Libro N° 7049. ¿Tan Solo Una Ilusión? Prigogine, Iliya.
© Libro N° 7049.
¿Tan Solo Una Ilusión?
Prigogine, Iliya. Emancipación. Febrero 29 de 2020.
Título
original: © ¿Tan
Solo Una Ilusión? Iliya Prigogine
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
¿TAN SOLO UNA ILUSIÓN?
Iliya Prigogine
CONTENIDO
Presentación
Parte I
1. Tan sólo una ilusión
2. Anexo: La naturaleza de la realidad (Versión
autorizada)
3. La lectura de lo complejo
4. Naturaleza y creatividad
5. Neptunianos y vulcanianos
6. Tiempo, vida y entropía
7. Einstein: triunfos y conflictos
8. El orden a partir del caos
Parte II
9. Exploración del tiempo
10. La evolución de la complejidad y las leyes de
la naturaleza
11. La termodinámica de la vida
¿Tan Solo Una Ilusión?
Iliya Prigogine
Presentación
Muchas personas deploran la imparable
especialización de la ciencia. John Ziman, por ejemplo, advierte el inquietante
éxito de la consigna: saber cada vez más, aunque de menos cosas. Una cierta
(mucha) filosofía moderna se escora curiosamente en sentido inverso; tiende a
convertirse en una especie de periodismo de lujo que simpatiza con el lema:
saber cada vez menos pero de más cosas. Ambas tendencias tienen un límite
patético: saber todo de nada —o sea nada— en el caso de la ciencia, o bien
saber nada de todo —o sea igualmente nada— en el caso de la filosofía. Un
vistazo al sumario del texto que presentamos es suficiente para percibir cómo
el autor, Ilya Prigogine (Premio Nobel de Química 1977 por sus trabajos en
física con sugerentes consecuencias en otros dominios del pensamiento), tiende
una mano desde la ciencia para comprender la vida y la cultura. Digamos que
ofrece alimento físico a la filosofía o bien, en nuestra particular jerga, que
se mueve en un territorio genuinamente metatémico.
No se trata de usar la presentación para adelantar, elogiar o resumir el texto
que sigue, pero sí convienen dos comentarios en cuanto a forma y contenido. En
primer lugar, y dado el carácter de esta selección de ensayos (conferencias y
artículos), el texto presenta algunas fugaces insistencias o la repetición de
cierta glosa, ejemplo o anécdota. Bien, esto es más bueno que malo. Es
consecuencia de la espontaneidad del material, es el equivalente de las toses y
de los rumores en una grabación en directo. Son ocasionales redundancias (toda
redundancia protege alguna información) que no hubiera sido lícito eliminar y
que ayudan a subrayar ciertos conceptos e ideas.
El segundo comentario se refiere a la presentación del contenido. Es bien
sabido que diagramas y fórmulas matemáticas no son sino las muletas del
científico y suponen, entre otras cosas, una ayuda para mejorar o para hacer
posible la expresión de una idea. Pero también es cierto que fórmulas y
diagramas son el terror del no científico que, con sólo verlas, se hace la
reflexión de «esto no es para mí». Las muletas no suelen ser armas ofensivas,
pero, mientras esto no se aclare, digamos que este libro tiene dos partes. La
primera parte no recurre a las matemáticas por lo que puede ser leída
confiadamente por todo el mundo. Y, para aquél que esté más próximo a la
ciencia, para el científico o para el esforzado y voluntarioso lector, existe
también una parte segunda en la que los nuevos conceptos e ideas se presentan,
desarrollan y discuten según el rigor científico. Destaquemos el capítulo
noveno que contiene una buena perspectiva general de los fundamentos físicos
utilizados en la primera parte.
Jorge Wagensberg.
PARTE I
§ 1. Tan sólo una ilusión[1]
1.
Empezaré con una anécdota del joven Werner
Heisenberg,2 en cierta ocasión,
cuando paseaba con Niels Bohr durante una visita al castillo de Kronberg.[3] Heisenberg
pone en boca de Bohr la siguiente reflexión:
« ¿No es extraño cómo cambia este castillo al
rememorar que Hamlet vivió en él? Como científicos, creemos que un castillo es
una simple construcción de piedra y admiramos al arquitecto que lo proyectó.
Las piedras, el tejado verde con su pátina, las tallas de la capilla, es lo que
forma el castillo. Nada debería cambiar por el hecho de que Hamlet viviera en
él y, sin embargo, cambia totalmente. De pronto, muros y almenas hablan otro
lenguaje… Y, en definitiva, de Hamlet sólo sabemos que su nombre figura en una
crónica del siglo XIII … pero nadie ignora los interrogantes que Shakespeare le
atribuye, los arcanos de la naturaleza humana que con él nos abre, y para ello
tenía que situarle en un lugar al sol, aquí en Kronberg».
Esta historia plantea sin más una cuestión tan
vieja como la humanidad: el significado de la realidad.
Cuestión indisociable de otra: el significado del tiempo. Para nosotros, tiempo
y existencia humana y, en consecuencia, la realidad, son conceptos
indisociables. Pero ¿lo son necesariamente? Citaré la correspondencia entre
Einstein y su viejo amigo Besso.[4] En sus
últimos años, Besso insiste constantemente en la cuestión del tiempo. ¿Qué es
el tiempo, qué es la irreversibilidad? Einstein, paciente, no se cansa de
contestarle, la irreversibilidad es una ilusión, una impresión subjetiva,
producto de condiciones iniciales excepcionales.
La correspondencia quedaría interrumpida por la muerte de Besso, unos meses
antes que Einstein. Al producirse el óbito, Einstein escribió en una emotiva
carta a la hermana y al hijo de Besso:
«Michele se me ha adelantado en dejar este extraño
mundo. Es algo sin importancia. Para nosotros, físicos convencidos, la
distinción entre pasado, presente y futuro es sólo una ilusión, por persistente
que ésta sea».
«Sólo una ilusión»… Debo confesar que la frase me
impresionó enormemente. Creo que expresa de un modo excepcionalmente notable el
poder simbólico de la mente.
En realidad, Einstein, en la carta, no hacía más que reiterar lo que Giordano
Bruno escribiera en el siglo XIV y que, durante siglos, sería el credo de la
ciencia:[5]
«El universo es, por lo tanto, uno, infinito e
inmóvil. Uno, digo; es la posibilidad absoluta, uno el acto, una la forma del
alma, una la materia o el cuerpo, una la cosa, uno el ser, uno lo máximo y lo
óptimo, lo que no admite comprensión y, aún, eterno e interminable, y por eso
mismo infinito e inacabable y, consecuentemente, inmóvil. No tiene movimiento
local, porque nada hay fuera de él que pueda ser trasladado, entendiéndose que
es el todo. No tiene generación propia, ya que no hay otra cosa que pueda desear
o buscar, entendiéndose que posee todos los seres. No es corruptible, ya que no
hay otra cosa en la que pueda tornarse, entendiéndose que él es toda cosa. No
puede disminuir ni aumentar, entendiéndose que es infinito, y, por
consiguiente, aquello a lo que nada puede añadirse y nada sustraerse, ya que el
universo no tiene partes proporcionales. No es alterable en ninguna otra
disposición, porque no tiene nada externo por lo que pueda sufrir y a través de
lo cual pueda ser afectado».
Durante mucho tiempo la concepción de Bruno
dominaría el pensamiento científico de Occidente, del que se derivaría «el
concepto mecanicista del mundo» con sus dos elementos básicos:[6]
a. sustancias inmutables, átomos, moléculas o
partículas elementales;
b. locomoción.
Naturalmente, con la teoría cuántica se produjeron
muchos cambios, y volveremos a ello, pero, aun así, perviven hoy día no pocos
rasgos básicos de semejante concepción. Entonces, ¿cómo entender esa naturaleza
sin tiempo que excluye al hombre de la realidad que describe? Como ha puesto de
relieve Carl Rubino, La Ilíada de Homero gira en torno al
problema del tiempo. Aquiles parte en busca de algo permanente e
inmutable, «pero la enseñanza de La Ilíada, amarga lección que
el héroe Aquiles aprende demasiado tarde, es que sólo se logra tal perfección a
costa de la humanidad del individuo: éste tiene que perder la vida para acceder
a ese plano de gloria. Para los seres humanos, hombres y mujeres, para
nosotros, ser inmutables, estar exentos de cambio, tener seguridad total y
permanecer inmunes a los veleidosos altibajos de la vida, sólo es factible al
dejar este mundo, al morir, o al convertirnos en dioses. Horacio nos dice que
los dioses son los únicos seres que llevan una vida sin riesgos, exenta de
angustia y cambio».[7]
La Odisea representa el contrapunto dialéctico de La Ilíada.[8] Odiseo
puede elegir, y su fortuna es poder optar entre la eterna juventud y la
inmortalidad, siendo para siempre amante de Calipso, o el regreso a la
humanidad y, en definitiva, a la vejez y la muerte. Sin embargo, elige el
tiempo por la eternidad, el destino humano por el destino de los dioses.
Sigamos con la literatura, pero más próximos a nuestra época. Paul Valéry, en
su Cimetière marin, describe la lucha del hombre que se enfrenta al
tiempo duración que, ilimitado, se extiende ante nosotros. En sus Cahiers[9] —esa
serie de volúmenes de notas que el poeta solía redactar al amanecer—, vuelve
una y otra vez sobre el problema del tiempo: Tiempo, ciencia por construir. Hay
en Valéry un profundo sentimiento por lo inesperado; ¿por qué las cosas suceden
así? Está claro que no podían satisfacer a Valéry simples explicaciones como
los esquemas que implican un determinismo universal en el que se da por
supuesto que en cierto modo todo está dado . Escribe Valéry:[10]«Le
déterminisme —subtil anthropomorphisme— dit que tout se passe comme dans une
machine telle qu’elle est comprise par moi. Mais toute loi mécanique est au
fond irrationnelle, expérimentale. (…) Le sens du mot déterminisme est du même
degré de vague que celui du mot liberté.
»(…) Le déterminisme rigoureux est profondément
déiste. Car il faudrait un dieu pour apercevoir cet enchaînement infini
complet. Il faut imaginer un dieu, un front de dieu pour imaginer cette
logique. C’est un point de vue divin. De sorte que le dieu retranché de la
création et de l’invention de l’univers est restitué pour la compréhension de
cet univers. Qu’on le veuille ou non, un dieu est posé nécessairement dans la
pensée du déterminisme et c’est une rigoureuse ironie».[11]
La observación de Valéry es importante, y volveré a
ella. El determinismo sólo es concebible para un observador situado fuera del
mundo, cuando lo que nosotros describimos es el mundo desde dentro.
Esta preocupación de Valéry por el tiempo no es un fenómeno aislado a comienzos
de nuestro siglo. Podemos citar, sin orden ni concierto, a Proust, Bergson,[12] Teilhard,
Freud, Pierce o Whitehead.[13]
Como hemos dicho, el veredicto de la ciencia parecía inapelable. A pesar de
ello, una y otra vez se formulaba la pregunta ¿cómo esto es así? ¿Debemos
realmente elegir dramáticamente entre la realidad atemporal que conduce a la
alienación humana y la afirmación del tiempo que parece desafiar la
racionalidad científica?
Casi toda la filosofía europea desde Kant a Whitehead se nos muestra como un
intento de superar de una u otra forma el imperativo de esta elección.[14] No
podemos entrar en detalles, pero resulta evidente que la distinción kantiana
entre el mundo del numen y el mundo del fenómeno fue un paso en este sentido,
del mismo modo que el concepto de Whitehead sobre filosofía del proceso.
Ninguno de estos intentos ha alcanzado un éxito definitivo. Como consecuencia,
hemos asistido a una decadencia progresiva de la «filosofía de la naturaleza».
Estoy totalmente de acuerdo con Leclerc cuando dice:
«En el siglo actual, sufrimos las consecuencias del
divorcio entre ciencia y filosofía que siguió al triunfo de la física
newtoniana en el siglo XVIII. Y no es sólo el diálogo entre ciencia y filosofía
el que se ha resentido».
Ésta es una de las raíces de la dicotomía en «dos
culturas». Existe una oposición irreductible entre la razón clásica, que es una
visión atemporal, y nuestra existencia, con la consiguiente interpretación del
tiempo a modo del torbellino descrito por Nabokov en Mira los
arlequines .[15] Pero
algo realmente espectacular está sucediendo en la ciencia, algo tan inesperado
como el nacimiento de la geometría y la grandiosa visión del cosmos, expresada
en la obra de Newton. Poco a poco, somos cada vez más conscientes del hecho de
que, a todos los niveles, desde las partículas elementales hasta la cosmología,
la ciencia redescubre el tiempo.
Aún estamos inmersos en el proceso de re conceptualización de la física y
todavía no sabemos adónde nos llevará. Pero sin duda se abre con él un nuevo
capítulo del diálogo entre el hombre y la naturaleza. En esta perspectiva, el
problema de la relación entre ciencia y valores humanos, el tema central de
este ciclo de Conferencias Tanner, puede contemplarse desde una nueva óptica.
Un diálogo entre ciencias naturales y ciencias humanas, incluidas arte y
literatura, puede adoptar una orientación innovadora y quizá convertirse en
algo tan fructífero como lo fuera durante el período griego clásico o durante
el siglo XVII con Newton y Leibniz.
2.
Para entender los cambios que se avecinan en
nuestra época, puede servirnos efectuar un balance previo de la herencia
científica del siglo XIX . Considero que este legado contenía dos
contradicciones básicas o, cuando menos, dos cuestiones
básicas que quedaron sin respuesta.
Como es sabido, el siglo XIX fue fundamentalmente el siglo del evolucionismo.
Baste con citar los trabajos de Darwin en biología, de Hegel en filosofía o la
formulación en física de la famosa ley de la entropía.
Empecemos por Darwin, de cuya muerte se cumple este año el centenario. Aparte
de la importancia de El origen de las especies, publicado en 1859,
en el ámbito estricto de la evolución biológica, existe un elemento general
implícito en el enfoque darwiniano que quiero poner de relieve.[16] En su
concepción se combinan dos elementos: por un lado, la asunción espontánea
de fluctuaciones en las especies biológicas, las que
posteriormente, merced a la selección del medio, conducen a la evolución
biológica irreversible . Por lo tanto, su modelo combina dos
elementos que mencionaremos con frecuencia: la idea de fluctuaciones o
azar, de procesos estocásticos y la idea de evolución, de irreversibilidad .
Pongamos de relieve que, a nivel biológico, de esta asociación resulta una
evolución que corresponde a una complejidad creciente y a la autoorganización.
Es totalmente lo contrario al significado que generalmente se atribuye a la ley
de aumento de entropía, tal como la formuló Clausius en 1865. El
elemento básico en dicha ley es la distinción entre procesos reversibles e
irreversibles. Los procesos reversibles ignoran una dirección privilegiada del
tiempo. Piénsese en un muelle que oscila en un medio libre de fricción o en el
movimiento planetario. Por el contrario, los procesos irreversibles implican
una flecha temporal. Si juntamos dos líquidos, tienden a mezclarse, pero esta
mezcla no se observa como un proceso espontáneo. Toda la química se basa en
procesos irreversibles. Esta distinción se halla contenida en la formulación de
la segunda ley, que postula la existencia de una función, la entropía
(entropía, en griego, significa evolución), que, en un sistema aislado, sólo
puede aumentar debido a la presencia de procesos irreversibles, mientras que se
mantiene constante durante los procesos reversibles. Por lo tanto, en un
sistema aislado, la entropía alcanza al final un valor máximo cuando el sistema
llega al equilibrio y cesa el proceso irreversible.
El trabajo de una vida de uno de los más grandes físicos teóricos de todos los
tiempos, Ludwig Boltzmann,[17] fue
hacer la primera interpretación microscópica de este aumento de entropía.
Estudió la teoría cinética de los gases, convencido de que el mecanismo de
cambio, de «evolución», se describiría en términos de colisión molecular. Su
principal conclusión fue que la entropía S está estrechamente relacionada con
la probabilidad P. Todos han oído hablar de la célebre fórmula:
S = k ln P
grabada en la lápida de Boltzmann tras su trágico
suicidio en 1906. En ella, k es una constante universal a la
que Planck[18] asoció
el nombre de Boltzmann. De igual modo que en el caso de Darwin, evolución y
probabilidad, azar, están estrechamente relacionados. Sin embargo, el resultado
de Boltzmann es distinto al de Darwin, e incluso contradictorio. La
probabilidad alcanza el máximo cuando se llega a la uniformidad .
Piénsese en un sistema constituido por dos recipientes que se comunican por un
pequeño orificio. Es evidente que el equilibrio se alcanza cuando en cada
compartimento hay igual número de partículas. Por lo tanto, la aproximación al
equilibrio corresponde a la destrucción de condiciones iniciales prevalentes,
al olvido de las estructuras primitivas; contrariamente al enfoque de Darwin,
para quien evolución significa creación de nuevas estructuras.
Por lo tanto, con esto, volvemos a la primera cuestión, a la primera
contradicción heredada del siglo XIX: ¿cómo pueden tener razón a la vez,
Boltzmann y Darwin? ¿Cómo podemos describir a la vez la destrucción de
estructuras y los procesos que implican autoorganización? Sin embargo, como he
señalado antes, ambos procesos contienen elementos comunes: la idea de
probabilidad (expresada en la teoría de Boltzmann en términos de colisiones
entre partículas) y de irreversibilidad que se desprende de esta descripción
probabilística. Antes de explicar cómo tanto Boltzmann como Darwin tienen
razón, veamos en qué consiste la segunda contradicción.
3.
Entramos ahora en una problemática mucho más
arraigada que la oposición entre Boltzmann y Darwin. El prototipo de la física
clásica es la mecánica clásica, el estudio del movimiento, la descripción
de trayectorias que trasladan un punto de la posición A a la posición
B. Una de las propiedades básicas de la descriptiva dinámica es su carácter
reversible y determinista. Dadas unas condiciones iniciales
apropiadas, podemos predecir con exactitud la trayectoria. Además, la dirección
del tiempo no desempeña papel alguno.[19] Predicción
y retro predicción son idénticas. Por lo tanto, en el nivel dinámico
fundamental no parece existir lugar para el azar m la irreversibilidad. Hasta
cierto punto, la situación es la misma en física cuántica. En ella ya no se
habla de trayectorias, sino de funciones de onda. También aquí la función de
onda evoluciona con arreglo a leyes reversibles deterministas.
Como consecuencia, el universo aparece como un vasto autómata. Ya hemos
mencionado que, para Einstein, el tiempo, en el sentido de tiempo direccional,
de irreversibilidad, era una ilusión. En términos bastante generales, la
actitud clásica en relación con el tiempo era una especie de desconfianza, como
puede comprobarse en numerosos libros y publicaciones. Por ejemplo, en su
monografía, The ambidextrous Universe, Martin Gardner[20] dice
que la segunda ley únicamente hace improbables ciertos
procesos, pero no imposibles. En otras palabras, la ley de aumento de entropía
sólo se referiría a una dificultad práctica sin fundamento
profundo. De igual modo, en su famoso libro El azar y la necesidad,
Jacques Monod[21] expone
la tesis de que la vida es un simple accidente en la historia
de la naturaleza. Es decir, sería un tipo de fluctuación que, por algún motivo
no muy claro, es capaz de mantenerse.
Es cierto que, independientemente de nuestra apreciación final de estos
complejos problemas, el universo en que vivimos posee un carácter plural y
complejo. Desaparecen estructuras, como en los procesos de difusión, pero
aparecen otras estructuras, como en biología y, con mayor claridad aún, en los
fenómenos sociales. Por lo que sabemos, algunos fenómenos están adecuadamente
descritos por ecuaciones deterministas, como sucede con los movimientos
planetarios, pero otros, como la evolución biológica, implican procesos
estocásticos. Incluso un científico convencido de la validez de las
descripciones deterministas dudaría seguramente en inferir que, desde el
momento primigenio de la Gran Explosión cósmica, esta conferencia estaba ya
escrita en las leyes de la naturaleza.
¿Cómo superar, entonces, la aparente contradicción entre estos conceptos?
Vivimos en un universo único . Como veremos, comenzamos a
apreciar el significado de estos problemas; se empieza a ver que la
irreversibilidad, la vida, están inscritas en las leyes básicas, incluso a
nivel microscópico. Además, la importancia que atribuimos a los diversos fenómenos
que observamos y describimos es bastante distinta, yo diría incluso que
opuesta, a lo que sugiere la física clásica. En ella, como dije, los procesos
básicos se consideraban deterministas y reversibles .
Los procesos que implican azar o irreversibilidad eran considerados
excepciones, meros artefactos. Hoy, vemos por doquier el papel de los
procesos irreversibles, de las fluctuaciones . Los modelos
considerados por la física clásica nos parecen corresponder únicamente a
situaciones límite que nosotros podemos crear artificialmente, como es el
ejemplo de introducir materia en un recipiente y esperar que alcance el
equilibrio.
Lo artificial es determinista y reversible. Lo natural contiene
elementos esenciales de azar e irreversibilidad. Esto llama a una nueva visión
de la materia en la que ésta ya no sea pasiva como la descrita en el mundo del
concepto mecánico, sino asociada a actividad espontánea. Este cambio es tan
profundo que creo que podemos hablar con justicia de un nuevo diálogo
del hombre con la naturaleza .
4.
Desde luego que, para recorrer el camino que separa
la descripción clásica de la naturaleza hasta la nueva que empieza a esbozarse,
han sido necesarios numerosos hallazgos sorprendentes tanto teóricos como
experimentales. Podemos decir que buscábamos esquemas globales, simetrías,
leyes generales inmutables y hemos descubierto lo mutable, lo temporal, lo
complejo. Los ejemplos son abundantes. Como sabemos, la teoría cuántica postula
una notable simetría, la existente entre materia y antimateria,
pero nuestro mundo carece de esta simetría. Predomina sobradamente la materia
sobre la antimateria, y es una feliz circunstancia, porque, si no, la
aniquilación entre materia y antimateria significaría el fin de todas las
partículas con masa. El descubrimiento de un gran número de partículas inestables es
otro ejemplo; puede que incluso todas las partículas sean inestables. De
cualquier modo, la idea de un sustrato inmutable, permanente, de la materia ha
sufrido un duro golpe.
Es de esperar (en oposición a las tesis de Giordano Bruno) que el concepto de
evolución sea aplicable al mundo globalmente; en realidad, los descubrimientos
en astrofísica, particularmente la famosa radiación residual del cuerpo negro,
disipan notablemente la duda en la afirmación de que el mundo ha experimentado
globalmente una notable evolución.
¿Cómo puede, entonces, hablarse de leyes inmutables, eternas? Por supuesto que
no podemos hablar de leyes bióticas para un momento en que no existía la vida.
El propio concepto de ley que surge en la época de Descartes y Newton, época de
monarquías absolutistas, debe ser revisado.
De especial importancia en el contexto de esta conferencia son los experimentos
relativos a la física macroscópica, la química, es decir, la naturaleza a
nuestra propia escala. La tesis clásica (recuérdese la discusión sobre la
interpretación de Boltzmann al segundo principio de la termodinámica) centró su
interés en la transición del caos al orden. Actualmente hallamos por todas
partes transiciones del caos al orden, procesos que implican la autoorganización de
materia. Si hace unos años le hubieran preguntado a un físico qué es lo que la
física permitía explicar y qué cuestiones había pendientes, habría contestado
que, naturalmente, nuestros conocimientos sobre partículas elementales eran
insuficientes y no conocíamos bien globalmente las características cosmológicas
del universo, pero que, con excepción de estos extremos, podíamos estar
bastante satisfechos de lo que sabíamos. Actualmente va cobrando importancia
una minoría (entre la que me incluyo) que no comparte este criterio optimista.
Estoy convencido, por el contrario, de que nos hallamos tan sólo al principio
en la profundización de nuestros conocimientos sobre la naturaleza que nos
rodea, y esto me parece de una importancia capital para la inserción de
la vida en la materia y del hombre en la vida .
5.
Tracemos a continuación una breve panorámica de
cómo pueden enfocarse actualmente las dos contradicciones de que hemos hablado.
Primero, ¿cómo describir el origen de estructuras, de la autoorganización? Se
ha tratado este problema en innumerables publicaciones,[22] y voy a
ser breve. Una vez atribuida entropía a un sistema físico, distinguiremos, por
una parte, entre equilibrio y no equilibrio y, por otra, situaciones que
están lejos del equilibrio . Se ha visto que, en efecto, en la
proximidad del equilibrio, la materia cumple el paradigma de Boltzmann, las
estructuras se destruyen. Si perturbamos tal sistema, éste responde
restableciendo su condición inicial; por lo tanto, estos sistemas se denominan
estables. En cierto modo, siempre son capaces de desarrollar mecanismos que los
hacen inmunes a perturbaciones . Sin embargo, estas
propiedades no son aplicables en condiciones alejadas del equilibrio. Las
palabras clave son « no linealidad », «inestabilidad »
y «bifurcaciones ». Esto no significa más que, si llevamos un
sistema lo bastante lejos del equilibrio, entra en estado inestable en relación
con la perturbación. El punto exacto en que esto sucede se denomina punto
de bifurcación . En este punto, al volverse inestable la solución
primitiva, se producen nuevas soluciones que pueden corresponder a un
comportamiento muy distinto de la materia. Un ejemplo de suma espectacularidad
es la aparición de relojes químicos en condiciones alejadas del equilibrio. La
demostración experimental de la existencia de relojes químicos es actualmente
un experimento rutinario que se realiza en casi todos los cursos de química en
colegios y universidades. Por lo tanto, es una demostración sencilla que, sin
embargo, considero como uno de los experimentos más importantes del siglo.
Explicaré por qué.
En la prueba intervienen básicamente dos clases de moléculas. Las llamaremos
especie A (moléculas rojas) y especie B (moléculas azules). A continuación,
pensemos en cualquier tipo de colisiones caóticas que se producen al azar. En
consecuencia, lo lógico es que el intercambio entre A y B produzca un color
uniforme con eventuales retazos de rojo y azul. Esto no es lo que sucede con
productos químicos idóneos en condiciones alejadas del equilibrio, sino que
todo el sistema se vuelve rojo, luego azul y de nuevo rojo. Esto demuestra que
las moléculas se comunican a grandes distancias y en tiempos
macroscópicos. Cuentan con medios para señalarse recíprocamente su estado y
reaccionar al unísono. Desde luego es algo muy sorprendente. Siempre se había
pensado que las moléculas interactuaban únicamente al estar sometidas a fuerzas
de corto alcance y que cada una de ellas sólo estaba en contacto con sus
vecinas. En este caso, por el contrario, el sistema actúa como un todo. Era
tradicional asociar este comportamiento a los sistemas biológicos y ahora comprobamos
que también se produce en sistemas no vivos relativamente simples.
Otro aspecto que quiero poner de relieve es la idea de ruptura de
simetría asociada a determinadas bifurcaciones. Las ecuaciones de
reacción y difusión son enormemente simétricas; si sustituimos las coordenadas
geométricas x, y, z, por −x, −y, −z, que corresponden a la inversión espacial,
las ecuaciones no cambian. Pero, tras la bifurcación, hallamos soluciones
distintas, cada una de éstas con ruptura de simetría. Naturalmente que, si
tenemos, pongamos por caso, una solución «izquierda», tendremos también una
solución «derecha», pero sucede que en la naturaleza, por el motivo que sea,
sólo se observa una de las soluciones. Cualquiera habrá observado que las
conchas suelen tener un dibujo prevalente. Pasteur llegó incluso a ver en la
ruptura de simetría la auténtica característica de la vida. De nuevo
observamos, en un ejemplo no relativo a un ser viviente, un antecedente de
dicha propiedad. Quiero hacer hincapié en que las soluciones de ecuaciones
simétricas presentan menos simetría que las propias ecuaciones. Constituirá un
punto fundamental cuando hablemos de las raíces del tiempo en la naturaleza.
Finalmente, la aparición de bifurcaciones en condiciones alejadas del
equilibrio conduce a un elemento azaroso estocástico irreductible a nivel
macroscópico. Las teorías deterministas no nos sirven para predecir qué rama de
las que se producen en el punto de bifurcación será elegida. Tenemos aquí un
ejemplo del papel esencial de las probabilidades . Se
recordará que, en mecánica cuántica, las probabilidades desempeñan ya un papel
esencial, cual es la esencia de la famosa relación de incertidumbre de
Heisenberg. A esto se le podría objetar que los seres humanos estamos formados
por tal número de partículas elementales que los efectos cuánticos se
desvanecen en función de la ley de los grandes números. Sin embargo, no podemos
decir lo mismo hablando de bifurcaciones en sistemas químicos alejados del
equilibrio. En este caso, los efectos probabilísticos irreductibles aparecen a
nuestro propio nivel . Es evidente que existe una relación con
el papel de las fluctuaciones y la teoría darwiniana del origen de las
especies. Se comprenderá por qué antes me refería a que, en la actual
perspectiva, la vida no parece un fenómeno tan aislado, puesto que está mucho
más arraigada en las leyes básicas de la naturaleza.
6.
Abordaremos ahora el segundo problema que, de
inmediato, debo decir es muchísimo más difícil. La segunda ley de la
termodinámica pertenece por tradición al terreno de la física macroscópica,
pero es curioso que su significado presente ciertos aspectos comunes con las
teorías microscópicas como la teoría cuántica y la de la relatividad.
Efectivamente, todas estas definiciones teóricas tienen un elemento común:
marcan ciertos límites a nuestra manipulación de la naturaleza. Por ejemplo, la
existencia de la velocidad de la luz como constante universal indica que no
podemos transmitir, en el vacío, señales a mayor velocidad que la de la luz. De
igual modo, la existencia, en mecánica cuántica, de la constante de
Planck, h, indica que no podemos medir a la vez el momento lineal y
la posición de una partícula elemental. En el mismo espíritu, la segunda ley de
la termodinámica indica que no podemos realizar cierta clase de experimentos, a
pesar del hecho de que sean compatibles con todas las demás leyes físicas conocidas.
Por ejemplo, no podemos conducir un motor térmico con el calor de una única
fuente calorífica, como el mar. Éste es el significado de la imposibilidad de
un «móvil perpetuo de segunda especie».
Sin embargo, no creo que esto signifique que la física actual se convierta en
una física subjetivista, resultado en cierto modo de nuestras preferencias o
convicciones, pero sí que es una física sujeta a constricciones intrínsecas y
que a nosotros nos identifica como parte del mundo físico que describimos. Es esta
física la que presupone un observador situado en el mundo que confirma nuestra
experiencia. Nuestro diálogo con la naturaleza sólo logrará éxito si se
prosigue desde dentro de la naturaleza.
Pero ¿cómo entender la irreversibilidad, no ya en términos de física
macroscópica, sino en términos de las leyes básicas, sean clásicas o cuánticas?
Ya mencioné al principio el audaz ensayo de Boltzmann para relacionar la
irreversibilidad con la teoría de la probabilidad. Pero, a la inversa, ¿qué
puede significar probabilidad en un mundo en que las partículas o las funciones
de onda evolucionan con arreglo a leyes deterministas? Popper, en su preciosa
obra Unended Quest, [23] describe
la trágica lucha de Boltzmann y el modo en que finalmente se vio obligado a
retractarse y admitir que no existía una flecha intrínseca de tiempo en la
naturaleza. De nuevo volvemos a la conclusión lapidaria de Einstein: el tiempo
es una ilusión. Actualmente podemos continuar la búsqueda de Boltzmann porque
conocemos mejor la dinámica, gracias a los trabajos de grandes matemáticos como
Poincaré, Lyapunov y, en techa más reciente, Kolmogoroff.[24] Sin su
esfuerzo, este problema seguiría siendo una conjetura más. Señalemos en primer
lugar que la irreversibilidad no es un universal . Ya he dicho
que hay sistemas, como el caso de un muelle aislado, para los que la entropía
no es relevante, porque su movimiento es totalmente reversible. Por lo tanto,
no cabe esperar que la irreversibilidad sea una propiedad de todos los
sistemas dinámicos. Lo que hay que hacer es identificar los sistemas dinámicos
de complejidad adecuada para los que es posible una formulación de la segunda
ley a nivel macroscópico.
Desde luego que no podemos ahora entrar en detalles técnicos. Sin embargo, el
punto principal es el reciente descubrimiento de sistemas dinámicos
altamente inestables . En ellos, las trayectorias que se inician en
dos puntos tan próximos como deseemos, divergen de forma exponencial con el
tiempo. Luego pierde sentido el concepto de trayectoria y sólo podemos aspirar
a una exactitud finita.
A pesar del hecho de que comencemos con ecuaciones deterministas, las
soluciones que obtenemos son «caóticas». Algunos autores hablan de «caos
determinista». Lo cierto y curioso es que, en el núcleo de la dinámica,
aparecen elementos probabilísticos.
Sólo podemos hablar del comportamiento medio. Tales sistemas pueden denominarse
de «azar intrínseco», porque, como han demostrado mis colegas Misra y Courbage,
y yo mismo, su comportamiento es tan estocástico que puede trazarse dentro de
un proceso probabilístico denominado proceso de Markov, en el que se alcanza el
equilibrio para t → +∞ en el futuro lejano o para t →
−∞ en el pasado lejano.[25]
Hemos justificado ya una de las intuiciones básicas de Boltzmann.
Efectivamente, tiene sentido hablar de probabilidades incluso en el marco de la
mecánica, pero no pura todos los sistemas, sólo para sistemas en los
cuales el concepto de trayectoria pierde sentido . Veamos cómo seguir
y pasar de azar intrínseco a sistemas intrínsecamente irreversibles .
Para ello son necesarias unas condiciones suplementarias. Necesitamos
representaciones dinámicas con menor simetría que la simetría constantemente
invertible de las ecuaciones básicas.
Por ejemplo, en esferas sólidas, una situación posible es aquélla en la que las
velocidades en el pasado lejano de un grupo de partículas fueran realmente
paralelas y en el futuro lejano la distribución se volviera aleatoria como
requisito de equilibrio. La simetría de inversión temporal exige que se dé
también una situación en la que las velocidades del pasado lejano sean al azar
y, en el futuro lejano, tiendan a ser paralelas. Una situación así se obtiene
mediante la inversión de la velocidad de la otra. De hecho, sólo se observa la
primera y no la segunda. La segunda ley de la termodinámica para el nivel
macroscópico postula precisamente la exclusión de una de estas dos situaciones
en la que una tiene las velocidades invertidas con respecto a la otra.
La irreversibilidad cobra significado microscópico sólo si hay representaciones
dinámicas que no sean invariantes respecto a la inversión temporal, pese al
hecho de que las ecuaciones iniciales sí lo sean.
Destaquemos la notable analogía entre estas situaciones y las bifurcaciones que
rompen la simetría que antes mencionábamos. También podemos obtener en ciertos
casos de una ecuación simétrica dos soluciones, una «izquierda» y otra
«derecha», cada una de las cuales, tomada separadamente, rompe la simetría
espacial de la ecuación. Ahora tenemos que puntualizar lo que la segunda ley
significa a nivel microscópico. Postula que sólo las situaciones camino del
equilibrio futuro pueden prepararse u observarse en la naturaleza. Esto significa
que la segunda ley es un principio de exclusión que descarta
las situaciones en las que las velocidades del pasado lejano de las esferas en
colisión están distribuidas uniformemente, mientras que, en el futuro lejano,
tenderán a ser paralelas.[26] Por el
contrario, la situación en la que se empieza con partículas en el pasado lejano
y velocidades casi paralelas, que luego se convierten en azarosas por efecto de
las colisiones, es un experimento de fácil realización.
He recurrido a imágenes físicas, pero lo importante es que la
existencia de estas representaciones dinámicas con ruptura de simetría temporal
puede demostrarse rigurosamente en sistemas altamente inestables.
En tales sistemas puede asociarse a cada condición inicial, expresada por una
función de distribución del espacio de las fases, un número que mide la
información necesaria para preparar dicho estado. Las condiciones iniciales que
se excluyen son aquéllas para las que dicha información sería infinita.
Obsérvese igualmente que el principio de la entropía no puede deducirse de la
dinámica, sino que aparece como una condición suplementaria que hay que
comprobar experimentalmente como cualquier otra ley física. El punto crucial
es, sin embargo, que este principio de exclusión no es contradictorio con la
dinámica; una vez admitido en un momento determinado, es propagado por la
dinámica.
La interpretación probabilista de Boltzmann sólo es posible porque existe este
principio de exclusión que nos provee de una flecha temporal.
La irreversibilidad, tal como está implícita en la teoría de Darwin, o incluso
en la teoría de Boltzmann, es una propiedad aún mayor del azar. Yo lo encuentro
natural, porque ¿qué puede significar irreversibilidad dentro de un concepto
determinista del universo en el que el mañana ya está potencialmente en el hoy?
La irreversibilidad presupone un universo en el que hay limitaciones para la
predicción del futuro. Quiero insistir de nuevo, en concordancia con el
espíritu de esta explicación, en que la irreversibilidad no es una
propiedad universal . Sin embargo, el mundo en conjunto parece
pertenecer a esos complejos sistemas de azar intrínseco para los que la
irreversibilidad es significativa, y es a esta categoría de sistemas con
ruptura de simetrías temporales a la que pertenecen todos los fenómenos vitales
y, por consiguiente, la existencia humana.
Puede que sorprenda que no me haya extendido sobre teorías cosmológicas. Es
cierto que el estado unívoco de nuestro universo desempeña un papel primordial,
ya que aporta el medio inestable que posibilita la formación de estructuras.
Pero no creo que la existencia del universo en expansión y de la Gran Explosión
inicial sirvan para explicar la irreversibilidad. Se observan, como ya he
señalado, procesos reversibles e irreversibles a pesar de que todos los
procesos, reversibles o no, están insertos en el universo en expansión.
7.
La interpretación microscópica de la segunda ley es
muy reciente. Personalmente estoy convencido de que causará profundos cambios
en nuestra concepción de la materia. Mis colegas y yo hemos desarrollado
algunos resultados preliminares, pero lo que quiero decir es en cierto modo una
anticipación que puede ser confirmada, o no, por ulteriores trabajos.
Si consideramos seriamente la segunda ley de la termodinámica con su
interpretación probabilista, tenemos que asociar el equilibrio a la máxima
probabilidad. Pero la máxima probabilidad, en términos de partículas, significa
movimiento incoordinado, caótico, similar a la modalidad con que los atomistas
griegos imaginaban el mundo físico. A la inversa, definimos las partículas como
las unidades incoordinadas que actúan de forma caótica en el equilibrio
termodinámico. ¿Cuál es, entonces, el efecto del no equilibrio? Crear
correlaciones entre esas unidades, crear orden a partir de los movimientos
caóticos que se originan en el estado de equilibrio. Esta descripción de la
naturaleza, en la que el orden se genera a partir del caos a través de
condiciones de no equilibrio aportadas por el medio cosmológico, nos
lleva a una física bastante similar en espíritu al mundo de «procesos»
imaginado por Whitehead.[27] nos
lleva a concebir la materia como algo activo, un estado continuo del devenir.
Este esquema se aparta notablemente de la descriptiva clásica de la física, del
cambio en términos de fuerzas o campos. Es un paso crucial divergente de la vía
real abierta por Newton, Maxwell y Einstein. Pero creo que la unificación de la
dinámica y la termodinámica prepara el camino a una descripción radicalmente
nueva de la evolución temporal de los sistemas físicos, una descripción que,
para mí, insisto, es más próxima a lo que observamos a nivel macroscópico, ya
sea en el mundo inanimado o en el viviente.
Podemos poner como ejemplos la distribución notablemente coordinada de los
nucleótidos entre las moléculas biológicas fundamentales, e incluso, quizás, en
la distribución de las letras que se aúnan en las palabras del lenguaje.
8.
Durante toda mi carrera científica he adoptado la
actitud de considerar la ley del aumento de entropía, la segunda ley de la
termodinámica, como una ley básica de la naturaleza. Con ello seguía la visión
que Planck expone en el siguiente texto:[28]
«La impracticabilidad del movimiento perpetuo de
segunda especie está establecida, a pesar de lo cual se contesta su absoluta
imposibilidad, debido a que nuestros limitados aparatos experimentales,
suponiendo que fueran posibles, resultarían insuficientes para llevar a cabo
los procesos ideales que requiere la línea de la demostración. Sin embargo,
esta postura es insostenible. Sería absurdo asumir que la validez de la segunda
ley depende en cierto modo de la habilidad del químico o del físico para observar
o experimentar. La enjundia de la segunda ley nada tiene que ver con la
experimentación: la ley afirma en esencia que, en la naturaleza, existe una
cantidad que cambia siempre en el mismo sentido en todos los procesos
naturales. La proposición enunciada de esta manera general puede ser correcta o
incorrecta; pero, sea lo que fuere, ahí está, independientemente de que en la
tierra existan, o no, seres pensantes y mensurantes y, asumiendo que existan,
independientemente de que sean capaces de medir los detalles de los procesos
físicos o químicos con una precisión de uno, dos o cien decimales mayor que la
nuestra. Las limitaciones de la ley, si acaso, residen en la misma región que
su idea esencial, en la naturaleza observada, y no en el Observador. Que sea necesaria
la experiencia humana para deducir la ley, es inmaterial; porque, en realidad,
es nuestro único modo de llegar a conocer la ley natural».
A pesar de ello, la opinión de Planck no encontró
adeptos. Como hemos señalado, la mayoría de los científicos consideraba la
segunda ley como un resultado aproximativo, o una intrusión de tesis subjetivas
en el estricto campo de la física. Nuestra actitud es la contraria: hemos
estudiado los límites que la segunda ley aporta al mundo de la dinámica.
En otras palabras, nuestra meta es unificar la dinámica y la termodinámica.
Está claro que, en este propósito, el azar, las fluctuaciones y la
irreversibilidad desempeñan un papel fundamental a nivel microscópico, bastante
distinto al papel marginal que desempeñaron en las descripciones tradicionales
de la naturaleza. La meta queda lejos, pero el camino nos ha llevado a una
serie de hallazgos sorprendentes, algunos de los cuales he citado en esta
conferencia.
Es asombrosa la diversidad de estructuras de no equilibrio que se han
descubierto experimentalmente. Describiremos algunas de ellas teóricamente,
aunque sólo nos hallemos a nivel taxonómico.
Hemos hablado ya del trabajo de los grandes matemáticos, como Poincaré y
Kolmogoroff, en mecánica clásica. Gracias a ellos, sabemos que la mecánica
clásica puede llevarnos a situaciones en las que el concepto de trayectoria
pierde sentido y en las que sólo podemos establecer definiciones
probabilísticas. Es curioso que la química esté experimentando actualmente una
reconceptualización parecida. En muchos casos se ha llegado más allá del
enfoque determinista de la cinética química, y se toman en consideración la
fluctuación y el azar, incluso en sistemas formados por un gran número de
moléculas. A este nivel microscópico, la irreversibilidad aparece como ruptura
de simetría en sistemas que alcanzan un grado suficiente de azar.
La segunda ley limita lo observable, y es como un principio de exclusión
propagado por la mecánica clásica o cuántica.
Quizás el aspecto más inesperado es que, a todos los niveles de orden, aparece
la coherencia del caos para condiciones de no equilibrio: un mundo en
equilibrio sería caótico, el mundo de no equilibrio alcanza un grado de
coherencia que, para mí al menos, es sorprendente.
9.
En esta conferencia, he hablado de algunos pasos
dados en el redescubrimiento del tiempo en las ciencias físicas. Hemos visto
que el tiempo, en el sentido de duración, de irreversibilidad, está básicamente
relacionado con el papel del azar, en plena concordancia con la genial
intuición de Boltzmann.
Desde el descubrimiento de la mecánica cuántica, en la que la probabilidad
desempeña un papel esencial, el significado de azar ha suscitado numerosas
controversias. Actualmente, parece que los esquemas deterministas que hacen
predicciones válidas en cada caso particular no son válidos en una amplia gama
de fenómenos, desde la física microscópica hasta el nivel molecular y biótico.
Naturalmente, esta situación puede cambiar, pero no vemos signo de que así vaya
a suceder en los próximos años.
En este contexto, quiero poner de relieve que no sabemos describir la realidad
tal como se presentaría para un observador que en cierto modo se hallara
situado fuera del mundo. Sólo podemos tratar el problema del determinismo, o
del azar, del mismo modo que se tratan los esquemas que formulamos para
describir nuestra experiencia con el mundo con el que interactuamos.
Me viene a la mente el diálogo entre Einstein y Tagore.[29] En la
interesante conversación sobre la naturaleza de la realidad, Einstein pone de
relieve que la ciencia debe ser independiente respecto a la existencia de
cualquier observador. Como mencioné al principio, el realismo de Einstein le
condujo a ciertas paradojas. El tiempo y, en consecuencia, la existencia humana
son ilusorios. Por el contrario, Tagore hace hincapié en que, incluso si la
verdad absoluta tuviera un significado, sería inaccesible para la mente humana.
Considero tan interesante este diálogo que lo he incluido como anexo a este
trabajo.
La controversia entre Einstein y Tagore sólo cobra sentido si suponemos al
hombre separado de la naturaleza. Si tenemos en cuenta la inserción del hombre
en la naturaleza, las verdades humanas se convierten en verdades de la
naturaleza. Es curioso que la ciencia actual se oriente en el sentido a que
aludía el gran poeta hindú. Independientemente de lo que denominamos realidad,
sólo accedemos a ella a través de síntesis mentales. D. S. Kothari[30] lo ha
expresado concisamente: «El simple hecho no es mensurable, no hay experimento u
observación posible sin un marco teórico relevante».
De un modo más sofisticado lo encontramos recogido en la teoría cuántica, que
postula la intervención de «operadores» asociados a cantidades físicas.
Los problemas de los límites del determinismo, del azar y de la
irreversibilidad y la noción de realidad están estrechamente vinculados, y
comenzamos a ver cómo se relacionan.
Conforme somos capaces de hallar en la naturaleza las raíces del tiempo, éste
deja de ser el concepto que separa al hombre de la misma. Ahora expresa nuestra
pertenencia a la naturaleza, no nuestra alienación.
La visión del mundo que nos rodea converge con la del mundo interior. Ya que
doy esta conferencia en Delhi, ¿por qué no subrayar esa clase de convergencia,
de síntesis del mundo externo que nos rodea con el mundo interior, puesto que
es uno de los temas tradicionales de la filosofía hindú?
Hemos superado la tentación de rechazar el tiempo como ilusión. Lejos de ello,
volvemos a la premonición de Valéry: «Durée est construction, vie est
construction».[31] En un
universo en el que el mañana no está contenido en el hoy, el tiempo tiene que
construirse. La frase de Valéry expresa nuestra responsabilidad en esta
construcción del futuro, no sólo de nuestro futuro, sino del futuro
de la humanidad. Con esta conclusión, el problema de los valores humanos, de la
ética, del arte incluso, cobra nueva dimensión. Podemos considerar la música,
con sus elementos de expectación, de improvisación, con su flecha temporal, como
una alegoría del devenir, de la física en su significado etimológico griego.
Probablemente continúe para siempre la dialéctica entre lo que está en el
tiempo y lo que está fuera del tiempo. Pero quizás estemos
ahora en un momento favorable en el que comenzamos a percibir mejor la
convergencia, la transición entre reposo y movimiento, el tiempo detenido y el
tiempo en decurso.
Es este momento con sus incertidumbres, sus cuestiones pendientes, pero también
con sus esperanzas de un mundo de mayor integración humana, lo que he tratado
de describir en esta conferencia.
ANEXO:
La naturaleza de la realidad
(Versión autorizada)
Conversación entre Rabindranath Tagore y el
profesor Albert Einstein, en la tarde del 14 de julio de 1930, en la residencia
del profesor en Kaputh[32]
E. — ¿Cree usted en lo divino aislado del mundo?
T. — Aislado no. La infinita personalidad del Hombre incluye el Universo. No
puede haber nada que no sea clasificado por la personalidad humana, lo cual
prueba que la verdad del Universo es una verdad humana.
He elegido un hecho científico para explicarlo. La materia está compuesta de
protones y electrones, con espacios entre sí, pero la materia parece sólida sin
los enlaces interespaciales que unifican a los electrones y protones
individuales. De igual modo, la humanidad está compuesta de individuos
conectados por la relación humana, que confiere su unidad al mundo del hombre.
Todo el universo está unido a nosotros, en tanto que individuos, de modo
similar. Es un universo humano.
He seguido la trayectoria de esta idea en arte, en literatura y en la
conciencia religiosa humana.
E. — Existen dos concepciones distintas sobre la naturaleza del Universo:
1. El mundo como unidad dependiente de la humanidad, y
2. El mundo como realidad independiente del factor
humano.
T. — Cuando nuestro universo está en armonía con el
hombre eterno, lo conocemos como verdad, lo aprehendemos como belleza.
E. — Ésta es una concepción del universo puramente humana.
T. — No puede haber otra. Este mundo es un mundo humano, y la visión científica
es también la del hombre científico. Por lo tanto, el mundo separado de
nosotros no existe; es un mundo relativo que depende, para su realidad, de
nuestra conciencia. Hay cierta medida de razón y de gozo que le confiere
certidumbre, la medida del Hombre Eterno cuyas experiencias están contenidas en
nuestras experiencias.
E. — Esto es una concepción de entidad humana.
T. — Sí, una entidad eterna. Tenemos que aprehenderla a través de nuestras
emociones y acciones. Aprehendimos al Hombre Eterno que no tiene limitaciones
individuales mediadas por nuestras limitaciones. La ciencia se ocupa de lo que
no está restringido al individuo; es el mundo humano impersonal de verdades. La
religión concibe esas verdades y las vincula a nuestras necesidades más
íntimas, nuestra conciencia individual de la verdad cobra significación
universal. La religión aplica valores a la verdad, y sabemos, conocemos la
bondad de la verdad merced a nuestra armonía con ella.
E. — Entonces, la Verdad, o la Belleza, ¿no son independientes del hombre?
T. — No.
E. — Si no existiera el hombre, el Apolo de Belvedere ya no sería bello.
T. — No.
E. — Estoy de acuerdo con esta concepción de la Belleza, pero no con la de la
Verdad.
T. — ¿Por qué no? La Verdad se concibe a través del hombre.
E. — No puedo demostrar que mi concepción es correcta pero es mi religión.
T. — La Belleza es el ideal de la perfecta armonía que existe en el Ser
Universal; y la Verdad, la comprensión perfecta de la mente universal.
Nosotros, en tanto que individuos, no accedemos a ella sino a través de
nuestros propios errores y desatinos, a través de nuestras experiencias
acumuladas, a través de nuestra conciencia iluminada; ¿cómo, si no,
conoceríamos la Verdad?
E. — No puedo demostrar que la verdad científica deba concebirse como verdad
válida independientemente de la humanidad, pero lo creo firmemente. Creo, por
ejemplo, que el teorema de Pitágoras en geometría afirma algo que es
aproximadamente verdad, independientemente de la existencia del hombre. De
cualquier modo, si existe una realidad independiente del
hombre, también hay una verdad relativa a esta realidad; y, del mismo modo, la
negación de aquélla engendra la negación de la existencia de ésta.
T. — La Verdad, que es una con el Ser Universal, debe ser esencialmente humana,
si no aquello que los individuos conciban como verdad no puede llamarse verdad,
al menos en el caso de la verdad denominada científica y a la que sólo puede
accederse mediante un proceso de lógica, es decir, por medio de un órgano
reflexivo que es exclusivamente humano. Según la filosofía hindú, existe
Brahma, la Verdad absoluta, que no puede concebirse por la mente individual
aislada, ni descrita en palabras, y sólo es concebible mediante la absoluta
integración del individuo en su infinitud. Pero es una verdad que no puede
asumir la ciencia. La naturaleza de la verdad que estamos discutiendo es una
apariencia —es decir, lo que aparece como Verdad a la mente humana y que, por
tanto, es humano, se llama maya o ilusión.
E. — Luego, según su concepción, que es la concepción hindú, no es la ilusión
del individuo, sino de toda la humanidad…
T. — En ciencia, aplicamos la disciplina para ir eliminando las limitaciones
personales de nuestras mentes individuales y, de este modo, acceder a la
comprensión de la Verdad que es la mente del Hombre Universal.
E. — El problema se plantea en si la Verdad es independiente de nuestra
conciencia.
T. — Lo que llamamos verdad radica en la armonía racional entre los aspectos
subjetivos y objetivos de la realidad, ambos pertenecientes al hombre
supra-personal.
E. — Incluso en nuestra vida cotidiana, nos vemos impelidos a atribuir una
realidad independiente del hombre a los objetos que utilizamos. Lo hacemos para
relacionar las experiencias de nuestros sentidos de un modo razonable. Aunque,
por ejemplo, no haya nadie en esta casa, la mesa sigue estando en su sitio.
T. — Sí, permanece fuera de la mente individual, pero no de la mente universal.
La mesa que percibo es perceptible por el mismo tipo de conciencia que poseo.
E. — Nuestro punto de vista natural respecto a la existencia de la verdad al
margen del factor humano, no puede explicarse ni demostrarse, pero es una
creencia que todos tenemos, incluso los seres primitivos. Atribuimos a la
Verdad una objetividad sobrehumana, nos es indispensable esta realidad que es
independiente de nuestra existencia, de nuestras experiencias y de nuestra
mente, aunque no podamos decir qué significa.
T. — La ciencia ha demostrado que la mesa, en tanto que objeto sólido, es una
apariencia y que, por lo tanto, lo que la mente humana percibe en forma de mesa
no existiría si no existiera esta mente. Al mismo tiempo, hay que admitir que
el hecho de que la realidad física última de la mesa no sea más que una
multitud de centros individuales de fuerzas eléctricas en movimiento es
potestad también de la mente humana.
En la aprehensión de la verdad existe un eterno conflicto entre la mente
universal humana y la misma mente circunscrita al individuo. El perpetuo
proceso de reconciliación lo llevan a cabo la ciencia, la filosofía y la ética.
En cualquier caso, si hubiera alguna verdad totalmente desvinculada de la
humanidad, para nosotros sería totalmente inexistente.
No es difícil imaginar una mente en la que la secuencia de las cosas no sucede
en el espacio, sino sólo en el tiempo, como la secuencia de las notas
musicales. Para tal mente la concepción de la realidad es semejante a la
realidad musical en la que la geometría pitagórica carece de sentido. Está la
realidad del papel, infinitamente distinta a la realidad de la literatura. Para
el tipo de mente identificada a la polilla, que devora este papel, la
literatura no existe para nada; sin embargo, para la mente humana, la
literatura tiene mucho mayor valor que el papel en sí. De igual manera, si
hubiera alguna verdad sin relación sensorial o racional con la mente humana,
seguiría siendo inexistente mientras sigamos siendo seres humanos.
E. — ¡Entonces, yo soy más religioso que usted!
T. — Mi religión es la reconciliación del Hombre Suprapersonal, el espíritu
humano Universal y mi propio ser individual. Ha sido el tema de mis
conferencias en Hibbert bajo el título de «La religión del hombre».
§ 3. La lectura de lo complejo [33]
1.
Nuestra época se caracteriza, más que ninguna otra,
por una diversificación creciente de conocimientos, técnicas y modalidades de
pensamiento. Sin embargo, vivimos en un mundo único en el que cada ámbito de
actividad implica a los demás; por ello considero esencial esclarecer ciertas
concomitancias.
Un posible punto de partida para esta búsqueda es la convicción de que todo
saber conlleva una construcción. Tanto en ciencias físicas, como, a fortiori,
en las ciencias humanas, ya no es admisible[34] la idea
de realidad como algo dado.
Quizá sea en las ciencias físicas donde más patente es la evolución del
concepto de nuestra relación con lo real, evolución cargada de consecuencias
que desbordan ampliamente el terreno científico propiamente dicho.
Durante varios siglos —prácticamente desde la fundación de la física por
Galileo, Descartes y Newton—, la idea de simplicidad, la búsqueda de un
universo fundamental, estable a través de las apariencias, ha predominado en
las ciencias naturales.[35]
Hoy día hay que rendirse a la evidencia de que a cualquier nivel que nos sea
accesible, desde las partículas elementales hasta la cosmología, la naturaleza
ya no se aviene a este paradigma clásico[36].
Las ciencias físicas están inmersas en un proceso de reconceptualización, y es
significativo que éste se haya iniciado en un marco que, a partir de la
explosión demográfica (y de otros procesos sociales, como el auge experimentado
por las técnicas informáticas), nos llevará tarde o temprano al desmoronamiento
de los conceptos a veces simplistas con los que se pretendía describir las
sociedades humanas.
Reconocer la complejidad, hallar los instrumentos para describirla y efectuar
una relectura dentro de este nuevo contexto de las relaciones cambiantes del
hombre con la naturaleza son los problemas cruciales de nuestra época.
En esta conferencia abordaré, en primer lugar, nuestra relación con el mundo
tal como debe interpretarse a la luz de los recientes adelantos en ciencias
físicas para, a continuación, destacar las principales modificaciones que se
imponen en lo que a la posición de las ciencias en la problemática global de
nuestra época se refiere. El hecho primordial es el acercamiento que se busca
entre ciencias físicas y ciencias humanas, del que presentaremos algunos
ejemplos.
Es evidente que no se trata de llegar a la totalidad, ni de examinar
exhaustivamente todos los aspectos de los problemas. Quisiera simplemente
expresar un punto de vista que consideramos se deduce con toda objetividad de
la confluencia de numerosas corrientes de pensamiento, a la par que de los
inesperados resultados —convergentes, no obstante— que se obtienen en la
experimentación científica.
2.
Esbozaré en primer lugar lo que, a mi entender,
constituye lo fundamental de esta reconceptualización en curso en las ciencias
físicas.[37]
Los modelos que adoptamos para el estudio del mundo natural deben
necesariamente presentar un carácter pluralista que refleje la variedad de
fenómenos que observamos.
Tradicionalmente, clasificamos los fenómenos según sean reversibles o
irreversibles, y deterministas o aleatorios.
Todo el mundo conoce estas categorías. Nadie ignora que un péndulo exento de
fricción es reversible y determinista; la difusión térmica o química es
determinista e irreversible, los movimientos susceptibles de descripción en
términos de trayectorias son deterministas, y cualquiera califica de casual el
número que resulta al arrojar los dados.
Sería difícil aceptar una visión del mundo que excluyera una categoría de
fenómenos en favor de otra. Hay fenómenos reversibles y hay fenómenos
irreversibles. Hemos aislado procesos deterministas, pero es difícil, dado el
número de especies vivas (superior a un millón), creer que la evolución
biológica —por no hablar de la evolución cultural— estuviera programada desde
los primeros segundos, de existencia del universo.
Por consiguiente, el problema estriba en apreciar la importancia que atribuimos
a cada una de estas categorías. Y es aquí donde interviene la modificación del
punto de vista de la que hablábamos: para la física clásica, los sistemas
reversibles y deterministas constituían el modelo conceptual por excelencia.
