Libro N° 4086. Doce Cuentos De Isaak Bábel. Antología: Molina Miranda, Guillermo
© Libro N° 4086. Doce Cuentos De Isaak Bábel. Antología: Molina Miranda, Guillermo. Colección
E.O. Agosto 19 de 2017.
Título
original: © Doce Cuentos De Isaak
Bábel. Antología. GMM
Versión Original: © Doce Cuentos De Isaak Bábel.
Antología. GMM
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DOCE CUENTOS DE
Isaak Bábel
Antología
Guillermo Molina Miranda
CONTENIDO
EN EL SÓTANO
EL DESPERTAR
EL FIN DEL ASILO
EL PRIMER AMOR
HISTORIA DE MI PALOMAR
LIUBKA LA COSACO
ASÍ SE HACÍA EN ODESA
EL REY
AL CONTADO
CUENTO SOBRE UNA MUJER
EN LA ESTACIÓN FERROVIARIA
PRISCHEPA
ISAAK BÁBEL
EN EL SÓTANO
Yo era un niño mentiroso. La culpa era de la lectura.
Tenía mi imaginación siempre incandescente. Leía en clase, en el recreo, camino
de casa, de noche bajo la mesa, tapándome con un mantel que llegaba al suelo.
Debido a los libros pasé por alto todas las cosas de este mundo: las
escapatorias de la escuela al puerto, el comienzo de los billares en los cafés
de la calle Gréchevskaya, los baños en Lanzherón. No tenía amistades. ¿A quién
le agradaría tratar a un tipo así?
Un día vi en poder de Mark Borgman, nuestro primer alumno,
un libro sobre Spinoza. Él acababa de leerlo y sin poder contenerse comenzó a
hablar a los muchachos que le rodeaban de la Inquisición española. Lo que
contaba era una farfulla científica. Las palabras de Borgman estaban
desprovistas de poesía.
No aguanté y me entrometí. Hablé a los que quisieron
escucharme del viejo Amsterdam, de las tinieblas del ghetto, de los
filósofos-tallistas de diamantes. Agregué mucho de mi cosecha a lo leído en los
libros. Sin eso no podía pasar. Mi imaginación confería fuerzas a las escenas
dramáticas, trastocaba los finales, ponía misterio en los comienzos. La muerte
de Spinoza, su muerte redimida y solitaria, quedó transformada por mi
imaginación en una contienda. El sanedrín quiso obligar al moribundo a
confesar, pero él no retrocedió. Allí mismo intercalé a Rubens. Me imaginé que
Rubens había permanecido ante el lecho de Spinoza y había sacado la mascarilla
mortuoria.
Mis condiscípulos escucharon la fantástica novela con la
boca abierta. Fue una novela contada con inspiración. Nos separamos con
disgusto al oír el timbre. En el recreo siguiente Borgman se acercó a mí, me
tomó de la mano y comenzamos a pasear juntos. Al poco rato nos pusimos de
acuerdo. Borgman no tenía las fastidiosas características del primer alumno.
Para su cerebro recio la ciencia escolar era como los garabatos al margen de un
libro auténtico. Buscaba esos libros con verdadera ambición. Con la ingenuidad
de nuestros doce años sabíamos ya que le esperaba una vida sabia, nada común.
No preparaba las lecciones, sólo las escuchaba. Aquel muchacho juicioso y
formal me tomó afecto por mi manera de trastocar todas las cosas del mundo, las
cosas más simples que cabe imaginar.
Aquel año pasamos a tercer grado. Mi cartilla estaba
plagada de treses con menos. Con mis desvaríos era yo tan raro que los
maestros, después de pensarlo, no se atrevieron a ponerme doses. A comienzos
del verano Borgman me invitó a su casa de campo. Su padre era director del
Banco Ruso de Comercio Exterior. Era uno de los que convertía a Odesa en una
Marsella o en un Nápoles. Tenía madera de viejo negociante odesita. Pertenecía
al grupo de los calaveras escépticos y corteses. El padre de Borgman procuraba
no utilizar el idioma ruso; se expresaba en el lenguaje tosco y entrecortado de
los capitanes de Liverpool. En abril nos visitó una ópera italiana y Borgman
ofreció una comida en su casa a toda la compañía. Aquel banquero abotagado, el
último de los negociantes de Odesa, sostuvo un romance de dos meses con la
tetuda primera cantante. Ella se llevó recuerdos que no remordían la conciencia
y un collar elegido con gusto y no muy caro.
El viejo ocupaba el cargo de cónsul argentino y de
presidente del comité bursátil. A su casa, pues, yo fui invitado. Mi tía
—llamada Bobka— lo comunicó a todo el patio. Me endomingó lo mejor que pudo.
Fui en el tren hasta la estación 16 del Gran Fontán. El chalet se hallaba sobre
un acantilado rojizo a la vera del mar. En la ladera crecía un parterre con
fucsias y con tuyas podadas en forma de esfera.
Yo procedía de una familia mísera y torpe. El ambiente en
el chalet de Borgman me asombró. En las veredas, ocultos entre el verdor,
blanqueaban sillones de mimbre. La mesa de comer estaba cubierta de flores, las
ventanas estaban engastadas en jambajes verdes. Ante la casa había una
espaciosa columnata de madera.
A la tarde llegó el director del banco. Después de comer
colocó un sillón de mimbre al borde mismo del acantilado, ante la llanura del
mar, levantó las piernas con pantalones blancos, encendió un puro y se puso a
leer «Manchester Guardian». Los convidados, señoras de Odesa, jugaban al póker
en la galería. En una esquina de la mesa susurraba un samovar estrecho con asas
de marfil.
Aquellas mujeres —aficionadas a las cartas y a los dulces,
lechuguinas desaseadas y libertinas secretas, de ropa perfumada y grandes
caderas— agitaban abanicos negros y ponían monedas de oro. Hasta ellas, a
través de un parral, llegaba el sol. Era un enorme disco de fuego. Los
destellos de bronce hacían más pesadas las cabelleras negras de las mujeres.
Las chispas del ocaso penetraban en los brillantes —brillantes que pendían en
todas partes: en los hoyos de los pechos distanciados, en las orejas retocadas y
en los dedos de hembras eróticas, azulados y mórbidos.
Llegó la noche. Un murciélago voló con un susurro. El mar
se abalanzó aún más sobre la roca colorada. Mi corazón de doce años estaba
henchido de alegría y de la liviandad de la riqueza ajena. Mi amigo y yo,
cogidos de la mano, paseábamos por una vereda apartada. Borgman me dijo que
sería ingeniero de aviación. Se rumoreaba que su papá sería designado
representante del Banco Ruso de comercio exterior en Londres; Mark llegaría a
estudiar en Inglaterra.
En nuestra casa, en casa de la tía Bobka, no se trataban
esas cosas. Yo no tendría con qué pagar aquel esplendor continuo. Entonces le
dije a Mark que, aunque en nuestra casa era todo diferente, mi abuelo
Leivi-Itsjok y mí tío dieron la vuelta al mundo y pasaron miles de aventuras.
Describí por orden todas las aventuras. El sentido de lo imposible me abandonó
inmediatamente y pasé a mi tío Volf por la guerra ruso-turca hasta Alejandría,
en Egipto...
La noche se enderezó en los álamos, las estrellas se
posaron sobre las ramas cedientes. Yo hablaba y agitaba los brazos. Los dedos
del futuro ingeniero de aviación se estremecían en mi mano. Despertó con
dificultad de las alucinaciones y prometió ir a mi casa el domingo siguiente.
Con esa promesa regresé en el tren a casa, adonde Bobka.
Toda la semana siguiente a mi visita me creí ser director
de banco. Realicé operaciones millonarias con Singapur y Port Said. Adquirí un
yate y viajaba solo. El sábado llegó la hora del despertar. Mañana me visitaría
el pequeño Borgman. No había nada de lo que yo le conté. Había algo mucho más
asombroso de lo inventado por mí, pero a mis doce años yo no sabía qué hacer
con la verdad en este mundo. El abuelo Leivi-Itsjok, rabí expulsado de su lugar
por falsificar en las letras de cambio la firma del conde de Branitski, era un
loco, en opinión de nuestros vecinos y de los niños del barrio. Al tío
Simón-Volf yo no lo aguantaba por sus extravagancias estrepitosas, llenas de
fogosidad absurda, de gritería y de opresión. La única tratable era Bobka.
Bobka se enorgullecía de que yo tuviera por amigo al hijo de un director de
banco.
Veía en esa amistad el comienzo de una carrera y preparó
para el invitado una tarta con dulce y un pastel con semillas de amapola. Todo
el corazón de nuestra tribu, un corazón muy curtido en la lucha, quedó
expresado en aquellos pasteles. Al abuelo, con su chistera rota y su trapería
en los pies hinchados, lo ocultamos en casa de los Apeljot, nuestros vecinos;
le imploré que no apareciera hasta que el visitante se hubiera marchado. Con
Simón-Volf la cosa también se arregló. Se marchó con sus amigos chalanes a
tomar té en la taberna «El oso». En aquella taberna servían aguardiente además
de té y cabía esperar que Simón-Volf tardaría en regresar. Debo decir que mi
familia no se parecía a otras familias judías. En nuestro clan hubo borrachos,
hubo seductores que se llevaron a hijas de generales y las abandonaron antes de
pasar la frontera, mi abuelo falseaba firmas y componía para esposas
abandonadas cartas de chantaje.
Hice todo lo posible por mantener todo el día fuera a
Simón-Volf. Le di los tres rublos ahorrados. Para gastar tres rublos se
requiere un tiempo. Simón-Volf regresaría tarde y el hijo del director del
banco jamás sabría que el relato acerca de la bondad y de la fuerza de mi tío
era una patraña. Bien mirado, pensado con el corazón, era verdad y no mentira,
pero el que viera a Simón-Volf, sucio y chillón jamás llegaría a comprender esa
verdad.
El domingo por la mañana Bobka se puso un vestido de paño
marrón. Su pecho bonachón y grueso se desparramó por todos los lados. Se colocó
una pañoleta de negras flores estampadas, de esas pañoletas que se ponen para
ir a la sinagoga el día del juicio final y en el Rosch Ha-Shanan. Bobka situó
en la mesa pasteles, dulces y roscos y se puso a esperar. Vivíamos en un
sótano. Borgman arqueó las cejas al pisar el suelo irregular del pasillo. En el
zaguán había una tinaja con agua. Apenas entró comencé a distraerle con una
serie de cosas curiosas. Le mostré un despertador hecho hasta el último
tornillo por mi abuelo. El reloj llevaba una lámpara que se encendía cuando
daban las medias y las horas. Le mostré también un tonelete con betún. La
fórmula de aquel betún había sido descubierta por Leivi-Itsjok que no revelaba
a nadie el secreto. Después Borgman y yo leímos algunas páginas del manuscrito
del abuelo. Escribía en hebreo sobre unas hojas amarillas cuadradas, enormes
como mapas geográficos. El manuscrito se titulaba «El hombre sin cabeza». Allí
estaban retratados todos los vecinos de Leivi-Itsjok en los setenta años de su
vida: primero en Skvir y Bélaya Tsérkov y después en Odesa. Los personajes de
Leivi-Itsjok eran fabricantes de ataúdes, chantres, judíos borrachos, cocineras
de circuncisiones y granujas que hacían operaciones rituales. Todos eran gente
absurda, premiosa, con narices abultadas, granos en la coronilla y traseros
ladeados. Durante la lectura apareció Bobka con su vestido marrón. Llegaba con
el samovar en una bandeja guarnecida con su pecho grueso y bonachón. Hice la
presentación. Bobka dijo: «Mucho gusto», alargó los dedos sudados e inmóviles y
dio un taconazo. La cosa no podía marchar mejor. Los Apeljot no soltaban al
abuelo. Yo extraía sus tesoros, uno por uno: gramáticas en todas las lenguas y
sesenta y seis tomos del Talmud. Mark quedó cegado con el tonelete de betún,
con el despertador y con la montaña del Talmud, algo que no se vería en ninguna
otra casa.
Tomamos dos vasos de té con tarta, Bobka desapareció
asintiendo con la cabeza y reculando. Embargado por la alegría me puse en
postura y comencé a recitar las estrofas que más me gustaban en mi vida.
Antonio, ante el cadáver de César, se dirige al pueblo de Roma:
«¡Amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención!
¡Vengo a inhumar a César, no a ensalzarle!»[1]
Así comienza Antonio el juego. Yo perdí la respiración y
puse las manos sobre el pecho.
«Era mi amigo, para mí leal y sincero; pero Bruto dice que
era ambicioso. Y Bruto es un hombre honrado. Infinitos cautivos trajo a Roma,
cuyos rescates llenaron el tesoro público. ¿Parecía esto ambición en César?...
Siempre que los pobres dejaban oír su voz lastimera, César lloraba. ¡La
ambición debería ser de una sustancia más dura! Pero Bruto dice que era
ambicioso. Y Bruto es un hombre honrado... Todos visteis que en las Lupercales
le presenté tres veces una corona real, y la rechazó tres veces. ¿Era esto
ambición? Pero Bruto dice que era ambicioso. Y Bruto es un hombre honrado.»
Ante mis ojos, en la niebla del universo, pendía el rostro
de Bruto. Estaba blanco como la tiza. El pueblo romano, rezongando, marchaba
sobre mí. Levanté la mano; los ojos de Borgman se desplazaron sumisos tras
ella, mi puño apretado tembló. Levanté la mano... y vi tras la ventana al tío
Simón-Volf que cruzaba el patio en compañía del chalán Leikaj. Llevaba a
cuestas una percha de astas de ciervo y un arca roja con colgantes en forma de
fauces de león. Bobka también los vio por la ventana. Olvidándose del huésped
irrumpió en la habitación y me agarró con manos temblorosas.
—Corazón mío, ha comprado más muebles... Borgman,
introducido en su uniformito, se levantó y asombrado hizo una reverencia a
Bobka. Intentaban abrir la puerta. En el pasillo se oyó un estruendo de botas y
el ruedo de un arca que se arrastra. Las voces de Simón-Volf y del pelirrojo
Leikaj atronaban. Ambos estaban a medios pelos.
—Bobka —gritó Simón-Volf—, adivina: ¿cuánto di por esos
cuernos?
Aunque chillaba como una trompeta, en su voz había
vacilación. Simón-Volf, borracho como estaba, recordaba que odiábamos al
pelirrojo Leikaj que le empujaba a comprar, que nos invadía con muebles
innecesarios, absurdos.
Bobka callaba. Leikaj algo murmulló a Simón-Volf. Para
ahogar su silbido de serpiente, para acallar mi temor, grité con palabras de
Antonio:
«¡Ayer todavía, la palabra de César hubiera podido
prevalecer contra el universo! ¡Ahora yace aquí, y nadie hay tan humilde que la
reverencie! ¡Oh señores! Si estuviera dispuesto a excitar al motín y a la
cólera a vuestras mentes y corazones, sena injusto con Bruto y con Casio,
quienes, como todos sabéis, son hombres honrados...»
En este lugar se escuchó un golpe. Golpeada por su marido,
Bobka cayó al suelo. Por lo visto, hizo alguna observación amarga sobre las
astas de ciervo. Comenzaba el diario espectáculo. La voz de bronce de
Simón-Volf tapaba todas las rendijas del universo.
—Estáis haciendo de mí gelatina —gritaba mi tío con voz
estruendosa—, estáis haciendo de mí gelatina para atiborrar vuestras bocas de
perro... El trabajo me arrebató el alma. Ya no tengo con qué trabajar. No me
quedan manos. No me quedan pies... Me cargasteis una piedra del pescuezo, tengo
una piedra colgada del pescuezo...
Nos maldecía a Bobka y a mí con imprecaciones judías,
prometiéndonos que se nos vaciarían los ojos, que nuestros hijos comenzarían a
pudrirse y a descomponerse en las entrañas de la madre, que no tendríamos
tiempo para enterrarnos unos a otros y que nos arrastrarían por los pelos a una
fosa común. El pequeño Borgman se levantó de su asiento. Estaba pálido y miraba
a todos lados. Aunque desconocía los giros del sacrilegio judío, conocía las
blasfemias rusas. Simón-Volf tampoco las desdeñaba. El hijo del director del
banco estrujaba su gorrita en la mano. El se dividía en mis ojos y yo intentaba
acallar todo el mal del mundo. Mi desesperación agónica y la muerte de César se
convirtieron en una sola cosa. Yo estaba muerto y yo gritaba. Los estertores se
levantaban desde lo hondo de mi ser.
«Si tenéis lágrimas, disponeos a verterlas. ¡Todos
conocéis este manto! Recuerdo cuando César lo estrenó. Era una tarde de estío,
en su tienda, el día que venció a los nevrios. ¡Mirad: por aquí penetró el
puñal de Casio! ¡Ved qué brecha abrió el envidioso Casca! ¡Por esta otra le
hirió su amado Bruto! ¡Y al retirar su maldecido acero, observad cómo la sangre
de César parece haberse lanzado en pos de él!...»
Nada podía ahogar la voz de Simón-Volf. Sentada en el
suelo, Bobka sollozaba y se sonaba. El impávido Leikaj movía un arca al otro
lado del tabique. En esto mi demencial abuelo quiso acudir en mi ayuda. Se
escapó de los Apeljot, se situó junto a la ventana y comenzó a rascar el
violín, quizá para que los extraños no oyesen las blasfemias de Simón-Volf.
Borgman se asomó a la ventana, abierta a ras de la calle y se retiró espantado.
Mi pobre abuelo estaba haciendo muecas con su osificada boca azul. Llevaba una
chistera retorcida, una clámide negra enguatada con botones de hueso y choclos
en sus pies elefantinos. Su barba ahumada pendía en guedejas y se mecía tras la
ventana. Mark huía.
—No tiene importancia —balbuceaba cuando se escapaba a la
calle—, francamente, no tiene importancia...
Por el patio pasó rápidamente su uniformito y su gorra de
ala subida.
Mark se fue y yo me tranquilicé. Quedé esperando la noche.
El abuelo rellenó de ganchos hebreos su cuartilla cuadrada (describió a los
Apeljot con los que pasó el día por culpa mía), se tumbó en la cama y se
durmió. Entonces yo salí al pasillo. El piso era de tierra. Yo caminaba en la
oscuridad descalzo y con un camisón remendado. Por las rendijas de las tablas
refulgían los adoquines con filos de luz. La tinaja del agua estaba en el
rincón de siempre. Me metí en ella. El agua me cortó en dos. Sumergí la cabeza,
me asfixié y salí. Desde lo alto, desde un estante, me estaba observando un
gato somnoliento. La segunda vez aguanté más, el agua chapoteaba a mi
alrededor, mi gemido se sumergía en ella. Abrí los ojos y en el fondo de la
tinaja vi mi camisón haciendo vela y las piernas juntas. Volví a enflaquecer y
emergí. Al pie de la tinaja estaba mi abuelo en blusa. Su único diente
tintineaba.
—Nieto mío —pronunció con desprecio y claridad—, voy a
tomar aceite de ricino para tener algo que llevar a tu tumba.
Fuera de mí grité y penetré en el agua con impulso. Me
sacó la mano impotente de mi abuelo. Entonces rompí a llorar por primera vez en
ese día y el mundo de las lágrimas era tan enorme y bello que de mis ojos se
fue todo menos las lágrimas.
Me desperté en la cama enrollado en mantas. Mi abuelo
paseaba por la habitación y silbaba. La gorda Bobka calentaba mis pies en el
pecho.
—Mira cómo tiembla, nuestro tontín —dijo Bobka—, ¿de dónde
sacará el niño las fuerzas para temblar así?
El abuelo se dio un repelón en la barba, silbó y reanudó
su paseo. Tras la pared, con dolorosa expiración, roncaba Simón-Volf. Como se
pasaba el día peleando, de noche nunca despertaba.
[1] Citas tomadas de las «Obras» de W. Shakespeare,
editadas por «Aguilar».
EL DESPERTAR
Toda la gente de nuestra categoría: corredores, tenderos,
bancarios y oficinistas de compañías navieras, enseñaban música a sus hijos.
Nuestros padres, al no ver salida para mí, idearon una lotería. La montaron
sobre los huesos de la gente menor. Odesa quedó afectada por ese delirio más
que otras ciudades. Se debía ello a que durante decenios nuestra ciudad
suministró niños prodigio a las salas de concierto del mundo. De Odesa salieron
Misha Elman, Zimbalist, Gabrilóvich, aquí comenzó Yasha Heifetz.
Al cumplir el niño los cuatro o cinco años, la mamá
llevaba a ese ser minúsculo y enclenque al señor Zagurski. Zagurski tenía una
fábrica de niños prodigio, una fábrica de enanos judíos con cuellos de encaje y
zapatitos de charol. Los encontraba en los tugurios de la Moldavanka y en los
patios macilentos del Bazar viejo. Zagurski daba la primera orientación,
después los niños eran enviados al profesor Auer de Petersburgo. El alma de
aquellos alfeñiques de hinchadas cabezas azules cobijaba una potente armonía.
Llegaban a ser virtuosos de fama. Y mi padre quiso darles alcance. Tenía yo
catorce años, había rebasado la edad de los niños prodigio, pero por mi
estatura y flojedad bien podía pasar por uno de ocho años. En eso estaban todas
las esperanzas.
Me llevaron a Zagurski. Por respeto a mi abuelo accedió
por muy poco precio: un rublo la clase. Mi abuelo, Leivi-Itsjok, era el
hazmerreír de la ciudad y su ornato. Deambulaba con chistera y choclos y
arrojaba luz sobre los asuntos más oscuros. Le preguntaban qué era un gobelino,
por qué los jacobinos traicionaron a Robespierre, cómo se fabrica la seda
artificial, qué es la cesárea. Mi abuelo podía responder a todas esas
preguntas. Por respeto a su sabiduría y a su demencia, Zagurski nos cobraba un
rublo por clase. Es más, por temor a mi abuelo perdía el tiempo conmigo, porque
yo era un caso perdido. Los sonidos se desprendían de mi violín como limaduras
de hierro. A mí mismo aquellos sonidos me tronzaban el corazón, pero mi padre
no me dejaba en paz. En casa sólo se hablaba de Misha Elman, al que el propio
zar liberó del servicio militar. Zimbalist, según las noticias de mi padre, fue
presentado al rey de Inglaterra y tocó en el palacio de Buckingham; los padres
de Gabrilóvich compraron dos casas en Petersburgo. Los niños prodigio habían
enriquecido a sus papás. Mi padre hubiera transigido con la pobreza, pero
necesitaba la fama.
—No puede ser —le susurraban los que comían a cuenta
suya—, no puede ser que el nieto de un abuelo como ese...
Yo era de distinta opinión. Cuando ensayaba los ejercicios
de violín colocaba en el atril un libro de Turguénev o de Dumas y mientras
rascaba el instrumento devoraba una página tras otra. De día contaba a los
chicos de la vecindad patrañas que de noche pasaba al papel. En nuestra familia
la escritura nos venía de herencia. Leivi-Itsjok, que a la vejez se chifló,
durante su vida estuvo escribiendo una novela titulada «El hombre sin cabeza».
Yo salí a él.
