Libro N° 7051. Historia De La Ciencia. Crombie, Alister.
© Libro N° 7051.
Historia De La Ciencia. Crombie, Alister. Emancipación. Marzo 7 de 2020.
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original: © Historia
De La Ciencia. Alister Crombie
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Crombie
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Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
HISTORIA DE LA CIENCIA
Alister Crombie
CONTENIDO
Agradecimientos
1. El método científico y los progresos de la
Física al final de la Edad Media
2. La revolución del pensamiento científico en los
siglos XVI y XVII
Láminas
Bibliografía
Historia de
la ciencia
Alister
Crombie
Agradecimientos
Agradezco la aportación de fotografías para las ilustraciones: al
bibliotecario de la Universidad de Cambridge (fig. 5 y láminas 4, 9, 11, 12,
14, 16, 17, 20, 21, 23 a y b); al director del
British Museum, Londres (fig. 3); al bibliotecario de la Bodley, Oxford (fig. 4
y láminas 2, 3, 5, 6, 7, 8, 10, 15, 18, 22). Prestaron clichés para las
ilustraciones los señores William Heinemann Ltd. (lámina 19).
Capítulo 1
El método científico y progresos de la física al final de la Edad Media
Contenido:
1.1 El método científico de los escolásticos
tardíos
1.2. La materia y el espacio en la física medieval tardía
1.3. Dinámica: terrestre y celeste
1.4. La física matemática al final de la Edad Media
1.5. La continuidad de la ciencia medieval y la del siglo XVII
1.1. El método científico de los escolásticos
tardíos
La actividad intelectual y práctica que se manifestó en los descubrimientos de
hechos científicos y en el desarrollo de la tecnología, realizados en los
siglos XIII y XIV se manifiesta también en la crítica puramente teórica de la
concepción de la ciencia y de los principios fundamentales elaborados por
Aristóteles que tuvo lugar en esa misma época. Estas críticas iban a producir
el derrocamiento de todo el sistema de la física de Aristóteles. Gran parte de
ellas se desarrollaron dentro del mismo pensamiento científico aristotélico. De
hecho se puede considerar a Aristóteles como una especie de héroe trágico
atravesando a zancadas el mundo de la ciencia medieval. Desde Grosetesta a
Galileo, él ocupó el centro de la escena, seduciendo las mentes de los hombres
con la promesa mágica de sus conceptos, excitando sus pasiones y dividiendo sus
lealtades. En último término, les obligó a volverse contra él como una
consecuencia efectiva de la clarificación progresiva de su empresa; e incluso
les proporcionó, desde las profundidades de su propio sistema, muchas de las
armas con que fue atacado.
Las más importantes de estas armas nacieron de las nuevas ideas sobre el método
científico, especialmente de las nuevas ideas sobre la inducción y el
experimento, y sobre el papel de las matemáticas en la explicación de los
fenómenos físicos. Estas ideas condujeron gradualmente a un concepto
completamente diferente del tipo de problemas que debían plantearse en las
ciencias naturales, el tipo de problema al que, de hecho, los métodos
experimentales y matemáticos podían dar una respuesta. El terreno en el que el
nuevo tipo de problemas iba a producir sus mayores efectos desde mediados del
siglo XVI fue la Dinámica, y fueron las ideas aristotélicas sobre el espacio y
el movimiento a las que correspondió la crítica más radical durante la última
parte de la Edad Media. El efecto de esta crítica escolástica fue el de minar
las bases de todo el sistema de la Física (excepto la Biología) y desbrozar el
camino para el nuevo sistema edificado con los métodos experimental y
matemático. A finales del período medieval se dio un nuevo impulso a las
matemáticas y a la física matemática gracias a la traducción al latín y a la
impresión de algunos textos griegos desconocidos o poco conocidos hasta
entonces.
Cuando se leen obras científicas medievales, se debe recordar siempre que
fueron escritas, de la misma forma que se escribe una obra científica actual,
en el contexto de un tipo de exposición aceptado y de una determinada conexión
de problemas. El contexto académico de la exposición de la lógica y del método,
lo mismo que de las matemáticas y de la ciencia de la naturaleza, era
fundamentalmente el curso de artes, y aquellos que estudiaban Medicina veían
ampliado su ámbito en algunas ramas de la Ciencia. La forma normal de
exposición era la del comentario, que ya en el siglo XIV se había transformado
en el método de proponer y tratar problemas específicos o quaestiones (vide vol.
I, pp. 27, 137, 166, 204). Un lector actual puede verse confundido al leer un
comentario o un tratado que aborda el tratamiento de un problema en su punto
central y que supone no solamente un conocimiento del contexto y cuestiones
previas, sino también de la manera y métodos apropiados de proponer una
solución. En verdad, las obras científicas medievales no son siempre
autoclarificadoras o fáciles de leer. Muchas de ellas casi parecen estar
diseñadas especialmente para engañar al lector del siglo XX. Nos confundiremos si
no nos damos cuenta de que el comentario no era simplemente una exposición del
texto de Aristóteles o de alguna otra «autoridad», sino que aquél, y en un
grado mayor las quaestiones, era un modo de presentar críticas
y de proponer resultados y soluciones originales. E igualmente nos
confundiríamos si traducimos las más aparentemente modernas de estas soluciones
originales a expresiones del siglo XX, y olvidamos el contexto de hipótesis y
concepciones en las que fueron propuestas y a los problemas de entonces a los
que querían dar respuesta. El hecho de que tantos problemas en la ciencia
medieval (y antigua) recubren problemas similares en el contexto de la ciencia
actual puede ser el mayor obstáculo para la comprensión histórica.
La gran idea recobrada durante el siglo XII, que hizo posible la expansión
inmediata de la Ciencia a partir de ese momento, fue la idea de la explicación
racional, como la demostración formal o geométrica; esto es, la idea de que un
hecho concreto es explicado cuando podía ser deducido de un principio más
general. Esto se produjo gracias a la recuperación gradual de la lógica de
Aristóteles y de la matemática griega y árabe. La idea de la demostración
matemática fue, en efecto, el gran descubrimiento de los griegos en la Historia
de la Ciencia, y la base no sólo de sus importantes contribuciones a la misma
matemática y a las ciencias físicas, como la Astronomía y la Óptica geométrica,
sino también la base de gran parte de su Biología y Medicina. Su talante mental
consistía en concebir, en lo posible, la Ciencia como una cuestión de
deducciones a partir de principios primeros indemostrables.
En el siglo XII se desarrolló esta noción de la explicación racional en primer
lugar entre los lógicos y filósofos que no se dedicaban primordialmente a la
ciencia de la naturaleza, sino que se orientaban a captar y exponer
los principios, primero, de la lógica vetus o «lógica antigua»
basada en Boecio y, más avanzado el siglo, de los Analíticos
posteriores de Aristóteles y de varias obras de Galeno. Lo que
hicieron estos lógicos fue emplear la distinción, que proviene en último
término de Aristóteles, entre el conocimiento experimental de un hecho y el
conocimiento racional de la razón o causa del hecho; entendían por éste el
conocimiento de algún principio anterior o más general del cual se podía
deducir el hecho. El desarrollo de esta forma de racionalismo fue, en efecto,
parte de un movimiento intelectual general en el siglo XII; y no solamente los
escritores científicos, como Adelardo de Bath y Hugo de San Víctor, sino
también los teólogos, como San Anselmo, Ricardo de San Víctor y Abelardo,
intentaron disponer sus temas de acuerdo con este método matemático-deductivo.
La Matemática era para estos filósofos del siglo XII la
ciencia racional modelo y, como buenos discípulos de Platón y San Agustín,
sostuvieron que los sentidos eran engañosos y solamente 1a razón podía alcanzar
la verdad.
Aunque la Matemática fue considerada en el siglo XII como la ciencia
modelo, los matemáticos occidentales no se hicieron dignos de esta reputación
hasta comienzos del siglo XIII. La matemática práctica conservada en los
monasterios benedictinos durante la primera parte de la Edad Media, y enseñada
en las escuelas catedralicias y monacales fundadas por Carlomagno al final del
siglo VIII, era muy elemental y se limitaba a lo preciso para llevar las
cuentas, calcular la fecha de la Pascua y medir la tierra para deslindar. Al
final del siglo X, Gerberto inició una reavivación del interés por la
Matemática, de la misma forma que hizo por la Lógica, recogiendo los tratados
de Boecio sobre estos temas. Aunque el tratado de Boecio sobre la Matemática
contenía una idea elemental del tratamiento de problemas teóricos basado en las
propiedades de los números, la llamada Geometría de Boecio era,
de hecho, una compilación tardía de la que había desaparecido la mayor parte de
sus contribuciones. Contenía algunos de los axiomas, definiciones y
conclusiones de Euclides, pero consistía principalmente en una descripción del
ábaco, el artificio usado generalmente para calcular, y de métodos prácticos de
Agrimensura y temas parecidos. Las obras de Casiodoro y de Isidoro de Sevilla,
las otras fuentes del saber matemático de la época, no contenían nada nuevo
(vol. I, páginas 26-28).
El mismo Gerberto escribió un tratado sobre el ábaco e incluso mejoró el modelo
corriente introduciendo ápices, y durante los siglos XI y XII se hicieron otras
pocas añadiduras a la matemática práctica, pero hasta el final del siglo XII la
matemática occidental continuó siendo casi enteramente una ciencia práctica.
Los matemáticos de los siglos XI y XII pudieron utilizar las conclusiones de
los geómetras griegos para fines prácticos, pero no fueron capaces de demostrar
esas conclusiones, incluso aunque los teoremas del primer libro de los Elementos, de
Euclides, fueron conocidos durante el siglo XI y la obra completa traducida por
Adelardo de Bath a principios del siglo XII. Son ejemplos de la Geometría del
siglo XI el intento de Francón de Lieja para conseguir la cuadratura del
círculo cortando trozos de pergamino y la correspondencia entre Raimbaud de
Colonia y Radolf de Lieja, en la que cada uno intentaba vanamente vencer al
otro en un ensayo sin éxito de demostrar que la suma de los ángulos de un
triángulo es igual a dos rectos. Hasta finales del siglo XII apenas se
encuentra alguna obra más valiosa.
En la Aritmética la situación era algo mejor debido a la conservación del
tratado de Boecio sobre el tema. El mismo Francón, por ejemplo, fue capaz de
demostrar que era imposible expresar racionalmente la raíz cuadrada de un
número que no era un cuadrado perfecto. Los progresos importantes que tuvieron
lugar en la matemática occidental a principios del siglo XIII se realizaron
primero en los campos de la Aritmética y el Algebra, y esto se debió en gran
parte al desarrollo de esta tradición antigua por dos sabios con originalidad.
El primero fue Leonardo Fibonacci de Pisa, que realizó la primera exposición
latina completa del sistema arábigo, o hindú, de los números de su Líber
Abad en 1202 (vide vol. I, p. 56). En obras
posteriores hizo algunas aportaciones muy originales al Algebra teórica y a la
Geometría; su saber básico se derivaba primordialmente de fuentes árabes, pero
también de Euclides, Arquímedes, Herón de Alejandría y de Diofanto, del siglo
III a. de C., el mayor de los tratadistas griegos de Algebra. Fibonacci
sustituyó en algunas ocasiones los números por letras con el fin de generalizar
sus demostraciones. Desarrolló el análisis indeterminado y la secuencia de números
en la que cada uno es igual a la suma de los dos precedentes (llamada ahora
«serie de Fibonacci»), interpretó el resultado negativo como deuda, utilizó el
Algebra para resolver problemas geométricos (una innovación notable) y
solucionó varios problemas que implicaban ecuaciones de cuarto grado.
El segundo matemático con originalidad en el siglo XIII fue Jordano Nemorarius,
que no manifiesta huellas de influjo árabe, sino que desarrolló la tradición
grecorromana aritmética de Nicómaco y Boecio, en especial la teoría de los
números. Jordano hizo habitualmente uso de letras en los problemas aritméticos
con vistas a la generalización, y desarrolló ciertos problemas algebraicos que
conducían a ecuaciones lineales y de cuarto grado. Fue también un geómetra
original. Sus tratados contienen discusiones de antiguos problemas, como el de
la determinación del centro de gravedad de un triángulo, y también la primera
demostración general de la propiedad fundamental de la proyección
estereográfica, que los círculos se proyectan como círculos (cf. vol. I, pp.
109-112).
Después de Jordano hubo un progreso gradual tanto en la geometría occidental
como en otras partes de la Matemática. Apareció un gran número de ideas
originales importantes. En una edición de los Elementos de
Euclides, compuesta por Campanus de Novara alrededor de 1252, y que siguió
siendo un manual clásico hasta el siglo XVI, éste incluía un estudio de las
«cantidades continuas», a las que había llegado al considerar que el ángulo de
contingencia entre una curva y su tangente es menor que cualquier ángulo entre
dos líneas rectas. Haciendo uso de una inducción matemática que finalizaba^ en
una reductio ad absurdum, demostró también la irracionalidad
de la «sección áurea» o «número áureo», es decir, la división de una línea
recta de forma que la razón de la sección menor a la mayor es igual a la de la
mayor al todo. Calculó también la suma de los ángulos de un pentágono
estrellado. En el siglo XIV, la comprensión del principio de la demostración
geométrica hizo posible los perfeccionamientos introducidos en la Trigonometría
por John Maudit, Ricardo de Wallingford y Levi ben Gerson (vide vol.
I, página 94), y en la teoría de las proporciones por Tomás Bradwardino y sus
sucesores del Merton College, en Oxford, y por Alberto de Sajonia y otros en
París y Viena. Esta obra sobre las proporciones, como la obra notable de
Nicolás de Oresme sobre el empleo de las coordenadas y el empleo de gráficas
para representar la forma de una función, se desarrolló principalmente en
conexión con ciertos problemas de Física; será estudiada más adelante. También
fueron de gran importancia las mejoras introducidas en los métodos de cálculo
en el sistema de numerales hindú durante los siglos XIII y XIV. Los métodos de
multiplicación y división empleados por los hindúes y musulmanes habían sido
muy imprecisos. El método moderno de multiplicación fue introducido desde
Florencia, y la técnica moderna de división también fue inventada a finales de
la Edad Media. Esto hizo de la división un asunto corriente para la
contabilidad casera, mientras que antes había sido una operación tremendamente
difícil incluso para los matemáticos avezados. Los italianos inventaron también
el libro de cuentas con el sistema de doble entrada, y se manifiesta el
carácter comercial de sus preocupaciones en sus libros de Aritmética, en los
que los problemas trataban de cuestiones prácticas, como la asociación, el
cambio, el interés simple y el compuesto y el descuento.
La recuperación de la idea de ciencia demostrativa, en la que un hecho es
explicado cuando puede ser deducido de un principio primero y más general, y
los grandes avances en la técnica matemática que ocurrieron en la Cristiandad
occidental durante el siglo XIII, fueron las principales conquistas
intelectuales que hicieron posible la ciencia del siglo XIII. Pero los
filósofos de la naturaleza medievales no se detuvieron en esto en sus
reflexiones sobre el método científico. En efecto, el nuevo saber suscitó
problemas metodológicos importantes, de la misma forma que problemas generales
de teoría científica. Fueron particularmente importantes los problemas, en la
ciencia de la naturaleza, de cómo llegar a los primeros principios o a la
teoría general de la que ha de provenir la demostración o explicación de los
hechos concretos, y cómo distinguir, de entre varias teorías posibles, la
errónea y la verdadera, la defectuosa y la completa, la inaceptable y la
aceptable. Los filósofos medievales, al estudiar estos problemas, investigaron
la relación lógica entre los hechos y las teorías, o entre los datos y las
explicaciones, los procesos de adquisición del conocimiento científico, el empleo
del análisis inductivo y experimental para parcelar un fenómeno complejo en sus
componentes elementales, el carácter de la verificación y de la invalidación de
las hipótesis y la naturaleza de la causalidad. Comenzaron a elaborar el
concepto de la ciencia de la naturaleza como siendo en principio inductiva y
experimental tanto como matemática, y comenzaron a desarrollar los
procedimientos lógicos de la investigación experimental que caracteriza
fundamentalmente la diferencia entre la ciencia moderna y la antigua.
En la Antigüedad clásica aparecieron varias concepciones totalmente diferentes
del método científico dentro del esquema general de la ciencia demostrativa. El
método de postulados patrocinado por Euclides se convirtió en el más eficaz en
la aplicación a los temas muy abstractos de la matemática pura y de la
astronomía matemática, de la Estática y de la Optica. En su carácter más puro
no era experimental: se derivaban largas cadenas de deducciones a partir de
premisas que eran aceptadas como autoevidentes. Por ejemplo, la mayor parte de
los problemas investigados por Arquímedes, el mayor representante griego de
este método, no exigía, incluso en la física matemática, ningún experimento: al
formular la ley de la balanza y de la palanca, Arquímedes apelaba no al
experimento, sino a la simetría. Pero en asuntos más complejos, en particular
en la Astronomía, las hipótesis postuladas debían probarse mediante la
comparación de las conclusiones cuantitativas, deducidas de ellas, con la
observación.
El método dialéctico de Platón estaba próximo a este modo de argumentación; en
él la argumentación era guiada por la aceptación provisional de una proposición
y procedía luego a demostrar que o ella conducía a una autocontradicción o a
una contradicción con algo aceptado como verdadero, o que no llevaba a
contradicción. Esto daba base para aceptarla o rechazarla. El equivalente
matemático de esta forma de argumentación es la reductio ad absurdum empleada
ampliamente por los matemáticos griegos.
Muchos físicos griegos, al intentar estudiar no meramente temas matemáticos
abstractos, sino problemas más difíciles de la materia (viva o
inerte), adoptaron nuevamente una forma del método de postulados, proponiendo
partículas teoréticas, inobservables, con las que se construía un mundo teórico
que debía adecuarse al mundo observado. De esto es un ejemplo sobresaliente la
teoría de Demócrito de los átomos y del vacío; otro es la física del Timeo de
Platón (vide vol. I, pp. 41-43, e infra, pp.
41-42).
El método vigorosamente empírico de Aristóteles contrasta con esta aproximación
abstractamente teórica. En lugar de postular explícitamente entidades
inobservables para explicar el mundo observado, su procedimiento básico
consistía en analizar las realidades observables directamente en sus partes y
principios y reconstruir luego el mundo racionalmente a partir de los
constituyentes descubiertos (vide vol. I, pp. 70-71). Este
método no implicaba largas cadenas de deducciones, como se encuentran en
Euclides, sino que mantenía sus conclusiones lo más próximas posibles a las
cosas tal como eran observadas.
La historia del pensamiento griego sobre el método científico podemos
representarla como un intento por parte de los matemáticos para imponer un
esquema claramente postulador, que provocó la resistencia de quienes poseían,
especialmente en la Medicina, una mayor experiencia de los enigmas de la
materia. El drama puede ser seguido dentro de las mismas obras médicas de
Hipócrates y continuado entre los físicos y fisiólogos de Alejandría. Este
drama suscitó en un extremo un dogmatismo excesivo sobre la posibilidad de
descubrir las causas, y en el otro las ideas escépticas de los sofistas y de la
escuela empírica de Medicina. Continuó en la Edad Media, con la complicación
adicional de que las traducciones disponibles no siempre permitían que las
verdaderas ideas de los autores clásicos fueran claramente apreciadas o
respetadas. Grosetesta interpretó claramente a Aristóteles en un sentido
platónico e introdujo en su lógica ejemplos de postulados tomados de Euclides.
Entre los autores griegos antiguos conocidos en los comienzos del siglo XIII, solamente
Aristóteles y algunos autores médicos, en especial Galeno, habían estudiado
seriamente el aspecto inductivo y experimental de la Ciencia; el mismo
Aristóteles era, por supuesto, un médico. Algunos de los seguidores de
Aristóteles en el Liceo y en Alejandría, en particular Teofrasto y Estratón,
tuvieron una comprensión muy clara de algunos de los principios generales del
método experimental, y parece que se realizaban experimentos habitualmente por
los miembros de la escuela de Medicina de Alejandría. Pero las obras de estos
autores eran casi desconocidas en la Edad Media. Incluso en su propia época,
sus métodos no tuvieron el efecto transformador sobre la ciencia griega que
iban a tener los métodos iniciados en la Edad Media sobre el mundo moderno.
Entre los árabes, algunos científicos realizaron experimentos: por ejemplo,
Alkindi y Alhazen, al-Shirazi y al-Farisi, en Óptica, y Rhazes, Avicena y otros
en Química, y algunos médicos árabes, especialmente Ali ibn Ridwan y Avicena,
hicieron aportaciones a la teoría de la inducción. Pero por una razón u otra,
la ciencia árabe no llegó a hacerse completamente experimental en su
concepción, aunque fue, sin duda, el ejemplo de la obra árabe lo que estimuló
algunos de los experimentos realizados por los autores cristianos, por ejemplo,
Roger Bacon y Teodorico de Freiberg y posiblemente Petrus Peregrinus, tratados
en las páginas anteriores.
Antes de que la concepción griega de la Ciencia fuera enteramente recuperada,
algunos estudiosos occidentales del siglo XII demostraron
tanto que eran conscientes de la necesidad de pruebas en la Matemática, incluso
aunque no pudieran darlas, como de que defendían, al menos en principio, que la
naturaleza debe ser investigada por medio de la observación. El dicho nihil
est in intellectu quod non prius fuerit in sensu se convirtió en lugar
común, y un filósofo de la naturaleza como Adelardo de Bath describió
experimentos sencillos y posiblemente realizó algunos de ellos. Al mismo
tiempo, los estudiosos dieron un valor creciente a las aplicaciones prácticas
de la Ciencia y a la exactitud y a la destreza manual desarrollada en las artes
prácticas (vide vol. I, pp. 161 y ss.). En el siglo XIII, el
conocimiento del concepto griego de la explicación teórica y de demostración
matemática, conseguido gracias a las traducciones de obras clásicas y árabes,
puso a los filósofos en una posición propicia para convertir el empirismo
teórico ingenuo de sus predecesores en un concepto de la Ciencia que fuera a la
vez experimental y demostrativa. De forma característica hicieron un intento,
al recibir la ciencia antigua y árabe en el mundo occidental, no solamente para
dominar su contenido técnico, sino también para comprender y prescribir sus
métodos, y de ese modo se encontraron embarcados en una nueva empresa
científica que les pertenecía por entero.
No se ha de suponer que este concepto filosófico de la ciencia experimental,
desarrollado ampliamente en comentarios a los Analíticos posteriores de
Aristóteles y en los problemas contenidos en ellos, iba acompañado por una
confianza ingenua en el método experimental tal como se la encuentra en el
siglo XVII. La ciencia medieval se mantuvo en general dentro de la estructura
de la teoría aristotélica de la naturaleza, y no siempre las deducciones de
esta teoría eran rechazadas por completo, aun cuando se contradecían con los
resultados de los nuevos procedimientos matemáticos, lógicos y experimentales.
Incluso en medio de obras excelentes por otros conceptos, los científicos
medievales mostraron una extraña indiferencia por las medidas exactas, y se les
podría acusar de falsear datos, basados frecuentemente en experimentos
imaginarios copiados de autores antiguos, que la simple observación podía haber
corregido. No hay que suponer que cuando se aplicaron los nuevos métodos
experimentales y matemáticos a los problemas científicos, esto se debió siempre
al resultado de discusiones teóricas del método. De hecho, los
ejemplos de investigaciones científicas emprendidas en aplicación de una
concepción consciente del método tuvieron frecuentemente poco interés
científico; mientras que algunos de los tratados científicos más interesantes,
en especial los escritos durante el siglo XIII —por ejemplo, el de Jordano
sobre Estática, el de Gerardo de Bruselas sobre Cinemática, el de Pedro
Peregrinus sobre Magnetismo—, contienen muy poca o ninguna consideración de los
problemas del método. Esto no significa que sus autores no estuvieran
influenciados por las discusiones metodológicas; la obra de Gerardo de Bruselas
ilustra ciertamente el influjo, no de las ideas de los filósofos, sino del
modelo de Arquímedes, el mayor de los físicos matemáticos griegos, cuyas obras
tuvieron un papel en el desarrollo del pensamiento científico en la Edad Media
que es objeto todavía de investigación histórica[1]. En el siglo XIV, la influencia de las discusiones
filosóficas sobre el método de la investigación de los problemas es tan
evidente como importante. Pero los ejemplos mencionados demuestran que en la
Edad Media, como en otras épocas, las discusiones metodológicas e
investigaciones científicas pertenecían a dos corrientes distintas, incluso
aunque sus aguas estuvieran a menudo tan profundamente mezcladas como lo
estuvieron ciertamente en todo el período que estudiamos a continuación.
Entre los primeros en entender y utilizar la nueva teoría de
la ciencia experimental se encuentra Roberto Grosetesta, que fue el auténtico
fundador de la tradición del pensamiento científico en el Oxford medieval y, en
cierta medida, de la tradición intelectual inglesa moderna. Grosetesta unió en
sus propias obras las tradiciones experimental y racional del
siglo XII y puso en marcha una teoría sistemática de la
ciencia experimental. Parece que estudió Medicina, Matemáticas y Filosofía,
de modo que estaba bien equipado. Basó su teoría de la Ciencia en primer lugar
sobre la distinción de Aristóteles entre el conocimiento de un hecho (demonstrado
quia) y el conocimiento de la razón de ese hecho (demonstrado
propter quid). Su teoría poseía tres aspectos esencialmente distintos
que, de hecho, caracterizan todas las discusiones de Metodología hasta el siglo
XVII y, ciertamente, hasta nuestros días: el inductivo, el experimental y el
matemático.
Grosetesta sostuvo que el problema de la inducción consistía en descubrir la
causa a partir del conocimiento del efecto. Siguiendo a Aristóteles, afirmó que
el conocimiento de hechos físicos concretos se obtenía a través de los
sentidos, y que lo que los sentidos percibían eran objetos compuestos. La
inducción implicaba el desmenuzamiento de estos objetos en los principios o
elementos que los producían o que causaban su comportamiento; y concibió la
inducción como un proceso creciente de abstracción que iba de lo que
Aristóteles había dicho era «más cognoscible para nosotros», esto es, el objeto
compuesto percibido por los sentidos, a los principios abstractos primeros en
el orden de la naturaleza, pero menos cognoscibles de primer intento por
nosotros. Debemos proceder inductivamente de los efectos a las causas antes de
que podamos proceder deductivamente de la causa al efecto. Lo que debía hacerse
al intentar explicar un conjunto concreto de hechos observados era, por tanto,
llegar a establecer o definir el principio o «forma sustancial» que los
causaba. Como escribía Grosetesta en su comentario a la Física de
Aristóteles:
Puesto que buscamos el conocimiento y la
comprensión por medio de principios, para que podamos conocer y comprender las
cosas naturales, debemos en primer lugar determinar los principios que
pertenecen a todas las cosas. El camino natural para que podamos alcanzar el
conocimiento de los principies es partir de aplicaciones universales e ir a
estos principios, partir de conjuntos que correspondan a estos precisos
principios... Luego como, hablando en general, el procedimiento para adquirir
conocimiento es ir de los conjuntos compuestos universales a las especies más
concretas, de la misma forma, partiendo de conjuntos completos que conocemos
confusamente... podemos volver a esas partes precisas por medio de las cuales
es posible definir el conjunto y, a partir de esta definición, alcanzar un
conocimiento determinado del conjunto... Todo agente tiene lo que ha de ser
producido, en alguna forma ya descrito y formado dentro de él; y de ese modo,
la «naturaleza» como agente tiene las cosas naturales que han de ser producidas
de algún modo descritas y formadas dentro de ella misma. Esta descripción y
forma (dercriptio et formalio), que existe en la naturaleza misma de las cosas
que han de ser producidas, antes de que sean producidas, es llamada, por tanto,
conocimiento de su naturaleza.[2]
Todas las discusiones del método científico deben presuponer una
filosofía de la naturaleza, una concepción del tipo de causas y de principios
que el método puede descubrir. A pesar de la influencia platónica manifestada
en la significación fundamental que dio a la Matemática en el estudio de la
Física, la estructura de la filosofía de Grosetesta era esencialmente
aristotélica. Consideraba la definición de los principios que explican un
fenómeno, de hecho, una definición de las condiciones necesarias y suficientes
para producirlo, enteramente dentro de las categorías de las cuatro causas
aristotélicas. Como escribía en el De Natura Causarum (publicado
por L. Baur en su edición de las obras filosóficas de Grosetesta en Beitráge
zur Geschichte der Philosophie des Mittelalter, Münster, 1912, vol.
IX, p. 121);
Así tenemos cuatro géneros de causas, y por éstas,
cuando existen, debe ser una cosa causada en su realidad completa. Porque una
cosa causada no puede seguirse de la existencia de cualquier otra causa,
excepto estas cuatro, y ésa solamente es una causa de cuya existencia se sigue
algo. Por tanto, no hay más causas que éstas, y de este modo hay en estos
géneros un número de causas que es suficiente.
Para llegar a esta definición, Grosetesta describió primero un proceso
doble que él llamó «resolución y composición». Estos términos provenían de los
geómetras griegos y de Galeno y otros autores clásicos posteriores, y eran
naturalmente la mera traducción latina de las palabras griegas que significan
«análisis y síntesis»[3]. Grosetesta derivó el principio fundamental de su
método de Aristóteles, pero lo desarrolló de una forma más completa de lo que
había hecho Aristóteles. El método seguía un orden definido. Por medio del
primer procedimiento, resolución, mostraba cómo ordenar y clasificar, según
semejanzas y diferencias, los principios componentes o elementos que
constituían un fenómeno. Esto le proporcionaba lo que él llamaba la definición
nominal. Comenzó coleccionando casos del fenómeno que estaba examinando y
anotando los atributos que todos ellos tenían en común, hasta que llegó a la
«fórmula común» que establecía la conexión empírica observada; se sospechaba
que existía una conexión causal cuando se hallaba que los atributos estaban
frecuentemente asociados juntos. Luego, por medio del proceso contrario de la
composición, reordenando las proposiciones de forma que las más particulares
parecieran derivarse deductivamente de las más generales, demostraba que la
relación de lo general a lo particular era una relación de causa a efecto, es
decir, disponía las proposiciones en un orden causal. Ilustró su método
mostrando cómo llegar al principio común que hacía que los animales tuvieran
cuernos, lo cual, como decía en su comentario a los Analíticos
posteriores, libro 3, capítulo 4, «se debe a la falta de dientes en la
mandíbula superior de estos animales a los que la naturaleza no da otros medios
de defensa que sus cuernos», como hace con el ciervo con su rápida carrera y
con el camello con su gran cuerpo. En los animales cornudos, la materia
terrestre que debería haber ido a formar los dientes superiores iba, en vez de
eso, a formar los cuernos. Añadía: «No tener dientes en ambas mandíbulas es
también causa de tener varios estómagos», correlación que él atribuía a la
masticación deficiente de los alimentos por los animales con una hilera de
dientes.
Grosetesta, además de este proceso ordenado por el que se llegaba al principio
causal por resolución y composición, consideró también, como había hecho
Aristóteles, la posibilidad de una teoría o principio que explicara los hechos
observados repetidamente y que fuera conseguida por un salto repentino o por
intuición o imaginación científica. En todo caso, se presentaba luego un
problema final, a saber, el de cómo distinguir entre las teorías falsas y las
verdaderas. Esto obligaba a introducir el uso de experimentos pensados
especialmente o, donde no era posible interferir con las condiciones naturales,
por ejemplo, en el estudio de los cometas o de los cuerpos celestes, el hacer observaciones
que pudieran dar la respuesta a las preguntas específicas.
Grosetesta sostuvo que no siempre era posible en la ciencia de la naturaleza el
llegar a una definición completa o a un conocimiento absolutamente cierto de la
causa o forma de la que provenía el efecto, al contrario de lo que ocurría, por
ejemplo, con los temas abstractos de la Geometría, como los triángulos. Se
podía definir perfectamente un triángulo por algunos de sus atributos, por
ejemplo, definiéndolo como una figura limitada por tres líneas rectas; a partir
de esta definición se podía deducir analíticamente todas sus otras propiedades,
de manera que causa y efecto eran recíprocos. Esto no era posible con las
realidades materiales porque el mismo efecto podía provenir de más de una causa,
y no era siempre posible conocer todas las eventualidades. «¿Puede conocerse la
causa a partir del conocimiento del efecto de la misma forma que se puede
demostrar que el efecto se deriva de la causa? --escribía en el libro 2,
capítulo 5, de su comentario a los Analíticos posteriores—. ¿Puede
un efecto tener muchas causas? Porque si una causa determinada no puede ser
conocida a partir del efecto, ya que no hay ningún efecto que no tenga alguna
causa, se sigue que un efecto, precisamente como tiene una causa, puede tener
también otra, y así puede haber varias causas de él.»
El punto de vista de Grosetesta parece ser el de que puede haber una pluralidad
aparente de causas, que los métodos de los que disponemos, así como el
conocimiento que tenemos, no nos permiten reducirlas a una causa efectiva en la
que está prefigurado unívocamente el efecto. En la ciencia de la naturaleza,
como decía en el libro I, capítulo 11,
existe, por tanto, una minor certitudo, debido a la lejanía de
las causas de la observación inmediata y a la mutabilidad de las cosas
naturales. La ciencia de la naturaleza ofrecía sus explicaciones «de forma
probable más que científica... Solamente en las Matemáticas existe ciencia y
demostración en sentido estricto». Era precisamente porque estaba en la
naturaleza de las cosas el esconderse a nuestra inspección directa el que fuera
necesario un método científico para sacar lo más certeramente posible a la luz
esas causas «más cognoscibles por su naturaleza, pero no para nosotros».
Grosetesta defendía que, haciendo deducciones de las distintas teorías
propuestas y eliminando las teorías cuyas consecuencias eran contradichas por
la experiencia, era posible acercarse estrechamente a un conocimiento auténtico
de los principios causales o formas realmente responsables de los fenómenos del
mundo de nuestra experiencia.
Como decía en su comentario a los Analíticos posteriores, libro I,
capítulo 14:
Este es, por tanto, el camino por el que se alcanza
el universal abstracto a partir de los singulares, gracias a la ayuda de los
sentidos... Porque cuando los sentidos observan varias veces dos
acontecimientos singulares de los cuales uno es la causa del otro, o está
relacionado con él de alguna otra manera, y no ven la conexión entre ellos,
como, por ejemplo, cuando alguien observa frecuentemente que comer escamonea va
acompañado por la segregación de bilis roja; entonces, de la observación
constante de estas dos cosas observables comienza a formar una tercera cosa
inobservable, a saber, el que la escamonea es la causa que saca la bilis roja.
Y de esta percepción repetida una y otra vez, y conservada en la memoria, y del
conocimiento sensible del que está hecha la percepción, comienza el
funcionamiento del razonar. La razón en marcha comienza, por tanto, a admirarse
y a considerar si las cosas son realmente como indica la memoria sensible, y
estas dos cosas llevan a la razón a experimentar, a saber, que debe administrar
escamonea después de que se han aislado y excluido todas las otras causas que
purgan la bilis roja. Cuando ha administrado muchas veces escamonea con la
exclusión cierta de todas las otras cosas que sacan la bilis roja, entonces se
forma en la razón este universal, a saber, que toda escamonea saca por su
naturaleza la bilis roja, y éste es el modo como se llega de la sensación a un
principio experimentador universal.
Grosetesta basó su método de eliminación o refutación sobre dos
hipótesis acerca de la naturaleza de la realidad. La primera era el principio
de uniformidad de la naturaleza, que dice que las formas son siempre uniformes
en el efecto que producen. «Las cosas de la misma naturaleza producen las
mismas operaciones según su naturaleza»; decía, en su opúsculo De
Generatione Stellarum (publicado por Baur en su edición de las obras
filosóficas de Grosetesta), que Aristóteles había defendido el mismo principio.
La segunda hipótesis de Grosetesta era el principio de economía, que él
generalizó a partir de varias afirmaciones de Aristóteles. Grosetesta utilizó
este principio tanto para describir una característica objetiva de la
naturaleza como un principio pragmático. «La naturaleza actúa según el camino
más corto posible», decía en su De Lineis, Angulis et Figuris, y
lo usó como un argumento para apoyar la ley de la reflexión de la luz y su
propia «ley» de la refracción. También decía en su comentario sobre los Analíticos
posteriores, libro I, capítulo 17:
La mejor demostración, siendo iguales las otras circunstancias, es la que
necesita respuesta a un número más pequeño de cuestiones para ser una
demostración perfecta, o requiere un número más pequeño de hipótesis y premisas
de las que se sigue la demostración... porque nos da la Ciencia más
rápidamente.
Grosetesta habla explícitamente en el mismo capítulo y en otros lugares de
aplicar el método de la reductio ad absurdum a la
investigación de los problemas de la naturaleza. Su método de invalidación es
una aplicación de este método en una situación empírica. Lo usó explícitamente
en varios de sus opúsculos científicos donde era adecuado, por ejemplo, en sus
estudios sobre la naturaleza de las estrellas, sobre los cometas, la esfera, el
calor y el arco iris. En el opúsculo De Cometis hay un buen
ejemplo; en él considera sucesivamente cuatro teorías distintas propuestas por
autores antiguos para explicar la aparición de los cometas. La primera era la
propuesta por observadores que creían que los cometas estaban provocados por la
reflexión de los rayos del Sol al caer sobre un cuerpo celeste. La hipótesis,
decía, era invalidada por dos consideraciones: primera, en términos de otra
teoría física, porque los rayos reflejados no serían visibles, a menos que
estuvieran asociados a un medio transparente de naturaleza terrestre y no
celeste; y segunda, porque se observaba que la cola del cometa no siempre está
extendida en la dirección opuesta al Sol, mientras que todos los rayos
reflejados irían en la dirección opuesta a los rayos incidentes en ángulos
iguales[4],
Consideró las otras hipótesis en la misma forma en términos de «razón y
experiencia», rechazando las que eran contrarias a lo que él creía una teoría
establecida confirmada por la experiencia, o las contrarias a los datos de la
experiencia (decía: isla opimo falsificatur); hasta que llegó
a su definición final, que afirmaba había resistido a esas pruebas, de que «un
cometa es fuego sublimado asimilado a la naturaleza de uno de los siete
planetas». Luego utilizó esta teoría para explicar otros fenómenos ulteriores,
incluyendo la influencia astrológica de los cometas.
Tiene todavía un mayor interés el método utilizado por Grosetesta en su intento
de explicar la forma del arco iris (vide vol. I, páginas
98-99), cuando se atuvo a fenómenos más sencillos que podían estudiarse
experimentalmente, la reflexión y la refracción de la luz, e intentó deducir la
apariencia del arco iris a partir de los resultados del estudio de aquéllos. La
misma obra de Grosetesta sobre el arco iris es algo elemental; pero la
investigación experimental del problema que emprendió Teodorico de Freiberg es
verdaderamente notable, tanto por su precisión como por la comprensión
consciente que muestra de las posibilidades del método experimental (vide vol.
I, páginas 105 y ss.). Las mismas características se encuentran en las obras de
otros científicos experimentales que vinieron después de Grosetesta, por
ejemplo, en la de Alberto Magno, Roger Bacon, Petrus Peregrinus, Witelo y
Themon Judaei, aun cuando casi todos estos autores puedan ser culpables de
errores elementales. El influjo de Grosetesta es perceptible, especialmente en
los que estudiaron el arco iris. Por ejemplo, las investigaciones iniciales de
Roger Bacon y Witelo estaban encaminadas a descubrir las condiciones necesarias
y suficientes para producir este fenómeno. La parte «resolutiva» de sus
investigaciones les proporcionaron una respuesta parcial al definir la especie
a la que pertenecía el arco iris y al distinguirlo de las especies a las que no
pertenecía. Pertenecía a una especie de colores espectrales producidos por la
refracción diferenciada del sol al pasar a través de las gotas de agua; como
señalaba Bacon, ésta era diferente de las especies, por ejemplo, que incluían
los colores vistos en las plumas iridiscentes. Además, un atributo
suplementario del arco iris era el que estuviera producido por un gran número
de gotas discontinuas. «Porque, como escribía Themon en sus Quaestiones
super Quatuor Libros Meteorum, libro 3, cuestión 14, donde faltan esas
gotas no aparece el arco iris ni ninguna de sus partes, aunque sean suficientes
todas las otras condiciones exigidas.» Decía que esto podía ser comprobado por
medio de experimentos con los arco iris de pulverizaciones artificiales. Roger
Bacon hizo esos experimentos. Suponiendo las condiciones exigidas —el Sol en
una posición determinada respecto de las gotas de lluvia y del espectador—,
resultaría un arco iris.
Una vez definidas estas condiciones, el propósito de la etapa siguiente de la
investigación era descubrir cómo podían producir efectivamente un arco iris;
esto es, construir una teoría que las asumiera de tal manera que pudiera
deducirse de ella una afirmación que
describiera los fenómenos. Los dos problemas esenciales eran explicar, primero,
cómo eran formados los colores por las gotas de lluvia, y segundo, cómo podían
ser remitidos al observador en la forma y orden en que eran vistos. Rasgos
especialmente significativos de toda la investigación eran el empleo de modelos
de gotas de lluvia en forma de redomas esféricas de agua y los procedimientos
de verificación y refutación a los que era sometida cada teoría, en particular
por los autores de teorías rivales. Por ejemplo, el descubrimiento de la
refracción diferencial de los colores había señalado el camino de la solución
del primer problema; Witelo intentó entonces resolver el segundo suponiendo que
la luz del Sol se refractaba en línea recta a través de una gota de agua y los
colores resultantes se reflejaban entonces hacia el observador desde las
superficies convexas exteriores de las otras gotas que estaban detrás.
Teodorico de Freiberg demostró que esta teoría no conduciría a los efectos
observados, sino que éstos se derivaban de la teoría que él basaba sobre su
propio descubrimiento de la reflexión interna de la luz dentro de cada gota.
Así, por medio de la teoría y del experimento resolvió el problema que él mismo
había planteado. Porque, como decía en el prefacio al De Iride, «la
función de la óptica es la de determinar lo que es el arco iris, porque, al
hacerlo, muestra su razón, en la medida en que se añade a la descripción del
arco iris el modo en que este tipo de concentración puede ser producido en la
luz que va de cualquier cuerpo celeste luminoso a un lugar determinado en una
nube, y entonces por medio de refracciones y reflexiones determinadas de los
rayos es dirigida de ese lugar concreto al ojo».
Completamente diferente era el empleo de las Matemáticas en la ciencia de la
naturaleza, aunque en muchos casos (de hecho, el del propio Galileo) iba a
separarse muy poco del método experimental y de la realización de observaciones
particulares para verificar o refutar las teorías. El mismo Grosetesta, debido
a su «cosmología de la luz» (vide vol. I, pp. 15 y
ss.), decía en su obrita De Natura Locorum que, a partir de
las «reglas y principios y fundamentos... dados por el poder de la Geometría,
el observador cuidadoso de las cosas naturales puede dar la causa de todos los
efectos naturales». Y decía, desarrollando esta idea en su De Lineis:
Es de la mayor utilidad el considerar las líneas,
los ángulos y las figuras porque es imposible entender la filosofía de la
naturaleza sin ellos... Porque todas las causas de efectos naturales han de ser
expresadas por medio de líneas, ángulos y figuras, porque de otro modo sería
imposible tener conocimiento de la razón de estos efectos.
Grosetesta consideró de hecho las ciencias físicas como estando
subordinadas a las ciencias matemáticas, en el sentido de que las Matemáticas
podían dar la razón de los hechos físicos observados; aunque al mismo tiempo
mantenía la distinción aristotélica entre las proposiciones matemáticas y
físicas en una teoría dada y afirmaba la necesidad de ambas para una
explicación completa. Esencialmente, la misma actitud fue adoptada por muchos
científicos influyentes a lo largo de la Edad Media y, en verdad, en una forma
diferente por la mayor parte de los autores del siglo XVII. Las Matemáticas
podían describir lo que acontecía, podían relacionar las variaciones
concomitantes en los fenómenos observados, pero no podían decir nada acerca de
la causa eficiente y de las otras que producían el movimiento porque era
explícitamente una abstracción de tales causas (vide vol. I,
pp. 96-97). Esta fue una actitud observada tanto en la Óptica como en la
Astronomía en el siglo XIII (vide vol. I, páginas 98-99 y
ss.).
Con el paso del tiempo, la conservación de las explicaciones causales,
«físicas», que habitualmente significaban explicaciones tomadas de la física
cualitativa de Aristóteles, se hicieron cada vez más embarazosas. La gran
ventaja de las teorías matemáticas consistía precisamente en que podían ser
utilizadas para relacionar variaciones concomitantes en una serie de
observaciones realizadas con instrumentos de medida de forma que la verdad o
falsedad de estas teorías, y las circunstancias exactas en las que se mostraban
falsas, podían determinarse con facilidad experimentalmente. Fue precisamente
esta consideración la que produjo el triunfo de la astronomía ptolemaica sobre
la aristotélica hacia finales del siglo XIII (vide vol. I, p.
87). Era difícil, en contraste con esta clara comprensión del papel de las
Matemáticas en la investigación científica, ver qué se debía hacer con una
teoría de las causas «físicas», por muy necesarias que parecieran teóricamente
para dar una explicación completa de los fenómenos observados. Además, muchos
de los aspectos de la filosofía física de Aristóteles eran un obstáculo
positivo para el empleo de las Matemáticas. Ya desde el principio del siglo XIV
se hicieron intentos para soslayar estas dificultades diseñando nuevos sistemas
en la Física, en parte debido a la influencia del neoplatonismo reavivado y en
parte al influjo del «nominalismo» resucitado por Guillermo Ockham.
Varios autores posteriores a Grosetesta hicieron mejoras en la teoría de la
inducción, y el enorme y continuado interés por estas cuestiones puramente
teóricas y lógicas constituye un buen indicador del clima intelectual en el que
se desarrollaba la Ciencia antes de mediados del siglo XVII. Quizá esto pueda
contribuir a explicar el porqué los brillantes inicios de la ciencia
experimental, constatados en el siglo XIII y principios del XIV, no dieron unos
frutos que de hecho no aparecieron hasta el siglo XVII. Durante casi cuatro
siglos, a partir del comienzo del siglo XIII, la cuestión que dirigía la
investigación científica fue descubrir lo real, lo permanente, lo inteligible,
tras el mundo cambiante de la experiencia sensible, bien fuera esta realidad
algo cualitativo, según se ha concebido al comienzo de dicho período, o bien
algo matemático, como Galileo y Kepler iban a concebirla al final. Algunos
aspectos de esta realidad podían ser desvelados por la Física o la ciencia de
la naturaleza, otros por la Matemática, otros por la Metafísica; sin embargo,
aunque estos distintos aspectos constituyesen facetas de una realidad única, no
podían ser todos investigados de la misma forma o conocidos con la misma
certeza. Por este motivo era esencial el ser explícitos sobre los métodos de
investigación y explicación legítimas en cada caso y sobre lo que cada uno
podía desvelar de la realidad subyacente. En la mayor parte de obras
científicas hasta la época de Galileo se realiza una discusión de la
Metodología pari passu con la exposición de una investigación
concreta, y esto era una parte necesaria de la empresa de la que salió la ciencia
moderna. Sin embargo, desde el comienzo del siglo XIV hasta principios del XVI
hubo entre las mejores mentes una tendencia a interesarse cada vez más por
problema» de lógica pura divorciados de la práctica experimental de la misma
forma que en otros campos se interesaron más por hacer críticas puramente
teóricas, aunque necesarias también, a la física de Aristóteles sin molestarse
en hacer observaciones (vidé infra páginas 40 y ss.).
Quizá el primer autor después de Grosetesta que trata seriamente el problema de
la inducción sea Alberto Magno. Este poseía una buena comprensión de los
principios generales tal como se entendían entonces, pero tiene mayor interés
la obra realizada por Roger Bacon. Este decía en el capítulo 2 de la parte VI
de su Opus Majas, «Sobre la ciencia experimental»:
En ciencia experimental tiene tres grandes
prerrogativas respecto a las otras ciencias. La primera es que investiga por
medio del experimento las conclusiones nobles de todas las ciencias. Porque las
otras ciencias saben cómo descubrir sus principios por medio de experimentos,
pero sus conclusiones son obtenidas por medio de argumentos basados en los
principios descubiertos Pero si ellas deben tener experiencia concreta y
completa de sus conclusiones es necesario entonces que la tengan con la ayuda
de esta noble ciencia Es cierto en verdad, que la Matemática posee experiencia
general respecto a sus conclusiones en el caso de figuras y números, que son
aplicadas de la misma forma a todas las ciencias y a esta ciencia experimental,
porque ninguna ciencia puede ser conocida sin las matemáticas. Pero si
dirigimos nuestra atención a las experiencias que son concretas y completas y
están enteramente comprobadas en su propia disciplina, es necesario atenerse al
modelo de consideraciones de esta ciencia que se llama experimental.
La primera prerrogativa de la ciencia experimental de Roger Bacon era,
pues, confirmar las conclusiones del razonamiento matemático; la segunda era
añadir a la ciencia deductiva un saber que por sí misma no podía conseguir,
como, por ejemplo, en la Alquimia; y la tercera era descubrir campos del saber
todavía no alumbrados. El admitía que su ciencia experimental era tanto una ciencia
aplicada independiente, en la que se ponía a prueba los resultados de las
ciencias de la naturaleza y especulativas en orden a su utilidad práctica, como
un método inductivo. Su intento de descubrir la causa del arco iris (vide vol.
I, pp. 104-105), con el que ilustra la primera prerrogativa de la ciencia
experimental, muestra que había captado los principios esenciales de la
inducción por medio de los cuales el investigador pasaba de los efectos
observados al descubrimiento de la causa y aislaba la auténtica causa
eliminando las teorías que eran contradichas por los hechos.
Con Roger Bacon se hace explícito el programa de la matematización de la Física
y el cambio en el objeto de la investigación científica, desde la «naturaleza»
o «forma» aristotélica a las leyes científica, desde la «naturaleza» o de la
naturaleza en un sentido evidentemente moderno (vide infra páginas
83 y ss.). Haciéndose eco de la obra de Grosetesta, escribía, por ejemplo, en
su Opus Majus, parte 4, distinción 4, capítulo 8: «En las
cosas de este mundo, por lo que respecta a sus causas eficientes y generativas,
no puede conocerse nada sin el poder de la Geometría.» El lenguaje que usó al
tratar la «multiplicación de las especies» parece asociar este programa general
de forma inequívoca a la investigación de leyes predictivas. En Un
fragment inédit de l'Opus Tertium, editado por Duhem (p. 90),
escribió: «Que las leyes (leges) de la reflexión y de la
refracción son comunes a todas las acciones naturales lo he mostrado en el
tratado de la Geometría.» Pretendía haber demostrado la formación de la imagen
en el ojo «por la ley de la refracción», señalando que la «especie del objeto
visto» debe propagarse en el ojo de forma que «no viole las leyes que la
naturaleza observa en los cuerpos de este mundo». Normalmente, las «especies»
de la luz se propagaban en línea recta; pero en las sinuosidades de los
nervios, «el poder del alma hace que la especie abandone las leyes comunes de
la naturaleza (leges communes naturae) y se comporte de una manera
que se adecúa a sus operaciones» (ibid., p. 78).
Durante unos trescientos años a partir de mediados del siglo XVIII se realizó
la más interesante serie de discusiones sobre la inducción por parte de los
miembros de varias escuelas médicas, y en éstos se observa una muy marcada
tendencia hacia la lógica pura. El mismo Galeno había reconocido la necesidad
de un método para descubrir las causas que explicaban los efectos observados,
cuando establecía la distinción entre el «método de experiencia» y el «método
racional». Consideraba a los efectos o síntomas como «signos», y decía que el
«método de experiencia» consistía en proceder inductivamente de estos signos a
las causas que los producían, y que este método precedía necesariamente al
«método racional», que de las causas demostraba, mediante silogismos[5], los efectos. Las ideas de Galeno habían sido
desarrolladas por Avicena en su Canon de Medicina, que
contenía una discusión interesante de las condiciones que debían ser observadas
al inducir las propiedades de los medicamentos a partir de sus efectos. El tema
fue estudiado en el siglo XIII por el médico portugués Pedro Hispano, que murió
en 1277, siendo Papa con el nombre de Juan XXI, en sus Comentarios a
Isaac, una obra sobre dietas y medicamentos. En primer lugar, decía,
el medicamento administrado debe estar exento de sustancias extrañas. En
segundo lugar, el enfermo que lo toma debe tener la enfermedad para la que está
especialmente recomendado. Tercero, debe ser administrado solo, sin mezcla de
otros medicamentos. Cuarto, debe ser de grado opuesto al de la enfermedad[6]. Quinto, la prueba debe hacerse no una sola vez,
sino muchas veces. Sexto, los experimentos se han de realizar con el cuerpo
adecuado, el de un hombre, y no el de un asno. Juan de San Amando,
contemporáneo de Pedro Hispano, repetía a propósito del quinto punto la
advertencia de que un medicamento que había producido un efecto cálido sobre
cinco personas no debía tener necesariamente siempre el mismo efecto, porque
las personas en cuestión podían haber sido todas de una constitución fría y
templada, mientras que una persona de naturaleza cálida no habría encontrado el
medicamento cálido.
Desde el principio del siglo XIV, el tema de la inducción fue estudiado en la
escuela de Medicina de Padua, donde el clima^ era completamente aristotélico,
debido al influjo de los averroístas, que habían llegado a dominar la
Universidad. Estos lógicos médicos, desde la época de Pedro de Abano, en su
famoso Conciliator, en 1310, hasta Zarabella, al comienzo del siglo
XVI, desarrollaron los métodos de «resolución y composición» hasta convertirlos
en una teoría de la ciencia experimental muy distinta del mero método de
observar los casos ordinarios y cotidianos con los que Aristóteles y algunos
escolásticos antiguos se habían contentado para verificar sus teorías
científicas. Partiendo de observaciones, el hecho complejo era «resuelto» en
sus partes componentes: la fiebre en sus causas, porque cualquier fiebre viene
o del calentamiento humor, o de los espíritus, o de los miembros; y a su vez,
el calentamiento del humor es o de la sangre,' o de la flema, etc.; hasta que
llegas a la causa específica y distinta y al conocimiento de esa fiebre, como
decía Jacopo da Forli (muerto en 1413) en su comentario al Super Tegni
Galeni, comm. text. I. Se imaginaba entonces una hipótesis de la que
pudieran ser deducidas las observaciones, y estas consecuencias deducidas
sugerían un experimento por medio del cual se podía verificar la hipótesis.
Este método era seguido por los médicos de la época en las autopsias realizadas
para descubrir el origen de una enfermedad o las causas de la muerte, y en el
estudio clínico de los casos médicos y quirúrgicos recogidos en los consilia. Se
ha demostrado que el mismo Galileo obtuvo mucha de la estructura lógica de su
ciencia a partir de sus predecesores de Padua, cuyos términos técnicos
utilizó (vide infra pp. 126 y ss.), aunque no fue tan lejos
como para aceptar la conclusión de un miembro tardío de esta escuela, Agostino
Nifo (1506), que dijo que, puesto que las hipótesis de la ciencia de la
naturaleza descansaban solamente sobre los hechos que permitían explicar, toda
la ciencia de la naturaleza era, por tanto, meramente conjetural e hipotética.
El doble procedimiento de la resolución y la composición recibió en Padua el
nombre averroísta de regressus. Nifo, al estudiar esta
«regresión», comenzando con la investigación de la causa de un efecto
observado, escribió en su Expositio super Ocio Aristotelis Libros de
Physico Auditu, publicado en Venecia en 1552, libro I, comentario 4:
Cuando considero más atentamente las palabras de
Aristóteles, y los comentarios de Alejandro y Temisto, de Filopón y Simplicio,
me parece que, en la regresión experimentada en las demostraciones de la
ciencia de la naturaleza, el primer proceso, por el que el descubrimiento de la
causa se pone en forma silogística, es un mero silogismo hipotético
(coniecturalis)... Pero el segundo proceso, por el que se pone en forma de
silogismo la razón de por qué el efecto lo es a partir de la causa descubierta,
es una demostración propter quid —no que nos haga conocer simpliciter, sino
condicionalmente (ex conditione), supuesto que ésa es realmente la causa, o
supuesto que las proposiciones que la representan como la causa son verdaderas,
y que ninguna otra cosa puede ser la causa... Alejandro... afirma que el
descubrimiento de los círculos de los epiciclos y excéntricos a partir de las
apariencias que vemos es conjetural... Dice que el proceso opuesto es una
demostración, no porque nos haga conocer simpliciter, sino condicionalmente,
supuesto que ésas sean las causas realmente y que ninguna otra cosa pueda ser
la causa: porque si ellas existen, así se comportan las apariencias, pero no
conocemos simpliciter si alguna otra puede ser la causa... Pero puedes objetar,
en este caso, que la ciencia de la naturaleza no es una ciencia simpliciter,
como las matemáticas. Sin embargo, es una ciencia propter quid, porque la causa
descubierta, alcanzada por medio de un silogismo conjetural, es la razón de que
el efecto lo sea... Que algo es una causa no puede ser nunca tan cierto como el
que un efecto existe (quia est), porque la existencia de un efecto la conocen
los sentidos. El que exista la causa sigue siendo una conjetura...
Toda la tradición pregalileana del método científico en Padua fue
resumida finalmente por Jacopo Zabarella (1533-1589) en una serie de tratados
sobre el tema. Participando de la concepción que se había desarrollado desde el
siglo XIII de que las explicaciones científicas de la naturaleza eran
hipotéticas, escribió en el capítulo 2 del De regressu: «Las
demostraciones son hechas por nosotros y para nosotros, no para la naturaleza.»
Y continuaba en el capítulo 5:
Hay, a mi juicio, dos cosas que nos ayudan a
conocer distintamente la causa. Una es el conocimiento de que es, que nos
prepara para descubrir lo que es. Porque cuando hacemos alguna hipótesis sobre
la materia, somos capaces de buscar y de descubrir algo distinto en ella;
cuando no hacemos ninguna hipótesis, nunca descubriremos nada... Por tanto,
cuando encontramos una posible causa, estamos en situación de buscar y
descubrir lo que es. La otra ayuda, sin la cual la primera no bastaría, es la
comparación de la causa descubierta con el efecto a través del cual fue
descubierta, no ciertamente con el conocimiento pleno dé que ésta es la causa y
ése el efecto, sino precisamente comparando esta cosa con aquélla. De este modo
sucede que somos conducidos gradualmente al conocimiento de las condiciones de
esa cosa; y cuando una de las condiciones ha sido descubierta, tenemos ayuda
para descubrir otra, hasta que finalmente conocemos que ésta es la causa de ese
efecto... La regresión implica, pues, necesariamente tres partes. La primera es
la «demostración de que», por la cual somos llevados de un conocimiento confuso
del efecto a un conocimiento confuso de la causa. La segunda es esta
«consideración mental» por la que, de un conocimiento confuso de la causa,
adquirimos un conocimiento preciso de ella. La tercera es la demostración en
sentido estricto, por la que finalmente varaos de la causa conocida
distintamente al conocimiento preciso del efecto... De lo que hemos dicho puede
quedar claro el que sea imposible conocer completamente que esto es la causa de
este efecto, a menos que conozcamos la naturaleza y condiciones de esta causa
por las que es capaz de producir tal efecto.
Tuvieron gran importancia para el conjunto de la ciencia de la
naturaleza las discusiones sobre la inducción realizadas por dos frailes
franciscanos de Oxford que vivieron al final del siglo XIII y comienzos del
XIV. Con ellos, y especialmente con el segundo, comenzó el ataque más radical
contra el sistema de Aristóteles desde un punto de vista teórico. Ambos se
preocuparon por los fundamentos naturales de la certeza del conocimiento, y el
primero, Juan Duns Scoto (hacia 1266-1308), puede ser considerado como la
recapitulación de la tradición del pensamiento de Oxford acerca de la «teoría
de la Ciencia», que comenzó con Grosetesta, antes de que esa tradición fuera
proyectada violentamente hacia nuevas direcciones por su sucesor Guillermo
Ockham (hacia 1284-1349). Cada uno de ellos expuso su punto de vista
fundamental en una época temprana de su vida en una obra teológica, sus
comentarios a las Sentencias de Pedro Lombardo.
La contribución principal realizada por Scoto al problema de la inducción fue
la distinción muy clara que estableció entre las leyes causales y las
generalizaciones empíricas. Scoto dijo que la certeza de las leyes causales
descubiertas en la investigación del mundo físico estaba garantizada por el
principio de uniformidad de la naturaleza, que él consideraba como una
hipótesis autoevidente de la ciencia inductiva. Aun cuando era posible tener
experiencia de sólo una muestra de los fenómenos asociados que se investigaba,
la certeza de la conexión causal subyacente a la asociación observada era
conocida por el investigador, decía (en su Comentario de Oxford, libro
1, distinción 3, cuestión 4, artículo 2), «por la proposición siguiente que
descansa en el alma: Todo lo que ocurre en muchos casos por una causa
que no es libre (i. e., no voluntaria) es el efecto natural de
esa causa». El conocimiento científico más satisfactorio era aquel en el
que la causa era conocida, como, por ejemplo, en el caso de un eclipse de luna
deducible de la proposición: «un objeto opaco interpuesto entre un objeto luminoso
y un objeto iluminado impide la transmisión de la luz al objeto iluminado». Aun
cuando la causa no fuera conocida y «uno debiera detenerse en una verdad que se
mantiene en muchos casos, de la que los términos extremos [de la proposición]
frecuentemente se observan unidos, como, por ejemplo, que una hierba de tal y
tal especie es cálida» —incluso entonces, es decir, cuando fuere imposible ir
más allá de una generalización empírica—, la certeza de que existía una
conexión causal estaba garantizada por la uniformidad de la naturaleza.
Por su lado, Guillermo Ockham era escéptico respecto de la posibilidad de
conocer alguna vez las conexiones causales particulares o de ser capaz de
definir las sustancias particulares, aunque no negó la existencia de causa o de
sustancias como identidad que persistía a través del cambio. De hecho, creía
que las conexiones establecidas empíricamente poseían una validez universal en
razón de la uniformidad de la naturaleza, que, al igual que Scoto, consideraba
como una hipótesis autoevidente de la ciencia inductiva. Su importancia para la
historia de la Ciencia proviene, en parte, de ciertos perfeccionamientos que
introdujo en la teoría de la inducción, pero mucho más del ataque que hizo
contra la física y la metafísica de su tiempo como resultado de los principios
metodológicos que él adoptó.
Ockham basó el trato miento de la inducción sobre dos principios. Primero,
defendió que el único conocimiento cierto sobre el mundo de la experiencia era
el que llamaba «conocimiento intuitivo», adquirido por la percepción de cosas
individuales a través de los sentidos. Así, como decía en la Summa
Totius Logicae, parte 3, parte, 2, capítulo 10, «cuando una cosa
sensible ha sido aprehendida por los sentidos... el intelecto también puede
aprehenderla», y solamente eran incluidas en lo que él llamaba «ciencia real»
proposiciones sobre cosas individuales. Todo el resto, todas las teorías
construidas para explicar los hechos observados, comprendía la «ciencia
racional», en la que los nombres representan meramente conceptos y no algo
real.
El segundo principio de Ockham era el de economía, el llamado «navaja de
Ockham». Había sido ya establecido por Grosetesta, y Duns Scoto y otros
franciscanos de Oxford habían dicho que era «superfluo trabajar con más
entidades cuando era posible trabajar con menos». Ockham expresó este principio
de varías maneras a lo largo de sus obras; una forma común era la que usaba en
sus Quodlibeta Septem, quodlibeto, 5, cuestión 5. «No se debe
afirmar una pluralidad sin necesidad.» La conocida frase Entia non sunt
multiplicanda praeter necessitatem no fue introducida hasta el siglo
XVII por un cierto Juan Ponce de Cork, que era un seguidor de Duns Scoto.
Los perfeccionamientos que Ockham hizo en la lógica de la inducción se basaban
principalmente en su reconocimiento del hecho de que «la misma especie de
efecto puede existir por muchas cosas diferentes», como decía en el mismo
capítulo de la Summa Totius Logicae citado antes. Estableció
reglas para determinar las conexiones causales en casos concretos, como en el
fragmento siguiente de su Super Libros Quatuor Sententiarum, libro
1, distinción 45, cuestión 1, D:
Aunque no pretendo decir universalmente lo que es
una causa inmediata, digo, sin embargo, que esto es suficiente para que algo
sea una causa inmediata, a saber, que cuando ella está presente, se siga el
efecto, y cuando no está presente, siendo iguales todas las otras condiciones y
disposiciones, el efecto no se siga. De ahí que todo lo que tiene esa relación
a algo es una causa inmediata de ello, aunque quizá no viceversa. Que esto es
suficiente para que algo sea una causa inmediata de algo es claro, porque no
hay otro modo de conocer que algo es una causa inmediata de algo... Se sigue
que si, al eliminar la causa universal o particular, el efecto no se produce,
entonces ninguna de esas cosas de las que por ellas solas el efecto no puede
ser producido es la causa eficiente, y, por consiguiente, ninguna es la causa
total. Se sigue también que toda causa propiamente dicha es una causa
inmediata, porque una causa propiamente dicha que puede estar presente o
ausente sin tener ninguna influencia sobre el efecto, y que cuando está
presente en otras circunstancias no produce el efecto, no puede ser considerada
como una causa, pero esto es como sucede con toda otra causa, excepto la causa
inmediata, como es claro inductivamente.
Esto se parece hasta cierto punto al Método de acuerdo y diferencia de J. Stuart Mili. Ya
que el mismo efecto podía tener diferentes causas, era preciso eliminar las
hipótesis rivales. «Así —decía Ockham en la misma obra, prólogo, cuestión 2,
G—,
supongamos esto como un principio primero: todas
las hierbas de tal y tal especie curan a un enfermo de fiebre. Esto no puede
demostrarse por silogismo a partir de una proposición mejor conocida, sino que
es conocido por conocimiento intuitivo y quizá de muchos casos. Porque ya que
él observó que después de comer tales hierbas el enfermo curó, y él eliminó
todas las otras causas de su curación, sabía con certeza que esta hierba era la
causa de la curación, y él tenía entonces un conocimiento experimental de una
relación particular.»
Ockham negó el que se pudiera probar, fuera
partiendo de principios primeros, fuera partiendo de la experiencia, el que un
efecto determinado tuviera una causa final. «La característica especial de una
causa final —decía en sus Quodlibeta
Septem, quodlibeto 4,
cuestión 4— es que puede causar cuando no existe»; «de lo que sigue que este
movimiento hacia un fin no es real, sino metafórico», concluía en su Super Quatuor Libros Sententiarum, libro 2, cuestión 3,
G. Esta proposición era, de hecho, un lugar común y fue empleada, por ejemplo,
por Alberto Magno y Roger Bacon. Para Ockham, solamente eran reales las causas
inmediatas o próximas, y la «causa total» de un fenómeno era la suma de todos
los antecedentes que bastaban para producir el fenómeno.
El efecto del ataque de Ockham a la física y a
la metafísica de su tiempo fue destruir la creencia en la mayor parte de los
principios sobre los que se basaba el sistema de la física del siglo XIII. En
particular atacó las categorías aristotélicas de «relación» y de «sustancia» y
el concepto de causalidad. Defendió que las relaciones, como la de estar una
cosa sobre la otra en el espacio, no tenían realidad objetiva, aparte de las
cosas individuales perceptibles entre las que se observaba la relación. Según
él, las relaciones eran simplemente conceptos formados por la mente. Esta idea
era incompatible con la idea aristotélica de que el cosmos tenía un principio
objetivo de orden, según el cual sus sustancias componentes estaban ordenadas,
y abrió el camino a la noción de que todo movimiento era relativo en un espacio
geométrico indiferente sin diferencias cualitativas.
Ockham dijo, al tratar de la «sustancia», que
sólo se poseía experiencia de los atributos y que no se podía demostrar el que
unos determinados atributos observados fueran causados por una «forma
sustancial» determinada. Defendió que las secuencias regulares de fenómenos
eran simplemente secuencias de hecho y que la función primaria de la Ciencia
era establecer estas secuencias por la observación. Era imposible tener certeza
de una conexión causal concreta, porque la experiencia proporcionaba
conocimiento evidente sólo de los objetos o fenómenos individuales y nunca de
la relación entre ellos como causa y efecto. Por ejemplo, la presencia del
fuego y la sensación de quemazón eran observadas como produciéndose asociadas,
pero no podía demostrarse que hubiera una conexión causal entre ellas. No podía
demostrarse que un hombre concreto fuera un hombre y no un cadáver manipulado
por un ángel. En el curso natural de las cosas, la sensación era producida por
un objeto existente, pero Dios podía darnos sensación sin objeto. Este ataque
contra la causalidad iba a conducir a Ockham a hacer afirmaciones
revolucionarias en el tema del movimiento (vide infra pp. 63-69).
Un grado aún mayor de empirismo filosófico, y
que no volvería a alcanzarse hasta la obra de David Hume, en el siglo XVIII,
fue logrado por un francés contemporáneo de Ockham, Nicolás de Autrecourt
(muerto después de 1350). Este dudó absolutamente de la posibilidad de conocer
la existencia de sustancia o de relaciones causales. Al igual que Ockham,
limitando la certeza evidente a lo que era conocido a través de «la experiencia
intuitiva» y a través de las implicaciones lógicamente necesarias, llegó a la
conclusión —en un pasaje publicado por J. Lappe en Beitráge tur
Geschichte der Philosophie des Mittelalters (1908,
vol. VI, parte 2, p. 9)—: «del hecho de que se sepa que una cosa existe no se
puede inferir evidentemente que otra cosa existe», o no existe; de lo cual él
concluía que del conocimiento de los atributos no era posible inferir la
existencia de las sustancias. Y decía en Exigit Ordo
Executionis, editado por J. R.
O’Donnell, en Medieval Studies (1939,
vol. I, p. 237):
Respecto de las cosas sabidas por experiencia al
modo como se dice que se sabe que el ruibarbo cura el cólera o que el imán
atrae al hierro, sólo poseemos un hábito de hacer conjeturas (solum habitas
conjecturativus), pero no certeza. Cuando se dice que tenemos certeza respecto
de tales cosas en virtud de una proposición que reposa en el alma de que lo que
ocurre en muchas ocasiones por un curso no libre es el efecto natural de ello,
yo pregunto ¿qué es lo que llamas una causa natural, i. e., dices que lo que
produjo en el pasado en muchas ocasiones y produce en el presente y producirá
en el futuro si permanece y es aplicado? Entonces la menor [premisa] no es
conocida, porque admitiendo que algo fue producido en muchas ocasiones, no es,
sin embargo, conocido que deba ser producido de la misma manera en el futuro.
Y así, decía en un fragmento publicado por Hastings
Rasdhall en Proceedings
of the Aristotelian Society, N. S. vol. VII:
Cualquiera que sean las condiciones que suponemos
puedan ser la causa de un efecto, no sabemos, evidentemente, que, cuando se
pongan esas condiciones, se seguirán los efectos en cuestión.
El efecto de esta búsqueda de conocimiento evidente
sobre la Filosofía en general fue desviar el interés, dentro de las discusiones
de escuelas, de los problemas tradicionales de la Metafísica hacia el mundo de
la experiencia. El nominalismo o, como podía ser llamado más propiamente,
«terminismo» ockhamista continuó demostrando que en el mundo de la naturaleza
todo era contingente y, por tanto, que las observaciones eran necesarias para
descubrir algo sobre él.
La relación entre la fe y la razón continuó siendo
un problema central en la especulación medieval, y los agustinianos, tomistas,
averroístas y ockhamistas adoptaron diferentes actitudes a su respecto. Como propuso R. McKeon en sus Selections
from Medieval Philosophers (vol. II,
pp. IX-X): «El espíritu y la empresa de la filosofía medieval más temprana es
el de la fe comprometida a entenderse a sí misma.» Entre la filosofía de San
Agustín y la del Aquinate se había pasado de la consideración de la verdad como
un reflejo de Dios a la verdad en la relación de las cosas entre ellas y con el
hombre, dejando la relación con Dios para la Teología. El mismo Ockham divorció
vigorosamente la Filosofía de la Teología, aquélla derivaba su saber de la
revelación, y ésta, de la experiencia sensible, que era su único origen. Y
mientras los averroístas se dirigían a mantener la posibilidad de la «doble
verdad» (vide vol. I, p.
67), los ockhamistas, por ejemplo. Nicolás de Autrecourt, buscaron una solución
al problema con su doctrina del «probabilismo». Entendían por esto que la
filosofía natural podía ofrecer un sistema de explicaciones probables, pero no
necesarias, ya que allí donde este sistema de proposiciones probables
contradecía las proposiciones necesarias de la revelación era erróneo. En su
propio intento de alcanzar el sistema más probable de Física, Nicolás hizo un
ataque completo al sistema aristotélico y llegó a la conclusión de que el
sistema más probable era el basado en el atomismo. Después de esta época no se
hicieron más intentos de construir sistemas que sintetizaran racionalmente a la
vez los contenidos de la razón y de la fe. En vez de ello comenzó un período de
confianza en el sentido literal de la Biblia en vez de la enseñanza de una
Iglesia instituida divinamente, un período de misticismo especulativo observado
en Eckhart (hacia 1260-1327) y Enrique Susón (hacia 1295-1365), y de empirismo
y escepticismo observado en Nicolás de Cusa (1401-1464) y Montaigne
(1533-1592). Nicolás de Cusa, por ejemplo, sostuvo que, aunque era posible
aproximarse cada vez más a la verdad, no era posible aprehenderla
definitivamente, de la misma manera que era posible dibujar figuras que se
aproximaban cada vez más a un círculo perfecto, pero ninguna figura que
dibujáramos sería tan perfecta que no pudiera dibujarse un círculo más
perfecto. Montaigne fue todavía más escéptico. De hecho, desde el siglo XIV la
corriente del empirismo escéptico influyó fuertemente en la filosofía europea,
y cumplió su tarea de dirigir la atención a las condiciones del conocimiento
humano que ha producido algunas de las más importantes clarificaciones de la
metodología científica.
1.2. La materia y el espacio en la física medieval tardía
Los ataques más radicales realizados contra todo
el sistema de la Física se dirigían a sus doctrinas sobre la materia y el
espacio y sobre el movimiento. Aristóteles negó la posibilidad de los átomos,
del vacío, del mundo infinito y de la pluralidad de mundos, pero cuando su
determinismo estricto fue condenado por los teólogos en 1277 ello abrió el
camino a la especulación sobre estos temas. Con la afirmación de la
omnipotencia de Dios los filósofos argüían que Dios podía crear un cuerpo que
se moviera en el espacio vacío o crear un universo infinito, y procedieron a
investigar cuáles serían las consecuencias si El los creara. Esto parece un
extraño camino para abordar la ciencia, pero no hay duda de que es hacia la
ciencia a donde se dirigían. Discutieron la posibilidad de la pluralidad de
mundos, de dos infinitos, y del centro de gravedad; y también discutieron la
aceleración de cuerpos que caían libremente, el vuelo de proyectiles, y la
posibilidad de que la Tierra tuviera movimiento. Las críticas de Aristóteles no
sólo eliminaron muchas de las restricciones metafísicas y «físicas» que su
sistema impuso al uso de las Matemáticas, sino que también muchos de los nuevos
conceptos conseguidos fueron o incorporados directamente a la mecánica del
siglo XVII o constituyeron los gérmenes de teorías que iban a ser expresadas
con el nuevo lenguaje creado por las técnicas matemáticas y experimentales.
En el conjunto de las discusiones sobre la
materia, el espacio y la gravitación durante los siglos XIII y XIV, fueron
centrales las dos concepciones de la dimensionalidad que provenían
respectivamente de los atomistas y Platón y de Aristóteles (vide vol. I, pp. 41-43, 75-79). En el Timeo Platón propuso una concepción claramente
matemática del espacio, que él concebía como dimensiones independientes de los
cuerpos, pero en el que los cuerpos podían existir y moverse; el espacio era de
hecho el receptáculo de todas las cosas, tan real como las ideas eternas y más
real que los cuerpos que lo ocupaban. La parte del espacio ocupada por las
dimensiones de un cuerpo era el «lugar» del cuerpo; la parte no ocupada era el
vacío. Esta era esencialmente la concepción atomista.
Aristóteles objetaba a esta opinión en su Física (libro 4) que las dimensiones no podían existir
separadas de cuerpos con dimensiones; concebía las dimensiones como atributos
cuantitativos de los cuerpos, y ningún atributo podía existir separado de la
sustancia a la que era inherente (cf. vol. I, pp. 70-72). Además, Aristóteles
defendía que la concepción del espacio sostenida por Platón y los atomistas era
inútil para explicar los movimientos reales de los cuerpos; por ejemplo, ¿por
qué un cuerpo determinado iba de preferencia hacia arriba más que hacia abajo,
o viceversa? Su propia
explicación de los diferentes movimientos realmente observados de los cuerpos
era una explicación en términos de «lugar». Este poseía dos características
esenciales. Primero era el contorno físico del cuerpo, el «límite más interno»
de lo que contenía el cuerpo. Aristóteles mantenía que los cuerpos que formaban
el universo eran todos contiguos unos a otros, constituyendo así un plenum. La preferencia innata de un cuerpo por un
contorno físico dentro de este plenum era la causa de los movimientos naturales que se observaba tenían
todos los cuerpos (cf. vol. I, pp. 72-74, 108-109). A esta noción de lugar como
un ambiente físico que movía a cada cuerpo según su naturaleza por causalidad
final, Aristóteles añadía también una característica geométrica del espacio.
Afirmaba que cada lugar en el universo era él mismo inmóvil; y en su De
Cáelo dio a cada uno de los lugares que
formaban el universo en su conjunto una posición en el espacio absoluto
relativa al centro de la Tierra, considerada centro del universo. Esto le
proporcionó su concepción de «arriba» y «abajo» como direcciones absolutas del
centro a la circunferencia de la esfera más exterior.
Las concepciones aristotélicas de
dimensionalidad y de lugar son buenos ejemplos de la concreción empírica tan
notable en todo su pensamiento. Mucho del talante de la física del siglo XIV es
resultado de la aplicación renovada del pensamiento más abstracto de Platón y
de los atomistas.
La forma de atomismo observada en el Timeo de Platón y en el De Rerum Natura de Lucrecio (vide infra, p. 100), y en las obras de otros autores griegos
antiguos[7], fue desarrollada por
algunos filósofos del siglo XIII. Grosetesta, por ejemplo, había dicho que el
espacio finito del mundo estaba producido por la infinita «multiplicación» de
puntos de luz, y consideró también el calor como debido a una dispersión de las
partes moleculares consiguiente al movimiento. Incluso Roger Bacon, aunque
seguía a Aristóteles e intentó mostrar que el atomismo conducía a consecuencias
que contradecían las enseñanzas de la Matemática, por ejemplo, la
inconmensurabilidad de la diagonal y del lado de un cuadrado (vide vol. I, p. 40, nota 4), estaba de acuerdo con Grosetesta al
considerar el calor como una forma de movimiento violento. Hacia finales del
siglo XIII varios autores adoptaron proposiciones atomistas, aunque éstas
fueron refutadas por Scoto al discutir la cuestión de si los ángeles podían
moverse de un lugar a otro con movimiento continuo. También a principios del
siglo XIV fueron refutadas proposiciones similares por Tomás Bradwardino (hacia
1295-1349). Las proposiciones refutadas eran que la materia continua se
componía o bien de indivisibilia, esto es, átomos
discontinuos separados unos de otros, o de mínima, esto
es, átomos unidos unos a otros de forma continua, o de un número infinito de
puntos realmente existentes.
Hacia el final del siglo XIII Gil de Roma
propuso una forma completa de atomismo, que derivó su base de la teoría de
Avicebrón sobre la materia como extensión especificada sucesivamente por una
jerarquía de formas (videvol.
I, p. 75). Gil sostuvo que la magnitud podía ser considerada de tres maneras:
como una abstracción matemática, como realizada en una sustancia material no
específica y en una específica. Un pie cúbico abstracto y un pie cúbico de
materia no específica eran entonces divisibles al infinito, pero en la división
de un pie cúbico de agua se llegaba a un punto en el que cesaba de haber agua y
comenzaba a haber otra cosa. Los argumentos geométricos contra la existencia de
mínima naturales eran, por tanto, desatinados. Nicolás de Autrecourt se vio llevado,
por la imposibilidad de demostrar que en un pedazo de pan había algo más allá
de sus accidentes sensibles, a abandonar por completo la explicación de los
fenómenos en términos de formas sustanciales y a adoptar una Física
completamente epicúrea. Llegó a la conclusión probable de que un continuum
material estaba compuesto de puntos mínimos, infrasensibles e indivisibles, y
el tiempo de instantes discretos, y afirmó que todo cambio en las cosas
naturales se debía a movimiento local, esto es, a la agregación y a la
dispersión de partículas. También creyó que la luz era un movimiento de
partículas con una velocidad finita. El que algunas de estas conclusiones
fueran propuestas en relación con la discusión de la doctrina teológica de la
transustanciación muestra cuán estrechamente unidas estaban todas las
cuestiones cosmológicas, y fue una razón de por qué fue obligado a retractarse
de algunas de ellas. Estas discusiones sobrevivieron en la enseñanza
nominalista de los siglos XV y XVI en las obras de Nicolás de Cusa y de
Giordano Bruno (1548-1600), y condujeron finalmente a la teoría atómica que era
utilizada en el siglo XVII para explicar los fenómenos químicos.
Respecto del problema del vacío, que surgió en
parte de las discusiones sobre si había varios mundos —porque, si existían,
¿qué había entre ellos?—, autores de finales del siglo XIII y del comienzo del
XIV, como Ricardo de Middleton (o Mediavilla, floreció hacia 1294) y Walter
Burley (1275-1344), llegaron a afirmar que era una contradicción del poder infinito
de Dios decir que El no podía mantener un vado real. Nicolás de Autrecourt fue
más allá y afirmó la existencia probable del vado: «Hay algo en lo que no
existe ningún cuerpo, pero en lo que algún cuerpo puede existir», decía en un
fragmento publicado por J. R. O’Donnell en Mediaeval
Studies (1939, vol, I, p. 218). La
mayor parte de los autores aceptaron los argumentos de Aristóteles y rechazaron
un vacío actualmente existente (vide vol. I, p. 72), aunque pudieran aceptar la descripción del vado de
Roger Bacon como abstracción matemática. «En un vacío la naturaleza no existe
—decía en el Opus Majus, parte
5, parte I, distinción 9, capítulo 2—,
porque el vacío rectamente entendido es meramente
una cantidad matemática extendida en las tres dimensiones, que existe per se
sin calor ni frío, suave ni duro, raro ni denso, y sin ninguna cualidad
natural, meramente ocupando el espacio, como los filósofos sostenían antes de
Aristóteles, no sólo dentro de los cielos, sino más allá.»
Algunos de los argumentos físicos contra la
existencia del vacío fueron tomados de griegos antiguos, como Herón y Filón,
cuyos experimentos con la bujía y con el reloj de agua o clepsidra eran
conocidos por varios autores, en especial Alberto Magno, Pedro de Auvemia
(muerto en 1304), Juan Buridán (muerto, probablemente, en 1358) y Marsilio de
Inghen (muerto en 1396). Algunos de estos autores mencionaron también otro
experimento en el que se mostraba cómo subía el agua por un tubo en forma de J
cuando se aspiraba el aire de la rama más larga estando la corta bajo el agua.
Otro experimento se hacía con el reloj de agua, con el que se mostraba que el
agua no salía por los orificios de la base cuando se tapaba con los dedos el
orificio superior. Esto era contrario al movimiento natural del agua hacia
abajo, y Alberto Magno lo explicó como una consecuencia de la imposibilidad del
vacío, lo que significaba que el agua no podía manar si el aire no podía entrar
y mantener contacto con ella. Roger Bacon no se satisfizo con esta explicación
negativa. Defendió que la causa final del fenómeno era el orden de la
naturaleza, que no admitía el vacío, pero que la causa eficiente era una
«fuerza de la naturaleza universal» positiva, adaptación de la «corporeidad
común» de Avicebrón (vide vol. I, página 75),
que hacía presión sobre el agua y la sostenía en alto. Esto era parecido a la
explicación ya dada por Adelardo de Bath. Más tarde, Gil de Roma propuso otra
fuerza positiva, tractatus a
vacuo o succión por el vacío,
una atracción universal que mantenía los cuerpos en contacto y evitaba la
discontinuidad. Afirmaba que la misma fuerza era la causa de que el imán
atrajera el hierro. Otro autor del siglo XIV, Juan de Dumbleton (floreció hacia
1331-1349), decía que los cuerpos celestes para mantener el contacto
abandonarían, si fuera necesario, sus movimientos naturales circulares en
cuanto cuerpos determinados y seguirían su naturaleza universal, o
«corporeidad», incluso aunque esto implicara un movimiento rectilíneo
antinatural. En los siglos XV y XVI la teoría de Roger Bacon fue olvidada por
completo y resumida en la expresión «la naturaleza aborrece el vacío», que
provocó los sarcasmos de Torricelli y Pascal.
La posibilidad tanto de la adición infinita como
de la división infinita de la magnitud condujo a discusiones interesantes sobre
las bases lógicas de las Matemáticas. Ricardo de Middleton y, más tarde, Ockham
afirmaron que no se podía asignar un límite al tamaño del universo y que éste
era potencialmente infinito (vide vol. I, p. 75) No era infinito realmente, pues ningún cuerpo
sensible podía serlo. Ricardo de Middleton intentó demostrar que esta última
conclusión era incompatible con la doctrina de Aristóteles sobre la eternidad
del universo, que Alberto Magno y Tomás de Aquino afirmaron era imposible
demostrarla o destruirla por la sola razón, pero que debía negarse según la
revelación. Ricardo decía que como continuamente se estaban engendrando almas
humanas indestructibles, si el universo existiera desde la eternidad habría
ahora una multitud infinita de esos seres. Una multitud realmente infinita no
podía existir; por tanto, el universo no existía desde la eternidad. Toda la
discusión llevó a un examen del significado de infinito. El desarrollo de las
paradojas geométricas que surgirían de la afirmación categórica de un infinito
existente realmente, tal como en la discusión de Alberto de Sajonia sobre si
habría una línea espiral infinita en un cuerpo infinito, condujo a Gregorio de
Rimini (1344) a intentar dar una significación precisa a las palabras «todo»,
«parte», «más grande», «menos». Señaló que ellas tenían un significado
diferente cuando se referían a magnitudes finitas o infinitas, y que «infinito»
tenía una significación distinta según que fuera tomada en un sentido
distributivo o colectivo. Este problema fue tratado en el Centiloquium
Theologicum atribuido antes a Ockham,
pero que es de un autor desconocido. La conclusión 17, C, muestra que el autor
había alcanzado una sutilidad lógica que iba a ser recobrada únicamente en el
siglo XIX y en el XX con la lógica matemática de Cantor, Dedekind y Russell.
No hay objeción a que la parte sea igual al
todo, o a que no sea menor, porque esto se halla, no... sólo intensiva, sino
extensivamente... porque en todo universo no hay más partes que en una
habichuela, porque en una habichuela hay un número infinito de partes.
Estas discusiones sobre el infinito y otros
problemas, como el de la máxima resistencia que una fuerza podía vencer y la
mínima que no podía superar, pusieron las bases lógicas del cálculo
infinitesimal. La matemática medieval era de alcance limitado, y solamente
cuando los humanistas atrajeron la atención sobre la matemática griega, y en
particular sobre Arquímedes, se convirtieron en una posibilidad los progresos
que tuvieron lugar en el siglo XVII.
El problema de la pluralidad de mundos estaba
asociado con el de la magnitud infinita. En 1277 el obispo de París, Etienne
Tempier, condenó la proposición de que era imposible para Dios crear más de un
universo. Habitualmente el problema era tratado en conexión con el de la
gravedad y el del lugar natural de los elementos (vide vol. I, pp. 77-78, 121).
Aristóteles, en su De Cáelo (libro 1, capítulo 8), consideró brevemente la
posibilidad de una explicación mecánica de la gravitación por medio de fuerzas
externas que atraían o empujaban a los cuerpos, pero la rechazó sobre la base
de que era innecesaria dentro de la concepción completa de que los movimientos
de gravedad V levitación eran movimientos espontáneos de una «naturaleza» hacia
su lugar natural (cf. vol. I, p. 72; infra, pp. 50 y ss.). Fue a esta opinión a la que Averroes
prestó su autoridad, haciendo de la gravedad una tendencia intrínseca que pertenecía a la «naturaleza» o «forma» de un
cuerpo y que causaba así el movimiento. Este concepto de la gravedad y de la
levitación como propiedades intrínsecas que causaban el movimiento natural se
hizo habitual en el siglo XIII, fue aceptada, por ejemplo, por Alberto Magno y
Tomás de Aquino, aunque las opiniones difirieran respecto a la manera concreta
en que la «forma» hacía que un cuerpo se moviera.
Sin embargo, ya en el siglo XIII hubo filósofos
de la naturaleza que defendieron que, más allá de la espontaneidad natural de
la forma y de la causalidad final del lugar natural, era necesario buscar otra
causalidad eficiente de la gravitación. Algunos autores la concibieron como una
causa externa. Buenaventura
y Ricardo de Middleton, por ejemplo, sugirieron que una fuerza atractiva (virtus
loct attrahentis) debía ser atribuida
al lugar natural, y una fuerza expulsora, al lugar no natural. Roger Bacon
desarrolló una teoría completa del «campo» para explicar la gravitación (cf.
vol. I, pp. 74-76, 9699; infra, p.
89). Propuso que el lugar natural ejercía no solamente una causalidad final,
sino también una causalidad eficiente por medio de una virtus
immaterialis, fuerza inmaterial que
provenía de los cuerpos celestes y que llenaba todo el espacio. La gravedad y
la levedad eran fuerzas inmateriales difusas que, aunque se derivaban de la
«virtud celeste», producían sus efectos al concentrarse más intensamente en
varios lugares naturales. Esta explicación se encuentra también en la Summa
Philosophiae del pseudo-Grosetesta.
Una forma aún más extrema de esta explicación
por medio de fuerzas extremas parece haber sido propuesta por algunos autores
del siglo XIV que concibieron el lugar natural como la causa eficiente total de
la gravitación. Por ejemplo, Buridán, en sus Quaestiones de
Cáelo et Mundo (libro 2, cuestión 12),
menciona la opinión de «algunos» (aliqui) que «dicen que el lugar es la causa motriz del
cuerpo pesado por medio de la atracción, de la misma manera que el imán atrae
al hierro». Buridán atacó esta opinión basándose en la experiencia. Puesto que
los cuerpos pesados aceleran su movimiento cuando caen, decía, debe haber un
aumento en la causa motriz proporcionado al aumento de velocidad (cf. vol. I,
pp. 77, 108-109; infra, pp.
67 y ss.). Quienes suponían que la fuerza motriz era la atracción ejercida por
el lugar natural debían suponer, por tanto, que ésta es mayor en la proximidad
del lugar natural que lejos de él, como sucedía con el imán. Pero si se dejan
caer dos piedras desde una torre, una desde el punto más alto y otra desde más
abajo, la primera tiene mayor velocidad que la segunda cuando ambas han
llegado, por ejemplo, a un punto que dista un pie del suelo. Por tanto, no es
meramente la proximidad al lugar natural lo que determina la velocidad, sino
que, cualquiera que sea la causa, la velocidad depende de la longitud de la
caída. «Ni esto es semejante al imán y al hierro —concluía— porque si el hierro
está próximo al imán, inmediatamente comienza a moverse más aprisa que si
estuviera más alejado; pero éste no es el caso de los cuerpos pesados respecto
a su lugar natural»[8].
Alberto de Sajonia (hacia 1316-1390) hizo una
objeción más a que el lugar natural ejerciera cualquier tipo de fuerza,
cualquier vis trahens sobre
el cuerpo que se movía hacia él. Señaló que a tal fuerza un cuerpo más pesado
podría ofrecer una resistencia mayor que un cuerpo ligero y que de ese modo
podría caer más lentamente que un cuerpo más ligero, lo que era contrario a la
experiencia.
Estos argumentos son buenos ejemplos de la
extrema dificultad que los problemas dinámicos, cuya solución no se daba por
supuesta, presentaban a los primeros que los abordaron.
Todos estos autores aceptaron el principio de
que la acción a distancia estrictamente dicha era imposible, y los que
proponían la analogía del imán tenían en su mente la explicación dada por
Averroes de esa acción (vide vol.
I, p. 115). Según esta teoría la fuerza que movía al hierro era una cualidad
inducida en él por la species magnética que salía del imán a través del medio y alteraba
al hierro, dándole así el poder de moverse a sí mismo. De este modo se conservaba el principio esencial
de la dinámica aristotélica, que el poder motor debe acompañar al cuerpo que se
mueve.
Guillermo Ockham fue una excepción. Arguyendo
que las species intermedias
y los agentes postulados meramente para evitar tener que aceptar la acción a
distancia eran innecesarios para «salvar las apariencias», declaró abiertamente
que no había objeciones a la acción a distancia en cuanto tal. El sol al
iluminar la tierra actuaba inmediatamente a distancia. El imán, afirmaba en
su Comentario a las sentencias (libro
2, cuestión 18), «atrae [al hierro] inmediatamente y no por medio de un poder
existente en alguna forma en el medio o en el hierro; por tanto, el imán actúa
a distancia inmediatamente y no a través de un medio». Respecto al principio
general de que la fuerza motriz debía acompañar al cuerpo que se mueve, el
ataque de Ockham al conjunto de la concepción de su tiempo sobre el movimiento
negó absolutamente esto como una pirámide de las explicaciones dinámicas (vide
infra, pp. 63-68).
Por lo menos otro autor del siglo XIV, Juan
Baconthorpe, siguió a Ockham al aceptar la posibilidad de la acción a
distancia, afirmaba, como cita la doctora Maier en su libro An
der Grenze von Scholastik und Naturwissenschaft (p. 176, nota), que el imán «atrae efectivamente al hierro». Pero
la opinión habitual sobre la gravitación en el siglo XIV, como en el XIII,
rechazaba tanto la acción a distancia como las fuerzas externas de cualquier
tipo y adoptó las ideas de Aristóteles y Averroes de una tendencia intrínseca.
Esta fue la opinión, por ejemplo, de Juan de Jandum, Walter de Burley, Buridán,
Alberto de Sajonia y Marsilio de Inghen. El intento de Buridán y otros para dar
precisión cuantitativa a esta causa intrínseca del movimiento condujo a las
teorías dinámicas más interesantes antes de Galileo (vide infra, pp. 67 y ss.,
139 y ss.).
Surgió entonces el problema de ¿cuál era la
causa natural de que un elemento, por ejemplo, la tierra, llegara a estar en
reposo en ella? Alberto de Sajonia (hacia 1316-1390) distinguió, al tratar este
problema, entre el centro del volumen y el centro de gravedad. El peso de cada
trozo de materia se concentraba en su centro de gravedad, y la tierra estaba en
su lugar natural cuando su centro de gravedad estaba en el centro del universo.
El lugar natural del agua estaba en una esfera que rodeaba la tierra, de forma
que no ejercía presión sobre la superficie de la tierra a la que cubría.
Aunque aristotélicos como Buridán y Alberto de
Sajonia rechazaron la explicación de la gravedad por medio de fuerzas externas,
la explicación aristotélica no era la única en ocupar el campo. Con el
renacimiento del platonismo, especialmente en el siglo XV, se encontró un
argumento para defender la existencia de varios mundos en el concepto de la
gravedad de los pitagóricos y de Platón.
Heráclides de Ponto y los pitagóricos defienden
que cada una de las estrellas constituye un mundo, consistente en una tierra
rodeada de aire, y que el conjunto flota en el éter sin límite, dijo el autor
griego Joannes Stobaeus, del siglo v d. C., en su Eclogarum Physicorum,
capítulo 24. La teoría de la gravedad derivada del Timeo afirmaba que el movimiento
natural de un cuerpo era unirse al elemento al cual pertenecía, en cualquier
mundo que estuviera, mientras que el movimiento violento tenía el efecto
opuesto ( vide vol. I, pp. 41-42). Esta explicación de la gravedad
como la tendencia de todos los cuerpos semejantes a congregarse, como inclinado ad
sitnile, fue adoptada generalmente por
los que rechazaban la concepción aristotélica del espacio absoluto. Así perdió
su fuerza la objeción aristotélica de que si había pluralidad de mundos no
habría lugar natural. La materia podía meramente tender a moverse hacia el
mundo más cercano a ella. Esta teoría fue mencionada por Juan Buridán, que era
él mismo un crítico del espacio absoluto de Aristóteles, aunque no, por
supuesto, de su concepto de lugar natural. Fue adoptada por Nicolás
Oresme (vide infra, páginas
67, 73-82) y más tarde por el platónico más importante del siglo XV, Nicolás de
Cusa, que decía que la gravitación era un fenómeno local y cada estrella un
centro de atracción capaz de conservar unidas sus partes. Nicolás de Cusa creyó
también que cada estrella tenía sus habitantes, como los tenía la tierra.
Alberto de Sajonia conservó la estructura esencial del universo aristotélico;
Ockham, aunque defendía como Avicebrón que la materia de los cuerpos elementales
y celestes era la misma, decía que solamente Dios podía corromper la sustancia
celeste. Nicolás de Cusa decía que no había absolutamente ninguna distinción
entre la materia celeste y la sublunar, y que debido a que el universo, sin ser
infinito en acto, no tenía fronteras, ni la tierra ni ningún otro cuerpo podía
ser su centro. No había centro. Cada estrella, nuestra tierra era una de ellas,
consistía en los cuatro elementos dispuestos concéntricamente alrededor de una
tierra central y cada una estaba suspendida por separado en el espacio
ilimitable por el exacto equilibrio de sus elementos ligeros y pesados.
1.3. Dinámica terrestre y celeste
La dinámica de Aristóteles incluía varias
proposiciones que fueron todas ellas criticadas al final de la Edad Media. En
primer lugar estaba la concepción aristotélica del movimiento local, como todos
los tipos de cambio, como un proceso por el que las potencialidades de
cualquier cuerpo para moverse eran actualizadas por un agente motor (vide vol.
I, pp. 71-72, 77, 108). En el movimiento natural este agente era un principio
intrínseco, que actuaba o como una causa eficiente, por ejemplo, el «alma» en
los seres vivos (cf. vol. I, p. 130), o como un principio que producía el
movimiento espontáneo característico en un medio determinado, como en el
movimiento de los cuerpos hacia su «lugar natural». Cada una de las esferas era
movida también por un «alma», que se convirtió en autores posteriores en una
«Inteligencia» que hacía girar a la esfera. En el movimiento no natural, o
forzado y «violento», el agente era siempre una causa externa que acompañaba al
cuerpo en movimiento e imponía sobre él su forma ajena de movimiento. Pero
tanto si el movimiento era producido por la actividad natural de la
«naturaleza» o «forma» como si era impuesto por un agente externo se conservaba
el principio general: «Todo lo que se mueve es movido por algo.» Si la causa
cesaba en su acción también hacía el efecto. Para el conjunto de la concepción
del movimiento natural era básico el que se dirigiera hacia un fin, una meta,
por ejemplo, la tierra, como meta de una piedra que cae libremente. El
movimiento no natural era la imposición de un movimiento ajeno al fin natural,
y ese movimiento persistía solamente mientras el agente externo se mantenía en
contacto con el cuerpo movido. Aristóteles defendió además que la velocidad de
un cuerpo en movimiento era directamente proporcional a la fuerza motriz e
inversamente proporcional a la resistencia del medio en el que tenía lugar el
movimiento. Esto daba la ley,
Una limitación importante, que provenía del
concepto griego de la proporción y de la formulación vaga de Aristóteles, era
el que el mismo Aristóteles no expresó de hecho su «ley» en la forma en que,
por comodidad, se ha expresado anteriormente. Según el concepto griego, una
magnitud podía resultar solamente de una proporción «verdadera», esto es, de
una razón entre cantidades «comparables», por ejemplo, entre dos distancias o
dos tiempos. Una proporción entre dos cantidades «no comparables» como la distancia
(d) y el tiempo (t) no habría sido
considerada, por tanto, como una magnitud, de ese modo los griegos no dieron de
hecho una definición métrica de la velocidad como una magnitud que representa
una razón entre el espacio y el tiempo, por ejemplo, v = Kd/t. Esa definición métrica fue una de las realizaciones de los matemáticos
escolásticos del siglo XIV. El mismo Aristóteles pudo expresar la relación de
la velocidad a la fuerza y a la resistencia solamente si hubiera abordado el
problema por etapas separadas.
