© Libro N° 9476. Los Caudillos De 1830. Baroja, Pío. Emancipación. Enero 15 de 2022.
Título original: © Los Caudillos De 1830. Pío Baroja
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LOS CAUDILLOS DE 1830
Pío Baroja
Los Caudillos De 1830
Pío Baroja
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CAUDILLOS DE 1830 ***
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Nota del Transcriptor:
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La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.
OBRAS PUBLICADAS
PÍO BAROJA
Paradox, Rey, 3,00 ptas. La feria de los
discretos, 3,50. La Busca, 3,50. Nuevo tablado de Arlequín,
3,00. Juventud, egolatría, 3,50. El árbol de la ciencia,
3,50. La veleta de Gastizar, 4,00. Los caudillos de 1830, 4,00.
JULIO VALLÉS
El Niño (vida de Jaime Vingtras), 4,00 ptas.
ENRIQUE BARBUSSE
El fuego en las trincheras, 4,00 ptas.
CARLOS RIVET
El último Romanof (historia del Tsar de Rusia
y su corte), 3,50 ptas.
JUAN GUALBERTO NESSI
Aventuras del submarino alemán U..., 2,00 ptas.
JULIÁN SOREL
Los hombres del 98. Unamuno, 2,00 ptas.
LORENZO GALLEGO CARRANZA
Lecciones de Topografía. Obra adaptada al
nuevo programa de esta asignatura en la Academia de Infantería y aprobada como
texto definitivo para la misma por R. O. de 25 de Junio de 1917, 9,00 pesetas.
Contiene 32 láminas en colores.
OBRAS DE PÍO BAROJA
Vidas sombrías (agotada). Idilios
Vascos (agotada). El tablado de Arlequín, 1,00 pta. Nuevo
tablado de Arlequín, 3,00. Juventud, egolatría, 3,50.
LAS TRILOGÍAS
TIERRA VASCA
La casa de Aizgorri, 1,00 pta. El Mayorazgo de
Labraz, 3,00. Zalacain el Aventurero, 1,00.
LA VIDA FANTÁSTICA
Camino de perfección, 1,00. Inventos,
aventuras y mixtificaciones de Silvestre Paradox, 1,00. Paradox, Rey,
3,00.
LA RAZA
La dama errante, 3,00. La ciudad de la niebla,
3,00. El árbol de la ciencia, 3,50.
LA LUCHA POR LA VIDA
La Busca, 3,50. Mala hierba, 3,50. Aurora
roja, 3,50.
EL PASADO
La feria de los discretos, 3,50. Los últimos
románticos, 3,00. Las tragedias grotescas, 3,00.
LAS CIUDADES
César o nada, 4,00. El mundo es ansi, 3,50.
EL MAR
Las inquietudes de Shanti Andía, 3,50.
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
El aprendiz de conspirador, 3,50. El escuadrón
del Brigante, 3,50. Los caminos del mundo, 3,50. Con la pluma y con
el sable, 3,50. Los recursos de la astucia, 3,50. La ruta del
aventurero, 3,50. La veleta de Gastizar, 4,00. Los caudillos
de 1830, 4,00.
PÍO BAROJA
LOS CAUDILLOS DE 1830
Copyright by Rafael Caro Raggio-1918.
Es propiedad.
Prohibida la reproducción.
Imp. de Alrededor del Mundo, Martín de los
Heros, 65.
PÍO BAROJA
LOS CAUDILLOS DE 1830
NOVELA
RAFAEL CARO RAGGIO: EDITOR
Calle de Ventura Rodríguez, 18
1918
LIBRO PRIMERO
EL ETERNO CONSPIRADOR
I.
DON EUGENIO
Un día, al anochecer, apareció en la fonda de
Iturri un hombre que llamó la atención de Lacy y de Ochoa. Era un tipo seco,
amojamado, con la cara y las manos curtidas por el sol. Tenía el aire de
cansancio de los que vienen de países tropicales.
Vestía redingot negro, pantalón con trabillas,
sombrero de copa de alas grandes y corbata de varias vueltas.
—¿Quién es este hombre?—preguntaron Lacy y Ochoa a
Iturri.
—Es un vascongado que viene de la Habana. Ahí está
su nombre.
Los dos jóvenes leyeron el nombre: Eugenio de
Aviraneta.
—¿Es de los nuestros?—preguntó Ochoa.
—Yo le he conocido aquí en 1824—dijo Iturri—creo
que es liberal.
El recién llegado escribió unas cuantas cartas y se
metió en la cama.
Al día siguiente preguntaron por él dos o tres
personas, entre ellas el auditor de guerra y amigo íntimo de Mina, don Canuto
Aguado.
Por lo que dijo Iturri, Aviraneta traía pasaporte
del capitán general de la isla de Cuba, para Madrid, por la vía de Francia,
pero como no se había presentado al cónsul español de Burdeos, no podía pasar a
España.
A la hora de almorzar Iturri sentó a la misma mesa
donde comía su sobrino y Lacy al recién llegado y éste al saber que Eusebio era
hijo del general Lacy estuvo muy amable con él y habló largamente con los dos
jóvenes. Aviraneta les hizo alguna impresión. Tenía marcada tendencia por la
frase amarga y el epigrama, lo que hacía creer que era tipo desengañado y
sarcástico.
—¿Ha tenido usted larga conferencia con Aguado?—le
preguntó Ochoa.
—Sí.
—¿Qué dice?
—Poca cosa.
—¿No está contento de la marcha de los
acontecimientos?
—Eso parece.
—¿Y el general Mina no tiene confianza?
—Muy poca. Por lo que he podido traslucir no está
contento de la organización de la empresa. Se me figura que va arrastrado por
la fogosidad y la imprudencia de todos.
—Es que el general está viejo, enfermo y
naturalmente es desconfiado. Ya verá usted como todo sale bien—dijo Ochoa.
—Mejor, mejor; ¡ojalá!
Aviraneta contó sus viajes, y estaba hablando de
sobremesa cuando se presentó Iturri con el italiano de la subprefectura que
había dado los informes de las dos damas del Chalet de las Hiedras.
El italiano era un hombrecito calvo, de unos
cuarenta años, la nariz arqueada y roja, el pelo rubio y la mirada viva a
través de los lentes. Vestía un traje raído y sin brillo y llevaba los
pantalones con rodilleras.
El señor Pagani, así se llamaba, era al parecer,
insustituíble en su oficina; sabía cuatro o cinco[14] idiomas
a la perfección, trabajaba constantemente y ganaba poco.
—Me ha explicado mi amigo Iturri su situación—dijo
hablando el castellano perfectamente.—¿Qué documentos tiene usted?
—Tengo el pasaporte del capitán general de la
Habana para dirigirme a Madrid—dijo Aviraneta.
—¿Quiere usted enseñármelo?
—Ahora vengo con él.
Aviraneta entró en su cuarto y volvió poco después
con unos papeles.
—He salido de la Habana con mi pasaporte pensando
ir a Madrid, pero como me he encontrado con esta agitación revolucionaria,
inesperada, no me he atrevido a entrar en mi país.
—¿Usted ha tenido que ver algo en
política?—preguntó el italiano mirándole por encima de sus lentes.
—Sí, en parte—murmuró Aviraneta—yo fuí miliciano
como otros muchos... obligado... y tuve que emigrar en 1823, pero no me he
mezclado nunca activamente en política.
El italiano contempló con desconfianza a su
interlocutor, después tomando el pasaporte comenzó a leerlo despacio.
—Está bien... en regla—fué diciendo mientras
leía—visado por el cónsul general francés del puerto de la Habana... falta la
presentación al consulado de España en Burdeos.
—Sí, ha sido un olvido—dijo Aviraneta.
—Esta falta—repuso el italiano—le imposibilita a
usted para entrar en España porque se le considerará a usted como sospechoso y
en el acto se le reducirá a prisión.
—Entonces no, no quiero entrar en España.
—Dígame usted. ¿Cuál es el plan de usted? ¿Qué es
lo que usted desea?
—Yo, la verdad, soy un hombre pacífico—afirmó
Aviraneta—si hay esos peligros de que usted habla, prefiero quedarme aquí. En
vez de visitar a mis parientes de Irún y San Sebastián, a quienes no he visto
hace años, les pediré que vengan a verme. Mi plan se reduce a estar en Bayona
un par de meses.
—Lo bastante para hacer la expedición que proyectan
los liberales españoles—dijo el italiano con ironía.
Lacy y Ochoa sonrieron.
—No, no—exclamó Aviraneta—eso la gente moza, yo ya
soy viejo para esos trotes.
—¡Hum! Quizás yo me engañe, pero no me pa[16]rece usted menos peligroso que estos jóvenes; en tal
caso más.
—Es usted muy amable, señor Pagani. No. Estoy
cansado de verdad. ¿Y cómo arreglaremos el asunto para que yo me pueda quedar
en Bayona?
—Yo lo arreglaré, y si quiere usted que no le
molesten no concurra usted a los cafés, porque están muy vigilados por los
agentes de los dos gobiernos y por los espías que tiene el señor de Calomarde
entre los mismos liberales.
—No tenga usted cuidado. No iré a los cafés.
—Su pasaporte de usted con los de los demás
españoles residentes aquí los colocaré en la subprefectura en carpeta separada
de los emigrados políticos y mañana por la mañana traeré a usted la carta de
seguridad con cuyo salvoconducto no le molestará la policía.
El señor Pagani se despidió de todos y al día
siguiente por la mañana volvió trayendo la carta de seguridad. Aviraneta le dió
un luis que al italiano debió parecer por los aspavientos que hizo al recibirlo
un verdadero capital.
Recomendó de nuevo a Aviraneta que tuviese cuidado
con quien hablaba y añadió que si alguna dificultad se le ofrecía no tenía más
que avisarle a la subprefectura por mediación de Iturri.
II.
ENTREVISTA CON MINA
Una de las condiciones características de
Aviraneta era el enterarse y darse cuenta rápidamente de una situación. Al
tercer día de su estancia en Bayona don Eugenio había hablado con los más
conspicuos constitucionales, sabía sus opiniones, lo que pensaban acerca de la
expedición que se estaba preparando, las simpatías y las antipatías que tenían.
Con su prudencia habitual de zorro encanecido en la
intriga, Aviraneta no se presentó en ningún sitio bullanguero ni paseó por las
calles en grupo con otros españoles.
La tarde del tercer día de su estancia en Bayona,
don Canuto Aguado le avisó para que acudiese a las nueve de la noche a su casa.
Aguado[18] vivía en un tercer piso de la calle de
Santa Catalina en el barrio de Saint Esprit, en un cuartucho barato, sórdido y
sombrío.
Aviraneta al anochecer, cenó, se embozó en la capa
y se marchó por el puente de barcas a Saint Esprit.
Al llegar a la calle de Santa Catalina buscó el
número hasta dar con él. Aguado se encontraba esperándole en el portal.
—Aquí está Mina—le dijo.—Le he avisado para que
hable con usted.
Aviraneta y Aguado subieron la estrecha escalera de
la casa, iluminándose con un cabo de vela, y entraron en un cuarto diminuto,
con un armario lleno de papeles. Sentado a la mesa, a la luz melancólica de un
pequeño quinqué de petróleo estaba el general don Francisco Espoz y Mina.
El general se levantó con trabajo y estrechó la
mano de Aviraneta. Aguado cerró la puerta del cuarto y los tres hombres se
sentaron. Estaba el caudillo de la guerra de la Independencia avejentado y con
aspecto de enfermo; tenía el pelo y las patillas blancas y las mejillas
hundidas; llevaba una chaqueta de tela gruesa, un pañuelo de lana en el cuello
y un capote sobre los hombros.
—Yo recuerdo haberle visto a usted...—dijo Mina
dirigiéndose a Aviraneta con un hablar inseguro y algo vacilante—si...
recuerdo, hará ya quince años... cuando la conspiración de Renovales creo que
era ¿no?... sí cuando la conspiración de Renovales. Entonces debía usted ser
muy joven.
—Tenía veintitrés años.
—¿Y qué ha hecho usted desde esa época?
—¡Oh, tantas cosas! que ya no me acuerdo.
Aviraneta contó rápidamente cómo había sido
ayudante del Empecinado, su viaje a Egipto y a Grecia, y después su estancia en
Méjico.
—Ultimamente he hecho la expedición a Tampico con
el brigadier Barradas—terminó diciendo—y por la defensa de este pueblo el
general Vives ha pedido al Gobierno la confirmación del empleo de Comisario
ordenador de Guerra. En este momento, cuando iba a tomar posesión del cargo,
llegó a la Habana la noticia de la Revolución de Julio de París, y a mí me
avisaron por la Venta Carbonaria lo que se intentaba. Esto me movió a
presentarme al capitán general y a manifestarle francamente mis deseos. Vives,
que es amigo mío, intentó disuadirme, pero viendo que era imposible me dió el
pasaporte para España.
Aviraneta lo mostró a Mina, quien lo leyó despacio
y después dijo:
—¿Y ahora qué piensa usted hacer?
—Me uniré a ustedes.
—El caso es—murmuró Mina—que yo no voy a poder
darle a usted cargo alguno en esta expedición... es tarde... cada cargo es una
nueva fuente de riñas y de rivalidades... sí; es verdad...; no hablo por
hablar, no... no sabe usted cómo están los míos, los que llaman ministas,
con los valdesistas y los gurreistas... yo quisiera... pero no puedo... cada
jefe quiere tener su partido y así no vamos a ninguna parte.
—Si no tengo cargo oficial trabajaré
independientemente.
—¿Usted puede entrar en España, Aviraneta?
—Estoy pregonado por el corregidor de Roa en la
causa del Empecinado, pero supongo que ese proceso estará ya sobreseído.
—¿Tiene usted parientes en España?
—Sí.
—¿En dónde?
—Aquí en el Norte, en San Sebastián y en Irún.
—Pues entonces podrá usted pasar. Si usted quiere,
yo haré que le firmen el pasaporte.
—No; de ir, iré sin pasaporte. Conozco el país[21] y tengo amistades en la frontera. Diga usted, mi
general, sus intenciones y sus planes; yo, conociéndolos, veré qué es lo que
puedo hacer.
—Está bien. Habla usted con franqueza..., y a pesar
de que yo tengo fama de zorro le hablaré a usted con la misma claridad. No
tengo interés en engañarle.
—Ni yo tampoco a usted, general.
—Lo comprendo. Bien, no le diga usted esto a
nadie... esto que le voy a decir... La gente lo sospecha... pero yo no quiero
confesarlo...: voy arrastrado a una expedición en la que no creo... que me
parece imposible pueda tener éxito...; usted me dirá ¿por qué he entrado en
ella?... Por los amigos...; me decían que yo, como más viejo..., con más
representación... quizás pudiera ordenar el movimiento... No se ha podido hacer
nada...; mis informes me hacen creer que hay traidores en nuestro campo, que el
Gobierno está advertido... y que vamos al fracaso.
—¿Y no se puede aplazar esto?—preguntó Aviraneta.
—No. Ya me echan la culpa a mí de las
dilaciones...; el general Gerard me recomendó que esperase...; creí que haría
algo por nosotros, y nada... ahora si no marcho todo el mundo dirá[22] que yo he entorpecido la expedición... que soy un
traidor..., y voy a marchar... Si usted hubiese venido... antes... cuando
organizábamos nuestras tropas... le hubiera nombrado jefe de una de ellas, pero
esto está constituído... mal constituído... pero ¿qué se va a hacer?
-Ah. Nada. De eso no hay que hablar.
—Si usted hubiese venido antes, Aviraneta, yo le
hubiese encomendado un trabajo comprometido... y peligroso.
—¿Cuál?
Mina se detuvo, palideció y murmuró llevándose la
mano al costado.
—Estos días de otoño... las heridas... me
duelen...; dígale usted, Aguado, cuál era nuestro proyecto.
—La idea del general—dijo Aguado—era no emprender
esta expedición sin tener un apoyo en la península. Hubiésemos querido contar
con San Sebastián y con Santoña antes de comenzar el movimiento en la frontera.
Las dos plazas son fuertes e importantes. Con San Sebastián y Pasajes
tendríamos la defensa de la costa y el paso abierto a la frontera; con Santoña
podíamos defender la parte de Santander, tener abierto el camino de Burgos
hacia Madrid y marchando mal[23] defendernos de las
tropas que vinieran de Vizcaya en el portillo de Gibaja y en la barca de Treto,
y de los que llegasen de Burgos o de Asturias en la línea de Torrelavega.
—¿Y por qué no han intentado ustedes eso?
—Amigo Aviraneta—dijo Mina, ya un tanto aliviado
del dolor,—nadie ha estudiado con calma nuestros proyectos... Todo el mundo
cree que basta presentarse en la frontera... echar un discurso... para que el
pueblo venga con nosotros...
—¿Y no dieron ustedes, mi general, algunos
pasos?—preguntó Aviraneta.
—Sí; yo había escrito a algunos amigos de San
Sebastián... diciéndoles que esperaran órdenes.
—¿Tiene usted allí amigos de confianza?
—Sí. Legarda, Amilibia, Baroja... y sobre todo
Lorenzo Alzate.
—Alzate es primo mío. ¿Y cree usted, mi general,
que ya no se puede hacer tentativa alguna en ese sentido?
—Eso creo.
—Yo volveré de nuevo a estudiar la cuestión y
hablaré con usted.
—¿Ah, bien... muy bien!... ¿Qué, nos vamos?
—Sí—dijo Aguado.—Encienda usted la vela, Aviraneta.
Den Eugenio encendió una pajuela y luego el cabo de
vela, y Aguado apagó el quinqué.
Aviraneta tomó el candelero, y Mina, apoyado del
brazo de Aguado, bajó las escaleras y montó en un cochecito que había en la
calle esperándole. Aguado y Aviraneta marcharon a Bayona por el puente.
III.
CONVERSACIÓN CON AGUADO
Estaba lloviendo; ni Aguado ni Aviraneta
tenían ganas de entrar en sus casas, y se metieron en los soportales del Puente
Nuevo.
—¿Qué le ha parecido a usted, Mina?—le preguntó
Aguado.
—Sencillo, atento. Me lo figuraba así—dijo
Aviraneta.—¿La opinión íntima acerca de la expedición que se proyecta es la que
ha expuesto?
—Sí.
—¿No hay alguna cosa que nos haya callado?
—No. Es decir, no ha insistido en las diferencias
que hay entre nosotros.
—¿Y cómo no se ha zafado de esta empresa, en la que
tiene tan poca confianza?
—Esta pregunta me demuestra que lleva usted lejos
de nosotros mucho tiempo—dijo Aguado.—Usted le ha conocido a Mina cuando era un
general liberal, uno de tantos; hoy es el mayor prestigio del liberalismo
activo y no se puede zafar de una empresa así como en tiempo de Renovales. Mina
viene arrastrado. A raíz de la Revolución de 1830, Mina se encontraba en los
baños de Bath. Se le escribió contándole con detalles las jornadas de Julio.
Los emigrados que habían acudido a París creían que aquella era la ocasión
propicia para emprender un movimiento favorable, con la ayuda de los liberales
franceses y del Gobierno de Luis Felipe.
—Y lo era, sin duda.
—Mina—siguió diciendo Aguado—se trasladó a París,
conferenció con los emigrados españoles y quedó de acuerdo con ellos en hacer
una intentona en la frontera, con ciertas condiciones. Decidido esto, Mina tuvo
una conferencia secreta con el ministro de la Guerra, general Gerard.
—Y Gerard ¿qué dijo?
—Gerard recibió muy bien al guerrillero español, y
le dijo que preparase su expedición a la chita callando. Mina fué también en
compañía de Toreno a visitar al general Lafayette, pero no le[27] pudo
ver. Mina quería formar una falanje con los prestigios del liberalismo
internacional y lanzarla sobre la frontera española.
—Era una magnífica idea.
—Y era lo que habían prometido todos. Ya que los
franceses habían acabado con la libertad en España en 1823, justo era que
intentaran restablecerla cuando pudieran. Sin embargo, no han hecho nada.
—No me choca. El francés siempre ha sido egoísta y
roñoso para los demás.
—Mina quería el mando único, y tenía razón, porque
lo que se intenta no es una revolución, sino un movimiento militar. La
revolución, en tal caso vendrá después. Al mismo tiempo que Mina hacía sus
trabajos, un grupo de impacientes que querían obrar con independencia se puso
de acuerdo con Calvo y con Ardouin el banquero, que tenían hechos empréstitos a
España desde la primera época constitucional, y los banqueros ofrecieron su
concurso. Llamaron a Mendizábal y le dieron fondos para los primeros trabajos,
y decidieron entre todos nombrar la Junta sin consultar con Mina.
—Siempre la divergencia y los celos—murmuró
Aviraneta.
—El Directorio provisional del levantamiento de
España contra la tiranía se formó en París y se trasladó en seguida a Bayona.
Desde aquí escribió a Mina preguntándole si se podría contar con él. Era en el
fondo una impertinencia. Mina, un poco molesto, contestó que sí y en la segunda
semana del mes de Septiembre se presentó en Bayona. El 22 de este mes se
verificó la primera Junta del Directorio provisional, y al día siguiente Mina,
violentándose un poco, manifestó públicamente su adhesión a ella. Desde el primer
momento comenzaron las rencillas y las diferencias.
—¿Por qué?
—Los partidarios de Torrijos y los militares
independientes veían que allí donde estuviera Mina naturalmente tenía que ser
la figura principal, cosa que no les agradaba.
—¿Pero hay algún motivo nuevo de odio?
—Ninguno. Las causas de esto son muchas y antiguas;
pero la más principal no es ideológica, sino de temperamento. Mina es un vasco
como usted, maquiavélico, de palabra confusa y enmarañada, pero por dentro,
claro, lucido y calculador. Sus enemigos Torrijos, Valdés, Alcalá Galiano, San
Miguel, López Baños y otros mu[29]chos son castellanos,
andaluces, asturianos, más fáciles de palabra, más conceptuosos, más
retóricos...
—Por una cosa o por otra, los españoles siempre
estamos así—dijo Aviraneta con amargura.—Empiezo a sentir el haber venido.
Allí, al menos, en Cuba tenía asegurada mi existencia.
—Sí, será verdad; pero no se puede vivir más que en
el propio país; lo demás es vegetar, llevar una vida mísera y disminuída.
—En eso tiene usted razón. Lo que yo no comprendo
bien es por qué si Mina no tiene defectos no se le unen los demás.
—Es que los tiene. Uno de los defectos del general,
que a veces es un medio de defensa, es la desconfianza excesiva; otro es su
tendencia burocrática y reglamentaria. Mina, que ha conspirado desde la primera
emigración, está siempre en guardia con cualquiera que se le acerque; en
cambio, Torrijos y Valdés son más efusivos y, al parecer, más francos. Mina
trata a sus enemigos por el silencio, no habla de ellos; cosa que irrita; en
cambio sus enemigos le intentan desacreditar. Se ha llegado a decir que Mina tiene
miedo. Los partidarios de Valdés y de los otros echaron a volar esta especie, y
un señor Chevallon, un francés maja[30]dero que venía con
unos miles de francos de la Junta de París, ha llegado a decírselo cara a cara
a Mina.
—¿Y Mina no le contestó con un puntapié?
—No, porque el general es hombre que se lo guarda
todo. Los enemigos han inventado otra porción de calumnias estúpidas.
—¿Y esto influye algo en la opinión?
—Nada. En España no se cree más que en el general.
—¿Y cómo no mandan ustedes agentes a España para
saber qué hacen allí?
—Los mandamos. Ahora tenemos algunos italianos
carbonarios esparcidos aquí por el Norte, gente activa; tenemos a José Monti,
napolitano, comerciante que vive en Vitoria y va a veces a Pamplona; a Pedro
Galloti en San Sebastián, que se sirve para sus informes de los quincalleros
paisanos suyos; a un tal Arrigoni, que ha ido a Santander, y a un D. Juan Rumi
en Gibraltar. Estábamos comenzando la organización. Este movimiento quizás eche
a abajo lo que habíamos preparado y tengamos que comenzar de nuevo.
—De todo esto se deduce que hay muy pocas
probabilidades de éxito—dijo Aviraneta.
—Sí; tal creo yo también.
—A pesar de esto—repuso Aviraneta—yo le voy a
hablar a Campillo. Si él quiere intentar algo en Santander, donde debe tener
amigos, yo iré a San Sebastián.
—Bueno—dijo Aguado;—ténganos usted al corriente de
lo que haya.
—Descuide usted—contestó D. Eugenio.
Y los dos hombres, después de darse la mano,
salieron de los arcos y se separaron.
IV.
LA TINTA SIMPÁTICA
Al día siguiente por la mañana Aviraneta contó
a Eusebio de Lacy y a Ochoa lo que había hablado con Mina y con el intendente
Aguado; expuso a los dos jóvenes su plan, que lo aceptaron con entusiasmo, y
decidieron mandar un aviso a Campillo para hablar con él.
Le citaron para después de comer en el café del
Comercio. Estuvieron Lacy, Aviraneta, Campillo, en mesas separadas como si no
se conocieran, luego se levantaron uno tras otro, recorrieron el puente de
Saint Esprit, cruzaron el barrio de los judíos y fueron al campo por la
carretera de Burdeos.
Se sentaron en un ribazo al pie de un olmo, y
Aviraneta contó su conversación con Mina y explicó su idea de tantear San
Sebastián y Santoña, y las ventajas que tendría de poder realizarse su
proyecto.
Campillo no era de los enemigos declarados de Mina,
pero desconfiaba.
—¿Y cuál es el plan de usted?—preguntó Campillo.
—Mi plan sería contar con San Sebastián y con
Santoña antes de la expedición. Teniendo estas ciudades y asegurado el paso de
San Sebastián por la frontera, se podría hacer mucho.
—Ah, claro. ¿Y contaba usted conmigo para trabajar
en Santoña?
—Sí.
—Pues, hombre, no puede ser. Yo soy demasiado
conocido en mi tierra y me prenderían inmediatamente al llegar. ¿Usted piensa
entrar en San Sebastián?
—Es posible; pero no diga usted a nadie nada.
—Descuide usted, nadie lo sabrá. ¿Usted cree que se
podrá hacer algo?
—No sé; pero creo que vale la pena de verlo...
hablar con los oficiales y soldados, ver lo que piensan.
—¿Usted está convencido de que en esta ocasión Mina
obra de buena fe?
—¡Qué duda cabe!
Campillo quedó visiblemente preocupado. Dijo que el
espíritu público no era del todo hostil a los liberales en Santander, donde la
mayoría del comercio era liberal y de mucha influencia sobre la masa del
pueblo; pero, según él, fuera de la ciudad, en la parte rural, el vecindario
estaba sobrecogido por los voluntarios realistas fanatizados por el clero y
dominados por los caciques.
—¿No hay por los pueblos gente de la
nuestra?—preguntó Aviraneta.
—Cerca de Santander—contestó Campillo—vive un
hermano mío, capitán ilimitado, relacionado con otros oficiales que están en la
misma situación y cuentan con algunos soldados que sirvieron conmigo en la
guerra de la Independencia y en 1823; mas esto no basta. ¿Cómo quiere Mina
ganar la guarnición de Santoña?
—Si se llegara a este caso—contestó Aviraneta—se
necesitaría dinero para sobornar a los sargentos y a la tropa.
—No sé si con los jefes y oficiales que hay en
Santoña se podrá contar—dijo Campillo,—porque el batallón que ha reemplazado al
que había es[36] nuevo en el país. Los jefes y
oficiales de los Cuerpos facultativos son también nuevos y no conozco a
ninguno.
—Para sondear los ánimos de la guarnición de la
plaza ¿no encontraríamos algún agente sagaz que fuera de los nuestros?—preguntó
Aviraneta.
—Mejor que nadie, mi hermano. No está significado
por liberal—contestó Campillo.—¿Pero cómo entendernos con él, habiendo, como
hay, tan gran vigilancia en los correos?
Aviraneta dijo que había tintas simpáticas; pero
era indispensable que el corresponsal supiese emplearlas.
Después de hablar largo rato y de hacer cábalas
acerca de lo que podía pasar, volvieron al pueblo los tres separados. Aviraneta
escribió a su primo Lorenzo de Alzate diciéndole que estaba en Bayona, e hizo
pasar la carta con una cascarota de Ciburu. Citaba a su primo para la semana
próxima.
Los días siguientes Aviraneta fué con Lacy y Ochoa
a casa de su antiguo amigo Juan Olavarría, donde acudían de tertulia Mancha,
Peman, el coronel Núñez Arenas y algunos otros militares en su mayoría
partidarios de Valdés.
Uno de los contertulios amigo de Mina era Ramón
Corres. Corres parecía un hombre pacífico y grave aunque en realidad no lo
fuese tanto.
Corres había tomado parte en la guerra de la
Independencia y en las luchas del 20 al 23 en las que se batió con denuedo a
las órdenes de Labisbal. Después emigró, fué a la isla de Jersey y allí se
estableció de chocolatero, oficio que tenía en Marañón antes de la guerra de la
Independencia. Corres estaba dispuesto a seguir a Mina. En la tertulia de
Olavarría se celebraba su candidez y su simplicidad.
Una de estas noches al salir de casa de Olavarría
se encontraron Aviraneta y Lacy con Campillo. Como llovía a chaparrón fueron a
pasear a los arcos de la Galuperie, que en aquel momento estaban desiertos.
Campillo dijo que acababa de entrar en el Adour un
quechemarin de Santoña; que el patrón, un convecino suyo, era un hombre honrado
y de toda su confianza, y que había pasado la tarde y parte de la noche en su
compañía.
—Le he esperado a usted para decirle que se
presenta una buena ocasión para escribir a mi hermano; y como yo no sé poner
las cosas en claro, quisiera que lo hiciera usted.
—Muy bien—dijo Aviraneta.—¿Cuánto tiempo va a estar
aquí el quechemarin?
—Estará un par de días.
—Entonces hay que escribir en seguida.
—Sí.
—Bueno; ahora me pondré yo a redactar las
instrucciones, mañana las consultaré con usted y con Mina, y si están ustedes
conformes las escribiré con tinta simpática y le enseñaré al patrón del barco
la manera de emplear el reactivo para que él, a su vez, se la enseñe a su
hermano de usted y aparezca lo escrito.
—Muy bien.
Salieron de los arcos de la Galuperie y fueron a
casa. Aviraneta y Lacy se encerraron en un cuarto de la fonda de Iturri y
estuvieron escribiendo disposiciones durante toda la noche, buscando el modo de
sintetizar y de poner las cosas claras.
Durmieron un poco por la madrugada, y a media
mañana Aviraneta buscó a Aguado y en su compañía fué a leer su plan a Mina. El
general estaba en la cama. Oyó atentamente lo escrito por Aviraneta, y dijo:
—Está bien, muy bien. Es usted un maestro.
Después le leyeron las clausulas a Campillo, que
también dió su aprobación.
Aviraneta escribió entonces con tinta simpática y
con letra muy apretada sus indicaciones. Encima redactó, de manera corriente,
una carta de comercio.
Llegó el patrón del quechemarin, se le enseñó la
carta y se le dijo la manera de descubrir lo escrito con tinta simpática
empleando el frasquito del reactivo.
Al anochecer, Lacy, Campillo y Aviraneta vieron
cómo el quechemarin salía hacia la boca del Adour remolcado por una lancha.
V.
PREPARATIVOS
Se aproximaba el momento de la acción, y por
ninguna parte aparecía la unidad del plan necesario para una empresa de aquella
índole. A las divergencias de los españoles iban añadiendo las suyas los
franceses, los italianos y los polacos que se mezclaban entre ellos.
