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Libro N° 7053. La Escuela. Gaidar, Arkadi.

Guillermo Molina Miranda agosto 05, 2025


 © Libro N° 7053. La Escuela. Gaidar, Arkadi. Emancipación. Marzo 7 de 2020.

Título original: © La Escuela. Arkadi Gaidar

 

Versión Original: © La Escuela. Arkadi Gaidar

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

http://bolchetvo.blogspot.com/2010/01/la-escuela.html

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA ESCUELA

Arkadi Gaidar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA ESCUELA

Arkadi Gaidar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Edición: Progreso, Moscú 1974.

Lengua: Castellano.

Digitalización: Koba.

Distribución: http://bolchetvo.blogspot.com/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


LA ESCUELA

 

 

 

 

 

I. El liceo 

Capítulo primero 

Arzamás,  nuestra  pequeña  ciudad,  era  apacible  y

tenía  muchos  huertos  cercados  de  viejas  vallas.

Aquellos  huertos  rebosaban  de  cerezas,  manzanas

tempranas, endrinas y peonías rojas. 

A lo largo de la ciudad, por detrás de los huertos,

prolongábanse mansos estanques cubiertos de verdín,

en los que hacía ya mucho habían desaparecido todos

los  peces  de  carne  fina  y  no  quedaban  sino

escurridizos renacuajos y repulsivas ranas. Al pie del

desmonte corría el riachuelo Tesha. 

La  ciudad  parecía  un  monasterio,  pues  había  en

ella  unas  treinta  iglesias  y  cuatro  conventos.  Eran

muchos  los  iconos  milagrosos  de  Arzamás,  pero  no

sé  por  qué,  ocurrían  pocos  milagros  en  la  propia

ciudad.  Quizás  fuera  porque  a  sesenta  kilómetros

estaba  la  famosa  ermita  de  Sarovo,  y  los  ermitaños

atraían los milagros a su lugar. 

No  se  oía  más  que:  en  Sarovo  ha  recobrado  la

vista  un  ciego,  un  cojo  ha  echado  a  andar,  a  un

jorobado se le ha enderezado la espalda. Pero junto a

nuestros iconos no sucedía nada de eso. 

En cierta ocasión se corrió el rumor de que Mitia

el  Gitano,  vagabundo  y  borracho  de  tomo  y  lomo

que,  por  una  botella  de  vodka,  se  bañaba  todos  los

años en un agujero abierto en el hielo del río cuando

las heladas eran más fuertes, había tenido una visión

y  dejado  de  beber;  se  había  arrepentido  y  quería

meterse a fraile en el convento del Salvador. 

La gente fue en tropel al monasterio. Y en efecto,

Mitia  estaba  en  el  coro,  dándose  a  porfía  golpes  de

pecho,  arrepintiéndose  públicamente  de  sus  pecados

y hasta confesó que el año anterior había robado una

cabra  al  mercader  Bebeshin  y  se  había  gastado  en

bebida  lo  que  le  dieron  por  ella.  El  mercader

Bebeshin se enterneció y le dio a Mitia un rublo para

que  pusiera  una  vela  por  la  salvación  de  su  alma.  A

muchos  se  les  saltaron  entonces  las  lágrimas,  al  ver

que un pecador abandonaba el camino de la perdición

y emprendía el de los justos. 

Pasó  así  una  semana,  mas  cuando  ya  se  iba  a

tonsurar  a  Mitia,  o  bien  éste  tuvo  otra  visión  de

sentido  totalmente  opuesto,  o  bien  hubo  algún  otro

motivo,  el  caso  es  que  no  se  presentó  en  la  iglesia.

 

 

 

Entre  los  feligreses  se  corrió  el  rumor  de  que  Mitia

estaba  tumbado  en  el  barranco  de  la  calle  de

Novoplotínnaya,  y  a  su  lado  había  una  botella  de

vodka vacía. 

Se envió al lugar del suceso, para que le echara un

sermón,  al  diácono  Pafnuti  y  al  mercader  Siniuguin,

mayordomo de la iglesia. Los enviados volvieron en

seguida  y  dijeron,  indignados,  que  Mitia  estaba,

efectivamente,  borracho  como  una  cuba,  que  a  su

lado había ya otra botella de vodka vacía y añadieron

que  cuando  lograron  hacerle  volver  en  sí,  él  dijo,

entre  denuesto  y  denuesto,  que  había  cambiado  de

parecer y no se haría fraile, pues no era digno de ello,

por pecador. 

Nuestra ciudad era tranquila y patriarcal. Para las

fiestas,  sobre  todo  para  las  Pascuas,  cuando  las

campanas de las treinta iglesias empezaban a repicar,

elevábase  en  la  ciudad  un  estrépito  que  se  oía  en

todos los pueblos a veinte kilómetros a la redonda. 

La campana de la Asunción era la que más se oía.

La del monasterio del Salvador estaba resquebrajada,

por  lo  que  sonaba  a  cascado,  con  tembloroso  tañido

de  tono  bajo.  Los  finos tañidos  del  convento de  San

Nicolás  sonaban  con  notas  altas  y  sonoras.

Secundaban a estas tres campanas, que daban el tono,

todos  los  demás  campanarios;  hasta  el  de  la  iglesia,

sin  atractivo  alguno,  de  la  pequeña  cárcel,  en  un

extremo de la ciudad, se sumaba al desentonado coro. 

Me  gustaba  subir  a  los  campanarios.  Nos  lo

permitían a los muchachos sólo en las Pascuas. Subía

uno,  dando  largo  rato  vueltas  por  una  estrecha

escalera  oscura.  En  los  nichos  de  piedra  arrullaban,

cariñosos,  los  palomos.  Debido  a  las  innumerables

vueltas,  empezaba  uno  a  marearse.  Desde  lo  alto  se

veía  toda  la  ciudad.  Al  pie  del  desmonte,  el  río

Tesha,  el  viejo  molino,  la  isla  de  las  Cabras,  una

arboleda  y,  más  allá,  barrancos  y  el  borde  azul  del

bosque de la ciudad. 

Mi  padre  era  soldado  del  12  Regimiento  de

Infantería  de  Siberia.  Este  regimiento  estaba  en  el

sector de Riga del frente alemán. 

Yo estudiaba en el segundo curso de bachiller. Mi

madre,  practicante  de  medicina,  siempre  estaba

ocupada,  y  yo  crecía  solo.  Cada  semana  le  daba  a

firmar la libreta de notas. Ella las ojeaba, veía un dos

 

en  dibujo  o  caligrafía,  y  sacudía,  descontenta,  la

cabeza, diciendo: 

- ¿Qué es esto? 

- Mamá, yo no tengo la culpa. ¿Qué puedo hacer,

si no tengo talento para el dibujo? Le he dibujado un

caballo,  y  el  profesor  ha  dicho  que  eso  no  es  un

caballo,  sino  un  cerdo.  Se  lo  he  entregado  la  vez

siguiente,  diciendo  que  es  un  cerdo,  y  él  se  ha

enfadado  y  ha  dicho  que  no  es  ni  un  cerdo  ni  un

caballo, que el diablo sabrá qué es eso. Mamá, yo no

me propongo en absoluto ser pintor. 

-  Bueno,  ¿y  por  qué  te  han  puesto  un  dos  en

caligrafía?  Dame  tu  cuaderno...  ¡Dios  mío,  qué

garabatos! ¿Por qué tienes un borrón en cada línea, y

aquí,  entre  estas  dos  páginas,  una  cucaracha

aplastada? ¡Qué porquería! 

-  Mamá,  los  borrones  han  caído  ellos  solos,  sin

querer yo, y de la cucaracha no tengo la culpa. ¿Por

qué te metes siempre conmigo? ¡Todo te parece mal!

¿Te  crees  que  he  puesto  aquí  la  cucaracha  adrede?

Ella  sola,  la  tonta,  se  coló  ahí  y  se  aplastó,  ¡y  yo

tengo  que  responder  por  ella!  ¡Y  la  caligrafía  no  es

una ciencia tan importante! Además, no me propongo

ser escritor, ni mucho menos. 

-  ¿Que  te  propones  ser?  -interrogaba  severa  mi

madre,  firmando  la  libreta  de  notas-.  ¿Un  haragán?

¿Por qué me escribe otra vez el inspector que te has

subido  al  tejado  de  la  escuela  por  la  escalera  de  los

bomberos?  ¿Para  que  lo  has  hecho?  ¿Te  dispones  a

ser deshollinador? 

- No. Ni pintor, ni escritor, ni deshollinador... Seré

marinero. 

-  ¿Por  qué  precisamente  marinero?  -interrogó,

desconcertada, mi madre. 

-  Quiero  ser  marinero  sin  falta...  Anda...  ¿Cómo

no puedes comprender que eso es interesante? 

Mi madre dijo, sacudiendo la cabeza: 

- Míralo por dónde sale. No me traigas más doses,

de  lo  contrario  no  repararé  en  que  quieres  ser

marinero y te daré una azotaina. 

-  ¡Cómo  mentía!  ¡Darme  ella  una  azotaina!  Aún

no me había pegado nunca. Una vez me encerró en el

cuarto  oscuro,  y  luego  me  estuvo  alimentando  con

empanadillas  todo  el  día  siguiente  y  me  dio  dinero

para el cine. ¡No estaría mal que lo hiciera eso más a

menudo! 

 

Capítulo segundo 

Un buen día, tras de tomar deprisa y corriendo té

y  recoger  de  cualquier  manera  los  libros,  salí  a

escape  al  liceo.  Por  el  camino  encontré  a  Tim

Shtukin, condiscípulo mío, pequeñajo y retozón. 

Tim  Shtukin  era  un  rapazuelo  inofensivo  y  nada

rencoroso. Se le podía dar un capón sin temor de que

lo devolviera. Se comía de buen grado los bocadillos

que  se  dejaban  sus  compañeros,  iba  a  la  tienda

contigua a comprar ensaimadas para el almuerzo del

liceo  y,  aunque  no  se  sintiera  culpable  de  nada,  se

 

Arkadi Gaidar

 

callaba asustado cuando se acercaba el preceptor del

curso. 

Tim  tenía  una  pasión:  los  pájaros.  La  habitación

de  su  padre,  guarda  de  la  iglesia  del  camposanto,

estaba  llena  de  jaulas  con  pajaritos.  Tim  los

compraba, vendía, cambiaba y capturaba con lazos o

trampas en el cementerio. 

Una  vez  su  padre  le  echó una  buena reprimenda.

Fue  cuando  el  mercader  Siniuguin,  al  ir  a  visitar  la

tumba de su abuela, vio sobre la losa del monumento

cañamones esparcidos como cebo y una red sostenida

por  un  bramante.  Siniuguin  se  quejó,  y  el  guarda  le

dio  unos  pescozones  al  chiquillo,  y  nuestro  maestro

de  religión,  el  padre  Guennadi,  dijo,  con  tono  de

censura, durante la lección: 

-  Los  monumentos  se  erigen  en  memoria  de  los

difuntos, y no para otros fines cualesquiera; poner en

ellos cepos y otros artilugios no está bien, es pecado

y un sacrilegio. 

Acto  continuo  citó  varios casos  de  la  historia,  en

los  que  semejante  sacrilegio  acarreó  durísimos

castigos del cielo. 

Hay  que  decir  que  el  padre  Guennadi  era  un

maestro  poniendo  ejemplos.  Me  parece  que  si  él  se

hubiera  enterado,  pongo  por  caso,  de  que  la  semana

anterior  yo  había  estado  sin  permiso  en  el  cine,  tras

de  rebuscar  en  su  caletre,  de  seguro  hubiese

encontrado  algún  suceso  histórico  en  el  que  el

ejecutor  de  tal  delito  hubiese  recibido  aún  en  esta

vida el castigo merecido de Dios. 

Tim  caminaba,  silbando  como  un  mirlo.  Al

verme,  me  guiñó  afablemente  un  ojo,  mirándome  al

paso  desconfiado  como  si  quisiera  averiguar  si  me

acercaba a él con buenas o malas intenciones. 

- ¡Tim! Tardamos a la lección -le dije-. De veras,

tardamos.  Aún  es  posible  que  a  la  lección  no

tardemos; pero a la oración, sin remedio. 

-  ¿Se  darán  cuenta!  -interrogó,  temeroso  e

inquisitivo a un tiempo. 

-  Sin  duda  se  darán  cuenta.  Bueno,  y  qué,  nos

dejarán  sin  comer  y  nada  más  -repuse  yo,

intencionadamente tranquilo, para hacer rabiar a Tim,

pues  sabía  que  él  temía  mucho  toda  clase  de

amonestaciones y reprimendas. 

Tim  se  sobrecogió  y,  apretando  el  paso,  dijo,

afligido: 

- ¿Y qué culpa tengo yo? Mi padre ha ido a abrir

la  iglesia.  Me  ha  dejado  para  que  lo  esperara  un

momento,  y  ha  tardado  qué  sé  yo  cuánto  tiempo  en

volver. Y todo por culpa de la misa que van a cantar

a Valentín Spaguin. La ha encargado su madre. 

- ¿A Valentín Spaguin? -interrogué yo, quedando

con  la  boca  abierta-.  ¡Qué  dices!...  ¿Acaso  ha

muerto? 

- No es misa de difuntos, sino para que aparezca. 

-  ¿Para  que  aparezca?  -le  interrogué  con  voz

temblorosa-.  ¿Qué  tonterías  estás  diciendo,  Tim?  Te

voy a pegar una... Tim, ayer no estuve en la escuela,

 

La escuela

 

me dio fiebre... 

-  Piñ-piñ...  tarará...  tiu...  -silbó  Tim  como  un

herrerillo  y,  alegrándose  de  que  yo  aún  no  supiera

nada,  saltó  con  un  pie-.  Es  verdad  que  tú  ayer  no

estuviste. ¡Ay, hermanito, lo que pasó ayer, qué susto

nos llevamos! 

- ¿Qué pasó? 

-  Pues  esto.  Estábamos  sentados...  La  primera

lección era la de Francés. La bruja nos había dado los

verbos  que  se  conjugan  con  el  "être"...  Les  verbes

aller,  arriver,  entrer,  rester,  tomber...  Llamó  a  la

pizarra  a  Raievski.  No  hizo  más  que  escribir  rester,

tomber,  cuando,  de  pronto,  se  abrió  la  puerta  y

entraron  el  inspector  (Tim  entornó  los  ojos),  el

director  (Tim  me  dirigió  una  mirada  significativa)  y

el  preceptor  del  curso.  Cuando  nos  sentamos,  el

director  nos  dijo:  "Señores,  nos  ha  ocurrido  una

desgracia: el alumno del curso de ustedes Spaguin se

ha escapado de su casa. Ha dejado una nota diciendo

que se ha ido al frente alemán. Yo no creo, señores,

que  lo  haya  hecho  sin  que  lo  supieran  sus

compañeros.  Muchos  de  ustedes,  claro  es,  sabían  de

antemano  que  se  iba  a  escapar;  sin  embargo,  no  se

han  tomado  la  molestia  de  comunicármelo.  Yo,

señores...” -y se estuvo hablando media hora. 

Se me cortó la respiración. ¡Lo que había pasado!

Un   suceso         como aquél,          una    noticia         tan

extraordinaria,  y  yo  me  había  quedado  en  casa,

fingiéndome  enfermo  y  sin  enterarme  de  nada.  Y

nadie, ni Yákov Tsúkkershtein ni Fedia Bashmakov,

se  había  acercado  a  mí  después  de  las  lecciones  a

contármelo.  ¡Valientes  compañeros!...  Cuando  a

Fedia  le  hicieron  falta  tapones  para  su  pistola

detonadora,  vino  a  buscarme  a  mí...  ¡Y  ahora,  con

ésas!... ¡Se escaparía al frente la mitad del liceo, y yo

me quedaría en casa como un mentecato! 

Entré  como  una  tromba  en  el  liceo,  me  quité  el

capote  sobre  la  marcha  y,  rehuyendo  con  suerte  al

preceptor,  me  escabullí  entre  la  muchedumbre  de

chiquillos  que  salían  del  salón  general,  donde  se

rezaba la oración. 

Los días siguientes no se hablaba de otra cosa que

de la heroica huida de Valentín Spaguin. 

El  director  se  equivocó  al  suponer  que,

probablemente, muchos estábamos enterados del plan

de  huida  de  Spaguin.  Nadie  sabía  una  palabra.  A

nadie  se  le  pudo  pasar  siquiera  por  la  imaginación

que Valentín Spaguin se escaparía. Tan callado como

era,  no  participaba  en  ninguna  riña  ni  en  ninguna

incursión por manzanas a un huerto ajeno, siempre se

le  caían  los  calzones;  en  una  palabra,  era  un  gallina

como pocos, y, de pronto, ¡aquella evasión! 

Empezamos  a  comentar  entre  nosotros  y  a

preguntarnos  los  unos  a  los  otros  si  alguien  había

notado  algún  preparativo.  No  podía  ser  que  hubiese

tomado  su  resolución  de  repente,  que,  sin  más  ni

más, se hubiera puesto la gorra y hubiese partido para

el frente. 

 

 

 

Fedia Bashmakov se acordó de que había visto un

mapa de los ferrocarriles en manos de Valentín. 

Dubílov, que repetía el curso, dijo que había visto

hacía poco a Valentín en una tienda, comprando una

pila  de  linterna.  Por  mucho  que  indagamos,  no

pudimos  recordar  más  actos  que  nos  dieran  indicios

de la preparación de la huida. 

En  la  clase,  los  ánimos  estaban  agitados.  Todos

correteábamos,  hacíamos  travesuras,  respondíamos

mal  las  lecciones,  y  el  número  de  los  que  se

quedaban  sin  comer  se  duplicó  aquellos  días  en

comparación con los de ordinario. Pasaron unos días

más.  Y,  de  pronto,  recibimos  otra  noticia:  Mitia

Túpikov,  del  primer  curso,  se  había  escapado  de

casa. 

La dirección del liceo se inquietó de verdad. 

- Hoy habrá una charla en la lección de Religión -

me  dijo  en  secreto  Fedia-,  sobre  las  huidas.  Lo  he

oído en la sala de los maestros cuando he ido a llevar

los cuadernos. 

Nuestro  sacerdote,  el  padre  Guennadi,  tendría

cerca de los setenta años. Tras la barba y las cejas no

se le veía la cara, era gordo y, para volver la cabeza,

tenía que girar todo el tronco, pues no se le notaba en

absoluto el cuello. 

Nosotros lo queríamos. En sus lecciones, como él

era miope, podíamos hacer lo que quisiéramos: jugar

a  las  cartas,  dibujar  y  aun  ponernos  delante,  en  vez

del Antiguo Testamento, novelas de Nat Pinkerton o

de Sherlock Holmes, pues las teníamos prohibidas. 

El  padre  Guennadi  entró  en  la  clase,  alzó  una

mano  para  bendecir  a  todos  los  presentes  y,  en  el

mismo  instante,  atronó  la  voz  del  que  estaba  de

servicio: 

- Al rey de los cielos, nuestro consolador, alma de

la verdad... 

El  padre  Guennadi  era  algo  sordo  y,  en  general,

nos  exigía  que  rezásemos  en  voz  bien  alta  y  clara,

pero incluso a él le pareció que este día el de servicio

se había sobrepasado. Alzó la mano y dijo, enojado: 

-  Ea,  ea...  ¿Qué  es  eso?  Reza  con  eufonía,  pues

parece que muges como un toro. 

El  padre  Guennadi  empezó  por  hablar  de  cosas

remotas.  Primero  nos  contó  la  alegoría  del  hijo

pródigo.  Según  entendí  entonces,  este  hijo  había

abandonado  la  casa  paterna  para  correr  mundo,  mas

luego,  por  lo  visto,  las  pasó  mal  y  emprendió  el

camino de regreso. 

Luego  contó  la  alegoría  del  talento:  cómo  un

señor  dio  a  sus  esclavos  dinero,  que  se  llamaba

talento,  y  cómo  unos  esclavos  se  dedicaron  a

comerciar  y  sacaron  beneficios,  y  otros  escondieron

los dineros y no obtuvieron ningún provecho. 

-  ¿Y  qué  nos  dicen  estas  alegorías?  -prosiguió  el

padre  Guennadi-.  La  primera  nos  habla  de  un  hijo

desobediente. Este hijo abandonó a su padre, anduvo

errante mucho tiempo y, a pesar de todo, volvió bajo

el  techo  paterno.  No  hablemos  ya  de  vuestros

 

3

 

4

 

compañeros, que no han probado los sinsabores de la

vida  y  han  abandonado  en  secreto  sus  casas;  ni  que

decir tiene que las pasarán muy mal en su camino de

perdición.  Os  pido  una  vez  más  que  si  alguno  sabe

dónde  están,  escribidles  y  que  no  teman  volver  a

casa, mientras aún no es tarde. Y recordad que en la

alegoría,  cuando  volvió  el  hijo  pródigo,  el  padre,

llevado  de  su  bondad,  no  se  puso  a  censurarlo,  sino

que  lo  vistió  con  las  mejores  ropas  y  mandó  que

matasen  un  ternero  bien  cebado,  como  para  una

fiesta.  Lo  mismo  perdonarán  los  padres  a  estos  dos

jóvenes  descarriados  y  los  recibirán  con  los  brazos

abiertos. 

Yo  puse  en  duda  esas  palabras.  Por  lo  que

respecta a Túpikov, del primer curso, no sé cómo lo

recibirían sus padres; pero bien seguro me tenía que

el panadero Spaguin no mataría un ternero cebado a

la  vuelta  de  su  hijo,  sino  que  le  daría  unos  buenos

correazos. 

-  Y  la  alegoría  del  talento  -prosiguió  el  padre

Guennadi-,  nos  enseña  que  no  se  debe  enterrar  la

capacidad  de  uno.  Vosotros  aprendéis  aquí  diversas

ciencias.  Cuando terminéis  la escuela,  elegiréis  cada

uno  la  profesión  que  cuadre  a  vuestra  capacidad,

aptitud  y  posición.  Alguno  de  vosotros  será,

pongamos por caso, un respetable comerciante; otro,

médico;  otro,  funcionario.  Todos  os  respetarán  y

pensarán para sus adentros: "Este digno varón no ha

enterrado  su  talento,  sino  que  lo  ha  multiplicado  y

ahora  goza  merecidamente  de  todos  los  bienes  de  la

vida".  ¿Y  qué  puede  salir  -al  pronunciar  estas

palabras,  el  padre  Guennadi  elevó,  apenado,  las

manos  al  cielo-,  qué  puede  salir,  os  pregunto,  de

estos  y  otros  fugitivos  como  ellos,  los  cuales  han

desdeñado las posibilidades ofrecidas y han huido de

sus  casas  en  busca  de  aventuras  funestas  para  el

cuerpo  y  el  alma?  Vosotros  crecéis  como  tiernas

flores  en  el  cálido  invernadero  de  un  solícito

jardinero, no conocéis ni tempestades ni tribulaciones

y  florecéis  tranquilamente,  alegrando  a  vuestros

maestros  y  preceptores.  Pero  ellos...  carentes  de

cuidado,  aun  cuando  puedan  soportar  todos  los

sinsabores,  crecerán  como  los  cardos,  azotados  por

los vientos y llenos del polvo de los caminos. 

Cuando  el  padre  Guennadi,  majestuoso  e

inspirado  cual  un  profeta,  salió  del  aula  y  dirigió

lentamente  sus  pasos  a  la  sala  de  los  maestros,  yo

exhalé un suspiro, pensé un instante y dije: 

- ¡Fedia! 

- ¿Qué? 

- ¿Qué piensas del talento? 

- Nada. ¿Y tú? 

- ¿Yo? 

Me  quedé  un  poco  parado  y  agregué,  ya  en  voz

más baja: 

-  Pues  yo,  Fedia,  tal  vez  lo  hubiese  enterrado.

¡Mira que ser comerciante o funcionario! 

-  Yo  también  -confesó  Fedia  tras  ligero  titubeo-.

 

Arkadi Gaidar

 

¿Qué  interés  tiene  crecer  como  una  flor  en  un

invernadero? Le tiras un escupitajo y se marchita. Al

cardo no le hace mella nada, ni la lluvia ni el calor. 

-  Fedia  -le  dije-,  ¿qué  habrá  entonces  de  lo  que

dijo  el  padre:  "Responderéis  en  la  otra  vida"?

¡Aunque  sea  en  la  otra,  tampoco  tengo  ganas  de

responder! 

Fedia se paró a pensar. Se veía que él tampoco se

imaginaba con mucha claridad cómo eludir el castigo

prometido. Meneó la cabeza y respondió, evasivo: 

- Eso aún tardará en llegar... Y entonces quizás se

nos ocurra algo. 

Túpikov,  el  del  primer  curso,  resultó  tonto.  No

supo siquiera hacia dónde ir al frente: lo encontraron

a los tres días a sesenta kilómetros de Arzamás en la

dirección de Nizhni Nóvgorod. 

Se dijo que en casa no supieron dónde sentarlo; le

compraron  muchos  regalos,  y  la  madre,  luego  de

tomarle  palabra  de  que  no  volvería  a  escaparse,  le

prometió  comprarle  para  el  verano  un  rifle  de

Montecristo.  En  cambio,  en  el  liceo  se  rieron  y

burlaron de él: "Así muchos de nosotros hubiéramos

accedido  a  corretear  tres  días  por  los  alrededores  de

la  ciudad  y  que  nos  regalasen  por  eso  un  rifle  de

verdad". 

Inesperadamente,  soltó  una  buena  reprimenda  a

Túpikov  el  maestro  de  Geografía,  Malinovski,  a

quien llamábamos por la espalda "Kolia el loco". 

Malinovski llamó a Túpikov al encerado: 

-  ¡Bien-n!...  Dígame,  jovencito  ¿a  qué  frente

quería usted escaparse? ¿Al japonés? 

- No -repuso, sonrojándose, Túpikov-, al alemán. 

-  ¡Bien-n!  -prosiguió,  sarcástico,  Malinovski-.

Permítame  que  le  interrogue,  ¿por  qué  diablo  fue

usted hacia Nizhni Nóvgorod? ¿Dónde tiene usted la

cabeza  y  dónde  ha  metido  en  ella  mis  lecciones  de

Geografía?  ¿Es  que  no  está  claro  como  el  día  que

usted debió pasar por Moscú -dijo, señalando con el

puntero  en  el  mapa-,  Smolensk  y  Brest  si  quería

escaparse  al  frente  alemán?  Y  usted  se  fue  hacia  el

lado  diametralmente  opuesto,  hacia  el  Este.  ¿Cómo

se le ocurrió ir en la dirección contraria? Le enseño a

usted  para  que  sepa  aplicar  en  la  práctica  los

conocimientos adquiridos, y no para que los tenga en

la  cabeza  como  en  un  cajón  de  basura.  Siéntese.  Le

pongo un dos. ¡Vergüenza debe darle, joven! 

He  de  decir  que  esas  palabras  tuvieron  como

consecuencia  que  los  alumnos  del  primer  curso,  al

darse cuenta de pronto de la utilidad de las ciencias,

empezaron  a  estudiar  con  ahínco  extraordinario  la

Geografía  y  hasta  idearon  un  nuevo  juego,  llamado

"el  fugitivo".  Consistía  este  juego  en  que  uno

mencionaba  una  ciudad  fronteriza,  y  otro  debía

enumerar,  sin  equivocarse,  las  ciudades  principales

por las que pasaba el camino hacia ella. 

Si  el  fugitivo  se  equivocaba,  pagaba  prenda,  y  si

no  tenía  prendas  para  pagar,  recibía  un  capón  o  un

papirotazo, según se hubiera convenido. 

 

La escuela

 

 

Capítulo tercero 

Todos los miércoles, antes de empezar las clases,

se  rezaba  en  el  salón  general  una  oración  solemne

para que el Señor concediese la victoria. 

Después  de  la  oración,  todos  volvían  la  cabeza  a

la  izquierda,  hacia  donde  estaban  colgados  los

retratos del zar y la zarina. 

El  coro  entonaba  el  himno  nacional  Guarda  al

zar, Señor, y los demás acompañaban. Yo cantaba a

voz en cuello. No tenía mucha voz, pero me afanaba

tanto, que hasta el preceptor me dijo una vez: 

- Górikov, cante más bajo, pues grita demasiado. 

Yo  me  enfadé.  ¿Qué  quería  decir  aquello  de  que

yo gritaba demasiado?   . 

Si  yo  no  tenía  talento  para  cantar,  ¿que  otros

cantasen  la  oración,  pidiendo  la  victoria,  y  yo

callase? 

En casa comuniqué a mi madre mi pena. 

Pero ella reaccionó con frialdad y dijo: 

- Eres aún pequeño..., Ya crecerás... Si pelean en

el frente, que peleen. ¿Qué te importa a ti? 

- Mamá, ¿cómo puedes decir que no me importa?

¿Y  si  los  alemanes  nos  conquistan?  He  leído  lo  que

escriben  de  las  ferocidades  que  cometen.  ¿Por  qué

los  alemanes  son  tan  bárbaros  que  no  tienen

compasión de nadie, ni de los viejos ni de los niños,

y nuestro zar se compadece de todos? 

- ¡Estáte quieto! -me dijo mi madre, descontenta-.

Todos  son  buenos...  Como  si  les  hubiera  atacado  la

rabia:  ni  los  alemanes  son  peores  que  otros,  ni  los

nuestros tampoco. 

Mi madre se fue, y yo me quedé perplejo: ¿cómo

resultaba  que  los  alemanes  no  eran  peores  que  los

nuestros?  ¿Cómo  podía  ser  que  no  fueran  peores,  si

lo  eran?  Hacía  poco  habían  mostrado  en  el  cine  que

los  alemanes,  sin  apiadarse  de  nadie,  le  pegaban

fuego a todo, habían destruido la catedral de Reims y

profanaban los templos, en tanto que los nuestros no

destruían  nada  ni  profanaban  nada.  Antes  al

contrario,  en  el  mismo  cine  había  visto  cómo  un

oficial ruso salvaba de un incendio a un niño alemán.

Fui a casa de Fedia. 

Fedia me dio la razón: 

- Pues claro que son unos salvajes. Han echado a

pique  el  Lusitania  con  pasajeros  civiles,  y  nosotros

no  hemos  echado  a  pique nada.  Nuestro  zar  y  el  zar

inglés  son  nobles.  Y  el  presidente  francés  también.

¡Pero el Guillermo de ellos es un granuja! 

-  Fedia  -interrogué-,  ¿por  qué  el  zar  francés  se

llama presidente? 

Fedia se quedó pensativo. 

- No lo sé -repuso-. He oído que el presidente de

ellos  no  es  zar  ni  mucho  menos,  sino  eso

simplemente. 

- ¿Cómo eso simplemente? 

- De veras te lo digo, no lo sé. Sabes, he leído un

libro de Dumas. Es muy interesante, no trata más que

 

 

 

de  aventuras.  Y,  según  ese  libro,  resulta  que  los

franceses  mataron  a  su  zar,  y  desde  entonces  no

tienen zar, sino presidente. 

-  ¿Cómo  se  puede  matar  a  un  zar?  -dije  yo,

indignado-. Mientes, Fedia, o confundes algo. 

- De veras te lo digo, lo mataron. Lo mataron a él

y  mataron  a  su  mujer.  Los  juzgaron  a  todos  y  los

condenaron a muerte. 

-  ¡Eso  es  una  trola  como  una  casa!  ¿Cómo  se

puede  juzgar  a  un  zar?  Pongamos  por  caso,  nuestro

juez,  Iván  Fiódorovich,  juzga  a  los  ladrones:

rompieron  la  valla  a  Pliuschija,  y  él  juzgó  a  los

culpables.  Cuando Mitia  el  Gitano robó  a  los frailes

un  cajón  de  hostias,  también  fue  él  quien  lo  juzgó.

Pero  al  zar  no  se  atrevería  a  juzgarlo,  porque  el  zar

está por encima de todos. 

- Bueno, si quieres te lo crees, si no, no te lo creas

-respondió,  enfadado,  Fedia-.  Cuando  Alexandr

Golovieshkin  termine  de  leer  ese  libro,  te  lo  dejaré.

El juicio que hubo allí no fue, ni mucho menos, como

los  de  Iván  Fiódorovich.  Allí  se  reunía  todo  el

pueblo,  y  él  juzgaba  y  ejecutaba  las  sentencias...  -

agregó,  irritado-.  Me  acuerdo  incluso  de  cómo  las

ejecutaban. No ahorcaban, tenían una máquina que se

llama  guillotina.  La  ponían  en  marche,  y  ella,  de  un

golpe, cortaba las cabezas. 

- ¿Y al zar también se la cortaron? 

- Al zar, a la zarina, y a otros más. ¿Quieres que te

traiga  ese  libro?  Es  interesante...  Se  habla  de  un

fraile...  Era  muy  astuto,  gordo  y  con  cara  de  santo,

pero en realidad no era nada de eso. Cuando leí lo del

fraile,  me  desternillé  de  risa;  mi  madre  hasta  se

enfadó,  salió  de  la  cama  y  apagó  la  luz.  Pero  yo

esperé que se durmiese, tomé la lamparilla del icono

y seguí leyendo. 

 

Se  corrió  el  rumor  de  que  habían  llegado  a  la

estación  prisioneros  austríacos.  Tan  pronto  como  se

terminaron  las  lecciones,  Fedia  y  yo  fuimos

corriendo  a  verlos.  Nuestra  estación  estaba  lejos,  en

las  afueras.  Había  que  pasar  por  delante  del

cementerio,  cruzar  la  arboleda,  salir  a  la  carretera  y

atravesar un barranco largo y tortuoso. 

-  Qué  piensas,  Fedia  -le  interrogué-,  ¿los

prisioneros llevarán grilletes o no? 

- No lo sé. Tal vez lleven. De lo contrario, podrían

escaparse  corriendo.  ¡Y  con  grilletes  no  se  corre

mucho! Como se lleva a los detenidos a la cárcel, que

apenas si pueden arrastrar los pies. 

-  Pero  eso  son  presos,  pues  se  trata  de  ladrones,

mientras que los prisioneros no han robado nada. 

Fedia entornó los ojos. 

- ¿Te crees que en la cárcel están sólo los que han

robado  o  matado?  Allí,  amiguito,  hay  gente

condenada por distintas causas. 

- ¿Qué cosas estás diciendo? 

- Fíjate, si no... ¿Por qué encarcelaron al maestro

de oficios? ¿No lo sabes? Pues si no lo sabes, cállate. 

 

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Siempre me indignaba que Fedia supiese muchas

 

Arkadi Gaidar

 

estuviéramos  en  el  campo,  sino  en  medio  de  un

 

más  cosas  que  yo.  Le  preguntase  uno  lo  que  le

preguntara  -pero  no  sobre  las  lecciones-,  siempre

sabía algo. De seguro que se lo contaría su padre. Su

padre era cartero, y los carteros, mientras van de casa

en casa, se enteran de muchas cosas. 

Al  maestro  de  oficios  o,  como  lo  llamábamos

entre  nosotros,   el  Chova,   lo  queríamos  los

muchachos. Había venido a la ciudad al principio de

la  guerra  y  alquilado  un  pisito  en  un  arrabal.  Yo

estuve  varias  veces  en  su  casa.  El  también  quería  a

los chiquillos y les enseñaba a hacer jaulas, cajones y

trampas en su banco. Por el verano, a veces, reunía a

toda  una  chiquillada  y  se  la  llevaba  al  bosque  o  a

pescar. Era muy moreno y delgado y caminaba dando

ligeros  saltitos,  como  un  pájaro,  por  lo  que  le

pusieron el mote de el Chova. 

Lo  detuvieron  inesperadamente,  nosotros  no

sabíamos  por  qué  a  ciencia  cierta.  Unos  muchachos

decían que era espía y comunicaba por teléfono a los

alemanes  todos  los  secretos  de  los  movimientos  de

las  tropas.  Hubo  quien  afirmó  que  el  maestro  de

oficios  había  sido  antes  bandido  y  asaltaba  a  los

caminantes por las carreteras, y que eso había salido

a relucir ahora. 

Pero yo no lo creía: primero, desde nuestra ciudad

no  había  manera  de  tender  cables  telefónicos  hasta

ninguna frontera; segundo, ¿qué secretos de guerra y

qué  movimientos  de  tropas  se  podían  comunicar

desde  Arzamás?  Había  en  ella  pocas  tropas:  siete

soldados  y  un  ordenanza,  más  cuatro  panaderos  del

puesto  de  intendencia  militar,  en  la  estación,  los

cuales no tenían de soldados sino el nombre, pues en

realidad  eran  panaderos  corrientes.  Además,  en todo

aquel tiempo no hubo en nuestra ciudad más que un

movimiento  de  tropas,  y  fue  cuando  el  oficial

Balagushin  se  cambió  de  alojamiento  desde  la  casa

de  los  Pyriatin  a  la  de  los  Basiuguin;  otros

movimientos no hubo. 

Por cuanto a lo de que el maestro de oficios fuese

un  bandolero,  eso  era  una  mentira  evidente.  Se  la

inventó  Piotr  Zolotujin,  quien,  como  todos  sabían,

era un embustero de siete suelas, y si pedía prestados

tres  kopeks,  luego  juraría  que  los  había  devuelto,  o

devolvía una caña de pescar sin anzuelos y aseguraría

que se la habían dado así. ¿Qué bandolero podía ser

el  maestro  de  oficios?  No  tenía  cara  de  eso,  y  sus

andares  eran  cómicos,  y  él  mismo  era  bondadoso;

además, estaba flaco y siempre tosía. 

Así  llegamos  Fedia  y  yo  corriendo  hasta  el

barranco. 

Allí,  sin  poder  contener  ya  mi  curiosidad,

interrogué a Fedia: 

- Fedia, ¿por qué detuvieron al maestro de oficios,

de verdad? Pues eso de que era espía y bandolero son

trolas, ¿eh? 

-  Claro  que  son  trolas  -respondió,  acortando  el

paso y mirando con cuidado a los lados, como si no

 

gentío-. Amiguito, lo detuvieron por la política. 

No  me  dio  tiempo  a  preguntar  a  Fedia  que  me

dijera con más detalles por qué política precisamente

detuvieron al maestro de oficios, cuando, al otro lado

de  una  curva,  se  oyeron  las  pisadas  de  la  columna

que se acercaba. 

Los prisioneros serían unos cien. 

No  iban  aherrojados,  y  los  escoltaban  seis

hombres nada más. 

Las caras cansadas y sombrías de los austríacos se

fundían  en  un  todo  con  sus  capotes  grises  y  sus

gorros  arrugados.  Caminaban  en  silencio,  en  filas

cerradas, con el mesurado paso militar. 

"Míralos,  cómo  son,  pensamos  Fedia  y  yo,

dejando  paso  a  la  columna.  Ahí  están  esos  mismos

austríacos  y  alemanes  cuyas  ferocidades  aterran  a

todos los pueblos. Fruncen el ceño y bajan la cabeza,

no les gusta estar prisioneros. ¡Ea, ea, bribonzuelos!" 

Cuando  la  columna  pasó,  Fedia  alzó  el  puño,

amenazando: 

-  ¡Habéis  inventado  los  gases!  ¡Malditos

choriceros alemanes! 

Volvimos  a  casa  algo  abatidos.  No  sé  a  qué  se

debería.  Probablemente  a  que  los  prisioneros,

cansados  y  grises,  no  nos  produjeron  la  impresión

que esperábamos. De no llevar los capotes, hubieran

parecido  fugitivos. Tenían las  mismas  caras  flacas  y

demacradas, el mismo cansancio y cierta indiferencia

de hastío por cuanto los circundaba. 

 

Capítulo cuarto 

Llegaron las vacaciones estivales. Fedia y yo nos

hicimos  toda  clase  de  planes  para  el  verano.  Nos

esperaba mucho trabajo. 

Primero,  teníamos  que  construir una  balsa  y,  tras

botarla  al  estanque,  que  lindaba  con  nuestro  huerto,

declararnos  los  dueños  del  mar  y  dar  una  batalla

naval  a  la  flota  unida  de  los  Pantiushkin  y  los

Simakov, que protegía los accesos a sus huertos en la

orilla opuesta. 

Hasta  entonces  teníamos  una  flotilla,  que  era  la

cancilla de nuestro huerto. Mas, en el aspecto militar,

era muy inferior a las fuerzas adversarias, las cuales

contaban con la hoja de un viejo portón, que hacía de

crucero  pesado,  y  un  destructor  ligero,  hecho  de  un

dornajo,  en  el  que  antes  daban  de  comer  a  los

animales. 

Las fuerzas eran evidentemente desiguales. 

Por  eso  decidimos  reforzar  nuestro  armamento,

construyendo  un  acorazado  según  la  última  palabra

de la técnica. 

De  material  para  las  obras  nos  proponíamos

utilizar  los  troncos  del  baño,  que  se  había  venido

abajo. Para que mi madre no nos regañara, le prometí

que  haríamos  nuestro  acorazado  de  manera  que

siempre se pudiera utilizar como tablado desde donde

aclarar la ropa. 

 

 

La escuela

 

Cuando  el  enemigo  advirtió  desde  la  otra  orilla

nuestro  rearme,  se  inquietó  y  empezó  a  construir

también  algo,  pero  nuestro  servicio  de  información

nos  dio  parte  de  que  no  podía  oponernos  nada  serio

por  falta  de  material  de  construcción.  La  tentativa

que  nuestros  adversarios  hicieron  de  llevarse  de  su

corral  unas  tablas,  destinadas  a  revestir  el  cobertizo,

resultaron fallidas: el consejo de familia no aprobó el

gasto  arbitrario  de  los  materiales  para  otros  fines,  y

los  almirantes  adversarios,  Senia  Pantiushkin  y

Grigori  Simakov,  recibieron  sendas  palizas  de  sus

padres. 

Estuvimos  varios  días  atareados  con  los  troncos.

No  era  fácil  construir  el  acorazado.  Se  requería

mucho dinero y tiempo, y precisamente por entonces

Fedia         y        yo      experimentábamos         dificultades

económicas.  Sólo  en  clavos  nos  gastamos  más  de

cincuenta  kopeks,  y  aún  teníamos  que  comprar

cuerda para atar el ancla y tela para la bandera. 

Para  conseguir  todo  lo  que  nos  hacía  falta,

hubimos de recurrir a un préstamo secreto de setenta

kopeks, dejando en prenda dos manuales de Religión,

la  Gramática  Alemana  de  Glezer  y  Petzold  y  la

Antología Rusa. 

En  cambio,  el  acorazado  nos  salió  a  las  mil

maravillas.  Lo  botamos  ya  al  atardecer.  Nos

ayudaron  a  botarlo  Tim  Shtukin  y  Yákov

Tsúkkershtein.  Como  público  acudieron  todos  los

hijos del zapatero, mi hermanita y el perrito Volchok,

o Shárik, o Zhuchok, pues cada cual lo llamaba como

quería.  La  balsa  crujió,  rechinó  y  cayó  pesadamente

en  el  agua.  En  el  mismo  instante  se  oyó  un  sonoro

"¡hurra!", se       dispararon   salvas         de      pistolas

detonadoras, y sobre el acorazado se izó la bandera. 

Nuestra bandera era negra, ribeteada de rojo, con

un círculo azul en el centro. 

Agitada  por  el  débil  y  cálido  viento,  ondeó,

produciendo efecto, y levamos anclas. 

Aproximábase  el  ocaso.  Oíase  el  lejano  tintineo

de las esquilas de un rebaño de cabras, al retornar. En

Arzamás había muchas cabras. 

En el acorazado estábamos Fedia y yo. Detrás de

nosotros,  a  respetable  distancia,  navegaba  nuestra

pequeña cancilla, destinada a barco de enlace. 

Segura  de  su  fuerza,  nuestra  escuadra  navegó

lenta  hasta  el  medio  del  estanque  y  desfiló  por

delante  de  las  orillas  del  adversario.  En  vano  lo

desafiamos,  gritando  con  el  megáfono  y  haciéndole

señales:  no  quiso  aceptar  el  combate  y  se  escondió

vergonzosamente  en  su  ensenada,  bajo  un  sauce

medio  podrido.  La  artillería  de  costa  abrió,  con  el

furor  que  despierta  la  impotencia,  fuego  contra

nuestras  naves,  mas  nos  pusimos  inmediatamente

fuera  del  alcance  de  sus  cañones  y  arribamos

tranquilamente  a  nuestro  puerto  sin  haber  sufrido  el

menor  daño,  de  no  contar  un  ligero  patatazo  que

recibió Yákov Tsúkkershtein en la espalda. 

- ¡E-e-eh! -les gritamos, al alejarnos-. Qué, ¿tenéis

 

 

 

miedo de salir a nuestro encuentro? 

-  ¡Aguardad!  ¡Ya  saldremos,  no  cantéis  victoria

antes de tiempo, no nos habéis asustado! 

-  Bien  se  ve  que  no  os  habéis  asustado.

¡Cobardes! 

Entramos  sin  novedad  en  nuestro  puerto,

anclamos y, tras sujetar fuertemente la balsa con una

cadena, saltamos a tierra. 

Aquella misma tarde faltó poco para que Fedia y

yo  riñéramos.  No  nos  habíamos  puesto  de  acuerdo

con  antelación  acerca  de  quién  mandaría  la  flota.  A

mi  propuesta  de  que  él  mandase  el  barco  de  enlace,

Fedia  respondió  con  un  desdeñoso  escupitajo.

Entonces  le  propuse  que,  además,  fuese  el  jefe  del

puerto, el jefe de la artillería de costa y de las fuerzas

aéreas, tan pronto como las tuviésemos. Mas a Fedia

no le sedujeron ni siquiera las fuerzas aéreas, y siguió

empeñado en ser almirante, de lo contrario amenazó

con pasarse al enemigo. 

Entonces,  como  yo  no  quería  perder  a  un

ayudante tan valioso, cedí y le propuse que fuésemos

almirantes por turno: un día él y otro yo. 

En eso quedamos. 

Hicimos  dos  arcos,  nos  pertrechamos  con  diez

flechas  y  nos  encaminamos  a  la  arboleda.

Llevábamos  de  reserva  varias  "ranas".  Llamábamos

"ranas"  a  unos  cucuruchitos  de  papel  enrollado  y

doblado  varias  veces,  atados  fuertemente  con

bramante,  llenos  de  una  mezcla  de  salitre  y  carbón

machacado.  Atábamos  la  "rana"  al  extremo  de  la

flecha,  uno  tensaba  la  cuerda  del  arco,  y  el  otro

encendía la mecha de la "rana". La flecha se elevaba

al cielo en un instante, y la "rana" estallaba en lo alto,

haciendo  zigzags  de  fuego  y  espantando  a  chovas  y

cornejas. 

La arboleda lindaba con el cementerio. Era espesa

y estaba llena de hoyos y pequeños estanques. En las

umbrosas  praderillas  verdes  florecían  nenúfares

amarillos y ranúnculos y crecían helechos. 

Cuando  nos  cansamos  de jugar,  saltamos  la tapia

y  nos  vimos  en  el  rincón  más  apartado  del

cementerio.  El  silencio,  alterado  únicamente  por  el

polifónico  trinar  de  los  pájaros  ocultos  en  el  follaje,

calmaba  nuestros  ánimos,  agitados  por  el  juego.

Caminamos  a  lo  largo  de  las  tumbas,  que  a  veces

apenas se elevaban, y conversábamos a media voz. 

-  Mira  -dije  a  Fedia-,  ahora,  tras  esa  vuelta,

empezarán  las  tumbas  de  los  soldados.  La  semana

pasada enterraron aquí a Semión Kozhévnikov, de la

enfermería. Me acuerdo bien de él. Mucho antes aún

de la guerra, cuando yo era pequeño del todo, venía a

visitar a mi padre. Una vez  me regaló goma para un

tirador.  Era  una  goma  muy  buena.  Pero  luego  mi

madre la tiró a la lumbre porque decía que yo había

roto un cristal a los Basiuguin de un chinazo. 

- ¿Y no fuiste tú? 

-  ¿Y  qué  más  da  que  fuese  yo?  Había  que

demostrarlo,  pues  no  lo  vio  nadie;  y  sólo  por

 

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sospechas... ¿Qué justicia es ésa? Y si no lo hubiese

roto yo, ¿lo mismo me hubieran echado la culpa? 

- Lo mismo te la hubieran echado -accedió Fedia-.

Las  madres  siempre  son  así.  A  las  chiquillas  nunca

les tocan nada, y en cuanto ven un juego de chico, lo

tiran. Mi madre me rompió dos flechas con punta de

clavo, y luego sacó de la jaula una rata que yo tenía.

Una vez aún fue peor... Quité una bola hueca. Sabes,

de  esas  que  atornillan  a  las  camas  para  adorno.  Mi

madre  acababa  de  marcharse  a  la  iglesia.  Estaba  yo

sentado,  saqué  salitre  y  carbón.  Pensé  llenar  de

pólvora la  bola  y  luego  explotarla en  el  bosquecillo.

Me  enfrasqué  tanto,  que  no  me  di  cuenta  de  cómo

apareció  mi  madre  detrás  de  mí.  "¿Para  qué  has

destornillado  la  bola  de  la  cama?  -me  preguntó-.

¡Maldito seas! Y yo sin saber adónde iban a parar las

dichosas  bolitas".  ¡Me  dio  un  cachete  tremendo!

Menos  mal  que  mi  padre  salió  en  mi  defensa,  y  me

preguntó: "¿Para qué querías la bola?" "¿Es que no lo

ves? -le respondí-. Para hacer una bomba". Frunció el

ceño. "Deja eso -me dijo-, no juegues con esas cosas.

¡Vaya  terrorista  que  nos  ha  salido!"  Pero  se  echó  a

reír y me pasó la mano por la cabeza. 

-  Fedia  -le  dije  con  calma-,  yo  sé  qué  es  un

terrorista. Terroristas  son  los  que  tiran  bombas  a  los

policías y a los ricos. Y nosotros, Fedia, qué somos,

¿pobres o ricos? 

- Medianos -respondió, luego de pensarlo-. No se

puede  decir  que  seamos  muy  pobres.  Desde  que  mi

padre  encontró  trabajo,  tenemos  comida  todos  los

días, y los domingos mi madre hace, además, bollos,

y,  a  veces,  compota.  ¡Me  gusta  mucho  la

compota¡¿Y a ti? 

- A mí también me gusta. Pero me gusta más aún

la  jalea  de  manzanas.  Yo  también  creo  que  somos

medianos.  Los  Bebeshin  tienen  toda  una  fábrica.

Estuve una vez en la casa de ellos, visitando a Vasili.

¡Tienen  muchas  criadas  y  criados!  Y  a  Vasili  su

padre le regaló un caballo vivo... se llama poney. 

-  Ellos,  claro,  tienen  de  todo  -accedió  Fedia-,

tienen  mucho  dinero.  Y  el  mercader  Siniuguin  ha

construido  una  torre  encima  de  su  casa  y  ha  puesto

un  telescopio.  ¡Es  inmenso!  Cuando  le  aburre  todo,

se sube a su torre, le llevan allí de comer y beber... Y

se  pasa  toda  la  noche  mirando  a  las  estrellas  y  los

planetas.  Hace  poco  organizó  en  su  torre  una

borrachera  con  sus  amigos,  y  dicen  que,  después  de

mirar  ellos,  se  rompió  un  cristal,  y  ahora  no  se  ve

nada. 

- ¡Fedia!  ¿Por qué Siniuguin, por ejemplo, puede

mirar a las estrellas y a los planetas, y disfrutar todo

lo  que  quiera,  y  otros  no  pueden  disfrutar  de  nada?

Sígov,  el  que  trabaja  en  su  fábrica,  ése,  no  digo  ya

que  no  pueda  contemplar  los  planetas,  sino  que  ni

para  comer  tiene.  Ayer  bajó  a  pedirle  prestados

cincuenta kopeks al zapatero. 

-¿Por  qué?...  Qué  quieres  que  te  diga...  ¿Por  qué

lo he de saber yo? Pregúntale al maestro o al pope. 

 

Arkadi Gaidar

 

Fedia se calló, arrancó, sin detenerse, una rama de

un  arbusto  semisilvestre  de  oloroso  jazmín,  y  luego

agregó, en voz más baja: 

-  Mi  padre  ha  dicho  que  pronto  se  volverá  la

tortilla. 

-¿Qué tortilla se volverá? 

-  Como  lo  oyes.  Boris,  yo  mismo  aún  no  caigo

bien en la cuenta. Me hice el dormido para escuchar.

Mi padre hablaba con el guardián de la fábrica de que

habría  otra  vez  huelgas,  como  en  el  año  cinco.

¿Sabes lo que hubo en el año cinco? 

- Sé un poco -respondí, ruborizándome. 

-  Hubo  una  revolución.  Pero  fracasó.  Eso  quiere

decir  que  había  que  pegar  fuego  a  las  haciendas  de

los  terratenientes  y  entregar  toda  la  tierra  a  los

campesinos,  que  todo  lo  de  los  ricos  pasara  a  los

pobres. Sabes, todo eso lo escuché en la conversación

de ellos. 

Fedia  se  calló.  Otra  vez  me  dio  rabia  de  que

supiera  más  que  yo.  También  hubiera  podido

enterarme yo, pero no tenía quien me lo dijera. En los

libros no se escribía nada de eso. Y nadie hablaba de

eso conmigo. 

Ya  en  casa,  después  de  comer,  cuando  mi  madre

se acostó a dormir la siesta, me senté en su cama y le

dije: 

- Mamá, cuéntame algo del año cinco. ¿Por qué se

lo cuentan a otros? Fedia está enterado de todo lo que

tiene interés, y yo nunca sé nada. 

Mi madre se volvió presta, frunció el ceño, por lo

visto  se  proponía  regañarme,  cambió  de  idea  y  me

miró  con  tanta  curiosidad  como  si  me  viera  por

primera vez. 

- ¿De qué año cinco estás hablando? 

-  ¿Pues  de  cuál  ha  de  ser?  Tú  misma  sabes  de

cuál.  Eres  muy  mayor.  Entonces  tenías  ya  muchos

años, y yo tenía uno sólo y no me acuerdo de nada. 

-  ¿Qué  quieres  que  te  diga?  Tendrías  que

preguntárselo a tu padre, él es un maestro para hablar

de  eso.  Yo,  en  el  año  cinco,  no  vi  nada  por  culpa

tuya,  arrapiezo.  Eras  como  Dios  no  quiera...

berreabas  como  un  condenado,  no  me  dejabas  un

minuto en paz. Cuando te ponías a llorar durante toda

la  noche,  se  olvidaba  una de  que  existía el  mundo  y

de que existía una misma. 

- ¿Y por qué lloraba yo, mamá? -interrogué, algo

enojado-.  ¿Es  posible que tuviera  miedo?  Dicen  que

hubo  tiroteos  y  vinieron  los  cosacos.  ¿Quizás  fuera

de miedo? 

-  ¡Qué  miedo  ni  qué  ocho  cuartos!  Simplemente,

te  daba  por  ahí,  y  llorabas.  ¿De  qué  podías  tener

miedo  entonces?  Una  noche  vinieron  los  guardias  a

registrar  la  casa,  yo  misma  no  sé  qué  buscarían.

Entonces  hacían  muchos  registros.  Revolvieron  toda

la casa, pero no encontraron nada. El oficial era muy

modoso.  Te  hizo  cosquillas  con  un  dedo,  y  tú  te

echaste a reír. "Tiene usted un hijo muy mono", dijo.

Te tomó en brazos, como si bromease, y le guiñó un

 

La escuela

 

ojo a un guardia, que se puso a registrar tu cuna. ¡De

pronto  soltaste  el  grifo!  Madre  mía,  le  cayó  en  el

uniforme  al  oficial.  ¡Dios  mío!  Te  tomé  yo  en

seguida  y  le  traje  un trapo  al  oficial.  ¡Qué  cosas!  El

uniforme  era  nuevo,  y  se  lo  mojaste  todo,  le  cayó

hasta  en  los  pantalones  y  el  sable.  ¡Lo  calaste  hasta

los  huesos,  bribonzuelo!  -dijo  mi  madre,  soltando  la

risa. 

-  Mamá,  me  estás  contando  otra  cosa

completamente  distinta  -la  interrumpí,  enfadado  del

todo-.  Te  estoy  preguntado  por  la  revolución,  y  me

sales con esas tonterías... 

- ¡Anda allá... no seas pesado! -exclamó mi madre

para  poner  fin  al  interrogatorio.  Mas,  al  ver  mi  cara

compungida,  lo  pensó  mejor,  sacó  un  llavero  y  me

dijo: 

-  ¿Qué  te  puedo  contar?  Ve  y  abre  el  cuarto

oscuro...  En  el  cajón  grande,  encima,  hay  trastos  de

toda  clase;  debajo  había  un  montón  de  libros  de  tu

padre.  Busca  allí...  Si  no  los  ha  roto  todos,  tal  vez

encuentres alguno que trate del año cinco. 

Tomé  raudo  el  llavero  y  eché  a  correr  hacia  la

puerta. 

- ¡Si en lugar de rebuscar en el cajón de los libros

-me  gritó  mi  madre-,  metes  la  mano  en  el  dulce  o

quitas, como la otra vez, la nata de la leche, te voy a

enseñar  tal  revolución  que  no  va  a  haber  quien  te

conozca! 

Me  pasé  varios  días  seguidos  leyendo.  Recuerdo

que del primer libro, de los dos que elegí, leí sólo tres

páginas. Ese libro, tomado al buen tuntún, se titulaba

La  Filosofía  de  la  Miseria.  Entonces  no  entendí

absolutamente  nada  de  aquella  enrevesada  filosofía.

En cambio, el otro libro, que contenía unos relatos de

Stepniak-Kravchinski, lo entendí; lo leí hasta el fin y

lo releí. 

En  aquellos  relatos  todo  era  al  revés.  Los  héroes

eran  los  perseguidos  por  la  policía,  y  los  sabuesos

policíacos,  en  lugar  de  inspirar  simpatía,  no

despertaban  sino  desprecio  e  indignación.  En

aquellos  libros  se  hablaba  de  revolucionarios.  Los

revolucionarios   tenían          sus     organizaciones      e

imprentas  clandestinas.  Preparaban  sublevaciones

contra  los  terratenientes,  los  comerciantes  y  los

generales.  La  policía  los  combatía  y  los  detenía.

Entonces  los  revolucionarios  iban  a  la  cárcel  y  al

patíbulo; los que quedaban vivos seguían su lucha. 

Me  resultó  tan  interesante  el  libro  porque,  hasta

entonces, yo no sabía nada de los revolucionarios. Y

sentí mucho que Arzamás fuese una ciudad tan mala

que  no  se  oyera  en  ella  nada  acerca  de  los

revolucionarios.  Ladrones  hubo:  a  los  Tushkov  les

habían  robado  toda  la  ropa  tendida  a  secar  en  la

buhardilla;  hubo  también  gitanos,  que  robaban

caballos,  y  hasta  un  bandido  de  verdad,  Vania

Seliodkin,  que  mató  al  recaudador  de  las

contribuciones,  pero  revolucionarios  no  había

habido. 

 

 

 

 

Capítulo quinto 

Fedia,  Tim,  Yasha  Tsúkkershtein  y  yo  nos

disponíamos a jugar a los gorodkí1, cuando el hijo del

zapatero  vino  corriendo  del  huerto  y  nos  comunicó

que  dos  balsas  de  los  Pantiushkin  y  los  Simakov

habían  amarrado  en  secreto  en  nuestra  orilla;

aquellos malditos almirantes estaban dando golpes al

candado  para  llevarse  nuestras  balsas  a  la  orilla  de

ellos. 

Echamos  a  correr,  dando  alaridos,  al  huerto.  Al

vernos, los adversarios saltaron prestos a sus balsas y

zarparon. 

Decidimos perseguir y hundir al enemigo. 

Aquel  día  mandaba  el  acorazado  Fedia.  Mientras

él  y  Yasha  apartaban  de  la  orilla  la  pesada  y  torpe

balsa,  Tim  y  yo  nos  dirigimos  en  nuestra  vieja

embarcacioncita  a  cortar  el  paso  al  enemigo.

Nuestros  adversarios  cometieron  en  seguida  una

falta. Por lo visto, no se imaginaban que los íbamos a

perseguir y, en vez de ir derechos a su orilla, tomaron

rumbo  a  la  izquierda,  alejándose.  Cuando  se  dieron

cuenta de su error, estaban ya lejos, y ahora reunían

todas sus fuerzas para intentar pasar antes de que nos

diese tiempo de interceptarles el camino. Pero Fedia

y Yasha no podían soltar la balsa grande. A Tim y a

mí  nos  esperaba  la  heroica  misión  de  contener  en

nuestra  frágil  embarcacioncita  durante  varios

minutos las fuerzas redobladas del enemigo. 

Nos  vimos  sin  apoyo  frente  a  la  escuadra

adversaria y abrimos valientemente fuego contra ella.

Ni que decir tiene que fuimos en el acto blanco de un

fortísimo fuego cruzado. 

Yo recibí dos terronazos en la espalda, y a Tim le

tiraron  la  gorra  al  agua.  Se  nos  iban  agotando  los

proyectiles,  estábamos  ya  empapados  de  agua,  y

Fedia y Yasha acababan de zarpar. 

Al  advertirlo,  el  enemigo  decidió  abrirse  paso,

arrollando lo que se le pusiera por delante. 

Nosotros no podíamos soportar el choque con las

balsas  de  ellos,  pues  nuestra  cancilla  hubiera  ido

irremediablemente a pique: 

- ¡Fuego huracanado con los últimos proyectiles! -

mandé. 

Con  nuestras  desesperadas  salvas  contuvimos  al

enemigo medio minuto nada más. Nuestro acorazado

se apresuraba en nuestra ayuda a toda marcha. 

- ¡Resistid! -nos gritó Fedia, abriendo fuego desde

gran distancia. 

Pero  los  barcos  enemigos  estaban  ya  casi  a

nuestro  lado.  No  nos  quedaba  otro  recurso  que

dejarles  pasar  hacia  su  puerto  defendido  o

interceptarles  el  paso,  arriesgándonos  a  presentar  un

 

 

1 Gorodkí: juego consistente en unos tarugos

cilíndricos de madera, con los que se hacen ciertas

figuras en un cuadrado, marcado en el suelo, del que

se deben sacar, arrojándoles unos palos. (%. del T.)

 

9

 

10

 

combate mortal. Me decidí por este último. 

Dando  un  fuerte  impulso  con  la  pértiga,  puse

nuestra balsa en medio del rumbo de ellos. 

La primera balsa enemiga chocó con fuerza contra

nosotros,  y  Tim  y  yo  nos  vimos  en  el  acto  con  la

cálida y mohosa agua al cuello. Pero el choque hizo

que la balsa del adversario también se detuviera. No

necesitábamos     otra   cosa. Nuestro       poderoso

acorazado, inmenso, torpón, pero resistente, embistió

a toda marcha a una embarcación enemiga y le dio la

vuelta.  Aún  les  quedaba  a  los  adversarios  el

destructor,  hecho  del  dornajo  de  los  animales.

Aprovechando  su  celeridad,  quiso  pasar  de  largo,

pero le dimos la vuelta con la pértiga. 

Tim  y  yo  nos  subimos  a  la  balsa  de Fedia,  ahora

sólo  emergían  de  la  superficie  las  cabezas  de  la

tripulación adversaria. 

Fuimos  magnánimos:  tomamos  a  remolque  las

balsas  volcadas,  permitimos  a  los  vencidos  que  se

subieran    a        ellas   y        llevamos     triunfalmente,

acompañados por los sonoros gritos de los chiquillos

que  llenaban  las  vallas  de  los  huertos,  trofeos  y

prisioneros a nuestro puerto. 

 

Recibíamos  muy  de  tarde  en  tarde  cartas  de  mi

padre, pues escribía poco y siempre lo mismo: "Estoy

sano  y  salvo,  seguimos  en las trincheras  y  a  esto  no

parece vérsele el fin". 

Las  cartas  de  mi  padre  me  decepcionaban.  ¿Qué

significaba  aquello,  en  realidad?  Un  hombre  del

frente  y  no  podía  escribir  nada  interesante.  Bien

podría  describir  un  combate,  un  ataque  o  alguna

hazaña  heroica,  pues  así,  leía  uno  la  carta  y  le

producía  la  impresión  de  que  en  aquel  frente  era

mayor  el  aburrimiento  que  en  Arzamás  cuando  se

formaba el barro en otoño. 

¿Por  qué  algún  otro,  como  el  alférez  Túpikov,

hermano de Mitia, por ejemplo, escribía cartas, en las

que  describía  batallas  y  proezas,  y  cada  semana

enviaba una foto? En una estaba retratado al lado de

un  cañón;  en  otra,  al  lado  de  una  ametralladora;  en

otra, montado a caballo y con el sable desenvainado;

envió otra más, en la que asomaba la cabeza desde un

aeroplano.  Mientras  que  mi  padre  no  se  había

retratado  no  ya  en  un  aeroplano,  sino  ni  siquiera  en

las trincheras ni escribía nada interesante. 

En cierta ocasión, atardecía y llamaron a la puerta

de  nuestra  casa.  Entró  un  soldado  con  muleta  y  una

pierna  de  palo  y  preguntó  por  mi  madre.  Ella  no

estaba  en  casa,  pero  debía  llegar  pronto.  El  soldado

dijo que era camarada de mi padre, que servía con él

en    el       mismo         regimiento; regresaba     ya

definitivamente  a  su  casa,  a  un  pueblo  de  nuestro

distrito, y nos traía una carta y recuerdos de mi padre. 

Se sentó en una silla, apoyó en la estufa la muleta

y,  tras  rebuscar  en  el  seno,  sacó  de  allí  una  carta

mugrienta. 

Me  extrañó  en  seguida  el  extraordinario  grosor

 

Arkadi Gaidar

 

del  sobre.  Mi  padre  jamás  enviaba  cartas  tan

voluminosas,  y  se  me  ocurrió  pensar  que,

probablemente, traía fotos. 

-  ¿Ha  servido  usted  con  él,  en  el  mismo

regimiento? -le interrogué, mirando con curiosidad el

rostro  delgado  y,  según  me  pareció,  sombrío  del

soldado,  el  capote  gris  y  arrugado,  con  la  Cruz  de

San  Jorge,  y  el  tosco  palo  ajustado  a  la  pierna

izquierda. 