Así:
por ejemplo, la velocidad es uniforme cuando
f1 = f2 y r1 = r2
y
La «ley» de Aristóteles expresaba su creencia de
que cualquier incremento de la velocidad en un medio dado podía ser producido
solamente por un incremento de la fuerza motriz. De la «ley» se seguía también
que en el vacío los cuerpos caerían con velocidad instantánea; como él
consideró esta conclusión como absurda, la utilizó como un argumento contra la
posibilidad del vacío. Sostuvo que en un medio dado los cuerpos de distinta
materia, pero de la misma forma y tamaño, caían con velocidades proporcionales
a sus pesos diferentes.
Este concepto y clasificación del movimiento se
basaba en la observación directa y era confirmado por muchos fenómenos
cotidianos. Pero había tres fenómenos que presentaban dificultades y que iban,
en último término, a resultar fatales para la formación matemática sacada de la
explicación de Aristóteles. Primero, 'según la «ley» de Aristóteles, debería
haber una velocidad finita (v)
para cualquier valor finito de la fuerza (f) y de la resistencia (r); sin embargo, de hecho, si la fuerza era menor que la
resistencia, no podría mover en absoluto el cuerpo. El mismo Aristóteles
reconoció esto e hizo excepciones para su ley, por ejemplo, en el caso de un
hombre que intenta mover un peso considerable sin conseguirlo.
Segundo, ¿cuál era la fuente del incremento de
la fuerza motriz exigido para producir la aceleración de los cuerpos en caída
libre? El había observado que los cuerpos que caen verticalmente en el aire
aceleraban constantemente, y pensó que esto se debía a que el cuerpo se movía más
rápidamente cuando se acercaba a su lugar natural en el universo como meta y
cumplimiento de su movimiento natural.
Tercero, ¿cuál era la fuerza motriz que mantenía
en movimiento un proyectil cuando éste había abandonado al agente de la
proyección? Si el movimiento hacia arriba de una piedra no era debido a la misma piedra, sino a la mano que la lanzaba,
¿cuál era el responsable de su movimiento continuado después de que cesara de
estar en contacto con la mano? ¿Qué mantenía en vuelo una flecha después de que
había abandonado la cuerda del arco? El mismo Aristóteles, en la Física (libro 8 ), propuso este problema y discutió
tíos soluciones, las de Platón y la suya propia. Platón, en el Timeo, daba a los cuerpos solamente un movimiento propio, que
les dirigía hacia su lugar propio en el espacio que formaba el receptáculo de
todas las cosas, y explicaba este movimiento por la forma geométrica de los
cuerpos elementales y el sacudimiento del receptáculo por el Alma del Mundo.
Atribuía todos los demás movimientos a la colisión y a la mutua
sustitución, antiperistasis: un
proyectil, por ejemplo, en el momento de la descarga, comprimía el aire que
estaba frente a él, que circulaba entonces a la parte posterior del proyectil y
lo empujaba hacia adelante, y así sucesivamente en un remolino. La objeción de
Aristóteles a esta explicación era que, a menos que el motor original diera a
lo que movía no solamente un movimiento, sino también el poder de moverse a sí
mismo, el movimiento cesaría. Por tanto, propuso que la cuerda del arco o la
mano comunicaba una cierta cualidad o «poder de ser un moviente» (como dijo en
el libro 8 , capítulo 10 , de la Física, 267 a 4) al aire que estaba en contacto con ella, que transmitía el
impulso al estrato siguiente de aire, y así sucesivamente, conservando la
flecha en movimiento hasta que la fuerza decaía progresivamente. Esta fuerza,
decía, proviene del hecho de que el aire (y el agua), siendo elementos
intermedios, eran pesados o ligeros, según su medio ambiente efectivo. El aire
podía mover así un proyectil hacia arriba a partir de su posición natural. Si
el espacio actual fuera un vacío, argüía en el libro 4 de la Física, ni aun el movimiento violento sería posible; un
proyectil no podría moverse en el espacio vacío.
Gimo se ha visto a la luz de la mecánica clásica
elaborada en el siglo XVII, el defecto principal de la mecánica de Aristóteles
residía en su incapacidad de tratar adecuadamente la aceleración, en cuanto distinta de la velocidad. Desde el
punto de vista de estas últimas concepciones, su dificultad fundamental surgió
del hecho de que, al analizar el movimiento enteramente en términos de
velocidades que se continúan durante un período de tiempo, era incapaz de
reconocer la velocidad inicial o
la fuerza requerida para comenzar el movimiento de un cuerpo. Sus ideas de fuerza o poder se
limitaban a las causas de movimientos que continuaban durante un período de
tiempo. Todas las dificultades halladas en su manera de tratarlas fueron
finalmente vencidas, cuando se analizó el movimiento en términos de
velocidad en un instante. Newton
fue capaz, utilizando este concepto, de demostrar que la misma fuerza inicial
que ponía en movimiento un cuerpo debía, si continuaba actuando, producir no
precisamente una velocidad continuada, sino el mismo cambio constante en
velocidad, esto es, una aceleración constante. Los progresos hacia la
clarificación de este problema que se hicieron antes de Newton los veremos a
continuación.
Algunas partes de la dinámica de Aristóteles ya
fueron criticadas en el Mundo Antiguo por miembros de otras escuelas de
pensamiento. Los atomistas griegos consideraron como un axioma el que todos los
cuerpos de cualquier peso caerían en el vacío a la misma velocidad y que las
diferencias en la velocidad de cuerpos determinados en un medio determinado,
por ejemplo, el aire, se debían a las diferencias en la proporción de la
resistencia a los pesos (vide supra, p. 41, nota 1). Los
mecanicistas alejandrinos y los estoicos admitieron también la posibilidad del
vacío; pero Filón decía que las diferencias en la velocidad de la caída eran
debidas a diferentes «pesos-fuerzas» (correspondientes a diferentes «masas»), y
ahí derivó Herón el corolario de que si dos cuerpos de un peso determinado se
fundían, la velocidad de la caída del cuerpo resultante sería mayor que la de
cada uno de ellos por separado. El neoplatónico cristiano Juan Filopón de
Alejandría, que escribió en el siglo vi d. C., rechazó también las leyes de
Aristóteles y de los atomistas sobre la caída de los cuerpos y defendía que en
el vacío un cuerpo caería con una velocidad finita característica de su
gravedad, mientras que en el aire esta velocidad finita se veía reducida en
proporción a la resistencia del medio. La rotación de las esferas celestes
proporcionaba un ejemplo de una velocidad finita que tenía lugar en la ausencia
de resistencia. Filopón señaló también que la velocidad de los cuerpos que caen
en el aire no era simplemente proporcional a sus pesos, porque cuando un cuerpo
pesado y otro menos pesado eran dejados caer desde la misma altura, la diferencia
entre sus tiempos de caída era mucho menor que la que existía entre sus pesos.
Filopón aceptó la teoría de Aristóteles para explicar la aceleración continuada
de los cuerpos que caen, aunque ésta no fue aceptada por otros físicos griegos
posteriores. Algunos de éstos propusieron una adaptación del concepto platónico
de la antiperistasis, según
la cual el cuerpo que caía forzaba al aire hacia abajo, que a su vez arrastraba
al cuerpo tras él, y así sucesivamente; la gravedad natural recibía
continuamente así una ayuda creciente de la atracción del aire y provocaba
continuadamente un incremento de esta ayuda.
Parece que Filopón fue el primero en demostrar
que el medio no podía ser la causa del movimiento del proyectil. Si es
realmente el aire el que transporta la piedra o la flecha, ¿por qué,
preguntaba, debe la mano tocar la piedra, o la flecha debía ser acoplada al
arco? ¿Por qué el batir violento del aire no movía la piedra? ¿Por qué una
piedra pesada puede ser lanzada más lejos que una ligera? ¿Por qué dos cuerpos
tienen que chocar para desviarse y no pasan simplemente uno cerca del otro en
el aire? Estas observaciones cotidianas, que iban a formar el componente
principal de las críticas a la dinámica de Aristóteles hasta el tiempo de
Galileo, llevaron a Filopón a que propusiera una explicación alternativa del
movimiento «forzado» de los proyectiles. Obviamente, el aire no producía el
movimiento, sino que oponía resistencia a él. Propuso la idea original de que
el instrumento de proyección impartía poder motor no al aire, sino al mismo
proyectil; «una cierta fuerza motriz incorpórea debe ser dada al proyectil a
través del acto de lanzar», decía en su comentario a la Física de Aristóteles (libro 4, capítulo 8 ). pero esta
fuerza motriz, o «energía» (energeia), era solamente prestada y decrecía según las
tendencias naturales del cuerpo y la resistencia del medio, de manera que el
movimiento no natural del proyectil terminaba por cesar.
Algunos investigadores, particularmente Duhem,
han aducido la teoría de Filopón como el origen de ciertas concepciones
medievales que a su vez se ha supuesto que dieron nacimiento al concepto
moderno de la inercia, que iba a ser la base de la revolución de la Dinámica en
el siglo XVII (vide infra p.
66 , nota 11). Veremos todavía más adelante que esta opinión de la continuidad
completa puede ser puesta en duda basándose tanto en la derivación histórica
efectiva como en el carácter de la concepción del movimiento en cuestión. Pero
la teoría de que el movimiento no natural podía ser mantenido por una fuerza
motriz impartida al mismo cuerpo que se movía antinaturalmente era una
innovación importante y fue mencionada por varios autores antes de que
reapareciera como la teoría del Impetus en el siglo XIV. El mismo Filopón fue atacado
por Simplicio (muerto en 549) en las «Digresiones contra Juan el Gramático»,
que añadió como apéndice a su propio comentario a la Física. Específicamente objetaba la negación de Filopón
del principio fundamental de que todo lo que era movido antinaturalmente debía
ser movido por un agente externo en contacto con él. Su propia explicación del
movimiento del proyectil era un desarrollo de la teoría de la antiperistasis; defendía que el proyectil y el medio actuaban
alternativamente uno sobre otro hasta que, finalmente, se extinguía la fuerza
motriz. Al mismo tiempo, propuso una explicación de la aceleración de los
cuerpos que caen libremente, suponiendo que su peso aumentaba en la medida que
se aproximaban al centro del mundo.
Uno de los primeros autores árabes que adoptó la
teoría de Filopón fue Avicena, que definió la fuerza impartida al proyectil,
según la traducción hecha por S. Pines en un artículo importante en Archeion (1938, vol. XXI, p. 301), como «una cualidad por
la que el cuerpo empuja lo que le impide moverse en cualquier dirección».
También llamó a esto una «fuerza prestada», una cualidad dada al proyectil por
el proyector, como el calor era dado al agua por el fuego. Avicena hizo dos modificaciones
importantes de la teoría. Primero, mientras Filopón había defendido que aun en
el vacío, si éste fuera posible, la fuerza prestada desaparecería
progresivamente y cesaría el movimiento «forzado» del proyectil, Avicena argüía
que, en ausencia de obstáculos, este poder y el movimiento «forzado» que
producía persistirían indefinidamente. Segundo, intentó expresar la fuerza
motriz cuantitativamente, diciendo, en efecto, que los cuerpos movidos por una
fuerza determinada se trasladarían con velocidades inversamente proporcionales
a sus pesos y que los cuerpos que se movían con una velocidad determinada
recorrerían (contra la resistencia del aire) distancias directamente
proporcionales a sus pesos. Un perfeccionamiento ulterior de la teoría fue
realizado por el seguidor de Avicena Abu’l Barakat, en el siglo XII, que propuso una explicación de la aceleración de los
cuerpos que caen por la acumulación de incrementos sucesivos de fuerza con
incrementos sucesivos de velocidad.
Los principales puntos en litigio entre la
concepción aristotélica del movimiento y esta concepción, en último extremo
platónica, expuesta por primera vez por Filopón, fueron recogidos por Averroes
en un estudio que iba a determinar las líneas principales del debate que
comenzó en Occidente en el siglo XIII. Filopón sostenía que en todos los casos,
en los cuerpos que caen y en los proyectiles, la velocidad era proporcional
solamente a la fuerza motriz y que la resistencia del medio únicamente reducía
ésta en una velocidad finita determinada. Esta «ley del movimiento» fue
defendida por el árabe español del siglo XII Ibn Bagda, o Avempace, como era
llamado en latín, como una alternativa de la de Aristóteles. Significaba
cambiar la «ley del movimiento» de Aristóteles por la fórmula: velocidad (v) = fuerza (f) — resistencia (r). Avempace argumentaba que incluso en el vacío un
cuerpo se movería con una velocidad finita porque, aunque no había resistencia,
el cuerpo tenía todavía que atravesar una distancia. Citó, como Filopón, el movimiento de las esferas
celestes como un ejemplo de velocidad finita sin resistencia. Averroes, en su
comentario a la Física de
Aristóteles, no sólo atacó la exposición del movimiento de Avempace (que él
creyó que era original), sino toda la doctrina de las «naturalezas» sobre la
que estaba basada. Sostenía que el error de Avempace consistía en tratar la
«naturaleza» de un cuerpo pesado como si fuera una entidad distinta de la
materia del cuerpo y como si la materia fuera movida por la «forma» que actuaba
como una causa eficiente, de la misma manera que una Inteligencia inmaterial
movía su esfera celeste o el «alma» producía los movimientos de un ser vivo.
Averroes atacaba específicamente la hipótesis de Avempace de que el medio era
un impedimento para el movimiento natural, porque esto quería decir que todos
los cuerpos reales se movían antinaturalmente, ya que todos, de hecho, se
movían a través de medios corpóreos.
El punto de partida normal de los comentadores
escolásticos de la Física y
del De Cáelo de
Aristóteles fueron los comentarios de Averroes que acompañaban a las primeras
traducciones latinas más populares. De ese modo, la exposición de Averroes y su
crítica de Avempace se convirtió en la fuente de una profunda divergencia en
los intentos de formular una ley de las velocidades de los movimientos
naturales. Pero significó más que esto. Se ha pretendido que ella reflejaba una
profunda hendidura en la concepción de la naturaleza que corre a lo largo de
toda la historia de la Filosofía[9]. Filopón y Avempace habían
seguido a Platón al buscar las naturalezas reales y las causas de los fenómenos
no en la experiencia inmediata, sino en factores abstraídos por la razón a
partir de la experiencia. Podía suceder que todos los cuerpos observados se
movían de hecho a través de un medio; sin embargo, se había de buscar la ley de sus movimientos no en la experiencia inmediata, sino por medio
de un análisis abstracto que descubría el mundo real inteligible como una
idealización del que la polifacética diversidad del mundo de la experiencia era
un producto compuesto y en cierto sentido la «apariencia». Averroes, en contra
de esta opinión, identificó el mundo real con el mundo concreto y directamente
observable, y buscó la ley del movimiento de acuerdo con los datos de la
experiencia en toda su diversidad inmediata.
La conclusión de la línea de argumentación de
Averroes sería atribuir los factores abstractos aparecidos por el análisis de
la experiencia inmediata a nuestro modo de pensar más que a las cosas
analizadas; considerar estos factores como meros conceptos o incluso nombres,
no como el descubrimiento de algo real. Esta fue la disputa entre los
«nominalistas» y los «realistas» en la Edad Media y la de los «empiristas» y
los «racionalistas» en los siglos XVII y XVIII. Y significa una profunda
diferencia no sólo en la filosofía de la naturaleza, sino también en el método
científico. Es verdad que Averroes y sus seguidores occidentales consideraron a
su empirismo estricto como una expresión auténtica de los métodos
aristotélicos, mientras que Avempace era calificado de platónico por Alberto
Magno y Tomás de Aquino, y Galileo iba a proclamar su método de idealización
matemática como un triunfo de Platón sobre Aristóteles. Los métodos aplicados
por ambos bandos del debate en el siglo XIII y XIV puede ser mirado desde estos
dos puntos de vista, aunque las contribuciones positivas al problema del
movimiento no vinieron, por ningún concepto, todas del mismo bando.
En el siglo XIII fueron principalmente las disputas
filosóficas las que determinaron los términos de la discusión del movimiento
pero esto dio lugar en el siglo XIV a una mayor atención a la formulación
matemática y cuantitativa de las leyes del movimiento. Comenzó a dirigirse la
atención del «porqué» al «cómo». Los filósofos de la naturaleza de este
período, prácticamente sin ninguna excepción - la más significativa fue la de
Guillermo Ockham, basaron sus discusiones sobre el principio aceptado de
Aristóteles de^ que el estar en movimiento significaba ser movido por algo.
Había diferencias de opinión respecto de la naturaleza de la fuerza motriz,
según los diferentes casos, y respecto de las relaciones cuantitativas que
existían entre los diferentes determinantes de la velocidad.
El primer filósofo escolástico que recogió la
discusión entre Averroes y Avempace fue Alberto Magno. Se puso del lado de
Averroes, y en eso fue seguido por Gil de Roma y otros, hasta que en el siglo
XIV Tomás Bradwardino propuso una versión original de la «ley» aristotélica que
expresaba la proporcionalidad entre la velocidad, la fuerza y la resistencia.
Averroes había recogido las propias observaciones de Aristóteles sobre la
ley v ? f/r en
el caso en que la fuerza no podía superar a la resistencia y producir algún
movimiento (vide supra p.
51). Intentó superar esta dificultad diciendo que la velocidad se seguía del
exceso de la fuerza respecto de la resistencia, y algunos autores latinos del
siglo XIII supusieron que el movimiento se producía solamente cuando f/r era mayor que la unidad. Tomás Bradwardino, en
su Tractatus Proportionum (1328),
limitó las comparaciones de las proporciones de la fuerza a la resistencia a
los casos en que ocurría así. En lo que parece ser uno de los intentos más
antiguos de utilizar funciones algebraicas para describir el movimiento,
intentó demostrar cómo la variable dependiente estaba relacionada a las dos
variables independientes f y r.
La formulación métrica de la «ley del
movimiento» aristotélica como una función, de manera que fuera refutable cuantitativamente,
fue una conquista de la mayor importancia, incluso aunque ni Bradwardino ni
ninguno de sus contemporáneos descubriera una expresión que se adecuara a
hechos o no aplicara de hecho ninguna comparación cuantitativa. El primer
requisito era dar una definición métrica de la velocidad como una magnitud que
representara la razón entre el espacio y el tiempo. Aristóteles no sólo había
fracasado en esto, sino que también su método de expresión no había distinguido
claramente el análisis estático de la relación entre la fuerza (f), resistencia (r) y la distancia (d), en el que no se consideraba el tiempo (t), por ejemplo, al tratar la elevación de pesos, del
análisis dinámico-cinemático en el que se considera el tiempo (cf. vol. I, p.
109). Al menos en Occidente, parece que el primer autor en intentar un análisis
puramente cinemático del movimiento fue Gerardo de Bruselas, cuyo importante
tratado De Motu fue
escrito, según Clagett, probablemente entre 1187 y 1260. Este tratado parece
estar relacionado en alguna forma con las actividades de Jordano y muestra la
fuerte influencia de Euclides y Arquímedes, utilizando la prueba característica
de este último por la reductio ad absurdum (o prueba per impossibile) y el método de eliminación de todas las
posibilidades. Al tratar el tema de los movimientos de rotación, Gerardo adoptó
un enfoque que se ha convertido en característico de la cinemática moderna,
considerando como objetivo principal del análisis la representación de las
velocidades no-uniformes por medio de velocidades uniformes. Aunque le faltó
poco para definir la velocidad como una razón de cantidades no comparables, su
análisis implicaba inevitablemente el concepto de velocidad, y parece que
supuso que la velocidad de un movimiento puede ser expresada por un número o
una cantidad haciendo de ella una magnitud como el espacio o el tiempo.
Bradwardino discute específicamente algunas proposiciones de Gerardo, y parece
probable que el De Motu dirigiera
la atención de los matemáticos de Oxford del siglo XIV hacia la descripción
cinemática de los movimientos variables y hacia la definición métrica de la
velocidad exigida para su estudio (cf. infra pp. 125 y ss.).
Bradwardino fue capaz, utilizando su formulación
métrica, de demostrar que el análisis de Aristóteles y otras varias fórmulas
corrientes, incluida la de Avempace, no se adecuaban a los hechos de los
cuerpos en movimiento, tal
como él los entendía. Rechazó todas ellas porque no satisfacían sus
presupuestos físicos o no se conservaban para todos los valores. En lugar de
ellos, propuso una interpretación de la ley de Aristóteles basada sobre el
teorema que aparecía en el comentario de Campanus de Novara al quinto libro de
Euclides, en el que se demostraba que si a/b = b/c, entonces a/c =
(b/c)2. Bradwardino
argumentó que la ley de Aristóteles significaba que si una razón dada f/r producía una velocidad v, la razón que haría doble esta velocidad no era
2 f/r, sino (f/r)2 y la razón que la reduciría a la mitad era v(f/r). La
función exponencial por la que relacionó estas variables puede ser expresada en
la terminología moderna como v =
log (f/r) . Puesto que logaritmo de 1/1 es 0, la condición se
cumple cuando la fuerza y la resistencia son iguales, no hay entonces ningún
movimiento y la fórmula da un cambio gradual continuo en la medida en que
tanto vcomo f/r se aproximan a la unidad. Aunque el enfoque de la dinámica de
Bradwardino tenía el grave defecto (no era por ningún concepto, el único en
este período) de que no comprobó su ley haciendo experimentos, su formulación
del problema en términos de una ecuación en la que se reconocía la complejidad
de las relaciones implicadas. Una contribución importante a los métodos de la
física matemática. Su sustitución del «porqué» por el «cómo» en la base del
estudio del movimiento tuvo una influencia inmediata y duradera. Su ecuación
fue aceptada por los matemáticos de Oxford, Heytesbury, Dumbleton y Ricardo de
Swineshead (vide infra, página
124), y por Buridán, Alberto de Sajonia y Nicolás de Oresme, y hasta el siglo
XIV fue tenida casi universalmente como la auténtica «ley del movimiento»
aristotélica.
El crítico más antiguo y más importante de la
«ley del movimiento» de Aristóteles, según el punto de vista de Avempace, fue
Tomás de Aquino. El principal punto en litigio era si un cuerpo se movería con
una velocidad finita en el vacío. El Aquinate, en su comentario a la Física, apoyó el argumento de Avempace de que aun sin
ninguna resistencia, todo movimiento debía necesitar tiempo porque atravesaba
una distancia extensa. Por tanto, aceptó la «ley» de Avempace, v
= f - r. Estaba incluso dispuesto a admitir la afirmación de
Averroes de que esto implicaría un «elemento de violencia» en todos los
movimientos naturales efectivos, porque todos partían de un lugar no natural. Roger Bacon, Pedro Oliva
(1245/1249-1298), Duns Scoto y otros autores del siglo XIII siguieron al
Aquinate en defender a Avempace. En el siglo XV su «ley» fue universalmente
rechazada por el influjo de Averroes y Bradwardino, pero encontró un defensor
hacia finales del siglo en un cierto Magister Claius. Este defendía que los
cuerpos pesados caerían en el vacío más aprisa que los ligeros, pero que
ninguno de ellos alcanzaría una velocidad infinita. Galileo iba a utilizar» en
sus primeros trabajos sobre Dinámica en Pisa, una expresión del movimiento
idéntica a la de Avempace.
Junto con el análisis cuantitativo del
movimiento de Avempace, en el siglo XIII hubo nuevos intentos de explicar la
causa de la aceleración de los cuerpos que caen libremente y de la velocidad
continuada de los proyectiles. Evidentemente, el medio no podía prestar ninguna
ayuda si esos cuerpos se suponían in vacuo. Es un punto discutido si el mismo Aquinate
aceptó la teoría de que el agente imprimía en el proyectil alguna clase de
fuerza, alguna virtus impressa, que
actuaba como un instrumento de
su movimiento continuado. Ciertamente, él estudió esta teoría, pero también
distinguió claramente entre las fuerzas motrices naturales, como la del poder
intrínseco de crecimiento dado por el padre a la semilla en la reproducción, y
la fuerza extrínseca no natural que mueve un proyectil. Parece que, de hecho,
atribuyó esta última al medio. Oliva propuso una explicación del movimiento del
proyectil por medio de lo que él llamó, en sus Quaestiones in
secumdum librum Sententiarum, «impulsos
violentos o inclinaciones dados por el proyector», comparables con los impulsos
naturales de la pesadez y la ligereza. El contexto de la explicación de Oliva
era el problema de la acción a distancia en una discusión de la causalidad en
general. Citó el movimiento del proyectil como un ejemplo de la acción no
causada por contacto directo, ni por el medio, sino por «especies» o
«semejanzas» o «impresiones» inculcadas por el agente de la proyección sobre el
proyectil y que lo movían después de que se había separado del proyector. La explicación
de Oliva, de hecho, era una adaptación de la teoría de la «multiplicación de
las especies» de Grosetesta y Roger Bacon (cf. vol. I, pp. 75, 96-97, supra pp. 47 y ss.). Era básicamente una emanación
neoplatónica, y le era esencial el que fuera movida hacia un fin.
El primer filósofo escolástico de la naturaleza
que propuso una teoría de la «fuerza impresa» como una fuerza motriz
aristotélica, una vis motrix determinada
no por la meta, sino por el agente motor, parece haber sido un discípulo
italiano de Duns Scoto, Francisco de Marchia. Marchia, en su comentario a
las Sentencias, escrito
alrededor de 1320, en París, siguió al Aquinate al discutir el problema de la
causalidad instrumental. El contexto del problema, trasladado fácilmente por
analogía de la Teología a la Física, es característico de gran parte de la
filosofía escolástica de la naturaleza. Marchia, al investigar si el poder de
producir la gracia residía en los mismos sacramentos o provenía sólo
directamente de Dios, planteaba el problema del movimiento de los proyectiles
con el fin de mostrar que, en los sacramentos y en los proyectiles, había una
cierta fuerza residual que era capaz de producir efectos. Rechazando la teoría
de Aristóteles de que el movimiento de los proyectiles era provocado por el
aire, concluyó que debía ser explicado, como dice la traducción del fragmento
citado por la doctora Maier en su Zwei Grundprobleme der
Scholastischen Naturphilosophie (p.
174), «por el movimiento o impulso de una fuerza dejada atrás (virtus
derelicta) en la piedra por el motor
primario», esto es, por la mano o por la cuerda del arco. Marchia tuvo cuidado
de señalar que esta fuerza no era innata o permanente. Era una cualidad
accidental, que era extrínseca y violenta, y al ser opuesta a las inclinaciones
naturales del cuerpo era tolerada solamente durante un tiempo. Decía que la
fuerza motriz de un proyectil era una «forma» que no era enteramente
permanente, como la blancura o el calor del fuego, ni enteramente
transitoria (fluens, successiva), como el proceso del calentamiento o del movimiento, sino algo
intermedio que duraba un tiempo limitado.
La existencia en los escritos de Filopón y
Avempace, y en los escolásticos de los siglos XIII y XIV, de una «ley del
movimiento» semejante y de una concepción análoga de la fuerza motriz, ha
llevado a los historiadores a buscar una posible conexión histórica entre
ellos. Es verdad que casi todos estos autores pertenecen a la tradición
neoplatónica, pero, sin embargo, no se ha hallado hasta la fecha ninguna derivación
documental. Hasta donde se sabe históricamente, las obras del mismo Filopón no
fueron conocidas en la Edad Media. El conocimiento directo de sus opiniones
parece haber estado limitado en gran parte, en la Edad Media, a la presentación
incompleta y no muy clara de su postura por Simplicio, cuyo comentario a
la Física fue traducido
al latín en el siglo XIII. El estudio de Avicena sobre el movimiento de los
proyectiles y la «fuerza impresa» no aparece en la parte de su comentario que
fue traducido al latín con el título de Sufficientia Physicorum, el cual contiene solamente los cuatro primeros
libros (cf. vol. I, cuadro I). Se sabe que Alpetragio estaba fuertemente
influido por un discípulo de Avempace, Ibn Tofail, y la traducción latina de la
obra de Alpetragio, realizada en 1528 y editada en Venecia en 1531 como Theorica
Planetarum, daba una clara exposición
de la teoría de Filopón, aunque no daba su nombre. Sin embargo, en la
traducción medieval, realizada por Miguel Scot en 1217, con el título de Liber
Astronomiae, la teoría es resumida
hasta casi no quedar nada en el pasaje correspondiente. Hasta donde llegan las
pruebas, la doctora Maier ha concluido que la teoría de la fuerza
impresa y la del impetus, que le sucedió en el siglo XIV, fueron
desarrolladas independientemente por los escolásticos, principalmente en su
estudio de la causalidad instrumental en la reproducción y en los sacramentos.
No todos los filósofos de la naturaleza de los
siglos XIII y XIV aceptaron esta opinión de la causa del movimiento de los
proyectiles, y hubo muchos, por ejemplo, Gil de Roma, Ricardo de Middleton,
Walter Burley y Juan de Jandun, que continuaron aceptando la explicación de
Aristóteles, aunque no era satisfactoria, porque estaban todavía menos
satisfechos con las otras alternativas.
Pusieron objeciones a la acción a distancia
mediatizada por la «multiplicación de las especies» y a la «fuerza impresa»
como siendo igualmente imposibles. El autor del De Ratione
Ponderis, de la escuela de Jordano
Nemorarius (vide vol. I,
pp. 111-112), afirmaba que el aire provocaba tanto la velocidad continua como
la supuesta aceleración inicia de los proyectiles; en el siglo XVI, esta teoría
era todavía aceptada parcialmente incluso por físicos como Leonardo da Vinci,
Cardano y Tartaglia.
Para explicar la aceleración de los cuerpos que
caen libremente, muchos filósofos de la naturaleza continuaron siguiendo a
Aristóteles o a la teoría que recurría al aire o a la antiperistasis. Roger Bacon propuso una explicación original de
los cuerpos que caen. Supuso que cada partícula en cada cuerpo pesado tendía
naturalmente a caer por la trayectoria más corta hacia el centro del universo,
pero que cada una tendía a ser desplazada de su trayectoria rectilínea por las
partículas laterales a ella. La interferencia reciproca resultante de las
diferentes partículas actuaba como una resistencia interna, que hacían que el
movimiento necesitara tiempo aun en el vacío, y de este modo no era válido el
argumento de Aristóteles de que ese movimiento sería instantáneo.
Respecto de la naturaleza de la «forma» que era
la causa física del movimiento, esto es, la naturaleza de la fuerza motriz que
todas estas teorías presuponían como necesaria para el estado de ser en
movimiento, se enfrentaron fuertemente, al menos, dos opiniones en el siglo
XIV. La primera opinión era la asociada habitualmente con Duns Scoto, a saber,
la teoría de que el movimiento era una «forma fluyente» o forma
fluens. Según esta teoría, el
movimiento era un flujo incesante en el que era imposible dividir o aislar un
estado, y un cuerpo en movimiento era determinado sucesivamente por una forma
distinta a la vez del mismo cuerpo en movimiento y del lugar o espacio por el
que pasaba. Esta teoría fue defendida por Juan Buridán y Alberto de Sajonia. La
segunda opinión era que el movimiento era una serie continua de estados
distinguibles. Una forma de esta teoría fue defendida por Gregorio de Rimini,
quien identificó el movimiento con el espacio adquirido durante el movimiento,
y dijo que durante el movimiento, el cuerpo que se movía adquiría de instante a
instante una serie de diferentes atributos de lugar.
Una tercera concepción del movimiento, que
partía de un punto de vista radicalmente distinto, fue la propuesta por Ockham.
Uno de los principales objetos de las investigaciones lógicas de Ockham era el
definir los criterios por los que se podía decir que una cosa existía
(cf. supra pp. 52-62).
Afirmaba que no existía nada realmente, excepto lo que él llamaba res
absolutae o res
permanentes, cosas individuales,
sustancias determinadas por cualidades observables. En laSumma Totius
Logicae, parte 1, capítulo 49, decía:
«Aparte de las res absolutae, esto
es, sustancias y cualidades, no es imaginable ninguna cosa ni en acto ni en
potencia.» Términos como «tiempo» y «movimiento» no designaban res
absolutae, sino relaciones entreres
absolutae. Designaban lo que Ockham
llamaba res respectivae, sin
existencia real. Es este cuidadoso análisis de las significaciones de los
términos lo que es un rasgo tan notable de la obra de Ockham, y fue gracias a
ello como él y otros «terministas» hicieron tanto para clarificar muchas
cuestiones en la filosofía del siglo XIV. Como decía en sus Summulae
in Libros Physicorum, libro 3, capítulo
7: «Si buscamos la precisión utilizando palabras como ‘motor’, ‘movido’,
'movible', ‘ser movido’ y otras semejantes, en vez de palabras como
‘movimiento’, ‘movilidad’ y otras de la misma especie, que según la forma del
lenguaje y la opinión de muchos no parecen significar cosas permanentes, se
evitarían muchas dificultades y dudas. Pero ahora, debido a ellas, parece como
si el movimiento fuera algo o alguna cosa independiente o completamente
distinta de las cosas permanentes.»
Aplicando esta distinción al problema de la
Dinámica, Ockham rechazó por completo el principio básico de Aristóteles de que
el movimiento local fuera una potencialidad actualizada. Definió el movimiento como
la existencia sucesiva, sin reposo intermedio, de una identidad continua que
existía en lugares diferentes; y para él, el mismo movimiento era un concepto
que no tenía realidad, aparte de los cuerpos en movimiento que podían ser
percibidos. Era innecesario postular cualquier forma inherente que causara el
movimiento, cualquier entidad real distinta del cuerpo en movimiento,
cualquier flujo o curso. Todo lo que era necesario decir era que de instante a
instante el cuerpo en movimiento tenía una relación espacial diferente con otro
cuerpo. Cada efecto nuevo requería una causa; pero el movimiento no era un
efecto nuevo, porque no era nada, sino que el cuerpo existía sucesivamente en
lugares distintos. Ockham rechazó, por tanto, las tres explicaciones corrientes
de la causa del movimiento de los proyectiles, el impulso del aire, la acción a
distancia mediante las «especies» y la «fuerza impresa» mediante las «especies»
y la «fuerza impresa» dada al mismo proyectil (cf. supra p. 47). «Digo, por tanto —decía en su Comentario
a las sentencias, libro 2 , cuestión
26, M—,
que lo que mueve (ipsum movens) en el movimiento de
esta clase, después de la separación del cuerpo en movimiento del proyector
original, es el cuerpo movido por sí mismo (ipsum motum secundum se) y no por
alguna fuerza en él o relativa a él (virtus absoluta in eo vel respectiva),
porque es imposible distinguir entre lo que hace el motor y lo que es movido
(movens et motum est penitus indisunctum). Si dices que un nuevo efecto tiene
una causa y que el movimiento local es un nuevo efecto, yo afirmo que el movimiento
local no es un nuevo efecto en el sentido de un efecto real... porque no es
otra cosa sino el hecho de que el cuerpo en movimiento está en diferentes
partes del espacio, de tal manera que no está en ninguna parte, puesto que dos
contradictorias no pueden ser ambas verdad... Aunque una parte determinada del
espacio que es atravesada por el cuerpo en movimiento es nueva respecto al
cuerpo en movimiento, al ver que el cuerpo se mueve ahora a través de esas
partes y antes no lo hada, sin embargo, esa parte no es nueva, realmente
hablando... Sería asombroso, ciertamente, si mi mano produjera alguna fuerza en
la piedra por el mero hecho de que por medio del movimiento local se puso en
contacto con la piedra. [10]
Amplió esta concepción con una aplicación del
principio de economía en el llamado Tractatus de Successivis, editado por Boehner, afirmando en la parte I (p. 45):
El movimiento no es una cosa enteramente
distinta en sí misma del cuerpo permanente, porque es superfluo utilizar más
entidades cuando es posible utilizar menos... Que podemos salvar el movimiento
sin esa cosa adicional, y todo lo que es afirmado sobre
el movimiento, aparece claro al considerar las
partes diferentes del movimiento. Porque es claro que el movimiento local ha de
ser concebido de la manera siguiente: suponiendo que el cuerpo está en un lugar
y luego en otro lugar, procediendo, pues, sin ningún reposo o alguna cosa
intermediaria distinta del mismo cuerpo y del mismo agente que lo mueve,
tenemos realmente un movimiento local. Por tanto, es superfluo postular esas
otras cosas.
Lo mismo, decía, se aplicaba al cambio de cualidad
y al crecimiento y al decrecimiento (cf. vol. I, pp. 65-66). En la parte 3 (pp.
121 - 122 ) continuaba:
Es claro cómo deben ser atribuidos «ahora antes» y
«ahora después», tratando «ahora» primero: esta parte del cuerpo en movimiento
está ahora en esta posición, y luego es verdadero decir que ahora está en otra
posición, y así sucesivamente. Y así aparece claro que «ahora» no significa
algo distinto, sino que siempre significa el mismo cuerpo en movimiento que
permanece el mismo en sí mismo, de manera que ni adquiere nada nuevo ni pierde
algo que existía en él. Pero el cuerpo en movimiento no permanece siempre al
mismo respecto de su entorno, y así es posible atribuir «antes» y «después»,
esto es, decir; «Este cuerpo está ahora en A y no en B», y luego será verdadero
decir: «Este cuerpo está ahora en B y no en A», de modo que las
contradictorias se hacen verdaderas sucesivamente.
Algunos historiadores han pretendido que, al
rechazar el principio básico aristotélico expresado por la frase Omite quod movetur ab alto movetur, Ockham dio el primer paso
hacia el principio de inercia[11], que iba a revolucionar la
Física en el siglo XVII. Es cierto que, al afirmar la posibilidad del
movimiento bajo la acción de ninguna fuerza motriz, una posibilidad excluida
formalmente por el principio aristotélico, Ockham abría la puerta al principio de
inercia y a la definición del siglo XVIII de la fuerza como lo que altera el
estado de reposo o de la velocidad uniforme; con otras palabras, lo que produce
la aceleración. La importancia de la concepción de Ockham para las ideas sobre
el movimiento del siglo XVII se hace todavía más sugestiva cuando se considera
en unión de las ideas de algunos otros autores del siglo XIV. Nicolás de
Autrecourt, por ejemplo, las relacionó con su concepción de la naturaleza
atómica del continuo y del tiempo. Marsilio de Inghen, aunque rechazara la
concepción de Ockham sobre el movimiento, la estudió en conexión con la
concepción del espacio infinito, una idea que está estrechamente relacionada
con la «geometrización del espacio» en el siglo XVII. Nicolás de Oresme (muerto
en 1382), aunque conservó la forma fluens para explicar el
movimiento, propuso que la idea del movimiento absoluto podía ser definida
solamente por referencia a un espacio infinito inmóvil, situado más allá de las
estrellas fijas e identificado con la infinidad de Dios. Newton no parece muy
lejano de estos pasajes como físico y como teólogo natural.
Pero la relación lógica e histórica de la
concepción de Ockham sobre el movimiento al principio de inercia no es por
ningún concepto enteramente rectilínea. Si estamos tentados de leer sus
afirmaciones a la luz de la afirmación similar de Descartes, que no hizo
ninguna distinción entre el movimiento y el cuerpo que se mueve, debemos
recordar también que, tanto para Descartes como para Newton, el cambio en las
relaciones espaciales al pasar de un estado de reposo a un estado de
movimiento era un nuevo efecto. Era
un efecto que exigía para su producción no solamente una causa, sino una causa
exactamente determinada. De la concepción de movimiento de Ockham no es
posible, en efecto, deducir algunas de las propiedades esenciales de la
conservación de la velocidad y la dirección implicadas por el principio moderno
de la inercia. Sin embargo, Ockham no había pasado por alto los aspectos
dinámicos del movimiento. En su Expositio super Libros
Physicorum, al estudiar la controversia
entre los defensores de Averroes y de Avempace, defendió al Aquinate, que decía
que donde no hay resistencia, el movimiento necesita tiempo, dependiendo la
cantidad de tiempo de la distancia. Pero donde había una resistencia material,
decía que el tiempo dependería de la proporción de la fuerza motriz a la
resistencia. De este modo distinguió lo que ahora llamamos la medida cinemática
de la velocidad de la medida dinámica de la fuerza motriz, o fuerza, en
términos del trabajo realizado. La confusión de estas medidas es otro ejemplo
de la dificultad con la que (en nuestra opinión) fueron aprehendidos los
conceptos mecánicos aparentemente más elementales, una dificultad que incluso
todo el siglo XVII no llegó a dominar enteramente. Cuando Bradwardino rechazaba
la «ley del movimiento» de Avempace, utilizaba argumentos similares a los de
Ockham, y es difícil no ver una conexión en el giro del problema del «porqué»
al «cómo» que ambos realizaron, Ockham como lógico y Bradwardino como físico matemático.
En todo caso, no fue Ockham quien produjo la teoría dinámica más significativa
e influyente del siglo XIV, sino un físico cuya concepción era completamente
opuesta a la de los «terministas», Juan Buridán, que fue dos veces rector de la
Universidad de París entre 1328 y 1340. Buridán estudió los problemas clásicos
del movimiento en susQuaestiones super Ocio Libros Physicorum y en sus Quaestiones de Caelo et
Mundo. A las críticas corrientes de las
teorías del movimiento de los proyectiles platónica y aristotélica añadió la de
que el aire no podía explicar el movimiento rotatorio de una piedra de molino o
de un disco, porque el movimiento continuaba aun cuando se colocara una
cubierta sobre los cuerpos, cortando así el aire. Igualmente rechazó la explicación
de la aceleración de los cuerpos que caen libremente por la atracción del lugar
natural, porque defendía que el motor debe acompañar al cuerpo movido
(cf. supra pp. 48 y
ss.). La teoría del Impetus, por
medio de la cual explicaba los diferentes fenómenos del movimiento constante y
acelerado, se basaba, como la teoría anterior de la virtus
impressa, sobre los principios de
Aristóteles de que todo movimiento requiere un motor y de que la causa debe ser
proporcionada al efecto. En este sentido, la teoría del impetus era la conclusión histórica de una línea de
desarrollo dentro de la física aristotélica, más que el comienzo de una nueva
dinámica de la inercia, de la cual, ya que estaba todavía en el futuro, Buridán
no conoció, por supuesto, nada, Pero, influido por Bradwardino, Buridán formuló
su teoría con mayor exactitud cuantitativa que cualquiera de sus predecesores.
Es este aspecto de algunas de sus definiciones esenciales el que mira hacia el
futuro.
Puesto que las explicaciones de la persistencia
del movimiento de un cuerpo después de haber abandonado al motor original
fracasaron, Buridán concluyó que el motor debe imprimir al mismo cuerpo un
cierto impetus, una
fuerza motriz gracias a la cual continuaba moviéndose hasta que era afectada
por la acción de fuerzas independientes. En los proyectiles, este impetus se reducía progresivamente por la resistencia
del aire y por la gravedad natural a caer hacia abajo; en los cuerpos que caían
libremente, aumentaba gradualmente por la gravedad natural, que actuaba como
una fuerza aceleradora que añadía incrementos o impetus sucesivos, o «gravedad accidental», a los ya
adquiridos. La medida del impetus de un cuerpo era su cantidad de materia multiplicada por su
velocidad.
«Por tanto, creo —escribía Buridán en susQuaestiones
super Ocio Libros Physicorum, libro 8,
cuestión 12[12]:
que debemos concluir que un motor, al mover un
cuerpo, imprime en él un cierto impetus, una cierta fuerza capaz de mover este
cuerpo en la dirección en la que lo lanzó el motor, sea hacia arriba o hacia
abajo, hacia un lado o en círculo. Cuanto más rápidamente el motor mueve al
mismo cuerpo, tanto más poderoso es el impetus impreso en él. Es por este
Impetus por lo que la piedra es movida después de que el lanzador deja de
moverla; pero, a causa de la resistencia del aire y también a causa de la
gravedad de la piedra, que la inclina a moverse en una dirección opuesta a la
que el Impetus tiende a moverla, este impetus se debilita continuamente. Por
tanto, el movimiento de la piedra se hará continuamente más lento, y a la larga
el Impetus está tan disminuido o destruido que la gravedad de la piedra
prevalece sobre él y mueve la piedra hacia abajo, hacia su lugar natural.
Creo que se puede aceptar esta explicación porque las otras explicaciones no
parecen ser verdaderas, mientras que todos los fenómenos están de acuerdo con
ésta.
Porque si se pregunta por qué puedo lanzar una piedra más lejos que una pluma y
un trozo de hierro o de plomo apropiado a la mano más lejos que un trozo de
madera del mismo tamaño, afirmo que la causa de esto es que la recepción de
todas las formas y disposiciones está en la materia y por razón de la materia.
Por tanto, cuanta más materia contiene un cuerpo, más impetus puede recibir y
es mayor la intensidad con que puede recibirlo. Ahora bien, en un cuerpo
pesado, denso, hay, siendo iguales las otras cosas, más materia prima que en un
cuerpo ligero, raro u. Por tanto, un cuerpo pesado, denso, recibe más impetus y
lo recibe con más intensidad [que un cuerpo ligero, raro]. De la misma forma,
una cierta cantidad de hierro puede recibir más calor que una cantidad igual de
agua o de madera. Una pluma recibe un impetus tan débil que es destruido
rápidamente por la resistencia del aire, y, de manera similar, si uno lanza con
igual velocidad un trozo de madera y un trozo pesado de hierro del mismo tamaño
y forma, el trozo de hierro irá más lejos porque el impetus impreso en él es de
mayor intensidad, y éste no decae con la misma rapidez que el Impetus más
débil. Por la misma razón, es más difícil detener una rueda de molino grande,
que se mueve rápidamente, que una pequeña; siendo iguales todas las otras
cosas, en la rueda grande hay más impetus que en la pequeña. En virtud de la
misma razón, puedes lanzar una piedra de una libra o de media libra más lejos
que la milésima parte de esa piedra: en la milésima parte, el impetus es tan
pequeño que es pronto vencido por la resistencia del aire.
Esta me parece también ser la causa que explica por qué la caída natural de los
cuerpos pesados se acelera continuamente. Al principio de esta caída, la
gravedad sola movía al cuerpo: caía entonces más lentamente; pero, al moverse,
esta gravedad imprimía en el cuerpo un impetus, el cual impetus mueve el cuerpo
al mismo tiempo que la gravedad. El movimiento se hace, por tanto, más rápido,
y en la medida en que se hace más rápido, en esa misma medida se hace el
impetus más intenso. Es evidente así que el movimiento irá acelerándose
continuamente.
Quien quiere saltar lejos va hacia atrás un largo trecho para poder correr más
aprisa y adquirir así un impetus que, durante el salto, lo lleva una larga
distancia. Más aún, mientras corre y salta no siente que el aire le mueve, sino
que siente que el aire frente a él le resiste con fuerza.
Uno no encuentra en la Biblia que haya Inteligencias encargadas de comunicar a
las esferas celestes sus movimientos adecuados; está permitido, pues, demostrar
que no es necesario suponer la existencia de esas Inteligencias. Se puede
decir, de hecho, que Dios, cuando creó el universo, puso en movimiento las
esferas como le plugo, imprimiendo a cada una de ellas un Impetus que la ha
movido desde siempre. Dios no tiene, por tanto, que mover más a estas esferas,
excepto ejerciendo un influjo general parecido a ese por el que da su
cooperación a todos los fenómenos. Así pudo descansar el séptimo día del
trabajo que había realizado, confiando a las cosas creadas sus causas y efectos
recíprocos. Estos Impetus que Dios imprimió en los cuerpos celestes no han sido
reducidos o destruidos por el paso del tiempo, porque no había en los cuerpos
celestes ninguna inclinación hacia otros movimientos y no había resistencia que
pudiera corromper o retener estos impetus. No doy todo esto por cierto;
solamente preguntaría a los teólogos cómo podrían producirse todas estas
cosas [13]....
Continuaba definiendo la relación de esta teoría
del impetus con las otras teorías del movimiento de su
época. Primero insistía en que mientras el impetus de
un proyectil era un principio intrínseco del movimiento que era inherente al
cuerpo que movía, era un principio violento y no natural impreso en el cuerpo
por un agente externo y era opuesto a la gravedad natural del cuerpo. Pero ¿qué
era el impetus? No podía ser
identificado con el mismo movimiento, argumentaba, evidentemente refiriéndose a
Ockham, porque el propósito de la teoría era proponer una causa del movimiento.
Así que era algo distinto del cuerpo en movimiento. Ni podía ser algo puramente
transitorio, como el mismo movimiento, porque esto exigía un agente continuo
para producirlo. Concluía, pues:
Este impetus es una cosa duradera (res naturae
permanentis), distinta del movimiento local, por la cual el proyectil es
movido... Y es probable que este impetus sea una cualidad asignada por la
naturaleza para mover el cuerpo sobre el cual es impreso, de la misma manera
que se dice que una cualidad impresa por un imán sobre un pedazo de hierro
mueve el hierro hacia el imán. Y es probable que de la misma forma que esta
cualidad es impresa por el motor en el cuerpo en movimiento juntamente con el
movimiento, también sea disminuido, corrompido y obstruido, como lo es el
movimiento, por la resistencia [del medio] o la tendencia [natural] contraria.
Se ha pretendido que al hacer del impetus una res permanens, una fuerza motriz duradera que mantiene al cuerpo en movimiento sin
cambio en la medida en que no era afectado por fuerzas que lo disminuían o lo
aumentaban, Buridán dio un paso estratégico hacia el principio de inercia. Es
verdad que su impetus era, desde este punto
de vista, un progreso sobre la virtus de
Marchia, la cual duraba solamente ad modicum tempus. Es verdad también que existen semejanzas notables entre algunas de
las definiciones fundamentales de Buridán y las de la dinámica del siglo XVII.
La medida que propone Buridán del impetus de
un cuerpo como proporcional a la cantidad de materia y a la velocidad sugiere
la definición de Galileo del impeto o momento, la quantité de mouvement de Descartes, e incluso el momento de
Newton como el producto de la masa multiplicada por la velocidad. Es verdad que
el impetus de Buridán, en ausencia de fuerzas
independientes, podía continuar en círculo en los cuerpos celestes y en línea
recta en los cuerpos terrestres, mientras que el momento de Newton permanecería solamente en línea
recta en todos los cuerpos y necesitaría una fuerza para ser llevado a una
trayectoria circular. Galileo en esto no estaba con Newton, sino en una
posición intermedia entre él y Buridán.
También existe una cierta semejanza entre
el impetus de Buridán y
la forcé vive, o energía
cinética, de Leibniz. Buridán, al explicar la aceleración de los cuerpos que
caen libremente, decía en sus Quaestiones de Cáelo et Mundo, libro 2, cuestión 12:
Debe pensarse que un cuerpo pesado no adquiere
movimiento solamente de su motor primario, a saber, de su gravedad, sino que
también adquiere en él mismo un cierto Impetus junto con ese movimiento, que
tiene el poder de mover el mismo cuerpo, junto con la gravedad natural
constante. Y porque este impetus es adquirido proporcionalmente al movimiento;
por tanto, cuanto más rápido sea el movimiento, tanto mayor y fuerte será el
Impetus. Así, en consecuencia, el cuerpo pesado es movido inicialmente sólo por
su gravedad natural, y por tanto lentamente, pero luego es movido por la misma
gravedad natural y simultáneamente por el impetus que ha sido adquirido, y de
ese modo se mueve más rápidamente; ...y de nuevo es así movido más rápidamente,
y así es siempre continuamente acelerado, hasta el fin.
Algunos, concluía, llaman a este impetus «gravedad accidental».
Es interesante buscar analogías entre los
términos que aparecen en sistemas de dinámica tan distantes en el tiempo, pero
éstas pueden también ocultarnos el hiato que puede separar sus contenidos. ¿Se
puede afirmar realmente que la formulación de la teoría del impetus de Buridán implicaba la definición de fuerza del
siglo XVII como lo que no mantenía meramente la velocidad, sino que la
modificaba? Todo lo que Buridán escribió sobre el impetus indica que lo proponía como una causa
aristotélica del movimiento que debía ser proporcionada al efecto; por tanto,
si la velocidad aumentaba, como en los cuerpos que caen, también debía hacerlo
el impetus. Es verdad
que se puede considerar el impetus de Buridán, como un resultado de su intento de formulaciones
cuantitativas, como algo más que una causa aristotélica, como una fuerza o
poder poseído por un cuerpo, en razón de estar en movimiento, de alterar el
estado de reposo o movimiento de otros cuerpos en su trayectoria. Es verdad
también que existen demasiadas semejanzas entre esto y la definición deimpeto o momento dada por Galileo en su Dos nuevas
ciencias para que se suponga que éste
no debía nada a Buridán (cf. infra pp. 139 y ss.), Pero considerándolo en su propia época, y no como
un precursor de algo futuro, es evidente que el mismo Buridán consideró su
teoría como una solución a los problemas clásicos que surgían dentro del
contexto de la dinámica aristotélica, de la que él nunca se evadió. Esto es ilustrado
por la cuestión más sugestiva de sus Quaestiones in Libros
Metaphysicae, la cuestión 9 del libro
12;
Muchos suponen que el proyectil, después de
abandonar el proyector, es movido por un impetus dado por el proyector, y que
es movido mientras el impetus continua siendo más fuerte que la resistencia. El
impetus duraría indefinidamente (in infinitum duraret impetus) si no fuera
disminuido por un contrario resistente o por una inclinación a un movimiento
contrario; y en el movimiento celeste no hay resistencia contraria, de manera
que cuando en la creación del mundo, Dios movió una esfera con la velocidad que
quiso, El dejó de mover, y ese movimiento duró después por siempre debido al
impetus impreso en esa esfera. Por eso se dice que Dios descansó el séptimo día
de todos los trabajos que había realizado.
¿Significa esto que el impetus duraría de hecho siempre en todos los cuerpos
en ausencia de fuerzas opuestas? Buridán lo afirma solamente de los cuerpos
celestes, cuyo movimiento continuo era naturalmente circular. Pero en los
cuerpos terrestres, el impetus impreso violentamente, por
ejemplo, a un proyectil, encontraría siempre la oposición de la tendencia
natural del cuerpo hacia su lugar natural, para reposar en él. Más aún, según
la ley dinámica fundamental, que Buridán aceptó con la formulación de Bradwardino,
de que la velocidad era proporcional a la fuerza y a la resistencia; si no
hubiera resistencia, la velocidad sería infinita. Participando del empirismo
común a todos los aristotélicos, Buridán no pensó en abstraer los efectos de
sólo el impetus de los de su
interacción con las tendencias naturales y con la resistencia. Permaneció
próximo al mundo natural tal como lo veía. No concibió el principio de
movimiento de inercia en el espacio vacío.
Pero en un sentido profundo, Buridán y sus
contemporáneos anticiparon la gran reforma cosmológica de los siglos XVI y
XVII. La teoría del impetus de
Buridán fue un intento de incluir los movimientos celestes y los terrenos en un
único sistema mecánico. En este intento fue seguido por Alberto de Sajonia,
Marsilio de Inghen y Nicolás Oresme; aunque Oresme, defendiendo que en la
región terrestre había solamente movimientos acelerados y retardados, adaptó la
teoría del impetus a
esta hipótesis y parece que no lo consideraba como una res
naturae permanentis, sino como algo que
«duraba solamente algún tiempo». La teoría, bajo una forma u otra, fue aceptada
ampliamente en los siglos XIV y XV en Francia, Inglaterra e Italia.
Respecto de la dinámica terrestre, Buridán
explicó el rebote de una pelota por analogía con la reflexión de la luz,
diciendo que el impetus inicial
comprimía la pelota con violencia cuando ella golpeaba el suelo; y cuando
rebotaba, esto le daba un nuevo Impetus, que hada que la pelota saliera hacia arriba[14]. Dio una explicación
similar de la vibración de una cuerda y de la oscilación de una campana
balanceándose.
Alberto de Sajonia utilizó la teoría de Buridán
para explicar la trayectoria de un proyectil por medio de impetus compuestos, una idea que se remontaba hasta el
astrónomo griego del siglo n a. C. Hipparco, cuya exposición fue conservada en
el comentario al De Cáelo de
Simplicio. Según los principios aristotélicos, un cuerpo elemental podía tener
solamente un movimiento a la vez, porque una sustancia no podía tener dos
atributos contradictorios al mismo tiempo. Si eso ocurriera uno destruiría al
otro. Alberto de Sajonia defendió que la trayectoria de un proyectil estaba
dividida en tres períodos:
1.
un período
inicial de movimiento puramente violento durante el cual el impetus imprimido
aniquilaba la gravedad natural;
2.
un período
intermedio de impetus compuesto durante el cual el movimiento
era a la vez violento y natural, y
3.
un período
final del movimiento puramente natural de caída hacia abajo vertical después
que la gravedad natural y la resistencia habían superado al impetus
impreso (fig. 1).
Creía que la resistencia del aire tenía un valor de
fricción definido aun cuando el proyectil estuviera en reposo. En un proyectil
lanzado horizontalmente el movimiento durante el primer período era en línea
recta horizontal hasta que ésta se curvaba bruscamente durante el segundo
período para caer verticalmente en el tercero.
Cuando se lanzaba el proyectil verticalmente hacia
arriba éste llegaba a un estado de reposo en el segundo período (o quies media) y descendía cuando la gravedad natural
sobrepasaba a la resistencia del aire. Esta teoría fue aceptada por Blas de
Parma (muerto en 1416), Nicolás de Cusa, Leonardo da Vinci y otros seguidores
de Alberto de Sajonia, hasta que fue modificada de acuerdo con los principios
matemáticos de Tartaglia en el siglo XVI y sustituida finalmente por Galileo en
el siglo XVII.
Los progresos más significativos de la nueva
dinámica de la región celeste tuvieron lugar en la aplicación de la posibilidad
de la rotación de la Tierra sobre su eje (cf. vol. I, p. 88). Esta había sido
estudiada y rechazada por dos astrónomos persas del siglo XIII, al-Katibi y
al-Shirazi, aunque no se ha establecido ninguna relación entre ellos y los
autores latinos del siglo XIV. Para éstos el problema implicaba no sólo la
explicación dinámica de la persistencia del movimiento, sino también los
conceptos de espacio y gravitación. Los autores más importantes en el estudio
de la posibilidad del movimiento de la Tierra y en relacionarla con los
problemas afines fueron Buridán y Oresme. La frecuencia de sus referencias a
las condenaciones parisinas de 1277 es un ejemplo más de su importancia en las
especulaciones científicas de los años siguientes (cf. supra, p. 39).
Buridán, en sus Quaestiones de
Caelo et Mundo, mencionaba que muchos
defendían que el movimiento diario de rotación de la Tierra era probable,
aunque añadía que ellos proponían esta posibilidad como un ejercicio
escolástico. Se dio cuenta de que la observación inmediata de los cuerpos no
podía ayudar a decidir si eran los cielos los que se movían o lo era la Tierra,
pero rechazó el movimiento de la Tierra basándose en observaciones. Por
ejemplo, señaló que una flecha disparada verticalmente caía en el lugar desde
el que había sido disparada. Si la Tierra girara, decía, eso sería imposible; y
respecto a la sugerencia de que el aire que giraba arrastrara a la flecha decía
que el impetus de la
flecha resistiría la tracción lateral del aire.
El estudio de la rotación diaria de la Tierra
realizado por Oresme fue más elaborado. Estudió el problema en su Livre
du ciel et du monde, un comentario en
francés al De Caelo de
Aristóteles escrito en 1377 por encargo de Carlos V de Francia, que también le
encargó traducir del latín al francés la Etica, la Política y la Economía de Aristóteles[15]. Carlos, que era un amante
de las letras y de su propia lengua, poseía un cabinet de livres en el Louvre, conteniendo un gran número de
libros traducidos al romance por encargo suyo, y animó a los miembros de su
corte para que los leyeran para su formación y goce. El análisis de Oresme de
todo el problema fue el más detallado y agudo realizado en el período que va de
los astrónomos griegos a Copérnico. En su forma de tratar la mezcolanza de
cuestiones científicas, filosóficas y teológicas, implicadas, anticipó las
obras polémicas de Galileo.
Al defender el sistema geostático, una cuestión
importante estudiada por Oresme fue la del movimiento constante de las esferas.
Puesto que su versión de la teoría del impetus no podía explicar el movimiento constante,
retornó a una teoría vaga de equilibrio entre «las cualidades y fuerzas
motrices» que Dios comunicó a las esferas en la creación para corresponder a la
gravedad (pesanteur) de
los cuerpos terrestres y la «resistencia» proporcionada que se oponía a estas
fuerzas (vertus). De
hecho, decía que en la creación estas fuerzas y resistencias habían sido
conferidas por Dios a las «Inteligencias» que movían los cuerpos celestes; las
Inteligencias se movían con los cuerpos a los que movían y estaban relacionadas
con ellos de la misma forma que el alma lo estaba con el cuerpo. En el libro 2,
capítulo 2 de Le livre du ciel,
comparaba la máquina a un reloj y concluía:
Y estas fuerzas están controladas, templadas y
armonizadas de tal manera con las resistencias que los movimientos se hacen sin
violencia; y aparte de la violencia, no es de ninguna manera como un hombre que
construye un reloj y lo deja andar y moverse por sí mismo. Así, Dios dejó que
los cielos se movieran continuamente según las proporciones que sus fuerzas
motrices tenían a sus resistencias y con el orden establecido.
¿Era, sin embargo, posible aceptar las hipótesis
sobre las que se basaba el sistema geostático y las objeciones tradicionales al
movimiento de la Tierra? Una de las hipótesis fundamentales de la cosmología de
Aristóteles era el que debía haber en el centro del universo un cuerpo fijo
alrededor del cual giraban las esferas celestes y en relación al cual se
realizaban los movimientos terrestres. Oresme argumentaba contra esto que las
direcciones del espacio, el movimiento y la gravedad natural y la levitación
debían, en la medida en que eran observables, ser consideradas todas ellas
relativas.
Oresme estaba de acuerdo con los que argüían que
Dios por su potencia infinita podía crear un espacio infinito y tantos mundos
como quisiera. «Y así —escribía en el libro 1, capítulo 24 de Le
livre du ciel—, más allá del firmamento hay
un espacio vacío, incorpóreo, completamente distinto del espacio ordinariamente
lleno y corpóreo, de la misma forma que la duración conocida como eternidad es
completamente distinta de la duración temporal, incluso aunque ésta fuera
perpetua... Además, este espacio mencionado ames es infinito e indivisible y es
la inmensidad de Dios e incluso es Dios, igual que la duración de Dios conocida
como eternidad es infinita e indivisible e incluso Dios...»
Oresme demostró que, en la medida en que se
distinguían direcciones en nuestro universo, al considerar derecha e izquierda,
delante y detrás, «estas cuatro diferencias no son absoluta y realmente
distintas en el firmamento, sino sólo relativamente, como se dice» (libro 2,
capítulo 6). Solamente se podía decir que arriba y abajo eran absoluta y
realmente distintos, pero únicamente respecto de un universo determinado.
Podíamos, por ejemplo, distinguir arriba y abajo de acuerdo con el movimiento
de los cuerpos ligeros y pesados. «Afirmo entonces que arriba y abajo en esta
forma no son otra cosa que el orden natural de los cuerpos ligeros y pesados,
que es de tal manera que todas las cosas pesadas, en cuanto es posible, están
en el medio de las cosas ligeras, sin determinar ningún otro lugar inmóvil para
ellas» (libro 1, capítulo 24). Oresme, combinando esta teoría pitagórica o
platónica de la gravedad con la concepción del espacio infinito, podía así
prescindir de un centro del universo fijo al que estuvieran referidos todos los
movimientos naturales de la gravitación. La gravedad era sencillamente la
propiedad de los cuerpos más pesados de dirigirse al centro de las masas
esféricas de materia. La gravedad producía movimientos únicamente en relación a
un universo determinado; no había una dirección absoluta de la gravedad que se
aplicara a todo estado.
No había fundamento, por tanto, para argüir que,
suponiendo que los cielos giraran, la Tierra debía estar necesariamente fija
en el centro. Oresme demostró,
basándose en la analogía de una rueda que gira, que era solamente necesario en el movimiento
circular el que un punto matemático imaginario estuviera en reposo en el
centro, como era supuesto, en efecto, en la teoría de los epiciclos. Además,
decía que no era parte de la definición del movimiento local el que estuviera
referido a algún punto fijo o a algún cuerpo fijo. Por ejemplo, «más allá del
universo hay un espacio concebido como infinito e inmóvil, y es posible, sin
que esto contradiga al universo, el moverse en este espacio en línea recta. Y
decir lo contrario es un artículo condenado en París. El cual postulaba que no
hay ningún otro cuerpo al que esté referido el universo de ninguna otra manera
según el lugar... Además, imaginando que la Tierra se moviera a través de este
espacio durante un día de movimiento diario y que los cielos estuvieran en
reposo, y después de este tiempo las cosas estuvieran de nuevo como estaban»
(libro 2, capítulo 8): entonces todo sería de nuevo como era antes.
En el capítulo 25 del libro 2 de Le
livre du ciel, Oresme decía que le
parecía que era posible defender la opinión, «siempre sujeta a corrección», de
que la Tierra se mueve con movimiento diario y los cielos no. Y primero diré
que es imposible demostrar lo contrario por ninguna observación (expérience); segundo, por la razón (par
raisons), y tercero, aportaré razones
en favor de la opinión». Las objeciones que Oresme citó en contra del
movimiento de la Tierra habían sido todas ellas mencionadas por Ptolomeo e iban
a .ser utilizadas contra Copérnico; les hizo frente con argumentos que a su vez
iban a ser utilizados por Copérnico y por Bruno.
La primera objeción a partir de la experiencia
era que se observaba efectivamente que los cielos giraban alrededor de su eje
polar. Oresme replicaba a esto citando el cuarto libro de la Perspectiva de Witelo, que el único movimiento observable
era el movimiento relativo.
Supongo que el movimiento local no puede ser
observado, excepto en la medida en que es visto cambiar de posición respecto de
otro cuerpo. Así, si un hombre está en una barca A, que se mueve muy
suavemente, ni aprisa ni lentamente, y no puede ver otra cosa, excepto otra
barca B, que se mueve exactamente de la misma forma que la barca A en la que él
está, digo que a ese hombre le parecerá que ninguna de las dos barcas está en
movimiento. Si A está detenida y B se mueve, le parecerá que B se mueve; y si A
se mueve y B está detenida, le parecerá igualmente como antes, que B se mueve.
Y de la misma forma si A estuviera detenida durante una hora y B estuviera en
movimiento, y luego durante la hora siguiente, e converso, A se moviera y B
estuviera quieta, ese hombre no sería capaz de percibir este cambio o
variación, sino que todo el tiempo le parecería que B se estaba moviendo; y
ésta es la evidencia de la experiencia... Nos parecería todo el tiempo que el
lugar en que nos encontramos está en reposo y que los otros se mueven siempre,
de la misma forma que a un hombre que se mueve en una barca le parece que los
árboles se están moviendo. De manera semejante, si un hombre estuviera en el
firmamento, suponiendo que él se moviera con un movimiento diario... le parecería
que la Tierra se movía con movimiento diario, precisamente de la misma forma
que nos parece a nosotros desde la Tierra que el cielo se mueve. De manera
semejante, si la Tierra estuviera en movimiento diario y el cielo no, nos
parecería que la Tierra estaba en reposo y que el cielo se movía. Cualquier
persona inteligente puede imaginar fácilmente esto.
La segunda objeción a partir de la experiencia era que si la Tierra giraba por
el aire de Oeste a Este habría un soplo de viento fuerte continuado de Este a
Oeste. Oresme replicó a esto que el aire y el agua participaban de la rotación
de la Tierra, de forma que no habría tal viento. La tercera objeción era la que
concibió Buridán: que si la Tierra giraba, una flecha o una piedra disparadas
verticalmente hacia arriba deberían quedar atrás hacia el Oeste cuando cayeran,
mientras que de hecho caían en el lugar de donde habían sido lanzadas. La
respuesta de Oresme a esta objeción era muy significativa. Decía que la flecha
«se mueve muy rápidamente hacia el Este con el aire que atraviesa y con la masa
entera de la parte inferior del universo indicada antes que se mueve con
movimiento diario, y de ese modo la flecha vuelve al lugar en la Tierra desde
donde fue lanzada». De hecho, la flecha tendría dos movimientos y no uno sólo,
un movimiento vertical a partir del arco, y un movimiento circular por estar en
el globo en rotación. La trayectoria efectiva de la flecha, decía, sería
comparable a la de una partícula de fuego (a) que se elevara
de una posición a una más alta cerca de las esferas celestes. Ilustraba esto
con un diagrama que mostraba que la partícula de fuego no se elevaba meramente
a una posición b por encima de a directamente,
sino que cuando se elevaba sería llevada lateralmente por el movimiento
circular a una posición c a un lado de b.
Afirmo que, como en el caso de la flecha tratado antes, se puede decir también
en este caso que el movimiento de a está compuesto parcialmente de un
movimiento rectilíneo y parcialmente de un movimiento circular, porque la
región de aire y la esfera de fuego por las que pasa a se mueven, según
Aristóteles, con movimiento circular. Si no se movieran así, a se elevaría
siguiendo la línea ab; pero puesto que b se traslada entre tanto, por el
movimiento circular diario, al punto c, es evidente que cuando a se eleva
describe la línea ac, y que el movimiento de a está compuesto de un movimiento
rectilíneo y otro circular. El movimiento de la flecha será de la misma clase,
como se ha dicho; será una composición o mezcla de movimiento (composition ou
mixcion de movemens) [16]
Así, de la misma forma que a una persona que está
en un barco en movimiento cualquier movimiento rectilíneo respecto del barco le
parece rectilíneo, a una persona en la Tierra la flecha le parecerá que cae
verticalmente al punto de donde fue lanzada. El movimiento le parecería el
mismo a un observador sobre la Tierra tanto si esta girara como si estuviera en
reposo. «Concluyo, pues, que es imposible demostrar por cualquier observación
que los cielos se muevan con movimiento diario y que la Tierra no se mueva de
esa forma.» Esta concepción de la composición de los movimientos se iba a
convertir en una de las más fecundas en la dinámica de Galileo.
Las objeciones «de razón» contra el movimiento
de la Tierra provenían principalmente del principio de Aristóteles, utilizado
más tarde por Tycho Brahe contra Copérnico, de que un cuerpo elemental podía
tener únicamente un sólo movimiento que, para la Tierra, era rectilíneo y hacia
abajo. Oresme afirmó que todos los elementos, excepto los cielos, podían tener
dos movimientos naturales, siendo uno la rotación en círculo cuando estaban en
su lugar natural, y el otro el movimiento rectilíneo por el que volvían a su
lugar natural cuando habían sido desplazados de él. La vertu que movía a la Tierra en forma de rotación era
su «naturaleza» o «forma», igual que la que la movía rectilíneamente hacia su
lugar natural. A la objeción de que la rotación de la Tierra destruiría la
astronomía, Oresme replicaba que todos los cálculos y tablas serían los mismos
de antes.
Los principales argumentos positivos que Oresme
adujo en favor de la rotación de la Tierra se centraban todos ellos en que era
más sencilla y más perfecta la rotación que la otra alternativa, anticipándose
una vez más notablemente a los argumentos de inspiración platónica que iban a
ser utilizados por Copérnico y Galileo. Si la Tierra tenía un movimiento de
rotación, decía, todos los movimientos celestes aparentes tendrían lugar en el
mismo sentido, de Este a Oeste; la parte habitable del globo estaría en su lado
derecho o noble; los cielos gozarían del estado más noble de reposo y la base
de la Tierra se movería; los cuerpos celestes más alejados harían sus
revoluciones proporcionalmente más despacio que los más cercanos al Este, en
vez de más rápidamente, como ocurría en el sistema geocéntrico. Además,
todos los filósofos dicen que algo realizado por
muchas o grandes operaciones que pudiera ser realizado por menos o menores
sería realizado en vano. Y Aristóteles dice... que Dios y la naturaleza no
hacen nada en vano... Y así, puesto que todos los efectos que vemos pueden ser
producidos y todas las apariencias pueden ser salvadas por una pequeña
operación, a saber, el movimiento diario de la Tierra, que es muy pequeño
comparado con los cielos, sin multiplicar así operaciones que son tan diversas
y exageradamente grandes, se sigue que Dios y la naturaleza habrían ordenado y
realizado esas operaciones para nada, y esto no es adecuado, según el dicho.
Entre las ventajas de la sencillez se contaba la de
que la novena esfera ya no era necesaria.
A lo largo de su estudio, Oresme, que después de
todo era obispo de Lisieux, tuvo en cuenta el apoyo dado aparentemente por
muchos pasajes de la Escritura al sistema geostático, pero los había dado la
vuelta señalando, por ejemplo: «Se puede decir que ella (scil., la Escritura) se conforma a la manera del lenguaje
humano habitual, de la misma forma que lo hace en otros lugares, como en donde
se escribe que Dios se arrepintió y que se encolerizó y luego se calmó, y cosas
del mismo tipo, que no son en absoluto de hecho tales como la letra las pone.»
De nuevo esto nos recuerda a Galileo, y Oresme trata con el mismo talante el
conocido problema del milagro de Josué y afirmó que no podían encontrarse
argumentos contra el movimiento de la Tierra.
Cuando Dios realiza algún milagro, se debe suponer
y afirmar que lo hace sin turbar el curso normal de la naturaleza más de lo
mínimo necesario para el milagro. Y así, si se puede decir que Dios alargó el
día en tiempos de Josué deteniendo solamente el movimiento de la Tierra o de la
región inferior, que es tan pequeña, en realidad un mero punto comparada con
los cielos, sin hacer que todo el universo, excepto este pequeño punto, haya
sido sacado de su curso y orden habituales, y de la misma manera los cuerpos
celestes, entonces esto es mucho más razonable... y se puede decir lo mismo
respecto del Sol, que volvió atrás en su curso en tiempos de Ezequías.
Después de haber pasado revista a todos los
argumentos que adujo contra la cosmología aceptada entonces, es algo
sorprendente hallar que Oresme concluya su capítulo retornando a ella una vez
más.
Sin embargo, todos defienden, y yo lo creo, que
ellos (scil., los
cielos) se mueven y no la Tierra: porque Dios fijó la Tierra, de forma que no
se mueve (Deus enim firmavit orbem terre, qui non commovebitur)[17], sin que obsten las
razones para lo contrario, porque estos son argumentos persuasivos que no
prueban evidentemente. Pero considerando todo lo que se ha dicho, se podría
creer, a partir de ello, que la Tierra se mueve y no los cielos, y que no hay
nada evidente para lo contrario. En todo caso, esto parece prima facie tan contrario a la razón natural como los
artículos de nuestra fe, o más así, todos o varios. Y así lo que he dicho por
diversión (par esbatement) puede adquirir de
este modo un valor para confundir y poner a prueba a quienes quieren usar la
razón para poner en cuestión nuestra fe.
¿Estaba relacionada esta última observación con
el propósito que Oresme decía, en el último capítulo, que le había movido a
escribir Le livre du ciel: «Para
estimular, excitar y mover los corazones de los jóvenes de fina y noble
inteligencia y con deseos de saber, de manera que estudien para contradecirme y
corregirme, por amor y afección a la verdad»? En la cuestión, tan delicada, tan
fundamental y tan apasionada en el pensamiento occidental desde la entrada del
nuevo Aristóteles en el siglo XIII hasta las controversias de Galileo, de la
relación entre la razón y la revelación, entre la cosmología de la ciencia
natural y la cosmología de la Escritura, Oresme parece haber adoptado una
posición no inhabitual entre sus contemporáneos que eran a la vez creyentes
cristianos y escépticos filosóficos. Estaba preparado para someter
incondicionalmente la razón a la revelación y al mismo tiempo utilizar la razón
para confundir a la razón. «Y digo y propongo todo esto sin insistencia, con
gran humildad y temor de corazón, saludando siempre la majestad de la fe
católica, y con el fin de poner a prueba la curiosidad y la presunción de
quienes, quizá, quisieran denigrarla o atacarla o investigar demasiado
temerariamente para su confusión.»
Pero sean cuales fueran las razones por las que
Oresme rechazó la cosmología del movimiento de la Tierra a cuyo apoyo dio
tantos argumentos, no deja dudas sobre cuál es su opinión definitiva. «Pero de
hecho nunca ha habido y nunca habrá sino un único universo corpóreo», declaraba
en el capítulo 24 del libro 1 de Le livre du ciel; ese universo era el geostático de Aristóteles y
Ptolomeo aceptado entonces. Y en verdad, como Oresme comprendió bien, ninguno
de sus argumentos probaba positivamente el movimiento de la Tierra; declaró
únicamente, como Galileo iba a declarar tres siglos más tarde, que había
demostrado que era imposible probar lo contrario. Pero la concepción del
movimiento de Oresme no contenía las potencialidades dinámicas que Galileo iba
a explotar, aunque sin éxito, en la disputa cosmológica. Su concepto del
movimiento relativo se asemejaba de hecho al de Descartes al ignorar lo que
tenía que ser llamado las propiedades de inercia de la materia. No le
proporcionaba ningún criterio para decidir, desde el punto de vista de la
dinámica, entre los sistemas astronómicos posibles e imposibles.
Alberto de Sajonia decía en sus Quaestiones
in Libros de Cáelo et Mundo, libro 2,
cuestión 26:
No podemos de ninguna forma, por el movimiento de
la Tierra y el reposo del cielo, salvar las conjunciones y oposiciones de los
planetas, ni los eclipses del Sol y de la Luna.
Pero de hecho, como decía Oresme en el libro 2,
capítulo 25 de su comentario, al señalar que la Astrología no se vería afectada
por la rotación de la Tierra, «todas las conjunciones, oposiciones,
constelaciones, figuras e influencias de los cielos serían justamente como son
en todos los sentidos..., y las tablas de los movimientos y todos los otros
libros serían tan verdaderos como lo son ahora, excepto solamente que se diría
que el movimiento diario es aparente en los cielos y real en la Tierra». Fue por
razones filosóficas y físicas por lo que los astrónomos continuaron utilizando
la hipótesis geostática, y los filósofos de la naturaleza no hicieron más que
jugar con alternativas. Nicolás de Cusa (1401-1464), por ejemplo, en el siglo
siguiente, sugirió que cada veinticuatro horas la octava esfera giraba dos
veces alrededor de su eje, mientras la Tierra lo hacía una vez. El tratado de
Oresme no fue impreso nunca y no se sabe si Copérnico llegó a conocerlo. El
problema de la pluralidad de los mundos en el que, por ejemplo, Leonardo da
Vinci se inclinó del lado de Nicolás de Cusa contra Alberto de Sajonia,
continuó levantando apasionadas polémicas al final del siglo XV y mucho
después, y estos autores fueron leídos en el norte de Italia cuando Copérnico
estaba en Bolonia y Padua. Cusa había dado un giro platónico a la dinámica de
Buridán al atribuir la constancia de la rotación celeste a la forma
perfectamente esférica de las esferas. El movimiento circular de una esfera
sobre su centro, decía en su De Ludo Globi, debía continuar
indefinidamente, y de la misma manera que el movimiento dado a una bola de
billar continuaría indefinidamente si la bola fuera una esfera perfecta, Dios
tuvo solamente que dar a la esfera celeste su impetus original,
y ella ha continuado girando desde siempre y ha conservado en movimiento a las
otras esferas. Esta explicación fue adaptada para su sistema por Copérnico.
Copérnico, dando a la Tierra y a los planetas un movimiento anual alrededor del
Sol, ofreció una alternativa matemática y física a la de Ptolomeo. Cuando
estudia la gravitación y los otros problemas físicos implicados, su obra
aparece como un desarrollo directo de la de sus predecesores.
1.4. La física matemática al final de la Edad Media
Uno de los cambios más importantes que facilitó
el empleo creciente de la Matemática en la Física fue el introducido por la
teoría de que todas las diferencias reales podían ser reducidas a diferencias
en la categoría de la cantidad; que, por ejemplo, la intensidad de una
cualidad, como la del calor, podía medirse exactamente de la misma manera como
podía serlo la magnitud de una cantidad. Este cambio es el que distinguió
principalmente la física matemática del siglo XVII de la física cualitativa de
Aristóteles. Fue comenzado por los escolásticos de la última parte de la Edad
Media.
Como ocurrió con muchos conceptos en la Edad
Media, el problema fue estudiado primero en el contexto teológico, y los
principios elaborados en él fueron luego aplicados a la Física. Fue Pedro
Lombardo quien planteó el problema al afirmar que la virtud teológica de la
caridad podía aumentar y disminuir en una persona y ser más o menos intensa en
momentos diferentes. ¿Cómo se podía entender esto? Aparecieron dos escuelas de
pensamiento, una que defendía las ideas de Aristóteles respecto de las
relaciones de la cualidad a la cantidad, y otra que se oponía a ellas.
Para Aristóteles la cantidad y la cualidad
pertenecían a categorías absolutamente distintas. Un cambio de la cantidad, el
crecimiento, por ejemplo, era producido por la adición de partes homogéneas o
continuas (longitud) o discontinuas (número). La mayor contenía en acto y
realmente a la menor y no había cambio de especie. Aunque una cualidad, por
ejemplo, el calor, podía existir en grados diferentes de intensidad, un cambio
de cualidad no era producido por la adición o sustracción de partes. Si un
cuerpo caliente se añadía a otro el conjunto no se hacía más caliente. Por
tanto, un cambio de intensidad en una cualidad implicaba la pérdida de un
atributo, esto es, una especie de calor, y la adquisición de otra. Esta era la
opinión, por ejemplo, de Tomás de Aquino.
Quienes adoptaron en el siglo XIV la posición
opuesta a Aristóteles en esta discusión de la relación de la cualidad a la
cantidad, o, como fue llamada, de la «intensión y remisión de las cualidades o
formas» (intensio et remissio qualitatum seu formarum), defendían que cuando dos cuerpos calientes eran
puestos en contacto se añadían no sólo los calores, sino también los cuerpos.
Si fuera posible abstraer el calor de un cuerpo y añadirlo por separado al otro
cuerpo, este último se haría más caliente. De la misma manera, si se pudiera
abstraer la gravedad de un cuerpo y añadirla a la masa de otro cuerno, este
último se haría más pesado. Se afirmaba, pues, y era apoyado por la autoridad
de Scoto y Ockham, que la intensidad de una cualidad como la del calor era
susceptible de ser medida en grados numéricos, de la misma forma que la
magnitud de una cantidad.
Aristóteles había analizado los fenómenos
físicos en especies irreductible v cualitativamente diferentes, pero la física
matemática reduce las diferencias cualitativas de las especies a diferencias de
estructura geométrica, de número y de movimiento, con otras palabras, a diferencias
de cantidad, y para las matemáticas una cantidades lo mismo que otra. «Afirmo
que no existe nada en los cuerpos externos para excitar en nosotros gustos,
olores y sonidos, excepto tamaños, formas, números y movimientos ligeros o
rápidos», iba a declarar Galileo en su famoso Il Saggiatore (cuestión 48) (cf. infra, páginas 265-266), emulando la frase igualmente famosa
de Descartes: «Qu’on me dontte Vétendue et le mouvement, et je
vais refaire le monde... L’univers entier est une machine oü tout se fait par
figure et mouvement .» Se ha de buscar
el origen de esta idea en Pitágoras y en el Timeo de Platón, que fueron muy conocidos a lo largo
de la Edad Media, y fueron los platónicos quienes iban a ser los responsables
de su desarrollo en la Edad Media y luego en el siglo XVII.
Grosetesta, por ejemplo, al desarrollar su
teoría de la «multiplicación de las especies» (cf. vol. I, pp. 75-76, 96; supra, p. 28), distinguió entre la actividad física por
la que la especie o virtus se
propagaba por un medio y las sensaciones de luz o calor que producía cuando
afectaba a los órganos de los sentidos apropiados de un ser sensible. La
actividad física era independiente, como afirmaba en el De
Lineis, de «cualquier cosa que pudiera
encontrar, fuera algo con percepción sensitiva o sin ella, fuera algo animado o
inanimado; pero el efecto varía según el recipiente»[18]. Porque, seguía, «cuando
es recibido por los sentidos este poder produce una operación en cierto modo
más espiritual y más noble; cuando es recibido, al contrario, por la materia
produce una operación material, como el Sol por el mismo poder produce efectos
diferentes en sujetos distintos, porque endurece el barro y funde el hielo».
Grosetesta en este pasaje estaba de hecho implicando una distinción entre
cualidades primarias y secundarias de la misma forma sofisticada como fue
establecida en el siglo XVII; la distinción llegó a ser significativa
metodológica y metafísicamente en la Física cuando las cualidades primarias
fueron atribuidas a una actividad física que no requería ser observable
directamente (cf. infra, pp. 130, 267 y ss.).
Grosetesta concibió el modo de operación de la
sustancia, y su poder, material fundamental, que afirmaba era la luz,
realizándose por medio de una sucesión de pulsos u ondas por analogía con el
sonido, e intentó expresar esa actividad y sus efectos diversificados de forma
matemática (cf. vol. I, p. 99). Roger Bacon, Witelo y Teodorico de Freiberg
hicieron una distinción similar entre la luz como sensación y la luz como
actividad física externa que podía ser expresada geométricamente. Aunque parece
que ningún autor medieval concibiera la idea fundamental de que los diferentes
colores percibidos estaban relacionados con algo correspondiente a la «longitud
de onda» de la luz, los autores de obras de óptica propusieron que las
diferencias de los efectos cualitativos de la luz estaban producidas por
diferencias cuantitativas en la misma luz. Witelo y Teodorico de Freiberg, por
ejemplo, dijeron que los colores del espectro —cada uno era una especie
diferente según la opinión estrictamente aristotélica— estaban producidos por
el progresivo debilitamiento de la luz blanca debido a la refracción (cf.
volumen I, pp. 105-106). Grosetesta relacionó la intensidad de la iluminación y
del calor con el ángulo en que eran recibidos los rayos y con su concentración.
Juan de Dumbleton iba a intentar formular una ley cuantitativa que relacionaba
la intensidad de la iluminación con la distancia.
Como Roger Bacon expuso en su Opus
Majus (parte 4, distinción 1, capítulo
2), «todas las categorías dependen de un conocimiento de la cantidad que
estudia la Matemática, y, por tanto, toda la excelencia de la Lógica depende de
la Matemática». También se convirtió en un lugar común estudiar en las obras de
Medicina la sugerencia de Galeno de que el calor y el frío podían ser
representados en grados numéricos. Existía una tendencia general en muchos
campos diferentes para encontrar los medios de representar las diferencias
cualitativas por medio de conceptos que pudieran ser expresados
cuantitativamente y pudieran ser manipulados por las Matemáticas. El interés de
los escolásticos raramente estaba dirigido puramente a la resolución de
problemas científicos concretos. Los escolásticos estuvieron casi siempre
interesados primordialmente por alguna cuestión de principio o de método en la
filosofía de la naturaleza, y si se abordaron problemas científicos concretos,
fue casi siempre, por decirlo así, accidentalmente como medio de ilustración de
un tema cuasi filosófico más general. Sin embargo, es posible ver en las
discusiones del siglo XIV el origen de algunos de los procedimientos más
eficaces de la física matemática que sólo fueron completamente efectivos en el
siglo XVII. Al mismo tiempo, el movimiento, respecto del cual había sido
impotente la geometría griega concebida estáticamente, era estudiado por vez
primera matemáticamente, conduciendo así a la fundación de la ciencia de la
cinemática, esto es, al análisis del movimiento en términos de distancia y
tiempo.
Los nuevos métodos de la física matemática
fueren desarrollados en primer lugar en conexión con la idea de las relaciones
funcionales. Esto es el complemento natural de una concepción sistemática de
las variaciones concomitantes entre causa y efecto; expresando el fenómeno que
debía ser explicado (la variable dependiente como la llamamos ahora) como una
función algebraica de las condiciones necesarias y suficientes de su producción
(las variables independientes), se puede mostrar exactamente cómo están
relacionados los cambios de la primera con los de la segunda. Para ser eficaz
en la práctica, el método depende de que se hagan medidas sistemáticas, y en el
período anterior al siglo XVII éstas fueron pocas y espaciadas, aunque algunas
se hicieron, por ejemplo, en la Astronomía, y en la exposición de Witelo de las
variaciones sistemáticas de los ángulos de refracción con los ángulos de
incidencia de la luz (vide volumen I, pp. 101-105). En el siglo XIV la idea de relaciones
funcionales fue desarrollada sin medidas efectivas y solamente en principio;
ello representaba la extensión del interés de la época por éste y otros aspeaos
del método científico.
Se desarrollaron dos métodos principales de
expresar las relaciones funcionales. El primero fue el «álgebra de palabras»
utilizado en la Mecánica por Bradwardino en Oxford, en el que se conseguía la
generalización empleando letras del alfabeto en vez de números para sustituir a
las cantidades de la variables, mientras que las operaciones de adición, división,
multiplicación, etc., realizadas con estas cantidades, se describían con
palabras en vez de ser presentadas con símbolos como en el álgebra moderna
(cf. supra, pp. 58 y
ss.; infra, páginas
119-120). Bradwardino fue seguido en este método, en Oxford, por muchos autores
de tratados sobre las «proporciones» y por un grupo del Merton College durante
la década de 1330 a 1340 conocidos como los calculatores, en particular Guillermo de Heytesbury (hacia
1313-1372), Ricardo Swineshead (floreció hacia 1344-1354), autor delLíber
Calculationum, que era llamado
específicamente elCalculator[19], y Juan de Dumbleton (floreció hacia 1331-1349). Ninguno de estos
autores de Oxford parece haber estado interesado por los aspectos dinámicos del
movimiento; de hecho, en apariencia bajo el indujo de Ockham y Bradwardino,
Heytesbury y Dumbleton rechazaron específicamente la doctrina de la virtus impressa, sin que adoptaran la teoría alternativa
del impetus de Buridán. Fue en París donde los métodos de
Bradwardino se desarrollaron en el contexto de una teoría dinámica física, y
todos los autores principales que estudiaron el impetus manifiestan su influjo directo y utilizaron
su función dinámica: el mismo Buridán, Oresme, Alberto de Sajonia, Marsilio de
Inghen.
El objeto de los métodos desarrollados en Oxford
—al ser aplicados al problema de dar expresión cuantitativa a los cambios de
cualidad, el problema de la intensio et remissio qualitatum seu
fortnarum o de la «latitud de las
formas» (latitudo formarum), como
era llamado— era expresar los grados en que una cualidad o «forma» aumentaba o
disminuía numéricamente en relación a una escala fijada de antemano. Una
«forma» era cualquier cantidad o cualidad variable en la naturaleza; por
ejemplo, el movimiento local, el crecimiento y el decrecimiento, cualidades de
todo tipo, o la luz y el calor. La intensidad (intensio) o «latitud» de una forma era el valor numérico
que había que asignarle, y así era posible hablar de la velocidad a la que
la intensio, por
ejemplo, de la velocidad o del calor, cambiaba en relación a otra forma
invariable conocida como la «extensión» (extensio) o «longitud» (longitudo), por ejemplo, la distancia o el tiempo o la
cantidad de materia. Se decía que un cambio era «uniforme» cuando, como en el
movimiento local uniforme, se recorrían distancias iguales en intervalos
sucesivos de tiempo iguales, y «disforme» cuando, como en el movimiento
acelerado o retardado, se recorrían distancias desiguales en intervalos de
tiempo iguales. Se decía que un cambio «disforme» era «uniformemente disforme»
cuando la aceleración o el retraso era uniforme; si no era «disformemente
disforme».
Fue esta concepción de la relación entre
la intensio y la extensio la que dio origen en el siglo XIV al segundo método de
expresar las relaciones funcionales, un método geométrico por medio de
gráficas. Los griegos y los árabes utilizaron algunas veces el álgebra en
conexión con la Geometría, y la idea de describir la posición de un punto
respecto de coordenadas rectangulares fue familiar a los geógrafos y astrónomos
desde los tiempos clásicos (cf. lámina 1). La representación gráfica de los
grados de la intensio de
una cualidad respecto de la extensio por medio de coordenadas rectilíneas se hizo casi común en Oxford
y París ya al principio del siglo XIV. Representando la extensio por medio de una línea horizontal recta (longitudo), se representaba cada grado de la intensio correspondiente a unaextensio determinada por medio de una línea vertical
perpendicular (latitudo vel altitudo) de altura determinada. La línea que unía las cimas de estas
«latitudes» podía adoptar diferentes formas. Por ejemplo, si la velocidad
(«intensidad o latitud del movimiento») fuera representada respecto del tiempo
(«longitud»), la velocidad uniforme estaría representada por una línea recta
horizontal a una altura correspondiente a la velocidad; la velocidad
uniformemente disforme (por ejemplo, la aceleración o el retraso uniforme), por
una línea recta que hace ángulo con la horizontal; la velocidad disformemente
disforme (por ejemplo, la aceleración o retraso variables), por una curva.
Dumbleton fue uno de los primeros en emplear
este método geométrico; estudió ese tema en su Summa Logicae et
Philosophiae Naturalis, un extenso
estudio crítico de la mayor parte de los principales temas de la física de su
tiempo. Dumbleton, en la segunda parte de esa importante obra[20], realizó una interesante
distinción entre un cambio de cualidad «real y nominal», afirmando que de hecho
ninguna especie de cualidad cambiaba realmente, sino que cada grado de
intensidad era una especie diferente; los métodos matemáticos daban solamente
una representación meramente cuantitativa y «nominal» de esas diferencias. En
la quinta parte de la Summa aplicó el método al
problema de la variación de la intensidad o fuerza de la acción de la luz con
la distancia de la fuente. Hay pocos autores de cualquier época cuyos
argumentos sean tan difíciles de seguir como los de Dumbleton, pero en el curso
de una serie de proposiciones, objeciones, objeciones a las objeciones, que se
suceden casi inacabablemente, comenzó el análisis de algunas cuestiones básicas
de la óptica que no fueron resueltas hasta el siglo XVII. Decía que la
intensidad de iluminación de un punto determinado era directamente proporcional
a la potencia de la fuente luminosa e inversamente proporcional a la «densidad»
del medio. Para una fuente y un medio determinado decía que la intensidad de la
iluminación disminuía con la distancia, pero no de modo «uniformemente
disforme», esto es, no en una proporción simple. Fue Kepler quien en su Ad Vitellionem Paralipomena (1604) formuló por
vez primera la ley fotométrica, según la cual la intensidad de la iluminación
es proporcional al inverso del cuadrado de la distancia de la fuente (vide infra, pp. 175-176).El método gráfico para
representar las «latitudes de las formas» fue utilizado en París en relación
con los problemas cinemáticos por Alberto de Sajonia y Marsilio de Inghen, pero
los progresos más notables fueron realizados por Oresme. Hay muchos ejemplos de
la originalidad de Oresme como matemático; concibió la noción de potencias
fraccionarias, desarrolladas más tarde por Stevin (cf. infra, p. 119), y dio reglas para operar con ellas.
Se ha pretendido que se anticipó a Descartes en la invención de la geometría
analítica. Dejando aparte el oscuro problema de si Descartes tenía algún
conocimiento efectivo directo o indirecto de la obra de Oresme, es evidente que
el mismo Oresme perseguía otros fines que los de los matemáticos del siglo
XVII.
Oresme, siguiendo la praxis habitual, representó la extensio por una línea recta horizontal e hizo la altura
de las perpendiculares proporcionales a la intensio. Su propósito era representar la «cantidad de una
cualidad» por medio de una figura geométrica de un área y forma equivalentes.
Afirmó que las propiedades de la figura podían representar propiedades intrínsecas
a la misma cualidad, aunque solamente cuando éstas permanecían características
invariables de la figura durante todas las transformaciones geométricas.
Incluso sugirió la aplicación de este método a figuras de tres dimensiones.
La longitudo horizontal
de Oresme no era estrictamente equivalente a la abscisa de la geometría
analítica cartesiana; no estaba interesado en describir la posición de los
puntos respecto de coordenadas rectilíneas, sino en la figura misma. En su obra
no hay asociación sistemática de una relación algebraica con una representación
gráfica, en la que una ecuación de dos variables determina una curva específica
formada por valores variables simultáneamente de longitudo y latitudo, y viceversa. Sin embargo, su obra fue un paso
adelante hacia la invención de la geometría analítica y hacia la introducción
en la Geometría de la idea de movimiento de la que había carecido la geometría
griega. Empleó correctamente su método de representar el cambio lineal de la
velocidad.
Según la definición dada arriba, la velocidad de
un cuerpo que se mueve con aceleración uniforme sería uniformemente disforme
respecto del tiempo. Tomando la aceleración como «la velocidad de una
velocidad», Heytesbury, en sus Regulae Solvendi
Sophismata, definió la aceleración
uniforme y el retardo uniforme muy claramente, como un movimiento en el que se
adquirían, o perdían, incrementos iguales de velocidad en períodos iguales de
tiempo. También hizo un análisis y dio una definición de la velocidad instantánea,
y dio como medida de ella (como iba a hacer más tarde Galileo) el espacio
que sería recorrido por
un punto si éste pudiera moverse durante un cierto tiempo a la velocidad que
tenía en el instante dado. Utilizando esta definición y otras similares,
Heytesbury y sus contemporáneos del Merton College dieron descripciones
cinemáticas de varias formas de movimiento, una de las cuales iba a
manifestarse como teniendo una significación particular. Un poco antes de 1335
(fecha de las Regulae de
Heytesbury) se había descubierto en Oxford que un movimiento uniformemente
acelerado o retardado es equivalente, por lo que respecta al espacio recorrido
en un tiempo determinado, a un movimiento uniforme cuya velocidad es igual
absolutamente a la velocidad instantánea poseída por el movimiento
uniformemente acelerado o retardado en el instante medio del tiempo. Esto fue
demostrado aritméticamente por Heytesbury[21], Ricardo Swineshead y
Dumbleton, y puede ser denominada la Regla de la Velocidad Media del Merton
College. Oresme propuso más tarde, en suDe Configurationibus Intensionum, o De Configuratione Qualitatum, parte 3, capítulo 7, la siguiente
demostración geométrica de esta regla. Decía:
Toda cualidad uniformemente disforme posee la misma
cantidad, como «i informara uniformemente al mismo sujeto según el grado del
punto medio. Por «según el grado del punto medio» entiendo: si la cualidad es
lineal. Para la cualidad de una superficie sería preciso decir: «según el grado
de la línea media»...
Demostraremos esta proposición para una cualidad lineal.
Sea una cualidad que puede ser representada por un triángulo, ABC (figura 2).
Es una cualidad uniformemente disforme que, en el punto B, se hace igual a
cero. Sea D el punto medio de la línea que representa al sujeto; el grado de
intensidad que afecta a este punto está representado por la línea DE. La
cualidad que tendría en todas sus partes el grado así determinado puede ser
representada por el cuadrilátero AFGB... Pero por la proposición 26 de
Euclides, libro I, los dos triángulos EFC y EGB son iguales. El triángulo ABC,
que representa la cualidad uniformemente disforme, y el cuadrilátero AFGB, que
representa la cualidad uniforme, según el grado del punto medio, son entonces
iguales. Las dos cualidades que pueden ser representadas, una por el triángulo
y otra por el cuadrilátero, son entonces también iguales una a otra, y esto es
lo que se había propuesto para demostrar.
El razonamiento es exactamente igual para una cualidad uniformemente disforme
que acaba en un cierto grado...
Sobre el tema de la velocidad se puede decir exactamente lo mismo que de una
cualidad lineal, solamente, en vez de decir «punto medio», sería preciso decir:
«instante medio del tiempo de duración de la velocidad».
Es evidente entonces que toda cualidad
uniformemente disforme o cualquier velocidad es igualada por una cualidad o
velocidad uniforme[22].
El estudio de los problemas cinemáticos en el
siglo XIV permaneció casi enteramente en el ámbito de lo teorético. Se
planteaban problemas secundum imaginationem, especialmente en Oxford, como posibilidades
imaginarias para el análisis teorético y sin aplicación empírica.
En París el contexto físico y dinámico del estudio
dirigió el interés hacia la cinemática del movimiento natural real, pero éste
fue estudiado extensamente sin referencia a la observación o al experimento. Un
buen ejemplo de ello es el estudio de la cinemática de los cuerpos que caen
libremente realizado por Alberto de Sajonia en sus Quaestiones in Libros de Caelo (libro 2, cuestión
14). Después de tratar varios modos posibles por los que la velocidad natural
de un cuerpo que cae libremente podía ser aumentada en el tiempo y en el
espacio recorrido, concluyó que la velocidad de la caída aumentaba en
proporción directa a la distancia de la caída[23]. Esta opinión errónea iba
también a seducir a Galileo antes de que se decidiera por la solución correcta,
a saber, que la velocidad aumentaba en proporción directa al tiempo de la
caída, o con otras palabras, que un cuerpo que cae libremente se movía según la
definición de Heytesbury de la velocidad uniformemente acelerada (vide infra, pp. 134-136). Esta solución correcta estaba,
por otra parte, implícitamente admitida por Alberto de Sajonia, cuando decía,
como Buridán, que cuanto más largo era un movimiento tanto más Impetus se requería y así se adquiría más velocidad.
