Libro N° 6014. El Rey Lear. Shakespeare, William.
© Libro N° 6014.
El Rey Lear. Shakespeare,
William. Emancipación. Mayo 18 de 2019.
Título
original: © El Rey Lear. William Shakespeare
Versión Original: © El Rey Lear. William Shakespeare
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EL REY LEAR
William Shakespeare
DRAMATIS
PERSONAE
LEAR,
rey de Britania
El
REY DE FRANCIA
El
DUQUE DE BORGOÑA
GONERIL,
hija mayor de Lear
REGAN,
hija segunda de Lear
CORDELIA,
hija menor de Lear
El
Duque de ALBANY, esposo de Goneril
El
Duque de CORNWALL, esposo de Regan
El
Conde de KENT
El
Conde de GLOSTER
EDGAR,
hijo de Gloster
EDMOND,
hijo bastardo de Gloster
El
BUFÓN
OSWALD,
mayordomo de Goneril
CURAN,
cortesano
Un
ANCIANO, siervo de Gloster
Un
CAPITÁN
Un
HERALDO
Caballeros,
criados, mensajeros, soldados, acompañamiento.
LA
TRAGEDIA DEL REY LEAR
I.i
Entran [los Condes de] KENT y [de] GLOSTER, y EDMOND.
KENT
Creí
que el rey estimaba más al Duque de Albany que al de Comwall.
GLOSTER
Eso
creíamos nosotros. Pero ahora que divide su reino, no está claro a cuál de los
dos aprecia más, pues los méritos están tan igualados que ni la propia
minuciosidad sabría escoger entre uno y otro.
KENT
Señor,
este joven, ¿no es hijo vuestro?
GLOSTER
Su
crianza ha estado a mi cargo. Reconocerle me ha dado siempre tal sonrojo que
ahora ya estoy curtido.
KENT
No
concibo...
GLOSTER
Pues
su madre sí que concibió. Por eso echó vientre y se encontró con un hijo en la
cuna antes de tener un marido en la cama. ¿Se huele a pecado?
KENT
No
quisiera corregirlo, viendo el feliz resultado.
GLOSTER
También
tengo otro hijo, señor, de legítimo origen, un año mayor que éste, pero no más
querido. y aunque este mozo vino al mundo por la vía del vicio sin que nadie lo
llamase, su madre era hermosa, gozamos al engendrarlo y el bastardo debe ser
reconocido. ––Edmond, ¿conoces a este noble caballero?
EDMOND
No,
señor.
GLOSTER
El
Conde de Kent. Recuérdale siempre como mi honorable amigo.
EDMOND
A
vuestro servicio, señor.
KENT
Os
doy mi amistad y aspiro a conoceros mejor.
EDMOND
Señor,
me afanaré por merecerlo.
GLOSTER
Lleva
fuera nueve años y se marcha otra vez.
Clarines.
Llega
el rey.
Entran
el rey LEAR, [los Duques de] CORNWALL y de ALBANY, GONERIL, REGAN, CORDELIA y
acompañamiento.
LEAR
Gloster,
traed a los Señores de Francia y de Borgoña.
GLOSTER
Sí,
majestad.
Sale.
LEAR
Mientras,
voy a revelar mi propósito secreto
Dadme
ese mapa. Sabed que he dividido
en
tres mi reino y que es mi firme decisión
liberar
mi vejez de tareas y cuidados,
asignándolos
a sangre más joven, mientras yo,
descargado,
camino hacia la muerte.
Mi
yerno de Cornwall y tú, mi no menos querido
yerno
de Albany, es mi voluntad en esta hora
hacer
pública la dote de mis hijas
para
evitar futuras disensiones. Los príncipes
de
Francia y de Borgoña, rivales pretendientes
de
mi hija menor, hacen amorosa permanencia
en
esta corte y es forzoso responderles.
Decidme,
hijas mías, puesto que renuncio
a
poder, posesión de territorios
y
cuidados de gobierno, cuál de vosotras
diré
que me ama más, para que mi largeza
se
prodigue con aquélla cuyo afecto
rivalice
con sus méritos. Goneril,
mi
primogénita, habla tú primero.
GONERIL
Señor,
os amo más de lo que expresan las palabras,
más
que a vista, espacio y libertad,
mucho
más de lo que estimen único o valioso;
no
menos que a una vida de dicha, salud,
belleza
y honra; tanto como nunca
amara
hijo o fuese amado padre;
con
un amor que apaga la voz y ahoga el habla.
Mucho
más que todo esto os amo yo.
CORDELIA
[aparte]
¿Qué
dirá Cordelia? Amará en silencio.
LEAR
De
todas estas tierras, desde esta raya a ésta,
ricas
en umbrosas florestas y campiñas,
ríos
caudalosos y muy extensos prados,
te
proclamo dueña. Sean de los descendientes
tuyos
y de Albany a perpetuidad. –
¿Qué
dice mi segunda hija,
mi
muy querida Regan, esposa de Cornwall?
REGAN
Yo
soy del mismo metal que mi hermana
y no
me tengo en menos: en el fondo de mi alma
veo
que ha expresado la medida de mi amor.
Pero
se ha quedado corta, pues yo me declaro
enemiga
de cualquier otro deleite
que
alcancen los sentidos en su extrema
perfección
y tan sólo me siento venturosa
en
el amor de vuestra amada majestad.
CORDELIA
[aparte]
Entonces,
¡pobre Cqrdelia!
Aunque
no, pues sin duda mi cariño
pesará
más que mi lengua.
LEAR
Quede
para ti y los tuyos en herencia perpetua
este
magno tercio de mi hermoso reino,
tan
grande, rico y placentero
como
el otorgado a Goneril. ––Y ahora, mi bien,
aunque
última y menor, cuyo amor juvenil
las
viñas de Francia y los pastos de Borgoña
pretenden
a porfía, ¿qué dirás por un tercio
aún
más opulento que el de tus hennanas?. Habla.
CORDELIA
Nada,
señor.
LEAR
¿Nada?
CORDELIA
Nada.
LEAR
De
nada no sale nada. Habla otra vez.
CORDELIA
Triste
de mí, que no sé poner
el
corazón en los labios. Amo a Vuestra Majestad
según
mi obligación, ni más ni menos.
LEAR
Vamos,
vamos, Cordelia. Corrige tus palabras,
no
sea que malogres tu suerte.
CORDELIA
Mi
buen señor, me habéis dado vida,
crianza
y cariño. Yo os correspondo como debo:
obedezco,
os quiero y os honro de verdad.
¿Por
qué tienen marido mis hennanas,
si
os aman sólo a vos? Cuando me case,
el
hombre que reciba mi promesa
tendrá
la mitad de mi cariño, la mitad
de
mi obediencia y mis desvelos. Seguro
que
no me casaré como mis hermanas *.
LEAR
Pero,
¿hablas con el corazón?
CORDELIA
Sí,
mi señor.
LEAR
¿Tan
joven y tan áspera?
CORDELIA
Tan
joven, señor, y tan franca.
LEAR
Muy
bien. Tu franqueza sea tu dote,
pues,
por el sacro resplandor del sol,
por
los ritos de Hécate y la noche
y
toda la influencia de los astros
que
rigen nuestra vida y nuestra muerte,
reniego
de cariño paternal,
parentesco
y consanguinidad,
y
desde ahora te juzgo una extraña
a mi
ser y mi sentir. El bárbaro escita,
o
aquél que sacia el hambre devorando
a su
progenie, hallará en mi corazón
tanta
concordia, lástima y consuelo
como
tú, hija mía que fuiste.
KENT
Majestad...
LEAR
¡Silencio,
Kent!
No
te pongas entre el dragón y su furia.
La
quise de verdad y pensaba confiarme
a
sus tiernos cuidados. ––¡Fuera de mi vista! –
Así
como mi muerte será mi descanso,
así
le niego ahora el corazón de un padre. –
¡Llamad
al Rey de Francia! ¡De prisa!
¡Y
al Duque de Borgoña! ––Cornwall y Albany,
añadid
su tercio al de mis otras dos hijas.
Que
la case su orgullo, que para ella es franqueza.
A
los dos conjuntamente os invisto
con
mi poder, supremacía y magnos atributos
que
rodean a la realeza. Yo me reservaré
cien
caballeros, que habréis de mantener,
y
residiré con vosotros
por
turno mensual. No conservaré
más
que el título y los honores de un monarca;
el
mando, rentas y ejercicio del poder,
queridos
hijos, vuestros son. Para confirmarlo,
compartid
entre los dos esta corona.
KENT
Regio
Lear, a quien siempre
honré
como mi rey, quise como a un padre,
seguí
como señor, recordé como patrón
en
mis plegarias...
LEAR
El
arco está tenso; esquiva la flecha.
KENT
Pues
que se dispare, aunque la punta
me
traspase el corazón. Kent será irreverente
si
Lear está loco. ¿Qué pretendes, anciano?
¿Tú
crees que el respeto teme hablar
cuando
el poder se pliega a la lisonja?
Si
la realeza cae en la locura,
el
honor ha de ser franco. Conserva tu poder
y,
con mejor acuerdo, frena
tu
odioso arrebato. Respondo con mi vida
de
que tu hija menor no te ama menos
y de
que no están vacíos aquéllos
cuya
voz apagada no resuena en el vacío.
LEAR
¡Kent,
por tu vida, basta!
KENT
Mi
vida siempre tuve por apuesta
en
las partidas contra tus enemigos
y no
temo perderla por salvarte.
LEAR
¡Fuera
de mi vista!
KENT
Mira
bien, Lear, déjame que sea
por
siempre la guía de tus ojos.
LEAR
¡Por
Apolo…!
KENT
Pues,
por Apolo, rey,
que
invocas a tus dioses en vano.
LEAR
¡Miserable,
descreído!
ALBANY
y CORNWALL
¡Deteneos,
señor!
KENT
Mata
a tu médico y da la paga
a la
inmunda enfermedad. Anula tu regalo
o,
mientras pueda gritar esta garganta,
te
diré que eres injusto.
LEAR
¡Óyeme,
traidor, por tu lealtad escúchame!
Por
intentar que falte a mi promesa,
cual
yo nunca osé, e interponerte
con
soberbia entre mi decisión y mi poder,
que
ni mi carácter ni mi condición
pueden
consentir, en prueba de mi potestad
aquí
tienes tu premio. Cinco días te concedo
para
que te proveas contra los males
de
este mundo y el sexto vuelvas tu odiada espalda
a
mis dominios. Si el séptimo día
encuentran
en mi reino tu cuerpo desterrado,
será
tu muerte. ¡Fuera! ¡Por Júpiter,
que
no habrá revocación!
KENT
Ya
te dejo, rey, si ése es tu deseo;
fuera
hay libertad y aquí está el destierro.
[A
CORDELIA]
Los
dioses, muchacha, te otorguen su amparo,
pues
con tanto acierto piensas y has hablado.
[A
GONERIL y REGAN]
Que
vuestra elocuencia se pruebe en la acción,
y
puedan dar fruto palabras de amor.––
Príncipes,
adiós. En nuevo lugar
su
viejo camino Kent proseguirá.
Sale.
¡Clarines.
Entra [el Conde de] GLOSTER con [el REY DE] FRANCIA, [el DUQUE DE] BORGOÑA y
acompañamiento.
CORNWALL
Majestad,
los príncipes de Francia y de Borgoña.
LEAR
Mi
señor de Borgoña, me dirijo
a
vos primero, rival con este rey
en
la mano de mi hija. ¿Qué mínimo
aceptáis
en pago de su dote
para
no renunciar a vuestra petición?
DUQUE
DE BORGOÑA
Excelsa
Majestad, no pido más
de
lo que habéis ofrecido, ni vos
queréis
dar menos.
LEAR
Muy
noble duque, cuando ella
tenía
mi cariño, cara fue su dote.
Mas
ahora ha caído su precio. Ahí está:
si
algo de este ser tan insignificante
o
todo él, con mi disgusto añadido,
y
nada más, satisface a Vuestra Alteza,
ahí
la tenéis, es vuestra.
DUQUE
DE BORGOÑA
No
sé qué responder.
LEAR
Con
todas sus flaquezas, sin amigos,
adoptada
por mi odio, con la dote
de
mi maldición y el rechazo de mi juramento,
¿la
tomáis o la dejáis?
DUQUE
DE BORGONA
Perdón,
Majestad. En tales circunstancias
no
es posible decidir.
LEAR
Entonces
dejadla, pues por los dioses
que
me hicieron, ésos son sus bienes. ––,
Gran
rey, de vuestro afecto no osaría
desviarme
para uniros con quien odio
y os
ruego que pongáis vuestro cariño
en
ser más digno que esta desgraciada
a
quien la naturaleza se avergüenza
de
reconocer por propia.
REY
DE FRANCIA
Es
extraodinario que quien sólo hace un momento
era
vuestro bien, objeto de vuestro elogio,
bálsamo
de vuestra vejez, la mejor y predilecta,
en
un instante incurra en tal atrocidad
que
quede despojada de toda vuestra gracia.
O ha
cometido una ofensa tan atroz
o
vuestro afecto declarado caerá en falta.
y
creer eso de ella requiere tanta fe
que
sin milagro no lo admite la razón.
CORDELIA
[a LEAR]
Suplico
a Vuestra Majestad
que,
si es porque no tengo labia ni soltura
para
decir lo que no siento, pues lo que pretendo
lo
hago antes de hablar, hagáis saber
que
no es ninguna mancha, crimen o vileza,
indecencia,
ni acto ignominioso
lo
que me priva de vuestra gracia y favor,
sino
algo cuya falta me enriquece:
mirada
obsequiosa y una lengua
que
me alegra no tener, aun cuando no tenerla
me
haya costado vuestro afecto.
LEAR
Más
te valdría no haber nacido,
antes
que haberme contrariado.
REY
DE FRANCIA
¿Sólo
es eso, un encogimiento
que
a veces no pennite demostrar
lo
que pretende? Mi señor de Borgoña,
¿tomáis
a la dama? No es amor
lo
que se mezcla con cuestiones
ajenas
a su objeto. ¿La tomáis?
Ella
misma es una dote.
DUQUE
DE BORGOÑA
Majestad,
dad la parte que vos mismo
propusisteis
y tomo a Cordelia por esposa
y
Duquesa de Borgoña.
LEAR
¡Nada!
Lo he jurado y lo mantengo.
DUQUE
DE BORGOÑA
Me
apena que por perder a vuestro padre
también
perdáis un marido.
CORDELIA
Quede
en paz el Duque de Borgoña.
Si
su amor es el rango y la fortuna,
yo
no seré su esposa.
REY
DE FRANCIA
Hermosa
Cordelia, tan rica por ser pobre,
excelsa
por rechazada, querida por desairada,
te
acojo con todas tus virtudes.
Si
es lícito, me llevo lo que otros desechan.
¡Oh,
dioses! ¡Qué extraño que tal desamor
encienda
en mi afecto tanta admiración!––
Tu
hija sin dote, a mí abandonada,
es,
rey, nuestra reina de la bella Francia.––
La
tibia Borgoña no ha dado hombre egregio
que
pueda comprarme esta joya sin precio.––
Por
mal que te traten, di adiós, mi Cordelia.
Ganarás
con creces todo lo que pierdas.
LEAR
Ya
la tienes, rey, pues tuya ahora es
la
que fue mi hija, y no volveré
a
verle la cara. ––Vete sin que yo
te
dé mi cariño ni mi bendición.
Venid,
Duque de Borgoña.
Clarines.
Salen [todos menos el REY DE FRANCIA y las hermanas].
REY
DE FRANCIA
Despídete
de tus hermanas.
CORDELIA
Alhajas
de mi padre, Cordelia os deja
con
ojos llorosos. Sé bien lo que sois, aunque,
como
hermana, no puedo llamar a vuestras faltas
por
su nombre. Quered a nuestro padre:
lo
encomiendo a vuestro amor declarado.
Mas,
¡ay!, si gozase yo aún de su afecto,
le
depararía otro alojamiento.
Así
que adiós a las dos.
REGAN
No
nos dictes nuestra obligación.
GONERIL
Tú
pon todo tu empeño en complacer
a tu
señor, que te acoge cual limosna
de
Fortuna. Por falta de obediencia
mereces
que te nieguen lo que niegas.
CORDELIA
El
tiempo mostrará toda doblez:
si
encubre, luego ríe con desdén.
¡Ventura
tengáis!
REY
DE FRANCIA
Vamos,
mi bella Cordelia.
Salen
[el REY DE] FRANCIA y CORDELIA.
GONERIL
Hermana,
tengo cosas que decirte de lo que tanto nos concierne. Creo que nuestro padre
se va esta noche.
REGAN
Desde
luego, y contigo. El mes que viene, conmigo.
GONERIL
Ya
ves qué veleidosa es la vejez. Y lo que hemos presenciado ha sido poco. Siempre
quiso más a nuestra hermana y ahora está a la vista con qué insensatez la
rechaza.
REGAN
Es
lo malo de la edad. Aunque la verdad es que nunca supo dominarse.
GONERIL
Si
en su época mejor fue siempre arrebatado, de su vejez ya podemos esperar no
sólo los vicios de un carácter arraigado, sino también la tozudez que trae
consigo la débil e iracunda ancianidad.
REGAN
Nos
exponemos a arranques tan imprevistos como el destierro de Kent.
GONERll..
Ya
sólo queda el acto de despedida al Rey de Francia. Pongámonos de acuerdo. Si
nuestro padre conserva autoridad de la manera que ha mostrado, su renuncia nos
dará disgustos.
REGAN
Lo
pensaremos.
GONERIL
Hay
que hacer algo, y ya.
Salen.
I.ii
Entra [EDMOND, el] bastardo.
EDMOND
Naturaleza,
tú eres mi diosa; a tu ley
ofrendo
mis servicios. ¿Por qué he de someterme
a la
tiranía de la costumbre y permitir
que
me excluyan los distingos de las gentes
porque
soy unos doce o catorce meses menor
que
mi hermano? ¿Por qué «bastardo» o «indigno»,
cuando
mi cuerpo está tan bien formado,
mi
ánimo es tan noble y mi aspecto tan gentil
como
en los hijos de una dama honrada?
¿Por
qué nuestra marca de «indigno»,
de
«indignidad, bastardía...indigno, indigno»,
cuando
engendramos en furtivo deleite natural
nos
da más ardor y energía
que
la que en cama floja y desganada
emplean
entre el sueño y la vigilia
para
crear una tribu de memos?
Conque,
legítimo Edgar, tus tierras serán mías.
El
amor de nuestro padre se reparte
entre
el bastardo Edmond y el legítimo.
¡Valiente
palabra, «legítimo»! Pues bien,
mi
«legítimo», si esta carta surte efecto
y se
realiza mi plan, Edmond el indigno
será
el legítimo. Medro. Prospero.
y
ahora, dioses, ¡asistid a los bastardos!
Entra
GLOSTER.
GLOSTER
¿Kent
desterrado así? ¿Y el rey de Francia
marchó
enfurecido? ¿Y el rey se fue anoche,
con
su poder limitado y reducido a un subsidio?
¿Y
todo de golpe? ¿Qué hay, Edmond? ¿Alguna noticia?
EDMOND
Con
vuestro permiso, ninguna.
GLOSTER
¿Por
qué te afanas tanto en guardar esa carta?
EDMOND
No
tengo noticias, señor.
GLOSTER
¿Qué
papel leías?
EDMOND
Nada,
señor.
GLOSTER
¿No?
Entonces, ¿a qué viene esa prisa por meterla el bolsillo? La nada es de tal
índole que no le hace falta esconderse. A ver. ¡Vamos! Si no es nada, no tendré
que leerla.
EDMOND
Perdón,
señor, os lo ruego. Es una carta de mi hermano que no he terminado de ver y,
por lo que dice, no creo conveniente que vos la leáis.
GLOSTER
Dame
la carta.
EDMOND
Será
tanto agravio retenerla como dárosla. Por lo q he leído, lo que dice es
censurable.
GLOSTER
¡Vamos,
dámela!
EDMOND
Espero
que le justifique el haberla escrito para probar mi virtud.
GLOSTER
[lee]
«Este
hábito de venerar la vejez nos amarga los mejores años de nuestra vida y nos
priva de nuestros bien hasta que la edad no nos deja gozarlos. Esta opresión de
la tiránica vejez empiezo a sentirla como una servidumbre estúpida y vana, pues
domina no por su poder sino porque la sufrimos. Ven a verme y hablaremos más de
esto. Si nuestro padre se durmiera hasta que le despertase, tú disfrutarías de
la mitad de sus rentas para siempre y vivirías en el afecto de tu hermano
Edgar.»
¡Mm...!
¡Conspiración! «Si se durmiera hasta que yo le despertase, tú disfrutarías de
la mitad de sus rentas». ¡Mi hijo Edgar! ¿Tuvo mano para escribir esto?
¿Corazón y cerebro para concebirlo? ¿Cuándo te llegó? ¿Quién la trajo?
