Libro N° 7053. La Escuela. Gaidar, Arkadi.
© Libro N° 7053. La Escuela. Gaidar, Arkadi. Emancipación. Marzo 7 de 2020.
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Escuela. Arkadi Gaidar
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Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA ESCUELA
Arkadi Gaidar
LA ESCUELA
Arkadi Gaidar
Edición: Progreso, Moscú 1974.
Lengua: Castellano.
Digitalización: Koba.
Distribución: http://bolchetvo.blogspot.com/
LA ESCUELA
I. El liceo
Capítulo primero
Arzamás,
nuestra pequeña ciudad,
era apacible y
tenía
muchos huertos cercados
de viejas vallas.
Aquellos
huertos rebosaban de
cerezas, manzanas
tempranas, endrinas y peonías rojas.
A lo largo de la ciudad, por detrás de los huertos,
prolongábanse mansos estanques cubiertos de verdín,
en los que hacía ya mucho habían desaparecido todos
los
peces de carne
fina y no
quedaban sino
escurridizos renacuajos y repulsivas ranas. Al pie
del
desmonte corría el riachuelo Tesha.
La
ciudad parecía un
monasterio, pues había
en
ella
unas treinta iglesias
y cuatro conventos.
Eran
muchos
los iconos milagrosos
de Arzamás, pero
no
sé por qué,
ocurrían pocos milagros
en la propia
ciudad.
Quizás fuera porque
a sesenta kilómetros
estaba
la famosa ermita
de Sarovo, y
los ermitaños
atraían los milagros a su lugar.
No se oía
más que: en
Sarovo ha recobrado
la
vista
un ciego, un
cojo ha echado
a andar, a un
jorobado se le ha enderezado la espalda. Pero junto
a
nuestros iconos no sucedía nada de eso.
En cierta ocasión se corrió el rumor de que Mitia
el
Gitano, vagabundo y
borracho de tomo
y lomo
que,
por una botella
de vodka, se
bañaba todos los
años en un agujero abierto en el hielo del río
cuando
las heladas eran más fuertes, había tenido una
visión
y
dejado de beber;
se había arrepentido
y quería
meterse a fraile en el convento del Salvador.
La gente fue en tropel al monasterio. Y en efecto,
Mitia
estaba en el
coro, dándose a
porfía golpes de
pecho,
arrepintiéndose públicamente de
sus pecados
y hasta confesó que el año anterior había robado
una
cabra
al mercader Bebeshin
y se había
gastado en
bebida
lo que le
dieron por ella.
El mercader
Bebeshin se enterneció y le dio a Mitia un rublo
para
que
pusiera una vela
por la salvación
de su alma.
A
muchos
se les saltaron
entonces las lágrimas,
al ver
que un pecador abandonaba el camino de la perdición
y emprendía el de los justos.
Pasó
así una semana,
mas cuando ya
se iba a
tonsurar
a Mitia, o
bien éste tuvo
otra visión de
sentido
totalmente opuesto, o
bien hubo algún
otro
motivo,
el caso es
que no se
presentó en la
iglesia.
Entre
los feligreses se
corrió el rumor
de que Mitia
estaba
tumbado en el
barranco de la
calle de
Novoplotínnaya,
y a su
lado había una
botella de
vodka vacía.
Se envió al lugar del suceso, para que le echara un
sermón,
al diácono Pafnuti
y al mercader
Siniuguin,
mayordomo de la iglesia. Los enviados volvieron en
seguida
y dijeron, indignados,
que Mitia estaba,
efectivamente,
borracho como una
cuba, que a su
lado había ya otra botella de vodka vacía y
añadieron
que
cuando lograron hacerle
volver en sí,
él dijo,
entre
denuesto y denuesto,
que había cambiado
de
parecer y no se haría fraile, pues no era digno de
ello,
por pecador.
Nuestra ciudad era tranquila y patriarcal. Para las
fiestas,
sobre todo para
las Pascuas, cuando
las
campanas de las treinta iglesias empezaban a
repicar,
elevábase
en la ciudad
un estrépito que
se oía en
todos los pueblos a veinte kilómetros a la
redonda.
La campana de la Asunción era la que más se oía.
La del monasterio del Salvador estaba
resquebrajada,
por lo que
sonaba a cascado,
con tembloroso tañido
de tono bajo.
Los finos tañidos del
convento de San
Nicolás
sonaban con notas
altas y sonoras.
Secundaban a estas tres campanas, que daban el
tono,
todos
los demás campanarios;
hasta el de
la iglesia,
sin
atractivo alguno, de
la pequeña cárcel,
en un
extremo de la ciudad, se sumaba al desentonado
coro.
Me
gustaba subir a
los campanarios. Nos lo
permitían a los muchachos sólo en las Pascuas.
Subía
uno,
dando largo rato
vueltas por una
estrecha
escalera
oscura. En los
nichos de piedra
arrullaban,
cariñosos,
los palomos. Debido
a las innumerables
vueltas,
empezaba uno a
marearse. Desde lo
alto se
veía
toda la ciudad.
Al pie del
desmonte, el río
Tesha,
el viejo molino,
la isla de
las Cabras, una
arboleda
y, más allá,
barrancos y el
borde azul del
bosque de la ciudad.
Mi
padre era soldado
del 12 Regimiento
de
Infantería
de Siberia. Este
regimiento estaba en el
sector de Riga del frente alemán.
Yo estudiaba en el segundo curso de bachiller. Mi
madre,
practicante de medicina,
siempre estaba
ocupada,
y yo crecía
solo. Cada semana
le daba a
firmar la libreta de notas. Ella las ojeaba, veía un dos
en
dibujo o caligrafía,
y sacudía, descontenta,
la
cabeza, diciendo:
- ¿Qué es esto?
- Mamá, yo no tengo la culpa. ¿Qué puedo hacer,
si no tengo talento para el dibujo? Le he dibujado
un
caballo, y el
profesor ha dicho
que eso no
es un
caballo,
sino un cerdo.
Se lo he
entregado la vez
siguiente,
diciendo que es
un cerdo, y
él se ha
enfadado y ha
dicho que no
es ni un
cerdo ni un
caballo, que el diablo sabrá qué es eso. Mamá, yo
no
me propongo en absoluto ser pintor.
-
Bueno, ¿y por
qué te han
puesto un dos en
caligrafía?
Dame tu cuaderno...
¡Dios mío, qué
garabatos! ¿Por qué tienes un borrón en cada línea,
y
aquí,
entre estas dos
páginas, una cucaracha
aplastada? ¡Qué porquería!
- Mamá, los
borrones han caído
ellos solos, sin
querer yo, y de la cucaracha no tengo la culpa.
¿Por
qué te metes siempre conmigo? ¡Todo te parece mal!
¿Te
crees que he
puesto aquí la
cucaracha adrede?
Ella
sola, la tonta,
se coló ahí
y se aplastó,
¡y yo
tengo
que responder por
ella! ¡Y la
caligrafía no es
una ciencia tan importante! Además, no me propongo
ser escritor, ni mucho menos.
- ¿Que te
propones ser? -interrogaba
severa mi
madre,
firmando la libreta
de notas-. ¿Un
haragán?
¿Por qué me escribe otra vez el inspector que te
has
subido
al tejado de
la escuela por
la escalera de los
bomberos?
¿Para que lo
has hecho? ¿Te
dispones a
ser deshollinador?
- No. Ni pintor, ni escritor, ni deshollinador...
Seré
marinero.
- ¿Por qué
precisamente marinero? -interrogó,
desconcertada, mi madre.
-
Quiero ser marinero
sin falta... Anda...
¿Cómo
no puedes comprender que eso es interesante?
Mi madre dijo, sacudiendo la cabeza:
- Míralo por dónde sale. No me traigas más doses,
de lo contrario
no repararé en
que quieres ser
marinero y te daré una azotaina.
- ¡Cómo mentía!
¡Darme ella una
azotaina! Aún
no me había pegado nunca. Una vez me encerró en el
cuarto
oscuro, y luego
me estuvo alimentando
con
empanadillas
todo el día
siguiente y me
dio dinero
para el cine. ¡No estaría mal que lo hiciera eso
más a
menudo!
Capítulo segundo
Un buen día, tras de tomar deprisa y corriendo té
y
recoger de cualquier
manera los libros,
salí a
escape
al liceo. Por
el camino encontré
a Tim
Shtukin, condiscípulo mío, pequeñajo y
retozón.
Tim
Shtukin era un
rapazuelo inofensivo y nada
rencoroso. Se le podía dar un capón sin temor de
que
lo devolviera. Se comía de buen grado los
bocadillos
que se dejaban
sus compañeros, iba
a la tienda
contigua a comprar ensaimadas para el almuerzo del
liceo
y, aunque no
se sintiera culpable
de nada, se
Arkadi Gaidar
callaba asustado cuando se acercaba el preceptor
del
curso.
Tim
tenía una pasión:
los pájaros. La
habitación
de su padre,
guarda de la
iglesia del camposanto,
estaba
llena de jaulas
con pajaritos. Tim
los
compraba, vendía, cambiaba y capturaba con lazos o
trampas en el cementerio.
Una vez su
padre le echó una
buena reprimenda.
Fue
cuando el mercader
Siniuguin, al ir
a visitar la
tumba de su abuela, vio sobre la losa del monumento
cañamones esparcidos como cebo y una red sostenida
por un bramante.
Siniuguin se quejó,
y el guarda
le
dio
unos pescozones al
chiquillo, y nuestro
maestro
de
religión, el padre
Guennadi, dijo, con
tono de
censura, durante la lección:
- Los monumentos
se erigen en
memoria de los
difuntos, y no para otros fines cualesquiera; poner
en
ellos cepos y otros artilugios no está bien, es
pecado
y un sacrilegio.
Acto
continuo citó varios casos
de la historia,
en
los que semejante
sacrilegio acarreó durísimos
castigos del cielo.
Hay que decir
que el padre
Guennadi era un
maestro
poniendo ejemplos. Me
parece que si
él se
hubiera
enterado, pongo por
caso, de que
la semana
anterior yo había
estado sin permiso
en el cine,
tras
de
rebuscar en su
caletre, de seguro
hubiese
encontrado
algún suceso histórico
en el que el
ejecutor
de tal delito
hubiese recibido aún
en esta
vida el castigo merecido de Dios.
Tim
caminaba, silbando como
un mirlo. Al
verme,
me guiñó afablemente
un ojo, mirándome
al
paso
desconfiado como si
quisiera averiguar si me
acercaba a él con buenas o malas intenciones.
- ¡Tim! Tardamos a la lección -le dije-. De veras,
tardamos.
Aún es posible
que a la
lección no
tardemos; pero a la oración, sin remedio.
- ¿Se darán
cuenta! -interrogó, temeroso
e
inquisitivo a un tiempo.
- Sin duda
se darán cuenta.
Bueno, y qué,
nos
dejarán
sin comer y
nada más -repuse
yo,
intencionadamente tranquilo, para hacer rabiar a
Tim,
pues
sabía que él
temía mucho toda
clase de
amonestaciones y reprimendas.
Tim se sobrecogió
y, apretando el
paso, dijo,
afligido:
- ¿Y qué culpa tengo yo? Mi padre ha ido a abrir
la
iglesia. Me ha
dejado para que
lo esperara un
momento,
y ha tardado
qué sé yo
cuánto tiempo en
volver. Y todo por culpa de la misa que van a
cantar
a Valentín Spaguin. La ha encargado su madre.
- ¿A Valentín Spaguin? -interrogué yo, quedando
con la boca
abierta-. ¡Qué dices!...
¿Acaso ha
muerto?
- No es misa de difuntos, sino para que
aparezca.
- ¿Para que
aparezca? -le interrogué
con voz
temblorosa-.
¿Qué tonterías estás
diciendo, Tim? Te
voy a pegar una... Tim, ayer no estuve en la
escuela,
La escuela
me dio fiebre...
-
Piñ-piñ... tarará... tiu...
-silbó Tim como
un
herrerillo y, alegrándose
de que yo
aún no supiera
nada,
saltó con un
pie-. Es verdad
que tú ayer
no
estuviste. ¡Ay, hermanito, lo que pasó ayer, qué
susto
nos llevamos!
- ¿Qué pasó?
- Pues esto.
Estábamos sentados... La
primera
lección era la de Francés. La bruja nos había dado
los
verbos
que se conjugan
con el "être"... Les
verbes
aller,
arriver, entrer, rester,
tomber... Llamó a la
pizarra
a Raievski. No
hizo más que
escribir rester,
tomber,
cuando, de pronto,
se abrió la
puerta y
entraron
el inspector (Tim
entornó los ojos),
el
director
(Tim me dirigió
una mirada significativa) y
el
preceptor del curso.
Cuando nos sentamos,
el
director nos dijo:
"Señores, nos ha
ocurrido una
desgracia: el alumno del curso de ustedes Spaguin
se
ha escapado de su casa. Ha dejado una nota diciendo
que se ha ido al frente alemán. Yo no creo,
señores,
que lo haya
hecho sin que
lo supieran sus
compañeros.
Muchos de ustedes,
claro es, sabían
de
antemano
que se iba
a escapar; sin
embargo, no se
han
tomado la molestia
de comunicármelo. Yo,
señores...” -y se estuvo hablando media hora.
Se me cortó la respiración. ¡Lo que había pasado!
Un suceso como aquél,
una noticia tan
extraordinaria,
y yo me
había quedado en
casa,
fingiéndome
enfermo y sin
enterarme de nada.
Y
nadie, ni Yákov Tsúkkershtein ni Fedia Bashmakov,
se
había acercado a
mí después de
las lecciones a
contármelo.
¡Valientes compañeros!... Cuando
a
Fedia
le hicieron falta
tapones para su
pistola
detonadora,
vino a buscarme
a mí... ¡Y
ahora, con
ésas!... ¡Se escaparía al frente la mitad del
liceo, y yo
me quedaría en casa como un mentecato!
Entré
como una tromba
en el liceo,
me quité el
capote
sobre la marcha
y, rehuyendo con
suerte al
preceptor,
me escabullí entre
la muchedumbre de
chiquillos
que salían del
salón general, donde
se
rezaba la oración.
Los días siguientes no se hablaba de otra cosa que
de la heroica huida de Valentín Spaguin.
El
director se equivocó
al suponer que,
probablemente, muchos estábamos enterados del plan
de
huida de Spaguin.
Nadie sabía una
palabra. A
nadie
se le pudo
pasar siquiera por
la imaginación
que Valentín Spaguin se escaparía. Tan callado como
era, no participaba
en ninguna riña
ni en ninguna
incursión por manzanas a un huerto ajeno, siempre
se
le
caían los calzones;
en una palabra,
era un gallina
como pocos, y, de pronto, ¡aquella evasión!
Empezamos
a comentar entre
nosotros y a
preguntarnos
los unos a
los otros si
alguien había
notado
algún preparativo. No
podía ser que
hubiese
tomado
su resolución de
repente, que, sin
más ni
más, se hubiera puesto la gorra y hubiese partido
para
el frente.
Fedia Bashmakov se acordó de que había visto un
mapa de los ferrocarriles en manos de
Valentín.
Dubílov, que repetía el curso, dijo que había visto
hacía poco a Valentín en una tienda, comprando una
pila de linterna.
Por mucho que
indagamos, no
pudimos
recordar más actos
que nos dieran
indicios
de la preparación de la huida.
En la clase,
los ánimos estaban
agitados. Todos
correteábamos,
hacíamos travesuras, respondíamos
mal las lecciones,
y el número
de los que se
quedaban
sin comer se
duplicó aquellos días
en
comparación con los de ordinario. Pasaron unos días
más. Y, de
pronto, recibimos otra
noticia: Mitia
Túpikov,
del primer curso,
se había escapado
de
casa.
La dirección del liceo se inquietó de verdad.
- Hoy habrá una charla en la lección de Religión -
me dijo en
secreto Fedia-, sobre
las huidas. Lo he
oído en la sala de los maestros cuando he ido a
llevar
los cuadernos.
Nuestro
sacerdote, el padre
Guennadi, tendría
cerca de los setenta años. Tras la barba y las
cejas no
se le veía la cara, era gordo y, para volver la
cabeza,
tenía que girar todo el tronco, pues no se le
notaba en
absoluto el cuello.
Nosotros lo queríamos. En sus lecciones, como él
era miope, podíamos hacer lo que quisiéramos: jugar
a las cartas,
dibujar y aun
ponernos delante, en vez
del Antiguo Testamento, novelas de Nat Pinkerton o
de Sherlock Holmes, pues las teníamos
prohibidas.
El
padre Guennadi entró
en la clase,
alzó una
mano
para bendecir a
todos los presentes
y, en el
mismo
instante, atronó la
voz del que
estaba de
servicio:
- Al rey de los cielos, nuestro consolador, alma de
la verdad...
El
padre Guennadi era
algo sordo y,
en general,
nos
exigía que rezásemos
en voz bien
alta y clara,
pero incluso a él le pareció que este día el de
servicio
se había sobrepasado. Alzó la mano y dijo,
enojado:
- Ea, ea...
¿Qué es eso?
Reza con eufonía,
pues
parece que muges como un toro.
El
padre Guennadi empezó
por hablar de
cosas
remotas.
Primero nos contó
la alegoría del
hijo
pródigo.
Según entendí entonces,
este hijo había
abandonado
la casa paterna
para correr mundo,
mas
luego,
por lo visto,
las pasó mal
y emprendió el
camino de regreso.
Luego
contó la alegoría
del talento: cómo
un
señor
dio a sus
esclavos dinero, que
se llamaba
talento,
y cómo unos
esclavos se dedicaron
a
comerciar
y sacaron beneficios,
y otros escondieron
los dineros y no obtuvieron ningún provecho.
- ¿Y qué
nos dicen estas
alegorías? -prosiguió el
padre
Guennadi-. La primera
nos habla de
un hijo
desobediente. Este hijo abandonó a su padre, anduvo
errante mucho tiempo y, a pesar de todo, volvió
bajo
el
techo paterno. No
hablemos ya de
vuestros
3
4
compañeros, que no han probado los sinsabores de la
vida y han
abandonado en secreto
sus casas; ni que
decir tiene que las pasarán muy mal en su camino de
perdición.
Os pido una
vez más que
si alguno sabe
dónde
están, escribidles y
que no teman
volver a
casa, mientras aún no es tarde. Y recordad que en
la
alegoría,
cuando volvió el
hijo pródigo, el
padre,
llevado
de su bondad,
no se puso
a censurarlo, sino
que lo vistió
con las mejores
ropas y mandó
que
matasen
un ternero bien
cebado, como para
una
fiesta.
Lo mismo perdonarán
los padres a
estos dos
jóvenes
descarriados y los
recibirán con los
brazos
abiertos.
Yo puse en
duda esas palabras.
Por lo que
respecta a Túpikov, del primer curso, no sé cómo lo
recibirían sus padres; pero bien seguro me tenía
que
el panadero Spaguin no mataría un ternero cebado a
la
vuelta de su
hijo, sino que
le daría unos
buenos
correazos.
- Y la
alegoría del talento
-prosiguió el padre
Guennadi-,
nos enseña que
no se debe
enterrar la
capacidad
de uno. Vosotros
aprendéis aquí diversas
ciencias.
Cuando terminéis la escuela, elegiréis
cada
uno la profesión
que cuadre a
vuestra capacidad,
aptitud
y posición. Alguno
de vosotros será,
pongamos por caso, un respetable comerciante; otro,
médico;
otro, funcionario. Todos
os respetarán y
pensarán para sus adentros: "Este digno varón
no ha
enterrado
su talento, sino
que lo ha
multiplicado y
ahora
goza merecidamente de
todos los bienes
de la
vida".
¿Y qué puede
salir -al pronunciar
estas
palabras,
el padre Guennadi
elevó, apenado, las
manos
al cielo-, qué
puede salir, os
pregunto, de
estos y otros
fugitivos como ellos,
los cuales han
desdeñado las posibilidades ofrecidas y han huido
de
sus
casas en busca
de aventuras funestas
para el
cuerpo
y el alma?
Vosotros crecéis como
tiernas
flores
en el cálido
invernadero de un
solícito
jardinero, no conocéis ni tempestades ni
tribulaciones
y
florecéis tranquilamente, alegrando
a vuestros
maestros
y preceptores. Pero
ellos... carentes de
cuidado,
aun cuando puedan
soportar todos los
sinsabores,
crecerán como los
cardos, azotados por
los vientos y llenos del polvo de los caminos.
Cuando
el padre Guennadi,
majestuoso e
inspirado
cual un profeta,
salió del aula
y dirigió
lentamente
sus pasos a
la sala de
los maestros, yo
exhalé un suspiro, pensé un instante y dije:
- ¡Fedia!
- ¿Qué?
- ¿Qué piensas del talento?
- Nada. ¿Y tú?
- ¿Yo?
Me quedé un
poco parado y
agregué, ya en voz
más baja:
- Pues yo,
Fedia, tal vez
lo hubiese enterrado.
¡Mira que ser comerciante o funcionario!
- Yo también
-confesó Fedia tras
ligero titubeo-.
Arkadi Gaidar
¿Qué
interés tiene crecer
como una flor
en un
invernadero? Le tiras un escupitajo y se marchita.
Al
cardo no le hace mella nada, ni la lluvia ni el
calor.
- Fedia -le
dije-, ¿qué habrá
entonces de lo que
dijo el padre:
"Responderéis en la
otra vida"?
¡Aunque
sea en la
otra, tampoco tengo
ganas de
responder!
Fedia se paró a pensar. Se veía que él tampoco se
imaginaba con mucha claridad cómo eludir el castigo
prometido. Meneó la cabeza y respondió,
evasivo:
- Eso aún tardará en llegar... Y entonces quizás se
nos ocurra algo.
Túpikov,
el del primer
curso, resultó tonto.
No
supo siquiera hacia dónde ir al frente: lo
encontraron
a los tres días a sesenta kilómetros de Arzamás en
la
dirección de Nizhni Nóvgorod.
Se dijo que en casa no supieron dónde sentarlo; le
compraron
muchos regalos, y
la madre, luego
de
tomarle
palabra de que
no volvería a
escaparse, le
prometió
comprarle para el
verano un rifle
de
Montecristo.
En cambio, en
el liceo se
rieron y
burlaron de él: "Así muchos de nosotros
hubiéramos
accedido
a corretear tres
días por los
alrededores de
la
ciudad y que
nos regalasen por
eso un rifle
de
verdad".
Inesperadamente,
soltó una buena
reprimenda a
Túpikov
el maestro de
Geografía, Malinovski, a
quien llamábamos por la espalda "Kolia el
loco".
Malinovski llamó a Túpikov al encerado:
-
¡Bien-n!... Dígame, jovencito
¿a qué frente
quería usted escaparse? ¿Al japonés?
- No -repuso, sonrojándose, Túpikov-, al
alemán.
-
¡Bien-n! -prosiguió, sarcástico,
Malinovski-.
Permítame
que le interrogue,
¿por qué diablo
fue
usted hacia Nizhni Nóvgorod? ¿Dónde tiene usted la
cabeza
y dónde ha
metido en ella
mis lecciones de
Geografía?
¿Es que no
está claro como
el día que
usted debió pasar por Moscú -dijo, señalando con el
puntero
en el mapa-,
Smolensk y Brest
si quería
escaparse
al frente alemán?
Y usted se
fue hacia el
lado
diametralmente opuesto, hacia
el Este. ¿Cómo
se le ocurrió ir en la dirección contraria? Le
enseño a
usted
para que sepa
aplicar en la
práctica los
conocimientos adquiridos, y no para que los tenga
en
la
cabeza como en
un cajón de
basura. Siéntese. Le
pongo un dos. ¡Vergüenza debe darle, joven!
He de decir
que esas palabras
tuvieron como
consecuencia
que los alumnos
del primer curso,
al
darse cuenta de pronto de la utilidad de las
ciencias,
empezaron
a estudiar con
ahínco extraordinario la
Geografía
y hasta idearon
un nuevo juego,
llamado
"el
fugitivo". Consistía este
juego en que
uno
mencionaba
una ciudad fronteriza,
y otro debía
enumerar,
sin equivocarse, las
ciudades principales
por las que pasaba el camino hacia ella.
Si el fugitivo
se equivocaba, pagaba
prenda, y si
no
tenía prendas para
pagar, recibía un
capón o un
papirotazo, según se hubiera convenido.
La escuela
Capítulo tercero
Todos los miércoles, antes de empezar las clases,
se
rezaba en el
salón general una
oración solemne
para que el Señor concediese la victoria.
Después
de la oración,
todos volvían la
cabeza a
la
izquierda, hacia donde
estaban colgados los
retratos del zar y la zarina.
El coro entonaba
el himno nacional
Guarda al
zar, Señor, y los demás acompañaban. Yo cantaba a
voz en cuello. No tenía mucha voz, pero me afanaba
tanto, que hasta el preceptor me dijo una vez:
- Górikov, cante más bajo, pues grita
demasiado.
Yo me enfadé.
¿Qué quería decir
aquello de que
yo gritaba demasiado? .
Si yo no
tenía talento para
cantar, ¿que otros
cantasen
la oración, pidiendo
la victoria, y yo
callase?
En casa comuniqué a mi madre mi pena.
Pero ella reaccionó con frialdad y dijo:
- Eres aún pequeño..., Ya crecerás... Si pelean en
el frente, que peleen. ¿Qué te importa a ti?
- Mamá, ¿cómo puedes decir que no me importa?
¿Y si los
alemanes nos conquistan?
He leído lo que
escriben
de las ferocidades
que cometen. ¿Por
qué
los
alemanes son tan
bárbaros que no
tienen
compasión de nadie, ni de los viejos ni de los
niños,
y nuestro zar se compadece de todos?
- ¡Estáte quieto! -me dijo mi madre, descontenta-.
Todos
son buenos... Como
si les hubiera
atacado la
rabia:
ni los alemanes
son peores que
otros, ni los
nuestros tampoco.
Mi madre se fue, y yo me quedé perplejo: ¿cómo
resultaba
que los alemanes
no eran peores
que los
nuestros?
¿Cómo podía ser
que no fueran
peores, si
lo
eran? Hacía poco
habían mostrado en
el cine que
los
alemanes, sin apiadarse
de nadie, le
pegaban
fuego a todo, habían destruido la catedral de Reims
y
profanaban los templos, en tanto que los nuestros
no
destruían
nada ni profanaban
nada. Antes al
contrario,
en el mismo
cine había visto
cómo un
oficial ruso salvaba de un incendio a un niño
alemán.
Fui a casa de Fedia.
Fedia me dio la razón:
- Pues claro que son unos salvajes. Han echado a
pique
el Lusitania con
pasajeros civiles, y
nosotros
no
hemos echado a
pique nada. Nuestro zar
y el zar
inglés
son nobles. Y
el presidente francés
también.
¡Pero el Guillermo de ellos es un granuja!
- Fedia -interrogué-,
¿por qué el
zar francés se
llama presidente?
Fedia se quedó pensativo.
- No lo sé -repuso-. He oído que el presidente de
ellos
no es zar
ni mucho menos,
sino eso
simplemente.
- ¿Cómo eso simplemente?
- De veras te lo digo, no lo sé. Sabes, he leído un
libro de Dumas. Es muy interesante, no trata más
que
de
aventuras. Y, según
ese libro, resulta
que los
franceses
mataron a su
zar, y desde
entonces no
tienen zar, sino presidente.
- ¿Cómo se
puede matar a
un zar? -dije
yo,
indignado-. Mientes, Fedia, o confundes algo.
- De veras te lo digo, lo mataron. Lo mataron a él
y
mataron a su
mujer. Los juzgaron
a todos y los
condenaron a muerte.
- ¡Eso es
una trola como
una casa! ¿Cómo
se
puede
juzgar a un
zar? Pongamos por
caso, nuestro
juez,
Iván Fiódorovich, juzga
a los ladrones:
rompieron
la valla a
Pliuschija, y él
juzgó a los
culpables.
Cuando Mitia el Gitano robó
a los frailes
un
cajón de hostias,
también fue él
quien lo juzgó.
Pero al zar
no se atrevería
a juzgarlo, porque
el zar
está por encima de todos.
- Bueno, si quieres te lo crees, si no, no te lo
creas
-respondió,
enfadado, Fedia-. Cuando
Alexandr
Golovieshkin
termine de leer
ese libro, te
lo dejaré.
El juicio que hubo allí no fue, ni mucho menos,
como
los de Iván
Fiódorovich. Allí se
reunía todo el
pueblo, y él
juzgaba y ejecutaba
las sentencias... -
agregó,
irritado-. Me acuerdo
incluso de cómo
las
ejecutaban. No ahorcaban, tenían una máquina que se
llama
guillotina. La ponían
en marche, y
ella, de un
golpe, cortaba las cabezas.
- ¿Y al zar también se la cortaron?
- Al zar, a la zarina, y a otros más. ¿Quieres que
te
traiga
ese libro? Es
interesante... Se habla
de un
fraile...
Era muy astuto,
gordo y con
cara de santo,
pero en realidad no era nada de eso. Cuando leí lo
del
fraile,
me desternillé de
risa; mi madre
hasta se
enfadó,
salió de la
cama y apagó
la luz. Pero
yo
esperé que se durmiese, tomé la lamparilla del
icono
y seguí leyendo.
Se
corrió el rumor
de que habían
llegado a la
estación
prisioneros austríacos. Tan
pronto como se
terminaron
las lecciones, Fedia
y yo fuimos
corriendo
a verlos. Nuestra
estación estaba lejos,
en
las
afueras. Había que
pasar por delante
del
cementerio,
cruzar la arboleda,
salir a la
carretera y
atravesar un barranco largo y tortuoso.
- Qué piensas,
Fedia -le interrogué-,
¿los
prisioneros llevarán grilletes o no?
- No lo sé. Tal vez lleven. De lo contrario,
podrían
escaparse
corriendo. ¡Y con
grilletes no se
corre
mucho! Como se lleva a los detenidos a la cárcel,
que
apenas si pueden arrastrar los pies.
- Pero eso
son presos, pues
se trata de
ladrones,
mientras que los prisioneros no han robado
nada.
Fedia entornó los ojos.
- ¿Te crees que en la cárcel están sólo los que han
robado
o matado? Allí,
amiguito, hay gente
condenada por distintas causas.
- ¿Qué cosas estás diciendo?
- Fíjate, si no... ¿Por qué encarcelaron al maestro
de oficios? ¿No lo sabes? Pues si no lo sabes,
cállate.
5
6
Siempre me indignaba que Fedia supiese muchas
Arkadi Gaidar
estuviéramos
en el campo,
sino en medio
de un
más
cosas que yo.
Le preguntase uno
lo que le
preguntara
-pero no sobre
las lecciones-, siempre
sabía algo. De seguro que se lo contaría su padre.
Su
padre era cartero, y los carteros, mientras van de
casa
en casa, se enteran de muchas cosas.
Al
maestro de oficios
o, como lo
llamábamos
entre
nosotros, el Chova, lo queríamos
los
muchachos. Había venido a la ciudad al principio de
la
guerra y alquilado
un pisito en
un arrabal. Yo
estuve
varias veces en
su casa. El
también quería a
los chiquillos y les enseñaba a hacer jaulas,
cajones y
trampas en su banco. Por el verano, a veces, reunía
a
toda
una chiquillada y
se la llevaba
al bosque o a
pescar. Era muy moreno y delgado y caminaba dando
ligeros
saltitos, como un
pájaro, por lo
que le
pusieron el mote de el Chova.
Lo
detuvieron inesperadamente, nosotros
no
sabíamos
por qué a
ciencia cierta. Unos
muchachos
decían que era espía y comunicaba por teléfono a
los
alemanes
todos los secretos
de los movimientos
de
las
tropas. Hubo quien
afirmó que el
maestro de
oficios
había sido antes
bandido y asaltaba
a los
caminantes por las carreteras, y que eso había
salido
a relucir ahora.
Pero yo no lo creía: primero, desde nuestra ciudad
no
había manera de
tender cables telefónicos
hasta
ninguna frontera; segundo, ¿qué secretos de guerra
y
qué
movimientos de tropas
se podían comunicar
desde
Arzamás? Había en
ella pocas tropas:
siete
soldados
y un ordenanza,
más cuatro panaderos
del
puesto de intendencia
militar, en la
estación, los
cuales no tenían de soldados sino el nombre, pues
en
realidad
eran panaderos corrientes.
Además, en todo
aquel tiempo no hubo en nuestra ciudad más que un
movimiento
de tropas, y
fue cuando el
oficial
Balagushin
se cambió de
alojamiento desde la
casa
de los Pyriatin
a la de
los Basiuguin; otros
movimientos no hubo.
Por cuanto a lo de que el maestro de oficios fuese
un
bandolero, eso era
una mentira evidente.
Se la
inventó
Piotr Zolotujin, quien,
como todos sabían,
era un embustero de siete suelas, y si pedía
prestados
tres
kopeks, luego juraría
que los había
devuelto, o
devolvía una caña de pescar sin anzuelos y
aseguraría
que se la habían dado así. ¿Qué bandolero podía ser
el
maestro de oficios?
No tenía cara
de eso, y sus
andares
eran cómicos, y
él mismo era
bondadoso;
además, estaba flaco y siempre tosía.
Así
llegamos Fedia y
yo corriendo hasta
el
barranco.
Allí,
sin poder contener
ya mi curiosidad,
interrogué a Fedia:
- Fedia, ¿por qué detuvieron al maestro de oficios,
de verdad? Pues eso de que era espía y bandolero
son
trolas, ¿eh?
- Claro que
son trolas -respondió,
acortando el
paso y mirando con cuidado a los lados, como si no
gentío-. Amiguito, lo detuvieron por la
política.
No me dio
tiempo a preguntar
a Fedia que me
dijera con más detalles por qué política
precisamente
detuvieron al maestro de oficios, cuando, al otro
lado
de una curva,
se oyeron las
pisadas de la
columna
que se acercaba.
Los prisioneros serían unos cien.
No iban aherrojados,
y los escoltaban
seis
hombres nada más.
Las caras cansadas y sombrías de los austríacos se
fundían
en un todo
con sus capotes
grises y sus
gorros
arrugados. Caminaban en
silencio, en filas
cerradas, con el mesurado paso militar.
"Míralos,
cómo son, pensamos
Fedia y yo,
dejando
paso a la
columna. Ahí están
esos mismos
austríacos
y alemanes cuyas
ferocidades aterran a
todos los pueblos. Fruncen el ceño y bajan la
cabeza,
no les gusta estar prisioneros. ¡Ea, ea,
bribonzuelos!"
Cuando
la columna pasó,
Fedia alzó el
puño,
amenazando:
-
¡Habéis inventado los
gases! ¡Malditos
choriceros alemanes!
Volvimos
a casa algo
abatidos. No sé
a qué se
debería.
Probablemente a que
los prisioneros,
cansados y grises,
no nos produjeron
la impresión
que esperábamos. De no llevar los capotes, hubieran
parecido
fugitivos. Tenían las mismas caras
flacas y
demacradas, el mismo cansancio y cierta
indiferencia
de hastío por cuanto los circundaba.
Capítulo cuarto
Llegaron las vacaciones estivales. Fedia y yo nos
hicimos
toda clase de
planes para el
verano. Nos
esperaba mucho trabajo.
Primero,
teníamos que construir una
balsa y, tras
botarla
al estanque, que
lindaba con nuestro
huerto,
declararnos
los dueños del
mar y dar
una batalla
naval a la
flota unida de
los Pantiushkin y los
Simakov, que protegía los accesos a sus huertos en
la
orilla opuesta.
Hasta
entonces teníamos una
flotilla, que era la
cancilla de nuestro huerto. Mas, en el aspecto
militar,
era muy inferior a las fuerzas adversarias, las
cuales
contaban con la hoja de un viejo portón, que hacía
de
crucero
pesado, y un
destructor ligero, hecho
de un
dornajo,
en el que
antes daban de
comer a los
animales.
Las fuerzas eran evidentemente desiguales.
Por eso decidimos
reforzar nuestro armamento,
construyendo
un acorazado según
la última palabra
de la técnica.
De material para
las obras nos
proponíamos
utilizar
los troncos del
baño, que se
había venido
abajo. Para que mi madre no nos regañara, le
prometí
que
haríamos nuestro acorazado
de manera que
siempre se pudiera utilizar como tablado desde
donde
aclarar la ropa.
La escuela
Cuando
el enemigo advirtió
desde la otra
orilla
nuestro
rearme, se inquietó
y empezó a
construir
también
algo, pero nuestro
servicio de información
nos dio parte
de que no
podía oponernos nada
serio
por
falta de material
de construcción. La
tentativa
que
nuestros adversarios hicieron
de llevarse de su
corral
unas tablas, destinadas
a revestir el
cobertizo,
resultaron fallidas: el consejo de familia no
aprobó el
gasto
arbitrario de los
materiales para otros
fines, y
los
almirantes adversarios, Senia
Pantiushkin y
Grigori
Simakov, recibieron sendas
palizas de sus
padres.
Estuvimos
varios días atareados
con los troncos.
No era fácil
construir el acorazado.
Se requería
mucho dinero y tiempo, y precisamente por entonces
Fedia y
yo experimentábamos
dificultades
económicas.
Sólo en clavos
nos gastamos más de
cincuenta
kopeks, y aún
teníamos que comprar
cuerda para atar el ancla y tela para la
bandera.
Para
conseguir todo lo
que nos hacía
falta,
hubimos de recurrir a un préstamo secreto de
setenta
kopeks, dejando en prenda dos manuales de Religión,
la
Gramática Alemana de
Glezer y Petzold
y la
Antología Rusa.
En
cambio, el acorazado
nos salió a
las mil
maravillas.
Lo botamos ya
al atardecer. Nos
ayudaron
a botarlo Tim
Shtukin y Yákov
Tsúkkershtein.
Como público acudieron
todos los
hijos del zapatero, mi hermanita y el perrito
Volchok,
o Shárik, o Zhuchok, pues cada cual lo llamaba como
quería.
La balsa crujió,
rechinó y cayó
pesadamente
en el agua.
En el mismo
instante se oyó
un sonoro
"¡hurra!", se dispararon salvas de
pistolas
detonadoras, y sobre el acorazado se izó la
bandera.
Nuestra bandera era negra, ribeteada de rojo, con
un círculo azul en el centro.
Agitada
por el débil
y cálido viento,
ondeó,
produciendo efecto, y levamos anclas.
Aproximábase
el ocaso. Oíase
el lejano tintineo
de las esquilas de un rebaño de cabras, al
retornar. En
Arzamás había muchas cabras.
En el acorazado estábamos Fedia y yo. Detrás de
nosotros,
a respetable distancia,
navegaba nuestra
pequeña cancilla, destinada a barco de enlace.
Segura
de su fuerza,
nuestra escuadra navegó
lenta
hasta el medio
del estanque y
desfiló por
delante
de las orillas
del adversario. En
vano lo
desafiamos,
gritando con el
megáfono y haciéndole
señales:
no quiso aceptar
el combate y
se escondió
vergonzosamente
en su ensenada,
bajo un sauce
medio
podrido. La artillería
de costa abrió,
con el
furor
que despierta la
impotencia, fuego contra
nuestras
naves, mas nos
pusimos inmediatamente
fuera
del alcance de
sus cañones y
arribamos
tranquilamente
a nuestro puerto
sin haber sufrido
el
menor
daño, de no
contar un ligero
patatazo que
recibió Yákov Tsúkkershtein en la espalda.
- ¡E-e-eh! -les gritamos, al alejarnos-. Qué,
¿tenéis
miedo de salir a nuestro encuentro?
-
¡Aguardad! ¡Ya saldremos,
no cantéis victoria
antes de tiempo, no nos habéis asustado!
- Bien se
ve que no os habéis
asustado.
¡Cobardes!
Entramos
sin novedad en
nuestro puerto,
anclamos y, tras sujetar fuertemente la balsa con
una
cadena, saltamos a tierra.
Aquella misma tarde faltó poco para que Fedia y
yo
riñéramos. No nos
habíamos puesto de
acuerdo
con
antelación acerca de
quién mandaría la
flota. A
mi
propuesta de que
él mandase el
barco de enlace,
Fedia
respondió con un
desdeñoso escupitajo.
Entonces
le propuse que,
además, fuese el
jefe del
puerto, el jefe de la artillería de costa y de las
fuerzas
aéreas, tan pronto como las tuviésemos. Mas a Fedia
no le sedujeron ni siquiera las fuerzas aéreas, y
siguió
empeñado en ser almirante, de lo contrario amenazó
con pasarse al enemigo.
Entonces,
como yo no
quería perder a un
ayudante tan valioso, cedí y le propuse que
fuésemos
almirantes por turno: un día él y otro yo.
En eso quedamos.
Hicimos
dos arcos, nos
pertrechamos con diez
flechas
y nos encaminamos
a la arboleda.
Llevábamos
de reserva varias
"ranas". Llamábamos
"ranas"
a unos cucuruchitos
de papel enrollado
y
doblado
varias veces, atados
fuertemente con
bramante,
llenos de una
mezcla de salitre
y carbón
machacado.
Atábamos la "rana" al
extremo de la
flecha,
uno tensaba la
cuerda del arco,
y el otro
encendía la mecha de la "rana". La flecha
se elevaba
al cielo en un instante, y la "rana"
estallaba en lo alto,
haciendo
zigzags de fuego
y espantando a
chovas y
cornejas.
La arboleda lindaba con el cementerio. Era espesa
y estaba llena de hoyos y pequeños estanques. En
las
umbrosas
praderillas verdes florecían
nenúfares
amarillos y ranúnculos y crecían helechos.
Cuando
nos cansamos de jugar,
saltamos la tapia
y nos vimos
en el rincón
más apartado del
cementerio.
El silencio, alterado
únicamente por el
polifónico
trinar de los
pájaros ocultos en
el follaje,
calmaba
nuestros ánimos, agitados
por el juego.
Caminamos
a lo largo
de las tumbas,
que a veces
apenas se elevaban, y conversábamos a media
voz.
- Mira -dije
a Fedia-, ahora,
tras esa vuelta,
empezarán
las tumbas de
los soldados. La
semana
pasada enterraron aquí a Semión Kozhévnikov, de la
enfermería. Me acuerdo bien de él. Mucho antes aún
de la guerra, cuando yo era pequeño del todo, venía
a
visitar a mi padre. Una vez me regaló goma para un
tirador.
Era una goma
muy buena. Pero
luego mi
madre la tiró a la lumbre porque decía que yo había
roto un cristal a los Basiuguin de un chinazo.
- ¿Y no fuiste tú?
- ¿Y qué
más da que
fuese yo? Había
que
demostrarlo,
pues no lo
vio nadie; y
sólo por
7
8
sospechas... ¿Qué justicia es ésa? Y si no lo
hubiese
roto yo, ¿lo mismo me hubieran echado la
culpa?
- Lo mismo te la hubieran echado -accedió Fedia-.
Las
madres siempre son
así. A las
chiquillas nunca
les tocan nada, y en cuanto ven un juego de chico,
lo
tiran. Mi madre me rompió dos flechas con punta de
clavo, y luego sacó de la jaula una rata que yo
tenía.
Una vez aún fue peor... Quité una bola hueca.
Sabes,
de esas que
atornillan a las
camas para adorno.
Mi
madre
acababa de marcharse
a la iglesia.
Estaba yo
sentado,
saqué salitre y
carbón. Pensé llenar
de
pólvora la
bola y luego
explotarla en el bosquecillo.
Me
enfrasqué tanto, que
no me di
cuenta de cómo
apareció
mi madre detrás
de mí. "¿Para
qué has
destornillado
la bola de
la cama? -me
preguntó-.
¡Maldito seas! Y yo sin saber adónde iban a parar
las
dichosas
bolitas". ¡Me dio
un cachete tremendo!
Menos
mal que mi
padre salió en
mi defensa, y me
preguntó: "¿Para qué querías la bola?"
"¿Es que no lo
ves? -le respondí-. Para hacer una bomba".
Frunció el
ceño. "Deja eso -me dijo-, no juegues con esas
cosas.
¡Vaya
terrorista que nos
ha salido!" Pero
se echó a
reír y me pasó la mano por la cabeza.
- Fedia -le
dije con calma-,
yo sé qué
es un
terrorista. Terroristas son
los que tiran
bombas a los
policías y a los ricos. Y nosotros, Fedia, qué
somos,
¿pobres o ricos?
- Medianos -respondió, luego de pensarlo-. No se
puede
decir que seamos
muy pobres. Desde
que mi
padre
encontró trabajo, tenemos
comida todos los
días, y los domingos mi madre hace, además, bollos,
y, a veces,
compota. ¡Me gusta
mucho la
compota¡¿Y a ti?
- A mí también me gusta. Pero me gusta más aún
la
jalea de manzanas.
Yo también creo
que somos
medianos.
Los Bebeshin tienen
toda una fábrica.
Estuve una vez en la casa de ellos, visitando a
Vasili.
¡Tienen
muchas criadas y
criados! Y a
Vasili su
padre le regaló un caballo vivo... se llama
poney.
-
Ellos, claro, tienen
de todo -accedió
Fedia-,
tienen
mucho dinero. Y
el mercader Siniuguin
ha
construido
una torre encima
de su casa
y ha puesto
un
telescopio. ¡Es inmenso!
Cuando le aburre
todo,
se sube a su torre, le llevan allí de comer y
beber... Y
se pasa toda
la noche mirando
a las estrellas
y los
planetas.
Hace poco organizó
en su torre
una
borrachera
con sus amigos,
y dicen que,
después de
mirar
ellos, se rompió
un cristal, y
ahora no se ve
nada.
- ¡Fedia!
¿Por qué Siniuguin, por ejemplo, puede
mirar a las estrellas y a los planetas, y disfrutar
todo
lo que quiera,
y otros no
pueden disfrutar de
nada?
Sígov,
el que trabaja
en su fábrica,
ése, no digo
ya
que no pueda
contemplar los planetas,
sino que ni
para
comer tiene. Ayer
bajó a pedirle
prestados
cincuenta kopeks al zapatero.
-¿Por
qué?... Qué quieres
que te diga...
¿Por qué
lo he de saber yo? Pregúntale al maestro o al
pope.
Arkadi Gaidar
Fedia se calló, arrancó, sin detenerse, una rama de
un
arbusto semisilvestre de
oloroso jazmín, y
luego
agregó, en voz más baja:
- Mi padre
ha dicho que
pronto se volverá
la
tortilla.
-¿Qué tortilla se volverá?
- Como lo
oyes. Boris, yo
mismo aún no
caigo
bien en la cuenta. Me hice el dormido para
escuchar.
Mi padre hablaba con el guardián de la fábrica de
que
habría otra vez
huelgas, como en
el año cinco.
¿Sabes lo que hubo en el año cinco?
- Sé un poco -respondí, ruborizándome.
- Hubo una
revolución. Pero fracasó.
Eso quiere
decir
que había que
pegar fuego a
las haciendas de
los
terratenientes y entregar
toda la tierra
a los
campesinos,
que todo lo
de los ricos
pasara a los
pobres. Sabes, todo eso lo escuché en la
conversación
de ellos.
Fedia
se calló. Otra
vez me dio
rabia de que
supiera
más que yo.
También hubiera podido
enterarme yo, pero no tenía quien me lo dijera. En
los
libros no se escribía nada de eso. Y nadie hablaba
de
eso conmigo.
Ya en casa,
después de comer,
cuando mi madre
se acostó a dormir la siesta, me senté en su cama y
le
dije:
- Mamá, cuéntame algo del año cinco. ¿Por qué se
lo cuentan a otros? Fedia está enterado de todo lo
que
tiene interés, y yo nunca sé nada.
Mi madre se volvió presta, frunció el ceño, por lo
visto
se proponía regañarme,
cambió de idea
y me
miró
con tanta curiosidad
como si me
viera por
primera vez.
- ¿De qué año cinco estás hablando?
- ¿Pues de
cuál ha de
ser? Tú misma
sabes de
cuál.
Eres muy mayor.
Entonces tenías ya
muchos
años, y yo tenía uno sólo y no me acuerdo de
nada.
- ¿Qué quieres
que te diga?
Tendrías que
preguntárselo a tu padre, él es un maestro para
hablar
de eso. Yo,
en el año
cinco, no vi
nada por culpa
tuya,
arrapiezo. Eras como
Dios no quiera...
berreabas
como un condenado,
no me dejabas
un
minuto en paz. Cuando te ponías a llorar durante
toda
la
noche, se olvidaba
una de que existía el
mundo y
de que existía una misma.
- ¿Y por qué lloraba yo, mamá? -interrogué, algo
enojado-.
¿Es posible que tuviera miedo?
Dicen que
hubo
tiroteos y vinieron
los cosacos. ¿Quizás
fuera
de miedo?
- ¡Qué miedo
ni qué ocho
cuartos! Simplemente,
te daba por
ahí, y llorabas.
¿De qué podías
tener
miedo
entonces? Una noche
vinieron los guardias
a
registrar
la casa, yo
misma no sé
qué buscarían.
Entonces
hacían muchos registros.
Revolvieron toda
la casa, pero no encontraron nada. El oficial era
muy
modoso.
Te hizo cosquillas
con un dedo,
y tú te
echaste a reír. "Tiene usted un hijo muy
mono", dijo.
Te tomó en brazos, como si bromease, y le guiñó un
La escuela
ojo a un guardia, que se puso a registrar tu cuna.
¡De
pronto
soltaste el grifo!
Madre mía, le
cayó en el
uniforme
al oficial. ¡Dios
mío! Te tomé
yo en
seguida
y le traje
un trapo al oficial.
¡Qué cosas! El
uniforme
era nuevo, y
se lo mojaste
todo, le cayó
hasta
en los pantalones
y el sable.
¡Lo calaste hasta
los
huesos, bribonzuelo! -dijo
mi madre, soltando
la
risa.
- Mamá, me
estás contando otra
cosa
completamente
distinta -la interrumpí,
enfadado del
todo-.
Te estoy preguntado
por la revolución,
y me
sales con esas tonterías...
- ¡Anda allá... no seas pesado! -exclamó mi madre
para
poner fin al
interrogatorio. Mas, al
ver mi cara
compungida,
lo pensó mejor,
sacó un llavero
y me
dijo:
- ¿Qué te
puedo contar? Ve
y abre el
cuarto
oscuro...
En el cajón
grande, encima, hay
trastos de
toda
clase; debajo había
un montón de
libros de tu
padre.
Busca allí... Si
no los ha
roto todos, tal
vez
encuentres alguno que trate del año cinco.
Tomé
raudo el llavero
y eché a
correr hacia la
puerta.
- ¡Si en lugar de rebuscar en el cajón de los
libros
-me
gritó mi madre-,
metes la mano
en el dulce
o
quitas, como la otra vez, la nata de la leche, te
voy a
enseñar
tal revolución que
no va a
haber quien te
conozca!
Me pasé varios
días seguidos leyendo.
Recuerdo
que del primer libro, de los dos que elegí, leí
sólo tres
páginas. Ese libro, tomado al buen tuntún, se
titulaba
La
Filosofía de la
Miseria. Entonces no
entendí
absolutamente
nada de aquella
enrevesada filosofía.
En cambio, el otro libro, que contenía unos relatos
de
Stepniak-Kravchinski, lo entendí; lo leí hasta el
fin y
lo releí.
En
aquellos relatos todo
era al revés.
Los héroes
eran
los perseguidos por
la policía, y
los sabuesos
policíacos,
en lugar de
inspirar simpatía, no
despertaban
sino desprecio e
indignación. En
aquellos
libros se hablaba
de revolucionarios. Los
revolucionarios tenían
sus organizaciones e
imprentas
clandestinas. Preparaban sublevaciones
contra
los terratenientes, los
comerciantes y los
generales.
La policía los
combatía y los
detenía.
Entonces
los revolucionarios iban
a la cárcel
y al
patíbulo; los que quedaban vivos seguían su
lucha.
Me
resultó tan interesante
el libro porque,
hasta
entonces, yo no sabía nada de los revolucionarios.
Y
sentí mucho que Arzamás fuese una ciudad tan mala
que no se
oyera en ella
nada acerca de los
revolucionarios.
Ladrones hubo: a
los Tushkov les
habían
robado toda la
ropa tendida a
secar en la
buhardilla;
hubo también gitanos,
que robaban
caballos,
y hasta un
bandido de verdad,
Vania
Seliodkin,
que mató al
recaudador de las
contribuciones,
pero revolucionarios no
había
habido.
Capítulo quinto
Fedia,
Tim, Yasha Tsúkkershtein
y yo nos
disponíamos a jugar a los gorodkí1, cuando el hijo
del
zapatero
vino corriendo del
huerto y nos
comunicó
que dos balsas
de los Pantiushkin
y los Simakov
habían
amarrado en secreto
en nuestra orilla;
aquellos malditos almirantes estaban dando golpes
al
candado
para llevarse nuestras
balsas a la
orilla de
ellos.
Echamos a correr,
dando alaridos, al
huerto. Al
vernos, los adversarios saltaron prestos a sus
balsas y
zarparon.
Decidimos perseguir y hundir al enemigo.
Aquel
día mandaba el
acorazado Fedia. Mientras
él y Yasha
apartaban de la
orilla la pesada
y torpe
balsa,
Tim y yo
nos dirigimos en
nuestra vieja
embarcacioncita
a cortar el
paso al enemigo.
Nuestros
adversarios cometieron en
seguida una
falta. Por lo visto, no se imaginaban que los
íbamos a
perseguir y, en vez de ir derechos a su orilla,
tomaron
rumbo a la
izquierda, alejándose. Cuando
se dieron
cuenta de su error, estaban ya lejos, y ahora
reunían
todas sus fuerzas para intentar pasar antes de que
nos
diese tiempo de interceptarles el camino. Pero
Fedia
y Yasha no podían soltar la balsa grande. A Tim y a
mí nos esperaba
la heroica misión
de contener en
nuestra
frágil embarcacioncita durante
varios
minutos las fuerzas redobladas del enemigo.
Nos
vimos sin apoyo
frente a la
escuadra
adversaria y abrimos valientemente fuego contra
ella.
Ni que decir tiene que fuimos en el acto blanco de
un
fortísimo fuego cruzado.
Yo recibí dos terronazos en la espalda, y a Tim le
tiraron
la gorra al
agua. Se nos
iban agotando los
proyectiles,
estábamos ya empapados
de agua, y
Fedia y Yasha acababan de zarpar.
Al
advertirlo, el enemigo
decidió abrirse paso,
arrollando lo que se le pusiera por delante.
Nosotros no podíamos soportar el choque con las
balsas
de ellos, pues
nuestra cancilla hubiera
ido
irremediablemente a pique:
- ¡Fuego huracanado con los últimos proyectiles! -
mandé.
Con nuestras desesperadas
salvas contuvimos al
enemigo medio minuto nada más. Nuestro acorazado
se apresuraba en nuestra ayuda a toda marcha.
- ¡Resistid! -nos gritó Fedia, abriendo fuego desde
gran distancia.
Pero los barcos
enemigos estaban ya
casi a
nuestro
lado. No nos
quedaba otro recurso
que
dejarles
pasar hacia su
puerto defendido o
interceptarles
el paso, arriesgándonos a
presentar un
1 Gorodkí: juego consistente en unos tarugos
cilíndricos de madera, con los que se hacen ciertas
figuras en un cuadrado, marcado en el suelo, del
que
se deben sacar, arrojándoles unos palos. (%. del
T.)
9
10
combate mortal. Me decidí por este último.
Dando
un fuerte impulso
con la pértiga,
puse
nuestra balsa en medio del rumbo de ellos.
La primera balsa enemiga chocó con fuerza contra
nosotros,
y Tim y
yo nos vimos
en el acto
con la
cálida y mohosa agua al cuello. Pero el choque hizo
que la balsa del adversario también se detuviera.
No
necesitábamos otra
cosa. Nuestro
poderoso
acorazado, inmenso, torpón, pero resistente,
embistió
a toda marcha a una embarcación enemiga y le dio la
vuelta.
Aún les quedaba
a los adversarios
el
destructor,
hecho del dornajo
de los animales.
Aprovechando
su celeridad, quiso
pasar de largo,
pero le dimos la vuelta con la pértiga.
Tim y yo
nos subimos a
la balsa de Fedia,
ahora
sólo
emergían de la
superficie las cabezas
de la
tripulación adversaria.
Fuimos
magnánimos: tomamos a
remolque las
balsas
volcadas, permitimos a
los vencidos que se
subieran a ellas y
llevamos triunfalmente,
acompañados por los sonoros gritos de los
chiquillos
que
llenaban las vallas
de los huertos,
trofeos y
prisioneros a nuestro puerto.
Recibíamos
muy de tarde
en tarde cartas
de mi
padre, pues escribía poco y siempre lo mismo:
"Estoy
sano y salvo,
seguimos en las trincheras y
a esto no
parece vérsele el fin".
Las
cartas de mi
padre me decepcionaban. ¿Qué
significaba
aquello, en realidad?
Un hombre del
frente y no
podía escribir nada
interesante. Bien
podría
describir un combate,
un ataque o
alguna
hazaña
heroica, pues así,
leía uno la
carta y le
producía
la impresión de
que en aquel
frente era
mayor
el aburrimiento que
en Arzamás cuando
se
formaba el barro en otoño.
¿Por
qué algún otro,
como el alférez
Túpikov,
hermano de Mitia, por ejemplo, escribía cartas, en
las
que
describía batallas y
proezas, y cada
semana
enviaba una foto? En una estaba retratado al lado
de
un
cañón; en otra,
al lado de
una ametralladora; en
otra, montado a caballo y con el sable
desenvainado;
envió otra más, en la que asomaba la cabeza desde
un
aeroplano.
Mientras que mi
padre no se
había
retratado
no ya en
un aeroplano, sino
ni siquiera en
las trincheras ni escribía nada interesante.
En cierta ocasión, atardecía y llamaron a la puerta
de
nuestra casa. Entró
un soldado con
muleta y una
pierna
de palo y
preguntó por mi
madre. Ella no
estaba
en casa, pero
debía llegar pronto.
El soldado
dijo que era camarada de mi padre, que servía con
él
en el mismo regimiento;
regresaba ya
definitivamente
a su casa,
a un pueblo
de nuestro
distrito, y nos traía una carta y recuerdos de mi
padre.
Se sentó en una silla, apoyó en la estufa la muleta
y, tras rebuscar
en el seno,
sacó de allí
una carta
mugrienta.
Me
extrañó en seguida
el extraordinario grosor
Arkadi Gaidar
del
sobre. Mi padre
jamás enviaba cartas
tan
voluminosas,
y se me
ocurrió pensar que,
probablemente, traía fotos.
- ¿Ha servido
usted con él,
en el mismo
regimiento? -le interrogué, mirando con curiosidad
el
rostro
delgado y, según
me pareció, sombrío
del
soldado,
el capote gris
y arrugado, con
la Cruz de
San
Jorge, y el
tosco palo ajustado
a la pierna
izquierda.
- En el mismo regimiento, en la misma compañía,
en la misma
sección y en
la misma trinchera,
codo
con codo... Tú eres su hijo, ¿no?
- Sí, soy su hijo.
- Entonces, ¿eres Morís? Sé de ti. Tu padre me ha
hablado
de ti. Te
traigo un regalo
de él. Pero
te
encarga que
lo escondas y
no lo toques
hasta que él
vuelva.