Los entusiastas habían conseguido que el general
Mina se reconciliase oficialmente con sus enemigos Valdés y Chapalangarra. La
reconciliación era falsa, sobre todo por parte de Valdés.
Cada caudillo comenzó a ocupar su punto
estratégico.
Don Gaspar de Jáuregui, que tenía su banderín de
enganche en Bayona, había formado una com[42]pañía de
oficiales vascongados de la guerra de la Independencia.
Chapalangarra reunía sus tropas en Cambó, Méndez
Vigo en Mauleón.
En San Juan de Pie de Puerto se iban alistando
algunos voluntarios bajo la dirección del coronel de la antigua División de
Navarra del tiempo de la guerra de la Independencia, D. Pedro Antonio de
Barrena y de D. Félix Sarasa, que estaba con su hijo llamado Cholin.
Por la parte de Oloron había también sus
voluntarios navarros y aragoneses, que se iban reuniendo a las órdenes de D.
Patricio Domínguez, del jefe de batallón Moncasi y del canónigo don Lorenzo
Barber. Mina envió a Oloron al coronel D. Alejandro O'Donnell en calidad de
jefe de la plana mayor, para resolver las dificultades técnicas.
Gurrea había recorrido el Alto Aragón con el nombre
de Antonio Gabara, y había hablado a sus amigos. Después se estableció en
Bagneres de Luchon, donde se le fueron reuniendo sus partidarios. Se decía que
uno de los que le seguirían sería el antiguo cabecilla absolutista Seperes,
alias Caragol.
A pesar de que los entusiastas e impacientes no[43] hablaban más que de éxitos y aseguraban que
presentarse en la frontera y marchar triunfantes y sin obstáculo a Madrid sería
todo uno, no se advertían más que dificultades y síntomas de discordia y de
descomposición.
Cada grupo llevaba una política contraria.
La Junta masónica de Bayona hablaba en sus
comunicaciones solapadamente contra Mina; los carbonarios hacían la guerra a
los masones y mandaban proclamas confusas precedidas de estas iniciales:
U y L.
que quería decir Unión y Libertad, y terminaban con
este grito:
¡Vivan los h. de S. T.!
lo que para los iniciados significaba: ¡Vivan los
hijos de San Teobaldo!
Los partidarios de Valdés afirmaban en todas partes
que Mina era un traidor vendido a Calomarde; los de Méndez Vigo decían que
Valdés era tan reaccionario y tan pastelero como Mina.
La discusión iba en aumento; los ministas los
valdesistas, los gurreistas, los masones, los comuneros, los carbonarios, los
franceses, los italianos y los polacos no hacían más que intrigar y echar[44]se en cara unos a otros la culpa de lo que ocurría.
En primeros de Octubre, Valdés, Chapalangarra y
Méndez Vigo volvieron a reñir con Mina y dijeron que desconfiaban de sus
dilaciones.
El Gobierno de Calomarde mientras tanto estaba
sobre aviso. No se permitía la entrada en España de ningún papel de carácter
liberal. Se había establecido en la frontera una policía militar y el espionaje
era perfecto. Se supo que entraron en España varios números del Representante
del Pueblo, que se publicaba en Londres en francés, y del Precursor,
que se imprimía en castellano en París, y se llegaron a coger, número por
número, todos. Cierto que se abría la correspondencia con una perfecta
impunidad.
Las precauciones del Gobierno eran tales y su
presteza y actividad tan extremadas, que hacían imposible que una acción tan
desperdigada, tan anárquica y tan mal dirigida como la de los emigrados pudiera
tener éxito.
VI.
LAS IDEAS DE TILLY
Al día siguiente de enviar la carta a Santoña
con el patrón del quechemarin se presentó Jorge Tilly en la fonda de Iturri.
Venía de San Sebastián, en compañía de un joven
inglés alto, moreno, de cabeza pequeña y enérgica. Habían estado los dos en
Madrid, en Sevilla y en Barcelona. Tilly traía mucho que contar; había tenido
una serie de aventuras y de amores muy extraños.
Lacy presentó su amigo Tilly a Aviraneta, quien le
hizo una porción de preguntas relativas a la situación política; todo parecía
confirmar que el Gobierno español estaba admirablemente preparado.
—¿Enseñaste mi carta?—dijo Tilly a Lacy.
—Sí.
—¿Y qué dijeron?
—Muchos creyeron que era una fantasía. Respecto del
comandante Oro se duda...
—¿Cómo que se duda? ¡Si ya está en España
trabajando por Calomarde!
—¿De verdad?
—Sí, él, el francés Husson de Jour y un español, D.
Manuel Ruiz, estaban en Vitoria cuando yo he pasado por allí.
Tilly venía con un gran caudal de impresiones
nuevas de la península; su punto de vista general era creer que España era un
país aparte de los otros.
En los días siguientes se estableció entre Tilly y
Aviraneta una relación cortés y de suspicacia ambos se hablaban como para
estudiarse; parecía que se habían adivinado los dos como intrigantes, y estaban
en guardia.
—He conocido a un Tilly hace unos años—le dijo
Aviraneta.—Venía de Jersey.
—Sí, probablemente algún pariente mío.
—¿No lo sabe usted?
—No; somos tantos los Tillys, que no hay manera de
saberlo. Los hay franceses, los hay alemanes, los hay españoles...; unos son
liberales, otros reaccionarios.
—El que yo conocía creo que era conde.
—Quizás; había un conde, tío de mi padre. No sé
más. Como le digo a usted, no conozco la historia de estos Tillys. Respecto a
mí, sólo sé que mi padre desapareció de casa hace años y que probablemente
murió; mis hermanos están ahora con unos tíos, excepto una hermana que se
encuentra en San Sebastián.
—¿Y tú pensarás sacar adelante a tu familia?—dijo
Lacy.
—Yo pienso ver cómo salgo adelante yo. Cada cual
que se las arregle como pueda.
Lacy no veía con agrado tan tranquilo egoísmo y
afeó este sentimiento de su camarada; pero Tilly se rió; él creía que el ser
egoísta era una condición necesaria para la vida.
—¿Y tu hermana?—le preguntó Lacy.
—Está en San Sebastián con unas señoras amigas,
pero no quiere quedarse con ellas; me ha dicho que el mejor día se escapará.
—¿Sigue tan voluntariosa como antes?
—Igual; no ha variado nada.
A Tilly no le gustaba mucho hablar de la familia, y
siguió exponiendo sus ideas. Era un producto de corrupción, de inmoralidad, y
veía todo lo que fuera intriga con gran simpatía.
Aviraneta, a quien chocaba las ideas del joven, le
preguntó:
—¿Dónde ha estudiado usted?
—En un colegio de frailes, en Rennes, donde, la
verdad, creo que no aprendí nada de provecho. Lacy fué mi condiscípulo.
—Entonces era un tanto místico—dijo Lacy riendo.
—Luego he ido aprendiendo un poco—añadió Lacy—a
fuerza de curiosidad y de algún ingenio. He leído en historias y en memorias la
vida de Napoleón, de Fouché y de Talleyrand.
—¡Buena enseñanza!—exclamó Lacy.—Creo que hubiera
sido mejor que hubieses leído Las Vidas Paralelas de Plutarco.
—Yo no lo creo así. De conocer, conozcamos la vida
actual. Aprendamos un poco lo que es en una historia no falsificada y que puede
comprobarse.
—Creo que en esos libros que has leído no se
aprende más que a mentir.
—El que lucha para elevarse tiene que
mentir—replicó Tilly,—por mucha suerte y por muy bien que le vayan las cosas
tendrá que mentir. Ahí está el caso de Napoleón.
—¡Tipo repugnante este Napoleón!—exclamó[49] Lacy.—Yo antes tenía entusiasmo por él. Ahora que
conozco su historia, no. Es de una falta de nobleza y de simpatía, de un
egoísmo tan bajo que repugna. Su epopeya es en gran parte una novela, una
historia falsa amañada, ¡Avanza de una manera tan vil! Se casa con una vieja
intrigante que es la querida de su protector Barras y que ha sido una
cortesana, y va avanzando con ella hasta que le da un puntapié. Las alocuciones
no las escribe él, las batallas no las gana siempre él, pero él se aprovecha
siempre de todo.
—Esa es la política—dijo Tilly.
—Yo veo en Napoleón la falta absoluta de gracia y
de humanidad—siguió diciendo Lacy.—Carlos V, el gran Federico, Gustavo Adolfo,
tienen gracia, son a veces humanos; Napoleón es la quintaesencia de la
bestialidad y del egoísmo. Si yo hubiera nacido en su tiempo y hubiera sido
francés, hubiera sido partidario de Babeuf.
—Yo también—dijo Aviraneta;—pero eso no importa. Yo
estoy conforme con usted en que Napoleón no era simpático; pero aun así era una
fuerza, y ¡qué fuerza!
—Una fuerza de egoísmo.
—Todos obramos por egoísmo—afirmó Tilly—y todos
empleamos la mentira.
—Todos, no.
—Yo sí. Yo me siento el eje del universo. Respecto
a la mentira, muchas veces cuando necesito un dato para completar un plan lo
invento.
—Eso es absurdo.
—El señor Tilly nos va a dejar muy atrás a los
discípulos de Maquiavelo—dijo Aviraneta con ironía;—le tendremos que decir como
Talleyrand a Fouché, cuando éste hizo una de sus hábiles maniobras ante Luis
XVIII: Je vous salue mon mâitre.
—Usted, señor Aviraneta, nunca será discípulo mío,
sino mi maestro—replicó Tilly con su impasibilidad habitual.—Si entre los
liberales españoles hubiera muchos hombres como usted, de otro modo irían los
asuntos.
—¿Así que para ti los liberales españoles lo hacen
mal?—preguntó Lacy.
—Muy mal.
—¿Por qué?
—No obran con rapidez y con energía. Su historia es
una historia de vacilaciones. Cuando tuvieron al rey en sus manos, en 1823,
debieron haber acabado con él.
—Hubiera quedado el hermano.
—Matar a toda la familia.
—¿Tú lo hubieras hecho?
—Yo, sí.
—Obrando de una manera violenta se hubieran
precipitado los acontecimientos—dijo Aviraneta, que era de la misma manera de
pensar.
Después de hablar de política, Lacy le preguntó a
Tilly por su amiga lady Russell.
—La voy a dejar—dijo Tilly.
—Pues ¿por qué?
—Me estorba.
—La vas a dar un disgusto.
—Bah. Ya se consolará. Esa clase de mujeres
necesitan hombres jóvenes. Cuando yo le deje le tomará otro.
—¡Esa clase de mujeres!—exclamó Lacy—ciertamente no
demuestras con esa frase ni ser muy agradecido ni muy amable.
—Hablo de ella por lo que es—contestó Tilly,
sencillez;—no tomo en cuenta sus beneficios como no tomaría sus perjuicios si
me los hubiera hecho.
Tilly pasó algún tiempo en Bayona, haciendo nuevas
conquistas y dando nuevos escándalos.
—El amigo de usted es un perdido—dijo Aviraneta a
Lacy.
—Sí; es un muchacho que va alimentando la[52] parte mala de su alma con la sustancia de la
buena; cada vez más cínico y más atrevido, va asesinando al buen muchacho que
había en él y va a terminar siendo un canalla.
VII.
VIAJE A SAN SEBASTIÁN
Unos días después de esta conversación
apareció en Bayona el primo de Aviraneta, don Lorenzo de Alzate, con el
pretexto de encargar a un grabador de metales unos sellos para el Ayuntamiento
de San Sebastián y comprar los útiles necesarios para hacer encuadernaciones,
pues pensaba dedicarse a este trabajo por gusto.
Alzate se hospedó en la fonda de Iturri, habló
largamente con D. Eugenio y visitó a Mina.
Era D. Lorenzo de Alzate hombre de mediana
estatura, de ojos garzos y vivos y de expresión amable.
Aviraneta le preguntó a su pariente si era muy
difícil entrar en España. Alzate dijo que sí, que[54] la
frontera estaba muy vigilada y que la policía militar tenía orden de examinar
detenidamente los pasaportes de los que entraban en España y de prender a los
sospechosos.
Aviraneta se enteró bien de otros extremos y
acompañó a su primo hasta el coche. Antes de salir preguntó al cochero:
—¿Tú conoces a Ganisch, a uno que tiene una taberna
en Behobia?
—Sí.
—Dile al pasar que mañana su amigo Eugenio, que ha
venido de Méjico, le esperará a las doce del día en el puente, del lado de
Francia.
—Bueno; ya se lo diré.
Se marchó D. Lorenzo de Alzate, y por la noche dijo
D. Eugenio en la fonda que iba a ir a San Sebastián.
Ochoa y Lacy pretendieron acompañarle.
—En tal caso prefiero que venga Ochoa.
—¿Por qué lo prefiere usted?—preguntó Lacy, picado.
—Porque usted no sabe vascuence y él sí.
—Ah, vamos.
Se decidió que fuera Ochoa. Este por la mañana pasó
por casa de su paisano Beunza, que tenía un pequeño establecimiento de coches
en la misma[55] calle de los Vascos, y le mandó
aparejar un tílburi.
Montaron Aviraneta y Ochoa y vieron antes de partir
a Tilly.
—¿Quiere usted algo para su hermana?—le preguntó
Ochoa.
—¿Va usted a verla?
—Sí, probablemente.
—Vive en la calle Mayor, número seis u ocho.
—La saludaré de su parte.
Aviraneta había torcido el gesto al oir la
conversación.
—Amigo Ochoa—murmuró;—cuando se toma una misión
difícil hay que pensar solamente en ella y no ser imprudente.
—¿Por qué lo dice usted?
—Porque esta conversación, que probablemente no la
habrá oído nadie, ha podido ser oída por alguien y sernos fatal.
—Tiene usted razón—murmuró Ochoa,
compungido;—tendré más precaución otra vez.
Al medio día llegaron a Behobia y esperaron a
Ganisch. Estaban comiendo en una posada, cuando apareció el antiguo amigo de
Aviraneta.
—¡Arrayua!—dijo Ganisch al ver a D. Eugenio.
¿De dónde vienes?
—De Méjico.
—¡De Méjico! ¡Qué! ¿Te has hecho rico?
—Poca cosa. ¿Y tú?
—¡Pse! Voy viviendo. ¿Qué queríais? ¿Entrar en
España?
—Sí.
—¿Adónde vais a ir?
—A San Sebastián.
—Bueno. Tendréis que ir de boyerizos y llevar cada
uno un carro de carbón. Así no os preguntará nadie nada.
—Iremos con los carros de carbón. Tú nos dirás las
instrucciones, dónde hay que dejarlos y demás.
—Sí; todo se os dirá.
—¿Cuándo pasamos a la otra orilla?
—Por la noche. Yo saldré enfrente de Azquen Portu
con una lancha y silbaré como en nuestros tiempos.
—Muy bien.
Comieron Aviraneta y Ochoa, pasaron la tarde en una
taberna de Behobia de Francia, y al anochecer, después de cenar, fueron
marchando por la orilla del Bidasoa hasta llegar frente a las casas de Azquen
Portu.
Apareció al poco rato Ganisch en su barca, silbó[57] de la manara convenida, saltaron los dos y pasaron
a la otra orilla y desembarcaron cerca de un caserío que se llamaba
Chapartiena.
—Podéis dormir aquí hasta la una—dijo Ganisch.—A
esa hora os despertaré.
Durmieron en Chapartiena y a media noche les
despertó Ganisch, le dió a cada uno una ropa vieja y una elástica azul y les
ayudó a uncir los bueyes. Luego les dijo lo que tenían que contestar a los
guardias y centinelas del camino.
Uno delante de otro, Aviraneta y Ochoa comenzaron a
marchar camino de Irún y después de San Sebastián. Mientras fué de noche no
hubo miedo; a las preguntas de los guardias contestaban en vascuence, como les
había dicho Ganisch.
Al hacerse de día tuvieron que tomar ciertas
precauciones.
—¿Qué tal estoy yo?—preguntó Aviraneta.
—Muy bien. Todavía creo que se puede usted ensuciar
la cara un poco más con carbón. ¿Y yo, estoy bien?
—Admirablemente. Parece que no ha hecho usted otra
cosa en su vida.
Y los dos, dando de cuando en cuando con el aguijón
en los cuernos de los bueyes y diciendo: ¡Aidá! ¡Aidá!, avanzaron hacia San
Sebastián.
No les ocurrió ningún percance en el camino.
Entraron en la ciudad por la puerta de Tierra y llevaron los carros, siguiendo
las instrucciones de Ganisch, a la parte de la muralla que llamaban la Brecha,
cerca del Cubo de Amezqueta, donde los descargaron. Comieron en una taberna, y
al anochecer Aviraneta se presentó en casa de Alzate, quien al verle en
aquellas trazas se quedó asombrado.
—¿Por qué no has venido conmigo?
—No quería comprometerte.
—¿Qué es lo que pretendes?
Aviraneta expuso su plan de trabajar la guarnición
de San Sebastián para que secundase el movimiento de los liberales.
—¿Por qué no me has dicho esto en Bayona?—preguntó
Alzate.
—Porque me hubieras intentado disuadir del
proyecto.
—Es verdad. Puesto que tú crees en la posibilidad
de ese plan, haremos juntos las gestiones, aunque de antemano te diré que la
cosa me parece imposible. Lávate, ponte una ropa limpia y vamos.
Alzate y Aviraneta salieron de casa y fueron a la
platería de D. Vicente Legarda.
—No está el principal—dijo el dependiente;—quizás
esté en la imprenta de Baroja.
Fueron a la Plaza de la Constitución y entraron en
los arcos. Alzate llamó con los nudillos en una puerta próxima al Ayuntamiento,
y pasaron adentro. El olor acre de la tinta de los rodillos y del papel mojado
denunciaba la imprenta. Pasaron la tienda y entraron en un taller bajo de
techo. A la luz de dos lámparas colgadas de un alambre, colocado
horizontalmente a cierta altura, se veían las cajas, las prensas, los tinteros
y las resmas de papel. En el techo había hileras de cuerdas de las que colgaban
papeles impresos.
Había varias personas en la imprenta. Al principio
al entrar en ella no se las veía. Uno estaba como en una hamaca sostenido en
las cuerdas del secadero de papeles, otro encaramado sobre las cajas y un
tercero encima de un montón de papel.
Alzate presentó a Aviraneta al impresor y a su
hermano y el impresor después presentó a don Eugenio a los que estaban allá que
eran Legarda, Zuaznavar, Orbegozo y Arrillaga. Todos ellos liberales se reunían
a comentar los sucesos del día en la imprenta de Baroja.
En esta imprenta se tiraba por entonces La
Estafeta, periódico realista de don Sebastián Mi[60]ñano
que había sucedido a la Gaceta de Bayona después de la
Revolución de Julio.
La protección de Miñano hacía que aquella imprenta
fuera un lugar seguro para los liberales. Aviraneta después de ser presentado
habló de las entrevistas que había celebrado con Mina y de la necesidad que
tenían de contar con una base de operaciones en San Sebastián. Cuando acabó de
explicarse Aviraneta, tomó la palabra uno de aquellos señores, el que estaba
sentado en las cuerdas del secadero, don Vicente Legarda.
Dijo que estaba bien pensado lo dicho por Aviraneta
lo cual no era obstáculo para que la realización del proyecto fuera muy difícil
o imposible. Respecto al espíritu público de San Sebastián en la mayoría del
pueblo era liberal, pero no se podía contar ni con la guarnición ni con el
elemento civil. El paisanaje no tenía contacto alguno con los soldados y a
éstos les estaba prohibido expresamente hablar con la gente de la ciudad.
—¿Y qué se podría hacer para ganar a los
oficiales?—preguntó Aviraneta.
—No sé—contestó Legarda.—Me parece una gran
temeridad emprender la seducción de los oficiales no contando con mucho dinero.
—¿No hay liberales en el ejército?
—Sí, pero estamos actualmente dominados por los
realistas. El capitán general D. Blas de Fournás es un francés realista, el
segundo cabo don Juan de la Porte-Despierres también; el jefe político
Gironella es indefinido, y el gobernador del Castillo de la Mota es como la
mayoría de los jefes acérrimo realista. Entre las autoridades de Marina ocurre
lo propio; D. Pedro Hurtado y D. Francisco Echezarreta son los dos
absolutistas. Como usted ve el momento no es muy propicio. Sin embargo, si se
cuenta con dinero intentaremos ganar a los cabos y a los sargentos,
principalmente a los del Castillo de la Mota que es la llave de la ciudad.
Ganados el castillo y la plaza se presentaría una nueva dificultad de mucho
bulto—añadió Legarda;—el proveer la ciudad de víveres necesarios para sostener
el sitio que nos pondrían por mar y tierra. El resultado inevitable sería
sucumbir a los pocos días atrayendo un sin fin de desgracias a la población y a
los que se comprometieran en la defensa. Por estas razones que me parecen de peso,
creo que el plan limitado al alzamiento único de San Sebastián no es práctico.
Si los emigrados contaran, como ha dicho Aviraneta, con la plaza de Santoña y
con elementos en el interior de España entonces sí se podría[62] esperar
el triunfo, y trabajaríamos con entusiasmo, pero repito que aun así no se puede
hacer nada más que a fuerza de mucho dinero.
Las palabras de Legarda eran sensatas, lógicas y
los que estaban en la imprenta las suscribieron. Alzate y Aviraneta se
despidieron de todos y salieron a la plaza.
Alzate llevó a dormir a su primo a una casa de su
confianza.
Al día siguiente Aviraneta quiso hacer nuevos
intentos; por la mañana Ochoa y él salieron con sus carros de carbón y los
llevaron a una venta del camino de Astigarraga. Al anochecer entraron de nuevo
en San Sebastián, y Aviraneta fué a visitar solo al barón de Carondelet y a dos
oficiales liberales. Después de su visita quedó convencido de que no se podía
hacer nada.
Al otro día al abrirse la puerta de Tierra salió
don Eugenio camino de Astigarraga. Una muchacha alta marchó casi al mismo
tiempo que él y se detuvo en la misma casa, a cuya puerta estaba Ochoa.
—¿Qué? ¿vamos?—preguntó Aviraneta.
—Sí, ya están uncidos los bueyes. Esta señorita
viene con nosotros.
—¿Esta señorita?
—Sí. Es la hermana de Tilly.
—¿Y qué extravagancia es esa de querer venir en un
carro?
—Así si me buscan no me encontrarán—replicó ella.
Margarita Tilly guardó la mantilla y se ató un
pañuelo a la cabeza a estilo de casera. Llevaba corpiño, delantal y alpargatas.
—Vamos—dijo y tomó una cesta al brazo, y comenzó a
marchar.
Margarita Tilly era una muchacha de cara larga y
expresiva, tenía los ojos azules, brillantes y oscuros, llenos de audacia, el
mentón algo pronunciado y el pelo rubio. Había cierta asimetría en su rostro,
aunque no tanta como en el de su hermano, asimetría que le daba gracia.
—No sé si le tomarán a usted por una aldeana—dijo
Aviraneta—me parece usted demasiado bonita.
—Muchas gracias, don Eugenio—exclamó ella riendo.
—No es galantería. Es precaución. Si a usted la
cogen la llevarán de nuevo a casa de sus parientes de San Sebastián, a nosotros
por de pronto nos meterán en la cárcel.
—Bah, don Eugenio. Usted no tiene miedo a eso.
—Parece que me conoce usted.
—Sí, Ochoa me ha hablado de usted.
—Cuando pasemos por los pueblos apártese usted de
nosotros y tome usted el aire más estúpido posible que pueda usted
tomar—recomendó Aviraneta.
—Bueno, así lo haré.
Varias veces Margarita subió al carro que dirigía
Aviraneta. Ochoa que iba detrás se le acercaba a echarla flores.
—¡Eh! ¡Eh!—decía Aviraneta.—¡Atzera! ¡Atzera! (¡Atrás!
¡Atrás!)
No ocurrió nada en el camino, pero al acercarse a
media tarde a Irún, Aviraneta se encontró con un viajero elegante que iba en un
cabriolé y que se paró al verle.
—¡Eugenio!—exclamó.
Aviraneta estuvo a punto de soltar el palo y echar
a correr.
El joven bajó del coche y exclamó:
—¿No me conoces?
—No.
—Joaquín Errazu, tu primo.
—¡Ah! Es verdad. Hace ya tanto tiempo que no te he
visto.
—¿Qué es esto? ¿Qué pasa? ¿Por qué vas así vestido?
Aviraneta explicó a Errazu lo que habían hecho.
—Esta señorita es una amiga nuestra que va a
reunirse con su hermano. Es la señorita de Tilly. ¿Tú no la podrías pasar a
Behobia en tu coche?
—Sí, con mucho gusto. Si quiere le daremos de
merendar en mi casa y luego la llevaremos a Behobia.
—Bueno. Ya sabe usted, Margarita.
Margarita se puso de nuevo la mantilla y montó en
el cabriolé.
Aviraneta y Ochoa llegaron a Azquen Portu, se
lavaron y cambiaron de ropa y poco después pasaron en lancha a la otra orilla
del Bidasoa.
En Behobia estaba Margarita en compañía de Errazu,
que se mostraba muy galante con ella. Montaron Margarita, Aviraneta y Ochoa en
el cochecito de Beunza y se dirigieron hacia Bayona.
—¿Está usted contenta del viaje?—preguntó Aviraneta
a Margarita.
—Contentísima.
—¿Le han tratado a usted bien mis parientes de
Irún?
—Como a una reina. Me han sentado a la mesa, al
lado del tío de usted, el cura, a tomar chocolate, y me han contado de usted
una porción de diabluras que hizo usted cuando era chico.
—El primo joven de don Eugenio creo que le
galanteaba a usted un poco—dijo Ochoa.
—¡Bah! De eso no hago caso.
Charlando los tres llegaron ya muy entrada la noche
a Bayona, y fueron a parar a la fonda de Iturri.
VIII.
FRACASA EL PROYECTO
Al día siguiente el general Mina, enterado de
la vuelta de Aviraneta, le invitó a comer a su casa. Don Eugenio fué
obsequiado, tanto por el general como por su señora doña Juana Vega, a quien
los íntimos llamaban doña Juanita.
—¿Qué impresiones trae usted de San
Sebastián?—preguntó Mina.
—Malas.
Y Aviraneta contó con detalles lo que le habían
dicho los militares y paisanos con quienes había hablado.
—¿Así no es posible que ellos hagan algo?
—Por ahora, nada. Si se pudiera retrasar el
movimiento, ¿quién sabe?
—No, no, ya no puede ser. Ya sabe usted lo que es
la gente... Ha habido quien se ha acercado a mí a decirme que no me fíe de
usted... Si propongo el aplazamiento, van a creer que soy un traidor.
—¿Qué haremos?—preguntó Aviraneta.
—Esperaremos a ver si le contestan a Campillo...
Avíseme usted en seguida que haya contestación... ¿Usted qué cree que se
necesitaría para sobornar una guarnición como la de San Sebastián?
—Yo me figuro que para empezar se necesitarían unos
cuarenta o cincuenta mil duros... quizás más.
—Es mucho dinero...; pero, en fin..., ¿quién
sabe?... Mendizábal es un hombre listo... comprenderá los motivos...
—Y si no tiene usted medios, ¿qué va usted a hacer,
general?
—Ya no tengo más remedio que lanzarme. Salga lo que
saliere.
Aviraneta dejó la casa del general y se reunió con
Lacy y con Ochoa, a quienes contó su entrevista.
Dos días después, por la mañana muy temprano se
presentó Campillo en la fonda de Iturri.
—Coja usted el frasquito del reactivo—le dijo a
Aviraneta;—creo que hay carta. Vamos a dar un paseo.
Campillo, Aviraneta y Lacy se dirigieron a Saint
Pierre de Irube y se metieron en una venta muy solitaria que se llamaba
Bidegañeche (la casa en lo alto del camino). Pidieron a la dueña de la venta un
cuartito y que les diera de almorzar. La dueña los subió al primer piso de la
casa, que tenía una gran ventana al campo. Cerraron la puerta, y Campillo dijo
que el patrón del quechemarin de Santoña había traído un pliego en blanco,
doblado, como si fuera papel para hacer cigarrillos y que suponía estuviera escrito
con tinta simpática.
Sacó don Eugenio la botellita del reactivo,
desdobló el pliego y lo untó con un pincel por sus cuatro caras. Campillo y
Lacy miraban con atención por si aparecían las letras. Al secarse el papel se
destacaron claramente.
La carta era del hermano de López Campillo; decía
que después de haberse enterado de las instrucciones, había comenzado sus
trabajos y comunicado sus planes a un comerciante amigo suyo, quien le dijo que
hablaría a los militares y le daría una respuesta en el plazo de tres días.
Al cabo de este tiempo el amigo le había dicho que
después de hablar con varias personas, entre ellas con el comandante de
artillería de la plaza y con algunos oficiales de la misma Arma, estaba
convencido de que todos se hallaban dispuestos a entrar en el movimiento
siempre que se contase con los jefes que ocupaban altos cargos. Estos eran el
gobernador de la plaza, brigadier Fleires; el teniente del rey, coronel D.
Diego Rodríguez, y el sargento, capitán don Juan Bautista Viola. Respecto al
gobernador militar de la provincia, D. Vicente González Moreno, se le tenía por
realista acérrimo y afiliado al Ángel Exterminador.
Los oficiales subalternos estaban dispuestos a
tomar parte en el alzamiento con ciertas condiciones. Estas eran: primera, que
Mina asumiese la responsabilidad de lo que se hiciera; segunda, que el mismo
general respondiera de que en el interior de la nación secundarían el
pronunciamiento, y tercera, que se les enviara fondos para ganar a los
sargentos y a los soldados.
Campillo quedó un poco extrañado de que en su país
como en el resto de España no hubiese más prestigio entre los liberales que el
de Mina. Se decidió leer la carta al auditor Aguado, y Lacy, Campillo y
Aviraneta salieron de Bidegañeche y[71] volvieron
hacia Bayona a buscar al auditor en su casa de Saint Esprit.
Aviraneta subió al piso, y dijo al auditor que
sería conveniente marchase a ver al general y le preguntase cuándo podían
leerle una carta importante.
Aguado tomó un coche de los que llamaban citadinas,
invitó a subir a Campillo, a Lacy y a Aviraneta, y fueron los cuatro a casa del
general. Este se hallaba en la cama.
Doña Juanita, la señora del guerrillero, pasó a los
visitantes a la alcoba.
Mina estaba macilento, demacrado; tenía un montón
de papeles sobre la cama. Oyó leer la carta del hermano de Campillo con
atención; estuvo largo rato pensativo, y dijo:
—Voy a reunir a los jefes y a Mendizábal y a
exponerles el asunto. Quisiera que comprendieran su importancia... Usted,
Aguado, podría ir a visitar mientras tanto al banquero Silva y explicarle el
caso.
—Bien. Iremos Aviraneta y yo.
—Para la noche tendrán ustedes la contestación.
Fueron Aviraneta y Aguado a la casa de Silva, un
banquero judío de Saint Esprit.
La casa era una casa pequeña y estaba en una[72] callejuela oscura y triste. Tenía un escaparate
reforzado por dentro con una alambrera.
Entraron en la oficina, que era un cuarto donde
escribían dos empleados. Se veía en ella una caja de caudales grande, empotrada
en la pared y una porción de legajos y de papeles.
Aguado dijo lo que quería y el empleado llamó en
una puerta, que se abrió chirriando y se volvió a cerrar.