EDMOND
No
me la trajeron, señor. Ahí está la astucia. La echaron por la ventana de mi
cuarto.
GLOSTER
¿Reconoces
la letra de tu hermano?
EDMOND
Señor,
si se tratara de algo bueno, juraría que es la suya, pero siendo lo que es, yo
diría que no.
GLOSTER
Es
la suya.
EDMOND
Señor,
es su letra; aunque espero que su corazón no esté en la carta.
GLOSTER
¿Nunca
te ha sondeado en este asunto?
EDMOND
Nunca,
señor. Pero a menudo le he oído decir que es justo que si el hijo está en su
plenitud y el padre decae, el padre debe ser tutelado por el hijo y el hijo
administrar las rentas.
GLOSTER
¡Ah,
infame, infame! ¡La misma idea que en la carta! ¡Miserable! ¡Canalla
desnaturalizado, odioso, brutal! ¡Peor que brutal! ¡Vamos, búscale! Voy a
detenerle. ¡lnfame aborrecible! ¿Dónde está?
EDMOND
No
lo sé de cierto, señor. Si tenéis a bien suspender vuestro furor contra mi
hermano hasta poder cercioraros con él mismo de su intento, iríais sobre
seguro; en cambio, si procedéis con vehemencia contra él, interpretándole mal,
abriréis una gran brecha en vuestra honra y romperéis su obediencia hasta la
entraña. Apostaría mi vida a que ha escrito eso para probar mi afecto por vos y
no con un fin perverso.
GLOSTER
¿Eso
crees?
EDMOND
Si
Vuestra Señoría lo estima oportuno, os situaré donde nos oigáis hablar de ello
y, tras la prueba auditiva, quedaréis convencido. Y todo esta misma tarde.
GLOSTER
No
puede ser un monstruo así.* Edmond, búscale. Te lo ruego, insinúate con él.
Dispón el asunto según tu criterio. Renunciaría a mi condición por estar
seguro.
EDMOND
Señor,
voy a buscarle. Llevaré el asunto con los medios a mi alcance y os informaré.
GLOSTER
Los
recientes eclipses de sol y de luna no nos auguran nada bueno. Aunque la razón
natural lo explique de uno u otro modo, el afecto sufre las consecuencias: el
cariño se enfría, la amistad se quebranta, los hermanos se desunen; en las
ciudades, revueltas; en las naciones, discordia; en los palacios, traición; y
el vínculo entre el hijo y el padre se rompe. Este canalla de hijo encaja en el
augurio: es el hijo contra el padre. El rey traiciona un instinto natural: es
el padre contra el hijo. Atrás quedan ya nuestros años mejores. Intrigas,
doblez, perfidia y desórdenes nos siguen inquietantes a la tumba. Edmond,
sonsaca a ese infame; tú no expones nada. Hazlo con cuidado. ¡Y el noble y leal
Kent, desterrado! ¡Su culpa, la honradez! Sorprendente.
Sale.
EDMOND
La
estupidez del mundo es tan superlativa que, cuando nos aquejan las desgracias,
normalmente producto de nuestros excesos, echamos la culpa al sol, la luna y
las estrellas, como si fuésemos canallas por necesidad, tontos por coacción
celeste; granujas, ladrones y traidores por influjo planetario; borrachos,
embusteros y adúlteros por forzosa sumisión al imperio de los astros, y
tuviésemos todos nuestros vicios por divina imposición. Prodigiosa escapatoria
del putero, achacando su lujuria a las estrellas. Mi padre se entendió con mi
madre bajo la cola del Dragón y la Osa Mayor presidió mi nacimiento, de donde
resulta que soy duro y lascivo. ¡Bah! Habría salido el mismo si me bastardean
mientras luce la estrella más virgen de todo el firmamento.
Entra
EDGAR.
Aquí
llega a punto, como en la catástrofe de las viejas comedias. Haré el papel del
melancólico fatal, con suspiros de lunático. ––¡Ah, esos eclipses predicen
estas discordancias! Fa, sol, la, mi.
EDGAR
¿Qué
hay, Edmond? ¿En qué meditación estás sumido?
EDMON
Estoy
pensando, hermano, en una predicción que leí el otro día sobre lo que traerían
los eclipses.
EDGAR
¿Te
ocupan esas cosas?
EDMOND
Te
aseguro que esos vaticinios se cumplen fatalmente. ¿Cuándo viste a nuestro
padre por última vez?
EDGAR
Anoche.
EDMOND
¿Hablaste
con él?
EDGAR
Sí,
dos horas seguidas.
EDMOND
¿Os
despedisteis en paz? ¿No observaste malestar en sus palabras o en sus gestos?
EDGAR
En
absoluto.
EDMOND
Intenta
recordar en qué has podido faltarle y, te lo su¬plico, evítale por algún tiempo
hasta que se temple el ardor de su ira, pues ahora está tan furioso que no le
detendrá ni el daño a tu persona.
EDGAR
Esto
es obra de un infame.
EDMOND
Es
lo que me temo. Te lo ruego, contente y evítale hasta que se frene su enojo; y,
como digo, ven a mi aposento, desde donde yo te llevaré oportunamente para que
le oigas. Vete, te lo ruego. Aquí tienes la llave. Y si sales, ve armado.
EDGAR
¿Armado?
EDMOND
Hermano,
te aconsejo lo mejor. Si te miran con buenas intenciones yo soy un farsante. Y
lo que has oído no es mas que un relato piadoso de todo, no su verdad y su
horror. ¡Anda, vete!
EDGAR
¿Me
darás noticias pronto?
EDMOND
Tú
cuenta con mi apoyo en este asunto.
Sale
[EDGAR].
Un
padre crédulo y un hermano noble, tan incapaz de hacer daño por naturaleza que
no sospecha ninguno; en cuya necia honradez cabalgan bien mis intrigas. Lo veo
muy claro: si no cuna, astucia me depare tierras, que todo me sirve si a buen
fin me lleva.
Sale.
I.iii
Entran GONERIL y [OSWALD, su] mayordomo.
GONERIL
¿Que
mi padre le pegó a mi gentilhombre por repren¬der a su bufón?
OSWALD
Sí,
señora.
GONERIL
Me
agravia día y noche; no pasa hora
sin
que cometa algún desmán
que
a todos nos enfrenta. No voy a soportarlo.
Sus
caballeros alborotan y él mismo
nos
riñe por minucias. Cuando vuelva de cazar,
no
pienso hablar con él. Di que no estoy bien.
Si
le resultas menos servicial
que
de costumbre, mejor. Yo respondo de tu falta.
OSWALD
Ya
viene, señora; le oigo.
GONERIL
Afectad
dejadez y negligencia,
tú y
tus compañeros. Dad lugar al comentario.
Si
no le gusta, que se vaya con mi hermana,
que
sé bien que conmigo está de acuerdo.*
Recuerda
lo que he dicho.
OSWALD
Sí,
señora.
GONERIL
Y a
sus hombres tratadlos con frialdad.
Lo
que ocurra no importa. Díselo a tus compañeros.*
Ahora
mismo le escribo a mi hermana
para
que siga mi rumbo. Que preparen la comida.
Salen.
I.iv
Entra KENT [disfrazado].
KENT
Si
disfrazo también el acento
y
desfiguro mi modo de hablar, podré
llevar
adelante la buena intención
que
me ha hecho cambiar de apariencia.
Bien,
desterrado Kent, si consigues servir
al
que te ha condenado, acaso consigas
que
tu amo querido aprecie tu esfuerzo.
Trompas
dentro. Entra LEAR y acompañamiento.
LEAR
Que
no tenga que esperar la comida. ¡Corred a prepa¬rarla!
[Sale
un criado.]
¡Vaya! ¿Quién eres tú?
KENT
Un hombre, señor.
LEAR
¿Qué
oficio tienes? ¿Qué quieres de mí?
KENT
Mi
oficio es no ser menos de lo que parezco, serviR fielmente a quien confía en
mí, estimar al honrado, tra¬tarme con el sabio y discreto, temer al que juzga,
luchar cuando debo y no comer pescado.
LEAR
¿Quién eres?
KENT
Un
hombre de buena fe y tan pobre como el rey.
LEAR
Si
tú siendo súbdito eres tan pobre como él siendo rey, desde luego eres pobre.
¿Qué quieres?
KENT
Servir.
LEAR
¿A quién quieres servir?
KENT
A vos.
LEAR
¿Tú
me conoces, amigo?
KENT
No,
señor, pero hay algo en vuestro porte que me hace llamaros amo.
LEAR
¿Y
qué es?
KENT
Autoridad.
LEAR
¿Qué
sabes hacer?
KENT
Sé
guardar un secreto honorable, cabalgar, correr, es¬tropear un buen cuento
contándolo y dar sin rodeos un recado sencillo. Sirvo para todo lo que haga un
hombre corriente y mi virtud es la diligencia.
LEAR
¿Cuántos
años tienes?
KENT
Señor,
ni tan pocos como para enamorarme de una mujer por su canto, ni tantos como
para encapricharme de ella por cualquier cosa. Van cuarenta y ocho a mis
espaldas.
LEAR
Ven
conmigo y ponte a mi servicio. Si después de co¬mer me sigues gustando, te
quedas para siempre. ¡Venga, la comida! ¡La comida! ¿Y mi muchacho? ¿Dónde está
el bufón? Id a decirle al bufón que venga.
[Sale
un criado.]
Entra
[OSWALD, el] mayordomo.
¡Tú! ¡Eh, tú! ¿Dónde está mi hija?
OSWALD
Con
permiso.
Sale.
LEAR
¿Qué
dice ése? Decidle a ese idiota que vuelva.
[Sale
un CABALLERO.]
¿Y
mi bufón, eh? El mundo parece dormido.
[Entra
el CABALLERO.]
Bueno,
¿dónde está ese chucho?
CABALLERO
Señor,
dice que vuestra hija no está bien.
LEAR
¿Y
por qué no ha venido el granuja cuando yo le he lla¬mado?
CABALLERO
Señor,
me ha dicho con toda claridad que porque no ha querido.
LEAR
¿Porque
no ha querido?
CABALLERO
Señor,
no sé lo que pasa, pero me parece que Vuestra Majestad no recibe el afecto y
ceremonia acostumbra¬dos. Se observa que ha decaído la cordialidad, tanto entre
la servidumbre como en el propio duque y vues¬tra hija.
LEAR
¡Mmm...!
¿Eso crees?
CABALLERO
Señor,
os pido perdón si me equivoco, pero mi deber me impide callar cuando creo que
se os agravia.
LEAR
Me
estás recordando lo que yo mismo pienso. Última¬mente he notado una fría
dejadez, pero la he achacado más bien a mi celosa suspicacia que a un propósito
consciente de ser descortés. Prestaré más atención. Pero, ¿y mi bufón? Hace dos
días que no le veo.
CABALLERO
Señor,
desde que mi joven señora marchó a Francia, el bufón está muy apenado.
LEAR
No
sigas: ya me he fijado. –– Ve a decirle a mi hija que quiero hablar con ella.
[Sale
un criado.]
Y tú
llama a mi bufón.
[Sale
otro criado.]
Entra
[OSWALD, el] mayordomo.
¡Ah,
sois vos! Venid, mi señor. ¿Quién soy yo, señor?
OSWALD
El
padre de mi señora.
LEAR
¿El
padre de mi señora? ¡Bribón de mi señor! ¡Perro bastardo! ¡Gusano! ¡Rastrero!
OSWALD
No
soy nada de eso, señor, con vuestro permiso.
LEAR
¿Me
plantas cara, granuja?
OSWALD
Señor,
no consiento que me peguen.
KENT
Ni
que te tumben, vil plebeyo.
[Le
pone la zancadilla y le derriba.]
LEAR
Gracias,
amigo. Tendré muy en cuenta tu servicio.
KENT
Vamos,
tú; arriba y fuera. Yo te enseñaré a distinguir. ¡Vamos, fuera! Si quieres
volver a medir tu zafio talle, quédate; si no, ¡fuera! ¿No tienes juicio? Eso
es.
[Sale
OSWALD.]
LEAR
Mi
buen amigo, muchas gracias.
Entra
el BUFÓN.
Aquí
tienes algo a cuenta.
BUFÓN
Permitid
que me sirva a mí también. Aquí está mi go¬rro.
LEAR
¿Qué
hay, mi listo amigo? ¿Cómo estás?
BUFÓN
[a KENT]
Más
te vale llevar mi gorro.
LEAR
¿Por
qué, muchacho?
BUFÓN
Pues
por estar de la parte del que pierde. –– No, como no te pongas por donde sopla
el viento, pronto la senti¬rás. Vamos, toma mi gorro. Mira, este hombre ha
des¬terrado a dos de sus hijas, y a la tercera le ha hecho un gran bien sin
querer. Si le sirves, tendrás que llevar mi gorro. –– ¿Qué hay, abuelo? ¡Ojalá
tuviera yo dos go¬rros y dos hijas!
LEAR
¿Por
qué, muchacho?
BUFÓN
Porque
si les diera toda mi hacienda, me quedarían los gorros. Aquí está el mío.
Pídele el otro a tus hijas.
LEAR
Cuidado, tú, o el látigo.
BUFÓN
La
verdad es el perro que se manda a la perrera. Se le sacude en la calle, mientras que a la señora perra se la deja junto
al fuego apestando.
LEAR
¡Mala peste para mí!
BUFÓN
[a KENT]
Oye, te voy a enseñar algo.
LEAR
Venga.
BUFÓN
Fíjate,
abuelo:
Guarda
más de lo que enseñas,
di
menos de lo que sepas,
presta
menos lo que tengas,
más
caballo y menos piernas,
si
más dicen, menos creas,
sé
más cauto en tus apuestas;
vino
y putas deja ya
y no
pases de tu puerta,
y
verás que tienes más
de
veinte en cada veintena.
KENT
Eso no dice nada, bobo.
BUFÓN
Entonces
es como defensa de abogado que no cobra: se hace por nada. –– ¿Tú puedes hacer
algo de nada,
abuelo?
LEAR
No,
muchacho: de nada no sacas nada.
BUFÓN
[a KENT]
Te lo ruego, dile que a eso es a lo que
ascienden sus rentas. No cree a este bobo.
LEAR
Un bobo amargo.
BUFÓN
¿Sabes qué diferencia hay, muchacho, entre un
bobo amargo y un bobo dulce?
LEAR
No, joven. Dímela.*
BUFÓN
Abuelo,
dame un huevo y yo te daré dos coronas.
LEAR
¿Y qué coronas serán?
BUFÓN
Pues,
después de partir el huevo por la mitad y ha¬berlo sorbido, las dos coronas del
huevo. Cuando par-tiste en dos tu corona y regalaste ambas partes, lle¬vaste el
burro a cuestas por el barro. Poco juicio había en tu calva corona cuando
regalaste la de oro. Si lo que digo es propio de mí, que azoten al primero que
lo piense.
[Canta] Al
bobo no le va bien,
pues el
listo se ha atontado,
y ya no
encuentra quehacer
desde
que ocupan su cargo.
LEAR
Oye,
¿desde cuándo estás tan cantarín?
BUFÓN
Abuelo,
desde que convertiste a tus hijas en tus madres; pues, cuando les diste la vara
y te bajaste el calzón,
[canta] el gozo las hizo gemir
y a
mí el dolor cantar
de
ver al rey jugar así
y
entre bobos andar.
Abuelo,
tráete un maestro que le enseñe a mentir a tu bufón: me gustaría aprender a
mentir.
LEAR
Si
mientes, te mando azotar.
BUFÓN
Quisiera
saber de qué especie sois tú y tus hijas: ellas me mandan azotar por decir la
verdad y tú por mentir, y a veces me azotan por estar callado. Antes cualquier
cosa que bufón. Y, sin embargo, contigo no me cam¬biaría, abuelo: te mondas el
seso por los dos lados y no dejas lo de enmedio.
Entra
GONERIL.
Aquí viene una de las mondas.
LEAR
¿Qué pasa, hija? ¿A qué viene ese ceño? Estás
muy ce¬ñuda últimamente.
BUFÓN
Eras
muy afortunado cuando no te importaba su ceño. Pero ahora eres un cero pelado.
Yo soy más que tú: soy un bufón; tú no eres nada. [A GONERIL] Sí, muy bien; me
callaré. Aunque no me lo hayáis dicho, me lo manda vuestra cara.
Chitón,
chitón:
quien
ni una miga guardó,
aprenderá
su valor.
Éste
es una vaina sin guisantes.
GONERIL
Señor,
no sólo este impune bufón,
sino
otros de vuestro séquito insolente,
de
continuo discuten y riñen, provocando
alborotos
groseros e insufribles.
Señor,
creí que haciéndooslo saber
me
aseguraba el remedio, pero ya
estoy
temiendo, a juzgar por lo que habéis
dicho
y hecho ahora mismo, que disculpáis
su
conducta y la alentáis al consentirla,
lo
que, si así fuera, no quedaría sin censura,
ni,
por el bien del Estado, tardaría el castigo,
que
podría ofenderos y en otro caso
parecer
humillante, si no fuese
porque
la necesidad lo estimaría sensato.
BUFÓN
Pues,
ya lo sabes, abuelo:
Tanto
le alimentaba el gorrión
que
el cuco la cabeza le arrancó.
Y la
luz se apagó y nos quedamos a oscuras.
LEAR
¿Tú
eres hija mía?
GONERIL
Quisiera
que obrarais con prudencia,
de
la que estáis bien dotado, y os libraseis
de
los arranques que recientemente
os
han hecho cambiar tanto.
BUFÓN
¿Ni
un bobo ve cuándo el carro tira de la mula? ¡Arre, Juana, que te quiero!
LEAR
¿Alguno
me conoce? Éste no es Lear.
¿Anda
así Lear? ¿Habla así? ¿Dónde están sus ojos?
Le
flaquea el entendimiento, o el juicio
se
le ha embotado ...¡Cómo! ¿Despierto? No.
¿Hay
alguien que pueda decirme quién soy?
BUFÓN
La
sombra de Lear.*
LEAR
¿Cómo
os llamáis, bella dama?
GONERIL
Señor,
esa afectación es del mismo orden
que
vuestras otras rarezas. Os ruego
que
entendáis rectamente mi propósito.
Como
anciano respetable, debíais ser juicioso.
Tenéis
cien caballeros y escuderos,
gente
tan escandalosa, disipada e insolente
que
nuestra corte, contagiada de sus vicios,
parece
un hostal de mala vida:
el
placer y la lujuria la asemejan
más
a una taberna o un prostíbulo
que
a un palacio honorable. El propio sonrojo
exige
remedio inmediato. Dejad que os suplique
la
que, si no, tomará lo que pide:
reducid
vuestra escolta. Y los que continúen
a
vuestro servicio, que sean
hombres
como corresponde a vuestra edad,
que
saben contenerse y conteneros.
LEAR
¡Demonios
y tinieblas! ¡Ensillad mis caballos!
¡Reunid
mi séquito! –– ¡Bastarda degenerada!
No
pienso molestarte: aún me queda otra hija.
GONERIL
Golpeáis
a mis criados y vuestra chusma
insolente
se impone a sus superiores.
Entra
ALBANY.
LEAR
¡Ay
del que tarde se arrepiente! –
¿Tú
querías esto? ¡Vamos, dímelo! –
¡Preparad
mis caballos! –– Ingratitud,
demonio
con el corazón de mármol,
más
horrible que un monstruo de mar
al
mostrarte en una hija.
ALBANY
Calmaos,
os lo ruego.
LEAR
[a GONERIL]
¡Odioso
buitre, mientes! Mi escolta
la
forman caballeros eximios y escogidos
que
conocen sus deberes a conciencia
y
ponen su mayor esmero en mantenerse
a la
altura de su nombre. ¡Ah, esa falta tan pequeña
parecía
en Cordelia tan horrible!
Como
el potro de tortura, dislocó
todo
mi ser, me arrancó del corazón
todo
cariño, llenándolo de hiel.
¡Ah,
Lear, Lear, Lear! ¡Llama a esta puerta,
que
dejó entrar a tu demencia y salir
a tu
cordura! –– Vamos, vamos, señores.
ALBANY
Señor,
soy tan inocente como ignorante
de
lo que os ha excitado.
LEAR
Tal
vez, señor. ––
¡Óyeme,
Naturaleza! ¡Escucha, diosa amada!
Si
fue tu voluntad hacer fecundo
a
este ser, renuncia a tu propósito.
Lleva
a sus entrañas la esterilidad.
Sécale
los órganos de la generación,
y de
su cuerpo envilecido nunca nazca
criatura
que la honre. Y, si ha de procrear,
que
su hijo sea de hiel y sólo viva
para
darle tormentos inhumanos.
Que
le abra arrugas en su frente juvenil,
le
agriete las mejillas con el llanto
y
convierta las penas y alegrías de una madre
en
burla y menosprecio, para que sienta
que
tener un hijo ingrato duele más
que
un colmillo de serpiente. ¡Vamos, vamos!