Cargado con la funda y las notas me trasladaba tres veces
a la semana a la calle Witte, antes Dvoriánskaya, a casa de Zagurski. Allí,
sentadas a lo largo de la pared, hacían cola judías pletóricas de histérico
entusiasmo. Sobre sus rodillas débiles soportaban unos violines que en tamaño
superaban a quienes llegarían a tocar en el palacio de Buckingham.
Se abría la puerta del santuario. Del despacho de Zagurski
salían dando traspiés niños cabezudos, pecosos, de cuello delgado como el tallo
de una flor y con rubor epiléptico en las mejillas. La puerta volvía a
cerrarse, tragándose al enano siguiente. Tras la pared se desgañitaba cantando
y dirigiendo el maestro, con pajarita, rizos peligrosos y piernas flacas. El,
gerente de la abominable lotería, poblaba la Moldavanka y los negros callejones
del Bazar viejo con espectros del pizzicato y de la cantilena. Después, el
viejo profesor Auer sacaba un brillo infernal a aquella solfa.
En aquella secta yo no tenía nada que hacer. Enano como
ellos, en la voz de mis antepasados escuché otra sugestión.
Me costó dar el primer paso. Un día salí de casa abrumado
con la funda, el violín, las notas y doce rublos —el pago por un mes de
aprendizaje. Iba por la calle Nézhinskaya y tenía que torcer a la Dvoriánskaya
para llegar hasta la casa de Zagurski, pero tiré por la Tiráspolskaya arriba y
aparecí en el puerto. Las tres horas que me correspondían pasaron volando en el
muelle Práctico. Era el comienzo de la emancipación. La antesala de Zagurski ya
no me vio nunca más. Asuntos más importantes ocuparon mi cabeza. Con mi
condiscípulo Nemánov comenzamos a visitar en el barco «Kensington» a un viejo
marinero llamado mister Trottibearn. Nemánov, un año más joven que yo, se
dedicaba desde los ocho años al negocio más extravagante del mundo. Era un
genio de la compraventa y cumplía todo lo que prometía. Hoy es millonario en
Nueva York, director de la General Motors Co., una empresa tan potente como la
Ford. Nemánov me llevaba consigo porque yo le seguía sin rechistar. El compraba
a mister Trottibearn pipas metidas de contrabando. Un hermano del viejo
marinero torneaba las pipas en Lincoln.
—Gentlemen —nos decía mister Trottibearn—, recuerden que
deben hacer a sus hijos con sus propias manos... Fumar una pipa de fábrica es
lo mismo que meterse en la boca el pitorro de una lavativa... ¿Saben quién fue
Benvenuto Cellini?... Fue un maestro. Mi hermano de Lincoln podría hablarles de
él. Mi hermano no impide vivir a nadie. Pero está convencido de que los niños
deben hacerse con las propias manos y no con manos ajenas... No hay más remedio
que darle la razón, gentlemen...
Nemánov vendía las pipas de Trottibearn a directores de
banca, a cónsules extranjeros y a griegos acaudalados... Obtenía el cien por
cien de ganancia.
Las pipas del maestro de Lincoln transpiraban poesía. Cada
una contenía una idea, una gota de eternidad. En su boquilla ardía un ojo
amarillo, los estuches estaban forrados de raso. Yo probé a imaginarme cómo en
la vieja Inglaterra vivía Matews Trottibearn, el último artífice de la pipa,
que se resistía a la marcha de las cosas.
—No tenemos más remedio que admitir que los hijos deben
ser hechos con nuestras propias manos...
Las olas macizas del espolón me alejaban más y más de
nuestra casa con olor a cebolla y a suerte judía. Del muelle Práctico pasé a la
otra parte del rompeolas. Allí, en un trozo de banco de arena, se instalaron
los muchachos de la calle Primórskaya. Desde la mañana hasta la noche, sin
ponerse los pantalones, buceaban por debajo de las chalanas, robaban cocos para
la comida y esperaban la hora en que de Jersón y de Kamenka llegaban las
lanchas con sandías que abrían golpeándolas contra el muelle.
Mi ilusión era aprender a nadar. Me daba vergüenza
confesar a aquellos muchachos bronceados que, habiendo nacido en Odesa, no
había visto el mar hasta los diez años y que a los catorce no sabía nadar.
¡Qué tarde hube de aprender cosas útiles! En mi infancia,
atado al Gemara, llevé vida de persona docta; cuando crecí empecé a subirme a
los árboles.
El arte de nadar resultó inasimilable. Me arrastraba al
fondo la hidrofobia de todos mis antepasados —de rabís españoles y de cambistas
francfortianos. El agua no me sostenía. Flagelado, rebosando agua salada,
volvía a la orilla, al violín y a las notas. Estaba amarrado a las armas de mi
delito y las llevaba conmigo. La lucha de los rabís contra el mar prosiguió
hasta el día que de mí se compadeció Efim Nikítich Smólich, genio de las aguas
de aquella comarca, lector de pruebas de «Novedades de Odesa». El pecho
atlético de aquel hombre cobijaba compasión por los niños judíos. Nikítich
acaudillaba a multitud de alfeñiques raquíticos; los hallaba en los chinchales
de la Moldavanka, los llevaba al mar, los enterraba en la arena, hacía gimnasia
y buceaba con ellos, les enseñaba canciones y mientras se tostaba al sol que
caía de plomo, contaba historietas de pescadores y de animales. A los mayores
Nikítich explicaba que era filósofo naturalista. Los niños judíos se morían de
risa escuchando las historietas de Nikítich, chillaban y se arrebozaban como
cachorros. El sol les asperjaba con pecas inconstantes, con pecas color
lagartija.
El viejo observaba en silencio y de reojo mi cuerpo a
cuerpo con las olas. Cuando vio que no había esperanza y que yo jamás
aprendería a nadar, me incorporó al grupo de los moradores de su corazón. Allí
estaba, con nosotros, su alegre corazón —no se inflaba, no se mostraba ávido,
no se alarmaba... Con hombros de cobre, con cabeza de gladiador envejecido, con
piernas de bronce, un tanto torcidas, se tumbaba con nosotros más allá del
rompeolas, como soberano de aquellas aguas con cáscaras de sandía y manchas de
gasolina. Amé a aquel hombre como sólo un niño afecto de histeria y con dolores
de cabeza puede amar a un atleta. No me separaba de él y procuraba serle útil.
Díjome:
—No te apresures... Fortalece tus nervios. El saber nadar
llegará... No puede ser que no te sostenga el agua... ¿Por qué no te va a
sostener?
Viendo mi esmero, como distinguiéndome entre sus
discípulos, Nikítich me invitó a su casa, una buhardilla espaciosa y limpia con
esteras, me enseñó los perros, el erizo, la tortuga y las palomas. En
correspondencia a tales riquezas yo le entregué la tragedia que había escrito
la víspera.
—Ya me imaginaba que escribías —dijo Nikítich—, tienes
mirada de eso... Por lo general no miras a ninguna parte...
Leyó mis escritos, movió un hombro, pasó la mano por su
pelo crespo y canoso y paseó por la buhardilla...
—Cabe pensar —dijo alargando la frase, poniendo un pausa
entre cada palabra—, que tienes madera...
Salimos a la calle. El viejo se paró, descargó con fuerza
el bastón contra la acera y me miró fijamente.
—¿Qué es lo que te falta?... La juventud es lo de menos,
eso se remedia con los años... Te falta el sentido de la naturaleza.
Con el bastón señaló un árbol de tronco rojizo y de copa
baja.
—¿Qué árbol es ése?
Yo no lo sabía.
—¿Qué crece en esa mata?
Tampoco lo sabía. Caminábamos por un jardincillo de la
avenida Alexándrovski. El viejo señalaba con el bastón todos los árboles, me
tomaba del hombro cuando pasaba un pájaro y me hacía escuchar sus trinos.
—¿Qué pájaro canta?
No lograba responder a ninguna de sus preguntas. El nombre
de los árboles y de las aves, su clasificación por órdenes, adonde vuelan los
pájaros, de dónde sale el sol, cuándo es mayor el rocío —yo desconocía todo
eso.
—¿Y te atreves a escribir?... El que no vive dentro de la
naturaleza como vive en ella la piedra o el animal, no escribirá en su vida dos
renglones dignos... Tus paisajes parecen un descripción de decorados. ¿En qué
diablos estuvieron pensando tus padres estos catorce años?...
—¿En qué pensaban?... En letras protestadas, en los
chalets de Misha Elman... No se lo dije a Nikítich, me lo callé.
En casa no toqué la comida. Se me atragantaba. «El sentido
de la naturaleza —pensaba yo—, Dios mío, ¿por qué no se me había ocurrido a
mí?... ¿Dónde busco yo ahora a quien me descifre las voces de los pájaros y me
enseñe el nombre de los árboles?... ¿Qué sé yo de eso? Sólo podría distinguir a
la lila y sólo cuando está en flor. La lila y la acacia. Las calles
Deribásovskaya y Grécheskaya tienen acacias...»
Durante la comida mi padre contó otra historia de Yasha
Heifetz. Antes de llegar a Robin se cruzó con Mendelsón, tío de Yasha. Resulta
que el niño recibe ochocientos rublos por concierto. Calculen cuánto sale con
quince conciertos al mes.
Lo calculé y me salieron doce mil al mes. Multipliqué,
llevé cuatro y miré a la calle. Por el patio de cemento, con la capa
ligeramente ondeada, los bucles pelirrojos asomando por debajo del sombrero,
apoyándose en el bastón, avanzaba majestuoso el señor Zagurski, mi profesor de
música. No podría decirse que me echó pronto de menos. Habían pasado tres meses
largos del día en que mi violín se posó en la arena del rompeolas.
Zagurski se acercaba a la puerta principal. Yo me dirigí a
la puerta de servicio: la habían tapiado la víspera por temor a los ladrones.
Entonces me escondí en el retrete. Media hora después a mi puerta estaba
congregada toda la familia. Las mujeres lloraban. Bobka restregaba su hombro
carnoso contra la pared y se ahogaba en llantos. Mi padre callaba. Comenzó a
hablar con una voz tan queda y clara como nunca hasta entonces.
—Soy oficial —dijo mi padre—, y tengo un latifundio. Salgo
de cacerías. Los campesinos me pagan renta. Ingresé a mi hijo en el cuerpo de
cadetes. No tengo por qué preocuparme de mi hijo...
Calló. Las mujeres resollaban. Después un golpe terrible
cayó sobre la puerta. Mi padre cogía impulso y descargaba contra ella todo su
cuerpo.
—Soy oficial —gritaba—, salgo de cacerías... Le mato... Y
se acabó...
El picaporte saltó; quedaba un pestillo retenido por un
solo clavo. Las mujeres se retorcían en el suelo, sujetaban a mi padre por los
pies; enloquecido, él se liberaba de ellas. Al ruido acudió una vieja, la madre
de mi padre.
—Hijo mío —pronunció en hebreo—, nuestra congoja es
grande. No tiene límites. Sólo sangre faltaba en nuestra casa. No quiero sangre
en nuestra casa...
Mi padre gimió. Escuché sus pasos que se alejaban. El
pestillo colgaba del último clavo.
Seguí en mi fortaleza hasta la noche. Cuando todos se
acostaron, mi tía Bobka me llevó a casa de la abuela. Teníamos que caminar un
largo trecho. La luz lunar quedó plasmada en arbustos ignotos, en árboles sin
nombre... Un pájaro invisible silbó y se apagó, quizá quedó dormido... ¿Qué
pájaro era aquél? ¿Cómo se llamaba? ¿Cae el rocío al anochecer?... ¿Dónde está
la Osa Mayor? ¿Por qué parte sale el sol?...
Íbamos por la calle Pochtóvaya. Bobka me sujetaba
fuertemente de la mano para que no me escapara. Tenía razones. Yo pensaba en la
fuga.
EL FIN DEL ASILO
En Odesa, en la época del hambre, nadie vivía tan bien
como los asilados del segundo cementerio judío. Años atrás el pañero Kofman
levantó en memoria de su esposa, Isabel, un asilo junto a las tapias del
cementerio. En el café de Falconi fue muy celebrada tal vecindad. Pero Kofman
acertó. Después de la revolución los viejos y viejas asilados en el cementerio
acapararon los puestos de enterradores, chantres y amortajadoras. Se agenciaron
un ataúd de roble con un manto y con borlas de plata que alquilaban a la gente
pobre.
En esa época en Odesa desaparecieron las tablas. El ataúd
de alquiler no permanecía inactivo. El difunto yacía en la caja de roble en su
casa y en la misa; a la tumba descendía envuelto en una sábana. Era una
olvidada ley judía.
Los eruditos indicaban que no se debía impedir a los
gusanos tomar contacto con la carroña, cosa inmunda. «Tierra eres y en tierra
te convertirás.»
Gracias a esa resurrección de la vieja ley los ancianos
lograron una adición a su racionamiento que en aquellos años no podía soñarse.
Por las noches se emborrachaban en la bodega de Zalman Krivóruchka y repartían
las sobras a los vecinos.
Su prosperidad no se torció hasta el día de la
insurrección en las colonias alemanas. En un combate los alemanes mataron a
Guersh Lugovoi, comandante de la guarnición.
Fue enterrado con todos los honores. Las tropas acudieron
al cementerio con orquestas, cocinas de campaña y ametralladoras sobre carros.
Ante la tumba abierta se pronunciaron discursos y se hicieron promesas.
—El camarada Guersh —se desgañitaba Lionka Bróitman, jefe
de división—, ingresó en el PSDOR bolchevique en mil novecientos once en el que
realizó misiones de propagandista y de enlace. El camarada Guersh comenzó a
someterse a represalias junto con Sonia Yanóvskaya, Iván Sokolov y Monoszón en
mil novecientos trece en la ciudad de Nikoláyev...
Arie-Leib, conserje del asilo, estaba con sus compañeros a
la expectativa. Aún no había terminado Lionka sus palabras de despedida, cuando
los viejos comenzaron a ladear el ataúd para volcar al muerto tapado con una
bandera. Lionka tocó furtivamente a Arie-Leib con una espuela.
—Largo —dijo—, largo de aquí... Guersh se mereció que la
república...
Ante los ojos atónitos de los viejos, Lugovoi fue
enterrado con la caja de roble, las borlas y el manto negro que llevaba
bordados la estrella de David y el verso de un antiguo réquiem judío.
—Somos hombres muertos —dijo Arie-Leib a sus compañeros
después del entierro—, estamos en manos del faraón...
Y se fue adonde el gerente del cementerio, Broidin, a
pedirle tablas para un ataúd nuevo y tela para un manto. Broidin lo prometió,
pero no hizo nada. No entraba en sus planes enriquecer a los viejos. En la
oficina manifestó:
—Más me preocupa el paro en los servicios urbanos que
estos especuladores...
Broidin lo prometió, pero no hizo nada. En la bodega de
Zalman Krivóruchka sobre su cabeza y sobre las cabezas de los sindicalistas de
los servicios urbanos llovieron las interjecciones talmúdicas. Los viejos
maldicieron el tuétano en los huesos de Broidin y de los miembros del
sindicato, el semen fresco en las entrañas de sus esposas y desearon a cada uno
una forma especial de parálisis y de úlcera.
Sus ingresos bajaron. Ahora el rancho consistía en un
bodrio azul con espinas de pescado. De segundo plato les daban gachas de cebada
sin engrasar.
Un viejo de Odesa come cualquier bodrio, no importa de qué
esté hecho, pero con la condición de que tenga laurel, ajo y pimienta. Aquí no
había nada de eso.
El asilo «Isabel Kofman» corrió la suerte de los demás. La
ira de los viejos famélicos crecía. La descargaron sobre quien no lo esperaba
en absoluto, sobre la doctora Yudif Shmáiser que llegó al asilo a vacunar
contra la viruela.
El comité ejecutivo de la provincia había dispuesto la
vacunación obligatoria. Yudif Shmáiser colocó sus instrumentos sobre la mesa y
encendió el mechero de alcohol. Frente a las ventanas se alzaban los muros
esmeralda de los matorrales del cementerio. La lengua azul de fuego se
entreveró con los rayos de junio.
El más cercano a Yudif era Méyer Beskonechni, un anciano
magro. El observaba sombrío los preparativos.
—Déjeme pincharle —dijo Yudif; levantó la lanceta y
comenzó a rescatar de los andrajos el sarmiento azul del brazo de Méyer.
El viejo retiró la mano.
—No tengo donde pincharme.
—No le haré daño —gritó Yudif—, en la molla no hace
daño...
—No tengo molla —dijo Méyer Beskonechni—, no tengo donde
pincharme.
De una esquina de la habitación le respondió un sollozo
sordo. Sollozaba Doba-Leya, antes cocinera de circuncisiones. Méyer contrajo
sus mejillas consumidas.
—La vida es una porquería —murmuró—, el mundo es un
lupanar y los hombres unos granujas...
Los quevedos en la naricita de Yudif se ladearon, su pecho
saltó de la bata almidonada. Abrió la boca para explicar la importancia de la
vacunación, pero le paró Arie-Leib, conserje del asilo.
—Señorita —dijo él—, a nosotros, lo mismo que a usted, nos
parió una mamá. Esa mujer, nuestra mamá, nos parió para que viviéramos, no para
que sufriéramos. Quería que viviésemos bien y estaba en lo justo, como sólo una
madre puede estarlo. El hombre que se contenta con lo que le suministra
Broidin, ese hombre vale menos que el material empleado en hacerlo. Su
objetivo, señorita, es vacunar contra la viruela y usted vacuna con la ayuda de
Dios. Nuestro objetivo es vivir, no arrastrar la vida hasta el fin, y nosotros
cumplimos ese objetivo.
Doba-Leya, mujer bigotuda con cara leonina, lloró más aún
al oír esas palabras. Lloró con voz de bajo.
—La vida es una porquería —repitió Méyer Beskonechni—, y
los hombres unos granujas...
El paralítico Simón-Volf asió el manillar de su silla y,
crujiendo y retorciendo las manos, rodó hacia la puerta. El bonete se ladeó en
su hinchada cabeza carmesí.
Detrás de Simón-Volf al paseo principal, con rugidos y
aspavientos, se precipitaron los treinta viejos y viejas. Agitaban las muletas
y bramaban como burros hambrientos.
Al verlos el guardia cerró el portón del cementerio. Los
enterradores levantaron las palas con tierra y raíces adheridas y se pararon
asombrados.
Al ruido salió el barbudo Broidin con polainas, visera de
ciclista y chaqueta raquítica.
—Granuja —le gritó Simón-Volf—, no tenemos donde nos
pinchen... En las manos no tenemos carnes...
Doba-Leya enseñó los dientes y rugió. En su silla de
paralítica avanzó sobre Broidin. Arie-Leib, como siempre, comenzó con alegorías
y parábolas que venían desde lejos y hacia un objetivo que no todos veían.
Comenzó con la parábola del rabino Osia que entregó sus
bienes a los hijos, el corazón a su esposa, el miedo a Dios, el tributo al
César y sólo retuvo para sí un sitio bajo un olivo donde más calentaba el sol
del ocaso. Del rabí Osia, Arie-Leib pasó a las tablas para un ataúd nuevo y al
racionamiento.
Broidin esparrancó las piernas con polainas y escuchó sin
levantar la vista. El valladar marrón de su barba descansaba inmóvil sobre la
nueva guerrera: parecía sumergido en pensamientos tristes y pacíficos.
—Debes perdonarme, Arie-Leib —Broidin suspiró al dirigirse
al sabio del cementerio—, debes perdonarme si digo que no puedo por menos que
ver en ti un doble sentido y a un elemento político... No puedo por menos que
ver tras tus espaldas, Arie-Leib, a los que saben lo que hacen, igual que tú
sabes lo que estás haciendo...
Aquí Broidin levantó sus ojos que inmediatamente se
anegaron con el agua blanca de la ira. Los montículos temblorosos de sus
pupilas se clavaron en los viejos.
—Arie-Leib —dijo Broidin con su potente voz—, lee el
telegrama de Tartaria, donde abultadas cantidades de tártaros pasan hambre como
locos... Lee el llamamiento de los proletarios petrogradenses que trabajan y
esperan con hambre ante sus tornos...
—Yo no puedo esperar —interrumpió Arie-Leib al gerente—,
ya no me queda tiempo...
—Hay personas —vociferaba Broidin sin oír nada— que viven
peor que tú y hay miles de personas que viven peor que los que viven peor que
tú... Estás sembrando disgustos Arie-Leib, y vas a tener un sofoco. Si os doy
la espalda seréis hombres muertos. Si me voy por mi camino y vosotros por el
vuestro, moriréis. Morirás tú, Arie-Leib. Morirás tú, Simón-Volf. Morirás tú,
Méyer Beskonechni. Pero antes de que os muráis, decidme, tengo interés en
saberlo: ¿tenemos aquí poder soviético o no lo tenemos? Si no lo tenemos y me
equivoqué, llevadme al señor Berzon, Deribásovskaya, esquina a Ekateríninskaya,
donde trabajé de chalequero todos los años de mi vida... Di que me equivoqué,
Arie-Leib...
El gerente del cementerio se acercó a los inválidos,
disparó contra ellos sus pupilas temblorosas, que cayeron sobre aquel rebaño
aturdido y quejumbroso como los rayos de un reflector, como lenguas de fuego.
Las polainas de Broidin crujían, el sudor hervía en su rostro cacarañado;
seguía avanzando sobre Arie-Leib y pedía la respuesta: ¿Se habría equivocado al
pensar que había llegado el poder soviético?
Arie-Leib callaba. Ese silencio pudo ser su perdición,
pero al final del paseo apareció Fiedka Stepún descalzo y en camiseta de
marinero.
Fiedka, que sufrió una contusión cerca de Rostov y estaba
reponiéndose en una choza al lado del cementerio, llevaba un silbato atado a un
cordón de policía color naranja y un revólver desenfundado.
Fiedka estaba borracho. Sus pétreos bucles quedaron
pegados a la frente. Bajo los bucles se retorcía en convulsiones su cara de
pómulos salientes. Se acercó a la tumba, cubierta con ramos mustios.
—¿Dónde estabas tú, Lugovoi —dijo Fiedka al difunto—,
cuando yo estaba tomando Rostov?
El marino rechinó los dientes, tocó su silbato de policía
y sacó el revólver del cinto. La boca empavonada del revólver se iluminó.
—Acabamos con los zares —gritó Fiedka—, ya no hay zares...
Así que todo el mundo a yacer sin ataúdes...
El marino empuñaba el revólver. Su pecho estaba desnudo.
Llevaba en él tatuados la palabra Riva y un dragón con la cabeza revuelta hacia
el pezón.
Los enterradores con sus palas alzadas se apiñaron en
torno a Fiedka. Las mujeres que amortajaban a los difuntos salieron de sus
jaulas y se dispusieron a dar alaridos con Doba-Leya. Olas bramantes rompían
contra el portón cerrado del cementerio.
Los familiares que habían transportado a sus muertos en
carretilla, reclamaban la entrada. Los pordioseros descargaban sus muletas
contra la verja.
—Acabamos con los zares —el marinero disparó al aire.
