Libro N° 4085. El Cercano Oriente. Asimov, Isaac.
© Libro N° 4085. El Cercano Oriente. Asimov, Isaac. Colección E.O. Agosto 19 de 2017.
Título
original: © The Near East
Versión Original: © El Cercano Oriente. Isaac
Asimov
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL CERCANO ORIENTE
Isaac Asimov
1. Los sumerios
2. Los acadios
3. Los amorreos
4. Los asirios
5. Los caldeos
6. Los persas
7. Los macedonios
8. Los partos
9. Los sasánidas
l0. Los árabes
11. Los turcos
12. Los europeos
A Mary y Henry Bluegerman, más ángeles que parientes
políticos
1. Los sumerios
Los primeros granjeros
Hace unos nueve mil años, comenzó a producirse un gran cambio
en la humanidad.
Hasta entonces, y durante muchos miles de años, los
hombres recolectaban frutos o cazaban animales para alimentarse, allí donde
podían; perseguían animales salvajes y recogían frutas y bayas. Habían roído
raíces y buscado nueces. Los hombres debían contentarse con sobrevivir, y los
inviernos eran épocas de hambre.
Una franja de tierra no podía sustentar a muchas familias,
y los seres humanos se dispersaban sobre la superficie del planeta. Hacia el
8000 a.C. tal vez no había más de ocho millones de seres humanos en total,
tantos como los que tiene hoy la ciudad de Nueva York.
Más tarde, por un proceso gradual, los hombres aprendieron
a almacenar alimentos para usarlos en el futuro. En vez de cazar animales y
matarlos en el lugar, mantenían algunos vivos y los cuidaban. Los dejaban
crecer y multiplicarse, y solamente mataban unos pocos de vez en cuando. De
este modo, no sólo tenían carne, sino también leche o lana o huevos. Hasta
podían hacer trabajar a algunos para ellos.
De igual manera, en vez de recolectar los alimentos
vegetales, aprendieron a plantarlos y cuidarlos, para asegurarse de que
dispondrían de ellos cuando los necesitaran. Además, podían plantar mucha mayor
cantidad de plantas útiles que las que tenían probabilidad de encontrar en
estado natural.
De cazadores y recolectores de alimentos, los grupos
humanos se convirtieron en pastores y agricultores. Los que se dedicaron ala
crianza de animales se hallaron con que debían estar en movimiento
constantemente. Los animales tenían que ser alimentados, lo cual suponía que
era menester buscar pastos verdes de tanto en tanto. Estos pastores tendieron a
convertirse en «nómadas» (de una palabra griega que significa «pasto»).
La horticultura era más complicada. La siembra debía
realizarse en el momento apropiado del año y de la manera correcta. Las plantas
en crecimiento debían ser cuidadas; era menester quitar la maleza y mantener
alejados a los animales merodeadores. Era un trabajo tedioso y agotador, sin la
despreocupada comodidad y los escenarios cambiantes de que disfrutaban los
nómadas. Debían trabajar en cooperación muchas personas y permanecer en el
mismo lugar durante toda la estación del crecimiento, pues tenían que estar
junto a las plantas inmóviles.
Los agricultores se agruparon y construyeron viviendas
permanentes cerca de sus campos. Las viviendas se apiñaron, pues los
agricultores debían estar cerca unos de otros para defenderse contra los
animales salvajes y las incursiones de los nómadas. Así surgieron los poblados.
El cultivo de las plantas, o «agricultura», permitió que
una franja de tierra sustentase más personas que las que podía sustentar cuando
los hombres eran recolectores de alimentos, cazadores o hasta pastores. La
cantidad de alimentos que podía acumularse no sólo bastaba para alimentar a los
agricultores, sino que permitía el almacenamiento para el invierno.
En verdad, pudo producirse tanto alimento que los
agricultores y sus familias tenían más de lo que necesitaban para ellos.
Alcanzaba para alimentar a personas que no eran
agricultores pero proporcionaban a los agricultores cosas que ellos deseaban o
necesitaban.
Algunas personas podían dedicarse a la alfarería o a
fabricar herramientas o a hacer adornos de piedra o metal. Algunos podían ser sacerdotes;
otros, soldados; y todos eran alimentados por el agricultor. Los poblados se
convirtieron en ciudades, y la sociedad alcanzó una complejidad tal en esas
ciudades que podemos hablar de «civilización». (Esta voz proviene de una
palabra latina que significa «ciudad».) La población empezó a aumentar. A
medida que la agricultura se difundió, a medida que grupo tras grupo aprendió a
cultivar la tierra, la población aumentó cada vez más y ha seguido aumentando
desde entonces. En el 1800 d.C., había cien veces más gente sobre la Tierra que
la que había antes de inventarse la agricultura.*
* Después de 1800, la llamada «Revolución Industrial»
comenzó a difundirse por el mundo e hizo posible que la humanidad se
multiplicase a un ritmo que no habría podido alcanzarse con la agricultura
preindustrial solamente, pero ésta es otra historia, ajena a la finalidad de
este libro
Es difícil saber ahora dónde, exactamente, surgió la
agricultura, en tiempos tan distantes, o cómo se efectuó exactamente el
descubrimiento. Pero los arqueólogos están totalmente seguros de que la región
donde se hizo el trascendental descubrimiento estaba en lo que ahora llamamos
el Oriente Próximo, muy probablemente en la zona limítrofe de las modernas
naciones de Irak e Irán.
En primer lugar, la cebada y el trigo crecían en estado
silvestre en esa región, y éstas eran precisamente las plantas que mejor se
prestaban al cultivo. Eran fáciles de cuidar y crecían tupidamente. Las espigas
de cereal que producían podían ser molidas y convertidas en harina, que podía
almacenarse durante meses sin que se echase a perder, para luego hacer con ella
un sabroso y nutritivo pan. En el Irak Septentrional hay un lugar llamado
Jarmo. Es un montículo bajo que, desde 1948, fue excavado cuidadosamente por el
arqueólogo norteamericano Robert J. Braidwood. Halló los restos de un
antiquísimo poblado, en el que se veían los cimientos de casas de delgadas
paredes de barro apisonado y divididas en pequeñas habitaciones. Solamente
puede haber albergado de 100 a 300 personas.
Allí se descubrieron indicios de una agricultura muy
primitiva. En la más baja y primitiva de las capas, que data del 8000 a.C., se
usaron herramientas de piedra para cortar el trigo y la cebada, y ollas de
piedra para almacenar agua. Sólo en niveles superiores se halló una alfarería
de barro cocido. (La alfarería representa un avance considerable, pues el barro
es más común que la roca en muchas regiones y, ciertamente, es más fácil de
trabajar.) También había animales domesticados.
Los primitivos granjeros de Jarmo tenían cabras, y también
perros, quizá.
Jarmo está al borde de una cadena montañosa, donde el aire
de la atmósfera se enfría y el vapor que contiene este aire se condensa en
forma de lluvia. Los agricultores primitivos debían sembrar en zonas de lluvias
seguras. Sólo de este modo podían obtener las ricas cosechas que necesitaban
para alimentar a su población en crecimiento.
Los ríos dadores de vida Pero en las estribaciones de las
montañas, donde la lluvia es abundante, el suelo es poco profundo y no muy
fértil. Al oeste y al sur de Jarmo había buenos terrenos, profundos y llanos,
excelentes para la siembra; se trata de una región realmente fértil.
Esa ancha franja de buenas tierras se curvaba hacia el
Norte y el Oeste desde lo que ahora llamamos el golfo Pérsico y llegaba hasta
el Mediterráneo. Bordeaba el desierto de Arabia (demasiado seco, arenoso y
rocoso para la agricultura), que estaba al sur, y formaba una inmensa media
luna de 1.500 kilómetros de largo. Habitualmente se la llama «la Media Luna
Fértil».
Lo que la Media Luna Fértil hubiera necesitado para
convertirse en uno de los más ricos y populosos centros de civilización humana
(lo que llegó a ser, con el tiempo) eran lluvias seguras, pero no las tenía en
cantidad suficiente. La tierra era llana, y los vientos cálidos pasaban por
encima de ella sin arrojar su carga de humedad hasta llegar a las montañas que
la bordeaban por el Este. Las lluvias caían en invierno; los veranos eran
secos.
Pero había agua en la tierra, si no del aire, al menos del
suelo.
En las montañas situadas al norte de la Media Luna Fértil
había abundantes nieves que eran una fuente infalible de agua que descendía por
las montañas hasta las llanuras del Sur. En particular, esas corrientes se
fundían en dos ríos que fluían a lo largo de más de 1.900 kilómetros hacia el
Sur, hasta desembocar en el golfo Pérsico.
Conocemos esos ríos por los nombres que les dieron los
griegos, miles de años después de la época de Jarmo. El río oriental es el
Tigris, y el occidental, el Éufrates*. La tierra comprendida entre los ríos era
llamada «Entre-los-Ríos», pero en lengua griega, claro está, de modo que
Entre-los-Ríos era Mesopotamia.
* Todas las pronunciaciones dadas en este libro son las de
los modernos hispanohablantes; por ende, no son necesariamente las usadas por
los griegos o cualquier otro pueblo de la Antigüedad.
Las diferentes partes de esta región han recibido
diferentes nombres en el curso de la historia, por lo que ninguno de ellos ha
sido aceptado definitivamente para designar toda esa tierra. El más difundido
es Mesopotamia, y en este libro lo usaré no sólo para la tierra comprendida
entre los ríos, sino también para toda la región que ellos riegan a ambos
lados, desde las montañas del Cáucaso hasta el golfo Pérsico.
Esa franja de tierra tiene unos 1.300 kilómetros de largo
y va del Noroeste al Sudeste. «Aguas arriba» siempre significará «el Noroeste»,
y «aguas abajo», el Sudeste. De acuerdo con estas puntualizaciones, la
Mesopotamia cubre una superficie de aproximadamente 300.000 kilómetros
cuadrados y tiene, más o menos, el tamaño y la forma de Italia, o el tamaño
(pero no la forma) del Estado de Arizona.
Mesopotamia abarca el arco superior y la parte oriental de
la Media Luna Fértil. La parte occidental, no incluida en Mesopotamia, en
tiempos posteriores fue comúnmente llamada Siria, y comprendía la antigua
tierra de Canaán.
La mayor parte de Mesopotamia está incluida en lo que hoy
llamamos Irak, pero las partes septentrionales atraviesan las fronteras de esta
nación y se extienden por las modernas Siria, Turquía, Irán y la Unión
Soviética.
Jarmo está a sólo unos 200 kilómetros al este del río
Tigris, de modo que podemos considerar que se halla en el borde nordeste de
Mesopotamia. Podemos suponer que las técnicas de la agricultura se difundieron
al oeste hacia el 5000 a.C. y que se comenzó a practicar en los tramos
superiores de los dos ríos y sus tributarios. Fue tomada no sólo de Jarmo, sino
también de otros lugares situados a lo largo de las estribaciones montañosas,
al este y al norte. Se cultivaron especies mejoradas de cereales y se domesticaron
vacas y ovejas.
Los ríos eran una fuente de agua mejor que las lluvias, y
los poblados que crecieron en sus márgenes fueron más grandes y más avanzados
que Jarmo. Algunos de ellos cubrieron tres o cuatro acres de tierra.
Como Jarmo, sus edificios eran de barro apisonado, cosa
muy natural, pues en la mayor parte de Mesopotamia no había rocas ni buenas
maderas, mientras que el lodo era abundante. En las tierras bajas hace más
calor que en las colinas de Jarmo, y las primeras casas elevadas al borde de
los ríos fueron construidas con gruesos muros y escasas aberturas, para
mantenerlas frescas.
En las primeras poblaciones no había ningún sistema de
recolección de basuras, por supuesto; los desperdicios se acumulaban
gradualmente en las calles y eran apisonados por el tránsito continuo de
hombres y animales. Cuando las calles se elevaban de nivel, era menester
levantar los suelos de las casas con capas adicionales de barro.
De tanto en tanto, las tormentas o las inundaciones
destruían las casas de barro seco. A veces, un poblado entero quedaba
devastado. Los sobrevivientes o recién llegados reconstruían la ciudad sobre
sus ruinas. De resultas de esto, estas ciudades construidas unas sobre otras
llegaron a formar montículos que se elevaban por sobre la región circundante.
Esto tenía algunas ventajas, pues hacía a la ciudad más
fácil de defender contra enemigos y más segura contra la amenaza de las
inundaciones.
Pero, con el tiempo, las ciudades llegaron a la ruina
total y sólo quedaron los montículos (llamados «Tell» en árabe). La excavación
cuidadosa de esos montículos reveló capa tras capa de viviendas, cada vez mas
primitivas, a medida que se excavaba más profundamente. Esto ocurrió con Jarmo,
por ejemplo.
Tell Hassuna, sobre el Tigris superior y a unos 110
kilómetros al oeste de Jarmo, fue excavada en 1943 y en sus capas más antiguas
se encontró una alfarería más avanzada que todo lo hecho en Jarmo. Se piensa
que perteneció al período «Hassuna-Samarra» de la historia mesopotámica, que
duró del 5000 al 4500 a.C.
El montículo llamado Tell-Halaf, a unos 190 kilómetros río
arriba, dio los restos de un poblado con calles empedradas y casas de una
construcción de ladrillo más avanzada. En este «período de Tell-Halaf», de 4500
a 4000 a.C., la alfarería mesopotámica llegó a su apogeo.
A medida que avanzó la cultura mesopotámica, mejoraron las
técnicas para domeñar las aguas de los ríos. Si se usaban los ríos en su forma
natural, sólo podían sembrarse los campos de las márgenes. Esto limitaba mucho
la cantidad de tierra útil. Además, la cantidad de nieve que se acumulaba en
las montañas septentrionales variaba de un año a otro, y por tanto variaba
también el ritmo de la fusión. Siempre había inundaciones a comienzos del
verano, y si estas inundaciones eran mayores que lo habitual, había demasiada
agua, mientras que en otras épocas podía haber demasiado poca.
Se les ocurrió a los hombres que la solución consistía en
cavar una compleja red de fosos o acequias a ambos lados del río. Esto
permitiría extraer agua del río y, mediante una elaborada red de canales,
llevarla a todos los campos. Se podía cavar acequias hasta distancias de muchos
kilómetros de las márgenes del río, de modo que los campos de tierra adentro
tuviesen los mismos beneficios que si estuvieran junto a las orillas. Más aún,
los bordes de los canales y los mismos ríos podían ser elevados para formar
diques que las aguas no pudiesen sobrepasar en la época de las inundaciones,
excepto en los lugares deseados.
De este modo, podía confiarse en que, en general, nunca
habría demasiada agua ni demasiado poca. Por supuesto, si el nivel del agua era
excepcionalmente bajo, los canales serían ineficaces, excepto muy cerca del
río. Y si las inundaciones eran demasiado grandes, los diques serían
sobrepasados o destruidos. En verdad, esto ocurrió en algunas ocasiones, pero
raramente.
La provisión de agua era más regular en los tramos
inferiores del río Éufrates, que presentaba menos variaciones en el nivel del
agua de una estación a otra y de año a año que el turbulento Tigris. El
complejo sistema de «agricultura de irrigación» comenzó en el Éufrates superior
por el 5000 a.C., se extendió aguas abajo y por el 4000 a.C., hacia el fin del
período de Halaf, llegó a ese conveniente sector del Éufrates inferior.
Por ello, fue en el Éufrates inferior donde floreció la
civilización. Las ciudades de esa región fueron mucho mayores que todas las
anteriores, y algunas tenían poblaciones de 10.000 habitantes en el 4000 a.C.
Esas ciudades se hicieron demasiado grandes para ser
gobernadas mediante un sistema tribal, donde todos tienen relaciones familiares
unos con otros y obedecen a algún patriarca. En cambio, personas sin claros
vínculos familiares debían asociarse y trabajar en pacífica cooperación, pues
todos hubiesen muerto de hambre de lo contrario. Para mantener la paz y
fortalecer esa cooperación era necesario elegir algún líder.
Cada ciudad, pues, se convirtió en una unidad política que
poseía suficientes tierras de labranza en sus vecindades para alimentar a su
población. Era una ciudad-Estado, y a la cabeza de cada ciudad-Estado había un
rey.
Los habitantes de las ciudades-Estado mesopotámicas no
sabían, realmente, de dónde venían las vitales aguas del río, por qué se
desbordaba en algunas estaciones y no en otras, ni por qué las inundaciones
eran escasas algunos años y desastrosas otros. Parecía razonable pensar que
todo era obra de seres mucho más poderosos que los hombres ordinarios: de
dioses.
Puesto que las fluctuaciones de las aguas parecían no
obedecer a ninguna lógica, sino que eran totalmente caprichosas, era fácil
suponer que los dioses eran impulsivos y caprichosos, como niños muy
desarrollados y enormemente poderosos. Debían ser engatusados para que
proporcionasen la cantidad apropiada de agua; debían ser apaciguados cuando
estaban coléricos y conservar su buen humor cuando estaban plácidos. Se idearon
ritos en los que los dioses eran interminablemente ensalzados y propiciados.
Se suponía que lo que agradaba a los hombres también
agradaba a los dioses, de modo que el método más importante para propiciarse a
los dioses era brindarles alimento. estos no comían como los hombres, pero el
humo del alimento quemado ascendía al cielo, donde se imaginaba que vivían los
dioses; por ende, se sacrificaban animales y se los quemaba como ofrenda.*
* La creencia de que los dioses vivían en el cielo puede
haber provenido del hecho de que los primeros agricultores dependían de la
lluvia más que de las inundaciones del río.
Por ejemplo, en un antiguo poema mesopotámico, una gran
inundación enviada por los dioses asola a la humanidad.
Pero los mismos dioses, privados de sacrificios, empiezan
a sentir hambre. Cuando un sobreviviente de la inundación sacrifica animales,
los dioses se apiñan con ansiedad:
Los dioses olieron su aroma,
Los dioses olieron el dulce aroma.
Como moscas, se agruparon sobre el sacrificio.
Naturalmente, las reglas y regulaciones involucradas en el
trato con los dioses eran aún más complicadas e intrincadas que las
concernientes al trato con hombres. Un error cometido con un hombre podía
significar una muerte o una sangrienta pelea; pero un error cometido con un
dios podía acarrear el hambre o una inundación que devastase toda una región.
Así, en las comunidades agrícolas surgió un poderoso
cuerpo sacerdotal, mucho más complejo que el que nunca tuvieron las sociedades
cazadoras o nómadas. Los reyes de las ciudades mesopotámicas eran también altos
sacerdotes y efectuaban los sacrificios.
La estructura central alrededor de la cual giraba cada
ciudad era el templo. Los sacerdotes del templo no sólo estaban a cargo de las
relaciones de la gente con los dioses, sino que también llevaban los registros
de la ciudad. Eran los tesoreros, los que cobraban los impuestos y los
organizadores, formaban la administración pública, la burocracia, el cerebro y
el corazón de la ciudad.
Las grandes invenciones La irrigación, sin embargo, no es
la solución para todo. Una civilización basada en la agricultura de irrigación
también tiene sus problemas. Entre otras cosas, el agua de río, al pasar por el
suelo, contiene un poco más de sal que el agua de lluvia.
Esta sal gradualmente se acumula en el suelo durante
largos siglos de irrigación y lo arruina, a menos que se utilicen métodos
especiales para limpiarlo nuevamente.
Por esta razón, algunas civilizaciones basadas en el riego
cayeron de vuelta en la barbarie. Los mesopotámicos evitaron esto, pero su
suelo se hizo ligeramente salino. De hecho ésta es la razón de que su cereal
principal fuese la cebada (y lo sigue siendo hasta hoy), pues ésta resiste
mejor un suelo ligeramente salino.
Por otra parte, la acumulación de alimentos, herramientas,
ornamentos de metal y todas las cosas buenas de la vida constituyen una
permanente tentación para los pueblos del exterior que carecen de agricultura.
Por ello, la historia de Mesopotamia es una larga sucesión de altibajos.
Primero, surge la civilización en la paz y acumula riqueza. Luego se abalanzan
desde el exterior los nómadas, perturban la civilización y provocan su
decadencia, por lo que disminuyen las comodidades materiales y hasta se llega a
una «edad oscura».
Los recién llegados aprenden los hábitos civilizados e
incrementan de nuevo la riqueza material y a menudo hasta la llevan a nuevas
alturas, para ser a su vez abrumados por una nueva oleada de bárbaros. Esto
sucede repetidamente.
Mesopotamia debió enfrentar a los forasteros en dos
frentes. Al nordeste y al norte había duros montañeses. Al sudoeste y al sur
había hijos igualmente duros del desierto. En uno u otro frente, Mesopotamia
había de ser arrastrada a la lucha y, tal vez, al desastre.
Así, el período de Halaf llegó a su fin hacia el 4000
a.C., porque los nómadas se lanzaron sobre Mesopotamia desde Sumer y Acad , los
Montes Zagros, que señalan al noreste el límite de las tierras bajas
mesopotámicas.
La cultura del período siguiente puede ser estudiada en
Tell el Ubaid, montículo cercano al Éufrates inferior. En muchos aspectos, se
observa una decadencia con respecto a las obras del período de Halaf, como cabe
esperar. El «período de Ubaid» duró, quizá, del 4000 al 3300 a.C.
Los nómadas que se establecieron allí en el período Ubaid
tal vez fueran el pueblo al que llamamos los «sumerios». Se asentaron a lo
largo de la parte más inferior del Éufrates, por lo que esa parte de
Mesopotamia, en ese período de la historia, es llamada «Sumer» o «Sumeria».
Los sumerios hallaron la civilización ya implantada en su
nuevo hogar, con ciudades y un complejo sistema de canales.
Una vez que los sumerios aprendieron las costumbres
civilizadas, lucharon por alcanzar el nivel que existía antes de que se
ejerciera su perturbadora influencia.
Luego, hecho sorprendente, cuando el período de Ubaid
llegó a su fin, ellos siguieron progresando. A lo largo de siglos, realizaron
una serie de invenciones fundamentales de las que aún nos beneficiamos hoy.
Desarrollaron el arte de las estructuras monumentales. Al
provenir de regiones montañosas con abundantes lluvias, estaban habituados ala
idea de que hay dioses en el cielo. Sintieron la necesidad de estar lo más
cerca posible de esos dioses celestes, para que sus ritos fuesen más eficaces,
por lo que construyeron grandes montículos de barro cocido y efectuaban sus
sacrificios en la cima. Pronto se les ocurrió construir un montículo más
pequeño sobre el primero, luego otro aún más pequeño sobre el segundo, y así
sucesivamente, hasta donde pudieron.
Tales construcciones hechas por etapas son llamadas
«ziggurats», y probablemente eran las construcciones más imponentes de su
época. Aun las pirámides egipcias fueron construidas muchos siglos después que
los primeros zigurats.
Pero la tragedia de los sumerios (y de los pueblos
posteriores a ellos en Mesopotamia) era que sólo tenían barro para construir
mientras que los egipcios tenían granito. Los monumentos egipcios, por ello,
aún están en pie, al menos en parte, para asombro de todas las edades
posteriores, mientras que los monumentos mesopotámicos fueron barridos por las
inundaciones y no ha quedado nada de ellos.
Pero el recuerdo de los zigurats llegó al Occidente
moderno a través de la Biblia. El Libro del Génesis (que llegó a su forma
actual veinticinco siglos después del período de Ubaid) habla de un tiempo
primitivo en que los hombres «hallaron una llanura en la tierra de Shinar, y se
establecieron allí» (Génesis, 11,2). La tierra de Shinar, por supuesto, es
Sumer. Una vez allí, sigue la Biblia, dijeron: «Vamos a construirnos una ciudad
y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo» (Génesis, 11,4). Se trata de la
famosa «Torre de Babel», leyenda basada en los zigurats.
Por supuesto, los sumerios trataron de llegar al cielo en
el sentido de que esperaban que sus ritos fuesen más eficaces en la cima de los
zigurats que en el suelo. Pero los hombres modernos que leen la Biblia
habitualmente tienden a pensar que los constructores de la torre trataban
literalmente de llegar al cielo.
Los sumerios deben de haber usado los zigurats para
observaciones astronómicas, pues los movimientos de los cuerpos celestes podían
ser interpretados como indicios importantes de las intenciones de los dioses.
Ellos fueron los primeros astrónomos y astrólogos.
Su labor astronómica los llevó a desarrollar las
matemáticas y a elaborar un calendario. Algo de lo que ellos idearon hace cinco
mil años subsiste todavía hoy. Fueron ellos, por ejemplo, quienes dividieron el
año en doce meses, el día en veinticuatro horas, la hora en sesenta minutos y
el minuto en sesenta segundos. Quizás fueron ellos también los que inventaron
la semana de siete días. Crearon un intrincado sistema de trueque y comercio.
Para facilitarlos, elaboraron un complejo sistema de pesos y medidas, e idearon
un sistema postal. También inventaron el vehículo con ruedas. Antes de ellos,
las cargas pesadas tal vez eran transportadas sobre rodillos. Cada rodillo, una
vez dejado atrás por la carga era desplazado y colocado nuevamente delante de
la carga. Este procedimiento era tedioso y lento, pero era mejor que tratar de
arrastrar un peso por el suelo por la fuerza bruta solamente.
Una vez que pudo fijarse a un carro un par de ruedas y un
eje, fue como si dos rodillos permanentes se desplazaran con él. El carro con
ruedas, tirado por un solo asno, permitió desplazar pesos que antes requerían
la colaboración de una docena de hombres. Fue una revolución en el transporte
equivalente a la invención del ferrocarril en los tiempos modernos.
La más grande de las invenciones
Las principales ciudades de Sumeria durante el período de
Ubaid quizá hayan sido Eridu y Nippur.
Eridu, tal vez el más antiguo asentamiento del Sur, pues
se remonta más o menos al 5300 a.C., estaba sobre la costa del Golfo Pérsico,
probablemente en la desembocadura del Éufrates. Ahora sus ruinas están a unos
16 kilómetros al sur del Éufrates, pues el sinuoso curso del río ha cambiado a
lo largo de estos miles de años.
Las ruinas de Eridu hasta se hallan lejos, en la
actualidad, del Golfo Pérsico. En los primitivos tiempos sumerios, el golfo
Pérsico quizás se extendía mucho más al noroeste que ahora, y el Éufrates y el
Tigris tenían desembocaduras separadas, a unos 30 kilómetros una de otra.
Los dos ríos arrastraban lodo y limo desde las montañas y
los depositaban en sus desembocaduras; así formaron un rico suelo que se
extendió lentamente, kilómetro tras kilómetro hacia el sudeste, hasta llenar la
parte superior del golfo.
Los dos ríos, al fluir por la nueva tierra, gradualmente
se aproximaron hasta unirse y formar un solo río que corre hasta la actual
costa del golfo Pérsico, a unos 190 kilómetros al sudeste de donde estaba en
los grandes días de Eridu. Nippur está a unos 160 kilómetros río arriba desde
Eridu. Sus ruinas tampoco están en las orillas del inconstante Éufrates, que
ahora corre a 30 kilómetros al oeste.
Nippur siguió siendo un centro religioso de las
ciudadesEstado sumerias mucho después del período de Ubaid, aun después de
dejar de ser una de las ciudades más grandes o poderosas. La religión es más
conservadora que cualquier otro aspecto de la vida humana. Una ciudad puede
convertirse en un centro religioso, en un principio, porque es una capital.
Luego puede perder su importancia, disminuir de tamaño y
población y hasta caer bajo la dominación de forasteros, pero seguir siendo un
centro religioso venerado. Basta pensar en la importancia de Jerusalén a lo
largo de siglos, cuando era poco más que una aldea arruinada.
Cuando el período de Ubaid llegó a su fin, estaban creadas
las condiciones para la más grande de todas las invenciones, la más importante
en la vida civilizada del hombre: la de la escritura.
Uno de los factores que llevaron a los sumerios en esa
dirección debe de haber sido el mismo barro que usaban en la construcción. Los
sumerios no pueden haber dejado de observar que las impresiones hechas en la
arcilla blanda subsisten y se hacen permanentes después de cocerla y
convertirla en ladrillo endurecido.
Algunos quizás hayan pensado en hacer marcas
deliberadamente, como una especie de firma de su obra. Para impedir
«falsificaciones», puede habérsele ocurrido a algunos preparar una superficie
excavada que pudiera ser impresa en la arcilla para formar una figura o
diagrama que sirviese como firma.
