Libro N° 6013. Salomé. Wilde, Oscar.
© Libro N° 6013.
Salomé. Wilde, Oscar.
Emancipación. Mayo 18 de 2019.
Título
original: © Salomé.
Oscar Wilde
Versión Original: © Salomé. Oscar Wilde
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
SALOMÉ
Oscar Wilde
Estudio
preliminar
La
importancia de llamarse Ernesto y Salomé muestran cabalmente la ductilidad, el
encanto y la agudeza del teatro de Oscar Wlide (1854–1900), así como de su
entera producción literaria. Wilde nació en Dublin en el seno de una familia de
la burquesía encumbrada, y murió en París luego qué el escarnio, la reprobación
de los "respetables censores", el escándalo público y la cárcel
trocaran el pedestal de su gloria mundana y un tanto excéntrica por otro rnás
sólido y duradero, basado en las calidades intrínsecas de una obra que supo
extremar las virtudes de! esteticismo pero a la vez hincó el diente crítico en
la mojigatería y el moralismo de una sociedad victoriana que entonces convirtió
al gran escritor en chivo expiatorio.
La
obra de Wilde abarca un amplio espectro, que incluye los cuentos de hadas (El
príncipe feliz), la novela (El retrato de Dorian Gray), e! ensayo
(Intenciones), el testimonio desgarrado (De profundis), junto con notables
poesías, relatos y piezas teatrales (de las cuales se destacan las dos
mencionadas y cuyos avatares puntualiza Jaime Rest en el "Estudio
preliminar").
Fue
el mismo Oscar Wilde quien más contribuyó a que resultara imposible discriminar
entre el hombre del clavel verde que frecuentaba los círculos artísticos
londinenses y el autor que escribió algunos de los poemas, relatos y ensayos
más significativos del esteticismo finisecular; por añadidura, consiguió que
efectivamente se prestara más atención a su existencia personal que a su labor
poética, de conformidad con la observación casi aforística que ha llegado a
suplir todo otro conocimiento del escritor y de su obra: “puse sólo el talento
en mi producción y el genio exclusivamente en mi vida". En tuna época en
que todavía no se había, desarrollado el extravagante culto de la figura
siempre iluminada por las candillejas,
que los medios de comumcacIon de masas han promovido en nuestro siglo,
el creador de composiciones tales como El retrato de Dorian Gray y La
importancia de llamarse Ernesto logró que su trayectoria íntegra fuese motivo
de comentario público o de comidilla privada, desde aquellos comienzos que
Gilbert y Sullivan ridiculizaron en el personaje de Bunthorne, en la opereta
Patience de 1881, hasta esa suerte de apoteosis al revés de publicidad que fue
la estrepitosa caída y la condena a prisión. Es como si Wilde no hubiese dejado
jamás de ser el actor que se interpretaba a sí mismo en el escenario de la
Inglaterra de los rebeldes noventa, ese período de rebeldía en traje de noche
que agitó las postrimerías de la era victoriana y que causó escalofríos de
ingenuo placer y de tímido atrevimiento cuando en los tablados comenzaba a
dialogarse sobre mujeres "con pasado" y sobre hombres que recibían a
encantadoras y casi candorosas demimondaines en sus aposentos del tradicional
Albany o de alguna otra residencia urbana elegante; inclusive después de la
catástrofe en que lo precipitaron sus gestos espectaculares destinados a
suscitar la atención de los especta ores, Wilde todavía en sus últimos y
trágicos cinco años de vida hizo un par de ademanes finales para atraer la
mirada de los contemporáneos, con una balada plena de indignación y con una
epístola cargada de angustia y de piedad.
Hoy
Wilde ha llegado a ocupar justicieramente y en forma definitiva una posición
relevante en la literatura de su tiempo como crítico, narrador, poeta y
dramaturgo del ciclo decadentista. Pero, en apariencia, para la gente de su
tiempo que estaba enterada de esas cosas fue menos un escritor que un individuo
algo amanerado, de vestuario prolijo y hasta un tanto exagerado, de conducta un
poco excéntrica y de conversación deslumbradora. Sus contemporáneos no se
dieron cuenta de que era un artista inteligente, como sin duda lo fue, sino que
advirtieron cierto deseo de figuración y de nombradía y un ingenioso don para
la plática que supo trasladar impoluto al diálogo de sus comedias. E. F.
Benson, un testigo confiable del período, refiere en su autobiografía que hasta
1895, año del desastre, Wilde "había difundido pocas cosas que despertaran
seria consideración" en la época: "sus poemas disfrutaron de gran
éxito al publicarse por primera vez, pero hacía mucho que habían sido
olvidados"; y en cuanto a la restante producción, sólo El retrato de
Dorian Gray y las piezas reunidas en El príncipe feliz se contaban entre los
libros suyos que alcanzaron una segunda edición. "En Inglaterra –agrega el
mismo comentarista–había una pequeña pero entusiasta pandilla de artistas y de
allegados a la literatura que lo juzgaba el genio más notable de la coyuntura,
pero fuera del país su obra tanto en verso cuanto en prosa era absolutamente
desconocida, e inclusive la critica inglesa solía tratar sus publicaciones con
bastante menosprecio." Salvo El retrato de Dorian Gray, que engendró
feroces denuncias, el resto de la obra no tuvo mayor interés para el público,
que permaneció indiferente hasta que el escándalo, como suele ocurrir,
precipitó la irónica consecuencia de otorgarle en la Europa continental una
espuria notoriedad que, sin embargo, pudo facilitar a corto plazo el
reconocimiento absolutamente legítimo de sus indiscutibles valores como sagaz y
brillante ensayista, como notable cuentista y dramaturgo y, valga la paradoja,
como uno de los autores que en aquel período más se preocupó, a su modo, en
elaborar fábulas morales, pese a su taxativo precepto de que "no hay
libros morales o inmorales" sino únicamente "bien escritos o mal
escritos".
No
obstante, hubo un aspecto en la producción literaria de Wilde que atrajo
considerablemente la atención pública entre febrero de 1892 y febrero del
fatídico 1895, pese a que este interés de los espectadores no siempre fue
respaldado por la crítica; se trata del ciclo en que culminó su labor como
dramaturgo y en el que se sucedieron rápidamente cuatro comedias de
significativo éxito y una pieza en un acto escrita en francés para Sarah
Bernhardt, actriz que comenzó a ensayarla su en Londres en 1892, pero vio
desbaratado su proyecto cuando la censura teatral británica prohibió la
representación porque la obra ponía en escena personajes bíblicos,
circunstancia considerada casi blasfema. Por cierto la actividad dramática
londinense durante el período victoriano temprano fue bastante opaca, pero
desde 1880 comienza un renacimiento estimulado por una sociedad más mundana,
bien dispuesta a disfrutar de los espectáculos, y por la creciente gravitación
de Ibsen, que facilitó un acercamiento moderadamente realista a los problemas
de la vida en la alta clase media. El tratamiento de las anécdotas en los
autores de moda –Arthur Wing Pivero y Henry Arthur Jones– se hallaba muy lejos
de internarse en audacias o de ensayar posturas radicales, y la mayoría de las
composiciones corrosivas que por entonces estaba escribiendo Bernard Shaw debió
aguardar hasta el filo de 1900 para su presentación sin restricciones. Sea como
fuere, con extremo recato y mucha cautela empezaron a insinuarse situaciones
humanas y conflictos sociales que hasta ese momento habían sido excluidos
sistemáticamente de los tablados, como era el caso de algunos enfoques sobre
aspectos de la conducta o de la posición femeninas que estaban anunciando
criterios más flexibles y tolerantes en la evaluación de problemas. Al
respecto, cabe reconocer que los dramas de Wilde no excedían los límites de la
discreción y que su meta no era, como la de Shaw, escandalizar a sus
contemporáneos para transformar las estructuras sino, más bien, jugar con el
equívoco de una aparente rebeldía superficial que por instantes se vuelve
peligrosa, pero que no pretende alterar en modo alguno las condiciones
imperantes. A pesar de ello, tales piezas solían poseer notable causticidad,
principalmente por lo que respecta al estilo punzante de su diálogo,
característica que los espectadores advirtieron de inmediato como herencia de
la soberbia prosa que la escena inglesa había cultivado a fines del siglo XVII
y principalmente durante el siglo XVIII en autores como Wycherley, Congreve y
Sheridan. En consecuencia, cabe decir que como autor teatral Wilde no descendía
de la comedia social y políticamente comprometida que practicaron Aristófanes y
Moliere sino de la comedia costumbrista que se origina en Menandro y que ha
tenido una fructífera perduración en Inglaterra hasta Noel Coward.
Si
bien Wilde había practicado el drama desde época comparativamente temprana en
su carrera –principalmente en Vera o Los nihilistas (1880) y en La duquesa de
Padua (1883)–, su triunfo sólo se logró con el estreno de El abanico de lady
Windermere (1892), una concepción escénica de auténtica eficacia y muy en el
espíritu de la época, a la que siguieron Una mujer sin importancia (1893), tal
vez la más débil de sus principales incursiones teatrales, y Un marido ideal
(1895); estas piezas suelen considerarse variaciones sobre el tema de los
vínculos conyugales que estaba de moda en los teatros londinenses y, en opinión
de Richard Aldington, "puede afirmarse que en conjunto las tres
composiciones apuntan hacia la moraleja común de que las mujeres 'respetables'
valen menos que los dolores de cabeza que habitualmente causan". Por
último, se conoció La importancia de llamarse Ernesto (1895), que no sólo
constituye el ejercicio dramático más eficaz de este grupo sino que por
añadidura es el que obtuvo una recepción más calurosa del público; según
recuerda E. F. Benson, la obra "deslumbró con sus fuegos de artificio y
con su ingenio farsesco, aparte de que se hallaba admirablemente
realizada". Junto al nombre de Wilde conviene evocar el de George
Alexander, productor de estos espectáculos que supo percibir y aprovechar la
destreza verbal y el atractivo que había conseguido desenvolver el dramaturgo.
En
cuanto a Salomé, el texto en un acto destinado a Sarah Bernhardt, fue compuesto
entre 1891 y 1892 según modelos del decadentismo francés, el cual a través de
la novela Al revés, de J. K.–Huysmans, ya había influido en El retrato de
Darían Gray; entre los antecedentes se mencionan Herodías de Flaubert, varios
cuadros del pintor Gustave Moreau y Las siete princesas de Maeterlinck. La
versión original fue revisada por Stuart Merrill, Adolphe Retté y Pierre Louys,
en tanto que la adaptación inglesa, que se halla muy por debajo de la pieza
traducida, pertenece al nefasto lord Alfred Douglas, causante de la tragedia
personal de Wilde. Es una evocación literaria de la muerte de Juan el Bautista
que revela una atmósfera de lirismo mórbido indudablemente lograda; la
composición contribuyó no poco a rehabilitar a Oscar Wilde después de su
muerte, cuando Richard Strauss en colaboración con el libretista Hedwig
Lachmann la convirtió en una ópera que, prohibida en Viena, fue estrenada en
Dresde en 1905 y ha sido considerada una de las obras maestras de este género
musical en la Alemania del período siguiente a la producción wagneriana.