La gente se lanzó a saltos por el paseo. Broidin fue
empalideciendo poco a poco. Levantó la mano, aceptó todas las demandas del
asilo, dio media vuelta a lo militar y entró en la oficina. El portón se abrió
inmediatamente. Los familiares de los difuntos empujaban las carretillas con
destreza por los senderos. Sedicentes chantres entonaron con estridente falsete
el molei rahim[1] sobre las tumbas abiertas. Por la noche festejaron el triunfo
en la bodega de Krivóruchka. A Fiedka le pusieron tres cuartas de vino
besarabo.
—Gevel gavolim[2] —dijo Arie-Leib, chocando el vaso con el
marino—, eres blando de corazón, contigo se puede vivir... Kuloi gevel[3]...
La dueña, la esposa de Krivóruchka, lavaba los vasos en el
local contiguo.
—Cuando un ruso sale con buen carácter es una verdadera
ganga...
Sacaron a Fiedka más allá de la una de la madrugada.
—Gevel gavolim —repetía las funestas palabras
incomprensibles, mientras zanqueaba por la calle Stepovaya—, Kuloi gevel...
Al día siguiente repartieron a los viejos del asilo cuatro
pedazos de cortadillo y carne para la sopa. Por la noche los llevaron al teatro
de la ciudad, a un espectáculo que ofrecía el seguro social. Era la ópera
«Carmen». Por primera vez en su vida los inválidos y esperpentos vieron los
palcos dorados del teatro de Odesa, el terciopelo de sus barandales, el brillo
aceitoso de sus lámparas. En los entreactos dieron a cada uno un bocadillo con
salchichón de menudillos.
Los viejos regresaron al cementerio en un camión militar.
Con estampidos y estrépitos el camión se abrió camino por las calles heladas.
Los viejos durmieron con las barrigas abultadas. Eructaban en sueños y
temblaban de hartazgo como perros fatigados.
A la mañana siguiente, Arie-Leib fue el primero en
levantarse. Se volvió hacia el Oriente para rezar y vio en la puerta un
anuncio. En aquel papel Broidin hacía saber que el asilo se cerraba por
reparaciones y que todos los asilados deberían presentarse aquel mismo día en
la sección provincial de asistencia social para registrarse en categorías
laborales.
El sol emergió sobre las copas del verde soto cementerial.
Arie-Leib llevó los dedos a los ojos. De las cuencas apagadas se escurrió una
lágrima.
La vereda de castaños, resplandeciente, conducía al
depósito de cadáveres. Los castaños estaban en flor, los árboles sostenían las
flores blancas en sus zarpas abiertas. Una mujer desconocida, con un chal muy
amarrado al pecho, mangoneaba en el depósito. Todo allí había sido rehecho: las
paredes estaban adornadas con ramas de pino, las mesas acuchilladas. La mujer
lavaba el cuerpo de un pequeño. Lo volteaba con gran agilidad, el agua formaba
un chorro brillante en la jaspeada espalda hundida.
Broidin, con polainas, estaba sentado en las escaleras del
depósito. Tenía aspecto de veraneante. Se quitó la gorra y se limpió la frente
con un pañuelo amarillo.
—Eso mismo le dije en el sindicato al camarada Andréichik
—la desconocida tenía una voz melodiosa—, no hacemos ascos al trabajo... Que se
informen de nosotros en Ekaterinoslav... Ekaterinoslav conoce nuestro
trabajo...
—Acomódese, camarada Bliuma, acomódese —dijo pacífico
Broidin y metió el pañuelo amarillo en el bolsillo—, conmigo se pueden hacer
buenas migas... Conmigo se pueden hacer buenas migas —repitió y posó sus ojos
brillantes en Arie-Leib, que había llegado al pie de la escalera—, ahora que no
me escupan en el plato, ¿eh?
Broidin no acabó su discurso: una calesa tirada por un
alto caballo moro se detuvo ante el portón. De la calesa se apeó el jefe de los
servicios urbanos con camisa de cuello vuelto. Broidin se apoderó de él y lo
llevó hacia el cementerio.
El viejo aprendiz de sastre mostró a su jefe la centenaria
historia de Odesa que reposaba bajo las losas de granito. Le mostró los
monumentos y criptas de los exportadores de trigo, de los mediadores y
negociantes navieros que levantaron la Marsella rusa donde se hallaba el pueblo
de Jadzhibei. De cara al portón yacían los Ashkenazi, los Hessen, los Efrussi,
tacaños refinados, juerguistas filosóficos, los que dieron origen a las
fortunas y a los chascarrillos de Odesa. Yacían bajo monumentos de labrador y de
mármol rosado, separados por cadenas de castaños y de acacias de la plebe,
arrebujada al pie de las tapias.
—No dejaban vivir en vida —Broidin golpeó un monumento con
la bota—, ni dejaban morir después de la muerte...
Se animó y contó al jefe de los servicios urbanos su
programa de reorganización de los cementerios y el plan de la campaña contra la
cofradía fúnebre.
—Y retiren a esos —el jefe señaló a los pordioseros
alineados ante el portón.
—Se está haciendo —respondió Broidin—, poco a poco se está
haciendo todo...
—Hala —dijo Mayórov, el jefe—, tú, padre, tienes las cosas
en orden... Hala...
Puso el pie en el pescante de la calesa y se acordó de
Fiedka.
—¿Qué jaleo fue ese?
—Es un muchacho contusionado —dijo Broidin bajando la
vista— y hay veces que no se domina... Pero ahora se lo explicaron y pide
perdón...
—Tiene pupila —dijo Mayórov a su acompañante al partir—,
brega como es debido...
El caballo alto llevaba a la ciudad a él y al jefe de
urbanización. Por el camino encontraron a los viejos y viejas expulsados del
asilo. Iban renqueando, encorvados bajo sus bártulos y caminaban en silencio.
Soldados desenvueltos les hacían guardar fila. Chirriaban los carros de los
paralíticos. Un silbido de asfixia, una crepitación sumisa se escapaba del
pecho de los chantres retirados, de los payasos de bodas, de las cocineras de
circuncisiones y de los dependientes cesantes.
El sol estaba alto. El calor se cebaba en aquel montón de
harapos que se arrastraba por la tierra. Caminaban por una lúgubre carretera de
piedra, ante chozas de adobes, por campos aplastados por pedrizales, cerca de
casas abiertas de par en par, destruidas por los proyectiles, vadeando la
colina de la peste. En la Odesa de otros tiempos la ciudad estaba unida al
cementerio por un camino de una tristeza indecible.
[1] Misa de difuntos.
[2] Vanidad de vanidades.
[3] Y todo es vanidad.
EL PRIMER AMOR
A los diez años me enamoré de una mujer llamada Galina
Apolónovna. Se apellidaba Rubtsova. Su marido, un oficial, se marchó a la
guerra japonesa y regresó en octubre de mil novecientos cinco. Trajo muchas
arcas. Las arcas contenían cosas chinas: biombos, armas valiosas, treinta puds
en total. Kuzmá nos decía que Rubtsov compró aquellas cosas con el dinero hecho
en la dirección de ingeniería del ejército de Manchuria. Eso decían otros,
además de Kuzmá. Era difícil no chismorrear de los Rubtsov: Los Rubtsov eran
felices.
Su casa lindaba con nuestro patio, su terraza de cristal
ocupó una parte de terreno nuestro, pero mi padre no protestó. Rubtsov,
recaudador de impuestos, tenía en nuestra ciudad fama de hombre justiciero y
mantenía amistad con los judíos. Cuando de la guerra japonesa vino el oficial,
el hijo del viejo, todos comprobamos que vivían felices. Galina Apolónovna no
soltaba el día entero la mano del marido. No cesaba de mirarle porque había
estado año y medio sin ver al marido, pero a mí me daba miedo aquella mirada.
Yo volvía la cara y temblaba. Veía en
ellos la vida asombrosa y desconcertante de todas las gentes de la tierra y me
entraban ganas de caer en un sueño extraño para olvidar esa vida superior a las
ilusiones. Algunas veces Galina Apolónovna andaba por la habitación con la
trenza suelta, con zapatos rojos y bata china. Bajo los encajes de su camisa
muy escotada se veía el hoyo y el comienzo de unos pechos blancos, abultados,
achatados hacia abajo y en la bata había dragones, pájaros y árboles ahuecados bordados
con seda roja.
Se movía el día entero con una sonrisa confusa en los
labios húmedos, tropezando con las arcas sin desembalar, con las escaleras de
gimnasia desparramadas por el suelo. De los golpes, a Galina le salían
moraduras; subía la bata por encima de la rodilla y decía al marido:
—Besa la pupa...
Y el oficial doblaba sus largas piernas embutidas en
pantalones de dragón con espuelas, con botas de cabritilla ceñidas, se hincaba
en el suelo sucio y con una sonrisa iba moviendo las piernas y arrastrando las
rodillas y besaba el lugar magullado, allí donde la liga había dejado una
arruga carnosa. Yo veía desde mi ventana aquellos besos. Me hacían sufrir, pero
no merece la pena contarlo; el amor y los celos de un niño de diez años se
parecen en todo al amor y a los celos del hombre adulto. Estuve dos semanas sin
arrimarme a la ventana y eludiendo a Galina hasta que por casualidad tropecé
con ella. La casualidad fue el pogrom judío que en el año cinco se desencadenó
en Nikoláyev y en otras ciudades del límite de residencia de los judíos. Una
multitud de asesinos a sueldo saqueó la tienda de mi padre y mató a mi abuelo
Shoil. Todo eso ocurrió en mi ausencia. Aquella mañana estaba yo comprando
palomas al cazador Iván Nikodímich. Me pasé cinco años de mis diez soñando con
pasión en palomas y cuando las compré el mutilado Makárenko las estrelló contra
mi sien. Kuzmá me llevó a casa de los Rubtsov. La portilla de los Rubtsov tenía
marcada con tiza una cruz; a ellos no les tocaban, y ocultaron en su casa a mis
padres. Kuzmá me llevó a la terraza de cristales. Allí estaban mi madre con una
pelerina verde y Galina.
—Tenemos que lavarnos —dijo Galina—, tenemos que lavarnos,
pequeño rabí... Traemos la cara manchada de plumas, y las plumas de sangre...
Me abrazó y me llevó por un pasillo con olor penetrante.
Mi cabeza descansaba en la cadera de Galina; la cadera se movía y respiraba.
Llegamos a la cocina y Rubtsova metió mi cabeza bajo el grifo. Un ganso se
asaba en la cocina alicatada, una vajilla llameante pendía de las paredes; al
lado de la vajilla, en el rincón de la cocinera, colgaba el zar Nikolai
adornado con flores de papel. Galina lavó los restos de la paloma pegados a mis
mejillas.
—Serás novio, mi precioso —dijo besándome en los labios
con su boca inflamada y volvió la cara.
—Mira —susurró de pronto—, tu padrito tiene disgustos,
anda todo el día por la calle sin ton ni son, dile que venga a casa...
Desde la ventana vi la calle desierta con un cielo enorme
sobre ella y a mi padre pelirrojo caminando por la calzada. Sin gorra, cubierto
de ligeros pelos rojos alborotados, con una pechera de algodón, torcida y
abrochada con un botón que no se correspondía con el ojal. Vlásov, un obrero
macilento con andrajos enguatados de soldado, caminaba con insistencia detrás
de mi padre.
—Vaya —decía él con voz ronca y afectuosa y tocaba
cariñosamente con las manos a mi padre—, no queremos la libertad, para que los
judíos comercien a sus anchas... Tú dale la claridad de la vida al obrero por
sus trabajos, por esta terrible inmensidad... Dásela, amigo, ¿me oyes?,
dásela...
El obrero imploraba algo a mi padre y le tocaba; en su
cara los instantes de inspiración borracha se alternaban con la melancolía y la
modorra.
—Nuestra vida debe parecerse a los molokanos —balbuceaba y
se tambaleaba sobre sus piernas quebradizas—, como los molokanos debe ser
nuestra vida, pero sin ese dios sectario: de él sólo se aprovechan los judíos,
nadie más...
Y Vlásov gritó con desesperación del dios sectario que
sólo compadeció a los judíos. Vlásov vociferaba, tropezaba y perseguía a su
dios ignoto; en ese momento una ronda cosaca le cortó el paso. Un oficial con
bandas en el pantalón, con cinturón plateado de gala cabalgaba a la cabeza del
grupo; llevaba un casquete alto. El oficial iba despacio sin mirar a los lados.
Parecía marchar por un barranco donde sólo se puede mirar hacia adelante.
—Capitán —musitó mi padre cuando el cosaco pasaba a su
lado—, capitán —dijo mi padre encogiendo la cabeza y se arrodilló en el barro.
—A su disposición —respondió el oficial, siempre mirando
adelante, y saludó con la mano enguantada en cabritilla color limón.
Más allá, en la esquina de la calle Ríbnaya, la turba
saqueaba nuestra tienda, sacaba cajones de clavos, máquinas y mi nuevo retrato
con uniforme escolar.
—Mire —dijo mi padre y no se incorporó—, están destrozando
lo sudado, capitán... ¿Cómo puede ser?...
El oficial murmuró algo, se llevó a la gorra el guante
limón y soltó la rienda, pero el caballo no se movió. Mi padre se arrastraba de
rodillas ante el caballo, se restregó contra sus patas cortas, bonachonas,
despeluzadas.
—A sus órdenes —dijo el capitán, tiró de la rienda y se
fue.
Los cosacos le siguieron. Cabalgaron impávidos en sus
sillas altas, marcharon por el barranco imaginado hasta perderse en la
bocacalle de la Sobórnaya.
Galina volvió a empujarme hacia la ventana.
—Llama a papá a casa —dijo—; está sin comer desde la
mañana.
Me asomé a la ventana.
Al oír mi voz mi padre se volvió.
—Hijito mío —musitó con ternura inexpresable.
Juntos nos dirigimos a la terraza de los Rubtsov, donde
yacía mi madre con su pelerina verde. Al lado de su cama había pesas y un
tensor.
—Malditos kopeks —dijo mi madre al vernos—, has
sacrificado a ellos una vida humana, los hijos, nuestra dicha infeliz, todo...
Malditos kopeks —gritó con voz ronca y ajena; se removió en la cama y calló.
Y en ese silencio se escuchó mi hipar. Yo estaba con la
gorra calada arrimado a la pared y no lograba contener el hipo.
—Ten vergüenza, mi precioso —esbozó Galina su sonrisa
despectiva y me golpeó con su bata inflexible. Con zapatos rojos caminó hasta
la ventana para colgar las cortinas chinas de un extravagante bastidor. Sus
manos desnudas se hundían en la seda, una trenza viva se movía en su cadera; yo
la observaba arrebatado.
Yo, niño culto, la miraba como se mira a un lejano
escenario iluminado por muchos focos. Allí mismo me imaginé ser Mirón, hijo del
carbonero que vendía en nuestra esquina. Me imaginé que pertenecía a la milicia
judía y que, como Mirón, llevaba botas rotas amarradas con cuerdas. Llevo una
escopeta inservible, colgada del hombro con un cordón verde, estoy de rodillas
ante una vieja valla y disparo contra los asesinos. Detrás de mi valla hay un
solar con pilas de carbón cubierto de polvo, la vieja escopeta tira mal, los
asesinos de barbas y de dentaduras blancas avanzan; tengo la orgullosa
sensación de una muerte próxima y en lo alto, en el azul del mundo, vislumbro a
Galina. Veo una aspillera en la pared de un gigantesco edificio, construido con
miríadas de ladrillos. Esa casa purpúrea aplasta el callejón de tierra gris mal
apisonada; en la aspillera superior está Galina. Sonríe con su sonrisa
despectiva desde su ventana inaccesible; su marido, un oficial a medio vestir,
está a sus espaldas y la besa en el cuello...
Me imaginé todo esto, mientras intentaba contener el hipo,
para amar a Rubtsova con más amargura, pasión y desesperación y quizá porque la
medida de la aflicción es demasiada para un hombre de diez años. Los sueños
descabellados ayudáronme a olvidar la muerte de las palomas y la muerte de
Shoil; quizá hubiera olvidado esas muertes, pero en ese momento apareció en la
terraza Kuzmá con el horrible judío Aba.
Oscurecía cuando llegaron. En la terraza ardía una
mortecina lámpara ladeada; una lámpara centelleante, compañera de las
desgracias.
—Amortajé al abuelo —dijo Kuzmá al entrar—; ahora yace muy
hermoso. Aquí traigo a un sacristán para que diga algo sobre el viejo.
Kuzmá indicó al salmista Aba.
—Que gimotee algo —dijo el barrendero en tono amistoso—;
que llene la tripa el sacristán. El sacristán pasará la noche dando la tabarra
a Dios...
Allí estaba en el umbral, Kuzmá, con su bonachona nariz
aplastada, torcida en todas las direcciones; intentó contar lo más sentidamente
posible cómo había atado la mandíbula al muerto, pero mi padre interrumpió al
viejo.
—Haga el favor, Aba —dijo mi padre—, de rezar por el
muerto, yo se lo pago...
—Yo me temía que no me lo pagase —respondió Aba con
fastidio y puso sobre el mantel su cara barbuda y asqueada—; me temo que coja
mi propina y que se largue a la Argentina, a Buenos Aires, para abrir un
negocio al por mayor con mi propina... Al por mayor —dijo Aba; movió los labios
desdeñosos y tiró del periódico «Hijo de la Patria», que se hallaba sobre la
mesa. El periódico hablaba del manifiesto zarista del 17 de octubre y de la
libertad.
—«... Ciudadanos de la Rusia libre —deletreaba Aba
mientras mascaba la barba que le llenaba la boca—, ciudadanos de la Rusia
libre, os felicito con motivo de la radiante resurrección de Cristo...»
El periódico estaba inclinado ante el viejo salmista y
temblaba: él leía con somnolencia, como si cantara, y ponía acentos
sorprendentes en las palabras rusas desconocidas. Los acentos de Aba recordaban
el sordo lenguaje de un negro llegado de su patria a un puerto ruso. Hizo reír
hasta a mi madre.
—Cometo un pecado —gritó ella asomándose por debajo de su
pelerina—; me estoy riendo, Aba... Mejor haría hablándonos de su vida, de la
familia.
—Pregúnteme de otras cosas —rezongó Aba sin soltar la
barba de los dientes y continuando la lectura.
—Pregúntale de otras cosas —repitió mi padre después de
Aba y se situó en el centro de la habitación. Sus ojos que nos habían estado
sonriendo entre lágrimas de pronto giraron en sus órbitas y se posaron en un
punto de todos invisible.
—¡Ah, Shoil! —pronunció mi padre con voz llana, falsa y
preparativa—. ¡Ay, Shoil de mi alma!
Vimos que se disponía a gritar, pero mi madre nos puso en
guardia.
—Manus —gritó ella desarreglándose momentáneamente y
comenzó a rasgar el pecho de su marido—, mira qué mal lo está pasando nuestro
hijito. ¿Por qué no oyes los hipos? ¿Por qué, Manus?...
Mi padre calló.
Rajil —dijo atemorizado—, no puedo expresarte qué pena me
da de Shoil...
Salió a la cocina y regresó con un vaso de agua.
—Bebe, artista —dijo Aba acercándose—. Bebe esa agua que
te aliviará como el incensario al muerto...
Así fue: el agua no me dio alivio. Hipaba con mayor fuerza
aún. Un bramido se escapaba de mi pecho. Un tumor agradable al tacto se hinchó
en mi garganta. El tumor respiraba, se abultaba, obstruía la faringe y se
desprendía del cuello. En él borbotaba mi respiración destrozada. Borbotaba
como el agua en ebullición. Y cuando a la noche dejé de ser el niño orejudo de
toda mi vida anterior y me convertí en un ovillo que se retorcía, mi madre me
envolvió en un chal y, más alta y esbelta, se acercó a Rubtsova que estaba
muerta de espanto.
—Querida Galina —dijo mi madre con voz sonora y recia—,
somos mucho trastorno para usted, para la cariñosa Nadezhda Ivánovna y para
todos los suyos. ¡Qué vergüenza me da, querida Galinal...
Con las mejillas encendidas mi madre hizo recular a Galina
hasta la salida, después se lanzó hacia mí y me metió el chal en la boca para
acallar mi quejido.
—Aguanta, hijito —musitaba mi madre—, hazlo por tu
mamita...
Aunque hubiera podido no habría aguantado porque dejé de
sentir vergüenza.
Así comenzó mi enfermedad. Tenía yo diez años. A la mañana
siguiente me llevaron al médico. El pogrom continuaba, pero a nosotros no nos
tocaron. El médico, un hombre gordo, me halló una enfermedad nerviosa.
Dispuso que saliéramos rápidamente a Odesa a que me vieran
los profesores y a esperar allí el calor y los baños de mar.
Así lo hicimos. Días después salí con mi madre para Odesa,
donde vivía el abuelo Leivi-Itsjok y el tío Simón. Salimos en barco por la
mañana y al mediodía las pardas aguas del Bug fueron desplazadas por la pesada
ola verde del mar. Comenzaba para mí una vida al lado del demencial abuelo
Leivi-Itsjok y me despedí para siempre de Nikoláyev, donde transcurrieron diez
años de mi infancia.
HISTORIA DE MI PALOMAR
A A. M Gorki.
De niño mi gran deseo era tener un palomar. Jamás conocí
deseo más fuerte. A los nueve años mi padre me prometió dinero para tablas y
para tres pares de palomas. Fue en mil novecientos cuatro. Yo me disponía a
pasar los exámenes para el grado preparatorio en el gimnasio de Nikoláyev. Mi
familia vivía en la ciudad de Nikoláyev, provincia de Jersón. Hoy la provincia
no existe: nuestra ciudad fue incorporada a la región de Odesa.
Contaba sólo nueve años y temía los exámenes. En ambas
asignaturas, ruso y matemáticas, no podía sacar menos de cinco puntos. El cupo
en nuestro gimnasio era muy pequeño: el cinco por ciento. De cuarenta niños
sólo dos judíos podrían matricularse en el grado preparatorio. Los maestros
preguntaban a estos niños con arte: a nadie preguntaban con tantas argucias
como a nosotros. Por eso mi padre me prometió las palomas a cambio de dos
cincos con cruces. Me tenía totalmente martirizado; caí en una interminable modorra,
en un largo sueño infantil de desesperación. Sumergido en ese sopor acudí a
examinarme; no obstante pasé el examen mejor que los demás.
Las ciencias se me daban. Los maestros, pese a las
astucias, no podían privarme de la inteligencia y de una memoria ávida. Las
ciencias se me daban bien y obtuve dos cincos. Después todo cambió. Jaritón
Efrussi, mayorista de cereales que exportaba trigo a Marsella, dio quinientos
rublos por su hijo, a mí me pusieron cinco con un menos en vez del cinco y en
mi lugar ingresó en el gimnasio Efrussi hijo. Mi padre no podía consolarse.
Desde los seis años me venía enseñando todas las ciencias que yo podía asimilar.
El signo menos le llenó de desesperación. Quiso pegar a Efrussi o sobornar a
dos cargadores para que pegasen a Efrussi, pero mi madre le disuadió y yo
comencé a prepararme para los exámenes del año siguiente, para el primer grado.