El avance siguiente se realizó en la ciudad de Uruk,
situada a unos 80 kilómetros, río arriba, de Eridu. Uruk había adquirido cada
vez mayor poder al final del período de Ubaid, y los dos siglos comprendidos
entre los años 3300 y 3100 a.C. son llamados el «período de Uruk». Tal vez los
avances se hayan producido allí porque Uruk era activa y próspera, o quizá la
ciudad se volvió activa y próspera porque esos avances se produjeron en ella.
Cuando se trata de tiempos tan remotos, es difícil saber cuál fue la causa y
cuál el efecto.
En Uruk, el sello plano fue reemplazado por un sello
cilíndrico. Consistía en un pequeño rodillo de piedra sobre el que se excavaba
alguna escena en relieve negativo. El cilindro podía ser aplicado ala arcilla
para reproducir esa escena, y repetidamente, si se deseaba.
Esos sellos cilíndricos se multiplicaron en la posterior
historia mesopotámica, y evidentemente representaban tanto objetos de arte como
«firmas».
Otro motivo que llevó a la creación de la escritura fue la
necesidad de llevar registros. Los templos eran los almacenes centrales del
cereal, el ganado y otras formas de propiedad.
Contenían los excedentes de la ciudad, para usarlos en
sacrificios a los dioses, para alimentar a los habitantes en períodos de
hambre, para financiar guerras, etcétera. Los sacerdotes debían llevar la
cuenta de lo que tenían, de lo que recibían y de lo que entregaban.
La manera más simple de hacerlo era mediante marcas; hacer
muescas en palos, por ejemplo.
Los sumerios no tenían mucha abundancia de palos, pero los
sellos mostraron que podía usarse la arcilla. Trazos de diversas clases podían
usarse para las unidades, las decenas, etc.
La tablilla de barro en la que se hacían esos trazos luego
podía ser cocida y conservada como registro permanente.
Para saber si un conjunto de muescas correspondían a
ganado o cebada, los sacerdotes tal vez hicieran un tosco dibujo de la cabeza
de un toro, en un caso, o de una espiga, en el otro. De este modo, se hizo que
cierta marca designase un objeto determinado. Tales marcas son llamadas
«pictografía» («escritura por imágenes»), y si todas las personas concuerdan en
usar el mismo conjunto de imágenes, pueden comunicarse sin habla, y los
mensajes pueden conservarse en forma permanente.
Poco a poco se llegó a un acuerdo sobre esos signos, tal
vez ya en el 3400 a.C. El paso siguiente fue representar ideas abstractas
mediante «ideogramas» («escritura de ideas»). Así, un círculo con rayos puede
representar el sol; pero también puede representar la luz. El tosco dibujo de
una boca puede representar el hambre, tanto como la boca misma; combinado con
otro tosco dibujo de una espiga de cereal, puede significar «comer».
A medida que pasó el tiempo, los signos se hicieron cada
vez más esquemáticos y se asemejaron cada vez menos a los objetos originales
que les habían servido de modelos. Para lograr mayor velocidad, los escribas se
habituaron a inscribir los signos clavando la parte filosa de su instrumento en
la arcilla blanda de modo que hacían una marca triangular estrecha parecida a
una cuña. Los signos fueron elaborados con estas marcas, que ahora llamamos
«cuneiformes» (de una expresión latina que significa «en forma de cuña»).
En el 3100 a.C., al final del período de Uruk, los
sumerios disponían de un lenguaje escrito totalmente elaborado, el primero del
mundo. Los egipcios, cuyas aldeas se esparcían a orillas del río Nilo, en el
África Noroccidental, a 1.500 kilómetros al oeste de las ciudades sumerias,
oyeron hablar del sistema. Adoptaron la idea, pero en algunos aspectos la
mejoraron. Como material para la escritura, usaron el papiro, láminas hechas
con el tallo de una caña de río, mucho menos voluminosas y más fáciles de manejar
que la arcilla. Cubrieron los papiros de símbolos mucho más atractivos que los
toscos signos cuneiformes de los sumerios.
Los símbolos egipcios fueron grabados en monumentos de
piedra y pintados en las paredes interiores de las tumbas. Estos monumentos y
pinturas estuvieron siempre a la vista, mientras que las tablillas cuneiformes
permanecieron ocultas bajo tierra. Por ello, durante largo tiempo se creyó que
fueron los egipcios quienes inventaron la escritura. Pero ahora se atribuye el
mérito a los sumerios.
La existencia de la escritura en Sumeria provocó cambios
revolucionarios en el sistema social. Aumentó aún más el poder de los
sacerdotes, pues ellos tenían el secreto de la escritura, ellos podían leer los
registros, mientras que los hombres comunes no podían.
La razón de esto era que aprender a leer no era una tarea
fácil. Los sumerios nunca fueron más allá de la idea de símbolos distintos para
cada palabra básica, y terminaron teniendo más de dos mil ideogramas
diferentes. Esto planteaba un serio problema para la memoria.
Sin duda, se podían desmenuzar las palabras en sonidos
simples y representar cada uno de estos sonidos mediante un signo diferente. No
son necesarios más de dos docenas de tales signos de sonidos (las «letras») y
se los puede combinar para formar cualquier palabra concebible. Pero tal
sistema de letras, o «alfabeto», sólo fue creado muchos siglos después de la
invención de la escritura por los sumerios. Sus creadores fueron los cananeos,
que habitaban el extremo occidental de la Media Luna Fértil, y no los sumerios.
La escritura también reforzó el poder del rey, pues pudo
poner por escrito su propia concepción de las cosas e inscribirla en
estructuras monumentales, junto con escenas grabadas. Era difícil para la
oposición competir con esta antiquísima propaganda escrita.
También las relaciones de negocios se facilitaron con la
escritura. Fue posible conservar los contratos en la forma de documentos
escritos con el testimonio de los sacerdotes. Se pudo poner por escrito las
leyes. La sociedad se hizo más estable y ordenada, cuando las reglas que la
gobernaban fueron permanentes, en vez de estar ocultas en los inciertos
recuerdos de los jefes, y cuando los afectados por ellas estuvieron en
condiciones de consultarlas.
Probablemente fue en Uruk donde apareció por vez primera
la escritura; en todo caso, las más antiguas inscripciones halladas hasta ahora
lo fueron en las ruinas de esta ciudad. La prosperidad y el vigor que produjo
el comercio como resultado de la escritura deben de haber contribuido mucho a
que Uruk creciese en tamaño y poder. En el 3100 a.C., fue la ciudad más
avanzada que tuvo el mundo hasta entonces, y abarcaba una superficie de casi
cinco kilómetros cuadrados. Tenía un templo de 80 metros de largo, 30 de ancho
y 12 de alto, y fue probablemente la mayor construcción que existió a la sazón
en el mundo.
En conjunto, Sumeria se benefició enormemente con la
escritura y pronto se convirtió en la parte más avanzada de Mesopotamia. Las
regiones del Norte, más viejas en cuanto a civilización, quedaron atrás y se
vieron obligadas a someterse a la soberanía política y económica de los reyes
sumerios.
Otra consecuencia de la escritura es que permite conservar
largos y detallados registros de los sucesos que pueden transmitirse de una
generación a otra con escasas deformaciones.
Una lista de nombres de reyes, de rebeliones, batallas y
conquistas, de desastres naturales padecidos o superados, y hasta las áridas
estadísticas de lo almacenado en los templos o los registros de los impuestos
recaudados, todo ello nos dice infinitamente más de lo que podemos saber
mediante el estudio de la cerámica o las herramientas halladas. Por ello, al
período que comienza con los registros escritos lo llamamos «historia». Todo lo
anterior es «prehistórico». Con la escritura, pues, puede decirse que los
sumerios crearon la historia.
El Diluvio
El período comprendido entre el 3100 y el 2800 a.C. fue el
«Protoliterario» (o de la «escritura primitiva»), en el que Sumeria floreció.
Cabría suponer que, si ya existía la escritura, podemos saber mucho sobre ese
período. La verdad es que no es así.
La razón de ello no estriba en que se desconozca su
lengua.
El sumerio fue descifrado en los años treinta y cuarenta
por el arqueólogo ruso-norteamericano Samuel N. Kramer (como resultado de una
cadena de circunstancias a las que volveré más adelante).
El problema es que los registros anteriores al 2800 a.C.
están mal conservados. Hasta los pueblos que vivieron poco después del 2800
a.C. parecen haber tenido cierta escasez de registros del período anterior. Al
menos, los registros posteriores que describen los sucesos que precedieron a
esa fecha fundamental parecen tener un carácter muy legendario.
La razón de este hecho puede resumirse en una sola
palabra: el Diluvio. Los documentos sumerios que presentan una visión
legendaria de la historia siempre se refieren al período «anterior al Diluvio».
Los sumerios tuvieron menos suerte que los egipcios con
respecto a las inundaciones fluviales. El río de Egipto, el Nilo, se desborda
todos los años, pero raramente varía mucho el nivel de las aguas. Nace en los
grandes lagos del África Central Oriental, y éstos actúan como un enorme
depósito de aguas que sirve para atenuar las fluctuaciones de las inundaciones.
El Tigris y el Éufrates no nacen en lagos, sino en fuentes
montañosas. No hay ninguna represa y las inundaciones pueden ser desastrosas en
años de mucha nieve y repentinas oleadas de calor primaverales. (En una fecha
tan tardía como 1954 Irak sufrió una catastrófica inundación provocada por el
ascenso de los ríos.) Entre 1929 y 1934, el arqueólogo inglés sir Charles
Leonard Woolley excavó el montículo que correspondía a la antigua ciudad de Ur.
Allí había estado una antigua desembocadura del Éufrates, a unos dieciséis
kilómetros al norte de Eridu. Encontró una capa de limo de tres metros de
espesor, sin ningún resto arqueológico.
Llegó a la conclusión de que era un sedimento depositado
allí por una gigantesca inundación. Calculó que tal inundación alcanzó una
profundidad de unos nueve metros y se extendió por una superficie de 500
kilómetros de largo por 160 de ancho, prácticamente todo el territorio
comprendido entre los ríos.
Pero la situación puede no haber sido tan desastrosa. Una
inundación puede afectar a unas ciudades y no a otras, pues algunas pueden
haber descuidado durante un período sus diques, mientras los de otras pueden
resistir gracias a la labor heroica e infatigable de sus ciudadanos. Así, en
Eridu no se observa una capa de cieno equivalente a la de Ur. Y en otras
ciudades que tienen capas de limo, éstas corresponden a épocas muy diferentes
de las de la capa de Ur.
Pero tiene que haber habido una inundación que fue peor
que las otras. Quizá fue la que sepultó a Ur, al menos por un tiempo. Y aunque
no destruyese tanto a otras ciudades, el descalabro económico resultante de la
parcial destrucción de la tierra debe de haber arrojado a Sumeria en una breve
edad oscura.
Esta superinundación, o Diluvio (podemos usar una D
mayúscula para nombrarlo), quizá se produjo alrededor del 2800 a.C. El Diluvio
y los desórdenes que le siguieron deben de haber barrido, prácticamente, con
los registros de las ciudades, y las generaciones posteriores no pudieron hacer
más que tratar de reconstruir su historia con lo que algunos recordaban de los
registros. Quizá los autores de cuentos aprovecharon luego la ocasión para
hacer sagas, sobre la base de los pocos nombres y sucesos recordados, reemplazando
la historia insulsa por dramas interesantes.
Por ejemplo, a los reyes registrados en listas posteriores
como habiendo reinado «antes del Diluvio», se les atribuyen reinados
absurdamente largos. A cada uno de los diez que figuran en las listas se les
atribuyen reinados de decenas de miles de años.
Hallamos rastros de esto en la Biblia, pues los primeros
capítulos del Génesis parecen haberse basado, en parte, en leyendas
mesopotámicas. Así, la Biblia registra diez patriarcas (de Adán a Noé) que
vivieron antes del Diluvio. Pero los autores bíblicos no pudieron tragarse los
larguísimos reinados que les atribuían los sumerios (o quienes les siguieron) y
limitaron la edad de esos patriarcas antediluvianos a menos de mil años. El
hombre más longevo de la Biblia es Matusalén, el octavo de esos patriarcas, y
se dice de él que vivió solamente 969 años.
Se formó una leyenda sumeria del Diluvio que es el primer
poema épico que se conoce. Nuestra versión más completa data de una época
posterior en más de 2.000 años al Diluvio, pero también sobreviven fragmentos
más antiguos y es posible reconstruir buena parte del poema.
El héroe es Gilgamesh, rey de Uruk, que vivió algún tiempo
antes del Diluvio. Era un hombre de una valentía heroica y que realizó grandes
hazañas. En verdad, las aventuras de Gilgamesh han hecho que se le llame a
veces el «Hércules sumerio». Hasta es posible que la leyenda (la cual llegó a
ser muy popular en siglos posteriores y debe de haberse difundido por todo el
mundo antiguo) contribuyese a la formación de los mitos griegos sobre Hércules
y de algunos de los incidentes de la Odisea.
Cuando un íntimo amigo de Gilgamesh murió, el héroe
decidió evitar tal destino y comenzó a buscar el secreto de la vida eterna.
Después de una complicada búsqueda, animada por muchas peripecias, dio con
Utnapishtim, quien, en la época del Diluvio, había construido un gran barco con
el que se habían salvado él y su familia. (Fue él quien, después del Diluvio,
realizó el sacrificio que tanto agradó a los famélicos dioses.) En la obra, el
Diluvio es universal, yen cierto modo tal vez fue así, pues la Mesopotamia era
todo lo que les importaba del mundo a los sumerios.
Utnapishtim no sólo había sobrevivido al Diluvio, sino que
también había recibido el don de la vida eterna. Él puso a Gilgamesh en la
pista de cierta planta mágica. Si comía esa planta, recuperaría su juventud en
forma permanente. Gilgamesh obtuvo la planta, pero, antes de que pudiera
comerla, una serpiente se la robó. (Por su capacidad de cambiar su piel vieja y
ajada para aparecer con otra nueva y resplandeciente, muchos hombres de la
Antigüedad consideraban a las serpientes dotadas del poder de rejuvenecimiento,
y el poema épico de Gilgamesh explica esto, entre otras cosas.) El cuento de
Utnapishtim es tan similar al cuento bíblico de Noé, que la mayoría de los
historiadores sospechan que este último deriva del poema épico de Gilgamesh.
También es posible que la serpiente que sedujo a Adán y Eva privándolos de la
vida eterna tenga su modelo en la serpiente que privó a Gilgamesh del mismo
don.
La guerra
El Diluvio no fue el único desastre que Sumeria tuvo que
soportar. También debió pasar por la guerra. Hay indicios de que, en los
primeros siglos de la civilización sumeria, las ciudades estaban separadas por
extensiones de tierra sin cultivar y no chocaban unas con otras. Hasta quizás
haya habido cierta simpatía entre las ciudades, el sentimiento de que el gran
enemigo al que debían combatir era el irregular río, y que todas debían
enfrentarse juntas a este enemigo.
Pero ya antes del Diluvio las ciudades-Estado sumerias en
expansión deben de haber absorbido la tierra vacía que había entre ellas. Los
trescientos kilómetros inferiores del Éufrates constituían un denso conjunto de
tierras de labrantío por aquel entonces, y la presión demográfica empujaba a
cada ciudad-Estado a usurpar todo lo posible el territorio de sus vecinas.
En condiciones similares, los egipcios contemporáneos de
los sumerios formaron un reino unido y vivieron durante siglos en paz en lo que
se llama «el Antiguo Imperio». Pero los egipcios estaban aislados, pues se
hallaban rodeados por el mar, las cataratas del Nilo y el desierto. Tenían
pocas razones para cultivar el arte de la guerra.*
* Véase mi libro Los egipcios, Alianza Editorial, Madrid,
2000 (1981).
Los sumerios, en cambio, expuestos por ambos lados a las
incursiones de los nómadas, tenían que crear ejércitos, y lo hicieron. Sus
soldados avanzaban en filas ordenadas y usaban carros tirados por asnos para el
transporte de suministros.
Y una vez creado un ejército para rechazar a los nómadas,
surgió la fuerte tentación de utilizarlo también durante los intervalos
transcurridos entre las correrías de los nómadas. Así, cada parte de una
disputa fronteriza respaldó sus pretensiones con su ejército.
Quizá, antes del Diluvio, la guerra no era terriblemente
sangrienta. Las lanzas de madera con puntas de piedra y las flechas, también
con puntas de piedra, fueron las armas fundamentales. No se puede dar mucho
filo a las armas de piedra ni puede evitarse que se astillen y rompan al
chocar. Muy probablemente, los escudos de cuero eran más que adecuados contra
tales armas, y en las batallas comunes seguramente hubo muchos golpes y mucho
sudor, pero, en definitiva, pocos muertos.
Pero, hacia el 3500 a.C., se descubrieron métodos para
obtener cobre de ciertas rocas, y en el año 3000 a.C. aproximadamente se
descubrió que, si se mezcla el cobre con estaño en proporciones adecuadas, se
forma una aleación que hoy llamamos «bronce». El bronce es un metal duro, que
puede trabajarse para obtener filosos bordes y agudas puntas. Además, si se
embota, fácilmente se lo puede afilar nuevamente.
El bronce no había llegado a ser común ni siquiera en la
época del Diluvio, pero era suficiente para romper el equilibrio a favor de los
agricultores, en la perpetua guerra entre éstos y los nómadas. Las armas de
bronce existentes sólo podían ser elaboradas mediante una tecnología avanzada,
que estaba más allá de la capacidad de los rudimentarios nómadas. Hasta el
tiempo en que los nómadas pudieron equipararse también con armas de bronce o
aprendieron algún recurso igualmente bueno o mejor, tuvieron ventaja los
pueblos de las ciudades.
Por desgracia, poco después del 3000 a.C., las
ciudades-Estado sumerias empezaron a usar el bronce unas contra otras, también,
de modo que las pérdidas provocadas por las guerras aumentaron (como han
aumentado muchas veces desde entonces). Como resultado de esto, todas las
ciudades se debilitaron, pues ninguna podía derrotar definitivamente a sus
vecinas. A juzgar por la historia de otros sistemas mejor conocidos de
ciudades-Estado (por ejemplo, los de la antigua Grecia), las más débiles
invariablemente se unían contra cualquier otra que pareciese a punto de
acercarse peligrosamente a una victoria total.
Podemos especular que fue, en parte, a causa de estas
guerras crónicas y del agotamiento que producía en la energía de la gente por
lo que se dejó que se deteriorara el sistema de diques y canales. Quizá fue
ésta la razón de que el Diluvio alcanzase proporciones tan vastas y
destructivas.
Con todo, aun con la desorganización que provocó el
Diluvio, la superioridad de las armas de bronce debe de haber mantenido a
Sumeria a salvo de los nómadas. Al menos, los sumerios todavía estaban en el
poder en los siglos posteriores al Diluvio.
En verdad, Sumeria hasta se recuperó del Diluvio y llegó a
ser más próspera que nunca. La Sumeria posdiluviana contenía unas trece
ciudades-Estado que se dividían una superficie cultivada de unos 25.000
kilómetros cuadrados, superficie casi igual a la del Estado de Vermont. Pero
las ciudades no habían aprendido la lección. Una vez restablecidas, comenzaron
nuevamente las eternas luchas.
Según los testimonios que poseemos, la más importante de
las ciudades sumerias inmediatamente posteriores al Diluvio fue Kish, que
estaba sobre el Éufrates a unos 240 kilómetros aguas arriba desde Ur.
Aunque Kish es una ciudad de respetable antigüedad, no se
había destacado antes del Diluvio. Su repentino ascenso posterior hace pensar
que las grandes ciudades del Sur habían decaído temporalmente.
La supremacía de Kish fue breve, pero, por ser la primera
ciudad dominante después del Diluvio (y por ende la primera ciudad dominante en
la época de los primeros registros históricos seguros), obtuvo notable
prestigio. Los gobernantes sumerios conquistadores se autodenominaban «Reyes de
Kish» para significar que gobernaban toda Sumeria, aunque Kish luego perdió
importancia. (Esto es similar al hecho de que los reyes alemanes de la Edad
Media se llamasen a sí mismos «Emperadores Romanos», aunque Roma había caído
hacía tiempo.) Kish fue vencida porque, finalmente, las ciudades del Sur se
recuperaron. Se reconstruyeron, recobraron sus fuerzas una vez más y
reasumieron sus papeles habituales. Las listas de reyes sumerios que poseemos
nombran a los reyes de varias ciudades en grupos relacionados entre sí a los
que llamamos «dinastías».
Así, bajo la «I Dinastía de Uruk», esta ciudad reemplazó a
Kish y adquirió preeminencia durante un tiempo después del Diluvio, como la
había tenido antes. El quinto rey de esta I Dinastía fue nada menos que
Gilgamesh, quien reinó hacia el 2700 a.C. y proporcionó el fondo de verdad
alrededor del cual se construyó la montaña de fantasías del famoso poema épico.
Hacia el 2650 a.C., Ur tomó a su vez el liderazgo bajo su propia I Dinastía.
Un siglo más tarde, alrededor del 2550 a.C., aparece el
nombre de un conquistador. Se trata de Eannatum, rey de Lagash, ciudad situada
unos 65 kilómetros al este de Uruk.
Eannatum derrotó a los ejércitos unidos de Uruk y Ur, o al
menos pretende haberlo hecho en los pilares de piedra con inscripciones que
erigió. (Esos pilares son conocidos por el nombre griego de «estelas».) Por
supuesto, no siempre puede creerse totalmente lo que dicen tales inscripciones,
porque son el equivalente de los modernos «comunicados de guerra» y a menudo
están llenos de una exagerada vanagloria o estaban destinados a mantener la
moral.
La más impresionante estela que dejó Eannatum es una en la
que se ve una cerrada falange de soldados, todos con las lanzas en ristre, con
yelmos y avanzando sobre los cuerpos postrados de sus enemigos. Se ven perros y
buitres desgarrando a los muertos, por lo que se llama a dicho monumento la
«Estela de los Buitres».
Esa estela conmemora una victoria de Eannatum sobre la
ciudad de Umma, a unos 30 kilómetros al oeste de Lagash. La inscripción de la
estela afirma que Umma inició la guerra quitando ciertas piedras que marcaban
los límites, pero desde entonces en ninguna versión oficial de una guerra se
dejó de afirmar enfáticamente que la otra parte le había dado comienzo, y no
poseemos la versión de Umma.
Durante el siglo que siguió al reinado de Eannatum, Lagash
siguió siendo la más poderosa de las ciudades sumerias.
Llegó a gozar de una vida fastuosa, yen sus ruinas se han
hallado bellos objetos de metal que datan de ese período. Tal vez ejerció su
dominación sobre 4.500 kilómetros cuadrados de tierras (la mitad del Estado de
Rhode Island), extensión enorme para aquellos tiempos.
El último rey de esta I Dinastía de Lagash fue Urukagina,
quien ascendió al trono alrededor del 2415 a.C.
Fue un rey ilustrado, sobre el cual nos gustaría saber
más.
Parece haber pensado que había, o debía haber, un
sentimiento de parentesco entre todos los sumerios, pues en una inscripción que
nos legó contrasta a los habitantes civilizados de las ciudades con las tribus
bárbaras del exterior. Tal vez soñó con crear una Sumeria unificada que
presentase una muralla inexpugnable contra los nómadas y se desarrollase,
dentro de esta muralla, en la paz y la prosperidad.
Urukagina fue también un reformador social, pues trató de
reducir el poder de los sacerdotes. La invención de la escritura había puesto
tanto poder en manos de éstos que constituían un serio peligro para el
progreso. Poseían tanta riqueza que no quedaba la suficiente para el
crecimiento económico de la ciudad.
Desafortunadamente, Urukagina halló el destino de tantos
reyes reformadores. Sus intenciones eran buenas, pero los elementos
conservadores eran quienes tenían el poder real, y hasta la gente común, a la
que el rey intentó ayudar, probablemente temía a los sacerdotes y los dioses
más de lo que deseaba su propio bien.
La ciudad de Umma, antaño aplastada por Eannatum, tuvo
ahora la oportunidad de vengarse. Estaba gobernada por Lugalzagesi, hábil
guerrero que lentamente amplió su poder y su ascendiente mientras Urukagina se
embrollaba en su intento de reformar Lagash. Lugalzagesi se apoderó de Ur y
Uruk y se proclamó rey de ésta.
Tomando como base Uruk, alrededor del 2400 a.C.,
Lugalzagesi atacó Lagash, derrotó a su desmoralizado ejército y saqueó la
ciudad. Así obtuvo el dominio sobre toda Sumeria.
Ningún sumerio había tenido tanto éxito militar como
Lugalzagesi. Según sus propias jactanciosas inscripciones, envió ejércitos al
Norte y al Oeste, hasta el Mediterráneo. Por entonces, la densidad de población
en Mesopotamia era diez veces mayor que la de las regiones no agrícolas. Varias
ciudades sumerias, como Umma y Lagash, tenían una población de diez a quince
mil habitantes. Pero los sumerios no sólo tuvieron que contender unos contra
otros, al menos militarmente. La cultura sumeria había traspasado las estrechas
fronteras de la misma Sumeria, y otros pueblos estaban preparados para
demostrar que eran sus discípulos aventajados.
2. Los acadios
El primer imperio
Algún tiempo antes del Diluvio, una nueva oleada de
nómadas había entrado en Mesopotamia. Los sumerios pudieron muy bien mantener
alejados a los recién llegados de sus principales centros de población, a lo
largo del Éufrates inferior. Los nómadas, pues, se dirigieron hacia el Norte y
ocuparon los territorios situados al norte de la misma Sumeria. Se trasladaron
a la región donde el Éufrates y el Tigris se acercan unos 30 kilómetros uno de
otro, antes de apartarse nuevamente cercando las fértiles tierras de Sumeria.
El origen de los recién llegados era muy diferente del de
los sumerios. Los arqueólogos pudieron afirmar esto con seguridad sobre la base
de sus lenguas, una vez que éstas fueron descifradas.
La lengua sumeria está formada por palabras de una sílaba
(como el chino moderno) y no se asemeja a ninguna otra lengua conocida de la
Tierra. El lenguaje de los recién llegados estaba constituido por palabras
polisilábicas. Su estructura era muy semejante a la de toda una familia de
lenguas cuyo representante antiguo más conocido era el hebreo, y el más conocid
o en tiempos modernos es el árabe.
Los diversos pueblos antiguos que hablaban este grupo de
lenguas son descritos en la Biblia como descendientes de Shem (o Sem, en la
versión latina), uno de los hijos de Noé. Por ello, en 1781, el historiador
alemán August Ludwig von Schlözer propuso llamar «semíticas» a esas lenguas.
Presumiblemente, todos los pueblos antiguos que hablaban
lenguas semíticas descendían de un único grupo común en el que se había
desarrollado la lengua madre original (el «protosemítico»). Luego, con el
tiempo y con los desplazamientos y separaciones de las tribus descendientes, el
protosemítico se había escindido en diversos dialectos que más tarde
constituyeron las lenguas que son los miembros de la familia semítica. No se
sabe con certeza dónde se habló el protosemítico originario, pero la mejor conjetura
es la que lo ubica en Arabia.
Fue por la frontera arábiga del sudoeste, pues, por donde
los invasores de lengua semítica entraron en Mesopotamia en el 3000 a.C., como
mil años antes los sumerios habían entrado desde las cadenas montañosas del
nordeste. (Es importante recordar que el término «semítico» sólo alude al
idioma, y no a la raza. Es muy común llamar «semitas» a los pueblos que hablan
lenguas semíticas, y yo mismo lo haré a veces, pero no existe una «raza
semítica». La gente cambia de lengua fácilmente sin cambiar por ello sus características
físicas. Así, los negros norteamericanos hablan inglés y los negros haitianos
hablan francés, pero esto no los hace más afines racialmente a los europeos.)
La más importante de las ciudades del territorio en el que penetraron los
semitas fue Kish. Debe de haber sido sumeria en sus orígenes, pero los semitas
se infiltraron gradualmente y llegaron a apoderarse de ella.
Durante seis siglos, cuando el Diluvio y después de él,
los semitas permanecieron en el fondo del escenario. Su territorio no era en
modo alguno tan próspero como el de Sumeria.