El banquero era un hombre pálido de perfil judío,
muy fino, muy atento.
Escuchó sonriendo lo que le decían, y dijo que
hablaría a Mendizábal y que intentaría influir y hacer todo lo que estuviera de
su parte.
Al salir a la calle Aviraneta y Aguado oyeron risas
en un balcón, volvieron la cabeza y vieron dos muchachas de perfil aguileño y
de ojos negros, las dos muy bonitas, las hijas del banquero.
Salieron de casa de Silva. Aguado se quedó en Saint
Esprit, y dijo que por la noche al terminar la reunión de los caudillos en casa
de Mina iría a decirles el resultado a la fonda de Iturri...
Después de cenar se reunieron en el cuarto de
Aviraneta, Lacy, Ochoa y Campillo. La impaciencia hizo a Lacy abrir la ventana,
y para que no se viese la luz en la calle se apagó el quinqué. A[73] las once de la noche llegó Aguado. Ochoa fué a
abrirle la puerta; Lacy cerró la ventana y encendió la luz.
—¿Qué hay?—preguntaron con ansiedad al auditor.
—El proyecto está rechazado. Los demás jefes, a
quien ha expuesto Mina los propósitos de ustedes, han dicho que son inútiles.
Están tan obcecados, que creen que les ha de bastar presentarse en la frontera
para que toda España se les una.
—¡Qué idiotismo! Qué imbecilidad!—exclamó
Aviraneta.—¡Y tener que formar partido con esta gente! Es triste.
—¿Y no han dicho más?—preguntó Ochoa con sorna.
—Algunos han asegurado que hay agentes de Calomarde
que quieren desviar el movimiento.
—Puesto que los liberales españoles son tan
bestias—murmuró Aviraneta con ironía,—¡qué le vamos a hacer!
—Respecto a usted, amigo Aviraneta—siguió diciendo
Aguado,—se afirma que quiere usted recoger el fruto sin haber trabajado como
los demás.
—¡Qué asco de gente!
—Al salir de la reunión—terminó diciendo el[74] auditor—he visto a Jáuregui, que me ha indicado
que le diga a usted, Aviraneta, que hay siempre un puesto para usted en la
Compañía Sagrada que ha formado con antiguos oficiales.
—Bueno. Dele usted las gracias si le ve.
Se marchó Aguado y después Campillo; Lacy y Ochoa
se fueron a su cuarto.
IX.
AVIRANETA, DESPECHADO
Al día siguiente, a la hora del almuerzo, se
reunieron en la fonda de Iturri, Campillo, Lacy, Ochoa y Aviraneta.
—No le parece usted, don Eugenio—preguntó Lacy,—que
sería conveniente que todos siguiéramos el mismo camino y marcháramos con el
mismo jefe. Nosotros vamos con Valdés.
—Yo estoy comprometido con él hace tiempo—dijo
Campillo.
—Yo no pienso ir con nadie—repuso Aviraneta.—No
quiero ir dirigido por imbéciles.
—¡Pero don Eugenio!
—No, no. Ir con gente así, que no tiene medios, ni
un golpe de vista genial para marchar al fin, es[76] ir
a un fracaso, y a un fracaso ridículo. No, no, no voy. Sé cómo son estos
militares españoles, de una inutilidad, de una suficiencia y de una majadería
imponderables. Cuando hayan conducido la empresa al desastre se refugiarán en
las chinchorrerías, en los detalles... No, no.
Campillo se encogió de hombros y no dijo nada. Lacy
quiso convencer a Aviraneta.
—¿Pero de verdad no va usted a ir, don Eugenio?—le
preguntó.
—De verdad. Conozco la guerra. Es la cosa más
estúpida, más desordenada y sin objeto que pueda hacerse. Todo lo que no se
realice en política por la inteligencia y por el cálculo, es perfectamente
inútil. ¡La guerra! Unos hombres que van, otros que vienen, la mayoría sin
saber porqué; aquí que se corre, allí que se persigue, en este otro lado que se
fusila... plan, ninguno...; la casualidad...; no, no; me parece demasiado
imbécil.
—¿Pero va usted a negar hasta la táctica, el arte?
—No creo en tal arte. Me parece una mixtificación
de los militares. Yo no he visto en la guerra más que desorden, brutalidad y
estupidez. Casualidad, casualidad y casualidad.
—Pero hay una ciencia por encima de la casualidad y
de la barbarie—exclamó Lacy.
—Yo lo dudo mucho. Todo esto que hacen los
militares no se diferencia gran cosa de las pedreas de chicos.
—No, don Eugenio, no.
—Yo creo que sí. Nunca verá usted que un patán
pueda sustituir a un mecánico o a un matemático; en cambio, a un general lo
sustituye un cura, un campesino, cualquiera, y lo hace tan bien como él y a
veces mejor. Parece que cuando se ponen frente a frente dos bandos tiene que
haber un vencedor y un vencido. ¿Pero lo hay siempre? ¿Y cuando lo hay depende
de la ciencia? Esto es muy dudoso. No creo que se pueda hacer mucho caso de las
afirmaciones de estos pedantes de uniforme, porque en ellos la petulancia es moneda
corriente. En fin, querido Lacy, si usted toma parte en la intentona lo verá.
—¿Así que usted está decidido a no ir?
—Completamente decidido.
—¿Y qué va usted a hacer?
—Me quedaré aquí, o quizás vaya a Ustariz con
Tilly. Aquí, en Bayona, parece que va a haber una vigilancia molesta.
Por más que Lacy intentó nuevamente convencerle,
Aviraneta se aferró a decir que no iba.
Ochoa y Lacy marcharían los dos con Valdés; pocos
días más tarde se presentó Malpica a tomar el mando de su gente. Venía en
compañía del tío Juan el guardabosque, y de Alí, el asistente de Víctor
Darracq.
X.
ORDEN DE MARCHA
El 9 de Octubre, después de largas
diligencias, los jefes liberales firmaron un acuerdo de acatar las órdenes de
Mina. Unicamente no quisieron aceptar su jefatura Valdés, Méndez Vigo y
Chapalangarra.
Estaba ya dispuesto el plan general de la invasión.
Por Vera entraría Mina con todo su Estado Mayor,
formado por los generales Butrón, López Baños, Jáuregui, Iriarte, etc.
Por Urdax, a tomar el camino de Elizondo y
apoderarse del valle del Baztán, pasaría el coronel Valdés, nombrado por la
Junta revolucionaria mariscal de campo.
Por Valcarlos, a seguir el camino de Pamplona, iría
Chapalangarra con un ciento de voluntarios parisienses y algunos aventureros
españoles, entre ellos el poeta Espronceda.
Por los Alduides cruzaría el general Espinosa, que
se encargaría del mando de Navarra. Parte de sus tropas, al mando de Barrena,
Sarasa y León Iriarte, avanzarían al oeste en dirección del Baztán.
Con esto, las tropas destacadas hacia la parte
occidental de los Pirineos por el Gobierno de Fernando tendrían que dividirse.
Algunas de ellas, comprometidas, se esperaba que hicieran causa común con los
liberales.
Mientras Sarasa y Barrena levantaban el Baztán,
Espinosa, marchando al Este, provocaría el alzamiento de los valles más
liberales de las Aezcoas y del Roncal, que se darían luego la mano con los
valles del Pirineo aragonés en donde operaría el general Plasencia.
Mina, dejando partidas que recorrieran los puntos
desde Urdax hasta Irún para conservar las comunicaciones con Francia, y obrando
en combinación con las fuerzas de la columna de Espinosa debía llamar sobre sí
la atención del grueso del ejército español.
El general Plasencia se correría por Oloron,
llevando a sus órdenes al coronel Domínguez, al canónigo Barber y algunos otros
conocedores del país.
Méndez Vigo, con sus doscientos hombres, la mayoría
carbonarios italianos y polacos, le secundaría avanzando hacia el Roncal. Se le
reuniría después Vázquez Roselló que se encontraba en Orthez.
Gurrea, que estaba en Bagneres de Bigorre, operaría
en el Alto Aragón.
En Cataluña, la mayoría de los militares que
pensaban tomar parte en la empresa era poco adicta a Mina, pero casi todos
ellos se habían comprometido a cooperar en el movimiento.
Don Evaristo San Miguel, nada afecto al caudillo
navarro, había recibido un mando de la Junta de Bayona, que llamaban minista, y
fué a Perpiñán a reunirse con el ex diputado D. José Grases, amigo de Torrijos,
para preparar la entrada en Cataluña.
Una de las columnas la mandaría Milans del Bosch
llevando a Baiges como segundo; otra Miranda, y pasarían ambas por la Junquera.
La tercera columna, al mando de San Miguel, entraría por Andorra.
En combinación con los movimientos en la frontera
francesa, se esperaba la salida de Torrijos, Manzanares y Palarea, que
partirían de Gibraltar y marcharían por la carretera hacia Madrid. La tropa de
Marina y la guarnición de Cádiz estaba, según se decía, ganada por los
liberales.
XI.
LOS REALISTAS
El Gobierno de Calomarde no se dormía mientras
tanto. Se dieron órdenes rigurosísimas para vigilar la frontera, y se pusieron
a precio las cabezas de Mina, Jáuregui y otros jefes.
Calomarde excitó el celo y prometió recompensas a
los militares. Toda la plana mayor del realismo se preparó con entusiasmo para
rechazar la anunciada invasión de los constitucionales.
El general D. Manuel Llauder, virrey de Navarra,
con el segundo cabo de la plaza de Pamplona, D. Santos Ladrón, comenzó a pasar
revista a sus fuerzas; el capitán general de Guipúzcoa, don Blas de Fournás,
preparó las suyas.
Al mismo tiempo los tercios realistas, mandados por
Verástegui, Eraso, Juanito el de la Rochapea (Juan Villanueva), Uranga y Sáinz
de Pedro, se acercaron a la frontera.
El tercer batallón del regimiento del Príncipe se
trasladó de Zaragoza a Jaca y de aquí al valle del Baztán avanzando hacia el
Bidasoa. Se acercaron a Vera dos batallones de Cazadores y el regimiento de
Mallorca. El primer batallón de la Guardia de Honor de Bilbao se estableció en
Hernani.
Las instrucciones que había recibido Llauder eran
terribles. Por los decretos del 16 de Septiembre y de 1.º de Octubre, todos
cuantos cayeran en sus manos debían ser inmediatamente pasados por las armas.
El 11 de Octubre se le previno a Llauder para que
no diera cuartel.
Llauder era un cuco, que no creía que el
absolutismo fuera eterno, y mandó a su ayudante a Madrid para que se presentara
a Fernando VII y le intentara convencer de que una severidad excesiva sería
perjudicial. En el momento de la lucha, Llauder dejó escapar algunos grupos de
liberales que hubiera apresado con facilidad de proponérselo.
Los tercios realistas, de los cuales tenían que
salir cuatro años después los partidarios de don Carlos, se movieron con
entusiasmo fanático. A ellos no había necesidad de recomendarles que no[85] dieran cuartel. Estaban dispuestos a matar con una
fe digna de buenos cristianos.
De estos tercios, Alava dió un gran contingente. De
Vitoria salieron cuarenta compañías formando tres columnas. Una la mandaba D.
Valentín de Verástegui; fué a Tolosa y de aquí se acercó a Oyarzun y a la peña
de Aya; otra salió a las órdenes del coronel D. José Uranga y se dirigió por
Salvatierra a Cegama y a Segura y de aquí a la frontera; la tercera, mandada
por D. Casimiro Sáinz de Pedro, avanzó por Santa Cruz de Campezu a tomar el
camino de Estella y después el de la alta Navarra.
Guipúzcoa tenía ya de antemano algunas compañías de
voluntarios realistas en Irún; más tarde, a instancias del general realista
Villalobos, la Diputación envió dos batallones completos de refuerzo, quedando
los seis restantes en San Sebastián dispuestos para acudir al primer aviso al
sitio indicado.
En Navarra, D. Juan Villanueva (Juanito) con el
teniente D. Miguel de Sagastibelza se acercó al valle del Baztán, y D.
Francisco Benito Eraso se presentó en la frontera por el lado de Burguete a
vigilar sus inmediaciones.
LIBRO SEGUNDO
EN USTARIZ
I.
AVIRANETA Y TILLY
Aviraneta y Tilly se pusieron de acuerdo para
ir a pasar unos días a Ustariz, y alquilaron cuartos en la Veleta. A Tilly le
acompañó su hermana Margarita.
Aviraneta llevaba la idea de matar el tiempo
leyendo. La primera semana estuvo encerrado en su cuarto; salía únicamente los
días buenos a tomar el sol por las tardes.
Don Eugenio se había suscrito a un gabinete de
lectura de Bayona, y se llevó los quince volúmenes de la obra de Jomini, la
Historia crítica y militar de las campañas de la Revolución de 1792 a 1801, y
las Historias de la Revolución francesa, de Mignet y de Thiers, que acababan de
salir por[90] entonces. Alternaba estas lecturas con
novelas de Paul de Kock y de Pigault-Lebrun.
Aviraneta no era un refinado en literatura. Leía a
Jomini con gran atención, siguiendo las operaciones en el mapa, queriendo
explicarse con claridad aquellas famosas batallas de tanta resonancia
universal. Después leyó los "Principios de la estrategia", del mismo
Jomini.
Le hacía simpatizar con el autor la idea de que él
también era un rechazado.
Jomini, a pesar de su talento no pudo llegar a
mandar fuerzas, a dirigir batallas, lo que tanto imbécil pudo hacer.
Aviraneta sentía la tristeza del táctico, de verse
desperdiciado, sin empleo.
Se sentía él también una rueda de un reloj de otra
clase o de otro tamaño, rueda inútil y que, sin embargo, era perfecta en su
género.
La rabia de pensar que sólo en una esfera alta de
actividad hubiese podido desarrollar sus condiciones, y que la suerte y el
ambiente le impedían escalar este puesto, empujándole automáticamente hacia
abajo, a un medio para el cual no tenía condición alguna, le irritaba y le
conducía a una profunda desesperación.
Mientras Aviraneta leía y se desesperaba, Tilly[91] frecuentaba la sociedad de Ustariz; visitaba a la
familia de Aristy, a quien se había presentado con una carta de Lacy; iba al
Bazar de París a hablar con las dos hermanas, Martina y Delfina; se había hecho
amigo de Choribide y de su sobrino Rontignon, y visitaba a las damas del Chalet
de las Hiedras.
Margarita los primeros días de Ustariz hizo algunas
extravagancias y tomó fama de loca en el pueblo. Alquiló un caballo y pasó
varias veces al galope por la carretera, vestida de amazona y con un látigo en
la mano y una boina roja en la cabeza; otro día anduvo en lancha e hizo después
varias inocentes travesuras.
Al tercer día de estancia en la aldea conoció a
Dolores, la hija del coronel Malpica, y se hizo amiga íntima de ella.
Al cabo de poco tiempo de conocerla, Dolores era
para Margarita la criatura más sabia y más perfecta de la tierra.
Aviraneta leyendo en su rincón, Tilly dedicado a la
vida social y Margarita en Chimista; así pasaron el tiempo en el pueblo
mientras Lacy y los suyos se batían en España.
II.
MALOS VIENTOS
Corrían malos vientos, al decir de los
inteligentes, por los alrededores de Ustariz. La veleta de Gastizar parecía
alarmada, y andaba nerviosa de la derecha a la izquierda con marcada
intranquilidad.
En Gastizar se sentía cierta desazón. Había tenido
la familia varios disgustos, y todos, excepto Miguel que conservaba su calma,
estaban alarmados. El primer acontecimiento desagradable de la serie había sido
la noticia de quiénes eran las dos damas del Chalet de las Hiedras. Madama
Aristy había recomendado a Miguel que no dijera nada ni hablara a nadie de esta
cuestión.
El segundo golpe había sido la llegada de León, el
pintor, el marido de Dolores Malpica.
León dijo a su madre que volvía dejando en París
una deuda de quince mil francos.
Madama de Aristy habló con Miguel y quedaron de
acuerdo en que pagarían la deuda. Como compensación exigieron a León que se
quedara a vivir en Ustariz constantemente.
Otro disgusto que vino después de este, fué que
madama Luxe dejó de aparecer por Gastizar sin dar ninguna explicación.
Por último, una mañana en que madama de Aristy
pasaba por la galería del piso principal sonó un tiro y cayeron los cristales
rotos a sus pies. Madama de Aristy dió un grito y acudieron las criadas. Miguel
y Darracq bajaron a ver lo que pasaba, y al enterarse de lo ocurrido corrieron
a la huerta, pero no encontraron a nadie.
Con todo esto, la familia estaba amedrentada.
Madama Aristy y Miguel suponían que tan repetidos
golpes procedían de las damas del Chalet de las Hiedras.
—¿Cuándo se van esas mujeres?—preguntaba Miguel.
—Ya dentro de poco—decía su madre.—Esperemos sin
escándalo.
En Chimista tampoco se sentía gran contento.
A Dolores se le había marchado su padre y le[95] había vuelto el marido. Muchas veces Margarita la
veía llorando.
León al llegar a su casa pareció satisfecho y
entusiasmado, pero pronto comenzó a aburrirse.
León era un hombre petulante, tipo de vanidoso y de
descontento. Tenía los tópicos de la época y barajaba siempre en su
conversación el Arte, la Naturaleza, Shakespeare, Calderón, las pasiones, la
unión de lo maravilloso y lo grotesco... Hablaba mal de todos los artistas, que
creía que le estaban usurpando la gloria. Se resistía a encontrar bien las
obras de los contemporáneos y hasta las de los antiguos maestros.
Al oirle se sospechaba si se trataría de un hombre
de genio. Al ver su obra se comprendía que no era más que un descontento
sencillo.
Margarita sintió por León al conocerle un profundo
odio. El verle tan frío, tan egoísta, tan indiferente a todo lo que no fuera su
vanidad le exasperaba, y muchas veces estaba a punto de insultarle.
Había otras casas en Ustariz que se hallaban en un
estado de intranquilidad semejante; madama Luxe desde hacía tiempo no quería
recibir a nadie, y en el Chalet de las Hiedras todas eran idas y venidas y
misteriosas conferencias.
III.
LAS MANIOBRAS DE CHORIBIDE
Desde hacía algún tiempo Choribide en
complicidad con las damas del Chalet de las Hiedras intrigaba en el pueblo. Sus
maniobras principales tendían unas a enriquecer el legajo que las dos mujeres
de la policía hacían para Calomarde, las otras a acercar su sobrino Rontignon a
madama Luxe.
Madama Luxe tenía varios galanteadores en Ustariz.
Uno de ellos era un tal Iragaray, hombre caballeresco, aunque un poco
perturbado. Iragaray había pasado por una porción de chifladuras que le duraban
una temporada más o menos larga. La última era la preocupación por las botas.
En esta época, todo el calzado que compraba[98] o le
hacían le venía mal, lo que a Iragaray le entristecía profundamente.
Esta preocupación la compartía con el amor de
madama Luxe, amor tímido y respetuoso que guardaba en el fondo de su alma. El
comprendía que sólo madama Luxe le hubiese podido curar de esta cavilación
transcendental del calzado.
Iragaray, cuando veía a una persona que estaba a
gusto sobre sus zapatos la envidiaba y le tenía por un ser superior.
Si llegaba a ganarse su confianza, la primera
pregunta que le hacía era ésta:
—Perdone usted, caballero; ¿quiere usted hacerme el
gran favor de decirme dónde se ha hecho usted esos zapatos?
El preguntado, que no comprendía que contestar a
esta pregunta fuera ningún gran favor, decía en qué pueblo y en qué zapatería
se hacía las botas. Iragaray se preparaba para hacer un viaje, se encargaba un
par de zapatos y volvía radiante; pero a los cuatro o cinco días se le veía
haciendo muecas de descontento, y tenía que coger los zapatos nuevos y
llevarlos a un rincón, spoliarium de sus ilusiones.
Durante algún tiempo Iragaray veía todo negro, como
si el mundo entero estuviera recubierto[99] de
betún, hasta que encontraba una persona con unos zapatos, que le llegaban al
alma. Si esta persona le era desconocida, Iragaray sufría hasta poder hacerla
la pregunta de dónde se hacía los zapatos.
Iragaray se había enamorado de madama Luxe, y
abandonaba la zapatería por el amor. Le había contado sus cuitas a Miguel,
quien le había recomendado mucha prudencia.
—Todo esto va a acabar con unos cuantos zapatos más
en el guardarropa de Iragaray—decía madama de Aristy.
—Lo malo es que para el pobre hombre cada par de
botas es un desengaño—añadía Miguel.
Choribide, que sabía muy bien las chifladuras de
Iragaray, no lo temía como rival de su sobrino, sino todo lo contrario; hubiera
querido que el pobre chiflado fuera el único de los rivales de Rontignon.
Choribide, al mismo tiempo, trabajaba para las
mujeres del Chalet de las Hiedras.
Los documentos que él facilitaba a madama Carolina,
aparecían oficialmente como procedentes de Rontignon. Se había escrito a España
y Calomarde se manifestaba dispuesto a dar una gran cruz o a aceptar al ex
teniente en el ejército español.
Respecto a la cuestión amorosa, Choribide la
dirigió con gran cuidado. Choribide hizo que su sobrino se hiciera un traje a
la moda en la mejor sastrería de Bayona, alquilara un caballo y pasara todos
los días cuatro o cinco veces por delante de casa de madama Luxe.
Al cabo de una semana escribió una carta, la pensó
mucho, comprendiendo que el estilo de 1830 no era el de su época; y después de
varios ensayos creyó encontrar lo que deseaba. El teniente Rontignon copió la
carta y la dió, con una moneda de cinco francos, a la criada de madama Luxe. La
carta no tuvo contestación. A los pocos días, Choribide escribió otra muy
respetuosa y romántica y madame Luxe contestó. Decía que no pensaba casarse,
que estaba dedicada a la educación de su hija, y aunque agradecía los homenajes
del teniente Rontignon, le suplicaba que cesase en hacerle la corte.
Choribide estudió la carta detenidamente y decidió
primero hacer que la hija de madama Luxe, Fernanda, tuviera un novio, después
se le ocurrió indisponer a madama Luxe con la gente de Gastizar.
Como novio de Fernanda, ninguno mejor que el joven
Larralde Mauleón. Larralde había cor[101]tejado sin gran
éxito a Alicia de Belsunce, y luego para consolarse se dedicaba a galantear a
una de las señoritas del Bazar de París, a la menor, Delfina, creyendo, y con
razón, que le llegaría su turno.
De las dos señoritas de La Bastide, la mayor,
Martina, se le suponía enredada con el ingeniero de Montes; la pequeña,
Delfina, era una histérica. Esta muchacha había andado con todos los hombres
del pueblo. Siempre había tenido un amante o dos al mismo tiempo.
Era una mujer lasciva. Le habían cantado varias
veces una copla popular, que decía:
Dama orrec emenditu
Bederatzi noviyo
Apenas joan dan ari
Bayetz esandiyo.
(Esa dama tiene lo menos nueve novios, y a
cualquiera que se acerca a ella le dice que sí.)
En toda la familia de las muchachas del Bazar había
la misma herencia erótica. Por entonces, la Delfina estaba enredada con un
mozo, a quien llamaban Marcos el del molino o Marcos el gascón.
Marcos era un hombre de una osamenta fuerte,
corpulento, la cara ancha, los pómulos salientes, la[102] mandíbula
acusada y los ojos claros. Tenía la frente pequeña y arrugada, el pelo rubio,
crespo y duro que le entraba como un pico en el entrecejo, las manos velludas y
los brazos largos. Era mozo petulante, vestía grandes y anchos pantalones, faja
encarnada y boina azul.
El bello Marcos sacaba el dinero a Delfina, la
pegaba, la pateaba, lo cual no era obstáculo para que ella estuviese enamorada
de él y al mismo tiempo le engañase. La madre de Marcos era una mujer valiente,
que había venido de la parte del Bearn. Al saber los sucesos de la Revolución
de Julio, esta mujer cogió un fusil y fué al Ayuntamiento a pedir que se
quitara a los concejales y se les sustituyera por otros revolucionarios.
El bello Marcos no compartía las ideas de su madre
y era realista. Sacaba algún dinero con esto y no le importaba otra cosa.
Marcos era un conquistador y un sátiro; había tenido un proceso por robo y otro
por violentar a una chiquilla, medio idiota, en el campo.
Choribide pensó que debía apartar al joven Larralde
de Delfina, y llamándole con gran reserva le dijo que no le convenía hacer la
corte a aquella muchacha. Era esta una mujer depravada, una cosa perdida. Le
aseguró que estaba embarazada de[103] Marcos, y que
no tendría nada de particular que si se entregaba a él fuera únicamente por
tener un editor responsable del desaguisado.
Después de pintarle tan fea la situación al joven
Larralde le puso delante la perspectiva de Fernanda Luxe, una muchacha
encantadora llena de juventud y de gracia. Larralde Mauleón mordió en el
anzuelo y comenzó a dejar de acudir al Bazar de París. Al mismo tiempo
Choribide habló a la Delfina, y le dijo que Larralde era un fatuo que había
asegurado en público que tendría como querida a la Delfina cuando le diera la
gana. La muchacha, que era poco inteligente, creyó en lo que le decía el viejo
y comenzó a tratar con desdén a Larralde, que determinó no volver al Bazar.
Entonces Choribide hizo que su sobrino Rontignon
buscara a Larralde y se hiciera amigo suyo.
Pronto pudo notar el astuto viejo que tenía en
Gastizar enemigos de sus planes. Madama Luxe iba todos los días a Gastizar,
hablaba allí, había quien suponía que miraba con buenos ojos a Miguel Aristy.
Entonces a Choribide se le ocurrió escribir un
anónimo, cogió un papel igual al que se empleaba en Gastizar y mandó a madama
Luxe una carta[104] en la que se ponía por los
suelos al teniente Rontignon y al joven Larralde.
Madama Luxe no tuvo el valor de pedir explicaciones
a Madama Aristy; dejó un día de ir a Gastizar, luego al siguiente hizo lo mismo
y acabó por romper las relaciones con la familia de Aristy.
Madama Aristy era demasiado orgullosa para pedir ni
para dar explicaciones. La ruptura se verificó. Era lo que quería Choribide.
Este al mismo tiempo trabajaba con las dos
intrigantes del Chalet de las Hiedras.
Las cartas iban a Madrid y venían de allá
constantemente.
Carolina Michu estaba entregada a Choribide y
dispuesta a seguir sus indicaciones.
Madama Carolina no tenía un gran interés personal
puesto en la vida de Ustariz; estaba deseando que pasaran aquellas
circunstancias para salir de la aldea y marcharse a otra parte. No le pasaba lo
mismo a Simona. Simona no se ocupaba más que de Ustariz y de los que vivían en
el pueblo.
Al saber que madama Aristy quería echarlas del
Chalet de las Hiedras, le tomó un odio intenso. Antes había coqueteado con
Miguel, porque[105] le era simpático; después
coqueteó con León, por ver si podía dar un disgusto a la vieja orgullosa de
Gastizar, como llamaba ella a madama Aristy.
Simona, que no tenía inclinación ninguna por León,
llegó a dominarle; le sacó dinero, produjo un gran disgusto en Gastizar y otro
en Chimista.
Simona sintió tanto odio por Dolores Malpica como
por madama Aristy; a la vieja, como ella la llamaba, la odiaba por su orgullo;
a la española, por su aire de candidez y de bondad.
León, que se creía amado por una gran dama, no sólo
no se recataba, sino que hacía alarde de visitar el Chalet de las Hiedras.
Dolores se determinó a pedirle explicaciones, y marido y mujer riñeron.
Miguel Aristy tuvo que terciar en el asunto, y como
mal menor se decidió que León volviera a París.
Mientras tanto Tilly, enterado por Aviraneta de que
las damas del Chalet de las Hiedras eran dos aventureras, las trataba así, y
era muy bien acogido en la casa. El y Choribide solían pasar la tertulia en el
chalet y en el Bazar de París.
Madama Carolina comenzaba a asustarse de la
violencia y del fuego que ponía en sus empresas Simona.
—Esa loca me va a comprometer—decía, y suplicaba a
Choribide que la vigilara para que no hiciese alguna tontería.
Simona tenía su centro de operaciones en el Bazar
de París; allí solía estar intrigando con las dos señoritas de la Bastide, con
Choribide y con Marcos el gascón, de quien se había hecho gran amiga.
IV.
MARGARITA
Todos los días y a todas horas estaba
Margarita Tilly en Chimista con su amiga Dolores. Margarita había tomado gran
cariño a Dolores, para quien tenía todas sus amabilidades.
Dolores, que pasaba en aquel momento por la
amargura de tener a su padre expuesto a ser muerto y a su marido separado de
ella, estaba llorando a cada instante. Dolores tenía un carácter resignado y
dulce y encontraba la calma en la mayor contrariedad.
Margarita se había constituído en protectora de
Dolores. Cogía a los dos chicos, a Miguelito y a Dolorcitas, y se marchaba con
ellos para dejar a la madre desahogar su pena.
Si Miguelito era travieso y valiente, Dolorcitas
prometía ser como su madre, dulce y tranquila.
El chico era fanfarrón y charlatán; jugaba con un
gato que se llamaba Chipi. Chipi era un poco payaso, gran cazador de pájaros,
ladrón y fantástico. Chipi, la pequeña pantera doméstica, corría con Miguelito,
se afilaba las uñas en los muebles y rasgaba la tela de los sillones; subía a
los árboles, perseguía a las lagartijas y a las mariposas; hacía bufonadas y
parecía incomodarse cuando la gente se reía. Solía divertirse mucho cazando
musarañas, a las que martirizaba.
Miguelito era gran ingeniero; hacía fortalezas con
arena y las coronaba con banderas.
Mientras él se dedicaba a la ingeniería, Dolores
tenía a la niña en brazos y quedaba embebida.
—No te duermas, mamá—le decía el chico.
Margarita se sentaba en la escalera de piedra,
adornada con tiestos, un escalón más bajo que Dolores, como en adoración, y
solía estar hablándole y jugando con los chicos.
Contaba a su amiga su vida y explicaba sus ideas.
Dolores daba su opinión mientras hacía algún trabajo de costura o de media.
Cuando Dolores tenía que trabajar, Margarita con
los chicos salía fuera por los campos. Se ha[109]bía
ganado la amistad de Grashi Erua, la loca, y de un chiquillo de diez o doce
años, atrevido, a quien llamaban Chistu.
Grashi Erua llevaba flores a Chimista y jugaba con
Miguelito, por quien tenía gran cariño.
Grashi Erua vivía en la miseria; los aldeanos que
se habían hecho cargo de ella se habían enriquecido despojándola. Luego, viendo
que nadie se presentaba a reclamarla, la quisieron obligar a trabajar en el
campo y a servirles de criada, pero ella no obedecía. Era un ser montaraz e
indomable. A veces se la veía en medio del bosque o a la orilla de un arroyo
con una guirnalda de yedras o de muérdago en la cabeza, cantando una canción
triste. Al principio los chicos le tiraban piedras, pero llegaron a tener por
ella cierto temor.
Grashi Erua solía entrar en Chimista cuando le
parecía, ayudaba a alguna cosa a Dolores; pero en general no hacía más que
jugar. En invierno se metía en la cocina cerca del fuego, y allí charlaba de
una manera confusa e incoherente.
Chistu, el chico vagabundo, era un pillastre a
quien le gustaba la libertad y el aire libre. Estaba negro por el sol y tenía
una cara viva de granuja. Aquí pescaba o se bañaba, allí se subía a los[110] árboles y venía con una ardilla o con una
lechuza viva que había cogido.
