© Libro N° 8885. El Patito Feo. Andersen, Hans Christian. Emancipación. Julio 31 de 2021.
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El Patito Feo. Hans Christian Andersen
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Hans
Christian Andersen
El Patito Feo
Hans Christian Andersen
¡Qué lindos eran los días de verano! ¡Qué agradable resultaba pasear por
el campo y ver el trigo amarillo, la verde avena y las parvas de heno apilado
en las llanuras! Sobre sus largas patas rojas iba la cigüeña junto a algunos
flamencos, que se paraban un rato sobre cada pata. Sí, era realmente encantador
estar en el campo.
Bañada de sol se alzaba allí una vieja mansión solariega a la que
rodeaba un profundo foso; desde sus paredes hasta el borde del agua crecían
unas plantas de hojas gigantescas, las mayores de las cuales eran lo
suficientemente grandes para que un niño pequeño pudiese pararse debajo de
ellas. Aquel lugar resultaba tan enmarañado y agreste como el más denso de los
bosques, y era allí donde cierta pata había hecho su nido. Ya era tiempo de
sobra para que naciesen los patitos, pero se demoraban tanto, que la mamá
comenzaba a perder la paciencia, pues casi nadie venía a visitarla.
Al fin los huevos se abrieron uno tras otro. “¡Pip, pip!”, decían los
patitos conforme iban asomando sus cabezas a través del cascarón.
—¡Cuac, cuac! —dijo la mamá pata, y todos los patitos se apresuraron a
salir tan rápido como pudieron, dedicándose enseguida a escudriñar entre las
verdes hojas. La mamá los dejó hacer, pues el verde es muy bueno para los ojos.
—¡Oh, qué grande es el mundo! —dijeron los patitos. Y ciertamente
disponían de un espacio mayor que el que tenían dentro del huevo.
—¿Creen acaso que esto es el mundo entero? —preguntó la pata—. Pues
sepan que se extiende mucho más allá del jardín, hasta el prado mismo del
pastor, aunque yo nunca me he alejado tanto. Bueno, espero que ya estén todos
—agregó, levantándose del nido—. ¡Ah, pero si todavía falta el más grande!
¿Cuánto tardará aún? No puedo entretenerme con él mucho tiempo.
Y fue a sentarse de nuevo en su sitio.
—¡Vaya, vaya! ¿Cómo anda eso? —preguntó una pata vieja que venía de
visita.
—Ya no queda más que este huevo, pero tarda tanto… —dijo la pata
echada—. No hay forma de que rompa. Pero fíjate en los otros, y dime si no son
los patitos más lindos que se hayan visto nunca. Todos se parecen a su padre,
el muy bandido. ¿Por qué no vendrá a verme?
—Déjame echar un vistazo a ese huevo que no acaba de romper —dijo la
anciana—. Te apuesto a que es un huevo de pava. Así fue como me engatusaron
cierta vez a mí. ¡El trabajo que me dieron aquellos pavitos! ¡Imagínate! Le
tenían miedo al agua y no había forma de hacerlos entrar en ella. Yo graznaba y
los picoteaba, pero de nada me servía… Pero, vamos a ver ese huevo…
—Creo que me quedaré sobre él un ratito aún —dijo la pata—. He estado
tanto tiempo aquí sentada, que un poco más no me hará daño.
—Como quieras —dijo la pata vieja, y se alejó contoneándose.
Por fin se rompió el huevo. “¡Pip, pip!”, dijo el pequeño, volcándose
del cascarón. La pata vio lo grande y feo que era, y exclamó:
—¡Dios mío, qué patito tan enorme! No se parece a ninguno de los otros.
Y, sin embargo, me atrevo a asegurar que no es ningún crío de pavos.
Al otro día hizo un tiempo maravilloso. El sol resplandecía en las
verdes hojas gigantescas. La mamá pata se acercó al foso con toda su familia y,
¡plaf!, saltó al agua.
—¡Cuac, cuac! —llamaba. Y uno tras otro los patitos se fueron
abalanzando tras ella. El agua se cerraba sobre sus cabezas, pero enseguida
resurgían flotando magníficamente. Movíanse sus patas sin el menor esfuerzo, y
a poco estuvieron todos en el agua. Hasta el patito feo y gris nadaba con los
otros.
—No es un pavo, por cierto —dijo la pata—. Fíjense en la elegancia con
que nada, y en lo derecho que se mantiene. Sin duda que es uno de mis
pequeñitos. Y si uno lo mira bien, se da cuenta enseguida de que es realmente
muy guapo. ¡Cuac, cuac! Vamos, vengan conmigo y déjenme enseñarles el mundo y
presentarlos al corral entero. Pero no se separen mucho de mí, no sea que los
pisoteen. Y anden con los ojos muy abiertos, por si viene el gato.