Pero no dijo esto al estudiar el problema cinemático y no hay evidencia de que
fuera consciente de las implicaciones cinemáticas de su dinámica. La ley
correcta de la aceleración en la caída libre fue dada, con mucha confusión, por
Leonardo da Vinci y, más tarde, de forma inequívoca, por el dominico español
Domingo de Soto, y, finalmente, con las deducciones matemáticas, por Galileo.
Ciertamente, los dos primeros de estos autores
basaron su obra, directa o indirectamente, sobre la de sus predecesores del
siglo XIV de Oxford y París, y Galileo tenía también un conocimiento de la
cinemática y de la dinámica del siglo XIV. Los calculatores del Merton College gozaron de hecho durante un
largo período de gran popularidad, primero en París y en Alemania; luego, en
Italia, y, en particular, en Padua en los siglos XV y XVI, y de nuevo en París
en el XVI. Entre alrededor de 1480 y 1520, las nuevas prensas de imprenta,
especialmente en Venecia y en París, publicaron ediciones de las obras más
importantes de Heytesbury, Ricardo Swineshead y Bradwardino, y de Buridán y de
Alberto de Sajonia. Las obras principales del mismo Oresme no fueron
publicadas, pero se podía disponer indirectamente del conocimiento de sus
teoremas cinemáticos. Galileo en sus Juvenilia, tres ensayos tempranos basados en sus lecturas
principalmente de textos jesuitas, en Pisa, menciona entre muchos otros autores
medievales sobre Física a Burley, Heytesbury, Calculator y Marliani. Esto no
implica, por supuesto, que él leyera sus obras. Mencionaba también a Ockham y
Soto, y a Filopón y Avempace; pero no aparecían los nombres de Buridán, Alberto
de Sajonia y Oresme.
Resolviendo las dudas de Alberto de Sajonia,
Domingo de Soto consideró la velocidad de la caída libre como proporcional al
tiempo y declaró que ella era «uniformemente disforme», esto es, uniformemente
acelerada. El movimiento violento de un proyectil disparado verticalmente hacia
arriba también lo consideró como siendo «uniformemente disforme», pero en este
caso uniformemente retardado. Aplicó a ambos la Regla de la Velocidad Media
relacionando la distancia y el tiempo, trascendiendo así la diferencia
cualitativa entre el movimiento natural y violento por medio de la matemática[24]. Cuando finalmente Galileo
estableció la ley correcta de la caída libre y elucidó claramente «la relación
íntima entre el tiempo y el movimiento», como dijo en el Tercer Día de su Dos ciencias nuevas (1638), utilizó el teorema
de Oresme para establecer su prueba (vide infra, p. 139).
Existe, sin embargo, la diferencia de todo un
mundo entre el estudio de Galileo sobre la caída libre y el de sus predecesores
escolásticos, y las principales direcciones de los intereses de estos últimos
no pueden ser ilustrados mejor que al compararlos. Donde los escolásticos del
siglo XIV habían estudiado tipos posibles de movimiento con sólo referencias
muy casuales a la realidad empírica, Galileo dirigió su atención firmemente
hacia el movimiento observado realmente en la naturaleza como el objeto real
cuya elucidación era el fin principal, si no el único, del análisis cinemático
teórico. Entre el siglo XIV y el XVII, los pensadores científicos trasladaron
su atención principal de las cuestiones de principio y de posibilidad a los
hechos reales. «Porque cualquiera puede inventar un tipo arbitrario de
movimiento y estudiar sus propiedades», escribía Galileo en un pasaje famoso de
su Tercer Día de las Dos ciencias nuevas; y las propiedades que poseían estos movimientos
y curvas en virtud de sus definiciones podían ser interesantes, aunque no se
observaran en la naturaleza. «Pero hemos decidido considerar los fenómenos de
los cuerpos que caen con una aceleración, tal como ocurre realmente en la
naturaleza, y hacer que esta definición del movimiento acelerado exhiba los
rasgos principales del movimiento acelerado observado.» Y concluía que había
eventualmente tenido éxito al hacerlo y estaba confirmado en esta creencia por
el acuerdo exacto de su definición teórica con los resultados de los
experimentos con una bola que caía por un plano inclinado (vide
infra, pp. 134 y ss.).
El intento del siglo XIV de expresar el
equivalente cuantitativo de las diferencias cualitativas llevó a
descubrimientos originales respecto de la Matemática y de los hechos físicos.
Los últimos se ampliaron gracias al fomento dado a las medidas físicas, aunque
en esto las ideas iban por delante de las posibilidades prácticas determinadas
por el alcance y exactitud de los instrumentos disponibles. Por ejemplo, Ockham
dijo que el tiempo podía ser considerado objetivamente sólo en el sentido de
que, enumerando las posiciones sucesivas de un cuerpo en movimiento con
movimiento uniforme, este movimiento podía ser empleado para medir la duración
del movimiento o reposo de otras cosas. El movimiento del Sol podía ser
utilizado para medir los movimientos terrestres; pero el último punto de
referencia de todos los movimientos era la esfera de las estrellas fijas, que
era el movimiento más rápido y más cerca de lo uniforme que existía. Otros
autores elaboraron sistemas para medir el tiempo en fracciones (minutae), y ya a principios del siglo XIV era habitual la
división de la hora en minutos y segundos. Aunque los relojes mecánicos se
habían inventado en el siglo XIII, eran muy inexactos para medir pequeños
intervalos de tiempo, y continuaron siendo utilizados el reloj de agua y el de
arena. La medida exacta de intervalos muy cortos de tiempo no fue posible antes
del invento del reloj de péndulo, por Huygens, en 1657.
Los médicos también estaban familiarizados con
la representación del calor y del frío por grados numéricos. Galeno había
sugerido como punto cero un «calor neutro» que no era ni frío ni calor. Debido
a que el único medio para determinar el grado de calor era la percepción
sensible directa y a que una persona de temperatura más caliente percibiría
este «calor neutro» como frío, y viceversa, Galeno había sugerido como grado de
calor neutro patrón una mezcla de cantidades iguales de lo que él consideraba
las sustancias más calientes (agua hirviendo) y más frías (hielo) posibles. A
partir de estas ideas, los médicos árabes y latinos desarrollaron la idea de
escalas de grados; una escala popular era la que se extendía de 0 º a 4º de calor o frío. También se supuso que los medicamentos tenían
algo análogo al efecto de calentar o enfriar y recibieron un lugar en la
escala. Los filósofos de la naturaleza adoptaron una escala de 8º para cada una de las cualidades primarias.
Aunque en estos ensayos de estimar los grados de calor se sabía que el calor
provocaba la expansión, el único termómetro era todavía los sentidos. Además,
se puede detectar una dificultad conceptual en el intento de medir el calor y
el frío. Únicamente cuando la concepción clásica de pares opuestos —calor,
frío; arriba, abajo, y todos los demás— fue sustituida por el concepto de
medidas lineales homogéneas fue posible un sistema de medidas viable Dara la
Física en su conjunto. El cambio se realizó primero en la Mecánica, y la
Termometría moderna siguió ese ejemplo (cf. infra página 140, nota 29).
Además del reloj de agua, del reloj de arena,
del reloj mecánico, de los instrumentos astronómicos va descritos y de
«instrumentos matemáticos» tales como la regla de rasero, la escuadra, el
compás y compás de división, los únicos otros instrumentos de medida científica
disponibles en los siglos XIV y XV eran, de hecho, las reglas, medidas,
balanzas y pesos para empleo de las unidades de longitud, capacidad y peso
reconocidos en el comercio. Las balanzas de brazos iguales y del tipo romana
datan de la Antigüedad y fueron utilizadas por los alquimistas y aquilatadores
en la Metalurgia.
Durante el siglo XV se hicieron más intentos de
utilizar en la Ciencia la medida y el experimento, cuando la dirección
científica pasó de las universidades anglo-francesas a Alemania e Italia. En el
siglo XIV se habían realizado ensayos para expresar gráficamente sobre un mapa
la relación entre los elementos y para establecer las proporciones de los
elementos y de los grados de las ciencias primarias para cada uno de los
metales, espíritus (mercurio, azufre, arsénico, sal, amoníaco), etc. En el
cuarto libro de su Idiota, titulado
«De Staticis Experimentis», Nicolás de Cusa sugirió que esos problemas podían
ser resueltos por medio de la pesada. Sus conclusiones implican la idea de la
conservación de la materia:
Idiota.— Pesando un trozo de madera, y quemándolo
completamente y pesando luego las cenizas, se puede conocer cuánta agua había
en la madera, porque no hay nada que tenga un peso más pesado que el agua y la
tierra. Se conoce, además, por los diferentes pesos de la madera en el aire, en
el agua y en el aceite cuánto más pesada es el agua que está en la madera, o
cuánto más ligera, que el agua pura de fuente, y así cuánto aire hay en ella.
Así por la diferencia del peso de las cenizas, cuánto fuego hay en ellas: y de
los elementos puede ser conseguido por una conjetura más aproximada, aunque la
exactitud no sea nunca alcanzable. Y lo que he dicho de la madera se puede
hacer de la misma forma con las hierbas, la carne y otras cosas.
Orador.— Hay un dicho que dice que no se da ningún elemento puro, ¿cómo puede
ser probado esto por la balanza?
Idiota.— Si una persona pusiera cien libras de tierra en una gran maceta, y
tomara entonces algunas hierbas y semillas, y las plantara o sembrara en esa
maceta, y luego las dejara crecer tanto tiempo hasta que sucesivamente y poco a
poco obtuviera un centenar de libras de ellas, hallaría que la tierra no había
disminuido sino muy poco cuando la pesara de nuevo; por lo que podría concluir
que todas las hierbas dichas habían obtenido su peso del agua. Por tanto, las
aguas que habían sido engrosadas (o impregnadas) en la tierra atrajeron una
terrestreidad, y por la acción del sol sobre la hierba fueron condensadas en
hierba. Si se redujeran a cenizas estas hierbas, ¿no podrías tú adivinar, por
la diversidad de los pesos de todo, cuánta tierra encontrarías más de las cien
libras, y concluirías entonces que el agua produjo todo eso? Porque los
elementos son convertibles unos en otros por partes, como observamos en el
cristal puesto en la nieve, donde veremos el aire condensado en agua y correr
por éste [25]
El Statick Experiments contenía otras varias sugestiones sobre el empleo de la balanza.
Una de éstas, la comparación de los pesos de hierbas con los de la sangre u
orina, estaba encaminada al conocimiento de la acción de los medicamentos. Esto
fue investigado de modo diferente en el Liber Distillandi, publicado por Jerónimo Brunschwig en Estrasburgo en 1500, en el
que se reconocía que la acción de las drogas dependía de principios puros,
«espíritus» o «quintaesencias» que podían ser extraídos por la destilación de
vapor y otros métodos químicos. Cusa también sugirió que el tiempo que empleaba
un peso determinado de agua en correr por un orificio dado podía ser utilizado
como patrón de comparación para las velocidades del pulso. La pureza de
muestras de oro y de otros metales, decía, podía ser hallada determinando sus
pesos específicos, utilizando el principio de Arquímedes. La balanza podía ser
empleada también para medir la «virtud» de una piedra imán que atraía a un
trozo de hierro y en la forma de un higrómetro, que consistía en un trozo de
lana equilibrando un peso, para medir el «peso» del aire. El mismo
procedimiento fue descrito por León Battista Alberti (1404-1472) y por Leonardo
da Vinci (1452-1519). Cusa decía que el aire podía ser «pesado» también,
determinando el efecto de la resistencia del aire sobre pesos que caían
mientras se medía el tiempo por el peso del agua que pasaba por un pequeño
orificio.
¿No podría una persona, dejando caer una piedra
de una torre alta, y dejando correr el agua por un orificio estrecho a un
recipiente al mismo tiempo, y pesando luego el agua que ha pasado, y haciendo
lo mismo con un trozo de madera del mismo tamaño, gracias a las diferencias de
peso del agua, madera y piedra, conseguir saber el peso del aire?
Las sugerencias de Cusa eran en ocasiones un
poco vagas, y es atormentador el que este último experimento fuera descrito sin
referencia a la dinámica de los cuerpos que caen. El médico italiano Giovanni
Marliani (muerto en 1483) abordó este problema sugestiva, pero inadecuadamente.
Marliani había hecho algunas observaciones sobre la regulación térmica al
estudiar la intensidad del calor en el cuerpo humano. Desarrolló la
modificación realizada por Bradwardino de la ley del movimiento de Aristóteles.
Al criticar la ley aristotélica del movimiento, mencionó experimentos basados
en deducciones dinámicas de la estática de Jordano Nemorarius, que se habían
conservado vigentes en Oxford y que habían sido dadas a conocer a los italianos
por el Tractatus de Ponderibus de
Blas de Parma (muerto en 1416). Marliani argüía en su De
Proportione Motium in Velocitate que
dos pesos iguales y semejantes en todos los aspectos se moverían,
respectivamente, hacia abajo por un plano vertical y por un plano inclinado de
la misma altura, con velocidades (inversamente) proporcionales a la longitud de
los planos. Pero no determinó las relaciones cuantitativas exactas implicadas.
Sus críticas principales de las leyes del movimiento de Bradwardino y de
Aristóteles iban dirigidas a señalar su inconsistencia interna, y los
experimentos que describió fueron, sin ninguna duda, en su mayor parte,
«experimentos mentales».
Georg Peurbach (1423-1461) y Johannes Müller o
Regiomontano (1436-1476) realizaron un trabajo mejor en Astronomía. Peurbach,
que regentó una cátedra en Viena, colaboró en una revisión de las Tablas
Alfonsinas. Descubriendo la ventaja,
como habían hecho algunos autores del siglo XIV, de utilizar senos en lugar de
cuerdas, compuso una tabla de senos para cada 10 grados. Regiomontano, que
conoció la obra de Levi ben Gerson (vide vol. I, página 93), escribió un tratado
sistemático de Trigonometría que iba a tener una gran influencia, calculando
una tabla de senos para cada minuto y una tabla de tangentes para cada grado.
Acabó un manual comenzado por Peurbach y que estaba basado en fuentes griegas,
el Epitome in Ptolomaei Almagestum, que fue impreso en Venecia en 1496. Otra obra de Peurbach,
su Theoricae Novae Planetarum, publicada
en Nüremberg en 1472 ó 1473, es interesante por sus diagramas de los sistemas
de esferas sólidas. Bernardo Walther (1430-1504), discípulo- de Regiomontano,
con el que colaboró en el observatorio construido en Nüremberg, fue el primero
en utilizar para fines de predicción científica un reloj movido por un peso
colgante. En este reloj, la rueda de las horas tenía 56 dientes, de manera que
cada diente representaba una fracción mayor que un minuto.
La manera concreta, dando por supuesta la
importancia primordial de la revolución conceptual que acompañó a la dinámica
de la inercia, en que existe continuidad del desarrollo histórico desde la
física matemática del siglo XIV a la de los siglos XVI y XVII, constituye un
problema delicado sobre el que se ha realizado una gran cantidad de
investigaciones. No puede haber problema, como estudiaremos con mayor amplitud
más adelante, respecto de las diferencias básicas de los objetivos y métodos
filosóficos asociados con la nueva dinámica, cambios cuya consecución fue obra
de Galileo. Pero, comparándola con la física del siglo XVII, la del siglo XIV
era limitada tanto en la técnica experimental como en la matemática. El fracaso
en poner en práctica habitualmente el método experimental iniciado de forma tan
brillante en el siglo XIII y la pasión excesiva por la Lógica, que afectó a la
Ciencia en su conjunto, indican que la base fáctica de las discusiones teóricas
era en ocasiones muy ligera. La expresión matemática de la intensidad
cualitativa en el «arte de las latitudes», como se la llamaba, dio origen así a
los mismos excesos ingenuos que los intentos análogos, de los que iba a ser el
padre, del mecanismo omnicompetente de los siglos XVII y XVIII. Oresme, por
ejemplo, extendió la teoría del impetus a la Psicología. Uno de sus seguidores, Enrique
de Hesse (1325-1397), mientras dudaba de si las proporciones e intensiones de
los elementos de una sustancia dada eran cognoscibles en detalle, consideraba
seriamente la posibilidad de la generación de una planta o de un animal a
partir del cadáver de otra especie, por ejemplo, de una zorra a partir de un
perro muerto. Porque aunque el número de permutaciones y combinaciones era
enorme, durante la corrupción de un cadáver las cualidades primarias podían ser
alteradas hasta las proporciones en que se presentaban en algún otro ser vivo.
Dumbleton y otros autores habían estudiado extensamente latitudes de cualidades
morales, como la verdad, la fe y la perfección. Gentile da Foligno (muerto en
1348) aplicó el método a la fisiología de Galeno, y éste fue elaborado en el
siglo XV por Jacobo da Forli y otros que trataron la salud como una cualidad
semejante al calor y la expresaron en grados numéricos. Estas aplicaciones de
un método, sutilmente elaboradas e inútiles en la práctica, provocó las burlas
de humanistas como Luis Vives (1492-1540) y Pico della Mirándola (1463-1494), y
hacía gruñir a Erasmo (1467-1536) cuando recordaba las lecciones que tuvo que
soportar en la Universidad. El mismo ideal geométrico fue de nuevo expresado
por Rheticus en 1540, cuando dijo que la Medicina alcanzaría la perfección a la
que Copérnico había llevado a la Astronomía, y luego por Descartes.
1.5. La continuidad de la ciencia medieval y la del siglo XVII
En la actualidad, muchos estudiosos están de
acuerdo en que el humanismo del siglo XV, que surgió en Italia y se extendió
hacia el Norte, fue una interrupción en el desarrollo de la Ciencia. El
«renacimiento de las letras» distrajo la atención por la materia en favor del
estilo literario, y, al volverse hacia la Antigüedad clásica, sus devotos
pretendieron ignorar los progresos científicos de los tres siglos anteriores.
La misma arrogancia absurda que condujo a los humanistas a despreciar y
desfigurar a sus predecesores inmediatos por usar construcciones latinas
desconocidas de Cicerón y a lanzar la propaganda que, en grados variables, ha
cautivado hasta hace muy poco a la opinión histórica, les permitió también
tomar prestado de los escolásticos sin confesarlo. Esta costumbre afectó a casi
todos los grandes científicos de los siglos XVI y XVII, católicos o
protestantes, y ha sido necesaria la obra de un Duhem o de un Thorndike o de
una Maier para demostrar que sus afirmaciones sobre problemas históricos no
pueden ser aceptadas como enteramente válidas.
Este movimiento literario realizó algunos
servicios importantes a la Ciencia. En último término, quizá el mayor de todos
fue la simplificación y clarificación del lenguaje, aunque esto sucediera
principalmente en el siglo XVII, cuando se aplicó en particular al francés,
pero también, por influjo de la Royal Society, al inglés. El servicio más
inmediato fue el de proporcionar los medios de desarrollo de la técnica
matemática. El desarrollo y la aplicación física de muchos problemas estudiados
en Oxford, París, Heidelberg o Padua, en términos de lógica y de geometría
simple, estaban muy limitados por la carencia de matemáticas. Era inhabitual
para los estudiantes de la Universidad medieval ir más allá del primer libro de
Euclides; y aunque el sistema hindú era conocido, los numerales romanos
continuaban siendo usados, aunque no entre los matemáticos, hasta el siglo
XVII. Matemáticos competentes, como Fibonacci, Jordano Nemorarius, Bradwardino,
Oresme, Ricardo de Wallingford y Regiomontano, estaban, por supuesto, mejor
equipados e hicieron contribuciones originales a la Geometría, al Algebra y a
la Trigonometría, pero no existía una tradición matemática continuada
comparable con la de la Lógica. Las nuevas traducciones realizadas por los
humanistas, ofrecidas al público gracias a la imprenta, recientemente
inventada, colocó la riqueza de la matemática griega al alcance de la mano.
Algunos de estos autores griegos, como Euclides y Ptolomeo, habían sido
estudiados en los siglos anteriores; otros, como Arquímedes, Apolonio y
Diofanto, estaban disponibles en traducciones antiguas, pero generalmente no
estudiados. Entre las obras de matemática aplicada, la Cosmographia de Ptolomeo y su Geographia fueron impresas varias veces; pero el Almagesto no fue impreso, excepto el resumen por
Regiomontano, hasta principios del siglo XVI. Se imprimieron pocas obras árabes
de Astronomía. Con mucho, las ediciones más numerosas de un autor fueron las de
las obras de Aristóteles, acompañadas frecuentemente con las glosas de Averroes
y de otros comentaristas.
Toda la concepción de la naturaleza se vio
afectada por el atomismo sistemático hallado en el texto completo del De
Rerum Natura de Lucrecio, descubierto
por un erudito humanista, Poggio Bracciolini, en un monasterio en 1417. Es
verdad que las ideas de Lucrecio no eran desconocidas antes de esa fecha.
Aparecen, por ejemplo, en las obras de Rabano Mauro, de Guillermo de Conches y
de Nicolás de Autrecourt. Pero parece que el poema de Lucrecio era conocido
sólo parcialmente, en citas de los libros de los gramáticos. Fue impreso más
tarde, en el siglo XV, y desde entonces muchas otras veces.
No sólo las ciencias matemáticas y las físicas,
sino también la Biología, se beneficiaron de los textos y traducciones editados
por los humanistas. La imprenta humanista hizo fácilmente accesibles las obras
de autores que o habían sido, como Celso (floreció en 14-37 d. C.),
desconocidas antes, o como Teofrasto, conocidas solamente por fuentes
secundarias, y nuevas traducciones de Aristóteles, Galeno e Hipócrates. Este
último reemplazó a Galeno como principal guía médica, con gran ventaja de la práctica
empírica. La Historia Natural de
Plinio fue impresa muchas veces y el De Materia Medica de Dioscórides lo fue dos veces, y hubo muchas
«ediciones de autores árabes médicos en traducciones latinas: Avicena, Rhazes,
Mesue, Serapion. Los nuevos textos actuaron como un estimulante del estudio de
la Biología, por lo que fue al principio un camino curioso, porque uno de los
motivos más importantes de los estudiosos humanistas, con su adulación excesiva
de la Antigüedad, era identificar los animales, plantas y minerales mencionados
por los autores clásicos. Las limitaciones de este motivo fueron finalmente
puestas de relieve por los estudios auténticamente biológicos que ellos
inspiraron, porque éstos revelaron las limitaciones del saber clásico, y esto fue
aún más demostrado por la nueva fauna y flora descubierta como resultado de las
exploraciones geográficas, por el creciente saber práctico de la Anatomía
adquirido por los cirujanos y por los brillantes progresos en la ilustración
biológica estimulada por el arte naturalista. Pero el motivo original humanista
atrae la atención sobre un rasgo de la ciencia del siglo XVI y de principios
del siglo XVII en casi todas sus ramas que los historiadores «de la ciencia de
una generación anterior a la actual hubieran estado inclinados a asociarlo más
con los siglos anteriores; porque fue precisamente esta reverencia desmesurada
respecto de los antiguos, esta devoción por los textos de Aristóteles y de
Galeno, la que provocó la hostilidad sarcástica de los científicos de la época
que estaban intentando utilizar sus ojos para mirar al mundo de una nueva
manera. Y el comienzo de esta nueva ciencia data del siglo XIII.
Las contribuciones originales principales
realizadas durante la Edad Media al desarrollo de la ciencia de la naturaleza
en Europa pueden ser resumidas de la forma siguiente:
1.
En el campo
del método científico, la recuperación de la idea griega de explicación teórica
en la Ciencia, y especialmente de la forma «euclidiana» de esa explicación y su
empleo en la física matemática, dieron origen a los problemas de cómo construir
y verificar o refutar las teorías. La concepción básica de la explicación
científica sostenida por los científicos medievales de la naturaleza provenía
de los griegos y era esencialmente la misma que la de la ciencia moderna.
Cuando un fenómeno había sido exactamente descrito, de manera que sus
características eran adecuadamente conocidas, era explicado relacionándolo con
un conjunto de principios generales o teorías que abrazaban a todos los
fenómenos similares. El problema de la relación entre la teoría y la
experiencia planteado por esta forma de explicación científica fue analizado
por los escolásticos al desarrollar sus métodos de «resolución y composición».
Se ven ejemplos del empleo de los métodos escolásticos de inducción y de
experimentación en la óptica y en el magnetismo de los siglos XIII y XIV. Los
métodos implicaban observaciones cotidianas, lo mismo que experimentos
diseñados especialmente, idealizaciones sencillas y «experimentos mentales»,
pero también la mención de experimentos imaginarios e imposibles.
2.
Otra
contribución importante al método científico fue la extensión de la Matemática
a todo el campo de la ciencia física, por lo menos en principio. Aristóteles
había restringido el empleo de las matemáticas, en su teoría de la
subordinación de una ciencia a otra, al distinguir tajantemente los papeles
explicativos de las matemáticas y de la «Física». El efecto de este cambio no
fue tanto el destruir esta distinción como cambiar el tipo de pregunta que
planteaban los científicos. Una razón principal de este cambio fue el influjo
de la concepción neoplatónica de la naturaleza como siendo en último término
matemática, una concepción que fue explotada por la noción de que la clave del
mundo físico debía buscarse en el estudio de la luz. Es verdad que los científicos
medievales no llevaron esta concepción hasta el límite, pero comenzaron a
mostrar menos interés por la pregunta metafísica o «física» de la causa y a
plantear el tipo de pregunta que podía ser respondida por una teoría matemática
dentro del ámbito de la verificación experimental. Se ven ejemplos de este
método en la mecánica, óptica y astronomía de los siglos XIII y XIV. Fue a
través de la matematización de la naturaleza y de la Física como fue sustituido
el concepto clásico tan inconveniente de los pares contrapuestos por el
concepto moderno de medidas lineales homogéneas.
3.
Además de
estas ideas sobre el método, aunque conectado con ellas frecuentemente, comenzó
a finales del siglo XIII un nuevo enfoque de la cuestión del espacio y del
movimiento. Los matemáticos griegos habían elaborado una matemática del reposo,
y se habían realizado progresos importantes en la Estática durante el siglo
XIII, progresos facilitados por los métodos de Arquímedes de manipular
cantidades ideales, como la longitud de un brazo sin peso de una balanza. El
siglo XIV vio los primeros intentos de elaboración de una matemática del cambio
y del movimiento. De entre los varios elementos que contribuyeron a esta nueva
dinámica y cinemática, fueron las ideas de que el espacio podía ser infinito y
vacío, y la de que el universo podía carecer de centro, las que minaron el
cosmos de Aristóteles con sus direcciones diferentes cualitativamente y
condujeron a la idea del movimiento relativo. Respecto del movimiento, la idea
nueva principal fue la del impetus, y la característica más
significativa de este concepto fue el que se daba una medida de la cantidad
de impetus según la cual éste era proporcional a la cantidad
de materia que había en el cuerpo y a la velocidad imprimida a él. También fue
importante la discusión de la persistencia del impetus en
ausencia de resistencia del medio y de la acción de la gravedad. El impetus era
todavía una «causa física» en el sentido aristotélico; al considerar el
movimiento como un estado que no requería una causalidad eficiente continuada,
Ockham aportó otra contribución, quizá relacionada con la idea del siglo XVII,
del movimiento de inercia. La teoría del impetus fue empleada
para explicar muchos fenómenos diferentes, por ejemplo, el movimiento de los
proyectiles y de los cuerpos que caen, el rebote de las pelotas, el péndulo y
la rotación de los cielos y la Tierra. La posibilidad de esta última fue
sugerida por el concepto de movimiento relativo, y las objeciones a éste, a
partir del argumento de los cuerpos separados, fueron replicados con la idea de
«movimiento compuesto», propuesta por Oresme. El estudio cinemático del
movimiento acelerado comenzó también en el siglo XIV, y la solución de un
problema concreto, el de un cuerpo que se movía con aceleración uniforme, iba a
ser aplicada más tarde a los cuerpos que caen. También comenzaron en el siglo
XIV los estudios sobre la naturaleza del continuo y de los máximos y mínimos.
4.
En el terreno
de la Tecnología, la Edad Media conoció algunos progresos notables. Comenzando
con nuevos métodos de aprovechamiento de la energía animal, hidráulica y del
viento, se desarrollaron nuevas máquinas para fines variados, que en ocasiones
exigían una precisión considerable. Algunos inventos técnicos, por ejemplo, el
reloj mecánico y las lentes de aumento, iban a ser utilizados como instrumentos
científicos. Instrumentos de medida, como el astrolabio y el cuadrante, iban a
ser enormemente perfeccionados como consecuencia de necesidad de medidas
precisas. En la Química se estableció el empleo habitual de la balanza. Se
hicieron progresos empíricos, y el hábito experimental condujo al desarrollo de
aparatos especiales.
5.
En las
ciencias biológicas se realizaron algunos progresos técnicos. Se escribieron
obras importantes sobre Medicina y Cirugía, sobre los síntomas de las
enfermedades, y se hicieron descripciones de la flora y fauna de distintas
regiones. Se inició la clasificación y se facilitó la posibilidad de tener
ilustraciones exactas gracias al arte realista. Quizá la contribución más
importante de la Edad Media a la biología teórica fue la elaboración de la idea
de una escala de la naturaleza animada. En Geología se hicieron observaciones y
la auténtica naturaleza de los fósiles fue captada por algunos autores.
6.
Se pueden
señalar dos contribuciones medievales respecto de la cuestión del objeto y
naturaleza de la Ciencia. La primera es la idea, expresada explícitamente por
vez primera en el siglo XIII, de que el objeto de la Ciencia era obtener un
dominio sobre la naturaleza útil para el hombre. La segunda es la idea, sobre
la que insistían los teólogos, de que ni la acción de Dios ni la especulación
del hombre podía ser constreñida dentro de los límites de un sistema concreto
del pensamiento científico o filosófico. Cualesquiera que pudieran haber sido
sus efectos en otras ramas de la Ciencia, la consecuencia de esta idea sobre la
ciencia de la naturaleza fue la de poner de relieve la relatividad de todas las
teorías científicas y el hecho de que podían ser reemplazadas por otras que
tenían más éxito en cumplir los requisitos de los métodos racionales y
experimentales.
Así, pues, los métodos experimentales y matemáticos
aparecen como un crecimiento, realizado dentro del sistema medieval de
pensamiento científico, que iba a destruir, desde dentro, para brotar
finalmente, la física y la cosmología aristotélicas. Aunque la resistencia a la
destrucción del antiguo sistema se hizo muy fuerte entre algunos escolásticos
tardíos, y en particular entre aquellos cuyo humanismo les había dado una
devoción excesiva por los textos antiguos y entre aquellos para quienes el
antiguo sistema había sido ligado demasiado estrechamente con doctrinas
teológicas, puede haber pocas dudas de que fue el desarrollo de estos métodos
experimentales y matemáticos de los siglos XIII y XIV lo que, por lo menos,
inició el movimiento histórico de la Revolución científica que culminó en el
siglo XVII.
Pero cuando se consideran todos los aspectos, la
ciencia de Galileo, Harvey y Newton no fue la misma que la de Grosetesta,
Alberto Magno y Buridán. No sólo sus objetivos fueron en unas ocasiones
sutilmente y en otras, obviamente distintos y las conquistas de la ciencia del
siglo XVII fueron infinitamente mayores; de hecho, ellas no estuvieron
conectadas por una continuidad ininterrumpida de desarrollo histórico. Hacia
finales del siglo XIV llegó a su término el brillante período de la
originalidad escolástica. Durante el siglo y medio siguiente, todo lo que París
y Oxford produjeron sobre Astronomía, Física, Medicina o Lógica fueron
monótonos epítomes de obras anteriores. En el siglo XV aparecieron en Alemania
uno o dos autores originales, Nicolás de Cusa y Regiomontano. En Italia, las
cosas fueron mejor, pero más con el nuevo grupo de «artistas-ingenieros», como
Leonardo da Vinci, que en las universidades. El interés y la originalidad
intelectual estaban orientados hacia la literatura y las artes plásticas más
que hacia la ciencia de la naturaleza.
Además de alguna otra cosa, las tremendamente
grandes conquistas y el valor de los científicos del siglo XVII hace claramente
patente que no estaban meramente utilizando los métodos antiguos, sino
utilizándolos mejor. Pero si no es necesario insistir en el hecho histórico de
la revolución científica del siglo XVII, tampoco puede haber dudas acerca de la
existencia de un movimiento científico original en los siglos XIII y XIV. El
problema consiste en la relación entre ellos. Sea lo que pudiera haber ocurrido
antes, ¿debe considerarse la nueva ciencia del siglo XVII como siendo en último
término un comienzo completamente nuevo, como pretendieron algunos
historiadores del pasado? ¿Brotó la «nueva filosofía», la «enseñanza
experimental físico-matemática» de la antigua Royal Society sin familia
anterior, de las mentes de Galileo, Harvey, Francis Bacon y Descartes? Dando
por supuestas las grandes y fundamentales diferencias entre la ciencia medieval
y la del siglo XVII, las notables semejanzas subyacentes, independientemente de
otras evidencias, in-dican que una visión más exacta de la ciencia del siglo
XVII ha de mirarla como la segunda fase de un movimiento intelectual en Occidente
que comenzó cuando los filósofos del siglo XIII leyeron y asimilaron en las
traducciones latinas a los grandes autores científicos de la Grecia clásica y
del Islam.
Se puede preguntar, pues, ¿qué es lo que los
científicos del siglo XVII conocieron acerca de la obra medieval y cómo pueden
caracterizarse las diferencias y semejanzas de sus objetivos?
Por lo que concierne a la primera pregunta, la
producción de las primeras imprentas indica que las principales obras
científicas medievales fueron efectivamente puestas en circulación, y esto
indica a su vez que existía una demanda académica de esas obras. Los datos
disponibles indican que, como se podía esperar, las primeras imprentas de
finales del siglo XV y principios del XVI, por ejemplo, en Venecia y Padua, y
en Basilea y París, continuaron reproduciendo por el nuevo procedimiento el
mismo tipo de obras que había sido reproducido anteriormente a mano. Una gran
proporción de estas obras eran científicas y consistían en ediciones de obras
de autores clásicos, árabes (en traducción latina) y medievales. Una mejora
considerable respecto de los antiguos manuscritos fue la publicación de Opera
Omnia en ediciones conjuntas críticas.
Aunque hubo algunas excepciones notables, la
mayor parte de las obras científicas medievales más importantes fueron
disponibles gracias a la imprenta. Sin extendemos en detalles complejos, éstas
incluían, entre los autores más filosóficos, las obras principales sobre el
método científico y filosofía de la ciencia de Grosetesta, Alberto Magno, Tomás
de Aquino, Roger Bacon, Duns Scoto, Burley, Ockham, Cusa y los averroístas
italianos desde Pedro d'Abano hasta Nifo y Zabarelia, a principios del siglo
XVI. Las obras sobre Dinámica y Cinemática de Bradwardino, Heytesbury, Ricardo
Swineshead, Buridán, Alberto de Sajonia y Marliani fueron todas ellas impresas
más de una vez, e igualmente lo fueron algunas de las obras matemáticas de
Oresme, aunque no la importante De Configurationibus Intensionum ni Le Livre du Ciel. También las obras de Dumbleton continuaron en
manuscrito. Sobre la Estática, elLiber Jordani de Ponderibus fue publicado en 1433, y el De
Ratione Ponderis de la «escuela» de
Jordano Nemorarius fue publicado por Tartaglia en 1565. Sobre Óptica, todas las
obras de Grosetesta, Roger Bacon, Witelo (junto con el tratado de Alhazen),
Pecham y Themon Judaei encontraron editor. La excepción más sobresaliente fue
el De Iride de Teodorico
de Freiberg, pero una exposición de su teoría del arco iris con los diagramas
esenciales fue publicada en Erfurten 1514. La Epístola De
Magnete de Petrus Peregrinus fue
impresa dos veces en el siglo XVI, en 1558 y 1562; fue conocida y apreciada por
Gübert. El texto astronómico más popular era la Esfera de Sacrobosco, pero también se imprimieron en
cantidades representativas tablas astronómicas y obras matemáticas como las de
Juan de Murs, Peurbach y Regiomontano. Se imprimió el Tratado
del astrolabio de Chaucer, pero no los
manuscritos de Ricardo de Wallingford. Otro matemático importante cuyas obras
no vieron la luz fue Leonardo Fibonacci.
El biólogo medieval más importante fue Alberto
Magno; su De Animalibus fue
impreso, y también lo fueron sus obras geológicas y químicas. Entre otras obras
de Biología impresas se encontraban el Arte de cetrería de Federico II, y las obras de Tomás de
Cantimpré, Pedro de Crescenzi y Conrado de Megenburg. Los herbarios de Rufino y
Rinio no fueron impresos, pero se imprimieron otras obras de este tema, en
particular las Pandectas de
Mateo Sylvaticus, y también se publicaron impresos nuevos herbarios en latín y
en romance (vide infra pp.
233 y ss.). La obra de Historia Natural más popular era Sobre
las propiedades de las cosas de
Bartolomé Anglico. Se imprimieron muchas veces los tratados de Anatomía,
Cirugía y Medicina, por ejemplo, de Mondino, Guy de Chauliac, Arnáu de
Vilanova, Gentile da Foligno y Juan de Gaddesden, en algunos casos en varias
lenguas. En este campo, algunas otras obras excelentes, como las de Enrique de
Mondeville y Tomás de Sarepta, no fueron impresas. Se imprimieron, sobre
Química y Alquimia, las obras de Arnáu de Vilanova y las atribuidas a Ramón
Lull. Igualmente, lo fueron un cierto número de tratados prácticos sobre varios
temas, los de Brunschwig, Agrícola y Biringuccio, que incluían gran parte de la
práctica química antigua.
El grado en que ios científicos de la época
mostraban interés por los tratados medievales variaba según los distintos
individuos. En el siglo XVI, las fuertes inclinaciones clásicas de hombres como
Copérnico y Vesalio quizá les impidieron prestar mucha atención a los autores
medievales, pero otros científicos de talla lo hicieron ciertamente. Por
ejemplo, los anatomistas italianos Achillini y Berengario da Carpí escribieron
comentarios a la anatomía de Mondino (vide infra p. 241). La teoría del Impetus y otros aspectos de la dinámica, cinemática y
estática medievales fueron estudiados y enseñados por matemáticos y filósofos
como Tartaglia, Cardano, Benedetti, Bonamico y el mismo Galileo en su época de
juventud. En Inglaterra, el doctor John Dee coleccionó manuscritos,
especialmente de las obras matemáticas y físicas de Grosetesta, Roger Bacon,
Pecham, Bradwardino y Ricardo de Wallingford, mientras Robert Recordé
recomendaba las obras de Grosetesta y otros autores de Oxford a los estudiantes
de Astronomía. Dee y Recordé, junto con Tomás y Leonardo Digges, fueron
defensores precoces de la teoría copernicana, y todos ellos consideraron su
trabajo como un renacimiento de los grandes días de Oxford de los siglos XIII y
XIV. Leonardo Digges, al describir el trabajo de pionero de su padre sobre los
telescopios, reconocía a Roger Bacon como una autoridad en Óptica. Leonardo da
Vinci, Maurolico, Marco Antonio de Dominis, Giambattista della Porta, Johann
Marcus Marci y Cristóbal Scheiner se referían todos en sus obras a Bacon,
Witelo y Pecham. Kepler escribió un comentario sobre Witelo, corrigiendo sus
tablas de ángulos de refracción; la obra de Harriot y Snell sobre la ley de la
refracción parece haber estado animada por la edición de Witelo y de Alhazen
por Frederick Risner en 1572; y muchos otros autores de Optica del siglo XVII,
por ejemplo, Descartes, Fermat, James Gregory, Emanuel Maignan y Grimaldi,
utilizaron la misma fuente. Por lo que concierne a Descartes, citaba raras veces
a quienes debía algo, pero su Météores sigue exactamente el mismo orden del tema que
la Meteorología de
Aristóteles y es, por más de un concepto, el último de los comentarios
medievales sobre esa obra tan comentada (cf. infra pp. 223-227).
Se ha dicho bastante para demostrar que los
principales científicos del siglo XVI y principios del XVII conocían y
utilizaban las obras de sus predecesores medievales. La historia es la misma en
Biología y Química, en cuyo campo el autor medieval principal era Alberto Magno.
También es igualmente visible la parte medieval de los antecesores en las
concepciones del método científico y de la explicación, en particular, por
ejemplo, en el empleo que hace Galileo de los métodos de «resolución y
composición» para elucidar la relación entre la teoría y la experiencia y para
desarrollar la forma «euclidiana» de las explicaciones científicas. También
sucede lo mismo con la concepción neoplatónica de la naturaleza, como siendo en
último término matemática, utilizada por primera vez en la Edad Media y en la
«cosmología de la luz» de Grosetesta, y que se manifiesta en formas distintas
en el pensamiento de Galileo, Kepler y Descartes. Pero ¿los científicos, en
particular los del siglo XVII, aceptaron y continuaron los objetivos y métodos
de los escolásticos? En el capítulo siguiente se verá con mayor detalle que
hicieron mucho más. Podemos señalar una característica indicativa de una
diferencia esencial.
Las doctrinas básicas de la ciencia medieval se
desarrollaron casi enteramente dentro del contexto de las discusiones
académicas basadas en algunas de sus etapas y, en mayor o menor grado, en las
obras utilizadas en la enseñanza universitaria. Los comentarios y quaestiones sobre los temas tratados en esas obras podían
haberse alejado mucho de los originales de Aristóteles, o Ptolomeo, o Euclides,
o Alhazen, o Galeno; sin embargo, no se separaban de ellos. Es cierto que las
aplicaciones de las ciencias académicas se pusieron en práctica al margen de
las universidades, como en el caso de la Astronomía en la determinación del
calendario y proposiciones para su reforma, o de la Aritmética en la hacienda
pública y el comercio, o de la Anatomía, Fisiología y Química en la Cirugía y
Medicina. Es cierto también que en otros campos igualmente ajenos al sistema
universitario, por ejemplo, en la tecnología de distintos tipos y en el Arte y
la Arquitectura con su tendencia creciente hacia el realismo, se hicieron
progresos que iban a ser de gran importancia para la Ciencia. Es verdad que las
razones del desarrollo y crecimiento de la Ciencia dentro de las universidades,
y del crecimiento y expansión del mismo sistema universitario, deben
relacionarse con las razones del desarrollo de estados políticos nacionales
basados en un capitalismo comercial expansivo que podía dar empleo a las
personas responsables de estas actividades tecnológicas y artísticas fuera de
la Universidad. Los últimos se convirtieron en los «artistas- ingenieros» de
los siglos XV y XVI, y los virtuosi y señores independientes científicos del siglo XVII iban a tomar
la dirección de la Ciencia, haciendo de ella más una actividad de la Academia
dei Lincei, o de la Royal Society, o de la Académie Roy al des Sciences que de
la Universidad. Esto fue cierto, aunque en estas sociedades científicas
existiera un predominio de universitarios, que fueron de hecho los que iban a
hacer volver la nueva ciencia al seno de las universidades.
En los siglos XIII y XIV, sin embargo, los
conceptos centrales de la Ciencia fueron cultivados dentro de la estructura de
la facultad universitaria de artes, cuyo programa de estudios se amplió para
incluir las nuevas traducciones del griego y del árabe y algunos tratados
técnicos de matemáticas aplicadas, y de las facultades superiores de Medicina y
Teología. Las personas que las cultivaban eran clérigos y maestros
universitarios. El ejercicio académico nunca estuvo alejado del telón de fondo
de los tratados que ellos legaron, esas obras poco literarias que forman la
gran colección de manuscritos y de ediciones tempranas que nos muestran su
forma de pensar. Es verdad que muchos de ellos eran pensadores originales e
ingeniosos. Pero los grandes problemas científicos y cosmológicos que abordaron
eran raras veces enfocados por ellos en cuanto, estrictamente científicos. El
mayor problema de todos era el de la relación de la cosmología de la teología
cristiana basada en la revelación y la de la cosmología de la ciencia racional
dominada por la filosofía de Aristóteles. Aunque algunas de las mejores obras
científicas medievales versaban sobre problemas concretos estudiados sin
ninguna referencia a la Teología o a la Filosofía o incluso a la Metodología,
fue dentro de una estructura de Filosofía relacionada estrechamente con la
Teología, y en particular con el sistema de los estudios universitarios
dirigidos por clérigos, donde tuvo lugar el desarrollo central de la ciencia
medieval.
Consecuencia de esto fue que la Ciencia en la
Edad Media fuera casi siempre al mismo tiempo filosofía de la Ciencia. Sin
duda, las mismas características aparecerán en cualquier época que esté todavía
precisando la dirección y objetivos de su investigación, como aparecieron de
forma eminente en el siglo XVII, por ejemplo, en el pensamiento científico y en
las controversias de Galileo, Descartes y Newton. En contraste con los
científicos medievales y los del siglo XVII, los científicos del siglo XX
saben, en general, cómo deben habérselas con los problemas, el tipo de
preguntas que van a plantear a la naturaleza y los métodos que emplearán para
conseguir las respuestas. Solamente en los problemas más profundos y generales,
cuando una línea de explicación parece haber llegado a un impasse, la filosofía actual necesita alterar el curso regular
del núcleo de la tarea científica que se está realizando.
Pero existe una diferencia básica entre los
objetivos de la filosofía de la ciencia medieval y los de toda la filosofía de
la ciencia desde Galileo. La última está interesada primordialmente en clarificar y facilitar los procesos y
consiguientes progresos de la misma Ciencia. El principal interés de los
científicos desde Galileo ha recaído sobre el siempre creciente ámbito de
problemas concretos que la Ciencia puede resolver; y si los científicos
emprenden investigaciones filosóficas, es habitualmente porque ciertos
problemas científicos concretos y específicos pueden ser resueltos
satisfactoriamente sólo por una reforma completa de los principios
fundamentales. Los ensayos de Filosofía de Galileo y Newton tienen
esencialmente este objetivo. Pero los filósofos medievales de la naturaleza
estaban interesados primordialmente menos por los problemas concretos del mundo de la experiencia que
por el tipo de saber de
la ciencia de la naturaleza: cómo se adecuaba dentro de la estructura general
de su metafísica y, si se extendía más, qué relación tenía con la Teología.
Muchos problemas científicos fueron descubiertos como analogías que podían
iluminar un problema teológico, como sucedió con la causalidad instrumental y
la teoría del impetus. Sin
duda, el hecho de que se plantearan por interés hacia otros problemas fue una
de las razones por las cuales, en el curso del desarrollo, fueron abandonados
súbitamente con tanta frecuencia.
El contraste es, pues, de carácter general y no
es, por supuesto, exclusivo^ En el siglo XVIII, Berkeley y Kant, por ejemplo,
se interesaron primordialmente no por la Ciencia, sino por la relación de la
cosmología newtoniana con la Metafísica, mientras que en el siglo XIII Jordano,
Gerardo de Bruselas y Petrus Peregrinus parecen haber estado exentos de todo
interés filosófico y haberse interesado puramente con los problemas científicos
inmediatos. Pero si lo que se ha dicho caracteriza verdaderamente al ambiente
intelectual general de la ciencia medieval, explica también en buena parte lo
que de desconcertante y claramente aparece en una obra por otra parte
excelente. Ayuda a explicar, por ejemplo, el hiato entre la repetida
insistencia sobre el principio de la verificación experimental y las muchas
afirmaciones generales nunca puestas a prueba por la observación; peor todavía,
la satisfacción con experimentos imaginarios incorrectos o imposibles; aún
peor, las cifras falsas dadas, por ejemplo, por científicos del calibre de
Witelo y Teodorico de Freiberg, como resultados supuestos de medidas que evidentemente
nunca realizaron. Hay, por supuesto, ejemplos de la ciencia medieval no
afectados por estos defectos, pero era una peculiaridad de la época el que
pudieran darse aun en el curso de las investigaciones mejor concebidas. Queda
siempre la impresión de que el investigador no estaba muy interesado por los
detalles de hecho y por las medidas. Ciertamente, el gran interés por la lógica
y la teoría de la ciencia experimental y por las concepciones filosóficas de la
naturaleza relacionada con ella, defendida por Grosetesta hasta el umbral de
los trabajos de Galileo, aparece en llamativo contraste con la relativa escasez
de investigaciones experimentales efectivas. Esto se entiende si vemos a los
filósofos medievales de la naturaleza no como científicos modernos frustrados,
sino fundamentalmente como filósofos. Dieron una exposición de las
investigaciones empíricas frecuentemente como un ejercicio de lo que podía
realizarse en una rama de la filosofía distinta de las otras. Es verdad que
esto tuvo como consecuencia deseable el clarificar los problemas de la ciencia
de la naturaleza y de ayudar a desgajarlos de contextos ajenos de la Metafísica
y de la Teología. Estaban menos interesados por lo que se encontraba
efectivamente gracias al experimento.
Era una orientación de su interés que podía
haber resultado fatal para la ciencia occidental. Por muy excelente que pueda
haber sido gran parte de su caracterización general de la metodología de la
ciencia experimental, significó que raras veces los metodólogos ponían
realmente a prueba efectiva sus métodos. De ese modo, raras veces los hicieron
realmente exactos o realmente adecuados. En la obra de los científicos
medievales abundan experimentos no dirigidos y sencillas observaciones
cotidianas. Es verdad que no existía un movimiento general que concibiera la
investigación experimental como una puesta a prueba continuada de una serie de
hipótesis formuladas precisa y cuantitativamente, que obligaran a la
reformulación de un área completa de la teoría. Los ejemplos de investigación
experimental, incluso los mejores de ellos, permanecieron aislados, sin tener
un efecto general sobre las doctrinas aceptadas de la luz o de la Cosmología.
Se creía que eran suficientes para ilustrar el método, y la Metodología era un
fin en sí misma. Se hubiera convertido en un callejón sin salida a no ser que
Galileo y sus contemporáneos, mostrando una nueva dirección del interés,
hubieran buscado los temas de los ejemplos por sí mismos. Gracias a que los
tomaron en serio, prestando atención a los hechos detallados del experimento y
de la medida y de las funciones matemáticas ejemplificadas en la naturaleza,
los científicos del siglo XVII revolucionaron radicalmente toda la estructura
teórica de la Física y la Cosmología, mientras que los filósofos medievales de
la naturaleza habían revisado solamente algunas secciones parciales.
Si bien es verdad que un cambio fundamental en
los intereses de los científicos y en la concepción de la Ciencia puede
detectarse en la época de Galileo, un detalle ulterior puede indicar otro
aspecto de la línea general del cambio. Quizá el rasgo más vigoroso de la
filosofía de la ciencia medieval que continuó influyendo fuertemente a
principios del siglo XVII fuera la concepción neoplatónica de que la naturaleza
debía ser explicada en último término por medio de la Matemática. En la Edad
Media, esta creencia fue aprovechada principalmente en el campo de la Optica.
Dentro del ambiente del platonismo, y animados por la historia del Génesis del primer día de la creación, pensadores
importantes de los siglos XIII y XIV centraron su atención en el estudio de la
luz como la clave de los misterios del mundo físico, y fue en la Optica donde
realizaron lo mejor de su obra científica. Pero, como en la clasificación
aristotélica, la Optica continuó siendo, junto con la Astronomía y la Música,
uno de los media mathematica, ciencias
matemáticas aplicadas al mundo físico, distintas por una parte de la matemática
pura y por otra de la Física como ciencia de las «naturalezas» y las causas.
Los científicos medievales parece que no
sintieron un deseo o necesidad irresistible de prescindir de estas distinciones
filosóficas. La física matemática nunca se convirtió realmente en una ciencia
universal que hiciera innecesaria la física aristotélica.
Quizá pueda argüirse que Descartes, el más
medieval de los grandes científicos del siglo XVII, en el sentido de ser el más
influido por una filosofía de la naturaleza, llamó a su obra de
Cosmología Le Monde, ou Traité de la lumiére. Pero la física de Descartes no se basaba en una
teoría de la luz; más bien, su teoría de la luz se basaba en su concepción del
movimiento. Fue en el estudio del movimiento, y no en el de la luz, donde los
científicos del siglo XVII buscaron la clave de la Física. Fue allí también,
para su satisfacción, donde la encontraron.
Ciertamente, los físicos del siglo XVII hicieron
una elección afortunada al conceder una importancia especial al estudio del
movimiento en cuanto distinto de otros aspectos de la naturaleza. Pero
Aristóteles y los aristotélicos medievales habían ya hecho del estudio del
movimiento la base de su física. La elección por los científicos del siglo XVII
no fue fortuita, ni lo fue el éxito con que se vio coronada. Al tomar el
fenómeno empírico del movimiento seriamente como un problema y al buscar la
solución hasta el fin, no tuvieron otra alternativa que reformar la Cosmología
en su totalidad, inventar nuevas técnicas matemáticas en ese proceso y
suministrar este ejemplo eminente a los métodos de la Ciencia en su conjunto.
Podemos sugerir que éste fue el progreso realizado por los virtuosi seculares del siglo XVII sobre los clérigos de
las universidades medievales a los que tanto debían por otros conceptos.
Capítulo 2
La revolución del pensamiento científico en los siglos XVI y XVII
Contenido:
2.1. La aplicación de los métodos matemáticos a la
mecánica
2.2. La Astronomía y la nueva Mecánica
2.3. La Fisiología y el método de experimentación y medida
2.4. La extensión de los métodos matemáticos a los instrumentos y máquinas
2.5. Química
2.6. Botánica
2.7. Anatomía y morfología y embriología animales comparadas
2.8. Filosofía de la Ciencia y concepto de la Naturaleza en la revolución
científica
2.1. La aplicación de los métodos matemáticos a la
mecánica
Es más fácil de entender cómo se produjo la
revolución científica de los siglos XVI y XVII que entender la razón de que se
produjera. En lo que concierne a la historia interna de la ciencia, se produjo
gracias a personas que planteaban preguntas dentro del ámbito de una respuesta
experimental, limitando sus investigaciones a los problemas físicos más que a
los metafísicos, concentrando su atención en la observación cuidadosa de las
especies de cosas que existen en el mundo de la naturaleza y de la correlación
del comportamiento de una respecto de otra más que en sus naturalezas
intrínsecas, en las causas próximas más que en las formas sustanciales, y en
especial en los aspectos del mundo físico que podían ser expresados en términos
matemáticos. Estas características, que podían ser pesadas y medidas, podían
compararse y expresarse como una longitud o un número y representarse de ese
modo en un sistema disponible de Geometría, Aritmética o Algebra, en el que se
podían deducir las consecuencias revelando nuevas relaciones entre
acontecimientos que podían ser verificados luego por la observación. Los otros
aspectos de la materia fueron ignorados.
El empleo sistemático del método experimental
por medio del cual podían ser estudiados los fenómenos en condiciones
simplificadas y controladas, y de la abstracción matemática que hacía posible
nuevas clasificaciones de la experiencia y el descubrimiento de nuevas leyes
causales, aceleraron enormemente el ritmo del progreso científico. Un hecho
sobresaliente de la revolución científica es que sus etapas iniciales y en
cierto sentido las más importantes fueron realizadas antes de la invención de
nuevos instrumentos de medida, el telescopio y el microscopio, el termómetro y
el reloj de precisión, que iban a ser después indispensables para conseguir
respuestas precisas y satisfactorias a las preguntas que iban a ponerse en la
avanzadilla de la Ciencia. De hecho la revolución científica, en sus etapas
iniciales, se produjo más por un cambio sistemático de la concepción
intelectual, por el tipo de preguntas planteadas, que por un progreso en los
medios técnicos. El porqué de esta revolución en los métodos de pensamiento es
algo que permanece oscuro. No era simplemente la continuación de la creciente
atención prestada a la observación y a los métodos experimentales y matemáticos
que había existido desde el siglo XIII, porque el cambio cobró, en todos los
aspectos, una rapidez y una cualidad que le hizo dominar el pensamiento
europeo. No es una explicación satisfactoria decir que el nuevo enfoque era
meramente el resultado de la obra realizada en la lógica inductiva y en la
filosofía matemática por los filósofos escolásticos hasta el siglo XVI o el
resultado de un renacimiento del platonismo en el siglo XV. No puede ser
atribuida simplemente al efecto del renovado interés por algunos textos
científicos griegos poco conocidos hasta entonces, como las obras de
Arquímedes, aunque éstas estimularon ciertamente el pensamiento matemático.
Es cierto que varios aspectos de las condiciones
sociales y económicas de los siglos XVI y XVII proporcionaron motivos y
oportunidades que podían estimular la Ciencia. Al comienzo del siglo XVI
algunos sabios eminentes mostraron un vigoroso interés por el estudio de los
procesos técnicos de fabricación, lo cual ayudó a conjuntar la mente de los
filósofos con la habilidad manual del artesano. Luis Vives escribía en 1531 en
su De Tradendis Disciplims, defendiendo el estudio serio de artes como la cocina, la construcción,
la navegación, la agricultura y la sastrería, y urgía en particular a los
científicos a no despreciar a los obreros manuales o avergonzarse de pedirles
que les explicaran los misterios de su especialidad. Rabelais, dos años más
tarde, sugería que una rama de estudio adecuada para un joven príncipe era
aprender cómo eran fabricados los objetos que utilizaba en la vida ordinaria.
Rabelais describió cómo Gargantúa y su tutor visitaban a los orífices y
joyeros, a los relojeros alquimistas, monederos y muchos otros artesanos. En
1568 un libro de texto latino publicado en Frankfurt para el uso de niños de
escuela parece haber estado inspirado por el mismo respeto hacia la habilidad
artesanal, porque adoptó la forma de una serie de versos latinos que describían
la tarea de distintos artesanos, por ejemplo, un impresor, un fabricante de
papel, un estañador o un tornero. Durante el siglo XVI se realizó también un
notable progreso en la publicación de tratados escritos por los expertos en
varios procesos técnicos. De éstos los ejemplos más sobresalientes son el De
Re Metallica (1556), de Georg Bauer
(1490-1555), o Agricola, como él mismo se llamaba, sobre la minería y la
metalurgia, y los tratados de Besson, Biringucci, Ramelli y, a principios del
siglo XVII, de Zonca (cf. vol. I, pp. 161-163). Este interés por los progresos
de las diferentes especialidades fue expresado con gran claridad por Francis
Bacon (1561-1626), primero en 1605 en The Advancement of
Leaming, y luego, más extensamente, en
el Novum Organum. Bacon
opinaba que las técnicas o, como él las llamaba, las artes mecánicas, habían
florecido precisamente porque estaban firmemente basadas en los hechos y eran
modificadas a la luz de la experiencia. Por otra parte, el pensamiento
científico había fracasado en progresar precisamente porque estaba divorciado
de la naturaleza y se mantenía alejado del experimento práctico. En su opinión
la enseñanza de los maestros había sido «telarañas de enseñanza..., de ninguna
sustancia o provecho», y la nueva ciencia humanista debía estar orientada al
provecho del hombre. Descartes adoptó también la misma opinión en esta materia.
En el siglo XVI varios matemáticos, como Tomás Hood (floreció en 1582-1598) y
Simón Stevin (15481620), fueron contratados especialmente por los gobiernos
para solucionar problemas de navegación o de fortificación. En la última parte
del siglo XVII la misma Royal Society se interesó por los procesos técnicos de
varios oficios con la esperanza de que la información recogida no solamente
proporcionaría una base sólida para las especulaciones de los sabios, sino que
también tendría valor práctico para los mismos mecánicos y artífices. Se
elaboraron varios tratados sobre temas específicos: Evelyn escribió un Discourse
of Forest Trees and the Propagation of Timber; Petty,
sobre tintes, y Boyle, un ensayo general titulado That the Goods
of Mankind may be much increased by the Naturalist's Insight into Trades. La historia de los oficios en Inglaterra no ha sido
escrita, pero la idea era atrayente y casi un siglo después fueron publicados
veinte volúmenes sobre las artes y los oficios por la Academia de las Ciencias
de París.
Existen también ejemplos de este interés activo
por las cuestiones técnicas por parte de los científicos que les llevó a hacer
contribuciones a problemas fundamentales. El intento de calcular el ángulo con
que debe ser disparado un cañón para conseguir el máximo alcance llevó a
Tartaglia (hacia 1500-1557) a criticar toda la concepción aristotélica del
movimiento e intentar nuevas formulaciones matemáticas, aunque el problema sólo
fue resuelto por Galileo. Se dice que la experiencia de los ingenieros que
construían bombas hidráulicas influyó en los experimentos que Galileo y
Torricelli realizaban sobre el barómetro, y se sabe que el rumor de que
pulidores de lentes holandeses habían inventado un telescopio estimuló a
Galileo a estudiar las leyes de la refracción con el fin de construir uno él
mismo. Descartes escribió su Dioptrique (1637) explícitamente para dar una base científica
a la construcción de lentes para telescopios y gafas. Galileo y Huygens, cuando
hicieron sus obras fundamentales sobre el péndulo, tenían en la mente la
necesidad de un reloj de precisión para determinar la longitud, la cual se
hacía cada vez más imperiosa por la extensión de los viajes oceánicos.
La existencia de motivos y oportunidades, aunque
pusieran de relieve problemas científicos fundamentales, no explica la
revolución intelectual que hizo posible a los científicos resolver estos
problemas, y todavía no ha sido escrita, de hecho, la historia de la
interacción entre los motivos, oportunidades, habilidad técnica y los cambios
intelectuales que dieron lugar a la revolución científica.
La revolución interna del pensamiento científico
que se produjo en los siglos XVI y XVII tiene, pues, dos aspectos esenciales:
el experimental y el matemático, y fueron precisamente estas dos ramas de la
Ciencia que eran las más dóciles a la medida las que mostraron los progresos
más espectaculares. En la Antigüedad la Matemática había sido empleada con el
mayor éxito en Astronomía, Optica y Estática, y a éstas los estudiosos
medievales añadieron con menos éxito la Dinámica. Estas eran también las ramas
de la Gencia que manifestaron los mayores avances en los siglos XVI y XVII, y,
en especial, fue la aplicación con éxito de la Matemática a la Mecánica lo que
cambió toda la concepción humana de la naturaleza y la que provocó la
destrucción de todo el sistema de cosmología aristotélico. Solamente después
que, siguiendo el ejemplo de los griegos, aplicaron con éxito sus nuevos
métodos a estos problemas abstractos relativamente manejables, encontraron los
científicos una posición para abordar los misterios más difíciles de la materia
inerte y viva. La Química, la Fisiología y las ciencias de la electricidad y
del magnetismo no pueden compararse con la mecánica newtoniana en sus logros
hasta el siglo XIX (cf. supra,
p. 18; infra, p. 285).
Uno de los primeros en intentar expresar la
naturaleza en términos de la nueva matemática fue Leonardo da Vinci
(1452-1519). Comenzó sus estudios en la ciudad platónica de Florencia y trabajó
después en Milán y otras ciudades del norte de Italia donde el ideal científico
era aristotélico. Casi todas sus concepciones físicas se inspiraron en autores
escolásticos, como Jordano Nemorarius, Alberto de Sajorna y Marliani, pero fue
capaz de desarrollar sus ideas mecánicas gracias a su nuevo conocimiento de
matemáticos griegos, como Arquímedes, cuyo Sobre el equilibrio
de los planos conoció en forma
manuscrita.
Entre los matemáticos antiguos Arquímedes había
sido el que con más éxito combinó las Matemáticas con la investigación
experimental; por eso se convirtió en el ideal del siglo XVI. Su método
consistía en seleccionar problemas definidos y delimitados, y sería más exacto
decir que procedía más por la manipulación matemática de cantidades ideales que
por medidas reales. Formuló hipótesis que consideró, al modo de Euclides, o
como axiomas evidentes o que podían ser verificadas por experimentos sencillos.
Luego dedujo las consecuencias de ellos y, en principio, las verificó
experimentalmente. Así, en la obra mencionada, comenzaba con los axiomas de que
pesos iguales suspendidos a distancias iguales están en equilibrio, que pesos
iguales suspendidos a distancias desiguales no están en equilibrio, sino que el
que está suspendido a mayor distancia desciende, y así sucesivamente. Estos
axiomas contenían el principio de la palanca o, lo que es lo mismo, del centro
de gravedad, y de ellos Arquímedes dedujo numerosas consecuencias.
La mecánica de Leonardo, como la de sus
predecesores, estaba basada en el axioma de Aristóteles de que la fuerza motriz
es proporcional al peso del cuerpo movido y a la velocidad imprimida a él.
Jordano Nemorarius y su escuela habían desarrollado este axioma para expresar
el principio de la velocidad virtual o trabajo, y lo aplicaron, con la noción
del movimiento estático, a la palanca y al plano inclinado. Leonardo empleó las
conclusiones de esta escuela y realizó varios progresos respecto de ellas.
Reconoció que el brazo efectivo (o potencial) de una balanza era la línea que,
pasando por el fulcro, formaba ángulos rectos con la perpendicular que pasaba
por los pesos suspendidos. Reconoció que una esfera sobre un plano inclinado se
mueve hasta que alcanza un punto en el que su centro de gravedad está situado
verticalmente por encima de su punto de contacto, aunque rechazó el
planteamiento correcto de Jordano sobre el equilibrio en un plano inclinado en
favor de una solución incorrecta dada por Pappo. Reconoció que la velocidad de
una bola que caía por un plano inclinado era uniformemente acelerada, y mostró
que la velocidad de un cuerpo que cae aumentaba en la misma cantidad para una
caída vertical dada, tanto si descendía vertical como oblicuamente. Reconoció
también que sólo era necesario considerar el componente vertical al estimar la
fuerza motriz, y que el principio del trabajo era incompatible con el
movimiento perpetuo: decía que si una rueda era movida durante un tiempo por
una determinada cantidad de agua y si a este agua no se Je añadía más ni se le
permitía una caída más alta, entonces su función era finita. También utilizó el
principio del trabajo, con el de la palanca, para desarrollar su teoría de las
poleas y otras aplicaciones mecánicas. En Hidrostática reconoció los principios
fundamentales de que los líquidos transmiten presión y que el trabajo realizado
por el motor equivale al realizado por la resistencia. En Hidrodinámica
desarrolló el principio, que la escuela de Jordano había aprendido de Straton,
de que con una caída determinada cuanto menor es la sección del paso, mayor es
la velocidad del flujo del líquido.
La dinámica de Leonardo se basaba en la teoría
del Ímpetus, que, según
afirmaba, transportaba al cuerpo en movimiento en línea recta. Pero se adhirió
(como Cardano, Tartaglia y otros italianos del siglo XVII expertos en la
ciencia de la mecánica) a la opinión aristotélica de que la supuesta
aceleración de un proyectil después de abandonar el proyector se debe al aire.
También aceptó la división de Alberto de Sajonia de la trayectoria de un
proyectil en tres períodos, pero reconoció que el movimiento efectivo de un
cuerpo podía ser la resultante de dos o más fuerzas o velocidades diferentes.
Aplicó el principio del impetus compuesto,
junto con el de un centro de gravedad que derivó de Alberto de Sajonia y
desarrolló para las figuras sólidas, a un cierto número de problemas que
incluían la percusión y el vuelo de las aves.
Además de sus estudios sobre Mecánica, Leonardo
utilizó también la geometría griega en un intento de mejorar la teoría de las
lentes y del ojo, que había derivado de una edición de la Perspectiva
Communis de Pecham, impresa en 1482.
Realizó varios progresos, pero tuvo el defecto, como sus predecesores, de creer
que la función visual residía en el cristalino en vez de en la retina y la
incapacidad de no entender que una imagen invertida en la retina era compatible
con la visión del mundo tal como lo vemos. Su devoción por el ideal de la
medida se manifiesta en los instrumentos científicos que intentó mejorar o
diseñar, como un reloj, un higrómetro semejante al de Cusa, para medir la
humedad de la atmósfera, un podómetro parecido al de Herón para medir la
distancia recorrida y un anemómetro para medir la fuerza del viento. Aunque no
escribió ningún libro, y sus ilegibles notas escritas en espejo cubiertas con
bosquejos no fueron descifradas y publicadas hasta mucho más tarde, muchas de
ellas en el siglo XIX, su obra no se perdió para su posteridad inmediata. Sus
manuscritos fueron copiados en el siglo XVI y sus ideas mecánicas robadas por
Jerónimo Cardano (1501-1576), y puede que pasaran a Stevin y, a través de
Bernardino Baldi, a Galileo, Roberval y Descartes. El español Juan Bautista
Villalpando (1552-1608) utilizó sus ideas sobre el centro de gravedad, y a
partir de él fueron transmitidas al siglo XVII gracias a la amplia
correspondencia científica del científico y fraile mínimo Marin Mersenne.
Los filósofos de la naturaleza que sucedieron a
Leonardo desarrollaron todavía más la poderosa técnica matemática que había
sido posibilitada por la recuperación e impresión de algunos textos griegos
desconocidos o poco estudiados hasta entonces. La primera edición en latín de
Euclides apareció en Venecia en 1482, y Francesco Maurolico (1494-1575) hizo
ediciones latinas de Arquímedes, Apolonio y Diofanto, y Federigo Comandino
(1509-1575), de Euclides, Pappo, Herón, Arquímedes y Aristarco.
Los primeros progresos de la técnica matemática
se realizaron en el Algebra. La primera Algebra completa impresa, la de Lúca Pacioli (1494),
contenía el problema de ecuaciones de tercer grado (las que incluyen cubos de
números, v. g.: x3), que
fueron resueltas por primera vez por Tartaglia (cuyo auténtico nombre era
Nicolo Fontana de Brescia). Su obra le fue pirateada por Cardano, que se le
anticipó en la publicación (1545). El antiguo servidor y discípulo de Cardano,
Ludovico Ferrari (1522-1565), resolvió por primera vez ecuaciones de cuarto
grado (implicando x4).
Las limitaciones de la teoría general de los números impidió la comprensión de
las ecuaciones de quinto grado (implicando x5), hasta el siglo XIX; pero Francisco Vieta
(1540-1603) presentó un método para obtener valores numéricos de las raíces de
polinomios e introdujo el principio de reducción. La teoría de las ecuaciones
fue desarrollada también por el matemático inglés Tomás Harriot (1560-1621).
Para los primeros algebristas las raíces negativas habían sido ininteligibles.
El primero en entenderlas fue Alberto Girard (1595-1632), que extendió también
el concepto de número a las cantidades «imaginarias» como v-1, que no tenían
cabida en la escala numeral ordinaria que se extiende de cero al infinito en
ambas direcciones positiva y negativa.
Al mismo tiempo se realizaron mejoras en el
simbolismo algebraico. Vieta utilizó letras para las incógnitas y constantes
como una parte esencial del Algebra. Stevin inventó el procedimiento actual
para indicar las potencias e introdujo los exponentes fraccionarios. Su
simbolismo fue más tarde generalizado por Descartes en la forma x2, x3, etc. Otros símbolos, como +, -, = , >, <, v,
etc., para representar operaciones que antes eran descritas con palabras,
habían ya sido introducidos gradualmente desde el final del siglo XV, de forma
que en las primeras décadas del siglo XVII el Algebra y la Aritmética estaban
tipificadas en forma parecida a la actual.
Por la misma época se hicieron también dos
importantes progresos en la Geometría. El primero fue la introducción de la
geometría analítica; el segundo, la aparición del cálculo infinitesimal.
Nicolás de Oresme había dado un paso hacia la geometría analítica, y hay
razones para creer que Descartes, que no tenía el hábito de mencionar a quienes
debía algo, conoció su obra. La persona quizá a la que Descartes debía más fue
Pierre Fermat (1601-1665), que captó enteramente la equivalencia de las
diferentes expresiones algebraicas y la figura geométrica trazada por puntos
moviéndose respecto de las coordenadas. Si sus predecesores inventaron el
método, fue Descartes quien, en su Géométrie (1637), desarrolló por vez primera todas sus
posibilidades. Rechazó la limitación dimensional del Algebra, y al hacer, por
ejemplo, que los cuadrados o cubos de términos ( x2, y3) representaran líneas, fue capaz de expresar los
problemas geométricos en forma algebraica y de emplear el Algebra para
resolverlos. De esa forma los problemas del movimiento recibieron un provechoso
avance cuando se pudo representar una curva mediante una ecuación (vide lamina 2). Descartes mostró también que todas
las secciones cónicas de Apolonio estaban contenidas en algunas ecuaciones de
segundo grado.
La geometría analítica de Descartes dependía de
la hipótesis de que una longitud era equivalente a un número; esto no lo
hubiera aceptado ningún griego. El segundo progreso matemático realizado
durante los primeros años del siglo XVII dependió también de una ilogicidad
pragmática semejante. Para comparar las figuras rectilíneas y las curvilíneas,
Arquímedes había utilizado el «método del agotamiento». Según éste el área de
una figura curvilínea puede ser determinada a partir de la de figuras
rectilíneas inscritas y circunscritas, haciéndolas aproximar a la curva
aumentando el número de sus lados. Kepler, para determinar las áreas elípticas,
había introducido la idea de lo infinitamente pequeño en la Geometría, y
Francisco Bonaventura Cavalieri (1598-1647) hizo uso de esa idea para
desarrollar el método de Arquímedes en el «método de los indivisibles». Este
dependía de considerar las líneas como compuestas de un número infinito de
puntos, las superficies como compuestas de líneas y los volúmenes de
superficies. La magnitud relativa de dos superficies o de dos sólidos podía ser
determinada entonces simplemente sumando las series de puntos o líneas. El
«método de indivisibles», en contraste con la geometría analítica de Descartes,
que no fue utilizado de forma general en la Física hasta el final del siglo
XVII, surgió directamente a partir de problemas físicos. Más tarde fue desarrollado
por Newton y Leibniz en el cálculo infinitesimal.
Aristóteles había defendido, en contra de la
teoría pitagórica de Platón, que la Matemática, aunque útil para definir las
relaciones entre ciertos acontecimientos, no podía expresar la «naturaleza
esencial» de las cosas y procesos físicos, porque era una abstracción que
excluía la consideración de las diferencias cualitativas irreductibles que, no
obstante, existían. Según Aristóteles, el estudio de los cuerpos y fenómenos
físicos era el objeto propio no de la Matemática, sino de la Física. Al
estudiarlos, llegó a distinciones esenciales que no se limitaban a las
diferencias cualitativas irreductibles percibidas por los sentidos, sino
también, en el estudio de los movimientos percibidos, a las existentes entre
movimientos naturales y violentos, entre gravedad y levedad y entre sustancias
terrestres y celestes. Este punto de vista había sido compartido por Euclides y
fue aceptado por Tartaglia en su comentario a los Elementos. Tartaglia dijo que el objeto específico de la
Física, que era alcanzado por medio de la experiencia sensible, era distinto
del objeto de la demostración geométrica. Una partícula física, por ejemplo,
era divisible hasta el infinito, pero un punto geométrico, no teniendo dimensiones,
era, según decía, por definición indivisible. El objeto de la Geometría,
afirmaba, era la cantidad continua, punto, línea, volumen, y sus definiciones
eran puramente operacionales. La Geometría no se interesaba por lo que existe;
podía estudiar propiedades físicas como el peso o el tiempo, solamente cuando
habían sido traducidos a longitudes por los instrumentos de medida. Puesto que
sus principios habían sido obtenidos por abstracción de las cosas materiales,
las conclusiones que de ellos se obtenían podían ser aplicables a ellas. Así,
la Física podía utilizar la Matemática, pero disponía de un campo propio,
independiente, no matemático.
Con el creciente éxito de la Matemática en la
resolución de problemas físicos concretos durante el siglo XVI, se redujo el
área de esta reserva puramente física. Los geómetras prácticos del siglo XVI
desarrollaron la idea de emplear medidas, para las que se requería instrumentos
de creciente precisión, para determinar si lo que resultaba cierto en las
demostraciones matemáticas también lo era en las cosas físicas. Por ejemplo,
Tartaglia aceptó el principio aristotélico, que había llevado a la triple
división de la trayectoria de un proyectil (cf. fig. 1), de que un cuerpo
elemental tendría un solo movimiento en cualquier tiempo (porque si tenía dos,
uno eliminaría al otro). Cuando se puso a estudiar matemáticamente el vuelo de
un proyectil se dio cuenta de que éste, cuando era disparado fuera de la
vertical, comenzaba a descender por la acción de la gravedad inmediatamente después de haber abandonado el cañón. Tenía que
defender, por tanto, que la gravedad no era completamente eliminada por
el Ímpetus. Cardano (que
también desarrolló las ideas de Leonardo sobre la balanza y la velocidad
virtual) dio un paso más allá. Introdujo una distinción en la mecánica entre
las relaciones matemáticas y las fuerzas o principios motores, el objeto propio
de la «metafísica», y aceptó las formas antiguas de esas fuerzas. Rechazó
absolutamente la separación arbitraria del objeto de la matemática en
diferentes clases irreductibles, tales como los diferentes períodos de la
trayectoria de un proyectil. Vieta adoptó la misma opinión.
El antiguo problema de los proyectiles había
cobrado, de hecho, una nueva importancia en el siglo XVI cuando los tipos
perfeccionados de cañón de bronce, con el alma barrenada con precisión,
comenzaron a sustituir a los monstruos de hierro colado de los siglos XIV y XV,
y cuando en Alemania se fabricó un arma de fuego más potente. Al mismo tiempo,
se perfeccionaban las armas pequeñas, en especial los métodos de disparo, y a
partir del siglo XV el viejo método de prender la pólvora aplicando una tea
encendida al oído del cañón fue reemplazado por procedimientos perfeccionados.
Primero vino la llave de tea que hizo posible que la tea encendida bajara al
apretar un gatillo. Fue aplicada a los arcabuces, el arma corriente de la
infantería después de la batalla de Pavía en 1525. Luego vino la llave de rueda
que utilizaba piritas en vez de tea encendida, aunque esto era demasiado
peligroso para ser muy usado. Finalmente, hacia 1635, apareció un procedimiento
que empleaba pedernal y que se convirtió en el cerrojo de pedernal utilizado
por los soldados de Marlborough y Wellington. No surgieron problemas teóricos
de balística del empleo de armas pequeñas, pero con las armas pesadas, ya que
el alcance aumentaba con la potencia del arma, surgieron serios problemas de
puntería. Tartaglia dedicó mucho tiempo a estos problemas y se le atribuye la
invención del cuadrante de artillería. Más tarde Galileo, Newton y Euler
hicieron más contribuciones, aunque no fue hasta la segunda mitad del siglo XIX
cuando se construyeron tablas balísticas exactas sobre una base experimental.
Giovanni Battista Benedetti (1530-1590) fue otro
matemático y físico del siglo XVI que realizó un examen crítico de las teorías
aristotélicas y que expuso algunas de sus contradicciones, incluso como sistema
de Física. Conocía las críticas que habían sido hechas en la época griega
tardía a las ideas de Aristóteles sobre caída de cuerpos (vide
supra, pp. 53 y ss.). Imaginó un grupo
de cuerpos del mismo material y peso que caían uno al lado de otro, primero
unidos y luego separados, y concluyó que el estar unidos no podía alterar sus
velocidades. Un cuerpo que tuviera el tamaño de todo el grupo caería, por
tanto, a la misma velocidad que cada uno de sus componentes. Concluyó, por
tanto, que todos los cuerpos de la misma materia (o «naturaleza»), cualquiera
que fuera su tamaño, caerían a la misma velocidad, aunque cometió el error de
creer que las velocidades de los cuerpos del mismo volumen, pero de distinta
materia, sería proporcional a sus pesos. Inspirándose en Arquímedes creyó que
el peso es proporcional a la densidad relativa en un medio dado[26]. Empleó entonces el mismo
argumento que Filopón para demostrar que la velocidad no podía ser infinita en
el vacío (vide supra, pp. 54, 61).
Benedetti defendió también que en un proyectil la gravedad natural no era
eliminada completamente por el Ímpetus del
lanzamiento, y siguió a Leonardo al defender que el Ímpetus engendraba movimiento solamente en línea
recta, de la que podía ser desviado por una fuerza, como la fuerza «centrípeta»
ejercida por una cuerda que impedía que una piedra girada en círculo saliera
por la tangente.
Los físicos del siglo XVI cambiaron
progresivamente de las explicaciones «físicas» cualitativas de Aristóteles a
las formulaciones matemáticas de Arquímedes y al método experimental. Aunque
sus enunciados no fueron siempre rigurosos, sus intuiciones fueron
habitualmente acertadas. Como Arquímedes, intentaron concebir una hipótesis
clara y someterla a la prueba de la experiencia. Así, Simón Stevin, comenzando
con la hipótesis de que el movimiento perpetuo era imposible, llegó a una apreciación
clara de los principios básicos de la hidrostática y de la estática. Respecto
de la primera, concluyó (1586) que una masa dada de agua estaba en equilibrio
en todas sus partes, porque si no fuera así estaría en movimiento continuo, y
utilizó luego su teoría para demostrar que la presión de un líquido sobre la
base del recipiente que lo contenía dependía sólo de la profundidad y era
independiente de la forma y del volumen. Puntos equipotenciales eran los que
estaban en la misma superficie horizontal.
Demostró también, con la misma hipótesis de la
imposibilidad del movimiento perpetuo, por qué un lazo de cuerda al que se
sujetaban pesos a distancias iguales no se movería cuando era suspendido de un
prisma triangular (fig. 3).
Fig. 3. La demostración de Stevin del equilibrio del plano inclinado. De
Beghinselen des Waterwichts, Leiden, 1586.
Demostró que, mientras la base del prisma fuese
horizontal, no se produciría ningún movimiento en la sección superior de la
cuerda cuando se quitaba la sección suspendida, y de esto llegó a la conclusión
de que los pesos en un plano inclinado estaban en equilibrio cuando eran
proporcionales a las longitudes de sus planos sustentadores cortados por la
horizontal. De hecho, la misma conclusión había sido obtenida en el siglo XIII
en el De Ratione Ponderis, que fue publicado en
1565 (vide vol. I, pp. 111-112). Esta conclusión implica la idea del
triángulo o paralelogramo de fuerzas, que Stevin aplicó a máquinas más
complicadas.
Un importante principio de estática que surge de
la obra de Stevin, aunque el germen provenía de Alberto de Sajonia, parece
haber sido enseñado por Galileo Galilei (1564-1642). Era éste el que un
conjunto de cuerpos unidos, como los de Stevin en el plano inclinado, no
podrían ponerse en movimiento a menos que ese movimiento aproximara su centro
común de gravedad al centro de la Tierra. El trabajo realizado sería igual
entonces al producto del peso movido multiplicado por la distancia vertical. El
enunciado preciso de este principio y la aplicación provechosa a la física
matemática fue realizada por el discípulo de Galileo, Torricelli.
Stevin realizó el experimento, atribuido también
a Galileo, de dejar caer simultáneamente dos bolas pesadas, una diez veces más
pesada que la otra, desde una altura de 30 pies sobre una plancha. Las bolas
golpearon a la plancha al mismo tiempo y él afirmó que esto sucedía igualmente
con cuerpos de igual tamaño, pero de diferente peso, es decir, de diferente
material. Experimentos similares habían sido mencionados, de hecho, en las
obras de los críticos de Aristóteles desde Filopón, aunque el resultado no había
sido siempre el mismo debido al efecto apreciable de la resistencia del aire
sobre cuerpos más ligeros. Stevin y sus predecesores -reconocieron que sus
observaciones eran incompatibles con la ley aristotélica del movimiento, según
la cual la velocidad debía ser directamente proporcional a la causa motriz —en
los cuerpos que caen, su peso— e inversamente proporcional a la resistencia del
aire. Pero Stevin no desarrolló las consecuencias dinámicas de estas
observaciones.
Fue, de hecho, Galileo el principal responsable
de introducir los métodos experimentales y matemáticos en todo el campo de la
Física y de producir la revolución intelectual por la que la Dinámica primero y
luego todas las ciencias iban a tomar la dirección de la que no se desviaron.
La revolución de la Dinámica en el siglo XVII fue producida por la sustitución
del concepto de inercia, esto es, que el movimiento rectilíneo uniforme es
meramente un estado de un cuerpo y es equivalente al reposo, en vez del
concepto aristotélico del movimiento como un proceso de devenir que requería
para su permanencia una causa eficiente continua. El problema de la permanencia
del movimiento salió a la palestra porque era esta concepción aristotélica la
que subyacía a algunas de las objeciones más importantes a la teoría de
Copérnico sobre la rotación de la Tierra, por ejemplo, la basada en el
argumento de los cuerpos separados (vide supra, p. 75; infra, p. 1591, y la veracidad de la teoría copernicana
fue quizá el principal problema científico de finales del siglo XVI y
principios del XVII. Probar esta teoría fue la gran pasión de la vida
científica de Galileo. Para conseguirlo Galileo intentó prescindir de la
inducción ingenua a partir de la experiencia del sentido común, que era la base
de la física de Aristóteles, y mirar las cosas desde un nuevo ángulo.
Esta nueva visión de hechos de la experiencia
significó un cambio de perspectiva de la mayor importancia, aunque cada una de
sus dos características tuvo antecedentes en una tradición anterior; la prueba
de ello es que produjo fruto solucionando rápidamente muchos problemas
científicos diferentes. Primero dejó de lado toda consideración de las
«naturalezas esenciales» que habían sido el tema principal de estudio de la
física aristotélica y se concentró en la descripción de lo que observaba, esto
es, de los fenómenos. Se ve esto en su Diálogo sobre los dos
sistemas principales del mundo (1632),
cuando, durante el Segundo Día, Salviati, que representaba a Galileo, replica
de la forma siguiente a la afirmación de Simplicio, el aristotélico, de que
todos saben que la causa de que los cuerpos caigan hacia abajo es la gravedad:
Te equivocas, Simplicio; debías decir que todos
saben que se llama gravedad. Pero yo no te pregunto por el nombre, sino por la
esencia de la cosa. De ésta tú no conoces ni un ápice más de lo que conoces
sobre la esencia del motor de los astros que giran. Excluyo el nombre que se le
ha atribuido y que se ha hecho familiar y corriente por las muchas experiencias
que tenemos de él mil veces al día. Realmente, no comprendo cuál poder o qué
principio sea el que mueve una piedra hacia abajo, ni comprendemos lo que la
mueve Hacia arriba después de que ha dejado al proyector o lo que hace girar a
la Luna. Meramente hemos asignado, como he dicho, al primero el nombre más
específico y definido de gravedad, mientras que al segundo le asignamos el
término más general de potencia impresa (virtu impressa), y al último lo
llamamos una inteligencia, que o asirte o informa; y damos como causa de otros
infinitos movimientos la naturaleza.
Esta actitud respecto de las llamadas causas la
aprendió Galileo del nominalismo que había impregnado las escuelas averroístas
del norte de Italia durante el siglo XV. Palabras como «gravedad», afirmaba,
eran meros nombres para designar ciertas regularidades observadas, y la primera
tarea de la ciencia era no buscar esencias «inencontrables», sino precisar
estas regularidades para descubrir las causas próximas, esto es, los fenómenos
antecedentes que, cuando las otras condiciones eran las mismas, siempre y sólo
ellos producían el efecto dado. «Considera lo que hay de nuevo en la romana»,
decía Salviati en el Segundo Día de los Dos sistemas principales, «y allí está necesariamente la causa del nuevo
efecto». Continuaba en el Cuarto Día, enunciando lo que J. Stuart Mili iba a
llamar el método de las variaciones concomitantes[27]:
Así digo que si es verdad que un efecto puede tener
solamente una causa, y si entre la causa y el efecto hay una conexión precisa y
constante, entonces cuando quiera que se observe una variación precisa y
constante en el efecto, debe haber una variación precisa y constante en la
causa. Ahora bien, puesto que las variaciones que se realizan en las mareas en
diferentes épocas del año y del mes tienen períodos precisos y constantes,
deben producirse cambios regulares simultáneamente en la causa primera de las mareas.
Además, las alteraciones de las mareas, en dichas épocas, consisten nada más
que en cambios de sus magnitudes; esto es, en alzarse o bajar el agua en mayor
o menor grado, y en su correr con mayor o menor ímpetu. Por tanto, es necesario
que, sea cual sea la causa primera de las mareas, su fuerza aumente o disminuya
en las épocas determinadas mencionadas... Si entonces queremos conservar la
identidad de la causa, debemos encontrar los cambios en estas adiciones y
sustracciones que las hacen más o menos potentes en la producción de esos
efectos que dependen de ellas.
Como indica este fragmento, todo el método de
Galileo suponía la medición. Dio otra ilustración más cualitativa de esto en su
sarcástica réplica en II
Saggiatore, cuestión
45;
Si Sarsi desea que yo me crea, según el testimonio
de Suidas, que los babilonios cocían los huevos volteándolos rápidamente con
una honda, lo creeré; pero diré que la causa de ese efecto es muy distinta de
la que ellos le atribuyen, y para descubrir la verdadera causa argumentaré de
la forma siguiente; Si un efecto que ha ocurrido con otros en otro momento no
ocurre con nosotros, se sigue necesariamente que en nuestro experimento faltaba
algo que era la causa del éxito del intento anterior; y si sólo faltaba una
cosa, esa cosa sola es la causa verdadera; ahora bien, no nos faltaban
actualmente los huevos, ni la honda, ni sujetos forzudos para voltearla, y, sin
embargo, los huevos no quieren cocerse; y en verdad, si se calentaron, se
enfriaron muy rápidamente; y puesto que nada nos falta, salvo el ser
babilonios, se sigue que el hecho de ser babilonio, y no la fricción del aire,
es la causa de que los huevos se cocieran, que es lo que deseo probar.
En su tarea de descubrir las causas próximas,
Galileo afirmó que la Ciencia comenzaba con observaciones y las observaciones
tenían la última palabra. De acuerdo con la lógica de la ciencia final de la
Edad Media, el método de «resolución y composición» demostró cómo llegar a
teorías generales por el análisis de la experiencia, variando las condiciones
de causas aisladas (como en la cita anterior) y verificando o refutando las
teorías por el experimento. Distinguiendo el método empleado por Aristóteles para
la investigación del que usaba al presentar sus conclusiones, Galileo decía en
el Primer Día de los Dos sistemas
principales:
Creo que es cierto que él obtenía, por medio de los
sentidos, gracias a los experimentos y a las observaciones, tanta seguridad
como es posible sobre las conclusiones y que después buscaba los medios de
demostrarlas. Porque éste es el curso normal de las ciencias demostrativas; y
es seguido porque, cuando la conclusión es verdadera, utilizando el método de
resolución, se puede dar con alguna proposición ya demostrada o llegar a algún
principio conocido per se; pero si la conclusión es falsa, uno podría proseguir
sin que nunca encontrara ninguna verdad conocida —si de hecho no encuentra
alguna imposibilidad o absurdo manifiesto. Y no necesitas tener ninguna duda de
que Pitágoras, mucho antes de que hubiera encontrado la prueba por la que
ofreció la hecatombe, estaba seguro de que el cuadrado del lado opuesto al
ángulo recto en un triángulo rectángulo era igual a la suma de los cuadrados de
los otros dos lados. La certeza de la conclusión ayuda no poco al
descubrimiento de la prueba, refiriéndome siempre a las ciencias demostrativas.
Pero fuera cual fuera el método de proceder de Aristóteles, sea que el
razonamiento a priori viniera antes que la percepción sensible a posteriori,
sea lo contrario, es suficiente el que Aristóteles, como él dijo muchas veces,
prefiriera la experiencia de los sentidos a cualquier argumento.
En el Segundo Día seguía: «Sé muy bien que un sólo
experimento o una prueba concluyente de lo contrario sería suficiente para
echar por tierra... una gran cantidad de argumentos probables»[28].
Es evidente que, en su concepción del papel del
experimento, el método científico de Galileo se parecía al de los filósofos
escolásticos de Oxford y Padua que habían interpretado a Aristóteles en
términos de la dialéctica de Platón y que habían aplicado la reductio
ad absurdum a las situaciones
empíricas (vide supra, pp.
18, 42 y ss.). Galileo, al emplear los «experimentos mentales» —pero no
experimentos imaginarios imposibles—, conservó prácticas antiguas. Pero realizó
un avance de la mayor importancia. Insistió, al menos en principio, en la
necesidad de hacer medidas sistemáticas, exactas, de forma que se pudieran
descubrir las regularidades de los fenómenos cuantitativamente y pudieran ser
expresadas matemáticamente.
La significación de este progreso se hace muy
patente en su propio comentario a la obra de Guillermo Gilbert sobre el
magnetismo (cf.infra, pp. 172
y ss.) en el Tercer Día de los Dos sistemas principales. «Voy a explicar, por cierta semejanza con el mío
—decía—, su método de proceder al filosofar, para que pueda animarte a leerlo.
Sé muy bien que comprendes perfectamente cómo contribuye el conocimiento de los
fenómenos a la investigación de la sustancia y esencia de las cosas; por tanto,
deseo que te preocupes de informarte seriamente sobre muchos fenómenos y
propiedades que se observan únicamente en la piedra imán y no en otras piedras
o en otros cuerpos.» Proseguía:
Alabo enormemente, admiro y envidio a su autor, que
ideó un concepto tan estupendo de un objeto que innumerables hombres de gran
talento habían manejado sin prestarle atención... Pero lo que yo habría deseado
de Gilbert es que hubiera sido un poco más matemático. Y, en especial, mejor
formado en Geometría, una disciplina que le hubiera hecho menos dispuesto a
aceptar como pruebas rigurosas esas razones que él presenta como verae causae
de las conclusiones correctas que había observado. Sus razones, hablando con
franqueza, no son rigurosas y carecen de la fuerza que debe incuestionablemente
estar presente en las que se aduce como conclusiones científicas eternas y
necesarias.
Fue por esta insistencia en la medida y en la
Matemática por lo que Galileo combinó su estricto método experimental con la
segunda característica principal de su nuevo enfoque de la Ciencia. Esta
consistía en intentar expresar las regularidades observadas en términos de una
abstracción matemática, de conceptos de los que no se necesitaba observar
ejemplos, pero de los que podía deducirse la observación. La abstracción
hipotética podía entonces ser puesta a prueba cuantitativamente a partir de sus
consecuencias. El método de abstracción de Galileo era explícitamente una
adaptación del método hipotético de Arquímedes y Euclides. Tuvo una importancia
revolucionaria tanto para su propia obra como, consiguientemente, para toda la
historia de la ciencia. Por influjo de la misma tradición griega se habían
utilizado esas abstracciones en algunas investigaciones científicas medievales,
por ejemplo, la «balanza ideal» con brazos sin peso, las expresiones
matemáticas postuladas al tratar los problemas del movimiento y los artificios
geométricos postulados para «salvar las apariencias» en la astronomía.
Siguiendo los precedentes de Demócrito y Platón, la matematización de la
«forma» y de la «sustancia» vista especialmente en la óptica del siglo XIII es
otro aspecto del método hipotético de abstracción que Galileo iba a explotar.
Pero debido a la fuerza del influjo aristotélico, la mayor parte de la ciencia
pregalileana se vio en la práctica constreñida por el dominio de las
generalizaciones directas e ingenuas a partir de la experiencia corriente. El
uso que hizo Galileo del método de la abstracción matemática le permitió
establecer firmemente la técnica de investigar un fenómeno por medio de
experimentos específicamente diseñados, en los que se excluían las condiciones
irrelevantes de forma que el fenómeno pudiera ser estudiado en sus relaciones
cuantitativas más sencillas con otros fenómenos. Sólo después de que estas
relaciones habían sido establecidas y expresadas en una fórmula matemática
reintroducía los factores excluidos, o llevaba su teoría a regiones que eran
inmediatamente susceptibles de experimentación.
A los ojos de Galileo una de las principales
ventajas del sistema era el que Copérnico había eludido el empirismo ingenuo de
Aristóteles y Ptolomeo y había adoptado una actitud más sofisticada respecto de
las teorías utilizadas para «salvar las apariencias». «Ni puedo admirar lo
bastante la eminencia de esos hombres de talento —dice Salviati en el Tercer
Día de los Dos sistemas principales que han aceptado y defendido
[el sistema copernicano] como verdadero, y con la vivacidad de sus juicios han
hecho tal violencia a sus propios sentidos que han sido capaces de preferir lo
que su razón les dictaba a lo que las experiencias sensibles les presentaba de
la forma más evidente como contrario... No puedo encontrar límites para mi
admiración respecto de cómo la razón era capaz, en Aristarco y Copérnico, de
cometer tal violación de sus sentimientos y, a pesar de ellos, hacerse la dueña
de su credulidad.
Galileo creyó que las teorías matemáticas de las
que deducía las observaciones representaban la realidad permanente, la
sustancia, subyacente a los fenómenos. La naturaleza era matemática. Esta idea
se la debía en parte al platonismo que había estado en boga en Italia, en
especial en Florencia, desde el siglo XV. Un elemento esencial de este
platonismo pitagórico, que se había hecho progresivamente plausible gracias al
éxito del método matemático en el siglo XVI en la Física, era la idea de que el
comportamiento de las cosas estaba enteramente producido por su estructura
geométrica. Durante el Segundo Día de los Dos sistemas
principales, Salviati responde, a la
afirmación de Simplicio, que él estaba de acuerdo con Aristóteles al juzgar que
Platón había amado excesivamente la Geometría. «Después de todo —dice
Simplicio—, estas sutilidades matemáticas se comportan muy bien en lo
abstracto, pero no funcionan cuando se aplican a la materia sensible y física.»
Salviati señala que las conclusiones de las Matemáticas son las mismas
exactamente en lo abstracto y en lo concreto.
Ciertamente, sería asombroso si los cómputos y
razones hallados en los números abstractos no correspondieran después con las
monedas de oro y plata y las mercancías concretas. ¿Sabes lo que sucede,
Simplicio? De la misma forma que el calculador que quiere que sus cálculos sean
sobre el azúcar, seda y lana debe descontar las cajas, embalajes y otras
envolturas, así el científico (filósofo geómetra), cuando quiere reconocer en concreto los efectos
que ha demostrado en abstracto, debe restar los obstáculos materiales; y si es
capaz de hacer esto, te aseguro que las cosas no tienen menos acuerdo que los
cómputos aritméticos.
La creencia que inspiró a casi toda la ciencia
hasta el final del siglo XVII era que ella descubría una estructura real
inteligible en la naturaleza objetiva, un ens reale y no meramente un ens rationis.
El mismo Kepler creyó que estaba descubriendo un
orden matemático que proporcionaba la estructura inteligible del mundo real;
Galileo, durante el Primer Día de los Dos sistemas principales, decía que la comprensión humana de las
proposiciones matemáticas era «tan absolutamente cierta... como la misma
Naturaleza». Aunque Galileo rechazaba el tipo de «naturalezas esenciales» que
habían buscado los aristotélicos, de hecho lo que hizo fue introducir otra
especie por la puerta trasera. Afirmó que ya que la física matemática no podía
tratar lo no-matemático, lo que no era matemático era subjetivo (vide
supra, pp. 83 y ss.; cf. infra, pp. 265 y ss.). Como afirmaba en II
Saggiatore, cuestión 6:
La Filosofía está escrita en ese vasto libro que
está siempre abierto ante nuestros ojos, me refiero al universo; pero no puede
ser leído hasta que hayamos aprendido el lenguaje y nos hayamos familiarizado
con las letras en que está escrito. Está escrito en lenguaje matemático, y las
letras son los triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las que es
humanamente imposible entender una sola palabra.
Era precisamente por su actitud respecto de estas
«cualidades primarias» matemáticas por lo que Galileo el platónico se
distinguía del mismo Platón. Este había afirmado que el mundo físico era una
copia o apariencia de un mundo ideal trascendente de formas matemáticas; era
una copia inexacta y por eso la Física no era la verdad absoluta, sino, como
decía en el Timeo, «una historia
parecida». Galileo, al contrario, afirmó que el mundo físico real consistía
efectivamente en entidades matemáticas y sus leyes, y que estas leyes podían
ser descubiertas en detalle con absoluta certeza. En el estado de transición
del pensamiento científico de su época, su análisis del método científico tenía
dos objetivos principales. Por una parte quería demostrar que las explicaciones
de Aristóteles no eran explicaciones en absoluto, eran de hecho respuestas a
preguntas erróneas y totalmente inadecuadas a los problemas que se estudiaba.
Al eliminar la concepción propia de Aristóteles sobre las esencias reales del
mundo físico, con sus diferentes cualidades naturales irreductibles, con
lugares naturales en el universo y sus movimientos naturales, quería eliminar
toda la oposición aristotélica a las nuevas física y dinámica matemática y a
Copérnico. Por otra parte, quería demostrar cómo se encontraba la verdadera
solución, las explicaciones auténticas que revelaban la esencia y la estructura
reales del mundo físico, y mostrar cómo presentar razones para afirmar que esas
explicaciones eran ciertamente verdaderas. Ambos propósitos eran necesarios
para su programa de reformar las preguntas que debían ser planteadas con el fin
de construir una ciencia matemática verdadera y universal del movimiento.
