Libro N° 9565. La Familia De Doctor Pedraza. Blasco Ibáñez, Vicente.
© Libro N° 9565. La Familia De Doctor Pedraza. Blasco Ibáñez, Vicente. Emancipación.
Febrero 5 de 2022.
Título original: © La Familia De Doctor Pedraza. Vicente Blasco
Ibáñez
Versión
Original: © La Familia De Doctor Pedraza. Vicente Blasco Ibáñez
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.gutenberg.org/files/65719/65719-h/65719-h.htm
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/originals/10/91/c9/1091c9b191a2ac98e91bc7726f71da54.png
Portada E.O. de Imagen original:
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA FAMILIA DE DOCTOR PEDRAZA
Vicente Blasco Ibáñez
La Familia De Doctor Pedraza
Vicente Blasco Ibáñez
Title: La Familia De Doctor Pedraza
Author: Vicente Blasco Ibáñez
Illustrator: Varela de Seijas
Release Date: June 28, 2021 [eBook #65719]
Language: Spanish
Character set encoding: UTF-8
Produced by: Chuck Greif, Biblioteca Nacional de
España and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA FAMILIA
DE DOCTOR PEDRAZA ***
LA NOVELA DE HOY
Director: ARTEMIO PRECIOSO
Oficinas: MENDIZÁBAL, 42, 2.º 1-4 Apartado número
473
Año 1 Madrid, 3 Noviembre 1922 Núm. 25
La familia del doctor Pedraza
N O V E L A
POR
Vicente Blasco Ibáñez
Ilustraciones de VARELA DE SEIJAS
NÚMERO EXTRAORDINARIO
MADRID
Sucesores de Rivadeneyra (S. A.)
Paseo de San Vicente, 20
1922{2}
OBRAS DE
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
Novelas a CINCO pesetas
Arroz y tartana.—Flor de Mayo.—La Barraca.—Entre
naranjos.—Sónnica la cortesana.—Cañas y barro.—La Catedral.—El Intruso.—La
Bodega.—La Horda. La maja desnuda.—Sangre y arena.—Los muertos mandan.—Luna
Benamor.—Los argonautas (dos tomos).—Los cuatro jinetes del
Apocalipsis.—Mare nostrum.—Los enemigos de la mujer.—El préstamo de la
difunta.—El paraíso de las mujeres.—La tierra de todos.
Cuentos a CINCO pesetas
La Condenada.—Cuentos valencianos.
Viajes a CINCO pesetas
Oriente.—En el país del arte. (Tres
meses en Italia.)
Artículos a CUATRO pesetas
El militarismo mejicano.
Estas obras, encuadernadas en tela, una peseta de
aumento el volumen.—De venta en todas las librerías y bibliotecas de las
estaciones de ferrocarril.
PARA LOS PEDIDOS
Editorial PROMETEO.—Valencia
Hablando con Blasco Ibáñez.
La mejor obra de Blasco Ibáñez, aun siendo por tantos conceptos
admirable cuanto ha salido de la pluma, del insigne valenciano, será su
autobiografía, cuando el maestro se decida a plasmar impresiones, anécdotas y
aventuras de su vida interesantísima...
—Es que mi vida no ha terminado aún—me decía un día—¡Quién sabe si ahora comienza!...
—No, Maestro. Usted ha llegado, pero de la manera completa que
todos los verdaderos artistas deben alcanzar, saboreando las caricias de la
Gloria Universal, y al propio tiempo gustando de las comodidades y
magnificencias que proporciona el dinero... Y aunque en su vida futura puedan
existir hechos y apoteosis superiores a los de hoy—si es que esto es posible—,
¿acaso no podría us{4}ted volcar en un tomo las
impresiones y acciones de su vida hasta ahora? ¿Por qué, entonces, no comenzar
ya la hermosa tarea, que será, no lo dude usted, superior a La
barraca, con ser esta novela una obra-cumbre?
—Si llevo vida de millonario—decíame en la intimidad otro día—, no soy
digno de envidia. Trabajo doce o catorce horas diarias para atender a los
compromisos adquiridos con revistas y editores de Europa y América... Además,
la gente ve el resultado final de una vida de continua producción, pero ignora
lo que he tenido que sufrir y trabajar para obtener eso. Baste decir que jamás
fuí tertuliano de ningún café, ni perdí el tiempo figurando en grupitos
literarios, infecundos y murmuradores. Tal vez el haberme dedicado a la
política revolucionaria desde los diez y siete años me libró de esa vida de
pereza y crítica negativa que ha atrofiado las facultades de tantos jóvenes en
nuestro país.
—Realmente no parece usted un español. ¡Tiene usted alma de
norteamericano!
—Eso me han dicho muchas veces, hasta cuando me vieron de cerca en
Estados Unidos. Muchos yankees esperaban asombrarme con la prodigiosa actividad
de su país, y finalmente los periódicos de allá acabaron por reconocer que en
punto a voluntad enérgica y a potencia produc{5}tora yo podía figurar entre los más fuertes de sus
compatriotas.
El gran novelista español tiene en su vida un éxito material que pocas
veces se ha visto.
Un día, estando en su regia posesión de la Costa Azul—y perdone el
maestro tan poco republicano adjetivo—, le visitó el presidente de una de las
más grandes casas cinematográficas de Nueva York. Venía a comprarle sus
derechos de autor de Los cuatro jinetes del Apocalipsis para
hacer con esta novela—famosísima en el mundo entero-y de la cual se han vendido
en Estados Unidos cerca de dos millones de ejemplares—un film de gran
espectáculo. Y le entregó por dicha autorización 200.000 dólares, o sea más de
un millón de pesetas. ¡Eso es recibir una visita grata!... Pero hay que
recordar que la citada novela la vendió en 1916 en 300 dólares a la traductora
inglesa, y que ésta se ha enriquecido con ella, así como los editores, sin que
Blasco Ibáñez recibiese un céntimo más. Justo es que la Providencia, en forma
de Empresa cinematográfica, le haya proporcionado esa magnífica compensación.
—¿Usted sigue siendo republicano?
—Lo seré mientras viva. Yo no soy un político; no lo he sido nunca. Soy
un romántico de la República. A veces pienso como digno final de mi existencia
morir lo mismo que aquel viejo desco{6}nocido que muere en Los Miserables sobre una barricada, sin que nadie sepa su
nombre, sirviendo de bandera a la juventud revolucionaria. No quiero volver a
la actividad política para ser un político..., un diputado. Hay veinte mil
españoles, por lo menos, que pueden ser diputados, tan bien o mejor que yo lo
fuí durante muchos años. Españoles que puedan escribir novelas y las hagan leer
a los públicos de toda la tierra, son indudablemente algunos menos. Yo creo
servir a mi país haciendo lo que hago ahora: novelas. Y si algún día renacen en
España los movimientos para implantar la República, entonces yo, aunque tenga
ochenta años...
El brillo de los ojos del famoso novelista parece terminar esta
profesión de fe, verdaderamente de “romántico”, eternamente
joven. Luego queda pensativo y añade:
—Dicen que disminuye el número de los republicanos en España. Esto no
significa nada. En veinticuatro horas una nación entera puede pasar de
monárquica a republicana. Además, no me impresiona que aumenten las deserciones
y se abran claros en las filas. Yo repito el verso del inmenso Hugo en una
situación semejante, cuando Napoleón III parecía victorioso para siempre, y
cada vez eran menos los republicanos en Francia: “Si sólo queda uno, ése seré
yo.”{7}
—La literatura de nuestro país hoy...
—Hay muchos novelistas jóvenes a los que leo con verdadero deleite.
Todo el que trabaja y expresa sinceramente su manera de ver la vida, tiene en
mí un admirador. Lo único que les falta a algunos de ellos es asomarse al
mundo, vivir en otros ambientes, respirar otros aires, renovarse...
La charla de Blasco Ibáñez está a su altura como escritor. Me gusta casi
tanto cuando habla como cuando escribe. A veces es mordaz, irónico, y en dos
palabras tajantes va al resumen de la cuestión.
—¿No ha hablado usted nunca con el Rey?
El novelista me mira. ¿Quiere sondar con su mirada de estilete la
intención de mi pregunta? Ha debido ver en mis ojos lealtad, cuando
tranquilamente, pausadamente, me responde:
—No; no he hablado nunca con el Rey. ¿Qué motivos hay para ello?...
Si escribiese novelas, tal vez me interesaría verle. No digo que no acabe
haciéndolas, pues según dicen ha nacido con variadísimos talentos para todo;
pero hasta el presente sólo ha hecho discursos... Viviendo en el extranjero,
como yo vivo, bien podría ocurrir alguna vez que me encontrase con él en sus
viajes, y hablásemos. Fuera de España no hay política; todos somos españoles.
Blasco Ibáñez añade:{8}
—Yo soy amigo particular de otro rey de España, que no está sentado
en el trono, pero cuyos derechos a la Corona sostienen aún muchos españoles.
Algunas tardes veo a Don Jaime de Borbón y echamos un párrafo con la alegría de
dos compatriotas que se encuentran en tierra extranjera.
Don Jaime ha comprado una propiedad agrícola en los alrededores de Niza;
Blasco Ibáñez tiene su poética “Fontana Rosa” en Menton; entre estas dos
ciudades cercanas de la Costa Azul viene a ser Montecarlo un lugar intermedio,
y es en el Casino de Montecarlo donde se encuentran con frecuencia el
pretendiente al trono de España y el novelista, como dos vecinos.
—El tiene sus creencias y yo las mías. Somos dos españoles que amamos
a España, cada uno a su modo, y nunca reñimos. Además, Don Jaime posee la más
sólida y positiva de las ilustraciones; la que no se adquiere en los libros,
sino viajando. ¡Ojalá todos sus partidarios y los más de los españoles hubiesen
hecho lo mismo!... El ha corrido una gran parte de la tierra; yo no he viajado
menos que él, y eso hace que nos entendamos perfectamente, con la tolerancia y
el mutuo respeto de dos hombres que se libertaron de esas estrecheces de
criterio y miserias mentales que sufren los que no han salido nunca de “la
sombra de su{9} campanario”. Además, lo
repito: somos dos buenos españoles, y hay que vivir fuera de España para saber
lo que representa esto como fuerza atractiva.
—Y si España peligrase, maestro, ¿abandonaría usted su dorada y altísima
Torre del Arte para acudir?
Los ojos del maestro llamean de patriótica exaltación.
—¡Claro que sí!... ¿Acaso hay quien crea que porque no resido
habitualmente en España no la quiero y venero tanto como el que más? ¿No presto
yo mejor servicio a mi Patria estando fuera de ella que si viviese aquí como
uno de tantos españoles?...