- En el mismo regimiento, en la misma compañía,

en  la  misma  sección  y  en  la  misma  trinchera,  codo

con codo... Tú eres su hijo, ¿no? 

- Sí, soy su hijo. 

- Entonces, ¿eres Morís? Sé de ti. Tu padre me ha

hablado  de  ti.  Te  traigo  un  regalo  de  él.  Pero  te

encarga  que lo  escondas  y  no  lo  toques  hasta que él

vuelva. 

El  soldado  metió  la  mano  en  su  bolsa  de  cuero,

hecha  por  él  mismo  de  unas  polainas;  a  cada

movimiento que hacía, por la habitación se extendían

oleadas  de  sofocante  olor  a  yodoformo.  Sacó  un

envoltorio  de  trapo,  fuertemente  atado,  y  me  lo  dio.

El  envoltorio  era  pequeño,  pero  pesado.  Quise

abrirlo, pero el soldado me dijo: 

- Aguarda, no tengas prisa. Ya lo verás. 

- ¿Qué tal les va por el frente, cómo marchan los

combates,  qué  moral  tienen  nuestras  tropas?  -le

interrogué con calma y respeto. 

El  soldado  me  miro  y  entornó  los  ojos.  Bajo  su

dura  y  algo  irónica  mirada  me  turbé,  y  la  propia

pregunta me pareció un tanto enfática y afectada. 

-  ¡Míralo!  -dijo  el  soldado  y  se  sonrió-.  ¡Qué

moral! No hay duda, querido, de la moral que puede

haber en las trincheras... Mala. Peor de lo que apesta

un retrete. 

El  soldado  sacó  la  petaca,  lió  en  silencio  un

cigarro,  echó  una  bocanada  de  irritante  humo  de

tabaco barato y, mirando por encima de mi cabeza a

la ventana, enrojecida por la puesta del sol, añadió: 

- Estamos hasta la coronilla, todo nos tiene hartos.

Y no se le ve el fin. 

Entró mi madre. Al ver al soldado, se detuvo en el

umbral y se apoyó en el puño de la puerta. 

- ¿Ha... pasado algo? -inquirió, lívidos los labios-.

¿Le ha pasado algo a Alexéi? 

-  ¡El  padre  ha  enviado  una  carta!  -grité-.  Es  un

sobre muy grueso... de seguro que trae fotos. Y a mí

también me ha enviado un regalo. 

- ¿Esta bien? -le interrogó la madre, quitándose el

chal-. En cuanto vi desde el umbral el capote gris, me

dio un vuelco el corazón. Pensé que le había pasado

algo al padre. 

-  Por  ahora  no  le  ha  pasado  nada  -repuso  el

soldado-.  Manda  muchos  recuerdos  y  me  pidió  que

les  trajera  esta  carta.  No  quiso  enviarla  por  correo...

El correo ahora no es seguro. 

La  madre  abrió  el  sobre.  No  contenía  fotos,  sólo

un manojo de cuartillas escritas y mugrientas. 

 

La escuela

 

A  una  cuartilla  se  había  adherido  un  trocito  de

arcilla  y  una  brizna  de  hierba  seca,  pero  de  color

verde. 

Desenvolví el envoltorio: había en él una pequeña

pistola máuser y un cargador de reserva. 

-  ¡Qué  otra  cosa  se  le  ha  ocurrido  a  tu  padre!  -

exclamó,  enojada,  mi  madre-.  ¿Acaso  esto  es  un

juguete? 

-  No  te  preocupes  -repuso el soldado-.  ¿Acaso  tu

hijo  es  tonto?  Míralo  qué  alto  está  ya,  pronto  me

alcanzará  a  mí.  Que  la  esconda  mientras  tanto.  Es

una  buena  pistola.  La  encontró  Alexéi  en  una

trinchera alemana. Es muy buena. Siempre puede ser

útil. 

Toqué       la       fría    culata          y,       tras    envolver

cuidadosamente la pistola, la metí en un cajón. 

El  soldado  tomó  té  con  nosotros.  Se  bebió  unos

siete vasos y nos contó muchas cosas de mi padre y

de la guerra. Yo me bebí medio vaso nada más, y mi

madre  no  tocó  siquiera  su  taza.  Rebuscó  entre  sus

frascos, sacó uno de alcohol y le escanció al soldado

en un vaso. Este entornó los ojos, lo rebajó con agua

y, luego de bebérselo lentamente, exhaló un suspiro y

sacudió la cabeza. 

- Qué cochina vida es la de ahora -dijo, apartando

el  vaso-.  Me  han  escrito  de  casa  que  la  hacienda  va

de  capa  caída.  ¿Y  cómo  podía  haber  ayudado  yo?

Nos  hemos  pasado  hambrientos  meses  enteros.  Me

entraba  tal  pena  que  a  veces  pensaba  que  mejor

hubiera sido morir. ¡La gente está ya más que harta!

A veces le reconcome a uno el alma igual que el agua

turbia  hierve  en  una  caldera.  Y  piensa  uno  entonces

que, si tuviera fuerzas, lo mandaría todo al cuerno y

se  volvería  a casa.  ¡Que  combata  quien  quiera,  pues

yo no les he pedido nada prestado a los alemanes ni

ellos  me  deben  nada  a  mí!  Alexéi  y  yo  hemos

hablado mucho de eso. De luz a luz... Las pulgas no

dejan  dormir.  Nuestro  único  entretenimiento  es

cantar  y  hablar.  Alguna  vez  quisiera  uno  llorar  o

estrangular  a  alguien,  pero  se  sienta  y  se  pone  a

cantar.  Se  nos  han  secado  las  lágrimas  y  no  nos

llegan  las  manos  para  volcar  nuestra  rabia  sobre

quien  se  lo  merece.  ¡Ay,  dice  uno,  muchachos,

buenos  amigos,  queridos  camaradas,  cantemos  al

menos! 

Al  soldado  se  le  puso  la  cara  colorada  y  se  le

cubrió  de  sudor,  en  tanto que  el  olor  del  yodoformo

se  extendía  más  y  más  por  la  habitación.  Abrí  la

ventana.  Entró  en  seguida  el  fresco  de  la  noche,  el

aroma  del  heno  hacinado  en  los  corrales  y  el  de  las

cerezas pasadas de sazón. 

Me senté en el antepecho de la ventana, me puse a

dibujar con un dedo en el cristal y escuché qué decía

el  soldado.  Sus  palabras  me  dejaban  en  el  alma  un

sedimento  de  polvo  amargo  y  seco,  y  ese  polvo  fue

cubriendo  poco  a  poco,  con  una  espesa  capa,  todas

las  nociones,  claras  y  comprensibles  hasta  entonces,

que  yo  tenía  de  la  guerra,  sus  héroes  y  su  sagrada

 

 

 

importancia. Miré casi con odio al soldado. Se quitó

el cinto, se desabrochó el cuello húmedo de la camisa

y, probablemente ebrio, prosiguió: 

- Claro es que morir está mal. Pero la guerra no es

tan  mala  por  lo  que  mata,  sino  por  lo  que  agravia.

Morir no es una ofensa. Tarde o temprano todos nos

hemos  de  morir,  eso  es  de  ley.  Pero  ¿quién  ha

inventado la ley de hacer la guerra? Yo no me la he

inventado,  ni  tú  te  la  has  inventado,  ni  él  se  la  ha

inventado, pero alguien se la ha inventado. Pues bien,

si Dios, nuestro Señor, fuese todopoderoso, clemente

y  misericordioso,  como  escriben  en  los  libros,  bien

podría llamar a esa persona y decirle: "Respóndeme,

¿qué falta te hacía enzarzar en la guerra a millones de

hombres  de  varios  pueblos?  ¿Qué  provecho  les

reporta a ellos y qué provecho te reporta a ti? Dímelo

todo,  sin  ocultar  nada,  para  que  lo  tenga  claro  y  lo

entienda  todo  el  mundo".  Pero...  -al  articular  esta

palabra,  el  soldado  se  inclinó  y  casi  se  le  cayó  el

vaso-.  Pero...  parece  que  al  Señor  no  le  agrada

inmiscuirse  en  los  asuntos  terrenales.  Pues  bien,

esperaremos,  nos  aguantaremos.  Somos  un  pueblo

paciente.  Pero,  cuando  se  nos  acabe  la  paciencia,

tendremos,  por  lo  visto,  que  encontrar  nosotros

mismos a los jueces y a los acusados. 

El  soldado  se  calló,  frunció  el  ceño  y  miró  de

reojo a mi madre, que, puestos los ojos en el mantel,

no había dicho esta boca es mía en todo el tiempo. El

se puso en pie y, tendiendo la mano hacia el plato de

los arenques, dijo en tono conciliador y de reproche: 

-  Pero  qué  estoy  diciendo...  ¡Vaya  conversación

que  hemos  sacado!  Tonterías...  Todo  llegará  y  todo

tendrá su fin. ¿No te queda más en la botella? 

Y mi madre, sin alzar la vista, le echó en el vaso

unas gotas más de oloroso alcohol. 

Aquella noche mi madre se la pasó llorando; yo la

oí a través del tabique; me llegaba el rumor del papel,

al  volver  mi  madre  las  hojas  de  la  carta.  Luego,  por

una rendija, vi un instante la macilenta luz verdosa de

la  lamparilla  de  aceite,  y  adiviné  que  mi  madre

rezaba. No me enseñó la carta de mi padre. Me quedé

sin  saber  por  entonces  qué  escribió  él  y  cuál  fue  la

causa de las lágrimas de ella. 

El  soldado  se  fue  de  nuestra  casa  a  la  mañana

siguiente. 

Antes de marcharse, me dio unas palmaditas en la

espalda y me dijo, como si yo le hubiera preguntado

algo: 

-  No  le  hace,  querido...  Eres  joven.  ¡Aún  verás

más cosas que nosotros! 

Se  despidió  y  alejó,  renqueando  con  la  pata  de

palo y llevándose su muleta, el olor del yodoformo y

el  deprimente  estado  de  ánimo  en  que  nos  habían

sumido  su  presencia,  su  risa  como  la  tos  y  sus

amargas palabras. 

 

Capítulo sexto 

El  verano  tocaba  a  su  fin.  Fedia  estaba  muy

 

11

 

12

 

ocupado,  preparándose  para  repetir  un  examen:  a

Yasha Tsúkkershtein le dio una calentura, y yo me vi

solo de improviso. 

Me pasaba el tiempo tendido en la cama, leyendo

libros de mi padre y los periódicos. 

No  se  oía  nada  de  que  la  guerra  terminase.  A  la

ciudad  llegaron  numerosos  evacuados,  pues  los

alemanes habían avanzado mucho y ocupado ya más

de  la  mitad  de  Polonia.  Los  evacuados  más  ricos  se

instalaron  en  casas  particulares,  pero  eran  pocos.  A

nuestros comerciantes, frailes y popes, gente devota,

no  les  agradaba  que  entrasen  en  sus  casas  los

evacuados, hebreos pobres de familia numerosa en su

mayoría, y éstos vivían principalmente en barracas al

lado de la arboleda, en las afueras. 

Para entonces todos los jóvenes y hombres sanos

de las aldeas habían sido enviados al frente. Muchas

haciendas se vinieron abajo. No había quien trabajase

en  el  campo,  y  a  la  ciudad  acudieron  muchos

mendigos ancianos, mujeres y niños. 

Antes podía uno caminar todo el día por las calles

y  no  encontraba  a  ningún  desconocido.  Podía  uno

desconocer  el  apellido  de  alguien,  pero  no  su  cara;

ahora veía a cada paso a gente desconocida, caras de

otros pueblos: hebreos, rumanos, polacos, prisioneros

austríacos y soldados heridos del hospital de la Cruz

Roja. 

Faltaban  comestibles.  La  mantequilla,  los  huevos

y  la  leche  se  vendían  caros  en  el  mercado  y  se

terminaban temprano. En las panaderías se formaban

colas;  desapareció  el  pan  blanco,  y  el  negro  no

llegaba  para  todos.  Los  comerciantes  subían  sin

miramientos  los  precios  de  todos  los  artículos,

incluso de los no comestibles. 

Se  decía  en  nuestra  ciudad  que  sólo  Bebeshin

había  ganado  en  el  último  año  tanto  como  en  los

cinco anteriores. Y Siniuguin se enriqueció tanto que

dio  seis  mil  rublos  para  construir  un  templo,

abandonó  su  torre  del  telescopio  y  encargó  que  le

trajeran  de  Moscú  un  cocodrilo  auténtico,  vivo,  que

soltó en una piscina, hecha para el caso. 

Cuando  llevaron  el  cocodrilo  desde  la  estación,

fueron tantos los curiosos que siguieron tras el carro,

que Grisha Bocharov, el sacristán bizco de la iglesia

del  Salvador,  tomó  la  muchedumbre  por  una

procesión que llevaba en andas el icono de la Virgen

del Oranca, y tocó las campanas. El obispo le impuso

por  eso  trece  días  de  penitencia.  Muchos  devotos

dijeron  que  Grisha  mentía  al  decir  que  había  tocado

por  equivocación,  pues  lo  había  hecho  adrede,  por

travieso;  que  le  habían  puesto  poca  penitencia  y

debían haberlo metido en la cárcel, para que sirviera

de  escarmiento,  pues  aún  se  podía  tolerar  el

confundir  un  entierro  con  una  procesión,  pero  que,

confundir aquel asqueroso animal con el icono de la

purísima, era pecado mortal. 

 

Cerré  el  libro  y  salí  presto  a  la  calle.  No  tenía

 

Arkadi Gaidar

 

nada que hacer y corrí a las afueras, al cementerio, a

casa  de  Tim  Shtukin.  Tim  no  estaba  en  su  casa.  Su

padre,  un  anciano  canoso  y  robusto,  viejo  conocido

del  mío,  me dio unas palmaditas en la espalda y  me

dijo: 

-  Te  estás  haciendo  un  hombre,  ¿eh,  muchacho?

Cuando  venga  tu  padre  no  te  va  a  conocer.  ¡Has

salido  a  tu  padre,  eres  tan  alto  como  él!  Mi  Tim  ha

salido a su abuelo, por línea materna, es tan endeble

como un mosquito. ¿Dónde echará lo que come? ¿Tu

padre está bien? Cuando le escribáis, dadle recuerdos

de  mi  parte.  Es  un  buen  hombre,  un  hombre  de

verdad. Trabajamos ocho años juntos en la escuela de

un pueblo. El, de maestro; y yo, de celador... Hace ya

mucho...  Tú  eras  un  niño de  pecho,  no  te  acordarás.

¡Bueno,  te  dejo!  Tim  está  por  aquí,  cazando

jilgueros. Busca entre los abedules, allá, en el rincón,

tras  las  tumbas  de  los  soldados.  Más  cerca  no  se

atreve,  pues  si  lo  ve  el  mayordomo  de  la  iglesia,  le

riñe... 

Encontré  a  Tim  en  el  bosquecillo  de  abedules.

Estaba al pie de un árbol y, sosteniendo en una mano

una  vara  con  un  lazo,  lo  acercaba  cauteloso,  por

debajo,  a  un  jilguero,  que  apenas  se  distinguía  entre

el  follaje,  medio  amarillo.  Me  lanzó  una  mirada  de

susto,  casi  suplicante,  y  sacudió  la  cabeza  para  que

yo  no  avanzase  más  y  no  espantara  al  pájaro.  Me

detuve. 

Creo que jamás ha habido en el mundo un pájaro

más  tonto  que  el  jilguero.  Los  chiquillos  que  cazan

pájaros  atan  un  pelo  de  caballo  al  extremo  de  una

vara larga, y hacen un lazo, que echan con cuidado al

cuello del jilguero. 

Tim acercó lentamente el extremo de la vara a la

misma cabeza del pajarito. El jilguero miró el lazo de

reojo  y  pasó,  perezoso,  a  la  rama  contigua.  Sacando

la  punta  de  la  lengua  y  conteniendo  la  respiración,

Tim  empezó  a  acercar  el  lazo  otra  vez.  El  bobo  del

jilguero  miraba  curioso  lo  que  Tim  hacía.  Permitió

tontamente que el lazo le rodease la cabeza, erizada.

Tim  tiró  del  palo,  y  el jilguero,  medio  asfixiado, sin

haberle  dado  tiempo  a  piar,  voló  a  tierra,  agitando,

desesperado,  las  alas.  Momentos  después  saltaba  ya

en una jaula con otros cinco cautivos de su especie. 

- ¿Has visto? -gritó Tim, saltando a la pata coja-.

Ahí  tienes,  hermano,  la  maña  que  me  doy...  seis

pájaros.  Lo  único  es  que  todos  son  jilgueros.  A  los

herrerillos no se los atrapa así... Hay que capturarlos

con  trampas  o  arcos...  ¡Son  muy  pillos!  Pero  estos

tontos meten ellos mismos la cabeza... 

De pronto Tim se calló a mitad de palabra y puso

una cara como si le hubiesen pegado un estacazo en

la  cabeza.  Tras  amenazarme  con  el  dedo,  se  estuvo

un  rato  sin  moverse;  luego  volvió  a  saltar  y  me

interrogó: 

- ¿Has oído? 

- No he oído nada, Tim. He oído el silbido de una

locomotora en la estación. 

 

La escuela

 

-  ¡Dios  mío!  ¡No  lo  ha  oído!  -repuso  asombrado,

juntando  las  manos-.  ¡Un  petirrojo!....  ¿No  has  oído

cómo  ha  silbado?...  Un  petirrojo  de  verdad.  Lo

conozco  por  el  silbo,  lo  estoy  siguiendo  ya  más  de

una  semana.  ¿Sabes  dónde  enterraron  al  abogado?

Pues  allí  está  el  petirrojo,  en  los  arces  se  esconde.

Los  arces  son  allí  muy  espesos,  y  ahora  tienen  las

hojas rojas como el fuego, muy vivo... Vamos a ver. 

Tim  conocía  todas  las  tumbas  y  monumentos.

Saltando  como  un  pájaro,  al  caminar,  me  fue

enseñando: 

-  Aquí  yace  un  bombero...  se  quemó  el  año

pasado;  y  aquí,  Churbakin,  el  ciego.  Aquí  todos  son

de  esta  clase,  pues  a  los  fabricantes  y  comerciantes

los  entierran  en  otro  sitio;  pues  ellos  han  elegido

buena  tierra...  Mira  qué  monumento  han  puesto  a  la

abuela  de  Siniuguin,  con  arcángeles.  Y  aquí  -dijo

Tim,  señalando  con  el  dedo  una  elevación  apenas

perceptible-, está el estrangulado. Mi padre dice que

se  estranguló  él  mismo,  adrede...  Era  ajustador  del

depósito  de  locomotoras.  No  me  cabe  en  la  cabeza

cómo puede uno estrangularse a si mismo adrede. 

- Seguramente por la mala vida que llevaba, pues,

de haber vivido bien, no se hubiese estrangulado. 

-  ¡Qué  cosas  tienes!  -protestó,  asombrado,  Tim-.

¿Por qué hablas de mala vida? ¿Acaso es mala? 

- ¿Qué es mala? 

-  ¡La  vida,  hombre!  ¡Es  magnífica!  ¿Cómo  se

puede  creer  que  la  muerte  sea  mejor?  Cuando  uno

está  vivo,  corre  y  hace  lo  que  quiere;  muerto,  tiene

que yacer quieto. 

Dicho lo cual, Tim  soltó  unas  sonoras carcajadas

y  volvió  a  quedar  inmóvil,  como  si  lo  hubieran

parado  de  un  golpe,  y,  tras  permanecer  quieto  un

rato, susurró: 

-  No  hagas  ruido  ahora...  Está  por  aquí  cerca,  se

esconde...  ¡Es  muy  pillo!  Lo  capturaré,  por  mucho

que se esconda. 

Volví a casa, ya anochecido. Tim era un chiquillo

extraño, tenía sólo año y medio menos que yo, y era

tan  pequeño  que  no  se  le  podían  dar,  no  digo  doce

años,  sino  ni  siquiera  diez.  Siempre  estaba

trajinando; los camaradas se burlaban de él, le daban

a menudo papirotazos, pero él no se enfadaba nunca

por mucho tiempo. Cuando Tim pedía algo, digamos,

una navaja para sacar punta a un lápiz, o una pluma,

o  que  le  ayudasen  a  resolver  un  problema  difícil,

siempre  miraba  a  la  cara,  poniendo  unos  ojos  muy

redondos,  y  se  sonreía,  no  sé  por  qué,  como  si  se

sintiera  culpable  de  algo.  Era  cobarde,  pero  su

cobardía  era  especial.  Cuando  más  miedo  tenía,  era

cuando  se  aproximaba  el  inspector  o  el  director.  Un

buen día, durante una lección, entró el portero y dijo

que llamaban a Tim a la sala de los maestros. Tim no

pudo ponerse en pie en seguida; luego recorrió con la

mirada  toda  la  clase,  como  si  preguntara:  "¿Por  qué

será?  A  fe  mía,  que  no  tengo  la  culpa  de  nada”.  La

cara,  algo  pecosa,  se  le  puso  lívida,  y  él  salió  de  la

 

 

 

clase, dando traspiés. 

Durante  el  recreo  nos  enteramos  de  que  no  lo

habían  llamado  para  ponerle  grilletes  ni  enviarlo  a

trabajos  forzados,  ni  siquiera  para  inscribirlo  en  el

libro  de  la  mala  conducta,  sino,  simplemente,  para

que  firmase  por  el  manual  de  Aritmética  que  había

recibido gratis el año anterior. 

 

Al  cabo  de  dos  días  empezaron  las lecciones.  En

la  clase  había  mucho  ruido  y  alboroto.  Cada  cual

contaba cómo había pasado el verano, cuántos peces

y  cangrejos  había  pescado  y  cuántas  lagartijas  y

erizos  cazado.  Uno  se  jactaba  de  haber  matado  un

gavilán;  otro  hablaba  con  pasión  de  setas  y  fresas;

otro  juraba  que  había  capturado  una  serpiente  viva.

Contábanse  también  entre  nosotros  quienes  habían

ido  a  veranear  a  Crimea  y  al  Cáucaso,  a  balnearios.

Pero  eran  pocos.  Se  mantenían  aparte,  no  hablaban

de  erizos  ni  fresas,  sino  de  palmeras,  baños  y

caballos, y lo hacían con aplomo. 

Este  año  nos  anunciaron  por  primera  vez  que,

debido  a  la  carestía,  el  ecónomo  había  permitido

llevar  uniforme  de  material  barato,  en  lugar  del  de

lana. 

Mi  madre  me  cosió  una  guerrera  y  unos

pantalones  de  un  material  que  llamaban  "piel  del

diablo". 

En  verdad,  aquella  piel  debían  habérsela

arrancado  efectivamente  al  diablo,  pues  cuando,  en

una ocasión, al escaparme del huerto del convento de

un  frailazo  fortachón,  que  me  persiguió  blandiendo

un  palo,  me  enganché  de  un  clavo  de  la  valla,  los

pantalones no se me rompieron, y yo quedé colgando

en la valla, gracias a lo cual el fraile pudo darme dos

tremendos pescozones. 

Hubo otra innovación en nuestro liceo: enviaron a

un oficial; nos dieron fusiles de madera, que parecían

de  verdad,  y  empezaron  a  enseñarnos  la  instrucción

militar. 

Después de la carta de mi padre, que nos trajo el

soldado  cojo,  no  volvimos  a  recibir  ninguna  más.

Cada  vez  que  el  padre  de  Fedia  pasaba  por  la  calle

con  la  cartera,  mi  hermanita,  que  permanecía  largos

ratos en su espera, asomaba la cabeza por la ventana

y le gritaba con su fina vocecita: 

- ¡Tío Serguéi! ¿No hay carta de mi papá? 

Y el cartero respondía siempre: 

- ¡No hay, hijita, hoy no hay carta! Mañana habrá,

seguramente. 

Pero al día siguiente tampoco había carta. 

 

Capítulo séptimo 

Un día, ya en septiembre, Fedia estuvo en mi casa

hasta  bien  entrada  la  noche.  Estudiamos  juntos  las

lecciones. 

Así  que  hubimos  terminado,  y  él  hubo  recogido

los  libros  y  cuadernos  para  irse  a  casa,  empezó  a

llover de pronto a cántaros 

 

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Corrí a cerrar la ventana que daba al huerto. 

Las  ráfagas  de  viento  levantaban  del  suelo,

 

Arkadi Gaidar

 

Oí el ruido de sus pasos en los peldaños. Sonó la

cerradura. Y, en el mismo instante, llegó hasta mí un

 

silbando,  montones  de  hojas  secas;  varias  gotas

grandes me dieron en la cara. 

Cerré a duras penas una hoja de la ventana, saqué

el  cuerpo  para  alcanzar  la  otra  hoja,  cuando,

súbitamente, un terrón dio en el alféizar. 

"¡Qué  ventolera!,  pensé.  Puede  romper  los

árboles". 

Cuando  volví  a  la  habitación  contigua,  dije  a

Fedia: 

-  Hace  un  verdadero  temporal.  ¿Adónde  vas,

tontaina? ¡Menudo chaparrón está cayendo! Mira qué

terrón ha lanzado el viento a la ventana. 

Fedia miró incrédulo: 

- ¿Para qué mientes? ¿Es que el viento puede tirar

un terrón como éste? 

- ¡Y dale! -repuse, enojado-. Te lo estoy diciendo:

apenas me puse a cerrar la ventana, cuando dio en el

alféizar. 

Miré  el  terrón.  ¿No  lo  habría  arrojado  alguien,

efectivamente, adrede? Pero desistí en el acto de esa

idea y dije: 

-  ¡Qué  tonterías!  ¿Quién  lo  puede  haber  tirado?

¿Quién va a venir al huerto con este temporal? Pues

claro que ha sido el viento. 

Mi  madre  estaba  cosiendo  en  la  habitación

contigua.  Mi  hermanita  dormía.  Fedia  se  quedó  en

casa  media hora  más.  Escampó.  La  luna  se  asomó  a

la  habitación  por  la  mojada  ventana.  El  viento

empezó a amainar. 

- Bueno, me voy -dijo Fedia. 

-  No  te  detengo.  No  saldré  contigo  a  cerrar  la

puerta.  Da  un  golpe  fuerte,  y  la  aldabilla  se  cerrará

sola. 

Fedia  se  encasquetó  la  gorra,  se  metió  los  libros

en  el  seno  para  que  no  se  mojaran  y  se  fue.  Oí  el

fuerte ruido de la puerta, al cerrarse. 

Empecé  a  quitarme  las  botas  para  acostarme.  Al

poner  la  vista  en  el  suelo,  vi  un  cuaderno  de  Fedia,

que se la había caído y había quedado olvidado. Era

la libreta en la que habíamos resuelto los problemas. 

"¡Qué  tonto!,  pensé.  La  primera  lección  que

tenemos mañana es la de Algebra... La va a echar de

menos. Se la llevaré al liceo". 

Me  desnudé,  me  metí  entre  las  sábanas,  mas,  no

me dio tiempo a volverme de costado, cuando, en el

vestíbulo, oyó se una llamada queda y cautelosa. 

-  ¿Quién  podrá  ser?  -interrogó,  asombrada,  mi

madre-.  ¿No  será  un  telegrama  del  padre?...  No,  el

cartero tira fuerte del llamador. Anda, ve y abre. 

-  Mamá,  ya  me  he  desnudado.  Será  Fedia;  se  ha

dejado un cuaderno olvidado y se habrá dado cuenta

por el camino. 

-  ¡Qué  bobo!  -exclamó,  enojada,  mi  madre-.  ¿No

hubiera podido venir por la mañana? ¿Dónde está el

cuaderno? 

Tomó el cuaderno, se puso los zapatos y salió. 

 

grito ahogado, contenido. Me puse en pie de un salto.

El primer momento pensé que a mi madre la habrían

atacado unos bandidos, y, asiendo la palmatoria, que

estaba  encima  de  la  mesa,  tuve  la  intención  de

romper  con  ella  el  cristal  de  la  ventana  y  gritar  a  la

calle. Pero abajo se oyó algo así como risas o besos y

un  animado  y  quedo  susurro.  Luego  se  oyeron  los

pasos de dos pares de pies que subían la escalera. 

Se abrió la puerta, y me quedé de una pieza en la

cama, desnudo y con la palmatoria en la mano. 

En  el  umbral,  arrasados  de  lágrimas  los  ojos,

estaba,  feliz  y  risueña,  mi  madre;  y  a  su  lado,  sin

afeitar,  sucio  de  barro  y  calado  hasta  los  huesos,  el

soldado a quien yo más quería: mi padre. 

Di un salto y me vi estrechado entre sus robustos

y enrudecidos brazos. 

En  la  otra  habitación  se  removió  en  la  cama  mi

hermanita,  turbado  su  sueño  por  el  ruido.  Quise  ir

corriendo a despertarla, pero mi padre me contuvo y

dijo a media voz: 

-  No  la  despiertes,  Boris...  y  no  hagáis  mucho

ruido. 

Al decir eso, se dirigió a mi madre: 

- Varvara, si la chica se despierta, no le digas que

he  venido.  Que  duerma.  ¿Adónde  llevarla  estos  tres

días? 

La madre respondió: 

-  La  llevaremos  mañana  temprano  a  Ivánovskoe.

Hace  tiempo  que  quiere  que  la  llevemos  con  la

abuela. Parece que el cielo se ha despejado. Boris la

llevará  tempranito.  Alexéi,  no  hables  tan  bajo,  tiene

el  sueño  pesado.  A  veces  vienen  por  la  noche  a

llamarme   para  que     vaya al       hospital,      está

acostumbrada. 

Me  quedé  con  la  boca  abierta,  sin  dar  crédito  a

mis oídos. 

"¿Cómo?... ¿Quieren llevar a la pequeña Tania, de

ojos redondos, tan pronto como amanezca, a casa de

la abuela, para que no vea al padre, que ha venido a

pasar unos días? ¿Qué significa eso?... ¿Para qué?" 

-  ¡Boris!  -me  dijo  mi  madre-.  Acuéstate  en  mi

habitación, y por la mañana, a eso de las seis, viste a

Tania y llévala a casa de la abuela... Y no digas allí a

nadie que ha venido tu padre. 

Miré a mi padre. Me estrechó fuertemente contra

su pecho, quiso decirme algo, pero, en vez de eso, me

abrazó con más fuerza aún y no dijo nada. 

Me  acosté  en  la  cama  de  mi  madre;  mi  padre  y

ella se quedaron en el comedor y cerraron la puerta.

Tardé mucho en dormirme. Me volvía de un costado

al  otro,  probé  a  contar  hasta  cincuenta  y  hasta  cien,

pero no conciliaba el sueño. 

Se  me  formó  un  caos  en  la  cabeza.  En  cuanto

empezaba  a  pensar  en  todo  lo  que  había  pasado,

chocaban entre sí pensamientos contradictorios, y me

venían a la cabeza suposiciones a cual más absurdas.

 

 

La escuela

 

Empecé  a  sentir  una  ligera  opresión  en  las  sienes,

como la que siente uno cuando da muchas vueltas en

un tiovivo. 

Me  dormí  ya  muy  tarde.  Me  despertó  un  ligero

chirrido. Mi padre había entrado en la habitación con

una vela encendida. 

Entreabrí  los  ojos.  Mi  padre,  con  calcetines,  se

acercó  sigiloso  a  la  camita  de  Tania  y  bajó  la  vela.

Permaneció así unos tres minutos, contemplando los

trigueños  rizos  y  la  sonrosada  carita  de  la  pequeña

durmiente. Luego se inclinó sobre ella. Pugnaban en

él dos sentimientos: el deseo de acariciarla y el temor

a  despertarla.  Venció  el  segundo  sentimiento.

Irguióse presto, dio la vuelta y salió de la habitación. 

La puerta volvió a chirriar, y la habitación quedó

a oscuras. 

....El reloj dio las siete. Abrí los ojos. A través de

las  hojas  amarillas  del  abedul,  al  otro  lado  de  la

ventana, brillaba el sol. Me vestí deprisa y miré a la

habitación  contigua.  Mis  padres  dormían.  Cerré  la

puerta y desperté a mi hermanita. 

-  ¿Dónde  está  la  mamá?  -interrogó  ella,

restregándose  los  ojos  y  poniéndolos  en  la  cama

desocupada. 

- A la mamá la han llamado del hospital. Cuando

se  fue  me  dijo  que  te  llevara  de  visita  a  casa  de  la

abuela. 

Mi  hermanita  se  echó  a  reír  y  agitó  con  picardía

un dedo: 

-  ¡No  me  engañes,  Boris!  La  abuela  pidió  ayer

mismo a la madre que me dejara ir con ella, y no me

dejó. 

- Ayer no te dejó, pero hoy lo ha pensado mejor.

Vístete pronto... Mira qué tiempo tan bueno hace. La

abuela te llevará al bosque a recoger serbas. 

Cuando  me  creyó  y  se  convenció  de  que  no  le

gastaba  ninguna  broma,  mi  hermanita  se  levantó

rápida  y,  mientras  le  ayudé  a  vestirse,  no  dejó  de

hablar: 

- ¿Conque la mamá lo ha pensado mejor? ¡Cuánto

me  gusta  cuando  la  mamá  lo  piensa  mejor!  Boris,

vamos  a  llevarnos  la  gatita  Lizka...  ¿No  quieres?

Entonces  llevémonos  el  perro  Zhuchok.  Es  más

divertido...  ¡Ayer  me  lamió  la  cara!  Pero  la  mamá

riño. No le gusta que el perro lama la cara. Una vez

Zhuchok  le  lamió  la  cara  a  ella,  cuando  estaba

acostada en el huerto, y lo ahuyentó con una vara. 

Mi hermanita se bajó de la cama y corrió hacia la

puerta. 

- Boris, ábreme la puerta. Tengo allí el pañuelo en

un rincón y el cochecito. 

La aparté de la puerta y la senté en la cama. 

-  Allí  no  se  puede  entrar,  Tania,  hay  un  hombre

durmiendo. Vino ayer. Yo te traeré el pañuelo. 

-  ¿Qué  hombre?  -interrogó  ella-.  ¿Como  la  otra

vez? 

- Sí, como la otra. 

- ¿Con una pata de palo? 

 

 

 

- No, con una pata de hierro. 

-  ¡Ay,  Boris!  No  he  visto  nunca  a  nadie  con  una

pata  de  hierro.  Déjame  que  mire  por  una  rendija,

despacito... de puntillas. 

- ¡Lo que  vaya hacer es darte un mojicón! Estate

quieta. 

Entré  cauteloso  en  la  habitación  y  volví  con  el

pañuelo. 

- ¿Y el cochecito? 

-  ¡Qué  ocurrencias  tienes!  ¿Para  qué  quieres

cargar con el cochecito? Allí el tío Egor te paseará en

un carro de verdad. 

La  senda  a  Ivánovskoe  pasaba  por  la  orilla  del

Tesha. Mi hermanita corría delante, parándose a cada

instante para recoger un palito, mirar los gansos que

nadaban en el agua o alguna otra cosa. Yo la seguía

despacio.  El  frescor  de  la  mañana,  la  glauca

extensión  de  los  campos  otoñales  y  el  monótono

tintineo  de  las  esquilas  de  los  rebaños  que  pastaban

me sosegaban. 

Y ahora, la obsesión que tanto me atormentara por

la noche, arraigó firmemente en mi cerebro, y ya no

me esforcé por que me abandonase. 

Recordé  el  terrón  arrojado  al  alféizar.  Claro  que

no lo había lanzado el viento. ¿Cómo hubiera podido

el  viento  arrancar  de  un  arriate  un  terrón  con  tantas

raíces  enredadas?,  lo  había  arrojado  mi  padre  para

llamar  mi  atención.  Estuvo  escondido  en  el  huerto,

bajo  la  lluvia  y  el  temporal,  esperando  que  Fedia  se

marchase.  No  quería  que  mi  hermanita  lo  viese,

porque era pequeña y podía escapársele que él había

venido... Los soldados que venían con permiso no se

escondían ni querían que no los viese nadie... 

Ya no me quedaba ninguna duda: mi padre había

desertado. 

En  el  camino  de  vuelta  topé  de  frente  con  el

inspector del liceo. 

- Górikov -dijo, severo-, ¿qué es esto?... ¿Por qué

no está usted en clase a la hora de las lecciones? 

-  Estoy  enfermo  -respondí  maquinalmente,  sin

darme cuenta de lo absurdo de mi respuesta. 

-  ¿Enfermo?  -interrogó,  a  su  vez,  el  inspector-.

¿Qué tonterías está diciendo? Los enfermos están en

sus casas y no se pasean por las calles. 

-  Pues  yo  estoy  enfermo  -repetí,  obstinado-  y

tengo temperatura... 

- Todas las personas tienen temperatura- profirió,

enojado-. No se invente tonterías y véngase conmigo

al liceo... 

"¡No  me  faltaba  más!,  pensé,  caminando  tras  él.

¿Para  qué  le  habré  mentido,  diciendo  que  estoy

enfermo?  ¿No  se  me  podía  haber  ocurrido,  sin  decir

la verdadera causa, una explicación más verosímil de

mis novillos?" 

El anciano médico de la escuela me puso la palma

de  la  mano  en  la  frente  y,  sin  medirme  siquiera  la

temperatura, diagnosticó en voz alta: 

-  Tiene  un  ataque  agudo  de  pereza.  En  lugar  de

 

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darle  medicinas,  aconsejo  ponerle  un  mal  en

conducta  y  dejarlo  dos  horas  sin  comer  después  de

las lecciones. 

El inspector aprobó, con aires de boticario ducho,

la receta. 

Llamó  a  Semión,  el  portero,  y  le  mandó  que  me

llevara a la clase. 

Aquel día me sucedió una desgracia tras otra. 

En  el  momento  que  entré,  la  alemana  Elsa

Francíscovna  acababa  de  preguntar  a  Toropyguin  y,

molesta por mi entrada, a mitad de la lección, dijo: 

-  ¡Górikov,         kommen  Sie  her!  Conjúgueme  el

verbo haben. 

Ieh habe, empezó ella. 

, Du hast, apuntóme Chízhikov. 

, Er hat ,recordé yo mismo-. Wir... -articulé, y me

quedé callado otra vez. No tenía vuelta de hoja: aquel

día yo no estaba para conjugaciones alemanas. 

,  Hastus  -me  apuntaron  malintencionadamente

desde el pupitre de atrás. 

, Hastus -repetí yo maquinalmente. 

-  ¿Qué  dice  usted?  ¿Dónde  tiene  la  cabeza?  Hay

que  pensar  y  no  escuchar  lo  que  apunte  un  tonto.

Demé su libreta. 

- La he olvidado, Elsa Francíscovna; he preparado

las lecciones, pero me he olvidado todos los libros y

libretas. Se los traeré durante el recreo. 

-  ¿Cómo  se  pueden  olvidar  todos  los  libros  y

libretas?  -interrogó,  indignada,  la  alemana-.  No  los

ha olvidado, me está engañando. Se quedará una hora

castigado después de las lecciones. 

- Elsa Francíscovna -protesté-, el inspector ya me

ha castigado hoy dos horas. ¿Para qué una hora más?

¿Voy a estarme aquí hasta la noche? 

La  maestra  soltó  por  respuesta  una  larguísima

frase  en  alemán,  de  la  que  apenas  pude  comprender

que la pereza y el engaño se deben castigar; y entendí

bien que no me libraría de la tercera hora de castigo. 

Durante el recreo Fedia se acercó a mí: 

-  ¿Por  qué  has  venido  sin  libros  y  te  ha  traído

Semión a la clase? 

Le  mentí.  Me  pasé  la  siguiente  lección,  la  de

Geografía,  que  era  la  última,  medio  en  sueños.  No

me enteré de lo que explicó el maestro ni de lo que le

respondieron, y no volví a la realidad hasta que sonó

el timbre. 

El  de  guardia  pronunció  la  oración.  Los

muchachos,  dando  golpes  con  las  tapas  de  los

pupitres, salieron corriendo, uno tras otro, de la clase.

Me quedé solo. 

"Dios mío, pensé triste, tres horas más... tres horas

largas,  cuando  mi  padre  está  en  casa  y  todo  es  tan

raro...” 

Descendí  a  la  planta  baja.  Junto  a  la  sala  de  los

maestros había un banco estrecho y largo, todo lleno

de  cortes  hechos  con  navajas.  En  él  estaban  ya

sentados  otros  tres.  Uno  del  primer  curso,  que  lo

habían  dejado  castigado  una  hora  por  haber  tirado  a

 

Arkadi Gaidar

 

un compañero una bola de papel masticado; otro, por

haber reñido; y el tercero, por haber querido atinar un

escupitajo, desde el tercer piso, en la coronilla de un

alumno que pasaba por debajo. 

Me  senté  en  el  banco  y  me  puse  a  pensar.  Por

delante, haciendo ruido con las llaves, pasó el portero

Semión. 

Salió  el  bedel  de  guardia,  que  echaba  de  tiempo

en tiempo un vistazo a los castigados, y, bostezando

indolente, se retiró. 

Me  puse  en  pie  con  sigilo  y  miré  al  reloj  por  la

puerta  de la  sala  de los  maestros.  ¿Qué  era aquello?

No  había  pasado  más  que  media  hora,  y  yo  estaba

seguro  de  que  llevaba  allí  sentado  no  menos  de  una

hora. 

De repente me asaltó un pensamiento delictivo: 

"¿Que significaba aquello, en realidad? Yo no era

ningún  ladrón  ni  estaba  detenido.  En  casa  estaba  mi

padre, a quien no había visto durante dos años y tenía

que ver ahora en aquellas circunstancias tan extrañas

y  enigmáticas;  y  yo,  como  si  fuera  un  presidiario,

¿tenía que estarme allí por el mero hecho de que se le

hubiera ocurrido al inspector y a la alemana?" 

Me  puse  en  pie,  y  vacilé  en  el  mismo  instante.

Marcharse  uno  sin  permiso,  después  de  haber  sido

castigado, era en nuestro liceo uno de los delitos más

graves. 

"No  me  voy,  esperaré",  resolví  y  me  encaminé

hacia el banco. 

Pero  en  aquel  momento  se  apoderó  de  mí  una

rabia  incomprensible.  "A  pesar  de  todo  -pensé,

torciendo  el  gesto-,  mi  padre  se  ha  escapado  del

frente... y a mí me da miedo escaparme de aquí". 

Me  encaminé  hacia  la  percha,  me  puse  de

cualquier  manera  el  capote  y,  dando  un fuerte  golpe

con la puerta, salí a la calle. 

Aquella  tarde  mi  padre  procuró  abrirme  los  ojos

ante muchas cosas. 

-  Papá  -le  interrogué-,  antes  de  escaparte  del

frente, tú eras valiente; no te has escapado por miedo,

¿verdad? 

-  Tampoco  soy  ahora  un  cobarde  -dijo  él  con

calma, pero yo no pude menos de volver la cara a la

ventana y estremecerme. 

Desde  enfrente  venía  directamente  hacia  nuestra

casa  un  policía.  Caminaba  despacio,  contoneándose.

Llegó hasta la mitad de la calle y torció a la derecha,

dirigiendo  sus  pasos  a  la  plaza  del  mercado,  a  lo

largo de la acera. 

-  No...  viene...  hacia  aquí  -articulé  con  voz

entrecortada,  casi  silabeando  y  con  la  respiración

acelerada. 

La tarde siguiente, mi padre me dijo: 

-  Boris,  un  día  de  éstos  pueden  venir  a  visitaros.

Esconde  lo  mejor  que  puedas  el  juguete  que  te

mandé. ¡Mantente firme! 

Ya  estás  hecho  un  hombre.  Si  te  molestan  en  el

liceo  por  causa  mía,  mándalo  todo  al  cuerno  y  no

 

La escuela

 

temas  nada,  presta  atención  a  lo  que  ocurre  en

derredor y comprenderás de qué te he hablado. 

- ¿Nos veremos otra vez, papá? 

-  Sí  nos  veremos.  Vendré  alguna  vez,  pero  no  a

nuestra casa. 

- ¿Adónde, pues? 

-  Ya  te  enterarás.  Cuando  llegue  el  momento,  ya

os lo dirán. 

Había  oscurecido  ya  del  todo,  pero  en  el  banco,

junto  a  los  portones,  estaba  sentado  el  zapatero  con

su acordeón, y a su lado alborotaba todo un tropel de

mozas y mozos. 

-  Ya  es  hora  de  que  me  vaya  -dijo  mi  padre,

intranquilo a ojos vistas-, puedo hacer tarde. 

-Papá, de seguro que no se irán hasta que se haga

bien de noche, pues hoy es sábado. 

Mi padre frunció el ceño. 

- Qué contratiempo. Boris, ¿no se podría pasar por

alguna  cerca  o  por  algún  huerto  contiguo?  Hala,

piensa... Tú debes conocer todos los agujeros. 

- No -le respondí-, por los huertos contiguos no se

puede pasar. El de los Aglakov, a la izquierda, tiene

una valla muy alta, con púas. Por el de la derecha se

podría  pero  allí  hay  un  perro  tan  fiero  como  un

lobo...  Sabes,  si  quieres,  puedes  bajar  conmigo  al

estanque; allí tengo una balsa y te llevaré al barranco

por  detrás  de  los  huertos.  Ahora  está  oscuro,  nadie

nos reconocerá; además, por allí no pasa gente. 

Bajo el peso de mi padre, la balsa caló hondo, y el

agua nos subió por encima de las suelas. Mi padre no

se movía. La balsa se deslizaba silenciosa por el agua

negra.  La  pértiga  se  me  enganchaba a  menudo  en  el

cenagoso fondo. Me costaba trabajo sacarla del agua

mohosa. 

Intenté  dos  veces,  sin  lograrlo,  arrimar  la  balsa  a

la orilla, pues el fondo del barranco era bajo y estaba

mojado. Entonces tomé más a la derecha y atraqué al

huerto extremo. 

Aquel  huerto  estaba  apartado,  no  lo  guardaba

nadie, y su valla estaba rota. 

Acompañé a mi padre hasta el primer agujero, por

el  que  se  podía  salir  al  barranco.  Allí  nos

despedimos. 

Estuve aún unos momentos de pie. El crujir de las

ramas  bajo  los  pesados  pasos  de  mi  padre  fue

amortiguándose. 

 

Capítulo octavo 

Tres  días  después,  llamaron  de  la  policía  a  mi

madre  y  le  comunicaron  que  mi  padre  había

desertado. Le hicieron firmar una declaración de que

"no  tenía  noticias  de  su  paradero  actual,  y  si  las

llegaba      a        tener, se      comprometía         a        dar

inmediatamente parte de ello a las autoridades". 

Al  otro  día,  por  el  hijo  del  jefe  de  la  policía  se

supo en el liceo que mi padre era un desertor. 

En  la  lección  de  Religión,  el  padre  Guennadi

pronunció  un  pequeño  sermón  instructivo  acerca  de

 

 

 

la fidelidad al zar y la patria y de la inviolabilidad del

juramento.  A  propósito,  refirió  un  caso  histórico

acerca  de  cómo,  durante  la  guerra  japonesa,  un

soldado, que quiso salvar la vida, huyó del campo de

batalla;  pero  en  vez  de  salvarse,  encontró  la  muerte

entre los colmillos de un feroz tigre. 

En opinión del padre Guennadi, ese caso probaba,

sin  la  menor  duda,  la  intromisión  de  la  providencia,

que castigó debidamente al fugitivo, pues aquel tigre,

en  contra  de  la  costumbre,  no  devoró  al  soldado,

limitóse a desgarrarlo y se alejó. 

Ese  sermón  impresionó  mucho  a  algunos

chiquillos.  Durante  el  recreo  Toropyguin  exteriorizó

la tímida suposición de que aquel tigre de seguro no

había sido un tigre, sino el arcángel San Miguel que

había adoptado la figura de tigre. 

Sin  embargo,  Simka  Gorbushkin  puso  en  duda

que  hubiera  sido  el  arcángel  San  Miguel,  pues  éste

obraba de otra manera: no mataba con los colmillos,

sino con la espada o con la lanza. 

La  mayoría  estuvo  de  acuerdo  con  esa

explicación,  porque  en  un  cuadro  de  santos,  de  los

que  pendían  en  las  paredes  de  la  clase,  se

representaba una batalla de ángeles contra el infierno.

En ese cuadro el arcángel San Miguel estaba con una

lanza,  en  la  que  ya  se  debatían  cuatro  demonios,  y

otros tres, levantando el rabo, corrían a escape a sus

guaridas subterráneas. 

A  los  dos  días  me  dijeron  que,  por  haberme

marchado  sin  permiso  de  la  escuela,  el  concilio  de

maestros  había  decidido  ponerme  un  tres  en

conducta. 

Un  tres  significaba  ordinariamente  que,  a  la

primera  observación,  el  alumno  sería  excluido  del

liceo. 

Pasados tres días, me entregaron una citación, en

la  que  se  decía  que  mi  madre  debía  abonar

inmediatamente  el  importe  íntegro  del  primer

semestre  de  mi  enseñanza,  de  la  mitad  del  cual  yo

estaba antes eximido como hijo de soldado. 

Llegaron  días  aciagos  para  mí.  Me  pusieron  el

vergonzoso  mote  de  "hijo  de  desertor".  Muchos

alumnos  rompieron  las  amistades  conmigo.  Otros,

aunque  me  hablaban  y  no  me  hacían  el  vacío,  me

trataban  de  un  modo  raro,  como  si  me  hubieran

amputado una pierna o se hubiera muerto alguien de

mi familia. Poco a poco me fui apartando de todos y

dejé de participar en los juegos, en las incursiones a

las clases contiguas y de visitar a mis camaradas. 

Me pasaba las largas tardes otoñales en mi casa o

en casa de Tim Shtukin, entre sus pájaros. 

Me  hice  muy  amigo  de  Tim  en  ese  tiempo.  Su

padre era cariñoso conmigo. Pero no comprendía por

qué a veces empezaba a mirarme fijamente desde un

lado,  luego  se  acercaba,  me  pasaba  la  mano  por  la

cabeza  y  se  alejaba,  haciendo  sonar  las  llaves  y  sin

pronunciar una palabra. 

Llegaron  unos  tiempos  extraños  y  agitados.  La

 

17

 

18

 

población  de  la  ciudad  se  duplicó.  Las  colas  de  las

tiendas  se  prolongaban  manzanas  de  casas  enteras.

En cada esquina se reunían grupos de gente. Pasaban,

una tras otra, procesiones con iconos milagrosos. De

pronto  se  corrieron  rumores  absurdos  de  toda  clase.

Que en los lagos, río Siérezh arriba, los adictos de los

antiguos ritos se marchaban al bosque. Que abajo, en

los  montículos,  los  gitanos  hacían  circular  monedas

falsas  y  por  eso  estaba  todo  tan  caro,  porque  había

mucho dinero falso. Una vez se propagó la alarmante

noticia de que, en la noche del viernes al sábado, iban

a  "zurrar  a  los  judíos",  porque  la  guerra  se

prolongaba  debido  al  espionaje  y  las  traiciones  de

ellos. 

En  la  ciudad  aparecieron  muchos  vagabundos,

quién  sabe  de  dónde.  No  se  oía  otra  cosa  que  allá

habían  descerrajado  una  puerta  y  acullá  robado  en

una casa. Llegó media centuria de cosacos a alojarse

en la ciudad. Cuando pasaron, enfurruñados, con los

mechones  caídos  sobre  la  frente;  cantando  una

chillona  canción,  en  prietas  filas,  por  las  calles,  mi

madre se apartó bruscamente de la ventana y dijo: 

-  Hacía  mucho  que  no  los  veía...  Desde  el  año

cinco.  Otra  vez  desfilan  como  aguiluchos,  igual  que

entonces. 

No teníamos noticias de mi padre. Yo me figuraba

que  debía  estar  en  Sórmovo,  cerca  de  Nizhni

Nóvgorod,  pero  esa  suposición  mía  se  basaba

únicamente  en  que,  antes  de  marcharse,  mi  padre

estuvo preguntando largo rato a mi madre, pidiéndole

muchos  pormenores,  de  su  hermano  Nikolái,  que

trabajaba en la fábrica de vagones. 

Una  vez,  ya  en  invierno,  se  acercó  a  mí  Tim

Shtukin  y  me  hizo,  a  escondidas,  una  seña  con  el

dedo.  Más  bien  me  asombró  que  me  intrigó  su

misterio, y lo seguí, indiferente, a un rincón. 

Tras mirar a los lados, Tim me susurró: 

-  Esta  tarde,  cuando  anochezca,  ven  a  casa.  Mi

padre ha dicho que vengas sin falta. 

- ¿Para qué me necesita? ¿Qué estás inventando?  

-  No  he  inventado  nada.  Ven  sin  falta  y  te

enterarás. 

Al  decir  eso,  Tim  puso  cara  seria,  diríase  que

hasta  algo  asustada,  y  me  convencí  de  que  no

bromeaba. 

Al  anochecer  fui  al  cementerio.  Había  nevasca;

las  macilentas  farolas,  cubiertas  de  nieve,  apenas

iluminaban  las calles.  Para  llegar  al  bosquecillo  y  al

cementerio había que cruzar un pequeño campo. Los

agudos copos de nieve me asaeteaban la cara. Hundí

más  cabeza  en  el  cuello  del  abrigo  y  tomé  la  senda,

tapada  por  la  nieve,  hacia  la  lucecita  verde  de  la

lámpara  de  aceite,  encendida  en  la  entrada  del

cementerio. Tropecé en la losa de una tumba, me caí

y me llené de nieve. La puerta de la caseta del guarda

estaba  cerrada.  Llamé,  y  no  abrieron  en  seguida;

hube de llamar por segunda vez. Se oyeron pasos tras

la puerta. 

 

Arkadi Gaidar

 

- ¿Quién es? -inquirió la conocida y severa voz de

bajo del guarda. 

- Abra, tío Fiódor, soy yo. 

- ¿Eres tú, Boris? 

- Sí, soy yo... Abra pronto. 

Entré en la cálida caseta. Encima de la mesa había

un samovar, un platito con miel y una hogaza de pan.

Tim estaba arreglando una jaula como si tal cosa. 

-  ¿Hay  ventisca?  -me  interrogó,  al  verme  la  cara

colorada y húmeda. 

- ¡Y bien fuerte! -respondí-. Me he dado un golpe

en una pierna. No se ve gota. 

Tim se echó a reír. Yo no acertaba a comprender

el motivo de su hilaridad, y lo miré asombrado. Tim

se rió aún con más ganas, y por su mirada comprendí

que no era yo quien le hacía reír, sino algo que estaba

detrás  de  mí.  Volví  la  cabeza  y  vi  al  tío  Fiódor,  el

guarda, y a mi padre. 

- Ya lleva dos días con nosotros -dijo Tim, cuando

nos sentamos a tomar té. 

- Dos días... ¡Y no me has dicho nada antes! ¿Qué

camarada eres después de eso, Tim? 

Tim miró con aire culpable, primero, a su padre, y

luego al mío, como en busca de apoyo. 

-  Es  un  sepulcro  -dijo  el  guarda,  dando  unas

palmaditas  con  su  dura  mano  en  la  espalda  de  su

hijo-.  No  te  fijes  en  que  parece  tan  poca  cosa;  se

puede confiar en él. 

Mi  padre  vestía  de  paisano.  Estaba  alegre  y

animado. Me preguntó cómo me iban los asuntos en

el liceo, se reía a cada momento y me decía: 

- No importa... no importa... no hagas caso. ¿No te

das  cuenta  de  los  tiempos  que  están  viniendo,

amiguito? 

Le  dije  que  me  daba  cuenta  de  que  a  la  primera

observación  que  me  hiciesen,  me  expulsarían  del

liceo. 

-  Que  te  expulsen  -repuso  él,  sereno-,  ¡valiente

cosa! Si tienes ganas y cabeza, no serás un papanatas

aun sin ese liceo. 

- Papá -le interrogué-, ¿por qué estás tan alegre y

risueño?  Aquí  hasta  el  pope  ha  leído  un  sermón

acerca  de  ti,  todos  te  consideran  como  a  un  difunto,

¡y tú tan contento! 

Desde que me hice involuntariamente cómplice de

mi  padre,  hablaba  con  él  de  otra  manera,  como  con

un  mayor,  pero  de  igual  a  igual.  Vi  que  eso  le

agradaba a él. 

-  Estoy  contento  porque  se  avecinan  tiempos

agitados.  ¡Ya  hemos  llorado  bastante!...  Bueno,  ve

ahora a casa. Nos volveremos a ver pronto. 

Era tarde. Me despedí, me puse el capote y salí al

portalillo. Aún no le había dado tiempo al guarda de

venir tras de mí y echar el cerrojo, cuando sentí que

alguien me empujó con tal fuerza que volé de cabeza

a  un  montón  de  nieve.  En  el  mismo  instante  se

oyeron pasos, pitidos y gritos en el zaguán. Me puse

en  pie  y  vi  delante  de  mí  al  guardia  Evgraf

 

La escuela

 

Timoféievich, cuyo hijo Pashka estudió conmigo aún

en la escuela parroquial. 

- Aguarda -me dijo, al reconocerme, sujetándome

por un brazo-. ¿Adónde vas? Allí se las arreglarán sin

ti. Toma un cabo de mi capuchón y límpiate la cara.

¿No  te  has  hecho  daño  en  la  cabeza?,  no  lo  quiera

Dios. 

- No, Evgraf Timoféievich -balbuceé-. ¿Qué le va

a pasar a mi padre? 

-  ¿Qué  le  va  a  pasar?  Nadie  le  mandó  que  fuese

contra la ley. ¿Acaso se puede ir contra la ley? 

De  la  caseta  sacaron  maniatados  a  mi  padre  y  al

guarda. Detrás de ellos, con el capote por encima de

los  hombros,  pero  sin  gorro,  salió  Tim.  No  lloraba,

sólo se le notaban unos estremecimientos raros. 

- Tim  -le dijo, severo, el guarda- duerme en casa

del  padrino  y  dile  que  cuide  la  nuestra,  no  sea  que

después del registro falte algo. 

Mi padre caminó en silencio y con la cabeza baja.

Llevaba las manos atadas a la espalda. Al verme, se

enderezó y me gritó, dándome ánimos: 

- ¡No importa, hijo mío! ¡Adiós, por ahora! Besa a

la  madre  y  a  Tania.  Y  no  te  aflijas  mucho:  ¡se

avecinan unos tiempos... agitados, amiguito! 

 

II. Tiempos agitados 

Capítulo primero 

El  22  de  febrero  de  1917,  el  tribunal  militar  del

Sexto  Cuerpo  de  Ejército  condenó  a  muerte  al

soldado  del  12  Regimiento  de  Infantería  de  Siberia

Alexéi Górikov, por huir del teatro de operaciones y

hacer propaganda perniciosa contra el gobierno. 

El 25 de febrero se ejecutó la sentencia. Y el 2 de

marzo llegó un telegrama de Petrogrado, en el que se

decía  que  el  pueblo  sublevado  había  derrocado  la

autocracia. 

El  primer  destello,  que  yo  vi  bien,  de  la

revolución  que  empezaba,  fue  el  resplandor  del

incendio  de  la  hacienda  señorial  de  los  Polutin.

Contemplé hasta medianoche, desde el desván de mi

casa,  las  llamas  avivadas  por  el  fresco  viento

primaveral.  Acariciando  despacio  en  el  bolsillo  la

culata  caliente  del  máuser,  el  recuerdo  más  querido

de  mi  padre,  me  sonreía  entre  las  lágrimas,  que  aún

no  se  me  habían  secado  después  de  la  dolorosa

pérdida,  alegrándome  de  que  hubiesen  llegado  los

"tiempos agitados". 

Durante  los  primeros  días  de  la  Revolución  de

Febrero,  el  liceo  parecía  un  hormiguero,  al  que  se

hubiese  arrojado  una  ascua.  Después  de  rezar  la

oración para que el Señor nos concediese la victoria,

una  parte  del  coro  escolar  empezó,  como  siempre,  a

entonar  el  himno  Guarda  al  zar,  Señor,  pero  la  otra

parte  empezó  a  gritar  "¡fuera!",  a  silbar  y  alborotar.

Se  armó  jaleo,  las  filas  de  alumnos  se  deshicieron,

alguien tiró un panecillo al retrato de la zarina, y los

alumnos  del  primer  curso,  aprovechando  la  ocasión

de  alborotar  impunemente,  se  pusieron  a  mayar  y

 

 

 

balar como unos condenados. 

Inútiles  fueron  los  intentos  del  desconcertado

inspector  de  hacer  callar  a  gritos  a  la  muchachada.

Los  chillidos  y  el  alboroto  no  cesaron  hasta  que  el

portero  Semión  retiró  los  retratos  de  los  zares.  Los

muchachos,  excitados,  fueron  corriendo,  chillando  y

pataleando,  por  las  aulas.  Aparecieron,  no  sé  de

dónde,  lazos  rojos.  Los  discípulos  de  los  cursos

superiores  se  metieron  demostrativamente  los

pantalones  en  las  cañas  de  las  botas  (cosa  antes

prohibida)  y,  tras  de  reunirse  delante  del  retrete,  se

pusieron a fumar intencionadamente a la vista de sus

preceptores.  Se  acercó  a  ellos  el  oficial  Balagushin,

maestro  de  gimnasia.  Le  ofrecieron  un  pitillo.  El  no

lo rechazó. Al ver aquella unidad, antes inconcebible,

entre  maestros  y  alumnos,  los  circundantes  soltaron

un "¡hurra!" 

No obstante, de cuanto sucedía se comprendió en

un principio una sola cosa: que había sido derrocado

el zar y empezaba la revolución. Pero la mayoría de

los  muchachos,  sobre  todo  los  de  los  grados

inferiores,  no  comprendían  por  qué  debían  alegrarse

de  que  hubiese  estallado  la  revolución  ni  qué  había

de  bueno  en  el  derrocamiento  del  zar,  ante  cuyo

retrato  hacía  sólo  unos  días  habían  cantado  aún,

emocionados, el himno nacional. 

Durante los primeros días apenas hubo clases. Los

alumnos  de  los  cursos  superiores  se  apuntaban  a  las

milicias.  Les  entregaban  brazaletes  rojos  y  fusiles  y

se  paseaban  arrogantes  por  las  calles,  guardando  el

orden. Por más que nadie se proponía infringirlo. Las

campanas  de  las  treinta  iglesias  tocaban  a  Pascuas.

Los  sacerdotes,  con  vistosas  casullas,  tomaban

juramento al Gobierno Provisional. 

Se  vio  a  gente  con  camisas  rojas.  El  seminarista

Arjánguelski, hijo del pope Ion, dos maestros rurales

y  otros  tres,  que  yo  no  conocía,  se  llamaron

socialistas  revolucionarios,  o  eseristas.  Se  vio

también a gente con camisas negras, que se llamaron

anarquistas,  alumnos,  en  su  mayoría,  de  los  cursos

superiores  de  la  Escuela  Normal  y  del  Seminario  de

Popes. 

La  mayoría  de  la  ciudad  se  adhirió  en  seguida  a

los eseristas. Contribuyó en gran medida a ello el que

durante  un  sermón  público  que  pronunció,  tras  la

misa  para  desear  muchos  años  al  Gobierno

Provisional, el padre Pável, presbítero de la catedral,

declaró que Jesucristo también había sido socialista y

revolucionario. Y como quiera que en nuestra ciudad

vivía  gente  devota,  sobre  todo  comerciantes,

artesanos,  frailes  y  peregrinos,  al  oír  noticia  tan

interesante sobre Jesucristo, simpatizaron en seguida

con los eseristas, tanto más cuanto los eseristas no se

metían con la religión, hablaban más de la libertad y

de  la  necesidad  de  proseguir  la  guerra  con  nuevas

fuerzas. Los anarquistas también decían lo mismo de

la  guerra,  pero  echaban  pestes  contra  Dios.  Así,  por

ejemplo,  el  seminarista  Velikánov  dijo  desde  una

 

19

 

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tribuna  que  Dios  no  existía,  y  que  si  existía,  que

aceptase el desafío de él, Velikánov, y demostrase su

poderío.  Al  decir  eso,  Velikánov  alzó  la  cabeza  y

lanzó  un  escupitajo  al  cielo.  La  muchedumbre  se

quedó con la boca abierta, esperando que se abriesen

los  cielos  y  cayese  un  trueno  sobre  la  cabeza  del

impío.  Mas,  como  los  cielos  no  se  abrieron,  en  la

muchedumbre  se  oyeron  voces  de  que  mejor  sería,

sin esperar el castigo de los cielos, romper la cara al

anarquista.  Al  oír  tales  palabras,  Velikánov  se  bajó

presto  de  la  tribuna  y  se  escabulló  prudentemente,

recibiendo  sólo  un  empujón  de  la  beata  Maremiana

Serguéievna,  sarcástica  anciana  que  vendía  aceite

curativo  de  la  lámpara  del  icono  de  la  Virgen  de

Sarovo  y  sequetes,  con  los  que  el  santísimo  fray

Serafín  de  Sarovodio  de  comer  en  la  mano  a  osos  y

lobos salvajes. 

En  suma,  quedé  asombrado  de  la  multitud  de

revolucionarios que había en Arzamás. Todos, lo que

se dice todos, eran revolucionarios. Hasta Zajárov, el

ex jefe del zemstvo2, se puso un enorme lazo rojo de

seda.  En  Petrogrado  y  Moscú  hubo  combates;  al

menos,  los  policías  dispararon  desde  los  tejados

contra el pueblo; pero en nuestra ciudad los policías

entregaron  voluntariamente  las  armas  y  andaban

pacíficamente por las calles, vestidos de paisano. 

Una  vez  me  encontré  en  un  mitin,  entre  la

muchedumbre,  a  Evgraf  Timoféievich,  el  mismo

guardia que participó en la detención de mi padre. 

Llevaba en la mano una cesta, de la que asomaba

una botella de aceite y un repollo. Escuchaba lo que

decían los socialistas. Al verme, se llevó la mano a la

visera y se inclinó cortésmente. 

-  ¿Qué  tal  esa  salud?  -inquirió-.  Qué...  ¿también

ha  venido  a  escuchar?  Escuche,  escuche...  ¡Usted  es

joven!  Hasta  para  nosotros,  los  viejos,  resulta

interesante...  ¡Quién  lo  iba  a  decir,  cómo  han

cambiado las cosas! 