Sale
[con su escolta].
ALBANY
¡Por
todos los dioses! ¿A qué se debe esto?
GONERIL
No
te inquietes por saberlo;
que
su arrebato tenga todo el campo libre
que
le da la chochez.
Entra
LEAR.
LEAR
¡Cómo!
¿Cincuenta de mis hombres de una vez?
¿De
aquí a dos semanas?
ALBANY
Pero,
¿qué pasa, señor?
LEAR
Ya
te lo diré. ––
[A
GONERIL] ¡Vida y muerte! Me avergüenza
que
puedas sacudir mi hombría de este modo,
que
seas digna de estas lágrimas ardientes
que
me brotan. ¡Rayos y tormentas sobre ti!
¡Las
llagas insondables de mi paterna maldición
corroan
tus sentidos! Viejos ojos necios,
si
seguís llorando, os arrancaré
y
arrojaré con todo vuestro llanto
para
que ablandéis la arcilla.
Muy
bien. Me queda otra hija,
que
sin duda me dará cariño y consuelo.
Cuando
sepa lo que has hecho, con las uñas
te
desollará esa cara de loba. Ya verás
si
no recobro la figura a la que crees
que
he renunciado para siempre.
Sale.
GONERIL
¿Te
has fijado?
ALBANY
Goneril,
el gran amor que te tengo
no
me impide...
GONERIL
Basta,
te lo ruego. –– ¡Eh, Oswald! ––
[Al
BUFóN] Tú, más farsante que bufón,
¡corre
con tu amo!
BUFÓN
¡Eh,
Lear, abuelo Lear!
¡Espera,
que va el bufón!
La
zorra, si la has pillado,
y
una hija como ésta
acabarán
mal, si el gorro
me
lo cambian por la cuerda;
conque
el bufón no se queda.
Sale.
GONERIL
¡Qué
bien le aconsejaron! ¡Cien caballeros!
¡Demuestra
gran prudencia mantenerle
con
cien caballeros armados! Sí,
para
que al menor capricho, rumor, antojo,
queja
o desagrado proteja su chochez
por
la violencia y ponga nuestras vidas en peligro. ––
¡Eh,
Oswald!
ALBANY
Creo
que recelas demasiado.
GONERIL
Es
mejor que fiarse demasiado.
Antes
suprimir el daño que recelo
que
vivir temiendo el daño. Le conozco bien.
He
escrito a mi hermana y se lo he contado todo.
Si
le acoge con sus cien caballeros,
cuando
le hago ver la improcedencia...
Entra
[OSWALD, el] mayordomo.
Oswald,
¿has escrito esa carta a mi hermana?
OSWALD
Sí,
señora.
GONERIL
Que
alguien te acompañe, y al caballo.
Infórmala
bien de mis recelos
y
añádele cuantas razones los confirmen.
Vete
ya y regresa a toda prisa.
[Sale
OSWALD.]
No,
no, mi señor: no condeno tu conducta
blanda
y generosa, aunque, permíteme decirte
que
es más censurada tu falta de prudencia
que
elogiada tu dañosa mansedumbre.
ALBANY
Por
dónde ven tus ojos no puedo adivinarlo;
lo bueno se malogra queriendo mejorarlo.
GONERIL
Entonces...
ALBANY
Muy
bien. Lo veremos.
Salen.
L.v
Entran LEAR, KENT, un CABALLERO y el BUFÓN.
LEAR
[a KENT]
Adelántate
con esta carta. A mi hija le respondes sola¬mente lo que pueda preguntarte de
la carta. Demuestra diligencia o llegaré antes que tú.
KENT
Señor,
no dormiré hasta haber entregado la carta.
Sale.
BUFÓN
Si
tuviéramos el cerebro en los talones, ¿no podrían sa¬lirnos sabañones?
LEAR
Sí,
muchacho.
BUFÓN
Entonces,
alégrate. Tu seso no tendrá que llevar zapati¬llas.
LEAR
¡Ja,
ja, ja!
BUFÓN
Ya
verás lo bien que te trata la otra hija, pues, aunque se parece a ésta como un
pero a una manzana, yo sé lo que sé.
LEAR
¿Y
qué sabes, muchacho?
BUFÓN
Pues
que la otra sabrá igual, como un pero y otro pero.
¿Sabes
por qué tenemos la nariz en medio de la cara?
LEAR
No.
BUFÓN
Para tener un ojo a cada lado. Así se ve lo
que no se puede oler.
LEAR
Fui
injusto con ella.
BUFÓN
¿Sabes
cómo hace su concha la ostra?
LEAR
No.
BUFÓN
Yo
tampoco. Pero sé por qué el caracol tiene casa.
LEAR
¿Por
qué?
BUFÓN
Pues para meter la cabeza dentro, en vez de
dársela a sus hijas y dejar los cuernos al aire.
LEAR
Prescindiré de mi afecto. ¡Un padre tan bueno!
–– ¿Están listos mis caballos?
BUFÓN
Los están preparando tus burros. Si las siete
estrellas no son más que siete es por una buena razón.
LEAR
Porque
no son ocho.
BUFÓN
Pues, claro. Tú serías un buen bufón.
LEAR
Recobrarlo por la fuerza... ¡Monstruosa
ingratitud!
BUFÓN
Abuelo, si fueses mi bufón, te mandaría azotar
por ser viejo antes de tiempo.
LEAR
¿Qué quieres decir?
B
UFÓN
Que no debías haberte hecho viejo hasta haber
sido sensato.
LEAR
¡Cielos
clementes, que no me vuelva loco, no!
¡Conservadme
la razón, no quiero enloquecer! ––
Bueno, ¿están listos los caballos?
CABALLERO
Listos, señor.
LEAR
Vamos, muchacho.
BUFÓN
La que siendo ahora virgen se ríe de mi marcha
dejará
de ser virgen si la cosa se alarga.
Salen.
II.i Entran [EDMOND, el] bastardo y CURAN por lados
opuestos.
EDMOND
Dios os guarde, Curan.
CURAN
Y a
vos, señor. Vengo de ver a vuestro padre y le he informado de que el Duque de
Cornwall y la Duquesa Regan llegarán esta noche.
EDMOND
¿Cómo
es eso?
CURAN
No
lo sé. ¿Habéis oído las últimas noticias o, mejor di¬cho, los rumores, ya que
por ahora no pasan de susurros?
EDMOND
No.
¿Qué dicen?
CURAN
¿No
os han dicho nada de una guerra inminente entre los Duques de Cornwall y de
Albany?
EDMOND
Ni
una palabra.
CURAN
Entonces
lo sabréis a su tiempo. Adiós, señor.
Sale.
EDMOND
¡El
duque aquí esta noche! ¡Bien! ¡Magnífico!
Por
fuerza esto encaja con mi plan.
Mi
padre ha mandado apresar a mi hermano;
y yo
tengo un asunto bastante delicado
que
debo acometer. ¡Presteza y fortuna, actuad! ––
¡Oye,
hermano! ¡Baja! ¡Eh, hermano!
Entra
EDGAR.
Nuestro
padre vigila. ¡Huye de aquí!
Han
averiguado dónde te escondes.
Aprovecha
la ventaja de la noche.
¿Qué
has dicho contra el Duque de Cornwall?
Se
acerca aquí, ahora, esta noche, a toda prisa,
y
Regan le acompama. ¿O qué has dicho
en
su favor y contra el Duque de Albany?
Haz
memoria.
EDGAR
Ni
una palabra, seguro.
EDMOND
Oigo
acercarse a nuestro padre. Perdona,
pero
he de simular que desenvaino contra ti.
Tú
también: finge defenderte. Y pelea bien. ––
¡Ríndete!
¡Ven ante mi padre! ¡Aquí, luces! ––
Huye,
hermano. –– ¡Antorchas, antorchas! ––Adiós.
Sale
EDGAR.
Un
poco de sangre les hará pensar
que
la lucha ha sido cruel. He visto a borrachos
hacerse
mucho más por diversión.
[Se
hiere el brazo.]
¡Padre,
padre! –– ¡Detente, detente! ––
¿Quién
me ayuda?
Entra
GLOSTER y criados con antorchsa.
GLOSTER
Bueno,
Edmond, ¿dónde está el infame?
EDMOND
Estaba
aquí, en la oscuridad, espada en mano,
musitando
maleficios, invocando
el
valimiento de la luna.
GLOSTER
Pero,
¿dónde está?
EDMOND
Mirad, señor, estoy sangrando.
GLOSTER
¿Dónde está el infame, Edmond?
EDMOND
Huyó por ahí, señor, al ver que no podía...
GLOSTER
¡Perseguidle! ¡Corred tras él!
[Salen
los criados.]
«Al
ver que no podía», ¿qué?
EDMOND
Convencerme
de que os asesinara.
Le
dije que los dioses vengadores
lanzan
rayos contra todo parricida;
le
hablé de los vínculos múltiples y fuertes
que
ligan al hijo con el padre; en suma,
al
ver que me oponía con aversión
a
propósito tan antinatural, él,
con
feroz estocada, arremetió
contra
mi cuerpo indefenso, hiriéndome el brazo.
Mas,
al verme con el ánimo alertado,
reaccionando
en defensa de lo justo,
o
tal vez espantado por el ruido que yo hacía,
de
pronto salió huyendo.
GLOSTER
Que
huya bien lejos. En esta tierra
no
tiene donde seguir en libertad;
y si
le hallan, morirá. El noble duque,
mi
señor y gran patrón, llega esta noche.
Con
su autoridad anunciaré
que
será recompensado quien encuentre
y
entregue a la horca al cobarde asesino;
y a
quien le encubra, muerte.
EDMOND
Intentaba
apartarle de su plan, mas al verle
dispuesto
a ejecutarlo, con ásperas palabras
le
amenacé con delatarle. Me contestó:
«¡Bastardo
pordiosero! ¿Te imaginas
que,
si yo afirmase lo contrario,
tu
crédito, mérito o valer bastarían
para
dar fe de tus palabras? No: cuanto niegue
(y
esto he de negarlo aunque lo muestres
escrito
con mi letra), lo achacaré
a tu
intriga, instigación, y maniobra.
Muy
boba tendría que ser la gente
para
no ver que el beneficio de mi muerte
es
un incentivo claro y poderoso
para
que quieras matarme.»
GLOSTER
¡Ah,
infame cruel y empedernido!
¿Y
dijo que negaría su propia carta?
Clarines
dentro.
¡Escuchad,
es el duque! No sé por qué viene.
Cerraré
toda salida; el infame
no
escapará. El duque no podrá negármelo.
Además,
enviaré su retrato a todas partes,
para
que le identifique todo el reino.
Y
buscaré la manera, hijo digno y leal,
de
hacerte heredero de mi hacienda.
Entran
CORNWALL, REGAN y acompaña¬miento.
CORNWALL
¿Qué
hay, noble amigo? Apenas llegado,
me
cuentan noticias sorprendentes.
REGAN
Si
son ciertas, no habrá venganza capaz
de
castigar al culpable. ¿Cómo estáis, señor?
GLOSTER
Con
mi viejo corazón destrozado, señora.
REGAN
¿Iba
a daros muerte el ahijado de mi padre?
¿Aquél
a quien mi padre puso nombre? ¿Vuestro Edgar?
GLOSTER
¡Ah,
señora! La vergüenza querría ocultarlo.
REGAN
¿No
andaba con esos libertinos
que
servían a mi padre?
GLOSTER
No
lo sé, señora. ¡Es horrible, horrible!
EDMOND
Sí,
señora. Se juntaba con ellos.
REGAN
Con
razón era tan pérfido.
Le
incitan a matar a su padre
para
que pueda gastar y derrochar sus rentas.
Esta
misma noche he sido informada
de
ellos por mi hermana, y con tales advertencias
que,
si vienen a alojarse en nuestra casa,
yo
no estaré.
CORNWALL
Ni
yo, te lo aseguro, Regan.
Edmond,
me dicen que has prestado
un
gran servicio filial a tu padre.
EDMOND
Era
mi deber, señor.
GLOSTER
Le
descubrió la intriga y recibió
esa
herida tratando de prenderle.
CORNWALL
¿Están
persiguiéndole?
GLOSTER
Sí,
señor.
CORNWALL
Si
le detienen, no habrá que temer
más
traiciones. Tomad vuestras medidas
y
disponed de mis medios. Tú, Edmond,
cuya
obediencia y valer han hablado
por
sí mismos, serás de los nuestros.
Hombres
de tanta confianza van a serme
necesarios.
Pasas a mi servicio.
EDMOND
Os
serviré cuanto pueda
y
siempre con lealtad.
GLOSTER
Os
lo agradezco en su nombre.
CORNWALL
No
sabéis por qué venimos a veros.
REGAN
Tan
a destiempo, adentrándonos por las sendas
de
la noche. Noble Gloster, son cuestiones
de
importancia que exigen vuestro consejo.
Nuestro
padre, así como nuestra hermana,
me
informan de discordias, y he estimado
conveniente
responder lejos de nuestra casa.
Los
mensajeros aguardan la orden de partir.
Nuestro
viejo gran amigo, alegraos
y
dispensad vuestro valioso consejo
en
un asunto que requiere acción inmediata.
Salen.
Clarines.
II.ii
Entran KENT y [OSWALD, el] mayordomo, por la¬dos opuestos.
OSWALD
Buenas
noches, amigo. ¿Eres de la casa?
KENT
Sí.
OSWALD
¿Dónde
podemos atar los caballos?
KENT
En
el barro.
OSWALD
Vamos,
dímelo, si lo tienes a bien.
KENT
Lo
tengo a mal.
OSWALD
Bueno,
y tú no me caes bien.
KENT
Como
te agarre, verás qué bien te caigo.
OSWALD
¿Por
qué me tratas así? ¡Si no te conozco!
KENT
Pero
yo a ti sí.
OSWALD
¿Quién
soy yo?
KENT
Un
bergante, un bribón, un lameplatos, un granuja rastrero, altanero, vacío; un
lacayo ambicioso y pela¬gatos con calzas de estopa; un pícaro miedica,
pleitea¬dor, hijo de puta, miraespejos, servil y relamido; un esclavo pobretón,
que haría de alcahuete por dar buen servicio y que no es más que una mezcla de
granuja, pordiosero, cobarde, rufián e hijo y heredero de perra mestiza; un
tipo al que voy a sacudir hasta arrancarle chillidos si me niega una sílaba de
cuanto le he lla¬mado.
OSWALD
Eres
un tipo espantoso, maldiciendo a quien no te co¬noce ni conoces.
KENT
Y tú
un bellaco insolente, negando que me conoces. ¿No hace dos días que te puse la
zancadilla y te pegué ante el rey? ¡Desenvaina, granuja, que, aunque sea de
noche, hay luna! ¡Te voy a hacer picadillo lunar, barbi¬lindo rastrero hijo de
puta! ¡Desenvaina!
OSWALD
¡Fuera!
Contigo no tengo que ver.
KENT
¡Desenvaina,
bergante! Vienes con una carta contra el rey y te pones de parte de doña
Vanidad y contra su re¬gio padre. ¡Desenvaina, bellaco, o te dejo en carne viva
esas zancas! ¡Desenvaina, granuja! ¡Vamos!
OSWALD
¡Socorro,
auxilio! ¡Que me matan!
KENT
¡Ataca,
cobarde! ¡Alto, granuja! ¡Detente, lindo co¬barde, y ataca!
OSWALD
¡Socorro!
¡Que me matan, que me matan!
Entran
[EDMOND, el] bastardo, espada en mano, CORNWALL, REGAN, GLOSTER y criados.
EDMOND
¡Eh!
¿Qué ocurre? ¡Separaos!
KENT
Con
vos, señorito. Si gustáis, dejad que os instruya. Vamos, mi joven maese.
GLOSTER
¿Armas?
¿Pelea? ¿Qué pasa aquí?
CORNWALL
¡Silencio,
por vuestra vida! ¡El que ataque, morirá! ¿Qué ocurre?
REGAN
Los
mensajeros de mi hermana y el rey.
CORNWALL
¿A
qué se debe esta lucha? Hablad.
OSWALD
Estoy
sin aliento, señor.
KENT
No
es de extrañar, con el valor que derrochas, cobarde granuja. De ti reniega la
naturaleza: a ti te hizo un sas¬tre.
CORNWALL
Eres
un tipo singular. ¿Un sastre hacer a un hombre?
KENT
Un
sastre, señor: un picapedrero o un pintor no le ha¬brían hecho tan mal, ni aun
llevando sólo dos años en el oficio.
CORNWALL
Vamos,
habla. ¿Cómo empezó la pelea?
OSWALD
Señor, este viejo energúmeno, cuya vida he
perdonado por respeto a sus canas...
KENT
¡Tú,
cero de puta, signo vacío! –– Señor, si me dais li¬cencia, patearé a este burdo
infame hasta hacerle arga¬masa y enlucir las paredes de un retrete. ¿Por mis
ca¬nas, colipavo?
CORNWALL
¡Silencio!
Zafio
salvaje, ¿no tienes respeto?
KENT
Sí,
señor, pero el enfado tiene preferencia.
CORNWALL
¿Qué
es lo que tanto te enfada?
KENT
El
que un bribón como éste vaya con espada
y
sin honor. Granujas tan sonrientes
roen
y rompen como ratas vínculos sagrados
que
son indisolubles; dan gusto a los impulsos
que
se desatan en el pecho de sus amos,
echando
leña a su fuego y nieve a su desánimo;
niegan,
afirman, giran su pico de alción
según
cambia el viento de sus dueños
y,
como perros, no saben más que seguirlos. ––
¡Maldita
sea tu cara epiléptica!
¿Te
ríes de mí como si fuese un bufón?
So
ganso, si te agarro en la llanura de Sarum,
te
llevo graznando a Camelot.
CORNWALL
Pero,
¿estás loco, viejo?
GLOSTER
¿Cómo
empezó todo? Dilo.
KENT
No
hay contrarios más inconciliables que este granuja y yo.
CORNWALL
¿Por
qué granuja? ¿Qué ha hecho de malo?
KENT
No
me gusta su semblante.
CORNWALL
Ni tal vez el mío, el suyo o el de ella.
KENT
Señor, mi oficio es ser claro:
he visto mejores caras en mi vida
que la que lleva encima de sus hombros
cualquiera de los que tengo delante.
CORNWALL
Éste es uno de ésos que, elogiado por sincero,
adopta una insolente tosquedad
y se impone una conducta opuesta a su
carácter.
El no sabe adular, no; él es claro y franco
y siempre dice verdades: si las toman, bien;
si no, es que es sincero. Conozco a estos
granujas:
en su franqueza ocultan más astucia
y corrupción que veinte lacayos que no cesan
de inclinarse y se extreman por cumplir.
KENT
Señor, de buena fe, con franca veracidad,
con la venia de vuestra egregia figura,
cuyo poder, igual que la ardiente aureola
que flamea en la frente de Febo...
CORNWALL
¿Qué te propones?
KENT
Salirme
de mi estilo, que tanto os disgusta. Señor, sé que no soy adulador. El que os
ha engañado hablando claro es claramente un granuja, y yo nunca lo seré,
aun¬que me gane vuestro enojo al obligaros a rogármelo.
CORNWALL
¿En qué le ofendiste?
OSWALD
En nada. Hace poco, interpretándome mal,
su
amo el rey tuvo a bien pegarme.
Entonces él, secundándole y halagando
su disgusto, me derribó por detrás.
Estando yo en el suelo, se creció,
me insultó y tanto se hizo el héroe
que logró distinguirse, y el rey le alabó
por rendir a quien no se resistía;
y ahora, excitado por su hazaña,
arremete de nuevo contra mí.
KENT
Estos granujas y cobardes son capaces
de engañar al mismo Áyax.
CORNWALL
¡Traed el cepo! Viejo incorregible,
maduro bravucón, yo te enseñaré.
KENT
Señor, a mi edad ya no se aprende.
No me queráis en el cepo. Sirvo al rey,
y por su encargo vine a veros.
Demostraríais poco respeto y gran violencia
a la persona y majestad de mi señor
castigando a su emisario.
CORNWALL
¡Traed el cepo! Por mi vida y mi honra,
que aquí se quedará hasta el mediodía.
REGAN
¿El mediodía? Hasta la noche, mi señor,
y toda ella.
KENT
Señora, si yo fuese el perro de vuestro padre
no me trataríais así.
REGAN
Mas, como eres su esclavo, lo haré.
CORNWALL
Este es uno de la especie de que habla
nuestra hermana. –– ¡Vamos, el cepo!
Sacan
el cepo.
GLOSTER
Permitidme
suplicaros: no lo hagáis.*
El
rey se ofenderá si se ve menospreciado
en
su propio mensajero y se lo encuentra
apresado
de este modo.
CORNWALL
De
eso respondo yo.