Hallamos aquí el punto de partida histórico de la ciencia occidental, cuyos
primeros trabajos estuvieron fundamentalmente dedicados al estudio del
movimiento y en particular de los movimientos planetarios. El triunfo de la
concepción newtoniana orientó durante varios siglos la evolución de la visión
científica: lo casual y lo irreversible se admitían sólo como casos
excepcionales, casi a modo de artefactos introducidos por el hombre en una
naturaleza simple, reversible y determinista.
Actualmente ha cambiado la situación, y sobre todo después de producirse tres
correcciones de gran repercusión.
Las partículas elementales han resultado ser casi todas, inestables, y distan
mucho de constituir el soporte permanente de las apariencias cambiantes, como
auguraban las doctrinas atomistas.
La cosmología contemporánea nos sitúa frente a una historia del universo, y un
subsiguiente despliegue de estructuras, cada vez más complejas.
Finalmente, los fenómenos macroscópicos tradicionales y en particular los que
se estudian en química, biología e hidrodinámica, han cambiado de imagen.[38] Por
todas partes descubrimos lo casual y lo irreversible.
En tales circunstancias, los procesos reversibles y deterministas que
constituían la médula de la descriptiva clásica, actualmente se nos evidencian
como idealizaciones desmesuradas, y podríamos decir que adolecen de
artificiosidad.
Son necesarias innumerables precauciones para obtener un péndulo determinado
que mantenga su estado de movimiento reversible y determinista sin disipación
de energía.
De igual modo, el movimiento de un planeta alrededor del sol es, desde la época
de Newton, un modelo de trayectoria predeterminado; pero se plantean problemas
de estabilidad y de predictibilidad en cuanto pasamos de este caso simple al
caso de los tres cuerpos.[39] Por lo
tanto, nos hallamos ante una inversión de perspectivas: lo legal y lo
reversible son hoy en día la excepción.
Más adelante volveremos sobre la evolución de las ideas científicas
contemporáneas, pero quiero desde ahora insistir en el progresivo deterioro de
nuestras posiciones epistemológicas.
Se ha señalado en numerosas ocasiones que, según la concepción clásica, el
hombre se hallaba frente a un universo autómata. Este universo podía
manipularse prescribiendo condiciones iniciales apropiadas. En cierto modo, el
hombre aparecía como un ser todopoderoso, dueño, en principio, de un universo
controlable hasta en sus más mínimos detalles.
Este omnímodo poder tenía un precio: la inquietante extrañeza del ser humano en
relación al universo que describía. Volvemos con ello al tema central del libro
que he escrito en colaboración con Isabelle Stengers, La nueva alianza .
La vida, fenómeno irreversible, la cultura y sus avatares, no podían constar
sino como extrañas al mundo físico de la ciencia clásica.[40]
En las concepciones actuales, lo casual y lo irreversible desempeñan un papel a
todos los niveles. A partir de ahora, la ciencia puede dar una imagen del
universo compatible con la que imponen la biología y la historia de las
culturas.
Por ello mismo, la ciencia deja con pleno derecho de ser la expresión de una
fase cultural aislada, la del siglo XVIII europeo.
Muchos investigadores han subrayado el carácter históricamente localizado del
concepto de ley natural.[41] Actualmente
la ciencia desborda el contexto cultural particular que la vio nacer. Son
aceptables otros discursos sobre el mundo, elaborados en contextos culturales
distintos.
Por ejemplo, una preocupación fundamental de la filosofía hindú ha sido siempre
la visión interior, el descubrimiento del mundo a través del retorno a uno
mismo.[42] La
visión occidental miró con ojos epistemológicos y críticos al mundo externo,
pero actualmente es viable un diálogo entre ambas concepciones.
La ciencia china, con su compleja visión de la armonía espontánea de los
diversos componentes del mundo, puede, quizá mejor que nosotros, interpretar
estos fenómenos de auto estructuración que ahora podemos describir.[43]
Sobre conceptos fundamentales que parecían suficientes para describir la
realidad, como son la idea de trayectoria o de función de onda, pesa
actualmente el reproche de idealización excesiva. En los sistemas dinámicos
inestables, por ejemplo, por muy cercanas que se consideren en el momento
inicial las trayectorias, pueden divergir en el tiempo.
Además, y en contra de la analogía que sugería el estudio de sistemas dinámicos
simples, sabemos que existen sistemas en los que todas las condiciones
iniciales no son realizables, y que las que se adoptan deben formar parte del
conjunto de los estados accesibles al sistema. En este caso, la condición
inicial forma parte de la dinámica del sistema.
Van surgiendo las raíces del tiempo;[44] la
irreversibilidad no es una propiedad universal, como lo demuestra la existencia
de movimientos reversibles muy simples, pendulares o planetarios. Presentimos
que es un mero efecto, un resultado de la complejidad microscópica.
En definitiva, descubrimos una jerarquía de propiedades: inestabilidad (clásica
o cuántica) que conduce a un comportamiento nuevo que hace que las propiedades
del sistema puedan describirse en términos de proceso aleatorio (en
terminología técnica; del tipo de las cadenas de Markov) y de ruptura de
simetría como consecuencia de la no integración de las condiciones iniciales.
Esta ruptura de simetría expresa, en términos matemáticos, la sensación
intuitiva que constantemente tenemos del tiempo: que no es manipuladle a
voluntad.
El mundo físico, tal como lo conocemos actualmente, es menos manipuladle de lo
que preveía su lectura clásica. Sucede igual, a fortiori, con las
sociedades humanas. En cualquier modelo en el que se trate de evitar la
descriptiva estricta y que finalmente desemboque en la represión para mantener
las condiciones establecidas, deben necesariamente tenerse en cuenta las
fluctuaciones y las posibilidades de autoorganización. En mi visita a Brasilia,
he visto un modelo urbano estereotipado: diseñar una ciudad, a modo de un
pájaro que aterriza, es inmovilizarla y despreciar la creatividad de las
generaciones futuras.
También los modelos a que aludía comprueban constantemente la estabilidad de su
propio estado organizativo para, así, captar los cambios estructurales que surgen
con nuevos tipos de comportamiento, o cuando los parámetros o tendencias
característicos cambian (por ejemplo, el desarrollo de «suburbios» alejados, la
aparición espontánea de centros comerciales, de satélites industriales o de
guetos, etc.). Es precisamente en estos momentos cuando los modelos habituales
deben «recalibrarse» sobre la marcha para compensar su incapacidad de predecir
el comportamiento del sistema.
Por lo tanto, las citadas ecuaciones suponen una constante renegociación del
espacio humano y permiten explorar la evolución a largo plazo de cada centro
urbano que se halle sometido a diversas constricciones, tales como renovación
específica, coste energético y de transportes, impacto de una nueva tecnología
relativa al tratamiento y a la comunicación de datos, modificaciones
específicas de la red de transportes, etc…
El equilibrio termodinámico, el expresado por el máximo de la función
entrópica, es caótico. Un ejemplo muy sencillo es el de un gas formado por
moléculas. En estado de equilibrio, las moléculas son independientes y no se
observa correlación alguna entre sus movimientos.
El no equilibrio es fuente de orden, de coherencia; entre las unidades surgen
correlaciones. El no equilibrio como origen de orden se presenta ya como uno de
los principios más generales que podemos formular actualmente. Parece posible
aplicarlo a los distintos niveles de descripción accesibles hoy día: partículas
elementales, movimiento molecular, fenómenos macroscópicos descritos en
termodinámica.[45]
Concebido como la entropía máxima accesible a un sistema dado, el equilibrio se
convierte en sinónimo de desorden, de caos, como ya había anticipado Boltzmann.
Es el no equilibrio el origen de toda coherencia, y esto parece ser cierto a
todos los niveles actuales de descripción accesibles: si calentamos una barra
metálica, a largo plazo aparecen correlaciones entre sus moléculas. ¿Cómo no
pensar en las relaciones de orden a distancia que existen en las secuencias de
nucleótidos del DNA o entre las palabras del lenguaje?
A todos los niveles hallamos este dualismo: en el equilibrio, unidades
incoherentes que pueden en sí mismas ser complejas, pero olvidadizas unas en
relación a otras. Si no temiera los neologismos, me atrevería a denominarlas
hipnones, en parangón con los sonámbulos que deambulan, ajenos al mundo
externo. ¿Cómo no pensar en las mónadas de Leibniz? El elemento nuevo es que
actualmente lo que se introduce es el no equilibrio que establecen las
correlaciones entre unidades, en el lugar que Leibniz atribuía a una armonía
preestablecida. La materia vuelve finalmente a ser activa en un inundo de no
equilibrio; la actividad es una propiedad interna y no un elemento impuesto
desde fuera.
3.
El cambio de perspectiva que acabo de exponer nos
obliga a utilizar una serie de nuevos conceptos: bifurcaciones, no linealidad,
fluctuaciones. Muchos de ellos se conocían hace tiempo, pero su importancia y
significación se revaloriza como consecuencia de los recientes descubrimientos.
Examinemos, por ejemplo, el trinomio flujo/función/estructura.
La insensibilidad a las ligaduras externas que
permiten las reacciones no lineales, los efectos de historicidad introducidos
por el fenómeno de bifurcaciones en cascada y, finalmente, el papel que
desempeñan las fluctuaciones en e, análisis de la estabilidad, confieren a los
sistemas de este tipo un comportamiento de retroalimentación ( feed-back )
evolutivo: los flujos externos pueden pasar a la estructura interna de un
estado a otro, incluso modificar las reacciones activas; y, a su vez, el
sistema puede, a continuación, ser sensible a ligaduras externas a las que
antes era ajeno. Este trinomio nos procura un magnífico acceso al puente que
une estas problemáticas físicas con las de las ciencias sociales y humanas.
Resulta evidente que una sociedad es un sistema no lineal en el que lo que hace
cada individuo repercute y amplifica por efecto del socius .
Esta no linealidad característica ha aumentado espectacularmente como
consecuencia de la intensificación de intercambios de todo tipo. Acabo de
mencionar el trinomio del flujo, la función y la estructura, que se observa en
todos los sistemas, desde los más elementales hasta los más complejos, con la
salvedad de que, en sistemas complejos como los sistemas humanos, el flujo no
es algo establecido, sino que alterna y lo relanza la sociedad, por lo tanto,
está contenido en el proceso de humanización de la naturaleza como ha descrito
Serge Moscovici.
En sus apasionantes Entretiens avec Georges Charbonnier, Claude
Lévi-Strauss distingue entre sociedades «reloj» y sociedades «máquinas de
vapor».[46] Ni que
decir tiene que, con el término reloj, alude a la repetición, al determinismo,
al carácter casi cristaloide de esas sociedades, mientras que, con el epíteto
«máquina de vapor», evoca la desigualdad y la degradación.
Cabe preguntarse si realmente existen las formas fuertes de este binomio.
Podemos dirigir nuestra vista hacia sociedades consideradas muy próximas al
ideal tipo «reloj» que no se da en la sociedad humana: son las sociedades de
insectos. Confieso que estas sociedades siempre me han apasionado, sobre todo
desde que supe que las de hormigas cuentan en su haber con un éxito ecológico
esplendoroso, pues se calcula que el número existente de estos insectos es del
orden de 10[15], lo que nos da un millón de hormigas por cada ser
humano.
Lo cierto es que algunos aspectos del comportamiento de estas sociedades pueden
hacemos pensar en la sociedad «reloj». Un reciente experimento ilustra uno de
estos aspectos.[47] Sucede
efectivamente que, al modo determinista, el aumento de dimensión de un
hormiguero causa una ruptura de simetría entre las densidades de utilización
respectivas de las dos rutas equivalentes que conducen desde el hormiguero a
las fuentes de alimentación, y el complejo efecto gregario que desplaza la
mayor parte de las hormigas a uno de los dos caminos en detrimento del otro, se
deriva necesariamente de la interacción semiológica cuyo soporte químico
aportan las feromonas.
Pero hay que evitar cualquier extrapolación imprudente Si el experimento
corrobora la idea de reloj, otras comprobaciones demuestran que, en realidad,
la parte del azar, la parte de las probabilidades en el comportamiento de los
insectos sociales, es mucho más importante de lo que hasta ahora se creía.
Particularmente sus estrategias de caza y recolección son exponente de una
enorme variabilidad del comportamiento en la que intervienen distintas
modalidades de lo aleatorio.[48]
El índice de error admitido en cada uno de estos comportamientos constituye
para las hormigas «la imaginación de la colonia» y mantiene un flujo de
innovaciones exploratorias, amplificado también, e incluso regulado, por el
sistema de comunicación. Esta imaginación de paso variable parece relacionada
con los parámetros ambientales y sociales.
Las especies, cuya estrategia consiste en explotar hasta agotar las fuentes de
aprovisionamiento descubiertas, presentan en sus operaciones de recolección un
grado de ruido bastante elevado, que a su vez se relaciona con el grado de
dispersión de las fuentes. Por el contrario, las especies que funcionan en base
a la rapidez de explotación pueden ser mucho más deterministas, a la par que
presentan diversos niveles de ruido en su comunicación.
Vemos que azar y necesidad cooperan ya a nivel de es tas sociedades tan simples
y que la imagen del reloj dista mucho de agotar la serie compleja de relaciones
que intervienen entre las sociedades de insectos y su entorno.
¿Es más exacta la imagen de máquina de vapor? Ruego se me permita dar un salto
y referirme a las sociedades humanas, mejor equipadas por los recientes
progresos de la informática.
Hablé al principio de la problemática de la complejidad, y ahora nos
encontramos con que se halla relanzada por el volumen contemporáneo de flujo de
energía, de materia y de información, tanto dentro de cada país como entre
amplias regiones a nivel internacional. André Danzin[49] estudia
en un reciente informe las consecuencias del veloz aumento de información a
escala internacional, que sitúa en un 14% anual. ¿Cómo interpretar esta
situación en términos de la física de no equilibrio que mencionábamos
anteriormente?
El trinomio flujo/función/estructura implica una retroalimentación ( feed-back )
evolutiva: pueden surgir nuevas estructuras que, a su vez, modifiquen el flujo,
lo que, a su vez, posibilitaría la emergencia de nuevas estructuras. Por lo
visto nos hallamos en una coyuntura en la que las estructuras creadas en un
período precedente han generado nuevos flujos, sin que éstos hayan encontrado
su inserción social en forma de estructuras adecuadas para procesarlos. De ahí
el malestar y la angustia que se observa a todos los niveles. Lo que ha
construido la generación anterior aparece por todas partes en forma de nuevos
flujos de intercambio, los cuales inducen a reanudar las construcciones
históricas precedentes.
Se suele hablar de crisis. Por supuesto, la palabra se aplica en múltiples
sentidos, y uno de ellos remite probablemente al hecho de que cada individuo
siente que nuevas estructuras proporcionales deben abrirse paso a nuevas
escalas temporales o espaciales, unas cortas y otras largas, con arreglo a la
especificidad de los flujos correspondientes El mundo no ha alcanzado ese
pluralismo que permite el nivel de flujos. Esto casi encierra una paradoja,
porque, contrariamente a la tendencia habitual que interpreta la circulación de
flujos como un proceso cuyo término debe set la uniformización más
estacionaria, creo que estos flujos son fuente de diferenciación vinculada a la
actividad del hombre.
Estos procesos de diversificación van surgiendo muy claramente en diversos
ámbitos, como sucede en literatura, en la que el aumento global del número de
libros permite editar obras de gran especialización; e igual observación podría
hacerse respecto a la música.
La diversidad cultural, tal como la conocemos, era un dato de la historia, un
sedimento de la dispersión de grupos sobre el mapa mundial. Esta
diferenciación, en cierto modo mecánica, podría ceder su puesto a nuevos
procesos en los que las prácticas culturales fueran libres de diferenciarse de
forma ampliamente descentralizada.
Es evidente que se dan dos fenómenos simultáneos. Por un lado, el
desplazamiento de la imagen del hombre medio, y por otro, la definición siempre
cambiante de las fluctuaciones a partir de esta media. Quizá, tanto en física
como en química, norma y fluctuación constituyen dos aspectos complementarios.
La física clásica ignoraba norma y fluctuaciones: se registraba la perturbación
de un movimiento planetario sin vuelta de hoja. En este mundo nuestro existen
atractores (por ejemplo, la posición de reposo del oscilador amortiguado), y en
él fluctuaciones y atractores sólo se definen necesariamente de forma
correlativa.
4.
Voy a señalar a continuación algunos puntos del
diálogo renovado con las ciencias humanas, posibilitado actualmente por la
reciente evolución de las ciencias físicas. Citaré un solo ejemplo relativo a
dinámica urbana.[50]
Mi colaborador, P. Allen, y su equipo han desarrollado modelos sobre evolución
estructural del sistema urbano para explorar los efectos a largo plazo de las
decisiones aplicadas al transporte, costes energéticos y cambios tecnológicos o
socioeconómicos.
Los métodos tradicionalmente empleados para evaluar los efectos de distintas
políticas (aunque basadas en ecuaciones econométricas, análisis de tipo input/output,
métodos de simulación o técnicas de programación lineal) consisten, en
realidad, en describir la estructura de los flujos existentes en el sistema. No
integran un mecanismo explicativo sobre la génesis de la estructura, por lo que
no pueden mostrar si persistirá realmente, o no, el estado momentáneo del
sistema, o si se avecinan ciertos cambios.
Estos métodos, muy utilizados a corto plazo, pueden ser totalmente erróneos si
se aplican a períodos más largos durante los cuales el sistema y sus problemas
pueden cambiar cualitativamente.
Las repercusiones macroscópicas de las estrategias de los distintos agentes
pueden analizarse en el curso de un período prolongado durante el cual los
actores urbanos responden a las circunstancias nuevas mediante un conjunto de
reacciones en cadena de sucesivas respuestas.
Por ejemplo, si se reduce la accesibilidad del transporte ligero al centro de
la ciudad, tal vez se produzca una revitalización del mismo si los empleados se
instalan en zonas renovadas que fomenten el crecimiento de servicios locales en
esos puntos, o, por el contrario, una reubicación de oficinas y comercios en el
extrarradio urbano, con lo que se acelera la decadencia del centro.
Si he citado este ejemplo es porque lo considero típico, en el sentido de que
cualquier intento por modelizar las actividades complejas (demografía,
circulación urbana, etc.) incluye necesariamente dos aspectos: uno monográfico,
en el que cuentan conceptos como flujo, no linealidad y bifurcaciones, aparte
de otras nociones que fundamentalmente se derivan de los últimos adelantos de
las ciencias físicas y matemáticas; y un aspecto fenomenológico, que describe
el comportamiento de los protagonistas y que sólo puede entenderse
experimentalmente mediante una encuesta social. En otras palabras, para
descifrar el comportamiento humano en esta perspectiva, debemos situarlo dentro
de un modelo, el cual no es válido si no se equipara a la auténtica diversidad
de los comportamientos reales.
Se trata, por lo tanto, de lograr un diálogo próximo al que las ciencias
físicas siempre han propiciado, aunque, en este caso, el marco intelectual sea
infinitamente más complejo. Insistimos en el hecho de que, en modo alguno, hay
que sustituir el modelo por una decisión, sino, al contrario, el modelo debe
servir para facilitar la explicación de las motivaciones de la decisión.
5.
No puedo silenciar el problema de la política
científica europea. Desde 1974, el Consejo de las Comunidades Europeas ha
adoptado el acuerdo de abrir el conjunto del campo científico y técnico a la
actividad comunitaria.[51] Gracias
a diversos coloquios y trabajos[52] se ha
llegado a esclarecer la problemática del fomento comunitario a la investigación
en Europa.[53] En las
reuniones se han expuesto diversos factores de la difícil situación por la que
actualmente atraviesa la investigación europea: envejecimiento demográfico de
las poblaciones de investigadores, dispersión de esfuerzos, coordinación
insuficiente, más las correspondientes secuelas, siendo la principal que Europa
está sub representada, en términos relativos y absolutos, en el concierto
científico internacional. Esta situación es tanto más inaceptable cuanto que,
como todos sabemos, el estímulo a la actividad económica europea debería ir
unido a la vitalidad de su investigación científica.
Personalmente, soy muy sensible a dos aspectos de esta fase crítica.
En primer lugar, el problema de los jóvenes. Estoy convencido de que la
creatividad de las jóvenes generaciones está hoy por hoy sacrificada. Es
fundamental que aseguremos las condiciones de una movilidad internacional e
interinstitucional que permita a los jóvenes científicos explorar los recursos
del área científica europea.
En segundo lugar, será determinante que nos aprestemos a establecer un contacto
directo entre los medios científicos y las autoridades de la comunidad europea.
Hasta ahora la Fundación Europea de la Ciencia no ha podido desempeñar más que
un papel consultivo, por no disponer de un presupuesto propio conveniente.
Debemos meditar sobre las iniciativas institucionales de que ha hecho gala
Norteamérica, como es la National Science Foundation y el National Research
Council, aparte del auge del presupuesto científico ante el propio Congreso.
Actualmente parecen abrirse ciertas esperanzas, a la vista de que la comisión
ha logrado que los estados miembros aprueben una resolución para emprender un
esfuerzo especial de estímulo a la investigación de vanguardia a escala
comunitaria. Se ha creado un comité de especialistas de alto nivel para seguir
los pasos de esta experiencia, el denominado Comité para el Desarrollo Europeo
de la Ciencia y la Tecnología (CODEST).
La empresa exige fórmulas estructurales originales, susceptibles de relanzar el
pluralismo institucional y la flexibilidad de programas y equipos que debieran
ser nuestras mejores cartas.
Y llegamos al final. ¿Cómo juzgar nuestro siglo? Es una pregunta que
recientemente tuve el privilegio de debatir con J. M. Domenach.[54] «Demasiados
horrores, demasiados errores», decía él.
Es cierto. Cuántas convulsiones, cuántas amenazas para el futuro. Sin embargo,
quizá nuestro siglo siga siendo, a pesar de todo, el siglo de la esperanza.
Vivimos una doble revolución: a nivel de las relaciones del hombre con la
naturaleza, como he expuesto en esta comunicación; pero también en las
relaciones del hombre con el hombre. Es una transformación que se inicia al
término del colonialismo y con la aparición del doble movimiento de
descentralización y de unificación que tiene lugar en innumerables regiones del
planeta.
El tiempo es construcción y no basta con redescubrirlo, ni tampoco con
redescubrir la libertad en pintura o en música. Al redescubrir el tiempo
asumimos una responsabilidad ética. Cuando menos, somos capaces de hacer que el
peso de nuestra historia no nos resulte una carga inexorable. Otras
bifurcaciones son imaginables y accesibles, al precio de otras fluctuaciones en
el camino de la exuberante humanidad del mañana. El redescubrimiento del tiempo
es también el redescubrimiento de la utopía.
§ 4. Naturaleza y creatividad[55]
(En colaboración con I. Stengers[56])
La creatividad ocupa, en el pensamiento
contemporáneo, un lugar enormemente ambiguo; reivindicaciones, rechazos,
temores y utopías la acosan al punto de hacer de ella uno de los mitos de
nuestra época. Cierto que, frente a la creciente coacción anónima en la que
algunos ven el precio de la tecnicidad de nuestra sociedad, es tentador afirmar
la creatividad del individuo, su posibilidad de crear sin cesar,
espontáneamente, por sí mismo, formas de relación nuevas con el mundo y con los
demás. El individuo afirmándose frente a la sociedad, el individuo rebelándose
contra todos los conformismos opresores: ésta es la situación de confrontación
dramática que evoca el concepto de creatividad.
«Afirmación frente a…». Una de las dimensiones fundamentales de la creatividad
es probablemente esa oposición, en definitiva maniqueísta, entre orden
trastornado y «dinamismo creador» que lo trastorna; de sobra conocemos el
vocabulario, esencialmente moderno, de alienación, opresión, conformismo,
dominación anónima, cantidad contra calidad . Palabras que
hacen referencia a este convencimiento propio de nuestra época de que el hombre
sólo es hombre rompiendo, alzándose contra un medio que necesariamente niega su
poder creativo. Pero es también este vocabulario el que acude a nuestra pluma
cuando se trata del hombre frente a la naturaleza; también en este caso el
hombre histórico, el hombre en devenir, potencia de superación y de proyecto,
debe romper con la naturaleza identificada con una materia pasiva, sometida a
leyes deterministas, carente de toda posibilidad de innovación y
transformación.
No es una casualidad, claro. Veremos cómo, en el seno de la naturaleza descrita
por la física clásica, es inconcebible la posibilidad de que algo nuevo se
produzca. «Todo está dado», toda evolución que no pueda reducirse a una
equivalencia más fundamental queda excluida. ¿Cómo concebir que el hombre
pertenezca a semejante mundo? La creatividad, afirmada como privilegio del
hombre, no será muchas veces más que lo opuesto a lo que se rechaza que él sea:
la ciencia se nos ofrece a imagen de la naturaleza.
Afirmación de la diferencia del hombre, muchas veces tanto más teñida de
sacralidad por su cariz abstracto, puramente oposicional; o, por el contrario,
intento de resucitar esa naturaleza naturante que produce la naturaleza
naturada, es decir, el conjunto de los objetos de nuestro conocimiento, y al
cual la propia experiencia de nuestra creatividad manifiesta nuestra
pertenencia. Estamos aludiendo a las Filosofías de la Naturaleza[57] de
principios del siglo XIX y también, desde luego, al pensamiento bergsoniano del
impulso creador. Sería un error sonreír al oír evocar lo que muchas veces ha
sido calificado de revueltas estériles contra el progreso de las ciencias.
Ciertamente, nos parece que estas filosofías corren el riesgo de trascender, en
el propio seno de la naturaleza, la oposición abstracta que, como hemos dicho,
subyace en la descripción del hombre frente a la sociedad, del hombre frente a
la naturaleza. Sin embargo, sería un error pensar que la crítica filosófica
esté actualmente más desviada que en la época en que Laplace imaginaba a un
demonio calculando el destino del universo a partir de la descripción de uno de
sus estados momentáneos; podemos leer, en el prólogo al brillante análisis del
estado actual de la investigación biológica, «De la bacteria al cerebro
humano»; «Las funciones de comparador o de simulador, el pensamiento reflexivo,
ponen en marcha conjuntos de neuronas e intrincados circuitos de conexiones,
cuyo enmarañamiento se resiste todavía a un análisis objetivo. El conocimiento
del estado inicial requerido para predecir un comportamiento tropieza de
momento con múltiples obstáculos. Pero es una dificultad estrictamente
práctica. En el plano teórico, no existen impedimentos. Hay una
incompatibilidad total de principio entre el determinismo más absoluto y la
aparente imprevisibilidad de un comportamiento».[58]
Aparente imprevisibilidad. Hoy como ayer, la ciencia parece oponer a la
evidencia de lo cualitativamente nuevo el arma de la explicación que disuelve
el fenómeno; hoy como ayer, habrá filósofos que se alcen para denunciar la
contradicción de un pensamiento humano calculador que se arroga el poder, nada
menos que infinito, que supone esa reductibilidad del pensamiento a un conjunto
contingente de circuitos neuronales.
Sin embargo, a pesar de lo que digan inconscientemente ciertos biólogos,
nuestra ciencia, a la que ellos creen invocar, no es ya la de Laplace, ni la de
Kant. Y, por consiguiente, la creatividad que fuera exponente de la cuestión
crítica (el hombre no halla su lugar en el mundo que describe, la creatividad
que fuera la encarnación de la protesta contra las pretensiones de una ciencia
que sólo sabe explicar por reducción a la insignificancia) encontrará —creemos
que lo encuentra ya— un puesto nuevo, central, en el pensamiento científico.
Una ciencia que dé sentido a la noción de creatividad y, en términos más
generales, al concepto de innovación no puede ser más que una ciencia
profundamente distinta a aquélla clásica, de la que Meyerson hizo tan fiel
descripción mostrándola únicamente satisfecha cuando había logrado reducir un
cambio, una novedad, a simple apariencia, retrayéndola a la identidad de un
nivel más fundamental. El modelo de esta ciencia es la descripción de la
trayectoria de los astros que no tiene ni principio, ni diversidad y cuya
perpetuación idéntica está contenida en la descripción de cada uno de sus
estados instantáneos. El triunfo de esta ciencia es la reducción de la
diversidad cualitativa al análisis cuantitativo, es el devenir (la evolución
durante la cual, sin embargo, algo se produce, en sentido literal)
convertido en apariencia, en una descripción aproximativa ligada a nuestra
ignorancia. Por el contrario, la ciencia auténtica actual, la ciencia de un
habitante de este mundo que explora el medio a que pertenece, está ligada a una
profunda conmoción de estos modelos ideales de explicación. Se deriva de nuevos
conceptos que, a lo largo de nuestro siglo, hemos tenido que ir introduciendo
para esclarecer una serie de paradojas científicas; estas paradojas, ligadas
todas ellas al problema de la medida, nos han forzado a reconocer, dentro de
las propias teorías científicas, una adscripción al mundo que describimos y
cuya descripción newtoniana, en su exterioridad, creyó poder eludir. Esta
ciencia es también consecuencia de la imposibilidad cada vez más patente de
describir este mundo, en el que explotan supernovas, en el que nacen y mueren
partículas elementales, como un mundo estático, y, por tanto, producto del
abandono del interés exclusivo por las situaciones estables e inmutables.
Nuestro mundo es un mundo de cambios, de intercambios y de innovación. Para
entenderlo, es necesaria una teoría de los procesos, de los tiempos de vida, de
los principios y de los fines: necesitamos una teoría de la diversidad
cualitativa, de la aparición de lo cualitativamente nuevo. Creemos que actualmente
podemos entrever su esbozo, sus primeras orientaciones. Para mejor entender su
doble vinculación a esa ciencia que implicaba la soledad del hombre en un
universo muerto y a la protesta contra esa investigación que reduce todo lo que
toca a la identidad plana y a la obcecación por la insignificancia, vamos a
examinar con mayor detenimiento la situación histórica de donde creemos procede
el concepto moderno de creatividad. Luego, intentaremos mostrar cómo este
concepto se sitúa dentro de la ciencia de los procesos.
Se ha dicho muchas veces que el siglo XIX es el siglo durante el cual se
plantea por vez primera en su complejidad el problema del tiempo, tanto en
ciencia como en filosofía. A finales del siglo XVIII, La crítica del
juicio de Kant sirvió de fuente de inspiración para lo que podemos
denominar la reacción romántica, que sería la primera en contrastar la
oposición entre naturaleza inerte, regida por un determinismo ciego de la
física matemática, con creatividad, la manifestación armoniosa y multicolor
del devenir natural .
El siglo XVIII descubrió el cuerpo organizado, discutiendo la posibilidad de
describir lo vivo como un reloj y, al mismo tiempo, de describir el reloj desde
el punto de vista de su mecanismo, puramente físico, o desde el punto de vista,
intencionado, de su constructor. El siglo XIX descubre el organismo .
La organización del relojero concienzudo, que sometía la naturaleza a la
intención calculadora, a la economía juiciosa y bien ordenada de los fines
naturales, se sustituye por una naturaleza espontánea, creadora de formas,
artística. El hombre creador, el artista, ha sustituido al relojero. Estas dos
figuras, el organizador y el creador, están en La crítica del juicio representadas
en el juicio teleológico y el juicio estético.
El juicio teleológico nos lleva a concebir que nada es vano dentro de la
naturaleza. «Un producto organizado de la naturaleza es aquél en el que todo es
finalidad y, recíprocamente, también medio. No hay nada en tal producto que sea
superfluo, sin finalidad o susceptible de ser atribuido a un mecanismo ciego».[59] Por
otra parte, nos vemos inducidos a constatar una concordancia, contingente,
entre las producciones de la naturaleza y lo que juzgamos bello. Desde el punto
de vista del conocimiento de la naturaleza, juicio estético y juicio
teleológico presentan, no obstante, muy distintas condiciones. Cierto que
ninguna de ellas es determinante y que sólo el principio del mecanismo de la
causalidad es constitutivo de los fenómenos naturales. Sin embargo, el
principio de las causas finales puede servirnos de hilo conductor para
estudiar los cuerpos organizados, aunque, desde luego, sin que ello pueda
contradecir nunca el verdadero conocimiento de estos cuerpos que está sometido
a las categorías del entendimiento, en términos generales, las de la ciencia
newtoniana. Por el contrario, sería inútil buscar una finalidad a la naturaleza
productora de belleza; «somos nosotros quienes acogemos con favor la
naturaleza, mientras que ella no nos hace favor alguno».[60] Entre
la armonía subjetiva y espontánea de nuestras facultades y las formas
producidas por la naturaleza, la concordancia es contingente, el sentido de lo
bello corresponde al sujeto. La naturaleza no es artista. De este modo. Kant
establece un equilibrio precario —que resultará aniquilado por el idealismo
post-kantiano— entre la ciencia moderna, matematizada y mecanicista, y esa
«nueva» evidencia de que la naturaleza es fuente de analogías para el
organizador y fuente de inspiración para el artista. Esta forma de coexistencia
sería destruida por la filosofía romántica que, en sí misma, constituye una
reacción contra la ciencia. Y es el devenir de la naturaleza, el impulso
armonioso de su creatividad, lo que será afirmado, y no ya la economía prudente
pero estática de su finalidad. Adscripción del hombre creador a la naturaleza
creadora y del artista a la naturaleza productora de formas.
Actualmente, mucho mejor que la afirmación de los filósofos post-kantianos,
conocemos la de las fuerzas creativas de la naturaleza, contraria a las
descripciones de la física, enunciada por pensadores más próximos a nosotros,
cuyas referencias científicas nos son más conocidas, como es el caso de
Nietzsche y Bergson.
Ha quedado muy atrás la tranquila naturaleza, económica y bien ordenada. Para
Nietzsche, la naturaleza es creadora, pero el creador es también, por
definición, un destructor; la naturaleza creadora es una naturaleza cruel, en
la que los débiles, que son también los más numerosos, luchan contra los
fuertes, quienes afirman su diferencia y cuyo eventual triunfo destruye a los
que no pueden contemporizar con esta afirmación. El devenir es conflicto; «los
individuos más fuertes serán los que sepan resistir a las leyes de la especie
sin perecer, los aislados. Es a partir de ellos de donde se forma la nueva
nobleza; pero, mientras se forma, ¡gran número de aislados tendrán que
perecer!, porque, aislados, perderán la ley que conserva y el aire habitual».[61] Por
doquier hallamos lucha y no armonía, lucha de células, de tejidos, de órganos,
de organismos.[62]
Gilles Deleuze ha visto en Nietzsche a un agudo crítico del modo de explicación
mecanicista por la conservación y la invariancia, y de la descripción
termodinámica como anulación progresiva de diferencias. « ¿Qué significa esta
tendencia a reducir las diferencias de cantidad? Expresa, en primer lugar, el
modo en que la ciencia participa en el nihilismo del pensamiento moderno. El
esfuerzo por negar las diferencias forma parte de esa empresa más general
consistente en negar la vida, en depreciar la existencia, en prometer una
muerte (calórica o no) en la que el universo se abisme en lo indiferenciado».[63] La
ciencia mecanicista, al igual que la ciencia termodinámica, niegue o afirme el
Eterno Retorno, es incapaz de concebirlo; eterno retorno de lo diferente,
eterna repetición de la producción de lo diverso como tal. «La idea mecanicista
afirma el Eterno Retorno, pero dando por supuesto que las diferencias de
cantidad se compensan o se anulan entre el estado inicial y el estado terminal
de un sistema reversible. El estado final es idéntico al estado inicial, al que
se supone indiferenciado respecto a los intermedios. La idea termodinámica
niega el Eterno Retorno, pero porque descubre que las diferencias de cantidad
se anulan sólo en el estado final del sistema, en función de las propiedades
del calor. Se acomoda así la identidad al estado final indiferenciado,
oponiéndola a la diferenciación del estado inicial. Las dos concepciones
concuerdan en la misma hipótesis, la de un estado final o terminal, estado
terminal del devenir».[64]
«No entendemos el Eterno Retorno si no lo oponemos en cierta manera a la
identidad»,[65] ni
tampoco la ciencia del siglo XIX, termodinámica de equilibrio o física
dinámica.
También es esta ciencia contra la que Bergson exclama «el tiempo es invención,
o no es nada».[66] No es
nada, es decir, es el tiempo espacializado de la física que describe todo
devenir como una sucesión de estados instantáneos, yuxtapuestos en
exterioridad. La física «se limita a contar las simultaneidades entre los
acontecimientos constitutivos de ese tiempo y las posiciones del móvil T en su
trayectoria. Desgaja estos acontecimientos de todo lo que revista en cada
instante una nueva forma y le transmita algo de su novedad. Los considera en
estado abstracto, como lo serían fuera del ámbito de lo vivo, es decir, en un
tiempo desarrollado en espacio. Sólo retiene los acontecimientos, o sistemas de
acontecimientos, que puedan aislarse sin hacerles sufrir una deformación
excesiva, porque sólo éstos se prestan a la aplicación de su método. Nuestra
física data del día en que se supo aislar tales sistemas».[67]
La creatividad bergsoniana ya no es esa explosión destructora de totalidades,
ese desmembramiento del Dios danzante nietzscheano; las metáforas han cambiado:
es el impulso, la elaboración continua de novedades, el dinamismo armonioso,
aunque divergente, «como el viento que penetra en un callejón y se divide en
corrientes de aire divergentes que son todas un mismo y único soplo».[68]
Como la filosofía romántica, Bergson evoca el organismo, la totalidad, pero se
opone a toda concepción de finalidad predeterminada que, como el mecanicismo,
desembocaría en la negación de la creatividad. «Totalidad en proceso»,
organismo esencialmente abierto, en evolución, sin objetivo predeterminado.
«En vano intentaríamos asignar un propósito a la vida, en el sentido humano del
término. Hablar de propósito es pensar en un modelo preexistente al que sólo
falta realizarse. Es, por lo tanto, suponer que, en el fondo, todo está dado,
que el futuro puede leerse en el presente. Es creer que la vida, en su
movimiento y en su integralidad, procede como nuestra inteligencia, que es una
simple visión inmóvil y fragmentaria sobre aquélla y que siempre se sitúa naturalmente
fuera del tiempo. La vida progresa y dura».[69] La vida
es continuidad, invención. La inteligencia fragmenta, aísla, inmoviliza,
disocia en elementos manipulables y calculables. La inteligencia no puede
comprender la vida, la biología tan sólo puede caricaturizarla; únicamente la
intuición puede entenderla, «visión directa del espíritu por el espíritu»;[70] «el
cambio puro, la duración real, es cosa espiritual, o impregnada de
espiritualidad. La intuición es lo que el espíritu alcanza, la duración, el
cambio puro».[71] Espíritu
contra materia, inteligencia utilitaria que construye el cambio a partir de
inmovilidades yuxtapuestas, contra intuición, vinculada a una duración
creciente en la que percibe una «continuidad ininterrumpida de imprevisible
novedad»:[72] Bergson
no critica un estadio históricamente determinado del pensamiento científico,
sino la propia ciencia; separa sus ámbitos, diferencia los reinos. Por ello
repite lo que quizá fuera una de las causas del fracaso de las Filosofías de la
Naturaleza a principios del siglo XIX . Filosofías del devenir y de la
creatividad que, sin embargo, quisieron congelar el devenir de la ciencia,
amarrarlo a una forma de conocimiento utilitario, cuyo alcance habría de quedar
restringido a los únicos dominios en que esta utilidad se evidencia;
inteligencia industriosa del hombre que entiende la naturaleza a través de su
doble papel de legislador y experimentador, pero que deja escapar un dinamismo
creador que sólo la intuición estética es capaz de experimentar.
Situación paradójica la de las filosofías de la creatividad instituyéndose en
contra de una ciencia que ellas mismas congelan e identifican. Situación tanto
más extraña cuanto que la ciencia parece constituir exactamente el tipo mismo
de la actividad creadora fuente de novedades conceptuales, de puntos de vista
inesperados, de estrategias imprevistas. Tal vez podamos comparar, en este
sentido, la ciencia con la Medusa que fascinaba a sus víctimas convirtiéndolas
en mineral. Al parecer, por defender su cuerpo, algunos filósofos quedan a tal
punto impresionados por el estado de la ciencia en su época que acaban
compartiendo la convicción de muchos científicos según la cual la historia de
las ciencias no es más que ese progreso que conduce hasta ellos mismos, congelando
así ese estado de la ciencia, identificándolo con la ciencia en general y
haciendo de él un ser substancial, una realidad estática, el Adversario. Es en
este contexto donde la creatividad se convierte en lo que al hombre escapa, y
está eternamente destinado a escapar a la investigación científica.
Por lo tanto, podemos decir que la crítica de Bergson es totalmente pertinente.
Cuando dice que en física lo cualitativamente nuevo, la innovación, no tienen
lugar, expresa una de las consecuencias esenciales del tipo de postulado que
instauraron los fundadores de la ciencia moderna para lograr su ambición:
matematizar la naturaleza, descubrir, más allá de la diversidad de los
fenómenos, las leyes matemáticas que constituyen la propia esencia del cambio.
Pero nosotros afirmamos al mismo tiempo que estos postulados no están
vinculados a la naturaleza de la ciencia, que no son definitivos y que, muy al
contrario, su fin se acerca. Por lo tanto, si el diagnóstico de Bergson nos
parece justificado, su remedio —un nuevo tipo de saber en ruptura con el tipo
de inteligencia vigente en la ciencia— nos parece una muestra del «efecto
Medusa».
Dicho esto, parecerá que ya podemos hacer burla de la crítica bergsoniana, y la
mayoría de las teorías científicas actuales pueden perfectamente hacerlo. De
ahí deriva el auténtico diálogo de sordos entre Bergson y Einstein: por muy
aventurada que sea la parte matemática de su exposición, Bergson no estaba
equivocado frente a Einstein: el tiempo de la relatividad es producto de una
idealización, no se presta a la descripción de la naturaleza y los seres vivos;
el tiempo de la relatividad sigue siendo el tiempo espacializado de la física,
nada tiene en común con el tiempo del que hablaba Bergson, que es más próximo
al tiempo termodinámico, puesto que mide el devenir intrínseco, el proceso.
Bergson nos ha dicho que nuestra física data del día en que supimos aislar
sistemas, considerándolos independientemente del mundo a que pertenecen, aislar
una causa de su cambio de estado e identificar este cambio al efecto necesario
de dicha causa. Creemos, efectivamente, que es el paso decisivo con el que se
origina la ciencia moderna, el paso general de la ciencia clásica.
En la física aristotélica, el aislamiento de un fenómeno no podía tener
sentido. En ella todo movimiento es proceso, devenir que afecta intrínsecamente
al cuerpo. Además, el movimiento no puede describirse sin referencia al cosmos
del que forma parte el cuerpo, porque el movimiento puede responder, o no, a
las tendencias esenciales del cuerpo, permitirle, o no, alcanzar su ubicación
natural: el cuerpo realiza espontáneamente los movimientos «naturales» y se
resiste a los movimientos forzados, impuestos por la acción de un motor.
La física medieval, que aprendió a explicar, por el impetus, el
movimiento de un proyectil —movimiento forzado, aunque sin contacto con un
motor— aprendió las virtudes de una explicación sin referencia al cosmos,
cualitativo y local, del recurso a una causa contenida en el cuerpo en
movimiento que a la vez permite hacer abstracción de la naturaleza del cuerpo
en movimiento, de su tendencia a alcanzar su ubicación natural, puesto que, en
cada punto de la trayectoria, la velocidad del proyectil es una función simple
—muy pronto matemática— del grado de desgaste del impetus .
Es a los físicos del impetus del siglo XIV a quienes debemos
los primeros intentos de calcular la variación de la velocidad del proyectil y
dar una descripción geométrica de su trayectoria; descripción que implica la
posibilidad de tratar el espacio, no ya como un cosmos cualitativamente
diferenciado, sino como un espacio geométrico, homogéneo e isótropo, que
contiene cuerpos que poseen en sí mismos la causa de su movimiento.
Pero el acta de nacimiento de la ciencia moderna es la exclusión realizada por
Galileo de ese efecto sin causa, de ese movimiento continuamente cambiante que
constituye el movimiento de caída acelerada: la causa de la caída es el peso
del cuerpo, que es constante. Sin embargo, la velocidad de caída varía;
variación que no puede reducirse a la identidad de una causa y que, por
consiguiente, no puede integrarse en la igualdad de una relación matemática. La
matematización del cambio implica una equivalencia cuantitativa entre causa y
efecto; la velocidad del grave no es uniforme, por lo tanto no puede tener una
causa constante; por el contrario, la aceleración, la variación de la velocidad
de caída sí que es constante. Fue Galileo quien llevó a cabo la más radical de
las revoluciones conceptuales: el peso determina no la velocidad, sino su
variación; la velocidad es un estado del móvil y, de igual modo, el reposo, el
estado de movimiento, libre de perturbación, se mantiene ad infinitum .[73]
El objeto de la física será, para Galileo y sus sucesores, el único cambio
matematizable, la variación del estado de movimiento, la aceleración. La
exigencia de cuantificación, la ambición de alcanzar la inteligibilidad
matemática de los fenómenos, destruyó finalmente la física de las tendencias
naturales, de los procesos finalizados. Pero hizo algo más, algo que sólo se
iría viendo paulatinamente durante el siglo XVIII, cuando el proceso de
colisión quedara a su vez prácticamente eliminado por la inteligibilidad de la
física matemática naciente. De hecho, quedaron eliminados de la física todos
los procesos que afectan intrínsecamente los cuerpos, todos los procesos que
evidencian una actividad espontánea de dichos cuerpos, todos los procesos
durante los cuales sucede algo, durante los cuales se produce una
transformación que no es trivialmente similar a la transformación inversa,
porque la causa no es trivialmente equivalente al efecto.
El tiempo físico es, a partir de entonces, el tiempo de la aceleración, las
matemáticas de esta física son las matemáticas infinitesimales que Galileo
había oscuramente previsto y utilizado. A este respecto, se ha hablado de
armonía preestablecida, puesto que los entes matemáticos infinitesimales fueron
explícitamente introducidos por Newton como fluentes o cantidades matemáticas
que fluyen y permiten tratar matemáticamente el cambio en el curso del tiempo.
Pero el movimiento dinámico es, como señala Koyré,[74] «un
movimiento sin relación con el tiempo, o lo que es aún más extraño, un
movimiento que se desarrolla en un tiempo intemporal, noción tan paradójica
como la de un cambio sin modificación». Y es que, como dice Bergson, todo está
perfectamente dado, el cambio no es más que el devenir negado, el tiempo no es
más que un parámetro homogéneo indiferente a la transformación que permite
describir. El análisis infinitesimal descompone un movimiento en estados cuya
sucesión, que se extiende en el tiempo —tanto hacia el pasado como hacia el
futuro—, se rige por una ley matemática totalmente determinista. Según esta
ley, la descripción de un sistema «que se remonta en el tiempo» es
estrictamente equivalente a la del mismo sistema en el que todas las
velocidades se hubieran invertido instantáneamente: se postula que las leyes
dinámicas son invariantes en relación a un cambio de signo del parámetro
tiempo. ¿Qué mejor confirmación a la crítica de Bergson? Basta con invertir el
sentido del movimiento del proyector cinematográfico y veremos rejuvenecer a
los viejos, hundirse los árboles en tierra, reincorporarse espontáneamente los
líquidos vertidos a su recipiente.
En este universo newtoniano, toda actividad coherente es milagro, el caos
parece ser la regla, y, sin embargo, las especies vivas se han diversificado
progresivamente, los seres vivos se han hecho más complejos, vinculados entre
sí por múltiples interacciones delicadamente dispuestas. A pesar de todo, la
misma actividad del científico, actividad de inquirir, de experimentación, de
estrategia exploratoria, supone ese devenir que la ciencia niega.
Sabemos que la explicación darwiniana trata de asumir la dificultad; con la
selección del mutante, producido por el azar, la ciencia moderna ha ido sin
duda alguna lo más lejos posible en el extraño intento de reintegrar al hombre
a este mundo del que había sido excluido al principio, al resultar
inmateriatizable la actividad coherente, el devenir.
Como hemos señalado ya en otro texto,[75] «la
protesta vitalista se origina en el materialismo más radical. No es por una
espiritualidad imprecisa por lo que reclama Diderot que la materia sea definida
como capaz de una actividad intrínseca coherente, poniendo en duda que la
física matemática heredada de Galileo y de Newton pueda ocuparse del problema
de la vida, sino, al contrario, para otorgar verosimilitud a esta afirmación
revolucionaria: el hombre pertenece a la naturaleza, el pensamiento lo produce
la materia sensible y organizada.
»Extraña inversión de situación para quienes, como nosotros, han aprendido a
ver en el triunfo sobre el vitalismo, proclamado por la biología contemporánea,
y en la afirmación de que, por la muy improbable evolución, de milagro
estadístico en milagro estadístico, el autómata cibernético humano ha podido
surgir sin contravenir las leyes de la física… triunfo de la racionalidad
científica sobre el oscurantismo espiritualista. Es más, extraño contraste
entre el optimismo de Diderot y el sentido trágico de Monod, tan significativamente
cercano al sentido trágico cristiano de Pascal…: “Es preciso que el hombre
despierte de su sueño milenario y descubra su absoluta soledad, su extrañeza
total. Ahora sabe que, cual cíngaro, se halla al margen del universo en que
tiene que vivir. Universo sordo a su música, indiferente a sus anhelos, a sus
sufrimientos y a sus crímenes”. Independientemente de que el badajo que la
golpea sea ateo o cristiano, la campana fundida por Galileo y Newton produce
siempre el mismo sonido, la misma gloriosa humildad, la misma marginalidad
orgullosamente asumida».
Algunos biólogos actuales citan con frecuencia a Camus.[76] Es,
efectivamente, la asunción del absurdo, el reconocimiento por el hombre de su
propia insignificancia, lo que la transmuta, lo que sirve para franquear el
Reino a ese extraño ganador de una lotería cósmica en la que casi todas las
apuestas pierden.
Nosotros rechazamos esta transmutación trágica que, en definitiva, no es sino
la repetición «naturalizada» de la ruptura entre el alma humana, imagen de Dios
creador, y el cuerpo, sometido a las leyes mecánicas: ruptura gracias a la cual
el hombre de ciencia del siglo XVII pudo matematizar la naturaleza, reducirla a
un mundo inerte, desprovisto de actividad intrínseca, sin por ello poner en
peligro su propia identidad. Sin embargo, tampoco hay que olvidar las críticas
de Monod al vitalismo, que coinciden con las de Judith Schlanger: «Cualquier
pesadilla antes que la insignificancia. Es sobre este fondo repelente sobre el
que puede entenderse el inmenso éxito de las filosofías del organismo».[77] Y.
ciertamente, la afirmación de la naturaleza como totalidad insignificante, del
tiempo como devenir de una racionalidad operante en la naturaleza, responde
demasiado bien al problema del estatuto del hombre y de la sociedad en el seno
de esa naturaleza, y es demasiado exactamente lo opuesto a la naturaleza
dispersión pasiva para no constituir sino la expresión imaginativa del
problema, Schlanger dice: «El espíritu acepta tanto más fácilmente el discurso
cuanto que esta concepción (según la cual toda realidad es de tipo orgánico)
sugiere que este discurso se adhiere con mayor fuerza a la motivación que le
subtiende. Cree entregarse al examen de razones, y cede a Ja suposición de
ventajas».[78] Ahí
radica precisamente la debilidad, y la seducción, de concepciones que priman
intuición frente a inteligencia conceptual, imaginación frente a entendimiento.
Cierto que la exigencia de matematización constituyó, en los siglos XVII y
XVIII, el «lecho de Procusto» en el que la naturaleza fue simplificada hasta
hacer incomprensible la propia posibilidad de innovación; sin embargo, esta
exigencia va unida a un estadio históricamente nato del pensamiento matemático.
Toda concepción que rechace por principio el cálculo y la modelización
matemática en nombre de una forma más o menos exaltada y mística de
participación en el gran movimiento de la naturaleza, puede parecer un
pensamiento reaccionario, producto del rechazo y del miedo más que de la
necesidad intelectual de formular positivamente un problema.
Por ello conviene, a propósito de la crítica de la ciencia clásica, establecer
una sensible diferencia entre la insatisfacción intelectual profunda, que
suscita el tipo de explicación que esta ciencia nos propone, y la inquietud, la
nostalgia, que en algunos pueda evocar, de un cosmos armonioso en el que cada
cual tuviera su puesto, estuviera previsto y contribuyese a la finalidad del
todo; naturalmente, este sentimiento es legítimo, pero sólo el primero puede
engendrar una aproximación intelectual fecunda.
El movimiento de los planetas es conservador y no introduce innovaciones. El
movimiento pendular no aporta novedades; en el vacío, las piedras que caen no
manifiestan creatividad. La simplificación operada por la ciencia corresponde a
ciertas situaciones reales, y ningún cuestionamiento debería obligarnos a
abandonar este tipo de descripción. No basta con sustituir un universo muerto
por otro vivo, un universo conservador por otro innovador.
Pero las nuevas teorías matemáticas, que llevan nombres tan evocadores como
«teoría de las bifurcaciones», «teoría de la estabilidad estructural», nos
permiten ya superar las simplificaciones de la física dinámica, abordando
ámbitos que ésta sólo podía describir mutilándolos. Por lo tanto, no es contra
la ciencia contra la que pueda realizarse la inteligibilidad de los procesos
coherentes de la naturaleza en devenir, sino de la ciencia liberada por su
propio desarrollo de los presupuestos que posibilitaron sus primeros pasos y
que, desde entonces, constituyen un obstáculo. Se concibe el reto tanto
intelectual como emotivo de esta afirmación: podemos desde ahora esperar la
matematización de las condiciones de innovación, modelizar de algún modo los
factores que hacen posible la creatividad.
Naturalmente, no pretendemos modelizar la actividad creadora de un artista, ni
esos otros tipos de actividad que son el símbolo mismo de lo «sublime»
creativo. Pero precisamente porque la creación ya no nos parece el máximo
atributo del hombre, sino una dimensión de la propia naturaleza, creemos que la
actividad humana más abstracta, más intelectual, no es inseparable, ni
esencialmente distinta, de las actividades que cabe esperar puedan algún día
modelizarse. Toda invención, «humana» o natural, introduce en el mundo
entidades que no existían, realizaciones y problemas nuevos; ¿en qué
condiciones se producirán estas invenciones, en qué condiciones podrán
mantenerse y provocar la destrucción o la conmoción del sistema en que se
produzcan? Éstas son las preguntas que plantean los mutantes producidos por la
naturaleza y los inventos técnicos e intelectuales del ser humano. Para
quienes, petrificados en su rechazo de la ciencia, han hecho de la creatividad
el máximo privilegio del hombre, aquello que le distingue de la naturaleza
sometida y pasiva, esto significará un contrasentido grosero o la mayor
afrenta; para otros, será la manifestación de que la ciencia ha cambiado
profundamente, que desde ahora puede intentar matematizar el tiempo del proceso
que su impotencia le había inducido a negar en principio.
Desde ahora resulta claro que tiempo y creatividad están estrechamente
vinculados; sólo una teoría para la que el tiempo no sea algo más que un
parámetro puede esperar cubrir una noción, por simplificada que sea, de la
creatividad. A partir de esto sería lógico pensar en la termodinámica como
punto de partida para la elaboración de semejante teoría. Todos sabemos que, en
termodinámica, el tiempo tiene un sentido y que los procesos que incrementan la
entropía nunca pueden invertirse, son irreversibles.
En realidad, la situación dista mucho de ser tan sencilla, y hasta los
termodinámicos trataron de eludir el problema del tiempo que planteaba su
propia teoría. Clausius, por ejemplo, enunció, dramáticamente desde luego, el
segundo principio ( Die Entropía der Welt strebt einem Maximum zu ).[79] Pero,
desde entonces, se atrincheró y, con él, todos los termodinámicos del siglo XIX
en el estudio de una situación límite en la que, tras haber alcanzado la
entropía su valor máximo, ya no es posible proceso irreversible productor
alguno de entropía. Por lo tanto, se atrincheró en el estudio del estado de
equilibrio, situación final de toda la evolución termodinámica dentro de un
sistema aislado. De esta manera, la termodinámica se especializó precisamente
en el estudio de estos estados en los que la asimetría fundamental de los
procesos físicos ya no se manifiesta.
Podemos decir que, para los termodinámicos, el no equilibrio, el aumento de
entropía, eran temas de mala reputación.
Es comprensible la fascinación que ejerció el estado de equilibrio sobre el
científico. El estado de equilibrio establecía, en realidad, una aparente
continuidad entre dinámica y termodinámica. Confirmando el diagnóstico de
Bergson, podemos decir que tanto dinámica como termodinámica de equilibrio
niegan cualquier «creatividad» del sistema; el estado de equilibrio está
también estrechamente determinado por sus condiciones en los límites, tan
estrechamente sometido al control de quien pueda manipular estos parámetros,
como el sistema dinámico por sus condiciones iniciales y sus leyes de
desarrollo. En ambos casos, el científico es el Dios de su objeto, y conocer es
controlar; en ambos casos, se establece el control sobre un sistema en el que
no sucede nada, en el que nunca ha sucedido nada en dinámica, en el que ya nada
sucede en termodinámica, porque toda la energía disponible se ha degradado.
Cierto que, en termodinámica de equilibrio, el determinismo es sólo
estadístico; las condiciones en los límites sólo permiten describir el sistema
promedio, y éste en realidad fluctúa constantemente y de forma incontrolable en
torno a estos valores medios Pero este determinismo, aunque estadístico, no por
ello es menos total. La ley de aumento de la entropía postula que toda
fluctuación próxima al equilibrio está condenada a remitir, a desaparecer; por
lo tanto, afirma el regreso al estado descrito por las leyes termodinámicas.
Sólo en el siglo XX, con los trabajos de Théopile De Donder y de Onsager, se
inician los primeros intentos de estudiar la producción de entropía determinada
por los procesos irreversibles.
Es muy significativo que Théopile De Donder, cuando trataba de caracterizar
positivamente la irreversibilidad termodinámica, se interesase por los
procesos químicos . Efectivamente, comprendía hasta qué punto
estos procesos, estos «amoríos moleculares», escapaban a las leyes diáfanas de
la física, y fue así como un físico, que soñaba con la alquimia, llevó la
termodinámica a su derrotero original, restaurando esta ciencia de los procesos
que el triunfo de la termodinámica de equilibrio había relegado al olvido.
Sin embargo, no bastaba con explicitar la significación física del aumento de
entropía cuando la evolución descrita es la de un sistema camino del
equilibrio. Porque esta evolución es sin duda irreversible, pero hace aún más
enigmático el problema del tiempo: el único devenir admitido por la
termodinámica del siglo XIX, esa evolución hacia el equilibrio, es
desorganización constante, olvido progresivo de las condiciones iniciales. El
tiempo dinámico, era el tiempo de la caída de graves. Según la expresión de
Serres,[80] el
tiempo termodinámico es el tiempo de otra caída, no en el espacio, sino en el
tiempo, caída hacia la inmovilidad y la impotencia de los motores construidos
para producir un trabajo, pero, en seguida también, por una peligrosa
extrapolación, caída de todo lo activo hacia la pasividad, porque todo lo
activo produce entropía y, con ello, acelera la carrera hacia el reino de la
muerte.