Le dije: 

-  ¿Se  acuerda,  Evgraf Timoféievich, cuando  vino

a detener a mi padre? Entonces dijo que lo mandaba

la  ley,  que  no  se  podía  ir  contra  la  ley.  Y  ahora,

¿dónde está su ley? Ya no existe su ley, y también los

juzgarán a todos ustedes, a los policías. 

Se echó a reír, benévolo, y el aceite se agitó en el

cuello de la botella. 

- Antes había ley, ahora también la habrá. Sin ley,

jovencito, no se puede vivir. En cuanto a eso de que

nos  van  a  juzgar,  que  nos  juzguen.  No  nos  van  a

ahorcar. No cuelgan ni siquiera a nuestros jefes... Al

propio  emperador  le  han  impuesto  sólo  un  arresto

domiciliario.  ¿Qué  responsabilidades  nos  pueden

pedir a nosotros?.. ¿Oye usted lo que dice? El orador

dice  que  no  debe  haber  venganzas,  que  las  personas

debemos ser hermanos y que ahora, en la Rusia libre,

 

 

2 Especie de diputación provincial en la Rusia zarista.

(%. del T.)

 

Arkadi Gaidar

 

no debe haber ni cárceles ni ejecuciones. Por lo tanto,

tampoco  habrá  ni  cárceles  ni  ejecuciones  para

nosotros. 

Se alejó, contoneándose. 

Lo  miré  alejarse  y  pensé:  "¿Cómo  es  eso  de  que

no  debe  haber  cárceles  ni  ejecuciones?...  ¿Es  que  si

mi padre hubiera salido de la cárcel habría permitido

que  su  carcelero  se  paseara  tranquilamente  y  no  lo

habría tocado porque todos debemos ser hermanos?" 

Le pregunté a Fedia qué le parecía. 

- ¿Y qué tiene que ver con eso tu padre? -dijo-. Tu

padre fue un desertor, y se hubiera quedado, de todos

modos, con esa mancha. A los desertores también los

detienen ahora. Un desertor no es un revolucionario,

sino  un  simple  fugitivo  que  no  quiere  defender  a  su

Patria. 

-  Mi  padre  no  era  un  cobarde  -le  respondí,

palideciendo-.  ¡Eso  es  una  invención  tuya,  Fedia!  A

mi  padre  lo  fusilaron  por  haberse  escapado  y  por

hacer propaganda. Tenemos la sentencia en casa. 

Fedia se turbó y repuso, conciliador: 

-  ¿Dices  que  eso  es  una  invención  mía?  De  eso

escriben  en  todos  los  periódicos.  Lee  en  Rússkoie

slovo3el discurso de Kerenski. Es un buen discurso...

Cuando  lo leyeron en  la  reunión  general  del colegio

de  mujeres, se  le  saltaron  las  lágrimas  a  la  mitad  de

las presentes. En él se dice de la guerra que se deben

poner todas las fuerzas en tensión, que los desertores

son  una  vergüenza  para  el  ejército  y  que  "sobre  las

tumbas de los caídos en la lucha contra los alemanes

la  Rusia  libre  erigirá  un  monumento  de  gloria

inmarcesible".     ¡Así   mismo         está    dicho,

"inmarcesible"! ¡Y tú aún discutes! 

A  la  tribuna,  uno  tras  otro,  subieron  oradores.

Hablaron  con  voces  roncas  del  socialismo.  Allí

mismo afiliaban, a quienes lo desearan, a su partido,

y alistaban a los voluntarios que quisieran ir al frente.

Hubo  oradores  que,  luego  de  subir  a  la  tribuna,

hablaban  hasta  que  les  hacían  bajar  de  ella.  En  su

lugar hacían subir a otros. 

Yo escuchaba y escuchaba, y me parecía que, con

todo  lo  oído,  la  cabeza  se  me  hinchaba  como  una

vejiga  de  toro  y  me  hacía  un  embrollo  con  los

discursos de unos y otros. En modo alguno acertaba a

distinguir  a  un  socialista  revolucionario,  o  eserista,

de  un  demócrata  constitucionalista,  a  un  demócrata

constitucionalista  de  un  socialista  popular,  a  un

anarquista de uno del partido del trabajo, y de todos

los  discursos  no  se  me  quedaba  en  la  memoria  más

que una palabra: 

- Libertad... libertad... libertad... 

-  Górikov  -oí  a  mis  espaldas  y  noté  que  alguien

me ponía una mano en el hombro. 

A  mi  lado  estaba,  quién  sabe  de  dónde  habría

salido, el Chova, el maestro de oficios. 

-  ¿De  dónde  viene?  -le  interrogué,  alegrándome

 

 

3 La palabra rusa. (N. del T.)

 

La escuela

 

sinceramente de verlo. 

-  De  Nizhni,  de  la  cárcel.  Vente,  querido,  a  mi

casa.  He  alquilado  una  habitación  por  aquí  cerca.

Tomaremos té, tengo una barra de pan blanco y miel.

¡Me  alegro  tanto  de  verte!  Llegué  ayer,  y  hoy  me

disponía a ir a vuestra casa. 

Me  tomó  de  la  mano,  y  empezamos  a  abrirnos

paso entre la bulliciosa muchedumbre. 

En  la  plaza  contigua tropezamos  con  otro  gentío.

Ardían  hogueras,  y  en  su  derredor  se  agolpaban

curiosos. 

- ¿Qué es eso? 

-  Naderías  -respondió,  sonriéndose,  el  Chova,.

Los  anarquistas,  que  están  quemando  las  banderas

del  zar.  Más  les  valdría  rasgarlas  y  repartir  los

retales, pues los campesinos se quejan. Tú mismo lo

comprendes, ahora cualquier trapo vale. 

El  Chova  tenía  las  manos  delgadas  y  largas.  Al

tiempo  de  hacer  el  té,  dijo  deprisa,  sonriendo  a

menudo: 

- Tu padre pereció pronto. Estuvimos juntos en la

cárcel,  hasta  que  lo  enviaron  al  tribunal  del  Cuerpo

de Ejército. 

-  Semión  Ivánovich  -le  interrogué,  cuando

tomábamos  el  té-,  usted  dice  que  era  camarada  de

partido  de  mi  padre.  ¿Es  que  era  miembro  de  algún

partido? No me dijo nunca nada de eso. 

- No se podía decir, por eso no te lo dijo. 

- Y usted tampoco lo decía. Cuando lo detuvieron,

Piotr Zolotujin dijo que usted era espía. 

El Chova se echó a reír: 

- ¡Espía! ¡Ja-ja-ja! ¿Piotr Zolotujin, dices? ¡Ja-ja-

ja!  Que  lo  dijera  Zolotujin  tiene  perdón,  él  es  un

chiquillo  bobo;  pero  cuando  ahora  los  imbéciles

mayores  dicen  de  nosotros  que  somos  espías,  eso,

amiguito, aún tiene más gracia. 

-  ¿A  quién  se  refiere  usted  con  eso  de  nosotros,

Semión Ivánovich? 

- A nosotros, los bolcheviques. 

- Lo miré de reojo. 

-  ¿Es que ustedes son bolcheviques, quiero decir,

que mi padre también era bolchevique? 

- También. 

- ¿Por qué todo lo relacionado con mi padre no es

como         les      pasa   a        los     demás?        -interrogué,

apesadumbrado, luego de pensar un instante. 

-  ¿Qué  quieres  decir  con  eso  de  que  no  es  como

les pasa a los demás? 

-  Pues  muy  sencillo.  Otros  son  soldados  como

soldados,  o  revolucionarios  como  revolucionarios,

nadie  habla  mal  de  ellos,  todos  los  respetan.  Y  mi

padre  fue  desertor,  y  ahora  resulta  que,  además,  fue

bolchevique.  ¿Por  qué  fue  bolchevique  y  no

revolucionario  de  verdad,  eserista  o  anarquista,  al

menos? Pues no, bolchevique, como para fastidiar. Si

no  fuera  por  eso,  yo  podría  responder  a  todos  que  a

mi  padre  lo  fusilaron  por  revolucionario,  y  todos  se

callarían la boca, y nadie me señalaría con el dedo; y

 

 

 

si digo que lo fusilaron por bolchevique, todos dirán

que le estuvo muy bien empleado, pues en todos los

periódicos  se  dice  que  los  bolcheviques  son

mercenarios  alemanes,  y  el  Lenin  de  ellos  está  al

servicio de Guillermo II. 

- ¿Quiénes son esos "todos" que te lo van a decir?

-inquirió  el  Chova,  bailándole  la  risa  en  los  ojos,

mientras yo hablaba enfático. 

-  Pues  todos.  Con  quien  tropiece.  Todos  los

vecinos,  el  pope  en  sus  sermones,  hasta  los

oradores... 

-      ¡Los   vecinos!...   ¡Los   oradores!... -me

interrumpió  el  Chova,.  ¡Bobo!  Tu  padre  fue  un

revolucionario  diez  veces  más  verdadero  que  todos

esos  oradores  y  vecinos.  ¿Quiénes  son  tus  vecinos?

Frailes,      tenderos,     comerciantes,       fabricantes,

peregrinos,  carniceros  y  pequeños  filisteos.  En  eso

consiste  el  mal,  en  que  entre  tus  vecinos  rara  es  la

persona  que  vale.  Nosotros  ni  siquiera  hacemos

propaganda  entre  toda  esa  gentuza.  Que  se

desgañiten,  hablándoles,  estos  vocingleros  de  las

camisas  rojas.  No  tenemos  por  qué  perder  tiempo

aquí, pues los frailes y los tenderos no nos ayudarán.

Ya te llevaré adonde vamos nosotros a dar mítines. A

las  barracas  de  heridos,  a  los  cuarteles,  donde  están

los  soldados,  a  la  estación  y  a  las  aldeas.  ¡Escucha

allí  lo  que  se  dice!  ¡Valientes  jueces  has  venido  a

encontrar aquí!... ¡Tus vecinos! 

El Chova se echó a reír. 

 

Al padre de Tim Shtukin lo pusieron en libertad al

comenzar la revolución, pero no lo reintegraron en su

antiguo  empleo,  y  Siniuguin,  el  mayordomo  de  la

iglesia,  le  mandó  que  desocupara  inmediatamente  la

caseta de guarda para instalar en ella a la persona que

habían contratado. 

Ningún  fabricante  ni  comerciante  quiso  admitir  a

trabajar  al  ex  guarda.  Fue  éste  de  casa  en  casa,

pidiendo  trabajo  de  fogonero  o  portero,  pero  sin

resultado. 

Siniuguin le dijo en las barbas: 

-  Yo  ayudo  al  ejército  ruso.  He  entregado  mil

rublos  a  la  Cruz  Roja  y  me  he  gastado  más  de

doscientos  rublos  sólo  en  regalos,  banderitas  y

retratos de Kerenski para repartirlos en los hospitales,

y tú proteges a los desertores. No tengo trabajo para

ti. 

El ex guarda no pudo contenerse y le respondió: 

-  Le  agradezco  sentidamente  sus  palabras.  Pero

permítame  que  le  diga  que  ni  con  banderitas  ni

retratos  se  rescatará  usted;  ya  le  llegará  su  hora.  ¡Y

no me chilles! -dijo, sintiendo de pronto un acceso de

cólera,  el  tío  Fiódor-.  ¿Te  crees  que  porque  hayas

echado  barriga,  te  hayas  comprado  un  telescopio  y

alimentes un cocodrilo con carne de vaca eres un rey

y señor? Espera y escucha mejor lo que la gente dice

en  tus  fábricas.  Que  han  dado  un  golpe,  pero

demasiado pequeño, y están pensando si no valdrá la

 

21

 

22

 

pena dar otro más fuerte. 

-  ¡Te  voy...  te  voy  a  mandar  a  los  tribunales!  -

balbuceó, lleno de estupor, Siniuguin-. ¡Conque ésas

tenemos!...  Voy  a  escribir  una  queja  contra  ti...  Mi

fábrica  trabaja  para  el  ejército.  Las  autoridades  de

ahora también me aprecian, y tú... ¡Largo de aquí! 

El ex guarda se puso el gorro y salió. 

-  Vaya  revolución...  Toda  la  canalla  sigue  en  los

mismos sitios. Y aún me meterá en chirona, ya que es

vocal  de  la  Duma  de  la  ciudad  y  amigo  del

comandante  de  la  plaza.  Hay  que  ponerles  tachuelas

en  los  asientos,  para  que  se  pinchen.  Y  se  dice

patriota... -mascullaba, caminando por las calles-. Se

ha  embolsado  miles,  suministrando  botas  podridas.

Ha librado a su hijo del servicio. Al jefe de la caja de

reclutamiento  le  dio  trescientos  rublos;  y  al  médico

del hospital, quinientos. El mismo lo dijo, jactándose,

cuando estaba borracho. Todos vosotros sois buenos

para pelear con manos de otros. Compras retratos de

Kerenski.  ¡Os  tendríamos  que  ahorcar  a  todos

vosotros  con  vuestro  Kerenski  en  el  mismo  árbol!

¡Vaya libertad que ha llegado!... ¡Felices Pascuas! 

Parecía que todos se hubiesen vuelto locos. No se

oía más que "Kerenski, Kerenski..." 

En  cada,  número  de  los  periódicos  se  publicaban

retratos  de  Kerenski:  "Kerenski  pronunciando  un

discurso",  "La  población  tendiendo  una  alfombra  de

flores a Kerenski", "Una entusiasmada muchedumbre

de mujeres lleva a Kerenski en hombros". Feofánov,

miembro de la Duma de la ciudad de Arzamás, fue a

Moscú a arreglar unos asuntos y estrechó la mano de

Kerenski. A Feofánov lo siguieron tropeles de gente. 

-  ¿Será  posible  que  usted  le  haya  estrechado  la

mano? 

-  Sí,  se  la  he  estrechado  -respondía,  orgulloso,

Feofánov. 

- ¿La mismísima mano? 

-  La  mismísima  diestra,  y  se  la  he  sacudido,

además. 

-  ¡Ahí  tenéis!  -oyóse  en  torno  un  susurro  de

emoción-. El zar por nada del mundo le hubiera dado

la mano, y Kerenski se la ha dado. Van a verlo miles

de  personas  al  día,  y  él  a  todos  les  da  la  mano;

antes... 

- Antes era el zarismo... 

- Claro... Y ahora tenemos libertad. 

-  ¡Hurra!  ¡Hurra!  ¡Viva  la  libertad!...  ¡Viva

Kerenski!...  Vamos  a  enviarle  un  telegrama  de

saludo. 

Se  debe  decir  que,  para  ese  tiempo,  de  cada  diez

telegramas  que  pasaban  por  la  estafeta  de  correos,

uno  era  de  salutación  y  estaba  dirigido  a  Kerenski.

Los  enviaban  desde  los  mítines,  desde  las  reuniones

del  concilio  eclesiástico,  desde  la  Duma,  desde  la

sociedad  de  los  portaestandartes;  en  suma,  desde

dondequiera  que  se  reunieran  varias  personas,  se

enviaban telegramas de saludo. 

Un  día  se  corrió  el  rumor  de  que  la  sociedad  de

 

Arkadi Gaidar

 

aficionados  a  la  avicultura  de  Arzamás  no  había

enviado  ningún  telegrama  al  "querido  jefe".  En  el

semanario  de  la  ciudad  se  publicó  un  indignado

mentís  de  Ofendulin,  presidente  de  dicha  sociedad.

Ofendulin afirmó sin ambages que ese rumor era una

infame  calumnia.  Se  habían  enviado  dos  telegramas

enteros; además, en una nota aclaratoria, la redacción

daba  fe  de  que,  para  confirmar  su  mentís,  el

respetable Ofendulin había presentado "los recibos de

la  central  de  Correos  y  Telégrafos  en  completo

orden". 

 

Capítulo segundo 

Pasaron varios meses desde que me encontré con

el Chova. 

En  la  calle  de  Sálnikov,  al  lado  del  inmenso

edificio  del  Seminario,  había  una  casita  rodeada  de

un  jardincito.  Los  filisteos,  al  pasar  por  delante  de

sus ventanas abiertas, a través de las cuales se veían

caras envueltas en humo de tabaco barato, apretaban

el paso y, cuando se alejaban una manzana de casas,

mascullaban con rabia: 

- ¡Aquí están reunidos los provocadores! 

Aquella  casa  era  el  club  de  los  bolcheviques.  En

la  ciudad  había  unos  veinte  bolcheviques  en  total,

pero  la  casita  siempre  estaba  de  bote  en  bote.  La

puerta estaba abierta para todos, pero los principales

asiduos eran los soldados del hospital, los prisioneros

austríacos  y  los  obreros  de  la  tenería  y  la  fábrica  de

fieltro. 

Yo  también  me  pasaba  allí  casi  todo  el  tiempo

libre.  Al  principio  acudía  con       el  Chova    por

curiosidad,  luego  por  costumbre,  y  más  tarde  me

atraía aquel ambiente, al que me aficioné, aunque me

aturdía a menudo. Toda la fárfara de que estaba llena

mi cabeza hasta entonces iba desprendiéndose, como

las mondaduras de patata con un afilado cuchillo. 

Nuestros  bolcheviques  no  participaban  en  las

disputas organizadas en las iglesias ni en los mítines

de  los  comerciantes  de  artículos  manufacturados;

reunían  a  muchedumbres  delante  de  las  barracas,

fuera de la ciudad y en las aldeas, que sufrían por la

guerra. 

Recuerdo  que  una  vez  se  tenía  que  celebrar  un

mitin en Kámenka. 

-  ¡Vamos  sin  falta!  Habrá  una  agarrada.  Por  los

eseristas  hablará  el  propio  Krúglikov.  Sabes  cómo

habla -me dijo el Chova,,  se queda uno embelesado,

escuchando.  En  Ivánovskoe,  después  de  que  él

pronunciara  un  discurso,  los  campesinos  por  poco

nos  atizan  en  un  principio,  pues  los  embaucó  y  no

supimos contestar. 

-  Vamos  -accedí,  contento-.  Semión  Ivánovich,

¿por  qué  no  lleva  nunca  su  revólver?  Siempre  lo

tiene en cualquier sitio: o lo mete entre el tabaco o en

la  panera,  ayer  se  lo  vi  allí.  Yo  siempre  llevo  mi

pistola  encima.  Hasta  cuando  me  acuesto  la  pongo

debajo de la almohada. 

 

La escuela

 

El Chova se echó a reír, y la barba, espolvoreada

de tabaco, se le agitó. 

-  ¡Eres  un  chiquillo!  -dijo-.  Ahora,  en  caso  de

fracasar,  me  dan  simplemente  unos  guantazos,  pero

si  saco  el  revólver,  de  seguro  que  me  muelen  los

huesos. Ya sonará la hora de empuñar los revólveres,

pero por ahora nuestra mejor arma es la palabra. Hoy

hablará Baskákov por nosotros. 

-  ¡Qué  dice  usted!  -exclamé,  asombrado-.

Baskákov  habla  muy  mal.  Hasta  le  cuesta  trabajo

construir  las  frases.  Entre  palabra  y  palabra  suya

tiene uno tiempo de almorzar. 

-  Eso  es  aquí,  pero  escucha  cómo  habla  en  los

mítines. 

El camino a Kámenka pasaba por un puente viejo

y  medio  podrido,  a  lo  largo  de  unos  prados

anegadizos,  con  la  hierba  aún  sin  segar,  y  de  unos

pequeños  brazos  de  río  con  espesos  juncales.  Desde

la ciudad iban hileras de carros campesinos. Volvían

del  mercado  mujeres  descalzas  con  jarras  lecheras

vacías.  Caminábamos  despacio,  pero  cuando  nos

adelantó  un  carricoche  lleno  de  eseristas,  apretamos

el paso. 

Por  las  anchas  calles  caminaban,  desde  todas

partes,  hacia  la  plaza,  grupos  de  campesinos  de  los

pueblos colindantes. 

El mitin aún no había empezado, pero el alboroto

y el ruido se oían de lejos. 

Entre  la  muchedumbre  vi  a  Fedia.  Andaba  de  un

sitio para otro y repartía octavillas a los transeúntes.

Al verme, corrió hacia mí: 

- ¡Eh! Tú también has venido... ¡Hoy va a ser muy

divertido! Toma un manojo y ayúdame a repartirlas. 

Me  dio  unas  octavillas.  Desplegué  una;  era

eserista,  en  favor  de  la  guerra  hasta  la  victoria  y

contra  las  deserciones.  Le  devolví  el  manojo,

diciéndole: 

-  No,  Fedia,  no  repartiré  octavillas  de  éstas.

Repártelas tú cuando quieras. 

Fedia escupió, desairado: 

- Eres un tonto... Qué, ¿estás también con ellos? -

interrogó,  señalando  con  un  movimiento  de  cabeza

en  la  dirección  del  Chova y  Baskákov,  que  pasaban

por delante de nosotros-. Bueno estás... Quién lo iba

a decir. ¡Y yo que tenía esperanzas en ti! 

Encogiéndose  despectivamente  de  hombros,

desapareció entre la muchedumbre. 

"Tenía  esperanzas  en  mí  -pensé,  sonriéndome

irónico-. ¿Es que no tengo cabeza?" 

-  Hasta  la  victoria...  -oí  articular  a  mi  lado  una

tenue  voz.  Me  volví  y  vi  a  un  campesino  picado  de

viruelas,  sin  gorro.  Estaba  descalzo,  sostenía  en  una

mano  una  octavilla,  y  en  la  otra,  un  cabestro  roto.

Probablemente estuviera arreglándolo y saliera de su

casa a escuchar qué iba a decir la gente. 

-  ¡Hasta  la  victoria...  se  dice  pronto!  -repitió,

creyérase  sorprendido,  y  deslizó  una  mirada  de

perplejidad  por  la  muchedumbre.  Sacudió la  cabeza,

 

 

 

se sentó en el banco de tierra que rodeaba la isba y,

señalando  con  un  dedo  la  octavilla,  gritó  al  oído  de

un viejo sordo, sentado a su lado: 

- Otra vez hasta la victoria... Desde el año catorce,

y siempre hasta la victoria. ¿Por qué será eso, abuelo

Prójor? 

Varios  rodaron un  carro al  medio  de  la  plaza.  Se

subió encima un hombre pequeño, que hacía muchos

ademanes,  elegido  presidente  por  no  sé  quién,  y

gritó: 

-  ¡Ciudadanos!  Damos  comienzo  al  mitin.  Para

informar acerca del Gobierno Provisional, la guerra y

el momento actual se concede la palabra al socialista

revolucionario camarada Kruglikov... 

El  presidente  se  bajó  del  carro.  La  "tribuna"

estuvo  vacía  unos  instantes.  De  súbito,  irguiéndose

cuan  alto  era  y  alzando  la  mano,  subió  de  un  salto

Kruglikov. El ruido de las voces se acalló. 

- ¡Ciudadanos de la gran y libre Rusia! En nombre

del  partido  de  los  socialistas  revolucionarios  os

transmito un caluroso saludo. 

Kruglikov  empezó  a  hablar.  Yo  escuché,

procurando no perder palabra, 

Habló  de  las  duras  condiciones  en  las  que  debía

trabajar  el  Gobierno  Provisional:  los  alemanes

atacaban; en el frente iban mal las cosas; las fuerzas

negras, que eran, según él, los espías alemanes y los

bolcheviques, agitaban en favor de Guillermo II. 

-  Teníamos  al  zar  Nicolás,  y  tendremos  a

Guillermo. ¿Queréis zar otra vez? -interrogó.

-  ¡No  queremos,  basta  de  zares!  -respondió  la

muchedumbre a voces. 

-  Estamos  cansados  de  la  guerra  -prosiguió

Kruglikov-.  ¿Acaso  no  nos  hastía  la  guerra?  ¿Acaso

no es hora de terminarla? 

-  ¡Ya  es  hora!  -respondió,  aún  más  unánime,  la

muchedumbre. 

-  ¿Por  qué  habla  según  el  programa  de  otros?  -

susurré, indignado, al Chova,. ¿Es que están también

por terminar la guerra? 

El Chova me dio un ligero codazo en el costado,

como diciendo: "Cállate y escucha". 

-  ¡Es  hora!  Lo  veis  -continuó  el  eserista-,  todos

vosotros,  como  un  solo  hombre,  lo  decís.  Y  los

bolcheviques  no  dejan  que  el  país,  atormentado,

termine      cuanto         antes la       guerra,        venciendo.

Descomponen  el  ejército,  y  este  pierde  su

combatividad.  Si  tuviésemos  un  ejército  combativo,

con  un  golpe  enérgico  venceríamos  al  enemigo  y

concertaríamos  la  paz.  Pero  ahora  no  podemos

concertarla.  ¿Quién  tiene  la  culpa?  ¿Quién  tiene  la

culpa  de  que  vuestros  hijos,  hermanos,  maridos  y

padres se pudran en las trincheras en lugar de volver

al  trabajo  pacífico?  ¿Quién  aleja  la  victoria  y

prolonga  la  guerra?  Nosotros,  los  socialistas

revolucionarios,  declaramos  a  plena  voz:  ¡Viva  el

último  golpe  decisivo  contra  el  enemigo,  viva  la

victoria  del  ejército  revolucionario  contra  las  hordas

 

23

 

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alemanas, y después de eso, abajo la guerra y viva la

paz! 

De  la  muchedumbre  se  elevaban  espesas

bocanadas  de  humo  de  tabaco  barato;  se  oyeron

algunas voces aprobatorias. 

Krúglikov  habló  de  la  Asamblea  Constituyente,

que  debería  ser  la  dueña  de  la  tierra,  del  daño  que

hacían  las  ocupaciones  arbitrarias  de  tierras  de  los

terratenientes y de la necesidad de guardar el orden y

cumplir  los  mandatos  del Gobierno  Provisional.  Fue

enmarañando  hábilmente  con  sutil  malla  las  mentes

del  público.  Al  principio  tomó  la  parte  de  los

campesinos, recordándoles sus demandas. Cuando la

muchedumbre  empezó  a  gritar:  "¡Eso  es!",  "¡tienes

razón!",  "¡peor  ya  no  podemos  estar!",  Krúglikov

empezó  a  dar  inadvertidamente  la  vuelta.  De  pronto

resultó que la muchedumbre, que acababa de darle la

razón  a  lo  de  que  el  campesino,  sin  la  tierra,  no

gozaba  de  ninguna  libertad,  llegaba  a  la  conclusión

de que en un país libre no se debía arrebatar la tierra

a los terratenientes. 

Terminó  su  discurso  de  hora  y  media  entre

atronadores aplausos e improperios contra los espías

y los bolcheviques, 

"¡La órdiga -pensé yo-, cómo va a poder competir

Baskákov  con  Krúglikov!     ¡Qué manera  de

aclamarlo!" 

Para  asombro  mío,  Baskákov  estaba  a  mi  lado,

fumando  su  pipa,  y  no  exteriorizaba  la  menor

intención de subir a la tribuna. 

Los  eseristas,  agolpados  en  derredor  del  carro,

también estaban algo desconcertados por la conducta

de  los  bolcheviques.  Luego  de cambiar impresiones,

llegaron  a  creer  que  los  bolcheviques  esperaban  a

alguien más y sacaron a otro orador. Este orador fue

mucho  peor  que  Krúglikov.  Habló  despacio,

quedándose  cortado a  menudo  y,  lo  más  importante,

repitiendo lo  que  ya  se  había  dicho.  Cuando  se  bajó

del carro, le aplaudieron menos. 

Baskákov  seguía  de  pie,  fumando.  Tenía  los

angostos y alargados ojos entornados y un aspecto de

simpleza y bondad en la cara, que parecía decir: "Que

hablen lo que quieran. ¡Qué me importa a mí! Estoy

aquí fumando y no estorbo a nadie". 

El  tercer  orador  no  fue  mejor  que  el  segundo  y

cuando bajó del carro, la mayoría del público le silbó

y abucheó, gritando: 

- ¡Eh, tú... presidente! 

- ¡Tú, cabeza de tarro! Vengan otros oradores. 

- ¡Vengan esos bolcheviques! ¿Por qué no les das

la palabra? 

En  respuesta  a  esa  acusación,  el  presidente

declaró indignado que concedía la palabra a todos los

que  la  pidieran,  que  los  bolcheviques  no  la  pedían

porque,  seguramente,  tenían  miedo,  y  él  no  podía

hacerles hablar a la fuerza. 

- ¡Pues si tú no puedes, nosotros podremos! 

- ¡Han hecho de las suyas y ahora se esconden! 

 

Arkadi Gaidar

 

-  ¡Súbelos  del  pescuezo  al  carro!  Que  digan  ante

el pueblo todo lo que piensan... 

Los  bramidos  de  la  muchedumbre  me  asustaron.

Miré al Chova. Este se sonreía, pero estaba pálido. 

-  Baskákov  -profirió-,  basta.  De  lo  contrario,

puede terminar mal. 

Baskákov tosió como si en la garganta le hubiera

estallado  algo,  se  metió  la  pipa  en  el  bolsillo  y  se

encaminó,  contoneándose,  entre  la  enfurecida

muchedumbre, que le abría paso, hacia el carro. 

No  empezó  a  hablar  en  seguida.  Tras  dirigir  una

mirada  de  indiferencia  a  los  eseristas,  agolpados  en

derredor del carro, se secó con la palma de la mano el

sudor  de  la  frente,  luego  recorrió  con  la  mirada  al

gentío, cerró su  enorme  puño,  haciendo  una  higa,  lo

puso  de  manera  que  todos  la  vieran  e  interrogó

calmoso, con voz sonora y burlona: 

- Y esto, ¿no lo habéis visto? 

Semejante comienzo, tan insólito, del discurso me

turbó.  También  dejó  perplejos,  en  el  acto,  a  los

campesinos.  Casi  en  el  mismo  momento  se  oyeron

gritos de indignación: 

- ¿Qué es eso? 

- ¿Por qué enseñas una higa a la gente? 

-  Tú,  así  te  lleven  los  demonios,  responde  con

palabras, y no con una higa, ¡de lo contrario te vas a

ganar una paliza! 

- ¿No habéis visto esto? -empezó a hablar otra vez

Baskákov-.  Pues  no  os  preocupéis.  Que  ellos...  -dijo

Baskákov, señalando con un movimiento de cabeza a

los eseristas- aún os enseñarán algo más lindo. ¡Va-a-

lien-te  co-sa!...  -exclamó,  alargando  las  palabras,

entornando los ojos y moviendo la cabeza-. ¡Va-lien-

te  co-sa!...  Los  ciudadanos  de  la  Rusia  libre  se

quedan  escuchando  con  la  boca  abierta.  Decidme,

pues,  ciudadanos,  ¿qué  provecho  habéis  sacado  de

esta  revolución?  Había  guerra  y  sigue  la  guerra.  No

teníais tierra y seguís sin tierra. Vivía el terrateniente

a  vuestro  lado,  y  sigue  viviendo,  sigue.  ¿Qué  le

puede  pasar?  No  gritéis  ni  os  envalentonéis.  Este

gobierno  tampoco  dejará  que  toquen  a  los

terratenientes.  Preguntad  a  los  de  Vodovátovo:

intentaron meterse en la tierra del señor, y los recibió

un  destacamento  de  tropas.  Dieron  unas  vueltas  en

derredor, y aunque la tierra era buena, no se le podía

hincar  el  diente.  Decís  que  habéis  aguantado

trescientos  años,  y  aún  os  parecen  pocos,  pues

queréis  seguir  aguantando  otro  tanto.  Bueno,  pues

aguantad. El Señor ama a los pacientes. Esperad que

el terrateniente venga a inclinarse delante de vosotros

y os ofrezca la tierra: "¿Os, hace falta? Pues tomadla,

por  el  amor  de  Dios".  Lo  único  que  dudo  es  que

llegue ese día. ¿Habéis oído que cuando la Asamblea

Constituyente se reúna, debatirá la cuestión de cómo

entregar la tierra a los campesinos, con rescate o sin

él? Pues bien, cuando lleguéis a casa, contad vuestros

dinerillos  a  ver  si  os  alcanzan  para  pagar  el  rescate.

¿Os creéis que la revolución se ha hecho para pagar a

 

La escuela

 

los terratenientes la tierra, que es vuestra? ¿Para qué

diablos, os pregunto, hacía falta esta revolución? ¿Es,

que no se podía, sin necesidad de ella, comprar tierra

por dinero? 

- ¿De qué rescate estás hablando? -oyéronse en la

muchedumbre voces de enojo y alarma. 

-  Pues  de  éste  -dijo  Baskákov,  sacando  del

bolsillo  una  octavilla  arrugada,  y  leyó-:  "La  justicia

clama  que  los  propietarios  de  la  tierra  reciban  una

recompensa  por  los  terrenos  que  pasen  a  los

campesinos".  Ese  es  el  rescate  que  quieren.  Lo

escriben  en  nombre  del  partido  de  los  demócratas

constitucionalistas,  y  ese  partido  también  estará

representado  en  la  Constituyente.  También  querrá

salirse  con  la  suya.  Pues  nosotros,  los  bolcheviques,

decimos  sencillamente:  ¡no  hay  que  esperar  la

Constituyente,  dadnos  la  tierra  ahora,  para  que  no

haya ningún debate, ninguna demora, ningún rescate!

Basta...      ya la hemos pagado. 

 - ¡Ya la hemos pagado!... -exclamaron centenares

de voces de la muchedumbre. 

-  ¿Qué debates puede haber aún? Así, a lo mejor

nos quedamos otra vez sin nada. 

-  ¡Callad,  malditos!...  ¡Que  hable el  bolchevique!

A lo mejor aún dice algo más como eso. 

Yo estaba de pie, con la boca abierta, al lado del

Chova.  Me  había  invadido  de  pronto  una  oleada  de

alegría y orgullo por Baskákov. 

-  ¡Semión  Ivánovich!  -le  grité,  tirándole  de  la

manga-.  Pues  yo  creía...  Cómo  les  habla...  No

pronuncia  siquiera  un  discurso,  sino  que  conversa

llanamente. 

"¡Qué  bueno  y  listo  es  Baskákov!",  pensé,  al

escuchar  cómo  caían  cual  mazazos  sus  tranquilas

palabras  en  lo  más  denso  de  la  agitada

muchedumbre. 

- ¿La paz después de la victoria? -dijo Baskákov-.

No está mal. Conquistaremos a Constantinopla. ¡Nos

hace  tanta  falta  esa  Constantinopla,  que  sin  ella  no

podemos  vivir!  A  lo  mejor  aún  conquistaremos  a

Berlín.  Pues  yo  te  pregunto  a  ti  -al  decir  esto,

Baskákov señaló con el dedo al campesino picado de

viruelas que llevaba el cabestro roto en la mano y se

había  abierto  paso  hacia  la  tribuna-:  ¿Es  que  el

alemán o el turco te han pedido algo prestado y no te

lo quieren devolver? Ea, dime, ten la bondad, querido

amigo, ¿qué asuntos puedes tener en Constantinopla?

¿Es  que  llevas  allí  tus  patatas  a  venderlas  en  el

mercado? ¿Por qué callas? 

El  campesino  picado  de  viruelas  se  sonrojó,

empezó  a  pestañear,  y,  abriéndose  de  brazos,

respondió con voz indignada: 

-  A  mí  no  me  hace  ninguna  falta...  ¿Para  qué  la

quiero? 

-  ¡A  ti  no  te  hace  falta,  ni  a  mí  tampoco,  ni  a

ninguno de nosotros nos hace falta! La necesitan los

comerciantes para tener más ganancias en sus tratos.

Pues si les hace falta a ellos, que la conquisten ellos.

 

 

 

¿Y  qué  tiene  que  ver  aquí  el  campesino?  ¿Para  qué

han  llevado  al  frente  a  la  mitad  de  vuestro  pueblo?

¡Pues  para  que  los  comerciantes  se  lleven  las

ganancias!  ¡Tontos  sois  unos  tontos!  Grandes,

barbudos, pero cualquiera os puede engañar. 

-  ¡Vive  Dios  que  puede!  -susurró  el  campesino

picado  de  viruelas,  dándose  palmadas-.  Vive  Dios

que puede -y, exhalando un profundo suspiro, bajó la

cabeza. 

-  Pues  bien,  nosotros  os  decimos  -concluía

Baskákov-  que  nos  den  la  paz  ahora,  sin  victoria

alguna,  y  no  después  de  la  victoria,  cuando  lluevan

chuzos, después de que se mutile a miles y miles más

de  obreros  y  campesinos.  Aún  no  hemos  vencido  al

terrateniente  en  nuestra  tierra.  ¿Tengo  razón  o  no,

hermanos?  Y  ahora,  el  que  no  esté  de  acuerdo,  que

suba aquí y diga que he mentido, que no he dicho la

verdad; yo no tengo nada más que deciros. 

Recuerdo que la multitud empezó a gritar y lanzar

exclamaciones. Salió, lívido, el eserista Krúglikov, y

agitó los brazos, intentando decir algo. Lo tiraron del

carro. Baskákov estaba al lado, encendiendo la pipa,

y  el  campesino  picado  de  viruelas,  al  que  Baskákov

le     había preguntado para   qué    necesitaba

Constantinopla,  le  tiraba  de  la  manga,  invitándolo  a

que fuese a su isba a tomar té. 

-  ¡Con  miel!  -le  decía  con  voz  casi  suplicante-.

Me  queda  una  poquitina.  No  me  hagas  un  desaire,

camarada.  Y  ellos,  los  amigos  de  usted,  que  vengan

también. 

Tomamos una infusión de frambuesas secas. En la

isba  había  un  agradable  olor  a  panal.  Por  delante  de

las  ventanas  pasó  de  vuelta,  levantando  polvo  en  la

carretera,  el  carricoche  repleto  de  eseristas.  La  tarde

era seca y bochornosa. Lejos, en la ciudad, repicaron

las  campanas.  Los  negros  frailes  de  treinta  iglesias

rezaban por el apaciguamiento de la tierra sublevada. 

 

Capítulo tercero 

Fui  al  cementerio  a  despedirme  de  Tim  Shtukin.

Se marchaba con su padre a Ucrania, donde, cerca de

Zhitómir, un tío suyo tenía una pequeña casería 

El  equipaje  estaba  hecho.  El  padre  había  ido  por

un carro. Tim parecía alegre. No podía estarse quieto,

iba  a  cada  instante  a  un  rincón  o  a  otro,  como  si

quisiera  examinar  por  última  vez  las  paredes  de  la

caseta, en la que había crecido. Mas a mí me parecía

que él no estaba alegre de verdad y que se contenía a

duras penas para no llorar. Había soltado sus pájaros. 

-  Todos...  Todos  han  volado  -decía  Tim-.  El

petirrojo,  los  herrerillos,  los  jilgueros  y  el  pardillo.

Sabes,  Boris,  quería  más  que  a  todos  al  pardillo.  Lo

tenía completamente amaestrado. Le abrí la puerta de

la  jaula,  y  no  quiso  salir.  Lo  eché  con  un  palito...

Voló  a  una  rama  de  un álamo  y  se  puso  a  cantar  de

tal  manera...  Me  senté  al  pie  del  árbol  y  colgué  la

jaula en una rama seca. Estaba sentado, pensando en

todo, en cómo habíamos vivido, en los pájaros, en el

 

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26

 

cementerio,  en  la  escuela,  en  cómo  había  terminado

 

 

 

picardía al oficial. 

 

Arkadi Gaidar

 

todo y nos teníamos que marchar. Estuve mucho rato

sentado  y  pensando,  luego  me  puse  en  pie  y  quise

alcanzar  la  jaula.  Miré,  y  dentro  estaba  mi  pardillo.

Bajó  del  árbol,  se  metió  en  la  jaula  y  no  quiso

escapar.  De  pronto  me  dio  tanta  lástima  de  todo

que... por poco me eché a llorar, Boris. 

-  Mientes,  Tim  -le  dije,  conmovido-,  de  seguro

que lloraste de verdad. 

-  Sí,  lloré de  verdad  -confesó Tim,  temblorosa la

voz-. Sabes, Boris, estoy acostumbrado. Siento tanto

que  nos  hayan  echado  de  aquí.  Sabes,  hasta  he  ido,

sin  que  mi  padre se  enterase,  a  pedir a  Siniuguin,  el

mayordomo  de  la  iglesia,  que  nos  dejara  quedarnos.

Pero no -dijo Tim, suspirando y volviendo la cabeza-.

No ha querido. ¿A él qué le importa?... El tiene una

casa bien grande... 

Tim  articuló  las  últimas  palabras  casi  en  un

susurro  y  se  fue  deprisa  a  la  habitación  contigua.

Cuando,  un  momento  después,  yo  entré  donde  él,  vi

que  estaba  llorando,  hundida  la  cara  en  un  hatijo

grande de almohadas. 

En  la  estación,  empujados por  la  multitud  que  se

abalanzó hacia los vagones del tren llegado, Tim y su

padre desaparecieron. 

"Van  a  aplastar  a  Tim  -pensé,  alarmado-.  ¿Y  a

dónde irá todo este gentío?" 

El  andén  estaba  hasta  los  topes  de  soldados,

oficiales  y  marineros.  "Estos,  al  menos,  están

acostumbrados  y  haciendo  el  servicio,  pero  ésos  ¿a

dónde  irán?",  pensé,  mirando  los  grupos  de  gente

sentada  entre  montones  de  cajas,  cestas  y  maletas.

Iban  familias  enteras  de  paisanos.  Hombres  de  cara

rasurada  y  mal  genio  con  las  frentes  sudorosas  del

ajetreo  y  la  agitación.  Mujeres  de  finas  facciones  y

brillo  de  cansancio  y  desconcierto  en  los  ojos.  Unas

anticuadas mamás con raros sombreros, estupefactas

por el tumulto, obstinadas e irritadas. 

A  mi  izquierda,  en  una  maleta  inmensa,  estaba

sentada, sujetando con una mano el lío de la ropa de

cama, atado con una correa, y una jaula con un loro

en la otra, una anciana parecida a una de esas viejas y

nobles condesas que muestran en el cine. 

Gritaba  algo  a  un  joven  oficial  de  marina  que

intentaba  mover  del  sitio  un  pesado  baúl  recubierto

de hojalata. 

-  Déjeme  -respondía  él-,  ¿qué  mozo  de  cuerda

quiere  encontrar  usted  aquí?  ¡Oh,  demonios!...

¡Escucha!  -gritó,  dejando  el  baúl  y  encarándose  con

un  soldado  que  pasaba  por  su  lado-.  ¡Eh,  tú!...  Ea,

ayúdame a meter las cosas en el vagón. 

Sorprendido  por  lo  inesperado  y  obedeciendo  al

tono imperativo, el soldado se detuvo en seguida y se

cuadró,  pero,  casi  al  mismo  tiempo,  como  si  se

avergonzase  de  su  apresuramiento,  abandonó  la

posición  de  firmes  bajo  las  burlonas  miradas  de  sus

compañeros,  se  metió  lentamente  una  mano  detrás

del  cinto  y,  entornando  algo  los  ojos,  miró  con

 

- Te están hablando a ti -repitió el oficial- ¿Te has

quedado sordo o qué? 

- Mi teniente, no me he quedado sordo, pero no es

cosa mía cargar con su guardarropa. 

El  soldado  se  volvió  de  espaldas  y  se  alejó

pausado, contoneándose, a lo largo del tren. 

-  ¡Gregoire!...  -gritó  la  anciana,  pronunciando  en

francés  el  nombre  del  oficial  y  desorbitando  los

descoloridos  ojos-.  ¡Gregoire,  busca  a  un  guardia,

que detenga y lleve a los tribunales a ese grosero! 

Pero  el  oficial  agitó  desesperado  una  mano  y,

poniéndose  de  mal  genio,  le  respondió  con  súbita

acritud: 

-  ¿Y  usted  por  qué  se  ha  de  meter  donde  no  la

llaman? ¿Qué comprende usted? ¿Qué guardia quiere

usted que busque? ¿U no del otro mundo o qué? Siga

usted sentada y no rechiste. 

Tim se asomó de pronto por una ventanilla: 

- ¡Eh! ¡Boris, estamos aquí! 

- ¿Y qué tal estáis ahí? 

- No estamos mal... Nos hemos instalado bien. Mi

padre se ha sentado encima de los bultos, y a mí me

ha subido un marinero a la litera de arriba y me deja

que  esté  a  sus  pies.  Pero  me  ha  dicho  que  no  me

mueva, de lo contrario me echará de allí. 

Alborotada por el segundo toque de la campanilla,

la  multitud  gritó  aún  más.  Los  tacos  de  arriero

mezclábanse  con  el  habla  francesa;  el  aroma  de

esencias,  con  el  olor  a  sudado;  el  tañido  de  una

armónica,  con  los  sollozos  de  alguien,  y  por  encima

de  todo  eso  sonó  de  golpe  el  silbido  de  la

locomotora. 

- ¡Adiós, Tim! 

- ¡Adiós, Boris! -respondió, asomando su mechón

y agitando una mano. 

El tren se perdió de vista, llevándose a centenares

de  personas de lo  más  distintas,  pero  dijérase  que la

estación  no  se  había  descongestionado  lo  más

mínimo. 

- ¡Cuántos se las piran! -oí una voz a mi lado-. Y

todos  van  al  Sur,  todos  al  Sur.  A  Rostov  y  al  Don.

Apenas  pasa  un  tren  para  el  Norte,  no  montan  más

que  soldados  y  trabajadores;  y  cuándo  pasa  para  el

Sur, los señores se las piran que es un gusto. 

- ¿Van de veraneo? 

-  De  veraneo...  -oí  decir  con  deje  irónico-.  A

curarse de la mieditis; hoy los señores están enfermos

de mieditis. 

Me encaminé hacia la salida a lo largo de cajones,

baúles, sacos y gentes que bebían té, comían pepitas

de girasol, dormían, se reían o regañaban entre ellos. 

El  cojo  vendedor  de  periódicos  Semión

Yákovlevich  salió  no  sé  de  dónde  y,  corriendo  con

ligereza extraordinaria para su pata de palo, gritó con

voz fina y cascada: 

-  ¡Periódicos  recientes!...      ¡Rússkoie  Slovo!...

¡Pasmosos  pormenores  de  la  acción  de  los

 

 

La escuela

 

bolcheviques!  ¡El  Gobierno  ha  disuelto  una

manifestación  de  los  bolcheviques!  Hay  muertos  y

heridos.  ¡Infructuosas  búsquedas  del  principal

bolchevique Lenin!... 

Arrebataban  los  periódicos  a  los  vendedores,  sin

pedirles las vueltas. 

Al  regresar,  tomé  algo  más  a  la  derecha  de  la

carretera  y  fui  por  un  angosto  sendero  abierto  entre

mieses  maduras  de  centeno.  Al  descender  al

barranco,  advertí  en  la  vertiente  opuesta  a  una

persona que caminaba al encuentro, inclinado bajo el

peso de la carga que llevaba. Reconocí al instante Al

Chova. 

- Boris -me gritó-. ¿Qué haces aquí? ¿Vienes de la

estación? 

- Sí, de allí vengo. ¿Y usted de dónde viene? ¿Va

a tomar el tren? Si es así, ya ha hecho tarde, Semión

Ivánovich, el tren acaba de partir. 

El  maestro  de  oficios  se  detuvo,  dejó  caer  el

pesado  fardo  a  la  hierba  y,  sentándose  en  tierra,

profirió, consternado: 

-  ¡Qué  cosas  pasan!  ¿Qué  voy  a  hacer  ahora  con

esto? -señaló con el pie el fardo atado. 

- ¿Qué hay ahí? -le interrogué, por curiosidad. 

- Varias cosas... libros... y algo más. 

- Entonces vamos, le ayudaré a llevarlo de vuelta.

Déjelo en el club, y mañana se marchará: 

El  Chova  sacudió  su  negra  barba,  espolvoreada,

como siempre, de tabaco, y dijo: 

-  Esa  es  la  cosa,  amiguito,  que  en  el  club  no  se

puede dejar. Nos han quitado el club. Ya no tenemos

club. 

-  ¿Cómo  es  eso  de  que  no  tenemos  club?  -

exclamé,  sobresaltado-.  ¿Ha  ardido,  o  qué?  Esta

mañana, cuando vine para acá, pasé por delante... 

- No ha ardido, amiguito, sino que lo han cerrado.

Menos  mal  que  nuestra  gente  nos  ha  avisado  con

tiempo. Ahora están haciendo allí un registro. 

- Semión Ivánovich -interrogué, perplejo-, ¿Cómo

así? ¿Quién puede cerrar el club? ¿Acaso estamos en

el viejo régimen?... Ahora hay libertad. Los eseristas

tienen su club, y los mencheviques, y los demócratas

constitucionalistas  lo  tienen,  hasta  los  anarquistas,

que siempre van borrachos y han tapado, además, las

ventanas con tablas por fuera, tienen su club y no les

hacen  nada.  En  él  nuestro  siempre  está  todo

tranquilo, y lo cierran de pronto. 

-  ¡La  libertad!  -dijo  el  Chova,  sonriendo-.  Unos

tienen libertad, hermano, y otros no la tienen. ¿Y qué

voy  a  hacer  yo  con  el  fardo?  Hay  que  esconderlo

hasta  mañana, pues  no está  bien llevarlo  de  vuelta  a

la ciudad, a lo mejor aún nos lo quitan. 

- ¡Vamos a esconderlo, Semión Ivánovich! Sé un

sitio  por  aquí  cerca.  Si  vamos  un  poco  por  el

barranco, saldremos al estanque, y algo más adelante,

a  un lado,  hay  una  hondonada;  de  allí  sacaban  antes

arcilla  para  hacer  ladrillos,  y  en  las  paredes  hay

muchos  agujeros.  Allí  se puede esconder  no sólo  un

 

 

 

fardo, sino un carro con su caballo. Lo único es que,

según dicen, hay serpientes, y yo voy descalzo. Usted

lleva  botas,  podrá  entrar.  Además,  aunque  muerdan,

no se muere uno, sólo queda atontado. 

Lo  último  que  dije  no  agradó  al  Chova  y  me

preguntó  si  sabía  por  allí  cerca  de  algún  otro  sitio

recogido, pero sin serpientes. 

Le respondí que por allí no había ningún sitio más

como aquél, y, además, había gente: bien pastaba un

rebaño, bien escardaban patatares, bien los chiquillos

rondaban por los huertos ajenos. 

Entonces   el  Chova    se  cargó  el  fardo  a  los

hombros  y  echamos  a  caminar  por  la  orilla  de  un

arroyo. 

Escondimos bien el fardo. 

- Ve ahora corriendo a la ciudad -dijo  el Chova,.

Mañana lo recogeré yo mismo. Y si ves a alguien del

comité, dile que aún no me he marchado. Espera... -

dijo, deteniéndome para mirarme a la cara-. ¡Espera!

Amiguito... -agregó, agitando un dedo delante de mis

narices-, ¿no se te escapará alguna palabra? 

-  ¡Qué cosas tiene, Semión Ivánovich!  -balbuceé,

encogiéndome  bajo  la  afrentosa  sospecha-.  ¡Qué

cosas  tiene!  ¿Acaso  yo  he  dicho  algo  de  alguien...

alguna  vez?  En  el  liceo  jamás  he  dicho  nada  de

nadie, ni siquiera en broma, y esto va en serio; usted

aún... 

Sin  dejarme  terminar  la  frase,  el  Chova  me  dio

unas palmaditas en la espalda con su huesuda manaza

y me dijo, sonriente: 

- Bueno, bueno... Anda ya... ¡Conspirador! 

 

Capítulo cuarto 

En el transcurso del verano Fedia creció y se hizo

un  hombre.  Se  dejó  el  pelo  largo  y  empezó  a  llevar

camisa  negra  de  cuello  ruso  y  carpeta.  Iba  con  esa

carpeta,  llena  de  periódicos,  de  mitin  en  mitin  y

reunión en reunión que se celebraban en el liceo. Era

el  presidente  del  comité  de  la  clase,  el  delegado  del

liceo en el colegio femenino y el elegido para asistir

a  las  reuniones  de  padres.  Aprendió  a  pronunciar

tales  discursos,  que  parecía  un  segundo  Krúglikov.

Se  subía  a  un  pupitre  durante  las  disputas  sobre

temas como "¿Deben los alumnos contestar sentados

u  obligatoriamente  de  pie  a  los  maestros?",  "¿Se

puede  tolerar  en  un  país  libre  jugar  a  las  cartas

durante las lecciones de Religión?" Avanzaba un pie,

se metía una mano detrás del cinturón y pronunciaba:

"Ciudadanos,  os  exhortamos...  las  circunstancias

obligan...  somos  responsables  por  el  destino  de  la

revolución...” Y hablaba como un sacamuelas. 

Mis  relaciones  con  Fedia  no  iban  bien.  Aún  no

habíamos  llegado  a  romper  abiertamente,  pero  cada

día nos llevábamos peor. 

Me tomaron tirria otra vez. 

No  hacía  sino  empezar  a  olvidarse  la  historia  de

mi  padre,  acababa  de  empezar  a  romperse  el  hielo

entre  algunos  de  mis  antiguos  camaradas  y  yo,

 

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cuando  sopló  otro  viento,  el  de  la  capital;  los

habitantes  de  la  ciudad  se  enfurecieron  contra  los

bolcheviques  y  cerraron  el  club.  Las  milicias  de  la

Duma  detuvieron  a  Baskákov,  y  yo  resulté  otra  vez

culpable: que por qué había ido por el club de ellos,

para qué había enarbolado el 1 de Mayo una bandera

en  el  tejado  del  club  de  ellos  y  por  qué  me  había

negado  en  el  mitin  a  ayudar  a  Fedia  a  repartir

octavillas en favor de la guerra hasta la victoria. 

Todos  los  alumnos  del  liceo  repartían  octavillas.

Algunos  tomaban  octavillas  de  los  demócratas

constitucionalistas,  de  los  anarquistas,  de  los

socialistas  cristianos  y  de  los  bolcheviques;  corrían

con ellas y daban a los transeúntes las que les venían

a  mano.  ¡Y  a  ésos  no  les  decían  nada,  como  si  se

debiera obrar así! 

¿Cómo podía haber tomado yo a Fedia octavillas

eseristas,  si  Baskákov  me  había  dado  un  instante

antes  todo  un  manojo  de  proclamas  bolcheviques?

¿Cómo  se  podían  repartir  unas  y  otras?  Si  al  menos

las  octavillas  se  hubieran  parecido,  pero  no,  en  una

ponía: "¡Viva la victoria sobre los alemanes!", y en la

otra "¡Abajo la guerra de rapiña!" En una: "¡Apoyad

al  Gobierno  Provisional!",  y  en  la  otra:  "¡Abajo  los

diez  ministros  capitalistas!"  ¿Cómo  se  las  podía

echar  en  el  mismo  saco,  si  una  octavilla  estaba

dispuesta a devorar a la otra? 

Durante  aquel  tiempo  se  estudió  mal.  Los

maestros  se  reunían  en  los  clubs,  los  monárquicos

declarados  tomaron  el  retiro.  La  mitad  de  la  escuela

estaba ocupada por la Cruz Roja. 

-  Madre,  me  iré  de  la  escuela  -decía  yo  a  veces-.

De todos modos no estudiamos nada y estoy de punta

con  todos.  Ayer,  por  ejemplo,  Kórenev  recogía

dinero  en  un  cepillo  en  pro  de  los  heridos;  yo  tenía

veinte  kopeks,  también  eché,  y  él  torció  el  gesto  y

dijo:  "La  patria  no  necesita  donativos  de  los

aventureros". Yo hasta me mordí los labios. ¡Lo dijo

delante  de  todos!  Yo  le  repliqué:  "Si  yo  soy  hijo  de

un  desertor,  tú  eres  hijo  de  un  ladrón.  Tu  padre,

contratista, ha robado al ejército, aprovechándose de

los  pedidos,  y  tú,  de  seguro,  no  tendrás  nada  en

contra  de  beneficiarte  con  la  recolecta  en  pro  de  los

heridos". Casi llegamos a las manos. Dentro de unos

días se celebrará un juicio de camaradas. Me importa

un pepino ese juicio. ¡Valientes jueces... han salido! 

Llevaba siempre conmigo el máuser que me había

regalado  mi  padre.  Era  pequeña,  cómoda,  e  iba  en

una  funda  suave  de  gamuza.  No  la  llevaba  para  mi

defensa  personal.  Aún  no  se  proponía  atacarme

nadie; pero la estimaba mucho como recuerdo de mi

padre,  como  regalo  suyo,  y  era  el  único  objeto  de

valor  que  yo  tenía.  Y  la  quería,  además,  porque

siempre  experimentaba  una  agradable  emoción  y

orgullo  cuando  la  sentía  conmigo.  Por  si  eso  fuera

poco,  yo  contaba  a  la  sazón  quince  abriles  y  no

conocía,  ni  conozco  hasta  la  fecha,  a  ningún

muchacho  de  esa  edad  que  renunciase  a  tener  una

 

Arkadi Gaidar

 

pistola  de  verdad.  Estaba  enterado  de  que  yo  tenía

esa  pistola  Fedia  nada  más.  Aún  durante  los  días  de

nuestra  amistad  yo  se  la  había  enseñado.  Y  vi  con

qué envidia y cuidado examinó entonces el regalo de

mi padre. 

Al  otro  día  de  la  historia  que  me  ocurrió  con

Kórenev,  entré  en  la  clase,  como  siempre  durante  el

último tiempo, sin saludar ni prestar atención a nadie. 

La  primera  lección  fue  la  de  Geografía.  Luego

que  hubo  contado  algo  de  China  occidental,  el

maestro se detuvo y empezó a comentar con nosotros

las  últimas  noticias  de  los  periódicos.  Mientras  se

discutía  y  hablaba,  noté  que  Fedia  escribía  ciertas

esquelas y las iba distribuyendo por los pupitres. Me

dio tiempo a leer mi apellido por encima del hombro

de mi vecino. Me puse en guardia. 

Cuando  sonó  el  timbre,  me  puse  en  pie,

observando  atentamente  a  los  que  me  rodeaban,  fui

hacia la puerta y advertí en el acto que me cerraba el

paso a ella un grupo de los condiscípulos más fuertes.

Hicieron  un  semicírculo  delante  de  mí;  del  medio

salió Fedia y avanzó hacia mí. 

- ¿Qué quieres? -le interrogué. 

-  Entrega  la  pistola  -dijo  con  descaro-.  El  comité

de la clase ha tomado la resolución de que entregues

la  pistola  en  el  comisariado  de  las  milicias  de  la

Duma. Entrégala ahora mismo al comité, y mañana te

darán un recibo de las milicias. 

- ¿De qué pistola estáis hablando? -interrogué yo,

retrocediendo  hacia  la  ventana  y  procurando,  lo

mejor que pude, parecer tranquilo.

-  ¡Haz  el  favor  de  no  negarlo!  Sé  que  la  llevas

siempre  encima.  Y  ahora  la  tienes  en  el  bolsillo

derecho.  Más  te  valdrá  que  la  entregues  por  las

buenas,  o  llamaremos  a  las  milicias.  ¡Entrégala!  -

dijo, alargando la mano abierta. 

- ¿La máuser? 

- Sí. 

-  Y  esto,  ¿no  lo  quieres!  -grité  acremente,

enseñándole  una  higa-.  ¿Me  la  diste  tú?  No.  ¡Pues

vete a los infiernos mientras aún no te han hinchado

las narices! 

Volví rápidamente la cabeza y vi que tenía a mis

espaldas a cuatro, listos a asirme por detrás. Entonces

di un salto adelante, intentando, abrirme paso hacia la

puerta.  Fedia  me  tiró  de  un  hombro.  Yo  le  di  un

puñetazo, y me asieron en el acto por los hombros y

el  pecho.  Alguien  intentó  sacarme  la  mano  del

bolsillo. Sin sacarla, empuñé fuertemente la pistola. 

"Me la quitarán... ahora me la quitarán...” 

Chillé  como  una  fierecilla  atrapada  en  un  cepo.

Saqué  el  máuser,  quité  el  seguro  con  el  pulgar  y

apreté el gatillo. 

Los  cuatro  pares  de  manos  que  me  sujetaban  me

soltaron  instantáneamente.  Me  subí  al  antepecho  de

la  ventana.  Desde  allí  pude  ver  las  caras,  blancas

como  el  algodón,  de  los  alumnos  y  el  baldosín

amarillo  del  suelo  roto  por  el  disparo,  y  al  padre

 

La escuela

 

Guennadi, parado en la puerta y convertido en bíblica

estatua  de  sal.  Sin  titubear,  salté  desde  la  altura  del

primer piso al macizo de dalias de vivo color rojo. 

Avanzada  ya  la  noche,  subí  por  el  canalón  de

desagüe,  desde  el  huerto,  a  una  ventana  de  mi  casa.

Procuré  subir  sin  hacer  ruido,  para  no  asustar  a  los

míos; pero mi madre oyó un ligero ruido, se acercó y

preguntó en voz baja: 

- ¿Quién hay ahí? ¿Eres tú, Boris? 

- Sí, soy yo, mamá. 

- No subas por el canalón... te vas a caer. Ve a la

puerta, yo te abriré. 

-  No  hace  falta,  mamá...  No  me  cuesta  nada,

entraré por aquí... 

Cuando  salté  del  antepecho  de  la  ventana  a  la

habitación,  me  detuve,  dispuesto  a  escuchar  los

reproches y quejas de mi madre. 

-  ¿Tienes  hambre?  -me  interrogó  con  la  misma

voz baja-. Siéntate, te pondré sopa, aún está caliente. 

Entonces,  creyendo  que  mi  madre  no  sabía  nada,

la besé, me senté a la mesa y empecé a pensar cómo

decirle  todo  lo  que  había  ocurrido.  Tomando,

distraído,  cucharadas  de  sopa  algo  pasada,  noté  que

mi  madre  me  miraba  fijamente  de soslayo.  Me  sentí

violento y dejé la cuchara en el borde del plato. 

Ha estado el inspector -dijo mi madre- y ha dicho

que  te  expulsan  del  liceo  y  que  si  mañana  hasta  las

doce no entregas tu pistola a las milicias, darán parte

y te la quitarán por la fuerza. ¡Entrégala, Boris! 

- No la entregaré -repuse, obstinado y sin mirarla-.

Es de papá. 

-  ¡No  importa  que  sea  de  papá!  ¿Para  qué  la

quieres?  Luego  conseguirás  otra.  Aun  sin  el  máuser

andas  medio  chiflado  los  últimos  meses,  y  puedes

pegarle un tiro a alguien. Entrégala mañana. 

- No -repuse precipitado, apartando el plato-. ¡No

quiero otra pistola, quiero ésta! Es de papá. No estoy

medio  chiflado  ni  me  meto  con  nadie.  Son  ellos  los

que  se  meten  conmigo.  Me  importa  un  pepino  que

me  hayan  expulsado,  me  hubiera  marchado  yo

mismo. La esconderé y no la entregaré. 

-  ¡Dios  mío!  -empezó  a  exclamar  mi  madre,  ya

irritada-.  ¡Entonces  te  encarcelarán  y  estarás

encerrado hasta que la entregues! 

-  Pues  que  me  encarcelen  -dije,  con  rabia-.

También  han  encarcelado  a  Baskákov...  y  qué,  me

estaré en la cárcel, no la entregaré de ninguna de las

maneras...  ¡No  la  entregaré!  -grité  tan  alto, luego  de

una corta pausa, que mi madre dio un paso atrás. 

- Bueno, bueno, no la entregues -articuló, ya más

suave-. ¿A mí qué más me da? -se calló, pensativa, se

puso en pie y añadió, apenada, saliendo por la puerta-

: ¡Cuánta vida me vais a quitar! 

Me  asombró  la  transigencia  de  mi  madre.  No  se

parecía a ella. Rara vez se inmiscuía en mis asuntos;

pero, cuando la tomaba con algo, no cejaba hasta que

se salía con la suya. 

Dormí bien. Vi en sueños a Tim, que había venido

 

 

 

a visitarme y me había traído un cuclillo. "¿Para qué

lo  quiero,  Tim?"  Y  Tim  no  respondió.  "Cuclillo,

cuclillo, ¿cuántos años tengo?" Y el cuclillo cantó su

cu-cú  diecisiete  veces.  "No  es  verdad  -dije-,  tengo

quince  años  nada  más".  "No  -denegó  Tim  con  la

cabeza-.  Tu  madre  te  ha  engañado".  "¿Para  qué  me

había de engañar mi madre?" Y en eso vi que Tim no

era Tim, sino Fedia, y se estaba sonriendo con ironía. 

Me  desperté,  salté  de  la  cama  y  miré  a  la

habitación  contigua:  eran  las  siete  menos  cinco.  Mi

madre  no  estaba.  Debía  apresurarme  y  esconder  el

máuser en el huerto, sin que me vieran. 

Me puse la camisa, tomé de la silla los pantalones,

y un escalofrío me recorrió de pronto todo el cuerpo:

los  pantalones  pesaban  demasiado  poco.  Llevé

cuidadosamente, como si temiera quemarme, la mano

al bolsillo. Eso era, allí no estaba el máuser: mientras

yo dormía, mi madre me la había quitado. "¡Ah, ésas

tenemos,  conque  ésas  tenemos!...  También  está  ella

contra mí. Y yo la creí ayer. Por eso dejó tan pronto

de convencerme... La habrá llevado a las milicias". 

Quise salir corriendo a darle alcance. 

-  ¡Al-to!...  ¡Al-to!...  ¡Al-to!...,  sonó,  marcando  el

tiempo, el reloj. Me detuve y  misé a la esfera. ¿Qué

era  aquello,  en  realidad?  Marcaba  sólo  las  siete.

¿Adónde podía haber ido? Recorrí los rincones con la

mirada y advertí que faltaba la cesta grande; adiviné

que mi madre había ido al mercado. 

Pero si había ido al mercado, no se habría llevado

el  máuser.  Por  tanto,  la  habría  escondido,  mientras

tanto,  en  casa.  ¿Dónde?  y  colegí  en  el  acto:  en  el

cajón de arriba del armario, pues era el único que se

cerraba con llave. 

En  eso  recordé  que  en  una  ocasión,  hacía  ya

mucho,  mi  madre  trajo  de  la  farmacia  bolitas

rosáceas  de  sublimado  y,  para  mayor  seguridad,  las

guardó  bajo  llave  en  aquel  cajón.  Fedia  y  yo

queríamos  matar  el  gato  pajizo  de  los  Simakov,

porque éstos le habían roto una pata a nuestro perrito.