Aún no habían adoptado el sistema de técnicas de
irrigación sumerias, y su menor nivel de productividad entrañaba menor riqueza
y poder. (La potencia de la destreza sumeria se hace patente cuando nos
enteramos de que las granjas sumerias, en la época de la grandeza de Lagash,
eran tan productivas como las granjas modernas, aunque a un costo mucho mayor
en trabajo físico, por supuesto.) Pero las ciudades sumerias se estaban
consumiendo, mientras que las semíticas progresaban lentamente. Lo que
necesitaban los semitas era un líder inspirado que los uniese y los condujese a
la victoria. En tanto que Lugalzagesi adquiría la supremacía en Sumeria,
entraba en escena tal líder, el primer gran semita de la historia.
Más tarde, este nuevo conductor se dio a sí mismo el
nombre de Sharrukin, pero un rey posterior del mismo nombre es llamado Sargón
en versiones castellanas de la Biblia. Por ende, conocemos a este antiguo
semita como Sargón.
La fama de Sargón, en siglos posteriores, dio origen a una
serie de leyendas sobre él. Una, en particular, trata de los peligros que tuvo
que pasar en su infancia. Nació (dice la leyenda) de una mujer de encumbrada
familia, pero su padre era desconocido. Su madre, por vergüenza de tener un
hijo ilegítimo, lo dio a luz secretamente y luego trató de desembarazarse de él
antes de que alguien lo hallara.
Hizo un pequeño bote de cañas y lo untó con brea para
hacerlo impermeable. Puso al niño en él y lo lanzó al río. Fue hallado por un
pobre hortelano que lo crió con amor, pero en la pobreza. Más tarde, en su edad
adulta, sus talentos innatos lo condujeron al liderazgo, las conquistas y el
poder supremo.
El cuento del niño expósito salvado por un grande y casi
milagroso azar, y que ya mayor se convierte en un conductor de hombres, es muy
común en la historia legendaria, pero el de Sargón es el más antiguo que
conocemos. Muchos le siguieron. En los mitos griegos, Edipo y Perseo fueron
abandonados del mismo modo. En los mitos romanos, los expósitos fueron Rómulo y
Remo. En las leyendas hebreas, Moisés fue abandonado en circunstancias muy
similares a las de Sargón.
Es muy posible que la gran fama de la leyenda de Sargón
haya influido en los cuentos posteriores, particularmente en el de Moisés.
A la edad adulta, Sargón entró al servicio del rey de
Kish, y por sus méritos llegó a ser el súbdito en quien más confiaba el rey.
Esta confianza, al parecer, estaba mal colocada. Cuando el rey es débil y el
primer ministro fuerte, ha ocurrido a menudo en la historia que el rey es
derrocado y el primer ministro se convierte en el nuevo rey. Así sucedió en el
caso de Sargón.
Es muy probable que Sargón adoptase deliberadamente su
nuevo nombre, cuando se convirtió en rey, como recurso de propaganda. El nombre
significa «rey legítimo», que es precisamente lo que él no era. Ya los antiguos
sabían, al parecer, que por exorbitante que sea una mentira, si se repite con
suficiente vigor y frecuencia, finalmente será aceptada.
Como usurpador, Sargón pensó que sería mejor crear una
nueva capital que estuviese asociada a su nombre solamente, en lugar de
permanecer en la vieja capital, llena de los monumentos y recuerdos de la
dinastía anterior. Por ello, fundó la ciudad de Agadé en alguna parte del
territorio semítico. Hizo famosa a la ciudad, y él es conocido en los libros de
historia como «Sargon de Agadé».
El nombre de la ciudad se extendió a toda la región, que
conocemos como Acad, forma alternativa de Agadé. Los primeros semitas de esta
región son llamados acadios, y su lengua, la lengua acadia.
Las ciudades acadias, unidas bajo este hombre vigoroso se
volvieron ahora contra Sumeria. Lugalzagesi era todavía rey de Uruk, pero ya
había reinado durante treinta años. Estaba viejo y cansado, y hacia el 2370
a.C., sucumbió ante Sargón.
No tenemos detalles de la guerra, por supuesto, sino sólo
la orgullosa inscripción de Sargón según la cual aplastó a su enemigo y ocupó
todo Sumer, hasta el golfo Pérsico.
Toda Sumeria y toda Acad estuvieron, entonces, bajo un
solo gobierno y, en verdad, las dos tierras se fundieron totalmente. Durante el
largo reinado de Sargón, Acad se «sumerizó» completamente. La técnica de la
irrigación fue usada a fondo, y Acad llevó la cultura sumeria río arriba. De
hecho, hablamos de la cultura súmero-acadia, así como hablamos de la cultura
grecorromana.
Los acadios nunca abandonaron su lengua, pero no tenían
ningún sistema de escritura, por lo que tuvieron que tomarlo de los sumerios.
Adoptaron el sistema cuneiforme, aunque éste, creado para los monosílabos
sumerios, no se adecuaba bien a los polisílabos acadios.
El prestigio de la conquista de Sumeria por Sargón fue tal
que el acadio empezó a tomar creciente importancia, y la lengua sumeria inició
una larga decadencia que iba a continuar aun durante los períodos en que las
ciudades sumerias recuperaron temporalmente su importancia política.
Sargón hasta logró extender su dominio más allá de Sumeria
y Acad. Colonos sumerios habían avanzado Tigris arriba poco después del
Diluvio. En verdad, los desastres del Diluvio quizá llevasen a muchos
sobrevivientes hacia el Norte, lejos de los escenarios de la devastación. Allí,
en el Tigris, a unos 300 kilómetros al norte de Acad, los colonos habían
fundado la ciudad de Asur. Ésta dio nombre a toda la región del Tigris
superior, región que hoy conocemos por la versión griega de su nombre: Asiria.
Sargón dominó Asiria, tanto como Sumer y Acad. Toda
Mesopotamia era suya, e incluso se supone que extendió su poder hacia el oeste
del Éufrates superior, hasta el Mediterráneo.
Esto no es totalmente seguro, pero al menos tiene más
probabilidades de ser verdad en su caso que en el de su predecesor,
Lugalzagesi.
Sargón también absorbió un centro de poder al este de
Sumeria. Era la tierra que estaba inmediatamente al norte del extremo superior
del golfo Pérsico y al este del Tigris. Los sumerios llamaban a los habitantes
de esas tierras los «Elamtu», y el nombre de la región ha entrado en nuestra
lengua como «Elam».
Sargón eligió a la más sumisa y menos díscola de las
ciudades elamitas y convirtió a su gobernante en su virrey en toda la región.
La ciudad aludida era Shushan, situada a unos 200 kilómetros al nordeste de
Lagash. Así comenzó la preeminencia de la ciudad, que iba a seguir siendo una
capital importante durante dos mil años. La conocemos por la versión griega de
su nombre: Susa.
Elam había aceptado tempranamente la cultura sumeria y el
sistema cuneiforme de escritura. Y antes del Diluvio mantenía querellas y
luchas con las ciudades sumerias. Pero no pudo resistir a Sargón y se convirtió
en parte de su vasto imperio.
Sargón gobernó el primer verdadero imperio de la historia
de la civilización, el primer reino de proporciones creado por un solo hombre
que gobernó a muchos pueblos de diversos orígenes. Por entonces, había otros
tres centros de civilización en el mundo, que se hallaban a orillas de otros
tantos ríos: el Nilo en Egipto, el Indo en lo que es ahora Pakistán y el río
Amarillo en China. Estas otras tres civilizaciones estaban constituidas por
pueblos del mismo origen, y no eran imperios en el sentido de que un solo grupo
gobernante domina una variedad de pueblos sometidos.
Un imperio habitualmente goza de gran brillo mientras
existe. Un grupo dominante no vacila en apropiarse de la riqueza penosamente
adquirida de pueblos sujetos. Los bienes excedentes, que por lo común habrían
estado dispersos en una docena -o más- de ciudades-Estado sumerias, fueron
reunidos en la capital de Sargón.
Ésta alcanzó un tamaño y una suntuosidad desconocidos
hasta entonces. Es por la capital imperial por lo que los contemporáneos (y
también la posteridad) juzgan un imperio, y su magnificencia los impresiona
profundamente y los conduce a juzgar al emperador como un gran hombre y un
héroe, aunque todo se base en el robo y las provincias del imperio estén
sumidas en la miseria.
Sargón de Agadé murió alrededor del 2315 a.C., después de
un triunfal reinado de más de medio siglo. Sumeria se rebeló a su muerte, pero
su hijo mayor, que le sucedió, rápidamente suprimió la revuelta, y el Imperio
Acadio permaneció intacto.
Bajo el nieto de Sargón, Naram-Sin, que subió al trono
hacia el 2290 a.C., el Imperio Acadio llegó a su apogeo. Naram-Sin extendió su
influencia hasta Asia Menor, la gran península que está al oeste de la
Mesopotamia Septentrional; y reforzó también su dominación sobre Elam.
Naram-Sin es más conocido hoy por una estela que conmemora
una victoria suya sobre una horda nómada del territorio elamita. La estela lo
muestra atacando una fortaleza de montaña, conduciendo a sus hombres por las
laderas y a sus enemigos rindiéndose y muriendo; él mismo está representado
como una figura calma y heroica, del doble del tamaño natural.
Para nuestro gusto, la estela de Naram-Sin es muy
superior, artísticamente, a la Estela de los Buitres, hecha dos siglos y medio
antes. Los sumerios se representaban siempre como individuos más bien
rechonchos, regordetes, de cabezas redondas, grandes ojos saltones y enormes
narices. No nos resultan particularmente atractivos, pese a todas sus proezas
intelectuales y su inventiva. Pero es difícil saber hasta qué punto esa
representación era «fiel a la realidad» o mera convención artística.
Sea como fuere, los soldados acadios que aparecen en la
estela de Naram-Sin son más delgados, más altos y de apariencia más grácil (a
nuestros ojos, al menos) que las figuras convencionales de los sumerios.
Los nómadas conquistadores
Naram-Sin murió aproximadamente en el 2255 a.C., y casi
inmediatamente el Imperio Acadio empezó a pasar por graves dificultades. En una
sola generación pasó del apogeo de su poder a la destrucción, algo que iba a
ocurrir muchas veces en la posterior historia mesopotámica.
Los imperios antiguos, aunque pareciesen gloriosos y
fuertes, siempre llevaban dentro una especie de bomba de tiempo.
Cuando en una región abundan las ciudades-Estado en
continuas guerras unas con otras, pueden dilapidar su riqueza y su energía en
esa lucha incesante, pero cada ciudad-Estado tiene un ejército combativo y una
tradición de patriotismo. A menudo se unirán para combatir a un enemigo común
externo. En tales circunstancias, los nómadas invasores son derrotados con
frecuencia.
Pero cuando se forma un imperio, toda la fuerza se
centraliza en la capital y en el pueblo dominante. Las provincias son
desarmadas y despojadas de sus ejércitos todo lo posible.
Entonces, puede haber dos alternativas. Las provincias,
por lo común habitadas por pueblos sometidos pueden conservar su hostilidad y
su rencor, y aprovechar toda oportunidad que se les presente para rebelarse
contra el gobierno central. Tales rebeliones habitualmente fracasan y son
sofocadas duramente mientras el imperio es fuerte, pero cada una de esas
rebeliones, aunque sea aplastada, destruye parte de la prosperidad del imperio
y debilita un poco la fuerza de los gobernantes. Lejos de combatir a los enemigos
del exterior, los provinciales en rebelión propenden a apelar a los nómadas,
con la esperanza de utilizar su ayuda contra el gobierno central.
Por otro lado, si las provincias son obligadas a la
sumisión o si se les priva poco a poco de sus tradiciones guerreras, no estarán
en condiciones de rechazar a los invasores cuando éstos se presenten. Y como
alimentarán el resentimiento contra los gobernantes, es muy probable que
reciban a los recién llegados como liberadores, no como enemigos.
Se sigue de esto que si un imperio declina, aun
ligeramente, de su apogeo, se inicia un círculo vicioso de revueltas
repentinas, mayor debilitamiento, nuevas revueltas, apelaciones a la ayuda
externa y, muy a menudo en el curso de una sola generación, el imperio se
derrumba.
En la época del Imperio Acadio, había una importante tribu
nómada, los guti, que habitaban en los Montes Zagros, donde antaño habían
morado los sumerios.
Una generación después de la muerte de Naram-Sin, los guti
consideraron que había llegado su oportunidad. Los débiles sucesores del rey
luchaban entre sí por el trono, y las diversas provincias se habían rebelado y
pedido ayuda a los nómadas. Los guti se abalanzaron sobre el Imperio,
derrotaron al desmoralizado ejército acadio, tomaron Agadé y la destruyeron
alrededor del 2215 a.C. El Imperio era suyo.
Agadé fue destruida tan completamente que, de todas las
capitales mesopotámicas, sólo de ella se desconoce en la actualidad su
emplazamiento. Una destrucción tan completa indica una furia extremada. Nos
hace preguntarnos si contingentes de los pueblos sojuzgados no se unirían al
ejército de los guti y si no fueron soldados sumerios y elamitas los que se
aseguraron de que no quedase piedra sobre piedra que les recordase su
prolongada opresión.
Pero si fue así, los pueblos sometidos descubrirían que no
estaban mejor con los guti. Bajo su cruel gobierno, la prosperidad declinó.
Estaban demasiado poco habituados a las complejidades de la civilización para
establecer una organización apropiada, particularmente en lo concerniente a la
red de canales. Dejaron que éstos se deteriorasen, lo que provocó hambre y gran
mortandad. La antigua civilización mesopotámica entró en una breve «edad
oscura».
Acad soportó lo más recio de la embestida, pues ella había
sido el centro del Imperio y tenía el prestigio de su tradición, de modo que
fue en Acad donde los guti establecieron su centro en lugar de la destruida
Agadé.
Algunas de las ciudades sumerias del Sur sacaron provecho
de la distancia y compraron cierto grado de libertad pagando pesados tributos a
los nuevos gobernantes.
Uruk progresó bajo su IV Dinastía, y Ur bajo su II
Dinastía.
Pero el gobernante más notable del período guti fue el
gobernador de Lagash, Gudea. Bajo su gobierno, alrededor del 2150 a.C., Lagash
pasó por una auténtica edad de oro. Lagash ya no era la ciudad conquistadora y
victoriosa de tiempos de Eannatum, tres siglos y medio antes, pero esto redundó
en su beneficio. Lagash floreció en la paz, sin sueños de conquista.
Gudea, por supuesto, era sacerdote tanto como gobernador,
y se interesaba particularmente por los templos. Embelleció los ya existentes y
construyó otros quince nuevos. Su piedad impresionó tanto al pueblo que,
después de su muerte, fue deificado y adorado como un dios.
El arte floreció bajo su gobierno, y los escultores de
Lagash aprendieron a trabajar una piedra muy dura llamada diorita, que era
llevada desde el exterior. Las figuras recibieron un intenso y bello pulimento.
La estatua más famosa de este género es una que representa al mismo Gudea.
Tiene unos 45 centímetros de alto y muestra a Gudea sentado con las manos
rodeando su abdomen (una convención artística sumeria que indicaba una piadosa
reverencia) y una calma expresión en su bello, aunque de largas narices, rostro.
Las estatuas eran cubiertas con inscripciones que
constituyen una fuente importante de la historia sumeria. En verdad, el
descubrimiento del palacio de Gudea, a fines del siglo XIX, fue el primer
indicio que tuvo el hombre moderno de la existencia de los sumerios.
Pero es raro que un gobierno nómada sobre un imperio
civilizado dure mucho tiempo. Los lujos de la civilización son muy atractivos y
seductores para los que sólo han conocido la ruda vida nómada. Aunque los
primeros conquistadores se burlen del lujo y lo juzguen decadente, sus hijos
sucumben a él. Los nómadas dejaron de ser nómadas.
Así, los toscos señores de la guerra guti pronto se
convirtieron en reyes cultivados. Probablemente hasta trataron de ser más
acadios que los acadios, pues tenían una ascendencia nómada que hacer olvidar.
De este modo, la dominación nómada terminó en la absorción.
Pero, con frecuencia, tal absorción no basta. Aunque los nómadas
se civilicen, deben siempre combatir el descontento del pueblo dominado.
Quienes recordaban los muchos siglos de civilización anteriores rechazaban la
ascendencia nómada de sus gobernantes. Y el hecho de que los nómadas estuviesen
en el poder por derecho de conquista aumentaba el resentimiento. Por
consiguiente, cuando la dinastía nómada se suaviza y su ejército ya no está
formado por el duro grupo de guerreros de antaño, es derrocada.
La ciudad de Abraham
Los guti sólo duraron alrededor de un siglo. Hacia el 2120
a.C., fueron expulsados de Mesopotamia. El libertador parece haber sido el
gobernante de Uruk, que estaba a la sazón bajo su V Dinastía. Quizás actuó en
alianza con Ur, pero, si fue así, el gobernante de Ur pronto desplazó a su
aliado y obtuvo la supremacía en el 2113 a.C.
Ese gobernante de Ur, Ur-Nammu, fue el primer rey de la
III Dinastía de Ur, y durante un siglo los sumerios tuvieron un último destello
de grandeza. Bajo la III Dinastía de Ur, toda Mesopotamia fue unida en un
imperio tan grande como el acadio, pero de carácter más comercial que militar.
Ur-Nammu fue quizá el más grande rey de su linaje. Bajo su
reinado, las leyes de la tierra fueron puestas por escrito, aunque es probable
que esto ya se hiciera antes de él, ya que es difícil suponer, por ejemplo, que
Sargón de Agadé no lo hubiese hecho en el curso de su largo reinado. Pero el
hecho es que nada sobrevive de los códigos anteriores; el de Ur-Nammu es el más
antiguo que poseemos. Los restos que sobreviven son las más antiguas leyes
escritas de la historia.
Esos restos que poseemos parecen también bastante
ilustrados. Las leyes antiguas tendían a castigar mediante la mutilación (ojo
por ojo y diente por diente), pero en el código de Ur-Nammu se establece en su
lugar la compensación monetaria. Tal vez ésta fuese una idea natural en una
sociedad comercial.
La construcción sumeria con ladrillo llegó a su
culminación en el siglo de la III Dinastía de Ur. Allí se construyó un enorme
zigurat, el más grande edificado hasta entonces en Sumeria. Lo que queda de él
ha sido puesto al descubierto en las excavaciones efectuadas en el
emplazamiento de Ur, y los restos son aún impresionantes. Tienen unos 90 metros
de largo por 60 de ancho, y los muros inferiores tienen un espesor de 2,5
metros.
Quedan en pie dos plantas con una altura de 20 metros.
Pero se cree que, cuando estaba completo, tenía tres pisos
con una altura total de unos 40 metros.
En el yacimiento de Ur también se han encontrado,
literalmente, decenas de miles de tablillas de arcilla llenas de inscripciones.
Cabría pensar que este hallazgo debe proporcionarnos una gran cantidad de datos
sobre la historia del país, pero los testimonios no son de este género. Son
registros de contaduría y de transacciones comerciales. Es como si alguna
civilización de un distante futuro descubriese montones y montones de papeles
en las ruinas de Nueva York y hallase que son todos viejos recibos y billetes
de venta.
Desde luego, esto no es de despreciar. De esos monótonos
registros, es mucho lo que puede inferirse sobre la vida cotidiana de un
pueblo. Podemos tener idea del tipo de alimentos que la gente comía, de la
clase de negocios que realizaba, de la extensión de su comercio y de lo que
compraban y vendían.
Hasta podemos conocer las fronteras de un imperio tomando
nota de los lugares en cuyas ruinas se han descubierto documentos similares.
Cuando los documentos están fechados, habitualmente lo están indicando el año
del reinado de cierto rey, de lo cual podemos deducir los nombres de los
distintos reyes, el orden en que reinaron y cuánto duró cada reinado.
Cuando las fechas dejan de mencionar a los reyes de Ur,
podemos inferir que en ese lugar había sido destruida la hegemonía de Ur.
En efecto, su poder se derrumbó; en el 2030 a.C. llegó
prácticamente a su fin. Durante una generación se mantuvo como ciudad-Estado,
al menos, pero luego recibió el golpe final. Un ejército elamita aprovechó la
anarquía reinante en Mesopotamia y un período de hambre que hubo en la misma Ur
para abatir las orgullosas defensas de la ciudad y ocuparla, en el 2006 a.C.
Tomaron prisionero al último rey de la III Dinastía, Ibbisin.
Temporalmente, Elam, que había sido una provincia
conquistada del Imperio Acadio, fue la potencia suprema en Mesopotamia. Esto
ocurrió, en parte, porque las ciudades-Estado de la región luchaban unas con
otras y habían vuelto al viejo juego de la guerra.
En lo que antaño había sido Sumeria, había dos ciudades de
primera importancia: Isin y Larsa.
Isin era la más lejana río arriba, inmediatamente al sur
de Nippur. Durante un siglo después de la caída de Ur, Isin fue más importante
ciudad-Estado del Sur. Al final de ese período, hacia el 1930 a.C., uno de sus
gobernantes codificó las leyes de la ciudad y las hizo registrar en lengua
sumeria. Partes de ese código subsisten aún.
Larsa está más al sur, a unos 20 kilómetros aguas abajo de
Uruk. En el 1924 a.C., Larsa, que se hallaba bajo la dominación elamita,
derrotó a Isin y luego tuvo su propio siglo de grandeza.
Más al norte, había otras dos importantes ciudades-Estado.
Eran Asur y, aguas abajo del Tigris, Eshnunna. Fragmentos de un tercer código
de leyes establecido por un gobernante de Eshnunna también han llegado hasta
nosotros.
Pero esas ciudades-Estado no eran realmente sumerias al
viejo estilo. Los sumerios como clase gobernante llegaron a su fin en Ur. En el
período posterior al 2000 a.C., las clases dominantes de las ciudades que
antaño habían constituido Sumeria hablaban el acadio. Mesopotamia se volvió
totalmente semítica en lo que respecta a la lengua, y seguiría siéndolo durante
quince siglos.
El sumerio no murió inmediatamente. Persistió durante un
tiempo en la más conservadora de las instituciones, la religión. Pero fue una
«lengua muerta», usada en el ritual religioso, como el latín en la actualidad.
Y con su lengua, los sumerios desaparecieron. No fueron
muertos o exterminados, solamente dejaron de considerarse sumerios. Su sentido
de nacionalidad se desvaneció lentamente, y en el 1900 a.C., ya no quedaba nada
de ellos.
Durante dos mil años, los sumerios habían estado en la
avanzada. Habían inventado el transporte con ruedas, la astronomía, la
matemática, la empresa comercial, las construcciones de ladrillo en gran escala
y la escritura. Casi podría decirse que inventaron la civilización.
Pero por entonces habían desaparecido. Siete siglos antes
de la guerra de Troya, once siglos antes de que se fundara una pequeña aldea
llamada Roma, los sumerios, ya cargados de tradición, desaparecieron. Su
existencia misma fue olvidada hasta las grandes excavaciones arqueológicas de
las últimas décadas del siglo XIX.
Sin embargo, quedó un rastro de ellos. En un gran libro
que data de antiguos tiempos -la Biblia- se encuentran oscuras huellas de los
sumerios. Hay un pasaje, específicamente, que alude al período de la III
Dinastía de Ur.
En el último siglo de su existencia, hacia el 2000 a.C.,
la cercana muerte de Sumeria era evidente. La pérdida del Imperio, el hambre y
la ocupación elamita fueron demasiados golpes mortales. Muchos hombres
emprendedores de Ur deben de haber pensado que ya no había futuro en la que
antaño había sido una gran ciudad, y se dispusieron a partir al exterior, en
busca de mejor fortuna en otras partes.
En la Biblia se menciona una de tales emigraciones:
«Tomó, pues, Teraj a Abram, su hijo; a Lot.., y a Sarai,
su nuera… y los sacó de Ur… para dirigirse a la tierra de Canaán» (Génesis,
11,31). Viajaron a lo largo de la Media Luna Fértil, primero hacia el Noroeste,
hasta la cima del arco, y luego hacia el Sur, al extremo occidental. Abram
cambió luego su nombre por el de Abraham y, según la leyenda, fue el antepasado
de los israelitas.
La Biblia luego describe una incursión realizada por un
ejército mesopotámico contra las ciudades-Estado de Canaán, yen el relato se
presenta la época de Abraham como la que siguió inmediatamente a la caída de
Ur:
«Sucedió que en aquel tiempo Amrafel, rey de Senaar;
Arioc, rey de Elasar; Codorlaomor, rey de Elam, y Tadal, rey de naciones,
hicieron guerra a…» (Génesis, 14,1-2).
Por el papel destacado que se le otorga en el resto de
este pasaje bíblico, es evidente que Codorlaomor dirigía la coalición, y sólo
en este período de su historia -el siglo que siguió a la caída de Ur- Elam fue
la potencia principal de una Mesopotamia fragmentada. Se cree por lo general
que Elasar, otro miembro de la coalición, alude a Larsa, y sólo por entonces
tuvo esta ciudad un papel prominente.
«Tadal, rey de naciones», parece haber sido un principito
secundario, y el principal interés de este pasaje reside en la persona de
Amrafel, rey de Senaar. Tomado literalmente, parecería referirse a alguien que
gobernó toda la región mesopotámica (pues Senaar es Sumeria), pero esto no se
ajusta ala situación imperante a la sazón. En realidad, si Amrafel hubiese sido
verdaderamente el gobernante de toda Mesopotamia, habría sido él, no
Codorlaomor, quien encabezase la coalición.
La respuesta a este enigma involucra a un nuevo grupo de
invasores que habían entrado en Mesopotamia y a los que debemos referirnos
ahora.
3. Los amorreos
Babilonia entra en escena
Los nuevos in v asores llegaron del Oeste y el Sur, como
los acadios mil años antes. Hablaban una lengua semítica muy semejante al
acadio y pronto adoptaron la forma acadia de la lengua cuando se asentaron en
Mesopotamia. Por este parentesco de la lengua, con el tiempo llegaron a ser
considerados como nativos; no fueron los odiados «extranjeros» que habían sido
los guti.
Estos semitas recién llegados fueron llamados amurru en
los documentos mesopotámicos, y se discute si esa palabra significa
«occidentales» o «nómadas». Sea como fuere, los conocemos como los amorreos.
Alrededor del 2000 a.C., después de los gloriosos días de
Ur y cuando Sumeria entraba en su decadencia final, los amorreos surgieron del
desierto e invadieron la Media Luna Fértil, por el Este y el Oeste.
En el Oeste, colonizaron las tierras adyacentes al mar
Mediterráneo y se mezclaron con los habitantes de Canaán (que también hablaban
una lengua semítica). Así, en la Biblia, a los cananeos se los llama a menudo
amorreos, por ejemplo, cuando Dios le dice a Abraham que no es el tiempo de
heredar Canaán, «pues todavía no se han consumado las iniquidades de los
amorreos» (Génesis, 15,16).
En el Este, los amorreos penetraron en lo que había sido
Acad, y fueron ellos, no los sumerios en decadencia, quienes revigorizaron las
ciudades-Estado entre 2000 y 1800 a.C. Se apoderaron de la ciudad de Larsa, por
ejemplo, que floreció bajo el dominio amorreo.
Los amorreos también se apoderaron de una pequeña ciudad
acadia llamada Bab-ilum (palabra acadia que significa «puerta de Dios») e
hicieron de ella su ciudad. En el hebreo de la Biblia, el nombre de la ciudad
se convirtió en «Babel».
Babel, hasta entonces, no se había destacado mucho en el
mundo mesopotámico. Estaba a orillas del Éufrates al oeste y cerca de Kish, y
debe de haber vivido en buena medida a la sombra de esta ciudad. Pero cuando
Kish declinó, Babel tuvo la ocasión de brillar con mayor intensidad.
Pero los amorreos lograron el más notable de sus éxitos
tempranos en las lejanías del Norte. Se apoderaron de Asur en el 1850 a.C., y
allí encontraron una rica presa, en verdad. El arco septentrional de la Media
Luna Fértil bullía de civilización, y al final del período de la III Dinastía
de Ur mercaderes de Asur habían penetrado profundamente en Asia Menor.
Ahora, liberada de la dominación de Ur, Asur obtuvo la
autonomía y se convirtió en una rica ciudad comercial de altivos mercaderes.