*
En la terraza del Casino de Madrid, a los postres, hablamos de España,
de Europa, del mundo...
—Sí, indudablemente España progresa—dice el eminente novelista—, pero el
progreso que se ve es “material”; un progreso de ladrillos puestos unos sobre
otros y de nuevas calles en las ciudades. Pero progreso moral, espiritual,
intelectual... ¡lo dudo un poco! La vida sigue siendo aquí dura, agresiva y
áspera. Aún no hemos aprendido “la dulzura de vivir”. Yo YA no podría residir aquí{10} continuamente,
como en otro tiempo. Al que viene de fuera, le parece que todo en este ambiente
le molesta y le pincha... Para las mujeres no hay respeto, sino procacidad,
grosería... Los hombres, ante una mujer hermosa parecen lobos hambrientos... Es
triste, pero es cierto...
—Sí—interrumpo—, aun los que todavía no hemos vivido, ni viajado, ni
aprendido, ni visto lo que usted, comprendemos con dolor y con tristeza que
España, en estos aspectos de que hablamos, es una aldea, una pobre aldea sin
botica, pero con cura... Una aldea en la que, naturalmente, todo llama la
atención: la mujer hermosa, los brillantes, las pieles, las pantorrillas, los
hombres altos, los hombres flacos, los hombres gordos... ¡hasta las mujeres
feas despiertan estupor! Y luego, todo se toma por la tremenda, por lo trágico,
en cobardes huídas del ingenio... Tiene usted las corridas de toros...
—No me hable usted de las corridas de toros—interrumpe ahora el
maestro—¿Para qué hablar de tan cobarde espectáculo? El caballo, amigo fiel del
hombre, que le ayuda en todo, encuentra como premio a su vida abnegada la plaza
de toros, donde se le somete a los más infames martirios... No hablemos, no
hablemos de las corridas de toros...
Pasamos a conversar de otra cosa que interesa{11} particularmente
al novelista: el viaje que va a hacer alrededor del mundo.
En noviembre del año próximo 1923, Blasco Ibáñez irá a Nueva York para
embarcarse en un gran yacht que dará la vuelta a la tierra. Es un viaje
organizado para millonarios norteamericanos, a juzgar por lo que cuesta. Un
centenar de pasajeros hará esto, circunnavegación en un transatlántico de
20.000 toneladas, convertido en yacht. Después de visitar muchas islas de
Oceanía, el Japón, Corea, China, Java, la India, Ceilán, Egipto, etc., el
novelista bajará a tierra en Montecarlo, único puerto de Europa en que tocará
el yacht, y se irá tranquilamente a su villa “Fontana Rosa” en el tranvía de
Menton (veinte minutos), o en uno de sus dos automóviles, mientras el buque
continúa navegando hacia Nueva York con los demás pasajeros.
Esto se llama vivir en nuestro planeta como si fuese casa propia.
*
Referir cuanto hemos oído al maestro durante su última estancia en
España, sería labor prolija.
Vicente Blasco Ibáñez es el más alto y más sólido prestigio literario de
la España de nuestros días, y uno de los primeros novelistas del mundo,{12} como lo
han declarado famosos críticos de Europa y América. La Novela de Hoy experimenta verdadera satisfacción al
decir a sus lectores: el maestro, el glorioso autor de La
barraca, de Entre naranjos, de Mare
Nostrum, de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de
tantas obras famosas, leídas y saboreadas por millones y millones de almas,
traducidas a todos los idiomas, el maestro Blasco Ibáñez, el insigne
valenciano, el célebre español aclamado por los más diversos públicos,
colaborará asiduamente en nuestras páginas.
¡Salud, maestro! Hasta su próxima novela, y hasta la visita que le
prometí en la Costa Azul, le abraza su devoto
La familia del doctor Pedraza
—Yo también—dijo Serrano—conocí, como algunos de ustedes, al doctor
Rómulo Pedraza. No siempre he vivido en París, pasando mis noches en los
restaurants de Montmartre. Para reunir la modesta fortuna que me permite llevar
mi existencia presente, anduve muchos años por América ejerciendo diversos
oficios y conociendo los más rudos altibajos de la suerte.
Estando en Argentina hablé por primera vez con el doctor Pedraza. Yo no
vivía en Buenos Aires. Me había metido en empresas de colonización y roturaba
muy lejos de dicha ciudad unas tierras que estaban esperando desde el principio{14} del planeta al hombre que se preocupase de
hacerlas productivas.
La necesidad de adquirir dinero me obligaba a visitar con frecuencia la
capital de la República. Pero como los Bancos se negaron finalmente a hacerme
más préstamos dudando del éxito de mi colonización, tuve que buscar, para
seguir adelante en mi negocio, el auxilio del Banco Hipotecario Nacional. Con
lo que me diesen los altos y poderosos directores de este establecimiento,
dependiente del Gobierno, podría pagar la mayor parte de mis deudas a los
Bancos particulares, recobrando mi prestigio financiero, y terminaría,
igualmente, los trabajos de roturación, que iban a centuplicar el valor de mis
tierras.
Me quedé en Buenos Aires por mucho tiempo, dispuesto a no volver a mi
propiedad hasta ver aceptadas mis pretensiones por el Banco Hipotecario. No era
empresa fácil, ni rápida. Como muchos de ustedes no han estado allá, ignoran
cómo se hacen los negocios en la mayor parte de los países americanos de habla
española.
Todo lo que tiene una relación, más o menos lejana, con el Gobierno debe
desarrollarse pausadamente y tras largas esperas. Si se resuelven los negocios
con rapidez y en pocas horas, pueden creer los maldicientes que se ha hecho
algo ilegal para obtener ganancias enormes. Por eso en toda{15} oficina
pública le responden a usted ordinariamente: “Vuelva mañana”; y este mañana,
que será el día de la resolución del asunto, tarda meses o tarda años.
Yo, pobre español, metido en trabajos importantes con poco dinero, falto
de protectores, y que además no estaba casado con una señora del país—alianza
que proporciona un apoyo semejante al de la solidaridad de la antigua tribu—,
tuve que oír muchas veces “Vuelva usted mañana” y esperar semanas y semanas en
las oficinas del Banco Hipotecario a que llegase mi “mañana”, o sea la
concesión del préstamo.
Durante mis monótonas esperas en la antesala del presidente de dicho
Banco vi por primera vez al doctor Pedraza, recibiendo la regia limosna de su
protectora conversación.
Otra advertencia que considero necesaria para todos los que me escuchan
y no han estado allá. Este doctor Pedraza era llamado “doctor”, no porque fuese
médico, sino por ser abogado.
Desde Tejas al cabo de Hornos, en todas las repúblicas, los abogados son
tan numerosos como los generales; y esto es decir algo. Pero en las repúblicas
de la América que podemos llamar de arriba, los titulan simplemente
“licenciados”, y abajo, en la Argentina y otros países, “doctores”.
He visto en el Archivo de Indias, de Sevilla,{16} una
súplica dirigida al rey de España por los primeros habitantes de Buenos Aires
pidiendo que fuesen enviados a la ciudad naciente hombres de todas las
profesiones, menos abogados, por ser la tal carrera nociva para la paz y la
prosperidad de un país. Estos colonos de hace tres siglos adivinaban con
prodigiosa anticipación las futuras calamidades de su patria. Hay quien asegura
que si en la Avenida de Mayo o la calle Florida—lo más céntrico y concurrido de
Buenos Aires—alguien grita en plena tarde “¿Doctor?”, cincuenta transeuntes se
detienen al mismo tiempo y vuelven la cabeza creyéndose llamados. Algunos van
más lejos y afirman que si el grito se repite varias veces pueden ser tantos
los atraídos por él, que la circulación quede interrumpida. Pero esto último no
debe ser tenido, en mi opinión, por rigurosamente exacto.
Después de tales explicaciones, les diré que el doctor Pedraza, como
tantos otros doctores de su país, era un abogado de lujo que nunca había
ejercido su profesión y cuando tenía que acudir a los tribunales por asuntos
propios buscaba el auxilio de algún colega con “estudio” abierto. El título de
doctor es como una distinción nobiliaria en aquella tierra de régimen
democrático, crisis periódicas y riqueza incesantemente renovada, que{17} surte a una gran parte de la Humanidad de
panecillos y bifteques.
El doctor Pedraza se dedicaba a los negocios lo mismo que muchos
argentinos de su generación. En su primera juventud había desempeñado una
cátedra de Derecho en la Universidad de La Plata como profesor substituto;
luego ocupó varios cargos políticos en la provincia de Buenos Aires, llegando,
finalmente, a ser diputado nacional. Pero su palabra reposada y majestuosa, que
se detenía, abriendo largas pausas, para cazar las expresiones más retorcidas y
sonoras, no aspiraba a los triunfos parlamentarios. Su posición social y las
necesidades suntuosas de su familia exigían mucho dinero, y sólo le era posible
obtenerlo honradamente dedicándose en absoluto a los negocios.
Compraba campos—las más de las veces sin conocerlos—y los vendía,
valiéndose para tan enormes transacciones de las cantidades que le prestaban
los Bancos. Al mismo tiempo dirigía desde Buenos Aires una rica estancia
heredada de sus padres y otra no menos importante que su esposa había aportado
como dote. Era un personaje cuyo nombre figuraba casi todos los días en la
crónica social de los diarios de Buenos Aires; “un exponente representativo de
la alta vida del país” como decía él con su lenguaje rebuscado.
Alto de talla, fuerte y de inconmovible salud{18} tenía
la gallarda soltura de miembros de todos los hombres de allá, criados en las
estancias, que aprenden a montar a caballo antes de saber andar. Al mismo
tiempo que ágil, era recio de cuerpo y carnudo. No pueden ser de otro modo en
una tierra donde los destetan de niños con carne asada.
Este buen mozo, de porte señoril, rostro aguileño y largos bigotes,
cuidaba de su indumento como en los años que aún era muchacho y sentía sus
primeros impulsos amorosos hacia la que después fué su esposa. Siempre vi sus
pies, pequeños y arqueados como los de una mujer, en un encierro de brillante
charol. Nunca le encontré, a partir de las primeras horas de la tarde, que no
vistiese chaqué y llevase sobre la corbata una perla que parecía caída del
turbante de un rajah. Jamás, al extenderse la noche sobre Buenos Aires, dejé de
encontrar al doctor Pedraza puesto de smoking, si iba a comer con
los amigos en el Jockey Club, o de frac, para acompañar a su familia al teatro
Colón.