Sin yo enterarme, mis padres animaron al maestro a pasar en un año el curso
preparatorio y de primer grado y como estábamos desilusionados de todo, me
aprendí de memoria tres libros de texto. Los tres libros eran la gramática de
Smirnovski, el compendio de problemas de Evtushevski y la historia inicial de
Rusia de Putsikóvich. Los niños ya no estudian por esos manuales, pero yo los
aprendí de memoria, de cabo a rabo, y al año siguiente en el examen de lengua
rusa el maestro Karaváyev me puso un insuperable cinco con una cruz.
Ese Karaváyev era un hombre sonrosado y airado, procedente
del estudiantado moscovita. Contaba treinta años escasos. En sus viriles
mejillas ardían coloretes de rajaz campesino; en una mejilla tenía una verruga
de la que nacía un matojo de cenicientos pelos de gato. Además de Karaváyev al
examen asistió Piátnitski, adjunto del curador, considerado persona importante
en el gimnasio y en toda la provincia. El adjunto del curador me preguntó sobre
Pedro Primero; experimenté una sensación de aturdimiento, una sensación de
proximidad del fin y del abismo, un abismo seco, solado de exaltación y de
desesperación.
Me sabía a Pedro Primero de memoria por el manual de
Putsikóvich y por los versos de Pushkin. Verraqueé los versos, las caras
humanas se volcaron en mis ojos y se confundieron allí como naipes nuevos. Allí
se barajaron en el fondo de mis ojos mientras yo, temblando, irguiéndome y
apresurándome gritaba a pleno pulmón los versos pushkinianos. Los grité durante
mucho tiempo: nadie interrumpió mi demencial farfulla. A través de una ceguedad
purpúrea, a través de la libertad que me arrebataba, sólo percibía el rostro
viejo, inclinado de Piátnitski con su barba plateada. No me interrumpió y sólo
dijo a Karaváyev, satisfecho de mí y de Pushkin:
—Qué pueblo —murmulló el anciano—, estos judiítos. Llevan
el diablo dentro.
Cuando callé me dijo:
—Bien, vete amigo mío...
Salí del aula al pasillo y allí, recostado sobre la pared
cruda, fui despertando de la convulsión de mis sueños. Los niños rusos jugaban
alrededor, la campana del gimnasio pendía junto al hueco de la escalera
oficial, el bedel dormitaba en una silla despachurrada. Yo observaba al bedel y
despertaba Los niños se acercaban a mí por todos los lados. Venían a darme
capirotazos o a jugar y en esto apareció en el pasillo Piátnitski. Me rebasó y
se detuvo un instante; la chaqueta formó una ondulación complicada y lenta en
su espalda. Noté turbación en aquella espalda espaciosa, carnosa y señorial y
avancé hacia el viejo.
—Niños —dijo a los alumnos—, no toquéis a este muchacho—.Y
colocó su mano gorda y suave en mi hombro.
—Amigo mío —se volvió Piátnitski—, dile a tu padre que has
ingresado en el primer grado.
Una exuberante estrella refulgió en su pecho, las órdenes
tintinearon en la solapa; su cuerpo grande, negro, uniformado se alejó sobre
unas piernas rígidas. El cuerpo iba comprimido por las hoscas paredes, se movía
entre ellas como se mueve una gabarra en un canal profundo, y desapareció por
la puerta del director. Un subalterno con un ruido solemne le llevó té y yo
eché a correr a casa, a la tienda.
En nuestra tienda un comprador aldeano se rascaba lleno de
dudas. Al verme, mi padre dejó al campesino y no desconfió de mi relato. Gritó
al dependiente que cerrara la tienda y se fue a la calle Sobórnaya para
comprarme una gorra con escudo. Mi pobre madre me rescató con dificultad de
aquel hombre enloquecido. En aquel momento mi madre estaba pálida y tentaba al
destino. Tan pronto me acariciaba como me apartaba con repugnancia. Dijo que la
lista de todos los matriculados en el gimnasio se publicaba en los periódicos y
que Dios nos castigaría y que la gente se mofaría de nosotros si comprábamos el
uniforme antes de tiempo. Mi madre estaba pálida, leía el destino en mis ojos y
me observaba con amarga compasión, como a un contrahecho porque sólo ella
conocía la desdicha de nuestra familia.
Todos los hombres de nuestra estirpe eran confiados con la
gente y prontos a las acciones irreflexivas. No teníamos suerte en nada. Mi
abuelo, rabí en Bélaya Tsérkov y expulsado por profanar, vivió ruidosa y
pobremente otros cuarenta años, estudió lenguas extranjeras y comenzó a; perder
el juicio al rayar los ochenta. El tío Liev, hermano de mi padre, estudió en el
seminario de Volozhin, se escapó en 1892 del servicio militar y raptó a la hija
de un intendente del distrito militar de Kiev. Mi tío Liev llevó a su mujer a
California, a Los Ángeles, la abandonó allí y murió en una casa de vicios,
entre negros y malayos. Después de su muerte la policía americana nos envió la
herencia de Los Ángeles: un gran baúl guarnecido color castaño. El baúl contenía pesas de
gimnasia, mechones de pelo de mujer, el taled de mi abuelo, fustas con
empuñadura dorada y té en estuches adornados con perlas baratas. De toda la
familia sólo quedábamos mi tío Simón el loco que vivía en Odesa, mi padre y yo.
Pero mi padre se fiaba de la gente, la ofendía con la exaltación del primer
amor, la gente no se lo perdonaba y le engañaba. Por eso mi padre creía que su
vida estaba regida por un hado maligno, por un ser inexplicable que le
perseguía y que en nada se parecía a él. Así que de toda la familia a mi madre
sólo le quedaba yo. Como todos los judíos era yo bajo de estatura, debilucho y
tenía dolores de cabeza de tanto estudiar. Mi madre veía todo eso y jamás se
dejó cegar por la soberbia mísera de su marido ni por su fe inexplicable de que
nuestra familia algún día sería la más fuerte y rica del mundo. Ella no
confiaba en nuestra suerte, temía comprar el uniforme antes de tiempo y sólo me
permitió fotografiarme para un retrato grande.
El veinte de septiembre de mil novecientos cinco en el
gimnasio colgaron la lista de los matriculados en el primer grado. Allí estaba
mi nombre. Toda la familia fue a ver aquel papel y hasta Shoil, mi tío abuelo,
acudió al gimnasio. Yo quería a aquel viejo fanfarrón porque vendía pescado en
la plaza. Sus manos rollizas, húmedas, cubiertas de escamas de pescado hedían a
hermosos mundos fríos. Shoil destacaba de lo común de la gente con sus
inverosímiles historias sobre la insurrección polaca de 1861. Hacía mucho Shoil
fue tabernero en Skvir y vio cómo los soldados de Nikolai Primero fusilaron al
conde de Godlevski y a otros insurrectos polacos. Quizá no lo vio. Ahora sé que
Shoil no era más que un viejo ignorante y un mentiroso sin picardía, pero no
olvidé sus jácaras; estaban bien hechas. Así que hasta el mentecato de Shoil
fue al gimnasio a ver la lista con mi nombre y por la noche danzó y taconeó en
nuestra pobre fiesta.
Mi padre, que no cabía en sí de alegría, dio una fiesta e
invitó a sus compañeros: a traficantes de trigo, a intermediarios en venta de
fincas y a los viajantes que en nuestra comarca vendían maquinaria agrícola.
Aquellos viajantes vendían maquinaria a cualquiera. Los campesinos y los
terratenientes les tenían pánico: era imposible desprenderse de ellos sin
comprarles algo. Entre los judíos, los viajantes eran la gente más corrida y
alegre. En nuestra fiesta entonaron canciones hasiditas cuya letra tenía sólo
tres palabras, pero se cantaban mucho rato y con un sinfín de divertidas
inflexiones. La gracia de esas inflexiones es accesible sólo al que celebró la
Pascua entre los hasiditas, o al que estuvo en sus ruidosas sinagogas de Volín.
Además de los viajantes vino el viejo Libermán que me enseñaba el Thora y el
hebreo antiguo. En casa le llamábamos mosié Libermán. Bebió vino besarabo algo
más de la cuenta, los tradicionales cordones de seda asomaron por debajo de su
chaleco rojo y pronunció en mi honor un brindis en hebreo antiguo. En ese
brindis el viejo felicitó a mis padres y dijo que yo vencí en el examen a todos
mis enemigos, vencí a los mofletudos niños rusos y a los hijos de nuestros
zafios ricachones. En la antigüedad, David, rey judío, también venció a Goliat
y de la misma forma que yo me impuse a Goliat nuestro pueblo vencería con la
fuerza de su inteligencia a los enemigos que nos cercan y que ansían nuestra
sangre. Dijo eso mosié Libermán y se echó a llorar y llorando bebió más vino y
gritó ¡Viva! Los invitados le hicieron corro y comenzaron a bailar en torno a
él una vieja cuadrilla como en las bodas de un lugar judío. Todos estaban
alegres en nuestra fiesta; mi madre sorbió vino, aunque no bebía vodka y no
comprendía cómo podía gustar; por esa razón tenía a todos los rusos por locos y
no concebía cómo las mujeres soportaban a los maridos rusos.
Pero nuestros días dichosos vinieron más tarde. Para mamá
vinieron con las mañanas en que antes de irme al gimnasio me preparaba
bocadillos, cuando recorrimos las tiendas comprando mis utensilios de Reyes
Magos: el plumero, la hucha, el cartapacio, los libros 1 nuevos con pastas de
cartón y los cuadernos con sobrecubiertas satinadas. En el mundo nadie siente
las cosas nuevas con la fuerza que las siente el niño. El niño se estremece
ante ese olor como el perro ante las huellas de la liebre y experimenta una
locura que después, cuando somos mayores, se llama inspiración. Este puro
sentimiento infantil de propietario de cosas nuevas se transmitía a mi madre.
Estuvimos un mes habituándonos al plumero y a la penumbra matinal cuando yo me
sentaba a tomar el té en una esquina de la espaciosa mesa iluminada y colocaba
los libros en el cartapacio; estuvimos un mes habituándonos a nuestra vida
feliz y sólo al terminar el primer trimestre volví a acordarme de las palomas.
Todo lo tenía preparado para ellas: un rublo y cincuenta
kopeks y un palomar que el abuelo Shoil construyó de un cajón. El palomar
estaba pintado de marrón. Tenía nidos para doce pares de palomas, tablillas en
el techo y un enrejado especial que yo inventé para atrapar mejor las palomas
ajenas. Todo estaba dispuesto. El domingo veinte de octubre me dispuse a ir a
la Ojótnitskaya, pero surgieron obstáculos imprevistos.
La historia que estoy contando, mi matriculación en el
primer grado del gimnasio, ocurrió en otoño de mil novecientos cinco. Fue
cuando el zar Nikolai dio la Constitución al pueblo ruso; oradores con abrigos
raídos se encaramaban a los guardacantones ante el Ayuntamiento y arengaban al
pueblo. De noche en las calles sonaban disparos y mamá no quería que fuese a la
Ojótnitskaya. La mañana del veinte de octubre los niños de la vecindad lanzaban
una corneta frente a la mismísima comisaría de la policía y nuestro aguador
dejó el trabajo y paseó por las calles engominado, con la cara colorada.
Después vimos a los hijos del panadero Kalístov sacar un potro de cuero y hacer
gimnasia en medio de la calzada. Nadie les interrumpió. Es más, el municipal
Semérnikov les animaba a saltar más alto. Semérnikov llevaba un cinto de seda
de fabricación casera y sus botas ese día habían sido lustradas con un brillo
hasta entonces desconocido. Nada asustó tanto a mamá como el municipal vestido
de forma antirreglamentaria; por ello no me dejaba salir, pero me escabullí y,
cruzando patios, llegué a la Ojótnitskaya, detrás de la estación.
En la Ojótnitskaya, en su lugar de siempre, estaba Iván
Nikodímich el palomero. Vendía, además de palomas, conejos y un pavo real. El
pavo, con la cola extendida y encaramado en un palo, meneaba de un lado a otro
su impávida cabezuela. Tenía una pata atada con un cordel; el otro cabo estaba
cogido con la silla de mimbre de Iván Nikodímich. Nada más llegar compré al
viejo un par de palomas rojizas de exuberantes colas despeinadas y un par de
palomas de moño y las metí en una saca que guardaba en el seno. De la compra me
quedaron cuarenta kopeks, pero el viejo no me cedía por ese dinero una pareja
«kriúkovo». En las «kriúkovo» me gustaban sus picos cortos, granulosos,
benevolentes. Cuarenta kopeks era su precio justo, pero el cazador regateaba y
torcía su cara amarilla, abrasada por retraídas pasiones de pajarero. Terminaba
el mercado y al ver que no aparecían otros compradores, Iván Nikodímich me
llamó. Todo salió como yo quería y todo salió torcido.
A las once y pico o algo más tarde cruzó la plaza un
hombre con botas de fieltro. Caminaba ligero sobre sus piernas hinchadas y en
su cara borracha ardían ojos entusiásticos.
—Iván Nikodímich —dijo al pasar al lado del pajarero—,
deje las herramientas: en la ciudad los hidalgos de Jerusalén reciben la
Constitución. En la Ríbnaya al viejo Bábel lo dejaron en las últimas.
Lo dijo y pasó ligero entre las jaulas como el labriego
que camina descalzo por el lindero.
—Mal hecho —musitó Iván Nikodímich a las espaldas del
caminante—, mal hecho —gritó con mayor severidad, recogió los conejos y el pavo
real y me dio las palomas «kriúkovo» por cuarenta kopeks—. Las metí en el seno
y observé cómo la gente abandonaba la Ojótnitskaya. El último se iba el pavo
real sobre el hombro de Iván Nikodímich. Iba como el sol en el húmedo cielo
otoñal, como julio en la orilla rosada del río, un julio incandescente entre
alta hierba fresca. En el mercado no quedaba nadie y los disparos retumbaban
cerca. Eché a correr hacia la estación, crucé un jardín que se volcó en mis
ojos e irrumpí en un callejón desierto con firme de tierra amarilla. Al final
del callejón estaba en su silla de ruedas el cojo Makárenko que en su silla
recorría la ciudad vendiendo tabaco. Los niños de nuestra calle le compraban
tabaco, los niños le querían y yo corrí por el callejón hacia él.
—Makárenko —dije con la respiración entrecortada por la
carrera y acaricié el hombro del cojo—, ¿has visto a Shoil?
El mutilado no respondió. Su cara tosca hecha de grasa
roja, de puños y de hierro, transparentaba. Se removía nervioso en la silla:
Katiusha, su mujer, volvió hacia él su fofo trasero mientras clasificaba los
objetos apilados en el suelo.
—¿Qué has contado? —preguntó el cojo y reclinó todo el
cuerpo como si de antemano no pudiera soportar la respuesta.
—Catorce polainas —dijo Katiusha sin incorporarse—, seis
fundas de mantas, ahora cuento las cofias...
—Cofias —gritó Makárenko; se le cortó la respiración y
emitió algo así como un gemido—. Está visto, Katerina, que Dios me señaló a mí
para responder por todos... La gente lleva el lienzo por piezas. La gente se
lleva lo bueno y nosotros cofias...
Así era. Por el callejón pasó corriendo una mujer de
hermosa cara encendida. Llevaba un manojo de feces en una mano y una pieza de
paño en la otra. Con voz feliz y desesperada llamaba a los hijos extraviados;
arrastraba el vestido de seda y la chaqueta azul tras su cuerpo veloz y no oía
a Makárenko que la seguía en su silla. El cojo iba quedando atrás, sus ruedas
chirriaban; él movía las palancas con todas sus fuerzas.
—Madamita —gritaba con voz estentórea—, ¿de dónde sacó el
percal, madamita?
Pero la mujer del vestido veloz ya había desaparecido. En
dirección opuesta salió de la esquina un carro tambaleante. Un muchacho
campesino iba en el carro de pie.
—¿A dónde corre la gente? —preguntó el muchacho y levantó
una rienda roja sobre los jamelgos que se agitaban dentro de sus colleras.
—Toda la gente está en la plaza de la Catedral —dijo
suplicando Makárenko—, allí está toda la gente, buen hombre. Todo lo que cojas,
tráemelo, lo compro todo.
El muchacho se inclinó hacia adelante y azoto a los
jamelgos píos. Los caballos corcovearon como los becerros sus grupas sucias e
iniciaron el trote. El callejón amarillo volvió a quedarse amarillo y desierto;
entonces el cojo volvió hacia mí sus ojos apagados.
—¿Es que Dios me señaló a mí? —dijo desfallecido—. ¿Es que
soy yo el hijo del hombre?...
Y Makárenko me tendió la mano salpicada por la lepra.
—¿Qué llevas en el morral? —dijo y cogió la saca que me
calentaba el corazón. La mano gruesa del mutilado alarmó a los tumbler y sacó a
la paloma rojiza. El ave reposaba en su mano con las patas estiradas.
—Palomas —dijo Makárenko y chirriando sus ruedas se
aproximó a mí, palomas —repitió y me pegó en la cara.
Me pegó de revés con la mano que sujetaba el ave. El
trasero fofo de Katiusha se revolvió en mis pupilas y caí al suelo con mi nuevo
abrigo.
—Hay que eliminar a toda su semilla —dijo entonces
Katiusha y se inclinó sobre las cofias—, no puedo ver a su semilla ni a sus
hombres apestosos...
Ella dijo algo más de nuestra semilla, pero no oí más.
Estaba tirado en el suelo y por mi sien se escurrían los intestinos del pájaro
despachurrado. Se escurrían a lo largo de las mejillas, serpenteando,
salpicando y cegándome. La suave tripa de la paloma se deslizó por mi frente;
cerré el último ojo sin tapar para no ver el mundo que se extendía ante mí. Ese
mundo era pequeño y terrible. Una piedra yacía ante mis ojos, una piedra
mellada como la cara de una vieja quijaruda; algo más allá había una cuerda y
un manojo de plumas aún palpitantes. Cerré los ojos para no verlo y me apreté a
la tierra que yacía debajo de mí con su mudez tranquilizadora. Aquella tierra
apisonada no se parecía a nuestra vida ni a la espera de los exámenes en
nuestra vida. Lejos de aquí sobre ella marchaba el dolor a lomo de un caballo
grande, pero el golpeteo de los cascos se hacía más débil, se perdía y el
silencio, el amargo silencio que algunas veces asombra a los niños en
desgracia, borró la raya entre mi cuerpo y la tierra inmóvil. La tierra olía a
suelo húmedo, a tumba y a flores. Escuché su olor y lloré sin miedo. Caminé por
una calle ajena, llena de cajas blancas, caminé adornado con plumas
sangrientas, sólo por el medio de las aceras barridas como si no fuese domingo
y lloré con tanta amargura, plenitud y felicidad como jamás volví a hacerlo.
Los cables blanquecinos susurraban sobre mi cabeza, un perro callejero corría
delante de mí; en un callejón lateral un hombre joven con chaleco rompía un
marco en la casa de Jaritón Efrussi. Lo rompía con un mazo de madera, se
impelía con todo el cuerpo y, suspirando, sonreía a diestro y siniestro con la
sonrisa bonachona de la embriaguez, del sudor y de la fuerza espiritual. La
calle toda estaba llena de estrépitos, de crujidos y del canto de la madera
quebrantada. El hombre maceaba sólo para tener motivos de inclinarse, de sudar
y de gritar palabras extrañas en un lenguaje desconocido, no ruso. Las gritaba
y cantaba, desgarrando por dentro sus ojos azules hasta que en la calle apareció
la procesión que venía del Ayuntamiento. Ancianos con barbas teñidas portaban
el retrato del zar peinado, los estandartes con santos sepulcrales se agitaban
sobre la procesión, ancianas enardecidas avanzaban rápidas. El hombre del
chaleco vio la procesión, apretó el mazo contra el pecho y corrió tras los
estandartes; yo esperé el fin de la procesión y llegué a nuestra casa. Estaba
vacía. Sus puertas blancas quedaron abiertas y la hierba al pie del palomar
aplastada. Sólo Kuzmá no abandonó la casa. Kuzmá el barrendero estaba en el
cobertizo y amortajaba al difunto Shoil.
—Te lleva el viento como a la mala astilla —dijo el viejo
al verme—, estuviste fuera una eternidad... El pueblo se cargó a tu abuelo. Ya
lo ves...
Kuzmá gimoteó, se revolvió y sacó de la bragueta del
abuelo una perca. Dos percas metieron a mi abuelo: una en la bragueta y otra en
la boca; el abuelo había muerto, pero una perca estaba viva y se estremecía.
—Se cargaron al abuelo, a nadie más —dijo Kuzmá y tiró las
percas al gato—, los puso de vuelta y media y de qué manera; un tío
formidable... Tápale los ojos con monedas, anda...
Entonces, a mis diez años, no sabía para qué los muertos
necesitan las monedas.
—Kuzmá —le susurré—, sálvanos...
Me acerqué al barrendero, abracé su vieja espalda
derrengada, con un hombro sobresaliente, y vi a su espalda al abuelo muerto.
Shoil yacía sobre serrín con el pecho aplastado, la barba erguida, los
borceguíes calzando los pies desnudos. Sus piernas separadas estaban sucias,
violáceas, muertas. Kuzmá trajinaba en torno a ellas. Amarró las mandíbulas y
se puso a cavilar qué más podría hacer con el muerto. Andaba como si tuviese en
casa muebles nuevos y se apaciguó cuando peinó la barba del muerto.
—Los puso a todos de vuelta y media —dijo sonriendo y
observó el cadáver con cariño—. Si hubiesen sido los tártaros, los hubiese
echado, pero llegaron los rusos y con ellos las mujeres rusas. A los rusos les
disgusta perdonar. Conozco a los rusos...
El barrendero puso más serrín bajo el muerto, se quitó el
mandil de carpintero y me tomó de la mano.
—Vamos a ver a tu padre —murmulló cogiéndome más fuerte—,
tu padre anda buscándote desde la mañana. No vaya a ser que se muera...
Y Kuzmá y yo nos fuimos a casa del recaudador de
impuestos, en la que mis padres se escondían del pogrom.
LIUBKA LA COSACO
La casa de Liubka Shneiveis está en la Moldavanka, en la
esquina de la Dálnitskaya y la Bálkovskaya. Tiene en la casa bodega, posada,
expendeduría de avena y un palomar para cien pares de palomas «kriúkovski» y
«nikoláyevski». Estas tiendas y el sector número cuarenta y seis de las
canteras de Odesa son de Liubka Shneiveis, alias Liubka la Cosaco. Sólo el
palomar pertenece a Evzel, el guardián, soldado retirado con medalla. Los
domingos Evzel sale a la calle Ojótnitskaya y vende palomas a oficinistas de la
ciudad y a los chicos del barrio. Además del guardián, en la posada de Liubka
viven Pesia-Mindl, cocinera y alcahueta, y el administrador Tsudechkis, un
breve judío que por su estatura y su barbita se parece a Ben Zjar, nuestro rabí
de la Moldavanka. Conozco muchas anécdotas de Tsudechkis. La primera trata de
cómo Tsudechkis entró de administrador en la posada de Liubka, alias la Cosaco.