Rebuscamos  entre  los  hierros  viejos,  y  encontramos

una  llave  que  abría  el  cajón;  sacamos  una  bolita  y,

creo, volvimos a dejar la llave en el mismo sitio. 

Fui  al  cuarto  oscuro  y  corrí  un  pesado  cajón.

Esparciendo  trozos  de  hierro  inservibles,  tuercas  y

tornillos,  me  puse  a  buscar.  Me  corté  en  una  mano

con  un  trozo  de  hojalata  y  encontré  en  seguida  tres

llaves  oxidadas.  Una  de  ellas  abría...  Esa  sería,  de

seguro. 

Torné  al  armario.  La  llave  entró  con  dificultad...

¡Tris! Sonó la cerradura. Tiré del cajón. Allí estaba...

el máuser... La funda, aparte. Tomé la una y la otra.

Cerré el cajón, tiré la llave por la ventana al huerto y

corrí a la calle. Miré a los lados y vi a mi madre, que

volvía del mercado. Doblé la esquina y eché a correr

hacia el cementerio. 

En  la  linde  del  bosquecillo  me  detuve  a  tomar

aliento. Me dejé caer en un montón de hojas secas y

respiré,  jadeante,  mirando  a  menudo  a  los  lados,

 

29

 

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como si temiera que me persiguieran. A mi lado fluía

 

 

 

su redonda cabeza calva. 

 

Arkadi Gaidar

 

un  apacible  y  silencioso  arroyo.  El  agua  estaba

limpia,  pero  cálida,  y  olía  a  algas.  Sin  ponerme  en

pie, tomé agua en la cuenca de la mano y bebí, luego

me puse las manos por cabecera y empecé a pensar. 

¿Qué  hacer  ahora?  No  podía  volver  a  casa  ni  al

liceo. Aunque a casa sí podía... Esconder el máuser y

volver.  Mi  madre  se  enfadaría,  pero  ya  se le  pasaría

el  enfado.  Ella  misma  había  tenido  la  culpa,  ¿para

qué  me  había  quitado  la  pistola  a  escondidas?

¿Vendrían  de  las  milicias?  Si  yo  les  decía  que  la

había perdido, no se lo creerían. Si les decía que era

de otro, preguntarían que de quién. Si no decía nada,

¡a  lo  mejor  me  encerraban  de  verdad!  Fedia  era  un

canalla... ¡Qué canalla! 

A través de los ralos árboles del lindero se veía la

estación. 

¡Pi-i-i-i!,  oyóse  el  eco  del  pitido  de  una  lejana

locomotora.  Por  encima  de  la  vía  extendióse  una

franja  ondulada  de  blanco  vapor,  y  de  la  curva

asomó,  lenta,  la  locomotora  negra,  parecida  a  un

escarabajo desde allí. 

¡Pi-i-i-i!,  volvió  a  silbar,  saludando  al  semáforo,

que le tendía amistosamente su mano. 

"Y si me...” 

Me puse lentamente en pie y me quedé pensativo. 

Y  cuanto  más  lo  pensaba,  tanta  más  y  más  me

atraía  la  estación.  Me  llamaba  con  el  ruido  de  los

pitidos,  de  las  cantarinas  y  lánguidas  señales  de  las

casetas de los guardavías, del olor, casi palpable, del

petróleo al arder y la longitud de la lejana vía, que se

perdía en horizontes extraños y desconocidos. 

"Me  marcharé  a  Nizhni  Nóvgorod  -pensé-.  Allí

encontraré  al  Chova.  Está  en  Sórmovo.  Se  alegrará

de  verme,  me  albergará  por  ahora,  y  después

veremos.  Se  apaciguará  todo,  y  entonces  volveré.  Y

puede que... -algo me apuntó desde dentro-: y puede

que no vuelva". 

"Así será", decidí con firmeza, inesperada para mí

mismo;  y,  dándome  cuenta  de  la  importancia  de  mi

resolución,  me  puse  de  pié,  sintiéndome  fuerte  y

grande. 

 

Capitulo quinto 

El tren llegó a Nizhni Nóvgorod de noche. Me vi

en  seguida  en  una  plaza  grande  delante  de  la

estación.  Bajo  las  luces  de  las  farolas  brillaban  las

bayonetas  de  fusiles  nuevos  y  relucían  por  doquier

hombreras de militares. 

Desde  una  tribuna,  un  hombre  de  barba  roja

estaba pronunciando a los soldados un discurso sobre

la  necesidad  de  defender  la  patria  y  aseguraba  que

era  inevitable  la  pronta  derrota  de  los  "malditos

imperialistas alemanes". 

Volvía a cada instante la mirada hacia un viejo y

canoso coronel, que estaba a su lado y que, como si

confirmase  la  justedad  de  las  conclusiones  del

pelirrojo  orador,  asentía,  aprobatorio,  cada  vez,  con

 

El orador tenía aspecto de cansado, se daba golpes

con la palma abierta y alzaba por turno ya una mano

ya  la  otra.  Apelaba  a  la  conciencia  de  los  soldados.

Al  final,  cuando  le  pareció  que  su  discurso  había

calado  en  lo  denso  de  la  masa  gris,  agitó  con  tal

violencia la mano que casi dio un bofetón al coronel,

que retrocedió asustado, y entonó alto la Marsellesa.

Le  hicieron  coro  algunas  decenas  de  voces

desperdigadas,  pero  el  grueso  de  la  columna  de

soldados calló. 

Entonces  el  pelirrojo  orador  cortó  el  himno  a

mitad  de  palabra  y,  arrojando  el  gorro  al  suelo,

descendió de la tribuna. 

El  viejo  coronel  aún  siguió  un  rato  allí,  abrió,

impotente, los brazos y bajó de la tribuna, inclinando

la cabeza y apoyándose en la barandilla. 

Era  un  batallón  de  línea,  que  enviaban  al  frente

alemán. 

Los  soldados  habían  venido  cantando  hasta  la

estación,  les  habían  echado  flores  y  entregado

regalos.  Todo  había  ido  bien.  Y  ya  allí,  en  la

estación,  aprovechando  que,  por  culpa  del  descuido

de  alguien,  en  los  depósitos  faltó  agua  caliente  y  no

hubo  suficientes  camastros  en  varios  vagones,  los

soldados convocaron un mitin. 

Aparecieron  oradores  espontáneos  y,  habiendo

empezado  por  la  falta  del  agua  caliente,  el  batallón

llegó de improviso a la siguiente conclusión: "¡Basta,

ya no combatimos más, en nuestros pueblos se están

viniendo  abajo  las  haciendas,  la  tierra  de  los

terratenientes  no  se  ha  repartido,  no  queremos  ir  al

frente!" 

Se  encendieron  hogueras,  olió  a  la  resina  de  las

tablas partidas, a tabaco barato, pescado seco, apilado

en  los  muelles  contiguos,  y  al  fresco  viento  del

Volga. 

Así,  emocionado  y  contento,  me  encaminé  hacia

la oscuridad de las desconocidas calles próximas a la

estación  a  lo  largo  de  las  luces,  los  fusiles,  los

excitados  soldados,  los  chillones  oradores  y  los

oficiales, desconcertados y enfurecidos. 

El  primer  transeúnte,  a  quien  pregunté  cómo  ir  a

pie a Sórmovo, me respondió, asombrado: 

- Muy señor mío, a Sórmovo no se puede ir a pie

desde  aquí.  Desde  aquí  a  Sórmovo  se  va  en  barco.

Pagas  cincuenta  kopeks  y  montas,  y  ahora  no  hay

ningún barco hasta la mañana. 

Entonces,  tras  deambular  un  rato  por  las  calles,

me  metí  en  uno  de  los  cajones  vacíos  que  estaban

amontonados junto a una valla, decidido a esperar el

alba. Al poco me dormí. 

Me  despertó  una  canción.  Eran  unos  cargadores,

que cantaban a una al levantar algo pesado. 

 

¡Ea, muchachos, arrimad! 

 

entonaba uno con voz cascada, pero de agradable

 

 

La escuela

 

tenor. 

Los  otros  le  coreaban  con  voces  estridentes,

también cascadas: 

 

Que aún nos hemos de esforzar. 

 

Algo se movió, crujió y chirrió. 

 

Y ea... empezar, hemos empezado, 

Mas con la canalla aún no hemos acabado. 

 

Asomé la cabeza. Los cargadores rodeaban, como

hormigas encima de un trozo de pan de centeno, una

inmensa  cabria  oxidada  y  la  subían  a  una  batea  por

unos  raíles  inclinados.  El  entonador,  que  no  se  veía

entre la multitud, volvió a cantar: 

 

¡Y ea... a Nicolás hemos despedido. 

Mas de poco nos ha servido! 

 

Otra vez se oyó un crujido. 

 

¿No será mejor que el pueblo se levante, 

Y a Alejandro tire al agua por los pies? 

 

Resonaron  chirridos  y  un  estrépito.  La  cabria  se

desplomó  con  todo su  peso  en la  chirriante  batea,  la

canción se cortó y se oyeron voces, conversaciones y

denuestos. 

"¡Vaya  canción!  -pensé-.  ¿De  qué  Alejandro  se

tratará?  ¡Pero  si se trata de  Kerenski!...  En  Arzamás

lo  detendrían  a  uno  en  seguida  por  cantar  una

canción como ésa, y aquí hay un miliciano al lado, se

vuelve de espaldas y aparenta no oír". 

Un  barco  pequeño  y  sucio  hacía  ya  mucho  que

había  atracado  al  muelle.  Yo  no  tenía  los  cincuenta

kopeks  que  valía  el  billete;  ante  la  estrecha  escala

había un revisor pelirrojo y un marinero con fusil. 

Me  mordí  las  uñas  y  miré,  desalentado,  a  la

estrecha franja de agua aceitosa, que susurraba entre

el  muelle  y  el  casco  del  barco.  En  el  agua  flotaban

cortezas de sandías, astillas, papeles y otra basura. 

"¿Pedir  permiso  al  revisor?  -pensé-.  Le  meteré

algún  embuste.  Le  diré  que  soy  huérfano,  que  he

venido  a  visitar  a  mi  abuela  enferma.  Que  me  deje

pasar para ir a verla". 

La  superficie  aceitosa  del  agua  turbia  reflejó  mi

rostro  moreno, la cabeza  grande,  pelada a  lo  erizo  y

la  resistente  guerrera  de  escolar  con  brillantes

botones de latón. 

Exhalé  un  suspiro  y  deseché  la  versión  de

orfandad,  pues  los  huérfanos  con  caras  tan  sanas  no

inspiran confianza. 

Yo  había  leído  en  libros  que  algunos  jóvenes  sin

dinero,  para  comprar  el  billete,  se  enrolaban  de

grumetes. Pero aquel método no podía servirme allí,

pues mi travesía duraría sólo hasta la orilla opuesta. 

-  ¿Qué  haces  ahí  parado?  ¡Córrete!  -oí  una  voz

 

 

 

traviesa y vi a un muchacho de baja estatura, picado

de viruelas. 

El  muchacho  arrojó  al  cajón  un  manojo  de

octavillas  y  levantó,  de  debajo  de  mis  pies,  una

colilla gruesa y sucia. 

-  ¡Eh,  tú,  despistado!  -exclamó  con  tono

condescendiente-. ¡Mira que no ver esta colilla! 

Le  repuse  que  las  colillas  me  tenían  sin  cuidado,

porque no fumaba, y, a mi vez, le pregunté qué hacía

él allí. 

-  ¿Yo?  -y  el  muchacho  lanzó  hábilmente  un

escupitajo, que fue a dar en medio de un madero que

pasaba  flotando-.  Pues  reparto  octavillas  de  nuestro

comité. 

- ¿De qué comité? 

- Es claro de qué comité... del obrero. Si quieres,

ayúdame a repartirlas. 

-  De  buena  gana  te  ayudaría  -repuse-,  pero  me

hace falta subir al barco para ir a Sórmovo y no tengo

billete. 

- ¿Y qué tienes que hacer en Sórmovo? 

-  He  venido  a  visitar  a  mi  tío.  Trabaja  en  la

fábrica. 

- ¿Cómo se te ocurre -me reprochó el muchacho-,

ir  a  visitar  a  tu  tío  y  no  haber  reunido  cincuenta

kopeks? 

-  Se  reúnen de  antemano  -confesé  sinceramente-,

pero yo me he puesto en camino de improviso y me

he escapado de casa. 

-  ¿Te  has  escapado?  -interrogó  el  muchacho,

deslizando  por  mí  una  mirada  de  incrédula

curiosidad.  Sorbió  con  la  nariz  y  agregó,

compadeciéndose-: Cuando vuelo vas, buena te va a

dar tu padre. 

-  No  volveré.  Además,  no  tengo  padre.  Lo

mataron durante el zarismo. Era bolchevique. 

-  El  mío  también  es  bolchevique  -apresuróse  a

decir  el  muchacho-,  con  la  única  diferencia  de  que

está  vivo.  Amiguito,  mi  padre  es  el  hombre  más

importante  de  todo  Sórmovo.  Pregúntale  a  quien

quieras dónde vive Pável Korchaguin, y cualquiera te

dirá  que  en  el  comité...  en  el  barrio  de  Varija,  en  la

fábrica Ter-Akópov. ¡Fíjate qué padre tengo! 

Dicho  eso,  el  muchacho  tiró  la  colilla  y,

subiéndose  los  pantalones,  que  se  le  caían,  se

escabulló  entre  la  muchedumbre,  dejando  las

octavillas a mi lado. 

Levanté  una  octavilla.  En  ella  se  decía  que

Kerenski  era  un  traidor,  que  estaba  preparando  una

componenda  con  el  general  contrarrevolucionario

Kornílov.  Se  exhortaba  abiertamente  a  derrocar  el

Gobierno Provisional y proclamar el Poder soviético. 

El  tono  brusco  de  la  octavilla  me  asombró  más

aún que la atrevida canción de los cargadores. Desde

detrás de unas barricas de arenques salió, jadeante, el

muchacho y me gritó, corriendo aún: 

- ¡No hay, amiguito! 

- ¿Qué es lo que no hay? -interrogué, sin entender. 

 

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-  Dinero.  He  visto  a  Simón  Kotylkin,  de  los

 

Arkadi Gaidar

 

octavilla o un periódico, siempre se los llevo a ellos

 

nuestros. Dice que no tiene. 

- ¿Y para qué lo quieres? 

-  ¡Pues  para  ti!-articuló,  mirándome  asombrado-.

Te  comprarías  un  billete,  y  en  Sórmovo  le  pedirías

los  cincuenta  kopeks  a  tu  tío  y  me  los  devolverías.

Yo también soy de Sórmovo. 

Se  estuvo  un  rato  por  allí,  conmigo,  después  se

marchó de nuevo no sé dónde y volvió en seguida. 

-  Bueno,  amiguito,  nos  las  apañaremos  también

sin  dinero.  Toma  mis  octavillas  y  ve  derecho  al

barco.  ¿Ves  allí  a  un  marinero  con  fusil?  Es  Pável

Surkov. Cuando  vayas por la escala, encárate con el

marinero y dile que llevas octavillas del comité; con

el  revisor  no  hables  siquiera.  Pasa  sin  detenerte.  El

marinero  es  de  los  nuestros;  si  dicen  algo,  saldrá  en

tu defensa. 

- ¿Y tú? 

-  Amiguito,  yo  paso  por  cualquier  sitio.  Aquí  no

soy forastero. 

El  viejo  barquichuelo,  sucio  de  cáscaras  de

pepitas  de  girasol  y  restos  de  manzanas,  hacía  ya

tiempo  que  había  zarpado,  y  yo  seguía  sin  ver  a  mi

camarada. 

Me  acomodé  en  un  montón  de  cadenas  oxidadas

de  las  anclas  y,  aspirando  el  aire  fresco,  que  olía  a

manzanas,  petróleo  y  pescado,  me  puse  a  examinar

con curiosidad a los pasajeros. A mi lado iba sentado

un diácono o un fraile, muy callado y, a todas luces,

muy  deseoso  de  pasar  lo  más  inadvertido  posible.

Lanzaba  miradas  furtivas  a  los  lados,  mordisqueaba

una  raja  de  sandía  y  escupía  cuidadosamente  las

pepitas en la mano. 

Además del fraile y varias mujeres con bidones de

leche  vacíos,  iban  en  el  barco  dos  oficiales  y  cuatro

milicianos, un tanto apartados, al lado de un hombre

vestido de paisano y con brazalete rojo. 

Todos  los  demás  pasajeros  eran  operarios,  que,

apelotonados en grupos, hablaban a voces, discutían,

se  imprecaban,  se  reían  y  leían  periódicos  en  voz

alta.  Daba  la  impresión  de  que  se  conocían  todos,

pues  muchos  de  ellos  se  inmiscuían  sin  el  menor

reparo en las discusiones de otros; de banda a banda

volaban objeciones y bromas. 

A  lo  lejos  se  fue  divisando  Sórmovo.  Era  una

mañana sin viento. El humo de las fábricas se reunía

en  densas  nubes  y  parecía  desde  allí  negros

tentáculos  extendidos  sobre  los  troncos  pétreos  de

chimeneas gigantescas. 

-  ¡Eh!  -oí  a  mis  espaldas  la  conocida  voz  del

muchachuelo picado de viruelas. 

Me  alegré  de  verlo,  pues  yo  no  sabía  qué  hacer

con las octavillas. 

Tomó asiento a mi lado en una maroma enrollada

y,  sacando  una  manzana  del  bolsillo,  me  la  ofreció,

diciendo: 

-  Toma.  Los  cargadores  me  han  llenado  la  gorra

de  manzanas,  porque  tan  pronto  como  aparece  una

 

primero.  ¡Ayer  me  regalaron  todo  un  manojo  de

gobios  secos  del  Caspio!  ¡Qué  les  cuesta!  Meter  la

mano en un saco y sacarla llena. Me comí tres y llevé

dos  a casa,  uno  para  Aniuta  y  otro  para Masha.  Son

mis hermanas -me explicó y agregó condescendiente-

: Unas tontuelas aún... No necesitan más que les den

de comer. 

Las  animadas  conversaciones  cesaron  de  súbito,

porque el de paisano, con brazalete rojo, acompañado

de los milicianos, se puso de improviso a comprobar

los  documentos.  Sacando  en  silencio  sus  papeles

mugrientos  y  arrugados,  los  obreros  despedían  al  de

paisano con frías objeciones hostiles. 

- ¿A quién buscan? 

- Quién sabe. 

-  ¡A  Sórmovo  debían  de  venir,  a  buscar  donde

nosotros! 

Los  milicianos  caminaban  a  desgana;  se  notaba

que les era violento sentir encima decenas de miradas

sospechosamente alertas. 

Sin hacer caso del descontento general contenido,

el de paisano movió arrogante las cejas y se acercó al

fraile.  Este  se  encogió  más  aún  y,  abriéndose,

apesadumbrado  de  brazos,  señaló  el  jarrillo  que

pendía  de  su  vientre  con  la  inscripción:  "Piadosos

cristianos,  contribuid  a  restaurar  los  templos

destruidos por los alemanes". 

El  de  paisano  soltó  una  risotada  con  asco  y

volviendo  la  espalda  al  fraile,  tiró  del  hombro,  sin

contemplaciones, al muchacho que estaba a mi lado. 

- Enséñame tus documentos. 

- Cuando sea mayor los tendré -respondió éste de

mal talante. 

Al  intentar  soltarse  de  la  ganchuda  mano  del  de

paisano,  el  muchacho  dio  un  tirón,  perdió  el

equilibrio y se le cayó el manojo de octavillas. 

El  de  paisano recogió  una,  la  ojeó rápidamente  y

profirió quedo, pero colérico: 

-  ¿Eres  pequeño  para  llevar  documentos,  pero  lo

suficiente  grande  para  llevar  proclamas?  ¡Hala,

prendedlo! 

Mas  no  leyó  la  octavilla  sólo  el  de  paisano.  El

viento  había  arrancado  del  manojo  y  disperso  unas

diez  hojas  blancas,  que  arrastró  por  la  cubierta,  de

bote en bote. Aún no les había dado a los indolentes

y  turbados  milicianos  tiempo  de  acercarse  al

muchachuelo  picado  de  viruelas,  cuando  toda  la

gente gritó y rezongó: 

- ¡Más te valdría que buscases a Komílov! 

-  ¡El  fraile  puede  ir  sin  documentos,  y  te  metes

con el chiquillo! 

- No estás en la ciudad, estás en Sórmovo. 

-  ¡A  callar  se  ha  dicho!  -gritó  el  de  paisano,

mirando desconcertado a los milicianos. 

-  ¡No  eres  quién  para  gritamos!  ¡Gendarme

disfrazado!  ¿Habéis  visto  cómo  se  ha  tirado  por  las

octavillas? 

 

 

La escuela

 

El cantero de un pepino pasó rozando la gorra del

de paisano. 

Acosados desde todos los lados por los pasajeros,

puestos  en  pie,  los  milicianos  miraban  perplejos  en

derredor y decían, alarmados: 

- No empujéis, no empujéis. ¡Ciudadanos, calma! 

De  súbito  rugió  la  sirena,  y  desde  el  puente  del

capitán alguien gritó a plena voz: 

- ¡Apartaos de la borda izquierda... apartaos de la

borda izquierda... vais a volcar el barco! 

La  muchedumbre  se  lanzó,  por  la  cubierta

inclinada,  al  otro  lado.  Aprovechándose  de  la

confusión,  el  de  paisano  soltó  rabioso  unos

improperios  a  los  milicianos  y  se  llegó  donde  la

escalera  del  puente  del  capitán,  junto  a  la  cual

estaban los dos oficiales, lívidos y alterados. 

El  barco  atracó,  y  los  obreros  bajaron

precipitadamente  al  muelle.  A  mi  lado  estaba  otra

vez el chicuelo picado de viruelas. Le ardían los ojos

y sujetaba con las dos manos el manojo arrugado de

las octavillas recogidas. 

-  ¡Ven  a  mi  casa!  -me  gritó-.  ¡Dónde  la  fábrica

Varija! Pregunta por Vasia Korchaguin, y cualquiera

te encaminará. 

 

Capítulo sexto 

Miré  asombrado  y  curioso  las  casitas,  grises  de

hollín, y los pétreos muros de las fábricas, a través de

cuyas  negras  ventanas  relucían  las  lenguas  de  vivas

llamas  y  se  oía  el  sordo  rugir  de  las  máquinas

encerradas. 

Era el descanso para la comida. Por delante de mí

pasó  una  locomotora,  atravesando  la  calle  y

espantando  con  el  vapor  unos  perros  vagabundos.

Tiraba  de  unas  plataformas  cargadas  de  ruedas.  Las

sirenas sonaron a distintas voces. Por la puerta de la

fábrica  salieron  multitudes  de  obreros  sudorosos  y

cansados. 

A  su  encuentro  corrieron  bandadas  de  revoltosos

chiquillos  descalzos  con  pequeños  hatillos  de

cazoletas  y  platos  que  despedían  olor  a  cebolla,  col

fermentada y vapor. 

Llegué, finalmente, por calles tortuosas al callejón

donde vivía el Chova. 

Llamé  a  una  ventana  de  una  casita  de  madera.

Una enjuta y canosa anciana se apartó de la artesa y

la  ropa  que  lavaba,  asomó  la  cara,  enrojecida  y

sudorosa, y me interrogó, enojada, a quién buscaba. 

Se lo dije. 

-  Ya  no  vive  aquí.  Vivió  aquí,  pero  ya  hace

tiempo que se mudó -respondió, cerrando la ventana. 

Atónito  por  la  noticia,  doblé  la  esquina  y,

deteniéndome  junto  a  un  montón  de  guijarros,  sentí

lo cansado que estaba y el sueño y hambre que tenía. 

Además  del  Chova,  en  Sórmovo  vivía  mi  tío

Nikolái,  hermano  de  mi  madre.  Pero  desconocía  sus

señas, dónde trabajaba y cómo me recibiría. 

Deambulé varias horas por las calles, mirando con

 

 

 

insistencia  las  caras  de  los  obreros  que  pasaban.

Naturalmente, no vi a mi tío. 

Terminando  por  perder  toda  esperanza  y

sintiéndome muy solo e innecesario a todo el mundo,

bajé  a  una  pequeña  y  seca  pradera  llena  de  pellejos

de  pescado  y  trozos  de  cal  amarilla  por  las  lluvias.

Me acosté y, tras cerrar los ojos, me puse a pensar en

mi triste sino y mis reveses. 

Cuanto más pensé, tanto más pena me dio y tanto

más absurda me pareció mi huida de casa. 

Mas, incluso  en  aquellos momentos  renunciaba  a

la  idea  de  volver  a  Arzamás.  Me  parecía  que  ahora,

en  Arzamás,  me  vería  aún  más  solo;  que  se  reirían

desdeñosamente de mí, como antaño de Túpikov. Mi

madre  sufriría en  silencio y  aun  pudiera  que  fuese  a

implorar al director que me readmitiese en la escuela. 

Yo  era  testarudo.  Había  visto,  estando  aún  en

Arzamás,  que  la  vida,  la  vida  verdadera  y  vigorosa,

pasaba  de  largo  por  la  ciudad  con  las  chispas

centelleantes y las luces refulgentes de los trenes. Me

parecía  que  bastaba  con  saber  saltar  a  uno  de  los

estribos  de  los raudos  vagones, aunque  sólo fuera al

mismo       borde,         agarrarme    fuertemente a        la

empuñadura, y ya no me haría bajar nadie. 

Un anciano se acercó a la valla. Llevaba un cubo,

una brocha y carteles enrollados. El anciano dio una

espesa mano de goma a las tablas, pegó un cartel y lo

alisó, dejó el cubo en el suelo, miró en derredor y me

llamó: 

-  Chico,  sácame  las  cerillas  del  bolsillo,  pues

tengo  las  manos  sucias  de  goma.  Gracias  -me  dijo,

cuando encendí una cerilla y acerqué la lumbre a su

pipa apagada. 

Tras  de  encender  la  pipa,  levantó  el  cubo,

carraspeando, y dijo con benevolencia: 

-  ¡Ay,  vejez,  qué  mal  deseada  es!  En  otros

tiempos descargaba martillazos con un macho de una

arroba,  y  ahora  se  me  cansa  la  mano  de  llevar  el

cubo. 

-  Abuelo,  déjeme  que  lo  lleve  yo  -le  propuse,

solícito-. A mí no se me cansará. Mire qué fuerte soy. 

Y,  como  si  temiese  que  no  accediera,  así

apresuradamente el cubo. 

-  Llévalo  -accedió  de  buen  grado  el  anciano-,

llévalo  si  tienes  tantas  ganas,  entre  los  dos

terminaremos antes. 

El  anciano  y  yo  recorrimos  muchas  calles,

avanzando a lo largo de las vallas. 

Apenas  nos  deteníamos,  detrás  de  nosotros  se

agolpaban  los  transeúntes,  curiosos  por  enterarse  lo

antes  posible  de  qué  pegábamos.  Distraído  por  el

trabajo, me olvidé totalmente de mis infortunios. Las

consignas  eran  distintas,  por  ejemplo:  "Jornada  de

ocho horas, ocho horas para dormir y ocho horas para

descansar". A decir verdad, esta consigna me parecía

ordinaria, nada atractiva. Me gustaba mucho más un

cartel  azul  grande  con  letras  de  intenso  rojo:  "Sólo

con  las  armas  en  las  manos  conquistará  el

 

33

 

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proletariado el reino luminoso del socialismo". 

Este  "reino  luminoso",  que  el  proletariado  debía

conquistar,  me  atraía  con  su  enigmática  belleza  sin

par más que los remotos países exóticos atraen a los

exaltados  escolares  que  han  leído  a  Mayne  Reid.

Estos  países,  por  remotos  que  fueran,  estaban

explorados,  divididos  y  pintados  en  los  aburridos

mapas  escolares.  Y  este  "reino  luminoso",  que  se

mencionaba en el cartel, aún no lo había conquistado

nadie.  Ningún  pie  humano  había  pisado  sus

extraordinarias posesiones. 

-  ¿No  te  has  cansado,  muchacho?  -interrogó  el

anciano, deteniéndose-. Si te has cansado, corre a tu

casa. Ahora me las arreglaré solo. . 

-      No,    no,     no      estoy cansado       -articulé,

acordándome, apenado, que pronto me quedaría otra

vez a solas. 

-  Bueno,  vamos  -accedió  el  anciano-.  Pero  mira

que no te riñan en casa. 

-  No  tengo  casa  -le  dije  con  súbita  sinceridad-.

Mejor dicho, tengo casa, pero lejos de aquí. 

Y, obedeciendo al deseo de compartir con alguien

mis cuitas, se lo conté todo al viejo. 

Me  escuchó  atento,  mirándome  fijamente  y  algo

irónico a la cara, cubierta de rubor. 

-  Eso  hay  que  ponerlo  en  claro  -dijo,  tranquilo-.

Aunque  Sórmovo  es  grande,  un  hombre  no  es  una

aguja. ¿Dices que tu tío es ajustador? 

-  Era  ajustador  -respondí,  alentado-.  Lo  llaman

Nikolái.  Nikolái  Egórovich  Dubriakov.  Debe  estar

afiliado al Partido, como lo estaba mi padre. ¿Puede

que lo conozcan en el comité? 

-  No,  no  conozco  a  ninguno  de  ese  nombre.

Bueno,  no  importa,  cuando  acabemos  de  pegar  los

carteles te vendrás conmigo. Le preguntaré a alguno

de los nuestros. 

El  anciano  frunció  las  cejas  por  algo  y  echó  a

andar, dando chupadas en silencio a la pipa caliente. 

-  ¿Dices  que  mataron  a  tu  padre?  -interrogó  de

improviso. 

- Sí, lo mataron. 

El anciano se limpió las manos en los pantalones

sucios y remendados y, dándome una palmadita en la

espalda, me dijo: 

- Ahora te vendrás a mi casa. Comeremos patatas

con cebolla y herviremos agua para el té. ¿De seguro

que tienes mucho apetito? 

El  cubo  me  pareció  muy  ligero.  Y  mi  huida  de

Arzamás volvió a parecerme necesaria y justificada. 

 

Encontramos  a  mi  tío.  Resultó  que  no  era

ajustador, sino contramaestre del taller de calderas. 

Mi  tío  dijo  en  pocas  palabras  que  no  hiciera  el

tonto y me volviera a casa. 

-  En  mi  casa  no  tienes  nada  que  hacer...  Uno  se

hace hombre útil cuando sabe dónde está su sitio -me

dijo,  sombrío,  el  primer  día,  a  la  hora  de  comer,  al

tiempo  que  se  limpiaba  con  la  servilleta  los  bigotes

 

Arkadi Gaidar

 

grasientos-. Yo, por ejemplo, sé cuál es mi sitio... Fui

ayudante,  luego  ajustador,  y  ahora  me  he  hecho

contramaestre. ¿Por qué me he hecho contramaestre,

pongamos por caso, yo y no otro? Pues porque él, si

patatín,  si  patatán.  No  le  gusta  trabajar  y  tiene

envidia  del  ingeniero.  Lo  quiere  todo  de  golpe.  Tú,

por  ejemplo,  ¿por  qué  no  podías  aplicarte  en  la

escuela?  Debías  de  haber  seguido  estudiando  para

hacerte médico o perito. Pues no... dejadme que haga

de  las  mías.  Todo  eso  es  por  pereza...  Pues  yo  creo

que  cuando  una  persona  se  ha  colocado  en  algún

sitio,  debe  afanarse  por  seguir  ascendiendo.  Poco  a

poco, poco a poco, y con el tiempo se abre camino. 

-  ¿Cómo  habla  usted  así,  tío  Nikolái?  -le

interrogué,  ofendido  y  quedo-.  Tomemos,  por

ejemplo, a mi padre. Fue soldado. Según el modo de

pensar  de  usted, él  debió  de  ingresar  en  una  escuela

militar. Habría sido oficial. Quizás hubiera llegado a

capitán.  ¿Y  todo  lo  que  él  hizo,  el  meterse  en  la

clandestinidad  en  vez  de  hacerse  capitán,  no  fue

necesario? 

Mi tío frunció el ceño. 

- No quiero decir nada malo de tu padre, pero veo

poco de inteligente en sus actos. Era un alborotador,

una  persona  inquieta.  Por  poco  me  enredó  a  mí

también. Acababan de proponerme en la oficina para

hacerme contramaestre, y de pronto me comunicaron

que  había  venido  a  visitarme  un  familiar  no  muy

católico. Me costó mucho echar tierra al asunto. 

En  eso  mi  tío  sacó  de  la  escudilla  un  grasiento

hueso  con  carne,  le  puso  mucha  mostaza  y  sal  y,

clavando  en  la  carne  sus  fuertes  dientes  amarillos,

sacudió, descontento, la cabeza. 

Cuando su mujer, alta y guapa, sirvió, después de

la  comida,  una  jarra  de  barro  con  dibujos,  llena  de

kvas casero, le dijo: 

-  Echaré  una  siestecilla,  despiértame  dentro  de

una  hora.  Hay  que  escribir  una  carta  a  la  hermana

Varvara. Boris se la llevará cuando se vaya. 

- ¿Y cuándo se marchará? 

- Pues mañana, ¡cuándo ha de ser! 

Llamaron a la ventana. 

- Tío Nikolái -oyóse una voz en la calle-, ¿vienes

al mitin? 

- ¿Adónde? 

- Al mitin, digo. En la plaza se ha reunido mucha

gente... 

-  Que  vayan  a  paseo  -dijo  mi  tío,  haciendo  un

ademán-, no me hace ninguna falta. 

Esperé que mi tío se acostara a dormir la siesta, y

salí a la calle sin hacer ruido. 

"¡Resulta  que  mi  tío  es  un  marrullero!  -pensé-.

¡Vaya personaje, contramaestre! ¡Y  yo creía que era

del  Partido!  ¿Será  posible  que  haya  de  volverme  a

Arzamás?" 

Delante  de  una  tribuna,  hecha  con  tablas,  había

unas  dos  mil  o  tres  mil personas  y  escuchaban a  los

oradores. Vi entre la gente la cara picada de viruelas

 

La escuela

 

del  astuto  Vasia  Korchaguin.  Lo  llamé,  pero  no  me

oyó. 

Quise  darle  alcance.  Vi  unas  dos  veces  su

ensortijada cabeza entre la muchedumbre, pero luego

la perdí de vista. Llegué cerca de la tribuna. 

Era difícil acercarse más. Empecé a escuchar. Los

oradores  se  turnaban  a  menudo.  Recuerdo  a  uno,

poco  llamativo,  mal  vestido,  tan  obrero  de  aspecto

como los que se veían a centenares por las calles de

Sórmovo  sin  llamar  la  atención  de  nadie.  Se  quitó

torpemente  la  gorra,  aplastada  como  una  torta,  tosió

y,  esforzando  la  voz  cascada  y,  según  me  pareció,

colérica, habló: 

-  Vosotros,  camaradas,  los  de  la  fábrica  de

locomotoras y los de la fábrica de vagones, y muchos

de las refinerías de petróleo, sabéis que me he pasado

ocho  años  en  trabajos  forzados  como  preso  político.

Y bien, apenas he vuelto, apenas me ha dado tiempo

a  respirar  el  aire  fresco,  cuando,  de  pronto,  ¡me

meten otra vez dos meses en la cárcel! ¿Y quién me

ha  encarcelado?  No  han  sido  los  policías  del  viejo

régimen, sino los lacayos del nuevo. Se entiende que

lo  encarcelase  a  uno  el  zar.  A  los  nuestros  siempre

los  encarceló  el  zar.  ¡Pero  que  nos  encarcelen  los

lacayos,  da  coraje!  Los  generales  y  los  oficiales  se

han  puesto  lazos  rojos,  como  si  fueran  amigos  de  la

revolución.  Y  en  cuanto  los  nuestros  hacen  algo,  de

nuevo  dan  con  sus  huesos  en  la  mazmorra.  Nos

persiguen y dispersan. No hablo por lo que a mí me

duela, camaradas, no hablo por que me haya pasado

dos meses de más en la cárcel. Hablo por lo que nos

duele a todos los obreros. 

Tosió.  Cuando  recobró  el  aliento,  abrió  la  boca

para  hablar,  y  otra  vez  lo  ahogó  la  tos.  Tosió  largo

rato,  sujetándose  con  las  manos  en  la  barandilla,

luego sacudió la cabeza y bajó de la tribuna. 

- ¡Cómo lo han dejado con tanta cárcel! -exclamó,

indignado, alguien. 

Del  encapotado  cielo  gris  cayeron  los  primeros

copos  de  nieve.  Sopló  un  viento  seco  y  frío  que

arrancó las últimas hojas negras. Se me enfriaron los

pies.  Quise  salir  de  entre  el  gentío,  para  entrar  en

calor  caminando.  Abriéndome  paso,  dejé  de  mirar  a

los  oradores;  mas,  de  pronto,  una  sonora  voz

conocida  me  hizo  volver  la  cabeza  hacia  la  tribuna.

Los  copos  de  nieve  me  tapaban  los  ojos.  Me

empujaban  por  los  lados.  Alguien  me  pisó,

haciéndome  daño.  Me  puse  de  puntillas,  y  cuáles

serían  mi  asombro  y  alegría  al  ver  en  la  tribuna  la

barbuda cara conocida del Chova. 

Dando codazos y metiéndome a duras penas entre

la  muchedumbre,  avancé.  Temía  que     el  Chova,

cuando  terminase  de  hablar,  se  mezclase  entre  la

gente,  no  oyese  mis  voces  y  que  yo  lo  volviera  a

perder. Agité la gorra para llamar su atención. Pero él

no me vio. 

Cuando noté que el Chova levantaba ya la mano y

alzaba la voz para terminar de hablar de un momento

 

 

 

a otro, grité con todas mis fuerzas: 

- ¡Semión Ivánovich!... ¡Semión Ivánov-i-ich!... 

Me  sisearon  desde  un  lado.  Alguien  me  dio  un

empellón  en  la  espalda.  Y  yo  grité  aún  con  más

fuerza: 

- ¡Semión Ivánovi-i-ich! 

Vi  que  el  Chova,  asombrado,  se  abrió  de  brazos

torpemente  y,  dejándose  a  medio  terminar  la  última

frase, se apresuró a bajar por la escalera. 

Uno  de  los  encolerizados  espectadores,  que

estaban a  mi  lado,  me  agarró  de  una  mano  y  tiró  de

mí. 

Y  yo,  sin  hacer  caso  de  los  improperios  y

empellones,  me  reí  alegremente,  como  si  estuviera

chiflado. 

-  ¿Por  qué  escandalizas?  -me  interrogó,  severo,

sacudiéndome  fuertemente,  el  obrero  que  me

sujetaba de la mano. 

-  No  escandalizo  -respondí,  sin  cesar  de  sonreír

felizmente  y  saltando  para  calentarme  los  pies-.  He

visto al Chova... A Semión Ivánovich... 

Probablemente  la  expresión  de  mi  cara  era  tan

beatífica que hizo sonreírse al enojado obrero aquel,

y me preguntó, ya menos enojado: 

- ¿Qué chova has visto? 

-  No  una  chova,  sino  a  Semión  Ivánovich...

Mírelo, ahí viene, abriéndose paso. 

El  Chova  salió  de  entre  la  gente  y  me  puso  una

mano en un hombro: 

- ¿De dónde has salido? 

La  muchedumbre  se  agitaba.  La  plaza  estaba

alborotada,  inquieta.  En  torno  veíanse  caras

coléricas, alarmadas y desconcertadas. 

-  Semión  Ivánovich  -le  interrogué  al  paso  que

andábamos,  sin  responder  a  su  pregunta-,  ¿por  qué

alborota la gente? 

- Se acaba de... recibir un telegrama -me explicó,

hablando  de  corrida-.  ¡Kerenski  ha  traicionado  la

revolución!  El  general  Kornílov  ha  huido  al  Don  y

está sublevando a los cosacos. 

Los  breves  días  otoñales  pasaron  raudos,  como

estaciones nunca vistas que refulgen con sus luces al

paso  de  un  tren  rápido.  En  seguida  encontraron  en

qué  ocuparme.  Y  fui  útil,  me  vi  sumergido  en  la

vorágine  de  los  acontecimientos  que  se  desplegaban

vertiginosamente. 

Un día de zozobra, el Chova me dijo, alarmado: 

-  Boris,  corre  al  comité.  Di  que  han  pedido  con

urgencia  a  un  agitador  desde  la  Varija  y  yo  he  ido

para allá. Busca a Ershov y que vaya en mi lugar a la

imprenta.  Si  no  lo  encuentras...  Dame  un  lápiz...

Lleva esta nota tú mismo a la imprenta. Pero no a las

oficinas, es preferible que se la entregues en mano al

compaginador  ¿Te  acuerdas  de  él?...  ¿Lo  has  visto

donde Korchaguin, uno moreno, con gafas? Pues a él

se la das... Cuando termines, ven a la Varija. Y si en

el comité hay octavillas recientes, tráetelas. Le dices

a  Pável  que  las  pido  yo...  ¡Aguarda,  aguarda!  -me

 

35

 

36

 

gritó,  preocupado,  cuando  ya  había  echado  yo  a

 

 

 

tatuado. 

 

Arkadi Gaidar

 

correr-.  Hace  frío.  Deberías  echarte  por  encima  mi

viejo impermeable al menos. 

Pero  yo  galopaba  ya,  ebrio  de  entusiasmo,  como

un  potro  de  caballería,  saltando  los  charcos  de  la

fangosa calle. 

Delante  de  la  puerta  del  comité  del  Partido,

bullicioso  como  una  estación  antes  de  la  salida  del

tren,  topé  con  Korchaguin.  Si  hubiera  sido  otro  más

bajo  y  débil  que  él,  de  seguro  que  lo  hubiera

derribado.  Pero  el  encontronazo  fue  como  si  me

hubiese estrellado yo contra un poste telegráfico. 

-  ¿De  dónde  vienes  corriendo  de  esa  manera?  -

interrogó deprisa-. ¿Has caído del campanario? 

-  No,  no  he  caído  del  campanario  -respondí,

turbado,  frotándome  la  frente  dolorida  y  jadeando-.

Semión Ivánovich me ha enviado a decir que él está

en la Varija... 

- Lo sé, ya han telefoneado. 

- Además, pide octavillas. 

Ya las hemos enviado. ¿Qué más? 

-  Hace  falta  Ershov.  Que  vaya  a  la  imprenta.  He

aquí la nota. 

-  ¿Qué  dice  aquí  de  la  imprenta?  Trae  la  nota  -

terció  en la conversación  un  obrero armado,  a  quien

yo  no  conocía,  con  el  capote  echado  por  encima  de

una vieja chaqueta. 

-  Se  le  ocurren  cosas  raras  a  Semión  -dijo,  luego

de haber leído la nota y dirigiéndose a Korchaguin-.

¿Por  qué  ha  de  temer  por  la  imprenta?  Ya  envié

guardia nuestra a la hora de la comida. 

A la entrada iban acudiendo más y más hombres.

A  pesar  del  frío,  las  puertas  del  comité  estaban

abiertas  de  par  en  par,  pasaban  constantemente  por

ella  gentes  con  capotes,  blusas  y  chaquetones  de

cuero descoloridos. En el zaguán dos arrancaban con

martillos  las  tablas  de  un  cajón.  En  la  paja  yacían

fusiles  nuevos,  con  mucha  grasa.  En  el  barro,  cerca

de  la  entrada,  había  tirados  ya  varios  cajones  como

aquél, vacíos. 

Korchaguin  volvió  a  salir.  Decía  rápido,  sobre  la

marcha, a tres obreros armados: 

-  Daos  prisa.  Quedaos  allí.  Y  no  dejéis  entrar  a

nadie  sin  pase  del  comité.  Enviad  a  alguien  a  decir

cómo se ha arreglado. 

- ¿A quién enviar? 

- A cualquiera de los nuestros, al primero que os

venga a mano. 

-  ¡Yo  seré  ése!  -grité,  experimentando  una  gran

emoción  y  no  queriendo  quedarme  rezagado  de  los

demás. 

- ¡Lleváoslo a él, por lo menos! Corre mucho. 

En  eso  noté  que  casi  todos  los  que  salían  por  la

puerta tomaban un fusil del cajón abierto. 

-  Camarada  Korchaguin  -pedí-,  todos  se  llevan

fusiles, yo también tomaré uno. 

-      ¿Qué quieres?      -interrogó,   molesto,

interrumpiendo la conversación con un marinero muy

 

- ¡Un fusil! ¿Es que soy peor que otros? 

En  aquel  momento  llamaron  a  voces  a

Korchaguin  desde  la  habitación  contigua,  y  él  se

apresuró allá, haciendo un ademán en mi dirección. 

Es posible que quisiera simplemente que lo dejara

en paz, pero yo entendí el ademán como un permiso.

Tomé  un  fusil  del  cajón,  lo  empuñé  fuertemente  y

corrí  al  alcance  de  los  milicianos  voluntarios  que

bajaban los escalones de la entrada. 

Al  cruzar,  corriendo,  el  patio,  me  dio  tiempo  de

oír la noticia que se acababa de recibir: en Petrogrado

se  había  proclamado  él  Poder  soviético,  Kerenski

había  huido,  y  en  Moscú  se  combatía  contra  los

cadetes. 

 

III. El frente

Capítulo primero 

Transcurrió medio año. 

Un  día  soleado  de  abril  eché  en  la  estación  una

carta para mi madre. Decía: 

"¡Mamá! 

¡Adiós,  adiós!  Me  voy  con  el  grupo  del  glorioso

camarada Sívers, que pelea contra las tropas blancas

de  Kornílov  y  Kaledin.  Somos  tres  los  que  vamos.

Nos  han  extendido  documentos  de  las  milicias

voluntarias  de  Sórmovo,  en  las  que  me  he  alistado

con  el  Ardilla.  No  querían  admitirme,  pues  decían

que  soy  joven.  Me  ha  costado  mucho  convencer  al

Chova,  y  él  lo  ha  arreglado.  El  también  se  hubiera

venido, pero está débil y tose mucho. No quepo en la

camisa  de  contento.  Todo  lo  que  hubo  antes,  fueron

tonterías;  lo  verdadero  de  la  vida  no  hace  sino

empezar, por eso estoy tan contento...” 

El tercer día de camino, durante la parada de seis

horas en una pequeña estación, nos enteramos de que

en  los  distritos  contiguos  no  estaba  todo  tranquilo:

habían aparecido pequeñas cuadrillas de bandidos, y

por algunos lugares había tiroteos entre los kulaks y

los  destacamentos  de  acopios.  Ya  entrada  la  noche,

engancharon  una locomotora  al tren.  Mis  camaradas

y yo estábamos acostados en los camastros de arriba

de  un  vagón  de  mercancías.  Al  oír  el  acompasado

golpeteo  de  las  ruedas  y  el  rechinar  del  vagón  entre

los  vaivenes,  me  tapé  bien  con  mi  abrigo  de  paño  y

me dispuse a dormir. 

En la oscuridad se oía roncar, toser y rascarse a la

gente.  Los  que  habían  logrado  acostarse  en  los

camastros, dormían. Pero los que estaban en el suelo,

en  los  sacos  o  apelotonados  de  cualquier  manera,

gruñían,  denostaban  y  daban  codazos  a  los  vecinos

que empujaban. 

- No empujes, no empujes -gruñía, tranquila, una

voz  de  bajo-.  ¿Por  qué  tiras  de  mi  saco?  ¡Te  voy  a

dar  tal  empellón  que  se  te  van  a  quitar  las  ganas  de

volver a empujar! 

-  ¡Mira,  demonio!  -chilló  una  voz  colérica  de

mujer-.  ¿Adónde  vas,  que  me  pones  las  botas  en  la

 

 

La escuela

 

misma cara? ¡Ay, demonio, ay, maldito! 

Se  encendió  una  cerilla,  que  alumbró  con  luz

mortecina  el  montón  moviente  de  botas,  sacos,

cestas,  gorras,  manos  y  pies;  luego  se  apagó,  y  la

oscuridad aún fue mayor. Uno contaba en un rincón,

con  voz  monótona,  cascada  y  cansada,  la  historia

larga  y  aburrida  de su  triste  vida.  Otro  lo  escuchaba

condolido,  fumando.  El  vagón  se  estremecía,  cual

una caballería picada por tábanos, y avanzaba por la

vía a tirones y empellones desiguales. 

Me  desperté  porque  uno  de  mis  compañeros  me

tiró  de  la  mano.  Alcé  la  cabeza  y  sentí  que  del

ventanuco abierto me daba en la cara soñolienta una

agradable  bocanada  de  aire  fresco.  El  tren  avanzaba

lento, seguramente cuesta arriba. Un inmenso y vivo

resplandor  envolvía  todo  el  horizonte.  Encima  del

resplandor, como si hubieran ardido en las llamas de

un  incendio, apagábase  el rescoldo  de las  estrellas  y

se extinguía la pálida luna. 

- Se subleva la tierra -oí decir con voz animada en

un rincón oscuro a alguien. 

-  Quiere  zurriagazos,  por  eso  se  subleva  -repuso

quedo y colérico otro en el rincón opuesto. 

Un  ruido  estrepitoso  cortó  las  conversaciones.  El

vagón  osciló,  chocó  contra  algo,  y  yo  caí  del

camastro encima de las cabezas de los que se habían

acomodado en el suelo. Se armó una gran confusión,

y las entrañas negras del vagón se lanzaron, gritando,

a la puerta abierta. 

El tren había descarrilado. 

Salté, cayendo de mala manera en la zanja, abierta

a  lo  largo  del  tendido,  dándome  apenas  tiempo  de

apartarme para que no me aplastaran los que saltaban

detrás. Se oyeron dos tiros. Un hombre dijo, deprisa,

a mi lado, abriendo mucho las manos temblorosas: 

- No es nada... No es nada... No hay que correr, si

no,  abrirán  fuego.  No  son  los  blancos,  son  los

bandoleros de estos lugares. Nos robarán nada más y

nos dejarán marchar. 

Al vagón acudieron dos con fusiles, gritando: 

- ¡Montad!... ¡Volved a montar!... ¿Adónde habéis

salido? 

La  gente  se  abalanzó  a  los  vagones.  Alguien  me

empujó, tropecé y caí a la húmeda zanja. Pegándome

a  tierra  como  una  lagartija,  me  arrastré  rápido  hacia

el final del tren. Nuestro vagón era el penúltimo, y un

momento después yo estaba ya a la altura del farol de

señal  del  último  vagón,  que  alumbraba  con  luz

macilenta.  Allí  había  un  hombre  con  un  fusil.  Quise

volver, pero aquel hombre vio seguramente a alguien

al otro lado de la vía y corrió allá. Di un salto y rodé

abajo  por  la  vertiente  de  un  escurridizo  barranco

arcilloso.  Al  llegar  al  fondo,  me  puse  en  pie  y  me

encaminé  hacia  los  arbustos,  levantando  a  duras

penas los pies, llenos de barro. 

El  bosque,  cubierto  de  una  neblina  de  fronda

nueva,  cobró  vida.  A  lo  lejos  cantaron  con  ímpetu

unos  gallos.  Del  contiguo  claro  oyó  se  el  croar  de

 

 

 

ranas que salieron a calentarse al sol. Por aquí y por

allá,  en  la  sombra,  aún  quedaban  rodales  de  nieve

gris;  pero  donde  daba  el  sol,  se  veía  la  tiesa  hierba

seca de antaño. Me senté a descansar y limpiarme de

arcilla  las  botas  con  un  trozo  de  corteza  de  abedul.

Luego tomé un manojo de hierba, lo empapé de agua

y me limpié la cara, sucia de barro. 

No  sabía  dónde  estaba.  ¿Por  qué  camino  llegar  a

la  estación  próxima?  Se  oían  ladridos;  por  tanto,

debía  haber  alguna  aldea  cerca.  ¿Y  si  preguntaba  a

alguien?  ¿Y  si  topaba  con  alguna  emboscada  de

kulaks? Me preguntarían quién era, de dónde venía y

qué  quería.  Y  yo  llevaba  papeles  de  los  rojos  y  una

máuser en el bolsillo. Los papeles podía esconderlos

en las botas. ¿Pero y el máuser? ¿Tirarla? 

La saqué y la remiré. Me dio lástima. La pequeña

pistola  se  adhería  tan bien a  mi  mano,  y  despedía  el

negro  acero  de  su  cañón  un  brillo  tan  apacible  que

me  dio  vergüenza  haber  pensado  eso;  la  acaricié  y

me la  metí en el bolsillo oculto que me había hecho

en el forro de la chaqueta. 

La mañana era soleada, ruidosa, y, sentado en un

tocón en aquel claro, me costaba trabajo creer que me

acechaba algún peligro. 

¡Piñ,  piñ...  tararaj!  -oí  a  mi  lado  un  familiar

silbido. Un herrerillo grande se había posado en una

rama,  encima  de  mí,  y  me  soslayó  una  mirada  llena

de curiosidad. 

¡Piñ,  piñ...  tararaj...  salud!  -silbó,  enderezando  la

pata encogida y encogiendo la otra. 

No pude menos de sonreírme y me acordé de Tim

Shtukin.  Llamaba  colitontos  a  los  herrerillos.  No

hacía mucho de eso... Nos entreteníamos con ellos en

el  cementerio,  jugábamos...  ¡Adónde  había  llegado

yo ahora!... Fruncí el ceño. ¿Qué hacer? 

Por  allí  cerca  restalló  un  látigo  y  se  oyó  un

mugido. 

"Una  vacada  -me  dije-.  Preguntaré  al  pastor  el

camino.  ¿Qué  me  puede  hacer  el  pastor?  Le

preguntaré y me marcharé sin entretenerme". 

A lo largo de la linde del bosque avanzaba lenta,

arrancando  con  indolencia  y  a  desgana  la  mustia

hierba, una pequeña vacada. Junto a ella caminaba un

viejo pastor con un palo largo y grueso. Me acerqué a

él con el paso tranquilo y pausado del que se pasea. 

- ¡Muy buenas, abuelo! 

-  ¡Buenas!  -tardó  algo  en  responder  y,

deteniéndose, empezó a examinarme con la vista. 

- ¿Está lejos la estación? 

- ¿La estación? ¿A qué estación quieres ir? 

Titubeé.  Ni  siquiera  sabía  el  nombre  de  la

estación, pero el viejo me sacó del apuro: 

- ¿A la de Alexéievka? 

- A esa misma -asentí-. A esa misma. Pues vengo

caminando y me he perdido un poco. 

- ¿De dónde vienes? 

De nuevo no supe qué responder. 

-  De  allá  -respondí  lo  más  tranquilo  que  pude,

 

37

 

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haciendo  un  vago  ademán  en  la  dirección  de  una

aldea que se divisaba en el horizonte. 

-  Hum...  de  allá...  De  Diémenevo,  entonces,  ¿no

es así? 

 - De Diémenevo precisamente.

En  ese  instante  oí  el  gruñir  de  un  perro  y  pasos.

Volví la cabeza y vi a un corpulento mocetón que se

acercaba al viejo; sería el zagal. 

-  ¿Qué  pasa  aquí,  tío  Alexandr?  -interrogó,  sin

dejar de masticar una rebanada de pan de centeno. 

- Uno que viene de paso... Pregunta por el camino

a  la  estación  de  Alexéievka.  Y  dice  que  viene  de

Diémenevo. 

El  mozo  bajó  la  mano  con  la  rebanada  de  pan  y,

desorbitando los ojos, preguntó, perplejo: 

- No entiendo. 

-  Tampoco  lo  entiendo  yo,  cuando  Diémenevo

está  al  lado  de  la  estación.  Lo  mismo  da  decir

Alexéievka  que  Diémenevo  ¿Cómo  habrá  venido  a

parar aquí? 

- Hay que llevarlo a la aldea -aconsejó, tranquilo,

el mozo-. Que lo pongan en claro allí, en el puesto de

vigilancia. ¡Quién sabe las mentiras que podrá decir! 

Aunque  aún  desconocía  qué  puesto  de  vigilancia

era aquel que "lo debía poner todo en claro", y cómo

lo  pondría  en  claro,  perdí  las  ganas  de  ir  al  pueblo,

por  el  mero  "hecho  de  que  los  pueblos  por  allí  eran

ricos  y  estaban  soliviantados.  Y  por  eso,  sin  esperar

lo  que  pudiera  suceder,  me  aparté  de  un  salto  del

viejo y me alejé, corriendo, desde la linde, al bosque. 

El mozo quedó pronto muy atrás. Pero el maldito

perro  me  mordió  dos  veces  en  una  pantorrilla.  Por

más  que  entonces  no  sentí  el  dolor,  así  como

tampoco  sentí  los  arañazos  de  las  ramas  que  me

golpeaban  la  cara,  ni  los  tocones  que  me  hacían

tropezar. 

Erré por el bosque hasta que anocheció. No era un

bosque  salvaje,  pues  se  veían  tocones  de  árboles

talados. 

Cuanto  más  procuraba  adentrarme  en  él,  tanto

más  ralo  era  y  más  a  menudo  encontraba  claros  con

huellas  de  herraduras  y  boñigas.  Anocheció.  Estaba

cansado,  hambriento  y  lleno  de  arañazos.  Hube  de

pensar en cómo pasar la noche. Elegí un lugar seco,

recogido,  al  pie  de  un  arbusto,  me  puse  un  leño  de

cabecera  y  me  acosté.  El  cansancio  iba  dejándose

sentir. Me ardían las mejillas y me dolía la pantorrilla

mordida por el perro. 

"Descabezaré un sueño -decidí-. Es de noche y no

me  verá  nadie.  Estoy  cansado...  dormiré,  y  por  la

mañana ya se me ocurrirá algo". 

Antes  de  dormirme,  recordé  Arzamás,  el

estanque, nuestra guerra en las balsas y mi cama con

la vieja manta de abrigo. Me acordé también de que

Fedia  y  yo  habíamos  cazado  unas  palomas  y  las

habíamos  frito  en  una  sartén  de  él.  Luego  nos  las

comimos a escondidas. Estaban muy buenas... 

El  viento  silbó  en  las  cimas  de  los  árboles.  El

 

Arkadi Gaidar

 

bosque  se  me  antojó  solitario  y  pavoroso.  El

Arzamás  de  mi  infancia  resurgió  en  mi  imaginación

cálido y fragante como un suculento pastel de fiesta. 

Me tapé la cabeza con el cuello del abrigo y sentí

que una lágrima intrusa me corría por la mejilla. Pero

no lloré. 

Aquella noche, tiritando de frío, me ponía en pie,

corría  por  el  claro,  intentaba  subirme  a  un  abedul  e

incluso  bailar  para  entrar  en  calor.  Cuando  me

calentaba,  volvía  a  acostarme  y,  pasado  algún

tiempo, cuando las nieblas del bosque me robaban el

calor, me volvía a levantar. 

 

Capítulo segundo 

Salió  el  sol  e  hizo  calor  de  nuevo;  gorjearon  los

pájaros  y  gruyeron  afables,  desde  el  cielo,  alegres

hileras  de  grullas.  Sonreíame,  congratulado  de  que

hubiera  pasado  la  noche,  y  no  me  ensombrecían  ya

más  pensamientos  tristes  que  el  de  buscar  algo  para

comer. 

Apenas anduve doscientos pasos, oí el graznar de

gansos  y  el  gruñir  de  cerdos  y  vi  entre  el  follaje  el

tejado verde de una casería solitaria. 

"Me  acercaré  a  escondidas  -resolví-.  Miraré,  y  si

no veo nada sospechoso, preguntaré por el camino y

pediré algo de comer". 

Me  escondí  detrás  de  un  saúco.  Todo  estaba  en

calma.  No  se  veía  a  nadie.  De  la  chimenea  salía

ligero  humillo.  Una  bandada  de  gansos  venía  hacia

mí,  contoneándose.  A  mi  lado  se  oyó  el  tenue

crujido, de una rama rota. Puse en el acto las piernas

en tensión y volví la cabeza. Pero a mi susto sucedió

inmediatamente  el  asombro.  A  diez  pasos  de  donde

yo  estaba,  tras  un  arbusto,  me  miraba  fijamente  una

persona oculta. No era el dueño de la casería, pues se

escondía  entre  las  ramas  y  la  observaba.  Así

estuvimos mirándonos atentos y alarmados el uno al

otro, como dos fieras que se encuentran acechando a

una  misma  pieza.  Luego,  siguiendo  un  tácito

acuerdo,  nos  apartamos  a  la  espesura  del  ramaje  y

fuimos uno al encuentro del otro. 

Era de la misma estatura que yo. Me pareció que

tendría  unos  diecisiete  años.  Un  chaquetón  de  paño

negro  le  ceñía  el  torso,  fuerte  y  musculoso,  pero  no

se le veía un solo botón; parecían cortados adrede, y

no  perdidos  casualmente.  A  sus  pantalones  de

resistente material, metidos en las cañas de las botas

de  montar,  sucias  de  barro,  habíanse  adherido

algunos pinchos secos. 

Su  cara  pálida  y  demacrada  hacía  pensar  que  él

también había pasado, probablemente, la noche en el

bosque. 

- Qué  -dijo quedo, señalando con la cabeza en la

dirección de la casería-, ¿piensas entrar? 

- Sí -respondí-. ¿Y tú? 

- No darán nada -articuló-. Ya he mirado. Allí hay

tres  campesinos  fornidos.  ¡Quién  sabe  en  manos  de

quién puede caer uno! 

 

La escuela

 

-  ¿Cómo  salir  del  paso,  entonces?..  ¡Hay  que

comer! 

-  Sí,  hay  que  comer  -asintió-.  Pero  no  pidiendo

por el amor de Dios. Hoy no se dan limosnas. ¿Quién

eres?  -interrogó  y,  sin  esperar  respuesta,  agregó-:

Bueno... Conseguiremos la pitanza nosotros mismos.

Uno solo no puede, ya he probado, pero entre los dos

conseguiremos. Por estos arbustos andan unos gansos

enormes. 

- No son nuestros. 

Puso en mí unos ojos como si se asombrara de lo

absurdo de mi réplica, y añadió quedo: 

- Hoy nada es de nadie y todo es de todos. Ve al

claro  y  echa  despacio  un  ganso  hacia  el  arbusto  en

que me esconda. 

Elegí  un  gordo  ganso  gris,  que  se  había  apartado

de los restantes, y le cerré el paso. Se dio la vuelta y

caminó reposado, deteniéndose a veces para picotear

en el suelo. Avancé paso a paso, llevándolo hacia la

emboscada.  Llegó  casi  al  arbusto  y,  de  pronto,

poniéndose  en  guardia,  arqueó  el  cuello  y  me  miró

como intrigado por la insistencia de mi persecución.

Tras  permanecer  un  rato  parado,  quiso  desandar

enérgicamente  lo  andado,  pero  en  aquel  instante  el

desconocido salió de detrás del arbusto con la rapidez

del gato que salta sobre un gorrión acechado y lo asió

fuertemente  por  el  cuello.  El  ganso  apenas  pudo

voznar.  Graznó  a  un  tiempo  toda  la  bandada,  y  el

desconocido  echó  a  correr  con  su  presa,  que  se

debatía,  hacia  lo  espeso  del  bosque.  Yo  corrí  detrás

de él. 

Aún  aleteó  y  pataleó  largo  rato  el  ganso  que,

exhausto,  expiró  cuando  llegamos  a  un  apartado  y

oculto barranco. El desconocido lo arrojó al suelo y,

sacando el tabaco, dijo, jadeante: 

- Basta. Aquí puede uno detenerse. 

Mi nuevo compañero sacó una navaja y se puso a

destripar en silencio el ganso, mirándome de tarde en

tarde. 

Reuní ramas secas, hice un montón y le pregunté: 

- ¿Tienes cerillas? 

-  Toma  -y  me  tendió  cuidadosamente  una  caja,

ensangrentados los dedos-. No gastes muchas. 

Mientras  tanto,  lo  examiné  detenidamente.  La

capa de polvo que le cubría la piel no podía ocultar la

blancura  de  su  vivo  semblante.  Al  hablar,  se  le

estremecía  ligeramente  la  comisura  derecha  de  los

labios  y  entornaba  a  la  vez  el  ojo  izquierdo.  Sería

unos  dos  años  mayor  que  yo  y,  probablemente,  más

fuerte.  Mientras  el  ganso  robado  se  asaba,  espetado

en  un  palo,  esparciendo apetitoso  e incitante  olor  en

torno, nosotros estuvimos tumbados en la hierba. 

- ¿Quieres fumar? -me invitó el desconocido. 

- No, no fumo. 

-  ¿Has  dormido  en  el  bosque?...  Se  pasa  frío  -

agregó,  sin  esperar  respuesta-.  ¿Cómo  has  llegado

aquí?  ¿Vienes  también  de  allá?..,  -dijo,  señalando

con la mano en la dirección de la vía del tren. 

 

 

 

-  Sí,  de  allá,  Me  escapé  del  tren,  cuando  lo

pararon. 

- ¿Te pidieron los papeles? 

- No -repuse, asombrado-. ¡Qué documentos iban

a pedir, si atacaron unos bandidos! 

-  A-a-ah...  -dijo, y se calló, dando unas chupadas

al cigarrillo. 

-  ¿Adónde  quieres  ir?  -volvió  a  interrogar  de

improviso, tras larga pausa. 

- Al Don... -empecé a decir y me callé. 

-  ¿Al  Do-on?  -interrogó,  alargando  la  palabra  e

incorporándose-. ¿Quieres ir... al Don? 

Por  sus  finos  labios  agrietados  se  deslizó  una

sonrisa  de  incredulidad;  sus  ojos  entornados  se

abrieron  mucho,  perdiendo  en  el  acto  el  brillo;  puso

cara de indiferencia e interrogó, indolente: 

- ¿Tienes allí familia o qué? 

-  Sí,  tengo  familia...  -respondí,  cauteloso,  pues

noté  que  procuraba  enterarse  de  todo  lo  que  me

atañía, sin decir, intencionadamente, nada de él. 

Se  calló  de  nuevo,  dio  la  vuelta  al  ganso,  que

goteaba chisporroteante grasa, y dijo, pausado: 

-  Yo  también  voy  para  allá,  pero  no  a  ver  a  la

familia, sino al destacamento de Sivers. 