El
soldado metió la
mano en su
bolsa de cuero,
hecha
por él mismo
de unas polainas;
a cada
movimiento que hacía, por la habitación se
extendían
oleadas
de sofocante olor
a yodoformo. Sacó
un
envoltorio
de trapo, fuertemente
atado, y me
lo dio.
El
envoltorio era pequeño,
pero pesado. Quise
abrirlo, pero el soldado me dijo:
- Aguarda, no tengas prisa. Ya lo verás.
- ¿Qué tal les va por el frente, cómo marchan los
combates,
qué moral tienen
nuestras tropas? -le
interrogué con calma y respeto.
El
soldado me miro
y entornó los
ojos. Bajo su
dura y algo
irónica mirada me
turbé, y la
propia
pregunta me pareció un tanto enfática y
afectada.
-
¡Míralo! -dijo el
soldado y se
sonrió-. ¡Qué
moral! No hay duda, querido, de la moral que puede
haber en las trincheras... Mala. Peor de lo que
apesta
un retrete.
El
soldado sacó la
petaca, lió en
silencio un
cigarro,
echó una bocanada
de irritante humo
de
tabaco barato y, mirando por encima de mi cabeza a
la ventana, enrojecida por la puesta del sol,
añadió:
- Estamos hasta la coronilla, todo nos tiene
hartos.
Y no se le ve el fin.
Entró mi madre. Al ver al soldado, se detuvo en el
umbral y se apoyó en el puño de la puerta.
- ¿Ha... pasado algo? -inquirió, lívidos los
labios-.
¿Le ha pasado algo a Alexéi?
- ¡El padre
ha enviado una
carta! -grité-. Es un
sobre muy grueso... de seguro que trae fotos. Y a
mí
también me ha enviado un regalo.
- ¿Esta bien? -le interrogó la madre, quitándose el
chal-. En cuanto vi desde el umbral el capote gris,
me
dio un vuelco el corazón. Pensé que le había pasado
algo al padre.
- Por ahora
no le ha
pasado nada -repuso
el
soldado-.
Manda muchos recuerdos
y me pidió
que
les
trajera esta carta.
No quiso enviarla
por correo...
El correo ahora no es seguro.
La
madre abrió el
sobre. No contenía
fotos, sólo
un manojo de cuartillas escritas y mugrientas.
La escuela
A una cuartilla
se había adherido
un trocito de
arcilla
y una brizna
de hierba seca,
pero de color
verde.
Desenvolví el envoltorio: había en él una pequeña
pistola máuser y un cargador de reserva.
- ¡Qué otra
cosa se le
ha ocurrido a
tu padre! -
exclamó,
enojada, mi madre-.
¿Acaso esto es un
juguete?
- No te
preocupes -repuso el
soldado-. ¿Acaso tu
hijo es tonto?
Míralo qué alto
está ya, pronto
me
alcanzará
a mí. Que
la esconda mientras
tanto. Es
una
buena pistola. La
encontró Alexéi en una
trinchera alemana. Es muy buena. Siempre puede ser
útil.
Toqué la
fría culata y, tras envolver
cuidadosamente la pistola, la metí en un
cajón.
El
soldado tomó té
con nosotros. Se
bebió unos
siete vasos y nos contó muchas cosas de mi padre y
de la guerra. Yo me bebí medio vaso nada más, y mi
madre
no tocó siquiera
su taza. Rebuscó
entre sus
frascos, sacó uno de alcohol y le escanció al
soldado
en un vaso. Este entornó los ojos, lo rebajó con
agua
y, luego de bebérselo lentamente, exhaló un suspiro
y
sacudió la cabeza.
- Qué cochina vida es la de ahora -dijo, apartando
el
vaso-. Me han
escrito de casa
que la hacienda
va
de capa caída.
¿Y cómo podía
haber ayudado yo?
Nos
hemos pasado hambrientos
meses enteros. Me
entraba tal pena
que a veces
pensaba que mejor
hubiera sido morir. ¡La gente está ya más que
harta!
A veces le reconcome a uno el alma igual que el
agua
turbia
hierve en una
caldera. Y piensa
uno entonces
que, si tuviera fuerzas, lo mandaría todo al cuerno
y
se
volvería a casa. ¡Que
combata quien quiera,
pues
yo no les he pedido nada prestado a los alemanes ni
ellos
me deben nada
a mí! Alexéi
y yo hemos
hablado mucho de eso. De luz a luz... Las pulgas no
dejan
dormir. Nuestro único
entretenimiento es
cantar
y hablar. Alguna
vez quisiera uno
llorar o
estrangular
a alguien, pero
se sienta y
se pone a
cantar.
Se nos han
secado las lágrimas
y no nos
llegan las manos
para volcar nuestra
rabia sobre
quien
se lo merece.
¡Ay, dice uno,
muchachos,
buenos
amigos, queridos camaradas,
cantemos al
menos!
Al
soldado se le
puso la cara
colorada y se le
cubrió
de sudor, en
tanto que el olor
del yodoformo
se
extendía más y
más por la
habitación. Abrí la
ventana.
Entró en seguida
el fresco de
la noche, el
aroma
del heno hacinado
en los corrales
y el de las
cerezas pasadas de sazón.
Me senté en el antepecho de la ventana, me puse a
dibujar con un dedo en el cristal y escuché qué
decía
el
soldado. Sus palabras
me dejaban en
el alma un
sedimento
de polvo amargo
y seco, y
ese polvo fue
cubriendo
poco a poco,
con una espesa
capa, todas
las
nociones, claras y
comprensibles hasta entonces,
que yo tenía
de la guerra,
sus héroes y
su sagrada
importancia. Miré casi con odio al soldado. Se
quitó
el cinto, se desabrochó el cuello húmedo de la
camisa
y, probablemente ebrio, prosiguió:
- Claro es que morir está mal. Pero la guerra no es
tan
mala por lo
que mata, sino
por lo que
agravia.
Morir no es una ofensa. Tarde o temprano todos nos
hemos de morir,
eso es de
ley. Pero ¿quién
ha
inventado la ley de hacer la guerra? Yo no me la he
inventado,
ni tú te
la has inventado,
ni él se
la ha
inventado, pero alguien se la ha inventado. Pues
bien,
si Dios, nuestro Señor, fuese todopoderoso,
clemente
y
misericordioso, como escriben
en los libros,
bien
podría llamar a esa persona y decirle:
"Respóndeme,
¿qué falta te hacía enzarzar en la guerra a
millones de
hombres
de varios pueblos?
¿Qué provecho les
reporta a ellos y qué provecho te reporta a ti?
Dímelo
todo,
sin ocultar nada,
para que lo
tenga claro y lo
entienda
todo el mundo".
Pero... -al articular
esta
palabra,
el soldado se
inclinó y casi
se le cayó
el
vaso-.
Pero... parece que
al Señor no
le agrada
inmiscuirse
en los asuntos
terrenales. Pues bien,
esperaremos,
nos aguantaremos. Somos
un pueblo
paciente.
Pero, cuando se
nos acabe la
paciencia,
tendremos,
por lo visto,
que encontrar nosotros
mismos a los jueces y a los acusados.
El
soldado se calló,
frunció el ceño
y miró de
reojo a mi madre, que, puestos los ojos en el
mantel,
no había dicho esta boca es mía en todo el tiempo.
El
se puso en pie y, tendiendo la mano hacia el plato
de
los arenques, dijo en tono conciliador y de
reproche:
- Pero qué
estoy diciendo... ¡Vaya
conversación
que hemos sacado!
Tonterías... Todo llegará
y todo
tendrá su fin. ¿No te queda más en la botella?
Y mi madre, sin alzar la vista, le echó en el vaso
unas gotas más de oloroso alcohol.
Aquella noche mi madre se la pasó llorando; yo la
oí a través del tabique; me llegaba el rumor del
papel,
al
volver mi madre
las hojas de
la carta. Luego,
por
una rendija, vi un instante la macilenta luz
verdosa de
la
lamparilla de aceite,
y adiviné que
mi madre
rezaba. No me enseñó la carta de mi padre. Me quedé
sin
saber por entonces
qué escribió él
y cuál fue la
causa de las lágrimas de ella.
El
soldado se fue
de nuestra casa
a la mañana
siguiente.
Antes de marcharse, me dio unas palmaditas en la
espalda y me dijo, como si yo le hubiera preguntado
algo:
- No le
hace, querido... Eres
joven. ¡Aún verás
más cosas que nosotros!
Se
despidió y alejó,
renqueando con la
pata de
palo y llevándose su muleta, el olor del yodoformo
y
el
deprimente estado de
ánimo en que
nos habían
sumido
su presencia, su
risa como la
tos y sus
amargas palabras.
Capítulo sexto
El
verano tocaba a
su fin. Fedia
estaba muy
11
12
ocupado,
preparándose para repetir
un examen: a
Yasha Tsúkkershtein le dio una calentura, y yo me
vi
solo de improviso.
Me pasaba el tiempo tendido en la cama, leyendo
libros de mi padre y los periódicos.
No se oía
nada de que
la guerra terminase.
A la
ciudad
llegaron numerosos evacuados,
pues los
alemanes habían avanzado mucho y ocupado ya más
de la mitad
de Polonia. Los
evacuados más ricos
se
instalaron
en casas particulares,
pero eran pocos.
A
nuestros comerciantes, frailes y popes, gente
devota,
no les agradaba
que entrasen en
sus casas los
evacuados, hebreos pobres de familia numerosa en su
mayoría, y éstos vivían principalmente en barracas
al
lado de la arboleda, en las afueras.
Para entonces todos los jóvenes y hombres sanos
de las aldeas habían sido enviados al frente.
Muchas
haciendas se vinieron abajo. No había quien
trabajase
en el campo,
y a la ciudad acudieron
muchos
mendigos ancianos, mujeres y niños.
Antes podía uno caminar todo el día por las calles
y no encontraba
a ningún desconocido.
Podía uno
desconocer
el apellido de
alguien, pero no
su cara;
ahora veía a cada paso a gente desconocida, caras
de
otros pueblos: hebreos, rumanos, polacos,
prisioneros
austríacos y soldados heridos del hospital de la
Cruz
Roja.
Faltaban
comestibles. La mantequilla,
los huevos
y la leche
se vendían caros
en el mercado
y se
terminaban temprano. En las panaderías se formaban
colas;
desapareció el pan
blanco, y el
negro no
llegaba
para todos. Los
comerciantes subían sin
miramientos
los precios de
todos los artículos,
incluso de los no comestibles.
Se
decía en nuestra
ciudad que sólo
Bebeshin
había
ganado en el
último año tanto
como en los
cinco anteriores. Y Siniuguin se enriqueció tanto
que
dio
seis mil rublos
para construir un
templo,
abandonó
su torre del
telescopio y encargó
que le
trajeran
de Moscú un
cocodrilo auténtico, vivo,
que
soltó en una piscina, hecha para el caso.
Cuando
llevaron el cocodrilo
desde la estación,
fueron tantos los curiosos que siguieron tras el
carro,
que Grisha Bocharov, el sacristán bizco de la
iglesia
del
Salvador, tomó la
muchedumbre por una
procesión que llevaba en andas el icono de la
Virgen
del Oranca, y tocó las campanas. El obispo le
impuso
por eso trece
días de penitencia.
Muchos devotos
dijeron
que Grisha mentía
al decir que
había tocado
por
equivocación, pues lo
había hecho adrede,
por
travieso;
que le habían
puesto poca penitencia
y
debían haberlo metido en la cárcel, para que
sirviera
de
escarmiento, pues aún
se podía tolerar
el
confundir
un entierro con
una procesión, pero
que,
confundir aquel asqueroso animal con el icono de la
purísima, era pecado mortal.
Cerré
el libro y
salí presto a
la calle. No
tenía
Arkadi Gaidar
nada que hacer y corrí a las afueras, al
cementerio, a
casa de Tim
Shtukin. Tim no
estaba en su
casa. Su
padre,
un anciano canoso
y robusto, viejo
conocido
del
mío, me dio unas palmaditas en la
espalda y me
dijo:
- Te estás
haciendo un hombre,
¿eh, muchacho?
Cuando
venga tu padre
no te va
a conocer. ¡Has
salido a tu
padre, eres tan
alto como él!
Mi Tim ha
salido a su abuelo, por línea materna, es tan
endeble
como un mosquito. ¿Dónde echará lo que come? ¿Tu
padre está bien? Cuando le escribáis, dadle
recuerdos
de mi parte.
Es un buen
hombre, un hombre
de
verdad. Trabajamos ocho años juntos en la escuela
de
un pueblo. El, de maestro; y yo, de celador... Hace
ya
mucho...
Tú eras un
niño de pecho, no
te acordarás.
¡Bueno,
te dejo! Tim
está por aquí,
cazando
jilgueros. Busca entre los abedules, allá, en el
rincón,
tras
las tumbas de
los soldados. Más
cerca no se
atreve,
pues si lo
ve el mayordomo
de la iglesia,
le
riñe...
Encontré
a Tim en
el bosquecillo de
abedules.
Estaba al pie de un árbol y, sosteniendo en una
mano
una
vara con un
lazo, lo acercaba
cauteloso, por
debajo,
a un jilguero,
que apenas se
distinguía entre
el
follaje, medio amarillo.
Me lanzó una
mirada de
susto,
casi suplicante, y
sacudió la cabeza
para que
yo no avanzase
más y no
espantara al pájaro.
Me
detuve.
Creo que jamás ha habido en el mundo un pájaro
más
tonto que el
jilguero. Los chiquillos
que cazan
pájaros
atan un pelo
de caballo al
extremo de una
vara larga, y hacen un lazo, que echan con cuidado
al
cuello del jilguero.
Tim acercó lentamente el extremo de la vara a la
misma cabeza del pajarito. El jilguero miró el lazo
de
reojo y pasó,
perezoso, a la
rama contigua. Sacando
la
punta de la
lengua y conteniendo
la respiración,
Tim
empezó a acercar
el lazo otra
vez. El bobo
del
jilguero
miraba curioso lo
que Tim hacía.
Permitió
tontamente que el lazo le rodease la cabeza,
erizada.
Tim
tiró del palo,
y el jilguero, medio
asfixiado, sin
haberle
dado tiempo a
piar, voló a
tierra, agitando,
desesperado,
las alas. Momentos
después saltaba ya
en una jaula con otros cinco cautivos de su
especie.
- ¿Has visto? -gritó Tim, saltando a la pata coja-.
Ahí
tienes, hermano, la
maña que me
doy... seis
pájaros.
Lo único es
que todos son
jilgueros. A los
herrerillos no se los atrapa así... Hay que
capturarlos
con
trampas o arcos...
¡Son muy pillos!
Pero estos
tontos meten ellos mismos la cabeza...
De pronto Tim se calló a mitad de palabra y puso
una cara como si le hubiesen pegado un estacazo en
la
cabeza. Tras amenazarme
con el dedo,
se estuvo
un rato sin
moverse; luego volvió
a saltar y me
interrogó:
- ¿Has oído?
- No he oído nada, Tim. He oído el silbido de una
locomotora en la estación.
La escuela
- ¡Dios mío!
¡No lo ha
oído! -repuso asombrado,
juntando
las manos-. ¡Un
petirrojo!.... ¿No has
oído
cómo ha silbado?...
Un petirrojo de
verdad. Lo
conozco por el
silbo, lo estoy
siguiendo ya más de
una
semana. ¿Sabes dónde
enterraron al abogado?
Pues
allí está el
petirrojo, en los
arces se esconde.
Los
arces son allí
muy espesos, y
ahora tienen las
hojas rojas como el fuego, muy vivo... Vamos a
ver.
Tim
conocía todas las
tumbas y monumentos.
Saltando
como un pájaro,
al caminar, me fue
enseñando:
- Aquí yace
un bombero... se
quemó el año
pasado;
y aquí, Churbakin,
el ciego. Aquí
todos son
de esta clase,
pues a los
fabricantes y comerciantes
los
entierran en otro
sitio; pues ellos
han elegido
buena
tierra... Mira qué
monumento han puesto
a la
abuela
de Siniuguin, con
arcángeles. Y aquí
-dijo
Tim,
señalando con el
dedo una elevación
apenas
perceptible-, está el estrangulado. Mi padre dice
que
se
estranguló él mismo,
adrede... Era ajustador
del
depósito
de locomotoras. No
me cabe en
la cabeza
cómo puede uno estrangularse a si mismo
adrede.
- Seguramente por la mala vida que llevaba, pues,
de haber vivido bien, no se hubiese
estrangulado.
- ¡Qué cosas
tienes! -protestó, asombrado,
Tim-.
¿Por qué hablas de mala vida? ¿Acaso es mala?
- ¿Qué es mala?
- ¡La vida,
hombre! ¡Es magnífica!
¿Cómo se
puede
creer que la
muerte sea mejor?
Cuando uno
está vivo, corre
y hace lo
que quiere; muerto,
tiene
que yacer quieto.
Dicho lo cual, Tim
soltó unas sonoras carcajadas
y
volvió a quedar
inmóvil, como si
lo hubieran
parado
de un golpe,
y, tras permanecer
quieto un
rato, susurró:
- No hagas
ruido ahora... Está
por aquí cerca,
se
esconde...
¡Es muy pillo!
Lo capturaré, por
mucho
que se esconda.
Volví a casa, ya anochecido. Tim era un chiquillo
extraño, tenía sólo año y medio menos que yo, y era
tan
pequeño que no
se le podían
dar, no digo
doce
años,
sino ni siquiera
diez. Siempre estaba
trajinando; los camaradas se burlaban de él, le
daban
a menudo papirotazos, pero él no se enfadaba nunca
por mucho tiempo. Cuando Tim pedía algo, digamos,
una navaja para sacar punta a un lápiz, o una
pluma,
o que le
ayudasen a resolver
un problema difícil,
siempre
miraba a la
cara, poniendo unos
ojos muy
redondos,
y se sonreía,
no sé por
qué, como si se
sintiera
culpable de algo.
Era cobarde, pero
su
cobardía
era especial. Cuando
más miedo tenía,
era
cuando
se aproximaba el
inspector o el
director. Un
buen día, durante una lección, entró el portero y
dijo
que llamaban a Tim a la sala de los maestros. Tim
no
pudo ponerse en pie en seguida; luego recorrió con
la
mirada
toda la clase,
como si preguntara:
"¿Por qué
será? A fe
mía, que no
tengo la culpa
de nada”. La
cara,
algo pecosa, se
le puso lívida,
y él salió
de la
clase, dando traspiés.
Durante
el recreo nos
enteramos de que
no lo
habían
llamado para ponerle
grilletes ni enviarlo
a
trabajos
forzados, ni siquiera
para inscribirlo en el
libro
de la mala
conducta, sino, simplemente,
para
que
firmase por el
manual de Aritmética
que había
recibido gratis el año anterior.
Al cabo de
dos días empezaron
las lecciones. En
la
clase había mucho
ruido y alboroto.
Cada cual
contaba cómo había pasado el verano, cuántos peces
y
cangrejos había pescado
y cuántas lagartijas
y
erizos
cazado. Uno se
jactaba de haber
matado un
gavilán;
otro hablaba con
pasión de setas
y fresas;
otro
juraba que había
capturado una serpiente
viva.
Contábanse
también entre nosotros
quienes habían
ido a veranear
a Crimea y
al Cáucaso, a
balnearios.
Pero
eran pocos. Se
mantenían aparte, no
hablaban
de
erizos ni fresas,
sino de palmeras,
baños y
caballos, y lo hacían con aplomo.
Este
año nos anunciaron
por primera vez
que,
debido
a la carestía,
el ecónomo había
permitido
llevar
uniforme de material
barato, en lugar
del de
lana.
Mi
madre me cosió
una guerrera y unos
pantalones
de un material
que llamaban "piel
del
diablo".
En
verdad, aquella piel
debían habérsela
arrancado
efectivamente al diablo,
pues cuando, en
una ocasión, al escaparme del huerto del convento
de
un
frailazo fortachón, que
me persiguió blandiendo
un
palo, me enganché
de un clavo
de la valla,
los
pantalones no se me rompieron, y yo quedé colgando
en la valla, gracias a lo cual el fraile pudo darme
dos
tremendos pescozones.
Hubo otra innovación en nuestro liceo: enviaron a
un oficial; nos dieron fusiles de madera, que
parecían
de
verdad, y empezaron
a enseñarnos la
instrucción
militar.
Después de la carta de mi padre, que nos trajo el
soldado
cojo, no volvimos
a recibir ninguna
más.
Cada
vez que el
padre de Fedia
pasaba por la
calle
con la cartera,
mi hermanita, que
permanecía largos
ratos en su espera, asomaba la cabeza por la
ventana
y le gritaba con su fina vocecita:
- ¡Tío Serguéi! ¿No hay carta de mi papá?
Y el cartero respondía siempre:
- ¡No hay, hijita, hoy no hay carta! Mañana habrá,
seguramente.
Pero al día siguiente tampoco había carta.
Capítulo séptimo
Un día, ya en septiembre, Fedia estuvo en mi casa
hasta
bien entrada la
noche. Estudiamos juntos
las
lecciones.
Así que hubimos
terminado, y él
hubo recogido
los
libros y cuadernos
para irse a
casa, empezó a
llover de pronto a cántaros
13
14
Corrí a cerrar la ventana que daba al huerto.
Las
ráfagas de viento
levantaban del suelo,
Arkadi Gaidar
Oí el ruido de sus pasos en los peldaños. Sonó la
cerradura. Y, en el mismo instante, llegó hasta mí
un
silbando,
montones de hojas
secas; varias gotas
grandes me dieron en la cara.
Cerré a duras penas una hoja de la ventana, saqué
el
cuerpo para alcanzar
la otra hoja,
cuando,
súbitamente, un terrón dio en el alféizar.
"¡Qué
ventolera!, pensé. Puede
romper los
árboles".
Cuando
volví a la
habitación contigua, dije a
Fedia:
- Hace un
verdadero temporal. ¿Adónde
vas,
tontaina? ¡Menudo chaparrón está cayendo! Mira qué
terrón ha lanzado el viento a la ventana.
Fedia miró incrédulo:
- ¿Para qué mientes? ¿Es que el viento puede tirar
un terrón como éste?
- ¡Y dale! -repuse, enojado-. Te lo estoy diciendo:
apenas me puse a cerrar la ventana, cuando dio en
el
alféizar.
Miré el terrón.
¿No lo habría
arrojado alguien,
efectivamente, adrede? Pero desistí en el acto de
esa
idea y dije:
- ¡Qué tonterías!
¿Quién lo puede
haber tirado?
¿Quién va a venir al huerto con este temporal? Pues
claro que ha sido el viento.
Mi madre estaba
cosiendo en la
habitación
contigua.
Mi hermanita dormía.
Fedia se quedó
en
casa media
hora más. Escampó.
La luna se
asomó a
la
habitación por la
mojada ventana. El
viento
empezó a amainar.
- Bueno, me voy -dijo Fedia.
- No te
detengo. No saldré
contigo a cerrar
la
puerta.
Da un golpe
fuerte, y la
aldabilla se cerrará
sola.
Fedia
se encasquetó la
gorra, se metió
los libros
en el seno
para que no
se mojaran y
se fue. Oí el
fuerte ruido de la puerta, al cerrarse.
Empecé
a quitarme las
botas para acostarme.
Al
poner
la vista en
el suelo, vi
un cuaderno de
Fedia,
que se la había caído y había quedado olvidado. Era
la libreta en la que habíamos resuelto los
problemas.
"¡Qué
tonto!, pensé. La
primera lección que
tenemos mañana es la de Algebra... La va a echar de
menos. Se la llevaré al liceo".
Me
desnudé, me metí
entre las sábanas,
mas, no
me dio tiempo a volverme de costado, cuando, en el
vestíbulo, oyó se una llamada queda y
cautelosa.
-
¿Quién podrá ser?
-interrogó, asombrada, mi
madre-.
¿No será un
telegrama del padre?...
No, el
cartero tira fuerte del llamador. Anda, ve y
abre.
- Mamá, ya
me he desnudado.
Será Fedia; se ha
dejado un cuaderno olvidado y se habrá dado cuenta
por el camino.
- ¡Qué bobo!
-exclamó, enojada, mi
madre-. ¿No
hubiera podido venir por la mañana? ¿Dónde está el
cuaderno?
Tomó el cuaderno, se puso los zapatos y salió.
grito ahogado, contenido. Me puse en pie de un
salto.
El primer momento pensé que a mi madre la habrían
atacado unos bandidos, y, asiendo la palmatoria,
que
estaba
encima de la
mesa, tuve la
intención de
romper
con ella el
cristal de la
ventana y gritar
a la
calle. Pero abajo se oyó algo así como risas o
besos y
un
animado y quedo
susurro. Luego se
oyeron los
pasos de dos pares de pies que subían la
escalera.
Se abrió la puerta, y me quedé de una pieza en la
cama, desnudo y con la palmatoria en la mano.
En el umbral,
arrasados de lágrimas
los ojos,
estaba,
feliz y risueña,
mi madre; y
a su lado,
sin
afeitar,
sucio de barro
y calado hasta
los huesos, el
soldado a quien yo más quería: mi padre.
Di un salto y me vi estrechado entre sus robustos
y enrudecidos brazos.
En la otra
habitación se removió
en la cama
mi
hermanita,
turbado su sueño
por el ruido.
Quise ir
corriendo a despertarla, pero mi padre me contuvo y
dijo a media voz:
- No la
despiertes, Boris... y
no hagáis mucho
ruido.
Al decir eso, se dirigió a mi madre:
- Varvara, si la chica se despierta, no le digas
que
he
venido. Que duerma.
¿Adónde llevarla estos
tres
días?
La madre respondió:
- La llevaremos
mañana temprano a
Ivánovskoe.
Hace
tiempo que quiere
que la llevemos
con la
abuela. Parece que el cielo se ha despejado. Boris
la
llevará
tempranito. Alexéi, no
hables tan bajo,
tiene
el
sueño pesado. A
veces vienen por
la noche a
llamarme para que vaya
al hospital,
está
acostumbrada.
Me
quedé con la
boca abierta, sin
dar crédito a
mis oídos.
"¿Cómo?... ¿Quieren llevar a la pequeña Tania,
de
ojos redondos, tan pronto como amanezca, a casa de
la abuela, para que no vea al padre, que ha venido
a
pasar unos días? ¿Qué significa eso?... ¿Para
qué?"
-
¡Boris! -me dijo
mi madre-. Acuéstate
en mi
habitación, y por la mañana, a eso de las seis,
viste a
Tania y llévala a casa de la abuela... Y no digas
allí a
nadie que ha venido tu padre.
Miré a mi padre. Me estrechó fuertemente contra
su pecho, quiso decirme algo, pero, en vez de eso,
me
abrazó con más fuerza aún y no dijo nada.
Me acosté en
la cama de
mi madre; mi
padre y
ella se quedaron en el comedor y cerraron la
puerta.
Tardé mucho en dormirme. Me volvía de un costado
al
otro, probé a
contar hasta cincuenta
y hasta cien,
pero no conciliaba el sueño.
Se me formó
un caos en
la cabeza. En
cuanto
empezaba
a pensar en
todo lo que
había pasado,
chocaban entre sí pensamientos contradictorios, y
me
venían a la cabeza suposiciones a cual más
absurdas.
La escuela
Empecé
a sentir una
ligera opresión en
las sienes,
como la que siente uno cuando da muchas vueltas en
un tiovivo.
Me
dormí ya muy
tarde. Me despertó
un ligero
chirrido. Mi padre había entrado en la habitación
con
una vela encendida.
Entreabrí
los ojos. Mi
padre, con calcetines,
se
acercó
sigiloso a la
camita de Tania
y bajó la
vela.
Permaneció así unos tres minutos, contemplando los
trigueños
rizos y la
sonrosada carita de
la pequeña
durmiente. Luego se inclinó sobre ella. Pugnaban en
él dos sentimientos: el deseo de acariciarla y el
temor
a
despertarla. Venció el
segundo sentimiento.
Irguióse presto, dio la vuelta y salió de la
habitación.
La puerta volvió a chirriar, y la habitación quedó
a oscuras.
....El reloj dio las siete. Abrí los ojos. A través
de
las
hojas amarillas del
abedul, al otro
lado de la
ventana, brillaba el sol. Me vestí deprisa y miré a
la
habitación
contigua. Mis padres
dormían. Cerré la
puerta y desperté a mi hermanita.
-
¿Dónde está la
mamá? -interrogó ella,
restregándose
los ojos y
poniéndolos en la
cama
desocupada.
- A la mamá la han llamado del hospital. Cuando
se fue me
dijo que te
llevara de visita
a casa de la
abuela.
Mi
hermanita se echó
a reír y
agitó con picardía
un dedo:
- ¡No me
engañes, Boris! La
abuela pidió ayer
mismo a la madre que me dejara ir con ella, y no me
dejó.
- Ayer no te dejó, pero hoy lo ha pensado mejor.
Vístete pronto... Mira qué tiempo tan bueno hace.
La
abuela te llevará al bosque a recoger serbas.
Cuando
me creyó y
se convenció de
que no le
gastaba
ninguna broma, mi
hermanita se levantó
rápida
y, mientras le
ayudé a vestirse,
no dejó de
hablar:
- ¿Conque la mamá lo ha pensado mejor? ¡Cuánto
me
gusta cuando la
mamá lo piensa
mejor! Boris,
vamos a llevarnos
la gatita Lizka...
¿No quieres?
Entonces
llevémonos el perro
Zhuchok. Es más
divertido...
¡Ayer me lamió
la cara! Pero
la mamá
riño. No le gusta que el perro lama la cara. Una
vez
Zhuchok
le lamió la
cara a ella,
cuando estaba
acostada en el huerto, y lo ahuyentó con una
vara.
Mi hermanita se bajó de la cama y corrió hacia la
puerta.
- Boris, ábreme la puerta. Tengo allí el pañuelo en
un rincón y el cochecito.
La aparté de la puerta y la senté en la cama.
- Allí no
se puede entrar,
Tania, hay un
hombre
durmiendo. Vino ayer. Yo te traeré el pañuelo.
- ¿Qué hombre?
-interrogó ella-. ¿Como
la otra
vez?
- Sí, como la otra.
- ¿Con una pata de palo?
- No, con una pata de hierro.
- ¡Ay, Boris!
No he visto
nunca a nadie
con una
pata de hierro.
Déjame que mire
por una rendija,
despacito... de puntillas.
- ¡Lo que
vaya hacer es darte un mojicón! Estate
quieta.
Entré
cauteloso en la
habitación y volví
con el
pañuelo.
- ¿Y el cochecito?
- ¡Qué ocurrencias
tienes! ¿Para qué
quieres
cargar con el cochecito? Allí el tío Egor te
paseará en
un carro de verdad.
La
senda a Ivánovskoe
pasaba por la
orilla del
Tesha. Mi hermanita corría delante, parándose a
cada
instante para recoger un palito, mirar los gansos
que
nadaban en el agua o alguna otra cosa. Yo la seguía
despacio.
El frescor de
la mañana, la
glauca
extensión
de los campos
otoñales y el
monótono
tintineo
de las esquilas
de los rebaños
que pastaban
me sosegaban.
Y ahora, la obsesión que tanto me atormentara por
la noche, arraigó firmemente en mi cerebro, y ya no
me esforcé por que me abandonase.
Recordé
el terrón arrojado
al alféizar. Claro
que
no lo había lanzado el viento. ¿Cómo hubiera podido
el
viento arrancar de
un arriate un
terrón con tantas
raíces
enredadas?, lo había
arrojado mi padre
para
llamar
mi atención. Estuvo
escondido en el
huerto,
bajo la lluvia
y el temporal,
esperando que Fedia
se
marchase.
No quería que
mi hermanita lo
viese,
porque era pequeña y podía escapársele que él había
venido... Los soldados que venían con permiso no se
escondían ni querían que no los viese nadie...
Ya no me quedaba ninguna duda: mi padre había
desertado.
En el camino
de vuelta topé
de frente con el
inspector del liceo.
- Górikov -dijo, severo-, ¿qué es esto?... ¿Por qué
no está usted en clase a la hora de las
lecciones?
- Estoy enfermo
-respondí maquinalmente, sin
darme cuenta de lo absurdo de mi respuesta.
-
¿Enfermo? -interrogó, a
su vez, el
inspector-.
¿Qué tonterías está diciendo? Los enfermos están en
sus casas y no se pasean por las calles.
- Pues yo
estoy enfermo -repetí,
obstinado- y
tengo temperatura...
- Todas las personas tienen temperatura- profirió,
enojado-. No se invente tonterías y véngase conmigo
al liceo...
"¡No
me faltaba más!,
pensé, caminando tras
él.
¿Para
qué le habré
mentido, diciendo que
estoy
enfermo?
¿No se me
podía haber ocurrido,
sin decir
la verdadera causa, una explicación más verosímil
de
mis novillos?"
El anciano médico de la escuela me puso la palma
de la mano
en la frente
y, sin medirme
siquiera la
temperatura, diagnosticó en voz alta:
- Tiene un
ataque agudo de
pereza. En lugar
de
15
16
darle
medicinas, aconsejo ponerle
un mal en
conducta
y dejarlo dos
horas sin comer
después de
las lecciones.
El inspector aprobó, con aires de boticario ducho,
la receta.
Llamó a Semión,
el portero, y
le mandó que me
llevara a la clase.
Aquel día me sucedió una desgracia tras otra.
En el momento
que entré, la
alemana Elsa
Francíscovna
acababa de preguntar
a Toropyguin y,
molesta por mi entrada, a mitad de la lección,
dijo:
- ¡Górikov, kommen
Sie her! Conjúgueme
el
verbo haben.
Ieh habe, empezó ella.
, Du hast, apuntóme Chízhikov.
, Er hat ,recordé yo mismo-. Wir... -articulé, y me
quedé callado otra vez. No tenía vuelta de hoja:
aquel
día yo no estaba para conjugaciones alemanas.
,
Hastus -me apuntaron
malintencionadamente
desde el pupitre de atrás.
, Hastus -repetí yo maquinalmente.
- ¿Qué dice
usted? ¿Dónde tiene
la cabeza? Hay
que
pensar y no
escuchar lo que
apunte un tonto.
Demé su libreta.
- La he olvidado, Elsa Francíscovna; he preparado
las lecciones, pero me he olvidado todos los libros
y
libretas. Se los traeré durante el recreo.
- ¿Cómo se
pueden olvidar todos
los libros y
libretas?
-interrogó, indignada, la
alemana-. No los
ha olvidado, me está engañando. Se quedará una hora
castigado después de las lecciones.
- Elsa Francíscovna -protesté-, el inspector ya me
ha castigado hoy dos horas. ¿Para qué una hora más?
¿Voy a estarme aquí hasta la noche?
La
maestra soltó por
respuesta una larguísima
frase
en alemán, de
la que apenas
pude comprender
que la pereza y el engaño se deben castigar; y
entendí
bien que no me libraría de la tercera hora de
castigo.
Durante el recreo Fedia se acercó a mí:
- ¿Por qué
has venido sin
libros y te
ha traído
Semión a la clase?
Le
mentí. Me pasé
la siguiente lección,
la de
Geografía,
que era la
última, medio en
sueños. No
me enteré de lo que explicó el maestro ni de lo que
le
respondieron, y no volví a la realidad hasta que
sonó
el timbre.
El de guardia
pronunció la oración.
Los
muchachos,
dando golpes con
las tapas de los
pupitres, salieron corriendo, uno tras otro, de la
clase.
Me quedé solo.
"Dios mío, pensé triste, tres horas más...
tres horas
largas,
cuando mi padre
está en casa
y todo es tan
raro...”
Descendí
a la planta
baja. Junto a
la sala de los
maestros había un banco estrecho y largo, todo
lleno
de
cortes hechos con
navajas. En él
estaban ya
sentados
otros tres. Uno
del primer curso,
que lo
habían
dejado castigado una
hora por haber
tirado a
Arkadi Gaidar
un compañero una bola de papel masticado; otro, por
haber reñido; y el tercero, por haber querido
atinar un
escupitajo, desde el tercer piso, en la coronilla
de un
alumno que pasaba por debajo.
Me
senté en el
banco y me
puse a pensar.
Por
delante, haciendo ruido con las llaves, pasó el
portero
Semión.
Salió
el bedel de
guardia, que echaba
de tiempo
en tiempo un vistazo a los castigados, y,
bostezando
indolente, se retiró.
Me puse en
pie con sigilo
y miré al
reloj por la
puerta de
la sala
de los maestros. ¿Qué
era aquello?
No
había pasado más
que media hora,
y yo estaba
seguro
de que llevaba
allí sentado no
menos de una
hora.
De repente me asaltó un pensamiento delictivo:
"¿Que significaba aquello, en realidad? Yo no
era
ningún
ladrón ni estaba
detenido. En casa
estaba mi
padre, a quien no había visto durante dos años y
tenía
que ver ahora en aquellas circunstancias tan
extrañas
y
enigmáticas; y yo,
como si fuera
un presidiario,
¿tenía que estarme allí por el mero hecho de que se
le
hubiera ocurrido al inspector y a la
alemana?"
Me puse en
pie, y vacilé
en el mismo
instante.
Marcharse
uno sin permiso,
después de haber
sido
castigado, era en nuestro liceo uno de los delitos
más
graves.
"No
me voy, esperaré", resolví
y me encaminé
hacia el banco.
Pero en aquel
momento se apoderó
de mí una
rabia
incomprensible. "A pesar
de todo -pensé,
torciendo
el gesto-, mi
padre se ha
escapado del
frente... y a mí me da miedo escaparme de
aquí".
Me encaminé hacia
la percha, me
puse de
cualquier
manera el capote
y, dando un fuerte
golpe
con la puerta, salí a la calle.
Aquella
tarde mi padre
procuró abrirme los
ojos
ante muchas cosas.
- Papá -le
interrogué-, antes de
escaparte del
frente, tú eras valiente; no te has escapado por
miedo,
¿verdad?
-
Tampoco soy ahora
un cobarde -dijo
él con
calma, pero yo no pude menos de volver la cara a la
ventana y estremecerme.
Desde
enfrente venía directamente
hacia nuestra
casa un policía.
Caminaba despacio, contoneándose.
Llegó hasta la mitad de la calle y torció a la
derecha,
dirigiendo
sus pasos a
la plaza del
mercado, a lo
largo de la acera.
- No... viene...
hacia aquí -articulé
con voz
entrecortada,
casi silabeando y
con la respiración
acelerada.
La tarde siguiente, mi padre me dijo:
-
Boris, un día
de éstos pueden
venir a visitaros.
Esconde
lo mejor que
puedas el juguete
que te
mandé. ¡Mantente firme!
Ya
estás hecho un
hombre. Si te
molestan en el
liceo
por causa mía,
mándalo todo al
cuerno y no
La escuela
temas nada, presta
atención a lo
que ocurre en
derredor y comprenderás de qué te he hablado.
- ¿Nos veremos otra vez, papá?
- Sí nos
veremos. Vendré alguna
vez, pero no a
nuestra casa.
- ¿Adónde, pues?
- Ya te
enterarás. Cuando llegue
el momento, ya
os lo dirán.
Había
oscurecido ya del
todo, pero en
el banco,
junto a los
portones, estaba sentado
el zapatero con
su acordeón, y a su lado alborotaba todo un tropel
de
mozas y mozos.
- Ya es
hora de que me vaya
-dijo mi padre,
intranquilo a ojos vistas-, puedo hacer tarde.
-Papá, de seguro que no se irán hasta que se haga
bien de noche, pues hoy es sábado.
Mi padre frunció el ceño.
- Qué contratiempo. Boris, ¿no se podría pasar por
alguna
cerca o por
algún huerto contiguo?
Hala,
piensa... Tú debes conocer todos los agujeros.
- No -le respondí-, por los huertos contiguos no se
puede pasar. El de los Aglakov, a la izquierda,
tiene
una valla muy alta, con púas. Por el de la derecha
se
podría
pero allí hay
un perro tan
fiero como un
lobo...
Sabes, si quieres,
puedes bajar conmigo
al
estanque; allí tengo una balsa y te llevaré al
barranco
por
detrás de los
huertos. Ahora está
oscuro, nadie
nos reconocerá; además, por allí no pasa
gente.
Bajo el peso de mi padre, la balsa caló hondo, y el
agua nos subió por encima de las suelas. Mi padre
no
se movía. La balsa se deslizaba silenciosa por el
agua
negra.
La pértiga se
me enganchaba a menudo
en el
cenagoso fondo. Me costaba trabajo sacarla del agua
mohosa.
Intenté
dos veces, sin
lograrlo, arrimar la
balsa a
la orilla, pues el fondo del barranco era bajo y
estaba
mojado. Entonces tomé más a la derecha y atraqué al
huerto extremo.
Aquel
huerto estaba apartado,
no lo guardaba
nadie, y su valla estaba rota.
Acompañé a mi padre hasta el primer agujero, por
el que se
podía salir al
barranco. Allí nos
despedimos.
Estuve aún unos momentos de pie. El crujir de las
ramas
bajo los pesados
pasos de mi
padre fue
amortiguándose.
Capítulo octavo
Tres
días después, llamaron
de la policía
a mi
madre y le
comunicaron que mi
padre había
desertado. Le hicieron firmar una declaración de
que
"no
tenía noticias de
su paradero actual,
y si las
llegaba a
tener, se comprometía a dar
inmediatamente parte de ello a las
autoridades".
Al otro día,
por el hijo
del jefe de
la policía se
supo en el liceo que mi padre era un desertor.
En la lección
de Religión, el
padre Guennadi
pronunció
un pequeño sermón
instructivo acerca de
la fidelidad al zar y la patria y de la
inviolabilidad del
juramento.
A propósito, refirió
un caso histórico
acerca
de cómo, durante
la guerra japonesa,
un
soldado, que quiso salvar la vida, huyó del campo
de
batalla;
pero en vez
de salvarse, encontró
la muerte
entre los colmillos de un feroz tigre.
En opinión del padre Guennadi, ese caso probaba,
sin la menor
duda, la intromisión
de la providencia,
que castigó debidamente al fugitivo, pues aquel
tigre,
en
contra de la
costumbre, no devoró
al soldado,
limitóse a desgarrarlo y se alejó.
Ese
sermón impresionó mucho
a algunos
chiquillos.
Durante el recreo
Toropyguin exteriorizó
la tímida suposición de que aquel tigre de seguro
no
había sido un tigre, sino el arcángel San Miguel
que
había adoptado la figura de tigre.
Sin
embargo, Simka Gorbushkin
puso en duda
que hubiera sido
el arcángel San
Miguel, pues éste
obraba de otra manera: no mataba con los colmillos,
sino con la espada o con la lanza.
La
mayoría estuvo de
acuerdo con esa
explicación,
porque en un
cuadro de santos,
de los
que
pendían en las
paredes de la
clase, se
representaba una batalla de ángeles contra el
infierno.
En ese cuadro el arcángel San Miguel estaba con una
lanza,
en la que
ya se debatían
cuatro demonios, y
otros tres, levantando el rabo, corrían a escape a
sus
guaridas subterráneas.
A los dos
días me dijeron
que, por haberme
marchado
sin permiso de
la escuela, el
concilio de
maestros
había decidido ponerme
un tres en
conducta.
Un tres significaba
ordinariamente que, a la
primera
observación, el alumno
sería excluido del
liceo.
Pasados tres días, me entregaron una citación, en
la que se
decía que mi
madre debía abonar
inmediatamente
el importe íntegro
del primer
semestre de mi
enseñanza, de la
mitad del cual
yo
estaba antes eximido como hijo de soldado.
Llegaron
días aciagos para
mí. Me pusieron
el
vergonzoso
mote de "hijo
de desertor". Muchos
alumnos
rompieron las amistades
conmigo. Otros,
aunque
me hablaban y
no me hacían
el vacío, me
trataban
de un modo
raro, como si
me hubieran
amputado una pierna o se hubiera muerto alguien de
mi familia. Poco a poco me fui apartando de todos y
dejé de participar en los juegos, en las
incursiones a
las clases contiguas y de visitar a mis
camaradas.
Me pasaba las largas tardes otoñales en mi casa o
en casa de Tim Shtukin, entre sus pájaros.
Me hice muy
amigo de Tim
en ese tiempo.
Su
padre era cariñoso conmigo. Pero no comprendía por
qué a veces empezaba a mirarme fijamente desde un
lado,
luego se acercaba,
me pasaba la
mano por la
cabeza
y se alejaba,
haciendo sonar las
llaves y sin
pronunciar una palabra.
Llegaron
unos tiempos extraños
y agitados. La
17
18
población
de la ciudad
se duplicó. Las
colas de las
tiendas
se prolongaban manzanas
de casas enteras.
En cada esquina se reunían grupos de gente.
Pasaban,
una tras otra, procesiones con iconos milagrosos.
De
pronto
se corrieron rumores
absurdos de toda
clase.
Que en los lagos, río Siérezh arriba, los adictos
de los
antiguos ritos se marchaban al bosque. Que abajo,
en
los
montículos, los gitanos
hacían circular monedas
falsas
y por eso
estaba todo tan
caro, porque había
mucho dinero falso. Una vez se propagó la alarmante
noticia de que, en la noche del viernes al sábado,
iban
a
"zurrar a los
judíos", porque la
guerra se
prolongaba
debido al espionaje
y las traiciones
de
ellos.
En la ciudad
aparecieron muchos vagabundos,
quién
sabe de dónde.
No se oía
otra cosa que
allá
habían
descerrajado una puerta
y acullá robado
en
una casa. Llegó media centuria de cosacos a
alojarse
en la ciudad. Cuando pasaron, enfurruñados, con los
mechones
caídos sobre la
frente; cantando una
chillona
canción, en prietas
filas, por las
calles, mi
madre se apartó bruscamente de la ventana y
dijo:
- Hacía mucho
que no los
veía... Desde el año
cinco.
Otra vez desfilan
como aguiluchos, igual
que
entonces.
No teníamos noticias de mi padre. Yo me figuraba
que
debía estar en
Sórmovo, cerca de
Nizhni
Nóvgorod,
pero esa suposición
mía se basaba
únicamente
en que, antes
de marcharse, mi
padre
estuvo preguntando largo rato a mi madre,
pidiéndole
muchos
pormenores, de su
hermano Nikolái, que
trabajaba en la fábrica de vagones.
Una
vez, ya en
invierno, se acercó
a mí Tim
Shtukin
y me hizo,
a escondidas, una
seña con el
dedo.
Más bien me
asombró que me
intrigó su
misterio, y lo seguí, indiferente, a un
rincón.
Tras mirar a los lados, Tim me susurró:
- Esta tarde,
cuando anochezca, ven
a casa. Mi
padre ha dicho que vengas sin falta.
- ¿Para qué me necesita? ¿Qué estás
inventando?
- No he
inventado nada. Ven
sin falta y te
enterarás.
Al
decir eso, Tim
puso cara seria,
diríase que
hasta
algo asustada, y
me convencí de
que no
bromeaba.
Al
anochecer fui al
cementerio. Había nevasca;
las
macilentas farolas, cubiertas
de nieve, apenas
iluminaban
las calles. Para llegar
al bosquecillo y al
cementerio había que cruzar un pequeño campo. Los
agudos copos de nieve me asaeteaban la cara. Hundí
más
cabeza en el
cuello del abrigo
y tomé la
senda,
tapada
por la nieve,
hacia la lucecita
verde de la
lámpara
de aceite, encendida
en la entrada
del
cementerio. Tropecé en la losa de una tumba, me caí
y me llené de nieve. La puerta de la caseta del
guarda
estaba
cerrada. Llamé, y
no abrieron en
seguida;
hube de llamar por segunda vez. Se oyeron pasos
tras
la puerta.
Arkadi Gaidar
- ¿Quién es? -inquirió la conocida y severa voz de
bajo del guarda.
- Abra, tío Fiódor, soy yo.
- ¿Eres tú, Boris?
- Sí, soy yo... Abra pronto.
Entré en la cálida caseta. Encima de la mesa había
un samovar, un platito con miel y una hogaza de
pan.
Tim estaba arreglando una jaula como si tal
cosa.
- ¿Hay ventisca?
-me interrogó, al
verme la cara
colorada y húmeda.
- ¡Y bien fuerte! -respondí-. Me he dado un golpe
en una pierna. No se ve gota.
Tim se echó a reír. Yo no acertaba a comprender
el motivo de su hilaridad, y lo miré asombrado. Tim
se rió aún con más ganas, y por su mirada comprendí
que no era yo quien le hacía reír, sino algo que
estaba
detrás
de mí. Volví
la cabeza y
vi al tío
Fiódor, el
guarda, y a mi padre.
- Ya lleva dos días con nosotros -dijo Tim, cuando
nos sentamos a tomar té.
- Dos días... ¡Y no me has dicho nada antes! ¿Qué
camarada eres después de eso, Tim?
Tim miró con aire culpable, primero, a su padre, y
luego al mío, como en busca de apoyo.
- Es un
sepulcro -dijo el
guarda, dando unas
palmaditas
con su dura
mano en la
espalda de su
hijo-.
No te fijes
en que parece
tan poca cosa;
se
puede confiar en él.
Mi
padre vestía de
paisano. Estaba alegre
y
animado. Me preguntó cómo me iban los asuntos en
el liceo, se reía a cada momento y me decía:
- No importa... no importa... no hagas caso. ¿No te
das
cuenta de los
tiempos que están
viniendo,
amiguito?
Le dije que
me daba cuenta
de que a
la primera
observación
que me hiciesen,
me expulsarían del
liceo.
- Que te
expulsen -repuso él,
sereno-, ¡valiente
cosa! Si tienes ganas y cabeza, no serás un
papanatas
aun sin ese liceo.
- Papá -le interrogué-, ¿por qué estás tan alegre y
risueño?
Aquí hasta el
pope ha leído
un sermón
acerca
de ti, todos
te consideran como
a un difunto,
¡y tú tan contento!
Desde que me hice involuntariamente cómplice de
mi
padre, hablaba con
él de otra
manera, como con
un
mayor, pero de
igual a igual.
Vi que eso le
agradaba a él.
- Estoy contento
porque se avecinan
tiempos
agitados.
¡Ya hemos llorado
bastante!... Bueno, ve
ahora a casa. Nos volveremos a ver pronto.
Era tarde. Me despedí, me puse el capote y salí al
portalillo. Aún no le había dado tiempo al guarda
de
venir tras de mí y echar el cerrojo, cuando sentí
que
alguien me empujó con tal fuerza que volé de cabeza
a un montón
de nieve. En
el mismo instante
se
oyeron pasos, pitidos y gritos en el zaguán. Me
puse
en pie y
vi delante de
mí al guardia
Evgraf
La escuela
Timoféievich, cuyo hijo Pashka estudió conmigo aún
en la escuela parroquial.
- Aguarda -me dijo, al reconocerme, sujetándome
por un brazo-. ¿Adónde vas? Allí se las arreglarán
sin
ti. Toma un cabo de mi capuchón y límpiate la cara.
¿No te has
hecho daño en
la cabeza?, no
lo quiera
Dios.
- No, Evgraf Timoféievich -balbuceé-. ¿Qué le va
a pasar a mi padre?
- ¿Qué le
va a pasar?
Nadie le mandó
que fuese
contra la ley. ¿Acaso se puede ir contra la
ley?
De la caseta
sacaron maniatados a
mi padre y al
guarda. Detrás de ellos, con el capote por encima
de
los
hombros, pero sin
gorro, salió Tim.
No lloraba,
sólo se le notaban unos estremecimientos
raros.
- Tim -le
dijo, severo, el guarda- duerme en casa
del
padrino y dile
que cuide la
nuestra, no sea
que
después del registro falte algo.
Mi padre caminó en silencio y con la cabeza baja.
Llevaba las manos atadas a la espalda. Al verme, se
enderezó y me gritó, dándome ánimos:
- ¡No importa, hijo mío! ¡Adiós, por ahora! Besa a
la
madre y a
Tania. Y no
te aflijas mucho:
¡se
avecinan unos tiempos... agitados, amiguito!
II. Tiempos agitados
Capítulo primero
El 22 de
febrero de 1917,
el tribunal militar
del
Sexto
Cuerpo de Ejército
condenó a muerte
al
soldado
del 12 Regimiento
de Infantería de
Siberia
Alexéi Górikov, por huir del teatro de operaciones
y
hacer propaganda perniciosa contra el
gobierno.
El 25 de febrero se ejecutó la sentencia. Y el 2 de
marzo llegó un telegrama de Petrogrado, en el que
se
decía
que el pueblo
sublevado había derrocado
la
autocracia.
El
primer destello, que
yo vi bien,
de la
revolución
que empezaba, fue
el resplandor del
incendio
de la hacienda
señorial de los
Polutin.
Contemplé hasta medianoche, desde el desván de mi
casa,
las llamas avivadas
por el fresco
viento
primaveral.
Acariciando despacio en
el bolsillo la
culata
caliente del máuser,
el recuerdo más
querido
de mi padre,
me sonreía entre
las lágrimas, que
aún
no se me
habían secado después
de la dolorosa
pérdida,
alegrándome de que
hubiesen llegado los
"tiempos agitados".
Durante
los primeros días
de la Revolución
de
Febrero,
el liceo parecía
un hormiguero, al
que se
hubiese
arrojado una ascua.
Después de rezar
la
oración para que el Señor nos concediese la
victoria,
una
parte del coro
escolar empezó, como
siempre, a
entonar
el himno Guarda
al zar, Señor,
pero la otra
parte
empezó a gritar
"¡fuera!", a silbar
y alborotar.
Se armó jaleo,
las filas de
alumnos se deshicieron,
alguien tiró un panecillo al retrato de la zarina,
y los
alumnos
del primer curso,
aprovechando la ocasión
de
alborotar impunemente, se
pusieron a mayar
y
balar como unos condenados.
Inútiles
fueron los intentos
del desconcertado
inspector
de hacer callar
a gritos a
la muchachada.
Los
chillidos y el
alboroto no cesaron
hasta que el
portero
Semión retiró los
retratos de los
zares. Los
muchachos,
excitados, fueron corriendo,
chillando y
pataleando,
por las aulas.
Aparecieron, no sé de
dónde,
lazos rojos. Los
discípulos de los
cursos
superiores
se metieron demostrativamente los
pantalones
en las cañas
de las botas
(cosa antes
prohibida)
y, tras de
reunirse delante del
retrete, se
pusieron a fumar intencionadamente a la vista de
sus
preceptores.
Se acercó a
ellos el oficial
Balagushin,
maestro
de gimnasia. Le
ofrecieron un pitillo.
El no
lo rechazó. Al ver aquella unidad, antes
inconcebible,
entre
maestros y alumnos,
los circundantes soltaron
un "¡hurra!"
No obstante, de cuanto sucedía se comprendió en
un principio una sola cosa: que había sido
derrocado
el zar y empezaba la revolución. Pero la mayoría de
los
muchachos, sobre todo
los de los
grados
inferiores,
no comprendían por
qué debían alegrarse
de que hubiese
estallado la revolución
ni qué había
de
bueno en el
derrocamiento del zar,
ante cuyo
retrato
hacía sólo unos
días habían cantado
aún,
emocionados, el himno nacional.
Durante los primeros días apenas hubo clases. Los
alumnos
de los cursos
superiores se apuntaban
a las
milicias.
Les entregaban brazaletes
rojos y fusiles
y
se
paseaban arrogantes por
las calles, guardando
el
orden. Por más que nadie se proponía infringirlo.
Las
campanas de las
treinta iglesias tocaban
a Pascuas.
Los
sacerdotes, con vistosas
casullas, tomaban
juramento al Gobierno Provisional.
Se vio a
gente con camisas
rojas. El seminarista
Arjánguelski, hijo del pope Ion, dos maestros
rurales
y otros tres,
que yo no
conocía, se llamaron
socialistas
revolucionarios, o eseristas.
Se vio
también a gente con camisas negras, que se llamaron
anarquistas,
alumnos, en su
mayoría, de los
cursos
superiores
de la Escuela
Normal y del
Seminario de
Popes.
La
mayoría de la
ciudad se adhirió
en seguida a
los eseristas. Contribuyó en gran medida a ello el
que
durante
un sermón público
que pronunció, tras
la
misa
para desear muchos
años al Gobierno
Provisional, el padre Pável, presbítero de la
catedral,
declaró que Jesucristo también había sido
socialista y
revolucionario. Y como quiera que en nuestra ciudad
vivía
gente devota, sobre
todo comerciantes,
artesanos,
frailes y peregrinos,
al oír noticia
tan
interesante sobre Jesucristo, simpatizaron en
seguida
con los eseristas, tanto más cuanto los eseristas
no se
metían con la religión, hablaban más de la libertad
y
de la necesidad
de proseguir la
guerra con nuevas
fuerzas. Los anarquistas también decían lo mismo de
la
guerra, pero echaban
pestes contra Dios.
Así, por
ejemplo,
el seminarista Velikánov
dijo desde una
19
20
tribuna
que Dios no
existía, y que
si existía, que
aceptase el desafío de él, Velikánov, y demostrase
su
poderío.
Al decir eso,
Velikánov alzó la
cabeza y
lanzó
un escupitajo al
cielo. La muchedumbre
se
quedó con la boca abierta, esperando que se
abriesen
los
cielos y cayese
un trueno sobre
la cabeza del
impío.
Mas, como los
cielos no se
abrieron, en la
muchedumbre
se oyeron voces
de que mejor
sería,
sin esperar el castigo de los cielos, romper la
cara al
anarquista.
Al oír tales
palabras, Velikánov se
bajó
presto
de la tribuna
y se escabulló
prudentemente,
recibiendo
sólo un empujón
de la beata
Maremiana
Serguéievna,
sarcástica anciana que
vendía aceite
curativo de la
lámpara del icono
de la Virgen
de
Sarovo
y sequetes, con
los que el
santísimo fray
Serafín
de Sarovodio de
comer en la
mano a osos y
lobos salvajes.
En suma, quedé
asombrado de la
multitud de
revolucionarios que había en Arzamás. Todos, lo que
se dice todos, eran revolucionarios. Hasta Zajárov,
el
ex jefe del zemstvo2, se puso un enorme lazo rojo
de
seda.
En Petrogrado y
Moscú hubo combates;
al
menos,
los policías dispararon
desde los tejados
contra el pueblo; pero en nuestra ciudad los
policías
entregaron
voluntariamente las armas
y andaban
pacíficamente por las calles, vestidos de
paisano.
Una vez me
encontré en un
mitin, entre la
muchedumbre,
a Evgraf Timoféievich,
el mismo
guardia que participó en la detención de mi
padre.
Llevaba en la mano una cesta, de la que asomaba
una botella de aceite y un repollo. Escuchaba lo
que
decían los socialistas. Al verme, se llevó la mano
a la
visera y se inclinó cortésmente.
- ¿Qué tal
esa salud? -inquirió-.
Qué... ¿también
ha
venido a escuchar?
Escuche, escuche... ¡Usted
es
joven!
Hasta para nosotros,
los viejos, resulta
interesante...
¡Quién lo iba
a decir, cómo
han
cambiado las cosas!
