Libro N° 8053. El Gigante Egoísta. Wilde, Oscar.
© Libro N° 8053.
El Gigante Egoísta. Wilde, Oscar.
Emancipación. Diciembre 12 de 2020.
Título
original: ©
El Gigante Egoísta. Oscar Wilde
Versión Original: © El Gigante Egoísta. Oscar Wilde
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Oscar Wilde
El Gigante Egoísta
Oscar Wilde
Todas las tardes, a la salida de la escuela, los
niños se habían acostumbrado a ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín
grande y hermoso, cubierto de verde y suave césped. Dispersas sobre la hierba
brillaban bellas flores como estrellas, y había una docena de melocotones que,
en primavera, se cubrían de delicados capullos rosados, y en otoño daban
sabroso fruto.
Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban
tan deliciosamente que los niños interrumpían sus juegos para escucharlos.
-¡Qué felices somos aquí!- se gritaban unos a
otros.
Un día el gigante regresó. Había ido a visitar a su
amigo, el ogro de Cornualles, y permaneció con él durante siete años.
Transcurridos los siete años, había dicho todo lo que tenía que decir, pues su
conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los
niños jugando en el jardín.
-¿Qué estáis haciendo aquí?- les gritó con voz
agria. Y los niños salieron corriendo.
-Mi jardín es mi jardín- dijo el gigante. -Ya es
hora de que lo entendáis, y no voy a permitir que nadie mas que yo juegue en
él.
Entonces construyó un alto muro alrededor y puso
este cartel:
Prohibida la entrada.
Los transgresores serán
procesados judicialmente.
Era un gigante muy egoísta.
Los pobres niños no tenían ahora donde jugar.
Trataron de hacerlo en la carretera, pero la
carretera estaba llena de polvo y agudas piedras, y no les gustó.
Se acostumbraron a vagar, una vez terminadas sus
lecciones, alrededor del alto muro, para hablar del hermoso jardín que había al
otro lado.
-¡Que felices éramos allí!- se decían unos a otros.
Entonces llegó la primavera y todo el país se llenó
de capullos y pajaritos. Solo en el jardín del gigante egoísta continuaba el
invierno.
Los pájaros no se preocupaban de cantar en él desde
que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. Solo una bonita
flor levantó su cabeza entre el césped, pero cuando vio el cartel se
entristeció tanto, pensando en los niños, que se dejó caer otra vez en tierra y
se echó a dormir.
Los únicos complacidos eran la Nieve y el Hielo.
-La primavera se ha olvidado de este jardín-
gritaban. -Podremos vivir aquí durante todo el año
La Nieve cubrió todo el césped con su manto blanco
y el Hielo pintó de plata todos los árboles. Entonces invitaron al viento del
Norte a pasar una temporada con ellos, y el Viento aceptó.
Llegó envuelto en pieles y aullaba todo el día por
el jardín, derribando los capuchones de la chimeneas.
-Este es un sitio delicioso- decía. -Tendremos que
invitar al Granizo a visitarnos.
Y llegó el Granizo. Cada día durante tres horas
tocaba el tambor sobre el tejado del castillo, hasta que rompió la mayoría de
las pizarras, y entonces se puso a dar vueltas alrededor del jardín corriendo
lo más veloz que pudo. Vestía de gris y su aliento era como el hielo.
-No puedo comprender como la primavera tarda tanto
en llegar- decía el gigante egoísta, al asomarse a la ventana y ver su jardín
blanco y frío. -¡Espero que este tiempo cambiará!
Pero la primavera no llegó, y el verano tampoco. El
otoño dio dorados frutos a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le
dio ninguno.
-Es demasiado egoísta- se dijo.
Así pues, siempre era invierno en casa del gigante,
y el Viento del Norte, el Hielo, el Granizo y la Nieve danzaban entre los
árboles.
Una mañana el gigante yacía despierto en su cama,
cuando oyó una música deliciosa. Sonaba tan dulcemente en sus oídos que creyó
sería el rey de los músicos que pasaba por allí. En realidad solo era un
jilguerillo que cantaba ante su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía
cantar un pájaro en su jardín, que le pareció la música más bella del mundo.
Entonces el Granizo dejó de bailar sobre su cabeza, el Viento del Norte dejó de
rugir, y un delicado perfume llegó hasta él, a través de la ventana abierta.
-Creo que, por fin, ha llegado la primavera- dijo
el gigante; y saltando de la cama miró el exterior. ¿Qué es lo que vio?
Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha
abierta en el muro los niños habían penetrado en el jardín, habían subido a los
árboles y estaban sentados en sus ramas. En todos los árboles que estaban al
alcance de su vista, había un niño. Y los árboles se sentían tan dichosos de
volver a tener consigo a los niños, que se habían cubierto de capullos y
agitaban suavemente sus brazos sobre las cabezas de los pequeños.
Los pájaros revoloteaban y parloteaban con deleite,
y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped. Era una escena
encantadora. Sólo en un rincón continuaba siendo invierno. Era el rincón más
apartado del jardín, y allí se encontraba un niño muy pequeño. Tan pequeño era,
no podía alcanzar las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor llorando
amargamente. El pobre árbol seguía aún cubierto de hielo y nieve, y el Viento
del Norte soplaba y rugía en torno a él.
-¡Sube, pequeño!- decía el árbol, y le tendía sus
ramas tan bajo como podía; pero el niño era demasiado pequeño. El corazón del
gigante se enterneció al contemplar ese espectáculo.
-¡Qué egoísta he sido- se dijo. -Ahora comprendo
por qué la primavera no ha venido hasta aquí. Voy a colocar al pobre pequeño
sobre la copa del árbol, derribaré el muro y mi jardín será el parque de recreo
de los niños para siempre.
Estaba verdaderamente apenado por lo que había
hecho.
Se precipitó escaleras abajo, abrió la puerta
principal con toda suavidad y salió al jardín.
Pero los niños quedaron tan asustados cuando lo
vieron, que huyeron corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno.
Sólo el niño pequeño no corrió, pues sus ojos
estaban tan llenos de lágrimas, que no vio acercarse al gigante. Y el gigante
se deslizó por su espalda, lo cogió cariñosamente en su mano y lo colocó sobre
el árbol. El árbol floreció inmediatamente, los pájaros fueron a cantar en él,
y el niño extendió sus bracitos, rodeó con ellos el cuello del gigante y le
besó.
Cuando los otros niños vieron que el gigante ya no
era malo, volvieron corriendo y la primavera volvió con ellos.
-Desde ahora, este es vuestro jardín, queridos
niños- dijo el gigante, y cogiendo una gran hacha derribó el muro. Y cuando al
mediodía pasó la gente, yendo al mercado, encontraron al gigante jugando con
los niños en el más hermoso de los jardines que jamás habían visto.
Durante todo el día estuvieron jugando y al
atardecer fueron a despedirse del gigante.
-Pero, ¿dónde está vuestro pequeño compañero, el
niño que subí al árbol?- preguntó.
El gigante era a este al que más quería, porque lo
había besado.
-No sabemos contestaron los niños- se ha marchado.
-Debéis decirle que venga mañana sin falta- dijo el
gigante.
Pero los niños dijeron que no sabían donde vivía y
nunca antes lo habían visto. El gigante se quedó muy triste.
Todas las tardes, cuando terminaba la escuela, los
niños iban y jugaban con el gigante. Pero al niño pequeño, que tanto quería el
gigante, no se le volvió a ver. El gigante era muy bondadoso con todos los
niños pero echaba de menos a su primer amiguito y a menudo hablaba de él.
-¡Cuánto me gustaría verlo!- solía decir.
Los años transcurrieron y el gigante envejeció
mucho y cada vez estaba más débil. Ya no podía tomar parte en los juegos;
sentado en un gran sillón veía jugar a los niños y admiraba su jardín.
-Tengo muchas flores hermosas- decía, pero los
niños son las flores más bellas.
Una mañana
invernal miró por la ventana, mientras se estaba vistiendo. Ya no detestaba el
invierno, pues sabía que no es sino la primavera adormecida y el reposo de las
flores.
De pronto se frotó los ojos atónito y miró y
remiró. Verdaderamente era una visión maravillosa. En el más alejado rincón del
jardín había un árbol completamente cubierto de hermosos capullos blancos. Sus
ramas eran doradas, frutos de plata colgaban de ellas y debajo, de pie, estaba
el pequeño al que tanto quiso.
El gigante corrió escaleras abajo con gran alegría
y salió al jardín. Corrió precipitadamente por el césped y llegó cerca del
niño. Cuando estuvo junto a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó:
- ¿Quién se atrevió a herirte?- Pues en las palmas
de sus manos se veían las señales de dos clavos, y las mismas señales se veían
en los piececitos.
-¿Quién se ha atrevido a herirte?- gritó el
gigante. -Dímelo para que pueda coger mi espada y matarle.
-No- replicó el niño, pues estas son las heridas
del amor.
-¿Quién eres?- dijo el gigante; y un extraño temor
lo invadió, haciéndole caer de rodillas ante el pequeño.