Oscar
Fingal O'Flahertie Wills Wilde nació el 16 de octubre de 1854 en el seno de una
distinguida familia protestante que vivía en Dublín, capital de Irlanda; su
padre era un famoso oftalmólogo y su madre alcanzó considerable prestigio como
escritora con el seudónimo de Speranza. La educación inicial, que tuvo lugar en
la ciudad de la que era oriundo, culminó en el Trinity College, tras .lo cual
pasó en 1874 a lnglaterra, donde se matriculó en la Universidad de Oxford. La
formación de Wilde fue excelente y sobresalió por un sólido conocimiento de
lenguas clásicas. Una vez graduado ingresó en el mundo literario londinense, en
el que halló propicia recepción en virtud de sus cualidades sociables, su
encanto y el extraordinario brillo de su conversación. Comenzó escribiendo
poesía y ensayo y haciéndose ver en los principales acontecimientos artísticos
de la vida ciudadana, en cuyos círculos pronto adquirió reputación de hombre
refinado y de dandy. Por mucho tiempo inclusive adquirió más renombre como
obligada presencia en las noches de estreno y en las su reuniones elegantes que
como escritor, y con frecuencia sirvió de modelo para personajes de ficción,
desde Patience de Gilbert y Sullivan, que se conoció en abril de 1881, hasta la
final aparición en el relato satírico que Robert Hitchens publicó en septiembre
de 1894 acerca de las relaciones con Alfred Douglas, en el que se lo identifica
como "el hombre del clavel verde". Sus primeras poesías mostraban la
influencia de Dante Gabriel Rossetti y de Algernon Charles Swinburne, los
antecedentes más significativos del verso esteticista, así como Walter Pater
–profesor, amigo y consejero de Wilde en Oxford– lo era de la prosa enrolada en
el mismo movimiento; el éxito de estas composiciones fue rápido y decisivo, al
punto de que en poco tiempo se sucedieron cinco ediciones. A principios de 1882
viajó a New York, en el comienzo de una excursión americana para dictar
conferencias que se prolongó por un año y que se inauguró en la aduana con uno
de sus inconfundibles aforismos: "Nada tengo para declarar salvo mi
genialidad".
De
regreso en Europa, visitó París en 1883, donde conoció a las principales
figuras del mundo literario contemporáneo; ese mismo año se estrenó en New York
su drama Vera, motivo que lo indujo a cruzar nuevamente el Atlántico. En 1884
se casó con Constance Lloyd, con la que tuvo dos hijos. En 1888 publicó los
admirables cuentos de hadas congregados en El príncipe feliz y en 1891 la
aparición de su única novela, El retrato de Dorian Gray, causó bastante
malestar crítico a causa del tono mórbido y la actitud disipada del
protagonista de esta historia fantástica, inspirada en el caballero des
Esseintes que imaginó Huysmans en Al revés.
Ese
mismo año fue presentada también en New York La duquesa de Padua, y a partir de
entonces Wilde ingresa en su período de mayor fecundidad, en el que compone y
estrena sus principales comedias y publica en el curso de un solo año
Intenciones, volumen de ensayos, y El crimen de lord Arthur Savile y La casa de
las granadas, sendos tomos de narrativa. El año 1891 incluyó, además, el primer
encuentro con lord Alfred Douglas, hijo del octavo Marqués de Queensberry. En
1894 la traducción inglesa de Salomé, que realizó lord Alfred, admirablemente
ilustrada por el joven dibujante Aubrey Beardsley, es difundida en Londres. La
culminación de la carrera ascendente se produce a comienzos de 1895, al
estrenarse La Importancia de llamarse Ernesto, "una comedia trivial para
gente seria". Al cabo de pocos meses se desencadena la tragedia: Wilde se
enfrenta con el Marqués de Queensberry y comete algunos errores de
procedimiento al sobrevalorar las consideraciones estéticas en un problema en
el que exclusivamente interesan los aspectos morales. El descrédito personal,
la muerte social y la condena a dos años de prisión interrumpen definitivamente
el itinerario triunfal del escritor. En la cárcel redacta una extensa y áspera
epístola a lord Alfred que es considerada uno de los testimonios artísticos y
privados más significativos de Wilde y que fue publicada con diversas omisiones
a partir de 1905, con el titulo de De profundis, y cuyo texto integral no se
conoció hasta 1962. Al término de su condena se trasladó a Francia e Italia y
en 1898 dio a conocer su famosa Balada de la cárcel de Reading. Murió en París
el 30 de noviembre de 1900; no pudo reprimir empero un juego de palabras final:
"Me estoy muriendo por encima de mis recursos". Antes del fatal
desenlace fue admitido en el seno de la Iglesia Católica. Las circunstancias de
su caída –hoy día se piensa que sirvió de chivo emisario a la mojigatería
victoriana–determinó el absoluto ostracismo de su nombre en Inglaterra y La
importancia de llamarse Ernesto sólo pudo seguir en cartel como obra de autor
anónimo. Sin embargo, poco tiempo se requirió para que se restituyera el
prestigio, esta vez en forma definitiva: Max Reinhardt, el director teatral,
produjo Salomé en Berlín durante la temporada de 1903 y en breve plazo la obra
de Wilde, así como su vida, multitud de memorias y anécdotas, y un considerable
caudal de documentos sobre su persona empezaron a difundirse con creciente
entusiasmo.
Esta
última circunstancia ha creado en torno de Wilde una verdadera leyenda que hace
muy poco confiables las biografías y aun los estudios que se han escrito acerca
de él. Al castellano fue traducida la Vida y confesiones de Oscar Wilde, de
Frank Harris, que incluye además un epílogo de Bernard Shaw (Buenos Aires,
Emecé, 1944; 2 volúmenes), así como también las biografías de Robert Merle y de
Hesketh Pearson. En inglés, puede considerarse que el Oscar Wilde de Edouard
Roditi (1947) sigue siendo el mejor estudio crítico de conjunto. Vyvyan
Holland, el hijo del escritor que cambió legalmente de apellido a causa del
escándalo, es autor de una significativa exposición en su libro Son of Oscar
Wilde, aparecido en 1954. Los principales comentarios sobre la obra fueron
reunidos por K. Beckson, en Oscar Wilde: The critical heritage (1970). Sobre la
época deben mencionarse dos textos muy reveladores: The eighteen-nineties, de
Holbrook Jackson (1923), y As we were, de E. F. Benson (1930).
Jaime
Rest
Portada
interior de la edición original de 1894
A mi
amigo, Lord Alfred Bruce Douglas, el traductor de esta pieza
Personajes
HERODES
ANTlPAS, tetrarca de Judea
JUAN,
el profeta
EL
JOVEN SIRIO, capitán de la guardia
TIGELINO,
un joven romano
UN
CAPADOCIO
UN
NUBlO
PRIMER
SOLDADO
SEGUNDO
SOLDADO
EL
PAJE DE HERODÍAS
JUDÍOS,
NAZARENOS, etcétera
UN
ESCALVO
NAAMAN
el verdugo
HERODíAS,
esposa del tetrarca
SALOMÉ,
hija de Herodías
LAS
ESCLAVAS DE SALOMÉ
ESCENA:
Una gran terraza del palacio de Herodes, sobre el salón de fiestas. Algunos
soldados están apoyados sobre el antepecho. A la derecha hay una escalera
gigantesca; a la izquierda, en la parte posterior, una antigua cisterna
recubierta de bronce verde. Luz de la Luna.
EL
JOVEN SIRIO. –¡Qué hermosa luce esta noche la princesa Salomé!
EL
PAJE DE HERODÍAS. –¡Mira Ia Luna! ¡Qué extraña se ve! Es como una mujer que
sale de la tumba. Es como una mujer muerta. Se diría que está buscando cosas
muertas.
EL
JOVEN SIRIO. –Tiene un aspecto extraño. Es como una pequeña princesa que luce
un velo amarillo y cuyos pies son de plata. Es como una princesa que tiene
pequeñas palomas por pies. Se diría que está danzando.
EL
PAJE DE HERODÍAS. –Es como una mujer que está muerta. Se mueve muy lentamente.
La
mujer en la Luna (The woman in the Moon)
Ruido
en el salón de fiestas.
PRIMER
SOLDADO. –¡Qué alboroto! ¿Quiénes son esas bestias salvajes que aúllan?
SEGUNDO
SOLDADO. –Los judíos, como siempre. Están discutiendo su religión.
PRIMER
SOLDADO. –¿Por qué discuten su religión?
SEGUNDO
SOLDADO. –No lo sé. Pero están siempre discutiendo lo mismo. Los fariseos, por
ejemplo, dicen que hay ángeles, y los saduceos afirman que los ángeles no
existen.
PRIMER
SOLDADO. –Me parece ridículo discutir esas cosas.
EL
JOVEN SIRIO. –¡Qué hermosa luce esta noche la princesa Salomé!
La
cola de pavo real (The peacock skirt)
EL
PAJE DE HERODÍAS. –Tú estás siempre mirándola. La miras demasiado. Es peligroso
mirar a la gente de esa manera. Puede ocurrir algo terrible.
EL
JOVEN SIRIO. –Está muy bella esta noche.
PRIMER
SOLDADO. –El tetrarca tiene un aire sombrío.
EL
SEGUNDO SOLDADO. –Si, tiene un aire sombrío.
PRIMER
SOLDADO. –Esta mirando algo.
SEGUNDO
SOLDADO. –Está mirando a alguien.
PRIMER
SOLDADO. –¿A quIen esta mirando?
SEGUNDO
SOLDADO. –No lo sé.
EL
JOVEN SIRIO. –¡Qué pálida está la princesa! Nunca la he visto tan pálida. Es
como la sombra de una rosa blanca en un espejo de plata.
EL
PAJE DE HERODÍAS. –No debes mirarla. La miras demasiado.
PRIMER
SOLDADO. –Herodías ha llenado la copa del tetrarca.
EL
CAPADOCIO. –.¿Es esa la reina Herodías, la que luce una mitra negra adornada
con perlas, la de pelo empolvado de azul?
El
capote negro (The black cape)
PRIMER
SOLDADO. –Sí, esa es Herodías, la esposa del tetrarca.
SEGUNDO
SOLDADO. –Al tetrarca le gusta mucho el vino. Tiene vino de tres clases. Uno
que traen de la isla de Samotracia y es púrpura como la capa de César.
EL
CAPADOCIO. –Nunca he visto a César.
SEGUNDO
SOLDADO. –Otro que viene de un pueblo que se llama Chipre, y es amarillo como
el oro.
EL
CAPADOCIO. –Me encanta el oro.
SEGUNDO
SOLDADO. –Y el tercero es un vino de Sicilia. Ese vino es rojo como la sangre.
EL
NUBlO. –Los dioses de mi patria son muy afectos a la sangre. Dos veces por año
les sacrificamos jóvenes hombres y doncellas; cincuenta hombres jóvenes y cien
doncellas. Pero parece ser que nunca les damos suficiente, porque son muy duros
con nosotros.
EL
CAPADOCIO. –En mi patria no quedan dioses. Los romanos los han ahuyentado.