Me contó que estudiaba en Penza, había venido a

pasar  una  temporada  con  su  tío,  maestro  en  una

cabeza  de  distrito,  por  allí  cerca,  pero  en  aquel

distrito  se  habían  sublevado  los  kulaks,  y  huyó  por

pelos. 

Conversé  largo  y  tendido  con  él  mientras  nos

comíamos el ganso, algo quemado y oliente a humo,

partido en trozos. 

Me  sentía  dichoso  de  haber  encontrado  a  un

compañero.  Ello  me  dio  en  seguida  ánimos  y  me

pareció que ahora, entre los dos, nos sería fácil salir

de la trampa en que habíamos caído. 

- Acostémonos mientras aún hace sol -me propuso

mi  nuevo  compañero-.  Ahora  podremos  dormir,  al

menos, pues por la noche el frío no nos dejará pegar

ojo. 

Nos  tendimos  en  un  claro  del  bosque  y  no

tardamos  en  amodorrarnos.  Probablemente  me

hubiera dormido si no hubiera sido por una hormiga

que  se  me  metió  en  una  fosa  nasal.  Me  incorporé  y

resoplé  con  las  narices.  Mi  compañero  dormía  ya.

Tenía  desabrochado  el  cuello  de la  guerrera,  y  en  el

forro  de  lienzo  vi  las  iniciales,  pintadas  de  negro:

C.C.C.A. 

"¿Qué escuela será ésa? -pensé-. La hebilla de mi

correa,  por  ejemplo,  lleva  las  iniciales  L.  A.  o  sea

Liceo  de  Arzamás.  Y  aquí  van  tres  C.C.C.  y  luego

una  A".  Por  más  que  hice  conjeturas,  no  pude

adivinarlo.  "Se  lo  preguntaré  cuando  se  despierte",

me dije. 

La  opípara  comida  me  dio  sed.  Por  allí  cerca  no

había agua  y  decidí  bajar  al  fondo  del  barranco,  por

donde,  según  mis  cálculos,  debía  correr  un  arroyo.

Lo encontré, pero la fangosa orilla impedía acercarse

 

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a él. Fui arroyo abajo, con la esperanza de encontrar

un  lugar  más  seco.  Por  el  fondo  del  barranco,

paralelo a la corriente del arroyo, pasaba un angosto

camino  vecinal.  Vi  en  la  húmeda  arcilla  huellas  de

herraduras  y  boñigas  recientes.  Parecía  como  si

aquella  mañana  hubiese  pasado  por  allí  una  manada

de caballos. 

Me incliné  para recoger  la  vara,  que se  me  había

caído, y vi en el camino un pequeño objeto brillante,

sucio  de  barro.  Lo  levanté  y  lo  limpié.  Era  una

estrella  roja  con  los  ganchos  rotos,  una  de  esas

estrellitas  mal  hechas  que  brillaban  como  luces

coloradas,  en  el  año  dieciocho,  en  los  gorros  de  los

soldados  rojos  y  en  las  blusas  de  los  obreros  y  los

bolcheviques. 

"¿Cómo  habrá  venido  a  parar  aquí?",  pensé,

mirando atento el camino. Y, volviendo a inclinarme,

vi la vaina de un cartucho de fusil. 

Olvidándome  incluso  de  beber,  corrí  hacia  mi

compañero. No sé por qué, ya no dormía y estaba de

pie junto a un arbusto, mirando a los lados y, por lo

visto, buscándome. 

-  ¡Los  rojos!  -le  espeté  a  grito  pelado,  corriendo

hacia él. 

Dio  un  salto,  encogiéndose,  como  si  detrás  de  el

se hubiera oído el estampido de un disparo, y volvió

la cara, descompuesta de pánico, hacia mí. 

Pero,  al  verme  solo,  se  irguió  y  dijo  enfadado,

procurando explicar de algún modo su sobresalto. 

- Diantre... chillas en la misma oreja de uno... 

- Los rojos -repetí, orgulloso. 

- ¿Dónde están los rojos? ¿Por dónde vienen? 

- Han pasado esta mañana. Por todo el camino se

ven  huellas  de  herraduras  y  boñigas  recientes...  He

encontrado  una  vaina  de  cartucho  y  esto...  -dije,

tendiéndole la estrellita. 

Mi  compañero  exhaló  un  suspiro  de  alivio,

articulando: 

-  Ya  podías  haberlo  dicho  -y  agregó,  como  si  se

justificara-:  Pues  das  unos  gritos...  No  sabía  qué

pensar. 

-      Corramos... vayamos     por    ese     camino.

Llegaremos  a  la  primera  aldea,  es  posible  que  estén

allí  descansando.  Vamos,  hombre  -dije,  metiéndole

prisa-, ¿qué dudas? 

-  Vamos  -accedió  tras  cierto  titubeo,  según  me

pareció-. Sí, sí, claro, vamos. 

Se  pasó  la  mano  por  el  cuello,  y  volví  a  ver  las

iniciales C.C.C.A. en el forro de lienzo. 

-  Escucha  -le  interrogué-,  ¿qué  significan  esas

letras? 

-      ¿Qué letras?         -inquirió,     incomodado          y

abrochándose. 

- Las que llevas en el cuello de la guerrera. 

- No lo sé. La ropa no es mía. La he comprado de

ocasión. 

-  A-ah...  Pues  yo  no  hubiera  dicho  que  es  de

ocasión -dije alegre, caminando a su lado-. Te sienta

 

Arkadi Gaidar

 

como  hecha  a  la  medida.  Una  vez  mi  madre  me

compró unos pantalones de ocasión y, por mucho que

me los estirara, siempre los llevaba caídos. 

Cuanto  más  nos  acercábamos  a  la  desconocida

aldehuela,  tanto  más  a  menudo  se  detenía  mi

compañero. 

-  No  nos  apresuremos  -procuraba  convencerme-;

por la tarde, cuando oscurezca, nos será más cómodo

entrar. Si el destacamento ya no está allí, no nos verá

nadie.  Pasaremos  por  detrás  de  los  corrales,  sin

arrimarnos  mucho.  Por  los  tiempos  que  corren,  es

peligroso  para  los  forasteros  entrar  en  un  lugar

desconocido. 

Le  di  la  razón  de  que  en  la  oscuridad  era  menos

peligroso  explorar,  pero  yo  estaba  impaciente  por

llegar cuanto antes donde estaban los rojos y apenas

aflojaba el paso. 

Antes  de  llegar  a  la  aldea,  mi  compañero  se

detuvo  junto  a  una  vaguada  llena  de  arbustos  y  me

propuso  que  nos  apartáramos  del  camino  para

deliberar  cómo  proceder  en  adelante.  Ya  en  los

arbustos, me dijo: 

-  Creo  que  no  debemos  meternos  en  la  boca  del

lobo los dos. Vamos a quedarnos uno aquí, y el otro

entrará  en  la  aldea  por  los  huertos  y  se  enterará  de

quién hay. Me han entrado dudas. Hay mucha calma

y  no  se  oye  ladrar  a  los  perros.  Es  posible  que  no

estén los rojos y haya kulaks con fusiles. 

- Pues vamos los dos, en ese caso. 

-  ¡Los  dos  es  peor,  chalado!  -exclamó,  dándome

una amistosa palmadita en la espalda-. Quédate aquí,

y  ya  me  las  apañaré  yo  solo,  ¿para  qué  vas  a

arriesgarte sin necesidad? Espérame aquí. 

"Es un buen muchacho -pensé, cuando se ausentó-

.  Algo  raro,  pero  bueno.  Otro  me  hubiera  endilgado

lo peligroso o hubiera propuesto que lo echásemos a

suertes, pero éste se ofrece a ir solo". 

Retornó  al  cabo  de  una  hora,  antes  de  lo  que  yo

esperaba. Traía una pesadota cachiporra; por lo visto,

la acababa de cortar y pelar. 

- ¡Has tardado muy poco! -exclamé-. ¿Y qué tal? 

- No están los rojos -denegó con la cabeza, aun de

lejos-.  ¡Ni  están  ni  han  estado!  Probablemente,  han

torcido por otro camino, habrán ido a Suglinki, cerca

de aquí. 

-  ¿Te  has  enterado  bien?  -seguí  insistiendo  con

voz decaída-. ¿Será posible que no estén? 

- No están, no. Me lo ha dicho una vieja en la isba

extrema, y  me lo ha confirmado un chiquillo que he

visto  en  un  huerto.  Tendremos  que  dormir  aquí  y

seguir mañana nuestro camino. 

Me senté en la hierba y me paré a pensar. Tuve la

primera duda de la sinceridad de mi compañero. Me

desconcertaba su palo. Era pesado, de roble, lo había

cortado  en  forma  de  cachiporra.  Se  veía  que  lo

acababa  de  cortar.  Desde  donde  estábamos  hasta  la

aldea  habría  una  hora  de  camino.  De  caminar  a

escondidas,         hacer indagaciones         y        retornar,

 

La escuela

 

difícilmente  se  tardarían  menos  de  dos  horas,  y  él

había  estado  ausente  no  más  de  una  hora,  y  en  ese

tiempo aún le había dado tiempo de cortar y pelar un

palo  de roble.  Con  una  navaja,  en  eso  se tardada  no

menos de media hora. ¿Le habría dado miedo, no se

habría  enterado  de  nada  y  habría  dejado  pasar  el

tiempo, sentado entre los arbustos? No, no podía ser,

pues se había ofrecido voluntario para ir a enterarse.

¿Para  qué  se  habría  ofrecido,  entonces?  No  parecía,

tampoco,  un  cobarde.  Claro  que  daba  miedo,  ni  que

decir tenía, pero él también debía buscar salida por sí

mismo. 

Trajimos  sendas  brazadas  de  hojarasca,  nos

acostamos el uno al lado del otro y nos tapamos con

mi  abrigo.  Yacimos  callados  una  media  hora.  La

humedad  de  la  tierra  empezaba  a  enfriarme  un

costado. "Hemos  recogido pocas  hojas",  pensé  y  me

levanté. 

- ¿Qué te pasa? -interrogó con descontenta voz de

sueño mi compañero-. ¿Por qué no tienes sueño? 

- Hay humedad... No te levantes, traeré otras dos

brazadas de hojarasca.

Habíamos  recogido  ya  la  hojarasca  en  torno

nuestro  y  fui  hacia  los  arbustos,  más  cerca  del

camino. La luna empezaba a salir, y en la oscuridad

se veía mal. Me venían a mano ramas y palos secos.

Del  lado  del  camino  se  oyeron  unos  golpes  quedos.

Alguien se acercaba a pie o montado. Dejé la brazada

de  hojarasca  y,  procurando  no  mover  las  ramas,  me

dirigí hacia el camino. 

Por  la  blanda  y  húmeda  tierra  avanzaba,  casi  sin

hacer ruido, un carro campesino. Dos conversaban a

media voz. 

-  Qué  quieres  que  te  diga  -habló  uno,  tranquilo-.

Si se para uno a pensar, tal vez tenga razón. 

-  ¿El  jefe?  -interrogó  el  otro-.  Pues  claro  que

tendrá razón. Si estuvieran aquí todo el tiempo, pero

vienen  hoy,  dicen  unas  palabras  y  luego  se  van.  Y

después  volverán  nuestros  jerarcas  y  me  dirán  a  mí,

pongo  por  caso:  "¡Eh,  tú,  canalla,  denunciaste  a  los

kulaks, pues te cortamos la cabeza!" Qué más les da

eso a los rojos... Se han pasado aquí unos días, y hoy

ya  están  enganchando  los  carros,  mientras  que  los

nuestros siempre andan cerca. ¡Ya te puedes rascar el

cogote! 

- ¿Están enganchando los carros? 

-  Pues  qué  te  creías.  Fiódor,  el  soldado  de  ellos,

llamó  esta  tarde  para  advertir  que  les  preparase  el

carro para las doce. 

Las  voces  se  alejaron.  Me  quedé  sin  saber  qué

pensar. Luego, era verdad; los rojos estaban, a pesar

de todo, en la aldea. Luego, mi compañero me había

engañado.  Los  rojos  se  marchaban,  y  ya  podía

echarles  uno  un  galgo  después.  Tenía  que  darme

prisa. ¿Para qué me habría engañado? 

Mi  primera intención fue  echar a  correr solo  a la

aldea. Pero me acordé que había dejado el abrigo en

el bosque. "Debo volver, aún tendré tiempo. Y a éste

 

 

 

también  se  lo  tengo  que  decir,  pues,  aunque  es  un

cobarde, somos del mismo bando". 

Oí un rumor a un lado. Vi que mi compañero salía

de  detrás  de  los  arbustos.  Por  lo  visto,  me  había

seguido  y,  escondiéndose,  como  yo,  había  oído  la

conversación de los campesinos que pasaron. 

- ¿Cómo entender eso? -empecé a decirle, enojado

y reprochándolo. 

- ¡Vamos! -articuló, agitado, en vez de responder. 

Di  un  paso  en  la  dirección  del  camino,  y  él  me

siguió. 

Me  derribó  de  un  fuerte  cachiporrazo  en  la

cabeza.  El  golpe  fue  fuerte,  a  pesar  de  que  lo

amortiguó  mi  gorro  de  piel.  Abrí  los  ojos.  De

cuclillas, mi compañero ojeaba precipitadamente, a la

luz  de  la  luna,  el  documento,  que  me  había  sacado

del bolsillo de los pantalones. 

"Eso  es  lo  que  necesitaba  -comprendí-.  Conque

esas tenemos, no es un cobarde, sabía que en la aldea

estaban los rojos y no  me  lo dijo intencionadamente

para  que  yo  pasara  aquí  la  noche  y  él  me  pudiera

robar. No es ni siquiera un sublevado, puesto que les

teme a los kulaks, es un blanco auténtico". 

Intenté  incorporarme  para  arrastrarme  hacia  los

arbustos.  El  desconocido  se  dio  cuenta,  guardó  mis

papeles en su portapliegos de cuero y se acercó a mí. 

-  ¿Aún  no  has  estirado  la  pata?  -interrogó

fríamente-.  ¡Perro,  te  creías  haber  encontrado  un

compañero! Voy al Don, pero no al destacamento de

tu  asqueroso  Sivers,  sino  al  ejército  del  general

Krasnov. 

Estaba  a  dos  pasos  de  mí  y  blandía  la  pesada

cachiporra. 

Tic-tac...,  latíame  el  corazón.  Tic-tac...,  latíame

insistente contra algo sólido y duro. Yacía de lado y

tenía  la  mano  derecha  en  el  pecho.  En  ese  instante

noté  que  mis  dedos  se  abrían  paso,  cautelosos,  aun

sin  yo  quererlo,  hacia  el  bolsillo  oculto,  en  el  que

llevaba el máuser. 

Si  el  desconocido  notó  el  movimiento  de  mi

mano,  no  le  concedió  importancia,  porque  no  sabía

que iba armado. Oprimí con fuerza la culata caliente

y  quité  el  seguro.  En  aquel  instante  mi  enemigo

retrocedió  dos  o  tres  pasos,  no  sé  si  para

contemplarme  mejor  o,  más  probablemente,  para

tomar  fuerza  y  darme  otro  cachiporrazo.  Apreté  los

labios,  trémulos,  y,  como  si  enderezase  el  brazo,

dormido,  saqué  el  máuser  y  apunté  hacia  el

desconocido, que se disponía a saltar. 

Vi cómo se le descompuso el gesto, de repente; lo

oí gritar, al abalanzarse contra mí y, antes de manera

maquinal que por propia voluntad, oprimí el gatillo... 

Quedó  tendido  a  dos  pasos,  con  los  puños

apretados,  extendidos  los  brazos  hacia  mí.  La

cachiporra estaba a su lado. 

"Lo  he  matado",  comprendí  y  hundí  en  la  hierba

la  cabeza  aturdida,  que  me  zumbaba  como  un  poste

telegráfico al viento. 

 

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Así, en estado semiinconsciente, estuve largo rato

 

Arkadi Gaidar

 

-  ¡Esperaré  sentado!  Cuando  tome  té  mañana,  se

 

tendido.  Me  bajo  la  fiebre.  La  sangre  me  descendió

de  la  cara;  sentí  frío  de  improviso,  y  los  dientes  me

castañetearon  levemente.  Me  incorporé,  miré  a  las

manos,  extendidas  hacia  mí,  y  me  entró  miedo,  ¡La

cosa iba ya en serio! Todo lo que me había ocurrido

antes  en  la  vida,  parecía,  en  el  fondo,  un  juego,

incluso mi huida de casa, incluso la instrucción en las

milicias  voluntarias  con  los  gloriosos  obreros  de

Sórmovo, incluso el deambular del día anterior por el

bosque; pero esto iba ya en serio. Y me entró miedo a

mí, muchacho de quince años, en el negro bosque al

lado  de  la  persona  a  quien  yo  había  matado...  La

cabeza dejó de zumbarme, y la frente se me cubrió de

frío sudor. 

Impelido  por  el  miedo,  me  puse  en  pie,  me

acerqué  de  puntillas  al  muerto,  así  el  portapliegos,

caído  en  la  hierba,  dentro  del  cual  estaban  mis

papeles, y empecé a retroceder hacia los arbustos, sin

quitar ojo del caído. Luego me di la vuelta y corrí a

través de los arbustos hacia el camino, hacia la aldea,

hacia la gente, con tal de no seguir solo. 

 

Capítulo tercero 

Junto a la primera casa me detuvo una voz: 

-  ¿Quién  diablos  anda?  -Eh  muchacho!  ¡Pero

detente, pedazo de zoquete! 

De  la  sombra  que  daba  la  pared  de  la  casa  se

apartó  la  figura  de  un  hombre  con  fusil  y  se  dirigió

hacia mí. 

-  ¿Adónde  corres?  ¿De  dónde  has  salido?  -

interrogó  el  de  la  patrulla,  volviéndome  la  cabeza

hacia la luz de la luna. 

-  Vengo  donde  ustedes...  -respondí,  jadeante-.

Pues sois camaradas... 

Me interrumpió y dijo: 

- Nosotros somos camaradas, sí, ¿y quién eres tú? 

-  Yo  también...  -empecé  a  decir  con  la  voz

entrecortada.  Sintiendo  que  no  podía  recuperar  el

aliento  ni  seguir  hablando,  le  tendí  en  silencio  el

portapliegos. 

-  ¿Tú  también?  -interrogó  ya  más  contento,  pero

aún desconfiando, el de la patrulla-. ¡Vamos entonces

donde el jefe, si también eres camarada! 

A pesar de lo avanzado de la hora, en la aldea no

dormían.  Relinchaban  los  caballos.  Chirriaban  los

portones,  al  abrirlos;  salían  carros  campesinos,  y

alguien voceaba al lado: 

-  ¡Do-ku-kin!...  ¡Do-ku-kin!  ¿Dónde  te  has

metido, demonio? 

-  ¿Por  qué  das  esas  voces,  Vasia?  -interrogó,

riguroso, el que me custodiaba, al llegar donde estaba

el que gritaba. 

-  Busco  a  Misha  -respondió,  enojado,  aquél-.  Le

han dado azúcar para los dos, y los muchachos dicen

que lo mandan delante con el grupo de protección del

tren. 

- Pues ya te lo dará mañana. 

 

comerá  todo  el  azúcar  de  una  sentada.  ¡Es  muy

goloso! 

En  eso  me  vio  el  que  hablaba  y,  cambiando  de

tono en el acto, inquirió, curioso: 

-  ¿A  quién  has  atrapado,  Chubuk?  ¿Lo  llevas  al

Estado  Mayor?  Llévalo,  llévalo,  anda.  Allí  le

enseñarán  lo  que  es  bueno.  Canalla...  -me  imprecó

inesperadamente,  haciendo  amago  de  pegarme  un

culatazo. 

Pero  el  que  me  custodiaba  lo  apartó  y  le  dijo,

enojado: 

- Anda allá, anda allá... Esto a ti no te importa. No

ladres  a  la  gente  antes  de  tiempo.  ¡Qué  animal  eres,

digo yo, eres un animal de tomo y lomo! 

¡Tin-tin!... ¡Tin-tin!..., oí un sonido metálico a un

lado.  Un  hombre,  con  alto  gorro  de  piel  negra,

espuelas  y  brillante  sable  arrastrando,  amén  de  una

máuser  grande  en  funda  de  madera  y  fusta  al  brazo,

sacaba un caballo por un portón. 

Al lado caminaba el corneta. 

-  Toca  a  formar  -dijo,  poniendo  el  pie  en  el

estribo. 

 Ta-ta-ra-ra...  ra-rá...,  entonó,  suave  y  tierno,  el

cornetín, Ta-ta-ta-a-a. 

- Shebálov -gritó el que me custodiaba-, ¡aguarda!

Te traigo a un muchacho. 

- ¿Para qué? -interrogó aquél, sin sacar el pie del

estribo-. ¿Quién es? 

- Dice que es de los nuestros... trae documentos... 

- No tengo tiempo -respondió el jefe, montando al

caballo-.    Tú      también       sabes leer,   Chubuk,

compruébalos... Si es de los nuestros, déjalo que vaya

con Dios. 

-  No  me  iré  a  ningún  sitio  -dije  yo,  asustándome

de  la  posibilidad  de  volverme  a  quedar  solo-.  Ya

llevo dos días corriendo solo por los bosques. Quiero

quedarme con ustedes. 

-  ¿Con  nosotros?  -preguntó,  como  si  se

asombrara, el del gorro negro y alto-. ¡Puede que no

nos hagas ninguna falta! 

- Les hago falta -repetí, testarudo-. ¿Adónde voy a

ir yo solo? 

-  ¡Tiene  razón!  Si  es,  en  verdad,  de  los  nuestros,

¿a  dónde  va  a  ir  él  solo?  -intercedió  en  mi  favor  el

que  me  custodiaba-.  En  nuestros días  mal  las  pasará

el que ande solo por aquí. Tú, Shebálov, no marees a

la  gente  y  ponlo  en  claro.  Si  miente,  será  una  cosa;

pero si es de los nuestros, no hay por qué rechazar a

los nuestros. Bájate del potro, no harás tarde. 

-  ¡Chubuk!  -articuló,  severo,  el  jefe-.  ¿Cómo  te

atreves a hablarme así? ¿Quién habla de esa manera

con el jefe? ¿Soy yo el jefe o no lo soy? ¿Soy yo el

jefe, te pregunto? 

- ¡Sí, eres el jefe! -concedió, tranquilo, Chubuk. 

- Entonces, me apearé sin que tú me lo mandes. 

Bajó  del  caballo,  echó  las  bridas  a  la  valla  y,

haciendo ruido con el sable, entró en la isba. 

 

 

La escuela

 

Sólo dentro de la isba lo examiné detenidamente a

la  luz  de  un  candil.  No  gastaba  barba  ni  bigotes.

Tenía torcida  la  cara  estrecha  y  flaca.  Las  espesas  y

canosas cejas se le juntaban encima de la nariz, y por

debajo de ellas miraban unos ojos bondadosos, que él

entornaba  adrede,  probablemente  para  dar  a  su  cara

la severidad conveniente. Por lo que tardó en leer mi

credencial  y  por  los  movimientos  de  sus  labios,  al

hacerlo,  comprendí  que  no  era  muy  letrado.  Cuando

hubo  leído  el  documento,  se  lo  tendió  a  Chubuk  y

dijo, dudando: 

-  Si  el  documento  no  es  falso,  entonces  es

auténtico. ¿Qué opinas, Chubuk? 

-  Que  sí  -otorgó  tranquilamente  éste, llenando  de

tabaco barato su cachimba. 

- Bueno, cuenta, ¿cómo has venido a parar aquí? -

me interrogó el jefe. 

Empecé  a  hablar  con  vehemencia,  emocionado,

temiendo  que  no  me  creyeran.  Pero,  al  parecer,  me

creyeron,  porque,  cuando  terminé,  el  jefe  dejó  de

entornar  los  ojos  y,  dirigiéndose  a  Chubuk,  dijo,

bondadoso: 

-  ¡Pues,  si  no  miente,  este  muchacho  es  nuestro,

de verdad! ¿Qué te parece, Chubuk? 

- Que sí -corroboró tranquilamente el interpelado,

sacudiendo la ceniza contra la suela de una bota. 

- Bueno, pero ¿qué vamos a hacer con él? 

-  Lo  incluiremos  en  la  primera  compañía,  y  que

Sújarev le dé el fusil que ha quedado libre después de

la muerte de Pável -apuntó Chubuk. 

El jefe pensó un rato, tamborileó con los dedos en

la mesa y ordenó: 

-  Chubuk,  llévalo  a  la  primera  compañía  y  di  a

Sújarev  que  le  entregue  el  fusil  que  ha  quedado

después  de  la  muerte  de  Pável,  y  los  cartuchos

correspondientes.  Que  incluya  a  esta  persona  en  la

lista de nuestro destacamento revolucionario. 

¡Tin-tin!...  ¡Tin-tin!...,  tintinearon  el  sable,  las

espuelas  y  el  máuser.  El  jefe  abrió  la  puerta  y

descendió, pausado, hacia el caballo. 

-  Vamos  -dijo  el  respetable  Chubuk  y  me  dio

inesperadamente unas palmaditas en la espalda. 

El corneta volvió a tocar suavemente, subiendo y

bajando  de  tono.  Los  caballos  relincharon  más

sonoros,  y  los  carros  chirriaron  más  fuerte.

Sintiéndome  el  más  feliz  del  mundo,  me  sonreía,

caminando hacia mis nuevos camaradas. Caminamos

toda  la  noche.  Al  hacerse  de  día,  montamos  en  un

tren  que  nos  esperaba  en  un  apeadero.  Al  caer  la

tarde,  engancharon  una  maltrecha  locomotora,  y

partimos hacia el sur, en ayuda de los destacamentos

y milicias obreras, que peleaban contra los alemanes,

los  bandidos  ucranianos  y  los  militares  de  Krasnov,

que se habían apoderado del Donbáss. 

Nuestro  destacamento  llevaba  el  orgulloso

nombre  de  "Destacamento  especial  del  proletariado

revolucionario". No     contaba       con    muchos

combatientes,  unos  ciento  cincuenta.  Era  de

 

 

 

infantería, pero tenía sus batidores de a caballo, unos

quince  hombres  mandados  por  Fiódor  o  Fedia

Syrtsov. Mandaba todo el destacamento Shebálov, un

zapatero,  al  que  aún  no  se  le  habían  borrado  de  las

manos los cortes de los cabos encerados ni la pintura

negra.  ¡Era  un  jefe  muy  original!  Los  muchachos  lo

respetaban,  aunque  se  reían  de  algunas  debilidades

suyas.  Una  de  sus  debilidades  era  la  afición  a

producir efecto con su porte: su caballo iba enjaezado

con  cintas  rojas;  sus  espuelas  (quién  sabe  si  las

habría  sacado  de  algún  museo)  eran  larguísimas,

curvadas  y  tenían  muescas;  yo  había  visto  espuelas

parecidas  sólo  en  estampas  que  representaban  a

caballeros  medievales;  el  largo  sable  niquelado  le

llegaba  hasta  el  suelo,  y  la  funda  de  madera  de  el

máuser llevaba incrustada una placa de cobre con el

lema:  "¡Moriré,  pero  también  caerás  tú,  canalla!"

Decían que había dejado en casa a su mujer con tres

hijos,  y  el  mayor  de  ellos  trabajaba  ya.  Había

desertado del frente cuando estalló la Revolución de

Febrero,  se  pasó  una  temporada  haciendo  botas,  y

cuando los cadetes de Moscú empezaron el asalto al

Kremlin, se puso el traje de los domingos, unas botas

de  montar  que  acababa  de  hacer  por  encargo,

consiguió  en  las  milicias  voluntarias  de  Arbat  un

fusil,  y,  a  partir  de  entonces,  según  su  propia

expresión,  "se  había  enrolado  para  siempre  en  la

revolución".

 

Capítulo cuarto 

Pasados  tres  días,  poco  antes  de  llegar  a  la

estación  de  Shájtnaya,  el  destacamento  desembarcó

precipitadamente. 

Llegó  a  galope,  no  sé  de  dónde,  un  joven  de

caballería,  entregó  un  sobre  a  Shebálov  y  dijo,

sonriendo,  como  si  le  comunicara  una  noticia

agradable: 

-  Ayer  los  alemanes  mataron  a  muchos  de  los

nuestros  junto  a  Krayúshkovo.  ¡Qué  paliza  nos

metieron! 

Nuestro  destacamento  recibió  la  misión  de

bordear  las  unidades  diseminadas  del  enemigo  por

las  aldeas,  entrarle  por  la  retaguardia  y  establecer

contacto  con  el  destacamento  de  los  mineros  de

Beguichov, que actuaba por allí. 

-  ¿Y  dónde  voy  a  establecer  contacto?  -articuló,

descontento,  Shebálov,  señalando  el  mapa  con  el

dedo-. ¿Dónde voy a encontrar ese destacamento? Y

encima escriben: ¡entre Oléshkino y Sosnovka! A mí

decidme  el  lugar  exacto,  y  no  me  ordenéis

"establecer contacto", y encima "entre"... 

Shebálov censuró a los oficiales del Estado Mayor

que  no  entendían  nada  y  no  sabían  más  que  escribir

órdenes,  y  mandó  que  llamasen  a  los  jefes  de

compañía.  Mas,  a  pesar  de  los  improperios  que

propinó  a  los  oficiales  del  Estado  Mayor,  Shebálov

estaba  satisfecho  de  que  le  hubiesen  encomendado

una  misión  independiente  y  no  lo  hubieran

 

43

 

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supeditado a algún otro destacamento más numeroso. 

Los  jefes  de  compañía  eran  tres:  el  rasurado  y

calmoso  Galda,  checo  de  nacionalidad,  el  sombrío

suboficial Sújarev y el alegre mozo de veintitrés años

Fedia Syrtsov, acordeonista y danzarín, antes pastor. 

Se  acomodaron  todos  en  un  claro  del  bosque,  en

torno  del  mapa,  en  medio  de  un  prieto  corro  de

soldados rojos. 

- Bueno -dijo Shebálov, alzando un papel-, según

la  orden  recibida,  hemos  de  internarnos  en  la

retaguardia  del  enemigo  para  actuar  cerca  del

destacamento de Beguichov, y debemos ponernos en

marcha  esta  noche,  dejando  a  un  lado  los

destacamentos enemigos que encontremos, sin entrar

en combate con ellos. ¿Entendido? 

-  ¿Sin  entrar  en  combate? ¿Cómo  se  puede  pasar

por  el  lado  de  ellos  y  no  entrar  en  combate?  -

interrogó Fedia Syrtsov con pícara ingenuidad. 

-  Pues  así  mismo,  sin  entrar  en  combate  -

respondió  Shebálov,  volviendo,  preocupado,  la

cabeza  hacia  Fedia  y  amenazándole  con  el  puño-.

Demonio, a ti bien te conozco... ¡Andate con tiento y

no  hagas  de  las  tuyas!  De  lo  contrario,  tendrás  que

entendértelas  conmigo...  Quedamos  en  que  nos

ponemos  en  marcha  esta  noche  -prosiguió-.  No

llevaremos  carros,  la  ametralladora  y  los  cartuchos

irán en las acémilas; que no se haga el menor ruido.

Si  topamos  con  alguna  aldea  en  el  camino,  la

ladearemos cuidadosamente, nada de echarse encima

como los perros hambrientos sobre la carroña. Eso te

atañe sobre todo a ti, Fedia. Si tus haraganes ven un

caserío  a  un  lado,  les  importa  un  comino  todo  y  se

meten a comerse la crema de la leche. 

-  Los  míos  también  se  meten  -confesó  el  checo

Galda-. La fez pasada los exploradores traer un cubo

de  masa  cruda.  Yo  decirles:  "¿Para  qué  traerla

cruda?",  y  ellos  decirme:  "La  famos  a  cocer  en  la

lumbre..." 

Todos se echaron a reír, hasta Shebálov se sonrió. 

-  Lo  dice  por  lo  que  pasó  en  Debáltsevo  -dijo,

riendo  a  mi  lado,  Vasia  Shmakov-.  Se  queja  de

nosotros.  Fuimos  de  reconocimiento  y  dimos  con  la

casa de un cosaco. Era un cosaco rico. En cuanto nos

vieron,  abrieron  fuego  de  fusil  contra  nosotros;  pero

entramos, de todos modos, en la casería; nos pusimos

a  mirar,  y  ya  no  había  nadie  allí.  El  horno  estaba

encendido;  la  masa,  encima  de  la  mesa.  Pegamos

fuego a la casería y nos llevamos la masa; luego, por

la tarde, la cocimos en hogueras. Estaba buena, muy

esponjosa...  los  bollos  que  cocimos  parecían  monas

de Pascua. 

-  ¿Pegasteis  fuego  a  la  casería?  -interrogué  yo-.

¿Es que se puede pegar fuego a las caserías? 

-  Ardió  enterita  -respondió  serenamente  Vasia-.

¿Cómo  no  se  ha  de  poder,  si  desde  allí  los  dueños

dispararon contra nosotros? Los cosacos tienen malas

entrañas.  Al  que  es  rico,  eso  no  le  importa,  antes  se

construirá otra casa que se tirará al monte. 

 

Arkadi Gaidar

 

- ¿Y si se enfurece, más y nos tiene más odio por

eso a los rojos? 

- Más odio no nos tendrá -respondió Vasia, serio-.

¡El  que  es  rico  ya  no  nos  puede  odiar  más!  De  los

nuestros,  cazaron  a  Pietia  Koshkin,  y  antes  de

matarlo  le  dieron  de  latigazos  tres  días.  Y  tú  dices

que  nos  van  a  odiar  más...  ¿Acaso  se  puede  odiar

más? 

Antes  de  emprender  la  marcha  nocturna,  los

muchachos  se  hacían  gachas  con  tocino  en  las

calderetas,  asaban  patatas  en  las  ascuas,  estaban

tendidos  en  la  hierba,  limpiaban  los  fusiles  y

descansaban.  En  el  carro  del  jefe  de  compañía

Sújarev  vi  un  capote  viejo  de  sobra.  Tenía  los  bajos

chamuscados,  pero  aún  se podía  llevar.  Se  lo  pedí  a

Sújarev. 

-  ¿Para  qué  lo  quieres?  -interrogó,  algo  brusco-.

Tienes tu abrigo, que, además, es de paño; ese capote

me  hace  falta.  Me  quiero coser  unos  pantalones  con

él. 

-  Cósetelos  del  mío  -le  propuse-,  palabra...  Pues

todos  llevan  capote,  y  yo  voy  de  negro,  como  un

cuervo. 

-      ¡Qué  me  dices!  -exclamó,  mirándome

asombrado. Su cara ruda de campesino se deshizo en

una  sonrisa  de  incredulidad-.  ¿Lo  cambias?  Claro  -

dijo,  precipitado-.  Efectivamente,  ¿qué  soldado

puedes ser, vestido con abrigo? No tienes aspecto de

soldado.  El  capote  está  algo  chamuscado,  pero  se

puede  acortar.  Te  daré  de  propina  un  gorro  de  piel

gris, tengo uno de sobra. 

Hicimos  el  cambio,  los  dos  contentos  del  trato.

Cuando me alejaba, uniformado de soldado rojo con

todas las de la ley y el fusil colgado al hombro, dijo a

Vasia, que se acercó: 

- En cuanto tenga ocasión, se lo enviaré sin falta a

mi mujer. ¿Para qué lo quiere él? ¡Si le da una bala,

ya estará todo el abrigo estropeado, mientras que, en

casa, mi mujer se pondrá muy contenta! 

Por la noche, Fedia Syrtsov sacó a dos guías de la

primera  casería  que  encontró.  A  dos,  para  que  el

destacamento  no  se  metiera  en  el  camino  del

enemigo.  Llevamos  a  los  guías  separados,  y  cuando

en  las  encrucijadas  uno  decía  que  se  debía  ir  a  la

izquierda, preguntábamos al otro, y sólo en el caso de

que coincidiesen las direcciones nos encaminábamos

por donde nos decían. 

Al principio íbamos de dos en dos por el bosque,

tropezando  a  cada  paso  con  los  que  iban  delante.

Fedia  Syrtsov  había  mandado  por  anticipado  liar los

cascos  de  los  caballos  con  trapos.  Al  amanecer,

dejamos  el  camino  y  nos  adentramos  en  una

arboleda.  Salimos  a  un  calvero  y  decidimos

descansar:  era  peligroso  seguir  avanzando  con  luz.

Junto  al  camino,  entre  unos  tupidos  frambuesos,

dejamos  un  puesto  de  vigilancia  oculto,  y  al

mediodía el viento del oeste nos trajo el tronar de un

duelo de artillería. 

 

La escuela

 

Shebálov  pasó,  preocupado,  por  nuestra  vera.  Al

lado de él caminaba con mullido y firme paso Fedia,

diciéndole  rápidamente  algo  al  jefe.  Se  detuvieron

delante de Sújarev. 

Oí las palabras: 

- Una batida por el barranco. 

- ¿De caballería? 

-  No  se  puede,  los  caballos  hacen  mucho  bulto.

Envía a tres, Sújarev. 

-  Chubuk  -dijo  Shebálov  en  voz  baja,  como

interrogando-, tú irás de jefe. Llévate a Shmakov y a

alguien más que sea muy seguro. 

- Llévame a mí, Chubuk -le supliqué por lo bajo-.

Seré muy seguro. 

- Llévate a Simka Gorshkov -le propuso Sújarev. 

-  Llévame  a  mí,  Chubuk  -susurré  otra  vez-,

llévame... Seré el más seguro. 

- ¡Bueno! -dijo Chubuk, moviendo la cabeza. 

Me puse más contento que unas castañuelas y me

faltó poco para gritar de alegría, pues no creí que me

llevarían  a  empresa  tan  importante.  Me  ajusté  las

cartucheras  y  me  colgué  el  fusil  del  hombro,

deteniéndome  turbado  por  la  mirada  desconfiada  de

Sújarev. 

- ¿Para qué lo llevas? -le interrogó a Chubuk-. Te

puede estropear la batida, lleva a Simka. 

-  ¿A  Simka?  -interrogó,  a  su  vez,  como

reflexionando,  Chubuk  y,  tras  rascar  una  cerilla,

encendió la pipa. 

-¡Imbécil!  -susurré  para  mi  capote,  poniéndome

lívido  de  la  afrenta  y  de  odio  a  Sújarev-.  ¿Cómo  se

atreve a hablar así de mí, delante de todos? Si no me

llevan,  iré  yo  solo  adrede...  Adrede  hasta  la  misma

aldea, me enteraré de todo y volveré. ¡Que se muera

entonces Sújarev de rabia!" 

Chubuk dio una chupada a la pipa, abrió el cerrojo

del  fusil,  metió  cuatro  cartuchos  en  el  almacén,  el

quinto  en  la  recámara  y,  poniéndole  el  seguro,  dijo

indiferente,  sin  notar  qué  importancia  tenía  su

decisión para mí: 

-  ¿A  Simka?  Bueno,  puedo  llevar  también  a

Simka  -se  arregló  la cartuchera  y,  al  ver  mi  palidez,

sonrióse súbitamente y dijo con alguna rudeza-: Pero

qué podrá hacer Simka que no haga éste, ya que tiene

ganas. ¡Vamos, muchacho! 

Salí a escape hacia la linde del bosque. 

-  ¡Alto!  -detúvome,  severo,  Chubuk-.  No  retoces

como  un  potro,  no  vamos  de  paseo.  ¿Tienes  alguna

bomba de mano? ¿No tienes? Toma una. Aguarda, no

te  la  metas  en  el  bolsillo  con  el  mango  hacia  abajo,

pues,  cuando  la  quieras  sacar,  arrancarás  la  anilla.

Métela  con  el  detonador  hacia  abajo.  Así.  ¡Eres  un

polvorilla! -agregó ya suave. 

 

Capítulo quinto 

- Avanzar por la ladera derecha -mandó Chubuk-.

Shmakov  irá  por  la  izquierda,  y  yo  por  en  medio,

abajo. Si notáis algo, hacedme una seña. 

 

 

 

Avanzamos  lentamente.  Media  hora  después,  al

borde de la vertiente izquierda y algo detrás de mí, vi

a Shmakov. Avanzaba inclinado, adelantando algo la

cabeza.  La  expresión  de  su  semblante,  de  ordinario

bondadosa y taimada, era ahora seria y furibunda. 

El  barranco  describía  una  curva,  y  yo  perdí  de

vista  a  Shmákov  y  Chubuk.  Sabía  que  estaban  por

allí  cerca,  que  avanzaban,  lo  mismo  que  yo,

escondiéndose tras los arbustos, y el saber que, pese

a  la  aparente  dispersión  nuestra,  estábamos

estrechamente  ligados  por  una  misión  y  un  peligro

comunes, me daba ánimos. El barranco se ensanchó.

Los  matorrales  fueron  más  espesos.  Doblamos  otra

curva, y me tiré a tierra. 

Por  el  ancho  camino  empedrado,  que  estaba  a

unos  cien  pasos  de  la  ladera  derecha,  venía  un

numeroso destacamento de caballería. 

Los caballos, negros y bien cebados, llevaban ágil

paso, guiados por los jinetes. Delante cabalgaban tres

o  cuatro  oficiales.  Precisamente  enfrente  de  mí  el

destacamento  se  detuvo,  el  jefe  sacó  un  mapa  y  se

puso a examinarlo. . 

Retrocedí  de  espaldas,  me  deslicé  hacia  abajo  y

busqué  con  la  vista  a  Chubuk  para  hacerle  cuanto

antes la señal convenida. 

Me dio miedo, pero me cruzó por la imaginación

la  idea  de  que  no  había  venido  inútilmente  de

reconocimiento,  que  había  sido  yo,  y  no  otro,  el

primero en descubrir al enemigo. 

"¿Dónde  estará  Chubuk?  -pensé,  alarmado,

mirando  presuroso  a  todos  lados-.  ¿Dónde  se  habrá

metido?"  Me  disponía  ya  a  bajar  al  fondo  para

buscarlo,  cuando  me  llamó  la  atención  un  arbusto

que se movía en la vertiente izquierda del barranco. 

Desde allí, asomándose con cuidado por detrás de

las  ramas,  Vasia  Shmakov  me  hacía  unas  señas

incomprensibles,  pero  alarmantes,  con  la  mano,

indicándome el fondo del barranco. 

Al principio pensé que me mandaba bajar, pero, al

seguir con la mirada la dirección de su mano, se me

escapó  un  quedo  ¡oh!  y  encogí  la  cabeza  en  los

hombros. 

Por el fondo del barranco, densamente poblado de

arbustos,  caminaba  un  soldado  blanco  y  llevaba  el

caballo de la brida. No sé si buscaría un abrevadero o

sería  uno  de  los  exploradores  de  la  patrulla  de  este

flanco, que protegiera el avance de la columna, pero

se trataba de un enemigo que se había entremetido en

la  disposición  de  nuestra  descubierta.  No  supe  qué

hacer. El jinete quedó oculto tras unos arbustos. Veía

únicamente  a  Vasia.  Pero  Vasia,  probablemente,

desde el otro lado veía algo más que yo. 

Vasia estaba con una rodilla en tierra, apoyada la

culata  del  fusil en  el suelo,  con una  mano  extendida

hacia  mí,  advirtiéndome  que  no  me  moviese,  y,  al

mismo tiempo, miraba abajo, listo a saltar. 

Un ruido de cascos, que oí a mi derecha, me hizo

volver la cabeza. El destacamento de caballería torció

 

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hacia  un  camino  vecinal  y  avanzó  al  trote.  En  aquel

instante  Vasia  hizo  un  amplio  ademán  y,  dando  un

fuerte salto, echó a correr vertiente abajo a través de

los  arbustos.  Yo  hice  otro  tanto.  Al  llegar  al  fondo

del barranco, tiré a la derecha y vi que, junto a uno de

los arbustos, rodaban dos hombres agarrados. Uno de

ellos  era  Chubuk.  El  otro,  el  soldado  enemigo.  No

recuerdo  siquiera  cómo  me  acerqué  a  ellos.  Chubuk

estaba debajo y sujetaba las manos del enemigo, que

intentaba  sacar  el  revólver  de  la  funda.  En  vez  de

derribar  al  adversario  de  un  culatazo,  me

desconcerté, arrojé el fusil y me puse a tirarle de los

pies, pero era fuerte y me hizo caer de una sacudida.

Caí  de  espaldas,  le  agarré  una  mano  y  le  mordí  un

dedo.  El  enemigo  dio  un  grito  y  retiró  la  mano.  De

pronto,  los  arbustos  se  abrieron,  apareció  Vasia,

mojado  hasta  la  cintura  y, de  un  culatazo  exacto,  de

los  que  enseñan  en  la  instrucción  militar,  derribó,

sobre la marcha, al soldado. 

Chubuk  se  levantó  de  la  hierba,  tosiendo  y

escupiendo. 

-  ¡Vasia!  -dijo  con  voz  ronca  y  entrecortada,

señalando con la mano el caballo, que comía hierba. 

- Está bien -respondió Vasia y, alzando las bridas,

que arrastraban por el suelo, tiró de ellas. 

-  Nos  lo  llevaremos  -articuló  con  la  misma

celeridad Chubuk, señalando al soldado sin sentido. 

Vasia lo comprendió. 

 

Arkadi Gaidar

 

- ¡Tira abajo la bomba! -oí la orden de Chubuk y

vi en su mano algo que brilló y voló abajo. 

El estampido me aturdió. 

-  ¡Arrójala!  -me  gritó  Chubuk,  asiéndome  en  el

acto la mano levantada, quitándome la bomba y, tras

soltar el seguro, la arrojó al barranco. 

-  ¡Tonto!  -me  espetó;  yo  estaba  completamente

aturdido  por  la  explosión  y  pasmado  por  la  rápida

sucesión  de  inopinados  peligros-.  ¡Tonto!  ¡Quitaste

la anilla y dejaste el seguro! 

Corrimos por un huerto recién labrado; los pies se

nos atascaban. Los blancos, por lo visto, no pudieron

subir la vertiente a caballo, a través de los arbustos, y

habrían subido, probablemente, a pie. Nos dio tiempo

a llegar, corriendo, hasta otro barranco, nos metimos

en  una  de  sus  ramificaciones,  volvimos  a  correr  por

otro  campo,  luego  llegamos  a  una  arboleda  y

entramos derechos en el bosque. A nuestras espaldas,

pero lejos, se oyeron varios tiros. 

- ¿Habrán alcanzado a Vasia? -interrogué con voz

temblorosa. 

-  No  -repuso  Chubuk,  prestando  oído-,  tiran  al

tuntún... para dar escape a la rabia. Hala, muchacho,

esfuérzate y aprieta el paso. Les haremos que pierdan

el rastro. 

Caminamos  en  silencio.  Me  pareció  que  Chubuk

estaba enojado y me detestaba por haberme asustado,

haber  tirado  el  fusil  y  mordido  a  tontas,  como  un

 

- ¡Átale las manos! 

 

 

chiquillo, el dedo del soldado, por haberme temblado

 

Chubuk recogió mi fusil, cortó de dos machetazos

el  portafusil  y  ató  fuertemente  con  él  los  codos  del

soldado, que aún no había vuelto en sí. 

-  ¡Agárralo  por  los  pies!  -me  gritó-.  ¡Vivo,

miedoso! -me riñó, al advertir mi turbación. 

Cargamos  al  prisionero  en  el  lomo  del  caballo.

Vasia se  montó  en  la  silla,  sin  decir  palabra,  fustigó

al  animal  y  emprendió  el  camino  de  vuelta  por  el

fondo quebrado del barranco. 

- ¡Por aquí! -me gritó con voz ronca, roja la cara y

sudoroso,  Chubuk,  tirándome  de  un  brazo-.

¡Sígueme! 

Agarrándose a las ramas, trepó vertiente arriba. 

-  ¡Alto! -dijo, deteniéndose casi en el borde-, ¡no

te muevas! 

Tan  pronto  como  nos  escondimos  tras  unos

arbustos,  abajo  asomaron  cinco  jinetes.  Por  lo  visto,

era la patrulla de este flanco. Los jinetes se pararon y

miraron  en  derredor;  buscaban,  probablemente,  a  su

compañero.  Se  oyeron  sonoros denuestos.  Los  cinco

soldados  se  descolgaron  las  carabinas  de  los

hombros. Uno echó pie a tierra y levantó algo. Era el

gorro  del  soldado,  que  nosotros,  con  las  prisas,

habíamos  olvidado  en  la  hierba.  Los  soldados  de

caballería  hablaron,  alarmados,  y  uno  de  ellos,  el  de

mayor  graduación,  por  lo  visto,  extendió  la  mano

adelante. 

"Alcanzarán  a  Vasia  -pensé-,  su  carga  es  pesada.

Ellos son cinco, y él uno". 

 

las  manos  cuando  cargamos  al  prisionero  en  el

caballo      y,       fundamentalmente,         por    haberme

desconcertado  y  no  haber  sabido  siquiera  arrojar  la

bomba.  Aún  me  daba  más  vergüenza  y  pena  de

pensar qué diría Chubuk de mí en el destacamento; y

Sújarev  agregaría  sin  falta:  "Ya  te  advertí  que  no  lo

llevaras;  haberte  llevado  a  Simka,  ¡menuda  elección

hiciste!"  Estaba  a  punto  de  llorar  de  rabia,

descontento de mí mismo y de mi cobardía. 

Chubuk  se  detuvo,  sacó  la  bolsa  del  tabaco  y,

mientras  se  llenó  la  pipa,  noté  que  también  le

temblaban  algo  los  dedos.  Encendió  la  pipa,  dio

varias chupadas con ansia, como si bebiera agua fría,

luego  se  metió  el  tabaco  en  el  bolsillo,  me  dio  unas

palmaditas  en  la  espalda  y  me  dijo,  sencilla  e

impetuosamente: 

-  Qué,  amiguito...  ¿hemos  salido  bien  parados?

No  eres  mal  muchacho,  Boris.  ¡Qué  mordisco  le

pegaste!  -dijo  Chubuk,  riéndose  de  buena  gana-.

¡Como  un  lobato  de  verdad!  ¡No  siempre  se  opera

sólo con el fusil, en la guerra a veces sirven hasta los

dientes! 

-  Y  la  bomba...  -balbuceé  con  aire  culpable-.

¿Cómo  se  me  ocurrió  quererla  tirar  sin  quitar  el

seguro? 

-  ¿La  bomba?  -sonrióse  Chubuk-.  Amiguito,  no

eres  tú  solo,  casi  todos  los  que  no  tienen  costumbre

las tiran mal, o sin quitar el seguro o sin ponerles la

cápsula.  Cuando  era  joven,  yo  también  las  arrojaba

 

 

La escuela

 

así. Cuando uno se desconcierta, se le olvida quitar el

seguro y hasta tirar de la anilla. La tira uno como si

fuera  un  guijarro,  y  allá  va.  Bueno,  vamos...  ¡Aún

nos queda un buen trecho! 

Recorrimos,  ligeros  y  sin  fatiga,  el  resto  del

camino.  Volvía  con  el  ánimo  sosegado  y  solemne,

como si hubiera pasado unos exámenes en el liceo... 

Sújarev jamás volvería a decir nada malo de mí. 

Al  llegar  al  destacamento,  Vasia  entregó  el

prisionero, sin sentido, al jefe. El blanco volvió en sí

al amanecer y declaró que el ferrocarril que debíamos

cruzar  estaba  protegido  por  un  tren  blindado,  en  el

apeadero  había  un  batallón  alemán,  y  en  Glújovka

estaba alojado un destacamento blanco mandado por

el capitán Zhíjarev. 

La  lozana  fronda  olía  a  cerezo  silvestre  en  flor.

Los  muchachos,  descansados,  estaban  animados  y

hasta parecían no tener ninguna inquietud. Volvió del

reconocimiento Fedia Syrtsov con sus alegres jinetes

y dio parte de que, por delante, no había nadie y que

los  campesinos  de  la  aldea  próxima  eran  partidarios

de  los  rojos  porque  hacía  tres  días  que  el

terrateniente, que huyera en octubre, había retornado

y  recorrido  con  unos  soldados  todas  las  isbas  en

busca de los bienes de su hacienda. A todos los que

les encontraron objetos del terrateniente, los azotaron

en la plaza, delante de la iglesia, con más saña que en

los  tiempos  de  la  servidumbre,  y  por  eso  los

campesinos se alegrarían de que llegasen los rojos. 

Luego de beber y. comer una tajada de tocino, me

puse en pie y dirigí los pasos hacia donde se apiñaba

un  grupo  de  soldados  rojos  en  derredor  del

prisionero. 

- ¡Eh! -gritóme, afable, Vasia Shmákov, que venía

a  mi  encuentro,  limpiándose,  con  la  manga  del

capote,  la  cara,  húmeda  después  dé  haberse  bebido

una  caldereta  de  agua  muy  caliente,  en  vez  de  té-.

¿Qué te pasó ayer, eh, amiguito? 

- ¿A qué te refieres? 

- A que tiraste el fusil. 

- ¿Y tú, que saltaste de la vertiente primero que yo

y acudiste después en ayuda? -le repliqué, picado. 

-  Pues  yo,  hermano,  nada  más  salté,  caí  en  un

tremedal;  aínas  si  saco  los  pies,  por  eso  acudí

después.  Pero  nos  salió  bien,  a  pesar  de  todo...

Cuando  oí a  mis  espaldas la explosión  de la  bomba,

pensé que os habían despanzurrado a ti y a Chubuk.

A  fe  mía  que  me  creí  que  os  habían  despanzurrado.

Llegué  donde  los  nuestros  y  les  dije:  "Esos  se  han

metido en un atolladero, dudo que salgan". Y pensé:

"No  me  ha  querido cambiar  el  portapliegos,  y  ahora

se  lo  encontrarán  de  balde  los  blancos".  Tienes  un

buen  portapliegos  -habló,  palpando  la  bandolera  del

fino  portapliegos  que  recogí  al  desconocido  que

maté-.  Bueno,  que  le  den morcilla  a tu  portapliegos,

si  no  quieres  cambiármelo  -agregó-.  El  mes  pasado

tuve otro mejor, pero lo vendí; ¡vaya con el niño, se

le han subido los humos por llevar este portapliegos!

 

 

 

-dijo, resoplando desdeñoso con la nariz. 

Miré  a  Vasia  y  me  asombré:  tenía  una  cara

colorada tan de bobalicón y hacía unos movimientos

tan  desgarbados,  que  no  parecía,  en  absoluto,  el

mismo que se arrastrara tan hábilmente el día anterior

entre los arbustos, espiando a los blancos, y fustigara

con tanta violencia al caballo, cuando se retiraba con

el prisionero atado a la silla. 

Los  soldados  rojos  iban  de  un  lado  para  otro,

terminando  de  almorzar,  abrochándose  las  guerreras

y  liándose  los  peales,  después  de  haber  descansado.

El destacamento debía ponerse pronto en marcha. 

Yo  estaba  ya  listo  para  emprender  la  marcha,  y,

por eso, me encaminé hacia la linde del bosque a ver

los cerezos silvestres en flor. 

Unos pasos, que se oyeron a un lado, me llamaron

la  atención.  Vi  al  prisionero  y,  detrás  de  él,  a  tres

camaradas con Chubuk. 

"¿Adónde  irán?",  pensé,  mirando  al  prisionero,

sombrío y desgreñado. 

- ¡Alto! -mandó Chubuk, y todos se detuvieron. 

Tras  mirar  al  prisionero  y  a  Chubuk,  comprendí

para qué lo habían traído; yo eché a correr, moviendo

con dificultad los pies, hacia un abedul y me detuve,

agarrándome fuertemente al tronco del mismo. 

Detrás sonó una breve salva. 

-  Muchacho  -me  dijo,  severo,  Chubuk,  con  un

deje de ligera compasión-, si te crees que la guerra es

algo  así  como  un  juego  o  un  paseo  por  bonitos

parajes, más vale que te vuelvas a tu casa. Un blanco

es  un  blanco,  y  entre  nosotros  no  hay  ninguna  línea

intermedia.  ¡Ellos  nos  fusilan,  y  nosotros  no  les

vamos a tener compasión! 

Elevé hacia él los ojos enrojecidos y le dije en voz

baja, pero firme: 

-  No  me  iré  a  casa,  Chubuk,  eso  ha  sido  por  la

sorpresa.  Yo  soy  rojo,  he  venido  a  combatir

voluntario... -dicho esto, me quedé cortado y agregué

quedo,  como  disculpándome-:  por  el  reino  luminoso

del socialismo. 

 

Capítulo sexto 

Hacía ya mucho que se había firmado la paz entre

Rusia y Alemania, pero, a pesar de ello, los alemanes

tenían  invadida  a  Ucrania  con  sus  tropas  y  se

metieron  también  en  el  Donbáss,  ayudando  a  los

blancos  a  formar  destacamentos.  Los  impetuosos

vientos primaverales olían a fuego y humo. 

Nuestro  destacamento,  lo  mismo  que  decenas  de

otros  destacamentos  de  guerrilleros,  actuaba  en  la

retaguardia casi por su cuenta y riesgo. Durante el día

nos  escondíamos  por  campos  y  barrancos  o

descansábamos,  alojándonos  en  algún  caserío

apartado; de noche hacíamos incursiones a apeaderos

protegidos  por  pocas  fuerzas.  Poníamos  emboscadas

en  los  caminos  vecinales  y  atacábamos  a  los

convoyes  enemigos,  interceptábamos  las  misivas  y

poníamos en fuga a los forrajeadores. 

 

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Pero  las  prisas  con  las  que  nos  apartábamos  del

 

Arkadi Gaidar

 

extrañas?  Una  vez,  por  ejemplo,  soñé  que  me

 

camino  de  los  grandes  destacamentos  enemigos  y  el

constante  afán  a  esquivar  los  combates  cara  a  cara

me  parecieron,  en  un  principio,  vergonzosos.  En

efecto, habían transcurrido ya mes y medio desde que

yo  estaba  en  el  destacamento,  y  aún  no  había

participado  en  ningún  combate  de  verdad.  Había

habido tiroteos. Habíamos atacado también a blancos

que  estaban  durmiendo  o  se  habían  rezagado.

Habíamos perdido la cuenta de los hilos telegráficos

cortados  y  los  postes  aserrados,  pero  aún  no

habíamos tenido un combate de verdad. 

-  Para  eso  somos  guerrilleros  -me  dijo  Chubuk,

sin  turbarse  lo  más  mínimo,  cuando  le  expresé  mi

asombro  respecto  al  comportamiento,  tan  feo,  a

juicio  mío,  del  destacamento-.  Querido  amigo,  te

gustaría ir en columna, como en un cromo, calando la

bayoneta  y  avanzar  como  diciendo:  ¡Mirad  qué

valientes  somos!  Pero  ¿cuantas  ametralladoras

tenemos?  Una,  con  tres  cintas  nada  más.  Pues

Zhíjarev  tiene  cuatro,  sistema  Maxim,  y  dos  piezas

de  artillería.  ¿Qué  podemos  hacer,  atacándolos  de

frente?  Hemos  de  vencerlos  de  otra  manera.  Los

guerrilleros somos como las avispas: pequeños, pero

con  aguijón.  Nos  echamos  encima,  picamos  y  nos

retiramos. Ese alarde de valentía no nos hace ninguna

falta; ¡eso no son más que pamplinas! 

En  ese  tiempo  conocí  a  numerosos  muchachos.

Por  las  noches,  de  guardia,  al  atardecer,  junto  a  la

hoguera,  y  entre  el  calor  del  mediodía,  bajo  los

cerezos  de  olorosos  huertos,  oí  hablar  mucho  de  la

vida de mis camaradas. 

Malyguin,  siempre  sombrío  y  hosco,  tuerto  por

haber perdido un ojo en una explosión producida en

una mina, contó: 

- No es mucho lo que puedo contar de mi vida. En

pocas  palabras,  que  fue  muy  dura.  En  los  últimos

veinte años ha estado dividida en tres partes iguales.

Me  levantaba  a  las  seis  de  la  mañana  con  dolor  de

cabeza  por  el  trabajo  de  la  víspera.  Me  ponía  los

andrajos, recibía la lámpara y bajaba a la mina. Allí,

a perforar, meter dinamita y  volar los barrenos. Una

voladura,  otra  voladura,  se  quedaba  uno  sordo, se le

embotaban los sentidos, y al montacargas. Lo subían

a  uno,  mojado  y  negro  como  el  diablo,  a  la

superficie. Así fue la primera parte de mi vida. Luego

iba a la tasca, me llevaba una botella sin pagar, pues

la  pagaban  después  las  oficinas.  Iba  a  la  tienda  del

amo, enseñaba allí la botella y me daban sin rechistar

dos  pepinos  en  salmuera,  pan  y  un  arenque.  ¡Esa

ración  se  acostumbraba  tomar  para  beberse  una

botella!  Y  a  comer  y  beber  tranquilamente,  pues  las

oficinas  pagaban  y  lo  descontarían  luego.  Así  fue la

segunda  parte  de  mi  vida.  La  tercera  consistía  en

acostarme  y  dormir.  Dormía  como  un  leño,  me

gustaba  dormir  más  que  beber  vodka,  y  me  gustaba

por  los  sueños  que  veía.  Hasta  hoy  no  entiendo  qué

es el sueño. ¿A qué se deberían aquellas visiones tan

 

llamaba el capataz de minas y me decía: "Malyguin,

ve a las oficinas y recibe lo que te corresponde por el

despido". "¿Por qué me despiden, señor capataz?", le

digo.  "Pues  porque  quieres  casarte  con  la  hija  del

director". "¿Pero qué dice usted, señor capataz, acaso

se  puede  concebir  que  un  minero  barrenero  se  case

con  la  hija  del  director?  ¿Cómo  quiere  usted  que

pueda  yo  casarme  con  la  hija  del  director,  si  por  mi

ojo  tuerto  no  se  casaría  conmigo  cualquier  moza

ordinaria?"  En  eso,  se  confundió  todo;  el  capataz

resultó  no  ser  el  capataz,  sino  el  potro  del  director,

uncido  al  coche  de  él.  Se  apea  del  coche  el  director

en  persona,  se  inclina  cortésmente  y  dice:  "Mira,

barrenero Malyguin, te doy la mano de mi hija, diez

mil rublos de dote y al capataz, digo, el potro con el

coche".  Quedé  atónito  de  alegría,  y,  apenas  me

dispuse a acercarme a él, me dio un bastonazo, luego

otro,  otro,  y  el  capataz  empezó  a  soltarme  coces  y

relinchar  "¡Ja-ja-ja!  ¡Ja-ja-ja!  ¡Conque  eso  querías!"

Y me daba de coces sin parar. Me atizó las coces con

tanta  furia,  que  hasta  grité  en  sueños  tan  fuerte  que

me  oyeron  en  todo  el  caserón.  Alguien  me  pegó  de

verdad un puñetazo en un costado para que no gritase

y no molestara a la gente por la noche. 

-  ¡Vaya  sueño!  -exclamó  Fedia  Syrtsov,  riendo-.

Bien se ve que estabas enamorado hasta los ojos de la

hija  del  señor,  por  eso  soñabas  con  ella.  A  mí

siempre  me  pasa  eso,  sueño  lo  que  pienso  por  la

noche. Hace tres días que no pude quitarle una bota a

un alemán muerto. Era una bota de montar buena, de

piel  de  cabritilla.  ¡Pues  la  veo  en  sueños  todas  las

noches! 

- ¡Una bota!... Tú sí que estás hecho una bota -le

respondió  Malyguin,  enojado-.  Pues  vi  a  la  hija  del

director  una  vez  nada  más  un  año  antes  de  eso.

Estaba yo borracho en una zanja. Pasó, andando, con

su madre, por un camino al lado de los huertos, y el

caballo con el coche las seguía. La madre, una señora

encopetada... con el pelo blanco, se acercó a mí y me

preguntó: "¿Cómo no le da vergüenza beber? ¿Dónde

está  su  fisonomía  humana?  Debiera  recordarse  de

Dios". "Perdón -le respondí-, es verdad que no tengo

fisonomía, por eso bebo". 

Se compadeció de mí la mamá de ella, me puso en

la mano una moneda de diez kopeks y me sermoneó:

"Mira,  gañancete,  qué  exuberante  está  la  naturaleza

en  torno,  cómo  brilla  el  sol  y  cantan  los  pájaros.  Y

usted anda borracho. Vaya y cómprese agua de seltz

y que se le despeje la cabeza". Me dio rabia, y le dije:

"No  soy  ningún  gañancete,  sino  un  minero  de  sus

minas.  Deje  a  la  naturaleza  que  esté  exuberante,  y

disfrútela  usted  a  su  gusto;  pero  lo  que  es  yo,  no

tengo  motivos  para  disfrutar  de  ella.  En  mi  vida  he

bebido agua de seltz, y si usted quiere hacer una obra

de  caridad,  añada  otros  diez  kopeks  para  que  pueda

comprarme         media          botella,        y        me     quitaré,

agradecidísimo,  la  resaca,  brindando  por  nuestra

 

 

La escuela

 

agradable entrevista". "¡Grosero! -me espetó la noble

dama-,  ¡grosero!  Mañana  diré  a  mi  marido  que  lo

despida  de  la  mina".  Montaron  en  el  coche  y  se

marcharon. Esa es toda la conversación que tuve con

ella, y en todo el tiempo que estuvimos hablando, la

hija  me  daba  la  espalda,  ¡y  tú  dices  que  yo  estaba

enamorado de ella hasta los ojos! 

-  ¡Para  qué  hablar  de  sueños!  -dijo,  riéndose,

Fedia  Syrtsov-.  ¿Queréis  que  os  cuente  un  caso  que

me ocurrió con una condesa? A fe mía que ese caso

me  hizo  revolucionario.  Es  un  caso,  que  si  os  lo

cuento, os quedaréis con la boca abierta. 

Al  decir  eso,  Fedia  sacudió  la  cabeza  y  entornó

los ojos como un gato que sale de la despensa de su

ama. 

- ¿Vas a contar mentiras, Fedia? -interrogó Vasia

Shmákov, curioso e incrédulo, arrimándose más. 

- Eso es cosa tuya, si quieres, te lo crees, y si no,

pues  no  te  lo  creas;  no  voy  a  presentarte

comprobantes de que el hecho es fidedigno. 