Hará cosa de diez años Tsudechkis agenció a un
terrateniente una trilladora de tracción animal; por la noche fue con el
terrateniente a casa de Liubka, a celebrar la adquisición. El comprador llevaba
guías en los bigotes y calzaba botas altas de charol. Pesia-Mindl le puso para
cenar pescado relleno judío y para después una señorita muy bonita llamada
Nastia. El terrateniente pernoctó y el día siguiente Evzel despertó a
Tsudechkis, acurrucado ante la habitación de Liubka.
—Oiga —dijo Evzel—, anoche se jactaba de que el
terrateniente compró la trilladora gracias a usted. Pues sepa que ése escapó a
la madrugada como un miserable. Vengan dos rublos por lo consumido y cuatro
rublos por la señorita. Por lo visto, usted es toro corrido.
Tsudechkis no pagó. Evzel lo metió en la habitación de
Liubka y lo cerró con llave.
—Ahí te quedas —dijo el guardián—, hasta que venga Liubka
de la cantera y te dé una somanta con la ayuda de Dios.
—Presidiario —respondió Tsudechkis al soldado y examinó la
nueva habitación—. Tú, presidiario, no te preocupas más que de tus palomas,
pero yo creo en Dios, que me sacará de aquí como sacó a todos los judíos,
primero de Egipto y después del desierto...
El pequeño mediador quería decir a Evzel muchas cosas más,
pero el soldado cogió la llave y se fue dando taconazos. Tsudechkis volvió la
cara y vio a la alcahueta Pesia-Mindl que leía a la ventana el libro «Los
milagros y el corazón de Baal-Shem». Mientras leía el libro hasidita con canto
dorado, mecía una cuna de roble con el pie. En la cuna yacía Davidito, el hijo
de Liubka, y lloraba.
Por lo visto en este presidio hay una buena organización
—dijo Tsudechkis a Pesia-Mindl—. Ahí hay un niño llorando a lágrima viva que da
pena verle, y usted, gordota, permanece sentada como una piedra en el bosque y
no es capaz de darle el chupete...
—Déselo usted —respondió Pesia-Mindl sin dejar de leer—,
si el niño acepta de un viejo marrullero ese chupete, porque ya es grandote
como un ruso y sólo quiere leche de mamá y la mamá anda retozando por sus
canteras, tomando té con los judíos en la taberna «El Oso», comprando
contrabando en el puerto y pensando en su hijo igual que en la nieve del año
pasado...
—Sí —díjose entonces el pequeño mediador—, caíste en poder
del faraón, Tsudechkis. —Se situó ante la pared del este, murmuró su rezo
habitual con los suplementos y tomó al niño llorón en sus manos. Davidito lo
miró asombrado y agitó unos piececitos color frambuesa cubiertos de sudor
infantil; el viejo comenzó a pasear por la habitación y a balancearse como un
zaddik al rezar y entonó una canción interminable.
—A-a-a —cantaba—, a todos los niños azotes y a Davidito
dulces para que duerma día y noche... A-a-a, a todos los niños azotes...
Tsudechkis enseñó al hijo de Liubka un puñito con vello
gris y repitió lo de los azotes y de los dulces hasta que el niño se durmió y
hasta que el sol llegó a la mitad del cielo radiante. Llegó a la mitad y se
estremeció como una mosca rendida por el calor. Los ariscos campesinos de
Nerubaisk y de Tatarka, que paraban en la posada de Liubka, se metieron bajo
los carros y cayeron en un sueño salvaje y aflautado; un carpintero borracho
atravesó el portón, desparramó el cepillo y la sierra y cayó al suelo, cayó y
ronqueó en medio del mundo, plagado de moscas doradas y de rayos azules de
julio. No lejos de él se sentaron al fresco los rugosos colonos alemanes que
trajeron a Liubka vino de la frontera besaraba. Encendieron las pipas; el humo
de las enroscadas cachimbas se enredaba en las cerdas plateadas de sus mejillas
desafeitadas y ancianas. El sol colgaba del cielo como la lengua rosada de un
perro sediento, en lontananza un mar descomunal avanzaba sobre Peresip y los
mástiles de buques lejanos helaban en las aguas esmeraldas de la bahía de
Odesa. El día navegaba en una barca adornada, el día arribaba a la tarde; al
caer la tarde, a las cuatro y pico, regresó de la ciudad Liubka. Llegó en un
jamelgo rucio, barrigón y melenudo. Un mozo de piernas gordas y camisa de
percal le abrió el portón. Evzel aguantó el ramal del caballo y entonces
Tsudechkis gritó a Liubka desde su prisión:
—Mis respetos a usted, madam Shneiveis y buenos días. Se
marchó usted para tres años a sus asuntos y dejó al niño hambriento en mi
regazo...
—Chitón, jeta —respondió Liubka al viejo y se apeó—.
¿Quién abre la boca en mi ventana?
—Es Tsudechkis, un toro corrido —respondió a la dueña el
soldado de la medalla y empezó a contarle toda la historia del terrateniente,
pero no terminó porque el mediador le interrumpió chillando con todas sus
fuerzas.
—Vaya frescura —chilló y arrojó al patio su bonete—, vaya
frescura abandonar en el regazo a un niño ajeno y desaparecer por tres años...
Venga a darle la teta...
—Ahí voy, estafador —musitó Liubka y subió la escalera.
Entró en la habitación y sacó el pecho de la blusa manchada de polvo.
El niño se inclinó hacia ella, mordió el descomunal pezón,
pero no sacó leche. Una vena se hinchó en la frente de la madre y Tsudechkis le
dijo agitando el bonete:
—Usted todo lo quiere para sí, codiciosa Liubka; tira
hacia sí del mundo entero como los niños tiran del mantel con migajas de pan.
Usted quiere el primer trigo y la primera uva, quiere cocer panes blancos al
sol y mientras tanto su hijo pequeño, un niño como una estrellita, estira la
pata sin leche...
—¿De dónde saco yo la leche —gritó la mujer y exprimió la
teta—, si hoy ancló el «Plutarco» y además hice quince kilómetros bajo el
sol?... Su canción es demasiado larga, viejo judío. Hará mejor si paga los seis
rublos...
Tsudechkis no pagó. Desabrochó la manga, desnudó el brazo
y metió el codo delgado y sucio en la boca de Liubka.
—Trágalo, presidiaria —dijo y escupió hacia un rincón.
Liubka mantuvo el codo ajeno en la boca, lo sacó, cerró la
puerta con llave y bajó al patio. Allí le esperaba míster Trottibearn,
semejante a un poste de carne pelirroja. Míster Trottibearn era el jefe de
máquinas del «Plutarco». Vino a ver a Liubka con dos marineros. Un marinero era
inglés, el otro malayo. Entre los tres metieron en el patio el contrabando
traído de Port Said. El cajón era pesado y se les cayó al suelo; del cajón
salieron cigarros enredados en seda japonesa. Un montón de mujeres se arrimó al
cajón y dos gitanas forasteras, cimbreándose y tintineando, quisieron meterse
por el costado.
—Largo, pelones —les gritó Liubka y llevó a los marineros
a la sombra de una acacia. Allí se sentaron a la mesa. Evzel les puso vino y
míster Trottibearn desplegó su mercancía. Sacó del embalaje cigarros y sedas
finas, cocaína y limas, tabaco sin precinto del Estado de Virginia y vino
negro, adquirido en la isla de Quíos. Cada artículo tenía su precio y cada
cifra se festejaba con vino besarabo que olía a sol y a chinches. El crepúsculo
corrió por el patio, el crepúsculo corrió como una ola nocturna sobre un río
ancho y el malayo borracho, lleno de asombro, tocó con un dedo el pecho de
Liubka. Lo tocó con un dedo y con todos, consecutivamente.
Sus ojos amarillos y dulces colgaban sobre la mesa como
faroles de papel sobre una calle china; entonó una canción muy bajito y cayó al
suelo cuando Liubka le dio un empujón con el puño.
—Mira qué instruido es —dijo de él Liubka a míster
Trottibearn—, por culpa de ese malayo perderé la poca leche que me queda y
aquel judío por esa leche casi me come...
Señaló a Tsudechkis, que lavaba sus calcetines a la
ventana. En la habitación de Tsudechkis un pequeño quinqué despedía hollín. La
artesa espumaba y susurraba. El asomó la cabeza por la ventana y al percatarse
que estaban hablando de él, gritó desesperado:
—¡Socorro! —gritó y agitó las manos.
—Chitón, jeta —carcajeó Liubka—. Chitón.
Arrojó una piedra al viejo, pero no acertó. Entonces la
mujer agarró una botella vacía. Pero míster Trottibearn, el jefe de máquinas,
le quitó la botella, apuntó y la coló por la ventana abierta.
—Miss Liubka —dijo el jefe de máquinas levantándose y
recogiendo las piernas borrachas—, mucha gente digna me pide mercancías, pero
no las doy a nadie: ni a míster Kuninzón, ni a míster Batia, ni a míster
Kúpchik, a nadie que no sea usted, porque me agrada su conversación, miss
Liubka...
Afincado ya sobre las piernas temblonas, abrazó por los
hombros a sus marineros, inglés uno y malayo el otro, y comenzó a danzar con
ellos en el patio ya frío. Hombres del «Plutarco» —ellos bailaban en un
silencio lleno de sabios pensamientos. Una estrella anaranjada se deslizó hasta
el borde mismo del horizonte y los observó detenidamente. Cobraron el dinero y
salieron a la calle, meciéndose como una lámpara colgada en un barco. Desde la
calle veían el mar, el agua negra de la bahía de Odesa, banderas de juguete en
los mástiles sumergidos y luces penetrantes encendidas en las espaciosas
entrañas. Liubka acompañó a los visitantes, que marchaban danzando, hasta el
paso a nivel, se quedó sola en la calle desierta, se rió de sus pensamientos y
regresó a casa. El mozo soñoliento de la camisa de percal cerró el portón.
Evzel entregó a la dueña la recaudación del día y ella subió a dormir. En el
cuarto dormitaba ya Pesia-Mindl la alcahueta; Tsudechkis mecía la cuna de roble
con los piececitos descalzos.
—Nos tiene usted martirizados, bribona Liubka —dijo él y
sacó al niño de la cuna. Aprenda de mí, madre asquerosa...
Puso un peine fino sobre el pecho de Liubka y llevó al
hijo a la cama de ella. El niño se estiró hacia la madre, se pinchó con el
peine y rompió a llorar. El viejo le dio el chupete, pero Davidito torció la
cara.
—¿Está experimentando conmigo, viejo bribón? — musitó
Liubka adormeciéndose.
—Silencio, madre asquerosa —le respondió Tsudechkis—.
Silencio y aprenda, así reviente...
El niño volvió a pincharse con el peine, tomó con
vacilación el chupete y lo mamó.
—Ya ve —dijo Tsudechkis y sonrió—, desacostumbré a su
hijo. Aprenda y así reviente...
Davidito, acostado en la cuna, mamaba el chupete y soltaba
una baba feliz. Liubka se despertó, abrió los ojos y volvió a cerrarlos. Vio su
hijo y a la luna que penetraba por la ventana. La luna saltaba entre las nubes
negras como un cordero extraviado.
—Bueno —dijo entonces Liubka—, ábrele la puerta a
Tsudechkis, Pesia-Mindl, y que venga mañana por una libra de tabaco
americano...
Al día siguiente Tsudechkis vino por la libra de tabaco
sin precintar del Estado de Virginia. Recibió eso y un cuarto de té. A la
semana, cuando fui a comprar palomas a Evzel, vi al nuevo administrador en el
patio de Liubka. Era breve como nuestro rabí Ben Zjar. Tsudechkis era el nuevo
administrador.
Permaneció en el puesto quince años y en este tiempo supe
de él un sinfín de anécdotas. Si soy capaz, las contaré todas por orden, porque
son anécdotas interesantísimas.
ASÍ SE HACÍA EN ODESA
Empecé:
—Rebe Arie-Leib —dije al viejo—, hablemos de Benia Krik.
Hablemos de su comienzo fulminante y de su terrible final. Tres sombras
interfieren el camino a mi imaginación. Fróim Grach. ¿Acaso el acero de sus
actos no es comparable a la fuerza del Rey? Kolka Pakovski. La furia de aquel
hombre tenía todo lo necesario para ordenar. ¿Acaso Jaim Drong no vislumbró el
brillo del nuevo astro? Entonces, ¿por qué sólo Benia Krik subió la escalera de
cuerda mientras los demás quedaron abajo, colgando de los vacilantes peldaños?
Rebe Arie-Leib callaba encaramado en la tapia del
cementerio. Ante nosotros se extendía la verde tranquilidad de las tumbas. El
que espera respuesta debe armarse de paciencia. Al sabio le corresponde ser
circunspecto. Por eso Arie-Leib permanecía callado en la tapia del cementerio.
Por fin dijo:
—¿Por qué fue él? ¿Por qué no ellos, desea usted saber?
Bien. Olvídese por un rato de que tiene gafas en la nariz y otoño en su alma.
Deje de armar escándalos ante su mesa escritorio y de tartamudear en público.
Imagínese por un instante que arma escándalos en la plaza y que tartamudea en
el papel. Es usted un tigre, un león, un gato. Es capaz de pasar la noche con
una mujer rusa y la mujer rusa quedará satisfecha de usted. Cuenta usted
veinticinco años. Si el cielo y la tierra tuvieran anillas usted se engancharía
a las anillas y unía el cielo con la tierra. Su padre es Méndel Krik, el
carretero. ¿En qué piensa un padre así? Pues piensa en soplarse una buena copa
de aguardiente, en romperle los morros a quien sea, en sus caballos y en nada
más. Usted quiere vivir y él le hace morir veinte veces al día. ¿Qué hubiera
hecho usted en el lugar de Benia Krik? No hubiera hecho nada. Pero Benia sí
hizo. Por eso él es un Rey, mientras que usted hace la higa en el bolsillo.
El, Bencito, fue adonde Fróim Grach, que ya miraba al
mundo con un solo ojo y ya era lo que es. Dijo a Fróim:
—Cógeme. Quiero arrimarme a tu orilla. La orilla a la que
me arrime saldrá beneficiada.
Grach le preguntó:
—¿Quién eres, de dónde vienes y cómo respiras? —Hazme una
prueba, Fróim —respondió Benia—, y dejemos de restregar las gachas blancas por
la mesa limpia.
—Dejemos de restregar las gachas —respondió Grach—. Te
haré la prueba.
Los atracadores reunieron el consejo para pensar en Benia
Krik. No estuve presente en el consejo, pero se dice que lo reunieron. El
difunto Liova el Toro era el responsable.
—¿Qué cosas oculta ese Bencito bajo la gorra? —preguntó el
difunto Toro.
Grach el tuerto opinó:
—Benia habla poco, pero sustancioso. Habla poco, pero
sientes ganas de que diga algo más.
—Si es así —exclamó el difunto Liovka—, probémoslo con
Tartakovski.
—Probémoslo con Tartakovski —decidió el consejo, y todos
los que aún albergaban vergüenza enrojecieron al escuchar la decisión. ¿Por qué
enrojecieron? Lo sabrá si va adonde le llevo.
Tartakovski tenía los motes de «Judío y medio» y de «Nueve
asaltos». Le llamaban «Judío y medio» porque en ningún otro hebreo cabía tanta
audacia ni tanto dinero como en Tartakovski. Era más alto que el policía más
alto de Odesa y pesaba más que la judía más gorda. Le llamaban «Nueve asaltos»
porque la firma «Liovka el Toro y Co.» lanzó contra su oficina no ocho ni diez
asaltos, sino justamente nueve. A Benia, que aún no era Rey, le cupo el honor
de perpetrar contra el «Judío y medio» el décimo asalto. Cuando Fróim se lo
comunicó él dijo «sí» y salió dando un portazo. ¿Por qué dio un portazo? Lo
sabrá si va adonde le llevo.
Tartakovski tiene entrañas de asesino, pero es nuestro.
Salió de entre nosotros. Es sangre nuestra. Lleva nuestra carne, como si nos
hubiera parido la misma madre. Media Odesa está empleada en sus tiendas. Fue
víctima de su gente, de los de Moldavanka. Dos veces lo secuestraron para lo
del rescate y una vez, durante un pogrom, lo enterraron con cantantes. Los
matones del suburbio maltrataron a los judíos en la calle Bolshaya Arnaútskaya.
Cuando escapaba, Tartakovski vio un entierro con cantantes en la calle
Sofiskaya. Preguntó:
—¿A quiénes entierran con cantantes?
Los transeúntes le contestaron que enterraban a
Tartakovski. La procesión llegó al cementerio del suburbio. Allí los nuestros
sacaron una ametralladora del ataúd y dispararon contra los matones del
suburbio. «Judío y medio» no se imaginaba tal cosa. A «Judío y medio» le entró
un susto terrible. En su lugar cualquier tendero hubiera hecho lo mismo.
El décimo atraco a un hombre enterrado una vez era una
grosería. Benia, que aún no era Rey, lo comprendía mejor que nadie. Pero dijo a
Grach que sí y aquel mismo día escribió a Tartakovski una carta como todas las
cartas de ese estilo:
«Estimadísimo Ruvim Osipovich: El sábado tenga la
amabilidad de poner bajo la barrica del agua de lluvia..., etcétera. Si se
niega, como últimamente se lo estuvo permitiendo usted, le espera una gran
decepción en su vida familiar. Con todo el respeto, su conocido Bención Krik.»
Tartakovski no tuvo pereza y contestó inmediatamente:
«Benia: Si fueras idiota te contestaría como a un idiota.
Pero no te reconozco como tal y no quiera Dios que te reconozca. Por lo visto,
te haces el niño. ¿No sabes que en la Argentina hubo este año cosecha a rabiar
y que nosotros estamos con nuestro trigo sin estrenar?... Te digo con el
corazón en la mano que estoy harto de tragar a mi vejez un mendrugo tan amargo
y de aguantar estos disgustos después de haber trabajado toda la vida como el
último carretero. ¿Qué me queda después de esos trabajos forzados ilimitados?
Llagas, pupas, quebrantos y desvelos. Déjate de tonterías, Benia. Tu amigo, más
de lo que te imaginas, Ruvim Tartakovski.»
«Judío y medio» hizo lo que debía: contestó a la carta.
Pero el correo no la entregó al destinatario. Benia, al no recibir la
respuesta, se encolerizó. Al día siguiente se presentó con cuatro amigos en la
oficina de Tartakovski. Cuatro muchachos con antifaces y revólveres irrumpieron
en la habitación.
—Manos arriba —dijeron y comenzaron a agitar las pistolas.
—Trabaja con más calma, Salomón —observó Benia a uno de
los que más alborotaban—. Deja esa costumbre de ponerte nervioso en el trabajo.
Se dirigió al dependiente que estaba blanco como la muerte y amarillo como la
arcilla y le preguntó:
—Está «Judío y medio» en el establecimiento?
—¿No está en el establecimiento —respondió el dependiente,
que se apellidaba Muguinshtein, de nombre Iósif, hijo soltero de la tía Pesia,
la que vende gallinas en la plaza Seredínnaya.
—Vamos, ¿quién sustituye aquí al dueño? —inquirieron al
pobre Muguinshtein.
—Yo sustituyo al dueño —dijo el dependiente verde como la
hierba verde.
—Entonces, ábrenos la caja con la ayuda de Dios —le ordenó
Benia y comenzó una ópera en tres actos.
Salomón, el nervioso, metía en la maleta dinero, papeles,
relojes y monogramas; el difunto Iósif permanecía ante él con las manos
levantadas, mientras Benia relataba historias de la vida del pueblo judío.
—Ya que se hace el Rothschild —decía Benia refiriéndose a
Tartakovski—, que reviente. Tú dime, Muguinshtein, como a un amigo: él recibe
de mí una carta oficial, ¿qué menos que tomar el tranvía por cinco kopeks y
presentarse en mi casa para beber con mi familia una copa de aguardiente y
comer lo que Dios nos dé? ¿Qué le impidió hablarme con franqueza? Me hubiese
dicho: «Benia, hay esto y esto. Ahí tienes mi balance. Espera un par de días.
Déjame respirar. Déjame desentumecerme.» ¿Qué le diría yo? Un cerdo jamás se
encuentra con otro cerdo, pero un hombre con otro sí. ¿Tú me comprendes,
Muguinshtein?
—Sí, le comprendo —dijo Muguinshtein—, pero mentía: no
acababa de comprender para qué «Judío y medio», un rico respetado y más
importante que nadie, tenía que tomar el tranvía para comer con la familia del
carretero Méndel Krik.
Mientras, la desgracia rondaba al pie de la ventana como
el mendigo al amanecer. La desgracia entró estruendosamente en la oficina.
Aunque esta vez traía el aspecto del judío Savka Butsis, la desgracia venía
borracha como un aguador.
—Go-gu-go —gritó el judío Savka—, perdóname, Bencito, por
haber tardado. Y se puso a patalear y a bracear. Después disparó y la bala dio
a Muguinshtein en la barriga.
¿Hacen falta palabras? Un hombre vivo dejó de existir. Un
inocente solterón que vivía como el pájaro en la rama se murió por una
tontería. Llegó un judío con .mañas de marinero y no disparó contra una botella
con sorpresa, sino contra la barriga de un hombre. ¿Hacen falta palabras?
—A correr de la oficina —gritó Benia y salió el último.
Aún le dio tiempo de gritar a Butsis:
—Te juro por el ataúd de mi madre, Savka, que te
enterrarán junto a éste...
Ahora dígame, señorito que corta cupones de acciones
ajenas: ¿Qué haría usted en el lugar de Benia Krik? Usted no sabe lo que haría.
El sí lo sabía. El era un Rey, mientras que nosotros nos sentamos en la tapia
del segundo cementerio judío y nos tapamos del sol con la mano.
El desafortunado hijo de la tía Pesia no se murió en el
sitio. A la hora en el hospital se presentó Benia. Invitó al médico jefe y a la
enfermera y les dijo sin sacar las manos del pantalón color crema:
—Tengo interés —dijo— en que el enfermo Iósif
Muguinshtein sane. Por si acaso, me presento: Bención
Krik. Con la mejor disposición denle alcanfor, almohadas de aire y habitación
aparte. Si no, a cada doctor, aunque sea doctor en filosofía, le tocarán tres
metros de tierra.
No obstante, Muguinshtein murió aquella misma noche. Sólo
entonces «Judío y medio» empezó a gritar por toda Odesa:
—¿Dónde comienza la policía —vociferaba— y dónde termina
Benia?
—La policía termina allí donde empieza Benia —le respondía
la gente sabia. Pero Tartakovski siguió sin calmarse hasta el día que un
automóvil rojo con claxon musical tocó en la plaza Seredínnaya su primera
marcha de la ópera «Ríe, payaso». El auto llegó en pleno día a la casa de la
tía Pesia.
El auto parecía rechinar las ruedas, escupía humo,
despedía fulgores con su bronce, exhalaba gasolina y tocaba arias con el
claxon. Alguien se apeó del automóvil y pasó a la cocina, en cuyo piso de
tierra se retorcía la menuda tía Pesia. «Judío y medio» estaba sentado en una
silla y hacía aspavientos.
—Canalla —gritó al ver al visitante—, bandido. Que la
tumba no te admita. Te echaste la moda de matar a gente viva...