Algunos dicen que se han ocultado en las montañas, pero no lo creo. Por tres
noches estuve en las montañas buscándolos por todas partes. No los encontré. Al
fin los llamé por el nombre, pero no vinieron. Creo que están muertos.
PRIMER
SOLDADO. –Los judíos veneran a un Dios al que no se puede ver.
EL
CAPADOCIO. –Eso no lo entiendo.
PRIMER
SOLDADO. –En realidad, sólo creen en cosas que no se pueden ver.
EL
CAPADOCIO. –Eso me parece absolutamente ridículo.
LA
VOZ DE JUAN. –Después de mí vendrá otro más poderoso que yo. Ni siquiera soy
digno de desatarle la correa de su calzado. Cuando él venga, los lugares
solitarios se alborozarán. Florecerán como el lirio. Los ojos del ciego verán
la luz, y los oídos del sordo se abrirán. El niño recién nacido pondrá la mano
en la guarida del dragón, conducirá a los leones por la melena.
SEGUNDO
SOLDADO. –Háganlo callar. Siempre está diciendo cosas ridículas.
PRIMER
SOLDADO. –No, no. Es un hombre santo. Es muy gentil, además. Todos los días,
cuando le doy de comer, me lo agradece.
EL
CAPADOCIO. –¿Quién es?
PRIMER
SOLDADO. –Un profeta.
EL
CAPADOCIO.–¿Cómo se llama?
PRIMER
SOLDADO. –Juan.
EL
CAPADOCIO. –¿De dónde es?
PRIMER
SOLDADO. –Viene del desierto, donde se alimentaba de langostas y miel
silvestre, se vestía con piel de camello y se ceñía la cintura con un cinto de
cuero. Tenía un aspecto formidable. Solía seguirlo una gran multitud. Hasta
tenía discípulos.
EL
CAPADOCIO. –¿De qué está hablando?
PRIMER
SOLDADO. –Nunca lo entendemos. A veces dice cosas terribles; pero es imposible
entender lo que dice.
EL
CAPADOCIO. –¿Se lo puede ver?
PRIMER
SOLDADO. –El tetrarca lo ha prohibido.
EL
JOVEN SIRIO. –¡La princesa ha ocultado su rostro detrás del abanico! Sus
manitas blancas se agitan como palomas que vuelan hacia el nido. Son como
mariposas blancas. Son iguales a mariposas blancas.
EL
PAJE DE HERODÍAS. –¿A ti qué te importa? ¿Por qué la miras? No debes mirarla...
Puede ocurrir algo terrible.
EL
CAPADOCIO (señalando la cisterna). –¡Qué extraña prisión.
SEGUNDO
SOLDADO. –Es una antigua cisterna.
EL
CAPADOCIO. –¡Una antigua cisterna! Debe ser muy insalubre.
SEGUNDO
SOLDADO. –¡Oh, no! Por ejemplo, el hermano del tetrarca, su hermano mayor, el
primer esposo de la reina Herodías, estuvo encarcelado allí por doce años. Pero
eso no lo mató. Al término de los doce años debió ser estrangulado.
EL
CAPADOCIO. –¿Estrangulado? ¿Quién se atrevió a hacerlo?
SEGUNDO
SOLDADO (señalando al Verdugo, un gran negro) .–Aquel hombre, Naaman.
EL
CAPADOCIO. –¿No le dio miedo?
SEGUNDO
SOLDADO. –¡Oh, no! El tetrarca le envió el anillo.
EL
CAPADOCIO. –¿Qué anillo?
SEGUNDO
SOLDADO. –El anillo de la muerte. Así que no tuvo miedo.
EL
CAPADOCIO. –Sin embargo, es cosa terrible estrangular a un rey.
PRIMER
SOLDADO. –¿Por qué? Los reyes sólo tienen un cuello, como toda la gente.
EL
CAPADOCIO.–Me parece terrible.
EL
JOVEN SIRIO. –¡La princesa se pone de pie! ¡Se retira de la mesa! Parece muy
preocupada. Ah, viene hacia acá. Sí, se acerca a nosotros. ¡Cuán pálida está!
Nunca la he visto tan pálida.
EL
PAJE DE HERODÍAS.–No la mires. Te ruego que no la mires.
EL
JOVEN SIRIO. –Es como una paloma que se ha desorientado... Es como un narciso
que tiembla al viento... Es como una flor de plata.
Entra
Salomé.
SALOMÉ.
–No quiero quedarme. No puedo quedarme. ¿Por qué el tetrarca me mira todo el
tiempo con sus ojos de topo bajo sus párpados temblorosos? Es extraño que el
esposo de mi madre me mire de esa manera. No sé qué significa eso. En verdad,
sí lo sé.
EL
JOVEN SIRIO. –¿Acabáis de retiraros de la fiesta, princesa?
SALOMÉ.
–,¡Qué dulce es aquí el aire! ¡Acá puedo respirar! Allá dentro hay judíos de
Jerusalén que se están despedazando unos a otros por sus tontas ceremonias, y
bárbaros que beben y beben y derraman el vino sobre el piso, y griegos de
Esmirna de ojos y mejillas pintados, y de pelo crespo que forma rizos, y
egipcios silenciosos y arteros con grandes tachones de jade y capas de paño
basto, y romanos brutales y groseros con su jerga vulgar. ¡Ah, cómo aborrezco a
los romanos! Son toscos y vulgares y se dan aires de nobleza.
EL
JOVEN SIRIO. –¿Queréis sentaros, princesa?
EL
PAJE DE HERODIAS. –¿Por qué le hablas? ¿Por que de qué la miras? Oh, ocurrirá
algo terrible.
SALOMÉ.
–Qué bueno es ver la Luna. Es como una monedita; se diría que es una flor de
plata. La Luna es fría y casta. Estoy segura de que es virgen, porque posee una
belleza virginal. Sí, es virgen. Nunca se ha corrompido. Nunca se ha abandonado
a los hombres, como otras diosas.
LA
VOZ DE JUAN. –El Señor ha llegado. El Hijo del Hombre ha llegado. Los centauros
se han escondido en los ríos y las sirenas han salido de los ríos y están
tendidas bajo las hojas del bosque.
SALOMÉ.
–¿Quién fue el que gritó?
SEGUNDO
SOLDADO. –El profeta, princesa.
SALOMÉ.
–¡Ah, el profeta! ¿Aquel a quien el tetrarca teme?
SEGUNDO
SOLDADO. –Nada sabemos de eso, princesa. Fue el profeta Juan el que gritó.
EL
JOVEN SIRIO. –¿Os place que ordene que os traigan la litera, princesa? La noche
es bella en el jardín.
SALOMÉ.
–Él dice cosas terribles de mi madre, ¿verdad?
SEGUNDO
SOLDADO. –Nunca entendemos lo que dice, princesa.
SALOMÉ.
–Sí; dice cosas terribles de ella.
Entra
un Esclavo.
EL
ESCLAVO. –Princesa, el tetrarca os ruega que regreséis a la fiesta.
SALOMÉ.
–No volveré.
EL
JOVEN SIRIO. –Perdonadme, princesa, pero si no volvéis, puede ocurrir algún
infortunio.
SALOMÉ.
–¿Es un hombre viejo ese profeta?
EL
JOVEN SIRIO. –Princesa, convendría regresar. Permitidme que os conduzca.
SALOMÉ.–Ese
profeta... ¿es un hombre viejo?
PRIMER
SOLDADO. –No, princesa, es un hombre muy joven.
SEGUNDO
SOLDADO. –No se puede estar seguro. Están aquellos que dicen que él es Elías.
SALOMÉ.
–¿Quién es Ellas?
SEGUNDO
SOLDADO. –Un profeta muy anciano de este de país, princesa.
EL
ESCLAVO. –¿Qué respuesta de la princesa puedo darle al tetrarca?
LA
VOZ DE JUAN.–No te regocijes, tierra de Palestina, porque se ha quebrado la
vara de aquel que te golpeó. Porque de la progenie de la serpiente surgirá un
basilisco, y lo que nazca de éste devorará a los pájaros.
SALOMÉ.
–¡Qué extraña voz! Me gustaría hablar con él.
PRIMER
SOLDADO. –Me temo que sea imposible, princesa. El tetrarca no desea que nadie
hable con él. Se lo ha prohibido aun al gran sacerdote.
SALOMÉ.
–Deseo hablar con él.
PRIMER
SOLDADO. –Es imposible, princesa.
SALOMÉ.
–Hablaré con él.
EL
JOVEN SIRIO. –¿No sería mejor regresar al banquete?
SALOMÉ.
–Traigan a ese profeta.
Sale
el Esclavo.
El
PRIMER SOLDADO. –No nos atrevemos, princesa.
SALOMÉ
(acercándose a la cisterna e inclinándose para se mirar dentro). –¡Qué obscuro
está allí abajo! ¡Debe ser terrible estar en un pozo negro! Es como una
tumba... (A los Soldados:) ¿No me habéis oído? Traed al profeta. Deseo verlo.
SEGUNDO
SOLDADO. –Princesa, os ruego que no nos pidáis eso.
SALOMÉ.
–¡Me hacéis esperar!
EL
PRIMER SOLDADO. –Princesa, nuestras vidas os pertenecen, pero no podemos hacer
lo que nos habéis pedido. En realidad, no es a nosotros a quien deberíais pedir
eso.
SALOMÉ
(mirando al Joven Sirio).–Haréis eso por mí, ¿verdad, Narraboth? Haréis eso por
mí. Siempre he sido buena con vos. Lo haréis por mí. Sólo deseo mirar a ese
extraño profeta. Los hombres han hablado tanto de él. A menudo he oído al
tetrarca hablar de él. Creo que el tetrarca le teme. ¿Es que vos, también vos,
le teméis, Narraboth?
EL
JOVEN SIRIO. –No le temo, princesa; no temo a ningún hombre. Pero el tetrarca
ha prohibido formalmente que hombre alguno levante la cubierta de ese pozo.
SALOMÉ.
–Haréis eso por mí, Narraboth, y mañana cuando pase en mí litera bajo el portal
de los vendedores de ídolos, dejaré caer una pequeña flor para vos, una pequeña
flor verde.
EL
JOVEN SIRIO. –Princesa, no puedo, no puedo.
SALOMÉ
(sonriendo).–Haréis eso por mí, Narraboth. Sabéis que lo haréis por mí. y
mañana, cuando pase en mi litera junto al puente de los compradores de ídolos,
os miraré a través de los velos de muselina, os miraré, Narraboth, y puede ser
que os sonría. Miradme, Narraboth, miradme. ¡Ah! Sabéis que haréis lo que os
pido. Lo sabéis bien... Sé que lo haréis.
EL
JOVEN SIRIO (haciéndole una señal al Tercer Soldado) .–Deja que el profeta
salga... La princesa Salomé desea verlo.
SALOMÉ.
–¡Ah!
EL
PAJE DE HERODÍAS. –¡Oh, qué extraña se ve la Luna! Se diría que es la mano de
una mujer muerta que está tratando de cubrirse con su sudario.
EL
JOVEN SIRIO. –¡Tiene un aire extraño! Es como una pequeña princesa, cuyos ojos
son de ámbar. A través de las nubes de muselina está sonriendo como una pequeña
princesa
El
profeta sale de la cisterna. Salomé lo mira,. retrocede lentamente.