Y con esto se encaminaron al corral. Había allí un escándalo espantoso,
pues dos familias se estaban peleando por una cabeza de anguila, que, a fin de
cuentas, fue a parar al estómago del gato.
—¡Vean! ¡Así anda el mundo! —dijo la mamá relamiéndose el pico, pues
también a ella la entusiasmaban las cabezas de anguila—. ¡A ver! ¿Qué pasa con
esas piernas? Anden ligeros y no dejen de hacerle una bonita reverencia a esa
anciana pata que está allí. Es la más fina de todos nosotros. Tiene en las
venas sangre española; por eso es tan regordeta. Fíjense, además, en que lleva
una cinta roja atada a una pierna: es la más alta distinción que se puede
alcanzar. Es tanto como decir que nadie piensa en deshacerse de ella, y que
deben respetarla todos, los animales y los hombres. ¡Anímense y no metan los
dedos hacia adentro! Los patitos bien educados los sacan hacia afuera, como
mamá y papá… Eso es. Ahora hagan una reverencia y digan ¡cuac!
Todos obedecieron, pero los otros patos que estaban allí los miraron con
desprecio y exclamaron en alta voz:
—¡Vaya! ¡Como si ya no fuésemos bastantes! Ahora tendremos que rozarnos
también con esa gentuza. ¡Uf!… ¡Qué patito tan feo! No podemos soportarlo.
Y uno de los patos salió enseguida corriendo y le dio un picotazo en el
cuello.
—¡Déjenlo tranquilo! —dijo la mamá—. No le está haciendo daño a nadie.
—Sí, pero es tan desgarbado y extraño —dijo el que lo había picoteado—,
que no quedará más remedio que despachurrarlo.
—¡Qué lindos niños tienes, muchacha! —dijo la vieja pata de la cinta
roja—. Todos son muy hermosos, excepto uno, al que le noto algo raro. Me
gustaría que pudieras hacerlo de nuevo.
—Eso ni pensarlo, señora —dijo la mamá de los patitos—. No es hermoso,
pero tiene muy buen carácter y nada tan bien como los otros, y me atrevería a
decir que hasta un poco mejor. Espero que tome mejor aspecto cuando crezca y
que, con el tiempo, no se le vea tan grande. Estuvo dentro del cascarón más de
lo necesario, por eso no salió tan bello como los otros.
Y con el pico le acarició el cuello y le alisó las plumas.
—De todos modos, es macho y no importa tanto —añadió—, Estoy segura de
que será muy fuerte y se abrirá camino en la vida.
—Estos otros patitos son encantadores —dijo la vieja pata—. Quiero que
se sientan como en su casa. Y si por casualidad encuentran algo así como una
cabeza de anguila, pueden traérmela sin pena.
Con esta invitación todos se sintieron allí a sus anchas. Pero el pobre
patito que había salido el último del cascarón, y que tan feo les parecía a
todos, no recibió más que picotazos, empujones y burlas, lo mismo de los patos
que de las gallinas.
—¡Qué feo es! —decían.
Y el pavo, que había nacido con las espuelas puestas y que se
consideraba por ello casi un emperador, infló sus plumas como un barco a toda
vela y se le fue encima con un cacareo, tan estrepitoso que toda la cara se le
puso roja. El pobre patito no sabía dónde meterse. Sentíase terriblemente
abatido, por ser tan feo y porque todo el mundo se burlaba de él en el corral.
Así pasó el primer día. En los días siguientes, las cosas fueron de mal
en peor. El pobre patito se vio acosado por todos. Incluso sus hermanos y
hermanas lo maltrataban de vez en cuando y le decían:
—¡Ojalá te agarre el gato, grandulón!
Hasta su misma mamá deseaba que estuviese lejos del corral. Los patos lo
pellizcaban, las gallinas lo picoteaban y, un día, la muchacha que traía la
comida a las aves le asestó un puntapié.
Entonces el patito huyó del corral. De un revuelo saltó por encima de la
cerca, con gran susto de los pajaritos que estaban en los arbustos, que se
echaron a volar por los aires.
“¡Es porque soy tan feo!” pensó el patito, cerrando los ojos. Pero así y
todo siguió corriendo hasta que, por fin, llegó a los grandes pantanos donde
viven los patos salvajes, y allí se pasó toda la noche abrumado de cansancio y
tristeza.
A la mañana siguiente, los patos salvajes remontaron el vuelo y miraron
a su nuevo compañero.