Nietzsche había concluido con justicia que, en tanto que la termodinámica no
puede describir la evolución de un sistema si no es desde el punto de vista del
equilibrio, en el que las diferencias se anulan y los procesos se detienen,
tampoco puede describir el universo que conocemos; en este universo,
efectivamente, el equilibrio es una situación bastante excepcional, la evolución
de un sistema hacia el equilibrio es una evolución muy rara, posible únicamente
en un planeta como el nuestro, a la vez lo bastante alejado del sol para hacer
concebible el aislamiento de un sistema parcial —no hay «recipiente» posible a
temperatura solar: ahí radica todo el problema de la fusión nuclear— y lo
bastante próximo para que se produzcan procesos irreversibles. Se observan
pocos «muertos térmicos», salvo en nuestros sistemas locales que aislamos
artificialmente. Más bien, lo que vemos, lo que parece ser la regla, son
intercambios continuos de energía y de materia entre sistemas, estructuras que
se crean, estructuras que mueren.
El interrogante que la termodinámica de los procesos irreversibles ha de
plantearse es: ¿en qué condiciones pueden aparecer estructuras, desarrollarse,
ser destruidas? Como resultado de los trabajos de nuestro grupo[81] en
Bruselas y en Austin, estamos en posición de responder a esta pregunta, y la
clave del problema estriba en el equilibrio que resulta ser origen de orden.
En los sistemas en que se producen constantemente intercambios de energía y de
materia con el medio, el equilibrio no es posible, por darse procesos
disipativos que continuamente producen entropía. El segundo principio de la
termodinámica permite prever la evolución del sistema hacia un estado
estacionario, cuyas propiedades constituyen de hecho la extrapolación de
las propiedades del estado de equilibrio: inercia máxima, y no total como en el
equilibrio, olvido de las condiciones iniciales, desorganización. No obstante,
a partir de cierta distancia del equilibrio, de cierta intensidad de los
procesos disipativos, el segundo principio ya no sirve para garantizar la estabilidad de
este estado estacionario. Al contrario, podemos definir para ciertos sistemas
un «umbral», una distancia crítica respecto al equilibrio, a partir de la cual
el sistema se hace inestable, a partir de la cual una fluctuación puede
eventualmente no remitir, sino aumentar.
Una de las consecuencias más notables de la termodinámica de los sistemas
alejados del equilibrio es que este umbral existe siempre en
sistemas químicos en los que las reacciones están acopladas, y en los que
existen circuitos de realimentación ( feed back ).
Hemos denominado «orden por fluctuaciones» al orden generado por el estado de
no equilibrio. Efectivamente, cuando, en vez de desaparecer, una fluctuación
aumenta dentro de un sistema, más allá del umbral crítico de estabilidad, el
sistema experimenta una transformación profunda, adopta un modo de
funcionamiento completamente distinto, estructurado en el tiempo y en el
espacio, funcionalmente organizado. Lo que entonces surge es un proceso de
auto-organización, lo que hemos denominado «estructura disipad va». Podemos
decir que la estructura disipativa es la fluctuación amplificada, gigante,
estabilizada por las interacciones con el medio; contrariamente a las estructuras
en equilibrio, como los cristales, la estructura disipativa sólo se mantiene
por el hecho de que se nutre continuamente con un flujo de energía y de
materia, por ser la sede de procesos disipativos permanentes.
Creemos que este progreso de la termodinámica es de suma importancia. Por
primera vez, una teoría física nos permite describir y prever un acontecimiento
que responde a las exigencias más generales de una teoría de la creatividad. En
el marco del estudio de la estabilidad de los estados alejados del equilibrio
—y el estado estacionario de que hemos hablado no es el único que puede ser
inestable: a su vez, las estructuras disipativas pueden tener umbrales de
inestabilidad— vemos que coexisten la descripción del funcionamiento
macroscópico de una estructura, descripción propiamente continua e
independiente del detalle de los comportamientos individuales, junto al
elemento discontinuo, abrupto, de la amplificación de la fluctuación, de la
destrucción de la estructura, la aparición de un modo de funcionamiento
cualitativamente nuevo.
Creemos que se cumplen las condiciones mínimas para que, sin un grosero
contrasentido, podamos afirmar que la termodinámica describe la génesis
propiamente histórica de estructuras activas; parece ser que, por primera vez,
el objeto de la física ya no es radicalmente distinto al de las ciencias
llamadas humanas y que, por consiguiente, es posible un intercambio real entre
estas disciplinas. Así, en el estudio de las propiedades de estabilidad de los
sistemas termodinámicos, la física podrá inspirarse en conceptos y métodos de
las ciencias humanas, del mismo modo que éstas, en los modelos y en las
matemáticas que comienzan a ponerse a punto.
Nietzsche decía que los grandes números favorecen a los débiles, que los
fuertes deben ser protegidos contra este modo de selección que hace triunfar a
los timoratos y perseguir a los innovadores. Son los grandes números los que
permiten deducir la estabilidad del estado de equilibrio y la propia de los
estados estacionarios más allá de la estabilidad; pero esta deducción no es
válida sino en tanto sea válida la hipótesis según la cual todos los estados
compatibles con las condiciones en los límites son equivalentes y poseen la
misma importancia estadística. En los límites de validez de esta hipótesis, las
fluctuaciones son insignificantes, la norma es única y todopoderosa.
Lejos del equilibrio, por el contrario, la actividad de las unidades
constitutivas del sistema se hace esencial. Ya no es posible establecer una
media sobre el conjunto de los estados, ya que algunos de ellos se amplifican y
predominan a escala macroscópica, mientras que, próximos al equilibrio, habrían
quedado condenados por la ley de los grandes números. Las matemáticas, que
corresponden a esta situación física, la teoría de las bifurcaciones, la de las
catástrofes, están en las antípodas de la física matemática del siglo XIX: para
unas condiciones en unos límites determinados, el sistema puede hallarse en
muchos estados distintos, y es la fluctuación la que selecciona el que se
alcanzará en definitiva.
Los estados que pueden aparecer lejos del equilibrio tras la amplificación de
una fluctuación son estables y reprodúceles. Son previsibles, pero no en el
sentido en que es previsible la evolución de un sistema pasivamente sometido a
una ligadura externa, sino porque el número de soluciones posibles al problema
de la estabilidad, que se plantea lejos del equilibrio, es calculable y porque
los estados hacia los que un sistema puede evolucionar son finitos en número.
Por consiguiente, un elemento irreductible de indeterminación caracteriza la
evolución de un sistema más allá del umbral de la inestabilidad. No todo está
dado cuando se especifican las condiciones en los límites y la composición del
sistema. Naturalmente, son calculables los distintos estados estables posibles,
pero hay que esperar y observar la evolución del sistema para saber qué
fluctuación se producirá y se amplificará, y hacia qué estado estable se
dirigirá el sistema. No se trata del simple problema de concretar una
descripción. La fluctuación y las leyes macroscópicas pertenecen a dos
modalidades de descripción mutuamente excluyentes: aunque fuera posible una
descripción mecanicista, que pretendiese poder predecir la fluctuación,
resultaría inútil para dar un sentido al concepto de sistema, de condiciones en
los límites. Para poder plantear el problema de la estabilidad, se requieren a
la vez y simultáneamente las condiciones en los límites macroscópicos y las
fluctuaciones elementales. Se impone una descripción plural que ponga en juego
puntos de vista y modos de descripción distintos, que, en consecuencia, no
suscite ya la ilusión de que la física busca el nivel definitivo fundamental de
descripción, a partir del cual todo estaría dado.
No pretendemos haber llegado a la intuición bergsoniana de la duración. Los
sistemas que describimos son producto del cálculo y la observación, y no los
hemos experimentado intuitivamente; lo que sucede es que la descripción a que
llegamos no contradice las exigencias de Bergson, exigencia que Deleuze nos
recuerda hablando del impulso vital: «Es necesario que el Todo cree las
líneas divergentes a partir de las cuales se actualiza y los medios disímiles
que utiliza en cada línea. Hay finalidad porque la vida no opera sin dirección,
pero no hay “meta” porque estas direcciones no están de antemano previstas y se
van creando “conforme” el acto las recorre».[82]
La descripción termodinámica no nos dice lo que es el «Todo»; en este sentido,
no es bergsoniana y está muy lejos de cualquier organicismo; pero nos muestra
una evolución a la vez continua, por estar parcialmente determinada por leyes
macroscópicas que caracterizan globalmente al sistema, y creadora, por conducir
a situaciones totalmente nuevas. Para nosotros esta evolución es, junto con su
imbricación característica de parámetros macroscópicos y de factores
individuales que se amplifican apoderándose de todo el sistema, el auténtico
modelo del proceso innovador en la naturaleza.
Los sistemas en los que se producen transformaciones químicas acopladas
constituyen un campo de exploración muy fecundo y variado para el estudio de
las estructuras disipativas. La conclusión más general que podemos extraer de
estos estudios es la de que, mientras que, en estados próximos al equilibrio,
la desorganización y la inercia son normales, más allá del umbral de
inestabilidad la norma es la autoorganización, la aparición espontánea de una
actividad diferenciada en el tiempo y en el espacio. Las formas de esta
organización disipativa son muy diversas. Ciertos sistemas se hacen
espontáneamente inhomogéneos en el espacio, otros adquieren un ritmo temporal
periódico, cual auténticos relojes químicos; algunos asocian estructuraciones
espaciales y temporales, finalmente, otros adquieren auténticas fronteras
naturales, dimensiones determinadas por los parámetros que caracterizan la
actividad del sistema.[83]
Hasta ahora las fluctuaciones, cuya posible amplificación hemos examinado, se
referían a concentraciones de unidades activas, constitutivas del sistema. Sin
embargo, la estabilidad de un sistema puede peligrar de otra manera: por
«mutaciones» que afecten a determinadas unidades, o bien por otros tipos de
unidades introducidas en el sistema que establezcan e impliquen un nuevo tipo
de relaciones entre los constituyentes. Se produce entonces una verdadera
competencia entre los distintos modos de funcionamiento posible del sistema;
los mutantes o los intrusos, al principio poco numerosos, serán eliminados y se
conservará el funcionamiento «ortodoxo», a menos que su presencia determine la
inestabilidad del mismo. En tal caso, en vez de ser destruidos, se multiplicarán
y todo el sistema adoptará un nuevo modo de funcionamiento a costa de la
destrucción de los que ya no desempeñan papel alguno. En este caso, es la
estabilidad de la misma estructura del sistema, de la «sintaxis» de las
operaciones que en ella se producen, lo que se explora.
Veamos un ejemplo simple, el de una población de macromoléculas
autoreplicativas: en este caso, analizado por Eigen,[84] la
población está dominada por las macromoléculas capaces de catalizar con más
eficacia y precisión su propia síntesis. Como consecuencia de copias
«erróneas», aparecen constantemente macromoléculas «mutantes» de distinta
secuencia; sin embargo, estos errores no acarrean consecuencias, y estos
«monstruos» no se multiplicarán mientras no se reproduzcan más deprisa que la
molécula dominante «normal». Pero, sí uno de esos monstruos se reproduce más
deprisa y mejor que ésta, la eliminará constituyéndose a su vez en norma.
El estudio de la estabilidad estructural permite plantear cuestiones esenciales
a propósito de los mecanismos de evolución y de la diferenciación de un
ecosistema o de una población. ¿Qué innovadores lograrán perturbar el sistema
en el que hacen intrusión? ¿Qué sistemas lograrán resistir y eliminar estos
peligrosos creadores? Empiezan a estudiarse modelos relativos a las más
diversas situaciones. Por ejemplo, la subdivisión de una especie en castas: ¿en
qué condiciones de competencia entre poblaciones existirán ventajas para que
una fracción de determinada población se especialice en una actividad belicosa
e improductiva (los soldados entre los insectos sociales)? En relación, por
ejemplo, con la especialización de las actividades depredadoras: ¿en qué tipo
de medio resultará ventajoso para una especie restringir la gama de sus
recursos alimenticios, y en cuál vale más explotar el mayor número posible de
recursos distintos? En el caso de la dinámica de evolución de una población de
presas y depredadores, la aparición de una presa más hábil en la fuga, de un
depredador más eficaz en la captura, constituyen factores de inestabilidad
estructural. La exigencia de estabilidad del ecosistema permite la previsión de
tendencias evolucionistas a largo plazo, que ciertos datos empíricos parecen
confirmar ya.
Los notables desarrollos de la teoría de la estabilidad estructural establecen
que el problema de la creatividad presenta dos dimensiones: la actividad de los
individuos innovadores y la respuesta del medio. La innovación es una
fluctuación aceptada por el medio y no sería posible en un universo
excesivamente coherente en el que ninguna fluctuación perturbase la tranquila
identidad, ni en un universo incoherente en el que todas las fluctuaciones
fueran equivalentes y, por lo tanto, intrascendentes, y en el que pudiera
producirse cualquier cosa.
Aún sabemos poco sobre los mecanismos de ampliación de las fluctuaciones, pero
conocemos ciertos resultados generales relativos a los parámetros que
determinan el fenómeno.
Lejos del equilibrio, la ley de las fluctuaciones depende de la dimensión de la
zona fluctuante; podemos concebir la amplificación en relación con un mecanismo
de nucleación. Dentro de la zona fluctuante, los procesos disipativos tienden a
reforzar la fluctuación, pero los intercambios con el medio tienden a
amortiguarla, y es la competencia entre estos dos factores lo que determina el
destino de la fluctuación: la invasión de todo el sistema, o su desaparición.
La difusión de los productos procedentes del medio que no ha fluctuado es tanto
más eficaz para eliminar la fluctuación cuanto más pequeña es la zona
fluctuante, y sólo a partir de una dimensión crítica puede la
fluctuación resistir y desarrollarse.
Es sorprendente comprobar que, independientemente del sistema, el medio externo
siempre desempeña igual papel y trata de eliminar la novedad que lo perturba.
Esta novedad sólo puede desarrollarse en la medida en que el mundo externo
pierda importancia. Y. sin embargo, esta zona fluctuante, innovadora, no está
aislada —recordémoslo— como el resto de la estructura disipativa; únicamente
vive merced a los intercambios con el medio que pone en peligro.
En esto, encontramos de nuevo esa evolución mediante conflictos, esa lucha a
muerte entre una sociedad constituida y los que aportan novedad, diferencia y
muerte, de las que habla Nietzsche. Recordamos también a Whitehead, de quien
Erich Jantsch citaba recientemente este pensamiento: « It is the
business of the future to be dangerous… The major advances in civilization are
processes that all but wreck the societies in which they occur ».[85]
Procesos de organización y, por consiguiente, de totalización, pero también de
muerte y destrucción. Entendemos perfectamente que la evolución de los sistemas
vivos haya podido inspirar a la vez la violencia nietzschiana y la armoniosa
duración bergsoniana. La fluctuación que se amplifica constituye una
totalización, el establecimiento de una unidad de régimen en armonía con el
medio, pero significa también la muerte y la destrucción del sistema que
invade, que domina y el cual trata en vano de reducirla.
Quizás el análisis del mecanismo de nucleación sea susceptible de esclarecer
una de las cuestiones que preocupa a los especialistas de la ecología
matemática. La cuestión del límite de la complejidad . Un
resultado general del estudio matemático de la estabilidad de los sistemas
consiste en que ésta decrece al aumentar el número de interacciones entre los
constituyentes. Según este resultado, todo sistema complejo debería
desaparecer, y la existencia de medios ecológicos complejos como la jungla
virgen, la existencia de biosistemas, particularmente de sociedades humanas
desarrolladas, parece incomprensible.
Ahora entendemos por qué la afirmación de que estos sistemas son inestables y
siguen existiendo no es contradictoria. Basta que en ellos los intercambios
entre todas las partes sean lo bastante rápidos como para que la dimensión
crítica a partir de la cual la fluctuación puede amplificarse y destruir el
sistema sea enorme, y por lo tanto su posibilidad muy reducida, de manera que
el sistema puede persistir durante tiempos prolongados. En este sentido,
podemos considerar que ninguno de los sistemas que conocemos es realmente
estable, sino solamente meta estable, y que vive debido a que pocas perturbaciones
son capaces de superar su «poder de integración», pero que en ningún caso su
existencia es prueba de la armoniosa estabilidad cerrada sobre sí misma que,
por ejemplo, algunos análisis funcionalistas en sociología querrían
presentarnos como el estado ideal a alcanzar.
Llegamos, por consiguiente, a la idea de sistemas en evolución indefinida, al
concepto de que, por definición, ningún sistema complejo es jamás
estructuralmente estable. Desembocamos en la imposibilidad de hablar de final
de la historia, sino sólo de fin de historias. En definitiva, llegamos a una
concepción bastante próxima al Eterno Retorno, en el sentido en que la doble
crítica de Nietzsche —a la termodinámica y a la mecánica— podía hacernos
entender. Imposibilidad de hablar de una evolución finalizada, hacia un estado
estable, un estado en el que «el futuro ya no sea peligroso». Evolución que
deja de ser búsqueda de identidad, de reposo, para hacerse creación de
problemas nuevos, proliferación de nuevas dimensiones. La innovación hace más complejo
el medio en que se produce, planteando problemas inauditos, creando nuevas
posibilidades de inestabilidad y conmoción.
También nos unimos a esa idea de Whitehead en la que afirmaba que todo lo que
existe se crea, unificando el medio desde su punto de vista, si bien, al unirse
a ese medio, aumenta su complejidad y multiplicidad para quienes, a
continuación, vayan a crear una nueva síntesis: « The many become one
and are increased by one ».[86]
El Dios del científico del siglo XVII era el creador que, en un acto único,
instauró la totalidad de lo que existe y existirá; el Dios de Whitehead es un
experimentador. Quizás incluso lo fuera el Dios de los judíos por el modo en
que instituyó las condiciones de existencia del mundo y observó su evolución:
«Veintiséis tentativas preceden a la Génesis actual, y todas han sido abocadas
al fracaso. El mundo del hombre surgió del seno caótico de estos restos
anteriores, pero ni él mismo cuenta con una etiqueta de garantía: también él
está expuesto al riesgo del fracaso y al regreso a la nada. “Con tal que
aguante” ( Halways héyaamod ), exclama Dios al crear el mundo,
y a este deseo sigue la ulterior historia del mundo y de la humanidad,
subrayando desde el principio que esta historia está marcada por el signo de
una inseguridad radical».[87]
§ 5. Neptunianos y vulcanianos[88]
(En colaboración con I. Stengers.)
Estamos convencidos de que la convergencia que
existe hoy en día entre determinadas dimensiones de la obra de François Perroux
y las preocupaciones de los físicos que estudian los sistemas abiertos alejados
del equilibrio, es exponente de las nuevas posibilidades de comunicación entre
las ciencias de la naturaleza y las ciencias denominadas «humanas».
No es que el problema de la importación de modelos y analogías físicas en
economía sea un fenómeno nuevo. Todo lo contrario, uno de los temas esenciales
de Perroux es su impugnación del empleo de modelos inspirados en la dinámica de
Lagrange. Estos modelos, al dar por supuesto que hay que asimilar la afirmación
del individuo a fuerzas conservadoras, deducibles de una función
potencial, conducen no sólo a una simplificación drástica del objeto de las
ciencias, sino a una descripción del sistema económico, que excluye el
planteamiento de interrogantes fundamentales, y en particular el del poder, el de
la asimetría en las relaciones de intercambio. «El régimen de propiedad y las
reglas de juego social, las relaciones entre poderes sociales, quedan excluidas
del ámbito del economista: los precios y las cantidades son lo que son, de
forma que basta con hacerlos superficialmente inteligibles y groseramente
previsibles».[89] Este
modelo, que da por sentado un espacio económico homogéneo y agentes que sólo se
comunican a través del mercado, corresponde exactamente al modelo lagrangiano
de equilibrio. El modelo ostenta realmente una importancia esencial en física,
dado que, efectivamente, generaliza la idealización galileana que constituye la
base de la física instituida en el siglo XVII: la identificación del objeto
físico con el apoyo inerte de fuerzas conservadoras. Es precisamente esta
identificación la que el desarrollo de la termodinámica y, posteriormente en el
siglo XX, el auge de la descripción cuántica pusieron radicalmente en tela de
juicio sin que, por otra parte, lograran reemplazarla por un concepto de
generalidad equiparable, por no haber tenido en cuenta lo que la dinámica había
negado con su propia constitución: el proceso, la transformación que afecta a
un cuerpo de tal modo que es imposible atribuirla a la identidad oculta de un
nivel más fundamental de realidad. Es precisamente la física de los procesos lo
que constituye el centro de interés de la escuela de termodinámica y mecánica
estadística de Bruselas.
El alegato de François Perroux, según el cual la relación de intercambio
económico no es un intercambio de mercancía dentro de un espacio homogéneo,
asume para nosotros resonancias muy concretas. No necesitamos subrayar que los
agentes son hombres, que los bienes intercambiados están humanizados, es decir,
empleados, transformados por agentes, para concluir la imposibilidad de aplicar
en economía el modelo dinámico lagrangiano. El mundo de los fenómenos
físico-químicos, de los procesos de colisión, de descomposición de partículas
inestables, de las interacciones disipativas, requiere también un modo de
descripción radicalmente distinto. Por ello, hemos juzgado altamente
significativo que, en los conceptos desarrollados en la termodinámica de
sistemas alejados del equilibrio, que imponen la asunción positiva de procesos
disipativos, François Perroux pudiera ver la promesa de un lenguaje matemático
adecuado a la expresión de ciertas propiedades esenciales de la teoría
económica.
Hay otras perspectivas en las que el ejemplo de François Perroux puede resultar
inapreciable: desde el punto de vista del problema de las relaciones
interdisciplinarias. Estas relaciones están sujetas a una doble amenaza. Por
una parte, aquélla contra la que ya François Perroux alzaba su protesta: la
transferencia de modelos mecanicistas que, de simplificadores en física, llegan
a destruir virtualmente el objeto de la ciencia que los adopta. Pero existe
otro peligro, que es la notoria tentación actual de resolver el problema de la
circulación interdisciplinaria recurriendo a analogías y metáforas verbales,
buscando en el concepto de «sistema» un común denominador de las ciencias
naturales y de las ciencias «humanas». ¿No se habla tranquilamente de sistema
solar, de sistema de proposiciones? ¿No se asimila cualquier objeto a un
conjunto de elementos en interacción, transformando de este modo la ciencia en
teoría «general» de los sistemas? Para que una teoría de los sistemas tenga
sentido, habría que atribuir al término sistema un significado más concreto.
François Perroux, por ejemplo, describe los sistemas económicos en términos de
elementos acoplados unilateralmente: «Considerando dos únicas unidades
económicas, diremos que A ejerce un efecto de dominación sobre B cuando,
haciendo abstracción de cualquier intención particular de A,
ésta ejerce una influencia determinada sobre B sin que exista reciprocidad o
sin que ésta sea de igual grado»[90]. La
naturaleza asimétrica de esta relación vinculante, cuyo carácter esencial
señala Perroux, nos sirve para diferenciar los sistemas acoplados de aquéllos
en que toda interacción es recíproca y simétrica, como sucede en los de la
dinámica clásica. François Perroux describe la vida económica en términos de
cabalgamientos, colisiones, rivalidades, de efectos de amplificación entre
estos acoplamientos. Describe los fenómenos de crecimiento de un conjunto
activo a expensas de las regiones que domina; los espacios económicos, no en
términos geográficos o nacionales, sino con arreglo a las relaciones de
acoplamiento, lo cual le sirve para concebir la multiplicidad de espacios
económicos en comunicación, las actuaciones eventualmente conflictivas, las
rupturas y reajustes de funcionamiento.
Citaremos un párrafo de un trabajo reciente de René Thom[91]: «Al
principio, con notable ingenuidad, muchos teóricos de las ciencias humanas
pensaban poder introducir en ellas los métodos precisos y cuantitativos de las
ciencias exactas. Está claro que hay que abandonar esta esperanza, y, por el
contrario, podría suceder que se infiltraran en las ciencias exactas —en un
futuro no muy lejano— los métodos de sutil análisis, cualitativos y un tanto
difusos, de las ciencias humanas. No obstante, las ciencias humanas adolecen de
graves lagunas: muchas de ellas son incapaces de precisar su objeto. ¿Qué es,
por ejemplo, un hecho histórico? La teoría estructural… no cuenta con ningún
fundamento epistemológico. El sabio elige tal o cual estructura con arreglo a
sus necesidades, y no puede justificar esta elección si no es por
concordancia a posteriori del esquema abstracto con la
morfología empírica. De ahí el ambiguo estatuto de un concepto como el de
causalidad, concepto de renuncia imposible si queremos comprender, pero que es
irreductible a una interpretación puramente estructural (o morfológica)».[92] Por lo
tanto, el problema consiste en buscar un terreno en el que las ciencias
naturales y las ciencias «humanas» puedan encontrarse útilmente. Y es el caso
en que procede pensar en una teoría de los sistemas, a condición de precisar
considerablemente este término. Si calculamos las situaciones del ámbito de la
biología o de la sociología en las que nos gustaría aplicar nuevos métodos de
análisis, veremos que presentan ciertas características generales comunes, de
las que enumeraremos algunas:
·
Son
situaciones caracterizadas por un comportamiento coherente. Los sistemas
correspondientes están formados por un gran número de unidades. Comportamiento
coherente significa, pues, que ciertas actividades características requieren la
cooperación de estas unidades. Ya en la propia física se dan estas situaciones:
si calentamos un estrato líquido por abajo, se forman células de convección que
transportan la energía desde la pared caliente a la pared fría. Cada célula de
convección está formada por un número inmenso de moléculas. El contraste es
total con un gas en equilibrio, en el que la energía se halla toda en el
movimiento caótico de las moléculas que componen la agitación térmica. En el
ámbito biológico, recordemos que incluso el organismo celular más simple
utiliza en su metabolismo millares de enzimas. Su acción química debe estar
altamente coordinada tanto en el espacio como en el tiempo. Finalmente,
pensemos en el cerebro, cuya actividad pone en juego una increíble cantidad de
neuronas.
·
En todos
estos casos, el problema de los límites del sistema desempeña un papel
importante. En ningún caso se trata de sistemas aislados. Al contrario, los
ejemplos que hemos citado son todos sistemas que intercambian energía, materia
e información con el mundo externo.
·
En las
situaciones señaladas, el problema de intercambio temporal cobra nuevos
aspectos. En todo momento el sistema cambia en el sentido de que una parte de
sus constituyentes se renueva; pero, aparte de este cambio banal, existen
generalmente puntos singulares, instantes privilegiados que marcan la aparición
de una nueva estructura espacio-temporal.
Hay que señalar, por otra parte, que, aunque
podamos diferenciar, al estudiar estas situaciones, sistema global y unidades,
no hay que pensar que las unidades están dadas y que el problema queda resuelto
añadiendo interacciones a las unidades. La definición de las unidades y de las
interacciones son problemas de idéntica dificultad y que, en cierto modo, se
condicionan entre sí. Incluso limitada a estas situaciones, la teoría de los
«sistemas» seguirá abarcando un amplio terreno y lo más notable es que este
terreno incluye un tipo de situaciones importantes en el ámbito físico-químico.
Efectivamente, uno de los resultados imprevistos del grupo de Bruselas es haber
puesto en evidencia tales comportamientos en sistemas físico-químicos alejados
del equilibrio termodinámico.
Debemos resumir brevemente la diferencia entre estructura en equilibrio y
estructura disipativa. Un cristal es una típica estructura en equilibrio. Una
vez formada, esta clase de estructuras no requiere para mantenerse flujo de
energía alguno procedente del mundo externo, pues posee todas las
características del estado de equilibrio. En particular, le está vedada toda
actividad generadora de entropía. Por el contrario, una estructura disipativa
no puede existir al margen del mundo externo. Aislada de este mundo, es decir,
de los aportes permanentes de energía y materia que mantienen los procesos
disipativos, desaparece, y el sistema alcanza el estado de equilibrio. Sin
embargo, podemos decir que, mientras que el estado de equilibrio está absolutamente
determinado por su relación con el medio, por las condiciones que en sus
límites le definen macroscópicamente, la estructura disipativa no puede
disolverse en lo que Ganguilhem[93] denomina
«el anonimato del medio mecánico, físico y químico»; como él sostiene, la
estructura disipativa, «centro de organización, de adaptación y de invención»,
no se resuelve en su entorno, no se reduce a una encrucijada de influencias.
Hasta en los modelos de gran simplicidad que han podido estudiarse hasta la
fecha, la estructura disipativa es capaz de reaccionar en respuesta a las
condiciones en los límites que le impone el medio, y especialmente de crear sus
propios límites alcanzando una dimensión «natural», determinada por el
funcionamiento del propio sistema; en el interior de la estructura, el espacio
se halla organizado en función del régimen disipativo.
Podemos estudiar, por ejemplo, la organización creada por el funcionamiento de
los ciclos bioquímicos.[94] Estos
sistemas pueden evolucionar espontáneamente hacia situaciones no homogéneas,
pasando de la isotropía a la polaridad. De este modo, puede observarse, pese a
las condiciones en los límites homogéneos, una distribución periódica de
materia con una longitud de onda ligada a la cinética química y a la difusión;
mientras que una estructura en equilibrio, un cristal por ejemplo, carece de
cualquier longitud característica aparte de la dimensión molecular. Fuera del
estado de equilibrio, puede aparecer un amplio espectro de longitudes
características. Una piedra puede estar cortada indistintamente en partes cada
vez más reducidas, el canto rodado en el agua adquiere forma esférica y la
forma de la pompa de jabón está impuesta por la interacción con el medio
externo. Por el contrario, los conceptos morfológicos de umbral, dimensión
crítica, diferenciación, canalización, bifurcación, captación, se imponen como
vocabulario idóneo para describir la evolución de las estructuras disipativas.
Los problemas nuevos que plantea a la física la posibilidad de que, a partir de
una determinada distancia del equilibrio, de cierto umbral crítico, el estado
estacionario que permitían prever las leyes puramente macroscópicas pueda dejar
de ser estable, de que las perturbaciones locales, en vez de remitir, puedan,
en estas condiciones, invadir todo el sistema transformando su funcionamiento,
son de una naturaleza susceptible de modificar profundamente la definición
misma de objeto físico. El propio concepto de estabilidad, en la medida en que
recurre a la vez a los procesos moleculares y a las fluctuaciones, así como a
las condiciones en los límites que determinan macroscópicamente al sistema,
está a caballo sobre los dos modos de descripción y hasta nos impide que
esperemos, o que incluso concibamos, la reducción de uno en el otro; por
primera vez, la inteligibilidad de un fenómeno propiamente físico excluye tanto
al ideal reduccionista tradicional como al pluralismo tranquilo del
positivismo.
La descripción de las estructuras disipativas supera la distinción clásica
entre necesidad y contingencia. Lejos de las inestabilidades, las leyes
deterministas se satisfacen con alta precisión. Por el contrario, en proximidad
a la inestabilidad, las fluctuaciones desempeñan un papel fundamental: en
general, existen varios estados que el sistema puede adoptar más allá de una
inestabilidad y son las fluctuaciones las que determinan el que ha de
prevalecer. Por lo tanto, la idea de historia se introduce desde el nivel de
las estructuras disipativas. Aún de mayor importancia es señalar que la
inestabilidad, portadora del hecho histórico, está vinculada a la actividad de
las unidades que forman el sistema. Estas conclusiones presentan, naturalmente,
ecos familiares para los sociólogos. Abriéndose a los procesos disipativos,
abandonando la arcaica idealización galileana de un mundo concebido según el
modelo de la física celeste, de un mundo de trayectorias dinámicas que, según
la expresión de Burtt,[95] se
despliegan en un silencio regular y solemne desde un pasado muerto hacia un
futuro no nato, la física se abre a los problemas que, desde hace tiempo,
preocupan a los especialistas de ámbitos en los que la idealización galileana
no podía en modo alguno dar la ilusión de verdad ontológica. No es que la
física pueda aportar la verdad sobre las controversias que desde tiempo atrás
laceran las otras ciencias; si hay que abandonar una ilusión, es precisamente
la de una verdad general, universalmente aplicable: si hay que extraer una
conclusión de la extrema especificidad de las descripciones lejanas al
equilibrio, es precisamente la legitimidad de la multiplicidad de los puntos de
vista complementarios. Pero precisamente la influencia que en el pasado ha ejercido
la física sobre las demás ciencias, y, sobre todo, la idea que se hacían los
investigadores de lo que debía ser una ciencia, forma parte a tal punto de la
historia de estas ciencias que consideramos interesante examinar ciertos
debates fundamentales a la luz de los nuevos conceptos de la física ampliada.
Naturalmente, este examen es competencia de los especialistas de las
disciplinas en cuestión; sin embargo, quisiéramos revisar brevemente, a título
de ejemplo, ciertos aspectos de una controversia, famosa por demás, la que
enfrentó a Emile Durkheim con Gabriel Tarde.
Lo que más llama la atención en la obra de Durkheim es hasta qué punto las
consideraciones metodológicas dominan el campo de investigación, hasta qué
punto las disyunciones exclusivas delimitan las cuestiones a las que puede
atribuirse un sentido sociológico. Porque, si la física nos ha dado una
lección, somos nosotros quienes debemos desconfiar de las disyunciones y de las
opciones inflexibles. En Durkheim, abundan las evidencias dicotómicas: las
propiedades del bronce no son las del estaño, ni las del cobre, ni las del
plomo: la vida es una, y sólo puede residir en la sustancia viva en su
totalidad; la síntesis sui generis que constituye toda
sociedad, libera fenómenos nuevos de los hechos específicos que residen en la
misma sociedad que los produce, y no en sus partes, es decir, en sus miembros,
y estos hechos no pueden reabsorberse en sus elementos sin contradecirse, ya
que, por definición, trascienden algo más que el contenido de estos elementos.
El carácter nuevo de la síntesis química en
relación con sus constituyentes fue durante mucho tiempo la panacea a la que
recurrían tanto reduccionistas (la química cuántica hace ininteligibles ciertas
propiedades del todo, en términos de la asociación de sus partes) como anti
reduccionistas. El recurso a la biología es igualmente ambiguo: en realidad, lo
esencial consiste en asegurarse el carácter exclusivo del punto de vista de la
sociología. La física, la química, la biología son, para Durkheim, ciencias «definitivamente
constituidas», que han llegado a adquirir una «personalidad independiente» y
que tienen por objeto, «de hecho, un orden que no estudian las otras ciencias».
El carácter peculiar de la molécula, de una aleación, del ser vivo, se
fundamenta en la ideología positivista, en la autonomía de las ciencias. Por
consiguiente, los hechos sociales se explican mediante causas sociales, se
definen en función de propiedades sociales. Aún donde parezca menos evidente,
se mantendrá la más tajante distinción entre un concepto social y aquél cuya
inteligibilidad haría intervenir demasiado directamente a los individuos cuya
asociación engendra la sociedad. De este modo, para explicar la división del
trabajo, se evitará hablar de «densidad material», número de habitantes y
desarrollo de las vías de comunicación; se hablará de «densidad dinámica»,
apretamiento de la masa social, que caracterizan la vida común de los miembros
del grupo, la individualidad distinta al todo social. La postura de Gabriel
Tarde se fundamenta también en una reflexión sobre el progreso científico, pero
muy distinta: el conocimiento de las cosas ha adquirido mayor calidad
científica a medida que se ha «pasado de semejanzas y repeticiones masivas,
complejas y confusas, a semejanzas y repeticiones de detalle, más difíciles de
entender, pero más precisas, elementales e infinitamente numerosas en tanto que
infinitesimales».[96] La
sociología persigue así oscuramente el «hecho social elemental» que debe
alcanzar para prosperar.[97] Explicar
«las semejanzas de conjunto por acumulación de pequeñas acciones elementales,
lo grande por lo pequeño, lo general por el detalle»,[98] éste es
el método que Tarde contrapone a Durkheim, un método que haga de la sociología
una ciencia de igual rango que la astronomía, la físico-química, la química o
la biología.[99] Pasar
de lo elemental a lo global, de lo molecular a lo macroscópico, es para
nosotros un problema de estadística, pero tampoco es Tarde el único en hablar
de estadística; Durkheim alude también a los grandes números, pero para
justificar la insignificancia de lo individual a nivel global: «… el fenómeno
social no depende de la naturaleza personal de los individuos, pues, en la
fusión de la cual resulta, todos los caracteres individuales, al ser
divergentes por definición, se neutralizan y se anulan mutuamente. Sólo las
propiedades más generales de la naturaleza humana destacan; y precisamente por
su extrema generalidad, no sirven para encarnar las formas especiales y muy
complejas que caracterizan los hechos colectivos».[100] Por lo
cual, Durkheim concluye que los individuos, tomados de forma aislada, no son
más que las condiciones mediatas y lejanas de los hechos sociales; «los
sentimientos privados sólo se convierten en sociales al combinarse por acción
de las fuerzas sui generis que desarrolla la asociación; como consecuencia de
estas combinaciones y alteraciones mutuas resultantes, se convierten en otra
cosa ».[101].
Si la sociología debe tratar de psicología, ha de ser lógicamente una
psicología especial, irreductible a la psicología individual. En último
extremo, «la psicología colectiva es la sociología total»[102] … a
condición de que el individuo descrito sea el individuo social, soporte de las
relaciones sociales que le definen y le desbordan «como el todo desborda a la
parte» y, por lo tanto, esencialmente incapaz de influir a su vez sobre estas
relaciones. Lo que esta argumentación da por supuesto, y Maxwell no lo habría
negado porque define muy concretamente la situación de equilibrio, es que el
pequeño acontecimiento, por definición, es insignificante a nivel global. Así
pues, sólo puede decirse que la macro-descripción, por definición, únicamente
retiene lo general, lo que es independiente del detalle y de la propia
naturaleza de los procesos elementales, y sólo entonces podemos concluir, con
Durkheim, la necesidad de otras leyes
Tarde, por el contrario, describe minuciosamente
los procesos de interacciones elementales. Dice que son estos procesos los que
producen, por su repetición, el fenómeno global. En otras palabras, Tarde
define la sociedad como un sistema que funciona lejos del equilibrio, más allá
del umbral que define como insignificante la actividad de los elementos del
sistema; el comportamiento del individuo puede transformar el funcionamiento
global de la sociedad, no a causa de una ola de exigencia espiritualista —se trata
tanto de amebas y hormigas como de sociedades humanas—, sino porque el régimen
global se halla en un estado de inestabilidad estructural en relación con este
tipo de comportamiento, más allá de un umbral determinado y calculable con
arreglo a modelos simples. La termodinámica de los sistemas químicos alejados
del equilibrio químico, permite precisar en qué tipos de sistema se producen
estos umbrales de estabilidad. Son sistemas en los que ciertas etapas químicas
configuran curvas de retroacción, tanto de inhibición como de activación. ¿Cómo
no recordar el hecho elemental de psicología interindividual que Tarde sitúa en
la base de la psicología: el fenómeno de imitación (y de
contra-imitación)? «El estado social, como estado hipnótico, no es más que una
modalidad de sueño, sueño de mando y sueño de acción. Contar sólo con ideas
sugeridas y creerlas espontáneas: ésta es la ilusión propia del sonámbulo y
también del hombre social».[103] No
consideremos ahora si la hipótesis psicológica está, o no, fundamentada. Quizá
los nombres de Wittgenstein (cómo aplicar una técnica, seguir o enseñar una
regla, hablar) y de Thomas Kuhn (papel de los «ejemplos compartidos» en la
educación científica) sirvan para no tomar demasiado a la ligera las
descripciones de Tarde. Lo esencial aquí es que la imitación aparece como el
mecanismo tipo no lineal (de retroacción) para la propagación del
comportamiento individual y su imposición a nivel de toda una sociedad.
Recurramos a un ejemplo simple: la dinámica de compra. Supongamos que Ford y
General Motors fabrican dos coches, semejantes desde el punto de vista, precio
y calidad, y planteémonos la pregunta de saber cuántos coches del tipo 1 y del
tipo 2 van a venderse. Naturalmente, habrá personas que adopten una decisión
por sí mismas, con arreglo a una modalidad de compra «espontánea», pero existe
también una modalidad «inducida», sugerida por la interacción social. La compra
inducida puede motivarse por medio de la publicidad, pero igualmente por
imitación o contra-imitación. Algunos comprarán el coche porque los vecinos han
comprado el mismo; otros, al contrario, no lo comprarán si lo ven en el barrio.
Por lo tanto, existen aportaciones no lineales positivas y negativas en las
ecuaciones diferenciales que describen el proceso de compra. De hecho, tenemos
dos ecuaciones idénticas ya que ambos coches son idénticos. Estas ecuaciones
tienen una solución que consiste en que, en cada momento, el número de coches tipo
1 que se vendan será igual al número de coches tipo 2 vendidos. Si dominan las
aportaciones lineales, esta solución describirá una situación estable; si, por
el contrario, la modalidad de compra inducida o cooperativa se hace dominante,
la mínima fluctuación resultará amplificada por las componentes no lineales y
se alcanzará otro estado estacionario que puede estar muy alejado del estado
estacionario simétrico. Por consiguiente, una compañía puede perfectamente
arruinarse por efecto de esta no linealidad imprevista que predomina en el
proceso. En este ejemplo, según las descripciones de Tarde, el mecanismo de no
linealidad está constituido por la influencia que ejerce un comportamiento
sobre otro. Es interesante señalar que, en las sociedades animales, esta
interacción elemental, que garantiza la difusión y propagación de un
comportamiento elemental, parece ser viable merced a una comunicación química.
Por ejemplo, el fenómeno de agregación de las amebas slime molds (acrasiales);
estas amebas viven, durante ciertos períodos de su vida, en microorganismos
unicelulares y, durante otros, se unen formando un organismo pluricelular. En
realidad, son muy «ingeniosas», ya que viven en régimen unicelular mientras
disponen de alimento suficiente y, cuando éste escasea, forman un agregado, con
lo que su superficie es mínima; a continuación, el organismo se pone en
movimiento hasta encontrar una nueva fuente de alimentación, para seguidamente
dispersarse. Hemos discutido ya en otros textos la formulación cuantitativa de
estos fenómenos de agregación por comunicación química. Desde entonces, se han
discutido otros fenómenos de mayor complejidad, tales como la construcción del
termitero y la estabilidad de las sociedades de abejas.[104]
Aparte de la imitación. Tarde describe otro hecho social elemental. «… Sólo
algunos espíritus indómitos, ajenos, en su batiscafo en medio del fragor del
océano social, rumian de vez en cuando problemas extraños, totalmente carentes
de actualidad. Son los inventores del futuro».[105] La
descripción de Tarde articula, como hemos dicho, lo elemental a lo global; los
fenómenos elementales de imitación e innovación son indispensables para
entender la aparición y la propagación de comportamientos y de técnicas nuevas
promotores de evolución social. El grupo es incapaz de innovar, sólo el
individuo es capaz de adoptar un comportamiento nuevo, una necesidad nueva, una
creencia nueva. No se trata de una convicción espiritualista, sino de una
distinción que determina la diferencia entre niveles de descripción. Los
mecanismos de imitación propagan o frenan la inventiva individual, ahogándola o
permitiéndola transformar la vida social con arreglo a las interferencias
—oposición o adaptación— entre las diversas corrientes imitativas. Interferencias
infinitesimales que Durkheim no puede admitir y de las que dice, en oposición a
Tarde, que, si un hecho es imitado y tiene tendencia a generalizarse, es porque
es social, siendo su potencial expansivo, no la causa, sino la consecuencia de
su carácter social.[106] Innovación
e imitación son complementarias en el mismo sentido en que, más allá del umbral
de inestabilidad, son complementarias la fluctuación y los mecanismos químicos
susceptibles de amplificarla y estabilizarla. Obligan, articulando lo local y lo
individual a lo social, a distinguir la estructura y el acontecimiento de su
institución, a esclarecer las circunstancias que han permitido que
comportamientos, en un principio sectarios o monstruosos en el marco del orden
instituido, se impongan al conjunto de la sociedad. Como hemos aludido a la
importancia que atribuye Kuhn a la imitación en el funcionamiento de una
comunidad científica, recordemos que este funcionamiento «normal» puede hacerse
crítico cuando un individuo, o un grupo reducido de investigadores, descubre un
nuevo modo de describir los fenómenos y, consecuentemente, un nuevo
comportamiento para el científico. La tajante distinción entre lo que es capaz
de hacer un individuo y lo que puede hacer un grupo le sirve a Tarde para
describir la inestabilidad intrínseca del orden social, su eventual
vulnerabilidad ante la amplificación de un comportamiento rupturista respecto
al comportamiento social medio. De ella se vale para hacer a Durkheim el
reproche de eludir la violencia esencial al devenir de una sociedad que
evoluciona mediante ruptura de estabilidad: «El señor Durkheim nos ahorra estas
terribles estampas. Con él no hay guerras, genocidios, anexiones brutales.
Leyéndole, se diría que el río del progreso discurre sobre un lecho de musgo,
sin espuma ni saltos bruscos… Además, es evidente que muestra tendencia a
juzgar la historia como un neptuniano, y no como un vulcaniano,
para ver en ella formaciones sedimentarias en lugar de erupciones ígneas. No
concede lugar a lo accidental, a lo irracional, esa faz gesticulante del fondo
de las cosas».[107]
No se trata de juzgar la polémica entre Tarde y Durkheim desde el punto de
vista de la sociología. Sin embargo, desde la perspectiva del físico que
intenta reflexionar sobre su objeto en términos nuevos de estabilidad, hay que
poner de relieve la enorme actualidad de los problemas que Tarde plantea. Hay
que recordar también que la historia de las ciencias naturales, en los últimos
cien años, es la historia del desmoronamiento de las barreras que separaban las
disciplinas, la historia del descubrimiento de que las cuestiones científicas
fecundas son muchas veces las que están a caballo entre disciplinas distintas y
ponen en contacto terrenos que el positivismo habría deseado confinar. Las
evidencias metodológicas de Durkheim ya no son vigentes en física desde que,
como deseaba Tarde, el problema del reduccionismo, de la relación del todo con
la parte, dejara de ser un problema de método para convertirse en una cuestión
propiamente científica. La física secunda a Tarde en su oposición a Durkheim,
porque plantea la misma pregunta que aquél: ¿cómo una estructura macroscópica
organizada puede proceder de la asociación de elementos ajenos a la totalidad
en la que participan, y cuyo comportamiento no suponga una referencia a la
organización del conjunto?
Hemos hablado al principio sobre el peligro y la prolijidad de la traslación
metafórica. En este caso, las concepciones de Tarde inducen a una evocación
nada forzada de ciertos resultados logrados en relación con la evolución
temporal de las estructuras disipativas. Por ejemplo, el estudio de la
amplificación de fluctuaciones más allá del umbral de inestabilidad, permite
postular la generalidad y la importancia del fenómeno de nucleación:
la interacción del resto del sistema en la pequeña región en que se produce una
fluctuación tiende siempre a amortiguarla. La amplificación de la innovación
que se forma en la pequeña región depende fundamentalmente de la dimensión de
la región fluctuante. Sólo resisten a la difusión homogeneizante las
fluctuaciones cuya dimensión excede una dimensión crítica. Por lo tanto, en
este enfoque del fenómeno de nucleación, intervienen parámetros de la velocidad
de difusión de los productos del sistema y parámetros de la intensidad de las
complejas interacciones susceptibles de causar aumento de la inestabilidad.
Podemos establecer[108] un
hecho muy notable, el de que cuanto mayor número de elementos haya en
interacción, mayores son las posibilidades de inestabilidad. En último extremo,
un sistema suficientemente complejo estaría en estado meta estable, amenazado
siempre por una categoría de fluctuaciones que excede su potencia de
integración.
Sin duda el lector pensará en los interesantes análisis de Tarde, tales como
los relativos a la diferencia entre muchedumbre, sujeta a tumultos bruscos y
violentos, y público, creado por los órganos modernos de difusión.
Pensará en el papel político que este autor atribuye a la conversación, en
tanto que interacción sutil y compleja. «En los lugares en que el poder ha
permanecido muy estable, podemos, en general, estar seguros de que la
conversación ha sido muy tímida y restricta. Por lo tanto, para restituir al
Poder su antigua estabilidad, propia de las épocas en que no se charlaba fuera
del estrecho círculo familiar, habría que empezar por instaurar el mutismo
universal ».[109] Al
extremo opuesto de la conversación desestabilizadora, está el chismorreo homogeneizante,
enemigo de toda diferencia con respecto al orden establecido, de toda
innovación: «El papel social del chisme es inmenso. Suponed que, en una ciudad
pequeña de la Antigüedad o de la Edad Media, no se hubiera chismorreado,
¿habrían podido mantenerse las instituciones y los prejuicios hereditarios que
constituían la médula y la fuerza de aquellos pequeños Estados?… El chismorreo
es una interrogación constante y recíproca, un espionaje y una vigilancia de
todos por todos, a cualquier hora del día y de la noche. Gracias a él todos los
muros de las casas son de cristal… Lo que hace que las grandes ciudades y,
sobre todo las modernas capitales, sean antros de corrupción moral y de
degeneración de las costumbres o de las instituciones nacionales, es que no se
chismorrea».[110] ¿Qué
mejor metáfora para describir la amortiguación de las fluctuaciones por la
interacción del medio descrito en términos de valores medios, que ese chisme
que, convirtiendo en vidrio las paredes, impide cualquier nucleación, borra
todo apartamiento en relación con la situación global homogénea o estructurada?
Junto con el chismorreo, factor de integración, las civilizaciones
jerarquizadas, de fuertes constricciones sociales, cuentan también, según
Tarde, con potencialidades de inestabilidad que no se dan en las sociedades
modernas; por ejemplo, la acentuada diferencia social: «Yo creo que los
apologistas de la aristocracia han omitido su mejor justificación. El papel
principal de una nobleza, su marca distintiva, es su carácter iniciador, si no
inventivo. La invención puede surgir en los estratos más bajos del pueblo,
pero, para que se difunda, hace falta una cima social destacada, una especie de
arca de agua social de la que brote la cascada de la imitación».[111]
Pero dejémonos de citas. Al futuro de los estudios sobre estabilidad
corresponde decidir si las categorías fundamentales que Tarde propuso para los
fenómenos de imitación y sus interferencias —repetición, oposición, adaptación—
pueden integrarse en una formulación matemática concreta. Lo único que
pretendíamos en estas páginas era mostrar que los nuevos conceptos en física,
puestos a punto por la descripción de los sistemas alejados del equilibrio
termodinámico, parecen susceptibles de extrapolación al ámbito de la
sociología. Por otra parte, el resultado es paradójico, pues se comprueba que
son formulables de una manera matemáticamente rigurosa ciertas dimensiones de
un pensamiento que fue precisamente calificado de espiritualista porque, según
la expresión de Deleuze, «la alternativa de los datos impersonales o de ideas
de grandes hombres, la sustituía por pequeñas ideas de hombres pequeños,
pequeñas invenciones e interferencias entre corrientes imitativas».[112]
Sabemos que, en el siglo XVII, el descubrimiento de que el mundo físico está
«regido» por leyes matemáticas se pagó a costa de una separación radical entre
realidad «espiritual» y naturaleza identificada a una materia inerte sometida a
fuerzas matematizables. La descripción elaborada por la física clásica se
presenta fundamentalmente como exclusiva; constituye la verdad única en el
mundo, tal como éste sería accesible desde una posición privilegiada,
sobrenatural. El desarrollo de la física de los procesos, y especialmente los
estudios sobre estructuras disipativas, hacen saltar este marco epistemológico
excesivamente rígido.
Abrirse al problema de los procesos es admitir la multiplicidad irreductible de
puntos de vista, la necesidad de elegir las preguntas, de seleccionar las
condiciones en los límites. Una vez elegido el punto de vista, no se trata ya
de intentar hacer inteligible la totalidad del mundo, sino de establecer una
relación coherente entre el problema planteado, la definición de las unidades y
el método de análisis. Ciencia de selección, de elección, de separación, dice
Michel Serres, y, según él, Leibniz ya había opuesto a la revolución
copernicana de la ciencia clásica, la revolución fina, plural, local, de la
multiplicidad de puntos de vista. «El progreso del saber únicamente puede
llevarnos a la duplicación infinita de revoluciones copernicanas; el punto de
vista heliocéntrico es ordenador del sistema planetario, pequeño cantón del
universo, muestra arquitectónica del mundo; y nosotros, allí situados, somos
pequeños dioses en nuestra región, contamos con una distinción local respecto a
una confusión local, pero seguimos en la confusión ante la infinitud de las
estrellas, es decir, en lo esencial».[113]
Ciencia perspectivista, pues, que admite la multiplicidad de puntos
perceptivos, de los puntos de vista que descubren el mundo; no existe ningún
centro de perspectiva situado fuera del mundo, en relación con el cual
desaparezca toda sombra. La termodinámica también ha tenido que renunciar a la
ilusión de una descripción global homogénea. Los sistemas alejados del
equilibrio no admiten función potencial que determine las «geodésicas» en un
espacio dado de una vez por todas. El espacio es irreductiblemente múltiple,
inseparable de la estructura que lo organiza; las descripciones se dan en
términos de evoluciones zonales, de ritmos locales de desarrollo, de
diferenciación de espacios organizados por cierto tipo de traslación y de
comunicación, de puesta en relación entre espacios desconexos, nociones todas
que no implican ya referencia alguna a un punto de vista único, posible sólo
para un mundo homogéneo, problema matemático único susceptible de resolución
una vez por todas. La naturaleza, multiplicidad de espacios surcados por
procesos morfo genéticos, definidos en términos de umbrales de inestabilidad,
de competencia, de captura, de dimensiones generadas, de organización
espontánea, no es ya la naturaleza que el hombre «espiritual» podía describir
negándola, oponiéndose a ella. Sin embargo, no es habitable para el viejo
ciudadano de un mundo armonioso, por no ser ya ni centro ni medida única. La
ciencia liberada de la ilusión del nivel fundamental de descripción y del
referencial unidireccional, apela a un pensamiento del hombre, libre del
fantasma del centro referencial fijo, del lastre de la verdad sobrenatural o
cogito fenomenológico. Es lo que entiende Michel Serres cuando dice que, en
nuestra época, se inicia el programa de una estética plural.
En nuestra exposición, hemos pasado de la economía política a la estética;
ambas se complementan más de lo que se cree, y nos inducen a meditar sobre el
enigma mallarmiano:[114]
«Mejor cierta deferencia por el laboratorio apagado de la gran obra, que
consistiría en reanudar, sin atanor, las manipulaciones, las pócimas
cristalizadas, no precisamente en piedras preciosas, para continuar con la
simple inteligencia. Del mismo modo que no hay abiertas a la investigación
mental más que dos vías, en definitiva, en las que se escinde nuestra
necesidad, es decir la estética, por una parte, y también la economía política:
es principalmente desde esta visual que la alquimia fue la precursora gloriosa,
prematura y turbia».
§ 6. Tiempo, vida y entropía[115]
1.
En mis anteriores conferencias dentro de este
ciclo, me he referido al papel constructivo de los procesos irreversibles.
Podemos comprobar numerosos ejemplos de autoorganización en sistemas alejados
del equilibrio en las interesantes comunicaciones de Lefever, Babloyantz y
otros conferenciantes. Por ello, no entraré en más detalles sobre
autoorganización y su relación con los sistemas biológicos, pero abordaré un
tema distinto. Jacques Monod ha calificado a los sistemas vivos como extraños,
y es cierto que ya son bastante peculiares por el hecho de ser autónomos,
aparte de su interacción activa con el medio. Es evidente que uno de los
objetivos finales de la actual reconceptualización de la física es entender la
generación de la vida en el universo, hombre incluido. Desde esta perspectiva,
el relieve de la irreversibilidad, del azar, es ciertamente algo importante a
tener en cuenta. Pero existe una característica adicional. La vida no es
meramente el resultado pasivo de la evolución cosmológica, ya que introduce un
proceso de retroalimentación ( feed-back ) suplementario. En
otras palabras, la vida es el resultado de procesos irreversibles, pero a su
vez puede inducir nuevos procesos irreversibles. Cierto que el viejo axioma
predica: la vida sólo se origina en la vida. Pero, en términos más generales,
podemos decir que la irreversibilidad genera irreversibilidad. Y éste es el
problema que voy a abordar.
En primer lugar, hay que aclarar un poco lo que entendemos por
irreversibilidad. Actualmente, sabemos que hay muchas «flechas temporales»: el
tiempo cosmológico relacionado con la expansión del universo, uno microscópico
relacionado con la denominada violación de la invariancia T, y podríamos
ampliar la lista, ya que cada vez que se dan clases de acontecimientos
asimétricos, podemos hablar de una flecha. Sin embargo, no es éste el sentido
de la irreversibilidad termodinámica. En ella, el concepto de entropía
desempeña un papel primordial. Los procesos irreversibles pueden encauzarse por
un aumento monotónico de entropía, al menos mientras consideremos sistemas
cerrados. Desde el punto de vista macroscópico, el significado de la segunda
ley es muy sencillo: con él se introduce una especie de principio selectivo que
complementa la información que nos aportan otras leyes termodinámicas, como las
de la conservación de la energía o de la masa. Desde el punto de vista de la
conservación de la energía, el calor y el trabajo desempeñan un papel idéntico.
Sin embargo, y como todos sabemos, es fácil transformar trabajo en calor, pero
lo contrario no es tan sencillo. Los denominados móviles perpetuos de segunda
especie, en los que utilizamos la energía térmica contenida en el mar para
mover un barco, quedan explícitamente excluidos de la segunda ley de la
termodinámica. Por lo tanto, podemos afirmar que la segunda ley limita nuestra
acción sobre la materia, y aún limita los tipos de procesos observables en la
naturaleza. Sólo permite los procesos que conducen a una producción positiva de
entropía.
Respecto a estas concepciones macroscópicas no existe gran controversia. Pero
la pregunta fundamental que se plantea es: « ¿Podemos extrapolar el concepto de
entropía al mundo microscópico y podemos atribuir un significado a los procesos
irreversibles a nivel de la dinámica, ya sea clásica, ya sea cuántica?».
2.
Incluso hoy, después de un siglo, nos remitimos
para contestar a esta pregunta a los trabajos de Boltzmann. Como se sabe.
Boltzmann demostró que la entropía se define en términos de la evolución de una
población de moléculas. Hay que señalar que el propio Boltzmann estaba
convencido de que su obra en física era, en cierto modo, paralela a la de
Darwin en el campo de la biología. La idea verdaderamente importante de la
evolución biológica es que la selección natural enunciada en la teoría de
Darwin no puede definirse para un solo individuo, sino para una población
numerosa. Es, por lo tanto, un concepto estadístico. Siguiendo este criterio
conceptual y recurriendo a un modelo de gases diluidos, Boltzmann enunció su
transcendental fórmula
S = k log P
que relaciona la entropía con la probabilidad. El
aumento de entropía queda así descrito en términos de un proceso probabilístico
que expresa que la probabilidad tiende a su valor máximo con el tiempo. Es un
hallazgo fundamental, y Boltzmann ha establecido un vínculo definitivo entre
entropía y probabilidad.