Margarita era la capitana de aquella tropa menuda.
Grashi Erua, Chistu y los pequeños le obedecían sin réplica.
Todo el día se pasaba Margarita en Chimista. En
cambio a Gastizar iba poco, y aunque pasaba por delante no se detenía nunca.
Margarita no quería nada con los de Gastizar;
sentía gran antipatía por madama Aristy y se manifestaba desdeñosa con Alicia.
El egoísmo y la discreción de ésta le producían el mayor desprecio.
—Es un taco—solía decir.
Al lado de Alicia, Margarita Tilly era como un
torbellino. No podía tener prudencia; pero se le perdonaba todo por su
espontaneidad y por su gracia.
Era lo contrario de la señorita de Belsunce. En
Margarita no había cálculo ni disimulo. Las simpatías y antipatías se
desarrollaban en ella de una manera rápida y esporádica y no se tomaba el
trabajo de disimularlas.
Alicia, en cambio, era de una discreción y de una
prudencia monjiles. Sabía guardar los pequeños secretos como nadie. No había
miedo de que[111] dijera una inconveniencia. Medía
las palabras con cuidado exquisito.
Madama de Aristy, que creía éste uno de los mayores
méritos que podía tener una persona, le otorgaba su benevolencia.
Alicia era defensora de las prerrogativas
aristocráticas de su familia. No le gustaba que se dijese que entre los vascos
no había habido feudalismo. Le hubiera gustado ser feudal.
Margarita no se preocupaba de estas cosas. Quería
ser libre, hacer su capricho, y tenía para las personas y para las ideas una
mirada atrevida y de frente.
A Miguel le gustaba la gracia rebelde de Margarita.
De toda la gente de Gastizar únicamente por Miguel
tenía Margarita simpatía, y eso que Miguel se burlaba un poco de ella y de su
insociabilidad.
Charlaban los dos amistosamente largo tiempo.
—Usted también habrá sido un conquistador,
Miguel—le decía ella.
—Yo, no. Las mujeres me han hecho poco caso,
Margarita; lo mismo de joven que de viejo.
—¡Bah! No le creo a usted.
—Pues es cierto. Sin duda yo no he tenido nunca
grandes atractivos para las damas.
Margarita no se convencía. Un día creyó que Miguel
era un corruptor.
En el piso bajo de Chimista vivía un matrimonio
joven que trabajaba en los campos. El era un muchacho nacido en un caserío
próximo; ella, la hija de un jardinero de Gastizar. Este jardinero, un normando
alto y rubio, había venido de guardia de Aduanas y se había quedado en Gastizar.
Fanchon, su hija, había nacido allá. Era Fanchon una mujer con un aire
selvático; la sangre normanda de su padre mezclada con la vasca de su madre
había dado un hermoso producto. Era rubia, blanca, con los ojos azules.
El día que la vió Margarita hablando con Miguel
estaba dando de comer a los cerdos y a las gallinas, riñendo a toda la tropa
con los pies metidos en los zuecos y un pañuelo en la cabeza.
En el corral, una vieja flaca y acartonada, la boca
sin dientes, la cara llena de arrugas, tenía un niño rollizo en brazos.
—Estás guapa, Fanchon—le decía Miguel con cierta
tristeza cómica.—Yo me debía haber casado contigo y esa criatura sería mía.
—A buena hora se acuerda usted—replicó ella con
desgarro.—¿Por qué no lo pensó usted antes?
—¿No podríamos empezar todavía, Fanchonette?
—No.
—De manera que Praschcu, ese imbécil de tu marido,
exige fidelidad.
—Como la exigiría usted.
—¡Qué pena!—exclamó Miguel con melancolía
burlona.—¡Yo! ¡Que te he tenido en brazos cuando eras niña! ¿No podría tener un
poco de derecho?...
—Ninguno.
—Eres muy cruel, Fanchon.
—¡Ah! Siempre está usted así. ¿Por qué no se casa
usted de una vez?
—No me hacen caso, chica, ya. No me hacen caso.
Margarita que oyó la conversación se la contó a
Dolores con gran misterio, y ella, riendo, volvió a contársela a Miguel.
V.
EL NIÑO
Una tarde en que D. Eugenio y Tilly charlaban
en el comedor de la Veleta comentando a Maquiavelo, se presentó Margarita que
venía corriendo, sofocada y sin aliento.
—¿Qué pasa?—le preguntó su hermano.
—El niño... el niño de Dolores... lo han robado.
A Tilly no le preocupaba tanto como a su hermana el
niño de Dolores, y se encogió de hombros.
Aviraneta preguntó cómo había ocurrido el caso.
—Estaba, como todos los días, jugando a la puerta
de la casa, cuando ha pasado un rebaño de ovejas por delante. Vamos, Miguelito,
le ha dicho la chica que iba con el rebaño. El niño le ha[116] seguido
y ha desaparecido. Se ha mirado por todos los alrededores y no se le ha
encontrado.
—¿Y cuánto tiempo hace que falta?—preguntó
Aviraneta.
—Ya cerca de diez horas.
—¿Qué edad tiene el chico?
—Cuatro años y medio.
—Sí; entonces es muy posible que lo hayan robado.
—¿Qué haremos?—exclamó Margarita.—La pobre madre
figúrese usted cómo está. Vengan ustedes conmigo.
—Bueno, vamos—dijo Aviraneta.
Salieron los tres, y al pasar por Gastizar,
Margarita dijo a su hermano:
—Llámale a Miguel Aristy y dile lo que pasa.
Tilly entró en Gastizar y volvió al poco rato solo.
—¿No está?—le preguntó Margarita.
—Debe estar en Chimista.
Efectivamente, al llegar a Chimista se lo
encontraron. Empezaba a oscurecer y el niño no venía. La madre estaba en la
mayor desesperación. Miguel y Dolores habían salido por los alrededores
llamando al niño, pero no aparecía.
—Bueno, señor Aristy—dijo Aviraneta;—si[117] andan ustedes así a la casualidad, como locos,
no encontrarán ustedes ninguna pista. Vamos a hablar los dos serenamente a ver
si encontramos algún indicio.
—Tiene usted razón. El dolor de la madre le
perturba a uno, contagia su intranquilidad.
—Vamos a un sitio donde estemos solos.
—Entremos aquí. Sentémonos.
Entraron en el cuarto del coronel Malpica.
—Veamos el hecho escueto primeramente—dijo
Aviraneta.—¿Cómo ha sucedido?
—¿Quiere usted que le llame a Fanchon, la mujer que
vive aquí?
—Sí.
Entró Fanchon en el cuarto, con la cara llena de
lágrimas.
—Cuéntanos lo que ha pasado con detalles—le dijo
Aviraneta en vascuence.
—Pues nada—dijo Fanchon;—el niño estaba jugando,
como casi todos los días, por aquí, por delante de la casa. Ha pasado un
rebaño, y el chico que iba detrás le ha dicho: "¿Miguelito, vienes?"
Miguelito ha salido detrás del rebaño y no ha vuelto. Eso ha sido todo.
—¿Tú has visto al chico que le ha llamado?—preguntó
Aviraneta.
—No, no le he visto. No sé si mi marido le habrá
visto.
—Llámalo; y si no sabe nada, pregunta por ahí a ver
si hay alguno que haya visto al chico que ha llamado a Miguelito al pasar.
Salió Fanchon corriendo del cuarto y volvió al poco
rato, sofocada, con Praschcu, su marido.
—Mi marido le ha visto.
—¿Usted le ha visto al chico que ha llamado a
Miguelito?
—Sí.
—¿Quién era?
—Era un chico que llaman Mandharra, del caserío de
Gros Jean, el tramposo—dijo Praschcu hablando muy despacio.
—¿Es pastor?
—No; es un chico pobre que suele andar a veces
pidiendo limosna y que ahora está en un caserío.
—¿Y cómo llevaba hoy ese rebaño?
—Mandharra iba al lado de la zagala que suele andar
siempre con el rebaño.
—¿Ese Mandharra suele tener punto fijo donde
dormir?
—Sí; en el caserío de Gros Jean, el tramposo, que
se llama Beletchea (la casa del Cuervo).
—¿Y quién es ese caballero?
—Ese caballero, como usted dice, no vive—contestó
Aristy.—Viven sus hijas, que yo creo que están un poco locas.
—Pues ¿qué les ocurre?
—Son tres solteronas solitarias, que no salen nunca
de casa. Yo las llamo las Tres Lamias. No quieren ver a nadie. Trabajan en el
campo de noche, a la luz de la luna, para que no las vean. Y de día se asoman a
mirar por entre las parras.
—¿Viven cerca?
—Sí; a un cuarto de hora de aquí. ¿Sospecha usted
de ellas?
—Por ahora no. Primeramente dígame usted qué
enemigos tiene su cuñada.
Miguel habló de las damas del Chalet de las Hiedras
y de sus antecedentes.
Como no especificaba nada, Aviraneta dijo:
—Vamos a interrogar a la madre del niño. ¿Quiere
usted llamarla?
Aristy llamó a su cuñada, que entró llorando a
lágrima viva.
—Una pregunta nada más—le dijo Aviraneta.—¿Tiene
usted algún motivo para suponer que una de las mujeres que vive en el Chalet de
las Hiedras le odia a usted?
—Sí, algún motivo tengo, porque hace unos días me
envió las cartas que le había escrito mi marido a ella.
—¿Las tiene usted ahí?
—No, las rompí.
—¿Usted supone que se las envió la más joven de las
dos, Simona?
—Sí.
—Al enviarle las cartas a usted ¿no decía nada?
—Sí; me escribía un papel lleno de mala intención
para mí.
—Está bien. Tranquilícese usted. Encontraremos al
chico—dijo Aviraneta.—El chico no está perdido, está robado, y una de las
mujeres del Chalet de las Hiedras lo ha mandado robar.
La opinión de Aviraneta era también la de Aristy.
—Ahora vamos a ver qué hay que hacer—dijo Aristy.
Aviraneta llamó a Tilly y los tres deliberaron. Era
indudable que Simona, si era ella la que había preparado el robo del chico, no
se había entendido con Mandharra, porque ella no sabía el vascuence ni el chico
el francés. Simona se había valido de algún intermediario, probablemente de
Marcos.
Aviraneta, Aristy y Tilly decidieron volver al
pueblo y apoderarse de Simona y de Marcos, y obligarles a decir dónde estaba el
niño.
Antes de salir de Chimista, Aviraneta preguntó al
marido de Fanchon:
—¿Por este camino hacia el monte, en una legua o en
dos, hay alguna cueva?
—Sí. Hay una que llaman Lecebeltz (la sima negra).
—Pues id a registrarla. Praschu, Fanchon y Grashi
Erua salieron en aquella dirección, mientras Aviraneta, Aristy y Tilly se
encaminaron hacia Gastizar. Entraron por la huerta, y andando a oscuras se
dirigieron hacia el Chalet de las Hiedras.
—Voy a llamar más gente—dijo Aristy.
Miguel marchó despacio hacia Gastizar y volvió a la
media hora con Víctor Darracq y con Ichteben. Al acercarse Aristy a Aviraneta
éste le dijo:
—Chit.
—¿Qué pasa?
—Está aquí Marcos.
—¿Tendrán ahí el niño?
—No creo.
—Vamos a ver si cazamos al bello gascón.
Esperaron más de una hora.
—Yo conozco la casa—dijo Tilly;—si tuviera una
escalera para subir podría arreglármelas para oir la conversación.
—Yo la traeré—saltó Ichteben y desapareció en la
oscuridad.
Al poco rato volvió con una escalera larga. La
aplicaron al balcón del chalet y Tilly subió con grandes precauciones.
Al cuarto de hora bajó de prisa.
—Sale Marcos—dijo;—no detenerle. Parece que es un
mendigo viejo a quien llaman Pachi Zarra y también Ontza (el Buho) el que se ha
llevado al niño. Marcos no sabe dónde lo guarda. Mañana les dirá dónde está.
Salió Marcos del chalet, y cruzando la huerta saltó
la tapia y desapareció.
Tilly volvió a subir al balcón.
—¿Adónde va usted?—le dijeron.
—Voy a coger algo que he dejado ahí.
Efectivamente; subió y bajó con un gran legajo en
la mano.
—Esto, que lo guarden—dijo a Aristy.
—Lo guardarán. Yo voy a tranquilizar un poco a la
madre. Mañana buscaremos a Pachi Zarra, el Buho.
—Bueno, vamos—dijo Aviraneta.
Aviraneta, Tilly y Aristy volvieron a Chimista.
Al llegar al caserío vieron al chiquillo que venía
medio riendo, medio llorando, en brazos de Grashi Erua. Lo habían encontrado en
la cueva de Lecebeltz, como había indicado Aviraneta.
El marido de Fanchon traía preso a Pachi Zarra (el
Buho), un viejo con una anguarina parda, con el pelo y la barba blancos, que
habían encontrado en la cueva guardando al niño.
Dolores comenzó a sollozar de alegría al ver a su
hijo salvo, y Margarita le acompañó en su contento.
Aristy apostrofó a Pachi Zarra y le dijo que se
fuera, que no volviera al pueblo, porque le metería en la cárcel.
El Buho se marchó refunfuñando.
Dolores dió las gracias a Aviraneta con la mayor
efusión, y los tres hombres volvieron al pueblo. Al llegar a Gastizar, Tilly
pidió el grueso legajo que había sacado del Chalet de las Hiedras. Se lo
entregó Ichteben y fué con él a la fonda.
Al día siguiente, antes de levantarse Aviraneta,
Tilly entró en su cuarto.
—Don Eugenio—dijo.
—¿Qué hay?
—Me voy. He encontrado un pequeño filón, y voy a
ver si lo exploto. Adiós.
Cuando Aviraneta se levantó Tilly había
desaparecido.
VI.
CHORIBIDE Y AVIRANETA
La noticia del robo del niño se extendió por el
pueblo, y todos los vecinos del barrio y de Ustariz creyeron unánimemente que
eran las damas del Chalet de las Hiedras las que habían dirigido esta mala
acción. Las simpatías por los Aristys, que estaban apagadas en la aldea, se
despertaron y fueron muchas personas las que estuvieron en Gastizar a felicitar
a madama Aristy por la salvación de su nietecillo. Madama Luxe escribió una
carta de felicitación y Miguel fué a visitarla por encargo de su madre.
Madama Luxe, interrogada acerca del motivo que
tenía para haber roto sus relaciones con Gas[126]tizar,
habló del anónimo que ella creía que le habían enviado los Aristy.
Miguel lo leyó fríamente; después sintió tal
indignación al pensar que la viuda se lo había atribuído a él, que estuvo con
ella tan severo que la dejó bañada en lágrimas. Al día siguiente, madama Luxe
acompañada de Fernanda fué a Gastizar a explicarse con madama Aristy y a
pedirle perdón. Se quedó de acuerdo en que eran las mujeres del Chalet de las
Hiedras las que habían escrito el anónimo. Estas no salieron de casa durante
algunos días. Marcos el del molino se ocultó también, e iba de noche a ver a la
Delfina, del Bazar de París, por la huerta.
Aviraneta supo estas noticias por Esteban Irisarri,
el posadero de la Veleta, que se las contó con profusión de detalles.
Una mañana leía don Eugenio en el libro de Jomini
la batalla de Valmy, cuando entró Esteban a decirle que estaba el señor
Choribide preguntando por él.
—¡El señor Choribide! ¡el jefe de los
enemigos!—dijo Esteban Irisarri con voz hueca.
—No le conozco—contestó don Eugenio.
—¡Choribide! El amigo de esas viejas intrigantes
del Chalet de las Hiedras.
—¿Pregunta por mí?—dijo Aviraneta.
—Sí.
—Que pase.
El posadero debió quedar asombrado de la serenidad
de Aviraneta. Abrió la puerta y se presentó el viejo muscadin elegante
y currutaco.
—¿El señor de Aviraneta?—preguntó sonriendo.
—Soy yo. Pase usted y siéntese usted.
Choribide entró, se sentó en el borde de la silla,
puso el sombrero metido en el bastón y el bastón entre las piernas.
—Yo, señor—dijo,—me llamo Choribide, Gastón de
Choribide. Soy vasco, como usted. He llevado en mi juventud una vida un tanto
irregular. Yo no sé si usted tendrá ideas religiosas...
—Creo que no—repuso Aviraneta.
—Es usted de mi escuela. Si yo tuviera ideas
religiosas diría que he sido un gran pecador. No teniéndolas, suelo decir que
he sido un hombre crapuloso y de vida poco honorable.
—¿No será usted un tanto severo consigo mismo,
señor Choribide?—preguntó Aviraneta.
—No, no. Muchas gracias por su opinión. Me hago
justicia. Verá usted... Yo vivo bien dentro de mi modestia. No trabajo; no he
trabajado nunca.
—Se aburrirá usted.
—No, no me aburro. Yo tengo un sobrino ex oficial
de la Guardia Real, Aquiles Rontignon. Rontignon tiene condiciones para agradar
a una mujer; es guapo y es tonto.
—¿Usted cree que la tontería...?
—Es indispensable. Yo había pensado casar a
Rontignon con una viuda rica de aquí, madama Luxe. Como un teniente retirado no
es bastante para producir entusiasmos en una mujer rica por sólo su posición,
yo había pensado adornar el pecho de Rontignon con una gran cruz o buscarle un
empleo. Aprovechando la estancia aquí de una señora española, la condesa de
Vejer...
—Que no es española ni condesa... saltó Aviraneta.
—Cierto; pero hay que darla un nombre para
señalarla.
—En Madrid se llamaba madama Carolina.
—Bien; me es igual; aprovechando la estancia aquí
de madama Carolina, me acerqué a ella y le dije que puesto que ella trabajaba
para el Gobierno español, yo le ayudaría a cambio de que ella concediera a mi
sobrino un empleo, un cargo honorífico...
—¿Y ha trabajado usted para ella?
—Sí, habíamos hecho un legajo con todos los datos
necesarios para remitirlo a Madrid, cuando las cosas se han torcido.
Primeramente Rontignon no ha sabido aprovechar su tontería ni tampoco su
arrogancia de hombre guapo, y madama Luxe lo ha rechazado; después Tilly, ese
muchacho amigo de usted, un muchacho encantador, se apoderó del legajo formado
por nosotros, y por último, la sobrina de madama Carolina...
—Que no es su sobrina...
—Cierto. Simona Busquet ha intervenido en esta
cuestión, y con sus odios y su genio vengativo ha hecho que roben al nieto de
madama de Aristy. Esta barbaridad ahora me la atribuyen a mí, y me molesta. Ese
no es mi género. No me ha gustado nunca el melodrama. La alta comedia, quizás;
el melodrama, nunca. Por estas razones voy a dejar la partida.
—¿Va usted a dejarla?
—Sí.
—Yo no puedo vivir aquí ya. El pobre Garat no se
encuentra en estado de recibir a los amigos. Madama Aristy está indignada,
porque cree que yo he indicado que roben a su nieto, cosa absurda. Voy a ir a
Bayona, pero antes le voy a pedir a usted un favor.
—Usted dirá.
—Yo he venido a verle a usted, porque he
comprendido que es usted un hombre fuerte. Me ha recordado usted a su
excelencia el duque de Otranto.
Aviraneta sintió un movimiento de alegría.
—¿Ha conocido usted a Fouché?—preguntó.
—Sí; he estado a su servicio. Tiene usted el mismo
aire de penetración que él. Ahora, que quizás usted no pueda poner sus
facultades al servicio del Estado. Hay países que desperdician su gente.
Choribide había dado dos golpes buenos en la coraza
de indiferencia de Aviraneta, uno comparándole con Fouché, el otro suponiendo
que no se le comprendía.
—¿Y qué servicio quería usted de mi, señor
Choribide?—preguntó.
—Le diré a usted. Actualmente mi sobrino Rontignon
sencillamente me estorba. Si lo hubiera casado con madama Luxe, yo hubiera sido
su administrador; pero no ha sido bastante hábil para enamorar a la viuda.
Ahora quiero desprenderme de él, y como ha aparecido como un realista que ha
mandado informes al Gobierno español por intermedio de esas damas del Chalet de
las[131] Hiedras, he pensado hacer valer esos
servicios y su calidad de ex teniente de la Guardia Real para pedir para él un
destino en España. ¿Usted, que seguramente sabrá cómo se hace esto, no podría
escribirme una solicitud en español?
—Sí; lo haré.
—¿Ahora mismo?
—Sí; ahora mismo.
Aviraneta escribió un borrador de solicitud y lo
entregó para que lo copiase Choribide.
Al terminar, Choribide dió las gracias a Aviraneta
y murmuró efusivamente:
—¡Cómo nos desperdician, mi querido señor!
Y haciendo una reverencia llena de respeto y de
gracia, completamente siglo XVIII, Choribide se retiró y salió de la Veleta.
LIBRO TERCERO
EL DIARIO DE LACY
I.
EL SOÑADOR
Eusebio de Lacy escribió con detalles su vida
en los días que duró la expedición de los liberales en la frontera. Lacy
esperaba una lucha más brillante, más intensa. En su diario se le ve, a pesar
suyo, desencantado y triste. Su espíritu de soñador y de poeta se representaba
la realidad como algo más fuerte, más noble, más extraordinario.
Lacy tenía un entusiasmo todavía latente por los
militares y por la guerra. Concebido en época de grandes batallas, su infancia
se había arrullado con la música estridente de las trompetas y de los tambores.
Más tarde había sido educado en colegios con hijos de militares franceses del
Im[136]perio, todos estremecidos y pasmados de asombro
ante las glorias más o menos inventadas de Napoleón y de su ejército.
Eusebio pensaba en su padre, y se lo figuraba como
le había visto en los retratos y en las estampas, vestido de general, con el
pecho lleno de cruces ganadas en los campos de batalla, el rostro fiero, la
mirada relampagueante y la mano en la empuñadura de la espada.
Después de los años de colegio en Francia y en
España, Eusebio había vivido en Quimper, en casa de su madre, en un ambiente
pesado, lánguido, de un pueblo bretón oscuro, en una sociedad levítica de
comerciantes y de armadores, dirigida por realistas y por curas.
Era aquella época de la Restauración, una época de
luchas ardientes en que el monarquismo y el jesuitismo se aprestaban al combate
contra las ideas revolucionarias con todas las armas; las misiones religiosas
se esparcían por las ciudades y por los campos, Francia entera estaba llena de
oradores elocuentes que predicaban el arrepentimiento de las locuras pasadas.
Los misioneros quemaban en las plazas públicas los libros de Voltaire y los
tomos de la Enciclopedia, las familias enviaban sus hijos a los colegios de
jesuítas, las autoridades[137] obedecían
servilmente a las Congregaciones y todo se conseguía con intrigas. Por entonces
se hablaba de los monstruos del 93 y del ogro de Córcega.
Durante este tiempo, Eusebio había adorado la
gloria y el ejército, sólo por la gloria y por contraposición a las ideas y
prácticas clericales que trataban de imbuirle. Después fué llegando hasta él,
cada vez con más intensidad, la influencia liberal, y reaccionando contra sus
sueños militares, llegó a mirar a Napoleón como un ambicioso, antihumano y
repugnante, y a sus mariscales como una tropa de brutos miserables dedicados
únicamente a la petulancia y al robo.
Lacy creyó haber matado su entusiasmo de gloria y
haberlo sustituído por el ideal más severo de la libertad; pero por debajo de
éste se transparentaban sus sueños de ambición militar.
En su diario se ve que estos sueños pierden su
brillo y decaen las ilusiones de Lacy.
II.
LA ENTRADA EN ESPAÑA
Añoa, 15 de Octubre de 1830.
El 14 de Octubre por la mañana salí de Bayona,
camino de la frontera, con la tropa mandada por Valdés. Al atravesar la ciudad
estuvo a punto de ocurrir un encuentro entre nuestra gente y la de Mina.
Cualquiera al oir a los nuestros hubiera dicho que
iban a ser unos héroes; pero no se han portado heroicamente, sino todo lo
contrario.
La fuerza de Valdés venía dividida en cuatro
compañías: una de extranjeros, mandada por don Francisco Mancha; otra de
vascos, semi-independiente, la partida de Leguía; otra de navarros y[140] aragoneses, a las órdenes de Malpica, y un grupo
de oficiales al frente del cual va López Campillo.
Estas compañías se han formado con ochenta o cien
hombres y cada una tiene sus oficiales y sus sargentos. Los soldados ganan
treinta y cinco suses, o sean siete reales diarios.
Yo voy de ayudante del coronel Valdés, y Ochoa, con
el mismo cargo, a las órdenes de Campillo.
Llevamos algunos soldados muy buenos y otros muy
malos. Las tropas vascas y las navarras son las mejores, conocen el país y se
encuentran entre los suyos; las extranjeras son las peores; están,
naturalmente, formadas por lo más perdido de cada casa.
No se ha podido contar con los oficiales franceses
liberales, porque el Gobierno de Julio los ha aceptado a todos en las filas del
ejército.
Descontados éstos que hubieran sido útiles, los que
han quedado en nuestras filas son aventureros, gente de presidio más que
militares.
Ya a primera vista salta la poca unidad espiritual
de esta tropa. Entre los extranjeros hay la más completa diversidad de tipos y
de actitudes, se ven hombres que tienen el aire nórtico de un noruego, gentes
rubias de cabeza pequeña y[141] ojos azules, al
lado de otros que parecen italianos del mediodía con el pelo crespo, los ojos
negros y la mirada viva. Hay una gran variedad en la expresión de los unos y de
los otros; éste tiene rasgos de energía, el otro de astucia, el de más allá de
cobardía y de cinismo.
En cambio, entre los vascos de Leguía hay tal
unidad en la expresión, que parecen todos de la misma familia, y sólo fijándose
en ellos, uno a uno, se advierte que no se parecen en los rasgos de la
fisonomía. En todos ellos se ve una mezcla de audacia y de atención; más que
soldados parecen cazadores que van a un ojeo.
Entre los extranjeros hay algunos muy curiosos. Uno
de ellos es el guardabosque de Ustariz, amigo de Malpica.
Este hombre, a quien todos llamamos el tío Juan, no
se queja de nada, todo le parece bien. Es un estoico. Le suele acompañar un
asistente del intendente Darracq, que vive en Ustariz y que se llama Alí.
El tío Juan y Alí van siempre juntos, animando a
los demás.
Otro tipo extraño es un muchacho inglés que vino a
Bayona de San Sebastián con Tilly. Como no conocemos su nombre y por lo que
parece no[142] quiere decirlo, le llamamos el
Inglesito. El Inglesito se ha incorporado a nuestra pequeña legión extranjera
de una manera aristocrática e individualista; lleva dos criados a su servicio y
una tienda de campaña. Siempre le vemos correctamente vestido, recién afeitado.
El inglés éste parece una estatua griega por su expresión fría y académica.
Tiene el aire de un hombre rico, su traje es irreprochable y sus cuellos y sus
puños están siempre limpios y sus zapatos recién barnizados, como si fuera a
pasear a Hyde Park.
El Inglesito ha hablado con Mancha, el jefe de
nuestra legión extranjera; no parece que quiere tener relación con nosotros y
ha debido poner sus condiciones; nosotros, yo por mi parte, estamos dispuestos
a respetar su reserva y a no ocuparnos de él.
Urdax, 16 Octubre.
La salida de Bayona fué para mí completamente
inesperada. El día 13 me llamó Valdés, y me dijo que había sabido que los dos
Gobiernos, el de Luis Felipe y el de Fernando, habían hecho un convenio, y que
no teníamos otra solución que adelantarnos o abandonar la empresa. El se
lanzaba dispuesto a todo, y al día siguiente al amanecer[143] saldríamos
camino de la frontera. Se dieron las órdenes necesarias para la marcha, y
salimos de Bayona.
Iban con nosotros Chapalangarra y Méndez Vigo. El
14 llegamos a Saint Pee. Yo dormí en el Castillo de los Brujos de este pueblo.
Salimos de allá y al llegar a la frontera entre Añoa y Dancharinea,
Chapalangarra y el general Méndez Vigo se despidieron de nosotros el uno para
ir a San Juan del Pie del Puerto, el otro a Mauleón.
Hoy por la mañana hemos llegado a Urdax. Nos hemos
apoderado del punto avanzado que abandonaron los tercios y de las armas que
había aquí guardadas. Llevábamos una proclama, suscrita por varios jefes,
dirigida al ejército español, invitándole a imitar al francés, pasándose a
nuestra bandera y a librar a la patria del yugo que la oprime. Se han dado
vivas a la libertad y a la Constitución, y se han montado dos piezas pequeñas
de campaña que encontramos en el puesto avanzado.
Como nos preocupa la cuestión de la alimentación,
se han mandado agentes a comprar víveres a los pueblos de alrededor.
Estoy deseando entrar en fuego.
Zugarramurdi, 17 Octubre.
Esta mañana hemos dejado en Urdax a Campillo y a
Malpica y hemos salido con las dos compañías, la de Leguía y la de Mancha,
camino de Zugarramurdi.
La razón principal de la marcha es la cuestión de
las subsistencias, que no hay modo de resolverla en un pueblo pequeño en donde
escasea todo.
Zugarramurdi está muy cerca de Urdax, a una media
legua próximamente. Es una aldea que se encuentra en la falda de Peñaplata en
la vertiente de Francia.
Al acercarnos al pueblo han ido nuestras dos
columnas separadas, flanqueando el monte.
En las lomas había unos grupos de tercios realistas
que nos han recibido a tiros.
En este pequeño encuentro nuestros extranjeros
mandados por Mancha se han portado de una manera vergonzosa. Muchos a las
primeras descargas tiraban el fusil y corrían a internarse en territorio
francés.
Algunos, por lo que nos han dicho, han entrado en
Sara, y la gente, indignada por su cobardía, les ha recibido a pedradas. Ha
habido quien ha llegado corriendo hasta Bayona.
Unicamente el tío Juan, Alí, el Inglesito y algunos
otros han dejado bien puesto el pabellón.
Afortunadamente, la partida de Leguía al oir los
primeros tiros corrió hacia el pueblo y se apoderó de él. Yo creí que los
realistas se defenderían en las calles; pero no; han abandonado la aldea sin
pelear.
Ahora es de noche. A la luz de la luna veo la torre
de la iglesia de Zugarramurdi, blanca, y unos cipreses del pequeño cementerio
que la rodea.
Vera, 18 Octubre.
Ayer en Zugarramurdi. Valdés, Leguía, Mancha,
Campillo y Malpica, discutieron lo que había que hacer. De todos ellos el menos
culto, pero el más inteligente, es Leguía.
Valdés es un castellano de cabeza dura, de
continente altivo y soberbio; no tiene flexibilidad, discurre por frases. A
pesar de su cerrazón es simpático; tiene una cara noble, un poco alargada, y
los ojos claros.
Si a mí me preguntaran quién debía mandar nuestras
fuerzas, diría que Leguía.
Valdés y Leguía discuten sobre el mapa de Navarra.
Leguía es partidario de ocupar Vera; Valdés no quiere.
Los informes de los caseros son que Juanito el de
la Rochapea va a entrar en Vera con sus tercios realistas y los carabineros.
Leguía opina que sería conveniente ocupar Vera y avisar a Mina para que pasase
en seguida a España. A Valdés no le agrada la colaboración con Mina.
Después de discutir largo rato se ha resuelto que
Leguía con su partida vaya a Vera.
