame
al inspector Lacroix, por favor… Sí, Jérôme Lacroix. De parte de su tío
Maigret… ¡Hola! ¿Eres tú, hijo? ¿Qué tal? ¿Cómo dices? ¡Tanto peor! Tus asuntos
esperarán un poquito… Sube a un taxi y ven a saludarme a la calle Caulaincourt…
Espera.
Salió a medias de la cabina
y preguntó al dueño:
—¿Cómo se llama su
establecimiento?
—El Zanzi-Bar.
Cogió de nuevo el aparato:
—En el Zanzi-Bar… Sí… Te
espero… ¡Claro que no! Tu tía se conserva como el Puente Nuevo… Yo también.
Hasta ahora…
Volviendo al mostrador, le
pareció que una llamita irónica bailaba en los ojos grises del joven que
llevaba un traje claro, zapatos de dos tonos y un cinturón de piel de
serpiente.
—¿Un póker? —le proponía al
dueño.
—No tengo tiempo…
—¿Y usted, señor? ¿Un
póker? ¿Va la ronda?
Maigret dudó y, a fin de
cuentas, cogió el cubilete con un gesto tan amenazador como si ya le hubiese
puesto las esposas a su interlocutor.
II
—¡Tres reyes de una tirada!
—anunció el joven granuja.
Y, tras una pequeña ojeada
al comisario que recogía los dados, añadió:
—¡Le toca a usted, señor
Maigret!
Éste dejó caer dos nueves y
un diez. Preguntó, recogiéndolos:
—¿Me conoces?
—Se conocen sus hazañas,
¿verdad? —replicó el otro suavemente—. ¡Tres sotas! ¿Las deja? ¿Qué bebe? ¡No
le han debido ofrecer gran cosa ahí arriba! Aparte de vino azucarado como un
jarabe de grosella.
En aquel caso, no podía
hacer otra cosa: mantener su sangre fría y sobre todo no mostrar su estado de
mal humor. Maigret siguió fumando su pipa a pequeñas chupadas, cogió una
segunda cerilla, porque su oponente, con aire angelical, había sacado tres
damas.
—¿Verdaderamente no se
acuerda de mí? ¡No valía la pena haberme interrogado cierta noche desde las
nueve de la noche hasta las cinco de la mañana!
Cada vez estaba más alegre.
Hablaba bien y lo sabía. Sobre todo tenía una sonrisa tan cándida, cuando
quería, que era difícil enfadarse con él.
—Un asunto de coca… ¿No cae
todavía? Ya hace algunos años… Yo era ordenanza en el Célis, calle Pigalle, y
usted quería como fuera tirarme de la lengua… ¡Tres reyes en dos tiradas! Eso
está mejor. ¡Bien! Dos nueves… Páseme una cerilla.
Y, tras haber pedido un
aperitivo con el mismo aire despreocupado y alegre a la vez, atacó:
—Entonces, ¿qué me dice de
la hermana?
La taberna estaba casi
vacía. Sólo un borracho se obstinaba en jugar a la máquina tragaperras y el
dueño aprovechaba para llenar cuartillos con los fondos de las botellas.
—Ha debido ver el truco
desde el primer momento, ¿no?
Ahora ya hacía más de
cuatro años que Maigret no había oído este acento canallesco y casi tenía ganas
de sonreír, como un exilado que encuentra a alguien de su país.
—Por el respeto que le
debo, sea dicho entre nosotros, ¿espero que no se haya dejado embaucar?
Era preciso dejarle venir.
Para ganar tiempo, Maigret siempre podía beber un trago de cerveza o vaciar su
pipa y llenar una nueva.
—Estaba seguro de que
echaría mano de un truco un día u otro. Estas crisis se anuncian con bastante
antelación… Pero no me figuraba que molestaría a un gran personaje como usted…
¡Cuidado, señor Maigret! ¡Toma una dama en vez de una sota! ¡Cuatro sotas! ¿Las
deja?
Meneó los dados.
—¡Cuatro reyes! ¿No está en
vena o qué? Con respecto a la hermanita, no es culpa suya si es un poco
lunática, como se suele decir… Ya de niña recibía cuidados en relación al
sonambulismo.
Y, mirando hacia la puerta,
exclamó:
—¡Mire! Ahí está su colega…
Tal vez sea mejor que les deje solos.
Se apartó ante Jérôme
Lacroix que acababa de bajar de un taxi y entraba. Los dos hombres se miraron:
el joven pillastre siempre con su desarmadora sonrisa, el policía del Quai des
Orfèvres frunciendo el ceño.
—Buenos días, tío… ¿Qué ha
venido a hacer aquí ése?
—¿Quién es ése?
—Luisito… Debiste conocerle
cuando era ordenanza en las boîtes de Montmartre… Un tipo que se cree gracioso
y al que trincaré un día de estos…
Jérôme Lacroix, al que
Maigret había hecho entrar en la P.J., era un muchacho alto y huesudo, de
cabellos espesos, de manos y pies enormes y se le notaba triste, obstinado,
presto a dejarse cortar a pequeñas tiras antes que faltar lo más mínimo a su
deber.
—¡Ven a sentarte a este
rincón, hijo! —dijo Maigret, escogiendo un velador desde el cual podía
distinguir el 67 bis—. ¿Conoces a su hermana?
—¿De quién? ¿De Luisito?
Precisamente he ido a su casa estos días.
Maigret no pestañeó, pero
la noticia no le hizo gracia.
—¿Se trata de la señorita
Berthe?
—Sí. Una modista que vive
enfrente… ¿La tía está bien?
—Ya me lo has preguntado
por teléfono…
—Es verdad… Te pido perdón…
—¿Qué es esa señorita
Berthe?
Y Maigret constató con
cierta satisfacción que su sobrino pasaba apuros para responder.
—Es una modista.
—Eso ya lo has dicho.