Sin embargo, quedaban pendientes muchas cuestiones. En el siglo transcurrido
desde que Boltzmann desarrolló sus ideas, la literatura sobre el tema es muy
abundante y no procede ahora hacer un resumen. Existen textos con la
información pertinente. No obstante, quiero poner de relieve dos puntos: en
primer lugar, el fracaso de Boltzmann en definir una flecha del tiempo.
Boltzmann pensó al principio que sería capaz de demostrar que la flecha del
tiempo estaba determinada por la evolución de los sistemas dinámicos hacia
estados de mayor probabilidad, pero, como consecuencia de las objeciones que le
plantearan Poincaré, Zermelo y Loschmidt, cambió de parecer y desistió de su
proyecto de demostrar que existía una flecha objetiva de tiempo y, en lugar de
ello, introdujo un punto de vista subjetivista que, en cierto modo, reducía la
ley de la entropía a una pura tautología. La flecha del tiempo sólo sería una
especie de convenio que nosotros (o quizá todos los seres vivos) introducimos
en un mundo en el que no existe distinción objetiva entre pasado y futuro. En
nuestros días, es difícil aceptar esta opinión, ya que no sólo la física, sino
la historia, parecen indicar la importancia del cambio unidireccional. Como ha
dicho Popper:[116]«La idea de
Boltzmann es insostenible, al menos para un realista. Moteja de ilusión el
cambio unidireccional, lo que convierte en ilusión el desastre de Hiroshima. Y
con ello, son ilusión nuestro mundo y nuestros esfuerzos por ampliar nuestros
conocimientos sobre el mismo». Hay un segundo punto, relacionado con la
limitación del experimento de Boltzmann en la dilución de gases. Es cierto que,
si comprimimos las moléculas de un gas en una pequeña porción de un recipiente,
hallamos que, con el transcurso del tiempo, deben estar uniformemente
distribuidas. Esto corresponde a la idea de desorden progresivo postulada por
Boltzmann. Pero la situación no es siempre tan sencilla. Podemos realizar un
experimento con un ordenador, haciendo que unos centenares de moléculas
interactúen en un sistema bidimensional mediante los potenciales habituales de
atracción y repulsión. En el momento inicial, situamos las moléculas en
posiciones al azar con velocidades al azar. En condiciones adecuadas, vemos que
se produce una cristalización, que las partículas se ordenan. Incluso podemos
observar la aparición de núcleos de cristales y las dislocaciones en la red
final. Desde el punto de vista dinámico, el sistema evoluciona hacia el orden,
pero la segunda ley requiere una evolución hacia el desorden. ¿Cómo se
soluciona este enigma?
3.
Comenzamos a disponer de algunas respuestas a este
interrogante gracias a los esfuerzos que se llevan a cabo hace algunos años en
Bruselas y en Austin. En una comunicación reciente, «Tiempo, probabilidad y
dinámica», Misra y el autor llegaban a la siguiente conclusión:
«Por lo tanto, las anteriores consideraciones nos
llevan a la perspectiva de que la irreversibilidad expresada por la segunda ley
es consecuencia de una forma especial de ruptura de simetría a nivel dinámico,
que nos obliga a “concebir” el grupo dinámico como un semigrupo disipativo,
asociado a un proceso probabilístico que integra una función H. El origen
físico de esta ruptura de simetría es una limitación de los estados físicos
observables. Procede esta limitación, en primer lugar, de una (fuerte) inestabilidad
del movimiento dinámico, como consecuencia de la cual el concepto de
trayectorias del espacio de fase pierde su significado físico y nos obliga a
describir los estados físicos verificables del sistema en términos de funciones
de distribución (de Gibbs)[117]
Pero la existencia de ruptura de simetría en cuestión es la expresión de otra
limitación: no todas las distribuciones, sino sólo un subconjunto realmente
idóneo de ellas corresponde a estados físicos accesibles. Hemos presentado
argumentos en apoyo de que esta segunda limitación es consecuencia del hecho de
que ciertos tipos de correlaciones “orientadas hacia el futuro” no pueden
existir en los sistemas físicos, por lo que únicamente aquellas distribuciones
que no contienen estas correlaciones “orientadas hacia el futuro” pueden
representar estados físicos accesibles.
»Por lo tanto, la segunda ley, que implica a nivel macroscópico una limitación
de las posibilidades de “manipulación” de la materia (por ejemplo, la
imposibilidad de máquinas perpetuas de segunda especie), implica un límite a la
manipulación que hagamos también a nivel microscópico. Expresándolo de otro
modo: la segunda ley explícita a nivel macroscópico una estructura básica,
relacionada con el nivel microscópico. Expresa un nuevo elemento esencial,
ajeno a las leyes de la dinámica, pero, desde luego, compatible con ellas. La
analogía con la estadística cuántica quizá clarifique lo que queremos decir. La
limitación a las funciones de ondas simétricas (o antisimétricas) no es, desde
luego, una consecuencia de la ecuación de Erwin Schrödinger.[118] Sin
embargo, una vez formulada una restricción de la simetría de las funciones de
ondas, ésta se propaga por efecto de las leyes de la mecánica cuántica».
Hay que decir que se trata de una conclusión un
tanto abstracta, y voy a hacer unos comentarios. La dinámica clásica o la
cuántica pueden transformarse, para ciertos sistemas, en procesos
probabilísticos. Esta transformación conlleva siempre una ruptura de simetría.
Un proceso probabilístico es unidireccional. Conduce al estado más probable, en
el futuro o en el pasado. Por el contrario, el proceso dinámico inicial es
invariable respecto a la inversión temporal. Y es precisamente en este punto
donde surge la flecha del tiempo. Tenemos que entender por qué sólo uno de los
procesos probabilísticos se verifican en la naturaleza. En el siguiente
apartado, daremos un ejemplo. Además, la transformación de descripción dinámica
en descripción probabilística implica un cambio de representación. En la
descriptiva dinámica, la cantidad básica es la función de densidad descrita en
los conjuntos de Gibbs (o la matriz de densidad en mecánica cuántica). En el
proceso probabilístico, es una nueva función de distribución que satisface el
tipo de ecuación de Markov y que denota nuevas entidades. Por ello, los
procesos dinámicos pueden conducir al orden en términos de las unidades
consideradas, mientras que los procesos probabilísticos conducen a un creciente
desorden.
Orden y desorden no son necesariamente conceptos mutuamente excluyentes. Pueden
corresponder a distintas descripciones. Voy a ilustrar estas conclusiones
generales en términos de un modelo más físico. Muchos sistemas dinámicos pueden
describirse en términos de «colisiones» y «correlaciones». Consideremos una
nube de partículas que se dirige hacia un blanco (una gruesa partícula
inmóvil). En la figura 1, se describe esta situación. En un pasado lejano, no
existían correlaciones entre las partículas. Ahora, la dispersión produce sus
efectos. Esparce las partículas (haciendo más simétrica la distribución de
velocidad) y, además, produce correlaciones entre las partículas dispersadas y
el dispersor. La aparición de correlaciones puede esclarecerse más, aplicando
una inversión de velocidad (por ejemplo, colocando un espejo esférico). Vemos
esta situación en la figura 2 (las líneas onduladas representan las
correlaciones). Por lo tanto, el papel de la dispersión es el siguiente: en el
proceso directo, hace más simétrica la velocidad de distribución y crea
correlaciones; en el proceso inverso, la velocidad de distribución se hace
menos simétrica y desaparecen las correlaciones. Por lo tanto, con la
consideración de las correlaciones, introducimos una distinción fundamental entre
procesos directos e inversos.
Figura 1 (izquierda). Dispersión de partículas. Tras la colisión las
dispersiones permanecen correlacionadas con el dispersor (líneas onduladas).
Figura 2 (derecha). Inversión de velocidad tras una colisión. Las correlaciones
se destruyen tras el impacto con el dispersor.
Apliquemos estas conclusiones a los sistemas de
muchos cuerpos. También en este caso, consideraremos dos tipos de situación: en
una, llegan partículas sin correlación, se dispersan y se producen partículas
correlacionadas (figura 3). En la situación contraria, llegan partículas
correlacionadas, se destruyen las correlaciones por efecto de colisiones y
surgen partículas sin correlación (figura 4).
Figura 3. Origen de correlaciones post-colisionales.
Figura 4. Destrucción de correlaciones pre-colisionales.
Ambas situaciones se diferencian a través del orden
temporal entre colisiones y correlaciones. En el primer caso, tenemos
correlaciones «post-colisionales» y, en el otro, correlaciones
«pre-colisionales» (no siempre es posible establecer una clara distinción entre
estos dos casos: para hacerla más fácil conviene considerar sistemas grandes,
«infinitos»).
Para sistemas cuya evolución puede describirse en términos de estas
correlaciones dinámicas, podemos atribuir un significado simple a la ruptura de
simetría introducida por la segunda ley de la termodinámica y la elección del
semigrupo pertinente. Supongamos que preparamos una función de distribución (de
la velocidad de una partícula, por ejemplo) a un tiempo dado t0.
Podemos aplicar las ecuaciones dinámicas para observar la desviación del
equilibrio que se producirá en el futuro lejano o en el pasado lejano. Es
evidente que pueden darse los cuatro tipos de situaciones representadas en la
figura 5. En la situación A, la distribución de velocidad no alcanzará el
equilibrio ni para t → +∞ ni para t → −∞ Por
el contrario, en la situación B, se alcanza el equilibrio en ambas direcciones
del tiempo. En la situación C. se alcanza el equilibrio para t →
+∞, pero no para t → −∞; finalmente, en la situación D,
se alcanza para −∞ y no para +∞. El tipo de situación verificable depende de
las condiciones iniciales. Ahora podemos demostrar, y es un punto importante,
que los casos A y D sólo pueden producirse
si, en el momento inicial, tenernos entre las partículas correlaciones
persistentes de largo alcance que impidan que el sistema alcance el equilibrio
mediante sucesivas colisiones. En B y C, también
pueden existir correlaciones, pero son correlaciones post-colisión que no
impiden que el sistema vaya hacia el equilibrio. En A y
en D, tenemos partículas que vienen del infinito y que están
correlacionadas antes de colisionar. En B y en C,
tenemos correlaciones únicamente después de las colisiones (figura 5).
Figura 5. Evolución de la desviación del equilibrio. Con arreglo a las
condiciones iniciales pueden darse cuatro casos (V. texto).
Ahora formularemos una ley de selección
microscópica que es el fundamento de la segunda ley de la termodinámica. No
pueden prepararse ni comprobarse en los sistemas físicos correlaciones
pre-colisión persistentes de largo alcance. Las correlaciones son siempre
consecuencia de interacciones dinámicas previas. Obsérvese que este principio
de selección rompe la simetría temporal y nos permite elegir concretamente el
semigrupo adecuado a la flecha tiempo que observamos. Una vez formulado este
principio de selección, es cuestión de medios técnicos —que no voy a describir—
para pasar del proceso dinámico inicial al proceso probabilístico y reconciliar
la evolución dinámica con una probabilidad de aumento incesante en los sistemas
aislados.
4.
Volvamos a la relación entre tiempo y vida.
Primero, quiero señalar que la segunda ley de la termodinámica expresa tal vez
la ruptura de simetría más fundamental en el mundo físico que a su vez
posibilita otras rupturas de simetría, incluida la de materia y antimateria. En
principio, podemos imaginar el mundo poblado por dos tipos de seres, unos que
viven hacia el futuro y otros hacia el pasado. Algunas divertidas consecuencias
de esta situación se exponen en el maravilloso libro de Martin Gardner El
universo ambidiestro . Podemos reconocer tales sistemas físicos o
biológicos porque para nosotros su evolución sería la opuesta a la que estamos
acostumbrados. El análisis microscópico nos mostraría que estos sistemas
transforman las correlaciones en colisiones, mientras que los sistemas que
conocemos proceden en sentido contrario.
La segunda ley es una afirmación de la unidad del mundo físico. Sólo existe una
flecha del tiempo. Ahora, en esta perspectiva, hablaremos de la relación entre
tiempo y vida. La vida es ciertamente una de las manifestaciones más
sorprendentes de esta flecha universal del tiempo. Desde este punto de vista,
podemos considerarla como una consecuencia de la existencia de procesos
irreversibles, pero lo que quiero poner de relieve es que la vida transmite, a
su vez, esta situación propia, intrínseca de ruptura de simetría, a objetos del
mundo físico que, sin su intervención, tendrían un comportamiento temporal
simétrico. Si volvemos a la situación B de la figura 5. interpretaremos tal
situación como la que da origen a una aproximación al equilibrio en nuestro
futuro. Los seres que vivan en la dirección opuesta interpretarían, por el
contrario, esta situación como la generadora de una aproximación al equilibrio
en su futuro, que es nuestro pasado. En cierto sentido, transformamos una
situación fundamentalmente simétrica en una situación temporalmente asimétrica
por la utilización de nuestra propia asimetría temporal. Como he señalado,
suele decirse que la vida produce vida, pero nosotros vemos la vida como
transmisora de irreversibilidad; la duración originando duración.
Actualmente se especula mucho sobre cosmología. Es evidente que algunos de los
conceptos que hemos expuesto coinciden con lo que suele denominarse cosmología
estándar. En sus primeros tiempos, el universo estaba desvinculado de la
causalidad. Desde el horizonte de cada observador, sólo podían verse elementos
sin correlación. El decurso del tiempo en la interacción de estos elementos
introduce correlaciones suplementarias. La evolución general del mundo físico,
en esta perspectiva, empieza a interpretarse como una progresiva ampliación de
correlaciones a través de la materia, que entra en contacto directo o
indirecto, o a través de campos intermedios. Pero la historia a gran escala de
nuestro universo sigue en gran parte inexplicada. Aunque hay que tener en
cuenta dos características primordiales: la gravitación y la entropía. Nos
hallamos aún muy lejos de una concepción sintética que englobe estos dos
conceptos, por consiguiente aún existen muchas posibilidades.[119] De mis
estudios sobre sistemas complejos a una escala mucho más modesta, he sacado la
impresión firme de que es difícil siquiera llegar a imaginar o enumerar todas
las posibilidades que presentan los sistemas no lineales alejados del
equilibrio. Y esto me resulta aún más evidente si consideramos el universo como
un todo con las sorprendentes no linealidades descritas polla ecuación de
Einstein y con las enormes desviaciones del equilibrio que debieron predominar
en su fase pretérita de formación. Por consiguiente, finalizaré con una
apostilla optimista: la historia no tiene final.
Bibliografía
1. B. Misra y I. Prigogine, «Time, probability and
dynamics», Proceedings of the Workshop on Long-Time Prediction in
Nonlinear Conservative Dynamical Systems, editado por C. W. Horton, Jr., L. E.
Reichl y V. Szebehely, de próxima publicación por Wiley-Interscience, Nueva
York.
2. I. Prigogine, From Being to Becoming, W. H. Freeman
and Co., San Francisco, 1980.
3. I. Prigogine y C. George, PNAS, 1982.
4. K. Popper, Unended Quest, La Salle, Illinois,
Open Court Pub. Co., 1976.
5. M. Gardner. El nuevo universo ambidiestro,
RBA, Barcelona, 1994.
6. F. W. Dewette, R. E. Allen, D. S. Hughes y A.
Rahman, Physics Letters, 29A, 1969, 548-549.
§ 7. Einstein: triunfos y conflictos[120]
Es para mí un privilegio participar en esta sesión
que la Real Academia belga consagra a la memoria de Albert Einstein. Quizá se
deba este honor a que los primeros trabajos de Einstein, en 1902-1903, están
relacionados con la termodinámica. De todas formas, no es tarea fácil, pues se
han publicado tantos libros con motivo del aniversario del nacimiento de
Einstein, se le han dedicado tantas conferencias, tantas emisiones de
televisión, que poco queda por decir. Qué duda cabe de que el mito Einstein
sigue vivo entre nosotros y es, con gran diferencia respecto a otras figuras,
el científico más famoso de nuestro siglo.
¿Cómo se explica esta fama extraordinaria? Después de todo, el siglo XX ha dado
otros eminentes científicos cuya obra ha ejercido influencia perdurable;
bastaría con citar a Rutherford, a Bohr,[121] a
Dirac,[122] en lo
que a física se refiere, y a Pauling, a Crick o a Watson con el ámbito de la
biología. Sin embargo, ninguno de ellos alcanzó semejante popularidad. Tampoco
en el siglo XIX encontramos a un físico de celebridad comparable. Sólo la
gloria de Darwin podría compararse a la de Einstein. Pero, en la época de
Darwin, el interés científico estaba volcado en el problema de la biología.
El caso de Einstein es muy distinto: es de dominio público la creencia de que
sus trabajos son de tamaña dificultad que sólo contados físicos pueden entender
y argumentar sobre sus conclusiones. ¿Por qué, entonces, esta fama? ¿Estamos
ante un caso de culto a la personalidad? ¿Es una moda pasajera? ¿O existe,
quizás, una razón más profunda? Para contestar a estas preguntas hay que situar
primero el trabajo de Einstein en su perspectiva histórica.
* * * *
Ojeando los manuales de física publicados a
principios de siglo, cuesta reconocer que versen sobre la misma ciencia que se
practica hoy en día. ¿Seguimos describiendo el mismo universo? ¿Tenemos
idéntica concepción [123] de
nuestro objetivo? En su discurso académico de 1865, «Sobre los objetivos de las
ciencias de la naturaleza». Kirchhoff[124] afirmaba
que el propósito final de la ciencia era reducir los fenómenos observables a
las leyes del movimiento, ya que éste puede ser descrito por la mecánica
teórica. Por lo tanto, las ciencias naturales, según su criterio, tratarían de
reducir los fenómenos observables a las leyes formuladas por Newton y
generalizadas por ilustres físicos y matemáticos como Lagrange o Hamilton. No
cabe preguntarse por qué aparecen tales masas y fuerzas en las ecuaciones de
Newton, ya que no puede entenderse lo que son. Basta con que nos limitemos a
describir sus diversas manifestaciones por medio de las leyes de la dinámica.
La pregunta sobre el «por qué» de la naturaleza de estas masas y fuerzas
quedará para siempre sin respuesta. En una célebre conferencia pronunciada por
la misma época, Dubois Reymond[125] caracterizaría
esta concepción con la apostilla lapidaria de Ignoramus, ignorabimus.
La ciencia impide el acceso a los misterios del universo.
¿Qué es, pues, la ciencia? Citaremos la opinión de un físico influyente de
nuestra época, Ernst Mach,[126] cuyas
ideas causaron gran impacto en el joven Einstein: la ciencia nos ayuda a
organizar nuestra experiencia. Forma parte de la lucha darwiniana por la vida,
puesto que nos ayuda a definir protocolos de manipulación más eficaces. Mach lo
expresa en una concisa definición: «La función biológica de la ciencia es dotar
al individuo plenamente desarrollado de unos medios de orientación lo más
perfectos posibles. No existe otro ideal científico; cualquier otro carecería
de sentido».
La ciencia es útil porque permite una economía de reflexión. Tal veredicto
encierra sin duda una parte de verdad, ¿pero todo se reduce a esto? ¡Qué lejos
de Newton, Leibniz y todos cuantos participaron en la creación de la ciencia
occidental con la ambición de descubrir el marco conceptual que vertebrase la
inteligibilidad del universo físico! La concepción, según la cual la ciencia
sería estrictamente útil, sólo sirve para obtener una formulación de las
relaciones interesantes sin más; es fundamentalmente lo que se
denomina concepción positivista de la ciencia. ¿Somos positivistas? A este
respecto puedo hablar a título de mí experiencia personal. Con frecuencia, los
momentos en que, durante un congreso científico, la excitación crece son
aquellos en que se plantean cuestiones que pocas veces tienen una repercusión
utilitaria y que en nada van a servir para acrecentar nuestra capacidad de
supervivencia; por ejemplo, las interpretaciones posibles de la mecánica
cuántica o el papel del universo en expansión, en lo que a nuestro concepto del
tiempo se refiere. Y es en este contexto en el que podemos comprender el papel
eminente, único, desempeñado por Einstein. Fue precisamente su trabajo sobre la
relatividad, en 1905, el punto de partida de una evidencia nueva: la ciencia es
algo más que una economía de pensamiento, puesto que lleva a resultados
inesperados y nos abre el camino que conduce al descubrimiento de estructuras
ocultas del universo físico.
En sus notas autobiográficas, escribe Einstein que el asombro es elemento
esencial en la creatividad científica. Y creo que esto es cierto en cada caso
particular; el trabajo de Einstein nos ha revelado un mundo desconocido,
mostrándonos que estábamos en los albores de una nueva época llena de promesas,
pero también del riesgo de nuevos derroteros.
Es fascinante seguir la transformación que acabo de esbozar a través de la obra
del propio Einstein, y ver cómo este hombre nacido en el siglo XIX llegó a
conceptos y resultados, algunos de ellos contradictorios con los presupuestos
más fundamentales de su propio trabajo. Es esta concomitancia entre éxito y
tensiones intelectuales lo que me ha impulsado a titular esta conferencia
«Triunfos y conflictos».
* * * *
Examinemos a grandes rasgos algunas etapas notables
de la evolución del pensamiento de Einstein.
En 1905, publica su Teoría de la relatividad restringida . El
título exacto de la obra era más técnico: «Sobre la electrodinámica de los
cuerpos en movimiento». Se trataba, efectivamente, de una cuestión concreta:
¿cómo satisfacer el principio de relatividad galileano —que afirma que
cualquier observador, en traslación uniforme en relación con los fenómenos
naturales, los describirá mediante ecuaciones de idéntica forma— cuando
intervienen no sólo cuerpos materiales, sino también la luz? No entraremos en
detalles, pero lo esencial es que, en lugar de considerar que este problema
llevaba a la elaboración de un capítulo suplementario en el que se asociasen
campos tradicionales de la física, como son mecánica y electrónica, Einstein
centró su análisis en la revisión de los conceptos espacio y tiempo. Y es aquí
donde descubrimos lo que constituye la modernidad singular de la obra creativa
de Einstein. En cierto sentido, su enfoque es similar y muy contemporáneo al de
Cézanne en pintura y de Schoenberg en música. En lugar de continuar la
tradición pictórica occidental, Cézanne opta por el retorno a la cuestión
fundamental: ¿cómo representar la existencia del objeto en el espacio en que
se encuentra? Cada objeto tiene existencia propia, determinada por los límites,
pero a la vez está inmerso en un espacio común. Tampoco Schoenberg intentaría
mejorar la escala «bien temperada» que, desde la época de Bach había sido el
instrumento fundamental de trabajo de la música occidental, sino que creó un
sistema nuevo con la atonalidad seriada. Quisiera subrayar dos puntos. La
velocidad de la luz en el vacío, c, aparece en la obra de Einstein no sólo como
una constante universal, sino como la magnitud que limita la velocidad con que
puede transmitirse cualquier información desde un punto a otro del espacio. Es
la existencia de este límite lo que conduce a la transformación de la
estructura espacio-tiempo y, finalmente, a un tiempo local correspondiente a
cada observador particular. Esta conclusión puede parecer controvertible desde
el punto de vista lógico, ya que ¿por qué preocuparse de un límite superior a
la velocidad de transmisión de una información? Nos basta con imaginar a un observador
«deslocalizado» que, de una forma u otra, estuviera «en todas partes» al mismo
tiempo. En el siglo XVII, algunos identificaban a Dios con el espacio; un
observador como Dios no tendría necesidad de transmitir información, y por ello
formularía las leyes físicas dentro del marco de la relatividad galileana que
acepta la transmisión a velocidad infinita y conduce a un tiempo universal
único. La opción entre el espacio-tiempo galileano y el einsteniano no puede
zanjarse sobre la base de la lógica formal. Hay que recurrir a la
experimentación y, como sabemos, la experimentación hasta el momento ha dado la
razón a las ideas de Einstein. ¿Qué podemos concluir? El propio Einstein
pensaba que la imposibilidad de transmitir una información a velocidad superior
a la de la luz, le había facultado para dar un paso similar al contenido en los
principios termodinámicos a partir de la exclusión del perpetuum mobile, es
decir, la imposibilidad de construir un dispositivo que convirtiera, por
ejemplo, calor en trabajo utilizando una sola fuente de energía. Sin embargo,
los contemporáneos, y con mayor motivo la generación de físicos posterior a
Einstein, entendieron una lección muy distinta en el éxito de la relatividad.
Para ellos, la relatividad enseñaba que es imposible describir la naturaleza
desde el exterior: la física está hecha por el hombre para el hombre. Tal es la
interpretación que Heisenberg trasladó a la mecánica cuántica y, si se me
permite citar algo personal, ésta es la interpretación que yo mismo trato de
introducir en lo que atañe al problema de la irreversibilidad en su relación
con la dinámica. Volveré sobre ello más adelante. Si recordamos la convicción
profunda de Einstein de que «la física es el intento de captar la realidad tal
cual es, independientemente del hecho de que se la observe», podemos entender
el triunfo de Einstein y los conflictos de interpretación que desencadenó.
Quisiera subrayar otro punto. Una vez introducida la diferencia entre los
tiempos múltiples utilizados por los observadores en traslación para comparar
la duración de los acontecimientos, podemos plantear la siguiente pregunta:
¿cómo hacer explícita esta diferencia?[127]
Es posible cuando dos observadores, que han sincronizado sus relojes, vuelven a
encontrarse en un momento ulterior. Semejante situación supera realmente la
relatividad restringida, ya que, para que tenga lugar un segundo encuentro, al
menos una de las trayectorias tiene que hallarse sometida en algún punto a una
aceleración. Con rara intuición, Einstein consideró, ya en 1905, esta
posibilidad. Entre dos encuentros, el tiempo transcurrido es distinto para cada
observador. Es la famosa «paradoja de los gemelos». Esta conclusión, por
inesperada que parezca, ha sido objeto de confirmaciones experimentales
cuantitativas. ¿Cómo interpretar de manera positivista, como simple economía de
pensamiento, o mejora de las posibilidades de supervivencia, una ciencia que
conduce a resultados tan inesperados, que reclama tan palpablemente que
pensemos de forma nueva la naturaleza que nos rodea? La relatividad general
acentúa aún más esta dimensión anti positivista que Einstein confirió a la
física.
Es sabido que Einstein partió de la observación de que las fuerzas
gravitatorias tienen un estatuto muy especial. Si enunciamos la ley de Newton
como masa por aceleración = fuerza, podemos distinguir en principio dos tipos
de masa, la inercial, que aparece a la izquierda de la ecuación, simultánea a
la aceleración, y la masa gravitatoria que aparece con la fuerza. Pero sucede
—y quedó demostrado por los muy precisos experimentos de Eötvos— que ambas
masas coinciden: en consecuencia, estas masas se compensan en la ecuación, y el
campo gravitatorio adquiere una especie de estructura geométrica universal. Ya
Galileo había enunciado que todos los cuerpos caen en el vacío con igual
velocidad. Esto sirvió a Einstein de punto de partida para formular su
relatividad general, esa teoría que Landau y Lifschitz denominan, en su famoso
tratado de física, la más hermosa de las teorías físicas. Como se sabe, la idea
básica es que la materia crea una curvatura del espacio-tiempo. En seguida
concibió Einstein la idea de ampliar la aplicación de esta teoría a todo el
universo; era una empresa de audacia inusitada: el universo como objeto
geométrico único. En un ya célebre artículo de 1917, propone Einstein el primer
modelo cosmológico del universo. Como puede imaginarse, por el origen de su
teoría, se trataba de un universo estático, intemporal; la realización de una
idea casi Spinozista trasladada al campo de la física. Y aquí se produjo lo
inesperado. En seguida se vio que las ecuaciones cosmológicas de Einstein
admitían otras soluciones dependientes del tiempo. Citaré los nombres del
astrofísico ruso Friedman y de nuestro compatriota George Lemaître, que fue
miembro de esta Academia. Por la misma época, Hubble[128] y sus
colaboradores establecían, a propósito del movimiento de las galaxias, la
famosa «Ley de Hubble» que enuncia una relación de proporcionalidad entre la
velocidad de las galaxias y su alejamiento. La relación entre esta ley y el
universo «en explosión» de Friedman y Lemaître era evidente. Sin embargo, la
mayoría de los físicos se mantuvieron durante bastante tiempo reticentes a esta
descripción de un universo histórico. El propio Einstein no la apreciaba mucho.
Lemaître, a quien conocí bien, me contó que, en cierta ocasión, en que intentó
discutir con él sobre la posibilidad de concretar más el estado inicial del
universo para quizá determinar la radiación cósmica. Einstein no mostró gran
interés y le dijo: «Eso recuerda demasiado al Génesis, ¡se nota que es usted
sacerdote!».
Actualmente disponemos de un dato nuevo, la famosa energía residual de cuerpo
negro, que nos ilumina con la misma luz que iluminara la explosión de la bola
ígnea hiperdensa que marca el inicio del universo. En cierto modo Einstein se
ha convertido en el Darwin de la física. Darwin nos enseñó que el hombre forma
parte de la evolución biológica, y Einstein que pertenecemos a un universo en
evolución. Las ideas de Einstein le conducirían a un nuevo continente, tan
inesperado para él como América para Cristóbal Colón.
Citaré otro ejemplo. En 1900, Max Planck introducía una nueva constante
universal, h, en su trabajo fundamental sobre el equilibrio entre
materia y luz. Sin embargo, el interés general de este descubrimiento no era
patente, y parecía, por el contrario, de utilidad estrictamente técnica, una
simple fórmula de interpolación para representar los datos de la experiencia.
Fue Einstein quien intuyó que había algo muy distinto, mucho más importante, en
juego. Tradicionalmente se atribuía a la radiación electromagnética una
naturaleza ondulatoria. Einstein comprendió que la existencia de h nos permite
introducir corpúsculos de luz, «fotones». Efectivamente, a cada valor de la
energía podemos asociar, por mediación de h, una frecuencia y, a
cada longitud de onda, una cantidad de movimiento. Por lo tanto, la radiación
electromagnética es a la vez de naturaleza ondulatoria y corpuscular. Esta
audaz concepción dualista resultó pasmosamente verificable en efectos
experimentales como el efecto fotoeléctrico. Esta comprobación marca la fecha
de nacimiento de la segunda gran revolución de las ciencias físicas de nuestro
siglo: la mecánica cuántica. Unos veinte años más tarde. Louis de Broglie,
invirtiendo el enfoque de Einstein, asocia a la materia, tradicionalmente
considerada como corpuscular, un nuevo tipo de onda, las ondas de materia. Los
trabajos de Heisenberg. Schrödinger y Dirac dotarían acto seguido a estas ideas
de un marco matemático nuevo. Sin embargo, la dualidad onda/partícula de la
materia ponía inevitablemente en tela de juicio el concepto de causalidad
física. Podemos asociar un punto material a una velocidad y posición muy
determinadas; pero una onda es de localización difusa, ¿cómo asociarle posición
y velocidad? En consecuencia, también la mecánica cuántica recurriría a
elementos estadísticos. Como continuación principalmente a las discusiones
mantenidas con Bohr con ocasión de las Reuniones Solvay de Física en Bruselas,
Einstein admitió que la mecánica cuántica aportaba una noción no contradictoria
de la naturaleza. Pero hasta el final de su vida negaría qué idea pudiera
considerarse la solución definitiva al problema cuántico. Citaré una carta
famosa de Einstein a Born:[129] «Usted
cree en un Dios que juega a los dados, y yo en una ley y un orden completos en
un mundo que existe objetivamente y que trato de representarme de un modo
francamente especulativo. Creo en ello firmemente, y espero
que alguien lo descubra con un método más realista, o mejor dicho,
estableciendo unos fundamentos más tangibles de lo que a mí el destino me ha
permitido. Incluso el gran éxito inicial de la teoría cuántica no me impulsa a
creer en un juego de dados primordial, aunque soy muy consciente de que
nuestros jóvenes colegas interpretan esta convicción como signo de senilidad».
¿Por qué adoptó Einstein una postura tan radical respecto al tiempo y al azar?
¿Por qué prefirió el aislamiento intelectual a todo compromiso?
* * * *
Uno de los documentos más emocionantes sobre
Einstein es la serie de cartas que intercambió con su viejo amigo Michele
Besso.[130] Einstein
solía ser muy discreto sobre sus cosas íntimas, pero con Besso mantenía una
relación distinta. Se conocían desde jóvenes, cuando Einstein tenía diecisiete
años y Besso veintitrés. Besso ayudó a la primera mujer y a los hijos de
Einstein cuando éste tuvo que dejar la familia en Zürich para trabajar en
Berlín. Les unía un gran afecto a pesar de que, con los años, sus respectivos
intereses llegaran a discrepar. Besso fue inclinándose progresivamente hacia la
literatura, la filosofía, profundizando en el significado mismo de la
existencia humana; sabía que, para que Einstein respondiera, había que
plantearle problemas de índole científica, pero a él su investigación le iba
llevando cada vez más lejos de la simple ciencia. Es una amistad que duró toda
una vida, hasta la muerte, en 1955, de Besso, pocos meses antes de la de
Einstein. Por el tema que tratamos, lo que más nos interesa es la última parte
de esta correspondencia, que abarca el período de 1940-1955.
Por aquel entonces, Besso no cesaba de insistir sobre el problema del tiempo.
¿Qué es la irreversibilidad? ¿Qué relación tiene con las leyes de la física? Y
Einstein, pacientemente, le respondía una y otra vez que la irreversibilidad
era una ilusión, una impresión suscitada por unas condiciones iniciales
improbables. Pero Besso no acaba de considerarse satisfecho. Su último
artículo, a los 80 años, sería una colaboración, para Archives des
Sciences de Ginebra, en un intento de conciliar la relatividad general
con la irreversibilidad del tiempo. Pero Einstein apenas valoraría este empeño,
y su comentario fue; «Estás pisando terreno resbaladizo. No hay
irreversibilidad en las leyes fundamentales de la física. Debes aceptar la idea
de que el tiempo subjetivo, con su insistencia sobre el ahora, no posee
significación objetiva». Al morir Besso, Einstein escribió a la hermana y a los
hijos de éste: «Michele se me ha anticipado en dejar este mundo absurdo. Es
algo que no tiene importancia. Para nosotros, físicos convencidos, la
distinción entre pasado, presente y futuro es sólo una ilusión, por persistente
que sea».
Einstein creía en el Dios de Spinoza, un Dios identificado a la naturaleza, un
Dios racional. Según esta concepción, no hay lugar para la contingencia ni para
la libertad. Lo que nos parece contingencia, azar, es tan sólo una apariencia;
sólo creemos libres nuestros actos porque ignoramos su verdadera causa.
Así, podemos decir que Einstein pertenece a la tradición occidental que, desde
Platón, no ha cesado de subrayar la diferencia entre el mundo sensible, el
mundo de apariencias que ilumina la luz del sol y el mundo que, según la
hermosa expresión del propio Platón, ilumina el sol de lo inteligible. Para
Platón la filosofía era el camino que conducía de un mundo a otro, para
Einstein este camino fue la ciencia. Einstein era un solitario que escribía a
Besso: «Lo que tanto admiro de ti es que te entiendas bien con tu mujer,
mientras que yo no lo he podido conseguir con ninguna de mis dos esposas». Sus
relaciones con los dos hijos habidos del primer matrimonio fueron tensas y, más
que esto, vivió un período histórico siniestro, marcado por el antisemitismo,
latente y luego declarado, y por las dos guerras mundiales. No es de extrañar
que, para él, como sucediera antaño con Demócrito y Epicuro, el conocimiento,
la ciencia, fuera el medio para liberarse de un mundo turbulento y acceder a un
mundo de razón, belleza y paz.
* * * *
Los interrogantes que planteaba Einstein siguen en
pie. He mencionado la famosa discusión entre Einstein y Bohr a propósito de las
bases de la mecánica cuántica. Einstein no pudo evidenciar contradicción en la
mecánica cuántica, y en este sentido fue Bohr quien venció, pero no es menos
cierto que cada vez es mayor el número de físicos que disienten de lo que se
denomina «la interpretación de Copenhague». Bohr quería, en cierto modo,
aceptar la mecánica cuántica tal cual, mostrándonos que era inútil buscar una
interpretación «más profunda» del formalismo. Desde este punto de vista, el
triunfo es para Einstein. Hoy, transcurridos más de cincuenta años muchas
publicaciones científicas incluyen artículos en los que se discuten las
variables ocultas, el problema de la medida en mecánica cuántica, la
significación de su irreversibilidad. Esta afluencia de artículos, que no
parece tener fin, sería probablemente más intensa si muchas revistas
respetables no trataran de limitar su difusión. Las dudas de Einstein, sus interrogantes
a propósito del azar y el tiempo, siguen siendo temas fundamentales de nuestra
época.
¿Podemos, al menos, saber en qué dirección caminamos? Sólo puedo dar mi opinión
personal. Creo que cada vez nos alejamos más del ideal clásico y de su
concepción de causalidad, expresada mediante leyes deterministas, en el marco
de las cuales no puede hacerse distinción entre pasado y futuro. Mi convicción
se basa primordialmente en los recientes trabajos en mecánica clásica. El
prototipo de objeto totalmente regido por una ley determinista es sin
paliativos la trayectoria definida por la mecánica clásica. Una vez dadas las
condiciones iniciales, puede seguirse una trayectoria tanto en el futuro como
en el pasado, puede calcularse la posición y la velocidad de un móvil en
cualquier momento, pasado o futuro. Pero se ha visto que los estudios actuales
demuestran que, salvo en casos muy simples, la situación dista mucho de estar
ciara. En uno u otro sentido, la mayoría de los sistemas dinámicos en cuestión
son inestables, lo que esencialmente significa que unos puntos, tan próximos
como queramos en un momento inicial, pueden pertenecer a trayectorias
divergentes o, mejor dicho, a trayectorias de distinto tipo .
Lo que se plantea, es saber qué significación puede conservar el concepto de
trayectoria cuando ninguna observación, por precisa que sea, puede darnos
información sobre el tipo de trayectoria que sigue un objeto dinámico. ¿No
deberíamos tal vez aplicar la lección de Einstein, eliminando en física
cualquier concepto al que no pueda atribuirse contenido con una experimentación
racional? Como ya he señalado, esta regla estipula que el científico pertenece
a la naturaleza que describe. La supresión del concepto de trayectoria nos
permite construir un formalismo estadístico, aun en el marco de la dinámica
clásica.[131] En
resumen: podemos concluir que la distancia entre la descriptiva determinista y
la probabilista es menor de lo que creían la mayor parte de los coetáneos de
Einstein. En lo que respecta a Poincaré, él había señalado ya que, cuando se
arroja un dado, no nos fundamos en la idea de que el concepto de trayectoria no
sea aplicable, sino en el criterio de que, en esta clase de sistema, a partir
de cada intervalo de condición inicial, por pequeño que sea, existe igual
número de trayectorias que parten hacia cada cara del dado. Es una versión
simplificada del problema de inestabilidad al que acabo de referirme.
¿Qué significa, entonces, la expresión de Einstein: «Dios no juega a los
dados?». ¿Querrá decir que calcula las trayectorias? Pero esto no modificaría
el resultado del juego, porque llegaríamos a las mismas frecuencias de los
diversos estados finales. El título de una de las conferencias pronunciadas por
mi amigo, el matemático Marc Kac, How random is Random? (¿Cuán
aleatorio es el azar?), expresa perfectamente cuán sutil es la distinción entre
descripciones deterministas y probabilistas. En lo que respecta al Dios de
Einstein, para conocer algo más que las frecuencias, tendría que fijar una
condición inicial de manera exacta, a modo de un punto único sobre
una línea. Esta forma de proceder es imposible aplicarla a otro que no sea Él,
ya que toda observación humana es de precisión finita, por muy precisa que sea.
Por lo tanto, volvemos a la lección de la relatividad restringida: ¿podemos
utilizar conceptos que describan la física desde fuera? Hemos dicho que no, y
nos es difícil renunciar a esta postura.
Evidentemente, Einstein pensaba en la mecánica cuántica. Pero ahí, la situación
no es tan sencilla. Por mi parte, considero que el empleo de conceptos
probabilistas exige, como opinaba Einstein, explicaciones suplementarias que,
en consecuencia, irían más allá de la propuesta de la escuela de Copenhague. De
hecho, lo que necesitamos es una mejor comprensión del papel de la constante de
Planck en el campo de la dinámica. En cierto sentido, como expusimos
recientemente, h introduce un movimiento colectivo, fuerza de trayectorias
próximas a permanecer coherentes, al menos durante cierto tiempo.
Generalmente, se intentaba comparar la descripción en términos de trayectorias
clásicas con la descripción de ondas cuánticas, método que el comportamiento
tan distinto de trayectorias y ondas dificulta enormemente. Por ello, quizá sea
interesante comparar la teoría clásica de los conjuntos con la teoría cuántica,
para entender cómo la presencia de h nos impide aperar el paso
en el límite de un conjunto a una trayectoria.[132] Hecho
esto, vemos con mayor claridad que la teoría cuántica se sitúa en un «nivel
intermedio». Es «más» determinista que la teoría clásica de los conjuntos y
«menos» que la teoría clásica de las trayectorias. La mecánica cuántica puede
definirse como una teoría clásica «super determinada», en la que pueden
eliminarse la mitad de las variables. Naturalmente, esto desemboca en la idea
de coherencia y, finalmente, en el dualismo onda-partícula.
Quizás Einstein no habría desaprobado esta orientación investigatoria, que
descarta cualquier recurso a interpretaciones subjetivistas (papel del
observador, perturbaciones incontrolables…).
Lo que actualmente parece definitivo es que la transición de la descriptiva
determinista a la probabilista no implica necesariamente procedimientos
aproximativos como el coarse graining, [133] o la
«descripción truncada», que adolecen inevitablemente de una pérdida de
información e introducen en la descripción un elemento subjetivo. Por otra
parte, parece existir más de un camino entre la descripción determinista y la
probabilista; acabamos de describir dos de ellos: la inestabilidad del
movimiento en mecánica estadística clásica y la coherencia introducida
por h en la teoría cuántica.
Sean cuales fueren las respuestas exactas pendientes, somos testigos de un auge
del papel que desempeñan el azar y la irreversibilidad en el contexto de las
ciencias físicas, y cada vez nos alejamos más de la concepción estática y
determinista propia de la física clásica.
A principios de siglo, la física, y sobre todo la física teórica, aparecía como
un grandioso edificio, una construcción monolítica, sin parangón con ninguna
otra ciencia. Sin embargo, había exterminado la intriga por lo desconocido y la
capacidad de sorpresa. «Sin color, sin olor; un asunto estúpido», decía
Whitehead hablando de la naturaleza descrita por la física clásica. Hoy día, la
situación ha cambiado de forma radical, y, antes que ninguno, ha sido Einstein
quien más ha contribuido a esta transformación. No por casualidad gira su obra
en torno a las constantes universales, la velocidad de la luz, c,
la constante de Boltzmann, k, la constante de Planck, h,
y la constante gravitatoria. La intrusión de estas constantes en la formulación
monolítica universal de la física clásica, es una conmoción sin paralelo en la
historia de las ciencias. Las leyes de Newton eran universales, porque no
establecían distinción alguna entre lo lento y lo rápido, lo ligero y lo
pesado, pero c nos permite distinguir entre lento y rápido, h entre
pesado y ligero. En lugar de una estructura única para todos los objetos
físicos, hallamos una pluralidad de estructuras.
Nos hallamos apenas en los albores de una nueva era de la tísica. No tenemos la
mínima idea de cómo explicar los valores numéricos de las constantes
universales, a pesar de que éstos determinan características esenciales del
universo. Por ejemplo, la estabilidad del átomo de hidrógeno está determinada
por la combinación me[4]/h2 de tres constantes, la
masa m del propio electrón, su carga e y la
constante de Planck. En un mundo más «clásico», en el que h fuera
más pequeña, los átomos y las moléculas serían más estables, y es difícil
concebir cómo podrían sintetizarse moléculas más complejas como son las
proteínas y los ácidos nucleicos esenciales para la vida. De igual modo, la
relación entre las masas de protones y neutrones desempeña un papel esencial en
las primeras fases del universo,[134] y unos
cambios no muy apreciables de esta relación serían la causa de modificación de
las proporciones de hidrógeno en el universo. Y resulta que el hidrógeno es el
combustible principal en las reacciones termonucleares de las estrellas. Vemos
que la vida no habría sido posible sin estas reacciones que aportan el flujo
energético necesario en nuestra biosfera.
Comenzamos, pues, a descubrir las conexiones que operan entre las constantes
universales y a comprender este universo un poco a la manera de una sociedad
moderna de sectores económicos y sociales distintos, aunque con una misma
entidad. Con esto llegamos al final de la charla.
* * * *
He tratado de destacar que, en nuestro tiempo, nos
hallamos muy lejos de la visión monolítica de la física clásica. Ante nosotros
se abre un universo del que apenas comenzamos a entrever las estructuras.
Descubrimos un mundo fascinante, tan sorprendente y nuevo como el de la
exploración en la infancia. Einstein insistió sobre la creatividad del espíritu
humano, llegando a escribir:[135] «Todo
nuestro pensamiento posee la naturaleza de un juego libre con los conceptos; la
justificación de este juego radica en el grado de ayuda que pueda aportarnos
para comprender la experiencia de nuestros sentidos». Pero lo que él logró va
mucho más lejos. Darwin hizo que el hombre comprendiera su solidaridad con la
vida; con Einstein comenzamos a entender una solidaridad con un cosmos, cuya
evolución generó condiciones aptas para la vida. Sentimos que esta creatividad
del hombre, que acentuó Einstein, no es un factor de oposición a la naturaleza,
sino que es parte integrante de nosotros, porque también pertenecemos a la
naturaleza.
Albert Einstein merece nuestra profunda gratitud por llevarnos a un punto desde
el que podemos observar este mundo nuevo. Quizá la realidad que él tanto
deseara alcanzar no es ni el mundo de apariencias que quería superar, ni el
mundo intemporal spinoziano a que intentó acceder. Tal vez la realidad sea más
sutil y conlleve a la par leyes y juegos, tiempo y eternidad. Nuestro siglo es
una época de exploración de nuevas formas en las artes —pintura, música,
literatura— y en la ciencia. El desarrollo demográfico, las condiciones
sociales y económicas renovadas, exigen de nosotros una nueva evaluación de la
postura del hombre, de su sociedad y de sus relaciones con la naturaleza. En
ciencia, esta evaluación se inicia con Einstein. Hoy día, casi a finales del
siglo, seguirnos siendo incapaces de prever adonde nos llevará este nuevo
capítulo de la historia humana, pero podemos estar seguros de que, con él, se
abre un nuevo diálogo entre el hombre y la naturaleza.
§ 8. El orden a partir del caos[136]
1. Introducción
Quiero dar las gracias en primer lugar al comité
organizador, y en especial al profesor Girard, por concederme la oportunidad de
comparar las diversas nociones sobre la relación entre desorden y orden en una
amplia gama de disciplinas.
Es evidente que la relación entre desorden y orden es uno de esos interrogantes
que cada generación se plantea y resuelve con arreglo al vocabulario y los
intereses de su época. Los atomistas griegos se plantearon el problema de la
generación de orden a partir de las trayectorias caóticas de ciertas unidades
elementales.
En innumerables ocasiones. Michel Serres ha puesto de relieve la estrecha
relación entre el clinamen de los atomistas griegos y el más
reciente concepto de inestabilidad. Todos conocemos también la metáfora del
reloj, en el que el orden se produce por efecto del engranaje de diversos
elementos independientes. El orden es el resultado de un plan preconcebido.
Pero, en realidad, como actualmente comprobamos, el problema de la diferencia
entre desorden y orden presenta perspectivas inesperadas que dificultan aún más
su exacta formulación.
Es evidente que, en el universo, se dan estrechas correlaciones entre
estructura microscópica, definida por partículas elementales, y estructura
macroscópica que es directamente aprehensible. Por ejemplo, la relación entre
las masas del neutrón y del protón desempeña un papel fundamental en la
cosmología moderna, y probablemente es el factor determinante en la
conservación de la suficiente cantidad de protones que constituye en definitiva
el carburante nuclear de las estrellas. Está claro que no habría vida —orden,
en un sentido más complejo— sin las reacciones nucleares que se producen en las
estrellas. Nos encontramos ante una dificultad similar cuando intentamos
formular el problema desorden-orden en un contexto social. No podemos definir
al hombre en estado de aislamiento, puesto que su conducta depende de la
estructura de la sociedad de que forma parte y viceversa. Esta estructura
cambia como consecuencia de las acciones individuales, y quizá sea en la
sociedad humana en la que la interacción entre unidades y estructura global sea
más clara.
Me han preguntado muchas veces por qué me interesan los problemas humanos. Sin
duda una de las razones principales consiste en que ellos son los que mejor
reflejan la compleja dialéctica entre unidades y estructura global. La
construcción de un puente afecta la conducta de la gente que vive en sus
inmediaciones, y ello repercute a su vez sobre el desarrollo futuro del sistema
de comunicación. Pienso que este mismo tipo de interacción, química o
biológica, se da a todos los niveles de la evolución, pero sólo a nivel social
se evidencia más claramente esta interacción al concretarse en una escala
cronológica, naturalmente mucho más restringida que la escala de tiempo
astronómica o biológica. Yo mismo, a lo largo de mi vida, he sido testigo de
profundas transformaciones sociales, mientras que la evolución biológica
durante este período —a excepción de la intervención, fundamentalmente
destructiva, del hombre en la biosfera— ha sido insignificante. En cualquier
caso, me limitaré a considerar el problema del desorden y el orden en el plano
de la dialéctica entre unidades concretas (sean partículas, moléculas o
insectos) y estructuras globales formadas por gran cantidad de estas unidades.
Es una problemática que, aun en este contexto limitado, cobra gran actualidad
en nuestros días. En las últimas décadas, el aspecto del universo ha sufrido
cambios espectaculares. Se constata una tendencia incuestionable hacia lo
múltiple, lo temporal, lo complejo. Este profundo cambio de aspecto no es
consecuencia de una decisión preconcebida ni de una nueva moda. Nos viene
impuesto por toda una serie de descubrimientos inesperados.
Desde la Grecia clásica, la ciencia se ha venido orientando al descubrimiento
de elementos estables, ya sea el agua, como proponía Tales, ya sean moléculas,
átomos o partículas elementales. Pero, como sabemos, uno de los descubrimientos
más extraordinarios de nuestro siglo es el hecho de que las partículas
elementales suelen ser inestables. Fenómeno que puede ser válido hasta para el
protón. Mi colega Weinberg dio hace poco una conferencia con el título de «El
final de todo», lo que, en mi opinión, suena excesivamente pesimista, pero no
cabe duda de que la ancestral idea de la estabilidad de la materia ha encajado
un duro golpe. Nos hemos dedicado a buscar esquemas generales, globales, a los
que pudieran aplicarse definiciones axiomáticas inmutables, y lo único que
hemos logrado, en todos los campos, ha sido encontrar tiempo, acontecimientos y
fenómenos de evolución. El ejemplo más célebre es el descubrimiento de la
radiación residual del cuerpo negro, que sólo puede explicarse en el contexto
de un universo en evolución.
Han cambiado tanto nuestros conceptos que creo perfectamente viable una nueva
concepción de la historia de la ciencia. En lugar de la definición tradicional
compendiada en la tríada Newton-Maxwell-Einstein, podemos describir la historia
de la ciencia, paralelamente a la difusión del concepto tiempo, a partir de las
humanidades, primero en biología y luego en física y química. Podríamos
retrotraerlo a la época del Renacimiento, en que Occidente entró en contacto
con otras civilizaciones en distintos estadios de desarrollo. El tiempo en las
sociedades humanas aparece como elemento fundamental en Condorcet y Malthus. De
allí a Darwin no es muy largo el camino y, más tarde, en física, queda
vinculado principalmente a la cosmología moderna y, lógicamente, a los nombres
de Hubble y Einstein.
Dije que buscábamos constancia. Pero también buscábamos simetría, y aquí
también se produjeron sorpresas al ir descubriendo, a todos los niveles,
procesos de ruptura de simetría. Los ejemplos más sobresalientes son
seguramente los relacionados con partículas y antipartículas. Como saben, a
cada partícula con carga corresponde, según los físicos cuánticos, una
antipartícula de carga opuesta: a los electrones, positrones; a los protones,
antiprotones. Las ecuaciones de mecánica cuántica siguen básicamente una pauta
simétrica a la relación entre partículas y antipartículas. En consecuencia, al
parecer, debería existir igual número de partículas y antipartículas;
afortunadamente no sucede así, porque, si no, chocarían entre sí aniquilándose
para convertirse en fotones (las partículas sin masa que componen la luz). No
se excluye la posibilidad de que existan galaxias remotas formadas por
antimateria, pero no existe prueba alguna en apoyo de esta teoría. Además,
parece inferirse una estrecha relación en la simple existencia de la materia en
tanto que proceso de ruptura de simetría y las condiciones de inestabilidad que
existieron en el protouniverso.
Quizá sea una característica natural el hecho de que la evolución tienda a
destruir la simetría. Acabo de regresar de un viaje a Brasilia que, como saben
es una ciudad de estructura planificada a modo de un gigantesco avión a punto
de aterrizar; pero, por lo visto, es bastante difícil mantener esta planta tan
estrictamente simétrica, y, sin la constante intervención de un activo comité
urbanístico, la simetría prevista habría sido destruida hace tiempo.
Como consecuencia de estos sorprendentes descubrimientos, se está produciendo a
todos los niveles una redefinición. Los conceptos de ley y de «orden» no pueden
ya considerarse inamovibles, y hay que investigar el mecanismo generador de
leyes, de orden, a partir del desorden, del caos. Voy a desarrollar dos de los
ejemplos con los que estoy más familiarizado. El primero es el de la formación
de «estructuras disipativas» en condiciones muy alejadas del equilibrio, y en
el que la estructura surge a partir del caos térmico, del azar molecular.
Veremos cómo la irreversibilidad produce la formación de estructuras. Sin
embargo, cabría preguntarse cuál es el origen de la irreversibilidad. Sobre
ello versará mi segundo ejemplo. Intentaré la demostración de cómo la
irreversibilidad, el tiempo unidireccional, surge a partir del caos de
trayectorias dinámicas. Son cuestiones que trascienden el propio ámbito de la
ciencia. Karl Popper ha escrito al respecto:
«La realidad del tiempo y del cambio me parecía la
clave del realismo. (Aún lo considero así, y también así lo han considerado
algunos adversarios idealistas del realismo, como Schrödinger y Gödel)».
Es de señalar la notable contribución del progreso
científico de las últimas décadas a esta problemática de realidad, tiempo y
cambio.
2. Estructuras disipativas[138]
Muchos de ustedes estarán familiarizados con la
fórmula de la segunda ley de la termodinámica. La fórmula expone la diferencia
entre procesos reversibles e irreversibles. Procesos reversibles son los que no
resultan afectados por la flecha del tiempo. Por el contrario, los procesos
irreversibles denotan la existencia de flecha temporal. Todos conocemos
procesos irreversibles tales como la conducción térmica, la difusión y la
reacción química. La segunda ley explícita esta diferencia mediante la introducción
de la entropía, una función con propiedades bastante notables y específicas.
Podemos dividirla en dos partes, de las que una corresponde a un cambio
reversible de entropía entre el sistema y el mundo externo, y otra enunciada
por el incremento de entropía por efecto de procesos irreversibles (figura 1).
En sistemas aislados, el flujo de entropía se desvanece y la entropía aumenta
incesantemente.
Figura 1. La segunda ley de la termodinámica introduce una función S,
llamada entropía, para describir los procesos irreversibles. El cambio de
entropía de un sistema puede desdoblarse en dos partes: deS,
correspondiente al intercambio de entropía con el mundo externo; y diS
o producción de entropía, debida a procesos irreversibles del sistema, diS
siempre es mayor o igual a cero. Para un sistema aislado, deS = 0,
por lo que la entropía aumenta indefinidamente como muestra la figura inferior.
La segunda ley de la termodinámica se ha asociado
por antonomasia a la «destrucción» de estructuras, sin tener en cuenta las
condiciones iniciales. El razonamiento más reciente tiene su punto de partida
en el hecho de que, en condiciones muy inestables, incluso en el marco de la
segunda ley de la termodinámica, pueden surgir nuevas estructuras. Estas nuevas
estructuras dinámicas son las «estructuras disipativas» a las que antes aludía.
Existe un contraste radical entre estructuras estables, que corresponden a la
optimización de una cantidad termodinámica dada (la energía libre F = E − TS,
en la que E es la energía, T la temperatura
y S la entropía), y estructuras inestables, que son
fluctuaciones gigantescas estabilizadas por un flujo de materia o de energía.
El mundo del equilibrio es un mundo homeostático en el que las fluctuaciones
son absorbidas por el sistema. Sin embargo, en situaciones muy alejadas del
equilibrio, las fluctuaciones pueden aumentar e invadir todo el sistema. Estas
fluctuaciones pueden crear nuevas estructuras espacio-temporales en el interior
del sistema. En resumen, podemos ilustrar la situación con el siguiente
diagrama:
Estas nuevas estructuras se originan en puntos de
inestabilidad del sistema que suelen denominarse puntos de bifurcación .
Hace años estudiábamos ejemplos sencillos de este comportamiento sobre
ecuaciones químicas modelo. Nunca habría imaginado la diversidad de estructuras
que pueden generarse en dichos puntos de bifurcación. Toda una industria ha
surgido sobre la base de estos procesos no lineales y muy alejados del
equilibrio. Conocemos numerosos ejemplos en el campo de la hidrodinámica
(turbulencia), de la química o de la biología. Son problemas tratados en
cantidad de monografías y artículos de la prensa especializada, por lo que no
entraré en detalles, pero quisiera hacer hincapié en dos aspectos de estos
procesos.
Una estructura disipativa típica es un «ciclo límite», es decir una especie de
reloj químico en el que los componentes oscilan periódicamente sincronizados.
Supongamos que una de las moléculas es azul y la otra roja. Veremos una
alternancia periódica de colores. Pero, desde el punto de vista químico, esto
es bastante improbable. Las reacciones químicas siempre han sido asociadas a
movimientos caóticos, pero, en nuestro caso, todas las moléculas reaccionan
simultáneamente produciendo estructuras coherentes. En otras palabras, las
moléculas en estos procesos «se comunican» en tiempos y distancias
macroscópicas. Es un fenómeno de sumo interés que podemos considerar como
precursor de métodos complejos de comunicación tan evidentes en problemas
ecológicos o biológicos. Hay además una gran multiplicidad de bifurcaciones que
provocan diversas posibles estructuras espacio-temporales. Debido a ellos,
leves cambios del medio pueden determinar la selección de un patrón en lugar de
otro. Un fenómeno también muy interesante, porque nos permite concebir la existencia
de algún tipo de mecanismo rudimentario de adaptación. En una palabra: la
materia en equilibrio es ciega, mientras que la materia muy alejada de él
detecta las minúsculas diferencias, esenciales a la construcción paulatina de
sistemas altamente coherentes y complejos. La existencia de estructuras
disipativas no es comprensible a partir del planteamiento del principio de
orden de Boltzmann, por el que se asocia evolución a ocurrencia del estado más
«probable». Corresponde más bien a una compleja competitividad entre
fluctuaciones, un proceso que desemboca en lo que yo denominaría «orden por
fluctuaciones».