—Mosié Tartakovski —le respondió Benia Krik en voz baja.
Llevo un día y pico llorando al querido difunto como si llorase a mi hermano.
Pero sé que a usted le importan un bledo mis jóvenes lágrimas. La vergüenza,
mosié Tartakovski, ¿en qué caja fuerte guardó su vergüenza? Tuvo estómago para
mandar cien míseros rublos a la madre de nuestro difunto Iósif. Cuando oí
semejante noticia el cerebro y los pelos se me pusieron de punta.
En este sitio Benia hizo una pausa. Vestía chaqueta color
chocolate, pantalón crema y zapatos carmesí.
—Diez mil de un golpe —rugió—, diez mil de un golpe y una
pensión hasta su muerte y que viva ciento veinte años. Y si no, salgamos de
este local, mosié Tartakovski, y subamos a mi automóvil...
Después riñeron. «Judío y medio» riñó con Benia. No
presencié la riña. Pero los que estaban la recuerdan. Quedaron en cinco mil al
contado y en cincuenta rublos mensuales.
—Tía Pesia —dijo Benia a la vieja desgreñada que se
retorcía en el suelo—, si necesita de mi vida, tómela, pero todo el mundo
comete errores. Hasta Dios. Fue un error enorme, tía Pesia. Pero ¿acaso no fue
un error que Dios situase a los judíos en Rusia para que sufran igual que en el
infierno? ¿Acaso hubiera estado mal que los judíos vivieran en Suiza, rodeados
de lagos de primera calidad, de aire de montaña y de franceses a tutiplén?
Todos cometen errores. Hasta Dios. Escúcheme con los oídos, tía Pesia. Usted
tiene cinco mil en mano y cincuenta rublos hasta su muerte, viva usted ciento
veinte años. Iósif tendrá un entierro de primera: seis caballos como seis
leones, dos carrozas con coronas, el coro de la sinagoga Brodskaya, Minkovski
en persona oficiará la misa de cuerpo presente...
Al día siguiente fue el entierro. ¡Que le cuenten el
entierro los mendigos del cementerio! Pregunte de él a los salmistas de la
sinagoga, a los vendedores de carne trifa o a las viejas del asilo número dos.
Un entierro como éste jamás lo había visto Odesa y el mundo no lo verá. Ese día
la policía se puso guantes de hilo. En las sinagogas, adornadas con ramas y
abiertas de par en par, ardía la electricidad. En los caballos blancos que
tiraban del carro se mecían penachos negros. Abrían la procesión sesenta cantantes.
Los cantantes eran niños que cantaban con voz de mujer. Los parnases de la
sinagoga de los que venden carne trifa llevaban a la tía Pesia del brazo. Tras
los parnases marchaban los miembros de la sociedad de dependientes judíos; tras
los dependientes judíos iban los abogados, los doctores en medicina y las
enfermeras parteras. A un costado de la tía Pesia se hallaban las vendedoras de
gallinas del Viejo mercado y al otro costado las respetables lecheras de
Bugáyevka, envueltas en mantillas color naranja. Pateaban como los gendarmes en
un desfile un día de fiesta. Sus anchas caderas olían a mar y a leche. Los
últimos eran los empleados de Ruvim Tartakovski. Eran cien o doscientos, o dos
mil. Vestían levitas negras con solapa de seda y zapatos nuevos que crujían
como lechones en un saco.
Pues bien. Hablaré como Dios habló en el monte del Sinaí
desde la zarza ardiente. Ponga mis palabras en sus oídos. Todo lo que vi lo vi
con mis propios ojos aquí sentado, sobre la tapia del segundo cementerio, al
lado de Moisesito, el tartajoso, y de Shimsón, el de pompas fúnebres. Yo lo vi,
Arie-Leib, judío arrogante que vive a expensas de los muertos.
La carroza llegó a la sinagoga del cementerio. Colocaron
el ataúd en la escalinata. La tía Pesia temblaba como un pajarito. El chantre
salió del faetón y comenzó la misa. Sesenta cantantes lo coreaban. En esto
apareció en un recodo un auto rojo. Tocó «Ríe, payaso» y frenó. La gente
callaba como difunta. Callaban los árboles, los cantantes, los mendigos. Cuatro
hombres aparecieron por debajo del techo rojo y con paso lento llevaron a la
carroza un ramo de rosas jamás vistas. Terminó la misa y los cuatro hombres
arrimaron al ataúd sus hombros de acero, y con fuego en los ojos y el pecho
abombado caminaron junto a los miembros de la sociedad de dependientes judíos.
Delante marchaba Benia Krik, al que nadie llamaba aún el
Rey. Llegó el primero a la tumba, subió al montículo y extendió la mano.
—¿Qué quiere hacer, joven? —se acercó a él Kofman, de la
cofradía fúnebre.
—Quiero decir un discurso —respondió Benia Krik. Y dijo el
discurso. Lo oyó todo el que quiso. Lo oí yo, Arie-Leib, y Moisesito el
tartajoso, sentado conmigo en la tapia.
—Señores y señoras —dijo Benia Krik—, señores y señoras
—dijo, y el sol se detuvo sobre su cabeza como un centinela con la escopeta—.
Acudieron ustedes a dar el último adiós a un honrado trabajador muerto por una
bagatela. En mi nombre y en el de los que aquí no están presentes les doy las
gracias. Señores y señoras: ¿Qué vio en su vida nuestro querido Iósif? Vio un
par de tonterías. ¿Qué hacía? Contar el dinero ajeno. ¿Por qué cayó? Cayó por
toda la clase laboriosa. Unos ya están condenados a morir y otros no han
comenzado aún a vivir. Una bala enfilada hacia un pecho predestinado atravesó a
Iósif, que en su vida no vio más que un par de tonterías. Unos saben beber
aguardiente y otros no saben beber aguardiente, pero lo beben. Los primeros se
sienten a gusto en el dolor y en la alegría mientras que los segundos sufren
por todos los que beben aguardiente sin saber beberlo. Por eso, señores y
señoras, después que recemos por nuestro pobre Iósif, les ruego que visiten la
tumba de Saveli Butsis, desconocido de ustedes, pero ya cadáver...
Benia terminó el discurso y bajó del montículo. Callaron
la gente, los árboles y los mendigos del cementerio. Dos enterradores llevaron
un ataúd sin pintar hacia la tumba vecina. El chantre terminó la oración
tartamudeando. Benia echó la primera palada y pasó adonde Savka. Los abogados y
las mujeres con broches siguiéronle como ovejas. Hizo al chantre oficiar la
misa completa sobre Savka y sesenta cantantes corearon al chantre. Savka jamás
había soñado con una misa así, crea a Arie-Leib, un viejo anciano.
Dicen que aquel día «Judío y medio» decidió cerrar el
negocio. Yo no estaba presente. Pero que ni el chantre, ni el coro, ni la
cofradía fúnebre pidieron dinero por el entierro, eso lo vi yo con los ojos de
Arie-Leib. Arie-Leib es mi nombre. No logré ver nada más: la gente se retiró
despacio de la tumba de Savka y se lanzó a la carrera como de un incendio.
Salieron volando en faetones, en carros y a pie. Sólo los cuatro que vinieron
en auto se fueron en él. El claxon tocó la marcha, la máquina se estremeció y
partió.
—Ahí va el Rey —dijo a su paso Moisesito el tartajoso, el
que me quita los mejores sitios en la tapia.
Ahora usted lo sabe todo. Sabe quién fue el primero en
pronunciar la palabra «rey»: Moisesito. Sabe por qué no dio ese nombre a Grach
el tuerto ni a Kolia el furioso. Usted ya está enterado de todo. Pero ¿de qué
le sirve si sigue con las gafas sobre la nariz y con el otoño en el alma?...
Grach siguió y vio en su patio a una mujer de altura
descomunal, de caderas enormes y de mofletes color ladrillo.
—Papá —dijo la mujer con atronadora voz de bajo—, me
consumo de aburrimiento. Le estoy esperando todo el día... La abuela murió en
Tulchin.
Grach, desde el carro, observaba a su hija con ojos muy
grandes.
—No te revuelvas ante los caballos —dijo desesperado—,
agarra al de varas por el bridón. No me eches a perder las caballerías...
Grach, de pie en el carro, agitó el látigo. Baska tomó al
de varas por el bridón y llevó los caballos a la cuadra. Desapareció y se fue a
la cocina a preparar algo. Colgó de una cuerda los peales del padre, limpió con
arena la cafetera entiznada y calentó croquetas en una cacerola de hierro.
—Hay aquí una mugre espantosa, papá —dijo ella y echó por
la ventana unas agrias pieles de oveja tiradas en el suelo—. Tengo que sacar
toda la basura —gritó Baska y puso la cena.
El viejo bebió aguardiente en una cafetera esmaltada y
comió las croquetas que olían a infancia feliz. Después tomó el látigo y salió
a la calle. Baska lo siguió. Se puso zapatos de hombre y un vestido naranja, se
caló el gorro plagado de pajaritos y se sentó en el banco. La noche pasaba
junto al banco, el ojo brillante del ocaso caía en el mar, más allá de Perésip
y el cielo estaba rojo como un día festivo en el calendario. En la Dálnitskaya
cerraron todos los comercios y los atracadores marcharon a la calle apartada
donde tenía su burdel Ioska Samuelsón. Iban en calesas acharoladas, abigarrados
como colibríes, vistiendo chaquetas de color. Con los ojos muy abiertos, con un
pie en el estribo sostenían en sus férreas manos flores envueltas en papel de
fumar. Sus calesas acharoladas avanzaban al paso; en cada carro iba uno con su
ramo; los cocheros tiesos en sus pescantes, adornados con cintas, parecían
padrinos de boda. Las viejas judías con escarcelas observaban apáticas el
desfile habitual. Eran apáticas para todo las viejas judías, pero los hijos de
los tenderos y de los carpinteros de ribera envidiaban a los reyes de la
Moldavanka.
Algunos, como Solomoncito Kaplún, hijo de un vendedor de
ultramarinos, y Monia el artillero, hijo de un contrabandista, intentaban
apartar la mirada para no ver el brillo de la ventura Ajena. Ambos pasaron de
largo, contoneándose como mozas que ya saben del amor, cuchichearon y mostraron
con ademanes cómo abrazarían a Baska si ella quisiera, Baska quísolo
inmediatamente: era una sencilla muchacha de Tulchin, ciudaducha roñosa y
cegarata. Pesaba cinco puds y algunas libras, vivió toda su vida entre una estirpe
mortificadora de mediadores, libreros ambulantes y contratistas de madera de la
Podolia y jamás había visto a personas como Solomoncito Kaplún. Por eso, al
verle raspó el suelo con sus pies gordos, calzados con zapatos de hombre y dijo
al padre:
—Papá —dijo con voz atronada—, fíjese en ese señorito.
Tiene unas piernecitas que parecen de muñeca. Cómo estrangularía yo esas
piernecitas...
—Vaya, señor Grach —susurró un viejo judío apellidado
Golúbchik que se había sentado al lado—. Por lo visto, su criatura quiere
pacer...
—Era lo que me faltaba —respondió Fróim a Golúbchik,
jugueteó con el látigo y marchó a acostarse. Durmió tranquilamente, porque no
creyó al viejo. No creyó al viejo y no tenía razón alguna. La razón era de
Golúbchik. Golúbchik arreglaba matrimonios en nuestra calle, velaba en casa de
difuntos pudientes y conocía de la vida todo lo que de ella es dado conocer.
Fróim Grach no tenía razón. La razón era de Golúbchik.
Efectivamente, desde aquel día Baska se pasó las tardes en
la calle. Se sentaba en el banco a coser su ajuar. Las mujeres encinta tomaban
sitio a su lado, cúmulos de tela trepaban por las potentes rodillas
esparrancadas de Baska: las mujeres encinta se hinchaban comiendo de todo, como
la ubre de la vaca se hincha en el prado con la leche rosada de la primavera.
Mientras, sus maridos iban regresando del trabajo. Los maridos de las mujeres
rezongonas exprimían sus barbas bajo el grifo y cedían el sitio a viejas
jibosas. Las viejas bañaban en las artesas a niños rollizos, azotaban las
nalgas brillantes de los nietos, a los que arrebujaban en sus faldas raídas.
Baska la de Tulchin observó la vida de Moldavanka, nuestra madre generosa, una
vida atiborrada de niños chupeantes, de trapos colgados y de noches conyugales,
llenas de elegancia de arrabal y de potencia soldadesca. La muchacha aspiraba a
una vida semejante, pero supo que la hija de Grach el tuerto no podría esperar
partida digna. Entonces dejó de llamar padre al padre.
—Ladrón pelirrojo —le gritaba por la noche—, ladrón
pelirrojo, a cenar.
La cosa continuó hasta que Baska se hizo seis camisas de
noche y seis pantalones con volantes de puntilla. Terminó de coser las
puntillas y rompió a llorar con voz fina, tan distinta a la suya, y entre
lágrimas dijo al impávido Grach:
—Todas las muchachas —le dijo— tienen su propio interés en
la vida. Yo soy la única que vive como el guardián que cuida de noche un
almacén ajeno. Haga conmigo algo, padre, o pongo fin a mi vida...
Grach escuchó todo lo que su hija le dijo, se puso una
capa de lona y fue a visitar al tendero Kaplún, a la plaza Privóznaya.
Sobre la tienda de Kaplún brillaba un letrero dorado. En
ella olía a muchos mares y a vidas hermosas que no conocemos. Un niño salpicaba
con una regadera la fresca profundidad de la tienda y entonaba una canción apta
sólo para adultos. Salomoncito, el hijo del dueño, despachaba. Sobre el
mostrador había aceitunas llegadas de Grecia, café en grano, vino málaga de
Lisboa, sardinas «Felipe y Cano» y pimienta de Cayena. Kaplún padre permanecía
en una galería de cristal aguantando el sol en chaleco y comiendo una sandía
roja, una sandía roja con pepitas negras, con pepitas oblicuas como los ojos de
pícaras chinas. La barriga de Kaplún descansaba al sol sobre la mesa y el sol
no podía con ella. El tendero vio a Grach con la capa de lona y empalideció.
—Buenos días, mosié Grach —dijo distanciándose—. Golúbchik
me anunció su visita y preparé para usted una libra de té, algo
extraordinario...
Y comenzó a hablar de la nueva marca de té, llegada de
Odesa en barcos holandeses. Grach le escuchó con paciencia, pero después le
cortó: era un hombre sencillo y sin picardías.
—Soy un hombre sencillo y sin picardías —dijo Fróim—. Me
ocupo de mis caballos y de mis ocupaciones. El ajuar de Baska consta de ropa
nueva, un par de monedas viejas y de mí. Al que le parezca poco que arda...
—¿Arder, para qué? —dijo Kaplún con prisa y acarició la
mano del carretero—. ¿Para qué esas palabras, mosié Grach? Usted es un hombre
capaz de ayudar al prójimo y, dicho sea, capaz de ofender al prójimo. Si usted
no es rabí en Cracovia, yo tampoco tomé por esposa a la sobrina de Moisés
Montefiore, pero... pero tenemos a madam Kaplún, una dama grandiosa que ni Dios
sabe lo que quiere esa mujer...
—Yo sí lo sé —cortó Grach al tendero. Sé que Solomoncito
desea a Baska, pero madam Kaplún no me desea a mí...
—Eso, no le deseo a usted —gritó madam Kaplún, que
escuchaba detrás de la puerta, y entró en la galería de cristal, ruborizada y
con el pecho incandescente—. No le deseo a usted, Grach, igual que no se desea
la muerte, igual que la novia no desea granos en la cabeza. No olvide que
nuestro difunto abuelo fue tendero y que debemos agarrarnos a nuestra tonga.
—Agárrense a su tonga —respondió Grach a la incandescente
madam Kaplún, y se fue a casa.
Allí esperaba Baska con su vestido naranja, pero el viejo,
sin mirarla, estiró la pelliza debajo del carro y se tumbó. Durmió hasta que el
potente brazo de Baska le expulsó de allí.
—Ladrón pelirrojo —dijo la muchacha con un murmullo que no
parecía suyo—. ¿Por qué tengo que aguantar sus modales de carretero y por qué
se calla como un tarugo, ladrón pelirrojo?...
—Baska —repuso Grach—, Solomoncito te desea, pero madam
Kaplún no me desea a mí. Allí buscan a un tendero.
El viejo arregló la pelliza y se escurrió debajo del
carro. Baska desapareció del patio...
Todo esto ocurrió un sábado, día festivo. El ojo purpúreo
del ocaso, cuando rebuscaba la tierra al atardecer, tropezó con Grach que
roncaba bajo su carro. El presuroso rayo se clavó en el dormido con ardiente
reproche y lo sacó a la calle Dálnitskaya, que polvoreaba y brillaba como
centeno verde al viento. Los tártaros marchaban Dálnitskaya arriba, tártaros y
turcos con sus molas. Regresaban a sus casas en las estepas de Orenburgo y del
Transcáucaso de una peregrinación a La Meca. Un barco los había traído a Odesa
y ahora iban del puerto a la posada de Liubka Shneiveis, alias Liubka la
Cosaco. Cubrían a los tártaros inflexibles albornoces rayados que inundaban la
calzada de sudor broncíneo del desierto. Se enrollaban a sus feces toallas
blancas, distintivo del que se postró ante los restos del Profeta. Los
peregrinos llegaron a la esquina y torcieron hacia la posada de Liubka
Shneiveis, pero no pudieron franquear la puerta porque se agolpaba mucha gente.
Liubka Shneiveis, con un bolsón en bandolera, golpeaba y empujaba hacia la
calle a un borracho. Le aporreaba la cara con un puño, como si fuese una
pandereta, y con la otra mano sostenía al hombre para que no se tumbara. Al
hombre le brotaban chorritos de sangre por los dientes y cerca de la oreja.
Estaba pensativo y observaba a Liubka como a una persona ajena. Después se
desplomó sobre los adoquines y quedó dormido. Liubka le pegó un puntapié y
entró en su tienda. Evzel, su guardián, cerró el portón y saludó con la mano a
Fróim Grach, que pasaba cerca...
—¡Mis honores, Grach! —dijo—. Si desea observar algo de la
realidad, entre en nuestro patio. Hay cosas graciosas...
El guardián llevó a Grach hacia el muro al que estaban
arrimados los peregrinos llegados la víspera. Un viejo turco con un turbante
verde, un viejo turco verde y ligero como una hoja yacía sobre la hierba.
Estaba cubierto de sudor perlado, respiraba con dificultad y movía los ojos.
—Aquí tiene —dijo Evzel y se arregló la medalla en su
chaqueta raída—. Aquí tiene un drama real de la ópera «El achaque turco». El
viejito se acaba, pero no se puede llamar al médico: el que muere camino de su
casa, después de visitar al dios Mahoma, para ellos es el más feliz y el más
rico... Halvash —gritó Evzel al moribundo y soltó una carcajada—, que viene el
médico a curarte...
El turco miró al guardián con miedo y con odio infantiles
y torció la cara. Evzel, satisfecho de sí, llevó a Grach a la bodega, en la
parte opuesta del patio. En la bodega ya ardían las lámparas y sonaba la
música. Viejos judíos con barbas graves tocaban canciones rumanas y judías.
Méndel Krik, sentado a la mesa, bebía vino en un vaso verde y contaba cómo le
habían magullado sus propios hijos: Benia, el mayor, y Liovka, el menor.
Gritaba su historia con voz ronca y espantosa, mostraba sus dientes machacados
e invitaba a que palpasen las heridas de su vientre. Zaddikes[1] de Volín con
caras de porcelana se situaron detrás de su silla y escuchaban aturdidos la
jactancia de Méndel Krik. Se asombraban de todo lo que oían y Grach los
despreciaba.
—Viejo fanfarrón —masculló refiriéndose a Méndel, y pidió
vino.
Después Fróim llamó a Liubka la Cosaco, la dueña, que
blasfemaba a la puerta y bebía aguardiente de pie.
—Dime —gritó a Fróim y entornó los ojos colérica.
—Madame Liubka —le respondió Fróim y se sentó a su lado—.
Es usted una mujer lista y recurro a usted como si fuera mi madre. Confío en
usted, madame Liubka. Primero en Dios y después en usted.
—Dime —gritó Liubka. Recorrió la bodega y volvió a su
sitio.
Grach le dijo:
—En las colonias —dijo— los alemanes tienen una buena
cosecha de trigo y en Constantinopla los comestibles andan por la mitad de su
precio. Compran el pud de aceitunas en Constantinopla a tres rublos y aquí
venden a treinta kopeks la libra... Los tenderos viven a sus anchas, madame
Liubka, los tenderos pasean muy rollizos y si se les trata con delicadeza uno
llegaría a ser feliz... Pero quedé solo con mi quehacer; el difunto Liova el
Toro ha muerto. No tengo ayuda de nadie y estoy solo como Dios en el cielo.
—Benia Krik —le dijo a esto Liubka—. Lo probaste ya con
Tartakovski. ¿No te gusta Benia Krik?
—¿Benia Krik? —repitió Grach, lleno de asombro—. Creo que
es soltero, ¿eh?
—Soltero es —dijo Liubka—. Enlázalo con Baska, dale dinero
y ponle en el buen camino...
—Benia Krik —repetía el viejo como un eco, como un eco
lejano—. No había pensado en él...
Se levantó balbuceando y tartamudeando. Liubka salió.
Fróim la siguió despacio. Cruzaron el patio y subieron al primer piso.
Habitaban el primer piso las mujeres que Liubka mantenía para los huéspedes.
—Nuestro novio está con Katiusha —dijo Liubka a Grach—.
Espérame en el pasillo. —Pasó a la última habitación, donde Benia Krik estaba
acostado con una mujer llamada Katiusha.
—Basta de babosear —dijo la dueña al joven—. Primero hazte
con una ocupación, Bencito. Y después, a babosear... Te busca Fróim Grach.
Busca a una persona para trabajar y no la encuentra...
Y ella le contó todo lo que sabía de Baska y de las cosas
de Grach el tuerto.
—Debo pensarlo —respondió Benia, tapando con la sábana las
piernas desnudas de Katiusha—. Debo pensarlo. Que se espere el viejo.
—Espérale —dijo Liubka a Fróim, que permanecía en el
pasillo—. Espérale. Debe pensarlo...
La dueña puso una silla a Fróim y éste se sumergió en una
espera infinita. Esperó resignado, como el campesino espera en una oficina
pública. Tras la pared gemía Katiusha y reía a carcajadas. El viejo dormitó
durante dos horas o quizás más. Hacía mucho tiempo que la tarde se había
transformado en noche, el cielo ennegreció y sus vías lácteas se colmaron de
oro, de brillo y de frescor. Cerróse la bodega de Liubka; los borrachos yacían
en el patio como muebles rotos y el viejo mola del turbante verde murió a medianoche.
Después llegó música del mar, trompas y cornetas de los buques ingleses, llegó
la música del mar y enmudeció, pero Katiusha, la concienzuda Katiusha, seguía
atizando para Benia Krik su paraíso ruso, policromo y sonrosado. Ella gemía
tras la pared y reía a carcajadas; el viejo Fróim permanecía inmóvil, sentado a
la puerta. Esperó hasta la una de la madrugada y llamó.