En el 1814 a.C., un proscripto amorreo, tal vez un miembro
de la familia gobernante, se hizo con el poder en Asur. Su nombre era
Shamshi-Adad I, y creó una dinastía que, pese a sufrir muchas conmociones, iba
a durar mil años. Bajo Shamshi-Adad I, Asur dominó toda la Mesopotamia
Septentrional, pues el nuevo monarca se apoderó de la ciudad de Mari, situada a
240 kilómetros al sudoeste del Éufrates. Era otro centro comercial,
recientemente enriquecido y cercano a las ciudades en crecimiento de la mitad
occidental de la Media Luna Fértil. Este reino en expansión fue el primer
período de grandeza de Asur y un presagio del futuro, la primera aparición en
el mapa de una «Asiria» temible.
Vol v iendo ahora al enigma de «Amrafel, rey de Senaar»,
mencionado en el capítulo anterior, debe tratarse, pues, de uno de los
gobernantes amorreos de Mesopotamia. Pero, ¿de cuál?
Al parecer, lo más probable es que fuese uno de los
primeros jefes amorreos de Babel. Fue llamado «rey de Senaar» (esto es, rey de
Mesopotamia) porque más tarde Babel dominó toda esa tierra y su gloria fue
reflejada retrospectivamente a la época de su anterior gobernante.
En el 1792 a.C., el sexto miembro del linaje amorreo, el
presumiblemente un descendiente de Amrafel, subió al trono en Babel. Fue
Hammurabi. En el momento de subir al trono, la situación no parecía promisoria
para el nuevo monarca ni el futuro parecía pertenecer a Babel.
Al norte estaba Shamshi-Adad I, forjando una Asiria
poderosa. Al sur el peligro parecía aún peor. Dos años antes, en 1794 a.C.,
Rim-Sin, que gobernaba Larsa desde el 1822 a.C., logró infligir una derrota
definitiva a la ciudad de Isin y unió bajo su dominación los tramos inferiores
del valle fluvial.
Afortunadamente para Hammurabi, sus enemigos no estaban
unidos y ambos estaban envejeciendo. Hammurabi tenía grandes dotes militares y
diplomáticas; más aún, era joven y paciente; podía permitirse esperar, mientras
se aliaba cautamente a una potencia para derrotar a la otra. Tarde o temprano,
alguno debía morir.
Fue Shamshi-Adad I de Asur quien murió, en el 1782 a.C., y
bajo su sucesor, menos enérgico que él, el poder asirio declinó. Aliviada la
presión del Norte, Hammurabi se dirigió hacia el Sur. En el 1763, Hammurabi
aplastó al anciano RimSin, y todo el Sur fue suyo. Se trasladó hacia el Norte,
y en el 1795 a.C. se apoderó de Mari y la saqueó. Asur evitó un destino tan
fatídico. Después de algunos años de resistencia, en el 1755 a.C. se sometió y
fue tributaria de Hammurabi. Su gobernante conservó el trono, y la dinastía de
Shamshi-Adad sobrevivió para ser el azote del resto de Mesopotamia en tiempos
futuros.
Hammurabi murió en el 1750 a.C., pero durante los últimos
cinco años de su vida gobernó un imperio tan grande como el de Naram-Sin, seis
siglos antes.
La gloria de Babel comenzó realmente con el reinado de
Hammurabi, pues mantuvo su capital en ella y desde ella gobernó su vasto reino.
Se convirtió en una poderosa metrópoli que iba a ser la mayor ciudad del Asia
Occidental durante catorce siglos. Hoy nos es más conocida por la versión
griega de su nombre: Babilonia.
La región que había sido antaño Sumeria y Acad en lo
sucesivo recibió su nombre de esa gran ciudad, y fue llamada Babilonia durante
todos los siglos restantes de los tiempos antiguos.
Cambio de dioses
El triunfo de Babilonia sobre la tierra se reflejó en un
triunfo si milar en el cielo mesopotámico.
Los sumerios, como era común entre los pueblos antiguos,
adoraban a diversos dioses. ¡De qué otro modo podían explicarse los caprichos
de la naturaleza? ¡De qué otra forma podían darse cuenta de la existencia del
Universo?
Presumiblemente, cada tribu tenía algún dios que era
considerado como un símbolo y representación de la tribu. Había una estrecha
conexión entre una tribu y su dios. Siempre que el dios fuese apropiadamente
adorado con ritos adecuados, cuidaría de su pueblo, mantendría un entorno
favorable y ayudaría a derrotar a los enemigos de la tribu (y a su dios).
Pero cuando un grupo de tribus se establecía en una
estrecha proximidad y adoptaba una cultura común, naturalmente, había muchos de
esos dioses. Para mantener la paz, era menester dar a todos cierta importancia
y crear un «panteón», un grupo de muchos dioses relacionados entre sí. Por lo
general, cuando un pueblo entraba en el escenario de la historia humana de
manera conspicua, ya existía tal panteón.*
*Los israelitas, que pronto entrarían en escena, eran una
excepción entre los pueblos de la época al negarse a crear tal panteón. Al
menos, los que afirmaban enérgicamente la existencia de un solo Dios finalmente
predominaron.
Con la proliferación de dioses, era natural introducir la
especialización. Un dios se ocupaba de la lluvia, otro del río, etcétera. Los
narradores y poetas podían elaborar cuentos que describían y explicaban el
Universo en términos alegóricos.
Así, lo que llamamos mitología, fue un antiguo intento de
elaborar una ciencia. Hoy nos devanamos los sesos con los mismos problemas -la
creación del Universo, las leyes del clima, etc.- pero usamos herramientas y
técnicas diferentes para hallar la respuesta.
La más simple y amplia división del trabajo es colocar a
un dios a cargo de la tierra (o el mundo subterráneo), otro a cargo de las
aguas (el mar salado o los ríos de agua dulce) y otro a cargo del aire (o del
cielo). Por lo general, el dios del cielo era el principal, pues el cielo cubre
la tierra y el agua, y es del cielo de donde cae la lluvia (y donde aparece el
rayo).
En los viejos mitos griegos, que tenían el panteón más
conocido por los occidentales modernos, los tres hijos de Cronos se dividieron
el Universo. Zeus poseía el cielo, Poseidón el mar y Hades el mundo
subterráneo; Zeus era el dios principal. La única explicación que tenemos es
que Zeus encabezó la rebelión contra su padre, Cronos. Los hechos terrenales
que están detrás de esa explicación se pierden en la prehistoria de los
griegos.
Entre los sumerios, había una similar división tripartita
entre los tres dioses principales. Anu era el dios del cielo, Enlil el dios de
la tierra y Ea el dios del agua dulce, dadora de vida. Anu, al parecer, era el
dios principal de los sumerios, al menos en una etapa posterior de su historia.
La razón mitológica de esto la encontramos en la historia
sumeria de la Creación. Ésta (como otros muchos mitos de la Creación) no trata
de la formación del Universo a partir de la nada, sino de la creación de un
universo ordenado a partir de un caos desordenado.
En el mito sumerio, el caos estaba representado por una
diosa primordial llamada Tiamat. Ella, al parecer, representaba el mar oscuro y
destructor, con sus caóticas aguas agitadas, tan temibles para un pueblo
primitivo que carecía de una tecnología marina. Para que surgiera el Universo,
ella debía ser derrotada. (O tal vez esto representase el hecho histórico de
que el río tuvo que ser domeñado mediante un sistema de canales.) En la forma
sumeria del mito, debe de haber sido Anu quien finalmente atacó a Tiamat, la
derrotó y con su cuerpo construyó el Universo. Como recompensa por su victoria,
naturalmente se le otorgó la supremacía sobre los dioses.
En este caso es posible especular sobre los hechos
históricos que quizá fuesen el trasfondo del mito. Pese a la existencia del
panteón, cada ciudad sumeria conservaba algún dios favorito como patrón
especial. (Esto es en cierto modo similar a la manera como los atenienses
consideraban a Atenea la diosa patrona de la ciudad.) Enlil era el dios
adorado, en particular, en Nippur, y Ea era el dios patrón de Eridu. Éstas eran
las dos ciudades sumerias principales del período de Ubaid, anterior a la
invención de la escritura, y era muy natural que esos dos dioses adquiriesen
gran importancia. Tal vez uno u otro era originalmente el dios principal.
Pero al fin del período de Ubaid fue Uruk la que pasó a
primer plano; fue en Uruk donde se inventó la escritura y fue quizás Uruk la
que preparó el terreno para el Diluvio. El dios de Uruk era Anu, y éste se
afirmó como dios principal con suficiente vigor, gracias a la escritura, como
para que lo siguiese siendo aún después de que la hegemonía pasara a otras
ciudades.
Cuando los acadios entraron en Mesopotamia, llevaban
consigo sus propios dioses, que podemos identificar por el hecho de que
llevaban nombres semíticos. Se permitió a esos dioses entrar en el panteón
sumerio, pero en los rangos inferiores. Entre ellos se contaban Sin, dios de la
luna; Shamash, dios del sol; e Ishtar, diosa del planeta Venus (y también del
amor y la belleza).
En ciertos casos, algunas ciudades sumerias adoptaron uno
u otro de esos dioses acadios, presumiblemente cuando la lengua y la influencia
acadias adquirieron mayor importancia, después de las hazañas de Sargón de
Agadé. De este modo, Sin se convirtió en el dios principal de Ur, e Ishtar fue
adorada particularmente en Uruk. El pueblo de Uruk, para dar cuenta de esta
innovación, explicó que Ishtar era hija de Anu, y esta relación entró en la
mitología oficial.
Era costumbre de los pueblos de la Mesopotamia (y de otros
pueblos también) incorporar los nombres de los dioses a sus propios nombres
personales. Esto era una muestra de piedad y, quizá, también servía para traer
la buena suerte, pues es de presumir que los dioses no eran insensibles a los
halagos. Entre los personajes históricos que hemos mencionado, hallamos Ea en
Eannatum de Lagash, Sin en NaramSin de Agadé y Rim-Sin de Larsa. Shamash se
encuentra en Shamshi-Adad I de Asiria, que también incluye el nombre de Ada, un
dios de las tormentas. Estos nombres tienen significados, claro está (Naram-Sin
significa «amado por Sin», y Rim-Sin, «el toro de Sin»), aunque no siempre es
fácil saber cuál. (Nosotros no nos permitimos tantas libertades con los nombres
divinos, pero hay algunos ejemplos de lo mismo.
Del latín, tenemos Amadeo, que significa «amado por Dios»;
del griego, Teodoro o Doroteo, que significa «don de Dios»; del alemán, tenemos
Gottfried, que significa «la paz de Dios».) Cuando los amorreos se apoderaron
de Mesopotamia, no introdujeron muchos dioses, como habían hecho los acadios.
Su cultura era demasiado similar a la acadia, y al adoptar
la versión acadia de la lengua semita, adoptaron también la versión acadia de
los nombres de los dioses. Su propio dios nacional, Amurru (que representaba a
la nación en su mismo nombre), pasó a ser un dios secundario.
La dinastía amorrea que dominó Babilonia, por ejemplo,
adoptó al dios patrón de la ciudad como propio. Su nombre era Marduk, y era
considerado como un dios del sol. La ciudad de Borsippa, situada inmediatamente
al sur de Babilonia y que estuvo tempranamente bajo su dominación, tenía como
dios patrón a Nabu. También él fue adoptado por la dinastía, pero en una
posición subordinada. Nabu era considerado en los mitos como hijo de Marduk.
Mientras Babilonia fue una ciudad sin importancia Marduk
fue un dios sin importancia. Pero cuando Hammurabi hizo de Babilonia la mayor
ciudad de toda Mesopotamia, se inició un proceso por el cual Marduk habría de
con v ertirse en el dios principal. Lentamente, los sacerdotes amañaron las
leyendas («reescribieron la historia», por así decir) hasta que Marduk emergió
como el gran héroe del mito de la Creación.
Los testimonios que tenemos de ese mito son posteriores a
Hammurabi y dan la última versión. En ésta, Anu ataca a Tiamat, pero su ánimo
flaquea y retrocede.
Fue Marduk (descrito como hijo de Ea, concesión al hecho
de que era, relativamente, un recién llegado y no figuraba en los mitos más
antiguos) quien salvó la situación. Sin temor alguno, enfrentó a Tiamat y la
mató. El creó el Universo y, por lo tanto, lo gobierna, después de convertirse
en señor de los dioses y los hombres. A veces era llamado Bel-Marduk o
sencillamente Bel, pues Bel significaba «Señor». El segundo fue Nabu.
Durante mil años o más, mientras Babilonia mantuvo la
supremacía en los valles inferiores del Tigris y el Éufrates, Marduk conservó
la supremacía en el cielo babilonio.
Así, en un pasaje de la Biblia escrito unos doce siglos
después de la época de Hammurabi y donde se predice la caída de Babilonia, se
expresa esta caída en términos de los dioses que aún adora: «Postrado Bel,
abatido Nebo» (Isaías, 46, 1).
Nebo, por supuesto, es la forma hebrea de Nabu.
Pero Marduk no dominó en todas partes, en Mesopotamia. En
el Norte, los asirios se aferraron tenazmente a su dios nacional, Asur, del
cual derivaba el nombre de su ciudad.
El pilar de la ley
Hammurabi fue un gobernante eficiente y capaz, y no sólo
un mero conquistador. Organizó cuidadosamente su reino, fue un infatigable
trabajador y hoy es conocido sobre todo por su cuidadosa codificación de las
leyes.
No fue en modo alguno el primer rey mesopotámico que puso
leyes por escrito. Como señalamos antes, ya Ur-Nammu de Ur había hecho elaborar
un código escrito semejante dos siglos antes de Hammurabi. Los gobernantes de
Eshnunna y de Isin hicieron lo mismo. Indudablemente, había códigos aún más
antiguos, que por desgracia no nos han llegado.
La importancia del Código de Hammurabi consiste en que es
el más antiguo que conservamos en su totalidad.
El Código de Hammurabi fue inscrito en una estela de casi
tres metros de dura diorita. Es obvio que pretendía ser un código permanente,
yen cierto sentido lo fue, pues aún lo tenemos hoy (en bastante buen estado),
unos tres mil años y medio después de la época de Hammurabi.
En lo alto de la estela hay un relieve que muestra a
Hammurabi humildemente de pie ante el dios del sol, Shamash, quien se halla
sentado en un trono sobre la cima de una montaña y tiene los hombros en llamas.
(Es una situación similar a la de Moisés, quien cinco siglos más tarde es
descrito en la Biblia subiendo al monte Sinaí para recibir la ley de Dios.) En
la parte de abajo de la cara de la estela hay veintiuna columnas de una fina
escritura cuneiforme, en las que se exponen casi trescientas leyes destinadas a
regir las acciones de los hombres y guiar al rey y sus funcionarios en la
administración de la justicia. Indudablemente el código se basaba en gran
medida en las leyes elaboradas por las diversas ciudades sumerjas y, en lo
posible, representaba las costumbres que se habían ido adoptando lentamente a
lo largo de siglos.
La estela original estaba en la ciudad de Sippar, a unos
50 kilómetros de Babilonia río arriba. Su dios patrón era Shamash, el
legislador en este caso, y la estela se hallaba colocada en el impresionante
templo de la ciudad dedicado a Shamash.
Para todos los hombres, era una prueba de que ésa era la
ley dada por los dioses. Podía ser consultada por cualquiera, quien no debía
temer que los jueces la violaran por mala memoria o por ocultos sobornos.
Pero la estela que contenía el Código de Hammurabi no se
encontraba en las ruinas de Sippar. En los siglos posteriores a Hammurabi, esa
tierra iba a padecer infortunios y desastres.
Un ejército invasor elamita saqueó la ciudad y se llevó la
estela como botín. Luego quedó en la capital de Elam, Susa. Y fue allí, en las
ruinas de Susa, donde, en 1901, la descubrió un arqueólogo francés Jacques de
Morgan, y la llevó a Occidente.
El Código nos dice mucho sobre el sistema social de la
época. Los hombres libres se dividían en nobles y campesinos.
También había esclavos, institución universal en toda la
Antigüedad. (La justicia de la esclavitud nunca fue puesta en tela de juicio en
la época antigua, ni siquiera en el Viejo o el Nuevo Testamento.) La
desigualdad de los hombres era llevada hasta los menores detalles. Así, era
mayor la pena por dañar a un noble que a un campesino, como era mayor por dañar
a un campesino que a un esclavo. Por otro lado, como era justo, un noble debía
sufrir un castigo mayor que un campesino por los mismos delitos y pagar sumas
mayores al templo.
Los esclavos eran marcados en la frente, y estaba
prohibido ocultar o disimular esa marca. En cambio, estaba prohibida la
crueldad inhumana en el trato dado a los esclavos, y se idearon métodos por los
cuales éstos pudieran comprar su libertad. En general, los esclavos eran mejor
tratados y recibían más protección en la Babilonia amorrea que en tiempos
romanos, dos mil años más tarde.
El Código tiene un fuerte carácter comercial, lo que
muestra una vez más que la base de la civilización mesopotámica era el
comercio. Afirma la absoluta santidad de los contratos y estipula
cuidadosamente la manera en que los bienes pueden ser poseídos, vendidos o
transferidos. Regula el comercio, los beneficios y los alquileres. Prohibe el
engaño en el peso, los artículos de mala calidad, la mala artesanía y los
fraudes comerciales en general.
También los matrimonios eran considerados como una forma
de contrato, y se establecían normas para el divorcio y la adopción de hijos.
Aunque un hombre podía divorciarse de su mujer a voluntad, debía devolver la
dote que ella aportaba al matrimonio (lo cual, probablemente, hizo que muchos
maridos se abstuvieran de divorciarse por razones triviales). Las mujeres y los
niños estaban expresamente protegidos en el Código.
También abordaba el tema vital de la irrigación. Los
hombres eran responsables de su parte de los diques y canales, y en caso de que
su negligencia originase inundaciones, debían pagar fuertes multas.
El Código legislaba, asimismo, sobre los delitos
pasionales y de negligencia. Las mutilaciones eran comunes como castigo, más
que en el código anterior de Ur-Nammu, lo cual era un retroceso. Si un hombre
golpeaba a su padre, se le cortaba la mano con que había propinado el golpe. Si
un carpintero construía una casa que se derrumbaba y mataba al propietario, se
le condenaba a muerte. Pero había atenuantes por accidente. Si una persona que
había matado a otra podía presentar pruebas de que el hecho no había sido
intencional, sino resultado de un accidente, podía librarse mediante una multa.
El Código es muy detallado en lo que respecta a la
profesión médica, que parece haber estado muy desarrollada hacia el 1800 a.C.
Se regulaban los honorarios y la ética de médicos y cirujanos. Un cirujano
torpe podía perder la mano que había empuñado el cuchillo.
Por el Código y otros elementos de juicio de la época,
parece evidente que la moral personal en Babilonia era al menos tan elevada
como la nuestra. La imagen de Babilonia como un antro de perversión proviene
principalmente de la Biblia.
Los autores bíblicos, desde luego, eran enemigos de
Babilonia y no cabe esperar que ofrezcan un cuadro fiel de ella.
Aparte de los prejuicios religiosos, está también el hecho
de que las grandes ciudades son casi siempre sospechosas para los habitantes de
zonas menos urbanizadas (piénsese, por ejemplo, en la idea que se tiene en las
pequeñas villas de ciudades como Nueva York y París).
Babilonia, corno prácticamente todas las otras culturas
antiguas, tenía ritos de la fertilidad como parte de su religión organizada. Se
pensaba que las experiencias sexuales ritualizadas contribuían a aumentar la
fertilidad del suelo. Los judíos, que prácticamente eran el único pueblo de la
Antigüedad que tenía una concepción estrictamente puritana del sexo, no
reconocían la motivación religiosa que había detrás de tales ritos y los
juzgaban como una vil inmoralidad. Nosotros hemos heredado esta opinión que
tiñe injustamente nuestra idea de las antiguas culturas paganas.
Bajo el benéfico gobierno de Hammurabi, el arte y la
literatura florecieron. Cientos de cartas suyas que nos han llegado muestran la
compleja red administrativa que creó y que su69 pervisaba estrechamente. Su
obra perduró. Su dinastía no permaneció en el poder por mucho tiempo y
Babilonia iba a sentir el peso de la dominación extranjera, pero el sistema
creado por el gran rey sobrevivió, con algunas modificaciones, durante quince
siglos.
El advenimiento del caballo
Por la época en que los amorreos se apoderaron de
Mesopotamia, después del 2000 a.C., el bronce era de uso común desde hacía mil
anos. Ya no era el factor decisivo que había sido antaño. El conocimiento sobre
él se había difundido por toda la Media Luna Fértil y más allá aún. Las tribus
nómadas podían, indudablemente, obtener tales armas (como los indios
norteamericanos obtuvieron rifles, aunque no podían fabricarlos ellos mismos).
La balanza del poder, que había estado a favor de la
civilización, lentamente se equilibró, pero no enteramente. También contaba la
organización. Las tribus amorreas pudieron penetrar en Mesopotamia después de
las invasiones elamitas y debilitaron mucho a las ciudades-Estado, pero la
victoria de los nómadas fue relativamente lenta. Fue una filtración hacia el
interior, más que un violento derrocamiento.
En el ínterin, se estaba produciendo una revolución más
allá de las fronteras de la civilización, quizás en las vastas estepas situadas
al norte del mar Negro y en las montañas del Cáucaso. Se estaba creando una
nueva arma que habría de revolucionar la guerra tanto como lo había hecho el
bronce, pero esta vez la balanza se iba a inclinar del lado de los nómadas y
contra los habitantes de las ciudades.
Hasta el 2000 a.C., los animales que se usaban para
transportar cosas pesadas eran los bueyes y los asnos. El buey era fácil de
uncir gracias a sus fuertes cuernos, pero era un animal torpe, estúpido y
lento. El asno era más inteligente, pero era pequeño y no podía tirar
rápidamente de las pesadas carretas de ruedas macizas.
Por consiguiente, en la guerra no podía usarse con mucho
éxito el transporte animal. Los ejércitos consistían en masas de soldados de
infantería que caían unos sobre otros hasta que uno de los ejércitos se
dispersaba y huía. Los carros sólo servían para fines ceremoniales, para evitar
que el gobernante y otros jefes militares tuviesen que caminar, o para
transportar armas y suministros.
Los carros tirados por asnos eran el mejor medio
disponible de transporte a larga distancia, y servían, aunque ineficientemente,
para mantener las comunicaciones en el Imperio Acadio o en el Amorreo. La corta
vida de estos imperios quizá sea la mejor prueba de la ineficiencia de las
comunicaciones.
Pero, hacia el año 2000 a.C., en alguna parte fue
domesticado un veloz animal de las estepas: el caballo salvaje. Era mucho más
grande y fuerte que el asno y corría como el viento. Al principio, sin embargo,
parecía inútil para el transporte. No tenía cuernos para ponerle arneses, y los
iniciales métodos de enjaezamiento intentados oprimían la tráquea del caballo y
medio lo ahogaban. En un comienzo, pues, el caballo quizá fuese usado como
alimento.
Luego, en algún momento anterior al 18(X) a.C., alguien
ideó un método para utilizar al caballo para la tracción ligera especializada.
Se hizo a los carros lo más livianos posible. Se los convirtió en una pequeña
plataforma asentada sobre dos grandes ruedas, plataforma sólo suficientemente
grande para transportar a un hombre. Hasta las ruedas fueron aligeradas, sin
pérdida de la resistencia, haciéndolas con rayos en vez de macizas.
Una carga tan ligera, tirada por un caballo o por varios,
podía desplazarse velozmente, de manera mucho más rápida que un soldado de
infantería. Con sólo dos ruedas, el carro era tan manejable como el caballo y
podía cambiar de dirección con escasa dificultad.
Fueron los nómadas quienes aprendieron a usar el caballo
con el carro, y durante largo tiempo fue un recurso exclusivo de los nómadas.
En primer lugar, las ciudades carecían de tales animales y del espacio
necesario para entrenarse en este nuevo modo de desplazamiento.
Los pueblos civilizados descubrieron con horror que las
correrías de los nómadas repentinamente habían multiplicado muchas veces su
eficacia, pues un grupo de aurigas podía irrumpir ferozmente, atacando ya en un
lugar, ya en otro, sin que fuese posible detenerlos o prevenir su llegada.
El efecto psicológico de los corcoveantes caballos y su
gran velocidad debe de haber quebrado el ánimo de muchas bandas de infantes
campesinos, aun antes de tomar contacto con ellos.
Toda la Media Luna Fértil estaba inerme ante los ataques
fulminantes de esta nueva clase de enemigos. Entre los primeros jinetes había
un grupo de tribus conocidas por nosotros como los hurritas, quienes
descendieron sobre el arco septentrional de la Media Luna Fértil desde las
estribaciones montañosas del Cáucaso, en el siglo siguiente a la muerte de
Hammurabi.
El territorio que había conquistado Shamshi-Adad I de
Asiria fue ocupado por los jinetes, quienes crearon allí una serie de
principados. Lentamente, se fueron uniendo y en el 1500 a.C. constituyeron un
reino unificado llamado Mitanni, que se extendía desde el Éufrates superior
hasta el Tigris superior. El corazón mismo de Asiria, alrededor de la ciudad de
Asur, se mantuvo bajo su vieja dinastía, pero era tributario del Mitanni, que
fue entonces una de las grandes potencias del inundo civilizado.
Los invasores hurritas hicieron sentir su poder mucho más
allá de los confines de Mitanni. El torbellino que desató su a proximación
aumentó cuando pueblos enteros quedaron d escuajados en su huida de los aurigas
guerreros. La parte occ idental de la Media Luna Fértil era un hervidero, y la
influencia hurrita se hizo sentir vigorosamente ya antes de la muerte de
Hammurabi.
La Biblia alude una o dos veces a un grupo de gente que
vivía en la parte más meridional de Canaán: «y a los horreos en los montes de
Seir hasta El Farán» (Génesis, 14,6), y se cree ahora que esos horreos, o
«horim» en hebreo, eran los hurritas.
La influencia hurrita fue más allá de Canaán también. Un
abigarrado grupo de invasores, formado por amorreos y hurritas, irrumpió en
Egipto. Los egipcios los llamaron los «hicsos». Puesto que los egipcios, como
los mesopotamios, carecían de vehículos tirados por caballos, no pudieron hacer
frente a los recién llegados. Sus desconcertados ejércitos se retiraron y se
perdió la mitad septentrional del reino; esa pérdida duró un siglo y medio.
Mientras tanto, penetraba en Asia Menor otro grupo de
norteños familiarizados con la técnica de los carros tirados por caballos. Los
testimonios mesopotámicos los llaman los hatti y, al parecer, son los que la
Biblia llama hititas. Cuando entraron por primera vez en Asia Menor, hallaron
las regiones orientales de ésta densamente ocupadas por mercaderes asirios.
Pero los asirios se retiraron a medida que los hititas avanzaban.
Inmediatamente después de la muerte de Hammurabi, los hititas se expandieron rápidamente;
hacia el 1700 a.C., dominaban la mitad oriental de Asia Menor, yen esta etapa
de su historia constituyeron el llamado «Antiguo Reino». Adoptaron las formas
civilizadas de vida, tomaron la escritura cuneiforme y la adaptaron a su
lengua.
Los hurritas y los hititas, que provenían del Norte, no
hablaban las lenguas semíticas, originarias de Arabia, del Sur.
La lengua hurrita no tiene relaciones claras con otras
lenguas, pero la lengua hitita tiene el tipo de estructura gramatical de casi
todas las lenguas de la Europa moderna y de partes del Asia moderna, aun en
regiones tan orientales como la India. A toda esta familia de lenguas se la
llama ahora indoeuropea.
En el Éufrates superior, los imperios fundados por los
hititas y Mitanni se enfrentaron, y su antagonismo les impidió adquirirla
potencia que podían haber tenido.
La parte oriental de la Media Luna Fértil no se salvó de
la anarquía que se extendió por todo el mundo del Este. Apenas acababa de
descender a la tumba Hammurabi, cuando las revueltas provinciales sacudieron el
Imperio Amorreo, y las hordas nómadas se aprovecharon plenamente de ello. Un
ejército hitita se abalanzó desde el Norte, y el hijo de Hammurabi sólo pudo
rechazarlo con gran esfuerzo. Mientras tanto, la independencia asiria había
sido barrida por los hurritas, y Babilonia pronto quedó reducida a la pequeña
región que dominaba antes de Hammurabi.