La bifurcación puede introducir nuevos tiempos y extensiones característicos,
siempre de dimensiones macroscópicas. La superposición de un gran número de
estas escalas espacio-temporales puede volver a adoptar el aspecto de
turbulencia o caos, pero es un caos macroscópico distinto al caos microscópico
térmico. Diremos que los últimos hallazgos sobre situaciones no lineales muy
inestables nos facilitan un magnífico ejemplo sobre la transición de desorden
térmico a estructuras macroscópicas, ya sea «orden» o «caos» macroscópico.
Esta especialidad experimenta actualmente un auge fantástico, y no sabemos a
ciencia cierta hasta dónde podremos llegar, pero es de esperar que habrá un
momento en que podamos entender los complejos patrones espacio-temporales de
los sistemas vivientes en tanto que manifestaciones macroscópicas de los
procesos químicos que se dan en el interior de la materia viva.
Las estructuras disipativas son la consecuencia de procesos irreversibles. Mas
¿cómo integrar la irreversibilidad en la física? Es la cuestión que trato a
continuación.
3. La flecha del tiempo
Expresamos la estructura básica del tiempo con
arreglo a la consabida tríada: pasado, presente y futuro. El tiempo fluye
unidireccionalmente desde el pasado hacia el futuro. No podemos manipularlo, no
podemos viajar hacia atrás en el tiempo. El viaje a través del tiempo es un
tema que siempre ha atraído a los literatos, desde Las mil y una noches hasta La
máquina del tiempo de H. G. Wells. En época más reciente, en el
relato Mira los arlequines[139] Nabokov
describe el suplicio de un novelista incapaz de cambiar de dirección en el
espacio, de igual modo que no puede «invertirse el tiempo». En el quinto
volumen de Ciencia y civilización en China, Needham, hablando sobre
el ideal de los alquimistas chinos,[140] dice
que su objetivo supremo no era lograr la transmutación de los metales en oro,
sino actuar sobre el tiempo, alcanzar la inmortalidad aminorando radicalmente
el proceso de envejecimiento.
¿Cómo entender este flujo unidireccional del tiempo? Martin Gardner ha escrito
un libro magnífico. The Ambidextrous Universe, sobre «simetría
especular y mundos de inversión temporal», en el que trata el significado de
las flechas del tiempo. En un párrafo dice:
«Como las leyes fundamentales de la física (salvo
las raras anomalías que hemos señalado) son reversibles respecto al tiempo,
¿qué es lo que hace que la naturaleza se mueva siempre en la misma dirección?
¿Por qué hay tantas cosas en la naturaleza que sólo se producen
unidireccionalmente? La respuesta parcial, quién sabe si completa, se hunde en
las leyes de la probabilidad. Ciertos acontecimientos son unidireccionales, no
porque no puedan ir en otro sentido, sino porque es enormemente improbable que
retrocedan».[141]
Por lo tanto, la irreversibilidad se fundamentaría
en las leyes de la probabilidad.
Es la idea básica introducida hace casi un siglo por Boltzmann, y que podemos
ilustrar con un sencillo modelo ideado por Ehrenfest.[142] Consideremos
dos cajas que contienen un total de N bolas numeradas (figura 2).
Figura 2. E modelo de Khrenfest ilustra la relación entre irreversibilidad y
probabilidad. Dos recipientes con un número N de bolas, k en uno y (N−k) en
otro. Cada segundo se elige al azar un número entre 1 y N, y la bola
correspondiente se traslada al otro recipiente. A partir de una distribución
inicial arbitraria, el número de bolas en uno de los recipientes aparece como
una función del tiempo en la Figura inferior. Vemos aquí una aproximación
monotónica de la distribución de equilibrio (N/2) con algunas fluctuaciones.
A intervalos regulares, pongamos cada segundo,
elegimos al azar uno de estos números y cambiamos la bola correspondiente de
caja. Existe evidentemente una probabilidad de transición bien definida para el
aumento o la disminución de la cantidad de bolas en una determinada caja, y
podemos calcular la probabilidad P ( k, t )
de hallar k bolas en un tiempo t en una de
las cajas. Es un ejemplo sencillo de lo que se denomina cadena de Markov, uno
de los procesos de probabilidad más sencillos e importantes. Podemos calcular
la cantidad correspondiente HM:
y puede demostrarse fácilmente que esta cantidad H
disminuye incesantemente con el tiempo hasta alcanzar la distribución del
equilibrio (en este caso sencillo, la distribución estable corresponde a la
distribución binómica de las bolas en las dos cajas). (Figura 3.).
Figura 3. La función de Boltzmann para el modelo de Ehrenfest como función
temporal.
Efectivamente, por los procesos de probabilidades,
hemos deducido la existencia de una evolución unilateral expresada por la
incesante disminución de la función H . Esta función H desempeña
el papel de la entropía. Podemos ir aún más lejos identificando, al igual que
Boltzmann, la entropía con H (más exactamente con − H ),
ya que la entropía aumenta incesantemente con el tiempo. Por lo tanto, el
esquema clásico es el siguiente: primero, sustituimos la dinámica por un
proceso de probabilidades (una cadena de Markov) y, luego, a partir de la
cadena de Markov, deducimos la existencia de irreversibilidad. Sin embargo,
esta «deducción» deja mucho que desear. El salto de la dinámica a la
probabilidad es injustificado. Podemos preguntarnos: ¿qué papel desempeñan los
conceptos probabilísticos en un mundo regido por leyes dinámicas, sean la ley
de Newton o la ecuación de Schrödinger? (La ecuación de Schrödinger posee
también un elemento probabilístico que nada tiene que ver, sin embargo, con
procesos probabilísticos como los de Markov). Es la pregunta que tenemos que
dilucidar si queremos entender la génesis de la irreversibilidad.
Hemos vivido en nuestro siglo la renovación de la física teórica, y a ello
volveremos al final de la charla. Uno de los logros más notables de las últimas
décadas es la redefinición de la dinámica clásica, de la mano de los trabajos
pioneros de Poincaré y Lyapunov a finales del siglo XIX . Con ellos, cambiaron
radicalmente nuestros conceptos sobre la relación entre dinámica y
determinismo. Actualmente sabemos que la dinámica es compatible con el azar
intrínseco, y es lo que a continuación quisiera tratar sucintamente. Empecemos
por el concepto de conjuntos de Gibbs. En vez de considerar un sistema dinámico
simple, consideraremos un número mayor de sistemas, un conjunto.
Representaremos el estado de este conjunto mediante una gran serie de puntos en
su espacio correspondiente, que denominamos espacio de las fases .
Como podemos llegar al límite de un número infinito de sistemas, consideraremos
también una distribución continua que denominaremos dentro del espacio de las
fases (figura 4). Podemos pasar en todo momento de sistemas dinámicos
individuales al espacio de las fases, pero lo contrario no se cumple
necesariamente. Lo único que podemos saber por medio de una medición de
precisión finita, es que el sistema se halla en alguna región finita del
espacio de las fases. Para poder llegar al límite de un punto en este espacio
de las fases, se requieren ciertas condiciones en la estabilidad del movimiento.
Consideremos la figura 4a. El tiempo discurre, la función de distribución se
deforma, pero, en el ejemplo de esta figura, todos los puntos permanecen
«juntos». En situaciones tales, no existe especial dificultad en ir al límite
de regiones tan pequeñas como queramos, es decir, trayectorias individuales.
Figura 4. Evolución temporal de un conjunto de Gibbs: (a) Evolución de un
sistema estable en el que los puntos de una determinada región se mantienen
unidos; (b) Evolución de un sistema inestable en el que la región inicial se
escinde en dos regiones.
Pero consideremos la situación reflejada en la
figura 4b. Aquí, al cabo de cierto tiempo, la región inicial se ha fragmentado
en dos (el área total no ha experimentado transformaciones dinámicas). Es
decir, los puntos contenidos en la región inicial pueden escindirse en dos
categorías, con arreglo a las dos regiones distintas en que se distribuyen. Si
esto es cierto, independientemente del tamaño de la región inicial, todo el
concepto de trayectoria pierde su sentido observacional. Independientemente del
tamaño de la región inicial, siempre habrá trayectorias que se dirijan a dos
secciones distintas del espacio de las fases. La transición a una trayectoria
simple se hace ambigua. Estas características quedan bien ilustradas en la
denominada «transformación del panadero», ilustrada en la figura 5. En esta
transformación, se comprime primero la fase inicial en un rectángulo doble a la
longitud inicial y, a continuación, se superpone la parte derecha sobre la
izquierda. Se ve claramente la fragmentación que se opera en el espacio de las
fases. Mediante sucesivas aplicaciones de la transformación del panadero, el
espacio de las fases se fragmenta cada vez más, y el equilibrio se alcanza
cuando la distribución en el espacio de las fases se hace uniforme, independientemente
de la escala de precisión con que se observe.
Figura 5. Transformación del panadero. Véase el texto.
La inestabilidad pone de relieve los aspectos
negativos de la teoría clásica de los sistemas dinámicos. En realidad, el
propio concepto de trayectoria, y en particular la clásica subdivisión de las
leyes de la dinámica en arbitrarias condiciones iniciales y secuencias
temporales inducidas por estas leyes dinámicas, cae en la ambigüedad. Pero
existen aspectos positivos que demuestran que lo que a un nivel es desorden, a
otro se convierte en orden. La «realidad básica» que debemos describir, ya no
son las trayectorias, sino las funciones de distribución p. Esto por supuesto,
recuerda notablemente la situación cuántica en la que se sustituye la
descripción en términos de trayectorias por otra en términos de funciones de
onda Ψ. Como bien sabemos por la mecánica cuántica, la evolución de la función
ondular, y otras operaciones que podemos efectuar con funciones de onda, se
expresan actualmente en términos de operadores que actúan sobre estas funciones
de onda. El concepto de operadores es probablemente una de las creaciones más
audaces y originales de la física teórica de este siglo. Como saben, ha surgido
toda una literatura sobre las famosas relaciones de incertidumbre definidas por
Heisenberg, que expresan el hecho de que coordenadas y momentos de fuerza quedan
sustituidos en mecánica cuántica por operadores. Por motivos completamente
distintos, ahora, en el ámbito teórico de los sistemas dentro de la dinámica
tradicional, tenemos incluso que reformular esta dinámica en términos de una
teoría de operadores que actúan sobre las funciones de distribución ρ. En este
contexto, es muy interesante que la existencia de un «caos» dinámico del azar a
nivel dinámico nos conduzca precisamente a la posibilidad de definir este tipo
de nuevos operadores. De suma importancia es la aparición de un nuevo operador
que corresponde al tiempo interno.[143] En
pocas palabras, este tiempo interno es indicativo de la fragmentación que se
produce durante la evolución dinámica. Como cabría esperar, una distribución
más fragmentada (considérese la transformación del panadero) corresponde a un
sistema de más edad. Lo importante es que este tiempo no designa comunicación
entre observadores, sino que corresponde a una especie de tiempo topológico
interno. Estableciendo una analogía, podemos decir que, en cierto modo,
corresponde al concepto de tiempo a que recurrimos cuando tratamos de estimar
la edad de los amigos por su aspecto externo. Es interesante señalar que este
tiempo interno es necesariamente un «operador», no una cifra. Ello se debe a
una particularidad algo más sutil que explicaré brevemente. Si considero una
distribución arbitraria como la ilustrada en la figura 6, no es necesariamente
cierto que pueda asociarla a una edad bien definida. En términos generales,
únicamente puedo hablar de una edad promedio.
Figura 6. Una distribución arbitraria como la ilustrada en esta Figura no
tiene una edad bien definida, pero puede determinarse un promedio de edad
recurriendo a un operador temporal.
Para expresarlo mejor, descompongamos la función de
distribución ρ en una constante de distribución estable (pongamos igual a 1)
más un exceso ρ :
ρ = 1 + ρ
Además, supongamos que la distribución ρ que
consideramos pueda definirse en términos de «funciones simples», es decir de
funciones que sólo adoptan el valor +1 ó −1. Estas funciones simples se
denominan también porciones. Supongamos que la distribución p, representada en
la figura 7a, tiene una edad de 1, entonces la función de distribución
representada en 7b tendrá una edad de 2, puesto que necesitaríamos una
transformación de panadero más para pasar de a a b .
Figura 7. Edad interna de un sistema que evoluciona con arreglo a la
transformación panadero: (a) tiene una edad 1, (b) edad 2, pero la distribución
que se observa en (c) es una combinación de (a) y (b) y, por lo tanto, la edad
es un promedio entre 1 y 2.
Por el contrario, la función de distribución
representada en 7c tiene una edad no muy definida. Sólo podemos asociarle un
promedio de edad «intermedio» entre 1 y 2 (para más detalles, véase nota 3).
Disponiendo de un tiempo interno, ya estamos a un paso de la entropía y,
efectivamente, podemos introducir una función «operador» creciente de T que
denominaremos M(T), representada esquemáticamente en la figura 8. Durante la
evolución dinámica del sistema, el valor medio de esta función M(T) sigue
aumentando, independientemente de la distribución; luego, M desempeña
justamente el papel de entropía. Vemos que, a partir de la dinámica, hemos
producido una situación que recuerda enormemente la situación de las cadenas de
Markov. Se trata ya de un proceso dinámico en el que se da un aumento de
entropía.
Y lo más notable es que aún podemos ir más lejos y, utilizando la M(T)
operadora, perfilar la distribución ρ dinámica sobre una probabilidad tipo
cadena Markov PM. Sin embargo, para ello, primero tenemos que introducir esta
cantidad M(T) que rompe la simetría entre pasado y futuro. Como se indica en la
figura 8, el pasado y el futuro desempeñan distinto papel en la definición de
M(T); M(T) tiende a cero en el futuro definido en términos de tiempo interno.
Por lo tanto, podemos decir que es la simetría del tiempo fragmentado lo que
conduce a la cadena de Markov. Llegamos a una conclusión bastante similar a la
de Boltzmann, pero de orden inverso: primero la dinámica, tiempo interno (para
sistemas dinámicos que presenten azar intrínseco), simetría de tiempo
fragmentado, procesos de probabilidad. El tiempo genera probabilidad, y no a la
inversa.
Figura 8. Representación esquemática del operador de aumento monotónico M(T)
función del operador temporal T.
Sin embargo, aún no hemos resuelto completamente el
problema. La simetría temporal puede romperse de dos maneras. ¿Hay diferencia
intrínseca entre pasado y futuro en los sistemas dinámicos? Para entender tal
diferencia consideremos un simple experimento físico que consiste en enviar un
haz de partículas que se disperse al chocar contra un determinado obstáculo. La
situación está representada en la figura 9a. Si colocamos un espejo a cierta
distancia, obligamos a las partículas a re colisionar con el obstáculo. Por lo
tanto, el haz de salida propaga la memoria de interacción con el dispersor. En
terminología más técnica, diríamos que la colisión (la interacción con el
dispersor) ha creado correlaciones.[144] Estas
correlaciones muestran explícitamente el momento en que invertimos la reacción.
Si incluimos explícitamente la correlación, podríamos trazar la figura anterior
del mismo modo en que representamos la figura 9b.
Figura 9. Dispersión de partículas. Invirtiendo las velocidades de las
partículas esparcidas, pongamos por caso con un «espejo», como se ve en (b),
las partícula dispersas pueden convertirse en un haz coherente.
Ambos procesos, la dispersión directa y la
dispersión invertida de velocidad, son posibles desde el punto de vista
dinámico, pero corresponden a una relación diferente entre colisiones y
correlaciones. En el proceso directo, las colisiones se transforman en
correlaciones, en el universo, las correlaciones en colisiones. Esto recuerda
muy concretamente la situación de la termodinámica microscópica clásica. En
ella, tratamos del calor y del trabajo. Desde el punto de vista de la primera
ley de la dinámica, los dos procesos son equivalentes. El calor puede
transformarse en trabajo, o el trabajo en calor. Esta equivalencia se pierde si
consideramos la segunda ley. El trabajo es una forma más «coherente» de
energía. Siempre podemos transformarlo en calor, pero la inversa no siempre es
posible. De igual modo, si consideramos una situación en la que intervengan
muchos cuerpos, podemos obtener correlaciones de distancia arbitrarias entre
partículas que ya han colisionado (figs. 10a y 10b), pero no entre partículas
que aún no han entrado en colisión.
Figura 10. Colisiones y correlaciones. En las dos Figuras las líneas
ondulantes indican correlaciones y las líneas discontinuas trayectorias. (a)
Las partículas A, B y C están correlacionadas en su movimiento, debido a las
colisiones que han experimentado. En este caso, las colisiones han generado
correlaciones; (b) Si las posiciones iniciales y las velocidades de A, B y C
están adecuadamente correlacionadas, A y B colisionarán como puede verse. En
este caso, las correcciones se han convertido en colisiones.
Ahora podemos formular las condiciones
microscópicas para el enunciado de la segunda ley, que consta de dos fases. En
la primera, tenemos caos a nivel de trayectorias. Esto nos obliga a una
descripción en términos de funciones de distribución ρ. Pero el segundo paso
consiste en que no todas las funciones de distribución pueden darse en la
naturaleza, sino sólo un subgrupo muy determinado, y es este subgrupo el que
determina la flecha del tiempo. El significado, tanto a nivel de física
macroscópica como de física microscópica, es que la segunda ley expresa ciertas
«imposibilidades». A nivel microscópico, es la imposibilidad de observar
trayectorias y llegar a funciones de distribución arbitrarias. Naturalmente, si
cojo una piedra, se concibe que puedo darle arbitrariamente una posición y
velocidad iniciales, pero esto ya no se cumple en los sistemas a los que se
aplica la segunda ley. En ellos, las condiciones iniciales repercuten sobre la
posible estructura del sistema. Las condiciones iniciales son, en sí mismas,
posibles estados del sistema. Por lo tanto, como he señalado, la segunda ley
expresa la limitación de nuestra acción sobre la materia. Desde este punto de
vista, ejerce el mismo efecto que la existencia de constantes universales,
tales como la velocidad de la luz o la constante de Planck. Según esta
perspectiva la segunda ley expone, a nivel macroscópico, limitaciones de
carácter microscópico. El profesor R. Girard ha escrito un libro maravilloso
titulado Des choses cachées depuis la fondation du monde .[145] En
cierto sentido, la segunda ley explicita cosas que estaban ocultas en las
estructuras microscópicas.
Ha llegado el momento de concluir.
4. Conclusiones
Los problemas que he tratado de describir siguen
pendientes en su mayor parte y están cambiando la imagen de muchos campos de la
ciencia. Podemos citar como ejemplo la química y las matemáticas. La química
clásica se centraba fundamentalmente en las reacciones químicas que se elegían
lo más sencillas posible para conseguir alguna información sobre las moléculas
correspondientes. Actualmente, cada vez se investiga más a fondo sistemas
químicos complejos, estudiando el patrón de formación y otros tipos de estructuras
disipativas. En matemáticas, la teoría de las bifurcaciones de los sistemas
inestables ha cobrado enorme auge en los últimos años y, aun así, considero que
es tan sólo una fase preliminar.
Todo esto ilustra la complejidad de la historia de la ciencia. Por un lado,
como dije, vamos hacia una perspectiva pluralista. Por otro, existe una
tendencia a encontrar una nueva unidad en aspectos aparentemente
contradictorios de nuestra experiencia.
Creo que los dos ejemplos que he citado son muy ilustrativos al respecto. El
aspecto más interesante de las estructuras disipativas es, en mi opinión, que,
con ello, las raíces de la biología penetran más profundamente de lo que se
creía en las propiedades de la materia. De igual modo, la unificación de la
dinámica y la termodinámica nos servirá para entender mejor la descriptiva
física y química. En física, hablábamos de trayectorias o de funciones de onda,
en química de procesos. Como veremos, ambas descripciones están relacionadas
por el azar intrínseco de los sistemas dinámicos y la descripción probabilista
que es una consecuencia de este azar.
A finales de nuestro siglo, comenzamos a entender mejor el significado de la
historia de la ciencia desarrollada en las últimas décadas. Tanto la mecánica
cuántica como la relatividad se iniciaron con el siglo. En cierto modo,
pretendían ser «simples» correcciones de la mecánica clásica, necesarias una
vez reconocido el papel de las constantes universales c y h .
Actualmente, adquieren de nuevo un relieve bastante inesperado. El principal
interés de la mecánica cuántica estriba en la descripción de la transformación
de partículas elementales, y la relatividad se ha nutrido de la teoría
geométrica convirtiéndose en el enfoque normativo para la descripción de la
protohistoria térmica del universo. Desde este punto de vista, también la
reciente historia de la ciencia es un redescubrimiento del tiempo.
Resulta evidente que este nuevo enfoque aúna ciencias y humanidades.
Tradicionalmente, las ciencias se ocupaban de universales, y las humanidades de
acontecimientos. Actualmente, es la interpretación humanista de la naturaleza
en términos de acontecimientos lo que se difunde en la propia ciencia. Por lo
tanto, no es sorprendente que algunos conceptos que recientemente hayan sido
puestos de relieve encuentren explicación simultáneamente en las ciencias y en
las humanidades. Mencionaré el caso del concepto de «no linealidad». Es
fundamental en el proceso de las estructuras disipativas, pero está claro que
también lo es para entender cualquier forma de sociedad, ya sea de insectos o
de seres humanos. Probablemente el único modo de definir la sociedad sea por
medio de la existencia de procesos de realimentación no lineales, lo que
significa que todo lo que hace un miembro de la sociedad repercute en el
conjunto del sistema social. Estas no linealidades constituyen actualmente el
centro de interés de quienes estudian las sociedades de insectos. Se están
realizando experimentos críticos para concretar el punto en que la dimensión de
una sociedad de insectos, junto con la no linealidad aportada por la
comunicación química, produce un nuevo patrón de comportamiento. El
comportamiento imitativo no lineal constituye igualmente la base de la
descripción de la sociedad humana, según la tesis del profesor Girard, y, por
consiguiente, no necesito entrar en detalles.
Al principio de la conferencia, dije que la transición entre orden y desorden
tiene un fondo complejo, a tal punto que, muchas veces, es difícil, si no
imposible, definir independientemente los elementos a partir de los cuales se
genera el orden. Estos elementos dependen de características globales, y las
características globales de los elementos. No vivimos en el mundo unitario de
Parménides ni en el universo fragmentario de los atomistas. Es la coexistencia
de los dos niveles de descripción lo que nos aboca a la conflictiva situación
que percibimos en las ciencias e incluso, diría yo, en nuestras propias vidas.
Qué duda cabe que, en nuestra época de explosión demográfica, no existe un solo
problema de mayor entidad que la relación global entre individuo y sociedad. Es
significativo que algunas de las mejores obras de la literatura de nuestra
época reflejen esta dicotomía. ¿Acaso nos encaminamos hacia una época en la que
el destino de la vida individual sea una fluctuación insignificante destruida
por la estructura homeostática de la sociedad? ¿No aumentará la diversidad con
arreglo al crecimiento demográfico? ¿Cómo podemos identificar las fluctuaciones
alentadoras? Tal vez deba concluir esta charla de un modo más optimista, ya que
el hecho de estar aquí reunidos no es, después de todo, más que el resultado de
una fluctuación. No hay sistema estable para todas las fluctuaciones estructurales,
no existe fin para la historia.
PARTE II
§ 9. Exploración del tiempo[146]
1.
Es un honor para mí la oportunidad de pronunciar
esta conferencia, y habría deseado que fuera un tributo adecuado a la memoria
de este gran científico, pero soy consciente de que no estaré a su altura.
Aharon fue un hombre de múltiples talentos cuya inquietud científica abarcaba
una amplia gama de saberes. Fue para todos nosotros maestro y amigo. Un rasgo
innegable de su personalidad era su anhelo por elaborar una síntesis entre las
ciencias físicas y humanísticas. La ciencia era para él parte integral del esfuerzo
humano, y esto creo que explica su profundo interés por el concepto tiempo. La
actividad humana, sea a nivel del sujeto cognitivo o al nivel de la sociedad,
sólo puede entenderse en términos de evoluciones temporales, en términos de
historia. Era su profunda convicción.
Es un hecho que, tres siglos después de Newton, la ciencia experimenta un
cambio radical de perspectiva. Los grandes fundadores de la ciencia occidental
hicieron hincapié en la universalidad y el carácter eterno de las leyes de la naturaleza.
Formularon esquemas generales que coincidieran con la definición de
racionalidad más absoluta. Como decía concisamente Isaiah Berlin, «buscaron
esquemas globales, marcos unificadores universales en los que todo lo existente
apareciera interrelacionado sistemáticamente, es decir, lógica o causalmente,
en los que cupieran las vastas estructuras sin dejar fisura alguna por la que
se introdujera lo espontáneo, los episodios inesperados; marcos en los que
cualquier cosa que ocurriera fuera absolutamente explicable, al menos en
principio, en términos de leyes generales inmutables». Actualmente estamos muy
lejos de haber logrado estos propósitos. Nuestro interés se orienta cada vez
más hacia sistemas complejos, hacia su dinámica y su evolución temporal.
Hoy en día, el concepto de evolución guarda claramente una estrecha relación
con el concepto de irreversibilidad. Si el futuro fuera idéntico al pasado, no
habría propiamente evolución. Esto fue en esencia el punto de vista que adoptó
la física clásica. El universo se nos presenta como una especie de autómata;
una vez dadas las condiciones iniciales, el futuro está determinado. En la
imagen clásica del universo, el futuro está contenido en el pasado. Esto no
sólo es cierto en la descriptiva clásica del mundo en términos de trayectorias,
sino que continúa siendo un principio en mecánica cuántica. También en ella la
ecuación de Schrödinger no establece distinción fundamental entre pasado y
futuro, y el tiempo es un simple parámetro. Este conflicto entre universo
estático y evolucionista queda bien ilustrado en la correspondencia de Einstein
con su gran amigo de juventud en Zürich, Michele Besso.[147]
Creo que hoy en día la situación ha cambiado. El papel del tiempo, de la
irreversibilidad, se perfila con mayor claridad que unos años atrás. No puedo
hacer ahora un detallado resumen de la historia de este cambio de perspectiva,
pero citaré al menos dos experimentos básicos que cobran enorme significación
en este contexto.
2.
Hablaré brevemente de dos experimentos que me
vienen a la mente. El primero es el descubrimiento de un reloj químico obtenido
a través de la reacción de Belousov-Zhabotinski.[148] El
asombroso resultado de Zhabotinski se logró a finales de la década de los
sesenta, y recuerdo muy vívidamente el entusiasmo con que Aharon y yo hablamos
de su importancia. Actualmente, la descripción de estos relojes químicos figura
en muchos textos y artículos de divulgación, por lo que limitaré mis
explicaciones al mínimo.
Idealmente tenemos una reacción química, cuyo estado controlamos mediante la
adecuada inyección de productos químicos y la eliminación de productos de
desecho. Supongamos que dos de los componentes intermedios están formados por
moléculas rojas y azules respectivamente en cantidades equivalentes. Lo lógico
es que se produzca una mezcla confusa quizá con algún retazo de manchas rojas o
azules. Sin embargo, no sucede así. En condiciones idóneas, vemos que todo el
recipiente se torna sucesivamente rojo, azul y rojo otra vez. Esto es un reloj
químico.
En cierto sentido, esto viola nuestro concepto sobre reacciones químicas.
Estamos habituados a pensar que éstas son el resultado del movimiento
desordenado de unas moléculas que colisionan al azar. Sin embargo, la
existencia de un reloj químico demuestra que, en vez de ser caótico, el
comportamiento de las especies intermedias es altamente coherente. En cierto
sentido, estas moléculas tienen que ser capaces de «comunicarse» para
sincronizar su cambio periódico de color. En otras palabras, nos encontramos
ante nuevas escalas supra moleculares, tanto temporales como espaciales,
producidas por su actividad química, lo que no deja de ser inesperado.
Parece ser que los experimentos de reacciones químicas periódicas se remontan
posiblemente a un siglo atrás, pero fueron «suprimidos» porque parecían
contravenir todas las teorías sobre la naturaleza de las reacciones químicas.
Y, efectivamente, observamos en estos procesos la intervención de un elemento
nuevo, y el ejemplo demuestra que los procesos de no equilibrio pueden ser
origen de orden.
El segundo experimento básico a que quiero referirme es el descubrimiento de la
radiación residual del cuerpo negro que tuvo lugar en 1965. Sabemos que el
universo está lleno de fotones que corresponden a temperaturas de 3 °K.
Y lo extraordinario de este descubrimiento es que el tiempo interviene en la
descripción de la materia. La tesis tradicional postulaba que el tiempo era
fundamental para entender los sistemas vivos, incluidas las sociedades, pero la
existencia de una historia de la materia a escala cósmica, que de una forma u
otra ha hecho que prevalezca la materia sobre la antimateria, es una
característica nueva y sorprendente. También este descubrimiento podría haber
acaecido mucho antes; en realidad, ya en 1947 mis amigos Ralph Alpher y Robert
Hermán predijeron la existencia de esta radiación, pero nadie estaba entonces
en condiciones de realizar el experimento.[149]
No es sorprendente que hoy los procesos irreversibles constituyan el centro de
interés de gran parte de la comunidad científica. Las ideas de no linealidad,
inestabilidad y fluctuaciones, se difunden a un amplio campo del pensamiento
científico y hasta social. El estudio de los procesos irreversibles se efectúa
a nivel de la investigación en tres direcciones principales: 1) en la
termodinámica fenomenológica que enuncia y estudia las ecuaciones
macroscópicas, especialmente cuando nos situamos lejos de las condiciones de
equilibrio; 2) a nivel de las fluctuaciones, en el que se estudia el desarrollo
de pequeñas perturbaciones de origen interno o externo; y 3) al nivel «básico»,
en el que se intenta identificar los mecanismos microscópicos de la irreversibilidad.
Éste es quizás el aspecto de mayor incentivo, ya que la irreversibilidad parece
ser, en cierto modo, un límite a la validez de los conceptos básicos sobre los
que se fundamentan la mecánica clásica y la cuántica. Cada uno de estos niveles
nos ha dado sorpresas singulares, pero la historia aún no está conclusa y
subsisten no pocas lagunas, aunque es muy posible que en años sucesivos se
produzcan hallazgos inesperados.
3.
Consideremos, en primer lugar, el nivel
termodinámico. La característica nueva de mayor relieve es que, cuando nos
apartamos mucho de las condiciones de no equilibrio, se originan nuevos estados
en la materia. Llamo a estos casos «estructuras disipativas», porque presentan
estructura y coherencia, y su mantenimiento implica una disipación de energía.
Es curioso que los mismos procesos que, en situaciones próximas al equilibrio,
causan la destrucción de estructuras, en situaciones lejanas al equilibrio generan
la aparición de una estructura. Las estructuras disipativas generan
transiciones de fase hacia el no equilibrio, algo parecido a las conocidas
transiciones de fase hacia el equilibrio.
Concretando el problema, recordemos la segunda ley de la termodinámica. Como
todos sabemos, la segunda ley se basa en la distinción entre procesos
reversibles e irreversibles. En breve: los procesos irreversibles corresponden
a evoluciones temporales en las que pasado y futuro desempeñan distinto papel,
como sucede en la conducción térmica, la difusión y las reacciones químicas. La
segunda ley postula la existencia de una entropía funcional S, cuya evolución
temporal podemos dividir en dos fases: una, el flujo de entropía deS
y la otra, la producción de entropía diS. De lo que obtenemos:
dS = deS + diS (3.1)
La característica importante es que la producción
de entropía está determinada por los procesos irreversibles que se producen
dentro del sistema. Es positiva cuando hay procesos irreversibles y desaparece
en el equilibrio.
diS ≥
0 (3.1')
Gran parte de los trabajos modernos, llevados a
cabo en termodinámica se basan en la simple expresión de la producción de
entropía por unidad de tiempo.[150]
En ella, los Jρ son los
flujos o índices de los procesos irreversibles, y las Xρ las
fuerzas correspondientes, tales como gradiente de temperatura, gradiente de
concentración y diferencia de potencial químico.
Ahora podemos distinguir tres fases en el desarrollo de la termodinámica.
Primero, la fase de equilibrio en la que tanto fuerzas como flujos desaparecen.
En esta escala se obtienen los habituales diagramas de fase que implican la
transición de sólido a líquido, líquido a vapor y así sucesivamente. La
interpretación de sus correspondientes estructuras no es nada equívoca, y
podemos representarla convenientemente en términos de la bien conocida energía
libre:
F = E - TS[151]
Las estructuras de equilibrio corresponden a la
competitividad entre energía y entropía. A continuación, está el régimen de
«cuasi» equilibrio en el que los flujos son proporcionales a las fuerzas. Es la
región en la que son aplicables las famosas relaciones de reciprocidad de
Onsager. Lo que caracteriza estas dos regiones es la estabilidad del
equilibrio, o los estados estacionarios de no equilibrio; las pequeñas
fluctuaciones siempre se desvanecen. Con ello, tenemos una descripción del
mundo físico fundamentalmente homeostático. La nueva característica es que, en
la situación alejada del equilibrio, o tercera región, ya no sucede lo mismo, y
en ella las fluctuaciones se amplifican y finalmente modifican el patrón
microscópico del sistema.
Hay dos conceptos fundamentales a considerar en las situaciones alejadas del
equilibrio: la posibilidad de bifurcaciones y el papel de las fluctuaciones. En
los últimos años se han dedicado innumerables trabajos al arquetipo
reacción-difusión. Las ecuaciones diferenciales típicas que se han estudiado se
ajustan a la forma siguiente:
En ella X es un conjunto de
sustancias químicas y λ una serie de parámetros de control, algunos de los
cuales pueden ser concentraciones impuestas de sustancias químicas, y .x es
el flujo de difusión, que, en el caso más sencillo, puede considerarse igual al
descrito en una difusión de Fick. Podemos escribir la ecuación en la forma
condensada siguiente:
Esta ecuación admite soluciones estacionarias:
F(XS, λ) =
0 (3.5)
El modo más sencillo de poner a prueba la
estabilidad del estado estacionario es escribir:
X = Xs + x (3.6)
y buscar la evolución temporal de la «pequeña»
perturbación x. Si el sistema es estable (más precisamente, asintóticamente
estable), x tiende a cero. Esto es precisamente el caso en las situaciones de
equilibrio y en las próximas a él. En condiciones alejadas del equilibrio, por
el contrario, tendremos inestabilidad y la aparición de nuevos tipos de
soluciones. En la figura 1, se ilustra un típico diagrama de bifurcación.
Figura 1. Diagrama de bifurcación típica (v. texto).
La solución «termodinámica» permanece estable hasta
λ c . Para valores mayores de λ c ,
aparecen dos nuevas «ramas», (b 1 ) y (b 2 ),
cada una de las cuales es estable, mientras que la extrapolación de la rama
termodinámica (a') es inestable. Los matemáticos han desarrollado métodos
sofisticados para obtener soluciones de ramificación, con frecuencia en
términos de expansiones potenciales de un pequeño parámetro como λ − λ c .
Pero dejemos esto. Lo que sí quiero subrayar son los dos puntos siguientes.
Primero, que existe una gran variedad de bifurcaciones, algunas de las cuales
conducen a múltiples estados, otras a relojes químicos, ondas químicas o
estructuras disipativas, que rompen la simetría espacial. Por ejemplo, las dos
ramas b 1 y b 2 de la figura 1
corresponden a la distribución de la concentración X en un medio unidimensional
(suponiendo condiciones en los límites de flujo cero), representado en la
figura 2. Vemos que se llega a una «estructura» izquierda o derecha. La opción
entre ambas posibilidades conlleva un elemento básicamente aleatorio. Ninguna
información adicional, sea cual fuere su precisión, nos sirve para predecir
cuál de las dos bifurcaciones se originará, al menos mientras sigamos la rama
termodinámica en la que progresivamente aumenta el valor de λ. La aparición de
una de las ramas corresponde a un episodio singular que ulteriormente resulta
amplificado por un comportamiento autocatalítico (muchas veces se ha hecho
referencia a esta clase de mecanismo para explicar el predominio de una forma
determinada de actividad óptica en los biopolímeros contemporáneos). Sin
embargo, si repetimos el experimento, muy posiblemente se restablezca la
simetría. Volveremos después al problema de la selección de patrón.
Figura 2. Estructuras «izquierdas» o «derechas» correspondientes al diagrama
de bifurcación de la Figura 1.
Pondremos de relieve que la aplicación de la teoría
de la bifurcación a las reacciones químicas es poco habitual. Podría argüirse
que, de cualquier modo, la difusión desvanecería las bifurcaciones provocando
constantes transiciones. Es una perspectiva apasionante a la que me referiré
brevemente más adelante.
Sigamos ahora con la descripción de las bifurcaciones.
La primera bifurcación introduce un parámetro simple o espacial que ya es
susceptible de romper la simetría temporal o espacial del sistema. Pero no
queda ahí todo: podemos observar bifurcaciones secundarias, o de orden más
alto. En la figura 3. se representan las bifurcaciones sucesivas que se inician
en la ramificación termodinámica. No es difícil demostrar que todas las
bifurcaciones sucesivas, salvo la primera, se originan en ramas inestables,
pero pueden estabilizarse a una distancia suficiente de la rama termodinámica.
Esto sucede, por ejemplo, en los sistemas cuya primera bifurcación corresponde
a un reloj químico. La siguiente, corresponde a ondas químicas rotatorias. De
nuevo, en una geometría simple, como la anular, podemos observar unas ondas
químicas que siguen el movimiento de las agujas del reloj y otras en sentido
contrario. Se han observado en la reacción de Zhabotinski. Al aumentar la
distancia respecto al equilibrio, son posibles muchos tipos de comportamiento.
Figura 3. Bifurcaciones primarias sucesivas (v. texto).
En la figura 4, se ilustran algunos de ellos sobre
un modelo de la reacción abierta de Belousov-Zhabotinski.[152]
Contrastemos este comportamiento con la «tranquila» descripción de los
diagramas de equilibrio. En este caso, por el contrario, pequeños cambios del
mundo externo modifican radicalmente el comportamiento espacio-temporal del
sistema. El orden, la coherencia, parecen ser un estado intermedio entre el
caos molecular, que se observa en el equilibrio, y el caos microscópico
obtenido en condiciones muy alejadas del equilibrio, en las que múltiples
bifurcaciones contribuyen al comportamiento espacio-temporal.
Figura 4. Bifurcaciones sobre un modelo de la reacción abierta de
Belousov-Zhabotinski.
La materia, en condiciones alejadas del equilibrio,
adquiere básicamente nuevas propiedades: la posibilidad de comunicación en
tiempos y distancias macroscópicos, ya mencionada, la posibilidad de «percibir»
pequeños efectos que conducen a una selección de patrón y, finalmente, la
posibilidad de memoria correspondiente también a una sucesión temporal de
diversas bifurcaciones. Es interesante que estas clases de propiedades siempre
se hayan atribuido en el pasado a sistemas «vivos», pero vemos que hasta cierto
punto son atribuibles incluso a sistemas «no vivos». Pero, antes de proseguir
con el tema de la bifurcación, juzgo de interés mencionar algunos sistemas
biológicos simples en los que bifurcaciones y fluctuaciones desempeñan un papel
esencial.
Entre los numerosos ejemplos que se han estudiado desde este punto de vista,
citaremos en primer lugar la agregación de amebas acrasiales ( Dictyostelium
discoideum ). Este proceso es un caso limítrofe interesante entre la
biología unicelular y pluricelular. Cuando el medio en que viven y se
reproducen se empobrece en nutrientes, las amebas experimentan una
transformación espectacular, y de una población de células individuales pasan a
formar una masa compuesta por varias decenas de millar. A continuación, este
«pseudoplasmodio» experimenta una diferenciación y cambia de forma
continuamente. Se forma un pedúnculo, constituido por un tercio aproximadamente
de las células, que contiene celulosa en abundancia. Este pie aguanta una masa
esférica de esporas que se separan y dispersan, multiplicándose en cuanto
entran en contacto con un medio de alimentación, volviendo a formar una nueva
colonia de amebas. Es un ejemplo muy espectacular de adaptación al medio, de
nomadismo de una población que ocupa un nicho hasta que agota sus recursos,
seguido de metamorfosis, gracias a la cual adquiere una movilidad que le
permite invadir otro hábitat.
La investigación de la primera fase de la agregación nos revela que se inicia
con la aparición en la población de amebas de ondas de desplazamiento, de un
movimiento impulsor de convergencia de las amebas hacia un «centro de
atracción», que parece espontáneo. Las investigaciones experimentales y la
modelización han demostrado que esta migración es la respuesta de las células a
la existencia en el medio de una concentración de gradiente en una sustancia
clave, el AMP cíclico, producido periódicamente por el centro atractor y, más
tarde, también por otras células merced a un mecanismo de conexión. Vemos aquí,
de nuevo, el papel esencial que desempeñan los relojes químicos sobre las ondas
químicas, ya que aportan, como hemos señalado, nuevos medios de comunicación.
En el caso que nos ocupa, el mecanismo de autoorganización desemboca en la
comunicación intercelular.
Hay otro aspecto que quiero poner de relieve. La agregación de las amebas es un
ejemplo típico de lo que podemos denominar «orden por fluctuaciones»; la
formación de un centro de atracción que segrega el AMP es indicativo del hecho
de que el régimen metabólico correspondiente a un medio nutritivo normal se ha
hecho inestable, es decir, del agotamiento del entorno alimenticio. El hecho de
que, en estas condiciones de escasez de alimento, cualquier ameba sea la
primera en emitir el AMP cíclico, convirtiéndose con ello en el centro de
atracción, corresponde al comportamiento aleatorio de las fluctuaciones.
Después, esta fluctuación se amplifica y organiza el medio.
Otro ejemplo que citaré, aunque a grandes rasgos, es el comportamiento
constructivo de las termitas.[153] Un
termitero se caracteriza por una complejidad y una escala muy distinta a la de
una simple termita. Los termiteros pueden albergar millones de insectos. El
comportamiento constructivo parece aportar un comportamiento coherente en el
que el papel de las moléculas lo desempeñan las termitas. Hace años ya que
Grassé presentó una teoría basada en su observación del comportamiento
constructivo, a la que denominó theory of stigmergy .[154] Lo que
observó fue la existencia de dos fases en dicho comportamiento. Primero, una
fase de actividad descoordinada, durante la cual las obreras exploran el
recipiente en que se hallan y, al cabo de cierto tiempo, empiezan a depositar
piedrecitas. Cuando, en determinado lugar, el material depositado alcanza un
valor crítico, actúa a modo de atractor y se produce una fase coordinada en la
que los puntos en que se ha acumulado el material se convierten en columnas. Si
hay dos columnas muy próximas, construyen un arco.
En cierto modo, la descripción de Grassé corresponde a la evolución de un
estado inestable homogéneo hacia un estado no homogéneo. El mecanismo de
atracción es la incorporación a las piedrecitas de sustancias químicas
características, las feromonas. La teoría de Grassé se ha difundido mucho en
los últimos años, fundamentalmente gracias a Brunsma, y se empieza a entender
cómo se efectúa esta complicada actividad sin que exista un cerebro rector y
con una información mínima a nivel del insecto como unidad.
Un ejemplo aún más sencillo, en el que puede seguirse admirablemente la
formación de bifurcaciones, es el problema de la formación de las rutas que
abren las hormigas. El experimento básico, realizado recientemente por
Pasteels, junto con mi colega Deneuburg y otros, se representa esquemáticamente
en la figura 5.[155]
Figura 5. Experimento sobre la formación de rutas (v. texto).
La hormiga fue colocada a la izquierda y la fuente
de alimentación a la derecha.
Figura 6. Bifurcación correspondiente a la probabilidad de utilización de
una sola ruta; en las ordenadas, probabilidad, en las abscisas, población de la
colonia de hormigas.
Con dos agujeros dispuestos simétricamente, se
posibilita la formación de dos rutas distintas. Cada hormiga que avanza por una
ruta va dejando una señal química, una feromona de vida limitada. Si tenemos en
cuenta la posibilidad de que se utilice una ruta u otra, en función del número
de la población de hormigas, vemos que, curiosamente, se llega a un diagrama de
bifurcación típica (figura 6). Para poblaciones pequeñas, la probabilidad de
que empleen una u otra ruta es equivalente; es la rama termodinámica. Si nos
aproximamos al valor crítico, se producen amplias fluctuaciones y utilizan
prevalentemente una ruta sobre otra. Más allá del valor crítico, eligen una
sola, y el noventa por ciento de las hormigas, por ejemplo, utilizan esta ruta
preferente. Tenemos en ello un excelente ejemplo biológico sobre la formación
de una bifurcación mediante interacciones mediadas por una sustancia química
específica. Pero volvamos a la teoría de las bifurcaciones y, en particular, a
la cuestión de la selección de patrón.
4.
Consideremos dos ejemplos característicos
estudiados recientemente. Uno corresponde a la influencia de la gravitación en
una selección de patrón, y el otro a la influencia de las ondas
electromagnéticas.
La gravitación modifica evidentemente el flujo de difusión en la ecuación de
reacción-difusión (3.3). Los cálculos detallados demuestran que este efecto
puede ser muy espectacular próximo a un punto de bifurcación del sistema no
perturbado. Vamos a considerar de nuevo un sistema unidimensional con condiciones
limítrofes de flujo cero, y supongamos que tenemos un diagrama de bifurcaciones
como el representado en la figura 1. Se supone que, en estado exento de
gravitación, g = 0, tenemos, como en la figura 1. un patrón simétrico
«arriba/abajo», así como su imagen especular «abajo/arriba». Ambos son
igualmente probables, pero, para g = 0, las ecuaciones de bifurcación se
modifican porque el flujo de difusión contiene un término proporcional a g.
Como consecuencia, se obtiene un nuevo diagrama de bifurcaciones representado
en la figura 7. En él, la rama bifurcadora superior correspondiente, por
ejemplo, al patrón «arriba/abajo» es la preferida. Por lo tanto, podemos
afirmar que existe un medio para seleccionar formas «arriba» y «abajo».
Figura 7. Influencia de la gravitación en la bifurcación (v. texto).
En realidad, lo interesante es que incluso campos
gravitatorios muy pequeños pueden provocar la selección de patrón. En ejemplos
simples, el parámetro dimensional característico es:
en lugar del parámetro de equilibrio
mgh/kT
Como esta razón suele ser muy pequeña, la adopción
de la raíz 1/3 amplifica enormemente el efecto. En cierto modo, el hecho de que
los efectos gravitatorios resulten amplificados por las condiciones de no
equilibrio ya está implícito en el clásico experimento de Bénard en el que se
calienta por abajo un estrato líquido y se produce la convección a determinado
valor crítico del gradiente adverso de temperatura. El experimento de Bénard
puede efectuarse con un estrato de pocos milímetros de espesor. El efecto de la
gravitación sobre un estrato tan fino es negligibleen situación de equilibrio.
Hay que escalar una montaña para sentir la diferencia de presión atmosférica,
pero, debido al no equilibrio inducido por la diferencia de temperatura, los
efectos macroscópicos se hacen visibles (a causa de la gravitación), incluso en
este estrato. El no equilibrio amplifica el efecto de la gravitación.
Naturalmente, podemos hacer similares consideraciones a propósito de los campos
eléctricos. Por ejemplo, en sistemas bidimensionales, se produce una nueva
posibilidad de notable interés cuando el campo eléctrico E lo produce un campo
electromagnético polarizado. La geometría más sencilla es el anillo
(condiciones periódicas en los límites) sometido a iluminación polarizada
circular que se propaga en dirección perpendicular al plano anular. En
semejante anillo podemos tener dos tipos de ondas, unas en sentido de las
agujas del reloj, las otras en dirección contraria. Si el momento angular que
imprime la onda actúa sobre el eje positivo (polarización en sentido contrario
a las agujas del reloj), se induce una selección preferencial de una onda
química en sentido contrario a las agujas del reloj. Se llega así a la
selección de un tipo de ondas, por ejemplo, las que van en sentido contrario a
las agujas del reloj.
El Dr. Herschkowitz ha realizado recientemente experimentos numéricos en
nuestro laboratorio de Bruselas,[156] con los
que se ha confirmado esta selección preferencial de una bifurcación. De este
modo, podemos inducir una estructuración preferente en un medio o, en otras
palabras, disponemos de un mecanismo generador de un medio asimétrico. En un
medio de esta clase, la reacción química procede del modo al que estamos
acostumbrados y que verosímilmente conduce a la síntesis preferencial de
moléculas asimétricas.
Todo esto demuestra que las situaciones químicas lejanas al equilibrio conducen
a una posible «adaptación» de los mecanismos químicos a las condiciones
externas. Esto contrasta con las situaciones de equilibrio, en las que
esencialmente existe un tipo de estructura y son necesarios electos amplios
para que dicha estructura se modifique. Esta descripción esquemática se refiere
al nivel fenomenológico macroscópico, pero los resultados del análisis
estocástico y microscópico de la irreversibilidad han sido igualmente muy
fructíferos, y voy a tratar de ello en la última parte de esta charla.
5.
La descripción de las fluctuaciones presenta una
evidente importancia. Después de todo, son la causa de la elección de una rama
específica en la bifurcación, y determinan las escalas temporales pertinentes
para alcanzar un estado final asintóticamente estable. Las fluctuaciones de
equilibrio se estudian desde la época de los trabajos clásicos de Gibbs y
Einstein. Einstein demostró que la probabilidad de una variable estocástica
correspondiente, por ejemplo, al número de partículas de un componente X próximo
al equilibrio, puede expresarse en términos de cantidades macroscópicas. De
este modo, obtuvo la distribución de Poisson para la probabilidad P(X):
En la que δ2 S es el camino de
entropía relacionado con desviaciones del valor del equilibrio y de la
constante k de Boltzmann. Una propiedad característica de la distribución de
Poisson es que la fluctuación cuadrática media es igual al valor medio.
<δX2> =
<X> (5.2)
Esta relación es característica en todos los
sistemas que satisfagan la ley de los grandes números y
demuestra que el valor relativo de las fluctuaciones, medido en función del
cociente
en donde V es el volumen, puede despreciarse
perfectamente en grandes sistemas. Es muy interesante estudiar el significado
de las fluctuaciones en sistemas no lineales alejados del equilibrio. Nosotros
iniciamos este trabajo hace unos diez años y recientemente mis colegas Nicolis
y Malek-Mansur han obtenido unos resultados bastante notables a los que sobre
todo me referiré.[157] De una
primera observación, se desprende que la amplitud de las fluctuaciones en
condiciones de no equilibrio puede resultar anormalmente elevada. Veamos el
diagrama de bifurcación en la figura 1. Más allá de la bifurcación, se observan
dos estados estables microscópicos de peso estadístico equivalente. Como
consecuencia, el promedio estadístico <X> se sitúa próximo a la rama
inestable (a'), pero los estados más probables se hallarán próximos a (b1) y
(b2). Por lo tanto, la dispersión en torno al promedio cobra tanta importancia
como el propio promedio. En otras palabras, al cruzar un punto de bifurcación,
cabe esperar un cambio del orden de magnitud de las fluctuaciones, de manera
que, en vez de
<δX2> ~
O(V) (5.3)[158]
tengamos
<δX2> ~ O(V2) (5.4)
En realidad, la propia distinción entre valores
promedios y fluctuaciones desaparece.
Podemos considerar las bifurcaciones como fluctuaciones gigantes alimentadas
por flujos adecuados de materia y energía. ¿Cuál es el comportamiento de <δX2>
en proximidad a la bifurcación λ = λc? Tendremos un comportamiento
intermedio expresado por la fórmula:
Naturalmente, para hallar el valor del parámetro a,
necesitamos un cálculo que rebasa la descripción microscópica. Para ello,
tenemos que modelizar las fluctuaciones mediante un proceso aleatorio
apropiado. En nuestro cálculo, hemos asumido que el número de moléculas de las
diversas sustancias químicas que fluctúan, define un proceso de Markov en un
espacio de estado apropiado. De este modo, puede demostrarse que, en
situaciones simples, este parámetro asume un valor de 3/4. Las fluctuaciones en
el punto de bifurcación se hacen de gran magnitud, ya que el sistema «duda»
entre las diversas posibilidades que se le presentan.
Pero hay otro aspecto que es el alcance de las fluctuaciones. Un ejemplo
investigado minuciosamente por Nicolis y Malek Mansur, y que puede resolverse
con exactitud, corresponde al conjunto de ecuaciones:
Supongamos que impedimos la aproximación al
equilibrio introduciendo A en cantidad excesiva y eliminando constantemente B.
El esquema de reacción (5.6) se sustituye por:
Ya no hay reversibilidad microscópica, y tenemos un
índice medio Φ AB de una transferencia global de A a B.
Mediante una modelación siguiendo los procesos de Markov, vemos que podemos
obtener la correlación entre la concentración de X en dos puntos
distintos r y r' , que es la que se da en el
estado estacionario de la forma
Aquí, hemos supuesto un medio tridimensional. Por
lo tanto, tenemos un declive exponencial de la correlación con una longitud de
correlación dada por
en la que D es el coeficiente de difusión de X.
Vemos que ambas cinéticas de la reacción de difusión intervienen en la
determinación de la longitud de correlación. Se entiende fácilmente, porque,
cuando, a través de la reacción química, se forman dos partículas de X, están
correlacionadas, y esta correlación se extiende a toda la difusión.
Lo que interesa poner de relieve es el hecho de que las correlaciones de no
equilibrio tienen un origen y un significado totalmente distinto a las
correlaciones de equilibrio. En lugar de estar relacionadas con las constantes
de las fuerzas o con potenciales intermoleculares, se expresan en términos de
constantes cinéticas y de coeficientes de transferencia. Esta competitividad
entre difusión y reacciones químicas en la formación de correlaciones de largo
alcance da lugar a predicciones muy interesantes que me gustaría explicar
brevemente en términos cualitativos.
Introduzcamos primero un tiempo característico para la difusión en un volumen
V. Los argumentos dimensionales demuestran fácilmente que este tiempo
característico está relacionado con la dimensionalidad d del sistema mediante
una relación de forma
Nicolis y Malek Mansur han calculado el tiempo
característico para una reacción química, cuyo comportamiento medio, próximo a
un punto de bifurcación, puede expresarse mediante la ecuación
en la que x es una constante macroscópica y k un
exponente característico que, en el caso más sencillo, toma el valor 3, aunque
también puede adoptar valores más altos como 5, etc. Estudiando el espectro del
proceso de Markov, han demostrado que el tiempo característico en tal caso es
de la forma
k es una constante química típica.
Modifiquemos ahora una dimensionalidad crítica para la cual los tiempos
característicos reacción-difusión sean los mismos. Si examinamos las ecuaciones
(5.11) y (5.12), vemos que esta dimensionalidad crítica se expresa
Por ejemplo, para k = 3, tenemos dc =
4; para k = 5, dc = 3. El significado físico de esta
dimensionalidad es el siguiente. Para mayores dimensionalidades, d más elevado
que dc, la difusión será eficaz y las teorías del campo medio son
exactas; por el contrario, para d más pequeño que dc, hay que
esperar una creciente importancia de la difusión, ya que el sistema no se halla
mezclado adecuadamente. Todo esto recuerda mucho la recientemente denominada
«teoría del grupo de renormalización» para el punto crítico de equilibrio.
Empezamos a entender que, para lograr un reloj químico, hay que impedir el
efecto de la difusión en nuestro espacio tridimensional. Generalmente, se logra
agitando el medio, pues, si no lo hacemos, el reloj químico se desfasa. Sin
embargo, no es absolutamente necesario. Si la no linealidad es lo bastante
alta, k = 5, la difusión puede hacerse dominante y no habrá que agitar. En
medios bidimensionales, el efecto de difusión es aún mayor y, en realidad, no
se han observado relojes químicos bidimensionales. En medios unidimensionales,
las bifurcaciones quedan totalmente destruidas por los efectos de difusión, y
sólo se producen dos suaves transiciones, igualmente muy parecidas a las del
clásico problema de las transiciones de fase.
Creo que estas reflexiones demuestran la complejidad de la situación en la
vecindad de una bifurcación, desde el punto de vista molecular, y aún queda
mucho trabajo por desarrollar en este fascinante terreno.
6.
Examinemos ahora el tercer aspecto de los procesos
irreversibles: la relación con el nivel básico descrito por las leyes de la
mecánica clásica o de la cuántica. Es un antiguo problema pendiente. Todos
conocemos la fundamental contribución de Boltzmann. Sin embargo, actualmente
suele admitirse que el enfoque cinético de Boltzmann está basado en
presupuestos fenomenológicos adicionales. Para obtener procesos irreversibles,
Boltzmann introdujo el concepto de probabilidad. Pero ¿cómo justificar su
intervención en el marco de la teoría dinámica? Para subsanar esta dificultad,
Gibbs y Einstein desarrollaron la teoría de colectividades. Pero no podía
establecerse una relación entre la función de distribución en el espacio de las
fases y la existencia de cantidades monotónicamente crecientes, como es el caso
de la entropía. Por este motivo, la opinión predominante es que la
irreversibilidad procede de aproximaciones suplementarias que introducimos en
la descripción física mediante técnicas tipo coarse graining[159] u otro
tipo de modificación de las ecuaciones exactas. Somos nosotros quienes
introducimos la irreversibilidad en un mundo estático, dominado por ecuaciones
temporales reversibles.
Es difícil dar crédito a este concepto en un momento en que la irreversibilidad
desempeña tan relevante papel en una amplia gama de disciplinas desde las
partículas elementales hasta la biología, y quisiera volver a referirme al
problema desde otro punto de vista. Un tema recurrente en la historia de la
física del siglo XX es el análisis de las condiciones en que podemos actuar
respecto al mundo que nos rodea. Como se sabe, la existencia de la velocidad de
la luz limita nuestras posibilidades de transmitir información y nos obliga a
replanteamos el significado del espacio y del tiempo según lo percibirían
observadores móviles. También es sabido que la constante de Planck limita las
posibilidades de medición simultánea de variables dinámicas, tales como
coordenadas y momentos. Incluso antes de esta gran revolución del pensamiento científico,
la segunda ley de la termodinámica expresaba ya cierta limitación en relación
con los sistemas complejos.
Si cogemos un cuerpo macroscópico, un líquido, pongamos por caso, lo sometemos
a diversas manipulaciones experimentales y luego lo aislamos, no podemos evitar
que el sistema, al cabo de cierto tiempo, alcance el equilibrio termodinámico.