—Es la amante de un tal
Albert Marcinelle al que buscamos por haberse cargado a un agente en el bulevar
Beaumarchais…
—¿Eso es todo?
—A fe que es todo lo que he
podido sacar. Lleva bien su casa. Las informaciones de su portera son
excelentes. Con excepción de ese Albert, nunca recibe a ningún hombre en su
casa, ni a su hermano, al que puso en la calle de una vez por todas… Pero… De
hecho… ¿No será por eso por lo que estás en París?
—¡Sí!
Sorprendido, Jérôme se puso
a reflexionar mirando su vaso. No comprendía en qué podía interesar aquel
asunto a su tío, que muchas veces se había negado a molestarse por asuntos más
serios.
—Ya sabes… En mi opinión…
Le echaremos el guante un día u otro y se acabará… Una pequeña crápula que no
merece la pena molestarse por ella… Hemos distribuido por todas partes su
descripción y me extrañaría mucho si…
—Deberías poner un anuncio
en «L’Intran».
Jérôme, decididamente, cada
vez entendía menos.
—¿Un anuncio para
encontrarle?
—Toma nota del texto:
«Albert miércoles 3 y 17». Te las arreglarás para que haya un policía a esa
hora en la estación de Calais… Si nuestro Albert está…
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
—¿Crees que estará?
—Apostaría diez contra uno
a que no.
—¿Entonces?
—¡Entonces nada! Abraza a
tu mujer y a tu hijo de mi parte… De hecho, si hay algo nuevo, tendrás la
amabilidad de telefonearme al hotel Concarneau… Tres casas más allá…
—Hasta la vista, tío…
Y Maigret pagó las
consumiciones, con aire ya menos torpe que por la mañana, porque le parecía que
aquello empezaba a marchar.
En suma, para traducir poco
más o menos su impresión, era demasiado simple por un lado, por el lado de la
policía, y demasiado complicado por el otro, es decir, por el lado de la
señorita Berthe. Había, no lejos de allí, un pequeño restaurante de chóferes
con dos mesas en la terraza y, como una de ellas estaba libre, se instaló y
descubrió en la carta fricando con acedera, que era uno de sus platos
preferidos.
El aire olía tanto a
primavera, con bocanadas tan cálidas y perfumadas que hacía subir la sangre a
la cabeza y daba ganas de echarse una siesta en las hierbas con un periódico
sobre la cabeza.
A las dos, Maigret estaba
en el hotel Concarneau y obtenía, no sin apuros, una habitación en el sexto, en
la parte delantera, justo enfrente al balcón de la señorita Berthe.
Cuando fue a la ventana,
estuvo a punto de enrojecer, porque la joven estaba probando un vestido a una
cliente y se la veía, en la azulada oscuridad, medio desnuda.
Se preguntó varias veces si
no lo hacía exprofeso e incluso si no le había visto en su habitación. Pero ¿no
bastaba la temperatura para explicar por qué la joven dejaba la ventana abierta
de par en par?
Maigret no quitaba los ojos
de allí, por así decirlo, y en sus actitudes no había nada que no fuese
completamente natural.
Después de haber probado a
una primera cliente, cogió un vestido azul, pacientemente, retirando una a una
las agujas de sus labios, y arrodillándose durante largo tiempo delante de un
maniquí de tela negra. Luego se sirvió un vaso de agua, cosió a máquina,
levantó la cabeza al oír llamar a la puerta y recibió a una segunda cliente que
le traía una tela. Desde el observatorio de Maigret, casi se hubieran podido
adivinar las palabras por el movimiento de los labios y comprendió que
discutían una cuestión de precio y que era la cliente la que acababa por ceder.
Sólo hacia las cuatro,
pensó Maigret en avisar a su mujer que no volvería esta noche, ni tal vez los
días siguientes; llamó a la camarera, le entregó un telegrama y aprovechó para
hacerse subir una botella de cerveza, porque el fricando había sido acompañado
por un queso de Brie que le daba sed.
—O esa joven es muy fuerte
—llegaba a murmurar mordiendo el mango de su pipa—, o entonces…
¿O entonces qué? ¿Qué había
ido a hacer a aquel horno? ¿Por qué no se había marchado en el tren de las
once, como había sido su intención durante un momento?
—Admitamos que dice la
verdad, como todo parece suponerlo.
¡Sí! Si era así, ¿qué iba a
hacer? ¿Jugar al ángel de la guarda, como los detectives privados americanos
que siguen a las nodrizas y a los niños para protegerles de los gangsters?
Aquello podía durar mucho
tiempo. Albert no parecía tener prisa en ir a París para matar a su amante y
Maigret pensó de repente que no le conocía ni de vista.
¿Y si no fuese cierto? ¿Qué
necesidad tenía de llamarle a él? ¿Por qué llevarle hasta aquel rincón de
pequeño burgués de París si él estaba tan tranquilo en el campo?
Dejó su grueso abrigo en la
habitación. Bajó y se detuvo en la portería del 67 bis.
—¿Está en casa la señorita
Berthe?
—Seguramente… No le he
visto ni hacer la compra, porque tiene mucho trabajo… Ya que sube, ¿tendría la
bondad de entregarle esta carta?
Reconoció la letra de
Albert y vio que el matasellos era de Boulogne.
—¡Por lo tanto! —gruñó
mientras subía la escalera contestándose así a una objeción que se había hecho.
Llamó. Se le hizo esperar
un instante en el descansillo y, cuando se le abrió la puerta, tuvo que pasar a
la cocina, porque todavía había un cliente en el probador. La cocina era
limpia, como el resto de la casa. En un rincón una botella de Bordeaux blanco
destapado y un plato sucio. Oía:
—Un… poco más metido en el
talle… Sí… Así… Siempre rejuvenece… ¿Para cuándo podrá tenérmelo?