Le dije:
- ¿Se acuerda,
Evgraf Timoféievich, cuando vino
a detener a mi padre? Entonces dijo que lo mandaba
la ley, que
no se podía
ir contra la
ley. Y ahora,
¿dónde está su ley? Ya no existe su ley, y también
los
juzgarán a todos ustedes, a los policías.
Se echó a reír, benévolo, y el aceite se agitó en
el
cuello de la botella.
- Antes había ley, ahora también la habrá. Sin ley,
jovencito, no se puede vivir. En cuanto a eso de
que
nos van a
juzgar, que nos
juzguen. No nos
van a
ahorcar. No cuelgan ni siquiera a nuestros jefes...
Al
propio
emperador le han
impuesto sólo un
arresto
domiciliario.
¿Qué responsabilidades nos
pueden
pedir a nosotros?.. ¿Oye usted lo que dice? El
orador
dice
que no debe
haber venganzas, que
las personas
debemos ser hermanos y que ahora, en la Rusia
libre,
2 Especie de diputación provincial en la Rusia
zarista.
(%. del T.)
Arkadi Gaidar
no debe haber ni cárceles ni ejecuciones. Por lo
tanto,
tampoco
habrá ni cárceles
ni ejecuciones para
nosotros.
Se alejó, contoneándose.
Lo miré alejarse
y pensé: "¿Cómo
es eso de que
no debe haber
cárceles ni ejecuciones?... ¿Es
que si
mi padre hubiera salido de la cárcel habría
permitido
que su carcelero
se paseara tranquilamente y
no lo
habría tocado porque todos debemos ser
hermanos?"
Le pregunté a Fedia qué le parecía.
- ¿Y qué tiene que ver con eso tu padre? -dijo-. Tu
padre fue un desertor, y se hubiera quedado, de
todos
modos, con esa mancha. A los desertores también los
detienen ahora. Un desertor no es un
revolucionario,
sino un simple
fugitivo que no
quiere defender a su
Patria.
- Mi padre
no era un
cobarde -le respondí,
palideciendo-.
¡Eso es una
invención tuya, Fedia!
A
mi
padre lo fusilaron
por haberse escapado
y por
hacer propaganda. Tenemos la sentencia en
casa.
Fedia se turbó y repuso, conciliador:
-
¿Dices que eso
es una invención
mía? De eso
escriben
en todos los
periódicos. Lee en
Rússkoie
slovo3el discurso de Kerenski. Es un buen
discurso...
Cuando lo
leyeron en la reunión
general del colegio
de mujeres,
se le
saltaron las lágrimas
a la mitad
de
las presentes. En él se dice de la guerra que se
deben
poner todas las fuerzas en tensión, que los
desertores
son una vergüenza
para el ejército
y que "sobre
las
tumbas de los caídos en la lucha contra los
alemanes
la Rusia libre
erigirá un monumento
de gloria
inmarcesible". ¡Así mismo está dicho,
"inmarcesible"! ¡Y tú aún discutes!
A la tribuna,
uno tras otro,
subieron oradores.
Hablaron con voces
roncas del socialismo.
Allí
mismo afiliaban, a quienes lo desearan, a su
partido,
y alistaban a los voluntarios que quisieran ir al
frente.
Hubo
oradores que, luego
de subir a
la tribuna,
hablaban
hasta que les
hacían bajar de
ella. En su
lugar hacían subir a otros.
Yo escuchaba y escuchaba, y me parecía que, con
todo lo oído,
la cabeza se
me hinchaba como
una
vejiga
de toro y
me hacía un
embrollo con los
discursos de unos y otros. En modo alguno acertaba
a
distinguir
a un socialista
revolucionario, o eserista,
de un demócrata
constitucionalista, a un
demócrata
constitucionalista
de un socialista
popular, a un
anarquista de uno del partido del trabajo, y de
todos
los
discursos no se
me quedaba en
la memoria más
que una palabra:
- Libertad... libertad... libertad...
-
Górikov -oí a
mis espaldas y
noté que alguien
me ponía una mano en el hombro.
A mi lado
estaba, quién sabe
de dónde habría
salido, el Chova, el maestro de oficios.
- ¿De dónde
viene? -le interrogué,
alegrándome
3 La palabra rusa. (N. del T.)
La escuela
sinceramente de verlo.
- De Nizhni,
de la cárcel.
Vente, querido, a mi
casa.
He alquilado una
habitación por aquí
cerca.
Tomaremos té, tengo una barra de pan blanco y miel.
¡Me
alegro tanto de
verte! Llegué ayer,
y hoy me
disponía a ir a vuestra casa.
Me tomó de
la mano, y
empezamos a abrirnos
paso entre la bulliciosa muchedumbre.
En la plaza
contigua tropezamos con otro
gentío.
Ardían
hogueras, y en
su derredor se
agolpaban
curiosos.
- ¿Qué es eso?
-
Naderías -respondió, sonriéndose,
el Chova,.
Los
anarquistas, que están
quemando las banderas
del
zar. Más les
valdría rasgarlas y
repartir los
retales, pues los campesinos se quejan. Tú mismo lo
comprendes, ahora cualquier trapo vale.
El
Chova tenía las
manos delgadas y
largas. Al
tiempo
de hacer el
té, dijo deprisa,
sonriendo a
menudo:
- Tu padre pereció pronto. Estuvimos juntos en la
cárcel,
hasta que lo
enviaron al tribunal
del Cuerpo
de Ejército.
-
Semión Ivánovich -le
interrogué, cuando
tomábamos
el té-, usted
dice que era
camarada de
partido
de mi padre.
¿Es que era
miembro de algún
partido? No me dijo nunca nada de eso.
- No se podía decir, por eso no te lo dijo.
- Y usted tampoco lo decía. Cuando lo detuvieron,
Piotr Zolotujin dijo que usted era espía.
El Chova se echó a reír:
- ¡Espía! ¡Ja-ja-ja! ¿Piotr Zolotujin, dices?
¡Ja-ja-
ja! Que lo
dijera Zolotujin tiene
perdón, él es un
chiquillo
bobo; pero cuando
ahora los imbéciles
mayores
dicen de nosotros
que somos espías,
eso,
amiguito, aún tiene más gracia.
- ¿A quién
se refiere usted
con eso de
nosotros,
Semión Ivánovich?
- A nosotros, los bolcheviques.
- Lo miré de reojo.
- ¿Es que
ustedes son bolcheviques, quiero decir,
que mi padre también era bolchevique?
- También.
- ¿Por qué todo lo relacionado con mi padre no es
como les
pasa a
los demás? -interrogué,
apesadumbrado, luego de pensar un instante.
- ¿Qué quieres
decir con eso
de que no
es como
les pasa a los demás?
- Pues muy
sencillo. Otros son
soldados como
soldados,
o revolucionarios como
revolucionarios,
nadie habla mal
de ellos, todos
los respetan. Y mi
padre
fue desertor, y
ahora resulta que,
además, fue
bolchevique.
¿Por qué fue
bolchevique y no
revolucionario
de verdad, eserista
o anarquista, al
menos? Pues no, bolchevique, como para fastidiar.
Si
no
fuera por eso,
yo podría responder
a todos que a
mi
padre lo fusilaron
por revolucionario, y
todos se
callarían la boca, y nadie me señalaría con el
dedo; y
si digo que lo fusilaron por bolchevique, todos
dirán
que le estuvo muy bien empleado, pues en todos los
periódicos
se dice que
los bolcheviques son
mercenarios
alemanes, y el
Lenin de ellos
está al
servicio de Guillermo II.
- ¿Quiénes son esos "todos" que te lo van
a decir?
-inquirió
el Chova, bailándole
la risa en
los ojos,
mientras yo hablaba enfático.
- Pues todos.
Con quien tropiece.
Todos los
vecinos,
el pope en
sus sermones, hasta
los
oradores...
- ¡Los vecinos!... ¡Los
oradores!... -me
interrumpió
el Chova,. ¡Bobo!
Tu padre fue un
revolucionario
diez veces más
verdadero que todos
esos
oradores y vecinos.
¿Quiénes son tus
vecinos?
Frailes, tenderos,
comerciantes, fabricantes,
peregrinos,
carniceros y pequeños
filisteos. En eso
consiste
el mal, en
que entre tus
vecinos rara es la
persona
que vale. Nosotros
ni siquiera hacemos
propaganda
entre toda esa
gentuza. Que se
desgañiten,
hablándoles, estos vocingleros
de las
camisas
rojas. No tenemos
por qué perder
tiempo
aquí, pues los frailes y los tenderos no nos
ayudarán.
Ya te llevaré adonde vamos nosotros a dar mítines.
A
las
barracas de heridos,
a los cuarteles,
donde están
los
soldados, a la
estación y a
las aldeas. ¡Escucha
allí lo que
se dice! ¡Valientes
jueces has venido
a
encontrar aquí!... ¡Tus vecinos!
El Chova se echó a reír.
Al padre de Tim Shtukin lo pusieron en libertad al
comenzar la revolución, pero no lo reintegraron en
su
antiguo
empleo, y Siniuguin,
el mayordomo de la
iglesia,
le mandó que
desocupara inmediatamente la
caseta de guarda para instalar en ella a la persona
que
habían contratado.
Ningún
fabricante ni comerciante
quiso admitir a
trabajar
al ex guarda.
Fue éste de
casa en casa,
pidiendo
trabajo de fogonero
o portero, pero
sin
resultado.
Siniuguin le dijo en las barbas:
- Yo ayudo
al ejército ruso.
He entregado mil
rublos
a la Cruz
Roja y me
he gastado más de
doscientos
rublos sólo en
regalos, banderitas y
retratos de Kerenski para repartirlos en los
hospitales,
y tú proteges a los desertores. No tengo trabajo
para
ti.
El ex guarda no pudo contenerse y le
respondió:
- Le agradezco
sentidamente sus palabras.
Pero
permítame
que le diga
que ni con
banderitas ni
retratos
se rescatará usted;
ya le llegará
su hora. ¡Y
no me chilles! -dijo, sintiendo de pronto un acceso
de
cólera,
el tío Fiódor-.
¿Te crees que
porque hayas
echado
barriga, te hayas
comprado un telescopio
y
alimentes un cocodrilo con carne de vaca eres un
rey
y señor? Espera y escucha mejor lo que la gente
dice
en tus fábricas.
Que han dado
un golpe, pero
demasiado pequeño, y están pensando si no valdrá la
21
22
pena dar otro más fuerte.
- ¡Te voy...
te voy a
mandar a los
tribunales! -
balbuceó, lleno de estupor, Siniuguin-. ¡Conque
ésas
tenemos!...
Voy a escribir
una queja contra
ti... Mi
fábrica
trabaja para el
ejército. Las autoridades
de
ahora también me aprecian, y tú... ¡Largo de
aquí!
El ex guarda se puso el gorro y salió.
- Vaya revolución...
Toda la canalla
sigue en los
mismos sitios. Y aún me meterá en chirona, ya que
es
vocal
de la Duma
de la ciudad
y amigo del
comandante
de la plaza.
Hay que ponerles
tachuelas
en los asientos,
para que se
pinchen. Y se
dice
patriota... -mascullaba, caminando por las calles-.
Se
ha
embolsado miles, suministrando
botas podridas.
Ha librado a su hijo del servicio. Al jefe de la
caja de
reclutamiento
le dio trescientos
rublos; y al
médico
del hospital, quinientos. El mismo lo dijo,
jactándose,
cuando estaba borracho. Todos vosotros sois buenos
para pelear con manos de otros. Compras retratos de
Kerenski.
¡Os tendríamos que
ahorcar a todos
vosotros
con vuestro Kerenski
en el mismo
árbol!
¡Vaya libertad que ha llegado!... ¡Felices
Pascuas!
Parecía que todos se hubiesen vuelto locos. No se
oía más que "Kerenski, Kerenski..."
En
cada, número de
los periódicos se
publicaban
retratos
de Kerenski: "Kerenski pronunciando
un
discurso",
"La población tendiendo
una alfombra de
flores a Kerenski", "Una entusiasmada
muchedumbre
de mujeres lleva a Kerenski en hombros".
Feofánov,
miembro de la Duma de la ciudad de Arzamás, fue a
Moscú a arreglar unos asuntos y estrechó la mano de
Kerenski. A Feofánov lo siguieron tropeles de
gente.
- ¿Será posible
que usted le
haya estrechado la
mano?
- Sí, se
la he estrechado
-respondía, orgulloso,
Feofánov.
- ¿La mismísima mano?
- La mismísima
diestra, y se
la he sacudido,
además.
- ¡Ahí tenéis!
-oyóse en torno
un susurro de
emoción-. El zar por nada del mundo le hubiera dado
la mano, y Kerenski se la ha dado. Van a verlo
miles
de
personas al día,
y él a
todos les da
la mano;
antes...
- Antes era el zarismo...
- Claro... Y ahora tenemos libertad.
-
¡Hurra! ¡Hurra! ¡Viva
la libertad!... ¡Viva
Kerenski!...
Vamos a enviarle
un telegrama de
saludo.
Se debe decir
que, para ese
tiempo, de cada
diez
telegramas
que pasaban por
la estafeta de
correos,
uno era de
salutación y estaba
dirigido a Kerenski.
Los enviaban desde
los mítines, desde
las reuniones
del
concilio eclesiástico, desde
la Duma, desde
la
sociedad
de los portaestandartes; en
suma, desde
dondequiera
que se reunieran
varias personas, se
enviaban telegramas de saludo.
Un día se
corrió el rumor
de que la
sociedad de
Arkadi Gaidar
aficionados
a la avicultura
de Arzamás no
había
enviado
ningún telegrama al
"querido jefe". En el
semanario
de la ciudad
se publicó un
indignado
mentís
de Ofendulin, presidente
de dicha sociedad.
Ofendulin afirmó sin ambages que ese rumor era una
infame
calumnia. Se habían
enviado dos telegramas
enteros; además, en una nota aclaratoria, la
redacción
daba fe de
que, para confirmar
su mentís, el
respetable Ofendulin había presentado "los
recibos de
la
central de Correos
y Telégrafos en
completo
orden".
Capítulo segundo
Pasaron varios meses desde que me encontré con
el Chova.
En la calle
de Sálnikov, al
lado del inmenso
edificio
del Seminario, había
una casita rodeada
de
un
jardincito. Los filisteos,
al pasar por
delante de
sus ventanas abiertas, a través de las cuales se
veían
caras envueltas en humo de tabaco barato, apretaban
el paso y, cuando se alejaban una manzana de casas,
mascullaban con rabia:
- ¡Aquí están reunidos los provocadores!
Aquella
casa era el
club de los
bolcheviques. En
la ciudad había
unos veinte bolcheviques
en total,
pero la casita
siempre estaba de
bote en bote.
La
puerta estaba abierta para todos, pero los
principales
asiduos eran los soldados del hospital, los
prisioneros
austríacos
y los obreros
de la tenería
y la fábrica
de
fieltro.
Yo
también me pasaba
allí casi todo
el tiempo
libre.
Al principio acudía
con el Chova por
curiosidad,
luego por costumbre,
y más tarde
me
atraía aquel ambiente, al que me aficioné, aunque
me
aturdía a menudo. Toda la fárfara de que estaba
llena
mi cabeza hasta entonces iba desprendiéndose, como
las mondaduras de patata con un afilado
cuchillo.
Nuestros
bolcheviques no participaban
en las
disputas organizadas en las iglesias ni en los
mítines
de los comerciantes
de artículos manufacturados;
reunían
a muchedumbres delante
de las barracas,
fuera de la ciudad y en las aldeas, que sufrían por
la
guerra.
Recuerdo
que una vez
se tenía que
celebrar un
mitin en Kámenka.
-
¡Vamos sin falta!
Habrá una agarrada.
Por los
eseristas
hablará el propio
Krúglikov. Sabes cómo
habla -me dijo el Chova,, se queda uno embelesado,
escuchando.
En Ivánovskoe, después
de que él
pronunciara
un discurso, los
campesinos por poco
nos
atizan en un
principio, pues los
embaucó y no
supimos contestar.
- Vamos -accedí,
contento-. Semión Ivánovich,
¿por
qué no lleva
nunca su revólver?
Siempre lo
tiene en cualquier sitio: o lo mete entre el tabaco
o en
la
panera, ayer se
lo vi allí.
Yo siempre llevo
mi
pistola
encima. Hasta cuando
me acuesto la
pongo
debajo de la almohada.
La escuela
El Chova se echó a reír, y la barba, espolvoreada
de tabaco, se le agitó.
- ¡Eres un
chiquillo! -dijo-. Ahora,
en caso de
fracasar,
me dan simplemente
unos guantazos, pero
si saco el
revólver, de seguro
que me muelen
los
huesos. Ya sonará la hora de empuñar los
revólveres,
pero por ahora nuestra mejor arma es la palabra.
Hoy
hablará Baskákov por nosotros.
- ¡Qué dice
usted! -exclamé, asombrado-.
Baskákov
habla muy mal.
Hasta le cuesta
trabajo
construir
las frases. Entre
palabra y palabra
suya
tiene uno tiempo de almorzar.
- Eso es
aquí, pero escucha
cómo habla en los
mítines.
El camino a Kámenka pasaba por un puente viejo
y medio podrido,
a lo largo
de unos prados
anegadizos,
con la hierba
aún sin segar,
y de unos
pequeños
brazos de río
con espesos juncales.
Desde
la ciudad iban hileras de carros campesinos.
Volvían
del
mercado mujeres descalzas
con jarras lecheras
vacías.
Caminábamos despacio, pero
cuando nos
adelantó
un carricoche lleno
de eseristas, apretamos
el paso.
Por las anchas
calles caminaban, desde
todas
partes,
hacia la plaza,
grupos de campesinos
de los
pueblos colindantes.
El mitin aún no había empezado, pero el alboroto
y el ruido se oían de lejos.
Entre
la muchedumbre vi
a Fedia. Andaba
de un
sitio para otro y repartía octavillas a los
transeúntes.
Al verme, corrió hacia mí:
- ¡Eh! Tú también has venido... ¡Hoy va a ser muy
divertido! Toma un manojo y ayúdame a
repartirlas.
Me dio unas
octavillas. Desplegué una;
era
eserista,
en favor de
la guerra hasta
la victoria y
contra
las deserciones. Le
devolví el manojo,
diciéndole:
- No, Fedia,
no repartiré octavillas
de éstas.
Repártelas tú cuando quieras.
Fedia escupió, desairado:
- Eres un tonto... Qué, ¿estás también con ellos? -
interrogó,
señalando con un
movimiento de cabeza
en la dirección
del Chova y Baskákov,
que pasaban
por delante de nosotros-. Bueno estás... Quién lo
iba
a decir. ¡Y yo que tenía esperanzas en ti!
Encogiéndose
despectivamente de hombros,
desapareció entre la muchedumbre.
"Tenía
esperanzas en mí
-pensé, sonriéndome
irónico-. ¿Es que no tengo cabeza?"
- Hasta la
victoria... -oí articular
a mi lado
una
tenue
voz. Me volví
y vi a
un campesino picado
de
viruelas,
sin gorro. Estaba
descalzo, sostenía en una
mano
una octavilla, y
en la otra,
un cabestro roto.
Probablemente estuviera arreglándolo y saliera de
su
casa a escuchar qué iba a decir la gente.
-
¡Hasta la victoria...
se dice pronto!
-repitió,
creyérase
sorprendido, y deslizó
una mirada de
perplejidad
por la muchedumbre.
Sacudió la cabeza,
se sentó en el banco de tierra que rodeaba la isba
y,
señalando
con un dedo
la octavilla, gritó
al oído de
un viejo sordo, sentado a su lado:
- Otra vez hasta la victoria... Desde el año
catorce,
y siempre hasta la victoria. ¿Por qué será eso,
abuelo
Prójor?
Varios
rodaron un carro al medio
de la plaza.
Se
subió encima un hombre pequeño, que hacía muchos
ademanes,
elegido presidente por
no sé quién,
y
gritó:
-
¡Ciudadanos! Damos comienzo
al mitin. Para
informar acerca del Gobierno Provisional, la guerra
y
el momento actual se concede la palabra al
socialista
revolucionario camarada Kruglikov...
El
presidente se bajó
del carro. La
"tribuna"
estuvo
vacía unos instantes.
De súbito, irguiéndose
cuan
alto era y
alzando la mano,
subió de un
salto
Kruglikov. El ruido de las voces se acalló.
- ¡Ciudadanos de la gran y libre Rusia! En nombre
del
partido de los
socialistas revolucionarios os
transmito un caluroso saludo.
Kruglikov
empezó a hablar.
Yo escuché,
procurando no perder palabra,
Habló
de las duras
condiciones en las
que debía
trabajar
el Gobierno Provisional:
los alemanes
atacaban; en el frente iban mal las cosas; las
fuerzas
negras, que eran, según él, los espías alemanes y
los
bolcheviques, agitaban en favor de Guillermo
II.
-
Teníamos al zar
Nicolás, y tendremos
a
Guillermo. ¿Queréis zar otra vez? -interrogó.
- ¡No queremos,
basta de zares!
-respondió la
muchedumbre a voces.
-
Estamos cansados de
la guerra -prosiguió
Kruglikov-.
¿Acaso no nos
hastía la guerra?
¿Acaso
no es hora de terminarla?
- ¡Ya es
hora! -respondió, aún
más unánime, la
muchedumbre.
- ¿Por qué
habla según el
programa de otros?
-
susurré, indignado, al Chova,. ¿Es que están
también
por terminar la guerra?
El Chova me dio un ligero codazo en el costado,
como diciendo: "Cállate y escucha".
- ¡Es hora!
Lo veis -continuó
el eserista-, todos
vosotros,
como un solo
hombre, lo decís.
Y los
bolcheviques
no dejan que
el país, atormentado,
termine cuanto
antes la guerra, venciendo.
Descomponen
el ejército, y
este pierde su
combatividad.
Si tuviésemos un
ejército combativo,
con un golpe
enérgico venceríamos al
enemigo y
concertaríamos
la paz. Pero
ahora no podemos
concertarla.
¿Quién tiene la
culpa? ¿Quién tiene
la
culpa
de que vuestros
hijos, hermanos, maridos
y
padres se pudran en las trincheras en lugar de
volver
al
trabajo pacífico? ¿Quién
aleja la victoria
y
prolonga
la guerra? Nosotros,
los socialistas
revolucionarios,
declaramos a plena
voz: ¡Viva el
último
golpe decisivo contra
el enemigo, viva
la
victoria del ejército
revolucionario contra las
hordas
23
24
alemanas, y después de eso, abajo la guerra y viva
la
paz!
De la muchedumbre
se elevaban espesas
bocanadas
de humo de
tabaco barato; se
oyeron
algunas voces aprobatorias.
Krúglikov
habló de la
Asamblea Constituyente,
que
debería ser la
dueña de la
tierra, del daño
que
hacían
las ocupaciones arbitrarias
de tierras de los
terratenientes y de la necesidad de guardar el
orden y
cumplir
los mandatos del Gobierno
Provisional. Fue
enmarañando
hábilmente con sutil
malla las mentes
del
público. Al principio
tomó la parte
de los
campesinos, recordándoles sus demandas. Cuando la
muchedumbre
empezó a gritar:
"¡Eso es!", "¡tienes
razón!",
"¡peor ya no
podemos estar!", Krúglikov
empezó
a dar inadvertidamente la
vuelta. De pronto
resultó que la muchedumbre, que acababa de darle la
razón a lo
de que el
campesino, sin la
tierra, no
gozaba
de ninguna libertad,
llegaba a la
conclusión
de que en un país libre no se debía arrebatar la
tierra
a los terratenientes.
Terminó
su discurso de
hora y media
entre
atronadores aplausos e improperios contra los
espías
y los bolcheviques,
"¡La órdiga -pensé yo-, cómo va a poder
competir
Baskákov
con Krúglikov! ¡Qué manera de
aclamarlo!"
Para
asombro mío, Baskákov
estaba a mi
lado,
fumando
su pipa, y
no exteriorizaba la
menor
intención de subir a la tribuna.
Los
eseristas, agolpados en
derredor del carro,
también estaban algo desconcertados por la conducta
de los bolcheviques.
Luego de cambiar impresiones,
llegaron
a creer que
los bolcheviques esperaban
a
alguien más y sacaron a otro orador. Este orador
fue
mucho
peor que Krúglikov.
Habló despacio,
quedándose
cortado a menudo y,
lo más importante,
repitiendo lo
que ya se
había dicho. Cuando
se bajó
del carro, le aplaudieron menos.
Baskákov
seguía de pie,
fumando. Tenía los
angostos y alargados ojos entornados y un aspecto
de
simpleza y bondad en la cara, que parecía decir:
"Que
hablen lo que quieran. ¡Qué me importa a mí! Estoy
aquí fumando y no estorbo a nadie".
El
tercer orador no
fue mejor que
el segundo y
cuando bajó del carro, la mayoría del público le
silbó
y abucheó, gritando:
- ¡Eh, tú... presidente!
- ¡Tú, cabeza de tarro! Vengan otros oradores.
- ¡Vengan esos bolcheviques! ¿Por qué no les das
la palabra?
En
respuesta a esa
acusación, el presidente
declaró indignado que concedía la palabra a todos
los
que la pidieran,
que los bolcheviques
no la pedían
porque,
seguramente, tenían miedo,
y él no
podía
hacerles hablar a la fuerza.
- ¡Pues si tú no puedes, nosotros podremos!
- ¡Han hecho de las suyas y ahora se esconden!
Arkadi Gaidar
-
¡Súbelos del pescuezo
al carro! Que
digan ante
el pueblo todo lo que piensan...
Los
bramidos de la
muchedumbre me asustaron.
Miré al Chova. Este se sonreía, pero estaba
pálido.
-
Baskákov -profirió-, basta.
De lo contrario,
puede terminar mal.
Baskákov tosió como si en la garganta le hubiera
estallado
algo, se metió
la pipa en
el bolsillo y se
encaminó,
contoneándose, entre la
enfurecida
muchedumbre, que le abría paso, hacia el
carro.
No empezó a
hablar en seguida.
Tras dirigir una
mirada
de indiferencia a
los eseristas, agolpados
en
derredor del carro, se secó con la palma de la mano
el
sudor
de la frente,
luego recorrió con
la mirada al
gentío, cerró su
enorme puño, haciendo
una higa, lo
puso de manera
que todos la
vieran e interrogó
calmoso, con voz sonora y burlona:
- Y esto, ¿no lo habéis visto?
Semejante comienzo, tan insólito, del discurso me
turbó.
También dejó perplejos,
en el acto,
a los
campesinos.
Casi en el
mismo momento se
oyeron
gritos de indignación:
- ¿Qué es eso?
- ¿Por qué enseñas una higa a la gente?
- Tú, así
te lleven los
demonios, responde con
palabras, y no con una higa, ¡de lo contrario te
vas a
ganar una paliza!
- ¿No habéis visto esto? -empezó a hablar otra vez
Baskákov-.
Pues no os
preocupéis. Que ellos...
-dijo
Baskákov, señalando con un movimiento de cabeza a
los eseristas- aún os enseñarán algo más lindo.
¡Va-a-
lien-te
co-sa!... -exclamó, alargando
las palabras,
entornando los ojos y moviendo la cabeza-.
¡Va-lien-
te
co-sa!... Los ciudadanos
de la Rusia
libre se
quedan
escuchando con la
boca abierta. Decidme,
pues,
ciudadanos, ¿qué provecho
habéis sacado de
esta
revolución? Había guerra
y sigue la
guerra. No
teníais tierra y seguís sin tierra. Vivía el
terrateniente
a
vuestro lado, y
sigue viviendo, sigue.
¿Qué le
puede
pasar? No gritéis
ni os envalentonéis. Este
gobierno
tampoco dejará que
toquen a los
terratenientes.
Preguntad a los
de Vodovátovo:
intentaron meterse en la tierra del señor, y los
recibió
un
destacamento de tropas.
Dieron unas vueltas
en
derredor, y aunque la tierra era buena, no se le
podía
hincar
el diente. Decís
que habéis aguantado
trescientos
años, y aún
os parecen pocos,
pues
queréis
seguir aguantando otro
tanto. Bueno, pues
aguantad. El Señor ama a los pacientes. Esperad que
el terrateniente venga a inclinarse delante de
vosotros
y os ofrezca la tierra: "¿Os, hace falta? Pues
tomadla,
por el amor
de Dios". Lo
único que dudo
es que
llegue ese día. ¿Habéis oído que cuando la Asamblea
Constituyente se reúna, debatirá la cuestión de
cómo
entregar la tierra a los campesinos, con rescate o
sin
él? Pues bien, cuando lleguéis a casa, contad
vuestros
dinerillos
a ver si
os alcanzan para
pagar el rescate.
¿Os creéis que la revolución se ha hecho para pagar
a
La escuela
los terratenientes la tierra, que es vuestra? ¿Para
qué
diablos, os pregunto, hacía falta esta revolución?
¿Es,
que no se podía, sin necesidad de ella, comprar
tierra
por dinero?
- ¿De qué rescate estás hablando? -oyéronse en la
muchedumbre voces de enojo y alarma.
- Pues de
éste -dijo Baskákov,
sacando del
bolsillo una octavilla
arrugada, y leyó-:
"La justicia
clama
que los propietarios
de la tierra
reciban una
recompensa
por los terrenos
que pasen a los
campesinos".
Ese es el
rescate que quieren.
Lo
escriben
en nombre del
partido de los
demócratas
constitucionalistas, y
ese partido también
estará
representado
en la Constituyente. También
querrá
salirse
con la suya.
Pues nosotros, los
bolcheviques,
decimos
sencillamente: ¡no hay
que esperar la
Constituyente,
dadnos la tierra
ahora, para que no
haya ningún debate, ninguna demora, ningún rescate!
Basta... ya la hemos pagado.
- ¡Ya la
hemos pagado!... -exclamaron centenares
de voces de la muchedumbre.
- ¿Qué
debates puede haber aún? Así, a lo mejor
nos quedamos otra vez sin nada.
-
¡Callad, malditos!... ¡Que
hable el bolchevique!
A lo mejor aún dice algo más como eso.
Yo estaba de pie, con la boca abierta, al lado del
Chova.
Me había invadido
de pronto una
oleada de
alegría y orgullo por Baskákov.
-
¡Semión Ivánovich! -le
grité, tirándole de la
manga-.
Pues yo creía...
Cómo les habla...
No
pronuncia
siquiera un discurso,
sino que conversa
llanamente.
"¡Qué
bueno y listo
es Baskákov!", pensé,
al
escuchar
cómo caían cual
mazazos sus tranquilas
palabras
en lo más
denso de la
agitada
muchedumbre.
- ¿La paz después de la victoria? -dijo Baskákov-.
No está mal. Conquistaremos a Constantinopla. ¡Nos
hace
tanta falta esa
Constantinopla, que sin
ella no
podemos
vivir! A lo
mejor aún conquistaremos a
Berlín.
Pues yo te
pregunto a ti
-al decir esto,
Baskákov señaló con el dedo al campesino picado de
viruelas que llevaba el cabestro roto en la mano y
se
había
abierto paso hacia
la tribuna-: ¿Es
que el
alemán o el turco te han pedido algo prestado y no
te
lo quieren devolver? Ea, dime, ten la bondad,
querido
amigo, ¿qué asuntos puedes tener en Constantinopla?
¿Es que llevas
allí tus patatas
a venderlas en el
mercado? ¿Por qué callas?
El
campesino picado de
viruelas se sonrojó,
empezó
a pestañear, y,
abriéndose de brazos,
respondió con voz indignada:
- A mí
no me hace
ninguna falta... ¿Para
qué la
quiero?
- ¡A ti
no te hace falta, ni
a mí tampoco,
ni a
ninguno de nosotros nos hace falta! La necesitan
los
comerciantes para tener más ganancias en sus
tratos.
Pues si les hace falta a ellos, que la conquisten
ellos.
¿Y qué tiene
que ver aquí
el campesino? ¿Para
qué
han
llevado al frente
a la mitad
de vuestro pueblo?
¡Pues
para que los
comerciantes se lleven
las
ganancias!
¡Tontos sois unos
tontos! Grandes,
barbudos, pero cualquiera os puede engañar.
- ¡Vive Dios
que puede! -susurró
el campesino
picado
de viruelas, dándose
palmadas-. Vive Dios
que puede -y, exhalando un profundo suspiro, bajó
la
cabeza.
- Pues bien,
nosotros os decimos
-concluía
Baskákov-
que nos den
la paz ahora,
sin victoria
alguna,
y no después
de la victoria,
cuando lluevan
chuzos, después de que se mutile a miles y miles
más
de
obreros y campesinos.
Aún no hemos
vencido al
terrateniente
en nuestra tierra.
¿Tengo razón o no,
hermanos?
Y ahora, el
que no esté
de acuerdo, que
suba aquí y diga que he mentido, que no he dicho la
verdad; yo no tengo nada más que deciros.
Recuerdo que la multitud empezó a gritar y lanzar
exclamaciones. Salió, lívido, el eserista
Krúglikov, y
agitó los brazos, intentando decir algo. Lo tiraron
del
carro. Baskákov estaba al lado, encendiendo la
pipa,
y el campesino
picado de viruelas,
al que Baskákov
le había preguntado para
qué necesitaba
Constantinopla,
le tiraba de
la manga, invitándolo
a
que fuese a su isba a tomar té.
- ¡Con miel!
-le decía con
voz casi suplicante-.
Me
queda una poquitina.
No me hagas
un desaire,
camarada.
Y ellos, los
amigos de usted,
que vengan
también.
Tomamos una infusión de frambuesas secas. En la
isba
había un agradable
olor a panal.
Por delante de
las
ventanas pasó de
vuelta, levantando polvo
en la
carretera,
el carricoche repleto
de eseristas. La
tarde
era seca y bochornosa. Lejos, en la ciudad,
repicaron
las
campanas. Los negros
frailes de treinta
iglesias
rezaban por el apaciguamiento de la tierra
sublevada.
Capítulo tercero
Fui al cementerio
a despedirme de
Tim Shtukin.
Se marchaba con su padre a Ucrania, donde, cerca de
Zhitómir, un tío suyo tenía una pequeña
casería
El
equipaje estaba hecho.
El padre había
ido por
un carro. Tim parecía alegre. No podía estarse
quieto,
iba a cada
instante a un
rincón o a
otro, como si
quisiera
examinar por última
vez las paredes
de la
caseta, en la que había crecido. Mas a mí me
parecía
que él no estaba alegre de verdad y que se contenía
a
duras penas para no llorar. Había soltado sus
pájaros.
-
Todos... Todos han
volado -decía Tim-.
El
petirrojo,
los herrerillos, los
jilgueros y el
pardillo.
Sabes,
Boris, quería más
que a todos
al pardillo. Lo
tenía completamente amaestrado. Le abrí la puerta
de
la
jaula, y no
quiso salir. Lo
eché con un
palito...
Voló a una
rama de un álamo
y se puso
a cantar de
tal
manera... Me senté
al pie del
árbol y colgué
la
jaula en una rama seca. Estaba sentado, pensando en
todo, en cómo habíamos vivido, en los pájaros, en
el
25
26
cementerio,
en la escuela,
en cómo había
terminado
picardía al oficial.
Arkadi Gaidar
todo y nos teníamos que marchar. Estuve mucho rato
sentado
y pensando, luego
me puse en
pie y quise
alcanzar
la jaula. Miré,
y dentro estaba
mi pardillo.
Bajó
del árbol, se
metió en la
jaula y no
quiso
escapar.
De pronto me
dio tanta lástima
de todo
que... por poco me eché a llorar, Boris.
-
Mientes, Tim -le
dije, conmovido-, de
seguro
que lloraste de verdad.
- Sí, lloré de
verdad -confesó Tim, temblorosa la
voz-. Sabes, Boris, estoy acostumbrado. Siento
tanto
que nos hayan
echado de aquí.
Sabes, hasta he
ido,
sin que mi
padre se enterase, a
pedir a Siniuguin, el
mayordomo
de la iglesia,
que nos dejara
quedarnos.
Pero no -dijo Tim, suspirando y volviendo la
cabeza-.
No ha querido. ¿A él qué le importa?... El tiene
una
casa bien grande...
Tim
articuló las últimas
palabras casi en un
susurro
y se fue
deprisa a la
habitación contigua.
Cuando,
un momento después,
yo entré donde
él, vi
que
estaba llorando, hundida
la cara en
un hatijo
grande de almohadas.
En la estación,
empujados por la multitud
que se
abalanzó hacia los vagones del tren llegado, Tim y
su
padre desaparecieron.
"Van a aplastar
a Tim -pensé,
alarmado-. ¿Y a
dónde irá todo este gentío?"
El
andén estaba hasta
los topes de
soldados,
oficiales
y marineros. "Estos,
al menos, están
acostumbrados
y haciendo el
servicio, pero ésos
¿a
dónde
irán?", pensé, mirando
los grupos de
gente
sentada
entre montones de
cajas, cestas y
maletas.
Iban
familias enteras de
paisanos. Hombres de
cara
rasurada
y mal genio
con las frentes
sudorosas del
ajetreo
y la agitación.
Mujeres de finas
facciones y
brillo
de cansancio y
desconcierto en los
ojos. Unas
anticuadas mamás con raros sombreros, estupefactas
por el tumulto, obstinadas e irritadas.
A mi izquierda,
en una maleta
inmensa, estaba
sentada, sujetando con una mano el lío de la ropa
de
cama, atado con una correa, y una jaula con un loro
en la otra, una anciana parecida a una de esas
viejas y
nobles condesas que muestran en el cine.
Gritaba
algo a un
joven oficial de
marina que
intentaba
mover del sitio
un pesado baúl
recubierto
de hojalata.
-
Déjeme -respondía él-,
¿qué mozo de
cuerda
quiere
encontrar usted aquí?
¡Oh, demonios!...
¡Escucha!
-gritó, dejando el
baúl y encarándose
con
un
soldado que pasaba
por su lado-.
¡Eh, tú!... Ea,
ayúdame a meter las cosas en el vagón.
Sorprendido
por lo inesperado
y obedeciendo al
tono imperativo, el soldado se detuvo en seguida y
se
cuadró,
pero, casi al
mismo tiempo, como
si se
avergonzase
de su apresuramiento, abandonó
la
posición
de firmes bajo
las burlonas miradas
de sus
compañeros,
se metió lentamente
una mano detrás
del
cinto y, entornando
algo los ojos,
miró con
- Te están hablando a ti -repitió el oficial- ¿Te
has
quedado sordo o qué?
- Mi teniente, no me he quedado sordo, pero no es
cosa mía cargar con su guardarropa.
El
soldado se volvió
de espaldas y
se alejó
pausado, contoneándose, a lo largo del tren.
-
¡Gregoire!... -gritó la
anciana, pronunciando en
francés
el nombre del
oficial y desorbitando
los
descoloridos
ojos-. ¡Gregoire, busca
a un guardia,
que detenga y lleve a los tribunales a ese
grosero!
Pero el oficial
agitó desesperado una
mano y,
poniéndose
de mal genio,
le respondió con
súbita
acritud:
- ¿Y usted
por qué se
ha de meter
donde no la
llaman? ¿Qué comprende usted? ¿Qué guardia quiere
usted que busque? ¿U no del otro mundo o qué? Siga
usted sentada y no rechiste.
Tim se asomó de pronto por una ventanilla:
- ¡Eh! ¡Boris, estamos aquí!
- ¿Y qué tal estáis ahí?
- No estamos mal... Nos hemos instalado bien. Mi
padre se ha sentado encima de los bultos, y a mí me
ha subido un marinero a la litera de arriba y me
deja
que
esté a sus
pies. Pero me
ha dicho que
no me
mueva, de lo contrario me echará de allí.
Alborotada por el segundo toque de la campanilla,
la
multitud gritó aún
más. Los tacos
de arriero
mezclábanse
con el habla
francesa; el aroma
de
esencias,
con el olor
a sudado; el
tañido de una
armónica,
con los sollozos
de alguien, y
por encima
de todo eso
sonó de golpe
el silbido de la
locomotora.
- ¡Adiós, Tim!
- ¡Adiós, Boris! -respondió, asomando su mechón
y agitando una mano.
El tren se perdió de vista, llevándose a centenares
de personas
de lo más distintas,
pero dijérase que la
estación
no se había
descongestionado lo más
mínimo.
- ¡Cuántos se las piran! -oí una voz a mi lado-. Y
todos
van al Sur,
todos al Sur.
A Rostov y
al Don.
Apenas
pasa un tren
para el Norte,
no montan más
que
soldados y trabajadores;
y cuándo pasa
para el
Sur, los señores se las piran que es un gusto.
- ¿Van de veraneo?
- De veraneo...
-oí decir con
deje irónico-. A
curarse de la mieditis; hoy los señores están
enfermos
de mieditis.
Me encaminé hacia la salida a lo largo de cajones,
baúles, sacos y gentes que bebían té, comían
pepitas
de girasol, dormían, se reían o regañaban entre
ellos.
El cojo vendedor
de periódicos Semión
Yákovlevich
salió no sé
de dónde y,
corriendo con
ligereza extraordinaria para su pata de palo, gritó
con
voz fina y cascada:
-
¡Periódicos recientes!... ¡Rússkoie
Slovo!...
¡Pasmosos
pormenores de la
acción de los
La escuela
bolcheviques!
¡El Gobierno ha
disuelto una
manifestación
de los bolcheviques!
Hay muertos y
heridos.
¡Infructuosas búsquedas del
principal
bolchevique Lenin!...
Arrebataban
los periódicos a
los vendedores, sin
pedirles las vueltas.
Al
regresar, tomé algo
más a la
derecha de la
carretera
y fui por
un angosto sendero
abierto entre
mieses
maduras de centeno.
Al descender al
barranco,
advertí en la
vertiente opuesta a una
persona que caminaba al encuentro, inclinado bajo
el
peso de la carga que llevaba. Reconocí al instante
Al
Chova.
- Boris -me gritó-. ¿Qué haces aquí? ¿Vienes de la
estación?
- Sí, de allí vengo. ¿Y usted de dónde viene? ¿Va
a tomar el tren? Si es así, ya ha hecho tarde,
Semión
Ivánovich, el tren acaba de partir.
El
maestro de oficios
se detuvo, dejó
caer el
pesado
fardo a la
hierba y, sentándose
en tierra,
profirió, consternado:
- ¡Qué cosas
pasan! ¿Qué voy
a hacer ahora
con
esto? -señaló con el pie el fardo atado.
- ¿Qué hay ahí? -le interrogué, por
curiosidad.
- Varias cosas... libros... y algo más.
- Entonces vamos, le ayudaré a llevarlo de vuelta.
Déjelo en el club, y mañana se marchará:
El
Chova sacudió su
negra barba, espolvoreada,
como siempre, de tabaco, y dijo:
- Esa es
la cosa, amiguito,
que en el
club no se
puede dejar. Nos han quitado el club. Ya no tenemos
club.
- ¿Cómo es
eso de que
no tenemos club?
-
exclamé,
sobresaltado-. ¿Ha ardido,
o qué? Esta
mañana, cuando vine para acá, pasé por
delante...
- No ha ardido, amiguito, sino que lo han cerrado.
Menos mal que
nuestra gente nos
ha avisado con
tiempo. Ahora están haciendo allí un registro.
- Semión Ivánovich -interrogué, perplejo-, ¿Cómo
así? ¿Quién puede cerrar el club? ¿Acaso estamos en
el viejo régimen?... Ahora hay libertad. Los
eseristas
tienen su club, y los mencheviques, y los
demócratas
constitucionalistas
lo tienen, hasta
los anarquistas,
que siempre van borrachos y han tapado, además, las
ventanas con tablas por fuera, tienen su club y no
les
hacen
nada. En él
nuestro siempre está
todo
tranquilo, y lo cierran de pronto.
- ¡La libertad!
-dijo el Chova,
sonriendo-. Unos
tienen libertad, hermano, y otros no la tienen. ¿Y
qué
voy a hacer
yo con el
fardo? Hay que
esconderlo
hasta
mañana, pues no está bien llevarlo
de vuelta a
la ciudad, a lo mejor aún nos lo quitan.
- ¡Vamos a esconderlo, Semión Ivánovich! Sé un
sitio
por aquí cerca.
Si vamos un
poco por el
barranco, saldremos al estanque, y algo más
adelante,
a un
lado, hay una
hondonada; de allí
sacaban antes
arcilla
para hacer ladrillos,
y en las
paredes hay
muchos
agujeros. Allí se puede esconder no sólo
un
fardo, sino un carro con su caballo. Lo único es
que,
según dicen, hay serpientes, y yo voy descalzo.
Usted
lleva
botas, podrá entrar.
Además, aunque muerdan,
no se muere uno, sólo queda atontado.
Lo
último que dije
no agradó al
Chova y me
preguntó
si sabía por
allí cerca de
algún otro sitio
recogido, pero sin serpientes.
Le respondí que por allí no había ningún sitio más
como aquél, y, además, había gente: bien pastaba un
rebaño, bien escardaban patatares, bien los
chiquillos
rondaban por los huertos ajenos.
Entonces el Chova se cargó
el fardo a los
hombros
y echamos a
caminar por la
orilla de un
arroyo.
Escondimos bien el fardo.
- Ve ahora corriendo a la ciudad -dijo el Chova,.
Mañana lo recogeré yo mismo. Y si ves a alguien del
comité, dile que aún no me he marchado. Espera... -
dijo, deteniéndome para mirarme a la cara-.
¡Espera!
Amiguito... -agregó, agitando un dedo delante de
mis
narices-, ¿no se te escapará alguna palabra?
- ¡Qué cosas
tiene, Semión Ivánovich! -balbuceé,
encogiéndome
bajo la afrentosa
sospecha-. ¡Qué
cosas
tiene! ¿Acaso yo
he dicho algo
de alguien...
alguna
vez? En el
liceo jamás he
dicho nada de
nadie, ni siquiera en broma, y esto va en serio;
usted
aún...
Sin
dejarme terminar la
frase, el Chova
me dio
unas palmaditas en la espalda con su huesuda manaza
y me dijo, sonriente:
- Bueno, bueno... Anda ya... ¡Conspirador!
Capítulo cuarto
En el transcurso del verano Fedia creció y se hizo
un
hombre. Se dejó
el pelo largo
y empezó a
llevar
camisa
negra de cuello
ruso y carpeta.
Iba con esa
carpeta,
llena de periódicos,
de mitin en
mitin y
reunión en reunión que se celebraban en el liceo.
Era
el
presidente del comité
de la clase,
el delegado del
liceo en el colegio femenino y el elegido para
asistir
a las reuniones
de padres. Aprendió
a pronunciar
tales
discursos, que parecía
un segundo Krúglikov.
Se
subía a un
pupitre durante las
disputas sobre
temas como "¿Deben los alumnos contestar
sentados
u
obligatoriamente de pie
a los maestros?", "¿Se
puede
tolerar en un
país libre jugar
a las cartas
durante las lecciones de Religión?" Avanzaba
un pie,
se metía una mano detrás del cinturón y
pronunciaba:
"Ciudadanos,
os exhortamos... las
circunstancias
obligan...
somos responsables por
el destino de la
revolución...” Y hablaba como un sacamuelas.
Mis
relaciones con Fedia
no iban bien.
Aún no
habíamos
llegado a romper
abiertamente, pero cada
día nos llevábamos peor.
Me tomaron tirria otra vez.
No hacía sino
empezar a olvidarse
la historia de
mi
padre, acababa de
empezar a romperse
el hielo
entre
algunos de mis
antiguos camaradas y yo,
27
28
cuando sopló otro
viento, el de
la capital; los
habitantes
de la ciudad
se enfurecieron contra
los
bolcheviques
y cerraron el
club. Las milicias
de la
Duma
detuvieron a Baskákov,
y yo resulté
otra vez
culpable: que por qué había ido por el club de
ellos,
para qué había enarbolado el 1 de Mayo una bandera
en el tejado
del club de
ellos y por
qué me había
negado
en el mitin
a ayudar a
Fedia a repartir
octavillas en favor de la guerra hasta la
victoria.
Todos
los alumnos del
liceo repartían octavillas.
Algunos
tomaban octavillas de
los demócratas
constitucionalistas, de
los anarquistas, de los
socialistas
cristianos y de
los bolcheviques; corrían
con ellas y daban a los transeúntes las que les
venían
a mano. ¡Y
a ésos no
les decían nada,
como si se
debiera obrar así!
¿Cómo podía haber tomado yo a Fedia octavillas
eseristas,
si Baskákov me
había dado un
instante
antes todo un
manojo de proclamas
bolcheviques?
¿Cómo
se podían repartir
unas y otras?
Si al menos
las
octavillas se hubieran
parecido, pero no,
en una
ponía: "¡Viva la victoria sobre los
alemanes!", y en la
otra "¡Abajo la guerra de rapiña!" En
una: "¡Apoyad
al
Gobierno Provisional!", y
en la otra:
"¡Abajo los
diez
ministros
capitalistas!" ¿Cómo se las podía
echar
en el mismo
saco, si una
octavilla estaba
dispuesta a devorar a la otra?
Durante
aquel tiempo se
estudió mal. Los
maestros
se reunían en
los clubs, los
monárquicos
declarados
tomaron el retiro.
La mitad de
la escuela
estaba ocupada por la Cruz Roja.
-
Madre, me iré
de la escuela
-decía yo a
veces-.
De todos modos no estudiamos nada y estoy de punta
con
todos. Ayer, por
ejemplo, Kórenev recogía
dinero
en un cepillo
en pro de
los heridos; yo
tenía
veinte
kopeks, también eché,
y él torció
el gesto y
dijo:
"La patria no
necesita donativos de los
aventureros". Yo hasta me mordí los labios.
¡Lo dijo
delante
de todos! Yo
le repliqué: "Si
yo soy hijo
de
un
desertor, tú eres
hijo de un
ladrón. Tu padre,
contratista, ha robado al ejército, aprovechándose
de
los
pedidos, y tú,
de seguro, no
tendrás nada en
contra
de beneficiarte con
la recolecta en
pro de los
heridos". Casi llegamos a las manos. Dentro de
unos
días se celebrará un juicio de camaradas. Me
importa
un pepino ese juicio. ¡Valientes jueces... han
salido!
Llevaba siempre conmigo el máuser que me había
regalado
mi padre. Era
pequeña, cómoda, e
iba en
una
funda suave de
gamuza. No la
llevaba para mi
defensa
personal. Aún no
se proponía atacarme
nadie; pero la estimaba mucho como recuerdo de mi
padre,
como regalo suyo,
y era el
único objeto de
valor
que yo tenía.
Y la quería,
además, porque
siempre
experimentaba una agradable
emoción y
orgullo
cuando la sentía
conmigo. Por si
eso fuera
poco,
yo contaba a
la sazón quince
abriles y no
conocía,
ni conozco hasta
la fecha, a
ningún
muchacho
de esa edad
que renunciase a
tener una
Arkadi Gaidar
pistola
de verdad. Estaba
enterado de que
yo tenía
esa
pistola Fedia nada
más. Aún durante
los días de
nuestra
amistad yo se
la había enseñado.
Y vi con
qué envidia y cuidado examinó entonces el regalo de
mi padre.
Al otro día
de la historia
que me ocurrió
con
Kórenev,
entré en la
clase, como siempre
durante el
último tiempo, sin saludar ni prestar atención a
nadie.
La
primera lección fue
la de Geografía.
Luego
que
hubo contado algo
de China occidental,
el
maestro se detuvo y empezó a comentar con nosotros
las
últimas noticias de
los periódicos. Mientras
se
discutía
y hablaba, noté
que Fedia escribía
ciertas
esquelas y las iba distribuyendo por los pupitres.
Me
dio tiempo a leer mi apellido por encima del hombro
de mi vecino. Me puse en guardia.
Cuando
sonó el timbre,
me puse en
pie,
observando
atentamente a los
que me rodeaban,
fui
hacia la puerta y advertí en el acto que me cerraba
el
paso a ella un grupo de los condiscípulos más
fuertes.
Hicieron
un semicírculo delante
de mí; del
medio
salió Fedia y avanzó hacia mí.
- ¿Qué quieres? -le interrogué.
-
Entrega la pistola
-dijo con descaro-.
El comité
de la clase ha tomado la resolución de que
entregues
la
pistola en el
comisariado de las
milicias de la
Duma. Entrégala ahora mismo al comité, y mañana te
darán un recibo de las milicias.
- ¿De qué pistola estáis hablando? -interrogué yo,
retrocediendo
hacia la ventana
y procurando, lo
mejor que pude, parecer tranquilo.
- ¡Haz el
favor de no
negarlo! Sé que
la llevas
siempre
encima. Y ahora
la tienes en
el bolsillo
derecho.
Más te valdrá
que la entregues
por las
buenas, o llamaremos
a las milicias.
¡Entrégala! -
dijo, alargando la mano abierta.
- ¿La máuser?
- Sí.
- Y esto,
¿no lo quieres!
-grité acremente,
enseñándole
una higa-. ¿Me
la diste tú?
No. ¡Pues
vete a los infiernos mientras aún no te han
hinchado
las narices!
Volví rápidamente la cabeza y vi que tenía a mis
espaldas a cuatro, listos a asirme por detrás.
Entonces
di un salto adelante, intentando, abrirme paso
hacia la
puerta.
Fedia me tiró
de un hombro.
Yo le di un
puñetazo, y me asieron en el acto por los hombros y
el
pecho. Alguien intentó
sacarme la mano
del
bolsillo. Sin sacarla, empuñé fuertemente la
pistola.
"Me la quitarán... ahora me la
quitarán...”
Chillé
como una fierecilla
atrapada en un
cepo.
Saqué
el máuser, quité
el seguro con
el pulgar y
apreté el gatillo.
Los
cuatro pares de
manos que me
sujetaban me
soltaron
instantáneamente. Me subí
al antepecho de
la
ventana. Desde allí
pude ver las
caras, blancas
como el algodón,
de los alumnos
y el baldosín
amarillo
del suelo roto
por el disparo,
y al padre
La escuela
Guennadi, parado en la puerta y convertido en
bíblica
estatua
de sal. Sin
titubear, salté desde
la altura del
primer piso al macizo de dalias de vivo color
rojo.
Avanzada
ya la noche,
subí por el
canalón de
desagüe,
desde el huerto,
a una ventana
de mi casa.
Procuré
subir sin hacer
ruido, para no
asustar a los
míos; pero mi madre oyó un ligero ruido, se acercó
y
preguntó en voz baja:
- ¿Quién hay ahí? ¿Eres tú, Boris?
- Sí, soy yo, mamá.
- No subas por el canalón... te vas a caer. Ve a la
puerta, yo te abriré.
- No hace
falta, mamá... No
me cuesta nada,
entraré por aquí...
Cuando
salté del antepecho
de la ventana
a la
habitación,
me detuve, dispuesto
a escuchar los
reproches y quejas de mi madre.
-
¿Tienes hambre? -me
interrogó con la
misma
voz baja-. Siéntate, te pondré sopa, aún está
caliente.
Entonces,
creyendo que mi
madre no sabía
nada,
la besé, me senté a la mesa y empecé a pensar cómo
decirle
todo lo que
había ocurrido. Tomando,
distraído,
cucharadas de sopa
algo pasada, noté
que
mi
madre me miraba
fijamente de soslayo. Me
sentí
violento y dejé la cuchara en el borde del
plato.
Ha estado el inspector -dijo mi madre- y ha dicho
que te expulsan
del liceo y
que si mañana
hasta las
doce no entregas tu pistola a las milicias, darán
parte
y te la quitarán por la fuerza. ¡Entrégala,
Boris!
- No la entregaré -repuse, obstinado y sin
mirarla-.
Es de papá.
- ¡No importa
que sea de
papá! ¿Para qué la
quieres?
Luego conseguirás otra.
Aun sin el
máuser
andas
medio chiflado los
últimos meses, y
puedes
pegarle un tiro a alguien. Entrégala mañana.
- No -repuse precipitado, apartando el plato-. ¡No
quiero otra pistola, quiero ésta! Es de papá. No
estoy
medio
chiflado ni me
meto con nadie.
Son ellos los
que se meten
conmigo. Me importa
un pepino que
me
hayan expulsado, me
hubiera marchado yo
mismo. La esconderé y no la entregaré.
- ¡Dios mío!
-empezó a exclamar
mi madre, ya
irritada-.
¡Entonces te encarcelarán
y estarás
encerrado hasta que la entregues!
- Pues que
me encarcelen -dije,
con rabia-.
También
han encarcelado a
Baskákov... y qué,
me
estaré en la cárcel, no la entregaré de ninguna de
las
maneras...
¡No la entregaré!
-grité tan alto, luego
de
una corta pausa, que mi madre dio un paso
atrás.
- Bueno, bueno, no la entregues -articuló, ya más
suave-. ¿A mí qué más me da? -se calló, pensativa,
se
puso en pie y añadió, apenada, saliendo por la
puerta-
: ¡Cuánta vida me vais a quitar!
Me
asombró la transigencia
de mi madre.
No se
parecía a ella. Rara vez se inmiscuía en mis
asuntos;
pero, cuando la tomaba con algo, no cejaba hasta
que
se salía con la suya.
Dormí bien. Vi en sueños a Tim, que había venido
a visitarme y me había traído un cuclillo.
"¿Para qué
lo
quiero, Tim?" Y
Tim no respondió.
"Cuclillo,
cuclillo, ¿cuántos años tengo?" Y el cuclillo
cantó su
cu-cú
diecisiete veces. "No
es verdad -dije-,
tengo
quince
años nada más".
"No -denegó Tim
con la
cabeza-.
Tu madre te
ha engañado". "¿Para
qué me
había de engañar mi madre?" Y en eso vi que
Tim no
era Tim, sino Fedia, y se estaba sonriendo con
ironía.
Me
desperté, salté de
la cama y
miré a la
habitación
contigua: eran las
siete menos cinco.
Mi
madre
no estaba. Debía
apresurarme y esconder
el
máuser en el huerto, sin que me vieran.
Me puse la camisa, tomé de la silla los pantalones,
y un escalofrío me recorrió de pronto todo el
cuerpo:
los
pantalones pesaban demasiado
poco. Llevé
cuidadosamente, como si temiera quemarme, la mano
al bolsillo. Eso era, allí no estaba el máuser:
mientras
yo dormía, mi madre me la había quitado. "¡Ah,
ésas
tenemos,
conque ésas tenemos!...
También está ella
contra mí. Y yo la creí ayer. Por eso dejó tan
pronto
de convencerme... La habrá llevado a las
milicias".
Quise salir corriendo a darle alcance.
-
¡Al-to!... ¡Al-to!... ¡Al-to!...,
sonó, marcando el
tiempo, el reloj. Me detuve y misé a la esfera. ¿Qué
era
aquello, en realidad?
Marcaba sólo las
siete.
¿Adónde podía haber ido? Recorrí los rincones con
la
mirada y advertí que faltaba la cesta grande;
adiviné
que mi madre había ido al mercado.
Pero si había ido al mercado, no se habría llevado
el
máuser. Por tanto,
la habría escondido,
mientras
tanto,
en casa. ¿Dónde?
y colegí en
el acto: en el
cajón de arriba del armario, pues era el único que
se
cerraba con llave.