Fedia  se  desperezó,  sacudió  la  cabeza,  como

pensando si valía la pena o no contarlo y, chascando

con la lengua, empezó a hablar resuelto: 

-  Hará  de  esto  unos  tres  años.  Y,  ni  que  decir

tiene,  yo  era  un  mozo  guapo,  más  guapo  aún  que

ahora. El destino me deparó tener que entrar de zagal

en  la  hacienda  de  unos  condes.  Nuestro  conde  tenía

una  mujer  que  se  llamaba  Emilia,  y  una  institutriz

que se llamaba Ana, o sea Jeanette, entre ellos. 

Una  vez  estaba  yo  sentado  junto  a  un  estanque,

con el rebaño, y vi venir a dos, tapándose el sol con

sombrillas.  La sombrilla  de  la  condesa  era  blanca,  y

la de Jeanette, roja. Aquella Jeanette parecía un gobio

seco:  escuálida,  con  gafas  encima  de  la  nariz,  y

cuando pasaba por la aldea, se tapaba la nariz con un

pañuelo para que no la marease el olor del estiércol.

He de deciros que tenía en el rebaño un toro enorme,

un semental con todas las de la ley. ¡En cuanto vio la

sombrilla  colorada,  se  arrojó  con  furia  contra

Jeanette!  Me  puse  en  pie  de  un  salto  y  corrí  en  su

ayuda.  Las  dos  señoras  pusieron  el  grito  en  el  cielo.

La condesa se abalanzó a unos arbustos; Jeanette no

supo donde meterse, y dio, de miedo, con sus huesos

en  el agua.  El  semental  siguió  detrás,  y  ella,  la  muy

tonta, en vez de tirar la sombrilla, se tapaba con ella -

¡valiente  protección  había  encontrado!-,  chillando  al

mismo tiempo algo en alemán o francés, quién sabe.

Me metí en el agua, le quité la sombrilla y di con ella

al  semental  en  los  hocicos.  El  toro  se  enfureció  y

echó  detrás  de  mí;  yo  me  alejé,  nadando,  tiré  la

sombrilla  en  medio  del  estanque,  llegué  a  la  otra

orilla y me metí en los arbustos. En eso llegaron unos

pastores,  empezaron  a  gritar  y  meter  ruido  para

ahuyentar al toro, sacaron a Jeanette del cieno, y ella

se desmayó en la orilla. 

Fedia jadeaba, como si acabara de ponerse a salvo

del toro, chascó con la lengua y se dispuso a seguir,

pero en aquel instante sonó una voz en la entrada de

 

 

 

la casería. 

- ¡Fiódor... Syrtsov! Que te presentes al jefe. 

-  Ahora  voy  -repuso,  descontento,  Fedia,  y

prosiguió, sonriendo-: Mientras Jeanette volvió en sí,

se me acercó la condesa Emilia, pálida, con lágrimas

en  los  ojos  y  el  pecho  agitado.  "Joven  -me  dijo-

¿quién  eres?"  "Pues  soy,  vuestra  excelencia,  un

zagal,  y  me  llaman  Fiódor  de  nombre  y  Syrtsov  de

apellido".  La  condesa  exhaló  un  suspiro  y  me  dijo:

"Teodor  -así  es  Fiódor  como  hablan  ellos-,  Teodor,

acércate más". 

Qué  más  diría  la  condesa  a  Fedia  y  qué  relación

tendría  este  caso  con  su  marcha  posterior  con  los

rojos, no me enteré aquella vez, porque al lado se oyó

el tintineo de espuelas, y Shebálov apareció, enojado,

a nuestras espaldas.

-  Fiódor  -interrogó,  severo,  deteniéndose  y

apoyándose  en  el  sable-,  ¿has  oído  que  te  he

llamado? 

-  Sí,  lo  he  oído  -masculló  Fiódor,  poniéndose  en

pie-. ¿Y qué más? 

- ¿Qué es eso de "y qué más"? ¿Debes presentarte

cuando te llama el jefe o no? 

- ¡A sus órdenes, vuestra merced! ¿Qué manda? -

replicó  irónico  Fiódor,  en  vez  de  dar  una

contestación. 

A Shebálov, de ordinario blando y afable, lo sacó

de quicio la réplica de Fedia. 

-  A  mí  no  se  me  trata  de  vuestra  merced  -dijo,

serio  y  apesadumbrado-;  ni  soy  para  ti  vuestra

merced,  ni  tú  eres  para  mí  un  oficial  de  graduación

inferior.  Pero  soy  el  jefe  del  destacamento  y  debo

exigir  que  se  me  obedezca.  Han  venido  unos

campesinos del caserío de Temliukov. 

-  ¿Y  qué?  -los  negros  ojos  de  Fedia  corrieron  de

un lado a otro, con expresión culpable. 

-  Han  venido  a  quejarse.  Dicen  que  nuestros

batidores  han  estado  en  su  caserío  y  que,  como  es

natural, se alegraron de verlos, pues eran camaradas.

El  jefe,  un  moreno,  los  reunió  para  hablarles  del

apoyo al Poder soviético, les habló de la tierra y los

terratenientes.  Y  mientras  ellos  escucharon  y

escribieron  una  resolución,  los  batidores  anduvieron

cogiendo gallinas y rebuscando por las cuevas de los

campesinos para llevarse la crema de la leche. ¿Qué

dices  a  eso,  eh,  Fiódor?  Puede  que  te  hayas

equivocado  de  rumbo  y  sea  mejor  que  te  vayas  con

los  bandidos  ucranianos,  eso  se  estila  entre  ellos,

¡pero  en  mi  destacamento  no  debe  haber  semejantes

escándalos! 

Fiódor  calló  despectivamente  y,  bajos  los  ojos,

daba golpecitos con la fusta en la punta de su bota de

montar. 

-  Te  lo  digo  por  última  vez,  Fiódor  -prosiguió

Shebálov,  pasando  un  dedo  por  el  pomo  rojo  del

brillante  sable-.  No  soy  vuestra  merced,  sino  un

zapatero y un hombre sencillo, pero ya que me habéis

hecho jefe,  exijo  que se  me  obedezca.  Y  te prometo

 

49

 

50

 

por última vez, delante de todos, que si sigues por el

mismo  camino,  no  repararé  en  que  seas  un  buen

combatiente        y        camarada,   ¡te      expulsaré     del

destacamento! 

Fiódor lanzó una mirada de reto a Shebálov, ojeó

a  los  soldados  rojos,  que  se  habían  agolpado  en

derredor,  y,  al  no  encontrar  apoyo  en  ninguno  de

ellos,  a  excepción  de  tres  o  cuatro  jinetes,  que  le

sonreían  aprobatorios,  le  dio  aún  más  coraje  y  le

respondió a Shebálov, con mal oculta cólera: 

-  ¡Mira,  Shebálov,  no  tengas  tanta  afición  a

apartar  a  la  gente  de  tu  lado,  que  hoy  la  gente  se

cotiza cara! 

-  Te  expulsaré  -profirió  quedo  Shebálov  y,

bajando la cabeza, se encaminó lento hacia la entrada

de la casería. 

Me  produjo  muy  mala  impresión  el  diálogo  de

Shebálov  con  Syrtsov.  Sabía  que  Shebálov  tenía

razón,  y,  a  pesar  de  todo,  me  ponía  de  parte  de

Fiódor. "Bueno, hay que decírselo -pensé-, pero no se

debe amenazar". 

Fiódor  era  uno  de  los  mejores  combatientes  que

teníamos  y  siempre  estaba  alegre  y  lleno  de  ímpetu.

Si  hacía  falta  averiguar  algo,  atacar  de  improviso  a

algunos  forrajeadores  o  acercarse  a  una  hacienda  de

terrateniente,  protegida  por  los  blancos,  Fiódor

siempre  encontraría  la  senda  más  cómoda  y  llegaría

sin  ser  visto  por  barrancos  tortuosos  y  por  detrás  de

los corrales. 

A  Fiódor  le  gustaba  acercarse  furtivamente,  de

manera que no sonaran las herraduras ni las espuelas,

que  no  relincharan  los  caballos;  y  si  lo  hacían,  les

daba  puñetazos  en  los  morros;  y  que  los  jinetes  no

hablasen;  de  lo  contrario,  les  atizaba  con la  fusta  en

la  espalda.  Los  caballos  de  Fiódor,  amaestrados,  no

relinchaban,  ni  los  jinetes  cuchicheaban  entre  sí,

pegados a sus monturas; él mismo iba a la cabeza de

los  batidores,  algo  inclinado  hacia  las  abundantes

crines de su potro amblador, y se parecía a un lagarto

rapaz que se acercaba, deslizándose, a un moscardón

enmarañado en la hierba. 

En  cambio,  cuando  los  centinelas  enemigos

advertían  la  descubierta  y  daban  la  voz  de  alarma,

apenas  les  daba tiempo  a  los  blancos  de  ponerse los

pantalones, y al soñoliento ametrallador, de meter la

cinta  en  la  ametralladora,  cuando  el  pequeño  y  ágil

destacamento  irrumpía,  levantando  un  estrépito  de

fusilería y explosiones de bombas de mano a diestro

y  siniestro,  dando  gritos  y  silbidos.  Entonces  era

cuando  a  Fiódor  le  gustaba  el  ruido  y  el  estruendo.

No  importaba  que  las  balas  disparadas  al  galope  no

dieran en el blanco, ni que una bomba lanzada en la

hierba estallase sin herir a nadie, haciendo revolotear

casi  hasta  los  tejados  a  las  espantadas  gallinas  y

gordos  gansos.  ¡Que  hubiera  el  máximo  pánico  y

alboroto! Que al enemigo, aturdido, le pareciese que

en la aldehuela habían irrumpido incontables fuerzas

de  los  rojos.  Que  temblasen  los  dedos  al  meter  el

 

Arkadi Gaidar

 

cargador; que se encasquillase, con la cinta torcida, la

ametralladora sacada precipitadamente, y, lo que era

más importante, que salieran de las casuchas ya uno

ya  otro  soldado  y,  sin  haber  visto  aún  nada,  sin

haberse despabilado aún, tirasen los fusiles y gritasen

alelados, sin comprender, lanzándose a la valla: 

-  ¡Estamos  copados!...  ¡Los  rojos  nos  han

cercado! 

Y  entonces,  dejando  las  bombas  de  mano  en  el

cinto  y  colgándose  los  fusiles  a  la  bandolera,  los

batidores  de  Fedia,  enardecidos  por  el  éxito,

empezaban a asestar silenciosos tajos con sus fríos y

acerados sables. Así era Fiódor Syrtsov. "¿Acaso por

unas  gallinas  cualesquiera  y  un  poco  de  crema  de

leche  se  puede  expulsar  del  destacamento  a  un

combatiente tan inapreciable?", pensé. 

 

Aún  seguía  yo  algo  sumido  en  mis  reflexiones,

motivadas  por  la  discusión  entre  Fedia  y  Shebálov,

cuando Chubuk, que estaba vigilando desde el tejado

de la casa, gritó que hacia la casería venía un nutrido

destacamento  de  infantería.  Los  soldados  rojos  se

alborotaron  y  empezaron  a  correr  de  un  lado  para

otro.  Creyérase  que  ningún  jefe  podría  poner  orden

en  aquella  masa  alarmada.  Nadie  aguardó  órdenes

algunas;  cada  uno  sabía  de  antemano  lo  que  debía

hacer.  Inclinándose,  los  soldados  de  la  primera

compañía, la de Galda, pasaron corriendo de uno en

uno,  comprobando  sobre  la  marcha  si  estaban

cargados  los  fusiles  y  masticando  los  últimos

bocados  del  desayuno,  que  habían  tenido  que

abandonar, hacia el extremo de la casería y, echando

cuerpo  a  tierra,  fueron  formando  una  línea  más

cerrada. Los batidores ajustaban las barrigueras a los

caballos,  les  ponían  las  bridas  y  los  desmaneaban  o

les  cortaban  las  trabas  con  la  hoja  del  sable.  Los

ametralladores bajaron del carro la Colt y las cintas.

Tras Sújarev, colorado y sudoroso, los soldados rojos

de la segunda compañía corrieron por una senda a la

linde  del  bosque.  Momentos  después  todo  quedó  en

silencio.  Shebálov  descendió  los  peldaños  del

portalillo,  mandando  al  paso  algo  a  Fiódor.  Y  éste

asintió con la cabeza, como diciendo: bueno, lo haré.

Se cerraron las contraventanas, y el amo de la casería

bajó a la cueva con las mujeres y los chiquillos. 

- Alto -me mandó Shebálov-. Quédate aquí. Sube

al tejado con Chubuk: lo que él vea desde allí, ven a

decírmelo a la linde del bosque. Y dile que mire a la

derecha,  a  la  carretera  de  Jamur,  por  si  se  ve  allí

algún movimiento. 

Uno,  dos,  tin...  tin...  sonaron  los  pasos  y  las

espuelas  de  Shebálov.  Un  pato,  que  se  estaba

calentando al sol, parpó perezoso; levantando la cola,

manchada  de  sebo  de  carro,  cantó  desde  la  valla,

arrogante  y  despreocupado,  un  gallo.  Cuando  se

calló,  se  arrojó  de  la  valla  con  pesado  aleteo  y  se

metió en lo espeso de unos polvorientos lampazos; en

la  casería  se  hizo  una  calma  tan  completa,  que  del

 

La escuela

 

silencio emergió el tenue murmullo de una alondra y

el monótono bordoneo de las abejas, que recogían el

cálido y aromático néctar de las flores. 

- ¿Qué quieres? -me preguntó Chubuk, sin volver

la cabeza, cuando me subí al tejado de paja. 

- Me ha mandado Shebálov para que te ayude. 

- Bueno, siéntate y no te asomes. 

-  Chubuk,  mira  a  la  derecha  -le  dije,

transmitiéndole la  orden  de  Shebálov-,  mira  si  se  ve

algún movimiento en la carretera de Jamur. 

- No te muevas -repuso él, breve, y, quitándose el

gorro,  asomó  la  cabeza,  grande,  por  detrás  de  la

chimenea. 

El  destacamento  enemigo  no  se  veía:  había

quedado oculto en una vaguada, pero debía volver a

aparecer  de  un  momento  a  otro.  La  paja  del  tejado

era  escurridiza  y,  para  no  deslizarme  al  suelo,

procuraba no moverme y abrir con la punta de la bota

un  hoyuelo  en  el  que  apoyarme.  Chubuk  tenía  la

cabeza  casi  junto  a  la  mía.  Y  entonces  advertí  por

primera  vez  que  entre  sus  ásperos  cabellos  negros

despuntaban  algunas  canas.  "¿Será  ya  viejo?,  pensé,

asombrado. 

No  sé  por  qué,  me  pareció  raro  que  Chubuk,

hombre  ya  de  edad  provecta,  con  canas  y  arrugas

junto a los ojos, estuviera a mi lado, en el tejado, y,

abriendo  torpemente  las  piernas,  para  no  escurrirse,

asomara  la  cabeza,  grande  y  desgreñada,  por  detrás

de la chimenea. 

- ¡Chubuk! -lo llamé, susurrando. 

- ¿Qué? 

-  Chubuk...  Ya  eres  viejo  -le  dije,  sin  saber  para

qué. 

-  Ton-to...  -me  respondió,  volviendo  la  cabeza,

enojado-. ¿Para qué le das a la lengua? 

En  eso  Chubuk  bajó  la  cabeza  y  retrocedió  con

todo el cuerpo. El destacamento salía de la vaguada.

Sentí  que  la  inquietud  se  adueñaba  de  Chubuk.

Empezó a respirar y moverse, emocionado. 

- ¡Boris, mira! 

- Lo veo. 

- Baja corriendo y dile a Shebálov que han salido

de  la  vaguada,  pero  adviértele  que  se  nota  algo

sospechoso:  al  principio  avanzaban  en  columna  de

marcha,  pero,  mientras  han  estado en  la  vaguada,  se

han  desplegado  por  secciones.  Qué,  ¿has  entendido?

¿Por  qué  se  habrán  desplegado  por  secciones?  ¿Tal

vez  sepan  que  estamos  en  la  casería?  ¡Date  prisa  y

vuelve a escape! 

Saqué la punta de la bota del hoyuelo hecho en la

paja y, deslizándome, fui a caer encima de un gordo

cerdo,  que  se  lanzó  a un lado,  gruñendo.  Encontré a

Shebálov.  Estaba  detrás  de  un  árbol,  mirando  con

unos  prismáticos.  Le  dije  lo  que  me  encargara

Chubuk. 

-  Lo  veo  -respondió  de  un  talante  como  si  yo  lo

hubiese ofendido-. Lo veo yo mismo. 

Comprendí  que  estaba  irritado  por  la  inopinada

 

 

 

maniobra del enemigo. 

-  Vuelve  al  tejado  y  no  os  bajéis,  poned  más

atención al flanco, a la carretera de Jamur. 

Torné  corriendo  al  patio,  en  el  que  no  había  un

alma, y me encaramé a la seca valla para subir desde

allí al tejado. 

- ¡Soldadito! -oí un susurro. 

Volví la cabeza, asustado y sin comprender quién

ni de dónde me llamaba. 

- ¡Soldadito! -repitió la misma voz. 

Entonces  vi  que  la  puerta  de  la  cueva  estaba

entreabierta,  y  de  ella  asomaba  la  cabeza  de  una

mujer, el ama de la casería. 

- Qué -me interrogó-, ¿vienen? 

- Sí, vienen -le respondí, susurrando también. 

-  ¿Qué  traen...  sólo  ametralladoras,  o  tienen

también  cañones?  -inquirió  la  mujer,  persignándose

rápidamente-. Señor, que traigan sólo ametralladoras,

¡pues con los cañones harán añicos la casa! 

No  me  dio  tiempo  a  responderle,  cuando  se  oyó

un  tiro,  y  una  bala  invisible  silbó  sonora  en  lo  alto:

tii-iuu... 

La cabeza de la mujer desapareció, y la portezuela

de  la  cueva  se  cerró.  "Empieza"  -pensé  y,  sintiendo

un acceso de esa enfermiza emoción que se apodera

del hombre antes del combate, no cuando suenan ya

los  estampidos  del  tiroteo,  tabletean,  furiosas,  las

ametralladoras  y  atruenan,  solemnes,  los  cañones,

sino  cuando  aún  no  se  oye  nada,  cuando  todo  el

peligro  está  aún  por  delante...”  ¿Por  qué  habrá  tanta

calma  y  por  qué  durará  tanto?  -piensa  uno-.  Que

empiece cuanto antes". 

Tíi-iuu..., silbó otra bala. 

Pero  aún  no  empezaba  nada.  Probablemente,  los

blancos  sospechaban,  pero  no  lo  sabían  a  ciencia

cierta, que la casería estaba ocupada por los rojos, y

dispararon dos tiros al tuntún. Así se aproxima el jefe

de  una  pequeña  descubierta  a  los  puestos  de

vigilancia  del  enemigo,  rompe  el  fuego  y,  por  el

ruido con que le responde el grupo de protección, por

el tableteo de las ametralladoras, determina la fuerza

del enemigo, pasa al otro flanco, empieza a disparar

descargas  cerradas,  alarma  al  adversario  y  se  retira

precipitado, sin vencer a nadie, sin causar bajas, pero

habiendo logrado el fin que se proponía, obligando a

éste a desplegarse y mostrar sus verdaderas fuerzas. 

Nuestro  destacamento,  desplegado  en  línea  de

combate, no respondía. 

Entonces, cinco soldados      del     adversario,

montados  en  negros  trotones,  desafiando  el  peligro,

se  apartaron  del  grueso  de  sus  fuerzas  y  avanzaron

ligeros.  A  unos  trescientos  metros  de  la  casería  se

detuvieron,  y  uno  de  ellos  enfiló  los  prismáticos,

deslizándolos  por  el  borde  de  la  valla  y  alzándolos

lentamente  al  tejado,  hacia  la  chimenea,  tras  la  que

nos ocultábamos Chubuk y yo. 

"También  son  astutos,  saben  dónde  buscar  a  los

observadores", pensé, escondiendo la cabeza tras las

 

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espaldas    de      Chubuk       y        experimentando    la

desagradable  sensación  que  domina  a  uno  en  la

guerra  cuando  el  adversario,  a  despecho  de  uno,

acorta  la  distancia  hasta  él  con  los  prismáticos;  o

rebusca al lado, disipando las tinieblas, el haz de luz

de un reflector para descubrir la columna de fuerzas;

o cuando un aeroplano de reconocimiento da vueltas

encima  de  la  cabeza  de  uno,  y  éste  no  tiene  donde

esconderse  para  que  no  lo  vean  sus  observadores

invisibles. 

Entonces  la  cabeza  empieza  a  parecerle  a  uno

demasiado  grande,  los  brazos  largos,  y  el  tronco

torpe,  voluminoso.  Lamenta  uno  no  poderlos  meter

en  ningún  sitio,  no  poder  encogerse,  hacerse  un

ovillo,  confundirse  con  el  tejado  de  paja  o  con  la

hierba,  como  permanece  inadvertido  un  gorrión  con

las plumas erizadas entre un montón de ramas bajo la

atenta mirada de un milano que planea silencioso. 

- ¡Nos han descubierto! -gritó Chubuk-. ¡Nos han

descubierto!  -y,  como  si  quisiera  mostrar  que  ya  no

había  por  qué  jugar  más  al  escondite,  asomó  la

cabeza  por  detrás  de  la  chimenea  y  cerró  el  cerrojo

del fusil. 

Quise  bajar  y  dar  parte  a  Shebálov.  Mas,  por  lo

visto,  desde  la  linde  del  bosque  también  se  habían

dado  cuenta  de  que  la  celada  había  fracasado  y  de

que  los  blancos  no  avanzarían  hacia  la  casería  sin

desplegarse  en  guerrilla,  pues  desde  detrás  de  los

árboles dispararon contra los jinetes adversarios. 

Las  secciones  desplegadas  de  los  blancos  se

extendieron  en  puntos  negros  a  derecha  e  izquierda,

en orden abierto de tiradores. Poco antes de llegar al

montículo,  por  el  que  los  blancos  se  habían

desplegado,  el  jinete  de  atrás  cayó  con  el  caballo  al

camino. Cuando el viento disipó la nube de polvo, vi

que  yacía  sólo  el  caballo;  el  jinete,  cojeando  y

agachándose mucho, corría hacia los suyos. 

Una  bala  dio  en  los  ladrillos  de  la  chimenea,

lanzándonos        polvo          de      la       cal     arrancada    y

obligándonos a esconder la cabeza. La chimenea era

un  buen  blanco.  Bien  es  verdad  que,  tras  ella,  los

tiros  directos  no  podían  darnos,  pero  teníamos  que

estar  sin  asomar  la  cabeza.  De  no  haber  sido  por  la

orden  de  Shebálov  de  prestar  atención  a  la  carretera

de  Jamur,  nos  hubiéramos  bajado.  El  desordenado

tiroteo  se  convirtió  en  un  duelo  de  fusilería.  Fueron

aplacándose  los  disparos  aislados  de  los  blancos,  y

empezaron  a  tabletear  las  ametralladoras.  Cubierta

por su fuego, la desigual línea avanzaba unas decenas

de metros y volvía a echar cuerpo a tierra. Entonces

se  callaban las  ametralladoras  y  volvía  a  empezar  el

tiroteo  de  la  fusilería.  Así,  poco  a  poco,  con  una

tenacidad  que  daba  prueba  de  buena  disciplina  y

adiestramiento,  los  blancos  fueron  avanzando,

aproximándose más y más. 

- Son fuertes los condenados -murmuró Chubuk-.

Se  meten  que  se  las  pelan.  No  parecen  los  de

Zhíjarev. ¿No serán alemanes? 

 

Arkadi Gaidar

 

-  ¡Chubuk!  -grité-.  Mira  a  la  carretera  de  Jamur,

allá, junto a la linde del bosque, se mueve algo. 

- ¿Dónde? 

- No es allí... Mira más a la derecha. Mira recto a

través  del  estanque...  ¡Mira!  -grité,  al  ver  que  en  la

linde  brilló  algo,  parecido  al  destello  de  un  rayo  de

sol reflejado por un trozo de vidrio. 

Se  oyó  en  el  aire  un  extraño  sonido,  parecido  al

estertor  de  un  caballo  con  el  gaznate  cortado.  El

ronquido se convirtió en un zumbido. El aire resonó

como  una  campana  cascada;  algo  estalló  a  un  lado.

En el primer momento me pareció que, muy cerca de

nosotros,  había  salido  un  relámpago  pardo  de  una

nube de humo y polvo negro; el aire se estremeció y

me  empujó  suavemente,  como  una  ola  de  cálida

agua,  en  la  espalda.  Cuando  abrí  los  ojos,  vi  que  la

seca paja del cobertizo, que había en el huerto, ardía

con pálida llama, casi invisible al sol. 

El  segundo proyectil explotó entre los caballones

del huerto. 

- Bajémonos -dijo Chubuk, volviendo hacia mí la

cara gris, preocupada-. Bajemos, hemos caído en una

de órdago; creo que no son los de Zhíjarev, sino los

alemanes.  En  la  carretera  de  Jamur  tienen  una

batería. 

Al  primero  a  quien  vi  en  la  linde  fue  al  pequeño

soldado rojo, apodado el Hurón. 

Estaba  sentado  en  la  hierba  y  se  abría  con  una

bayoneta  austríaca  la  manga  ensangrentada  de  la

guerrera. Su fusil con el cerrojo abierto y un cartucho

disparado a medio sacar, estaba al lado. 

-  ¡Son  los  alemanes!  -gritó,  sin  responder  a  mi

pregunta-. ¡Nos largamos ahora mismo! 

Le di mi jarrillo de hojalata para que sacara agua

de un arroyo y seguí corriendo. 

Propiamente  dicho,  la  manga  ensangrentada  del

Hurón  y  sus  palabras  sobre  los  alemanes  fueron  lo

último  que  pude  restablecer  luego,  por  orden,  en  la

memoria, al recordar este primer combate de verdad.

Me  acuerdo  bien  de  todo  lo  demás  a  partir  del

momento en que se me acercó Vasia Shmákov y me

pidió el jarrillo para beber agua. 

- ¿Qué llevas en la mano? -me interrogó. 

Miré y me turbé, al ver que en la mano izquierda

apretaba  fuertemente  un  cascote  grande  de  piedra

gris.  No  sabía  cómo  ni  para  qué  había  cogido  yo

aquella piedra. 

- Vasia, ¿por qué llevas ese casco? -le pregunté. 

- Se lo he quitado a un alemán. Déjame el jarrillo

para beber. 

- No lo tengo. Lo tiene el Hurón. 

- ¿El Hurón? -inquirió Vasia, y silbó-. Pues no lo

volverás a ver, amiguito. 

-  ¿Por  qué  no  lo  volveré  a  ver?  Se  lo  he  dejado

para que sacara agua. 

-  Se  perdió  tu  jarrillo  -dijo  Vasia,  riendo  y

sacando agua de un arroyo con el casco-. Se perdió tu

jarrillo y el Hurón también. 

 

La escuela

 

- Lo han matado? 

- Hasta hincar el pico -respondió Vasia, riéndose,

no  sé  por  qué-.  El  soldadito  Hurón  ha caído  en  aras

de las armas rojas. 

-  ¿Por  qué  te  guaseas  siempre,  Vasia?  -le

pregunté,  indignado-.  ¿Es  que  no  te  da  ninguna

lástima del Hurón? 

- ¿A mí? -interrogó Vasia, por su parte, sorbiendo

con la nariz y limpiándose los labios húmedos con la

palma sucia de la mano-. Sí, amiguito, me da lástima

del  Hurón,  de  Nikishin,  de  Serguéi  y  de  mí  mismo

también.  Los  malditos,  mira  cómo  me  han  puesto  el

brazo. 

Movió el hombro y vi que tenía el brazo izquierdo

vendado con un trapo gris. 

- Me ha dado en la molla... pasará -agregó-. Sólo

me  escuece  -dijo,  volviendo  a  sorber  con  la  nariz  y,

chascando  con  la  lengua,  agregó  de  sopetón-:  Y  si

nos  paramos  a  pensar  ¿por  qué  nos  hemos  de  tener

lástima? Nadie nos ha traído a la fuerza, por lo tanto,

nosotros  mismos  sabíamos  a  lo  que  veníamos.  ¡Así

que no podernos quejarnos! 

Algunos  momentos  del  combate  se  me  quedaron

grabados en la memoria; lo único que yo no podía era

restablecerlos en su continuidad y ligazón. Recuerdo

que,  con  una  rodilla  en  tierra,  entablé  largo  tiroteo

con  un  alemán,  que  estaba,  a  lo  sumo,  a  doscientos

pasos  de  mí.  Y,  por  temor  de  que  él  disparase  antes

que  yo,  apretaba  el  gatillo  bruscamente,  tras  haber

apuntado  mal,  y  marraba.  Probablemente  a  él  le

pasara  otro  tanto,  y  por  eso  yo  también  marraba  los

tiros. 

Recuerdo  que  la  explosión  de  un  proyectil  volcó

 

 

 

valiente como nadie. 

-  ¡Qué  importa  que  sea  valiente,  si  no  es  trigo

limpio! No le gusta el orden y le importan un pito los

del  Partido.  Dice  que  tiene  su  programa  propio:

zurrar a los blancos hasta que no quede uno, y luego,

lo  que  sea  sonará.  A  mí  no  me  gusta  mucho  ese

programa. Eso es niebla y no un programa. ¡Sopla el

viento, y la disipa! 

Nos  mataron  a  diez  y  nos  hirieron  a  catorce

hombres, seis de los cuales murieron. Si hubiéramos

tenido  enfermería,  médicos  y  medicamentos,  se

hubieran salvado muchos heridos. 

En  lugar  de  enfermería  teníamos  un  claro  de

bosque,  y  en  vez  de  médico,  a  Kaluguin,  enfermero

de  la  guerra  con  Alemania;  de  medicamentos  sólo

teníamos  yodo,  toda  una  lata,  de  las  que  se  utilizan

para  la  nafta,  llena  de  yodo.  No  lo  escatimábamos.

Delante  de  mí,  Kaluguin  llenó  hasta  los  bordes  una

cuchara  sopera  de  madera  y  vertió  el  yodo  en  la

ancha herida desgarrada de Lukovánov. 

- No es nada -le dijo, tranquilizándolo-. Aguanta...

El yodo es útil. Sin yodo las espichas como dos y dos

son cuatro, y con él, a lo mejor te salvas. 

Debíamos  replegarnos  hacia  los  nuestros,  al

Norte,  donde  estaba  el  grueso  de  las  unidades

regulares  del  Ejército  Rojo:  nos  quedaban  ya  pocos

cartuchos.  Pero  los  heridos  nos  detenían.  Cinco  aún

podían  caminar,  pero  tres  ni  se  morían  ni  sanaban.

Entre  ellos  estaba  Yasha  el  Gitanillo,  que  había

aparecido de improviso en nuestro destacamento. 

En  una  ocasión,  cuando  nos  disponíamos  a

ponernos  en  marcha  desde  el  caserío  de  Arjípovka,

nuestro destacamento formó a lo largo de la calle. 

 

53

 

nuestra

 

ametralladora.

 

La

 

emplazaron

 

Al contarnos, el soldado del flanco izquierdo, que

 

inmediatamente en otro sitio. 

-  ¡Recoged  las  cintas!  -gritó  Sújarev-.  ¡Ayudad,

demonios! 

Tomé  una  de  las  cajas  tiradas  en  la  hierba  y  la

llevé. Recuerdo luego como si Shebálov me hubiese

sacudido de un hombro y me hubiese regañado; pero

no comprendí el por qué. 

Luego creo que una bala mató a Nikishin. O no...

A Nikishin lo mataron antes, porque cayó cuando yo

aún  iba  corriendo  con  la  caja,  y  antes  de  caer  él  me

gritó: "¿Adónde la llevas? La ametralladora está en la

dirección contraria. 

Yendo montado Fiódor, mataron su caballo. 

-  Fiódor  está  llorando  -dijo  Chubuk-.  Llora

desconsolado, con la cabeza hundida en la hierba. Me

he  acercado  a  él  y  le  he  dicho:  "No  llores,  aquí  no

tenemos  tiempo  de  llorar  ni  siquiera  por  las

personas".  Se  ha  revuelto  contra  mí  y  ha  sacado  el

revólver, diciéndome: "Márchate, o te pego un tiro",

con los ojos muy turbios. Me he ido, sin hacerle más

caso.  ¿Para  qué  hablar  con  un  loco?  Este  Fiódor  no

es trigo limpio -siguió Chubuk, encendiendo la pipa-.

No me fío de él. 

-  ¿Por  qué  no  te  fías?  -intercedí  por  él-.  Es

 

era el infortunado Hurón, de baja estatura, exclamó: 

- ¡Ciento cuarenta y siete sin cubrir! 

Hasta  entonces  el  Hurón  había  sido  siempre  el

ciento  cuarenta  y  seis  cubierto.  Shebálov  se  puso  a

gritar: 

- ¡Qué mentiras son ésas! ¡Contaos de nuevo! 

Nos  volvimos  a  contar,  y  el  Hurón  resultó  otra

vez el ciento cuarenta y siete sin cubrir. 

-  ¡El  diablo  os  confunda!  -exclamó,  enojado,

Shebálov-. ¿Quién equivoca la cuenta, Sújarev? 

- Nadie -respondió Chubuk desde su fila-. Es que

ha aparecido uno más. 

Miramos y, efectivamente, en la formación, entre

Chubuk  y  Nikishin,  había  un  bisoño.  Tendría

dieciocho o diecinueve años. Era moreno, con el pelo

rizado y desgreñado. 

-  ¿De  dónde  has  salido?  -interrogóle,  asombrado,

Shebálov. 

El muchacho no respondió. 

-  Se  ha  puesto  aquí, a  mi  lado  -explicó  Chubuk-.

Pensé  que  habían  admitido  a  algún  novato.  Ha

venido con su fusil y se ha puesto aquí. 

-  Dinos  al  menos  quién  eres  -exigió,  enfadado,

Shebálov. 

 

 

54

 

 

 

- Soy... un gitano rojo -respondió el bisoño. 

-  ¿Un  gi-ta-no  rojo?  -interrogó,  desorbitando  los

 

 

 

- ¿Qué estás cantando, Gitanillo? 

Tardó en responder: 

 

Arkadi Gaidar

 

ojos,  Shebálov  y,  echándose  a  reír,  agregó-:  ¿Qué

gitano puedes ser tú? ¡Eres todavía un gitanillo! 

Se  quedó  en  nuestro  destacamento  con  el  apodo

de Gitanillo. 

Ahora  el  Gitanillo  tenía  el  pecho  atravesado.  La

palidez se le traslucía por la tez morena de la cara, y

él balbuceaba a menudo algo, secos los labios, en su

incomprensible dialecto. 

-  En  todo  el  tiempo  que  llevo  en  la  mili...  me  he

tirado media campaña alemana, y ahora también hace

mucho  que  estoy  combatiendo  -decía  Vasia

Shmákov-,  pero  nunca  he  visto  a  soldados  gitanos.

He  visto  a  tártaros,  morduinos  y  chuvaches,  pero  a

gitanos no. Considero a los gitanos gente perniciosa:

ni  siembran  trigo,  ni  tienen  oficio  ni  beneficio,  ni

saben  ellos  más  que  robar  caballerías  y  sus  mujeres

engañar  a  todo  el  mundo.  No  acierto  a  comprender

para qué ha venido a nuestro destacamento. ¡Libertad

tienen  cuanta  quieren!  Carecen  de  tierra  que

defender.  ¿Y  para  qué  la  querrían?  Tampoco  tienen

nada  que  ver  con  los  obreros.  ¿Qué  provecho,  saca,

pues,  viniéndose  con  nosotros?  ¡Algún  provecho

sacará, aunque no se vea! 

-  Puede  que también esté por la revolución,  ¿qué

sabes tú? 

-  En  la  vida  creeré  que  los  gitanos  estén  por  la

revolución. Antes de la revolución los castigaban por

las  caballerías  robadas,  ¡y  después  de  la  revolución

los han de castigar por lo mismo! 

-  ¿Tal  vez  no  roben  nada  después  de  la

revolución? 

Vasia replicó, sonriendo incrédulo e irónico: 

-  No  sé,  pero  en  nuestro  pueblo  les  pegaban  con

cachiporras  y  palos,  y  de  nada  les  servía,  seguían

robando:  ¿Es  que  les  va  a  hacer  cambiar  la

revolución? 

-  Estás  tonto,  Vasia  -terció  Chubuk,  que  hasta

entonces  no  había  despegado  los  labios-.  En

sacándote de tu casa y tu caballejo no ves un palmo

más  allá  de  tus  narices.  A  tu  parecer,  toda  la

revolución terminará en que te den gratis un trozo de

tierra  y  unos  veinte  troncos  del  bosque  del

terrateniente,  en  que  cambien  al  alcalde  por  un

presidente, y la vida seguirá igual que antes. 

 

Capítulo séptimo 

Al  cabo  de  dos  días  el  Gitanillo  se  sintió  mejor.

Por  la  tarde,  cuando  me  acerqué  a  verlo,  estaba

encima  de  un  montón  de  hojarasca  y  cantaba  quedo

algo, fija la vista en el cielo estrellado. 

-  Gitanillo  -le  propuse-,  ¿quieres  que  encienda

una  hoguera  a  tu  lado,  haga  té  y  lo  tomemos  con

leche? tengo leche en la cantimplora. 

Fui  por  agua,  colgué  la  caldereta  en  la  baqueta,

sostenida  entre  dos  bayonetas  hincadas  en  tierra  y,

sentándome junto al herido, le interrogué: 

 

- Una canción muy vieja, en la que se dice que los

gitanos  no  tienen  tierra  patria,  y  les  sirve  de  patria

aquella que los acoge bien. Siguen preguntando: "¿Y

dónde  te  acogen  bien,  gitano?"  Y  responde:  "He

recorrido muchos países, he estado con los húngaros,

con  los  búlgaros  y  con  los  turcos,  he  recorrido

muchas  tierras  con  mi  tribu  y  aún  no  he  encontrado

una tierra en la que hayan recibido bien a mi tribu". 

-  Gitanillo  -le  pregunté-,  ¿para  que  has  venido  a

nuestro destacamento? A vosotros no os movilizan. 

Le  relucieron  los  ojos,  se  incorporó,  apoyándose

en un codo, y respondió: 

-  He  venido  voluntario,  no  hace  falta  que  me

movilicen.  ¡Estoy  harto  de  la  tribu!  Mi  padre  sabe

robar  caballerías,  y  mi  madre  echa  la  buenaventura.

Mi  abuelo  también  robaba  caballos,  y  mi  abuela

echaba la buenaventura, y ni el uno robó la felicidad

ni  la  otra  se  echó  en  la  buenaventura  una  suerte

venturosa. Hay que obrar de otra manera... 

El Gitanillo se animó e incorporó, pero el dolor de

la herida, por lo visto, se lo impidió y, apretando los

dientes,  se  dejó  caer  otra  vez  en  la  hojarasca,

emitiendo un ligero gemido. 

La  leche,  al  hervir,  se  salió,  cayendo  al  fuego  y

apagando la llama. 

No  me  dio  tiempo  a  retirar  la  caldereta  de  las

ascuas. El Gitanillo se rió de improviso. 

- ¿Por qué te ríes? 

-  Por  nada  -respondió,  sacudiendo  con  ímpetu  la

cabeza-. Estoy pensando que todo el pueblo ha hecho

lo mismo: los rusos, los hebreos, los georgianos, los

tártaros y todos los demás aguantaron y aguantaron la

vieja  vida  y  luego,  como  la  leche de la  caldereta,  se

salieron  de  madre  y  se  lanzaron  al  fuego.  Yo

también...  estuve  quieto  una  temporada,  no  pude

aguantar,  empuñé  el  fusil  y  me  puse  en  marcha  en

busca de una vida mejor. 

- ¿Y piensas encontrarla? 

- Solo no la hubiera encontrado... pero entre todos

la encontraremos... porque tenemos mucho empeño. 

Se acercó Chubuk. 

- Siéntate con nosotros a tomar té -lo invité. 

- No tengo tiempo -rechazó la oferta-. ¿Te vienes

conmigo, Boris? 

- Sí -respondí rápidamente, sin preguntar siquiera

a dónde. 

-  Pues  date  prisa  en  tomarte  el  té,  que  nos  está

esperando un carro. 

- ¿Qué carro, Chubuk? 

Me  llamó  aparte  y  me  explicó  que  el

destacamento  se  pondría  en  marcha  al  amanecer,  se

uniría  por  allí  cerca  con  el  destacamento  minero  de

Beguichov  y  se  abrirían  paso  juntos  hacia  nuestras

tropas.  A  los  tres  heridos  graves  no  podíamos

llevarlos, porque tendríamos que pasar por el lado de

los blancos y los alemanes. 

 

 

La escuela

 

No lejos de donde estábamos, había un colmenar.

Era  un  paraje  apartado,  el  dueño  simpatizaba  con

nosotros  y  había  accedido  a  alojar  en  su  casa  a  los

heridos  hasta  que  se  restablecieran.  De  allí  había

traído  Chubuk  el  carro,  y  ahora,  mientras  estaba

oscuro, debíamos llevar a los heridos. 

- ¿Quién más viene con nosotros? 

-  Nadie  más.  Nosotros  dos.  Me  las  hubiera

arreglado  solo,  pero  el  caballo  es  repropio.

Tendremos que llevarlo uno de las riendas, y el otro

cuidar de los camaradas. ¿Quedamos en que vienes? 

-  Sí,  sí,  voy,  Chubuk.  Contigo  iré  siempre  a

cualquier  parte.  ¿Desde  allí  adónde  iremos?  ¿O

retornaremos aquí? 

- No. Desde allí iremos derechos, vadeando el río,

y nos reuniremos con los nuestros. Bueno, en marcha

-dijo  Chubuk  y  fue  hacia  la  cabeza  del  caballo-.

Cuida  que  no  se  caiga  mi  fusil  -sonó  su  voz  en  la

oscuridad. 

El carro dio una ligera sacudida, me cayeron en la

cara  unas  gotas  de  rocío,  salpicadas  de  una  rama  de

un  arbusto,  que  enganchó  una  rueda,  y  una  negra

curva tapó de nuestra vista las hogueras que estaban

terminando de arder, esparcidas por el destacamento,

que se ponía en marcha. 

El  camino  era  malo,  lleno  de  baches,  rodadas  y

raíces  que  se  ramificaban,  por  la  superficie.  Estaba

tan oscuro que desde el carro no se veía ni el caballo

ni  a  Chubuk.  Los  heridos  yacían  en  heno  fresco  y

callaban. 

Yo  caminaba  detrás  y,  para  no  tropezar,  me

agarraba al puente del carro con la mano que el fusil

me dejaba libre. Todo estaba en calma. De no ser por

los  monótonos  silbos  de  una  avefría  nocturna,  se

hubiera  podido  pensar  que  la  oscuridad  que  nos

rodeaba  era  de  muerte.  Todos  callábamos.  Sólo  el

herido Timoshkin gemía de tarde en tarde, cuando las

ruedas  se  hundían  en  un  bache  o  topaban  con  un

tocón. 

El  ralo  bosque,  medio  talado,  parecía  ahora

intransitable,  espeso  y  salvaje.  El  cielo  encapotado

pendió  como  un  techo  negro  encima  de  la  trocha.

Hacía bochorno y diríase que avanzábamos a tientas

por un sinuoso y largo pasillo. 

No  sé  por  qué,  me  acordé  de  que  hacía  mucho

tiempo, unos tres años, mi padre y yo volvíamos una

noche, tan cálida como ésta, de la estación a casa por

un  atajo,  a  través  de  la  arboleda.  Lo  mismo  silbaba

una  avefría  y  olía  a  hongos  pasados  de  sazón  y

frambuesas silvestres. 

En la estación, al despedir a su hermano Piotr, mi

padre  bebió  con  él  unas  copas  de  vodka.  No  sé  si

sería por eso o porque olía demasiado dulzonamente

a  frambuesas,  mi  padre  estaba  muy  excitado  y

locuaz. Por el camino me habló de su juventud y sus

estudios en el seminario. Yo me reía, escuchando sus

relatos de la vida de escolar, de que los azotaban con

zurriagos,  y  me  parecía  absurdo  e  inverosímil  que

 

 

 

alguien  hubiera  podido  azotar  alguna  vez  a  un

hombre tan alto y fuerte como mi padre. 

- Eso lo has leído en una novela -le replicaba yo-.

Sé de una novela que trata de eso. Se titula Ensayos

de  un  seminarista.  ¡Pero  eso  hace  mucho  que

ocurrió, Dios sabe cuándo! 

- ¿Te crees que he estudiado hace poco? También

hace mucho que estudié. 

-  Papá,  tú  viviste  en  Siberia.  Y  allí  es  terrible

vivir, están los condenados a trabajos forzados. Petia

me ha dicho que allí pueden matar a una persona por

nada y no haya quién quejarse. 

Mi  padre  se  echó  a  reír  y  se  puso  a  explicarme

algo.  Pero  entonces  no  comprendí  qué  quiso

explicarme,  porque  de  sus  palabras  resultaba  algo

extraño,  que  los  presidiarios  no  eran  presidiarios  y

que  él  tenía  incluso  muchos  conocidos  entre  los

presidiarios  y  que  en  Siberia  había  mucha  gente

buena, en todo caso más que en Arzamás. 

De  todo  aquello,  lo  mismo  que  de  otras  muchas

cosas,  cuyo  sentido  empezaba  a  comprender  sólo

ahora, yo no hacía caso. 

"Nunca...  nunca  había  sospechado  ni  pensado  yo

antes que mi padre fuera revolucionario. Y el que yo

me  encuentre  ahora  con  los  rojos  y  lleve  un  fusil  al

hombro  no  es  porque  mi  padre  haya  sido

revolucionario  ni  porque  yo  sea  su  hijo.  Eso  ha

resultado  así  por  sí  solo.  Yo  mismo  he  llegado

adonde  estoy",  pensé.  Y  este  pensamiento  me  llenó

de orgullo. Pues, verdaderamente, con tantos partidos

como  había,  ¿por  qué  había  elegido  yo,  a  pesar  de

todo, el más acertado, el más revolucionario? 

Quise  comunicar  ese  pensamiento  a  Chubuk.  Y,

de  pronto,  me  pareció  que  al  lado  de  la  cabeza  del

caballo no había nadie y que éste hacía ya tiempo que

tiraba al tuntún del carro por un camino desconocido. 

- ¡Chubuk! -grité, asustado. 

-  ¿Qué  quieres?  -oí  su  ruda  y  severa  voz-.  ¿Por

qué gritas? 

- Chubuk -dije, turbado-, ¿es aún lejos? 

-  Aún  queda  un  buen  trecho  -respondió  y  se

detuvo-.  Ven  aquí  y  tápame  el  viento  con  el  capote

para que encienda la pipa. 

La  pipa  encendida  flotó  como  una  luciérnaga

volante  al  lado  de  la  cabeza  del  caballo.  El  camino

fue más llano, el bosque le cedió el paso, y seguimos

andando el uno al lado del otro. 

Dije  a  Chubuk  lo  que  pensaba;  esperaba  que  me

elogiase  por  mi  inteligencia  y  sagacidad,  que  me

habían  llevado  a adherirme  a  los  bolcheviques.  Pero

no se apresuró a elogiarme. Se fumó media pipa, por

lo menos, y sólo entonces me dijo, serio: 

-  Suele  suceder  así.  Suele  suceder  que  una

persona  llegue  por  su  propia  inteligencia...  Como

Lenin, por ejemplo. Pero tú, muchacho, lo dudo... 

- ¿Cómo es eso, Chubuk? -le interrogué, quedo y

ofendido-.  Pero si  he llegado  al  bolchevismo  por  mí

mismo. 

 

55

 

56

 

 

 

-  Eso  de  que  has  llegado  por  ti  mismo...  Claro,

 

Arkadi Gaidar

 

- Parece como si se oyese un golpeteo por delante.

 

cómo  no.  Pero  eso  te  lo  parece  a  ti.  La  vida  ha

tomado  ese  sesgo,  ¡y  te  crees  que  has  llegado  por  ti

mismo! Primero, te mataron al padre. Segundo, fuiste

a  parar  entre  gente  como  nosotros.  Tercero,  reñiste

con tus compañeros. Cuarto, te expulsaron del liceo.

Si  no  hacemos  caso  de  estas  circunstancias,  lo

restante quizás se te haya ocurrido a ti mismo. No te

enfades  -agregó,  al  sentir,  probablemente,  mi

decepción-. ¿Acaso te exigen algo más? 

- ¿Resulta, Chubuk, que lo he hecho adrede... que

no  soy  rojo?  -inquirí  con  voz  temblorosa-.  Pues  eso

no  es  verdad,  y  siempre  voy  de  reconocimiento

contigo, y por eso me vine al frente, para defender...

y resulta... 

- ¡Ton-to! No resulta nada. Te estoy diciendo que

te  han  hecho  las  circunstancias...  y  tú  dices  "por  mí

mismo,  por  mí  mismo".  Pongamos  por  caso:  si  te

hubieran  enviado  a  una  escuela  de  cadetes,  hubiera

salido de ti un cadete de Kaledin. 

- ¿Y de ti? 

-  ¿De  mí?  -Chubuk  se  rió-.  Muchacho,  llevo

veinte  años  de  mina  a  las  espaldas.  ¡Y  eso  no  hay

escuela de cadetes que lo borre! 

Me  sentí  indeciblemente  dolido.  Las  palabras  de

Chubuk  me  habían  ofendido  en  lo  más  hondo  y  me

callé. Pero tenía ganas de hablar. 

-  Chubuk... eso significa que, puesto que soy así,

puesto  que  podría  ser  cadete...  y  kaledinista...  no

hago ninguna falta en el destacamento. 

-  ¡Tonto!  -respondió,  calmoso,  Chubuk,  como  si

no  advirtiera  mi  enfado-.  ¿Por  qué  no  has  de  hacer

falta?  Qué  importa  lo  que  hubieras  podido  ser.

Importa  lo  que  eres.  Te  digo  eso  para  que  no  se  te

suban los humos. Por lo demás... eres un buen chico.

Espera,  te  observaremos  aún  algún  tiempo  y  te

admitiremos  en  el  Partido.  ¡Ton-to!  -agregó  en  tono

muy cariñoso. 

Yo sabía que Chubuk me apreciaba, ¿pero sentiría

él  cuánto  lo  quería  yo,  más  que  a  nadie,  en  aquel

momento?  "Qué  bueno  es  Chubuk  -pensé-.  Es

comunista, ha trabajado veinte años en una mina, se

le  está  poniendo  ya  blanco  el  pelo,  y  siempre  viene

conmigo...  No  va  con  nadie  más,  sólo  conmigo.  Por

tanto,  mis  méritos  tendré.  Y  aún  haré  más  méritos.

Cuando entablemos algún combate, no me agacharé,

y si me  matan, que me maten. Entonces escribirán a

mi  madre: "Su hijo fue un comunista y murió por la

gran  causa  de  la  revolución".  Mi  madre  llorará  y

colgará mi retrato al lado del de mi padre, y la vida,

nueva y luminosa, seguirá su curso". 

"Lo  único  que  siento  es  que  los  curas  hayan

mentido  -pensé-  y  que  el  hombre  no  tenga  alma

alguna.  Si  tuviera,  ella  vería  cómo  será  la  vida.  De

seguro que será buena, muy interesante". 

El    carro se       detuvo.        Chubuk       se       metió

precipitadamente  una  mano  en  un  bolsillo  y  dijo

quedo: 

 

Dame el fusil. 

Apartamos  el  carro  de  los  heridos  hacia  unos

arbustos. Yo me quedé junto al carro, Chubuk fue no

sé dónde. Tornó en seguida. 

-  No  hagáis  ruido  ahora...  Son  cuatro  cosacos  a

caballo.  Dame  un  saco...  le  taparé  los  morros  al

caballo para que no relinche a destiempo. 

El ruido de los cascos se fue aproximando. Cerca

de donde estábamos nosotros, los cosacos dejaron el

trote y pusieron los caballos al paso. Un extremo de

la  luna  asomó  por  el  agujero  de  una  nube  rota  y

alumbró  el  camino.  Desde  detrás  de  los  arbustos  vi

cuatro  gorros  altos  de  piel.  Uno  de  los  cosacos  era

oficial,  pues  resplandeció  y  volvió  a  extinguirse  el

dorado brillo de una hombrera. Esperamos que dejara

de  oírse  el  ruido  de  los  cascos  y  seguimos  nuestro

camino. 

Amanecía  ya  cuando  llegamos  a  una  pequeña

casería. 

Al  ruido  del  carro,  salió  a  los  portones,

soñoliento,  el  colmenero,  un  campesino  alto  y

pelirrojo con el pecho hundido y hombros angulosos,

muy  marcados  bajo  la  camisa  desabrochada  de

percal.  Llevó  el  caballo  con  el  carro  a  través  del

corral,  y  abrió  un  portillo  desde  el  cual  partía  un

camino apenas perceptible, lleno de hierba. 

-  Iremos  allá...  En  el  bosque,  junto  al  pantanejo,

tenemos  el  cobertizo  para  trillar;  allí  estarán  más

tranquilos. 

En  el  cobertizo,  pequeño  y  lleno  de  heno,  hacía

fresco y había sosiego. En el rincón más apartado de

la  puerta  había  unas  arpilleras  extendidas.  Por

cabecera  había  dos  pellejos  de  oveja,  bien  plegados.

Al  lado  había  un  cubo  de  agua  y  una  vasija  de

corteza de abedul con kvas. 

Llevamos a los heridos del carro al cobertizo. 

-  ¿Tal  vez  quieran  comer?  -interrogó  el

colmenero-.  Debajo  de  la  cabecera  tienen  pan  y

tocino.  Cuando  el  ama  ordeñe  las  vacas,  les  traerá

leche. 

Nos  teníamos  que  marchar  para  llegar  al  vado

antes  de  que se fueran los nuestros.  Mas, a  pesar  de

que hicimos por los heridos todo lo que pudimos, nos

sentíamos violentos. Violentos porque los dejábamos

solos y desamparados en territorio enemigo. 

Timoshkin  lo  comprendió,  de  seguro,  pues  dijo,

lívidos y agrietados los labios. 

-  ¡Id  con  Dios!  Gracias,  Chubuk,  y  a  ti  también,

muchacho. Tal vez nos volvamos a ver. 

Samarin, más fatigado que los otros, abrió los ojos

y  asintió  afable  con  la  cabeza.     El  Gitanillo,

apoyándose en las manos, nos miraba serio y sonreía

levemente sin pronunciar palabra. 

-  Que  lo  paséis  bien,  muchachos  -articuló

Chubuk-, y que os repongáis. El amo de la casa es de

confianza, no os abandonará. Que os veamos sanos y

salvos... 

 

 

La escuela

 

Chubuk  se  volvió  hacia  la  salida,  tosió

sonoramente y, bajando los ojos, empezó a golpear la

pipa contra la culata del fusil para sacarle la ceniza. 

- ¡Que seáis felices y venzáis, camaradas! -gritó el

Gitanillo a nuestras espaldas. El timbre de su voz nos

hizo detenernos y volver la cabeza desde el umbral-.

Que venzáis a todos los blancos habidos y por haber

en el mundo -agregó  el Gitanillo  con el mismo tono

claro  y  preciso  y  dejó  caer  la  negra  cabeza  en  la

blanda piel de oveja. 

 

Capítulo octavo 

La orilla arenosa, amarilla del sol, derretíase en el

agua,  que  centelleaba  al  ondear  en  los  bajíos.  Los

nuestros no estaban en el vado. 

-  Habrán  pasado  ya  -concluyó  Chubuk-.  Nos  da

igual...  Cerca  de  aquí  deben  habernos  tendido  un

cordón,  y  el  destacamento  hará  un  alto  antes  de

llegar. 

-  Vamos  a  bañarnos,  Chubuk  -le  propuse-.  ¡Sin

entretenernos! Mira qué caliente está el agua. 

-  Aquí  no  debemos  bañarnos.  El  lugar  está  al

descubierto. 

- ¿Y qué más da que esté al descubierto? 

- ¿Cómo ha de dar lo mismo? Un hombre desnudo

no  es  un  soldado.  Desnudo,  puede  apresarlo

cualquiera,  incluso  con  un  palo.  Puede  llegar  un

cosaco al vado, llevarse el fusil, y ya puede hacer con

él  lo  que  quiera.  En  el  Joper  nos  ocurrió  un  caso

parecido.  Se  metió  a  bañarse  todo  el  destacamento,

unos  cuarenta  hombres,  y  no  dos  sólo.  Aparecieron

cinco cosacos y abrieron fuego contra el río. ¡La que

se  armó!...  Unos  resultaron  heridos,  otros  nadaron  a

la  orilla  opuesta.  Y  anduvieron  por  el  bosque  en

cueros. Las aldeas por allí eran ricas... Había muchos

kulaks.  A  dondequiera  que  uno  fuera,  para  todos

estaba  claro  en  seguida  que  era  bolchevique,  puesto

que estaba desnudo. 

A  pesar  de  todo,  lo  convencí.  Nos  apartamos  del

vado  hacia  unos  arbustos  y  nos  bañamos  deprisa.

Cruzamos  el  río,  llevando  en  las  puntas  de  las

bayonetas los líos  de la ropa  y  las  botas, atados  con

los  cintos.  Después  del  baño,  el  fusil  pesó  menos  y

las  cartucheras  no  nos  apretaron  en  los  costados.

Caminamos  ligeros  por  el  borde  de  una  arboleda  en

dirección  a  una  isba.  Estaba  abandonada,  rotos  los

cristales;  hasta  la  caldera  del  fogón  estaba  también

rota. Se veía que, antes de abandonarla, los dueños se

habían llevado todo lo que pudieron. 

Chubuk dio una vuelta, cauteloso, entornando los

ojos,  alrededor  de  la  isba,  se  metió  dos  dedos  en  la

boca  y  silbó  largamente.  El  eco  repercutió  muchas

veces  en  el  bosque,  perdiendo  fuerza,  hasta  que  se

confundió  con  el  monótono  rumor  del  follaje.  No

hubo respuesta. 

-  ¿Será  posible  que  hayamos  llegado  antes  que

ellos? Pues tendremos que esperar. 

Elegimos  una  sombra,  bajo  un  arbusto,  a  cierta

 

 

 

distancia  del  camino,  y  nos  acostamos.  Hacía  calor.

Enrollé el capote y me lo puse de cabecera; me quité

también  el  portapliegos  de  cuero  para  que  no  me

molestase.  Estaba  muy  rozado  y  descolorido  por  las

marchas que habíamos hecho y haber dormido yo en

la tierra húmeda. 

En  aquel  portapliegos  yo  llevaba  una  navaja,  un

trozo de jabón, una aguja, un ovillo de hilo y la parte

de  en  medio  del  diccionario  enciclopédico  de

Pavliénkov, que había encontrado. 

Un  diccionario  enciclopédico  es  un  libro  que  se

puede leer y releer un sinfín de veces, pues, de todos

modos,  no  lo  puede  uno  recordar  todo.  Por  eso

llevaba  aquellas  páginas  arrugadas  y  las  sacaba  a

menudo,  durante  los  descansos  y  los  altos  en

barrancas  o  bosques,  y  me  ponía  a  releer  por  orden

todo  lo  que  había  impreso.  Había  allí  biografías  de

frailes, generales y reyes, recetas para hacer barnices,

términos  filosóficos,  menciones  de  guerras  pasadas,

la  historia  de  Costa  Rica,  país  que  desconocía  hasta

entonces,  y,  a  continuación,  el  modo  de  obtener

abono  de  los  huesos  de  los  animales.  Leyendo

aquellas hojas, me enteré de multitud de cosas de lo

más variadas, necesarias e innecesarias, desde la letra

C hasta la P, en la que se terminaba el diccionario. 

Hacía  unos  días,  antes  de  ir  a  mi  puesto  de

guardia,  metí,  con  las  prisas,  un  trozo  de  pan  negro

en  el  mismo  portapliegos.  Ahora  vi  que  el  trozo  de

pan olvidado se había desmigajado y, con las migas,

se habían pegado las hojas del diccionario. Eché todo

el contenido del portapliegos en la hierba y me puse a

limpiarlo  por  dentro  con  la  palma  de  la  mano.

Levanté,  sin  querer,  con  un  dedo  un  extremo,

despegado, del forro de piel. 

Volví el portapliegos hacia el sol, miré dentro y vi

que por debajo de la piel levantada asomaba un papel

blanco. 

Me  picó  la  curiosidad,  despegué  más  el  forro  y

saqué  un  fino  pliego  de  papeles.  Desdoblé  uno  y  vi

en  medio  el  escudo  con  el  águila  bicéfala  dorada  y,

más abajo, con letras de oro, la palabra "Certificado". 

Aquel  certificado  estaba  extendido  a  nombre  del

alumno Yuri Vaald, de la 2a compañía del Cuerpo de

Cadetes  del  Conde  Arakchéiev,  y  daba  fe  de  que

había  terminado  con  provecho  el  curso  de  estudios,

había observado una diligencia y conducta excelentes

y pasaba al siguiente curso. 

"¡Ahora  caigo  en  la  cuenta!",  comprendí,

recordando  al  desconocido  que  maté  en  el  bosque  y

su  guerrera  negra  con  los  botones  cortados

intencionadamente  y  las  iniciales  C.C.C.A.  en  el

forro del cuello. 

El otro papel era una carta, escrita en francés, con

fecha  reciente.  Y  aunque  el  liceo  me  había  dado

débiles  nociones  de  este  idioma,  tras  media  hora  de

lectura,  palabra  por  palabra,  y  completando  con  la

imaginación  lo  que  no  podía  descifrar,  entendí  que

aquella carta era de recomendación, estaba dirigida a

 

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un coronel, apellidado Korenkov,  y le pedían que se

interesara por la suerte del cadete Yuri Vaald. 

Quise  enseñar  aquellos  curiosos  papeles  a

Chubuk,  pero  vi  que  se  había  dormido.  Me  dio

lástima despertarlo, pues aún no había dormido desde

la  mañana  anterior.  Volví  a  meter  los  papeles  en  el

portapliegos y me puse a leer el diccionario. 

Transcurriría una hora. Entre el susurro del viento

y  los  trinos  de  los  pájaros  oí  un  ruido  lejano  y

extraño.  Me  puse  en  pie  y,  con  una  mano,  me  hice

pabellón en la oreja: el ruido de pasos y voces se fue

oyendo más y más claro. 

-  ¡Chubuk!  -lo  llamé,  sacudiéndolo  por  un

hombro-. ¡Levántate, Chubuk, los nuestros vienen! 

-  ¡Los  nuestros  vienen!  -repitió  maquinalmente

Chubuk, poniéndose en pie y restregándose los ojos. 

- Pues... vienen ya muy cerca. Vamos de prisa. 

-  ¿Cómo  me  he  quedado  dormido?  -extrañó  se

Chubuk-.  No  he  hecho  más  que  tumbarme  y  me  he

quedado traspuesto. 

Aún tenía los ojos soñolientos y se le cerraban al

sol  cuando,  colgándose  el  fusil  al  hombro,  echó  a

andar detrás de mí. 

Las  voces  se  oían  casi  a  nuestro  lado.  Yo  salí

presto de detrás de la isba y, tirando el gorro a lo alto,

grité  algo,  saludando  a  los  camaradas,  que  se

aproximaban. 

No  vi  dónde  cayó  el  gorro  porque  me  aturdí  al

advertir el terrible chasco que me había llevado. 

- ¡Atrás! -chilló Chubuk con voz ronca y rugiente

a mis espaldas. 

Pim... pam... pum... 

Resonaron  casi  simultáneamente  tres  tiros  desde

las primeras filas de la columna. Una fuerza invisible

me  arrancó  de  las  manos  e  hizo  astillas  la  culata  de

mi fusil con tal ímpetu que apenas me pude sostener

de pie. Pero aquel mismo estrépito y aquel golpe me

sacaron  del  estupor.  "Los  blancos",  comprendí,

abalanzándome hacia Chubuk. Chubuk disparó. 

Estuvimos toda una hora bajo la amenaza de que

las  fuerzas  esparcidas  del  enemigo  nos  capturasen.

Pero  logramos  escapar.  Mucho  después  de  que

dejaran de oírse las voces de nuestros perseguidores,

aún  seguimos  corriendo  al  azar,  sudorosos  y

acalorados.  Secas  las  gargantas,  aspirábamos

ávidamente  el  húmedo  aire  del  bosque  y

tropezábamos  en  los  tocones  y  pellas;  los  pies  nos

dolían como si nos los hubieran aplastado. 

Basta -dijo Chubuk, dejándose caer en la hierba-,

descansemos.  ¡Dónde  hemos  venido  a  meternos,

Boris! Y todo por mi culpa... Por haberme dormido.

Te pusiste a gritar: "¡Los nuestros, los nuestros!", yo

no me di cuenta, entre sueños, creyendo que tú ya te

habías enterado, y fui como si tal cosa. 

Sólo  entonces  miré  mi  fusil.  La  culata  estaba

hecha astillas, y la caja doblada. 

Se  lo  entregué  a  Chubuk.  El  lo  examinó  y  lo

arrojó a la hierba. 

 

Arkadi Gaidar

 

-  Ha  quedado  inservible  -dijo,  despectivo-,  ya  no

es  un  fusil,  sino  un  palo,  con  el  que  sólo  se  pueden

matar  cerdos  a  golpes.  Bueno.  Contentémonos  con

que  hayas  quedado  ileso.  ¿Dónde  está  tu  capote?

También  lo  has  perdido.  Y  yo  he  tirado  el  mío.

¡Buenos estamos, amiguito! 

Aún hubiéramos querido       descansar    más,

permanecer  tumbados  largo  rato  sin  movernos,

quitarnos  las  botas  y  desabrocharnos  el  cuello  de  la

camisa, pero la sed era mayor que el cansancio, y por

allí cerca no se veía agua. 

Nos levantamos y seguimos caminando despacio.