—¿Y tú qué cosa eres? —le preguntaron, mientras el patito les hacía
reverencias en todas direcciones, lo mejor que sabía.
—¡Eres más feo que un espantapájaros! —dijeron los patos salvajes—. Pero
eso no importa, con tal que no quieras casarte con una de nuestras hermanas.
¡Pobre patito! Ni soñaba él con el matrimonio. Sólo quería que lo
dejasen estar tranquilo entre los juncos y tomar un poquito de agua del
pantano.
Unos días más tarde aparecieron por allí dos gansos salvajes. No hacía
mucho que habían dejado el nido: por eso eran tan impertinentes.
—Mira, muchacho —comenzaron diciéndole—, eres tan feo que nos caes
simpático. ¿Quieres emigrar con nosotros? No muy lejos, en otro pantano, viven
unas gansitas salvajes muy presentables, todas solteras, que saben graznar
espléndidamente. Es la oportunidad de tu vida, feo y todo como eres.
—¡Bang, bang! —se escuchó en ese instante por encima de ellos, y los dos
gansos cayeron muertos entre los juncos, tiñendo el agua con su sangre. Al eco
de nuevos disparos se alzaron del pantano las bandadas de gansos salvajes, con
lo que menudearon los tiros. Se había organizado una importante cacería y los
tiradores rodeaban los pantanos; algunos hasta se habían sentado en las ramas
de los árboles que se extendían sobre los juncos. Nubes de humo azul se
esparcieron por el oscuro boscaje, y fueron a perderse lejos, sobre el agua.
Los perros de caza aparecieron chapaleando entre el agua, y, a su
avance, doblándose aquí y allá las cañas y los juncos. Aquello aterrorizó al
pobre patito feo, que ya se disponía a ocultar la cabeza bajo el ala cuando
apareció junto a él un enorme y espantoso perro: la lengua le colgaba fuera de
la boca y sus ojos miraban con brillo temible. Le acercó el hocico, le enseñó
sus agudos dientes, y de pronto… ¡plaf!… ¡allá se fue otra vez sin tocarlo!
El patito dio un suspiro de alivio.
—Por suerte soy tan feo que ni los perros tienen ganas de comerme —se
dijo. Y se tendió allí muy quieto, mientras los perdigones repiqueteaban sobre
los juncos, y las descargas, una tras otra, atronaban los aires.
Era muy tarde cuando las cosas se calmaron, y aún entonces el pobre no
se atrevía a levantarse. Esperó todavía varias horas antes de arriesgarse a
echar un vistazo, y, en cuanto lo hizo, enseguida se escapó de los pantanos tan
rápido como pudo. Echó a correr por campos y praderas; pero hacía tanto viento,
que le costaba no poco trabajo mantenerse sobre sus pies.
Hacia el crepúsculo llegó a una pobre cabaña campesina. Se sentía en tan
mal estado que no sabía de qué parte caerse, y, en la duda, permanecía de pie.
El viento soplaba tan ferozmente alrededor del patito que éste tuvo que
sentarse sobre su propia cola, para no ser arrastrado. En eso notó que una de
las bisagras de la puerta se había caído, y que la hoja colgaba con una
inclinación tal que le sería fácil filtrarse por la estrecha abertura. Y así lo
hizo.
En la cabaña vivía una anciana con su gato y su gallina. El gato, a
quien la anciana llamaba “Hijito”, sabía arquear el lomo y ronronear; hasta era
capaz de echar chispas si lo frotaban a contrapelo. La gallina tenía unas patas
tan cortas que le habían puesto por nombre “Chiquitita Piernascortas”. Era una
gran ponedora y la anciana la quería como a su propia hija.
Cuando llegó la mañana, el gato y la gallina no tardaron en descubrir al
extraño patito. El gato lo saludó ronroneando y la gallina con su cacareo.
—Pero, ¿qué pasa? —preguntó la vieja, mirando a su alrededor. No andaba
muy bien de la vista, así que se creyó que el patito feo era una pata regordeta
que se había perdido—. ¡Qué suerte! —dijo—. Ahora tendremos huevos de pata.
¡Con tal que no sea macho! Le daremos unos días de prueba.
Así que al patito le dieron tres semanas de plazo para poner, al término
de las cuales, por supuesto, no había ni rastros de huevo. Ahora bien, en
aquella casa el gato era el dueño y la gallina la dueña, y siempre que hablaban
de sí mismos solían decir: “nosotros y el mundo”, porque opinaban que ellos
solos formaban la mitad del mundo , y lo que es más, la mitad más importante.
Al patito le parecía que sobre esto podía haber otras opiniones, pero la
gallina ni siquiera quiso oírlo.