En eso recordé
que en una
ocasión, hacía ya
mucho,
mi madre trajo
de la farmacia
bolitas
rosáceas
de sublimado y,
para mayor seguridad,
las
guardó
bajo llave en
aquel cajón. Fedia
y yo
queríamos
matar el gato
pajizo de los
Simakov,
porque éstos le habían roto una pata a nuestro
perrito.
Rebuscamos
entre los hierros
viejos, y encontramos
una
llave que abría
el cajón; sacamos
una bolita y,
creo, volvimos a dejar la llave en el mismo
sitio.
Fui al cuarto
oscuro y corrí
un pesado cajón.
Esparciendo
trozos de hierro
inservibles, tuercas y
tornillos,
me puse a
buscar. Me corté
en una mano
con un trozo
de hojalata y
encontré en seguida
tres
llaves
oxidadas. Una de
ellas abría... Esa
sería, de
seguro.
Torné
al armario. La
llave entró con
dificultad...
¡Tris! Sonó la cerradura. Tiré del cajón. Allí
estaba...
el máuser... La funda, aparte. Tomé la una y la
otra.
Cerré el cajón, tiré la llave por la ventana al
huerto y
corrí a la calle. Miré a los lados y vi a mi madre,
que
volvía del mercado. Doblé la esquina y eché a
correr
hacia el cementerio.
En la linde
del bosquecillo me
detuve a tomar
aliento. Me dejé caer en un montón de hojas secas y
respiré,
jadeante, mirando a
menudo a los
lados,
29
30
como si temiera que me persiguieran. A mi lado
fluía
su redonda cabeza calva.
Arkadi Gaidar
un
apacible y silencioso
arroyo. El agua
estaba
limpia, pero cálida,
y olía a
algas. Sin ponerme
en
pie, tomé agua en la cuenca de la mano y bebí,
luego
me puse las manos por cabecera y empecé a
pensar.
¿Qué
hacer ahora? No
podía volver a
casa ni al
liceo. Aunque a casa sí podía... Esconder el máuser
y
volver.
Mi madre se
enfadaría, pero ya se
le pasaría
el
enfado. Ella misma
había tenido la
culpa, ¿para
qué me había
quitado la pistola
a escondidas?
¿Vendrían
de las milicias?
Si yo les
decía que la
había perdido, no se lo creerían. Si les decía que
era
de otro, preguntarían que de quién. Si no decía
nada,
¡a lo mejor
me encerraban de
verdad! Fedia era un
canalla... ¡Qué canalla!
A través de los ralos árboles del lindero se veía
la
estación.
¡Pi-i-i-i!,
oyóse el eco
del pitido de
una lejana
locomotora.
Por encima de
la vía extendióse
una
franja
ondulada de blanco
vapor, y de
la curva
asomó,
lenta, la locomotora
negra, parecida a un
escarabajo desde allí.
¡Pi-i-i-i!,
volvió a silbar,
saludando al semáforo,
que le tendía amistosamente su mano.
"Y si me...”
Me puse lentamente en pie y me quedé
pensativo.
Y cuanto más
lo pensaba, tanta
más y más me
atraía
la estación. Me
llamaba con el
ruido de los
pitidos,
de las cantarinas
y lánguidas señales
de las
casetas de los guardavías, del olor, casi palpable,
del
petróleo al arder y la longitud de la lejana vía,
que se
perdía en horizontes extraños y desconocidos.
"Me
marcharé a Nizhni
Nóvgorod -pensé-. Allí
encontraré
al Chova. Está
en Sórmovo. Se
alegrará
de
verme, me albergará
por ahora, y
después
veremos.
Se apaciguará todo,
y entonces volveré.
Y
puede que... -algo me apuntó desde dentro-: y puede
que no vuelva".
"Así será", decidí con firmeza,
inesperada para mí
mismo;
y, dándome cuenta
de la importancia
de mi
resolución,
me puse de
pié, sintiéndome fuerte
y
grande.
Capitulo quinto
El tren llegó a Nizhni Nóvgorod de noche. Me vi
en
seguida en una
plaza grande delante
de la
estación.
Bajo las luces
de las farolas
brillaban las
bayonetas de fusiles
nuevos y relucían
por doquier
hombreras de militares.
Desde
una tribuna, un
hombre de barba
roja
estaba pronunciando a los soldados un discurso
sobre
la
necesidad de defender
la patria y
aseguraba que
era
inevitable la pronta
derrota de los
"malditos
imperialistas alemanes".
Volvía a cada instante la mirada hacia un viejo y
canoso coronel, que estaba a su lado y que, como si
confirmase
la justedad de
las conclusiones del
pelirrojo
orador, asentía, aprobatorio,
cada vez, con
El orador tenía aspecto de cansado, se daba golpes
con la palma abierta y alzaba por turno ya una mano
ya la otra.
Apelaba a la
conciencia de los
soldados.
Al
final, cuando le
pareció que su
discurso había
calado
en lo denso
de la masa
gris, agitó con
tal
violencia la mano que casi dio un bofetón al
coronel,
que retrocedió asustado, y entonó alto la
Marsellesa.
Le
hicieron coro algunas
decenas de voces
desperdigadas,
pero el grueso
de la columna
de
soldados calló.
Entonces
el pelirrojo orador
cortó el himno
a
mitad
de palabra y,
arrojando el gorro
al suelo,
descendió de la tribuna.
El
viejo coronel aún
siguió un rato
allí, abrió,
impotente, los brazos y bajó de la tribuna,
inclinando
la cabeza y apoyándose en la barandilla.
Era un batallón
de línea, que
enviaban al frente
alemán.
Los soldados habían
venido cantando hasta
la
estación,
les habían echado
flores y entregado
regalos.
Todo había ido
bien. Y ya
allí, en la
estación,
aprovechando que, por
culpa del descuido
de
alguien, en los
depósitos faltó agua
caliente y no
hubo
suficientes camastros en
varios vagones, los
soldados convocaron un mitin.
Aparecieron
oradores espontáneos y,
habiendo
empezado
por la falta
del agua caliente,
el batallón
llegó de improviso a la siguiente conclusión:
"¡Basta,
ya no combatimos más, en nuestros pueblos se están
viniendo
abajo las haciendas,
la tierra de los
terratenientes
no se ha
repartido, no queremos
ir al
frente!"
Se
encendieron hogueras, olió
a la resina
de las
tablas partidas, a tabaco barato, pescado seco,
apilado
en los muelles
contiguos, y al
fresco viento del
Volga.
Así,
emocionado y contento,
me encaminé hacia
la oscuridad de las desconocidas calles próximas a
la
estación
a lo largo
de las luces,
los fusiles, los
excitados
soldados, los chillones
oradores y los
oficiales, desconcertados y enfurecidos.
El
primer transeúnte, a
quien pregunté cómo
ir a
pie a Sórmovo, me respondió, asombrado:
- Muy señor mío, a Sórmovo no se puede ir a pie
desde
aquí. Desde aquí
a Sórmovo se
va en barco.
Pagas
cincuenta kopeks y
montas, y ahora
no hay
ningún barco hasta la mañana.
Entonces,
tras deambular un
rato por las
calles,
me metí en
uno de los
cajones vacíos que
estaban
amontonados junto a una valla, decidido a esperar
el
alba. Al poco me dormí.
Me
despertó una canción.
Eran unos cargadores,
que cantaban a una al levantar algo pesado.
¡Ea, muchachos, arrimad!
entonaba uno con voz cascada, pero de agradable
La escuela
tenor.
Los
otros le coreaban
con voces estridentes,
también cascadas:
Que aún nos hemos de esforzar.
Algo se movió, crujió y chirrió.
Y ea... empezar, hemos empezado,
Mas con la canalla aún no hemos acabado.
Asomé la cabeza. Los cargadores rodeaban, como
hormigas encima de un trozo de pan de centeno, una
inmensa
cabria oxidada y
la subían a
una batea por
unos
raíles inclinados. El
entonador, que no
se veía
entre la multitud, volvió a cantar:
¡Y ea... a Nicolás hemos despedido.
Mas de poco nos ha servido!
Otra vez se oyó un crujido.
¿No será mejor que el pueblo se levante,
Y a Alejandro tire al agua por los pies?
Resonaron
chirridos y un
estrépito. La cabria
se
desplomó
con todo su peso
en la chirriante batea,
la
canción se cortó y se oyeron voces, conversaciones
y
denuestos.
"¡Vaya
canción! -pensé-. ¿De
qué Alejandro se
tratará?
¡Pero si se trata de Kerenski!...
En Arzamás
lo
detendrían a uno
en seguida por
cantar una
canción como ésa, y aquí hay un miliciano al lado,
se
vuelve de espaldas y aparenta no oír".
Un
barco pequeño y
sucio hacía ya
mucho que
había
atracado al muelle.
Yo no tenía
los cincuenta
kopeks
que valía el
billete; ante la
estrecha escala
había un revisor pelirrojo y un marinero con
fusil.
Me
mordí las uñas
y miré, desalentado,
a la
estrecha franja de agua aceitosa, que susurraba
entre
el
muelle y el
casco del barco.
En el agua
flotaban
cortezas de sandías, astillas, papeles y otra
basura.
"¿Pedir
permiso al revisor?
-pensé-. Le meteré
algún
embuste. Le diré
que soy huérfano,
que he
venido
a visitar a
mi abuela enferma.
Que me deje
pasar para ir a verla".
La
superficie aceitosa del
agua turbia reflejó
mi
rostro
moreno, la cabeza grande, pelada a
lo erizo y
la
resistente guerrera de
escolar con brillantes
botones de latón.
Exhalé
un suspiro y
deseché la versión
de
orfandad,
pues los huérfanos
con caras tan
sanas no
inspiran confianza.
Yo
había leído en
libros que algunos
jóvenes sin
dinero,
para comprar el
billete, se enrolaban
de
grumetes. Pero aquel método no podía servirme allí,
pues mi travesía duraría sólo hasta la orilla
opuesta.
- ¿Qué haces
ahí parado? ¡Córrete!
-oí una voz
traviesa y vi a un muchacho de baja estatura,
picado
de viruelas.
El muchacho arrojó
al cajón un
manojo de
octavillas
y levantó, de
debajo de mis
pies, una
colilla gruesa y sucia.
- ¡Eh, tú,
despistado! -exclamó con
tono
condescendiente-. ¡Mira que no ver esta
colilla!
Le
repuse que las
colillas me tenían
sin cuidado,
porque no fumaba, y, a mi vez, le pregunté qué
hacía
él allí.
- ¿Yo? -y
el muchacho lanzó
hábilmente un
escupitajo, que fue a dar en medio de un madero que
pasaba
flotando-. Pues reparto
octavillas de nuestro
comité.
- ¿De qué comité?
- Es claro de qué comité... del obrero. Si quieres,
ayúdame a repartirlas.
- De buena
gana te ayudaría
-repuse-, pero me
hace falta subir al barco para ir a Sórmovo y no
tengo
billete.
- ¿Y qué tienes que hacer en Sórmovo?
- He venido
a visitar a
mi tío. Trabaja
en la
fábrica.
- ¿Cómo se te ocurre -me reprochó el muchacho-,
ir a visitar
a tu tío
y no haber
reunido cincuenta
kopeks?
- Se reúnen de
antemano -confesé sinceramente-,
pero yo me he puesto en camino de improviso y me
he escapado de casa.
- ¿Te has
escapado? -interrogó el
muchacho,
deslizando
por mí una
mirada de incrédula
curiosidad.
Sorbió con la
nariz y agregó,
compadeciéndose-: Cuando vuelo vas, buena te va a
dar tu padre.
- No volveré.
Además, no tengo
padre. Lo
mataron durante el zarismo. Era bolchevique.
- El mío
también es bolchevique
-apresuróse a
decir
el muchacho-, con
la única diferencia
de que
está
vivo. Amiguito, mi
padre es el
hombre más
importante
de todo Sórmovo.
Pregúntale a quien
quieras dónde vive Pável Korchaguin, y cualquiera
te
dirá
que en el
comité... en el
barrio de Varija,
en la
fábrica Ter-Akópov. ¡Fíjate qué padre tengo!
Dicho
eso, el muchacho
tiró la colilla
y,
subiéndose
los pantalones, que
se le caían,
se
escabulló
entre la muchedumbre,
dejando las
octavillas a mi lado.
Levanté
una octavilla. En
ella se decía
que
Kerenski
era un traidor,
que estaba preparando
una
componenda
con el general
contrarrevolucionario
Kornílov.
Se exhortaba abiertamente
a derrocar el
Gobierno Provisional y proclamar el Poder
soviético.
El tono brusco
de la octavilla
me asombró más
aún que la atrevida canción de los cargadores.
Desde
detrás de unas barricas de arenques salió,
jadeante, el
muchacho y me gritó, corriendo aún:
- ¡No hay, amiguito!
- ¿Qué es lo que no hay? -interrogué, sin
entender.
31
32
-
Dinero. He visto
a Simón Kotylkin,
de los
Arkadi Gaidar
octavilla o un periódico, siempre se los llevo a
ellos
nuestros. Dice que no tiene.
- ¿Y para qué lo quieres?
- ¡Pues para
ti!-articuló, mirándome asombrado-.
Te
comprarías un billete,
y en Sórmovo
le pedirías
los
cincuenta kopeks a
tu tío y
me los devolverías.
Yo también soy de Sórmovo.
Se
estuvo un rato
por allí, conmigo,
después se
marchó de nuevo no sé dónde y volvió en
seguida.
-
Bueno, amiguito, nos
las apañaremos también
sin
dinero. Toma mis
octavillas y ve
derecho al
barco.
¿Ves allí a
un marinero con
fusil? Es Pável
Surkov. Cuando
vayas por la escala, encárate con el
marinero y dile que llevas octavillas del comité;
con
el
revisor no hables
siquiera. Pasa sin
detenerte. El
marinero
es de los
nuestros; si dicen
algo, saldrá en
tu defensa.
- ¿Y tú?
-
Amiguito, yo paso
por cualquier sitio.
Aquí no
soy forastero.
El
viejo barquichuelo, sucio
de cáscaras de
pepitas
de girasol y
restos de manzanas,
hacía ya
tiempo
que había zarpado,
y yo seguía
sin ver a mi
camarada.
Me
acomodé en un
montón de cadenas
oxidadas
de las anclas
y, aspirando el
aire fresco, que
olía a
manzanas,
petróleo y pescado,
me puse a
examinar
con curiosidad a los pasajeros. A mi lado iba
sentado
un diácono o un fraile, muy callado y, a todas
luces,
muy
deseoso de pasar
lo más inadvertido
posible.
Lanzaba
miradas furtivas a
los lados, mordisqueaba
una
raja de sandía
y escupía cuidadosamente las
pepitas en la mano.
Además del fraile y varias mujeres con bidones de
leche
vacíos, iban en
el barco dos
oficiales y cuatro
milicianos, un tanto apartados, al lado de un
hombre
vestido de paisano y con brazalete rojo.
Todos
los demás pasajeros
eran operarios, que,
apelotonados en grupos, hablaban a voces,
discutían,
se
imprecaban, se reían
y leían periódicos
en voz
alta.
Daba la impresión
de que se
conocían todos,
pues
muchos de ellos
se inmiscuían sin
el menor
reparo en las discusiones de otros; de banda a
banda
volaban objeciones y bromas.
A lo lejos
se fue divisando
Sórmovo. Era una
mañana sin viento. El humo de las fábricas se
reunía
en
densas nubes y
parecía desde allí
negros
tentáculos
extendidos sobre los
troncos pétreos de
chimeneas gigantescas.
- ¡Eh! -oí
a mis espaldas
la conocida voz
del
muchachuelo picado de viruelas.
Me
alegré de verlo,
pues yo no
sabía qué hacer
con las octavillas.
Tomó asiento a mi lado en una maroma enrollada
y,
sacando una manzana
del bolsillo, me
la ofreció,
diciendo:
- Toma. Los
cargadores me han
llenado la gorra
de
manzanas, porque tan
pronto como aparece
una
primero.
¡Ayer me regalaron
todo un manojo
de
gobios
secos del Caspio!
¡Qué les cuesta!
Meter la
mano en un saco y sacarla llena. Me comí tres y
llevé
dos a
casa, uno para
Aniuta y otro
para Masha. Son
mis hermanas -me explicó y agregó condescendiente-
: Unas tontuelas aún... No necesitan más que les
den
de comer.
Las
animadas conversaciones cesaron
de súbito,
porque el de paisano, con brazalete rojo,
acompañado
de los milicianos, se puso de improviso a comprobar
los
documentos. Sacando en
silencio sus papeles
mugrientos
y arrugados, los
obreros despedían al de
paisano con frías objeciones hostiles.
- ¿A quién buscan?
- Quién sabe.
- ¡A Sórmovo
debían de venir,
a buscar donde
nosotros!
Los
milicianos caminaban a
desgana; se notaba
que les era violento sentir encima decenas de
miradas
sospechosamente alertas.
Sin hacer caso del descontento general contenido,
el de paisano movió arrogante las cejas y se acercó
al
fraile.
Este se encogió
más aún y,
abriéndose,
apesadumbrado
de brazos, señaló
el jarrillo que
pendía
de su vientre
con la inscripción:
"Piadosos
cristianos,
contribuid a restaurar
los templos
destruidos por los alemanes".
El de paisano
soltó una risotada
con asco y
volviendo
la espalda al
fraile, tiró del
hombro, sin
contemplaciones, al muchacho que estaba a mi
lado.
- Enséñame tus documentos.
- Cuando sea mayor los tendré -respondió éste de
mal talante.
Al
intentar soltarse de
la ganchuda mano
del de
paisano,
el muchacho dio
un tirón, perdió
el
equilibrio y se le cayó el manojo de
octavillas.
El de paisano recogió una,
la ojeó rápidamente y
profirió quedo, pero colérico:
- ¿Eres pequeño
para llevar documentos,
pero lo
suficiente
grande para llevar
proclamas? ¡Hala,
prendedlo!
Mas no leyó
la octavilla sólo
el de paisano.
El
viento
había arrancado del
manojo y disperso
unas
diez
hojas blancas, que
arrastró por la
cubierta, de
bote en bote. Aún no les había dado a los
indolentes
y
turbados milicianos tiempo
de acercarse al
muchachuelo
picado de viruelas,
cuando toda la
gente gritó y rezongó:
- ¡Más te valdría que buscases a Komílov!
- ¡El fraile
puede ir sin
documentos, y te
metes
con el chiquillo!
- No estás en la ciudad, estás en Sórmovo.
- ¡A callar
se ha dicho!
-gritó el de
paisano,
mirando desconcertado a los milicianos.
- ¡No eres
quién para gritamos!
¡Gendarme
disfrazado!
¿Habéis visto cómo
se ha tirado
por las
octavillas?
La escuela
El cantero de un pepino pasó rozando la gorra del
de paisano.
Acosados desde todos los lados por los pasajeros,
puestos
en pie, los
milicianos miraban perplejos
en
derredor y decían, alarmados:
- No empujéis, no empujéis. ¡Ciudadanos,
calma!
De
súbito rugió la
sirena, y desde
el puente del
capitán alguien gritó a plena voz:
- ¡Apartaos de la borda izquierda... apartaos de la
borda izquierda... vais a volcar el barco!
La
muchedumbre se lanzó,
por la cubierta
inclinada,
al otro lado.
Aprovechándose de la
confusión,
el de paisano
soltó rabioso unos
improperios
a los milicianos
y se llegó
donde la
escalera
del puente del
capitán, junto a
la cual
estaban los dos oficiales, lívidos y
alterados.
El
barco atracó, y
los obreros bajaron
precipitadamente
al muelle. A
mi lado estaba
otra
vez el chicuelo picado de viruelas. Le ardían los
ojos
y sujetaba con las dos manos el manojo arrugado de
las octavillas recogidas.
- ¡Ven a
mi casa! -me
gritó-. ¡Dónde la
fábrica
Varija! Pregunta por Vasia Korchaguin, y cualquiera
te encaminará.
Capítulo sexto
Miré
asombrado y curioso
las casitas, grises
de
hollín, y los pétreos muros de las fábricas, a
través de
cuyas
negras ventanas relucían
las lenguas de
vivas
llamas
y se oía
el sordo rugir
de las máquinas
encerradas.
Era el descanso para la comida. Por delante de mí
pasó
una locomotora, atravesando
la calle y
espantando
con el vapor
unos perros vagabundos.
Tiraba
de unas plataformas
cargadas de ruedas.
Las
sirenas sonaron a distintas voces. Por la puerta de
la
fábrica
salieron multitudes de
obreros sudorosos y
cansados.
A su encuentro
corrieron bandadas de
revoltosos
chiquillos
descalzos con pequeños
hatillos de
cazoletas y platos
que despedían olor a cebolla,
col
fermentada y vapor.
Llegué, finalmente, por calles tortuosas al
callejón
donde vivía el Chova.
Llamé a una
ventana de una
casita de madera.
Una enjuta y canosa anciana se apartó de la artesa
y
la ropa que
lavaba, asomó la
cara, enrojecida y
sudorosa, y me interrogó, enojada, a quién
buscaba.
Se lo dije.
- Ya no
vive aquí. Vivió
aquí, pero ya
hace
tiempo que se mudó -respondió, cerrando la
ventana.
Atónito
por la noticia,
doblé la esquina
y,
deteniéndome
junto a un
montón de guijarros,
sentí
lo cansado que estaba y el sueño y hambre que
tenía.
Además
del Chova, en
Sórmovo vivía mi tío
Nikolái,
hermano de mi
madre. Pero desconocía
sus
señas, dónde trabajaba y cómo me recibiría.
Deambulé varias horas por las calles, mirando con
insistencia
las caras de
los obreros que
pasaban.
Naturalmente, no vi a mi tío.
Terminando
por perder toda
esperanza y
sintiéndome muy solo e innecesario a todo el mundo,
bajé a una
pequeña y seca
pradera llena de
pellejos
de
pescado y trozos
de cal amarilla
por las lluvias.
Me acosté y, tras cerrar los ojos, me puse a pensar
en
mi triste sino y mis reveses.
Cuanto más pensé, tanto más pena me dio y tanto
más absurda me pareció mi huida de casa.
Mas, incluso
en aquellos momentos renunciaba
a
la idea de
volver a Arzamás.
Me parecía que
ahora,
en
Arzamás, me vería
aún más solo;
que se reirían
desdeñosamente de mí, como antaño de Túpikov. Mi
madre
sufriría en silencio y aun
pudiera que fuese
a
implorar al director que me readmitiese en la
escuela.
Yo era testarudo.
Había visto, estando
aún en
Arzamás,
que la vida,
la vida verdadera
y vigorosa,
pasaba
de largo por
la ciudad con
las chispas
centelleantes y las luces refulgentes de los
trenes. Me
parecía
que bastaba con
saber saltar a
uno de los
estribos
de los raudos vagones, aunque sólo fuera al
mismo borde,
agarrarme fuertemente a la
empuñadura, y ya no me haría bajar nadie.
Un anciano se acercó a la valla. Llevaba un cubo,
una brocha y carteles enrollados. El anciano dio
una
espesa mano de goma a las tablas, pegó un cartel y
lo
alisó, dejó el cubo en el suelo, miró en derredor y
me
llamó:
-
Chico, sácame las
cerillas del bolsillo,
pues
tengo
las manos sucias
de goma. Gracias
-me dijo,
cuando encendí una cerilla y acerqué la lumbre a su
pipa apagada.
Tras de encender
la pipa, levantó
el cubo,
carraspeando, y dijo con benevolencia:
- ¡Ay, vejez,
qué mal deseada
es! En otros
tiempos descargaba martillazos con un macho de una
arroba,
y ahora se
me cansa la
mano de llevar
el
cubo.
-
Abuelo, déjeme que
lo lleve yo
-le propuse,
solícito-. A mí no se me cansará. Mire qué fuerte
soy.
Y, como si
temiese que no
accediera, así
apresuradamente el cubo.
-
Llévalo -accedió de
buen grado el
anciano-,
llévalo
si tienes tantas
ganas, entre los
dos
terminaremos antes.
El
anciano y yo
recorrimos muchas calles,
avanzando a lo largo de las vallas.
Apenas
nos deteníamos, detrás
de nosotros se
agolpaban
los transeúntes, curiosos
por enterarse lo
antes
posible de qué
pegábamos. Distraído por el
trabajo, me olvidé totalmente de mis infortunios.
Las
consignas
eran distintas, por
ejemplo: "Jornada de
ocho horas, ocho horas para dormir y ocho horas
para
descansar". A decir verdad, esta consigna me
parecía
ordinaria, nada atractiva. Me gustaba mucho más un
cartel
azul grande con
letras de intenso
rojo: "Sólo
con las armas
en las manos
conquistará el
33
34
proletariado el reino luminoso del
socialismo".
Este
"reino luminoso", que
el proletariado debía
conquistar,
me atraía con
su enigmática belleza
sin
par más que los remotos países exóticos atraen a
los
exaltados
escolares que han
leído a Mayne
Reid.
Estos
países, por remotos
que fueran, estaban
explorados,
divididos y pintados
en los aburridos
mapas
escolares. Y este
"reino luminoso", que se
mencionaba en el cartel, aún no lo había
conquistado
nadie.
Ningún pie humano
había pisado sus
extraordinarias posesiones.
- ¿No te
has cansado, muchacho?
-interrogó el
anciano, deteniéndose-. Si te has cansado, corre a
tu
casa. Ahora me las arreglaré solo. .
- No, no, no
estoy cansado -articulé,
acordándome, apenado, que pronto me quedaría otra
vez a solas.
-
Bueno, vamos -accedió
el anciano-. Pero
mira
que no te riñan en casa.
- No tengo
casa -le dije
con súbita sinceridad-.
Mejor dicho, tengo casa, pero lejos de aquí.
Y, obedeciendo al deseo de compartir con alguien
mis cuitas, se lo conté todo al viejo.
Me
escuchó atento, mirándome
fijamente y algo
irónico a la cara, cubierta de rubor.
- Eso hay
que ponerlo en
claro -dijo, tranquilo-.
Aunque
Sórmovo es grande,
un hombre no
es una
aguja. ¿Dices que tu tío es ajustador?
- Era ajustador
-respondí, alentado-. Lo
llaman
Nikolái.
Nikolái Egórovich Dubriakov.
Debe estar
afiliado al Partido, como lo estaba mi padre.
¿Puede
que lo conozcan en el comité?
- No, no
conozco a ninguno
de ese nombre.
Bueno,
no importa, cuando
acabemos de pegar
los
carteles te vendrás conmigo. Le preguntaré a alguno
de los nuestros.
El
anciano frunció las
cejas por algo
y echó a
andar, dando chupadas en silencio a la pipa
caliente.
-
¿Dices que mataron
a tu padre?
-interrogó de
improviso.
- Sí, lo mataron.
El anciano se limpió las manos en los pantalones
sucios y remendados y, dándome una palmadita en la
espalda, me dijo:
- Ahora te vendrás a mi casa. Comeremos patatas
con cebolla y herviremos agua para el té. ¿De
seguro
que tienes mucho apetito?
El cubo me
pareció muy ligero.
Y mi huida
de
Arzamás volvió a parecerme necesaria y
justificada.
Encontramos
a mi tío.
Resultó que no era
ajustador, sino contramaestre del taller de
calderas.
Mi tío dijo
en pocas palabras
que no hiciera
el
tonto y me volviera a casa.
- En mi
casa no tienes
nada que hacer...
Uno se
hace hombre útil cuando sabe dónde está su sitio
-me
dijo,
sombrío, el primer
día, a la
hora de comer,
al
tiempo
que se limpiaba
con la servilleta
los bigotes
Arkadi Gaidar
grasientos-. Yo, por ejemplo, sé cuál es mi
sitio... Fui
ayudante,
luego ajustador, y
ahora me he
hecho
contramaestre. ¿Por qué me he hecho contramaestre,
pongamos por caso, yo y no otro? Pues porque él, si
patatín,
si patatán. No
le gusta trabajar
y tiene
envidia
del ingeniero. Lo
quiere todo de
golpe. Tú,
por
ejemplo, ¿por qué
no podías aplicarte
en la
escuela?
Debías de haber
seguido estudiando para
hacerte médico o perito. Pues no... dejadme que
haga
de las mías.
Todo eso es
por pereza... Pues
yo creo
que
cuando una persona
se ha colocado
en algún
sitio, debe afanarse
por seguir ascendiendo.
Poco a
poco, poco a poco, y con el tiempo se abre
camino.
- ¿Cómo habla
usted así, tío
Nikolái? -le
interrogué,
ofendido y quedo-.
Tomemos, por
ejemplo, a mi padre. Fue soldado. Según el modo de
pensar
de usted, él debió
de ingresar en
una escuela
militar. Habría sido oficial. Quizás hubiera
llegado a
capitán.
¿Y todo lo
que él hizo,
el meterse en la
clandestinidad
en vez de
hacerse capitán, no fue
necesario?
Mi tío frunció el ceño.
- No quiero decir nada malo de tu padre, pero veo
poco de inteligente en sus actos. Era un
alborotador,
una
persona inquieta. Por
poco me enredó
a mí
también. Acababan de proponerme en la oficina para
hacerme contramaestre, y de pronto me comunicaron
que
había venido a
visitarme un familiar
no muy
católico. Me costó mucho echar tierra al
asunto.
En eso mi
tío sacó de
la escudilla un
grasiento
hueso
con carne, le
puso mucha mostaza
y sal y,
clavando
en la carne
sus fuertes dientes
amarillos,
sacudió, descontento, la cabeza.
Cuando su mujer, alta y guapa, sirvió, después de
la
comida, una jarra
de barro con
dibujos, llena de
kvas casero, le dijo:
-
Echaré una siestecilla,
despiértame dentro de
una
hora. Hay que
escribir una carta
a la hermana
Varvara. Boris se la llevará cuando se vaya.
- ¿Y cuándo se marchará?
- Pues mañana, ¡cuándo ha de ser!
Llamaron a la ventana.
- Tío Nikolái -oyóse una voz en la calle-, ¿vienes
al mitin?
- ¿Adónde?
- Al mitin, digo. En la plaza se ha reunido mucha
gente...
- Que vayan
a paseo -dijo
mi tío, haciendo
un
ademán-, no me hace ninguna falta.
Esperé que mi tío se acostara a dormir la siesta, y
salí a la calle sin hacer ruido.
"¡Resulta
que mi tío
es un marrullero!
-pensé-.
¡Vaya personaje, contramaestre! ¡Y yo creía que era
del
Partido! ¿Será posible
que haya de
volverme a
Arzamás?"
Delante
de una tribuna,
hecha con tablas,
había
unas
dos mil o
tres mil personas y
escuchaban a los
oradores. Vi entre la gente la cara picada de
viruelas
La escuela
del
astuto Vasia Korchaguin.
Lo llamé, pero
no me
oyó.
Quise
darle alcance. Vi
unas dos veces
su
ensortijada cabeza entre la muchedumbre, pero luego
la perdí de vista. Llegué cerca de la tribuna.
Era difícil acercarse más. Empecé a escuchar. Los
oradores
se turnaban a
menudo. Recuerdo a uno,
poco
llamativo, mal vestido,
tan obrero de
aspecto
como los que se veían a centenares por las calles
de
Sórmovo
sin llamar la
atención de nadie.
Se quitó
torpemente
la gorra, aplastada
como una torta,
tosió
y,
esforzando la voz
cascada y, según
me pareció,
colérica, habló:
-
Vosotros, camaradas, los
de la fábrica
de
locomotoras y los de la fábrica de vagones, y
muchos
de las refinerías de petróleo, sabéis que me he
pasado
ocho
años en trabajos
forzados como preso
político.
Y bien, apenas he vuelto, apenas me ha dado tiempo
a
respirar el aire
fresco, cuando, de
pronto, ¡me
meten otra vez dos meses en la cárcel! ¿Y quién me
ha
encarcelado? No han
sido los policías
del viejo
régimen, sino los lacayos del nuevo. Se entiende
que
lo
encarcelase a uno
el zar. A
los nuestros siempre
los
encarceló el zar.
¡Pero que nos
encarcelen los
lacayos,
da coraje! Los
generales y los
oficiales se
han
puesto lazos rojos,
como si fueran
amigos de la
revolución.
Y en cuanto
los nuestros hacen
algo, de
nuevo dan con
sus huesos en
la mazmorra. Nos
persiguen y dispersan. No hablo por lo que a mí me
duela, camaradas, no hablo por que me haya pasado
dos meses de más en la cárcel. Hablo por lo que nos
duele a todos los obreros.
Tosió. Cuando recobró
el aliento, abrió
la boca
para
hablar, y otra
vez lo ahogó
la tos. Tosió
largo
rato,
sujetándose con las
manos en la
barandilla,
luego sacudió la cabeza y bajó de la tribuna.
- ¡Cómo lo han dejado con tanta cárcel! -exclamó,
indignado, alguien.
Del
encapotado cielo gris
cayeron los primeros
copos
de nieve. Sopló
un viento seco
y frío que
arrancó las últimas hojas negras. Se me enfriaron
los
pies.
Quise salir de
entre el gentío,
para entrar en
calor
caminando. Abriéndome paso,
dejé de mirar
a
los
oradores; mas, de
pronto, una sonora
voz
conocida
me hizo volver
la cabeza hacia
la tribuna.
Los
copos de nieve
me tapaban los
ojos. Me
empujaban
por los lados.
Alguien me pisó,
haciéndome
daño. Me puse
de puntillas, y
cuáles
serían
mi asombro y
alegría al ver
en la tribuna
la
barbuda cara conocida del Chova.
Dando codazos y metiéndome a duras penas entre
la
muchedumbre, avancé. Temía
que el Chova,
cuando
terminase de hablar,
se mezclase entre
la
gente,
no oyese mis
voces y que
yo lo volviera
a
perder. Agité la gorra para llamar su atención.
Pero él
no me vio.
Cuando noté que el Chova levantaba ya la mano y
alzaba la voz para terminar de hablar de un momento
a otro, grité con todas mis fuerzas:
- ¡Semión Ivánovich!... ¡Semión
Ivánov-i-ich!...
Me
sisearon desde un
lado. Alguien me
dio un
empellón
en la espalda.
Y yo grité
aún con más
fuerza:
- ¡Semión Ivánovi-i-ich!
Vi que el
Chova, asombrado, se
abrió de brazos
torpemente
y, dejándose a
medio terminar la
última
frase, se apresuró a bajar por la escalera.
Uno de los
encolerizados espectadores, que
estaban a
mi lado, me
agarró de una
mano y tiró
de
mí.
Y yo, sin
hacer caso de
los improperios y
empellones,
me reí alegremente,
como si estuviera
chiflado.
- ¿Por qué
escandalizas? -me interrogó,
severo,
sacudiéndome
fuertemente, el obrero
que me
sujetaba de la mano.
- No escandalizo
-respondí, sin cesar
de sonreír
felizmente y saltando
para calentarme los
pies-. He
visto al Chova... A Semión Ivánovich...
Probablemente
la expresión de
mi cara era
tan
beatífica que hizo sonreírse al enojado obrero
aquel,
y me preguntó, ya menos enojado:
- ¿Qué chova has visto?
- No una
chova, sino a
Semión Ivánovich...
Mírelo, ahí viene, abriéndose paso.
El
Chova salió de
entre la gente
y me puso
una
mano en un hombro:
- ¿De dónde has salido?
La
muchedumbre se agitaba.
La plaza estaba
alborotada,
inquieta. En torno
veíanse caras
coléricas, alarmadas y desconcertadas.
-
Semión Ivánovich -le
interrogué al paso
que
andábamos,
sin responder a
su pregunta-, ¿por
qué
alborota la gente?
- Se acaba de... recibir un telegrama -me explicó,
hablando
de corrida-. ¡Kerenski
ha traicionado la
revolución!
El general Kornílov
ha huido al
Don y
está sublevando a los cosacos.
Los
breves días otoñales
pasaron raudos, como
estaciones nunca vistas que refulgen con sus luces
al
paso de un
tren rápido. En
seguida encontraron en
qué
ocuparme. Y fui
útil, me vi
sumergido en la
vorágine
de los acontecimientos que se desplegaban
vertiginosamente.
Un día de zozobra, el Chova me dijo, alarmado:
-
Boris, corre al
comité. Di que
han pedido con
urgencia
a un agitador
desde la Varija
y yo he ido
para allá. Busca a Ershov y que vaya en mi lugar a
la
imprenta.
Si no lo
encuentras... Dame un
lápiz...
Lleva esta nota tú mismo a la imprenta. Pero no a
las
oficinas, es preferible que se la entregues en mano
al
compaginador
¿Te acuerdas de
él?... ¿Lo has
visto
donde Korchaguin, uno moreno, con gafas? Pues a él
se la das... Cuando termines, ven a la Varija. Y si
en
el comité hay octavillas recientes, tráetelas. Le
dices
a Pável que
las pido yo...
¡Aguarda, aguarda! -me
35
36
gritó,
preocupado, cuando ya
había echado yo a
tatuado.
Arkadi Gaidar
correr-.
Hace frío. Deberías
echarte por encima
mi
viejo impermeable al menos.
Pero yo galopaba
ya, ebrio de
entusiasmo, como
un potro de
caballería, saltando los
charcos de la
fangosa calle.
Delante
de la puerta
del comité del
Partido,
bullicioso
como una estación
antes de la
salida del
tren,
topé con Korchaguin.
Si hubiera sido
otro más
bajo y débil
que él, de
seguro que lo
hubiera
derribado.
Pero el encontronazo
fue como si me
hubiese estrellado yo contra un poste
telegráfico.
- ¿De dónde
vienes corriendo de
esa manera? -
interrogó deprisa-. ¿Has caído del campanario?
- No, no
he caído del
campanario -respondí,
turbado,
frotándome la frente
dolorida y jadeando-.
Semión Ivánovich me ha enviado a decir que él está
en la Varija...
- Lo sé, ya han telefoneado.
- Además, pide octavillas.
Ya las hemos enviado. ¿Qué más?
- Hace falta
Ershov. Que vaya
a la imprenta.
He
aquí la nota.
- ¿Qué dice
aquí de la
imprenta? Trae la
nota -
terció en la
conversación un obrero armado, a
quien
yo no conocía,
con el capote
echado por encima
de
una vieja chaqueta.
- Se le
ocurren cosas raras
a Semión -dijo,
luego
de haber leído la nota y dirigiéndose a
Korchaguin-.
¿Por
qué ha de
temer por la
imprenta? Ya envié
guardia nuestra a la hora de la comida.
A la entrada iban acudiendo más y más hombres.
A pesar del
frío, las puertas
del comité estaban
abiertas
de par en
par, pasaban constantemente por
ella
gentes con capotes,
blusas y chaquetones
de
cuero descoloridos. En el zaguán dos arrancaban con
martillos
las tablas de
un cajón. En
la paja yacían
fusiles
nuevos, con mucha
grasa. En el
barro, cerca
de la entrada,
había tirados ya
varios cajones como
aquél, vacíos.
Korchaguin
volvió a salir.
Decía rápido, sobre
la
marcha, a tres obreros armados:
- Daos prisa.
Quedaos allí. Y
no dejéis entrar
a
nadie
sin pase del
comité. Enviad a
alguien a decir
cómo se ha arreglado.
- ¿A quién enviar?
- A cualquiera de los nuestros, al primero que os
venga a mano.
- ¡Yo seré
ése! -grité, experimentando una
gran
emoción
y no queriendo
quedarme rezagado de los
demás.
- ¡Lleváoslo a él, por lo menos! Corre mucho.
En eso noté
que casi todos
los que salían
por la
puerta tomaban un fusil del cajón abierto.
-
Camarada Korchaguin -pedí-,
todos se llevan
fusiles, yo también tomaré uno.
- ¿Qué quieres? -interrogó,
molesto,
interrumpiendo la conversación con un marinero muy
- ¡Un fusil! ¿Es que soy peor que otros?
En
aquel momento llamaron
a voces a
Korchaguin
desde la habitación
contigua, y él se
apresuró allá, haciendo un ademán en mi
dirección.
Es posible que quisiera simplemente que lo dejara
en paz, pero yo entendí el ademán como un permiso.
Tomé un fusil
del cajón, lo
empuñé fuertemente y
corrí
al alcance de
los milicianos voluntarios
que
bajaban los escalones de la entrada.
Al
cruzar, corriendo, el
patio, me dio
tiempo de
oír la noticia que se acababa de recibir: en
Petrogrado
se
había proclamado él
Poder soviético, Kerenski
había
huido, y en
Moscú se combatía
contra los
cadetes.
III. El frente
Capítulo primero
Transcurrió medio año.
Un día soleado
de abril eché
en la estación
una
carta para mi madre. Decía:
"¡Mamá!
¡Adiós,
adiós! Me voy
con el grupo
del glorioso
camarada Sívers, que pelea contra las tropas
blancas
de
Kornílov y Kaledin.
Somos tres los
que vamos.
Nos han extendido
documentos de las
milicias
voluntarias
de Sórmovo, en
las que me
he alistado
con el Ardilla.
No querían admitirme,
pues decían
que soy joven.
Me ha costado
mucho convencer al
Chova,
y él lo
ha arreglado. El
también se hubiera
venido, pero está débil y tose mucho. No quepo en
la
camisa
de contento. Todo
lo que hubo
antes, fueron
tonterías;
lo verdadero de
la vida no
hace sino
empezar, por eso estoy tan contento...”
El tercer día de camino, durante la parada de seis
horas en una pequeña estación, nos enteramos de que
en los distritos
contiguos no estaba
todo tranquilo:
habían aparecido pequeñas cuadrillas de bandidos, y
por algunos lugares había tiroteos entre los kulaks
y
los
destacamentos de acopios.
Ya entrada la
noche,
engancharon
una locomotora al tren. Mis
camaradas
y yo estábamos acostados en los camastros de arriba
de un vagón
de mercancías. Al
oír el acompasado
golpeteo
de las ruedas
y el rechinar
del vagón entre
los vaivenes, me
tapé bien con
mi abrigo de
paño y
me dispuse a dormir.
En la oscuridad se oía roncar, toser y rascarse a
la
gente.
Los que habían
logrado acostarse en los
camastros, dormían. Pero los que estaban en el
suelo,
en los sacos
o apelotonados de
cualquier manera,
gruñían,
denostaban y daban
codazos a los
vecinos
que empujaban.
- No empujes, no empujes -gruñía, tranquila, una
voz de bajo-.
¿Por qué tiras
de mi saco?
¡Te voy a
dar tal empellón
que se te
van a quitar
las ganas de
volver a empujar!
-
¡Mira, demonio! -chilló
una voz colérica
de
mujer-.
¿Adónde vas, que
me pones las
botas en la
La escuela
misma cara? ¡Ay, demonio, ay, maldito!
Se
encendió una cerilla,
que alumbró con
luz
mortecina
el montón moviente
de botas, sacos,
cestas,
gorras, manos y
pies; luego se
apagó, y la
oscuridad aún fue mayor. Uno contaba en un rincón,
con voz monótona,
cascada y cansada,
la historia
larga y aburrida
de su triste vida.
Otro lo escuchaba
condolido,
fumando. El vagón
se estremecía, cual
una caballería picada por tábanos, y avanzaba por
la
vía a tirones y empellones desiguales.
Me
desperté porque uno
de mis compañeros
me
tiró de la
mano. Alcé la
cabeza y sentí
que del
ventanuco abierto me daba en la cara soñolienta una
agradable
bocanada de aire
fresco. El tren
avanzaba
lento, seguramente cuesta arriba. Un inmenso y vivo
resplandor
envolvía todo el
horizonte. Encima del
resplandor, como si hubieran ardido en las llamas
de
un incendio,
apagábase el rescoldo de las
estrellas y
se extinguía la pálida luna.
- Se subleva la tierra -oí decir con voz animada en
un rincón oscuro a alguien.
-
Quiere zurriagazos, por
eso se subleva
-repuso
quedo y colérico otro en el rincón opuesto.
Un ruido estrepitoso
cortó las conversaciones. El
vagón
osciló, chocó contra
algo, y yo
caí del
camastro encima de las cabezas de los que se habían
acomodado en el suelo. Se armó una gran confusión,
y las entrañas negras del vagón se lanzaron,
gritando,
a la puerta abierta.
El tren había descarrilado.
Salté, cayendo de mala manera en la zanja, abierta
a lo largo
del tendido, dándome
apenas tiempo de
apartarme para que no me aplastaran los que
saltaban
detrás. Se oyeron dos tiros. Un hombre dijo,
deprisa,
a mi lado, abriendo mucho las manos
temblorosas:
- No es nada... No es nada... No hay que correr, si
no,
abrirán fuego. No
son los blancos,
son los
bandoleros de estos lugares. Nos robarán nada más y
nos dejarán marchar.
Al vagón acudieron dos con fusiles, gritando:
- ¡Montad!... ¡Volved a montar!... ¿Adónde habéis
salido?
La
gente se abalanzó
a los vagones.
Alguien me
empujó, tropecé y caí a la húmeda zanja. Pegándome
a
tierra como una
lagartija, me arrastré
rápido hacia
el final del tren. Nuestro vagón era el penúltimo,
y un
momento después yo estaba ya a la altura del farol
de
señal
del último vagón,
que alumbraba con
luz
macilenta.
Allí había un
hombre con un
fusil. Quise
volver, pero aquel hombre vio seguramente a alguien
al otro lado de la vía y corrió allá. Di un salto y
rodé
abajo
por la vertiente
de un escurridizo
barranco
arcilloso.
Al llegar al
fondo, me puse
en pie y me
encaminé
hacia los arbustos,
levantando a duras
penas los pies, llenos de barro.
El
bosque, cubierto de
una neblina de
fronda
nueva,
cobró vida. A
lo lejos cantaron
con ímpetu
unos
gallos. Del contiguo
claro oyó se
el croar de
ranas que salieron a calentarse al sol. Por aquí y
por
allá,
en la sombra,
aún quedaban rodales
de nieve
gris; pero donde
daba el sol,
se veía la
tiesa hierba
seca de antaño. Me senté a descansar y limpiarme de
arcilla
las botas con
un trozo de
corteza de abedul.
Luego tomé un manojo de hierba, lo empapé de agua
y me limpié la cara, sucia de barro.
No
sabía dónde estaba.
¿Por qué camino
llegar a
la
estación próxima? Se
oían ladridos; por
tanto,
debía
haber alguna aldea
cerca. ¿Y si
preguntaba a
alguien?
¿Y si topaba
con alguna emboscada
de
kulaks? Me preguntarían quién era, de dónde venía y
qué
quería. Y yo
llevaba papeles de
los rojos y una
máuser en el bolsillo. Los papeles podía
esconderlos
en las botas. ¿Pero y el máuser? ¿Tirarla?
La saqué y la remiré. Me dio lástima. La pequeña
pistola
se adhería tan bien a
mi mano, y
despedía el
negro
acero de su
cañón un brillo
tan apacible que
me dio vergüenza
haber pensado eso;
la acaricié y
me la metí
en el bolsillo oculto que me había hecho
en el forro de la chaqueta.
La mañana era soleada, ruidosa, y, sentado en un
tocón en aquel claro, me costaba trabajo creer que
me
acechaba algún peligro.
¡Piñ,
piñ... tararaj! -oí
a mi lado
un familiar
silbido. Un herrerillo grande se había posado en
una
rama,
encima de mí,
y me soslayó
una mirada llena
de curiosidad.
¡Piñ,
piñ... tararaj... salud!
-silbó, enderezando la
pata encogida y encogiendo la otra.
No pude menos de sonreírme y me acordé de Tim
Shtukin.
Llamaba colitontos a
los herrerillos. No
hacía mucho de eso... Nos entreteníamos con ellos
en
el
cementerio, jugábamos... ¡Adónde
había llegado
yo ahora!... Fruncí el ceño. ¿Qué hacer?
Por
allí cerca restalló
un látigo y
se oyó un
mugido.
"Una
vacada -me dije-.
Preguntaré al pastor
el
camino.
¿Qué me puede
hacer el pastor?
Le
preguntaré y me marcharé sin
entretenerme".
A lo largo de la linde del bosque avanzaba lenta,
arrancando
con indolencia y
a desgana la
mustia
hierba, una pequeña vacada. Junto a ella caminaba
un
viejo pastor con un palo largo y grueso. Me acerqué
a
él con el paso tranquilo y pausado del que se
pasea.
- ¡Muy buenas, abuelo!
-
¡Buenas! -tardó algo
en responder y,
deteniéndose, empezó a examinarme con la
vista.
- ¿Está lejos la estación?
- ¿La estación? ¿A qué estación quieres ir?
Titubeé.
Ni siquiera sabía
el nombre de la
estación, pero el viejo me sacó del apuro:
- ¿A la de Alexéievka?
- A esa misma -asentí-. A esa misma. Pues vengo
caminando y me he perdido un poco.
- ¿De dónde vienes?
De nuevo no supe qué responder.
- De allá
-respondí lo más
tranquilo que pude,
37
38
haciendo un vago
ademán en la
dirección de una
aldea que se divisaba en el horizonte.
-
Hum... de allá...
De Diémenevo, entonces,
¿no
es así?
- De
Diémenevo precisamente.
En ese instante
oí el gruñir
de un perro
y pasos.
Volví la cabeza y vi a un corpulento mocetón que se
acercaba al viejo; sería el zagal.
- ¿Qué pasa
aquí, tío Alexandr?
-interrogó, sin
dejar de masticar una rebanada de pan de
centeno.
- Uno que viene de paso... Pregunta por el camino
a la estación
de Alexéievka. Y
dice que viene
de
Diémenevo.
El mozo bajó
la mano con
la rebanada de
pan y,
desorbitando los ojos, preguntó, perplejo:
- No entiendo.
-
Tampoco lo entiendo
yo, cuando Diémenevo
está al lado
de la estación.
Lo mismo da
decir
Alexéievka
que Diémenevo ¿Cómo
habrá venido a
parar aquí?
- Hay que llevarlo a la aldea -aconsejó, tranquilo,
el mozo-. Que lo pongan en claro allí, en el puesto
de
vigilancia. ¡Quién sabe las mentiras que podrá
decir!
Aunque
aún desconocía qué
puesto de vigilancia
era aquel que "lo debía poner todo en
claro", y cómo
lo
pondría en claro,
perdí las ganas
de ir al
pueblo,
por el mero
"hecho de que
los pueblos por
allí eran
ricos y estaban
soliviantados. Y por
eso, sin esperar
lo que pudiera
suceder, me aparté
de un salto
del
viejo y me alejé, corriendo, desde la linde, al
bosque.
El mozo quedó pronto muy atrás. Pero el maldito
perro
me mordió dos
veces en una
pantorrilla. Por
más que entonces
no sentí el
dolor, así como
tampoco
sentí los arañazos
de las ramas
que me
golpeaban
la cara, ni
los tocones que
me hacían
tropezar.
Erré por el bosque hasta que anocheció. No era un
bosque
salvaje, pues se
veían tocones de
árboles
talados.
Cuanto
más procuraba adentrarme
en él, tanto
más
ralo era y
más a menudo
encontraba claros con
huellas
de herraduras y
boñigas. Anocheció. Estaba
cansado,
hambriento y lleno
de arañazos. Hube
de
pensar en cómo pasar la noche. Elegí un lugar seco,
recogido,
al pie de
un arbusto, me
puse un leño
de
cabecera
y me acosté.
El cansancio iba
dejándose
sentir. Me ardían las mejillas y me dolía la
pantorrilla
mordida por el perro.
"Descabezaré un sueño -decidí-. Es de noche y
no
me verá nadie.
Estoy cansado... dormiré,
y por la
mañana ya se me ocurrirá algo".
Antes
de dormirme, recordé
Arzamás, el
estanque, nuestra guerra en las balsas y mi cama
con
la vieja manta de abrigo. Me acordé también de que
Fedia y yo
habíamos cazado unas
palomas y las
habíamos
frito en una
sartén de él.
Luego nos las
comimos a escondidas. Estaban muy buenas...
El
viento silbó en
las cimas de
los árboles. El
Arkadi Gaidar
bosque
se me antojó
solitario y pavoroso.
El
Arzamás de mi
infancia resurgió en
mi imaginación
cálido y fragante como un suculento pastel de
fiesta.
Me tapé la cabeza con el cuello del abrigo y sentí
que una lágrima intrusa me corría por la mejilla.
Pero
no lloré.
Aquella noche, tiritando de frío, me ponía en pie,
corría
por el claro,
intentaba subirme a
un abedul e
incluso
bailar para entrar
en calor. Cuando
me
calentaba,
volvía a acostarme
y, pasado algún
tiempo, cuando las nieblas del bosque me robaban el
calor, me volvía a levantar.
Capítulo segundo
Salió
el sol e
hizo calor de
nuevo; gorjearon los
pájaros
y gruyeron afables,
desde el cielo,
alegres
hileras
de grullas. Sonreíame,
congratulado de que
hubiera
pasado la noche,
y no me
ensombrecían ya
más
pensamientos tristes que
el de buscar
algo para
comer.
Apenas anduve doscientos pasos, oí el graznar de
gansos
y el gruñir
de cerdos y
vi entre el
follaje el
tejado verde de una casería solitaria.
"Me
acercaré a escondidas
-resolví-. Miraré, y si
no veo nada sospechoso, preguntaré por el camino y
pediré algo de comer".
Me
escondí detrás de
un saúco. Todo
estaba en
calma.
No se veía
a nadie. De
la chimenea salía
ligero
humillo. Una bandada
de gansos venía
hacia
mí,
contoneándose. A mi
lado se oyó
el tenue
crujido, de una rama rota. Puse en el acto las
piernas
en tensión y volví la cabeza. Pero a mi susto
sucedió
inmediatamente
el asombro. A
diez pasos de
donde
yo
estaba, tras un
arbusto, me miraba
fijamente una
persona oculta. No era el dueño de la casería, pues
se
escondía
entre las ramas
y la observaba.
Así
estuvimos mirándonos atentos y alarmados el uno al
otro, como dos fieras que se encuentran acechando a
una
misma pieza. Luego,
siguiendo un tácito
acuerdo, nos apartamos
a la espesura
del ramaje y
fuimos uno al encuentro del otro.
Era de la misma estatura que yo. Me pareció que
tendría
unos diecisiete años.
Un chaquetón de
paño
negro
le ceñía el
torso, fuerte y
musculoso, pero no
se le veía un solo botón; parecían cortados adrede,
y
no
perdidos casualmente. A
sus pantalones de
resistente material, metidos en las cañas de las
botas
de
montar, sucias de
barro, habíanse adherido
algunos pinchos secos.
Su cara pálida
y demacrada hacía
pensar que él
también había pasado, probablemente, la noche en el
bosque.
- Qué -dijo
quedo, señalando con la cabeza en la
dirección de la casería-, ¿piensas entrar?
- Sí -respondí-. ¿Y tú?
- No darán nada -articuló-. Ya he mirado. Allí hay
tres
campesinos fornidos. ¡Quién
sabe en manos
de
quién puede caer uno!
La escuela
- ¿Cómo salir
del paso, entonces?..
¡Hay que
comer!
- Sí, hay
que comer -asintió-.
Pero no pidiendo
por el amor de Dios. Hoy no se dan limosnas. ¿Quién
eres?
-interrogó y, sin
esperar respuesta, agregó-:
Bueno... Conseguiremos la pitanza nosotros mismos.
Uno solo no puede, ya he probado, pero entre los
dos
conseguiremos. Por estos arbustos andan unos gansos
enormes.
- No son nuestros.
Puso en mí unos ojos como si se asombrara de lo
absurdo de mi réplica, y añadió quedo:
- Hoy nada es de nadie y todo es de todos. Ve al
claro y echa
despacio un ganso
hacia el arbusto
en
que me esconda.
Elegí
un gordo ganso
gris, que se
había apartado
de los restantes, y le cerré el paso. Se dio la
vuelta y
caminó reposado, deteniéndose a veces para picotear
en el suelo. Avancé paso a paso, llevándolo hacia
la
emboscada.
Llegó casi al
arbusto y, de
pronto,
poniéndose
en guardia, arqueó
el cuello y
me miró
como intrigado por la insistencia de mi
persecución.
Tras
permanecer un rato
parado, quiso desandar
enérgicamente
lo andado, pero
en aquel instante
el
desconocido salió de detrás del arbusto con la
rapidez
del gato que salta sobre un gorrión acechado y lo
asió
fuertemente
por el cuello.
El ganso apenas
pudo
voznar.
Graznó a un
tiempo toda la
bandada, y el
desconocido
echó a correr
con su presa,
que se
debatía,
hacia lo espeso
del bosque. Yo
corrí detrás
de él.
Aún
aleteó y pataleó
largo rato el
ganso que,
exhausto,
expiró cuando llegamos
a un apartado
y
oculto barranco. El desconocido lo arrojó al suelo
y,
sacando el tabaco, dijo, jadeante:
- Basta. Aquí puede uno detenerse.
Mi nuevo compañero sacó una navaja y se puso a
destripar en silencio el ganso, mirándome de tarde
en
tarde.
Reuní ramas secas, hice un montón y le
pregunté:
- ¿Tienes cerillas?
- Toma -y
me tendió cuidadosamente una
caja,
ensangrentados los dedos-. No gastes muchas.
Mientras
tanto, lo examiné
detenidamente. La
capa de polvo que le cubría la piel no podía
ocultar la
blancura
de su vivo
semblante. Al hablar,
se le
estremecía
ligeramente la comisura
derecha de los
labios
y entornaba a
la vez el
ojo izquierdo. Sería
unos
dos años mayor
que yo y,
probablemente, más
fuerte.
Mientras el ganso
robado se asaba,
espetado
en un palo,
esparciendo apetitoso e
incitante olor en
torno, nosotros estuvimos tumbados en la
hierba.
- ¿Quieres fumar? -me invitó el desconocido.
- No, no fumo.
- ¿Has dormido
en el bosque?...
Se pasa frío -
agregó,
sin esperar respuesta-.
¿Cómo has llegado
aquí? ¿Vienes también
de allá?.., -dijo,
señalando
con la mano en la dirección de la vía del
tren.
- Sí, de
allá, Me escapé
del tren, cuando
lo
pararon.
- ¿Te pidieron los papeles?
- No -repuse, asombrado-. ¡Qué documentos iban
a pedir, si atacaron unos bandidos!
-
A-a-ah... -dijo, y se calló,
dando unas chupadas
al cigarrillo.
-
¿Adónde quieres ir?
-volvió a interrogar
de
improviso, tras larga pausa.
- Al Don... -empecé a decir y me callé.
- ¿Al Do-on?
-interrogó, alargando la
palabra e
incorporándose-. ¿Quieres ir... al Don?
Por sus finos
labios agrietados se
deslizó una
sonrisa
de incredulidad; sus
ojos entornados se
abrieron
mucho, perdiendo en
el acto el
brillo; puso
cara de indiferencia e interrogó, indolente:
- ¿Tienes allí familia o qué?
- Sí, tengo
familia... -respondí, cauteloso,
pues
noté
que procuraba enterarse
de todo lo
que me
atañía, sin decir, intencionadamente, nada de
él.
Se
calló de nuevo,
dio la vuelta
al ganso, que
goteaba chisporroteante grasa, y dijo,
pausado:
- Yo también
voy para allá,
pero no a
ver a la
familia, sino al destacamento de Sivers.