Cruzamos un campo; al pie del monte apiñábanse las

casitas  de  una  aldehuela,  y  aquellas  casitas  blancas

con  tejados  de  paja  parecían,  desde  donde  nosotros

estábamos,  un  grupo  de  hongos  grandes,  de  los  que

crecen  al  pie  de  los  abedules.  No  nos  atrevimos  a

bajar  a  aquella  aldea.  Cruzamos  otro  campo  y

volvimos a entrar en el bosque. 

-  Una  casa  -susurré,  deteniéndome  y  señalando

con  un  dedo  el  borde  de  un  tejado  de  hojalata,

pintado de rojo. 

Temiendo  caer  en  una  celada,  nos  aproximamos

cautelosos  a  una  alta  valla.  Los  portones  estaban

cerrados. No ladraba ningún perro, ni cacareaban las

gallinas, ni se oía el pisar de vacas en el establo: todo

estaba  en  calma,  como  si  todo  lo  vivo  se  hubiera

escondido intencionadamente al acercarnos nosotros.

Dimos la vuelta a la finca y no vimos ningún portillo. 

-  Súbete  a  mis  hombros  -me  mandó  Chubuk-  y

mira por encima de la valla qué hay allí. 

Vi  un  patio  vacío,  con  hierba  crecida,  macizos

pisoteados,  de  los  que  se  alzaban  algunas  dalias

maltrechas y pensamientos de intenso azul marino. 

-  ¿Qué  se  ve?-interrogó  Chubuk,  impaciente-.

¡Bájate, hombre! ¿Te crees que soy de piedra? 

-  No  se  ve  a  nadie  -respondí,  al  tiempo  que

saltaba-.  Las  ventanas  de  la  fachada  están  tapadas

con tablas, y las del costado no tienen marcos, se ve

en  seguida  que  la  casa  está  abandonada.  Pero  en  el

patio hay un pozo. 

Luego  que  hubimos  corrido  una  tabla  mal

clavada, nos metimos en el patio por el agujero. En el

fondo  del  mohoso  pozo  brillaba,  cual  un  borrón,  la

profunda  agua,  pero  no  había  con  qué  sacarla.  Bajo

un  cobertizo,  entre  un  montón  de  trastos  viejos,

Chubuk  encontró  un  cubo  oxidado  y  agujereado.

Mientras  lo  sacábamos  del  pozo,  el  agua  escurría  y

sólo  quedaba  una  poca  en  el  fondo.  Tapamos  el

agujero con un manojo de hierba y volvimos a bajar

y subir el cubo. El agua estaba limpia y fría; hubimos

de beberla a pequeños sorbos. Nos lavamos las caras

sudorosas  y  polvorientas  y  nos  encaminamos  a  la

casa. Las ventanas de la fachada estaban tapadas con

tablas; en cambio, una puerta lateral, que daba a una

galería,  estaba  abierta  de  par  en  par  y  colgaba  de  la

bisagra  inferior  nada  más.  Pisando  cautelosos  las

crujientes tarimas, entramos en las habitaciones. 

 

La escuela

 

En el suelo, lleno de paja, papeles y trapos, había

varios  cajones  vacíos,  una  silla  rota  y  un  aparador,

astilladas  las  portezuelas  con  algún  objeto  obtuso  y

pesado. 

- Los campesinos han saqueado la hacienda -dijo,

quedo, Chubuk-. Se han llevado todo lo que les hacía

falta y han dejado lo demás. 

En  la  habitación  contigua  había  un  montón

informe  de  libros  polvorientos,  cubiertos  con  una

arpillera  manchada  de  cal.  En  el  mismo  montón

estaba el retrato rasgado de un señor grueso, en cuya

frente  alguien  había  escrito,  con  un  dedo  mojado  en

tinta, una palabra obscena. 

Causaba una rara sensación y resultaba interesante

pasar  de  habitación  en  habitación  de  la  casa

abandonada y saqueada. Cada pormenor, una maceta

de  flores  rota,  una  foto  olvidada,  un  botón  brillando

entre  la  basura,  trebejos  de  ajedrez  esparcidos  y

pisoteados,  el  rey  de  picas  de  una  baraja,  escondido

solitario  entre  los  cascotes  de  un  jarrón  japonés

hecho  añicos,  era  un  recordatorio  de  los  amos  de  la

casa,  del  pasado,  nada  parecido  al  presente,  de  los

apacibles moradores de la finca. 

Al otro lado de un tabique sonó un suave golpe, y

ese  golpe,  demasiado  imprevisto  entre  la  muerta

consunción  de  las  habitaciones  abandonadas,  nos

hizo estremecernos. 

-  ¿Quién  va?  -interrogó  Chubuk,  rompiendo

sonoramente el silencio y alzando el fusil. 

Un  gatazo  pajizo  avanzó  hacia  nosotros  a  largos

pasos  furtivos  y,  deteniéndose  delante  de  nosotros,

nos  clavó  una  fría  mirada  de  sus  ojos  verdes,

mayando  hambriento.  Quise  acariciarlo,  pero

retrocedió  y,  de  un  salto,  sin  tocar  siquiera  el

antepecho  de  la  ventana,  voló a  un  macizo  de flores

perdidas entre la hierba. 

- ¿Cómo no se habrá muerto? 

-¿Por qué se ha de morir? Se alimenta de ratones;

por el olor se nota que aquí abundan. 

Una  lejana  puerta  gimió  con  crujido  molesto,

sobrecogedor,  y  se  oyó  ruido  de  pasos  lentos,  como

si alguien frotase el suelo con un trapo. Chubuk y yo

cruzamos una mirada. Eran los pasos de una persona. 

- ¿A quién más traerá el diablo por aquí? -articuló,

quedo, Chubuk, llevándome hacia el entrepaño de las

dos ventanas y quitando el seguro del fusil, sin hacer

ruido. 

Oyóse  una  ligera  tos  y  el  ruido  de  un  papel

arrugado,  movido  por  una  puerta;  en  la  habitación

entró  un  anciano  de  baja  estatura,  mal  afeitado,  con

pijama raído de color azul y zapatillas, sin calcetines.

El anciano nos miró perplejo, pero sin miedo; inclinó

cortésmente la cabeza y dijo indiferente: 

-  Me  puse  a  escuchar...  quién  andaba  por  aquí

abajo.  Creí  que  tal  vez  hubiesen  venido  los

campesinos, pero no. He mirado por la ventana y no

he visto ningún carro. 

-  ¿Quién  eres?  -interrogóle,  curioso,  Chubuk,

 

 

 

colgándose el fusil al hombro. 

-  Permítanme  que,  les  pregunte  yo  antes  quiénes

son ustedes -corrigió igualmente quedo e indiferente

el  anciano-.  Pues  si  ustedes  han  creído  conveniente

hacerme  una  visita,  tengan  la  bondad  de  presentarse

al  anfitrión.  Por  más  que...  -al  decir  eso,  ladeó

ligeramente  la  cabeza  y  deslizó  sus  opacos  ojos

grises por Chubuk- ya caigo en la cuenta: ustedes son

rojos. 

El  labio  inferior  del  dueño  de  la  casa  se

estremeció, como si alguien le hubiera dado un tirón

desde  abajo.  Brilló  con  luz  amarilla  y  se  apagó  un

diente de oro, y los párpados reanimados borraron la

opacidad  de  sus  ojos  grises.  Con  amplio  ademán  de

anfitrión  hospitalario,  el  anciano  nos  invitó  a  que  lo

siguiéramos: 

- Entren, entren. 

Cambiamos sendas miradas, perplejos, y pasamos

por varias habitaciones saqueadas hacia una estrecha

escalerilla de madera que conducía al piso superior. 

- Verán ustedes, yo recibo arriba -fue diciendo el

anfitrión,   como si       se      disculpara, mientras

ascendíamos-. Abajo, saben, todo está revuelto, no se

ha limpiado, ni hay quien haga la limpieza, todos se

han  marchado,  nadie  contesta  a  las  llamadas.  Por

aquí. 

Nos  vimos  en  una  pequeña  y  clara  habitación.

Junto  a  la  pared  había  un  viejo  diván  roto  y

despanzurrado,  cubierto  con  una  arpillera  en  vez  de

sábana y los restos de un bonito tapiz, pero quemado

en  muchos  sitios,  en  lugar  de  manta.  Al  lado  estaba

una mesa de escritorio con tres patas, y encima de la

mesa  pendía  una  jaula  con  un  canario.  El  canario

hacia  ya  mucho,  por  lo  visto,  que  se  había  muerto;

yacía en la jaula patas arriba. En la pared había varias

fotos  polvorientas.  Probablemente  alguien  hubiese

ayudado al dueño de la casa a subir los destartalados

restos del mobiliario y amueblar aquella habitación. 

-  Tomen  asiento  -dijo  el  anciano,  señalando  el

diván-.  Ven  ustedes,  vivo  solo,  hace  mucho  que  no

he tenido visitas. Los campesinos vienen a veces, me

traen productos, pero hace mucho que no veo a gente

decente.  Estuvo  una  vez  en  mi  casa  el  capitán  de

caballería  Schwarz.  ¿Quizás  lo  conozcan?...  ¡Oh!,

perdonen, ustedes son rojos. 

Sin  preguntarnos  si  queríamos  algo,  el  anfitrión

abrió el aparador, sacó dos platos desportillados, dos

tenedores,  uno  de  ellos  de  cocina,  con  el  mango  de

madera,  y  el  otro  de  postre,  curvado  de  manera

caprichosa,  con  un  diente de  menos;  luego  sacó  una

hogaza  de  pan  negro  y  media  rueda  de  chorizo

ucraniano. 

Puso  en  un  infiernillo  torcido  de  petróleo  una

tetera,  negra  de  hollín,  se  limpió  las  manos  con  una

toalla, que haría Dios sabe el tiempo que no la habían

lavado,  descolgó  de  la  pared  una  curiosa  pipa,  en  la

que  estaba  tallado  un  macho  cabrío  con  cabeza

humana,  abierta  la  boca  sin  dientes,  la  llenó  de

 

59

 

60

 

tabaco barato y se sentó en una butaca desvencijada,

con los muelles salientes y chirriantes. Durante todos

aquellos preparativos estuvimos sentados en el diván,

sin decir palabra. 

Chubuk  me  dio  un  ligero  codazo  y,  sonriéndose

con  picardía,  hizo,  disimulando,  unos  significativos

movimientos con el índice en la sien. 

Lo comprendí y también me sonreí. 

- Hace mucho que no he visto a los rojos -dijo el

dueño  de  la  casa  y  preguntó  en  el  acto  por  Lenin-:

¿Cómo anda Lenin de salud? 

- Bien, gracias -repuso, serio, Chubuk. 

- Hum, conque está bien... 

El anciano escarbó con un alambre la cazoleta de

la humeante pipa y exhaló un suspiro. 

-  ¿Y  por  qué  había  de  estar  enfermo?  -dijo,  se

calló,  y  luego,  como  si  respondiese  a  una  pregunta

nuestra,  nos  participó-:  Pues  yo  estoy  algo  malucho.

Por  las  noches,  saben,  tengo  insomnio.  Me  falta  el

equilibrio de antes. Me levanto a veces, me paseo por

las  habitaciones,  y  todo  está  en  silencio,  no  se  oye

sino el roer de los ratones. 

-  ¿Qué  está  escribiendo?  -le  interrogué,  al  ver

encima de la mesa una pila de cuartillas escritas con

letra menuda. 

-  Nada  de  particular  -repuso-,  reflexiones  acerca

de  los  acontecimientos  actuales.  Estoy  trazando  un

plan  de  reorganización  del  mundo.  Saben,  soy

filósofo  y  miro  tranquilamente  todo  lo  que  nace  y

transcurre. No me quejo de nada... no, de nada. 

Dicho lo cual, el viejo se puso en pie y, tras echar

una  rápida  mirada  a  la  ventana,  volvió  a  sentarse  en

su sitio. 

-  La  vida  alborotará  lo  suyo,  pero  la  verdad

quedará.    Sí,      quedará       -repitió,       excitándose

ligeramente-.  Antes  también  hubo  revueltas,  la  de

Pugachov, la del año cinco, y también se destruyeron

e incendiaron las haciendas. Pasó el tiempo, y, como

el Ave Fénix de las cenizas, así resurgió lo destruido

y se reunió lo disperso. 

-  ¿Qué  quiere  decir?  ¿Piensa  volverlo  todo  como

estaba antes? -interrogó, alarmado y brusco, Chubuk. 

Al  oír  aquella  pregunta  de  plano,  el  viejo  se

sobrecogió y, sonriendo servilmente, habló: 

-  ¡No,  no  qué  cosas  tiene!  No  me  refiero  a  eso.

Eso  lo  quiere  el  capitán  de  caballería  Schwarz,  pero

yo no. Me ha propuesto hacer que los campesinos me

devuelvan  todo  lo  que  se han  llevado  prestado,  pero

yo me he negado. Le he dicho que no me hace falta.

No corren tiempos para devolver las cosas. Es mejor

que  me  vayan  trayendo  poco  a  poco  productos  para

mi  sustento  y  que  disfruten  mis  bienes  con  buena

salud. 

Al terminar de hablar, el viejo volvió a ponerse en

pie, estuvo un momento delante de la ventana y tornó

rápido a la mesa. 

-  Qué  descuidado  soy...  Ya  ha  hervido  la  tetera.

Siéntense a la mesa, sírvanse, tengan la bondad. 

 

Arkadi Gaidar

 

No  nos  hicimos  de  rogar:  las  cortezas  de  pan

crujieron entre nuestras muelas, y el olor del sabroso

chorizo  con  ajo  nos  produjo  una  agradable  comezón

en la nariz. 

El  anfitrión  salió  al  cuarto  contiguo  y  oímos  su

ajetreo, al correr unos cajones. 

- Es un anciano curioso -dije, quedo. 

-  Sí,  es  curioso  -otorgó  Chubuk  a  media  voz-,

pero... ¿por qué mirará tan a menudo a la ventana? 

En  eso  Chubuk  volvió  la  cabeza,  examinó

detenidamente  la  habitación  y  se  fijó  en  una  vieja

arpillera  tendida  en  un  rincón.  Frunció  el  ceño  y  se

acercó a la ventana. 

Entró el anfitrión. Traía una botella en una mano

y le limpiaba el polvo con un faldón del pijama. 

-  Aquí  está  -articuló,  acercándose  a  la  mesa-.

Sírvanse.  El  capitán  Schwarz  me  visitó  y  no  la

terminó. Permítanme que les ponga coñac en el té. A

mí  también  me  gusta,  pero  lo  guardo  para  los

invitados... para los invitados... -dicho eso, el anciano

quitó  el  tapón  de  papel  de la  botella  y  escanció  en

nuestros  vasos.  Yo  alargué  la  mano  hacia  el  vaso,

pero  Chubuk  se  apartó  deprisa  de  la  ventana  y  me

dijo, enojado: 

-  ¿Qué  haces,  querido?  ¿Es  que  no  ves  que  falta

vajilla?  Cédele  tu  sitio  al  viejo  y  no  te  repantigues

como  un  señorón.  Tendrás  tiempo  de  beber  luego.

Siéntate, abuelo, bebamos juntos. 

Miré a Chubuk, pasmándome del brusco tono con

que me habló. 

- ¡No, no! -denegó el anciano, apartando el vaso-.

Yo beberé luego... ustedes son invitados... 

- Bebe, abuelo -repitió Chubuk y acercó enérgico

el vaso al anfitrión. 

-  No,  no,  no  se  moleste  -renunció  porfiadamente

el anciano y, al apartar torpemente el vaso, lo volcó. 

Me senté en el sitio de antes, y el anciano fue a la

ventana y corrió una sucia cortina de percal. 

- ¿Por qué la corres? -le interrogó Chubuk. 

-  Hay  mosquitos -respondió el dueño de la casa-.

No  lo  dejan  a  uno  vivir.  El  lugar  es  bajo...  y  se  han

criado muchos, los malditos. 

- ¿Vives solo? -le interrogó Chubuk, de sopetón-.

¿Cómo  dices  que  vives  solo?...  ¿De  quién  es  la

segunda  cama  que  tienes  en  el  rincón?  -inquirió,

señalando la arpillera. 

Sin  aguardar  respuesta,  Chubuk  se  puso  en  pie,

descorrió  la  cortina  y  se  asomó  a  la  ventana.  Yo

también me puse en pie. 

Desde la ventana se ofrecía una amplia vista a las

colinas  y  arboledas.  Subiendo  y  bajando,  alejábase

un  camino;  en  el  borde  del  elevado  horizonte,  sobre

el  fondo  del  cielo  arrebolado,  destacáronse  cuatro

puntos, que saltaban. 

- ¡Conque mosquitos! -gritó bruscamente Chubuk

al  anfitrión  y,  mirando  desdeñoso  de  hito  en  hito  su

figura  encogida,  agregó-:  Veo  que  el  mosquito  eres

tú. ¡Vamos, Boris! 

 

La escuela

 

Cuando  bajamos,  corriendo,  la  escalera,  Chubuk

se  paró, sacó  una caja  de  cerillas, encendió  una  y  la

echó  a  un  montón  de  trastos.  Un  pelotón  grande  de

papel se prendió, y la llama se extendió hacia la paja

tirada  en  el  suelo.  Instantes  después  ardería  toda  la

destartalada  habitación.  Pero,  en  eso,  Chubuk  apagó

con  inopinada  energía,  a  pisotones,  el  fuego,  y  me

llevó hacia la salida. 

-  No  hay  que  hacer  eso  -dijo,  como  si  se

disculpara-. De todos modos, venceremos. 

Diez minutos después, por delante de los arbustos,

en  los  que  nos  escondimos,  pasaron  raudos  cuatro

jinetes. 

Galopan  a  la  finca  -me  explicó  Chubuk-.  Tan

pronto  como  vi  en  el  rincón  la  arpillera  tendida,

comprendí  que  el  viejo  no  vivía  solo,  sino  con

alguien más. ¿Te diste cuenta que se acercaba todo el

tiempo  a  la  ventana?  Mientras  nosotros  estuvimos

recorriendo  las  habitaciones  abajo,  envió  por  los

blancos  a  alguien.  Lo  mismo  pasó  con  el  té.  Me

pareció algo sospechoso el coñac, a lo mejor le había

echado  algún  matarratas.  No  me  gustan  los

terratenientes hospitalarios que han sido saqueados ni

me fío de ellos. Ya pueden hacerse pasar por quienes

quieran, que en el fondo son mis peores enemigos. 

Pasamos  la  noche  en  la  choza  de  un  prado  de

siega.  Se  desencadenó  una  tormenta,  cayó  un

chaparrón,  y  nos  alegramos.  La  choza  no  hacía

goteras, y con un tiempo como aquél se podía dormir

a pierna suelta sin correr riesgo. Apenas despuntó el

día, Chubuk me despertó. 

- Ahora hemos de velarnos el sueño el uno al otro

-dijo-.  Llevo  ya  mucho  sentado  a  tu  lado.  Me

acostaré un rato, y tú vigila. Por si pasa alguien. ¡No

te duermas tú también! 

- No, Chubuk, no me dormiré. 

- Me asomé por la puerta de la choza. Al pie de la

colina  corría  un  riachuelo,  cubierto  de  neblina.  La

víspera  nos  habíamos  metido  hasta  la  cintura  en  un

pequeño  pantano  viscoso  y  sucio;  el  agua  se  había

secado  durante  la  noche,  y  nos  había  quedado  el

cuerpo recubierto de una costra pegajosa de barro. 

"Qué bien nos vendría un baño -pensé-. Tenemos

el riachuelo al lado; no hay más que bajar la cuesta". 

Estuve  una  media  hora  guardando  el  sueño  de

Chubuk.  Y  no  podía  dominar  mi  deseo  de  bajar  a

bañarme.  "No  hay  nadie  en  derredor  -pensé-,  quién

va  a  pasar  tan  temprano,  máxime  sin  haber  ningún

camino  por  aquí.  No  tendrá  Chubuk  tiempo  siquiera

de volverse del otro costado, y yo estaré ya listo". 

La tentación era demasiado grande, el cuerpo me

picaba.  Me  quité  la  inútil cartuchera  y  eché  a  correr

cuesta abajo. 

El  riachuelo  no  estaba  tan  cerca  como  me  había

parecido,  y  transcurrieron,  seguramente,  unos  diez

minutos antes de que yo llegara a la orilla. Me quité

la  guerrera  negra  de  liceísta,  la  que  llevaba  cuando

me escapé de casa, el portapliegos de cuero, las botas

 

 

 

de  montar  y  los  pantalones  y  me  zambullí.  Me

sobrecogí  de  frío.  Me  agité  en  el  agua  y  entré  en

seguida  en  calor.  ¡Ah,  qué  bien!  Nadé  despacio  al

medio  del  río.  Allí,  en  un  bajío,  había  un  arbusto.

Debajo  del  arbusto  se  había  enganchado  algo:  no

distinguía  si  sería  un  trapo  o  una  camisa  que  se  le

hubiera  escapado  a  alguien  al  aclararla.  Abrí  unas

ramas y me aparté, sobresaltado. Era un hombre, que

yacía boca abajo, enganchados los pantalones en una

rama.  Tenía  rota  la  camisa  y  una  ancha  herida

desgarrada  en  la  espalda.  Me  apresuré  a  volver,

nadando  a  grandes  brazadas,  como  si  temiera  que

alguien me diese un doloroso mordisco. 

Me vestí, volviendo la cabeza, sobrecogido, en la

dirección  opuesta  al  arbusto,  que  verdeaba

exuberante en el bajío. No sé si sería porque el agua

diera  un  embate  más  fuerte  o  porque,  al  abrir  las

ramas  del  arbusto,  yo  desenganchara  sin  querer  el

cadáver, el caso es que flotó, y la corriente le dio la

vuelta y lo trajo hacia la orilla en que yo estaba. 

Luego  de  abrocharme  precipitadamente  los

pantalones, empecé a ponerme la guerrera para echar

a correr cuanto antes. Cuando saqué la cabeza por el

cuello de la guerrera, el fusilado estaba ya muy cerca,

casi a mis pies. 

Se me escapó un grito salvaje, no pude menos de

avanzar  un  paso  y,  tropezando,  casi  caí  al  agua.

Reconocí al  muerto.  Era uno  de  los tres  heridos  que

nosotros habíamos dejado en el colmenar; era nuestro

Gitanillo. 

-  ¡Eh,  muchacho!  -oí  una  voz  a  mis  espaldas-.

Ven aquí. 

Tres desconocidos se encaminaban derechos hacia

mí.  Dos  llevaban  fusil.  No  tenía  por  dónde  escapar:

delante estaban ellos; detrás, el río. 

-  ¿Quién  eres?  -me  interrogó  uno  de  ellos,  alto  y

con barba negra. 

No  respondí.  No  sabía  quiénes  eran,  rojos  o

blancos. 

-  ¿Quién  eres?  ¡Te  pregunto  a  ti!  -volvió  a

preguntar con tono ya más brusco, asiéndome de una

mano. 

- ¡Por qué tenemos que hablar con él! -dijo otro-.

Llevémoslo al pueblo, y allí le interrogarán. 

Se acercaron dos carros. 

- ¡Trae acá el látigo! -gritó el de la barba negra a

uno de los carreteros, que se arrimaba tímidamente a

su caballería. 

- ¿Para qué? -inquirió, descontento, el otro-. ¿Para

qué  quieres  el  látigo?  Llévalo  al  pueblo,  y  allí  lo

pondrán en claro. 

-  No  es  para  pegarle  sino  para  atarle  las  manos,

pues mira qué ojos pone; si nos descuidamos, se nos

escapa. 

Me   torcieron     hábilmente las     manos,

poniéndomelas  a  la  espalda,  y  me  empujaron

ligeramente hacia un carro, diciéndome: 

- ¡Monta! 

 

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62

 

 

 

Los  cebados  caballos  tiraron  de  los  carros  y  nos

 

Arkadi Gaidar

 

avancen los rojos hacia este pueblo y les dé tiempo a

 

llevaron con ligero trote hacia un pueblo grande, que

relucía  con  sus  blancas  chimeneas  en  un  verde

collado. 

Montado  en  el  carro,  aún  abrigaba  esperanzas  de

que  mis  apresadores  fuesen  guerrilleros  de  un

destacamento rojo y de que, cuando llegásemos, todo

se pondría en claro y me soltarían en seguida. 

Poco  antes  de  entrar  en  el  pueblo,  desde  unos

arbustos un centinela gritó: 

- ¿Quién vive? 

-  Gente  de  bien...  el  alcalde  -respondió  el  de  la

barba negra. 

- ¡A-a-ah!... ¿Adónde has ido? 

- A traer carros del caserío. 

Los  caballos  reanudaron  el  trote  y  pasaron  por

delante  del  centinela.  No  me  dio  tiempo  de  ver  ni

cómo vestido, ni qué cara tenía, porque puse toda mi

atención en sus hombros. Llevaba hombreras. 

 

Capítulo noveno 

En  la  calle  aún  no  se  veían  soldados,

probablemente durmiesen. 

Junto a la iglesia había varios carros y un furgón

con una cruz roja; cerca de la cocina de campaña, los

cocineros,  soñolientos, partían  astillas para  encender

la lumbre. 

-  ¿Lo  llevamos  a  la  plana  mayor?  -preguntó  el

carretero al alcalde. 

-  Podemos  llevarlo  a  la  plana  mayor.  Aunque  su

merced  aún  estará  durmiendo.  No  vale  la  pena

molestarlo  por  un  chiquillo  como  éste.  Llévalo

mientras tanto al calabozo. 

El  carro  se  detuvo  delante  de  una  pequeña  casa

con ventanas enrejadas. Me metieron de un empujón.

Luego que me hubo registrado, deprisa, los bolsillos,

el alcalde me quitó el portapliegos de cuero. Se cerró

la puerta, sonando la cerradura. 

En  los  primeros  momentos  de  miedo  cerval,  que

llegó  hasta  causarme  dolor  físico,  creí  que  estaba

perdido definitiva e irremediablemente, que no tenía

la menor esperanza de salvación. Elevaríase más alto

el  sol,  despertaríase  su  merced,  mencionada  por  el

alcalde, me haría comparecer ante él y mandaría que

me fusilasen; me había llegado el fin. 

Me senté en un banco y, apoyando la cabeza en el

antepecho de la  ventana,  quedé inmóvil,  absorto.  La

sangre  me  golpeaba  en las  sienes,  y  un  pensamiento

me  obsesionaba,  igual  que  una  placa  estropeada  de

gramófono  repite  sin  cesar:  "Es  tu  fin,  es  tu  fin...”

Luego de haber girado hasta el aturdimiento, la aguja

de  mi  conciencia  entró,  movida  por  un  impulso

inadvertido, en la circunvolución precisa del cerebro,

y  mis  pensamientos  se  sucedieron  con  vertiginosa  e

incontenible turbulencia. 

"¿Será posible que no me pueda salvar? ¡Me han

capturado  de  manera  tan  absurda!  ¿Tal  vez  pueda

evadirme?  No,  de  aquí  no  se  puede  huir.  ¿Quizás

 

tomarlo?  ¿Y  si  no  atacan?  ¿O  atacan  luego,  cuando

sea tarde? Puede ocurrir... No, no puede ocurrir nada,

no me sale nada". 

Por  delante  de  la  ventana  pasó  un  rebaño.  Las

ovejas, apiñadas, se empujaban, las cabras balaban y

hacían sonar sus esquilas, y el pastor hacía restallar el

látigo. Un ternero recental correteaba, dando saltos, e

intentaba  graciosamente  amorrarse, sobre  la  marcha,

a la ubre de la vaca. 

Aquel apacible cuadro aldeano me hizo sentir aún

más lo difícil de mi situación, agregándose al miedo,

e  incluso  dominándolo  unos  instantes,  una  amarga

afrenta: una mañana tan buena... todos vivían... hasta

las ovejas. ¡Por doquier la vida campaba, y uno tenía

que perderla! 

Y,  como  ocurre  a  menudo,  del  caos  de

embrollados  pensamientos  y  absurdos  e  imposibles

planes emergió una idea extraordinariamente sencilla

y clara, la que, creyérase, debiera acudir, ante todo y

de la manera más natural, en ayuda. 

Estaba  tan  acostumbrado  a  mi  situación  de

soldado  rojo  y  combatiente  de  un  destacamento

proletario,  que  no  se  me  ocurría  en  absoluto  que  se

pudiera  poner  en  duda  ni  requiriese  demostración

alguna  mi  pertenencia  a  los  rojos,  y  probarlo  o

negarlo  me  parecía  tan  absurdo  como  explicar  a

alguien que mi pelo era rubio y no negro. 

"Aguarda  -me  dije,  asiéndome,  contento, del  hilo

de  la  salvación-.  Soy  rojo...  sí.  Eso  lo  sé  yo,  ¿pero

llevo alguna señal que me delate?" 

Tras  pensar  un  rato,  llegué  a  persuadirme

definitivamente de que no traía ninguna señal que me

delatase.  No  tenía  documentos  de  soldado  rojo.  Al

escapar  del  tropiezo  que  tuvimos  con  los  blancos,

había  perdido  el  gorro  gris  de  soldado  con  la

estrellita  roja.  Entonces  había  perdido  también  el

capote. El fusil, roto, había quedado en la hierba del

bosque,  y  la  cartuchera  la  había  dejado  en  la  choza

antes  de  bajar  a  bañarme.  Mi  guerrera  era  negra,  de

liceísta.  Mi  quinta  no  había  sido  llamada  a  filas.

¿Qué otra cosa quedaba? 

-  ¡Ah,  sí!  La  pequeña  máuser,  escondida  en  el

seno. ¿Y qué más? Explicar mi aparición en la orilla

del  riachuelo.  La  pistola  podía  esconderla  debajo  de

la estufa, y la explicación... podía inventármela. 

Para  no  embrollarme,  decidí  no  inventarme  otro

nombre, apellido, edad y lugar de nacimiento, con lo

que  hubiera  complicado  mi  situación.  Decidí  seguir

siendo quien era, es decir, Boris Górikov, alumno del

quinto  curso  del  liceo  de  Arzamás,  que  me  había

puesto  en  camino  con  mi  tío  (para  no  confundirme,

pensé decir el verdadero nombre de mi tío) para ir a

Járkov,  a  casa  de  mi  tía  (la  dirección  la  llevaba  mi

tío). Por el camino me perdí de mi tío y me hicieron

bajarme  del  tren  por  no  llevar  salvoconducto  ni

documentos  (pues  los  llevaba  mi  tío).  Entonces  me

determiné  a  ir  a  pie  por  la  vía  hasta  la  estación

 

 

La escuela

 

siguiente para tomar otro tren. Pero en eso terminó el

territorio de los rojos y empezó el de los blancos. Si

me  preguntaban  de  qué  vivía  mientras  caminaba,

diría  que  de  lo  que  me  daban  en  los  pueblos.  Si  me

preguntaban  para  qué  iba  a  Járkov  sin  saber  la

dirección  de  mi  tía,  diría  que  esperaba  enterarme  de

ella  en  la  oficina  de  avecindamiento.  Y  si  me

objetaban:  "¿Qué  oficinas  de  avecindamiento  ni  qué

demonios  pueden  existir  ahora?",  pondría  cara  de

asombro  y  diría  que  podía  haberlas,  puesto  que  en

Arzamás,  ciudad  pequeña,  la  había.  Si  me

interrogaban:  "¿Cómo  confiaba  tu  tío  pasar  de  la

Rusia  roja  a  Járkov,  que  está  en  manos  de  los

blancos?" respondería que mi tío era un perillán que

se  las  ingeniaría  hasta  para  salir  al  extranjero,  y  no

sólo para llegar a Járkov. Pero yo... no era como mi

tío,  no  me  salía  nada.  En  ese  momento  tendría  que

derramar unas lagrimitas. No muchas, las suficientes

para  que  se  viera  mi  pena.  Y  nada  más  por  el

momento,  lo  demás  se  vería,  según  el  sesgo  que

tomasen las cosas. 

Saqué el máuser. Me dispuse a meterla debajo de

la estufa, pero cambié de parecer. Aun en el caso de

que  me  pusieran  en  libertad,  de  allí  ya  no  la  podría

sacar. La habitación tenía dos ventanas: una daba a la

calle,  y  la  otra,  a  un  estrecho  callejón,  por  el  que

pasaba una senda con los bordes poblados de espesas

ortigas.  Recogí  un  trozo  de  papel,  que  había  en  el

suelo,  envolví  el  máuser  y  arrojé  el  envoltorio  a  lo

más espeso de las ortigas. Apenas lo hube hecho, oí

unos  golpes  en  el  portalillo.  Trajeron  a  otros  tres

detenidos:  a  dos  campesinos  que  habían  escondido

sus  caballerías,  cuando  los  blancos  recorrieron  las

casas  en  busca  de  transporte,  y  a  un  muchacho,  que

se  había  llevado,  no  sé  para  qué,  el  muelle  real  de

repuesto  del  carro  de  una  ametralladora.  Le  habían

dado  una  paliza,  pero  no  gemía;  jadeaba  como  si  le

hubiesen hecho correr. 

Entretanto,  la  calle  de  la  aldea  se  fue  animando.

Pasaban soldados, relinchaban los caballos y sonaban

las calderetas junto a la cocina de campaña. Se vieron

unos  soldados  de  comunicaciones  que  pasaron,

tendiendo  sobre  horquillas,  el  hilo  del  teléfono

enrollado   en      un      carrete.        Pasó, caminando

marcialmente,  bajo  el  mando  de  un  bizarro

suboficial, el relevo de la guardia o de los puestos de

vigilancia. 

Volvió a sonar la cerradura, y asomó la cabeza de

un soldado. Este se detuvo en el umbral, sacó de un

bolsillo un papel arrugado, lo miró y dijo a voces: 

- ¿Quién es aquí Vaald? Que salga. 

Miré  a  mis  vecinos;  ellos  me  miraron  a  mí,  y

ninguno nos pusimos en pie. 

- Vaald... ¿Quién es de vosotros? 

"¡Yuri Vaald!", recordé horrorizado, el papel que

encontrara  bajo  el  forro  del  portapliegos  y  olvidara

con las últimas emociones. No tenía otra alternativa.

Me  puse  en  pie  y  me  encaminé,  vacilando,  hacia  la

 

 

 

puerta. 

"Pues  claro  -comprendí-.  Han  encontrado  los

papeles y me han tomado por... el muerto. ¡Qué feas

se están poniendo las cosas! Con lo bueno y sencillo

que  era  mi  primer  plan,  y  lo  fácil  que  me  va  a  ser

ahora equivocarme y meterme en un atolladero. A los

papeles no puedo renunciar. Sospecharán en seguida

de mí y me interrogarán que dónde y para qué los he

conseguido".  Se  me  fue  de  la  cabeza  la  explicación,

escrupulosamente ideada, de mi viaje a casa de mi tía

con el perillán de mi tío... Tenía que imaginar alguna

otra cosa, mas ¿Qué? Habría de improvisarlo, por lo

visto. 

Me  enderecé  y  procuré  sonreírme.  ¡Qué  difícil

resulta a veces parecer uno alegre, cómo se le cierran

a  uno,  sin  querer,  cual  si  fueran  de  goma,  y  se  le

estremecen  los  labios  abiertos  en  una  sonrisa

forzada! 

Un  alto  y  provecto  oficial  con  hombreras  de

capitán  bajó  los  peldaños  del  portalillo  de  la  plana

mayor. A su lado, con el aspecto de un perro al que le

han  pegado  un  puntapié,  caminaba  el  alcalde.  Al

verme,  éste  se  detuvo  y  se  abrió  de  brazos,  como

queriendo decir: usted perdone por la equivocación. 

El  oficial  dijo,  brusco,  algo  al  alcalde,  y  éste,

asintiendo  servil con la cabeza,  se  alejó,  presto, a  lo

largo de la calle.

-  Buenos  días,  prisionero  -me  dijo  el  capitán  con

tono algo burlón, pero sin el menor deje de enfado. 

-  ¡Muy  buenos  los  tenga  usted,  mi  capitán!  -le

respondí,  como  nos  enseñaron  en  las  lecciones  de

gimnasia militar, en el liceo.

-  Puedes  marcharte  -dijo  el  oficial  a  mi  escolta

dándome la mano-. ¿Cómo has venido a parar aquí? -

me interrogó, sonriéndose con picardía y sacando un

cigarrillo-. ¿A defender a la Patria? He leído la carta

dirigida  al  coronel  Korenkov,  pero  ya  no  te  hace

ninguna falta, porque lo mataron el mes pasado. 

"Me  alegro  mucho  de  que  lo  hayan  matado",

pensé. 

-  Vamos  a  mi  despacho.  ¿Cómo  no  se  te  ha

ocurrido  decirle  al  alcalde  quién  eres?  Por  eso  has

estado  encerrado.  Vienes  a  parar  con  los  tuyos,  y  al

calabozo de cabeza. 

-  No  sabía  quién  era  él.  No  lleva  hombreras,  y

tiene  pinta  de  labriego  como  todos  los  demás.  Creí

que  era  un  rojo.  Pues  dicen  que  los  rojos  andan  por

aquí -apenas       pude articular,     pensando

simultáneamente  que  el  oficial,  por  lo  visto,  era

buena persona y no muy observador, de lo contrario

hubiera  adivinado  por  mi  innatural  porte  que  yo  no

era aquél por quien me tomaba. 

-  Conocí  a  tu  padre  -me  dijo  el  capitán-.  Hace

mucho tiempo, en el año siete, en las maniobras que

hicimos  en  Ozerkí,  estuve en  vuestra  casa.  Entonces

tú  aún  eras  un  rapazuelo,  no  te  queda  sino  un

parecido muy lejano. Y tú, ¿no te acuerdas de mí? 

-  No  -respondí,  como  disculpándome-,  no  me

 

63

 

64

 

acuerdo.  De  las  maniobras  me  acuerdo  un  poquitín,

pero entonces hubo muchos oficiales en nuestra casa. 

Si  yo  no  hubiera  tenido  aquel  "parecido  lejano"

que  mencionó  el  capitán,  y  si  le  hubiera  surgido  la

menor  sospecha,  con  dos  preguntas  que  me  hubiese

hecho  de  mi  padre  o  del  Cuerpo  de  Cadetes,  me

hubiera podido desenmascarar.   

Pero  el  oficial  no  sospechaba  nada.  La  causa  de

no  haber  dicho  al  alcalde  quién  era  yo,  parecía  muy

verosímil,  y  por  entonces  huían  a  bandadas  al  Don

los alumnos de las escuelas militares de Rusia. 

-  Querrás  comer,  ¿no?  ¡Pajómov!  -gritó  a  un

soldado  que  estaba  soplando  a  un  samovar,  para

avivar la llama-. ¿Qué tienes preparado? 

-  Una  gallinita,  vuestra  merced.  El  samovar

hervirá  ahora...  y  la  mujer  del  pope  ya  ha  sacado  la

masa, pronto tendrá las tortas hechas. 

-  ¡Una  gallinita!  ¿Qué  es  una  gallinita  para  los

dos? Sírvenos algo más. 

-  Puedo  calentar  unos  torreznos  con  manteca  de

cerdo,  vuestra  merced,  y  los  pastelillos  cocidos  de

ayer. 

- ¡Vengan los pastelillos y la gallinita, pronto! 

En  la  habitación  contigua  sonó  el  timbre  del

teléfono. 

-  Vuestra  merced,  el  capitán  Schwarz  lo  llama  al

teléfono. 

Nuestro  capitán  dio  con  su  firme  y  tranquila  voz

del barítono unas órdenes al capitán Schwarz.

Cuando  colgó  el  auricular,  otra  persona,  por  lo

visto oficial también, interrogó al capitán: 

-  ¿Qué  noticias  frescas  tiene  Schwarz  del

destacamento de Beguichov? 

- Por ahora ninguna. Ayer estuvieron dos rojos en

la  hacienda  de  Kustariov,  pero  no  pudieron

capturarlos.  ¡Ah,  sí!  Víctor  Ilich,  escriba  un  parte

diciendo  que,  según  los  datos  facilitados  por

Schwarz,  el  destacamento  de  Shebálov  intentará

abrirse  paso  por  el  lado  del  coronel  Zhíjarev,  en  la

zona  donde  los  rojos  han  establecido  línea.  No  hay

que  dejarle  que  se  una  con  Beguichov...  Bueno,

muchacho,  vamos  a  desayunar.  Desayune,  descanse,

y luego decidiremos cómo y adónde destinarlo. 

Tan  pronto  como  nos  sentamos  a  la  mesa,  el

asistente nos puso delante un cuenco con humeantes

pastelillos  cocidos,  la  gallinita,  que,  por  su  tamaño,

más  bien  parecía  un  capón  enorme,  y  una  sartén

chirriante  de  torreznos;  y  no  hice  yo  sino  llevar  la

mano hacia la cuchara de madera y pensar en que me

acompañaba  la  suerte,  cuando,  junto  a  los  portones,

se oyó un altercado, voces y denuestos. 

-  Lo  buscan  a  usted,  vuestra  merced  -dijo  el

asisten  te,  al  volver-,  han  traído  a  un  rojo  con  fusil.

Lo  han  capturado  en  la  choza  de  la  pradera  de

Zabeliónnaya.  Fueron  los  ametralladores  a  segar

hierba,  miraron  en  la  choza  y  lo  vieron  durmiendo,

con el fusil y una bomba al lado. Se echaron encima

y lo ataron. ¿Manda usted que entre?

 

Arkadi Gaidar

 

-  Que  entre,  sí...  Pero  no  aquí.  Que  espere  en  la

habitación  contigua  hasta  que  terminemos  de

desayunar. 

Volvióse  a  oír  ruido  de  pasos  y  el  golpeteo  de

culatas.

- ¡Por aquí! -gritó alguien al otro lado de la pared-

. ¡Siéntate en el banco y quítate el gorro! ¿No ves que

hay iconos? 

- ¡Desátame antes las manos y chilla luego! 

Un  pastelillo  se  me  atragantó  y  volvió  a  caer  al

cuenco. En la voz del prisionero reconocí a Chubuk. 

-  ¿Te  has  quemado?  -me  interrogó  el  capitán-.

Pues no te des prisa. Tienes tiempo para saciarte. 

Es difícil imaginarse la angustiosa tensión que se

adueño  de  mí.  Para  no  despertar sospechas,  hube  de

aparentar  ánimos  y  tranquilidad.  Los  pastelillos  se

me  apelmazaban,  como  trozos  de  barro,  en  la  boca.

Tenía  que  hacer  esfuerzos  puramente  físicos  para

tragarme  cada  trozo,  que  me  oprimía  la  garganta.

Pero  el  capitán  estaba  seguro  de  que  yo  venía

hambriento,  y  se  lo  había  dicho  yo  mismo  antes  de

empezar  a  desayunar.  Ahora  tenía  que  comer  sin

ganas.  Moviendo  a  duras  penas  las  mandíbulas,

yertas,  y  ensartando  maquinalmente  en  el  tenedor

trozos,  lustrosos  de  pringue,  estaba  abatido,

sintiéndome culpable ante Chubuk. Yo fui quien bajó

a  bañarse,  a  pesar  de  su  advertencia.  Yo  tenía  la

culpa  de  que  lo  hubieran  capturado  prisionero  dos

ametralladores.  Yo  tenía  la  culpa  de  que  hubiesen

atrapado, mientras dormía, y traído a la plana mayor

enemiga,  al  camarada  que  más  quería,  a  la  persona

que más estimaba. 

-  Eh,  amiguito,  veo  que  te  estás  durmiendo  -oí

decir al capitán como si me hablase desde muy lejos-.

Te metes el tenedor con un pastelillo en la boca, y se

te  cierran  los  ojos.  Échate  en  el  heno  y  descansa  un

rato. ¡Pajómov, acompáñalo! 

Me  puse  en  pie  y  me  encaminé  hacia  la  puerta.

Tenía que pasar por la habitación de los telegrafistas,

en la que estaba Chubuk, prisionero. 

Era un trago amargo. 

Era  preciso  que  Chubuk,  al  asombrarse,  no  me

delatara  con  un  gesto  o  una  exclamación.  Tenía  que

darle  a  entender  que  yo  procuraría  hacer  los

imposibles por salvarlo. 

Chubuk  estaba  sentado,  baja  la  cabeza.  Tosí.

Chubuk irguió la cabeza y se echó rápidamente hacia

atrás. 

Pero,  antes  de  tocar  la  pared  con  la  espalda,  se

recobró,  ahogando  una  exclamación  que  se  le  iba  a

escapar.  Me  llevé  un  dedo  a  los  labios,  como  si

quisiera  contener  la  tos,  y  por  la  rapidez  con  que

Chubuk  entornó  los  ojos  y  pasó  la  mirada  al

asistente, que seguía detrás de mí, adiviné que no me

había  entendido  y  que  también  me  consideraba

detenido  por  sospechoso  y  que  yo  procuraba

justificarme.  Su  mirada  alentadora  me  decía:  "No

temas. No te delataré". 

 

La escuela

 

Todas  esas  mudas  señales  fueron  tan  breves  que

nadie las notó. Salí al patio, tambaleándome. 

-  Por  aquí,  tenga  la  bondad  -me  dijo  el  asistente,

señalando un pequeño cobertizo junto a la pared de la

casa-. Dentro hay heno y una manta. Eche el cerrojo

a la puerta, pues pueden entrar los cerdos. 

 

Capítulo décimo 

Hundí  la  cabeza  en  una  almohada  de  piel  y  me

quedé quieto. "¿Qué hacer? ¿Cómo salvar a Chubuk?

¿Qué debo hacer para ayudarle a escapar? Puesto que

la  culpa  es  mía,  yo  debo  ingeniármelas,  y  me  estoy

comiendo  pastelillos,  en  tanto  que  Chubuk  ha  de

pagar por mí". 

Pero no se me ocurrió nada. 

Me  calenté  la  cabeza,  se  me  encendieron  las

mejillas, y, poco a poco, se fue adueñando de mí un

estado  febril,  me  fui  excitando.  "¿Obraba  yo

honradamente?  ¿No  debería  declarar  abiertamente

que también era rojo, camarada de Chubuk, y quería

seguir la misma suerte que él?" Este pensamiento me

deslumbró  con  su  sencillez  y  grandeza.  "Sí,  claro  -

susurré-,  al  menos  así  pagaré  mi  equivocación".  En

eso me acordé de un relato, leído hacía mucho, de los

tiempos  de  la  revolución  francesa,  en  el  que  un

chiquillo,  puesto  en  libertad  bajo  palabra  de  honor,

volvió  a  presentarse  al  oficial  enemigo  para  que  lo

fusilasen.   "Sí,    claro -procuraba persuadirme

apresuradamente-,  ahora  me  levanto,  salgo  y  lo

confieso  todo.  Que  vean  los  soldados  y  el  capitán

cómo  pueden  morir  los  rojos.  Y  cuando  me  pongan

delante  del  paredón,  gritaré:  "¡Viva  la  revolución!"

No...  eso  no.  Siempre  se  da  ese  viva.  Gritaré:

"¡Malhayan los verdugos!" Tampoco, yo diré...” 

Deleitándome  más  cada  vez  con  la  sombría

solemnidad de la decisión tomada y enardeciéndome

en  grado  creciente,  llegué  a  ese  estado  en  el  que

empieza a perder su verdadera importancia el sentido

de los actos. 

"Me pongo en pie y salgo -pensé, incorporándome

y  quedando  sentado  en  el  heno-.  Y  bien,  ¿qué

exclamaré?" 

En  ese  momento,  los  pensamientos  empezaron  a

darme  vueltas,  como  un  tiovivo  de  luces

deslumbrantes,  unas  frases  absurdas  y  vanas  me

brotaban  y  se  perdían  en  la  imaginación  y,  en  lugar

de ocurrírseme las palabras que pronunciaría antes de

morir, no sé por qué, me acordé del viejo gitano que

tocaba  la  flauta  en  las  bodas  de  Arzamás.  Recordé

muchas  cosas  más  sin  la  menor  relación  con  lo  que

me esforzaba por pensar en aquellos instantes. 

"Me  pongo  en  pie...”,  pensé.  Pero  el  heno  y  la

manta,  cual  sólido  cemento  bien  fraguado,  me

sujetaron los pies. 

Comprendí  por  qué  no  me  podía  levantar.  No

tenía  ganas  de  hacerlo,  y  todas  aquellas  reflexiones

en  torno  a  las  últimas  palabras  y  al  gitano  eran,  ni

más ni menos, una excusa para demorar el momento

 

 

 

decisivo. Dijera lo que dijese y me excitara como me

excitase, no tenía ningunas ganas de ir a delatarme y

ponerme  delante  del  paredón.  Una  vez  me  lo  hube

confesado, volví a reclinar, resignado, la cabeza en la

almohada  y  lloré  en  silencio  cuan  insignificante  era

yo,  comparado  con  el  gran  muchacho  de  la  remota

revolución francesa. 

La pared de madera, contra la que estaba arrimado

el  heno,  se  estremeció  con  sordo  ruido.  Alguien  la

había  golpeado  desde  el  interior  de la  casa  con  algo

duro,  que  bien  pudiera  ser  una  culata  de  fusil  o  el

extremo de un banco. Al otro lado se oyeron voces. 

Me  arrastré  cual  ágil  lagartija  hacia  la  pared,

arrimé  el  oído a  los  troncos  y  capté  la  mitad  de  una

frase del capitán: 

-...  por  eso  no  digas  tonterías.  Será  peor  para  ti.

¿Cuántas ametralladoras hay en el destacamento? 

- Peor de lo que me veo ya no me puedo ver, y no

tengo por qué decir lo que no es -repuso Chubuk. 

- ¿Cuántas ametralladoras hay, te pregunto? 

- Tres... dos Maxim y una Colt. 

"Lo dice adrede -colegí-. En el destacamento sólo

tenemos una Colt". 

- Bueno. ¿Y cuántos comunistas? 

- Todos. 

- ¿Todos son comunistas? ¿Y tú también? 

No siguió ninguna respuesta. 

- ¿Y tú también eres comunista? ¡Te pregunto a ti! 

- ¿Para qué hace preguntas vanas? Tiene el carnet

en la mano y me lo pregunta. 

-  ¡Si-len-cio!  Estoy  viendo  que  eres  de  los

convencidos.  Cuádrate  cuando  te  habla  un  oficial.

¿Fuiste tú el que estuviste en la hacienda? 

- Sí. 

- ¿Quién más iba contigo? 

- Un camarada... Un hebreíllo. 

- ¿Un judío? ¿Dónde se ha metido? 

- Se escapó... en otra dirección. 

- ¿En qué dirección? 

- En la contraria. 

Se  oyó  un  golpe,  el  ruido  de  un  taburete  al

correrse,  y  la  voz  de  barítono  del  capitán,  alargando

las palabras: 

- ¡Ya te voy a enseñar yo la "contraria"! Te voy a

enviar ahora a ti mismo en la dirección contraria. 

- En  vez de pegarme, más  le valdría dar la orden

cuanto  antes,  y  asunto  concluido  -oyó  se  la  voz  de

Chubuk más queda que antes-. Si los míos le echasen

a usted la mano, vuestra merced, le darían un par de

hostias, y al paredón. Pero usted me ha señalado todo

el cuerpo con la fusta, a pesar de ser intelectual. 

-  ¿Qué-e?...  ¿Qué  has  dicho?  -gritó  el  capitán,

desgañitándose. 

- ¡Digo que no hay por qué torturar a una persona

sin más ni más! 

Volvió a terciar la voz de antes: 

- ¡Señor jefe del regimiento, al aparato! 

La pausa duró unos diez minutos. Luego se oyó la

 

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voz del asistente Pajómov gritar desde el portalillo: 

- ¡Ordenanza! ¡Musabékov!... ¡Ibraguim!... 

-  ¿Qué  quieres?  -respondiéronle  con  indolencia

desde los frambuesos. 

- ¿Dónde andas metido, demonio? Ensilla el potro

del capitán. 

Al  otro  lado  de  la  pared  volvió  a  oírse  la  voz  de

barítono: 

-  ¡Víctor  Ilich!  Voy  al  Estado  Mayor...

Probablemente  retornaré  de  noche.  Telefonee  a

Schwarz  para  que  se  ponga  urgentemente  en

comunicación  con  Zhíjarev.  Este  nos  ha  advertido

que  los  destacamentos  de  Beguichov  y  Shebálov  se

han unido cerca de la quebradura. 

- Y con éste ¿qué hacemos? 

-  A  éste...  lo  podéis  fusilar.  O  no,  dejadlo  hasta

que  vuelva.  Aún  hablaré  con  él.  Pajómov  -prosiguió

el capitán, alzando la voz-, ¿está ensillado el caballo?

Dame los prismáticos. ¡Ah, sí! Cuando se despierte el

muchacho,  dale  de  comer.  No  me  dejes  comida.  Yo

comeré allí. 

Vi,  por  una  rendija,  pasar  los  gorros  negros  de

piel de los ordenanzas. Los cascos sonaron suaves en

el polvo de la carretera. Por la misma rendija vi que

los escoltas condujeron a Chubuk a la casa en la que

yo estuve encerrado por la mañana. 

"El  capitán  regresará  tarde  -pensé-,  por  lo  tanto,

volverán  a  sacar  a  Chubuk  al  interrogatorio  de  la

noche". 

Una  tenue  esperanza  me  refrescó,  cual  ligero

soplo, la cabeza. 

Estoy en libertad... Nadie sospecha nada de mí, es

más,  soy  invitado  del  capitán.  Puedo  andar

libremente  por  donde  quiera,  y  cuando  empiece  a

oscurecer pasaré, como si estuviera paseando, por la

senda tendida delante de la ventana que da a la parte

de atrás. Recogeré mi pistola y se la pasaré a Chubuk

por  la  reja.  Los  soldados  vendrán  por  él  de  noche.

Saldrá  al  portalillo  y,  aprovechándose  de  que  lo

creerán  desarmado,  podrá  matar  a  los  dos  antes  de

que  uno  de  ellos  pueda  echarse  el  fusil  a  la  cara.

Ahora las  noches  son  oscuras:  se  aparta  uno,  de dos

saltos, y ya no lo ven. No me queda más que pasarle

el máuser, y eso no es difícil. La casita es de ladrillo,

las  rejas  son  sólidas,  y  por  eso  el  centinela  está

sentado  en  el  portalillo,  guardando  la  puerta  y  sin

temor  de  que  él  se  escape  por  la  ventana,  sólo  se

acerca  de  tarde  en  tarde  a  la  esquina,  mira,  y  se

vuelve a alejar. 

Salí  del  cobertizo.  Para  borrar  las  huellas  de  las

lágrimas,  me  eché  a  la  cabeza  un  cangilón  de  agua.

El asistente me dio un jarrillo de kvas y me preguntó

si  quería  comer.  Le  dije  que  no,  salí  a  la  calle  y  me

senté en el banco de tierra que rodeaba la casa. 

La ventana enrejada, tras la que estaba prisionero

Chubuk, atraía mi mirada, cual negro pozo, desde el

lado opuesto de la ancha calle. 

"No  estaría  mal  que  Chubuk  me  viese  -pensé-.

 

Arkadi Gaidar

 

Eso le daría ánimos, y él comprendería que, estando

yo en libertad, procuraré salvarlo. ¿Cómo hacer para

que se asome? No puedo vocearle ni agitar la mano,

pues  el  centinela  se  daría  cuenta...  ¡Ah,  ya  se  me

ocurre!  Lo  llamaré  igual  que  en  la  infancia  a  Yasha

Tsúkkershtein  para  que  bajase  al  huerto  o  viniese  al

estanque". 

Entré  en  la  habitación,  descolgué  un  espejito  de

campaña  que  había  en  la  pared  y  volví  al  banco  de

tierra.  Empecé  por  mirarme  un  grano  de  la  frente;

luego, como quien no quiere la cosa, dirigí el reflejo

del  sol  al  tejado  de  la  casa  frontera,  y  desde  allí,

inadvertidamente,  lo  pasé  al  negro  vano  de  la

ventana. El centinela, sentado en el portalillo, no veía

el  penetrante  reflejo  que  se  proyectó  en  la  pared

interior de la casita a través de la ventana. Entonces,

sin  mover  el  espejo,  lo  tapé  y  destapé  varias  veces

con la mano. 

Mi cálculo, basado en que los destellos intrigarían

al detenido, fue atinado. Instantes después, el reflejo

de  sol  que  yo  enviaba  iluminó  la  silueta  de  una

persona junto a la ventana. Luego de centellear varias

veces más, para que Chubuk siguiera la dirección del

reflejo, dejé el espejito, me puse en pie cuan alto era,

alzando, como si me desperezase, un brazo, lo que en

el lenguaje de las señales militares siempre significa:

"¡Atención! ¡Listos!" 

Acercáronse  al  portalillo  dos  apuestos  cadetes

llenos de polvo, con gorros sin visera y carabina a la

bandolera,  y  preguntaron  por  el  capitán.  Salió  a

recibirlos  un  teniente,  que  sustituía  al  capitán.  Los

cadetes le hicieron el saludo militar, y uno de ellos le

tendió un sobre, diciendo: 

- De parte del coronel Zhíjarev. 

Desde  el  banco  de  tierra  oí  el  teléfono.  Era  el

teniente,  que  llamaba  con  insistencia  al  Estado

Mayor del regimiento. Los cuatro soldados enviados

de  enlaces  por  las  compañías  a  la  plana  mayor

salieron  de la  isba  en  que ésta se  alojaba  y  fueron  a

paso  ligero  hacia  distintos  extremos  del  pueblo.

Minutos  después  se  abrieron  los  portones  de  la

empalizada,  y  diez  cosacos  uniformados  de  negro

salieron  en  briosos  corceles,  alejándose  de  la  aldea.

La  celeridad  y  exactitud  con  que  se  ejecutaron  las

órdenes  transmitidas  desde  el  Estado  Mayor  me

causaron un asombro desagradable. 

Los adiestrados cadetes y los ejercitados cosacos,

que  constituían  el  destacamento  mixto,  no  se

parecían a nuestros valientes, pero protestones y poco

disciplinados muchachos. 

El  sol  se  aproximaba  al  ocaso,  y  yo  no  podía  ya

seguir  quieto.  Por  los  preparativos  y  frases  aisladas

comprendí que el destacamento se pondría en marcha

por  la  noche.  Para  acortar  el  tiempo  hasta  que

oscureciese  y,  al  mismo  tiempo,  examinar  mejor  el

terreno,  me  encaminé  a  lo  largo  del  pueblo  y  salí  al

embalse,  en  el  que  los  cosacos  estaban  bañando  los

caballos. Los caballos resoplaban y chapoteaban con

 

La escuela

 

los  cascos,  atascados  en  el  cenagoso  fondo.  El  agua

turbia y maloliente les chorreaba, cálida, del lustroso

y grasiento pelaje. 

En  la  orilla,  un  cosaco  desnudo,  con  barba  y

crucifijo  colgado  del  cuello,  cortaba  con  el  sable

unos espesos cítisos. 

Al levantar el sable, el cosaco apretaba los labios,

y, cuando asestaba los golpes, resollaba ligeramente,

emitiendo  el  mismo  sonido  impreciso  que  los

carniceros, al partir las reses a hachazos: iij... iij... 

Bajo el afilado y brillante sable, las gruesas ramas

caían,  segadas  como  hierba.  Si  se  la  interpusiera  en

aquel  momento  un  brazo  enemigo,  quedaría

cercenado.  Si  se  le  pusiera  por  delante  la  cabeza  de

un soldado rojo, la cortaría al sesgo, desde lo alto del

cuello hasta el hombro opuesto. 

Yo  había  visto  las  huellas  de  los  sables  de  los

cosacos: sus tajos mortales no parecían inferidos con

acerada  hoja  a  galope  tendido,  sino  hachazos

descargados tranquilamente, tras medir bien el golpe,

por experto verdugo en el cadalso. 

Al  oír  las  campanas  tocar  a  vísperas,  el  cosaco

cesó de cortar. Limpió el sable, caliente, con un peal

gris  de  paño,  lo  metió  en  la  vaina  y  se  santiguó,

jadeando. 

Por  un  angosto  sendero  que  pasaba  entre  los

surcos  de  un  patatar,  llegué  hasta  un  manantial.  La

gélida agua escurría con alegre susurro por un añoso

canal  abierto  en  un  tronco,  cubierto  de  musgo.  Un

mohoso icono, incrustado en una cruz medio podrida,

miraba con ojos turbios, descoloridos. A su pie había

una inscripción, hecha a corte de navaja: 

"Todos los iconos y santos son una mentira". 

Empezaba  a  oscurecer.  "Dentro  de  media  hora  -

pensé-,  me  podré  acercar  a  la  casita  de  ladrillo".

Decidí encaminarme al extremo del pueblo, cruzar la

carretera  y,  desde  allí,  ir  por  una  senda  hacia  la

ventana  enrejada.  Sabía  perfectamente  dónde  había

caído  la  pistola.  El  papel  blanco,  con  el  que  estaba

envuelta, se vislumbraba algo a través de las ortigas.

Pensé recoger el envoltorio, meterlo, sin pararme, por

la reja y seguir caminando como si tal cosa. 

Doblé una esquina y me vi en un descampado. Vi

allí  a  muchos  soldados  y  me  encontré  de  improviso

cara a cara con el capitán. 

- ¿Qué haces aquí? -inquirió, asombrado-. ¿O has

venido  también  a  mirar?  Para  ti  aún  es  un

espectáculo desacostumbrado. 

-  ¿Es  que  ha  vuelto  usted  ya?  -apenas  pude

articular  tontamente,  trabándoseme  la  lengua  y  sin

comprender aún a qué se refería. 

Las voces de mando que se oyeron a un lado nos

obligaron  a  volver  la  cabeza.  Y  lo  que  vi,  me  hizo

aferrarme  convulsivamente  a  la  bocamanga  del

capitán. 

A  unos  veinte  pasos,  cinco  soldados  con  los

fusiles preparados estaban frente a un hombre puesto

delante  de  una  pared  de  barro  de  una  casucha

 

 

 

deshabitada.  El  hombre  aquel  estaba  sin  gorro,  con

las  manos  atadas  a  la  espalda,  y  nos  miraba

fijamente. 

- Chubuk -susurré, tambaleándome. 

El capitán volvió, asombrado, la cabeza hacia mí

y,  como  si  me  quisiera  tranquilizar,  me  puso  una

mano en un hombro. Entonces, sin quitarme la vista

de encima ni prestar atención a la voz de mando, que

movió  a los soldados a llevarse los fusiles a la cara,

Chubuk se irguió y, sacudiendo desdeñoso la cabeza,

escupió. 

En aquel momento hubo tal fogonazo y estruendo,

que  me  pareció  que  golpeaban  con  mi  cabeza  un

enorme bombo turco. 

Tambaleándome  y  arrancando  una  serreta  de  la

bocamanga del capitán, me desplomé. 

-  Cadete  -dijo,  severo,  el  capitán,  cuando  me

recobré-, ¿qué significa eso? ¡Gallina... eres un trapo!

No haber venido a mirar, si no puedes soportarlo. Así

no vale, hombre -agregó, ya más suave-, y eso que te

escapaste para venir al ejército. " 

-  Es  por  la  falta  de  costumbre  -terció  el  teniente

que mandó el piquete, encendiendo un cigarrillo con

una  cerilla-.  No  haga  caso  de  eso.  En  la  compañía

tengo a un cadete de telefonista. Al principio llamaba

a  su  madre por las  noches,  y  ahora es  muy  valiente.

Este  sí  que  era  todo  un  macho  -prosiguió  el  oficial,

bajando  la  voz-.  Se  ha  mantenido  más  tieso  que  un

centinela,  no  se  ha  humillado.  ¡Y  ha  escupido

encima!

 

Capítulo undécimo 

Aquella  misma  noche,  luego  que  hube  recogido

mi  máuser  y  metido  en  mi  bolsillo  una  bomba  de

mano,  que  había  en  el  carro  del  capitán,  me  escapé

durante el primer alto de cinco minutos que hicimos. 

Caminé hacia el Norte, con obcecada obstinación,

toda  la  noche,  sin  pararme  ni  desviarme  de  los

caminos  peligrosos.  Las  negras  sombras  de  los

arbustos,  los  barrancos  y  lo  s  puentes,  todo  lo  que

antes  me  ponía  en  guardia,  me  hacía  esperar  una

emboscada  y  dar  un  rodeo,  lo  cruzaba  esta  vez

derecho, sin aguardar ni creer que pudiese haber nada

más  terrible  que  lo  ocurrido  durante  las  últimas

horas. 

Caminaba,  procurando  no  pensar  en  nada,  no

recordar  nada  ni  desear  otra  cosa  que  llegar  cuanto

antes a reunirme con los míos. 

Al  día  siguiente,  desde  el  mediodía  hasta  que

oscureció del todo, dormí, como si me hubieran dado

cloroformo,  entre  los  arbustos  de  un  valle;  por  la

noche me levanté y reemprendí la marcha. Por lo que

oí  en  la  plana  mayor  de  los  blancos,  sabía  dónde

encontrar,  aproximadamente,  a  los  míos.  No  debían

estar ya lejos. Mas erré inútilmente hasta medianoche

por sendas y caminos vecinales, sin que die mediera

el alto. 

La bochornosa noche se debatía, cual ave agitada,

 

67

 

68

 

entre el polifónico cantar de infatigables pajaritos, el

 

 

 

combatiente de nuestro destacamento. 

 

Arkadi Gaidar

 

croar  de  las  ranas  y  el  zumbar  de  los  mosquitos.

Dorada por el rutilar de las estrellas, chirriaba como

un  búho  inquieto  entre  el  susurro  de  la  exuberante

fronda  y  el  aroma  de  las  violetas  nocturnas  y  el

carrizo silvestre. 

La  desesperación  empezó  a  hacer  presa  en  mí.

¿Adónde  ir,  dónde  buscar?  Salí  al  pie  de  una  loma,

poblada de frondosos robles y, exhausto, me tendí en

un  claro  cubierto  de  oloroso  trébol.  Permanecí

acostado largo rato, y cuanto más pensaba, tanto más

me  remordía  la  conciencia  por  el  error  cometido.  A

mí me escupió Chubuk, a mí, y no al oficial. Chubuk

no  comprendió  nada,  pues  no  sabía  nada  de  los

documentos del cadete, me había olvidado decírselo.