Su esposa y sus seis hijas no le hubiesen permitido la menor falta a las
reglas que debe observar todo gentleman en uno u otro
hemisferio de la tierra. Y el elegante doctor, hombre enérgico a sus horas y
temible en el manejo de las armas, era incapaz de oponer resistencia a los
caprichos y órdenes de las mujeres de su familia.{19}
Este hombre, que gastaba muchos miles de pesos en el adorno de su
persona, no había dado que murmurar a sus enemigos y envidiosos con la más
pequeña aventura pasional. Se acicalaba para la gente de su casa; para gustar a
su mujer; para que le admirasen sus niñas con esa satisfacción orgullosa que
siente toda joven cuando contempla las elegancias y seducciones del género
masculino a través de su padre.
Para el doctor Pedraza no había nada más allá de su familia. Ella le
inspiró el más extraordinario de los heroísmos... Porque sepan ustedes que el
hombre que les voy describiendo fué un héroe más grande que los héroes de la
guerra o de la ciencia. Estos mueren por la gloria, orgullosos de su muerte y
ganosos de que todos la conozcan.
Pedraza, héroe obscuro, al desaparecer de un modo que no hiciese
sospechar a nadie su sacrificio, resulta más admirable.
Ustedes se convencerán de ello si tienen paciencia para seguir
escuchándome.
Un cambio enorme se ha realizado durante los últimos cincuenta años en
el interior de las familias acomodadas; algo tan importante como una{21} de esas revoluciones que trastornan la
organización política de un país o la forma de la propiedad.
Pero como esto sólo ocurre entre las gentes de dinero, que son las
menos, la tal revolución ha pasado algo inadvertida hasta el presente y sólo se
dan cuenta de ella los que sufren sus efectos.
Hace medio siglo, cuando un hombre se arruinaba voluntariamente, y no a
causa de malos negocios, era casi siempre por el amor o por el juego. Una
llamada “artista”, o una profesional, con sus dientecitos incansables había ido
royendo la fortuna del pobre señor. Mientras tanto, la esposa vivía
obscuramente en su casa, haciendo economías para remediar las locuras del
marido, y las hijas, bajo la dirección materna, llevaban una existencia de
sobriedad monjil.
Vestir con modestia era signo de distinción social. Las joyas vistosas,
los trajes originales, los despilfarros, parecían un vergonzoso privilegio de
las “artistas”, de las mundanas, de todas las criaturas brillantes, peligrosas
y efímeras mantenidas al margen de la alta sociedad. La mujer decente, la madre
de familia, debía ser económica, modesta, opaca, y ahorrar en su casa, mientras
el marido gastaba fuera de ella. Las alas de mariposa eran para las mujeres
“malas”, para las criaturas versátiles y locas sin otra preocupación que dan{22}zar en torno a la llama que acaba por quemarlas.
La existencia de muchos hombres resultaba parecida a la de los antiguos
ciudadanos de Atenas, fieles visitantes de las hetairas de moda, para discurrir
con ellas sobre el amor, los prodigios de las artes y el lujo, mientras la
mujer legítima hilaba en el gineceo, se ocupaba de la limpieza de sus pequeños
y ordenaba el trabajo de los esclavos.
Pero un día la mujer moderna se dió cuenta de la inferioridad que
significaba continuar siendo señora decente; de la injusticia con que procedía
el hombre con ella mostrándose económico en el hogar y despilfarrador con las
hembras encontradas en la calle o en el teatro.
—Si nuestros maridos o nuestros padres—dijeron muchas—desean arruinarse
por una mujer, que sea por nosotras. Nos pintaremos, nos vestiremos y
devoraremos el dinero, lo mismo que las otras. Eso se aprende con facilidad.
Sabremos hacerles conocer, igual que ellas, los refinamientos de un lujo
disparatado y el orgullo de pagar lo mucho que cuesta. Si han de tirar una
fortuna por vanidad, a lo menos que su locura sea aprovechada por las de la
casa. Acicalémonos como las profesionales y tengamos sus mismas exigencias...
Total: que hoy todas las mujeres se adornan del mismo modo, se permiten
iguales audacias en{23} público, y uno no puede
distinguir, como antes, la señora de la que no lo es. El único indicio para no
equivocarse es tener por señora a la que menos parece serlo. Las mujeres
decentes muestran en la actualidad el atrevimiento del neófito que acaba de
entrar en una religión nueva, la audacia del esclavo recién libertado.
Algunos dicen que esta gran revolución en la vida doméstica ha venido a
Europa desde América en los últimos cincuenta años; como los Palaces,
como la afición exagerada al baile, como los jazz-band y
tantas cosas contemporáneas. Otros afirman que no ha sido precisa la influencia
americana para esto, pues en todo tiempo han existido en Europa esposas que
arruinaron a sus maridos. Pero aunque así fuese, representó en su época una
excepción, y de ningún modo algo general y corriente como en nuestros tiempos.
El hecho es que ahora, cuando se pregunta: “¿Cómo se arruinó Fulano de
Tal?”, se escucha con frecuencia la misma respuesta: “Al pobrecito lo
arruinaron su mujer y sus hijas.”
Esto tiene una explicación lógica. En los tiempos presentes, amigos
míos, la mujer resulta más cara que nunca. Es empresa difícil sostener el lujo
de una señora decente. Ríanse ustedes de las magnificencias de ciertas mujeres
célebres que figuran en la Historia. El lujo de antes era deslumbrador,{24} pero consistía principalmente en alhajas; es
decir, en algo duradero y que representaba un capital, guardado en reserva. Un
hombre, al hacer entonces regalos ostentosos a su mujer, iba depositando en
realidad dinero para el porvenir en la caja fuerte de su casa. Lo terrible es
el lujo de ahora: lujo de trapos, de blondas, pieles y plumas, cosas todas que
duran un par de meses, o cuando más un par de años, que se ajan con facilidad y
sólo pueden admirarse unos días, pues carecen de la seducción sólida,
inconmovible, eterna, de las piedras preciosas.
Ustedes habrán oído hablar de Madame Recamier. Todo París estaba a sus
pies hace un siglo. Era la mujer más elegante de su época. Los guerreros
napoleónicos, los santos padres del naciente romanticismo, los hombres de moda,
necesitaban ir todas las tardes a su tertulia, que era como una consagración.
La divina Julieta estrenaba diariamente un vestido; lo llevaba unas horas nada
más, y lo regalaba después a su doncella. ¡Trescientos sesenta y cinco vestidos
al año!...
Pero el valor de cada uno de ellos equivalía, según testimonio de los
indiscretos de aquella época, a unos tres francos cincuenta céntimos. Eran
túnicas blancas de lino o de batista, sobre las cuales colocaba la divina
Recamier una faja de seda celeste, y su belleza rubia no necesitaba{25}
más para tenderse en un diván, rematado por cuellos de cisne, a escuchar
los lamentos ossiánicos de un arpa o los versos recitados por su amigo
Chateaubriand.
Ahora, una mujer tenida por elegante se considera deshonrada si lleva
vestidos de menos de mil francos. Lo corriente es que valgan dos mil. Y lo
mismo ocurre con el sombrero, las botas, etcétera. Además, la pobre Recamier
haría reír a nuestras amigas si intentase deslumbrarlas cambiando cada día de
vestido. Un vestido por día: ¡qué suciedad!, ¡qué atraso!... Una mujer chic cambia
ahora ritualmente de vestido tres veces al día, cuando menos, y debe preferir
la muerte antes de conocer la deshonra de que sus compañeras la sorprendan dos
días seguidos llevando las mismas ropas.
Aquellas cortesanas y comediantas, lujosas como la reina de Sabá y
devoradoras de millones, que todos hemos conocido en el teatro y en los libros
al describir la vida de París de hace medio siglo, son ya personajes
fantásticos de comedia y de novela. Sólo existen en la imaginación de las
gentes crédulas. Vayan ustedes a las joyerías de la plaza Vendôme, a los
modistos de la rue de la Paix y demás proveedores del lujo femenino;
pregúntenles por las “artistas” de costumbres ligeras y por las mundanas célebres,
que deben ser sus{27} mejores clientes, y verán cómo
tuercen el gesto:
—Eso era en otros tiempos, señor. Ahora las gentes de tal clase no nos
convienen; sólo saben hacer deudas. Ya no hay grandes duques rusos que las
protejan. Unicamente quedan agentes bolcheviques, que vienen de allá llevando
varios millones para la propaganda roja y los gastan con bailarinas viejas que
admiraron en su juventud de bohemios hambrientos. Pero son tan pocos, que esto
no significa nada. Háblenos usted de señoras decentes; de mamás y de niñas. Esa
es la verdadera clientela de nuestra época. Los millonarios de América y de
Europa ya no gastan el dinero más que en las mujeres de su casa. El despilfarro
y la locura marchan ahora del brazo con la moral.
Y los tales comerciantes, si fuesen capaces de hablar con esta
franqueza, dirían la verdad. Hay ahora niña casadera que antes de los veinte
años presenta a su papá cuentas de modisto y de otros proveedores más enormes
que las que pagó su abuelo ocultamente cuando se dedicaba a proteger bailarinas
o a dar a conocer al mundo el talento de alguna comediante joven y de buen
rostro.
La familia del doctor Pedraza era de esta clase. La eterna preocupación
del prócer argentino consistía en ser rico, enormemente rico, para que su
familia, compuesta toda de mujeres, no experi{28}mentase
ninguna privación en sus deseos de lujo.
Cada vez que el doctor encontraba en los relatos de fiestas
aristocráticas publicados por los diarios a “la distinguidísima señora de
Pedraza y sus lindas e interesantes hijas”, sentía la misma emoción de vanidad
satisfecha, el mismo legítimo orgullo del artista que ve elogiadas sus obras.
Para él, su mujer era la primera dama de Buenos Aires y sus hijas
estaban destinadas a casarse con los jóvenes más ricos del país. Y esta
admiración por su cónyuge se convertía en obediencia absoluta a todas sus
indicaciones, como si la considerase incapaz de equivocarse en los asuntos
concernientes a la familia. El, para los negocios, para ganar dinero; y su
esposa, para la vida de alta sociedad, para gastar con “distinción”.
No resultaba extraordinario que después de veinte años de matrimonio
siguiese tan enamorado de su esposa. Doña Zoila (allá no son raros nombres como
éste) era una hermosa mujer: la patricia argentina, madre de numerosa familia,
que mantiene intactas la belleza y la gracia de la primera juventud y muestra
todavía un gran atractivo femenil rodeada de sus nietas. Esta matrona, de ojos
negros y arrogante estatura, guardaba todas las magnificencias físicas de una
raza sana y fuerte, que adopta por moda los enerva{29}mientos
del lujo, pero no ha sido vencida aún por ellos.