REGAN
Mi
hermana se ofenderá mucho más
si
insultan y atacan a su mayordomo.*
CORNWALL
Y
ahora vamos, señor.
Salen
[todos menos GLOSTER y KENT.]
GLOSTER
Me
das pena, amigo. Pero es deseo del duque,
cuyo
carácter, como todo el mundo sabe,
no
se deja refrenar. Yo te defenderé.
KENT
No,
mi señor. He viajado sin reposo.
Pasaré
un rato durmiendo y el resto, silbando.
Al
honrado la suerte se le acaba por los pies.
Buen
día tengáis.
GLOSTER
El
duque ha hecho mal: esto dará que sentir.
Sale.
KENT
Buen
rey, verás que se cumple el dicho:
cuando
el cielo te abandona,
te
quedas expuesto al sol.
Acércate,
faro de nuestro mundo,
que
pueda, con tus socorridos rayos,
leer
esta carta. Casi nadie ve milagros
mas
que en la desgracia. Sé que es de Cordelia,
que
por suerte ha tenido noticias
de
mi simulación y hallará el momento
de
proveer remedio y cura a tan extraordinaria
situación.
Ojos soñolientos y cansados
de
velar, aprovechad la ocasión y no veáis
mi
humillante alojamiento.
Fortuna,
buenas noches, vuelve a sonreír
y
que gire tu rueda.
Se
duerme. Entra EDGAR.
EDGAR
Oí
pregonar que me buscan
y,
gracias al hueco de un árbol, logré
evadir
la persecución. No hay salida abierta,
ni
puesto que no extreme la guardia
en
espera de apresarme. Mientras pueda escapar,
me
protegeré; tengo la intención
de
ofrecer el aspecto más pobre e indigno
con
el que la miseria, desdeñosa del hombre,
le
redujo casi a bestia. Me ensuciaré la cara,
me
ceñiré una manta, haré de mi pelo greñas
y,
expuesta mi desnudez, lucharé
contra
el viento y el acoso de los cielos.
El
campo ofrece casos y ejemplos
de
mendigos lunáticos que, vociferando,
se
clavan en el brazo desnudo y entumecido
alfileres,
pinchos de madera, clavos, puntas
de
romero; con tan horrible espectáculo
van
por míseras granjas, aldehuelas,
majadas
y molinos, y, con locas maldiciones
o
con súplicas, mueven a caridad:
«¡Socorred
a Turlygod! ¡Limosna para Tom!»
Es
lo que me queda, pues Edgar no existe.
Sale.
Entran
LEAR, el BUFÓN y un CABALLERO.
LEAR
Es
raro que salieran de ese modo sin dar respuesta a mi emisario.
CABALLERO
Oí
decir que anteanoche no tenían pensamiento de ausentarse.
KENT
¡Salud,
noble amo!
LEAR
¡Vaya!
¿Te diviertes con ese castigo?
KENT
No,
señor.
BUFÓN
¡Ja,
ja! ¡Qué ligas más duras lleva! Los caballos se atan por la cabeza, los perros
y los osos por el cuello, los monos por la cintura y los hombres por las
piernas. Quien mueve mucho las piernas, lleva medias de ma¬dera.
LEAR
¿Quién
es el que confundió tu puesto
al
punto de meterte ahí?
KENT
«El
que» y «la que»: vuestro yerno e hija.
LEAR
No.
KENT
Sí.
LEAR
Que
no.
KENT
Que sí.
LEAR
¡Por
Júpiter, juro que no!
KENT
¡Por
Juno, juro que sí!
LEAR
No
se atreverían, no podrían,
no
querrían. Atentar contra el respeto
con
tales desafueros es peor que un crimen.
Cuéntame
rápido y preciso de qué modo
mereciste
o ellos te impusieron este trato,
siendo
mi emisario.
KENT
Señor,
cuando les di vuestra carta
en
su residencia, estando aún de rodillas
presentando
mis respetos, llegó un mensajero
a
toda prisa y sudoroso, transmitiendo
entre
jadeos saludos de su ama Goneril.
Sin
importarle interrumpir, les entregó una carta
que
leyeron sin demora y, al ver el mensaje,
llamaron
a sus criados, montaron a caballo,
me
mandaron seguirles y esperar respuesta,
mirándome
con frialdad. Luego, aquí,
al
encontrarme al otro mensajero,
cuya
acogida fue veneno de la mía,
y
viendo que era el mismo que hace poco
se
mostró tan insolente con Vuestra Majestad,
con
más valor que prudencia, desenvainé.
El
despertó a la servidumbre con sus gritos
y
alaridos de cobarde. Vuestro yerno e hija
juzgaron
que mi ofensa merecía
la
vergüenza que ahora sufro.
BUFÓN
Si
vuela el ganso bravo, aún estamos en invierno.
Suele
tener hijo ingrato
el
padre que va harapiento,
pero
el hombre adinerado
será
padre de hijo tierno.
La
fortuna, puta innoble,
le
cierra la puerta al pobre.
Pero
tú cogerás tantas perras por tus hijas que estarás
un
año contándolas.
LEAR
¡Ah,
la sofocación se me sube al pecho!
¡Hysterica
passio, quieta! Angustia trepadora,
tu
elemento está abajo. –– ¿Dónde está esa hija?
KENT
Está
ahí dentro, señor, con el conde.
LEAR
No
me sigáis. Esperad aquí.
Sale.
CABALLERO
¿No
cometisteis más falta que la que habéis dicho?
KENT
Ninguna.
¿Cómo
es que el rey viene con tan pocos?
BUFÓN
Si
te hubieran metido en el cepo por hacer esa pre¬gunta, lo tendrías bien
merecido.
KENT
¿Por
qué, bufón?
BUFÓN
Te
mandaremos a la escuela de la hormiga para que aprendas que en invierno no se
trabaja. Salvo los cie¬gos, los que siguen su nariz se guían por los ojos, y no
hay una sola nariz entre veinte que no huela al que apesta, Suelta la gran
rueda que corre cuesta abajo, no sea que te mates por seguirla; pero, si va
cuesta arriba, deja que tire de ti. Cuando un listo te dé mejor consejo,
devúelveme el mío. Como lo da un bobo, que lo sigan los bribones.
Quien
trabaja por la paga
y
sirve por conveniencia,
en
cuanto llueve se larga
y te
deja en la tormenta.
Queda
el bobo, marcha el listo,
y
ahora me quedo yo.
Bobo
el bribón que se ha ido,
que
el bobo no es un bribón.
KENT
¿Dónde
aprendiste eso, bobo?
BUFÓN
En
el cepo no, bobo.
Entran
LEAR y GLOSTER.
LEAR
¿Se
niegan a verme? ¿Están indispuestos, cansados,
viajaron
de noche? Simples evasivas,
signos
de rebeldía y deserción.
Traedme
otra respuesta.
GLOSTER
Querido
señor, ya conocéis
el
carácter irascible del duque
y
sabéis lo constante e inflexible
que
es en sus decisiones.
LEAR
¡Venganza!
¡Peste! ¡Muerte! ¡Destrucción!
«¿Carácter?»
«¿Irascible?» Gloster, Gloster,
quiero
ver al Duque de Cornwall y a su esposa.
GLOSTER
Pero,
señor, ya les he informado.
LEAR
«¡Informado!»
Pero, ¿es que no me entiendes?
GLOSTER
Sí,
señor.
LEAR
El
rey quiere ver al duque; el padre
quiere
ver a su hija, le ordena obediencia...
¿Les
has « informado»? ¡Por mi vida y mi sangre!
¿Conque
«irascible»? Pues dile al colérico duque...
Bueno,
no: quizá no esté bien.
La
dolencia descuida las obligaciones
que
debe cumplir la salud; no somos los mismos
cuando,
aquejada, la naturaleza
obliga
al espíritu a sufrir con el cuerpo.
Seré
paciente; y reniego de la irreflexión
que
me ha hecho tomar el acto de un enfermo
por
el de un sano. –– ¡Muerte a mi realeza!
¿Por
qué está él ahí? Esta acción me convence
de
que el viaje del duque y de mú hija
es
pura farsa. Quiero que liberéis a mi criado.
Id a
decirles al duque y a su esposa
que
quiero verlos. ¡Ahora mismo, ya!
Decidles
que salgan y me oigan
o
tocaré el tambor a la puerta de su cuarto
hasta
matar el sueño para siempre.
GLOSTER
Deseo
que haya paz entre vosotros.
Sale.
LEAR
¡Ah,
el corazón, se me sube el corazón! ¡Abajo!.
BUFÓN
Tú
grítale, abuelo, como aquella cocinera que metía las anguilas vivas en la masa;
les zurraba en la cresta con un palo, gritándoles: «¡Abajo, rebeldes, abajo!»
Su hermano fue aquél que, de pura bondad con su caballo, le puso mantequilla al
pienso.
Entran
CORNWALL, REGAN, GLOSTER y criados.
LEAR
Buenos
días a los dos.
CORNWALL
Salud
a vos, mi señor.
KENT
es puesto en libertad.
REGAN
Me
alegro de veros, señor.
LEAR
Te
creo, Regan, y sé por qué razón
te
creo: si no te alegrases,
maldeciría
la sepultura de tu madre
por
ser la tumba de una adúltera. ––
[A
KENT] ¡Ah! ¿Estás libre? Hablaremos de esto. ––
Querida
Regan, tu hermana es perversa.
¡Ah,
Regan! Cual buitre, me ha clavado en el pecho
el
pico punzante de la ingratitud.
Apenas
puedo hablarte; no creerías
de
qué modo tan malvado ...¡Ah, Regan!
REGAN
Os
lo ruego, señor, conteneos.
Quiero
creer que no la estimáis en lo que vale,
no
que ella falte a su deber.
LEAR
¿Cómo?
¿Qué dices?
REGAN
No
puedo creer que mi hermana sea capaz
de
eludir su obligación. Señor, si acaso
refrenó
los desmanes de vuestros seguidores,
lo
hizo por motivos y fines tan sensatos
que
la eximen de toda culpa.
LEAR
¡Pues
yo la maldigo!
REGAN
Señor,
sois anciano. En vos la naturaleza
está
al borde de su término. Dejad
que
os guíe y conduzca el prudente
que
aprecia vuestra condición mejor que vos.
Por
tanto, os suplico que volváis
con
mi hermana. Decid que la agraviasteis.
LEAR
¿Pedirle
perdón? ¡Muy propio de la paternidad!
«Querida
hija, reconozco que soy viejo.
La
vejez es una inútil. Te pido de rodillas
que
te dignes darme ropa, cama y alimento.»
REGAN
Basta,
señor. Esos gestos son indecorosos.
Volved
con mi hermana.
LEAR
Jamás,
Regan. Me ha quitado la mitad
de
mi séquito; estuvo ceñuda conmigo;
cual
serpiente, me hirió el corazón con su lengua.
¡Que
todas las venganzas que atesoran los cielos
caigan
sobre su ingrata cabezal
¡Aires
malsanos, dejadle baldados
sus
jóvenes miembros!
CORNWALL
¡Vamos,
vamos, señor!
LEAR
¡Raudos
relámpagos, lanzad contra sus ojos
desdeñosos
vuestras llamas cegadoras!
¡Miasmas
que emanáis de las ciénagas
con
el fuego del sol, corromped su belleza
y
llenadla de llagas!
REGAN
¡Dioses
benditos! También me lo desearéis
a mí
en momentos de arrebato.
LEAR
No,
Regan, yo nunca te maldeciré.
Tu
condición apacible no puede
volverte
tan cruel. Sus ojos asustan; los tuyos
confortan
y no queman. No es propio de ti
escatimarme
deseos, reducirme la escolta,
contestarme
con dureza, regatearme el subsidio
y,
en suma, recibirme echando el cerrojo.
Tú
conoces los deberes naturales,
tu
obligación filial, los actos de cortesía,
las
deudas de gratitud. Tú no has olvidado
la
mitad del reino que te di por dote.
REGAN
Señor,
al asunto.
LEAR
¿Quién
puso a mi hombre en el cepo?
Toque
de trompeta dentro.
CORNWALL
¿Qué
señal es ésa?
REGAN
La
conozco: es la de mi hermana; esto confirma
su
aviso de que llegaría pronto.
Entra
[OSWALD, el] mayordomo.
¿Ha
llegado tu señora?
LEAR
Éste
es un granuja que se crece de prestado
a
cuenta del favor inconstante de su ama.
¡Fuera
de mi vista, lacayo!
CORNWALL
Señor,
¿qué os proponéis?
Entra
GONERIL.
LEAR
¿Quién
castigó a mi emisario? Regan,
confío
en que tú no sabías nada. ––
¿Quién
llega? ¡Ah, dioses! Si amáis a los ancianos,
si
vuestro benigno poder reconoce
la
obediencia, si también sois ancianos,
¡haced
vuestra mi causa! ¡Asistidme y defendedme!
[A
GONERILI ¿No te avergüenza mirar estas canas?
¡Ah,
Regan! ¡La coges de la mano!
GONERIL
¿Por
qué no iba a hacerlo? ¿Qué he hecho yo de malo?
Malo
no es todo lo que cree la necedad
y
juzga la chochez.
LEAR
¡Ah,
pecho, cómo resistes! ¿Aún puedes
soportarlo?
–– ¿Quién puso a mi hombre en el cepo?
CORNWALL
Fui
yo, señor. Pero sus excesos
no
merecían ese honor.
LEAR
¿Tú?
¿Fuiste tú?
REGAN
Os
lo ruego, padre: reconoced que sois débil.
Si,
hasta el fin de vuestro mes,
queréis
volver y residir con mi hermana,
despidiendo
a la mitad de vuestro séquito,
venid
después conmigo. Estando ausente de casa,
no
dispongo de los medios necesarios
para
recibiros.
LEAR
¿Volver
con ella y despedir cincuenta hombres?
No,
antes renuncio a todo techo;
me
asociaré con lobos y con búhos
y
bajo la furia de los cielos me expondré
al
mordisco de la privación. ¿Volver con ella?
Ahí
está el fogoso Rey de Francia, que a mi hija
menor
tomó sin dote: también podría arrodillarme
ante
su trono y pedirle un subsidio de escudero
para
seguir en esta vida miserable.
¿Volver
con ella? Antes pídeme que sea
esclavo
y siervo de este odioso mayordomo.
GONERIL
Como
os plazca, señor.
LEAR
Te
lo ruego, hija mía, no me vuelvas loco.
No
pienso molestarte, hija. Adiós.
Ya
nunca nos veremos, ni nos encontraremos.
Pero
eres mi carne, mi sangre, mi hija,
o
más bien infección de mi carne
que
forzosamente es mía. Eres un tumor,
una
llaga que supura, una úlcera inflamada
en
mi sangre corrompida. Mas no pienso reprenderte.
Venga
el oprobio cuando quiera: yo no lo invoco.
No
le pido al dios del trueno que fulmine,
ni
te acuso ante Júpiter, el juez supremo.
Enmiéndate
cuando puedas y a tu conveniencia.
Yo
soy paciente; puedo vivir con Regan,
yo y
mis cien caballeros.
REGAN
No
exactamente. Yo no os esperaba,
ni
estoy preparada para una digna acogida.
Señor,
atended a mi hermana: quienes vean
vuestros
arranques fríamente, por fuerza
convendrán
en que sois viejo, así que...
Ella
sabe lo que hace.
LEAR
¿Es
cierto lo que oigo?
REGAN
Muy
cierto, señor. ¡Cincuenta caballeros!
¿No
os bastan? ¿Para qué más,
o
para qué tantos, cuando el gasto y el peligro
rechazan
tan alto número? En una casa,
¿cómo
puede vivir en armonía
tanta
gente con dos amos?
Es
difícil, casi imposible.
GONERIL
¿Por
qué, mi señor, no pueden serviros
los
que son sus criados o los míos?
REGAN
¿Por
qué no, señor? Si os desatienden,
podemos
reprenderlos. Como ahora veo el riesgo,
si
venís conmigo, os ruego que traigáis
nada
más que veinticinco; a ninguno más
daré
posada ni admisión.
LEAR
Yo
os lo di todo.
REGAN
Y en
buena hora.
LEAR
Os
hice mis delegadas, mis depositarias,
reservándome
el derecho a cierto número
de
seguidores. ¿He de ir a tu casa
con
veinticinco? Regan, ¿es eso lo que has dicho?
REGAN
Y lo
repito, señor: conmigo ni uno más.
LEAR
Los
seres perversos parecen hermosos
al
lado de otros más perversos: no ser lo peor
también
tiene mérito. –– [A GONERIL] Voy contigo:
tus
cincuenta son dos veces veinticinco
y tu
amor dobla al suyo.
GONERIL
Oídme,
señor. ¿Qué necesidad tenéis
de
veinticinco, diez o cinco en una casa
en
que el doble está a vuestro servicio?
REGAN
¿Qué
necesidad de uno?
LEAR
¡No
discutáis la «necesidad»! El mendigo
más
pobre posee algo superfluo.
Si
no dais a la naturaleza
más
de lo necesario, la vida humana vale
menos
que la de la bestia. Tú eres una dama:
si
abrigarse fuera ir engalanado,
no
te harían falta esas galas que llevas,
pues
apenas te abrigan. En cuanto a necesidad,
¡dadme,
cielos, la paciencia necesaria!
Aquí
me veis, dioses: un pobre anciano,
cargado
de años y penas, mísero en ambos.
Si
sois vosotros los que indisponéis
a
estas hijas con su padre, no hagáis de mí
el
necio que todo lo soporta mansamente;
infundidme
noble cólera y no dejéis
que
esas armas de mujer, las lágrimas,
deshonren
mi hombría. No, brujas desalmadas;
tomaré
tal venganza de vosotras
que
el mundo entero... Lo haré... No sé aún
qué
va a ser, mas será el terror de la tierra.
Creéis
que lloraré. No, no voy a llorar.
Me
sobran motivos;
Fragor
de tormenta.
pero
este corazón saltará en mil pedazos
antes
de que llore. –– ¡Ah, bufón, voy a enloquecer! ––
Salen
LEAR, GLoSTER, el BUFÓN [y el CABALLERO].
CORNWALL
Entremos;
se acerca una tormenta.
REGAN
La
casa es pequeña; no puede alojar bien
al
viejo y su gente.
GONERIL
Es
culpa suya. Si renuncia al reposo,
que
pruebe su locura.
REGAN
Le
recibiré gustosamente a él solo,
pero
a ninguno de su escolta.
GONERIL
Ésa
es mi intención. ¿Dónde está el Conde de Gloster?
CORNWALL
Salió
con el viejo. Aquí vuelve.
Entra
GLOSTER.
GLOSTER
El rey está furiosísimo.
CORNWALL
¿Adónde va?
GLOSTER
Ha ordenado montar, mas no sé adónde va.
CORNWALL
Más vale dejarle: es su propia guía.
GONERIL
Señor, de ningún modo le pidáis que se quede.
GLOSTER
Pero se acerca la noche y braman
feroces los vientos. Apenas hay un arbusto
en millas a la redonda.
REGAN
Ah, señor, al testarudo
el
daño que se hace a sí mismo
debe
servirle de lección. Cerrad las puertas.
Le
siguen unos temerarios, y la prudencia
aconseja
guardarse de las provocaciones
a
que pueda dejarse llevar.
CORNWALL
Cerrad
las puertas, señor. La noche es temible.
Regan
dice bien. Protejámonos de la tormenta.
Salen.
III.i Sigue la tormenta. Entran KENT y un CABALLERO
por lados opuestos.
KENT
¿Quién
va, además del tiempo infame?
CABALLERO
Alguien
tan turbado como el tiempo.
KENT
Yo
os conozco. ¿Dónde está el rey?
CABALLERO
Luchando
con los fieros elementos;
al
viento le dice que hunda la tierra
en
las aguas o levante el mar encrespado
sobre
los continentes y que todo
se
altere o destruya.*
KENT
Pero,
¿quién va con él?
CABALLERO
Sólo
el bufón, que se esfuerza en aliviarle
las
penas con sus bromas.
KENT
Señor,
os conozco lo bastante
como
para confiaros un asunto de importancia,
Aunque
por ahora guardan apariencias
con
parejo disimulo, hay enfrentamiento
entre
Albany y Cornwall, que tienen criados
(¿y
quién tan encumbrado de Fortuna
no
los tiene?), que, aunque lo parecen,
son
espías que informan a Francia
sobre
nuestro Estado: lo que han visto
de
las riñas e intrigas de los duques
o la
dureza con que ambos han tratado
al
anciano rey; o algo más profundo,
de
lo cual todo esto es sólo síntoma.*
CABALLERO
Habrá
que hablar más de esto.
KENT
No.
Para confirmar que soy mucho más
que
mi apariencia, abrid esta bolsa
y
sacad el contenido. Si véis a Cordelia,
y
sin duda la veréis, mostradle este anillo,
y
ella os dirá quién es ese hombre
que
no conocéis. ¡Maldita tormenta!