—Usted no ataque—le ha encargado Valdés delante de
mí.—La cuestión es ver qué disposiciones tienen las tropas realistas para
nosotros. Si ataca usted va a decir Mina que somos unos locos, y si fracasa la
expedición asegurará que es nuestra la culpa.
—¿Quiere usted que vaya con él, mi general?—le he
dicho a Valdés.
—Sí; vaya usted.
—Quizás quiera venir conmigo Ochoa.
—Que vaya.
El Inglesito al enterarse ha pedido también venir
con nosotros.
Leguía ha llamado a sus sargentos y ha dado la
orden de que para las dos de la mañana esté la partida formada en la plaza.
Leguía, Ochoa, el Inglesito y yo vamos a caballo. Llevamos una pieza de
artillería montada en un mulo.
A las dos y media la columna se ha puesto en
movimiento. La noche estaba oscura; hemos pasado por una calle con casas
hermosas, grandes, hemos salido del pueblo y cruzado por delante de la cueva de
las brujas y por el Arroyo del Infierno, después hemos seguido a campo traviesa
hasta descansar, al amanecer, en unos caseríos de Sara.
A nuestra espalda dejábamos Zugarramurdi sobre el
promontorio de Peñaplata, que entra en la tierra llana de Francia. Bajo el
cielo gris se veía un pueblecillo, Sara, y más lejos, vagamente el mar.
Después de tomar el almuerzo hemos seguido
adelante, bordeando el monte Labiaga, por unos robledales que el otoño ha
dejado rojizos. El suelo está cubierto de hojas doradas. Es época de pasa, y
por el cielo cruzan pájaros de todos colores...
En esto, una de las lomas lejanas se llena de
siluetas de hombres que comienzan a hacer fuego sobre nuestra partida.
Por lo que hemos sabido después, el teniente
realista D. Miguel de Sagastibelza, comandante del puesto avanzado, ha
destacado contra nosotros una columna formada por doscientos veinte[148] hombres del 13 de línea, ciento cincuenta
voluntarios realistas procedentes de Burguete, y trescientos soldados del
batallón de tercios del Baztán.
Leguía manda desplegar en guerrilla a su gente y se
contesta al fuego. Después de una ligera escaramuza las fuerzas enemigas se han
retirado.
¿Es que están, como dicen algunos, por nosotros y
no esperan más que una ocasión favorable para pronunciarse en nuestro favor?
No lo sé; pero así lo parece.
Con la fuerza de que disponen podían, sin duda
alguna, habernos hecho retroceder y obligarnos a meternos en Francia.
A las doce de la mañana llegamos a una cañada,
desde donde divisamos Vera en el fondo de un valle. Vamos avanzando a caballo
Leguía, Ochoa, el Inglesito y yo.
De pronto Leguía se detiene.
—¿Ve usted—me dice—ese monte que está a un lado del
pueblo con varios caseríos?
—Sí.
—Se llama Santa Bárbara. En la falda, en un repecho
hacia el río que está allí—y señala un barranco,—hay una casa fuerte, la
Casherna, y en la misma falda, al acercarse al valle por el lado[149] más próximo a nosotros, hay un convento, el
convento de Eztegara. La Casherna y el convento probablemente estarán ocupados
por los carabineros.
—¿Y qué tenemos que hacer?—he preguntado yo.
—Dividiremos la fuerza. Usted con Antula, que es mi
segundo, y con cincuenta hombres, se presentará delante de la Casherna e
intentará parlamentar con la pequeña guarnición. ¿Que se rinden?, entonces
mandará usted un hombre al caserío aquel que se llama Lecueder y agitará un
pañuelo blanco. ¿Que no se rinden?, el hombre agitará un pañuelo rojo y yo me
acercaré a Casherna.
—Está bien. Vamos a la segunda parte. Si se rinden
los del fuerte ¿qué hacemos?—he preguntado yo.
—Si se rinden, deja usted diez o doce hombres en la
Casherna y se van ustedes acercando al convento de Eztegara. Yo estaré al
comienzo de este barrio, que es el barrio de Alzate, y esperaré subido sobre
uno de estos montes a ver lo que ustedes hacen y cuándo llegan. Si veo que ha
tenido usted éxito, me presentaré delante del convento e intimaré la rendición.
Usted entonces se acercará con su gente.
—Creo que estamos entendidos.
Leguía habla en vascuence con Antula, le hace
algunas recomendaciones y nos separamos los dos grupos. Leguía toma por la
derecha a coger el camino de San Juan de Luz a Vera; yo, acompañado de el
Inglesito, de Antula y de unos cincuenta hombres, cruzo un barranco y avanzo
por la falda de Santa Bárbara.
Antula, el segundo de Leguía, es un hombre rojo,
con las pupilas azules brillantes, las cejas y las pestañas doradas y la melena
hasta los hombros. Viste un capisayo corto atado con unas cuerdas y tiene un
aire salvaje y fiero. Detrás de él marcha un perro, tan parecido al amo en el
aspecto sombrío, que se ve que está identificado con él. Mientras vamos andando
por el monte, Antula no me dice nada; pero al divisar la casa fuerte me grita,
hablándome de tú:
—¡Baja!
—No, no—exclamo yo, y sigo a caballo.
El Inglesito hace lo mismo.
Nos aproximamos a una casa vieja, aspillerada, que
en el pueblo llaman la Casherna. Antula vuelve a decirme:
—¡Baja!—pero yo sigo adelante a caballo y el
Inglesito también.
Al acercarnos a la casa fuerte nos encontramos con
un piquete de realistas formado por unos treinta hombres. Yo, poniendo en
prensa mi cerebro, les dirijo una arenga hablándoles de la libertad.
Los soldados de la Casherna se consultan, vacilan y
dicen que se rendirán a condición de que les dejen marcharse cada cual adonde
quiera.
Acepto su proposición y los soldados se van.
El Inglesito me da la mano gravemente. Ocupado el
viejo cuartel, llamado la Casherna, y un pequeño fortín que hay más abajo,
hacemos la seña desde Lecueder a Leguía y nos dirigimos hacia el convento de
capuchinos de Eztegara.
Este convento es un edificio no muy grande, con
capilla, cementerio adosado a ella, vivienda para los frailes y algunos
almacenes y corrales de ganado.
Por las reglas de la Orden el tal convento debía
ser un eremitorio de forma humilde y pobre, la iglesia pequeña y estrecha, la
vivienda mísera y sólo capaz para ocho a doce frailes con el superior; pero
actualmente los frailes no llevan una vida humilde, ni mucho menos. Está
fundado el convento de Vera en 1741. Tiene exteriormente una muralla de ronda
que rodea el rectángulo de[152] sus campos, que por
dos de sus lados está limitado por los arroyos Lamiocingo-Erreca y
Convetuco-Erreca.
Antula, el Inglesito y yo nos acercamos al convento
y entramos en un caserío que se llama Botinea. Desde los agujeros del pajar veo
la huerta del convento, sus campos de maíz, sus filas de perales y de manzanos,
el pozo y dos grandes nísperos que hay delante de la capilla.
El convento tiene todas sus puertas y ventanas
cerradas.
Los carabineros, en número de trescientos, se han
encerrado ahí con su jefe D. Claudio Ichazo. Con ellos están los capuchinos
armados y algunos voluntarios realistas. Deben hallarse todos emboscados o
parapetados, porque no se les ve.
Al acercarse Fermín Leguía al convento ha comenzado
desde las ventanas el fuego graneado. Antula y yo hemos distribuído la gente en
Botinea para contestar al fuego desde los agujeros del pajar.
En esto en una ventana del convento ha aparecido
una bandera blanca.
Leguía ha mandado a Ochoa a los carabineros como
parlamentario, y en vista de que no ha habido acuerdo se han reanudado las
hostilidades.
Leguía ha mandado preparar y cargar el cañón; dos
artilleros lo han colocado delante del portillo de la huerta del convento, a
una distancia de treinta o cuarenta varas y han hecho fuego suprimiendo el
obstáculo.
No se ha podido pasar, porque detrás había una
barricada formada con maderas y con carros, que se ha deshecho de nuevo a
cañonazos.
Hemos entrado en la huerta del convento y en la
parte de vivienda de los frailes. Los carabineros se han encerrado en la
iglesia. Parece que no tienen municiones, pero no quieren rendirse.
Al poco rato, nueva bandera de parlamento aparece
en el tejado de la iglesia.
¿Qué hacemos? Un guerrillero de los que se han
quedado en la Casherna viene diciendo que en el camino de Echalar han aparecido
fuerzas del batallón de realistas número 10. Son dos compañías que manda el
capitán D. Teodoro Carmona.
¿Qué hacemos?, nos hemos vuelto a preguntar. No hay
más remedio que retirarse.
Se manda aviso a los de la Casherna para que vengan
al convento a emprender la vuelta a Zugarramurdi.
—¿Por dónde vamos?—pregunta Antula a Leguía,—¿hacia
Oleta?
—No, no; a Zugarramurdi.
Quedamos de acuerdo en fingir que no nos retiramos,
y vamos por el barrio de Illecueta a coger el camino de Zugarramurdi. En el
alto de Lizuñaga se prepara la comida. Se enciende fuego y se hierve en cuatro
calderos grandes habas secas con tocino. Yo como con gusto y el Inglesito mismo
no hace melindres.
El postre nos lo da un pelotón de voluntarios
realistas mandados por Carmona, que empieza a hacernos fuego.
Antula con algunos de sus hombres se lanza sobre
ellos y los dispersa y los persigue de risco en risco.
—¡Qué tipo este Antula!—le digo a Leguía.
—Sí, es un gran tipo.
—¿Lo conoce usted desde hace mucho tiempo?
—Sí; desde hace mucho tiempo. ¿Que, le interesa a
usted?
—Sí.
—Ya le contaré a usted su vida más tarde.
Por la noche entramos de nuevo en Zugarramurdi, y
Leguía explica a Valdés los detalles de la expedición, que no ha tenido ningún
resultado.
III.
EL LEÑADOR DE ANTULA
Zugarramurdi, 19 Octubre; por la mañana.
Escribo en la cocina de la posada, a la luz de
un candil. Está apuntando el día, un día turbio, húmedo y triste. Hemos estado
largo tiempo después de cenar, fumando, bebiendo y contando historias a la luz
de la lumbre.
El Inglesito se nos ha reunido. Campillo, Malpica,
Mancha y Leguía han contado las suyas; la que más me ha interesado, porque se
refiere a un tipo como Antula que acabo de conocer, ha sido la de Leguía. Voy a
transcribir su narración, no exactamente, porque el guerrillero navarro ha
hecho una porción de divagaciones al contarla:
—La vida de Antula—ha dicho D. Fermín—está unida
con la mía. Yo he nacido en Vera del Bidasoa, en Febrero de 1787, en el caserío
que se llama Landaburuchipia. Esta casa era de mis abuelos maternos, Norberto
de Fagoaga y Mariana de Alzate. Tenía veintiún años cuando los franceses
entraron en España: no sabía escribir y apenas sabía leer. El oir los desmanes
que hacían los franceses en nuestro país me impulsó a echarme al monte, y con
Antula, que era un muchacho salvaje, leñador de un caserío del monte Larrun y
cazador de jabalíes, me reuní al cabecilla Belza que operaba en las orillas del
Bidasoa... No llegamos más que a intranquilizar al enemigo con alguna que otra
correría de poca importancia. En un viaje que hicimos a Guipúzcoa, Antula y yo
a recoger caballos, los franceses nos cortaron la comunicación con Belza y
tuvimos que pasarnos a Vizcaya y a Santander. Allí tomamos parte con unos
estudiantes en la acción de Santoña. Los estudiantes se batían sin orden ni
táctica. En un encuentro que tuvimos en Santander el 17 de Julio de 1808 a
Antula y a mí nos cogieron prisioneros y nos llevaron al Castillo Viejo de
Bayona. Estuvimos presos setenta y cinco días, y el 2 de Octubre nos
escabullimos él y yo, entramos en Es[157]paña y nos
presentamos a la partida de Mina el Estudiante, que se llamaba el Corso
terrestre. Mina había preparado el levantamiento de Navarra; en esta época
varios generales franceses a las órdenes de Suchet, entre ellos el navarro
Harispe, le perseguían. Javier Mina tuvo que esconderse; y como era hombre de
muchos arrestos solía meterse en los pueblos ocupados por el enemigo, y
presenció, vestido de aldeano entre un grupo de campesinos, el paso del general
Suchet que iba de Zaragoza a Pamplona. En un pueblo que llaman Labiano, del
valle de Aranguren, se nos echó encima una columna de tres mil hombres, e
hirieron y cogieron prisionero a Javier Mina. La prisión de Mina produjo un
desorden grande en sus fuerzas. Había por entonces tres partidas más en
Navarra: la de Echeverría, el carnicero de Corella; la de Sádaba, y la del
Pelado. Ni a Antula ni a mí nos gustaba reunirnos con esta gente de la Ribera,
con quien no podíamos entendernos bien.
Estábamos vacilando, cuando apareció el tío de
Mina, D. Francisco Espoz, mandando una partida con los restos de la de Javier
Mina. Iban con él Mal Alma, el Chiquito de Tafalla, Tomasito el de Azcárate y
otros.
Don Francisco tuvo diferencias con los demás[158] jefes, y cuando logró afirmar su autoridad, una
de las cosas que exigió de sus soldados fué que se cortaran el pelo al rape,
quedando el sólo con el pelo largo en señal de superioridad y de mando.
Antula era hombre orgulloso, y dijo:
—No me da la gana. Si se corta él el pelo me lo
cortaré yo también, si no, no.
Y dejó la partida y se marchó con su perro. Yo
quedé con Mina. Al dividir éste su fuerza en tres batallones me hicieron a mí
sargento del tercer batallón de Voluntarios de Navarra que mandaba D. Lucas
Gorriz y del que era oficial Laquidain.
En este batallón tomé parte en la acción de
Monreal, donde me hirieron en la pierna derecha, y en las de Tafalla, Lerín,
valle de Ulzama y otras muchas.
Estábamos en Villarreal de Guipúzcoa, me había yo
apoderado de varios caballos de los franceses, y el general Mina, en vista de
la maña que me daba, me dijo en vascuence:
—Leguía.
—¿Qué?
—Tú preferirías andar suelto por tu país, ¿verdad?
—Sí.
—Bueno; pues escoge quince hombres y vete a la
frontera de Francia, a la parte de las Cinco Villas, y te quedas allí de
observación. Todos los caballos que cojas nos vendrán muy bien.
Escogí mis hombres y me vine aquí. Estaba entonces
incorporado al cuarto batallón ligero de Navarra. Al poco tiempo se me
presentaron varios jóvenes, amigos, de los caseríos inmediatos, que algunos
todavía están conmigo: Martín Belarra, Erauste, Mendigorri y el leñador de
Antula con su hermano.
Antula seguía tan salvaje, con sus pelos largos, su
capucha, un hacha en el cinto y su perro al lado.
—Antula guizon fierra da—se decía.
(Antula es hombre orgulloso.)
Nuestra partida daba que hacer. Nos dedicábamos
principalmente a quitar caballos a los franceses. En poco tiempo les cogimos en
la orilla del Bidasoa más de cien caballos y les hicimos muchos prisioneros.
Luego nos apoderamos del castillo de Fuenterrabía...; pero esto es capítulo
aparte—dijo el guerrillero.
Con nuestras gatadas, el jefe de la Policía
francesa de San Sebastián y el inspector de Irún estaban ojo avizor. Se
pusieron de acuerdo con un[160] capitán de la
gendarmería para acabar con mi partida. Emplearon todos los medios de
seducción. Habían puesto mi cabeza a precio y al mismo tiempo me mandaban
recados para que me pasara a su bando. Una de las cosas que hicieron fué mandar
a dos muchachas, que engatusaron al hermano de Antula y a otro mozo de mi
partida y les citaron en un caserío de Sara. Cuando fueron los mozos los
gendarmes los rodearon y los fusilaron.
Antula, que quería a su hermano, se hizo más fiero
y más vengativo.
Un día el superior de este convento, en donde hemos
estado hoy, el padre Romualdo, nos citó a Antula, a Martín Belarra y a mí; dijo
que tenía que hablarnos.
La suerte hizo que confundiéramos la hora de la
cita, y en vez de llegar al convento a las doce de la noche en punto nos
presentáramos a las once. El portero nos abrió y pasamos. Entramos en el campo
de delante de la iglesia, nos asomamos al claustro y vimos al prior hablando
con diez o doce gendarmes.
—Son los gendarmes—me dijo Antula.—Estamos
perdidos.
Retrocedimos rápidamente y salimos al patio.
Los gendarmes se dieron cuenta y avanzaron contra
nosotros en la oscuridad; Martín Belarra llevaba el fusil, yo tenía pistolas.
¡Fuego!, le dije.
Disparamos los dos. Ellos nos contestaron con una
descarga. Mientras tanto, Antula rompía la puerta de unos cuantos hachazos y
nos escapábamos.
Sabíamos a qué atenernos respecto a los capuchinos
de Vera. Estaban en relación con los franceses. Entre los frailes y los curas
de entonces había unos muy patriotas que se habían lanzado al campo; otros,
afrancesados, decían que lo mismo daba Bonaparte que Borbón.
Esta gente no se preocupaba, como nosotros,
principalmente del interés patriótico, sino del interés de la religión. Sobre
todo los frailes que habían quedado en las zonas ocupadas por los imperiales
eran en su mayoría afrancesados.
Después de la emboscada que nos prepararon los
capuchinos de Vera, temiendo las represalias el padre Romualdo reforzó la
guardia del convento y llevó un retén de gendarmería.
El superior, ya desenmascarado, se puso claramente
contra nosotros, e hizo que el dueño del caserío donde vivía Antula echara de
casa a la familia.
Mi partida fué a protegerla con la intención de
llevarla a un caserío de aquí, de Zugarramurdi; pero al pasar por Peñaplata,
por la parte que llaman de las Tres Mugas, nos atacaron los gendarmes, y una
bala perdida fué a dar en el hijo de Antula, que tendría dos o tres años, y lo
mató en los brazos de su madre. Después los gendarmes entraron en el caserío de
Antula, sacaron los pobres trastos al campo y les pegaron fuego.
La desesperación volvió loco al leñador, que se
hizo más sombrío que nunca. La gente le tenía espanto. Todo el mundo se echaba
a temblar cuando le veía, seguido de su perro, con sus ojos claros y
brillantes, sus cejas rojas, su capisayo pardo y el hacha al cinto.
Tenía tal odio a los frailes, que si encontraba
alguno en el camino sin más explicaciones le daba una paliza terrible. Al perro
le pasaba lo mismo: siempre que veía un fraile se echaba sobre él y Antula le
azuzaba.
Un día, después de la batalla de San Marcial,
siendo yo teniente y Antula sargento, nos encontramos al padre Romualdo en una
venta de Echalar en compañía de un oficial inglés y de un militar del Cuerpo
del general Longa.
El padre Romualdo cantó la palinodia, y como[163] tenía una mala idea de nosotros nos ofreció
dinero.
—Ya sé que te perjudicaron los gendarmes quemándote
los trastos de la casa—le dijo a Antula;—pues bien, para que no te quejes te
voy a dar dos mil pesetas. ¿Estamos de acuerdo? Y tú me firmarás un recibo
diciéndome que no te debo nada.
Antula callaba.
—¿Será tan vil para aceptar?—pensaba yo.
El padre Romualdo escribió un recibo.
—Firma—indicó;—te daré dos mil pesetas por la casa
y quinientas por tu hijo.
Oir esto Antula y sacar el hacha del cinto, todo
fué uno. Rápidamente levantó el arma en el aire y se oyó un grito terrible.
Había cortado al fraile el brazo derecho por la muñeca.
Se asistió al mutilado y se buscó a Antula, que
había desaparecido con su perro.
Al terminar su narración, Leguía bebió de un trago
el vaso de aguardiente y murmuró:
—Bueno, señores; vamos a dormir un rato.
Y yo me tendí en un jergón con los pies hacia el
fuego, pensando en aquel terrible Antula de los ojos brillantes y de las cejas
rojas.
IV.
ATAQUE DE JUANITO
Zugarramurdi, 20 Octubre.
Juanito el de Rochapea conociendo nuestra
posición en esta aldea de Zugarramurdi, se ha presentado por la mañana a
atacarnos con unos mil quinientos a dos mil hombres.
Juanito ha formado tres columnas: una al mando de
Carmona, otra al de Sagastibelza y otra al suyo inmediato.
Nosotros no llegamos a cuatrocientos hombres. Parte
de nuestra gente ha salido del pueblo a ocupar los altos, asegurándonos de
antemano la retirada a Francia.
En el casco del pueblo y en la iglesia hemos
quedado Valdés, Mancha, Malpica y yo con ellos, con[166] cien
hombres, la mayoría extranjeros, a los cuales al parecer no se les considera
muy seguros: la gente de Campillo ha ocupado un robledal inmediato, y la
partida de Leguía, en la que se tiene completa confianza, ha evolucionado por
los alrededores.
A las diez de la mañana han roto el fuego las
guerrillas enemigas. Su objeto era rodearnos, pero no lo han podido conseguir.
A pesar de la superioridad de las fuerzas realistas no han realizado sus
planes.
Los tres grupos de nuestra gente han rechazado al
enemigo en todas sus acometidas. Campillo ha maniobrado alrededor de un
robledal con gran pericia de guerrillero.
Entre los nuestros ha habido un francés prisionero,
ocho hombres muertos y varios desaparecidos. Entre los realistas supongo yo que
habrán tenido las mismas bajas, quizás algunas más.
Este pequeño éxito no ha servido para animar a
nuestra gente. No se nos une nadie; no tenemos víveres ni municiones. Si sigue
así, no cabe duda, la expedición va a ser un fracaso...
V.
CHAPALANGARRA
Zugarramurdi, 21 Octubre.
Hoy hemos sabido el final desastroso de
Chapalangarra en Valcarlos. Fiado en su gloria de guerrillero y en el influjo
que creía tener entre sus paisanos, supuso, como muchos de los nuestros, que
bastaba su presencia para arrastrar a los amigos y hasta a los enemigos.
Al despedirse de nosotros, cerca de Dancharinea,
Chapalangarra con algunos de los suyos fué a San Juan del Pie del Puerto.
Llevaba a sus órdenes, según me han dicho, ciento cincuenta hombres. De éstos,
unos cien eran aventureros franceses, casi todos parisienses, gente levantisca
y poco disciplinada. Entre los españoles iba una partida que[168] había
reclutado D. Joaquín Cayuela con elementos heterogéneos, y algunos curiosos
como el poeta Espronceda.
De Pablo abandonó San Juan del Pie del Puerto de
noche y avanzó con toda su gente hasta Arnegui, aldea que tiene una parte
española y otra francesa divididas por un riachuelo.
En Arnegui dejó los cien parisienses en un grupo de
casas próximo a la carretera llamado Ventaberri, para tener, en caso de
necesidad, la salida libre a Francia.
Hecho esto, él con un grupo de quince hombres a
caballo avanzó hacía Valcarlos. Valcarlos, en vasco Luzaide, se encuentra en un
valle estrecho al descender el Pirineo a la llanura de Francia.
El valle de Valcarlos es el final del Barranco de
Roncesvalles, que comienza en su parte más alta cerca del santuario de este
nombre y termina en Arnegui. Por esta garganta pasa el camino real que va de
Burguete a San Juan del Pie del Puerto, y por su parte baja corre un riachuelo
que contribuye a formar el Nive.
Chapalangarra al llegar a Valcarlos se instaló en
la posada y comenzó a dar disposiciones para defender el pueblo.
Cuando llegaron los hombres de la partida de[169] Cayuela y los demás españoles, tenían ya
preparado el alojamiento en las casas cerca de la iglesia.
Mandó Chapalangarra traer materiales para cerrar la
entrada de la aldea por el lado de Roncesvalles; pero como no había útiles ni
herramientas no se pudo hacer nada.
Al día siguiente por la mañana al levantarse el
caudillo supo que acababa de llegar un leñador con la noticia al pueblo de que
por la carretera iban acercándose grupos numerosos de tropas realistas.
Estas tropas, salidas de Burguete, se hallaban
formadas por el regimiento de Infantería 6.º de ligeros, por el batallón de
Voluntarios realistas número 10 al mando del oficial D. Francisco Benito Eraso,
comandante del cantón de Roncesvalles, y por una compañía de Voluntarios de
Navarra.
No había tiempo de fortificar la villa. Eran,
además, muchas fuerzas las que llegaban para que Chapalangarra intentara
oponerse a ellas con un puñado de hombres.
No había más remedio que retirarse y volver a
Francia, y esa fué la opinión de los liberales que acompañaban al jefe; pero
Chapalangarra exaltado por su patriotismo y por su orgullo, creyó que una
retirada tan inmediata era una vergüenza y un oprobio.
—Dejadme a mí hablarles primero—exclamó.—Son
españoles y me oirán.
Y sin hacer caso de observaciones montó a caballo y
avanzó al encuentro de la primera patrulla de realistas.
Estos, al verle y al oirle, quedaron inmóviles,
sorprendidos y admirados.
—Navarros—gritó el caudillo con voz sonora.—Yo soy
de Pablo, Chapalangarra; vuestro amigo, vuestro paisano. Vengo a sacar a la
patria de la ignominia en que se encuentra. Gritad conmigo: ¡Viva España! ¡Viva
la libertad!
Los realistas verdaderamente absortos no salían de
su admiración al ver a aquel loco que se les presentaba indefenso, cuando el
teniente del sexto de Ligeros, D. Pedro Roca, volviéndose a sus soldados dijo:
—Voluntarios... Apunten... ¡Fuego!
Los soldados dispararon una descarga cerrada, y
Chapalangarra cayó al suelo atravesado de balazos.
Algunos de los suyos que se habían detenido
esperando un resultado de la decisión del caudillo, al oir los tiros escaparon
por la carretera de Valcarlos a Francia dejando en poder de las tropas de Eraso
una bandera, doce mil cartuchos y una porción de fusiles y de bayonetas.
Los tercios realistas, viendo la fuga de los
liberales echaron a correr tras ellos con tal ímpetu, que los liberales no
intentaron resistir en ninguna parte. Unicamente los parisienses de Ventaberri
soltaron algunos tiros, pero abandonando pronto las casas de Arnegui entraron
en Francia. Todos hubieran sido sacrificados en territorio francés a no ser por
un oficial de la gendarmería, que mandó aviso a los jefes de los tercios de que
habían pasado la frontera. No hubo necesidad de desarmar a los fugitivos, porque
habían tirado los fusiles en la huída.
El cadáver de Chapalangarra, abandonado en
Valcarlos en medio del camino, fué mutilado por los realistas de una manera
bárbara y cruel.
Este final ha tenido la empresa de Chapalangarra,
final que ha llevado el desaliento a nuestra gente.
¡Pobre Chapalangarra! ¡Desdichado! ¡Iluso!—dicen
todos.
Ahora me parece estar oyéndole hablar en Cambó, con
su voz áspera y su mirada sombría y brillante. ¡Pobre hombre!
Quizás mañana hablen también de nosotros con
lástima.
VI.
NOTICIAS DE MINA
Errota-sarreco-borda, 23 Octubre.
Estoy con veinte hombres en un caserío de este
pequeño nombre: Errota-sarreco-borda. El tal nombre quiere decir, en vasco, la
Borda del molino viejo. Cerca tengo Errota-berri (el molino nuevo) y
Errota-echezubi (el puente de la casa del molino).
Errota-sarreco-borda es un caserío pequeño del
término de Zugarramurdi, hacia Vera. Vive aquí una viuda con tres chicos y un
viejo. No hablan una palabra de castellano ni de francés, el leñador de Antula
me sirve de intérprete.
Estamos impacientes por saber lo que ha hecho[174] Mina. Los partidarios acérrimos de Valdés desean
que no se presente para poder acusarle. ¡Qué mezquinas pasiones!
Hace dos días recibí un emisario que venía de Vera
a darnos cuenta de la entrada de Mina en este pueblo.
Por lo que nos dijo, el 18 se reunió por la noche
toda la gente disponible que había en Bayona, y Mina la hizo formar fuera de la
puerta de España y la pasó revista. Se contaron escasamente 350 hombres,
incluídos los 51 de la Compañía Sagrada, compuesta por oficiales algunos ya muy
viejos que van como soldados.
A la luz de las hachas se saludaron todos como
amigos y juraron fidelidad.
A Mina le acompañaban el jefe de Estado Mayor,
O'Donnell, los generales Butrón y López Baños y el coronel Iriarte.
Don Gaspar de Jáuregui, el Pastor, dió la voz de
marcha a sus voluntarios que iban de vanguardia, y comenzó la columna a
alejarse de Bayona.
Mina iba acompañado por Sanz de Mendiondo y por el
capellán D. Agustín de Apezteguía.
Después de caminar toda la noche del 18, al
amanecer del día 19 hizo alto con sus tropas en el bosque de Saint Pee; allí
permanecieron duran[175]te el día y al hacerse de noche
rompieron la marcha amaneciendo cerca de Vera.
Estuvieron en las alturas de Vera dando descanso a
la tropa y repartieron varias proclamas en los caseríos próximos.
Al amanecer del día 21, Mina con la columna en
orden de combate entró en el pueblo. Al acercarse al convento de capuchinos de
Eztegara envió como parlamentario al comandante D. Felipe Tolosana; pero los
carabineros que lo ocupaban y su jefe D. Claudio Ichazo al oir la corneta de
parlamento se retiraron, saltando la tapia que da al arroyo Convetucoerreca y
abandonaron el pueblo.
Mina parece que acusa a Leguía de falta de
diplomacia con los carabineros en nuestra expedición anterior.
Creo que le han informado mal.
Vera, 24 Octubre: mañana.
De Errota-sarreco-borda he vuelto a Zugarramurdi.
Hemos quedado reducidos a unos ciento cincuenta hombres. La gente se va a la
desbandada, sobre todo los aventureros extranjeros que venían principalmente en
espera de botín. El Cuerpo que manda Leguía es el que no ha disminuí[176]do; los de Campillo y Malpica se han quedado en
cuadro, y a Mancha no le resta más que el Inglesito, el tío Juan, Alí y otros
tres o cuatro.
Nuestra pequeña fuerza está formada por oficiales.
El viejo coronel Malpica se desespera pensando en las deserciones; de rabia
quisiera fusilar a medio mundo.
Anteayer se recibió un oficio de Mina dirigido a
Valdés. En él Mina nombra a Valdés gobernador del fuerte de Vera, y le dice que
se traslade a este pueblo.
Valdés ha creído ver en tal nombramiento una
humillación, y me ha dictado un oficio lleno de violencia, afirmando que no
reconoce en Mina mando alguno. Pasado algún rato me ha dicho:
—¿Qué le parece a usted?
—En estos momentos sería conveniente que olvidasen
ustedes toda cuestión de amor propio.
—Bueno. Rompa usted ese oficio, y escriba usted
otro diciendo que me trasladaré a Vera.
Salimos el mismo día de recibir el oficio, por la
noche, y llegamos ayer por la mañana. El gobernador del fuerte de Vera nombrado
por Mina es D. Joaquín Sanz de Mendiondo. Envía parte de nuestra tropa al viejo
cuartel (la Casherna), parte al pequeño fortín derruído que está debajo, y par[177]te al campamento del Bidasoa instalado por Mina en la
otra orilla del río en el término de Lesaca.
Al entrar nosotros Mina ha dejado Vera, y siguiendo
el curso del río ha llegado a Irún y ha ocupado el alto de San Marcial con dos
compañías de guipuzcoanos, doce lanceros y veinte hombres de la Compañía
Sagrada al mando del Pastor. Los voluntarios realistas de Irún han huído a
Francia.