El platonismo de Galileo era, pues, del mismo
tipo que el que había hecho que Arquímedes fuese conocido en el siglo XVI como
el «filósofo platónico»; y con Galileo las abstracciones matemáticas obtuvieron
su validez como afirmaciones acerca de la naturaleza al ser soluciones de
problemas físicos particulares. Utilizando este método de abstracción a partir
de la experiencia inmediata y directa, y relacionando los fenómenos observados
por medio de relaciones matemáticas que en sí mismas no pueden ser observadas,
llegó a experimentos sobre los que no podía haber pensado en términos del
antiguo empirismo del sentido común.
Su enfoque de la investigación de las leyes
matemáticas de los fenómenos, por ejemplo, de la aceleración de los cuerpos
pesados, la oscilación del péndulo, la trayectoria de una bala de cañón o los
movimientos de los planetas, estaba en la línea de la forma tradicional
«euclidiana» de buscar premisas, a partir de las cuales se deducían los datos
de los fenómenos. Todo su modo de proceder, al construir sus teorías según el
modelo euclidiano, era lo que él llamaba un argomento ex
suppositione. Galileo fue el científico
más consciente de los problemas del método y de la Filosofía. Hay muchas
referencias al tema en ambas de sus dos obras principales, Dos
sistemas principales y los Discursos
y demostraciones matemáticas sobre las dos nuevas ciencias (1638). También describió enteramente su método
en una carta a Pierre Carcavy en 1637. Puesto que era imposible tratar a la vez
todas las propiedades observadas de un fenómeno, lo reducía primero
intuitivamente a sus propiedades esenciales. Después de esta «resolución» de
las relaciones matemáticas esenciales implicadas en un efecto dado, construía
una «suposición hipotética» de la que deducía las consecuencias que debían
seguirse. A esta segunda etapa la llamó «composición». Finalmente, venía un
análisis experimental, al que también llamó «resolución», de los ejemplos de
los efectos con el fin de poner a prueba la hipótesis comparando sus
consecuencias deducidas mediante la observación. La abstracción era esencial a
todo el procedimiento. Así, por ejemplo, para estudiar dinámicamente un cuerpo
móvil éste se transformaba en una cantidad de materia concentrada en su centro
de gravedad que atravesaba un espacio dado en un tiempo dado. Era estrictamente
el «objeto físico» así abstraído y definido el que figuraba en los teoremas
dinámicos. Todas las cuestiones relacionadas con la «naturaleza» del objeto en
el sentido aristotélico debían ser Ignoradas. De esta forma Galileo fue capaz
de dar una formulación precisa al concepto de movimiento que fue atisbada por
primera vez por Ockham y Buridán; y la significación metodológica de su
distinción entre cualidades primarias y secundarias se hace patente en su
estudio cinemático del movimiento en términos de velocidad.
Un buen ejemplo del método de Galileo es el de
su estudio del péndulo. Eliminando los elementos secundarios de la situación,
«la oposición del aire, del hilo y otros accidentes» pudo establecer la ley del
péndulo: que el período de la oscilación es independiente del arco descrito y
proporcional a la raíz cuadrada de la longitud (i. e., isócronos) (cf. infra, p. 218). Pudo luego reintroducir los factores
previamente excluidos. Argumentó, por ejemplo, que el motivo de que un péndulo
real, cuya cuerda no carecía de peso, se detuviera, no se debía simplemente a
la resistencia del aire, sino a que cada pequeña partícula de la cuerda actuaba
como un pequeño péndulo, con diferente longitud y frecuencia, de forma que se
inhibían unas a otras. De hecho se equivocó en esto, pero estuvo acertado en su
enfoque.
Otro buen ejemplo de su método es su estudio de
los cuerpos que caen libremente, uno de los fundamentos de la mecánica del
siglo XVII. Rechazando la concepción aristotélica del movimiento como un
proceso que requería una causa continuada, y las categorías aristotélicas del
movimiento basadas en principios puramente «físicos» aceptados todavía por
autores como Cardano o Kepler, buscó una definición que le permitiera medir el
movimiento. En el Primer Día de Dos sistemas principales decía:
Llamamos velocidades iguales cuando los espacios
recorridos se encuentran en la misma proporción que los tiempos empleados en
recorrerlos.
En esto siguió a autores del siglo XIV, como
Heytesbury y Ricardo Swineshead, cuyas obras habían sido impresas a finales del
siglo XV y enseñadas a Galileo en Pisa durante su juventud. Dispuso las cosas
de modo que pudiera estudiar el problema en condiciones simples y controladas
experimental mente, por ejemplo, bolas rodando por un plano inclinado. Hizo
unas pocas observaciones preliminares, y analizó las relaciones matemáticas
obtenidas entre dos factores únicos, espacio y tiempo, excluyendo todos los demás.
Intentó luego idear lo que él llamó una «suposición hipotética», que era una
hipótesis matemática de la cual podía deducir consecuencias que podían ser
puestas a prueba experimentalmente; y puesto que, como decía Salviati en el
Segundo Día de Dos sistemas
principales, «la Naturaleza... no hace por muchos medios lo que puede ser hecho por
pocos», adoptaba la hipótesis más sencilla posible. Durante el Tercer Día
de Dos nuevas ciencias, «sobre el movimiento local», dio como
definición del movimiento uniformemente acelerado la de un movimiento que,
«cuando se aparta del reposo, adquiere durante intervalos de tiempo iguales,
incrementos iguales de velocidad». Decía que adoptó esto por una razón, porque
la naturaleza emplea «solamente los medios que son más comunes, sencillos y
fáciles». Su verificación experimental consistía en una serie de medidas que
mostraban las variaciones concomitantes del espacio recorrido y del tiempo
transcurrido. Si las consecuencias de sus hipótesis se verificaban, consideraba
a esa hipótesis como una expresión verdadera del orden natural. Si no lo eran,
lo intentaba de nuevo, hasta que llegaba a una hipótesis que era verificada; y
entonces el caso concreto, por ejemplo, los hechos observados sobre la caída de
los cuerpos, era explicado mostrando que era la consecuencia de una ley
general. El objeto de la ciencia de Galileo era explicar los hechos concretos
observados demostrando que eran consecuencias de leyes generales, y construir
un sistema completo de esas leyes en el que las más particulares fueran
consecuencias de las más generales. En todo esto era importantísimo el papel de
la intuición, aun la de tipo aristotélico, aunque estuviera dirigida a un
objeto diferente. La intuición intelectual, la abstracción y el análisis
matemático descubrían las posibilidades hipotéticas; el experimento se hacía
indispensable para eliminar las falsas hipótesis entre ellas y para identificar
y verificar las verdaderas. Una hipótesis verificada de ese modo era una
auténtica visión intuitiva de los detalles de la estructura real del mundo
físico.
La manera de abordar los problemas físicos de
Galileo aparece claramente en el Dos nuevas ciencias, en su deducción de las leyes cinemáticas de los
cuerpos que caen libremente, cuando Salviati se aparta de la sugerencia de que
ciertas causas físicas podrían explicar los hechos y se concentra en el aspecto
cinemático del problema.
El tiempo presente no parece ser el más adecuado
para investigar la causa de la aceleración del movimiento natural, respecto de
la cual se han expresado diferentes opiniones por distintos filósofos; algunos
lo explican por la atracción natural hacia el centro; otros, por la repulsión
entre las partes muy pequeñas del cuerpo, mientras otros todavía lo atribuyen a
cierta tensión en el medio circundante que se cierra detrás del cuerpo que cae
y lo arrastra de una posición a otra. Ahora bien, todas esas fantasías, y
también otras, deben ser examinadas; pero, realmente, no vale la pena.
Actualmente, el objetivo del autor es meramente investigar y demostrar algunas
de las propiedades del movimiento acelerado (cualquiera que pueda ser la causa
de esta aceleración); entendiendo por ello un movimiento tal que el momento de
su velocidad va aumentando después de su salida del reposo en proporción simple
al tiempo, que es lo mismo que decir que en intervalos iguales de tiempo el
cuerpo recibe incrementos iguales de velocidad; y si hallamos que las
propiedades [del movimiento acelerado], que serán demostradas más tarde, se
realizan en los cuerpos que caen libremente y acelerados, podemos concluir que
la definición supuesta incluye ese movimiento de los cuerpos pesados y que su
velocidad va aumentando con el tiempo y la duración del movimiento.
Este fragmento, que indica un cambio de orientación
clásico en la historia de la Ciencia, fue escrito en 1638, pero Galileo no
había visto siempre tan claramente que la aceleración de la caída libre debe
ser definida y la definición verificada como un hecho, antes de que pudiera
haber un intento de explicación dinámica.
Fig. 4. Diagrama utilizado en la demostración de Galileo que con un cuerpo
que cae con aceleración uniforme, en sucesivos intervalos iguales de tiempo AC,
CI, IO, las distancias recorridas (medidas por las áreas ABC, CBFI, IFPO)
aumentan como 1, 3, 5, etc. Con la terminología moderna, suponiendo v = at,
Galileo demostró que s = 1/2 at2. De Discorsi e dimostrazione
metamatiche intorno á due nuove scienze, Bolonia, 1655 (1ª ed., Leyden, 1638),
Tercer Día.
La clarificación que hace Galileo de esta
distinción mide el progreso que él realizó entre el estudio anterior del
movimiento cuando era un joven profesor en Pisa y la comprensión más madura en
Padua, a donde llegó en 1592. Ello abrió el camino de su asalto a la misma
Dinámica y a su formulación, incompleta, pero definida, del concepto de
movimiento de inercia. Fue la coronación de su período en Florencia, a donde
volvió en 1610 bajo el patronazgo particular del Gran Duque de Toscana.
Los estudios anteriores de la caída libre no
habían separado los aspectos cinéticos y dinámicos del problema. Los primeros
eran siempre presentados como deducciones de los segundos y de ese modo
participaban de sus imperfecciones, un rasgo que se observa incluso en la
formulación correcta de Soto de la ley cinemática (vide supra, pp. 108 y ss.). Nadie había pensado establecer
la ley cinemática simplemente independiente de la Dinámica. En sus primeros
artículos científicos originales, el tratado y el diálogo titulados ambos De
Motu, escritos en Pisa en 1590, Galileo
siguió esa forma de proceder tradicional. El objetivo principal de estos
ensayos de juventud era refutar la teoría dinámica y la ley del movimiento, en
los que Aristóteles había fundamentado sus argumentos contra la posibilidad del
movimiento en el vacío; la hipótesis fundamental era que el movimiento local
era un resultado de la proporción entre la fuerza y la resistencia, para la que
ambas eran necesarias (vide supra, p. 50 y ss.). Galileo criticó la dinámica de Aristóteles, y en
particular sus explicaciones del movimiento de los proyectiles y de la caída
libre, semejantes a las críticas hechas por Buridán y Alberto de Sajonia y sus
seguidores, pero las explicaciones que ofreció a cambio sugieren una adhesión
más bien a la dinámica de Avempace que a la de Buridán y a la concepción de la
gravedad relativa pitagórica o platónica. Afirmaba que una fuerza constante
podía producir una velocidad finita uniforme a través del espacio extenso
incluso sin ninguna resistencia, como, por ejemplo, en el vacío; si había un
medio resistente reduciría simplemente esta velocidad finita en una cantidad
definida. El movimiento del proyectil sería así posible en el vacío; lo explicó
por medio de la teoría de la virtus impressa. Respecto de la caída libre, decía que cada
especie de cuerpo tenía una velocidad de caída finita natural determinada por
su «naturaleza» intrínseca o gravedad específica, una velocidad que se daría en
el vacío, donde no había resistencia. En un medio resistente esta velocidad
sería reducida en un grado finito determinado por las gravedades específicas
del cuerpo y del medio; de hecho, si esta última era mayor, el cuerpo se
elevaría. Esto dejaba todavía el problema de por qué los cuerpos pesados
aceleraban cuando dejaban el estado de reposo y caían. Para explicarlo Galileo
supuso que en ambos casos, el de un cuerpo lanzado hacia arriba y el de uno en
reposo en su lugar natural, se adquiría una virtus prolongada dirigida hacia arriba por el
desplazamiento del centro; a medida que el cuerpo caía, esta virtus era reducida gradualmente de forma que el cuerpo
aceleraba hacia abajo hasta que la virtus opuesta había desaparecido enteramente, después
de lo cual el cuerpo continuaba cayendo con una velocidad constante propia a su
gravedad. En esa época, pues, Galileo no estaba de acuerdo con sus
predecesores, como Oresme, que defendía que la aceleración de la caída libre
continuaría indefinidamente, sino que más bien había hallado independientemente
una teoría propuesta en la Antigüedad por Hipparco.
El estudio físico-causal del movimiento en estos
ensayos de Pisa muestra que Galileo estaba todavía muy lejos del enfoque
cinemático porque carecía del concepto necesario de inercia. Mientras que
criticaba a Aristóteles, siguiendo en cierto modo líneas tradicionales, aceptó
plenamente las hipótesis fundamentales de que una velocidad acelerada exigía un
aumento correspondiente en la fuerza motriz. Otro ejemplo del mismo rasgo puede
observarse en su exposición de sus ensayos de experimentos de dejar caer pesos
diferentes de «una torre alta». Más tarde éstos fueron asociados por el
discípulo y biógrafo de Galileo, Vicenzo Viviana, con la torre inclinada de
Pisa, pero no hay pruebas evidentes de que hiciera realmente algún experimento
desde la torre inclinada, y su manera de introducirlos sugiere más bien que
eran «experimentos mentales». Pues al criticar la hipótesis de Aristóteles de
que la velocidad de caída es proporcional al peso, habla no sólo de arrojar dos
piedras, una dos veces más pesada que la otra, desde una torre alta, sino
también de arrojar dos esferas de plomo, una cien veces mayor que la otra,
desde la Luna. Ridiculiza la noción de que una piedra caería dos veces más
aprisa que la otra y una esfera de plomo caería cien veces más rápida que la
otra. De hecho, el argumento básico de Galileo para demostrar que los cuerpos
de la misma materia, pero de distinto tamaño, caerían con la misma rapidez era
exactamente el mismo que el utilizado por Benedetti: el todo no puede caer más
aprisa que la parte (vide supra, p. 142). Pero esto no se aplica a los cuerpos, como un trozo de
plomo y un trozo de madera, de materia distinta. Estos caían con velocidades
propias a sus «naturalezas», y escribía en el tratado De Motu, «si se dejan caer desde una torre alta, el plomo
precede a la madera en un largo trecho; y he hecho con frecuencia pruebas de
esto... ¡Oh cuán rápidamente se extraen demostraciones verdaderas de los
principios verdaderos!», exclamaba.
Otros dos científicos italianos, Giorgio Coresio
en 1612 y Vincenzio Renieri en 1641, realizaron efectivamente esos experimentos
desde la torre inclinada, y vieron que incluso con cuerpos de la misma materia
los más pesados llegaban antes al suelo, si eran dejados caer de una altura
suficiente. Coresio afirmó incluso que la velocidad era proporcional al peso,
confirmando así la «ley» de Aristóteles; pero Renieri, dando cifras reales,
demostró lo contrario. De hecho sometió sus resultados a Galileo, quien le
remitió a su Diálogo. Al
estudiar más ampliamente el tema de sus Dos ciencias nuevas, Galileo había señalado que la diferencia
efectiva en la velocidad observada en esos experimentos era muy diferente de la
esperada según la «ley» aristotélica. Fue también consciente de que los
resultados no concordaban con las expectativas de su nueva dinámica: en esa
época, habiendo abandonado la concepción de las «naturalezas» como causas del
movimiento, había llegado a suponer que todos los cuerpos de cualquier materia
caerían a la misma velocidad. No impresionado por el desacuerdo del experimento
con la teoría, Galileo hizo abstracción de la realidad empírica y dijo que la
teoría se aplicaba a la caída libre en el vacío. En un medio resistente como el
aire decía que un cuerpo más ligero se retrasaría más que uno pesado. ¡Los
mismos resultados, explicaciones diferentes! Hace ya tiempo que ha dejado de
ser posible considerar el experimento de la torre inclinada, aun suponiendo que
Galileo lo hiciera, como crucial en cualquier sentido, o incluso nuevo.
La primera evidencia de que Galileo se había
orientado con éxito hacia un enfoque cinemático del problema de la caída libre
proviene de su famosa carta a Paolo Sarpi en 1604, en la que decía que había
demostrado que los espacios recorridos por un cuerpo que cae eran uno a otro
como los cuadrados de los tiempos. Por esta época debió suponer que la
aceleración continuaba indefinidamente, o lo haría así si no fuera por la
resistencia del aire, que, como explicaba en el Dos nuevas
ciencias, tendía a limitar la velocidad
de un cuerpo que cae a un valor máximo. Pretendió haber deducido su teorema,
conocido hoy como e =
1/2 at2, del
axioma de que la velocidad instantánea era proporcional a la distancia de la caída. Utilizó en su demostración el
método geométrico medieval para estudiar cualidades variables, tomando la
integral, la «cantidad de velocidad» de Oresme (el área ABC de la fig. 4), para representar la distancia de
la caída (fig. 4). Pero de hecho, como Duhem demostró, el axioma o definición
de la velocidad uniforme que Galileo, por un curioso error, supuso en su
razonamiento no era la fórmula imposible ya rechazada por Soto, sino que la
velocidad instantánea era proporcional al tiempo. Ciertamente, la distinción entre las dos
formulaciones no la hacían fácil la cinemática o la matemática de la época,
ambas todavía poco claras. Exactamente el mismo error fue cometido por Isaac
Beeckman y Descartes.
Parece probable que Galileo había descubierto su
error y formulado correctamente la ley de la aceleración y el teorema del
espacio hacia 1609, aunque solamente los publicó en el Dos
sistemas principales en 1632. Es
posible que hubiera realizado ya su experimento para comprobar la ley con una
bola de bronce rodando por un plano inclinado en 1604. Este experimento es
descrito en Dos nuevas ciencias (1638),
donde expone de nuevo la demostración matemática. Careciendo de un reloj de
precisión, definió los intervalos iguales de tiempo como aquellos durante los
cuales pesos iguales de agua salían de un recipiente por un pequeño orificio;
utilizó una gran cantidad de agua comparada con la que salía por el orificio,
de manera que la disminución de la altura fuera poco importante. Su experimento
confirmó su definición y ley de la caída libre, y de ella dedujo otros
teoremas.
Fue este famoso experimento el que, en el
aspecto empírico, distinguió la exposición de Galileo de todos los intentos
anteriores para tratar el problema de la caída libre, aunque es una muestra de
la carencia de sistema en esta época para presentar los resultados científicos
el que Galileo no registrara ninguna medida individual efectiva y diera
solamente las conclusiones que él había sacado de ellas. De hecho Mersenne
fracasó en conseguir los mismos resultados cuando repitió el experimento de
Galileo algunos años más tarde —un indicio quizá de la confianza de Galileo en
la intuición matemática y conceptual, a la que debía su éxito científico tanto
como a sus experimentos. Y fue precisamente porque llegó a percibir la ley de
la aceleración y el teorema del espacio dentro de la estructura teórica
engendrada por el nuevo concepto del movimiento de inercia por lo que se
convirtieron en los fundamentos de la dinámica clásica y por lo que pueden ser
considerados, como el mismo Galileo los consideró, como su mayor conquista.
Aunque el concepto de movimiento desarrollado en
su tratado De Motu era
fundamentalmente opuesto al principio de la inercia, hay que ver en él
aplicaciones de la técnica «platónica» de la abstracción, donde ya se presiente
el concepto de inercia. Por ejemplo, en su estudio de una esfera rodando por un
plano horizontal infinito, un movimiento que no es ni natural ni violento y
que, por tanto, puede ser producido por una fuerza infinitamente pequeña, o el
de la velocidad finita constante de un cuerpo que cae en el vacío —ambos casos
son abstracciones de la realidad sensible—, eliminó por implicación la
necesidad de una fuerza motriz continua para mantener la velocidad constante.
Más tarde en Padua, exactamente lo mismo como había ocurrido en el siglo XIV,
iba a abandonar la teoría de la virtus impressa como explicación del movimiento del proyectil y
de la aceleración natural, en favor de una nueva teoría del impeto o momento. Pero el impeto de Galileo pertenece a un mundo conceptual
completamente distinto del Impetus de Buridán. En la nueva dinámica de Galileo, el Ímpetus, como fuerza motriz, se hizo redundante: la idea
imprecisa de conservación del movimiento que contenía se convertía, por
análisis, en afirmaciones reconocibles de la ley de la inercia (todavía
incompletamente generalizada por Galileo) y de la conservación del momento.
En el Segundo Día de los Dos
sistemas principales, Galileo hace
preguntar a Salviati:
Si no hay en el móvil, además de la inclinación
natural hacia la dirección opuesta, otra cualidad (qualità) intrínseca y
natural que le hace resistir al movimiento, dime, pues, una vez más: ¿No crees
que la tendencia de los cuerpos pesados a moverse hacia abajo, por ejemplo, es
igual a su resistencia a ser movidos hacia arriba? [A lo que Sagredo replica]:
Creo que es exactamente así, y es por esta razón por lo que dos pesos iguales
en una balanza se observa que permanecen quietos y en equilibrio, la pesadez de
un peso que resiste es elevada por la pesadez con que el otro, empujando hacia
abajo, intenta elevarlo.
Este pasaje contiene, sin analizarla, la distinción
que iba a ser establecida por Isaac Newton (1642-1727) entre el peso, la fuerza
que mueve un cuerpo que cae, y la masa, la resistencia intrínseca al movimiento[29]. De hecho, estaba
implicada en la hipótesis de Galileo de que en el vacío todos los cuerpos
caerían con la misma aceleración, estando las diferencias de peso
contrabalanceadas exactamente por las diferencias iguales de la masa (cf. vol.
I, p. 108, nota 12). Era imposible que Galileo hiciera esta distinción
claramente, porque para él el peso era todavía una tendencia intrínseca hacia
abajo, no algo que dependía de una relación extrínseca con otro cuerpo atrayente, tal como había sido sugerido por
Gilbert y Kepler por analogía con el magnetismo (vide infra, pp. 167 y ss.) e iba a ser generalizado por
Newton como la teoría de la gravitación universal. Sin embargo, la teoría de
que había una resistencia intrínseca (resistanza interna) al movimiento, igual al peso o cantidad de materia del cuerpo, dio
a Galileo su definición y medida del momento y le
permitió abordar el problema de la persistencia del movimiento de una manera
que hacía inevitable el concepto de inercia.
A partir de la observación de que en una balanza
un gran peso colocado a poca distancia del fulcro oscilaba en equilibrio con un
peso pequeño colocado a una distancia proporcionalmente mayor del fulcro,
derivó la idea de que lo que persiste en el movimiento es el producto del peso
por la velocidad. A este producto lo llamó momento o impeto; y no era una causa del movimiento, como el impetus de Buridán, sino un efecto y una medida de él.
El problema de la persistencia del movimiento era, pues, el problema de la
persistencia del impeto o
momento. En el Tercer Día de Dos nuevas ciencias supuso que el momento de un cuerpo dado que caía
hacia abajo por un plano inclinado sin fricción era proporcional solamente a la
distancia vertical e independiente de la inclinación; de ahí concluyó que un
cuerpo que caía por un plano adquiriría un momento que le llevaría hacia arriba
por otro plano inclinado hasta la misma altura.
Fig. 5. Demostración de Galileo de la inercia con el péndulo. De Discorsi e
demostrazione matematiche intorno á due nuove scienze, Bolonia, 1655 (1ª
edición, Leyden, 1638), Tercer Día.
El disco oscilante de un péndulo era equivalente a
ese cuerpo, y él demostró que si era soltado en C (fig. 5), ascendería hasta la
misma línea horizontal DC si seguía el arco BD o, cuando la cuerda
era sujetada por las agujas E o F, por los arcos más
curvados BG o BI. Desarrolló estos resultados de la forma siguiente:
Podemos señalar, además, que, una vez que se ha
impartido a un cuerpo móvil una velocidad cualquiera, ella será rígidamente
mantenida tanto tiempo como estén suprimidas las causas externas de la
aceleración o del retraso, una condición que se cumple solamente en los planos
horizontales; porque en el caso de los planos inclinados hacia abajo hay ya
presente una causa de la aceleración, mientras que en los planos inclinados
hacia arriba hay retraso; de esto se sigue que el movimiento en un plano
horizontal es perpetuo; porque si la velocidad es uniforme, ella no puede ser
disminuida o debilitada, y mucho menos destruida. Además, aunque cualquier
velocidad que un cuerpo pueda haber adquirido en una caída natural se mantiene
permanentemente por lo que respecta a su propia naturaleza, sin embargo, hay
que recordar que si, después de descender por un plano inclinado hada abajo, el
cuerpo es desviado a un plano inclinado hacia arriba, ya hay en este último
plano una causa de retraso; porque en cualquier plano, este mismo cuerpo está
sujeto a una aceleración natural hacia abajo. Según esto, tenemos aquí la
superposición de dos estados diferentes, a saber, la velocidad adquirida
durante la caída precedente que, si actúa ella sola, llevaría al cuerpo con una
velocidad uniforme hasta el infinito, y la velocidad que resulta de una
aceleración natural hacia abajo, común a todos los cuerpos.
Como ya había argumentado en Dos sistemas principales, el movimiento
perpetuo era el caso límite, que se realizaba en un mundo ideal sin fricción,
en cuanto la aceleración y el retraso dado, respectivamente, por planos
inclinados hacia abajo y hacia arriba tendían gradualmente a cero cuando los
planos se aproximaban a la horizontal. Entonces el impeto, o momento, impreso al cuerpo por su
movimiento persistía indefinidamente. De ese modo, el movimiento ya no era
concebido como un proceso que requería una causa proporcionada al efecto, sino,
como Ockham había atisbado, que era simplemente un estado del cuerpo en
movimiento que persistía incambiado, a menos que sufriera la acción de una
fuerza. La fuerza podía ser definida, por tanto, como lo que producía no la
velocidad, sino un cambio de velocidad a partir
de un estado de reposo o de movimiento uniforme. Además, cuando un cuerpo
sufría la acción de dos fuerzas, cada una era independiente de la otra. Galileo
supuso por motivos prácticos que el movimiento uniforme continuado en ausencia
de una fuerza externa sería rectilíneo, y esto le permitió calcular
teóricamente la trayectoria de un proyectil. En el Cuarto Día de Dos nuevas ciencias demostró que la trayectoria de un proyectil,
que se movía con una velocidad horizontal constante recibida del cañón y con
una aceleración constante hacia abajo, era una parábola, y que el alcance en un
plano horizontal era máximo cuando el ángulo de elevación era de 45 grados. No
puede haber prueba mejor que este teorema de la superioridad del teórico, capaz
de prever resultados todavía no observados, respecto del puro empirista, que
vería solamente los hechos ya observados. Como decía:
El conocimiento de un solo hecho adquirido por el
descubrimiento de sus causas prepara a la mente para verificar y entender otros
hechos sin necesidad de recurrir al experimento, precisamente como en el caso
actual, donde únicamente por argumento el autor demuestra con certeza que el
alcance máximo se da cuando la elevación, es de 45°. Así demuestra lo que quizá
nunca ha sido observado en la experiencia, a saber, que los otros disparos que
exceden o no llegan en cantidades iguales a 45° tienen alcances iguales.
Todavía más enfática era la afirmación de Salviati
en el Segundo Día de Dos sistemas
principales: «Estoy
seguro, sin observaciones, que el efecto sucederá tal como digo, porque debe
suceder así.»
Ciertamente, Galileo llegó por implicación al
concepto de movimiento de inercia, que fue la intuición intelectual que
permitió a Newton completar la mecánica terrestre y celeste del siglo XVII;
pero Galileo no enunció la ley de la inercia enteramente. El estaba
investigando las propiedades geométricas de los cuerpos en el mundo real; y en
el mundo real era una observación empírica el que los cuerpos caen hacia abajo,
hacia el centro de la Tierra. Así, adaptando la teoría pitagórica, consideró a
la gravedad como la tendencia natural de los cuerpos a dirigirse hacia el
centro del conjunto de materia en el que se encontraban, y el peso como una
propiedad física innata poseída por los cuerpos; ésta era la fuente del
movimiento o impeto. Galileo
permaneció fiel toda su vida a la hipótesis básica, expresada ya en el diálogo De
Motu, de que la gravedad era la
propiedad física esencial y universal de todos los cuerpos materiales.
Limitando sus investigaciones físicas a los cuerpos terrestres, podía tomar el
centro de la Tierra para determinar las direcciones favorecidas del espacio,
aunque el mismo espacio fuera una extensión vacía y homogénea. Las únicas
propiedades «naturales» que dejó a los cuerpos eran sus pesos y su equivalente
«resistencia interna» inercial al cambio en un movimiento. La «gravedad
natural» era la única fuerza aue él tenía en cuenta. Fue, pues, en forma de
exposición de estas hinótesis como expresó su versión de la ley de la inercia.
Como describió en el Tercer Día de Dos nuevas ciencias:
Igualmente que un cuerpo pesado o un sistema de
cuerpos no puede moverse a sí mismo hacia arriba, o apartarse del centro común
hada el que tienden todas las cosas pesadas, asimismo es imposible que
cualquier cuerpo pesado asuma por sí cualquier otro movimiento que el que le
lleve más cerca del centro común antedicho. Por tanto, a lo largo de una
horizontal por la que entendemos una superficie, de la cual cada uno de sus
puntos es equidistante de este mismo centro común, el cuerpo no tendrá ningún
momento (impeto).
En el mundo real, por tanto, el «plano» a lo largo
del cual el movimiento continuaría indefinidamente era una superficie esférica
con su centro en el centro de la Tierra. Como decía en el Segundo Día de Dos sistemas principales:
Una superficie que no está inclinada ni asciende
debe ser equidistante igualmente en todos sus puntos del centro... Un barco que
se mueve en un mar en calma es uno de esos móviles que recorren una superficie
que ni está inclinada ni asciende, y si se suprimieran todos los obstáculos
externos y accidentales, estaría dispuesto entonces para moverse incesante y
uniformemente por un impulso recibido de una vez. Concluyo —decía en el Primer
Día— que únicamente el movimiento circular puede ser apropiado naturalmente a
los cuerpos que son parte integrante del universo en cuanto constituido en el
mejor de los órdenes, y que lo más que se puede decir del movimiento rectilíneo
es que él es atribuido por la naturaleza a los cuerpos y a sus partes
únicamente cuando éstos están colocados fuera de su lugar natural, en un orden
malo, y que, por tanto, necesitan ser repuestos en su estado natural por el
camino más corto. De todo lo cual me parece que puede ser razonablemente
concluido que para el mantenimiento del orden perfecto entre las partes del
universo es necesario decir que los cuerpos móviles son movibles sólo
circularmente; y si hay algunos que no se mueven circularmente, éstos son
necesariamente inmóviles, pues no hay nada más que el reposo y el movimiento
circular para conservar el orden.
Este concepto del movimiento le permitió a Galileo
decir que el movimiento circular de los cuerpos celestes, una vez que lo habían
adquirido, se conservaría. Además, decía que era imposible demostrar si el
espacio del universo real era finito o infinito. Su universo contenía, pues,
cuerpos con propiedades físicas independientes, que afectaban a sus movimientos
en el espacio real. La misma línea de pensamiento puede ser constatada en la
observación que hace en Dos sistemas
principales de
que una bala de cañón sin peso continuaría horizontalmente en línea recta; pero
que en el mundo real, en el que los cuerpos tenían peso, el movimiento que
conservaban los cuerpos era en círculo. Supuso, por razones prácticas de
cálculo, como en su estudio de la trayectoria de un proyectil, que era el
movimiento rectilíneo lo que se conservaba. Pero este concepto del movimiento
le permitió decir que en los cuerpos celestes se conservaría el movimiento
circular. No tema que explicar sus movimientos por la atracción de la gravedad.
La revolución intelectual que había costado
tantas angustias y esfuerzos al «artista toscano» y que, sin embargo, le dejó a
poco trecho de reducir completamente la Física a la Matemática, hizo posible
que sus seguidores tomaran la geometrización del mundo real como evidente.
Cavalieri se desprendió de la gravedad en cuanto propiedad física innata, y
decía que, como otras fuerzas, se debía a acción externa. Evangelista
Torricelli (1608-1647) consideró la gravedad como una dimensión de los cuerpos
semejante a sus propiedades geométricas. Giordano Bruno (1548-1600),
continuando las discusiones escolásticas sobre la pluralidad de mundos y la
infinidad del espacio, se dio cuenta de que Copérnico, al hacer plausible el
tomar cualquier punto como el centro del universo, había abolido las
direcciones absolutas (vide infra, pp. 152 y ss.). Había popularizado la idea de que el espacio era,
efectivamente, infinito y, por tanto, sin direcciones naturales favorecidas. El
filósofo y matemático francés Pierre Gassendi (1592-1655), cuyos predecesores
del siglo XVI, contrariamente a los italianos, habían tendido algunas veces a
identificar la cantidad continua de la Geometría con la extensión física,
identificó el espacio del mundo real con el espacio infinito, abstracto y
homogéneo de la geometría de Euclides. Había aprendido de Demócrito y Epicuro a
concebir el espacio como un vacío, y de Kepler a considerar la gravedad como
una fuerza externa (vide infra, pp.
172 y ss.). Concluyó, por tanto, en su De Motu Impresso a Motore
Translato, publicado en 1642, que,
puesto que un cuerpo que se movía por sí mismo en el vacío no sería afectado
por la gravedad, y puesto que ese espacio era indiferente a los cuerpos que
contenía —contrariamente al espacio de Aristóteles y a sus vestigios en
Galileo—, el cuerpo continuaría siempre en línea recta. Gassendi publicó así,
por vez primera, la afirmación explícita de que el movimiento que un cuerpo
tendía a conservar indefinidamente era rectilíneo y que un cambio en velocidad
o dirección requería la operación de una causa externa. También él fue el
primero en eliminar conscientemente la noción de Ímpetus como causa del movimiento. Así, con la completa
geometrización de la Física, el principio del movimiento inercial se hizo
evidente en sí.
A Gassendi se le anticipó en la expresión de
este principio, aunque no en la publicación, René Descartes (1596-1650) en su
libro Le Monde, empezado
antes de 1633. Pero si se puede pretender que Descartes fue así el primero en
haber dado expresión al principio de inercia completo, se debe subrayar una
distinción fundamental y, en último término, fatal entre su método de proceder
y el de Galileo. Mientras que éste había llegado a su principio de inercia
incompleto como una deducción del principio de la conservación del momento
apoyado por un razonamiento físico, Descartes basó todo su principio en una
hipótesis enteramente metafísica del poder de Dios para conservar el
movimiento. Descartes había intentado que Le Monde fuera un sistema de mecánica celeste basado en
la teoría copernicana; pero desalentado por la condenación de Galileo en 1633
por el intento similar emprendido en Dos sistemas principales
(vide infra, pp. 180 y ss.), abandonó
el proyecto, y la obra incompleta no fue publicada hasta 1664, cuando su autor
había muerto ya. Resumió de nuevo las ideas mecánicas contenidas en Le
Monde en los Principia
Philosophiae (1644). Llevando al límite
lo que Galileo había sido incapaz de hacer, la idea de que lo matemático era el
único aspecto objetivo de la naturaleza, decía que la materia debe ser
entendida meramente como extensión (vide infra, pp, 263-265). Dios, cuando creó el universo de
extensión infinita, le dio también movimiento. Todas las ciencias eran
reducidas así a la medida y a la matemática[30]; y todos los cambios, al
movimiento local. El movimiento, al ser algo real, no podía aumentar ni
disminuir en su cantidad total, sino que únicamente podía ser transferido de un
cuerpo a otro. El universo continuaba, por tanto, funcionando como una máquina,
y cada cuerpo permanecía en un estado de movimiento en línea recta, la forma
geométrica más sencilla en la que Dios lo había puesto en marcha, a menos que
fuera afectado por una fuerza externa. Unicamente el vacío era indiferente a
los cuerpos que contenía, puesto que Descartes aceptaba el principio
aristotélico de que la extensión, como otros atributos, podía existir solamente
por inherencia a alguna sustancia; afirmaba que el espacio no podía ser un
vacío, lo que era una nada, sino que debía ser un plenum. En el mundo real, por tanto, sólo era posible
una tendencia a una velocidad rectilínea continua. Para
Descartes, el mundo real era meramente Geometría realizada; concibió el
movimiento simplemente como una translación geométrica; el tiempo era una
dimensión geométrica, como el espacio. El gran error que resultó de este
enfoque fue que Descartes fracasó completamente en comprender cómo medir la
cantidad de movimiento y fracasó así en captar el concepto esencial de la
conservación del movimiento. El movimiento queseguía siempre la línea recta era
el desplazamiento instantáneo, concebido desde el punto de vista puramente
cinemático, sin ninguna propiedad no geométrica de inercia.
Esta teoría dejaba a Descartes frente al
problema del movimiento curvilíneo de los planetas. Habiendo rechazado la
acción a distancia y todas las causas de desvío del movimiento inerte, excepto
el contacto mecánico, no podía aceptar una teoría de la atracción gravitatoria.
Intentó, por tanto, explicar los hechos por torbellinos en el plenum. Consideró que la extensión original consistía en
bloques de materia, cada uno de los cuales giraba rápidamente sobre su centro.
La fricción consiguiente producía entonces tres clases de materia secundaria,
caracterizadas por la luminosidad (el Sol y las estrellas), la transparencia
(el espacio Ínter planetario, i. e., el éter) y la opacidad (la Tierra). Las partículas de estas
materias no eran atómicas, sino divisibles al infinito; y sus formas
geométricas explicaban sus diferentes propiedades. Todas ellas estaban en
contacto, de manera que el movimiento solamente podía darse reemplazando cada
una de ellas, sucesivamente, a la vecina y produciendo así un torbellino, en el
que el movimiento era transmitido por presión mecánica (lámina 5). Esos
torbellinos transportaban los cuerpos celestes en sus órbitas. La presión
mecánica era también el medio de la propagación de influjos, como el de la luz
y el magnetismo. El plenum, o
éter, que debía algunas de sus características a Gilbert y Kepler, estaba así
investido de las propiedades físicas, entre ellas la que más tarde se llamó
«masa», que no podían ser reducidas a la Geometría.
La teoría de los torbellinos muestra, desde el
punto de vista empírico, el aspecto más débil de Descartes, y Newton iba a
demostrar en los Principia Mathematica (1687) que, de hecho, no llevaría a las leyes de
Kepler del movimiento planetario y que era, por tanto, refutada por la
observación (cf. infra, pp.
179-180).
A pesar de sus grandes contribuciones a la
Matemática y a las técnicas matemáticas de la Física, Descartes desarrolló su
cosmología en una proporción considerable sobre líneas enteramente no
matemáticas, lo que contrasta sorprendentemente con el enfoque de Galileo de
los problemas físicos. Galileo, partiendo del telón de fondo de la física
escolástica, consiguió sus éxitos eliminando los elementos de causalidad física
del problema del movimiento; su enfoque de la Dinámica fue desde la Cinemática;
y aunque su apasionado interés por la nueva astronomía le prestó un objetivo
general cosmológico, su método fue intentar resolver cada problema individual
por separado, para descubrir empíricamente qué leyes se manifestaban de hecho
en el mundo natural, antes de afrontar la tarea de reunirlasen un todo. Aun
apreciando las descripciones cinemáticas de Galileo, Descartes consideró su
obra como carente de una visión de conjunto sobre la Física, y su método de
abstracción defectuoso precisamente en el punto donde Galileo lo había hecho
tan eficaz: el prescindir del problema de las causas físicas. Descartes,
comentando en 1638 los Discursos sobre dos nuevas ciencias de Galileo, publicado hacía poco, caracterizaba
por contraste su propia posición, escribiendo a Mersenne:
Comenzaré esta carta con mis observaciones al libro
de Galileo. Encuentro que, en general, filosofa mucho mejor que la media,
porque abandona lo más completamente que puede los errores de la escuela e
intenta examinar los problemas físicos por el método matemático. En esto estoy
en perfecto acuerdo con él, y creo no hay absolutamente otro camino para
descubrir la verdad. Pero me parece que adolece enormemente de digresiones
continuas y que no se detiene a explicar todo lo que es importante para cada
punto, lo que demuestra que no los ha examinado en orden y que, sin haber
estudiado las primeras causas de la naturaleza, ha buscado meramente razones
para ciertos efectos particulares; y de ese modo ha edificado sin un
fundamento. Un mes más tarde escribía de nuevo: Respecto de lo que Galileo ha
escrito sobre la balanza y la palanca, explica muy bien lo que sucede (quod ita
fit), pero no por qué sucede (cur ita fit), como yo he hecho en mis Principios.
Descartes no fue el único en no aceptar que los
métodos de Galileo cubrieran el ámbito completo de los problemas físicos;
muchos físicos, especialmente en Francia, por ejemplo, Fermat, Mersenne y
Roberval, compartían sus dudas. El hecho de que las ideas de Descartes
ejercieran, en muchos aspectos, la mayor influencia individual a lo largo de la
historia de la ciencia del siglo XVII se debió precisamente a que tomó la
dirección opuesta de investigar, más allá de las descripciones matemáticas,
hasta el interior de las causas físicas y la naturaleza de las cosas, y de
construir audazmente un sistema científico completo que abarcase desde la
Psicología y Fisiología, pasando por la Química, hasta la Física y la
Astronomía, escribiendo un nuevo Timeo. Sus
ideas marcaron la línea general de pensamiento, aun de aquellos que, como
Newton, eran los máximos críticos del sistema cartesiano en sus detalles.
Descartes abordó la Física como un filósofo. No se debe suponer que por esta
razón no apreciase la función de los experimentos o que no los hiciera él
mismo; por el contrario, los realizó (cf. infra, pp.
214 y ss.; 225 y ss.). Pero fue por su método filosófico y por la universalidad
pretendida para sus resultados más fundamentales por lo que llegó a dominar el
pensamiento científico de la época y suministrar, con un gesto abarcador y
audaz, por lo menos, algo comprensivo y consistente con lo que se podía estar
disconforme. Descartes vio el objetivo de su método filosófico como la
búsqueda, por medio del análisis racional, de los elementos más simples
constitutivos del mundo, «naturalezas simples» que no podían ser reducidas a
algo más simple y que no tenían, por tanto, definiciones lógicas (vide infra, pp. 270 y ss.). Por lo que concierne al mundo
físico, los encontraba en la extensión y el movimiento. «Si no me engaño
—escribía en Le Monde—, no sólo estas cuatro
cualidades [calor, frío, humedad, sequedad], sino también todas las otras, e
incluso todas las formas de los cuerpos inanimados, pueden ser explicadas, sin
tener que suponer ninguna otra cosa en la materia, sino el movimiento, el
tamaño, la forma y la disposición de sus partes.» A partir de estas
«naturalezas simples», y de principios puramente metafísicos, en parte
relacionados con la perfección y bondad de Dios, procedía entonces a deducir
las leyes que el mundo real debía seguir. Admitió que estas conclusiones podían
ser erróneas en el detalle y abandonó el intento de reducir el complicado mundo
observado, con sus muchas variables desconocidas, a leyes matemáticas; de ahí
el carácter tremendamente cualitativo de Le Monde y de
los Principia Philosophiae. Pero nunca tuvo dudas
de la exactitud de sus metas generales y de las conclusiones generales.
La conclusión general más fundamental de la
filosofía mecanicista de Descartes fue la de que todos los fenómenos naturales
podían ser reducidos, en último término, si se analizaban suficientemente, a un
solo tipo de cambio, el movimiento local; y esta conclusión se convirtió en la
creencia más influyente de la ciencia del siglo XVII. Esta, y las doctrinas
subsiguientes de la corpuscularidad universal y de la universalidad de la
acción por contacto físico, suministró al siglo XVII un concepto nuevo de la
naturaleza, en lugar de las «formas» o «naturalezas» cualitativas de Aristóteles;
ellas proporcionaron a los científicos una «creencia reguladora» que
determinaba la forma dada a las teorías físicas y fisiológicas. La filosofía
cartesiana de la naturaleza fue el tema inmediato de la mayor parte de las
controversias en las que Newton y el newtonianismo se vieron envueltos;
los Principia Mathematica (1687),
si bien perseguían las mismas metas generales que los Principia
Philosophiae, fueron escritos, en
parte, como una polémica contra los detalles del sistema cartesiano y los
métodos de llegar a ellos. Además, no fue solamente en la filosofía de la
Ciencia donde se dejó sentir la influencia de Descartes. Christian Huygens
(1629-1695) debió su despertar científico a Descartes y nunca desertó
enteramente de su punto de vista; y en la concepción de la energía cinética que
se encuentra oscuramente en la concepción de Leibniz de lavis viva y que fue enteramente desarrollada en el siglo
XIX, Descartes podría pretender haber originado una contribución sustancial a
la Dinámica.
La historia del cartesianismo comienza
únicamente a mediados del siglo XVII y pertenece a este volumen solamente para
recordarnos que la dirección del pensamiento que culminó en el método de
Galileo de la abstracción y del análisis descriptivo del movimiento, fue equilibrado
por otro menos dispuesto a ver la Física apartada, aun temporalmente, de la
investigación de la naturaleza y de las causas de las cosas. Por lo que
concierne al principio de inercia, no fue Descartes, sino Galileo, quien
suministró el concepto del movimiento sobre el que Huygens, Newton y otros iban
a edificar la mecánica clásica del siglo XVII. Las investigaciones de Dinámica
de estos matemáticos, aunque llevaron al enunciado de un cierto número de
principios independientes cuya conexión recíproca no fue en ese momento siempre
claramente entendida, como la ley de la caída de los cuerpos, los conceptos de
inercia, de fuerza, de masa, el paralelogramo de fuerzas y la equivalencia del
trabajo y la energía, implicaban realmente un único descubrimiento fundamental.
Este era el principio, establecido experimentalmente, de que el comportamiento
de los cuerpos, unos respecto de otros, se realizaba de forma que las
aceleraciones estaban determinadas, la razón de las aceleraciones opuestas que
producían era constante y dependía únicamente de una característica de los
cuerpos mismos, que fue llamada masa. Era un hecho que podía ser conocido
únicamente por la observación el que dos cuerpos geométricamente equivalentes
se moverían diferentemente cuando eran colocados en relaciones idénticas con
otros mismos cuerpos. Donde Galileo se había detenido ante el mundo real y
Descartes, geometrizando desde principios abstractos, ocultó esta propiedad
física en los torbellinos, Newton realizó una reducción matemática exacta de la
masa a partir de los datos de la experiencia. Las masas relativas de dos
cuerpos eran medidas por la razón de sus aceleraciones opuestas. La fuerza
podía ser entonces definida como lo que turbaba el estado de reposo o de
movimiento rectilíneo uniforme de un cuerpo; y la fuerza entre dos cuerpos, por
ejemplo, la de la gravedad, era el producto de cada masa multiplicada por su
aceleración respectiva. El movimiento inercial era un límite ideal, el estado
de movimiento de un cuerpo que no era afectado por otro. El problema, que había
sido tan embrollado para los que cuestionaron por primera vez la ley
aristotélica del movimiento —¿por qué, excluyendo la resistencia del medio,
cuerpos de masas diferentes caían a tierra con la misma aceleración?—, encontró
su solución en la distinción entre masa, propiedad del cuerpo que proporciona
resistencia intrínseca, y peso, motivado por la fuerza externa de la gravedad
que actúa sobre el cuerpo. Las diferencias de peso podían ser consideradas como
equilibradas exactamente por diferencias proporcionales de masa. Y la misma
masa tenía pesos distintos según su distancia al centro de la Tierra. Cuando
estos conceptos fueron generalizados por Newton, los viejos problemas de la
aceleración de los cuerpos que caen libremente y el del movimiento continuo de
los proyectiles fueron finalmente resueltos; y cuando los mismos principios
fueron llevados una vez más al firmamento en la teoría de la gravitación
universal, se realizó la aspiración de Buridán; y los movimientos de los cielos,
que Kepler había descrito correctamente, fueron unidos a los fenómenos modestos
en un único sistema mecánico. Esto no sólo produjo la destrucción definitiva
del mundo finito, ordenado jerárquicamente de «naturalezas» irreductiblemente
distintas, que había formado el cosmos aristotélico; fue una vasta iluminación
de la mente. Los principios, establecidos por vez primera efectivamente por
Galileo, sobre los que se edificaba la nueva mecánica parecían definitivamente
justificados por sus éxitos.
2.2. La astronomía y la nueva mecánica
Aunque el sistema ptolemaico, después de su
llegada a la Cristiandad occidental en el siglo XIII, había sido considerado
generalmente como un mero artificio geométrico de calcular, se sentía la
necesidad de un sistema astronómico que pudiera a la vez «salvar» los fenómenos
y describir las trayectorias «reales» de los cuerpos celestes por el espacio.
Desde el siglo XIII, la observación y la revisión de las tablas había ido en
conexión con el deseo crónico de reformar el calendario y con las demandas prácticas
de la Astrología y la Navegación. Regiomontano había sido llamado a Roma para
ser consultado sobre el calendario en 1475, el año antes de su muerte, y su
obra fue utilizada por los navegantes oceánicos portugueses y españoles.
Algunos escritores medievales, como Oresme y Nicolás de Cusa, habían sugerido
alternativas al sistema geostático como una descripción del «dato» físico; y en
los primeros años del siglo XVI, el italiano Celio Calcagnini (1479-1541)
propuso de una forma vaga una teoría basada en la rotación de la Tierra. Su
compatriota Girolano Frascatoro (1483-1553) intentó revivir el sistema de las
esferas concéntricas sin epiciclos. Fue dejado a Copérnico (1473-1543) el
elaborar un sistema que podía reemplazar el de Ptolomeo como un artificio de cálculo
y de representar incluso el «dato» físico, y también de «salvar» los fenómenos
adicionales, como el diámetro de la Luna, que según el sistema de Ptolomeo
debía sufrir variaciones mensuales de casi un ciento por ciento.
Copérnico hizo sus primeros estudios en la
Universidad de Cracovia y luego en Bolonia, donde estudió leyes, pero también
trabajó con el profesor de Astronomía Domenico Maria Novara (14541504). Más
tarde marchó a Roma, a Padua, donde estudió Medicina, y a Ferrara, donde acabó
Derecho. El resto de su vida permaneció en Frauenberg, una ciudad catedralicia
al este de Prusia, donde realizaba las funciones de clérigo, médico y
diplomado, y realizó un esquema que fue la base de una reforma del cambio del
valor de la moneda. En medio de esta vida laboriosa, procedió a reformar la
Astronomía. Aquí, aunque hizo pocas observaciones, su obra fue la de un
matemático. Es el mejor ejemplo de hombre que revolucionó la Ciencia mirando a
los viejos hechos con nuevos ojos. Tomó sus datos principalmente del Epitome
in Almagestum (editado en 1496) de
Regiomontano y Peurbach y de la traducción latina del Almagesto de Gerardo de Cremona, que fue editada en Veneda en
1515. Novara, un importante platónico, le había enseñado a concebir la
constitución del universo en términos de relaciones sencillas matemáticas.
Inspirado por esto, se puso a realizar su propio sistema.
Marciano Capella había salvado para los siglos
siguientes la teoría de Heráclides de que Mercurio y Venus, cuyas órbitas son
peculiares por sus limitadas distancias angulares del Sol (los otros planetas
podían ser vistos a cualquier distancia angular, o «elongación», del Sol),
giraban efectivamente alrededor del Sol, mientras que el Sol, con el resto de
los cuerpos celestes, giraba alrededor de la Tierra. También se atribuye a
Heráclides la afirmación de que la Tierra gira diariamente alrededor de su eje.
Copérnico no sólo dio a la Tierra una rotación diaria, sino que hizo que todo
el sistema planetario, incluyendo la Tierra, girara alrededor de un Sol
estático en su centro. Su repugnancia a publicar esta teoría, cuyo manuscrito
estaba acabado en 1532, parece haber dependido en gran parte del temor de que
pudiera ser considerada absurda. Había sido satirizado en el teatro cerca de
Frauenberg en 1531, y su ansiedad se hubiera confirmado, ciertamente, si
hubiera vivido para oír los comentarios de personalidades tan diversas como el
matemático italiano Francesco Maurolico y el revolucionario alemán Martín
Lutero (1483-1546). «El loco —decía Lutero— querría echar abajo toda la ciencia
de la Astronomía.» Finalmente, Copérnico esbozó un breveresumen (Commentariolus), que parece llegó a ser conocido por el Papa, y
en 1536 el cardenal Nicolaus von Schónberg le pidió que diera a conocer su
teoría al mundo científico. Georg Joachim (Rheticus), un profesor de Wittenberg
(famoso por haber introducido el perfeccionamiento de hacer que las funciones
trigonométricas dependieran directamente del ángulo, en vez de del arco), viajó
a Frauenberg en 1539 para estudiar el manuscrito de Copérnico, y en 1540
Rheticus publicó su Narratio Prima de Libris Revolutionum sobre él. La obra de Copérnico era ya bien
conocida cuando, habiendo sido impresa por Rheticus, apareció en Nuremberg en
1543, dedicada al Papa Pablo III con el título De Revolutionibus
Orbium Coelestium. Su valor práctico se
demostró cuando Erasmus Reinhold la utilizó para calcular las Tablas
Prusianas (1551), aunque éstas
padecieran de la inexactitud de los datos de Copérnico, y cuando se propuso la
cifra de la longitud del año que aparecía en el De
Revolutionibus, aunque no se usó, como
base de la reforma del calendario instituida por el Papa Gregorio XIII en 1582.
A pesar del precavido prefacio de Andreas Osiander, afirmando lo contrario,
Copérnico consideró, ciertamente, la revolución de la Tierra como un hecho
físico, y no como una mera conveniencia matemática. El De
Revolutionibus planteaba así el
problema que ocupó la mayor parte de la Física hasta Newton.
La revolución copemicana se reducía a atribuir
el movimiento diario de los cuerpos celestes a la rotación de la Tierra sobre
su eje y su movimiento anual a la revolución de la Tierra alrededor del Sol, y
en extraer, por los antiguos artificios de los excéntricos y epiciclos, las
consecuencias astronómicas de estos postulados (figura 6).
Fue postulando el movimiento anual de la Tierra
como Copérnico realizó su gran avance estratégico teórico de una reforma de la
Astronomía respecto de los estudios medievales y abrió el camino para el
completo desarrollo matemático de un nuevo sistema. Por ejemplo, aunque Oresme
hacía girar la Tierra sobre su eje, su sistema permanecía siendo geocéntrico.
Había ciertas peculiaridades en las matemáticas del sistema geocéntrico que
Copérnico podía haber notado: las constantes de los epiciclos y del deferente
estaban invertidas entre los planetas inferiores (Mercurio y Venus) y los
superiores; y el período de revolución solar aparecía en los cálculos de cada
uno de los cinco planetas (vide fig.
6). Copérnico no ha dejado ninguna exposición detallada de los pasos por los
que llegó a la concepción del sistema heliocéntrico. Describió simplemente, en
el prefacio del De Revolutionibus, cómo se sintió impedido a imaginar una nueva forma de calcular los
movimientos de las esferas porque veía que los matemáticos no se ponían de
acuerdo entre ellos y utilizó diferentes artificios: esferas concéntricas,
esferas excéntricas, epiciclos. Concluyó que debía haber algún error básico.
Fig. 6 (A y B). Comparación de los sistemas ptolemaico (A) y copernicano
(B) (cf. vol. I, figs. 2 y 3). Aunque su sistema era esencialmente una
colección de artificios independientes para cada cuerpo celeste, los períodos
relativos de revolución habían establecido un orden tradicional de las órbitas
que Ptolomeo aceptó. Al invertir las posiciones de la Tierra y el Sol,
Copérnico pudo utilizar esos períodos para fijar las distancias relativas
medias de los planetas al Sol y racionalizar la relación entre los epiciclos y
deferentes de los planetas inferiores (Mercurio y Venus) y los superiores (vide
el cuadro de la p. 156). El movimiento de la Tierra alrededor de su órbita en
el sistema copemicano es reproducido en el sistema ptolemaico no sólo por la
órbita del Sol, sino también por la deferente de cada planeta inferior (las
órbitas de los planetas siendo reproducidas por los epiciclos de Ptolomeo) y
por el epiciclo de cada planeta superior (aquí las órbitas de los planetas
estaban reproducidas por las deferentes de Ptolomeo). No es posible mostrar
estos puntos claramente en el diagrama dibujando a escala. Las posiciones de
los centros de las órbitas planetarias relativas a la del Sol en el sistema
ptolemaico, y al Sol mismo en el sistema copemicano, se señalan por los puntos
en los extremos interiores de los radios de las deferentes; i. e.t los círculos
grandes. Copérnico consideró como su mayor logro técnico de eliminación de las
objetables ecuantes ptolemaicas (cf. vol. I, p. 83), lo que consiguió refiriendo
los movimientos planetarios no al Sol central, sino al centro de la órbita de
la Tierra (D), que giraba él mismo alrededor del Sol siguiendo dos círculos.
Este artificio introdujo inexactitudes en las latitudes planetarias, en
particular en la de Marte, y fue Kepler quien en realidad hizo del Sol el punto
de referencia de las órbitas planetarias (vide lámina 7). Mercurio era
considerado por Ptolomeo como un caso especial, hizo que el centro de su
deferente girara lentamente alrededor de otro círculo. Copérnico conservó este
artificio e introdujo además la consideración única de hacer que el planeta
oscilara, o «librara», sobre el diámetro de su epiciclo en vez de que se
trasladara alrededor de él. Por medio de una sencilla construcción geométrica
(no dada aquí) se puede mostrar que cualquier complejidad introducida en un
sistema para «salvar las apariencias» puede tener su paralelo en el otro, de
manera que los dos sistemas pueden hacerse equivalentes en representar el
ángulo en el que aparece el planeta cuando es visto desde la Tierra. Pero los
dos sistemas difieren en el alcance de sus posibilidades teóricas respecto de
los planetas inferiores (Mercurio y Venus), y estas diferencias pueden
suministrar una comprobación empírica para escoger entre ellos. Según el
sistema copernicano, pero no según el ptolemaico, los planetas inferiores
pueden aparecer por el laido del Sol alejado de la Tierra (no pueden hacerlo en
sistema ptolemaico porque son interiores a la órbita del Sol); sus mayores
distancias angulares al Sol las alcanzan cuando la Tierra-planeta-Sol forman un
ángulo recto; y solamente ellos mostrarían fases completas como la Luna.
Galileo confirmó estas conclusiones copernicanas con su telescopio (vide
páginas 167, 184 y ss.). El sistema ptolemaico puede, sin embargo, ser adaptado
para proporcionar las mismas conclusiones haciendo que los epiciclos de
Mercurio y Venus giren alrededor del Sol; esa sugestión la hizo Heráclides de
Ponto (vide vol. I, p. 87) y fue adoptada por Tycho Brahe para todo el sistema planetario
(vide p. 166). (Diagramas vueltos a dibujar según los diagramas de William D.
Stahlman en Dialogue on the Great Systems of the Worl de Galileo Galilei,
traducción revisada por Giorgio Santillana, Chicago, 1953, páginas XVI-XVII.)
Entonces cuando sopesé esta incertidumbre de los
matemáticos tradicionales al ordenar los movimientos de las esferas del orbe,
me defraudó el ver que una explicación más fiable del mecanismo del universo,
fundado en nuestra exposición por el mejor y más regular Artífice de todos, no
era establecida por los filósofos que habían investigado tan exquisitamente
otros detalles respecto del orbe. Por este motivo emprendí la tarea de releer
los libros de todos los filósofos que pude conseguir, investigando si alguno
había supuesto que el movimiento de las esferas del mundo era diferente al
adoptado por los matemáticos universitarios.
En esta tarea llegó a las teorías griegas del doble
movimiento de la Tierra, sobre su eje y alrededor del Sol, y desarrolló éstos
siguiendo el ejemplo de sus predecesores, que no habían tenido escrúpulos en
imaginar cuantos círculos requería el «salvar las apariencias».
Movido por esto —escribía—, comencé a pensar en un
movimiento de la Tierra; y aunque la idea parecía absurda, todavía, como otros
antes de mi se habían permitido el suponer ciertos círculos para explicar los
movimientos de las estrellas, creí que me sería fácilmente permitido intentar
si, sobre la hipótesis de algún movimiento de la Tierra, no podrían encontrarse
mejores explicaciones de las revoluciones de las esferas celestes. Y así,
suponiendo los movimientos que en la obra siguiente atribuyo a la Tierra, he
encontrado, finalmente, después de largas y cuidadosas investigaciones, que
cuando los movimientos de los otros planetas son referidos a la circulación de
la Tierra y son computados para la revolución de cada estrella, no sólo los
fenómenos se siguen necesariamente de eso, sino que el orden y la magnitud de
las estrellas y todos sus orbes y el mismo cielo están tan conectados que en
ninguna parte puede algo ser trasladado sin confusión del resto y de todo el
universo entero.
Y en el libro I, capítulo 10, continuaba:
Por tanto, no nos avergonzamos de defender que todo
lo que está debajo de la Luna, con el centro de la Tierra, describe entre los
otros planetas una gran órbita alrededor del Sol, que es el centro del mundo; y
lo que aparece ser un movimiento del Sol es, en verdad, un movimiento de la
Tierra; pero el tamaño del mundo es tan grande que la distancia de la Tierra al
Sol, aunque apreciable en comparación con las órbitas de otros planetas, es
como nada cuando se la compara a la esfera de las estrellas fijas. Y afirmo que
es más fácil de conceder esto que dejar que la mente se vea distraída por una
multitud casi interminable de círculos, que están obligados a hacer quienes
detienen la Tierra en el centro del mundo. La sabiduría de la naturaleza es tal
que no produce nada superfluo o inútil, sino que, frecuentemente, produce
muchos efectos de una causa. Si todo esto es difícil y casi incomprensible o
contra la opinión de mucha gente, lo haremos, si Dios quiere, más claro que el
Sol, por lo menos a aquellos que saben algo de Matemática. El primer prindpio
perma-nece, pues, indiscutido, que el tamaño de las órbitas se mide por el
período de la revolución; y el orden de las esferas es entonces como sigue,
comenzando por las más superiores. La primera y más alta esfera es la de las
estrellas fijas, que se contiene a ella misma y todo el resto, que, por tanto,
es inmóvil, siendo el lugar del universo al que se refieren el movimiento y los
lugares de todos los otros astros. Porque mientras que algunos piensan que ella
también cambia algo [esto se refiere a la precesión], nosotros le asignaremos,
al deducir el movimiento de la Tierra, otra causa de este fenómeno. Luego sigue
el primer planeta, Saturno, que completa su circuito en treinta años; luego
Júpiter, con un período de doce años; luego Marte, que gira en dos años. El
cuarto lugar en el orden es el de la revolución anual, en el que hemos dicho
que la Tierra está contenida con la órbita lunar como un epiciclo. En quinto
lugar viene Venus, que gira en nueve meses; en sexto, Mercurio, con un período
de ochenta días. Pero en medio de todo está el Sol. Porque ¿quién podría
colocar, en este templo hermosísimo, esta lámpara en otro o mejor lugar que ese
desde el cual puede, al mismo tiempo, iluminar el conjunto? Algunos, no inadecuadamente,
le llaman la luz del mundo; otros, el alma o el gobernante. Trismegisto le
llama el Dios visible, Electra de Sófocles el que todo lo ve. Así, en realidad,
el Sol, sentado en el trono real, dirige la ronda de la familia de los astros.
Las consecuencias de los postulados de Copérnico
fueron de dos tipos, físicas y geométricas. La rotación diaria de la Tierra
encontró las objeciones físicas aristotélicas y ptolemaicas, basadas en la
teoría de los movimientos naturales, relativas a los «cuerpos separados», una
piedra o una flecha lanzadas al aire, y el fuerte viento del Este (vide supra, pp. 76 y ss.). Copérnico replicó a ellas de
la misma forma que Oresme, convirtiendo el movimiento circular en natural y
diciendo que el aire compartía el de la Tierra a causa de su naturaleza común y
también a causa de la fricción. Defendió que los cuerpos que caen y se elevan
tenían un doble movimiento, un movimiento circular cuando estaban en su lugar
natural y rectilíneo de desplazamiento de, o de vuelta a, ese lugar. La
objeción a este argumento era que si los cuerpos tenían un movimiento circular
natural en una dirección, ofrecerían una resistencia, análoga al peso, al
movimiento en otra. La respuesta a esto, como aquélla al argumento de que la
Tierra sería destrozada por lo que ahora se llama algunas veces «fuerza
centrífuga», de la que Copérnico decía que sería peor para la esfera celeste si
ella girara, tenía que esperar a la mecánica de Galileo.
Al movimiento anual de la Tierra en un círculo
excéntrico alrededor del Sol, los críticos de Copérnico objetaban apoyándose en
tres terrenos científicos. Primero, estaba en conflicto con la teoría
aristotélica de los movimientos naturales, que dependía de que el centro de la
Tierra estuviera en el centro del universo. A esto Copérnico replicó como
Oresme y Nicolás de Cusa, aunque abandonando la teoría de Cusa del equilibrio
de elementos pesados y ligeros, quela gravedad era un fenómeno local que
representaba la tendencia de la materia de todo cuerpo astronómico a formar
masas esféricas. La segunda objeción surgió de la ausencia de paralajes
estelares anuales observables, o diferencias en la posición de las estrellas.
Copérnico atribuyó esto a la enorme distancia de la esfera estelar respecto de
la Tierra comparada con las dimensiones de la órbita de la Tierra. La tercera
objeción continuó siendo un serio obstáculo hasta que Galileo cambió toda la
concepción del movimiento, cuando dejó de tener valor. Los aristotélicos
defendían que cada cuerpo elemental tenía un solo movimiento natural, pero
Copérnico dio a la Tierra tres movimientos: los dos antes mencionados que
explicaban, respectivamente, la salida y la puesta de los cuerpos celestes y el
paso del Sol a lo largo de la eclíptica y las retrogradaciones y estaciones de
los planetas, y un tercero que estaba destinado a explicar el hecho de que el
eje de la Tierra, a pesar del movimiento anual, señalaba siempre el mismo punto
en la esfera celeste. Este tercer movimiento estaba destinado también a
explicar la precesión de los equinoccios y sus «trepidaciones» ilusorias.
Con el Sol y la esfera celeste, límite del
universo finito, en reposo, Copérnico procedió a añadir los habituales
excéntricos, deferentes y epiciclos para explicar los movimientos observados de
la Luna, el Sol y los planetas por medio de un movimiento circular uniforme
perfecto. Neugebauer, en su Exact Sciences in Antiquity, comenta los aspectos matemáticos del resultado de la
forma siguiente: «La creencia popular de que el sistema heliocéntrico de
Copérnico constituye una importante simplificación del sistema ptolemaico es
obviamente errónea. La elección del sistema de referencia no tiene ningún
efecto sobre la estructura del modelo, y los modelos copernicanos requieren
alrededor del doble de círculos que los modelos ptolemaicos y son mucho menos
elegantes y adaptables.» Las principales contribuciones matemáticas de
Copérnico, según Neugebauer, fueron tres. Clarificó los pasos de las
observaciones a los parámetros, haciendo así una mejora metodológica. Introdujo
con su sistema un criterio para adjudicar distancias relativas a los planetas.
Y sugirió la solución adecuada del problema de las latitudes. Pero su creencia
en las trepidaciones imaginarias de los equinoccios condujo a complicaciones
innecesarias y, al tomar el centro de la órbita de la Tierra como centro de
todos los movimientos de los planetas, su estudio de Marte tenía errores
considerables. Además, se fio de datos antiguos y falsos. Este último defecto
fue remediado por Tycho Brahe (1546-1601), que demostró que las trepidaciones
eran debidas únicamente a errores de las observaciones; y Juan Kepler
(1571-1630), al considerar los resultados de Tycho, iba a construir su sistema
de la órbita de Marte.
Copérnico había producido un sistema matemático,
por lo menos, tan exacto como el de Ptolomeo, con ventajas matemáticas a la vez
que desventajas. Teórica y cualitativamente, era en verdad más sencillo, porque
podía dar una explicación unificada de un número de diferentes rasgos del
movimiento planetario que en el sistema de Ptolomeo eran arbitrarios y sin
conexión. Podía explicar las retrogradaciones y las estaciones de los planetas
como meras apariencias debidas a un único movimiento de la Tierra y podía dar
una explicación sencilla de varios movimientos peculiares de planetas
individuales. En el siglo XVI se argüía a su favor también el que había
reducido el número de círculos exigidos; utilizó 34. Copérnico había también
argumentado que los movimientos postulados de la Tierra no entraban en
conflicto con la Física, esto es, con la física de Aristóteles. Estos
argumentos en favor del sistema heliocéntrico eran negativos y, además, con el
fin de efectuar la reconciliación, tenía que interpretar la física de
Aristóteles, igualmente que había hecho Oresme, en un sentido diferente del
aceptado por la mayor parte de sus contemporáneos. No es sorprendente que
muchos de ellos siguieran sin dejarse convencer. ¿Cómo, pues, justificó
Copérnico su innovación ante sí mismo y ante el público y por qué tuvo ella un
atractivo tan vigoroso y emotivo más tarde para Kepler y Galileo? Una gran
parte de la respuesta reside, ciertamente, en el neoplatonismo que todos ellos
compartían. En el fragmento ya citado del De Revolutionibus, libro 1, capítulo 10, Copérnico justifica el
nuevo sistema que propone apelando a su sencillez (cualitativa, no
cuantitativa) y a la posición especial que otorga al Sol. Las biografías
intelectuales de Kepler y Galileo, y la manera en que utilizaron éstos y
argumentos parecidos, muestran que ellos también se habían adherido al sistema
heliocéntrico, debido a sus creencias metafísicas, antes de que hubieran
encontrado argumentos para justificarlo físicamente.
El sistema copemicano apelaba primero a tres
clases de intereses. Las Tablas Alfonsinas habían causado insatisfacción porque eran
antiguas y no correspondían ya a las posiciones observadas de las estrellas y
planetas, y porque diferían de Ptolomeo en la precesión de los equinoccios y
añadían otras esferas más allá de su novena, desviaciones ofensivas para
humanistas que creían que la perfección del conocimiento se había de encontrar
en las obras clásicas. Todos los astrónomos prácticos, cualesquiera que fueran
sus opiniones sobre la hipótesis de la rotación de la Tierra, se cambiaron a
lasTablas Prusianas del siglo
XVI, calculadas según el sistema de Copérnico, aunque, de hecho, eran
escasamente más exactas. Algunos humanistas consideraron a Copérnico como el
restaurador de la pureza clásica de Ptolomeo. Otro grupo de autores, como el
físico Benedetti, Bruno y Pedro de La Ramée o, como era llamado, Petrus Ramus
(1515-1572), vieron en el sistema de Copérnico un palo con el que golpear a
Aristóteles. Finalmente, científicos como Tycho Brahe, Guillermo Gilbert
(1540-1603), Kepler y Galileo vieron toda la significación del De
Revolutionibus e intentaron unificar
las observaciones, las descripciones geométricas y la teoría física. Fue a
causa de la ausencia de esa unidad por lo que hasta el final del siglo XVI,
mientras todos utilizaban las Tablas Prusianas, nadie hizo progresar la teoría astronómica. La
contribución de Tycho Brahe fue el darse cuenta de que ese progreso exigía
observaciones cuidadosas y el hacer esas observaciones.
La obra principal de Tycho fue realizada en
Uraniborg, el observatorio construido para él en Dinamarca por el rey. Su
primera tarea fue mejorar los instrumentos entonces usados. Aumentó mucho su
tamaño, construyendo un cuadrante con un radio de 19 pies y un globo celeste de
cinco pies de diámetro, y perfeccionó los métodos de mirar y de graduación/
También determinó los errores de sus instrumentos, dio los límites de precisión
de sus observaciones y tuvo en cuenta el efecto de la refracción atmosférica sobre
las posiciones aparentes de los cuerpos celestes. Antes de Tycho Brahe se
acostumbraba a hacer las observaciones de una manera hasta cierto punto
fortuita, por eso no había habido una reforma radical de los datos antiguos.
Tycho hizo observaciones regulares y sistemáticas de errores conocidos, que
revelaron problemas ocultos hasta entonces en las imprecisiones anteriores.
Su primer problema surgió cuando apareció una
nueva estrella en la constelación Casiopea, el 11 de noviembre de 1572, y
permaneció hasta principios de 1574. La opinión científica recibió un fuerte
golpe con ello. Tycho intentó determinar su paralaje y demostró que era tan
pequeño que la estrella debía estar más allá de los planetas y ser adyacente a
la Vía Láctea. Aunque él mismo nunca la aceptó completamente, había sido
demostrada definitivamente la mudabilidad de la sustancia celeste. También,
aunque los cometas habían sido observados regularmente desde los días de
Regiomontano, Tycho fue capaz de demostrar, con sus instrumentos más perfectos,
que el cometa de 1577 estaba más allá del Sol y que su órbita debía haber
pasado a través de las esferas celestes sólidas, si ellas existían. También se
apartó del ideal platónico y sugirió que las órbitas de los cometas no eran
circulares, sino ovaladas. Además, la teoría aristotélica sostenía que los
cometas eran manifestaciones en el aire. Es significativo que, aunque hubiera
sido posible con instrumentos disponibles en la Antigüedad demostrar que los
cometas penetraban en el mundo inmutable más allá de la Luna, esas observaciones no se realizaran de hecho
hasta el siglo XVI. En 1557, Jean Pena, matemático real en París, había
defendido con razonamiento óptico que algunos cometas estaban más allá de la
Luna y había rechazado, por tanto, las esferas de fuego y de los planetas.
Afirmó que el aire se extendía hasta las estrellas fijas. Tycho fue más allá y
abandonó las dos teorías aristotélicas de los cometas y de las esferas sólidas.
Al mismo tiempo, el descubrimiento de tierra esparcida por todo el globo llevó
a los filósofos de la naturaleza, como Cardano, a abandonar la teoría de
esferas concéntricas de tierra y agua, basada en la doctrina aristotélica del
lugar natural y del movimiento. Defendieron que el mar y la tierra formaban una
única esfera.
Mientras Tycho suministraba las observaciones
sobre las cuales basar una descripción geométrica precisa de los movimientos
celestes, se vio obligado por dificultades, tamo físicas como bíblicas, a
rechazar la rotación de la Tierra. No creía que Copérnico hubiese respondido a
las objeciones físicas aristotélicas. Además, antes de que el invento del
telescopio hubiera revelado el hecho de que las estrellas fijas, contrariamente
a los planetas, aparecen como meros puntos luminosos, y no como discos, se
creía habitualmente que brillaban por la luz reflejada, y su brillo era tomado
como una medida de su magnitud. Tycho dedujo, por tanto, de la ausencia de
paralaje estelar anual observable, que el sistema copemicano podía implicar la
conclusión de que las estrellas tenían diámetros de dimensiones increíbles.
Elaboró un sistema propio (1588), en el que la Luna, el Sol y las estrellas
fijas giraban alrededor de la Tierra estática, mientras que los cinco planetas
giraban alrededor del Sol. Esto era geométricamente equivalente al sistema de
Copérnico, pero evitó lo que creía defectos físicos del último e incluyó las
ventajas de sus observaciones. Continuó como una alternativa del de Copérnico
(o Ptolomeo) durante la primera mitad del siglo XVII; y cuando Tycho legó sus observaciones
a Kepler, que había venido a trabajar con él, le pidió que lo utilizase en la
interpretación de sus datos.
Keoler hizo más que eso. Michel Mastín
(1550-1631), con el oue había estudiado primero, había calculado también, como
Tycho, la órbita del cometa de 1577, v declaró que el sistema copemicano era el
único capaz de explicarlo. Kepler persistió en esta opinión.
También estaba fuertemente influenciado por el
pitagorismo. La visión de la armonía abstracta, según la cual creía que el
mundo estaba construido, le sostenía en el duro trabajo del cómputo matemático
al que estaba dedicado por sus investigaciones astronómicas y por su trabajo de
astrólogo profesional. A lo largo de su vida estuvo inspirado por la búsqueda
de una ley matemática sencilla que pudiera enlazar juntos la distribución
espacial de las órbitas y los movimientos de los miembros del sistema solar.
Después de numerosos ensayos llegó a la idea publicada en su Mysterium
Costnographicus (1569), de que los
espacios entre las órbitas planetarias correspondían cada uno, de Saturno a
Mercurio, a uno de los cinco sólidos regulares o «cuerpos platónicos»: cubo,
tetraedro, dodecaedro, icosaedro y octaedro. Su objetivo era demostrar la
necesidad de que hubiera seis planetas, y sólo seis, y de que sus órbitas
tuvieran el tamaño relativo que tenían, como se había calculado a partir de sus
períodos alrededor del Sol. Intentó mostrar que los cinco sólidos regulares
podían ser adaptados a las seis órbitas de forma que cada órbita estuviera inscrita
en el mismo sólido sobre el que estaba circunscrita la órbita exterior
siguiente. Entonces fue a buscar a Tycho Brahe, que se había trasladado a
Praga; sólo de él podía conseguir los valores correctos de las distancias
medias y excentricidades que podían confirmar su teoría. Sin embargo, se vio
forzado a abandonarla; pero su visión matemática consiguió percibir en los
datos de Tycho Brahe los fundamentos de la armonía celeste. Habiendo calculado
la órbita de Marte según cada una de las tres teorías vigentes, la ptolemaica,
la copernicana y la de Tycho, vio que Copérnico había complicado
innecesariamente las cosas al no dejar que las órbitas de todos los planetas
pasaran por el Sol. Aun cuando se hacía esta hipótesis, quedaba un error de
ocho a nueve minutos en el arco de la órbita de Marte; y esto no podía ser
atribuido a la imprecisión de los datos. Esto le obligó a abandonar las
hipótesis de que las órbitas planetarias'eran circulares y los movimientos de
los planetas uniformes, y le llevó a formular sus dos primeras leyes: 1.a, los planetas se mueven en elipses, con el Sol en uno
de sus focos; 2.a, cada
planeta se mueve, no uniformemente, sino de forma que la línea que une su
centro con el del Sol barre áreas iguales en tiempos iguales (Astronomía
Nova aitiologetos, seu Physica Coelestis tradita commentariis de motibus
stellae Mariis ex observationibus G. V. Tychonis Brahe, 1609, lámina 7).
En realidad, Kepler descubrió primero la segunda
de estas leyes. Una de las dificultades encontradas era la de la considerable
variación de la velocidad de Marte en su órbita, de forma que era más rápido
cerca del Sol que alejado del Sol. Primero intentó expresar esta variación
matemáticamente, reintroduciendo el ecuante, que Copérnico había rechazado.
Pero constató que no había ningún ecuante que permitiera el cálculo preciso de
todas las observaciones. Su prueba de que las mismas variaciones ocurrían en la
órbita de la Tierra demostraba matemáticamente la semejanza de su movimiento
con el de los otros planetas. Vio entonces el problema como el de encontrar un
teorema que relacionara la velocidad de rotación de un planeta en cualquier
punto a su distancia del Sol en una órbita excéntrica. Resolvió esto por un
método de integración por el que mostraba que la duración de un planeta en un
arco muy pequeño de su trayectoria era proporcional a su distancia del Sol.
Guiado en su enfoque de este problema por su concepto físico de una fuerza
o virtus que se extendía
desde el Sol y movía los planetas, se deducía que esta fuerza motriz era
inversamente proporcional a la distancia al Sol. Así, la fuerza motriz era
inversamente proporcional a la duración del planeta en un arco de su órbita
—una conclusión que concuerda enteramente con la hipótesis dinámica
aristotélica de que la velocidad requiere una fuerza motriz.
Fue en el transcurso de estos cálculos y en la
comprobación de las posiciones predichas con los datos de Tycho Brahe cuando
Kepler comenzó a tener sus dudas revolucionarias sobre si las órbitas
planetarias eran realmente circulares. En 1604 había decidido rechazar los
movimientos circulares. Como escribió en su Astronomía
Nova, parte 3, capítulo 40:
Mi primer error fue tomar la trayectoria del
planeta como un círculo perfecto, y este error me robó la mayor parte de mi
tiempo, por ser lo que enseñaba la autoridad de todos los filósofos y estar de
acuerdo con la Metafísica.
El hecho de que Kepler consiguiese romper lo que
Koyré ha llamado el «hechizo de la circularidad», mientras que Galileo no lo
hizo, marca un interesante contraste en el carácter de sus platonismos. Galileo
negó la distinción ontológica platónica entre las figuras geométricas y los
cuerpos materiales; en lo posible, consideró el mundo físico como Geometría
realizada; y esto le hacía difícil el negar el status privilegiado de la circularidad en la Física
y en la Astronomía, mientras lo aceptaba en la Matemática y, como se ha
demostrado recientemente, en la Estética (cf. supra, pp.
130-131, 144). Kepler, por su parte, conservando la distinción ontológica entre
la forma ideal y la realización material, pudo, sin violentar su metafísica
platónica, aceptar una desviación de la circularidad impuesta a él por los
datos empíricos. Argumentó que los cuerposcelestes, en tanto cuerpos, estaban
obligados necesariamente a desviarse del curso perfectamente circular porque
sus movimientos no eran la obra de la mente, sino de la naturaleza, de las
«facultades naturales y animales» de los planetas, que seguían sus propias
indinaciones, como decía en su Epitome Astronomiae Copernicanae, libro 4, parte 3, capítulo 1 (1620).
Kepler, guiado una vez más por su concepción de
las causas físicas del movimiento planetario, supuso primero que la órbita no
circular era un ovoide que resultaba de dos movimientos independientes, uno
causado por la virtus del
Sol y el otro por una rotación uniforme del planeta sobre un epiciclo
imaginario producido por una virtus de él mismo. Kepler se encontró incapaz de tratar matemáticamente
las diferentes curvas ovoides que ensayó; decidió, por tanto, utilizar como
aproximación las elipses, cuya geometría había sido elaborada completamente por
Apolonio. Descubrió que la elipse se adecuaba a su ley de las áreas
perfectamente, conclusión empírica para la que más tarde intentó encontrar una
explicación física por medio de un movimiento oscilatorio o «libración» del
planeta sobre el diámetro de su epiciclo (cf. fig. 6, Mercurio).
Después de diez años de trabajo complementario,
llegó a esta tercera ley, publicada en 1619 en De Harmonice
Mundi: 3.a, los cuadrados de los períodos de revolución
(pi, pi) de dos planetas
cualesquiera son proporcionales a los cubos de sus distancias medias (d1, d2) al Sol (C), esto es,
Esta era la ley que Kepler había buscado desde el
principio de su carrera, pero realizó su descubrimiento al final y de una forma
casi accidental. Siguiendo el método de ensayo y error hizo una serie de
comparaciones de las velocidades instantáneas y de los períodos y las
distancias de los distintos planetas, pero no consiguió ninguna fórmula
significativa. Finalmente ensayó comparaciones de potencias de estos números, y
encontró que los de su «tercera ley» daban una adecuación empírica exacta.
No se hubieran podido formular estas leyes sin
la obra de los geómetras griegos, en particular Apolonio, sobre las secciones
cónicas. Este tema había sido desarrollado por Maurolico y por el propio Kepler
en un comentario sobre Witelo (1604). Al deducir su segunda ley, Kepler hizo
una contribución a las Matemáticas al introducir la innovación, que
consideraciones de estricta lógica habían impedido hacerla a los griegos, de
considerar un área como constituida por un número infinito de líneas
engendradas por el giro de una curva sobre su eje (cf. supra, p. 120). Para la integración requerida por su segunda
ley empleó un método semejante al utilizado por Arquímedes para determinar el
valor de p . La obra de
los astrónomos prácticos íue también muy facilitada por los perfeccionamientos
de los métodos de cómputo, primero por el uso sistemático de fracciones
decimales introducido por Stevin, pero sobre todo por la publicación en 1614
del descubrimiento de los logaritmos por John Napier (1550-1617). Siguiendo
esto, otros matemáticos calcularon tablas para las funciones trigonométricas y
adaptaron los logaritmos a la base natural e. La regla de cálculo fue inventada por Guillermo
Oughtred en 1622. Kepler utilizó algunas de estas innovaciones para poner en
orden sus resultados prácticos personales, y de la de Tycho, para las Tablas
Rudolfinas, publicadas en 1627.
Las tres leyes de Kepler proporcionaron una
solución definitiva al antiguo problema de descubrir un sistema astronómico que
a la vez «salvara» las apariencias y describiera las trayectorias «reales» de
los cuerpos a través del espacio. El «tercer movimiento» de Copérnico para la
Tierra fue abandonado porque, no habiendo esferas celestes, los fenómenos que
explicaba al suponerlo se atribuían sencillamente al hecho de que el eje de la
Tierra permanecía paralelo a sí mismo en todas las posiciones. El invento
independiente del telescopio (con aumentos hasta de treinta veces) por Galileo
añadió confirmaciones a la teoría «copemicana». Una de las objeciones de Tycho
a esta teoría fue eliminada cuando Galileo fue capaz de probar que las
estrellas fijas no tenían las dimensiones increíblemente enormes que Tycho
había supuesto que deberían tener basándose en la hipótesis de que el brillo
era proporcional a la magnitud, para que fueran tan brillantes como eran a una distancia
suficiente de ellas para no mostrar ningún paralelare,• esto lo consiguió al hallar la
distancia a la que una cuerda tensada de grosor conocido podía eclipsarlas exactamente.
Galileo dividió también partes de la Vía Láctea en estrellas individuales, y
confirmó la deducción de Copérnico de que Venus, a causa de la posición que él
defendía tenía en el interior de la órbita de la Tierra, tendría fases
completas como la Luna. El otro planeta inferior, Mercurio, tenía también fases
completas, mientras que Marte tenía únicamente fases parciales (cf. fig. 6). En
1631 Pierre Gassendi observó el tránsito, que Kepler había predicho, de
Mercurio a través del disco del Sol, y estableció que describía una órbita
entre el Sol y la Tierra. El tránsito de Venus fue observado en 1639 por el
astrónomo inglés Jeremiah Horrocks (16191641). Galileo, en su Sidereus
Nuncius (1610), describió las montañas
de la Luna y los cuatro satélites de Júpiter, que tomó como modelo del sistema
solar de Copérnico. Mas tarde observó Saturno deformado (su telescopio no podía
distinguir los anillos) y pudo demostrar que las variaciones del tamaño
aparente de Marte y Venus correspondían a las distancias de estos cuerpos a la
Tierra, según la hipótesis copernicana. Sus observaciones de las manchas
solares, por medio de las cuales pretendía estimar su velocidad de rotación,
añadió nueva evidencia contra la teoría aristotélica de la inmutabilidad. Las
manchas solares fueron también descritas por Johann Faber, Harriot y el jesuita
Christopher Scheiner (1611), que poco después construyó un telescopio que
incorporaba las mejoras sugeridas por Kepler (cf. infra, pp. 225-226).
La teoría astronómica de los primeros años del
siglo XVII fue, pues, el resultado de la alternancia práctica de hipótesis y observación
que se había seguido desde Copérnico. Kepler hizo una exposición de su
concepción de la Filosofía y de los métodos de la Astronomía en el primer libro
de su manual, Epitome Astronomiae Copernicanae (1618). Concebía que la Astronomía comenzaba por
las observaciones, que eran traducidas por medio de los instrumentos de medida
y longitudes y números para ser tratadas por la Geometría, el Algebra y la
Aritmética. Luego se ideaban hipótesis que unían las relaciones observadas en
sistemas geométricos que «salvaran las apariencias». Finalmente, la Física
estudiaba las causas de los fenómenos relacionados por una hipótesis, que debía
estar de acuerdo también con los principios metafísicos. Toda la investigación
pretendía descubrir los verdaderos movimientos planetarios y sus causas,
escondidos en la actualidad en las «pandectas de Dios», pero que debían ser
revelados por la Ciencia.
La obra de Kepler fue mucho más que el simple
descubrimiento de las verdaderas leyes descriptivas del movimiento planetario;
también hizo las primeras sugerencias de una nueva cosmología física con la que
ellas se adecuarían. El que no tuviera éxito en este intento es en parte una
medida de la extrema dificultad del problema, que fue únicamente resuelto
cuando Newton unió las leyes planetarias de Kepler con el complemento de la
dinámica terrestre de Galileo por medio de la ley puente de la gravitación
universal. A esta ley puente Kepler suministró tanto una contribución positiva
como una orientación de la investigación. De acuerdo con el prefacio del De
Revolutionibus se había generalizado la
opinión, como expresabaFrancis Bacon en su crítica a Copérnico en su Novum
Organum (libro 2, aforismo 36), de que
el sistema heliostático había sido «inventado y supuesto para abreviar y
facilitar los cálculos», pero que no era literal y físicamente verdadero. «No
hay necesidad de que estas hipótesis sean verdaderas, ni aun de que sean
parecidas a la verdad», había escrito Ossiander en este prefacio; «más bien,
una sola cosa les basta: que puedan proporcionar un cálculo que esté de acuerdo
con las observaciones». Fue Kepler el primero en detectar que Copérnico no
había escrito esas palabras. Las rechazó vigorosamente. La meta de la
investigación, insistía, era descubrir cómo se movían realmente los planetas, y
no solamente cómo, sino por qué se movían como lo hacían, y no de otro modo:
«De forma que yo podría atribuir el movimiento del Sol a la misma Tierra por
razonamiento físico, o más bien metafísico, como Copérnico hizo por
razonamiento matemático», decía en el prefacio del Misterio
Cosmográfico.
De hecho Kepler hizo sus descubrimientos de las
tres leyes del movimiento planetario cuando buscaba mucho más, en el curso de
una investigación metafísica, por detrás de las apariencias visibles, de las
armonías subyacentes expresadas en las relaciones puramente numéricas que él
defendía que constituían la naturaleza de las cosas: las harmonice
mundi que se hacían manifiestas en los
movimientos planetarios y en la música: una auténtica «música de las esferas».
Un lector no preparado para las singularidades de los procesos mentales de
Kepler podría encontrar la masa de sus difíciles obras —interesadas tanto por
cuestiones como la naturaleza de la Trinidad, de la armonía celeste y de la
relación entre el conocimiento divino y del humano, como por la Astronomía—
como una ganga casi ininteligible en la que, en cierto modo, hay incrustadas
gemas de ciencia. Pero esto sería no entender completamente la organización de
su pensamiento; y sería perder una clave obvia del elemento quizá más
importante de todo pensamiento científico original: el puente de la imaginación
y la intuición por medio del cual atravesaba el hiato lógico desde los
resultados inmediatos de la observación a la teoría por la que explicaba esos
resultados. Todas las pruebas apuntan a que el puente estaba constituido en la
mente de Kepler por las preconcepciones de las investigaciones metafísicas de
las que su ciencia era una parte. Desarrollada primero por analogía con las
relaciones entre las personas de la Trinidad, su concepción de la estructura
del universo se convirtió en parte de un credo teológico. Pero también entraba
en los presupuestos de Kepler —un punto que salió a la luz vivamente en una
controversia sobre el tema con el rosacruciano inglés Robert Fludd (cf. infra, p. 222)— el que la verdadera estructura y
armonías del universo eran las verificadas en la observación. Después de su
primera visita a Tycho Brahe en 1600 escribió en una carta a su amigo Fíerwart
von Hohenburg:
Habría concluido mi investigación sobre las
armonías del mundo si la astronomía de Tycho no me hubiera fascinado tanto que
casi estaba fuera de mí; todavía me maravilla lo que podría progresarse en esta
dirección. Una de las más importantes razones de mi visita a Tycho fue el
deseo, como sabes, de aprender de él figuras más correctas de las
excentricidades para examinar mi Mysterium y las Harmonice mencionadas para
compararlas. Porque estas especulaciones a priori no deben entrar en conflicto
con la evidencia experimental; más bien, deben estar de acuerdo con ella.
Al desarrollar este criterio de la confirmación
empírica tuvo en cuenta el alcance de la confirmación, afirmando, por ejemplo,
que la hipótesis copernicana era «más verdadera» que la ptolemaica, porque, de
las dos, ella sola podía disponer los planetas alrededor del Sol en un orden de
acuerdo con sus períodos. Las leyes de Kepler del movimiento planetario y su
intento de explicarlas fueron, pues, por decirlo así, cinceladas en las
opiniones preconcebidas de su metafísica neoplatónica, por una aplicación lo más
estricta posible de los métodos cuantitativos y del principio de la prueba
experimental. Es esto lo que le convierte en un ejemplo interesante del
pensamiento científico, tan diferente de las austeridades de una interpretación
positivista u «operacionalista» o de los cánones de J. Stuart Mili.
La concepción metafísica central de Kepler era
la de la existencia desde la eternidad en la mente de Dios de ideas
arquetípicas, que eran reproducidas, por una parte, en el universo visible, y
por otra, en la mente humana. Entre ellas, la Geometría era el arquetipo de la
creación física y era innata a la mente humana. Como escribía en 1599 a Herwart
von Hohenburg:
Para Dios hay, en el mundo material entero, leyes
materiales, números y relaciones de especial excelencia y del mayor orden
apropiado... No intentemos, pues, descubrir más del mundo inmaterial y celeste
que lo que Dios nos ha revelado. Esas leyes están dentro del ámbito de la
comprensión humana; Dios quiso que las reconociéramos al crearnos según su
propia imagen, de manera que pudiéramos participar en sus mismos pensamientos.
Porque ¿qué hay en la mente humana, aparte de números y magnitudes? Es solamente
esto lo que podemos aprehender de manera adecuada; y si la piedad nos permite
decirlo así, nuestro entendimiento es, en este aspecto, del mismo tipo que el
divino, por lo menos en la medida en que podemos captar algo de él en nuestra
vida mortal. Solamente los tontos temen que hagamos al hombre divino al decir
esto; porque los designios de Dios son impenetrables, pero no lo es su creación
material.
A esta concepción añadió la antigua doctrina de
la signatura rerum, de los signos de las cosas, según la cual se
defendía que la forma externa de una cosa señalaba a unas propiedades y a un
nivel de realidad que no eran directamente visibles. En el Misterio cosmográfico describió extensamente el universo visible
como un signo o imagen de la Trinidad, con la forma más perfecta de la esfera:
el Padre estaba representado por el centro; el Hijo, por la superficie
exterior, y el Espíritu Santo, por el radio, que tema una igualdad de relación
entre el centro y la superficie[31]. Dios, al crear el
universo visible de acuerdo con este simbolismo geométrico, colocó en el centro
un cuerpo para representar al Padre por sus irradiaciones de poder y luz: éste
era el Sol. Kepler, siguiendo el precedente de las cosmologías neoplatónicas
anteriores, por ejemplo, la de Grosetesta (vide vol.
I, pp. 75-76), concibió todas las potencias naturales como fluyendo de los
cuerpos para asumir una forma esférica; y de ese modo, por analogía con el
poder que emanaba del Padre, el Sol se convertía en el instrumento que daba
forma visible y vida al cosmos y a todo en él, un universo en el que todo
estaba animado. Era el anima motrix, o «alma motriz», del
Sol la que movía los planetas en torno en sus órbitas circulares, y también los
cometas, con una velocidad que dependía de su potencia después de que había
alcanzado sus distancias respectivas. Se ha sugerido que fue porque Kepler
abordó el problema de los movimientos planetarios con su imagen arquetípica en
el pensamiento por lo que se convirtió en un copemicano convencido[32]. Es verdad que nunca
abandonó las animae
motrices como las fuerzas
motrices «físicas», aun después de haber sido obligado por los datos de las
observaciones que obtuvo de Tycho Brahe a prescindir de las órbitas circulares.
Fue alentado en el empleo continuado de estas concepciones causales como una
guía de sus investigaciones matemáticas por las explicaciones que Guillermo
Gilbert había dado de sus recientes descubrimientos sobre el magnetismo.
Gilbert era médico de la corte de la reina
Isabel de Inglaterra, que le concedió una pensión para proseguir su
investigación. Tuvo un interés considerable por la Astronomía, pero su
principal logro fue el trabajar sistemáticamente en un campo completo de la
investigación científica, el campo del Magnetismo y de la Electricidad, en
cuanto era posible estudiarla entonces. El De Magnete (1600) de Gilbert, aunque contenía algunas
medidas, era enteramente no matemático en el enfoque, y es el ejemplo más
llamativo de la independencia de las tradiciones experimental y matemática en
el siglo XVI (cf. supra, p.
128). En gran parte derivó sus métodos de Petrus Peregrinus, cuya obra había
sido impresa en 1558, y de constructores prácticos de brújulas, como Robert
Norman, un marino retirado, cuyo libro The Newe Attractive (1581) contiene el descubrimiento personal de la
inclinación magnésica. Esta había sido observada primero por Georg Hartmann, en
1554. Gilbert extendió la obra de Peregrinus para demostrar que la fuerza y
alcance de una piedra imán uniforme era proporcional al tamaño. También mostró
que el ángulo de inclinación de una aguja suspendida libremente variaba con la
latitud. Peregrinus había comparado las líneas de dirección de la aguja
trazadas sobre un imán esférico con los meridianos y llamó polos a los puntos
en que se encontraban. Gilbert infirió, a partir de las orientaciones en las
que se colocaban los imanes respecto de la Tierra, que esta última era en sí
misma un gran imán con sus polos en los polos geográficos. Confirmó esto
demostrando que el mineral de hierro estaba imantado según la dirección en la
que se encontraba en la Tierra. Las propiedades de las piedras imán y de la
brújula fueron incluidas así en un principio general.
Gilbert realizó también un estudio de los
cuerpos electrificados, que él llamó eléctrica. Demostró que no solamente el ámbar, sino también
otras sustancias, como el vidrio, el azufre y algunas piedras preciosas,
atraían pequeñas cosas cuando eran frotadas; identificaba un cuerpo «eléctrico»
utilizando una pequeña aguja metálica equilibrada en un punto. Señaló que
mientras que el imán atraía solamente sustancias imantables, que disponía en
orientaciones determinadas, y no era afectado por la inmersión en el agua o por
pantallas de papel o de lino, los cuerpos electrificados atraían todo y lo
amontonaban en masas informes y eran afectados por pantallas y por la
inmersión. Niccolo Cabeo (1585-1650) observó más tarde que los cuerpos se
dispersaban de nuevo después de haber sido atraídos; Sir Thomas Browne dijo que
eran repelidos. El
empirismo de Gilbert se extendía solamente a los hechos que había demostrado.
Utilizó una balanza para refutar la antigua leyenda, aceptada por Cardano, de
que el imán se alimentaba de hierro; pero sus explicaciones del Magnetismo y de
la Electricidad, aunque no estaban en desacuerdo con los hechos, no se elevaban
por encima de ellos. Su explicación era, de hecho, una adaptación de la teoría
de Averroes sobre la «especie magnética» en un cuadro de animismo neoplatónico.
Partiendo del principio de que un cuerpo no podía actuar donde no estaba, ya
que toda acción en que interviene la materia debía ser por contacto, afirmó que
si parecía haber acción a distancia, debía existir un «efluvio» material
responsable de ella. Ese efluvio, afirmaba, era desprendido por los cuerpos
electrificados gracias al calor de la fricción. Excluyó la atracción magnética
de esta explicación, porque, ya que podía pasar a través de la materia, no
podía deberse a un efluvio material; el movimiento del hierro hacia el imán se
parecía más bien al de un alma moviéndose por sí misma. Pero extendió la teoría
de los efluvios para explicar la atracción por la Tierra de los cuerpos que
caen, siendo en este caso la atmósfera el efluvio. Sin entrar en detalles,
atribuyó la rotación diaria de la Tierra, que él aceptaba, a la energía
magnética, y los movimientos ordenados del Sol y de los planetas a la
interacción de sus efluvios.
Kepler también se interesó por el Magnetismo, y
la obra de Gilbert le estimuló a utilizar ese fenómeno para explicar la física
del universo. En este asunto aceptó la concepción aristotélica común del
movimiento como un proceso que exigía la operación continuada de una fuerza
motriz. Siendo joven, al leer a Scaligero había adoptado la doctrina de
Averroes sobre las Inteligencias que movían los cuerpos celestes, pero la
abandonó después porque quería tener en cuenta solamente las causas mecánicas.
Explicó la rotación diaria continua de la Tierra sobre su eje por medio
del Ímpetus que Dios le
había imprimido en la creación. Pero, como Nicolás de Cusa, identificó
este ímpetus con el
alma (anima) de la
Tierra, reintroduciendo así el equivalente de una Inteligencia. Afirmaba que
este ímpetus no se
corrompía, porque, según la teoría pitagórica de la gravedad, que él aceptaba,
el movimiento circular podía considerarse, sin contradicción, como el
movimiento natural de la Tierra. Para responder a las objeciones tradicionales
a la rotación diaria de la Tierra desarrolló las sugerencias de Gilbert.