JUAN.
–¿Dónde está aquel cuya copa de abominaciones ya se ha llenado? ¿Dónde está
aquel que, con manto de plata, morirá un día frente a toda la gente? Hacedlo
venir, para que escuche la voz de quien ha gritado en los lugares yermos y en
la casa de los reyes.
SALOMÉ.
–¿De quién está hablando?
EL
JOVEN SIRIO. –Nunca se puede entender, princesa.
JUAN.
–¿Dónde está aquella que habiendo visto las imágenes de hombres pintadas en
paredes, las imágenes de los caldeos dibujadas en colores, cedió a la codicia
de sus ojos y envió embajadores a Caldea?
SALOMÉ.
–Es de mi madre de quien habla.
EL
JOVEN SIRIO. –Oh, no, princesa.
SALOMÉ.
–Sí, es de mi madre de quien habla.
JUAN.
–¿Dónde está aquella que se entregó a los capitanes de Asiria, que lucen
tahalíes en la cintura y coronas de .distintos colores en la cabeza? ¿Dónde
está aquella que se entregó a los jóvenes de Egipto, que visten fino lienzo y
púrpura, cuyos escudos son de oro, cuyos cascos son de plata, cuyos cuerpos son
poderosos? Ordenadle que se levante de la cama de sus abominaciones, de la cama
de su incestuosidad, para que oiga las palabras de aquel que prepara el camino
del Señor, para que se arrepienta de sus iniquidades. Aunque nunca se
arrepentirá, sino que se aferrará a sus abominaciones; ordenadle que venga,
porque el Señor ya empuña el aventador.
SALOMÉ.
–¡Es terrible, es terrible!
EL
JOVEN SIRIO. –No os quedéis aquí, princesa, os lo ruego.
SALOMÉ.
–Debo mirarlo más de cerca.
EL
JOVEN SIRIO. –¡Princesa! ¡Princesa!
JUAN.
–¿Quién es esta mujer que me está mirando? No quiero que me mire. ¿Por qué me
mira con sus ojos dorados bajo sus párpados brillantes? No sé quién es ella. No
deseo saber quién es. Decidle que se marche. No es a ella a quien deseo hablar.
SALOMÉ.
–Soy Salomé, hija de Herodías, princesa de Judea.
JUAN.
–¡Atrás! ¡Hija de Babilonia! No te acerques al elegido del Señor. Tu madre ha
llenado la Tierra con el vino de sus iniquidades, y el grito de sus pecados se
ha elevado hasta los oídos de Dios.
SALOMÉ.
–Sigue hablando, Juan. Tu voz es como vino para mí.
EL
JOVEN SIRIO. –¡Princesa! ¡Princesa! ¡Princesa!
SALOMÉ.
–¡Habla! ¡Habla, Juan, y dime qué debo hacer!
JUAN.
–¡Hija de Sodoma, no te acerques a mí! Cúbrete el rostro con un velo, arroja
ceniza sobre tu pelo, ve al desierto y busca al Hijo del Hombre.
SALOMÉ.
––¿Quién es él, el Hijo del Hombre? ¿Es él tan se hermoso como tú, Juan?
JUAN.–¡Sal
de mi vista! Oigo en el palacio el aleteo del ángel de la muerte.
EL
JOVEN SIRIO. –Princesa, os ruego que volváis a la fiesta.
JUAN.
–Ángel del señor Dios, ¿qué haces aquí con tu espada? ¿A quién buscas en este
lugar impuro? El día de aquel que morirá en un manto de plata aún no ha
llegado.
SALOMÉ.–¡Juan!
JUAN.
–¿Quién habla?
SALOMÉ.
–Juan, ¡estoy enamorada de tu cuerpo! Tu cuerpo es blanco como los lirios de un
campo que el segador nunca ha segado. Tu cuerpo es blanco como la nieve que se
deposita sobre las montañas, como la nieve que se deposita sobre las montañas
de Judea y que cae en los valles. Las rosas del jardín de la reina de Arabia no
son tan blancas como tu cuerpo. Ni las rosas del jardín de la reina de Arabia,
ni los pies del amanecer cuando se apoyan en las hojas, ni el pecho de la Luna
cuando yace sobre el pecho del mar... Nada hay en el mundo tan blanco como tu
cuerpo. Déjame tocar tu cuerpo.
JUAN.
–¡Atrás! ¡Hija de Babilonia! Por la mujer llegó el mal al mundo. No me hables.
No quiero escucharte. Sólo escucho la voz del señor Dios.
SALOMÉ.
–Tu cuerpo es horrible. Es como el cuerpo de un leproso. Es como una pared
enlucida por la que se han arrastrado las víboras; como una pared enlucida
donde han hecho su nido los escorpiones. Es como un sepulcro blanqueado lleno
de cosas abominables. Es horrible, tu cuerpo es horrible. Es de tu pelo que
estoy enamorada, Juan. Tu pelo parece racimos de uva, como los racimos de uva
negra que penden de las vides de Edom en la tierra de los edomitas. Tu pelo es
como los cedros del Líbano, como los grandes cedros del Líbano que dan su
sombra a leones y a los ladrones que suelen ocultarse durante el día. Las
largas noches negras, cuando la Luna oculta el rostro y las estrellas tienen
miedo, no son tan negras. El silencio que mora en el bosque no es tan negro.
Nada hay en el mundo tan negro como tu pelo... Déjame tocar tu pelo.
JUAN.
–¡Atrás, hija de Sodoma! No me toques. No profanes el templo del señor Dios.
SALOMÉ.
–Tu pelo es horrible. Está cubierto de lodo y de polvo. Es como una corona de
espinas que han colocado sobre tu frente, es como un nudo de serpientes negras
que , se retuercen alrededor de tu cuello. No amo tu pelo... Es tu boca lo que
deseo, Juan. Tu boca es como una banda de escarlata sobre una torre de marfil.
Es como una granada cortada con un cuchillo de marfil. Las flores del granado
que florecen en el huerto de Tiro, y que son más rojas que las rosas, no son
tan rojas. Los toques rojos de las trompetas, que anuncian la llegada de los
reyes y atemorizan al enemigo, no son tan rojos. Tu boca es más roja que los
pies de aquellos que pisan el vino en el lagar. Tu boca es más roja que las
patas de las palomas que rondan los templos y son alimentadas por los
sacerdotes. Es más roja que los pies de aquel que viene de un bosque donde ha
matado a un león y ha visto tigres dorados. Tu boca es como una rama de coral
que los pescadores han encontrado en la semipenumbra del mar, el coral que
destinan a los reyes. ..Es como el bermellón que los moabitas hallan en las
minas de Moab, el bermellón que toman los reyes para sí. Es como el arco del
rey de los persas, que está pintado con bermellón y guarnecido con coral. Nada
hay en el mundo tan rojo como tu boca... Déjame besar tu boca.
JUAN.
–¡Nunca, hija de Babilonia! ¡Hija de Sodoma! Nunca.
SALOMÉ.
–Besaré tu boca, Juan. Besaré tu boca.
EL
JOVEN SIRIO. –¡Princesa, princesa, tú que eres como un jardín de mirra, tú que
eres la paloma de todas las pan lomas, no mires a este hombre, no lo mires! No
le digas esas palabras. No puedo soportarlas. ¡Princesa, princesa, no digas
esas cosas!
SALOMÉ.
–Besaré tu boca, Juan.
EL
JOVEN SIRIO. –¡Ah!
Se
mata y cae entre Salomé y Juan.
EL
PAJE DE HERODÍAS. –¡El joven sirio se ha matado! ¡El joven capitán se ha
matado! ¡Se ha matado aquel que era mi amigo! ¡Le di una pequeña caja de
perfumes y aretes de plata, y ahora se ha matado! Oh, ¿acaso no previó que
ocurriría algún infortunio? También yo lo preví, y ha ocurrido. Bien, sabía que
la Luna estaba buscando algo muerto, pero no que era a él a quien buscaba. ¡Oh!
¿Por qué no lo oculté a la Luna? Si lo hubiese escondido en una caverna, ella
no lo hubiese visto.
PRIMER
SOLDADO. –Princesa, el joven capitán acaba de matarse.
SALOMÉ.
–Déjame besar tu boca, Juan.
JUAN.
–¿No temes tú, hija de Herodías? ¿No te dije que había oído en el palacio el
aleteo del ángel de la muerte, y no ha venido el ángel de la muerte?
SALOMÉ.
–Déjame besar tu boca.
JUAN.
–Hija del adulterio, sólo hay uno que puede salvarte, y es Aquel de quien te
hablé. Ve a buscarlo. Está en una nave en el mar de Galilea, y conversa con sus
discípulos. Arrodíllate a la orilla del mar y llámalo por su nombre. Cuando Él
venga a ti, porque Él va a todos los que lo llaman, inclínate a sus pies y
pídele la remisión de tus pecados.
SALOMÉ.
–Déjame besar tu boca.
JU.AN.
–¡Maldita seas! ¡Hija de una madre incestuosa, maldita seas!
SALOMÉ.
–Besaré tu boca, Juan.
JUAN.–,No
deseo mirarte. No te miraré, estás maldita, Salome, estás maldita.
Desciende
a la cisterna.
SALOMÉ.
–Besaré tu boca, Juan. Besaré tu boca.
PRIMER
SOLDADO. –Debemos llevar el cuerpo a otro lado. Al tetrarca no ]e gusta ver
cuerpos muertos, salvo el cuerpo de aquellos a los que ha matado él mismo.
EL
PAJE DE HERODÍAS.–Él era mi hermano, mas que un hermano. Le di una pequeña caja
de perfumes y un anillo de ágata que siempre lucía en la mano. Por las tardes
solíamos caminar junto al río, entre los almendros, y él me contaba las cosas
de su patria. Hablaba siempre en voz muy baja. El sonido de su voz era como el
de una flauta, el de un flautista. También le gustaba mucho observarse en el
río. Yo siempre se lo reprochaba.
Un
lamento platónico (A platonic lament)
SEGUNDO
SOLDADO. –Tienes razón; debemos ocultar el cuerpo. El tetrarca no debe verlo.
PRIMER
SOLDADO. ~ El tetrarca no vendrá acá. Nunca viene a la terraza. Le tiene mucho
miedo al profeta.
Entran
Herodes, Herodías toda la corte.
Entra
Herodías (Enter Herodías)
HERODES:
–¿Dónde está Salomé? ¿Dónde está la princesa? ¿Por qué no regresó al banquete
como se lo ordené? ¡Ah, allí está!
HERODÍAS.
–No debes mirarla! ¡Siempre la estás mirando!
HERODES.
–La Luna tiene un aspecto extraño esta noche. ¿No tiene un aspecto extraño? Es
como una mujer loca, una mujer loca que está buscando amantes por todas partes.
Está desnuda, además. Absolutamente desnuda. Las nubes están tratando de cubrir
su desnudez, pero ella no lo permite. Se muestra desnuda en el cielo. Vacila a
través de las nubes como una mujer ebria... Estoy seguro de que está buscando
amantes. ¿No vacila como una mujer ebria? Es como una mujer loca, ¿verdad?