—Para el lunes próximo…
—Con la mejor voluntad del
mundo… En esta estación, todas las clientes tienen prisa…
Luego, la señorita Berthe
le liberó con una sonrisa triste.
—¡Ya ve! —dijo—. Hago lo
imposible por poner buena cara. Es preciso que la vida continúe a pesar de
todo. Pero ¡si supiese cuánto miedo tengo! O más bien cuánto tenía, puesto que
desde que usted está aquí…
—Tengo una carta para
usted…
—¿De él?
Se la tendió. La leyó, con
los ojos secos, labios temblorosos. Luego le pasó el papel.
Querida:
Empiezo a impacientarme. Te
prevengo que no esperaré mucho más. No me atrevo a permanecer en Calais, en
donde acabaría por hacerme notar. Voy y vengo. Hoy he comido en Boulogne y
todavía no sé dónde dormiré. Pero sé que, si no llegas, haré lo que he dicho, a
riesgo de ser detenido.
A ti te toca decidir.
ALBERT
—¡Ya ve! —dijo
desesperadamente.
—¿Qué dice su hermano de
todo esto?
No se sobresaltó, no denotó
sorpresa, sino únicamente una tristeza en aumento.
—¿Le ha hablado?
—Hemos tomado el aperitivo
juntos.
—Hubiera sido mejor
confesárselo todo esta mañana… No es que sea malo… Pero desde muy joven ha
estado solo… Se da aires de apache y es incapaz de hacer daño a una mosca… Lo
que no es óbice para que le haya prohibido venir aquí, a causa de su clase.
—… Lo que tampoco es óbice
para que usted me haya mentido esta mañana…
—Tenía miedo de que pensase
cosas…
—¿Qué cosas, por ejemplo?
—No lo sé… ¡Que era una
joven de su misma clase!… Tal vez se hubiera negado a ayudarme…
Señaló la carta:
—Usted la ha leído… Está
fechada ayer… Nada prueba que desde entonces no haya cogido el tren.
Empezaba a hacer más fresco
y el sol se había puesto por detrás de las casas. La señorita Berthe fue a
cerrar la puerta-ventana y volvió hacia Maigret.
—¿Le preparo una taza de
té?… ¿No?… Como se habrá dado cuenta, trabajo… Siempre he trabajado sola, para
lograr una situación… Cuando encontré a Albert, creí que era la felicidad…
Contenía los sollozos,
ponía maquinalmente en orden las telas que arrastraba.
—¿No tiene una amiga?
—preguntó observando encima de la chimenea la fotografía de una joven rubia.
Ella siguió su mirada.
—Tenía a Madeleine… Pero se
ha casado…
—¿No la ve?
—Vive en provincias… Su
marido es un señor importante… Albert, para mí, era…
—¿No podría darme una
fotografía suya?
No vaciló ni un instante.
—¡Es cierto que no le
reconocería si le viese! —remarcó—. Espere… Tengo una foto que nos sacamos en
Saint-Malo… En la playa…
Y la sacó de la sopera que
decididamente le servía de caja fuerte. Era una fotografía pequeña, como las
que se sacan en las playas. Albert, con pantalón blanco, los brazos desnudos,
una gorra de tela en la cabeza, se parecía a todos los jóvenes que se
encuentran a orillas del mar. En cuanto a la señorita Berthe, se pegaba a él,
como ansiosa de dejar brotar su felicidad.
—Está oscuro, ¿verdad? En
cuanto se va el sol, el apartamento es muy oscuro. Voy a encender…
En el momento en que
acababa de dar al conmutador, llamaron a la puerta. Era la portera con una
cesta de provisiones.
—Aquí está, señorita
Berthe…
—Póngalo todo en la cocina,
señora Morin…
—Las lechugas están
frescas… Pero lo que es el gruyere, me he visto obligada…
—¡Hasta ahora!…
Y, cuando estuvieron solos
de nuevo, ella se sentó, enhebró una aguja, se puso un dedal.
—¿Qué le ha dicho a la
policía? ¿Espero que no le habrá hablado de la carta?
Él tardó en contestar,
exprofeso, y ella alzó los ojos, continuó más de prisa:
—Excúseme si no sé
demasiado bien cómo van estas cosas… Cuando le escribí… ¿Supongo, verdad, que,
puesto que le he llamado, es un poco como un abogado?…
—¿Qué quiere decir?
—Que existe el secreto
profesional… Se lo digo todo… Le enseño las cartas… ¡Oh! ¡No me importaría que
le detuviesen! ¡Para mí sería el único medio de estar tranquila!… Pero no
quisiera que fuese por mi causa… Así, si ahora se hiciesen búsquedas en Calais
y en Boulogne…
No la ayudaba. No sabía
cómo decirlo. Cosía el bajo de un vestido con una aplicación exagerada.
—¿Qué prefiere? —preguntó
lentamente Maigret.
—¿Cómo?
—¿Que le detengan o que
pase la frontera?
Le miró con sus ojos
tranquilos, confiados.
—¿Qué es lo que piensa?
—¿Qué le ocurrirá si le
detienen? ¿Qué peligro corre en este momento?
—Si se prueba… En fin, si
ha disparado, evidentemente se arriesga a la guillotina…
Ella volvió la cabeza, se
mordió los labios.
—Entonces… preferiría que
pasase la frontera… Aunque, un día u otro, volverá para buscarme… Y, si me
niego a seguirle, él…
Maigret tenía en la mano la
foto de los dos enamorados, y observaba sobre todo el rostro del joven, un
rostro bastante vulgar, de cabellos rizados.
—Evidentemente por su
parte, usted no le ha escrito…
—¿Cómo podría hacerlo si no
conozco su dirección?… ¿Y para decirle qué?…
Era difícil imaginarse que
se vivía en el marco de un drama, siendo la atmósfera tan apacible. Por
momentos, Maigret hubiera podido creerse en su casa, frente a la señora
Maigret, ocupada en remendar calcetines o cosiendo, porque era la misma calma,
la misma luz tamizada, los mismos objetos cada uno en su sitio y la misma
limpieza.