Además, un particular peligro surgió de los Montes Zagros,
donde antaño habían morado los guti, y antes que ellos los sumerios. Durante
algunos siglos, los nómadas de los Montes Zagros habían estado en calma. Eran
conocidos por los babilonios como los koshshi, y tal vez la Biblia se refiera a
ellos cuando habla de los «cushitas». Los griegos de épocas posteriores los
llamaron los kossaioi (o «coseos», en nuestra versión), pero nos son más
conocidos por el nombre de «casitas».
Hacia el 1700 a.C. habían adoptado la técnica del carro
tirado por caballos y también ellos se volvieron conquistadores. Llegaron como
una avalancha desde el Nordeste, tomaron Ur y la saquearon salvajemente. La
misma Babilonia resistió desesperadamente durante un siglo, pero en el año 1595
a.C., después de quedar muy debilitada por una incursión hitita, la gran ciudad
fue tomada y ocupada por los casitas, apenas siglo y medio después de la muerte
del gran Hammurabi.
Los casitas adoptaron la cultura mesopotámica y la versión
b abilónica de la vieja religión sumeria. Reconstruyeron el templo de Marduk en
Babilonia y, en el 1330 a.C., patrocinaron la reconstrucción de Ur.
Pero los nómadas habían introducido el caballo en las
regiones civilizadas y, una vez que los habitantes de las ciudades aprendieron
a usar la nueva arma de guerra, su ventaja desapareció.
El resurgimiento contra los nómadas se inició en Egipto,
el país más lejano al que habían llegado. Los nativos aún dominaban la parte
septentrional del país, yen el 1580 a.C. usaron el caballo y el carro para
expulsar a los hititas de las regiones del Norte.
En verdad, los egipcios resurgieron con renovadas
energías, pues por primera vez en su historia llegaron a Asia Occidental e
iniciaron allí una carrera de conquistas. En el año 1479 a.C., el más grande de
sus faraones, Tutmosis III, derrotó a una liga de ciudades cananeas en Megiddo.
Estas ciudades cananeas estaban respaldadas por Mitanni, por lo que Tutmosis lo
atacó, lo derrotó y lo redujo al papel de reino tributario. También derrotó a
los hititas y puso fin al Antiguo Reino.
El vigor de Egipto disminuyó un poco después de Tutmosis,
y los reinos del Norte pudieron revivir. Mitanni tuvo la desgracia de entrar en
un período de querellas dinásticas durante el cual ningún miembro de la familia
gobernante pudo alcanzar un indiscutido poder. Los hititas, en cambio, bajo una
serie de reyes capaces pudieron restablecerse completamente. Se convirtieron en
el reino más poderoso del Norte, y en el 1375 a.C. crearon el «Nuevo Reino».
Al este del tambaleante Mitanni surgió una Asiria
revitalizada. En el 1365 a.C. subió al trono un vigoroso monarca,
Ashur-uballit, y bajo él Asiria recuperó su total independencia de Mitanni.
El sucesor de Ashur-uballit envió ejércitos al Oeste, al
Éufrates, y saqueó la capital de Mitanni en el 1300 a.C. El siguiente rey
asirio completó la tarea, aplastando lo que quedaba de Mitanni en el 1270 a.C.;
este reino desaparece de la historia un poco más de cinco siglos después del
advenimiento del caballo y el carro.
4. Los asirios
El gran cazador
Ashur-uballit creó lo que a veces recibe el nombre de
Primer Imperio Asirio. Bajo su nieto, Sulmanu-asarid I («Sulmanu es el señor»),
Asiria, después de completar la destrucción de Mitanni, se convirtió en una
gran potencia.
El nombre de Sulmanu-asarid fue llevado también por
ciertos reyes asirios muy posteriores que figuran en la Biblia.
La versión hebrea del nombre es, en su forma castellana,
Salmanasar, por lo cual este rey del Primer Imperio Asirio es llamado
habitualmente Salmanasar I. (En este libro usaré, por lo general, la versión
bíblica de los nombres mesopotámicos porque nos es mucho más familiar, pero,
cuando sea posible, indicaré también su verdadero nombre asirio.) Bajo
Salmanasar I, Asiria recuperó todo el territorio que había poseído bajo
Shamshi-Adad I, el fundador de la dinastía. Se dirigió al Oeste, hacia los
límites de Asia Menor y llegó a las fronteras del Imperio Hitita, que estaba en
la cúspide de su poder por entonces. (Los hititas habían logrado llegar a un
empate con Egipto en una gran batalla que se libró en Canaán en el 1285 a.C.)
Las conquistas que dieron a Asiria la dominación de un
reino de 800 kilómetros de ancho le brindaron también un copioso botín y muchos
esclavos. Salmanasar I los usó para embellecer la principal ciudad asiria, la
misma Asur, y otra llamada Nínive. Esta se hallaba sobre el Tigris, a unos 80
kilómetros de Asur río arriba.
Al parecer, Salmanasar pensó que el nuevo poder de Asiria
merecía una capital totalmente nueva, y por ende fundó Calach sobre el Tigris,
entre Asur y Nínive.
Salmanasar I murió en el 1245 a.C., después de un reinado
de treinta años, y bajo su sucesor, Tukulti-Ninurta I («mi fe está en
Ninurta»), el Primer Imperio Asirio llegó al pináculo de su poder.
Tukulti-Ninurta condujo triunfales campañas en el Este, en
los Montes Zagros, la patria misma de los antaño poderosos casitas. En el
Norte, penetró en las estribaciones del elevado Cáucaso, donde grupos de
hurritas fundaron un nuevo reino que iba a ser conocido como Urartu, o Ararat,
según la Biblia.
El conquistador asirio también derrotó a los casitas en el
Sur y los sometió a tributo. Luego invadió y ocupó Elam. Bajo Tukulti-Ninurta
I, Asiria por primera vez dominó toda Mesopotamia, y antes de su muerte llegó a
gobernar un reino más vasto que el de Hammurabi. Hasta los hititas, que habían
resistido con éxito a Egipto, se tambalearon bajo los golpes asirios y, en
verdad, quedaron diminuidos.
El gran conquistador gobernó durante casi cuarenta años,
antes de ser asesinado por su propio hijo, en el 1208 a.C.
Ganó gran fama en vida y fue el héroe de poemas épicos. Es
más famoso de lo que la mayoría de la gente sospecha, pues tal vez sea el más
antiguo monarca pagano mencionado en la Biblia.
En el Libro del Génesis leemos: «Cus engendró a Nemrod,
que fue quien comenzó a dominar sobre la tierra. Era un robusto cazador… Fue el
comienzo de su reino Babel, Ereg, Acad… en tierra de Senaar. De esta tierra
salió para Asur, y edificó Nínive… y Calach». (Génesis, 10,8-11.) ¿Nemrod no
podría ser Tukulti-Ninurta? Este monarca reinó justamente por la época en que
los israelitas estaban invadiendo Canaán, y la fama de sus grandes hazañas debe
de haber llegado a todas partes por entonces. Las historias que se contaban de
él deben de haber llegado oscuramente a los hombres que, más tarde, dieron a la
Biblia la forma que conocemos, unos ocho siglos después de los tiempos de
Tukulti Ninurta I.
El papel de las grandes ciudades -Babel (Babilonia), Ereg
(Uruk) y Acad (Agadé)- hizo que se confundieran los grandes conquistadores que
precedieron a los asirios: Lugalzagesi de Uruk, Sargón de Agadé y Hammurabi de
Babilonia. Luego, desviándose hacia el Norte, a Asur (Asiria), se mencionan el
crecimiento de Nínive y la fundación de la nueva capital Calach.
Hasta la frase «y Cus engendró a Nemrod» es apropiada,
pues Cus representa a los koshshi, o casitas. Primero gobernó Babilonia la
dinastía casita, y luego los asirios.
La ciudad de Calach, donde Tukulti-Ninurta I tuvo su corte
y que había fundado su padre, es ahora una ciudad árabe llamada Nimrod.
Pero, una vez más en el ciclo sin fin del crecimiento y la
decadencia, la grandeza fue seguida casi inmediatamente por los tumultos y el
declive. Mientras Tukulti-Ninurta I unificaba su gran reino, se estaba
produciendo otra gran migración de pueblos.
Es poco lo que sabemos de este nuevo grupo de vagabundos,
pero parecen haber sido indoeuropeos provenientes de las estepas del Norte.
Esta vez, bordearon el mar Negro hacia el Oeste, y no al Este, y entre ellos
había grupos del pueblo que conocemos ahora como los «griegos». Empujaron al
mar a los pueblos que encontraron delante de ellos, y estos refugiados se
dedicaron a la piratería y fueron tan destructivos y violentos como sus
invasores. Vemos a esos corsarios invadiendo primero las costas de Egipto. Los
sorprendidos egipcios los llamaron los «Pueblos del Mar», y éste es el nombre
por el que se los conoce habitualmente en la historia. Egipto logró sobrevivir
al ataque, pero quedó tan quebrantado que tuvo luego que soportar largos siglos
de debilidad.
Los invasores penetraron también en Asia Menor y llegaron
hasta lo que es ahora la costa Siria. La destrucción de la ciudad de Troya, en
la costa noroeste de Asia Menor, probablemente fue resultado de esta invasión.
(Este hecho fue magnificado por los griegos de épocas posteriores y convertido
en el tema de un poema épico, en el que se relata un asedio de Troya que duró
diez años por un ejército unido de jefes griegos.) Toda Asia Menor estaba
conmocionada, y el Reino hitita, que ya había sido llevado al borde de la ruina
por Asiria, fue destruido. La misma Asiria sintió los golpes, apenas muerto
Tukulti-Ninurta I, y aunque sobrevivió, su imperio quedó temporalmente
quebrantado. Le llevó un siglo recuperar nuevamente sus fuerzas.
Durante el período de debilidad de Asiria que siguió a la
irrupción de los Pueblos del Mar, Babilonia tuvo la oportunidad de recuperarse,
pero el proceso fue enormemente penoso. Durante más de medio siglo, estuvo
prácticamente en un estado de anarquía. Sus débiles gobernantes casitas se
liberaron de la dominación asiria, pero fueron incapaces de organizar una
eficaz resistencia contra las embestidas externas.
Tales embestidas las llevó a cabo un Elam resurgido, a
semejanza de lo que había ocurrido después de la decadencia de Ur, más de ocho
siglos antes. En aquella ocasión, una fuerza expedicionaria elamita había
tomado y saqueado Ur; ahora, los elamitas tomaron y saquearon Babilonia y las
ciudades vecinas. En el 1174 a.C., se llevaron dos de las grandes reliquias de
la ya muy antigua civilización mesopotámica: la estela que contenía el Código
de Hammurabi, que ya por entonces tenía seis siglos de antigüedad, y la estela
de Naram-Sin, que tenía más de mil años.
En el 1124 a.C., un babilonio nativo tomó el poder y puso
tin a la dominación casita (de creciente debilidad), que había durado cuatro
siglos y medio.
El nombre del nuevo gobernante era Nabu-kudurriusur (Nabu
custodia la frontera»). Un rey posterior del mismo nombre fue llamado por los
judíos siguiendo una versión del nombre que en la Biblia castellana se ha
convertido en Nabucodonosor.
Nabucodonosor I logró derrotar a los elamitas tan
totalmente que pasó mucho tiempo antes de que se atrevieran a marchar
nuevamente hacia el Oeste. Durante un momento pareció que volverían los
gloriosos días de Hammurabi, y Babilonia iba a recordar a Nabucodonosor durante
mucho tiempo, pues iban a transcurrir cinco siglos más hasta que un babilonio
nativo volviera a ocupar el poder en Mesopotamia.
El éxito de Nabucodonosor I no fue duradero, no pasó de
ser un chispazo en la oscuridad, y la causa de ello fue, en muy gran medida,
otro cambio repentino en la técnica de la guerra.
El hierro
Durante mil quinientos años los hombres habían combatido
con armas de bronce. Ni el cobre ni el estaño, los dos metales necesarios para
la fabricación del bronce, eran comunes, y su búsqueda era difícil y precaria.
Los fenicios (el nombre dado por los griegos a los cananeos que habitaban en la
costa) hasta enviaron sus osados marinos fuera del Mediterráneo, al norte de lo
que debe de haber parecido el fin del mundo, para excavar las minas de estaño
de Cornualles, en Inglaterra. Sin embargo, se conocía un metal más duro que el
bronce.
Ocasionalmente, se hallaban trozos de un metal gris oscuro
que, cuando se lo golpeaba para hacer espadas o puntas de lanza, permitía
obtener armas más duras y resistentes que el bronce y que mantenían su filo por
más tiempo. El inconveniente era que este metal, al que llamamos «hierro», sólo
era hallado muy raramente. (Ahora sabemos que esos hallazgos eran meteoritos
formados por una aleación particularmente dura de hierro con otro metal afín,
el níquel.) Sin duda, era posible obtener hierro de los minerales rocosos que
lo contenían en combinación química con otros elementos, pero los primeros
metalurgistas raramente lo lograban, y aun así, por accidente. Más aún el
hierro así obtenido era impuro y de baja calidad. El problema era que, mientras
el cobre y el estaño podían ser separados de los minerales con bastante
facilidad mediante un fuego corriente, era mucho más difícil separar el hierro.
Se necesitaban fuegos más calientes y técnicas más complicadas.
Aun después de que se obtuviese un hierro de la calidad
apropiada, era menester elaborar métodos de fusión que le añadieran una
cantidad apropiada de carbón para obtener «acero», que era el tipo resistente
de hierro que podía usarse para fabricar armas.
Alrededor del 1300 a.C. la técnica para fundir el hierro y
agregarle carbón fue desarrollada en las estribaciones caucasianas de Urartu.
Esta tierra se hallaba bajo la dominación del Reino hitita, que estaba entonces
en su apogeo. Los reyes hititas mantuvieron cuidadosamente el monopolio sobre
la nueva técnica, pues se daban cuenta de su importancia, no sólo porque
proporcionaba un metal superior al bronce, sino también porque era
potencialmente mucho más común. Al principio, sólo se disponía de pequeñas cantidades
de hierro, y durante algunos siglos fue hasta cuarenta veces más caro que la
plata. Pero antes de que los hititas lograsen aumentar su provisión de hierro y
darle utilidad, fueron abatidos.
El Reino hitita fue destruido durante los desórdenes que
siguieron a los movimientos de los Pueblos del Mar, y terminó su monopolio del
hierro. El conocimiento de la técnica de fusión del hierro se difundió
rápidamente y pasó, por cierto, a Asiria, que limitaba con el reino donde se
elaboraba el hierro, Urartu.
El comercio del hierro permitió a Asiria recuperar su
prosperidad, y tuvo el camino expedito para un nuevo conquistador. Éste fue
Tukulti-pal-Esarra («mi fe está en el hijo de Esarra», esto es, en Ninurta).
Llegó al trono en el 1115 a.C. Un rey posterior del mismo nombre es mencionado
en la Biblia como Teglatfalasar, por lo que el nuevo rey asirio es más conocido
como Teglatfalasar I.
Teglatfalasar I extendió el reino asirio hasta lo que
había sido bajo Tukulti-Ninurta I. El hierro era aún demasiado raro para ser
usado en cantidad como arma de guerra, pero Teglatfalasar debió de haber
equipado a sus tropas de élite con armas de ese metal. Con ellas, se lanzó
aguas abajo sobre Babilonia, yen el 1103 a.C. Nabucodonosor tuvo que ceder ante
las lanzas con puntas de hierro de Asiria.
Pero Teglatfalasar I tuvo que enfrentar peores peligros.
La presión de los nómadas estaba subiendo nuevamente. Esta constante
alternancia de conquistadores civilizados y correrías nómadas puede parecer un
juego fatídico pero monótono. ¿Por qué los nómadas decidían siempre lanzarse
contra las ciudades cuando los grandes reyes habían muerto? ¿Y por qué llegaban
casi inmediatamente después de la muerte del gran rey?
En verdad, no hay ninguna coincidencia en esto. La presión
nómada era casi constante en la Antigüedad (aunque ocasionalmente se elevaba
hasta proporciones abrumadoras). Mientras las regiones civilizadas estaban
gobernadas por reyes enérgicos y con administraciones bien organizadas, los
nómadas eran mantenidos a raya y apenas oímos hablar de ellos. Pero tan pronto
como ascendía al trono un monarca débil y la tierra caía en la laxitud o el
desorden, los invasores n ómadas que antes habían fracasado ahora tenían éxito.
En tiempos de Teglatfalasar, fue de Arabia de donde surgió
nuevamente la presión nómada. Estos nómadas eran los arameos, que avanzaron
contra los límites de la Media Luna Fértil, al este y al oeste, como habían
hecho los amorreos ocho siglos antes.
Bajo Teglatfalasar I, el ejército asirio, bien dirigido y
respaldado por una sociedad bien organizada, rechazó a los arameos en muchas
campañas. Los partes de guerra dejados por Teglatfalasar contienen las más
antiguas referencias conocidas a los arameos.*
* Los reyes antiguos a menudo legaban descripciones
oficiales de sus campañas, descripciones increíblemente tediosas y
probablemente no muy veraces. Sin embargo, tales crónicas, por tediosas y poco
fiables que sean, tienen una gran importancia para la cronología, esto es, para
determinar los años en que se produjeron los sucesos, aunque no sirvan para
otra cosa.
Pero las derrotas de los nómadas raramente tenían un
carácter definitivo. Enviar ejércitos contra ellos (mientras siguiesen con su
modo nómada de vida y no se asentasen) era como dar puñetazos al agua. El
guerrero nómada desaparecía, y retornaba cuando los ejércitos se habían
marchado.
Asiria se desgastó en las luchas contra los arameos, y
después del asesinato de Teglatfalasar I, en el 1093 a.C., sus sucesores
carecieron de la capacidad del viejo rey. Gobernada Asiria con menos eficiencia
y no tan bien conducidos sus ejércitos, las correrías de los arameos fueron
mucho más efectivas.
El poder de Asiria se redujo, y el país pasó por otro
siglo y medio de quebranto.Ese período de debilidad brindó a los israelitas una
oportunidad para expandirse. Cuando entraron en Canaán, hacia el 1200 a.C.,
hallaron la costa ocupada por los Pueblos del Mar. Estos, llamados los
filisteos, poseían armas de hierro, mientras que los israelitas carecían de
ellas, de modo que durante un siglo los filisteos dominaron la región.
Luego, en el 1013 a.C., el capacitado líder de Judá,
David, impuso su hegemonía, no sólo sobre su propia tribu de Judá, sino también
sobre todas las otras tribus israelitas. En el curso de un reinado de cuarenta
años, derrotó a los filisteos y afirmó su poder sobre toda la parte occidental
de la Media Luna Fértil hasta el Éufrates superior. Esto no habría ocurrido si
Asiria hubiese tenido por entonces reyes como TukultiNinurta I o Teglatfalasar
I.
Pero tal como estaban las cosas, el imperio de David
tampoco era inmune a las infiltraciones de los arameos. Durante el reinado del
hijo de David, Salomón, los arameos crearon principados inmediatamente al norte
del mismo Israel. Uno de ellos, que tenía su capital en Damasco, llegó a
adquirir gran poder. El Reino de Damasco es llamado habitualmente Siria (el
nombre que los griegos dieron a la región siglos después).
La fundación de Siria debilitó mucho a Israel y contribuyó
a los desórdenes que condujeron a dividir Israel en dos reinos -Israel y Judá-
a la muerte de Salomón, en el 933 a.C.
El Hitler asirio
La vitalidad aparentemente inagotable de Asiria originó
una nueva recuperación. Asiria había revivido después de los furiosos ataques
de los hurritas y, luego, de los Pueblos del Mar.
Y ahora rechazó a los arameos. En el 911 a.C., Adad-narari
II ocupó el trono asirio. Reorganizó el gobierno e infligió nuevas derrotas a
los arameos. (Los arameos habían creado una serie de principados en la Media
Luna Fértil, y ahora eran más fáciles de aplastar que cuando eran nómadas
vagabundos.) Un factor importante que favoreció a Asiria fue que aumentaron sus
suministros de hierro. En el 889 a.C., cuando el hijo de Adad-narari,
Tukulti-Ninurta II, inició su breve reinado de cinco anos, había suficiente
hierro en el reino para e quipar a todo el ejército con armas de ese metal. El
ejército asirio fue realmente el primero que explotó el nuevo metal en
cantidad, y comenzó una carrera de conquistas que duraría dos siglos e iba a
ser el terror del mundo.
Pero no fue sólo el hierro. Los asirios fueron los
primeros que convirtieron el asedio de ciudades en una ciencia. Desde tiempos
muy antiguos, las ciudades habían aprendido que si construían murallas a su
alrededor, podían hacer frente a un enemigo con mayor eficacia. Desde lo alto
de las murallas, era fácil arrojar una lluvia de flechas sobre el enemigo,
mientras que éste no podía hacer mucho daño arrojando flechas a la parte
superior de las murallas.
Por ello, los asedios se convirtieron en un duelo de
resistencia. Los sitiadores no hacían intentos de abrirse camino y tomarla
ciudad «por asalto». En cambio, se contentaban con aislar la ciudad e impedir
que entraran en ella suministros alimenticios. De este modo, podía obligarse a
la ciudad a rendirse por hambre. La ciudad sitiada resistía todo lo posible,
con la esperanza de que el ejército sitiador sucumbiese al aburrimiento, el
agotamiento y las enfermedades. Por lo general, era un largo esfuerzo y a menudo,
a causa de los sufrimientos de ambas partes, se llegaba a algún compromiso por
el cual la ciudad aceptaba pagar un tributo, pero se conservaba intacta.
Pero los asirios, en este período de la historia,
comenzaron a idear métodos para derribar las murallas. Construyeron pesados
ingenios que no podían ser volcados, les colocaron ruedas para que pudieran
moverse fácilmente contra las murallas, los blindaban para proteger a los
hombres que iban dentro de ellos y los equipaban con arietes para echar abajo
las murallas. Una vez abierta una brecha en éstas, el ejército sitiador
penetraba por ella y, por lo común, todo terminaba.
Esta forma de guerra de asedio originó un nuevo tipo de
horror. Cuando las batallas se libraban principalmente entre dos ejércitos, la
efusión de sangre era limitada. Un ejército derrotado podía huir, y hasta los
soldados en fuga podían dar la vuelta para defenderse. Pero cuando una ciudad
era tomada por asalto, su población quedaba atrapada contra sus propias
murallas y no podía huir. Estaba llena de bienes materiales que invitaban al
pillaje y de mujeres y niños inermes de quienes se podía abusar sin temor a las
represalias. En la furia de la guerra y la excitación de la victoria, el saqueo
de una ciudad entrañaba indescriptibles crueldades.
Esto se vio, de la manera más horrorosa, durante el
reinado de Ashur-nasir-apli («Ashur guarda al heredero»), más conocido para
nosotros como Asurnasirpal II, quien sucedió a Tukulti-Ninurta II en el 883
a.C.
Efectuó, prácticamente, la destrucción de los principados
arameos, hasta el Mediterráneo, completando de este modo la tarea de sus dos
predecesores. Restableció la prosperidad asiria y reconstruyó la olvidada
ciudad de Calach, convirtiéndola nuevamente en la capital del reino y
construyendo allí un palacio, que fue una de las primeras construcciones
asirias excavadas por los arqueólogos modernos (concretamente de 1845 a 1851).
De este palacio quedó lo suficiente para mostrar su
magnificencia. Cubre una superficie de 24.000 metros cuadrados y está decorado
con bajorrelieves de extraordinario realismo.
Muchos están dedicados a mostrar a Asurnasirpal II
(representado como un hombre fuerte pero de rasgos más bien toscos) cazando
leones. La caza siempre ha sido considerada como un deporte regio, pero ha
habido pocos linajes de reyes tan dedicados a ella como los reyes asirios. Su
afición a ella debe de haberse hecho proverbial, por lo que la Biblia describe
a Nemrod en la forma de un dicho común, como «un vigoroso cazador ante el
Señor» (Génesis, 10,9).
Los relieves que muestran los caballos y carros conducidos
por el fuerte brazo de Asurnasirpal, cuando atraviesa a los leones con flechas,
son admirables y hasta hermosos. Los animales parecen todo músculo, furia y
emoción. Es dudoso que en el mundo del arte haya obras que presenten a los
animales presas de un sufrimiento más realista que los asirios, cuando hacían
imágenes de leones heridos.
Pero estas figuras muestran de algún modo un deleite en el
sufrimiento que nos hace recordar que Asurnasirpal II es famoso, o más bien
infame, por algo muy diferente del arte.
Más que cualquier otro asirio, él contribuyó a crear la
mala reputación de esa nación en la historia. El cuarto de siglo que duró su
reinado estuvo lleno de crueldades que no tuvieron igual hasta los días de
Hitler.
Esas crueldades estuvieron asociadas, en particular, con
el nuevo estilo de guerra de asedio. Asurnasirpal usó con eficiencia los
ingenios de asedio, y tanto le gustaban que los hizo representar en las
inscripciones que nos dejó. Tomó la natural tendencia de los ejércitos
atacantes a cometer crueldades y la elevó al rango de una deliberada política
de terror, lo cual es casi increíble para cualquier época diferente de la
nuestra, que ha presenciado los hechos de la Alemania nazi.
Cuando el ejército de Asurnasirpal tomaba una ciudad, la
muerte por torturas era la norma. Se cortaban cabezas en grandes cantidades y
se hacían pirámides con ellas. Los hombres eran desollados, empalados,
crucificados o enterrados vivos.
Este tal vez haya sido un plan deliberado para hacer más
efectivo el poder de Asiria. Podemos imaginar al monarca arguyendo que,
mediante tal política de terror, las ciudades serían inducidas a someterse o,
mejor aún, a no rebelarse. En definitiva, quizá decía Asurnasirpal, la efusión
de sangre y el sufrimiento di sminuirían, de modo que la crueldad de la guerra
era, en realidad, una bondad. (Los halcones de la guerra han argumentado de
este modo también en los tiempos modernos.) Pero el hecho de que Asurnasirpal
detallase con deleite sus actos en sus inscripciones, con bajorrelieves que
pintan las ac tuaciones y el hecho de que, al parecer, gozaba contemplando las
torturas, muestran sin duda que era un sádico. Realizó sus viles acciones
porque gozaba con ellas.
A corto plazo, la política de Asurnasirpal tuvo éxito.
Expandió el Imperio y lo colocó sobre cimientos sólidos. Murió en la paz y, tal
vez, con el agradable sentimiento de haber hecho el bien.
Pero a la larga, fracasó. Hizo odiar y detestar el nombre
mismo de los asirios como no iba a lograrlo ningún conquistador de tiempos
futuros hasta la época de Hitler. Los monarcas asirios posteriores no fueron en
modo alguno tan perversos como Asurnasirpal II; algunos hasta fueron personas
ilustradas y decentes. Sin embargo, un olor de sadismo parece desprenderse de
todos ellos, gracias a Asurnasirpal, y ninguno iba a conocer la paz. Durante el
resto de su existencia, la historia de Asiria fue una continua represión de
rebeliones, pues ningún pueblo permanecía por mucho tiempo pacíficamente
sometido a ella.
Cuando, después de dos siglos y medio de incesantes
guerras, Asiria fue finalmente derrotada, lo fue en forma total.
Otras naciones han decaído, han sobrevivido y se han
recuperado. Asiria misma había pasado por este proceso varias veces antes de la
época de Asurnasirpal H. Pero cuando decayó nuevamente, después de los tiempos
de Asurnasirpal, fue borrada completamente y se la hizo desaparecer de la faz
de la tierra.
El caballo aumenta de tamaño
El hijo de Asurnasirpal, Salmanasar III, le sucedió en el
año 859 a.C. y su reinado duró aún más que el de su padre. Se dispuso a seguir
expandiendo el reino, y durante su reinado se le vio continuamente en el campo
de batalla.
Un principado arameo había logrado sobrevivir al
resurgimiento asirio: el reino damasceno de Siria, que conservó cierto poder a
lo largo de la punta occidental de la Media Luna Fértil y estaba activamente
dedicado a organizar la resistencia contra Asiria. Su principal aliado en esta
aventura era Israel, su vecino del Sur, que estaba gobernado a la sazón por
Ajab, rey famoso en la Biblia por su idolatría y maldad (al menos, según las
opiniones de los autores bíblicos).