HERODÍAS.
–No; la Luna es como la Luna, eso es todo. Volvamos al salón... No tienes nada
que hacer aquí.
HERODES.
–¡Me quedaré aquí! Manassé, pon alfombras allí. Enciende antorchas, trae las
mesas de marfil y las mesas de jaspe. Aquí el aire es delicioso. Beberé más
vino con mis huéspedes. Debemos presentar todos los honores a los embajadores
del César.
HERODÍAS.
–No es por ellos que te quedas.
HERODES.
–Sí; el aire es delicioso. Ven, Herodías, nuestros huéspedes nos aguardan. ¡Oh,
mi pie ha resbalado! ¡Ha resbalado sobre sangre! Es un mal augurio. Es un
augurio muy malo. ¿Por qué hay sangre aquí...? Y este cuerpo, ¿qué hace este
cuerpo aquí? ¿Creéis que soy como el rey de Egipto, que no festeja a sus
huéspedes sino les muestra un cadáver? ¿De quién es este cuerpo? No quiero
mirarlo.
PRIMER
SOLDADO. –Es nuestro capitán, señor. Es el joven sirio a quien hicisteis
capitán hace sólo tres días.
HERODES.
–No di orden de que se lo matara.
SEGUNDO
SOLDADO. –Él se mató, señor.
HERODES.
–¿Por qué razón? Lo había nombrado capitán.
SEGUNDO
SOLDADO.–No lo sabemos, señor. Pero se mató.
HERODES.
–Eso me parece extraño. Creía que eran sólo los filósofos romanos quienes se
suicidaban. ¿No es verdad, Tigelino, que los filósofos de Roma se suicidan?
TIGELINO.
–Hay algunos que se matan, señor. Son los estoicos. Los estoicos son gente
grosera. Son gente ridícula. Yo los considero perfectamente ridículos.
HERODES.
–También yo. Es ridículo matarse.
TIGELINO.
–En Roma todos se ríen de ellos. El emperador ha escrito una sátira contra
ellos. Se la recita en todas partes.
HERODES.
–¡Oh! ¿Ha escrito una sátira contra ellos? César es maravilloso. Puede hacer
todo la que se le ocurre..: Es extraño que el joven sirio se haya matado.
Lamento que se haya matado. Lo lamento mucho, porque era grato de ver. Era muy
grato. Tenía ojos muy lánguidos. Recuerdo haber visto que miraba lánguidamente
a Salomé. En verdad, pensé que la miraba demasiado.
HERODÍAS.
–Hay otros que la miran demasiado.
HERODES.
–El padre de él era rey. Lo saqué de su reino. Y tú hiciste una esclava de su
madre, que era reina, Herodías. De modo que él estaba aquí casi como mi huésped
y por esa razón le nombré capitán. Lamento que haya muerto. ¡Eh! ¿Por qué
habéis dejado aquí el cadáver? No quiero mirarlo... Sacadlo de la vista. (Se
llevan el cadáver.) Hace frío aquí. Sopla un viento. ¿No se siente un viento?
HERODÍAS.
–No, no hay viento.
HERODES.
–Te digo que hay un viento que sopla... Y siento en el aire algo que es como un
aleteo, como el movimiento de grandes alas. ¿No lo oyes?
HERODÍAS.
–No oigo nada.
HERODES.
–Ya no lo oigo. Pero lo oí. Fue el soplar del viento, sin duda. Ha
desaparecido. Pero no, vuelvo a oírlo. ¿No lo oyes? Es como un aleteo.
HERODÍAS.
–Te digo que no hay nada. Estás enfermo. Volvamos al salón.
HERODES.
–No estoy enfermo. Es tu hija la que está enferma. Tiene el semblante de una
persona enferma. Nunca la he visto tan pálida.
HERODÍAS.
–Te he dicho que no la mires.
Los
ojos de Herodes (The eyes of Herod)
HERODES.
–Servidme vino. (Traen vino.) Salomé, ven a beber un poco de vino conmigo.
Tengo aquí un vino que es exquisito. César mismo me lo envió. Sumerge en él tus
pequeños labios rojos, para que yo pueda apurar la copa.
SALOMÉ.
–No tengo sed, tetrarca.
HERODES.
–¿Oyes cómo me contesta, esta hija tuya?
HERODÍAS.
–Ella hace bien. ¿Por qué siempre le estás clavando los ojos?
HERODES.
–Traedme frutas maduras. (Traen frutas.) Salomé, ven a comer fruta conmigo. Me
encanta ver en una de fruta la marca de tus pequeños dientes. Muerde apenas
esta fruta y luego yo comeré lo que quede.
SALOMÉ.
–No tengo hambre, tetrarca.
HERODES
(a Herodías). –Ves cómo has criado a esta hija tuya.
HERODÍAS.
–Mi hija y yo descendemos de una estirpe de real. En cuanto a ti, ¡tu padre era
un camellero! ¡También era un ladrón!
HERODES.
–¡Tú mientes!
HERODÍAS.
–Sabes bien que esa es la verdad.
HERODES.
–Salorné, ven a sentarte a mi lado. Te daré el trono de tu madre.
SALOMÉ.
–No estoy cansada, tetrarca.
HERODÍAS.
–Ya ves lo que ella piensa de ti.
HERODES.
–Traedme... ¿qué es lo que deseo? No lo recuerdo. ¡Ah, ah, ahora recuerdo!
LA
VOZ DE JUAN. –¡Mirad! ¡Ha llegado el momento! Aquello que predije se ha
verificado, dijo el señor Dios. ¡Mirad! El día del que hablé.
HERODÍAS.
–Ordenadle que calle. No quiero oír su voz. Ese hombre siempre está vomitando
insultos contra mí.
HERODES.
–No ha dicho nada en contra de ti. Además, es un gran profeta.
HERODÍAS.
–No creo en profetas. ¿Puede decir un hombre lo que va a suceder? Nadie lo
sabe. Además, siempre está insultándome. Pero creo que tú le temes... Sé bien
que le temes.
HERODES.
–No le temo. No temo a hombre alguno.
HERODÍAS.
–Te digo, le temes. Si no le temes, ¿por qué .no lo entregas a los judíos, que
durante los últimos seis meses han estado clamando por él?
UN
JUDÍO. –En verdad, mi señor, sería mejor entregarlo a nuestras manos.
HERODES.
–Basta ya de este asunto. Ya os he dado mi respuesta. No lo entregaré a
vuestras manos. Es un hombre que es santo. Es un hombre que ha visto a Dios.
UN
JUDÍO. –Eso no puede ser. No existe ningún hombre que haya visto a Dios desde
el profeta Elías. Él fue el último hombre que vio a Dios. En estos tiempos Dios
no se muestra. Él se oculta. Es por eso que se han presentado grandes males le
estás en la Tierra.
OTRO
JUDÍO. –En verdad, nadie sabe si Elías el profeta vio realmente a Dios. Tal vez
no fuera más que la sombra de Dios lo que vio.
UN
TERCER JUDÍO. –Dios nunca está oculto. Él se muestra siempre y en todo. Dios
está en lo que es malo, así como en lo que es bueno.
UN
CUARTO JUDÍO. –Eso no se debe decir. Es una doctrina muy peligrosa. Es una
doctrina que viene de las escuelas de Alejandría, donde hay hombres que enseñan
la filosofía de los griegos. Y los griegos son gentiles. Ni siquiera están
circuncidados.
UN
QUINTO JUDÍO. –Nadie puede conocer los designios de Dios. Sus maneras son muy
misteriosas. Puede ser que aquello que consideramos malo sea bueno, y que lo
que consideramos bueno sea malo. No se puede saber nada. Necesariamente debemos
someternos a todo, porque Dios es muy poderoso. Rompe en pedazos al fuerte
junto con el débil, porque Él no considera a ningún hombre.
PRIMER
JUDÍO. –Tú dices bien. Dios es terrible. Él destroza al fuerte y al débil como
el hombre muele el grano en un mortero. Pero este hombre nunca ha visto a Dios.
Ningún hombre ha visto a Dios desde el profeta Elías.
HERODÍAS.
–Hazlos callar. Me hastían.
HERODES.–Pero
he oído decir que Juan mismo es vuestro profeta Elías.
EL
JUDÍO. –Eso no puede ser. Han pasado más de trescientos años desde la época del
profeta Elías.
HERODES.
–Hay quienes dicen que este hombre es el profeta Elías.
UN
NAZARENO. –Estoy seguro de que él es el profeta Elías.
EL
JUDÍO. –No, no es él el profeta Elías.
LA
VOZ DE JUAN. –De modo que el día ha llegado, el día del Señor, y oigo en las
montañas los pies de Aquel que salvará al mundo.
HERODES.
–¿Qué significa eso? El salvador del mundo.
TIGELINo.
–Es un título que usa César.
HERODES.
–Pero César no viene a Judea. Sólo ayer recibí cartas de Roma. No decían nada
de eso. ¿Y vos, Tigelino, que estuvisteis en Roma durante el invierno, no
habéis oído decir nada acerca de este asunto, verdad?
TIGELINO.
–Señor, no oí nada acerca de este asunto. Sólo traté de explicar el título. Es
uno de los títulos de César.
HERODES.
–Pero César no puede venir. Está demasiado gotoso. Dicen que sus pies son como
los de un elefante. Además, hay razones de estado. El que se marcha de Roma
pierde Roma. No vendrá. Aunque César es el señor, vendrá si lo desea. Sin
embargo, no creo que venga.
PRIMER
NAZARENO. –No se refería a César el profeta al decir esas palabras, señor.
HERODES.
–¿No a César?
PRIMER
NAZARENO. –No, señor.
HERODES.
–¿A quién se refería, entonces, al decir esas palabras?
PRIMER
NAZARENO. –Al Mesías que ha llegado.
UN
JUDÍO. –El Mesías no ha llegado.
PRIMER
NAZARENO. –Él ha llegado, y en todas partes realiza milagros.
HERODÍAS.
–¡Jo! ¡Jo! ¡Milagros! No creo en milagros. He visto demasiados. (Al Paje.) ¡Mi
abanico!
PRIMER
NAZARENO. –Ese hombre realiza verdaderos milagros. Así, en una boda que tuvo
lugar en una pequeña ciudad de Galilea, una ciudad de cierta importancia. Él
convirtió el agua en vino. Me lo contaron ciertas personas que estuvieron
presentes. Él también curó a dos leprosos que estaban sentados ante la puerta
de Capernaum, tocándolos simplemente.
SEGUNDO
NAZARENO. –No, fue a ciegos que curó en Capernaum.
PRIMER
NAZARENO. –No, eran leprosos. Pero Él ha es el curado a ciegos también, y fue
visto sobre una montaña conversando con ángeles.
UN
SADUCEO. –Los ángeles no existen.
UN
FARISEO. –Los ángeles existen, pero no creo que ese hombre haya conversado con
ellos.
PRIMER
NAZARENO. –Fue visto por una gran multitud el que de personas cuando conversaba
con los ángeles.
UN
SADUCEO. –No con ángeles.
HERODÍAS.