—¿Puedes poner huevos? —le preguntó.
—No.
—Pues entonces, ¡cállate!
Y el gato le preguntó:
—¿Puedes arquear el lomo, o ronronear, o echar chispas?
—No.
—Pues entonces, guárdate tus opiniones cuando hablan las personas
sensatas.
Con lo que el patito fue a sentarse en un rincón, muy desanimado. Pero
de pronto recordó el aire fresco y el sol, y sintió una nostalgia tan grande de
irse a nadar en el agua que —¡no pudo evitarlo!— fue y se lo contó a la
gallina.
—¡Vamos! ¿Qué te pasa? —le dijo ella—. Bien se ve que no tienes nada que
hacer; por eso piensas tantas tonterías. Te las sacudirías muy pronto si te
dedicaras a poner huevos o a ronronear.
—¡Pero es tan sabroso nadar en el agua! —dijo el patito feo—. ¡Tan
sabroso zambullir la cabeza y bucear hasta el mismo fondo!
—Sí, muy agradable —dijo la gallina—. Me parece que te has vuelto loco.
Pregúntale al gato, ¡no hay nadie tan listo como él! ¡Pregúntale a nuestra
vieja ama, la mujer más sabia del mundo! ¿Crees que a ella le gusta nadar y
zambullirse?
—No me comprendes —dijo el patito.
—Pues si yo no te comprendo, me gustaría saber quién podrá comprenderte.
De seguro que no pretenderás ser más sabio que el gato y la señora, para no
mencionarme a mí misma. ¡No seas tonto, muchacho! ¿No te has encontrado un
cuarto cálido y confortable, donde te hacen compañía quienes pueden enseñarte?
Pero no eres más que un tonto, y a nadie le hace gracia tenerte aquí. Te doy mi
palabra de que si te digo cosas desagradables es por tu propio bien: sólo los
buenos amigos nos dicen las verdades. Haz ahora tu parte y aprende a poner
huevos o a ronronear y echar chispas.
—Creo que me voy a recorrer el ancho mundo —dijo el patito.
—Sí, vete —dijo la gallina.
Y así fue como el patito se marchó. Nadó y se zambulló; pero ningún ser
viviente quería tratarse con él por lo feo que era.
Pronto llegó el otoño. Las hojas en el bosque se tornaron amarillas o
pardas; el viento las arrancó y las hizo girar en remolinos, y los cielos
tomaron un aspecto hosco y frío. Las nubes colgaban bajas, cargadas de granizo
y nieve, y el cuervo, que solía posarse en la tapia, graznaba “¡cau, cau!”, de
frío que tenía. Sólo de pensarlo le daban a uno escalofríos. Sí, el pobre
patito feo no lo estaba pasando muy bien.
Cierta tarde, mientras el sol se ponía en un maravilloso crepúsculo,
emergió de entre los arbustos una bandada de grandes y hermosas aves. El patito
no había visto nunca unos animales tan espléndidos. Eran de una blancura
resplandeciente, y tenían largos y esbeltos cuellos. Eran cisnes. A la vez que
lanzaban un fantástico grito, extendieron sus largas, sus magníficas alas, y
remontaron el vuelo, alejándose de aquel frío hacia los lagos abiertos y las
tierras cálidas.
Se elevaron muy alto, muy alto, allá entre los aires, y el patito feo se
sintió lleno de una rara inquietud. Comenzó a dar vueltas y vueltas en el agua
lo mismo que una rueda, estirando el cuello en la dirección que seguían, que él
mismo se asustó al oírlo. ¡Ah, jamás podría olvidar aquellos hermosos y
afortunados pájaros! En cuanto los perdió de vista, se sumergió derecho hasta
el fondo, y se hallaba como fuera de sí cuando regresó a la superficie. No
tenía idea de cuál podría ser el nombre de aquellas aves, ni de adónde se
dirigían, y, sin embargo, eran más importantes para él que todas las que había
conocido hasta entonces. No las envidiaba en modo alguno: ¿cómo se atrevería
siquiera a soñar que aquel esplendor pudiera pertenecerle? Ya se daría por satisfecho
con que los patos lo tolerasen, ¡pobre criatura estrafalaria que era!
¡Cuán frío se presentaba aquel invierno! El patito se veía forzado a
nadar incesantemente para impedir que el agua se congelase en torno suyo. Pero
cada noche el hueco en que nadaba se hacía más y más pequeño. Vino luego una
helada tan fuerte, que el patito, para que el agua no se cerrase
definitivamente, ya tenía que mover las patas todo el tiempo en el hielo
crujiente. Por fin, debilitado por el esfuerzo, quedose muy quieto y comenzó a
congelarse rápidamente sobre el hielo.