Al principio Chubuk se creyó que yo también estaba

prisionero, pero, cuando me vio sentado en el banco

de  tierra  al  pie  de  la  isba,  y,  sobre  todo,  luego,

cuando  el  capitán  me  puso,  amistoso,  la  mano  en  el

hombro, pensaría, de seguro, que me había pasado a

los  blancos.  Chubuk  no  pudo  explicarse  de  otra

manera  la  solicitud  y  atención  que  me  dedicara  el

oficial  blanco.  El  escupitajo  que  lanzó  en  el  último

instante me escocía como si fuera de ácido sulfúrico.

Y aún me dolía más el no poder remediar ya nada, el

no  tener  a  quien  explicárselo  y  ante  quien

justificarme  y  el  que  Chubuk  ya  no  existiese  ni

volviera a existir jamás... 

Una rabia contra mí mismo y contra la irreparable

imprudencia  que  cometí  en  la  choza  me  fue

oprimiendo más y más el pecho. Y no había nadie en

derredor  con  quien  yo  pudiera  desahogarme  y

conversar. Silencio. Sólo el trinar de los pájaros y el

croar de las ranas. 

A  la  rabia  contra  mí  mismo  agregóse  un  odio  al

maldito  silencio  que  me  revolvía  el  alma.  Colérico,

arrepentido  y  agraviado,  me  puse  en  pie,  impulsado

por un arrebato de insensata furia, saqué del bolsillo

la bomba, le quité el seguro y la arrojé con todas mis

fuerzas  a  la  verde  pradera,  a  las  flores,  al  espeso

trébol y las campanillas húmedas del rocío. 

- La bomba estalló con el estruendo que yo quería,

resonando  a  lo  lejos  varias  veces  un  torpe  eco  que

espantó el silencio. 

Eché  a  andar  derecho,  a  lo  largo  de  la  linde  del

robledal. 

-  ¡Alto!  ¿Quién  vive?  -oí  vocear  poco  después

desde detrás de unos arbustos. 

- Yo -respondí, sin detenerme. 

- ¿Y quién eres tú?... ¡Alto o disparo! 

-  ¡Dispara!  -le  grité  con  incomprensible  rabia  y

desafío en la voz, sacando el máuser del seno. 

- ¡Detente, loco! -oyóse otra voz, que me pareció

conocida y se dirigía a su compañero, a quien yo no

veía-.  ¡Vasia,  aguarda,  demonios!  Creo  que  es

nuestro Boris. 

Tuve el suficiente sentido común para recobrarme

y  no  descerrajar  un  tiro  al  minero  Malyguin,

 

-  ¿De  dónde  vienes?  Nosotros  estamos  por  aquí

cerca.  Nos  han  enviado  a  que  nos  enteremos  qué

pasa: alguien ha tirado una bomba. ¿No has sido tú? 

- Sí, yo. 

-  ¿Qué  mosca  te  ha  picado?  Vienes  tirando

bombas  y  te  quieres  poner  delante  de  las  balas.

¿Estás borracho o qué? 

 

Se  lo  conté  todo  a  los  camaradas:  cómo  caí

prisionero  de  los  blancos  y  cómo  capturaron  y

fusilaron al buen Chubuk; lo único que me callé fue

su  último  escupitajo.  Al  mismo  tiempo  dije  todo  lo

que  había  oído  en  el  Estado  Mayor  acerca  de  los

planes de los blancos, de las órdenes que habían dado

y  de  que  los  destacamentos  de  Zhíjarev  y  Schwarz

procurarían darnos alcance. 

-  Bueno,  pues  -empezó  a  hablar  Shebálov,

apoyándose  en  el  sable,  con  la  vaina  oscurecida  y

arañada  durante  las  marchas-,  ni  que  decir tiene  que

me da mucha pena de Chubuk. Era el primer soldado,

el  mejor  combatiente  y  camarada.  Ni  que  decir

tiene... Cometiste un gran error, muchacho... Sí, muy

grande  -Shebálov  exhaló  un  suspiro-.  Pero  como  no

podemos  resucitar  a  los  muertos,  no  puedo  decirte

nada, máxime que no lo hiciste aposta; a quién no le

ocurre una desgracia. 

- A quién no le ocurre una desgracia –coreáronlo

varias voces.

-  ¡Y  por  lo  que  te  has  enterado  de  Zhíjarev  y  la

prisa  que  te  has  dado  en  comunicárnoslo,  gracias  y

vengan eso cinco! 

 

Volviendo  bruscamente  a  la  derecha  y  haciendo

largas marchas nocturnas, nos alejamos mucho de la

celada  que  nos  tendía  Zhíjarev.  Bordeando  los

pueblos  grandes  y  exterminando  por nuestro  camino

a las pequeñas patrullas montadas de los blancos, los

destacamentos  unidos  de  Shebálov  y  Beguichov

salieron a las posiciones de las tropas regulares rojas

que  mantenían  línea  en  el  sector  de  la  estación  de

Povórino. 

Por  aquellos  días  me  hice  de  caballería.  En  un

descanso, Fedia Syrtsov se acercó a mí y me dio una

fuerte palmada en la espalda. 

- Boris -dijo-, ¿has montado alguna vez? 

-  Sí  -respondí-,  sólo  en  la  aldea  de  mi  tío,  y

siempre a pelo. ¿Por qué lo preguntas? 

- Si has montado a pelo, con silla sabrás de sobra.

¿Quieres venirte conmigo, a mi grupo de caballería? 

- Sí -repuse, mirándolo incrédulo. 

-  Pues  ocuparás  el  sitio  de  Burdiukov.  Coge  su

caballo. 

- ¿Y a dónde va él? 

-  Shebálov  lo  ha  expulsado  -dijo  Fedia, lanzando

un  denuesto-.  Lo  ha  expulsado  del  destacamento.

Haciendo un registro en casa de un pope, Burdiukov

se  puso  un  anillo  y  se  olvidó  de  quitárselo.  Es  un

 

 

La escuela

 

anillo  que  no  vale  nada,  cinco  rublos  a  lo  sumo  en

tiempos de paz. ¡Ya puede uno hablar con Shebálov!

Lo  ha  echado,  el  maldito;  se  ha  puesto  de  parte  del

pope. 

Quise  objetarle  que  difícilmente  se  pondría

Shebálov del lado de un pope y que, probablemente,

Burdiukov  no  se  habría  olvidado  por  casualidad  de

quitarse el anillo. Pero en ese momento presumí que

a  Fedia  no  le  agradaría  mi  objeción,  que  quizás  le

hiciera  cambiar  de  parecer  y  no  llevarme  con  los

batidores de caballería, y no dije nada. Hacía mucho

que deseaba pelear entre los de caballería. 

Fuimos donde Shebálov. 

Shebálov me permitió de mala gana que saliera de

la  primera  compañía.  Me  apoyó  inesperadamente  el

sombrío Malyguin. 

-  Déjale  que  vaya  -dijo-.  Es  joven  y  avispado.

Además,  anda  todo  el  tiempo  aburrido  sin  Chubuk.

Siempre iban en pareja, y ahora no tiene con quien ir. 

Shebálov me lo permitió, pero, mirando de reojo a

Fedia, le dijo, medio en broma medio en serio: 

-  Fedia,  ten  cuidado...  ¡y  no  me  estropees  al

muchacho!  ¡No  desvíes  la  mirada,  que  te  lo  digo  en

serio! 

Fedia,  en  vez  de  responder,  me  guiñó  un  ojo,

como  si  quisiera  decir:  bueno,  déjanos,  no  somos

pequeños. 

Pasado  un  mes,  imitaba  ya,  como  un  verdadero

soldado de caballería, a Fedia; caminaba espatarrado,

no se me enganchaban más las espuelas y me pasaba

todo  el  tiempo  libre  junto  al  escuálido  jamelgo  pío

que heredé de Buildiukov. 

Me hice amigo de Fedia Syrtsov, pese a que éste

no  se  parecía  en  nada  al  fusilado  Chubuk.  A  decir

verdad, con Fedia me sentía incluso más desenvuelto

que  con  Chubuk.  Chubuk  parecía  más  un  padre  que

un  camarada.  A  veces  empezaba  a  regañarme  o

ponerme  en  vergüenza;  me  daba  rabia,  pero  no  me

atrevía  a  contestarle  con  brusquedad.  Con  Fedia,  en

cambio,  podía  reñir  y  hacer  las  paces,  con  él  se

divertía  uno  incluso  en  los  momentos  más  difíciles.

Pero era caprichoso. Alguna vez se le metía una cosa

en la cabeza, y no había manera de hacerle desistir. 

 

Capítulo duodécimo 

En una ocasión Shebálov ordenó a Fedia: 

- Fiódor, ensilla los caballos y ponte en marcha a

la aldea de Vyselki. El segundo regimiento nos pide

por teléfono que averigüemos si hay allí blancos. No

nos  llega  el  hilo  hasta  ellos,  hemos  de  comunicar  a

través  de  Kostyriovo,  y  piensan  tender  una  línea

hasta nosotros a través de Vyselki. 

Fedia empezó a poner peros. Hacía un tiempo de

perros,  llovía,  y  para  llegar  a  Vyselki  había  que

atravesar unos ocho kilómetros de pantano con tanto

barro que no se volvería de allí hasta la noche. 

-  ¿Quién  va  a  haber  en  Vyselki?  -replicó,

indignado Fedia-. ¿Por qué ha de haber allí blancos?

 

 

 

Vyselki  está  a  un  lado,  rodeado  de  pantanos.  Si

tienen  necesidad  de  pasar,  los  blancos  irán  por  el

camino principal, y no por; Vyselki.

- ¡No te piden la opinión! Te mandan que vayas, y

ponte en marcha -lo dejó cortado Shebálov.

-  ¡Se  pueden  mandar  muchas  cosas!  ¡A  lo  mejor

me  mandas  buscar  a  la  abuela  de  Satanás!  ¡Pues  no

voy!  Que  vayan  los  de  infantería.  Quería  herrar  los

caballos  y  además,  el  practicante  de  veterinario  ha

puesto  a  hervir  dos  cubos  de  tabaco;  tenemos  que

hacer  una  infusión  para  dar  friegas  a  los  caballos

contra la sarna, ¡y tú... no mandas a Vyselki! 

-  Fiódor  -dijo,  cansado,  Shebálov-,  te  pongas

como te pongas, no retiro mi orden. 

Salpicando  barro  al  pisar,  blasfemando  y

escupiendo,  Pedia  nos  gritó  que  ensilláramos  los

caballos. 

Ninguno  de  nosotros  quería  ir  a  Vyselki,  con  la

lluvia  y  el  barro  que  había,  por  que  lo  necesitasen

unos  telefonistas  cualesquiera.  Los  muchachos

hablaban  mal  de  Shebálov,  llamaban  cobardes  y

bocazas a los telefonistas; ensillaron de mala gana los

caballos  y  se  pusieron  en  camino  a  disgusto,  sin

cantar, hacia el extremo de la aldehuela. 

El  barro  viscoso  y  pegajoso  chapoteaba

sordamente  bajo  los  cascos.  Podíamos  avanzar  sólo

al  paso.  Una  hora  después,  cuando  estábamos  aún  a

mitad de camino, cayó un chaparrón. Los capotes se

nos  empaparon.  Los  gorros  nos  chorreaban.  El

camino se bifurcó. A medio kilómetro, a la derecha,

en un montículo arenoso, había un caserío de cinco o

seis  hogares.  Fedia  se  detuvo,  se  quedó  pensando  y

tiró de la brida derecha. 

-  Nos  calentaremos  y  seguiremos  avanzando  -

dijo-. Pues bajo la lluvia no se puede ni fumar. 

La  espaciosa  isba  estaba  caliente,  limpia  y

ordenada,  y  olía  en  ella  a  algo  sabroso,  a  ganso  o

cerdo frito. 

- ¿Eh? -susurró Fedia, quedo y olfateando-. Estoy

viendo que el caserío aún está sin desmantelar. 

El  dueño  de  la  isba  era  afable.  Hizo  una  seña  a

una  robusta  moza,  y  ésta,  lanzando  una  fogosa

mirada a Fedia, puso encima de la mesa escudillas y

cucharas y. corriendo un taburete, dijo, sonriendo: 

- ¿Por qué estáis de pie? Sentaos. 

-  ¿Está Vyselki lejos de aquí? -interrogó Fedia al

dueño de la casa. 

-  En  verano,  cuando  está  seco  -repuso  el  viejo-,

vamos por una senda directa a través del pantano. No

está  lejos,  a  media  hora  de  camino  nada  más.  Pero

ahora no se puede pasar, se atasca uno en seguida. Y

por  el  camino  que  ibais,  se  tardarán  unas  dos  horas.

También  es  malo,  sobre  todo  cerca  del  puente  que

hay encima del manantial. A caballo se puede pasar,

pero en carro es difícil. Hoy se ha tenido que volver

desde  allí  mi  yerno,  después  de  habérsele  roto  una

vara del carro 

- ¿Ha vuelto hoy? -inquirió Fedia. 

 

69

 

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- Sí, esta mañana. 

- ¿No hay allí blancos? 

- Por ahora no. 

-  El  diablo  confunda  a  Shebálov.  Ya  se  lo  decía

 

Arkadi Gaidar

 

 

Volvió  a  cantar  Fedia,  sacudiendo  la  cabeza  y

entornando los ojos húmedos: 

 

yo  que  no  había  allí  blancos.  Si  esta  mañana  no

había,  tampoco  los  habrá  ahora.  Con  la  lluvia  que

está cayendo todo el día ¿quién va a ir allí? Quitaos

los capotes, muchachos. Para qué demonios vamos a

seguir.  Lo  único  que  ganaremos  será  dislocar  una

pata a algún caballo. 

- Fedia, ¿está bien eso? -le interrogué-. ¿Qué dirá

Shebálov? 

-  ¿Qué  nos  importa  Shebálov?  -respondió  Fedia,

quitándose,  resuelto,  el  capote  manchado  de  barro-.

¡Le diremos que hemos estado y no hay nadie! 

Además  de  comida,  nos  sirvieron  una  botella  de

aguardiente  casero.  Fedia  escanció  en  las  tazas,  sin

omitirme a mí. 

-  Levantad  vuestras  tazas  -dijo,  brindando-.

¡Bebamos  por  el  proletariado  mundial,  por  la

revolución! ¡Quiera Dios que nos dure la revolución

toda la vida y no se acaben los blancos! Dales buena

salud,  Señor,  así  tendremos,  al  menos,  a  quien  dar

sablazos, pues sin ellos sería muy aburrida la vida en

este mundo. ¡Hala, apuremos! 

Al  ver  que  yo  no  me  atrevía  a  levantar  la  taza,

Fedia silbó, diciendo: 

-  ¡Fiiú!...  ¿Qué  te  pasa,  Boris,  o  es  que  no  has

bebido  nunca?  Estoy  viendo  que  no  eres  un

caballista, sino una muchachuela. 

-  ¿Quién  dice  que  no  he  bebido  nunca!  -mentí,

poniéndome como la grana y echándome con bizarría

el contenido de la taza en la boca. 

El  pestilente  y  abrasador  líquido  me  envolvió  la

garganta y se me subió a la nariz. Incliné la cabeza y

apreté,  exacerbado,  los  labios  en  un  blanducho

pepino  en  salmuera.  Poco  después  me  sentí  alegre.

Fedia  sacó  su  acordeón  de  la  funda  de  cuero  y  tocó

algo  que  nos  puso  de  buen  humor.  Luego  bebimos

más,  aquella  tarde  brindamos  por  la  salud  de  los

soldados  rojos  que  peleaban  contra  los  blancos;  por

nuestros camaradas, los caballos, que nos llevaban a

los combates a muerte; por que no se embotase el filo

de  nuestros  sables  ni  fallasen  los  tajos  al  cortar

implacables las cabezas de los blancos, y por muchas

cosas más. 

Quien  más  bebió  y  menos  se  embriagó  de  todos

fue Fedia. El negro mechón se le pegó a la sudorosa

frente;  estiraba  enérgico  los  fuelles  del  acordeón  y

entonó con su suave voz de tenor: 

 

Al otro lado del Don están de juerga los rojos...

 

Nosotros  lo  coreamos,  desentonando,  pero  con

ánimos: 

 

Ay, ay córrete una juerga, pues de juerga están los

rojos... 

 

Es su compañero el cuchillo afilado

Y el sable pérfido... 

 

Nosotros  lo  secundamos  con  jactanciosa  y

despreocupada osadía: 

 

Y el sable pér-fi-do... 

 

Luego, todos a una: 

 

¡Ay! Ca-e-re-mos por nada... 

Nuestra vida vale un cén-ti-mo-o-o-o... 

 

Al  terminar,  Fedia  tomó  una  nota  tan  alta  que  se

oyó por encima de nuestras voces y de su acordeón;

bajó la cabeza, pensativo, luego sacudió sus rizos con

tanta furia como si le hubiera picado una abeja en el

cuello, pegó un puñetazo en la mesa y alargó la mano

hacia la taza. 

Nos  fuimos,  avanzada  ya  la  noche.  Tardé  mucho

en  meter  el  pie  en  el  estribo,  y,  cuando  me  subí  al

caballo,  me  pareció  que  estaba  sentado  en  un

columpio,  y  no  en  la  montura.  La  cabeza  me  daba

vueltas.  Sentía  náuseas.  Lloviznaba.  Los  caballos

obedecían  mal  y  se  confundían  las  filas,  metiéndose

los de atrás entre los delanteros. Fui tambaleándome

largo  rato  en  la  silla,  y  terminé  por  desplomarme,

como un fardo, sobre las crines. 

Me  levanté  a  la  mañana  siguiente  con  dolor  de

cabeza. Salí al corral. Me daba grima lo de la víspera.

Mi  caballo  no  tenía  pienso  en  el  morral.  Cuando

retornamos,  borracho  como  yo  venía,  se  me  cayó  la

avena al barro. En cambio, el potro de Fedia tenía el

pesebre lleno hasta los bordes. Tomé un cubo y eché

avena de allí para mi caballo. En el zaguán topé con

dos  batidores:  los  dos  tenían  cara  de  mal  genio,

turbios y cansados los ojos. 

"¿Será  posible  que  tenga  yo  también  esa  cara?",

pensé, asustado, y fui a lavarme. Me estuve lavando

largo  rato.  Luego  salí  a  la  calle.  Durante  la  noche

había  helado,  y  en  el  barro  endurecido  del  camino

revuelto  caían  copos  sueltos  de  la  primera  nevada.

Fedia Syrtsov me alcanzó y me gritó: 

-  Hijo  de  perra,  ¿por  qué  le  has  echado  a  tu

caballo del pesebre del mío? ¡Por esas cosas te voy a

dar en los morros! 

-  No  soy  manco  -le  repliqué-.  ¿Es  que  tu  caballo

ha  de  comer  hasta  reventar?  ¿Para  qué  te  has

quedado con un celemín de más al repartir la avena? 

- No te importa -exclamó Fedia, salpicando saliva

y abalanzándose a mí con la fusta en alto. 

-  ¡Retira  la  fusta,  Fedia!  -le  grité,  montando  en

cólera y conociendo sus despóticos modales-. ¡Por mi

madre que si me tocas un pelo, te doy con el sable de

 

 

La escuela

 

plano en la cabeza! 

- ¡Conque ésas gastas! 

Fedia se enfureció del todo, y no sé cómo hubiera

acabado  nuestra  trifulca  de  no  haber  aparecido

Shebálov por una esquina. 

Fedia  aborrecía  y  temía  a  Shebálov,  por  eso

descargó,  rabioso,  la  fusta  contra  el  lomo  de  un

perrillo que estaba a nuestro lado, y, amenazándome

con el puño, se alejó. 

- Ven aquí -me dijo Shebálov. 

Me acerqué a él. 

-  ¿Por  qué  Fedia  y  tú  tan  pronto  reñís  como  os

abrazáis? Entra conmigo en la isba. 

Tras cerrar la puerta, Shebálov tomó asiento y me

preguntó: 

- ¿Has estado tú también con Fedia en Vyselki? 

- Sí -le respondí, turbándome. 

- ¡No mientas! Ninguno de vosotros ha estado allí.

¿Dónde habéis pasado todo ese tiempo? 

- En Vyselki -repetí, obstinado, sin confesar. 

Aunque  le  tenía  rabia  a  Fedia,  no  queda  jugarle

una mala pasada. 

- Bueno -dijo Shebálov, tras reflexionar, y exhaló

un  suspiro-.  Menos  mal  que  habéis  estado  en

Vyselki, porque, sabes, me habían entrado dudas, y a

Fedia ni se lo hubiera preguntado; no le cuesta nada

mentir. Sus haraganes son también tal para cual. Me

han  llamado  del  segundo  regimiento  y  se  quejan.

Dicen  que  han  enviado  a  los  telefonistas  a  Vyselki,

creyéndonos  a  nosotros,  y  los  blancos  los  han

recibido  a  tiros.  Les  he  contestado  que  llegarían

después,  pero  he  pensado  que  ¡quién  sabe!,  pues

Fedia volvió algo tarde y parecía que olía a vodka. 

Shebálov se calló, acercóse a la ventana, apoyó la

frente  en  el  cristal  empañado  y  permaneció  en  esa

postura unos minutos, sin despegar los labios. 

- ¡Qué desgracia tengo con estos batidores! -dijo,

volviéndose-.  Ni  que  decir  tiene  que  son  valientes,

¡pero  qué  desordenados!  Y  este  Fedia  es  igual  que

ellos,  no  tiene  la  menor  disciplina.  Lo  echaría  del

destacamento, pero no tengo con quien sustituirlo. 

Shebálov  me  miró  con  afecto;  separáronse  sus

entrecanas  cejas  fruncidas,  y  de  sus  ojos  grises,

siempre entornados para mayor severidad, extendióse

por  las  arrugas  de  la  cara,  como  se  extienden  las

ondas  en  el  agua  después  de  tirar  una  piedra  una

sonrisa de turbación, y dijo francamente: 

-  ¡Sabes  qué  difícil  es  mandar  un  destacamento!

No es lo mismo que hacer botas. Me paso las noches

sentado...  acostumbrándome  al  mapa.  A  veces  hasta

me  hacen  chiribitas  los  ojos.  No  tengo  ninguna

instrucción,  ni  general  ni  militar,  y  los  blancos  son

tenaces.  A  los  capitanes  de  ellos  les  es  fácil,  pues

tienen  estudios  y  siempre  se  dedican  a  los  asuntos

militares, en tanto que yo leo las órdenes silabeando.

Y  encima,  nuestros  muchachos  son  como  son.  Los

otros tienen disciplina. ¡Dicho y hecho! Nosotros aún

no  nos  hemos  acostumbrado  a  la  disciplina,  tengo

 

 

 

que estar al tanto de todo, comprobarlo todo. En otras

unidades  hay  comisarios,  al  menos,  y  yo  me  he

cansado de pedir uno, y me responden que no tienen,

que  soy  comunista  y  me  las  iré  arreglando  así  por

ahora.  ¿Y  qué  comunista  soy  yo?...  -interrogóse

Shebálov, quedando cortado-. Es decir, claro que soy

comunista, pero no tengo ningunos estudios. 

Irrumpieron  el  corpulento  Sújarev  y  el  checo

Galda. 

-  Yo  dar  un  soldado  para  descubierta,  yo  dar  un

soldado... al ametrallador... Yo dar un soldado para la

cocina, y él no dar nada -decía, indignado, Galda, de

nariz  aguileña,  señalando  con  el  índice  a  Sújarev,

rojo de cólera. 

- ¡Ha dado a uno para pelar patatas en la cocina -

gritó  Sújarev-,  y  yo  no  he  quitado  los  puestos  de

vigilancia  nocturna  hasta  el  mediodía!  Ha  dado  un

soldado a los de las ametralladoras, y mis muchachos

de  la  segunda  sección  han  estado  ayudando  a  los

artilleros,  desde  que  se  hizo  de  día,  a  arreglar  el

puente. Shebálov, te pongas como te pongas, ¡que dé

él gente para enlaces, que yo no daré a nadie! 

Frunciéronse  las  entrecanas  cejas  y  entornáronse

los  ojos  grises,  borrando  hasta  las  huellas  de  la

bondadosa  sonrisa  de  turbación  del  rostro  lívido  y

curtido por el viento de Shebálov. 

- Sújarev  -dijo, severo, apoyándose en su sable y

haciendo  sonar  ensordecedoramente  sus  espuelas  de

caballero  medieval-,  ¡no  hagas  el  tonto!  Por  una

noche  que  se  hayan  pasado  sin  dormir  los  tuyos,  te

pones  a  chillar  como  un  condenado.  Sabes  bien  que

dejo adrede descansar un poco a los de Galda, porque

van  a  tener  una  misión  especial.  Van  a  salir  esta

noche a Novosiólovo. 

Sújarev  soltó  tres  retahílas  de  denuestos  a

bocajarro;  Galda  empezó  a  agitar  las  manos,

mezclando palabras rusas con checas, y yo salí. 

Me  dio  vergüenza  de  haber  mentido  a  Shebálov.

Pensé: "Es el jefe, se pasa las noches en vela y le es

difícil.  Y  nosotros...  qué  irresponsables  somos.  ¿Por

qué  le  habré  mentido,  diciéndole  que  nuestros

batidores  han  estado  en  Vyselki?  Les  hemos  jugado

una  mala  pasada  a  los  telefonistas  del  regimiento

vecino. Menos mal que no han matado a nadie. Pero

no es honesto, no es honesto ni ante la revolución ni

ante los camaradas." 

Probé a justificarme ante mí mismo, objetándome

que  Fedia  era  el  jefe  y  él  había  sido  quien  diera  la

orden de cambiar de itinerario, pero me sorprendí en

el  acto,  pensando  eso,  y  me  enojé  conmigo,

diciéndome:  “¿También  te  mandó  el  jefe  beber

vodka?  ¿Y  a  engañar  al  jefe  superior  también  te  ha

obligado él?" 

Fedia  asomó  la  cabeza  desgreñada  por  una

ventana y gritó no muy alto: 

- ¡Boris! 

Me hice el sordo. 

-  ¡Boris!  -repitió  Fedia,  conciliador-.  No  te

 

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emperres. Entra a comer buñuelos. Entra... Tengo un

asunto  que tratar  contigo.  ¡Come!  -me  dijo, como  si

no  hubiera  pasado  nada,  empujando  la  sartén  hacia

mí y mirándome, preocupado, a la cara-. ¿Para qué te

ha llamado Shebálov? 

- Me ha preguntado por lo de Vyselki -le respondí

sin rodeos-. Dice que no hemos estado allí. 

- Y tú, ¿qué le has dicho? 

Al  hacer la  pregunta,  Fedia  se removió,  inquieto,

igual que si lo hubieran puesto con los buñuelos en la

sartén caliente. 

- ¿Qué había de decirle? Debí haber confesado la

verdad.  Pero  te  tuve  lástima,  a  pesar  de  lo  imbécil

que eres. 

- Ten cuidado con las palabras... -empezó a decir

con  soberbia,  mas,  al  recordar  que  aún  no  me  había

sonsacado  todo  lo  que  le  interesaba,  se  acercó  y  me

interrogó,  curioso  e  intranquilo-:  ¿Y  qué  más  ha

dicho? 

- Ha dicho que sois unos cobardes y unos gallina -

le  mentí,  mirándolo  fijo  e  insolente-.  Ha  dicho  que

nos ha dado miedo entrar en Vyselki y hemos dejado

pasar  el  tiempo  en  alguna  hondonada.  Ha  dicho  que

hace  tiempo  viene  notando  que  los  batidores  se

ciscan de miedo. 

-  ¡Mientes!  -exclamó,  colérico-.  Eso  no  lo  ha

dicho. 

-  Ve  y  pregúntaselo  -seguí  mortificándolo-.  Ha

dicho  que  le  va  a  traer  más  cuenta  mandar  en  lo

sucesivo  a  la  infantería  a  las  descubiertas,  pues  los

batidores  no  saben  descubrir  otra  cosa  que  la  crema

de leche en las despensas. 

-  ¡Mien-tes!  -gritó,  terminando  por  perder  los

estribos-.  De  seguro  que  ha  dicho:  "Esos  haraganes

se  han  desmandado,  no  quieren  reconocer  ningún

orden", pero no ha dicho nada de que los batidores se

cisquen de miedo. 

-  Bueno,  no  lo  ha  dicho  -asentí,  contento  de

haberlo  sacado  de  quicio-.  Pero  aunque  no  lo  haya

dicho, ¿está eso bien, acaso? Los camaradas confían

en  nosotros,  y  nosotros los  engañamos.  Por  tu  culpa

hemos metido al regimiento vecino en un berenjenal.

¿Como  nos  van  a  mirar  otros  ahora?  Dirán  que

somos  unos  gallinas  y  que  no  se  puede  confiar  en

nosotros.  Que  hemos  dicho  que  en  Vyselki  no  hay

blancos, y los telefonistas han ido a tender los hilos y

los han recibido a tiros. 

-  ¿Quién  los  ha  recibido  a  tiros?  -inquirió  Fedia,

asombrado. 

- Pues, ¿quiénes han de ser? Los blancos. 

Fedia  se  turbó.  Aún  no  sabía  nada  acerca  de  los

telefonistas,  que  se  habían  visto  en  un  aprieto  por

culpa  suya  y,  probablemente,  le  hizo  mucha  mella.

Se  retiró  a  la  habitación  contigua  sin  decir  nada.

Descolgó su desafinado acordeón, se puso a tocar el

triste vals En los mogotes de Manchuria y comprendí

que se había puesto de mal humor. 

Al  poco  rato  dejó  bruscamente  de  tocar  y,

 

Arkadi Gaidar

 

enganchando  en  el  tahalí  su  sable  caucasiano  con

adornos de plata, salió de la casa. 

Quince  minutos  después  apareció  al  pie  de  la

ventana. 

- ¡Sal a montar! -me mandó, sombrío, a través del

cristal. 

- ¿Dónde has estado? 

- Con Shebálov. ¡Sal deprisa! 

Poco después los batidores salimos a trote ligero,

por  delante  del  centinela  de  campo,  al  camino,

cubierto de barro revuelto y endurecido por la ligera

helada. 

 

Capítulo decimotercero

Fedia  se  detuvo  en  la  bifurcación,  desde  la  que

torcimos  la  víspera  hacia  el  caserío,  llamó  aparte  a

los  dos  más  hábiles,  les  estuvo  diciendo  algo  largo

rato, señalando con un dedo el camino y, terminando

por  imprecar  al  uno  y  al  otro,  para  que  entendieran

mejor  la  orden,  volvió  donde  nosotros  y  nos  mandó

que  dobláramos  hacia  el  caserío.  Ya  en  él,  sin

recordar  la  juerga  corrida  al  amo  de  la  casa  en  que

habíamos  estado,  Fedia  empezó  a  preguntarle  por  el

camino directo a Vyselki a través del pantano. 

-      No     podréis        pasar,          camaradas   -intentó

disuadirnos  el  amo  de  la  casa-.  Lo  único  que  haréis

será  ahogar  los  caballos.  Ha  estado  lloviendo  una

semana entera, y por allí no pasa cualquiera, no ya a

caballo, sino ni siquiera a pie. 

Cuando tornaron los batidores, que habían ido por

delante,  y  dieron  parte  de  que  los  blancos  habían

ocupado Vyselki y tenían un puesto de vigilancia en

el camino, Fedia, sin hacer caso de las exhortaciones

del  amo  de  la  casa,  le  mandó  que  se  viniera  con

nosotros.  Este  arreció  en  sus  juramentos  de  que  era

absolutamente  imposible  pasar  por  el  pantano.  El

ama  se  echó  a  llorar.  La  sonrosada  moza,  hija  suya,

la  misma  que  la  tarde  anterior  cruzara  encendidas

miradas  con  Fedia,  reprendió,  enojada,  a  éste  por

haberle  ensuciado el suelo con  las  botas.  Pero  Fedia

no  se  inmutó  ni  dio  su  brazo  a  torcer.  Le  pregunté

qué  planes  tenía;  no  me  respondió  siquiera  con

denuestos,  simplemente  me  miró  por  encima  del

hombro y se sonrió con malicia. 

Al poco rato salimos del caserío. Nuestro anfitrión

iba  delante,  al  lado  de  Fedia,  en  un  jamelgo.

Torcimos  en  seguida  hacia  un  bosquecillo  de

abedules. Del mullido y empapado musgo salía agua

turbia,  exprimida  bajo  el  peso  de  los  cascos  de  los

caballos. El camino iba de mal en peor. Los caballos

fueron hundiendo más y más las patas; en la pradera

anegada,  por  aquí  y  por  allá,  asomaban,  cual  negros

islotes, rodales de musgo. 

Nos apeamos y seguimos avanzando. Caminamos

de  tal  guisa  hasta  que  llegamos  al  viejo  estriberón,

del que nos había hablado nuestro anfitrión. Era una

angosta  franja  flotante  de  varas  y  bálago  podrido,

cubierta de agua fangosa. 

 

La escuela

 

-  ¡Atiza!  -masculló Fedia, mirando de reojo a los

camaradas, contritos- ¡vaya caminito!... 

- ¡Nos hundiremos, Fedia! 

- No tendría nada de extraño -asintió el viejo guía-

.  El  estriberón  es  pésimo,  las  varas  están  podridas,

por aquí apenas si se puede pasar cuando hace buen

tiempo y queréis hacerlo con el agua que ha caído. 

-  Por  aquí  los  caballos  no  pasan  ni  a  nado  ni

vadeando. Hay unas gachas del diablo. 

- ¡Hala! -nos animo Fedia, forzando una sonrisa-.

¡Digeriremos también las gachas del diablo! 

Tiró  de  las  bridas  al  potro,  que  se  resistía  a

avanzar, y se metió el primero hasta las rodillas en la

fangosa  agua,  que  olía  a  pudrición.  Lo  seguimos

lentamente, de dos en dos. A trechos, el agua estaba

cubierta de una fina costra de hielo matinal y se nos

metía  en  las  botas.  El  delgado  e  invisible  estriberón

vacilaba  a  nuestros pies.  Daba  miedo pisar  al  azar  y

me parecía que, de un momento a otro, me faltaría el

apoyo y me tragaría el viscoso cenagal. 

Los  caballos  resoplaban,  se  obstinaban  en  no

andar  y  se  estremecían.  Sonó  en  la  niebla,  como

salida del otro mundo, la pregunta de Fedia: 

- ¡Eh! ¿Estáis todos vivos? 

-  Muchachos,  me  parece  que  nos  hemos  metido

donde  mejor  no  lo  hiciéramos.  Más  nos  valdría

volvernos -musitó, dando diente con diente de frío, el

pelirrojo corneta. 

De súbito salió Fedia de la niebla. 

-  No  me  vengas  sembrando  pánico,  Pável  -le

advirtió,  quedo  y  enojado-.  Y  si  piensas  gimotear,

date la vuelta y regresa solo. Buen hombre -dirigióse

al  viejo-,  el  agua  le  llega  a  mi  caballo  hasta  la

barriga. ¿Queda aún mucho? 

- Ya no queda mucho. Ahora, en cuanto pasemos

este trecho, estará ya más  seco, pero éste es el peor.

Si lo cruzamos, lo demás será coser y cantar. 

El agua nos llegó a la cintura. El viejo se detuvo,

se quitó el gorro y se santiguó. 

- Ahora seguidme de uno en uno exactamente por

donde yo pise, aquí es fácil dar un traspié. 

El  viejo  se  encasquetó  el  gorro  y  siguió

avanzando.  Avanzó  despacio,  deteniéndose  a

menudo y tocando con un palo el estriberón, invisible

bajo el agua. 

Ateridos  por  el  frío  viento  y  mojados  de  cintura

para abajo por el agua del pantano y de cintura para

arriba por niebla, avanzamos en fila india no más de

cien  metros  en  media  hora.  Se  me  amorataron  las

manos y me temblaban las rodillas. 

"¡Qué  tremendo  es  este  Fedia!  -pensé-.  Ayer  no

quiso ir por el camino, debido al barro, y hoy nos ha

metido en este cenagal". 

Oyóse,  delante,  un  leve  relincho.  Disipóse  la

niebla,  y  vimos  a  Fedia,  ya  a  caballo,  en  un

montículo. 

-  Silencio  -susurró  cuando,  mojados  y  ateridos,

nos apiñamos a su alrededor-. Vyselki está detrás de

 

 

 

esos matorrales, a cien pasos. El terreno que sigue es

seco. 

Nuestra  caballería,  lanzando  alaridos  y  furiosos

silbidos,  irrumpió  en  la  aldehuela  por  donde  los

blancos meno lo podían esperar. Llegamos a galope,

tirando bombas, a la pequeña iglesia, junto a la cual

estaba la plana mayor del destacamento blanco. 

En  Vyselki  hicimos  diez  prisioneros  y  nos

apoderamos de una ametralladora. Cuando, cansados,

pero contentos, regresábamos por el camino principal

a  la  aldea  donde  estaban  los  nuestros,  Fedia,  que

venía a mi lado, se echó a reír, diciendo con malicia

y arrogancia: 

-  ¡Se  la  hemos  pegado  a  Shebálov!...  ¡Qué

sorpresa se va a llevar! 

-  ¿Qué  quieres  decir  con  eso  de  que  se  la  hemos

pegado?  -interrogué,  sin  comprender-.  Al  contrario,

se alegrará. 

- Se alegrará, pero no mucho. Le dará rabia que, a

pesar  de  todo,  no  haya  salido  como  él  quería,  sino

como  yo  he  querido,  y  encima,  el  éxito  que  hemos

tenido. 

-  ¿Qué  estás  diciendo  que  no  ha  salido  como  él

quería? -inquirí, presintiendo algo malo-. ¿Es que no

te ha mandado el propio Shebálov? 

-  Sí,  me  ha  mandado,  pero  no  aquí.  Me  mandó

que  fuésemos  a  Novosiólovo  y  esperásemos  allí  a

Galda. Pero yo he tomado el portante hacia Vyselki.

Que  no  refunfuñe  por  lo  de  ayer.  Ahora  no  tendrá

muestra  para  llevarse  la  baza.  Como  hemos  hecho

prisioneros  y  conquistado  una  ametralladora,  no  nos

podrá reñir. 

"Lo  del  éxito  es  verdad  -pensé,  encogiéndome-

pero,  de  todos  modos,  no  está  bien.  Nos  han

mandado  Novosiólovo,  y  nos  hemos  ido  a  Vyselki.

Menos  mal  que  todo  ha  terminado  felizmente.  ¿Qué

hubiera  ocurrido  si  no  hubiésemos  podido  pasar  por

el  pantano?  ¡Entonces  no  hubiéramos  tenido

justificación!" 

Antes  aún  de  llegar  a  la  aldea,  en  la  que  estaba

nuestro      destacamento,       advertimos una    rara

animación. Por su extremo corrían, desplegándose en

guerrilla,  los  soldados  rojos.  Varios  jinetes  pasaron,

galopando, a lo largo de los huertos. 

Y,  de  pronto,  desde  la  aldea  nos  dispararon  una

ráfaga  de  ametralladora.  Pável,  el  corneta  pelirrojo

que diera el consejo de volvernos desde la mitad del

pantano, cayó a tierra. 

-  ¡Seguidme!  -gritó  Fedia,  dando  la  vuelta  al

caballo hacia un barranco. 

Tableteó  la  segunda  ráfaga,  y  los  dos  últimos

batidores  cayeron  antes  de  haber  podido  guarecerse

en el barranco. A uno de ellos se le enganchó el pie

en el estribo, el caballo se espantó y lo arrastró. 

-  Fedia  -musité,  horrorizado-,  ¿qué  vas  a  hacer?

Es  nuestra  Colt  la  que  dispara.  Los  nuestros  no  te

esperan  por  este  lado.  Se  creen  que  estamos  en

Novosiólovo. 

 

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74

 

 

 

- ¡Pues yo les voy a enseñar cómo se dispara! -me

 

Arkadi Gaidar

 

blancos.  ¡Basta  de  faltas!  No  hablo  ya  de  ese

 

replicó,      rabioso,       apeándose   del     caballo        y

abalanzándose  hacia  la  ametralladora  que  habíamos

arrebatado a los blancos. 

- ¿Te has vuelto loco! ¿Quieres disparar contra los

nuestros? ¡Pero si ellos no saben quiénes somos, y tú

sí! 

Entonces,  jadeante,  se  descargó  un  furioso  golpe

con  la  fusta  en la  polaina de  una  bota  de  montar,  se

empinó,  montó  en  el  caballo  y  salió  a  cuerpo

descubierto  a  un  montículo.  Le  pasaron  varias  balas

por encima de la cabeza, mas él se puso en pie sobre

los estribos y, enarbolando el gorro en la punta de la

bayoneta, lo elevó cuan alto pudo. 

Aún  detonaron  varios  disparos  en  la  aldea,  y

luego cesó el fuego. Los nuestros se habían fijado en

las señales del jinete solitario expuesto a las balas. 

Entonces, haciéndonos una seña con la mano para

que no nos moviésemos antes de tiempo, Fedia picó

espuelas,  y  el  potro  entró  a  galope  en  el  pueblo.

Esperamos  un  rato  y  salimos  detrás  de  él.  En  las

afueras  nos  recibió  Shebálov,  sombrío,  rígido  y

demacrado, opacos los grises ojos, cubierto de barro

el  sable  y  sonando  sordamente  las  espuelas  sucias.

Nos  mandó  parar  y  dio  a  todos  la  orden  de  que  se

retiraran  a  sus  alojamientos.  Luego,  deslizando  una

mirada  de  cansancio  por  los  jinetes,  me  mandó

apearme  y  entregar  las  armas.  Eché  pie  a  tierra  en

silencio;  delante  de  todo  el  destacamento,  me

desenganché  el  sable  y  se  lo  entregué,  con  la

carabina, al tuerto y ceñudo Malyguin. 

La  audaz,  pero  indisciplinada  incursión  de  los

batidores  a  Vyselki  le  costó  muy  cara  a  nuestro

destacamento.  Sin  hablar  ya  de  los  tres  jinetes  que

cayeron,  por  equivocación,  bajo  el  fuego  de  nuestra

propia  ametralladora,  fue  derrotada  en  Novosiólovo,

al no encontrar allí a Fedia, la segunda compañía, de

Galda, pereciendo éste. Encolerizáronse entonces los

soldados  de  nuestro  destacamento  y  pidieron  que  se

juzgara severamente a Fedia, ya detenido. 

-  Así,  hermanos,  no  se  puede  seguir.  ¡Basta!  Sin

disciplina  no  nos  saldrá  nada.  Así  nos  matarán  a

nosotros  mismos  y  haremos  sucumbir  a  nuestros

camaradas.  Para  que  cada  uno  haga  lo  que  le  dé  la

gana, no hace falta designar jefes. 

Por la noche vino a verme Shebálov. Se lo conté

todo  tal  como  había  sido,  y  le  confesé  que,  por

compañerismo con Fedia, le mentí la primera vez que

me preguntó si habíamos estado en Vyselki. Le juré a

continuación  que  no  sabía  nada  de  la  indisciplinada

acción  de  Fedia,  cuando  nos  llevó  Vyselki  en  lugar

de Novosiólovo. 

-  Escúchame,  Boris  -dijo  Shebálov-,  ya  me  has

mentido  una  vez,  y  si  te  creo  otra  más,  si  no  te

entrego al tribunal con Fiódor, es sólo por tus pocos

años.  ¡Pero  ándate  con  cuidado  y  comete  menos

faltas de ésas! Por tu culpa pereció Chubuk y por la

vuestra  los  telefonistas  dieron  de  narices  con  los

 

demonio de Fedia, que me ha causado más daños que

reportado provecho. Y ahora ve otra vez a la primera

compañía, preséntate a Sújarev y vuelve a ocupas tu

antiguo  sitio.  Y,  la  verdad sea  dicha,  me  equivoqué,

al dejarte ir con Fiódor. Al lado de Chubuk... sí que

podías  haber  aprendido  mucho...  Pero  de  Fiódor,

¿qué puedes aprender?... ¡No es una persona segura!

Y,  en  general,  ¿por  qué  haces  migas  ya  con  uno  ya

con  otro  nada  más?  Tienes  que  hacer  amistades  con

todos.  Cuando  uno  anda  solo,  puede  extraviarse  y

descarriarse con facilidad. 

Aquella  misma  noche  Fedia  salió  por  la  ventana

de la casa en que estaba encerrado, se apoderó de un

caballo  y  huyó  con  cuatro  amigotes  íntimos  por  la

primera nieve, esponjosa, al sur, cruzando la línea del

frente. Se dijo que a la banda de Majnó.

 

Capitulo decimocuarto 

Los rojos pasaron a la ofensiva en todo el frente. 

Nuestro  destacamento  estaba  subordinado  al  jefe

de  una  brigada  y  ocupaba  un  pequeño  sector  en  el

flanco izquierdo del tercer regimiento. 

Transcurrieron  unas  dos  semanas  de  pesadas

marchas.  Los  cosacos  se  retiraban,  deteniéndose  en

cada aldea o caserío. 

El único deseo que tuve durante aquellos días fue

purgar  mi  culpa  ante  los  camaradas  y  hacer  méritos

para que me admitieran en el Partido. 

Mas  en  vano  me  ofrecía  voluntario  para  hacer

peligrosas batidas. De nada me servía, apretando los

dientes  y  palideciendo,  avanzar,  cuan  alto  era,  en  el

orden  abierto,  mientras  otros,  incluso  combatientes

fogueados, se  arrodillaban o  echaban  cuerpo  a  tierra

para  disparar.  Nadie  me  cedía  su  turno  para  ir  de

reconocimiento.  Nadie  se  fijaba  en  mi  alarde  de

heroísmo. 

Sújarev llegó a decirme un día, de paso: 

- Górikov, deja esos modales de Fedia... No tienes

por  qué  hacer  ostentación  ante  la  gente...  Aquí  los

hay más valientes que tú y no exponen tontamente la

cabeza a las balas. 

"Otra  vez  los  modales  de  Fedia  -pensé,

lamentándolo  sinceramente-.  Si  al  menos  me

encomendaran alguna misión, y  me dijeran que si la

cumplía,  me  borraban  todas  las  culpas  y  volvería  a

ser amigo y compañero como antes". 

Chubuk  no  vivía.  Fedia  estaba  con  Majnó.  Y

maldita la falta que me hacía Fedia. No tenía grandes

amistades con nadie. Más aún, los muchachos no me

miraban con buenos ojos. Hasta Malyguin, que antes

siempre  se  paraba  a  hablar  conmigo,  me  invitaba  a

tomar  té  y  me  contaba  algunas  cosas,  ahora  estaba

más frío conmigo. 

En  una  ocasión  oí,  a  través  de  la  puerta,  que  le

decía de mí a Shebálov: 

- Anda algo aburrido. ¿Echará de menos a Fiódor?

¡De  seguro  que  cuando  Chubuk  murió  por  culpa  de

 

 

La escuela

 

él, no lo sufrió tanto! 

Se me subieron los colores a la cara. 

Era  verdad,  tardé  poco  en  resignarme  con  la

muerte de Chubuk; pero no era cierto que echase de

menos a Fiódor, pues lo aborrecía. 

- Oí los pasos de Shebálov por el suelo terroso, el

ruido de sus espuelas y, tras una pausa, su respuesta: 

-  ¡Te  equivocas,  Malyguin!  Te  equivocas...  El

muchacho no está estropeado. Aún se le puede quitar

cualquier mala costumbre. Tú tienes cuarenta años, y

ya no se te hace cambiar, pero él tiene dieciséis... Tú

y  yo  somos  un  par  de  botas  gastadas  y

requeteclaveteadas,  pero  él  es  como  un  corte  de

cuero, tomará la forma de la horma en que lo estiren.

Sújarev  me  dice  que  tiene  los  mismos  modales  que

Fedia,  que  le  gusta  avanzar  erguido  en  el  orden

abierto y hacer alarde de valor sin necesidad. Y yo le

respondo que, a pesar de sus años... no ve nada. Eso

no  son  modales  de  Fedia,  sino  el  simple  deseo  de

justificarse, y el muchacho no sabe cómo hacerlo. 

En eso, un jinete dio unos golpes en la ventana y

llamó a Shebálov. El diálogo quedó interrumpido. 

Se me quitó un peso de encima. 

Fui  a  pelear  por  el  "luminoso  reino  del

socialismo". Ese reino estaba lejos, no sé dónde; para

llegar  a  él  había  que  recorrer  muchos  caminos

intrincados y vencer muchos obstáculos difíciles. 

La  principal  barrera  que  se  interponía  en  ese

camino  eran  los  blancos  y,  al  incorporarme  al

ejército,  aún  no  podía  odiarlos  tanto  como  los

odiaban  el  minero  Malyguin,  o  Shebálov,  y  muchos

más, que no sólo luchaban por el futuro, sino que les

ajustaban las cuentas por su penoso pasado. 

Ahora ya no me pasaba lo mismo. El ambiente de

odio  desencadenado,  los  relatos  del  pasado,  que  yo

desconocía,  y  los  agravios  sin  vengar,  acumulados

durante siglos, me fueron enardeciendo poco a poco,

igual  que  las  ascuas  ponen  al  rojo  vivo  un  clavo

caído casualmente en los rescoldos. 

Y,  a  través  de  aquel  profundo  odio,  las  remotas

luces         del     "luminoso   reino del     socialismo"

alumbraban más atractivas y brillantes. 

Aquella  misma  tarde  pedí  a  nuestro  intendente

una  cuartilla  de  papel  y  escribí  una  extensa  petición

de ingreso en el Partido. 

Fui  con  la  cuartilla  donde  Shebálov.  Estaba

ocupado  con  nuestro  intendente  y  con  Piskariov,

nombrado jefe de compañía en lugar de Galda. 

Me  senté  en  un  banco  y  aguardé  largo  rato  hasta

que  terminasen  sus  asuntos.  Mientras  duró  la

conversación, Shebálov alzó la cabeza varias veces y

me  miró  fijamente,  como  si  quisiera  adivinar  para

qué habría venido yo. 

Cuando  se  marcharon  el  intendente  y  el  jefe  de

compañía  Piskariov,  Shebálov  sacó  el  libro  de

campaña,  anotó  algo,  requirió  al  enlace  para  que

llamase a Sújarev y sólo después se volvió a mí y me

interrogó: 

 

 

 

- Bueno... ¿qué quieres? 

-  Camarada  Shebálov...  he  venido  a  verlo,

camarada  Shebálov...  -respondí,  acercándome  a  la

mesa y sintiendo que me corría por todo el cuerpo un

ligero escalofrió. 

-  ¡Ya  veo  que  has  venido a  verme!  -agregó,  algo

más suave, adivinando, probablemente, mi emoción-.

Ea, dime lo que te trae. 

Se  me  fue  de  la  memoria  todo  lo  que  le  quería

decir  antes  de  pedirle  el  aval  para  ingresar  en  el

Partido,  toda  la  larga  explicación,  con  la  que  quería

persuadirlo de que, a pesar de sentirme culpable por

Chubuk  y  por  haberlo  engañado  en  cuanto  a  Fedia,

en  el  fondo  yo  no  era  así,  ni  había  sido  siempre  tan

malo, ni lo sería en adelante. 

Le  entregué,  sin  articular  palabra,  la  cuartilla

escrita. 

Cuando  se  sumió  en  la  lectura  de  mi  extensa

solicitud,  me  pareció  ver  como  si  una  tenue  sonrisa

se  deslizase  desde  los  ojos  hasta  sus  agrietados

labios. 

Leyó la mitad nada más, y apartó el papel. 

Me  estremecí,  pues  lo  interpreté  como  una

negativa. Pero aún no había leído esa negativa en su

semblante,  tranquilo  y  algo  cansado;  en  las  pupilas

de  sus  ojos  grises  reflejábanse  los  travesaños  de  la

ventana, ornada con los dibujos de la escarcha. 

- Siéntate -dijo Shebálov. 

Tomé asiento. 

- ¿Quieres ingresar en el Partido? 

- Sí -repuse quedo, pero tenaz. 

Me  pareció  que  Shebálov  me  hacía  la  pregunta

para  demostrarme  solamente  lo  imposible  de  mi

deseo. 

- ¿Es grande tu deseo? 

-  Sí,  muy  grande  -respondíle  en  el  mismo  tono,

pasando  la  mirada  al  rincón,  en  el  que  estaban

colgados  unos  polvorientos  iconos,  y  creyendo

definitivamente que se estaba riendo de mí. 

-  Eso  es  bueno  -volvió  a  hablar  Shebálov,  y  sólo

en aquel momento comprendí, por su tono, que no se

reía de mí, sino que me sonreía afectuoso. 

Tomó  un  lápiz,  que  estaba  entre  migas  de  pan

esparcidas por encima de la mesa, acercó hacia sí mi

cuartilla y estampó al pie su firma y el número de su

carnet. 

Hecho  lo  cual,  se  volvió  con  el  taburete,  las

espuelas y el sable hacia mí, y me dijo, bondadoso: 

-  Ahora,  amiguito,  ándate  con  tiento.  Ya  no  soy

sólo tu Jefe,  sino  algo  así como  tu  padrino...  No  me

hagas quedar mal... 

-  No  le  haré  quedar  mal,  camarada  Shebálov  -le

respondí  sinceramente,  recogiendo  de  la  mesa  el

papel  con  innecesaria  precipitación-.  ¡Por  nada  del

mundo les haré quedar mal ni a usted ni a ninguno de

los camaradas! 

- Espera, hombre -dijo, deteniéndome-. Hace falta

otra  firma...  ¿A  quién  más  podríamos  tomar  por

 

75

 

76

 

fiador?...  ¡A-ah!  -exclamó  alegre,  al  ver  entrar  a

 

 

 

repitió, cauto-. ¿Y quién más firma? 

 

Arkadi Gaidar

 

Sújarev-. A propósito viene. 

Sújarev  se  quitó  el  gorro,  se  sacudió  la  nieve,

restregó torpemente las botazas de montar en un saco

y, apoyando el fusil en la pared, interrogó, acercando

las manos yertas a la estufa caliente: 

 - ¿Para qué me has llamado? 

-  Para  un  asunto.  De  centinelas...  En  el

cementerio,  habrá  que  alojar  a  los  muchachos  en  la

iglesia...  No  le  vamos  a  dejar  que  se  hielen...  Ahora

vendrá  el  pope  y  nos  pondremos  de  acuerdo.

Mientras  tanto,  dime...  -al  articular  esta  palabra,

Shebálov se sonrió con picardía y movió la cabeza en

mi dirección-: ¿qué tal el muchacho en tu compañía? 

- ¿Qué quieres decir con eso de qué tal? -interrogó

Sújarev,  prudente,  sonriendo  con  todo  el  rostro,

curtido por el viento. 

-  Pues...  qué  clase  de  soldado  es.  Ea,  dame

referencias suyas como es debido. 

-  No  es  mal  soldado  -respondió,  luego  de

pensarlo-. Cumple bien. No se le ha visto nada malo.

Lo  único  que  es  algo  insensato  y  no  hace  muchas

amistades con los muchachos después de Fedia. Los

muchachos están que trinan contra Fedia, mal rayo lo

parta. 

Sújarev  se  sonó  la  nariz  y  se  la  limpió  con  un

faldón  del  capote;  la  cara  se  le  puso  aún  más  roja  y

siguió hablando, enojado: 

-  ¡Así  le  abra  la  cabeza  un  cosaco!  ¡Dejar  que

matasen a un jefe de compañía como Galda! ¡Y qué

jefe!  ¿Te  crees  que  vas  a  encontrar  a  otro  jefe  de

compañía  como  Galda?  ¿Acaso  Piskariov  es  un  jefe

de compañía? Es un leño, y no un jefe de compañía...

Le  he  dicho  hoy  que  diese  patrullas  para  enlace...

Que  yo  di  ayer  a  diez  hombres  de  más  para  hacer

guardia, y él... 

-  ¡Calla,  calla!  -interrumpiólo  Shebálov-.  No

vengas  con  cuentos.  Ahora  alabas  a  Galda,  pero  lo

que es antes, siempre estabas riñendo con él. ¿De qué

diez  hombres  de  más  estás  hablando?  No  me

engañes. Bueno, de eso ya hablaremos luego... Ahora

dime...  El  muchacho  pide  el  ingreso  en  el  Partido.

¿Le  das  el  aval?  ¿Por  que  pones  esos  ojos  de

asombro?  Tú  mismo  estás  diciendo  que  es  un  buen

soldado  y  no  se  la  ha  visto  nada  malo  y  lo  pasado,

¡no se le va a estar recordando toda vida! 

- ¡Eso es así! -accedió Sújarev, rascándose la nuca

y alargando las palabras-. ¡Pero el diablo sabrá! 

-  ¡El  diablo  no  sabe  nada!  Tú  eres  el  jefe  de  la

compañía,  y  militante  del  Partido,  además.  Debes

saber mejor que el diablo si tu soldado rojo vale para

comunista o no. 

- Es buen chico -corroboró Sújarev-. Pero le gusta

presumir. Lo único es que se adelanta sin ton ni son,

cuando vamos en guerrilla. Por lo demás, nada. 

-  Pero  no  retrocede.  ¡No  es  un  gran  pecado!

Bueno, tú verás... ¿Firmas o no? 

-  No  tendría  inconveniente,  no  es  mal  chico  -

 

-  Yo.  Venga,  siéntate  a  la  mesa,  aquí  está  la

solicitud. 

- ¡Has firmado tú!... -dijo, tomando en su manaza

de  oso  el  lápiz-.  Eso  está  bien,  que  hayas  firmado

tú...  ¡Ya  te  estoy  diciendo  que  es  oro  puro,  pero  le

dieron pocos azotes! 

 

Capítulo decimoquinto 

Duraban  ya  varios  días  los  combates  por

Novojopiorsk.  Habían  entrado  en  fuego  todas  las

reservas  de  la  división,  y  los  cosacos  seguían

manteniendo con firmeza sus posiciones. 

Al cuarto día, por la mañana, se hizo la calma. 

-  ¡Muchachos  -exclamó  Shebálov  acercándose,  a

caballo,  a  la  compacta  línea  del  destacamento,

extendido  por  la  cumbre  de  una  loma,  desnuda  de

nieve-.  Después  de  comer  emprenderemos  la

ofensiva general... Atacaremos con toda la división. 

De su caballo, plateado por la escarcha, emanaba

vaho.  Su  sable largo  y  pesado  brillaba  deslumbrante

al  sol,  y  en  medio  del  frío  campo  nevado

resplandecía  el  casquete  rojo  de  su  negro  gorro  de

piel. 

-  Muchachos  -repitió  con  sonora  voz-,  hoy  es  un

día... muy serio. Si logramos hacerles retroceder hoy,

no  van  a  tener  donde  agarrarse  hasta  Boguchar.

Haced  el  último  esfuerzo,  no  me  pongáis  en

vergüenza, a mis años, delante de toda la división. 

-  No  te  hagas  el  viejo  -le  gritó  con  voz  ronca,

constipada,  Malyguin,  al  aproximarse-.  Tengo  más

años que tú y paso por joven. 

- Tú y yo somos un par de botas gastadas -repitió

Shebálov  su  refrán  de  siempre-.  Boris  -me  llamó

afable-, ¿cuántos años tienes? 

- Voy ya para los dieciséis, camarada Shebálov -le

respondí  con  orgullo-.  ¡Cumplí  los  quince  el  día

veintidós! 

- ¡Ya vas para los dieciséis! -remedóme, fingiendo

indignación-.  ¡Qué  bueno  está  eso  de  "ya"!  Pues  yo

he cumplido ya los cuarenta y seis. ¡A-ah! Malyguin,

¿qué son quince años? Lo que él vea, nosotros ya no

lo hemos de ver... 

-  Lo  veremos  desde  el  otro  mundo  -le  respondió

ronco y con sombría arrogancia Malyguin, liándose a

la garganta una bufanda rota, con galón, de oficial. 

Shebálov  picó  ligeramente  las  espuelas,  y  el

caballo,  frío,  galopó  a  lo  largo  de  la  línea  de

hogueras. 

-  Boris,  ven  a  tomar  té...  ¡Yo  pongo  el  agua

caliente  y  tú  el  azúcar!  -voceó  Vasia  Shmákov,

retirando de la lumbre su caldereta tiznada de hollín. 

- Vasia, yo tampoco tengo azúcar. 

- ¿Qué tienes, pues? 

- Pan, y te puedo dar también manzanas heladas. 

-  ¡Hala,  ven  acá  con  el  pan,  pues  yo  no  tengo

nada! Agua nada más. 

-  ¡Górikov!  -me  llamó  otro  desde  otra  hoguera-,

 

 

La escuela

 

ven aquí. 

Me  acerqué  a  un  grupo  de  soldados  rojos  que

estaban discutiendo. 

-  Dinos una cosa -me rogó Grisha Cherkásov, un

muchacho  grueso  y  pelirrojo,  a  quien  habíamos

apodado  el Salmista,. Escuchad lo que os va a decir

éste.  ¿Has  estudiado  Geografía?..  Pues  dinos  qué

pueblo sigue después, desde aquí... 

- ¿En qué dirección? Al Sur seguirá Boguchar. 

- ¿Y más allá? 

-  Más  allá...  Rostov.  ¡Y  muchas  ciudades  más!

Novorossiisk,  Vladikavkaz,  Tiflis,  y  más  allá  está

Turquía. ¿Por qué lo preguntas: 

- ¡Aún quedan muchas ciudades! -profirió Grisha,

rascándose,  turbado,  una  oreja-.  A  este  paso  nos

tiraremos  aún  media  vida  combatiendo...  Pues  yo

había  oído  que  Rostov  está  junto  al  mar.  ¡Creía  que

en eso terminaba todo! 

Grisha  miró  a  los  muchachos,  que  se  habían

echado  a  reír,  se  dio  una  palmada  en  un  muslo  y

exclamó, confuso: 

-  ¡Muchachos,  pues  aún  tendremos  que  pelear

mucho! 

Las conversaciones se fueron acallando. 

De  la retaguardia  venía;  a galope,  por  el  camino,

un  jinete.  Shebálov  fue  al  trote  a  su  encuentro.  Una

pieza  de  artillería  disparó  dos  veces  más  en  un

flanco... 

-  La  primera  compañía,  ¡a  formar!  -ordenó

Sújarev con estridente voz, levantando y extendiendo

los brazos. 

Horas después, de los blancos montones de nieve

se  alzaron  los  soldados,  en  orden  abierto.  Nuestro

destacamento,  desangrado  y  con  nieve  hasta  las

rodillas,  avanzó,  desplegado,  bajo  el  fuego  de

ametralladoras  y  artillería,  para  dar  el  último  golpe,

el  golpe  decisivo.  Cuando  las  unidades  avanzadas

irrumpían ya en los arrabales, una bala me hirió en el

costado derecho. 

Di un traspié y caí, sentado, en la nieve pisoteada.

"No  es  nada  -pensé-,  no  es  nada.  Puesto  que  no  he

perdido el conocimiento, no me han matado... Y si no

me han matado, sanaré". 

Los  de  infantería  veíanse,  cual  puntos  negros,

lejos, por delante. 

"No es nada -pensé, sujetándome a un arbusto con

la  mano  y  apoyando  la  cabeza  en  las  ramas-.  Los

camilleros vendrán pronto y me recogerán". 

El  campo  quedó  en  silencio,  pero  en  el  sector

contiguo  aún  se  combatía. Por  allí  zumbaban  sordos

unos  nubarrones,  elevó  se  una  bengala  solitaria  y

 

 

 

pendió del cielo cual cometa de ígneo color amarillo. 

La  sangre  caliente  me  empapaba  la  guerrera.

"¿Qué  pasará  si  los  camilleros  no  vienen  y  yo  me

muero?", pensé, cerrando los ojos. 

Una  chova,  grande  y  negra,  se  posó  en  la  sucia

nieve  y  avanzó,  rauda,  a  cortos  pasos,  hacia  un

montón de boñigas de caballo que había cerca de mí.

Pero  volvió,  alarmada  súbitamente,  la  cabeza,  me

miró de reojo y, agitando las alas, remontó el vuelo. 

Las  chovas  no  temen  a  los  muertos.  Si  yo  me

muriese,  desangrado,  ella  volvería  y  se  posaría  a  mi

lado, sin miedo. 

Sentía la cabeza débil y se me movía lentamente,

como si expresara un reproche. En el flanco derecho

zumbaban  más  y  más  sordos  los  montones  de  nieve

levantados  por  las  explosiones,  y  se  encendían  con

mayor ruido y frecuencia las bengalas. 

La  noche  envió  de  patrulla  a  miles  de  estrellas

para  que  yo  las  viera  otra  vez.  Envió  también  a  la

luna clara. Me puse a pensar en Chubuk, el Gitanillo

y el Hurón... En que habían vivido, luego perecido, y

yo también dejaría de vivir. Recordé que el Gitanillo

me  dijo  en  una  ocasión:  "A  partir  de  entonces  me

puse en camino en busca de una vida luminosa". "¿Y

piensas  encontrarla?”  -le  interrogué,  y  él  me

respondió:  "Yo  solo  no  la  encontraría,  pero  todos

juntos debemos encontrarla... Porque tenemos mucho

empeño". 

-  ¡Sí,  sí!  Todos juntos  -susurré,  asiéndome  a  este

pensamiento-, todos juntos, sin falta. 

Se  me  cerraron  los  ojos  y  me  pasé  largo  rato

pensando,  sin  hablar,  en  algo  que  no  se  me  quedó

grabado en la memoria, pero muy agradable. 

- ¡Boris! -oí un susurro jadeante. 

Abrí  los  ojos.  Casi  a  mi  lado,  abrazando

fuertemente  el  tronco,  astillado  por  un  proyectil,  de

un  abedul  nuevo,  estaba  sentado  Vasia  Shmákov.

Había perdido el gorro y tenía fija la mirada, a través

de  la  húmeda  niebla  del  denso  crepúsculo,  allí

delante, donde rutilaban en dorada cadenilla las luces

de la lejana estación. 

-  Boris  -oí  su  murmullo-,  la  hemos  tomado,  a

pesar de todo. 

- La hemos tomado -respondí, quedo. 

Abrazó  con  más  fuerza  aún  el  abedul,  nuevo  y

roto, me miró, sonriéndome apacible por última vez,

y  desplomó  la  cabeza  en  silencio  sobre  un  arbusto,

que se estremeció. 

Se vio una lucecita... otra... Oyó se el leve y triste

sonido de un cornezuelo. Eran los camilleros. 


1930.  

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