Doña Zoila era la primera invitada a toda fiesta. Su opinión equivalía a
una ley; ella indicaba lo que era distinguido y lo que debía ser considerado
como “guarango”. Se estremecía de orgullo al declarar que todas sus ropas
procedían de París y que los grandes modistos de allá se preocupaban del adorno
de su persona, salvando el obstáculo de tres mil leguas oceánicas. Cuando
llegaban los comisionistas de la rue de la Paix a Buenos Aires, apenas habían
empezado a desenfardar en el hotel sus modelos para la estación próxima, a la
primera que avisaban era a “Madame Pedraza”. Contaban con ella como gran
compradora, y además sus gustos y sus recomendaciones eran seguidos por mucha
gente.
Después de su reputación de mujer elegante, lo que más apreciaba ella al
conversar en los salones con algún extranjero era poder decir:
—Y tal como usted me ve, soy madre de seis señoritas.
Una maternidad tan corta representaba para ella una humillación, y se
apresuraba a añadir:
—Una hermana mía tiene diez y ocho hijos; muchos de ellos varones.
Esto es natural en un país poco poblado, que sólo cuenta un habitante
por kilómetro. Mientras{30} los dueños de estancia
fomentan la cría de sus reses, en las ciudades, las esposas se afanan por
aumentar el número de ciudadanos.
Además, amigos míos, aquellas mujeres que llevan en sus entrañas el
porvenir de su país son sanas y prolíficas, con la frescura y la salud de un
pueblo joven. Como la riqueza las impulsa a aceptar los caprichos de la moda, a
lo mejor se resignan a sufrir los tormentos del hambre para ser extremadamente
delgadas. “Hay que conservar la línea.” Pero a pesar de su demacración elegante
y su agostamiento distinguido, no pueden ocultar la solidez del andamiaje
interno, el noble vigor de sus antecesores los centauros de la pampa. Parecen,
por lo flacas, que acaban de salir de una ciudad sitiada, o de un
transatlántico con averías en alta mar que sometieron a los pasajeros a la
media ración. Pero que la moda les dé permiso para comer y renacerán
esplendorosas, como surge el trigo en la llanura argentina cuando llueve largo.
Decía, señores, que el doctor Pedraza amaba y admiraba al mismo tiempo a
su esposa. Ni una sola vez había contestado negativamente a las peticiones de
doña Zoila, y eso que la señora no reconocía límites ni escrúpulos en los
gastos para sostener, como ella decía, “el prestigio de la familia”. Habitaban
una casa nueva, grande y ele{31}gante en las cercanías
del Parque de Palermo; estaban abonados invariablemente a uno de los mejores
palcos del teatro Colón durante la temporada de ópera, y a otros palcos en diversos
teatros. En Buenos Aires no abundan las fiestas de sociedad, y el llamado “gran
mundo” se ve y se habla durante los entreactos en las representaciones tenidas
por elegantes. Su servidumbre era numerosa. Poseían tres automóviles: uno, el
de “negocios”, para el señor, y otros dos que empleaban la señora y las niñas
para visitas o excursiones.
Doña Zoila enviaba a la casa donde el doctor tenía establecido su
“escritorio”, todas las cuentas de sus proveedores urbanos, así como las que
llegaban de París y Londres los días de vapor correo. Y Pedraza, sin hacer
objeciones, iba llenando hojas y más hojas de su cuaderno de cheques, y las
entregaba, dando por terminado el asunto.
Le enorgullecían los enormes gastos hechos por su cónyuge. Eran una
demostración de su elegancia natural y de su noble origen. Porque el doctor
creía más aún que su mujer en el linaje aristocrático de ésta.
—Soy de los Pérez Zurrialde—declaraba doña Zoila con orgullo en
determinados momentos.
Y los demás, cuando querían hacer un elogio completo de ella, después de
ensalzar su elegancia{32}
y su buen gusto, acababan diciendo: “Es una Pérez Zurrialde.”
Todos creían en la distinción aristocrática de esta familia, sin poder
explicar el porqué de su creencia. En América se ve esto muchas veces. Hay
familias que cuentan entre sus antecesores generales célebres, héroes
patrióticos, presidentes de República. Pero otras, cuyos abuelos no hicieron
nada y no fueron nada, pasan, sin embargo, por más distinguidas y más
aristocráticas. Tal vez será porque estos predecesores hablaron poco, se
mantuvieron al margen de las luchas del país, se preocuparon únicamente de vestir
bien, dedicando a esto toda su inteligencia, y fueron muy exigentes en materia
de casamientos, emparentándose solamente con sus allegados.
Si una familia se empeña en ser aristocrática, como ponga en ello su
voluntad durante tres generaciones y lo afirme a todas horas, al cabo de un
siglo todos acabarán por aceptar su aristocracia y creer en ella. ¿Quién va a
escarbar la historia de nadie más allá del abuelo o el bisabuelo?... Hace cien
años, en todas las colonias españolas de América el mayor signo de distinción y
bienestar era tener tienda abierta: un establecimiento de comestibles o de
ropas. Las familias linajudas de todas las ciudades históricas de aquellas
repúblicas tuvieron por fundadores a tenderos espa{34}ñoles
o criollos, que representaban la riqueza y la aristocracia de entonces. La
agricultura y la ganadería no valían nada en aquellos tiempos. Sólo eran ricos
los que vivían detrás de un mostrador. Pero doña Zoila no quería saber esto:
“Soy una Pérez Zurrialde.” Y su marido, simple Pedraza que había alcanzado de
niño a conocer a su abuelo, un emigrante venido de Castilla, participaba
también de esta admiración por el noble linaje de su esposa, por la historia de
aquella familia, que databa casi de siglo y medio, lo que equivale en América a
perderse en la noche de los tiempos.
Además, esta esposa, todavía bella, de elegancia generalmente reconocida
y que le había dado seis veces la reproducción de su propia persona, merecía
gratitud por sus sólidas virtudes conyugales.
Con doña Zoila “no había miedo a novelas”, como decía el doctor, y un
marido podía vivir en perpetua tranquilidad. Su avidez de audacias elegantes no
iba más allá de las invenciones del modisto, de la sombrerera y demás artistas
encargados del embellecimiento de la mujer. Para ella no existía otro amor que
el conyugal. Los demás caprichos e invenciones eran buenos para las “locas de
París” y no para ella, una señora, casada y madre.
Gustaba de que los hombres elogiasen en los{35} salones
la elegancia de sus vestidos y su sabiduría para apreciar lo que es chic y
lo que no lo es; pero nada de alabanzas a su persona, nada de muestras de
asombro o admiración por su belleza, que se mantenía fresca y viva, desafiando
al tiempo.
—Pero usted—le dijo un europeo—gasta una fortuna en vestidos todos los
años, y debe complacerle que los hombres admiren su lujo y se lo digan.
La señora de Pedraza acogió con un gesto desdeñoso tales palabras: Eso
sería verdad allá en Europa, donde las mujeres sólo piensan en los hombres.
—Entonces—siguió preguntando el curioso—,¿para qué viste usted con tanta
elegancia y se preocupa del adorno de su persona?...
Doña Zoila, antes de contestar, le miró con cierta conmiseración, como
apiadada de su ignorancia:
—Para dar envidia a mis amigas y que rabien un poco.
Llevaba yo tres semanas de presentarme todas las tardes en la antesala
del presidente del Banco Hipotecario, para saber si mi petición de empréstito
iba a ser bien acogida por los señores de la{36} Junta,
cuando hablé por primera vez con el doctor Pedraza.
Algunos de ustedes tal vez no saben lo que son las cédulas del Banco
Hipotecario Argentino. En las Bolsas de Europa las consideran como un papel de
esos que llaman “de todo reposo”; un valor para que el padre de familia
invierta en él sin miedo sus ahorros y la viuda pobre su escasa herencia. Estas
cédulas hipotecarias gozan de más crédito entre la gente tímida que los
empréstitos que emiten los gobiernos o las obligaciones de las empresas
industriales, que siempre tienen algo de aventurado. Cada título representa un
pedazo de tierra hipotecada, algo sólido, tangible, que no puede desaparecer ni
volatilizarse en una guerra o una catástrofe. Y como los directores del Banco
Hipotecario desean mantener incólume el prestigio reposado y seguro de su
institución, de aquí que procediesen en mis tiempos con tanta lentitud y
minuciosidad en sus operaciones, como si aun vivieran en la época colonial.
Yo aspiraba a que me diesen dinero con la garantía de mis tierras; pero
ellos, antes de emitir sobre mi propiedad varios centenares de cédulas nuevas y
venderlas en Europa a gentes timoratas que sólo tienen de América vagas ideas,
necesitaban minuciosos informes y repetidas exploracio{37}nes
de sus ingenieros para que en lo futuro no fuese posible una depreciación de la
hipoteca.
El ujier del presidente se inclinó al entrar en la antesala un hombre
vestido con elegancia y de aspecto aseñorado. Le abrió la puerta del despacho
presidencial y luego creyó necesario darme una explicación para que no me
doliese la injusticia de que alguien entrase antes que yo, no obstante mi larga
espera.
—Es el doctor Pedraza..., un señor muy rico que ha sido diputado
nacional.
Volví a verle otras tardes en el Banco Hipotecario, pero esperando lo
mismo que yo, pues he observado muchas veces que la frecuentación de las
oficinas no da mayor confianza al solicitante, sino, por el contrario, le quita
poco a poco el prestigio y la entrada franca que tuvo en sus primeras visitas.
El doctor Pedraza acabó por sentarse en la antesala cerca de mí. Unas veces
había salido el presidente; otras, no deseaba hablar con él, sino con los
ingenieros y los peritos del Banco, cuyo informe era siempre laborioso,
circunspecto y lento. Un amigo cualquiera nos puso en relación, y como la
soledad de la pieza predisponía a las confidencias, hablamos mucho durante las
horas pesadas y al mismo tiempo optimistas que siguen al almuerzo, y son en
Buenos Aires las de visita a las oficinas.{38}
El doctor Pedraza solicitaba lo mismo que yo, aunque entre sus
pretensiones y las mías existiese una diferencia igual a la que separaba mi
humilde persona de colonizador extranjero de su opulencia de gran propietario.
Quería hipotecar la estancia heredada de sus padres, operación importante para
el Banco por tratarse de un préstamo de muchos centenares de miles de pesos.
Esto no me produjo asombro, ni quebrantó el respeto que me infundía el
doctor como hombre rico. En aquel país se puede ser un gran millonario y deber
al mismo tiempo sumas enormes. Hasta parece que la riqueza traiga aparejado lo
de tener deudas. Se emprenden sin miedo nuevos negocios; se compra sin tener
con qué pagar, dando por seguro que se venderá lo comprado antes de unos meses
y con fabulosa ganancia; nadie vacila en tomar cantidades a préstamo... Así es
como se ha engrandecido aquel país.