Me contó que estudiaba en Penza, había venido a
pasar
una temporada con
su tío, maestro
en una
cabeza
de distrito, por
allí cerca, pero
en aquel
distrito
se habían sublevado
los kulaks, y
huyó por
pelos.
Conversé
largo y tendido
con él mientras
nos
comíamos el ganso, algo quemado y oliente a humo,
partido en trozos.
Me
sentía dichoso de
haber encontrado a un
compañero.
Ello me dio
en seguida ánimos
y me
pareció que ahora, entre los dos, nos sería fácil
salir
de la trampa en que habíamos caído.
- Acostémonos mientras aún hace sol -me propuso
mi
nuevo compañero-. Ahora
podremos dormir, al
menos, pues por la noche el frío no nos dejará
pegar
ojo.
Nos
tendimos en un
claro del bosque
y no
tardamos
en amodorrarnos. Probablemente
me
hubiera dormido si no hubiera sido por una hormiga
que se me
metió en una
fosa nasal. Me
incorporé y
resoplé
con las narices.
Mi compañero dormía
ya.
Tenía
desabrochado el cuello
de la guerrera, y
en el
forro
de lienzo vi
las iniciales, pintadas
de negro:
C.C.C.A.
"¿Qué escuela será ésa? -pensé-. La hebilla de
mi
correa,
por ejemplo, lleva
las iniciales L.
A. o sea
Liceo
de Arzamás. Y
aquí van tres
C.C.C. y luego
una
A". Por más
que hice conjeturas,
no pude
adivinarlo.
"Se lo preguntaré
cuando se despierte",
me dije.
La
opípara comida me
dio sed. Por
allí cerca no
había agua
y decidí bajar
al fondo del
barranco, por
donde,
según mis cálculos,
debía correr un
arroyo.
Lo encontré, pero la fangosa orilla impedía
acercarse
39
40
a él. Fui arroyo abajo, con la esperanza de
encontrar
un
lugar más seco.
Por el fondo
del barranco,
paralelo a la corriente del arroyo, pasaba un
angosto
camino
vecinal. Vi en
la húmeda arcilla
huellas de
herraduras
y boñigas recientes.
Parecía como si
aquella
mañana hubiese pasado
por allí una
manada
de caballos.
Me incliné
para recoger la vara,
que se me había
caído, y vi en el camino un pequeño objeto
brillante,
sucio
de barro. Lo
levanté y lo
limpié. Era una
estrella
roja con los
ganchos rotos, una
de esas
estrellitas
mal hechas que
brillaban como luces
coloradas,
en el año
dieciocho, en los
gorros de los
soldados
rojos y en
las blusas de
los obreros y los
bolcheviques.
"¿Cómo
habrá venido a
parar aquí?", pensé,
mirando atento el camino. Y, volviendo a
inclinarme,
vi la vaina de un cartucho de fusil.
Olvidándome
incluso de beber,
corrí hacia mi
compañero. No sé por qué, ya no dormía y estaba de
pie junto a un arbusto, mirando a los lados y, por
lo
visto, buscándome.
- ¡Los rojos!
-le espeté a
grito pelado, corriendo
hacia él.
Dio un salto,
encogiéndose, como si
detrás de el
se hubiera oído el estampido de un disparo, y
volvió
la cara, descompuesta de pánico, hacia mí.
Pero,
al verme solo,
se irguió y
dijo enfadado,
procurando explicar de algún modo su
sobresalto.
- Diantre... chillas en la misma oreja de
uno...
- Los rojos -repetí, orgulloso.
- ¿Dónde están los rojos? ¿Por dónde vienen?
- Han pasado esta mañana. Por todo el camino se
ven
huellas de herraduras
y boñigas recientes...
He
encontrado
una vaina de
cartucho y esto...
-dije,
tendiéndole la estrellita.
Mi
compañero exhaló un
suspiro de alivio,
articulando:
- Ya podías
haberlo dicho -y
agregó, como si se
justificara-:
Pues das unos
gritos... No sabía
qué
pensar.
- Corramos...
vayamos por
ese camino.
Llegaremos
a la primera
aldea, es posible
que estén
allí
descansando. Vamos, hombre
-dije, metiéndole
prisa-, ¿qué dudas?
- Vamos -accedió
tras cierto titubeo,
según me
pareció-. Sí, sí, claro, vamos.
Se pasó la
mano por el
cuello, y volví
a ver las
iniciales C.C.C.A. en el forro de lienzo.
-
Escucha -le interrogué-,
¿qué significan esas
letras?
- ¿Qué letras? -inquirió,
incomodado y
abrochándose.
- Las que llevas en el cuello de la guerrera.
- No lo sé. La ropa no es mía. La he comprado de
ocasión.
-
A-ah... Pues yo
no hubiera dicho
que es de
ocasión -dije alegre, caminando a su lado-. Te
sienta
Arkadi Gaidar
como
hecha a la
medida. Una vez
mi madre me
compró unos pantalones de ocasión y, por mucho que
me los estirara, siempre los llevaba caídos.
Cuanto
más nos acercábamos
a la desconocida
aldehuela,
tanto más a
menudo se detenía
mi
compañero.
- No nos
apresuremos -procuraba convencerme-;
por la tarde, cuando oscurezca, nos será más cómodo
entrar. Si el destacamento ya no está allí, no nos
verá
nadie.
Pasaremos por detrás
de los corrales,
sin
arrimarnos
mucho. Por los
tiempos que corren,
es
peligroso
para los forasteros
entrar en un
lugar
desconocido.
Le di la
razón de que
en la oscuridad
era menos
peligroso
explorar, pero yo
estaba impaciente por
llegar cuanto antes donde estaban los rojos y
apenas
aflojaba el paso.
Antes
de llegar a
la aldea, mi
compañero se
detuvo
junto a una
vaguada llena de
arbustos y me
propuso
que nos apartáramos
del camino para
deliberar
cómo proceder en
adelante. Ya en los
arbustos, me dijo:
- Creo que
no debemos meternos
en la boca
del
lobo los dos. Vamos a quedarnos uno aquí, y el otro
entrará
en la aldea
por los huertos
y se enterará
de
quién hay. Me han entrado dudas. Hay mucha calma
y no se
oye ladrar a
los perros. Es
posible que no
estén los rojos y haya kulaks con fusiles.
- Pues vamos los dos, en ese caso.
- ¡Los dos
es peor, chalado!
-exclamó, dándome
una amistosa palmadita en la espalda-. Quédate
aquí,
y ya me
las apañaré yo
solo, ¿para qué
vas a
arriesgarte sin necesidad? Espérame aquí.
"Es un buen muchacho -pensé, cuando se
ausentó-
. Algo raro,
pero bueno. Otro
me hubiera endilgado
lo peligroso o hubiera propuesto que lo echásemos a
suertes, pero éste se ofrece a ir solo".
Retornó
al cabo de
una hora, antes
de lo que yo
esperaba. Traía una pesadota cachiporra; por lo
visto,
la acababa de cortar y pelar.
- ¡Has tardado muy poco! -exclamé-. ¿Y qué
tal?
- No están los rojos -denegó con la cabeza, aun de
lejos-.
¡Ni están ni
han estado! Probablemente, han
torcido por otro camino, habrán ido a Suglinki,
cerca
de aquí.
- ¿Te has
enterado bien? -seguí
insistiendo con
voz decaída-. ¿Será posible que no estén?
- No están, no. Me lo ha dicho una vieja en la isba
extrema, y
me lo ha confirmado un chiquillo que he
visto
en un huerto.
Tendremos que dormir
aquí y
seguir mañana nuestro camino.
Me senté en la hierba y me paré a pensar. Tuve la
primera duda de la sinceridad de mi compañero. Me
desconcertaba su palo. Era pesado, de roble, lo
había
cortado
en forma de
cachiporra. Se veía
que lo
acababa
de cortar. Desde
donde estábamos hasta
la
aldea
habría una hora
de camino. De
caminar a
escondidas, hacer
indagaciones y retornar,
La escuela
difícilmente
se tardarían menos
de dos horas,
y él
había
estado ausente no
más de una
hora, y en ese
tiempo aún le había dado tiempo de cortar y pelar
un
palo de
roble. Con una
navaja, en eso se
tardada no
menos de media hora. ¿Le habría dado miedo, no se
habría
enterado de nada
y habría dejado
pasar el
tiempo, sentado entre los arbustos? No, no podía
ser,
pues se había ofrecido voluntario para ir a
enterarse.
¿Para
qué se habría
ofrecido, entonces? No
parecía,
tampoco,
un cobarde. Claro
que daba miedo,
ni que
decir tenía, pero él también debía buscar salida
por sí
mismo.
Trajimos
sendas brazadas de
hojarasca, nos
acostamos el uno al lado del otro y nos tapamos con
mi
abrigo. Yacimos callados
una media hora.
La
humedad de la
tierra empezaba a
enfriarme un
costado. "Hemos recogido pocas hojas",
pensé y me
levanté.
- ¿Qué te pasa? -interrogó con descontenta voz de
sueño mi compañero-. ¿Por qué no tienes sueño?
- Hay humedad... No te levantes, traeré otras dos
brazadas de hojarasca.
Habíamos
recogido ya la
hojarasca en torno
nuestro
y fui hacia
los arbustos, más
cerca del
camino. La luna empezaba a salir, y en la oscuridad
se veía mal. Me venían a mano ramas y palos secos.
Del
lado del camino
se oyeron unos
golpes quedos.
Alguien se acercaba a pie o montado. Dejé la
brazada
de
hojarasca y, procurando
no mover las
ramas, me
dirigí hacia el camino.
Por la blanda
y húmeda tierra
avanzaba, casi sin
hacer ruido, un carro campesino. Dos conversaban a
media voz.
- Qué quieres
que te diga
-habló uno, tranquilo-.
Si se para uno a pensar, tal vez tenga razón.
- ¿El jefe?
-interrogó el otro-.
Pues claro que
tendrá razón. Si estuvieran aquí todo el tiempo,
pero
vienen
hoy, dicen unas
palabras y luego
se van. Y
después
volverán nuestros jerarcas
y me dirán
a mí,
pongo
por caso: "¡Eh,
tú, canalla, denunciaste
a los
kulaks, pues te cortamos la cabeza!" Qué más
les da
eso a los rojos... Se han pasado aquí unos días, y
hoy
ya
están enganchando los
carros, mientras que
los
nuestros siempre andan cerca. ¡Ya te puedes rascar
el
cogote!
- ¿Están enganchando los carros?
- Pues qué
te creías. Fiódor,
el soldado de
ellos,
llamó
esta tarde para
advertir que les
preparase el
carro para las doce.
Las
voces se alejaron.
Me quedé sin
saber qué
pensar. Luego, era verdad; los rojos estaban, a
pesar
de todo, en la aldea. Luego, mi compañero me había
engañado.
Los rojos se
marchaban, y ya
podía
echarles
uno un galgo
después. Tenía que
darme
prisa. ¿Para qué me habría engañado?
Mi primera
intención fue echar a correr solo
a la
aldea. Pero me acordé que había dejado el abrigo en
el bosque. "Debo volver, aún tendré tiempo. Y
a éste
también
se lo tengo
que decir, pues,
aunque es un
cobarde, somos del mismo bando".
Oí un rumor a un lado. Vi que mi compañero salía
de
detrás de los
arbustos. Por lo
visto, me había
seguido
y, escondiéndose, como
yo, había oído
la
conversación de los campesinos que pasaron.
- ¿Cómo entender eso? -empecé a decirle, enojado
y reprochándolo.
- ¡Vamos! -articuló, agitado, en vez de
responder.
Di un paso
en la dirección
del camino, y
él me
siguió.
Me
derribó de un
fuerte cachiporrazo en la
cabeza.
El golpe fue
fuerte, a pesar
de que lo
amortiguó
mi gorro de
piel. Abrí los
ojos. De
cuclillas, mi compañero ojeaba precipitadamente, a
la
luz de la
luna, el documento,
que me había
sacado
del bolsillo de los pantalones.
"Eso
es lo que
necesitaba -comprendí-. Conque
esas tenemos, no es un cobarde, sabía que en la
aldea
estaban los rojos y no me lo
dijo intencionadamente
para
que yo pasara
aquí la noche
y él me
pudiera
robar. No es ni siquiera un sublevado, puesto que
les
teme a los kulaks, es un blanco
auténtico".
Intenté
incorporarme para arrastrarme
hacia los
arbustos.
El desconocido se
dio cuenta, guardó
mis
papeles en su portapliegos de cuero y se acercó a
mí.
- ¿Aún no
has estirado la
pata? -interrogó
fríamente-.
¡Perro, te creías
haber encontrado un
compañero! Voy al Don, pero no al destacamento de
tu
asqueroso Sivers, sino
al ejército del
general
Krasnov.
Estaba a dos
pasos de mí
y blandía la
pesada
cachiporra.
Tic-tac...,
latíame el corazón.
Tic-tac..., latíame
insistente contra algo sólido y duro. Yacía de lado
y
tenía
la mano derecha
en el pecho.
En ese instante
noté que mis
dedos se abrían
paso, cautelosos, aun
sin yo quererlo,
hacia el bolsillo
oculto, en el que
llevaba el máuser.
Si el desconocido
notó el movimiento
de mi
mano,
no le concedió
importancia, porque no
sabía
que iba armado. Oprimí con fuerza la culata
caliente
y quité el
seguro. En aquel
instante mi enemigo
retrocedió
dos o tres
pasos, no sé
si para
contemplarme
mejor o, más
probablemente, para
tomar
fuerza y darme
otro cachiporrazo. Apreté
los
labios,
trémulos, y, como
si enderezase el
brazo,
dormido,
saqué el máuser
y apunté hacia
el
desconocido, que se disponía a saltar.
Vi cómo se le descompuso el gesto, de repente; lo
oí gritar, al abalanzarse contra mí y, antes de
manera
maquinal que por propia voluntad, oprimí el
gatillo...
Quedó
tendido a dos
pasos, con los
puños
apretados,
extendidos los brazos
hacia mí. La
cachiporra estaba a su lado.
"Lo
he matado", comprendí
y hundí en
la hierba
la
cabeza aturdida, que
me zumbaba como
un poste
telegráfico al viento.
41
42
Así, en estado semiinconsciente, estuve largo rato
Arkadi Gaidar
-
¡Esperaré sentado! Cuando
tome té mañana,
se
tendido.
Me bajo la
fiebre. La sangre
me descendió
de la cara;
sentí frío de
improviso, y los
dientes me
castañetearon
levemente. Me incorporé,
miré a las
manos,
extendidas hacia mí,
y me entró
miedo, ¡La
cosa iba ya en serio! Todo lo que me había ocurrido
antes
en la vida,
parecía, en el
fondo, un juego,
incluso mi huida de casa, incluso la instrucción en
las
milicias
voluntarias con los
gloriosos obreros de
Sórmovo, incluso el deambular del día anterior por
el
bosque; pero esto iba ya en serio. Y me entró miedo
a
mí, muchacho de quince años, en el negro bosque al
lado de la
persona a quien
yo había matado...
La
cabeza dejó de zumbarme, y la frente se me cubrió
de
frío sudor.
Impelido
por el miedo,
me puse en
pie, me
acerqué
de puntillas al
muerto, así el
portapliegos,
caído
en la hierba,
dentro del cual
estaban mis
papeles, y empecé a retroceder hacia los arbustos,
sin
quitar ojo del caído. Luego me di la vuelta y corrí
a
través de los arbustos hacia el camino, hacia la
aldea,
hacia la gente, con tal de no seguir solo.
Capítulo tercero
Junto a la primera casa me detuvo una voz:
-
¿Quién diablos anda?
-Eh muchacho! ¡Pero
detente, pedazo de zoquete!
De la sombra
que daba la
pared de la
casa se
apartó
la figura de
un hombre con
fusil y se
dirigió
hacia mí.
-
¿Adónde corres? ¿De
dónde has salido?
-
interrogó
el de la
patrulla, volviéndome la
cabeza
hacia la luz de la luna.
- Vengo donde
ustedes... -respondí, jadeante-.
Pues sois camaradas...
Me interrumpió y dijo:
- Nosotros somos camaradas, sí, ¿y quién eres
tú?
- Yo también...
-empecé a decir
con la voz
entrecortada.
Sintiendo que no
podía recuperar el
aliento
ni seguir hablando,
le tendí en
silencio el
portapliegos.
- ¿Tú también?
-interrogó ya más
contento, pero
aún desconfiando, el de la patrulla-. ¡Vamos
entonces
donde el jefe, si también eres camarada!
A pesar de lo avanzado de la hora, en la aldea no
dormían.
Relinchaban los caballos.
Chirriaban los
portones, al abrirlos;
salían carros campesinos,
y
alguien voceaba al lado:
-
¡Do-ku-kin!... ¡Do-ku-kin! ¿Dónde
te has
metido, demonio?
- ¿Por qué
das esas voces,
Vasia? -interrogó,
riguroso, el que me custodiaba, al llegar donde
estaba
el que gritaba.
- Busco a
Misha -respondió, enojado,
aquél-. Le
han dado azúcar para los dos, y los muchachos dicen
que lo mandan delante con el grupo de protección
del
tren.
- Pues ya te lo dará mañana.
comerá
todo el azúcar
de una sentada.
¡Es muy
goloso!
En eso me
vio el que
hablaba y, cambiando
de
tono en el acto, inquirió, curioso:
- ¿A quién
has atrapado, Chubuk?
¿Lo llevas al
Estado
Mayor? Llévalo, llévalo,
anda. Allí le
enseñarán lo que
es bueno. Canalla...
-me imprecó
inesperadamente,
haciendo amago de
pegarme un
culatazo.
Pero el que
me custodiaba lo
apartó y le
dijo,
enojado:
- Anda allá, anda allá... Esto a ti no te importa.
No
ladres
a la gente
antes de tiempo.
¡Qué animal eres,
digo yo, eres un animal de tomo y lomo!
¡Tin-tin!... ¡Tin-tin!..., oí un sonido metálico a
un
lado.
Un hombre, con
alto gorro de
piel negra,
espuelas
y brillante sable
arrastrando, amén de una
máuser
grande en funda
de madera y
fusta al brazo,
sacaba un caballo por un portón.
Al lado caminaba el corneta.
- Toca a
formar -dijo, poniendo
el pie en el
estribo.
Ta-ta-ra-ra...
ra-rá..., entonó, suave
y tierno, el
cornetín, Ta-ta-ta-a-a.
- Shebálov -gritó el que me custodiaba-, ¡aguarda!
Te traigo a un muchacho.
- ¿Para qué? -interrogó aquél, sin sacar el pie del
estribo-. ¿Quién es?
- Dice que es de los nuestros... trae
documentos...
- No tengo tiempo -respondió el jefe, montando al
caballo-. Tú
también sabes leer, Chubuk,
compruébalos... Si es de los nuestros, déjalo que
vaya
con Dios.
- No me
iré a ningún
sitio -dije yo,
asustándome
de la posibilidad
de volverme a
quedar solo-. Ya
llevo dos días corriendo solo por los bosques.
Quiero
quedarme con ustedes.
- ¿Con nosotros?
-preguntó, como si se
asombrara, el del gorro negro y alto-. ¡Puede que
no
nos hagas ninguna falta!
- Les hago falta -repetí, testarudo-. ¿Adónde voy a
ir yo solo?
-
¡Tiene razón! Si
es, en verdad,
de los nuestros,
¿a
dónde va a
ir él solo?
-intercedió en mi
favor el
que me custodiaba-.
En nuestros días mal
las pasará
el que ande solo por aquí. Tú, Shebálov, no marees
a
la
gente y ponlo
en claro. Si
miente, será una
cosa;
pero si es de los nuestros, no hay por qué rechazar
a
los nuestros. Bájate del potro, no harás
tarde.
-
¡Chubuk! -articuló, severo,
el jefe-. ¿Cómo
te
atreves a hablarme así? ¿Quién habla de esa manera
con el jefe? ¿Soy yo el jefe o no lo soy? ¿Soy yo
el
jefe, te pregunto?
- ¡Sí, eres el jefe! -concedió, tranquilo,
Chubuk.
- Entonces, me apearé sin que tú me lo mandes.
Bajó
del caballo, echó
las bridas a
la valla y,
haciendo ruido con el sable, entró en la isba.
La escuela
Sólo dentro de la isba lo examiné detenidamente a
la luz de
un candil. No
gastaba barba ni
bigotes.
Tenía torcida
la cara estrecha
y flaca. Las
espesas y
canosas cejas se le juntaban encima de la nariz, y
por
debajo de ellas miraban unos ojos bondadosos, que
él
entornaba
adrede, probablemente para
dar a su
cara
la severidad conveniente. Por lo que tardó en leer
mi
credencial y por
los movimientos de
sus labios, al
hacerlo,
comprendí que no
era muy letrado.
Cuando
hubo
leído el documento,
se lo tendió
a Chubuk y
dijo, dudando:
- Si el
documento no es
falso, entonces es
auténtico. ¿Qué opinas, Chubuk?
- Que sí
-otorgó tranquilamente éste, llenando de
tabaco barato su cachimba.
- Bueno, cuenta, ¿cómo has venido a parar aquí? -
me interrogó el jefe.
Empecé
a hablar con
vehemencia, emocionado,
temiendo
que no me
creyeran. Pero, al
parecer, me
creyeron,
porque, cuando terminé,
el jefe dejó
de
entornar
los ojos y,
dirigiéndose a Chubuk,
dijo,
bondadoso:
- ¡Pues, si
no miente, este
muchacho es nuestro,
de verdad! ¿Qué te parece, Chubuk?
- Que sí -corroboró tranquilamente el interpelado,
sacudiendo la ceniza contra la suela de una
bota.
- Bueno, pero ¿qué vamos a hacer con él?
- Lo incluiremos
en la primera
compañía, y que
Sújarev le dé el fusil que ha quedado libre después
de
la muerte de Pável -apuntó Chubuk.
El jefe pensó un rato, tamborileó con los dedos en
la mesa y ordenó:
-
Chubuk, llévalo a
la primera compañía
y di a
Sújarev
que le entregue
el fusil que
ha quedado
después
de la muerte
de Pável, y
los cartuchos
correspondientes.
Que incluya a
esta persona en la
lista de nuestro destacamento revolucionario.
¡Tin-tin!...
¡Tin-tin!..., tintinearon el
sable, las
espuelas
y el máuser.
El jefe abrió
la puerta y
descendió, pausado, hacia el caballo.
- Vamos -dijo
el respetable Chubuk
y me dio
inesperadamente unas palmaditas en la espalda.
El corneta volvió a tocar suavemente, subiendo y
bajando
de tono. Los
caballos relincharon más
sonoros,
y los carros
chirriaron más fuerte.
Sintiéndome
el más feliz
del mundo, me
sonreía,
caminando hacia mis nuevos camaradas. Caminamos
toda la noche.
Al hacerse de
día, montamos en un
tren
que nos esperaba
en un apeadero.
Al caer la
tarde,
engancharon una maltrecha
locomotora, y
partimos hacia el sur, en ayuda de los
destacamentos
y milicias obreras, que peleaban contra los
alemanes,
los
bandidos ucranianos y
los militares de
Krasnov,
que se habían apoderado del Donbáss.
Nuestro
destacamento llevaba el
orgulloso
nombre
de "Destacamento especial
del proletariado
revolucionario". No contaba con muchos
combatientes,
unos ciento cincuenta.
Era de
infantería, pero tenía sus batidores de a caballo,
unos
quince
hombres mandados por
Fiódor o Fedia
Syrtsov. Mandaba todo el destacamento Shebálov, un
zapatero,
al que aún
no se le
habían borrado de las
manos los cortes de los cabos encerados ni la
pintura
negra.
¡Era un jefe
muy original! Los
muchachos lo
respetaban,
aunque se reían
de algunas debilidades
suyas.
Una de sus
debilidades era la
afición a
producir efecto con su porte: su caballo iba
enjaezado
con
cintas rojas; sus
espuelas (quién sabe
si las
habría
sacado de algún
museo) eran larguísimas,
curvadas
y tenían muescas;
yo había visto
espuelas
parecidas
sólo en estampas
que representaban a
caballeros
medievales; el largo
sable niquelado le
llegaba
hasta el suelo,
y la funda
de madera de el
máuser llevaba incrustada una placa de cobre con el
lema:
"¡Moriré, pero también
caerás tú, canalla!"
Decían que había dejado en casa a su mujer con tres
hijos,
y el mayor
de ellos trabajaba
ya. Había
desertado del frente cuando estalló la Revolución
de
Febrero,
se pasó una
temporada haciendo botas,
y
cuando los cadetes de Moscú empezaron el asalto al
Kremlin, se puso el traje de los domingos, unas
botas
de
montar que acababa
de hacer por
encargo,
consiguió
en las milicias
voluntarias de Arbat
un
fusil,
y, a partir
de entonces, según
su propia
expresión,
"se había enrolado
para siempre en la
revolución".
Capítulo cuarto
Pasados tres días,
poco antes de
llegar a la
estación
de Shájtnaya, el
destacamento desembarcó
precipitadamente.
Llegó a galope,
no sé de
dónde, un joven
de
caballería,
entregó un sobre
a Shebálov y
dijo,
sonriendo,
como si le
comunicara una noticia
agradable:
- Ayer los
alemanes mataron a
muchos de los
nuestros
junto a Krayúshkovo.
¡Qué paliza nos
metieron!
Nuestro
destacamento recibió la
misión de
bordear las unidades
diseminadas del enemigo
por
las
aldeas, entrarle por
la retaguardia y
establecer
contacto
con el destacamento
de los mineros
de
Beguichov, que actuaba por allí.
- ¿Y dónde
voy a establecer
contacto? -articuló,
descontento,
Shebálov, señalando el
mapa con el
dedo-. ¿Dónde voy a encontrar ese destacamento? Y
encima escriben: ¡entre Oléshkino y Sosnovka! A mí
decidme
el lugar exacto,
y no me
ordenéis
"establecer contacto", y encima
"entre"...
Shebálov censuró a los oficiales del Estado Mayor
que no entendían
nada y no
sabían más que
escribir
órdenes,
y mandó que
llamasen a los
jefes de
compañía.
Mas, a pesar
de los improperios
que
propinó
a los oficiales
del Estado Mayor,
Shebálov
estaba
satisfecho de que
le hubiesen encomendado
una
misión independiente y
no lo hubieran
43
44
supeditado a algún otro destacamento más
numeroso.
Los
jefes de compañía
eran tres: el
rasurado y
calmoso
Galda, checo de
nacionalidad, el sombrío
suboficial Sújarev y el alegre mozo de veintitrés
años
Fedia Syrtsov, acordeonista y danzarín, antes
pastor.
Se
acomodaron todos en
un claro del
bosque, en
torno
del mapa, en
medio de un
prieto corro de
soldados rojos.
- Bueno -dijo Shebálov, alzando un papel-, según
la
orden recibida, hemos
de internarnos en la
retaguardia
del enemigo para
actuar cerca del
destacamento de Beguichov, y debemos ponernos en
marcha
esta noche, dejando
a un lado
los
destacamentos enemigos que encontremos, sin entrar
en combate con ellos. ¿Entendido?
- ¿Sin entrar
en combate? ¿Cómo se
puede pasar
por el lado
de ellos y
no entrar en
combate? -
interrogó Fedia Syrtsov con pícara ingenuidad.
- Pues así
mismo, sin entrar
en combate -
respondió
Shebálov, volviendo, preocupado,
la
cabeza
hacia Fedia y
amenazándole con el
puño-.
Demonio, a ti bien te conozco... ¡Andate con tiento
y
no
hagas de las
tuyas! De lo
contrario, tendrás que
entendértelas
conmigo... Quedamos en
que nos
ponemos
en marcha esta
noche -prosiguió-. No
llevaremos
carros, la ametralladora
y los cartuchos
irán en las acémilas; que no se haga el menor
ruido.
Si
topamos con alguna
aldea en el
camino, la
ladearemos cuidadosamente, nada de echarse encima
como los perros hambrientos sobre la carroña. Eso
te
atañe sobre todo a ti, Fedia. Si tus haraganes ven
un
caserío
a un lado,
les importa un
comino todo y se
meten a comerse la crema de la leche.
- Los míos
también se meten
-confesó el checo
Galda-. La fez pasada los exploradores traer un
cubo
de masa cruda.
Yo decirles: "¿Para
qué traerla
cruda?",
y ellos decirme:
"La famos a
cocer en la
lumbre..."
Todos se echaron a reír, hasta Shebálov se
sonrió.
- Lo dice
por lo que
pasó en Debáltsevo
-dijo,
riendo
a mi lado,
Vasia Shmakov-. Se
queja de
nosotros.
Fuimos de reconocimiento y
dimos con la
casa de un cosaco. Era un cosaco rico. En cuanto
nos
vieron,
abrieron fuego de
fusil contra nosotros;
pero
entramos, de todos modos, en la casería; nos
pusimos
a
mirar, y ya
no había nadie
allí. El horno
estaba
encendido;
la masa, encima
de la mesa.
Pegamos
fuego a la casería y nos llevamos la masa; luego,
por
la tarde, la cocimos en hogueras. Estaba buena, muy
esponjosa...
los bollos que
cocimos parecían monas
de Pascua.
-
¿Pegasteis fuego a
la casería? -interrogué
yo-.
¿Es que se puede pegar fuego a las caserías?
- Ardió enterita
-respondió serenamente Vasia-.
¿Cómo
no se ha
de poder, si
desde allí los
dueños
dispararon contra nosotros? Los cosacos tienen
malas
entrañas.
Al que es
rico, eso no
le importa, antes
se
construirá otra casa que se tirará al monte.
Arkadi Gaidar
- ¿Y si se enfurece, más y nos tiene más odio por
eso a los rojos?
- Más odio no nos tendrá -respondió Vasia, serio-.
¡El que es
rico ya no
nos puede odiar
más! De los
nuestros,
cazaron a Pietia
Koshkin, y antes
de
matarlo
le dieron de
latigazos tres días.
Y tú dices
que nos van
a odiar más...
¿Acaso se puede
odiar
más?
Antes
de emprender la
marcha nocturna, los
muchachos
se hacían gachas
con tocino en las
calderetas,
asaban patatas en
las ascuas, estaban
tendidos
en la hierba,
limpiaban los fusiles
y
descansaban.
En el carro
del jefe de
compañía
Sújarev
vi un capote
viejo de sobra.
Tenía los bajos
chamuscados,
pero aún se podía
llevar. Se lo
pedí a
Sújarev.
- ¿Para qué
lo quieres? -interrogó,
algo brusco-.
Tienes tu abrigo, que, además, es de paño; ese
capote
me hace falta.
Me quiero coser unos
pantalones con
él.
-
Cósetelos del mío
-le propuse-, palabra...
Pues
todos
llevan capote, y
yo voy de
negro, como un
cuervo.
- ¡Qué me
dices! -exclamó, mirándome
asombrado. Su cara ruda de campesino se deshizo en
una
sonrisa de incredulidad-. ¿Lo
cambias? Claro -
dijo,
precipitado-. Efectivamente, ¿qué
soldado
puedes ser, vestido con abrigo? No tienes aspecto
de
soldado.
El capote está
algo chamuscado, pero
se
puede
acortar. Te daré
de propina un
gorro de piel
gris, tengo uno de sobra.
Hicimos
el cambio, los
dos contentos del
trato.
Cuando me alejaba, uniformado de soldado rojo con
todas las de la ley y el fusil colgado al hombro,
dijo a
Vasia, que se acercó:
- En cuanto tenga ocasión, se lo enviaré sin falta
a
mi mujer. ¿Para qué lo quiere él? ¡Si le da una
bala,
ya estará todo el abrigo estropeado, mientras que,
en
casa, mi mujer se pondrá muy contenta!
Por la noche, Fedia Syrtsov sacó a dos guías de la
primera
casería que encontró.
A dos, para
que el
destacamento
no se metiera
en el camino
del
enemigo.
Llevamos a los
guías separados, y
cuando
en las encrucijadas
uno decía que
se debía ir
a la
izquierda, preguntábamos al otro, y sólo en el caso
de
que coincidiesen las direcciones nos encaminábamos
por donde nos decían.
Al principio íbamos de dos en dos por el bosque,
tropezando a cada
paso con los
que iban delante.
Fedia
Syrtsov había mandado
por anticipado liar los
cascos
de los caballos
con trapos. Al
amanecer,
dejamos
el camino y
nos adentramos en una
arboleda.
Salimos a un
calvero y decidimos
descansar:
era peligroso seguir
avanzando con luz.
Junto
al camino, entre
unos tupidos frambuesos,
dejamos
un puesto de
vigilancia oculto, y al
mediodía el viento del oeste nos trajo el tronar de
un
duelo de artillería.
La escuela
Shebálov
pasó, preocupado, por
nuestra vera. Al
lado de él caminaba con mullido y firme paso Fedia,
diciéndole
rápidamente algo al
jefe. Se detuvieron
delante de Sújarev.
Oí las palabras:
- Una batida por el barranco.
- ¿De caballería?
- No se
puede, los caballos
hacen mucho bulto.
Envía a tres, Sújarev.
-
Chubuk -dijo Shebálov
en voz baja,
como
interrogando-, tú irás de jefe. Llévate a Shmakov y
a
alguien más que sea muy seguro.
- Llévame a mí, Chubuk -le supliqué por lo bajo-.
Seré muy seguro.
- Llévate a Simka Gorshkov -le propuso
Sújarev.
-
Llévame a mí,
Chubuk -susurré otra
vez-,
llévame... Seré el más seguro.
- ¡Bueno! -dijo Chubuk, moviendo la cabeza.
Me puse más contento que unas castañuelas y me
faltó poco para gritar de alegría, pues no creí que
me
llevarían
a empresa tan
importante. Me ajusté
las
cartucheras
y me colgué
el fusil del
hombro,
deteniéndome
turbado por la
mirada desconfiada de
Sújarev.
- ¿Para qué lo llevas? -le interrogó a Chubuk-. Te
puede estropear la batida, lleva a Simka.
- ¿A Simka?
-interrogó, a su
vez, como
reflexionando,
Chubuk y, tras
rascar una cerilla,
encendió la pipa.
-¡Imbécil!
-susurré para mi
capote, poniéndome
lívido
de la afrenta
y de odio
a Sújarev-. ¿Cómo
se
atreve a hablar así de mí, delante de todos? Si no
me
llevan,
iré yo solo
adrede... Adrede hasta
la misma
aldea, me enteraré de todo y volveré. ¡Que se muera
entonces Sújarev de rabia!"
Chubuk dio una chupada a la pipa, abrió el cerrojo
del fusil, metió
cuatro cartuchos en el almacén,
el
quinto
en la recámara
y, poniéndole el
seguro, dijo
indiferente,
sin notar qué
importancia tenía su
decisión para mí:
- ¿A Simka?
Bueno, puedo llevar
también a
Simka
-se arregló la cartuchera
y, al ver
mi palidez,
sonrióse súbitamente y dijo con alguna rudeza-:
Pero
qué podrá hacer Simka que no haga éste, ya que
tiene
ganas. ¡Vamos, muchacho!
Salí a escape hacia la linde del bosque.
-
¡Alto! -detúvome, severo,
Chubuk-. No retoces
como un potro,
no vamos de
paseo. ¿Tienes alguna
bomba de mano? ¿No tienes? Toma una. Aguarda, no
te la metas
en el bolsillo
con el mango
hacia abajo,
pues,
cuando la quieras
sacar, arrancarás la
anilla.
Métela
con el detonador
hacia abajo. Así.
¡Eres un
polvorilla! -agregó ya suave.
Capítulo quinto
- Avanzar por la ladera derecha -mandó Chubuk-.
Shmakov
irá por la
izquierda, y yo
por en medio,
abajo. Si notáis algo, hacedme una seña.
Avanzamos
lentamente. Media hora
después, al
borde de la vertiente izquierda y algo detrás de
mí, vi
a Shmakov. Avanzaba inclinado, adelantando algo la
cabeza.
La expresión de
su semblante, de
ordinario
bondadosa y taimada, era ahora seria y
furibunda.
El
barranco describía una
curva, y yo
perdí de
vista a Shmákov
y Chubuk. Sabía
que estaban por
allí
cerca, que avanzaban,
lo mismo que
yo,
escondiéndose tras los arbustos, y el saber que,
pese
a la aparente
dispersión nuestra, estábamos
estrechamente
ligados por una
misión y un
peligro
comunes, me daba ánimos. El barranco se ensanchó.
Los
matorrales fueron más
espesos. Doblamos otra
curva, y me tiré a tierra.
Por el ancho
camino empedrado, que
estaba a
unos
cien pasos de
la ladera derecha,
venía un
numeroso destacamento de caballería.
Los caballos, negros y bien cebados, llevaban ágil
paso, guiados por los jinetes. Delante cabalgaban
tres
o
cuatro oficiales. Precisamente
enfrente de mí el
destacamento
se detuvo, el
jefe sacó un
mapa y se
puso a examinarlo. .
Retrocedí
de espaldas, me
deslicé hacia abajo
y
busqué
con la vista
a Chubuk para
hacerle cuanto
antes la señal convenida.
Me dio miedo, pero me cruzó por la imaginación
la idea de
que no había
venido inútilmente de
reconocimiento,
que había sido
yo, y no
otro, el
primero en descubrir al enemigo.
"¿Dónde
estará Chubuk? -pensé,
alarmado,
mirando
presuroso a todos
lados-. ¿Dónde se
habrá
metido?"
Me disponía ya
a bajar al
fondo para
buscarlo,
cuando me llamó
la atención un
arbusto
que se movía en la vertiente izquierda del
barranco.
Desde allí, asomándose con cuidado por detrás de
las
ramas, Vasia Shmakov
me hacía unas
señas
incomprensibles,
pero alarmantes, con
la mano,
indicándome el fondo del barranco.
Al principio pensé que me mandaba bajar, pero, al
seguir con la mirada la dirección de su mano, se me
escapó
un quedo ¡oh!
y encogí la
cabeza en los
hombros.
Por el fondo del barranco, densamente poblado de
arbustos,
caminaba un soldado
blanco y llevaba
el
caballo de la brida. No sé si buscaría un
abrevadero o
sería
uno de los
exploradores de la
patrulla de este
flanco, que protegiera el avance de la columna,
pero
se trataba de un enemigo que se había entremetido
en
la
disposición de nuestra
descubierta. No supe
qué
hacer. El jinete quedó oculto tras unos arbustos.
Veía
únicamente
a Vasia. Pero
Vasia, probablemente,
desde el otro lado veía algo más que yo.
Vasia estaba con una rodilla en tierra, apoyada la
culata
del fusil en el suelo,
con una mano extendida
hacia mí, advirtiéndome
que no me
moviese, y, al
mismo tiempo, miraba abajo, listo a saltar.
Un ruido de cascos, que oí a mi derecha, me hizo
volver la cabeza. El destacamento de caballería
torció
45
46
hacia
un camino vecinal
y avanzó al
trote. En aquel
instante
Vasia hizo un
amplio ademán y,
dando un
fuerte salto, echó a correr vertiente abajo a
través de
los
arbustos. Yo hice
otro tanto. Al
llegar al fondo
del barranco, tiré a la derecha y vi que, junto a
uno de
los arbustos, rodaban dos hombres agarrados. Uno de
ellos
era Chubuk. El
otro, el soldado
enemigo. No
recuerdo
siquiera cómo me
acerqué a ellos.
Chubuk
estaba debajo y sujetaba las manos del enemigo, que
intentaba
sacar el revólver
de la funda.
En vez de
derribar
al adversario de
un culatazo, me
desconcerté, arrojé el fusil y me puse a tirarle de
los
pies, pero era fuerte y me hizo caer de una
sacudida.
Caí de espaldas,
le agarré una
mano y le
mordí un
dedo.
El enemigo dio
un grito y
retiró la mano.
De
pronto,
los arbustos se
abrieron, apareció Vasia,
mojado hasta la
cintura y, de un
culatazo exacto, de
los que enseñan
en la instrucción
militar, derribó,
sobre la marcha, al soldado.
Chubuk
se levantó de
la hierba, tosiendo
y
escupiendo.
-
¡Vasia! -dijo con
voz ronca y
entrecortada,
señalando con la mano el caballo, que comía
hierba.
- Está bien -respondió Vasia y, alzando las bridas,
que arrastraban por el suelo, tiró de ellas.
- Nos lo
llevaremos -articuló con
la misma
celeridad Chubuk, señalando al soldado sin
sentido.
Vasia lo comprendió.
Arkadi Gaidar
- ¡Tira abajo la bomba! -oí la orden de Chubuk y
vi en su mano algo que brilló y voló abajo.
El estampido me aturdió.
-
¡Arrójala! -me gritó
Chubuk, asiéndome en el
acto la mano levantada, quitándome la bomba y, tras
soltar el seguro, la arrojó al barranco.
-
¡Tonto! -me espetó;
yo estaba completamente
aturdido
por la explosión
y pasmado por
la rápida
sucesión
de inopinados peligros-.
¡Tonto! ¡Quitaste
la anilla y dejaste el seguro!
Corrimos por un huerto recién labrado; los pies se
nos atascaban. Los blancos, por lo visto, no
pudieron
subir la vertiente a caballo, a través de los
arbustos, y
habrían subido, probablemente, a pie. Nos dio
tiempo
a llegar, corriendo, hasta otro barranco, nos
metimos
en una de
sus ramificaciones, volvimos
a correr por
otro
campo, luego llegamos
a una arboleda
y
entramos derechos en el bosque. A nuestras
espaldas,
pero lejos, se oyeron varios tiros.
- ¿Habrán alcanzado a Vasia? -interrogué con voz
temblorosa.
- No -repuso
Chubuk, prestando oído-,
tiran al
tuntún... para dar escape a la rabia. Hala,
muchacho,
esfuérzate y aprieta el paso. Les haremos que
pierdan
el rastro.
Caminamos
en silencio. Me
pareció que Chubuk
estaba enojado y me detestaba por haberme asustado,
haber
tirado el fusil
y mordido a
tontas, como un
- ¡Átale las manos!
.
chiquillo, el dedo del soldado, por haberme
temblado
Chubuk recogió mi fusil, cortó de dos machetazos
el
portafusil y ató
fuertemente con él
los codos del
soldado, que aún no había vuelto en sí.
-
¡Agárralo por los
pies! -me gritó-.
¡Vivo,
miedoso! -me riñó, al advertir mi turbación.
Cargamos
al prisionero en
el lomo del
caballo.
Vasia se
montó en la
silla, sin decir
palabra, fustigó
al
animal y emprendió
el camino de
vuelta por el
fondo quebrado del barranco.
- ¡Por aquí! -me gritó con voz ronca, roja la cara
y
sudoroso,
Chubuk, tirándome de
un brazo-.
¡Sígueme!
Agarrándose a las ramas, trepó vertiente
arriba.
- ¡Alto!
-dijo, deteniéndose casi en el borde-, ¡no
te muevas!
Tan pronto como
nos escondimos tras
unos
arbustos,
abajo asomaron cinco
jinetes. Por lo
visto,
era la patrulla de este flanco. Los jinetes se
pararon y
miraron
en derredor; buscaban,
probablemente, a su
compañero.
Se oyeron sonoros denuestos. Los
cinco
soldados
se descolgaron las
carabinas de los
hombros. Uno echó pie a tierra y levantó algo. Era
el
gorro
del soldado, que
nosotros, con las
prisas,
habíamos
olvidado en la
hierba. Los soldados
de
caballería
hablaron, alarmados, y
uno de ellos,
el de
mayor
graduación, por lo
visto, extendió la
mano
adelante.
"Alcanzarán
a Vasia -pensé-,
su carga es
pesada.
Ellos son cinco, y él uno".
las manos cuando
cargamos al prisionero
en el
caballo y,
fundamentalmente, por haberme
desconcertado
y no haber
sabido siquiera arrojar
la
bomba.
Aún me daba
más vergüenza y
pena de
pensar qué diría Chubuk de mí en el destacamento; y
Sújarev
agregaría sin falta:
"Ya te advertí
que no lo
llevaras;
haberte llevado a
Simka, ¡menuda elección
hiciste!"
Estaba a punto
de llorar de
rabia,
descontento de mí mismo y de mi cobardía.
Chubuk
se detuvo, sacó
la bolsa del
tabaco y,
mientras
se llenó la
pipa, noté que
también le
temblaban
algo los dedos.
Encendió la pipa,
dio
varias chupadas con ansia, como si bebiera agua
fría,
luego
se metió el
tabaco en el
bolsillo, me dio
unas
palmaditas
en la espalda
y me dijo,
sencilla e
impetuosamente:
- Qué, amiguito...
¿hemos salido bien
parados?
No eres mal
muchacho, Boris. ¡Qué
mordisco le
pegaste!
-dijo Chubuk, riéndose
de buena gana-.
¡Como
un lobato de
verdad! ¡No siempre
se opera
sólo con el fusil, en la guerra a veces sirven
hasta los
dientes!
- Y la
bomba... -balbuceé con
aire culpable-.
¿Cómo
se me ocurrió
quererla tirar sin
quitar el
seguro?
- ¿La bomba?
-sonrióse Chubuk-. Amiguito,
no
eres tú solo,
casi todos los
que no tienen
costumbre
las tiran mal, o sin quitar el seguro o sin
ponerles la
cápsula.
Cuando era joven,
yo también las
arrojaba
La escuela
así. Cuando uno se desconcierta, se le olvida
quitar el
seguro y hasta tirar de la anilla. La tira uno como
si
fuera
un guijarro, y
allá va. Bueno,
vamos... ¡Aún
nos queda un buen trecho!
Recorrimos,
ligeros y sin
fatiga, el resto
del
camino.
Volvía con el
ánimo sosegado y
solemne,
como si hubiera pasado unos exámenes en el
liceo...
Sújarev jamás volvería a decir nada malo de
mí.
Al
llegar al destacamento,
Vasia entregó el
prisionero, sin sentido, al jefe. El blanco volvió
en sí
al amanecer y declaró que el ferrocarril que
debíamos
cruzar
estaba protegido por
un tren blindado,
en el
apeadero
había un batallón
alemán, y en
Glújovka
estaba alojado un destacamento blanco mandado por
el capitán Zhíjarev.
La
lozana fronda olía
a cerezo silvestre
en flor.
Los
muchachos, descansados, estaban
animados y
hasta parecían no tener ninguna inquietud. Volvió
del
reconocimiento Fedia Syrtsov con sus alegres
jinetes
y dio parte de que, por delante, no había nadie y
que
los
campesinos de la
aldea próxima eran
partidarios
de los rojos
porque hacía tres
días que el
terrateniente, que huyera en octubre, había
retornado
y
recorrido con unos
soldados todas las
isbas en
busca de los bienes de su hacienda. A todos los que
les encontraron objetos del terrateniente, los
azotaron
en la plaza, delante de la iglesia, con más saña
que en
los
tiempos de la
servidumbre, y por
eso los
campesinos se alegrarían de que llegasen los
rojos.
Luego de beber y. comer una tajada de tocino, me
puse en pie y dirigí los pasos hacia donde se
apiñaba
un
grupo de soldados
rojos en derredor
del
prisionero.
- ¡Eh! -gritóme, afable, Vasia Shmákov, que venía
a mi encuentro,
limpiándose, con la
manga del
capote,
la cara, húmeda
después dé haberse
bebido
una
caldereta de agua
muy caliente, en
vez de té-.
¿Qué te pasó ayer, eh, amiguito?
- ¿A qué te refieres?
- A que tiraste el fusil.
- ¿Y tú, que saltaste de la vertiente primero que
yo
y acudiste después en ayuda? -le repliqué,
picado.
- Pues yo,
hermano, nada más
salté, caí en un
tremedal;
aínas si saco
los pies, por
eso acudí
después.
Pero nos salió
bien, a pesar
de todo...
Cuando oí
a mis
espaldas la explosión de la bomba,
pensé que os habían despanzurrado a ti y a Chubuk.
A fe mía
que me creí
que os habían
despanzurrado.
Llegué
donde los nuestros
y les dije:
"Esos se han
metido en un atolladero, dudo que salgan". Y
pensé:
"No
me ha querido cambiar el
portapliegos, y ahora
se lo encontrarán
de balde los
blancos". Tienes un
buen
portapliegos -habló, palpando
la bandolera del
fino
portapliegos que recogí
al desconocido que
maté-.
Bueno, que le den
morcilla a tu portapliegos,
si no quieres
cambiármelo -agregó-. El
mes pasado
tuve otro mejor, pero lo vendí; ¡vaya con el niño,
se
le han subido los humos por llevar este
portapliegos!
-dijo, resoplando desdeñoso con la nariz.
Miré a Vasia
y me asombré:
tenía una cara
colorada tan de bobalicón y hacía unos movimientos
tan
desgarbados, que no
parecía, en absoluto,
el
mismo que se arrastrara tan hábilmente el día
anterior
entre los arbustos, espiando a los blancos, y
fustigara
con tanta violencia al caballo, cuando se retiraba
con
el prisionero atado a la silla.
Los soldados rojos
iban de un
lado para otro,
terminando
de almorzar, abrochándose
las guerreras
y
liándose los peales,
después de haber
descansado.
El destacamento debía ponerse pronto en
marcha.
Yo
estaba ya listo
para emprender la
marcha, y,
por eso, me encaminé hacia la linde del bosque a
ver
los cerezos silvestres en flor.
Unos pasos, que se oyeron a un lado, me llamaron
la
atención. Vi al
prisionero y, detrás
de él, a tres
camaradas con Chubuk.
"¿Adónde
irán?", pensé, mirando
al prisionero,
sombrío y desgreñado.
- ¡Alto! -mandó Chubuk, y todos se detuvieron.
Tras
mirar al prisionero
y a Chubuk,
comprendí
para qué lo habían traído; yo eché a correr,
moviendo
con dificultad los pies, hacia un abedul y me
detuve,
agarrándome fuertemente al tronco del mismo.
Detrás sonó una breve salva.
-
Muchacho -me dijo,
severo, Chubuk, con un
deje de ligera compasión-, si te crees que la
guerra es
algo
así como un
juego o un
paseo por bonitos
parajes, más vale que te vuelvas a tu casa. Un
blanco
es un blanco,
y entre nosotros
no hay ninguna
línea
intermedia.
¡Ellos nos fusilan,
y nosotros no les
vamos a tener compasión!
Elevé hacia él los ojos enrojecidos y le dije en
voz
baja, pero firme:
- No me
iré a casa, Chubuk, eso
ha sido por la
sorpresa.
Yo soy rojo,
he venido a
combatir
voluntario... -dicho esto, me quedé cortado y
agregué
quedo,
como disculpándome-: por
el reino luminoso
del socialismo.
Capítulo sexto
Hacía ya mucho que se había firmado la paz entre
Rusia y Alemania, pero, a pesar de ello, los
alemanes
tenían
invadida a Ucrania
con sus tropas
y se
metieron
también en el
Donbáss, ayudando a los
blancos
a formar destacamentos. Los
impetuosos
vientos primaverales olían a fuego y humo.
Nuestro
destacamento, lo mismo
que decenas de
otros
destacamentos de guerrilleros,
actuaba en la
retaguardia casi por su cuenta y riesgo. Durante el
día
nos
escondíamos por campos
y barrancos o
descansábamos,
alojándonos en algún
caserío
apartado; de noche hacíamos incursiones a apeaderos
protegidos
por pocas fuerzas.
Poníamos emboscadas
en los caminos
vecinales y atacábamos
a los
convoyes
enemigos, interceptábamos las
misivas y
poníamos en fuga a los forrajeadores.
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48
Pero
las prisas con
las que nos
apartábamos del
Arkadi Gaidar
extrañas?
Una vez, por
ejemplo, soñé que me
camino
de los grandes
destacamentos enemigos y el
constante
afán a esquivar
los combates cara
a cara
me
parecieron, en un
principio, vergonzosos. En
efecto, habían transcurrido ya mes y medio desde
que
yo
estaba en el
destacamento, y aún
no había
participado
en ningún combate
de verdad. Había
habido tiroteos. Habíamos atacado también a blancos
que
estaban durmiendo o
se habían rezagado.
Habíamos perdido la cuenta de los hilos
telegráficos
cortados
y los postes
aserrados, pero aún no
habíamos tenido un combate de verdad.
- Para eso
somos guerrilleros -me
dijo Chubuk,
sin
turbarse lo más
mínimo, cuando le
expresé mi
asombro
respecto al comportamiento, tan
feo, a
juicio
mío, del destacamento-. Querido
amigo, te
gustaría ir en columna, como en un cromo, calando
la
bayoneta
y avanzar como
diciendo: ¡Mirad qué
valientes
somos! Pero ¿cuantas
ametralladoras
tenemos?
Una, con tres
cintas nada más.
Pues
Zhíjarev
tiene cuatro, sistema
Maxim, y dos
piezas
de
artillería. ¿Qué podemos
hacer, atacándolos de
frente?
Hemos de vencerlos
de otra manera.
Los
guerrilleros somos como las avispas: pequeños, pero
con
aguijón. Nos echamos
encima, picamos y nos
retiramos. Ese alarde de valentía no nos hace
ninguna
falta; ¡eso no son más que pamplinas!
En ese tiempo
conocí a numerosos
muchachos.
Por las noches,
de guardia, al
atardecer, junto a la
hoguera, y entre
el calor del
mediodía, bajo los
cerezos
de olorosos huertos,
oí hablar mucho
de la
vida de mis camaradas.
Malyguin,
siempre sombrío y
hosco, tuerto por
haber perdido un ojo en una explosión producida en
una mina, contó:
- No es mucho lo que puedo contar de mi vida. En
pocas
palabras, que fue
muy dura. En
los últimos
veinte años ha estado dividida en tres partes
iguales.
Me
levantaba a las
seis de la
mañana con dolor
de
cabeza
por el trabajo
de la víspera.
Me ponía los
andrajos, recibía la lámpara y bajaba a la mina.
Allí,
a perforar, meter dinamita y volar los barrenos. Una
voladura,
otra voladura, se
quedaba uno sordo, se le
embotaban los sentidos, y al montacargas. Lo subían
a uno, mojado
y negro como
el diablo, a la
superficie. Así fue la primera parte de mi vida.
Luego
iba a la tasca, me llevaba una botella sin pagar,
pues
la
pagaban después las
oficinas. Iba a
la tienda del
amo, enseñaba allí la botella y me daban sin
rechistar
dos
pepinos en salmuera,
pan y un
arenque. ¡Esa
ración
se acostumbraba tomar
para beberse una
botella!
Y a comer
y beber tranquilamente, pues
las
oficinas
pagaban y lo
descontarían luego. Así
fue la
segunda
parte de mi
vida. La tercera
consistía en
acostarme
y dormir. Dormía
como un leño,
me
gustaba
dormir más que
beber vodka, y
me gustaba
por los sueños
que veía. Hasta
hoy no entiendo
qué
es el sueño. ¿A qué se deberían aquellas visiones
tan
llamaba el capataz de minas y me decía:
"Malyguin,
ve a las oficinas y recibe lo que te corresponde
por el
despido". "¿Por qué me despiden, señor
capataz?", le
digo.
"Pues porque quieres
casarte con la
hija del
director". "¿Pero qué dice usted, señor
capataz, acaso
se
puede concebir que
un minero barrenero
se case
con la hija
del director? ¿Cómo
quiere usted que
pueda yo casarme
con la hija
del director, si
por mi
ojo
tuerto no se
casaría conmigo cualquier
moza
ordinaria?"
En eso, se
confundió todo; el
capataz
resultó no ser
el capataz, sino
el potro del
director,
uncido
al coche de
él. Se apea
del coche el
director
en
persona, se inclina
cortésmente y dice:
"Mira,
barrenero Malyguin, te doy la mano de mi hija, diez
mil rublos de dote y al capataz, digo, el potro con
el
coche".
Quedé atónito de
alegría, y, apenas
me
dispuse a acercarme a él, me dio un bastonazo,
luego
otro,
otro, y el
capataz empezó a
soltarme coces y
relinchar
"¡Ja-ja-ja! ¡Ja-ja-ja! ¡Conque
eso querías!"
Y me daba de coces sin parar. Me atizó las coces
con
tanta
furia, que hasta
grité en sueños
tan fuerte que
me
oyeron en todo
el caserón. Alguien
me pegó de
verdad un puñetazo en un costado para que no
gritase
y no molestara a la gente por la noche.
- ¡Vaya sueño!
-exclamó Fedia Syrtsov,
riendo-.
Bien se ve que estabas enamorado hasta los ojos de
la
hija
del señor, por
eso soñabas con
ella. A mí
siempre
me pasa eso,
sueño lo que
pienso por la
noche. Hace tres días que no pude quitarle una bota
a
un alemán muerto. Era una bota de montar buena, de
piel de cabritilla.
¡Pues la veo
en sueños todas
las
noches!
- ¡Una bota!... Tú sí que estás hecho una bota -le
respondió
Malyguin, enojado-. Pues
vi a la
hija del
director
una vez nada
más un año
antes de eso.
Estaba yo borracho en una zanja. Pasó, andando, con
su madre, por un camino al lado de los huertos, y
el
caballo con el coche las seguía. La madre, una
señora
encopetada... con el pelo blanco, se acercó a mí y
me
preguntó: "¿Cómo no le da vergüenza beber?
¿Dónde
está su fisonomía
humana? Debiera recordarse
de
Dios". "Perdón -le respondí-, es verdad
que no tengo
fisonomía, por eso bebo".
Se compadeció de mí la mamá de ella, me puso en
la mano una moneda de diez kopeks y me sermoneó:
"Mira,
gañancete, qué exuberante
está la naturaleza
en torno, cómo
brilla el sol
y cantan los
pájaros. Y
usted anda borracho. Vaya y cómprese agua de seltz
y que se le despeje la cabeza". Me dio rabia,
y le dije:
"No
soy ningún gañancete,
sino un minero
de sus
minas.
Deje a la
naturaleza que esté
exuberante, y
disfrútela
usted a su
gusto; pero lo
que es yo, no
tengo
motivos para disfrutar
de ella. En
mi vida he
bebido agua de seltz, y si usted quiere hacer una
obra
de
caridad, añada otros
diez kopeks para
que pueda
comprarme media
botella, y me quitaré,
agradecidísimo,
la resaca, brindando
por nuestra
La escuela
agradable entrevista". "¡Grosero! -me
espetó la noble
dama-,
¡grosero! Mañana diré
a mi marido
que lo
despida
de la mina".
Montaron en el
coche y se
marcharon. Esa es toda la conversación que tuve con
ella, y en todo el tiempo que estuvimos hablando,
la
hija me daba
la espalda, ¡y
tú dices que
yo estaba
enamorado de ella hasta los ojos!
- ¡Para qué
hablar de sueños!
-dijo, riéndose,
Fedia
Syrtsov-. ¿Queréis que
os cuente un
caso que
me ocurrió con una condesa? A fe mía que ese caso
me hizo revolucionario. Es
un caso, que
si os lo
cuento, os quedaréis con la boca abierta.
Al
decir eso, Fedia
sacudió la cabeza
y entornó
los ojos como un gato que sale de la despensa de su
ama.
- ¿Vas a contar mentiras, Fedia? -interrogó Vasia
Shmákov, curioso e incrédulo, arrimándose más.