–¡Cómo me hastían estos hombres! ¡Son ridículos! (Al Paje): ¡Bien, mi abanico!
(El Paje le da el abanico.) Tienes el aire de un soñador;. no debes soñar. Sólo
la gente enferma sueña. (Golpea al Paje con el abanico.)
SEGUNDO
NAZARENO. –Está también el milagro de la hija de Jairo.
PRIMER
NAZARENO. –Sí, ese es seguro. Nadie puede desmentirlo.
HERODÍAS.
–Estos hombres están locos. Han mirado demasiado tiempo la Luna. Ordénales que
callen.
HERODES.
–¿Qué es ese milagro de la hija de Jairo?
PRIMER
NAZARENO. –La hija de Jairo estaba muerta. Él la resucitó de entre los muertos.
HERODES.
–¿Él resucita a los muertos?
PRIMER
NAZARENO. –Sí, señor, Él resucita a los muertos.
HERODES.
–No deseo que lo haga. Le prohíbo que lo haga. No permito que nadie resucite a
los muertos. Se debe encontrar a ese hombre y decirle que le prohíbo resucitar
a los muertos. ¿Dónde está ese hombre en la actualidad?
SEGUNDO
NAZARENO. –Él está en todas partes, mi señor, pero es difícil de encontrar.
PRIMER
NAZARENO. –Se dice que ahora está en Samaria.
UN
JUDÍO. –Es fácil ver que ese no es el Mesías, si está en Samaria. No es a los
samaritanos a quien llegará el Mesías. Los samaritanos están malditos. No traen
ofrendas al templo.
SEGUNDO
NAZARENO. –Él se marchó de Samaria hace unos pocos días. Creo que en este
momento se encuentra en las cercanías de Jerusalén.
PRIMER
NAZARENO. –No, no está allí. Acabo de venir de Jerusalén. Por dos meses no han
tenido noticias de Él.
HERODES.
–¡No importa! ¡Pero que lo encuentren, y le digan de mi parte que no le
permitiré que resucite a los muertos! Convertir el agua en vino, curar a los
leprosos y los ciegos... Puede hacer eso, si lo desea. No tengo nada que decir
en contra. En verdad, considero que es una buena obra curar a un leproso. Pero
no permito que nadie resucite a los muertos. Sería terrible si los muertos
regresaran.
LA
VOZ DE JUAN. –¡Ah, la lasciva! ¡La ramera! ¡Ah, la hija de Babilonia con sus
ojos dorados y sus párpados brillantes! Así dijo el señor Dios, que vaya contra
ella una multitud de hombres. Que la gente tome piedras y la apedree.
HERODÍAS.
–Ordenadle que se calle.
LA
VOZ DE JUAN. –Que los jefes guerreros la atraviesen con sus espadas, que la
aplasten bajo sus escudos.
HERODÍAS.
–Pero esto es una infamia.
LA
VOZ DE JUAN. –Es así que limpiaré toda la perversidad de la Tierra, y que todas
las mujeres aprenderán a no imitar las abominaciones de ella.
HERODÍAS.
–¿Oyes lo que dice contra mi? ¿Permites que injurie a tu esposa?
HERODES.
–Él no pronunció tu nombre.
HERODÍAS.
–¿Qué importa eso? Sabes bien que es a mí a quien trata de injuriar. Y soy tu
esposa, ¿no?
HERODES.
–En verdad, querida y noble Herodías, tú eres mi esposa, y antes de eso eras la
esposa de mi hermano.
HERODÍAS.
–Fuiste tú quien me arrancó de los brazos de él.
HERODES.
–En verdad, yo era más fuerte... Pero no hablemos de eso. No deseo hablar de
eso. Eso es la causa de las terribles palabras que ha dicho el profeta. Tal
vez, por eso, suceda alguna desgracia. No hablemos de ese asunto. Noble
Herodías, no somos atentos con nuestros invitados. Llena tú mi copa, mi bien
amada. Llena de vino las grandes copas de plata y las grandes copas de cristal.
Beberé por César. Hay romanos aquí; debemos beber por César.
TODOS.
–¡César! ¡César!
HERODES.
–¿No ves a tu hija, qué pálida está?
HERODÍAS.
–¿Qué te importa a ti si está pálida o no?
HERODES.
–Nunca la he visto tan pálida.
HERODÍAS.
–No debes mirarla.
LA
VOZ DE JUAN. –Ese día el Sol se tornará negro como el paño de luto, y la Luna
parecerá sangre, y las estrellas y el cielo caerán sobre la Tierra como caen
los higos maduros de la higuera, y los reyes de la Tierra tendrán miedo.
HERODÍAS.
–¡Ah! ¡Ah! Me gustaría ver ese día del que habla, cuando la Luna parecerá
sangre y cuando las estrellas caerán sobre la Tierra como higos maduros. Este
profeta habla como un hombre ebrio... pero no puedo soportar el sonido de su
voz. Odio su voz. Ordénale que se calle.
HERODES.
–No lo haré. No puedo entender qué es lo que dice, pero puede ser un augurio.
HERODÍAS.
–No creo en augurios. Él habla como un hombre ebrio.
HERODES.
–Tal vez esté ebrio con el vino de Dios.
HERODÍAS.
–¿Qué vino es ese, el de Dios? ¿Con qué vides se lo hace? ¿En qué lagares se lo
puede hallar?
HERODES
(a partir de ese momento mira todo el tiempo a Salomé). –Tigelino, cuando
estuvisteis en Roma la última vez, ¿habló el emperador con vos del tema de... ?
TIGELINO.
–¿De qué tema, señor?
HERODES.
–¿De qué tema? ¡Ah! Os he hecho una pregunta, ¿verdad? No recuerdo qué pude
haberos preguntado.
HERODÍAS.
–Estás mirando nuevamente a mi hija. No ml debes mirarla. Ya te lo he dicho.
HERODES.
–Tú no dices otra cosa.
HERODÍAS.
–Lo digo otra vez.
HERODES.
–¿Y esa restauración del templo de la que tanto se ha hablado, se hará algo?
Dicen que el velo del santuario ha desaparecido, ¿verdad?
HERODÍAS.–Fuiste
tú mismo quien lo robó. Hablas al azar. No quiero quedarme aquí. Volvamos al
salón.
HERODES.
–Baila para mí, Salomé.
HERODÍAS.
–No le permitiré bailar.
SALOMÉ.
–No tengo deseos de bailar, tetrarca.
HERODES.
–Salomé, hija de Herodías, baila para mí.
HERODÍAS.
–Déjala.
HERODES.
–Te ordeno que bailes, Salomé.
SALOMÉ.
–No bailaré, tetrarca.
HERODÍAS
(riendo).–Ya ves cómo te obedece.
HERODES.
–¿Qué me importa si ella baila o no? Eso no es nada para mí. Esta noche estoy
feliz, estoy sumamente feliz. Nunca he estado tan feliz.
PRIMER
SOLDADO. –El tetrarca tiene un aire sombrío. ¿No tiene un aire sombrío?
SEGUNDO
SOLDADO. –Sí, tiene un aire sombrío.
HERODES.
–¿Por qué no iba a estar feliz? César, que es el señor del mundo, que es el
señor de todas las cosas, me quiere bien. Acaba de enviarme obsequios muy
preciosos. También me ha prometido que llamará a Roma al rey de Capadocia, que
es mi enemigo. Puede ser que lo crucifique en Roma, porque es capaz de hacer
todo lo que desea. En verdad, César es un señor. Así, tú ves que tengo el
derecho de estar feliz. En verdad, estoy feliz. Nunca he estado tan feliz. Nada
hay en el mundo que pueda empañar mi felicidad.
LA
VOZ DE JUAN. –Él estará sentado en su trono. Estará vestido de escarlata y
púrpura. En la mano tendrá la copa dorada de sus blasfemias. Y el ángel del
Señor lo destruirá. Será comido por los gusanos.
HERODÍAS.
–Oyes lo que dice de ti. Dice que serás comido por los gusanos.
HERODES..–No
es de mí que habla. Nunca habla contra mí. Es del rey de Capadocia que habla;
el rey de Capadocia, que es mi enemigo. Es él quien será comido por los
gusanos, no yo. Nunca ha hablado contra mí, este profeta, salvo que pequé al
tomar por esposa a la esposa de mi hermano. Puede ser que tenga razón. Porque,
en verdad, tú eres estéril.
HERODÍAS.
–¿Qué yo soy estéril, yo? ¿Tú dices eso, tú que estás siempre mirando a mi
hija, tú que quieres que ella baile para tu placer? Es absurdo que digas eso.
He tenido una hija. Tú no has tenido ningún hijo, no, ni siquiera de una de tus
esclavas. Eres tú el estéril, no yo.
HERODES.
–¡Tranquilízate, mujer! Digo que tú eres estéril. Tú no me has dado ningún
hijo, y el profeta dice que nuestro matrimonio no es un verdadero matrimonio.
Él dice que es un matrimonio incestuoso, un matrimonio que traerá males... Me
temo que tenga razón; estoy seguro de que tiene razón. Pero no es este el
momento de hablar de tales cosas. Quiero ser feliz en este momento. En verdad,
estoy feliz. Nada me falta.
HERODÍAS.
–Me alegra que estés de tan buen humor esta noche. No es tu costumbre. Pero es
tarde. Entremos. No olvides que cazamos al amanecer. Se deben presentar todos
los honores a los embajadores de César, ¿verdad?
SEGUNDO
SOLDADO. –Qué aire sombrío tiene el tetrarca.
PRIMER
SOLDADO. –Sí, tiene un aire sombrío.
HERODES.
–Salomé, Salomé, baila para mí. Te ruego que bailes para mí. Estoy triste esta
noche. Sí, estoy pasando una noche triste. Cuando llegué aquí pisé sangre, que
es un mal augurio; y oí, estoy seguro de que oí en el aire un aleteo, el aleteo
de alas gigantes. No sé qué significan... estoy triste esta noche. Entonces,
baila para mí. Baila para mí, Salomé, te lo imploro. Si bailas para mí podrás
pedirme lo que desees, y te lo daré, aun la mitad de mi reino.
SALOMÉ
(incorporándose). –¿De verdad me daréis lo que estar yo pida, tetrarca?
HERODÍAS.
–No bailes, hija mía.
HERODES.
–Todo, aun la mitad de mi reino.
SALOMÉ.
–¿Lo Juráis, tetrarca?
HERODES.
–Lo Juro, Salomé.
HERODÍAS.
–No bailes, hija mía.
SALOMÉ.
–¿Por qué juraréis, tetrarca?
HERODES.
–Por mi vida, por mi corona, por mis dioses. Lo que tú desees te daré, aun la
mitad de mi reino, si sólo bailas para mí. ¡Oh, Salomé, Salomé, baila para mí!
SALOMÉ.
–Habéis jurado, tetrarca.
HERODES.
–He jurado, Salomé.
SALOMÉ.
–Todo lo que pida, aun la mitad de vuestro reino.
HERODÍAS.
–Hija mía, no bailes.
HERODES.