Consideró que de la anima motrix de la Tierra emanaban radialmente líneas, o cadenas elásticas de
fuerza, que él sostenía que eran magnéticas, y arrastraban a la Luna y a todos
los cuerpos proyectados sobre la superficie de la Tierra. Líneas semejantes
surgidas de las animae motrices de Júpiter y Saturno arrastraban a sus satélites, y líneas procedentes
del Sol arrastraban a todo el sistema planetario cuando el Sol giraba alrededor
de su eje. Fue esta teoría de la fuerza magnética, que disminuía al aumentar la
distancia, de manera que la velocidad de un planeta en su órbita variaba
inversamente con la distancia del Sol, la que le llevó a su segunda ley. La
rotación del Sol haciendo oscilar sus líneas magnéticas en un torbellino
movería los planetas en círculo; la existencia de órbitas elípticas trató de explicarla
por las oscilaciones provocadas por la atracción y repulsión de sus polos.
Además, así como la fuerza motriz del Sol era magnética, así había igualmente
una analogía entre el magnetismo y la gravitación. La gravitación era la
tendencia de los cuerpos análogos a unirse; si no fuera por la fuerza motriz
que arrastraba a la Luna y a la Tierra en sus órbitas, se precipitarían una
contra otra, encontrándose en un punto intermedio. Esta era una idea enteramente nueva.
Fue la idea de Kepler de que un satélite era
mantenido en su órbita por dos fuerzas,
una la atracción mutua radial con el cuerpo central y la otra la fuerza motriz
del anima motrix que le
impulsaba lateralmente, la que hizo que su sistema físico fuera la vía de
acceso a la unificación de la dinámica terrestre y celeste por Newton. El
comienzo del logro de Kepler en esta dirección fue su desarrollo del concepto
pitagórico de gravedad. Oresme, Copérnico, Gilbert y Galileo habían rechazado
todos el concepto de gravedad de Aristóteles, en cuanto tendencia a moverse
hacia un lugar particular, el centro del universo, y lo reemplazaron por la
gravedad, en cuanto tendencia de cuerpos análogos a unirse; y la analogía con
el Magnetismo había ya sido propuesta por más de un autor medieval antes de que
fuera explotada de nuevo por Gilbert. Kepler consideró esta tendencia como
siendo causada por una atracción real (virtus tractorta) ejercida externamente por un cuerpo sobre otro.
Su innovación consistió en hacer que la atracción (tanto en la gravitación como
en el magnetismo) fuera reciproca y expresarla entonces en forma dinámica. Escribía en la
introducción a su Astronomía Nova:
Si dos piedras fueran colocadas cerca una de otra
en cualquier lugar del universo fuera de la esfera de fuerza (virtus) de un
tercer cuerpo análogo, se comportarían como dos cuerpos magnéticos y se
reunirían en un punto intermedio, recorriendo cada una de ellas una distancia
hacia la otra en la misma proporción en que la masa (moler) de esta otra se
encuentra respecto a la suya propia.
Postulando que la Tierra y la Luna eran cuerpos
análogos, como dos piedras, continuaba:
Si la Tierra y la Luna no fueran mantenidas, cada
una en su órbita, por sus fuerzas animales y otras equivalentes, la Tierra
ascendería hacia la Luna una cincuenta y cuatroava parte de la
distancia entre ellas, y la Luna descendería hacia la Tierra unas cincuenta y
tres partes; y se unirían; suponiendo la sustancia de cada una sola e idéntica
densidad.
Concluyó que la fuerza atractiva de la Luna se
extendía, efectivamente, hasta la Tierra a partir del flujo y reflujo de las
mareas, que suponía estaban provocadas por la Luna, que estiraba el agua hacia
ella: una teoría que Grosetesta había prefigurado y que nos recuerda una vez
más la persistencia de las complejas ideas que acompañaban al neoplatonismo
(cf. vol. I, p. 118). Kepler supuso igualmente que una fuerza mucho más potente
se extendía de la Tierra hacia la Luna y más allá de ella.
Kepler desarrolló su teoría de la gravitación
solamente aplicándola a la Tierra y a la Luna: no suponía que el Sol, por
ejemplo, y los planetas fueran cuerpos análogos que se atraían recíprocamente.
También fracasó en no captar la significación cosmológica de la ley del inverso
del cuadrado, que formuló como una ley fotométrica que relacionaba la
intensidad de la luz con la distancia de su fuente, por ejemplo, el Sol.
Desplegando a la vez su filosofía de la ciencia uniformemente «realista» y el
conjunto de asociaciones neoplatónicas que iban adheridas a todos los estudios
de la «cosmología de la luz» (cf. vol. I, pp. 75-76, 96-97, 118), describió el
curso de sus investigaciones sobre las fuerzas motrices que hacían girar los
planetas, en la introducción a su Astronomía Nova:
He comenzado diciendo que en esta obra trataré la
Astronomía no sobre la base de hipótesis ficticias (hypotheses ficticiae), sino
sobre la base de causas físicas, y que para este propósito he visto que es
necesario proceder por etapas. La primera etapa fue la demostración de que las
excéntricas de los planetas concurrían en el cuerpo del Sol. Luego, deduciendo
por razonamiento, probé, como había demostrado Tycho, que, puesto que los orbes
sólidos no existen, se seguía de ello que el cuerpo del Sol es la fuente y la
sede de la fuerza que hace que todos los planetas giren alrededor del Sol.
Demostré igualmente que el Sol realiza eso de la siguiente forma: aunque
permanece en el mismo lugar, el Sol gira, sin embargo, como sobre una torre y
emite, de hecho, a través de la anchura del mundo, una especie (species)
inmaterial de su cuerpo, análoga a la especie inmaterial de su luz.
Esta especie, a causa de la rotación del cuerpo solar, gira en forma de
torbellino muy rápido que se extiende a través de toda la inmensidad del
universo y arrastra a los planetas con ella, arrastrándolos en un círculo con
una vehemencia (raptus) que es más intensa o más débil según que la densidad de
esta species, de acuerdo con la ley de su flujo (effluxur), sea mayor o menor.
La interacción de los motores individuales de los
planetas con este motor común producía entonces la desviación del círculo.
Hasta aquí todo iba bien. Kepler había suscitado por primera vez la cuestión de
qué movía los planetas, ya que las esferas no existían. En su Ad Vitellionem Paralipomena (1604), Kepler había
demostrado que si, como él sostenía, la luz y las otras fuerzas (virtus, species) se expandían a partir de su fuente formando
una esfera, entonces su potencia debía disminuir como el área de la superficie
de la esfera, esto es, en proporción al cuadrado del radio. Pero en su Epitome Astronomiae Copernicanae (libro 4, parte 2,
capítulo 3; 1620) negó específicamente que esta ley fotométrica fuera aplicable
a la fuerza motriz del Sol, que decía disminuía en proporción simple a la distancia. Trató de argumentar que la
ley del inverso del cuadrado se aplicaba solamente a la luz del Sol. Su
argumento consistía en que mientras que la luz del Sol se expandía en esfera,
de manera que su intensidad decrecía según el aumento del área de la superficie
de la esfera, la fuerza motriz del Sol se expandía solamente en el plano de cada órbita planetaria y decrecía con el aumento lineal de la
circunferencia. Realmente, estaba muy lejos de aplicarla a la atracción entre el Sol y los planetas.
De hecho, Kepler se parece a Galileo en cuanto
que proporcionó elementos para un principio unificador de la Cosmología, cuya
necesidad captó claramente, pero que no llegó a realizar. Las omisiones de
ambos son curiosamente complementarias y presentan una rara simetría para la
preparación de la síntesis newtoniana. Ni Galileo ni Kepler habían captado
realmente el problema dinámico presentado por los planetas. Galileo creyó, como
Copérnico, que las revoluciones planetarias eran un movimiento «natural»; esto
es, que no necesitaban un motor externo y que podían ser admitidas basándose
solamente en el orden. Galileo fue capaz de defender esto porque prescindió de
la demostración de Kepler de las órbitas elípticas, que, ciertamente, conocía.
Si lo hizo por razones metafísicas o estéticas, o sencillamente, como decía en
1614, porque la obra de Kepler era «tan oscura que, aparentemente, el autor no
conoce lo que está tratando», el resultado fue que continuó considerando que
los planetas giraban en círculo (cf. supra, p. 147). En todo caso, no admitió que los
planetas necesitaran ninguna fuerza, lateral o centrípeta, para mantenerse en
sus órbitas. Ignorando conscientemente las leyes descriptivas de Kepler, no
pudo ver que la geometría real del firmamento hacía defectuoso cualquier modelo
esférico, y por ello no vio el problema de cómo los planetas se mantenían en
sus órbitas elípticas.
El intento de Kepler para resolver este
problema, al contrario, estaba viciado por su fallo en captar todo el
significado del principio de inercia que había sido claramente entendido,
aunque incompletamente enunciado por Galileo en su segunda Carta
sobre lasmanchas del Sol, en 1612[33]. Siguiendo con la suposición de que la velocidad uniforme continua
necesitaba una fuerza motriz continua, Kepler creyó que ésta era proporcionada
por la specie motrix o virtus
motoria que suponía emanaba
del Sol; y puesto que éste impulsaba el giro de los planetas lateralmente, no
supuso que fuera necesaria una fuerza centrípeta para mantenerlos en sus
órbitas y que no volaran tangencialmente. Fracasó en captar el significado universal
del modelo que él mismo había establecido para la Tierra y la Luna.
La incertidumbre que el mismo Kepler parece
haber sentido en sus investigaciones del vasto problema que había emprendido se
manifiesta en los cambios que hizo, después de cada fracaso, en su enfoque de
la explicación científica[34]. Después de haber
descubierto que la teoría planetaria propuesta en el Mysterium Cosmographicum no se adecuaba a los
hechos, cambió del concepto de explicación satisfactoria como aquella en la
cual se descubren armonías matemáticas en el caos de las observaciones, a una
concepción mecánica del universo como guía reguladora y heurística de las investigaciones,
como la publicó en la Astronomía
Nova. El mismo título de
esta obra es revelador: La Nueva
Astronomía estudiada por medio de las Causas, o Física Celestial Explicada en
Comentarios sobre los Movimientos de Marte basados en Observaciones de Tycho
Brahe. Mientras
preparaba esta obra escribió en 1605 a Herwart von Hohenburg:
Estoy muy atareado con la investigación de las
causas físicas. Mi propósito es demostrar que la máquina celeste ha de ser
comparada no a un organismo divino, sino más bien a un mecanismo de
relojería..., en la medida en que casi todos los múltiples movimientos se
realizan gracias a una única fuerza magnética muy sencilla, como en el caso de
una maquinaria de relojería; todos los movimientos [son causados] por un simple
peso. Además, demuestro cómo esta concepción física ha de ser presentada por
medio del Cálculo y la Geometría.
En último término, la teoría física de la species motrix que emanaba del Sol, propuesta en la Astronomía Nova, también se reveló como un fracaso empírico,
porque se observó que la velocidad aparente de la rotación del Sol, que
entonces se creía que se medía por la de las manchas solares, no concordaba con
la de los planetas. En su obra siguiente, Kepler se contentó con su concepción
de la armonía matemática como criterio de explicación satisfactoria; y en
las Harmonice Mundi anunció su tercera ley sin hacer ningún
intento de deducirla de principios mecánicos. En esta concepción de la
«armonía» estaban implicados dos significados completamente distintos. Según el
primero, la segunda ley era armoniosa, por ejemplo, porque demostraba que la
velocidad de las áreas era constante; y hay que señalar que de la misma forma
que la velocidad angular constante de Ptolomeo era más abstracta y alejada de
la observación inmediata que la velocidad lineal constante directamente
observable de Aristóteles, así también la velocidad de las áreas de Kepler fue
un descubrimiento de constancia o uniformidad en un nivel de abstracción más
elevado. El segundo significado de la armonía de Kepler se aplicaba a la
«adecuación» o «rectitud» de la estructura del universo, por ejemplo, el «lugar
justo» del Sol en el centro. Los dos sentidos no parecen tener conexión lógica,
pero ambos cumplieron funciones reguladoras y heurísticas en toda la obra de
Kepler.
Debido a que solamente podían ver partes del
cuadro de conjunto que iba a emerger más tarde, los intentos de Kepler y
Galileo para responder, no sólo a las objeciones tradicionales contra el
movimiento de la Tierra, sino también para dar argumentos concluyentes en favor
de él, no convencieron a la mayor parte de sus contemporáneos. Por ejemplo, las
cadenas magnéticas adoptadas por Kepler para explicar el movimiento de la Luna
hubieran hecho imposible todo movimiento de proyectiles. Galileo estaba mejor
situado para la tarea negativa de refutar las objeciones al movimiento de la
Tierra. Por ejemplo, era capaz de demostrar, con sus conceptos de impeto y de la composición de los impeti, que el argumento de los «cuerpos separados»
perdía sus premisas. En su Diálogo sobre los dos principales
sistemas del mundo, el ptolemaico y el copernicano (título que revela su indiferencia respecto a Tycho
Brahe y Kepler) señaló que esos cuerpos conservarían la velocidad recibida de
la rotación de la Tierra, a menos que fueran forzados a comportarse de otra
manera. La objeción mecánica que todavía quedaba frente a la teoría
«copernicana» provenía de la «fuerza centrífuga». Galileo argumentó que ésta
dependía, no de la velocidad lineal de un punto sobre la superficie de la
Tierra, sino de la velocidad angular de rotación, y que, por tanto, no era
mayor sobre la superficie de la Tierra que sobre un cuerpo más pequeño que
tuviera una rotación cada veinticuatro horas. Sería despreciable comparada con
la gravedad. Realmente, la fuerza centrífuga depende a la vez de la velocidad
lineal y de la angular, como demostró por primera vez Huygens, Aunque la
demostración del movimiento de la Tierra continuaba siendo una de las metas
principales de la obra dinámica de Galileo, fue incapaz, en último término, a
pesar de todos sus decididos esfuerzos, de hacer más que mostrar que esto era,
al menos, tan probable como la hipótesis de que estaba en reposo.
Fue gracias a una comparación explícitamente sin
restricciones y universal de los cuerpos terrestres con los de los cielos como
Newton, con la ayuda indispensable de algunos autores intermedios, produjo
finalmente la síntesis de sus Principia Mathematica (1687). Newton unió las leyes cinemáticas de
Galileo sobre la caída de los cuerpos y sobre los proyectiles y su propia
formulación del principio de inercia con las leyes descriptivas de Kepler de
los movimientos planetarios y su propia formulación del concepto de la
gravitación universal (cf. supra, pp. 144-151). Pudo entonces, comparando un planeta con un
proyectil, atribuir el movimiento hacia adelante de cada uno de ellos a la
inercia, y la desviación de la trayectoria rectilínea a la gravitación. Un
planeta era, pues, un proyectil cuya velocidad le impedía que cayera sobre la
Tierra, de manera que su órbita formaba una elipse en vez de una parábola[35]. Newton demostró que la
aceleración de la caída de la Luna en su órbita elíptica alrededor de la Tierra
era igual a la exigida por la ley de la caída libre de Galileo; lo mismo se
aplicaba a las órbitas de los planetas alrededor del Sol. Dedujo la tercera ley
de Kepler a partir de su ley del inverso del cuadrado de la gravitación
universal[36]. Demostró que era
dinámicamente imposible que el Sol enorme gigara alrededor de la Tierra
diminuta, pero que un cuerpo central y sus satélites deben girar alrededor de
un centro de gravedad común, que en el sistema solar se encontraba dentro de la
superficie del Sol. De este modo triunfó donde Galileo y Kepler habían
fracasado, no sólo refutando los argumentos contra el movimiento de la Tierra,
sino mostrando que los argumentos en su favor eran irresistibles. Eran
irresistibles en un sistema de dinámica universal confirmado en todos los
campos comprobados de la observación. Por primera vez desde que, en la época
helenística, las observaciones habían obligado a los astrónomos a abandonar las
esferas concéntricas de Aristóteles en favor de los artificios matemáticos,
inexplicables físicamente, de los epiciclos y excéntricos y habían producido la
dicotomía entre la explicación física de los movimientos celestes y los
procedimientos matemáticos para predecirlos —la dicotomía entre la cosmología
física de Aristóteles y la astronomía matemática de Ptolomeo que persistió
durante la Edad Media—, se pudo disponer de un criterio para escoger un sistema
de cálculo con preferencia a otro, que era igualmente exacto, al hacer
predicciones en el campo de la Astronomía. La elección se decidía mostrando que
solamente uno de los sistemas alternativos era compatible con un campo más
amplio de observaciones. El logro de Newton fue poner en acción el criterio
dinámico, atisbado y preparado por Galileo y Kepler, y el unir por primera vez
la explicación con el procedimiento de predicción. Comenzando con los mismos
axiomas físicos fundamentales de las leyes del movimiento y de la gravitación,
las etapas seguidas al establecer la explicación de los movimientos de los cuerpos eran exactamente las mismas que
se realizaban al predecir sus movimientos. De
ese modo, dentro de una síntesis auténtica de física-matemática, desapareció la
Cosmología como una ciencia de las «naturalezas» independiente del cálculo y de
los procedimientos de predicción (cf. vol. I, pp. 70 y ss., 85 y ss.;
también infra, pp. 266 y ss.).
Otra dificultad que persistía para el sistema
heliocéntrico, desde el punto de vista de la observación, y que Galileo no
había podido resolver, era la de la ausencia de paralaje estelar. Esta fue
observada por primera vez, en 1838, por F. W. Bessel, en la estrella 61 del
Cisne, aunque James Bradley, cuando buscaba paralajes, había observado en 1725
que las estrellas fijas describían pequeñas elipses exactamente durante la
duración del año terrestre, y que las estrellas desde los polos de la eclíptica
a la eclíptica describían figuras que eran cada vez menos circulares y que se
aproximaban cada vez más a líneas rectas. Esto era una prueba convincente del
movimiento en elipse de la Tierra alrededor del Sol, pero Bradley reconoció que
lo que él había observado no eran elipses paralácticas, sino elipses
aberrantes, debidas a la aproximación de la Tierra en un tramo de su órbita a
la luz procedente de las estrellas y al alejamiento de dicha luz en el resto de
la órbita.
Galileo entró en conflicto con algunos teólogos
contemporáneos por esta visión de una cosmología unificada físico-matemática;
los otros aspectos de sus dificultades con la Inquisición romana y el curso de
su proceso pertenecen más bien a la historia de la política eclesiástica de
Roma y al procedimiento judicial —en este caso, muy oscuro— que a la Historia
de la Ciencia. Sin embargo, es significativo el que fuera un problema
teológico, el de la relación entre la teoría astronómica y las Escrituras,
entre la cosmología descubierta por el razonamiento científico y la presentada
como revelada por Dios, el que tuviera que hacer de la verdad de la visión
«realista» de la ciencia compartida por Galileo y Kepler el gran problema del día
en la filosofía de la Ciencia. Oresme había ya estudiado los misnos pasajes de
las Escrituras —y retrocedió ante ellos—, que debían ser literalmente falsos si la nueva cosmología era literal y
físicamente verdadera (vide supra, pp. 80 y ss.). Por ejemplo, la orden de Josué al atardecer de la
batalla de Gabaón: «Sol, detente sobre Gabaón; y tú, Luna, sobre el valle de
Ayalón. Y el Sol se detuvo, y se paró la Luna...» (Josué, X, 12-13), implicaba que el Sol estaba
habitualmente en movimiento. Otros pasajes contradecían el otro postulado
esencial de Copérnico: el que la Tierra se movía; por ejemplo, el Salmo 93,
«cimentó el orbe: no se conmoverá». Dando por supuestas las diferentes ventajas
matemáticas y prácticas de la nueva astronomía, como todos reconocían, había
dos formas de evitar ese conflicto. Una era abandonar la interpretación literal
de las Escrituras, un procedimiento que había sido seguido, aunque con las
precauciones adecuadas, por los mismos Santos Padres cuando la ocasión lo había
exigido. La otra forma era debilitar la verdad de la ciencia de la naturaleza,
considerando la teoría astronómica no como un descubrimiento del mundo físico
real, un mundo de leyes abstractas quizá, pero cognoscibles como verdaderas,
sino como una ficción convencional para realizar cálculos, «meramente una
imaginación poética, un sueño», «una quimera», como Galileo escribía
irónicamente en una carta a Leopoldo de Austria en 1618.
Después de algunos preliminares, Galileo expuso
finalmente su opinión de forma pública en 1615, en su Carta
abierta a la Señora Cristina de Ixyrena, Gran Duquesa de Toscana, escrita por consejo de algunos amigos clérigos, en
parte para salir al paso del rumor malicioso de que era incrédulo, y también
para intentar, sin éxito, evitar que las autoridades eclesiásticas cometieran
el error fatal de condenar el sistema de Copérnico apoyándose en bases
teológicas. Citando la autoridad de San Agustín, Galileo argumentaba que Dios
era el autor no sólo de un gran libro, sino de dos, de la naturaleza tanto como
de las Escrituras. La verdad debía ser estudiada en ambos, pero con resultados
diferentes. El libro de la naturaleza debía ser leído en el lenguaje de la
ciencia matemática y los resultados expresados en teoría física; por su parte,
las Escrituras no contenían ninguna teoría física, sino que nos revelaban
nuestro destino moral. Cuando se referían a los fenómenos naturales,
utilizabanel lenguaje del sentido común, según las ideas populares, sin
implicar que su sentido literal hubiera de ser tomado como refiriéndose a los
hechos físicos. De hecho, señaló que siempre se había aceptado que las
Escrituras empleaban lenguaje figurativo en muchos puntos, como cuando
mencionaban el ojo, o la mano, o la ira de Dios, en los que una interpretación
literal hubiera sido inmediatamente herética. Era contrario a la razón y a la
tradición emplear una interpretación literal de las Escrituras para poner en
duda la verdad de afirmaciones que expresaban directamente la evidencia de los
sentidos o las conclusiones necesarias a partir de esa evidencia.
Me parece —escribía Galileo en su carta a la gran
duquesa— que, al estudiar los problemas de la naturaleza, no debemos partir de
la autoridad de los textos de las Escrituras, sino de la experiencia de los
sentidos y de las demostraciones necesarias (dalle sensate éxperienze e dalle
dismostrazioni necessarie). Porque la Sagrada Escritura y la naturaleza
proceden igualmente de la Palabra de Dios, la primera como dictado del Espíritu
Santo, la segunda como la ejecutora más obediente de los mandatos de Dios; y además,
siendo conveniente en las Escrituras (por modo de condescendencia con la
inteligencia de todos los hombres) decir muchas cosas diferentes, en apariencia
y en cuanto concierne a la pura significación de las palabras, de la verdad
absoluta; pero la naturaleza, por su parte, siendo inexorable e inmutable y no
traspasando los límites de las leyes asignadas a ella, como si no se preocupara
de si sus razones abstrusas y modo de operación cayeran o no dentro de la
capacidad del hombre para entenderlas; es evidente que esas cosas relativas a
los efectos naturales, que o la experiencia de nuestros sentidos pone ante
nuestros ojos o las demostraciones necesarias nos prueban, no deben ser puestas
en duda por ningún motivo, mucho menos condenadas basándose en los textos de
las Escrituras que puedan, por las palabras utilizadas, parecer significar algo
distinto. Porque cada expresión de las Escrituras no está ligada a condiciones
estrictas como cada hecho de la naturaleza; y Dios no se revela a Sí mismo
menos admirablemente en los efectos de la naturaleza que en las palabras
sagradas de las Escrituras.
Concluía que, evidentemente, la intención del
Espíritu Santo no era enseñarnos Física o Astronomía, o enseñarnos si la Tierra
se movía o estaba en reposo. Estas cuestiones eran teológicamente neutrales,
aunque, ciertamente, debíamos respetar el texto sagrado y, donde fuera
apropiado, utilizar las conclusiones de la Ciencia para descubrir su
significado. El propósito del Espíritu Santo en las Escrituras, como lo
expresaba agudamente en una observación que atribuía al cardenal Baronio, era
enseñarnos «cómo ir al cielo, no cómo van los cielos».
Concedido esto —continuaba—, y siendo verdad, como
se ha dicho, que dos verdades no pueden ser contradictorias, la tarea de un
intérprete juicioso es intentar penetrar el verdadero sentido de los textos
sagrados, que indudablemente estarán de acuerdo con esas conclusiones naturales
que el sentido manifiesto y las demostraciones necesarias han hecho antes
seguras y ciertas. En verdad, siendo el caso, como se ha dicho, que las
Escrituras, por la razón expuesta, admiten en muchos lugares interpretaciones distintas
del sentido de las palabras y, además, no siendo nosotros capaces de afirmar
que todos ios intérpretes hablan por inspiración divina (porque, si fuera así,
entonces no habría entre ellos diferencias respecto de los significados del
mismo texto), debo pensar que sería un acto de gran prudencia prohibir a
cualquiera usurpar los textos de las Escrituras y que sería como forzarlos el
defender esta o aquella conclusión natural como verdad, sobre la cual los
sentidos y las razones necesarias y demostrativas pudieran en un momento u otro
asegurarnos lo contrario. Porque ¿quién pondrá límites a la inteligencia e
inventiva humanas? (E chi vuol por termine alli umani ingegni?) ¿Quién afirmará
que todo lo que es perceptible y cognoscible en el mundo está ya descubierto y
conocido? Quizá quienes en otras ocasiones confiesan (y con gran verdad) que ea
quae scimus sunt mínima pars earum quae ignoramus [las cosas que conocemos son
una mínima parte de las que ignoramos]. En verdad, si sabemos de boca del mismo
Espíritu Santo que Deus tradidit mundum disputationi eorum, ut non invernal
homo o pus quod operatus est Deus ab initio ad finern [Dios entregó el mundo a
sus discusiones, para que el hombre no halle la obra que realizó Dios desde el
principio al final —Eclesiastés, 3, 11], no debemos, como creo, contradiciendo
esa sentencia, detener el movimiento del libre filosofar sobre las cosas del
mundo y de la naturaleza, como si estuvieran ya todas encontradas con certeza y
conocidas claramente.
Galileo, hombre de mundo a la vez que católico
convencido y filósofo profesional de la naturaleza, invitado estimado en las
mesas aristocráticas por su genial inteligencia y su conversación ingeniosa,
conocía bien el peso que las decisiones políticas, tanto eclesiásticas como
seculares, adjudicaban, por su naturaleza, a la conveniencia y a la paz
administrativa. Con una visión profética de sus dificultades futuras, señaló
específicamente la distinción entre las condiciones de un cambio de opiniones
legales o comerciales y el de la opinión científica[37].
Rogaría a esos sabios y prudentes Padres que
consideraran con toda diligencia la diferencia que existe entre el conocimiento
demostrativo y el conocimiento opinable; con el fin de que, sopesando bien en
sus mentes con qué fuerza las conclusiones necesarias impelen a la aceptación,
se aseguren lo mejor posible de que no está en la mano de quien profesa las
ciencias demostrativas cambiar sus opiniones a placer y aplicarlas ahora de una
manera y luego de otra; que hay una gran diferencia entre dar órdenes a un
matemático o a un filósofo y darlas a un mercader o a un abogado; y que las
conclusiones demostradas relativas a las cosas de la naturaleza y de los cielos
no pueden cambiarse con la misma facilidad como las opiniones sobre lo que es
legal o no en un contrato, alquiler o letra de cambio.
Galileo creyó, basándose en las observaciones y en
la nueva dinámica, que sería posible demostrar que el sistema heliocéntrico era
una conclusión necesaria de los datos. Había visto con su telescopio un modelo
del sistema solar en Júpiter y sus satélites, y había medido la gran variación
anual de los diámetros aparentes de Venus y Marte. Sus observaciones de las
fases de Venus habían confirmado, hasta donde él había llegado, la predicción
del sistema copernicano de que los planetas interiores, y ellos solos,
mostrarían fases completas, como la Luna, cuando eran observados desde la
Tierra (cf. figura 6). Decía que había «muchas otras observaciones sensibles
que no pueden de ninguna manera ser reconciliadas con el sistema ptolemaico,
sino que son los argumentos más fuertes en favor del sistema copernicano».
Había algunas proposiciones naturales que la ciencia y la razón humanas podían
solamente presentarnos más como «alguna opinión probable y alguna conjetura
plausible que como un conocimiento cierto y demostrado». Pero «hay otras, de
las que o tenemos o podemos confiadamente creer que es posible obtener, por
experimentos, observaciones prolongadas y demostraciones necesarias, una
certeza indudable; como, por ejemplo, si la Tierra o el Sol se mueve o no, y si
la Tierra es esférica o de otra forma».
Si la teoría copernicana, o la opinión concreta
de la movilidad de la Tierra, fue prohibida y declarada contraria a la fe
católica sin prohibir la Astronomía como un todo, el que Galileo continuara con
su ardorosa defensa no podía sino provocar gran escándalo. Sólo podía ser en
detrimento de las almas «el darles ocasión de ver una proposición demostrada
que podía después llegar a ser pecado el creerla. ¿Y cuál otra cosa podría ser
la prohibición de toda la Ciencia, sino un abierto desprecio de un centenar de
textos de las Sagradas Escrituras, en los que se nos enseña que la gloria y la
grandeza de Dios omnipotente son admirablemente discernidas en todas sus obras
y leídas divinamente en el libro abierto del firmamento?» Sería contradecir
toda la evidencia de la intención de Dios al dotar al hombre con su admirable
inteligencia y su razón investigadora. Galileo alertó a los teólogos contra el
peligro de poner al creyente en la embarazosa situación de tener que creer como
verdad lo que sus sentidos y las demostraciones científicas podrían demostrarle
que era falso, o de cometer un pecado si creía lo que su razón le demostraba
ser cierto. 'Además, señaló que incluso el sistema geostático no concordaba con
el sentido literal de la Escritura. Por ejemplo, si el mandato de Josué al Sol
se tomaba literalmente, según este sistema, él debía haberse dirigido al Primer
Motor, porque al detener solamente al Sol y la Luna hubiera trastocado todo el
sistema celeste, y no hay prueba de que ocurriera eso. La asociación de la
cosmología aristotélica y de la astronomía ptolemaica con el lenguaje de la
Teología no era únicamente accidental, sino que estaba lejos de ser completa.
Galileo escribió con el lenguaje del realismo
científico intransigente. Creía en un mundo objetivo de ley inmutable que
existía independientemente de las invenciones de los hombres, un mundo
verdadero, que la Ciencia tenía por tarea descubrir, ciertamente, por medio de
sutiles razonamientos teóricos, pero, sin embargo, con certeza. «Nada cambia en
la naturaleza para acomodarse a la comprensión o a los movimientos de los
hombres», escribía a su amigo Elia Diodati en 1633. Al intentar un acercamiento
matemático al mundo natural, estaba de acuerdo con los «físicos» medievales más
que con los «matemáticos» en la Astronomía, y no se contentaba con detenerse
simplemente en «salvar las apariencias». Como Tomás de Aquino, presuponía una
teoría física verdadera, una sustancia física real que causaba los fenómenos
(cf. vol. I, pp. 82-83). Pero si el mundo real físico era una estructura
abstracta de las «cualidades primarias» matemáticas reales y de sus leyes,
cualidades que determinaban la naturaleza de la sustancia física, entonces el
sistema de teorías que exponía esas leyes debía ser formulado necesariamente de
forma consistente en todo el ámbito de los fenómenos físicos, según principios
matemáticos uniformes. Era precisamente la discontinuidad en la ciencia del
movimiento de su época, por ejemplo, entre la astronomía de Ptolomeo y la
cosmología aristotélica y entre los tipos de movimiento distintos
cualitativamente en esta última, lo que Galileo encontraba tan poco
satisfactorio. Era completamente cierto, como decía Salviati en el Tercer Día
de Dos sistemas principales que «el objetivo principal de los astrónomos puros es dar razones
solamente para las apariencias en los cuerpos celestes, y adaptar a éstos y al
movimiento de las estrellas, estructuras y composiciones de círculos tales que
los movimientos que se siguen de esos cálculos correspondan a las mismas
apariencias, teniendo pocos escrúpulos en admitir anomalías que podrían de
hecho demostrarse turbadoras por otros conceptos». Sin embargo, una crítica que
hizo al sistema ptolemaico era precisamente que «aunque satisfacía a un
astrónomo meramente matemático (puro calcolatore), no satisfacía empero ni contentaba al astrónomo
filósofo», esto es, a quien era también un científico de la naturaleza. Pero,
añadía, Copérnico «había entendido bien que si se podían salvar las apariencias
celestes con hipótesis falsas en la naturaleza, eso podía hacerse mucho más
fácilmente con hipótesis verdaderas».
La característica de la filosofía de la ciencia
de Galileo, que acabó dominando su posición en la controversia sobre la teoría
copernicana, era la forma peculiar de su convicción de que su nueva ciencia
matemática era un método de leer el libro real de la naturaleza. Era su
creencia que las «proposiciones naturales» podían ser «demostradas
necesariamente», que la verificación experimental de una teoría podía
establecerla con «certeza indudable». En Dos nuevas ciencias decía, describiendo el inicio de una
investigación por medio de una «suposición hipotética», que ésta podía ser
aceptada condicionalmente «como un postulado, cuya verdad absoluta sería
establecida cuando encontráramos que las inferencias a partir de ella
corresponden y concuerdan con el experimento». Utilizó ese lenguaje no sólo
cuando estableció la ley cinemática de la caída libre como un hecho, sino
también al hablar de la teoría copernicana. Así, cuando repetía su argumento de
que ésta era más económica que la teoría ptolemaica, no lo estaba empleando en
un sentido convencional. Era la misma naturaleza la que «no hace por medio de
muchas cosas lo que puede ser hecho por pocas», como decía en el Segundo Día de
su Dos sistemas principales.
La contribución fundamental de Galileo al debate
cosmológico fue el darse cuenta de que en la nueva dinámica inercial existía un
criterio físico nuevo y preciso, tal como se había venido aceptando como
apropiado para decidir, en Astronomía, entre teorías matemáticas opuestas (vide vol. I, pp. 85 y ss.), aunque en apariencia no
lo distinguió claramente de la convicción de que la verificación irrefutable
era posible en la Ciencia. Tratando todo movimiento, lo mismo celeste que
terrestre, como explicable por un único sistema de Dinámica, quería reunir en
este sistema la explicación y los medios de predicción de los distintos
movimientos. Vio en la ley de la inercia la posibilidad de una teoría superior
con la que era incompatible la teoría geocéntrica y solamente compatible la
heliocéntrica. Fracasó en su propio intento de emplear este criterio dinámico,
porque no fue capaz de generalizar completamente la ley de la inercia, ni de
apreciar la verdadera geometría del sistema heliocéntrico tal como fue
establecida por Kepler, pero fue este criterio el que condujo finalmente a la
decisión.
Sin embargo, en 1615 Galileo no había comenzado
todavía a subrayar el argumento dinámico en favor de la teoría copernicana, y
fue más bien la dificultad de establecer verdades necesarias acerca de las
realidades de la experiencia en cualquier caso concreto en lo que apoyó su
réplica el principal actor de la parte eclesiástica en el debate. Fue éste el
cardenal Bellarmino (1542-1621). Bellarmino, que había sido en su juventud
estudiante de Astronomía, tuvo que asumir la ingrata tarea de tomar la decisión
que llevó a Giordano Bruno a la muerte en la hoguera en 1600[38].
Sin duda, su política respecto de Galileo estuvo
basada en la determinación de no dejar que ese episodio se repitiera. Tenía ya
más de sesenta años y pretendía la paz administrativa, y su método de
conseguirla fue tomar un camino distinto al de Galileo para evitar el conflicto
entre la Astronomía y las Escrituras. Su política fue debilitar las
conclusiones de la ciencia de la naturaleza y aceptar la nueva astronomía como
no establecida en ningún sentido con «certeza indudable», sino solamente como
«opinión probable y conjetura plausible»; aceptarla solamente en una forma que
dejara intacta la interpretación literal de las Escrituras y la cosmología
aristotélica que el azar histórico había unido en matrimonio a ella. Cerró sus
ojos a los aspectos en los que la unión era menos un matrimonio que un
adulterio. Sin embargo, aunque primordialmente administrativos en sus objetivos
y limitados en sus aplicaciones, no se puede negar que los argumentos de
Bellarmino tuvieron éxito al ganar un punto filosófico contra Galileo. Sus dos
filosofías representan una polarización clásica de opuestos, una antítesis en
la manera de concebir los descubrimientos y las invenciones de la ciencia
teórica, que es a la vez antigua, persistente y fácilmente no entendida.
Los lógicos escolásticos habían conocido bien el
principio de que los fenómenos no pueden unívocamente determinar las hipótesis
que deben «salvarlos», o explicarlos, cuando las mismas conclusiones pueden ser
deducidas de premisas diferentes; afirmar que la concordancia con la
observación probaba una hipótesis como verdadera era cometer la falacia de
«afirmar el consiguiente». Este principio, desarrollado en Oxford en los siglos
XIII y XIV, había sido un lugar común de la escuela lógica de Padua a
principios del siglo XVI (cf. supra, pp. 32 y ss.). Una forma típica de expresarlo es la de Agostino
Nifo. En su comentario a la Física de Aristóteles, Nifo había distinguido entre el proceso lógico del
descubrimiento y el de la demostración, y había comparado la certeza de la Matemática,
donde las premisas y las conclusiones eran recíprocas, con el carácter
conjetural de nuestro conocimiento de las causas en la ciencia de la naturaleza[39]. Al considerar las
hipótesis astronómicas, Nifo escribía en su De Cáelo et Mundo Commentaría, editado en Venecia en 1553, en el libro 2:
En una buena demostración, el efecto se sigue
necesariamente de la causa supuesta, y ésta debe ser supuesta necesariamente en
vistas al efecto observado. Ahora bien, admitiendo las excéntricas y epiciclos,
es verdad que se salvan las apariencias. Pero la recíproca de ésta no es
necesariamente verdadera, a saber, que, dadas las apariencias, las excéntricas
y epiciclos deben existir. Esto es verdad sólo provisionalmente, hasta que sea
descubierta una explicación mejor que, a la vez, haga necesario al fenómeno y
sea hecha necesaria por él. Según estos hombres, se equivocan quienes, tomando
un fenómeno natural, cuya ocurrencia podría provenir de muchas causas,
concluyen en favor de una de ellas.
La ocasión que llevó a Bellarmino a utilizar esta
doctrina lógica, para quitar mordiente a los argumentos de Galileo en favor de
la nueva astronomía, fue una carta escrita por un compatriota de Galileo, el
fraile carmelita Paolo Antonio Foscarini, que había seguido a Galileo al
sugerir que el sistema copernicano debía ser considerado como una verdad
física, y no como un mero artificio de cálculo, y que había mostrado cómo los
pasajes importantes de las Escrituras podían ser conciliados con él. La réplica
de Bellarmino, escrita también en 1615, rechazaba la propuesta de Foscarini.
Me parece —escribía— que su reverencia y el señor
Galileo actúan prudentemente cuando se contentan hablando hipotéticamente (ex
suppositione) y no absolutamente, como siempre he entendido que habló
Copérnico. Decir que con la hipótesis del movimiento de la Tierra y el reposo
del Sol se explican todas las apariencias celestiales mejor que con la teoría
de las excéntricas y epiciclos [!], es hablar con excelente buen sentido y no
correr ningún riesgo. Esa manera de hablar es suficiente para un matemático.
Pero querer afirmar que el Sol está, en realidad, en el centro del universo y
que solamente gira sobre su eje sin ir de Este a Oeste, y que la Tierra está en
el tercer cielo [i. e. esfera] y gira con la mayor velocidad alrededor del Sol,
es una actitud muy peligrosa y apta no sólo para excitar a todos los filósofos
y teólogos escolásticos, sino también para injuriar nuestra santa fe al
contradecir a las Escrituras. Su reverencia ha demostrado claramente que hay
varias formas de interpretar la Palabra de Dios, pero no ha aplicado estos
métodos a ningún pasaje concreto; y si usted deseara exponer por el método de
su elección todos los textos que ha citado, estoy seguro que habría encontrado
muy graves dificultades.
Como sabe, el Concilio de Trento prohíbe la interpretación de las Escrituras en
una forma contraria a la opinión común de los Santos Padres... No valdría decir
que esto no es una cuestión de fe, porque, aunque puede no ser una materia de
fe ex parte objecti o en cuanto concierne al tema tratado, es, sin embargo, una
materia de fe ex parte dicentis, en cuanto concierne a quien la enuncia... Si
hubiera una prueba real de que el Sol está en el centro del universo, de que la
Tierra está en el tercer cielo y de que el Sol no gira alrededor de la Tierra,
sino la Tierra alrededor del Sol, entonces deberíamos proceder con la mayor
circunspección al explicar pasajes de la Escritura que parecen enseñar lo
contrario, y admitir más bien que no los entendemos que declarar que tina
opinión que se ha demostrado que es verdadera es falsa. Pero, por lo que a mí
concierne, no creeré que existen tales pruebas hasta que me sean demostradas.
Ni es una prueba el que, si se supone que el Sol está en el centro del universo
y la Tierra en el tercer cielo, se salve así las apariencias, pues ello no
equivale a una prueba de que el Sol, efectivamente, está en el centro y la
Tierra en el tercer cielo. La primera clase de prueba podría, creo, ser
hallada; pero por lo que respecta a la segunda, tengo las mayores dudas; y en
caso de duda, no debemos abandonar la interpretación del texto sagrado tal como
es presentado por los Santos Padres.
Evidentemente, Bellarmino no había dominado los
detalles técnicos del De
Revolutionibus, pero
había leído el cauto prefacio de Osiander. El sistema copernicano debía ser
tratado solamente como una hipótesis matemática para hacer cálculos; se había
utilizado como tal en la elaboración del calendario gregoriano de 1582. Las
ideas de Galileo sobre la interpretación de las Escrituras, explícitamente una
exposición de las doctrinas de San Agustín y de los Santos Padres, fueron en sí
mismas bien recibidas en Roma. La única cuestión era la prudencia de un laico
que se ponía a enseñar a los teólogos su oficio. Pero fue la estrategia
filosófica de Bellarmino, la estrategia de Osiander, pastor luterano, la que
prevaleció en las deliberaciones de la Congregación del Santo Oficio, ante la
que había llegado el asunto copernicano. Sin duda, las autoridades romanas
estaban preocupadas en parte por salvaguardar el texto de las Sagradas
Escrituras contra interpretaciones personales, según el modelo protestante,
para las que no parecía haber límite. En todo caso, jugaron a lo seguro. La
intervención personal de Galileo en Roma no convenció a nadie de que la teoría
copernicana era físicamente verdadera, aunque fue útil para limpiarle
personalmente de una sospecha de herejía y blasfemia, completamente infundada y
de inspiración maliciosa. El 24 de febrero de 1616 los expertos en Teología, o
cualificadores, del Santo Oficio dieron su famoso informe. Exponían que la
proposición de que «el Sol es el centro del mundo y está completamente
desprovisto de movimiento local» era «filosóficamente necia y absurda, y
formalmente herética, en cuanto contradice expresamente la doctrina de las
Sagradas Escrituras en muchos lugares, tanto según su significado literal como
según la exposición y significado de los Santos Padres y Doctores» y que la
proposición de que «la Tierra no es el centro del mundo ni inmóvil, sino que se
mueve como un todo, y también con movimiento diario», era digna de «recibir la
misma censura en Filosofía, y por lo que concernía a la verdad teológica, ser
por lo menos errónea en la fe».
El 5 de marzo la Congregación del Índice publicó
su decreto prohibiendo el De Revolutionibus de Copérnico hasta que hubiera sido corregido.
Debido en parte a la intervención del cardenal Maffeo Barberini, el futuro Papa
Urbano VIII, la Congregación hizo una distinción entre la hipótesis científica
y la interpretación teológica y rehusó prohibir absolutamente el De
Revolutionibus. Las «correcciones» se
limitaban a cambios muy pequeños, pero que ponían en claro que presentaba
solamente una hipótesis. En 1620 se volvió a permitir leer el libro. Además, la
prohibición no fue publicada de manera tal que la teoría copernicana fuera
formalmente herética, aunque muchos contemporáneos, ignorantes de los matices
de la distinción, creyeron comprensiblemente que lo era. El libro de Foscarini
sobre la interpretación de las Escrituras fue, al mismo tiempo, totalmente
prohibido. Galileo no era mencionado explícitamente, aunque era, en realidad,
el personaje central del drama y la víctima principal. Honrado ante todo, no
había ahorrado nada en su defensa de la nueva astronomía durante todo ese
invierno romano. «Tenemos aquí al señor Galileo, que con frecuencia, en
reuniones de hombres de inteligencia curiosa, deja atónitos a muchos sobre la
opinión de Copérnico, que él defiende como verdadera», escribía cortésmente un
cierto monseñor Querengo (en una carta incluida en la edición nacional de
las Obras de Galileo,
publicada en Florencia).
Discursea a menudo entre 15 ó 20 invitados que
le asaltan ardorosamente, ahora en una casa, luego en otra. Pero está tan bien
afianzado que se ríe de ellos; y aunque la novedad de su opinión deja sin
convencer a la gente, demuestra la vanidad de la mayor parte de los argumentos
con que sus oponentes tratan de vencerle. El lunes, especialmente en casa de
Federico Ghisilieri, realizó proezas admirables; y lo que más me agradó fue
que, antes de responder a las razones opuestas, las amplió y las fortaleció él
mismo con nuevas bases que parecían invencibles, de forma que, al demolerlas a
continuación, hizo que sus oponentes parecieran mucho más ridiculizados.
Ciertamente, el simple hecho de las
personalidades tuvo una gran influencia en este drama, en el que se ha gastado
tanta tinta filosófica. Después del decreto, Querengo escribía nuevamente,
expresando la opinión de un hombre de mundo imparcial.
Las disputas del señor Galileo se han disuelto en
humo alquímico, desde que el Santo Oficio ha declarado que mantener esta
opinión es disentir manifiestamente de los dogmas infalibles de la Iglesia. De
manera que aquí estamos, por fin, a salvo de nuevo en una Tierra sólida, y no
tenemos que volar con ella como hormigas que se arrastran sobre un balón.
Existen dos documentos que pretenden describir lo
que se dijo a Galileo después de que la Congregación del Santo Oficio llegó a
su decisión. Según un certificado entregado a él por Bellarmino, simplemente se
le notificaba el decreto que declaraba que las tesis copernicanas eran
contrarias a las Escrituras y, «por consiguiente, no debían ser sostenidas ni
defendidas». Pero según una minuta, posiblemente falsa, inserta en el informe
de la Inquisición sobre el proceso, Galileo fue advertido por Bellarmino «del
error de la opinión antedicha y conminado a abandonarla; e inmediatamente
después» se le ordenó por el comisario general del Santo Oficio, en presencia
de Bellarmino y otros testigos, «en el nombre de Su Santidad el Papa y de toda
la Congregación del Santo Oficio, abandonar completamente la dicha opinión de
que el Sol es el centro del mundo e inmóvil y que la Tierra se mueve; no
sostenerla más, enseñarla o defenderla de cualquier manera que fuese, verbal o
escrita; de otra forma, el Santo Oficio tomaría autos contra él; requerimiento
al que el dicho Galileo se sometió y prometió obedecer». Las diferencias entre
estas dos versiones iba a materializarse en el juicio de Galileo en 1633.
Galileo esperó una oportunidad para probar una
opinión de la que poseía buenas razones, aunque no concluyentes, para afirmar
que era verdadera. Se presentó ésta con la elección en 1623, como Papa Urbano
VIII, de Maffeo Barberini, florentino, amigo de las artes y miembro, como
Galileo, de la Academia dei Lincei. Galileo había acabado con todos los
argumentos propuestos en contra del
movimiento de la Tierra. Además, llegó a la conclusión de que sola-mente
suponiendo el doble movimiento de la Tierra, sobre su eje y alrededor del Sol,
era posible explicar el flujo y reflujo de las mareas. No creyendo en la acción
a distancia, no aceptaba la teoría de la gravitación de Kepler. En su lugar,
propuso una explicación basada en la conservación del momento del mar. Su
propósito era mostrar que los movimientos de las mareas podían ser demostrados
a partir de la hipótesis de las revoluciones diaria y anual de la Tierra, y que
la existencia de estas revoluciones era demostrada por la existencia de las
mareas. Fue esta prueba dinámica capital la que finalmente formó la culminación
del diálogo sobre los Dos sistemas principales del mundo (1623), en el Cuarto Día, al cual conducía toda
la discusión dinámica anterior. No convenció mucho a los contemporáneos de
Galileo, y únicamente gracias a la obra posterior de Huygens y Newton fue
posible llegar al fondo del asunto y ver la falacia del ingenioso argumento de
Galileo.
Las esperanzas de Galileo de que se volviera a
abrir la cuestión copernicana no se cumplieron. Urbano VIII estuvo de acuerdo
en que publicara un estudio más sobre el tema, con la sola condición de que
debía ser hipotético. El punto de vista de Galileo puede apreciarse por el
discurso del final del Diálogo, en
el que Galileo ponía en boca de Simplicio las opiniones con las que el Papa le
había aleccionado que acabara. Al tratar la afirmación de que era posible
demostrar concluyentemente el movimiento de la Tierra, Simplicio preguntaba si
Dios, con su poder y sabiduría infinitos, no podría haber provocado las mareas
por algún otro medio que el considerado por Galileo. «Teniendo siempre ante los
ojos de mi mente una doctrina más sólida que escuché una vez de una persona
eminente y culta, y ante la cual uno debe quedar en silencio... —declaraba—, sé
que replicarías que El podría haber conocido cómo hacerlo de muchas maneras,
que están más allá de la comprensión de nuestra mente. De lo que concluyo en
seguida que, siendo esto así, sería una audacia extravagante que alguien
limitara y confinara el poder y la sabiduría divinos a una fantasía
particular (fantasía particólare) de su propia invención.» Salviati responde: «Una doctrina
admirable y verdaderamente angélica, y que concuerda bien con otra, también
divina, que, mientras que nos concede el derecho de argüir sobre la
constitución del universo (quizá para que no sea restringida la actividad de la
mente humana o se haga perezosa), añade que no podemos descubrir la obra de sus
manos.»
El argumento, basado en la omnipotencia de Dios,
que había sido utilizado para liberar a la ciencia de la naturaleza de las
restricciones del aristotelismo en el siglo xiii, se manifestaba como un
boomerang[40]. El punto de vista de
Galileo era que, mientras este argumento era indudablemente cierto, él estaba
interesado en descubrir el modo por el que Dios había actuado realmente al crear el mundo.
De esa forma, si tenía que publicar una
demostración de la teoría copernicana completa sin ir directamente contra la
autoridad eclesiástica, era imposible para Galileo el evitar algunos
subterfugios. La orden general contenida en el decreto de 1616 todavía tenía
valor. Fue este error de cálculo del riesgo lo que le llevó al desastre, aunque
puede argüirse justamente que esto no justificaba de ninguna manera la acción
que se emprendió contra él. Tomó todas las precauciones, ayudado por sus
amigos, el maestro del Sacro Palacio, el oficial jefe encargado de las
autorizaciones y el propio secretario del Papa, para asegurarse de que el Diálogo aparecería con todas las censuras oficiales
apropiadas. Recibió el imprimatur del arzobispo de Florencia, aunque parece que hubo alguna
auténtica confusión entre las distintas autoridades, todas ellas bien
dispuestas. Siguiendo las instrucciones del Papa, Galileo había añadido un
prefacio y una conclusión declarando que sus argumentos no eran más que
probables e hipotéticos. Pero como todo el peso de la discusión en las páginas
entre el prefacio y la conclusión tenían la intención completamente opuesta, se
hacía más obvia la hipocresía del declarante. Urbano VIII, con cierta razón,
acusó a Galileo de haber roto una promesa personal hecha a él. Entonces la
Inquisición romana le acusó de desobedecer la admonición registrada en la
minuta de 1616 y de pretender presentar la opinión condenada «como una
hipótesis» (hypothetice). Galileo
negó vigorosamente todo conocimiento de la admonición. Después de procesos que
fueron todo menos leales, fue declarado culpable; tres de los 10 cardenales que
le juzgaron se negaron a firmar; y el 22 de junio de 1635, en el convento
dominicano de Santa María Sopra Minerva, fue obligado a abjurar de su creencia
en las tesis copernicanas condenadas. El Diálogo fue prohibido. La primera aparición de la frase
famosa Eppur si muove parece
haber sido en la inscripción de un retrato de Galileo pintado el año de su
muerte. No es probable que, después de una sumisión tan completamente
humillante, murmurase esas palabras al incorporarse tras estar de rodillas. En
cuanto a su tratamiento físico durante el juicio, todas las pruebas muestran
que lo más que sufrió fue confinamiento en una residencia confortable. Era un
inconveniente mucho más serio el haber sido desterrado por el resto de su vida
a su granja en Arcetri, en las colinas, al Sur, que dominan la ciudad de
Florencia.
Su sufrimiento real fue de otro tipo. La
experiencia había enseñado a Galileo a distinguir entre la verdad y el
comportamiento de los que dicen servirla. Pero era casi insoportable sufrir
humillación de manos de las autoridades de la Iglesia en cuyas doctrinas creía
y a la que deseaba servir. El triunfo de la «ignorancia, impiedad, fraude y
engaño», como describió el juicio más tarde, era tan innecesario como nefasta
fue la conclusión para las inteligentes investigaciones de los filósofos
cristianos de la Ciencia.
El decreto contra las tesis copernicanas y la
condenación de Galileo colocaron a los católicos en una posición discordante
durante más de un siglo, sin que eso impidiera que se realizara un trabajo
excelente de astronomía práctica en Italia y otros países católicos y el
desarrollo libre de otras ciencias. El propio Galileo, aunque ya era viejo,
siguió con su trabajo sobre Mecánica y acabó lo que fue realmente su más
importante contribución al tema, sus Discursos sobre dos nuevas
ciencias. Pero los hizo publicar en
Holanda en 1638. Incluso se prosiguió un trabajo excelente de astronomía
teórica bajo la fachada de equívocos ingeniosos. Por ejemplo, Alfonso Borelli,
en 1660, observó la letra del decreto limitando a Júpiter y sus satélites la
sugestiva teoría de la mecánica celeste que obviamente pretendía aplicar a la
Tierra y la Luna. Otro resultado curioso del decreto fue la edición de
los Principia de Newton,
publicada en 1739-1742, con un comentario por los padres mínimos Le Seur y
Jacquier presentando el sistema newtoniano del mundo «hipotéticamente»;
los Principia habían
sido anunciados originalmente en las Philosophical Transactions
of the Royal Society como una
demostración matemática del sistema copernicano. Es verdad que la atmósfera era
embarazosa para el «filosofar libremente acerca del mundo y la naturaleza» que
Galileo había defendido denodadamente que permaneciera abierto. Richelieu
instigó un intento para hacer quelas tesis copernicanas fueran condenadas en la
Sorbona, pero sin éxito; se decidió que la cuestión era un problema filosófico
y no de autoridad. Fue al oír la condenación de Galileo cuando Descartes, que
era ya un filósofo nervioso y vivía en Holanda, adoptó explícitamente su
estrategia de disimulo en Filosofía y se convirtió, en frase de. Máxime Leroy,
en philosophe au masque. En
noviembre de 1633 escribía alarmado a Mersenne, que estaba preparando la
adición de Le Monde, pidiéndole
noticias del asunto de la teoría copernicana: «y confieso que si es falsa,
entonces lo son todos los fundamentos de mi filosofía, porque ella se demuestra
a partir de ellos, sin ninguna duda». Cuando descubrió lo que había sucedido,
envió más cartas a Mersenne para que retirara de la publicación Le
Monde, escribiendo en abril de 1634:
Sin duda, sabe que Galileo ha sido arrestado, hace
poco tiempo, por los Inquisidores de la Fe y que su opinión respecto del
movimiento de la Tierra ha sido condenada como herética. Ahora me gustaría
señalarle que todas las cosas que explico en mi tratado, entre las que se
encontraba esta opinión sobre el movimiento de la Tierra, dependen tanto unas
de las otras que es suficiente saber que una de ellas es falsa, para percibir
que todas las razones que yo utilicé son inválidas; y aunque pienso que estaban
basadas en demostraciones ciertas y evidentes, no desearía por nada en el mundo
mantenerlas contra la autoridad de la Iglesia. Sé bien que se podría decir que
todo 'o que los inquisidores de Roma han decidido no se convierte por ello en
artículo inmediato de fe, y que para ello primero sería necesario que fuera
aceptado por el Concilio. Pero no estoy tan apegado a mis pensamientos para
querer hacer uso de esas cualificaciones para seguir manteniéndolos; y quiero
poder vivir en paz y continuar la vida que he emprendido al tomar como mi
máxima: bene vixit, bene qui latuit [vive bien quien se esconde], aceptando el
hecho de que soy más feliz de verme libre del temor de que, a través de mi
libro, podría conocérseme más de lo que deseo, que apenado por el tiempo y
dificultades que he pasado para escribirlo... He leído la noticia de la
condenación de Galileo, impresa en Lieja el 20 de septiembre de 1633, en la que
aparecen estas palabras: quamvis bypothetice a se illam proponi simularet
[aunque pretendía que era propuesto por él hipotéticamente], de forma que ellos
parecen incluso prohibir el empleo de esta hipótesis en la Astronomía; ... no
habiendo visto en ninguna parte que esta censura haya sido autorizada por el
Papa o por el Concilio, sino solamente por una Congregación particular de
cardenales inquisidores, no pierdo toda esperanza de que sucederá con ella como
con las Antípodas, que fueron más o menos condenadas en un tiempo, y de ese
modo que mi Monde será capaz de ver la luz del día en el transcurso del tiempo;
en ese caso, tendré que usar mi ingenio.
Cuando Descartes publicó finalmente su cosmología
en los Principia Philosophiae en 1644, fue bajo
capa de presentar sus teorías físicas como ficciones (vide infra, p. 282). «Quiero que lo que he escrito sea
tomado meramente como una hipótesis —escribía—, que quizá está muy alejada de
la verdad.» Con la definición que había elaborado del movimiento como simple translación de la proximidad de un conjunto
de cuerpos a la proximidad de otro conjunto, fue capaz de suponer que todo
movimiento era completamente relativo, pudiendo escogerse cualquier conjunto de
cuerpos arbitrariamente como siendo el punto de referencia en reposo. Esto le
permitió declarar formalmente que la Tierra podía ser considerada en reposo. El
convencionalismo y la ficción introducidos en la Física por el decreto
anticopernicano había permeado profundamente el alma de Descartes, y le valió
la polémica con Newton. El decreto y el ambiente teológico en que había sido
publicado tuvo mayor responsabilidad en los aspectos más «positivistas» del pensamiento
del siglo XVII de lo que a veces puede creerse (cf. infra, pp. 275 y ss.).
Descartes había visto el punto importante de que
sin la ratificación papal las tesis copernicanas no habían sido declaradas
formalmente contrarias a la fe y heréticas. Gassendi señaló lo mismo. El mismo
comisionado general, Vincenzo Maculano da Firenzuola, que había dirigido el
proceso contra Galileo, admitió al discípulo y amigo de Galileo, el benedictino
Benedetto Castelli, que las cuestiones astronómicas no podían ser decididas por
las Escrituras, que se preocupaban solamente de los asuntos relativos a la
salvación. En las décadas que siguieron, un cierto número de autores jesuitas
señalaron lo mismo que Descartes y Gassendi. Por ejemplo, el jesuita francés
Honoré Fabri, escribiendo en 1661 en defensa del pasaje geocéntrico de las
Escrituras, añadía que si se encontraran razones concluyentes no dudaba que la
Iglesia diría que debían ser entendidas «figuradamente». No fue hasta 1757
cuando el Papa Benedicto XIV anuló el decreto anticopernicano. En fin, en 1893
el Papa León XIII hizo laamende honorable a la memoria de Galileo, basando su encíclica Providentissimus
Deus en los principios de la exégesis
que Galileo había expuesto, y rechazaba el fundamentalismo de Bellarmino y de
los calificadores del Santo Oficio.
Sin declararse vencido, Pierre Duhem en 1908
hacía su famosa declaración, en su Essai sur la notion de
théorie physique de Platón á Galilée (Annales de philosophie chrétienne, 1908, vol. VI, pp. 584585), de que los progresos más
recientes de la Física habían demostrado que «la lógica estaba de parte de
Osiander, Bellarmino y Urbano VIII y no de la de Kepler y Galileo; que los
primeros habían captado el exacto significado del método experimental, mientras
que los segundos se habían equivocado...» «Suponed que las hipótesis de
Copérnico fueran capaces de explicar todas las apariencias conocidas, lo que se
puede concluir es que ellas podían ser Verdaderas, no que son necesariamente
verdaderas, porque para legitimar esta última conclusión se debería demostrar
que no podía imaginarse ningún otro sistema de hipótesis que pudiera explicar
las apariencias con la misma bondad; y esta última prueba no se ha diado
nunca.»
Duhem estaba señalando el aspecto válido,
desarrollado entera-» mente en su libro La Théorte Physique: son
object, sa structure (1914), de que el
experimento no puede nunca establecer una teoría irrefutablemente. Pero al introducir el criterio
dinámico para elegir entre dos teorías igualmente adecuadas para «salvar las
apariencias» de los cielos, Galileo estaba de hecho introduciendo una
comprobación de una teoría por su alcance de aplicabilidad, como vio
efectivamente Duhem. Gracias a esa comprobación se puede decir que Galileo y
Kepler mostraron cómo proceder para refutar una teoría astronómica y que de hecho fue Newton
quien refutó la hipótesis geocéntrica[41]. De esta forma, la
invalidación experimental del consiguiente podía hacer necesario el negar el antecedente, incluso aunque su verificación no permitiera que
el antecedente fuera afirmado. Dejando de lado la interpretación errónea de
Duhem acerca de la aplicación muy restringida, por parte de Bellarmino, a
solamente las teorías astronómicas de la interpretación «positivista» de la
ciencia abogada por Duhem mismo, la opinión de que las dos teorías rivales eran
meramente artificios alternativos de cálculo no sobrevivió en verdad a la
comprobación de Galileo.
J. H. Newman, el futuro cardenal, al estudiar
esta controversia en 1844, escribió en sus Sermons chiefly on
the Theory of Religious Belief: «Si
nuestro sentido del movimiento no fuera más que un resultado accidental de
nuestros sentidos actuales, ninguna de las dos proposiciones es verdadera y las
dos son verdaderas, ninguna de las dos verdaderas filosóficamente, las dos
verdaderas para ciertos propósitos prácticos en el sistema en el que se
encuentran respectivamente.» Newman no estaba por supuesto intentando hacer una
revolución en la Lógica, sino tratando una dificultad en una controversia
teológica; pero una observación similar es hecha en ocasiones por los que dicen
que el principio de Eínstein de la relatividad generalizada ha privado de
sentido el problema de Galileo, porque el movimiento y el reposo solamente
pueden ser definidos por referencia a un patrón convencional, de manera que es
igualmente legítimo tomar una Tierra estática o un Sol estático como cuadro de
referencia. Pero para la relatividad generalizada tiene precisamente tanto
sentido decir que la Tierra gira como tenía para Galileo y Newton. Tomando un
ejemplo medieval, se puede decir que gira de la misma forma que gira una piedra
de molino: gira con referencia a todos los sistemas locales inertes. Era en
este sentido en el que el movimiento de la Tierra se ponía en cuestión. Una
interpretación sofisticada de la Ciencia se enfrenta inevitablemente con el
hecho de que el análisis científico teorético puede hacer descubrimientos
físicos genuinos, incluso a pesar de la afirmación de Galileo de que una teoría
verificada empíricamente según sus principios es una verdad «necesaria» deba
ser considerada como una prueba de que él mismo estaba aprisionado por un
modelo físico euclidiano demasiado simple.
2.3. La fisiología y el método de experimentación y medida
La fisiología experimental fue otra rama de la
Ciencia en la que el enfoque cuantitativo, que Galileo utilizó con tanto éxito
en la Mecánica y que iba a conseguir triunfos tan asombrosos en la Astronomía,
se empleó con grandes resultados en el siglo XVII.
El mismo Galileo había mostrado, cuando
estudiaba la fuerza de cohesión de los materiales, que mientras el peso
aumentaba como el cubo, el área de la sección transversal, de la que dependía
la fuerza, aumentaba solamente como el cuadrado de las dimensiones lineales.
Había así un límite definido para el tamaño de un animal terrestre que sus
miembros podían soportar y sus músculos mover, pero los animales que vivían en
el agua, que soportaba el peso, podían alcanzar dimensiones enormes.
Uno de los primeros en aplicar los métodos de
Galileo a los problemas fisiológicos fue su colega el profesor de medicina de
Padua Santorio Santorio (1561-1636). Este describió un cierto número de
instrumentos como el pulsilogium, o pequeño péndulo para medir la velocidad del
pulso, y un termómetro clínico. Utilizó este último para estimar el calor del
corazón de un paciente midiendo el calor del aire espirado, que se suponía
venía del corazón. Diseñó también instrumentos para medir la temperatura de la
boca y otros para ser sostenidos en la mano. Su método de medida consistía en
observar la distancia que recorría el líquido en el termómetro durante diez
golpes de un pulsilogium. Como esto depende no sólo de la temperatura del
enfermo, sino también de la velocidad de su circulación periférica, que aumenta
con la fiebre, la medida de Santorio de la rapidez de la elevación de la
temperatura era probablemente una excelente indicación de la fiebre. En
su De Medicina Statica (1614)
describió un experimento que puso las bases del estudio moderno del
metabolismo. Estuvo durante días sobre una enorme balanza, pesando los
alimentos y los excrementos, y estimó que el cuerpo perdía peso a través de una
«perspiradón invisible».
Es a Guillermo Harvey (1578-1657) a quien se
debe principalmente la revolución en la Fisiología. Después de graduarse en
Cambridge, Harvey estuvo cinco años en Padua, donde tuvo por maestro ¡a
Girolamo Fabrici d'Acuapendente (hacia 1533-1619), que era colega y médico
personal de Galileo. En Padua, Harvey aprendió de tu venerado maestro a valorar
el método comparativo (vide infra, pp. 248-249). La mayor parte de sus propias
investigaciones sobie anatomía comparada se perdió durante la guerra civil
inglesa, pero en los dos libros que contienen su estupenda contribución a la
Ciencia acentúa la importancia de la anatomía comparada, tanto por ella misma
como para elucidar la estructura y la fisiología del hombre. Examinó corazones
de un gran número de vertebrados, incluyendo lagartos, ranas y peces, y de
invertebrados, tales como caracoles, una pequeña quisquilla transparente e
insectos. En los insectos observó el vaso dorsal pulsátil con una lente de
aumento. Aunque su estancia en Padua coincidió con la enseñanza de Galileo, no
hay pruebas de que se encontraran alguna vez, ni Harvey menciona a Galileo en
sus obras. Sin embargo, el método de Harvey de limitar la investigación en los
procesos biológicos a problemas que podían ser resueltos por el experimento y
la medida podría muy bien haber sido aprendido del gran mecanicista. En todo
caso respiró la misma atmósfera, y aunque sus citas de la Lógica eran casi
enteramente de Aristóteles, también se asemeja a Galileo en que su obra más
importante era una exhibición práctica perfecta de los métodos de «resolución»
y «composición».
La primera exposición que hizo Harvey de su
teoría de la circulación general de la sangre aparece en sus notas de las
conferencias dadas en el Real Colegio de Médicos en Londres de 1616 a 1618
(publicadas en 1886 como Prelectiones Anatomiae Universalis), aunque ésta parece haber sido un añadido
posterior. Varios de los constituyentes de su teoría habían ya sido
descubiertos por sus predecesores, pero nadie antes de él había visto que las
dificultades suscitadas por la explicación de Galeno sobre el movimiento de la
sangre eran de tal magnitud que exigían la revisión de toda la teoría. De
hecho, la originalidad de Harvey, no menos que la de Galileo, surgió de su
habilidad para mirar los viejos datos desde un punto de vista enteramente
nuevo. La anatomía fundamental del sistema vascular era conocida desde la época
de Galeno y familiar a los predecesores inmediatos de Harvey tanto como a él
mismo. No fue sobre bases puramente anatómicas por lo que pudo rechazar la
completa separación que Galeno establecía entre los sistemas venoso y arterial
(cf. vol. I, pp. 151 y ss.). Realizó su reinterpretación basándose en un cambio
total de la teoría fisiológica; una vez que se aceptaba ésta, todas las
estructuras anatómicas se colocaban en su lugar en el nuevo sistema.
Los principales puntos de la teoría de Galeno
que aparecieron problemáticos a Harvey fueron sus afirmaciones, según las
cuales:
I.la sangre
venosa se producía continuamente en el hígado a partir de los alimentos;
II.salía del
hígado y fluía por las venas a todas las partes del cuerpo;
III.solamente una
pequeña porción de ella entraba en el mismo corazón, y su ruta iba del
ventrículo derecho al izquierdo para convertirse en sangre arterial (esto
planteaba los problemas de la existencia de poros en el septo ventricular y en
la circulación pulmonar);
IV. la sangre arterial era expelida del corazón durante
la diástole y su explicación del pulso arterial, y Vi su exposición del
movimiento en dos direcciones del aire y su consunción en la arteria venosa. El
primer punto suscitaba el problema de la cantidad y velocidad de la sangre que
circulaba por los vasos, y los otros los de la dirección del flujo y la acción
del corazón. Ninguno de éstos fue considerado, sino aisladamente, por los
predecesores de Harvey.
Leonardo da Vinci había defendido que el corazón
era un músculo e hizo dibujos admirables de él que incluían el descubrimiento
de la banda moderadora en la oveja. También había seguido el movimiento del
corazón en el cerdo por medio de agujas clavadas a través del pecho en el
corazón y construido modelos para ilustrar el funcionamiento de las válvulas.
Sus ideas sobre los movimientos de la sangre eran, sin embargo, casi
enteramente galénicas y, además, no se sabe si sus manuscritos anatómicos
tuvieron una influencia similar a los que trataban de Mecánica. El médico
francés Jean Femel parece haber sido el primero en observar, en 1542, que,
contrariamente a las enseñanzas corrientes, cuando se contraían los ventrículos
(sístole) las arterias aumentaban de tamaño, y en
afirmar que esto sucedía a causa de la sangre (y espíritus comprimidos) que
entraba en ellas. Pero, en general, Femel expresó ideas aceptadas antes de
Harvey, al relacionar el movimiento del corazón primordialmente con la función
supuestamente refrigeradora de la respiración y argumentar en favor de Galeno
contra Aristóteles a propósito de la causa de su acción y del pulso. En 1543
Vesalio publicó sus observaciones, que muestran que no fue capaz de descubrir
poros en el septo ventricular; había explorado las cavidades del septo y vio
que «ninguna de estas cavidades penetra (al menos en lo perceptible por los
sentidos) del ventrículo derecho al izquierdo» (cf. lámina 3). En la segunda
edición (1555) de su De Fabrica
(vide infra, pp.
243-244) era todavía más terminante acerca de la ausencia de cavidades,
señalando: «Tengo serias dudas sobre el funcionamiento del corazón a este
respecto»[42].
Una duda semejante, junto con la opinión de que
el corazón era un músculo y tenía dos y no tres ventrículos, había ya sido
afirmada por el médico egipcio (o sirio) del siglo XIII Ibn al-Nafis
al-Qurashi. Ibn al-Nafis había defendido, tanto contra Avicena como contra
Galeno, que, puesto que no había ningún peso en el septo, la sangre venosa
debía pasar del ventrículo derecho al ventrículo izquierdo, vía vena arterial
(arteria pulmonar), a través de los pulmones, donde se esparcía por su
sustancia y se mezclaba allí con el aire que contenían, y luego volvía a la
parte izquierda del corazón por la arteria venosa (vena pulmonar). Esta obra
parece que fue desconocida en Occidente[43]; el primer autor
occidental que publicó la teoría de la circulación pulmonar (1553) fue el sabio
catalán Miguel Servet (1511-1553), quien mencionó en el curso de una discusión
teológica que parte de sangre pasaba del ventrículo derecho al izquierdo por los
pulmones, donde cambiaba de color. Suponía también que parte pasaba a través
del septo interventricular. Las preocupaciones de Servet eran primordialmente
teológicas y es probable que derivó estas ideas de alguna otra fuente, aunque
de hecho había estudiado Anatomía, siendo discípulo de Johannes Günther de
Andernach en París en la misma época que el propio Vesalio. En la actualidad no
hay pruebas de que él o el anatomista de Padua Realdo Colombo (hacia 1516-1559)
conocieron a Ibn al-Nafis, y algunos investigadores han sugerido que fue Servet
quien inspiró a Colombo sus ideas sobre la circulación menor. En vista del
curioso contexto en el que Servet anunció el descubrimiento, otros han sugerido
que era más probable que la influencia se hubiera realizado en la otra
dirección; es incluso posible que Colombo dedujera la idea de la circulación
menor del mismo Vesalio, del que había sido discípulo en Padua. El propio
Colombo, en su De Re
Anatómica (1559), no
sólo propuso la idea de la circulación pulmonar, sino que también la apoyó con
experimentos. Observó, como había hecho Femel, que la sístole cardíaca
(contracción) coincidía con la expansión arterial, y la diástole cardíaca (expansión), con la contracción
arterial; y mostró, además, que el cierre completo de la válvula mitral impedía
la pulsación de la vena pulmonar. Cuando abrió esta vena no encontró humos,
como habrían esperado los galenistas, sino sangre, y concluyó que la sangre
pasaba del pulmón (en donde se observaba un cambio de color) por la vena pulmonar
de vuelta al lado izquierdo del corazón. Como Servet, creía que parte de la
sangre pasaba también a través del septo interventricular. Ambos autores
defendieron también la opinión galénica de que la sangre se hacía en el hígado.
Así, pues, ninguno de ellos tenía idea de la verdadera naturaleza de la sangre,
y aunque Colombo había observado que el pulso del cerebro era sincrónico con el
de las arterias, no llegó a la idea de la circulación general o sistemática. Lo
mismo puede decirse del discípulo catalán de Colombo, Juan Valverde, que hizo
una exposición de la circulación menor en 1554. Parece que Valverde no
pretendió haber sido original, y algunos investigadores han argumentado —sobre
la base de que, como Servet, afirmó que la vena pulmonar contenía a la vez
sangre y aire— que fue Servet quien le influenció. Otros, contra esta opinión,
han argumentado que fue a partir de las enseñanzas de Colombo de donde aprendió
Valverde la idea de la circulación menor; el tratado de Colombo, publicado
póstumamente en 1559, pudo muy bien haber sido escrito antes que el de
Valverde. Es cierto que el propio Colombo pretendió que la nueva idea era suya
y, hasta entonces, desconocida.
El anatomista holandés Volcher Coiter
(1534-hacia 1576) también realizó algunos experimentos sobre el corazón.
Realizó un estudio comparado de corazones vivos de gatos, pollos, víboras,
lagartos, ranas y anguilas, y observó que en el órgano estirpado las aurículas
se contraían antes que los ventrículos y que el corazón se alargaba en la sístole
y se acortaba en la diástole. También mostró que un pequeño trozo de músculo
separado del corazón podía seguir latiendo.
El fisiólogo y botánico italiano Andrea
Cesalpino (1519-1603) realizó asimismo algunas observaciones sobre el
movimiento de la sangre. Decía, en sus Questionum
Peripateticarum (1571), que cuando el
corazón se contraía, impulsaba a la sangre hacia la aorta, y cuando se
dilataba, recibía sangre de la vena cava. En sus Quaestionum Medicarum (1593), libro 2, cuestión 17, decía:
Los pasajes del corazón están dispuestos de tal
manera por la naturaleza que de la vena cava pasa un flujo al ventrículo
derecho, de donde se abre la vía al pulmón. Del pulmón, además, parte otra
entrada hacia el ventrículo izquierdo del corazón, desde el que hay abierta una
vía a la arteria aorta, y hay unas membranas en la boca de los vasos colocadas
de tal forma que impiden el retorno. Así, hay una especie de movimiento
perpetuo desde la vena cava por el corazón y los pulmones hasta la arteria
aorta, como he explicado en mis Cuestiones peripatéticas. Si tomamos en cuenta
que en el estado de vigilia hay un movimiento de calor natural hacia el
exterior, es decir, hacia los órganos de los sentidos, mientras que en el
estado de sueño hay, al contrario, un movimiento hacia el interior, esto es,
hacia el corazón, debemos pensar que en el estado de vigilia gran parte de los
espíritus y de la sangre se introducen en las arterias, puesto que es por ellas
por donde se tiene acceso a los nervios, mientras que, por otra parte, durante
el sueño el calor animal vuelve por las venas al corazón, pero no por las
arterias, ya que el acceso suministrado por la naturaleza al corazón es a
través de la vena cava, y no a través de la aorta... Porque en el sueño el
calor innato pasa de las arterias a las venas por el proceso de comunicación
llamado anastomosis, y de allí al corazón.
Utilizaba esta exposición para explicar las
observaciones de que cuando una vena era ligada se hincha por la parte alejada
del corazón. Pero sus ideas sobre el tema carecían de claridad y decisión, y en
su última obra en 1602-1603 afirmó formalmente que la sangre salta del corazón tanto por las venas como por las arterias. Aunque
utilizó el término circulatio lo entendía en el
sentido de un movimiento de ida y vuelta como en la subida y bajada de un
líquido, evaporación seguida de condensación, en la destilación química. Así,
pues, no entendió la circulación general mejor que Colombo, Servet y Valverde,
o que Cario Ruini —que en 1598 publicó también una descripción de la
circulación pulmonar o menor en su tratado de anatomía del caballo— o Fabrici,
que en 1603 presentó los primeros dibujos claros y adecuados de las válvulas de
las venas, pero que creía que su función consistía en contrarrestar el efecto
de la gravedad e impedir que la sangre se acumulara en las manos y en los pies.
(Estas válvulas habían sido descritas por Charles Estienne en 1545 [ vide infra, p. 241] y después fueron estudiadas por
varios anatomistas, ninguno de los cuales comprendió su función.)
La teoría de la circulación general de la sangre
fue, de hecho, presentada por primera vez por Guillermo Harvey y publicada en
1628 en su Exercitatio Anatómica De Motu Cordis et Sanguinis in
Animalibus. Según su propia afirmación,
y la evidencia de las Prelectiones, sus dudas sobre el sistema galénico y su convicción de que la
sangre circulaba se desarrolló por etapas durante los nueve años precedentes.
Existe una conversación recogida por Robert
Boyle en 1688, pero que se remonta a treinta años antes, aunque casi veinte
años después de la publicación del De Motu Cordis, en la que Harvey mismo parece conectar esta
teoría con los resultados de la gran tradición italiana de estudios anatómicos.
«Recuerdo —escribía Boyle—
que cuando pregunté al famoso Harvey, en la única
conversación que sostuve con él (que fue un poco antes de su muerte), cuáles
fueron las cosas que le indujeron a pensar en la circulación de la sangre, él
me respondió que cuando tuvo noticia de que las válvulas de las venas de tantas
partes del cuerpo estaban colocadas de forma que daban paso libre a la sangre
hacia el corazón, pero que se oponían al paso de la sangre venosa en dirección
contraria, fue alentado a imaginar que una causa tan providente como la
naturaleza no^ había colocado tantas válvulas sin ningún propósito; y ningún
propósito parecía más probable, puesto que la sangre, a causa de las válvulas
interpuestas, no podía ser bien enviada por las venas a los miembros, debía
serlo por las arterias, y volver por las venas, cuyas válvulas no se oponían a
su curso en esa dirección.» (Boyle, Obras, 1772, vol. V, p. 427.)
Más recientemente se ha sugerido que la teoría de
Harvey de la circulación general fue una continuación natural de la obra de sus
predecesores sobre la circulación pulmonar. Ninguna de estas sugerencias recibe
apoyo de sus propias obras, pero a otro nivel, el del método, es clara la
tradición italiana. El propio Harvey nos muestra que su gran intuición le vino
del empleo del método comparativo; su habilidad para seguir sus consecuencias
hasta el fin le vino de su clara comprensión del uso del experimento y la
medida. Todo esto era la enseñanza de Padua, pero fue el empleo que hizo de
estos métodos lo que le elevó a un nivel mucho más alto de originalidad.
Ello es evidente por el contraste entre él y los
anatomistas que habían estudiado la circulación pulmonar. Estos no habían
cuestionado nunca la hipótesis básica galénica de que las venas y el lado
derecho del corazón formaban un sistema, centrado en el higado, que era
completamente distinto por su función y su estructura del sistema formado por
las arterias y el lado izquierdo del corazón. Entre los dos se encontraban los
pulmones, que recibían alimento de la sangre venosa enviada por el ventrículo
derecho, que suministraban a partir del aire el principio de su conversión en
sangre arterial en el ventrículo izquierdo, enfriando y limpiando el mismo
corazón. Se habían limitado a investigar la solución de un problema particular:
cómo la sangre pasaba del lado derecho al izquierdo del corazón en el hombre,
un problema que se suscitaba y era resuelto dentro del mismo sistema de Galeno.
Mirando más allá del hombre a toda una gama de animales de sangre roja, incluso
a animales como la quisquilla, insectos y caracoles, Harvey vio que éste era
solamente una parte del problema más general del movimiento de la sangre en el
cuerpo considerado como un todo. En los peces, que no tenían pulmones, en las
ranas, renacuajos, culebras y lagartos —que se parecían a los peces por tener
un solo ventrículo— y también en los embriones de animales pulmonados, no se
planteaba de ninguna forma el primer problema. «La práctica común de los
anatomistas —escribía en el capítulo 6 del De Motu Cordis— al dogmatizar sobre la estructura general del cuerpo
a partir de la disección de únicamente cadáveres humanos, es objetable. Es como
diseñar un sistema general de política a partir del estudio de un único estado,
o pretender conocer toda la agricultura a partir del examen de un solo campo.»
Es una falacia intentar sacar conclusiones de una proposición particular. «Si
los anatomistas hubieran estado tan familiarizados con la disección de animales
inferiores como lo están con la del cuerpo humano, las cosas que los han
mantenido hasta ahora en la perplejidad de las dudas se habrían visto, en mi
opinión, liberadas de todo tipo de dificultad.»
Lejos de ser una mera continuación de la obra de
sus predecesores, el principal objetivo del argumento de Harvey consistía en
proponer, y demostrar por el experimento y la evidencia accesoria, una
conclusión diametralmente opuesta a sus hipótesis básicas galénicas sobre el
curso de la sangre y la acción del corazón. La cuestión de la circulación
pulmonar juega un papel muy secundario en toda esta argumentación; de hecho, él
lo estudió ampliamente sólo en una carta, escrita en 1651, a Paul Marquard
Slegei de Hamburgo. La originalidad de Harvey fue en todo caso mayor que la
suma de contribuciones de sus predecesores. Lo que él hizo fue el primer
intento desde Galeno de «un sistema general de política» en cuestiones de
anatomía y fisiología. Fue el primero en elaborar una teoría que, como insistía
en el De Motu Cordis y
en las controversias a las que dio lugar, comprendía en un sistema general a
todos los sistemas circulatorios particulares de los distintos animales y
embriones. Demostrando una alternativa de la doctrina central del sistema de
Galeno, suscitó todo un nuevo conjunto de problemas sobre la fisiología en
general.
El estudio de Harvey, tanto en las Prelectiones como en el De Motu Cordis, indica que lo que le condujo a sus primeras dudas
fue la afirmación de Galeno de que la sangre dejaba el corazón durante la
diástole y su exposición del pulso arterial. El argumento en lasPrelectiones sigue de cerca al de los ocho primeros capítulos
del De Motu Cordis. Ambos
comienzan con una «resolución» del problema en sus partes, de manera que la
causa pudiera ser descubierta a partir de sus efectos. Después de analizar las
dificultades de la teoría de Galeno, citando muchas observaciones realizadas
por otros, se concentró en demostrar que la acción del corazón, durante la sístole,
la naturaleza del pulso y el subsiguiente flujo continuo de la sangre por el
corazón, en varios animales y fetos, era resultado de su latido continuado.
Las Prelectiones concluían
con un establecimiento de la hipótesis de la circulación general semejante al
de los ocho primeros capítulos del De Motu Cordis. Probablemente la discusión en sus conferencias
se detenía ahí, porque estaba haciendo demostraciones de la anatomía del tórax
en su conjunto y debían ser acabadas en un día, pues no había productos de
conservación. Los capítulos restantes del De Motu Cordis forman claramente una segunda sección que
corresponde a la parte «compositiva» del argumento. Describía la comprobación
de su hipótesis por tres consecuencias que se seguían de ella; la enunciaba
definitivamente en el capítulo 14, y añadía otras pruebas.
Comenzó su demostración señalando que la
contracción del corazón era una contracción muscular que se iniciaba en las
aurículas y que pasaba a los ventrículos, cuya contracción provocaba entonces
la expansión de las arterias. Contra las teorías tanto de Aristóteles como de
Galeno (vide vol. I, p.
152) iba a concluir que el corazón actuaba como una especie de bomba
energética, pero esto vino después. La secuencia de las contracciones sugería
que se producía un flujo de sangre desde las venas pasando por el corazón a las
arterias, y que la disposición de las válvulas venosas impedirían su retorno.
Mostró entonces que si se perforaba la arteria pulmonar o la aorta solamente, la contracción del ventrículo
derecho iba seguida por un chorro de sangre por la arteria pulmonar, y que la
contracción del ventrículo izquierdo por un chorro de sangre por la aorta; los
dos ventrículos se contraían y dilataban al unísono. Señaló que en el feto la
estructura del corazón y de los vasos estaba dispuesta para no pasar por los
pulmones, que todavía no funcionaban. Decía que la sangre de la vena
cava pasaba por una abertura, el foramen
ovale, a la vena pulmonar, y así por el
camino del ventrículo izquierdo pasaba a la aorta. (En realidad, el foramen
ovale se abre directamente hacia el
ventrículo izquierdo.) La sangre que entraba en la arteria pulmonar era llevada
a la aorta por el ductus arteriosus fetal. Los dos ventrículos operaban, pues, como uno, y el estado
embrionario de animales con pulmones correspondía al de animales adultos, como
el pez, que no tenía pulmones. En los animales adultos con pulmones la sangre
no podía pasar a través de los dos pasos fetales, que estaban cerrados, sino
que tenía que ir del lado derecho del corazón al izquierdo a través de los
tejidos de los propios pulmones.
De la estructura y continuo latir del corazón,
Harvey concluyó que el flujo de la sangre por él no era en una sola dirección,
sino que también era continuo. De esto se seguiría que, a menos que hubiera
algún paso de vuelta desde las arterias a las venas en todo el cuerpo, tanto
como en los pulmones, las venas se vaciarían en seguida y las arterias se romperían
por la cantidad de sangre que entraría en ellas. No había, pues, forma de
evitar la hipótesis que enunció en el capítulo 8 de De Motu
Cordis:
Empecé a pensar si no habría un movimiento como si
fuera én círculo. Ahora bien, eso es lo que encontré luego ser cierto; y
finalmente vi que la sangre era expulsada del corazón y conducida, por el latir
del ventrículo izquierdo, por las arterias a todo el cuerpo y a sus diferentes
partes, de la misma forma que es enviada, por el latir del ventrículo derecho,
por la vena arterial [arteria pulmonar] a los pulmones, y que retoma por las
venas a la vena cava, y de esa forma al ventrículo derecho, de la misma manera
que retorna de los pulmones por la arteria venosa [vena pulmonar] al ventrículo
izquierdo.
Harvey, para proceder a comprobar esta hipótesis,
hizo a continuación una serie de deducciones que, si se verificaban
experimentalmente, la confirmarían y eliminarían a la vez las hipótesis rivales
de Galeno de que la sangre era producida ininterrumpidamente por el hígado a
partir del alimento ingerido. Primero demostró que, pasando la sangre por el
corazón solamente en una dirección, se podía calcular —a partir de la capacidad
del corazón y la rapidez de sus latidos— que bombeaba en una hora, de las venas
a las arterias, pasando por él mismo, una cantidad mavor que todo el peso del
cuerpo. Confirmó mediante experimentos ulteriores que la sangre pasaba
continuamente por el corazón sólo en una dirección desde las venas a las
arterias. En una serpiente, cuyos vasos estaban dispuestos convenientemente
para la investigación experimental, al pintar la vena cava el corazón se vaciaba y se volvía pálido,
mientras que cuando la aorta se cerraba por el mismo procedimiento el corazón
se dilataba y se ponía violáceo. Esto concordaba con la disposición de las
válvulas. En segundo lugar mostró, mediante experimentos con ligaduras, que la
misma cantidad de sangre que pasaba por el corazón era impulsada a través de
las arterias hacia la periferia del cuerpo, y que allí la sangre circulaba con
el mismo flujo continuo en una dirección solamente, pero, en esas partes, iba
de las arterias a las venas. En los miembros las arterias están situadas
profundamente, mientras que las venas están próximas a la superficie. Una
ligadura moderadamente apretada alrededor del brazo comprimiría las venas, pero
no las arterias, y constató que esto producía una distensión de la mano por la
sangre acumulada. Una ligadura muy apretada detenía completamente el pulso y el
flujo de sangre en la mano y no se observaba ninguna distensión. Finalmente
mostró que la sangre retornaba al corazón por las venas. Las investigaciones
anatómicas mostraron que las válvulas estaban dispuestas en las venas de modo
que la sangre podía fluir solamente hacia el corazón, un hecho en el que
Fabrizi no había caído en la cuenta. Harvey demostró que cuando el brazo estaba
ligado moderadamente de manera que las venas se vaciaban, se formaban «nodos»
en la posición de las válvulas. Si la sangre se impulsa en la vena, por la parte
inferior de la válvula, apretando con el dedo en la dirección periférica, la
sección vacía permanecía achatada; concluyó que esto se debía a que la válvula
impedía a la sangre volver. Confirmó esta explicación con experimentos
ulteriores del mismo tipo. Llegó, por tanto, a la conclusión definitiva en el
capítulo 14 de De Motu Cordis.
Puesto que todas las cosas, tanto el argumento como
la demostración ocular, muestran que la sangre pasa por los pulmones y el
corazón gracias a la acción de los ventrículos y es enviada para ser
distribuida por todas las partes del cuerpo, donde sigue su camino, a través de
los poros de la carne, hacia las venas; y entonces fluye por las venas de la
circunferencia por todos lados al centro, desde las venas menores a las
mayores, y es, finalmente, descargada por ellas en la vena cava y en la
aurícula derecha del corazón; y esto en tal cantidad, con tal flujo por las
arterias y tal reflujo por las venas, que posiblemente no puede ser
suministrado por los alimentos ingeridos y que es mucho mayor que lo necesario
para el mero fin de la nutrición; por tanto, es necesario concluir que la
sangre en el cuerpo animal es impelida en círculo y es un estado de movimiento
incesante; que esto es la acción o función que realiza el corazón por medio de
su pulso; y que éste es el único solo fin del movimiento y contracción del
corazón.
El tratado de Harvey, publicado en Frankfurt en el
escenario de una feria anual del libro, fue ampliamente distribuido. A pesar de
las críticas de algunos profesores consagrados,
como Jean Riolan de París, su teoría fue adoptada con bastante rapidez, en
particular por los jóvenes anatomistas —un ejemplo del hecho de que a menudo
una sola generación puede apreciar una revolución fundamental, en parte debido
a que para ella la teoría ha dejado de ser revolucionaria. John Aubrey escribió
en su retrato de Harvey:
Le he oído decir que, después de que su libro sobre
la circulación de la sangre se publicara, bajó mucho su clientela, que la gente
vulgar creía que estaba loco; y todos los médicos estaban en contra de su
opinión y le tenían envidia; muchos escribieron contra él, como el doctor
Primige, Paracisanus, etc. Con mucho esfuerzo, por fin, después de alrededor de
veinte o treinta años, fue aceptado en todas las universidades del mundo; y,
como el señor Hobbes dice en su libro De Corpore, es quizá el único hombre que
vivió para ver su propia doctrina aceptada durante su vida.
La teoría de Harvey fue una iluminación inmensa
para la Fisiología, hacia la que dirigió la atención de todos los biólogos. Su
tratado proporcionó un modelo de método. Después de él el estudio abstracto de
cuestiones como la naturaleza de la vida o del «calor innato» dejó paso a la
investigación empírica de cómo funcionaba el cuerpo. El mismo había dejado algo
vago el paso de la sangre de las arterias a las venas, y la demostración de
esta teoría fue completada, finalmente, cuando, en 1661, Malpighi observó con
el microscopio el paso de la sangre por los capilares de los pulmones de la
rana. Alrededor de la misma época Jean Pecquet y Thomas Bartholin descubrieron
el sistema linfático; se comenzó con las observaciones de Pecquet, al final de
la vida de Harvey, de los vasos lechosos, que llevan el quilo (grasa
emulsionada) del intestino delgado a las venas por la vía del ducto torácico
—un importante complemento de la teoría de Harvey que el anciano fisiólogo
rechazó basándose en la anatomía comparada que había guiado su propia obra. No
pudo encontrar trazas de dichos vasos ni en las aves ni en los peces. «Ni
—escribía al doctor R. Morrison— veo ninguna razón de que la ruta por la que el
quilo es llevado en un animal no deba ser la que lo lleva en todos los demás
animales; ni en verdad, si es necesaria una circulación de la sangre en este
asunto, como realmente lo es, que haya ninguna necesidad de inventar otro
modo.» Esas grandes aptitudes para la generalización teórica a las que debía su
mayor descubrimiento le iban a cegar respecto a la aparente inconsecuencia de
los hechos.
El estudio de la sangre, portadora del alimento
y del oxígeno, estaba de hecho bien situado para constituir los fundamentos de
la Fisiología, y la elucidación por parte de Harvey de su mecánica fue seguida
más tarde, en el siglo XVII, por las investigaciones, especialmente de Boyle,
Hooke, Lower y Mayow, sobre el problema químico de la respiración, que
relacionaron por primera vez con el problema general de la combustión.
Sin embargo, el propio Harvey nunca entendió la
función de la respiración, y cuando vayamos a estudiar sus opiniones sobre el
fin de la circulación en general, debemos situarnos en el contexto de una
filosofía de la naturaleza muy diferente de la de la moderna fisiología, un
conjunto de cuestiones que se extiende más allá del ámbito de aquellas a las
que la aclaración de la mecánica de la circulación dada por Harvey fue la
respuesta positiva incorporada en la ciencia moderna.
La filosofía de la naturaleza de un período
diferente al nuestro, todo el complejo de suposiciones y concepciones que una
explicación particular satisface en un momento determinado, viene expresada más
claramente a veces por autores secundarios que por los grandes innovadores cuya
originalidad transforma inevitablemente el contexto de ideas en el que
nacieron. Uno de los primeros contemporáneos en aceptar la teoría de Harvey fue
el médico londinense, alquimista y rosacruciano, Robert Fludd, muchas de cuyas
propias obras habían sido publicadas por el mismo editor de Frankfurt. Pero
Fludd vio en el gran descubrimiento de «su amigo, colega y compatriota, muy
versado no sólo en la anatomía, sino también en los más profundos misterios de
la Filosofía», como llamaba a Harvey en su Integrum Morborutn
Mysterium, en 1631, no el comienzo de
una nueva Fisiología, sino una demostración de algo completamente diferente: de
la correspondencia del microcosmos del cuerpo y el macrocosmos de las esferas
celestes; una demostración de que el espíritu de la vida retenía una impresión
del sistema planetario y del zodíaco, una impresión del movimiento circular de
los cuerpos celestes que gobernaba el mundo inferior.
Es evidente que Harvey mismo, frío, claro y
racional como era, un científico empírico hasta la medula de su mente, no
habría rechazado la alabanza. Al final del pasaje ya citado del capítulo 8
de De Motu Cordis, en el
que describía cómo le vino a la mente la idea de la circulación, Harvey
relacionaba el movimiento de la sangre a una visión general del mundo. Su
visión, como buen discípulo de Padua, es básicamente aristotélica: «La
autoridad de Aristóteles tiene siempre tal peso para mí que nunca pienso
apartarme de él inconsideradamente», como decía más tarde en el De
Generatione Animalium (exercitatio II).
Era fundamental para la filosofía de la naturaleza de Aristóteles que el
movimiento circular fuera la forma más noble de movimiento y que el movimiento
circular de los cuerpos celestes fuera el patrón al que aspiraban los movimientos
de los cuerpos sublunares y en particular de los microcosmos de los cuerpos
vivientes. Aristóteles había hecho del corazón el órgano principal del cuerpo y
el origen de la sangre y los vasos. Harvey, después de su exposición del bombeo
mecánico de la sangre por el cuerpo gracias a la acción del corazón, compara su
movimiento circular al ciclo del agua que se evapora por el calor del Sol de la
tierra húmeda y que retorna de nuevo en forma de lluvia, produciendo así la
generación de los seres vivos, y al ciclo anual del clima con la aproximación y
alejamiento del Sol; ambos, «como dice Aristóteles..., emulan el movimiento
circular de los cuerpos superiores».
Y así, con toda probabilidad viene a pasar en el
cuerpo, por medio del movimiento de la sangre. Todas las partes pueden ser
alimentadas, calentadas y avivadas por la más cálida y más perfecta, vaporosa,
espirituosa y, por decirlo así, nutritiva sangre; y ésta, al contrario, puede
hacerse, en contacto con las partes, fría, espesa y, por decirlo así, estéril,
de manera que retorna a su origen, el corazón, como a su fuente, el templo más
interno del cuerpo, para recobrar su perfección y virtud. Aquí es licuada de
nuevo por el calor natural —potente, ardiente, una especie de tesoro de la
vida—, y es impregnada con espíritus y, como se podría decir, con bálsamo; y
desde allí es dispersada de nuevo; y todo esto depende del movimiento y latir
del corazón. Por consiguiente, el corazón es el principio de la vida, el sol
del microcosmos; igual como el Sol en su giro, podría bien ser llamado el
corazón del universo; porque es por la potencia (virtus) y latir del corazón
por lo que se mueve la sangre, perfeccionada y animada (vegetatur)... porque el
corazón es, en verdad, la perfección de la vida, la fuente de toda acción.
Harvey compartía esta visión del modelo cosmológico
en el que la circulación de la sangre tenía su lugar con otro aristotélico,
Cesalpino. Como Harvey, Cesalpino había considerado la renovada «perfección» de
la sangre como el fin inmediato de su paso por el corazón; y como Harvey,
describió un proceso cíclico de calentamiento y evaporación en el corazón,
seguido con enfriamiento y condensación en las partes del cuerpo, comparable al
ciclo químico de la distillatio. Estas ideas, la
analogía del microcosmos y el macrocosmos, el predominio de los ciclos en la
naturaleza, la excelencia del círculo, eran de hecho tópicos y estaban
presentes bajo diferentes formas en todas las obras aristotélicas, alquímicas,
paracelsianas y neoplatónicas de la época. Aparecen, por ejemplo, en la
embriología simbólica de Peter Severinus (1571) y de Johann Marcus Marci de
Kronland (1635). El mismo Harvey retornó a ellas en su De Generatione Animalium (1651) como la analogía del venir e ir de
nuevas generaciones, en particular en el ciclo del cambio, descrito en su
teoría de la «epigénesis», de la semilla indiferenciada a la primera materia
diferenciada, la sangre, de allí al adulto completamente diferenciado, y de
nuevo a la semilla que forma la nueva generación.
Es esta concepción filosófica de los ciclos la
que une los dos grandes campos de la obra de Harvey (vide infra, pp. 250-251), y es un buen ejemplo del hecho de
que si queremos comprender la aparición de un descubrimiento o una nueva
explicación, y la forma concreta que adopta, debemos mirar más allá de las
bases puramente empíricas sobre las que descansa. Estas últimas nunca son
realmente las únicas que determinan las expectativas del científico y la
dirección de su atención y su visión; son inevitablemente, hasta cierto punto,
los productos de una teoría, y ciertamente en el caso de Harvey producto de
hipótesis ontológicas no verificadas sobre el mundo, que formaban su filosofía
de la naturaleza. Pero la diferencia entre un científico como Harvey y los
meros especuladores como Fludd, con quien podía haber compartido tantas
suposiciones de ese tipo, residía en que sometía sus teorías a comprobaciones
empíricas efectivas. En este aspecto estuvo con Fludd en la misma relación que
tuvo Kepler. Hasta el fin de su vida Harvey negó que la sangre sufriera ningún
cambio esencial en los pulmones; sostuvo que la sangre era enfriada en el
cuerpo en general y creyó que la idea tradicional, de que la respiración la
enfriaba de manera especial, podría ser correcta. Pero distinguió este problema
del hecho de la
circulación: «Soy de la opinión —escribía en la Second
Disquisition to Jean Riolan (1649)-— de
que nuestro primer deber es investigar si la cosa es o no es, antes de
preguntar por qué es.» La gran fuerza de Harvey como maestro del método
experimental y su superioridad sobre todos los otros biólogos de su tiempo
residía en que poseía las dotes de imaginación que le hicieron un gran
descubridor y un gran teórico, y los dones de la razón que le enseñaron cómo
comprobar sus teorías por medio de experimentos cuantitativos y exactos.