La única diferencia era que
la señorita Berthe era más joven, más bonita, arreglada con una coquetería de
buen gusto.
—¿No llegó nunca a dormir
aquí? —preguntó por decir algo.
Y ella respondió con
sabrosa ingenuidad:
—No por la noche…
—¿A causa de la portera?
—Y de los vecinos. Al lado,
vive una pareja anciana muy a caballo sobre las conveniencias. Había, en el
cuarto, una joven que recibía mucho y ellos escribieron al propietario para que
la pusiese en la calle…
De nuevo se acordaba de que
era ama de casa:
—¿De verdad no quiere tomar
nada? ¿Qué bebe generalmente?
—No necesito nada, se lo
aseguro… Empiezo a creer que se ha alarmado en vano…
Ahora se paseaba, como
tenía por costumbre cuando llevaba a cabo algún interrogatorio en su despacho
del Quai des Orfèvres, cuando todavía era el comisario Maigret. Lo tocaba todo,
maquinalmente, tanteaba los menores objetos, jugaba con las agujas que estaban
en la copa de porcelana, ponía la sopera justo en medio del buffet.
—… En mi opinión, cuando
vea que no hay nada que esperar, intentará cruzar la frontera belga y todo
habrá terminado…
—¿Cree que lo logrará?
—Eso depende. Es evidente
que todos los aduaneros y policías tienen su descripción. Pero, si puede pasar
por un sendero de contrabandistas…
—¿Es fácil, por ese lado?
—Creo, por el contrario,
que es muy difícil, porque es el sector en donde se hace, a gran escala, el
contrabando de tabaco… ¡Vamos! Confiese que todavía le ama…
—¡No!…
—Por lo menos que lloraría
al saber que ha sido detenido…
—¿No es natural?… Ya hacía
diez meses que…
—¡Un matrimonio antiguo,
evidentemente! —suspiró no sin una pizca de emoción—. Ahora, voy a dejarla…
—¿Ya?
—¡No tema nada! ¡No estoy
muy lejos! Justo enfrente, en el sexto piso del hotel Concarneau… Confieso que
he visto a sus clientes de esta mañana en combinación e incluso a una que no
llevaba…
—Ignoraba…
La mano de la señorita
Berthe, cuando la estrechó, era dulce y tibia.
—Tengo confianza… —suspiró
con un poco de tristeza—. Es la primera noche que voy a acostarme tranquila.
En la estrecha escalera,
Maigret parecía un gigante torpe. En la acera, en donde todavía había luz, casi
chocó con el joven Luisito, que se llevó irónicamente la mano a su sombrero
gris claro farfullando:
—Perdón, señor comisario…
Entonces, bruscamente,
Maigret tuvo un acceso de mal humor. Se sentía enredado como en una melaza.
Quería salir, costase lo que costase, salir sobre todo de la ridícula situación
en la que se había metido.
—Tú, ven aquí…
—¿Quiere la revancha al
póker? A sus órdenes…
—¿Qué dirías de una
vueltecita por el Quai des Orfèvres?
—No estaría mal…
—Pues bien, mal o no,
quisiera que me siguieses, y que respondas a ciertas preguntas que te hará el
inspector Lacroix…
Luisito no estaba
entusiasmado.
—¿Tomamos el metro?
—preguntó.
—Tomaremos un taxi.
Maigret no había visto
nunca un asunto tan ridículo como aquél, y pensaba que, si su mujer le hubiese
visto algunos momentos antes en casa de la señorita Berthe, muy difícilmente se
hubiera creído que estaba allí por un deber profesional.
¡Él mismo no estaba muy
convencido!
—Sube… ¡Al Quai des
Orfèvres, chófer!… A la jefatura, sí…
Jérôme le tiraría de la
lengua a aquel Luisito demasiado irrespetuoso y ya se vería lo que sacaba. En
cuanto a la señorita Berthe, era difícil pensar que realmente corría peligro,
dado que Albert seguía vagando entre Calais y Boulogne.
—Ya conoces el camino… A la
derecha ahora… El último despacho al final del pasillo…
Un despacho que Maigret
había ocupado en sus comienzos cuando todavía no había electricidad en la casa.
—Espérame un instante…
Jérôme estaba allí,
haciendo un informe.
—¿Quieres «cocinar» al
granuja que te he traído? Sabe más de lo que aparenta…
—Bien, tío…
El granujilla chuleaba,
como siempre, y ni siquiera se había quitado el sombrero. Se permitió el lujo
de encender un cigarrillo que Maigret le quitó de los labios.
—Dime, pequeño… ¿Quieres
decirme dónde estabas la noche del robo en el bulevar Beaumarchais?
—¿Qué noche era?
—La noche del lunes al
martes…
—¿De qué mes?
Se hacía el tonto. Maigret
casi echó de menos el tiempo en el que se hubiera podido permitir, para
enseñarle a ser serio, hacerle andar de puntillas.
—¿Dónde estaba?… Espere…
Debían hacer una de Marlene Dietrich en el cine de la calle Rochechouart…
—¿Después?
—¿Después?… ¡Espere! Hacían
una de dibujos animados y un corto sobre las plantas que brotan en el fondo del
mar…
Jérôme tenía la suficiente
paciencia como para llevar el interrogatorio durante horas. Era Maigret el que
ya tenía bastante.
—¿Estabas enterado?
—¿De qué?
—¡Del truco!
—¿Qué truco?
Por un poco, no recibió el
puño del ex comisario en plena cara. Maigret se contuvo a tiempo.
—¿Tienes coartada?
—¡Una buena! Estaba
acostado…
—¿Estabas en el cine o
acostado?