En el 854 a.C., los dos aliados enfrentaron al ejército
asirio en Karkar. Este lugar no ha sido identificado, pero se piensa que estaba
en el norte de Siria, a unos 50 kilómetros, más o menos, de la costa
mediterránea. La situación era desesperada, pues el ejército asirio era el
mejor del mundo y superaba en número al ejército sirio-israelita, aliado por
tres años.
Quisiéramos conocer los detalles de lo que sucedió, pero
no es así. Podo lo que podemos decir es que, contra todas las probabilidades,
los aliados lograron mantenerse. De algún modo lograron detener a los temidos
asirios y llegar tal vez a un empate. Los asirios se retiraron, y Siria e
Israel tuvieron otro siglo de vida.
Extrañamente, la Biblia no menciona la batalla (lo cual es
una de las razones de que sepamos tan poco sobre ella); es como si no se
hubiese querido reconocer el mérito de esta gran hazaña al malvado rey Ajab. La
conocemos por una breve mención en las inscripciones asirias, de las que no
cabe esperar muchos detalles en lo concerniente a una batalla que, ciertamente,
no fue una gloriosa victoria para los asirios.
Pero si bien los aliados tuvieron un respiro, no se
salvaron para siempre. Asiria era demasiado grande y poderosa para ser negada
totalmente. En otra campaña posterior a la muerte de Ajab, un ejército asirio
devastó Siria y la obligó a pagar t ributo, al igual que a los otros
principados del Oeste.
El linaje de Ajab fue derrocado y eliminado en el 843
a.C., once años después de la gran batalla, y el general israelita Jehú fundó
una nueva dinastía. En la Biblia se presenta a Jehú como un héroe, por destruir
una dinastía perversa. Pero los documentos asirios presentan una imagen
diferente de él. Un «Obelisco Negro» proveniente de las ruinas de Calach
muestra a los príncipes sometidos a Asiria llevando el tributo a Salmanasar.
Uno de ellos es Jehú de Israel, que aparece postrado a los pies de su amo asirio.
Siria y las diversas ciudades fenicias también se contaban entre los
tributarios. Pero aunque eran esquilmados por sus señores asirios, los pequeños
reinos conservaron su gobierno propio, y esto se debió, al menos en parte, a la
gran demostración que hicieron en Karkar.
Un peligro mucho mayor para Asiria era el creciente poder
de Urartu, en el Norte. Lo que había sido antaño un grupo de principados
hurritas rivales se había unido en un poderoso reino hacia el 1000 a.C., cuando
Asiria fue derrotada por las incursiones arameas. El Reino de Urartu se
centraba en el lago Van, al norte del Tigris superior y 500 kilómetros al norte
de Asur.
Se inició luego un período de constantes guerras entre
Urartu y Asiria, un período de prolongadas frustraciones para ésta. Urartu no
tenía otro enemigo importante y pudo concentrar su poder contra su vecino
meridional durante varios siglos; en cambio, los ejércitos asirios estaban
dispersos en todas las direcciones. Así, aunque Asiria ganaba casi todas las
batallas, Urartu lograba recuperarse mientras Asiria estaba atareada en otras
partes, y pronto el reino del norte estaba listo para atacar nuevamente. Este
duelo llenó buena parte del reinado de Salmanasar. En cierto momento, los
ejércitos asirios hasta tomaron la capital de Urartu. Pero Salmanasar no podía
dejar su ejército allí y, cuando éste se marchó, Urartu se recuperó.
Aproximadamente lo mismo ocurría con el vecino que Asiria
tenía al sur. En el 850 a.C., Salmanasar III avanzó aguas abajo para reafirmar
el poder de Asiria sobre Babilonia, poder que había durado desde los días de
Teglatfalasar I, siglo y medio antes. En el ínterin, una nueva fuerza había
entrado en Babilonia, otro grupo de tribus semíticas provenientes de Arabia.
Eran los caldeos, mencionados por vez primera en las
demoníacas inscripciones de Asurnasirpal II. Salmanasar Ill nunca obtuvo una
victoria completa sobre los caldeos. Como los urartianos, los caldeos absorbían
las derrotas y se levantaban de nuevo cuando los ejércitos asirios se
marchaban.
Durante el reinado de Salmanasar III, los pueblos
indoeuropeos estaban entrando en el escenario mundial. Se habían esparcido en
todas direcciones, a partir de su patria de Europa Oriental, desde las grandes
invasiones de los nómadas con carros tirados por caballos. La primera gran
civilización que dieron al mundo, el Reino hitita, había desaparecido tres
siglos y medio antes de la época de Salmanasar, pero había otras tribus en
otros lugares, tribus que habían bordeado el mundo semita de Arabia y la Luna
Media Fértil por ambas partes.
Algunos indoeuropeos se trasladaron al oeste del mar Negro
y penetraron en Europa. Los que marcharon al Sur para entrar en la más oriental
de las tres penínsulas meridionales europeas eran los que llamamos los griegos.
Otras tribus se desplazaron al este del mar Negro y
pasaron por las montuosas regiones de lo que es ahora el Irán moderno. Migraron
hacia el Sur hasta lo que es ahora Pakistán ya en el 1500 a.C. Estas tribus
orientales se llamaban a sí mismas «arios», que significa «nobles».
Puesto que esas tribus hablaban una lengua indoeuropea,
los historiadores del siglo XIX a menudo llamaban «arias» a las lenguas de ese
grupo, aunque eran también habladas por muchos grupos, como los griegos y los
hititas, entre otros, que no eran miembros de esas tribus orientales. Con menos
justificación aún, a los que hablaban lenguas indoeuropeas se los llamó
«arios». Este término adquirió mala reputación por causa de Hitler y los nazis,
quienes lo usaron en la formulación de sus absurdas teorías raciales. En este
libro, llamaré «indoeuropeas» a las lenguas de esa familia.
Una forma del término ario sobrevive, legítimamente, en el
nombre de la nación que llamamos Irán, donde se asentaron hace tres mil años o
más. Esa tierra ha recibido varios otros nombres (el más conocido de los cuales
es Persia) y los usaremos en este libro, cuando sean aplicables. El territorio
ha sido ocupado por una variedad de tribus, estrechamente emparentadas por la
lengua y la cultura, pero con nombres diversos. Podemos agruparlas a todas bajo
la denominación de iranias.
La primera de las tribus que hizo su aparición en la
historia mesopotámica fueron los medos. Venían del Norte y se establecieron en
la región situada al sur del mar Caspio y al este de los principales tramos de
los Montes Zagros. Esta región fue llamada Media. Los medos son mencionados por
primera vez en las crónicas de Salmanasar Ill, que efectuó allí una campaña en
el 836 a.C.
Los medos hicieron una importante contribución a la
historia de la guerra, en la que nuevamente estuvo involucrado el caballo. El
caballo y el carro eran una notable arma de guerra que, sin embargo, tenía sus
limitaciones. Sólo se los podía usar en un terreno bastante llano. Los
montecillos y zanjas inesperados podían volcar el carro y hasta dañar
seriamente al auriga.
Era mucho mejor que el auriga pudiese montar directamente
el caballo. Aun sin estribos para afirmarse (el estribo metálico sólo se
inventó mil años más tarde), un jinete podía desarrollar la habilidad de
mantenerse en el caballo, aunque éste galopase y saltase, y hacer uso de un
arma a distancia, como el arco y la flecha. (Todo intento de blandir una lanza
a corta distancia habría hecho correr el riesgo de ser tirado del caballo por
un lanzazo dado en respuesta.) La principal dificultad era que los caballos
existentes en el primer milenio de su uso en la guerra eran bastante pequeños.
A nosotros nos habrían parecido veloces y duros poneys, muy resistentes, pero
muy diferentes de los grandes caballos de la actualidad. Un poney semejante
podía arrastrar un carro; y si un solo poney no podía, pues enjaezaban dos
juntos.
Pero un caballo de esta especie no podía soportar el peso
directo y total de un hombre -y menos de un hombre armado y transportarlo
velozmente en una batalla durante cualquier cantidad de tiempo. Tampoco podía
un hombre resolver la situación cabalgando en dos caballos.
Fueron los medos, al parecer, quienes primero criaron
grandes caballos capaces de llevar hombres en sus lomos, y los pueblos iranios
fueron siempre los más hábiles jinetes del mundo durante toda la Antigüedad.
Los asirios obtuvieron caballos pesados de los medos,
probablemente como botín de guerra, y de este modo añadieron otra arma
especializada a su maquinaria bélica: el arquero montado. Los jinetes asirios
pudieron ahora pasar por cualquier terreno por el que pudiera andar un caballo,
y perseguir a una infantería en huida por los terrenos accidentados que antes
brindaban al ejército derrotado una protección contra la persecución de los
carros.
El caballo grande proporcionó también otra ventaja. Los
mensajeros y correos de los reyes pudieron viajar más rápidamente y cubrir
distancias más largas, pues los caballos grandes no se cansan pronto. El
servicio postal, creado por los sumerios, fue muy mejorado y extendido por los
asirios, quienes, mejoradas las comunicaciones, pudieron organizar un vasto
imperio mejor de lo que habían podido hacerlo anteriores pueblos
conquistadores. También fue posible alimentar mayores concentraciones de
población, pues las grandes ciudades, como Babilonia o Calach, tenían una
población de hasta treinta mil habitantes.
La reina que no fué
El belicoso reinado de Salmanasar agotó a Asiria sin
lograr, a f in de cuentas, el objetivo ansiado de poner a sus enemigos to
talmente fuera de combate. Salmanasar I II obtuvo victorias en todas partes:
contra Siria e Israel en el Oeste, contra Urartu en el Norte, contra Media en
el Este y contra Babilonia (o Caldea, como la podemos llamar ahora) en el Sur.
Pero en ningún caso las victorias fueron decisivas, y sus enemigos quedaron
llenos de combatividad.
Además, en sus últimos años, el rey tuvo constantes
problemas dinásticos. Esto era común en las monarquías antiguas. Cuanto más
cercano a nosotros es un período histórico, y por consiguiente cuanto más
detallado es nuestro conocimiento de él, tanto mejor podemos observar la
perenne lucha entre padre e hijo o entre hermano y hermano.
Uno de los problemas era que, en las antiguas monarquías,
no había una línea de sucesión clara. En general, bastaba que gobernase algún
miembro de la familia real, pero no tenía que ser necesariamente el hijo mayor
del rey. Esta norma se basaba en buenas razones. Si la sucesión iba
automáticamente al pariente más cercano, podía ser rey algún individuo
incompetente. Habiendo libertad de elección, en teoría ocuparía el trono el
mejor.
Pero, ¿quién era el mejor? En las familias reales
poligámicas, a menudo había muchos hijos mayores, cada uno de los cuales se
consideraba el mejor. Podía haber muchos partidos diferentes que esperaban la
muerte del rey, cada uno de los cuales abrigaba la esperanza de que le
sucediese algún pariente determinado.
Si el viejo rey moría repentina e inesperadamente, podía
desatarse una guerra civil. Si el viejo rey tardaba mucho en morirse, algún
hijo impaciente podía tratar de apoderarse del trono por la fuerza (y, si era
posible, disponer también el asesinato de su padre).
En el último año de vida de Salmanasar, su hijo mayor se
rebeló, y el rey murió en el 824 a.C. antes de que el enfrentamiento quedase
dirimido. El hijo menor de Salmanasar combatió en nombre de su padre y logró
aplastarla rebelión. Pero no fue un rey fuerte, y el poder asirio decayó bajo
su reinado, mientras la tierra agotada buscaba reposo.
Cuando el nuevo rey murió, en el 810 a.C., dejo un niño
pequeño, y su viuda, Sammu-rammat, tomó en sus manos el poder. La visión de una
mujer gobernando el grande, poderoso y terrorífico Reino asirio parece haber
impresionado a los habitantes de las tierras circundantes. Por entonces, los
griegos estaban apenas emergiendo de la edad oscura que siguió a los desórdenes
provocados por los Pueblos del Mar.
Aun en su península, situada a 1.700 kilómetros de Calach,
deben de haberles llegado oscuras noticias de esa reina. Al menos, sus
leyendas, tales como aparecen posteriormente en las obras de sus literatos,
relatan una historia curiosamente escorzada de Asiria que se centra en esa
reina.
El primer rey asirio, según las leyendas griegas, fue
Nino, quien fundó Nínive. (En tiempos posteriores, Nínive fue la capital de
Asiria, y los griegos quizá pensaron que la ciudad recibió el nombre de su
fundador. También es posible que Nino sea un borroso recuerdo de
Tukulti-Ninurta I, en cuyo caso el Nino de la leyenda griega y el Nemrod de la
leyenda hebrea aludirían al mismo rey.) Se suponía que Nino había conquistado
toda el Asia Occidental en una serie de fulminantes campañas (la obra resumida
de una docena de conquistadores asirios) y se había casado con una hermosa
mujer llamada Semíramis. Parece claro que «Semíramis» era un recuerdo de
Sammu-rammat.
Después de la muerte de Nino, sigue la leyenda, Semiramis
ocupó el trono. Se creía que había reinado cuarenta y dos años y fundado la
ciudad de Babilonia. Tuvo éxito en todo lo que emprendió, hasta que trató de
conquistar la India y allí fracasó.
Hay muchos detalles románticos y coloridos en esa
historia, y los griegos de edades posteriores atribuyeron a Semíramis todo
edificio o monumento notable que vieron en Asia Occidental. Pero todo esto es
inventado, todo es producto de una galopante imaginación, inspirada por el
sencillo hecho d e que, durante un breve tiempo, una mujer gobernó Asiria.
La Sammu-rammat verdadera sólo gobernó ocho años, no
cuarenta y dos, ni fue particularmente triunfante o victoriosa. En verdad,
después del reinado de su hijo, Asiria entró en un período de estancamiento,
mientras una serie de gobernantes incompetentes se sucedían unos a otros en el
trono.
Pero era tan terrible la reputación de Asiria que la reina
no halló dificultades, aunque su imperio se fuera desintegrando en la
periferia. Ninguno de sus vecinos la provocó mucho.
Pero esos vecinos florecieron internamente en ese
intervalo de letargo asirio. Urartu, en particular, llegó a su apogeo.
Del 778 al 750 a.C. estuvo gobernado por Argistis I, quien
unió toda la Mesopotamia del extremo septentrional bajo su dominación y forjó
un reino que por un momento fue tan grande y fuerte como Asiria, por entonces
debilitada.
También Israel tuvo su momento de prosperidad. Siria había
quedado muy quebrantada por Salmanasar III y no podía ya competir. En el 785
a.C. Jeroboam II subió al trono de Israel. Extendió su dominación hasta el
Éufrates, y tanto Siria como Judá se le sometieron. Los cuarenta años de su
reinado fueron casi como la restauración del reino de David.
Pero, desgraciadamente para Urartu y para Israel, Asiria
no estaba muerta, sólo estaba dormida.
La política del exilio
El fracaso general de los reyes de Asiria en sacar al
reino del estancamiento y su incapacidad para hacer frente eficazmente a Urartu
arruinaron el prestigio de la familia real. Ésta había gobernado Asiria de
forma continua durante más de mil años, desde la época en que Shamshi-Adad I
había ocupado el trono de Asur en calidad de usurpador amorreo, y cuando
Hammurabi era solamente un pequeño príncipe babilonio.
Ahora la dinastía entró en decadencia y el ejército estaba
inquieto. Hubo un levantamiento militar en la capital, en el 745 a.C., y cuando
pasó la confusión, la vieja dinastía había desaparecido. En cambio, había un
nuevo rey, que no pertenecía a la familia real. Pero adoptó el nombre de un
antiguo y famoso conquistador asirio, en un intento de asegurar la continuidad
y de proclamar el retorno de los «buenos viejos tiempos» de victoria y poder.
Se hizo llamar Teglatfalasar III.
Comenzó por reorganizar el Imperio. El país había caído en
la laxitud, durante el medio siglo de gobierno negligente que le precedió. Por
ello, ajustó la maquinaria administrativa e hizo a todos los funcionarios
directamente responsables ante él. Mejoró las finanzas y creó un ejército
profesional de soldados contratados («mercenarios»), muchos de los cuales no
eran asirios. De este modo, no era necesario perder tiempo haciendo levas de
campesinos ante una emergencia ni sufrir pérdidas por el insuficiente entrenamiento
de los soldados. Ahora, en cambio, era posible mantener el ejército en perpetuo
pie de guerra y en un elevado nivel de eficiencia. Esto era caro, pero el
dinero siempre podía obtenerse de los tributarios, y Asiria tuvo como nunca que
saquear duramente a sus víctimas y aumentar su odio desesperado.
Después de esto, el nuevo rey se apresuró a ajustar
cuentas con los enemigos externos.
Entre otros problemas, estaba el de los nómadas. Los medos
estaban cada vez más insolentes y efectuaban correrías contra los puestos
fronterizos asirios. Teglatfalasar III no tenía intención de esperar a que su
osadía aumentase aún más.
Fue en su búsqueda, los persiguió incansablemente y los
aplastó cuando logró alcanzarlos. Aún era imposible derrotar totalmente a los
nómadas, pero los medos recibieron un buen castigo. Mantuvieron su
independencia, sin duda, pero pagaron tributo y se mantuvieron respetuosos.
Una rápida campaña por el Oeste aterrorizó a las pequeñas
naciones de la región. Jeroboam II había muerto el mismo año en que
Teglatfalasar subió al trono y sus débiles sucesores fueron incapaces de
impedir que Israel se disgregase. Israel tuvo que aceptar rápidamente pagar
tributo a Asiria, y terminó el último chispazo de prosperidad israelita.
Teglatfalasar se dirigió entonces al Norte, contra el gran
enemigo, Urartu, cuya diplomacia apoyaba el descontento y la rebelión contra
Asiria siempre que podía. Teglatfalasar golpeó duramente. No pudo expulsar a
todas las fuerzas de Urartu de fortalezas, pero logró apoderarse de la mitad
meridional del país. Urartu quedó mortalmente herida. Decayó y nunca volvió a
recuperar toda su potencia.
Volvió al Oeste, donde se estaba haciendo otro intento de
formar una alianza antiasiria (como en los grandes días de Ajab, un siglo
antes). Teglatfalasar tomó Damasco y puso fin al Reino de Siria, después de dos
siglos de existencia. Israel se apaciguó nuevamente.
Teglatfalasar III inició una nueva política asiria para el
tratamiento de las naciones derrotadas. Se abandonó el viejo sistema de terror
sin fin: En cambio, Teglatfalasar adoptó la práctica más sutil de trasladar a
los líderes de una nación, llevarlos a alguna remota parte del reino y
reemplazarlos por gente de otro lugares.
Ésta era una astuta medida psicológica. Se pensaba por
entonces de forma unánime que todo dios estaba ligado a su suelo, que un dios
sólo podía ser apropiadamente adorado en un lugar determinado. Cuando se
deportaba a alguien de su patria, se lo separaba también del lugar de sus
dioses. Se lo arrojaba a una nueva tierra, donde no sólo no se hablaba su vieja
lengua ni se practicaban sus viejas costumbres, sino que tampoco estaban sus
viejos dioses. De este modo, los sentimientos de identidad se diluían en el
exilio, quedaba anulado lo que hoy llamaríamos su sentimiento de
«nacionalidad».
El resultado final de esto fue el debilitamiento general
de todas las partes no asirias del Imperio en beneficio de la parte asiria.
Las deportaciones tuvieron otro efecto importante y
totalmente imprevisto que se ejerció sobre la lengua de Mesopotamia. Desde los
días de Sargón de Agadé, el acadio había sido la lengua de la región,
quienesquiera que fuesen sus nuevos conquistadores. Asirios y caldeos por igual
adoptaron y hablaron la lengua acadia, que por la época de Teglatfalasar III
había sido el idioma dominante durante quince siglos.
Pero en la parte occidental de la Media Luna Fértil, se
usaban otros dialectos semíticos: hebreo, fenicio y arameo. Los araneos usaban
un alfabeto (inventado por los fenicios alrededor del 1500 a.C.) que les
facilitaba mucho aprender a escribir.
En cuestiones de comercio internacional, pues, se hizo muy
tentador usar una lengua semítica occidental en lugar del acadio. Esto ocurría
hasta en tierras asirias, pues era más fácil para un mercader asirio aprender a
leer y escribir en arameo, que sólo tenía dos docenas de letras, que para un
sirio aprender a leer y escribir acadio, con sus miles de símbolos distintos.
Los arameos eran los grandes mercaderes del período asirio
y difundieron su lengua por toda la mitad occidental de la Media Luna Fértil.
Entre los judíos, por ejemplo, llegó a reemplazar al hebreo. Los últimos libros
de la Biblia están escritos parcialmente en arameo, y ésta era la lengua del
pueblo llano de Judea en tiempos de Jesús. Era también la lengua del mismo
Jesús (probablemente la única lengua que habló, aparte del hebreo mismo).
Cuando Teglatfalasar III dispersó a los arameos exiliados
por Mesopotamia y otras partes, también esparció la lengua aramea. El acadio,
con todas las dificultades que presentaba, se había mantenido hasta entonces
por tradición conservadora. Pero ahora comenzó a ceder frente a la escritura
alfabética del arameo. Así, el arameo se convirtió en la segunda lengua oficial
de Asiria y lentamente comenzó a sustituir al acadio, como el acadio había
antaño reemplazado al sumerio.
Teglatfalasar Ill también dirigió su atención a Caldea.
Durante casi cuatro siglos, Babilonia y la Mesopotamia meridional habían
reconocido, por lo general, la supremacía de Asiria en teoría, pero habían
conservado sus propios reyes y seguían siendo un embarazoso problema para
Asiria. Cuando Asiria se debilitaba, se acentuaba la independencia de
Babilonia.
Teglatfalasar III decidió poner fm a los problemas que
acarreaba el flojo vínculo que mantenía unidas a Asiria y Caldea.
Cuando el gobernante caldeo de Babilonia murió y se desató
una disputa por la sucesión, el rey asirio dirimió la cuestión marchando sobre
Babilonia y proclamándose él mismo rey de la región, con el nombre de Pulu (que
quizá fuese su verdadero nombre). Por primera vez desde el surgimiento de
Asiria, el mismo gobernante regía directamente Calach y Babilonia. Esto se
reflejó en el hecho de que el dios patrón de Asiria, Asur, obtuvo la supremacía
entre los dioses, reemplazando al viejo Marduk.
Pero ni la vieja dinastía ni la vieja religión de
Babilonia habían sido aniquiladas. Se doblegaron, pero esperaron hoscamente la
oportunidad para resurgir.
La última dinastía
En el 727 a C., Teglatfalasar II I murió, y subió al trono
su hijo, Salmanasar V. El lapso en que un rey sucedía a otro era siempre un
momento crítico en la vida de los antiguos imperios.
El nuevo rey podía ser un individuo incompetente o podía
tener un rival para el trono; por ello, era el momento de la sucesión cuando
una nación sojuzgada aprovechaba la oportunidad para rebelarse.
Así, cuando el temible Teglatfalasar III fue depositado en
su tumba, Oseas de Israel creyó en la probabilidad de que volviese la
incompetencia que había caracterizado a los monarcas asirios durante
generaciones anteriores y se negó a pagar tributo.
Es difícil saber si Salmanasar V era realmente competente
o no, pues no estuvo en el trono mucho tiempo. Se movió con decisión, sin duda,
y puso sitio a Samaria, la capital de Israel, en el 725 a.C., pero el asedio no
tuvo mucho éxito. Pasaron tres años y el ejército asirio aún estaba frente a
las murallas de Samaria, lo que nos permite suponer que se produjo cierta
inquietud en el ejército y que al menos estalló un motín. En el 722 a.C., Salmanasar
V desapareció. Repentinamente, hizo su aparición un nuevo rey, de origen
desconocido, aunque debe de haber sido un general. Mientras la primera dinastía
de Asiria había durado mil años, la segunda sólo duró veintitrés y únicamente
contó con dos reyes. El nuevo usurpador fundó la tercera dinastía asiria,
llamada a veces de los sargónidas.
El usurpador eligió un nombre famoso, como hacen a menudo
los usurpadores, para ocultar la realidad de su humilde origen bajo una
apariencia dorada. Esta vez el nombre elegido fue Sargón («rey legítimo»,
exactamente lo que no era) y comúnmente se le conoce como Sargón II. A menudo
se afirma que el nuevo rey tomó deliberadamente como modelo a Sargón de Agadé y
que ésta es la razón de que se llamase Sargón II. Pero no es así. Asiria había
tenido un rey llamado Sargón I en tiempos anteriores a los de Hammurabi, unos
seis siglos después de Sargón de Agadé, yes a él a quien se aludía.
Si la causa del motín fue el descontento de los soldados
por el fracaso en el asedio de Samaria, era injustificado, pues Samaria cayó
casi inmediatamente después del golpe y probablemente habría caído lo mismo si
Salmanasar hubiese conservado el trono. En verdad, hasta cabe preguntarse si
Samaria cayó antes o después del advenimiento de Sargón.
Este pretendía que había sido mérito suyo, pero nadie
puede obligar a un rey absoluto a ser absolutamente honesto. La Biblia nunca
menciona a Sargón como conquistador de Samaria; atribuye el hecho a Salmanasar.
Sólo nos queda la duda.
Una vez que cayó Samaria, se prosiguió la política de
deportaciones iniciada por Teglatfalasar I II. En verdad, éste fue el caso más
famoso de esa política. Los líderes israelitas que fueron alejados de su tierra
representaban a las «diez tribus perdidas». Estas nunca fueron halladas
nuevamente, y durante muchos siglos la leyenda las situó en diferentes lugares
y en la fantasía se multiplicaron hasta convertirse en un próspero y poderoso
reino.
La verdad es que sencillamente se asimilaron a la
población de la Mesopotamia noroccidental, donde se asentaron. Después de un
siglo o dos del fin del Reino de Israel, sus descendientes habían perdido toda
conciencia de su identidad nacional.
Ahora todo el extremo occidental de la Media Luna Fértil
estaba razonablemente en paz, pues había sido incorporado en conjunto al Reino
asirio. El pequeño Reino de Judá, el último resto del imperio de David todavía
existente (y que aún estaba gobernado por un descendiente de este rey) pagaba
tributo, lo mismo que todas las naciones de Asia Menor. Hasta la isla de
Chipre, situada a unos 160 kilómetros de la costa, debe haber sentido el peso
del poder de Sargón, pues los virreyes de éste elevaron estelas allí.
Pero si el Occidente estaba tranquilo, en el Norte se
cernían nuevos peligros. Al norte del mar Negro, donde antaño habían vivido las
primitivas tribus indoeuropeas, había tribus conocidas por los griegos como los
cimerios. Quizás hayan vivido pacíficamente en sus estepas durante siglos, pero
en el siglo VIII a.C. un nuevo grupo de tribus, los escitas, se lanzaron hacia
el Oeste desde Asia Central.
Los cimerios huyeron y ellos se abrieron camino hacia el
sur, a través del Cáucaso. Siguieron las rutas que habían tomado los hurritas,
los hititas y los arios mil años antes, pero los cimerios fueron menos
afortunados. A diferencia de los anteriores invasores nómadas, tuvieron que
luchar contra un gran imperio que estaba en el apogeo de su poder. Por supuesto
los cimerios chocaron con Urartu. Esta, que había sido muy quebrantada por
Teglatfalasar III, halló difícil oponerse a las nuevas hordas. En realidad, ni
siquiera tuvo la oportunidad de intentarlo, pues Sargón aprovechó la situación
para ajustar cuentas con la vieja enemiga.
Mientras los nómadas cimerios hacían correrías por las
fronteras septentrionales de Urartu, el ejército asirio avanzó contra ella
desde el Sur.
Así, Urartu quedó atrapada en un cruel torno y tuvo que
elegir rápidamente a qué enemigo someterse. Optó por los asirios, pues la
fuerza de éstos era abrumadora. En verdad, los métodos de Sargón en el Norte
fueron típicamente asirios.
No vaciló en quebrar el espíritu de resistencia de Urartu
asolando la tierra misma. Deliberadamente destru y ó el sistema de canales de
las ciudades que resistieron demasiado firmemente. Tal destrucción, que podía
llevarse a cabo en pocos días, requería años o hasta generaciones para ser
reparada.
En definitiva, tal política redundó en perjuicio de la
misma Asiria, pues una vez destruida la prosperidad de la tierra, ésta quedaba
perdida para los conquistadores tanto como para los nativos. Pero Sargón no
carecía de cierto espíritu progresista.