A la mañana siguiente, muy temprano, lo encontró un campesino. Rompió el
hielo con uno de sus zuecos de madera, lo recogió y lo llevó a casa, donde su
mujer se encargó de revivirlo.
Los niños querían jugar con él, pero el patito feo tenía terror de sus
travesuras y, con el miedo, fue a meterse revoloteando en la paila de la leche,
que se derramó por todo el piso. Gritó la mujer y dio unas palmadas en el aire,
y él, más asustado, metiose de un vuelo en el barril de la mantequilla, y desde
allí lanzose de cabeza al cajón de la harina, de donde salió hecho una lástima.
¡Había que verlo! Chillaba la mujer y quería darle con la escoba, y los niños
tropezaban unos con otros tratando de echarle mano. ¡Cómo gritaban y se reían!
Fue una suerte que la puerta estuviese abierta. El patito se precipitó afuera,
entre los arbustos, y se hundió, atolondrado, entre la nieve recién caída.
Pero sería demasiado cruel describir todas las miserias y trabajos que
el patito tuvo que pasar durante aquel crudo invierno. Había buscado refugio
entre los juncos cuando las alondras comenzaron a cantar y el sol a calentar de
nuevo: llegaba la hermosa primavera.
Entonces, de repente, probó sus alas: el zumbido que hicieron fue mucho
más fuerte que otras veces, y lo arrastraron rápidamente a lo alto. Casi sin
darse cuenta, se halló en un vasto jardín con manzanos en flor y fragantes
lilas, que colgaban de las verdes ramas sobre un sinuoso arroyo. ¡Oh, qué
agradable era estar allí, en la frescura de la primavera! Y en eso surgieron
frente a él de la espesura tres hermosos cisnes blancos, rizando sus plumas y
dejándose llevar con suavidad por la corriente. El patito feo reconoció a
aquellas espléndidas criaturas que una vez había visto levantar el vuelo, y se
sintió sobrecogido por un extraño sentimiento de melancolía.
—¡Volaré hasta esas regias aves! —se dijo—. Me darán de picotazos hasta
matarme, por haberme atrevido, feo como soy, a aproximarme a ellas. Pero, ¡qué
importa! Mejor es que ellas me maten, a sufrir los pellizcos de los patos, los
picotazos de las gallinas, los golpes de la muchacha que cuida las aves y los
rigores del invierno.
Y así, voló hasta el agua y nadó hacia los hermosos cisnes. En cuanto lo
vieron, se le acercaron con las plumas encrespadas.
—¡Sí, mátenme, mátenme! —gritó la desventurada criatura, inclinando la
cabeza hacia el agua en espera de la muerte. Pero, ¿qué es lo que vio allí en
la límpida corriente? ¡Era un reflejo de sí mismo, pero no ya el reflejo de un
pájaro torpe y gris, feo y repugnante, no, sino el reflejo de un cisne!
Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno
salga de un huevo de cisne. Se sentía realmente feliz de haber pasado tantos
trabajos y desgracias, pues esto lo ayudaba a apreciar mejor la alegría y la
belleza que le esperaban. Y los tres cisnes nadaban y nadaban a su alrededor y
lo acariciaban con sus picos.
En el jardín habían entrado unos niños que lanzaban al agua pedazos de
pan y semillas. El más pequeño exclamó:
—¡Ahí va un nuevo cisne!
Y los otros niños corearon con gritos de alegría:
—¡Sí, hay un cisne nuevo!
Y batieron palmas y bailaron, y corrieron a buscar a sus padres. Había
pedacitos de pan y de pasteles en el agua, y todo el mundo decía:
—¡El nuevo es el más hermoso! ¡Qué joven y esbelto es!
Y los cisnes viejos se inclinaron ante él. Esto lo llenó de timidez, y
escondió la cabeza bajo el ala, sin que supiese explicarse la razón. Era muy,
pero muy feliz, aunque no había en él ni una pizca de orgullo, pues este no
cabe en los corazones bondadosos. Y mientras recordaba los desprecios y
humillaciones del pasado, oía cómo todos decían ahora que era el más hermoso de
los cisnes. Las lilas inclinaron sus ramas ante él, bajándolas hasta el agua
misma, y los rayos del sol eran cálidos y amables. Rizó entonces sus alas, alzó
el esbelto cuello y se alegró desde lo hondo de su corazón:
—Jamás soñé que podría haber tanta felicidad, allá en los tiempos en que
era solo un patito feo.
Hans Christian Andersen


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