Voy
en busca del rey.
CABALLERO
Dadme
la mano. ¿Queréis decir algo más?
KENT
Poco,
aunque de gran trascendencia.
Cuando
encontremos al rey (id vos
por
ese lado, yo por éste), quien primero
dé
con él, que grite al otro.
Salen.
III.ii
Sigue la tormenta. Entran LEAR y el BUFÓN.
LEAR
¡Soplad,
vientos, y rajaos las mejillas!
¡Rugid,
bramad! ¡Romped, turbiones y diluvios,
hasta
anegar las torres y hundir las veletas!
¡Fuegos
sulfúreos, raudos como el pensamiento,
heraldos
del rayo que parte los robles,
quemadme
las canas! Y tú, trueno estremecedor,
¡aplasta
la espesa redondez de la tierra,
rompe
los moldes de la naturaleza y mata
la
semilla que produce al hombre ingrato!
BUFÓN
Ah,
abuelo: más vale dar jabón en seco que renegar bajo esta lluvia. Entra, abuelo,
y pídeles la bendición a tus hijas. La noche no perdona ni a bobo ni a listo.
LEAR
¡Retumbe
tu vientre! ¡Escupe, fuego; revienta, nube!
Ni
lluvia, viento, trueno, ni rayo son mis hijas.
De
ingratitud no os acuso, elementos:
yo
nunca os di un reino, jamás os llamé hijos.
No
me debéis obediencia, así que arrojad
vuestro
horrendo placer. Aquí está vuestro esclavo,
un
pobre anciano, mísero, débil, despreciado.
Y,
sin embargo, os llamo aliados serviles
que,
unidos a mis dos hijas perversas,
desde
el cielo lanzáis vuestras legiones
sobre
cabeza tan blanca, tan vieja. ¡Ah, infamia!
BUFÓN
Quien
tiene una casa donde meter la cabeza, tiene una buena sesera.
Braguetero
busca un hoyo
y va
con cabeza al aire,
que
se llenará de piojos
cuando
tenga que casarse.
El
que atiende al dedo gordo
mucho
más que al corazón
por
un callo andará loco
y
despierto del dolor.
Pues
no hay mujer guapa que no haga visajes delante del espejo.
Entra
KENT.
LEAR
No,
seré un modelo de paciencia.
No
diré nada.
KENT
¿Quién
va?
BUFÓN
Pues
la majestad y el braguetero, es decir un sabio y un bobo.
KENT
Ah,
señor, ¿estáis ahí? Ni los que aman la noche
aman
noches como ésta. Los coléricos cielos
espantan
a las fieras que vagan en las sombras
y
las retienen en sus cuevas. Desde que soy hombre
no
recuerdo haber visto estos chorros de fuego,
ni
oído este retumbar del hórrido trueno,
ni
estos gemidos de lluvia y viento rugiente.
El
hombre no soporta tal angustia ni temor.
LEAR
Que
los grandes dioses que engendraron
tan
terrible tumulto sobre nuestras cabezas
descubran
ahora a sus enemigos. Tiembla,
desgraciado,
que callas tus recónditos delitos
aun
sin castigar. Escóndete, asesino,
perjuro,
hipócrita incestuoso. Estremécete,
infame,
y salta en pedazos por haber
tramado
contra el hombre bajo capa
de
bondad. Crímenes ocultos, abrid
vuestros
antros y pedid perdón
a
estos terribles emisarios.
Víctima
soy del pecado más que pecador.
KENT
¡Cómo!
¿A cabeza descubierta? ––
Majestad,
aquí cerca hay una choza:
os
dará cobijo en esta tempestad.
Descansad
dentro, mientras voy al duro palacio
(más
duro que la piedra de sus muros,
donde
hace poco me han negado acceso
al
preguntar por vos) a obligarles
a
mostrar siquiera cortesía.
LEAR
La
cabeza se me va. ––
Vamos,
muchacho. ¿Cómo estás? ¿Tienes frío?
Yo
también. –– ¿Dónde está esa choza, amigo?
El
arte de la necesidad es admirable:
vuelve
valioso lo mísero. Vamos, la cabaña. ––
Mi
pobre y pícaro bufón, en mi pecho
hay
siempre un hueco que se apena por ti.
BUFÓN
[canta]
Quien
tiene poco juicio y sensatez,
do,
re, mi, do, hay viento y lloverá,
a su
destino se ha de someter,
pues
un día y otro día lloverá.
LEAR
Cierto,
muchacho. –– Vamos, llévanos a la choza.
Salen
[LEAR y KENT].
BUFÓN
Espléndida
noche hasta para enfriar a una golfa. Ante; de salir, haré una profecía:
Cuando
sacerdotes no hagan y hablen
y
los cerveceros la cerveza agüen;
cuando
el noble enseñe al sastre su empleo
y,
en lugar de herejes, ardan los puteros,
será
porque el reino de Albión
ha
entrado en la gran confusión.
Cuando
en todo pleito se haga justicia,
y
amo y escudero sin penurias vivan;
cuando
nuestras lenguas no murmuren más
y
nuestros rateros dejen de robar;
cuando
el usurero saque sus reservas
y
erijan iglesias putas y alcahuetas,
un
tiempo habrá entonces, ¿y quién lo verá?,
en
que nuestros pies sirvan para andar.
Será
profecía del mago Merlín, que yo he nacido antes que él.
Sale.
III.iii
Entran GLOSTER y EDMOND.
GLOSTER
¡Ay,
Edmond! No me gusta este trato despiadado. Cuando les pedí permiso para
aliviarle, se adueñaron de mi casa y me prohibieron, bajo pena de perpetuo
disfavor, hablar de él, mediar por él o auxiliarle en modo alguno.
EDMOND
Eso es cruel y despiadado.
GLosTER
Bueno,
tú no digas nada. Hay enfrentamiento entre los duques. Y un asunto aún peor.
Esta noche he recibido una carta; es peligroso comentarla; la he guardado en mi
escritorio. Los agravios que ahora sufre el rey serán vengados por entero: ya
ha desembarcado parte de un ejército; debemos ponemos del lado del rey. Voy a
bus¬carle; le ayudaré en secreto. Tú entretén al duque con¬versando, no vaya a
descubrir mi auxilio. Si pregunta por mí, no estoy bien y me he acostado.
Aunque me cueste la vida, como me han amenazado, hay que soco¬rrer al rey, mi
anciano señor. Se avecinan sucesos sin¬gulares, Edmond. Lleva cuidado.
Sale.
EDMOND
Al
duque he de informar sin dilación de esa bondad prohibida y de la carta. Esto
merece un buen premio. Ganaré lo que pierda mi padre, que será su hacienda:
cuando caen los viejos, los jóvenes medran.
Sale.
III.iv
Entran LEAR, KENT y el BUFÓN.
KENT
Éste
es el lugar, señor; entrad, mi señor.
La
tiranía de esta noche no la soporta
nuestra
naturaleza.
Sigue
la tormenta.
LEAR
Déjame.
KENT
Mi
buen señor, entrad aquí.
LEAR
¿Quieres
partirme el corazón?
KENT
Antes
me partiría el mío. Entrad, mi señor.
LEAR
Tú
das importancia a que esta fiera tormenta
nos
cale hasta los huesos. Tú lo ves así;
mas
donde el mal es mayor, el menor
no
se siente. Tú huirías de un oso,
mas
si la huida te lleva a la mar brava,
tendrías
que afrontarlo cara a cara.
Si
está libre la mente, el cuerpo es sensible.
La
tormenta de mi mente no me deja
sentir
nada, salvo lo que brama dentro,
la
ingratitud filial. ¿No es como si la boca
arrancase
la mano que le da alimento?
Castigaré
sin piedad. ¡No, no voy a llorar más!
¡Dejarme
fuera en una noche así!
¡Venga
lluvia, que puedo soportarla!
¡En
una noche así! ¡Ah, Regan, Goneril!
¡Al
padre anciano y generoso que os lo dio todo!
¡Ah,
esto lleva a la locura! Que no caiga en ella.
Ya
basta.
KENT
Mi
buen señor, entrad aquí.
LEAR
Anda,
entra tú y protégete. La tormenta
me
impide meditar sobre otras cosas
que
me harían más daño. Pero entraré. ––
Muchacho,
entra tú primero. –– ¡Pobreza sin techo! ––
Vamos,
entra. Rezaré y después me dormiré.
Sale
[el BUFÓN].
Pobres
míseros desnudos, dondequiera que estéis,
expuestos
al azote de esta cruel tormenta,
¿cómo
os protegerá de un tiempo como éste
vuestra
cabeza descubierta, vuestro cuerpo
sin
carnes, los harapos llenos de agujeros?
¡Ah,
qué poco me han preocupado! Cúrate, lujo;
despójate
y siente lo que siente el desvalido,
para
que pueda caerle lo superfluo
y se
vea que los dioses son más justos.
EDGAR
[dentro]
¡Braza
y media! ¡Braza y media! ¡Pobre Tom!
Entra
el BUFÔN.
BUFÓN
No
entres ahí, abuelo: hay un espíritu. ¡Socorro, auxilio!
KENT
Dame
la mano. –– ¿Quién anda ahí?
BUFÓN
¡Un
espíritu, un espíritu! Dice que se llama Pobre Tom
KENT
¿Quién
eres tú, que te quejas en la choza?
Sal
de ahí.
Entra
EDGAR [disfrazado de mendigo].
EDGAR
¡Fuera!
Me persigue el Maligno.
El
viento helado sopla entre el espino.
¡Huuum!
Acuéstate, que tienes frío.
LEAR
¿Les
has dado todo a tus dos hijas?
¿A
esto has llegado?
EDGAR
Dadle
algo al pobre Tom. El Maligno le ha llevado por fuego y por llama, por vado y
remolino, por ciénaga y pantano. Le ha puesto cuchillos debajo de la almohada,
sogas en la galería y veneno al lado de la sopa. Le ha vuelto soberbio de
hacerle trotar en caballo bayo sobre puentes de cuatro pulgadas persiguiendo a
su sombra cual si fuera una traidora. ¡Los dioses te lo pagarán! Tom tiene
frío. Titi, titi, titi. ¡Y te bendecirán contra los torbellinos, el mal de los
astros y las pestes! Limosna para el pobre Tom, víctima del Maligno. A ver si
lo pi¬llo aquí, y aquí, y aquí.
Sigue
la tormenta.
LEAR
¿A
eso le han llevado sus hijas? ––
¿No
pudiste guardar nada? ¿Se lo diste todo?
BUFÓN
No:
se guardó una manta, que, si no, nos daría ver¬güenza.
LEAR
¡Caigan
sobre sus hijas todas las plagas del cielo
que
penden funestas sobre las culpas de los hombres!
KENT
Señor,
no tiene hijas.
LEAR
¡Así
te maten, traidor! Sólo unas hijas malvadas
podían
degradar tanto su naturaleza.
¿Es
costumbre que a los padres rechazados
les
dé tan poca lástima su carne?
¡Un
castigo justo! Su carne fue la que engendró
a
estos pelícanos de hijas.
EDGAR
Fue
Pelicón al Mont Pelicón...
¡Aú,
aú, du ––dú!
BUFÓN
Esta
noche helada nos va a volver a todos locos a idiotas.
EDGAR
Guárdate
del Maligno, obedece a tus padres, honra tu palabra, no jures, no peques con
esposa ajena, no vis¬tas con ostentación. Tom time frío.
LEAR
¿Tú
qué has sido?
EDGAR
Un
galán, soberbio de corazón y de ánimo. Me rizaba el pelo, llevaba guantes en el
sombrero, satisfacía el pla¬cer de mi amada y con ella realizaba el acto de las
som¬bras; mis palabras eran juramentos a los que faltaba ante los ojos del
cielo; mis sueños, fantasías amorosas que practicaba despierto. El vino, lo
adoraba; los dados me apasionaban; y en cuanto a mujeres, tenía más que un
sultán. Falso de alma, vivo de oído, presto de espada; cerdo en pereza, zorro
en sigilo, lobo en mi gula, perro en mi rabia, león con mi presa. No entregues
tu corazón a mujer por un crujir de zapatos o de sedan. No pongas el pie en un
prostíbulo, la mano entre unas faldas ni la firma en un pagaré y desafía al
Maligno.
Y el
viento aún sopla entre el espino
y
dice «hu, hu, ay, ay».
Muchacho,
el delfín. ¡Ea! Déjale trotar.
Sigue
la tormenta.
LEAR
Mejor
estarías en la tumba que aquí con tu cuerpo des¬nudo frente al cielo
inclemente. ¿El hombre es sólo esto? Miradle bien. Tú no le debes seda al
gusano, piel a la bestia, lana a la oveja o perfume a la civeta. Ah, aquí
estamos tres adulterados; tú eres el ser puro. El hombre desguarnecido no es
más que un pobre animal desnudo y de dos patas como tú. ¡Fuera, fuera con lo
prestado! Vamos, desabrochadme.
Entra
GLOSTER con una antorcha.
BUFÓN
Te
lo ruego, abuelo, cálmate. La noche está infame para nadar. Un fuego menudo en
un páramo es como el corazón de un viejo verde: una chispa pequeña, y el resto
del cuerpo, apagado. Mirad, aquí viene un fuego fatuo.
EDGAR
Éste
es el demonio Flibertigibet. Sale al toque de queda y deambula hasta la
medianoche. Produce cataratas, bizquera y labio leporino; ataca las mieses y
mortifica a la pobre criatura de la tierra.
Tres
veces al monte salió San Vidal
y al
íncubo vio con sun nueve allá;
le
hizo caer,
frenó
su poder
y
ordenó: «¡Atrás, demonio, atrás!»
KENT
¿Estáis
bien, Majestad?
LEAR
¿Quién
es?
KENT
¿Quién
va? ¿Qué buscáis?
GLOSTER
¿Quiénes
sois vosotros? ¿Cómo os llamáis?
EDGAR
El
pobre Tom, que come ranas, sapos, renacuajos, sala¬mandras y tritones; que, con
la furia de su pecho, cuando arrecia el Maligno, hace boca con boñigos, se come
las ratas y los perros muertos, y se traga el verdín del agua estancada; al que
azotan de aldea en aldea, meten en el cepo y en la cárcel; que tuvo tres trajes
y seis camisas,
y
montó a caballo, y lució su espada;
pero
los ratones, ratas y alimañas
llevan
siete años siendo su pitanza.
¡Cuidado
con mi diablo! ¡Calla, Smulkin! ¡Calla, de¬monio!
GLOSTER
¿Vuestra
Majestad no encuentra mejor compañía?
EDGAR
El
príncipe de las tinieblas es un caballero. Le llaman Modo y Mahu.
GLOSTER
Señor,
nuestros hijos degeneran tanto que odian a quien los engendra.
EDGAR
El
pobre Tom tiene frío.
GLOSTER
Entrad
conmigo. Mi lealtad no me permite
cumplir
las órdenes crueles de vuestras hijas.
Aunque
me han mandado atrancar las puertas
y
dejar que la noche se ensañe con vos,
he
osado salir a buscaros
y
llevaros donde hay fuego y alimento.
LEAR
Antes
dejadme que hable con este filósofo. ––
¿Cuál
es la causa del trueno?
KENT
Señor,
aceptad lo que ofrece, entrad en la casa
LEAR
Quiero
conversar con el sabio griego. ––
¿Cuál
es vuestra ciencia?
EDGAR
La
de huir del demonio y matar los bichos.
LEAR
Permitid
que hable a solas con vos.
KENT
Señor,
insistid en que se vaya.
Le
flaquea la razón.
GLOSTER
¿Y
qué culpa tiene?
Sigue
la tormenta.
Sus
hijas desean su muerte. ¡Ay, ya lo decía
el
bueno de Kent, pobre desterrado!
Dices
que el rey enloquece; que sepas, amigo,
que
yo estoy casi loco. Tengo un hijo
del
que he renegado. Atentó contra mí
hace
poco, muy poco. Amigo, yo le quería
como
ningún padre a su hijo. Para serte sincero
el
dolor me ha enajenado. ¡Qué noche ésta!
Ruego
a Vuestra Majestad...
LEAR
Disculpadme,
señor. ––
Noble
filósofo, venid conmigo.
EDGAR
Tom
tiene frío.
GLOSTER
Venga,
entra en la choza y resguárdate.
LEAR
Vamos,
entremos todos.
KENT
Por
aquí, señor.
LEAR
Con
él: quiero quedarme con mi filósofo.
KENT
Señor,
dadle gusto. Dejad que se venga.
GLOSTER
Pues
encárgate de él.
KENT
Tú,
vamos. Vente con nosotros.
LEAR
Venid,
ateniense.
GLOSTER
No
digáis nada. Silencio.
EDGAR
A la
torre llegó don Roldán.
Su
lema fue siempre: «¡Pim, pom, pam!
A
sangre britana huelo ya.»
Salen.
III.v
Entran CORNWALL y EDMOND.
CORNWALL
Me
vengaré antes de salir de su casa.
EDMoND
Señor,
me da miedo pensar qué dirán de mí por antepo¬ner la lealtad a los lazos
naturales.
CORNWALL
Ahora
comprendo que no fue sólo la ruindad de tu her¬mano lo que le hizo atentar
contra él: la muerte que merecía tu padre la provocó su propia maldad.
EDMOND
¡Qué
triste es mi suerte, que me hace lamentar mi leal¬tad! Aquí está la carta de
que habló, que demuestra que es espía en beneficio de Francia. ¡Dioses! ¡Ojalá
no existiera esta traición o yo no la hubiera descu¬bierto!
CORNWALL
Vamos
a ver a la duquesa.
EDMOND
Si
lo que dice la carta es verdad, os ha caído un asunto importante.
CORNWALL
Verdad
o mentira, te convierte en el Duque de Gloster. Averigua dónde está tu padre,
que le detengamos.
EDMOND
[aparte]
Si le encuentro auxiliando al rey, le dará más motivos al duque. –– Proseguiré
en mi lealtad para con vos, aunque ello me enfrente con mis sentimientos.
CORNWALL
Tienes
mi plena confianza y en mi afecto hallarás un padre más querido.
Salen.
III.vi
Entran KENT y GLOSTER.
GLOSTER
Aquí
se está mejor que a la intemperie; alegraos. Os lo haré más cómodo añadiendo lo
que pueda. No tardaré.
KENT
Su
razón ha cedido del todo a su arrebato. Los dioses os paguen vuestra bondad.
Sale
GLOSTER.
Entran
LEAR, EDGAR y el BUFÓN.
EDGAR
Me
llama Frateretto y me dice que Nerón pesca en el lago de las sombras. –– Bobo,
tú reza y guárdate del Ma¬ligno.
BUFÓN
Anda,
abuelo, dime si ún loco es un noble o un bur¬gués.
LEAR
¡Un
rey, un rey!
BUFÓN
No:
un burgués que tiene un hijo noble, pues tiene que estar loco si deja que su
hijo se ennoblezca antes que él.
LEAR
¡Así
vinieran con mil asadores
al
rojo vivo aullando sobre ellas!*
EDGAR
¡Los
dioses te lo pagarán!
KENT
¡Ah,
dolor! Señor, ¿dónde está la paciencia
de
la que tanto os preciabais?
EDGAR
[aparte]
Mis
lágrimas se ponen tanto de su parte
que
van a estropearme el fingimiento.
LEAR
Hasta
los perrillos ––Trío, Blanca
y
Reina ––, ¿veis?, todos me ladran.
EDGAR
Tom
va a tirarles su cabeza. ¡Fuera, chuchos!
Tengas
boca blanca o negra,
que
envenena como muerda,
galgo,
mastín o podenco,
braco,
mestizo o sabueso,
rabicorto
o rabilargo,
Tom
te hará salir aullando,
pues,
al tirarles mi crisma,
todos
huyen de estampía.
Titi,
titi, titi. ¡Ea! Vete a las fiestas, ferias y mercados.
Pobre
Tom, tu cuerno está seco.
LEAR
Ahora,
que diseccionen a Regan, a ver qué le crece por el corazón. ¿Hay alguna causa
natural para tener tan duro el corazón? –– [A EDGAR] Vos, señor, seréis uno de
mis cien caballeros. Pero no me gusta vuestro modo de vestir. Di¬réis que es un
traje persa, pero que os lo cambien.
KENT
Mi
señor, acostaos aquí y descansad.
LEAR
No
hagáis ruido, no hagáis ruido; corred las cortinas.
Así.
Ya cenaremos por la mañana.
BUFÓN
Y yo
me acostaré a mediodía.
Entra
GLOSTER.
GLOSTER
Ven
aquí, amigo. ¿Dónde está el rey, mi señor?
KENT
Aquí,
pero dejadle. Ha perdido la razón.
GLOSTER
Te
lo ruego, amigo, llévale en brazos.
He
sabido que piensan atentar contra su vida.
Hay
lista una litera; llévale a ella
y
salid para Dover, donde os darán
acogimiento
y protección. Lleva a tu amo.