—Primero en el cine… Luego
me acosté…
Maigret tenía preparadas
otras preguntas, pero carecía de título para actuar y su sobrino no parecía
estar muy tranquilo.
—¿No serás el cuarto
granuja al que no se ha encontrado?
El otro escupió
solemnemente y profirió:
—¡Lo juro!
En el mismo momento, sonaba
el timbre del teléfono. Jérôme descolgaba, parpadeaba:
—¿Cómo dice?… ¿Está
seguro?…
Colgó, se levantó, no supo
qué hacer con Luisito, al que dejó en su despacho, y arrastró a Maigret al
pasillo.
—Me avisan de la policía de
Socorro que acaban de golpear a una mujer en el sexto piso…
—67 bis, calle
Caulaincourt… —acabó su tío.
—Sí… La portera declara que
ha visto salir a un hombre que perdía mucha sangre… La escalera está llena de
sangre… ¿Qué hacemos?
Porque Jérôme, respetuoso
con los reglamentos, estaba muy molesto con respecto a Luisito, que estaba allí
no muy legalmente.
III
Jérôme Lacroix no podía
impedir, a cada instante, volverse hacia Maigret, con el aire vacilante, y
murmurar:
—¿Qué piensas, tío?
Y el antiguo comisario
responderle con una sombría sonrisa que hacía sus palabras más enigmáticas:
—Ya sabes, hijo, que no
pienso nunca…
Ocupaba tan poco sitio como
era posible. Durante largo rato permaneció sentado en un rincón de la
habitación, cerca del maniquí de la modista, fumando su pipa con aire ausente.
No por ello su presencia
turbaba menos a los demás. El comisario del barrio, temblando por parecer torpe
ante la presencia del famoso Maigret, buscaba sin cesar su aprobación.
—Esto es lo que haría en mi
lugar, ¿verdad?
Todos los rellanos estaban
llenos de gente y un agente uniformado a duras penas podía impedirles la
entrada al piso. Otro, abajo, en el umbral de la casa, repetía en vano:
—¡Cuando yo le digo que no
hay nada que ver!
Muchos de los habitantes de
la calle Caulaincourt, aquella noche, pasaron por alto la cena para permanecer
de guardia en la calle o en su ventana. Es cierto que el tiempo era ideal y que
a veces, por detrás de las cortinas del apartamento del sexto, se podían ver
pasar sombras.
Abajo había una ambulancia.
Permaneció cerca de una hora estacionada y se produjo la general sorpresa
cuando se marchó vacía.
—¿Qué piensa usted, señor
Maigret?
Se planteaba un problema.
La señorita Berthe, que había recobrado el conocimiento, se negaba a dejarse
transportar al hospital. Estaba débil, porque había perdido mucha sangre por
una herida en el cuero cabelludo. Pero ponía toda su energía en su mirada, en
la crispación de sus manos húmedas.
—Esto es de la incumbencia
del doctor —había respondido Maigret, que no quería tomar ninguna
responsabilidad.
Y el inspector Lacroix le
preguntaba al médico:
—¿Cree que se la puede
dejar aquí?
—Creo que, cuando le haya
dado algunos puntos de sutura, no tendrá más que dormir hasta mañana por la
mañana…
Todo aquello, como siempre,
ocurría en un gran desorden. Únicamente la mirada de la herida seguía
obstinadamente pegada a Maigret y parecía dirigirle una ardiente súplica.
—¿Has oído lo que ha dicho
la portera, tío? Por mi parte, reconstruyo el hecho así: la señorita Berthe ha
bajado, sin duda para comprar…
—¡No! —dijo dulcemente
Maigret.
—¿Tú crees? Entonces, ¿para
qué ha bajado?
—Para echar una carta al
buzón…
Jérôme dejó para más tarde
el cuidado de saber cómo Maigret podía establecer aquel detalle con tanta
seguridad.
—Poco importa…
—Importa mucho. Pero
continúa…
—Apenas había abandonado la
casa, cuando la portera vio entrar a un hombre en el inmueble. El pasillo
estaba oscuro. La portera pensó que se trataba de un amigo de uno de los
inquilinos. La señorita Berthe volvió casi en seguida…
—Hay un buzón a cien
metros, en la plaza Constantin Pecqueur —precisó Maigret, que ponía los puntos
sobre las íes para satisfacción personal.
—¡Sea!… Ella, pues, volvió…
Se encontró al desconocido en su casa… La atacó y ella se defendió… El hombre,
gravemente herido, a juzgar por el rastro de sangre, bajó la escalera y la
portera vio cómo huía con las manos en el vientre…
Jérôme miró a su alrededor
con cierto disgusto y añadió más tímidamente:
—Lo más extraño es que no
se encuentra el arma…
—¡Las armas! —precisó
Maigret—. Un arma contundente, con la cual ha sido golpeada la señorita Berthe,
y otra arma, un cuchillo probablemente, que ha herido al desconocido…
—¿Ha sido él sin duda quien
se las ha llevado?… —se arriesgó Jérôme.
Y Maigret volvió la cabeza
para reír más a gusto.
Ya se habían dado órdenes
de buscar por el barrio a un hombre herido. El médico acababa de vendar la
cabeza de la joven que, a pesar del dolor, se esforzaba en no apartar los ojos
de Maigret.
—¿Crees, tío, que esto
podría ser cosa de su amante?
—¿Que ha hecho qué?
—Que ha venido hasta aquí y
le ha atacado…
¿Por qué respondió Maigret
con una seguridad por lo menos inesperada?
—¡Seguramente no!
—¿Qué harías en mi lugar?
—Como no estoy en tu lugar,
me es difícil responderte.