—Hombre —dijo—, ¿te burlas de mí?
Benia abrió por fin la puerta de la habitación de
Katiusha.
—Mosié Grach —dijo turbado, radiante y tapándose con la
sábana—, cuando somos jóvenes creemos que las mujeres son mercancía. No son más
que paja, que se inflama por nada...
Se vistió, arregló la cama de Katiusha, mulló sus
almohadas y salió a la calle con el viejo. Llegaron paseando hasta el
cementerio ruso y allí, ante el cementerio, convergieron los intereses de Benia
Krik y de Grach el tuerto, el viejo atracador. Acordaron que Baska
proporcionaría a su futuro esposo una dote de tres mil rublos, dos caballos de
pura sangre y un collar de perlas. Acordaron también que Kaplún debería pagar
dos mil rublos a Benia, el novio de Baska. Era el culpable de la arrogancia de
su familia, Kaplún el dé la plaza Privóznaya; enriqueció con las aceitunas de
Constantinopla y no respetó el primer amor de Baska, por lo que Benia decidió
encargarse de cobrar a Kaplún dos mil rublos.
—De eso, padrecito, me encargaré yo —dijo a su futuro
suegro—. Dios nos ayudará a castigar a todos los tenderos...
Fue dicho esto al amanecer, vencida la noche. Y aquí
comienza otra historia, la historia de la decadencia de la casa Kaplún, un
relato sobre su ruina paulatina, sobre incendios y disparos en la noche. Todo
eso: la suerte del arrogante Kaplún y de la joven Baska quedaron echadas
aquella noche en que el padre de ésta y su novio súbito pasearon cerca del
cementerio ruso. Era la hora en que los muchachos llevaban a las mozas al otro
lado de la tapia y los besos sonaban sobre las lápidas.
[1] Zaddik (hombre justo), santón hasidita.
EL REY
Terminada la bendición nupcial el rabí se dejó caer en un
sillón; después salió de la habitación y observó las mesas a todo lo largo del
patio. Eran tantas, que la cola asomaba por el portón a la calle Gospitálnaya.
Cubiertas con terciopelo, las mesas serpenteaban por el patio como culebras de vientre recosido con
remiendos multicolores; cantaban con voces graves, los remiendos de terciopelo
naranja y rojo.
Los apartamentos quedaron transformados en cocinas. Por
las puertas hollinadas salía una llamarada suculenta, llamarada borracha y
rolliza. En sus rayos ahumados se tostaban rostros de ancianas, papos temblones
de mujer, tetas sobadas. Un sudor rosado como la sangre, rosado como la baba de
un perro rabioso, bordeaba aquellos montones de medrada carne humana y de dulce
pestilencia. Tres marmitonas, sin contar las fregonas, preparaban la cena
nupcial; dirigíalas la octogenaria Reizl, tradicional como un rollo del Thora,
menuda y jibosa.
Aún no iniciada la cena entró en el patio un joven
desconocido por los convidados... Preguntó por Benia Krik y llamó aparte a
Benia Krik.
—Oiga, Rey —dijo el joven—, debo comunicarle un par de
palabras. Me manda la tía Jana de la calle Kostétskaya...
—Bien —respondió Benia Krik, alias el Rey—, venga ese par
de palabras.
—Ayer llegó a la comisaría el jefe nuevo; la tía Jana me
encargó que se lo dijera.
—Me enteré anteayer —observó Benia Krik—. ¿Qué más?
—El comisario reunió al personal y le echó un discurso.
—La escoba nueva barre limpio —respondió Benia Krik—.
Quiere una redada. ¿Qué más?
—¿Sabe usted, Rey, cuándo es la redada?
—Será mañana.
—Es hoy, Rey.
¿Quién te ha dicho eso, niño?
—Lo dijo la tía Jana. ¿Conoce a la tía Jana? —Conozco a la
tía Jana. ¿Qué más?
—El comisario reunió al personal y le echó un discurso.
«Debemos aplastar a Benia Krik», dijo, «porque al lado de su majestad imperial
no hay rey que valga. Hoy que Krik casa a su hermana y todos estarán allí
haremos la redada...»
—¿Qué más?
—...Entonces los agentes se asustaron. Dijeron: «Si
hacemos la redada cuando Benia anda de fiesta se disgustará y correrá mucha
sangre». El comisario dijo: «Por encima de todo está mi amor propio»...
—Bien, vete —respondió el Rey.
—¿Qué le digo de la redada a la tía Jana?
—Que Benia está enterado de la redada.
El joven se fue y con él tres amigos de Benia. Dijeron que
regresarían a la media hora. Y regresaron a la media hora. Eso fue todo.
Se sentaron a la mesa sin tener en cuenta la edad. La
vejez chocha es algo tan deplorable como la juventud cobarde. Tampoco se
sentaron de acuerdo a las fortunas. El forro de una pesada talega está zurcido
con lágrimas.
En el lugar de preferencia se sentaron los novios. Era su
ocasión. Después estaba Sénder Eijbaum, suegro del Rey. Era su derecho. El
historial de Sénder Eijbaum es digno de conocerse: no es un historial
cualquiera.
¿Cómo Benia Krik, atracador y cabecilla de atracadores,
llegó a yerno de Eijbaum? ¿Cómo llegó a yerno de un propietario de sesenta
menos unas vacas lecheras? Todo ocurrió a raíz de un atraco. Hacía sólo un año
Benia escribió a Eijbaum una carta.
«Mosié Eijbaum —le ponía—, ruego que coloque mañana bajo
el portón de la Sofíyevskaya, 17, veinte mil rublos. Si no, le espera algo
jamás oído y Odesa entera hablará de usted. Respetuosamente, Benia el Rey.»
Tres cartas, a cual más diáfana, no tuvieron respuesta.
Entonces Benia actuó. Una noche se presentaron nueve hombres con palos largos.
En los palos llevaban estopa embreada amarrada. Nueve estrellas fulgurantes se
encendieron en la vaqueriza de Eijbaum. Benia rompió las cerraduras del establo
y sacó las vacas, una por una. Un muchacho armado de cuchillo tumbaba la vaca
de un golpe y clavaba el cuchillo en el corazón de la vaca. En la tierra
encharcada de sangre las antorchas florecieron como rosas de fuego; sonaron
disparos. Con los disparos Benia intimidaba a las empleadas apiñadas cerca del
establo. Los otros asaltantes también dispararon al aire porque si no se tira
al aire puede haber víctimas. Cuando la sexta vaca se derrumbó a los pies del
Rey con un postrer mugido, en el patio apareció Eijbaum en calzoncillos y se
interesó:
—¿Qué consecuencias tendrá esto, Benia?
—Que si yo me quedo sin el dinero, usted se queda sin las
vacas. Como que dos y. dos son cuatro.
—Entra en el local, Benia.
En el local se pusieron de acuerdo. Se repartieron a
medias las vacas degolladas. La inviolabilidad de Eijbaum quedó garantizada y
confirmada por un certificado acuñado. Pero lo más asombroso vino después.
En el asalto de aquella terrible noche, cuando las vacas
acuchilladas mugían y las terneras resbalaban en la sangre de sus madres,
cuando las antorchas danzaban como negras doncellas y las lecheras se
espantaban y chillaban intimidadas por las pistolas benevolentes, aquella noche
terrible bajó al patio en camisa escotada Tsilia, la hija del viejo Eijbaum. La
victoria del Rey se transformó en su derrota.
A los dos días, sin aviso previo, Benia devolvió a Eijbaum
el dinero arrebatado y una tarde se presentó de visita. Vestía un traje color
naranja, bajo el puño de su camisa centelleaba una pulsera de brillantes; entró
en la habitación, saludó y pidió a Eijbaum la mano de su hija Tsilia. El viejo
sufrió un ligero ataque, pero se recuperó. Al viejo le quedaba vida para otros
veinte años.
—Oiga, Eijbaum —le dijo el Rey—, el día que usted se muera
le entierro en el primer cementerio judío y muy cerca de la entrada. Le pongo,
Eijbaum, un monumento de mármol rosado. Le hago parnas de la sinagoga
Bródskaya. Dejo mi especialidad, Eijbaum, y me asocio a su empresa. Usted,
Eijbaum, tendrá doscientas vacas. Mataré a todos los lecheros, excluyéndole a
usted. Ningún ladrón rondará la calle en que usted vive. Le construyo un chalet
en la estación dieciséis... Recuerde, Eijbaum: en su juventud usted tampoco fue
rabí. No diremos en voz alta quién falsificó el testamento, ¿eh?... Usted
tendrá por yerno a un Rey. No a un mocoso, sino a un Rey, Eijbaum...
Benia Krik se salió con la suya porque era apasionado y
las pasiones imperan en el mundo. Los recién casados pasaron tres meses en la
exuberante Besarabia en medio de uvas, de comida abundante y de sudor amoroso.
Después Benia regresó a Odesa para casar a su hermana Dvoira, una cuarentona
que padecía la enfermedad de Basedow. Ahora, relatada la historia de Sénder
Eijbaum, podemos retornar a la boda de Dvoira Krik, la hermana del Rey.
En la cena de boda hubo pavo, pollo asado, pescado relleno
y ujá[1] con islotes de limón de reflejos nacarinos. Sobre las cabezas muertas
de los pavos cimbreaban flores semejantes a penachos vaporosos. Pero ¿acaso la
resaca del mar de Odesa deposita en la orilla pollos asados?
Aquella noche estrellada y azul todo lo más noble de
nuestro contrabando, todo lo que del uno al otro confin honra a nuestra tierra,
dejó sentir su efecto destructivo y seductor. El vino forastero calentaba los
estómagos, quebraba dulcemente las piernas, embotaba los cerebros y provocaba
regüeldos sonoros como las notas de la trompa de guerra. El cocinero negro del
«Plutarco», llegado hacía dos días de Port Said, trajo más acá de la raya
aduanera barrigudas botellas de ron de Jamaica, oleoso vino de Madera, cigarros
de las vegas de Pearpont Morgan y naranjas de las proximidades de Jerusalén.
Eso deposita en la orilla la espumosa resaca del mar de Odesa, de eso se
benefician en ocasiones los mendigos de Odesa en las bodas judías. En la boda
de Dvoira Krik se beneficiaron de ron de Jamaica. Por eso, borrachos como
cerdos, los mendigos judíos repiqueteaban ruidosamente con sus muletas.
Eijbaum, el chaleco desabrochado, observaba con un ojo entreabierto la
estruendosa asamblea y eructaba con esmero. La orquesta tocaba la fanfarria.
Parecía la parada militar de una división. Fanfarria y más fanfarria. Los
atracadores, sentados en filas estrechas, cohibidos al principio por la
presencia de gente ajena, se fueron animando. Liova Katsap estrelló una botella
de aguardiente en la cabeza de su querida. Monia, el artillero, disparó al
aire. El entusiasmo llegó a su apogeo cuando, según las viejas costumbres, los
invitados ofrecieron sus regalos a los novios. Los salmistas sinagogales se
encaramaron a las mesas y, secundados por la estrepitosa fanfarria, contaban
los rublos y cucharas de plata regalados. Los amigos del Rey hicieron gala de
la sangre azul y de la caballerosidad inextinguida del barrio de Moldavanka.
Con ademán descuidado dejaban caer en las bandejas de plata monedas de oro,
sortijas y corales.
La aristocracia de Moldavanka llevaba chalecos carmesí,
abrazaban sus hombros chaquetas rojas y en sus piernas carnosas reventaba el
cuero color turquesa. Erguidos, barriga en ristre, los bandidos palmeaban al
son de la música, gritaban «amargo»[2] y lanzaban flores a la novia. Esta, la
cuarentona Dvoira, la hermana de Benia Krik, la hermana del Rey, desfigurada
por la enfermedad, de papo abultado y ojos desorbitados, estaba sentada sobre
un montón de almohadas y tenía a su lado a un niño canijo comprado con el
dinero de Eijbaum y mudo de angustia.
La entrega de los regalos llegaba a su fin: los salmistas
enronquecieron y el contrabajo se enemistó con el violín. De pronto, sobre el
patio se extendió un ligero olor a chamusquina.
—Benia —dijo papá Krik, un viejo carretero con fama de mal
educado entre los carreteros—, Benia, ¿sabes qué me se ocurre? Me se ocurre que
aquí arde el hollín...
—Papá —respondió el Rey a su padre beodo—, coma y beba,
por favor, y no se preocupe de esas tonterías...
Papá Krik siguió el consejo de su hijo. Comió y bebió.
Pero la nube de humo se hacía más asfixiante. En algunas partes el borde del
cielo se tiñó de rosa. Una lengua de fuego, fina como una espada, lanzó una
estocada por alto. Los convidados se levantaron y olfatea-ron el aire. Sus
mujeres chillaron. Los atracadores se miraron unos a otros. Sólo Benia, que no
notaba nada; estaba afligido.
—Me están aguando la fiesta —gritaba con desesperación—.
Queridos: coman y beban, por favor...
Mas en ese momento apareció en el patio el joven que había
estado antes de comenzar la fiesta.
—Rey —dijo—, debo comunicarle un par de palabras.
—Dilas —respondió Krik—. Tú siempre tienes en reserva un
par de palabras...
Rey pronunció el joven desconocido con una risita—, la
cosa tiene gracia. La comisaría entera arde como una antorcha...
Enmudecieron los tenderos. Sonrieron los atracadores.
Manka, una sesentona, progenitora de bandidos del barrio, se metió dos dedos en
la boca y produjo un silbido que hizo tambalearse a sus adláteres.
—Mania, que no está usted en el trabajo —observó Benia—.
Más paciencia, Mania...
El joven mensajero seguía riendo.
—Salieron de la comisaría unos cuarenta —decía moviendo la
mandíbula— para hacer la redada. Se apartaron unos quince pasos y empezó el
incendio... Corran a verlo, si quieren...
Benia prohibió a los convidados ir al incendio. Fue él con
dos compañeros. La comisaría ardía por los cuatro costados. Los policías
corrían por la escalera meneando el trasero, envuelto en humo y lanzaban cofres
por las ventanas. Los detenidos aprovecharon la confusión y se fugaron. Los
bomberos se sentían pletóricos de entusiasmo, pero en el grifo inmediato no
había agua. El comisario, la escoba nueva que barre limpio, estaba en la acera
de enfrente mordiéndose el mostacho, que se le metía en la boca. La nueva
escoba estaba quieta. Benia pasó cerca del comisario y le saludó a lo militar.
—Muy buenas, excelencia —dijo compadecido—. ¿Vaya
calamidad, eh? Es algo de pesadilla...
Detuvo la mirada en el edificio en llamas, meneó la cabeza
y chasqueó los labios:
—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!...
Benia retornó a casa cuando en el patio se apagaron los
faroles y en el cielo se encendía la aurora. Los convidados se habían retirado;
los músicos dormitaban con la cabeza descansando en el mástil de sus
contrabajos. Sólo Dvoira no está dispuesta a dormir. Empujaba al marido
asustado hacia la puerta del dormitorio conyugal; mirábale con la lascivia del
gato que lleva un ratón en la boca y lo palpa suavemente con los dientes.
[1] Sopa de pescado.
[2] Los novios deben de besarse para «endulzar» el vino
AL CONTADO
Traducción del ruso de Jorge Bustamante García
Tengo una conocida, la señora Kebchik. En sus tiempos,
asegura la señora Kebchik, ella no lo hacía por menos de cinco rublos al
contado.
Ahora atiende en un departamento familiar con dos
muchachas: Marusia y Tamara. Marusia es más solicitada que Tamara.
Una ventana del cuarto de las muchachas da a la calle,
otra es un respiradero bajo el techo, en el baño. Cuando lo advertí, le dije a
Fanny Osipovna Kebchik:
—En las tardes podemos acercar una escalera a la ventanita
del baño. Yo puedo subir por ella y echar una mirada al cuarto de Marusia. Por
esto le daré cinco rublos.
Fanny Osipovna respondió:
—Ah, qué hombre más travieso! —y estuvo de acuerdo.
Con frecuencia ella recibía los cinco rublos. Yo utilizaba
la ventanita del baño, cuando Marusia tenía visita. Todo iba bien, hasta que
una vez sucedió algo estúpido.
Yo estaba de pie en la escalera. Marusia, por suerte, no
había apagado la luz. El cliente, en esta ocasión, era un hombre agradable,
poco exigente, alegre y larguirucho, casi inofensivo, de bigotes largos. Se
desvistió con parsimonia: se quitó el cuello de la camisa, se miró al espejo,
se encontró bajo los bigotes un granito, lo examinó y lo exprimió con un
pañuelo. Se quitó un zapato y también lo examinó, para ver si no tenía en la
suela algún defecto.
Luego se besaron, se desvistieron y se pusieron a fumar un
cigarro. Yo me dispuse a bajar. Pero en ese preciso instante sentí que la
escalera se deslizó y tambaleó bajo mis pies. Me agarré a la ventana y arranqué
el marco de la ventanilla. La escalera cayó con estrépito. Y yo quedé colgado
del techo. En todo el departamento cundió la alarma. Fanny Osipovna, Tamara y
un funcionario del ministerio de las finanzas que se encontraba en el
apartamento, se agolparon alrededor y me bajaron. Mi situación era lamentable.
Al baño entraron Marusia y su desvaído cliente. La muchacha me escudriñó
atentamente y pasmada apenas murmuró:
—Miserable, ah, qué canalla…
Luego se calló, nos lanzó a todos una mirada absurda, se
acercó al larguirucho y, por alguna razón, le besó la mano y lloró. Lloraba y
le decía, mientras le seguía besando la mano:
—Querido mío, oh Dios, querido…
El larguirucho permaneció ahí haciéndose el tonto. El
corazón me latía estrepitosamente. Me arañé la palma de la mano y me acerqué a
Fanny Osipovna.
Al cabo de un rato Marusia se enteró de todo. De todo lo
conocido y todo lo olvidado. Y yo me preguntaba por qué la muchacha besaba la
mano del larguirucho.
—Señora Kebchik, —le dije— présteme la escalera por última
vez, le daré diez rublos al contado.
—Usted se ha vuelto loco, como su escalera, —me respondió,
pero consintió en dármela.
Y otra vez me subí al respiradero, di un vistazo de nuevo
y vi cómo Marusia abrazaba al larguirucho con sus brazos delgados y lo besaba
lentamente, mientras de sus ojos caían unas lágrimas.
—Querido mío, —susurraba— oh Dios, querido mío, —y se
entregaba con pasión a su enamorado. Y su rostro se iluminaba de tal modo como
si no hubiera en el mundo nadie más que su larguirucho defensor. Y el
larguirucho se veía henchido de felicidad.
CUENTO SOBRE UNA MUJER
Se llamaba Ksenia. De pechos enormes, hombros redondos,
ojos azules. Así era ella.
A su marido lo mataron en la guerra. La mujer vivió tres
años sin esposo, sirviendo donde una familia rica, a la que preparaba alimentos
tres veces al día. Para cocinar no utilizaba leña, sino carbón. El calor era
insoportable, en el carbón las rosas de fuego humeaban.
Trabajó tres años para los señores y fue honesta con los
hombres. ¿Acaso podía esconder el enorme pecho?
Al siguiente año fue a ver al doctor y le dijo:
—La cabeza me da vueltas, a veces el fuego arde, a veces
está en calma…
Y el doctor le respondió:
—Usted no tiene nada, ¿tiene pocos pretendientes? Ah,
mujer…
Es que no me atrevo, —dijo llorando Ksenia— soy una
tierna…
Y era cierto que era tierna. Los ojos azules de Ksenia
dejaban entrever una lágrima amarga.
Aquí entra en acción la vieja Morozija, la dueña de la
casa. Era la partera y curandera de toda la calle. Atendía casos de vientres
despiadados, donde ni siquiera la hierba crecía.
—Yo a ti, Ksenia, te resolveré el problema. La tierra seca
se agrieta. La lluvia divina le es imprescindible. Y yo te he traído esa
lluvia. Se llama Valentín Ivánovich. Es feo, pero ingenioso y sabe componer
canciones. No tiene buen cuerpo, el cabello largo, los granos se le tornasolan
con el arco iris. ¿Y lo que Ksenia necesita, acaso, es un toro semental?
Compone canciones y es un hombre, no puedes encontrar nada mejor en el mundo.
Ksenia sabe preparar crepas por montones, empanadas con pasas. Y en su cama
están tendidos tres edredones de pluma, seis almohadas también de plumas, todo
para que Valentín ruede.
Llegó la tarde, en el cuartito de Ksenia, detrás de la
cocina, se reunieron los tres y bebieron. Morozija lucía un chal de seda que le
daba prestancia. Y Valentín hilvanaba una conversación incomparable:
—Ah, mi querida Ksenia, soy un ser desvalido en este
mundo, un joven desafortunado. No me juzgue, de alguna manera, a la ligera.
Llegará la noche con sus estrellas y abanicos negros, ¿acaso se puede expresar
el alma en un verso? Ah, hay mucho en mí de esta timidez…
Palabra tras palabra, se bebieron dos botellas completas
de vodka y tres de vino.
Morozija se dispuso a salir del cuarto y comentó al oído
de Ksenia:
—yo, —le dijo— Ksenita, confío en el Señor, le traerá el
amor. Tan pronto como se acuesten, quítale las botas. Los hombre con ellas
puestas, no pueden hacer nada…
Al quedar solos Valentín se agarró el cabello y le dio
vueltas.
—Tengo —dijo— una visión. Cada vez que bebo tengo una
visión. En esa visión te veo muerta, Ksenia, con un rostro repulsivo. Y yo soy
el pope que camina tras tu ataúd agitando el incensario.
Y dijo esto levantando la voz.
—No grite, Valentín Ivánovich, —susurró la mujer— no
grite, los dueños oirán…
¿Pero acaso podía detenerse el hombre, cuando lo que lo
dominaba era la amargura?
—Me has ofendido completamente, —dijo llorando Valentín y
se balanceó— ah, gente serpiente, qué es lo que quieren, comprar mi alma… Yo,
aunque soy bastardo, soy hijo de noble...
—Venga le hago un cariño, Valentín Ivánovich…
—No lo haga.
Se paró y abrió la puerta de par en par.
—Déjame. Me voy al mundo.
Pero a dónde podía ir así de borracho. Cayó sobre la cama,
arrugó las sábanas y se durmió.
Morozija llegó al instante:
—Ya no volverá en sí por ahora, —dijo— cargémoslo.
Las mujeres lo cargaron hasta la calle y lo tendieron en
la entrada. Regresaron, la dueña se puso su cofia y unos calzones finos y le
advirtió a su cocinera
—Tú en las noches invitas hombres. Mañana en la mañana
recibirás tu paga y te vas de mi casa. Tengo una hija pequeña en la familia…
La mujer lloró hasta el amanecer y gimoteó:
—Abuela Morozija, ah, abuela Morozija, ¿qué es lo que
hiciste conmigo, con esta mujer joven? Me avergüenzo y cómo levantaré los ojos
a la luz de Dios y qué veré en esa luz divina?
La mujer lloró, se quejó, entre sus empanaditas de pasas,
entre los suaves edredones de plumas, las lámparas y los vinos de parra. Y sus
hombros cálidos se agitaron.