Para mí era indudable que este opulento personaje necesitaba el dinero
de la hipoteca para emprender algún negocio considerable y secreto.
Seducido por el silencio con que le escuchaba, iba enumerando Pedraza
las magnificencias de la estancia que pretendía hipotecar. Además, todo
argentino nace propagandista de su patria, y se enardece hasta ser elocuente
cuando relata las grandezas de la tierra natal. El doctor, exagerando{39}
un poco, me describía los pastos de sus praderas, pasándose una mano por
el pecho para hacerme ver hasta dónde llegaba su altura. Yo, escuchándole,
contemplaba imaginativamente el galope circular de las tropas de yeguas por el
vasto campo cerrado con alambradas; el lento rumiar de los bueyes, mejorados
por una continua selección, casi sin cuernos, con el lomo plano lo mismo que
una mesa, y carnosos, como si en su interior hubiera quedado suprimido el
andamiaje del esqueleto.
—Ha habido año que he vendido diez mil novillos; ¿sabe, compañero?...
Otras tardes sentía la nostálgica necesidad de hacerme ver el Buenos
Aires de su infancia. Casas bajas de sobria arquitectura colonial; aceras de
ladrillo que parecían escaleras por sus numerosos altibajos; calles profundas
como barrancos, polvorientas unas veces y otras tan llenas de agua estancada
que había que vadearlas lo mismo que riachuelos. Muy pocos transitaban a pie
por la ciudad.
—Yo iba a caballo a la escuela, y los otros muchachos “bien” llegaban
del mismo modo. Mientras duraba la lección había fuera de la casa unas cuantas
docenas de caballitos “petizos”, que entretenían su impaciencia escarbando el
suelo con las patas. Cuando yo salía de la escuela, mi “petizo{41}”
había abierto un hoyo así de grande. Los mendigos también iban montados,
pidiendo limosna de puerta en puerta. Los cocheros públicos encontraban que era
más barato no dar de comer a sus animales, y cuando éstos se les morían,
enganchar otros nuevos. No tenían más que salir a las afueras de la ciudad para
comprarlos por lo que querían ofrecer. Y ahora vendo yo caballos en mi estancia
tan caros como en Europa... Además, ¡lo que ha cambiado nuestro Buenos Aires!
Es cosa de asombrarse, compañero, viendo esas avenidas y esas casas que parecen
las de Nueva York... A veces creo que lo de mi niñez fué algo soñado.
Pero el doctor cortaba su entusiasmo patriótico para protegerme con una
de sus miradas bondadosas:
—Y usted, galleguito, ¿qué piensa hacer con su plata cuando esos señores
le acepten la operación?...
Modestamente iba yo explicando mis planes de colonizador. Con el
producto de la hipoteca terminaría la roturación de mis terrenos; compraría
tractores mecánicos y otras maquinarias agrícolas de las que fabrican en los
Estados Unidos; crearía un sistema de riego, y las ganancias del nuevo cultivo
me permitirían pagar los intereses de la deuda y suprimirla finalmente,
vendiendo tierra en pequeñas parcelas. Pero me avergonzaba de la{43} modestia de mis planes al recordar la importancia
del hombre que me estaba escuchando.
—Usted, doctor, sí que hará cosas enormes en su estancia con esa fortuna
que le va a prestar el Banco. ¡Habrá que ver eso!...
Y el doctor acogía mis palabras moviendo la cabeza con pensativa
gravedad. Luego hablaba. Los tiempos empezaban a ser malos; la compra y venta
de terrenos se iba paralizando; ya no era un negocio la especulación. Sería
conveniente volver al cultivo de las estancias, como lo habían hecho los padres
y los abuelos, pero agrandándolas, modernizándolas...
Dejé de verle. La operación sobre su estancia estaba casi terminada, y
de un momento a otro le iban a entregar las cédulas hipotecarias, o sea el
dinero. Para él los informes de los técnicos se hacían breves, y los obstáculos
rituales se derrumbaban ante su paso. Por algo era el doctor Pedraza, y su
esposa una Pérez Zurrialde. Además, doña Zoila, la noble criolla, resultaba
parienta, más o menos próxima, de la mayor parte de los directores del Banco.
Como si la protección que me había dispensado el doctor—expresada
únicamente hasta entonces con palabras amables y ojeadas majestuosas—empezase a
ejercer sobre mí una influencia real, algunas semanas después los poderosos
personajes{44} del Banco se apiadaron de mi
insignificancia, concediéndome la hipoteca sobre mis tierras.
Esto representó un descanso en mi angustiosa empresa, un alto durante el
cual podría resollar algunos meses con la tranquilidad que proporciona la
abundancia de dinero. Ya no tendría que mendigar pequeños préstamos en los
Bancos particulares. Pagué deudas, emprendí los trabajos que tenía proyectados,
encargué maquinaria a los Estados Unidos, y como la nueva orientación de mi
empresa exigía una espera, durante la cual permanecería inactivo, me acometió
el deseo de hacer un viaje corto a Europa.
Bien había ganado este descanso en dos años de áspera lucha. Además me
quedaba disponible algún dinero, varios miles de pesos, que podía gastar en el
regalo de mi propia persona, e inmediatamente sentí lo que llaman en Buenos
Aires “la enfermedad de París”. ¿Por qué yo, que pretendía llegar en lo futuro
a millonario (estilo América del Sur), no me podía dar por algunas semanas una
representación adelantada de lo que es en Europa la vida de un personaje de tal
clase?...
Precisamente hacía un mes que en Buenos Aires los periódicos y las
gentes hablaban todos los días del Cap Bojador, transatlántico
alemán que había hecho su primer viaje desde Hamburgo e iba a{45} emprender
su travesía de regreso. Esto fué antes de la última guerra europea, y el
tal Cap Bojador, que no sobrepasaba en importancia a la mayor parte
de los transatlánticos que van a los Estados Unidos, era considerado como una
maravilla por su gran tonelaje entre los buques que remontan el río de la
Plata.
Las gentes hablaban de sus salones lujosos; de su piscina de natación;
de las previsoras innovaciones establecidas en sus camarotes para atender a las
más pequeñas necesidades higiénicas, del invernáculo que esparcía su jardín de
flores tropicales sobre la última cubierta. Una muchedumbre interminable bajaba
como en procesión al muelle para visitar esta maravilla flotante.
¡Pobre Cap Bojador! La organización germánica lo había
previsto todo en él. Hasta guardaba en lo más secreto de sus bodegas unos
cuantos cañones desmontados para convertirse rápidamente en corsario si
estallaba una guerra. Y cuando la noticia de la guerra le sorprendió, años
después, estando anclado en Buenos Aires, montó su artillería y salió al mar,
para ser cañoneado y echado a pique por los cruceros ingleses cerca de las
costas de Africa.
Familias que semanas antes no pensaban ni remotamente en un viaje a
Europa, sentían de pronto la necesidad de pasar el Atlántico. Fué de{46} moda ser pasajero del Cap Bojador en
su primera travesía. Representaba una gran distinción. Sólo los millonarios
podían permitirse, según el vulgo, este gusto inaudito.
Preparaba yo modestamente mi viaje en otro buque cuando me avisaron que
en el famoso transatlántico había un pequeño camarote libre. Alguien había
desistido de su excursión a última hora. ¿Por qué no había de darme el gusto de
figurar, aunque fuese en último término, entre los opulentos pasajeros
del Cap Bojador, cuando precisamente iba yo a Europa para hacer el
aprendizaje de cómo viaja y vive un futuro millonario?...
La salida del buque fué precedida de una confusión clamorosa y triunfal.
Todos los alemanes de Buenos Aires se habían aglomerado en el muelle para
celebrar este acontecimiento glorioso. Músicas, banderas, ¡hocs!
incesantes al Káiser, cánticos del Hüber Alles. Además, gran
afluencia de familias criollas, que acudían para admirar y envidiar a los que
se marchaban; haces de flores enormes, como gavillas de trigo; cajas de
chocolates que parecían maletas; besos; miles de pañuelos tremolados como
banderas...
Pasé modestamente a través de esa confusión. Nadie me conocía y yo no
conocía a nadie. Cuando el buque se despegó del muelle tuve un{47}
encuentro en una de las calles de esta ciudad flotante que se iba
deslizando sin el menor movimiento, como si resbalase sobre el fondo del río de
la Plata. El doctor Pedraza iba a Europa con toda su familia.
Doña Zoila y las seis hijas se movían atareadas y confusas, no sabiendo
qué hacer de las gavillas de flores y las cajas de dulces apiladas sobre varios
sillones de la cubierta: regalos de las numerosas amistades que habían acudido
a despedirlas. Todas ellas llevaban unos vestidos de violenta novedad, “modelos
únicos”, encargados, sin duda, por cable a París apenas la familia decidió el
viaje.
El doctor iba trajeado como yo me imaginaba entonces que vestían el
presidente de la Cámara de los Lores o el primer ministro inglés al salir de
excursión. ¡Las ilusiones de aquel tiempo, en que no habíamos visto aún los
retratos de Lloyd George!...
Me distinguió el rico argentino una vez más con sus palabras amables,
rebuscadas, majestuosas, y también con sus ojos protectores. En el curso del
viaje se dignó muchas veces tratarme como si fuese amigo suyo, y hasta hizo mi
presentación a doña Zoila y las niñas, las cuales me acogieron con una
indiferencia cortés.
Era la familia más importante de a bordo por{49} el
número de sus individuos y por su lujosa instalación.
Doña Zoila y su esposo habitaban un amplio dormitorio, con salón propio
y otras dependencias. Las seis niñas se habían resignado a ocupar tres amplios
camarotes de los más caros, cada uno con dos camas. Además, formaban parte de
esta expedición un par de doncellas españolas al servicio de las señoritas: una
parienta, pobre, de doña Zoila, que no se dignaba prestar otro trabajo que el
de servir de acompañanta a las niñas en ausencia de su madre; el ayuda de
cámara italiano del doctor, y una vieja criada mestiza que había tenido en sus
brazos a la señora de Pedraza y seguía la familia a todas partes, como un
recuerdo histórico de la noble casa de los Pérez Zurrialde. En total, doce
personas, ocupando todo un lado de cierto corredor del buque donde estaban las
mejores habitaciones.
La señora y señoritas de Pedraza viajaban “a la ligera”, según
declaración de la mamá, pues se proponían renovar enteramente su vestuario
cuando llegasen a París. Esto no impedía que al lado de las puertas de sus
camarotes estuviesen amontonados y obstruyendo el paso numerosos cofres y
maletas: una pequeña parte destacada del grueso del equipaje oculto en las
bodegas. El viaje de Buenos Aires a Boulogne iba a durar aproxima{50}damente veinte días. Una persona decente debe cambiar de
vestido tres veces cada veinticuatro horas, y ellas no podían resignarse a que
las demás pasajeras dijesen que en los veinte días se habían puesto dos veces
las mismas ropas. Total: sesenta vestidos por cada una de ellas, ¡y eran
siete!...