El comisario de policía, a
su vez, venía a conseguir unas palabras de ánimo o una aprobación:
—Esto es lo que he
decidido: el médico enviará inmediatamente una enfermera que se quedará en la
cabecera de la herida. Por otra parte, apostaré a un agente abajo. Mañana ya se
verá si es posible proceder con provecho a un interrogatorio…
La joven había oído. Seguía
mirando a Maigret y tuvo la impresión de que éste le hacía un guiño. Entonces,
tranquilizada, se abandonó al sopor que le invadía.
* * *
Los dos hombres, el tío y el
sobrino, pasaban por delante de los curiosos todavía emboscados en los portales
de las casas vecinas, y Maigret llenaba una nueva pipa.
—¿Y si fuésemos a comer un
bocado? —propuso—. O mucho me equivoco, o todavía no hemos cenado. Hay una
cervecería en la calle, y confieso que una col blanca aderezada… Podrás
aprovechar para telefonear a tu mujer…
Durante toda la cena,
Jérôme no cesó de espiar a su tío con el aspecto de un escolar que teme ser
cogido en falta. Y, poco a poco, aquello le ponía de mal humor, incluso sentía
rencor a la vista de Maigret que estaba demasiado quieto, demasiado seguro de
sí mismo.
—¡Se diría que esta
historia te divierte! —remarcó sirviéndose salchicha.
—¡Es divertida, en efecto!
—Tal vez sea divertida para
el que no está encargado de encontrar la solución.
Maigret comía con apetito:
ancho, macizo, tenía una manera de coger su medio con tanta delicadeza que
hubiera podido servir de reclamo para una marca de cerveza.
Secándose los labios, se
dio el maligno placer de dejar caer:
—Yo la he encontrado…
—¿El qué?
—La solución…
—¿Sabes quién ha atacado a
la señorita Berthe?
—¡No!
—¿Entonces?
—Eso carece de importancia…
Quiero decir que no la tiene para mí, ni para ella…
La cabeza de Jérôme se
alargó todavía más y, a no ser por el respeto que profesaba a Maigret, se
hubiera puesto completamente rojo.
—¡Gracias! —gruñó, sin
embargo, con la nariz metida en el plato.
—¿Por qué?
—Porque, en lugar de
ayudarme, te burlas de mí. Si verdaderamente has descubierto algo…
Pero en vano intentó
excitar a su tío. Éste había vuelto a tomar su cargante impasibilidad. Pidió
una segunda ración de col blanca, con un par de salchichas de Francfort y un
tercer medio.
—En fin, ¿crees que he
hecho todo lo que debía hacer?
—Has hecho lo que creías
deber hacer, ¿verdad?
—Hay una enfermera en la
habitación.
—Sí…
—Y un agente en la puerta…
—¡Pardiez!
—¿Qué quieres decir?
—Nada…
Maigret pagó la cena y
rehusó la invitación de su sobrino, que quería llevarle a tomar café a su casa.
Y una media hora más tarde, estaba en su ventana del hotel Concarneau.
Al otro lado de la calle,
veía la cortina débilmente iluminada de la habitación de la señorita Berthe y
adivinaba la silueta de la enfermera que leía, hundida en un sillón.
Abajo, en la acera, un
agente paseaba arriba y abajo y miraba su reloj cada cuarto de hora.
—¡Que se las apañe! —gruñó
cerrando su ventana.
Y en el momento de quitarse
los zapatos, sentado en el borde de la cama, añadió pensando en su sobrino:
—¡Que saque a relucir su
plan!
* * *
El sol entraba a raudales en
la habitación cuando se aproximó a la cama de la señorita Berthe, a las nueve
de la mañana, mientras la enfermera ordenaba la estancia.
—Vengo a despedirme
—anunció adoptando un aire falsamente inocente—. Ahora que ese extraordinario
Albert ha fallado en su tentativa, supongo que ya no tiene nada que temer…
Entonces, leyó la inquietud
y casi la perturbación en los ojos de la herida. Ésta intentó incorporarse para
ver dónde estaba la enfermera; luego balbuceó:
—No se vaya aún… ¡Se lo
suplico!
—¿Insiste verdaderamente en
que me quede aquí?
—Sí…
—¿Y no teme, por ejemplo,
que yo le dé algunos consejos a mi pobre sobrino, que no sabe a qué santo
confiarse?
Había en él, aquella
mañana, algo de obstinado y paternal a la vez. Sin embargo, veía que la
señorita Berthe vacilaba entre la sonrisa y las lágrimas. Ella le observaba. La
víspera por la noche tenía fiebre y hubiera podido equivocarse.
La presencia de la
enfermera complicaba aún más la situación, porque la joven no podía hablar como
hubiese querido.
—A propósito —preguntó
Maigret—, ¿no ha recibido carta esta mañana?
Dijo que no con la cabeza y
él declaró con seguridad:
—Recibirá una mañana…
¡Claro que sí!… Una carta procedente de Calais o Boulogne… E incluso le voy a
dar un detalle: habrá, en el sello, pequeños agujeritos hechos con una aguja…
Sonreía. De pie al sol,
jugaba como lo había hecho la víspera, con la copa de porcelana que contenía
las agujas, los botones y los sellos.
No había necesidad de
insistir más y la señorita Berthe, que había comprendido, se había puesto roja.
Una vez más, buscó con los
ojos a la enfermera, porque era de ella de quien tenía miedo, pero la mirada de
Maigret le hizo comprender que estaba en la cocina, en donde se oía silbar el
hornillo de gas.
—¿Conoce a los inquilinos
de al lado? —preguntó de repente pasando de un asunto a otro—. Me habló de una
pareja de ancianos, ¿verdad? ¿Tienen criada?
—No… La mujer arregla la
casa…
—¿Sus recados también?
—Sí… Todas las mañanas,
hacia las nueve o las diez… Sé que va al mercado de la calle Lepic, porque me
la he encontrado varias veces…
—¿Y el marido?