Independientemente de la preparación inicial, el calor específico del líquido
será el mismo. Podemos decir que es una limitación a las posibles manipulaciones,
en el sentido de que, hagamos lo que hagamos, el sistema, independientemente de
nuestra acción, tiende al mismo estado final. Podemos entender la
irreversibilidad a escala molecular en términos muy semejantes.
Tanto la mecánica clásica como la cuántica presentan un aspecto bivalente, en
relación con las condiciones iniciales que se suponen arbitrarias en una
muestra determinada de espacio y a las que se da un valor empírico, y en
relación con las leyes del movimiento. ¿Se trata de dos elementos realmente
independientes? ¿Podemos realmente prescribir siempre condiciones iniciales
arbitrarias? Como veremos, no siempre es posible y, de hecho, la
irreversibilidad aparece cuando, como consecuencia de esta imposibilidad, el
concepto de trayectoria o de función de onda corresponde a una descripción
idealizada.
Consideremos en primer lugar un ejemplo simple del terreno de la mecánica
clásica. Consideremos la secuencia de operaciones indicadas en la figura 5 del
capítulo anterior. Empezamos con una unidad cuadrada que transformamos en
rectángulo. Luego, superponemos la segunda mitad a la primera y obtenemos el
resultado final. Puede verificarse inmediatamente en la figura que, si el
cuadrado inicial está medio lleno, la aplicación de la transformación del
panadero causa una distribución que incluye dos rectángulos llenos. Por
repetición, obtenemos una distribución cada vez más fragmentada. Este cambio
suele denominarse «transformación del panadero». Es un ejemplo un tanto
simplificado que ilustra las características a que me refiero.
En la transformación del panadero, tenemos una modificación punto a punto
perfectamente determinista expresada por la fórmula
Cada punto p, q se transforma en otro punto bien
definido.
Sin embargo, supongamos que, en lugar de un punto, consideramos una pequeña
región. Entonces, se demuestra que esta región, tras cierto número de
transformaciones, se escinde en dos regiones que, a su vez, se escinden y así
sucesivamente hasta que queda cubierta toda la superficie del cuadrado.
Es importante comparar estos dos comportamientos. Sin embargo, cada región, por
pequeña que sea, contiene varios tipos de trayectorias, y únicamente pueden hacerse
predicciones estadísticas sobre el «destino» de esta región. Entonces, ¿cuál es
la descripción «correcta»? Es evidente que la descripción de trayectoria
corresponde a un conocimiento «infinitamente» preciso de las condiciones
iniciales que nunca pueden alcanzarse en la práctica. Esto es de suma
importancia si, al incrementar la precisión de las condiciones iniciales,
llegásemos cerca del comportamiento de la trayectoria; pero no sucede así. Sea
cual fuere la precisión, tenemos una región, y esta región se difunde por todo
el cuadrado. Desde luego, no siempre sucede así. Es necesaria la inestabilidad
dinámica, en el sentido de que dos puntos cercanos se comporten de forma
distinta con el tiempo. En terminología técnica, se dice que la transformación del
panadero es un ejemplo de las denominadas «transformaciones de Bernoulli». Esta
nomenclatura nos recuerda que, incluso aunque conozcamos el pasado de semejante
sistema, su futuro es tan indeterminado como el resultado del movimiento de una
ruleta.
El objeto de la física es tratar situaciones que puedan comprobarse
experimentalmente, estudiando cómo evolucionan estas situaciones con el tiempo.
Este punto de vista, que tan importante fue tanto en la relatividad como en la
mecánica cuántica, es perfectamente aplicable en este caso y fundamentalmente
nos hallamos ante un nuevo tipo de descripción, en la que el objeto de la
dinámica no es la trayectoria individual, sino la función de distribución en el
espacio de las fases. La evolución temporal de esta distribución se
caracteriza, en cierto modo como en mecánica cuántica, por operadores que
actúan sobre dicha función de distribución, y no hay dificultad en introducir
en este marco, como han demostrado Misra, Courbage y yo mismo, cantidades que
son una analogía microscópica de la entropía.[160] Hay que
poner de relieve que en modo alguno existe un coarse graining, o
pérdida de información. La irreversibilidad es consecuencia del hecho de que,
en este tipo de sistema, la trayectoria es un concepto irreal.
En mecánica cuántica se da una situación más complicada, aunque en igual
sentido. No obstante, en mecánica cuántica el problema de la irreversibilidad
es más complejo, porque todos los sistemas mecánicos cuánticos de valor finito
poseen un comportamiento casi periódico. Sólo en el límite de los grandes
sistemas aparece la irreversibilidad, pero la consideración de grandes sistemas
mecánicos es bastante natural. Por el contrario, los sistemas mecánicos
cuánticos finitos pueden considerarse aproximaciones de los grandes. Por
ejemplo, sólo en los grandes sistemas se dan fenómenos como la emisión
espontánea de Einstein. Pero vemos este fenómeno, vemos la influencia de
números infinitos de grados de libertad, en el comportamiento de la materia a
través de diversos efectos, tales como la emisión espontánea de Einstein o el
famoso desplazamiento de Lamb.
Por lo tanto, llegamos a la pregunta: ¿hay una limitación a las posibles
condiciones iniciales de los sistemas infinitos? Para simplificar el problema,
piénsese en un estanque al que arrojamos una piedra. Observamos ondas
centrífugas. Probablemente, un buen ingeniero lograría que las ondas
convergieran en la piedra y haría que ésta saltara fuera del agua. Un ingeniero
más hábil lo lograría, desde una distancia mayor, pero no hay ingeniero capaz
de hacerlo desde distancias infinitas. En otras palabras, para tiempos lo
bastante largos, sólo observamos ondas centrífugas. Esto demuestra también un
límite a nuestras posibilidades de manipular estos sistemas e implica una
limitación de las condiciones iniciales. Se dice a menudo que el problema de
las ondas centrífugas y centrípetas es que son simétricas, y se añade que las
ondas centrípetas asintóticas son de probabilidad cero. Sin embargo, esto
encubre el auténtico problema: para sustituir la premisa de condiciones
iniciales arbitrarias por afirmaciones probabilistas, necesitaríamos una teoría
adicional que nos diera alguna información que la dinámica no nos facilita.
Actualmente, no existe semejante teoría. La misma conclusión es aplicable a
muchas situaciones, como sucede con la dispersión en mecánica cuántica. También
en este caso, únicamente son posibles ondas centrífugas asintóticas. La
solución de inversión temporal que corresponde a ondas centrípetas asintóticas
requeriría correlaciones entre acontecimientos infinitamente distantes.
Es muy interesante que podamos entender la irreversibilidad y formular una
teoría detallada, basándonos en la percepción de que, tanto a nivel
macroscópico como microscópico, existe un límite a las manipulaciones. No
podemos producir constantemente trabajo a partir de un simple baño de calor. No
podemos evitar que la transformación panadero cubra todo el plano. No podemos
evitar que las ondas centrífugas sean asintóticamente las únicas posibles de
verificar. En resumen: no podemos manipular la naturaleza a voluntad. Existe
una flecha temporal, y no pueden crearse situaciones que conduzcan a resultados
contradictorios debidos a la presencia simultánea de dos flechas en conflicto.
El propósito de esta conferencia no me permite desarrollar en extensión este
enfoque.[161] Quizás
uno de los conceptos más interesantes que de él se derivan es el de tiempo
interno, producto de la evolución del sistema, por oposición al tiempo externo
de la física tradicional.
7.
Para concluir, diremos que, en condiciones alejadas
del equilibrio, la materia adquiere nuevas propiedades, tales como
«comunicación», «percepción» y «memoria», propiedades que hasta ahora sólo se
atribuían a los sistemas vivos.
Como consecuencia, muchas de las distinciones tradicionales, como es la
dualidad azar-necesidad, se hacen mucho más sutiles. Los pequeños efectos
permiten pasar de un tipo de comportamiento a otro, mediante el mecanismo de
bifurcaciones secundarias. El tiempo cobra nuevo significado. Ya no es un
parámetro introducido para la comunicación entre diversos observadores, sino
que también se relaciona con la evolución interna del sistema.
Siguiendo el ideario humanístico de Aharon Katzir-Katchalsky, me permitirán que
llegue incluso a afirmar que nos lleva quizás a un nuevo concepto de realidad.
La concepción tradicional establece una especie de identidad entre lo racional
y lo real. Por ejemplo, una trayectoria entre dos puntos, A y B, cumple el
mínimo de acción posible. Podemos construir prácticamente trayectorias
«imaginarias» en torno a la única trayectoria real posible. En el mundo de las
bifurcaciones, ya no es tan sencilla la situación. Si un sistema se halla en un
estado correspondiente a una bifurcación determinada, es debido a su desarrollo
histórico. También son «racionales» otras posibilidades. En cierto sentido, lo
real no es más que una parte de lo posible.
La renovación de la ciencia es en gran medida la historia del redescubrimiento
del tiempo. Tras nosotros queda la concepción de la realidad objetiva que
reclamaba que la novedad y la diversidad fueran negadas en nombre de leyes
inmutables y universales. Ya no nos fascina la racionalidad que describe el
universo y el saber como algo que se va haciendo. El futuro ya no está
determinado; no está implícito en el presente. Esto significa el fin del ideal
clásico de omnipotencia. El mundo de los procesos en que vivimos y que forma
parte de nosotros mismos ya no puede rechazarse como si lo constituyeran
apariencias o ilusiones determinadas por nuestro modo de observación.
Este mundo, que aparentemente ha renunciado a la seguridad de las reglas
estables y permanentes, es, sin lugar a dudas, un mundo de riesgo y aventura.
No puede inspirar confianza ciega, a lo sumo, quizás, el mismo sentimiento de
discreta esperanza que ciertos textos talmúdicos parecen atribuir al Dios del
Génesis.[162]
§ 10. La evolución de la complejidad y las leyes de
la naturaleza[163]
1. Introducción
En un trabajo titulado Mankind in Transition: the
Evolution of Global Society, E. Laszlo se pregunta: «Nuestra época de cambio
rápido, y muchas veces imprevisible, ¿es una aberración en la historia de la
evolución de la especie, un acontecimiento sin precedentes, o podemos discernir
el impulso general del cambio situándolo en un contexto histórico?». Analizando
los patrones de evolución de la complejidad, Laszlo señala que «hay indicios
crecientes de que tanto la evolución biológica como socio-cultural son aspectos
del mismo proceso fundamental de evolución de la naturaleza». Es precisamente
esta observación el tema que nos proponemos analizar más a fondo en el presente
ensayo. Empecemos por algunas observaciones previas.
Nuestra era es testigo de grandes progresos en el conocimiento de las ciencias
naturales. Las dimensiones del mundo físico que actualmente podemos explorar
han crecido en proporción realmente fantástica. A escala microscópica, la
física de partículas elementales revela procesos que implican dimensiones
físicas del orden de 10[15] cm. y tiempos del orden de 10[22] segundos.
La cosmología, por otra parte, nos confronta con tiempos del orden de 10[10] años
(edad del universo) y, en consecuencia, con distancias del orden de 10[28] cm.
(distancia del horizonte de los acontecimientos, es decir, la distancia máxima
desde la cual podemos percibir señales físicas). De mayor importancia quizá que
esta ampliación dimensional es el cambio subsiguiente del carácter de
comportamiento del mundo físico descubierto recientemente.
A principios de siglo, la física parecía hallarse a punto de reducir la
estructura básica de la materia a unas cuantas «partículas elementales», como
son los electrones y protones. Actualmente, nos hallamos bien lejos de una
descripción tan simplista. Independientemente del futuro de la física teórica,
las «partículas elementales» resultan de tan magna complejidad que el antiguo
axioma «la simplicidad de lo microscópico» ha perdido sentido.
También en astrofísica ha cambiado nuestro punto de vista. Mientras que los
grandes iniciadores de la astronomía occidental pusieron de relieve la
regularidad y el carácter eterno de los movimientos celestes, ahora vemos que
semejante definición es únicamente aplicable, si acaso, a aspectos realmente
limitados como son los movimientos planetarios. En lugar de hallar estabilidad
y armonía, dondequiera que miremos descubrimos procesos evolutivos, origen de
diversificación y complejidad crecientes. Este cambio de nuestra visión del
mundo físico es un estímulo para la investigación de ramas de la física teórica
y de las matemáticas de muy probable interés en el nuevo contexto.
La mecánica clásica conoció un éxito sin par con su tratamiento de los
problemas sobre trayectorias, tales como las órbitas planetarias del sistema
solar. El objeto de la mecánica clásica ha experimentado una notable ampliación
con la formulación de la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad. No
obstante, sigue habiendo una laguna entre las consideraciones del ámbito de la
dinámica (aun incluyendo los efectos cuánticos o relativistas) y el tipo de
problemas que atañen a evolución, diversificación e innovación, objetivo
primordial del presente ensayo.
La dinámica clásica «reduce», fundamentalmente, el mundo físico a trayectorias
(«líneas del mundo»), como se indica en la figura 1, para el caso de un
universo unidimensional.
Figura 1. Líneas del mundo.
La posición x(t) de una
partícula de prueba en función del tiempo, se representa por una trayectoria.
La característica importante es que, en dinámica, no se diferencia el futuro
del pasado. En el tiempo, son posibles el movimiento ( a )
«hacia adelante» y el movimiento (b) «hacia atrás». Sin embargo, si no
introducimos la dirección del tiempo, no podemos describir procesos que
impliquen una evolución concreta.
Es evidente la necesidad de nuevos instrumentos. En este sentido, en los
últimos años, se han realizado notables progresos. La termodinámica del no
equilibrio nos facilita importantes conceptos para indagar los procesos de
formación de nuevas estructuras.[164] Los
recientes hallazgos en el terreno de la teoría de las fluctuaciones[165] proporcionan
información sobre el modo en que la autoorganización puede producirse en
sistemas fuera del equilibrio, generando un nuevo tipo de orden. Hemos descrito
este orden como «orden por fluctuaciones»,[166] en
contraste con el orden de los sistemas en equilibrio. Hay ramas de las
matemáticas, como la teoría de la estabilidad[167]y la teoría
de las bifurcaciones,[168] que en
los últimos tiempos han atraído notablemente la atención de los investigadores.
Nuestra pretensión en este ensayo es presentar una panorámica preliminar de los
progresos alcanzados últimamente[169] en el
ámbito de estos nuevos conceptos y métodos que parecen ser los adecuados para
describir fenómenos tales como evolución, incremento de complejidad y
diversificación.
Sin embargo, existe un aspecto importante que no discutiremos aquí. Nos
referimos a la relación entre la irreversibilidad y las leyes de la mecánica
clásica o cuántica. También en este campo, se han llevado a cabo notables
progresos, pero el carácter altamente técnico del tema nos impide tratarlo.
Baste con decir que la irreversibilidad no está ni mucho menos en contradicción
con las leyes de la dinámica, sino que, al contrario, se deduce de las mismas,
siempre que se alcance un grado suficiente de «complejidad»[170] (¡en
dinámica clásica este grado de complejidad surge ya con el problema de los tres
cuerpos!).
Esperamos que, e pesar de esta limitación, nuestro trabajo ayude al lector a
valorar los problemas de la evolución biológica y socio-cultural en su propio
contexto.
Para evitar malentendidos, hagamos hincapié en que no tratamos en ella de
«reducir» la evolución socio-cultural a las leyes de la física. Bien al
contrario, el análisis de los ejemplos más simples de autoorganización
demuestra una sorprendente riqueza de aspectos, aunque, desde luego, quede
excluida cualquier simple extrapolación «automática» a situaciones en que
intervenga la sociología humana. No obstante, es importante señalar que la
vida, con sus correspondientes aspectos biológicos y socio-culturales, ya no
parece ser una excepción a las leyes de la naturaleza, y no logra su propósito
gracias a la intervención exclusiva de un ejército de demonios de Maxwell en
lucha con las leyes de la naturaleza. Estos aspectos de la vida parecen estar
más bien de acuerdo con tales leyes, si se tienen debidamente en cuenta las
importantes características de la «inestabilidad» y de la «no linealidad».[171]
2. El principio de orden de Boltzmann
Es curioso observar que la idea de evolución fue formulada casi simultáneamente
en el siglo XIX tanto en física (Carnot,[172] Clausius,[173] Thomson),
como en biología (Darwin[174]) y en
sociología (Spencer[175]), aunque su
interpretación difiriera según los diversos campos. Como veremos, en física,
evolución e irreversibilidad quedaron asociadas a «olvido de las condiciones
iniciales» y a la disolución de estructuras, mientras que, en biología y en
sociología, se relacionaron con el inicio de una complejidad creciente.
En física, hay que establecer una distinción básica entre procesos
«reversibles» e «irreversibles». Un ejemplo sencillo de proceso irreversible es
la conducción térmica. Por ejemplo, una barra metálica aislada, caliente
inicialmente en un extremo y fría en el otro, alcanza paulatinamente, por
efecto de la transmisión calórica, una distribución uniforme de temperatura
(figura 2).
Figura 2. Conducción térmica en una barra.
Este tipo de comportamiento se describe por el
segundo principio de la termodinámica. Sin embargo, antes de formular esta ley,
conviene clasificar los diversos sistemas del modo siguiente: en primer lugar,
los sistemas «aislados» que no pueden intercambiar materia ni energía con el
mundo externo (figura 3) y, luego, los sistemas «cerrados» que pueden
intercambiar energía (pero no materia, figura 4).
Figura 3. Sistema aislado.
Figura 4. Sistema cerrado.
La tierra es un ejemplo de sistema cerrado, si
hacemos abstracción de las precipitaciones meteóricas y del polvo cósmico. La
tierra recibe la radiación solar y estelar que ésta irradia en parte hacia las
regiones frías del espacio interestelar (figura 5).
Figura 5. La tierra es prácticamente un sistema cerrado.
El tercer tipo de sistema es aquél susceptible de
intercambiar materia y energía con el mundo externo: un sistema «abierto»
(figura 6).
Figura 6. Una ameba fagocitando su alimento es ejemplo de sistema abierto.
Un ejemplo de sistema abierto es una ciudad. Es
evidente que ésta actúa a modo de centro hacia el que confluyen alimentos,
combustibles, materiales de construcción, etc., y que, por otro lado, expide
productos acabados y residuos (figura 7).
Figura 7. Una ciudad: sistema abierto.
La termodinámica trata de los principios generales
que rigen la evolución de sistemas macroscópicos, formados por un gran número
de moléculas. La primera ley de la termodinámica establece la conservación de
energía. En consecuencia, toda variación de energía procede de la transferencia
de energía a través del contorno. Sin embargo, el segundo principio formula la
distinción entre procesos reversibles e irreversibles. Con esta distinción, se
introduce una dirección privilegiada en el tiempo. Para expresar cualitativamente
esta distinción, podemos introducir una nueva función: la «entropía». La
entropía, a diferencia de la energía, no se conserva. Se representa con el
símbolo S y su variación en un elemento temporal por dS . Esta
magnitud se desdobla en dos términos: el primero, deS,
es la transmisión de la entropía a través de la frontera del sistema; y el
segundo, diS, es la entropía producida en el interior
del mismo. Se establece así la relación:
dS = deS + diS (1)
La característica fundamental de la producción de
entropía es su identificación con los procesos irreversibles. La segunda ley de
la termodinámica asume que la producción de entropía es positiva y consecuencia
directa de la irreversibilidad de los procesos, o sea
diS ≥ 0 (2)
Imaginemos la mezcla de gases a distinta
temperatura (figura 8) en un sistema aislado; en este caso tendremos:
S2 − S1 =
ΔS = ∫diS >
0 (3)
Figura 8 Proceso irreversible.
El flujo de entropía deS es
cero, por lo que, en este ejemplo, la segunda ley se reduce a la afirmación
clásica usual de que la entropía aumenta en un sistema aislado.
Si diS = 0, sólo pueden producirse procesos
reversibles. Un ejemplo de estos procesos son las ondas de pequeña amplitud que
se difunden por la superficie de un estanque al tirar una piedra. Haciendo
abstracción de los pequeños efectos de fricción, las ondas no aumentan la
entropía.
La entropía es una magnitud muy especial. Hemos visto que la energía se
conserva. Otras magnitudes, que no se conservan, pueden ser creadas o
destruidas, aumentadas o disminuidas durante la evolución. Por el contrario, la
producción de entropía sólo puede ser positiva, o cero. Por lo tanto, el
segundo principio encama una ley universal de la evolución macroscópica, ya que
la cantidad de entropía perteneciente al sistema y a su entorno sólo puede
aumentar con el tiempo. Consideremos ahora qué puede significar este aumento de
entropía en términos de las moléculas implicadas. Para responder a este
planteamiento, hay que indagar en el significado microscópico de la entropía.
Volvamos al supuesto de un gas o un líquido y preguntémonos qué puede
significar la entropía en tal sistema físico. Fue Boltzmann[176] el
primero en señalar que la entropía era una medida del desorden molecular,
concluyendo que, en consecuencia, la ley del aumento de entropía era
simplemente una ley del aumento de desorganización. Consideremos un ejemplo
sencillo: un recipiente dividido en dos partes por una membrana (figura 9).
Figura 9. Distribución de las moléculas entre ambos compartimentos.
El número de modos P en que N moléculas
pueden repartirse en dos grupos N1 y N2 viene
dado por la simple fórmula combinatoria
(en la que N! = N × (N − 1) × (N − 2)…×3×2×1). La
cantidad P se denomina «número de configuraciones».
Partiendo de cualquier valor inicial para N1 y N2,
tras un tiempo suficientemente prolongado, observamos que se ha alcanzado una
situación de estabilidad en la que, salvo pequeñas fluctuaciones, hay una
equidistribución de moléculas en ambos compartimentos
(N1 ≃ N2 ≃ N/2).
Se ve fácilmente que esta situación corresponde al
valor máximo de P y que durante la evolución ha aumentado P. Este tipo de
consideración condujo a Boltzmann a identificar el número de configuraciones P,
con la entropía, mediante la relación
S = k log P (5)
en la que k es la constante
universal de Boltzmann. Esta relación indica claramente que un aumento de
entropía expresa el aumento del desorden molecular, reflejado en el incremento
de configuraciones posibles. En esta evolución, se han «olvidado» las condiciones
iniciales. Si, en el estado inicial, se prima uno de los compartimentos con
mayor número de partículas, esta asimetría acaba siempre por desaparecer.
En el ejemplo anterior, hemos considerado un sistema aislado. Veamos ahora el
caso de sistemas cerrados a una temperatura determinada. La situación es la
misma, salvo que, en lugar de la entropía 5, la función importante que ahora
debemos considerar es la energía libre F, definida como:
F = E–TS (6)
donde E es la energía del sistema y T la
temperatura en grados Kelvin. La evolución del sistema está ahora determinada
por la disminución de energía libre. En estado de equilibrio, la energía libre
alcanza su valor mínimo. La estructura de la ecuación (6) refleja una
competencia entre la energía E y la entropía S. A bajas temperaturas, el
segundo término es despreciable, y el valor mínimo de F impone estructuras
correspondientes a la energía mínima y generalmente a baja entropía. Sin
embargo, a temperaturas cada vez más altas, el sistema se desplaza hacia
estructuras de una entropía cada vez mayor.
La experiencia confirma estas consideraciones, ya que, a bajas temperaturas,
hallamos el estado sólido caracterizado por una estructura ordenada a baja
entropía, mientras que, a mayores temperaturas, hallamos el estado gaseoso de
alta entropía. La formación de ciertos tipos de estructuras ordenadas, en
física, es una consecuencia de las leyes de la termodinámica aplicadas a un
sistema cerrado en equilibrio.
Boltzmann estableció también las leyes que rigen la distribución molecular
entre los niveles energéticos de un sistema estable. La fórmula de Boltzmann
para la probabilidad Pr de ocupación de un
determinado nivel energético es
PT ∝ e−E1/kT (7)
en la que k es también la
constante de Boltzmann, T la temperatura y E1 la
energía a un determinado nivel. Supongamos ahora un sistema simplificado con
tres únicos niveles energéticos. La fórmula de Boltzmann, ecuación (7), nos
diría la probabilidad de encontrar una molécula en cada uno de estos tres
estados de equilibrio. A muy bajas temperaturas, la única probabilidad
significativa es la correspondiente al nivel energético más bajo, y llegamos al
esquema de la figura 10, en el que virtualmente todas las moléculas se hallan
en el estado energético más bajo E1, puesto que
e−E1/kT » e−E2/kT,
e−E3/kT (8)
Figura 10. Distribución a baja temperatura.
Sin embargo, a temperaturas elevadas, las tres
probabilidades son casi iguales
e−E1/kT ≃ e−E2/kT ≃ e−E3/kT
(9)
y, por lo tanto, los tres estados están casi
igualmente poblados (figura 11).
Figura 11. Distribución a alta temperatura.
Por la distribución de probabilidad de Boltzmann,
ecuación (7), llegamos al principio que rige la estructura de los estados de
equilibrio. Podemos denominarla con toda propiedad «principio de orden de
Boltzmann». Es de suma importancia, por ser aplicable a la descripción de gran
variedad de estructuras, incluyendo, por ejemplo, algunas tan complejas y de
delicada belleza como los cristales de nieve (figura 12).
Figura 12. Cristales típicos de hielo.
El principio de orden de Boltzmann define el hecho
de que los sistemas, a lo largo del tiempo, tienden hacia el estado más
probable, dado por el número de configuraciones correspondientes. Esto conlleva
un aumento de entropía, S, en los sistemas aislados o una disminución de la
energía libre, F, en los sistemas cerrados. Es muy interesante observar que la
formulación de la segunda ley, representada en las ecuaciones (1) y (2), es
aplicable tanto a las situaciones de equilibrio como a las de no equilibrio. A
pesar de ello, la mayor parte de la termodinámica clásica, desarrollada en el
siglo XIX, se ciñe a situaciones de equilibrio. Posiblemente existen diversos
motivos. Primero, que prácticamente todos los resultados más espectaculares de
la termodinámica clásica corresponden a estados de equilibrio. Ejemplos
suficientemente conocidos son la regla de las fases de Gibbs y la ley de acción
de masa, que actualmente son conceptos clásicos en cualquier prólogo de química
física. Sin embargo, hay otros factores, muchas veces implícitos, que han
influido en ello. El estado de no equilibrio se consideraba como una
perturbación que impedía transitoriamente la aparición de la estructura
identificada con el orden del equilibrio. El crecimiento de un bello cristal
requiere condiciones próximas al equilibrio y, para obtener un buen rendimiento
de una máquina térmica, hay que minimizar los procesos irreversibles, tales
como la fricción y las pérdidas de calor. Sin embargo, incluso en la física
clásica, se dan muchos fenómenos en los que el estado de no equilibrio puede
generar orden. Si aplicamos un gradiente térmico a una mezcla de dos gases
distintos, se observa un enriquecimiento de uno de los componentes en la pared
caliente, mientras que el otro se concentra en la pared fría. Este fenómeno,
observado ya en el siglo XIX, se denomina difusión térmica. En régimen
permanente, la entropía suele ser más baja que en una mezcla uniforme. Esto
demuestra que el no equilibrio puede ser origen de orden. Esta observación
constituyó el punto de partida del concepto elaborado por la escuela de
Bruselas.[177] Evidentemente,
el papel de los procesos irreversibles se acentúa aún más si consideramos los
fenómenos biológicos o sociales.
Incluso en las células más sencillas, la función metabólica implica varios
millares de reacciones químicas relacionadas, lo que, naturalmente, requiere un
refinado mecanismo de coordinación y regulación. En otras palabras, es
necesaria una organización funcional enormemente sofisticada.
Además, las reacciones metabólicas requieren catalizadores específicos, las
enzimas, que son grandes moléculas con una organización espacial, aparte de que
el organismo sea capaz de sintetizar estas sustancias. Un catalizador es una
sustancia que acelera una determinada reacción química sin consumirse en ella.
Cada enzima, o catalizador, desempeña un papel específico y, si consideramos la
forma en que la célula lleva a cabo tan compleja secuencia de operaciones,
veremos que está organizada de modo idéntico al de una moderna «cadena de
montaje» (figura 13).
Figura 13. Modelo en mosaico de reacción multienzimática. El sustrato S, se
transforma a través de sucesivas modificaciones en producto P por la acción de
las enzimas «prisioneras».
El conjunto de la transformación química se
desarrolla en dos fases elementales sucesivas, cada una de ellas catalizada por
una enzima específica. El compuesto inicial discurre de izquierda a derecha en
el diagrama y, en cada membrana, una enzima «prisionera» cumple una tarea
específica con la sustancia para hacerla pasar después al siguiente estado[178]. ¡Es
evidente que semejante organización no es consecuencia de una evolución hacia
el desorden molecular! El orden biológico es arquitectónico y funcional y,
además, a nivel celular y supracelular, se manifiesta por una serie de
estructuras y funciones acopladas de creciente complejidad y de carácter
jerárquico. Esta noción es contraria al concepto de evolución descrita en los
sistemas aislados y cerrados de la termodinámica. ¿Tendremos, pues, que
concluir, como hizo Callois, que «Clausius y Darwin no pueden tener razón a la
vez», o introducir, siguiendo a Spencer un nuevo principio de la naturaleza
como la «inestabilidad de lo homogéneo» o «una fuerza diferenciadora, creadora
de organización»?
Mientras subsistan estas dificultades, los procesos «vitales» quedan en cierto
sentido «expulsados de la naturaleza» y de las leyes físicas. En consecuencia,
se ve uno tentado a atribuir carácter accidental a los organismos vivientes y a
imaginar el origen de la vida como consecuencia de algún acontecimiento
altamente improbable, tal como la formación «espontánea» del DNA.
En efecto, la dinámica clásica establece una clara distinción entre
«acontecimientos y regularidades». Las leyes de la dinámica tratan de la
regularidad entre acontecimientos, pero no de los propios acontecimientos. Los
acontecimientos son las condiciones iniciales sobre las que nada afirma la
dinámica clásica. Podemos, a lo sumo, recurrir a la interpretación
probabilística de Boltzmann de la segunda ley de la termodinámica y atribuir de
este modo una probabilidad a cada condición inicial posible. Una vez conocida
esta condición inicial, la física prevé un proceso irreversible que conduce al
sistema hasta su estado más probable.
La vida, considerada como un resultado de condiciones iniciales «improbables»,
es, según nuestra perspectiva, compatible con las leyes físicas (¡las
condiciones iniciales son arbitrarias!), pero no se deduce de las leyes de la
física (que no prevén las condiciones iniciales). Éste es el criterio que
sostiene, por ejemplo, Monod en su conocida obra El azar y la necesidad .[179] Además,
el mantenimiento de la vida correspondería, según esta visión, a una lucha
constante de un ejército de diablillos de Maxwell enfrentándose a las leyes de
la física para conservar las condiciones altamente improbables que permiten su
existencia.
Nuestro punto de vista es totalmente distinto, en el sentido de que los
procesos vitales, lejos de funcionar al margen de la naturaleza, siguen, por el
contrario, las leyes de la física adaptadas a interacciones no lineales
específicas y a condiciones que distan mucho del equilibrio. Estas
características específicas pueden permitir el flujo de energía y materia
necesario para construir y mantener el orden funcional y estructural.
Existe una notable diferencia entre la composición química de la célula más
simple y la de su entorno. Recordemos que el promedio del peso molecular de una
proteína es de ∼ 10[5], mientras que el del agua es de
¡18! En cierto sentido la situación se parece a la de un visitante de otro
mundo que se encuentra con una vivienda del suburbio y trata de entender su
origen. Desde luego, la casa no está en contradicción con las leyes de la
mecánica, pues, sino, se habría hundido. Pero esto es lo de menos; lo que
interesa es la tecnología utilizada por sus constructores, los materiales empleados,
las necesidades de los habitantes, su sentido estético, etc. No se puede
entender la casa al margen de la cultura que la ha producido. Además, la casa
es un sistema abierto y sería incomprensible como fenómeno aislado. El mismo
principio es válido para biomoléculas como las proteínas y los ácidos
nucleicos. Su arquitectura se ajusta estrictamente a las leyes de la química
física. Pero aún es preciso entender la estructura del entorno en que se forman
las proteínas. En otras palabras, creemos que debe entenderse la estructura
biológica y social como fenómenos que resultan influenciados por, y que a la
vez actúan sobre el entorno, y como fenómenos que se producen espontáneamente
en sistemas abiertos mantenidos en condiciones muy distintas del equilibrio.
Estructuras disipativas
La principal conclusión de las anteriores consideraciones es que la
organización biológica y social implica un nuevo tipo de estructura de origen
distinto, y que requiere una explicación distinta a la de las estructuras de
equilibrio como los cristales. Una característica común a las estructuras
sociales y biológicas es que nacen en sistemas abiertos y que su organización
depende fundamentalmente del intercambio de materia y energía con el medio
ambiente. Sin embargo, el requisito de sistema abierto no es condición
suficiente para garantizar la aparición de tal estructura. Como vamos a ver,
esto sólo es posible si el sistema se mantiene «muy lejos del equilibrio» y si
existen ciertos tipos de mecanismos «no lineales» que actúen entre los
distintos elementos del sistema.
Un sistema abierto puede existir en tres regímenes distintos. Está, primero, el
sistema de equilibrio termodinámico, en el que flujos y corrientes han
eliminado diferencias de temperatura o de concentración; la entropía ha
alcanzado un nuevo y mayor valor, se ha alcanzado la uniformidad. Para los
sistemas aislados, se trata del estado de máximo desorden molecular, entropía
máxima, y el estado de equilibrio está regido en tales sistemas por el
principio de orden de Boltzmann. El segundo régimen posible difiere poco del
estado de equilibrio, pero en él las pequeñas diferencias de temperatura o de
concentración se mantienen dentro del sistema para que permanezca en un ligero
desequilibrio. Si la perturbación del equilibrio es lo bastante pequeña,
podemos analizar el sistema añadiendo únicamente una leve corrección al estado
de equilibrio, y por ello denominaremos tal situación «estado lineal de no
equilibrio». Sin embargo, puede demostrarse en este caso que el sistema se mueve
lo más cerca posible del estado de máximo desorden molecular y que es imposible
la aparición de una nueva estructura u organización.
La situación es muy distinta en el tercer régimen posible, que es el resultante
de unas ligaduras exteriores mantenidas en unos valores tales que obligan al
sistema a alcanzar un estado lejos del equilibrio. Es en estas condiciones
cuando pueden aparecer espontáneamente nuevas estructuras y tipos de
organización que se denominan «estructuras disipativas».
La otra característica básica necesaria para que aparezcan las estructuras
disipativas es la existencia de ciertos tipos de mecanismos de interacción no
lineal que actúen entre los elementos del sistema. Por ejemplo, las ecuaciones
hidrodinámicas que describen el comportamiento de un fluido, sujeto a
gradientes de temperatura, presentan esta no linearidad. Un notable ejemplo de
estructura disipativa es el de un recipiente con líquido calentado
uniformemente por la parte inferior. Cuando está moderadamente caliente, el
líquido se encuentra en el segundo régimen de inestabilidad no lineal, y el
calor pasa a través del líquido por conducción. Conforme se intensifica el
calor, y a un determinado gradiente de temperatura bien definido, comienzan a
aparecer espontáneamente células de convección. Como se ve en la figura 14, las
células son muy regulares. Esto corresponde a un alto nivel de organización
molecular en el que la energía se transfiere desde la agitación térmica a
corrientes de convección macroscópicas.
Figura 14. Patrón de células de convección, vistas desde arriba en un
líquido calentado por abajo. (Convección de Bénard)
Este fenómeno tendría, según el principio de orden
de Boltzmann, una probabilidad casi cero, y éste no serviría evidentemente para
describir semejante fenómeno. Podemos imaginar que siempre hay pequeñas
corrientes de convección que surgen como fluctuaciones a partir del estado
promedio, pero estas fluctuaciones se amortiguan y desaparecen por debajo de un
determinado valor crítico del gradiente de temperatura. Por el contrario, por
encima de un determinado valor crítico, ciertas fluctuaciones se amplifican y
dan origen a una corriente macroscópica. Se establece así un nuevo orden
molecular que corresponde básicamente a una fluctuación gigante, estabilizada
por intercambios de energía con el mundo externo. Éste es el orden
caracterizado por la ocurrencia de estructuras disipativas. Al contrario que
las estructuras estables, las estructuras disipativas pueden tener un
comportamiento coherente que implique la cooperación de un gran número de
unidades.
Si volvemos a las reacciones químicas, observamos una gama aún más amplia de
estructuras disipativas. Intentemos ver por qué. Consideremos una reacción
química simple:
A + X → B +
Y (10)
Esta ecuación establece que, si una molécula A
entra en colisión con una molécula X, pueden reaccionar para formar las
moléculas Y y B (figura 15).
Figura 15. Modelo de reacción química.
La cinética química describe el modo en que las
concentraciones de diversos componentes cambian como consecuencia de reacciones
químicas. Por ejemplo, en la reacción (10), vemos que las moléculas X y A
desaparecen a la misma velocidad que aparecen las moléculas Y y B. Esta
velocidad es proporcional a la frecuencia con que se producen las colisiones
entre X y A. Si suponemos que esta frecuencia es proporcional a las
concentraciones de las clases X y A, tenemos que:
en la que X, Y y B representan las concentraciones
de las distintas clases de moléculas y k la constante de velocidad química. Se
entiende que la colisión inversa es posible:
Y + B → X +
A (12)
y, si denominamos k + a la
constante química para la reacción (10) y k − a la
de la reacción inversa, tendremos:
Ahora bien, en un sistema químico aislado, en el
que no exista ningún flujo de materia, la ecuación (13) sólo nos dará valores
estables para X, Y, A y B mediante la relación
en la que la velocidad global de la primera
reacción es igual a la velocidad de la reacción inversa. La ecuación (14)
expresa la ley de la acción de masas anteriormente mencionada. Sin embargo,
este sistema puede llevarse arbitrariamente muy lejos de este estado de
equilibrio químico, ajustando la velocidad al añadir simplemente, por ejemplo,
las moléculas X o A, o al omitir las Y o B. La cinética química deriva de las
colisiones entre moléculas. Por lo tanto, de ello se siguen los innumerables
modos en que pueden surgir las ecuaciones cinéticas no lineales. En
consecuencia, puede desarrollarse un sinnúmero de posibles estructuras
disipativas. Consideremos, por ejemplo, la acción de un catalizador. Puede
tratarse de una sustancia que acelere una determinada reacción química. La
figura 16 representa esquemáticamente un ejemplo.
Figura 16. Modelo de reacción química catalítica.
En algunos casos, se habla de reacciones «auto
catalíticas», por tratarse de situaciones en que una molécula cataliza la
reacción en la que ella misma se produce. Por ejemplo, el esquema de reacción
X + Y → 2X
corresponde a la producción de 2 moléculas X a
partir de una molécula X y de una Y. En este caso, la ecuación de la velocidad
química es
dX/dt = kXY
En este caso especial, si mantenemos Y en
concentración constante, obtenemos la conocida ecuación que describe el aumento
exponencial de X. Cuando una sustancia X, pongamos por caso, produce otra Y
que, a su vez, produce X, tenemos lo que se denomina «catálisis cruzada». Es el
caso del esquema cinético siguiente, tan estudiado en los últimos años:[180]
en el que X e Y son ahora moléculas intermedias de
la reacción global en la que las clases A y B se convierten en D y E. Este
esquema corresponde entonces a la llamada catálisis cruzada.
Un importante resultado general de la termodinámica del no equilibrio radica en
que las estructuras disipativas en los sistemas químicos sólo se producen si
existen etapas catalíticas. La importancia de esta observación se deriva del
hecho de que, en prácticamente todas las reacciones bioquímicas, así como en
los fenómenos sociales, se presentan estas fases. Volveremos a ello más
adelante. Consideremos en primer lugar el tipo de estructuras disipativas que
se producen como consecuencia del esquema (15). Tendremos en cuenta la simple
situación límite en la que se prescinde de las reacciones inversas (15), esto
es:
Un ejemplo de estructura disipativa corresponde a
la aparición de inhomogeneidades espaciales. Para estudiar esta situación,
imaginemos que la reacción se produce en dos compartimentos contiguos entre los
que se lleva a cabo la difusión de X e Y[181] (Figura
17).
Figura 17. Modelo de dos compartimentos.
Para el compartimento 1, tenemos las siguientes
ecuaciones cinéticas:
y para el compartimento 2:
donde el término Dx(X2 −
X,) nos da la cantidad de X que fluye hacia, o desde, el compartimento 1,
resultante de la diferencia de concentración entre X, y X2. Una
posible solución estacionaria (situación en la que X,, X2, Y, e Y2no
cambian con el tiempo) es, como puede fácilmente verificarse:
X1 = X2 = A; Y1 =
Y2 =
B/A (16c)
Hemos demostrado que el sistema adopta este estado
en la región I de la figura 18a. En las regiones II, III y V, las
concentraciones oscilan en el tiempo. Finalmente, en la región IV, el sistema
tiende a un estado estacionario en el que X1 ≠ X2 e
Y1 ≠ Y2. Analicemos más detalladamente la situación
en esta región (figura 18b).
Figura 18. Comportamiento del modelo de dos compartimentos: a) Diagrama de
fase. b) Efecto de la perturbación correspondiente a la región IV.
Empecemos por el estado homogéneo X1 =
X2; Y1 = Y2. Luego, una perturbación en Y2hace
que la velocidad de producción de X2 aumente debido al paso
(c), ecuación (15’). Dadas las condiciones en la región IV, esta tendencia no
puede ser contrarrestada por el efecto «nivelador» de la difusión entre los
compartimentos 1 y 2, y el sistema evoluciona hacia un nuevo estado que
presenta una condición de equilibrio dinámico entre las distintas velocidades
de producción en los dos dominios, y la «ecualización» fluye entre los
compartimentos. De este modo, el sistema reacciona a las pequeñas fluctuaciones
internas de los valores X e Y, adoptando una distribución final no homogénea
que, como puede verse, no es susceptible de ulterior modificación por efecto de
pequeñas alteraciones de X e Y. La evolución en el tiempo de las diversas
concentraciones se muestra gráficamente en la figura 18b. La pequeña
fluctuación inicial en Y2 induce una progresiva amplificación.
En un sistema real, en vez de darse en dos compartimentos separados, los
efectos se producen en tres dimensiones y las concentraciones varían
continuamente a través del sistema, en lugar de adoptar simplemente dos valores
distintos. El tratamiento matemático es más complejo y no vamos a exponerlo
aquí. Describiremos simplemente algunas de las posibles organizaciones y
estructuras que pueden originarse de las ecuaciones (15), teniendo en cuenta el
efecto de difusión. Con ello, obtenemos las siguientes ecuaciones
diferenciales:
en donde D es el coeficiente de difusión. Hemos
supuesto que, en este caso, la difusión tiene lugar en una sola
dimensión, r. Estas ecuaciones admiten siempre la solución
estacionaria:
X = A, Y =
B/A (18)
correspondientes a la uniformidad a través del
sistema. Sin embargo, para una gama de valores de las cantidades A, B, con el
coeficiente de difusión D, ésta no es la solución estable adoptada por el
sistema.
1. Son varios los casos posibles: Si los coeficientes
de difusión son muy grandes, el sistema permanece homogéneo, aunque puede
cambiar del estado estacionario constante a una oscilación sostenida de las
concentraciones X e Y[182].Esta clase
de comportamiento se conoce como «ciclo límite» y se ilustra en la figura 19.
Figura 19. Oscilaciones estacionarias estables de los intermedios x e y.
Independientemente del estado inicial, el sistema
tiende a una sola solución periódica bien definida, impuesta por las ligaduras
exteriores. En este caso, obtenemos lo que podríamos perfectamente denominar un
reloj químico.
2. Si la difusión no es lo bastante alta, el sistema
no mantiene la homogeneidad y adopta una organización espacio-temporal
correspondiente a la propagación de ondas de concentración u ondas químicas
estacionarias (figura 20)[183].
Figura 20. Propagación repetida de las ondas de concentración según la
secuencia de acontecimientos 1-8.
3. Una tercera posibilidad es la aparición de un nuevo
estado estacionario en el que X e Y se distribuyen de forma no homogénea. En la
figura 21, ilustramos una distribución no homogénea de X en función del
espacio.
Figura 21. Distribución no homogénea del intermedio X.
Un aspecto muy interesante de una solución de este
tipo es la posibilidad de que genere espontáneamente polaridad en un sistema
que hasta este momento era uniforme. Esta observación es de gran importancia,
por ejemplo, para entender la morfogénesis —la aparición de forma— durante el
desarrollo del embrión a partir del huevo inicialmente homogéneo. Cuando el
estado uniforme estacionario se hace inestable, la «polaridad» que adopta el
sistema depende de la perturbación que se produzca dentro del mismo.
4. De este modelo químico pueden derivarse estructuras
localizadas, si se tiene en cuenta que las sustancias iniciales A y B, ver
ecuación (15’), deben en realidad difundirse a través del sistema. La
distribución espacial de estas sustancias dentro del sistema se convierte en no
uniforme, aunque sus valores en los límites se mantengan constantes en el
tiempo y uniformes más allá de estos límites.
En la figura 22, se muestra el tipo de estructura
disipativa estacionaria que puede obtenerse en tales condiciones, al
sobrepasarse un punto crítico de inestabilidad. La organización espacial en
este caso se limita a una pequeña región fuera de la cual la distribución
corresponde a la denominada «rama termodinámica» (es decir, que es válida para
pequeñas perturbaciones lineales del estado de equilibrio).
Figura 22. Una estructura disipativa que posee su propia escala de longitud
característica.
Por lo tanto, las estructuras disipativas aparecen
como una «totalidad» con dimensiones impuestas por sus propios mecanismos
latentes. Y, a la inversa, las dimensiones del sistema desempeñan un papel
fundamental en la formación de las estructuras disipativas. Un sistema lo
bastante pequeño siempre estará dominado por las condiciones de sus límites
—las condiciones impuestas por las paredes del recipiente. Para que la «no
linealidad» pueda optar entre varias soluciones posibles, es necesario rebasar
ciertas dimensiones espaciales críticas. Sólo entonces el sistema adquiere un
grado de autonomía respecto al mundo externo. Los sencillos ejemplos que hemos
citado no agotan, naturalmente, la gran variedad de comportamientos de las
estructuras disipativas. Hay que señalar que los ejemplos se referían a
situaciones unidimensionales. Naturalmente, la riqueza de estructuras aumenta
notablemente si pasamos a situaciones bi o tridimensionales.
En todos los casos, las estructuras disipativas se caracterizan por un comportamiento
coherente a nivel supra molecular. Este comportamiento coherente puede
manifestarse por la aparición de una periodicidad temporal, como sucede en el
reloj químico o en las longitudes características de la situación ilustrada en
la figura 22. En ambos casos, el tiempo (o la longitud) característico, es
grande en relación con los tiempos (o dimensiones) moleculares. Pueden
corresponder típicamente a la fracción de un segundo o a un milímetro, mientras
que los tiempos y dimensiones moleculares característicos son del orden de 10−13 segundos
y 10−7cm.
Estudiando éste y otros modelos químicos, los matemáticos han podido describir
el comportamiento de las estructuras disipativas que se desarrollan, y explorar
sus propiedades. Conforme el sistema es conducido fuera de la situación de
equilibrio, una solución simple puede ramificarse en varias soluciones posibles
y cada una de éstas, a su vez, ramificarse también, apartándose aún más de la
situación de equilibrio. Este tipo de comportamiento se describe en matemáticas
como «bifurcaciones» o «catástrofes», y también se ha denominado «matemáticas
del caos».[184] En el
siguiente apartado, discutiremos el mecanismo a través del cual el sistema
abandona una rama para desplazarse hacia otra.
Algunas veces, se ha aducido que la biología y la física son irreconciliables
por la «imposibilidad», en base a las leyes físicas, de deducir una estructura
macroscópica con características y dimensiones propias y cierta autonomía con
respecto al mundo externo. Un cristal, por ejemplo, no posee ni dimensiones
características ni autonomía en este sentido. La biología, por el contrario,
parece abundar en entidades de dimensiones bien definidas que muestran
capacidad de elección de comportamiento. Nuestro modelo químico sencillo puede
facilitamos una versión rudimentaria de tales características biológicas.
Actualmente se conocen ejemplos de estructuras disipativas tanto en química
como en física. La llamada reacción de Belousov-Zhabotinski[185] reúne
todas las características que hemos señalado. Recientemente se han investigado
otras muchas reacciones fluctuantes que actúan a modo de relojes químicos. En
física, la producción de intensos rayos luminosos coherentes, como en el caso
de los rayos láser, nos facilita otro caso espectacular de estructura
disipativa.[186] Sin
embargo, no analizaremos una organización de este cariz en física y química,
puesto que lo que aquí interesa es examinarla en sus implicaciones biológicas y
sociales.
Por lo tanto, consideremos el vínculo entre los modelos simples que hemos
mencionado, por una parte, y las estructuras y funciones biológicas, por otra.
En otras palabras, examinemos de qué modo las estructuras disipativas pueden
intervenir en los sistemas vivientes.
Si examinamos las reacciones fundamentales que se producen en las células
vivas, hallamos sofisticados mecanismos de control que garantizan la
intervención de reacciones químicas vitales, a la velocidad adecuada y en el
momento oportuno. Un tipo de control impide, por ejemplo, la producción
excesiva de moléculas ricas en energía como el ATP (trifosfato de adenosina).
Esto se lleva a cabo a través de un control de la tasa de determinada reacción
específica. Una de las cadenas bioquímicas mejor estudiadas desde este punto de
vista es la glucólisis, proceso de gran importancia en el balance energético de
las células vivas. Los experimentos demuestran que las concentraciones de las
sustancias químicas que intervienen en la reacción, presentan oscilaciones
temporales sostenidas, de períodos y amplitudes perfectamente reproducibles[187]. Podemos
construir un modelo matemático, basado en los datos sobre las fases de
reacción, y los anteriores resultados experimentales pueden identificarse con
oscilaciones del tipo de ciclo límite que se produce cuando el estado
estacionario uniforme ya no puede mantenerse. En otras palabras, la glucólisis
es una estructura disipativa temporal[188].
Un segundo tipo de mecanismo de control en las células vivientes afecta a la
tasa de síntesis de las distintas moléculas proteicas dentro de la célula.
Jacob y Monod han propuesto varios modelos ingeniosos al respecto: o los
productos de la acción metabólica de las enzimas actúan sobre el material
genético inhibiendo la síntesis, o los metabolitos iniciales, añadidos al
medio, actúan activando parte del material genético.[189] También
en este caso pueden construirse modelos matemáticos que demuestran que los
regímenes de activación y de inactivación corresponden a dos ramas distintas de
la solución y que, como explicaremos más adelante, están separados por una
estabilidad.
Cierto número de otro tipo de procesos biológicos vitales se fundamentan en la
capacidad de ciertas membranas celulares para pasar bruscamente de un estado de
baja permeabilidad iónica a un estado de excitación de alta permeabilidad. El
primero es un estado polarizado, originado en el mantenimiento de distintas
densidades de carga iónica a ambos lados de la membrana. En el estado excitado,
la despolarización se produce casi instantáneamente. Esto puede interpretarse
también como un cambio abrupto de la solución de las ecuaciones cinéticas de
una rama a la otra, como consecuencia de que el sistema ha sido llevado lejos
del estado de equilibrio por efecto de la densidad de carga.[190]
Una observación importante, al considerar el papel de las estructuras
disipativas en biología y sociología, radica en que las ecuaciones que rigen el
crecimiento, el declive y la interacción de las poblaciones biológicas y de los
sistemas sociales son muy análogas a las de la cinética química. Las ecuaciones
del crecimiento y de la decadencia de un ecosistema, habitado por una población
de una especie depredadora Y y por su presa de la especie X, pueden servimos
como ejemplo. El modelo clásico que vamos a presentar es el asociado a los
nombres de Volterra y Lotka.[191] Supongamos
que la población de presas se multiplica con una tasa constante por individuo,
en ausencia de depredadores, expresada matemáticamente según la fórmula:
dX/dt =
kX (19)
Esta ecuación corresponde a la reacción auto
catalítica A + X → 2X que mencionábamos antes. Podemos representamos A como la
reserva alimenticia de la presa X. Sin embargo, tenemos que tener en cuenta
también el factor de que la población de presas X va disminuyendo según el
número que de ellas capturan los depredadores por unidad de tiempo. Podemos
suponer que es proporcional a la densidad de depredadores multiplicada por la
de las presas, y que es similar a la probabilidad de la reacción X + Y → 2Y. Como
resultado de ambos procesos, tendremos para las presas la siguiente ecuación:
dX/dt = kX -
SXY (20)
Por otra parte, el depredador tiene una tasa de
mortalidad individual D por unidad de tiempo, pero su población aumenta por
efecto de las capturas de presas. Si volvemos a tener en cuenta los dos
procesos anteriores, tendremos:
dY/dt = -DY +
S'XY (21)
La gran semejanza con los sistemas químicos nos
lleva a preguntamos si, a este nivel de descripción de las poblaciones
biológicas, pueden producirse estructuras disipativas que originen una
autoorganización similar a la que hemos visto en las reacciones químicas.
La respuesta es afirmativa y, hasta la fecha, se han analizado varios ejemplos.
Ciertos organismos unicelulares existen en dos formas de organización: como
individuos aislados o como agregados, en los que se observa una modalidad de
diferenciación celular. Los ejemplos mejor estudiados corresponden a los
acrasiomicetes. Su agregación está controlada por el APM cíclico (adenosina
mono fosfato), secretado por las propias células. El inicio de la agregación
puede explicarse considerando que tiene lugar cuando la atracción química del
AMP cíclico vence al movimiento aleatorio de difusión de la ameba.[192] La
uniformidad de la distribución espacial de la ameba en este momento se hace
inestable, y todas las amebas se mueven con mayor proximidad unas de otras,
formando un agregado centrado en el punto en el que se produjo la primera
fluctuación de densidad. Este fenómeno, por el que una sustancia química,
liberada en el sistema, atrae o repele a una población celular o de organismos,
se denomina quimiotaxis.
Si ascendemos aún más en la escala de complejidad biológica, llegamos a los
insectos sociales. Entre los insectos, la organización social alcanza su máxima
complejidad en los himenópteros y en las termitas, especies en las que la
supervivencia individual es prácticamente imposible fuera del grupo. La
regulación por castas, construcción del hormiguero, formación de itinerarios,
transporte de materiales o de presas, son otros tantos aspectos de la
organización por la que se rige la colonia. Recientemente, se han estudiado dos
de estos aspectos según las técnicas matemáticas expuestas anteriormente. Por
ejemplo, la formación de itinerarios en el caso de las hormigas soldado, en la
que puede observarse el movimiento colectivo de varios miles de individuos y en
la que aparece una estructura macroscópica de rutas con características
específicas a cada especie[193] (figura
23)
Figura 23. Dos formas características de las rutas que trazan distintas
especies de hormigas (según E. O. Wilson).
También aquí hay un elemento «catalítico» que es la
producción por parte de los individuos de «feromonas» o sustancias químicas de
atracción. Un modelo matemático simple nos muestra que, por encima de una
determinada densidad de hormigas, la solución correspondiente a su distribución
uniforme en el espacio se hace inestable, y la colonia adopta un estado
estacionario no homogéneo y anisótropo con dependencia angular, cuya estructura
ramificada depende de propiedades individuales concretas y que, por lo tanto,
es específico de cada especie[194].
Podemos analizar de igual modo los problemas relativos a la construcción del
hormiguero de las termitas, que se realiza en dos fases.[195] Primero,
hay una fase descoordinada, caracterizada por una deposición aleatoria del
material constructivo. Pero, cuando casualmente uno de estos depósitos se hace
excesivamente grande, comienza la segunda fase. Las termitas depositan material
preferentemente en el depósito correspondiente a esta fluctuación y elevarán
una columna o un muro, según la disposición inicial del depósito. Si se aíslan
estas unidades, la construcción se detiene, pero, si están próximas, se forma
un arco. De nuevo, con un modelo matemático simple, podemos explicar el modo de
aparición de las estructuras en función de una simple sustancia química de
atracción que las termitas mezclan con el material de construcción.[196] Cuando
la densidad del material depositado alcanza un determinado valor, la
distribución uniforme deja de ser una solución estable de las ecuaciones que
rigen la densidad de material de construcción y de atractor químico. Se
producen estructuras espaciales y, aunque el análisis diste mucho de prever
ninguno de los minuciosos detalles de un hormiguero de termitas concreto, nos
facilita una explicación sencilla y muy plausible sobre el origen de la
estructura constructiva de los hormigueros de esta especie de insectos.
La característica común de todos estos ejemplos es que el sistema está formado
por numerosas subunidades en interacción, y que los sistemas se hallan abiertos
a un flujo de materia y energía. La no linealidad de los mecanismos de
interacción, en determinadas condiciones, da lugar a la formación espontánea de
estructuras coherentes.
4. Orden por fluctuaciones
Para analizar más a fondo los mecanismos de la autoorganización, hemos de
introducir el concepto de estabilidad.
Un ejemplo trivial nos lo facilita un bloque triangular que descanse sobre una
mesa. Si lo colocamos sobre uno de sus lados, como si fuera la base, obtenemos
un estado estable, ya que, si lo desplazamos ligeramente, el triángulo regresa
a su estado original. Si, por el contrario, intentamos que el bloque se
equilibre sobre una punta, aunque teóricamente es un estado de equilibrio
posible, la mínima perturbación hace que el triángulo pase de su estado inicial
a otro estable, es decir que descanse sobre uno de sus lados (figura 24).
Figura 24. Un bloque, inicialmente en estado estacionario inestable (a),
evoluciona (b) hacia uno estable (c).
Pasemos ahora a los sistemas que hemos discutido,
que están formados por un sinnúmero de subunidades; en ellos, cualquier estado
experimenta siempre pequeñas perturbaciones locales debidas al movimiento
aleatorio de las subunidades. Por ello, existe una constante búsqueda de
estabilidad en un estado determinado y, por lo tanto, la persistencia de
cualquier estado supone su estabilidad. El mecanismo molecular para verificar
la inestabilidad son las fluctuaciones.
En los sistemas químicos en equilibrio, por ejemplo, el origen de las
fluctuaciones locales de las concentraciones es el movimiento molecular. Sin
embargo, como hemos señalado, en un estado cercano al equilibrio, el sistema se
desplaza hacia el estado de mínima energía libre, hecho que garantiza la
estabilidad de este estado. Cualquier pequeña fluctuación queda contrarrestada
por una respuesta del sistema que le hace regresar al estado de mínima energía
libre.
Analicemos el efecto que ejercen las pequeñas perturbaciones sobre un estado de
referencia determinado. Como consecuencia de la suposición de pequeñas
perturbaciones, las ecuaciones explicativas del cambio pueden linearizarse.