Las cualidades teoréticas estaban presentes en
grado superlativo en la inteligencia del cofundador, con Harvey, de la
fisiología moderna, Descartes. En su Discours de la méthode (1637), Descartes había expresado la esperanza
de conseguir reglas que podrían revolucionar la medicina de la misma forma que
había intentado reformar las otras ciencias. Fue uno de los primeros en aceptar
el descubrimiento de Harvey de la circulación de la sangre, aunque no entendió
la función de bombeo del corazón, que él todavía creía que producía su obra por
medio del calor vital. Aunque atribuía el mé-rito del descubrimiento de la
circulación de la sangre a un médécin d'Angleterre (Discours, parte 5), Descartes pretendía para sí mismo el mérito de la
elucidación del mecanismo del corazón. Creyó que era el calor vital del corazón
lo que hacía que se expandiera al vaporizar la sangre que había arrastrado a su
interior durante la contracción, y que era esta expansión en la diástole la que
enviaba la sangre por la arteria al cuerpo y los pulmones, donde se enfriaba y
licuaba para volver al corazón, donde el ciclo comenzaba de nuevo. Descartes
estaba de hecho reviviendo la explicación de Aristóteles, en oposición a Galeno
y a Harvey (cf. vol. I, p. 153; infra, pp. 270 y ss.). Es realmente curioso que un
hombre que pretendía haberse desprendido de todos los prejuicios anteriores
repitiera el antiguo error, ya detectado un siglo antes, de que la sangre
saliera del corazón durante la diástole, y que su sistema fisiológico en
conjunto se pareciera tanto al de Galeno y Aristóteles. Pero no es por esos
detalles por lo que se tiene que juzgar los logros de Descartes; ciertamente,
si le hubieran producido alguna duda quizá nunca los hubiera realizado. Su
contribución consistió en captar y afirmar una gran idea teórica: que el cuerpo
es una máquina y que todas sus operaciones deben ser explicadas por los mismos
principios y leyes físicos que se aplican al mundo inanimado. Aunque todavía
utilizaba términos como «espíritus», éstos eran meramente materiales y
obedecían a las leyes mecánicas; los espíritus y principios específicos
encargados en la antigua fisiología de cada función concreta habían sido
eliminados. Mientras que la filosofía de la naturaleza, el sistema de analogías
con ciclos de la naturaleza y con el Sol, dentro del que Harvey elaboró su teoría
del movimiento del corazón fue de poca utilidad para sugerir investigaciones
ulteriores, el mecanicismo de Descartes iba a ser fructífero inmediatamente. A
pesar de su error se había apuntado un tanto contra Harvey al urgir la cuestión
de la causa del latir
del corazón. Quería mostrar que éste podía seguirse de leyes mecánicas
conocidas y aparecer así como un fenómeno esperado dentro del sistema general
de la Mecánica.
«Pero a fin de que quienes ignoran la fuerza de
las demostraciones matemáticas —escribía en la parte 5 del Discours— y que no están acostumbrados a distinguir las
verdaderas razones de las meras verosimilitudes se aventuren, sin examen, a
negar lo que se ha dicho, deseo que se considere que el movimiento que acabo de
explicar se sigue tan necesariamente de la sola disposición de las partes, y
del calor que puede ser sentido por los dedos, y de la naturaleza de la sangre
que es conocida por la experiencia, como hace el movimiento de un reloj por la
potencia, la posición y la forma de sus contrapesos y ruedas.»
Descartes, al presentar su teoría mecanicista,
hizo, explícitamente, una contribución aún mayor a la Fisiología, porque lo
hizo en términos de uno de los métodos más fecundos conocidos en la Gencia: el método
del modelo teórico. Descartes, un teórico del método científico y un buen
físico y fisiólogo, era completamente consciente de lo que estaba haciendo; fue
él quien hizo del método del modelo físico y químico el instrumento poderoso de
análisis que desde entonces no ha dejado de serlo en la investigación
fisiológica. Su homme machine era
un cuerpo teórico, que intentó construir a partir de los principios conocidos
de la Física de tal manera que pudiera deducir de él los fenómenos fisiológicos
observados en los cuerpos vivos reales. En sus Primae
Cogitationes área Generationem Animalium incluso
abordó la cuestión fundamental de las máquinas que engendran máquinas. Su
fisiología era galénica y aristotélica, pero eran Galeno y Aristóteles more
geométrica demónstrala.
Además, Descartes tenía un conocimiento del tema
de primera mano; pasó varios años estudiando anatomía, y en La
Dioptrique, publicada junto con
el Discours como una
parte de su ilustración del método, hizo contribuciones fundamentales a la
fisiología de la visión.
He decidido abandonar a toda la gente en sus
discusiones —escribía en la parte 5 del Discours— y hablar solamente de lo que
sucedería en un mundo nuevo, si Dios fuera a crear ahora, en alguna parte, en
los espacios imaginarios, materia suficiente para componer uno, y fuera a
agitar varia y confusamente las diferentes partes de esta materia, de tal
manera que resultara un caos tan desordenado como los poetas nunca han
imaginado, y después de esto no hiciera nada más que prestar su concurso
ordinario a la naturaleza, y permitirla actuar de acuerdo con las leyes que El
hubiera establecido.
De la teoría mecanicista del cuerpo vivo, que
pretendía poder derivar de estas leyes, decía:
Ni parecerá extraño en absoluto esto a quienes
están familiarizados con la variedad de movimientos realizados por distintos
autómatas, o máquinas que se mueven, fabricados por la industria humana, y con
la ayuda de pocas piezas comparada con la gran multitud de huesos, músculos,
nervios, arterias, venas y otras partes que se encuentran en el cuerpo de todo
animal. Esas personas mirarán a este cuerpo como una máquina fabricada por las
manos de Dios, que está incomparablemente mejor dispuesta y adecuada para movimientos
más admirables, que en cualquier máquina de invención humana.
Hizo una exposición detallada de este cuerpo
teórico en su tratadoL'Homme, que formaba parte
del Le Monde ou Traité de la lamiere (acabado en 1633,
pero publicado póstumamente en 1664).
Supongo que el cuerpo no es nada más que una estatua o máquina de arcilla
—escribía—; vemos relojes, fuentes artificiales, molinos y otras máquinas
semejantes que, aunque fabricadas por el hombre, tienen, sin embargo, el poder
de moverse a sí mismas de diferentes modos; y me parece que no podría imaginar
tantas clases de movimiento en él, que supongo hecho por la mano de Dios, ni
atribuirle tanto artificio que no tuvierais motivos para pensar que todavía
puede tener más...
Deseo que consideréis, después de esto, que todas las funciones que he
atribuido a esta máquina, como la digestión de los alimentos, el latir del
corazón y de las arterias, la alimentación y el crecimiento de los miembros, la
respiración, la vigilia, el sueño, la recepción de la luz, de los sonidos, de
los olores, de los gustos, del calor y de otras cualidades parecidas en los
órganos de los sentidos externos; la impresión de sus ideas en el órgano del
sentido común y de la imaginación; la retención o la impresión de esas ideas en
la memoria; los movimientos interiores de los apetitos y de las pasiones; y, en
fin, los movimientos exteriores de todos los miembros, que siguen tan
adecuadamente tanto a las acciones de los objetos que se presentan a los
sentidos como a las pasiones e impresiones que están en la memoria, que imitan
tan perfectamente como es posible los de un hombre verdadero; deseo, digo, que
consideréis que estas funciones se siguen todas naturalmente, en esta máquina,
de la sola disposición de sus órganos, ni más ni menos como se siguen los
movimientos de un reloj, u otro autómata, de la de sus contrapesos y sus
ruedas; de forma que no es necesario en su caso concebir en ella ninguna otra
alma vegetativa ni sensitiva, ni ningún otro principio del movimiento y de la
vida, más que su sangre y sus espíritus agitados por el calor del fuego que
arde continuamente en su corazón y que no tiene una naturaleza distinta de
todos los fuegos que existen en los cuerpos inanimados.
En la teoría de Descartes el cuerpo de un ser
humano estaba habitado por un alma racional. Puesto que el pensamiento era una
sustancia pensante inextensa, mientras que el cuerpo era una sustancia extensa
no pensante, algunos de sus críticos y seguidores, como Gassendi y Malebranche,
defendieron que estas dos sustancias no tenían ningún punto de contacto. Pero
Descartes defendía que se interaccionaban a través de uno, y sólo un órgano, la
glándula pineal del cerebro (lámina 4; vol. I, p. 149; infra, pp. 375 y ss.). Una razón de la elección de esta
glándula consistía en que era el único órgano del cerebro que era uno y no
dividido en partes simétricas. Por eso estaba adaptado para interaccionar con
todas las partes del cuerpo. Defendía que la cavidad cerebral, en la que estaba
suspendida la glándula pineal, contenía espíritus animales destilados en el
corazón a partir de la sangre, y que a través de poros en la superficie interna
de esta cavidad los espíritus animales entraban en los nervios, que creía que
eran tubos finos huecos. Sostenía que en el interior de cada nervio había
cuerdas muy finas, cada una de las cuales estaba atada por uno de sus extremos
a la parte del órgano del sentido al que llevaba el nervio, y el otro, a una
pequeña puerta en el poro por donde el nervio llegaba a la superficie interna
del cerebro. Toda la función nerviosa en esta máquina dependía únicamente del
control del flujo de espíritus materiales puramente animales en el cerebro y
los nervios, igual, decía, como un órgano musical dependía solamente del
control del aire en los tubos.
Por ejemplo, cuando la luz que llegaba desde un
objeto externo se centraba sobre la retina, empujaba un conjunto
correspondiente de cuerdas del nervio óptico. Estas, a su vez, abrían los
correspondientes poros de la superficie interna del cerebro, actuando como
alambres de un tirador de campana. La imagen formada en la retina era reproducida
así en el modelo de poros abiertos, y era de ese modo trazada en los espíritus
sobre la superficie de la glándula pineal. Allí era aprehendida inmediatamente
por el alma racional, que recibía así una impresión del objeto exterior. El
alma recibía, pues, un signo del mundo exterior, no la cosa misma.
Cuando, por otra parte, el alma quería una
acción determinada, actuaba sobre el cuerpo moviendo la glándula pineal de
manera que desviara los espíritus animales hacia los poros que se abrían a los
nervios que conducían a los músculos implicados. Los espíritus animales
actuaban sobre el músculo al final del nervio fluyendo en él y lo hinchaban,
haciéndole mover de ese modo el miembro o parte del cuerpo al que estaba unido.
Descartes pudo, por medio de este modelo
hipotético, ofrecer explicaciones mecánicas de muchos fenómenos neurológicos y
fisiológicos comunes, por ejemplo, del control coordinado de una acción tal
como andar en la que estaban implicados muchos músculos diferentes, o
emociones, o imágenes formadas sin objetos externos, o el dormirse y
despertarse, de sueños, y de recuerdos, que sostenía eran las trazas físicas de
los espíritus animales. Su explicación de la visión y del ojo es especialmente
notable por su estrecho control mediante observación y experimento, combinados
con el análisis matemático de los fenómenos ópticos implicados.
Al contrario que el hombre, los animales eran
meramente autómatas y nada más. Aunque los animales eran considerablemente más
complicados, no existía en principio diferencia entre ellos y los autómata construidos por el ingenio humano. «No hay
—escribía en una carta al marqués de Newcastle el 23 de noviembre de 1646—
ninguna de nuestra acciones externas que puedan dar seguridad a quienes las
observan de que nuestro cuerpo es algo más que una máquina que se mueve a sí
misma, sino que también tiene en ella una mente que piensa —exceptuando las
palabras, u otros signos realizados respecto de los temas que se presentan, sin
referencia a ninguna pasión.» Había dicho lo mismo en el Discours. Los ruidos producidos por los animales no
indicaban una mente que los controlara y no nos debía engañar su comportamiento
aparentemente intencional.
Sé, en verdad, que los animales realizan muchas
cosas mejor que nosotros, pero no me asombro; porque eso mismo sirve para
probar que obran naturalmente y por resortes, como un reloj, que indica la hora
mucho mejor que nuestro pensamiento nos la enseña. Y sin duda, cuando las
golondrinas vienen en primavera, actúan en eso como relojes. Y lo que hacen las
abejas es de la misma naturaleza.
Los principios mecánicos que Harvey había adoptado
como un método fueron convertidos así por Descartes en una completa filosofía
de la naturaleza, y del mismo modo que había ignorado el empirismo de Galileo,
hizo con el del fisiólogo inglés. Sin embargo, los tres inspiraron a sus
sucesores para producir la mecanización de la Biología. La escuela
iatromecánica adoptó el principio de que los fenómenos biológicos debían ser
investigados enteramente por «principios matemáticos». El estómago era una
retorta, las venas y las arterias tubos hidráulicos, el corazón un resorte, las
visceras tamices y filtros, los pulmones fuelles y los músculos y huesos un
sistema de cuerdas, armaduras de tirantes y poleas. La adopción de esas ideas
abrió muchos problemas a la investigación con métodos matemáticos y
experimentales, ya firmemente establecidos; una aplicación particularmente
afortunada fue la del estudio de la mecánica del esqueleto y del sistema
muscular realizado por Giovanni Alfonso Borelli en su libro Sobre el movimiento de los animales (1680). Pero
rápidamente condujeron a grandes ingenuidades que simplificaron excesivamente
la complejidad y la variedad de los procesos fisiológicos, en especial los
procesos bioquímicos. Además, lo exhaustivo del mecanicismo cartesiano eliminó
completamente los fenómenos que no podían ser reducidos inmediatamente a él, en
particular la aparente intencionalidad de la conducta animal (por ejemplo, en
la construcción de nidos en las aves) y toda la cuestión de la mutua adaptación
de las partes y funciones del cuerpo y del todo al medio ambiente. Estos
problemas continuaron interesando a los naturalistas, como John Ray
(1627-1704), y se convirtieron en un elemento importante de la teología
natural, que probaba —no sólo para Ray, sino para científicos físicos, como
Boyle y Newton, como expresaba el título del libro de Ray— La sabiduría de Dios manifestada en las obras de la
creación (The Wisdom of God manifested in the Works of the Creation, 1963). Ellos provocaron, en
Fisiología, una vuelta a explicaciones más vitalistas; pero es un tributo al
poder del genio teórico de Descartes el que la cuestión del vitalismo y del
mecanicismo se continuara abordando hasta el siglo XX (algunas veces
inconscientemente) según los términos filosóficos establecidos por él y sus
críticos en el siglo XVII.
2.4. La extensión de los métodos matemáticos a los instrumentos y máquinas
A medida que avanzaba el siglo XVII, el
experimento y el empleo de las matemáticas se unieron tan estrechamente que un
caso como el de Guillermo Gilbert, que realizó sus estudios experimentales
sobre el Magnetismo prácticamente sin matemáticas, hubiera sido al final del
siglo casi inconcebible. Si las relaciones causales como las descubiertas por
Gilbert seguían siendo no susceptibles de ser expresadas en términos
matemáticos aun por el mismo Galileo, se creía generalmente que era sólo una
cuestión de tiempo el que el problema pudiera ser resuelto y que esto dependía
en gran parte del perfeccionamiento de instrumentos de medida más precisos.
El reloj fue uno de los instrumentos que Galileo
contribuyó mucho a perfeccionar. Al final del siglo XV se introdujo en
Nüremberg el primer reloj movido por un resorte en vez de por pesos, y esto
permitió el invento del reloj de bolsillo, como, por ejemplo, los «huevos de
Nüremberg». El empleo del resorte introdujo un nuevo problema, porque la fuerza
que ejercía disminuía a medida que se desenrollaba. Se diseñaron varios
artificios para superar esta dificultad; el que tuvo más éxito fue la llamada
espiral, introducida a mediados del siglo XVI por el suizo Jacob Zech. El
principio esencial de este artificio era hacer más ahusado progresivamente el
tambor de arrastre, de modo que cuando el resorte se desenrollaba, la pérdida
de fuerza fuera compensada por un aumento de la fuerza de palanca conseguida al
hacer actuar al resorte sobre secciones sucesivamente más anchas del tambor.
Sin embargo, no era posible todavía conseguir un reloj que se mantuviera exacto
durante un largo período. Esto se iba haciendo necesario para varios
menesteres, pero especialmente para la navegación oceánica, que se había
desarrollado desde el final del siglo XV. El único método práctico para
determinar la longitud dependía de la comparación exacta de la hora (por el
sol) en el barco con la de un punto fijado de la tierra, por ejemplo,
Greenwich. Ese reloj fue posible cuando se introdujo un péndulo como mecanismo
regulador. En los relojes de bolsillo un resorte espiral cumplía la misma
finalidad. Galileo, que había demostrado el isocronismo en 1602; Beeckman y
Mersenne, que habían demostrado la relación del período con la longitud en 1634
(cf. supra, p. 133), usaron
todos ellos el péndulo para medir el tiempo. Galileo propuso un reloj de
péndulo, pero el primer reloj exacto fue construido por Huygens alrededor de
1657. Hasta el siglo XVIII no se resolvió el problema de la navegación, al
introducir artificios para compensar el movimiento irregular del barco y los
cambios de temperatura.
Otra forma de medida en la que las exigencias de
la navegación y de los
viajes condujeron a grandes mejoras en los siglos XVI y XVII fue el método de
trazado de mapas. Los sensacionales viajes de Bartolomé Díaz por el cabo de
Buena Esperanza en 1486, de Cristóbal Colón, que llegó a América en 1492; de
Vasco de Gama, que llegó a la India en 1497, y de muchos otros marinos en busca
de pasos por el Noroeste o el Nordeste, no sólo añadieron un nuevo mundo a la
conciencia europea, sino que convirtieron en fundamentalmente necesarios los
mapas exactos y los métodos para fijar la posición. El requisito esencial para
poner sobre el mapa el globo terrestre era una medida lineal del arco del
meridiano, porque había pocas estimaciones astronómicas de la latitud, y
prácticamente ninguna de la longitud, hasta el siglo XVm. Durante los siglos
XVI y XVII se realizaron varios perfeccionamientos de las estimaciones
medievales de los grados, pero la primera cifra exacta fue dada por el
matemático francés Jean Picard en la segunda mitad del siglo XVII. A pesar de
las cifras inexactas para los grados, la Cartografía mejoró mucho desde finales
del siglo XV. Ello se debió, en primer lugar, al renovado interés por los mapas
de la Geografía de
Ptolomeo (vide vol. I,
pp. 190-191). Ptolomeo había subrayado la necesidad de la fijación exacta de la
posición, y sus mapas estaban dibujados en una completa red de paralelos y
meridianos. En el siglo XVI se hicieron cartas de navegación que mostraban
áreas mucho más reducidas que las medievales, y en ellas se mostraban las
líneas de rumbo de manera simplificada. La brújula fue utilizada para
establecer la línea del meridiano; se sabía y se tenía en cuenta el hecho de la
variación magnética con la longitud. Petrus Apianus, o Bienewitz, cuyo mapa fue
publicado en 1520, fue uno de los primeros en dibujar América, en 1524 escribió
un tratado sobre métodos cartográficos y en otra obra, Cosmographicus
Uber, dio una lista de latitudes y
longitudes de muchos lugares del mundo conocido, ilustrado con mapas. Otro
cartógrafo del siglo XVI, Gerardo de Cremer o, como era llamado, Mercator de
Lovaina, realizó en 1569 la proyección tan conocida que todavía se usa para
mostrar la Tierra esférica en un papel de dos dimensiones. Experimentó también
con otros tipos de proyección y tuvo cuidado de basar sus mapas o en medidas
personales, como en su mapa de Flandes, o en una comparación crítica de la
información recogida por los exploradores. El mismo cuidado mostraron otros
cartógrafos del siglo XVI, como Ortelius, que fue geógrafo del rey de España, y
Philip Cluvier, que publicó obras sobre la geografía histórica de Alemania e
Italia.
Fue en estas materias donde los gobiernos y
dirigentes de la época manifestaron más interés hacia la Ciencia y en donde se
produjo el mayor contacto entre los científicos y matemáticos de las
universidades, por una parte, y los técnicos prácticos —constructores de
instrumentos y navegantes—, por otra. Sin ninguna duda, la institución más
avanzada interesada por estos problemas fue la Casa de
Contratación, la gran escuela de
navegación establecida desde hacía mucho tiempo en Sevilla, que tanta impresión
causó a uno de los capitanes de barco del explorador inglés Richard Chancellor.
Pero incluso en un país como Inglaterra, donde en el siglo XVI se traía del
continente a los constructores de instrumentos y a los pilotos para hacer
avanzar el retraso de los nativos, la empresa privada ayudó a conseguir lo que
la falta de patronazgo por parte del gobierno había dejado por hacer. Desde la
segunda mitad del siglo, matemáticos como Robert Recordé, John Dee, Thomas y
Leonard Digges, Thomas Hood (al servicio del gobierno de la reina Isabel),
Henry Briggs (en el Gresham College, de Londres) y Thomas Harriot hicieron
esfuerzos para mejorar la educación matemática, en especial la de los maestros
técnicos, e incluso dieron enseñanza práctica de los nuevos métodos de
navegación. John Dee, por ejemplo, fue encargado de instruir al piloto de
Martín Frobisher antes de que partiera en su primer viaje, en 1576; Thomas
Digges pasó varios meses en el mar demostrando los nuevos métodos; y Thomas
Harriot acompañó a los colonos de Sir Walter Raleigh a Virginia, en 1585, como
«práctico matemático» y consejero.
Para la cartografía terrestre exacta eran
esenciales métodos de Agrimensura precisos, y éstos fueron perfeccionados en
los siglos XVI y XVII. En la Edad Media se conocía el empleo del astrolabio,
del cuadrante y de la ballestilla para medir alturas y distancias; y en el
siglo XVI, Tartaglia y otros mostraron cómo fijar la posición y medir la Tierra
por medio de la orientación con la brújula y la medida de la distancia. A
finales del siglo XV y principios del XVI se hicieron mapas muy exactos, en
particular por Waldseemüller de Estrasburgo (1511), de Alsacia, Lorena y del
valle del Rin, cuyas carreteras estaban marcadas en millas y mostraban una rosa
de los vientos. Se cree que estos mapas fueron hechos con la ayuda de un
teodolito primitivo que se llamaba polimetrum. El método de triangulación, por
medio del cual se podía realizar la topografía de una región a partir de una
línea de base medida exactamente, pero sin necesidad de medidas directas, fue
impreso por primera vez, por el cartógrafo flamenco Gemma Frisius, en 1533. En
Inglaterra, los primeros mapas precisos fueron hechos por Saxton, al final del
siglo XVI, y Norden, a principios del XVII. Una cuestión importante que no
encontró solución durante varios años fue la adopción de un meridiano de base
común. Los cartógrafos ingleses adoptaron el de Greenwich en el siglo XVII,
pero no fue aceptado universalmente hasta 1925.
El primer instrumento para medir la temperatura
parece haber sido inventado por Galileo entre 1592 y 1603, pero parece también
que otros tres investigadores diseñaron de manera independiente, en la misma
época, un termómetro, termoscopio, tubo-calendario o tubo-meteorológico, como
se le denominó indistintamente. Galeno había representado el calor y el frío
por medio de una escala numérica; y en el siglo XVI, aunque los sentidos eran
el único medio para estimar la temperatura, se había hecho común en la
literatura médica y en la filosofía de la naturaleza la idea de los grados de
esas cualidades (vide supra, p.
94). La escala de los 8 o para
cada cualidad en ella descrita fue una de las utilizadas en los primeros
termómetros. Estos instrumentos eran adaptaciones de antiguos inventos griegos.
Filón de Bizancio y Herón de Alejandría habían descrito, ambos, experimentos
basados en la expansión del aire por el calor (vide supra, p. 41, nota 7), y existían versiones latinas de
sus obras. La Pneumática de
Herón fue impresa dos veces en el siglo XVI. Los primeros termómetros, que
fueron adaptaciones de algunos de sus aparatos, consistían en un bulbo de
vidrio con vástago que se sumergía en el agua de un recipiente. El aire era
extraído del bulbo por medio del calor y, al enfriarse, el agua era aspirada
por el vástago. El vástago tenía grados marcados y, como el aire, se dilataba y
contraía en el bulbo; el movimiento del agua arriba y abajo era una medida de
la temperatura, aunque, como ahora sabemos, el agua se movería también con los
cambios de presión atmosférica.
La atribución de la prioridad en la invención de
este instrumento a Galileo descansa solamente en el testimonio de sus
contemporáneos, porque no está descrito en ninguna de sus obras existentes. La
primera exposición impresa se hizo en 1612, en un comentario
a Galeno del fisiólogo Santorio Santorio, que lo
utilizó para fines clínicos. Un instrumento parecido, que parece haber sido una
modificación del aparato de Filón, fue empleado pocos años más tarde por Robert
Fludd para demostrar, según él, los efectos cósmicos de la luz y la oscuridad,
y del calor y el frío, para indicar o predecir las condiciones climáticas y
para medir los cambios de temperatura. Otro tipo de termómetro, que consistía
en un tubo con un bulbo sellado en cada extremo, parece que fue inventado por
otro contemporáneo, el holandés Cornelius Drebbell (1572-1634). Este instrumento
dependía, para funcionar, de la diferencia entre las temperaturas del aire en
cada uno de los bulbos, que hacía mover agua coloreada arriba y abajo por el
vástago.
Estos termómetros de aire fueron empleados para
diferentes fines en el siglo XVII, aunque principalmente para fines médicos.
J. B. van Helmont (1577-1644), por ejemplo,
empleó una modificación del tipo abierto para tomar la temperatura del cuerpo.
Eran muy imprecisos, y el tipo abierto particulamente sensible a los cambios de
presión atmosférica. El químico francés Jean Rey lo adaptó en 1632 para formar
un termómetro de agua que medía la temperatura por medio de la dilatación y la
contracción del agua, en lugar del aire; pero las dificultades técnicas
impidieron la construcción de un termómetro preciso hasta el siglo XVIII.
El deseo de medir estimuló la invención de un
instrumento que pudiera dar alguna idea del peso de la atmósfera, instrumento
del que de nuevo Galileo fue en principio responsable. Observaciones como la de
que el agua no salía del reloj de agua mientras el orificio superior estaba
cerrado fueron explicadas habitualmente, a partir del siglo XIII, o por la
«continuidad de la naturaleza universal» de Roger Bacon o por el vacío (vide
supra, pp. 43-44). Galileo no
consideraba el vacío, como los aristotélicos, como una imposibilidad. Produjo
el primer vacío artificial del que se tiene noticia sacando un pistón de la
base de un cilindro cerrado y, como Gil de Roma, atribuyó la resistencia que
encontró a la «fuerza del vacío». Cuando supo que una bomba no elevaba agua más
arriba de 32 pies, supuso que esto era el límite de la fuerza. No relacionó
esos fenómenos con el peso atmosférico. En 1643 se demostró, por iniciativa de
Torricelli, que cuando un largo tuvo con uno de sus extremos cerrados se
llenaba de mercurio y se invertía, metiendo su extremo abierto en el mercurio
de una vasija, la longitud de la columna de mercurio que quedaba en el tubo era
menor que la del agua elevada por una bomba proporcionalmente a la mayor
densidad del mercurio. El espacio vacío sobre el mercurio se llamó el «vacío de
Torricelli», y Torricelli lo atribuyó al peso de la atmósfera. El aparato de
Torricelli fue adaptado para hacer el conocido barómetro de tubo en J. Sus
conclusiones fueron confirmadas cuando, por indicación de Pascal, se llevó un
barómetro hasta la cima del Puy de Dóme y se comprobó que la altura del
mercurio disminuía con la altitud, esto es, con el peso de la atmósfera sobre
él.
La posibilidad de hacer el vacío condujo a
cierto número de científicos durante los siglos XVI y XVII a intentar diseñar
una máquina de vapor práctica. La primeras de éstas fueron movidas, de hecho,
no por la fuerza expansiva del vapor, sino por la presión atmosférica que
actuaba después de que el vapor en el cilindro se había condensado, aunque
algunos autores, por ejemplo, De Caus en 1615 y Branca en 1629, sugirieron
utilizar el artificio de turbina descrito por Herón de Alejandría, un chorro de
vapor dirigido a una rueda con palas. El problema práctico más importante para
el que se sugería el uso de las máquinas de vapor era el bombeo del agua. El
problema de conservar las minas, cada vez más profundas, libres de agua se hizo
progresivamente más serio en los siglos XVI y XVII. Agrícola, en su De
Re Metálica, describió varios tipos de
procedimientos utilizados para este fin a principios del siglo XVI: una cadena
de cazos arrastrados por un manubrio movido a mano; una bomba aspirante
accionada por una rueda hidráulica, con una leva para accionar el pistón y con
tubos hechos de troncos de árbol huecos rodeados de bandas de hierro; una bomba
impelen te accionada por un manubrio; y un artificio de noria de trapos en la
que los cangilones eran reemplazados por bolas de crin de caballo y la fuerza
motriz suministrada por hombres que movían un molino de escaleras o por un
caballo que movía un malacate. Las bombas eran necesarias también para
suministrar agua de las fuentes y para el suministro a las ciudades. Augsburgo
estaba surtida de agua por una serie de tornillos de Arquímedes movidos por un
árbol motor que elevaban el agua a lo alto de torres, desde las cuales era
distribuida por cañerías; Londres se surtía, a partir de 1582, por una bomba
impelente movida por una rueda accionada por la marea, colocada cerca del Puente
de Londres por el ingeniero alemán Peter Morice, y más tarde por otras bombas
movidas por caballos; y se utilizaron bombas para surtir a París y otras
ciudades, y para accionar las fuentes de Versalles y Toledo. Ya a principio del
siglo XVI, Cardano había estudiado métodos de producir el vacío condensando
vapor; y en 1560, G. B. della Porta (1536-1605) sugirió usar un sistema basado
en su principio para elevar agua. Esta sugerencia fue propuesta de nuevo en
1663 por el marqués de Worcester. La primera
máquina de vapor que actuaba con un cilindro y
un pistón fue diseñada por el ingeniero francés Denis Papin, que había
trabajado con Boyle e inventó la bomba condensadora y también la marmita de
presión, o «digestor de vapor», como la llamó, con una válvula de seguridad.
También diseñó un vehículo movido por vapor. Una máquina de vapor práctica
basada en la condensación del vapor fue patentada en 1698 por Thomas Savery;
fue utilizada, por lo menos, en una mina y para suministrar agua a varias casas
de campo. Al saber esto, Papin diseñó en 1707 una caldera de alta presión con
un horno incorporado y un barco de vapor movido por ruedas de palas. Fue este
diseño el que adaptó, un poco más tarde, con éxito, Thomas Newcomen para su
máquina movida por presión atmosférica; incluso las máquinas de James Watt eran
todavía primordialmente atmosféricas. Hacia el final del siglo XVm se
inventaron máquinas movidas por la fuerza expansiva del vapor a alta presión.
El vacío de Torricelli fue considerado como una
refutación definitiva de los argumentos de Aristóteles contra la existencia del
vacío que, según algunos de sus seguidores, la «naturaleza aborrecía». Los
argumentos contra el vacío, sacados de la ley aristotélica del movimiento,
fueron ya refutados por Galileo. Pero el mismo Aristóteles había confundido en
ocasiones los argumentos contra la existencia del vacío, en el sentido de la
«nada», con los argumentos físicos contra, por ejemplo, la ausencia de un medio
resistente. Muchos de sus críticos del siglo XVII hicieron lo mismo. El vacío
de Torricelli no era un vacío ontológico del tipo que Descartes, entre otros,
no hubiera aceptado. Era un espacio que no contenía, por lo menos teóricamente,
aire o cualquier sustancia parecida. Aunque los físicos ulteriores no fueron
tan sensibles a los matices metafísicos como Descartes, vieron que era preciso
postular un plenum de
algún tipo, y éste siguió jugando una serie de papeles físicos hasta el siglo
XX. Torricelli demostró que la luz se transmitía en el vacío; y, comenzando por
los efluvios de Gilbert, los físicos del siglo XVII llenaron el vacío con un
medio, el éter, capaz de propagar todos los influjos conocidos, como la
gravedad, el magnetismo y la luz. El mismo Descartes intentó explicar el
magnetismo por torbellinos que, como la species magnética de Averroes, entraban por un polo del imán y
salían por el otro. Sostenía que éstos actuaban sobre el hierro porque la
resistencia de sus partículas al flujo lo atraía hacia el imán. Las sustancias
no imantables no ofrecían esa resistencia.
También durante el siglo XVII se construyeron
instrumentos diseñados para observaciones más precisas y medidas más exactas,
los más importantes fueron el telescopio y el microscopio compuesto.
La propagación de la luz era explicada todavía
por la mayor parte de los ópticos del siglo XVII en términos de la teoría de la
«especie», que relacionaban con sus conocimientos de la óptica geométrica.
Leonardo da Vinci, Maurolico y Porta se esforzaron por presentar una exposición
del funcionamiento del ojo por medio de un conocimiento más perfecto de las
lentes y la comparación del ojo con una camera obscura. Pero los tres creían todavía que el cristalino
del ojo era el órgano sensitivo y que la imagen debía estar erecta y orientada
correctamente. La retina fue reconocida por primera vez como órgano sensitivo
por el anatomista Félix Plater (1536-1614). Realdo Colombo y Girolamo Fabrici
dibujaron el cristalino en la parte anterior del ojo y no en el centro, como se
hacía antes. Kepler, en su comentario a Witelo (1604), demostró por vez primera
que los rayos concentrados por la córnea y el cristalino formaban una imagen
real invertida sobre la retina.
Los árabes habían ya introducido un método
apropiado para aislar los astros, observándolos a través de un tubo, y, con la
expansión de las gafas, la industria de pulir lentes se había desarrollado en
un cierto número de centros. Los matemáticos ingleses Leonard Digges (muerto
hacia 1571) y su hijo Thomas realizaron un trabajo de pioneros sobre la
combinación de espejos y quizá lentes, probablemente inspirados en Roger Bacon,
pero construyeron su aparato sobre armazón, sin tubos. Parece que un cierto
tipo de telescopio con lentes en un tubo fue construido en Italia alrededor de
1590. En todo caso, existe el dato de que un fabricante de gafas holandés,
llamado Janssen, copió en 1604 un modelo italiano señalado con esa fecha, y el
dato remite a la oscura exposición de Porta, en 1589, de una combinación de
lentes cóncavas y convexas. Por alguna razón, Galileo sólo oyó hablar de los
instrumentos holandeses, y construyó entonces su telescopio y microscopio
compuesto a partir de su conocimiento científico de la refracción[44]. No entendió completamente
este fenómeno, y Kepler, en su Dioptrica (1611), propuso una teoría más inteligible. La combinación de
Galileo, de lentes cóncavas y convexas, fue sustituida por combinaciones de
lentes convexas, y con el paso del tiempo se elaboraron reglas para determinar
las distancias focales y las aberturas. La auténtica ley de la refracción —la
razón de los senos de los ángulos de incidencia y de refracción es una
constante que depende del medio implicado— fue descubierta * en 1610 por Harriot
y redescubierta pocos años antes de 1626 por Willibrord Snell (1591-1626). La
ley fue también formulada, quizá en primer lugar, de manera independiente, por
Descartes, que la j publicó por primera vez en su Dioptrique en 1637.
Descartes intentó concebir la naturaleza física
de la luz en una forma matemática más estricta que sus predecesores. De acuerdo
con sus propios principios mecánicos, defendió que la luz consistía en
partículas del plenum y
que se transmitía instantáneamente por la presión mecánica de una partícula
sobre la vecina. Sostenía que el color dependía de la diferencia de velocidad
de rotación de las partículas. Cuando presentó la «ley de Snell», lo hizo como
si fuera una deducción de este concepto de la naturaleza mecánica de la luz, y en
sus Météores (1637)
ensayó el empleo de esta ley para explicar los dos fenómenos manifestados por
el arco iris, el arco circular i brillante y los colores. Los diagramas de
Teodorico de Freiberg de la formación de los arcos primario y secundario,
mostrando el hecho esencial de la reflexión interna de la luz del Sol en las
gotas de lluvia, fueron publicados en Erfurt en 1514, y Antonio de Dominis
presentó en 1611 una exposición bastante incorrecta de una explicación
similar (vide vol. I,
pp. 105-107). Es casi seguro que Descartes conocía esta última, si no es que
conocía los propios diagramas de Teodorico. Antes de esto, Harriot, en una
serie no publicada de experimentos realizados entre 1597 y 1605, había ya
medido la dispersión de la luz del Sol en diferentes colores por medio de un
prisma de cristal y por medio del agua y otros líquidos, y había utilizado su
ley de la refracción para determinar matemáticamente la trayectoria de los
rayos que atravesaban las gotas de agua para formar el arco iris. Descartes
hizo los mismos cálculos y demostró que los rayos que llegaban al ojo con un
ángulo de alrededor de 41 grados, respecto de su dirección original desde el
Sol, eran mucho más densos que los que llegaban de otras direcciones y
producían así el arco primario. Ambos asociaron claramente los colores con la
refrangibilidad diferencial, que Descartes explicaba j por su teoría de las
partículas en rotación. Algún tiempo más tarde, Johann Marcus Marci de Kronland
(1595-1667) demostró que los rayos de un color determinado ya no eran
dispersados por un segundo prisma. Harriot, Descartes y Marcus fracasaron en
elaborar unateoría adecuada de los colores, que tuvo que esperar hasta que sus
experimentos con prismas fueron repetidos y ampliados por Newton, con una
comprensión teórica del problema muy superior. Los trabajos del siglo XVII y
los de Hooke, Huygens y otros sobre la luz permitieron que se construyeran
microscopios y telescopios útiles, pero la utilidad de estos dos instrumentos
era reducida a causa del fracaso en vencer la aberración cromática, que se hizo
grave en el caso de lentes potentes. En los telescopios, el problema de
conseguir una ampliación mayor se resolvió utilizando espejos cóncavos, en
lugar de lentes; sin embargo, el microscopio efectivamente potente sólo se hizo
posible en el siglo XIX.
2.5. La Química
Los progresos que se realizaron en la Química a
mediados del siglo XVII fueron resultado más del experimento y de la
observación solos que de la interpretación de los hechos en términos de
generalizaciones matemáticas. La expansión de la Alquimia y la prosecución de
fines más estrictamente prácticos, como la Pintura y la Minería, habían
conducido, durante los siglos XIV y XV, a una familiaridad bastante extendida
con los aparatos químicos. Aunque éstos incluían la balanza, este instrumento
no había sido, como sugería Cusa, combinado con la inventio, o descubrimiento, y el «arte de las latitudes»,
para elaborar una teoría química cuantitativa. Las drogas minerales habían
comenzado a introducirse en la práctica médica y farmacéutica, y, gracias al
estudio amplio de ellas, la Química recibió un notable impulso durante las
primeras décadas del siglo XVI por parte del pintoresco Philipus Aureolus
Theophastus Bombastus von Hohenheim, o Paracelso (1493-1541). Paracelso era un
experimentador perfecto y añadió algunos datos al saber químico, por ejemplo,
la observación de que mientras los vitriolos se derivaban de un metal, los
alumbres se derivaban de una «tierra» (óxido metálico). También aportó a la
teoría química los tria prima, azufre, mercurio y sal. Los árabes habían sostenido que el azufre y el
mercurio eran los principales constituyentes de los metales; pero Paracelso
hizo del azufre (fuego, el principio inflamable), del mercurio (aire, el
principio fusible y volátil) y de la sal (tierra, el principio incombustible y
no volátil) los constituyentes inmediatos de todas las sustancias materiales.
Los últimos constituyentes de la materia, de los que estaban compuestos
estos tria prima, eran
los cuatro elementos aristotélicos. Ilustraba esta teoría quemando madera, que
daba llamas y humos y dejaba cenizas.
La principal influencia que tuvo Paracelso sobre
la Química la obtuvo por su afirmación de que su preocupación primordial no era
la transmutación de los metales, aunque defendía que era posible, sino la
preparación y purificación de sustancias químicas para ser utilizadas como
medicamentos. Después de él, la Química se convirtió en una parte esencial de
la formación médica; y durante casi un siglo, los médicos se dividieron en
paracelsistas (o «spagyristas») y «herboristas», que se atenían a los antiguos
remedios vegetales. Los primeros fueron a menudo muy imprudentes con los
remedios; pero, aunque desastrosa para los pacientes, la iatroquímica (química
médica) contribuyó a la Química, como muy bien ilustra la clara y sistemática
exposición de técnicas y sustancias presentadas en la Alchymia (1597) de Andreas Libavius (1540-1661). El libro
de Libavius, como los manuales prácticos de Vanoccio Biringuccio (1480-1539),
Agrícola y Bernardo Palissy (1510-hacia 1590) en otros campos de la Química,
muestra el progreso del siglo XVI en la recogida de datos.
Johann Baptista van Helmont realizó los primeros
perfeccionamientos serios del método, orientado a un análisis de la naturaleza
de la materia. Tras graduarse en Medicina en Lovaina, Van Helmont contrajo un
matrimonio ventajoso y se estableció para practicar caritativamente su
profesión e investigar en su laboratorio. Sus obras, que dejó sin publicar,
fueron recogidas después de su muerte y editadas por su hijo con el título deOrtus
Medicinae. Apareció una traducción
inglesa, Oriatrike or Physick Refined, en 1662. El empirismo de Van Helmont manifestaba
la influencia de los químicos prácticos que le habían precedido y, pese a sus
ataques a las escuelas, del nominalismo y del platonismo agustiniano. Sostenía
que las fuentes del saber humano eran la iluminación divina y la experiencia
sensible. «Los medios de obtener la Ciencia son únicamente rezar, buscar y
golpear», decía en el opúsculo «Lógica Inutilis», que forma el capítulo 6 de
la Oriatrike. En el
estudio de la naturaleza no había verdadera itiventio, o descubrimiento, sino «observación pura» de los
objetos concretos y mensurables.
Porque cuando alguien me muestra lapis Calaminaris,
el preparado de Cadmía o Brasse Oare, el contenido, o lo que está contenido en
el cobre, la mezcla y usos del Aurichalcum, o cobre y oro, cosas que no conocía
antes, me enseña, me muestra y me da a conocer lo que antes se ignoraba.
Pero la lógica de los filósofos de escuela no
conducía a esos descubrimientos. Por sí misma, la «invención lógica es una mera
repetición de lo que era conocido antes». Una vez hechas las observaciones, el
investigador era conducido por la ratio, esto
es, la lógica formal y la matemática, a un conocimiento de los principios
activos, que eran, en efecto, análogos a la forma sustancial aristotélica y que
eran la fuente de la conducta observada. Pero Van Helmont decía que, a menos
que ese razonamiento fuera acompañado por la intuición o iluminación, sus
conclusiones eran siempre inciertas.
Van Helmont hizo de su teoría del conocimiento
la base de una reforma de la enseñanza. «Ciertamente desearía —decía en
la Oriatrike, capítulo
7, refiriéndose a la enseñanza en las escuelas de Galeno y Aristóteles—
que en un espacio de vida tan corto, la primavera
de los jóvenes, no estuviera sazonada de ahora en adelante con tales fruslerías
ni con más sofística embustera, En verdad deberían aprender en ese período
perdido de tres años, y en todos los siete años, la Aritmética, la Ciencia
Matemática, los Elementos de Euclides, y luego la Geografía, con los detalles
de mares, ríos, fuentes, montañas, provincias y minerales. Y de la misma forma,
las propiedades y costumbres de las naciones, aguas, plantas, criaturas vivientes,
minerales y lugares. Además, el empleo del aro y del astrolabio. Y luego, que
lleguen al estudio de la naturaleza, que aprendan a conocer y distinguir los
primeros principios de los cuerpos... Y todas estas cosas, no por la desnuda
descripción del discurso, sino por demostración manual del fuego. Porque, en
verdad, la naturaleza mide sus obras destilando, humedeciendo, secando,
calcinando, descomponiendo —sencillamente—, por los mismos medios por los que
los vidrieros realizan esas mismas operaciones. Y de la misma forma el
Artífice, cambiando las operaciones de la naturaleza, obtiene las propiedades y
el conocimiento de lo mismo.»
Van Helmont defendió que existían dos «primeros
principios» de los cuerpos. Había realizado el experimento de Cusa con la
lana (vide supra, p. 95), y esto le convenció de que el último
constitutivo inerte de las sustancias materiales era el agua. El principio
activo que disponía el agua y construía la cosa concreta específica era un
«fermento o principio seminal», que era engendrado en la materia por la luz
divina (o influjo celeste). Esta llevaba el archeus, la
causa eficiente que permitía al fermento construir la «semilla», que se
convertía en piedra, metal, planta o animal «porque —como decía en el capítulo
4 de la Oriatrike —
la causa eficiente seminal contiene los tipos o
modelos o cosas a hacer por él mismo, la figura, movimientos, la hora,
relaciones, inclinaciones, adaptaciones, igualdades, proporciones, alienación,
defecto y todo lo que cae bajo la sucesión de los días, tanto las tareas de la
generación como las de gobierno».
Esos cuerpos eran construidos de acuerdo con la
«idea» del archeus. En la generación de los
animales, el archeus faber de la semilla
masculina construía epigenéticamente el embrión a partir de la materia
suministrada por la hembra. Las semillas de origen orgánico no eran
indispensables, sin embargo, para la generación, y el archeus podía producir animales perfectos cuando
actuaba sobre un fermento apropiado. Van Helmont defendió de hecho que los
padres eran sólo equívocamente causa eficiente de los hijos. Eran únicamente la
«ocasión natural» de la producción de la semilla, pero la causa eficiente era
Dios. Esta teoría era similar a la de la «ocasionalistas» (vide infra, pp. 275-276). Defendía que había solamente dos causas que
operaban en los fenómenos naturales, la material y la eficiente.
Van Helmont defendía que existían archei y fermentos específicos en el estómago, hígado y
en otras panes del cuerpo que controlaban sus funciones; en este aspecto, sus
ideas eran completamente galénicas. También sostenía que una enfermedad era una
entidad extraña que imponía su modo de vida, o archeus, a la del paciente; y al desarrollar esta idea,
se convirtió en un pionero de la etiología y de la anatomía patológica. También
pudo, poniendo en práctica la doctrina de que el conocimiento de los fermentos
tenía que ser obtenido a partir de la observación de sus efectos materiales,
asignar funciones específicas a muchos de los principios galénicos y a otros.
Demostró la digestión ácida, o «fermentación», en el estómago y su neutralización
por la bilis. Estas eran, decía, las dos primeras fermentaciones de los
alimentos que pasaban por el cuerpo. La tercera tenía lugar en el mesenterio;
la cuarta, en el corazón, donde la sangre roja se hacía más amarilla por la
adición de espíritus vitales; la quinta era la conversión de la sangre arterial
en espíritus vitales, principalmente en el cerebro; la sexta era la elaborado»
del principio nutritivo en cada parte del cuerpo a partir de la sangre. Van
Helmont anticipó también algo parecido al principio de la energía específica de
los nervios cuando dijo que el espíritu vital comunicaba a la lengua el que
pudiera explicar la percepción del gusto, pero que no causaba el gusto en el
dedo.
En la química pura, Van Helmont utilizó
sistemáticamente la balanza y demostró la conservación de la materia que, según
él, las causas secundarias no podían destruir. Mostró que si un cierto peso de
silicio era convertido en cristal soluble y éste era tratado con ácido, el
ácido de silicio precipitado daría, al ser quemado, el mismo peso de silicio
que se había tomado al principio. Mostró también que los metales que se
disolvían en los tres ácidos minerales principales podían ser recuperados de
nuevo; y se dio cuenta de que cuando un metal precipitaba a otro de una
solución de sal, esto no implicaba, como había creído Paracelso, la
trasmutación. Quizá su obra principal fuera sobre los gases. El mismo acuñó el
término «gas» del chaos griego.
Varios autores medievales y posteriores habían reconocido la existencia de
«exhalaciones» acuosas y terrosas tanto como aéreas, pero Van Helmont fue el
primero en hacer un estudio científico de los diferentes tipos de gases. En
este campo, su investigación estuvo muy dificultada por la carencia de un
aparato apropiado para recoger los gases. Las diferentes clases de gases que
menciona incluían un gas carbonum obtenido de la combustión del carbón vegetal (habitualmente,
dióxido de carbono, pero también monóxido de carbono); un gas
sylvester obtenido de la fermentación
del vino, por el agua mineral, al tratar un carbonato con ácido acético, y
también hallado en algunas cuevas, que apaga la llama (dióxido de carbono); un
gas rojo venenoso, al que también llamó gas sylvester, obtenido cuando el agua regia actuaba sobre
metales como la plata (óxido nítrico); y un gas pingue inflamable, formado de la destilación seca de
una materia orgánica (una mezcla de hidrógeno, metano y monóxido de carbono).
Van Helmont se interesó también por la respiración, cuya finalidad creía que
era no el enfriar, como había dicho Galeno, sino el mantener el calor animal;
esto se realizaba por medio de un fermento en el ventrículo izquierdo que
transformaba la sangre arterial en espíritu vital.
Otros varios químicos realizaron experimentos
con gases durante las primeras décadas del siglo XVII, relacionados con el
fenómeno de la combustión. Según la teoría aceptada, la combustión implicaba la
descomposición de las sustancias compuestas con pérdida del principio
«aceitoso» inflamable presente en el «azufre». El arder tenía, pues, por
resultado una pérdida de peso. Sin embargo, se realizaron varias observaciones
que condujeron a la elaboración de nuevas ideas sobre este tema. El experimento
de la «combustión cerrada», en el que se encendía una vela en un vaso invertido
en un recipiente de agua, fue descrito por Filón (vide supra, p. 41, nota 7), y Francis Bacon se refirió a él
como a un experimento común. Fue repetido por Robert Fludd (1617), y cuando el
agua se elevó, al consumirse el aire, describió a éste como «alimentando» a la
llama. Los árabes y los químicos del siglo XVI sabían también que durante la
calcinación los metales aumentaban de peso. Jean Rey, en 1630, dio argumentos
en favor de la creencia de que el «aumento» limitado y definido del peso, que
había observado en el caso de las cenizas del plomo y del estaño, podía
provenir solamente del aire que, según él, se mezclaba con las cenizas y se
adhería a sus más pequeñas partículas. Defendía, además, que todos los
elementos, incluido el fuego, tenían peso y que este peso se conservaba a
través de lo» cambios químicos. Estos hechos e ideas eran completamente
incompatibles con la teoría del principio «aceitoso»; y cuando este principio
se convirtió en «flogisto», se le tuvo que considerar como teniendo un peso
negativo. Sin embargo, no fue hasta el final del siglo XVIII, cuando la
combustión se asoció estrechamente con i a oxidación, cuando se convirtió en la
cuestión central de la revolución química iniciada por Lavoisier y sus
contemporáneos.
El mecanismo universal que acompañó a los éxitos
de la física matemática se introdujo en la Química gracias al desarrollo de la
teoría atomista. Filósofos de la naturaleza, como Bruno, que argumentó en favor
de la existencia real de mínima naturales
o físicos, continuaron las discusiones escolásticas sobre este problema; y
Francis Bacon le dio preeminencia, aunque cambió luego de parecer, al adoptar
al principio una opinión favorable hacia los átomos, afirmando que el calor era
un estado producido por la vibración de los corpúsculos. Galileo dijo del
cambio de las sustancias que «muchos se realizan por una simple trasposición de
partes». La primera aplicación de la teoría atomista a la Química fue hecha por
el holandés Daniel Sennert (1572-1637). Sennert defendió que las sustancias
sujetas a la corrupción y a la generación debían estar compuestas de cuerpos
simples, de los que surgían y en los que se resolvían. Estos cuerpos simples
eran mínima físicos y no
meros mínima matemáticos,
y eran de hecho átomos. Postuló cuatro clases diferentes de átomos, que
correspondían a cada uno de los elementos aristotélicos, y elementos de segundo
orden (prima mixta), producidos
por los elementos aristotélicos al combinarse. Sostenía, por ejemplo, que ios
átomos de oro en solución en ácido o del mercurio en la sublimación, retenían
su individualidad al combinarse, de modo que las sustancias originales podían
obtenerse de nuevo a partir de los compuestos. Joachim Jung (1587-1657) expresó
ideas parecidas, y por mediación suya llegaron más tarde a conocimiento de
Robert Boyle (16271691).
Descartes también hizo contribuciones a la
teoría atomista porque, aunque no creía en los mínima físicos indivisibles, intentó extender sus
principios mecanicistas a la Química, atribuyendo las propiedades de varias
sustancias a la forma geométrica de sus partículas terrosas constituyentes. Por
ejemplo, supuso que las partículas de sustancias corrosivas, como los ácidos,
eran como hojas de bordes afilados, mientras que las de los aceites eran
arborescentes y flexibles. John Mayow (1643-1679) utilizó más tarde estas ideas
y se hicieron familiares a los químicos gracias al Cours de
Chymie (1675) de Nicolás Lémery
(1645-1715). Otro geómetra, Gassendi, popularizó los átomos de Epicuro (1649),
defendiendo, sin embargo, que no habían existido eternamente, sino que habían
sido creados por Dios con sus cualidades características. Basó su creencia en
la existencia del vacío en el experimento de Torricelli y, como Descartes,
relacionó las propiedades químicas con la forma de los átomos. También atribuyó
la combinación de moleculae o corpusculae a mecanismos como los de los corchetes y
corchetas. El sistema de Gassendi fue tema de estudio de una obra de Walter
Charleton (1654), médico de Carlos II y uno de los primeros miembros de la
Royal Society. El microscopio despertó el interés por descubrir la dimensión de
los átomos, y Charleton aseguraba, partiendo de fenómenos como la
volatilización y la solución, que la partícula más pequeña observable al
microscopio contenía diez centenas de millares de millones de partículas
invisibles. A través de Charleton, la teoría atomista fue muy conocida en la
Inglaterra de mediados del siglo XVII. Cuando fue adoptada por Boyle y Newton,
las concepciones empíricas de Van Helmont y los químicos prácticos anteriores
se transformaron de acuerdo con los principios mecánicos, y la Química, como la
Física, se puso definitivamente en camino de ser reducida a la ciencia
matemática. Tras el descubrimiento de la «combinación de pesos» y de la
generalización de Dalton de los resultados de su teoría atómica a principios
del siglo XIX, se hizo inevitable la realización de este proceso.
2.6. La botánica
Los estudios de Botánica se limitaron, hasta
mediados del siglo XVII, principalmente a la tarea de recoger y clasificar
datos, y apenas fueron influidos por la Revolución matemática del pensamiento
científico. De hecho, aun en el siglo XX, la Botánica, como muchas otras ramas
de la Biología, continúa siendo particularmente reacia al tratamiento
matemático. La teoría por la que el mundo animado encontró finalmente una
explicación universal, la teoría de la evolución orgánica, se basaba más en
abstracciones lógicas que en abstracciones matemáticas.
El doble interés de los médicos por la botánica
descriptiva y por la Anatomía, que continuó durante el siglo XVI, hizo que
éstos fueran los primeros aspectos de la Biología en ser estudiados y que su
estudio fuera casi enteramente obra de los médicos. En algunos lugares, como en
Montpellier, era costumbre tener un curso de Botánica en verano y uno de
Anatomía en invierno. Los primeros libros de Botánica que se imprimieron eran
casi todos herbarios. Los mejores de éstos, como el Herbario
latino (1484), que había existido antes
con toda probabilidad en manuscrito, y el Herbario alemán (1485), además de ser compilaciones de los
autores clásicos, árabes y latinos medievales, incluían también descripciones e
ilustraciones de plantas locales, por ejemplo, de Alemania. Rufinus, el mejor
de los herboristas latinos medievales conocidos, parece, sin embargo, haber
sido olvidado.
Además del interés medicinal en identificar las
plantas para usarlas como remedios, los médicos del siglo XVI compartieron con
los lexicógrafos el interés humanista por identificar las plantas mencionadas
en las obras impresas hacía poco de Plinio (1469), Aristóteles (1476),
Dioscórides (1478) y Teofrasto (1483). Más de un naturalista humanista, de los
que el suizo Contad Gesner (1516-1565) es un ejemplo típico, comenzaron
intentando encontrar e identificar en su propio país, con fines de crítica
textual, las plantas y animales mencionados por los autores clásicos, y a
partir de esto desarrollaron un interés por la fauna y flora locales. El
extraordinario interés que estaban suscitando los animales, plantas, piedras,
entre estas personas a mediados del siglo XVI, se manifiesta por la enorme
correspondencia sobre este tema, con descripciones de expediciones locales y la
transmisión de ejemplares, dibujos y descripciones, mantenida por Gesner y
otros naturalistas. Pronto se constató que, como Alberto Magno y Rufinus ya
vieron, existían otras criaturas además de las conocidas por los antiguos. Las
limitaciones clásicas se vieron desbordadas por la nueva flora, fauna,
alimentos y medicamentos que llegaban a Europa desde el Nuevo Mundo y del
Oriente. Se describieron entonces las plantas y animales y se los dibujó por su
propio interés, y se les denominó en su mayor parte por sus nombres comunes
vernáculos, sin referencia a los clásicos.
El primer resultado de esta actividad botánica
del siglo XVI, que fue mayor en Alemania, Holanda, en el sur de Francia y en
Italia, fue aumentar el número de plantas individuales conocidas. Se hicieron
listas de la flora y fauna locales por distintas regiones. Se crearon jardines
botánicos, que desde hacía mucho tiempo habían existido en los monasterios y
que desde el siglo XIV habían sido plantados por algunas escuelas de Medicina,
en ciudades universitarias como Padua (1545), Bolonia (1576) y Leyden (1577).
Los dos últimos estaban dirigidos, respectivamente, por Aldrovandi y Cesalpino
y por De l'Ecluse. Más tarde se crearon otros en Oxford (1622), París (1636) y
otros lugares. La práctica de conservar plantas secas, «jardines secos», que se
inició en Italia, permitió que la Botánica pudiera continuar durante los meses
de invierno. Al mismo tiempo, el botánico portugués García da Orta publicó un
libro sobre las plantas hindúes de Goa (1536) y el español Nicolás Monardes las
primeras descripciones del «tabaco» y otras plantas americanas.
En la escuela septentrional, cuyo interés era
únicamente por las flores, se puede seguir el continuo progreso de las ideas
botánicas desde los cuatro «padres» de la botánica alemana hasta Gaspard
Bauhin. El propósito primordial de todos los miembros de esta escuela era,
sencillamente, hacer posible identificar las plantas individuales silvestres o
cultivadas y distinguirlas de las parecidas. Ello condujo a concentrar la
atención en la exactitud de las ilustraciones y descripciones. Las
ilustraciones, que en el caso del herbario de Otto Brunfels (1530), el primero
de los padres alemanes, las realizó Hans Weiditz, un artista de la escuela de
Alberto Durero (14711528), fueron desde el principio muy superiores a las
pedantes descripciones clásicas. Con Jerome Bock (1539) y Valerius Cordus
(1561) comenzaron progresivamente a ser más perfectas. El fin de la descripción
y la ilustración era, sencillamente, pintar los aspectos más fácilmente
reconocibles de la apariencia externa, como la forma y disposición de las
raíces y ramas, la forma de las hojas y el color y la forma de las flores. No
existía ningún interés por la morfología comparada de las partes. Por ejemplo,
el glosario de términos dado por el tercer padre alemán, Leonard Fuchs (1542),
se refería casi enteramente a esos aspectos; y los primeros intentos de
clasificación, por ejemplo, los de Bock y el holandés Robert Dodoens (1552), se
basaban en su mayor parte en características artificiales, como si era o no
comestible, el olor o las propiedades medicinales.
Debido a que la tarea de describir las formas
individuales implicaba necesariamente el distinguirlas de relaciones próximas,
era inevitable alguna apreciación de la afinidad «natural». Gesner, cuya obra
botánica no fue publicada, por desgracia, hasta mucho después de su muerte, y
que tuvo así, aparentemente, poca o ninguna influencia sobre sus contemporáneos,
distinguía cuatro especies diferentes de un género determinado, por ejemplo, la
genciana, y también parece haber sido el primero en llamar la atención sobre la
flor y el fruto como caracteres de identificación. Otros autores, como Dodoens
y Charles de PEcluse (1576), aunque preocupados principalmente en poner en
orden su obra, colocaron juntas dentro de cada división artificial plantas que
pertenecían a lo que ahora se reconoce como grupos naturales. Esta práctica fue
llevada todavía más lejos por Matías de Lobel (1571), graduado de Montpellier
como De l'Ecluse, que basó su clasificación principalmente en la estructura de
la hoja. Alcanzó su etapa final con Gaspard Bauhin (1560-1624), profesor de
Anatomía en Basilea. Las descripciones de Bauhin son precisas y fruto de una
identificación, como se puede observar en la de la remolacha, que él llamabaBeta
Crética semine aculeato, dada en
su Prodomus Theatri Botaniá (1620):
De una raíz corta y ahusada, no fibrosa, salen
varios tallos de alrededor de 18 pulgadas de largo, se arrastran por tierra y
son de forma cilindrica y arrugada, se hacen progresivamente blancas cerca de
la raíz, con una ligera capa de vello, y se esparcen en pequeños ramos. La
planta tiene pocas hojas, similares a las de la Beta nigra, excepto en que son
más pequeñas y que tienen largos pecíolos. Las flores son pequeñas, de un
amarillo verdoso. Los frutos se pueden ver creciendo en gran número cerca de la
raíz, y desde este punto se esparcen a lo largo del tallo y casi a todas las
hojas. Son ásperos, tuberculados y separados en tres puntos encorvados. En cada
cavidad está contenida una semilla de la forma de un Adonis; es ligeramente
redonda y acaba en punta, y está cubierta de una doble capa de membrana rojiza,
la interior envuelve un corazón blanco harinoso.
El número de plantas descritas por Bauhin se
elevaba a 6.000, comparadas con las 500 que daba Fuchs. Utilizó
sistemáticamente una nomenclatura binomial, aunque no inventó este sistema,
pues ya había aparecido en un manuscrito del siglo XV, del Circa Instans. En su Pinax Theatri Botaniá (1623) hizo una exposición exhaustiva de los sinónimos empleados
por los botánicos anteriores. Al enumerar las plantas descritas, procedía, como
había hecho De Lobel, partiendo de las formas supuestamente menos perfectas,
como las hierbas y la mayor parte de las liliáceas, pasando por las hierbas
dicotiledóneas hasta los arbustos y árboles. El y De Lobel hicieron la
distinción práctica entre monocotiledóneas y dicotiledóneas y, de la misma
forma que habían hecho algunos de sus predecesores en grados diferentes,
pusieron juntas plantas que pertenecían a familias, como las crucíferas,
umbelíferas, papolionáceas, labiadas, compuestas, etc. Ese agrupamiento se
basaba enteramente, sin embargo, en una apreciación intuitiva de la semejanza
de la forma y hábito. No existía ningún reconocimiento consciente de la
morfología comparada, y no se propuso ningún sistema basado en la comprensión y
análisis de los rasgos morfológicos. El esfuerzo principal de la escuela
septentrional se dirigió, de hecho, a acumular cada vez más descripciones
empíricas, hasta que a fines del siglo XVII John Ray (1682) pudo citar 18.000
especies. La persona que hizo posible reducir esta masa de información a un
cierto tipo de orden racional fue el italiano Andrea Cesalpino, profesor de
Medicina primero en Pisa y luego en Roma, donde era también médico del Papa
Clemente VIII. Cesalpino aportó a la Botánica no sólo el conocimiento floral de
los botánicos, sino también un interés por la morfología detallada de las partes
independientes de las plantas y una mente aristotélica capaz de hacer
generalizaciones. Basó su intento, expuesto en el De Plantis (1583), de explicar las afinidades «reales» o
«sustanciales» entre las plantas en el principio aristotélico de que la causa
final de la actividad vegetativa era la nutrición, de la que la reproducción de
la especie era una simple extensión. En su tiempo se desconocía todavía el
papel de la hoja en la nutrición, y se suponía que los materiales
nutritivos eran absorbidos del suelo por las raíces y llevados por las venas
hasta el tallo para producir el fruto. El centro del calor vital,
correspondiente al corazón de los animales, era el meollo, y Cesalpino sostenía
que era también a partir del meollo de donde se producían las semillas. La
cooperación de las partes masculinas y femeninas de las flores en la
reproducción no había sido aún descubierta, y suponía que la flor era,
simplemente, un sistema de envolturas protectoras alrededor de la semilla,
comparable a las membranas fetales de los animales. Según esos principios,
dividió las plantas: primero, según la naturaleza del tallo que conducía los
materiales nutritivos, en plantas leñosas y herbáceas, y dentro de estos
grupos, según los órganos de la fructificación. En este punto comenzó con
plantas como los hongos, que sostenía que no tenían semilla, sino que se
engendraban espontáneamente de las sustancias en corrupción; de ahí pasa a los
helechos, que se propagaban por una especie de «lana», y luego las plantas con
verdaderas semillas. Clasificó entonces estas últimas según el número, posición
y forma de las partes del fruto, con subdivisiones basadas en las raíces, tallo
y hoja. Pensaba que las características como el color, el olor, el gusto o las
propiedades medicinales eran meros accidentes.
El intento de Cesalpino de deducir una
clasificación «natural» de los principios que había supuesto condujo a
resultados deplorables. La distinción entre monocotiledóneas y dicotiledóneas
era menos clara que con los herboristas, y de las 15 clases que hizo, sólo una,
las umbelíferas, corresponde a lo que ahora sería reconocido como un grupo
natural. Sin embargo, su sistema se basaba en un saber considerable y en
principios claros que, aunque erróneos, iban a ser introducidos por primera vez
por los botánicos de la época en el estudio de las plantas. Sus seguidores
tenían algo sobre lo que trabajar. El primero en criticar y desarrollar las
ideas de Cesalpino fue Joachim Jung (1587-1657), un profesor alemán de Medicina
que probablemente se puso en contacto con sus ideas en Padua. Jung aceptó la
idea de que la nutrición era la función vegetativa fundamental y, como
Cesalpino, basó su idea de la especie en la reproducción. Realizó lo que desde
entonces fue un gran avance al estudiar la Morfología lo más independientemente
posible de las cuestiones de Fisiología.
Teofrasto, cuya Historia
Plantarum había sido traducida al latín
por Teodoro de Gaza (1483),
había dado descripciones morfológicas de las partes externas de las plantas
desde la raíz a los frutos. También propuso la «homología» de los miembros del
perianto de las flores, vigiló el desarrollo de las semillas y, hasta cierto
punto, distinguió las monocotiledóneas y dicotiledóneas. Su interés no se
limitó en absoluto a la Morfología. Realizó un intento de comprender la
relación entre la estructura y la función, entre los hábitos y la distribución
geográfica, y describió la fertilización de la palmera datilera, e intentó
entender la cabrahigadura de la higuera, aunque las flores fueron distinguidas
solamente por Valerius Cordus. Teofrasto sentó también los primeros rudimentos
de la nomenclatura de las plantas, y prácticamente no hubo más progresos en
este campo hasta que Jung hizo descripciones morfológicas y distinciones
similares.
Las definiciones precisas de Jung de las partes
de las plantas, para las que utilizó los refinamientos lógicos desarrollados
por los escolásticos tardíos y sus propias dotes matemáticas, fueron el
fundamento de la subsiguiente morfología comparada. Por ejemplo, definió el
tallo como la parte superior de la planta que se extendía hacia ío alto por
encima de la raíz, de la misma forma que ésta hacia abajo, que no se podía
distinguir en él el frente y los lados, mientras que en una hoja las
superficies limitadoras de la tercera dimensión (aparte de la longitud y la
anchura) hacia la que se extendía desde su punto de origen eran diferentes una
de otra.
Las superficies interna y externa de una hoja
estaban así distintamente organizadas, y esto, tanto como el hecho de que
cayeran en otoño, permitía que las hojas compuestas pudieran ser diferenciadas
de las ramas. Los botánicos no estaban preparados todavía para seguir esta
dirección, y ni Jung ni Cesalpino tuvieron mucho influjo sobre sus
contemporáneos, que siguieron dedicando sus energías a las descripciones
empíricas. Fue solamente a final del siglo XVII cuando los botánicos
reconocieron una vez más la necesidad de un sistema «natural» de clasificación
e intentaron fundamentarlo en la morfología comparada. La culminación de sus
esfuerzos fue el sistema de Linneo (1707-1778), que reconoció su deuda respecto
de Cesalpino y Jung. Cuando la clasificación «natural» llegó por sí misma a
exigir una explicación, ésta le fue suministrada por la teoría de la evolución
orgánica.
2.7. La anatomía y la morfología y embriología animales comparadas
Los grandes progresos realizados por la Anatomía
y la Zoología durante el siglo XVI y principios del XVII se debieron, como los
de la Botánica, simplemente a una nueva precisión de las observaciones, y
permanecieron en su mayor parte sin ser afectadas por la Matemática. De la
misma manera que la botánica del siglo XVI se inició con el propósito de
identificar las plantas médicamente útiles, también la Anatomía comenzó con
aspeaos que podían facilitar el trabajo de los cirujanos y de los artistas. Lo
que requerían las necesidades prácticas de los cirujanos era principalmente buenas
descripciones topográficas; la morfología comparada presentaba poco interés
para ellos. Los pintores y escultores, de algunos de los cuales se sabe que
utilizaron el escalpelo, como Andrea Verrocchio (14351488), Andrea Mantegna
(muerto en 1516), Leonardo da Vinci, Durero, Miguel Angel (1475-1564) y Rafael
(1483-1520), necesitaban poco más que la Anatomía superficial y un conocimiento
de los huesos y de los músculos. A medida que avanzó el siglo, sin embargo, fue
surgiendo un mayor interés por cuestiones funcionales y por la estructura y
hábitos de los animales. En ambos aspectos, el factor de progreso, que no fue
el menos importante, consistió en la brillante revolución aportada por los
mismos artistas en la ilustración anatómica.
El artista que ha dejado más pruebas de sus
ejercicios anatómicos es Leonardo da Vinci y, como en la Mecánica, sus
investigaciones fueron más allá de las necesidades prácticas de su arte.
Incluso planeó un manual de Anatomía en colaboración con el profesor de Pavía
Marcantonio della Torre (hacia 1483-1512), que murió antes de que el libro
fuera escrito. Leonardo se guió por manuales anteriores y repitió algunos de
los antiguos errores, como el dibujar el cristalino en el centro del ojo. Su
pretensión de apoyarse siempre en la experiencia debe ser aceptada dentro del
mismo espíritu que la misma pretensión declarada por muchos de sus
predecesores. Realizó varias observaciones personales sobre anatomía humana y
comparada, llevó a cabo experimentos fisiológicos que fueron a menudo provechosos
y siempre ingeniosos. Fue uno de los primeros en utilizar disecciones seriadas.
Los animales que menciona como sujetos de sus investigaciones incluían el Gordius, las polillas, las moscas, los peces, las ranas,
el cocodrilo, los pájaros, el caballo, el buey, la oveja, el león, el perro, el
gato, el murciélago y el mono. Sus mejores dibujos fueron de los huesos y los
músculos, siendo clara y sustancialmente exactos los de la mano y el hombro.
Otros mostraban la acción de los músculos. Hizo modelos con huesos y alambres
de cobre, y señaló que la fuerza del bíceps del brazo depende de la posición de
su inserción respecto de la mano. Comparó los miembros del hombre y el caballo,
mostrando que este último se movía sobre las puntas de sus falanges. Estudió el
ala y la pata de las aves, la mecánica del vuelo y la operación del diafragma
en la respiración y la defecación. Estudió el corazón y los vasos sanguíneos.
También realizó buenos dibujos de la placenta de la vaca, pero no tenía certeza
sobre si las corrientes sanguíneas maternal y fetal estaban relacionadas o no.
Una de sus proezas más ingeniosas fue la de hacer moldes de cera de los
ventrículos del cerebro. También realizó experimentos sobre la medula espinal
de la rana, y concluyó que este órgano era el «centro de la vida».
Leonardo hizo una contribución más a la Biología
y a la Geología cuando empleó conchas de tierra adentro para apoyar la teoría
de Alberto de Sajonia sobre la formación de las montañas (cf. vol. I, páginas
120-121). Preguntaba: «¿por qué encontramos los huesos de grandes peces y
ostras y corales y otras varias conchas y caracoles marinos sobre las altas
cimas de las montañas cercanas al mar de la misma forma que las encontramos en
los fondos marinos?»[45].
En Italia había existido un interés continuado
por la geología local desde el siglo XIII, y Leonardo utilizó en sus
especulaciones sobre Geología sus propias observaciones de la costa marina, los
Alpes y sus torrentes y los ríos de la Toscana, como el Amo. Rechazó las
teorías de que los fósiles no eran los restos de seres vivos, sino accidentes o
«juegos» de la naturaleza o habían sido producidos espontáneamente por influjo
astral, manteniendo que eran restos orgánicos que habían sido transportados de
cualquier parte por el Diluvio. Aceptó en su lugar la teoría de Avicena de la
formación de los fósiles que había aprendido de Alberto Magno. Sostenía, pues,
que la disposición de las conchas en estratos, con formas gregarias como ostras
y mejillones en grupos, y formas solitarias separadas de la misma manera que se
encontraba en las que vivían en la costa marina, y con pinzas de cangrejos,
conchas con las otras especies pegadas a las suyas, y los huesos y dientes de
peces mezclados juntos, sugería que los fósiles eran restos de animales que
habían vivido anteriormente en el mismo lugar, exactamente igual que lo hacían
los animales marinos contemporáneos. Las montañas en las que se encontraban
esas conchas habían formado anteriormente el fondo del mar, que se había
elevado, y se elevaba todavía, gradualmente debido a los depósitos fangosos de
los ríos.
Las conchas, ostras y otros animales semejantes que
se originan en el barro marino atestiguan los cambios de la tierra alrededor
del centro de nuestros elementos. La prueba es ésta; los grandes ríos van
siempre turbios debido a la tierra, que es agitada por la fricción de sus aguas
en el fondo y en sus orillas; y este frotamiento altera la superficie de los
estratos formados de capas de conchas, que yacen sobre la superficie del fango
marino y que se produjeron allí cuando las aguas saladas las cubrían; y estos
estratos fueron cubiertos de nuevo de un tiempo a otro con barro de diferente
espesor, o arrastrados al mar por los ríos e inundaciones de mayor o menor
extensión; y así, estas conchas permanecieron aprisionadas y muertas bajo estas
capas de barro elevadas a tal altura que salieron desde el fondo al aire. En el
tiempo presente, esas bases son tan altas que forman colinas o altas montañas,
y los ríos que lamen los lados de estas montañas descubren los estratos de esas
conchas; y así, el lado reblandecido de la tierra se eleva continuamente, y las
antípodas se hunden más cerca del centro de la tierra, y los antiguos fondos
del mar se han convertido en crestas montañosas. [46]
Los progresos quirúrgicos del siglo XV, que
recibieron nuevo impulso tras la impresión de la obra De Medicina de Celso en 1478, condujeron primeramente a
descubrimientos anatómicos con la descripción de Alejandro Achillini
(1463-1512), en su comentario sobre Mondino, del «canal de Wharton», de la
entrada del canal de la bilis en el duodeno y de los huesos martillo y yunque
del oído medio. El claro influjo del arte naturalista sobre la ilustración
anatómica se observa por primera vez en la obra italiana Fascículo di Medicina (1493), mientras Berengario da Carpí (muerto
en 1550), profesor de Cirugía en Bolonia, fue el primero en imprimir figuras
para ilustrar su texto. Berengario, en su comentario a Mondino (1521),
describió también un cierto número de observaciones originales. Demostró
experimentalmente que el riñón no es un tamiz, porque cuando se le inyectaba agua
caliente con una jeringa solamente se hinchaba y no pasaba agua a su través.
Mostró de una manera similar que la vejiga de un feto de niño de nueve meses no
tenía otra abertura que la de los poros
urinarios. También negó la existencia de la rete mirabile en el hombre, realizó la primera exposición
clara del apéndice vermiforme, de la glándula del timo y de otras estructuras,
tuvo cierta idea de la acción de las válvulas cardíacas y acuñó el
término vas deferens. Otro
cirujano de la misma época que tenía un conocimiento práctico de la Anatomía
fue Nicolás Massa, que publicó una obra sobre el tema en 1536. El primero en
publicar ilustraciones de todo el sistema arterial, nervioso y otros sistemas
(1545) fue Charles Estienne (1503-1564), de la conocida familia de los
impresores humanistas franceses. Siguió también los vasos sanguíneos hasta el
interior de la sustancia de los huesos, señaló las válvulas en las venas y
estudió el sistema vascular inyectando aire en los vasos. Otra obra que
manifiesta los avances de la Anatomía realizados durante las primeras décadas
del siglo XVI es el opúsculo publicado por Giambattista Canano (1515-1579) en
1541, en el que mostraba cada músculo por separado en su relación con los
huesos.
Además de estos progresos en el conocimiento de
la Anatomía, se realizaron un cierto número de avances en la cirugía práctica
del siglo XVI. Uno de los mayores problemas para un cirujano militar era cómo
tratar las heridas por arma de fuego. Al principio se creía que éstas eran
venenosas y se las trataba escaldando con aceite de saúco, con resultados
terribles. Uno de los primeros médicos en abandonar esta costumbre fue Ambrosio
Paré (1510-1590), que describió en su fascinante Voyages en
divers lieux cómo tuvo que curar a
tantos hombres después del ataque a Turín en 1537, cuando estaba al servicio
del rey Francisco I de Francia, en que se acabó el aceite. A la mañana
siguiente se asombró al constatar que los hombres que no habían sido tratados
con el aceite estaban mucho mejor que aquellos cuyas heridas habían sido
escaldadas con aceite, y desde entonces abandonó esa costumbre. Paré dio
también una buena exposición del tratamiento de las fracturas y dislocaciones y
de la herniotomía y otras operaciones. En la Europa septentrional la Cirugía
estaba todavía en manos de barberos y cortadores relativamente sin instrucción,
aunque algunos de éstos tenían una considerable destreza. El litotomista
itinerante Pierre Franco, por ejemplo, fue el primero en realizar la litotomía
suprapública para extirpar piedras de la vejiga. En Italia la Cirugía estaba en
manos de los anatomistas con formación universitaria, como Vesalio y Girolamo
Fabrici, beneficiándose así de los logros del saber académico. La obra de
cirugía plástica, que comenzó en el siglo XV, prosiguió en el XVI por obra del
boloñés Gaspere Tagliacozzi, que restauró una nariz desprendida trasplantando
un trozo de piel del brazo, dejando un extremo unido todavía al brazo hasta que
el injerto en la nariz se hubo afianzado.
Mientras que estos anatomistas y cirujanos
extendían las realizaciones prácticas de sus predecesores, los médicos de otro
grupo estaban intentando, como en otras ciencias, volver a la Antigüedad. Los
primeros médicos humanistas, como Tomás Linacre (hacia 1460-1524), médico de
Enrique VIII, tutor de la princesa María y fundador y primer presidente del
Colegio de Médicos, o Johannes Günther (1487-1574), que contó en París como
discípulos suyos a Vesalio, Servet y Rondelet, eran más hombres de letras que
anatomistas. Alentaron y cooperaron en hacer nuevas traducciones al latín de
Galeno e Hipócrates, que fueron impresas, junto con las antiguas, en numerosas
ediciones desde finales del siglo XV. Dedicaron sus esfuerzos a establecer el
texto de estos autores más que a la observación, y Mondino les parecía
discutible, no tanto por no estar de acuerdo con la naturaleza como por no
concordar con Galeno. También iniciaron un violento ataque contra la
terminología arábiga latinizada de Mondino, a la que «purificaron» sustituyendo
las palabras árabes por latín o griego clásicos, transformándola en la
terminología anatómica todavía en uso.
Fue en este ambiente de observación práctica y
de prejuicio humano e investigación literaria donde el llamado padre de la
anatomía moderna, el holandés Andrés Vesalio (1514-1564), inició su obra. En
ella manifiesta ambos rasgos. El De Humatti Corporis Fabrica (1543) puede ser considerado como la aparición
de un intento de restaurar tanto la letra como las normas de Galeno. En él
Vesalio seguía a Galeno, lo mismo que a otros autores respecto de los cuales no
reconoció su deuda, en muchos de sus errores tanto como en sus observaciones
verdaderas. Situó el cristalino en el centro del ojo, repitió los errores de
Mondino sobre los órganos reproductores, representó el riñón como un tamiz y
formuló algunas conclusiones sobre la anatomía humana a partir del estudio de
los animales, costumbre por la que criticó a Galeno. Además, no difería de
Galeno en ningún aspecto importante de la Fisiología. Compartió la visión de su
maestro griego para poner de relieve la función viviente en la estructura
anatómica. Según Galeno, la función de un órgano era la causa final de su
estructura y de su acción mecánica y, por tanto, la explicación de su
presencia. La inspiración de la investigación anatómica que él estimuló era
totalmente teleológica, y el mismo Vesalio consideró al cuerpo humano como el
producto de la destreza divina. Esto debe ser tenido en cuenta como un factor
importante de la pasión con que realizó sus disecciones. Pero fueron las
ilustraciones el rasgo auténticamente revolucionario del De
Fabrica. Ningún dibujo anatómico puede
compararse con ellas, excepto las no publicadas de Leonardo; los dos son la
prueba más brillante de cuán estrechas eran las relaciones entre la biología descriptiva
y el arte naturalista. Sin embargo, las ilustraciones del De
Fabrica van más allá del mero
naturalismo; la asombrosa serie que representa la disección de los músculos es
a la vez una exhibición detallada de las relaciones entre la estructura y la
función de los músculos, tendones, huesos y articulaciones, y una danza de la
muerte, un drama representado por un cadáver suspendido de un gancho sobre el
telón de fondo de un paisaje continuo en las colinas Euganeas. No se ha
determinado definitivamente de quién era la obra de las ilustraciones del De
Fabrica y del volumen compañero
del Epitome (publicado
con él en Basilea en 1543), pero es prácticamente cierto que salieron del
taller de Tiziano, y que entre los artistas que trabajaron en ellas bajo la
supervisión del maestro se encontraba el mismo Vesalio.
La obra de Vesalio contenía, con mucho, las
descripciones e ilustraciones más detalladas y extensas hasta entonces
publicadas de todos los sistemas y órganos del cuerpo. Aunque su exposición de
los otros órganos no los compara habitualmente con la de los huesos y músculos,
cuya relación ilustró muy bien, realizó, sin embargo, un gran número de nuevas
observaciones sobre las venas, arterias y nervios, amplió considerablemente el
estudio del cerebro, aunque sin rechazar enteramente la rete
mirabile, y mostró que no se podía
hacer pasar crines a través del septo interventricular del corazón. También
repitió varios de los experimentos de Galeno sobre animales vivos y mostró, por
ejemplo, que la sección del nervio recurrente laríngeo provocaba pérdida de
voz. Mostró que un nervio no era un tubo hueco, aunque los fisiólogos
continuaron creyendo lo contrario hasta el siglo XVIII. También mostró que un
animal cuya pared torácica había sido atravesada podía ser conservado vivo
inflando los pulmones con fuelles.
Un contemporáneo de Vesalio, al que podría
considerarse también como uno de los fundadores de la anatomía moderna si sus
ilustraciones anatómicas se hubieran editado cuando fueron realizadas en 1552
en vez de 1714, fue el romano Bartolomeo Eustachio (1520-1574). Introdujo el
estudio de las variaciones anatómicas, en particular en el riñón, y realizó
ilustraciones excelentes de los huesecillos del oído, de las relaciones de los
bronquios y los vasos sanguíneos en los pulmones, del sistema nervioso
simpático, de la laringe y del canal torácico.
Tal como se desarrollaron los acontecimientos
fue Vesalio, y no Eustachio, quien puso su sello a la Anatomía. Hizo de Padua
el centro de la disciplina, allí fue profesor desde 1537 hasta que se convirtió
en médico del emperador Carlos V en 1544, y una gran parte de la historia
siguiente de la Anatomía hasta Harvey es la historia de los discípulos y
sucesores de Vesalio. El primero de éstos fue su ayudante Realdo Colombo (hacia
1516-1559), que demostró experimentalmente la circulación pulmonar de la
sangre (vide supra, página
202). Fue seguido por Gabriel Fallopio (1523-1562), que describió los ovarios y
las trompas denominadas luego con su nombre, los canales semicirculares del
oído y otras varias estructuras. Los propios discípulos de Fallopio ampliaron
la tradición de Vesalio en Padua al estudio de la anatomía comparada, pero
mientras tanto había comenzado a desarrollarse en otras partes un interés
parecido.
Muchos de los que fueron atraídos por las
ediciones impresas de Plinio o de las traducciones latinas de las obras
zoológicas de Aristóteles pasaron de lexicógrafos humanistas a naturalistas. Un
buen ejemplo de ello es Guillermo Turner (hacia 1508-1568), cuyo libro sobre
las aves (1554), aun siendo en gran parte una compilación y aceptando leyendas
como la de los escaramujos, contenía también muchas observaciones originales.
La zoología del siglo XVI comenzó, pues, como una glosa de los clásicos y se
realizó progresivamente a partir de la naturaleza. El sistema de clasificación
reconocido por Alberto Magno en las obras de Aristóteles, que el sabio y médico
de Oxford Edward Wotton intentó restaurar (1552), fue el cuadro de referencia
del tema.
Los primeros animales, además de las aves, en
atraer la atención fueron los peces. Durante la primera mitad del siglo XVI se
escribieron exposiciones de varias faunas piscícolas, las del mar en Roma y
Marsella y la del río Mosela, pero el estudio científico de los animales
marinos comenzó realmente con el De Aquatilibus (1553), del naturalista francés Pierre Belon
(1517-1564). Belon era ya conocido por su relato de un viaje al Mediterráneo
oriental, durante el que realizó algunas observaciones biológicas interesantes
(1533). Adoptó una visión ecológica de este grupo; sus «aquatiles» eran los
peces de los «cocineros y lexicógrafos», e incluía los cefalópodos y los
cetáceos tanto como los pisces. Realizó
la primera aportación moderna a la anatomía comparada. Hizo disecciones y
comparó tres tipos de cetáceos, observó que respiraban por pulmones y comparó
su esqueleto y corazón con los del hombre. Dibujó la marsopa unida por el
cordón umbilical a la placenta, y al delfín, con su recién nacido todavía
envuelto por las membranas fetales. También llevó a cabo un estudio comparado
de la anatomía del pez, y en otro pequeño libro, Histoire
naturelle des oiseaux (1555), en el que
reconocía intuitivamente ciertos grupos naturales de aves, dibujó el esqueleto
de un pájaro al lado de un hombre para mostrar las correspondencias
morfológicas entre ellos (lámina 5). Otro francés, Guillermo Rondelet
(1507-1566), que fue profesor de Anatomía en Montpellier y puede haber sido
«nuestro honesto médico maestro Rondibilís» de Rabelais (que también estudió
allí Medicina), incluía en su Histoire naturelle des poissons (1554-1555) una colección heterogénea similar de
animales acuáticos. Era también una obra valiosa. En ella señalaba las
diferencias anatómicas entre los sistemas respiratorio, nutritivo, vascular y
genital de los vertebrados acuáticos que respiran por branquias y pulmones, y
dibujó el delfín vivíparo y el tiburón ovovivíparo. Intentó descubrir la
correspondencia morfológica entre las partes de los corazones de los mamíferos
y de los peces. Estudió la anatomía comparada de las branquias, que creía
órganos refrigeradores, pero demostró también que un pez mantenido en una
vasija sin acceso de aire podía asfixiarse. Creyó que la vejiga natatoria de
los teleósteos, que él descubrió, era una especie de pulmón. La obra de
Ippolito Salviani (1514-1572) es otra de las heterogéneas sobre animales
acuáticos, publicada alrededor de la misma época (1554), que tiene interés por
mostrar el influjo del arte contemporáneo en sus excelentes ilustraciones
zoológicas.
Otro contemporáneo de estos autores fue el
erudito y naturalista Conrad Gesner. Intentó elaborar, siguiendo la línea de
Alberto Magno y de Vincent de Beauvais, a quien citaba, una enciclopedia que
contuviera las observaciones de todos sus predecesores, desde Aristóteles a
Belon y Rondelet. En el curso de esta tarea también hizo observaciones propias,
y gracias a su vasta correspondencia, fue un estímulo para otros. En la parte
zoológica de su obra Historia Animalium (1551-1558) parece haber estado tan incierto acerca
de la clasificación que ordenó los animales por orden alfabético. En otras
obras, que contenían extractos de la Historia, los dispuso según el sistema aristotélico,
omitiendo sólo los insectos. El material de insectos, recopilado por Gesner,
Wotton y Thomas Penny (hacia 1530-1588), fue publicado finalmente como el Theatrum
Insectorum de Mouffet. Los «insectos»
de Mouffet eran los de Aristóteles, e incluían miriápodos, arácnidos y varias
clases de gusanos, lo mismo que el moderno grupo de los insectos. Su libro
contenía un cierto número de observaciones nuevas, la mayor parte de ellas obra
de Penny. La obra de Gesner como enciclopedista y zoólogo fue continuada por
Ulysses Aldrovandi (1522-1605), profesor de Historia Natural en Bolonia, que
entre otras cosas escribió el primer libro sobre peces que no incluía otras
formas acuáticas.
Gesner y Aldrovandi incluían en sus obras
enciclopédicas catálogos de fósiles o «piedras con figuras», de los que se
habían hecho varias colecciones en el siglo XVI, incluyendo una del Papa Sixto
V en el Vaticano. Los fósiles incluidos en estas colecciones eran
principalmente equinodermos, conchas de moluscos y esqueletos de peces, y se
prestó considerable interés a su origen. De hecho, las opiniones sobre este
tema permanecieron divididas hasta el siglo XVIII, y no fue fácil reconocer el
origen orgánico de algunos fósiles. Quienes sostenían que los fósiles no tenían
origen orgánico, los explicaban por teorías como el influjo astral o la
generación por vapores subterráneos. Incluso entre quienes sostenían que los
fósiles eran restos orgánicos, algunos creían que habían sido transportados a
las montañas por el Diluvio. La teoría de que los organismos se habían
fosilizado donde habían vivido antes y habían sido encontrados perduró en las
obras de Alberto Magno. Girolamo Fracastoro (1483-1553) aceptó esta idea, y
también lo hizo Agrícola, que sostenía que el proceso de mineralización y
fosilización se debía a un succus lapidescens, que puede haber significado precipitación a
partir de una disolución. Otro autor, el ceramista francés Bernardo Palissy,
que había sabido de las ideas de Leonardo sobre estas cuestiones a través de
Cardano, fue más allá y llegó a cierta comprensión de la significación de las
formas fósiles para la morfología comparada. Lamentó que Belon y Rondelet no
hubieran descrito ni dibujado peces fósiles lo mismo que formas vivas; ello
hubiera mostrado entonces qué clases de peces habían vivido en esas regiones
cuando se congelaron las piedras en las que fueron hallados. El mismo hizo una
colección de fósiles, reconoció la identidad de un cierto número de formas,
como los erizos marinos y las ostras, con sus familiares vivientes, y
distinguió incluso variedades marinas, lacustres y de río. Gesner, en contraste
con estas ideas avanzadas, admitió que algunos fósiles eran animales
petrificados, pero consideró otros como productos sui generis de la misma tierra. Intentó clasificarlos,
tomando como criterios su forma, las cosas a las que se parecían, etc.
Aldrovandi consideró los fósiles no como restos de formas vivientes, sino como
animales incompletos en los que la generación espontánea había fracasado en la
realización plena.
Otro aspecto de la Biología que recibió nueva
atención durante el siglo XVI fue la Embriología, cuyo estudio fue restablecido
por Aldrovandi, quien se inspiró en Aristóteles y Alberto Magno para seguir el
desarrollo del pollo abriendo huevos en intervalos regulares. Inició en esto a
su discípulo holandés Volcher Coiter, quien, antes de asentarse finalmente en
Nüremberg, estudió con Fallopio, Eustachio y Rondelet. Fue, pues, un hijo
intelectual de Vesalio y el primero en adoptar el método comparado. Descubrió
en el pollo, sobre el cual sus observaciones seguían la línea aristotélica, el
blastodermo, pero dejó a Aldrovandi el explicar cómo los huevos pasaban del
ovario al oviducto, y fracasó en reconocer que el ovario de las aves era
homólogo con el «testis femenino» de los mamíferos. Realizó un estudio
sistemático del crecimiento del esqueleto del feto humano y señaló que los
huesos eran precedidos por los cartílagos. También hizo un estudio sistemático
de la anatomía comparada de todos los tipos vertebrados, excepto los peces. Su
acentuación de los puntos de diferencia, más que de las homologías, muestra que
no entendió completamente la significación del método comparado, pero sus
comparaciones, bellamente ilustradas por él mismo, ampliaron enormemente la
preocupación por el tema. Alcanzó los mejores resultados en su estudio sobre
los esqueletos, de los cuales comparó los de muchas especies diferentes, desde
la rana al hombre. También realizó un estudio comparado de los corazones vivos.
Intentó interpretar la estructura de los pulmones de los mamíferos en términos
de los órganos más sencillos de ranas y lagartos y entendió la diferencia de
sus mecanismos respiratorios. Realizó un cierto número de descubrimientos
anatómicos, de entre los cuales los de las raíces nerviosas dorsales y
ventrales fue quizá el más importante, e intentó clasificar los mamíferos sobre
una base anatómica.
El método comparado fue extendido
sistemáticamente a la Embriología por el sucesor de Fallopio en Padua, Girolamo
Fabrici, que fue profesor allí en la misma época que Galileo, Fabrici hizo un
cierto número de contribuciones a la Anatomía. Su teoría embriológica, como la
de su discípulo Harvey, fue en principio enteramente aristotélica. Pero
defendía que la mayoría de los animales se engendraban de «huevos» y no
espontáneamente, realizó buenos dibujos de las últimas etapas del desarrollo
del pollo e hizo un cuidadoso estudio de la embriología de un gran número de
vertebrados. En estos últimos prestó particular atención a las membranas
fetales y confirmó la afirmación de Julio César Arantio (1564) de que, aunque
los sistemas vasculares materno y fetal estaban en estrecho contacto con la
placenta, no había paso libre entre ellos. Hizo una exposición clara de otras
estructuras anatómicas conocidas asociadas con el sistema sanguíneo fetal, como
el ductus arteriosas y
el foramen ovale (descubierto
por Botallus, 1564). Las válvulas de las venas habían sido observadas por un
cierto número de anatomistas, pero fue Fabrici quien publicó el primer dibujo
claro sobre ellas (1603), que utilizó luego Harvey para ilustrar su libro.
Fabrici intentó en sus estudios comparados fijar los puntos comunes a los
diferentes vertebrados y los que definían diferencias específicas. Sostenía que
cada órgano de los sentidos tenía su propia función especial y no podía
realizar otra, pero aunque dibujó el cristalino en su posición correcta en el
ojo, todavía creía que era la sede de la visión. Trató de analizar la mecánica
de la locomoción, y comparó las acciones del esqueleto interno de los
vertebrados y el esqueleto externo de los artrópodos. Observó que el gusano se
movía por la contracción alternada de sus músculos longitudinales y circulares,
y examinó la relación del centro de gravedad con la postura en las aves. Sin
embargo, hasta que Borelli (1680) pudo hacer uso de la mecánica de Galileo estos
problemas no recibieron una solución adecuada.
El método comparado de Fabrici fue desarrollado
por su antiguo servidor y discípulo Giulio Casserio (1561-1616), que le sucedió
en Padua. Casserio ha sido descrito como un gran artesano que emprendió la
tarea de explicar la fábrica del hombre por referencia a la de los animales
inferiores. Dividió su investigación, como había hecho Galeno, en estructura,
acción y usos (función). Su método consistía en describir primero la condición
humana en el feto y en el adulto y luego seguirla en una larga serie de otros
animales. Ello aparece con toda claridad en su estudio de los órganos de la voz
y el oído, durante el cual describió los órganos sonoros de la cigarra y los
osículos de un gran número de vertebrados terrestres, y descubrió el oído
interno del lucio (lámina 24).
El sucesor de Casserio, Adriaan van der Spieghel
(1578-1625), cuya obra principal consistió en perfeccionar la terminología
anatómica, fue el último de la gran estirpe de Padua, y tras él la anatomía
animal se desarrolló en una dirección distinta. Su contemporáneo en Pavía,
Gasparo Aselli (1581-1626), descubrió los vasos quilíferos mientras hacía la
disección de un perro que había comido alimentos que contenían grasas. Son los
vasos linfáticos que llevan a la corriente sanguínea, en la vena yugular, las
sustancias grasas absorbidas por el intestino, pero que Aselli creyó que
llevaban del intestino al hígado. Otro contemporáneo, Marco Aurelio Severino
(1580-1656), discípulo en Nápoles del filósofo antiaristótelico Campanella,
redactó un tratado sobre anatomía comparada titulado Zootomia
Democritaea (1645), carente de respeto
por las ideas de su maestro. En él reconocía la unidad de los vertebrados
incluido el hombre, pero consideró a éste como el «arquetipo» básico
determinado por designio divino, y las divergencias de él como debidas a diferencias
en la función. Descubrió el corazón de los crustáceos superiores, hizo la
disección del de los cefalópodos, pero sin entenderlo; reconoció la función
respiratoria de las agallas de los peces, inventó el método para estudiar los
vasos sanguíneos inyectando un medio solidificador y recomendó el empleo del
microscopio. Aunque escribió después de Harvey, tenía los mismos defectos que
sus predecesores.
El esfuerzo de los anatomistas del siglo XVI
consistió en explorar, describir y comparar la estructura del cuerpo humano y
animal, para intentar hacer algunos ensayos de relacionar los resultados por
medio de una clasificación biológica y entender la variedad de formas animales.
Pusieron las bases de la obra que iba a llevar a la teoría de la evolución
orgánica; pero sus concepciones fisiológicas no sólo eran vagas, inexactas e
incoordinadas, sino que también sus inferencias no se elevaban más allá de una
consideración crítica y total de los datos. Sus concepciones de la función
biológica eran, en gran parte, heredadas del pasado y permanecían todavía sin
relacionar con sus descubrimientos sobre la estructura. Ambas cosas iban a ser
puestas en relación por otro hijo de Padua, Guillermo Harvey (vide
supra, pp. 199 y ss.).
Harvey realizó un cierto número de progresos en
Embriología. Aunque ha sido criticado por su trabajo en este campo, aplicó de
hecho a este difícil tema los mismos principios que había utilizado con éxito
al analizar el problema más sencillo de la circulación de la sangre. Entre sus
contribuciones a la embriología comparada se encuentra un cierto número de
observaciones concretas sobre la placenta y otras estructuras, la
identificación definitiva de la cicatrícula de la membrana de la yema del huevo
como punto de origen del embrión del pollo y un estudio claro del crecimiento y
la diferenciación. Otra contribución estaba sobrentendida, en una observación
de sus Exercitationes de Generatione Animalium (1651), exerritatio 62: «El huevo es el comienzo
común para todos los animales.» Alberto Magno, que había hecho una observación
semejante (vide vol. I,
p. 144), aceptó también la generación espontánea de los mismos huevos u ova; y puesto que Harvey no fue claro sobre ese
punto, especialmente en el De Motu Cordis, existen diferentes opiniones acerca de si
pensaba lo mismo. Algunos pasajes sugieren de una manera terminante que
defendía que todas las plantas y animales se originaban de «semillas» que
provenían de padres de la misma especie, aunque estas «semillas» podían a veces
ser demasiado pequeñas para ser observables. Como declaraba en el De
Generatione Animalium: «Muchos
animales, especialmente los insectos, provienen y son propagados de elementos y
semillas tan pequeños que son invisibles (como átomos volando por el aire),
esparcidos y dispersados aquí y allá por el viento; y, sin embargo, se supone
que estos animales han surgido espontáneamente, o de la descomposición, porque
no se puede ver su ova en
ninguna parte.» Francesco Redi, que fue el primero en refutar experimentalmente
la generación espontánea de los insectos (1668), interpretó las ideas de Harvey
en este sentido. Así, aunque Harvey no entendió la naturaleza del ovum, que identificaba todavía en los insectos como la
larva o la crisálida, y en los mamíferos con pequeños embriones rodeados por
sus membranas o corión, sus ideas, que cristalizaron «n el omne
vivum ex ovo que figuraba en el
frontispicio de sus libros, estimuló la investigación de sus seguidores en este
campo.