—Sale al mismo tiempo que
ella y se pasa la mañana escudriñando en las tiendas de libros viejos del
bulevar Rochechouart…
—¡Por lo que el apartamento
está vacío! —concluyó Maigret con una voz inútilmente fuerte.
Y, una vez más, la herida
dudó entre la sonrisa y las lágrimas. Seguía preguntándose si Maigret estaba
con ella o contra ella. No se atrevía a hablar.
—Figúrese —proseguía él con
bondad, pero siempre con voz fuerte—, que han puesto un agente de guardia en la
acera. Ahora bien, ¿sabe la consigna que le han dado?
Incluso no parecía que
estaba hablándole a la señorita Berthe. Estaba vuelto a una dirección opuesta.
—Impedirle salir a usted,
si por casualidad se le ocurría semejante fantasía, y el impedir entrar a sus
enemigos. ¡Digo entrar, dese cuenta! La policía teme, en efecto, que vendrán a
rematarla en su lecho…
Fue a abrir la ventana de
par en par, sacudió la pipa contra su talón y llenó otra.
Hubo un silencio bastante
largo. Se hubiera dicho que la joven, igual que el comisario, esperaba algo.
Maigret, nervioso, recorría el balcón, se inclinaba para mirar a la calle y se
encogía de hombros como alguien al que se le acaba la paciencia.
Llegó a gruñir entre
dientes:
—¡Pequeño cretino!
De repente, se inmovilizó,
mirando a la calle. La señorita Berthe parecía a punto de levantarse a pesar de
su debilidad. La enfermera les observaba al uno y al otro, preguntándose qué
quería decir todo aquello, y no estaba lejos de pensar que estaban un poco
locos.
—Sin embargo, el metro está
en la esquina de la calle… —suspiró Maigret—. ¡Y una parada de autobús a
cincuenta metros!… Hay además, un taxi que pasa merodeando… ¿Entonces?…
Esta vez, la señorita
Berthe no pudo impedir preguntar:
—¿Se ha marchado?
Y él, gruñón:
—En todo caso, se toma su
tiempo… ¡Ni que estuviese pegado a una pelota!… ¡Por fin!…
—¿El autobús?
—El metro…
Y Maigret entró en la
habitación, fue a la cocina a buscar una botella de vino blanco, suspiró
mientras se servía:
—¡Si por lo menos fuese
seco!
La señorita Berthe lloraba
sin poder contenerse. Lloraba, como se dice, a lágrima viva, mientras la
enfermera intentaba consolarla:
—Cálmese, señorita… Esto le
hará mal… Le aseguro que su herida no es grave… No hay que estar triste…
—¡Imbécil! —gruñó Maigret.
Porque aquella tonta
enfermera no había comprendido que eran lágrimas de alegría las que vertía así,
perdidamente, la señorita Berthe, mientras un rayo de sol jugueteaba entre las
sábanas.
IV
Cuando llegó el doctor,
Maigret cogió su sombrero y se marchó sin decir nada. Pero no había abandonado
el barrio. Indolente, como alguien que no tiene nada que hacer, había entrado
en el Zanzi-Bar desde donde, un poco más tarde, había visto pasar a su sobrino
que acababa de hacer sufrir un interrogatorio a la señorita Berthe.
De repente, había entrado
Luisito y había intentado retroceder al ver al comisario; pero ya éste le
lanzaba:
—Vengo a tomarme la
revancha al póker… Denos los dados, patrón… Un anís para el señor… Es un anís,
¿verdad, Luisito?… Tú empiezas… Tres damas de una tirada… Me temo que no sea
bastante… ¿Qué estaba diciendo? ¡Tres reyes!… Para ti la cerilla…
Y, sin transición,
prosiguió, inclinándose hacia su oponente, que intentaba aparentar
tranquilidad:
—¿El dinero está en la
sopera?
Luisito hizo seña de que
no.
—¿Era Albert el que lo
tenía en el bolsillo?
Nuevo signo, todavía más
enérgico, y por fin Luisito confesó:
—Poniéndose a salvo, pasó
por los muelles y arrojó los billetes al Sena…
—¿Estás seguro?
—¡Lo juro!
—Entonces, ¿por qué vino
alguien ayer?
—Porque no me creía…
Maigret sonrió. Era
verdaderamente un minuto único, no solamente a causa de la primavera, del sol,
de la atmósfera centelleante de la calle Caulaincourt y de la cerveza fresca,
sino porque, por una palabra, acababa de quedarse tranquilo.
Era tal su alivio que tenía
calor, de repente, al pensar en el miedo retrospectivo.
Ahora podía llegar. Estaba
en el buen camino.
—¿Quién disparó?
—El Marsellés… A él le
había pasado su revólver Albert…
Y Maigret se rió al ver a
su sobrino que, lúgubre, salía del 67 bis y esperaba el autobús a algunos
metros del Zanzi-Bar.
—¿Qué va a hacer? —preguntó
Luisito, inquieto, siempre con el cubilete de los dados en la mano.
—¿Yo? Voy a saludar a tu
hermana y a coger el tren…
El autobús llegó, se llevó
a Jérôme Lacroix, Maigret atravesó la calle y, en el sexto piso, encontró a la
enfermera que recogía sus cosas.
—Ya no me necesita
—anunció—. El doctor vendrá una vez al día y la portera subirá de tanto en
tanto…
Los ojos de Maigret
brillaban de alegría. Iba y venía, como en su casa, esperando la marcha de la
enfermera. Raramente una investigación le había proporcionado tanta alegría y,
sin embargo, era una investigación sin pies ni cabeza de la cual, además, nunca
podría hablar.
Se acordaba de su reacción
al recibir la carta de la señorita Berthe, en Meung-sur-Loire.
—Es extraño —había notado—,
se diría a la vez que es sincera y que no lo es…
Y la señorita del sombrero
rojo con la que se había encontrado en el café Madrid le había dado la misma
impresión. Verdaderamente tenía miedo, eso se notaba. Pero también se notaba
que mentía cuando hablaba del terror que le inspiraba su amante. No lograba
pronunciar el nombre de Albert con el acento que quería. A su pesar, era
demasiado dulce, demasiado tierno.