- Eso es cosa tuya, si quieres, te lo crees, y si
no,
pues no te
lo creas; no
voy a presentarte
comprobantes de que el hecho es fidedigno.
Fedia
se desperezó, sacudió
la cabeza, como
pensando si valía la pena o no contarlo y,
chascando
con la lengua, empezó a hablar resuelto:
- Hará de
esto unos tres
años. Y, ni
que decir
tiene,
yo era un
mozo guapo, más
guapo aún que
ahora. El destino me deparó tener que entrar de
zagal
en la hacienda
de unos condes.
Nuestro conde tenía
una
mujer que se
llamaba Emilia, y
una institutriz
que se llamaba Ana, o sea Jeanette, entre
ellos.
Una vez estaba
yo sentado junto
a un estanque,
con el rebaño, y vi venir a dos, tapándose el sol
con
sombrillas.
La sombrilla de la
condesa era blanca,
y
la de Jeanette, roja. Aquella Jeanette parecía un
gobio
seco:
escuálida, con gafas
encima de la
nariz, y
cuando pasaba por la aldea, se tapaba la nariz con
un
pañuelo para que no la marease el olor del
estiércol.
He de deciros que tenía en el rebaño un toro
enorme,
un semental con todas las de la ley. ¡En cuanto vio
la
sombrilla
colorada, se arrojó
con furia contra
Jeanette!
Me puse en
pie de un
salto y corrí
en su
ayuda.
Las dos señoras
pusieron el grito
en el cielo.
La condesa se abalanzó a unos arbustos; Jeanette no
supo donde meterse, y dio, de miedo, con sus huesos
en el
agua. El
semental siguió detrás,
y ella, la muy
tonta, en vez de tirar la sombrilla, se tapaba con
ella -
¡valiente
protección había encontrado!-,
chillando al
mismo tiempo algo en alemán o francés, quién sabe.
Me metí en el agua, le quité la sombrilla y di con
ella
al
semental en los
hocicos. El toro
se enfureció y
echó
detrás de mí;
yo me alejé,
nadando, tiré la
sombrilla
en medio del
estanque, llegué a
la otra
orilla y me metí en los arbustos. En eso llegaron
unos
pastores,
empezaron a gritar
y meter ruido
para
ahuyentar al toro, sacaron a Jeanette del cieno, y
ella
se desmayó en la orilla.
Fedia jadeaba, como si acabara de ponerse a salvo
del toro, chascó con la lengua y se dispuso a
seguir,
pero en aquel instante sonó una voz en la entrada
de
la casería.
- ¡Fiódor... Syrtsov! Que te presentes al
jefe.
- Ahora voy
-repuso, descontento, Fedia,
y
prosiguió, sonriendo-: Mientras Jeanette volvió en
sí,
se me acercó la condesa Emilia, pálida, con
lágrimas
en los ojos
y el pecho
agitado. "Joven -me
dijo-
¿quién
eres?" "Pues soy,
vuestra excelencia, un
zagal,
y me llaman
Fiódor de nombre
y Syrtsov de
apellido".
La condesa exhaló
un suspiro y
me dijo:
"Teodor
-así es Fiódor
como hablan ellos-,
Teodor,
acércate más".
Qué más diría
la condesa a
Fedia y qué
relación
tendría
este caso con
su marcha posterior
con los
rojos, no me enteré aquella vez, porque al lado se
oyó
el tintineo de espuelas, y Shebálov apareció,
enojado,
a nuestras espaldas.
-
Fiódor -interrogó, severo,
deteniéndose y
apoyándose
en el sable-,
¿has oído que
te he
llamado?
- Sí, lo
he oído -masculló
Fiódor, poniéndose en
pie-. ¿Y qué más?
- ¿Qué es eso de "y qué más"? ¿Debes
presentarte
cuando te llama el jefe o no?
- ¡A sus órdenes, vuestra merced! ¿Qué manda? -
replicó
irónico Fiódor, en
vez de dar
una
contestación.
A Shebálov, de ordinario blando y afable, lo sacó
de quicio la réplica de Fedia.
- A mí
no se me
trata de vuestra
merced -dijo,
serio y apesadumbrado-; ni
soy para ti
vuestra
merced,
ni tú eres
para mí un
oficial de graduación
inferior.
Pero soy el
jefe del destacamento
y debo
exigir
que se me
obedezca. Han venido
unos
campesinos del caserío de Temliukov.
- ¿Y qué?
-los negros ojos
de Fedia corrieron
de
un lado a otro, con expresión culpable.
- Han venido
a quejarse. Dicen
que nuestros
batidores
han estado en
su caserío y
que, como es
natural, se alegraron de verlos, pues eran
camaradas.
El
jefe, un moreno,
los reunió para
hablarles del
apoyo al Poder soviético, les habló de la tierra y
los
terratenientes.
Y mientras ellos
escucharon y
escribieron
una resolución, los
batidores anduvieron
cogiendo gallinas y rebuscando por las cuevas de
los
campesinos para llevarse la crema de la leche. ¿Qué
dices a eso,
eh, Fiódor? Puede
que te hayas
equivocado
de rumbo y
sea mejor que
te vayas con
los bandidos ucranianos,
eso se estila
entre ellos,
¡pero
en mi destacamento
no debe haber
semejantes
escándalos!
Fiódor
calló despectivamente y,
bajos los ojos,
daba golpecitos con la fusta en la punta de su bota
de
montar.
- Te lo
digo por última
vez, Fiódor -prosiguió
Shebálov,
pasando un dedo
por el pomo
rojo del
brillante
sable-. No soy
vuestra merced, sino
un
zapatero y un hombre sencillo, pero ya que me
habéis
hecho jefe,
exijo que se me
obedezca. Y te prometo
49
50
por última vez, delante de todos, que si sigues por
el
mismo
camino, no repararé
en que seas
un buen
combatiente y
camarada, ¡te expulsaré del
destacamento!
Fiódor lanzó una mirada de reto a Shebálov, ojeó
a los soldados
rojos, que se
habían agolpado en
derredor,
y, al no
encontrar apoyo en
ninguno de
ellos,
a excepción de
tres o cuatro
jinetes, que le
sonreían
aprobatorios, le dio
aún más coraje
y le
respondió a Shebálov, con mal oculta cólera:
-
¡Mira, Shebálov, no
tengas tanta afición
a
apartar
a la gente
de tu lado,
que hoy la
gente se
cotiza cara!
- Te expulsaré
-profirió quedo Shebálov
y,
bajando la cabeza, se encaminó lento hacia la
entrada
de la casería.
Me
produjo muy mala
impresión el diálogo
de
Shebálov
con Syrtsov. Sabía
que Shebálov tenía
razón,
y, a pesar
de todo, me
ponía de parte
de
Fiódor. "Bueno, hay que decírselo -pensé-,
pero no se
debe amenazar".
Fiódor
era uno de
los mejores combatientes
que
teníamos
y siempre estaba
alegre y lleno
de ímpetu.
Si hacía falta
averiguar algo, atacar
de improviso a
algunos
forrajeadores o acercarse
a una hacienda
de
terrateniente,
protegida por los
blancos, Fiódor
siempre
encontraría la senda
más cómoda y
llegaría
sin ser visto
por barrancos tortuosos
y por detrás
de
los corrales.
A
Fiódor le gustaba
acercarse furtivamente, de
manera que no sonaran las herraduras ni las
espuelas,
que no relincharan
los caballos; y
si lo hacían,
les
daba
puñetazos en los
morros; y que
los jinetes no
hablasen;
de lo contrario,
les atizaba con la
fusta en
la
espalda. Los caballos
de Fiódor, amaestrados,
no
relinchaban,
ni los jinetes
cuchicheaban entre sí,
pegados a sus monturas; él mismo iba a la cabeza de
los
batidores, algo inclinado
hacia las abundantes
crines de su potro amblador, y se parecía a un
lagarto
rapaz que se acercaba, deslizándose, a un moscardón
enmarañado en la hierba.
En
cambio, cuando los
centinelas enemigos
advertían
la descubierta y
daban la voz
de alarma,
apenas
les daba tiempo a
los blancos de
ponerse los
pantalones, y al soñoliento ametrallador, de meter
la
cinta
en la ametralladora, cuando
el pequeño y ágil
destacamento
irrumpía, levantando un
estrépito de
fusilería y explosiones de bombas de mano a diestro
y
siniestro, dando gritos
y silbidos. Entonces
era
cuando
a Fiódor le
gustaba el ruido
y el estruendo.
No
importaba que las
balas disparadas al
galope no
dieran en el blanco, ni que una bomba lanzada en la
hierba estallase sin herir a nadie, haciendo
revolotear
casi
hasta los tejados
a las espantadas
gallinas y
gordos
gansos. ¡Que hubiera
el máximo pánico
y
alboroto! Que al enemigo, aturdido, le pareciese
que
en la aldehuela habían irrumpido incontables
fuerzas
de los rojos.
Que temblasen los
dedos al meter
el
Arkadi Gaidar
cargador; que se encasquillase, con la cinta
torcida, la
ametralladora sacada precipitadamente, y, lo que
era
más importante, que salieran de las casuchas ya uno
ya otro soldado
y, sin haber
visto aún nada,
sin
haberse despabilado aún, tirasen los fusiles y
gritasen
alelados, sin comprender, lanzándose a la
valla:
-
¡Estamos copados!... ¡Los
rojos nos han
cercado!
Y
entonces, dejando las
bombas de mano
en el
cinto y colgándose
los fusiles a
la bandolera, los
batidores
de Fedia, enardecidos
por el éxito,
empezaban a asestar silenciosos tajos con sus fríos
y
acerados sables. Así era Fiódor Syrtsov.
"¿Acaso por
unas
gallinas cualesquiera y
un poco de
crema de
leche
se puede expulsar
del destacamento a un
combatiente tan inapreciable?", pensé.
Aún
seguía yo algo
sumido en mis
reflexiones,
motivadas
por la discusión
entre Fedia y
Shebálov,
cuando Chubuk, que estaba vigilando desde el tejado
de la casa, gritó que hacia la casería venía un
nutrido
destacamento
de infantería. Los
soldados rojos se
alborotaron
y empezaron a
correr de un
lado para
otro.
Creyérase que ningún
jefe podría poner
orden
en
aquella masa alarmada.
Nadie aguardó órdenes
algunas;
cada uno sabía
de antemano lo
que debía
hacer.
Inclinándose, los soldados
de la primera
compañía, la de Galda, pasaron corriendo de uno en
uno,
comprobando sobre la
marcha si estaban
cargados
los fusiles y
masticando los últimos
bocados
del desayuno, que
habían tenido que
abandonar, hacia el extremo de la casería y,
echando
cuerpo
a tierra, fueron
formando una línea
más
cerrada. Los batidores ajustaban las barrigueras a
los
caballos,
les ponían las
bridas y los
desmaneaban o
les
cortaban las trabas
con la hoja
del sable. Los
ametralladores bajaron del carro la Colt y las
cintas.
Tras Sújarev, colorado y sudoroso, los soldados
rojos
de la segunda compañía corrieron por una senda a la
linde
del bosque. Momentos
después todo quedó
en
silencio.
Shebálov descendió los
peldaños del
portalillo,
mandando al paso
algo a Fiódor.
Y éste
asintió con la cabeza, como diciendo: bueno, lo
haré.
Se cerraron las contraventanas, y el amo de la
casería
bajó a la cueva con las mujeres y los
chiquillos.
- Alto -me mandó Shebálov-. Quédate aquí. Sube
al tejado con Chubuk: lo que él vea desde allí, ven
a
decírmelo a la linde del bosque. Y dile que mire a
la
derecha,
a la carretera
de Jamur, por
si se ve
allí
algún movimiento.
Uno,
dos, tin... tin...
sonaron los pasos
y las
espuelas
de Shebálov. Un
pato, que se
estaba
calentando al sol, parpó perezoso; levantando la
cola,
manchada
de sebo de
carro, cantó desde
la valla,
arrogante
y despreocupado, un
gallo. Cuando se
calló,
se arrojó de
la valla con
pesado aleteo y se
metió en lo espeso de unos polvorientos lampazos;
en
la
casería se hizo
una calma tan
completa, que del
La escuela
silencio emergió el tenue murmullo de una alondra y
el monótono bordoneo de las abejas, que recogían el
cálido y aromático néctar de las flores.
- ¿Qué quieres? -me preguntó Chubuk, sin volver
la cabeza, cuando me subí al tejado de paja.
- Me ha mandado Shebálov para que te ayude.
- Bueno, siéntate y no te asomes.
-
Chubuk, mira a
la derecha -le
dije,
transmitiéndole la
orden de Shebálov-,
mira si se ve
algún movimiento en la carretera de Jamur.
- No te muevas -repuso él, breve, y, quitándose el
gorro,
asomó la cabeza,
grande, por detrás
de la
chimenea.
El
destacamento enemigo no
se veía: había
quedado oculto en una vaguada, pero debía volver a
aparecer
de un momento
a otro. La
paja del tejado
era
escurridiza y, para
no deslizarme al
suelo,
procuraba no moverme y abrir con la punta de la
bota
un
hoyuelo en el
que apoyarme. Chubuk
tenía la
cabeza
casi junto a
la mía. Y
entonces advertí por
primera
vez que entre
sus ásperos cabellos
negros
despuntaban
algunas canas. "¿Será
ya viejo?, pensé,
asombrado.
No sé por
qué, me pareció
raro que Chubuk,
hombre
ya de edad
provecta, con canas
y arrugas
junto a los ojos, estuviera a mi lado, en el
tejado, y,
abriendo
torpemente las piernas,
para no escurrirse,
asomara
la cabeza, grande
y desgreñada, por
detrás
de la chimenea.
- ¡Chubuk! -lo llamé, susurrando.
- ¿Qué?
-
Chubuk... Ya eres
viejo -le dije,
sin saber para
qué.
-
Ton-to... -me respondió,
volviendo la cabeza,
enojado-. ¿Para qué le das a la lengua?
En eso Chubuk
bajó la cabeza
y retrocedió con
todo el cuerpo. El destacamento salía de la
vaguada.
Sentí
que la inquietud
se adueñaba de
Chubuk.
Empezó a respirar y moverse, emocionado.
- ¡Boris, mira!
- Lo veo.
- Baja corriendo y dile a Shebálov que han salido
de la vaguada,
pero adviértele que se nota
algo
sospechoso:
al principio avanzaban
en columna de
marcha,
pero, mientras han
estado en la vaguada,
se
han
desplegado por secciones.
Qué, ¿has entendido?
¿Por
qué se habrán
desplegado por secciones?
¿Tal
vez
sepan que estamos
en la casería?
¡Date prisa y
vuelve a escape!
Saqué la punta de la bota del hoyuelo hecho en la
paja y, deslizándome, fui a caer encima de un gordo
cerdo,
que se lanzó
a un lado, gruñendo. Encontré a
Shebálov.
Estaba detrás de
un árbol, mirando
con
unos
prismáticos. Le dije
lo que me
encargara
Chubuk.
- Lo veo
-respondió de un
talante como si
yo lo
hubiese ofendido-. Lo veo yo mismo.
Comprendí
que estaba irritado
por la inopinada
maniobra del enemigo.
-
Vuelve al tejado
y no os
bajéis, poned más
atención al flanco, a la carretera de Jamur.
Torné
corriendo al patio,
en el que
no había un
alma, y me encaramé a la seca valla para subir
desde
allí al tejado.
- ¡Soldadito! -oí un susurro.
Volví la cabeza, asustado y sin comprender quién
ni de dónde me llamaba.
- ¡Soldadito! -repitió la misma voz.
Entonces
vi que la
puerta de la
cueva estaba
entreabierta,
y de ella
asomaba la cabeza
de una
mujer, el ama de la casería.
- Qué -me interrogó-, ¿vienen?
- Sí, vienen -le respondí, susurrando también.
- ¿Qué traen...
sólo ametralladoras, o
tienen
también
cañones? -inquirió la
mujer, persignándose
rápidamente-. Señor, que traigan sólo
ametralladoras,
¡pues con los cañones harán añicos la casa!
No me dio
tiempo a responderle,
cuando se oyó
un
tiro, y una
bala invisible silbó
sonora en lo
alto:
tii-iuu...
La cabeza de la mujer desapareció, y la portezuela
de la cueva
se cerró. "Empieza" -pensé
y, sintiendo
un acceso de esa enfermiza emoción que se apodera
del hombre antes del combate, no cuando suenan ya
los
estampidos del tiroteo,
tabletean, furiosas, las
ametralladoras
y atruenan, solemnes,
los cañones,
sino
cuando aún no
se oye nada,
cuando todo el
peligro
está aún por
delante...” ¿Por qué
habrá tanta
calma y por
qué durará tanto?
-piensa uno-. Que
empiece cuanto antes".
Tíi-iuu..., silbó otra bala.
Pero
aún no empezaba
nada. Probablemente, los
blancos
sospechaban, pero no
lo sabían a
ciencia
cierta, que la casería estaba ocupada por los
rojos, y
dispararon dos tiros al tuntún. Así se aproxima el
jefe
de una pequeña
descubierta a los
puestos de
vigilancia
del enemigo, rompe
el fuego y,
por el
ruido con que le responde el grupo de protección,
por
el tableteo de las ametralladoras, determina la
fuerza
del enemigo, pasa al otro flanco, empieza a
disparar
descargas
cerradas, alarma al
adversario y se
retira
precipitado, sin vencer a nadie, sin causar bajas,
pero
habiendo logrado el fin que se proponía, obligando
a
éste a desplegarse y mostrar sus verdaderas
fuerzas.
Nuestro
destacamento, desplegado en
línea de
combate, no respondía.
Entonces, cinco
soldados del
adversario,
montados
en negros trotones,
desafiando el peligro,
se
apartaron del grueso
de sus fuerzas
y avanzaron
ligeros.
A unos trescientos
metros de la
casería se
detuvieron,
y uno de
ellos enfiló los
prismáticos,
deslizándolos
por el borde
de la valla
y alzándolos
lentamente
al tejado, hacia
la chimenea, tras
la que
nos ocultábamos Chubuk y yo.
"También
son astutos, saben
dónde buscar a los
observadores", pensé, escondiendo la cabeza
tras las
51
52
espaldas de
Chubuk y experimentando la
desagradable
sensación que domina
a uno en la
guerra
cuando el adversario,
a despecho de
uno,
acorta
la distancia hasta
él con los
prismáticos; o
rebusca al lado, disipando las tinieblas, el haz de
luz
de un reflector para descubrir la columna de
fuerzas;
o cuando un aeroplano de reconocimiento da vueltas
encima
de la cabeza
de uno, y
éste no tiene
donde
esconderse
para que no
lo vean sus
observadores
invisibles.
Entonces
la cabeza empieza
a parecerle a uno
demasiado
grande, los brazos
largos, y el
tronco
torpe,
voluminoso. Lamenta uno
no poderlos meter
en
ningún sitio, no
poder encogerse, hacerse
un
ovillo,
confundirse con el
tejado de paja
o con la
hierba,
como permanece inadvertido
un gorrión con
las plumas erizadas entre un montón de ramas bajo
la
atenta mirada de un milano que planea
silencioso.
- ¡Nos han descubierto! -gritó Chubuk-. ¡Nos han
descubierto!
-y, como si
quisiera mostrar que
ya no
había por qué
jugar más al
escondite, asomó la
cabeza
por detrás de
la chimenea y
cerró el cerrojo
del fusil.
Quise
bajar y dar
parte a Shebálov.
Mas, por lo
visto,
desde la linde
del bosque también
se habían
dado
cuenta de que
la celada había
fracasado y de
que los blancos
no avanzarían hacia
la casería sin
desplegarse
en guerrilla, pues
desde detrás de los
árboles dispararon contra los jinetes
adversarios.
Las
secciones desplegadas de
los blancos se
extendieron
en puntos negros
a derecha e
izquierda,
en orden abierto de tiradores. Poco antes de llegar
al
montículo,
por el que
los blancos se
habían
desplegado,
el jinete de
atrás cayó con
el caballo al
camino. Cuando el viento disipó la nube de polvo,
vi
que
yacía sólo el
caballo; el jinete,
cojeando y
agachándose mucho, corría hacia los suyos.
Una
bala dio en
los ladrillos de
la chimenea,
lanzándonos polvo
de la cal arrancada y
obligándonos a esconder la cabeza. La chimenea era
un buen blanco.
Bien es verdad
que, tras ella,
los
tiros
directos no podían
darnos, pero teníamos
que
estar
sin asomar la
cabeza. De no
haber sido por la
orden
de Shebálov de
prestar atención a
la carretera
de
Jamur, nos hubiéramos
bajado. El desordenado
tiroteo
se convirtió en
un duelo de
fusilería. Fueron
aplacándose
los disparos aislados
de los blancos,
y
empezaron a tabletear
las ametralladoras. Cubierta
por su fuego, la desigual línea avanzaba unas
decenas
de metros y volvía a echar cuerpo a tierra.
Entonces
se callaban
las ametralladoras y
volvía a empezar
el
tiroteo
de la fusilería.
Así, poco a
poco, con una
tenacidad
que daba prueba
de buena disciplina
y
adiestramiento,
los blancos fueron
avanzando,
aproximándose más y más.
- Son fuertes los condenados -murmuró Chubuk-.
Se
meten que se
las pelan. No
parecen los de
Zhíjarev. ¿No serán alemanes?
Arkadi Gaidar
-
¡Chubuk! -grité-. Mira
a la carretera
de Jamur,
allá, junto a la linde del bosque, se mueve
algo.
- ¿Dónde?
- No es allí... Mira más a la derecha. Mira recto a
través
del estanque... ¡Mira!
-grité, al ver
que en la
linde
brilló algo, parecido
al destello de
un rayo de
sol reflejado por un trozo de vidrio.
Se oyó en
el aire un
extraño sonido, parecido
al
estertor
de un caballo
con el gaznate
cortado. El
ronquido se convirtió en un zumbido. El aire resonó
como
una campana cascada;
algo estalló a
un lado.
En el primer momento me pareció que, muy cerca de
nosotros,
había salido un
relámpago pardo de una
nube de humo y polvo negro; el aire se estremeció y
me
empujó suavemente, como
una ola de
cálida
agua,
en la espalda.
Cuando abrí los
ojos, vi que la
seca paja del cobertizo, que había en el huerto,
ardía
con pálida llama, casi invisible al sol.
El segundo
proyectil explotó entre los caballones
del huerto.
- Bajémonos -dijo Chubuk, volviendo hacia mí la
cara gris, preocupada-. Bajemos, hemos caído en una
de órdago; creo que no son los de Zhíjarev, sino
los
alemanes.
En la carretera
de Jamur tienen
una
batería.
Al
primero a quien
vi en la
linde fue al
pequeño
soldado rojo, apodado el Hurón.
Estaba
sentado en la
hierba y se
abría con una
bayoneta
austríaca la manga
ensangrentada de la
guerrera. Su fusil con el cerrojo abierto y un
cartucho
disparado a medio sacar, estaba al lado.
- ¡Son los
alemanes! -gritó, sin
responder a mi
pregunta-. ¡Nos largamos ahora mismo!
Le di mi jarrillo de hojalata para que sacara agua
de un arroyo y seguí corriendo.
Propiamente
dicho, la manga
ensangrentada del
Hurón y sus
palabras sobre los
alemanes fueron lo
último
que pude restablecer
luego, por orden,
en la
memoria, al recordar este primer combate de verdad.
Me
acuerdo bien de
todo lo demás
a partir del
momento en que se me acercó Vasia Shmákov y me
pidió el jarrillo para beber agua.
- ¿Qué llevas en la mano? -me interrogó.
Miré y me turbé, al ver que en la mano izquierda
apretaba
fuertemente un cascote
grande de piedra
gris.
No sabía cómo
ni para qué
había cogido yo
aquella piedra.
- Vasia, ¿por qué llevas ese casco? -le
pregunté.
- Se lo he quitado a un alemán. Déjame el jarrillo
para beber.
- No lo tengo. Lo tiene el Hurón.
- ¿El Hurón? -inquirió Vasia, y silbó-. Pues no lo
volverás a ver, amiguito.
- ¿Por qué
no lo volveré
a ver? Se
lo he dejado
para que sacara agua.
- Se perdió
tu jarrillo -dijo
Vasia, riendo y
sacando agua de un arroyo con el casco-. Se perdió
tu
jarrillo y el Hurón también.
La escuela
- Lo han matado?
- Hasta hincar el pico -respondió Vasia, riéndose,
no sé por
qué-. El soldadito
Hurón ha caído en
aras
de las armas rojas.
- ¿Por qué
te guaseas siempre,
Vasia? -le
pregunté,
indignado-. ¿Es que
no te da
ninguna
lástima del Hurón?
- ¿A mí? -interrogó Vasia, por su parte, sorbiendo
con la nariz y limpiándose los labios húmedos con
la
palma sucia de la mano-. Sí, amiguito, me da
lástima
del
Hurón, de Nikishin,
de Serguéi y
de mí mismo
también.
Los malditos, mira
cómo me han
puesto el
brazo.
Movió el hombro y vi que tenía el brazo izquierdo
vendado con un trapo gris.
- Me ha dado en la molla... pasará -agregó-. Sólo
me
escuece -dijo, volviendo
a sorber con
la nariz y,
chascando
con la lengua,
agregó de sopetón-:
Y si
nos
paramos a pensar
¿por qué nos
hemos de tener
lástima? Nadie nos ha traído a la fuerza, por lo
tanto,
nosotros
mismos sabíamos a
lo que veníamos.
¡Así
que no podernos quejarnos!
Algunos
momentos del combate
se me quedaron
grabados en la memoria; lo único que yo no podía
era
restablecerlos en su continuidad y ligazón.
Recuerdo
que,
con una rodilla
en tierra, entablé
largo tiroteo
con un alemán,
que estaba, a
lo sumo, a
doscientos
pasos
de mí. Y,
por temor de
que él disparase
antes
que yo, apretaba
el gatillo bruscamente,
tras haber
apuntado
mal, y marraba.
Probablemente a él le
pasara
otro tanto, y
por eso yo
también marraba los
tiros.
Recuerdo
que la explosión
de un proyectil
volcó
valiente como nadie.
- ¡Qué importa
que sea valiente,
si no es
trigo
limpio! No le gusta el orden y le importan un pito
los
del
Partido. Dice que
tiene su programa
propio:
zurrar a los blancos hasta que no quede uno, y
luego,
lo que sea
sonará. A mí
no me gusta
mucho ese
programa. Eso es niebla y no un programa. ¡Sopla el
viento, y la disipa!
Nos
mataron a diez
y nos hirieron
a catorce
hombres, seis de los cuales murieron. Si hubiéramos
tenido
enfermería, médicos y
medicamentos, se
hubieran salvado muchos heridos.
En
lugar de enfermería
teníamos un claro
de
bosque,
y en vez
de médico, a
Kaluguin, enfermero
de la guerra
con Alemania; de
medicamentos sólo
teníamos
yodo, toda una
lata, de las
que se utilizan
para la nafta,
llena de yodo.
No lo escatimábamos.
Delante
de mí, Kaluguin
llenó hasta los
bordes una
cuchara
sopera de madera
y vertió el
yodo en la
ancha herida desgarrada de Lukovánov.
- No es nada -le dijo, tranquilizándolo-.
Aguanta...
El yodo es útil. Sin yodo las espichas como dos y
dos
son cuatro, y con él, a lo mejor te salvas.
Debíamos
replegarnos hacia los
nuestros, al
Norte, donde estaba
el grueso de
las unidades
regulares
del Ejército Rojo:
nos quedaban ya
pocos
cartuchos.
Pero los heridos
nos detenían. Cinco
aún
podían
caminar, pero tres
ni se morían
ni sanaban.
Entre
ellos estaba Yasha
el Gitanillo, que
había
aparecido de improviso en nuestro
destacamento.
En una ocasión,
cuando nos disponíamos
a
ponernos
en marcha desde
el caserío de
Arjípovka,
nuestro destacamento formó a lo largo de la
calle.
53
nuestra
ametralladora.
La
emplazaron
Al contarnos, el soldado del flanco izquierdo, que
inmediatamente en otro sitio.
-
¡Recoged las cintas!
-gritó Sújarev-. ¡Ayudad,
demonios!
Tomé una de
las cajas tiradas
en la hierba
y la
llevé. Recuerdo luego como si Shebálov me hubiese
sacudido de un hombro y me hubiese regañado; pero
no comprendí el por qué.
Luego creo que una bala mató a Nikishin. O no...
A Nikishin lo mataron antes, porque cayó cuando yo
aún iba corriendo
con la caja,
y antes de
caer él me
gritó: "¿Adónde la llevas? La ametralladora
está en la
dirección contraria.
Yendo montado Fiódor, mataron su caballo.
-
Fiódor está llorando
-dijo Chubuk-. Llora
desconsolado, con la cabeza hundida en la hierba.
Me
he
acercado a él
y le he
dicho: "No llores,
aquí no
tenemos
tiempo de llorar
ni siquiera por
las
personas".
Se ha revuelto
contra mí y
ha sacado el
revólver, diciéndome: "Márchate, o te pego un
tiro",
con los ojos muy turbios. Me he ido, sin hacerle
más
caso.
¿Para qué hablar
con un loco?
Este Fiódor no
es trigo limpio -siguió Chubuk, encendiendo la
pipa-.
No me fío de él.
- ¿Por qué
no te fías?
-intercedí por él-.
Es
era el infortunado Hurón, de baja estatura,
exclamó:
- ¡Ciento cuarenta y siete sin cubrir!
Hasta
entonces el Hurón
había sido siempre
el
ciento
cuarenta y seis
cubierto. Shebálov se
puso a
gritar:
- ¡Qué mentiras son ésas! ¡Contaos de nuevo!
Nos
volvimos a contar,
y el Hurón
resultó otra
vez el ciento cuarenta y siete sin cubrir.
- ¡El diablo
os confunda! -exclamó,
enojado,
Shebálov-. ¿Quién equivoca la cuenta, Sújarev?
- Nadie -respondió Chubuk desde su fila-. Es que
ha aparecido uno más.
Miramos y, efectivamente, en la formación, entre
Chubuk
y Nikishin, había
un bisoño. Tendría
dieciocho o diecinueve años. Era moreno, con el
pelo
rizado y desgreñado.
- ¿De dónde
has salido? -interrogóle,
asombrado,
Shebálov.
El muchacho no respondió.
- Se ha
puesto aquí, a mi
lado -explicó Chubuk-.
Pensé
que habían admitido
a algún novato.
Ha
venido con su fusil y se ha puesto aquí.
- Dinos al
menos quién eres
-exigió, enfadado,
Shebálov.
54
- Soy... un gitano rojo -respondió el bisoño.
- ¿Un gi-ta-no
rojo? -interrogó, desorbitando
los
- ¿Qué estás cantando, Gitanillo?
Tardó en responder:
Arkadi Gaidar
ojos,
Shebálov y, echándose
a reír, agregó-:
¿Qué
gitano puedes ser tú? ¡Eres todavía un
gitanillo!
Se
quedó en nuestro
destacamento con el
apodo
de Gitanillo.
Ahora
el Gitanillo tenía
el pecho atravesado.
La
palidez se le traslucía por la tez morena de la
cara, y
él balbuceaba a menudo algo, secos los labios, en
su
incomprensible dialecto.
- En todo
el tiempo que
llevo en la
mili... me he
tirado media campaña alemana, y ahora también hace
mucho
que estoy combatiendo
-decía Vasia
Shmákov-,
pero nunca he
visto a soldados
gitanos.
He
visto a tártaros,
morduinos y chuvaches,
pero a
gitanos no. Considero a los gitanos gente
perniciosa:
ni siembran trigo,
ni tienen oficio
ni beneficio, ni
saben
ellos más que
robar caballerías y
sus mujeres
engañar
a todo el
mundo. No acierto
a comprender
para qué ha venido a nuestro destacamento.
¡Libertad
tienen
cuanta quieren! Carecen
de tierra que
defender.
¿Y para qué
la querrían? Tampoco
tienen
nada
que ver con
los obreros. ¿Qué
provecho, saca,
pues,
viniéndose con nosotros?
¡Algún provecho
sacará, aunque no se vea!
- Puede que también esté por la revolución, ¿qué
sabes tú?
- En la
vida creeré que
los gitanos estén
por la
revolución. Antes de la revolución los castigaban
por
las
caballerías robadas, ¡y
después de la
revolución
los han de castigar por lo mismo!
- ¿Tal vez
no roben nada
después de la
revolución?
Vasia replicó, sonriendo incrédulo e irónico:
- No sé,
pero en nuestro
pueblo les pegaban
con
cachiporras
y palos, y
de nada les
servía, seguían
robando:
¿Es que les
va a hacer
cambiar la
revolución?
- Estás tonto,
Vasia -terció Chubuk,
que hasta
entonces
no había despegado
los labios-. En
sacándote de tu casa y tu caballejo no ves un palmo
más
allá de tus
narices. A tu
parecer, toda la
revolución terminará en que te den gratis un trozo
de
tierra
y unos veinte
troncos del bosque
del
terrateniente,
en que cambien
al alcalde por un
presidente, y la vida seguirá igual que antes.
Capítulo séptimo
Al cabo de
dos días el
Gitanillo se sintió
mejor.
Por la tarde,
cuando me acerqué
a verlo, estaba
encima
de un montón
de hojarasca y
cantaba quedo
algo, fija la vista en el cielo estrellado.
-
Gitanillo -le propuse-,
¿quieres que encienda
una
hoguera a tu
lado, haga té
y lo tomemos
con
leche? tengo leche en la cantimplora.
Fui por agua,
colgué la caldereta
en la baqueta,
sostenida
entre dos bayonetas
hincadas en tierra
y,
sentándome junto al herido, le interrogué:
- Una canción muy vieja, en la que se dice que los
gitanos
no tienen tierra
patria, y les
sirve de patria
aquella que los acoge bien. Siguen preguntando:
"¿Y
dónde
te acogen bien,
gitano?" Y responde:
"He
recorrido muchos países, he estado con los
húngaros,
con los búlgaros
y con los
turcos, he recorrido
muchas
tierras con mi
tribu y aún
no he encontrado
una tierra en la que hayan recibido bien a mi
tribu".
-
Gitanillo -le pregunté-,
¿para que has
venido a
nuestro destacamento? A vosotros no os
movilizan.
Le
relucieron los ojos,
se incorporó, apoyándose
en un codo, y respondió:
- He venido
voluntario, no hace
falta que me
movilicen.
¡Estoy harto de
la tribu! Mi
padre sabe
robar
caballerías, y mi
madre echa la
buenaventura.
Mi
abuelo también robaba
caballos, y mi
abuela
echaba la buenaventura, y ni el uno robó la
felicidad
ni la otra
se echó en
la buenaventura una
suerte
venturosa. Hay que obrar de otra manera...
El Gitanillo se animó e incorporó, pero el dolor de
la herida, por lo visto, se lo impidió y, apretando
los
dientes,
se dejó caer
otra vez en
la hojarasca,
emitiendo un ligero gemido.
La
leche, al hervir,
se salió, cayendo
al fuego y
apagando la llama.
No me dio
tiempo a retirar
la caldereta de las
ascuas. El Gitanillo se rió de improviso.
- ¿Por qué te ríes?
- Por nada
-respondió, sacudiendo con
ímpetu la
cabeza-. Estoy pensando que todo el pueblo ha hecho
lo mismo: los rusos, los hebreos, los georgianos,
los
tártaros y todos los demás aguantaron y aguantaron
la
vieja
vida y luego,
como la leche de la
caldereta, se
salieron
de madre y
se lanzaron al
fuego. Yo
también...
estuve quieto una
temporada, no pude
aguantar,
empuñé el fusil
y me puse
en marcha en
busca de una vida mejor.
- ¿Y piensas encontrarla?
- Solo no la hubiera encontrado... pero entre todos
la encontraremos... porque tenemos mucho
empeño.
Se acercó Chubuk.
- Siéntate con nosotros a tomar té -lo invité.
- No tengo tiempo -rechazó la oferta-. ¿Te vienes
conmigo, Boris?
- Sí -respondí rápidamente, sin preguntar siquiera
a dónde.
- Pues date
prisa en tomarte
el té, que
nos está
esperando un carro.
- ¿Qué carro, Chubuk?
Me
llamó aparte y
me explicó que el
destacamento
se pondría en
marcha al amanecer,
se
uniría
por allí cerca
con el destacamento
minero de
Beguichov
y se abrirían
paso juntos hacia
nuestras
tropas.
A los tres
heridos graves no
podíamos
llevarlos, porque tendríamos que pasar por el lado
de
los blancos y los alemanes.
La escuela
No lejos de donde estábamos, había un colmenar.
Era un paraje
apartado, el dueño
simpatizaba con
nosotros
y había accedido
a alojar en
su casa a los
heridos
hasta que se
restablecieran. De allí
había
traído
Chubuk el carro,
y ahora, mientras
estaba
oscuro, debíamos llevar a los heridos.
- ¿Quién más viene con nosotros?
- Nadie más.
Nosotros dos. Me
las hubiera
arreglado
solo, pero el
caballo es repropio.
Tendremos que llevarlo uno de las riendas, y el
otro
cuidar de los camaradas. ¿Quedamos en que
vienes?
- Sí, sí,
voy, Chubuk. Contigo
iré siempre a
cualquier
parte. ¿Desde allí
adónde iremos? ¿O
retornaremos aquí?
- No. Desde allí iremos derechos, vadeando el río,
y nos reuniremos con los nuestros. Bueno, en marcha
-dijo
Chubuk y fue
hacia la cabeza
del caballo-.
Cuida
que no se
caiga mi fusil
-sonó su voz
en la
oscuridad.
El carro dio una ligera sacudida, me cayeron en la
cara
unas gotas de
rocío, salpicadas de
una rama de
un
arbusto, que enganchó
una rueda, y
una negra
curva tapó de nuestra vista las hogueras que
estaban
terminando de arder, esparcidas por el
destacamento,
que se ponía en marcha.
El camino era
malo, lleno de
baches, rodadas y
raíces
que se ramificaban,
por la superficie.
Estaba
tan oscuro que desde el carro no se veía ni el
caballo
ni a Chubuk.
Los heridos yacían
en heno fresco
y
callaban.
Yo
caminaba detrás y,
para no tropezar,
me
agarraba al puente del carro con la mano que el
fusil
me dejaba libre. Todo estaba en calma. De no ser
por
los
monótonos silbos de
una avefría nocturna,
se
hubiera
podido pensar que
la oscuridad que
nos
rodeaba
era de muerte.
Todos callábamos. Sólo
el
herido Timoshkin gemía de tarde en tarde, cuando
las
ruedas
se hundían en
un bache o
topaban con un
tocón.
El ralo bosque,
medio talado, parecía
ahora
intransitable,
espeso y salvaje.
El cielo encapotado
pendió
como un techo
negro encima de
la trocha.
Hacía bochorno y diríase que avanzábamos a tientas
por un sinuoso y largo pasillo.
No sé por
qué, me acordé
de que hacía
mucho
tiempo, unos tres años, mi padre y yo volvíamos una
noche, tan cálida como ésta, de la estación a casa
por
un
atajo, a través
de la arboleda.
Lo mismo silbaba
una
avefría y olía
a hongos pasados
de sazón y
frambuesas silvestres.
En la estación, al despedir a su hermano Piotr, mi
padre
bebió con él
unas copas de
vodka. No sé si
sería por eso o porque olía demasiado dulzonamente
a frambuesas, mi
padre estaba muy
excitado y
locuaz. Por el camino me habló de su juventud y sus
estudios en el seminario. Yo me reía, escuchando
sus
relatos de la vida de escolar, de que los azotaban
con
zurriagos,
y me parecía
absurdo e inverosímil
que
alguien
hubiera podido azotar
alguna vez a un
hombre tan alto y fuerte como mi padre.
- Eso lo has leído en una novela -le replicaba yo-.
Sé de una novela que trata de eso. Se titula
Ensayos
de un seminarista.
¡Pero eso hace
mucho que
ocurrió, Dios sabe cuándo!
- ¿Te crees que he estudiado hace poco? También
hace mucho que estudié.
- Papá, tú
viviste en Siberia.
Y allí es
terrible
vivir, están los condenados a trabajos forzados.
Petia
me ha dicho que allí pueden matar a una persona por
nada y no haya quién quejarse.
Mi
padre se echó
a reír y
se puso a
explicarme
algo.
Pero entonces no
comprendí qué quiso
explicarme,
porque de sus
palabras resultaba algo
extraño, que los
presidiarios no eran
presidiarios y
que él tenía
incluso muchos conocidos
entre los
presidiarios
y que en
Siberia había mucha
gente
buena, en todo caso más que en Arzamás.
De todo aquello,
lo mismo que
de otras muchas
cosas,
cuyo sentido empezaba
a comprender sólo
ahora, yo no hacía caso.
"Nunca...
nunca había sospechado
ni pensado yo
antes que mi padre fuera revolucionario. Y el que
yo
me
encuentre ahora con
los rojos y
lleve un fusil
al
hombro
no es porque
mi padre haya
sido
revolucionario
ni porque yo
sea su hijo.
Eso ha
resultado
así por sí
solo. Yo mismo
he llegado
adonde
estoy", pensé. Y
este pensamiento me
llenó
de orgullo. Pues, verdaderamente, con tantos
partidos
como
había, ¿por qué
había elegido yo,
a pesar de
todo, el más acertado, el más revolucionario?
Quise
comunicar ese pensamiento
a Chubuk. Y,
de
pronto, me pareció
que al lado
de la cabeza
del
caballo no había nadie y que éste hacía ya tiempo
que
tiraba al tuntún del carro por un camino
desconocido.
- ¡Chubuk! -grité, asustado.
- ¿Qué quieres?
-oí su ruda
y severa voz-.
¿Por
qué gritas?
- Chubuk -dije, turbado-, ¿es aún lejos?
- Aún queda
un buen trecho
-respondió y se
detuvo-.
Ven aquí y
tápame el viento
con el capote
para que encienda la pipa.
La pipa encendida
flotó como una
luciérnaga
volante
al lado de
la cabeza del
caballo. El camino
fue más llano, el bosque le cedió el paso, y
seguimos
andando el uno al lado del otro.
Dije a Chubuk
lo que pensaba;
esperaba que me
elogiase
por mi inteligencia
y sagacidad, que me
habían
llevado a adherirme a
los bolcheviques. Pero
no se apresuró a elogiarme. Se fumó media pipa, por
lo menos, y sólo entonces me dijo, serio:
- Suele suceder
así. Suele suceder
que una
persona
llegue por su
propia inteligencia... Como
Lenin, por ejemplo. Pero tú, muchacho, lo
dudo...
- ¿Cómo es eso, Chubuk? -le interrogué, quedo y
ofendido-.
Pero si he llegado al
bolchevismo por mí
mismo.
55
56
- Eso de
que has llegado
por ti mismo...
Claro,
Arkadi Gaidar
- Parece como si se oyese un golpeteo por delante.
cómo
no. Pero eso
te lo parece
a ti. La
vida ha
tomado ese sesgo,
¡y te crees
que has llegado
por ti
mismo! Primero, te mataron al padre. Segundo,
fuiste
a parar entre
gente como nosotros.
Tercero, reñiste
con tus compañeros. Cuarto, te expulsaron del
liceo.
Si no hacemos
caso de estas
circunstancias, lo
restante quizás se te haya ocurrido a ti mismo. No
te
enfades
-agregó, al sentir,
probablemente, mi
decepción-. ¿Acaso te exigen algo más?
- ¿Resulta, Chubuk, que lo he hecho adrede... que
no soy rojo?
-inquirí con voz
temblorosa-. Pues eso
no es verdad,
y siempre voy
de reconocimiento
contigo, y por eso me vine al frente, para
defender...
y resulta...
- ¡Ton-to! No resulta nada. Te estoy diciendo que
te han hecho
las circunstancias... y
tú dices "por
mí
mismo,
por mí mismo".
Pongamos por caso:
si te
hubieran
enviado a una
escuela de cadetes,
hubiera
salido de ti un cadete de Kaledin.
- ¿Y de ti?
- ¿De mí?
-Chubuk se rió-.
Muchacho, llevo
veinte
años de mina
a las espaldas.
¡Y eso no hay
escuela de cadetes que lo borre!
Me
sentí indeciblemente dolido.
Las palabras de
Chubuk
me habían ofendido
en lo más
hondo y me
callé. Pero tenía ganas de hablar.
- Chubuk...
eso significa que, puesto que soy así,
puesto
que podría ser
cadete... y kaledinista... no
hago ninguna falta en el destacamento.
-
¡Tonto! -respondió, calmoso,
Chubuk, como si
no
advirtiera mi enfado-.
¿Por qué no
has de hacer
falta?
Qué importa lo
que hubieras podido
ser.
Importa
lo que eres.
Te digo eso
para que no
se te
suban los humos. Por lo demás... eres un buen
chico.
Espera,
te observaremos aún
algún tiempo y te
admitiremos
en el Partido.
¡Ton-to! -agregó en
tono
muy cariñoso.
Yo sabía que Chubuk me apreciaba, ¿pero sentiría
él
cuánto lo quería
yo, más que
a nadie, en
aquel
momento?
"Qué bueno es
Chubuk -pensé-. Es
comunista, ha trabajado veinte años en una mina, se
le está poniendo
ya blanco el
pelo, y siempre
viene
conmigo...
No va con
nadie más, sólo
conmigo. Por
tanto,
mis méritos tendré.
Y aún haré
más méritos.
Cuando entablemos algún combate, no me agacharé,
y si me
matan, que me maten. Entonces escribirán a
mi madre:
"Su hijo fue un comunista y murió por la
gran
causa de la
revolución". Mi madre
llorará y
colgará mi retrato al lado del de mi padre, y la
vida,
nueva y luminosa, seguirá su curso".
"Lo
único que siento
es que los
curas hayan
mentido
-pensé- y que
el hombre no
tenga alma
alguna.
Si tuviera, ella
vería cómo será
la vida. De
seguro que será buena, muy interesante".
El carro se detuvo.
Chubuk se metió
precipitadamente
una mano en
un bolsillo y dijo
quedo:
Dame el fusil.
Apartamos
el carro de
los heridos hacia
unos
arbustos. Yo me quedé junto al carro, Chubuk fue no
sé dónde. Tornó en seguida.
- No hagáis
ruido ahora... Son
cuatro cosacos a
caballo.
Dame un saco...
le taparé los
morros al
caballo para que no relinche a destiempo.
El ruido de los cascos se fue aproximando. Cerca
de donde estábamos nosotros, los cosacos dejaron el
trote y pusieron los caballos al paso. Un extremo
de
la luna asomó
por el agujero
de una nube
rota y
alumbró
el camino. Desde
detrás de los
arbustos vi
cuatro
gorros altos de
piel. Uno de
los cosacos era
oficial,
pues resplandeció y
volvió a extinguirse
el
dorado brillo de una hombrera. Esperamos que dejara
de
oírse el ruido
de los cascos
y seguimos nuestro
camino.
Amanecía
ya cuando llegamos
a una pequeña
casería.
Al
ruido del carro,
salió a los
portones,
soñoliento,
el colmenero, un
campesino alto y
pelirrojo con el pecho hundido y hombros angulosos,
muy
marcados bajo la
camisa desabrochada de
percal.
Llevó el caballo
con el carro
a través del
corral,
y abrió un
portillo desde el
cual partía un
camino apenas perceptible, lleno de hierba.
-
Iremos allá... En
el bosque, junto
al pantanejo,
tenemos
el cobertizo para
trillar; allí estarán
más
tranquilos.
En el cobertizo,
pequeño y lleno
de heno, hacía
fresco y había sosiego. En el rincón más apartado
de
la
puerta había unas
arpilleras extendidas. Por
cabecera
había dos pellejos
de oveja, bien
plegados.
Al lado había
un cubo de
agua y una
vasija de
corteza de abedul con kvas.
Llevamos a los heridos del carro al cobertizo.
- ¿Tal vez
quieran comer? -interrogó
el
colmenero-.
Debajo de la
cabecera tienen pan y
tocino.
Cuando el ama
ordeñe las vacas,
les traerá
leche.
Nos
teníamos que marchar
para llegar al
vado
antes
de que se fueran los
nuestros. Mas, a pesar
de
que hicimos por los heridos todo lo que pudimos,
nos
sentíamos violentos. Violentos porque los dejábamos
solos y desamparados en territorio enemigo.
Timoshkin
lo comprendió, de
seguro, pues dijo,
lívidos y agrietados los labios.
- ¡Id con
Dios! Gracias, Chubuk,
y a ti
también,
muchacho. Tal vez nos volvamos a ver.
Samarin, más fatigado que los otros, abrió los ojos
y
asintió afable con
la cabeza. El
Gitanillo,
apoyándose en las manos, nos miraba serio y sonreía
levemente sin pronunciar palabra.
- Que lo
paséis bien, muchachos
-articuló
Chubuk-, y que os repongáis. El amo de la casa es
de
confianza, no os abandonará. Que os veamos sanos y
salvos...
La escuela
Chubuk
se volvió hacia
la salida, tosió
sonoramente y, bajando los ojos, empezó a golpear
la
pipa contra la culata del fusil para sacarle la
ceniza.
- ¡Que seáis felices y venzáis, camaradas! -gritó
el
Gitanillo a nuestras espaldas. El timbre de su voz
nos
hizo detenernos y volver la cabeza desde el
umbral-.
Que venzáis a todos los blancos habidos y por haber
en el mundo -agregó
el Gitanillo con el mismo tono
claro y preciso
y dejó caer
la negra cabeza
en la
blanda piel de oveja.
Capítulo octavo
La orilla arenosa, amarilla del sol, derretíase en
el
agua,
que centelleaba al
ondear en los
bajíos. Los
nuestros no estaban en el vado.
-
Habrán pasado ya
-concluyó Chubuk-. Nos da
igual...
Cerca de aquí
deben habernos tendido
un
cordón,
y el destacamento
hará un alto
antes de
llegar.
- Vamos a
bañarnos, Chubuk -le
propuse-. ¡Sin
entretenernos! Mira qué caliente está el agua.
- Aquí no
debemos bañarnos. El
lugar está al
descubierto.
- ¿Y qué más da que esté al descubierto?
- ¿Cómo ha de dar lo mismo? Un hombre desnudo
no es un
soldado. Desnudo, puede
apresarlo
cualquiera,
incluso con un
palo. Puede llegar
un
cosaco al vado, llevarse el fusil, y ya puede hacer
con
él lo que
quiera. En el
Joper nos ocurrió
un caso
parecido.
Se metió a
bañarse todo el
destacamento,
unos
cuarenta hombres, y
no dos sólo.
Aparecieron
cinco cosacos y abrieron fuego contra el río. ¡La
que
se
armó!... Unos resultaron
heridos, otros nadaron
a
la
orilla opuesta. Y
anduvieron por el
bosque en
cueros. Las aldeas por allí eran ricas... Había
muchos
kulaks.
A dondequiera que
uno fuera, para
todos
estaba claro en
seguida que era
bolchevique, puesto
que estaba desnudo.
A pesar de
todo, lo convencí.
Nos apartamos del
vado
hacia unos arbustos
y nos bañamos
deprisa.
Cruzamos
el río, llevando
en las puntas
de las
bayonetas los líos
de la ropa y las
botas, atados con
los
cintos. Después del
baño, el fusil
pesó menos y
las
cartucheras no nos
apretaron en los
costados.
Caminamos
ligeros por el
borde de una
arboleda en
dirección
a una isba.
Estaba abandonada, rotos
los
cristales;
hasta la caldera
del fogón estaba
también
rota. Se veía que, antes de abandonarla, los dueños
se
habían llevado todo lo que pudieron.
Chubuk dio una vuelta, cauteloso, entornando los
ojos,
alrededor de la
isba, se metió
dos dedos en la
boca y silbó
largamente. El eco
repercutió muchas
veces
en el bosque,
perdiendo fuerza, hasta
que se
confundió
con el monótono
rumor del follaje.
No
hubo respuesta.
- ¿Será posible
que hayamos llegado
antes que
ellos? Pues tendremos que esperar.
Elegimos
una sombra, bajo
un arbusto, a
cierta
distancia
del camino, y
nos acostamos. Hacía
calor.
Enrollé el capote y me lo puse de cabecera; me
quité
también
el portapliegos de
cuero para que
no me
molestase.
Estaba muy rozado
y descolorido por
las
marchas que habíamos hecho y haber dormido yo en
la tierra húmeda.
En
aquel portapliegos yo
llevaba una navaja,
un
trozo de jabón, una aguja, un ovillo de hilo y la
parte
de en medio
del diccionario enciclopédico
de
Pavliénkov, que había encontrado.
Un
diccionario enciclopédico es
un libro que se
puede leer y releer un sinfín de veces, pues, de
todos
modos,
no lo puede
uno recordar todo.
Por eso
llevaba
aquellas páginas arrugadas
y las sacaba
a
menudo,
durante los descansos
y los altos
en
barrancas o bosques,
y me ponía
a releer por
orden
todo lo que
había impreso. Había
allí biografías de
frailes, generales y reyes, recetas para hacer
barnices,
términos
filosóficos, menciones de
guerras pasadas,
la
historia de Costa
Rica, país que
desconocía hasta
entonces,
y, a continuación,
el modo de
obtener
abono
de los huesos
de los animales.
Leyendo
aquellas hojas, me enteré de multitud de cosas de
lo
más variadas, necesarias e innecesarias, desde la
letra
C hasta la P, en la que se terminaba el
diccionario.
Hacía
unos días, antes
de ir a
mi puesto de
guardia,
metí, con las
prisas, un trozo
de pan negro
en el mismo
portapliegos. Ahora vi
que el trozo
de
pan olvidado se había desmigajado y, con las migas,
se habían pegado las hojas del diccionario. Eché
todo
el contenido del portapliegos en la hierba y me
puse a
limpiarlo
por dentro con
la palma de
la mano.
Levanté,
sin querer, con
un dedo un
extremo,
despegado, del forro de piel.
Volví el portapliegos hacia el sol, miré dentro y
vi
que por debajo de la piel levantada asomaba un
papel
blanco.
Me picó la
curiosidad, despegué más
el forro y
saqué
un fino pliego
de papeles. Desdoblé
uno y vi
en
medio el escudo
con el águila
bicéfala dorada y,
más abajo, con letras de oro, la palabra
"Certificado".
Aquel
certificado estaba extendido
a nombre del
alumno Yuri Vaald, de la 2a compañía del Cuerpo de
Cadetes
del Conde Arakchéiev,
y daba fe
de que
había
terminado con provecho
el curso de
estudios,
había observado una diligencia y conducta
excelentes
y pasaba al siguiente curso.
"¡Ahora
caigo en la
cuenta!", comprendí,
recordando
al desconocido que
maté en el
bosque y
su
guerrera negra con
los botones cortados
intencionadamente
y las iniciales
C.C.C.A. en el
forro del cuello.
El otro papel era una carta, escrita en francés,
con
fecha
reciente. Y aunque
el liceo me
había dado
débiles
nociones de este
idioma, tras media
hora de
lectura,
palabra por palabra,
y completando con la
imaginación
lo que no
podía descifrar, entendí
que
aquella carta era de recomendación, estaba dirigida
a
57
58
un coronel, apellidado Korenkov, y le pedían que se
interesara por la suerte del cadete Yuri
Vaald.
Quise
enseñar aquellos curiosos
papeles a
Chubuk,
pero vi que
se había dormido.
Me dio
lástima despertarlo, pues aún no había dormido
desde
la
mañana anterior. Volví
a meter los
papeles en el
portapliegos y me puse a leer el diccionario.
Transcurriría una hora. Entre el susurro del viento
y los trinos
de los pájaros
oí un ruido
lejano y
extraño.
Me puse en
pie y, con
una mano, me
hice
pabellón en la oreja: el ruido de pasos y voces se
fue
oyendo más y más claro.
-
¡Chubuk! -lo llamé,
sacudiéndolo por un
hombro-. ¡Levántate, Chubuk, los nuestros
vienen!
- ¡Los nuestros
vienen! -repitió maquinalmente
Chubuk, poniéndose en pie y restregándose los
ojos.
- Pues... vienen ya muy cerca. Vamos de prisa.
- ¿Cómo me
he quedado dormido?
-extrañó se
Chubuk-.
No he hecho
más que tumbarme
y me he
quedado traspuesto.
Aún tenía los ojos soñolientos y se le cerraban al
sol
cuando, colgándose el
fusil al hombro,
echó a
andar detrás de mí.
Las
voces se oían
casi a nuestro
lado. Yo salí
presto de detrás de la isba y, tirando el gorro a
lo alto,
grité
algo, saludando a
los camaradas, que se
aproximaban.
No vi dónde
cayó el gorro
porque me aturdí
al
advertir el terrible chasco que me había
llevado.
- ¡Atrás! -chilló Chubuk con voz ronca y rugiente
a mis espaldas.
Pim... pam... pum...
Resonaron
casi simultáneamente tres
tiros desde
las primeras filas de la columna. Una fuerza
invisible
me
arrancó de las
manos e hizo
astillas la culata
de
mi fusil con tal ímpetu que apenas me pude sostener
de pie. Pero aquel mismo estrépito y aquel golpe me
sacaron
del estupor. "Los
blancos", comprendí,
abalanzándome hacia Chubuk. Chubuk disparó.
Estuvimos toda una hora bajo la amenaza de que
las fuerzas esparcidas
del enemigo nos
capturasen.
Pero
logramos escapar. Mucho
después de que
dejaran de oírse las voces de nuestros
perseguidores,
aún
seguimos corriendo al
azar, sudorosos y
acalorados.
Secas las gargantas,
aspirábamos
ávidamente
el húmedo aire
del bosque y
tropezábamos
en los tocones
y pellas; los
pies nos
dolían como si nos los hubieran aplastado.
Basta -dijo Chubuk, dejándose caer en la hierba-,
descansemos.
¡Dónde hemos venido
a meternos,
Boris! Y todo por mi culpa... Por haberme dormido.
Te pusiste a gritar: "¡Los nuestros, los
nuestros!", yo
no me di cuenta, entre sueños, creyendo que tú ya
te
habías enterado, y fui como si tal cosa.
Sólo
entonces miré mi
fusil. La culata
estaba
hecha astillas, y la caja doblada.
Se lo entregué
a Chubuk. El
lo examinó y lo
arrojó a la hierba.
Arkadi Gaidar
- Ha quedado
inservible -dijo, despectivo-,
ya no
es un fusil,
sino un palo,
con el que
sólo se pueden
matar
cerdos a golpes.
Bueno. Contentémonos con
que
hayas quedado ileso.
¿Dónde está tu
capote?
También
lo has perdido.
Y yo he
tirado el mío.
¡Buenos estamos, amiguito!
Aún hubiéramos
querido descansar
más,
permanecer
tumbados largo rato
sin movernos,
quitarnos
las botas y
desabrocharnos el cuello
de la
camisa, pero la sed era mayor que el cansancio, y
por
allí cerca no se veía agua.
Nos levantamos y seguimos caminando despacio.
Cruzamos un campo; al pie del monte apiñábanse las
casitas
de una aldehuela,
y aquellas casitas
blancas
con
tejados de paja
parecían, desde donde
nosotros
estábamos,
un grupo de
hongos grandes, de
los que
crecen
al pie de
los abedules. No
nos atrevimos a
bajar a aquella
aldea. Cruzamos otro
campo y
volvimos a entrar en el bosque.