Las propias observaciones de Harvey le llevaron
a rechazar las teorías aristotélica y galénica sobre la fecundación. Según
Aristóteles, el útero de una hembra fecundada debería contener sangre y semen;
según Galeno, una mezcla de semen masculino y femenino. En las ciervas del rey
que disecó en Hampton Court no pudo encontrar prueba visible de la concepción
después de algunos meses de apareamiento. No tuvo suerte porque los ciervos son
especiales en este aspecto; pero tampoco pudo ver nada durante varios días en
otros animales normales, como perros y conejos. Concluyó, por tanto, que el
macho contribuía con un influjo inmaterial, como el de las estrellas o del
imán, que hacía desarrollarse al huevo femenino. Aunque la producción de huevos
en los folículos ováricos no fue descubierta hasta después de Harvey, puede
considerársele, pues, como el iniciador de la teoría «ovista» del siglo XVII,
según la cual la hembra aportaba todo el embrión. Después de que Leeuwenhoek
descubriera con su microscopio el espermatozoide (1677), la escuela rival de
los «animalculistas» pretendió lo mismo para el macho, y la controversia
resultante prosiguió durante la mayor parte del siglo XVIII.
La otra gran controversia embriológica en la que
los seguidores de Harvey consumieron sus energías fue la de la epigénesis y la
preformación. El propio Harvey reafirmó claramente la preferencia de
Aristóteles por la primera, por lo menos en los animales sanguíneos; sostenía
que el desarrollo era la producción de estructuras de novo a medida que el embrión se aproximaba a la forma
final adulta. Los ovistas y animalculistas posteriores sostuvieron igualmente,
más tarde, que el adulto se formaba por la «evolución», o desenrollamiento, de
partes ya presentes por completo en el germen.
Esto estaba más de acuerdo con el mecanicismo de
la época; y al año siguiente de la muerte de Harvey, Gassendi publicó la teoría
del preformacionismo panespermático, basada en su teoría atomista. Pero tiempo
antes, Descartes había elaborado una teoría biológica aún más mecanicista (vide
supra, pp. 213 y ss.).
Los trabajos sobre la reproducción conducirían a
la formulación de la teoría del germen de la enfermedad, aunque ésta no fuera
bien entendida hasta la época de Pasteur, en el siglo XIX. A principios del
siglo XVI, Fracastoro propuso una teoría según la cual las enfermedades estaban
provocadas por la transferencia de seminaria o semillas. Es famoso por haber introducido el término
sífilis y por haber descrito esta enfermedad, que había aparecido de forma
virulenta en Nápoles en 1495, ocupada entonces por las tropas españolas,
durante el sitio por el ejército de Carlos VIII de Francia. Presentó esta
teoría de la enfermedad en su De Contagione, publicado en 1546, en el que repetía los datos,
ya conocidos, de que la enfermedad podía ser transmitida por contacto directo,
por el vestido y los utensilios, y por infección a distancia, como la viruela o
la peste (vide vol. I,
pp. 209-210). Para explicar esa acción a distancia utilizó una modificación de
la antigua teoría de la «multiplicación de las especies»; decía que durante la
putrefacción asociada con la enfermedad salían pequeñas partículas de contagio
por exhalación y evaporación, y que éstas «se propagaban de la misma forma» a
través del aire, agua u otro medio. Cuando se introducían en otro cuerpo, se
esparcían por él y provocaban la putrefacción de aquel de los cuatro elementos
con el que tenían mayor analogía. Fracastoro atribuyó a esas seminaria la propagación de la tisis contagiosa, la rabia
y la sífilis.
Parece que Fracastoro fue también el primero en
reconocer el tifus; la práctica de registrar cuidadosamente los casos clínicos,
que venía haciéndose en los consilia y en los tratados de peste desde el siglo XIII, culminó, en el
siglo XVI, en un conjunto de buenas descripciones de enfermedades, por ejemplo,
la clara descripción del sudor inglés, publicada por John Caius en 1552. Esta
práctica se extendió en el siglo XVII y produjo descripciones clínicas tan
excelentes como la de Francis Glisson del raquitismo infantil en 1650, la
historia clínica del rey Jacobo I, de sir Theodore Turquet de Mayeme, y las
cuidadosas descripciones de la viruela, gota, malaria, sífilis, histeria y
otras enfermedades, dadas por Thomas Sydenham (1624-1689). Esta insistencia en
la observación, y la suspicacia respecto de las teorías demasiado fáciles que
había impedido acercarse a los hechos con actitud nueva, llevó a un gran
aumento del saber empírico y de los métodos empíricos de tratamiento; todavía
hoy la Medicina, en el siglo XX, es en gran parte un arte empírico. Ya a
principios del siglo XVI, si no antes, se utilizaba el mercurio para tratar la
sífilis, y desde principios del XVII la corteza de quina, de la que se obtiene
la quinina, se utilizaba para tratar la malaria. Fue introducida en Europa,
desde Perú, por los misioneros jesuitas y se llamó por ello «corteza de los
jesuitas». El adecuado conocimiento de las enfermedades infecciosas y de las
causas de los trastornos funcionales y orgánicos del cuerpo tendría que esperar
a la adquisición gradual del saber fundamental de la Biología y la Fisiología
durante los siglos XVIII y XIX.
2.8. La filosofía de la ciencia y el concepto de naturaleza en la revolución
científica
A mediados del siglo XVII, la ciencia europea
había recorrido un largo trecho desde que Adelardo de Bath había exigido
explicaciones en términos de causalidad natural y desde que los métodos
experimental y matemático comenzaron a desarrollarse dentro del sistema de
pensamiento científico predominantemente aristotélico de los siglos XIII y XIV.
Hacia el siglo XVII se habían realizado ya progresos revolucionarios en la
técnica experimental y matemática, que iban a proseguir con rapidez creciente
durante ese siglo. Por tomar sólo una ciencia como ejemplo, la Astronomía en
1600 era copernicana, y aun no completamente; en 1700 era newtoniana, y estaba
apoyada en la impresionante estructura de la mecánica newtoniana. Sin embargo,
las afirmaciones sobre los propósitos y métodos expresadas por los portavoces
de la nueva ciencia del siglo XVII eran notablemente similares a las expresadas
por sus predecesores de los siglos XIII y XIV, que fueron, de hecho, portavoces
de la ciencia moderna en una etapa más temprana de su historia. Eran
notablemente similares, pero no sin diferencias.
La idea utilitaria, por ejemplo, fue expresada
por Francis Bacon con palabras muy parecidas a las de su homónimo del siglo
XIII, incluso respecto al valor particular que daba al método inductivo. «Estoy
trabajando para poner los cimientos —decía Bacon en el prefacio de la Instauratio
Magna—, no de una escuela o doctrina
particular, sino de la utilidad y potencia humanas.» El propósito de la Instauratio
Magna, o nuevo método, era mostrar cómo
reconquistar ese dominio que había sido perdido con el pecado original. En el
pasado, la Ciencia había sido estática, mientras habían progresado las artes
mecánicas, porque la observación fue despreciada en la Ciencia. Solamente
gracias a la observación podía conseguirse el conocimiento de la naturaleza; y
sólo éste conducía al poder; y el conocimiento que debía buscar el científico
era el de la «forma», o esencia causal, cuya actividad producía los efectos
observados. El conocimiento de la forma proporcionaba el dominio sobre ella y
sus propiedades; y de ese modo la tarea positiva del nuevo método de Bacon
consistía en mostrar cómo adquirir conocimiento de la forma. Como declaraba en
el Novum Orgatium (1620,
libro I, aforismo 3): «El saber humano y el poder humano son lo mismo; porque
donde no se conoce la causa, no se puede producir el efecto. Para poder dar
órdenes a la naturaleza se la debe obedecer; y lo que en la contemplación es
como la causa, en la operación es la regla.» Lo que entendía por la «forma» de
un cuerpo o un fenómeno lo explicaba más adelante en el libro II, aforismo 2:
«Porque aunque en la naturaleza no existe realmente nada más que los cuerpos
individuales, que realizan acciones puramente individuales, según una ley fija;
sin embargo, en la filosofía de esta auténtica ley, y en la investigación,
descubrimiento y explicación de ella, es donde se encuentra el fundamento tanto
del saber como de la operación. Y es esta ley, con sus cláusulas, lo que
entiendo cuando hablo de formas; un nombre que adopto con agrado porque se
utiliza y se ha hecho familiar.»
La conclusión, entre paréntesis, de esta cita es
una advertencia de que Bacon podía estar ocultando, con su lenguaje
engañosamente escolástico, conceptos muy alejados de la «forma sustancial» y de
las cualidades reales en el sentido de las «naturalezas» escolásticas. También
sirve como un recordatorio de que la historia del método científico debe
incluir en el campo de sus estudios no sólo los procedimientos lógicos
descritos o utilizados por los filósofos de la naturaleza, sino también —y sin
ellos no entenderíamos nada— los problemas reales a los que se aplicaba los
procedimientos y las hipótesis elaboradas respecto del tipo de explicación que
ellas podían suministrar. Por ejemplo, es imposible ver el punto central de los
estudios de Grosetesta u Ockham sobre el método científico sin el contexto de
la filosofía de la naturaleza al que lo aplicaron. Galileo y Kepler dirigieron
sus análisis del método científico hacia los problemas particulares cinemáticos
y dinámicos que estaban intentando resolver; su punto central puede captarse
sólo en relación a ellos y a los tipos de leyes que esperaban descubrir. Los
procedimientos de la Ciencia son métodos de responder preguntas sobre los
fenómenos; las preguntas dan la definición a los fenómenos y los transforman en
problemas. Mucho de lo que se pregunta sobre tales datos estará determinado
simplemente por los procedimientos técnicos, matemáticos y experimentales de
uso corriente o que se están desarrollando. Pero la forma que adoptan las
preguntas, la dirección y la amplitud que se les da en la búsqueda de una
explicación, estará inevitablemente muy influida por la filosofía del
investigador o por su concepción de la naturaleza, por sus presupuestos metafísicos
o «creencias reguladoras», porque son éstas las que determinarán su concepto
del tema efectivo de su investigación, el de la dirección en la que se
encontrarán las verdades ocultas detrás de las apariencias. Son éstas las que a
menudo determinarán lo que un científico considera significativo en un
problema; pueden inspirar su imaginación científica, como hicieron con Galileo
y Kepler; y pueden poner límites a lo que considera como admisible en cuanto
explicación, como la objeción a la acción a distancia hizo con las críticas de
la teoría de la gravitación de Newton. Estos presupuestos filosóficos pueden,
desde luego, ser modificados profundamente en el curso de una investigación
científica. Pueden ser refutados por la observación, como Newton refutó la
hipótesis de la circularidad de todos los movimientos celestes. O pueden ser
por ellas mismas irrefutables empíricamente, como el concepto escolástico de
«naturaleza» o la creencia de que todos los fenómenos pueden ser reducidos a
materia y movimiento. Esas concepciones son abandonadas o modificadas solamente
al pensarlas de nuevo. Pero nunca ha existido ciencia natural enteramente
desprovista de una concepción previa de objetivos teóricos de carácter
filosófico.
En la historia real de la Ciencia, muchas de las
teorías fecundas han sido desarrolladas a partir de ideas preconcebidas sobre
el tipo de leyes o entidades teóricas que debían ser descubiertas para explicar
los fenómenos. La historia de la investigación ha consistido, en una gran
medida, en emplear los aguzados instrumentos de la matemática y el experimento
para esculpir a partir de estas concepciones previas una teoría que se adecuara
exactamente con los datos. Un buen ejemplo de esto es la teoría atomista,
considerada, primero, como un material científico de este tipo en el siglo XVII
y reducida, finalmente, a forma empírica exacta por John Dalton en 1808. Por lo
que concierne al método científico, todo el período desde el siglo XIII al XVII
puede considerarse como un período en el que las funciones de los principios
experimentales de la verificación, refutación y correlación, y las técnicas
matemáticas, fueron entendidos y aplicados con éxito creciente para reducir las
filosofías de la naturaleza a ciencia exacta (cf. supra, pp. 20 y ss.). Por ejemplo, la filosofía
neoplatónica de la naturaleza, con su concepción geométrica de la última
«forma» de las cosas, se hizo científicamente significativa por primera vez con
la filosofía de la luz de Grosetesta. Pero, a pesar de sus análisis de la
lógica de la ciencia experimental, el mismo Grosetesta dejó las explicaciones,
que derivó de su neoplatonismo, no sólo muy débilmente conectadas con los
datos, sino, a veces, en contradicción real con éstos. Son los investigadores
matemáticos y experimentales de este período, más técnicos y menos filósofos,
inspirados más por Euclides y Arquímedes que por Platón y Aristóteles, quienes
fueron más exactos empíricamente en la práctica; y solamente cuando Galileo y
Kepler aprovecharon enteramente los procedimientos técnicos, el neoplatonismo
produjo ciencia exacta.
Es precisamente en un papel crítico de este tipo
como Francis Bacon concebía su método inductivo para «el descubrimiento de
formas». Por «forma», Bacon entiende algo completamente específico: la
estructura geométrica y el movimiento. La idea habitual que se tiene de él como
un puro empirista, comenzando sin ideas preconcebidas ni hipótesis, no se
encuentra en absoluto confirmada por su obra principal sobre el método
científico, el Novum Organum, aunque
se aproxime más a esa idea en las interminables tablas de instancias que forman
las «Historia Natural y Experimental» de la Sylva Sylvarum. Los logros de Bacon son los de un filósofo con
una clara comprensión del principio empírico, pero casi con ninguna de los procedimientos
técnicos necesarios, no sólo para resolver los problemas, sino incluso para
formularlos de una manera científicamente significativa.
Bacon, en su Novum Organum, se proponía explícitamente, por supuesto,
sustituir el Organum de
Aristóteles; pero cuando se le compara con las distintas concepciones del
método científico defendidas en la época antigua y en la de principios de la
moderna, aparece claramente que el método de Bacon tiene mucho más en común con
el de Aristóteles que, por ejemplo, los métodos de postulados de Arquímedes y
Galileo. Basó su método en el análisis de la materia más que en las
idealizaciones de la Mecánica; estaba orientado a descubrir la composición de
los cuerpos, y es significativo que un gran número de sus ejemplos estuvieran
tomados de la Química. Si uno busca la raíz de su método, es fácil encontrarla
en el método hipotético de Demócrito y en la dialéctica de Platón (cf. supra, páginas 18, 125-126).La idea corriente contra la que
escribieron Bacon y otros defensores, contemporáneos suyos, de la «nueva
filosofía» era que la explicación de los fenómenos podía presentarse en
términos de formas sustanciales cualitativas y cualidades reales que
constituían las «naturalezas» de los escolásticos. Los filósofos de la
naturaleza de la época, viendo que aquéllas eran de poca ayuda, asimilaron su
filosofía de la naturaleza a la nueva ciencia, desarrollando una concepción más
matemática de la «forma» basada en el atomismo de Demócrito y Epicuro y de
Herón de Alejandría (vide vol.
I, p. 39, nota 4; supra, p.
41, nota 7), mientras que Galileo y Kepler llegaron a distinguir entre las
cualidades geométricas, primarias y reales, que pertenecían a los cuerpos y las
cualidades, secundarias, producidas por la acción de éstos sobre los órganos de
los sentidos (vide infra, p.
267). Bacon fue uno de los primeros autores modernos en proponer la reducción
completa de todos los fenómenos de la naturaleza a materia y movimiento. En
sus Cogitationes de Natura Rerum escribió: «La doctrina de Demócrito respecto de los átomos es o
verdadera, o útil para la demostración.» Su propuesta de «el descubrimiento de
formas» en el Advancement of Learning (El progreso del saber) (1605) era una investigación de la explicación
de las propiedades-de los cuerpos, pero afirmaba que ésta se había alejado
demasiado del experimento. Su objetivo era fundamentar la investigación no en
los átomos de los filósofos, sino en la inducción. Entonces, como decía en
el Novum Organum, libro
2, aforismo 8, «seremos conducidos solamente a las partículas reales, tal como
existen realmente». Estas constituían la «configuración latente» de la forma,
oculta a la vista, pero susceptible de descubrimiento por el razonamiento
inductivo. Su movimiento constituía el «proceso latente», y la variación del
movimiento producía efectos manifiestos diferentes en la «naturaleza», por los
que entendía cualquier tipo de acontecimiento observable, como el calor, la
luz, el magnetismo, el movimiento planetario, la fermentación. De ese modo, su
idea previa del tipo de entidades que su análisis inductivo proporcionaría era
tan definida como la de los escolásticos que escribieron sobre el método
científico y que estudiaron la «resolución» de los cuerpos en los cuatro
elementos y causas aristotélicos, o una enfermedad en un conjunto de especies
preconcebidas de un género (cf. supra, pp. 22, 32-35). Y Bacon describió la forma, tal
como la concebía, en un lenguaje similar al utilizado por los escolásticos para
las cuatro causas aristotélicas, como las condiciones necesarias y suficientes
para producir el efecto observado. «Porque —decía en el libro 2, aforismo 4— la
forma de una naturaleza es tal que,dada la forma, se sigue infaliblemente la
naturaleza.» Esto le llevó a fundamentar la investigación de la forma en los métodos
de acuerdo o presencia, de diferencia o ausencia, y de variación concomitante
(cf. supra, p. 126).
El método de Bacon seguía el patrón de los
procesos deductivos e inductivos ya observados en sus predecesores medievales.
Su principal contribución a la teoría de la inducción fue exponer muy
claramente y con gran detalle tanto el método de alcanzar la definición de una
«naturaleza común», o forma, recogiendo y comparando casos de sus supuestos
efectos, como el método de eliminar las formas falsas (o lo que podría
denominarse ahora hipótesis) por lo que llamaba «exclusión». Esto era análogo
al método de «invalidación» de Grosetesta (falsificatio). Bacon decía en el Novum
Organum, libro 1, aforismo 95:
Los que han manejado las ciencias han sido o
empíricos o dogmáticos. Los empíricos son como las hormigas, sólo recogen y
usan; los segundos parecen arañas, que hacen telarañas de su propia sustancia.
Pero la abeja toma un camino intermedio, recoge su material de las flores de
los jardines y de los campos, pero lo transforma y digiere por un poder propio.
La verdadera tarea de la Filosofía no es distinta de ésa; pues no descansa
única o principalmente sólo en los poderes de la mente, ni se limita a tomar la
materia reuniéndola de la historia natural y de los experimentos mecánicos y
dejándola enteramente en la memoria como la encontró, sino que la deja en el
entendimiento una vez alterada y digerida. Por tanto, es posible esperar mucho
de una unión más estrecha y más pura entre estas dos facultades, la
experimental y la racional (tal como todavía nunca ha existido)... Ahora bien
[seguía en el libro 2], mis instrucciones para la interpretación de la
naturaleza abrazan dos divisiones genéricas: una, de cómo educir y formar
axiomas a partir de la experiencia; otra, de cómo deducir y derivar nuevos
experimentos de los axiomas.
La primera etapa del descubrimiento de una forma
era hacer una colección puramente empírica de casos del fenómeno o «naturaleza»
que se iba a investigar. Como una muestra de su método y del tipo de cosas que
deberían investigarse, dio su conocido ejemplo de la «forma del calor». Como
decía en el Novum
Organum, libro 2, aforismo 10;
«Debemos preparar una Historia
Natural y Experimental.» La etapa siguiente era realizada por lo que pretendía ser un nuevo
tipo de inducción, usado hasta entonces solamente por Platón. El tipo corriente
de inducción «por simple enumeración» se basaba generalmente, como decía en el
libro 1, aforismo 105, en demasiados pocos casos y «expuesta al peligro de un
caso contradictorio... Pero la inducción de la que se debe poder disponer para
el descubrimiento y la demostración de las ciencias y las artes debe analizar
la naturaleza por rechazos y exclusiones apropiados; yentonces, después de un
número suficiente de casos negativos, llegar a la conclusión de los
afirmativos». Para realizar esta inducción «verdadera y legítima», las
observaciones deben clasificarse en tres «Tablas y clasificaciones de los
casos». La primera era una tabla de «Esencia y presencia», o de acuerdo, que
incluía todos los hechos en los que estaba presente la forma buscada (e. g., el calor); la segunda era una tabla de
«Desviación o de Ausencia en la proximidad», que incluía todos los casos en los
que no se observaban los efectos de la forma buscada; la tercera era una tabla
de «Grados o de Comparación», que incluía ejemplos de variaciones en los
efectos observados de la forma buscada en el mismo o en diferentes objetos. La
inducción consistía, pues, simplemente, en la inspección de estas tablas. «El
problema es —decía en el Novum
Organum, libro 2,
aforismos 15 y 16—
una revisión de los casos, de todos y cada uno,
para hallar esa naturaleza tal como está siempre presente o ausente con la
naturaleza en cuestión y que siempre aumenta y disminuye con ella... La primera
tarea de la verdadera inducción (en cuanto concierne al descubrimiento de
formas), por tanto, es el rechazo y exclusión de las diferentes naturalezas que
no se encuentran en ese caso donde está ausente la naturaleza en cuestión, o se
observan en algunos casos donde la naturaleza en cuestión está ausente, o se
observa que aumentan en otros cuando la naturaleza en cuestión disminuye, o
disminuyen cuando dicha naturaleza aumenta. Entonces, después de que se han
realizado debidamente el rechazo y la exclusión, quedará en la base,
disipándose en humo todas las opiniones frívolas, una forma afirmativa, sólida,
verdadera y bien definida.»
El investigador, sobre la base de este residuo no
eliminado, se embarcaba en lo que llamó en el aforismo 20 «un ensayo de la
interpretación de la naturaleza en sentido afirmativo». La primera etapa de
este proceso conducía solamente a la primera «Vendimia» o a una hipótesis de
trabajo. Así concluía: «De una revisión de los casos, de todos y cada uno,
aparece que la naturaleza de aquello de lo que el calor es un caso particular
es el movimiento... El calor mismo, su esencia y quididad, es movimiento y nada
más.» De esta hipótesis se deducían nuevas consecuencias y se comprobaban con
observaciones y experimentos ulteriores hasta que, finalmente, por
observaciones repetidas y variadas seguidas por eliminación, se descubría la
«verdadera definición» de la forma, y esto daba cierto conocimiento de la
realidad subyacente a los efectos observados, conocimiento de la verdadera ley
en todas sus cláusulas. «La forma de una cosa —decía en el Novum Organum, libro 2, aforismo 13— es la misma cosa
auténtica, y la cosa difiere de la forma no demodo distinto a como lo aparente
difiere de lo real, o lo externo de lo interno, o la cosa en relación al hombre
de la misma en relación al universo.»
Para Bacon, la forma era siempre una cierta
disposición mecánica; la inducción eliminaba lo sensible y cualitativo, dejando
la fina estructura geométrica y el movimiento. La forma del calor era, pues,
movimiento de partículas; la forma de los colores, una disposición geométrica
de líneas. De hecho, en tiempos de Bacon, la propia palabra «naturaleza» había
venido a significar propiedades mecánicas, la natura naturata del Renacimiento. Había desaparecido el
principio animador espontáneo, natura naturans, de escritores como Leonardo da Vinci o
Bernardino Telesio (1508-1588). El descubrimiento de la forma era el fin de los
«experimentos de la luz», que ocuparon las primeras etapas esenciales de la
Ciencia; pero, como expone Bacon en la Instauratio Magna:
Estos dos objetos gemelos, el saber y el poder humanos, se encuentran realmente
en uno; y es por ignorancia de la causa por lo que fracasa la operación.
El propósito final de la Ciencia era el dominio
de la naturaleza. Además, decía en el Novum Organum; libro 1, aforismos 73 y 124:
Los frutos y las obras son como si fueran fiadores
y seguridades para la verdad de las filosofías... La verdad y la utilidad son
aquí la misma cosa: y las mismas obras son del mayor valor, tanto como prenda
de la verdad como por su contribución a la comodidad de la vida.
Así, cuando Bacon excluía de la Ciencia las causas
finales, no era porque no creyera en ellas, sino porque no podía imaginar una
teleología aplicada de la misma forma que existía una física aplicada. Sostenía
que la humanidad futura, siguiendo su «filosofía experimental», conseguiría un
aumento enorme de poder y de progreso material. Como lo expresaba en el Novum Organum, libro 1, aforismo 109:
Hay, por tanto, gran fundamento para esperar que
todavía hay muchos secretos en el seno de la naturaleza de uso excelente, que
no tienen ninguna afinidad o paralelismo con nada de lo que es ahora conocido,
sino que están enteramente fuera del alcance de la imaginación, que todavía no
han sido encontradas.
Y creía que la conquista final de la rama de la
ciencia que describía en el Advancement
of Leaming como
«Magia natural» sería la transmutación de los elementos. Fue por su
utilitarismo y por su empirismo, más que por los cánones efectivos de su método
inductivo, por lo que Bacon influyó principalmente en sus seguidores, si bien
sus ideas sobre el método ejercieron cierta influencia en Inglaterra. Incluso
Harvey declaraba en su De
Generatione,exercitatio25: «Con palabras del sabio Lord Verulam, para 'entrar en la segunda
Vendimia'...» Su influjo más importante fue sobre la Roy al Society. La
descripción de Bacon del instituto de investigación, la Casa de Salomón, en
su The New Atlantis (La nueva Atlántida), publicada
póstumamente en 1627, fue la inspiración auténtica de los distintos esquemas de
instituciones científicas o colegios que encontraron su realización final en la
fundación de la Royal Society. Por influjo de Bacon, los miembros se dedicaron
desde el principio a investigaciones experimentales, e intentaron no sólo
promover el «conocimiento de la naturaleza», sino también un saber que fuera
útil para los oficios e industrias. En el Advancement of Learning, Bacon declaraba que el auténtico fin de la actividad científica
era «la gloria del Creador y el alivio del estado del hombre». Haciéndose eco
de esto, la segunda Carta de la Royal Society que recibió el Gran Sello el 22
de abril de 1663, y por la cual la Sociedad se gobierna todavía, exponía que
sus miembros «se han de aplicar a promover por medio de la autoridad de los
experimentos las ciencias de las cosas naturales y de las artes útiles, para
Gloria de Dios Creador, y el provecho de la raza humana». Los miembros fueron
requeridos por el gobierno para investigar problemas como las técnicas utilizadas
en la navegación y en la minería, y ellos mismos vieron en la tecnología un
medio de mejorar la base empírica de la Ciencia (cf. supra, p. 115). Esta acentuación de la utilidad de
la Ciencia, tanto como su empirismo, fue lo que convirtió a Bacon en el héroe
de D'Alembert y los enciclopedistas franceses del siglo XVIII.
Thomas Sprat, en su History of
the Royal Society (1667), expresó una
opinión típica sobre Bacon al describir sus obras como la mejor «defensa de la
Filosofía Experimental, y las direcciones más adecuadas necesarias para
promoverla», diciendo al mismo tiempo que las historias naturales de Bacon no
sólo eran, a veces, inexactas, sino que también parecían «más bien aceptarlo
todo que escoger, y amontonar más que registrar». Un ejemplo típico es la
investigación de la forma del calor, donde los ejemplos iban desde las plumas
tibias hasta los rayos del sol, y desde la pimienta «caliente» a la «quemazón»
de las manos por la nieve. El influjo de Bacon condujo a veces a un empirismo
ciego, pero es más típico el que ejerció sobre un hombre como Robert Hooke, que
fue uno de los que utilizaron de hecho los métodos de Bacon, exponiéndolos en
su General Scheme, publicado
en las Posthumous Works (1705);
pero fue un experimentador, matemático y formulador de hipótesis demasiado
bueno para verse restringido de algún modo por lo que Bacon había hecho.
El único científico de la época que se consideró
a sí mismo como un baconiano completo fue Boyle, «designado por la naturaleza
para continuar» la fama del gran Verulamio, como lo describía el Spectator en 1712. «Gracias a innumerables experimentos,
llenó, en gran medida, los planes y los esbozos de la Ciencia, que su
predecesor había bosquejado.» Boyle tuvo una gran influencia sobre Newton y el
siglo XVIII al manejar el empirismo de Bacon, su poco gusto por los sistemas y
su insistencia en la primacía de los experimentos sobre la teoría. Por ejemplo,
el significativo « Proemial Essay», en sus Physiological Essays (1661), estaba orientado a reforzar el empirismo baconiano contra
el racionalismo cartesiano y el desarrollo especulativo de los sistemas más
allá de la evidencia experimental. Según escribió: «Desde hace tiempo me ha
parecido uno de los impedimentos no menores del progreso real de la verdadera
filosofía de la naturaleza, el que los hombres hayan estado tan dispuestos a
formular sistemas sobre ella, y que se hayan creído obligados o a callarse por
completo, o a no escribir menos de un tratado completo de Fisiología.» Pero la
obra de Boyle y la fama que adquirió en su tiempo son reveladoras precisamente
porque muestran la influencia de aquel aspecto de Bacon que tan frecuentemente
se ha olvidado: su filosofía de la naturaleza. Boyle no fue en mayor medida que
Bacon un experimentador completamente antiteórico; es más acertado
considerarle, con su editor del siglo XVIII Peter Shaw, como un «restaurador de
la filosofía mecanicista» en Inglaterra[47]. Según escribió él mismo
en la Producibleness of Chymical
Principies (1679), publicada como apéndice a la segunda edición del Sceptical Chymist: «Porque aunque en ocasiones he tenido la
posibilidad de discurrir como un escéptico, sin embargo, estoy muy lejos de
pertenecer a esa secta, que considero ha sido no menos perjudicial a la
filosofía de la naturaleza que a la propia divinidad.»
De hecho, lejos de ser un empirista escéptico,
Boyle se encontraba dispuesto a hacer uso de hipótesis como ayuda a la investigación.
Argumentando en favor de la «doctrina corpuscular» en el prefacio de su Mechanical
Origin...of...Qualities (1675),
escribía: «Porque siendo la utilidad de una hipótesis el dar una explicación
inteligible de las causas de los efectos, o fenómenos propuestos, sin
contrariar las leyes de la naturaleza u otros fenómenos; cuanto más numerosas y
más variadas son las partículas, de las cuales algunas son explicables por la
hipótesis que se les atribuye, y algunas son concordables con ella, o, por lo
menos, no son discordantes de ella, tanto más valiosa es la hipótesis, y tanto
más susceptible de ser verdadera. Porque es mucho más difícil encontrar una
hipótesis que no es verdadera que se adapte a muchos fenómenos, especialmente
si son de varios tipos, que solamente a unos pocos.» Pero concluía: «No
intento, por tanto, al proponer las teorías y conjeturas presentadas en los
siguientes artículos, privarme de la libertad de alterarlas o de sustituirlas
por otras en su lugar, en caso de que un progreso ulterior de la historia de
las cualidades sugiera hipótesis mejores o explicaciones mejores.» En un
opúsculo inacabado y no publicado, titulado Requisites of a Good
Hyphotesis, realizó una distinción
ulterior entre una «buena hipótesis», que explicaba el mayor número de hechos
sin contradicción, y una «excelente hipótesis», que era la única explicación o,
al menos, la única buena. Tal hipótesis debía no solamente hacer posible
predicciones, sino predicciones que permitieran ponerla a prueba experimental.
Vale la pena citar todo el fragmento:
Los requisitos de una buena hipótesis son:
· Que sea inteligible.
· Que ni suponga ni asuma algo imposible,
ininteligible o comprobadamente falso.
· Que sea consistente consigo misma.
· Que sea adecuada y suficiente para explicar los
Phaenomena, especialmente el principal.
· Que sea, por lo menos, consistente con el resto de
los Phaenomena a los que se refiere en particular y que no contradiga a otros
Phaenomena conocidos de la naturaleza o a la verdad física manifiesta.
· Las cualidades y condiciones de una hipótesis
excelente son:
· Que no sea Precaria, sino que tenga suficiente
fundamento en la naturaleza de la misma cosa o, por lo menos, esté bien
recomendada por algunas pruebas auxiliares.
· Que sea la más sencilla de todas las buenas que
somos capaces de construir; por lo menos, que no contenga nada que sea
superfluo o impertinente.
· Que sea la única hipótesis que puede explicar los
Phaenomena o, por lo menos, que los explique bien.
Que permita a un naturalista avezado predecir Phaenomena futuros por su concordancia o incongruencia
con ella, y especialmente que los acontecimientos de tal experimento sean
diseñados de modo apto para examinarla, como cosas que deben, o no deben, ser
consecuentes con ella[48]. El problema de Boyle era
el mismo que el de Bacon y otros contemporáneos suyos enfrentados con la
inutilidad científica de la doctrina aristotélica de las «naturalezas». Como
escribió en el prefacio de su Mechanical Origin...of...Qualities: «Si, por un puro cambio de la disposición y
estructura interna de un cuerpo, es abolida una cualidad permanente, que se
dice que fluye de su forma sustancial, o principio interno, y, quizá, también
inmediatamente es seguida por una nueva cualidad que se produzca mecánicamente;
si, digo, esto sucede en un cuerpo inanimado, especialmente si es también
similar en cuanto al sentido, ese fenómeno no favorecerá poco la hipótesis que
enseña que estas cualidades dependen de una cierta contextura, y otras
afecciones mecánicas de las pequeñas partes del cuerpo, que están dotadas de
ellas, y consiguientemente pueden ser abolidas cuando esta modificación
necesaria es destruida.» La diversa y prolija colección de ensayos que forman
el resultado de sus cuarenta años de dedicación a la filosofía de la naturaleza
tenían una sola meta: descubrir por el experimento una explicación de las
propiedades de los cuerpos, desarrollar una teoría universal de la materia
sobre los mismos principios inteligibles, como la nueva ciencia de la mecánica.
Boyle entendía por su análisis del «origen de las formas y cualidades»
precisamente lo mismo que Bacon por su «descubrimiento de las formas». El
objeto de su «filosofía corpuscular», ni atomista ni cartesiana, sino
desarrollada según las líneas sugeridas por Bacon, era explicar todas las
propiedades manifiestas de los cuerpos por dos principios, el de la materia y
el del movimiento, por el tamaño, la forma y el movimiento de las partículas,
según las indicaciones suministradas por experimentos amplios. Esta forma de
filosofía mecanicista fue reforzada por la producción experimental que hizo
Boyle del vacío y sus experimentos sobre el aire. El aspecto fuertemente
empírico de su pensamiento se muestra, por ejemplo, en su negativa a decidirse
respecto de la causa de la elasticidad del aire, de la que establecía las
características cuantitativas en la «ley de Boyle». Hay un paralelo de esto en
la actitud adoptada por Edme Mariotte, que también formuló esa ley, y por
Pascal. Boyle no dejó nunca de verificar e ilustrar cuidadosamente, mediante
experimentos, las muchas hipótesis particulares que elaboró a lo largo de sus
investigaciones. Pero la forma de estas hipótesis particulares y el tipo de
entidades teóricas que incluían estaba determinado por una filosofía de la
naturaleza que no se había sometido a verificación, sino que era una «creencia
reguladora» supuesta en todo su
pensamiento científico. Era la creencia en el mecanicismo universal que fue
sostenida por Bacon no menos que por Descartes y que iba pronto a llegar a ser
fructífera predictivamente en el mundo-máquina de Newton. Como escribía Boyle
en sus Excellency and Grounds of
the Mechanical Hypothesis (1674): «Por el mismo hecho de que los principios mecánicos son tan
universales y, por tanto, aplicables a tantas cosas, son más adecuados para
incluir, que obligados a excluir cualquier otra hipótesis que se encuentre en
la naturaleza en la medida que así sea.»
El deseo de un conocimiento cierto de la
naturaleza, que inspiró la obra de Bacon sobre el método, y que de hecho había
inspirado desde San Agustín, o mejor desde Platón, toda la tradición
racionalista del pensamiento europeo, con su creencia de que lo que es cierto
es verdad en realidad, era el principal motivo subyacente a toda la ciencia del
siglo XVII; fue lo que hizo a este siglo tan consciente del método. Hasta el
final del siglo XVII, cuando comenzó a ser criticada esta forma aristotélica de
predicación de atributos como inherentes en las sustancias permanentes reales
por el nuevo empirismo de John Locke (1632-1704), todos los científicos se
inspiraron por la fe de que estaban descubriendo, a través y detrás de los
fenómenos concretos observados, la estructura inteligible del mundo real. Y de
ese modo era enormemente importante poseer un método que pudiera facilitar este
descubrimiento de la naturaleza real subyacente a las apariencias y garantizar
la certeza de los resultados. El mismo énfasis en el método se observa en toda
la Ciencia, sea en los numerosos «métodos» propuestos por los botánicos que
buscaban un sistema «natural» en cuanto opuesto a uno meramente artificial de
clasificación, sea en el método experimental y en el método matemático de los
químicos y físicos.
A mediados del siglo XVII, a excepción de
algunos biólogos para quienes los organismos representaban todavía un problema,
casi todos los filósofos de la naturaleza, que se proponían descubrir este
mundo físico real, aceptaban que lo que pudieran descubrir tendría en cierto
modo forma matemática. Fue Galileo quien expuso los desiderata metodológicos de
esta filosofía mecanicista por su tratamiento explícitamente cinemático del
movimiento y su firme rechazo de cualquier consideración de las «naturalezas y
causas» aristotélicas, por ejemplo, en Dos nuevas ciencias (vide
supra, páginas 135-137, 81 y ss.).
Describió el concepto de naturaleza que su método perseguía muy claramente en
1632, en II Saggiatore, en
su cuestión 6 (vide supra, p.
130) y en su famosa distinción entre las cualidades primarias y secundarias en
la cuestión 48. Escribía, estudiando la observación de Aristóteles en el De
Cáelo (libro 2, capítulo 7) de que «el
movimiento es la causa del calor»:
Pero primero quiero proponer algún examen de lo que
llamo calor, cuya noción corriente, aceptada generalmente, está muy lejos de la
verdad si mis dudas serias son correctas, en cuanto se supone que es un
verdadero accidente, afección, y una cualidad que reside realmente en la cosa
que percibimos que está caliente. Tan pronto como formo un concepto de un trozo
de materia o de una sustancia corpórea, siento la necesidad de concebir que
ella tiene límites que dan esta o aquella forma; que comparada con otra es
grande o pequeña; que está en este o aquel lugar, en este o aquel tiempo; que
se mueve o está en reposo, que toca o no toca a otro cuerpo; que es única, poca
o muchas; ni puedo, por ningún esfuerzo de imaginación, disociarla de esas
cualidades (condizioni). Pero no siento ninguna necesidad de aprehenderla como
acompañada necesariamente por esas condiciones de ser blanca o roja, amarga o
dulce, sonora o silenciosa, de buen o mal olor. Por el contrario, si los
sentidos no percibieran estas cualidades, quizá la razón y la imaginación solas
nunca hubieran llegado a ellas. Por tanto, defiendo que estos gustos, olores,
colores, etc., por parte del objeto en el que parecen residir, no son nada más
que puros nombres y existen solamente en el cuerpo sensitivo; de modo que si el
ser animado (animale) fuera suprimido, estas mismas cualidades se
desvanecerían. Pero, sin embargo, habiéndoles dado nombres especiales
diferentes de los de las otras cualidades primarias y reales (accidenti), nos
persuadiremos a nosotros mismos que también existen tan verdaderas y realmente
como las últimas. Puedo explicar mi concepción más claramente con un ejemplo.
Paso mi mano primero por una estatua de mármol, después por un hombre vivo. Por
lo que concierne al propio movimiento de la mano, es el mismo respecto de los
dos cuerpos —esto es, las cualidades primarias, movimiento y tacto, porque
llamamos a ellas no por otros nombres. Pero el cuerpo animado que padece esas
operaciones tiene sensaciones (affezioni) diferentes según las partes tocadas.
Por ejemplo, cuando se le toca en las plantas de los pies, en las rodillas o en
las axilas, siente, además de la sensación común de ser tocado, otra a la que
hemos dado el nombre particular de cosquilleo. Este sentimiento es enteramente
nuestro, y no pertenece a la mano en absoluto; y me parece que sería un grave
error decir que, además del movimiento y el tacto, la mano tiene en ella misma
otra facultad diferente de éstas, a saber, la facultad de cosquilleo, de modo
que el cosquilleo sea una cualidad que resida en la mano. Un pequeño trozo de
papel, o una pluma, llevado ligeramente sobre cualquier parte de nuestro cuerpo
que desees realiza, por ella misma, idéntica acción en cualquier parte, es
decir, mueve y toca; pero en nosotros, el tocar entre los ojos, o en la nariz,
o en los orificios de la nariz, excita un cosquilleo casi insoportable, aunque
en otras partes apenas podamos sentirlo. Ahora bien, este cosquilleo está todo
en nosotros, y no en la pluma; y si se eliminara al cuerpo sensitivo, no sería
más que un mero nombre (un puro nome). Creo que muchas cualidades (qualitá) que
son atribuidas a los cuerpos naturales, como los gustos, olores, colores y
otras, tienen una existencia similar, pero no mayor.
Seguía relacionando cada uno de los cuatro sentidos
con los cuatro elementos tradicionales, según una teoría corpuscular de la
materia. El tacto correspondía a la tierra; el gusto, al agua; el olor, al
fuego; el oído, al aire. El quinto sentido, la visión, correspondía a la luz,
al éter. De ese modo, la tierra estaba siendo continuamente analizada en
«partículas mínimas» (particelle
minime) de diferentes clases.
Algunas de éstas, habiéndose «alojado en la superficie superior de la lengua, y
penetrado sus tejidos después de haber sido disueltas en su humedad, producían
gustos que son agradables o desagradables según la diversidad del contacto
proporcionado por las diferentes formas de estas partículas, y según que sean
pocas o muchas, o se muevan más o menos». Era semejante para el olfato y el
oído. «Pero —concluía— sostengo que no existe nada en los cuerpos externos para
excitar en nosotros gustos, olores y sonidos, excepto formas, tamaños, números
y movimientos rápidos o suaves; y concluyo que si las orejas, lengua y nariz se
quitaran, permanecería la forma, el número y el movimiento, pero no habría
olores, gustos o sonidos que, separados de los seres vivos, creo que no son más
que nombres, exactamente como el cosquilleo no es nada más sino un nombre si se
suprimen la axila y la piel del interior de la nariz.» Respecto de la relación
de la visión a la luz, concluía: «De esta sensación y de las cosas relacionadas
con ella no pretendo entender más que muy poco, y ya que no dispongo mucho
tiempo para explicar, o mejor esbozar, me callaré.»
Galileo esbozó en este famoso pasaje una
auténtica filosofía mecanicista de la naturaleza. Combinando la distinción de
Demócrito entre el mundo perceptivo de la apariencia sensible (que Aristóteles
creía que era real) y el mundo conceptual real de las cualidades primarias con
una concepción corpuscular de la materia derivada de Herón de Alejandría (vide vol. I, p. 39, nota 4; supra, p. 41, nota 7), ofreció una explicación de las
propiedades físicas manifiestas de los cuerpos en términos de las características
de sus partículas constituyentes. Además, concebía a éstas dinámicamente,
tomando en cuenta las variaciones de sus movimientos, y pareciendo considerar
la extensión a las partículas de leyes matemáticas semejantes a las que se
habían manifestado tan provechosas al tratar con los movimientos de los cuerpos
macroscópicos.
La última meta científica de Galileo de
descubrir la estructura real del mundo físico, de leer el libro real de la
naturaleza en lenguaje matemático, se muestra claramente no sólo en sus controversias
sobre la teoría copernicana, sino en todo lo que escribió sobre la filosofía de
la Ciencia (vide supra, pp.
125 y ss, 181 y ss.). Ciertamente, ésta apuntaba a establecer una conexión
cuantitativa y experimentalmente verificada entre las entidades reales, pero no
observables, definidas por las cualidades primarias y las propiedades
observadas de las que estas entidades eran la causa. El mismo Galileo
proporcionó, con su método «resolutivo-compositivo», el medio eficaz de
explorar y establecer esa conexión. Pero las tácticas que ejemplifica su
enfoque cinemático del movimiento, su método de fraccionar un problema en
cuestiones independientes y de proceder paso a paso, indican que Galileo no
desarrolló de hecho nunca su filosofía mecanicista en una explicación
científica, una teoría relacionada deductivamente con la predicción de los
datos. De hecho, en el estado en que se encontraba el saber científico, hubiera
sido una burda especulación el intentar ese desarrollo sistemáticamente.
Galileo prefirió conservarlo como la última meta de su progreso empírico.
Fue Descartes el primero no sólo en proclamar
que la filosofía mecanicista era la explicación universal de todos los
fenómenos físicos, sino también en intentar realizar las explicaciones en
detalle. Careciendo de la finura científica de Galileo y de sensibilidad por el
hecho empírico, Descartes criticó el tratamiento que Galileo había realizado
del movimiento al dar descripciones matemáticas sin base filosófica y, por
tanto, sin explicación (vide supra, p. 148). El ingenuo racionalismo de Descartes, su clara concepción
de una filosofía de la naturaleza universal como meta de la Ciencia, le llevó a
regiones de especulación ante las cuales dudaban científicos mucho mejores.
Fue, sin embargo, precisamente esta ingenuidad especulativa la fuente de su
única contribución importante al movimiento científico. Su concepción puramente
unificadora del universo como un todo integrado, explicable por los principios
mecánicos universales aplicables igualmente a los organismos y a la materia
inerte, a las partículas microscópicas y a los cuerpos celestes, fue la que
proporcionó un programa a las sucesivas generaciones de filósofos de la
naturaleza —astrónomos, físicos, químicos y fisiólogos. Les dio una hipótesis,
un modelo cuyas propiedades podían explotar. El cartesianismo, al convertirse
en la filosofía predominante de la naturaleza a mediados del siglo XVII, sacó
también a la luz los problemas filosóficos inherentes a la filosofía
mecanicista, considerada como la verdad total y nada más que la verdad. Aun
cuando la epistemología de Descartes y su metafísica fueran rechazadas, su
física tuvo un influjo dominante, tanto en la Royal Society como en la Académie
des Sciences. Cualquier sistema nuevo tenía que abrirse paso contra ella, e
incluso la alternativa más famosa, el sistema newtoniano, cuya resistencia
cartesiana en Francia fue solamente vencida por Maupertuis (1698-1759) y por
Voltaire (16941778), se basaba en el mismo programa general de descubrir las
leyes unificadoras de la Cosmología. Triunfó al establecer el objetivo
cartesiano con una precisión empírica enormemente superior. Aun cuando se
demostraba erróneo en los detalles, el programa general del mecanicismo
cartesiano continuó siendo una guía de la investigación, y sus conceptos
generales se mostraron admirable y fructíferamente también adaptables a las
exigencias de los resultados experimentales, como, por ejemplo, en la
Fisiología, en las teorías de la luz de Hooke y Huygens y en la ulterior historia
de lamatiére subtile o éter
de Descartes que llenaba el espacio (cf. supra, página 148).
La base de la filosofía de la naturaleza de
Descartes era su división de la realidad creada (i. e., en cuanto distinta de Dios) en dos esencias
mutuamente excluyentes y exhaustivas conjuntamente o «naturalezas simples», la
extensión y el pensamiento, y su concepción del método que estaba orientado
para darle cierto conocimiento de esta realidad. Es significativo que Descartes
se parezca a un filósofo medieval, como Grosetesta o Roger Bacon, al presentar
sus primeros resultados científicos publicados como ejemplos de la aplicación
de una concepción del método científico. El volumen de tratados que marca una
época, publicado en 1637, tenía por título completo Discours de
la méthode pour bien conduire sa raison, et chercher la vérité dans les
Sciences. Plus la dioptrique , les
météores et la géometrie qui sont des essais de cette méthode. El hecho de que dos de estas obras hubieran
tratado de la Optica y el que su primer ensayo cosmológico hubiera tenido por
subtítulo Traité de la lumiére es también un indicio de, por lo menos, parte de la herencia intelectual
de Descartes. Pero ya había escrito, antes de todas estas obras, entre 1619 y
1628, su tratado completo sobre el método, sus Regulae and
Directionem Ingenii, publicadas
póstumamente en 1701. Ese orden en la composición no puede mostrar con más
claridad su acercamiento confiadamente racionalista a la Ciencia.
«Por método —escribía Descartes en la regla 4 de
las Regulae— entiendo un
conjunto de reglas ciertas y fáciles, tal que cualquiera que las obedezca
exactamente, en primer lugar, nunca tomará nada falso por verdadero y, en
segundo lugar, progresará por un esfuerzo ordenado, paso a paso, sin
desperdicio de esfuerzo mental, hasta que haya conseguido el conocimiento de
todo lo que no sobrepasa su capacidad de comprensión.» Seguía en la regla 5:
«Todo el método consiste en el orden y disposición de los objetos a los que
debe dirigirse la atención de la mente, para que podamos descubrir alguna
verdad. Y observaremos estrictamente este método si reducimos, paso a paso, las
proposiciones complicadas y oscurasa proposiciones más sencillas, y luego,
partiendo de la intuición más simple de todas, si intentamos remontar por los
mismos pasos hasta el conocimiento de todas las otras.»
Se debe hacer una distinción entre el método de
Descartes en cuanto aplicado a la Filosofía y en cuanto aplicado a la Ciencia.
Por lo que concierne a la Filosofía, las reglas que dio para analizar los datos
de la experiencia eran para preparar la mente para un acto intuitivo, similar
al descrito por Aristóteles al final de los Analíticos
posteriores, por el que se captaba las
«naturalezas simples». Estas eran, por ejemplo, el pensamiento, la extensión,
el numero, el movimiento, la existencia, la duración —«ideas claras y simples»,
autoevidentes, que no podían ser reducidas a algo más simple y que no tenían,
pues, definición lógica. El propósito de estas reglas era elegir y disponer los
datos para este acto de intuición, e incluían una forma de inducción que
implicaba el principio de eliminación. La meta filosófica de Descartes era
reducir las «proposiciones complicadas y oscuras», con las que había comenzado
desde la experiencia, a proposiciones que fueran o autoevidentes, o que se
siguieran de proposiciones autoevidentes. Una vez hecho esto, sería capaz de
explicar entonces todos los datos de la experiencia, mostrando que podían ser
deducidos de las «naturalezas simples» descubiertas. Defendió que había tenido
éxito en su búsqueda de las «naturalezas simples» que constituían el mundo
creado. La última sustancia de todo era o res extensa, o res cogitans. Como escribía en los Principia
Philosophiae, parte 1, sección 53:
Aunque cualquier atributo es suficiente para damos
conocimiento de la sustancia, hay siempre una propiedad principal de la
sustancia que constituye su naturaleza y esencia y de la cual todas las otras
dependen. Así, la extensión en longitud, anchura y profundidad constituye la
naturaleza de las sustancias corpóreas; y el pensamiento constituye la
naturaleza de la sustancia pensante. Porque todo lo que, además de eso, se
puede atribuir al cuerpo presupone la extensión, y no es más que una
dependencia de lo que es extenso; de la misma forma que todas las propiedades
que vemos en la cosa pensante no son más que maneras diferentes de pensar. Así,
por ejemplo, no podemos concebir la forma si no es en una cosa extensa, ni el
movimiento más que en un espado extenso; del mismo modo, la imaginación, el
sentimiento y la voluntad existen sólo en una cosa pensante y no podemos
concebirlas sin ella. Pero, al contrario, podemos concebir la extensión sin
figura ni movimiento, y la cosa pensante sin imaginadón ni sentimiento, y lo
mismo del resto de los atributos.
En la parte 2, sección 4, afirmaba la identidad de
la materia y la extensión de modo aún más enfático, al escribir: «La naturaleza
de la materia o del cuerpo en general no consiste en eso que es una cosa dura,
o pesada, o coloreada, o que afecta a nuestros sentidos de cualquier otro modo,
sino solamente en que es una sustancia extensa en longitud, anchura y
profundidad... Su naturaleza consiste sólo en eso, en que es una sustancia que
tiene extensión.» Las cualidades secundarias eran, pues, subjetivas; sólo la
extensión y el movimiento tenían una existencia objetiva; y todas las
propiedades que observábamos en la materia se debían a la diversificación de la
materia original, por influjo del movimiento, en partículas de diferentes
tamaños, formas y movimientos y a su subsiguiente agregación en cuerpos de
varias clases. Descartes estaba tan ansioso de hacer desaparecer las formas
sustanciales y todas las cualidades innatas reales —«propiedades ocultas»— que
incluso excluyó la idea de que los cuerpos estuvieran dotados naturalmente de
peso. Fue por suponer que la gravedad era una cualidad innata y por no intentar
explicársela por lo que Descartes criticó a Galileo y a Mersenne (cf. supra, p. 148). Su propio intento de explicar la
gravedad residía en la matiére
subtile o éter que actuaba
mecánicamente en este plenum de materia
identificada con la extensión. En este plenum, toda
acción se realizaba por contacto; excluía la posibilidad de un vacío, y era la
base de su teoría de los torbellinos; y le permitía excluir la «fuerza oculta»
de la atracción a distancia.
Cuando Descartes estudió por primera vez la
aplicación de su método a la ciencia de la naturaleza, estaba tan confiado del
éxito como lo estaba en Filosofía. La «Matemática Universal» esbozada en
las Regulae debía
repetir la estructura de su sistema filosófico dependiente de las «naturalezas
simples». Iba a abarcar todo el mundo físico y a subordinar a ella todas las
ciencias particulares; y dentro de este esquema, la Ciencia descubriría la
causa invariable, la conexión inmutable entre el datum de la experiencia y el quaesitum de la teoría. Habría una completa unión entre la
predicción y la explicación, si sólo ella pudiera probarse.
La exposición de Descartes del método científico
en las Regulae era una
variante del doble procedimiento familiar del análisis y la síntesis, o de la
resolución y la composición. El objetivo de la investigación científica era
reducir los problemas complejos tal como se presentaban en la experiencia, que
él describía en un lenguaje hasta cierto punto aristotélico como compuestos
a parte rei, a problemas específicos
constitutivos para darles una solución cuantitativa, de modo que la situación
compleja pudiera ser reconstituida teóricamente y explicada por deducción a
partir de los elementos descubiertos y de las leyes que los producían. La
primera etapa del análisis llevaba una clasificación de los datos, y entonces
el investigador, sobre esta base, elaboraba «conjeturas» hipotéticas de la
causa. Las conjeturas eran necesarias porque la complejidad de la naturaleza
exigía un camino indirecto hacia la verdad, y la etapa siguiente consistía en
deducir las consecuencias empíricas que se seguían de ellas y eliminar las
falsas conjeturas aplicando el método baconiano del experimentum o instantia crucis, utilizando el método del acuerdo, de la
diferencia y variaciones concomitantes. Los «componentes» de la teoría
mostraban la verdadera causa cuando correspondían perfectamente a los
«componentes» de las cosas. Así, pues, la teoría explicaba los hechos, y los
hechos probaban la teoría (cf. supra, páginas 33, 188; infra, p. 287). Descartes describió este movimiento
recíproco como una «demostración», escribiendo en el Discours, parte 6:
Si algunas de aquellas [cosas] de las que he
hablado en el principio de la Dióptrica y de los Meteoros pueden parecer
chocantes a primera vista, porque las he denominado hipótesis y porque parezca
que no tengo ganas de demostrarlas, que se tenga la padencia de leer todo con
atendón y espero que se encontrará satisfacción. Porque me parece que las
razones se siguen unas a otras de tal manera que, como las últimas son probadas
por las primeras, que son sus causas, estas primeras son probadas, recíprocamente,
por las últimas, que son sus efectos. Y no se debe pensar que cometo aquí el
error que los lógicos llaman un círculo; porque hadendo la experienda muy
ciertos la mayor parte de estos efectos, las causas de las que los deduzco no
sirven tanto para establecer su existencia como para explicarlos; sino que, al
contrario, son ellas las demostradas por ellos.
Siendo Descartes un «platónico agustiniano» del
mismo tipo que Grosetesta y Roger Bacon, igual que ellos encontraron certeza
solamente en la iluminación divina, así él la encontró únicamente en la
creencia de que el más perfecto de todos los seres no le engañaría. Respaldado
por esa garantía, afirmaba, en una carta a Mersenne escrita el 27 de mayo de
1638: «Hay solamente dos maneras de refutar lo que he escrito: una es probar
por algún experimento o razonamiento que las cosas que he supuesto son falsas;
y la otra, que lo que deduzco de ellas no puede ser deducido.»
Desafortunadamente, como le gustaba a Newton mostrar, Descartes se exponía
demasiadas veces a una refutación precisamente basada en esos fundamentos
(cf. supra, pp. 148 y ss.).
Todo el proceso de investigación de Descartes
por medio de las conjeturas presuponía la filosofía mecanicista como la base de
la explicación, en cuanto distinta de la mera predicción o resumen de los
hechos. Para Descartes, esa explicación debía ser siempre el último fin de la
investigación científica, porque era la que conectaba los fenómenos concretos
de la experiencia con las «naturalezas simples» que constituían, en último
término, el mundo y proporcionaban así la última explicación de todos los
fenómenos. De ese modo, poniendo la ciencia de la naturaleza dentro de esta
estructura filosófica, Descartes hizo necesario hasta cierto punto el responder
a la pregunta final antes de responder a la primera.
El mismo punto de vista aparece en su actitud
respecto de Harvey. En su descripción, en el Tratté de L'homme, de cómo el cuerpo funciona según las leyes
puramente mecánicas, Descartes aplaudía el descubrimiento de Harvey de la
circulación de la sangre, pero rechazaba el aceptar su exposición sobre la
sístole y diástole del corazón, basándose en que, aun si los hechos de Harvey
se manifestaban correctos, no había explicado la razón de la contracción del corazón. La propia
explicación de Descartes del latido del corazón rechaza a la vez la de Harvey y
la de Galeno, y significó un renacimiento de la concepción aristotélica del
corazón como centro del calor vital que provocaba la expulsión de la sangre del
corazón al hacerla hervir y dilatarse (vide supra, pp. 213 y ss.). Más tarde, en su Description
du corps humain (1648; publicada en
1664), Descartes admitió que une expérience fort apparente, como la sugerida por la vivisección de un
corazón de conejo, podría confirmar la exposición de Harvey sobre el movimiento
del corazón, pero añadía: «Sin embargo, eso solamente muestra que las observaciones
pueden a menudo llevarnos a engaño, cuando no examinamos suficientemente todas
las causas que pudieran tener.» Podía demostrarse que la teoría de Harvey
estaba de acuerdo con muchos fenómenos, pero «eso no excluía la posibilidad de
que todos los mismos efectos se siguieran de otra causa, a saber, de la
dilatación de la sangre que yo he descrito». Pero para poder ser capaz de
decidir cuál de estas dos causas es verdadera, debemos considerar otras
observaciones que no concuerdan con ninguna de ellas. La elección entre las
hipótesis rivales debía realizarse por medio de un experimentum
crucis que refutaría una de ellas.
El último objetivo del método de Descartes tanto
en Ciencia como en Filosofía consistía, pues, en último análisis, hacer
patente, por medio de «largas cadenas de deducciones», la conexión entre la
última realidad ontológica, en cuanto descubierta en las «naturalezas simples»,
y los muchos casos concretos de la experiencia. En esta concepción de una meta
últimamente ontológica del descubrimiento científico, Descartes estaba de hecho
de acuerdo con físicos matemáticos platonizantes, como Galileo y Kepler, que
habían introducido esas convicciones empíricas en la identificación de las
sustancias del mundo real con las entidades matemáticas con-tenidas en la
teoría utilizada para predecir las «apariencias». Descartes se distinguió de
esos contemporáneos suyos más empíricos no por su meta últimamente ontológica,
sino por el menor grado de precaución empírica con que se movía hacia ella.
Fue en la forma extrema y sistemática dada a
ella por Descartes, al ofrecer una amplia alternativa metafísica y cosmológica
de la filosofía aristotélica, como la filosofía mecanicista suscitó los
problemas filosóficos que vinieron a dar forma al carácter no sólo de la
epistemología y de la metafísica del período, sino también a la filosofía de la
Ciencia. Por ejemplo, la doctrina de la subjetividad de las cualidades
«secundarias» fue tomada por Locke e incorporada a su nueva teoría del
conocimiento, según la cual el objeto propio de nuestro conocimiento no eran
las cosas del mundo externo, sino los datos de la experiencia recibidos a
través de los órganos de los sentidos y organizados por la mente. No es éste el
lugar de estudiar la epistemología de Locke, pero es interesante el que tuviera
que ser el mismo «restaurador» de la filosofía mecanicista, Robert Boyle, quien
señalara que las cualidades primarias o conceptos geométricos —en cuyos
términos la física matemática organizaba e interpretaba la experiencia— no
fueran menos mentales que las cualidades secundarias, y que si cada grupo
poseía una pretensión de realidad, entonces ambos tenían igual pretensión.
George Berkeley (1685-1753) iba a hacer una crítica similar.
La identificación absoluta por Descartes de la
materia con la extensión, orientada a la exclusión sin contemplaciones de
cualquier propiedad innata de los cuerpos, iba a suscitar toda una gama de
problemas. En la Física, las dificultades que esto significaba para explicar la
gravitación y para determinar lo que se conservaba en la perduración del
movimiento se convirtieron en los principales temas de las controversias entre
Huygens, Leibniz y los newtonianos. Estos son buenos ejemplos del origen
metafísico de muchos conceptos científicos que fueron únicamente más tarde
recortados según las exigencias de la precisión cuantitativa (cf. supra, p. 151). La exclusión total de los principios
activos en las cosas que correspondían a las «naturalezas» escolásticas crearon
una dificultad general para toda la doctrina de la causalidad. Estrictamente
hablando, toda la causalidad «secundaria» (esto es, la causalidad independiente
de la intervención directa de Dios) se hizo imposible, como señalaron algunos
seguidores de Descartes. Algunos autores, como, por ejemplo, Gassendi y sir
Kenelm Digby (1603-1665), intentaron tratar este problema general retomando a
una forma de atomismo, y, con cierta confusión, atribuyeron causalidad
eficiente a los mismos átomos. Una solución hasta cierto punto distinta a todo
el problema de la interacción fue propuesta por Leibniz con su teoría de las
mónadas. Estas soluciones llegaron a ejercer un influjo considerable en
Biología, donde la doctrina cartesiana de la materia había provocado un serio
obstáculo al excluir absolutamente los organismos. Por ejemplo, cuando
Maupertuis y Buffon (1707-1788) intentaron explicar con principios mecánicos
hechos como los de la adaptación de las funciones de las partes de los seres
vivos a las necesidades del todo, y las apariencias teleológicas del desarrollo
embriológico y de la conducta animal se tornaron hacia esas partículas en las
que la causalidad se alojaba en las molécules organisées. Maupertuis señaló muy claramente que los conceptos
mecánicos formulados para explicar solamente una gama limitada de fenómenos
inorgánicos debía esperarse que fueran inadecuados cuando se aplicaban a otros
fenómenos para los que no estaban pensados. Puesto que los fenómenos biológicos
parecían exigir a la vez principios activos y teleología, su solución consistía
en ofrecer una explicación de ellos en términos del movimiento antecedente de
las partículas, cuyo comportamiento anticipaba los fines hacia los que se
movían y las funciones que debían ser servidas por los órganos que formaban. Al
desarrollar este tipo de explicación Maupertuis llegó a proponer la primera
teoría sistemática de la evolución y a estudiar por primera vez en este
contexto la producción del orden a partir del desorden por la acción del azar.
Fue en la cuestión de la interacción entre el
cuerpo y la mente, entre la sustancia extensa absolutamente distinta y la
sustancia pensante, donde el sistema cartesiano sacó a la luz el problema más
insoluble para la filosofía mecanicista, y uno de los problemas que más
profundamente ha afectado a toda la filosofía de la naturaleza desarrollada por
los científicos, especialmente por los fisiólogos, desde el siglo XVII. Para la
filosofía aristotélica no había, hablando estrictamente, ningún problema del cuerpo y la mente, porque el alma, el animus de los escolásticos, que incluía a la mente (cf.
vol. I, página 150, nota 17), era la «forma» del ser humano, y determinaba la
naturaleza de la unidad psicofísica de la misma manera que la forma de un
cuerpo inanimado determinaba su naturaleza. El problema surgió con la
concepción mecanicista del cuerpo. Joseph Glanvill escribía retóricamente
en The Vanity of Dogmatizing (1661):
«Cómo el espíritu más puro está unido a este trozo de tierra, es un nudo muy
difícil de deshacer para la humanidad caída.»
Descartes estudió la cuestión principalmente en
suTraité de L'homme, Les passions de lâme y en los Principia Philosophiae. Su procedimiento para formularlo fue claro e
inteligente. Aceptando la distinción entre espíritu (sensación, sentimiento,
pensamiento) y materia (en cuanto concebida mecánicamente), decidió, por
razones filosóficas, que en el cuerpo humano existía una interacción entre
ellos.
Las principales razones filosóficas de esta
conclusión eran que no podemos negar la realidad, por ejemplo, del poder
aparente del cuerpo para engendrar en nosotros sensaciones y sentimientos sin
considerar a Dios como un embaucador, lo que sería incompatible con su
perfección. Además, no había ninguna buena razón para negarla. Buscó, por
consiguiente, una conexión entre la mente y el cuerpo en un mecanismo
fisiológico apropiado, que colocó en la glándula pineal (cf. supra, pp. 215 y ss.).
Los críticos de la teoría de Descartes sobre la
interacción, comenzando por Gassendi, señalaron que cualquier punto de contacto
entre la sustancia extensa no pensante y la sustancia pensante inextensa,
recíprocamente excluyentes, estaba excluida por definición. Esto llevó a
reconsiderar los términos de la formulación de Descartes de la teoría de la interacción
y al desarrollo de otras tres soluciones: paralelismo, materialismo y
fenomenalismo. Desde entonces ha oscilado el problema entre esas cuatro
posibilidades.
Históricamente la primera alternativa al
interaccionismo cartesiano fue la forma de paralelismo conocida como
«ocasionalismo». Desarrollada principalmente por Geulincx (1625-1669) y Nicolás
Malebranche (1638-1715), esta doctrina atribuía toda la acción causal
inmediatamente a Dios. Cuando un acontecimiento A parecía producir otro evento B, sostenían que lo que sucedía realmente era
que A proporcionaba la
ocasión para que Dios produjera voluntariamente B. Así, aunque un fenómeno físico que sucede en el
cuerpo pudiera parecer que produce una sensación en la mente, y un acto de la
voluntad pudiera parecer que produce un movimiento del cuerpo, no hay de hecho
nexo causal entre los dos acontecimientos, excepto que Dios produce a ambos. En
estas actividades Dios seguía reglas fijas, de manera que era posible para los
filósofos de la naturaleza formular leves científicas generales. Era una
posición semejante a la de Ockham (vide supra, p. 35).
La solución materialista al problema de la mente
y el cuerpo fue un intento de conseguir la unidad de la teoría que pretende la
Ciencia mostrando que los fenómenos mentales podían derivarse exhaustivamente
de las leyes que gobiernan el comportamiento de la materia o reducirse a ellas.
El primer autor moderno que propuso una teoría materialista de este tipo fue
Thomas Hobbes (1588-1679). Es natural que desde el principio el materialismo
estuviera asociado con el propósito de convertir una mitad de la dualidad
cartesiana en un sistema de metafísica antiteológica que enarbolara la bandera
de la Ciencia. El hombre se convirtió, en manos de los «fisiólogos» de la Encyclopédie francesa, como La Mettrie, D'Holbach,
Condorcet y Cahanis, en
nada más que una máquina; la conciencia
se convirtió en una secreción del cerebro de la misma forma que la bilis era
una secreción del hígado; y las leyes físicas y químicas tal como las concebían
fueron tomadas como las normas de las leyes no sólo de la mente, sino también
de la historia y el progreso histórico de la humanidad. Estas concepciones, que
provenían directamente de la filosofía mecanicista cartesiana y de la física
newtoniana y desarrolladas por los filósofos de la naturaleza y sociólogos
franceses del siglo XVIII, se convirtieron en los antecesores directos de las
doctrinas materialistas asociadas a la teoría de la evolución de Charles Darwin
y a sus extensiones sociológicas en la doctrina del progreso del siglo XIX.
La solución fenomenalista, o idealista,
intentaba eliminar el dualismo cartesiano tomando como objetos primarios del
conocimiento no las cosas del mundo externo conocido por medio de la sensación,
sino los datos mismos de la sensación. El mundo físico era considerado entonces
como una construcción mental a partir de esos datos, que existía solamente en
la mente, aunque, como Berkeley argumentaba, la única mente en la que se podía
decir con propiedad que existía era la mente de Dios. Es característico de esta
doctrina que, en oposición al materialismo, estuviera asociada con el propósito
de salvar la teología de las conclusiones que se estaban sacando de la Ciencia
y de la filosofía mecanicista por autores orientados en la dirección contraria.
Todo el desarrollo de la Filosofía en relación a
la Ciencia y de la filosofía de la Ciencia desde el siglo XVII es inteligible
de manera apropiada solamente dentro del contexto más amplio de las creencias,
en particular las teológicas, de la época. Sin duda el dualismo de los
filósofos mecanicistas condujo a un sentimiento de profundo aislamiento del
espíritu humano —que conoce la belleza, la conciencia y los placeres sencillos
de las cualidades secundarias— en una infinidad inhumana de materia en
movimiento. «Así el hombre es ese gran y verdadero anfibio —escribía sir Thomas
Browne, señalando el contraste en Religio Medid (1643) con su vivido barroco— cuya naturaleza
está dispuesta a vivir no sólo como otras criaturas en diversos elementos, sino
en mundos divididos y distintos.» Esto refleja un efecto de la sensibilidad que
ciertamente forma parte de la llamada «crisis de conciencia», a la que dio
lugar la revolución científica. Pero hubo también doctrinas teológicas
específicas cuya influencia práctica sobre la filosofía del tiempo fue
probablemente más importante. Por ejemplo, Descartes, actuando con sinceridad
incuestionable, no perdió de vista la doctrina de la transustanciación al
desarrollar su teoría de la materia y del cambio material. Cuando supo la
condenación de Galileo apoyada en la fuerza de ciertos textos de las
Escrituras, se preparó, con quizá menos incuestionable sinceridad, a cambiar
toda su filosofía (cf. supra, pp.
194 y siguientes).
Sobre la posición en que Galileo y Descartes se
encontraban respecto de la teología de su tiempo, da mucha luz el recordar los
acontecimientos que siguieron a la introducción de la filosofía aristotélica en
Occidente en el siglo XIII (cf. vol. I, pp. 60-61; supra, pp. 39-40).
El sistema aristotélico entró en circulación
acompañado por las doctrinas averroístas de que el universo era una emanación
necesaria de la razón de Dios, en lugar de una creación libre de su voluntad,
como enseñaba la teología cristiana; de que las causas últimas racionales de
las cosas en la mente de Dios podían ser descubiertas por la razón, y de que
Aristóteles había descubierto de hecho tales causas, de modo que el universo
debía estar necesariamente constituido como lo había descrito él, y no podía
estarlo de otro modo. Por medio de la doctrina cristiana de la inescrutabilidad
y de la absoluta omnipotencia de Dios, los filósofos y teólogos del siglo XIII
liberaron la investigación racional y empírica de las leyes que la naturaleza
muestra de hecho cuando está sujeta absolutamente a un sistema metafísico. Sin
embargo, el precio de esta liberación fue una sujeción mucho menos exigente a
las doctrinas cristianas reveladas, y en particular a la verdad de la palabra
(interpretada literalmente) en las Escrituras. Galileo, no menos que Oresme,
estaba preparado para pagar este precio, aunque no con la moneda que se le puso
a la fuerza en la mano. Lo que rechazaba era de hecho la moneda de Ockham,
quien, en su ansiedad por salvar el contenido de la revelación de cualquier amenaza
posible de parte de la razón, hizo un empleo radical y avanzado de la doctrina
de la omnipotencia absoluta de Dios para destruir completamente el contenido
racional de la Ciencia. Las regularidades observadas del mundo se convirtieron
en meras regularidades de hecho, y las leyes que las expresaban pasaron a ser,
en su sentido más firme, meras posibilidades, y en el más débil, simples
artificios convencionales de correlación y cálculo.
La moneda que Galileo dejó caer cuando le fue
ofrecida por Bellarmino y el Papa Urbano VIII, Descartes la cogió rápidamente.
Al principio de sus investigaciones filosóficas y
científicas Descartes había escrito con la mayor confianza que era capaz de
descubrir explicaciones verdaderas y últimas. Pero después de 1633 se convirtió
en el philosophe au masque. Retiró de la impresión Le Monde, y en la versión
revisada de su sistema publicada en los Principia Philosophiae, en 1644, hizo
una famosa declaración de que las teorías científicas eran meras ficciones.
«Deseo que lo que escribo se tome solamente como una hipótesis que quizá está
muy alejada de la verdad; pero, aunque así fuese, creo que habré conseguido
bastante si todas las cosas que se deduzcan de ella están totalmente conformes
con las experiencias: pues si esto ocurre ella no será menos útil para la vida
que si fuese verdadera, puesto que nos podremos servir de ella del mismo modo
en la disposición de las causas naturales para producir los efectos deseados»
(parte 3, sección 44). Continuaba (en la sección 45): «Supondré aquí algunas
cosas que creo que son falsas.» Por ejemplo, creía que, como exigía la religión
cristiana, Dios había creado el mundo completamente al principio, y esto era
razonable con la omnipotencia de Dios. Pero podríamos a veces entender mejor
las naturalezas generales de las cosas suponiendo hipótesis que no creemos que
son verdaderas literalmente; por ejemplo, que todos los organismos vienen de
semillas, «aunque sabemos que no han sido producidos de esa forma, si tenemos
que describir el mundo solamente como es o, más bien, como creemos que ha sido
creado». Concluía en la sección 47; «Su falsedad no impide que lo que pueda ser
deducido de ellas sea verdadero.»
La estrategia indicada en este pasaje, la
estrategia de Ockham, de Osiander, de Bellarmino, estaba orientada
principalmente no a interpretar las formulaciones teóricas de la Ciencia, sino
a conseguir una tolerancia entre ellas y la teología cristiana. Apuntaba a
mostrar que no sólo el desarrollo de una metafísica antiteológica no era una
consecuencia necesaria de la filosofía mecanicista de la Ciencia, sino que la
Ciencia era de hecho incapaz en absoluto de proporcionar una metafísica.
Adoptada por prudencia, está situada extrañamente en el conjunto de la visión
filosófica de Descartes. Suministraba una cláusula de escape que permitía
proseguir la práctica de la Ciencia aun frente a proposiciones teológicas a las
que podía parecer contradecir.
Muchos otros aspectos del pensamiento del siglo
XVII reflejan la misma tendencia a evitar dificultades separando lo más posible
los problemas científicos de los entrecruzamientos teológicos y meta-físicos.
Se puede ver en el ocasionalismo un ejemplo de esto, porque como la voluntad de
Dios es inescrutable, el ocasionalista se queda de hecho solamente con la
observación y la correlación como los objetivos propios de la investigación
científica.
El rehusar estudiar las «causas» en sus
investigaciones físicas se convirtió en una característica de muchos
científicos de la época, de Mersenne, Pascal, Roberval, Mariotte; y de la misma
forma la Royal Society, evitando conscientemente los temas discutidos, se hizo
cada vez más predominantemente experimental. La misma estrategia de separar la
ciencia de la naturaleza de las cuestiones de las últimas causas fue expresada
por Boyle cuando escribía en The Excellency and Grounds of the
Mechanical Hypothesis (Works, resumido
por Peter Shaw, 1725, vol. I, p. 187): «La filosofía que propongo no llega sino
a cosas puramente corpóreas; y distinguiendo entre el primer origen de las
cosas y el curso subsiguiente de la naturaleza enseña que Dios... estableció
estas reglas del movimiento y ese orden primer origen de las cosas y el curso
subsiguiente de la naturaleza, Así, habiendo sido estructurado el mundo por
Dios una vez y establecidas las leyes del movimiento y todo mantenido por su
concurso perpetuo y su providencia general..., los fenómenos del mundo son
producidos físicamente por las propiedades mecánicas de las partes de la
materia.»
Tal como se desarrollaron los acontecimientos,
ninguno de estos intentos de evitar problemas teológicos tuvo éxito en sus
objetivos.
El progreso de la Ciencia dio lugar de hecho a
la aparición de la metafísica materialista, ingenua ciertamente, pero que iba a
tener un gran influjo en los siglos XVIII y XIX, y por definición
antiteológica.
El Dios de los científicos, de Boyle, el «ser
inteligente y poderoso» alabado por Newton en los Principia, cuando se lo apropiaron los deístas del siglo
XVIII, ya no dio más primacía o unicidad al cristianismo entre las religiones.
La estrategia «ficcionalista» o «convencionalista» adoptada por Descartes y
propuesta por Berkeley, la más corrosiva de todas, se convirtió en manos de los
filósofos seculares, como David Hume (1711-1776) y Emmanuel Kant (1724-1804),
en el origen de una doctrina que era a la vez antirracional y antiteológica.
Aplicada universalmente, como inevitablemente lo fue, dejó de ser una defensa
de la Teología contra la Ciencia y se convirtió en una amenaza para todo el
conocimiento, ya fuese racional o revelado. Estaba abierto el camino para el
positivismo explícitamente antiteológico y antimetafísico de Augusto Comte
(1798-1857) v John Stuart Mili (1806-1873) y para el agnosticismo de T. H.
Huxley, que vinieron a ser una parte tan característica del ambiente filosófico
de la Ciencia en el siglo XIX. Esto fue una consecuencia del influjo de sus
carreras intelectuales en la que ni Galileo ni Descartes se hubieran
complacido, aunque hasta cierto punto la previeron.
Sería un engaño dar la impresión de que todo el
estudio de la filosofía de la Ciencia en los siglos XVII y XVIII estaba
orientado solamente a tomar una actitud respecto de la Teología. Dejando de
lado el objeto puramente teológico de Bellarmino y Descartes, el problema para
los filósofos llegó a ser el de la relación del conocimiento científico con la
posibilidad del conocimiento en general. Desde la época de Descartes la
justificación de las hipótesis, procedimientos y conclusiones de la nueva
ciencia se hizo una parte esencial del problema general del conocimiento, que
incluía las cuestiones de encontrar explicaciones (en cuanto distintas de las
meras predicciones) en la Ciencia y de la posibilidad de la teología racional.
Todos los grandes filósofos después de Descartes, en particular Leibniz,
Berkeley, Kant y Mili, contribuyeron profundamente a la filosofía de la
Ciencia, y ellos mismos fueron influenciados por sus análisis del pensamiento
científico.
Los estudios de problemas en este campo,
realizados por los mismos científicos, no fueron menos importantes tanto para
la atmósfera general filosófica engendrada por la Ciencia como para la
filosofía de la Ciencia. Aunque éstos pueden ser entendidos solamente dentro de
un contexto filosófico más amplio, tenían de hecho un objeto distinto. Donde
los filósofos estaban interesados primordialmente por la Ciencia en relación al
problema general del conocimiento, los científicos se interesaron habitualmente
por la filosofía de la Ciencia primordialmente en relación a los problemas
específicos encontrados en el curso de su tarea científica. Muchos de éstos no
eran esenciales para una solución puramente científica. Por ejemplo, no es
necesario estudiar el problema mente-cuerpo para investigar la fisiología del
cerebro y los órganos de los sentidos, o estudiar la admisibilidad de la acción
a distancia para investigar las leyes del movimiento planetario. Sin embargo,
era necesario que los investigadores que buscaban explicaciones de la Ciencia
estudiaran esos problemas. Sin duda, a causa de sus objetivos diferentes se
puede ver en embrión —ya en el siglo XVII— la dicotomía del siglo xx entre la
filosofía de la Ciencia de los científicos y la de los filósofos. Cada una tiende
más y más a ignorar la otra, la división se consolidó prácticamente en todos
los sistemas educativos europeos en el siglo XIX, con desventaja creciente para
todos.
Los estudios de la filosofía de la Ciencia, por
parte de científicos que influyeron más profundamente en el desarrollo del
pen-samiento científico en el siglo XVII, se orientaban todos a la relación
entre las teorías específicas formuladas con el propósito de predecir fenómenos
particulares y la filosofía mecanicista de la naturaleza, en cuyos términos se
había supuesto que debían darse todas las explicaciones en la Física. De hecho,
el problema era parecido al que existía entre las teorías predictivas de los
siglos XIII y XIV y la filosofía aristotélica de la naturaleza. En la época en
que la Royal Society recibió su primera Carta en 1662 y se creó la Académie des
Sciences en 1666, las actitudes respecto de los problemas tendieron a
polarizarse alrededor de las dos filosofías de la Ciencia dominantes en la
época: el empirismo y experimentalismo inspirados en Bacon y Galileo con su
desagrado inveterado por los sistemas, y el racionalismo cartesiano con su
concepción unificadora de principios universales que se aplican a todos los
aspectos del mundo físico. La primera fue la que siguió la mayoría de los
ingleses y la segunda tuvo sus mayores defensores en Francia y en Holanda, pero
de hecho ningún filósofo de la naturaleza escapó al influjo de ambas. La
filosofía de la Ciencia de los científicos, en cuanto distinta de la de los
filósofos, recibió su expresión más característica de la escuela experimental
inglesa, especialmente de Boyle y Newton. Estos estaban tan convencidos como
Galileo de que la Ciencia descubría en sus teorías conocimiento genuino sobre
el mundo real y objetivo de la naturaleza. Pero mientras el descubrimiento de
explicaciones y de causas reales permanecía siendo su última meta, siguieron
una seria estrategia de distinguir tajantemente entre las leyes establecidas
experimentalmente que proporcionaban predicciones exactas y las hipótesis de la
filosofía de la naturaleza aceptada. Estuvieron siempre preparados para dejar
de lado detalles de esta última, especialmente los añadidos especulativamente
por Descartes. Así ellos objetaron igualmente la idea de que las teorías
científicas eran meras ficciones o artificios de cálculo, y al nuevo
escolasticismo en que los seguidores menores de Descartes cristalizaron su
sistema mecanicista. Su contribución real a la filosofía de su tiempo y a toda
filosofía de épocas siguientes de la Ciencia fue su empleo sistemático del
principio experimental de la verificación y refutación para distinguir
claramente entre los diferentes tipos de afirmaciones implicadas en el sistema
científico. La actitud adoptada por esta escuela experimental fue bien caracterizada
por William Wotton en 1694 en sus Reflections upon Ancient and
Modern Learning: «Y, por tanto
—escribía en el capítulo 20—, para que no se pueda pensar que confundo cada
noción plausible de un filósofo ingenioso con un nuevo descubrimiento de la naturaleza,
debo desear que mi anterior distinción entre hipótesis y teorías sea recordada.
No considero aquí las diferentes hipótesis de Descartes, Gassendi o Hobbes como
adquisiciones de conocimiento real, puesto que sólo pueden ser quimeras y
nociones divertidas aptas para entretener cabezas laboriosas. Sólo aduzco esas
doctrinas tal como surgen de experimentos fieles y de observaciones precisas; y
esas consecuencias son resultados inmediatos y corolarios manifiestos de esos
experimentos y observaciones: que es lo que habitualmente se entiende por teorías».
Fue Newton, al convertirse en el maestro
reconocido de la filosofía experimental, quien consiguió la apreciación más
clara de la relación entre los elementos empíricos de un sistema científico y
los elementos hipotéticos derivados de una filosofía de la naturaleza. Newton
no escribió una filosofía sistemática de la Ciencia, pero al igual que Galileo
se vio obligado a estudiar el método científico por las controversias que
suscitaron sus teorías del color y de la gravitación. Ambas eran consideradas
por los críticos cartesianos, especialmente por Huygens y Leibniz, como
meramente descriptivas y predictivas, pero no explicativas. Presentadas en el
contexto de la controversia y siempre en relación con problemas específicos,
sus afirmaciones llevaron a una incomprensión considerable. Pero ellas indican
claramente una línea de conducta completamente coherente. Obligado a entrar en
la discusión por las críticas de Huygens a su «New Theory about Light
and Colours», publicada en las Philosophical
Transactions of the Royal Society en
1671-1672, fue en esta controversia donde Newton adoptó por primera vez su
posición característica. Señaló en primer lugar que su investigación de las
leyes de los fenómenos era independiente de cualquier investigación de las
causas o procesos mecánicos que las producían; en segundo lugar, que solamente
después de establecidas experimentalmente las leyes de los fenómenos como datos
que debían ser explicados podía comenzar la investigación de la explicación con
esperanza de éxito; y en tercer lugar, que ninguna ley establecida
experimentalmente podía ser refutada porque fuera contradicha por una hipótesis
acerca de las causas de los fenómenos. Como escribía el 2 de junio de 1672 a
Henry Oldemburg, secretario de la Royal Society, en una carta impresa en la
edición de Samuel Horsley de las Opera de Newton (1782, vol. IV, pp. 314-315):
Porque el mejor y más seguro método de filosofar
parece ser, primero investigar diligentemente las propiedades de las cosas y
establecerlas por d experimento, y buscar luego las hipótesis para explicarlas.
Porque las hipótesis deben ser adecuadas meramente para explicar las
propiedades de las cosas y no intentar predeterminarlas, excepto en la medida
en que puedan ser unaayuda para el experimento. Si alguien ofrece conjeturas
sobre la verdad de 1» cosas a partir de la mera posibilidad de las hipótesis, no
veo cómo cualquier cosa puede ser determinada en cualquier ciencia; porque
siempre es posible imaginar hipótesis, una tras otra, que se revelan ricas en
nuevas tribulaciones. Por ello juzgaba que uno debe abstenerse de considerar
hipótesis como de un argumento falaz, y que la fuerza de su oposición debe ser
eliminada, para que uno pueda llegar a una explicación más madura y más
general.
Iba a repetir los mismos puntos de nuevo en defensa
de su teoría de la gravitación, en la cuestión 31 de la Opticks (1706) y en las Rules of Reasoning in Philosophy (Reglas del
razonamiento en Filosofía), en particular en la regla IV (1726), al comienzo del tercer libro de
los Principia.
Desde esta posición eminentemente razonable
Newton llevó claridad a todo el tema del método y la lógica científica, y
estableció una línea de acción que era a la vez crítica y fructífera para
tratar la relación entre los datos y las leyes de los fenómenos, por una parte,
y las hipótesis sobre las causas por otra. Gracias a esa estrategia mostró cómo
las hipótesis mecánicas podían ser una guía provechosa en la investigación sin
convertirse en engañosas. Probablemente porque no se engañó acerca de su status hipotético —donde otros proponían una
explicación y la defendían contra todas las objeciones—, su fértil inteligencia
sugería toda una gama de hipótesis; por ejemplo, del éter como una explicación
de los fenómenos de la luz, de la gravitación, de la cohesión, de la atracción
eléctrica y magnética. Newton, lejos de excluir de la competencia de la Ciencia
el descubrimiento de los procesos reales de la naturaleza que provocaban las
leyes de los fenómenos, tomó éstas tan en serio como el objetivo último de la
investigación científica, que insistió en que la investigación de las causas
debía ser llevada tan rigurosamente como la de las mismas leyes. «Hay, por
tanto, agentes en la naturaleza capaces de hacer que las partículas de los
cuerpos se agreguen por medio de atracciones muy fuertes —declaraba en la
cuestión 31 de la Opticks—, y
es la tarea de la filosofía experimental encontrarlos.» El famoso
aforismo hypotheses non fingo, en
el Escolio General al final del libro 3, en la segunda edición de los Principia (1713), estaba dirigido, como ha señalado Koyré,
no contra las hipótesis acerca de las causas reales, sino contra las ficciones
y ficcionalismo cartesianos. Es probable que eligiera el título de Principia
Mathematica con el fin de dar
directamente fuerza a su polémica contra los Principia
Philosophiae de Descartes. Newton,
pues, daba la vuelta al reproche de Descartes a Galileo por no dar
explicaciones, y lo hizo por medio de los propios métodos de Galileo en la
Ciencia, que él llevó a su culminación.
Newton no consideraba las leyes científicas como
meros artificios predictivos. Estaban escritas en los fenómenos, aunque no
estuvieran abiertas para la inspección directa y tuvieran que ser descubiertas
o «inferidas» o «deducidas» de los fenómenos por análisis apropiados
experimentales y matemáticos. En el sentido de que buscaba explicaciones
verdaderas, Newton perseguía los mismos objetivos que Aristóteles y que todos
sus descendientes intelectuales. Pero las «naturalezas» aristotélicas ofrecían
explicaciones divorciadas de las leyes predictivas. Fue este divorcio lo que
ocasionó toda la discusión entre la predicción y la explicación desde el siglo
XIII y llevó a la sustitución de la física de Aristóteles por la filosofía de
la naturaleza matemática y mecánica. Como escribía Newton de las «naturalezas»
aristotélicas en la cuestión 31 de la Opticks, haciéndose eco de Galileo:
Esas cualidades ocultas pusieron un freno al
desarrollo de la filosofía de la naturaleza y, por tanto, han sido rechazadas
en los últimos años. Decirnos que cada especie de cosas está dotada de una
cualidad específica oculta por la que actúa y produce sus efectos manifiestos,
es no decirnos nada; pero derivar dos o tres principios generales del
movimiento de los fenómenos, y decirnos después cómo las propiedades y acciones
de todas las cosas corpóreas se siguen de estos principios manifiestos, sería
un gran paso en la Filosofía, aunque las causas de estos principios no hubieran
sido descubiertas aún; y, por tanto, no tengo escrúpulos en proponer los
principios del movimiento antes mencionado, siendo de una extensión muy
general, y dejar sus causas por descubrir.
Newton quería, aplicando los mismos métodos
rigurosos cuantitativos tanto a las hipótesis sobre las causas como a las
leyes, señalar el camino hacia la meta de toda la escuela experimental de la
filosofía de la naturaleza: la unión de la teoría explicativa y de las leyes
predictivas en un único sistema teórico. Así, habiendo resuelto, por medio de
sus leyes del movimiento y de la gravitación, el problema de la dinámica de los
cuerpos macroscópicos de la tierra y los cielos, escribió en el prefacio de la
primera edición de los Principia: «Deseo que pudiéramos
derivar el resto de los fenómenos de la naturaleza por el mismo tipo de
razonamiento a partir de principios mecánicos, porque soy inducido por muchas
razones a sospechar que todos ellos pueden depender de ciertas fuerzas por las
que las partículas de los cuerpos, por algunas causas desconocidas hasta ahora,
son o impelidas mutuamente unas hacia otras, y se agregan en figuras regulares,
o son repelidas unas de otras. Siendo estas fuerzas desconocidas, los filósofos
han intentado hasta ahora en vano la investigación de la naturaleza; pero
espero que los principios establecidos proporcionarán alguna luz o a éste o a
algún método más verdadero de Filosofía.»
Dos pasajes más indican la continuidad de la
estructura lógica de su ciencia con la larga tradición que se extiende hacia
atrás a través de Galileo y los autores medievales sobre el método
«resolutivo-compositivo» hasta los geómetras griegos (cf. supra, p. 22). En la cuestión 31 de la Opticks escribía:
Tanto en matemáticas como en filosofía de la
naturaleza, la investigación de las cosas difíciles por el método de análisis
debe preceder al método de composición. Este análisis consiste en hacer
experimentos y observaciones, y en sacar conclusiones generales de ellos por
inducción, y en no admitir ninguna objeción contra las conclusiones a no ser
las que se toman de los experimentos o de otras verdades ciertas. Porque las
hipótesis no han de ser consideradas en la filosofía experimental [49] . Y aunque el argumentar a partir de los
experimentos y de las observaciones por inducción no sea demostración de
conclusiones generales, es, sin embargo, la mejor forma de argumentar que
admite la naturaleza de las cosas, y puede ser considerada tanto más fuerte
cuanto la inducción es más general. Y si no se da ninguna excepción de los
fenómenos, la conclusión puede ser enunciada en forma general. Pero si en
alguna ocasión después sucede alguna excepción a partir de los experimentos, se
puede entonces comenzar a enunciarla con las excepciones que se producen. Por
este medio de análisis podemos proceder de los compuestos a los ingredientes y
de los movimientos a las fuerzas que los producen; y en general, de los efectos
a sus causas, y de las causas particulares a las más generales, hasta que el
argumento acaba en lo más general. Este es el método de análisis. Y la síntesis
consiste en suponer las causas descubiertas, y establecidas como principios, y
por ellas explicar los fenómenos que proceden de ellas y probar las
explicaciones.
Contestando a Roger Cotes en 1712, que estaba
viendo la segunda edición de los Principia (1713) en la imprenta, Newton escribía para clarificar más su
concepción de la distinción que se debía hacer entre las diferentes
proposiciones de un sistema científico. Su propósito era explicar la
frase hypotheses non fingo en el Escolio
General. Escribía:
... como en Geometría el término hipótesis no está
tomado en un sentido tan general para incluir los axiomas y postulados, de la
misma manera en la filosofía experimental no ha de ser tomado en un sentido tan
amplio que incluya los primeros principios o axiomas que yo llamo las leyes del
movimiento. Esos principios son deducidos de los fenómenos y se hacen generales
por la inducción: que es la mayor evidencia que una proposición puede tener en
esta filosofía. Y el término hipótesis es usado aquí por mí para significar una
proposición tal que no es ni un fenómeno ni es deducida de ningún fenómeno,
sino presumida y supuesta sin ninguna prueba experimental.
En un caso Newton parece haber significado que las
leyes (o «principios») eran «deducidos de los fenómenos» en sentido estricto y
literal, porque demostró que de la misma manera que las leyes planetarias de
Kepler podían deducirse de las leyes del movimiento y de la ley de los inversos
de los cuadrados de la gravitación, así mismo esta última podía ser deducida de
la tercera ley de Kepler que describía el fenómeno. Lo que hizo en realidad fue
demostrar una implicación recíproca entre una ley más general v una menos
general; sus otras afirmaciones muestran que reconoció claramente que esto no
se aplica a la relación entre una ley y los datos de los fenómenos. En la
búsqueda de certeza en la Ciencia, la relación recíproca representaba un ideal
derivado de la matemática (cf. supra, páginas 34, 175, 179). El propósito de la distinción de Newton,
manifestando claramente la concepción «euclidiana» de la estructura de la
ciencia teórica establecida por la larga tradición que él había heredado, era
establecer explícitamente el grado en que se podía decir que se habían
verificado los primeros principios de una ciencia y de una explicación. En las
controversias sobre esta cuestión a la que le habían llevado su explicación del
color y del movimiento planetario, su estrategia fue la de rechazar, por una
parte, las hipótesis propuestas como ficciones explícitas, y por otra, el uso
de hipótesis de cualquier tipo como objeciones a las leyes establecidas
experimentalmente, contra las que las únicas objeciones no podían ser más que
la evidencia experimental contraria o la prueba de la inconsistencia lógica.
Así concluía finalmente en la regla IV del libro 3 de la tercera edición de
los Principia (1726): «En la filosofía experimental debemos
buscar proposiciones inferidas por inducción general (per inductionem collectae) como exactamente o
muy próximas a la verdad, sin que obste cualquier hipótesis contraria que
pudiera ser imaginada, hasta el momento en que sucedan otros fenómenos por los
que ellas puedan o hacerse más exactas o sujetas a excepciones. Debemos seguir
la regla de que el argumento de la inducción no puede ser burlado por
hipótesis.»
Otro pasaje bien conocido del prefacio al Traité
de la Lumiére (1690) de Huygens muestra
en qué manera se había alejado el método de razonamiento de la nueva física del
siglo XVII de la concepción griega de la demostración geométrica. En lugar de
la justificación de las conclusiones mostrando que eran consecuencias deducidas
necesariamente de los primeros principios aceptados como axiomáticos, la
atención era transferida ahora a la justificación de los mismos principios
teóricos por medio de sus consecuencias observables. Se ha afirmado que la
comprobación por las consecuencias consigue no la certeza, sino sólo
probabilidad. La probabilidad de que una teoría sea verdadera se dice que
aumenta con el número y rango de las comprobaciones, especialmente en la
predicción de nuevos fenómenos. Y se pretende que este método nos permite
descubrir las causas de los fenómenos. Huygens escribía: «Se ha de encontrar
aquí un tipo de demostración que no produce una certeza tan grande como la de
la Geometría, y que es en verdad muy distinta de la empleada por los geómetras,
puesto que ellos demuestran sus proposiciones por medio de principios ciertos e
incontestables, mientras que aquí los principios son comprobados por las
consecuencias derivadas de ellos. La naturaleza del tema no permite ningún otro
tratamiento. Sin embargo, es posible alcanzar de este modo un grado de
probabilidad que con frecuencia es escasamente menos que la certeza completa.
Esto sucede cuando las consecuencias de nuestros principios supuestos
concuerdan perfectamente con los fenómenos observados, y especialmente cuando
esas confirmaciones son numerosas, pero sobre todo cuando podemos imaginar y
prever nuevos fenómenos que se seguirán de las hipótesis que empleamos y se ve
luego que nuestras expectativas se cumplen. Si en el tratado siguiente se
encuentran juntas todas estas evidencias de la probabilidad, como creo que lo
están, esto debe ser una confirmación muy fuerte del éxito de mi investigación,
y es escasamente posible que las cosas no sean casi exactamente como me las he
representado. Me aventuro a esperar, por tanto, que quienes gozan hallando las
causas de las cosas y pueden apreciar las maravillas de la luz se interesarán
por estas diferentes especulaciones sobre ellas.»
Durante dos siglos se ha defendido generalmente
por los científicos que Newton consiguió una unión entre la predicción y la
explicación precisamente del mismo tipo que todos habían estado buscando, pero
ya entre los primeros críticos de Newton hubo filósofos que no compartieron su
optimismo de que la Ciencia pudiera descubrir las «causas» en absoluto. El
mismo Newton había subrayado la tajante distinción empírica que existía de
hecho entre el conocimiento de las
leyes y el de las causas, tal como las consideraba la filosofía corriente de la
naturaleza. Recordando la conclusión obtenida por los lógicos escolásticos
desde Grosetesta hasta Zabarella y Nifo de que los datos de la observación no
pueden determinar unívocamente la teoría que los explica, algunos filósofos del
siglo XVIII comenzaron a ver los resultados de la investigación científica
menos como descubrimientos acerca de la naturaleza que como productos de los
métodos de pensamiento empleados.
El crítico más agudo de los contemporáneos del
sistema de Newton fue Berkeley, que en su De Motu (1721) anticipó mucho del famoso análisis de
Mach de las hipótesis básicas de Newton. Berkeley, desarrollando argumentos
parecidos a los empleados por los lógicos medievales, llegó a la conclusión de
que ni el sistema newtoniano ni otra teoría científica podían dar una
explicación de la «naturaleza de las cosas» o establecer las causas de los
fenómenos. Ese sistema físico era una «hipótesis matemática»; establecía
meramente las «reglas» por las que se observaba que los fenómenos estaban
conectados y por medio de las cuales podían ser predichos. Berkeley pretendió
que no existía justificación de la concepción de Newton sobre el espacio y el
tiempo absolutos y que todo el movimiento era relativo.
Hume, el Ockham del siglo XVIII, fue todavía más
allá que Berkeley al pretender que la Ciencia era irracional y que la
explicación era imposible estrictamente hablando. Puesto que los datos
empíricos no aportaban su propia explicación o daban fundamento para creer en
la causalidad, y puesto que él no podía ver otros fundamentos, concluyó que no
había nada objetivo en la necesidad causal más allá de la concomitancia y
secuencia regulares. En la sección 4 de su Inquiry Concerning
Human Understanding declaraba: «En una
palabra, pues, todo efecto es un acontecimiento distinto de su causa. No
podría, por tanto, ser descubierto en la causa; y la primera invención o
concepción de ella, a priori, debe
ser enteramente arbitraria.»
Buffon (1707-1788) y otros biólogos en sus
críticas al sistema «realista» de Linneo de clasificación desarrollaron una
visión «nominalista» análoga de las categorías biológicas acerca de las
especies. Buffon declaraba que la naturaleza sólo contenía individuos; que las
especies, definidas como la sucesión de individuos capaces de cruzamiento, era
una categoría real; pero la «familia» y las categorías superiores eran meros
nombres.