Las dos hijas mayores habían dejado sus novios en Buenos Aires, y todas
las mañanas escribían una carta, guardándola para echarlas luego juntas en los
puertos donde hacía escala el buque. Sus hermanas menores bailaban en el gran
salón o en la cubierta cuando los camareros del vapor se convertían en músicos,
unas veces de instrumentos de cuerda, otras de metal. Además hacían continuos
ejercicios gimnásticos para cultivar su delgadez, riñendo batallas tenaces y
heroicas con el apetito juvenil, excitado por el aire del mar. Sus comidas
consistían casi siempre en una taza de té, y alguna de ellas hasta suprimía
este líquido con la ambición de llegar a ser más esquelética que sus hermanas.
En cambio, el doctor Pedraza gozaba con regodeo de la abundante mesa de
a bordo, así como de la consideración y el respeto que le acompañaba en sus
paseos por el buque.
—Es un doctor de Buenos Aires—decían algunos europeos de regreso a su
tierra, al mostrarse a este personaje—, un estanciero riquísi{51}mo,
una persona “bien”. ¡La plata que debe tener!...
Al verme Pedraza, poco después de haber zarpado el transatlántico, me
saludó dándome en la espalda una de sus palmadas de buen príncipe.
—¡Usted aquí, españolito!... ¿Va usted a dar un paseo por Europa?...
Hace bien; no todo ha de ser trabajo... Hay que gastar la platita.
¡Simpático y bondadoso personaje! Recordé nuestras conversaciones
durante las primeras horas de la tarde, sentados en la antesala del Banco
Hipotecario.
Luego una idea absurda, inverosímil, pasó por mi pensamiento. Se me
ocurrió que el dinero facilitado por el Banco Hipotecario iba a servir en su
mayor parte para este viaje suntuoso.
Tal vez el doctor Pedraza había hipotecado su estancia para dar gusto a
su familia, deseosa de realizar un paseo triunfal por el viejo mundo: un viaje
que excitase la envidia y la admiración de las amigas que dejaban a sus
espaldas.
Terminada la navegación nos vimos poco. Yo no podía vivir en el mismo
plano que este millonario.
Además huía de él, no porque me fuese antipá{52}tica
su persona, sino por miedo a la deslumbrante doña Zoila y a sus hijas, que
parecían esparcir una nueva luz sobre París.
Le Figaro, que es el diario que presta más atención al paso
de los americanos, hablaba casi todos los días de “Madame de Pedraza, ilustre
dama argentina, y sus hermosas hijas”.
Ocupaba la familia una parte considerable del primer piso de cierto
hotel monumental, próxi{53}mo al Arco de Triunfo. Algunas
mañanas el doctor, con su esposa y las seis niñas, salían a caballo para
galopar por las avenidas del Bosque de Bolonia. Esta cabalgata, que muchos, en
el primer momento de sorpresa, tomaron por un desfile de artistas de circo,
servía para demostrar la opulencia de la familia. Además, todos eran excelentes
jinetes, que habían aprendido la equitación por instinto, en la estancia natal,
al mismo tiempo que aprendían a hablar.
No se sabe si fué la admiración o la envidia la que inventó el mote;
pero las seis señoritas Pedraza empezaron a ser apodadas “Las walkirias
argentinas”.
El éxito de las hijas del doctor no podía ser más halagüeño para la
vanidad de sus padres. No digo que París entero se preocupase de ellas. París
es muy grande y su vida está dividida en sectores. Pero en el fragmento de
mundo parisién donde se movían los Pedraza, o sea la porción comprendida entre
el Bosque, la Avenida Kleber y los bulevares, la popularidad de las seis
walkirias era cada vez más grande.
En los establecimientos de la calle de la Paz, de los Campos Elíseos y
de la plaza Vendôme sonaba con frecuencia el nombre de madame de Pedraza y
sus demoiselles, recomendando los jefes, con voz respetuosa, el
rápido cumplimiento de los encargos de tan ricas clientes. Muchas veces, al
contar yo que venía de la Argentina y tenía en ella mis negocios, escuché las
mismas palabras:
—Ahora está en París un gran millonario de allá, el doctor Pedraza, con
su esposa, una señora muy distinguida, y sus niñas, que parecen un coro de
ángeles. ¡Lo que gasta esa familia! ¡La fortuna enorme que debe tener el
padre!... ¡Qué collar de perlas el de la mamá!...{55}
Y yo asentía a estas expresiones de asombro y admiración... ¿Para qué
hablar? En Europa tienen tal concepto de la riqueza, sólida, inconmovible,
cristalizada, que no pueden imaginarse la riqueza movible, inquieta y en
continuo volteo de los países americanos: una riqueza que se aleja y vuelve, se
desvanece y torna a reconstituírse, haciendo que un mismo hombre se vea tres o
cuatro veces en su existencia millonario como un príncipe de cuento de hadas y
mendigo visionario.
Además, el lujo enorme de la familia Pedraza, que yo apreciaba desde
lejos, acabó por desorientarme, haciéndome dudar de lo que había visto al otro
lado del Océano.
En realidad, yo sólo sabía del doctor que había hipotecado la mejor de
sus fincas; pero esto no significaba nada extraordinario ni fatal. En el Nuevo
Mundo no basta preguntar cuánto posee una persona; es preciso añadir: “¿Cuánto
debe?”. Todos, por ricos que sean, tienen deudas enormes, contraídas para el
agrandamiento de sus negocios. El crecimiento rápido de los pueblos jóvenes
exige que los ricos vivan un poco a la ventura, como viven los jugadores,
confiándose a su buena suerte y tomando sin vacilación todo el dinero que les
ofrezcan, con la esperanza de poder devolverlo gracias a nuevos negocios.
Tal vez el doctor era más rico que yo me lo{56} imaginaba,
y su préstamo debía ser considerado como una operación transitoria y sin
importancia. Al año siguiente una portentosa cosecha de trigo, o una de
aquellas ventas de “hacienda”, en las que entraban los novillos a miles, y que
él me había descrito entusiásticamente en sus conversaciones, bastaría para
pagar enteramente su deuda sin tener que imponerse sacrificio alguno.
Antes de que yo regresase a la Argentina tuve noticias directas de los
grandes éxitos obtenidos en París por doña Zoila y sus hijas. Las dos mayores
se mostraban refractarias a todo coqueteo, e iban de fiesta en fiesta,
estrenando cada vez un vestido riquísimo; pero graves y austeras, orgullosas de
su lujo y dignándose mirar únicamente a las de su sexo, lo mismo que su noble
madre.
—Somos muy argentinas y sólo podemos casarnos con uno de nuestra tierra.
Las dos seguían escribiendo diariamente a sus novios, que estaban en
Buenos Aires. Unicamente les interesaban en París los vestidos y los elogios de
las mujeres.
En cambio, las otras hermanas vivían asediadas por el amor y las
peticiones matrimoniales. Hasta la más pequeña, que todavía iba de corto y con
el cabello suelto, tenía varios suspirantes que la deseaban por esposa. La fama
de estas millonarias recién llegadas se había esparcido por to{57}dos
los círculos, más o menos aristocráticos, donde hay jóvenes que se tienden con
desesperación en un diván después de haber perdido los últimos miles de francos
en la sala destinada al juego.
Además, en los años anteriores a la guerra la República Argentina
acababa de ponerse de moda, y los conocimientos geográficos de los hombres
deseosos de adquirir una fortuna casándose se ensancharon considerablemente.
Todos habían acabado por descubrir una gran novedad; que existen dos
Américas: la del Norte y la del Sur. El matrimonio con americanas de los
Estados Unidos era ya entonces una industria en decadencia. Los títulos
nobiliarios se aprecian allá cada vez menos. Las mujeres de aquel país, dotadas
de un carácter práctico y escarmentadas por la experiencia, se reservan el
manejo de sus bienes, y el marido sólo es un consocio bien alimentado, pero sin
derecho a tocar la fortuna de su esposa: una especie de rey consorte, sin voz
ni voto en el gobierno de la casa...
Era conveniente buscar acomodo en la otra América, donde también existen
millonarias, menos numerosas, pero más inexpertas en esta clase de alianzas. El
riquísimo doctor llegaba oportunamente con cuatro hijas casaderas, y todos los
que en París esperaban salvarse por medio del matrimonio olvidaron lo que
sabían de inglés para{58} perfeccionarse en el tango
y chapurrear algunas palabras de español.
Dos de las señoritas Pedraza empezaron a mostrarse distanciadas por una
rivalidad aristocrática:
—Yo puedo ser duquesa si quiero—decía una de ellas—, y a ti sólo te
pretende un marqués.
—Pero el mío es más joven que el tuyo—contestaba la otra.
Doña Zoila creyó oportuno cortar tales disputas con la autoridad de su
noble pasado. Nada tenía que decir contra estos personajes que aspiraban a ser
sus yernos; pero no le hacían ningún favor extraordinario al pretender entrar
en su familia. Ellos tenían un pasado histórico, pero los Pérez Zurrialde no
eran cualquier cosa allá en su tierra. Si llegaban a casarse con sus niñas no
tendrían por qué ruborizarse, pues éstas eran iguales a ellos.
Empezó a circular entre los sudamericanos de París la noticia de que un
duque y un marqués querían ser yernos del doctor Pedraza. Les corría prisa esta
unión y deseaban realizarla antes de que la familia volviese a Buenos Aires.
Las niñas, por su parte, también mostraban una prisa igual, pensando en lo que
dirían sus amiguitas de allá al verlas con títulos nobiliarios.
Yo me marché de París en aquellos días; pero{59} las
confidencias de algunos amigos del doctor sirvieron para darme una idea
aproximada de lo que debió ocurrir.
Estos nobles personajes que descienden a emparentarse con los ricos del
otro lado del Océano muestran siempre un gran desinterés cuando llega el
momento de tratar las condiciones materiales que deben regir la asociación
matrimonial. Ocupados en el galanteo de la joven millonaria, no quieren
interrumpir su dúo de amor con vulgares discusiones financieras, y envían a un
llamado hombre de ley, a un notario que ha servido siempre a su familia o al
administrador de su hacienda quebrantada para que ajuste el convenio con los
padres.