Y el niño sonrió al gigante y le dijo:
-Una vez me dejaste jugar en tu jardín, hoy vendrás
conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.
Y cuando llegaron los niños aquella tarde,
encontraron al gigante tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de
capullos blancos.
Oscar Wilde
(Dublín, 1854 - París, 1900) Escritor británico.
Hijo del cirujano William Wills-Wilde y de la escritora Joana Elgee, Oscar
Wilde tuvo una infancia tranquila y sin sobresaltos. Estudió en la Portora
Royal School de Euniskillen, en el Trinity College de Dublín y, posteriormente,
en el Magdalen College de Oxford, centro en el que permaneció entre 1874 y 1878
y en el cual recibió el Premio Newdigate de poesía, que gozaba de gran
prestigio en la época. La lectura de autores como John Ruskin y Walter Pater conformó
por esos años su ideario estético.
Oscar Wilde
Oscar Wilde combinó sus estudios universitarios con
viajes (en 1877 visitó Italia y Grecia), al tiempo que publicaba en varios
periódicos y revistas sus primeros poemas, que fueron reunidos en 1881 en Poemas.
Al año siguiente emprendió un viaje a Estados Unidos, donde ofreció una serie
de conferencias sobre su teoría acerca de la filosofía estética, que defendía
la idea del «arte por el arte» y en la cual sentaba las bases de lo que
posteriormente dio en llamarse dandismo.
A su vuelta, Oscar Wilde hizo lo propio en
universidades y centros culturales británicos, donde fue excepcionalmente bien
recibido. También lo fue en Francia, país que visitó en 1883 y en el cual
entabló amistad con Verlaine y otros escritores de
la época. En 1884 contrajo matrimonio con Constance Lloyd, que le dio dos
hijos, los cuales rechazarían el apellido paterno tras los acontecimientos de
1895.
Entre 1887 y 1889 editó una revista femenina,
Woman's World, y en 1888 publicó un libro de cuentos, El príncipe feliz,
cuya buena acogida motivó la publicación, en 1891, de varias de sus obras,
entre ellas El crimen de lord Arthur Saville. El éxito de Wilde se
basaba en el ingenio punzante y epigramático que derrochaba en sus obras,
dedicadas casi siempre a fustigar las hipocresías de sus contemporáneos.
También se reeditó en libro una narración publicada anteriormente en forma de
fascículos, El retrato de Dorian Gray, la única novela de Wilde,
cuya autoría le reportó feroces críticas desde sectores puritanos y
conservadores debido a su tergiversación del tema de Fausto.
No disminuyó, sin embargo, su popularidad como
dramaturgo, que se acrecentó con obras como Salomé (1891),
escrita en francés, o La importancia de llamarse Ernesto (1895),
obras de diálogos vivos y cargados de ironía; la primera de ellas fue estrenada
por la célebre actriz Sarah Bernhardt en
1894. Su éxito, sin embargo, se vio truncado en 1895, cuando el marqués de
Queenberry inició una campaña de difamación en periódicos y revistas acusándolo
de homosexual. Wilde, por su parte, intentó defenderse con un proceso
difamatorio contra Queenberry, aunque sin resultados, pues las pruebas
presentadas por el marqués daban evidencia de hechos que podían ser juzgados a
la luz de la Criminal Amendement Act.
El 27 de mayo de 1895, Oscar Wilde fue condenado a
dos años de prisión y trabajos forzados. Las numerosas presiones y peticiones
de clemencia efectuadas desde sectores progresistas y desde varios de los más
importantes círculos literarios europeos no fueron escuchadas, y el escritor se
vio obligado a cumplir por entero la pena. Enviado a Wandsworth y Reading,
donde redactó la posteriormente aclamada Balada de la cárcel de Reading,
la sentencia supuso la pérdida de todo aquello que había conseguido durante sus
años de gloria.
Recobrada la libertad, cambió de nombre y apellido
(adoptó los de Sebastian Melmoth) y emigró a París, donde permaneció hasta su
muerte. Sus últimos años de vida se caracterizaron por la fragilidad económica,
los quebrantos de salud, los problemas derivados de su afición a la bebida y un
acercamiento de última hora al catolicismo. Sólo póstumamente sus obras
volvieron a representarse y a editarse. En 1906, Richard Strauss puso
música a su drama Salomé, y con el paso de los años se tradujo a
varias lenguas la práctica totalidad de su producción literaria.
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Cómo citar este artículo:
Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de Oscar Wilde.
En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea.
Barcelona (España). Recuperado de https://www.biografiasyvidas.com/biografia/w/wilde.htm el 5 de diciembre de 2020.