Alertado por la crítica de Hume, creyendo, sin
embargo, firmemente en la verdad del sistema newtoniano, a cuya extensión
contribuyó de hecho como físico, Kant se encontró a sí mismo capaz de aceptar
la ciencia de Newton como verdadera al precio de negar que hubiera descubierto
un mundo real de la naturaleza detrás del mundo de la apariencia. De la misma
forma se vio obligado a negar la posibilidad de un conocimiento racional de
Dios, en el que también creía firmemente. Kant pudo admitir la ciencia
newtoniana como verdadera precisamente porque llegó a considerar a la misma
naturaleza como el mundo de los fenómenos, el mundo como aparecía a nuestra
mente asimiladora, y porque llegó a considerar las teorías científicas como
productos de la estructura de nuestra mente. A causa de esa estructura Kant
creía que el científico abordaba la naturaleza con ciertos principios
necesarios en la mente, de los que las proposiciones de Euclides eran
formulaciones explícitas, y que presuponía necesariamente estos principios en
todo su conocimiento y en todas las teorías con que intentaba organizar su
experiencia. Fue esta concepción de la Ciencia la reflexión de una situación
filosófica producida por el éxito de la revolución científica, captada por una
inteligencia agudamente consciente de los procesos de la construcción teórica,
la que Kant describió en el prefacio de la segunda edición de la Critica
de la razón pura (1787):
Cuando Galileo dejó caer por un plano inclinado
bolas de un peso determinado que había fijado él mismo, o cuando Torricelli
hizo que d aire tuviera un peso, que había previamente determinado como igual
al de un volumen de agua definido, o cuando, más tarde, Stahl cambió el metal
en cenizas, y las cenizas en metal de nuevo, retirando y restituyendo algo, una
nueva luz bc£ó sobre todos los estudiosos de la naturaleza. Comprendieron que
la razón terca intuición de sólo lo que ella misma producía en su propio plano
y que ¿la debía moverse hada adelante con los prindpios de sus juicios, según
una ley fija, y obligar a la naturaleza a responder a sus preguntas; pero no
dejar me ella misma fuera condudda por la naturaleza, como si fuera con rienda,
porque, de otra forma, las observadones acddentales, realizadas sin rúngin pian
prefijado, nunca convergerían hada una ley necesaria, que es la sola cosa que
la razón busca y exige. La razón, teniendo en una mano los prindpios, se¿h los
cuales sólo los fenómenos concordantes pueden ser admitidos como los de la
naturaleza, y en la otra mano los experimentos, que ha diseñado tejría estos
prindpios, debe acercarse a la naturaleza para ser instruida por ella; pero no
bajo la forma de discípulo que está de acuerdo con todo b que al maestro le
gusta, sino como constituido en juez que obliga a los testigos a responder a
las preguntas que él mismo hace. Por tanto, incluso toda la denda de la Física
debe la benéfica revoludón de su aspecto al feliz pensamiento de srx debemos
buscar en la naturaleza (y no introdudr en ella por medio de la ficdón)
cualquier cosa que la razón debe aprender de la naturaleza, y no podría conocer
por sí misma, y que debemos hacer esto de acuerdo con que la razón misma ha
colocado originariamente en la naturaleza. Solamente así ha entrado el estudio
de la naturaleza en el método seguro de una denda, después de no haber hecho
durante muchos siglos sino ir a tientas en la oscuridad.[50]
Todas las filosofías de la Ciencia subsiguientes
que se han desarrollado en los siglos XIX y XX han tomado su forma en una
dirección u otra de las doctrinas desarrolladas desde Francis Bacon, Galileo y
Descartes hasta Kant. Por ejemplo, era un paso fácil el que iba de la idea de
Kant de que las teorías no se leen en la naturaleza, sino que se elaboran según
nuestra idea de la naturaleza, a la afirmación de Augusto Comte de que la meta
auténtica de la Ciencia era y había sido siempre no el conocimiento, sino
solamente el poder (cf. supra, p. 278). Apropiándose
de sólo una mitad de la Magna
Instauratio de
Bacon, Comte declaraba en su Cours de
philosophie positive (1830), en la primera lección, que el objeto de la Ciencia
era savoir, pour prévoir (saber para prever); de hecho, la predicción
que da el control. Esto exigía solamente conocimiento de las consecuencias
empíricas, y buscar el conocimiento de la naturaleza de las cosas más allá era
no solamente inútil, sino inalcanzable. John Stuart Mili, el amigo de Comte,
elaboró su propia exposición sistemática del método científico para
proporcionar medios seguros de establecer esas conexiones empíricas. Por otro
lado, la exposición de Kant de la investigación científica, no como una mera
disección de la naturaleza, sino como un proceso de interrogación activo a la
luz de principios preconcebidos, fue utilizada por William Whewell en su
acentuación, contra Comte y Mili, del papel de las «ideas» e hipótesis en la
investigación científica. Volviendo al argomento ex supositione y al método «resolutivo-compositivo» de Galileo, se ha señalado el
mismo aspecto por los críticos recientes de Mili al subrayar la estructura
«hipotético-deductiva» de la Ciencia. El «convencionalismo» del siglo XX
—resultado inmediato en gran parte de desarrollos internos de la Física, que
llevó al abandono de algunos principios básicos de Newton y al empleo de
geometrías no-euclidianas para «salvar las apariencias»— es a la vez un avance
respecto a la posición alcanzada por Kant y un retorno a posiciones más
antiguas. Al liberarse la Física al menos de la necesidad de asumir los principios
de Euclides, especialmente por influjo de Mach, Henri Poincaré y Duhem, se ha
desarrollado la idea de que cualquier sistema teórico puede ser utilizado para
relacionar la experiencia, a condición de que resista la prueba de la
coherencia lógica y la verificación experimental. Abrazando los intentos
realizados desde Simplicio a Bellarmino para dar sentido al estado de la teoría
astronómica antes de Kepler, los intentos de esta escuela para tratar un
problema análogo moderno han hecho de la elección de un sistema, aparte de
estas pruebas, una cuestión de mera convivencia y convención.
Al comienzo de la aventura filosófica europea
—la búsqueda de Ja inteligibilidad racional del mundo como lo experimentamos—
las Musas de Hesíodo anunciaban sombríamente: «Sabemos cómo decir muchas
ficciones que tienen visos de verdad; pero sabemos también cómo declarar la
verdad cuando queremos.» Careciendo del don de comprensión del oráculo, las
personas que condujeron de hecho la aventura desde los tiempos griegos han sido
capaces por sí mismas de hacer esta distinción filosófica únicamente buscando
no sólo la verdad, sino también los principios que la distinguen de la
falsedad. Desde que los griegos dieron el paso decisivo en la cosmología de
buscar explicaciones deductivamente conectadas con los medios de predicción —el
paso por el que establecieron la tradición científica europea en cuanto
distinta de, por ejemplo, la astronomía babilónica, en la que había una
completa disyunción entre la tecnología predictiva altamente desarrollada y los
mitos que hacían las veces de explicación—, el problema de encontrar criterios
para distinguir las verdaderas explicaciones de las falsas ha sido una cuestión
de primera importancia en el crecimiento de la Ciencia. Buscando, como ellos
hacían, tanto el saber como la utilidad, los griegos establecieron la ciencia
europea como una actividad filosófica diferente, a la vez, de la tecnología
oriental, que ignoraba en gran manera la Ciencia, y de la tecnología
occidental, que es ciencia aplicada.
En esa empresa las concepciones de la verdad
científica han sufrido inevitablemente cambios por el impacto a la vez de los
problemas internos de la Ciencia y por las críticas filosóficas. Pero a través
de la diversidad de esas concepciones y de los logros reales de la Ciencia,
desde Platón hasta el presente, la estrategia filosófica de la Ciencia ha
continuado siendo básicamente la misma. No podría haber mejor testimonio
explícito de ello que el suministrado por el período estudiado en las páginas
precedentes. Aparentemente tan repleto de elucubraciones metafísicas y
teológicas, incluso éstas se convirtieron en explicaciones satisfactorias,
primero en la concepción de un sistema de explicación racional como tal, y,
finalmente, en las grandes formulaciones teóricas del período de Galileo y
Kepler. El proceso creador del descubrimiento y la invención originales,
siempre misterioso, está tan poco abierto para una inspección directa como las
propias leyes de la naturaleza. Es una parte de la iluminación filosófica proporcionada
por la historia de la Ciencia el descubrir que el pensamiento de los grandes
innovadores, cuya eficacia admiramos, estaba organizado según un patrón por
muchos conceptos tan diferente del nuestro, que aceptaron un complejo de
concepciones no empíricas y de «creencias reguladoras» que, por ajenas que nos
sean, dieron, sin embargo, construcción y forma a teorías del mayor poder
predictivo y explicativo. Pero es una segunda parte de la iluminación el
descubrir que, a pesar de las apariencias inmediatas, la política para tratar
esa norma de pensamiento, los criterios de verificación y el objetivo hacia el
que tendían, ha conservado su continuidad esencial a través de toda la
tradición europea.
Proponiendo teorías como verdaderas, pero
siempre sometiéndolas a la comprobación experimental, la intuición que ha
gobernado la tradición científica ha sido caracterizada por Pascal en sus Pensamientos (395): «Poseemos una impotencia de probar,
invencible a todo dogmatismo. Poseemos una idea de la verdad,
invencible a todo pirronismo.» Equilibrada
entre la intuición y la razón, entre la imaginación y el experimento, la
opinión filosófica en relación con la Ciencia ha oscilado entre los extremos
del escepticismo y el racionalismo según que las pretensiones de haber
descubierto definitivamente la realidad —poniendo así fin a toda investigación
ulterior— o las pretensiones de que no es posible ningún conocimiento en
absoluto —reduciendo la Ciencia a una tecnología irracional— presentaran más
peligro para las esperanzas del momento. «Porque, ¿quién prescribe límites a la
inteligencia y a la invención humanas?», preguntaba Galileo, el científico
realista, en 1615. «¿Quién afirmará que todo lo que es sensible y cognoscible
en el mundo está ya descubierto y conocido?» Es gracias al desarrollo de esta
estrategia pragmática de tomar cada caso independientemente por sus propios
méritos, de rehusar los límites de la propia construcción, como la revolución
científica arroja su luz más significativa no sólo sobre la propia naturaleza
de la Ciencia, sino también sobre todos esos otros aspectos del pensamiento
moderno europeo que han surgido de una actitud adoptada respecto de sus métodos
y conclusiones.
Láminas
Lámina 1. Nicolás de Oresme con una esfera armilar. De Le livre du ciel du
monde, Biblioteca Nacional, París, MS françaís 565 (siglo XIV)
Lámina 2. La primera gráfica conocida: muestra los cambios de latitud
(divisiones verticales) de los planetas respecto de la longitud (divisiones
horizontales). Del MS Munich 14436 (siglo XI).
Lámina 3. Una página de La Géométrie de Descartes (1637), en la que estudia
la ecuación algebraica de una parábola.
Lámina 4. Las disciplinas matemáticas y la filosofía. En la puerta exterior
el estudiante encuentra a Euclides. Dentro ya del recinto halla a Tartaglia,
rodeado de las disciplinas matemáticas: Aritmética, Geometría, Astronomía,
Astrología, etc. El cañón acaba de disparar y muestra la trayectoria del
proyectil. En la puerta del fondo se hallan Aristóteles y Platón, que darán la
bienvenida al estudiante y le conducirán ante la Filosofía. Platón sostiene en
la mano una banda con la inscripción «No entre aquí nadie sin saber Geometría».
(Cf. vol. I, p. 21.) De N. Tartaglia, Nova Sciencia, Venecia, 1537.
Lámina 5. Diagrama de vórtices, de los Principia Philosophiae de Descartes,
Amsterdam, 1644. Los planetas giran alrededor del Sol S arrastrados por el
remolino de materia sutil. Desde el ángulo superior derecho, en trayectoria
irregular, desciende un cometa que ha escapado de uno de los vórtices.
Descartes pensaba que era imposible reducir el movimiento de los cometas a una
ley.
Lámina 6. El sistema de Copérnico, De Revolutionibus Orbium Coelestiom,
Nüremberg, 1543.
Lámina 7. La demostración de Kepler del carácter elíptico de la órbita de
Marte. Si el Sol se halla en uno de los focos (n) de la elipse (la curva de
trazo discontinuo) y el planeta en m, entonces —de acuerdo con la segunda ley
de Kepler— el radio nm barre áreas iguales en tiempos iguales. El diagrama de
la derecha forma parte de la demostración de Kepler de que los movimientos
sobre una elipse y sobre una deferente y un epiciclo son equivalentes. De
Astronomía Novae, Praga, 1609.
Lámina 8. Página de los papeles de Thomas Harriot en la Petworth House,
describiendo sus observaciones sobre los satélites de Júpiter realizadas en
Sycn House, junto al Támesis, cerca de Isleworth, y desde el tejado de una casa
en Londres. Harriot conoció el descubrimiento de los satélites por Galileo el 7
de enero de 1610, pero ya en julio de 1609 había observado él la Luna con ayuda
de un telescopio. La parte superior de la página es un apunte grosero de sus
primeras observaciones; la inferior es el comienzo de una copia en limpio que
hizo más tarde.
Lámina 9. Utilización del telescopio y otros instrumentos, y un aparato para
mostrar las manchas solares por proyección sobre una pantalla. De Rosa Ursina
de C. Scheiner, Bracciani, 1630.
Lámina 10. Izquierda: La Tierra como un imán, e inclinación magnética. De De
Magnete de Gilbert, Londres, 1600. Lámina 11. Derecha: El corazón y sus
válvulas. Del De Humani Corporis Fabrica de Vesalio, Basilea, 1543.
Lámina 12. Dibujo de Leonardo del corazón y vasos sanguíneos asociados. De
los Quaderni d'Anatomía, IV, Roya 1 Library, Windsor, MS; con permiso de Su
Majestad la Reina.
Lámina 13. Experimentos de Harvey mostrando la hinchazón de los nodulos de
las válvulas venosas. De De Motu Cordis, Londres, 1639 (1ª ed. 1628)
.
Lámina 14. El sensus communis y las funciones localizadas en el cerebro. De
la Margarita Philosophica de G. Reisch, Heidelberg, 1504.
Lámina 15. Teoría de la percepción de Descartes, mostrando la transmisión
del impulso nervioso desde el ojo a la glándula pineal y de allí a los
músculos. Del De Homine, Amsterdam, 1677 (1ª ed., Leyden, 1662).
Lámina 16. Una ballestilla usada en topografía. De la de Petras Apianus,
Amberes, 1539.
Lámina 17. Una bomba aspirante movida por agua, utilizada en una mina. Del
De Re Metallica de Agrícola, Basilea, 1561 (1.a ed. 1556).
Lámina 18. Diagrama de los Principia Philosophiae de Descartes (1644),
mostrando su explicación del magnetismo. Descartes atribuía el alineamiento que
produce un imán en un trozo de hierro, o la tierra en la aguja de una brújula,
a la existencia de partículas que, provistas de rosca, pasaban a través de la
tierra o del hierro por pequeños conductos.
Lámina 19. Botánicos dibujando plantas. Del De Historia Stirpium de Fuchs,
Basilea, 1542.
Lámina 20. Dibujo de Leonardo de la sección de la cabeza y un ojo. De los
Quaderni d’Anatomia, V, Royal Library, Windsor MS; con permiso de Su Majestad
la Reina.
Lámina 21. Una disección de los músculos. Del De Humani Corporis Fabrica de
Vesalio (1543).
Lámina 22. Dibujos mostrando la comparación entre los esqueletos de un
hombre y de un ave, de la Histoire de la nature des oyseaux de Belon, París,
1555.
Lámina 23a. Embriología del pollo. Del De Formatione Ovi et Pulli de
Fabrizio, Padua, 1621
Lámina 23 b. Embriología del pollo, mostrando el uso del microscopio. Del
«De Formatione Pulli in Ovo» de Malpighi (1ª ed. 1673), en Opera Omnia,
Londres, 1686.
Lámina 24. La anatomía comparada de los huesecillos del oído, del De Vocis
Auditisque Organis de Casserio, Ferrara, 1601.
Notas a las láminas
Lámina 8.La parte inferior de la página reza como sigue:
«Mi primera observación & otras
subsiguientes de los planetas recién descubiertos alrededor de Júpiter.
1610 Syon.
17 de octubre Mercurio[51]. Hora 12ª, 1ª, 2ª. No vi
más que uno & por encima.
Blackfriers, Londres.
16 de noviembre Venus *. Hora 9ª. Vi uno nítido
9' ó 10' por encima, y a veces creí ver otro muy pequeño entre ambos, 3' ó 4' á
Júpiter*. Londres.
19 de noviembre. Luna *. Hora 9.*. Uno, por
debajo, nítido.
Syon. 28 de noviembre Mercurio *. Hora 9ª, uno
por debajo. Nítido.
30 de noviembre Venus *. Hora 9ª, uno por
encima. Nítido.
4 de diciembre Mercurio *. Hora 9ª, uno por
debajo. Nítido.
7 de diciembre. Hora 9ª. 9ª 1/2. No vi más que
uno, & por encima.
Mane, hora 17ª. Dos, vistos en la parte
occidental, un poco por debajo. Sir W. Lower también los vio aquí. El más
cercano era el más nítido. El más alejado no se veía bien con el alcance de mi
instrumento de 20/1 de 14' de diámetro.»
Lámina 22. «El corazón
hace fluir la sangre reguladamente... Ello fue dispuesto así por la Naturaleza
al objeto de que cuando el ventrículo derecho comience a cerrarse, la salida de
sangre desde su amplio interior no cese de repente; pues una parte de esta sangre
ha de pasar al pulmón, y no pasaría sangre alguna si las válvulas impidiesen su
salida. Pero el ventrículo secierra una vez que el pulmón ha recibido su tasa
de sangre, y que este ventrículo derecho puede ejercer presión, a través de los
poros de la pared media, sobre el ventrículo izquierdo; y en este instante la
aurícula derecha toma el exceso de sangre transvasándola al pulmón, el cual la
devuelve en seguida al ventrículo derecho que se abre, restableciéndose su
nivel gracias a la sangre que le llega del hígado. ¿Cuánta sangre puede darle
el hígado mediante la apertura del corazón? Se suministra tanta sangre como
consume; esto es, una cantidad mínima, ya que en el tiempo de una hora tienen
lugar unas dos mil aperturas del corazón. Ello significa un gran peso
transvasado... siete onzas en una hora.
Bibliografía
Capitulo 1
Filosofía y método científico en general
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über Geschichte der Matbematik, Leipzig,
1900, II; E. J. Dijksterhuis, Archimedes, Copenhague, 1956 —muy útil; Euclides, Elements, traducción inglesa e introducción de Sir T. L.
Heath, Cambridge, 1926, 3 vols. —excelente para el método geométrico; Sir T. L.
Heath, A History of Greek Mathematics, 2 vols., Oxford, 1921; Mathematics in
Aristotle, Oxford, 1949 —estudio
excelente del método; G. F. Hill, The Developrnent of Arabio
Numeráis in Europe, Oxford, 1915; J. E.
Hofmann, History of Mathematics, Nueva York, 1957 (trad. de Geschichte der
Mathematik, Berlín, 1953, I); G.
Libri, Histoire des Sciences mathérnatiques en Italie, París, 1838-1841, 4 vols.; Gino Loria, Storia
della maternal ice, Turín, 1929-1933, 3
vols.; P. H. Michel, De Pythagore á Euclide: Contribution á
Vhistoire des mathématiques préeuctidiennes, París, ¿950; D. E. Smith, History of Mathematics, Nueva York, 1958; Dirk J. Strnik, A
Concise History of Mathematics, Nueva
York, 1948, 2 vols.; Suter, op. cit. en el vol. I, en el capítulo 3, Cosmología y Astronomía; P.
Tannery, Memoires scientifiques, V: Sciences exactes au moyen
age, publicadas por J. L. Heiberg,
Toulouse y París, 1922; K. Vogel (ed.), Die Practica des
Algorismus Ratisbonensis, Munich, 1954;
H. Wieleitner, Geschichte der Mathematik, Berlín, 1939, 2 vols.; H. G. Zeuthen, Histoire
des mathématiques dans Vantiquité et le moyen. age, París, 1902.
Física medieval tardía:
Los estudios básicos son: M. Qagett, The
Science of Mechanics in the Middle Ages, Madison,
Wis., 1959; E. J. Dijksterhuis, The Mechanization of the World
Picture, Oxford, 1961; P. Duhem, Systéme
du Monde y Eludes sur
Léonard da Vinci, París, 1906-1913, 3
series;
Maier, Zwei Grundprobleme der Scholastischen N
atur philosophie, Roma, 1951 (2.a edic. del Das Probleme der Intensiden Grosse..., 1939, y Die
Impetustbeorie..., 1940); An der Grenzen von Scholastik und Natunvissenschaft,
Essen, 1943; Die Vorláufer Galileis im 14. Jabrhundert, Roma, 1949;
Metaphysische Hiníergründe der spátscholastischen Naturphilosophie, Roma, 1955;
Zwischen Philosophie und Mechanik, Roma, 1958; Ausgehendes Mittelalter,
2 vols., Roma, 1964, 1967. También son útiles J.
A. WeisheipI, The Develo pment of Physical Theory in Middle
Ages, Londres, 1959, y sus artículos
sobre el plan de estudios de Artes en Mediaeval Studies, XXVl-XXVIII (1964-1966). Cf. también vol. I, en
capítulo 3, Mecánica.
Materia, Espacio, Gravedad, Dinámica:
C. Bailey, The Greek Atomists and
Epicurus, Oxford, 1928; E.
Borchert, Die Lehre von der Bewegung bei Nicolaus Oresme (Beitr.
Ges. Philos. Mittelalt., XXXI, 3),
1934; Thomas de Bradwardino, Tractatus de Proportionibus, ed. con traducción inglesa e introducción por H.
L. Crosby, jr., Madison, Wisc., 1955; J. Bulliot, «Jean Buridán et le mouvement
de la terre, Question 22a du
Second Livre du 'De Cáelo'»,Revue de Philosophie, XXV (1914); Johannes Buridanus, Quaestions
super Libri Quattuor de Caelo et Mundo, ed.
E. A. Moody, Cambridge, Mass., 1942; M. D. Chenu, «Aux origines de la Science
modeme», Revtie des Sciences Pbilosopbiques et Théologiques, XXIX (1940); M. Qagett, Giovanni
Marlianiand the late Medieval Physics (Columbia XJniversity Studies in History,
Economics and Public Law, núm. 483),
Nueva York, 1941; «The liber de motu of Gerard of Brussels and the origins of
kinematics in the West», Osirir, XII (1956), 73*175; Nicolaus von Cués, Vom
Globusrpiel (De Ludo Globi), übersetzt
und tnit Einführung und Anmerkungen versehcn von E. von Bredow (Schriften
des Nicolaus von Cués... in deutschcr
Übersetzung herausgegeben von E. Hofmann, XIII), Hamburgo, 1952; A. G.
Drachmann, Kteribior, Philon and Heron: a study in ancient
pneumatics, Copenhague, 1948; P. Duhem,Le
mouvernent abrolu et le rnouvernent relatif, reimpresión
de Revue de la Philosophie, OCI-XIV
(1907-1909); «Roger Bacon et l'horreur du vide», en Roger Bacon
Bssayr, ed. Little, Oxford, 1914; D. B.
Durand, «Nicole Oresme and the medieval origins of the modcrn Science», Speculurn, XVI (1944); E. Fatal, «Jean Buridán: notes surs les
manuscrita, Ies éditions et le contenu de ses ouvrages», Archives
d'Histoire Doctrínale et Littéraire <iu Moyen Age, XV (1946); J. E. Hofmann, «Zum Gedanken an
Thomas Bradwardine», Centauras, I
(1959); A. Koyré, «Le vide et l'espace infini au XIV° siéde», Archives
d'Histoire Doctrínale et Littéraire du Moyen Age, XXIV (1949); K. Lasswitz, Geschichte
der Atornistik vom Mittelalter bis Newton, 2*
edic., Leipzig, 1926, 2 vols. —todavía la mejor historia del atomismo durante
este período; A. Maier, «Die Anfláge des physikalischen Denkens im 14.
Jahrhundert», Philosophia Naturalis, I (1950); «Die Sujektivierung der Zeit in der scholastischen
Philosophie», ibid.; «Die
naturphilosophische Bcdeutung der scholastischen Impetus-theorie», Scbolastik, XXX (1955); C. Michalski, «La physique nouvelle
et les différents courants philosophiques aux XIV* siécle», Bulletin
Iníernat. de l'Académie Polonaise des Sciences et des Lettres, Clase d'hist. et de philos., 1927; E. A. Moody,
«Ockham, Buridán and Nicholas of Autrecourt», Pranciscan
Studies, N. S. VII (1947); «Ockham and
Aegidius of Rome», ibid., IX
(1949); «Galileo and Avempace», ]. Hist. of Ideas, XII (1951); S. Mosre, Grundriss
der Naturphilorophíe bei Wilhelm von Occham (Philosophie. und
Grenzwissenschaften, IV, 2-3),
Innsbruck, 1932; Guillermo Ockham, The Tractatus de Successivis, ed. P. Boehner (Franciscan Inst. Publ., I), S.
Buenaventura, N. Y., 1944; Nicolás Oresme, Le lime du ciel et du
monde, ed. y trad. por A. D. Menut y A.
J. Denomy, Madison, Wisc., 1968; O. Pederson, Nicole Oresme og
haur naturfilosofirke System, Copenhague,
1956; S. Pines, Beitrage zur Islamisctíen Atomenlehre, Berlín, 1936; «Les précurseurs musulmans de la
théorie de l'irnpetus», Archeion, XXI (1938); «Études sur al-Zamán Abu'l Barakát
al Bahdádl», Revue des Eludes Juives, CIII (1938); H. Shapiro, «Motion time and place according to
William Ockham», Franciscan Studies, XVI (1956); Á. G. vañ Melsen, Frorn Atomos to Atom, Pittsburgh, Pa., 1952; J. A. Weisheipl, «The
concept of nature», The New Scholasticism, XXVIII (1954); «Nature and compulsory
movement», ibid., XXIX
(1955); «Space and gravitation», ibid.
Física matemática:
Además de las obras ya mencionadas; T. B, Birch, «The theory of
continuity of William of Ockham», Philosophy of Science, III U936); C. B. Boyer, «The invention of
analytic geometry»,Scripta Mathernatica, XIX (1953); R. Caverni, Storia del
metodo sperimentale in Italia, 1891-1898,
Florencia, 5 vols.; M. Clagett, «Richard Swineshead and the late medieval
physics», Osiris, IX
(1950); J. L. Coolidge, «Origins of analytic geometry», Orim, I (1936); C.
Cusanus, The Idiot in Four Bookr, Londres, 1650; Nicolás de Cusa, Idiota de Stalicis
Experirnentis, ed. L. Baur (Opera
Ornnia, V),Leipzig, 1937; «De Staticis
Experimentis», trad. por Henry Viets, Armáis of Medical History, IV (1922); S. Günther, «Die Anfánge und
Entwicklungstadien des Coordinatenprincips», Abhandlungen der
Naturbistorischen Gesellschaft zur Nürnberg, VI
(1877); E* Hofmann, «Das Universum des Nikolaus Cusanus», Sitzunsberichte
der Heidelberger Akodemie der Wissenschaften; Philos.-hist.
Klasse, 1929-1930, Heidelberg, 3 Abh.; H. P. Lattin, «The eleventh century MS
Munich 14436; its contribution to the history of co-ordinates, of logic, of
Germán studies in France», Iris, XXXVIII (1948); A. Maier, «Der Funktionsbegriff in der Physik des
14. Juhrhunderts», Divur Thomas, Friburgo, XIX (1946); «La doctrine de Nicolás d'Oresme sur les
'Configurationes intensio* num*», Revue des Sciences
Philosophiques el Théologiques, XXXII
(1948); J. Uebinger, «Die phiiosophischen Schriften des Nikolaus
Cusanus», Zeitschrift für Philosophie und Philosophische Kritik, CIII (1894), CV (1895), CVII (1896); H.
Wieleitner, «Der 'Tractatus de latitudinibus formarum' des Oresme», Bibliotheca
Mathematica, XIII (1913); «Über den
Funktionsbegriff und die graphsiche Drastellung bei Oresme», ibid., XIV (1914); Curtís Wilson, «Pomponazzi's
criticism of Calculator», Iris, XLIV
(1953); William Heyterbury: medieval logic and the rise of
mathematical physics, Madison, Wisc.,
1956.
La Ciencia y el renacimiento literario del siglo XV
Cf. Bolgar y Sandys, op. cit. en vol. I, capítulo 2; H. Barón, «Towards a more
positivo evaluation of the 15th century Renaissance», J. Hist.
of Idear, IV (1943); H. S.
Bennett, English Books and Readers, 1473-1337: being a study in
the history of the book trade from Caxton to the incorporation of the
Stationer's Company, Londres, 1952; J.
Burckardt, The Civilization of the Renaissance in Italy, Londres, 1937; E. Cassirer, P. O. Kristekler y
J. A. Randall, jr., The Renaissance Philosophy of Man, Chicago, 1948; D. V. Durand, «Tradition and
innovation in 15th century Italy», J. Hist. of Ideas, IV (1943); W. F. Ferguson, The
Renaissance in Historical Thought, Cambridge,
Mass., 1948 —un estudio historiográfico muy bien presentado, con una completa
bibliografía; G. D. Hadzsits, Lucretius and his Influence, Londres, 1935; R. Johnson y S. V. Larkey,
«Science», Modern Language Quarterly, II; R. F. Jones, The Triumph of the English
Language, Stanford, 1953 —un estudio de
las influencias culturales en el desarrollo de la lengua vernácula en el siglo
XVI; Pearl Kibre, The Ubrary of Pico della Mirandolla, Nueva York, 1936; «Intellectual interests
reflected in libraries of the 14th and 15th centuries», J. Hist.
of Ideas, VII (1946); A. C. Klebs,
«Incunabula sdentifica et medica», Oririr, IV (1937); P. O. Kristeller, Studies
in Renais* sanee Thought and Letters, Roma,
1956 —muy importante; P. O. Kristeller y J. H. Randall, jr., «Study of
Renaissance philosophy», J. Hist. of Ideas, II (1941); G. Sarton, «The scientific literature
transmitted through the incuna* bula», Osirir, V (1938); The Appreciation of
Ancient and Medieval Science during tbe Renaissance (1450-1600), Filadelfia, 1955; Six Wings, Men of
Science in the Renaissance, Bloomington,
Ind., 1957; Lynn Thomdike, «A high spedalized medieval library», Scriptorium, VII (1935); H. Weisinger, «The idea of the
Renaissance and the rise of modern Science», Lychnos (1946-1947); «English origins of the sodological
interpretation of the Renaissance», J. History of Ideas, XI (1950); «English treatment of the
realtionship between the rise of sdence and the Renaissance. 1740-1840»,Annals
of Science, VII (1951); P.
Winship, Printing in the Fifteenth Century, Filadelfia, 1940.
General:
Para una introducción existen: Marie Boas,The
Scientific Renaissance 1450-1630, Londres,
1926; H. Butterfield,The Origins of Modern Science, Londres, 1949; C. C. Gillispie,The
Edge of Objectivity, Princeton, 1960;
A. R. Hall,The Scientific Revolution 1500-1800, Londres, 1954;From Galileo to Newton
1630-1720, Londres, 1963; y H. T.
Pledge, Science since 1500, Londres,
1939. Mucha información valiosa está contenida en otros estudios anteriores de
De Cavemi, Libri, Montuda y Whewell, y en A. Midi, Panorama
general de historia de la Ciencia, Buenos
Aires, 1945-1950, 4 vols.; L. Thomdike, History of Magic and
Experimental Science, Nueva York,
19411959, vols. V-VIII; W. P. D. Wightman, Science and the
Renaissance, Aberdeen, 1962, 2 vols.; y
A. Wolf, A History of Science, Technology and Philosophy in 16th
and 17th centuries, revisada por D.
McKie, Londres, 1951; cf. también Henry Crew, The Rise of Modern
Physics, 2.a edic., Baltimore, 1935. Colecciones útiles de
fuente y de información varía, algunas veces inexactas, son: R. T.
Gunther, Early Science in Oxford, 14 vols., Oxford, 1923-1945, y Early Science in
Cambridge, Oxford, 1937. Son .útiles
para antologías en traducción inglesa los Source Books publicados por la
Universidad de Harvard: de Astronomía, ed. H. Shapley y H. E. Howarth, 1929; Matemáticas, ed. D. E. Smith, 1929; Física, ed. W. F. Magie, 1935; Geología, ed. K. F. Mather, 1939; Biología
animal, ed. T. S. Hall, 1951; Química, ed. H. M. Leicester y H. S. Klickstein, 1952; y Psicología, ed. R. J. Hermstein y E. G. Boring, 1966.
El pensamiento científico en una nueva situación social
P. Alien, «Scientific studies in the English
universities of the seventeenth century», /. Hist. of Ideas, X (1949); J. Bertrand, UAcadémie
des Sciences et les académiciens de 1666 a 1793, París, 1869; T. Birch, History of
the Royal Society, Londres, 1756, 4
vols.; H. Brown, Scientific Organizationin Seventeenth Century
Trance (1620-1680), Baltimore, 1934;
«The utilitarian motive in the age of Descartes»,Annals of Science (1936); F. Brunot,Histoire de la
Langue Frangaise, París, 1930, VI; I,
Le mouvement des idées et les vocabulaires techniques (fase. 2, «La langue des Sciences»); J. N. D.
Bush, English Literature in the Earlier Seventeenth Century,
1600-1660, Oxford, 1945; G. N. Clarke,Science
and Social Welfare in the Age of Newton, Oxford,
1937;Tht Seventeenth Century, Oxford,
1947; Early Modern Europe from about 1450 to about 1720, Londres, 1957 —uno de los esbozos más
iluminadores; A. C. Crombie, Oxford's Contribution to the
Origins of Modern Science, Oxford, 1954;
F. de Dainville, «L'enseignement des mathématiques dans les Colléges Jésuites
de France du XVIe au XVIIe siécle», Revue d'Histoire des
Sciences, VII (1954); A. Favaro,
«Documenti per la storia dell'Academia dei Lincei», Bulletino di
Bibliografía e di Storia delle Scienze, XX
(Roma, 1887); L. P. V. Febvre, Le probleme de Vincroyance au XVIe siécle, París, 1947; A. J. George, «The Génesis of the
Académie des Sciences», Annals of Science, III (1938); H. Grossmann, «Die
gesellschaftlichen Grundlagen der mechanistischen Philosophie und die
manufaktur»,Zeitschrift zür Sozitilforschungen, IV (1935); H. Hartley (ed.), The
Royal Society: its origins and founders, Londres,
1960; H. Hauser, «Science et philosophie aprés le Concile de Trente»,Scientia, LVII (1935); Paul Hazard, La crise
de la conscience européenne (1680-1715), París,
1935 (traducción inglesa, Londres, 1953);R. Hooykaas, «Science and
Reformation»,Cahiers d'Histoire Mondiale, III (1956); Humanirme, science et Réforme, Fierre
de la Ramée (1515-1572), Leyden, 1958;
W. E. Houghton, «The history of trades», J. Hist. of Ideas, II ; «The English virtuoso in the seventeenth
century», ibid., III
(1942); J. Jacquot, «Thomas Harriot's reputation for impiety», Notes
and Records of the Royal Society, IX
(1952); F. R. Johnson, «Gresham College: precursor of the Royal Society»,
J. Hist. of Ideas, I
(1940); R. F. Jones, Ancients and Moderns, 2.a edic., S. Luis, 1961; J. E. King, Science and
Rationalisrn in the Government of Louis XIV, 1661-1683, Baltimore, 1949; P. H. Kocher, Science
and Religión in Elizabethan England, San
Marino, Cal., 1953; S. F. Masón, «The Scientific Revolution and the Protestant
Reformation», Annals of Science, IX (1953); R. K. Merton, «Science, technology and society in 17th
century England», Osiris, IV
(1938); J. V. Nef, Industry and Government in Trance and
England, 1540-1640, Filadelfia, 1940;
L. S. Olschki, Geschichte der neusprachlichen
toirsenrchaftlicfíen Literatur, Heidelberg,
19191927, 3 vols.; M. Ornstein (Bronfenbrenner), The Role of
scientific Societier in the Seventeenth Century, Chicago, 1938 —una visión de conjunto estupenda; L. Pastor, The
History of the Popes, trad. E. Graf,
Londres, 1937, 1938, XXV, XXIX; P. Smith, A History of Modern
Culture, Londres, 1930-1934, 2 vols.;
T. Sprat, A History of the Royal Society of London, Londres, 1667; R. H. Syfret, «The origins of the
Royal Society», Notes and Records of the Royal Society, V (1948); «Some early reactions to the Royal
Society», ibid., VII
(1950; H. O. Taylor, Thought and Expression in the Sixteenth
Century, Nueva York, 2 vols.; G. H.
Turnbull, «Samuel Hartlib's influence on the early history of the Royal Society», Notes
and Records of the Royal Society, X
(1953); J. L. Vives, On Education, trad. por F. Watson, Cambridge, 1913; A. von Martin, Sociology
of the Renaissance, Londres, 1945; C.
R. Weld, A History of the Royal Society, Londres, 1848, 2 vols.; B. Willey, The
Seventeenth Century Background, Londres,
1934; Louis B. Wright, MiddleClass Culture in Elizabethan
England, Chapel Hill, N. C., 1935; E.
Zilsel, «Problems of empiricism: experiment and manual labour», International
Encyclopedia of Unified Science, ed. O.
Neurath, 1941, II, VIII; «The sociological roots of science», American
J. of Sociology, XLVII (1942); «The
génesis of the concept of physical laws», The Philosophical
Review, LI; «The génesis of the concept
of scientific progress», ]. Hist. of Ideas, VI (1945).
Matemática y Mecánica
Una visión de conjunto excelente es la de R.
Dugas, La Mécanique au XVIIe siecle, Neuchátel, 1954. Además de las obras mencionadas
en el capítulo 1 y en el volumen I, capítulo 3, existen: A. Artimage, «The
deviation of fallfng bodies», Annals of Science, V (1948); Isaac Beeckman (1588-1637), Journal, ed. Cornelius de Waard, La Haya, 1953; A. E.
Bell, Chrirtian Huygens and the developrnent of Science in the
Seventeenth Century, Londres, 1947; S.
Brodetsky, Sir Isaac Newton, Londres,
1927 —un resumen útil; L. Brunschwig,Les ¿tapes de la philosophie
mathématique, París, 1947; E. A.
Burt, The Metaphysical Foundations of Modern Physical Science, Londres, 1932 (reimpresión en Nueva York, 1955);
F. Cajori,A History of Mathematics, Nueva
York, 1924; A History of Physics, 2.a edic.,
Nueva York, 1929; A. Carli y A. Favaro, Bibliografía galileiana
(15681895), Roma, 1896; E. Cassirer,
«Mathematische Mystik und matematische Naturwissenschaft»,Lychnos (1940); «Galileo's Platonism», en Studies
and Essays... offered... to George Sarton, ed.
M. F. Ashley Montague, NuevaYork, 1944; I. B. Cohén, «Galileo's rejection of
the possibility of velodty changing uniformaly with respect to distance»,Iris, XLVII (1956); Julián L. Coolidge,History
of Geometrical Methods, Oxford, 1940;
Lañe Cooper, Arislotle, Galileo and the Tower of Pisa, Ithaca, N. Y., 1935; R. Depau, Simón
Stevin, Bruselas, 1942 (estudio y trad.
francesa de los textos); René Descartes, Oeuvres, ed. Ch. Adam y P. Tannery, París, 1897-1913, 12
vols. (trad. inglesa obras filosóficas por E. S. Haldane y G. R. T. Ross, 2*
edic., Cambridge, 1931; Nueva York, 1955); de The Geometry, por D. E. Smith y M. L. Latham, La Salle. 111.,
1925; Nueva York, 1954); E. J. Dijksterhuis, De Mechanisering
van het Wereldbeeld, Amsterdam, 1950
(trad. inglesa, Oxford, 1961); F. Enriques,Le Matematiche tiella
storia e nella cultura, Bolonia, 1938; Gdilée.
Aspects de sa vie et de son oeuvre, París,
1968; Galileo Galilei, Opere, ed. naz. por A. Faváro, Florencia, 1890-1909, 20 vols. (trad. inglesa de
De Motu por I. E.
Drabkin, Madison, Wisc., 1960); The Sidereal Messenger. por E. S. Carlos, Londres, 1880; Dialogue
concerning the Two Principal Systems of the World, por T. Salisbury, 1661, revisada por G. de Santillans, Chicago,
1953, y por S. Drake, Berkeley, Cal., 1953; Mathematical
Discourses... (Dialogues) Concerning Two New Sciences, por H. Crew y A. de Salvio, Nueva York, 1914,
1952; Discoverier and Opinions of Galileo, trad., con una introducción y notas de S. Drake,
Nueva York, 1957 [Starry Messenger, Letters on Sunspots, II
Saggiatore, Letter to the Grand Duchers Cbristina ]; L. Geymonat, Galileo Galilei, trad. inglesa por Drake, Nueva York, 1965; A. R.
Hall, Ballistics in the Seventeenth Century, Cambridge, 1952; L. R. Heath, The
Concept of Time, Chicago, 1936;
Christian Huygens, Oeuvres complétes, ed. Saáété Hollandaise des Saences, La Haya,
1888-1950, 22 vols. (trad. inglesa delTreaúse on Light, por S. P. Thompson, Chicago, 1945); A.
Koyré, Étuder galiléennes (Actudités Scientifiquer et
Indurtrieller, núms. 852-854), París,
1939 —muy importante; «Galileo and Plato», /. Hist. of Idear, IV (1943); «The significance of the Newtonian
Synthesis», Archives Internationaler d'Histoire des Sciences, XXIX (1950); «An experiment in
measurement», Proceedings of the American Philosophical Society, XCVII (1953); «A documentary history of the
problem of fall from Kepler to Newton», Transactions of the
American Philosophical Society, N. S.
XLV, 4 (1955); «Pour une édition critique des oeuvres de Newton», Revue
d'Histoire des Sciences, VIII (1955);
«L'hypothese et l'expérience chez Newton»,BuUetin de la Société
Vrargaise de Philosophie, I (1956); R.
Lammel, Galileo Galilei und sein Zeitalter, Zurich, 1942 —un estudio excelente; R. Lenoble, Marin
Mersenne ou la naissanee du mécantsme, París,
1943; Leonardo da Vinci et l'expérience identifique au XVI6 siécle (Colloques internationaux du Centre National de la
Recherche Sdentifique), París, 1953; W. H. Macaulay, «Newton's theory of
kinetics»,Bulletin of the American Mathematical Society, III (1897); E. Mach, The Science
of Mechanics, trad. por T. J. McCormack,
La Salle, 111., 1942; E. McMullin (ed.), Galileo: Man of
Science, Nueva York, 1967; R.
Marcolongo, «Lo sviluppo della mecánica sino ai discepoli di Galileo»,Atti
della Reale Academia dei Lincei, XIII
(1920); M. Mersenne, Correspóndanse, ed. Mme. Paul Tannery, Cornelis de Waard y Leñé Pintard, París,
1932, I; G. Milhaud, Descartes savant, París, 1921; A. Mieli, «II tricentenario del
'Discorsi e dimostrazione matematiche' di Galileo Gali'ei, Arckeion, XXI (1938) —una crítica de Duhem, etc.; P.
Mouy, Le Développement de la physique cariésienne, 1646-1712, París, 1934; Sir Isaac Newton, Mathematical
Prináples of Natural Philosopby and bis System of the World, trad. de Motte, revisada por F. Cajori, Berkeley,
Cal., 1946; F. Rosen-burger, Isaac Newton und seine Phyrikalischen Prinzipien,
Leipzig, 1895; O. Ore, Cardano: The Gambling Scholar, Princeton, 1953; G. Sarton, «Simón Stevin of
Brughes», Iris, XXI
(1934); J. F. Scott,The Scientific Work of René Descartes, Londres, 1952; W. B. Parsons, Engineers
and Engirieering in the Renaissance, Baltimore,
1939; D. E. Smith, A History of Mathematics, Boston, 1923-1925, 2 vols.; Simón Stevin, The
Principal Works, ed. E. J.
Dijksterhuis; vol. I, «Mechanics», Amsterdam, 1955; E. W. Strong, Procedures
and Metaphysics, Berkely, 1936; H. J.
Webb, «The science of gunnery in Elizabethan England», Irirf XLV (1954); P. P. Wiener, «The tradition behind
Galileo's methodology», Oriris, I
(1936).
Astronomía
Además de las obras mencionadas en la sección
anterior y en el volumen I, capítulo 3; G. Abetti, The History
of Astronomy, trad. de la
italiana Storia dell'Astronomía por.
Betty Burr Abetti, Nueva York, 1952; E. J. Aitón, «Galileo's theory of the
tides»,Annals of Science, X
(1954); D. C. Alien, The Star-crossed Renaissance, Durham, N. C., 1941 —sobre Astrología; A.
Armitage, Copernicus, Londres,
1938; «The cosmology of Giordano Bruñe», Annals of Science, VI (1948); «'Borrell's hypothesis' and the rise
of celestial mechanics», ibid.; C.
Baumgardt,Jobannes Kepler: Life and Letters, Nueva York, 1952; A. Berry,Short
History of Astronomy, Londres, 1896; G.
Bigourdan, VAstronomie, évolution des idéer et des méthodes, París, 1911; I. Bouiliau, Astronomía
Philolaica, París, 1645; B. Boyer,
«Notes on epicycles and the ellipse from Copernicus to Lahire», Iris, XXXVIII (1947); J. Brodrick, The
Ufe and Work of Blesseá Robert, Cardinal Bellarmino 1542-1621, Londres, 1928; W. W. Bryant, Kepler, Nueva York, 1920; Tommaso Campanella, «The
defence of Galileo of Thomas Campanellá», trad. y ed. por C. McColley, Smith
College of Studies in History, Northampton,
Mass., XX (1950); Max Caspar, Johannes Kepler, 2* edic., Stuttgart, 1950 (trad. C. D. Hellman,
Nueva York, 1959); Copernicus,De Revolutionibus... (trad. Wallis, en Great Books of
the Western World, Chicago, 1952 —algo
inexacto; trad. del prefacio y libro I por J. F. Dobson y S. Brodsky, Royal
Astronomical Society Occasional Notes, II,
1947; núm. 10); A. C. Crombie, Galilée devaní les critiques de
la porteriíé (Les Conférences au Palais
de la Découverte, Série D, núm. 45), París, 1957; H. Dingle, ensayos en The
Scientific Adveníure, Londres, 1952; J.
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1890;History of the Planetary Systems, Cambridge, 1906 (reimpreso como A History of
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Favaro, Galileo Galilei e Vlnquirizione. Documenti del processo
Galileiano..., Florencia, 1907; J. A.
Gade, The Life and Times of Tycho Brahe, Princeton, 1947; K. von Gleber, Galileo
Galilei and the Román Curia, trad. Mrs.
G. Sturge, Londres, 1879; B. Gisnburg, «The scientific valué of the Copemican
induction», Oriris, I
(1936); E. Goldbeck, Keplers Leher von der Gravitation, Halle a/d. Saale, 1896; S. Greenberg, The
Infinite in Giordano Bruno, con una
traducción de su diálogo Concerning The Cause Principie and One, Nueva York, 1950; W. Hartner, «The Mercury
horoscope of Marco Antonio Michiel of Venice, a study in the history of
Renaissance astrology and astronomy», en Vistas in Astronomy, ed. A. Beer, Londres y Nueva York, 1955, I; C.
D. Hellman, The Cornet of 1577: its place in the History of
Astronomy, Nueva York, 1944; G. Holton,
«Johannes Kepler's universe: its physics and metaphysics», American
Journal of Physics, XXIV (1956); Mas
Jammer,Concepts of Space:the
History of Theories of Spacein Physics, Cambridge,
Mass., 1954; Concepts of Forcé, Cambridge,
Mass., 1957; F. R. Johnson, «The influence of Thomas Digges on the progress of
modern astronomy in sixteenth century England», Osiris, I (1936); As trono, mical Thought
in Renaissance England, Baltimore,
1937; «Astronomical texts books in sixteenth century», en Science,
Medicine and History, ed. E. A.
Underwood, Oxford, 1953, I; F. R. Johnson y S. V. Larkey, «Thomas Digges, the
Copemican System, and the idea of the infinity of universe in 1576», Huntington
Library Bulletin, San Marino, Cal., V
(1934); «Robert Recorde's mathematical teaching and the anti-Aristotelian
movement»,ibid., VII (1935);
G. Jung y W. Pauli, The lnterpretation of Nature and the Psyche, Londres, 1955 (ed. alemana, Zurich, 1952) —Pauli
tiene un ensayo interesante sobre Kepler; Jobarn Kepler,
1571-1630. A Tercentenary Commemoration of bis Life and Work, Baltimore, 1931 —con bibliografía; Johannes
Kepler, Gesarnmelte Werke, ed.
W. von Dyckt y M. Caspar, Munich, 1938; A. Koyré, Pbilosophical
Review, III (1943) —sobre el concepto
de inercia de Kepler; La Révolution astronomique: Copernic,
Kepler, Borelli, París 1961 —esencial,
«La gravitation universelle de Kepler á Newton», Actes du VI
Congrés International d'Histoire des Sciences, Arnsterdam, 1950, París, 1953; «L'oeuvre astronomique de Kepler»,XVIIe Siecle, París, núm. 30 (1956); T. S. Kuhn, The
Copernican Revolution, Cambridge,
Mass., 1957 —muy útil; G. McColley, «The 17th century doctrine of a plurality
of worlds»,Annals of Science, I
(1936); A. Mercati, II Sommario del processo di Giordano Bruno
(Studi e Testi, CI), Roma, 1942; H.
Metzger, Attraction universelle et religión naturelle chez
quelquer commentateurr anglair de Newton, París, 1938; S. I. Mintz, «Galileo, Hobbes, and the árele of
perfection»,Iris, XLIII
(1952); M. H. Nicholson,The Breaking of the Circle. Studies on the
effect of*New Science' upon seventeenth century poetry, Evanston, III., 1950; W. Norlind, «Copernicus
and Luther: a critical study», Iris, XLIV (1953); E. Panofsky, Galileo as a Critic of
Arts, La Haya, 1954 —sobre Galileo y
Kepler; Pastor, History of the Popes, Londres, 1937, 1938, XXV, XXIX; S. P. Rigaud, Supplement
to Dr. Bradley's Miscellaneous Works, wiíh an Account os Harriot's astronomical
papers, Oxford, 1833; E. Rossen, Three
Copernican Traetises, 2.a edic., Nueva York, 1959; «The Ramus-Rheticus
Correspondence», J.Hist. of Ideas, I
(1940); «Maurolico's attitude toward Copernicus»,Proceedings of the
American Philosophical Society, CI
(1957); Kepler's Conversation with Galileo's Sidereal Messenger, Nueva York, 1965; G. de Santillana, The
Crime of Galileo, Chicago, 1955 (Le
procés de Galilée, París, 1956) —el
estudio más reciente del asunto Galileo y la Iglesia Católica; D. Shapeley,
«Pre-Huygenian observations of Satum's rings», Isis, XL (1949); D. W. Singer, Giordano
Bruno: his Ufe and Thought, Nueva
York-Londres, 1950; A. J. Snow, Matter and Gravity in Newton's
Physical Philosophy, Londres, 1926;
Stimpson, The Gradual Acceptance of the Copernican Theory, Nueva York, 1917;
James Winny (ed.), The Frarne of Order: an outline of Elizabethan beliefs taken
from treatiser of the late sixteenth century, Londres, 1957; E. Wohlwill,
Galilei und reine Kampf für die Kopernikanische Lehre, Hamburgo y Leipzig,
1909; R. Wolf, Geschichte der Astronornie, Munich, 1877; H. Zaiser, Kepler ais
Philosoph, Stuttgart, 1932; E. Zilsel, «Copernicus and mechanics», J. Hist. of
Ideas, I (1940); E. Zinner, Die Geschichte der Sternkunde, Berlín, 1931;
Enístehung und Ausbreitung der Kopernikanischen Lehre (Sitiungsbericbte der
physik.-mediz. Sozieíat zu Erlangen), Erlangen.
Magnetismo, Electricidad y Optica
Además de las obras indicadas en el volumen I,
capítulo 3, y las de la sección siguiente: C. B. Boyer, «Kepler's explanation
of the rainbow», American Journal of Physics, XVIII (1950); «Descartes and the radius of the
rainbow», Isir, XLIII
(1952); F. Cajori,A History of Physics, Nueva York, 1929; Guillermo Gilbert, De Magnete
Magnetisque Corporibus et de Magno Magnete Tellure, Londres, 1660 (trad. inglesa por P. F. Motteley, Londres, 1893);
N. H. de V. Heathcote, «Guericke's sulphur globe», Annals of
Science, VI (1950); J. Itard, «Les lois
de la réfraction de la lumiére chez Kepler», Revue d'Histoire
des Sciences, X (1957); D. J. Korteweg,
«Descartes et les manuscrits de Snellius», Revue de Metaphysique
et morale, París, IV (1896); P. Kramer,
«Descartes und das Brechungsgesetz des Lichtes», Abhandlungen
zur Geschichte der Mathematik, IV
(1882); G. Leisegang, Descartes Dioptrik, Meisenheim am Glan, 1954; J. Lohne, «Thomas
Harriot (1560-1621)», Centauras, VI (1959); «Zur Geschichte des Brechungsgesetzes», Sudhoffs
Archiv für Geschichte der Medizin und der Naturwissenschaften, XLVII (1963); Sir Isaac Newton, Opticks, 4.a edic.,
Londres, 1730 (reimpresa, Londres, 1931; Nueva York, 1952); R. E. Ockenden,
«Marco Antonio de Dominis and his explanation of rainbow», Isis, XXVI (1936); E. Panofsky, Albretch
Dürer, 3.a edic., Princeton, 1943, 2 vols.; C. E.
Papanastassiou, Les theories sur la nature de la lumiére de
Descartes á nos jours, París, 1935; M.
Roberts y E. R. Thomas, Newton and the Origin of Colours, Londres, 1934 (contiene una reimpresión de la
«New Theory about Light and Colours» de Newton, Philosophical
Transactions of the Royal Society, VI,
1671-1672); D. H. D. Roller, «The De Magnete of William Gilbert», Isis, XLV (1954); D. H. D. Roller (ed.), The
Developrnent of the Concept of Electric Charge, Electricity from the Greeks to
Coulomb (Harvard Case Histoires i» Experimental Science, ed. J. B. Conant, VIII), Cambridge, Mass., 1954; V.
Ronchi, Histoire de la Lumiére, París,
1956; L. Rosenfeld, «La théorie des couleurs de Newton et ses
adversaires», Isis, IX
(1927); «Marcus Marcis Untersuchungen über das Prisma und sein Verháltnis zu
Newton's Farbentheorie», Isis, XVII
(1932); A. I. Sabra, Theories of Light from Descartes to Newton, Londres, 1967; R. Suter, «A biographical sketch
of Dr. William Gilbert of Colchester», Osiris, X (1952); J. A. Vollgraff, «Snellius* notes on
the reflcction and réfraction of rays», Osiris, I (1936); É. T. Whittaker, A
History of Theories of Ether and Electricity, Edimburgo,
1951; L. E. Zilsel, «The origins of William Gilbert's scientific method», J.
Hist. of Ideas, II (1941).
Instrumentos científicos
Además de las obras indicadas en las secciones
anteriores y en el volumen I, capítulo 3, Astronomía y Optica, y capítulo 4,
Edificación, etc., y Medicina: M. K. Barnett, «The developrnent of thermometry
and the temperature concept», Osiris, XII (1956); M. Bishop,Pascal, the Life of Genius, Baltimore, 1936; L. C. Bolton,Time
Measurement, Londres, 1924; R. S. Clay
y T. S. Court,The History of Microscope, Londres, 1932; A. Danjou y A. Couder,Lunettes et
télescopes, París, 1935; M. Daumas,Les
Instruments scientifiques au XVII'«et
XVIIIe siecles, París,
1953; C. de Waard, L'expérience barornétrique. Ser antécédents
et res explicalions, Thouars, 1936; A.
N. Disney, C. F. Hill y W. E. W. Baker, Origins of the
Telescope, Londres, 1955; Henri Michel,
«Les tubes optiques avant la télescope», Ciel et Teñe, Bruselas, LXX (1954); J. W. Olmsted, «The
application of telescopes to astronomical instruments», Isis, XL (1949); L. D. Patterson, «The Royal Society's
standard thermometer», Isis, XLIV
(1953); V. Ronchi, Galileo e ilcannonicchiale, Udine, 1942; «Du De Refractione au De Telescopio de G. B. Della Porta»,Revue d'Histoire
des Sciences, VII (1954); E.
Rossen, The Naming of the Telescope, Nueva York, 1947; «When did Galileo make his firts
telescope?» Centauras, II
(1951); «Did Galileo claim he invented the telescope?» Proceedings
of the American Philosophical Society, XCVII
(1954); Singer, E. J. Holmyard y otros, History of Technology; Oxford, 1957, III, capítulos de D. J. Price y H.
Alan Lloyd; R. W. Symonds, A History of English Clocks, Londres, 1947; F. Sherwood Taylor, «The origin
of the thermometer», Annals of Science, V (1942).
Navegación y Cartografía
Además de las obras indicadas en el volumen I,
capítulo 4: J. Delevsky, «L'invention de la projection de Mercator et les
enseignements de son histoire», Isis, XXXIV (1942); N. H. de V. Heathcote, «Christopher Columbus and the
discovery of magnetic variation», Science Progrers (1932); «Early nautical charts», Annals
of Science, I (1936); J. E. Hofmann,
«Nicolaus Mercator (Kauffmann), sein Leben und werken, vorzugsweise ais
Mathematiker», Akademie der Wissenscbaften und der Uteralur in
Mainz, Abh. der math.-naturwiss.
Klasse, núm. 3, Wiesbaden, 1950; G. H. T. Kimble, Geography in
the Middle Ages, Londres, 1938; S.
Lorant (ed.), The New World. The firts pictures of America made
by Johna White and Jaeques le Moyne, Nueva
York, 1946 (contiene el Brief and True Report de Harriot); S. E. Morrison, Admiral
of the Ocean Sea: a Ufe of Christopher Columbus, Boston, Mass., 1942, 2 vols.; A. P. Newton, Travel
and Travellers of the Middle Ages, Londres,
1926; E. G. R. Taylor, Tudor Geography, 1485-1583, Londres, 1930;Late Tudor and Early
Stuart Geography, 1583-1650, Londres,
1934; The Mathematical Practitioners of Tudor and Stuart
England, Cambridge, 1954; L. C.
Worth, The Way of a Ship: an essay on the literature of
navigation, Portland, Me., 1937.
Biología en general
T. Ballauff, Die Wissenschaft von Leben, I,
Friburgo y Munich, 1954; H. Daudin, Les Métbodes de la clarsification et Vidée
de série en botanique et zoologie de Linné ¿ Lamarck (1740-1790), París, 1926;
P. G. Forthergill, Hirtorical Origins of Organic Evolution, Londres, 1952; E.
Guyénot, Les Sciences de la vie au XVIIe et XVIIIe siecles, París, 1941; E. Nordenskiold, The
History of Biology, Londres, 1929; C. Singer, A Short History of Biology, 2.*
edic., Londres, 1950.
Fisiología experimental
Además de las obras indicadas en el volumen I,
capítulo 3: Marie Thérése d'Alvemy, «Avicenne et les médecins de Venice», Medioevo
e Rinascimiento. Studi in onore di Bruno Nordi, Florencia, 1955; J. P. Arden, The Circulation of
the Blood and Andrea Cesalpino of Brezzia, Nueva
York, 1945; R. H. Bainton, Michel Servet, hérétique et martyr
1511-1553, Ginebra, 1953 (edic.
inglesa, Boston, 1953) —un estudio bibliográfico; E. Bastholm, The
History of Muscle Physiology, trad.
inglesa por W. E. Calvert, Copenhague, 1950; H. P. Bayon, «William Harvey,
phytidan and biologist», Annals of Science, III (1938), IV (1939) —un estudio básico; B.
Becker (ed.), Autour de Michel Servet 'et de Sébastien
Castellion, Haarlem, 1953; A. G.
Berthier, «Le Mécanisme cartcsien et la physiologie au XVII« siéde», Isis, II (1914), III (1920); H. Brown, «John Denis and
the transfusión of blood, París 1667-1668», Isis, XXXIX (1938); G. Canguilhem, Ia
formation du concept de réflexe aux XVII* el XVIII* siécles, París, 1955; A Castiglioni, The Renaissance
of Medicine in Italy, Baltimore, 1934;
«GalileoGalilei and his influence on the evolution of medical thought», Bulletin
of History of Medicine, XII (1942); L.
Cauvois, William Harvey, Londres
y París, 1957; L. D. Cohén, «Descartes and Henry More on the
beást-machine», Annals of Science, I (1936); J. E. Curtís, Harvey's Viewr on the Use
of Circulation of the Blood, Nueva
York, 1915 —un estudio iluminador; Franklin Fearing, Reflex
Action: a study in the history of phyriólogical psycbology, Londres, 1930; D. Fleming, «William Harvey and the
pulmonary circulation», Isis, XLVI
(1955); Sir M. Foster, Lectures on the History of Physiology
during the Sixteenth, Seventeenth and Eighteenth Centuries, Cambridge, 1901; K. J. Franklin, A
Short History of Physiology, Londres,
1933; «A survey of the growth of knowledge about certain parts of the foetal
cardio-vascular apparatus, and about the foetal circulation, in man and some
others animáis. Part I: Galen to Harvey»,Annals of Science, V (1941); J. F. Fulton,Selected
Readings in the History of Physiology, Londres,
1930; Michael Servetus, hurnanist and rnartyr, with a bibliography of his works... por M. E.
Stanton, Nueva York, 1953; E. Gilson, Études sur le róle de la
pensée médiévale dans la formation du systéme cartésien (Études de la
philosophie médiévale, XIII), París,
1930 —fundamental; William Harvey, Works, trad. por R. Willis, Londres, 1847; Prelectiones
Anatomiae Universalir, anotado y
traducido por D. O'Malley, F. N. L. Poynter y K. F. Russell, Univ. California
Press, 1961; De Motu Cordis, texto
y trad. por K. J. Franklin, Oxford, 1957; The Circulation of the
Blood, trad. Franklin, Oxford,
1958; De Motu Locali Animalium, Cambridge,
1959; «The William Harvey Issue», Journal of the History of
Medicine, XII (1957, núm. 2); H. E.
Hoff y P. Kellaway, «The early history of the reflex», Journal
of the History of Medicine, VII (1952);
K. D. Keele, Leonardo da Vinci on Movement of the Heart and
Blood, Filadelfia, 1952; G.
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y Londres, 1949; The Life of William Harvey, Oxford, 1966; Léonard da Vinci et
l'expérience scientifique au XVI* siécle, París,
1953; R. Lower, De Corde, trad.
por K. J. Franklin en R. T. Gunther, Early Science in Oxford, IX; D. McKie, «Fire and the Flamma Vitalis:
Boyle, Hooke and Mayow», Science, Medicine and History, ed. E. A. Underwood, Oxford, 1953, I; N. S. R. Maluf,
«History of blood transfusión», Journal of the History of
Medicine, IX (1954); M. Meyerhoff, «Ibn
An-Nafis (13th century) and his theory of the lesser circulation», Isis, XXIII (1935); C. D. O'Malley, Michael
Servetus, Filadelfia, 1953; Sir W.
Osler, The Growth of Truth as Illustrated in the Discovery of
the Circulation of the Blood (Harveyan
Oratio), Londres, 1906; W. Pagel, «Religious motives in the medical biology of
XVth century», Bulletin of the Institute of History of the
Medicine, III (1935); «William Harvey
and the purpose of circulation», Isis, XLII (1951); «Giordano Bruno: the philosophy of
circles and the circular movement of the blood», Journal of the
History of Medicine, VI (1951); «The
reaction to Aristotle in the seventeenth century biological thought», enScience,
Medicine and History, ed. E. A.
Underwood, Oxford, 1953, I;William Harvey's Biological Ideas, Basilea, 1967; J. R. Partington,op.
cit., en «Química» infra; D'Arcy Power, William Harvey, Londres, 1911; Sir H. Rolleston, «The reception
of Harvey's doctrine of the circulation of the blood in England», en Ersays...
presented to Karl Sudhoff, ed. C.
Singer y H. E. Sigerist, Oxford y Zurich, 1924; K. E. Rothschuch, Entwickelungsgerchichte
physiologischer Probleme in Tabellenform, Munich
y Berlín, 1952; Geschichte der Physiologie, Berlín, 1953; Sir Charles Sherrington, The
Endeavour of Jean Femel, Cambridge,
1946; C. Singer, The Discovery of the Circulation of the Blood, Londres, 1922; N. Kemp Smith, op.
cit., infra «Filosofía de la ciencia»,
etc.; Nicolaus Steno, A Dissertation of the Anatomy of the
Brain... 1665, Copenhague, 1950
(reimpresión); Nicolai Stenonis, Epirtolde et epistolae ad eurn
datae, ed. G. Scherz y J. Raeder,
Hafniae, 1952, 2 vols.; W. Sterling, Sorne Apostles of
Physiology, Londres, 1902; P. Tannery,
«Descartes physicien», Revue de Métaphysique (1896); O. Temkin, «Metaphors of human
biology», Science and Civilization, ed. R. Stauffer, Madison, Wisc., 1949; J. Trueta, «Michael
Servetus and the discovery of the lesser circulation», Yole
Journal of Biology and Medicine, XXI
(1948); C. Webster, «William Harvey's conception of the heart as a pump», Bulletin
of the History of Medicine, XXXIX
(1965).
Química
Además de las obras indicadas en el volumen I,
capítulos 3 y 4: E. Bloch, «Die Antike Atomistik in der neueren geschichte der
Chemie», Isis, I
(1913-1914); T. L. Davis, «Boyle's conception of the elements compared with
that of Lavoisier», Isis, XVI (1931);
Edward Farber, The Evolution of Chemistry, Nueva York, 1952; F. W. Gibbs, «The rise of the
tinplate industry», Annals of Science, VI (1950), VII (1951); Kurt Goldammer, Paracelsus
Sozialethische und Sozialpolitische Schriften, Tubinga,
1952; J. C. Gregory, Short History of Atornisrn from Democritus to Bohr,
Londres, 1931; Combustión from Heraclitus to Lavoisier, Londres, 1934; Thomas
S. Kuhn, «Robert Boyle and structural chemistry in the seventeenth
century», Isis, XLIII
(1952); K. Lasswitz, Geschichte der Atomistik vom Mittelalter
bis Newton, 2 vols., Leipzig, 1960; H.
Metzger, Les Doctrines chimiques en Trance du début du XVIIe á
la fin du XVIIIe siecle, París,
1923; R. Multhauf, «Medical chemistry and the 'Paracelsians'», Bulletin
of the History of Medicine, XXVIII
(1954); L. K. Nash (ed.), The Atomic-Molecular Hypothesis
(Harvard Case Histories in Experimental Science, ed. J. B. Conant, IV), Cambridge, Mass., 1950; «The
origin of Dalton's Chemical atomic thcory», Isis, XXVII (1956); Henry M. Pachter, Paracelsus,
Magic into Science, Nueva York, 1951;
W. Pagel, «The religious and philosophical aspects of van Helmont's science and
medicine», Bull. Hist. Medicine (1944,
Suppl. 2); Paracelsus, Basilea
y Nueva York, 1951; J. R. Partington, A Short History of Chemistry, Londres, 1937; «Jean Baptiste van
Helmont», Annals of Science, I
(1936); «The origins of the atomic theory», ibid., IV (1939); «The life and work of John Mayow
(1641-1679)» Isis, XLVII
(1956); T. S. Patterson, «John Mayow in contemporary setting», Isis, XV (1931); Jean Rey, Essays, ed. D. McKie, Londres, 1951; H. E.
Sigerist, Paracelsus in the Light of Four Hundred Years, Nueva York, 1941; G. B. Stones, «The atomic view
matter in the XVth, XVIth y XVIIth centuries»,Isis, X (1928); C. M. Taylor,The Discovery
of the Nature of Air, Londres, 1923; J.
H. White, History of the Phlogiston Theory, Londres, 1932.
Geología
Además de la lista del volumen I, capítulo 3: D.
R. Rome, «Nicolás Stenon et la Royal Society of London», Isis, XII (1956); C. Schneer, «The rise of historical
geology in the seventeenth century», Isis, XLV (1954); Nicholas Steno, Prodromus..., trad. inglesa por J. G. Winter, Nueva York,
1916; H. R. Thompson, «The geographical and geological observations of Bernard
Palissy the potter», Annals of Science, X (1954); Karl von Zittel, History
of Geology and Palaeontology, traducido
por M. M. OgilvieGordon, 1901.
Botánica
Además de las obras indicadas en el
volumen I, capítulo 3:
Arber,Herbáis, Cambridge,
1938; W. Blunt, The Art of Botanical 1U lustration, Londres, 1950; C. Demars, «Rembert Dodoens,
29.6.1517-10.3.1585»,III Congrés National des Sciences, Bruselas, 1950; F. G. D. Drewitt, The
Romance of the Apothecaries Garden at Chelsea, Londres,
1928; Knut Hagberg, Cari Linnaeus, Londres, 1952; R. Hooke,Micrographia, Londres, 1665 (reimpreso en R. T. Gunther,Early
Science in Oxford, XIII, Oxford, 1938);
C. E. Raven,John Ray, Cambridge,
1942;English Naturalists from Neckam to Ray, Cambridge, 1947; J. Sachs, History
of Botany, 1530-1860, trad. por H. E.
F. Garnsey e I. B. Balfour, Oxford, 1890.
Anatomía y Zoología
Además de las obras indicadas en el volumen I,
capítulo 3: L. Choulant, History and Bibliography of Anatornic
Illustrations, trad. y anotado por M.
Frank, Nueva York, 1945; F. J. Colé,A History of Comparative Anatomy, Londres, 1944; H. Cushing, A
Bio-Bibliography of Andear Vesalius, Nueva
York, 1943; P. Delaunay, LAventureuse existence de Fierre Belon
de Mans, París, 1926 (también Revue
du Seiziéme Siécle, París, IX-XIII,
1922-1925); C. C. Gillispie, Génesis and Geology, Cambridge, Mass., 1951 —para una bibliografía de
la evolución en el siglo XVm; E. W. Gudger, «The five great naturalists of the
16th century, Belon, Rondelet, Salviani, Gesner and Aldrovandi: a chapter in
the history of ichthyology», Isis, XII (1934); R. Herrlinger, Volcher Coiter,
1534-1576 (Beitráge zur Geschichte der Mediziniscken und
Naturwissenschaftlichen Abbildung, I),
Nuremberg, 1952; H. Hopstock, «Leonardo as anatomist», en Studies
in the History and Method of Science, ed.
C. Singer, Oxford, 1921, II; S. W. Lambert, W. Wiegand y W. Ivins, jr.,Three
Vesalian Essays, Nueva York, 1952;
Leonardo da Vinci, Notebooks, ordenados,
traducidos al inglés y con una introducción por MacCurdy, Londres, 1938, 2
vols.; Uterary Works, cd.
J. P. e I. A. Richter, Oxford, 1939, 2.a edic., 2 vols.; Willy Ley, Konrad
Gesner, Leben und Werke (Münchener Beitráge zur Geschichte und Lieteratur der
Naturwissenschaften, XV-XVI), Munich,
1929; J. P. Murrich, Leonardo da Vinci the Anatomist, Baltimore, 1930; C. D. O'Mallcy y J. B. de C. M.
Saundcrs, Leonardo da Vinci on the Human Body, los dibujos anatómicos, fisiológicos y
embriológicos de Leonardo da Vinci, con traducción, correcciones y una
introducción bibliográfica, Nueva York, 1952; M. F. Ashley Monatgu, Edward
Tyson, M. D., F. R. S., 1650-1708, and the rise of human and comparative
anatomy in England (Memoirs of the American Philosophical Society, XX), Filadelfia, 1943; Vittorio Putti, Berengario
da Carpí, Bolonia, 1937; E. Radl, Geschichte
der biologischen Theorien, Parte I,
Leipzig, 1905; E. S. Russell, Form and Function, Londres, 1916 —fundamental para la historia de
la anatomía comparada; J. B. de C. M. Saunders y C. D. O'Malley, artículos
sobre Vesalio en Studies and Essays... offered to George Sarton, ed. M. F. Ashley Montagu, Nueva York, 1944, y
en Bulletin of Medical History, XIV
(1943); The Illustrations from the Works of Andreas Vesalius of
Brussels, Cleveland y Nueva York, 1950;
C. Singer y C. Rabin,A Prelude to Modern Science, Cambridge, 1946 —sobre lasTabulas
Anatomicae Sex de Vesalio; Vesalius
on the Human Brain, traducciones por C.
Singer, Londres, 1952.
Embriología y Genética
Además de las obras mencionadas en el volumen I,
capítulo 3: H. P. Bayon, «William Harvey (1578-1657): his application of
biological experiment, clinical observation and comparative anatomy to the
problems of generation», Journal of the History of Medicine. II (1947);F. J. Colé, Early
Theories of Sexual Generation, Oxford,
1930; A. C. Crombie, «P. L. M. de Maupertius, F. R. S. (1698-1759), précurseur
du transformisme», Revue de Synthese, LXXVIII (1957); C. Dobell, Antony van Leeuwenhoek
and his«úttle Animáis», Londres, 1932; The
Embriological Treatises of Hietonymus Fabricius, ed. H. B. Adelmann, Nueva York, 1942; A. van Leeuwenhoek, Collected
Letters, Amsterdam, 1939; A. W.
Meyer, An Analysir of the De Generatione Anirnalium of William
Harvey, Stanford, Cal., 1936;
«Leeuwenhoek as experimental biologist», Osiris, III (1937); The Rise of
Ernbriology, Stanford, Cal., 1939; J.
Needham, A History of Embriology, Cambridge, 1934; W. Pagel, «J. B. van Helmont, De
Tempore, and biological time», Osiris, VIII (1948); F. Redi, Opere, Nápoles, 1778; Milán, 1809-1811 (trad. inglesa
de Experiments on the Generation of Inrects, Chicago, 1909);
Singer, «The drawn of microscopical
discovery», Journal of Royal Microscopical Society, XXXV (1915).
Medicina
Además de la lista del volumen I y las
indicadas supra: Campbell,
«The medical curriculum of the universities of Europe in the sixteenth
century», en Science, Medicine and History, ed. E. A. Underwood, Oxford, 1953; A.
Castiglioni, «The medical school of Padua and the renaissance of
medicine», Annals of Medical History, N. S. VII (1935); J. D. Comrie, Selected Works of
Thomas Sydenham, con una breve
biografía, Londres, 1922; P. Dalaunay, La Vie medícale aux XVIe,
XVIIe et XVIIIe siecles, París, 1935; John F. Ful ton, The Great
Medical BibUographers: a study in humanism, Filadelfia, 1951; D. A. Wittop Koning (ed.), Art and
Pharmacy, Deventer (Holland), 1950;
Ambrose Paré, The Apologie and Treatise, traducido por T. Johnson, 1634, ed. G. Keynes,
Londres, 1951; Textes choisis, présentés
et commentés par L. Delamelle, París, 1953; G. Sudhoff, Aus der
Frühgeschichte der Syphilis (Studien der Medizin, IX), Leipzig, 1912.
Filosofía db la naturaleza en su ambiente intelectual (siglos XV A XVII)
Cf. las obras indicadas en el volumen I,
capítulos 1, 2 y 3 (Filosofía, Astronomía, Mecánica), y la Bibliografía
adicional, y en este volumensupra en capítulos 1 y 2 (Pensamiento científico) y la indicada infra. Deberán ser consultados los artículos
bibliográficos críticos importantes del volumen anual de History
of Science (Cambridge, 1962). Los
siguientes son útiles sobre algunos pensadores: Galileo (cf. supra en capítulo 2, Mecánica, Astronomía): P.
Ariotti, «Galileo on the isochrony of the pendulum», Isis, LVIII (1968); M. L. Altieri Biagi, Galileo
e la terminología tecnico-scientica, Florencia,
1965; M. Qavelin, La Philosophie naturelle de Galilée, París, 1968; A. C. Crombie, con la colaboración
de A. Carago, Galileo and Mersenne: theories of science, nature
and the senses, 2 vols., Domus
Galilaeana, Pisa: Florencia y Londres, aparecerá en breve —con una extensa
bibliografía; A. Favaro, Galileo Galilei a Padova, 1968; Galileo Galilei, Dialog über die
Briden Hauptsachlichsten Weltsysteme, das Ptolemáische und das
Kopernikanische, traducido del italiano
y adarado por Von E. Strauss, Leipzig, 1891; Discorsi 'e
dimostrazione matematiche tntorno a due nuove scienze, ed. A. Carago y L. Geymonat, Turín, 1958;Nel
Terzo centenario della mor te di Galileo Galilei, Milán, 1942;Nel Quarto centenario della nascita di
Galileo Galilei, Milán, 1966; Atti
del Symposium internazionale di... Galileo, Firenze 1964, Florencia, 1967; Saggi au Galileo
Galilei, Florencia, en prensa —una
serie importante de ensayos apareados como reimpresiones desde 1967; R.
Giacomelli, Galileo Galilei giovane e ilrao «De Motu», Pisa, 1949; N. W. Gilbert, «Galileo and the
school of Padua»,Journal of the History of Philosophy, I (1963); C. L. Colino, Galileo
Reappraised, Berkeley y Los Angeles,
Cal., 1966; M. Kaplo (ed.), Hommage to Galileo, Cambridge, Mass., 1965; O. Loretz, Galilei
und der Irríum der Inquisition, Kevelaer,
1966; G. Morpurgo-tagliabue, I processi di Galileo e
Vepistemologie, Milán, 1963; S.
Moscovici, UExpérience du rnouvement: JeanBaptiste Baliani,
disciple et critique de Galilée, París,
1967; P. Paschini, V/7a e opere di Galileo Galilei, Roma, 1965; K. R. Popper, «Three views
concerning human knowledge», en Contemporary British Philosophy (Third Series), Londres, 1956; C. B. Schmitt,
«Experience and experiment: a comparison of Zabarella's view with Galileo's
in De Motu», Studies in Renaissance, XVI (1969); W. R. Shea, un libro que aparecerá sobre
Galileo. Francis Bacon: F.
H. Anderson, Philosophy of Francis Bacon, Chicago, 1948; Sir Francis Bacon, Works, ed. J. Spedding, R. L. Ellis y D. D. Heath,
Londres, 1857-1859; Letters and Life, ed. J. Spedding, Londres, 1861-1874; Farrington, Francis Bacon,
philosopher of industrial Science, Nueva York, 1949; The Philosophy of Francis
Bacon, Liverpool, 1964; S. B. L. Penrose, jr., The Reputation and Influence of
Francis Bacon in the seventeenth Century, Nueva York, 1934; P. Rossi, Francesco
Bacone: dalla magia alia scienza, Barí, 1957. William Harvey (cf.supra en capítulo 2, Fisiología): M. L. von Brunn, Kreislauffunktion
in William Harvey Schriften, Londres,
1965; W. Pagel, «The Position of Harvey and van Helmont in the history of
European thought», Journal of the History of Medicine, XIII (1958); «An Harvey prelude to
Harvey», History of Science, II
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Harvey and the Circulation of the Blood, Londres
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correspondance between Sir Charles Cavendish and Dr. John Pell», Osiris, X (1952); A. Koyré, Eníretiens
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F I N
Notas:
[1] Vide Marshall Clagett, Archimedes in
the Middles Ages, I, Madison, Wisc., 1964.
[2] Vide A. C. Crombie. Robert Grosseteste and
the Origins of Experimental Science 1100-1700, Oxford, 1971, 3.a edición,
revisada, p. 55.
[3] Sobre la historia de estos términos y del
método «resolutivo-compositivo», vide Crombie, Robert
Grosseteste and the Originis of the Experimental Science 1100-1700, especialmente
las pp. 27-29, 52-90, 193-194, 297-318. Sobre el método de la dialéctica de
Platón, e. g. en laRepública, libro 6; vide L.
Brunschvicg, Les étapes de la philosophie mathématique, 3.a edic.,
París, 1947, pp. 49 y ss. Otros estudios griegos importantes del método son los
de Galeno, Techne o Ars medica, ed. C. G.
Kühn (Medicorum Graecorutn Opera), Leipzig, 1821, vol. I; y de
Pappo de Alejandría, Collectio Mathematica, VII, 1-3, trad.
inglesa de T. L. Heath, History of Greek Mathematics, Cambridge,'
1921, vol. II, pp. 400-401. Cf. también Hipócrates, Techne (El Arte), traducción
inglesa de W. H. S. Joner (Loeb Classical Library), Londres y Cambridge,
Massachusetts, 1923; y de Arquímedes, Método, trad. inglesa de
T. L. Heath, Cambridge, 1912.
[4] De hecho, las colas de los cometas son
repelidas por el Sol, aunque los ángulos diferirán de los de la luz reflejada.
Son buenos ejemplos del mismo tipo de análisis empírico los estudios de
Aristóteles sobre los cometas en los Meteoros (libro 1,
capítulo 6) y su refutación de la pangénesis en el De Generatione
Animalium (libro 1, capítulos 17, 18).
[5] El silogismo es una forma de razonamiento en
el que, de dos proposiciones dadas, las premisas, con un término medio o común,
se deduce una tercera proposición, la conclusión, en la cual se unen los
términos no comunes. Por ejemplo, de la premisa mayor «cualquier cosa a la que
intercalan un cuerpo opaco entre ella y la fuente de la luz, pierde su luz», y
la menor «la Luna tiene un cuerpo opaco interpuesto entre ella y su fuente de
luz», se sigue la conclusión «por tanto, la Luna pierde su luz», esto es, sufre
un eclipse. De este modo, un eclipse de luna es explicado como un caso de un
principio mas general.
[6] I. e., si la enfermedad provoca el exceso de una cualidad tal como el
calor, la medicina debería provocar la disminución de esa cualidad, es decir,
tener un efecto refrigerador. (Cf. vol. I, pp. 152 y ss.)
[7] El desarrollo de la teoría atomista en el
Mundo Antiguo después de la época de Platón y Aristóteles (para la Historia
hasta Platón, vide la nota en el vol. I, p. 40) fue en gran
parte obra de Epicuro (340-270 a. C.), Estratón de Lampsaco (floreció hacia 288
a. C.), Filón de Bizancio (siglo 11 a. C.) y Herón de Alejandría (siglo 1 a.
C.). La teoría de Epicuro fue expuesta por Lucrecio en su poema De
Rerum Natura. Epicuro hizo dos cambios en la teoría de Demócrito.
Sostenía, primero, que los átomos caían perpendicularmente en el espacio vacío
debido a su peso y, segundo, que las interacciones entre ellos que producía la
formación de los cuerpos tenía lugar como un resultado de «desvíos» que se
producían por azar y provocaban colisiones. Supuso un número limitado de
formas, pero un número infinito de átomos de cada forma. Los diferentes tipos
de átomos tenían peso distinto, pero todos caían a la misma velocidad. Epicuro
estableció también un principio que había sido defendido por algunos atomistas
anteriores, a saber, que todos los cuerpos de cualquier peso caerían en el
vacío a la misma velocidad. Las diferencias de velocidad de cuerpos
determinados en un medio dado, e. g., el aire, se debían a
diferencias en la proporción de la resistencia al peso. En el momento de la
colisión, los átomos se entrelazaban por medio de pequeñas ramas o antenas;
solamente los átomos del alma eran esféricos. Para hacer frente a la objeción
de Aristóteles basada en el cambio de propiedades en un compuesto, supuso que
un «cuerpo compuesto» formado por la asociación de átomos podía adquirir nuevas
potencias no poseídas por los átomos individuales. El número infinito de átomos
producía un número infinito de universos en el espacio infinito. Parece que el
tratado de Estratón Sobre el vacío fue la base de la
introducción a la Pneumática de Herón. Estratón combinó el
atomismo con concepciones aristotélicas y adoptó una perspectiva empírica sobre
la existencia del vacío, que utilizaban para explicar las diferencias de
densidad entre los diferentes cuerpos. En esto fue seguido por Filón en
su De Ingenüs Spiritualibur (que no fue muy conocido en la
Edad Media) y por Herón, que negó la existencia de un vacío extenso continuo,
pero que utilizó los vacíos intersticiales entre las partículas de los cuerpos
para explicar la compresibilidad del aire, la difusión del vino en el agua y
fenómenos similares. Estos autores llevaron también a cabo experimentos para
demostrar la imposibilidad de un vacío extenso. Aristóteles había probado que
el aire tenía cuerpo mostrando que una vasija debía ser vaciada de aire antes
de que pudiera ser llenada de agua. Filón y Herón realizaron el experimento,
también descrito por Simplicio, mostrando que en un reloj de agua, o clepsidra,
el agua no podía dejar la vasija a menos que hubiera un medio
de entrada para el aire. Filón describió también otros dos experimentos que
probaban la misma conclusión. Fijó un tubo a un globo que contenía aire y
hundió el extremo del tubo bajo el agua, y mostró que cuando se calentaba el
globo, el aire era expelido, y cuando se enfriaba, el aire se contraía y
arrastraba el agua detrás de él por el tubo. El aire y el agua permanecían en
contacto, impidiendo el vacío. También mostró que cuando se encendía una bujía
en una vasija invertida sobre el agua, el agua se elevaba a medida que el aire
se consumía. Aparte de estos y otros autores alejandrinos, como el médico
Erasístrato y miembros de la secta metódica, el atomismo no fue considerado
favorablemente en la Antigüedad. Encontró la oposición de los estoicos, aunque
éstos creyeron en la imposibilidad del vacío dentro del universo y en un vacío
infinito más allá de sus límites; y encontró también la oposición de un cierto
número de autores como Cicerón, Séneca, Galeno y San Agustín. Pero el atomismo
fue estudiado brevemente por Isidoro de Sevilla, Beda, Guillermo de Conches y
por varios autores árabes y judíos, como Rhazes (muerto hada 924) y Miaimónides
(1135-1204).
[8] De hecho, tanto el magnetismo como la
gravedad dan a los cuerpos una aceleración inversamente proporcional al
cuadrado de la distancia.
[9]Vide E. A.
Moody, «Galileo and Avempace», Journal of the History of Ideas, 1951,
vol. XII.
[10] Traducido del texto latino publicado por
Anneliese Maier, Zwei Grundprobleme der Scholastischen Naturphilosophie, Roma,
1951, pp. 157-158.
[11] Según el principio de inercia, un cuerpo
permanecerá en un estado de reposo o de movimiento con velocidad uniforme en
línea recta, a menos que sea afectado por una fuerza. Este concepto fue la base
de la mecánica de Newton. Para Newton, el movimiento rectilíneo uniforme era
una condición o estado del cuerpo equivalente al reposo y no se requería
ninguna fuerza para mantener ese estado. El principio de inercia era, pues,
directamente contrario al principio de Aristóteles, según el cual el movimiento
no era un estado, sino un proceso, y un cuerpo en movimiento dejaría de
moverse, a menos que una fuerza actuara continuamente sobre él.
[12] La materia prima de Buridán
tenía, como la del Timeo, extensión con dimensiones. La
cantidad de materia era, pues, proporcional al volumen y densidad. Duhem (Études
sur Léonard de Vinci, 3.a serie, 1913, pp. 46-49)
sugiere que alcanzó la noción de densidad por medio de la de peso específico al
que era proporcional. El pseudoarquímedes griego Liber Archimedis de
Ponderibus definía el peso específico y mostraba cómo comparar los
pesos específicos de diferente» cuerpos por medio de la balanza hidrostática o
aerómetro. Esta obra fue conocida en los siglos XIII y XIV.
[13] Traducido del latín publicado por Anneliese
Maier, Zwei Grundproblerne der Scholastischen Naturphilosophie, Roma,
1951, pp. 211-212; los pasajes de arriba están traducidos de las pp. 213-214,
223.
[14] Descartes, al contrario, en la Dioptrique, explicaba
la reflexión y la refracción de la luz por analogía con el mecanismo de una
pelota de tenis. Cf. infra, pp. 113, 226.
[15] Oresme, como más tarde Copérnico, escribió
también un tratado muy inteligente sobre la moneda: vide De
Moneta of Nicholas Oresme and English Mint Documents, trad. C. Johnson, Londres
y Edimburgo, 1956.
[16] Esto podría parecer incompatible con la
división en tres de la trayectoria de un proyectil; vide supra, pp.
73-74.
[17] Vulgata, salmo 92, «Cimentó el orbe: no se
conmoverá.» (Versión autorizada, salmo 93.)
[18] « Uno modo agit, quicquid ocurrat,
sive sit sensus, sive sit aliud, sive animatum, sive inanimatum. Sed propter
diversitatem patientis diversificantur effectus. » (Ed. L. Baur,
Beitrage zur Gerchichie der Pbilosophie des Mittelalters, 1912, vol. IX, p.
60.)
[19] Debo al doctor J. A. Weisheipl la siguiente
nota que distingue a este Ricardo Swineshead de dos contemporáneos, John y
Roger, que también llevan el topónimo de Swineshead. Pudiera ser que John,
miembro también del Merton College (hacia 1343-1355), se convirtiera en
abogado, pero no se conocen obras suyas. Roger escribió el tratado De Motibus
Naturalibus, «datus Oxonie ad utilitatem studencium» (Erfurt MS Amplon, F. 135,
f. 47), y probablemente el conocido manual de Lógica De Insolubilibus et Obligationibus
antes de 1340; no se conoce nada sobre él, pero pudiera ser que se convirtiera
en monje benedictino de Glastonbury y maestro en Sagrada Teología, el subidis
Swynshed, proles Glastoniae del poema de Ricardo Tryvytlam en Collectanea (vol.
3, ed. M. Burrows). La fecha de su muerte se da como la de 1365 en el MS
Arundel 12, f. 80, del British Museum.
[20] MS Peterhouse 272, Cambridge; MS Merton 306,
Oxford; ambos del siglo XIV.
[21] La prueba se da en el De Probationibus
Condusionum (Veneda, 1494), atribuido a Heytesbury, pero la autenticidad de
esta obra no está a salvo de objeciones. La prueba de Swineshead aparece en el
Liber Calculationum, y la de Dumbleton, en la Summa; ambas fueron escritas con
certeza después de las Regulae de Heytesbury.
[22] Traducido del latín publicado por H.
Wieleitner, Bibliotheca Matbe- matica, 3.a serie, 1914, vol.
XIV, pp. 230-231.
[23] Algunos autores han supuesto que Alberto de
Sajonia propuso la ley correcta de la caída como una alternativa posible, pero
su lenguaje técnico no permite esa interpretación. Vide M. Qagett, Iris, 1953,
vol. XLIV, p. 401.
[24] Otro de los aspectos de la caída de los
cuerpos, el que la aceleración es la misma para todos los cuerpos de cualquier
sustancia, fue captada enteramente por primera vez por Galileo.
[25] Cusa, The Idiot in Four Books,
Londres, 1650.
[26] El principio de Arquímedes afirma que cuando
un cuerpo flota, su peso es igual al peso del líquido desplazado, y cuando se
hunde, su peso disminuye en esa proporción.
[27] Francis Bacon llamó a esto el método de los
«Grados de Comparación»; cf. infra, p. 258.
[28] Galileo parece haber pensado que la Ciencia
avanzaba por una serie de alternativas, cada una de las cuales era decidida por
un experimento crucial.
[29] En el siglo XIV se estableció el principio,
que surgía del problema de la condensación y rarefacción tal como lo estudió
Aristóteles, de que la quantitas materiae de un cuerpo
permanecía constante en todos los cambios. El término de quantitas
materiae fue utilizado por Gil de Roma. Siguiendo la obra de Roger
Swineshead (que también la llamó massa elementaris), Heytesbury y
Dumbleton, Ricardo Swineshead desarrolló un concepto claro de la mensurabilidad
matemática de la quantitas materiae por la razón de la densidad
y el volumen. Con Buridán se convirtió en un concepto dinámico (vide
supra, p. 69, nota 12). Pero el peso (pondus) permaneció
siendo para los escolásticos una propiedad únicamente de los cuerpos «pesados»,
y de ese modo no fueron nunca capaces de concebir el peso como proporcional a
la masa, como hizo Newton. Debo de nuevo al doctor Weisheipl parte de esta información:
cf. supra, p. 86, nota 19.
[30] «Con el fin de probar por la demostración
todo lo que deduciré, no acepto en Física ningún principio que no sea aceptado
también en matemáticas; estos principios son suficientes porque todos los
fenómenos de la naturaleza pueden ser explicados por medio de ellos.» Principia
Philosophiae, 2, 64. Cuando se utilizaba la Matemática para explicar los
fenómenos físicos, la exigencia necesaria era que «todas las cosas que se
deduzcan concuerden perfectamente con la experiencia». Princ. Philos., 3, 46.
La posición de Descartes en la tradición platónico-agustiniana era, pues,
semejante a la de Grosetesta o Roger Bacon.
[31] En la cruz céltica medieval se observa un
simbolismo análogo, dispuesto diferentemente.
[32] Vide C. G. Jung y W. Pauli, The
Interpretation of Nature and the Psyche, Londres, 1955.
[33] La carta de Galileo fue escrita en 1612 y
publicada en 1613. Fue Kepler quien introdujo el término inertia en la Física,
pero lo utilizó para significar una resistencia intrínseca al movimiento y una
inclinación al reposo en el movimiento.
[34] Cf. Gerald Holton, «Johanes Kepler’s
universe: its physics and mathematics», American Journal of Physics, 1956, vol.
XXIV, pp. 340-351; A. Koyré, «L’oeuvre astronomique de Kepler», XVII eme Siécle,
1956, núm. 30.
[35] La órbita fue verificada experimentalmente
con el lanzamiento del Sputnik el 4 de octubre de 1957.
[36] Y viceversa; vide infra, p.
188, nota 39.
[37] Cf. Francis Bacon, Advancement of Learning
(1605): «Sin embargo, para quienes buscan la verdad, y no la magistralidad, no
puede parecer sino una cuestión de gran provecho el ver ante ellos las
diferentes opiniones respecto de los fundamentos de la naturaleza; no por una
verdad exacta que pudiera ser esperada de estas teorías; porque así como los
mismos fenómenos de la Astronomía son satisfechos por la Astronomía recibida
del movimiento diario, y los movimientos propios de los planetas, con sus excéntricas
y epiciclos, y de la misma forma por la teoría de Copérnico, que supuso que la
Tierra se movía (y los cálculos concuerdan indiferentemente con ambas), así de
la misma manera la faz ordinaria y la vista de la experiencia es confirmada
muchas veces por teorías y filosofías, mientras que para encontrar la verdad
real se requiere otro modo de rigor y de atención.» Añadía; «Di otro tanto de
la opinión de Copérnico respecto de la rotación de la Tierra, la cual la misma
Astronomía no puede corregir, porque no repugna a ningún fenómeno; sin embargo,
la filosofía de la naturaleza puede corregirla.»
[38] Parece que Bruno no fue acusado de su defensa
del sistema copernicano. Según Lynn Thorndike, History of Magic and
Experimental Science, vol. VI, p. 247; «Excepto que el 24 de marzo de 1597 fue
conminado para que abandonase esas opiniones suyas tan extrañas como la
pluralidad e infinidad de mundos, lo que contó más contra él fue su apostasía
de su orden, su larga asociación con heréticos y su actitud cuestionable
respecto de la Encarnación y la Trinidad.»
[39] Muchos científicos, incluidos Descartes y
Newton, han compartido el ideal de intentar hacer.una
ciencia natural lo más próxima posible a las matemáticas en este
aspecto; cf. infra, pp. 270, 179.
[40] Cf. la carta de Leibniz al Abbé Conti,
noviembre o diciembre de 1715, refiriéndose a la teología natural de Newton,
sobre la cual se había puesto a discutir con Samuel Clarke: «Y porqué no
conocemos todavía perfectamente y en detalle cómo es producida la gravedad o la
fuerza elástica o la fuerza magnética, esto no nos da ningún derecho para hacer
de ellas cualidades ocultas escolásticas; pero nos da todavía menos derecho
para poner límites a la sabiduría y poder de Dios y a atribuirle un sensorium y
tales cosas.» (Recudí de diverses piéces sur la Philosophie, la Religión
Naturelle, L'Histoire, les Mathématiques, etc. par Mrs. LeibnitzClarke, Newton
& autres auteurs célebres, ed. Des Maiseaux, Amsterdam, 1720, II, 9.) «La
credulidad es dañosa de la misma -forma que la incredulidad; la tarea de un
hombre prudente es, por tanto, ensayar todas las cosas, sostener fuertemente lo
que es aprobado, no limitar nunca el poder de Dios, no asignar límites a la
naturaleza.» (Boerhaave, A New Method of Chemistry, Londres, 1741.)
[41] Cf. Karl R. Popper, «Three views on human
knowledge», in Contemporary British Philosophy: Personal Statements, 3ª serie,
Londres, 1956.
[42] La interpretación aceptada en el siglo XIV
era que Galeno había defendido que la sangre pasaba del lado derecho del
corazón al izquierdo, a través de esos poros. Esta era también la opinión de
Avicena (cf. Canon medicinae, 3, 11, 1, 1, Venecia, I, 669-670), aunque las
propias obras de Galeno parecen dejar abierta la posibilidad de que parte de
sangre pasara a través de los pulmones. (Vide vol. I, pp. 152-153.) El mismo
Harvey puede haber interpretado a Galeno en este último sentido, aunque sus observaciones
son equívocas: «Desde Galeno, ese gran príncipe de los médicos, parece claro
que la sangre pasa por los pulmones desde la vena arterial [arteria pulmonar] a
las diminutas ramas de la arteria venosa [vena pulmonar], impelida a esto a la
vez por el latir del corazón y por los movimientos de los pulmones y el tórax.»
(De Motu Cordis, capítulo 7.) Al menos, Harvey pagó a Galeno el tributo de
haber aportado evidencia clara de la circulación pulmonar por medio de su
descripción de las válvulas cardíacas y de la anastomosis de las arterias y
venas en los pulmones; pero ridiculizó la opinión de que tina corriente de
«residuos fuliginosos» pudiera refluir por las válvulas nútrales del ventrículo
izquierdo a los pulmones.
[43] Una traducción latina hecha por Andrea Alpago
del gran comentario de Ibn al-Nafis al Canon de Avicena fue publicada en
Venecia en 1547, pero curiosamente omitía la sección de la circulación
pulmonar.
[44] Después que el francés Jean Tarde visitóla
Galileo en 1614, decía: «Galileo me dijo que el tubo de un telescopio par^
observar las estrellas no tiene más de dos pies de largo; pero para ver bien
los objetos que están próximos, y que por razón de su pequeño tamaño son
difícilmente visibles a simple vista, el tubo debe ser dos o tres veces más
largo. Me dijo que con este largo tubo había visto moscas que parecían tan
grandes como ovejas, están todas cubiertas de pelo y tienen uñas muy
puntiagudas, por medio de las cuales se mantienen derechas y andan por el
vidrio, aunque estén cabeza abajo.» Galileo, Opere, ed. Naz., vol. 19, p. 589.
[45] J. P- Richter, The Literary Works of Leonardo da Vinci, 2ª edición,
Oxford, 1939, vol. II, p. 175.
[46] Richter, vol. II, pp. 146-147.
[47] Cf. M. Boas, «The stablishment of the
mechanical philosophy », Osiris, 1952, vol. X.
[48] Boyle Papers, vol. XXXVII. Miscelánea en la
Biblioteca de la Royal Society de Londres. Hay varias versiones con variaciones
menores; vide M. Boas, «La méthode scientifique de Robert Boyle», Revue
d'Histoire des Sciences, 1956, vol. IX; R. S. Westfall, «Unpublished
Boyle papers relating to scientific method», Annals of Science, 1956,
vol. XII.
[49] Esto es, hipótesis en el sentido de ficciones
explícitas.
[50] Este pasaje ocupa una posición sugestiva en
el desarrollo paralelo de las concepciones de la naturaleza y del pensamiento.
Por b menos desde Francis Bacon, los filósofos y los científicos han estado
reduciendo la naturaleza a materia en movimiento y, un poco más tarde, el
pensamiento a la asociación de impresiones e ideas. El comportamiento tanto de
los cuerpos como de las mentes estaba determinado por los eventos externos. Las
otras precríticas y críticas de Kant indican unas y otras una preocupación por el
problema del organismo-mecanismo. En la «Crítica del juicio teleológico* (parte
2 de la Crítica del juicio, 1790), una brillante contribución
a la filosofía de la Biología, destacó el punto de la imposibilidad en
principio de explicar los hechos de la unidad orgánica en términos
mecanicistas, incluso aunque todas las partes de la unidad pudieran ser analizadas
mecanicistamente. Concluía así que un organismo vivo no era un mero agregado de
constitutivos mecánicos sin relación, sino un sistema de partes relacionadas
funcionalmente unidas unas a otras por un principio de unidad. Análogamente, en
la Crítica de la razón pura daba a la mente un principio por
el que ella determinaba las conexiones de las impresiones e ideas según su
propio plan. En ambos casos, el acento se colocaba en el papel activamente
controlador del principio intrínseco, y en esto Kant reintroducía algo parecido
a la materia y forma de Aristóteles, en oposición a la filosofía mecanicista
del siglo XVII.
[51] Véanse sus signos en las págs. IBS 157.