El doctor Pedraza, hombre de negocios, consideró sin importancia estos
tratos preliminares del matrimonio. El manejaría a su gusto a los dos nobles
señores que pretendían ser hijos suyos. Pero en vez de hablar con ellos, tuvo
que recibir la visita de dos leguleyos franceses, de palabra melosa, con el
plumaje áspero y el pico duro, lo mismo que aves de rapiña.
Pedraza y su noble esposa se expresaron como príncipes generosos que no
pueden contar la inmensidad de su fortuna. Los dos se comprometieron desde el
primer momento a entregar a cada una de sus niñas una renta anual de
trescientos{60} mil francos. Pero los enviados no
creían en rentas que pueden ser pagadas fielmente el primer año e ir
disminuyéndose en los siguientes, hasta quedar suprimidas. Ellos necesitaban un
capital positivo, aunque la renta fuese menor: campos, casas, valores
mobiliarios, algo que pudiera convertirse en dinero a cualquiera hora, dando
una seguridad de riqueza a sus poseedores.
En resumen: que éstas conferencias laboriosas, en las que se batían
ambas partes con buenas palabras y perversas intenciones, terminaron tan mal
como cualquiera de las entrevistas diplomáticas a las que asisten los Gobiernos
con el propósito de engañarse unos a otros.
El duque y el marqués desaparecieron. Las dos niñas lloraron un poco.
¡No poder marcar con una corona heráldica sus pañuelos y sus ropas más íntimas,
para envidia de las amigas!...
Las hermanas mayores, que habían sufrido en silencio el orgullo
nobiliario de las otras, creyeron llegado el momento del desquite.
—Nosotras debemos casarnos con gentes de nuestra tierra. Aquí, en
Europa, sólo nos buscan por nuestra gran fortuna. Os hubieran tomado la plata y
después, ¡quién sabe si habrían acabado pegándoos!...
Doña Zoila apoyaba estas palabras:
—Allá no usamos corona, pero somos tan no{61}bles
como los de aquí. Vosotras, además de ser Pedraza, lleváis un gran nombre por
vuestra madre.
La hermosa señora abominaba ahora de París. Según contó después a sus
amigas de Buenos Aires, algunos mocitos que casi podían ser hijos suyos habían
osado hablarla, en los salones, de “almas dormidas que deben ser despertadas”,
burlándose a continuación de la vulgaridad de ser fiel al marido, y comparando
su belleza con el sol de la tarde, más deslumbrador y ardoroso que el del
amanecer... ¡A ella! ¡A una matrona respetada por todos en su país!... Si había
aguantado en silencio tales audacias era por miedo a que se enterase su esposo,
hombre violento en sus cóleras y famoso tirador de pistola.
Pedraza, arrepentido sinceramente de la satisfacción que le había
procurado por unas semanas la posibilidad de ser suegro de tan aristocráticos
personajes, mostraba ahora un recrudecimiento de sus entusiasmos de americano,
hijo de una República.
—Lo de los títulos de nobleza, che, puede deslumbrar a los gringos de
Europa; ¿pero a nosotros?... En la América del Sur eso nos hace reír.{62}
Transcurrió mucho tiempo sin que yo volviese a ver al doctor. Me enteré
por los diarios argentinos de su regreso triunfal de Europa. Otra vez su nombre
y el de todas las mujeres que componían su familia volvieron a aparecer en las
crónicas de la alta vida social.
Doña Zoila organizaba fiestas de caridad; se movía a la cabeza de todas
las Juntas para la difusión de principios morales, y a la hora del té su
palabra era escuchada como un oráculo, definiendo lo que es elegancia y en qué
consiste la falta de chic. Después de haber pasado un año en París,
su autoridad parecía inconmovible.
La vida del doctor resultaba menos dichosa y plácida. Yo le veía pasar
en su lujoso automóvil por la avenida de Mayo o apearse en la calle
Reconquista, donde están establecidos los Bancos de la ciudad, yendo de uno a
otro para sus numerosas e importantes operaciones. Todos seguían considerándole
con respeto, como un personaje influyente, y muchos envidiaban su riqueza. Pero
de tarde en tarde llegaban hasta mí noticias inquietantes para el crédito del
doctor. Sus amigos íntimos contaban que había gastado en Europa un{63}
millón de pesos (más de lo que le había prestado el Banco Hipotecario).
En las reuniones de alta sociedad se hablaba con asombro del collar de perlas
que doña Zoila había adquirido en París, y los envidiosos apuntaban que el
marido no tenía fortuna para tantos dispendios.
En mucho tiempo no volví a acordarme de Pedraza, pues bastante tenía con
preocuparme de mi propia suerte. La Argentina pasaba en aquellos momentos por
una de esas crisis financieras que son en su existencia a modo de una
enfermedad normal y periódica, repitiéndose aproximadamente cada diez años.
A los negocios rápidos y extraordinariamente productivos había sucedido
la atonía del dinero; al despilfarro, el pánico, el egoísmo y la pobreza. Los
Bancos que adelantaban antes capitales para toda clase de negocios, no sólo
habían cortado repentinamente sus créditos, sino que exigían la inmediata
devolución de sus préstamos. Yo tuve que luchar mucho en aquella época para no
salir de la crisis completamente pobre. De no ocurrir tal calamidad estarían
ustedes escuchando ahora a un millonario. Gracias que pude salvar lo preciso
para retirarme a París y vivir aquí con modestia.
Pero volvamos a nuestro doctor. Su situación era semejante a la de otros
compatriotas suyos.{65} Continuaba siendo un
capitalista para las gentes: seguía viviendo como un millonario; pero los
directores de los Bancos y los hacendados sólidamente ricos, al nombrarle con
respeto, contraían los labios como para cerrar el paso a una sonrisa burlona y
cruel. Su infortunio llegaba hasta mí fragmentariamente, por noticias sueltas y
espaciadas, como se aproximan o se alejan las detonaciones de un combate
remoto, según los caprichos del viento.
La familia había tomado, como siempre, su palco en el teatro Colón al
empezar la temporada de ópera. Esto era natural. La vida resulta inconcebible
en Buenos Aires sin la asistencia a dicho teatro. ¡Antes morir! Pero el doctor
había entregado al empresario por el abono del palco, no un cheque, sino un
pagaré a noventa días vista. En las malas épocas muchos pagan así en aquel
país. Se confía en el porvenir. Nadie cuenta únicamente con lo que tiene en la
mano, como los tímidos del viejo mundo; todos admiten de consocia a la
esperanza. ¡Quién sabe qué grandes negocios pueden hacerse en el plazo de
noventa días!... Como la fortuna tiene alas, sólo necesita unos instantes para
llegar hasta nosotros.
También supe que Pedraza había hipotecado la otra estancia que era de su
mujer. Acababan de casarse las dos hijas mayores con una magnificen{66}cia que hizo acudir a toda la alta sociedad de Buenos
Aires. Doña Zoila dió a las bodas de sus hijas el aparato de un acontecimiento
histórico. Mientras tanto el pobre doctor se agitaba de la mañana a la noche
por conseguir al mismo tiempo dos cosas que parecían antagónicas: sostener el
aspecto opulento de su familia sin aminorar sus gastos, y pagar los enormes
réditos de sus deudas.
Las cosechas de las dos estancias y las ventas de novillos criados en
sus campos sólo servían para satisfacer los tales réditos. Pedraza, deseoso de
evitar disgustos a su esposa, disimulaba las angustias de esta situación.
Apenas se veía en su casa, rodeado de un ambiente de lujo, entre sus hijas
solteras, que hablaban y reían como princesas seguras del porvenir; necesitaba
mostrarse optimista, imaginándose una serie de negocios maravillosos que
vendrían a sacarle de apuros al día siguiente.
No quiero cansar a ustedes describiendo detalladamente cómo se fué
acelerando, cuesta abajo, la ruina de Pedraza. Necesitaba siempre dinero; en
los Bancos no querían dárselo al interés corriente, y recurrió al préstamo
usurario. Además tuvo que vender con pérdida enorme los terrenos que había
adquirido para especular sobre su alza en la buena época del país, cuando
circulaba vertiginosamente la riqueza.{67}
Al mismo tiempo mostraba, al hablar con sus hijas casadas y sus yernos,
la tranquilidad bondadosa de un hombre inmensamente rico, que al morir dejará
caer un chaparrón de bienes sobre sus herederos. Aceptaba sin la menor mueca de
contrariedad todas las peticiones de las hijas que vivían en su casa. Doña
Zoila, que estaba vagamente enterada de que los negocios no marchaban del todo
bien, parecía vacilar algunas veces al hacer a su marido la enumeración de los
gastos de la familia, pensando en la posibilidad de ciertas economías. Un día
hasta le dió a entender que, en caso de apuro, estaba dispuesta a desprenderse
de sus joyas. Pero esto, aun siendo mera hipótesis, parecía causar tal pena a
la señora, que el doctor se apresuró a disuadirla.
Le era imposible aceptar que su noble compañera modificase su vida
ordinaria. Además, ¿qué dirían las gentes al ver disminuído el lujo de la
familia?... Y era el pobre doctor quien recomendaba a su esposa que evitase las
economías demasiado visibles. Las niñas debían casarse, y para ello era
conveniente que la casa conservase su aspecto de abundancia segura y ostentosa.
Cuando de tarde en tarde me ponía la casualidad al alcance de la palabra
solemne y los ojos protectores de mi amigo adivinaba yo los estragos que iba
haciendo en su persona esta nueva vida{68} de
pobreza disimulada. Iba vestido con la elegancia de siempre; conservaba su
aspecto señoril; pero estaba viejo, mucho más viejo que debía serlo por su
edad.
—¿Cómo marchan sus negocios, españolito?... Mala época: ¡muy mala para
todos!... Pero esto no puede durar.
Y me golpeaba la espalda con la bondad de un ser superior que sabe que
existe la desgracia, pero es para los otros, pues él se encuentra por encima de
las miserias del vulgo.
Su caída fué larga. Nadie se enriquece con la rapidez que se imaginan
los que viven al margen de los negocios; nadie tampoco se arruina, por regla
general, en unos instantes, como lo vemos muchas veces en comedias y novelas.
Hay ruinas fulminantes, como hay naufragios instantáneos que sólo duran unos
minutos; pero la mayoría de las gentes se enriquecen con lentitud, o van
empobreciéndose como el que baja una escalera, peldaño tras peldaño. El
naufragio del doctor fué igual al de los grandes veleros, que después de estar
llenos de agua, todavía flotan con la quilla al aire mucho tiempo, yendo de un
lado a otro, al capricho de las corrientes.