–Aun la mitad de mi reino. Tú te verás hermosa como una reina, Salomé, si te
place pedir la mitad de mi reino. ¿No se verá hermosa como una reina? ¡Ah, hace
frío aquí! Hay un viento helado, y oigo... ¿de dónde oigo en el aire ese
aleteo? ¡Ah! Se podría imaginar un pájaro, un enorme pájaro negro que se cierne
sobre la terraza. ¿Por qué no puedo ver a ese pájaro? Su aleteo es terrible. La
corriente de aire que .provocan. sus alas es terrible. Es un aire frío. No, no
es frío, es caliente. Me estoy ahogando. Verted agua sobre mis manos. Dadme a
comer nieve. Aflojad mi capa. ¡Rápido, rápido, aflojad mi capa! No, dejadla. Es
mi guirnalda lo que me molesta, mi guirnalda de rosas. Las flores son como
fuego. Me han quemado la frente. (Se quita la corona de la cabeza y la arroja
sobre la mesa.) ¡Ah! Ahora puedo respirar. ¡Cuán rojos son esos pétalos! Son
como manchas de sangre sobre el mantel. Eso no importa. No se debe hallar
símbolos en todo lo que se ve, porque así la vida se torna imposible. Seria
mejor decir que las manchas de sangre son tan hermosas como los pétalos de
rosa. Sería muchísimo mejor decir eso... Pero no hablaremos de eso. Ahora estoy
feliz, estoy pasando una velada feliz. ¿Acaso no tengo el derecho de ser feliz?
Tu hija bailará para mí ¿No bailarás para mí, Salomé? Has prometido bailar para
mí.
HERODÍAS.
–No le permitiré que baile.
SALOMÉ.
–Bailaré para vos, tetrarca.
HERODES.
–Oyes lo que dice tu hija. Bailará para mí. Haces bien al bailar para mí,
Salomé. y cuando hayas bailado para mí, no olvides pedirme lo que desees. Sea
lo que fuere lo que desees, te lo daré, aun la mitad de mi reino. Lo he jurado,
¿verdad?
SALOMÉ.
–Lo habéis jurado, tetrarca.
HERODES.
–Y nunca he faltado a mi palabra. No soy de aquellos que no cumplen sus
promesas. No sé mentir. Soy el esclavo de mi palabra, y mi palabra es la
palabra de un rey. El rey de Capadocia siempre miente, pero él no es un
verdadero rey. Es un cobarde. También me debe dinero que no quiere devolverme.
Hasta ha insultado a mis embajadores. Pronunció palabras que fueron hirientes.
Pero César lo crucificará cuando vaya a Roma. Estoy seguro de que César lo
crucificará. y si no, de todos modos morirá, y será comido por los gusanos. El
profeta lo ha profetizado. ¡Bien!, ¿por qué te demoras, Salomé?
SALOMÉ.
–Estoy esperando que mis esclavas me traigan perfumes y los siete velos, y que
me quiten las sandalias. (Las esclavas traen perfumes y los siete velos, y
quitan las sandalias de Salomé.)
El
servicio de Salomé (The toilette of Salome)
HERODES.
–Ah, vas a bailar descalza. ¡Muy bien! ¡Muy bien! Tus pequeños pies serán como
blancas palomas. Serán como pequeñas flores blancas que danzan sobre los
árboles... No, no, va a bailar sobre la sangre. Hay sangre derramada sobre el
piso. No debe bailar sobre la sangre. Sería un mal augurio.
HERODÍAS.
–¿A ti qué te importa si baila sobre sangre? Tú te has sumergido bastante en
sangre...
HERODES.
–¿Qué me importa? ¡Ah, mira la Luna! Se ha vuelto roja. Se ha vuelto roja como
la sangre. ¡Ah!, el profeta profetizó bien. Profetizó que la Luna se tornaría
roja como la sangre. ¿No lo profetizó él? Todos vosotros lo oísteis. y ahora la
Luna se ha tornado roja como la sangre. ¿No la ves, tú?
HERODÍAS.
–Oh, sí, la veo bien, y las estrellas están cayendo como higos maduros,
¿verdad? y el Sol se está tornando negro como un paño de luto, y los reyes de
la Tierra están asustados. Eso al menos se puede ver. El profeta, por una vez
en su vida, tuvo razón; los reyes de la Tierra están asustados... Entremos. Tú
no estás bien. Dirán en Roma que estas loco. Entremos, te digo.
LA
VOZ DE JUAN. –¿Quién es éste que viene de Edom, quién es éste que viene de
Bozra, cuya ropa está teñida de púrpura, que brilla en la belleza de sus
atavíos, que camina poderosamente en su grandeza? ¿Por qué su ropa está
manchada de escarlata?
HERODÍAS.
–Entremos. La voz de ese hombre me enloquece. No permitiré que mi hija baile
mientras él grita continuamente. No permitiré que ella baile mientras tú la
miras de esa manera. En una palabra, no permitiré que baile.
HERODES.
–No te incorpores, mi esposa, mi reina, porque no te servirá de nada. No
entraré hasta que ella haya bailado. Baila, Salomé, baila para mí.
HERODÍAS.
–No bailes, hija mía.
SALOMÉ.
–Estoy pronta, tetrarca. (Salomé baila la danza de los siete velos.)
La
danza de Salomé (The stomach dance)
HERODES.
–¡Ah! ¡Maravilloso! ¡Maravilloso! Tú ves que ella ha bailado para mí, tu hija.
Acércate, Salomé, acércate, para que pueda darte tu recompensa. ¡Ah, pago bien
a las bailarinas! A ti te pagaré realmente. Te daré lo que sea que desees. ¿Qué
quieres tú? Habla.
SALOMÉ
(arrodillándose). –Quiero que me traigan en seguida en una bandeja de plata...
HERODES
(riendo). –¿En una bandeja de plata? Por cierto que sí, en una bandeja de
plata. Ella es encantadora, ¿verdad? ¿Qué es lo que deseas en una bandeja de
plata, oh dulce y bella Salomé, que eres más bella que todas las hijas de
Judea? ¿Qué quieres que te traigan en una bandeja de plata? Dímelo. Sea lo que
fuere, te lo darán. Mis tesoros son tuyos. ¿Qué es, Salomé?
SALOMÉ
(incorporándose). –La cabeza de Juan.
HERODÍAS.
–¡Ah, eso es hablar bien, hija mía!
HERODES.
–¡No, no!
HERODÍAS.
–Eso es hablar bien, hija mía.
HERODES.
–No, no, Salomé. No me pidas eso. No escuches la voz de tu madre. Siempre te
está aconsejando mal. No la atiendas.
SALOMÉ.
–No atiendo a mi madre. Es por mi propio placer que pido la cabeza de Juan en
una bandeja de plata. Habéis jurado, Herodes. No olvidéis que habéis jurado.
HERODES.
–Lo sé. He jurado por mis dioses. Lo sé bien. Pero te ruego, Salomé, pídeme
otra cosa. Pídeme la mitad de mi reino, y te lo daré. Pero no me pidas lo que
me has pedido.
SALOMÉ.
–Os pido la cabeza de Juan.
HERODES.
–No, no, no lo deseo.
SALOMÉ.
–Lo habéis jurado, Herodes.
HERODÍAS.
–Sí, lo has jurado. Todo el mundo te oyó. Lo juraste ante todo el mundo.
HERODES.
–¡Cállate! No es a ti a quien hablo.
HERODÍAS.
–Mi hija ha hecho bien al pedir la cabeza de Juan. Él me ha cubierto de
insultos. Ha dicho cosas monstruosas de mí. Se puede ver que ella ama a su
madre. No cedas, hija mía. Él ha jurado, él ha jurado.
HERODES.
–¡Cállate, no me hables... ! Ven, Salomé, sé razonable. Nunca he sido duro
contigo. Siempre te he querido... Tal vez te haya querido demasiado. Entonces
no me pidas eso. Eso es algo terrible, una cosa espantosa lo que me pides. Sin
duda, creo que debes estar bromeando. La cabeza de un hombre que se ha cortado
de su cuerpo no es grata de ver, ¿verdad? No es apropiado que los ojos de una
virgen se posen sobre tal cosa. ¿Qué placer podrías encontrar en ello? Ninguno.
No, no, no es eso lo que deseas. Escúchame. Tengo una esmeralda, una gran
esmeralda redonda, que me envió el favorito de César. Si miras a través de esa
esmeralda, puedes ver cosas que ocurren a una gran distancia. Cesar mismo lleva
una esmeralda igual cuando va al circo. Pero mi esmeralda es más grande. Es la
esmeralda más grande del mundo entero. Te gustaría, ¿verdad? Pídemela y te la
daré.
SALOMÉ.
–Pido la cabeza de Juan.
HERODES.
–Tú no me escuchas. Tú no me escuchas. Déjame hablar. Salomé.
SALOMÉ.
–La cabeza de Juan.
HERODES.
–No, no, tú no quieres eso. Lo dices para perturbarme, porque te he mirado
durante toda la velada. Tu belleza me ha perturbado. Tu belleza me ha
perturbado dolorosamente, y te he mirado demasiado. Pero no te miraré más. Ni a
las cosas ni a la gente debería uno mirar. Sólo en los espejos se debería
mirar, porque los espejos sólo nos muestran máscaras. ¡Oh! ¡Oh! ¡Traedme vino!
Tengo sed... Salomé, Salomé, seamos amigos. ¡Bien, ahora... ! ¡Ah!, ¿qué quería
decirte? ¿Qué era? ¡Ah, ya recuerdo... ! Salomé..., no, ven más cerca de mí;
temo que no me escuches... Salomé, tú conoces mis pavos reales blancos, mis
hermosos pavos reales blancos, que andan por el jardín entre los mirtos y los
altos cipreses. Sus picos están recubiertos de oro, y los granos que comen
también están recubiertos de oro, y tienen pies manchados de púrpura. Cuando
gritan viene la lluvia, y la Luna se asoma al cielo cuando ellos despliegan la
cola. De a dos andan entre los cipreses y los mirtos negros, y cada uno dispone
de un esclavo que lo atiende. A veces vuelan a través de los árboles y luego se
acomodan sobre la hierba, alrededor del lago. No hay rey en todo el mundo que
posea aves tan maravillosas. Estoy seguro de que César mismo no tiene aves tan
finas como las mías. Te daré cincuenta de mis pavos reales. Te seguirán por
todas partes, y entre ellos serás como la Luna en medio de una gran nube
blanca... Te los daré todos a ti. Sólo tengo un centenar, y en todo el mundo no
hay rey que posea pavos reales como los míos. Pero te los daré todos a ti. Sólo
que tú debes liberarme de mi compromiso y no debes pedirme aquello que me has
pedido.
Vacía
la copa de ovino.
SALOMÉ.
–Dadme la cabeza de Juan.
HERODÍAS.
–¡Eso es hablar bien, hija mía! En cuanto a ti, eres ridículo con tus pavos
reales.
HERODES.
–¡Calla! Tú gritas siempre; tú gritas como un animal de presa. No debes
hacerlo. Tu voz me fastidia. Calla, digo... Salomé, piensa en lo que estás
haciendo. Este hombre tal vez venga de Dios. Es un hombre santo. El dedo de
Dios lo ha tocado. Dios le ha puesto en la boca palabras terribles. En el
palacio como en el desierto, Dios está siempre con el... Al menos es posible.