- Una casa
-susurré, deteniéndome y
señalando
con un dedo
el borde de
un tejado de
hojalata,
pintado de rojo.
Temiendo
caer en una
celada, nos aproximamos
cautelosos
a una alta
valla. Los portones
estaban
cerrados. No ladraba ningún perro, ni cacareaban
las
gallinas, ni se oía el pisar de vacas en el
establo: todo
estaba
en calma, como
si todo lo
vivo se hubiera
escondido intencionadamente al acercarnos nosotros.
Dimos la vuelta a la finca y no vimos ningún
portillo.
-
Súbete a mis
hombros -me mandó
Chubuk- y
mira por encima de la valla qué hay allí.
Vi un patio
vacío, con hierba
crecida, macizos
pisoteados,
de los que
se alzaban algunas
dalias
maltrechas y pensamientos de intenso azul
marino.
- ¿Qué se
ve?-interrogó Chubuk, impaciente-.
¡Bájate, hombre! ¿Te crees que soy de piedra?
- No se
ve a nadie
-respondí, al tiempo
que
saltaba-.
Las ventanas de
la fachada están
tapadas
con tablas, y las del costado no tienen marcos, se
ve
en
seguida que la
casa está abandonada.
Pero en el
patio hay un pozo.
Luego
que hubimos corrido
una tabla mal
clavada, nos metimos en el patio por el agujero. En
el
fondo
del mohoso pozo
brillaba, cual un
borrón, la
profunda
agua, pero no
había con qué
sacarla. Bajo
un
cobertizo, entre un
montón de trastos
viejos,
Chubuk
encontró un cubo
oxidado y agujereado.
Mientras
lo sacábamos del
pozo, el agua
escurría y
sólo
quedaba una poca
en el fondo.
Tapamos el
agujero con un manojo de hierba y volvimos a bajar
y subir el cubo. El agua estaba limpia y fría;
hubimos
de beberla a pequeños sorbos. Nos lavamos las caras
sudorosas
y polvorientas y
nos encaminamos a la
casa. Las ventanas de la fachada estaban tapadas
con
tablas; en cambio, una puerta lateral, que daba a
una
galería,
estaba abierta de
par en par
y colgaba de la
bisagra
inferior nada más.
Pisando cautelosos las
crujientes tarimas, entramos en las
habitaciones.
La escuela
En el suelo, lleno de paja, papeles y trapos, había
varios
cajones vacíos, una
silla rota y
un aparador,
astilladas
las portezuelas con
algún objeto obtuso
y
pesado.
- Los campesinos han saqueado la hacienda -dijo,
quedo, Chubuk-. Se han llevado todo lo que les
hacía
falta y han dejado lo demás.
En la habitación
contigua había un
montón
informe
de libros polvorientos,
cubiertos con una
arpillera
manchada de cal.
En el mismo
montón
estaba el retrato rasgado de un señor grueso, en
cuya
frente
alguien había escrito,
con un dedo
mojado en
tinta, una palabra obscena.
Causaba una rara sensación y resultaba interesante
pasar
de habitación en
habitación de la
casa
abandonada y saqueada. Cada pormenor, una maceta
de
flores rota, una
foto olvidada, un
botón brillando
entre
la basura, trebejos
de ajedrez esparcidos
y
pisoteados,
el rey de
picas de una
baraja, escondido
solitario
entre los cascotes
de un jarrón
japonés
hecho
añicos, era un
recordatorio de los
amos de la
casa,
del pasado, nada
parecido al presente,
de los
apacibles moradores de la finca.
Al otro lado de un tabique sonó un suave golpe, y
ese
golpe, demasiado imprevisto
entre la muerta
consunción
de las habitaciones
abandonadas, nos
hizo estremecernos.
-
¿Quién va? -interrogó
Chubuk, rompiendo
sonoramente el silencio y alzando el fusil.
Un
gatazo pajizo avanzó
hacia nosotros a
largos
pasos
furtivos y, deteniéndose
delante de nosotros,
nos clavó una
fría mirada de
sus ojos verdes,
mayando
hambriento. Quise acariciarlo,
pero
retrocedió
y, de un
salto, sin tocar
siquiera el
antepecho
de la ventana,
voló a un macizo
de flores
perdidas entre la hierba.
- ¿Cómo no se habrá muerto?
-¿Por qué se ha de morir? Se alimenta de ratones;
por el olor se nota que aquí abundan.
Una
lejana puerta gimió
con crujido molesto,
sobrecogedor,
y se oyó
ruido de pasos
lentos, como
si alguien frotase el suelo con un trapo. Chubuk y
yo
cruzamos una mirada. Eran los pasos de una
persona.
- ¿A quién más traerá el diablo por aquí?
-articuló,
quedo, Chubuk, llevándome hacia el entrepaño de las
dos ventanas y quitando el seguro del fusil, sin
hacer
ruido.
Oyóse
una ligera tos
y el ruido
de un papel
arrugado,
movido por una
puerta; en la
habitación
entró
un anciano de
baja estatura, mal
afeitado, con
pijama raído de color azul y zapatillas, sin
calcetines.
El anciano nos miró perplejo, pero sin miedo;
inclinó
cortésmente la cabeza y dijo indiferente:
- Me puse
a escuchar... quién
andaba por aquí
abajo.
Creí que tal
vez hubiesen venido
los
campesinos, pero no. He mirado por la ventana y no
he visto ningún carro.
-
¿Quién eres? -interrogóle,
curioso, Chubuk,
colgándose el fusil al hombro.
-
Permítanme que, les
pregunte yo antes
quiénes
son ustedes -corrigió igualmente quedo e
indiferente
el
anciano-. Pues si
ustedes han creído
conveniente
hacerme
una visita, tengan
la bondad de
presentarse
al
anfitrión. Por más
que... -al decir
eso, ladeó
ligeramente
la cabeza y
deslizó sus opacos
ojos
grises por Chubuk- ya caigo en la cuenta: ustedes
son
rojos.
El
labio inferior del
dueño de la
casa se
estremeció, como si alguien le hubiera dado un
tirón
desde
abajo. Brilló con
luz amarilla y
se apagó un
diente de oro, y los párpados reanimados borraron
la
opacidad
de sus ojos
grises. Con amplio
ademán de
anfitrión
hospitalario, el anciano
nos invitó a
que lo
siguiéramos:
- Entren, entren.
Cambiamos sendas miradas, perplejos, y pasamos
por varias habitaciones saqueadas hacia una
estrecha
escalerilla de madera que conducía al piso
superior.
- Verán ustedes, yo recibo arriba -fue diciendo el
anfitrión, como
si se
disculpara, mientras
ascendíamos-. Abajo, saben, todo está revuelto, no
se
ha limpiado, ni hay quien haga la limpieza, todos
se
han
marchado, nadie contesta
a las llamadas.
Por
aquí.
Nos
vimos en una
pequeña y clara
habitación.
Junto a la
pared había un
viejo diván roto y
despanzurrado,
cubierto con una
arpillera en vez de
sábana y los restos de un bonito tapiz, pero
quemado
en
muchos sitios, en
lugar de manta.
Al lado estaba
una mesa de escritorio con tres patas, y encima de
la
mesa
pendía una jaula
con un canario.
El canario
hacia
ya mucho, por
lo visto, que
se había muerto;
yacía en la jaula patas arriba. En la pared había
varias
fotos
polvorientas. Probablemente alguien
hubiese
ayudado al dueño de la casa a subir los
destartalados
restos del mobiliario y amueblar aquella
habitación.
- Tomen asiento
-dijo el anciano,
señalando el
diván-.
Ven ustedes, vivo
solo, hace mucho
que no
he tenido visitas. Los campesinos vienen a veces,
me
traen productos, pero hace mucho que no veo a gente
decente.
Estuvo una vez
en mi casa
el capitán de
caballería
Schwarz. ¿Quizás lo
conozcan?... ¡Oh!,
perdonen, ustedes son rojos.
Sin
preguntarnos si queríamos
algo, el anfitrión
abrió el aparador, sacó dos platos desportillados,
dos
tenedores,
uno de ellos
de cocina, con
el mango de
madera, y el
otro de postre,
curvado de manera
caprichosa,
con un diente de
menos; luego sacó
una
hogaza
de pan negro
y media rueda
de chorizo
ucraniano.
Puso en un
infiernillo torcido de
petróleo una
tetera,
negra de hollín,
se limpió las
manos con una
toalla, que haría Dios sabe el tiempo que no la
habían
lavado,
descolgó de la
pared una curiosa
pipa, en la
que
estaba tallado un
macho cabrío con
cabeza
humana,
abierta la boca
sin dientes, la
llenó de
59
60
tabaco barato y se sentó en una butaca
desvencijada,
con los muelles salientes y chirriantes. Durante
todos
aquellos preparativos estuvimos sentados en el
diván,
sin decir palabra.
Chubuk me dio
un ligero codazo
y, sonriéndose
con
picardía, hizo, disimulando,
unos significativos
movimientos con el índice en la sien.
Lo comprendí y también me sonreí.
- Hace mucho que no he visto a los rojos -dijo el
dueño
de la casa
y preguntó en
el acto por
Lenin-:
¿Cómo anda Lenin de salud?
- Bien, gracias -repuso, serio, Chubuk.
- Hum, conque está bien...
El anciano escarbó con un alambre la cazoleta de
la humeante pipa y exhaló un suspiro.
- ¿Y por
qué había de
estar enfermo? -dijo,
se
calló,
y luego, como
si respondiese a
una pregunta
nuestra,
nos participó-: Pues
yo estoy algo
malucho.
Por las noches,
saben, tengo insomnio.
Me falta el
equilibrio de antes. Me levanto a veces, me paseo
por
las
habitaciones, y todo
está en silencio,
no se oye
sino el roer de los ratones.
- ¿Qué está
escribiendo? -le interrogué,
al ver
encima de la mesa una pila de cuartillas escritas
con
letra menuda.
- Nada de
particular -repuso-, reflexiones
acerca
de los acontecimientos actuales.
Estoy trazando un
plan de reorganización del
mundo. Saben, soy
filósofo y miro
tranquilamente todo lo que nace y
transcurre. No me quejo de nada... no, de
nada.
Dicho lo cual, el viejo se puso en pie y, tras
echar
una
rápida mirada a
la ventana, volvió
a sentarse en
su sitio.
- La vida
alborotará lo suyo,
pero la verdad
quedará. Sí,
quedará -repitió, excitándose
ligeramente-.
Antes también hubo
revueltas, la de
Pugachov, la del año cinco, y también se
destruyeron
e incendiaron las haciendas. Pasó el tiempo, y,
como
el Ave Fénix de las cenizas, así resurgió lo
destruido
y se reunió lo disperso.
- ¿Qué quiere
decir? ¿Piensa volverlo
todo como
estaba antes? -interrogó, alarmado y brusco,
Chubuk.
Al oír aquella
pregunta de plano,
el viejo se
sobrecogió y, sonriendo servilmente, habló:
- ¡No, no
qué cosas tiene!
No me refiero
a eso.
Eso lo quiere
el capitán de
caballería Schwarz, pero
yo no. Me ha propuesto hacer que los campesinos me
devuelvan
todo lo que se
han llevado prestado,
pero
yo me he negado. Le he dicho que no me hace falta.
No corren tiempos para devolver las cosas. Es mejor
que me vayan
trayendo poco a
poco productos para
mi
sustento y que
disfruten mis bienes
con buena
salud.
Al terminar de hablar, el viejo volvió a ponerse en
pie, estuvo un momento delante de la ventana y
tornó
rápido a la mesa.
- Qué descuidado
soy... Ya ha
hervido la tetera.
Siéntense a la mesa, sírvanse, tengan la
bondad.
Arkadi Gaidar
No nos hicimos
de rogar: las
cortezas de pan
crujieron entre nuestras muelas, y el olor del
sabroso
chorizo
con ajo nos
produjo una agradable
comezón
en la nariz.
El
anfitrión salió al
cuarto contiguo y
oímos su
ajetreo, al correr unos cajones.
- Es un anciano curioso -dije, quedo.
- Sí, es
curioso -otorgó Chubuk
a media voz-,
pero... ¿por qué mirará tan a menudo a la
ventana?
En eso Chubuk
volvió la cabeza,
examinó
detenidamente
la habitación y
se fijó en
una vieja
arpillera
tendida en un
rincón. Frunció el
ceño y se
acercó a la ventana.
Entró el anfitrión. Traía una botella en una mano
y le limpiaba el polvo con un faldón del
pijama.
- Aquí está
-articuló, acercándose a
la mesa-.
Sírvanse.
El capitán Schwarz
me visitó y
no la
terminó. Permítanme que les ponga coñac en el té. A
mí
también me gusta,
pero lo guardo
para los
invitados... para los invitados... -dicho eso, el
anciano
quitó
el tapón de
papel de la botella
y escanció en
nuestros
vasos. Yo alargué
la mano hacia
el vaso,
pero
Chubuk se apartó
deprisa de la
ventana y me
dijo, enojado:
- ¿Qué haces,
querido? ¿Es que
no ves que
falta
vajilla?
Cédele tu sitio
al viejo y
no te repantigues
como un señorón.
Tendrás tiempo de
beber luego.
Siéntate, abuelo, bebamos juntos.
Miré a Chubuk, pasmándome del brusco tono con
que me habló.
- ¡No, no! -denegó el anciano, apartando el vaso-.
Yo beberé luego... ustedes son invitados...
- Bebe, abuelo -repitió Chubuk y acercó enérgico
el vaso al anfitrión.
- No, no,
no se moleste
-renunció porfiadamente
el anciano y, al apartar torpemente el vaso, lo
volcó.
Me senté en el sitio de antes, y el anciano fue a
la
ventana y corrió una sucia cortina de percal.
- ¿Por qué la corres? -le interrogó Chubuk.
- Hay mosquitos -respondió el dueño de la casa-.
No lo dejan
a uno vivir.
El lugar es
bajo... y se han
criado muchos, los malditos.
- ¿Vives solo? -le interrogó Chubuk, de sopetón-.
¿Cómo
dices que vives
solo?... ¿De quién
es la
segunda cama que
tienes en el
rincón? -inquirió,
señalando la arpillera.
Sin
aguardar respuesta, Chubuk
se puso en
pie,
descorrió
la cortina y
se asomó a
la ventana. Yo
también me puse en pie.
Desde la ventana se ofrecía una amplia vista a las
colinas
y arboledas. Subiendo
y bajando, alejábase
un
camino; en el
borde del elevado
horizonte, sobre
el
fondo del cielo
arrebolado, destacáronse cuatro
puntos, que saltaban.
- ¡Conque mosquitos! -gritó bruscamente Chubuk
al
anfitrión y, mirando
desdeñoso de hito
en hito su
figura
encogida, agregó-: Veo
que el mosquito
eres
tú. ¡Vamos, Boris!
La escuela
Cuando
bajamos, corriendo, la
escalera, Chubuk
se paró,
sacó una caja de
cerillas, encendió una y la
echó a un
montón de trastos.
Un pelotón grande
de
papel se prendió, y la llama se extendió hacia la
paja
tirada
en el suelo.
Instantes después ardería
toda la
destartalada
habitación. Pero, en
eso, Chubuk apagó
con
inopinada energía, a
pisotones, el fuego,
y me
llevó hacia la salida.
- No hay
que hacer eso
-dijo, como si se
disculpara-. De todos modos, venceremos.
Diez minutos después, por delante de los arbustos,
en los que
nos escondimos, pasaron
raudos cuatro
jinetes.
Galopan
a la finca
-me explicó Chubuk-.
Tan
pronto
como vi en
el rincón la
arpillera tendida,
comprendí
que el viejo
no vivía solo,
sino con
alguien más. ¿Te diste cuenta que se acercaba todo
el
tiempo
a la ventana?
Mientras nosotros estuvimos
recorriendo
las habitaciones abajo,
envió por los
blancos
a alguien. Lo
mismo pasó con
el té. Me
pareció algo sospechoso el coñac, a lo mejor le
había
echado
algún matarratas. No
me gustan los
terratenientes hospitalarios que han sido saqueados
ni
me fío de ellos. Ya pueden hacerse pasar por
quienes
quieran, que en el fondo son mis peores
enemigos.
Pasamos
la noche en
la choza de
un prado de
siega.
Se desencadenó una
tormenta, cayó un
chaparrón,
y nos alegramos.
La choza no
hacía
goteras, y con un tiempo como aquél se podía dormir
a pierna suelta sin correr riesgo. Apenas despuntó
el
día, Chubuk me despertó.
- Ahora hemos de velarnos el sueño el uno al otro
-dijo-.
Llevo ya mucho
sentado a tu
lado. Me
acostaré un rato, y tú vigila. Por si pasa alguien.
¡No
te duermas tú también!
- No, Chubuk, no me dormiré.
- Me asomé por la puerta de la choza. Al pie de la
colina
corría un riachuelo,
cubierto de neblina.
La
víspera nos habíamos
metido hasta la
cintura en un
pequeño
pantano viscoso y
sucio; el agua
se había
secado
durante la noche,
y nos había
quedado el
cuerpo recubierto de una costra pegajosa de
barro.
"Qué bien nos vendría un baño -pensé-. Tenemos
el riachuelo al lado; no hay más que bajar la
cuesta".
Estuve
una media hora
guardando el sueño
de
Chubuk.
Y no podía
dominar mi deseo
de bajar a
bañarme.
"No hay nadie
en derredor -pensé-,
quién
va a pasar
tan temprano, máxime
sin haber ningún
camino
por aquí. No
tendrá Chubuk tiempo
siquiera
de volverse del otro costado, y yo estaré ya
listo".
La tentación era demasiado grande, el cuerpo me
picaba.
Me quité la
inútil cartuchera y eché
a correr
cuesta abajo.
El
riachuelo no estaba
tan cerca como
me había
parecido,
y transcurrieron, seguramente,
unos diez
minutos antes de que yo llegara a la orilla. Me
quité
la
guerrera negra de
liceísta, la que
llevaba cuando
me escapé de casa, el portapliegos de cuero, las
botas
de
montar y los
pantalones y me
zambullí. Me
sobrecogí
de frío. Me
agité en el
agua y entré
en
seguida
en calor. ¡Ah,
qué bien! Nadé
despacio al
medio
del río. Allí,
en un bajío,
había un arbusto.
Debajo
del arbusto se
había enganchado algo:
no
distinguía
si sería un
trapo o una
camisa que se le
hubiera
escapado a alguien
al aclararla. Abrí
unas
ramas y me aparté, sobresaltado. Era un hombre, que
yacía boca abajo, enganchados los pantalones en una
rama.
Tenía rota la
camisa y una
ancha herida
desgarrada
en la espalda.
Me apresuré a
volver,
nadando
a grandes brazadas,
como si temiera
que
alguien me diese un doloroso mordisco.
Me vestí, volviendo la cabeza, sobrecogido, en la
dirección
opuesta al arbusto,
que verdeaba
exuberante en el bajío. No sé si sería porque el
agua
diera
un embate más
fuerte o porque,
al abrir las
ramas
del arbusto, yo
desenganchara sin querer
el
cadáver, el caso es que flotó, y la corriente le
dio la
vuelta y lo trajo hacia la orilla en que yo
estaba.
Luego
de abrocharme precipitadamente los
pantalones, empecé a ponerme la guerrera para echar
a correr cuanto antes. Cuando saqué la cabeza por
el
cuello de la guerrera, el fusilado estaba ya muy
cerca,
casi a mis pies.
Se me escapó un grito salvaje, no pude menos de
avanzar un paso
y, tropezando, casi
caí al agua.
Reconocí al
muerto. Era uno de los
tres heridos que
nosotros habíamos dejado en el colmenar; era
nuestro
Gitanillo.
- ¡Eh, muchacho!
-oí una voz
a mis espaldas-.
Ven aquí.
Tres desconocidos se encaminaban derechos hacia
mí. Dos llevaban
fusil. No tenía
por dónde escapar:
delante estaban ellos; detrás, el río.
-
¿Quién eres? -me
interrogó uno de
ellos, alto y
con barba negra.
No
respondí. No sabía
quiénes eran, rojos
o
blancos.
-
¿Quién eres? ¡Te
pregunto a ti!
-volvió a
preguntar con tono ya más brusco, asiéndome de una
mano.
- ¡Por qué tenemos que hablar con él! -dijo otro-.
Llevémoslo al pueblo, y allí le interrogarán.
Se acercaron dos carros.
- ¡Trae acá el látigo! -gritó el de la barba negra
a
uno de los carreteros, que se arrimaba tímidamente
a
su caballería.
- ¿Para qué? -inquirió, descontento, el otro-.
¿Para
qué
quieres el látigo?
Llévalo al pueblo,
y allí lo
pondrán en claro.
- No es
para pegarle sino
para atarle las
manos,
pues mira qué ojos pone; si nos descuidamos, se nos
escapa.
Me torcieron
hábilmente las manos,
poniéndomelas
a la espalda,
y me empujaron
ligeramente hacia un carro, diciéndome:
- ¡Monta!
61
62
Los
cebados caballos tiraron
de los carros
y nos
Arkadi Gaidar
avancen los rojos hacia este pueblo y les dé tiempo
a
llevaron con ligero trote hacia un pueblo grande,
que
relucía
con sus blancas
chimeneas en un
verde
collado.
Montado
en el carro,
aún abrigaba esperanzas
de
que mis apresadores
fuesen guerrilleros de un
destacamento rojo y de que, cuando llegásemos, todo
se pondría en claro y me soltarían en seguida.
Poco
antes de entrar
en el pueblo,
desde unos
arbustos un centinela gritó:
- ¿Quién vive?
- Gente de
bien... el alcalde
-respondió el de la
barba negra.
- ¡A-a-ah!... ¿Adónde has ido?
- A traer carros del caserío.
Los
caballos reanudaron el
trote y pasaron
por
delante
del centinela. No
me dio tiempo
de ver ni
cómo vestido, ni qué cara tenía, porque puse toda
mi
atención en sus hombros. Llevaba hombreras.
Capítulo noveno
En la calle
aún no se
veían soldados,
probablemente durmiesen.
Junto a la iglesia había varios carros y un furgón
con una cruz roja; cerca de la cocina de campaña,
los
cocineros,
soñolientos, partían astillas
para encender
la lumbre.
- ¿Lo llevamos
a la plana
mayor? -preguntó el
carretero al alcalde.
-
Podemos llevarlo a
la plana mayor.
Aunque su
merced
aún estará durmiendo.
No vale la
pena
molestarlo
por un chiquillo
como éste. Llévalo
mientras tanto al calabozo.
El
carro se detuvo
delante de una
pequeña casa
con ventanas enrejadas. Me metieron de un empujón.
Luego que me hubo registrado, deprisa, los
bolsillos,
el alcalde me quitó el portapliegos de cuero. Se
cerró
la puerta, sonando la cerradura.
En los primeros
momentos de miedo
cerval, que
llegó
hasta causarme dolor
físico, creí que
estaba
perdido definitiva e irremediablemente, que no
tenía
la menor esperanza de salvación. Elevaríase más
alto
el sol, despertaríase
su merced, mencionada
por el
alcalde, me haría comparecer ante él y mandaría que
me fusilasen; me había llegado el fin.
Me senté en un banco y, apoyando la cabeza en el
antepecho de la
ventana, quedé inmóvil, absorto.
La
sangre
me golpeaba en las
sienes, y un
pensamiento
me
obsesionaba, igual que
una placa estropeada
de
gramófono
repite sin cesar:
"Es tu fin,
es tu fin...”
Luego de haber girado hasta el aturdimiento, la
aguja
de mi conciencia
entró, movida por
un impulso
inadvertido, en la circunvolución precisa del
cerebro,
y mis pensamientos
se sucedieron con
vertiginosa e
incontenible turbulencia.
"¿Será posible que no me pueda salvar? ¡Me han
capturado
de manera tan
absurda! ¿Tal vez
pueda
evadirme?
No, de aquí
no se puede
huir. ¿Quizás
tomarlo?
¿Y si no
atacan? ¿O atacan
luego, cuando
sea tarde? Puede ocurrir... No, no puede ocurrir
nada,
no me sale nada".
Por delante de
la ventana pasó
un rebaño. Las
ovejas, apiñadas, se empujaban, las cabras balaban
y
hacían sonar sus esquilas, y el pastor hacía
restallar el
látigo. Un ternero recental correteaba, dando
saltos, e
intentaba
graciosamente amorrarse,
sobre la
marcha,
a la ubre de la vaca.
Aquel apacible cuadro aldeano me hizo sentir aún
más lo difícil de mi situación, agregándose al
miedo,
e
incluso dominándolo unos
instantes, una amarga
afrenta: una mañana tan buena... todos vivían...
hasta
las ovejas. ¡Por doquier la vida campaba, y uno
tenía
que perderla!
Y, como ocurre
a menudo, del
caos de
embrollados
pensamientos y absurdos
e imposibles
planes emergió una idea extraordinariamente
sencilla
y clara, la que, creyérase, debiera acudir, ante
todo y
de la manera más natural, en ayuda.
Estaba
tan acostumbrado a
mi situación de
soldado
rojo y combatiente
de un destacamento
proletario,
que no se
me ocurría en
absoluto que se
pudiera
poner en duda
ni requiriese demostración
alguna
mi pertenencia a
los rojos, y
probarlo o
negarlo
me parecía tan
absurdo como explicar
a
alguien que mi pelo era rubio y no negro.
"Aguarda
-me dije, asiéndome,
contento, del hilo
de la salvación-.
Soy rojo... sí.
Eso lo sé
yo, ¿pero
llevo alguna señal que me delate?"
Tras
pensar un rato,
llegué a persuadirme
definitivamente de que no traía ninguna señal que
me
delatase.
No tenía documentos
de soldado rojo.
Al
escapar
del tropiezo que
tuvimos con los
blancos,
había
perdido el gorro
gris de soldado
con la
estrellita
roja. Entonces había
perdido también el
capote. El fusil, roto, había quedado en la hierba
del
bosque,
y la cartuchera
la había dejado
en la choza
antes
de bajar a
bañarme. Mi guerrera
era negra, de
liceísta.
Mi quinta no
había sido llamada
a filas.
¿Qué otra cosa quedaba?
- ¡Ah, sí! La pequeña
máuser, escondida en el
seno. ¿Y qué más? Explicar mi aparición en la
orilla
del
riachuelo. La pistola
podía esconderla debajo
de
la estufa, y la explicación... podía
inventármela.
Para no embrollarme,
decidí no inventarme
otro
nombre, apellido, edad y lugar de nacimiento, con
lo
que
hubiera complicado mi
situación. Decidí seguir
siendo quien era, es decir, Boris Górikov, alumno
del
quinto
curso del liceo
de Arzamás, que
me había
puesto
en camino con
mi tío (para
no confundirme,
pensé decir el verdadero nombre de mi tío) para ir
a
Járkov,
a casa de
mi tía (la
dirección la llevaba
mi
tío). Por el camino me perdí de mi tío y me
hicieron
bajarme
del tren por
no llevar salvoconducto
ni
documentos
(pues los llevaba
mi tío). Entonces
me
determiné
a ir a
pie por la
vía hasta la
estación
La escuela
siguiente para tomar otro tren. Pero en eso terminó
el
territorio de los rojos y empezó el de los blancos.
Si
me
preguntaban de qué
vivía mientras caminaba,
diría
que de lo
que me daban
en los pueblos.
Si me
preguntaban
para qué iba
a Járkov sin
saber la
dirección
de mi tía,
diría que esperaba
enterarme de
ella en la
oficina de avecindamiento. Y
si me
objetaban:
"¿Qué oficinas de
avecindamiento ni qué
demonios
pueden existir ahora?",
pondría cara de
asombro
y diría que
podía haberlas, puesto
que en
Arzamás,
ciudad pequeña, la
había. Si me
interrogaban:
"¿Cómo confiaba tu
tío pasar de la
Rusia
roja a Járkov,
que está en
manos de los
blancos?" respondería que mi tío era un
perillán que
se las ingeniaría
hasta para salir
al extranjero, y no
sólo para llegar a Járkov. Pero yo... no era como
mi
tío, no me
salía nada. En
ese momento tendría
que
derramar unas lagrimitas. No muchas, las
suficientes
para
que se viera
mi pena. Y
nada más por el
momento,
lo demás se
vería, según el
sesgo que
tomasen las cosas.
Saqué el máuser. Me dispuse a meterla debajo de
la estufa, pero cambié de parecer. Aun en el caso
de
que me pusieran
en libertad, de
allí ya no
la podría
sacar. La habitación tenía dos ventanas: una daba a
la
calle,
y la otra,
a un estrecho
callejón, por el que
pasaba una senda con los bordes poblados de espesas
ortigas.
Recogí un trozo
de papel, que
había en el
suelo,
envolví el máuser
y arrojé el
envoltorio a lo
más espeso de las ortigas. Apenas lo hube hecho, oí
unos
golpes en el
portalillo. Trajeron a
otros tres
detenidos:
a dos campesinos
que habían escondido
sus
caballerías, cuando los
blancos recorrieron las
casas
en busca de
transporte, y a
un muchacho, que
se
había llevado, no
sé para qué,
el muelle real
de
repuesto
del carro de
una ametralladora. Le
habían
dado
una paliza, pero
no gemía; jadeaba
como si le
hubiesen hecho correr.
Entretanto,
la calle de
la aldea se
fue animando.
Pasaban soldados, relinchaban los caballos y
sonaban
las calderetas junto a la cocina de campaña. Se
vieron
unos
soldados de comunicaciones que
pasaron,
tendiendo
sobre horquillas, el
hilo del teléfono
enrollado en
un carrete.
Pasó, caminando
marcialmente,
bajo el mando
de un bizarro
suboficial, el relevo de la guardia o de los
puestos de
vigilancia.
Volvió a sonar la cerradura, y asomó la cabeza de
un soldado. Este se detuvo en el umbral, sacó de un
bolsillo un papel arrugado, lo miró y dijo a
voces:
- ¿Quién es aquí Vaald? Que salga.
Miré a mis
vecinos; ellos me
miraron a mí, y
ninguno nos pusimos en pie.
- Vaald... ¿Quién es de vosotros?
"¡Yuri Vaald!", recordé horrorizado, el
papel que
encontrara
bajo el forro
del portapliegos y
olvidara
con las últimas emociones. No tenía otra
alternativa.
Me puse en
pie y me
encaminé, vacilando, hacia
la
puerta.
"Pues
claro -comprendí-. Han
encontrado los
papeles y me han tomado por... el muerto. ¡Qué feas
se están poniendo las cosas! Con lo bueno y
sencillo
que era mi
primer plan, y
lo fácil que
me va a ser
ahora equivocarme y meterme en un atolladero. A los
papeles no puedo renunciar. Sospecharán en seguida
de mí y me interrogarán que dónde y para qué los he
conseguido".
Se me fue
de la cabeza
la explicación,
escrupulosamente ideada, de mi viaje a casa de mi
tía
con el perillán de mi tío... Tenía que imaginar
alguna
otra cosa, mas ¿Qué? Habría de improvisarlo, por lo
visto.
Me
enderecé y procuré
sonreírme. ¡Qué difícil
resulta a veces parecer uno alegre, cómo se le
cierran
a uno, sin
querer, cual si
fueran de goma,
y se le
estremecen
los labios abiertos
en una sonrisa
forzada!
Un alto y
provecto oficial con
hombreras de
capitán
bajó los peldaños
del portalillo de
la plana
mayor. A su lado, con el aspecto de un perro al que
le
han
pegado un puntapié,
caminaba el alcalde.
Al
verme,
éste se detuvo
y se abrió
de brazos, como
queriendo decir: usted perdone por la
equivocación.
El
oficial dijo, brusco,
algo al alcalde,
y éste,
asintiendo
servil con la cabeza, se alejó,
presto, a lo
largo de la calle.
-
Buenos días, prisionero
-me dijo el
capitán con
tono algo burlón, pero sin el menor deje de
enfado.
- ¡Muy buenos
los tenga usted,
mi capitán! -le
respondí,
como nos enseñaron
en las lecciones
de
gimnasia militar, en el liceo.
-
Puedes marcharte -dijo
el oficial a
mi escolta
dándome la mano-. ¿Cómo has venido a parar aquí? -
me interrogó, sonriéndose con picardía y sacando un
cigarrillo-. ¿A defender a la Patria? He leído la
carta
dirigida
al coronel Korenkov,
pero ya no
te hace
ninguna falta, porque lo mataron el mes
pasado.
"Me
alegro mucho de
que lo hayan
matado",
pensé.
- Vamos a
mi despacho. ¿Cómo
no se te ha
ocurrido
decirle al alcalde
quién eres? Por
eso has
estado
encerrado. Vienes a
parar con los
tuyos, y al
calabozo de cabeza.
- No sabía
quién era él.
No lleva hombreras,
y
tiene
pinta de labriego
como todos los
demás. Creí
que era un
rojo. Pues dicen
que los rojos
andan por
aquí -apenas pude articular,
pensando
simultáneamente
que el oficial,
por lo visto,
era
buena persona y no muy observador, de lo contrario
hubiera
adivinado por mi
innatural porte que
yo no
era aquél por quien me tomaba.
-
Conocí a tu
padre -me dijo
el capitán-. Hace
mucho tiempo, en el año siete, en las maniobras que
hicimos
en Ozerkí, estuve en
vuestra casa. Entonces
tú aún eras
un rapazuelo, no
te queda sino
un
parecido muy lejano. Y tú, ¿no te acuerdas de
mí?
- No -respondí,
como disculpándome-, no me
63
64
acuerdo.
De las maniobras
me acuerdo un
poquitín,
pero entonces hubo muchos oficiales en nuestra
casa.
Si yo no
hubiera tenido aquel
"parecido lejano"
que
mencionó el capitán,
y si le
hubiera surgido la
menor
sospecha, con dos
preguntas que me
hubiese
hecho
de mi padre
o del Cuerpo
de Cadetes, me
hubiera podido desenmascarar.
Pero el oficial
no sospechaba nada.
La causa de
no
haber dicho al
alcalde quién era
yo, parecía muy
verosímil,
y por entonces
huían a bandadas
al Don
los alumnos de las escuelas militares de
Rusia.
-
Querrás comer, ¿no?
¡Pajómov! -gritó a un
soldado
que estaba soplando
a un samovar,
para
avivar la llama-. ¿Qué tienes preparado?
- Una gallinita,
vuestra merced. El
samovar
hervirá
ahora... y la
mujer del pope
ya ha sacado
la
masa, pronto tendrá las tortas hechas.
- ¡Una gallinita!
¿Qué es una
gallinita para los
dos? Sírvenos algo más.
- Puedo calentar
unos torreznos con
manteca de
cerdo,
vuestra merced, y
los pastelillos cocidos
de
ayer.
- ¡Vengan los pastelillos y la gallinita,
pronto!
En la habitación
contigua sonó el
timbre del
teléfono.
-
Vuestra merced, el
capitán Schwarz lo
llama al
teléfono.
Nuestro
capitán dio con
su firme y
tranquila voz
del barítono unas órdenes al capitán Schwarz.
Cuando
colgó el auricular,
otra persona, por lo
visto oficial también, interrogó al capitán:
- ¿Qué noticias
frescas tiene Schwarz
del
destacamento de Beguichov?
- Por ahora ninguna. Ayer estuvieron dos rojos en
la
hacienda de Kustariov,
pero no pudieron
capturarlos.
¡Ah, sí! Víctor
Ilich, escriba un
parte
diciendo
que, según los
datos facilitados por
Schwarz,
el destacamento de
Shebálov intentará
abrirse
paso por el
lado del coronel
Zhíjarev, en la
zona
donde los rojos
han establecido línea.
No hay
que
dejarle que se
una con Beguichov...
Bueno,
muchacho,
vamos a desayunar.
Desayune, descanse,
y luego decidiremos cómo y adónde destinarlo.
Tan
pronto como nos
sentamos a la
mesa, el
asistente nos puso delante un cuenco con humeantes
pastelillos
cocidos, la gallinita,
que, por su
tamaño,
más
bien parecía un
capón enorme, y
una sartén
chirriante
de torreznos; y
no hice yo
sino llevar la
mano hacia la cuchara de madera y pensar en que me
acompañaba
la suerte, cuando,
junto a los
portones,
se oyó un altercado, voces y denuestos.
- Lo buscan
a usted, vuestra
merced -dijo el
asisten
te, al volver-,
han traído a
un rojo con
fusil.
Lo han capturado
en la choza
de la pradera
de
Zabeliónnaya.
Fueron los ametralladores a
segar
hierba,
miraron en la
choza y lo
vieron durmiendo,
con el fusil y una bomba al lado. Se echaron encima
y lo ataron. ¿Manda usted que entre?
Arkadi Gaidar
- Que entre,
sí... Pero no
aquí. Que espere
en la
habitación
contigua hasta que
terminemos de
desayunar.
Volvióse
a oír ruido
de pasos y
el golpeteo de
culatas.
- ¡Por aquí! -gritó alguien al otro lado de la
pared-
. ¡Siéntate en el banco y quítate el gorro! ¿No ves
que
hay iconos?
- ¡Desátame antes las manos y chilla luego!
Un
pastelillo se me
atragantó y volvió
a caer al
cuenco. En la voz del prisionero reconocí a
Chubuk.
- ¿Te has
quemado? -me interrogó
el capitán-.
Pues no te des prisa. Tienes tiempo para
saciarte.
Es difícil imaginarse la angustiosa tensión que se
adueño
de mí. Para
no despertar sospechas, hube
de
aparentar
ánimos y tranquilidad.
Los pastelillos se
me
apelmazaban, como trozos
de barro, en
la boca.
Tenía
que hacer esfuerzos
puramente físicos para
tragarme
cada trozo, que
me oprimía la
garganta.
Pero el capitán
estaba seguro de
que yo venía
hambriento,
y se lo
había dicho yo
mismo antes de
empezar
a desayunar. Ahora
tenía que comer
sin
ganas.
Moviendo a duras
penas las mandíbulas,
yertas,
y ensartando maquinalmente
en el tenedor
trozos,
lustrosos de pringue,
estaba abatido,
sintiéndome culpable ante Chubuk. Yo fui quien bajó
a
bañarse, a pesar
de su advertencia.
Yo tenía la
culpa
de que lo
hubieran capturado prisionero
dos
ametralladores.
Yo tenía la
culpa de que
hubiesen
atrapado, mientras dormía, y traído a la plana
mayor
enemiga,
al camarada que
más quería, a
la persona
que más estimaba.
- Eh, amiguito,
veo que te
estás durmiendo -oí
decir al capitán como si me hablase desde muy
lejos-.
Te metes el tenedor con un pastelillo en la boca, y
se
te
cierran los ojos.
Échate en el
heno y descansa
un
rato. ¡Pajómov, acompáñalo!
Me puse en
pie y me
encaminé hacia la
puerta.
Tenía que pasar por la habitación de los
telegrafistas,
en la que estaba Chubuk, prisionero.
Era un trago amargo.
Era
preciso que Chubuk,
al asombrarse, no me
delatara con un
gesto o una
exclamación. Tenía que
darle a entender
que yo procuraría
hacer los
imposibles por salvarlo.
Chubuk
estaba sentado, baja
la cabeza. Tosí.
Chubuk irguió la cabeza y se echó rápidamente hacia
atrás.
Pero,
antes de tocar
la pared con
la espalda, se
recobró,
ahogando una exclamación
que se le
iba a
escapar.
Me llevé un
dedo a los
labios, como si
quisiera
contener la tos,
y por la
rapidez con que
Chubuk
entornó los ojos
y pasó la
mirada al
asistente, que seguía detrás de mí, adiviné que no
me
había
entendido y que
también me consideraba
detenido
por sospechoso y
que yo procuraba
justificarme.
Su mirada alentadora
me decía: "No
temas. No te delataré".
La escuela
Todas
esas mudas señales
fueron tan breves
que
nadie las notó. Salí al patio, tambaleándome.
- Por aquí,
tenga la bondad
-me dijo el
asistente,
señalando un pequeño cobertizo junto a la pared de
la
casa-. Dentro hay heno y una manta. Eche el cerrojo
a la puerta, pues pueden entrar los cerdos.
Capítulo décimo
Hundí
la cabeza en
una almohada de
piel y me
quedé quieto. "¿Qué hacer? ¿Cómo salvar a
Chubuk?
¿Qué debo hacer para ayudarle a escapar? Puesto que
la
culpa es mía,
yo debo ingeniármelas, y
me estoy
comiendo
pastelillos, en tanto
que Chubuk ha de
pagar por mí".
Pero no se me ocurrió nada.
Me calenté la
cabeza, se me
encendieron las
mejillas, y, poco a poco, se fue adueñando de mí un
estado
febril, me fui
excitando. "¿Obraba yo
honradamente?
¿No debería declarar
abiertamente
que también era rojo, camarada de Chubuk, y quería
seguir la misma suerte que él?" Este
pensamiento me
deslumbró
con su sencillez
y grandeza. "Sí,
claro -
susurré-,
al menos así
pagaré mi equivocación". En
eso me acordé de un relato, leído hacía mucho, de
los
tiempos
de la revolución
francesa, en el
que un
chiquillo,
puesto en libertad
bajo palabra de
honor,
volvió
a presentarse al
oficial enemigo para
que lo
fusilasen. "Sí,
claro -procuraba
persuadirme
apresuradamente-,
ahora me levanto,
salgo y lo
confieso
todo. Que vean
los soldados y
el capitán
cómo
pueden morir los
rojos. Y cuando
me pongan
delante
del paredón, gritaré:
"¡Viva la revolución!"
No...
eso no. Siempre
se da ese
viva. Gritaré:
"¡Malhayan los verdugos!" Tampoco, yo
diré...”
Deleitándome
más cada vez
con la sombría
solemnidad de la decisión tomada y enardeciéndome
en
grado creciente, llegué
a ese estado
en el que
empieza a perder su verdadera importancia el
sentido
de los actos.
"Me pongo en pie y salgo -pensé,
incorporándome
y
quedando sentado en
el heno-. Y
bien, ¿qué
exclamaré?"
En ese momento,
los pensamientos empezaron
a
darme
vueltas, como un
tiovivo de luces
deslumbrantes,
unas frases absurdas
y vanas me
brotaban
y se perdían
en la imaginación
y, en lugar
de ocurrírseme las palabras que pronunciaría antes
de
morir, no sé por qué, me acordé del viejo gitano
que
tocaba
la flauta en
las bodas de
Arzamás. Recordé
muchas
cosas más sin
la menor relación
con lo que
me esforzaba por pensar en aquellos instantes.
"Me
pongo en pie...”,
pensé. Pero el
heno y la
manta,
cual sólido cemento
bien fraguado, me
sujetaron los pies.
Comprendí
por qué no
me podía levantar.
No
tenía
ganas de hacerlo,
y todas aquellas
reflexiones
en
torno a las
últimas palabras y
al gitano eran,
ni
más ni menos, una excusa para demorar el momento
decisivo. Dijera lo que dijese y me excitara como
me
excitase, no tenía ningunas ganas de ir a delatarme
y
ponerme
delante del paredón.
Una vez me
lo hube
confesado, volví a reclinar, resignado, la cabeza
en la
almohada
y lloré en
silencio cuan insignificante era
yo,
comparado con el
gran muchacho de
la remota
revolución francesa.
La pared de madera, contra la que estaba arrimado
el
heno, se estremeció
con sordo ruido.
Alguien la
había
golpeado desde el
interior de la casa
con algo
duro,
que bien pudiera
ser una culata
de fusil o el
extremo de un banco. Al otro lado se oyeron
voces.
Me
arrastré cual ágil
lagartija hacia la
pared,
arrimé
el oído a los
troncos y capté
la mitad de una
frase del capitán:
-...
por eso no
digas tonterías. Será
peor para ti.
¿Cuántas ametralladoras hay en el
destacamento?
- Peor de lo que me veo ya no me puedo ver, y no
tengo por qué decir lo que no es -repuso
Chubuk.
- ¿Cuántas ametralladoras hay, te pregunto?
- Tres... dos Maxim y una Colt.
"Lo dice adrede -colegí-. En el destacamento
sólo
tenemos una Colt".
- Bueno. ¿Y cuántos comunistas?
- Todos.
- ¿Todos son comunistas? ¿Y tú también?
No siguió ninguna respuesta.
- ¿Y tú también eres comunista? ¡Te pregunto a
ti!
- ¿Para qué hace preguntas vanas? Tiene el carnet
en la mano y me lo pregunta.
-
¡Si-len-cio! Estoy viendo
que eres de los
convencidos.
Cuádrate cuando te
habla un oficial.
¿Fuiste tú el que estuviste en la hacienda?
- Sí.
- ¿Quién más iba contigo?
- Un camarada... Un hebreíllo.
- ¿Un judío? ¿Dónde se ha metido?
- Se escapó... en otra dirección.
- ¿En qué dirección?
- En la contraria.
Se oyó un
golpe, el ruido
de un taburete
al
correrse,
y la voz
de barítono del
capitán, alargando
las palabras:
- ¡Ya te voy a enseñar yo la "contraria"!
Te voy a
enviar ahora a ti mismo en la dirección
contraria.
- En vez de
pegarme, más le valdría dar la orden
cuanto
antes, y asunto
concluido -oyó se
la voz de
Chubuk más queda que antes-. Si los míos le echasen
a usted la mano, vuestra merced, le darían un par
de
hostias, y al paredón. Pero usted me ha señalado
todo
el cuerpo con la fusta, a pesar de ser
intelectual.
-
¿Qué-e?... ¿Qué has
dicho? -gritó el
capitán,
desgañitándose.
- ¡Digo que no hay por qué torturar a una persona
sin más ni más!
Volvió a terciar la voz de antes:
- ¡Señor jefe del regimiento, al aparato!
La pausa duró unos diez minutos. Luego se oyó la
65
.
66
voz del asistente Pajómov gritar desde el
portalillo:
- ¡Ordenanza! ¡Musabékov!... ¡Ibraguim!...
- ¿Qué quieres?
-respondiéronle con indolencia
desde los frambuesos.
- ¿Dónde andas metido, demonio? Ensilla el potro
del capitán.
Al otro lado
de la pared
volvió a oírse
la voz de
barítono:
-
¡Víctor Ilich! Voy
al Estado Mayor...
Probablemente
retornaré de noche.
Telefonee a
Schwarz para que
se ponga urgentemente
en
comunicación
con Zhíjarev. Este
nos ha advertido
que los destacamentos
de Beguichov y
Shebálov se
han unido cerca de la quebradura.
- Y con éste ¿qué hacemos?
- A éste...
lo podéis fusilar.
O no, dejadlo
hasta
que
vuelva. Aún hablaré
con él. Pajómov
-prosiguió
el capitán, alzando la voz-, ¿está ensillado el
caballo?
Dame los prismáticos. ¡Ah, sí! Cuando se despierte
el
muchacho,
dale de comer.
No me dejes
comida. Yo
comeré allí.
Vi, por una
rendija, pasar los
gorros negros de
piel de los ordenanzas. Los cascos sonaron suaves
en
el polvo de la carretera. Por la misma rendija vi
que
los escoltas condujeron a Chubuk a la casa en la
que
yo estuve encerrado por la mañana.
"El
capitán regresará tarde
-pensé-, por lo
tanto,
volverán
a sacar a
Chubuk al interrogatorio de la
noche".
Una
tenue esperanza me
refrescó, cual ligero
soplo, la cabeza.
Estoy en libertad... Nadie sospecha nada de mí, es
más,
soy invitado del
capitán. Puedo andar
libremente
por donde quiera,
y cuando empiece
a
oscurecer pasaré, como si estuviera paseando, por
la
senda tendida delante de la ventana que da a la
parte
de atrás. Recogeré mi pistola y se la pasaré a
Chubuk
por la reja.
Los soldados vendrán
por él de
noche.
Saldrá
al portalillo y,
aprovechándose de que lo
creerán
desarmado, podrá matar
a los dos
antes de
que uno de
ellos pueda echarse
el fusil a
la cara.
Ahora las
noches son oscuras:
se aparta uno,
de dos
saltos, y ya no lo ven. No me queda más que pasarle
el máuser, y eso no es difícil. La casita es de
ladrillo,
las
rejas son sólidas,
y por eso
el centinela está
sentado
en el portalillo,
guardando la puerta
y sin
temor
de que él
se escape por
la ventana, sólo
se
acerca
de tarde en
tarde a la
esquina, mira, y se
vuelve a alejar.
Salí
del cobertizo. Para
borrar las huellas
de las
lágrimas,
me eché a
la cabeza un
cangilón de agua.
El asistente me dio un jarrillo de kvas y me
preguntó
si
quería comer. Le
dije que no,
salí a la
calle y me
senté en el banco de tierra que rodeaba la
casa.
La ventana enrejada, tras la que estaba prisionero
Chubuk, atraía mi mirada, cual negro pozo, desde el
lado opuesto de la ancha calle.
"No
estaría mal que
Chubuk me viese
-pensé-.
Arkadi Gaidar
Eso le daría ánimos, y él comprendería que, estando
yo en libertad, procuraré salvarlo. ¿Cómo hacer
para
que se asome? No puedo vocearle ni agitar la mano,
pues el centinela
se daría cuenta...
¡Ah, ya se me
ocurre!
Lo llamaré igual
que en la
infancia a Yasha
Tsúkkershtein
para que bajase
al huerto o
viniese al
estanque".
Entré
en la habitación,
descolgué un espejito
de
campaña
que había en
la pared y
volví al banco
de
tierra.
Empecé por mirarme
un grano de
la frente;
luego, como quien no quiere la cosa, dirigí el
reflejo
del sol al
tejado de la
casa frontera, y
desde allí,
inadvertidamente,
lo pasé al
negro vano de la
ventana. El centinela, sentado en el portalillo, no
veía
el
penetrante reflejo que
se proyectó en
la pared
interior de la casita a través de la ventana.
Entonces,
sin
mover el espejo,
lo tapé y
destapé varias veces
con la mano.
Mi cálculo, basado en que los destellos intrigarían
al detenido, fue atinado. Instantes después, el
reflejo
de sol que
yo enviaba iluminó
la silueta de una
persona junto a la ventana. Luego de centellear
varias
veces más, para que Chubuk siguiera la dirección
del
reflejo, dejé el espejito, me puse en pie cuan alto
era,
alzando, como si me desperezase, un brazo, lo que
en
el lenguaje de las señales militares siempre
significa:
"¡Atención! ¡Listos!"
Acercáronse
al portalillo dos
apuestos cadetes
llenos de polvo, con gorros sin visera y carabina a
la
bandolera,
y preguntaron por
el capitán. Salió
a
recibirlos
un teniente, que
sustituía al capitán.
Los
cadetes le hicieron el saludo militar, y uno de
ellos le
tendió un sobre, diciendo:
- De parte del coronel Zhíjarev.
Desde
el banco de
tierra oí el
teléfono. Era el
teniente,
que llamaba con
insistencia al Estado
Mayor del regimiento. Los cuatro soldados enviados
de
enlaces por las
compañías a la
plana mayor
salieron de
la isba
en que ésta se alojaba
y fueron a
paso
ligero hacia distintos
extremos del pueblo.
Minutos
después se abrieron
los portones de la
empalizada,
y diez cosacos
uniformados de negro
salieron
en briosos corceles,
alejándose de la
aldea.
La
celeridad y exactitud
con que se
ejecutaron las
órdenes
transmitidas desde el
Estado Mayor me
causaron un asombro desagradable.
Los adiestrados cadetes y los ejercitados cosacos,
que
constituían el destacamento
mixto, no se
parecían a nuestros valientes, pero protestones y
poco
disciplinados muchachos.
El sol se
aproximaba al ocaso,
y yo no
podía ya
seguir
quieto. Por los
preparativos y frases
aisladas
comprendí que el destacamento se pondría en marcha
por la noche.
Para acortar el
tiempo hasta que
oscureciese
y, al mismo
tiempo, examinar mejor
el
terreno,
me encaminé a
lo largo del
pueblo y salí
al
embalse,
en el que
los cosacos estaban
bañando los
caballos. Los caballos resoplaban y chapoteaban con
La escuela
los
cascos, atascados en
el cenagoso fondo.
El agua
turbia y maloliente les chorreaba, cálida, del
lustroso
y grasiento pelaje.
En la orilla,
un cosaco desnudo,
con barba y
crucifijo
colgado del cuello,
cortaba con el
sable
unos espesos cítisos.
Al levantar el sable, el cosaco apretaba los
labios,
y, cuando asestaba los golpes, resollaba
ligeramente,
emitiendo
el mismo sonido
impreciso que los
carniceros, al partir las reses a hachazos: iij...
iij...
Bajo el afilado y brillante sable, las gruesas
ramas
caían,
segadas como hierba.
Si se la
interpusiera en
aquel
momento un brazo
enemigo, quedaría
cercenado.
Si se le
pusiera por delante
la cabeza de
un soldado rojo, la cortaría al sesgo, desde lo
alto del
cuello hasta el hombro opuesto.
Yo
había visto las
huellas de los
sables de los
cosacos: sus tajos mortales no parecían inferidos
con
acerada
hoja a galope
tendido, sino hachazos
descargados tranquilamente, tras medir bien el
golpe,
por experto verdugo en el cadalso.
Al oír las
campanas tocar a
vísperas, el cosaco
cesó de cortar. Limpió el sable, caliente, con un
peal
gris de paño,
lo metió en
la vaina y
se santiguó,
jadeando.
Por un angosto
sendero que pasaba
entre los
surcos
de un patatar,
llegué hasta un
manantial. La
gélida agua escurría con alegre susurro por un
añoso
canal
abierto en un
tronco, cubierto de
musgo. Un
mohoso icono, incrustado en una cruz medio podrida,
miraba con ojos turbios, descoloridos. A su pie
había
una inscripción, hecha a corte de navaja:
"Todos los iconos y santos son una
mentira".
Empezaba
a oscurecer. "Dentro
de media hora -
pensé-,
me podré acercar
a la casita
de ladrillo".
Decidí encaminarme al extremo del pueblo, cruzar la
carretera
y, desde allí,
ir por una
senda hacia la
ventana
enrejada. Sabía perfectamente
dónde había
caído
la pistola. El
papel blanco, con
el que estaba
envuelta, se vislumbraba algo a través de las
ortigas.
Pensé recoger el envoltorio, meterlo, sin pararme,
por
la reja y seguir caminando como si tal cosa.
Doblé una esquina y me vi en un descampado. Vi
allí a muchos
soldados y me
encontré de improviso
cara a cara con el capitán.
- ¿Qué haces aquí? -inquirió, asombrado-. ¿O has
venido
también a mirar?
Para ti aún
es un
espectáculo desacostumbrado.
- ¿Es que
ha vuelto usted
ya? -apenas pude
articular
tontamente, trabándoseme la
lengua y sin
comprender aún a qué se refería.
Las voces de mando que se oyeron a un lado nos
obligaron
a volver la
cabeza. Y lo
que vi, me
hizo
aferrarme
convulsivamente a la
bocamanga del
capitán.
A unos veinte
pasos, cinco soldados
con los
fusiles preparados estaban frente a un hombre
puesto
delante de una
pared de barro
de una casucha
deshabitada.
El hombre aquel
estaba sin gorro,
con
las
manos atadas a
la espalda, y
nos miraba
fijamente.
- Chubuk -susurré, tambaleándome.
El capitán volvió, asombrado, la cabeza hacia mí
y, como si
me quisiera tranquilizar,
me puso una
mano en un hombro. Entonces, sin quitarme la vista
de encima ni prestar atención a la voz de mando,
que
movió a los
soldados a llevarse los fusiles a la cara,
Chubuk se irguió y, sacudiendo desdeñoso la cabeza,
escupió.
En aquel momento hubo tal fogonazo y estruendo,
que me pareció
que golpeaban con
mi cabeza un
enorme bombo turco.
Tambaleándome
y arrancando una
serreta de la
bocamanga del capitán, me desplomé.
-
Cadete -dijo, severo,
el capitán, cuando
me
recobré-, ¿qué significa eso? ¡Gallina... eres un
trapo!
No haber venido a mirar, si no puedes soportarlo.
Así
no vale, hombre -agregó, ya más suave-, y eso que
te
escapaste para venir al ejército. "
- Es por
la falta de
costumbre -terció el
teniente
que mandó el piquete, encendiendo un cigarrillo con
una
cerilla-. No haga
caso de eso.
En la compañía
tengo a un cadete de telefonista. Al principio
llamaba
a su madre por las
noches, y ahora es
muy valiente.
Este sí que
era todo un
macho -prosiguió el
oficial,
bajando
la voz-. Se
ha mantenido más
tieso que un
centinela,
no se ha
humillado. ¡Y ha
escupido
encima!
Capítulo undécimo
Aquella
misma noche, luego
que hube recogido
mi
máuser y metido
en mi bolsillo
una bomba de
mano,
que había en
el carro del
capitán, me escapé
durante el primer alto de cinco minutos que
hicimos.
Caminé hacia el Norte, con obcecada obstinación,
toda la noche,
sin pararme ni
desviarme de los
caminos
peligrosos. Las negras
sombras de los
arbustos,
los barrancos y
lo s puentes,
todo lo que
antes
me ponía en
guardia, me hacía
esperar una
emboscada
y dar un
rodeo, lo cruzaba
esta vez
derecho, sin aguardar ni creer que pudiese haber
nada
más
terrible que lo
ocurrido durante las
últimas
horas.
Caminaba,
procurando no pensar
en nada, no
recordar
nada ni desear
otra cosa que
llegar cuanto
antes a reunirme con los míos.
Al día siguiente,
desde el mediodía
hasta que
oscureció del todo, dormí, como si me hubieran dado
cloroformo,
entre los arbustos
de un valle;
por la
noche me levanté y reemprendí la marcha. Por lo que
oí en la
plana mayor de
los blancos, sabía
dónde
encontrar,
aproximadamente, a los
míos. No debían
estar ya lejos. Mas erré inútilmente hasta
medianoche
por sendas y caminos vecinales, sin que die mediera
el alto.
La bochornosa noche se debatía, cual ave agitada,
67
68
entre el polifónico cantar de infatigables
pajaritos, el
combatiente de nuestro destacamento.
Arkadi Gaidar
croar
de las ranas
y el zumbar
de los mosquitos.
Dorada por el rutilar de las estrellas, chirriaba
como
un búho inquieto
entre el susurro
de la exuberante
fronda
y el aroma
de las violetas
nocturnas y el
carrizo silvestre.
La
desesperación empezó a
hacer presa en mí.
¿Adónde
ir, dónde buscar?
Salí al pie
de una loma,
poblada de frondosos robles y, exhausto, me tendí
en
un
claro cubierto de
oloroso trébol. Permanecí
acostado largo rato, y cuanto más pensaba, tanto
más
me
remordía la conciencia
por el error
cometido. A
mí me escupió Chubuk, a mí, y no al oficial. Chubuk
no
comprendió nada, pues
no sabía nada
de los
documentos del cadete, me había olvidado decírselo.