Vera, 24 Octubre: noche.
Por lo que parece, Mina ha tenido el temor de que
nos ataquen en Vera con fuerzas superiores, y ha dispuesto que Butrón, López
Baños y O'Donnell, que iban siguiéndole, vuelvan a ocupar el campamento del
Bidasoa en término de Lesaca con sus fuerzas. Hoy por la tarde han llegado,
según nos han dicho.
El tiempo está muy malo. El invierno se nos echa
encima.
Valdés quiere que me cuide, y me ha enviado de
alojado al pueblo, al barrio de Alzate. Estoy en casa de una hermana de Leguía,
una señora ya anciana, que vive sola, con pobreza, y tiene una tiendecita.
La hermana de D. Fermín me ha recibido muy[178] amablemente. Es alta, fuerte, muy guapa. A mí me
mira con lástima por verme demacrado y débil.
—¡Gashúa!—me dice a cada momento. Esto
parece que quiere decir en vascuence: Pobrecillo. Desdichado.
Por la tarde ha venido D. Fermín a visitar a su
hermana y han hablado largamente. En el curso de la conversación se han ocupado
de mí; ella le preguntaba al guerrillero:
—¿Para qué traeis chicos como éste? No os puede
servir para nada. ¡Tan pequeño! ¡Tan charrico!
Leguía contestaba:
—No, no. Este muchacho tiene nervio.
Yo estoy un poco febril. Este constante llover,
esta constante humedad me ponen muy triste. Desde la ventana de la cocina de la
casa veo el paisaje nebuloso y la niebla amarilla y triste que forma como un
telón en el aire. Todo está convertido en un charco.
De noche, la hermana de Leguía ha encendido una
gran fogata en la cocina y hemos estado al calor de la lumbre charlando. El
Inglesito ha venido a visitarme. La gente dice que es muy raro que en Octubre
haga tan mal tiempo.
Sin duda tenemos poca suerte. Seremos unos gashúas,
como dice la hermana de Leguía.
VII.
EN EL FORTÍN DE VERA
25 Octubre: mañana.
Me han dejado en el fortín de Vera con quince
hombres, mientras los jefes hacen reconocimientos. Tengo como asesor a Antula;
él sabe el vascuence y conoce el terreno. Han supuesto que el leñador y yo nos
completamos.
Me pongo a escribir en este cuaderno para
entretenerme. La noche pasada ha nevado y hay todavía nieve en las cumbres. Son
las doce del día. Hace un momento de buen tiempo. Ha salido un poco el sol. Hay
grandes espacios de cielo azul del que tratan de apoderarse las nubes plomizas.
Pasan bandadas de palomas y cruzan pájaros de todas
clases, que sin duda vienen del Norte huyendo hacia los países del sol.
Voy a describir el sitio en donde me encuentro.
Hay frente a Vera, hacia el sudoeste, un monte de
unos mil pies de alto que se llama Santa Bárbara. Este monte tiene en la cumbre
una ermita y restos de trincheras y de otras obras de fortificación que
hicieron los españoles cuando la guerra con la República francesa en 1794 y en
tiempo de la Independencia.
Este monte, en su falda que mira al pueblo tiene
una loma que se llama Casherna-gaña (Alto de Casherna). La razón de tal nombre
es que hay en la cumbre de la loma un viejo edificio que sirvió durante las dos
invasiones francesas de cuartel, al que los franceses llamaban, naturalmente,
la Caserne, y los naturales del pueblo castellanizando y vasconizando la
palabra francesa, lo llamaron la Casherna.
La Casherna está en medio de
campos fértiles y su fachada mira hacia el pueblo. A su lado izquierdo y abajo,
como avanzando a dominar el camino próximo al río, hay un fortín construído por
cuatro paredes ruinosas y una tejavana provisional. A este fortín, en donde me
encuentro yo, se sube por la estrada que comunica el barrio de Alzate con Vera,
por una escalera tortuosa que pasa hundida por entre dos muros de piedra.
Desde el fortín, donde estamos de guardia, se ve
enfrente el pueblo, la iglesia con su torre cuadrada por una de cuyas aristas
va trepando una hiedra y su escalera exterior. Detrás del pueblo cierran el
horizonte dos montes puntiagudos, uno de ellos con una fila de cruces que sube
hasta lo alto, que es el Calvario, el otro con varios caseríos.
A mi izquierda hay un valle por donde pasa el
Bidasoa. Desde mi observatorio no se le ve. Se divisa únicamente el puente y
sobre él una barriada de casas: Alcayaga, y un poco más abajo otra barriada que
se llama Zalain. Por encima de los montes próximos se ve una cresta nevada como
una sierra. Antula me dice que es de la Peña de Aya, del lado de Oyarzun.
Hacia mi derecha se destaca el monte Larrun con
grandes manchas de nieve.
Todos los montes de alrededor se ven ahora en las
alturas blancos, en las faldas rojizos por los helechos que se han agostado.
Las heredades de los valles están cubiertas por las cañas blanquecinas de los
maíces secos; los tejados brillan por la humedad. Los chopos, los álamos, los
castaños, tienen el follaje amarillo; los robles todavía están hojosos, aunque
empiezan a enrojecer. En medio[182] de esta
superficie amarilla y cobriza que presentan los montes, se ven algunas manchas
rectangulares de un verdor profundo de los prados.
25 Octubre: al medio día.
La posición que defendemos en este momento, la
Casherna, con su fortín, sería buena si contáramos con gente; pero la gente nos
falta.
Desde la Casherna se pueden
vigilar las veredas y caminos de Echalar y de Zugarramurdi; desde el fortín
avanzado se divisa si viene alguien por el lado de Navarra, por Lesaca; por el
lado de Guipúzcoa, por Endarlaza, o cruzando el Bidasoa, por el puente de San
Miguel...
Estoy mirando el pueblo iluminado por este pálido
sol; a pesar de ser pálido y sin brillo me parece muy hermoso. Es el sol de mi
patria.
25 Octubre: tarde.
He tenido una larga conversación con Antula, que me
ha hablado de sus hombres. ¿Qué hacen estos vascos, a los cuales no entiendo?
¿Qué piensan? ¿Qué proyectan?
Antula me ha hablado de ellos y de sus deseos y
aspiraciones. Hay dos de cara alegre que siempre están hablando.
Por lo que me ha dicho Antula, se entretienen en
pensar proyectos de comidas.
El uno hace un menú y el otro le
pone objeciones, y al contrario. Discuten si empezarán su supuesto banquete con
sopa de fideos o con sopa de pan, si son mejor las judías blancas o las rojas,
y si un cochinillo asado es más propio para tercer plato que un cordero. Cada
salsa, cada vino merece una discusión. Los demás les escuchan con gran interés
y se ríen.
Otros hablan de brujas constantemente y se ponen a
mirarse con los ojos alucinados, y hay uno de los nuestros que canta y sobre
todo silba admirablemente. Le llaman Sosua (el mirlo). Sosua
suele estar asomado a la muralla. Generalmente canta la primera voz y luego
canta el acompañamiento; y no se contenta con cantar una vez, sino que canta
muchas veces hasta aburrirse. Hoy le ha dado por una tonada triste.
—¿Qué dice, qué significa lo que canta?—le he
preguntado a Antula.
—Es una canción del país del Sul que se llama Uso
churia—me ha dicho el leñador.
—¿Qué significa?
—Esto que ha cantado dice: "¿Paloma blanca,
adónde vas? Los montes de España están blancos[184] de
nieve. Si esta noche necesitas albergue, lo tienes en mi casa."
Ahora que sé el significado de la canción me parece
más triste aún. Los montes están blancos y aparecen como bloques de hielo en el
horizonte gris.
Sosua sigue con la canción. ¡Qué tristeza! Me
parece que me van a enterrar.
He aprendido yo la canción de Sosua, y la repito
también hasta aburrirme.
25 Octubre: noche.
Al oscurecer me han mandado un aviso para subir a
la Casherna. Estaban reunidos allí Valdés, Leguía, Campillo, Malpica y Mancha.
No se saben los proyectos del enemigo.
Leguía es partidario de dejar la Casherna y el
fortín y ocupar el convento de Eztegara, proveerse de víveres para un mes y
defenderse allí. Valdés no acepta el plan; teme que el pueblo se ponga contra
nosotros, y supone que Leguía quiere vengarse de los frailes.
Veremos mañana si mejora o empeora nuestra
situación.
VIII.
LOS REALISTAS
Fortín de Vera, día 26.
Hemos pasado una malísima noche en el fortín
sin poder dormir. Se nos ha echado encima un temporal de agua y nieve que
parece que va a durar.
Las tropas del campamento del Bidasoa, próximo a
Lesaca, han tenido que trasladarse a Vera. Son unos doscientos cincuenta
hombres. Vienen mandados por el general Butrón y López Baños, y marchan como
oficiales el brigadier Sancho y los coroneles O'Donnell, Iriarte, D. Agustín
Jáuregui y D. Epifanio Mancha.
Esta columna llegó ayer al medio día a ocupar la
posición que dejaron los nuestros en la orilla[186] del
Bidasoa y se encontraron a campo raso, sin techo, sin comida y sin ropa;
pasaron la noche a la intemperie resistiendo a pie firme la lluvia y la nieve y
por la mañana entraron en el pueblo.
Hemos fraternizado los unos y los otros, y les
hemos dado lo que teníamos.
27 Octubre: al amanecer.
Esta noche he dormido un poco en el barrio de
Alzate, en casa de la hermana de Leguía. Le he indicado que me despierte a las
cuatro, y a esta hora me he vestido y he marchado al fortín.
Hay calma absoluta.
No se ha recibido durante toda la noche ningún
aviso de los confidentes acerca de los movimientos del enemigo, lo cual hace
suponer que no se ha presentado todavía.
A las cinco de la mañana han tenido una conferencia
Butrón y López Baños con Valdés. Butrón ha dicho que en vista de que no hay
peligro de ataque en Vera, saldrá cuando se haga de día hacia las alturas de
Oyarzun, para reunirse a Mina que debe estar en los caseríos de Arichulegui.
27, seis de la mañana.
A las cinco de la mañana se hallaban listos y
formados los hombres de Butrón y López Baños.
Estaba completamente a oscuras. Butrón no ha
querido salir mientras no amaneciese, porque, a pesar de que no había noticias
de aproximación de fuerzas enemigas, no tenía confianza.
A las cinco y media comienza a clarear y aparece el
pueblo chorreando agua por entre la bruma, en un cielo de nubes de plomo. La
campana de la iglesia anuncia la primera misa. Siento una profunda tristeza. Me
gustaría ser el último de los campesinos y vivir esa vida oscura del campo...
27, ocho de la mañana.
Iba Butrón a dar la orden de marcha, cuando viene
corriendo un centinela que estaba en el puente de San Miguel, sobre el Bidasoa,
a decir que un campesino al pasar por el puente le ha dicho que por los altos
del término de Lesaca: Baldrun, Pompollegui y Escolamendi, por donde pensaba
marchar Butrón camino de Oyarzun, hay apostada mucha tropa.
Inmediatamente se han dado órdenes de defender el
puente de San Miguel, y Campillo, Peman[188] y
Malpica han salido con tropas y se han colocado en el extremo del puente.
Valdés distribuye sus hombres por la orilla del río.
López Baños y Butrón marchan al pueblo para
asegurar la retirada a Francia. Leguía va a Santa Bárbara por si por la espalda
aparece el enemigo. Yo me quedo en el fortín con mis quince hombres.
El día está frío, húmedo y triste. Comienzan a
verse grupos de tropas realistas en los altos y en una barriada próxima al río
que se llama Alcayaga.
Hemos tenido aviso de la distribución de las
fuerzas enemigas.
Las columnas realistas han maniobrado de noche sin
que lo hayan advertido nuestros centinelas.
Viene contra nosotros el general Llauder, con más
de cuatro mil infantes, ochocientos caballos y dos piezas de artillería.
La dirección de estas tropas es la siguiente:
El ala derecha, al mando del brigadier Villanueva,
con mil quinientos soldados de tropa y quinientos voluntarios navarros, avanza
hacia Yanci y Echalar; el ala izquierda, dirigida por el general González
Villalobos, con mil hombres entre Cazadores, Guardia Real y Provincial de
Burgos, más cien caballos, viene hacia Oyarzun; el centro,[189] con
dos mil hombres va a las órdenes del capitán general Llauder. Lleva éste el
regimiento de Mallorca, los Cazadores, el 13 de línea y Voluntarios realistas.
Van además con él el primer batallón de Milicias bilbaínas, al mando de D.
Ignacio Unceta; el 4.º de Vizcaya y la 1.ª columna alavesa mandada por
Verástegui.
Llauder lleva de segundo al coronel Benedicto.
Entre nosotros se dice que algunas compañías del 13
de línea se pasarán a nuestro campo.
Antula me pregunta si se nos reunirá Mina.
Creo que no. Mina debe estar acampado en este
momento en los altos de Pago-gaña y de Erlaiz, altos que dominan la orilla
española del Bidasoa y están frente al monte de Biriatu.
Antula cree que si Mina viniera sería otra cosa. Yo
dudo que venga; probablemente él estará en disposición de pedir ayuda, porque
será atacado por las tropas de Villalobos o por las milicias de Sáinz de Pedro.
Como para darnos esperanza, los realistas han
estado en los altos y en la otra orilla del río, en observación, sin atacarnos.
En esto, entre los nuestros suena un tiro. (¿Será el sino de los liberales la
torpeza?) Y comienza el ataque. Ya no se puede retroceder.
IX.
EN EL PUEBLO
Desde la torre de la iglesia.
Escribo estas notas desde la torre de la
iglesia de Vera en un momento de tregua. Llevamos cuatro horas de fuego.
La primera embestida de los realistas ha sido para
ellos infructuosa. Al querer pasar el puente, nuestros tiradores, escondidos
entre los maizales, han hecho un fuego nutrido sobre ellos y han tenido que
retirarse.
En un recodo del Bidasoa, enfrente de un molino,
los realistas han querido utilizar una lancha para cruzar el río; pero el fuego
de un grupo de soldados de Butrón se lo ha impedido.
Estando en el fuerte de Casherna, uno de la[192] partida de Leguía ha venido a decirme, de parte
de su jefe, que ha aparecido un grueso núcleo de fuerzas por el lado de Santa
Bárbara. La han visto avanzar por encima de un caserío que llaman Premosa.
Estas fuerzas son, indudablemente, de las que manda
Juanito y vienen de Echalar, adonde han debido ir desde Zugarramurdi en
persecución de Valdés.
Leguía marcha hacia Premosa para contenerlas y dar
tiempo a la retirada.
He enviado uno de mis soldados a comunicar la
noticia a Valdés. Este ha contestado que se le avise en seguida a Leguía para
que vuelva y se reuna al grueso de las fuerzas. He mandado a uno de los
guerrilleros a caballo con el aviso.
Como las tropas realistas son mucho más numerosas
de lo que se figuraban los nuestros, han conferenciado Butrón, López Baños y
Valdés, y han decidido que se desaloje la Casherna y el fortín y que toda
nuestra fuerza se refugie en el pueblo.
Antula dice que de retirarse sería mejor marchar
por el barrio de Alzate a coger el camino de Inzola; pero los jefes tienen dos
conocedores del terreno de la partida de Leguía y saben lo que hacen.
Se ha decidido la retirada hacia el pueblo; primero
han marchado los soldados de Butrón, que han ido ocupando las casas; después
los de Valdés, que quedaron un momento escalonados en el camino, y por último
Campillo, Malpica y Leguía.
Los tres marchaban con sus hombres a cual más
valientes. Malpica y Campillo iban atentos a la perfección de la maniobra.
Llevaban a sus órdenes veteranos, entre ellos los dos franceses Alí y el tío
Juan.
Malpica, con el bastón en la mano, descubriéndose
siempre, parecía querer demostrar su invulnerabilidad; Leguía, por el
contrario, llevaba un fusil, disparaba, gritaba e insultaba.
El Inglesito ha estado magnífico de serenidad y de
elegancia.
Antula y yo, con nuestra gente, bajamos desde el
fortín a unas heredades que llaman de Aguerra y contribuímos a detener al
enemigo.
Al mismo tiempo engrosaban los tiradores realistas
en el puente y en el barrio de Alcayaga, y cuando vieron que no había
obstáculos en el camino comenzaron a pasar.
Mi pelotón ha sido el último que ha entrado en el
pueblo.
El gran peligro para nosotros era que mientras nos
defendíamos de los que llegaban por el río, nos cogieran la delantera los del
monte y nos cerraran el paso al pueblo.
Afortunadamente no ha sido así y hemos podido
llegar sin dificultad hasta la plaza de la iglesia, que se encuentra en un
alto.
Ahora nuestros hombres se están parapetando en las
casas próximas. Tenemos ocupado el casco del pueblo. Los realistas se han
apoderado de la Casherna y el fortín. Esperamos el nuevo ataque.
X.
POR LA TARDE
Caserío Achulecheco-borda.
Estoy en este caserío descansando un momento.
Por ahora, para la pequeñez de nuestra fuerza se va verificando la retirada con
algún orden.
A las diez en punto de la mañana ha comenzado el
ataque a Vera. El primer empuje ha sido violento, tanto que nos ha hecho creer
que los realistas tomaban el pueblo al asalto.
Ha habido que batirse a la bayoneta, a la entrada
de las dos calles en cuesta que suben a la plaza.
Los nuestros no cejaban, y los jefes iban de[196] aquí para allá, a los sitios de peligro,
animando a la gente. Leguía no era un hombre, sino un terremoto; se agitaba,
vociferaba, salía a las ventanas a insultar al enemigo. Hace un momento les
gritaba:
—Yo soy D. Fermín Leguía, hijo de este pueblo.
Y los realistas le decían:
—Te conocemos. ¡Vendido! ¡Judío! ¡Traidor!
—¡Sois unas canallas!—vociferaba él, y disparaba su
fusil.
En vista del número de enemigos y de su empuje,
Butrón, López Baños y Valdés deciden la retirada.
Algunos oficiales han recorrido el camino que va a
Francia, por encima del pueblo, y salen grupos a guardarlo.
Los oficiales, como los soldados, sabemos que no
hay cuartel y que nuestro único recurso es la retirada, y la retirada lenta con
serenidad y orden.
Los tres jefes principales son, además de valientes
y de serenos, hombres de arranque.
Valdés tiene ante el enemigo una actitud soberbia y
orgullosa; Butrón es animador y tranquilo; López Baños, pequeño, calvo, con una
cara[197] arrugada y agria, de vieja, parece que
quiere demostrar que no es más peligroso recibir las balas que la lluvia.
Mientras se pelea en las calles de Vera, Valdés con
las fuerzas que más han luchado en el puente sube a los altos que dominan el
pueblo y toma posiciones con Peman, Campillo y Malpica.
Los soldados de Butrón y de López Baños siguen
ocupando las casas, las salidas de la plaza a la carretera y la torre de la
iglesia.
Antula me dice que hay varios senderos para llegar
al camino que va a Francia: uno que termina en el Calvario, el otro que
serpentea por un robledal y sale a un caserío llamado Lasamborda, y el tercero
que parte por cerca del caserío Cigastea. Todavía hay otro que va escalando la
altura desde la calle de Alzate.
El capitán D. Pedro Vidarte, de la columna de
Butrón, se sitúa en los bordes del camino al Calvario entre los árboles y los
peñascos.
Una de las compañías guipuzcoanas compuesta de
veintiséis hombres a las órdenes del capitán D. Juan Croward, se coloca en el
sendero del robledal que pasa por el caserío Lasamborda.
Don Agustín Jáuregui con otros quince o veinte
hombres se dispone a defender el camino de[198] Cigastea,
y a mí me envían al que baja a la calle de Alzate.
El fuego se generaliza con violencia por todas
partes. El enemigo tantea los sitios más débiles de la defensa para atacar
allí. Los tres o cuatro mil realistas van avanzando contra nosotros.
En esto vemos que una columna baja de Santa Bárbara
y cruza el barrio de Alzate.
Leguía se acerca a mí.
—¿Ve usted aquella tropa?—me pregunta.
—Sí.
—Si pasan nos cortan la retirada y nos cogen a
todos. Voy con mi gente a detenerlos. Cuando no podamos más nos dispersaremos.
Conocemos el país. Encontraremos sitio donde escondernos. Tienen ustedes que
apresurar la retirada. Dígaselo usted a Valdés.
No tengo yo autoridad para hacer desistir a Leguía
de su intento. Don Fermín reune su gente, y uno detrás de otro, a la deshilada,
corriendo por entre maizales secos, marchan de prisa hacia donde vienen los
realistas y comienzan el fuego.
Yo recibo la orden de dejar el camino y subir
adonde está Valdés.
En las fuerzas que mandan Butrón y López[199] Baños hay más de treinta bajas entre muertos y
heridos.
Comunico a Valdés lo dicho por Leguía.
No dice nada y da órdenes para que se apresure la
retirada.
Los realistas no se dan cuenta del abandono
completo del pueblo hasta media hora después de hecho. Han supuesto, quizás,
que queríamos ahorrar las municiones.
La partida de Leguía sigue sosteniendo el fuego y
cerrando el paso a los realistas. Su objeto es apoderarse de las primeras casas
del barrio de Alzate y defenderse allí.
Al ver los realistas que hemos desalojado la villa
entran en la plaza, y se apoderan de las casas y de la torre de la iglesia.
Viendo que estamos en los altos marchan a nuestro encuentro.
Un pelotón de Cazadores entra por el sendero de
Lasamborda a forzar el paso defendido por los guipuzcoanos mandados por
Croward; pero éstos a tiros y a bayonetazos les impiden avanzar, y tienen los
Cazadores que retirarse y dispersarse en el robledal.
Por el camino del pueblo al Calvario avanza una
compañía de tercios con ímpetu, al grito de:[200] ¡Viva
el Rey! ¡Viva la Religión! ¡Mueran los masones!
El capitán Vidarte los detiene más de media hora
haciéndoles bajas, y cuando queda sin municiones y sin gente abandona la
posición.
Estamos ahora en una explanada del monte que llaman
Bidepartieta, donde se dividen dos caminos, esperando.
Leguía sigue batiéndose en el fondo del valle. Al
acercarse con su partida al convento de capuchinos, los frailes se asoman a las
ventanas y le hacen varias descargas.
—¡Canalla!—grita Leguía.
—Ven, ven a asaltar el convento—le dicen los
frailes.
Leguía tiene que retroceder hacia la izquierda y
entra en el barrio de Illecueta. Ya allí no le vemos, pero seguimos oyendo el
tiroteo de su partida durante largo tiempo.
—Este hombre nos salva—murmura Valdés.
Estamos sosteniéndonos en nuestras posiciones;
cuando los tercios que han forzado el camino del Calvario se lanzan al asalto.
Al retirarse los que defienden el sendero, los
tercios dan una acometida fuerte a la bayoneta; las tropas de Butrón creen que
van a ser prote[201]gidas, y viendo que los tercios
avanzan sin obstáculo se consideran cogidos y comienzan a huir.
Un contratiempo inesperado contribuye a ello. Dos
compañías mandadas por O'Donnell, emboscadas entre las matas y las piedras, con
quienes se contaba para aquel momento, no pueden entrar en acción, se
encuentran con la mayoría de los fusiles inservibles y con que los cartuchos
son desproporcionados.
Los de Butrón, al verse desamparados comienzan a
huir a la desbandada, y los tercios corren tras ellos hiriendo y matando a los
caídos.
Los soldados de Butrón se han salvado, gracias a un
pelotón de Infantería de la Compañía Sagrada, formada por viejos de la guerra
de la Independencia, que se arroja a la bayoneta intrépidamente contra los
realistas.
—No dan cuartel. ¡Libertad o muerte!—gritan los
viejos con furia, acometiendo ciegos de coraje.
En esta encrucijada, unos cuantos hombres decididos
bastan para contener a una columna, y los viejos liberales la contienen.
Retroceden un momento los tercios, los soldados de
Butrón avanzan, y mientras tanto nosotros entramos en fuego.
Pasado este mal momento la retirada comienza[202] bajo la protección de los grupos escalonados en
el camino. Así vamos, haciendo una marcha lenta, con un gran orden, dominando
las alturas y los senderos de través. Un grupo se defiende entre las matas, las
piedras y los árboles, hasta que no le quedan municiones. Cuando llega este
momento se dispersa; los realistas avanzan y se encuentran con otro grupo que
les cierra el paso.
Constantemente vamos relevando las tropas de
retaguardia.
El primer avance por Bidepartieta ha costado a los
realistas más de una hora. Dominando el camino que hemos seguido, hay por la
izquierda un monte bastante alto llamado Cigorriaga. Luego ya el terreno se
despeja, y se va por estribaciones de poca altura pobladas de robles, de
castaños y de carrascas.
Cada árbol, cada peña, nos sirve de punto de
resistencia. Ochoa y yo nos lucimos. Nos hemos batido con un gran orden, sin
estorbarnos el uno al otro. Valdés nos ha felicitado efusivamente. Para
soldados bisoños parece que lo hemos hecho bien. El Inglesito demuestra una
serenidad y un valor extraordinarios.
Hace unos minutos, después de estar defen[203]diendo nuestra posición durante un cuarto de hora, nos
retiramos Ochoa y yo a descansar.
Encontramos al paso un caserío.
—¿Cómo se llama este caserío?
—Achulecheco-borda—nos dice un hombre.
—¿Nos falta mucho para Francia?
—Sí; todavía cerca de una hora.
—¿Habrá algo que beber? Lo pagaremos.
Una mujer nos trae una jarra de sidra y la bebemos
con ansia. Ochoa pide pan.
En este momento, a pesar del frío, siento que mi
cuerpo arde.
El sol ilumina el panorama lleno de nieve. Por el
lado de Guipúzcoa se ve la peña de Aya, con sus cabezos en forma de sierra;
Larrun hacia Francia, y hacia el interior de Navarra, Peñaplata y luego otros
montes lejanos y vagos...
—¡Cómo me quedaría aquí, aunque fuera tirado en el
suelo!
Ochoa grita:
—Ya están ahí. Vamos de nuevo.
El Inglesito me agarra del brazo.
XI.
FIN DEL DIARIO DE LACY
28 Octubre. En Frixu-baita: Urruña.
Ya ha terminado nuestra empresa guerrera.
Estoy ahora en la cama; la excitación no me deja dormir. Voy a continuar mi
diario. A la salida de Achulecheco-borda, Ochoa, el Inglesito y yo tomamos
posiciones con nuestra gente y las defendimos el tiempo necesario. Tuvimos un
muerto, que abandonamos, y nos retiramos en formación sin dispersarnos.
Marchábamos todos con un orden verdaderamente
admirable, cuando cerca de una cantera, a un cuarto de hora lo más de la raya
de Francia, por un camino que sube de un barranco, apareció a nuestra
retaguardia la cabeza de una columna[206] de
doscientos hombres pertenecientes al regimiento de Mallorca.
Por fortuna el camino era estrecho y los realistas
venían en grupos poco compactos.
—¡Viva el Rey! ¡Viva la Religión! ¡Mueran los
masones!—gritaron ellos con entusiasmo al ver que rodeaban parte de nuestra
gente.
Valdés, que venía muy atrás, estuvo a punto de
quedar copado con cuarenta o cincuenta hombres que le rodeaban, cuando el
coronel D. Francisco Cía y Azanza, que llevaba a sus órdenes diez y seis
lanceros de la columna de Butrón, algunos oficiales de la Compañía Sagrada y
dos o tres paisanos, entre ellos D. José María Trueba, en total unos
veinticinco jinetes, dió la orden de cargar.
El terreno era malo, lleno de sinuosidades, de
agujeros, de matorrales altos y espesos y de troncos de árboles tendidos en la
tierra.
El pelotón de Caballería se lanzó contra los grupos
del regimiento de Mallorca, que lo recibieron con una descarga cerrada casi a
quemarropa. Cuatro jinetes cayeron muertos del caballo, entre ellos el ayudante
de Caballería D. Mariano Amorós.
Pasado un momento de vacilación, los jinetes
cargaron de nuevo.
—Libertad o muerte. ¡Viva la libertad!
Los sables brillaban como rayos, pinchando,
golpeando y rajando. Ochoa, Malpica y el Inglesito con veinte hombres se
metieron por entre los helechos y atacaron a los realistas del regimiento de
Mallorca a la bayoneta, por el flanco y por la espalda.
Los realistas tuvieron que huir a la desbandada.
Las dos cargas nuestras hicieron que quedasen
prisioneros diez soldados realistas, dos oficiales, los hacheros y la banda de
tambores.
Valdés decidió quitar las armas a los enemigos y
dejarles volver a sus banderas.
Ochoa, satisfecho, se pavoneaba y había adquirido
tal confianza, que se creía invulnerable.
Subía a los altos para ver el avance de los
realistas y permanecía quieto desafiando sus balas mirando con sus gemelos.
Al comenzar la tarde aparecieron en las cimas
nuevos batallones, entre ellos uno de la Guardia Real que parecía querer
cortarnos la entrada en Francia.
En este momento vi a Ochoa subido sobre unas peñas,
tan cerca del enemigo, que quedé aterrado.
—Baja de ahí—le grité.
—¡Ca!—exclamó él.—No saben tirar.
—Loca criatura—murmuró el Inglesito.
—¡Baja!—volví a gritar yo.
—Si no saben apuntar.
Acababa de decir esto, cuando una bala le dió en la
cabeza y cayó rondando por entre las peñas.
Nos acercamos a él. Estaba muerto. Tenía la cabeza
abierta. Era un horror. Quise ver si respiraba, pero el Inglesito me agarró del
brazo y me impulsó a seguir.
—No hay nada que hacer con él—me dijo.—Vamos.
—Sálvese usted—le dije yo.—Yo no puedo correr
más... no puedo...
—Un esfuerzo...; ya nos falta poco. Apóyese usted
en mí.
Iba corriendo, cuando metí un pie entre unas matas
y caí de bruces. Cuando quise levantarme sentí que tenía el pie dislocado y que
me era imposible andar.
—Yo no puedo más—exclamé.—Escápese usted.
El Inglesito me cogió por la cintura, me echó al
hombro y siguió marchando. Yo iba llevado como por el viento.
Al tocar el territorio francés, el Inglesito vió
que tenía que apresurarse si no quería quedar prisionero. Corrió llevándome a
mí al hombro, sal[209]tando obstáculos por encima de las
piedras y de los helechos.
Tras de esta carrera desenfrenada llegó al camino
real, entró en un caserío de la carretera, cerca de Urruña, en donde salió una
mujer apurada y me dejó tendido en un montón de helechos.
—Quédese usted aquí—me dijo.
—¿Y usted?
—Yo me voy—exclamó.—No quiero que me cojan los
franceses—y sin más palabras desapareció.
Yo hubiese querido darle las gracias, decirle que
si me necesitaba estaba dispuesto a pagarle su servicio; pero no tuve tiempo...
Me incorporé sobre los helechos, me quité la bota del pie dislocado, que me
dolía mucho, cortando los cordones y esperé con resignación.
Sonaban todavía tiros, cosa que no me explicaba yo
estando, como estábamos, en territorio francés.
La mujer del caserío, que parecía más tranquila, me
dijo que algunos de mis compañeros, muertos de fatiga y confiando en que
estaban ya en Francia, se habían echado en el suelo a descansar. Su confianza
les perdió, porque fueron fusilados por los realistas.