Uno no sabe. Es posible que Dios esté por él y con él. Además, si él muriera
podría ocurrirme algún infortunio. En todo caso, dijo que el día en que él
muera a alguien le ocurrirá algún infortunio. Eso sólo puede indicar que el
infortunio me ocurrirá a mí. Recuerda, resbalé en la sangre cuando entré.
Además, oí un aleteo en el aire, el movimiento de alas poderosas. Esos son
augurios muy malos, y hubo otros. Estoy seguro de que hubo otros, aunque no los
vi. Bien, Salomé, ¿tú no querrás que me ocurra un infortunio? Tú no deseas eso.
Escúchame, entonces.
SALOMÉ.
–Dadme la cabeza de Juan.
HERODES.
–¡Ah, tú no me estás escuchando! Cálmate. Yo... yo estoy calmo. Estoy muy
calmo. Escucha. Poseo joyas ocultas en este lugar... joyas que tu madre jamás
ha visto; joyas que son maravillosas. Tengo un collar de perlas de cuatro
vueltas. Son como lunas unidas con rayos de plata. Son como cincuenta lunas
apresadas en una red dorada. Sobre el marfil de su pecho lo ha lucido una
reina. Tú lucirás tan hermosa como una reina cuando te adornes con él. Tengo
amatistas de dos clases, una que es negra como el vino, y una que es roja como
el vino que ha sido coloreado con agua. Tengo topacios, amarillos como son los
ojos de los tigres, y topacios que son rosados como los ojos de las palomas
torcazas, y topacios verdes que son como los ojos de los gatos. Tengo ópalos
que arden siempre con una llama como la del hielo, ópalos que entristecen la
mente de los hombres y que temen a las sombras. Tengo ónices como los ojos de
una mujer muerta. Tengo adularias que cambian cuando cambia la Luna y que
empalidecen al ver al Sol. Tengo zafiros grandes como huevos y azules como
flores. El mar circula dentro de ellos y la Luna nunca va a perturbar el azul
de sus olas. Tengo crisólitos y berilos y crisoprasas y rubíes. Tengo piedras
de sardónice y de jacinto, y piedras de calcedonia, y te las daré todas a ti,
todas, y agregaré a ellas otras cosas. El rey de las Indias acaba de enviarme
cuatro abanicos hechos con plumas de papagayo, y el rey de Numidia una prenda
de plumas de avestruz. Tengo un cristal en el que a las mujeres no les es
lícito mirar, y tampoco pueden los hombres jóvenes contemplarlo hasta que han
sido castigados con varas. En un estuche de nácar tengo tres magníficas
turquesas. Aquel que las luzca sobre la frente puede imaginar cosas que no
existen, y el que las lleva sobre la cabeza puede hacer estériles a las
mujeres. Estos son grandes tesoros que están por encima de todo precio. Son
tesoros que no tienen precio. Pero eso no es todo. En un estuche de ébano tengo
dos copas de ámbar que son como manzanas de oro. Si un enemigo vierte veneno en
esas copas, éstas se tornan como una manzana de la plata. En un cofre taraceado
con ámbar tengo sándalos con incrustaciones de cristal. Tengo capas que han
sido traídas de la tierra de Seres, y brazaletes adornados con carbunclos y con
jade que vienen de la ciudad de Éufrates... ¿Qué puedes desear más que esto,
Salomé? Dime lo que deseas, y te lo daré. Todo lo que me pidieras te lo daré,
menos una cosa. Te daré todo lo que es mío, menos una vida. Te daré la túnica
del gran sacerdote. Te daré el velo del santuario.
LOS
JUDÍOS. –¡Oh. ¡Oh!
SALOMÉ.
–Dadme la cabeza de Juan.
HERODES
(hundiéndose en su asiento). ––¡Que tenga lo que pide! ¡En verdad que es la
hija de su madre! (Al Primer Soldado, que se acerca. Herodías retira de la mano
del tetrarca el anillo de la muerte y se lo da al Soldado, quien inmediatamente
lo entrega al Verdugo. El Verdugo parece atemorizado.) ¿Quién ha tomado mi
anillo? Había un anillo en mi mano derecha. ¿Quién ha bebido mi vino? Había
vino en mi copa. Estaba llena de vino. ¿Alguien lo ha bebido? ¡Oh, seguramente
algún mal caerá sobre alguien! (El Verdugo desciende en la cisterna.) ¡Ah! ¿Por
qué pronuncié mi juramento? Los reyes nunca deberían comprometer su palabra. Si
no cumplen, es terrible, y si cumplen, es terrible también.
HERODÍAS.
–Mi hija ha hecho bien.
HERODES.
–Estoy seguro de que ocurrirá algún infortunio.
SALOMÉ
(se apoya en el borde de la cisterna y escucha). –No hay ningún sonido. No oigo
nada. ¿Por qué no grita, ese hombre? ¡Ah, si algún hombre tratara de matarme,
yo gritaría, lucharía, no permitiría...! Golpea, golpea, Naaman, golpea, te
digo... No, no oigo nada. Hay silencio, un terrible silencio. ¡Oh! Algo ha
caído al suelo. Oí que algo caía. Es la espada del verdugo. Está asustado ese
esclavo. Ha dejado caer su espada. No se atreve a matarlo. ¡Es un cobarde, ese
esclavo! Enviad soldados. (Ve al Paje de Herodías y se dirige a él.) Ven aquí,
¿tú eras amigo de aquel que está muerto, verdad? Bien, te digo, no hay hombres
muertos suficientes. Ve a los soldados y ordénales que desciendan y me traigan
lo que pido, lo que el tetrarca me ha prometido, lo que es mío. (El Paje
retrocede. Ella se vuelve a los Soldados.) Aquí, soldados. Descended por esta
cisterna y traedme la cabeza de ese hombre. (Los Soldados retroceden.)
Tetrarca, tetrarca, ordenad a vuestros soldados que me traigan la cabeza de
Juan.
Un
enorme brazo negro, el brazo del Verdugo, emerge de la cisterna sosteniendo
sobre un escudo de plata la cabeza de Juan. Salomé la toma. Herodes oculta el
rostro en su capa. Herodías sonríe y se abanica. Los Nazarenos caen de rodillas
y comienzan a rezar.
El
premio de la bailarina (The dancer´s reward)
SALOMÉ.
–¡Ah! Tú no me dejaste besar tu boca, Juan. ¡Bien! Ahora la beso. La morderé
con mis dientes como se muerde la fruta madura. Sí, besaré tu boca, Juan. Lo
dije. ¿No lo dije? Lo dije. ¡Ah! La besaré ahora... ¿Pero por qué no me miras,
Juan? Tus ojos, que eran tan terribles, tan un llenos de ira y desprecio, están
cerrados ahora. ¿Por qué están cerrados? ¡Abre los ojos! ¡Levanta los párpados,
Juan! ¿Por qué no me miras? ¿Me temes, Juan, que no deseas mirarme... ? Y tu
lengua, que era como una serpiente roja que lanzaba veneno, ya no se mueve,
nada dice ahora, Juan, esta víbora escarlata que escupió su veneno sobre mí. Es
extraño, ¿no? ¿Cómo es que la víbora roja no se agita más... ? Tú no quisiste
nada de mí, Juan. Tú me rechazaste. Pronunciaste terribles palabras contra mí.
¡Me trataste como a una ramera, como a una mujerzuela, a mí, a Salomé, hija de
Herodías, princesa de Judea! ¡Bien, Juan, yo aún vivo, pero tú, tú estás
muerto, y tu cabeza me pertenece! Puedo hacer con ella lo que desee. Puedo arrojarla
a los perros y a los pájaros del aire. Lo que dejen los perros lo devorarán los
pájaros del aire... Ah, Juan, Juan, tú fuiste el único hombre que he amado.
Todos los otros hombres son odiosos para mí. ¡Pero tú, tú eras hermoso! Tu
cuerpo era una columna de marfil colocada sobre una base de plata. Era un
jardín lleno de palomas y de lirios plateados. Era una torre de plata adornada
con escudos de marfil. No había nada en el mundo tan blanco como tu cuerpo. No
había nada en el mundo tan negro como tu pelo. En todo el mundo no había nada
tan rojo como tu boca. Tu voz era un incensario que exhalaba extraños perfumes,
y cuando te miré oí una extraña música ¡Ah! ¿Por qué no me miraste, Juan?
Detrás de tus manos y tus maldiciones ocultaste tu rostro. Pusiste sobre tus
ojos la cubierta de aquel que quiere ver a su Dios. Bien, tú has visto a tu
Dios, Juan, pero a mí, a mí, tú nunca me viste. Si me hubieras visto, me
hubieses amado. Yo, yo te vi, Juan, y te amé. ¡Oh, cómo te amé! Te amo aún,
Juan, te amo, sólo que... estoy sedienta de tu belleza; tengo hambre de tu
cuerpo; y ni el vino ni la fruta pueden satisfacer mi deseo. ¿Qué haré ahora,
Juan? Ni las avenidas ni las grandes aguas pueden saciar mi pasión. Era una
princesa, y tú me despreciaste. Era una virgen, y tú me quitaste mi virginidad.
Era casta, y tú llenaste de fuego mis venas... ¡Ah! ¡Ah! ¿Por qué no me
miraste, Juan? Sí me hubieras mirado me hubieses amado. Sé que me hubieses
amado, y el misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte. Sólo al
amor se debería considerar.
HERODES.
–Es monstruosa, tu hija, es completamente monstruosa. En verdad, lo que ha
hecho es un crimen contra un Dios desconocido.
HERODÍAS.
–Apruebo lo que ha hecho mi hija. y me quedaré aquí ahora.
HERODES
(poniéndose de pie). –¡Ah! ¡Así habla la esposa incestuosa! ¡Ven! No quiero
quedarme aquí. Ven, te digo. Seguramente ocurrirá algo terrible. Manassé,
Isacar, Osías, apagad las antorchas. No quiero mirar estas cosas, no permitiré
que las cosas me miren. ¡Apagad las antorchas! ¡Ocultad la Luna! ¡Ocultad las
estrellas! Ocultémonos en nuestro palacio, Herodías. Comienzo a estar asustado.
Los
esclavos apagan las antorchas. Las estrellas desaparecen. Una gran nube negra
cruza la Luna y la cubre por completo. El escenario se torna muy obscuro. El
tetrarca comienza a subir la escalera.
LA
VOZ DE SALOMÉ. –¡Ah! He besado tu boca, Juan. He besado tu boca. Había un sabor
amargo en tus labios. ¿Era el sabor de la sangre... ? Pero tal vez sea el sabor
del amor... Dicen que el amor posee un sabor amargo... ¿Pero qué importa eso?
¿Qué importa eso? He besado tu boca, Juan.
Clímax
(The climax)
Un
rayo de luz de la Luna ilumina a Salomé.
HERODES
(que se da vuelta y ve a Salomé). –¡Matad a esa mujer!
Los
soldados se precipitan y aplastan con sus escudos a Salomé, hija de Herodías,
princesa de Judea.
Final
TELÓN