Entonces, ¿por qué aquella
persona decidida había tenido la audacia de arrancar al ex comisario Maigret de
mi retiro campestre? ¿Y por qué le enseñaba a él, y no a la policía, las cartas
provenientes de Calais y de Boulogne?
No lo había comprendido en
seguida. Y lo había comprendido menos ya que, durante horas, la había visto por
la ventana proceder tranquilamente a las pruebas, como alguien que no teme del
todo en una venganza. Los sellos, en la copa de porcelana, le habían dado una
idea y los había agujereado con la punta de una aguja.
—¿Por qué sonríe, señor
comisario?
—¿Y usted?
Estaban solos, ahora. La
enfermera se había marchado. La barahúnda de la calle subía hasta ellos, con un
olor a asfalto recalentado que señala el verano en París.
Maigret, sin embargo,
intentó adoptar un aire grave y echar mano a su gruesa voz para decir:
—¿Sabe usted que si los
sesenta mil francos hubiesen estado aquí, o que si Albert hubiese disparado, la
habría hecho encerrar?
—Sin embargo, estaba como
quien dice a mi servicio…
—¡Precisamente! Eso es lo
que he comprendido… He comprendido que me había hecho llamar, no para
protegerla contra su Albert, sino para proteger al propio Albert… Y si le
hubiese querido un poco menos, le juro que ayer por la noche le hubiese sacado
de su escondrijo…
—No veo que mi amor…
—murmuró enrojeciendo.
—Tal vez no lo ve, pero es
así. Me he regido por el siguiente razonamiento: he aquí a una personita
valiente, pero que me parece buena. Intenta salvar a un muchacho que se ha
metido en un buen lío. Intenta salvarle por amor. Ahora bien, estoy convencido
de que si de verdad ese muchacho hubiera matado, ella le tendría horror…
—Me juró por mí que no
había disparado, señor comisario. Por otra parte, todo esto era un poco culpa
mía. Sabía que frecuentaba a mi hermano y que éste tenía amigos poco
recomendables. Albert, que no encontraba trabajo en París y que quería casarse
conmigo lo antes posible, era fácil de tentar. Los otros, a los que no quiero
conocer, le impulsaron a actuar de vigía. Uno de ellos le pidió su revólver por
si ocurría algún imprevisto. Cuando apareció la policía y se dieron a la fuga,
dejaron el revólver en el sitio y, al pasar, arrojaron el dinero en manos de
Albert…
—Lo sé.
—¿Cómo ha adivinado dónde
estaba?
—En primer lugar, me
aseguré de que no tenía bodega, ni granero. A continuación, noté que al
hablarme alzaba la voz como si quisiese ser oída por otra persona… Antaño, sólo
existía un apartamento en este piso… Cuando se dividió en dos, se dejó la
puerta de comunicación, pero se dobló, en el sentido que hay una puerta a cada
lado de la pared y un vacío entre ellas… Albert estaba allí… Únicamente…
—Únicamente que yo estaba
segura de que la policía, que ya había venido una vez, registraría de nuevo la
casa… Ignoraba si no estaba vigilada… Para saberlo…
—Me llamó a mí, sabiendo
que le tendría al corriente de la marcha de la investigación oficial… Yo estaba
aquí como pantalla… Impedía que las sospechas recayesen sobre su apartamento y,
al mismo tiempo, le informaba… Eso es lo que he comprendido… ¿Sabe usted que es
muy fuerte?
—¡Oh, señor comisario!…
—murmuró con pudor—. Era preciso salvar a Albert, ¿verdad?… Sus cómplices nunca
hubiesen confesado la verdad… Le hubiesen trincado a él, como se dice… Sobre
todo porque estaban convencidos de que nos habíamos guardado el dinero… Lo
sabía por mi hermano…
—… ¡Que intentaba
protegerla!… Ayer por la noche, usted fue a echar la doble carta que dirigía a
esa amiga de Boulogne…
Y señalaba el retrato de la
joven.
—… Esta Madeleine encargada
de volver a mandar las cartas amenazantes… Durante este tiempo, un cómplice
aprovechó para entrar en la casa y buscar el dinero… Usted volvió y la golpeó
con una porra… Albert salió de su escondrijo y se precipitó sobre él con un
cuchillo en la mano… ¿Es eso?
¡Ya lo sabía de antemano! Y
sabía también que era Albert el que se había llevado las dos armas a su rincón.
—¡Apostaría a que siguen
ahí! —gruñó.
Abrió la puerta de
comunicación y encontró, en efecto, una porra de caucho y un cuchillo todo
manchado de sangre.
—¿Dónde tiene que
encontrarse con él? —preguntó buscando su sombrero sobre los muebles.
Ella vaciló y balbuceó:
—¿Tengo que decírselo?
¿Puedo estar segura de que…?
Entonces, él se rió
francamente.
—¿De que no les haré
detener a los dos en la frontera? ¿Es eso lo que quiere insinuar?
—No… Pero…
—Pero, usted ama tanto a su
Albert, ¿no es cierto?, que la idea de que otra persona podría…
Estaba cerca de la puerta.
Giraba el picaporte.
—En el fondo, está celosa…
¡Perfectamente, señorita Berthe!… Y celosa de mí, además, porque hubiese
querido salvarle usted sola… No le impido, en cuanto me haya dado la vuelta,
que se levante a pesar de su herida y que tome el tren para Bruselas… Apostaré
incluso que pronto abrirá allí una tienda de «Modelos de París»… Hasta la
vista, señorita Berthe…
Y, buscando a pesar de todo
una pequeña venganza, le lanzó al salir:
—Ya le enviaré mi factura…