—Metiste la pata —le respondió Morozija— hubiera sido
imprescindible haber agarrado a ese hombre…
La mañana había conseguido imponerse. Los lecheros ya
repartían la leche a las casa. Una mañana azul con escarcha se avecinaba.
EN LA ESTACIÓN FERROVIARIA
Sucedió hace dos años en una estación ferroviaria alejada
de la mano de Dios, cerca de Penza.
Una pequeña multitud se encontraba en una esquina del
edificio de la estación. Decidí acercarme también. Resultó que estaban
despidiendo a un soldado que se embarcaba rumbo al frente.
El soldado, borracho, con la cabeza erguida, tocaba un
pequeño acordeón. Un hipante jovencito -un obrero, a juzgar por su apariencia-
extendía las manos hacia el ejecutante y susurraba, con todo el cuerpo
temblando:
-Oye, Iván, la llevas bien, la llevas bien…
Entonces se alejó y dejó caer unas cuantas gotas de
colonia en un vaso sucio con aguardiente.
Una botella con turbio líquido pasaba de mano en mano.
Todos habían bebido demasiado. El padre del soldado estaba sentado en el piso,
algo apartado, pálido y silencioso. El hermano del soldado seguía vomitando. Se
cayó, su cara golpeó el charco de vómito y se quedó dormido.
El tren llegó a la estación. Empezó la despedida. Sin
embargo, el padre del soldado no quiso moverse; ni siquiera se levantó ni abrió
los ojos.
-Semyonych, levántate -dijo el obrero-. Dale la bendición
a tu hijo.
El viejo no respondió. Empezaron a sacudirlo. Un botoncito
pegado a su sombrero de piel pendía de un hilo, balanceándose de un lado a
otro. Se acercó un policía.
-¡Idiotas -dijo-, el tipo está muerto y todavía lo siguen
sacudiendo!
Resultó que tenía razón. El tipo se había dormido y pasado
a mejor vida. El soldado lo miraba, sin saber qué hacer. El acordeón temblaba
en sus manos y estas vibraciones hacían que sonara como si lo estuviera
tocando.
-Así es -seguía diciendo-, así es -extendió la mano con el
acordeón y agregó-: El acordeón se le queda a Pete.
El jefe de estación apareció en la plataforma.
-Sigan festejando -dijo-, encontraron un buen lugar para
festejar… Prokror, hijo de puta, da la segunda llamada…
El policía golpeó la campana dos veces con la gran llave
de hierro del baño de la estación (el badajo de la campana había sido arrancado
hacía mucho tiempo).
-¿Por qué no te despides de tu padre -le dijo alguien al
soldado-, en lugar de quedarte ahí como una bestia idiota?
El soldado se inclinó, besó la mano fría de su padre, se
persignó y caminó hacia el tren. Su hermano seguía dormido sobre su propio
vómito.
Pronto se llevaron al viejo. La multitud se empezó a
dispersar.
-Según tú, esta es nuestra vida de sobriedad -dijo un
diminuto comerciante que estaba cerca de mí-. Caen como moscas estos hijos de
puta…
-“Vida de sobriedad” una mierda -habló un campesino
barbado con voz firme y pausada-. Nuestro pueblo es un pueblo borracho, porque
necesita tener la mirada turbia…
-¿Qué dices? -preguntó el comerciante, aparentemente tenía
dificultad para oír.
-Mira aquí -respondió el campesino y apuntó con la mano
hacia el remoto campo negro que se extendía hasta el infinito.
-¿Y eso qué? -“¿Y
eso qué?” ¿Y eso qué? ¿Acaso se ve algo turbio allá? Por eso nuestro pueblo
necesita una mirada turbia, de veras turbia.
FIN
Era, San Petersburgo, Rusia, 1918
PRISCHEPA
Me dirigía a Léchniuv, en donde se había instalado el
estado mayor de la división. Mi compañero de viaje continuaba siendo Prischepa,
joven kubanés, pícaro incansable, depurado comunista, futuro trapero,
despreocupado, sifilítico y tardo mentiroso. Llevaba un caftán circasiano
carmesí confeccionado con paño fino, y un capuchón aboatado caído sobre la
espalda. Por el camino me contó su vida…
Hace un año, Prischepa huyó de los blancos. Como
represalia, estos tomaron como rehenes a los padres del joven y los fusilaron
en la sección de contraespionaje. Los vecinos saquearon los bienes de la casa.
Al ser expulsados los blancos del Kubán, Prischepa volvió a su aldea natal.
Ocurrió por la mañana, al amanecer, cuando el sueñito del
mujik suspira bajo el agriado bochorno. Prischepa enganchó un carro oficial y
fue por el pueblo recogiendo su gramófono, sus tinas de kvas y las toallas
bordadas por su madre. Se echó a la calle con abrigo negro y un puñal curvo en
el cinto; el carro iba rodando detrás. Prischepa fue de un vecino a otro, y la
huella sangrienta de sus plantas iba dejando un rastro tras él. En las casas
donde el cosaco encontraba objetos de su madre o la pipa de su padre, dejaba
viejas apuñaladas, perros colgados sobre el pozo, iconos emporcados con
excrementos de animales. Fumando sus pipas, los aldeanos seguían sombríamente,
con los ojos, el camino de Prischepa. Los cosacos jóvenes se dispersaron por la
estepa y llevaron la cuenta de las víctimas. Esta cuenta iba creciendo, el
pueblo callaba. Cuando hubo terminado, Prischepa volvió a la vacía casa de sus
padres. Colocó los recuperados muebles en el orden que recordaba de su infancia
y mandó por vodka. Encerrado en la casa, estuvo dos días bebiendo, cantando,
llorando y dando sablazos sobre la mesa.
La tercera noche, el pueblo vio humo sobre la isba de
Prischepa. Chamuscado, con la ropa desgarrada, Prischepa salió tambaleándose,
sacó una vaca del establo, le puso el revólver en la boca y disparó. La tierra
giraba bajo sus pies, un círculo de azuladas llamas salía volando por las
chimeneas y se desvanecía. Un ternero abandonadlo gemía en el establo. El
incendio resplandecía como un domingo. Prischepa desató el caballo, saltó sobre
la silla, arrojó al fuego un mechón de sus cabellos y desapareció.
FIN
1926
ISAAK BÁBEL
Isaac Babel.png
Nombre de nacimiento Isaak
Emanuílovich Bábel
Nacimiento 13 de
julio de 1894
Bandera de Rusia, Odesa, Imperio ruso
Defunción 27 de
enero de 1940 (45 años)
Bandera de la Unión Soviética, Moscú
Ocupación Periodista,
escritor y dramaturgo
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Isaak Emanuílovich Bábel (en ruso: Исаа́к Эммануи́лович
Ба́бель; Odesa, 13 de julio de 1894 – 27 de enero de1940), fue un periodista,
escritor y dramaturgo soviético que ganó gran fama internacional durante la
década de 1930. Fue detenido, torturado y ejecutado durante la Gran Purga de
Stalin.
INFANCIA Y JUVENTUD
Bábel nació en una familia de origen judío en el gueto de
la ciudad de Odesa, durante un periodo de desasosiego social en el que tuvo
lugar el éxodo masivo de muchos judíos del Imperio ruso. Bábel sobrevivió un
brutal pogromoocurrido en su ciudad natal con motivo de la Revolución rusa de
1905, salvando la vida con la ayuda de vecinos cristianos que dieron refugio a
su familia, pero su abuelo Shoyl fue uno de los 300 judíos asesinados en la
ciudad.
Para ingresar en las clases preparatorias del Instituto
Comercial Nicolás I, Bábel tuvo que sobresalir en la cuotajudía, diseñada por
el régimen zarista para excluir a un gran sector de la juventud judía de la
educación superior: solo podían postular a tales estudios el 10% de niños
judíos de la Zona de Asentamiento; el 5% del exterior de dicha zona y el 3% de
las dos capitales (Moscú y San Petersburgo).
A pesar de que alcanzó los grados académicos para entrar
al Instituto Comercial, Bábel fue rechazado y el puesto se le otorgó a otro
niño, cuyos padres sobornaron a las autoridades del colegio. Por ello fue
educado en su casa y en un año cumplió el currículo de dos años escolares.
También estudió el Talmud,música clásica, estudió el idioma y la literatura
franceses. Lector y admirador de la literatura de Flaubert y Maupassant, Bábel
comenzó escribiendo sus primeros cuentos en francés.
Después de tratar de postular en vano a la Universidad de
Odesa (donde también se le impidió el ingreso por razones de "cuota para
judíos"), Bábel ingreso en el Instituto de Comercio de Kiev, donde conoció
a su futura esposa, Yevguenia Gronfein.
EN PETROGRADO
En 1915 Bábel se graduó y se trasladó a Petrogrado, hoy
San Petersburgo, desafiando las leyes zaristas que ordenaban el confinamiento
de los judíos en la "Zona de Asentamiento". En la capital conoció al
gran escritor ruso Máximo Gorki, que publicó algunos de sus cuentos en la
publicación literaria Létopis ("Летопись", "Crónicas").
Gorki aconsejó al joven Bábel que adquiriera más experiencia de la vida
mezclándose con el pueblo; Bábel escribió en su autobiografía: “…le debo todo a
ese encuentro [con Gorki] y aún pronuncio el nombre [de Gorki] Alekséi
Maksímovich con amor y admiración.” Uno de sus cuentos autobiográficos más
famosos, “El cuento de mi palomar”, está dedicado a Gorki. El cuento “La
ventana del baño” fue considerado obsceno por la censura oficial y Bábel fue
acusado de violar el artículo 1.001 del Código Penal.
Bábel comentó sobre este periodo en Petrogrado:
Terminada la escuela me desplacé a Kíev y, en 1915, a
Petersburgo. En Petersburgo lo pasé muy mal, no tenía certificado de residencia
y me ocultaba de la policía en la calle Púshkinskaya, en un sótano habitado por
un camarero desgarrado y borracho. En ese año de 1915 empecé a llevar mis
creaciones a las editoriales, pero me echaban de todas partes. Todos los
redactores (el difunto Izmáilov, Possé y otros) me aconsejaban que me emplease
en alguna tienda; no les hice caso y a fines de 1916 llegué hasta Gorki.
LA GUERRA CIVIL RUSA
En los siguientes siete años, Bábel se adhirió al
comunismo soviético y participó en la Guerra Civil rusa como cronista y
soldado, también trabajó en la Cheka (ЧК - чрезвычайная комиссия) como
traductor para los servicios de la contrainteligencia. Tuvo puestos en el
Gubkom de Odesa (el Comité Regional del PartidoBolchevique), en el centro
requisitorio de alimentos, y en el Narkompros (Comisaría del Pueblo para la
Educación). Trabajó en una oficina de impresión tipográfica y desempeño el
cargo de reportero y periodista en San Petersburgo y Tiflis. El 9 de agosto del
1919 se casó con Yevguenia Gronfein en Odesa.
En 1920, durante la sangrienta Guerra Civil rusa, a Bábel
se le otorgó el cargo de periodista en el famoso "Primer Ejército de
Caballería" (Konarmia) del mariscal de campo Semión Budionni. Bábel fue
testigo de la campaña militar de la Guerra Polaco-Soviética del 1920 y
documentó los horrores del conflicto armado en suDiario de 1920 (Konarméyski
Dnevnik 1920 Goda), que utilizó más tarde para escribir su libro más famoso,
"Caballería Roja" (Конармия).
Bábel escribió: “Fue alrededor de 1923 cuando aprendí a
expresar mis pensamientos de forma clara y concisa. A partir de entonces volví
a escribir”. Varios escritos, que fueron más tarde incluidos en Caballería
Roja, fueron publicados en la destacada revista LEF ("ЛЕФ"), del
poeta Vladímir Maiakovski, en 1924. La falta de romanticismo revolucionario en
las crudas descripciones escritas por Bábel del conflicto armado le crearon
muchos enemigos en el poder, entre ellos,Semión Budionni. La intervención de su
amigo y protector Máximo Gorki le ayudó a salvar la publicación del libro, que
pronto sería traducido a varios idiomas.
AÑOS DE FAMA
Bábel publicó sus "Cuentos de Odessa" entre 1923
y 1924, mientras trabajaba como periodista. Luego, en 1927, publicó
"Atardecer", otra colección de relatos. La calidad de sus obras,
junto con la popularidad de Caballería Roja, le ganaron la fama entre los
escritores de la Unión Soviética, fama que se extendió inclusive al extranjero.
Hacia 1925 su relación con Yevguenia Gronfein empezó a dañarse debido a las
críticas de esta hacia el régimen comunista y a presuntos romances de Bábel con
otras mujeres, por lo cual ella emigró a París. Durante este periodo, Bábel
inició un romance con Tamara Kashírina, con la que tuvo un hijo. Tras la
ruptura entre Bábel y Kashírina, el niño fue adoptado por el segundo esposo de
ella, el también escritor Vsévolod Ivánov.
Bábel logró viajar a París para buscar la reconciliación
con su esposa, y, tras lograrlo, ambos volvieron a la URSS, se establecieron en
Moscú y tuvieron una hija en 1929. No obstante, pronto el matrimonio volvió a
enemistarse y Yevgenia Gronfein volvió definitivamente a Francia, mientras
Bábel contraía desde 1932 una unión de hecho con la joven estudiante Antonina
Pirozhkova (1909–2010), con quien tuvo una hija: Lydia Bábel.
Durante esos años Bábel se mostró cercano al realismo
socialista postulado por el régimen soviético y de conformidad con las tesis de
Máximo Gorki, pero pronto halló que su propio estilo literario, seco, directo y
de crudo realismo, no era del agrado de las autoridades al faltarle
"romanticismo revolucionario". En 1932 Bábel logró viajar a París
para visitar a su esposa y su hija durante varios meses, pero no logró
convencerlas para retornar con él a la URSS, y Bábel tampoco aceptó la idea de quedarse
a vivir en Francia.
Cuando publicó su drama teatral "María" en 1934,
era visible la inconformidad de Bábel con el realismo socialista, y ese mismo
año, en el primer congreso de laUnión de Escritores Soviéticos, Bábel mismo se
definió irónicamente como "maestro del silencio", causando la ira de
Stalin, quien advirtió una crítica al régimen tras la ironía lanzada. La gran
fama nacional e internacional de Bábel impidió que este fuera censurado o
perseguido, y, por el contrario, se le permitió aún viajar al extranjero como
parte de la propaganda cultural del régimen. No obstante, la muerte de su
protector Máximo Gorki, en junio de 1936, lo dejó sin su único escudo ante la
hostilidad de Stalin.
CAÍDA
Carta de Beria al Politburó Resolución de Stalin Resolución
del Politburó
Izda.: Carta de Lavrenti Beria de enero de 1940 a Stalin
en la que solicita su permiso para ejecutar a 346 "enemigos del
pueblo".
Centro: Lista de presos a ejecutar. Firma de Stalin:
"За" (conforme). Bajo el número 12 figura el nombre de Isaak Bábel.
Dcha.: Resolución del Politburó firmada por Stalin.
A inicios de la década de 1930 Bábel sostenía un romance
con la traductora diplomática Yevguenia Feigenburg, quien luego sería esposa de
Nikolái Yezhov, el poderoso jefe máximo de la NKVD desde septiembre de 1936,
pero el amorío de Bábel continuó incluso tras el matrimonio de Feigenburg con
Yezhov. La cercanía de Bábel al matrimonio Yezhov le causó mayores sospechas
dentro del entorno de Stalin, especialmente durante el periodo de la Gran Purga
ejecutada por el régimen desde 1934.
Tras el alejamiento de Yezhov de la NKVD en enero de 1939
y el suicidio de Yevguenia Feigenburg dos meses antes, la situación de Bábel se
hacía más arriesgada al no tener ya protector alguno dentro de la élite
gubernamental y haber sido blanco de las sospechas de Stalin desde hacía varios
años. De hecho, el propio Yezhov fue arrestado por orden de Stalin el 10 de
abril de 1939, sujeto a torturas, un juicio sumario y, luego, fusilado. El 15
de mayo de 1939, Bábel fue arrestado en su dacha de Peredélkino, a las afueras
de Moscú, por agentes policiales enviados por Lavrenti Beria, el nuevo jefe de
la NKVD. Antonina Pirozhkova quedó en libertad con la hija de ambos, pero fue
impedida de conocer la suerte de su pareja y debió entregar a la policía
secreta todos los manuscritos y cartas de Bábel, los cuales se perdieron hasta
hoy.
Bábel fue encarcelado en la prisión de Butyrka
inmediatamente, no siendo llevado ante un tribunal sino hasta el 26 de enero de
1940; allí fue sujeto a un juicio sumario acusado de espionaje y terrorismo
contra el gobierno, siendo condenado a muerte y fusilado al día siguiente. Tras
el arresto, Bábel y sus obras fueronprohibidas de toda mención pública, sus
libros retirados de la circulación y su nombre borrado de todo registro
literario de la URSS.
Bábel no sería rehabilitado sino hasta diciembre de 1954,
durante el deshielo de Jrushchov, cuando la condena de 1940 fue anulada al
considerarse la "ausencia de cualquier crimen" en las actividades del
escritor.
BIBLIOGRAFÍA
Bábel, Isaak. Cuentos de Odessa, Barcelona, Bruguera,
1981.
BÁBEL, Isaac: Debes saberlo todo (Relatos 1915-1937).
Madrid, Alianza, 1976. Traducción del inglés: Veronica Head.
BÁBEL, Isaac: Cuentos de Odessa y otros relatos. Madrid,
Alianza, 1972. Traducción: José Fernández Sánchez.
Isaak Emmanuílovich Bábel. Siete Relatos. Grupo Editorial
Norma, 1998. ISBN-10: 9580420572, ISBN-13: 978-9580420576.
Isaak Bábel. Caballería Roja - Diario de 1920. 221 pag.
ISBN-10: 8497593251, ISBN-13: 978-8497593250.
Isaac Babel
El de Isaac Bábel es uno de los miles y miles de cuerpos
anónimos, víctimas del estalinismo, que desde 1986, coincidiendo con el glasnot
y la perestroika impulsados por Gobachov, se empezaron a exhumar en remotos
cementerios, a lo largo y ancho de la extinta URSS, en un intento por recuperar
la memoria histórica.
Nacido en Odesa, en 1894, Babel tenía dieciocho años
cuando José Stalin publicó la célebre Carta del Cáucaso, fundamento de su
posterior política de nacionalidades y prueba clave de su esencial
antisemitismo; sin embargo, el incipiente escritor, de cultura hebrea, se
adhirió al mismo partido que el poderoso georgiano en ascenso que acabaría
encumbrado como un sanguinario dictador. Era lógico; los judíos ilustrados, que
habían sido perseguidos, reprimidos y marginados durante siglos por el Estado
zarista y por la sociedad rusa que lo sostenía, creían que la transformación
revolucionaria del mundo, postulada por los bolcheviques, representaría para
ellos el fin de la tragedia. No era ajeno a su esperanza el hecho de que el más
popular de los nuevos dirigentes, León Bronstein, Trotski, fuese también judío.
Se equivocaban, pero muchos de ellos necesitaron largo tiempo y hondo dolor
para convencerse. Babel pagó tamaño error con su propia vida: desapareció en
1939, y se le supone muerto en un campo de trabajo, uno de aquellos tan temidos
gulags, hacia 1941.
Apadrinado por el mismo Gorki, Babel es uno de los
cuentistas rusos más brillantes del siglo XX, revelándose como uno de los
mejores exponentes la literatura revolucionaria abanderada, allá por los años
20, por buena parte de la generación de intelectuales que se adhirieron a la
revolución en 1917, y que, a la postre, les granjearía a muchos de ellos (baste
citar a Pasternak o Bulgákov) persecuciones y confinamientos en campos de
concentración durante las grandes purgas estalinianas, etapa que los había convertido,
en palabras del propio Babel, en "el gran maestro del silencio". Con
todo, nadie pudo tachar a Babel de “apático” durante el transcurso de la guerra
civil que enfrentó a rojos y blancos tras la Revolución de Octubre, de tal
forma que se permitió dudar de su destino literario entre 1917 y 1924, año en
que murió Lenin y se suicidó Mayakovski, combatiendo en las filas del Ejército
Rojo en varios frentes y funciones —sin eludir las policiales—. A esas
experiencias se debe su volumen de cuentos Caballería roja (1926).
En 1931 agrupó una selección de sus primeras narraciones,
referidas a circunstancias y experiencias de los días de infancia, bajo el
título Cuentos de Odesa. «El Rey», «Así se hacía en Odesa» y «El padre» tratan
aspectos de la leyenda de Benia Krik, rey de los ladrones judíos de la ciudad.
«Liubka la Cosaco» es uno de los personajes que pueblan su fantástico universo.
«Historia de mi palomar» (título con el que publicó su primer libro) y «El
primer amor» muestran los grandes pogromos de 1905 a través de los ojos de un
niño. La perduración de las viejas condiciones de vida de los judíos en la
nueva sociedad es el tema de «El fin del asilo».
Posteriormente realizaría una segunda selección de sus
primeros cuentos publicada con el nombre genérico de Relatos. «Carlos-Yánkel»,
«En el sótano», «El despertar» y «Di Grasso», que remiten a la misma época que
los reunidos en la primera serie, los primeros años de Babel en el barrio judío
de Odesa antes de gran pogrom de 1914.
«Froím Grach» había sido figura destacada de aquel mundo,
poro aquí se lo toma en 1918, cuando se convierte en víctima del nuevo orden:
«¿Para qué serviría este hombre en la sociedad del futuro?», se pregunta sobre
él uno de los chequistas que conversan junto a su cadáver. «Mamá, Rimma y Ala»
muestra la lucha contra la miseria que libran tres mujeres en una sociedad
patriarcal. «Shabos-najamú» es muestra de la picaresca mística de Guérshele, un
perseguido por el hambre que ha protagonizado otras historias de Babel. «Con la
emperatriz» trata del ensoñado encuentro con un manuscrito de la emperatriz
María Fiodorovna en el Petersburgo de los días de la Revolución. En «El camino»
se incluye una glosa sobre el mismo documento, aunque aquí lo central es la
narración de ciertos episodios del viaje de Babel desde el frente —en los que
se da fe del activo y criminal antisemitismo reinante en las sociedades
ucraniana y rusa—, de la llegada de Babel a la ciudad y de su incorporación a
la Checa en 1917: escrito en 1930, las líneas finales de este cuento revelan el
tono de las relaciones de su autor con el poder: «Así empezó para mí, hace
trece años, una vida inmejorable, llena de sentido y de alegría.»
La rehabilitación de la figura de Babel se inició con
aquella tímida y fugaz apertura iniciada por Kruschev en 1957, dando así lugar
a la hija de Bebel, Nathalie pudiera agrupar en otro volumen, Debes saberlo
todo, publicado en EE.UU., cuentos que no habían sido publicados en la URSS,
dos publicados allí en el lento proceso de su deshielo y otros publicados años
atrás, recuperados tras difícil y paciente rastreo, y que se centran en sus
recuerdos de infancia en Odesa. El tiempo, además, resalta en Babel su magistral
técnica narrativa.