En realidad, sólo sé de Pedraza lo que me contaron incidentalmente
algunos de sus amigos íntimos. Estas noticias son a modo de episodios suel{69}tos y sin concordancia; pero yo he hecho de todos ellos
algo compacto, uniéndolos con los hilos de mis suposiciones. Valiéndome del
álgebra de la inducción, he llegado a imaginarme todo lo que le ocurrió al
doctor. Dirán ustedes que lo que voy a contarles es en gran parte invención
mía; pero hay invenciones más ciertas y verosímiles, por ser lógicas, que las
noticias que nos dan como seguras los amigos y los periódicos.
He pensado muchas veces en las tardes que debió pasar cuando quedaba
solo en su “escritorio”: un piso arrendado en la avenida de Mayo para sus
oficinas. Lejos de su casa y libre de las seducciones que ejercían sobre él las
mujeres de su familia, obligándole a verlo todo de una manera optimista,
quedaba frente a frente al enigma de su situación. Iba a verse arruinado en un
país donde el dinero tiene mayor importancia que en otras naciones y resulta
más necesario para la vida. ¿Era posible la existencia de un Rómulo Pedraza
protegido por sus amigos y con un empleo público para sostener humildemente a
su familia?...
La idea de que su mujer y sus niñas tuvieran alguna vez que remendar sus
vestidos, llevando la existencia dolorosa de los ricos arruinados que buscan el
amparo de unos parientes más dichosos, le parecía tan absurda e inconcebible
como un trastorno de las leyes astronómicas. ¿Era ló{70}gico
que Zoila, su mujer, fuese alguna vez pobre?...
Además sentía miedo al pensar en sus hijas. El conocía la historia de
muchas señoritas cuyos padres se habían empobrecido. Unas pocas conseguían
casarse con ricos, lo mismo que en las novelas; las más se resignaban a
descender, perdiendo la distinción de su origen, convirtiéndose en obreras
ocultas que trabajaban mal recompensadas para el sostenimiento de una vida
miserable; y algunas acababan sirviendo de amantes a hombres que en otras
circunstancias no habrían osado aspirar a ser sus maridos.
El pobre doctor se estremecía de miedo y de cólera al pensar que sus
hijas, las cuatro hijas que le quedaban en casa, podían verse en la misma
situación de algunas infelices que atraen a los libertinos con un nuevo
encanto: el de haber sido señoritas de buena casa, jóvenes, ricas y educadas en
el lujo antes de que la ruina paternal les empuje a ser lo que son.
Como todos los que viven inseguros y acechados por el peligro, creyendo
sentir que la tierra vacila bajo sus pies, el doctor aceptó supersticiosamente
la existencia de fuerzas misteriosas que{71} pueden
proteger a los mortales y salvarlos, fijándose en ellos con las secretas
preferencias de la predestinación. ¿Por qué no había de ayudarle la fortuna,
tirando de él con un manotazo maternal para elevarlo sobre aquellas miserias
que le obligaban de día a dolorosos fingimientos, y le tenían la noche entera
entre las roedoras mandíbulas del insomnio?... Había que abrir las ventanas a
la suerte para que pudiese tocarle con sus alas.
Y se hizo jugador, jugando en la Bolsa y en los Clubs aristocráticos, de
los que era uno de los socios más respetables y escuchados. Dió orden también a
las gentes de su “escritorio” para que dejasen libre la entrada a todo el que
llegase pretendiendo hablarle. ¡Quién sabe si el más humilde visitante vendría
a proponerle un negocio salvador!... En los países jóvenes, de continua
inmigración, que atraen a los aventureros de mala ley, pero igualmente a los
visionarios geniales e inventores, todo es posible.
Un día, un agente de seguros sobre la vida le conquistó con su charla
amena, haciéndole firmar una póliza de doscientos mil pesos a favor de su mujer
y sus hijas. Esto iba a obligarle al pago de una prima importante todos los
años; pero como estaba acostumbrado a los enormes réditos que debía entregar a
sus acreedores, consideró insignificante el aumento de una cantidad más...{72}
El agente de seguros, alegre por la comisión ganada, debió hablar a sus
compañeros; la puerta del “escritorio” seguía franca, y empezaron a visitar a
Pedraza casi todos los que en Buenos Aires se dedicaban al mismo negocio.
Intentó resistirse al principio a una segunda operación basada en su muerte;
pero al fin acabó mostrando cierto gusto por ella, y como continuaba acogiendo
bien a tales visitantes, éstos parecieron pasarse el aviso unos a otros.
Rara era la semana que el doctor no suscribía una póliza nueva. Como a
pesar de su madurez se mantenía fuerte, y los médicos de las Compañías de
Seguros daban un informe rotundo sobre su espléndido equilibrio físico, libre
de toda enfermedad, el negocio se hacía sin obstáculos. Al poco tiempo Pedraza
estaba asegurado en más de una docena de compañías, unas del país, otras de
Europa y de los Estados Unidos. Además había firmado contraseguros y hecho
otras operaciones que le aconsejaban los agentes, deseosos de ganar nuevas
primas.
Al fin, su persona había llegado a valer más de dos millones de pesos,
según manifestaba con regocijo a sus amigos. Esta era la cantidad que deberían
entregar las Compañías a su familia en el momento de su muerte. Pero los
amigos, admirando la solidez de su cuerpo, contestaban:{73}
—Antes de morir habrás pagado en primas algo más de los dos millones.
¡Mal negocio el tuyo! Vas a vivir mucho.
Y el doctor sonreía, orgulloso de su vigor, afirmando que se consideraba
más fuerte que nunca, y al final serían efectivamente las Compañías de Seguros
las explotadoras de su credulidad. Luego terminaba, con una displicencia de
rico:
—Caro resulta eso; pero ¿qué importa?... Es plata que voy depositando
para los míos.
Una mañana le escuché estas palabras en un Banco, cuando formábamos
grupo en la antesala del gerente varios aspirantes a un préstamo inmediato.
Y de pronto la muerte, una muerte inesperada, que muchos llamaron
“estúpida”, por su absurda inoportunidad; como si alguna vez la muerte pudiera
resultar oportuna.
Era en verano y la familia del doctor estaba pasando una temporada en
las islas del Tigre. Estas islas están cerca de Buenos Aires, y las forma el
río Paraná al desembocar en el estuario llamado río de la Plata: una red
intrincada de canales navegables entre tierras medio sumergidas, cubiertas de
una vegetación frondosa, siempre verde. Es un lugar hermoso, digno de servir de
escenario a un poema. Lo malo es que nunca ha ocurrido en él nada digno de
mención.{74}
Muchos ricos de Buenos Aires, especialmente las familias de origen
antiguo, tienen una casa de recreo en las inmediaciones del Tigre, y doña Zoila
había creído indispensable poseer un edificio igual, para complemento del
lujoso hotel, cerca del Parque de Palermo. Considero necesario decir de paso
que las dos nobles viviendas estaban hipotecadas.
El doctor pasaba las noches con su familia, acompañando a las niñas
cuando bailaban en el Casino del Tigre. Por la mañana tomaba el tren para ir a
Buenos Aires y ocuparse en sus negocios, regresando al anochecer. Fué en uno de
estos viajes de vuelta cuando el doctor cayó a la vía, al pasar de un vagón a
otro. Nadie pudo explicarse claramente cómo ocurrió este suceso, que produjo
tanta emoción en la ciudad. Lo cierto es que el cadáver del doctor fué
encontrado hecho pedazos entre los rieles.
Los periódicos hablaron largamente, censurando a la Compañía del
ferrocarril por el mal estado de su material. Había cerrado ya la noche y la
obscuridad debió ser la verdadera causa de esta desgracia; pero también
resultaba culpable de ella la Empresa, por la vejez de sus vagones. Los puentes
que los unían eran defectuosos; las portezuelas se abrían solas. Indudablemente
un hombre como el doctor Pedraza, preocupado a todas{75}
horas por sus negocios, al pasar distraído de un vagón a otro, había
sido víctima de tales deficiencias.
Sus funerales fueron magníficos. Los diarios publicaron largas
biografías de él, considerando su trágica muerte como una pérdida nacional.
¡Ah, doctor! ¡Heroico doctor!... Unos pocos nada más nos mirábamos
fijamente al mencionar su nombre. Nos hablábamos con los ojos, leíamos
mutuamente en ellos nuestro común pensamiento; pero nadie se atrevía a
expresarlo con palabras.
Algunos hubiesen querido hablar; pero ¿cómo interrumpir con suposiciones
malévolas, inoportunas y peligrosas la unanimidad del sentimiento público por
la pérdida de un ilustre hijo del país?... El duelo general había servido para
demostrar cuán numerosas eran las amistades de la familia del llorado doctor y
el prestigio de doña Zoila en la alta sociedad (¡una Pérez Zurrialde!).
La señora viuda de Pedraza y sus hijas cobraron dos millones de pesos de
las Compañías de Seguros. Todos admiraron la previsión de este buen padre de
familia. Le tenían por rico; dejaba a los suyos una gran fortuna (aunque
indudablemente algo quebrantada por la crisis del momento), y había que añadir
a tal herencia los importantes seguros sobre su muerte. El dinero siem{77}pre llega a tiempo, y en esta ocasión serviría para
suavizar el dolor de la familia.
Doña Zoila libró de hipotecas sus propiedades, y al poco tiempo la
Suerte—a la que el pobre doctor abría inútilmente la ventana para que
entrase—se decidió repentinamente a ir en busca de sus herederos. Pasó la
crisis nacional, circuló otra vez la riqueza; el mundo, que necesita para vivir
panecillos y bifteques, compró a buen precio los trigos y las reses; las dos
estancias de la familia, limpias de réditos, proporcionaron magníficas rentas.
La señora viuda de Pedraza continúa siendo una de las primeras matronas
del país. Llama, como siempre, la atención de todos por su elegancia; pero
ahora es una elegancia de noble dama que ha renunciado a dar envidia a sus
amigas; una elegancia a base de colores apagados, de ricas blondas y joyas
sólidas.
Para que un concierto o una función teatral de caridad tenga público
hasta en los pasillos es preciso que ella la organice. Los comerciantes
tiemblan al verla presidenta de una nueva institución benéfica, sabiendo que
esto significa un tributo más que tendrán que pagar con miedosa sonrisa, so
pena de verse sin clientela. Los comediantes célebres, los concertistas, los
escritores que llegan{78}
de Europa a dar conferencias, están condenados al fracaso si no cuentan
con su protección.
No ha vuelto al viejo mundo; pero desde Buenos Aires legisla sobre
materias de elegancia, y los comisionistas de modas que llegan de París van a
enseñarla sus novedades antes que al público.
Todas sus hijas se han casado ya. Los nietos empiezan a tirar de su
falda, y cada vez que siente una fugaz simpatía por cualquiera de sus yernos,
le dice suspirando:
—Hijo mío: sólo deseo que sea usted tan bueno para la familia como lo
fué mi finado el doctor.