Al principio Chubuk se creyó que yo también estaba
prisionero, pero, cuando me vio sentado en el banco
de
tierra al pie
de la isba,
y, sobre todo,
luego,
cuando
el capitán me
puso, amistoso, la
mano en el
hombro, pensaría, de seguro, que me había pasado a
los
blancos. Chubuk no
pudo explicarse de
otra
manera
la solicitud y
atención que me
dedicara el
oficial
blanco. El escupitajo
que lanzó en
el último
instante me escocía como si fuera de ácido
sulfúrico.
Y aún me dolía más el no poder remediar ya nada, el
no
tener a quien
explicárselo y ante
quien
justificarme
y el que
Chubuk ya no
existiese ni
volviera a existir jamás...
Una rabia contra mí mismo y contra la irreparable
imprudencia
que cometí en
la choza me fue
oprimiendo más y más el pecho. Y no había nadie en
derredor
con quien yo
pudiera desahogarme y
conversar. Silencio. Sólo el trinar de los pájaros
y el
croar de las ranas.
A la rabia
contra mí mismo
agregóse un odio
al
maldito
silencio que me
revolvía el alma.
Colérico,
arrepentido
y agraviado, me
puse en pie,
impulsado
por un arrebato de insensata furia, saqué del
bolsillo
la bomba, le quité el seguro y la arrojé con todas
mis
fuerzas
a la verde
pradera, a las
flores, al espeso
trébol y las campanillas húmedas del rocío.
- La bomba estalló con el estruendo que yo quería,
resonando a lo
lejos varias veces
un torpe eco
que
espantó el silencio.
Eché a andar
derecho, a lo
largo de la
linde del
robledal.
-
¡Alto! ¿Quién vive?
-oí vocear poco
después
desde detrás de unos arbustos.
- Yo -respondí, sin detenerme.
- ¿Y quién eres tú?... ¡Alto o disparo!
-
¡Dispara! -le grité
con incomprensible rabia
y
desafío en la voz, sacando el máuser del seno.
- ¡Detente, loco! -oyóse otra voz, que me pareció
conocida y se dirigía a su compañero, a quien yo no
veía-.
¡Vasia, aguarda, demonios!
Creo que es
nuestro Boris.
Tuve el suficiente sentido común para recobrarme
y no descerrajar
un tiro al
minero Malyguin,
- ¿De dónde
vienes? Nosotros estamos
por aquí
cerca. Nos han
enviado a que
nos enteremos qué
pasa: alguien ha tirado una bomba. ¿No has sido
tú?
- Sí, yo.
- ¿Qué mosca
te ha picado?
Vienes tirando
bombas
y te quieres
poner delante de
las balas.
¿Estás borracho o qué?
Se lo conté
todo a los
camaradas: cómo caí
prisionero
de los blancos
y cómo capturaron
y
fusilaron al buen Chubuk; lo único que me callé fue
su
último escupitajo. Al
mismo tiempo dije
todo lo
que
había oído en
el Estado Mayor
acerca de los
planes de los blancos, de las órdenes que habían
dado
y de que
los destacamentos de
Zhíjarev y Schwarz
procurarían darnos alcance.
-
Bueno, pues -empezó
a hablar Shebálov,
apoyándose
en el sable,
con la vaina
oscurecida y
arañada
durante las marchas-,
ni que decir tiene
que
me da mucha pena de Chubuk. Era el primer soldado,
el
mejor combatiente y
camarada. Ni que
decir
tiene... Cometiste un gran error, muchacho... Sí,
muy
grande
-Shebálov exhaló un
suspiro-. Pero como
no
podemos
resucitar a los
muertos, no puedo
decirte
nada, máxime que no lo hiciste aposta; a quién no
le
ocurre una desgracia.
- A quién no le ocurre una desgracia –coreáronlo
varias voces.
- ¡Y por
lo que te has enterado
de Zhíjarev y la
prisa
que te has
dado en comunicárnoslo, gracias
y
vengan eso cinco!
Volviendo
bruscamente a la
derecha y haciendo
largas marchas nocturnas, nos alejamos mucho de la
celada
que nos tendía
Zhíjarev. Bordeando los
pueblos
grandes y exterminando
por nuestro camino
a las pequeñas patrullas montadas de los blancos,
los
destacamentos
unidos de Shebálov
y Beguichov
salieron a las posiciones de las tropas regulares
rojas
que
mantenían línea en
el sector de
la estación de
Povórino.
Por
aquellos días me
hice de caballería.
En un
descanso, Fedia Syrtsov se acercó a mí y me dio una
fuerte palmada en la espalda.
- Boris -dijo-, ¿has montado alguna vez?
- Sí -respondí-,
sólo en la
aldea de mi
tío, y
siempre a pelo. ¿Por qué lo preguntas?
- Si has montado a pelo, con silla sabrás de sobra.
¿Quieres venirte conmigo, a mi grupo de
caballería?
- Sí -repuse, mirándolo incrédulo.
- Pues ocuparás
el sitio de
Burdiukov. Coge su
caballo.
- ¿Y a dónde va él?
-
Shebálov lo ha
expulsado -dijo Fedia, lanzando
un
denuesto-. Lo ha
expulsado del destacamento.
Haciendo un registro en casa de un pope, Burdiukov
se puso un
anillo y se
olvidó de quitárselo.
Es un
La escuela
anillo
que no vale
nada, cinco rublos
a lo sumo
en
tiempos de paz. ¡Ya puede uno hablar con Shebálov!
Lo ha echado,
el maldito; se
ha puesto de
parte del
pope.
Quise
objetarle que difícilmente
se pondría
Shebálov del lado de un pope y que, probablemente,
Burdiukov
no se habría
olvidado por casualidad
de
quitarse el anillo. Pero en ese momento presumí que
a Fedia no
le agradaría mi
objeción, que quizás
le
hiciera
cambiar de parecer
y no llevarme
con los
batidores de caballería, y no dije nada. Hacía
mucho
que deseaba pelear entre los de caballería.
Fuimos donde Shebálov.
Shebálov me permitió de mala gana que saliera de
la
primera compañía. Me
apoyó inesperadamente el
sombrío Malyguin.
-
Déjale que vaya
-dijo-. Es joven
y avispado.
Además,
anda todo el
tiempo aburrido sin
Chubuk.
Siempre iban en pareja, y ahora no tiene con quien
ir.
Shebálov me lo permitió, pero, mirando de reojo a
Fedia, le dijo, medio en broma medio en serio:
-
Fedia, ten cuidado...
¡y no me
estropees al
muchacho!
¡No desvíes la
mirada, que te
lo digo en
serio!
Fedia,
en vez de
responder, me guiñó
un ojo,
como si quisiera
decir: bueno, déjanos,
no somos
pequeños.
Pasado
un mes, imitaba
ya, como un
verdadero
soldado de caballería, a Fedia; caminaba
espatarrado,
no se me enganchaban más las espuelas y me pasaba
todo el tiempo
libre junto al
escuálido jamelgo pío
que heredé de Buildiukov.
Me hice amigo de Fedia Syrtsov, pese a que éste
no se parecía
en nada al
fusilado Chubuk. A
decir
verdad, con Fedia me sentía incluso más desenvuelto
que con Chubuk.
Chubuk parecía más
un padre que
un
camarada. A veces
empezaba a regañarme
o
ponerme
en vergüenza; me
daba rabia, pero
no me
atrevía
a contestarle con
brusquedad. Con Fedia,
en
cambio,
podía reñir y
hacer las paces,
con él se
divertía
uno incluso en
los momentos más
difíciles.
Pero era caprichoso. Alguna vez se le metía una
cosa
en la cabeza, y no había manera de hacerle
desistir.
Capítulo duodécimo
En una ocasión Shebálov ordenó a Fedia:
- Fiódor, ensilla los caballos y ponte en marcha a
la aldea de Vyselki. El segundo regimiento nos pide
por teléfono que averigüemos si hay allí blancos.
No
nos
llega el hilo
hasta ellos, hemos
de comunicar a
través
de Kostyriovo, y
piensan tender una
línea
hasta nosotros a través de Vyselki.
Fedia empezó a poner peros. Hacía un tiempo de
perros,
llovía, y para
llegar a Vyselki
había que
atravesar unos ocho kilómetros de pantano con tanto
barro que no se volvería de allí hasta la
noche.
-
¿Quién va a
haber en Vyselki?
-replicó,
indignado Fedia-. ¿Por qué ha de haber allí
blancos?
Vyselki
está a un
lado, rodeado de
pantanos. Si
tienen
necesidad de pasar,
los blancos irán
por el
camino principal, y no por; Vyselki.
- ¡No te piden la opinión! Te mandan que vayas, y
ponte en marcha -lo dejó cortado Shebálov.
- ¡Se pueden
mandar muchas cosas!
¡A lo mejor
me mandas buscar
a la abuela
de Satanás! ¡Pues
no
voy!
Que vayan los
de infantería. Quería
herrar los
caballos
y además, el
practicante de veterinario
ha
puesto
a hervir dos
cubos de tabaco;
tenemos que
hacer
una infusión para
dar friegas a
los caballos
contra la sarna, ¡y tú... no mandas a Vyselki!
-
Fiódor -dijo, cansado,
Shebálov-, te pongas
como te pongas, no retiro mi orden.
Salpicando
barro al pisar,
blasfemando y
escupiendo,
Pedia nos gritó
que ensilláramos los
caballos.
Ninguno
de nosotros quería
ir a Vyselki,
con la
lluvia
y el barro
que había, por
que lo necesitasen
unos
telefonistas cualesquiera. Los
muchachos
hablaban
mal de Shebálov,
llamaban cobardes y
bocazas a los telefonistas; ensillaron de mala gana
los
caballos
y se pusieron
en camino a
disgusto, sin
cantar, hacia el extremo de la aldehuela.
El
barro viscoso y
pegajoso chapoteaba
sordamente
bajo los cascos.
Podíamos avanzar sólo
al
paso. Una hora
después, cuando estábamos
aún a
mitad de camino, cayó un chaparrón. Los capotes se
nos
empaparon. Los gorros
nos chorreaban. El
camino se bifurcó. A medio kilómetro, a la derecha,
en un montículo arenoso, había un caserío de cinco
o
seis
hogares. Fedia se
detuvo, se quedó
pensando y
tiró de la brida derecha.
- Nos calentaremos
y seguiremos avanzando
-
dijo-. Pues bajo la lluvia no se puede ni
fumar.
La
espaciosa isba estaba
caliente, limpia y
ordenada,
y olía en
ella a algo
sabroso, a ganso
o
cerdo frito.
- ¿Eh? -susurró Fedia, quedo y olfateando-. Estoy
viendo que el caserío aún está sin
desmantelar.
El
dueño de la
isba era afable.
Hizo una seña a
una
robusta moza, y
ésta, lanzando una
fogosa
mirada a Fedia, puso encima de la mesa escudillas y
cucharas y. corriendo un taburete, dijo,
sonriendo:
- ¿Por qué estáis de pie? Sentaos.
- ¿Está
Vyselki lejos de aquí? -interrogó Fedia al
dueño de la casa.
- En verano,
cuando está seco
-repuso el viejo-,
vamos por una senda directa a través del pantano.
No
está
lejos, a media
hora de camino
nada más. Pero
ahora no se puede pasar, se atasca uno en seguida.
Y
por el camino
que ibais, se
tardarán unas dos
horas.
También
es malo, sobre
todo cerca del
puente que
hay encima del manantial. A caballo se puede pasar,
pero en carro es difícil. Hoy se ha tenido que
volver
desde
allí mi yerno,
después de habérsele
roto una
vara del carro
- ¿Ha vuelto hoy? -inquirió Fedia.
69
70
- Sí, esta mañana.
- ¿No hay allí blancos?
- Por ahora no.
- El diablo
confunda a Shebálov.
Ya se lo
decía
Arkadi Gaidar
Volvió
a cantar Fedia,
sacudiendo la cabeza
y
entornando los ojos húmedos:
yo que no
había allí blancos.
Si esta mañana
no
había,
tampoco los habrá
ahora. Con la
lluvia que
está cayendo todo el día ¿quién va a ir allí?
Quitaos
los capotes, muchachos. Para qué demonios vamos a
seguir.
Lo único que
ganaremos será dislocar
una
pata a algún caballo.
- Fedia, ¿está bien eso? -le interrogué-. ¿Qué dirá
Shebálov?
- ¿Qué nos
importa Shebálov? -respondió
Fedia,
quitándose,
resuelto, el capote
manchado de barro-.
¡Le diremos que hemos estado y no hay nadie!
Además
de comida, nos
sirvieron una botella
de
aguardiente
casero. Fedia escanció
en las tazas,
sin
omitirme a mí.
-
Levantad vuestras tazas
-dijo, brindando-.
¡Bebamos
por el proletariado
mundial, por la
revolución! ¡Quiera Dios que nos dure la revolución
toda la vida y no se acaben los blancos! Dales
buena
salud,
Señor, así tendremos,
al menos, a
quien dar
sablazos, pues sin ellos sería muy aburrida la vida
en
este mundo. ¡Hala, apuremos!
Al ver que
yo no me atrevía a
levantar la taza,
Fedia silbó, diciendo:
-
¡Fiiú!... ¿Qué te
pasa, Boris, o
es que no has
bebido
nunca? Estoy viendo
que no eres
un
caballista, sino una muchachuela.
-
¿Quién dice que
no he bebido
nunca! -mentí,
poniéndome como la grana y echándome con bizarría
el contenido de la taza en la boca.
El
pestilente y abrasador
líquido me envolvió
la
garganta y se me subió a la nariz. Incliné la
cabeza y
apreté,
exacerbado, los labios
en un blanducho
pepino
en salmuera. Poco
después me sentí
alegre.
Fedia
sacó su acordeón
de la funda
de cuero y tocó
algo
que nos puso
de buen humor.
Luego bebimos
más, aquella tarde
brindamos por la
salud de los
soldados
rojos que peleaban
contra los blancos;
por
nuestros camaradas, los caballos, que nos llevaban
a
los combates a muerte; por que no se embotase el
filo
de
nuestros sables ni
fallasen los tajos
al cortar
implacables las cabezas de los blancos, y por
muchas
cosas más.
Quien
más bebió y
menos se embriagó
de todos
fue Fedia. El negro mechón se le pegó a la sudorosa
frente;
estiraba enérgico los
fuelles del acordeón
y
entonó con su suave voz de tenor:
Al otro lado del Don están de juerga los rojos...
Nosotros
lo coreamos, desentonando,
pero con
ánimos:
Ay, ay córrete una juerga, pues de juerga están los
rojos...
Es su compañero el cuchillo afilado
Y el sable pérfido...
Nosotros
lo secundamos con
jactanciosa y
despreocupada osadía:
Y el sable pér-fi-do...
Luego, todos a una:
¡Ay! Ca-e-re-mos por nada...
Nuestra vida vale un cén-ti-mo-o-o-o...
Al
terminar, Fedia tomó
una nota tan
alta que se
oyó por encima de nuestras voces y de su acordeón;
bajó la cabeza, pensativo, luego sacudió sus rizos
con
tanta furia como si le hubiera picado una abeja en
el
cuello, pegó un puñetazo en la mesa y alargó la
mano
hacia la taza.
Nos
fuimos, avanzada ya
la noche. Tardé
mucho
en
meter el pie
en el estribo,
y, cuando me
subí al
caballo,
me pareció que
estaba sentado en un
columpio,
y no en
la montura. La
cabeza me daba
vueltas.
Sentía náuseas. Lloviznaba.
Los caballos
obedecían
mal y se
confundían las filas,
metiéndose
los de atrás entre los delanteros. Fui
tambaleándome
largo rato en
la silla, y
terminé por desplomarme,
como un fardo, sobre las crines.
Me
levanté a la
mañana siguiente con
dolor de
cabeza. Salí al corral. Me daba grima lo de la
víspera.
Mi caballo no
tenía pienso en
el morral. Cuando
retornamos,
borracho como yo
venía, se me
cayó la
avena al barro. En cambio, el potro de Fedia tenía
el
pesebre lleno hasta los bordes. Tomé un cubo y eché
avena de allí para mi caballo. En el zaguán topé
con
dos
batidores: los dos
tenían cara de
mal genio,
turbios y cansados los ojos.
"¿Será
posible que tenga
yo también esa
cara?",
pensé, asustado, y fui a lavarme. Me estuve lavando
largo
rato. Luego salí
a la calle.
Durante la noche
había
helado, y en
el barro endurecido
del camino
revuelto
caían copos sueltos
de la primera
nevada.
Fedia Syrtsov me alcanzó y me gritó:
- Hijo de
perra, ¿por qué
le has echado
a tu
caballo del pesebre del mío? ¡Por esas cosas te voy
a
dar en los morros!
- No soy
manco -le repliqué-.
¿Es que tu
caballo
ha de comer
hasta reventar? ¿Para
qué te has
quedado con un celemín de más al repartir la
avena?
- No te importa -exclamó Fedia, salpicando saliva
y abalanzándose a mí con la fusta en alto.
-
¡Retira la fusta,
Fedia! -le grité,
montando en
cólera y conociendo sus despóticos modales-. ¡Por
mi
madre que si me tocas un pelo, te doy con el sable
de
La escuela
plano en la cabeza!
- ¡Conque ésas gastas!
Fedia se enfureció del todo, y no sé cómo hubiera
acabado
nuestra trifulca de
no haber aparecido
Shebálov por una esquina.
Fedia
aborrecía y temía
a Shebálov, por
eso
descargó,
rabioso, la fusta
contra el lomo
de un
perrillo que estaba a nuestro lado, y, amenazándome
con el puño, se alejó.
- Ven aquí -me dijo Shebálov.
Me acerqué a él.
- ¿Por qué
Fedia y tú
tan pronto reñís
como os
abrazáis? Entra conmigo en la isba.
Tras cerrar la puerta, Shebálov tomó asiento y me
preguntó:
- ¿Has estado tú también con Fedia en Vyselki?
- Sí -le respondí, turbándome.
- ¡No mientas! Ninguno de vosotros ha estado allí.
¿Dónde habéis pasado todo ese tiempo?
- En Vyselki -repetí, obstinado, sin confesar.
Aunque
le tenía rabia
a Fedia, no
queda jugarle
una mala pasada.
- Bueno -dijo Shebálov, tras reflexionar, y exhaló
un
suspiro-. Menos mal
que habéis estado
en
Vyselki, porque, sabes, me habían entrado dudas, y
a
Fedia ni se lo hubiera preguntado; no le cuesta
nada
mentir. Sus haraganes son también tal para cual. Me
han
llamado del segundo
regimiento y se
quejan.
Dicen
que han enviado
a los telefonistas
a Vyselki,
creyéndonos
a nosotros, y
los blancos los
han
recibido
a tiros. Les
he contestado que
llegarían
después,
pero he pensado
que ¡quién sabe!,
pues
Fedia volvió algo tarde y parecía que olía a
vodka.
Shebálov se calló, acercóse a la ventana, apoyó la
frente
en el cristal
empañado y permaneció
en esa
postura unos minutos, sin despegar los labios.
- ¡Qué desgracia tengo con estos batidores! -dijo,
volviéndose-.
Ni que decir
tiene que son
valientes,
¡pero
qué desordenados! Y
este Fedia es
igual que
ellos,
no tiene la
menor disciplina. Lo
echaría del
destacamento, pero no tengo con quien
sustituirlo.
Shebálov
me miró con
afecto; separáronse sus
entrecanas
cejas fruncidas, y
de sus ojos
grises,
siempre entornados para mayor severidad, extendióse
por las arrugas
de la cara,
como se extienden
las
ondas
en el agua
después de tirar
una piedra una
sonrisa de turbación, y dijo francamente:
-
¡Sabes qué difícil
es mandar un
destacamento!
No es lo mismo que hacer botas. Me paso las noches
sentado...
acostumbrándome al mapa.
A veces hasta
me hacen chiribitas
los ojos. No
tengo ninguna
instrucción,
ni general ni
militar, y los
blancos son
tenaces.
A los capitanes
de ellos les
es fácil, pues
tienen
estudios y siempre
se dedican a
los asuntos
militares, en tanto que yo leo las órdenes
silabeando.
Y
encima, nuestros muchachos
son como son.
Los
otros tienen disciplina. ¡Dicho y hecho! Nosotros
aún
no nos hemos
acostumbrado a la
disciplina, tengo
que estar al tanto de todo, comprobarlo todo. En
otras
unidades
hay comisarios, al
menos, y yo
me he
cansado de pedir uno, y me responden que no tienen,
que soy comunista
y me las
iré arreglando así
por
ahora.
¿Y qué comunista
soy yo?... -interrogóse
Shebálov, quedando cortado-. Es decir, claro que
soy
comunista, pero no tengo ningunos estudios.
Irrumpieron
el corpulento Sújarev
y el checo
Galda.
- Yo dar
un soldado para
descubierta, yo dar un
soldado... al ametrallador... Yo dar un soldado
para la
cocina, y él no dar nada -decía, indignado, Galda,
de
nariz
aguileña, señalando con
el índice a
Sújarev,
rojo de cólera.
- ¡Ha dado a uno para pelar patatas en la cocina -
gritó
Sújarev-, y yo
no he quitado
los puestos de
vigilancia
nocturna hasta el
mediodía! Ha dado
un
soldado a los de las ametralladoras, y mis
muchachos
de la segunda
sección han estado
ayudando a los
artilleros,
desde que se
hizo de día,
a arreglar el
puente. Shebálov, te pongas como te pongas, ¡que dé
él gente para enlaces, que yo no daré a nadie!
Frunciéronse
las entrecanas cejas
y entornáronse
los
ojos grises, borrando
hasta las huellas
de la
bondadosa
sonrisa de turbación
del rostro lívido
y
curtido por el viento de Shebálov.
- Sújarev
-dijo, severo, apoyándose en su sable y
haciendo
sonar ensordecedoramente sus
espuelas de
caballero
medieval-, ¡no hagas
el tonto! Por
una
noche
que se hayan
pasado sin dormir
los tuyos, te
pones a chillar
como un condenado.
Sabes bien que
dejo adrede descansar un poco a los de Galda,
porque
van a tener
una misión especial.
Van a salir
esta
noche a Novosiólovo.
Sújarev
soltó tres retahílas
de denuestos a
bocajarro;
Galda empezó a
agitar las manos,
mezclando palabras rusas con checas, y yo
salí.
Me dio vergüenza
de haber mentido
a Shebálov.
Pensé: "Es el jefe, se pasa las noches en vela
y le es
difícil.
Y nosotros... qué
irresponsables somos. ¿Por
qué le habré
mentido, diciéndole que
nuestros
batidores
han estado en
Vyselki? Les hemos
jugado
una mala pasada
a los telefonistas
del regimiento
vecino. Menos mal que no han matado a nadie. Pero
no es honesto, no es honesto ni ante la revolución
ni
ante los camaradas."
Probé a justificarme ante mí mismo, objetándome
que
Fedia era el
jefe y él
había sido quien
diera la
orden de cambiar de itinerario, pero me sorprendí
en
el
acto, pensando eso,
y me enojé
conmigo,
diciéndome:
“¿También te mandó
el jefe beber
vodka?
¿Y a engañar
al jefe superior
también te ha
obligado él?"
Fedia
asomó la cabeza
desgreñada por una
ventana y gritó no muy alto:
- ¡Boris!
Me hice el sordo.
-
¡Boris! -repitió Fedia,
conciliador-. No te
71
72
emperres. Entra a comer buñuelos. Entra... Tengo un
asunto que
tratar contigo. ¡Come!
-me dijo, como si
no
hubiera pasado nada,
empujando la sartén
hacia
mí y mirándome, preocupado, a la cara-. ¿Para qué
te
ha llamado Shebálov?
- Me ha preguntado por lo de Vyselki -le respondí
sin rodeos-. Dice que no hemos estado allí.
- Y tú, ¿qué le has dicho?
Al hacer
la pregunta, Fedia
se removió, inquieto,
igual que si lo hubieran puesto con los buñuelos en
la
sartén caliente.
- ¿Qué había de decirle? Debí haber confesado la
verdad.
Pero te tuve
lástima, a pesar
de lo imbécil
que eres.
- Ten cuidado con las palabras... -empezó a decir
con
soberbia, mas, al
recordar que aún
no me había
sonsacado
todo lo que
le interesaba, se
acercó y me
interrogó,
curioso e intranquilo-:
¿Y qué más ha
dicho?
- Ha dicho que sois unos cobardes y unos gallina -
le
mentí, mirándolo fijo
e insolente-. Ha
dicho que
nos ha dado miedo entrar en Vyselki y hemos dejado
pasar
el tiempo en
alguna hondonada. Ha
dicho que
hace
tiempo viene notando
que los batidores
se
ciscan de miedo.
-
¡Mientes! -exclamó, colérico-.
Eso no lo ha
dicho.
- Ve y
pregúntaselo -seguí mortificándolo-. Ha
dicho que le
va a traer
más cuenta mandar
en lo
sucesivo
a la infantería
a las descubiertas,
pues los
batidores
no saben descubrir
otra cosa que
la crema
de leche en las despensas.
-
¡Mien-tes! -gritó, terminando
por perder los
estribos-.
De seguro que
ha dicho: "Esos
haraganes
se han desmandado,
no quieren reconocer
ningún
orden", pero no ha dicho nada de que los
batidores se
cisquen de miedo.
-
Bueno, no lo
ha dicho -asentí,
contento de
haberlo
sacado de quicio-.
Pero aunque no
lo haya
dicho, ¿está eso bien, acaso? Los camaradas confían
en
nosotros, y nosotros los
engañamos. Por tu
culpa
hemos metido al regimiento vecino en un berenjenal.
¿Como
nos van a
mirar otros ahora?
Dirán que
somos
unos gallinas y
que no se
puede confiar en
nosotros.
Que hemos dicho
que en Vyselki
no hay
blancos, y los telefonistas han ido a tender los
hilos y
los han recibido a tiros.
- ¿Quién los
ha recibido a
tiros? -inquirió Fedia,
asombrado.
- Pues, ¿quiénes han de ser? Los blancos.
Fedia
se turbó. Aún
no sabía nada
acerca de los
telefonistas,
que se habían
visto en un
aprieto por
culpa
suya y, probablemente, le
hizo mucha mella.
Se
retiró a la
habitación contigua sin
decir nada.
Descolgó su desafinado acordeón, se puso a tocar el
triste vals En los mogotes de Manchuria y comprendí
que se había puesto de mal humor.
Al poco rato
dejó bruscamente de
tocar y,
Arkadi Gaidar
enganchando
en el tahalí
su sable caucasiano
con
adornos de plata, salió de la casa.
Quince
minutos después apareció
al pie de la
ventana.
- ¡Sal a montar! -me mandó, sombrío, a través del
cristal.
- ¿Dónde has estado?
- Con Shebálov. ¡Sal deprisa!
Poco después los batidores salimos a trote ligero,
por
delante del centinela
de campo, al
camino,
cubierto de barro revuelto y endurecido por la
ligera
helada.
Capítulo decimotercero
Fedia
se detuvo en
la bifurcación, desde
la que
torcimos
la víspera hacia
el caserío, llamó
aparte a
los dos más
hábiles, les estuvo
diciendo algo largo
rato, señalando con un dedo el camino y, terminando
por
imprecar al uno
y al otro,
para que entendieran
mejor
la orden, volvió
donde nosotros y
nos mandó
que
dobláramos hacia el
caserío. Ya en
él, sin
recordar la juerga
corrida al amo
de la casa
en que
habíamos
estado, Fedia empezó
a preguntarle por el
camino directo a Vyselki a través del pantano.
- No podréis pasar,
camaradas -intentó
disuadirnos
el amo de
la casa-. Lo
único que haréis
será
ahogar los caballos.
Ha estado lloviendo
una
semana entera, y por allí no pasa cualquiera, no ya
a
caballo, sino ni siquiera a pie.
Cuando tornaron los batidores, que habían ido por
delante,
y dieron parte
de que los
blancos habían
ocupado Vyselki y tenían un puesto de vigilancia en
el camino, Fedia, sin hacer caso de las
exhortaciones
del amo de
la casa, le
mandó que se
viniera con
nosotros.
Este arreció en
sus juramentos de
que era
absolutamente
imposible pasar por
el pantano. El
ama se echó
a llorar. La
sonrosada moza, hija
suya,
la
misma que la
tarde anterior cruzara
encendidas
miradas
con Fedia, reprendió,
enojada, a éste
por
haberle
ensuciado el suelo con las botas.
Pero Fedia
no se inmutó
ni dio su
brazo a torcer.
Le pregunté
qué
planes tenía; no
me respondió siquiera
con
denuestos,
simplemente me miró
por encima del
hombro y se sonrió con malicia.
Al poco rato salimos del caserío. Nuestro anfitrión
iba
delante, al lado
de Fedia, en
un jamelgo.
Torcimos
en seguida hacia
un bosquecillo de
abedules. Del mullido y empapado musgo salía agua
turbia,
exprimida bajo el
peso de los
cascos de los
caballos. El camino iba de mal en peor. Los
caballos
fueron hundiendo más y más las patas; en la pradera
anegada,
por aquí y
por allá, asomaban,
cual negros
islotes, rodales de musgo.
Nos apeamos y seguimos avanzando. Caminamos
de tal guisa
hasta que llegamos
al viejo estriberón,
del que nos había hablado nuestro anfitrión. Era
una
angosta
franja flotante de
varas y bálago
podrido,
cubierta de agua fangosa.
La escuela
-
¡Atiza! -masculló Fedia, mirando
de reojo a los
camaradas, contritos- ¡vaya caminito!...
- ¡Nos hundiremos, Fedia!
- No tendría nada de extraño -asintió el viejo
guía-
. El estriberón
es pésimo, las
varas están podridas,
por aquí apenas si se puede pasar cuando hace buen
tiempo y queréis hacerlo con el agua que ha
caído.
- Por aquí
los caballos no
pasan ni a
nado ni
vadeando. Hay unas gachas del diablo.
- ¡Hala! -nos animo Fedia, forzando una sonrisa-.
¡Digeriremos también las gachas del diablo!
Tiró de las
bridas al potro,
que se resistía
a
avanzar, y se metió el primero hasta las rodillas
en la
fangosa
agua, que olía
a pudrición. Lo
seguimos
lentamente, de dos en dos. A trechos, el agua
estaba
cubierta de una fina costra de hielo matinal y se
nos
metía
en las botas.
El delgado e
invisible estriberón
vacilaba
a nuestros pies. Daba
miedo pisar al azar y
me parecía que, de un momento a otro, me faltaría
el
apoyo y me tragaría el viscoso cenagal.
Los
caballos resoplaban, se
obstinaban en no
andar y se
estremecían. Sonó en
la niebla, como
salida del otro mundo, la pregunta de Fedia:
- ¡Eh! ¿Estáis todos vivos?
-
Muchachos, me parece
que nos hemos
metido
donde
mejor no lo
hiciéramos. Más nos
valdría
volvernos -musitó, dando diente con diente de frío,
el
pelirrojo corneta.
De súbito salió Fedia de la niebla.
- No me
vengas sembrando pánico,
Pável -le
advirtió,
quedo y enojado-.
Y si piensas
gimotear,
date la vuelta y regresa solo. Buen hombre
-dirigióse
al
viejo-, el agua
le llega a
mi caballo hasta
la
barriga. ¿Queda aún mucho?
- Ya no queda mucho. Ahora, en cuanto pasemos
este trecho, estará ya más seco, pero éste es el peor.
Si lo cruzamos, lo demás será coser y cantar.
El agua nos llegó a la cintura. El viejo se detuvo,
se quitó el gorro y se santiguó.
- Ahora seguidme de uno en uno exactamente por
donde yo pise, aquí es fácil dar un traspié.
El
viejo se encasquetó
el gorro y
siguió
avanzando.
Avanzó despacio, deteniéndose
a
menudo y tocando con un palo el estriberón,
invisible
bajo el agua.
Ateridos
por el frío
viento y mojados
de cintura
para abajo por el agua del pantano y de cintura
para
arriba por niebla, avanzamos en fila india no más
de
cien
metros en media
hora. Se me
amorataron las
manos y me temblaban las rodillas.
"¡Qué
tremendo es este
Fedia! -pensé-. Ayer
no
quiso ir por el camino, debido al barro, y hoy nos
ha
metido en este cenagal".
Oyóse,
delante, un leve
relincho. Disipóse la
niebla,
y vimos a
Fedia, ya a
caballo, en un
montículo.
-
Silencio -susurró cuando,
mojados y ateridos,
nos apiñamos a su alrededor-. Vyselki está detrás
de
esos matorrales, a cien pasos. El terreno que sigue
es
seco.
Nuestra
caballería, lanzando alaridos
y furiosos
silbidos,
irrumpió en la
aldehuela por donde
los
blancos meno lo podían esperar. Llegamos a galope,
tirando bombas, a la pequeña iglesia, junto a la
cual
estaba la plana mayor del destacamento blanco.
En
Vyselki hicimos diez
prisioneros y nos
apoderamos de una ametralladora. Cuando, cansados,
pero contentos, regresábamos por el camino
principal
a la aldea
donde estaban los
nuestros, Fedia, que
venía a mi lado, se echó a reír, diciendo con
malicia
y arrogancia:
- ¡Se la
hemos pegado a
Shebálov!... ¡Qué
sorpresa se va a llevar!
- ¿Qué quieres
decir con eso
de que se
la hemos
pegado?
-interrogué, sin comprender-.
Al contrario,
se alegrará.
- Se alegrará, pero no mucho. Le dará rabia que, a
pesar
de todo, no
haya salido como
él quería, sino
como yo he
querido, y encima,
el éxito que
hemos
tenido.
- ¿Qué estás
diciendo que no
ha salido como
él
quería? -inquirí, presintiendo algo malo-. ¿Es que
no
te ha mandado el propio Shebálov?
- Sí, me
ha mandado, pero
no aquí. Me
mandó
que
fuésemos a Novosiólovo
y esperásemos allí a
Galda. Pero yo he tomado el portante hacia Vyselki.
Que no refunfuñe
por lo de
ayer. Ahora no
tendrá
muestra
para llevarse la
baza. Como hemos
hecho
prisioneros
y conquistado una
ametralladora, no nos
podrá reñir.
"Lo
del éxito es
verdad -pensé, encogiéndome-
pero,
de todos modos,
no está bien.
Nos han
mandado
Novosiólovo, y nos
hemos ido a
Vyselki.
Menos
mal que todo
ha terminado felizmente.
¿Qué
hubiera
ocurrido si no
hubiésemos podido pasar
por
el
pantano? ¡Entonces no
hubiéramos tenido
justificación!"
Antes
aún de llegar
a la aldea,
en la que
estaba
nuestro destacamento,
advertimos una rara
animación. Por su extremo corrían, desplegándose en
guerrilla,
los soldados rojos.
Varios jinetes pasaron,
galopando, a lo largo de los huertos.
Y, de pronto,
desde la aldea
nos dispararon una
ráfaga
de ametralladora. Pável,
el corneta pelirrojo
que diera el consejo de volvernos desde la mitad
del
pantano, cayó a tierra.
-
¡Seguidme! -gritó Fedia,
dando la vuelta
al
caballo hacia un barranco.
Tableteó
la segunda ráfaga,
y los dos
últimos
batidores
cayeron antes de
haber podido guarecerse
en el barranco. A uno de ellos se le enganchó el
pie
en el estribo, el caballo se espantó y lo
arrastró.
- Fedia -musité,
horrorizado-, ¿qué vas
a hacer?
Es
nuestra Colt la
que dispara. Los
nuestros no te
esperan
por este lado.
Se creen que
estamos en
Novosiólovo.
73
74
- ¡Pues yo les voy a enseñar cómo se dispara! -me
Arkadi Gaidar
blancos.
¡Basta de faltas!
No hablo ya
de ese
replicó, rabioso,
apeándose del caballo y
abalanzándose
hacia la ametralladora
que habíamos
arrebatado a los blancos.
- ¿Te has vuelto loco! ¿Quieres disparar contra los
nuestros? ¡Pero si ellos no saben quiénes somos, y
tú
sí!
Entonces,
jadeante, se descargó
un furioso golpe
con la fusta
en la polaina de una
bota de montar,
se
empinó,
montó en el
caballo y salió
a cuerpo
descubierto
a un montículo.
Le pasaron varias
balas
por encima de la cabeza, mas él se puso en pie
sobre
los estribos y, enarbolando el gorro en la punta de
la
bayoneta, lo elevó cuan alto pudo.
Aún
detonaron varios disparos
en la aldea,
y
luego cesó el fuego. Los nuestros se habían fijado
en
las señales del jinete solitario expuesto a las
balas.
Entonces, haciéndonos una seña con la mano para
que no nos moviésemos antes de tiempo, Fedia picó
espuelas,
y el potro
entró a galope
en el pueblo.
Esperamos
un rato y
salimos detrás de
él. En las
afueras
nos recibió Shebálov,
sombrío, rígido y
demacrado, opacos los grises ojos, cubierto de
barro
el
sable y sonando
sordamente las espuelas
sucias.
Nos
mandó parar y
dio a todos
la orden de
que se
retiraran
a sus alojamientos.
Luego, deslizando una
mirada
de cansancio por
los jinetes, me
mandó
apearme
y entregar las
armas. Eché pie
a tierra en
silencio;
delante de todo
el destacamento, me
desenganché
el sable y
se lo entregué,
con la
carabina, al tuerto y ceñudo Malyguin.
La
audaz, pero indisciplinada incursión
de los
batidores
a Vyselki le
costó muy cara
a nuestro
destacamento.
Sin hablar ya
de los tres
jinetes que
cayeron,
por equivocación, bajo
el fuego de
nuestra
propia
ametralladora, fue derrotada
en Novosiólovo,
al no encontrar allí a Fedia, la segunda compañía,
de
Galda, pereciendo éste. Encolerizáronse entonces
los
soldados de nuestro
destacamento y pidieron
que se
juzgara severamente a Fedia, ya detenido.
- Así, hermanos,
no se puede
seguir. ¡Basta! Sin
disciplina
no nos saldrá
nada. Así nos
matarán a
nosotros
mismos y haremos
sucumbir a nuestros
camaradas.
Para que cada
uno haga lo
que le dé la
gana, no hace falta designar jefes.
Por la noche vino a verme Shebálov. Se lo conté
todo
tal como había
sido, y le
confesé que, por
compañerismo con Fedia, le mentí la primera vez que
me preguntó si habíamos estado en Vyselki. Le juré
a
continuación
que no sabía
nada de la
indisciplinada
acción
de Fedia, cuando
nos llevó Vyselki
en lugar
de Novosiólovo.
-
Escúchame, Boris -dijo
Shebálov-, ya me has
mentido
una vez, y
si te creo
otra más, si
no te
entrego al tribunal con Fiódor, es sólo por tus
pocos
años.
¡Pero ándate con
cuidado y comete
menos
faltas de ésas! Por tu culpa pereció Chubuk y por
la
vuestra
los telefonistas dieron
de narices con
los
demonio de Fedia, que me ha causado más daños que
reportado provecho. Y ahora ve otra vez a la
primera
compañía, preséntate a Sújarev y vuelve a ocupas tu
antiguo
sitio. Y, la
verdad sea dicha, me
equivoqué,
al dejarte ir con Fiódor. Al lado de Chubuk... sí
que
podías
haber aprendido mucho...
Pero de Fiódor,
¿qué puedes aprender?... ¡No es una persona segura!
Y, en general,
¿por qué haces
migas ya con
uno ya
con
otro nada más?
Tienes que hacer
amistades con
todos.
Cuando uno anda
solo, puede extraviarse
y
descarriarse con facilidad.
Aquella
misma noche Fedia
salió por la
ventana
de la casa en que estaba encerrado, se apoderó de
un
caballo
y huyó con
cuatro amigotes íntimos
por la
primera nieve, esponjosa, al sur, cruzando la línea
del
frente. Se dijo que a la banda de Majnó.
Capitulo decimocuarto
Los rojos pasaron a la ofensiva en todo el
frente.
Nuestro
destacamento estaba subordinado
al jefe
de una brigada
y ocupaba un
pequeño sector en el
flanco izquierdo del tercer regimiento.
Transcurrieron
unas dos semanas
de pesadas
marchas.
Los cosacos se
retiraban, deteniéndose en
cada aldea o caserío.
El único deseo que tuve durante aquellos días fue
purgar
mi culpa ante
los camaradas y
hacer méritos
para que me admitieran en el Partido.
Mas en vano
me ofrecía voluntario
para hacer
peligrosas batidas. De nada me servía, apretando
los
dientes
y palideciendo, avanzar,
cuan alto era,
en el
orden
abierto, mientras otros,
incluso combatientes
fogueados, se
arrodillaban o echaban cuerpo
a tierra
para
disparar. Nadie me
cedía su turno
para ir de
reconocimiento.
Nadie se fijaba
en mi alarde
de
heroísmo.
Sújarev llegó a decirme un día, de paso:
- Górikov, deja esos modales de Fedia... No tienes
por qué hacer
ostentación ante la
gente... Aquí los
hay más valientes que tú y no exponen tontamente la
cabeza a las balas.
"Otra
vez los modales
de Fedia -pensé,
lamentándolo
sinceramente-. Si al
menos me
encomendaran alguna misión, y me dijeran que si la
cumplía,
me borraban todas
las culpas y
volvería a
ser amigo y compañero como antes".
Chubuk
no vivía. Fedia
estaba con Majnó.
Y
maldita la falta que me hacía Fedia. No tenía
grandes
amistades con nadie. Más aún, los muchachos no me
miraban con buenos ojos. Hasta Malyguin, que antes
siempre
se paraba a
hablar conmigo, me
invitaba a
tomar
té y me
contaba algunas cosas,
ahora estaba
más frío conmigo.
En una ocasión
oí, a través
de la puerta,
que le
decía de mí a Shebálov:
- Anda algo aburrido. ¿Echará de menos a Fiódor?
¡De
seguro que cuando
Chubuk murió por
culpa de
La escuela
él, no lo sufrió tanto!
Se me subieron los colores a la cara.
Era
verdad, tardé poco
en resignarme con la
muerte de Chubuk; pero no era cierto que echase de
menos a Fiódor, pues lo aborrecía.
- Oí los pasos de Shebálov por el suelo terroso, el
ruido de sus espuelas y, tras una pausa, su
respuesta:
- ¡Te equivocas,
Malyguin! Te equivocas...
El
muchacho no está estropeado. Aún se le puede quitar
cualquier mala costumbre. Tú tienes cuarenta años,
y
ya no se te hace cambiar, pero él tiene
dieciséis... Tú
y yo somos
un par de
botas gastadas y
requeteclaveteadas,
pero él es
como un corte
de
cuero, tomará la forma de la horma en que lo
estiren.
Sújarev
me dice que
tiene los mismos
modales que
Fedia,
que le gusta
avanzar erguido en
el orden
abierto y hacer alarde de valor sin necesidad. Y yo
le
respondo que, a pesar de sus años... no ve nada.
Eso
no son modales
de Fedia, sino
el simple deseo
de
justificarse, y el muchacho no sabe cómo
hacerlo.
En eso, un jinete dio unos golpes en la ventana y
llamó a Shebálov. El diálogo quedó
interrumpido.
Se me quitó un peso de encima.
Fui a pelear
por el "luminoso reino
del
socialismo". Ese reino estaba lejos, no sé
dónde; para
llegar
a él había
que recorrer muchos
caminos
intrincados y vencer muchos obstáculos
difíciles.
La
principal barrera que
se interponía en ese
camino
eran los blancos
y, al incorporarme
al
ejército,
aún no podía
odiarlos tanto como
los
odiaban
el minero Malyguin,
o Shebálov, y
muchos
más, que no sólo luchaban por el futuro, sino que
les
ajustaban las cuentas por su penoso pasado.
Ahora ya no me pasaba lo mismo. El ambiente de
odio
desencadenado, los relatos
del pasado, que yo
desconocía,
y los agravios
sin vengar, acumulados
durante siglos, me fueron enardeciendo poco a poco,
igual que las
ascuas ponen al
rojo vivo un
clavo
caído casualmente en los rescoldos.
Y, a través
de aquel profundo
odio, las remotas
luces del
"luminoso reino del socialismo"
alumbraban más atractivas y brillantes.
Aquella
misma tarde pedí
a nuestro intendente
una
cuartilla de papel
y escribí una
extensa petición
de ingreso en el Partido.
Fui con la
cuartilla donde Shebálov.
Estaba
ocupado
con nuestro intendente
y con Piskariov,
nombrado jefe de compañía en lugar de Galda.
Me
senté en un
banco y aguardé
largo rato hasta
que
terminasen sus asuntos.
Mientras duró la
conversación, Shebálov alzó la cabeza varias veces
y
me miró fijamente,
como si quisiera
adivinar para
qué habría venido yo.
Cuando
se marcharon el
intendente y el
jefe de
compañía
Piskariov, Shebálov sacó
el libro de
campaña,
anotó algo, requirió
al enlace para
que
llamase a Sújarev y sólo después se volvió a mí y
me
interrogó:
- Bueno... ¿qué quieres?
-
Camarada Shebálov... he
venido a verlo,
camarada
Shebálov... -respondí, acercándome
a la
mesa y sintiendo que me corría por todo el cuerpo
un
ligero escalofrió.
- ¡Ya veo
que has venido a
verme! -agregó, algo
más suave, adivinando, probablemente, mi emoción-.
Ea, dime lo que te trae.
Se me fue
de la memoria
todo lo que
le quería
decir
antes de pedirle
el aval para
ingresar en el
Partido,
toda la larga
explicación, con la
que quería
persuadirlo de que, a pesar de sentirme culpable
por
Chubuk
y por haberlo
engañado en cuanto
a Fedia,
en el fondo
yo no era
así, ni había
sido siempre tan
malo, ni lo sería en adelante.
Le
entregué, sin articular
palabra, la cuartilla
escrita.
Cuando
se sumió en
la lectura de
mi extensa
solicitud,
me pareció ver
como si una
tenue sonrisa
se deslizase desde
los ojos hasta
sus agrietados
labios.
Leyó la mitad nada más, y apartó el papel.
Me
estremecí, pues lo
interpreté como una
negativa. Pero aún no había leído esa negativa en
su
semblante,
tranquilo y algo
cansado; en las
pupilas
de sus ojos
grises reflejábanse los
travesaños de la
ventana, ornada con los dibujos de la
escarcha.
- Siéntate -dijo Shebálov.
Tomé asiento.
- ¿Quieres ingresar en el Partido?
- Sí -repuse quedo, pero tenaz.
Me
pareció que Shebálov
me hacía la
pregunta
para
demostrarme solamente lo
imposible de mi
deseo.
- ¿Es grande tu deseo?
- Sí, muy
grande -respondíle en
el mismo tono,
pasando la mirada
al rincón, en
el que estaban
colgados
unos polvorientos iconos,
y creyendo
definitivamente que se estaba riendo de mí.
- Eso es
bueno -volvió a
hablar Shebálov, y sólo
en aquel momento comprendí, por su tono, que no se
reía de mí, sino que me sonreía afectuoso.
Tomó un lápiz,
que estaba entre
migas de pan
esparcidas por encima de la mesa, acercó hacia sí
mi
cuartilla y estampó al pie su firma y el número de
su
carnet.
Hecho
lo cual, se
volvió con el
taburete, las
espuelas y el sable hacia mí, y me dijo,
bondadoso:
-
Ahora, amiguito, ándate
con tiento. Ya
no soy
sólo tu Jefe,
sino algo así como
tu padrino... No me
hagas quedar mal...
- No le
haré quedar mal,
camarada Shebálov -le
respondí
sinceramente, recogiendo de
la mesa el
papel
con innecesaria precipitación-. ¡Por
nada del
mundo les haré quedar mal ni a usted ni a ninguno
de
los camaradas!
- Espera, hombre -dijo, deteniéndome-. Hace falta
otra
firma... ¿A quién
más podríamos tomar
por
75
76
fiador?...
¡A-ah! -exclamó alegre,
al ver entrar
a
repitió, cauto-. ¿Y quién más firma?
Arkadi Gaidar
Sújarev-. A propósito viene.
Sújarev se quitó
el gorro, se
sacudió la nieve,
restregó torpemente las botazas de montar en un
saco
y, apoyando el fusil en la pared, interrogó,
acercando
las manos yertas a la estufa caliente:
- ¿Para qué
me has llamado?
- Para un
asunto. De centinelas...
En el
cementerio,
habrá que alojar
a los muchachos
en la
iglesia...
No le vamos
a dejar que
se hielen... Ahora
vendrá
el pope y
nos pondremos de
acuerdo.
Mientras
tanto, dime... -al
articular esta palabra,
Shebálov se sonrió con picardía y movió la cabeza
en
mi dirección-: ¿qué tal el muchacho en tu
compañía?
- ¿Qué quieres decir con eso de qué tal? -interrogó
Sújarev,
prudente, sonriendo con
todo el rostro,
curtido por el viento.
-
Pues... qué clase
de soldado es.
Ea, dame
referencias suyas como es debido.
- No es
mal soldado -respondió,
luego de
pensarlo-. Cumple bien. No se le ha visto nada
malo.
Lo único que
es algo insensato
y no hace
muchas
amistades con los muchachos después de Fedia. Los
muchachos están que trinan contra Fedia, mal rayo
lo
parta.
Sújarev
se sonó la
nariz y se
la limpió con un
faldón
del capote; la
cara se le
puso aún más
roja y
siguió hablando, enojado:
- ¡Así le
abra la cabeza
un cosaco! ¡Dejar
que
matasen a un jefe de compañía como Galda! ¡Y qué
jefe!
¿Te crees que
vas a encontrar
a otro jefe
de
compañía
como Galda? ¿Acaso
Piskariov es un
jefe
de compañía? Es un leño, y no un jefe de
compañía...
Le he dicho
hoy que diese
patrullas para enlace...
Que yo di
ayer a diez
hombres de más
para hacer
guardia, y él...
-
¡Calla, calla! -interrumpiólo Shebálov-.
No
vengas
con cuentos. Ahora
alabas a Galda,
pero lo
que es antes, siempre estabas riñendo con él. ¿De
qué
diez
hombres de más
estás hablando? No me
engañes. Bueno, de eso ya hablaremos luego... Ahora
dime...
El muchacho pide
el ingreso en
el Partido.
¿Le das el
aval? ¿Por que
pones esos ojos
de
asombro?
Tú mismo estás
diciendo que es
un buen
soldado y no
se la ha
visto nada malo
y lo pasado,
¡no se le va a estar recordando toda vida!
- ¡Eso es así! -accedió Sújarev, rascándose la nuca
y alargando las palabras-. ¡Pero el diablo
sabrá!
- ¡El diablo
no sabe nada!
Tú eres el
jefe de la
compañía,
y militante del
Partido, además. Debes
saber mejor que el diablo si tu soldado rojo vale
para
comunista o no.
- Es buen chico -corroboró Sújarev-. Pero le gusta
presumir. Lo único es que se adelanta sin ton ni
son,
cuando vamos en guerrilla. Por lo demás, nada.
- Pero no
retrocede. ¡No es
un gran pecado!
Bueno, tú verás... ¿Firmas o no?
- No tendría
inconveniente, no es
mal chico -
- Yo. Venga,
siéntate a la
mesa, aquí está
la
solicitud.
- ¡Has firmado tú!... -dijo, tomando en su manaza
de oso el
lápiz-. Eso está
bien, que hayas
firmado
tú...
¡Ya te estoy
diciendo que es
oro puro, pero
le
dieron pocos azotes!
Capítulo decimoquinto
Duraban
ya varios días
los combates por
Novojopiorsk.
Habían entrado en
fuego todas las
reservas
de la división,
y los cosacos
seguían
manteniendo con firmeza sus posiciones.
Al cuarto día, por la mañana, se hizo la
calma.
-
¡Muchachos -exclamó Shebálov
acercándose, a
caballo,
a la compacta
línea del destacamento,
extendido
por la cumbre
de una loma,
desnuda de
nieve-.
Después de comer
emprenderemos la
ofensiva general... Atacaremos con toda la
división.
De su caballo, plateado por la escarcha, emanaba
vaho.
Su sable largo y
pesado brillaba deslumbrante
al sol, y
en medio del
frío campo nevado
resplandecía
el casquete rojo
de su negro
gorro de
piel.
-
Muchachos -repitió con
sonora voz-, hoy
es un
día... muy serio. Si logramos hacerles retroceder
hoy,
no van a
tener donde agarrarse
hasta Boguchar.
Haced
el último esfuerzo,
no me pongáis
en
vergüenza, a mis años, delante de toda la
división.
- No te
hagas el viejo
-le gritó con
voz ronca,
constipada,
Malyguin, al aproximarse-.
Tengo más
años que tú y paso por joven.
- Tú y yo somos un par de botas gastadas -repitió
Shebálov
su refrán de
siempre-. Boris -me
llamó
afable-, ¿cuántos años tienes?
- Voy ya para los dieciséis, camarada Shebálov -le
respondí
con orgullo-. ¡Cumplí
los quince el día
veintidós!
- ¡Ya vas para los dieciséis! -remedóme, fingiendo
indignación-.
¡Qué bueno está
eso de "ya"! Pues
yo
he cumplido ya los cuarenta y seis. ¡A-ah!
Malyguin,
¿qué son quince años? Lo que él vea, nosotros ya no
lo hemos de ver...
- Lo veremos
desde el otro
mundo -le respondió
ronco y con sombría arrogancia Malyguin, liándose a
la garganta una bufanda rota, con galón, de
oficial.
Shebálov
picó ligeramente las
espuelas, y el
caballo,
frío, galopó a
lo largo de
la línea de
hogueras.
-
Boris, ven a
tomar té... ¡Yo
pongo el agua
caliente
y tú el
azúcar! -voceó Vasia
Shmákov,
retirando de la lumbre su caldereta tiznada de
hollín.
- Vasia, yo tampoco tengo azúcar.
- ¿Qué tienes, pues?
- Pan, y te puedo dar también manzanas
heladas.
-
¡Hala, ven acá
con el pan,
pues yo no
tengo
nada! Agua nada más.
-
¡Górikov! -me llamó
otro desde otra
hoguera-,
La escuela
ven aquí.
Me
acerqué a un
grupo de soldados
rojos que
estaban discutiendo.
- Dinos una
cosa -me rogó Grisha Cherkásov, un
muchacho
grueso y pelirrojo,
a quien habíamos
apodado el
Salmista,. Escuchad lo que os va a decir
éste.
¿Has estudiado Geografía?..
Pues dinos qué
pueblo sigue después, desde aquí...
- ¿En qué dirección? Al Sur seguirá Boguchar.
- ¿Y más allá?
- Más allá...
Rostov. ¡Y muchas
ciudades más!
Novorossiisk,
Vladikavkaz, Tiflis, y
más allá está
Turquía. ¿Por qué lo preguntas:
- ¡Aún quedan muchas ciudades! -profirió Grisha,
rascándose,
turbado, una oreja-.
A este paso
nos
tiraremos
aún media vida
combatiendo... Pues yo
había
oído que Rostov
está junto al
mar. ¡Creía que
en eso terminaba todo!
Grisha
miró a los
muchachos, que se
habían
echado
a reír, se
dio una palmada
en un muslo
y
exclamó, confuso:
-
¡Muchachos, pues aún
tendremos que pelear
mucho!
Las conversaciones se fueron acallando.
De la
retaguardia venía; a galope,
por el camino,
un
jinete. Shebálov fue
al trote a
su encuentro. Una
pieza
de artillería disparó
dos veces más
en un
flanco...
- La primera
compañía, ¡a formar!
-ordenó
Sújarev con estridente voz, levantando y
extendiendo
los brazos.
Horas después, de los blancos montones de nieve
se alzaron los
soldados, en orden
abierto. Nuestro
destacamento,
desangrado y con
nieve hasta las
rodillas,
avanzó, desplegado, bajo
el fuego de
ametralladoras
y artillería, para
dar el último
golpe,
el
golpe decisivo. Cuando
las unidades avanzadas
irrumpían ya en los arrabales, una bala me hirió en
el
costado derecho.
Di un traspié y caí, sentado, en la nieve
pisoteada.
"No
es nada -pensé-,
no es nada.
Puesto que no he
perdido el conocimiento, no me han matado... Y si
no
me han matado, sanaré".
Los de infantería
veíanse, cual puntos
negros,
lejos, por delante.
"No es nada -pensé, sujetándome a un arbusto
con
la mano y
apoyando la cabeza
en las ramas-.
Los
camilleros vendrán pronto y me
recogerán".
El
campo quedó en
silencio, pero en
el sector
contiguo
aún se combatía. Por
allí zumbaban sordos
unos
nubarrones, elevó se
una bengala solitaria
y
pendió del cielo cual cometa de ígneo color
amarillo.
La
sangre caliente me
empapaba la guerrera.
"¿Qué
pasará si los
camilleros no vienen
y yo me
muero?", pensé, cerrando los ojos.
Una
chova, grande y
negra, se posó
en la sucia
nieve y avanzó,
rauda, a cortos
pasos, hacia un
montón de boñigas de caballo que había cerca de mí.
Pero
volvió, alarmada súbitamente,
la cabeza, me
miró de reojo y, agitando las alas, remontó el
vuelo.
Las
chovas no temen
a los muertos.
Si yo me
muriese,
desangrado, ella volvería
y se posaría
a mi
lado, sin miedo.
Sentía la cabeza débil y se me movía lentamente,
como si expresara un reproche. En el flanco derecho
zumbaban
más y más
sordos los montones
de nieve
levantados
por las explosiones,
y se encendían
con
mayor ruido y frecuencia las bengalas.
La
noche envió de
patrulla a miles
de estrellas
para
que yo las
viera otra vez.
Envió también a la
luna clara. Me puse a pensar en Chubuk, el
Gitanillo
y el Hurón... En que habían vivido, luego perecido,
y
yo también dejaría de vivir. Recordé que el
Gitanillo
me dijo en
una ocasión: "A
partir de entonces
me
puse en camino en busca de una vida luminosa".
"¿Y
piensas
encontrarla?” -le interrogué,
y él me
respondió:
"Yo solo no
la encontraría, pero
todos
juntos debemos encontrarla... Porque tenemos mucho
empeño".
- ¡Sí, sí!
Todos juntos -susurré, asiéndome
a este
pensamiento-, todos juntos, sin falta.
Se me cerraron
los ojos y
me pasé largo
rato
pensando,
sin hablar, en
algo que no
se me quedó
grabado en la memoria, pero muy agradable.
- ¡Boris! -oí un susurro jadeante.
Abrí
los ojos. Casi
a mi lado,
abrazando
fuertemente
el tronco, astillado
por un proyectil,
de
un
abedul nuevo, estaba
sentado Vasia Shmákov.
Había perdido el gorro y tenía fija la mirada, a
través
de la húmeda
niebla del denso
crepúsculo, allí
delante, donde rutilaban en dorada cadenilla las
luces
de la lejana estación.
- Boris -oí
su murmullo-, la
hemos tomado, a
pesar de todo.
- La hemos tomado -respondí, quedo.
Abrazó
con más fuerza
aún el abedul,
nuevo y
roto, me miró, sonriéndome apacible por última vez,
y
desplomó la cabeza
en silencio sobre
un arbusto,
que se estremeció.
Se vio una lucecita... otra... Oyó se el leve y
triste
sonido de un cornezuelo. Eran los camilleros.