Estas ecuaciones lineales admiten soluciones exponenciales
eωτ (22)
donde ω es una «frecuencia» que puede ser compleja,
por ejemplo, ω = ω1 − i×ω2. Si tenemos m unidades
interactuando, obtenemos m valores de ω que son las raíces de otra ecuación de
orden mmo (la denominada ecuación «secular»), Se produce
estabilidad si las partes reales de las m raíces son todas negativas o se
anulan. La solución exponencial derivada de la perturbación (22) desaparece con
el tiempo o, cuando menos, no aumenta. Al contrario, si una de las raíces posee
una parte real positiva, la perturbación eωτ se amplifica. Es
el tipo de situación predominante al producirse las primeras estructuras
disipativas.
Consideremos un ejemplo simple para ilustrar el problema de la estabilidad.
Supongamos que x satisface la ecuación diferencial
dx/dt = ax - bx 2
(23)
donde a y b son números reales. Hay dos estados
estacionarios:
Para pequeñas perturbaciones en uno de estos
estados estacionarios, obtenemos una solución exponencial en la forma de (22),
en la que la frecuencia viene dada por
ω = a − 2bx0 (25)
Por esta relación vemos que la estabilidad del
estado x0 = 0 depende del signo de a. Es estable cuando es
positivo, e inestable cuando es negativo. Por el contrario, el estado x0 =
a/b nos lleva a ω = −a. Por lo tanto, es estable para a > 0 e inestable para
a < 0. Puede originarse una estructura disipativa en el estado en que la
estabilidad se convierte en inestabilidad. En nuestro ejemplo, esto sucedería
cuando a = 0.
Hemos hecho ya hincapié en la estrecha relación entre estabilidad y
fluctuaciones. Una estructura disipativa puede, efectivamente, considerarse
como una fluctuación gigante estabilizada por intercambios de materia y
energía.
Este mecanismo contrasta con el principio de orden de Boltzmann que rige en el
equilibrio. En este caso, es la situación correspondiente al máximo número de
configuraciones moleculares la que determina las características macroscópicas.
Por el contrario, el orden macroscópico, que se origina tras una inestabilidad,
está determinado por la fluctuación de más rápido desarrollo. Por lo tanto,
este nuevo tipo de orden puede denominarse «orden por fluctuaciones». Vamos a
ilustrar estas condiciones con los ejemplos anteriores. En el caso del esquema
(15’), correspondiente al modelo de los dos compartimentos, vemos en la figura
18 cómo una pequeña fluctuación conduce el sistema a un estado completamente
nuevo con distintas concentraciones de las clases X e Y en los dos
compartimentos. Sin embargo, es necesaria una gran perturbación para cambiar
este nuevo estado, que es estable ante pequeñas fluctuaciones. Por lo tanto,
este sistema registra las pequeñas fluctuaciones que se produjeron
anteriormente y presenta ciertas características que se asemejan a una memoria
rudimentaria. De hecho, Thomas y sus colaboradores[197] han
observado un comportamiento de este tipo en reacciones químicas «reales».
En todos estos ejemplos biológicos anteriormente citados, desde las
oscilaciones glucolíticas hasta la construcción del termitero, el mecanismo de
autoorganización es el «orden por fluctuaciones», por el que un estado uniforme
diferenciado se desestabiliza en pequeñas desviaciones de la uniformidad.
La evolución de cada sistema se desglosa en dos fases. Primero, el régimen
existente entre las inestabilidades, que es determinante en el sentido de que
ecuaciones, tales como las de cinética química o de dinámica de población,
determinan el proceso de las variables del sistema. Sin embargo, la segunda
fase es el comportamiento del sistema próximo a la inestabilidad. Se trata de
un fenómeno «estocástico», o «al azar», ya que la evolución del sistema está
determinada por la primera fluctuación que se produzca y que conduzca el
sistema a un nuevo estado estable.
El comportamiento puede resumirse en el siguiente esquema:
Recurriendo al lenguaje sociológico, la función
puede considerarse como la «micro estructura» del sistema, mientras que la
organización a gran escala espacial o espacio-temporal corresponde a la «macro
estructura». Una fluctuación origina una modificación local de la micro
estructura que, si los mecanismos reguladores resultan inadecuados, modifica la
macro estructura. Esto, a su vez, determina el «espectro» de posibles
fluctuaciones futuras. Por lo tanto, tenemos en ello la expresión natural de la
idea de que las sociedades funcionan como una máquina, refiriéndonos a los
períodos deterministas entre las inestabilidades, y que la sociedad está regida
por «acontecimientos críticos» (por ejemplo, «grandes hombres»), que se
producen en momentos de inestabilidad. Lejos de contraponer «azar» y
«necesidad», consideramos que ambos aspectos son esenciales en la descripción
de sistemas no lineales inestables.
Sólo en los últimos años se ha iniciado un estudio cuantitativo de las
fluctuaciones que se originan en estos sistemas, y los resultados son muy
interesantes y sorprendentes. Para entender estos nuevos aspectos de la teoría
de la fluctuación, vamos a considerar otra vez un ejemplo simple como
A ⇆ X ⇆
F (26)
De acuerdo con los esquemas anteriores, la ecuación
química para X es (véase tercer apartado):
dX/dt = A + F -
2X (27)
en la que todas las constantes químicas de tasa
cinética están igualadas con la unidad.
Hay que tener en cuenta que estas ecuaciones sólo son válidas como promedio .
En cada elemento de volumen, el número de colisiones fluctúa del mismo modo que
fluctúa el número de partículas A y X. Para incluir el efecto de las
fluctuaciones, hay que ir más allá de las ecuaciones químicas, por ejemplo, la
ecuación (27), y estudiar la distribución de probabilidad del número de
partículas del tipo X. Denominaremos esta función de distribución P(X). En este
caso simple, podemos demostrar que la distribución del estado estacionario está
representada por una distribución de Poisson:
donde <X> es el número promedio de moléculas
X, obtenido por la ecuación química (27) en el estado estacionario
La distribución de Poisson aparece en muchos
problemas de la física, de la química y de la investigación operativa. Puede
aplicarse, por ejemplo, al número de llamadas telefónicas independientes que se
producen en un intervalo de tiempo determinado. Sus propiedades son bien
conocidas. Por ejemplo, en una distribución de Poisson, la desviación
cuadrática media del valor medio
<δ X2> = <(X − <X>)2>
es igual a la media, es decir,
<δ X2> =
<X> (30)
Podemos subrayar algunas consecuencias importantes
de este resultado:
1. La desviación cuadrática media no introduce
parámetro nuevo alguno, puesto que es idéntica al promedio macroscópico X;
2. Las fluctuaciones son pequeñas en los grandes
sistemas, puesto que la fluctuación cuadrática media viene dada por
Para los sistemas grandes, podemos despreciar el
segundo término de la ecuación. Éste es uno de los aspectos de la famosa ley de
los grandes números.
La distribución de Poisson implica una ley universal de las fluctuaciones,
puesto que es aplicable tanto a fluctuaciones grandes como pequeñas. Si
introducimos la concentración x = X/V, siendo V el volumen, el primer término
de la ecuación (31) se hace proporcional a 1/√V. La distribución de Poisson es
de suma importancia en cinética química por ser aplicable a todas las
situaciones estables, o casi estables, independientemente de la complejidad del
esquema de reacción química.
¿Qué sucede, entonces, con las situaciones inestables en las que pueden
originarse estructuras disipativas? Cabe esperar que no se verifiquen en ellas
las características que hemos puesto de relieve. Las fluctuaciones, en lugar de
estar determinadas por el estado macroscópico, pueden llevar en este caso el
promedio a un nuevo valor, siempre que el estado estacionario se desestabilice.
En este sentido, la ley de los grandes números debe violarse. Además, la
magnitud de las fluctuaciones es fundamental en este caso. La distribución de
probabilidad es notablemente distinta para fluctuaciones pequeñas y grandes. La
situación es muy similar a la que se da en la teoría clásica de la nucleación
de una gota líquida en un vapor sobresaturado. Por debajo de un volumen crítico
(denominado dimensión «embrionaria»), una gota es inestable, mientras que, por
encima de este volumen, aumenta y transforma el vapor en líquido (figura 25).
Figura 25. Nucleación de una gota líquida en vapor sobresaturado. (a) Gota
por debajo de la dimensión crítica. (b) Gota por encima de la dimensión
crítica.
Este efecto de nucleación se da también en la
formación de cualquier estructura disipativa. Su aparición puede atribuirse a
dos efectos antagónicos. Consideremos una fluctuación en el elemento de volumen
ΔV (figura 26). La inestabilidad interna en ΔV tiende a amplificar la
fluctuación. Sin embargo, también hay que tener en cuenta el efecto del amplio
medio externo en el que las fluctuaciones pueden despreciarse .
Por lo tanto, el mundo externo actúa como un campo medio que tiende a
amortiguar la fluctuación a través de las interacciones que se producen en los
límites de la región fluctuante. Es ésta una consecuencia muy general. En el
caso de pequeñas fluctuaciones, los efectos de contorno predominan y las
fluctuaciones remiten. Por el contrario, en las fluctuaciones a gran escala,
los efectos de contorno son despreciables. Entre estos casos límite se concreta
la magnitud real de la nucleación. Por ello, una ley general de fluctuaciones
independiente del tamaño del sistema, tal como postula la distribución de
Poisson, deja de ser válida.
Figura 26. Nucleación de una estructura disipativa.
En otras obras, pueden consultarse más detalles
sobre este aspecto de las fluctuaciones.[198] Volveremos
sobre la importancia de este fenómeno en los apartados 5 y 6. Las fluctuaciones
y su desarrollo o desaparición desempeñan un importante papel en el fascinante
tema de la existencia de un límite de complejidad. Volveremos sobre el tema en
el apartado 6.
Analicemos ahora con más detalle el tipo de fluctuaciones que nos ocupa. Se
trata de un requisito indispensable para introducir el concepto de estabilidad
estructural, básico, a su vez, en la evolución de los ecosistemas (estudiados
en el apartado 5).
El primer tipo corresponde a fluctuaciones de la composición, como las tratadas
en los ejemplos sobre sistemas químicos. De igual modo, según el problema
considerado, podemos tener fluctuaciones de temperatura, presión, densidad,
etc. También los parámetros que hemos supuesto constantes en nuestros esquemas
de reacciones (por ejemplo, las «concentraciones dadas») pueden fluctuar. En
los ecosistemas que contienen poblaciones biológicas, tales fluctuaciones
corresponden a fluctuaciones del medio. Por ejemplo, podemos considerar las
fluctuaciones de los recursos disponibles como un problema de evidente
importancia en la descripción de la evolución biológica.
Un segundo tipo de fluctuación importante es la relacionada con la «estabilidad
estructural» del sistema. A título de ejemplo, vamos a examinar una forma
simplificada de las ecuaciones de Lotka-Volterra relativas al antagonismo
depredador-presa:
En el espacio de fase (x, y), tenemos un conjunto
infinito de trayectorias cerradas, en tomo al origen (figura 27).
Figura 27. Véase el texto
Comparemos ahora la solución de las ecuaciones (32)
con las que nos resultan de las siguientes ecuaciones:
En el último caso, incluso para el valor más bajo
del parámetro a, el punto x = 0, y = 0 es asintóticamente estable por ser el
punto final hacia el que convergen todas las trayectorias del espacio fase,
como puede verse en la figura 28.
Figura 28. La interpretación se da en el texto.
Las ecuaciones (32) se denominan, por definición,
«estructuralmente inestables» con respecto a «fluctuaciones» que alteran
levemente el mecanismo de interacción entre x e y, e introducen términos, por
pequeños que sean, del tipo señalado en la ecuación (33).
Este ejemplo puede parecer algo artificial, pero considérese un esquema químico
en el que se describa un determinado proceso de polimerización, en el que los
polímeros se forman a partir de moléculas A y B liberadas en el sistema.
Supongamos que el polímero tiene la siguiente configuración molecular:
ABABAB…
Supongamos que las reacciones que produce este
polímero son auto catalíticas. Si sucede un error y aparece un polímero
modificado como
ABAABBABA…
entonces, puede multiplicarse en el sistema como
consecuencia de la modificación del mecanismo de auto catalización. Eigen ha
presentado un modelo que reúne estas importantes características, demostrando,
en casos simples, que el sistema evoluciona hacia una estabilidad óptima en
relación con la ocurrencia de errores de replicación de los polímeros. Es
decir, que los nucleótidos producen proteínas que, a su vez, producen
nucleótidos.[199]
La búsqueda de una estabilidad estructural, que
transmitiera información para una correcta replicación, contendría, en el
modelo de Eigen, el principio de la «supervivencia del más apto». El estado
final sería el de aquél que posee los medios para minimizar el error. Esta
propiedad puede considerarse un posible precursor del código genético.
Hemos introducido en los apartados 1-4 los conceptos básicos de la
autoorganización en sistemas no lineales lejos del equilibrio. Ahora vamos a
considerar la evolución de los ecosistemas en los que las fluctuaciones y la
estabilidad estructural desempeñan un papel fundamental.
5. La evolución de los ecosistemas
Como hemos señalado anteriormente, las ecuaciones que describen la variación de
las poblaciones biológicas, como consecuencia del nacimiento, muerte e
interacción con otras especies, son notablemente similares a las de la cinética
química. La ecuación más sencilla que representa el aumento de la especie X,
por ejemplo, es la «auto catalítica» (apartado 3), correspondiente a A + X →
2X, siendo A el «alimento» que da origen a X. Esto nos lleva a la ecuación
(19), correspondiente al crecimiento exponencial (figura 29).
Figura 29. Crecimiento exponencial.
Sin embargo, en esta ecuación, se supone que la
población puede crecer hasta el infinito, si dispone de recursos ilimitados. De
hecho, en cualquier ecosistema real, existe siempre un límite natural a su
aumento, límite que podemos relacionar con la primera sustancia vital que
escasee en el sistema. La ley más simple de crecimiento de una población x de
una única especie nos la da, pues, la denominada ecuación logística:
en la que K y d son los coeficientes de la tasa de
natalidad y mortalidad respectivamente, y N la medida de la capacidad de
saturación para el medio. La cantidad KN − d suele denominarse potencial
biótico (figura 30).
Figura 30. Crecimiento limitado.
En función de esto, para diseñar un modelo de la
evolución biológica, tenemos que tener en cuenta los tres factores siguientes:
a. Reproducción
b. Selección
c. Variación
El aspecto reproductivo está claramente
representado, en términos generales, por nuestra expresión de crecimiento
«autocatalítico». La selección se produce por el límite impuesto al
crecimiento. Por ejemplo, si tenemos tres especies i = 1, 2 y 3, presentes
inicialmente,
A partir de cualquier condición inicial con
diversas cantidades de las especies existentes, x1, x2 y
x3, el sistema evoluciona hacia un nuevo estado en el que
predominarán las especies con mayor valor K/d. Sin embargo, esta descripción
determinista resulta claramente incompleta. En este modelo, asumimos que todas
las especies x1, x2, x3 ya existen en
cantidades iniciales similares. Por lo tanto, todo el curso evolutivo está
determinado por las condiciones iniciales y las ecuaciones diferenciales
deterministas. Sin embargo, en la descripción, se descuida un aspecto
fundamental de la evolución: la aparición de nuevas especies o tipos .
Al principio, la nueva especie está representada por un reducido número de
individuos. Su aparición corresponde, por tanto, a una «fluctuación». Por otra
parte, conforme la nueva especie evoluciona en competencia con las especies
existentes, se nos plantea un típico problema de estabilidad estructural.
En el caso de la ecuación simple (34), cada especie se caracteriza por los
parámetros K, N y d. Una mutación genera una especie que poseerá un conjunto
distinto de valores para estos parámetros ecológicos (obsérvese que, en el
marco del modelo que nos ocupa, dos especies con idénticos valores K, N y d
serían «indiferenciables»).
Ahora vamos a examinar dos pasos sucesivos. Primero, la aparición de un mutante
como resultado de cierto «accidente» o «acontecimiento de baja probabilidad»,
que, como hemos señalado, puede considerarse una fluctuación en marcha. Además,
el azar sigue siendo de suma importancia mientras sólo existan unos cuantos
mutantes, ya que el cambio de su número en el tiempo, se regirá por la dinámica
estocástica: el individuo que nazca, o vive o muere, ¡pero no puede hacer un
poco de cada! También en esto la magnitud de la fluctuación desempeña un papel
importante.
Sin embargo, el segundo paso se inicia cuando, y si, un mutante logra
multiplicarse lo bastante para constituir una «población» cuyo crecimiento o
decadencia pueda describirse mediante una ecuación del «comportamiento medio»
que se añada a las ecuaciones macroscópicas ya existentes. Ahora hay que
plantearse la cuestión: ¿crecerá la nueva población hasta un valor finito, o
será rechazada por el ecosistema? Volvemos a los dos aspectos que discutíamos
anteriormente: la entrada en juego de «mutaciones» o «innovaciones», regidas
por el azar, y la respuesta determinista del sistema.[200]
Examinemos con detalle cómo se producen los procesos evolucionistas, en este
caso tan simple de una sola especie, en un sistema de recursos limitados. La
situación se resume de nuevo mediante la ecuación
La población evoluciona hacia el estado
estacionario constante,
x10 = N1 −
d1/K1.
Este estado representa un equilibrio dinámico entre
los x1 que nacen y los que mueren. Sin embargo, supongamos que,
por determinado «accidente», uno de los «x» nacidos en cierto momento es
distinto. Digamos que aparece un individuo x2. Al cabo de cierto
tiempo, quizás haya suficiente número de x2 para poder
representar su multiplicación o extinción con la siguiente ecuación:
La especie x2 puede poseer valores
distintos a los parámetros K, N y d, y además puede que explote distintos
recursos alimenticios que podríamos expresar introduciendo el factor β, y 0 ≤ β
≤ 1. Si P = 1, la nueva especie x2 utiliza exactamente los
mismos recursos que x1, mientras que, si β = 0, no viven de los
mismos recursos. Una superposición parcial viene expresada por P entre cero y
la unidad. Las nuevas ecuaciones para todo el sistema, en lugar de (36), son:
y el estado estacionario existente, en el momento
de la aparición del mutante, es:
x10 = N1 −
d1/k1; x20 =
0 (39)
La respuesta del sistema a esta pequeña cantidad de
mutación es determinista y puede calcularse siguiendo el mismo método que hemos
utilizado en el apartado 4 para determinar la condición para que una raíz de la
ecuación secular tenga una parte real positiva. Por lo tanto, ésta es la
condición para que se produzcan el «crecimiento» y el paso evolutivo.
Si se da el siguiente caso:
N2 − d2/k2 >
β(N1 − d1/k1) (40)
el mutante crecerá hasta un valor finito y ocupará
un «nicho» en el sistema. (Similar análisis puede hacerse en el caso de una
especie diploide que se reproduzca sexualmente con igual tendencia).
Son posibles varios casos. Si la especie x2 es un mutante que
ocupa exactamente el mismo nicho que x, para el que β = 1, vemos que x2 crece
si
N2 − d2/k2 >
N1 − d1/k1 (41)
y reemplaza totalmente x1. El sistema
total evoluciona hacia el estado estacionario estable x10 =
0; x20 = N2− d2/K. La especie
x, se ha extinguido. Sucesivas mutaciones en el mismo nicho serán rechazadas
para valores de «N − d/K» inferiores a los preexistentes, mientras que
reemplazarán a este tipo si «N − d/K» es superior al preexistente. Podemos
concluir que la evolución conducirá a una explotación creciente y constante de
cada nicho y que la población, alimentada por cada tipo de recursos, aumentará.
La evolución presenta el aspecto descrito en la figura 31.
Figura 31. Un nicho ecológico ocupado sucesivamente por especies de eficacia
creciente.
Figura 32. Efecto de la evolución sobre el sistema de ecuaciones
depredador-presa.
Otra posible evolución es que la especie x2 difiera
de la x, en su elección de recursos. En el caso de la explotación de un nicho
totalmente distinto p = 0 y la condición para el crecimiento de x2,
viene dada por
N2 − d2/k2 >
0 (42)
Por lo tanto, si x2 es viable en
este nicho, crecerá hasta alcanzar una población estacionaria x20 =
N2 − d2/K2 y coexistirá con x10 =
N1 − d1/K1. Comprobamos de nuevo que la
evolución conduce a una mayor explotación del medio. Si consideramos el caso
intermedio de la superposición en la explotación de recursos, se dan otras
posibilidades. Si, además de la condición
N 2 − d 2 /k 2 >
β(N 1 − d 1 /K 1 )
(43)
tenemos
β(N2 − d2/k2)
< N1 − d1/K1 (44)
entonces, x2 reemplaza a x1 y
la población final es mayor que la inicial N1 − d1/K1.
El segundo caso se da cuando las condiciones son
N2 − d2/k2 >
β(N1 − d1/K1) (45)
y
β(N2 − d2/k2)
< N1 − d1/K1 (46)
En este caso, x2 crece en
coexistencia con x1 y el estado final se representa por:
x10 = {N1 −
d1/K1 − β(N2 − d2/k2)}
/ (1 − β2) (47)
x20 = {N2 −
d2/K2 − β(N1 − d1/k1)}
/ (1 − β2),
y la población total será:
x10 − x20 =
{N1 − d1/K1 + (N2 −
d2/K2)}/(1 + β) > N1 − d1/K1, (48)
En resumen, vemos que, si existe cierta
«plasticidad» de la materia genética, sólo puede darse una mayor explotación
del medio.
En este sencillísimo sistema, la evolución conduce a una mayor cobertura del
espectro de recursos disponibles y a un aumento de eficacia de la explotación
de cada recurso. Desde luego, hemos elegido el caso expuesto por su particular
simplicidad. Sin embargo, podemos deducir un criterio matemático para el caso
general de poblaciones de n genotipos que interactúan, perturbadas por la
aparición de pequeñas cantidades de varias poblaciones mutantes.[201] (Tal
criterio es necesario cuando se considera la evolución genética, puesto que un
solo alelo mutante puede originar más de un genotipo mutante). Tales
consideraciones nos llevan a una interpretación de la evolución de los
ecosistemas en términos de un «diálogo» entre las fluctuaciones que
desencadenan innovaciones y las respuestas deterministas de las especies
interactuantes que ya existen en el ecosistema. El aspecto fundamental es la
ventaja selectiva que se introduce con los nuevos valores de parámetros (como
K, N y d) que forman parte de las ecuaciones que describen la dinámica de
poblaciones. Obsérvese que el mecanismo exacto de fluctuación no se ha
especificado. En términos generales, el darwinismo acepta un origen de las
fluctuaciones basado en la variación genética al azar que, desde luego, puede
ser válido para muchos aspectos de la evolución genética, mientras que el
lamarckismo da por supuesto un mecanismo de «aprendizaje» en los individuos que
intentan adaptarse al medio. La evolución sociocultural correspondería mejor a
esta segunda interpretación.
Sin embargo, el mecanismo exacto desempeña un papel crucial si queremos
calcular la escala temporal de la evolución. La evolución socio-cultural
«lamarckiana» posee una escala temporal determinada por la velocidad de
innovaciones, mientras que la evolución «darwiniana» se halla claramente
relacionada con la fidelidad y la rapidez de replicación del material genético.
Se ha dicho muchas veces que la «supervivencia del más apto» de Darwin es una
tautología. No es cierto. Sin embargo, la dificultad de definir al «más apto»
sólo puede salvarse mediante un análisis adecuado del tipo de ecuaciones de
población que describen ecosistemas como los descritos anteriormente.
Examinemos ahora algunos ejemplos suplementarios. Depurando la argumentación,
podemos determinar si un ambiente dado favorece la evolución hacia especies que
exploten tan sólo una estrecha parcela del espectro de recursos, es decir, las
«especialistas», o especies que explotan una amplia gama de recursos, las
«generalistas». Para ello, es necesario describir la dependencia pormenorizada
de los parámetros K y N de una especie con respecto a los distintos recursos
distribuidos por el sistema. Empleando argumentos desarrollados por
Maynard-Smith,[202] podemos
explicitar esta dependencia en el caso en que los recursos consisten en
diversos tipos de partículas esparcidas por el espacio accesible al sistema y
que se renueven constantemente. No daremos aquí los detalles del cálculo; nos
limitaremos a exponer los resultados. Los sistemas ricos en todo tipo de
recursos (en los que cada tipo de éstos está ampliamente distribuido) tienden a
favorecer la evolución de especies que sólo explotan una reducida parcela de
tipos de recurso, las «especialistas», mientras que los sistemas en los que
cada recurso está tenuemente difundido, fomentan la evolución de especies
«generalistas».
Puede llegarse a deducir cuántas especies pueden habitar un ecosistema
completamente desarrollado con un determinado espectro de recursos. El
agolpamiento de especies está determinado por el nivel de la fluctuación del
medio,[203] y en
particular por el volumen y la coherencia de la fluctuación de recursos. Cuanto
mayor es la fluctuación, mayor es la separación por nichos para la coexistencia
a largo plazo de especies simpátridas. Conociendo la amplitud del nicho en base
a nuestra teoría evolutiva, podemos afirmar que los ecosistemas, ricos en
recursos y que no experimenten grandes fluctuaciones, contarán con mayor número
de especies. Las fluctuaciones ambientales reducirán este número. Un sistema
con recursos escasos dispersos, estará, si sus densidades no fluctúan
enormemente, poblado por especies «generalistas» con una notable superposición
de nichos, mientras que un sistema pobre con recursos fluctuantes estará
habitado por unas cuantas especies «generalistas».[204]
Estos resultados se manifiestan en términos muy generales mediante la variación
y la diversidad de especies desde el polo al ecuador. El espectro de energía
solar se sitúa en todas partes en la misma gama de longitud de onda. Lo que
difiere es la cantidad de energía disponible en cada longitud de onda. La
diversidad de flora y fauna aumenta notablemente conforme disminuye la latitud,
culminando en la extraordinaria riqueza y diversidad de la selva ecuatorial. En
el ejemplo pormenorizado de la distribución de las especies del pinzón
(pinzones de Darwin) en las islas Galápagos, vemos resultados concordantes con
estas predicciones.
Como veremos, la cuestión del origen y de la regulación de la división del
trabajo en las colonias de insectos puede estudiarse aplicando estas técnicas.
Una observación importante es que, a efectos de la argumentación evolucionista,
la «unidad» sobre la que actúa la selección no es la hormiga o la abeja
aislada, sino la colectividad: la colonia. Hallamos que la aparición de una
división del trabajo, las «castas», dentro de las sociedades de insectos, es
consecuencia de la evolución de grandes colonias que habitan un entorno rico,
en el que los miembros relativos de cada casta están regulados por efecto de la
acción de sustancias químicas que reprimen o aceleran la formación de
«soldados», por ejemplo.[205]
También se ha estudiado la evolución de un ecosistema depredador-presa, basado
en las ecuaciones de Lotka y Volterra. La presa evoluciona conforme hemos
explicado en nuestro sistema cerrado, según la ilustración de la figura 33,
encaminada a explotar los recursos disponibles con mayor eficacia. Además,
evoluciona también con el fin de evitar su captura y destrucción por el
depredador. Por el contrario, el depredador evoluciona para aumentar su
frecuencia de captura de presas y disminuir su propia tasa de mortalidad.
Figura 33a.
Figura 33b.
Figura 33c.
Figura 33. Un nicho ocupado sucesivamente por especies de creciente
eficacia.
La evolución resultante de este sistema se asemeja
a una especie de pugna entre depredador y presa, en la que las sucesivas
mejoras de las técnicas de caza del depredador son contrarrestadas por las
mejoras de las técnicas de la presa para evitar la caza. El segundo efecto de
la evolución es consecuencia del incremento de explotación de los recursos por
parte de la presa y de la disminución de la tasa de mortalidad del depredador.
Esta situación puede describirse con las siguientes ecuaciones:
y la relación depredador/presa viene dada por:
La relación depredador/presa aumenta lentamente con
la evolución (figura 32).
El proceso evolutivo favorece al depredador, porque «utiliza» a la presa para
que explote por él los recursos primarios. Por lo tanto, la evolución de los
medios, con los cuales la presa hace esto, favorece al depredador del mismo
modo que la mejora de una herramienta favorece al usuario.
Examinemos un último ejemplo. En otro anterior hemos visto la evolución debida
a las modificaciones de los parámetros K, N y d, presentes en la ecuación (36).
Pero hemos dicho ya que pueden darse distintos tipos de inestabilidad. Por
ejemplo, estudiemos un sistema de ecuaciones como éste:
y supongamos que xi corresponde al
número de hormigas de una colonia i, y en particular que εij corresponde
a la fracción de superposición de los territorios que explotan las colonias i y
j. Supongamos, para simplificar, que εij = εii y
que εii = 1, 0 ≤ εij ≤ 1. Si además suponemos
que inicialmente todas las colonias son del mismo tipo y que cada hormiga de
las que forman este tipo de colonia son idénticas, podemos estudiar la
evolución del sistema que resulte de la aparición de un nuevo tipo de colonia,
en el que existe una subdivisión de las hormigas en soldados Z y en operarios
Y. Describiremos la dinámica de población con ecuaciones del tipo:
en las que la colonia indiferenciada de x entra en
competencia con la colonia diferenciada formada por Y y Z. La cantidad (β × Z
corresponde a la destrucción de la colonia indiferenciada x por los soldados Z
de la colonia diferenciada. Obsérvese también que, en este modelo, los soldados
Z evolucionan a partir de los operarios Y —véase ecuación (51c). La
«fluctuación» que tenemos que estudiar corresponde a la aparición de
polimorfismo en la colonia YZ. La estabilidad de esta fluctuación puede
relacionarse tanto con la riqueza del medio explotado como con el mecanismo
mediante el cual el número relativo de operarios y soldados son regulados en la
colonia diferenciada.
No hay un límite para el tipo de fluctuaciones que pudiéramos considerar, y
ninguna ecuación ecológica puede ser estructuralmente estable a cualquier
posible innovación. Por ello, hay que esperar una continua diversificación
correspondiente a esta expansión hacia un área de «libertad no utilizada».[206] Por lo
tanto, no hay «fin» para la historia; cuando unas tendencias acaban, empiezan
otras. Como han observado Starr y Rudman en relación con la evolución
tecnológica,[207] «un
examen histórico del proceso de crecimiento de las opciones técnicas
específicas nos revela dos características sobresalientes. Primero, si
establecemos un gráfico, en relación con el tiempo, sobre el empleo de un
instrumento o un sistema, obtenemos una curva sigmoide (…) Segundo (…) que el
crecimiento total de un campo tecnológico específico, muestra muchas veces un
patrón exponencial». Si comparamos esta observación con la figura 33, vemos que
la evolución socio-cultural y biológica sigue efectivamente patrones similares.
Estamos muy lejos del mundo cerrado de la física clásica.
Desde que surgió la mecánica cuántica se han realizado no pocos intentos por
relacionar la indeterminación microscópica, es decir, el famoso principio de
indeterminación de Heisenberg, con el comportamiento macroscópico. Actualmente,
vemos que la situación es mucho más sencilla, en cuanto que las propias
ecuaciones macroscópicas contienen el elemento de estocasticidad que conduce a
una «indeterminación macroscópica». Problemas como el de la autoorganización en
sistemas de no equilibrio requieren ambos aspectos —el determinista, según el
cual las medias representan con exactitud el estado del sistema, y el
estocástico, que cobra importancia en la proximidad a los puntos de bifurcación
y de inestabilidad. Sólo la conjunción de estos dos aspectos nos facilita una
representación real de algunos de los aspectos básicos de los sistemas en
evolución.
6. Hitos de la evolución socio-cultural
Arnold Toynbee dedicó su vida entera a intentar comprender las fuerzas que
configuran la historia humana. Por ello juzgamos oportuno iniciar este apartado
con una cita extraída de su A Study of History,[208] en el
que habla de su búsqueda de un «factor positivo», responsable de la
«diferenciación de la Historia»; dice así:
«Hasta la fecha he venido tratando de introducir en
mi investigación el influjo de fuerzas sin alma —fuerza de inercia, más raza y
ambiente— y he pensado en términos deterministas de causa-efecto. Ahora que he
llegado al límite de estos intentos sucesivos, frente a mi esbozo en blanco, me
inclino a reflexionar si mis fallos sucesivos no serán debidos a algún error
metodológico. Quizás haya sido víctima de la “falacia apática” contra la que
traté de ponerme en guardia al iniciar mi investigación. ¿No me habré esquivado
al aplicar al pensamiento histórico, que es un estudio de seres vivos, un
método científico pensado para la naturaleza inanimada? ¿Y no me habré
equivocado además al tratar los resultados de las conjunciones entre personas
como casos del principio de causa y efecto? El efecto de una causa es
inevitable, invariable e imprevisible. Pero la iniciativa que adopta cualquiera
de las partes vivas en un encuentro, no es una causa: es un reto. Su
consecuencia no es un efecto: es una respuesta. Reto y respuesta parecen causa
y efecto sólo en tanto que representan una secuencia de acontecimientos. Pero
es una secuencia de distinto cariz. A diferencia del efecto de una causa, la
respuesta a un reto no está predeterminada, no es necesariamente uniforme en todos
los casos y, por lo tanto, es intrínsecamente imprevisible. A partir de ahora,
consideraré el problema con una nueva visual. Veré a “personas” allí donde,
hasta ahora, he visto “fuerzas”. Describiré las relaciones entre personas como
retos que suscitan respuestas. Seguiré el consejo de Platón: alejándome de las
fórmulas de la ciencia para prestar oído al lenguaje de la mitología».
El resultado de nuestra discusión indica que ya no
necesitamos establecer la transición entre «ciencia» y «mitología». El
mecanismo de reto y respuesta puede integrarse en un marco científico.
No pretendemos extendernos en una discusión pormenorizada sobre evolución
socio-cultural como la expuesta en el texto de Laszlo, pero queremos hacer
algunas observaciones. Creemos que la interacción entre
función ⇆ estructura ⇆ fluctuación
(véase apartado 4) es fundamental para entender las
estructuras sociales y su evolución.
La propia existencia de sistemas complejos, como la selva tropical o una
sociedad moderna, plantean un importante problema inicial. ¿Existe un límite a
la complejidad? Es un problema discutido infinidad de veces en la literatura;
encontramos una excelente exposición en la monografía de May. Cuantos más
elementos entran en interacción, mayor es el grado de la ecuación secular que
determina las frecuencias características del sistema (véase apartado 4) y, por
lo tanto, mayores las posibilidades de obtener, como mínimo, una raíz positiva
y, por consiguiente, inestabilidad.
Diversos autores han sugerido que la evolución ecológica selecciona ciertos
tipos particulares de sistemas que sean estables. No obstante, es difícil dar
forma cuantitativa a semejante aserto. Nuestro enfoque nos lleva a una
respuesta distinta. Un sistema suficientemente complejo se hallará generalmente
en estado meta estable. El valor del umbral de metaestabilidad depende de la
competencia entre crecimiento y amortiguamiento a través de los «efectos de
superficie». Muchos sistemas complejos son también sistemas en los que las
interacciones con el entorno (que en los problemas sociales corresponde a mecanismos
como el flujo de la información) son también acusadas. Desde luego, la sociedad
actual se caracteriza por un alto grado de complejidad y una rápida difusión de
la información, por comparación con las sociedades primitivas. La pregunta «
¿existe límite a la complejidad?», posiblemente tenga una respuesta menos
taxativa que las cuestiones a las que hasta ahora la humanidad ha dado
respuesta. Según nuestros resultados, un aspecto importante de la respuesta
consistiría en saber que la complejidad resulta limitada por la estabilidad
que, a su vez, está limitada por la potencia de imbricación sistema-ambiente.
No podemos entrar aquí en detalles, pero vemos que la idea de «progreso» o de
aumento continuo de complejidad dista mucho de ser sencilla.[209]
Hablemos ahora de la estabilidad estructural. Cameiro, siguiendo a Herbert
Spencer, ha puesto de relieve la diferencia entre cambios culturales
cuantitativos y cualitativos,[210] distinguiendo
el desarrollo cultural, en el que se configuran nuevos rasgos culturales del
crecimiento cultural. En nuestra terminología el desarrollo cultural
correspondería a inestabilidades en las que los efectos estocásticos desempeñan
un papel fundamental, mientras que crecimiento cultural corresponde a
«desarrollos deterministas». Adams[211] discute
en detalle las oscilaciones «verticales» y «horizontales» que se producen en
puntos de desarrollo cultural.
Ya en 1922, Lotka formulaba su ley del flujo máximo de energía. En terminología
termodinámica corresponde a la ley de aumento de la producción de entropía por
individuo. Esta ley parece coincidir con las leyes de evolución tecnológica.
Como ha escrito Lerou-Gourhan:[212]
«En el ámbito técnico, las únicas características
que se transmiten son las que representan una mejora de procedimiento. Puede
adoptarse un lenguaje menos flexible, una religión menos desarrollada, pero
nunca se cambia un arado por un azadón.»
Aunque esta afirmación pueda parecer razonable,
conviene ser cauto a la hora de establecer conclusiones. No debe inferirse, por
ejemplo, que el paso del «azadón al arado» sea inevitable. Su ocurrencia
depende de la naturaleza específica de la sociedad humana estudiada (su
disposición para adoptar nuevas técnicas, por ejemplo), así como del tipo y la
disponibilidad de los recursos naturales implicados en el cambio.
Hay que distinguir como mínimo tres tipos distintos de recursos naturales.
Primero, aquéllos cuyo empleo no ejerce incidencia en su futura disponibilidad
(por ejemplo, la energía solar), pero cuya intensidad puede fluctuar de manera
incontrolable. Segundo, los recursos que presentan posibilidad de regeneración
a breve plazo, y en los que un uso restringido, y quizás un programa de
reciclaje, puede servir para hacer un acopio inagotable (alimento, leña). El
tercer tipo de recursos presenta, a escala humana, un tiempo de regeneración
infinito y, en consecuencia, sus reservas están en constante disminución
(combustibles fósiles).
El carácter múltiple de los recursos introduce una dualidad en las tendencias
evolucionistas de un sistema. Se produce una selección de las innovaciones a
corto plazo, en la que la opción se supedita al ambiente y a las reservas de
recursos del momento, pero también se produce una selección a largo plazo de
sociedades capaces de sobrevivir a las modificaciones del entorno o de
conservar reservas de recursos.
La ley de Lotka corresponde, por lo tanto, a la evolución de las sociedades
occidentales en una situación en la que las reservas de recursos energéticos no
sean un factor limitante. Volviendo al ejemplo del arado y el azadón, vemos que
aquél conduce necesariamente a un aumento de la explotación de recursos
naturales y, en consecuencia, a un mayor consumo de energía por individuo. Esto
coincide con la ley de Lotka, que representa una tendencia selectiva a corto
plazo propia de una situación de grandes reservas de energía no consumida. La
ley de Lotka halla su interpretación natural en una serie de inestabilidades
estructurales en tales condiciones.
Tampoco debemos olvidar que, desde el principio, surge la dificultad de aplicar
la estabilidad estructural a los problemas humanos. Hay que determinar las
variables significativas. En algunos casos, como sucede con los problemas
relativos al flujo de tráfico de vehículos, es relativamente sencillo.[213] Sin
embargo, en otros problemas, hay que introducir variables tan ambiguas como la
«calidad de vida», que son mucho más difíciles de controlar de forma
cuantitativa. Expongamos ahora sucintamente dos ejemplos de esta perspectiva.
El primero se refiere a la urbanización progresiva de una región. Sabemos que
existen varios factores que influyen en la formación de una jerarquía urbana en
el área. Primero, está la riqueza natural de cada localidad; luego, como
Christaller fue el primero en sugerir, la ubicación de las funciones económicas
en una «situación central» que atiende a sus respectivas regiones
complementarias.[214] El
número y la escala de las funciones económicas que pueda ocupar una determinada
localidad están sujetos a diversas influencias. Hay una agrupación de ciertas
industrias con «suministros» o «producción» complementarios, así como el hecho
de que los umbrales de mercado obligan a que ciertas funciones económicas tan
sólo existan en centros urbanos ya densamente poblados. Esto aumenta la
capacidad de empleo y, a su vez, permite un mayor aumento de población.
Añadamos la acción del «multiplicador urbano», por el que un aumento de puestos
de trabajo en el «sector de exportación» de un centro urbano genera una mayor
demanda local de bienes y servicios, creando más puestos de trabajos en estos
sectores y provocando una multiplicación cíclica de los puestos iniciales y de
la población; los efectos son bien conocidos y se han tratado en numerosos
manuales de geografía.[215]
Nuestro modelo se basa en la idea de que una ecuación logística (como la 36),
cuando se aplica a la población humana de una determinada localidad, debe
modificarse para dar margen a un posible aumento de la «capacidad de
asimilación», si esta localidad es sede de una función económica. El modelo
acepta la proposición básica de que, a largo plazo, las poblaciones locales
aumentan, o disminuyen, con arreglo a las oportunidades de empleo.[216]
El modelo estudia el impacto de las sucesivas innovaciones sobre una población
inicialmente homogénea. Es decir, una nueva función económica aparece
espontáneamente en el sistema y, en consecuencia, los empresarios intentan
poner en marcha esta nueva actividad económica en diversos puntos del sistema,
a intervalos casuales, pero relativamente cortos, característicos de un
mecanismo imitativo.
Cada innovación económica se caracteriza por parámetros que expresan demanda
individual e interindustrial, merced a cierta escala de producción y sus
correspondientes economías proporcionales, mediante el umbral de mercado
correspondiente al funcionamiento de una sola unidad de producción y en función
de los costes de transporte característicos de la naturaleza del producto o del
servicio en cuestión. Cuando sucesivamente se lanzan las funciones económicas,
los mecanismos de interacción no lineal entre densidad de población y la
oportunidad de empleo, entonces ocurre la formación de una estructura espacial
en la distribución de población y se produce una jerarquía urbana. En la figura
33, se ilustra una secuencia típica de acontecimientos y la aparición gradual
de centros urbanos, a pesar de que la probabilidad de aparición de funciones
económicas fuese especialmente uniforme.
Esta técnica puede aplicarse al estudio de los efectos que ejercen los cambios
en el sector de los transportes, al cambio de escalas de producción y al
estudio del problema del lanzamiento de una «nueva ciudad» en una jerarquía
urbana determinada, de modo que sea autosuficiente y no sufra una decadencia
constante. El método nos revela igualmente la importancia de los accidentes
históricos en la formación de una estructura concreta. Tenemos un elemento
casual en el tiempo y en la ubicación del lanzamiento de funciones económicas,
mientras que su supervivencia y su crecimiento están regidos por las presiones
económicas deterministas del mercado disponible. En esta perspectiva, en vez de
empresarios capaces, que conocen perfectamente las condiciones del mercado y su
extensión (como propugna la economía clásica). Debería hablarse de la aparición
casual de nuevas funciones.
Los métodos de estabilidad estructural que hemos utilizado en nuestro modelo
sobre crecimiento urbano se han aplicado también al estudio de la notable
organización social de las tribus kachin del altiplano birmano. Su complejo
sistema social se caracteriza por la existencia de diversos estados
estacionarios y las correspondientes transiciones entre estos estados. En The
Political Systems of Highland Burma de E. Leach,[217] puede
apreciarse una excelente descripción de estos fenómenos. En el estudio de los
distintos subsistemas e inestabilidades que caracterizan los diversos estados,
hay que tener en cuenta las interacciones entre los distintos tipos de términos
y factores, constantes, cambios lineales, evoluciones cíclicas y variables
aleatorias. La monografía de Leach muestra cómo integrar una sociología de
élites políticas en sistemas económicos, de parentesco, religiosos e
internacionales. Sometido durante siglos a un condicionante externo permanente
(es decir, al sistema feudal local, de origen hindú, representado por los
pueblos shan de los valles y las rutas de comercio chino que atraviesan el
país), el sistema político de los kachin (algo más de 300.000 almas) consta de
un gran número de demarcaciones ( möng ) que oscilan entre dos
modalidades de integración. Una es un tanto «aristocrática» ( gumsa )
y, en ella, las aldeas se agrupan bajo la autoridad de un jefe, mientras que la
otra es más «democrática» ( gumlas ), y cada aldea se
administra de forma autónoma mediante un consejo de ancianos.
Según Leach, estos dos tipos representan «distintos aspectos de un solo tipo
“cíclico” de sistema, contemplado en distintas fases de su desarrollo».
Representan distintas perspectivas y acciones adoptadas por las élites
políticas de aquella compleja sociedad, que sólo en raras ocasiones (en ciertos
lugares o en determinados momentos) presenta la encamación inequívoca de una de
estas fases. Cada una de estas formas puras contiene, efectivamente,
consecuencias internas que inevitablemente hacen que el sistema retroceda en la
otra dirección.
Se ha construido un modelo imitando algunos aspectos del modelo de Leach. Éstos
se limitan a las interacciones que, dentro de uno de los dominios políticos
( möng ), provocan la oscilación de la estrategia política de
la población entre los dos extremos citados anteriormente, suscitando una
infinidad de estructuras sociales distintas que, para simplificar, hemos
reducido a tres: autócrata feudal (F), rebelde igualitaria (R) y legalista
formal (L). Las interacciones son los micro acontecimientos que afectan a los
individuos por efecto de mecanismos como imitación, cooperación, querellas y
alianzas de índole económico, político y/o matrimonial. Se establecen
relaciones deterministas entre estas tres variables y otras dos: P (el
prestigio del jefe) e I (la insatisfacción causada por su
ascenso).
Sin embargo, en este modelo puramente funcional, hemos introducido elementos
estocásticos relacionados con la diversidad del comportamiento humano. Por lo
tanto, incluso en un estado de pura «F» (autocrático), en momentos casuales
hemos introducido números reducidos de individuos que «piensan distinto» a sus
congéneres. La cuestión estriba en si su presencia compromete, o no, la
existencia del estado feudal «F» pura.
Figura 34. Fracción de la población en régimen gumsa F (feudal).
Se observa que, cuando P (prestigio)
es mayor que I (insatisfacción), el régimen puede permanecer
estable, pero viceversa, si I es mayor que P, el
efecto de la introducción de unos cuantos individuos R es
espectacular, y el sistema se dirige a un estado «revolucionario» conforme
aumenta excesivamente el número de R (figura 34).
De este modo, puede estudiarse el comportamiento a largo plazo del sistema en
el que pueden producirse varios tipos de evolución cualitativamente distintos.
Uno de ellos, quizás el más interesante, es el que exhibe oscilaciones entre la
estructura feudal y revolucionaria con un período «irregular». Con frecuencia,
se hace la objeción de que los modelos funcionalistas son conservadores. Pero
la afirmación sólo es válida si no se tienen en cuenta las fluctuaciones.
Incluso en las situaciones simples descritas anteriormente, hallamos la
necesidad de incorporar el aspecto dual que desempeña en los sistemas humanos
el «azar» y el «determinismo».
Volviendo a la evolución socio-cultural en general, R. Adams[218] escribe
en un reciente ensayo Energy and Structure: «… la relación particular del
hombre con el medio es fundamentalmente similar a la de cualquier otra especie,
en el sentido de que supone un esfuerzo constante por ejercer el suficiente
control para extraer energía del entorno. Sin embargo, particularmente típico
del hombre es el carácter cultural de su comportamiento que le impulsa a buscar
su certeza de control a través de una continua redefinición de sí mismo y del
ambiente, lo que le permite desarrollar su sociedad en un sistema siempre en
expansión. Esta argumentación sugiere que la expansión constante es inherente
al papel humano de utilización de la energía dentro del sistema termodinámico,
¡y que no hay nada especialmente “antinatural” en dicho comportamiento!».
Aunque esto sea cierto, señalaremos que ello no significa necesariamente que
este «comportamiento natural» corresponda a las optimistas implicaciones de la
palabra «progreso». La evolución ha adquirido algo así como rango de principio
teológico. Según palabras de Leach,[219] «hace
un siglo, se pensaba que Darwin y sus amigos eran peligrosos ateos, pero su
herejía simplemente sustituyó a una deidad personal magnánima llamada Dios por
una deidad impersonal benevolente llamada evolución. A su manera, tanto el
obispo Wilberforce como T. H. Huxley creían en el Destino. Esta actitud
religiosa es la que aún domina el pensamiento científico en relación con el
desarrollo futuro».
«Las ideas de Darwin pertenecen al mismo período del siglo XIX de la economía
del “ laisser faire ”, la doctrina de que, en la libre
competencia, el mejor siempre triunfa. Pero, si los procesos naturales de la
evolución deben siempre conducir a la supervivencia del mejor, ¿por qué
preocuparse? La intervención consciente de un hombre inteligente sólo serviría para
empeorar las cosas. Es mucho mejor, sin duda, mantenerse al margen y ver lo que
acontece». Leach es partidario, sin embargo, de una actitud distinta, y afirma:
«El cambio no es algo que nos da la naturaleza, sino algo que nosotros podemos
decidir provocar en la naturaleza, ¡y en nosotros mismos!».
Está claro, según esta perspectiva, que uno de los principales objetivos de la
ciencia moderna es comprender la dinámica del cambio. El tipo de enfoque que
hemos adoptado en nuestro trabajo corresponde totalmente a este objetivo.
También aquí coincidimos con las ideas de Margalef,[220] quien,
al discutir lo que él denomina el «barroco del mundo natural», señala que los
ecosistemas contienen muchas más especies de las «necesarias» si la eficacia
biológica fuera el único principio organizativo. Esta «sobre-creatividad» de la
naturaleza se desprende sin objeciones del tipo de descripción propuesta en
estas páginas, en la que «mutaciones» e «innovaciones» se producen de forma
estocástica y se integran en el sistema en función de las relaciones
deterministas predominantes en ese momento. Por lo tanto, según esta
perspectiva, existe generación constante de «nuevos tipos» y «nuevas ideas» que
van incorporándose a la estructura del sistema, causando su continua evolución.
Agradecimientos
Doy las gracias a mis colegas de la Universidad Libre de Bruselas, del Centro
de Mecánica Estadística de la Universidad de Texas (Austin), del Laboratorio de
Investigación de la General Motors y de la Universidad de California (Berkeley)
por sus estimulantes y valiosas críticas. En Bruselas, a los profesores A. Babloyantz,
J. L. Deneubourg, P. Glansdorff, R. Lefever, G. Nicolis y la señorita I.
Stengers; en Austin, al profesor A. Adams y al Dr. J. Turner; en la General
Motors, a A. V. Butterworth y al Dr. P. F. Chenea; y, en Berkeley, al profesor
E. Jantsch.
§ 11. La termodinámica de la vida[221]
Cualquier discusión sobre la posición que ocupa la
biología en relación con las ciencias físicas nos lleva, antes o después, al
problema de la situación de los sistemas vivos en relación con las grandes
leyes de organización de la física. En particular, es tema constante de
controversia desde hace muchos años la relación entre origen y mantenimiento
del orden biológico y la termodinámica. Desde Bergson hasta Monod, muchos
autores han abordado el problema para afirmar, como Bergson y Polanyi, la
originalidad esencial de la vida, o para decir que el dilema constituía un
falso problema y que la unidad de las leyes de la naturaleza era
incuestionable.
Veremos cómo actualmente podemos situar mejor el orden biológico, precisando
con mayor exactitud su dependencia respecto a las leyes de la física. El
concepto de orden, de estructura, de acuerdo con la perspectiva actual, aun
siendo una de las características esenciales de los sistemas biológicos, dista
mucho de ser tan simple y «monolítico» como se creía. Antes de discutir la
relación entre biología y física, conviene trazar un breve compendio de las
grandes leyes de organización y evolución de la física según el concepto
moderno. Entre ellas, las leyes de la termodinámica, y en especial el segundo
principio, siguen desempeñando un papel primordial.
El segundo principio de la termodinámica, o principio de orden de Boltzmann
El primer principio de la termodinámica postula la conservación de la energía
en todos los sistemas. El aumento de energía dentro de un sistema es igual a la
energía que recibe. El segundo principio afirma que un sistema aislado
evoluciona espontáneamente hacia un estado de equilibrio que corresponde a la
entropía máxima, es decir, al mayor desorden. Estos dos principios constituyen
la base de la termodinámica clásica y permiten describir, dentro de la física,
la mayor parte de los sistemas.
Consideremos un sistema macroscópico, es decir, un sistema con un gran número
de N partículas, u otro tipo de subunidades. Supongamos que
estas partículas están contenidas en una porción del espacio separada del mundo
externo por una superficie geométrica ficticia, de forma que la densidad
numérica, es decir la relación N /volumen, sea finita. Varios
ejemplos nos servirán para ilustrar este concepto fundamental. Un centímetro
cúbico de gas, a temperatura y presión ordinarias, es un sistema macroscópico
que consta de unas 10[20] unidades en interacción débil, que
son las moléculas del gas. El cromosoma de una bacteria, que puede constar de
unas 10[6] moléculas, puede considerarse también un sistema
macroscópico. Finalmente, a muy distinta escala, una célula viva que contenga
10[4] macromoléculas puede considerarse, en relación con
ciertas propiedades globales, un sistema que obedece a las leyes de la mecánica
de los medios continuos.
Para todos estos sistemas, la termodinámica postula leyes de una validez
extremadamente general, que enunciaremos después de exponer algunas
definiciones.
En general, un sistema macroscópico está acoplado a su entorno, al que
denominaremos frecuentemente «mundo externo», por fuerzas que actúan sobre cada
uno de sus puntos internos (por ejemplo, fuerzas de gravitación o fuerzas
procedentes de un campo eléctrico). Denominamos sistema aisladoaquél
cuyas interacciones con el entorno son tales que no existe intercambio de
materia o de energía con el mundo externo. Un sistema cerradoes
aquél que sólo puede intercambiar energía con el mundo externo, y sistema abierto el
que puede intercambiar energía y materia con el mundo externo. La tierra, por
ejemplo, es globalmente un sistema cerrado que recibe energía de la radiación
solar (si hacemos abstracción de los intercambios de materia causados por las
caídas de meteoritos, etc.). Por el contrario, una célula de la bacteria Escherichia
coli, en un entorno que contenga glucosa, es un sistema abierto.
El primer principio de la termodinámica postula la conservación de la energía
para todos los sistemas. El aumento de energía dentro del sistema es igual a la
energía que éste recibe.
El desorden molecular
El segundo principio introduce una nueva función del estado del sistema, la
entropía, relacionada con los intercambios calóricos con el mundo externo.
Pero, contrariamente a la energía, la entropía no se conserva. Así pues,
representaremos el aumento de entropía por una suma de dos términos
relacionados; uno, deS, con el aporte externo de entropía, y el
otro, diS, con la producción de entropía dentro del
propio sistema: dS = deS + diS. El enunciado del segundo
principio se resume en la desigualdad diS ≥ 0, lo que significa que
los fenómenos irreversibles que se desarrollan dentro del propio sistema
(conducción de calor a través de un sólido, deslizamiento viscoso, etc.) sólo
pueden generar entropía. Para un sistema aislado, el flujo de entropía dcS
es nulo, y volvemos al enunciado clásico dS ≥ 0. El signo de igualdad se
alcanza en un estado particular, el estado de equilibrio a que llega el sistema
al cabo de un largo plazo de tiempo. Por lo tanto, el segundo principio implica
que, para un sistema aislado, existe una función del estado
instantáneo del sistema, la entropía S, que inevitablemente aumenta en el
transcurso del tiempo. Esta ley nos provee de un principio universal de
evolución macroscópica . ¿Pero qué sentido tiene a nivel microscópico?
¿Qué significa el aumento de entropía a escala molecular? La incógnita ha
quedado ampliamente despejada con las investigaciones clásicas de
Boltzmann: la entropía es una medida del «desorden molecular». La ley
de aumento de la entropía es, por lo tanto, una ley de desorganización
progresiva, de alejamiento de unas condiciones iniciales concretas. Veamos
un ejemplo simple: consideremos un recipiente formado por dos compartimentos
iguales que se comunican. Un razonamiento elemental nos demuestra que el
número P de modos con que podemos repartir N moléculas
en dos grupos N1, N2, está en función de N = N!/N1!N2!
Sean cuales fueren los números N1, N2 de que
partamos en el momento inicial, cabe esperar que, para un N muy grande y al
cabo de un tiempo lo bastante largo, se alcance, pequeñas fluctuaciones aparte,
una situación de equilibrio correspondiente al reparto equitativo de moléculas
en ambos compartimentos (N1 ≃ N2 ≃ N/2). La figura 1 ilustra un ejemplo de
distribución realizada con ayuda de una computadora.
Figura 1. En estas Figuras obtenidas con un ordenador, vemos la evolución
hacia una distribución uniforme de un sistema de 40 partículas en interacción
débil dentro de un recipiente. Las partículas están situadas inicialmente en la
mitad izquierda del recipiente (esquema 40) y tienen velocidades casuales. Al
cabo de un tiempo, ocupan las posiciones señaladas en el esquema 14.
Es fácil verificar que el reparto equitativo
corresponde al valor máximo de P. Durante esta evolución, P aumenta.
En consecuencia, tanto S como P aumentan en
el transcurso del tiempo. La intuición genial de Boltzmann fue identificar
estas dos magnitudes. Más exactamente, Boltzmann relacionó la entropía
con P mediante la célebre fórmula S = k log P,
en la que k es la constante universal de Boltzmann. Esta
fórmula demuestra claramente que el aumento de entropía expresa el desorden
molecular medido en términos del número de complexiones P. Esta
evolución borra el efecto de condiciones iniciales cuya simetría sería
«inferior» a la del sistema. Por término medio, para tiempos lo bastante
prolongados, los dos compartimentos de la figura 1 desempeñan el mismo papel.
El sistema evoluciona espontáneamente hacia un estado de entropía máxima.
Hemos considerado un ejemplo relativo a un sistema aislado. Si consideramos un
sistema cerrado a una temperatura T determinada (sistema
inserto en un termostato), la situación sigue siendo análoga, pero debemos
tener en cuenta, en lugar de la entropía, la energía libre F,
definida según F = E − TS, en la que E y S son
la energía y la entropía del sistema respectivamente. En estado de equilibrio,
la energía libre F es mínima. La propia estructura de esta
fórmula expresa una competencia entre la energía E y la
entropía S. A baja temperatura, podemos despreciar el segundo
término, siendo estructuras con energía mínima y entropía débil (ya que la
entropía es función creciente de la temperatura) las que se desarrollan. A
temperatura más elevada, pasamos, por el contrario, a estructuras de entropía
cada vez más elevada. Es exactamente lo que la experiencia nos demuestra, ya
que, a baja temperatura, tenemos un estado sólido de baja entropía que es una
estructura ordenada, mientras que, a temperatura suficientemente elevada,
obtenemos el estado gaseoso de entropía más elevada. Por lo tanto, vemos cómo
la formación de ciertos tipos de estructuras ordenadas es, en física, una
consecuencia de las leyes de la termodinámica aplicadas a un sistema no aislado
en estado de equilibrio.
Para saber cuál es el estado de equilibrio de un sistema no aislado, podemos
también abordar el problema de otro modo y, en lugar de considerar las
funciones de estado F y S, preguntamos cuál es la
probabilidad de que el sistema se encuentre en el estado de energía en
equilibrio. Es también Boltzmann quien ha resuelto el problema demostrando que
esta probabilidad nos la da: P ∝ exp [−EnkT].