Si
te entretienes sólo media hora,
lo
pagaréis con la vida él, tú y todos
los
que le defiendan. Vamos, llévatelo
y
sígueme, que os procure provisiones.*
Vamos,
en marcha.
Salen.*
III.vii Entran CORNWALL, REGAN, GONERIL, [EDMOND, el]
bastardo y criados.
CORNWALL
[a
GONERIL] Sal a toda prisa y enseña esta carta a tu esposo mi señor. El ejército
francés ha desembarcado. –– Vosotros buscad al traidor Gloster.
[Salen
algunos criados.]
REGAN
Ahórcalo
ahora mismo.
GONERIL
Sácale
los ojos.
CORNWALL
Confiadlo
a mi cólera. Edmond, acompaña a mi cu¬ñada: la venganza que debo tomar del
traidor de tu pa¬dre no te conviene presenciarla. Avisa al duque, con quien vas
a reunirte, de que se prepare sin demora; yo haré lo mismo. Nuestros correos
serán rápidos y nos tendrán al corriente. ¡Adiós, querida cuñada! ¡Adiós, Conde
de Gloster!
Entra
[OSWALD, el] mayordomo.
¿Qué hay? ¿Dónde está el rey?
OSWALD
Se
lo ha llevado el Conde de Gloster.
Unos treinta y cinco de sus hombres le
buscaron
con ahínco y le hallaron a las puertas.
Con algunos otros vasallos del conde,
van con él a Dover, donde afirman tener
amigos muy bien armados.
CORNWALL
Prepara caballos para tu señora.
[Sale
OSWALD.]
GONERIL
Adiós,
mi señor, y hermana.
CORNWALL
Edmond,
adiós.
Salen
GONERIL y [EDMOND, el] bastardo.
Buscad
al traidor Gloster. Maniatadle
como
a un ladrón. Traedle ante mí.
Aunque
no pueda condenarle a muerte
sin
que sea juzgado, mi autoridad
se
plegará a mi furor, que, aunque lo censuren,
no
lo detendrán.
Entran
GLOSTER y CRIADOS.
¿Quién es? ¿El traidor?
REGAN
El ingrato zorro.
CORNWALL
Atadle bien esos brazos secos.
GLOSTER
¿Qué os proponéis, Altezas? Amigos míos,
pensad
que sois mis huéspedes. No me ultrajéis.
CORNWALL
Vamos, atadle.
REGAN
Fuerte, fuerte. ¡Ah, miserable traidor!
GLOSTER
No lo soy, dama despiadada.
CORNWALL
Atadle a esta silla. Infame, vas a ver..
[REGAN
le lira de la barba.]
GLOSTER
Por los dioses clementes, es una vileza
tirarme de la barba.
REGAN
Tan blanca y tú tan traidor.
GLOSTER
Perversa señora, el pelo que me arrancas
de
la barba va a cobrar vida y acusarte.
Sois
mis huéspedes y no debéis violentar
mi
rostro hospitalario cual ladrones.
¿Qué vais a hacer?
CORNWALL
Vamos, ¿qué carta has recibido de Francia?
REGAN
La respuesta, clara, que sabemos la verdad.
CORNWALL
¿Y qué conjura llevas con esos traidores
que han desembarcado en el reino...
REGAN
...
y a quienes has encomendado al loco del rey?
¡Habla!
GLOSTER
Es una carta que hace suposiciones,
procedente de parte neutral
y no de un contrario.
CORNWALL
¡Qué astucia!
REGAN
¡Y falsedad!
CORNWALL
¿Dónde has mandado al rey?
GLOSTER
A Dover.
REGAN
¿Por qué a Dover? ¿No se te prohibió bajo
pena...?
CORNWALL
¿Por qué a Dover? Que conteste.
GLOSTER
Me ataron al palo; sufriré la embestida.
REGAN
¿Por
qué a Dover?
GLOSTER
Porque
no quería verte sacándole
los
ojos de anciano con tus crueles uñas,
ni a
tu impía hermana hincándole colmillos
de
fiera en su carne ungida. El mar,
ante
una tormenta como la que sufrió
su
cabeza descubierta en la noche infernal,
se
habría encrespado para apagar las estrellas.
Mas
él, pobre anciano, a la lluvia unía el llanto.
Si
los lobos hubieran aullado a tu puerta
en
noche tan dura, habrías dicho: «Portero,
ábreles.»
El más cruel se aplaca. Mas yo he de ver
a la
alada Venganza caer sobre estas hijas.
CORNWALL
Nunca
lo verás. –– Vosotros, sujetad la silla. ––
Voy
a pisarte los ojos.
GLOSTER
¡Si
queréis llegar a viejos, socorredme! ––
¡Ah,
crueldad! ¡Ah, dioses!
REGAN
Un
lado se ríe del otro. ¡El otro también!
CORNWALL
Si
ves la venganza...
CRIADO
¡Alto,
señor! Os he servido desde niño,
pero
nunca os presté mejor servicio
que
ahora al decir que os detengáis.
REGAN
¿Cómo,
perro?
CRIADO
Si
tuvierais barba en la cara,
os
la arrancaría por esto. –– ¿Qué pretendéis?
CORNWALL
¡Villano!
CRIADO
Muy
bien, adelante; arriésgate a la furia.
Desenvainan
y luchan.
[CORNWALL
es herido.]
REGAN
Tú,
dame tu espada. ¡Atreverse un villano!
Coge
la espada y le hiere por la espalda.
CRIADO
¡Ah, me ha matado! Señor, aún os queda un ojo
para
ver su desgracia. ¡Ah!
Muere.
CORNWALL
No
verá más; yo lo impediré. ¡Fuera, gelatina!
¿Dónde
está tu brillo?
GLOSTER
¡Oscuridad
y desconsuelo! ¿Dónde está
mi
hijo Edmond? ¡Edmond, aviva
tu
ardor filial y venga este horror!
REGAN
¡Calla,
infame traidor! Invocas a quien te odia.
El
fue quien nos reveló tu traición:
es
muy honrado para compadecerte.
GLOSTER
¡Necio
de mí! Entonces Edgar es la víctima.
Dioses
clementes, perdonadme y socorredle.
REGAN
Echadle
fuera y que el olfato
le
guíe hasta Dover.
Sale
[un CRIADO] con GLOSTER.
¿Qué
hay, señor? ¿Qué pasa?
CORNWALL
Estoy
herido. Sígueme, señora.
¡Fuera
con el vil ciego! Y a este villano
echadlo
al estercolero. Regan, sangro por momentos.
La
herida viene a deshora. Deja que me apoye.
Salen.
IV.i
Entra EDGAR.
EDGAR
Mejor así y saber que te desprecian
que despreciado y halagado. Ser lo peor,
lo más bajo y humillado de la suerte,
es tener una esperanza, vivir sin miedo.
El cambio doloroso es la caída;
de lo peor se va al júbilo. Conque,
bienvenido,
aire immaterial que ahora abrazo.
El desdichado al que empujaste a lo peor
no debe nada a tus ráfagas.
Entra
GLOSTER, guiado por un ANCIANO
Pero,
¿quién llega aquí? Mi padre,
con
los ojos desgarrados. ¡Ah, mundo, mundo!
Si
tus extraños vaivenes no te hicieran tan odioso,
no
cederíamos a la muerte.
ANCIANO
¡Ah,
señor, si he vivido con vos
y
vuestro padre en estos ochenta años...!
GLOSTER
Vete,
márchate. Buen amigo, aléjate.
Tu
ayuda no puede servirme de nada
y a
ti podría dañarte.
ANCIANO
No
veis el camino.
GLOSTER
Estoy
sin camino y no necesito ojos.
Cuando
veía, tropecé. Nuestros bienes
nos
vuelven confiados y nuestras carencias
acaban
siendo ventajas. ¡Ah, querido Edgar,
pasto
de la ira de un padre engañado!
Si
vivo para verte por el tacto
diré
que vuelvo a tener ojos.
ANCIANO
¿Eh?
¿Quién va?
EDGAR
[aparte]
¡Dioses!
¿Quién dice que he llegado a lo peor?
Ahora
estoy peor que nunca.
ANCIANO
Es
el pobre loco Tom.
EDGAR
[aparte]
Y
podría estar peor. No estamos en lo peor
mientras
podamos decir que algo es lo peor.
ANCIANO
Tú,
¿dónde vas?
GLOsTER
¿Es
un mendigo?
ANCIANO
Un
mendigo loco.
GLOSTER
Pues
le queda juicio, o no podría pedir.
Anoche,
en la tormenta, uno como él
me
hizo pensar que el hombre es un gusano.
Entonces
mi hijo me vino al pensamiento,
pero
mi pensamiento le negaba. Ahora sé más
Somos
para los dioses como las moscas
para
los chiquillos: nos matan por diversión.
EDGAR
[aparte]
¿Cómo
ha sucedido? Mala cosa es
tener
que hacer el loco con el afligido,
para
enojo propio y ajeno.
[Acercándose]
¡Los dioses te lo pagarán!
GLOSTER
¿Es
el que va desnudo?
ANCIANo
Sí,
señor.
GLOSTER
Entonces
márchate. Por mí y nuestro afecto,
alcánzanos
si quieres de aquí
a
una o dos millas por el camino de Dover,
y
trae alguna ropa para el pobre desnudo,
a
quien le pediré que me guíe.
ANCIANO
Pero,
señor, ¡si está loco!
GLOSTER
Es
un mal de este mundo que los locos
guíen
a los ciegos. Haz lo que te digo
o
haz lo que te plazca. Sobre todo, vete.
ANCIANO
Pase
lo que pase, le traeré
la
mejor ropa que tenga.
Sale.
GLOSTER
¡Eh,
tú, el que va desnudo!
EDGAR
El
pobre Tom tiene frío.
[Aparte]
No puedo seguir fingiendo.
GLOSTER
Ven
aquí, amigo.
EDGAR
[aparte]
Pero he de seguir. ––
¡Benditos
tus ojos, te sangran!
GLOSTER
¿Conoces
el camino de Dover?
EDGAR
El
de herradura y la senda, con sus puertas y barreras.
Al
pobre Tom se le va la cabeza del miedo. ¡Los dioses
te
guardarán del Maligno, hijo de bien!*
GLOSTER
Aquí
tienes mi bolsa; tú, humillado
por
los golpes y males de los cielos.
Junto
a mi desgracia, tú quedas mejor. ––
¡Dioses,
obrad siempre así! ¡Que el hombre
atiborrado
y opulento, que avasalla
vuestras
leyes, que no ve porque no siente,
no
tarde en sentir vuestro poder!
Que
la distribución anule lo superfluo
y
todos tengan suficiente. –– ¿Conoces Dover?
EDGAR
Sí,
amo.
GLOSTER
Hay
allí un acantilado, cuya cumbre
se
inclina intimidante sobre el mar encerrado.
Llévame
hasta el borde, que yo aliviaré
la
miseria que soportas con algo valioso.
Desde
allí no hará falta que me guíen.
EDGAR
Apóyate
en mí. El pobre Tom te llevará.
Salen.
IV.ii
Entran GONERIL y [EDMOND, el] bastardo.
GONERIL
Bienvenido,
señor. Me asombra que mi plácido esposo no salieera a nuestro encuentro.
Entra
[OSWALD, el] mayordomo.
¿Dónde
está tu señor?
OSWALD
Dentro,
señora; pero está desconocido.
Le
hablé del ejército que ha desembarcado
y
sonrió. Le dije que veníais.
Contestó:
«Tanto peor». Cuando le informé
de
la traición de Gloster y la lealtad de su hijo,
me
llamó idiota y me dijo que entendía
las
cosas al revés. Lo que debe disgustarle,
le
agrada, y lo que debe gustarle, le ofende.
GONERIL
[a EDMOND)
Entonces
no sigas adelante.
Su
espíritu cobarde y apocado no le deja
emprender
ninguna acción: si ha de responder,
nunca
se ofende. Lo que planeábamos
por
el camino, puede realizarse. Edmond,
vuelve
con mi cuñado. Apresura la recluta
y
manda sus fuerzas. Yo tengo que hacer
un
cambio de armas y dejar la rueca
en
manos de mi esposo. Este fiel criado
será
nuestro correo. Si no temes hacerte
un
favor a ti mismo, pronto conocerás
el
deseo de una mujer. Lleva esto; no hables.
Baja
la cabeza. Este beso, si osara hablar,
pondría
tus sentidos en el cielo.
Piénsalo,
y buena suerte.
EDMOND
Vuestro
hasta el final.
Sale.
GONERIL
¡Queridísimo
Gloster! ––
¡Qué
diferencia entre hombre y hombre!
Sea
tuyo el favor de una mujer:
mi
cuerpo te usurpa un bobo.
OSWALD
Señora,
aquí llega mi señor.
Sale.
Entra
ALBANY.
GONERIL
Entonces
...merezco que me mires.
ALBANY
Ah,
Goneril, no mereces ni el polvo
que
el áspero viento te sopla a la cara.*
GONERIL
¡Hombre
sin hígados, cuya mejilla y cabeza
sólo
están para sufrir golpes y desmanes!
Sin
ojos en la cara que distingan
entre
tu honra y tu oprobio.*
ALBANY
¡Mírate,
demonio! La perversidad
no
horroriza tanto en el diablo
como
en la mujer.
GONERIL
¡Ah, pobre imbécil!
Entra
un MENSAJERO.
MENSAJERO
Ah,
señor, el Duque de Cornwall ha muerto
a
manos de un criado, cuando iba
a
sacarle el otro ojo a Gloster.
ALBANY
¿Los
ojos a Gloster?
MENSAJERO
Uno
de sus criados, movido a compasión,
se
opuso a ello y empuñó la espada
contra
su señor, que, enfurecido,
le
atacó y entre ellos le mataron,
mas
no sin recibir el golpe fatal
que
después segó su vida.
ALBANY
Esto
demuestra que existís,
jueces
del cielo, pues no tardáis en vengar
los
crímenes de la tierra. ¡Ah, pobre Gloster!
¿Y
perdió los dos ojos?
MENSAJERO
Los
dos, señor. –– Señora,
esta
carta precisa respuesta inmediata.
Es
de vuestra hermana.
GONERIL
[aparte]
Por un lado, esto me gusta;
mas,
siendo ella viuda y estando allí Gloster,
los
sueños que me había forjado
podrían
caer sobre mi odiosa existencia.
Por
el otro, la noticia no es tan grave. ––
[Al
MENSAJERO] La leeré y contestaré.
Sale
ALBANY
¿Dónde
estaba su hijo cuando le sacaron los ojos?
MENSAJERO
Venía
hacia aquí con mi señora.
ALBANY
Aquí
no está.
MENSAJERO
No,
mi señor. Me crucé con él cuando volvía.
ALBANY
¿Sabe
algo de esta iniquidad?
MENSAJERO
Sí,
señor. El fue quien le delató,
y
salió de la casa para que el castigo
tuviera
el campo más libre.
ALBANY
Gloster,
vivo para agradecerte
el
afecto que has mostrado al rey
y
para vengar tus ojos. –– Vamos, amigo;
cuéntame
todo lo que sepas.
Salen*
IV.iii
Entran, con tambores y bandera, CORDELIA, CA¬BALLEROS y soldados.
CORDELIA
¡Ah,
es él! Acaban de encontrarle,
más
loco que la mar enfurecida,
cantandoa
voz en grito, coronado de fumaria
y de
grama; bardana, cicuta, ortigas,
cardamina,
cizaña y toda mala hierba
que
crece con el trigo que nos nutre. ––
Enviad
una centuria; buscad
entre
la mies sin dejar un solo campo
y
traedle que le vea.
[Salen
los soldados.]
¿Qué
puede hacer la ciencia del hombre
para
devolverle la razón? Quien le cure,
tendrá
toda mi riqueza.
CABALLERO
Señora,
hay un medio.
Nuestra
nodriza natural es el reposo,
y él
lo necesita. Para provocarlo,
hay
muchas hierbas que tienen la virtud
de
cerrarle los ojos al dolor.
CORDELIA
Secretos
benditos, ignorados remedios
de
la tierra, ¡brotad con mi llanto!
¡Socorred
y sanad a un hombre bueno
en
su congoja! –– Buscad, buscadle, no sea
que
su indómito delirio malogre una vida
que
ya no puede regirse.
Entra
un MENSAJERO.
MENSAJERO
Señora,
noticias. Las tropas británicas
avanzan
hacia aquí.
CORDELIA
Ya
se sabía. Nuestro ejército
está
a la espera. –– ¡Ah, querido padre,
tu
causa es lo que me mueve!
Por
eso el Rey de Francia se ha compadecido
de
mis lágrimas de súplica y tristeza.
No
me incita a las armas la vana ambición;
sólo
el amor y el derecho de mi anciano padre.
¡Ojalá
le vea y oiga pronto!
Salen.
IV.iv
Entran REGAN y [OSWALD, el] mayordomo.
REGAN
Pero, ¿están en marcha las tropas de mi
cuñado?
OSWALD
Sí, señora.
REGAN
¿Con él en persona?
OSWALD
Señora,
tras muchos remilgos.
Vuestra hermana es mejor soldado.
REGAN
¿No habló con tu señor el Conde Edmond?
OSWALD
No, señora.
REGAN
¿Qué le dirá mi hermana en esa carta?
OSWALD
No sé, señora.
REGAN
Pues
salió a toda prisa por algo importante.
Después
de sacarle los ojos a Gloster,
fue
una torpeza dejarle con vida.
Donde
va, indispone a todos con nosotros.
Creo
que Edmond, apenado por su suerte,
salió
para acabar con su negra existencia;
y
también a examinar las tropas enemigas.
OSWALD
Señora,
tengo que ir tras él con esta carta.
REGAN
Nuestras
fuerzas salen mañana. Quédate.
Hay
peligro en los caminos.
OSWALD
Señora,
no puedo. Mi señora
me
encareció la importancia de este asunto.
REGAN
¿Por
qué le escribe a Edmond? ¿No podías
llevarle
su mensaje de palabra?
Tal vez... ciertas cosas no sé. Te querré
bien:
déjame
que abra la carta.
OSWALD
Señora,
preferiría...
REGAN
Sé
que tu ama no quiere a su marido;
estoy
segura. Y, cuando hace poco estuvo aquí,
dirigió
al noble Edmond elocuentes
miradas
amorosas. Sé que eres su confidente.
OSWALD
¿Yo,
señora?
REGAN
Yo
sé lo que me digo. Lo eres; lo sé.
Por
eso te aconsejo que prestes atención.
Mi
esposo ha muerto. Edmond y yo lo hemos hablado
y él
conviene más a mi mano
que
a la de tu señora. Lo demás ya lo imaginas.
Si
le encuentras, dale esto, te lo ruego.
Y
cuando tu señora sepa lo que te he dicho,
pídele
que se ponga en razón.
Y
ahora, adiós. Por si fueses
a
encontrarte con el ciego traidor,
habrá
recompensa para quien le mate.
OSWALD
¡Ojalá
diera con él, señora! Así
se
vería de qué lado estoy.
REGAN
Buena
suerte.
Salen.
IV.v
Entran GLOSTER y EDGAR [vestido de labriego].
GLOSTER
¿Cuándo llegaremos a lo alto del monte?
EDGAR
Lo estamos subiendo. Mirad lo que cuesta.
GLOSTER
El terreno me parece llano.
EDGAR
Muy empinado. ¡Eh! ¿Oís el mar?
GLOSTER
Francamente, no.
EDGAR
Entonces vuestros otros sentidos
se embotan del dolor de vuestros ojos.
GLOSTER
Puede que sí. Me parece
que tu voz ha cambiado y que ahora
te expresas mejor y con más sentido.
EDGAR
Os equivocáis. En nada he cambiado,
salvo en la ropa.
GLOSTER
Yo
creo que hablas mejor.
EDGAR
Venid.
Éste es el lugar. ¡Quieto! ¡Qué espanto
y
qué vértigo da mirar a lo hondo!
Los
cuervos y chovas que vuelan ahí a media altura
se
ven como escarabajos. Colgado en la roca
hay
un hombre cogiendo hinojo. ¡Temible labor!
No
parece mayor que su cabeza.
Los
pescadores que van por la playa
semejan
ratones, y ese regio navío
allá
fondeado se ha reducido a su bote,
y el
bote, a boya que apenas se ve.
Desde
tanta altura no se oye el bramar
de
las olas contra las innúmeras guijas.
No
voy a mirar más, no sea que la cabeza
me
dé vueltas y, al fallarme la vista,
me
haga caer.
GLOSTER
Llévame
donde estás.
EDGAR
Dadme
la mano. Ahora estáis a un pie
del
borde. Yo aquí no daría un bote
por
nada del mundo.
GLOSTER
Suéltame
la mano. Amigo, aquí tienes
otra
bolsa; dentro hay una joya
muy
valiosa para un pobre. ¡Que hadas y dioses
te
la multipliquen! Ahora, apártate.