Añadió que la persecución en territorio francés
duraba; pero que en aquel momento la Guardia Nacional de Urruña y un pelotón
del 63 regimiento de línea había intimado la detención a los realistas y la
rendición y la entrega de armas a los liberales.
Llevaba una hora en el caserío, cuando aparecieron
Alí y el tío Juan. Este venía desencajado apoyado en el otro, sin poder
respirar.
—¿Está usted herido?—le pregunté.
—No; el pecho, la fatiga... Me muero.
Se tendió en el montón de helechos en donde yo
estaba, tenía una disnea que no le dejaba alentar.
En esto Alí me dijo que Aviraneta y Miguel Aristy
se hallaban en un cochecito a la puerta. Era cierto.
—Suba usted—dijo Aristy.
—Aquí hay otro amigo—exclamé.
—¿Un español?—preguntó Aristy.
—No; es el guardabosque de Ustariz.
Aviraneta y Miguel me ayudaron a subir a mí y
después al tío Juan.
Nos acomodamos los tres, y al comenzar a marchar
hacia el pueblo tropezamos con Malpica, que venía cojeando, sucio, harapiento.
—Suba usted—dijo Aristy.—Nosotros iremos a pie.
Aristy nos dirigió a esta casa de Urruña, llamada
Frixu-baita, donde había alquilado dos cuartos pensando que vendríamos
nosotros.
Ahora estoy en la cama, febril y sin poder dormir.
Aviraneta nos va a traer un médico.
XII.
LOS HÉROES DE LA AVENTURA
De los cuatro recogidos por Miguel Aristy y
Aviraneta, Alí, que no tenía nada, se lavó, se afeitó, se puso unos pantalones
azules, una blusa negra y una boina, y salió para Gastizar con el encargo de
traer un carro con un colchón para transportar al tío Juan.
Por la noche al salir el médico de Frixu-baita,
Aviraneta le preguntó:
—¿Cómo están estos enfermos?
—Medianos. No sé cómo han podido llegar hasta aquí.
El viejo francés está muy mal, con una bronquitis aguda muy grave.
—¿El joven español?
—Ese también mal. Me figuro que tiene, desde[214] hace tiempo, focos tuberculosos en el pulmón y
ha debido de tomar un golpe en el pecho.
—¿Y el coronel Malpica?
—Ese es el que ha salido mejor librado. Tiene una
herida de bala en la pierna; pero como no ha perdido sangre y está muy animado,
se curará en seguida.
—Hemos pensado transportar a los tres a sus casas.
—Si no es muy lejos está bien.
Al día siguiente, por la mañana, Miguel Aristy
aparejó su coche y llevó en él hasta Ustariz a Malpica y a Lacy. Al ponerse en
camino, Lacy se encontró con un oficial español que conferenciaba con un
francés.
—¡Lacy!—gritó.
—¿Eres tú Sampau?—dijo Lacy.
—¿De dónde vienes? ¿Qué te pasa?—exclamó Sampau.
—¿Y tú?
—Yo he venido con las tropas de Llauder
persiguiendo a los liberales.
—Pues yo he estado con los liberales.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Has estado en Vera?
—Sí.
—¡Pensar que podía haberte matado!
—Y yo a ti.
—¿Adónde vas ahora?
—Voy a Ustariz, un pueblo de por aquí cerca, a
descansar.
—¿Vives en ese pueblo?
—Por ahora sí.
—¿Estarás allá dentro de quince días?
—Seguramente.
—Pues iré a verte.
Se despidió Lacy de Sampau y Aristy siguió adelante
en su tílburi.
Malpica y Lacy presenciaron, desde el fondo del
carricoche, la división en grupos de los liberales españoles que hacían los
oficiales franceses para enviarlos a los depósitos de Bourges, Perigueux y
Limoges.
En los jefes liberales españoles se veía la cólera
y la vergüenza de la derrota; los soldados se manifestaban indiferentes.
Ni para unos ni para otros el porvenir era muy
halagüeño. El Gobierno francés les daría treinta céntimos de sueldo y una
ración de pan a cada soldado y dos francos diarios a los jefes.
Malpica y Lacy cruzaron por entre sus compa[216]triotas sin ser reconocidos y se dirigieron a Ustariz.
Por la tarde Alí se presentó en Frixu-baita con un
carrito y un colchón a llevar al tío Juan a su casa.
Pusieron al guardabosque dentro del carro arropado
con mantas, y Aviraneta y Alí se dirigieron por Saint Pee a entrar en los
robledales del cantón de Ustariz.
Llegaron a la cabaña del tío Juan al amanecer.
Esta cabaña, Aldasoro de nombre, estaba rodeada de
otras cuatro o cinco. En el interior esperaba el intendente Darracq.
—¿Usted va a Ustariz?—le preguntó a Aviraneta.
—Sí.
—¿Quiere usted llevar una carta a madama de Aristy?
—No tengo inconveniente.
Darracq se sentó a la mesa, cogió un lápiz y papel
y vaciló.
—Es difícil decir esto—murmuró.—Casi será mejor
darle el recado de palabra. Dígale usted a madama de Aristy que el tío Juan, el
guardabosque, está muy grave. El tío Juan es pariente muy próximo de madama
Aristy.
—Está bien; se lo diré.
Aviraneta marchó a pie a Ustariz.
El tiempo estaba claro. El viento soplaba con
fuerza. La veleta de Gastizar rechinaba, y el dragón seguía amenazando a todo
el mundo con la flecha de su lengua.
XIII.
LOS RESULTADOS DE LA EMPRESA
Unos días después se supo el resultado de la
empresa liberal. De los quinientos hombres de Valdés y Butrón que habían
luchado en Vera, más de cien habían quedado en España entre muertos, heridos y
prisioneros. De estos últimos se aseguraba que algunos habían sido fusilados en
Irún y que otros lo iban a ser al llegar a Pamplona.
Mina y Jáuregui se habían salvado haciendo
prodigios de valor. Mina anduvo por los montes, desorientado, perseguido y
ojeado por perros de caza, que echaron los realistas tras él. Después de
fatigas enormes, rendido y con las viejas heridas echando sangre, llegó a tocar
Francia.
En la parte de Aragón y Cataluña la invasión no se
efectuó. Méndez Vigo quedó inmóvil en[220] Mauleón,
no habiendo podido reunir armas ni organizar sus tropas.
Gurrea, Milans del Bosch y San Miguel no hicieron
cosa eficaz en la frontera.
En Gibraltar la salida proyectada por Torrijos,
Palarea, Escalante y sus amigos fué impedida por el gobernador inglés de la
plaza.
Respecto a Fermín Leguía, a quien se creía perdido,
apareció días después en Bayona.
Algunos que llegaron de Vera contaron su
persecución y trajeron unos versos en vascuence que había escrito el versolari
Martín Coplari contra Leguía. Este versolari era conocido en el país por su
canción sobre Buenaparte.
Los versos contra Leguía empezaban así:
Armada eder bat ecarridigu
Verara, Fermín Leguiac.
(Un hermoso ejército nos ha traído a Vera Fermín
Leguía.)
Y concluía explicando el fracaso:
Comisanyura goician zuten
Viserregueren trampiya
Iruñiaco videa libre
Eben ustez valentiya
Zacu videan lertu eta
Isuritzayo cantiya.
Lo que traducido libremente quiere decir:
El día de todos los santos por la mañana tenían la
trampa preparada para el virrey. El camino de Irún libre. Ellos se creían
valientes, pero el saco se les ha reventado en el camino y se les ha derramado
el grano.
Aviraneta, que tenía carta de seguridad y no había
tomado parte en el movimiento, volvió a Bayona días después.
Allí por mediación de Iturri se le comisionó para
que secretamente fuera vendiendo los caballos que se habían salvado de la
expedición.
Aviraneta hizo el encargo y fué vendiendo los
caballos guardados en el bosque de Saint Pee a los tratantes españoles y
franceses.
LIBRO CUARTO
BAJO LA INFLUENCIA NEFASTA DEL DRAGÓN DE GASTIZAR
I.
EL TÍO JUAN
Al llegar Aviraneta a Ustariz se encontró a
Choribide que marchaba en un cochecito camino de Bayona. Choribide se detuvo a
pedir noticias.
—Me voy de Ustariz, señor Aviraneta—dijo después.
—Lo siento mucho, si esto le molesta.
—Sí, algo me molesta. ¿Qué noticias hay? ¿Cómo ha
terminado la expedición de los liberales españoles?
Aviraneta contó lo ocurrido y la enfermedad del tío
Juan el guardabosque.
—¿Y está grave?
—Sí, muy grave.
—¿No ha sospechado usted quién es este tío Juan?
—No.
—Es el marido de madama de Aristy.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Estaban separados?
—Sí. Más que por nada por motivos políticos y
religiosos. Es absurdo. ¿Verdad? El tío Juan ha sido siempre un ateo y un
jacobino. Ella creía que daba un mal ejemplo a los hijos.
—¿Usted lo ha conocido en otro tiempo?
—Sí. Ya lo creo... Voy a aplazar mi viaje y voy a
visitarle por si acaso me necesita. Le he hecho algunos favores.
Choribide se dirigió hacia el bosque y Aviraneta a
Gastizar. Preguntó por madama de Aristy, dijo a la criada que tenía que hablar
a su ama con urgencia y pasó al salón.
—Señora—dijo,—vengo a traerle a usted una mala
noticia. El señor Darracq me ha encargado que le diga a usted que el
guardabosque a quien llaman el tío Juan, está gravemente enfermo.
Madama de Aristy quedó alterada.
—¿Qué le ha ocurrido?—preguntó.
Aviraneta contó cómo le había encontrado en Urruña
de vuelta de la fracasada expedición liberal.
—¿Estaba allí Miguel, mi hijo?
—Sí.
—¿Le han dicho a usted que el tío Juan es pariente
mío?
—Lo he adivinado—contestó Aviraneta.
Madama de Aristy contempló en silencio a don
Eugenio.
—¿Usted qué cree que debía hacer?
—Yo, señora, no sé la clase de resentimientos que
ha habido entre usted y su esposo, pero supongo que éste se encuentra en el
actual momento gravísimo, quizás moribundo. Creo que lo mejor que podría usted
hacer sería decir a su hijo lo que ocurre, contarle los motivos de diferencias
con su marido e ir con Miguel a Aldasoro, a la cabaña del tío Juan.
—Sí, tiene usted razón. Eso haré. ¿Quiere usted
esperar un momento?
—Con mucho gusto.
Madama de Aristy hizo que llamaran a Miguel y al
caballero de Larresore, y tuvo una explicación con ellos. Al terminarla
apareció Miguel, intranquilo e inquieto.
—¿Está mal, de veras?—preguntó a Aviraneta.
—Sí.
—Hay que ir de prisa. ¿Usted no querrá volver?
—No tengo inconveniente.
—Le agradeceré a usted que venga, porque estoy un
poco trastornado con una noticia así.
Madama de Aristy había mandado por un coche, en
donde iban a ir ella, el caballero de Larresore, el médico y el vicario
Dostabat. Miguel y Aviraneta tomarían el tílburi.
Los dos coches partieron de Gastizar, produciendo
la expectación del pueblo.
Al llegar a Aldasoro bajaron y entraron a ver al
enfermo. El médico dijo que estaba agónico y que le quedaban solamente horas de
vida.
Madama de Aristy habló a su marido a solas, y tras
larga conversación le indicó que debía confesarse.
—No—dijo enérgicamente el tío Juan, y volvió la
cabeza hacia la pared.
—Yo, como usted, le encargaría de esa misión a su
hijo—propuso Aviraneta;—yo trataré también de convencerle.
Aviraneta y Miguel Aristy se quedaron en el cuarto
del enfermo. Este, sin duda, se hallaba in[229]tranquilo
y receloso. De pronto se irguió en la cama y se quedó mirando fijamente a
Aviraneta.
—Señor—exclamó,—que me dejen morir en paz.
—¿No quiere usted que venga ningún cura?
—No.
—No vendrá.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias!
Miguel se acercó a la cama.
—¿Qué hace usted aquí?—le preguntó el tío Juan de
repente.—¿Qué está usted espiando?
—Soy yo Miguel... el de Gastizar.
No se atrevió a decir su hijo.
El tío Juan le contempló con una mirada curiosa y
de anhelo.
—¡Ah... sí... sí!—murmuró, y se tendió de nuevo en
la cama.
Miguel le arregló la cubierta de la cama, y el
viejo le agarró la mano y la besó.
Miguel quedó conmovido y se le saltaron las
lágrimas.
Durante todo el día el enfermo estuvo desvariando.
Al anochecer comenzó a palidecer y a ponerse lívido, y murió.
Alí marchó a Ustariz por un ataúd.
De noche estuvieron en la cabaña, velando al[230] muerto. Aviraneta, Larresore, Choribide, el
intendente Darracq y Miguel.
El intendente contó la vida de su primo Aristy, que
acababa de morir, una vida íntegra, de fanático por sus ideas.
—La verdad es—dijo burlonamente Choribide a
Aviraneta—que ha tenido que venir un gascón para dar un ejemplo de consecuencia
en el pueblo, porque lo que es Garat y yo no hemos quedado como hombres muy
consecuentes en política.
—Parece que la influencia de la veleta de Gastizar
es muy grande—replicó D. Eugenio con sorna.
—¡Pse! Hay que cambiar—replicó Choribide.—La vida
es cambiar. Yo no creo que ser esclavo de sus prejuicios sea una superioridad.
—No; es más bien el resto de la gente quien cree
eso—dijo burlonamente Aviraneta.
Por la mañana se verificó el entierro en el mismo
bosque. Los aldeanos de los caseríos vecinos se reunieron en Aldasoro, los
hombres formaron un corro y las mujeres otro. Hacía una mañana hermosa y tibia,
el sol amarillo se esparcía por el campo.
Sacaron al ataúd de Aldasoro y lo colocaron en[231] un carro de bueyes y lo llevaron hasta el
pequeño cementerio que tenía la barriada del bosque.
Allí cogieron el féretro Miguel, Ichteben el criado
de Gastizar, Alí y Darracq, y lo dejaron sobre un montón de tierra próximo a la
fosa.
Bajaron la caja al fondo del hoyo que no era
profundo, y fueron cubriéndola de tierra. Al medio día todos volvieron a
Ustariz.
Al día siguiente madama de Aristy hizo que se
celebrara un funeral solemne en la iglesia por su marido.
II.
EL VERANILLO DE SAN MARTÍN
Lacy se había curado de la dislocación del
pie, pero la estancia en la cama le había debilitado y agravado su enfermedad
crónica del pecho. Por lo que decía el doctor Elissalde, el mejor médico de
Ustariz, tenía ya muy pocas probabilidades de curarse. Habían mandado venir a
un especialista de Bayona en consulta, y los dos doctores, después de auscultar
y percutir al enfermo, habían asegurado que sólo una casualidad podría
salvarlo.
—Lo más tarde en la primavera, cuando la hoja de la
higuera tenga el tamaño del ala del murciélago, como dice el padre Hipócrates,
morirá—dijo el doctor Elissalde, sonriendo.
El doctor era de estos hombres pulidos y
emperifollados y un tanto empalagoso. Los ¡Oh! ¡Oh!, los ¡Ah! ¡Ah!, los ¡Tiens!
¡Tiens! y las frases más almibaradas estaban siempre en sus labios.
Tenía una sonrisa de satisfacción para todo. Cuando a Miguel le decía que su
amigo Lacy estaba desahuciado, lo decía de una manera tan jovial, tan alegre,
que indignaba a Aristy.
Aristy había tomado afecto a Lacy y hubiese querido
saber un medio de posible curación para emplearlo.
El doctor Elissalde aseguraba que era imposible. Lo
único que se podría conseguir era que el pobre muchacho tirara un poco más.
—Lo más tarde en la primavera, cuando la hoja de la
higuera tenga el tamaño del ala del murciélago...—repetía el doctor sonriendo.
El tiempo que hacía invitaba a salir de casa y a
pasear. Después de las grandes lluvias otoñales había comenzado el veranillo de
San Martín, que parecía un verano de verdad.
—Hay que aprovechar el buen tiempo—decía Miguel a
Lacy;—hay que tomar el sol. Esta es la mejor época en nuestro país...
Y era cierto. El otoño es, sin duda, la estación[235] más agradable en el país vasco. El campo, que en
verano tiene un manto verde, uniforme, adquiere en otoño una variedad
extraordinaria de colores; la hierba, los helechos rojizos, los árboles con
hojas amarillas, todo toma unos tonos fogosos, ardientes. Hay además en el país
vasco francés una serenidad, un reposo, que no hay en el español; el paisaje es
más abierto, más tranquilo, más soleado, las gentes son más dulces, las
campanas que tocan las oraciones desde lo alto de las torres son más
melancólicas y menos imperiosas, más sentimentales y menos dogmáticas.
Lacy disfrutaba de esta calma, de esta serenidad.
Por la mañana al levantarse veía desde la ventana
la niebla inmóvil que llenaba el valle de Ustariz, las casas musgosas que
echaban humo por las chimeneas y escuchaba las campanas que retumbaban sonoras
y acompasadas en el aire silencioso. Luego, a medida que se levantaba el sol,
la bruma se deshacía en jirones y se desvanecía dejando el cielo azul. Por la
tarde el calor apretaba y al anochecer comenzaba el frío y venían las nieblas
en pelotones blancos rasando el suelo y la superficie de los arroyos a apoderarse
de los bosques y de los barrancos.
Miguel Aristy solía llevar a Lacy a pasear en su
cochecito al sol, a los montes inmediatos.
Los árboles estaban amarillentos y rojizos, las
hojas secas jugueteaban por los senderos.
Miguel tenía que quedarse muchas veces en su casa.
Era época de grandes preparativos en el campo.
Aristy dirigía las labores de abonar las tierras, de podar los árboles y hacía
grandes hogueras con los hierbajos arrancados, a los que pegaba fuego al
anochecer.
Lacy, con esta atención de los enfermos, lo
contemplaba todo con una gran curiosidad.
Parecía que quería fijar en la retina por última
vez las cosas del mundo.
Lacy no se alarmaba pensando en su porvenir. Se
creía muy grave, y, sin embargo, hacía proyectos.
Lacy tenía una gran preocupación por Dolores
Malpica; sentía por ella un entusiasmo muy próximo al amor.
Hablaba constantemente de ella y de todo cuanto
tuviera relación con ella. A Miguel le hubiese molestado, quizás en otro, este
entusiasmo por la mujer de su hermano; pero en Lacy no le molestaba.
El enfermo alternaba con este tema de conversación,
los recuerdos de la última etapa de la fuga por los montes de Vera.
Le preocupaba el pensar qué habrían hecho del
cadáver de su amigo Ochoa. La idea que se lo hubiesen comido los perros o los
cuervos le trastornaba.
También le mortificaba la actitud del Inglesito,
que le había salvado y había desaparecido sin dejarle ni siquiera su nombre.
¿Es que le despreciaría aquel inglés? ¿Es que
quizás pensaba que no le iban a saber agradecer su heroísmo?
La idea de no poder expresarle su gratitud le
entristecía.
Lacy paseaba durante las horas de sol por el campo
y por la huerta de Gastizar. Subía con Miguel a un manzanal en un alto, y se
sentaba sobre algún montón de hierba seca.
Desde allá, la antigua casa solariega parecía
rejuvenecerse, galvanizarse por arte mágica, cuando le daban los rayos del sol.
Las viejas piedras de Gastizar se doraban, las vidrieras centelleaban y
lanzaban dardos, el dragón de la veleta se agitaba en el aire azul...
Al caer de la tarde el caserón parecía desde arriba
un inmenso dado de oro; luego al inclinarse más los rayos solares, adquiría un
tono de púrpura y parecía algo irreal y fantástico... De pronto el sol se ponía
detrás de un robledal, y en un instante desaparecía la llamarada; la casa
entonces era como un cadáver electrizado a quien se le acababa la corriente y
quedaba en seguida tenebrosa, siniestra... Al momento en el valle todo era
oscuridad, frialdad, melancolía.
Lacy suspiraba y volvía a Gastizar.
Casi constantemente estaba con los Aristy.
Acompañaba a Miguel y miraba cómo disponía éste las
labores campestres; solía ir con frecuencia a la biblioteca en donde Darracq le
mostraba sus libros y las mil cosas recogidas en sus viajes.
Darracq había domesticado a los gorriones, que
entraban en la biblioteca y se acercaban a comer a su mano, Lacy se divertía
dando a los pájaros migas de pan.
Las señoras de Gastizar tenían también grandes
atenciones para Lacy. Le guardaban el mejor sitio delante de la chimenea, le
hacían postres delicados y le traían flores.
En la sala de Gastizar había siempre por aquella
época jarrones con inmensos ramos de crisan[239]temos.
Era uno de los lujos que madama de Aristy gustaba tener en su casa.
Mezclados con los crisantemos, madama de Aristy
ponía matas de heliotropo que perfumaban la estancia.
Muchas noches Alicia y Miguel tocaban alguna
sonata, de violín y piano, de Beethoven, y se le veía a Lacy escuchar muy
conmovido con la cara llena de lágrimas.
III.
LA FAMILIA DE CHIMISTA
Don Valentín Malpica al llegar a su casa
abrazó a su hija y a sus nietos.
—¿Qué ha pasado?—le preguntó Dolores varias veces.
—Nada. Un fracaso más.
Don Valentín creía que estas cosas de la guerra
eran sólo para hombres, y que con las mujeres no se debía hablar de ellas.
Al día siguiente Dolores averiguó que su padre
estaba herido. Malpica dijo que no era nada. El pensaba que sabía más que los
médicos y que con algunas hierbas se curaría. Efectivamente, gra[242]cias a su constitución se curó pronto, aunque él creyó
que era gracias a su ciencia.
Don Valentín estaba acostumbrado a mandar en su
casa despóticamente. Pronto notó con asombro la oposición que le hacía
Margarita Tilly, defendiendo a Dolores. A D. Valentín le sorprendió tanto, que
casi le hizo gracia. Malpica desarrollaba una gran cantidad de trabajo al día,
aunque no siempre útil, pues el tiempo se le pasaba en hacer y deshacer, en ir
y venir.
El viejo coronel no podía aguantar el aire embebido
y absorto que había tomado su hija desde que le había abandonado su marido.
—¡Muévete, dormilona!—le decía.—Te vas a quedar
tonta.
Margarita se indignaba.
—¡Bruto, más que bruto!—solía murmurar por lo bajo.
—Déjale—decía Dolores,—él me quiere así, a su modo.
Era la manera de ser cariñoso de D. Valentín. Si
tenía que recomendar silencio, decía: Silencio en las filas; y cuando había que
prepararse para algo, gritaba: ¡Escuadrones!
El chico Miguelito le imitaba y se reía.
Margarita, convertida en amiga íntima de Do[243]lores, se quedaba muchos días en Chimista. Solían ir a
veces a la cocina del piso bajo, donde vivía Fanchon, y hacían grandes fogatas
y asaban castañas en el rescoldo.
Los días buenos, Margarita y los chicos, Grashi
Erua y Chistu corrían por los campos.
IV.
SIMONA BUSQUET
Pocos días después de la muerte del tío Juan,
madama Aristy se presentó en el Chalet de las Hiedras acompañada de Ichteben, y
dijo a madama Carolina y a Simona que hicieran el favor sin pretexto alguno de
abandonar la casa.
Madama Carolina había amenazado anteriormente a la
señora de Aristy con divulgar en el pueblo que era la mujer de un
revolucionario y regicida como el tío Juan. Ya no tenía arma ninguna que
emplear contra la propietaria de Gastizar y se resignó a dejar la casa sin
protesta.
No así la Simona. Esta, más violenta y agresiva,
puso a la señora de Aristy como un trapo. La insultó en su marido, en sus hijos
y en sus amigos. Madama de Aristy, pálida y con los ojos bri[246]llantes,
no contestó, pero al marcharse dijo con voz iracunda:
—Saldrá usted de aquí inmediatamente, si no la
mandaré echar por los gendarmes.
Efectivamente, salieron las dos mujeres y fueron a
parar a la posada del Caballo Blanco.
Madama Carolina a los pocos días se marchó para no
volver; Simona quedó en Ustariz, animada por el ardor de la venganza.
Manejaba a las muchachas del Bazar de París y a
Marcos el del molino.
Poseía por instinto esa táctica de los intrigantes
que consiste en unir y desunir voluntades moviendo el resorte de los
caracteres. Sabía sembrar una sospecha, cultivarla si existía, y alimentar un
resquemor o una mala pasión con cariño. Era la única para indisponer a dos
personas amigas.
Tanta confianza llegó a tener con las dos señoritas
de la Bastide y con su abuela, la Diosa Razón, que dejando la posada del
Caballo Blanco fué a vivir con ellas. Intrigante y mentirosa como era Simona,
llegó a convencer a todos de la verdad de sus embustes.
Desde que se instaló en casa de las señoritas de La
Bastide se la veía muchas veces en el mostrador despachando.
Simona era una mujer bonita, con la cara muy
cuadrada, la frente ancha, la nariz corta, los ojos muy negros, muy vivos, un
poco juntos y muy rasgados, y el pelo castaño. Tenía una palidez mate, una
expresión de intranquilidad y de suspicacia, unos tics nerviosos
que agitaban su rostro y una sonrisa de dolor, de ironía y de maldad.
Parecía que estaba siempre dispuesta al ataque,
como un cínife o una avispa.
Simona tenía una conversación más picante y más
amena que las señoritas de La Bastide, e hizo que la tertulia del Bazar
aumentase y tomara más crédito.
Dejó al mismo tiempo en el ambiente un semillero de
rivalidades, de suspicacias y de complicaciones.
Simona aduló y lisonjeó a Larresore y lo llevó a su
campo, con la intención de sacarle noticias de lo que pasaba en Gastizar; pero
el viejo caballero era maestro en malicias y en marrullerías y supo defenderse
sin decir nunca nada en concreto.
V.
EL PRÍNCIPE QUIROMÁNTICO
Dos o tres comisionistas solían presentarse en
Ustariz todos los meses. Recorrían los principales comercios y hacían una
parada larga en el Bazar de París, que era el principal establecimiento de la
villa.
Uno de los más asiduos de estos viajantes era el
señor Pardies d'Espelunque, accionista y dependiente de un almacén de Burdeos.
Monsieur Pardies d'Espelunques era un señor de más
de cuarenta años, fuerte, rechoncho, moreno, de bigote largo, negro y engomado.
Pardies era gascón, pasaba por ser de origen español y sus íntimos no le
llamaban Joseph sino Pepito, que ellos decían Pepitó.
Pardies tenía la cabeza grande con la melena negra
y encrespada y la cara mefistofélica. A pesar de la hermosa cabellera que lucía
mientras iba cubierto, en lo alto del cráneo estaba calvo, y para disimular su
calvicie tenía el sistema de llevar los pelos de un parietal a otro, así que su
cabeza mirada a vista de pájaro tenía un enrejado que parecía un dibujo
topográfico hecho con tiralíneas.
Pardies d'Espelunques era un hombre hablador,
turbulento y exasperado, cínico y burlón. Solía vender sus géneros mareando a
los compradores con su verbosidad.
Pardies era elocuente, revolucionario, dantoniano,
y pronunciaba las erres a la española. Su exclamación favorita era decir:
¡Pardies!—y luego añadía:—Así me llamo.
Un día Pardies se presentó en Ustariz con un señor
de pobre aspecto. Aquel señor podía ser todo menos comisionista. El
comisionista en algunos pueblos es el representante más brillante de la
civilización y de la elegancia. Aquel señor, a pesar de su aspecto, era
comisionista.
Vendía medallas, rosarios, escapularios y otras
chucherías místico-religiosas bendecidas por el Papa y traídas de Jerusalén.
Pardies llevó a[251] su compañero a los distintos
comercios del pueblo y estuvo un momento con él en el Bazar de París.
La Diosa Razón del Bazar, como sus nietas, recibían
siempre muy amablemente a Pardies y reían sus gracias.
—¿Cómo se llama su compañero de usted?—preguntó
Martina, una de las señoritas de La Bastide, a Pardies.
—Se va usted a reir—dijo el comisionista.
—¿Por qué? ¿Es un nombre tan raro?
—Es un nombre raro para él. Se llama Rohan. Luis de
Rohan. Es descendiente del príncipe de Rohan.
—¿De verdad?—preguntó, extrañada, Simona.
—Sí, sí.
El señor de Rohan era alto, cano, afeitado, muy
humilde, muy místico. Tendría unos cincuenta años, el pelo blanco, la cara
roja, con un sarpullido blanquecino. Solía andar con un gabancito raído, una
bufanda de lana y un sombrero de copa, metido hasta las orejas. Cuando marchaba
de prisa, cortando el viento con su nariz afilada y roja y sus brazos largos,
cojeando un poco, parecía un galgo a quien le hubiesen pegado una pedrada en
una pata.
Simona dijo que debía llevarle a Rohan a la
tertulia del Bazar, y Pardies prometió ir con él al anochecer.
Efectivamente, después de cenar en la Veleta fueron
los dos al Bazar de París. Rohan habló con una gran unción y con un acento
francés muy puro. Cuando su amigo Pardies cometía alguna falta gramatical le
corregía sonriendo.
—¡La gramática! ¡Bastante me importa a mí la
gramática!—dijo Pardies.—Todo eso no es más que reaccionarismo. ¡Si viniera la
nuestra! Lo primero que haría es pedir la cabeza de todos los gramáticos de
Francia. Ya lo creo. ¡Pardies! No asustarse, señoras. Así me
llamo.
—No le hagan ustedes caso—replicó riendo Rohan y
dirigiéndose a Simona y a las señoritas de La Bastide.—Es un embustero.
—Yo, embustero. Y la cabeza de usted pediría
también, señor Rohan.
—Me haría usted un favor—replicó Rohan—frotándose
las manos con su aire meloso y llorón.—¡La vida! ¡Pse! Para mí no tiene valor.
Tengo fe.
—¡Bah! ¡Bah! Usted es un impostor príncipe. Todos
esos escapularios y medallitas los fabrica usted en su casa y ni han estado en
Jerusalén ni[253] mucho menos. La impostura le
viene a usted de familia.
—¡Qué bárbaro!—exclamó Rohan sonriendo y
corrigiendo con su sonrisa amable el dicterio.
—Sí, bárbaro porque uno dice la verdad. En cambio
yo tengo sangre de jacobino ¡Pardies! Así me llamo. ¿Usted
sabe cómo me confirmé yo, señor de Rohan?
—No, ¿cómo quiere usted que yo sepa eso, mi querido
amigo?
—Pues cuando yo era chico mi padre era del Comité
de Salvación Pública de Bayona nombrado por Monestier del Puy-de-Donce. Un día
mi padre me dijo: Vamos a comer con el ciudadano Monestier. El ciudadano
Monestier era un ci devant cura. Entramos en su casa y fuímos
al comedor. En la mesa en vez de manteles había paños de los altares y las
copas eran cálices.—¿Qué harías tú pequeño ciudadano—me preguntó Monestier—si
yo te dijera que este vino es sangre de aristócratas? Lo bebería—contesté yo.
¡Ya lo creo! ¡Pardies!—no asustarse, señoritas. Es mi nombre.
—¡Qué farsante!—exclamó riendo Rohan.
La diosa Razón del Bazar de París sacó una
tabaquera y ofreció un polvo de rapé al príncipe.[254] Los
dos se atiborraron las narices de tabaco y estornudaron con gran satisfacción.