A baja temperatura, sólo los niveles «bajos» (con En pequeño)
estarán poblados, mientras que, a temperatura suficientemente elevada, las
poblaciones tienden a igualarse a todos los niveles. Es el principio de
orden fundamental de los estados de equilibrio, que podemos denominar principio
de orden de Boltzmann, el cual determina si dos líquidos son miscibles, si
ciertas moléculas adoptarán el estado sólido, líquido o gaseoso, y que rige las
leyes que determinan los cambios de fase en todos sus detalles.
El orden biológico y la termodinámica
Las estructuras biológicas altamente ordenadas ¿pueden describirse como estados
de equilibrio regidos por el segundo principio de la termodinámica? Antes de
responder a esta pregunta, conviene establecer los caracteres importantes de
los sistemas vivos: éstos presentan un orden arquitectónico (estructuras
macromoleculares) y un orden funcional (metabolismo) enormemente sofisticados.
¿Podemos interpretar todas las estructuras que nos rodean, y especialmente las
estructuras biológicas, en términos del principio de orden de Boltzmann? Es el
punto fundamental de la discusión. Algunas definiciones y observaciones de orden
general nos ayudarán a mejor situar el problema. Es especialmente delicada la
calificación tajante de orden biológico. Atribuiremos aquí al
término una definición intuitiva, basada en los caracteres comunes relevantes
que se observan al estudiar los sistemas vivos:
·
Incluso en
las células más sencillas, la actividad normal del metabolismo implica varios
miles de reacciones químicas acopladas. De ello se deduce la imperiosa
necesidad de que todos estos procesos respondan a una coordinación. Los
mecanismos de coordinación constituyen un orden funcional extremadamente sofisticado.
·
Además, las
reacciones metabólicas requieren catalizadores específicos, las enzimas, que
son macromoléculas con una organización espacial muy compleja. Por lo tanto, el
organismo tiene que sintetizar estas sustancias, estas estructuras.
De este modo, para nosotros, el orden biológico es
un doble orden arquitectónico y funcional. Añadamos a ello que, a nivel celular
o supra celular, este orden se manifiesta por una serie de estructuras y de
funciones acopladas de creciente complejidad. Este carácter jerárquico es
una de las propiedades más características del orden biológico. Vamos, por
consiguiente, a centramos en las siguientes preguntas: ¿cuáles son los factores
responsables de la aparición y de la conservación de este orden biológico? ¿Están
regidas las estructuras biológicas por el principio de orden de Boltzmann? Para
responderlas, un primer punto a considerar es la naturaleza de las fuerzas que
actúan en el interior de la célula. Hemos visto, efectivamente, que las leyes
de la termodinámica estaban establecidas para sistemas de partículas en
interacción débil, y que estas leyes no parecen convenir a sistemas cuyas
unidades interactúan por efecto de fuerzas de largo alcance, como son las
fuerzas de gravitación, por ejemplo. Las estructuras astronómicas no permiten
una descripción que se ajuste a estas leyes (figs. 2 y 3).
Ahora bien, lo que sabemos sobre constitución física y química de los seres
vivos parece indicar que las interacciones internas de la célula (o entre
varias células en organismos más desarrollados) son interacciones habituales a
corto plazo, análogas a las interacciones débiles que existen entre las
partículas de los sistemas en equilibrio termodinámico que se estudian en
física. La naturaleza de las fuerzas internas de la célula no es incompatible
con las leyes de la termodinámica clásica que hemos expuesto. Sin embargo,
¿permiten éstas determinar las estructuras biológicas? Es lo que veremos a
continuación.
Las estructuras disipativas: orden y fluctuaciones
Para abordar el tema central de nuestra exposición, el problema del orden
biológico, tenemos que introducir un nuevo concepto: el de estructura
«disipativa», del que, en hidrodinámica, la «inestabilidad de Bénard» nos
facilita un buen ejemplo.
Por consiguiente, vamos a abordar el tema central del orden biológico. Es muy
curioso que, en la misma época en que se formulaba la termodinámica, se
introdujeran también las teorías sobre evolución biológica y sociológica.
Aunque, contrariamente a la idea termodinámica de evolución, en biología y
sociología este concepto va asociado a un crecimiento de la organización, a la
formación de estructuras y funciones cada vez más complejas. Spencer llegó a
hablar de «la inestabilidad de lo homogéneo» y de una fuerza diferenciante creadora
de organización. En efecto, la multiplicación de estructuras altamente
ordenadas parece incompatible con el segundo principio de la termodinámica que
postula, como hemos visto, la evolución de todo sistema macroscópico a
condición de que haya aumento de entropía, es decir, por degradación del orden
que le caracteriza. Es cierto que los biólogos insisten actualmente en el hecho
de que el teorema de crecimiento de entropía, se aplique al sistema completo,
es decir, al sistema viviente, más su entorno. En otras palabras, un sistema
vivo no puede compararse con un sistema aislado, en el que es válida la
desigualdad dS ≥ 0, sino más bien con un sistema abierto, es decir,
un sistema que intercambie energía y materia con el mundo externo. A partir de
esta condición, el aumento de entropía en el sistema completo es perfectamente
compatible con la disminución dentro del sistema vivo de la entropía que ha
tenido que producirse durante la formación de las estructuras organizadas. Pero
este modo de ver las cosas nada nos aclara sobre la evolución del propio
sistema vivo, sobre los mecanismos que conducen a una organización molecular.
No nos basta con saber que la evolución de los sistemas vivos puede
corresponder a un aumento de entropía del universo (en el supuesto de que lo
consideremos un sistema cerrado) y cumplir el segundo principio de la
termodinámica. Debemos buscar, si existe, una descripción termodinámica de los
procesos de evolución del propio sistema vivo, por estar vinculados estos
principios a los estados que se hallan fuera del equilibrio termodinámico.
Figura 2. Diagrama de control de la glucólisis.
En primer lugar, conviene analizar minuciosamente
el concepto de estado termodinámico de no equilibrio. Hemos visto que, en un
sistema aislado, el segundo principio de la termodinámica implica el aumento de
entropía hasta alcanzar el máximo. El sistema tiende, tras un régimen
transitorio más o menos breve, hacia un estado permanente unívoco que es el
equilibrio termodinámico.
Consideremos ahora, en lugar de un sistema aislado, un sistema abierto que
pueda intercambiar simultáneamente energía y materia con el mundo externo. En
tal caso, y siempre que las reservas externas de energía y materia sean
suficientemente grandes para que el estado sea permanente, el sistema puede
tender hacia un régimen constante distinto al de equilibrio. Mientras que un
sistema aislado en equilibrio está asociado a estructuras «en equilibrio» —un
cristal, por ejemplo—, un sistema abierto «fuera de equilibrio» irá asociado a
lo que se denomina estructuras disipativas; estructuras que vamos a describir.
El principio de orden de Boltzmann, que nos procura una buena descripción de
los estados de equilibrio, ya no es aplicable en este caso. Las estructuras
disipativas van asociadas a un principio de orden totalmente distinto que
podríamos denominar «orden mediante fluctuaciones».
Figura 3. El orden biológico comprende realmente dos tipos de orden
enormemente sofisticados: el orden funcional y el orden arquitectónico. En las
células, el desarrollo normal del metabolismo requiere una coordinación entre
millares de reacciones químicas. Los mecanismos de coordinación constituyen el
orden funcional. Las reacciones que intervienen en la glucólisis son ejemplo de
ello. Algunas moléculas sintetizadas activan o inactivan, mediante sistemas de
contra-reacción más o menos complejos, las enzimas que intervienen en otras
reacciones. Estas reacciones requieren en especial catalizadores específicos,
las enzimas, que son macromoléculas con una organización espacial muy compleja.
Este orden arquitectónico determinado por el código genético, permite una
especialización muy sutil de las enzimas, las cuales inducen ciertas reacciones
concretas. En la imagen vemos una carboxipeptidasa que hidroliza el enlace
peptídico situado en el terminal carboxílico de una cadena polipeptídica
(esquema según R. E. Dickerson y J. Geis, The Structure and Action of Proleins,
Harper and Row).
La inestabilidad de Bénard
Antes de esbozar la teoría termodinámica de las estructuras disipativas, veamos
un ejemplo particularmente sencillo del ámbito de la hidrodinámica: la
inestabilidad de Bénard.[222]
Calentemos un estrato líquido por abajo. La consecuencia de aplicarle esta
constricción es que el sistema se aparta del estado de equilibrio
correspondiente al mantenimiento de una temperatura uniforme en el estrato.
Para pequeños gradientes de temperaturas, el calor se difunde por conducción,
pero, a partir de un gradiente crítico, se produce además un transporte por
convección. La figura 4 es una foto de las células de convección captadas
verticalmente. Obsérvese la disposición regular de las células hexagonales.
Figura 4. Ejemplo de estructura disipativa en hidrodinámica: la
inestabilidad de Bénard. Se calienta una capa líquida por debajo. Como
consecuencia de la aplicación de esta ligadura el sistema se aparta del estado
de equilibrio correspondiente al mantenimiento de una temperatura uniforme.
Para pequeños gradientes de temperatura, el calor se transfiere por conducción,
pero, a partir de un gradiente crítico, se observa además un transporte por
convección. La Figura muestra las células de convección del espermaceti
fotografiadas verticalmente. Obsérvese la disposición regular de las células de
con Figuración hexagonal.
Tenemos aquí un fenómeno típico de estructuración
correspondiente a un alto nivel de cooperatividad desde el punto de vista
molecular. Antes de la inestabilidad de Bénard, la energía del sistema residía
totalmente en su energía de agitación térmica. A partir de ella, una parte se
transfiere por medio de corrientes macroscópicas ordenadas que contienen un
número muy elevado de moléculas. El hecho notable es que las estructuras de
este tipo se generan y se mantienen merced a los intercambios de energía con el
mundo externo, en condiciones de inestabilidad. Por este motivo, se
denominan estructuras disipativas.
Es evidente que el principio de Boltzmann no puede aplicarse en un caso como
éste. Nos daría una probabilidad prácticamente nula de corriente macroscópica.
Sólo debido a que existe una constricción externa —en este caso, el gradiente
de temperatura— y a que el sistema está suficientemente apartado del estado de
equilibrio, es posible la aparición de una nueva estructura cooperativa.
Puede demostrarse que esta estructura se origina como consecuencia de una
inestabilidad del sistema próximo al equilibrio termodinámico. Podríamos
representar la situación física del modo siguiente: pequeñas corrientes de
convección aparecen constantemente como fluctuaciones, pero, por debajo del
valor crítico del gradiente, estas fluctuaciones remiten. Entretanto, por
encima de este punto crítico, ciertas fluctuaciones se amplifican y dan origen
a una corriente macroscópica. Aparece un nuevo orden, correspondiente esencialmente
a una fluctuación gigante, estabilizada por los intercambios de energía con el
mundo externo. Es el orden por fluctuación .
Termodinámica generalizada
Para explicar cómo se origina una estructura disipativa, hay que tener en
cuenta las fluctuaciones capaces de generarla en una termodinámica de los
fenómenos irreversibles. Esto es lo que sucede en el marco de la «termodinámica
generalizada» desarrollada por el autor. Estructuras disipativas espaciales o
temporales aparecen cuando el medio externo mantiene un estado de inestabilidad
tal que posibilita la amplificación de las fluctuaciones y conduce a estados
macroscópicos más organizados.
El ejemplo de inestabilidad de Bénard demuestra que, para entender la
generación de una estructura inestable, es necesario incorporar a la
termodinámica de los fenómenos irreversibles las fluctuaciones que puedan
generar esta estructura. Más adelante estudiaremos en detalle la relación entre
estructuras disipativas y estructuras y funciones responsables del
mantenimiento del orden biológico. Pero ya desde este momento podemos señalar
que la diferenciación entre las estructuras y las funciones que caracterizan al
orden biológico sugiere que el funcionamiento de los seres vivos se lleva a
cabo en condiciones de desequilibrio.
Durante estos últimos años ha tenido lugar el desarrollo de una termodinámica
«generalizada» por parte del autor y sus colegas de Bruselas, especialmente P.
Glansdorff. Expondremos brevemente las bases de esta teoría siguiendo un
enfoque intuitivo, basado en la teoría de las fluctuaciones. Hemos visto que la
entropía de un sistema aislado es máxima en el estado de equilibrio
termodinámico. Pero, a causa de la estructura molecular del sistema, cabe
esperar fluctuaciones. Un sistema macroscópico homogéneo deja de serlo a escala
molecular. Sus fluctuaciones conducen a un alejamiento a nivel de la entropía
máxima.
Podemos desarrollar la entropía del estado fluctuante en tomo a su valor de
equilibrio S0 y tendremos, por términos de orden superior, S =
S0 + ρδS − 1/2 δ2S. Como estamos cerca de un máximo,
tendremos δS = 0 y δ82S < 0. Para que el estado de referencias S0 sea
estable, es necesario también que la entropía de exceso δ2S crezca
con el tiempo: (d/dt) δ2S > 0, sin lo cual la fluctuación se
amplificaría y el sistema se apartaría de su estado de referencia.
La termodinámica generalizada permite expresar esta condición en términos de
fluctuaciones de la velocidad de los fenómenos irreversibles y de las fuerzas
generalizadas. Vemos, efectivamente, que
(d/dt) δ2S = ΣδJρXρ
donde los Jρ son las velocidades de
los fenómenos irreversibles, como velocidad de las reacciones químicas y de la
difusión, y las Xρ las fuerzas correspondientes, denominadas
afinidades en el caso de las reacciones químicas.
En proximidad al equilibrio termodinámico, se demuestra fácilmente que la
desigualdad
(d/dt) δ2S > 0
siempre se cumple. El sistema es estable, lo rige
el principio de Boltzmann, aunque esté temporalmente perturbado por una
fluctuación. Pero, en un estado alejado del equilibrio termodinámico, ya no
sucede necesariamente lo mismo. En presencia de no linealidades apropiadas, la
desigualdad (d/dt) δ2S > O puede dejar de ser válida y el sistema
evoluciona hacia un nuevo régimen, principalmente un régimen que genere
estructuras ordenadas.
Durante los cuatro últimos años, nuestro grupo ha estudiado en detalle el comportamiento
de los sistemas abiertos de las reacciones químicas y de los fenómenos de
transporte, y la posibilidad de alcanzar estados de «desequilibrio»
termodinámico correspondiente a estructuras ordenadas. En estos casos, es la
termodinámica no lineal (para estados alejados del equilibrio,
ya no existen leyes lineales entre corrientes y fuerzas que se desarrollan en
el interior del sistema) la que rige los fenómenos observados.
La elección de este tipo de sistema estuvo motivada por el hecho de que el
comportamiento de un sistema vivo depende en gran parte de cierto tipo de reacciones
químicas no lineales (reacciones que constan de etapas de catalización
por medio de enzimas, control de la actividad de las mismas mediante procesos
de activación o de inhibición, etc.) y de fenómenos de transporte (paso de
iones a través de las membranas, difusión de los ARN de transferencia en
proximidad a los ribosomas, etc.). Pudo demostrarse, primero en modelos
químicos que constaban de etapas no lineales, que, efectivamente, pueden darse
posibilidades de no equilibrio. Mientras que, en el equilibrio termodinámico y
para alejamientos leves del mismo (aproximación lineal), se observa una
homogeneidad espacial y temporal, puede preverse, para tales sistemas y para
alejamientos sucesivamente mayores del estado de equilibrio, un umbral de
inestabilidad (según el valor de los parámetros cinéticos y de las constantes
de difusión) por encima del cual el sistema puede presentar un comportamiento
periódico en el tiempo, una ruptura espontánea de la homogeneidad espacial, o
fenómenos aún más complejos.
Señalemos que este comportamiento lejano al equilibrio no es universal. La
aparición de comportamientos coherentes de este tipo exige condiciones
particulares, mientras que, en proximidad al equilibrio, es el principio de
Boltzmann el que siempre es válido (para las fuerzas a las que
se aplica la termodinámica).
La existencia de estructuras disipativas
La aparición de estructuras disipativas en los sistemas no lineales y
suficientemente apartados del equilibrio no sólo ha sido establecida por medio
de simulaciones por ordenador en sistemas modélicos; recientemente se han
llevado a cabo numerosos experimentos de laboratorio que demuestran la
existencia de estas estructuras. Antes de abordar los aspectos biológicos, es
interesante presentar un ejemplo que pertenece al ámbito de la química no
biológica.
Un caso particularmente bien conocido es el de la reacción de
Zhabotinski, [223] relativa
a la oxidación del ácido malónico por efecto del bromato potásico en presencia
de iones de cerio. En las figs. 5 y 6 se ilustran algunas etapas de la
evolución del sistema. Las líneas oscuras corresponden a un exceso de Ce3+ y
las zonas claras a un exceso de Ce4+. Para ciertos valores de
concentración se observan al principio oscilaciones, agitaciones, y luego la
formación de una estructura espacial que persiste durante varias horas.
Como la experiencia se realiza en un sistema cerrado, éste evoluciona
necesariamente hacia el equilibrio termodinámico, caracterizado en particular
por la homogeneidad. En un momento dado, el sistema evoluciona bruscamente y
todo el fenómeno de estructuración desaparece en unos segundos. Tenemos aquí un
excelente ejemplo de comportamiento coherente, posible gracias a un alejamiento
suficiente del equilibrio termodinámico.
Estructuras disipativas en biología
¿Qué papel desempeñan las estructuras disipativas en el funcionamiento de los
seres vivos actuales y en los estadios pre biológicos? En lo que respecta al
primer punto, se ha demostrado que las reacciones metabólicas, o las ondas
cerebrales, por ejemplo, pueden analizarse en términos de estructuras
disipativas temporales. En lo que atañe a los estadios prebiológicos, los
trabajos de Eigen pueden aportar una contribución fundamental, pues,
efectivamente, Eigen ha demostrado que, en un sistema formado por proteínas y
poli nucleótidos, las interacciones le permitirían alcanzar un estado final
caracterizado por un código genético y una estabilidad notable.
|
|
Figuras 5 y 6. Ejemplos de estructuras
disipativas en química: caso de la reacción de Zhabotinski, correspondiente a
la oxidación del ácido malónico por efecto del bromato de potasio en
presencia de iones de cerio. Las líneas oscuras corresponden a un exceso de
Ce1−, y las zonas claras a un exceso de Ce4−. La Figura 5 muestra la
evolución del sistema por oscilaciones hacia una estructura disipativa
espacial. En la Figura 6, vemos la estructura disipativa espacial que se
obtiene al cabo de un tiempo y que persiste durante varias horas. En dicha
estructura, los iones C3+ y C4+ están agrupados alternativamente en capas
horizontales. Por tratarse de un experimento en sistema cerrado, evoluciona
necesariamente hacia el equilibrio termodinámico caracterizado por la
homogeneidad. En un momento determinado, el sistema evoluciona bruscamente y
todos los fenómenos de estructuración desaparecen en pocos segundos. |
Ahora podemos examinar cómo se relaciona el orden biológico con las estructuras
disipativas. Un sistema biológico, que metaboliza y se reproduce, debe,
efectivamente, intercambiar energía y materia con el entorno; por lo tanto,
funciona como sistema abierto. Por otra parte, como ya hemos puesto de relieve,
el mantenimiento de la vida y el crecimiento dependen de un sinnúmero de
reacciones químicas y de fenómenos de transporte, cuyo control implica la
intervención de factores altamente no lineales (activación, inhibición, auto
catalización directa, etc.). Finalmente, el aporte de energía o de materia se
efectúa generalmente en condiciones inestables, ya que los productos de
reacción son expulsados del sistema vivo o enviados a otros lugares de la
célula para que desempeñen otras funciones. En resumen: el funcionamiento de
los sistemas biológicos parece cumplir las condiciones necesarias para que
aparezcan las estructuras disipativas. El interés de este punto de vista radica
fundamentalmente en que puede verificarse experimentalmente. Conviene
distinguir dos clases de problemas:
·
¿Desempeñan
las estructuras disipativas un papel en el funcionamiento de los actuales seres
vivos? Es una pregunta que concierne al papel de las estructuras disipativas en
el mantenimiento de la vida.
·
¿Han
participado las estructuras disipativas en modo esencial en los estadios pre
biológicos? Es problema del origen de la vida.
En ambos casos comienzan a vislumbrarse ciertas
pistas, todavía modestas. Resumiremos algunas.
Metabolismo y estructuras disipativas
Algunas reacciones enzimáticas importantes han sido objeto de estudio
pormenorizado desde el punto de vista de su cinética, y en particular la
reacción glucolítica. Los datos experimentales de que actualmente disponemos,
indican que las concentraciones de los componentes químicos que intervienen en
estas reacciones presentan oscilaciones persistentes (véase artículo de Th. Vanden
Driessche, La Recherche, n.° 10, marzo de 1971). Por otra parte,
conocemos el mecanismo reaccional y las propiedades de las enzimas de este
sistema lo bastante bien como para poder elaborar modelos matemáticos que
describan la glucólisis. El estudio detallado de estos modelos indica que estas
oscilaciones pueden interpretarse como ciclos límite estables en el tiempo
(oscilaciones de período y amplitud constantes), que se originan más allá de la
inestabilidad de un estado estacionario de no equilibrio. En otras palabras, la
glucólisis es una estructura disipativa temporal. Como se trata de reacciones
esenciales para la energética de las células vivientes, es un hallazgo
importante.
Actualmente contamos con otros ejemplos de oscilaciones persistentes, tanto en
el caso de reacciones metabólicas, como en el de la síntesis proteica a nivel
celular. No entraremos en detalles, dado que los mecanismos reaccionales no se
conocen tan bien como los de la glucólisis.
Sistemas nerviosos y estructuras disipativas
Se han obtenido resultados interesantes a dos distintos niveles: al nivel
elemental, relativo al fenómeno fundamental de la excitabilidad membranosa y, a
nivel supra celular, relativo al fenómeno de la actividad rítmica.
Una membrana excitable, como lo es la de una célula nerviosa, puede existir en
dos estados permanentes como mínimo: un estado de polarización (causado por la
persistencia de cargas iónicas distintas sobre ambos lados de la membrana) y un
estado despolarizado que resulta del primero, como consecuencia de un cambio de
permeabilidad. Blumenthal, Changeux y Lefever demostraron recientemente[224] que
este estado de despolarización, que se presenta como un fenómeno discontinuo en
el tiempo, se alcanza tras una inestabilidad del estado de polarización, que es
un estado de «no equilibrio». En el estado «polarizado», la diferencia de
concentración iónica a ambos lados de la membrana desempeña el papel de
constricción, manteniendo el sistema lejos del equilibrio; por consiguiente,
puede producirse una inestabilidad que genera un estado de despolarización
cíclica.
Desde el punto de vista del comportamiento global, está establecido hace tiempo
que el sistema nervioso central es sede de fenómenos rítmicos persistentes con
frecuencias características reproducibles. Boyarsky[225] ha
realizado un interesante estudio sobre esta actividad rítmica. En fecha más
reciente, Cowan y Wilson[226]
han deducido las ecuaciones diferenciales no lineales que describen la dinámica
y los acoplamientos entre poblaciones neuronales localizadas que contienen a la
vez células excitatorias e inhibitorias. Demuestran que este sistema puede
presentar comportamientos rítmicos, cuya frecuencia fundamental depende del
estímulo aplicado. Estas conclusiones, así como el resultado teórico de que un
comportamiento periódico en el tiempo surge necesariamente más allá de una
inestabilidad del estado de no equilibrio, significarían que las ondas
cerebrales pueden analizarse en términos de estructuras disipativas temporales.
Citaremos finalmente los trabajos de Moore[227] que han
puesto en evidencia la influencia de los procesos metabólicos de no equilibrio
sobre la modulación de la actividad rítmica de un conjunto de neuronas.
Crecimiento y desarrollo: estructuras disipativas
Uno de los problemas más apasionantes de la biología moderna es el análisis de
los mecanismos del desarrollo: la complejidad del fenómeno para un organismo
relativamente avanzado parece ser enorme. ¿Qué mecanismos rigen tan
minuciosamente el principio y el fin del crecimiento? ¿Cómo coordina la organización
en el espacio y en el tiempo, y hasta en los más mínimos detalles, las diversas
etapas del desarrollo? ¿Cómo entender la diferenciación en células, tejidos y
órganos, con formas y funciones bien precisas pero diferentes (morfogénesis)?
En gran medida, el problema estriba en entender los mecanismos intercelulares
de comunicación y de asociación. Efectivamente, si no hubiera vinculaciones
intercelulares, los organismos superiores se descompondrían en células
individuales, confundiéndose con las formas de vida unicelular. Y, en ausencia
de especificidad y selectividad de estos vínculos, no habría tejidos ni órganos
especializados, sino simplemente una masa amorfa de células.
Actualmente parece imposible entender cómo se comunican millones o billones de
células para formar, por ejemplo, una estructura como el sistema nervioso
central de un mamífero. Afortunadamente, se da el caso de que ciertos
organismos unicelulares alcanzan, en el curso vital, un nivel de organización
en el que las células individuales forman colonias en las que se observa una
diferenciación intercelular primitiva. Este nivel de organización se ha
observado en una familia de amebas, las acrasiales. Estas amebas, durante su
ciclo vital, pueden agregarse espontáneamente formando un cuerpo multicelular.
Actualmente está admitido que este proceso se haya mediado por una sustancia
química, la acrasina, que es, en realidad, AMP cíclico excretado por las
células.
Recientemente, Keller y Segel[228] han
demostrado que el inicio de esta agregación puede interpretarse como una
inestabilidad en la distribución uniforme (por lo tanto, correspondiente a una
ausencia de agregación) de las células individuales. Para establecer este
resultado, postulan que la producción de acrasina de las células es un proceso
que implica dos etapas prácticamente irreversibles, es decir alejadas del
equilibrio termodinámico. En otras palabras: las primeras etapas de la
agregación, al menos, podrían interpretarse como una estructura disipativa
espacial. Es tentador extrapolar estas consideraciones y esperar que los
fenómenos observados en las acrasiales sirvan para facilitar indicaciones sobre
el desarrollo de organismos superiores. Si así fuera, la interpretación en
términos de estructuras disipativas nos proveería de un principio unificador
sobre estos procesos extremadamente variados y complejos.
En conclusión: parece estar establecido que algunos procesos biológicos
importantes implican inestabilidades que sólo son posibles lejos del estado de
equilibrio termodinámico.
Pasemos al problema de los estadios prebióticos. El posible papel de las
estructuras disipativas en la síntesis abiótica de los polipéptidos por
condensación en superficies catalíticas ha sido puesto de relieve por
Katchalsky y sus colaboradores.[229] Pero el
problema más fundamental es sin duda el estudiado por Eigen,[230] relativo
a la evolución de poblaciones moleculares de interés biológico y la formación
espontánea de un «código genético» por una sucesión de inestabilidades.
Hay que distinguir como mínimo dos tipos de problemas:
·
La formación
de polímetros de interés biológico que cumplen funciones que los monómeros no
pueden desempeñar. Un ejemplo conocido es la síntesis de los polímeros capaces
de hacer el papel de molde o «patrón» para su propia replicación o para la
síntesis de otras macromoléculas.
·
Suponiendo
que ya existen poblaciones moleculares de interés biológico capaces de
replicarse, ¿cuál será la ulterior evolución de este sistema?
El primer problema quizá sea más sencillo. Puede
demostrarse, al menos en modelos (Goldbeter, Nicolis, Babloyantz),[231] que la
síntesis por replicación de ácidos nucleicos según el patrón, por ejemplo, no
se convierte en dominante respecto al mecanismo ordinario de polimerización
lineal si no es a partir de una distancia crítica del estado de equilibrio, y
corresponde a partir de ese momento a una primera inestabilidad. El problema
estudiado por Eigen corresponde al segundo punto. La complejidad de este
problema es considerable: los fenómenos de replicación que acarrean error
corresponden, en suma, a un nuevo tipo de fluctuaciones en sentido
termodinámico. Estas fluctuaciones pueden amortiguarse o ampliarse. La
evolución corresponde a una serie de «catástrofes» de inestabilidad, es decir,
a una amplificación de fluctuaciones hasta la eventual aparición de un estado
dominado por ciertos tipos de macromoléculas y con estabilidad suficiente con
respecto a las fluctuaciones que él mismo genera. El trabajo de Eigen demuestra
que, en un sistema formado exclusivamente por proteínas (sin poli nucleótidos),
la sucesión de inestabilidades se prolonga indefinidamente. Por el contrario,
las interacciones entre poli nucleótidos y proteínas permitirían al sistema
alcanzar un estado final caracterizado por un código genético, y
corresponderían a una estabilidad notable en relación con los «errores» de la
cinética, sobre todo de los procesos de replicación por patrón.
Si se confirma la teoría de Eigen, contaríamos sin duda con un terreno de
investigación fundamental, ya que, por vez primera, un estado altamente
organizado, correspondiente a un código genético, emergería de forma concreta a
partir de leyes físicas.
Es posible que el problema del origen de las fluctuaciones más «nobles» de
nuestro cerebro, como es la del lenguaje (véase artículo de Irène Lézine, La
Recherche, n.° 15, septiembre de 1971), pueda formularse en la misma línea
que la teoría de Eigen. Este resultado constituiría una síntesis inesperada
entre el punto de vista estático estructuralista, que suele ser el de la
biología molecular, y el punto de vista histórico, que es el de la
termodinámica. Principio de orden de Boltzmann, estructuras disipativas,
código, son los eslabones de una cadena que nos lleva del equilibrio
termodinámico al orden biológico.
El azar y la necesidad cooperan en vez de enfrentarse
Resumiendo nuestras conclusiones, diremos que, lejos de escapar a las leyes de
la física, o de aparecer como obra de unos diablillos de Maxwell en
enfrentamiento constante con el segundo principio, la vida parece seguir las
leyes físicas con una plasticidad particular debido a su composición química y
a las leyes cinéticas que de ella se desprenden. Esto no es óbice para que, al
situar las estructuras biológicas, se estime esencial apartarse del principio
de orden de Boltzmann y tener en cuenta que los fenómenos biológicos característicos
se desarrollan lejos de un estado de equilibrio termodinámico. Por lo tanto,
existiría un auténtico umbral entre vida y no vida, pero hay que huir de ideas
excesivamente simplistas. No es la inestabilidad, sino una sucesión de
inestabilidades lo que ha permitido franquear la tierra de nadie entre vida y
no vida. Apenas comenzamos a esclarecer sus etapas.
Esta concepción del orden biológico conduce automáticamente a una apreciación
más matizada de lo que pueda ser el papel del azar y la necesidad, por volver
al título del famoso libro de Jacques Monod. La fluctuación que permite al
sistema abandonar los estados próximos al equilibrio termodinámico, representa
el elemento aleatorio, la parte del azar, mientras que la inestabilidad del
medio, el hecho de que esta fluctuación vaya en aumento, representan una
necesidad. Azar y necesidad se complementan en vez de oponerse.
Recurramos a un ejemplo de Monod, «consideremos el guijarro que tengo en la
mano». En lo esencial, la estructura de este guijarro puede deducirse de los
principios de la termodinámica y de la mecánica de medios continuos, es decir,
del principio de orden de Boltzmann. Cierto que, con este principio, no podemos
calcular la posición exacta en un momento dado de los átomos que lo constituyen,
¿pero qué interés podría tener semejante cálculo?
Pienso que la situación de la biosfera es análoga. La introducción de
estructuras disipativas, la sucesión de inestabilidades que ello implica, nos
permite esperar que, en su esencialidad, la vida sea deducible de los «primeros
principios».
Desde luego, en otros planetas, las formas que pueda adoptar la vida pueden
diferir, puesto que las estructuras disipativas conservan el recuerdo de las
fluctuaciones que las originan. Pero no parece descabellado considerar que el
fenómeno vida es tan previsible como el estado cristalino o el estado líquido.
Autor
ILYA PRIGOGINE (25 de enero de 1917 Moscú – 28 de
mayo de 2003, Bruselas) fue un físico, químico, sistémico y profesor
universitario belga de origen ruso, galardonado con el Premio Nobel de
Autor de numerosos libros como Estudios termodinámicos de fenómenos
irreversibles (1947), Tratado de termodinámica química (1950), Termodinámica
de no-equilibrios (1965), Estructura, disipación y vida (1967)
o Estructura, estabilidad y fluctuaciones (1971). Al lado de
Isabelle Stengers escribió: El Fin de las certidumbres y el
clásico La nueva alianza .
Notas
[1] Conferencias
Tanner en la Jawaharlal Nehru University Nueva Delhi. 18 de diciembre de 1982.
(N. del E.)
[2] Werner
Karl Heisenberg (1901-1979) . Fue uno de los fundadores de la mecánica
cuántica, autor del célebre principio de incertidumbre que lleva su nombre.
Premio Nobel de Física en 1932. (N. del E. )
[3] Gordon
Mills, Hamlet’s Castle, University of Texas Press, Austin, Texas, 1976.
[4] Einstein-Besso,
Correspondencia, Ed. P. Speziali, Tusquets Editores, Barcelona, 1994, pág. 455.
[5] G.
Bruno, «De la causa». Opere Italiane, 5.º diálogo, I. Bari, 1907. Véase también
I. Leclerc, The Nature of Physical Existence, George Alien and Unwin Ltd.,
Londres, 1972, pág. 88.
[6] I.
Leclerc, The Nature of Physical Existence, George Alien and Unwin Ltd.,
Londres, 1972.
[7] Carl
Rubino, Winged Chariots and blak Holes: some Reflexions on Science and
Literature, manuscrito.
[8] J. P.
Vernant. «Le refus d’Ulysse». Le temps de la réflexion . III. 1982.
[9] Paul
Valéry, Cahiers . I, Bibliothèque de la Pléiade, Editions Gallimard, 1973;
Cahiers . II, idem, 1974.
[10] Paul
Valéry, Cahiers . I, págs. 492, 651 y 531.
[11] El
determinismo —sutil antropomorfismo— dice que todo sucede como en una máquina,
tal como yo la concibo. Pero toda ley mecánica es, en el fondo, irracional,
experimental (…) El significado del término determinismo es tan vago como el de
la palabra libertad (…) El determinismo riguroso es profundamente deísta. Ya
que haría falta un dios para percibir esa absoluta concatenación infinita . Hay
que imaginar a un dios, un cerebro de dios para imaginar tal lógica. Es un
punto de vista divino. De manera que al dios atrincherado en la creación del
universo lo restablece la comprensión de ese universo. Se quiera o no, el
pensamiento determinista contiene necesariamente a un dios —y es una cruel
ironía»
[12] Henri
Bergson (1859-1941), filósofo francés. L’élan vital y La durée, son los
conceptos, más importantes, introducidos por él. (N. del E. )
[13] Alfred
North Whitehead (1861-1947), filósofo neorrealista inglés de gran influencia en
el pensamiento científico. (N. del E. )
[14] I.
Prigogine e I. Stengers, Lanouvelle Alliance, Gallimard, 1979, versión alemana
Piper, versión italiana Einaudi, la traducción inglesa se publica en 1983, y la
española en Alianza Editorial, Madrid, 1994.
[15] V.
Nabokov, Mira los arlequines, Edhasa, Barcelona 1980. Véase también M. Gardner,
El nuevo universo ambidiestro, RBA, Barcelona, 1994.
[16] M.
Peckham, Ch. Darwin, The Origin of Species in the Variorum Text, University of
Pennsylvania, Philadelphia, 1959.
[17] Ludwig
Boltzmann (1844-1906), físico austríaco, autor de la teoría cinética de los
gases y padre de la mecánica estadística. (N. del E. )
[18] Max
Karl Ernst Ludwig Planck (1858-1947), uno de los padres de la física cuántica,
Premio Nobel de Física, 1918. (N. del E. )
[19] I.
Prigogine, From Being to Becoming, W. E. Freeman and Co., San Francisco, 1980.
[20] M.
Gardner, El nuevo universo ambidiestro, RBA, Barcelona, 1994.
[21] J.
Monod, El azar y la necesidad, Tusquets Editores, 1981; en esta misma
colección.
[22] Véase
por ejemplo, G. Nicolis y I. Prigogine, Self-Organization in nonequilibrium
Systems, Wiley Interscience Nueva York, Londres, Sydney, Toronto, 1977. Véase
por ejemplo, P. Glansdorff y I. Prigogine, Thermodynamic Theory of Structure.
Stability and Fluctuations, Wyley Interscience, Londres, Nueva York, Sydney,
Toronto, 1971.
[23] K.
Popper, Unended Quest, Open Court Publishing Company, La Salle, Illinois, 1976.
[24] A. N.
Kolmogoroff, La théorie générale des systémes dynamiques et la mécanique
classique . Congreso de Amsterdam 1, 1954, págs. 315-333 .
[25] B.
Misra, I. Prigogine, Time. Probability and Dynamics. Workshop on Long-Time
Prediction in Nonlinear Conservative Dynamical Systems . Austin, TexasMarch,
1981. Véase también M. Courbage y I. Prigogine, de próxima publicación en
Proceedings of the National Academy of Sciences, 1983.
[26] I.
Prigogine y C. George, de próxima publicación en Chemica Scripta, 1983.
[27] A. N.
Whitehead, Process and Reality. An Essay in Cosmology , The Free Press, Nueva
York, MacMillan, 1969, pág. 20.
[28] M.
Planck, Treatise on Thermodynamics, Dover Publications, Nueva York, 1945, pág.
106.
[29] R.
Tagore. «The Nature of Reality». Modern Review, XLIX, Calcuta, 1931, págs.
42-43 (anexo).
[30] D. S.
Kothari, Some Thoughts on Truth, Anniversary Address, 1975, Indian National
Science Academy, Bahadur Shah Zafar Marg, Nueva Delhi, pág. 5.
[31] Paul
Valéry, Oeuvres, II. Bibliothèque de la Pléiade, Editions Gallimard, 1960, pág.
768.
[32] Publicada
en Modern Review, Calcuta, 1931. (N. del E. )
[33] Comunicación
en la sesión de la Academia Europea de Ciencias, Artes y Letras, en 1982; en Le
genre humain, 7-8, 1983, 221-223. (N. del E. )
[34] Tanto
en psicología como en filosofía, muchos autores tratan de imponer el criterio
de que el conocimiento es una serie de construcciones y no una relación pasiva
de adquisición de algo dado. Véanse los comentarios de J. Piaget sobre A.
Lichnerowicz y S. Bachelard, en Biologie et connaissance, Gallimard París,
1967, págs. 472-477, o, más próximas al criterio filosófico sobre relaciones
entre realismo del concepto y actividad del juicio, las reflexiones y recuerdos
de K. Popper, en Unended Quest, Open Court, 1968. (En el capítulo 1 de este
volumen hemos recogido como anexo el sorprendente diálogo entre A. Einstein y
R. Tagore, «La Naturaleza de la realidad», publicado en la Modern Review de
Calcuta en 1931).
[35] I.
Leclerc ha definido adecuadamente la voluntad de atribuir una permanencia a los
componentes elementales en el proyecto de los atomistas renacentistas o de la
Grecia clásica, y sobre el carácter filosófico de su revuelta contra
Aristóteles, especialmente Giordano Bruno y Sébastien Basso. Véase The Nature
of Physic Reality . George Alien and Unwin, Londres, 1972, págs. 169, 143 y
siguientes.
[36] S.
Weinberg. Los tres primeros minutos del Universo. Alianza Editorial. Madrid.
1994.
[37] I.
Prigogine e I. Stengers. La nueva alianza . Alianza Editorial, Madrid. 1994; I,
Prigogine. From Being to Becoming, Free Press, Nueva York. 1980. Estas obras
cuentan ya unos años durante los cuales se han llevado a cabo notables
Progresos en la teoría microscópica de los procesos irreversibles.
[38] G.
Nicolis, I. Prigogine, Selforganization in nonequilibrium Systems. From
dissipative Structures to Order through Fluctuations . Wiley. 1977.
[39] Véase
C. W. Norton Jr., L. E. Reichl, V G. Szebehely eds., Long-Time Prediction in
Dynamics . Wiley. 1983, en donde se plantea la cuestión del carácter no
determinista de la mecánica celeste.
[40] Sobre
las relaciones entre biología y física, véase I. Prigogine e I. Stengers. Op.
cit. pág. 101 y ss. y 190 y ss., y las referencias a la filosofía natural de
Whitehead, Waddington y Needham, sobre la relación con las ciencias de la
cultura. Ibid., págs. 44 y 269, y el texto fundamental de Lévi-Strauss «Raza e
historia» incluido en Anthropologie structurale . 2. Plon. París. 1973.
[41] Los
textos de Edgar Zilsel (casi todos publicados en Norteamérica después de sus
primeros trabajos redactados en el contexto del Círculo de Viena, y
particularmente bajo la égida de Otto Neurath) son poco conocidos. Algunos de
ellos los ha traducido Suhrkamp en Alemania con el título de Die Soziale
Ursprunge der neuzeitlichen Wissenschaft, stw 152, prologados por W. Krohn.
Frankfurt am Main. 1976, léase en particular «The Genesis of the Concept of
Physical Law», Philosophical Review, LI. 1942. 245-279. También J. Needham ha
tratado el tema en su monumental obra Science and Civilization in China .
Cambridge University Press. Las observaciones de P. Lenoble sobre la hipótesis
de Lachelier de que puede concebirse una naturaleza determinada, pero sin
orden, sin regularidad legal, si no se obliga al determinismo a volver siempre
a las mismas combinaciones, servirían para reemprender el estudio de la
filosofía natural del siglo XVII y sus proyecciones políticas (recientemente se
han publicado numerosos trabajos sobre este tema) antes que intentar explicar
por qué el atomismo determinista antiguo no pudo alumbrar a la ciencia.
[42] Sobre
la construcción de la idea de individuo y su génesis en la India y en
Occidente, remito al lector a los trabajos de Louis Dumont, recomendándole en
primer lugar la lectura de La civilisation indienne et nous. Esquisse de
sociologie comparée, Colin, París, 1975.
[43] J.
Needham, op. cit .
[44] Recientemente
el grupo de Bruselas ha realizado trabajos sobre el tema, de próxima
publicación.
[45] Por lo
tanto, el tiempo ya no puede desempeñar su tradicional papel de soporte
uniforme de los acontecimientos: a partir de ahora reviste categoría de
problema y como tal requiere construcciones; en lo que respecta a la ética,
vemos que desde ahora la ciencia no interviene en ella más que por principio de
indiferencia, en donde difícil era, en el marco de un mundo autómata,
determinista y reversible, concebir una separación entre ser y deber-ser.
[46] Publicados
en la colección «Lettres Nouvelles», Plon París, 1961.
[47] M.
Paro, Memorándum de la Facultad de Ciencias, Université Libre de Bruseles,
1982.
[48] J.
Pasteels, J. C. Verhaeghe, T. C. Deneubourg. «The Adaptative Valué of
probabilistic Behavior during Food Recruitment in Ants», Biology of Social
Insects, M. D. Breed. C. D. Michener, H. E. Evans, eds., Westview Press,
Boulder, Colorado, 1982.
[49] ] Informe al Club de Roma, reunión de Tokio
1982.
[50] Sobre
este tipo de modelos, véase P. M. Alien. «Evolution, modelling and design in a
complex world». Environment and Planning, 1982, vol. 9. págs. 95-111.
[51] Resolución
del 14 de enero de 1974, «Diario Oficial», 29 enero de 1974.
[52] Citaremos
los grandes coloquios: Milán 1976, Une poliliques cientifique et technologique
pour la communauté européenne (CCE XII/1053/76); Bruselas 1977, Crise de la
Science dans les sociétés européenne (Revue de l’Université de Bruxelles,
1977/2, Science and Policy Review, 1977/4, Wirtschaft und Wissenschaft,
1977/3);Compiègne 1978, La Science et la technologie européenne face aux défis
de la société d’aujourd’hui (CEE EUR 6391. FR), Estrasburgo 1980, La
recherce-développement dans la Communauté Economique Européenne vers une
nouvelle phase de la politique communé (CEE XII/804/80); Bruselas 1981, La
recherches cientifique dans la communauté européenne; possibilités et
perspectives (Rencontres Internationales, Solvay, 1981).
[53] Resolución
de la comisión del 6 de diciembre de 1982. (82/835/CEE. Diario Oficial, 10 de
diciembre de 1982, I. 350/45).
[54] Resolución
de la comisión del 6 de diciembre de 1982. (82/835/CEE. Diario Oficial, 10 de
diciembre de 1982, I. 350/45).
[55] Publicado
en la revista de la AUPELE, XIII (4751. 2. 47-72. (N. del E. )
[56] Isabelle
Stengers es aspirante al Fonds National de la Recherche Scientifique de Bélgica
y también profesora en la Facultad de Ciencias de la Universidad Libre de
Bruselas, así como colaboradora habitual de Ilya Prigogine. (N. del E. )
[57] Véase,
por ejemplo. M. Amhacher, Les Philosophies de la Nature, col. «Que sais-je?»,
n.º 1589, PUF, París, 1974.
[58] J. P.
Changeux, «De la bactérie au cerveau humain», enLe Monde, 21 enero de 1976,
pág. 17-18.
[59] F.
Kant, Critique de la faculté de Juger, párrafo 66 de la versión francesa, Vrin,
París, 1968
[60] Ibíd.,
párrafo 58.
[61] F.
Nietzsche. «Fragments inédits 1881-1882», en Le gai savoir, pág. 367 de la
traducción de P. Klossowsky, Gallimard, París, 1967.
[62] Ibíd.,
pág. 369.
[63] G.
Deleuze, Nietzsche et la philosophie, PUF, París, 1973, pág. 51.
[64] Ibíd.,
pág. 52.
[65] Ibíd.,
pág. 53.
[66] H.
Bergson. «L’évolution créatrice», en Oeuvres, Editions du Centenaire, PUF,
París, 1970, pág. 784.
[67] Ibíd.,
pág. 784.
[68] Ibíd.,
pág. 538.
[69] Ibíd.,
pág. 538.
[70] H.
Bergson. «La pensée et le mouvant», en Oeuvres, Editions du Centenaire, PUF,
París, 1970, pág. 1273.
[71] Ibíd.,
pág. 1274.
[72] Ibíd.,
pág. 1275.
[73] Véase a
propósito de este problema. A. Koyré, Etudes galiléennes, Hermán, París, 1966.
[74] A.
Koyré. Etudes newtoniennes , Gallimard, París, 1968, pág. 32. Alexandre Koyré
(1082-1964), historiador ruso-francés de las ciencias y la filosofía. Célebre
por sus estudios sobre Newton y Galileo. ( N. del E. )
[75] I.
Prigogine e I. Stengers, La nueva alianza, Alianza Editorial, Madrid, 1994.
[76] J.
Monod, El azar y la necesidad, en esta misma colección, Tusquets Editores,
1981. Véase también E. O. Wilson Sociobiología, Omega, Barcelona, 1980.
[77] J.
Schlanger, Les métaphores de l’organisme, París, 1971, pag. 42.
[78] Ibíd.,
pág. 43.
[79] La
entropía del mundo aspira a su valor máximo. (N. del T. )
[80] M.
Serres. Feux et signaux de Brume-Zola . Grasset, París, 1972, pág. 267-268.
[81] Véanse
exposiciones generales de: P. Glansdorff y I. Prigogine. Structure, staibilité
et fluctuations, Masson, París, 1971; I. Prigogine. «La thermodynamique de la
vie», en La Recherche, vol. 3, n.º 24. 1972.
[82] G.
Deleuze, Le bergsonísme, PUF, París, 1966, pág. 111.
[83] I.
Prigogine, O. Nicolis, A. Babloyantz, «Thermodynamics of Life», en Physics
Today, 25, n.º 1112, noviembre-diciembre de 1972, G. Nicolis y R. Lefever.
«Membranes, dissipative Structures and Evolution»,Advances in Chemical Physics,
29, Wiley Interscience, Nueva York, 1975; I. Prigogine. R. Lefever. «Stability
and Selforganization in open Systems», en Advances in Chemical Physics, págs
1-28, 1975; G. Nicolis y J. F. G. Auchmuty, P.N.A.S., 71, n.º 7, pág.
2748-2751. 1974, y A. Goldbeter, 253, pág. 540, 1975.
[84] Manfred
Eigen (1927-), físico alemán estudioso de las reacciones químicas ultrarrápidas
y autor de un modelo para la evolución prebiótica. Premio Nobel de Química,
1967. ( N. del E. ) M. Eigen. «Selforganization of Matter and the Evolution of
biological Macromolecules», en Naturwissenschaften , 58, pág. 465-523, 1971. P.
M. Alien, «Darwinian Evolution and a predator-Prey Ecology», en Bulletin of
Mathematical Biology , 37, 1975; y I. Prigogine, L’Ordre par fluctuations et le
système social , de próxima publicación.
[85] El
futuro tiene que ser peligroso… Los grandes progresos de la civilización son
procesos que fundamentalmente destruyen la sociedad en que se producen ( N. del
T. ) E. Jantsch, en el Neue-Zürcher Zeitung, 26 de noviembre de 1975, pag 55-56
y 3 de diciembre de 1975, págs. 45-46.
[86] Los
muchos se hacen uno y quedan aumentados en uno. ( N. del T. ) A. N. Whitehead,
Process and Reality , The Free Press, Mac Millan Company, Nueva York, 1969,
pág. 24
[87] A.
Neher, «Vision du temps et de l’histoire dans la culture juive», en Les
cultures et le temps, Payot, Paris, 1975, pág. 179.
[88] «Ensayo
sobre lo interdisciplinario», escritos en homenaje a François Perrouxy
publicados en un libro monográfico por Presses Universitaires de Grenobleen
1978. (N. del E. )
[89] F.
Perroux, Pouvoir et économie, Dunod, París, 1974, pág. 12.
[90] F.
Perroux, L’économie du XXème siècle, PUF, París, 1969, pág. 22.
[91] René
Thom (1923-), matemático francés célebre por sus trabajos en topología y
fundador de la «teoría de las catástrofes». Medalla Fields en 1958, (N. del E.
)
[92] R.
Thom, Encyclopaedia Universalis, vol. 17, pág. 8.
[93] G.
Ganguilhem, La connaissance de la vie, Vrin, París, 1971, segunda edición
revisada y aumentada, pág. 153.
[94] A.
Goldbeter, PNAS, 70, 3255, 1973.
[95] E. A.
Burtt. The Metaphysical Foundation of Modern Science, Doubleday, Anchor Books,
Nueva York, 1954, pág. 95.
[96] G.
Tarde, Les lois sociales, Alcan, París, 1921, págs. 15-16.
[97] Ibíd.,
pág. 27.
[98] Ibíd.,
pág. 42
[99] Ibíd.,
págs. 46, 47.
[100] E.
Durkheim, «Représentations individuelles et representations collectives», en
Sociologie et philosophie, PUF, París, 1967, pág. 29.
[101] Ibíd.,
pág. 29.
[102] Ibíd.,
pág. 37.
[103] G.
Tarde, Les lois de l’imitation, Alcan, París, 1921, pag. 83.
[104] I.
Prigogine, L’ordre par fluctuation et le système social, coloquio François
Perroux, Collège de France, 1975.
[105] G.
Tarde, Les lois de l’imitation, cit. XIII.
[106] E.
Durkheim, Les regles de la méthode sociologique, PUF, París, 1968, pág. 12.
[107] G.
Tarde. Ecrits de psychologie sociale, textos escogidos y presentados por A. M.
Rocheblave y J. Milet, Privat, Toulouse, 1973, pág. 132
[108] R. May,
Model Ecosystems, Princeton University Press, Princeton, 1973.
[109] G.
Tarde. L’opinion et la foule, Alcan, París, 1922.
[110] G.
Tarde, Écrits, Op. cit., pág. 191.
[111] Ibíd.,
pág. 88.
[112] G.
Deleuze, Difference et répétition, PUF, París, 1972, pág. 105.
[113] M.
Serres, Le système de Leibniz et ses modèles mathématiques, PUF, París, 1968.
[114] Mallarmé,
«Grands fais divers», Magie, Pléiade, págs. 399-400.
[115] Conferencias
Symposium, en el Living State, Nueva Delhi, diciembre de 1981. (N. del E. )
[116] Karl
Raimund Popper (1902-1994), filósofo austríaco, autor de una larga obra sobre
filosofía de la ciencia. Es célebre, en particular, por su polémica teoría del
«falsacionismo» (N. del E. )
[117] Josiah
Willard Gibbs (1839-1903), físico norteamericano, fue uno de los padres de la
termodinámica clásica. (N. del E. )
[118] De este
físico alemán, también Premio Nobel de Física en 1933, encontrara el lector en
esta misma colección las obras: ¿Qué es la vida?, Mente y materia, Ciencia y
humanismo y La naturaleza y los griegos . (N. del E. )
[119] Como
hemos visto, la introducción de la segunda ley de la termodinámica está
estrechamente relacionada con el tema de las condiciones iniciales posibles. La
cuestión cobra aún mayor entidad en la relatividad general. Esperamos poder
hablar de ello en breve.
[120] Extracto
de Albert Einstein: 1979-1955. Memorial Albert Einstein, publicado en ocasión
del centenario de su nacimiento. Académie Royale de Belgique. 1981. (N. del E.
)
[121] Niels
Henrik David Bohr (1885-1962), físico danés, autor del modelo del átomo de
hidrogeno. Premio Nobel de Física. 1922. (N. del E. )
[122] Paul
Adrien Maurice Dirac (1902-), físico inglés, fue uno de los fundadores de la
mecánica cuántica y el primero en sugerir el concepto de antipartícula. Premio
Nobel de Física. (N. del E. )
[123] Para la
situación de la ciencia en el siglo XIX y para las notas al texto véase M.
Mandelbaum, History, Man and Reason, The Johns Hopkins University Press,
Baltimore, 1971.
[124] Gustav
Robert Kirchhoff (1824-1087), físico alemán, realizó importantes trabajos en
electricidad y espectroscopia. (N. del E. )
[125] Emile
Dubois Reymond (1818-1896), fisiólogo alemán de origen hugonote, demostró la
presencia de corrientes eléctricas en procesos nerviosos y musculares. (N. del
E. )
[126] Ernst
Mach (1838-1916), físico austríaco muy influyente, filósofo de la ciencia que
rechazara la teoría de la relatividad, aunque ésta contenía muchas de sus
ideas. (N. del E. )
[127] Albert
Einstein. Philosopher scientist, editado por P. A. Schlipp, Harper, 1979.
[128] Edwin
Pawell Hubble (1889-1953), astrónomo norteamericano: sugirió que la velocidad
de alejamiento de las galaxias era proporcional a la distancia que las separa
de la Tierra. Calculó el radio del universo en 20 billones de años luz (N. del
E. )
[129] Véase
R. W. Clark. Einstein, the Life and Times, Avon Books, 1971.
[130] Albert
Einstein/Michele Besso, Correspondencia, Tusquets Editores, Barcelona, 1994.
[131] Véase
B. Misra, I. Prigogine, M. Courbage, PNAS, 75, 1627-1631, 1979.
[132] George
y Prigogine, Physica, 99A, 369-382, 1979.
[133] Literalmente,
«de grano grueso», es decir, aproximaciones que integran sobre grandes unidades
de observación. Es un concepto similar al grano de la película fotográfica. (N.
del E. )
[134] S.
Weinberg. Los tres primeros minutos del Universo, Alianza Editorial, Madrid,
1994.
[135] Albert
Einstein, Philosopher scientist, editado por P. A. Schlipp, Harper, 1979.
[136] Conferencia
dictada en la Stanford University. Stanford, Estados Unidos. (N. del E. )
[137] Karl
Popper, Unended Quest, Open Court Publishing Company, La Salle, Illinois, 1976,
pág. 129.
[138] Para
más detalles, véase G. Nicolis y I. Prigogine, Self-Organization in
non-equilibrium Systems , Willey-Interscience, Nueva York, 1977. I. Prigogine,
From Being to Becoming , W. H. Freeman and Co., San Francisco, 1980.
[139] Glosado
y comentado en El nuevo universo ambidiestro de Martin Gardner, RBA, Barcelona,
1994.
[140] Joseph
Needham, Science and Civilization in China, vol. 5.
[141] Martin
Gardner, El nuevo universo ambidiestro, RBA, Barcelona, 1994.
[142] P.
Ehrenfest (1912), The Conceptual Foundations of Statistical Approachin
Mechanics, traducción de J. Moravcsik, Cornell Univ. Press, Ithaca, N.Y. 1959;
también M. J. Klein, Paul Ehrenfest, North-Holland, Amsterdam, 1970.
[143] Véase
la reciente revisión de B. Misra e I. Prigogine.
[144] I.
Prigogine, Statical Mechanics of irreversibe Processes , John Wiley and Sons,
Inc., Londres y Nueva York, 1962. Véase también David Park, The Roots of Time ,
en el que esta cuestión está claramente expuesta.
[145] Girad,
Des choses cachées depuis la fondation du monde . Bernard Grasset, Paris, 1978.
[146] Conferencia
A. Katzir-Katchalsky, Jerusalem, 1980. (N. del E. )
[147] Albert
Einstein/Michele Besso, Correspondencia, Tusquets Editores, Barcelona, 1994.
[148] G.
Nicolis y I. Prigogine, Self-Organization in nonequilibrium Systems, Nueva
York, John Wiley Interscience, 1977.
[149] R. A.
Alpher y R. Hermán, Nature, 162, 1948; Physical Review , 75, 1949, 1089 y
Proceedings of the American Philosophical Society , 119, 1975, 325. Véase S.
Weinberg, Los tres primeros minutos del Universo , Alianza Editorial, Madrid,
1994.
[150] Curran
y A. Katzir-Katchalsky. P. Glansdorff y I. Prigogine, Thermodynamic Theory of
Structure, Stability and Fluctuations , John Wiley Interscience, Londres y
Nueva York, 1971. E: energía interna. T: temperatura absoluta. S: entropía. (
N. del E.
[151] . E:
energía interna. T: temperatura absoluta. S: entropía. (N. del E.
[152] ] J. S. Turner, «Periodic and nonperiodic
oscillations in the Belousov-Zhabotinski Reaction», Aachen, Alemania,
septiembre 19-22, 1979.
[153] Brunsma.
[154] Grassé.
[155] J. L.
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[156] D. K.
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Nicolis y M. Malek Mansur, J. St. Physics , 22, 1980, 495. M. Malek Mansur y C.
Van den Broeck, Proceedings of Workshop on Bifurcations, Fluctuations and
Instabilities in chemical Systems , Austin, Texas, marzo de 1980.
[158] O (V) =
del orden de magnitud de V. (N del E. )
[159] Véase
la nota 86 (N. del E. )
[160] Véase
I. Prigogine, From Being lo Becoming, San Francisco, W. H. Freeman and Co.,
1980.
[161] Véase
I. Prigogine e I. Stengers, La nueva alianza, Alianza Editorial, Madrid, 1994.
[162] Vision
du temps et de l’histoire dans la culture juive . Les cultures et le temps,
Paris, Payot, 1975.
[163] Publicado
en Goals in a Global Community, E. Laszlo y J. Biermann, eds., Pergamon Press,
1977. (N. del E. )
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