Despídete
de mí y deja que te oiga alejarte.
EDGAR
Adiós,
mi buen señor.
GLOSTER
De
todo corazón.
EDGAR
[aparte]
Si
juego así con su angustia,
es
para curarla.
GLOSTER
¡Dioses
omnipotentes!
Se
arrodilla.
Renuncio
a este mundo y, ante vuestros ojos,
calladamente
me libro de mi gran dolor.
Si
pudiera sufrirlo sin llegar a oponerme
a
vuestra voluntad irresistible,
la
débil llama de mi vida repugnante
se
apagaría por sí sola. Si aún vive Edgar,
bendecidle.
Ahora, amigo, adiós.
EDGAR
Me
he ido, señor. Adiós.
GLOSTER
cae [al suelo boca abajo].
No
sé si la imaginación puede robar
el
tesoro de la vida, cuando la vida misma
accede
al robo. Si estuviera él donde pensaba,
ahora
ya no pensaría. ¿Vivo o muerto? ––
¡Eh,
señor! ¡Amigo! ¿Me oís, señor? ¡Hablad!
Acaso
haya muerto. Pero revive. ––
¿Quién
sois, señor?
GLOSTER
Fuera,
dejadme morir.
EDGAR
Si
no fuerais gasa, plumas, aire,
al
despeñaros desde tal altura,
os
habríais estrellado como un huevo.
Pero
respiráis, tenéis consistencia,
no
sangráis, habláis, estáis ileso.
Diez
mástiles no alcanzan la cumbre
desde
la que habéis caído a plomo.
Que
estéis vivo es milagro. Decid algo más.
GLOSTER
Pero,
¿he caído o no?
EDGAR
De
lo alto de esa tremenda muralla caliza.
Mirad
hacia arriba. Desde aquí no se ve ni se oye
la
gárrula alondra. Pero mirad arriba.
GLOSTER
¡Ay
de mí, no tengo ojos! ¿Acaso
se
nos niega el beneficio de poner fin
a la
desgracia con la muerte? Aún se consolaba
el
humillado burlando el furor del tirano
y
frustrando su altiva voluntad.
EDGAR
Dadme
la mano. Arriba, así. ¿Qué tal?
¿Sentís
las piernas? Estáis de pie.
GLOSTER
Demasiado
bien estoy.
EDGAR
Es
más que un prodigio. En la cima de la roca,
¿qué
fue lo que se apartó de vos?
GLOSTER
Un
pobre y mísero mendigo.
EDGAR
Desde
aquí abajo parecía que sus ojos
eran
dos lunas llenas. Tenía mil narices,
cuernos
curvos y enroscados como el mar bravío.
Era
algún demonio. Así que, anciano afortunado,
pensad
que los dioses gloriosos, cuyos portentos
nos
mueven a reverencia, os han salvado.
GLOSTER
Ahora
recuerdo. En adelante soportaré
mi
dolor hasta que se canse y se muera.
Al
ser de que habláis lo tomé por un hombre.
Solía
decir: «El Maligno, el Maligno.»
Él
me trajo a este lugar.
EDGAR
Liberad
y calmad vuestro ánimo.
Entra
LEAR, loco.
Pero,
¿quién llega aquí? La cordura
no
nos deja vestirnos así.
LEAR
No,
no me detendrán por acuñar moneda. Yo soy el rey
EDGAR
¡Ah,
escena dolorosa!
LEAR
En
esto la naturaleza supera al arte. Toma tu prima de enganche. –– Ése maneja el
arco como un espantacuer¬vos. Ténsamelo una vara. –– Mira, mira, un ratón.
¡Chsss...! Servirá este trozo de queso tostado. ––Ahí va mi guante: lo
demostraré con un gigante. –– ¡Aquí los alabarderos! –– ¡Ah, así se vuela,
pájaro! ¡Diana, diana! ¡Fíu! –– La contraseña.
EDGAR
Mejorana.
LEAR
Adelante.
GLOSTER
Esa
voz la conozco.
LEAR
¡Vaya!
¡Goneril con barba blanca! Me adularon como perros zalameros, diciendo que
tenía pelos blancos en la barba antes que me salieran los negros. Decir sí y no
cada vez que yo decía sí y no es mala teología. Cuando vino la lluvia y me
mojó, y el viento me hizo tiritar; cuando el trueno no callaba a pesar de mis
órdenes, ahí los pillé, ahí los calé. Claro, no son hombres de pala¬bra. Me
decían que yo lo era todo. Mentira: no soy in¬mune a las fiebres.
GLOSTER
Ese
tono de voz lo recuerdo. ¿No es el rey?
LEAR
Sí,
un rey por entero.
Si
miro ceñudo, el súbdito tiembla.
A
ése le perdono la vida. ¿De qué se te acusa?
¿De
adulterio? No morirás. ¿Morir por adúltero?
No:
goza el gorrión y hasta la mosca dorada
se
aparea en mi presencia. Que cunda el fornicio,
pues
el hijo bastardo de Gloster ha sido
más
bueno con su padre que conmigo mis hijas,
engendradas
en legítimo lecho.
¡Vamos,
lujuria, a montón, que me faltan soldados!
Mirad
esa dama gazmoña, cuyo gesto
anuncia
hielo entre las piernas,
que
afecta virtud y menea la cabeza
si
oye hablar del placer.
Ni
zorra, ni semental bien nutrido
gozan
con más desenfreno.
De
cintura para abajo son centauros,
aunque
sean mujeres por arriba.
Hasta
el talle gobiernan los dioses;
hacia
abajo, los demonios.
Ahí
está el infierno, las tinieblas, el pozo sulfúreo, ar¬diendo, quemando; peste,
podredumbre. ¡Qué asco, qué asco! ¡Uf, uf! Boticario, dame una onza de algalia,
que me perfume la imaginación. Aquí tienes dinero.
GLOSTER
¡Ah,
dejad que os bese la mano!
LEAR
Antes
deja que la limpie; huele a mortalidad.
GLOSTER
¡Ah,
criatura destrozada! Así llegará
a su
fin el universo. –– ¿Me conocéis?
LEAR
Me
acuerdo muy bien de tus ojos. ¿Me los guiñas? No, haz lo imposible, ciego
Cupido, que no pienso amar. Lee este desafío; mira cómo está escrito.
GLOSTER
Aunque
las letras fueran soles, no las vería.
EDGAR
[aparte]
Si
lo contasen, no me lo creería. Pero es cierto,
y me
parte el corazón.
LEAR
Lee.
GLOSTER
¿Cómo?
¿Con qué ojos?
LEAR
¡Ajá!
¿Es eso? ¿Sin ojos en la cara, ni dinero en la bolsa? Lo verás todo negro y
andarás sin blanca; ya ves cómo va el mundo.
GLOSTER
Lo
veo sintiéndolo.
LEAR
¿Estás
loco? Se puede ver cómo va el mundo sin tener ojos: mira con los oídos. Ve cómo
ese juez maldice a ese pobre ladrón. Un leve susurro, cambias los pape¬les y,
china, china, ¿quién es el juez y quién el ladrón? ¿Tú has visto a algún perro
guardián ladrar a un men¬digo?
GLOSTER
Sí,
señor.
LEAR
Y el
pobre hombre huye del chucho. Ahí tienes la imagen perfecta de la autoridad: al
perro le obedecen su cargo. ––
Esbirro
canalla, detén tu mano sangrienta.
¿Por
qué azotas a esa puta? Desnuda tu espalda.
Tú
ardes en deseos de hacer con la moza
lo
que la condena. El usurero ahorca al ratero.
Los
harapos dejan ver grandes vicios;
togas
y pieles lo tapan todo. Acoraza de oro
el
pecado, y la sólida lanza de la ley
se
parte sin herir; cúbrelo de andrajos,
y lo
traspasa la pica de un pigmeo.
Nadie
infringe nada, nadie; yo respondo.
Tú
hazme caso, amigo, que yo puedo
silenciar
al acusador. Ponte ojos de cristal
y,
como el vil marrullero, aparenta
ver
lo que no ves. –– ¡Vamos, vamos, vamos!
Quítame
las botas. ¡Más fuerte, más fuerte! Así.
EDGAR
¡Qué
mezcla de razón e incoherencia!
¡Juicio
en la locura!
LEAR
Si
quieres llorar mi desgracia, toma mis ojos.
Te
conozco muy bien; te llamas Gloster.
Ten
paciencia: nacimos llorando.
La
primera vez que olemos el aire,
gemimos
y lloramos. Voy a predicarte. ¡Atención!
GLOSTER
¡Ah,
qué pena, qué pena!
LEAR
Al
nacer, lloramos por haber venido
a
este gran teatro de locos. –– ¡Buen sombrero!
Sería
una treta sutil herrar con fieltro
un
escuadrón de caballería. Haré la prueba
y,
cuando sigiloso me haya acercado a mis yernos,
¡muerte,
muerte, muerte, muerte, muerte!
Entra
un CABALLERO [con soldados].
CABALLERO
¡Ah,
aquí está! Prendedle. –– Señor,
vuestra
tierna hija...
LEAR
¿No
hay socorro? ¿Prisionero? Nací
juguete
de la suerte. Tratadme bien:
habrá
rescate. Quiero médicos.
Me
he partido la cabeza.
CABALLERO
Tendréis
lo que queráis.
LEAR
¿No
me defienden? ¿Yo solo?
Es
para derramar amargas lágrimas
y
regar un jardín con tanto llanto.*
Resistiré
hasta el final, como novio gallardo
en
noche de bodas. Me pondré jovial. Vamos, vamos,
soy
rey. ¿No lo sabéis, señores?
CABALLERO
Sois
todo un rey y os obedecemos.
LEAR
Entonces
hay esperanza. Vamos; si lo queréis, tendréis que cazarlo. Sa, sa, sa, sa.
Sale
corriendo [seguido por los soldados].
CABALLERO
Una
escena dolorosa con el ser más mísero;
con
un rey no hay palabras. –– Tenéis una hija
que redime a la humanidad de la maldición
que las otras dos le acarrearon.
EDGAR
Salud, noble señor.
CABALLERO
Los dioses os guarden. ¿Qué deseáis?
EDGAR
Señor, ¿sabéis algo de una batalla inminente?
CABALLERO
Que es cierto y notorio. Lo sabe cualquiera
que tenga oídos.
EDGAR
Permitidme. ¿Está cerca el otro ejército?
CABALLERO
Muy cerca y marcha de prisa. El grueso
se podrá divisar en cualquier momento.
EDGAR
Gracias, señor. Nada más.
CABALLERO
La reina se queda por motivos especiales,
pero sus tropas avanzan.
EDGAR
Gracias,
señor.
Sale
[el CABALLERO].
GLOSTER
Dioses
piadosos, vuestra es mi vida.
No dejéis que mi mal espíritu me tiente
a morir antes que vosotros lo queráis.
EDGAR
Buena oración, anciano.
GLOSTER
Señor,
¿quién sois vos?
EDGAR
Un
triste ser rendido a los golpes de la suerte,
que,
viviendo y pasando sufrimientos,
se
inclinó a la compasión. Dadme la mano;
os
buscaré algún refugio.
GLOSTER
Gracias
de corazón, y con ellas la merced
y
bendición de los cielos.
Entra
[OSWALD, el] mayordomo.
OSWALD
¡Su
cabeza puesta a precio! ¡Qué suerte!
Esa
cara sin ojos se hizo carne
para
darme fortuna. –– Mísero y viejo traidor,
reza
de prisa: aquí está la espada
que
ha de matarte.
GLOSTER
Golpee
con fuerza tu benéfica mano.
OSWALD
¿Y
tú cómo te atreves, patán insolente,
a
defender a un traidor proscrito? Vete,
no
sea que la infección de su fortuna
te
contagie. ¡Suéltale el brazo!
EDGAR
No
se lo suelto, señor, si no veo motivo.
OSWALD
¡Suéltalo,
villano, o te mato!
EDGAR
Caballero,
seguid vuestra senda y dejadnos pasar a los pobres. Si pudieran matarme con
bravatas, hace sema¬nas que estaría muerto. No, no os acerquéis al anciano. Os
lo aviso: apartaos o veremos cuál es más dura, mi tranca o vuestra crisma. He
hablado claro.
OSWALD
¡Fuera,
palurdo!
Luchan.
EDGAR
Yo
os mondaré los dientes. Vamos, las estocadas no mi asustan.
OSWALD
Plebeyo,
me has matado. Villano, coge mi bolsa.
Si
quieres mejorar, entierra mi cadáver
y
entrega la carta que llevo conmigo
a
Edmond, Conde de Gloster. Búscale
en
el lado británico. ¡Ah, muerte
inesperada,
muerte ...!
Muere.
EDGAR
Sé
quién eres: un canalla diligente,
tan
cumplidor con los vicios de tu ama
como
quiere la maldad.
GLOSTER
¿Ha
muerto?
EDGAR
Sentaos,
anciano. Descansad. ––
A
ver los bolsillos. La carta que dice
puede
serme útil. Está muerto. Sólo siento
que
no haya tenido otro verdugo. A ver.
Con
permiso del lacre; cortesía, no me acuses.
Para
saber el plan del enemigo,
le
abrimos el pecho; abrir cartas es más lícito.
Lee
la carta.
«Recordemos
nuestras recíprocas promesas. Tienes mu¬chas oportunidades de acabar con él; si
voluntad no te falta, la hora y el lugar se te ofrecerán en abundancia. Si
regresa victorioso, no hay nada que hacer. Yo seré su pri¬sionera, y nuestro
lecho, mi cárcel. Líbrame de su re¬pugnante calor y que tu esfuerzo ocupe su
lugar.
Tu
(esposa, quisiera yo)
devota
amada,*
Goneril.»
¡Ah, deseo ilimitado de mujer!
¡Tramar contra la vida de su buen esposo,
y mi hermano, el sustituto! –– Te enterraré
aquí, en la arena, impío correo
de rijosos asesinos y, en su momento,
pondré este vil mensaje ante los ojos
del duque amenazado. Para él es una suerte
que yo pueda informarle de tu carta y de tu
muerte.
GLOSTER
El rey está loco. ¡Qué terco es mi sentido,
que
sigo en pie y con plena conciencia
de mi inmenso dolor! Mejor ser un demente:
mis pensamientos estarían separados
de mis penas, y en mi delirio los pesares
dejarían de conocerse.
Tambores
a lo lejos.
EDGAR
Dadme
la mano. Me parece que oigo
redoblar
a lo lejos el tambor.
Vamos,
anciano, os dejaré con un amigo.
Salen.
IV.vi
Entran CORDELIA, KENT y un CABALLERO.
CORDELIA
¡Ah,
querido Kent! ¿Cómo podré pagar
tu
bondad mientras viva? Mi vida será muy corta
y mi
medida no alcanza.
KENT
Vuestra
aprobación me paga con creces.
Mi
relato responde a la verdad
tal
como es; ni más, ni menos.
CORDELIA
Vístete
mejor. Tu ropa es el recuerdo
de
esas malas horas. Te lo ruego, cámbiate.
KENT
Señora,
perdonad. Darme a conocer ahora
estorbaría
mi plan. Os lo pido por favor:
no
me conozcáis hasta que lo juzgue oportuno.
CORDELIA
Muy
bien, señor. –– ¿Cómo está el rey?
CABALLERO
Aún
duerme, señora.
CORDELIA
¡Dioses
clementes, curad la grave herida
de
su naturaleza lastimada!
¡Templad
los sentidos discordantes
de
este padre vuelto niño!
CABALLERO
¿Permite
Vuestra Majestad,
que
despertemos al rey? Ha dormido mucho.
CORDELIA
Obrad
según vuestro saber
y
haced vuestra voluntad. ¿Está vestido?
CABALLERO
Sí,
señora. En su sueño profundo
le
pusimos otra ropa.
Entra
LEAR en un sillón, llevado por cria¬dos.
Estad
cerca, señora, cuando le despertemos.
Seguro
que se habrá calmado.*
CORDELIA
¡Ah,
padre querido! Curación, en mis labios
pon
tu medicina, y que este beso
repare
las crueldades que mis dos hermanas
infligieron
a tu reverencia.
KENT
¡Tierna
y dulce princesa!
CORDELIA
Aunque
no fueras su padre, tu níveo cabello
reclamaba
compasión. ¿Podía afrontar
esta
cara los vientos hostiles?*
Aunque
me hubiese mordido,
el
perro de mi enemigo habría pasado
esa
noche en mi casa junto al fuego.
¿Y
te forzaron, pobre padre, a guarecerte
con
cerdos y vagabundos desechados,
sobre
paja menuda y enmohecida?
¡Ay
de mí! Asombra que no cesaran a la vez
tu
vida y tu cordura. –– Se despierta. Habladle.
CABALLERO
Hacedlo
vos, señora. Es lo mejor.
CORDELIA
¿Cómo
está mi rey y señor? ¿Cómo estáis, Majestad?
LEAR
Sois
injustos al sacarme de la tumba.
Tú
eres un alma en la gloria, pero yo
estoy
atado a una rueda de fuego y las lágrimas
me
abrasan como plomo fundido.
CORDELIA
¿Me
conocéis, señor?
LEAR
Eres
un espíritu, lo sé. ¿Dónde has muerto?
CORDELIA
Aún
desvaría.
CABALLERO
Está
apenas despierto. Dejadle un instante.
LEAR
¿Dónde
he estado? ¿Dónde estoy? ¿Es de día?
Estoy
aturdido. Me moriría de pena
de
ver a otro así. No sé qué decir.
No
puedo jurar que éstas sean mis manos.
A
ver. Siento el pinchazo. ¡Ojalá
pudiera
estar seguro de mi estado!
CORDELIA
Miradme,
señor, y extended
vuestra
mano para bendecirme.
¡No
os arrodilléis!
LEAR
No
te burles de mí, te lo ruego.
Sólo
soy un anciano que chochea,
los
ochenta ya pasados, ni un día menos,
y,
hablando con franqueza,
me
temo que no estoy en mi juicio.
Creo
que te conozco, a ti y a este hombre,
pero
estoy dudoso: ignoro del todo
qué
lugar es éste y, por más que lo intento,
no
recuerdo esta ropa; ni tampoco sé
dónde
he pasado la noche. No os riáis de mí,
pues,
tan verdad como que soy hombre, creo
que
esta dama es mi hija Cordelia.
CORDELIA
Soy
yo, soy yo.
LEAR
¿Mojan
tus lágrimas? Sí, cierto. No llores,
te
lo ruego. Si tienes veneno, me lo beberé.
Sé
que no me quieres. Tus hermanas,
ahora
lo recuerdo, me han tratado mal.
Tú tienes motivo; ellas, no.
CORDELIA
Motivo, ninguno; ninguno.
LEAR
¿Estoy en Francia?
KENT
En vuestro reino, señor.
LEAR
No os burléis.
CABALLERO
Alegraos, señora. Veis que su furor
ya
se ha apagado.* Pedidle que entre;
no le molestéis hasta que esté más sereno.
CORDELIA
¿Desea venir Vuestra Majestad?
LEAR
Sé paciente conmigo. Olvida y perdona,
te
lo ruego. Soy un viejo tonto.
Salen.*
V.i
Entran, con tambores y bandera, EDMOND, REGAN, caballeros y soldados.
EDMOND
Preguntad
al duque si mantiene
su
último propósito a si desde entonces
algo
le ha hecho cambiar. –– Está muy vacilante
y
aprensivo. –– Traedme su firme decisión.
[Sale
un caballero.]
REGAN
Algo le ha ocurrido al criado de mi hermana.
EDMOND
Eso me temo, señora.
REGAN
Y ahora, mi señor, ya sabes el bien
que pienso hacerte. Dime la verdad,
por amarga que sea: ¿No quieres a mi hermana?
EDMOND
De un modo honorable.
REGAN
¿Y no has llegado nunca por la vía
de mi cuñado al lugar prohibido?*
EDMOND
No, señora, por mi honor.
REGAN
No lo soportaría. Mi querido señor,
no intimes con ella.
EDMOND
Descuidad. Ella y su esposo el duque...
Entran,
con tambores y bandera, ALBANY, GONERIL y soldados.*
ALBANY
Muy
querida hermana, mis saludos. ––
Señor,
me dicen que el rey está con su hija
y
otros a quienes el rigor de nuestro Estado
ha
obligado a sublevarse.*
REGAN
¿A
qué viene eso?
GONERIL
Uníos
contra el enemigo.
La
disputa familiar y personal
no
es ahora nuestro objeto.
ALBANY
Entonces decidamos la estrategia
con
los soldados más expertos.*
REGAN
Hermana,
¿vienes conmigo?
GONERIL
No.
REGAN
Sería lo más propio. Anda, acompáñame
GONERIL
[aparte]
¡Ah, ya sé tu juego!
[A
REGAN] Voy contigo.
Salen
los dos ejércitos,
Entra
EDGAR.