Simona, a quien no divertían las frases de Pardies tanto como a las señoritas
de La Bastide, se puso a hablar con Rohan.
El príncipe era un hombre un tanto misterioso,
creía o aparentaba creer en sortilegios, en hechicerías y en amuletos.
Simona era también supersticiosa y se dejó llevar
por el camino a que le arrastraba Rohan.
—¿Podría usted averiguar mi sino?—le preguntó ella.
—Sí.
—¿Y decirme después qué tengo que hacer para
corregirlo?
—También.
—¿Por las líneas de la mano?
—Sí, por las líneas de la mano.
—¿Ahora mismo?
—Será mejor mañana—contestó Rohan con su acento
llorón—tengo que recogerme mucho, concentrar mi atención y convendría que
estuviéramos solos.
—Bueno, venga usted mañana por la tarde a mi
cuarto.
Al día siguiente el príncipe se presentó en la[255] habitación de Simona con dos libros debajo del
brazo. Uno era las "Disquisiciones de magia" del padre Martín del
Río, y el otro el tratado de "Arte magnética" del padre Kircher.
El príncipe dejó los libros en un velador y se
sentó frente a Simona con el sombrero de copa sobre las rodillas. Hablaron la
aventurera y el príncipe largo rato, él siempre muy humilde, muy quejumbroso y
con gran unción.
—¿Quiere usted que empecemos?—preguntó Simona.
—Lo que a usted le parezca.
Simona mostró su mano. El señor de Rohan sacó unas
grandes antiparras, se las colocó gravemente, cogió la mano y la estudió con
meticulosidad abriendo y cerrando los dedos.
—¿Qué le dice a usted mi mano?—preguntó Simona.
—¡Oh, dice tanto!—exclamó Rohan con un aire
elegíaco y al mismo tiempo de inspirado.—Aquí se ve todo su pasado. En su
comienzo su vida es difícil. Venus y Mercurio la presiden. No tiene usted
cuidados paternos.
—Sí, soy hija natural—dijo Simona—no he conocido a
mi padre.
—La mano lo dice—replicó el príncipe.—Y sin[256] embargo usted es de raza aristocrática. Quizás
su madre era una mujer del pueblo, pero su padre era un gran señor. En su
infancia hay abandono, miserias, enfermedades. En los primeros años de su
juventud hay un disgusto grande... una fuga de casa... después viajes por el
extranjero, amores... vigilancia... una amistad con una mujer rubia.
—Cierto, todo eso es cierto—murmuró Simona.—¿Y
ahora?
—¿Ya quiere usted pasar al presente? ¿No quiere
usted saber siquiera lo que me dice la mano de usted de su temperamento?
—Sí, sí.
—Es usted tímida y atrevida, sensible y dura, de
pasiones fogosas y al mismo tiempo sencilla y humilde. No le han querido a
usted nunca como usted ha querido.
—Es cierto, es cierto.
—Está usted hoy en un momento de crisis; hay un
hombre rubio que la quiere y dos mujeres que la odian, una ya vieja y la otra
joven... extranjera. En este momento está usted en lucha con ellas. Las dos
intentarán perseguirla y humillarla, pero usted podrá librarse de su presencia.
—¿Cómo?—exclamó Simona.
—La manera más segura sería hacer un largo viaje.
—No, no, no quiero eso. ¿No hay otra solución?
—Veré.
Rohan tomó el libro del padre Kircher, lo abrió,
leyó enfáticamente trozos en latín hasta que se detuvo en un párrafo marcándolo
con el dedo.
—Será conveniente que se quite usted todas las
alhajas que lleva y no use usted de hoy en adelante más que una mano de coral y
un rubí en el dedo del corazón.
—¿Y venceré al fin a mis enemigas?
—Sí. El agua acabará con una de ellas y el fuego
con la otra.
Simona preguntó al príncipe lo que le debía.
—Lo que usted quiera—contestó el señor de Rohan
volviendo de pronto a su aspecto humilde y a su aire quejumbroso.
Simona alargó un luis que el príncipe lo cogió con
cuidado y se lo metió en el bolsillo. Después el hombre largo tomó sus libros
debajo del brazo y se retiró haciendo una reverencia. Al llegar a la calle en
su boca había un rictus irónico y en ojos una gran alegría que se tradujo
ostensiblemente en que de pronto el mago se frotó las manos con gran
satisfacción.
Simona se puso a pensar acerca de lo que le había
dicho el príncipe quiromántico y quedó convencida de que era verdad. Ella era
atrevida y tímida, humilde y orgullosa, dura y de corazón blando, ¿quién no se
cree un producto excepcional y extraordinario de la naturaleza con todas las
más nobles facultades y todas las más extrañas contradicciones? El príncipe
quiromántico le había dicho la verdad. Nadie le había querido, existían dos
mujeres que la odiaban. Todo esto le pareció axiomático.
Las palabras del misterioso Rohan fueron
produciendo en ella una gran agitación y llegaron a traducirse en hechos.
VI.
LA VENGANZA DE SIMONA
Simona Busquet vivió durante algún tiempo
anhelante pensando en las predicciones de Rohan. Un día el cartero le llevó un
pliego que le puso en un estado de intranquilidad y de nerviosidad grande.
A la mañana siguiente Simona se presentó en
Gastizar, llamó y dijo a Ichteben a voz en grito que comunicara a la señora de
Aristy que León, su hijo, acababa de ahorcarse en París. La noticia era cierta
y llevó la desolación a Gastizar. Simona la había sabido por una carta de
Carolina.
La resignación y el recogimiento de las dos
familias, la de Gastizar y la de Chimista, irritaron a Simona, que pensó en
llevar más lejos su venganza.
Simona, que era tan vengativa como envidiosa, había
comenzado a odiar a una de las señoritas del Bazar y llegó a quitarle su amante
Marcos, el gascón.
Marcos se dejaba querer por las dos mujeres; la
Simona le daba dinero, y el mozo, en vez de trabajar, se pasaba el día en la
taberna bebiendo y jugando.
Como la sed de venganza era en Simona
inextinguible, pidió a Marcos que, como una prueba de cariño a ella, incendiase
Chimista, la casa donde vivía Dolores Malpica. El fuego acabará con una de
ellas le había dicho Rohan. Simona pintó a su amante una serie de ultrajes
supuestos que le había inferido a ella la española.
Marcos sabía que el negocio era grave, pero dijo
que lo estudiaría.
Había en la parte de atrás de Chimista dos almiares
grandes de heno y otros dos de helecho. Un día de viento sur uno de los
montones comenzó a arder con violencia; el fuego se comunicó a los otros tres y
el viento llevó las llamas hacia la casa.
Afortunadamente, Fanchon y Praschcu se dieron
cuenta del siniestro, llamaron a otros vecinos y entre todos a palos apagaron
el fuego.
Se sospechó, sin pruebas, que había sido Marcos el
gascón. Ichteben, el criado de Gastizar, le había visto pasar a Marcos por el
puente hacia el pueblo dos horas antes del siniestro. Naturalmente, el autor
material del crimen no podía ser él.
Marcos fué detenido, negó toda participación en el
hecho y fué puesto en libertad. Marcos siguió llevando su vida de holgazanería
y de crápula, sacando siempre dinero a la Simona cada vez en mayores
cantidades.
En esto un día Mandharra, el chico del caserío de
Gros Jean, el tramposo, vino con Praschcu, el marido de Fanchon, al pueblo y se
dirigió al Juzgado.
Praschcu contó al juez que el chico aquel había
sido el que había pegado fuego a los montones de hierba seca de Chimista,
instigado por Marcos el gascón.
Mandharra declaró que era verdad que Marcos le
había impulsado a que encendiera la hierba, y para darle ánimo le había
emborrachado con aguardiente.
Marcos volvió a ser preso y negó todo lo que decía
el muchacho; pero los indicios se acumulaban contra él.
Simona, pensando sin duda que la venganza la había
llevado demasiado lejos y que las predicciones de Rohan no se cumplían al pie
de la letra, huyó del pueblo.
Marcos el gascón preguntó en la cárcel varias veces
por ella, y al saber que se había escapado, contó al juez lo ocurrido y
denunció a Simona como instigadora del crimen.
La Simona fué presa, y Marcos y ella fueron poco
después condenados a presidio.
VII.
NAVIDAD TRISTE
Es el día de Navidad. Llueve; el tiempo está
negro, la niebla espesa da una opacidad gris al ambiente. El campo encharcado,
lleno de cañas secas de maíz, se va convirtiendo en lago turbio, que burbujea
al caer las gruesas gotas de agua.
El cielo de plomo se aclara a veces, toma otras un
color de tinta, brilla el resplandor del sol en un monte y con tono claro y con
tono oscuro llueve con idéntica furia.
En el salón de Gastizar, al anochecer, hay un aire
de pesadez y de tristeza. Las dos señoritas de Belsunce se aburren más que
nunca; la una lee, la otra hace una labor; madama de Aristy dice a las
muchachas cada cuarto de hora:
—Id a la guardilla y ved si hay goteras.
Las muchachas suben, riendo, al desván. Las[264] goteras cantan suavemente en los barreños como
si fueran martillos que golpearan un tímpano. El desván de Gastizar muestra su
armazón de vigas fuertes como el esqueleto de un animal gigantesco.
En el suelo de madera, carcomido y combado, se ven
montones de maíz; calabazas largas, redondas, surcadas, rugosas, unas rosadas
de un color de carne, otras verdes como la piel de un cocodrilo; ajos muy
blancos, cebollas irisadas y montones de heno que exhalan un olor exquisito.
Por la claraboya abierta entra el aire húmedo y templado de la tarde, y se ve
cruzar la lluvia en líneas brillantes que parecen varillas de acero. El viento
se divierte en jugar por entre los pilares de madera que sostienen el tejado,
hace por los rincones hu... hu... como un buen gnomo que soplara en un caracol,
y arrastra por el suelo briznas de hierba y de helecho seco.
En el salón, en la chimenea, al lado del fuego
están Miguel Aristy, Darracq y el caballero de Larresore.
Aristy está melancólico y mira ensimismado las
llamas. Larresore se exalta en frío contra un enemigo al que, desde hace algún
tiempo, tiene como blanco de sus tiros: el Romanticismo.
Larresore se considera adversario personal de
Hernani, de Víctor Hugo, queriendo convencerse de que este drama está muy mal,
aunque se entusiasma con sus versos. Llama a los románticos Erostratos,
iconoclastas, bárbaros enemigos de la tradición latina.
La señorita vieja de Belsunce, otras veces le lleva
la corriente y habla con sorna de las mujeres pálidas, lánguidas y tristes.
Esta noche tradicional hay como un ambiente de frío
y de tristeza en la casa. El señor de Aviraneta, que otras veces va de visita a
Gastizar, hoy no ha aparecido. Se dice que el joven Lacy está tan grave, que no
pasará del día.
El caballero de Larresore, a quien molesta este
aire glacial, ha hecho esfuerzos inútiles para animar la conversación; ha
hablado durante largo tiempo del camino de hierro entre Liverpool y Manchester,
de la inauguración de esta vía y del accidente ocurrido al duque de Wellington.
En vista de que el asunto no templa los ánimos, se
ha decidido a bromear sobre los sansimonianos. Tampoco ha tenido éxito.
La criada anuncia que la cena está en la mesa, y
van todos al comedor.
Madama de Aristy pálida, se acuerda de su[266] hijo León y no prueba bocado. Miguel está
ensimismado y triste, las señoritas de Belsunce de mal humor, Darracq
indiferente. Larresore hace esfuerzos para conservar su indiferencia jovial.
Después de cenar, Larresore y Miguel se sientan
cerca de la lumbre. Se oye el agua que golpea en los cristales y que entra por
la chimenea a caer chirriando en las brasas.
Y luego a lo lejos, en el campo, se escuchan voces
roncas que cantan un villancico.
—¿Usted no se pregunta a veces—dice Miguel a
Larresore—si la vida no será una estupidez?
El caballero se queda mirando al fuego, y murmura:
—¿Y para qué hacerse esa pregunta?
—Sí; es la verdad, tiene usted razón. ¿Para qué?
Y los dos hombres callan y sigue oyéndose el azotar
de la lluvia en los cristales y el murmullo del viento en los árboles.
LIBRO QUINTO
LA DECADENCIA
DEL
DRAGÓN DE GASTIZAR
I.
LA CAZA DEL DRAGÓN
Otra porción de desdichas tan grandes como las
anteriores presidió el dragón de la veleta de Gastizar por aquel tiempo; las
luchas de unas elecciones donde hubo heridos, los estragos del cólera, la
muerte de Lacy, el suicidio de Grashi Erua, la loca, que un día se la encontró
flotando sobre un estanque de agua clara.
La gente del pueblo, y sobre todo la gente de
Gastizar, llegó a mirar a la veleta con cierta preocupación mal disimulada.
Ciertamente no era fácil que un artefacto de hierro
influyera en la existencia de los hombres. Pero ¿quién sabe?
Al llegar el otoño la veleta de Gastizar adqui[270]rió nueva vida con los vientos fuertes del equinoccio.
Los habitantes de Gastizar, que antes no se fijaban
en si chirriaba o no, comenzaron a intranquilizarse con su ruido. Madama Aristy
no podía dormir; la señorita de Belsunce, tampoco.
Entonces se decidieron a quitar la veleta. Fueron
Miguel, Darracq e Ichteben, como quien va a una caza peligrosa, una mañana
antes de que nadie se hubiese levantado. Alicia les sintió en el desván y se
unió a la expedición. ¿No era ella la descendiente de Gastón de Belsunce, que
había matado al dragón de la cueva de San Pedro de Irube en el siglo XV?
Miguel tomó toda clase de precauciones al salir por
el tragaluz; se ató una cuerda a la cintura y se dispuso a salir al tejado.
—A ver si nos hace una herejía este viejo
dragón—dijo Miguel riendo.
Al arrancar la veleta, Miguel se desolló una mano y
estuvo a punto de resbalarse. Darracq le ayudó, y entre los tres hombres y
Alicia metieron el artefacto en la guardilla. Estuvieron contemplando el dragón
largo tiempo.
—Pobre viejo.—Ya no podrás amenazar con tus garras
al cielo—dijo Miguel como quien pro[271]nuncia una
oración fúnebre;—ya no podrás comunicarte con aquella vieja lechuza parda que
se acercaba a ti durante el crepúsculo. Ya no sonará tu áspero chirrido por las
noches. ¡Condenado a prisión perpetua entre unas botellas vacías y unas
sombrereras, has perdido tu virulencia, pobre dragón de la veleta de Gastizar!
¡Adiós! ¡Adiós!
II.
LOS AMORES DE MARGARITA
A la primera noticia buena se respiró en Gastizar.
Esta fué la boda de Margarita Tilly y Sampau.
Sampau había ido con mucha asiduidad a visitar a su amigo Lacy durante el
invierno.
Sampau estaba de guarnición en San Sebastián y le
daban a menudo permiso para pasar la frontera.
Sampau visitaba a Lacy e iba con frecuencia a
Gastizar a ver a Margarita, a quien había conocido de chico.
Sampau era un muchacho guapo que estaba muy
convencido de su guapeza.
Era alto, moreno; llevaba bigote y patillas cortas.
La primera vez que se volvieron a ver en Chimista,
Margarita y Sampau, no tuvieron una entrevista afectuosa.
No se habían encontrado desde la infancia.
Margarita había decidido no presentarse a él.
Sampau quería verla y se lo dijo a Dolores Malpica.
—Está bien; iremos nosotros a verla—dijo Dolores, y
en compañía del militar fué al piso bajo de Chimista, a casa de Fanchon, donde
apareció Margarita, un poco pálida y con un aire desdeñoso.
—Margarita, ya no quieres ni verme—le dijo Sampau.
—No sabía que estuvieras aquí—replicó ella con
marcada frialdad.
---He venido a ver a este pobre Lacy, que está tan
enfermo.
Habló Sampau de la enfermedad de Lacy y de las
pocas probabilidades que tenía de curación.
Al despedirle Sampau dijo a Dolores con cierta
petulancia:
—Celebro que Margarita tenga la amistad de usted.
Le conviene; porque yo creo que esta cabecita rubia está un poco destornillada.
Margarita hizo un gesto de desdén.
—No, no—replicó Dolores.—Todos dicen ustedes lo
mismo, y no es cierto. Aquí yo sólo sé lo que trabaja, y lo bien que lo lleva
todo, y lo tranquila y lo juiciosa que es. Ha de ser una ama de casa excelente.
Margarita se ruborizó.
—¿Usted lo cree así? Pues así será. Yo me figuro a
Margarita montada a caballo, con un látigo en la mano, pero no cosiendo ni
zurciendo.
—Pues no es así. Es una muchacha hacendosa,
sencilla...
—Sí, será cierto—dijo Sampau;—pero no se puede
negar que es una desagradecida. Ya ve usted cómo me ha recibido a mí. Pues sepa
usted que yo la he llevado en brazos cuando era niña.
—¿De verdad?
—Sí. Cuando ella nació yo tendría ocho años. La
recuerdo en la cuna, que parecía una muñeca. Luego más tarde solíamos jugar con
ella su hermano, Lacy y yo, y como yo era el mayor y el más alto y la llevaba
en hombros, era el preferido. Entonces creo que estaba algo enamorada de mí.
—Yo de ti—exclamó Margarita.—¡Majadero! ¡Fatuo! Eso
es lo que debes creer tú, que todas las mujeres se enamoran de ti.
Sampau hizo la observación de que Margarita estaba
más guapa cuando se incomodaba, y ella cambió de aspecto y tomó una actitud
desdeñosa.
Las visitas de Sampau menudearon.
Cuando el médico dijo que la enfermedad de Lacy se
acercaba al desenlace, Sampau pidió una licencia de un mes y se estableció en
la Veleta de Ustariz. Allí asistió en su enfermedad a su amigo, hasta que éste
un anochecer murió dulcemente sin darse cuenta.
El dolor de ver morir a Lacy acercó más a Margarita
y a Sampau.
A medida que Sampau y Margarita se entendían, él se
hacía menos fatuo y ella menos desdeñosa.
Sampau tomó como protectora a Dolores.
—Yo quisiera—le dijo un día—saber los sentimientos
de Margarita por mí.
—Yo creo que le tiene a usted afecto.
—¿Usted cree que no me rechazará?
—Yo creo que no. Se lo preguntaremos a ella.
Dolores llamó a Margarita y se sentaron los tres en
el cenador de la huerta. Hacía un día de Abril de sol hermoso y de cielo claro.
Dolores contó a Margarita lo que habían hablado
ella y Sampau.
—Sí, Margarita—dijo Sampau;—yo te quiero.
—Yo también te quiero—repuso ella.
—Entonces ¿estás dispuesta a seguirme, a ser mi
mujer?
—No quisiera marcharme de aquí. ¡Aquí he vivido tan
feliz! Tengo tanto cariño a todos los de esta casa—y Margarita cogió la mano de
Dolores y la miró con ansiedad.
—Ya vendrás alguna vez—dijo Dolores;—tu marido te
traerá aquí.
—Cuando ella quiera. Ahora no falta más que una
cosa: fijar el día de la boda.
Al despedirse Sampau abrió los brazos, Margarita
vaciló un momento, pero se echó en ellos y se desasió después palpitante y
enamorada.
III.
UNA SOMBRA DE OTRA ÉPOCA
Al proyectarse la boda de Sampau con Margarita
se pensó en comunicárselo a las respectivas familias y a los amigos.
Margarita, por lo que dijo, estaba reñida con sus
tíos; sus hermanos, que vivían en Jersey, eran pequeños, y únicamente tenía la
abuela paterna en un pueblecito cerca de París. Esta señora se titulaba la
condesa de Tilly. Margarita le dió parte de su boda suponiendo que ya estaba
bastante vieja y que no vendría; pero un día le avisaron que fuera a la posada
de la Veleta porque acababa de llegar su abuela. Efectivamente, esta señora
bajó de la diligencia en compañía de una criada vieja con una cofia blanca.
La condesa de Tilly era una señora pequeña de
estatura, sonrosada, con el pelo blanco y los ojos muy azules, que debía haber
sido muy bonita.
La condesa se quejó a su nieta de las pocas
comodidades de la posada.
Margarita quiso llevarla a Chimista; pero la abuela
se opuso a ir a una casa de campo lejana.
Miguel Aristy supo la perplejidad en que se
encontraba Margarita, y ofreció una habitación en Gastizar para la anciana
señora.
—Que venga a casa—dijo;—la trataremos lo mejor que
podamos.
—¡Oh, muchas gracias!... No sé si ella querrá.
—Se lo propondremos.
Aristy fué a visitar a la condesa y quedaron los
dos muy amigos. La abuela coqueteó con Miguel como si tuviera veinte años.
Miguel se mostró con ella galante y un poco
libertino. Fingió, sin esfuerzo, que era de la misma edad que la condesa, lo
que a ella le divirtió muchísimo.
Después de un largo rato de conversación se decidió
que la anciana señora y su criada marcharan inmediatamente a Gastizar. La
condesa se instaló sin escrúpulos ni ceremonias.
Tenía una gracia para aceptar completamente del
antiguo régimen.
La criada de la condesa era el polo contrario de su
ama. Era difícil encontrar una vieja más agria, más malhumorada, más suspicaz,
más tacaña que la de la cofia blanca. Al día siguiente de llegar, todos los
criados de Gastizar la odiaban fervorosamente. A pesar de esto, ella les
dominaba porque era astuta y sagaz.
Madama de Aristy y las señoritas de Belsunce
quedaron entusiasmadas con la condesa. El caballero de Larresore le dedicó unas
sonrisas y unas galanterías del más auténtico Versalles.
—Condesa—le decía el caballero de Larresore con un
aire inspirado y sentimental;—¡en qué época nos encontramos! Nosotros, que
hemos conocido a María Antonieta en Versalles.
—Yo no, yo no—decía la condesa,—yo no soy tan
vieja; entonces era muy pequeña. Yo recuerdo que me puse de largo cuando
guillotinaron a Luis XVI.
—Y lo sentiría usted, condesa, como algo atroz.
—Sí; pero teníamos otras muchas cosas en que
pensar.
La vieja señora no tenía ninguna simpatía por[282] el caballero de Larresore, porque éste siempre
le estaba hablando, según ella, de su edad.
—No sé para qué me recuerda este caballero tiempos
pasados—decía la condesa.—Es una impertinencia. Otros también tienen años.
Miguel le daba la razón, y le decía:
—Usted siempre parecerá joven, condesa.
Y ella al oirle sonreía entre burlona y satisfecha.
La condesa había llevado una vida accidentada;
había conocido el tiempo de Luis XVI y los horrores de la Revolución, el
Directorio, el Imperio y la Restauración. Al parecer había sido una mujer muy
solicitada por los hombres, y le quedaba la facultad de seducir a la gente sin
proponérselo.
A Miguel Aristy le tomó como confidente y le
contaba su vida y hasta sus amores.
—Pensar que me han perseguido Mirabeau, Barras,
Talleyrand. ¡Uf! ¡Qué cosas ha visto una! ¡Qué horrores! ¡Qué disparates!
Y unía las manos y cerraba los ojos como si
sintiera el vértigo con los recuerdos.
Otras veces preguntaba:
—¿Quién fué el que decretó el culto del Ser
Supremo? ¿Napoleón? No. Fué el señor de Robespierre. ¿Verdad? Sí, fué el señor
de Robespierre. Recuerdo que aquel día tuvimos que vender[283] un
traje mío y otro de mi madre para comer. Esto fué cuando la batalla de
Waterloo. No... Después... No, no.
La condesa de Tilly no era capaz de detenerse en
una cosa o en una idea.
—Perdonadme si digo alguna vez tonterías—decía.—¡La
vida me parece tan larga! Estoy deseando morir. ¿Usted cree que habrá alma,
Miguel?
—Sí; supongo que sí.
—¿Pero alma inmortal?
—No sé, eso no sé; ni creo que lo sepa con certeza
nadie.
—Sabe usted que yo he sido atea en otra época y que
leí libros de Voltaire y de Holbach. ¡Qué horror, verdad!
—Sí, un completo horror.
—Ahora soy completamente creyente, como un niño.
¿Habrá cielo, Miguel? ¿Eh? ¡Si no, qué vamos a hacer en la tierra, en un sitio
tan frío, tan húmedo!
—No sé qué podremos hacer. La tierra es cosa poco
cómoda, indudablemente.
Margarita iba con frecuencia a Gastizar y trataba a
su abuela como a una niña; le acostaba y le reñía.
Se fijó el día de la boda de Margarita para Mayo.
La ceremonia se verificó con gran rumbo. La condesa de Tilly se presentó ante
el altar vestida de color de rosa y llena de joyas, y estaba tan bien con sus
cabellos blancos y sus ojos azules, que produjo el entusiasmo de todos.
Al salir de la iglesia había dos coches en la
carretera; en uno entraron Sampau y Margarita, en el otro, la condesa de Tilly
con su criada vieja de la cofia blanca.
Larresore y Miguel besaron la mano de la condesa.
—¡Qué lástima que sea tan vieja, Miguel!—exclamó
ella, con los ojos azules llenos de lágrimas.
—Siempre será usted encantadora—contestó él,
besándole la mano.
Y los dos coches tomaron el camino de Bayona,
llevando uno la juventud y el amor, el otro la vejez y los desengaños.
IV.
EN CHALANTA
La víspera del día de San Juan, Sampau y
Margarita, ya casados, se presentaron en Ustariz.
Miguel les convidó a ir a Cambó, donde había
fiesta, y fueron en un coche grande todos los de Chimista y algunos de
Gastizar. Fernanda Luxe llevaba como caballero al joven Larralde-Mauleón, que
la galanteaba, y Alicia Belsunce a un vizconde gascón, el vizconde de Florac
que le había empezado a hacer la corte.
Había feria en Cambó. Se habían reunido una porción
de vendedores ambulantes con coches y puestos con cuchillos, azadas, objetos de
cocina y ferretería, y los aldeanos llevaban vacas y cerdos al mercado.
Hubo por la mañana gran partido de pelota, por la
tarde vísperas y después baile.
En el quiosco de la música, hecho con unos toneles
y adornado con ramas, se tocó la música hasta las doce de la noche.
A esta hora los bailarines se fueron a beber agua
de la fuente de San Juan y se vió todo el monte iluminado con hogueras.
Al día siguiente se decidió volver, por la tarde, a
Ustariz. Miguel propuso tomar dos lanchas grandes y embarcarse en ellas.
El día era caluroso, de viento Sur; no corría una
ráfaga de aire y las hojas parecían petrificadas en la calma del ambiente.
Bajaron a la orilla del río.
En la proa de la primera lancha se puso Manich, un
virtuoso del acordeón; luego se fueron instalando los demás.
El acordeonista fué trenzando y destrenzando sus
melodías banales y extrayéndolas del pulmón de su instrumento.
Las dos chalantas comenzaron a
deslizarse despacio por el río claro.
La tarde era espléndida, de una tranquilidad
admirable; el cielo, azul puro y tranquilo.
Margarita y Sampau hablaban, ella llevaba una rama
por la superficie del agua; Alicia y el vizconde de Florac, Fernanda Luxe y el
joven La[287]rralde parecían dispuestos a cantar el
eterno dúo de amor, tan viejo siempre y siempre tan nuevo. Dolores cuidaba de
sus hijos.
—¿Y tú?—preguntó Larresore a Miguel—¿No te sientes
tentado a imitar a esos enamorados?
—Ya no me quieren—contestó Miguel, y recitó estos
versos de Voltaire a madama du Chatelet:
Si vous voulez que j'aime encore
Rendez-mois l'age des amours;
Au crépuscule de mes jours
Rejoignez, s'il se peut, l'aurore
Des beaux lieux ou le dieu du vin
Avec l'Amour tient son empire
Le Temps qui me prend par la main
M'avertit que je me retire
De son inflexible rigueur
Tirons au moins quelque avantage
Qui n'a pas l'esprit de son age
De son age a tout le malheur.
Al anochecer llegaron las chalantas frente a
Gastizar, atracaron al lado del árbol que salía sobre el río y fueron saltando
todos a tierra.
EPÍLOGO
Un día de primavera en que estaban en el
manzanal de Gastizar madama Aristy, las señoritas de Belsunce, madama Luxe,
Larresore y Darracq, Miguel dijo:
—La verdad es que falta algo a nuestra torre de
Gastizar sin la veleta. Yo siento la nostalgia de verla. Si pusiéramos de nuevo
el dragón ¿qué les parecería a ustedes?
—¿Al dragón?—dijo con asombro la señorita de
Belsunce.
—¡Poner la veleta!—exclamó madama Aristy casi
colérica.—¡Qué disparate! ¡Jamás!
—¡Ah! ¿pero tú crees...?
—Yo no creo nada; pero lo que te digo es que no se
pone la veleta.
Todos afirmaron que era una imprudencia, una
provocación instalar la veleta, y madama de Aris[290]ty
llegó a asegurar que si se hablaba más de esto cogería el artefacto de hierro y
lo echaría al río.
La gente del pueblo estuvo también de acuerdo. Era
una imprudencia el poner el malvado y nefasto dragón en la torre.
Aquel viejo basilisco de la veleta de Gastizar les
parecía a todos un auxiliar del destino adverso, una de aquellas esfinges de
una fauna desaparecida que no anunciaban más que calamidades.
En Gastizar y en Ustariz estaban contentos después
de la caza del dragón. Ya no pasaba nada en el pueblo. La rueda de la
existencia oscura seguía girando constantemente: Nacer, vivir, morir. Nacer,
vivir, morir...
A veces algún romántico se preguntaba si mejor que
la inmovilidad, que la vida monótona e igual, no sería tener una veleta
inquietante y perturbadora como la de Gastizar en el torreón de su casa.
Madrid, Febrero 1918.
FIN DE LOS CAUDILLOS DE 1830
ÍNDICE
|
Páginas. |
||
|
Libro primero.—El eterno conspirador |
||
|
I. |
11 |
|
|
II. |
17 |
|
|
III. |
25 |
|
|
IV. |
33 |
|
|
V. |
41 |
|
|
VI. |
45 |
|
|
VII. |
53 |
|
|
VIII. |
67 |
|
|
IX. |
75 |
|
|
X. |
79 |
|
|
XI. |
83 |
|
|
Libro segundo.—En Ustariz |
||
|
I. |
90 |
|
|
II. |
93 |
|
|
III. |
97 |
|
|
IV. |
107 |
|
|
V. |
115 |
|
|
VI. |
125 |
|
|
Libro tercero.—El diario de Lacy |
||
|
I. |
135 |
|
|
II. |
139 |
|
|
III. |
155 |
|
|
IV. |
165[292] |
|
|
V. |
167 |
|
|
VI. |
173 |
|
|
VII. |
179 |
|
|
VIII. |
185 |
|
|
IX. |
191 |
|
|
X. |
195 |
|
|
XI. |
205 |
|
|
XII. |
213 |
|
|
XIII. |
219 |
|
|
Libro cuarto.—Bajo la influencia nefasta
del |
||
|
I. |
225 |
|
|
II. |
233 |
|
|
III. |
241 |
|
|
IV. |
245 |
|
|
V. |
249 |
|
|
VI. |
259 |
|
|
VII. |
263 |
|
|
Libro quinto.—La decadencia del dragón de |
||
|
I. |
269 |
|
|
II. |
273 |
|
|
III. |
279 |
|
|
IV. |
285 |
|
|
|
289 |
|
End of the Project Gutenberg EBook of Los Caudillos
de 1830, by Pío Baroja
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS
CAUDILLOS DE 1830 ***

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