El sistema de irrigación urartiano incluía acequias
subterráneas que transportaban agua con poca pérdida debida a la evaporación.
Aunque Sargón destruyó el sistema, admiró el principio y llevó la idea a
Asiria, de donde se difundió por todo el mundo antiguo en general.
Los urartianos sufrieron su derrota final a manos de
Asiria en el 714 a.C. y aceptaron la dominación de Sargón, aunque los reyes
nativos conservaron su poder nominal sobre una pequeña parte de su antiguo
territorio. Juntas, Urartu y Asiria enfrentaron entonces a los cimerios y los
rechazaron de la Media Luna Fértil.
Sargón tuvo también problemas con Babilonia. Allí, los
caldeos que gobernaban el país eligieron el momento de la sucesión al trono
para actuar. Aunque Sargón II ya había subido al trono, un cacique caldeo se
apoderó de Babilonia y se proclamó rey. Su nombre era Marduk-aplaiddina, y en
la Biblia se le llama Marodac-Baladán. Durante diez años se mantuvo en el
poder, mientras Sargón estaba ocupado en el Oeste y el Norte. Sólo después de
haber rechazado temporalmente a los cimerios el asirio pudo volverse hacia el
Sur. Entonces, Marodac-Baladán tuvo que ceder y fue enviado al exilio en el 711
a.C.
Mientras tanto, Sargón, consciente de su falta de derecho
legítimo al trono, se vio obligado a abandonar Calach, donde eran fuertes los
vínculos con los reyes anteriores de otras dinastías. Aspiraba a construir una
capital propia, que sólo estuviese asociada a él.
Eligió un lugar ubicado inmediatamente al norte de Nínive
I y comenzó a construir la nueva capital en el 717 a.C. Usando a las hordas de
prisioneros de guerra y haciéndoles trabajar implacablemente, terminó la ciudad
en diez años y la llamó Dur-Sharrukin («Fuerte de Sargón»).
Había sido antes una tierra vacía, con excepción de
algunas granjas y Sargón dispuso allí de grandes extensiones. Fue totalmente
planeada de una manera muy geométrica. La ciudad era un cuadrado perfecto, con
lados de más de kilómetro y medio de largo y sus puntas estaban dirigidas
exactamente hacia el Norte, el Sur, el Este y el Oeste. Contenía un zigurat de
siete pisos, muchos templos y un palacio para Sargón que cubría una superficie
de 100.000 metros cuadrados. Sargón planeó también formar una biblioteca;
reunió las tablillas cuneiformes que contenían la antigua literatura
mesopotámica, con lo cual inició una moda que alcanzó su culminación setenta
años más tarde.
Pero, ¡qué endeble es la vanidad humana! Cuando la nueva
capital fue terminada, quedó prácticamente vacía, pues Sargón se vio arrastrado
a una nueva guerra. Los cimerios, después de encontrarse con un muro
impenetrable de escudos asirios al sur del Cáucaso, se lanzaron al Oeste e
invadieron Asia Menor. Los principados locales no pudieron impedir que hicieran
allí un gran daño, y el mismo Sargón tuvo que efectuar una campaña en la
península. Allí murió en 705 a.C., aparentemente en una batalla contra los nómadas.
Su sucesor nunca habitó la ciudad que Sargón había
construido. Ésta murió aun antes de nacer; en verdad, el palacio principal de
Sargón nunca fue terminado.
Pero la ciudad y el palacio a la larga fueron útiles. En
1842, el arqueólogo francés Paul Emile Botta, al excavar el montículo donde se
encontraba la vieja ciudad, descubrió el palacio de Sargón. Fue la primera
construcción asiria que volvió a la luz del día y el primer indicio de la
existencia del poderoso imperio, que hasta entonces la humanidad sólo había
entrevisto en las brumas de las deformantes leyendas de los griegos.
Frustración y furia
El sucesor de Sargón fue Sin-akhe-eriba («Sin ha aumentado
los hermanos»). Aparentemente, era un hijo menor y su madre agradecía al dios
de la luna, Sin, el número de muchachos que había dado al rey. Conocemos al
nuevo gobernante por la forma de su nombre que aparece en la Biblia:
Senaquerib.
Como tantos otros reyes asirios, Senaquerib juzgó
necesario tener una capital propia. La magnífica capital que acababa de
construir su padre no le parecía adecuada.
Quizás llevaba demasiado el sello de su padre, y
Senaquerib quería algo sobre lo cual poner su propio sello.
Cualquiera que haya sido la razón, eligió Nínive como
capital. Era una vieja ciudad que existía como puesto fronterizo septentrional
desde los más antiguos tiempos sumerios. Había sido siempre una ciudad
importante de Asiria, pero nunca había sido capital.
Senaquerib la reconstruyó desde los cimientos e hizo de
ella una gran metrópoli. Para llevar a ella agua dulce, por ejemplo, hizo
construir un canal de piedra especial que descendía hacia el Sur desde las
colinas situadas a varios kilómetros al Norte. En algunos lugares tenía
veinticinco metros de ancho; así, se llevaba agua a través de un valle por un
acueducto de piedra que fue un predecesor de los que más tarde construirían los
romanos.
El rey se construyó un gran palacio de ochenta
habitaciones que tenía 200 metros de ancho por 210 de largo. Flanqueaban sus
puertas esos característicos elementos de la escultura asiria que eran los
toros alados de piedra, de unas veinte toneladas de peso, con cabezas de
monarcas barbudos.
Al parecer, representaban un tipo de espíritu poderoso que
protegía la entrada al palacio y, por ende, al rey que vivía en él. (Era común
esta idea de proteger las puertas. Los egipcios usaban para ello esfinges,
leones con cabeza humana. Nosotros mismos tendemos a usar leones, como en la
Biblioteca Pública de Nueva York.) Esos toros alados se ven tan a menudo en
conexión con escritos sobre Asiria que han llegado a ser casi como
representantes de esa tierra, como el águila de los Estados Unidos o el oso de Rusia.
En verdad, la fama de Nínive debe de haber difundido el conocimiento de esos
seres alados por todas las partes del Imperio. Parece cierto, por ejemplo, que
los misteriosos «querubines» mencionados en la Biblia eran esos toros alados o
algo muy similar a ellos: es un poderoso querubín con una espada de fuego el
que cierra el camino de retorno al Jardín del Edén, seis querubines alados
custodian el Trono Divino en la visión de Isaías, y dos querubines (no
descritos) están en la cima del Arca de la Alianza.
Por diversas razones, los querubines dejaron de ser
bestias temibles, sobrenaturales y con cabezas de hombre para convertirse,
primero, en ángeles y, luego, en ángeles niños. Hoy tendemos a llamar
«querubín» a un bonito bebé, pero no soñamos en aplicar este nombre a quienes
más corresponde: a los majestuosos monstruos que custodiaban la entrada del
imponente palacio de Senaquerib.
Nínive fue la capital del Imperio durante el resto de la
vida de éste. Fue un lapso inferior a un siglo, pero en este período
florecieron muchos de los profetas de Judá, y sus acusaciones contra la capital
asiria dieron a Nínive una fama que ha persistido hasta hoy y ha borrado toda
idea de capitales anteriores de la mente de la mayoría de los hombres.
Los judíos tenían buenas razones para execrar a Nínive,
pues el rey que hizo de ella su capital devastó Judá.
Senaquerib tuvo que afrontar el problema habitual de un
nuevo déspota de cualquier imperio, más aún de uno tan odiado como el asirio.
Los fuegos que su padre había extinguido se encendieron nuevamente.
Tampoco esos fuegos fueron totalmente espontáneos. En los
lindes del Imperio había naciones independientes que trataban continuamente de
estimular la rebelión en el Reino Asirio. Sólo manteniendo al temido ejército
asirio constantemente ocupado sofocando rebeliones podían esas naciones estar
seguras de que ellas no serían amenazadas de conquista.
En la frontera occidental del Imperio Asirio estaba
Egipto, que intrigaba permanentemente con Judá y los otros pequeños Estados del
Oeste. Egipto ofrecía dinero y prometía ayuda militar si éstos emprendían una
enérgica acción antiasiria.
En el borde sudoriental del Imperio estaba Elam, cuya
especialidad era mantener siempre activos a los caldeos de Babilonia, mediante
los refugiados políticos que recibía.
Elam estimuló a Marodac-Baladán, el caldeo, a apoderarse
de Babilonia tan pronto como Sargón murió. Senaquerib tuvo que lanzarse aguas
abajo y derrotar nuevamente al caldeo. Luego, se dirigió al Oeste, para hacer
frente a otra amenaza.
Sucumbiendo a los halagos egipcios, Ezequías, rey de Judá,
se negó a pagar el tributo a Asiria. Esto equivalía a una declaración formal de
rebelión. Senaquerib atravesó Judá y los territorios circundantes devastando
todo con frío y eficiente salvajismo, y puso sitio a Jerusalén en el 701 a.C.
Jerusalén estaba en una posición fuerte y casi
inexpugnable y Ezequías se había preparado bien, con gran acopio de
provisiones. Sin embargo, observadores imparciales habrían pensado que el
destino de Jerusalén estaba sellado y que, a la larga, el ejército asirio debía
tomar la ciudad, por hambre o por asalto.
Pero el ejército asirio no tomó Jerusalén. Ésta quedó
intacta, y el júbilo que despertó este hecho aún resuena en la Biblia. Según el
relato bíblico, una repentina peste asoló por la noche al ejército asirio y las
diezmadas fuerzas restantes tuvieron que levantar el sitio y retirarse.
El historiador griego Herodoto también habla de una
misteriosa derrota del ejército de Senaquerib. Aparentemente, su relato no
tiene nada que ver con Jerusalén (en sus nueve libros, Herodoto no menciona a
los judíos ni una sola vez), pero se refiere a una plaga de ratones que royeron
las cuerdas de los arcos asirios, dejó a la hueste mal armada y la obligó a
retirarse.
Indudablemente, Senaquerib se retiró sin tomar Jerusalén,
pero las razones de ello quizás hayan sido más prosaicas que los relatos de la
Biblia o de Herodoto. Egipto era muy débil por entonces, pero debía hacer algún
esfuerzo para liberar a Jerusalén. A fin de cuentas, no podía permitirse una
victoria asiria. Senaquerib debía de haber estado enterado de las intrigas de
Egipto y, si Jerusalén caía, habría quedado expedito el camino para atravesar
la Península del Sinaí y descargar su venganza sobre la tierra del Nilo. Y todo
el que conocía a Senaquerib sabía que la vengan no sería suave.
Por consiguiente, un ejército egipcio marchó en ayuda de
Jerusalén y Senaquerib tuvo que luchar contra él. Los asirios ganaron, pero
quedaron inevitablemente debilitados y se redujeron sus probabilidades de tomar
Jerusalén. Por añadidura, los virreyes de Senaquerib en Babilonia debieron de
enviarle mensajes para informarle de que la región estaba en rebelión
nuevamente, y con seguridad al monarca asirio la gran metrópoli de Babilonia le
parecería más importante que la pequeña ciudad montuosa de Jerusalén.
Así, el ejército asirio tuvo que retirarse lleno de
frustración. Mas para los asirios sólo fue un pequeño inconveniente; excepto en
lo concerniente a la conservación de su propio rey y de sus costumbres, Judá
tuvo poco que celebrar. La tierra fue devastada, Ezequías tuvo que pagar una
enorme indemnización y, además, volver a pagar tributo.
Judá siguió pagando tributo durante el resto de la
historia de Asiria y quedó tan debilitada que nunca volvió a rebelarse contra
esta nación. El hijo de Ezequías, Manasés, que reinó durante medio siglo, no
halló seguridad alguna en ningún otro curso de acción que no fuese el de ser un
abyecto títere asirio. Hizo todo lo posible para suprimir a la facción
profética nacionalista, dedicada constantemente a una graneada prédica
antiasiria que podía provocar el desastre final de una nueva invasión y asedio.
Como consecuencia de esto, Manasés es execrado por los autores bíblicos.
Las llamas de la rebelión se encendieron nuevamente en
Babilonia, y Senaquerib comprendió claramente que Babilonia nunca se sometería
mientras dispusiera de la ayuda elamita. Por ello, decidió llevar una ofensiva
directamente contra Elam, y hacerlo, no abriéndose camino por Babilonia, ya que
de este modo llegaría a Elam con fuerzas peligrosamente debilitadas, sino
llevando un inesperado ataque desde el mar.
Construyó barcos en el Norte y el Oeste, para que los
espías elamitas no se percataran muy pronto de sus planes. Puesto que los
asirios no tenían experiencia marina, Senaquerib empleó a fenicios para
tripular sus barcos.
Quizá haya tenido también a su servicio a algunos
navegantes griegos. (Tal vez fue entonces cuando Grecia y Asiria entraron en
contacto por vez primera, de este modo relativamente pacífico.) Algunos de los
griegos volvieron luego a su patria con relatos sobre la gran ciudad de Nínive,
que pueden haber sido la fuente material de las leyendas griegas sobre Nino y
Semíramis.
Finalmente, la flota estuvo lista. Navegó rápida y
sigilosamente Éufrates abajo, pasando por Babilonia pero sin atacarla, hasta
llegar al golfo Pérsico. La fuerza expedicionaria asiria desembarcó en la costa
elamita y penetró en el interior.
Si los elamitas le hubiesen hecho frente y combatido,
Senaquerib habría obtenido una gran victoria, pero respondieron a la inesperada
acción asiria con otra igualmente inesperada.
Dejaron su nación defendida por una pequeña fuerza y
enviaron el grueso de su ejército a Babilonia, para unirse allí con los
rebeldes, colocando a Senaquerib en el riesgo de verse aislado de su base.
Senaquerib tuvo que retirarse, viendo desbaratarse todos sus planes.
Fue una frustración que superaba en mucho a todo lo que
podía haber sentido con respecto a Jerusalén, y provocó a Senaquerib un
verdadero ataque de furia.
Hasta entonces, Babilonia había permanecido intacta
gracias a su gloriosa historia. Era la más grande, rica y culta ciudad del
Oeste, con ya mil años de historia detrás. Mantuvo la vieja religión sumeria y
fue la cuna del dios principal de su particular versión de dicha religión,
Marduk (que había sido elevado a ese rango en tiempos de Hammurabi).
Sin duda, Babilonia estaba bajo la férula de Asiria, pero
esto no afectaba al sentimiento babilónico de superioridad.
Los babilonios deben de haber considerado a los asirios de
manera muy similar a como los griegos habrían de considerar a los romanos cinco
siglos más tarde. Los asirios (como los romanos) eran buenos guerreros, pero
nada más. Para todo lo importante en la vida -la religión, la lengua y la
cultura-, Asiria tenía que acudir a Babilonia.
Asiria misma debe de haber sentido esto e,
involuntariamente, rendía a Babilonia una reverencia casi supersticiosa. Era
como si los reyes asirios no se atreviesen a afrontar la execración de la
posteridad, si llegaban a dañar a Babilonia. (Un sentimiento similar protegió a
grandes ciudades de famosa historia cultural, como Atenas, Florencia y París.)
Pero Senaquerib, loco de frustración, ya no podía ser contenido por el
pensamiento de la grandeza babilónica. Tenía que darle una lección, una
terrible lección. Todo el mundo debía ver que ni siquiera Babilonia podía
resistir la furia asiria y, quizá, si presenciase la venganza asiria, no habría
más problemas.
Senaquerib, en el 689 a.C., se abrió camino hacia
Babilonia e inició la completa destrucción de la ciudad. Destruyó su sistema de
canales, echando abajo los diques y rellenando las acequias con el barro de las
casas que hizo abatir desviando la corriente del Éufrates. Hasta destruyó los
templos y se llevó a Asiria la misma estatua de Marduk. Su propósito era
arrasar totalmente la ciudad.
Pero no lo consiguió. La ciudad sobrevivió, muy
miserablemente al principio, pero sobrevivió.
El mismo Senaquerib tuvo mal fm. En el 681 a.C., mientras
efectuaba ritos religiosos, murió como resultado de una conspiración montada
por sus dos hijos mayores.
El apogeo
No conocemos detalles del complot contra Senaquerib, pero
algo debió de salir mal, pues los hijos asesinos tuvieron que huir rápidamente
al Norte, a Urartu, fuera del alcance inmediato del ejército asirio. Allí
comenzaron a reclutar fuerzas propias.
Entre tanto, un hijo menor de Senaquerib reclamó el trono,
y los dirigentes de la nación se unieron a él. Este hijo menor, el tercero de
los sargónidas, fue Ashur-akhiddina («Asur ha dado un hermano»), al que
conocemos por su nombre bíblico de Asarhaddón.
Asarhaddón pronto derrotó al ejerc ito de sus hermanos y
puso fin a su amenaza. Fue un monarca asirio muy poco común, ya que evitó la
guerra todo lo posible.
Así, trató de ganarse a Babilonia por la bondad, no por la
ira. Emprendió la restauración de la Babilonia histórica (quizás hasta sintió
remordimientos por el implacable tratamiento a que su padre sometió a la gran
ciudad). Fue una tarea enorme, que le llevó una docena de años, pero
finalmente, en el 669 a.C., Babilonia quedó reedificada y recuperó su
esplendor. Más aún, Asarhaddón hizo restaurar todos los templos que habían sido
destruidos y profanados durante el reinado anterior.
Hasta mantuvo una cuidadosa política de coexistencia con
Elam, y la dejó en paz, siempre que cesara su intervención en Babilonia. Un
nuevo rey elamita llevó una política pro asiria, y durante una veintena de años
las cosas marcharon bien.
En el Oeste, el diminuto Judá no fue molestado, mientras
su rey Manasés mantuviese el pago del tributo, cosa que hizo.
En el Norte, Asarhaddón adoptó las medidas necesarias
contra los nómadas. Los cimerios habían matado a Sargón una generación antes,
pero esto había ocurrido en el curso de una aplastante victoria asiria, y
permanecieron tranquilos durante el reinado de Senaquerib. Pero la presión
escita sobre su retaguardia se hizo cada vez más intensa, y los cimerios se
vieron obligados a penetrar cada vez más profundamente en Asia Menor, mientras
los escitas ocupaban Urartu.
Asarhaddón marchó contra ellos y los derrotó en el 679
a.C., lo cual aseguró otro período de calma. También usó las artes de la persuasión
pacífica. Estableció una especie de parentesco con los escitas incorporando a
su harén a una de sus doncellas nobles. (Las tribus bárbaras siempre se sentían
complacidas y honradas cuando una de sus princesas desaparecía en un harén
imperial.) Sólo en el lejano Oeste Asarhaddón lanzó una campaña de conquista de
viejo estilo. El papel de Egipto en el fracaso del asedio de Jerusalén no había
sido olvidado; y sin duda, desde entonces Egipto había estado estimulando
activamente el espíritu de rebelión.
Asarhaddón lanzó dos ofensivas contra Egipto. En un avance
preliminar realizado en el 673 a.C., subestimó la eficacia de la desesperación
egipcia. En efecto, éstos combatieron con la bravura de la desesperación y
rechazaron a los asirios.
Asarhaddón no se inmutó ante la dificultad, y se retiró
para preparar adecuadamente el ataque. Volvió con un ejército mayor y mejor
equipado, en el 671 a.C., y esta vez tomó el delta del Nilo y saqueo Menfis, la
gran metrópoli, de veinticinco siglos de antigüedad, del Egipto septentrional.
Por un momento, Egipto estuvo bajo los virreyes asirios.
En ese momento, el Imperio Asirio estuvo en el apogeo de
su poder. Asarhaddón mantuvo firmemente en sus manos toda la Media Luna Fértil.
Las naciones que lindaban con ella y mantenían cierta autonomía eran sus
tributarias y se mantenían en calma: Asia Menor, Urartu, Media, Elam y Egipto.
Hasta los nómadas del Norte estaban controlados.
En verdad, Asarhaddón debía de creer que sólo problemas
internos podían provocar ahora conmociones. Por ello, se esforzó para
establecer la sucesión durante su vida; no deseaba intentos de asesinato contra
su persona ni guerras civiles después de su muerte.
Tenía dos hijos adultos con razonables pretensiones al
trono, y tomó medidas para que ambos estuviesen bien afirmados. Ordenó que los
personajes destacados de la nación juraran fidelidad al menor de los dos hijos
como próximo rey. Era Shur-ban-aplu (»Asur crea al hijo»), o Asurbanipal, como
es mejor conocido por nosotros.
Asarhaddón dispuso que su hijo mayor, Shamash-shumukin
gobernase en Babilonia como virrey de su hijo menor.
Por qué Asarhaddón eligió a su hijo menor para sucederle,
no se sabe. Presumiblemente, lo consideraba como el más capacitado de los dos
(y, si fue así, no se equivocó).
Tal vez se haya pensado que, arreglada la cuestión de la
sucesión, Asiria nunca había estado tan segura en su historia. Si fue así, era
una ilusión. Mientras Asiria mantuviese su posición por la pura fuerza y
quitase a sus súbditos más de lo que les proporcionaba en materia de seguridad
y prosperidad, talos súbditos sólo esperaban la oportunidad para rebelarse. Y
tan pronto como un rey débil subía al trono asirio, todo se derrumbaba.
En verdad, ni siquiera un rey fuerte podía evitar la
rebelión. No pasó mucho tiempo antes de que Egipto, sometido a la férula
asiria, se rebelase. Asarhaddón se hallaba en marcha hacia el Oeste, para
llevar a cabo su tercera campaña egipcia, cuando murió, en el 669 a.C.
El bibliotecario real
Pero la sucesión se produjo sin trastornos y tal como la
había planeado Asarhaddón. Asurbanipal reinó en Nínive como cuarto rey de la
dinastía Sargónida, y cuarto rey competente sucesivo de este linaje. Bajo su
gobierno, Nínive llegó a su apogeo, y su población tal vez alcanzase los
100.000 habitantes. Sus caravanas comerciales llegaban hasta la India.
En algunos aspectos, Asurbanipal fue el más notable de
todos los gobernantes asirios.
Como todos los grandes reyes de ese país, fue un general
capaz e infatigable, y nunca eludió la interminable tarea de defender el
siempre agitado imperio. Pero, además, era un sabio. Había recibido una
esmerada educación y se sentía fascinado por la historia antigua de
Mesopotamia. (Ya hacía 2.500 años que se había inventado la escritura.)
Asurbanipal se dedicó a la tarea de coleccionar un ejemplar de toda tablilla
cuneiforme valiosa de Babilonia. (Él mismo leía y escribía la escritura
cuneiforme, de modo que no tenía que depender de un modesto escriba.) Así,
formó una enorme biblioteca en su palacio, c u idadosamente catalogada y en la
que cada tablilla llevaba su nombre inscrito.
Fue la mayor biblioteca reunida hasta entonces, e iba a
ser de enorme utilidad miles de años después de la muerte del real
bibliotecario.
A mediados del siglo XIX, se sacó a la luz el palacio de
Asurbanipal y su biblioteca. En 1872, el arqueólogo inglés George Smith halló
entre los restos cuidadosamente excavados y descifrados nada menos que el poema
épico de Gilgamesh en una docena de tablillas. Se descifró el cuento babilónico
del Diluvio y se hizo evidente su semejanza con el cuento bíblico. Los
especialistas se pusieron a buscar las fuentes de los primitivos libros de la
Biblia ajenas a la inspiración divina. La biblioteca de Asurbanipal brindó
también una enorme cantidad de otro género de información. Es estremecedor
pensar qué poco sabríamos de la historia antigua de Mesopotamia de no ser por
el ent usiasmo erudito de Asurbanipal de hace veintiséis siglos.
Asurbanipal expandió, enriqueció y embelleció su palacio y
su capital, y en su reinado el lujo real alcanzó nuevas alturas.
indudablemente, quien lo observase en su palacio rodeado de todo ese lujo y
empeñado en búsquedas eruditas (lo que era aún peor, a los ojos de los rudos
guerreros de la época), habría pensado que era un hombre afeminado, incapaz de
gobernar el imperio más militarista que el mundo había visto.
En épocas posteriores, los griegos elaboraron su propia
versión legendaria sobre un rey asirio al que llamaban Sardanápalo. Era,
decían, un completo afeminado que se vestía con ropas de mujer y jamás se movía
de su harén. Finalmente, cuando sus súbditos se rebelaron y su palacio estaba a
punto de ser tomado, hizo una pila con todas sus posesiones, incluidas sus
mujeres, sus esclavos y él mismo, y puso fuego a todo, muriendo cubierto de
llamas, aunque no de gloria.
Hasta los griegos tuvieron que admitir, sin embargo, que,
antes que rendirse, sacudió su indolencia, se puso una armadura y condujo
bravamente a sus huestes contra el enemigo.
Se ha supuesto durante mucho tiempo que Sardanápalo era la
forma griega de Asurbanipal, e indudablemente el hecho de que Asurbanipal
garabateara signos cuneiformes y s hábito de leer en voz alta a sus mujeres
obras eruditas (quienes deben de haberlas odiado) contribuyó a dar origen a la
leyenda. Sin embargo, Asurbanipal murió en paz y con su imperio casi intacto.
Fue otro, como veremos, quien murió de la manera atribuida a Sardanápalo.
Lejos de ser un afeminado afecto a su harén, Asurbanipal
tuvo que combatir casi constantemente. Egipto estaba en rebelión por la época
de la muerte de Asarhaddón, y Asurbanipal tuvo que efectuar dos ataques contra
esa tierra. En el segundo, remontó el Nilo hasta Tebas, la gran capital del sur
de Egipto, y la saqueó. Fue el punto más lejano al que llegó un ejército
asirio.
Pero no sirvió de nada. En el 655 a.C., Egipto se rebeló
nuevamente. Un egipcio nativo que había comenzado su carrera como vasallo
asirio logró independizarse y proclamarse rey; gobernó con el nombre de
Psamético I.
Indudablemente, el incansable Asurbanipal habría vuelto a
Egipto por tercera vez, pero ni siquiera él podía estar en dos lugares al mismo
tiempo, y, de hecho, se le necesitaba en tres.
En primer término, los cimerios estaban ocasionando
problemas nuevamente, y Asurbanipal tuvo que ignorar Egipto (que mantuvo su
independencia recientemente conquistada durante más de un siglo) para
enfrentarse al enemigo de Asia Menor.
Allí, al menos, Asiria no estaba sola. Los pequeños reinos
de Asia Menor combatían desesperadamente a los cimerios.
Un general llamado Giges había fundado un nuevo reino en
Asia Menor, llamado Lidia, y se mostró particularmente eficiente en la lucha
contra los nómadas. Asurbanipal lo ayudó generosamente, y, entre ambos, dieron
fin ala amenaza cimeria. Pero en la lucha Giges murió, en el 652 a.C.
Asurbanipal tuvo luego que dirigirse hacia el Sur. Su
preocupación por Egipto y Asia Menor no había pasado inadvertida en Elam, que
estaba en calma desde hacía tiempo. Ahora pensaron que era el momento propicio
para destruir el Imperio Asirio y heredarlo.
El instrumento que necesitaban estaba a su alcance. Sin
duda, mientras el hermano menor gozaba del poder supremo, el descontento del
hermano mayor debió de crecer. Los agentes elamitas no dejarían de informar a
Shamash-shumukin que, si se rebelaba contra su hermano menor, podía contar con
la ayuda elamita, y tal vez también la egipcia.
Shamash-shum-ukin se dejó persuadir y en el 652 a.C. se
rebeló. Estalló inmediatamente la guerra civil, y durante cuatro años
Asurbanipal se abatió implacablemente sobre Babilonia. En el 648 a.C.,
Shamash-shum-ukin se encontró con la derrota final, y sabía exactamente qué
podía esperar si era apresado. Por ello, hizo una pila con todas sus
posesiones, incluidas sus mujeres, sus esclavos y él mismo, y puso fuego a
todo, muriendo cubierto de llamas, aunque no de gloria. ¿Suena esto conocido?
Sí. Fue el fin de Sardanápalo; evidentemente, la leyenda griega fue inspirada
por el hermano mayor de Asurbanipal, no por éste mismo.
Pero Asurbanipal no había terminado. Comprendió que
Babilonia nunca se aquietaría mientras existiese Elam. Como Asarhaddón había
golpeado a Egipto, la fuente occidental de rebeliones, así Asurbanipal decidió
descargar el golpe sobre la fuente oriental de ellas.