EDGAR
[a ALBANY]
Si
Vuestra Alteza ha conversado
con
pobres como yo, oídme un momento.
ALBANY
[a
los demás] Ahora os alcanzo. –– Habla.
EDGAR
Antes
de entrar en combate, abrid esta carta.
Si
salís victorioso, que llame la trompeta
al
que la trajo. Aun pareciendo tan mísero,
presentaré
un paladín que probará
lo
que en ella se dice. Si perdéis,
concluirá
todo trato con el mundo
y
cesará toda intriga. La fortuna os sonría.
ALBANY
Espera
a que lea la carta.
EDGAR
Me
lo han prohibido. Cuando sea el momento
que
el heraldo lo proclame y yo acudiré.
ALBANY
Entonces,
adiós. Leeré tu carta.
Sale
[EDGAR]. Entra EDMOND.
EDMOND
El
enemigo está a la vista. Presentad batalla.
Aquí
tenéis el cálculo de sus fuerzas
tras
activo reconocimiento. Mas ahora
se
impone la presteza.
ALBANY
No
me haré esperar.
Sale.
EDMOND
Mi
amor he jurado a estas dos hermanas,
cada
una recelosa de la otra,
igual
que de la víbora su víctima. ¿Con cuál
me
quedaré? ¿Con ambas, una o ninguna?
A
ninguna gozaré si ambas siguen vivas.
Si
me quedo con la viuda, se enfurece
y
enloquece Goneril, y su parte no podré
ganarla
mientras viva su marido. Entonces,
que
ejerza autoridad en la batalla; concluida,
la
que de él quiera librarse, que planee
cómo
le elimina cuanto antes. Y la clemencia
que
piensa demostrar con Lear y Cordelia,
con
ellos apresados después de la batalla,
no
se concederá. Mi posición
exige
hechos, no cavilación.
Sale.
V.ii
Fragor de batalla dentro. Cruzan el escenario, con tambores y bandera, LEAR,
CORDELIA y soldados, y salen. Entran EDGAR y GLOSTER.
EDGAR
Aquí,
anciano; cobijaos bajo la sombra
de
este árbol. Rezad por que venza el justo.
Si
logro volver con vos, os traeré consuelo.
GLOSTER
¡La
gracia divina sea con vos!
Sale
[EDGAR].
Fragor
de batalla y toque de retreta den¬tro. Entra EDGAR.
EDGAR
¡Vámonos,
anciano! ¡Dadme la mano, vamos!
El
rey Lear ha perdido. Él y su hija están presos.
Dadme
la mano, vamos.
GLOSTER
No
nos vayamos, señor: para pudrirse, esto vale.
EDGAR
¿Otra
vez desanimado? El hombre ha de sufrir
el
dejar este mundo igual que el haber venido.
La
madurez lo es todo. Vamos.
GLOSTER
También
eso es cierto.
Salen.
V.iii
Entra victorioso EDMOND, con tambores y ban¬dera; LEAR y CORDELIA, prisioneros;
soldados; un CAPITÁN.
EDMOND
Que varios oficiales se los lleven.
Vigiladlos, hasta que se conozcan los deseos
de quien tiene poder para juzgarlos.
CORDELIA
No somos los primeros que, procurando
lo bueno, sufrimos lo peor. Por vos,
rey humillado, me veo desconsolada,
pues yo rendiría el ceño de la falsa Fortuna.
¿No vamos a ver a estas hijas y hermanas?
LEAR
No, no, no, no. Ven, vamos a la cárcel.
Cantaremos como pájaros en jaula.
Si me pides la bendición, me pondré de
rodillas
pidiéndote perdón. Viviremos así,
y rezando, cantando, contando leyendas,
riéndonos de los lindos palaciegos, oyendo
a pobrecillos hablar de la corte;
y hablando con ellos de quién pierde
y quién gana, quién medra y quién cae;
fingiendo entender los misterios de las cosas,
cual si fuésemos espías de los dioses;
y, encerrados en la cárcel, veremos pasar
bandos y partidos de los poderosos
que suben y bajan con la luna.
EDMOND
Lleváoslos.
LEAR
Sobre tales sacrificios, mi Cordelia,
los propios dioses echan incienso. ¿Ya te
tengo?
Quien
quiera separamos, que traiga una antorcha
del
cielo y nos ahuyente como a zorras.
Sécate
los ojos. Antes que nos hagan llorar,
los
demonios las devorarán, con carne y piel.
Antes
morirán de hambre. Vamos.
Salen
[todos menos EDMOND y el CAPI¬TÁN].
EDMOND
Ven
aquí, capitán. Escucha.
Toma
esta nota. Síguelos hasta la cárcel.
Te
he procurado un ascenso; si cumples
estas
instrucciones, harás tu entrada
en
la nobleza. Sabe que los hombres
son
según el mundo: la ternura
no
cuadra a un soldado. Este gran encargo
no
admite discusión: o lo haces
o
tendrás que medrar por otros medios.
CAPITÁN
Lo
hago, señor.
EDMOND
Pues
a ello, y piensa en tu fortuna
cuando
esté hecho. Fíjate: digo «en el acto»;
y
dispónlo todo como está escrito.*
Sale
el CAPITÁN.
Clarines.
Entran ALBANY, GONERIL, RE¬GAN y soldados.
ALBANY
Señor,
hoy habéis mostrado vuestro arrojo
y la
fortuna os ha guiado. Tenéis cautivos
a
quienes han sido nuestros adversarios.
Requiero
su entrega, para proceder
según
decidan con justicia
su
valer y nuestra seguridad.
EDMOND
Señor,
juzgué oportuno
poner
al rey anciano y desdichado
bajo
cierta custodia y vigilancia.
Su
vejez y más su título pudieran
seducir
y atraer a las gentes a su lado
y
volver las lanzas reclutadas
contra
los ojos que las mandan. Con él
envié
a la reina, por idéntica razón.
Desde
mañana podrán comparecer
donde
celebréis el proceso.*
ALBANY
Si
me lo permitís, señor,
os
tengo por vasallo en esta guerra,
no
por hermano.
REGAN
Será
como yo quiera situarle:
Creo
que antes de haber dicho todo eso,
había
que consultarme. Él mandó mis tropas,
representó
mi autoridad y mi persona.
Tal
proximidad bien podría reclamar
el
título de hermano.
GONERIL
Más
despacio. Él supera por sí mismo
todos
tus honores.
REGAN
Investido
con mis derechos,
él
iguala al mejor.
ALBANY
Sobre
todo si fuera tu marido.
REGAN
Muchas
bromas resultan profecías.
GONERIL
Vaya,
vaya. El ojo que te lo ha dicho
está
bizco de los celos.
REGAN
Señora,
no me siento bien. Si no, descargaría
mi
furia en la respuesta. –– General,
toma
mis soldados, mis cautivos y mi hacienda.
Dispón
de ellos y de mí. Tuya es la ciudad.
El
mundo es testigo de que te he nombrado
mi
dueño y señor.
GONERIL
¿Te
propones gozarlo?
ALBANY
Prohibirlo
no está en tu mano.
EDMOND
Ni
en la vuestra, señor.
ALBANY
Pues
sí, mozo bastardo.
REGAN
Redoblen
los tambores y demuestren
que
mi título es tuyo.
ALBANY
Esperad.
Escuchadme. Edmond, te detengo
por
alta traición y, contigo, acuso
a
esta falsa serpiente. –– En cuanto a tu propósito,
bella
hermana, lo impugno en benefcio de mi esposa.
Es
ella la que está prometida a este hombre,
y
yo, su esposo, me opongo a tu proclama.
Si
quieres casarte, cortéjame a mí;
mi
esposa está apalabrada.
GONERIL
¡Qué
comedia!
ALBANY
Estás
armado, Gloster. Suene la trompeta.
Si
nadie acude a probar contra ti
tus
infames, palmarias y múltiples traiciones,
ahí
va mi reto.
[Arroja
el guante.]
Nada
he de comer hasta que pruebe
sobre
tu corazón que en nada eres menos
de
lo que te he calificado.
REGAN
Estoy
mal, muy mal.
GONERIL
[aparte]
Si
no, ya nunca confiaré en venenos.
EDMOND
[arrojando su guante]
Ahí
va mi respuesta. Quienquiera que sea
el
que me llama traidor, miente con vileza.
Suene
la trompeta. Quien se atreva, que se acerque:
contra
él, contra vos, contra quien sea,
demostraré
mi honor y rectitud.
ALBANY
¡Aquí
un heraldo! ––
Confía
en tu valor personal, pues tus soldados,
reclutados
en mi nombre, en mi nombre
han
sido licenciados.
REGAN
La
dolencia me domina.
ALBANY
Está
enferma. Llevadla a mi tienda.
[Sale
REGAN, apoyada en uno o dos.]
Entra
un HERALDO.
Ven
aquí, heraldo. Que suene la trompeta
y
lee esto.
Suena
una trompeta.
HERALDO
[lee]
«Si
algún hombre de calidad o rango en el ejército quiere probar contra Edmond,
presunto Conde de Gloster, que es un perfecto traidor, que comparezca al tercer
toque de trompeta. Está dispuesto a defenderse.»
Primer
toque.
¡Otra
vez!
¡Otra
vez!
Segundo
toque.
Tercer
toque. Responde dentro una trompeta. Entra ED¬GAR, en armas.
ALBANY
Pregúntale
qué quiere y por qué
comparece
al toque de trompeta.
HERALDO
¿Quién
sois? Decid vuestro nombre y rango,
y la
razón de que acudáis a esta llamada.
EDGAR
Sabed
que mi nombre se perdió,
roído
y comido por dientes de traición.
Mas
soy tan noble como el adversario
con
quien vengo a combatir.
ALBANY
¿Quién
es ese adversario?
EDGAR
¿Quién
representa a Edmond, Conde de Gloster?
EDMOND
Él
mismo. ¿Qué tienes que decide?
EDGAR
Desenvaina
y, si mi boca
ofende
a tu nobleza, que tu espada
te
haga justicia. Aquí está la mía:
privilegio
de mi honor, juramento
y fe
de caballero. Yo afirmo,
pese
a tu poder, posición, juventud y gloria,
no
obstante tus laureles y flamante fortuna,
tu
valor y tu denuedo, que eres un traidor,
falso
con tus dioses, tu hermano y tu padre,
conspirador
contra este ilustre y noble príncipe,
y
que, del extremo superior de tu cabeza
a
tus plantas y al polvo debajo de tus pies,
eres
un infecto sapo traidor. Niégalo,
y
esta espada, este brazo y mi ánimo mejor
están
prestos a probar contra tu pecho,
al
que le hablo, que has mentido.
EDMOND
Por
prudencia debiera preguntar tu nombre,
mas,
como tu presencia es tan gallarda y marcial
y
tus palabras arguyen crianza,
desdeño
toda dilación por miramientos
o
por formalidades de la caballería.
Te
devuelvo tus cargos a la cara; que,
con
tu odiosa mentira, te atormenten.
Y,
aunque ahora pasan a tu lado sin herirte,
esta
espada va a abrirles el camino
que
les dé descanso eterno. –– ¡Hablad, trompetas!
Toques
de trompeta. Luchan. [EDMOND es vencido.]
ALBANY
¡No le mates, no le mates!
GONERIL
Esto
es una intriga, Gloster.
Según
el código de armas, no tenías
por
qué luchar con un desconocido.
No estás vencido, sino burlado y engañado.
ALBANY
Cierra esa boca, señora,
o te
la taparé con esta carta. –– ¡Alto, señor! ––
Tú,
peor que todo insulto, lee tu maldad.
¡Sin romper, señora! Ya veo que la conoces.
GONERIL
Aunque
así fuera: las leyes son mías, no tuyas.
¿Quién va a procesarme?
ALBANY
¡Qué
monstruo! ––
¿Conoces esta carta?
EDMOND
No
me preguntéis lo que sé.
Sale
[GONERIL].
ALBANY
Seguidla. Está fuera de sí. Dominadla.
EDMOND
De lo que me acusáis soy culpable,
y de
más, mucho más; el tiempo lo descubrirá.
Todo
terminó, y yo también. –– Mas, ¿quién eres tú,
que
has triunfado sobre mí? Si eres noble,
te
perdono.
EDGAR
Sea
recíproco el perdón.
Tan
noble soy de sangre como tú, Edmond;
si
más, tanto más me has agraviado.
Soy
Edgar, hijo de tu padre.
Los
dioses son justos y el placer de nuestros vicios
lo
vuelven instrumento de castigo:
el
lugar sombrío y vicioso donde te engendró
le
costó los ojos.
EDMOND
Dices
bien. Es cierto.
La
rueda ha dado la vuelta, y aquí estoy.
ALBANY
Me
pareció que tu porte denotaba
nobleza
regia. Deja que te abrace.
Que
la pena me parta el corazón
si
yo jamás odié a ti o a tu padre.
EDGAR
Lo
sé, noble príncipe.
ALBANY
¿Dónde
te ocultabas? ¿Cómo has sabido
las
miserias de tu padre?
EDGAR
Cuidándolas,
señon Oíd mi breve historia
y
que, contada, me estalle el corazón.
El
huir de la proclama despiadada
que
tan de cerca me seguía (¡ah, seducción
de
nuestra vida, que nos hace preferir
el
dolor de la muerte de hora en hora
a la
muerte de una vez!) me dio la idea
de
cubrirme con harapos de lunático
y
asumir una apariencia que hasta un perro
despreciaba.
Así vestido, hallé a mi padre
con
las órbitas sangrando y vacías
de
sus gemas; fui su guía, le acompañé,
por
él mendigué, le salvé de la desesperanza,
y no
me di a conocer (¡ah, error!)
hasta
hace media hora, cuando, en armas,
y,
aunque esperanzado, incierto de mi éxito,
le
pedí la bendición y le conté
desde
el principio todo mi peregrinaje.
Mas
su herido corazón, incapaz
de
sufrir tanta tensión entre extremos
de
dicha y de dolor, estalló sonriente.
EDMOND
Tus
palabras me han emocionado
y
tal vez puedan hacer bien.
Mas
prosigue: parece que quisieras decir más.
ALBANY
Si
es más doloroso, guárdatelo,
que
yo estoy a punto de llorar
con
lo que he oído.*
Entra
un CABALLERO con un cuchillo en¬sangrentado.
CABALLERO
¡Socorro,
socorro!
EDGAR
¿Qué
socorro?
ALBANY
Vamos,
habla.
EDGAR
¿Qué
significa este cuchillo ensangrentado?
CABALLERO
Está caliente, humea. Estaba
en el pecho de... ¡Ah, está muerta!
ALBANY
¿Muerta quién? ¡Vamos, habla!
CABALLERO
Vuestra
esposa, señor, vuestra esposa.
Y envenenó a su hermana. Lo ha confesado.
EDMOND
Estaba
prometido con las dos.
Los tres nos casaremos en seguida.
EDGAR
Aquí
llega Kent.
Entra
KENT.
ALBANY
Traed aquí los cuerpos, aunque muertos. ––
Este juicio de los cielos, aunque me hace
temblar,
no
me conmueve. –– ¡Ah! ¿Es él?'
La ocasión no permite ceremonias
que dicta la cortesía.
KENT
Vengo a dar al rey mi señor
un adiós eterno. ¿No está aquí?
ALBANY
¡Ah, grave olvido! –– Habla, Edmond.
¿Dónde está el rey? ¿Y dónde Cordelia? ––
Traen
los cadáveres de GONERIL y REGAN.
¿Veis
qué escena, Kent?
KENT
Angustiosa.
¿Por qué?
EDMOND
Pero
Edmond fue querido. La una
envenenó
a la otra por mi causa
y
luego se mató.
ALBANY
Cierto.
–– Cubridles la cara.
EDMOND
Estoy
agonizando. Quiero hacer el bien,
pese
a mi naturaleza. Mandad a alguien
al
castillo, de prisa. Di orden de matar
a
Lear y a Cordelia. ¡Llegad a tiempo!
ALBANY
¡Corred,
ah, corred!
EDGAR
¿A
quién diste la orden? ¿Quién la tiene?
Manda
señal de contraorden.
EDMOND
Bien
pensado. Toma mi espada. Al capitán,
dádsela
al capitán.
EDGAR
¡De
prisa, por tu vida!
[Sale
el CABALLERO.]
EDMOND
Tiene
orden de vuestra esposa y mía
de
ahorcar a Cordelia en la cárcel,
achacándolo
a su desesperanza
y
diciendo que se suicidó.
ALBANY
Los
dioses la protejan. –– Sacadle de aquí.
[Sacan
a EDMOND.]
Entra
LEAR llevando a CORDELIA en brazos [y el CABALLERO].
LEAR
¡Aullad,
aullad, aullad! ¡Ah, sois todos de piedra!
Si
tuviese vuestra lengua y vuestros ojos,
estallaría
la bóveda del cielo. Nos ha dejado.
Sé
cuándo alguien está muerto y cuándo vive,
y
ella está más muerta que la tierra.
Dadme
un espejo. Si lo empaña
o lo
mancha con su aliento, es que vive.
KENT
¿Es
éste el fin anunciado?
EDGAR
¿O
un cuadro de ese horror?
ALBANY
¡Húndase
y acabe!
LEAR
Se
mueve esta pluma. ¡Vive! Si es verdad,
es
una suerte que redime todos los pesares
que
jamás haya sentido.
KENT
¡Mi
buen señor!
LEAR
Aparta.
EDGAR
Es
el noble Kent, vuestro amigo.
LEAR
¡La
peste os lleve a todos, asesinos, traidores!
La
podía haber salvado. Ahora se ha ido
para
siempre. –– Cordelia, Cordelia, quédate. ¿Eh?
¿Qué
dices? –– Tenía una voz suave,
dulce
y gentil: algo admirable en la mujer. ––
Yo
maté al infame que te ahorcaba.
CABALLERO
Es cierto, señor: lo mató.
LEAR
¿Verdad, amigo? En mis buenos tiempos
mi fiel sable le habría hecho saltar. Ahora
la
vejez y los padecimientos me han mermado. ––
¿Quién sois? Me falla la vista. Yo os lo diré.
KENT
Si la fortuna presume de dos
a los que amó y odió, aquí está uno de ellos.
LEAR
Lo veo todo borroso. ¿No sois Kent?
KENT
Sí, vuestro vasallo Kent. ¿Y vuestro siervo
Cayo?
LEAR
¡Ah,
buen muchacho, vaya que sí!
Sabe pegar y rápido. Está muerto y podrido.
KENT
No, mi señor. Soy yo quien...
LEAR
Después me ocupo de eso.
KENT
... os ha seguido en el dolor
desde el decaer de vuestra suerte.
LEAR
Sed bienvenido.
KENT
Nadie
lo es. Todo es tristeza, sombras, muerte.
Vuestras hijas mayores se han aniquilado
y han muerto en la desesperanza.
LEAR
Sí, eso creo.
ALBANY
No sabe lo que dice y es inútil
dirigirse
a él.
EDGAR
Sería
en vano.
Entra
un MENSAJERO.
MENSAJERO
Señor,
Edmond ha muerto.
ALBANY
Poco
importa ahora. –– Señores
y
nobles amigos, conoced mi propósito.
Daré
todo el consuelo necesario
a
esta gran ruina. En cuanto a mí,
mientras
viva Su anciana Majestad,
le
entrego todos mis poderes.
[A
EDGAR y KENT] A vosotros dos, vuestros derechos,
con
los títulos a que vuestra nobleza
os
ha hecho acreedores. Los amigos probarán
el
premio a su virtud, y los enemigos,
el
cáliz de sus culpas. ¡Ah, mirad, mirad!
LEAR
Y mi pobrecilla, ahorcada. ¿No, no, no tiene
vida?
¿Por qué ha de vivir un perro, un caballo, una
rata
y en ti no hay aliento? –– Tú ya no volverás;
nunca, nunca, nunca, nunca, nunca. ––
Desabrochad este botón. Gracias.
¿Veis esto? ¡Miradla! ¡Mirad, los labios!
¡Mirad, mirad!
Muere.
EDGAR
Se ha desmayado. ¡Señor, señor!
KENT
Estalla,
corazón, estalla.
EDGAR
Animaos,
señor.
KENT
No
le turbéis el alma. Dejad que se vaya.
No
perdonará al que siga estirándole
en
el potro de un mundo tan cruel.
EDGAR
Ha
muerto, sí.
KENT
Asombra
lo que ha resistido.
Usurpó
su propia vida.
ALBANY
Lleváoslos.
Nuestro objeto es el luto general. ––
Gobernad
ambos, mis buenos amigos,
y
sostened el reino malherido.
KENT
Mi
señor, yo tengo que emprender un viaje:
me
llama mi amo, y no debo negarme.
EDGAR
Me
toca llevar este grave peso;
decir
lo que siento, y no lo que debo.
Los
más viejos fueron los que más penaron;
jamás
podrá el joven vivir ni ver tanto.
Salen
con una marcha fúnebre.