La guerra elamita duró diez años y Asurbanipal siempre
obtuvo la victoria. Tomó Susa en el 639 a.C. y la destruyó. Llevó al exilio a
los principales dirigentes elamitas. Todo Elam quedó devastado y el reino, que
había existido desde la época sumeria y había sido una potencia en Mesopotamia
en los días de Abraham, llegó ahora a su fin. Dejó de existir, y su nombre
desapareció de la faz de la Tierra.
5. Los caldeos
El fin de Nínive
Los últimos catorce años del reinado de Asurbanipal son
una laguna en la historia. No sabemos casi nada de ellos.
Por la época de la destrucción de Elam, Asurbanipal había
reinado durante catorce duros años y probablemente estaba cerca de los sesenta.
Sin duda, estaba cansado y anhelaba un período de paz en el cual permanecer en
su palacio con sus amadas antigüedades. A fin de cuentas, el Imperio estaba en
calma y, excepto Egipto, casi intacto.
Podemos imaginarlo decidiendo con hosca obstinación que se
había ganado el reposo y que Egipto se fuese al demonio. De modo que
desapareció en su palacio, y puede ser este período de su vida el que
contribuyó a inspirar esa parte de la leyenda griega de Sardanápalo, según la
cual permanecía oculto en su harén.
Pero aunque la paz parecía reinar en el Imperio no era más
que una ilusión. No era la paz, sino más bien una muerte próxima. Las guerras
sin fin habían finalmente desgastado a los asirios. Las devastaciones cimerias
de Asia Menor y la misma destrucción de Elam por Asurbanipal habían arruinado
las rutas comerciales; la prosperidad es probable que declinara radicalmente.
El letargo de Asurbanipal hacia el fin de su reinado
empeoró aún más las cosas. El ejército asirio se enmoheció con la inactividad y
los pueblos sojuzgados cobraron ánimo. Egipto era un ejemplo resonante, pues se
había rebelado y había logrado mantener su rebelión.
La que mejor asimiló la lección fue Babilonia, donde los
caldeos, que habían resistido a Sargón, Senaquerib y Asurbanipal, aún soñaban
con la independencia pese a su triple derrota. El virrey de Asurbanipal,
establecido en Babilonia después de la autoinmolación de Shamash-shum-ukin,
murió en el 627 a.C., y durante un momento hubo una pugna entre varios
contendientes que aspiraban al poder local. El vencedor fue un caldeo llamado
Nabu-apal-usur, mejor conocido para nosotros por la deformada versión de «Nabopolasar».
Era evidente que Nabopolasar planeaba independizarse, y si
Asiria hubiese sido lo que antaño fue, nunca habría permitido que llegara al
poder. Pero Asurbanipal se estaba muriendo y Asiria estaba paralizada.
En el 625 a.C., Asurbanipal murió, después de haber
reinado durante cuarenta y tres años. Su muerte fue el comienzo del desastre,
pues no tuvo ningún sucesor fuerte. Los sargónidas habían dado cuatro
representantes de excepcional vigor y capacidad. No apareció un quinto.
Asurbanipal fue sucedido primero por uno de sus hijos, que
reinó cinco años, y luego por otro. Ninguno de ellos se destaca de la oscura
bruma que oculta la historia de Asiria después de la destrucción de Elam por
Asurbanipal.
Casi inmediatamente después de morir el viejo rey,
Nabopolasar, sondeando el vigor del nuevo rey, declaró su independencia de
Asiria. Eso suponía la guerra, claro está. Por deb ilitada que estuviese
Asiria, por incompetente que fuera su rey, sólo conocía un modo de vida, el del
combate. Durante diez años, se libró una continua guerra entre Nínive y
Babilonia, mientras otras partes del Imperio aprovechaban la oportunidad para
liberarse de la opresión asiria.
Lentamente, Asiria se hundió bajo el peso, pero luchó por
cada centímetro de terreno con una resolución que no podemos por menos de
admirar. Nabopolasar y sus caldeos avanzaron aguas arriba penetrando en pleno
corazón de Asiria, pero a un costo tremendo. El líder caldeo tuvo que buscar
ansiosamente una ayuda, para que un leve giro de la fortuna no le hiciese
perder todo lo que había ganado.
Halló sus aliados entre los nómadas del Norte y el Este.
Durante el reinado de Asurbanipal, los medos y los escitas habían estado
luchando entre sí, lo cual servía a los fines de aquél. Pero había surgido una
lenta y más constante tendencia hacia la unidad de las tribus. En los últimos
días de Asurbanipal, un jefe medo que conocemos por la versión griega de su
nombre, Ciaxares, logró afirmar su hegemonía sobre un grupo de tribus, tanto
escitas como medas. En el 625 a.C., apareció como rey de una Media
independiente que se extendía por la mayor parte del Irán moderno.
Fue a Ciaxares a quien se dirigió Nabopolasar. En el 616
a.C., cuando Asiria estaba luchando con la espalda contra la pared, defendiendo
las antiguas ciudades de su tierra, Nabopolasar selló una alianza con los
medos. El tratado quedó confirmado por un arreglo matrimonial. El hijo de
Nabopolasar (de quien hablaremos más adelante) contrajo matrimonio con la hija
de Ciaxares.
Así, Ciaxares se lanzó al ataque contra Asiria y tomó
Asur, la antigua capital. Realmente, fue el fin. Asiria podía combatir contra
sus dos enemigos con indoblegable resolución, pero la victoria era imposible.
En verdad, tal era la posición de Asiria que se vio
obligada a formar una alianza con Egipto. ¿Qué otra cosa puede indicar de
manera más cabal la desesperación asiria? Sólo cuarenta años antes, Asiria
había marchado a lo largo del Nilo con el orgullo que da el poder, y ahora
debía pedir humildemente ayuda a un faraón que había sido antaño un títere
asirio.
Egipto aceptó, no por espíritu de bondad, sino por un
cuidadoso cálculo: no quería una victoria decisiva de ninguno de los
contendientes. Una Asiria débil le convenía, pero una Asiria destruida, no. Si
Nabopolasar triunfaba totalmente, representaría un nuevo peligro.
Pero la ayuda egipcia fue demasiado escasa y demasiado
tardía. En el 612 a.C., Nabopolasar y Ciaxares sitiaron conjuntamente a Nínive
y la tomaron, mientras un grito de alegría brotaba de los pueblos sometidos que
durante tanto tiempo habían estado bajo la pesada mano armada de Asiria.
El profeta de Judá, Nahúm., exclama: «¡Ay de la ciudad
sanguinaria!» (Nahúm, 3,1), y termina, sin remordimientos:
«Cuantos oigan hablar de ti [las noticias de la
destrucción de Nínivel, batirán palmas por tu causa, porque ¿sobre quién no
descargó sin tregua tu maldad?» (Nahúm, 3,19).
Nínive fue destruida de un modo tan completo que da
testimonio del odio que se le tenía. Y sus conquistadores nunca permitieron que
fuera reconstruida. Desapareció de la historia y de la conciencia misma del
hombre. Dos siglos más tarde, un ejército griego pasó por allí y tuvo que
preguntar qué era ese gran montículo de tierra. Era todo lo que quedaba de la
gran capital, y fue todo lo que quedó hasta el siglo XIX.
Sólo el hecho accidental de que los judíos incorporasen el
odiado nombre a sus escritos bíblicos la mantuvo viva en la memoria de la
humanidad occidental.
La división del botín
Pero ni siquiera después de la caída de Nínive cedieron
los asirios. Quedaron fragmentos del ejército asirio, y mientras esos
fragmentos subsistieron, continuaron luchando.
Se retiraron a la última ciudad que les quedó de todos los
I vastos dominios sobre los que Asiria había gobernado sólo una docena de años
antes. Era Harrán, a 210 kilómetros al oeste de Nínive y 100 kilómetros al este
del Éufrates. Estaba ubicada justamente en la punta septentrional de la Media
Luna Fértil.
Allí, en el último puesto asirio, resistieron bajo la
dirección de Ashur-uballit, un general que bien puede ser llamado «el último de
los asirios». A veces se le llama Ashur-ullit II, porque un gobernante de este
nombre había restaurado el poder asirio después de su casi extinción por los
hurritas. Tal vez el general adoptó deliberadamente ese nombre para sugerir que
Asiria renacería nuevamente, como había renacido antes. Si fue así, estaba
equivocado.
Dos ejércitos se desplazaron hacia Harrán, uno para tratar
de destruirlo y otro para tratar de salvarlo. El primero, por supuesto, era el
ejército caldeo conducido por Nabopolasar.
El segundo era un ejército egipcio, que debía tratar de
impedir que los caldeos adquiriesen un poder abrumador.
Un nuevo rey, Nekao II, había subido al trono egipcio en
el 609 a.C., y era él quien conducía el ejército que acudía al rescate. Mas
para lograr su propósito, debía pasar por Judá, y Judá no lo deseaba.
Con la caída de Asiria, Judá recuperó durante un momento
su independencia, y quería conservarla. Su rey era Josías, nieto del Manasés
que había sido un títere asirio. Bajo el gobierno de Josías, Judá había sufrido
una reforma religiosa por la cual su dios, Yahvé, fue reconocido como único
dios de la tierra, que sólo debía ser adorado en el templo de Jerusalén.
En defensa de su tierra y su credo, Josías avanzó para
detener a Nekao.
En el 608 a.C., en Meggido, en el Israel septentrional, se
libró una batalla que resultó exitosa para los egipcios. Josías fue muerto y su
cuerpo llevado a una doliente Jerusalén, mientras uno de sus hijos subía al
trono bajo protección egipcia.
El retraso que provocó esa batalla, aunque terminó con una
victoria egipcia, fue fatal para los planes de Nekao. Mientras éste combatía
con Josías, Nabopolasar había tomado Harrán, y Ashur-uballit tuvo que retirarse
al Éufrates.
Allí unió sus fuerzas con las de Nekao y, por un momento,
ambos intentaron desencadenar un contraataque para recuperar Harrán. Pero éste
fracasó, y Ashur-uballit desaparece del escenario de la historia. Cómo murió o
qué le ocurrió, nadie lo sabe.
Así, en el 605 a.C., desaparece el último rastro de
Asiria, doce siglos después de la época de su primer rey conquistador,
Shamshi-Adad.
Mientras Asiria caía bajo los golpes de los caldeos, el
mismo destino sufría la vieja rival de Asiria, Urartu, bajo los golpes de los medos.
Sólo siglo y medio antes, Urartu casi había igualado a Asiria en poder, pero
una cadena de desastres la destruyó. Sus derrotas a manos de los asirios, los
cimerios y los escitas la dejaron casi impotente, y los medos pusieron fin al
último de sus oscuros reyes; en el 600 a.C., absorbieron su territorio. Urartu,
como Asiria, desapareció de la historia.
Pero mientras desaparecía el último asirio, Nekao estaba
aún allí, en el Éufrates. Nabopolasar estaba enfermo y retornó a Babilonia,
pero dejó a su hijo en su lugar. Éste (que se había casado con la hija de
Ciaxares) era llamado Nabucodonosor.
Por lo común es llamado Nabucodonosor II en las historias
formales, a causa del anterior gobernante de ese nombre que había regido a
Babilonia cinco siglos antes.
Nabucodonosor se enfrentó a Nekao en Karkemish, ciudad
situada a orillas del Éufrates superior, al oeste de Harrán.
Allí, el ejército de Nekao fue aplastado tan totalmente
como tres años antes él había aplastado al de Judá. Nekao tuvo que marcharse
apresuradamente de la Media Luna Fértil, retrocediendo desordenadamente hacia
la dudosa seguridad del Nilo. Nabucodonosor podía haberlo seguido, pero casi en
el momento de la victoria recibió la noticia de la muerte de su padre. Por
ello, tuvo que regresar a Babilonia, para asegurarse de su coronación.
Ahora hubo tiempo para respirar. Asiria estaba muerta y
Egipto en calma. Nabucodonosor y Ciaxares se dividieron pacíficamente el botín
asirio. Ciaxares agregó a sus vastos dominios de Irán, Urartu y la parte
oriental de Asia Menor. Su imperio parecía enorme en el mapa, pero estaba
constituido en gran medida por tierras subdesarrolladas, y Media iba a
permanecer razonablemente pacífica durante su medio siglo de existencia.
Toda la Media Luna Fértil, mucho menor en superficie que
Media, pero con la parte más civilizada y más rica del mundo occidental
(exceptuando Egipto) estaba bajo el firme puño de Nabucodonosor.
Los dominios de Nabucodonosor son llamados a veces el
Nuevo Imperio Babilónico o el Imperio Neobabilónico, pero creo que el mejor
nombre para él es el de Imperio Caldeo.
La carrera de Nabucodonosor fue muy similar a la de su
predecesor asirio, Asurbanipal. Ambos gobernaron durante más de cuarenta años;
ambos tuvieron éxito en la guerra, aunque con importantes fracasos; ambos
pasaron sus últimos años en la oscuridad, fatigados; y en ambos casos, el fin
de la grandeza de sus imperios marchó a la par de su propia muerte.
El campo principal de los esfuerzos militares de
Nabucodonosor fue el Oeste, donde el Egipto independiente constantemente
provocaba perturbaciones. Las intrigas egipcias lograron que la pequeña tierra
de Judá entrase en conflicto con Nabucodonosor, pese a la actividad
probabilónica del profeta Jeremías.
Dos veces Judá se rebeló y dos veces Nabucodonosor tuvo
que actuar enérgicamente. En ambas ocasiones puso sitio a Jerusalén y obligó a
los judíos a someterse. La primera vez, en el 598 a.C., se llevó consigo a
algunos de los líderes, continuando con la política asiria de las
deportaciones, pero dejó a Judá un rey, un templo y un gobierno propio.
Pero la segunda vez, en el 587 a.C., perdió la paciencia
completamente. Destruyó Jerusalén y su templo. La dinastía davídica llegó a su
fin, después de reinar en Jerusalén durante más de cuatro siglos, y una gran
cantidad de figuras destacadas fueron llevadas al exilio en Babilonia.
Nabucodonosor intentó luego castigar a los que habían
ayudado a Judá, pero sus planes hallaron un inesperado obstáculo a causa de
Tiro, ciudad de la costa mediterránea situada a unos 160 kilómetros al norte de
Jerusalén. Era una de las ciudades costeras habitadas por las gentes que los
griegos (y, por ende, nosotros) llamaban los fenicios.
Los tirios eran famosos por su osada destreza náutica. Sus
barcos surcaban todo el Mediterráneo, fundando colonias en la costa africana,
España y hasta fuera del Mediterráneo. Los minerales españoles les
proporcionaban riqueza y poder. Senaquerib los había contratado para que
condujeran su flota contra Elam, y Nekao para intentar la circunnavegación de
Africa. El corazón de Tiro era una isla rocosa situada frente a la costa. En
verdad, el nombre mismo de Tiro proviene de una palabra semítica occidental que
significa «roca». Con sus fuerzas concentradas en esa isla y con los alimentos
y otros suministros que le llevaba de todo el mundo su eficiente flota, Tiro
podía resistir fácilmente contra el más grande ejército terrestre que
cualquiera pudiese llevar contra ella, si este ejército de tierra era conducido
sin genio militar o si una flota superior no la atacaba simultáneamente.
Las otras ciudades fenicias se habían rendido a
Nabucodonosor, pero Tiro seguía desafiante y, en el 585 a.C., inmediatamente
después de la caída de Jerusalén, los ejércitos de Nabucodonosor tomaron
posiciones en la costa, frente a la isla.
Podían haberse ahorrado su tiempo. Los tirios no se
alteraron lo más mínimo. Mientras tuviesen su flota el mundo era de ellos, y
cada año que pasaba disminuía el prestigio de Nabucodonosor. El tenaz e inútil
asedio continuó durante trece años, hasta que ambas partes se hartaron de todos
los inconvenientes que acarreaba. Finalmente, Nabucodonosor levantó el sitio,
sin haber conquistado ni castigado a Tiro, pero ésta tuvo que pagar un
considerable tributo para ahorrarse futuros problemas.
La inutilidad de todo ello quizá quebró el espíritu de
Nabucodonosor. Envió a Egipto la expedición con que amenazaba desde hacía
tiempo, pero Egipto se había estado preparando para esta eventualidad desde la
batalla de Karkemish. Desconocemos todos los detalles, pero Egipto sobrevivió y
conservó su independencia. Podemos concluir, pues, que la campaña egipcia de
Nabucodonosor, como la de su homólogo Asurbanipal, fue, en definitiva, un
fracaso.
El auge de Babilonia
En la segunda mitad de su reinado, Nabucodonosor se centró
en Babilonia, a la que embelleció, como Asurbanipal había embellecido a Nínive.
Pero Nabucodonosor superó los hechos de su predecesor, y
fue en su época, no antes, cuando Babilonia se convirtió verdaderamente en la
ciudad legendaria, la enorme y rica metrópoli.
En tiempos de Nabucodonosor, Babilonia fue,
indudablemente, la mayor ciudad del mundo occidental. Tebas, en el sur de
Egipto, quizás haya sido más impresionante en su apogeo, con sus colosales
templos y monumentos, pero por entonces había decaído, lo mismo que su gemela
septentrional, Menfis. Las ciudades griegas de la época eran apenas algo más
que insignificantes aldeas agrupadas alrededor de un pequeño templo o dos, y
Roma era una remota aldea italiana de la que nadie había oído hablar todavía.
Un siglo después de Nabucodonosor, el historiador griego
Herodoto visitó Babilonia y habló de ella con entrecortada admiración. Afirmó
que cubría una superficie cuadrada, de veintidós kilómetros por lado (que sería
un tamaño considerable, aun considerándolo según patrones modernos), y que sus
murallas tenían 100 metros de alto y 27 de ancho.
Muy probablemente se trata de una exageración, resultado
de la pronta aceptación por Herodoto de las jactanciosas cifras que le
presentaron los sacerdotes babilonios. Nuestras excavaciones actuales no
indican que Babilonia haya sido tan grande ni que sus murallas tuviesen ese
tamaño. Con todo, debe de haber sido muy impresionante.
Se suponía que, en su apogeo, Babilonia había llegado a
tener un millón de habitantes. Esto también probablemente sea una exageración,
aunque le agreguemos la gente de los diversos suburbios. Pero si se acepta esa
cifra, Babilonia sería la primera ciudad en la historia del mundo occidental
que llegó a ser «millonaria» en lo que respecta al número de sus habitantes, y
no iba a haber otra hasta la Roma imperial de seis siglos más tarde.
Una de las puertas de entrada a la ciudad es la llamada
Puerta de Ishtar. Ha sido excavada por los arqueólogos y se ve que ha estado
decorada con ladrillos azules esmaltados con relieves, en rojo y blanco, de
toros y dragones. Al pasar por dicha puerta, se penetra en lo que queda de la
calle principal de la ciudad, bordeada por ambos lados por muros de ladrillos
con leones en relieve, además de otras decoraciones.
El complejo de edificios que constituía el palacio de
Nabucodonosor cubría 52.000 metros cuadrados de terreno, y su habitación más
grande -la sala del trono, donde se recibía a las delegaciones extranjeras-
tenía unos 70 metros de largo y casi otro tanto de ancho. Sus muros también
estaban decorados con leones en ladrillos esmaltados.
El palacio se levantaba sobre una eminencia que dominaba
la ciudad y hay signos de que Nabucodonosor hizo elevar allí construcciones que
luego fueron cubiertas de tierra y en las que se plantaron arbustos y flores.
Según la leyenda, lo hizo para agradar a su esposa meda, que detestaba la
tierra llana de Babilonia y añoraba las colinas de su patria. Para
satisfacerla, Nabucodonosor habría hecho construir esas colinas artificiales.
Contemplados desde cierta distancia, los jardines parecen
suspendidos en el aire: son los famosos Jardines Colgantes de Babilonia, que
los griegos admiraban y hacían figurar entre las Siete Maravillas del Mundo.
Nabucodonosor embelleció y amplió los templos, de los que
había más de mil cien en Babilonia. Rindió especiales honores a Marduk e hizo
terminar un gran zigurat dedicado a éste, que había quedado inconcluso durante
largo tiempo a causa de las continuas guerras con Asiria. Una vez acabado, fue
el más grande templo babilónico de todos los tiempos, de 100 metros de lado y
con siete pisos de altura decreciente (uno por cada planeta, se cree) que se
elevaban hacia el cielo.
Babilonia era un centro comercial, y hombres de todas las
naciones se apiñaban en ella. Era también la cabeza intelectual del mundo, pues
toda la ciencia y la técnica acumuladas desde los sumerios, tres mil años
atrás, estaban disponibles en sus centros de enseñanza.
Los griegos, en particular, fueron allí a aprender. La
ciencia griega se originó con un hombre llamado Tales, que vivió en la ciudad
de Mileto, sobre la costa egea de Asia Menor, justamente por la época en que
Nabucodonosor gobernaba en Babilonia. Según la leyenda, viajó a Babilonia para
educarse. Lo mismo hicieron, siempre según la leyenda, todos los primeros
filósofos griegos que siguieron a Tales; Pitágoras, por ejemplo.
Indudablemente, los comienzos de la ciencia griega en
tiempos de Nabucodonosor pueden ser atribuidos en parte al saber babilónico
llevado a su patria (y mejorado) por los primeros filósofos griegos.
Tales llevó consigo de vuelta y mejoró ciertos elementos
de, la matemática babilónica. Fue entonces cuando penetró en Occidente el viejo
hábito sumerio de cálculo mediante un sistema sexagesimal, por lo que la hora
aún tiene sesenta minutos y la circunferencia de un círculo 360 grados.
Pitágoras debió de aprender el viejo saber astronómico
acumulado por los babilonios. En efecto, la astronomía era una especialidad de
los sabios babilonios durante esa época de auge de la ciudad. Tanto maravilló a
otros hombres el saber astronómico babilónico que la misma palabra «caldeo»
llegó a significar astrónomo. Y puesto que el propósito principal de la
astronomía de aquel entonces era conocer la influencia que ejercen los planetas
y las estrellas sobre los sucesos que ocurren en la Tierra, la palabra también
llegó a significar «astrólogo» y «mago».
Así, los griegos habían creído en un principio que la
estrella vespertina y la estrella matutina eran dos planetas distintos, a los
que llamaban Hésperos (`Oeste) y Phosphóros (`portador de luz),
respectivamente. Pero Pitágoras, después de visitar Babilonia, arguyó que se
trataba de un mismo planeta, que aparecía a un lado del Sol en ciertas
ocasiones y al otro lado en otras.
Además, los griegos también adoptaron la costumbre
babilónica de dar a los planetas nombres en homenaje a los dioses. A la
estrella vespertina y matutina, los babilonios la llamaban Ishtar, en honor a
su diosa de la belleza y el amor, nombre apropiado para ese planeta que es el
más bello y brillante en el cielo. Cuando los griegos abandonaron los nombres
de Hésperos y Phosphóros, también ellos pusieron al planeta el nombre de su
diosa de la belleza y el amor, Afrodita.
Los romanos la llamaron Venus, y es este nombre el que
perdura en la actualidad.
Venus sólo es visible al atardecer yen la mañana, pero
otro planeta que es casi igualmente brillante puede ser visible durante toda la
noche. Parecía natural ponerle el nombre del dios principal. Los babilonios lo
llamaron Marduk; los griegos, Zeus; y los romanos, Júpiter. Análogamente, un
planeta rojizo, del color de la sangre y que, por ende, recuerda la guerra,
recibió el nombre del dios de la guerra: Nergal para los babilonios, Ares para
los griegos y Marte para los romanos.
En tiempos de Nabucodonosor, los babilonios habían
elaborado un minucioso calendario basado en las fases de la Luna. Cada luna
nueva comenzaba un nuevo mes. Lamentablemente, había 354 días en 12 meses
lunares semejantes, mientras que el ciclo total de las estaciones (el año
solar) era de 365 días. Para mantener los meses a la par de las estaciones,
algunos años debían tener 13 meses. Los babilonios elaboraron un ciclo de 19
años en el que había 12 años con 12 meses y siete años con trece meses,
siguiendo un esquema fijo que mantenía a la par la luna y el sol.
Ese calendario fue adoptado por los griegos, y durante
cinco siglos no se hizo nada mejor, hasta que Julio César dispuso la
elaboración de un calendario que es, en esencia, el nuestro, basado en un
original egipcio.
Los judíos en el exilio
El reinado de Nabucodonosor fue muy importante para los
judíos; en verdad, fue un viraje decisivo en su historia. A primera vista,
podía parecer que el fin de su independencia, de su monarquía, de su capital y
de su templo pondría punto final a la historia judía. Pero sobrevivieron.
Ello fue el resultado, en parte, de la atmósfera
cosmopolita de Babilonia y de su tolerancia religiosa. En el exilio, los judíos
no fueron oprimidos. Por el contrario, pudieron comprar tierras, dedicarse a
los negocios y hasta prosperar. En efecto, cuando algunos de ellos pudieron
retornar a Jerusalén, los que se quedaron eran bastante prósperos como para
brindarles una considerable ayuda:
«Todos los que habitaban en derredor suyo les dieron
objetos de plata y oro, utensilios y cosas preciosas» (Esdras, 1,6).
Además, los judíos conservaron en buena medida su libertad
religiosa. No se hizo ningún esfuerzo para obligarlos a adorar a Marduk.
Sin duda, en el libro bíblico de Daniel hay cuentos sobre
la persecución de Daniel y otros tres judíos (Sidraj, Misaj y Abed-Nego) por
Nabucodonosor, quien los hizo arrojar a hornos llameantes y a las guaridas de
los leones. El Libro de Daniel fue escrito cuatro siglos después del cautiverio
babilónico, en una época en que los judíos eran perseguidos por un rey
grecohablante, Antíoco IV. El Libro de Daniel, al hablar de persecuciones
anteriores, servía al fin de alentar la resistencia de los judíos contra Antíoco.
Fue por el Libro de Daniel por lo que Babilonia llegó a
ser considerada como el símbolo mismo del poder pagano y perseguidor. En siglos
posteriores, su nombre fue usado para aludir a Roma, que era pintada como una
cloaca de vicios (como en el Libro del Apocalipsis, por ejemplo). A causa de
las diversas referencias bíblicas, todavía hoy tendemos a juzgar a Babilonia
como si hubiese sido una ciudad particularmente perversa, lo cual es totalmente
injusto, pues no lo fue más que cualquier otra gran ciudad.
En verdad, los judíos fueron tan bien tratados en
Babilonia que no hay indicio alguno de que hayan creado problemas a las
autoridades. Durante el período del exilio, el principal profeta judío de la
época fue Ezequiel, quien hablaba como un cabal patriota babilonio. Lanzaba
amargas invectivas contra todos los enemigos de Nabucodonosor, predecía la
destrucción de Tiro y Egipto (que no ocurrió), pero nunca predecía el mal para
la misma Babilonia. Hasta de la destrucción de Jerusalén culpaba, no a Nabucodonosor,
sino a las malas costumbres de los mismos judíos.
Ezequiel fue el causante de un hecho muy notable, algo que
no tenía precedentes en la historia y que explica -más aún que la tolerancia
babilónica- el resurgimiento judío. Durante todos los tiempos antiguos, se daba
por sentado que, cuando un pueblo era derrotado, sus dioses lo eran también, y
cuando un pueblo era deportado, perdía su sentido de identidad nacional, moría
como nación y sus dioses morían con él. Es lo que les había ocurrido a los
israelitas deportados por Sargón dos siglos antes.
Pero no ocurrió con los judíos. Habían perdido su tierra y
su templo, pero Ezequiel sostenía firmemente que no había sido porque su dios
fuese débil o hubiese sido derrotado. Solamente estaba disgustado y quería
castigar a los judíos.
Cumplido el castigo, los judíos retornarían; mientras
tanto, lo mejor que podían hacer los judíos era aprender a ser buenos.
Bajo la guía de Ezequiel, algunos sabios judíos exiliados
(los escribas), empezaron a poner por escrito leyendas y testimonios históricos
judíos, y a organizarlos de un modo adecuado al esquema de la historia que
Ezequiel y los otros juzgaban correcto. Así nacieron los primeros libros de la
Biblia en su forma actual.
Los judíos de Babilonia se sintieron atraídos por la
cultura babilónica, por supuesto, como todos los pueblos que entraron en
Mesopotamia después de que los sumerios creasen su cultura. Por ello, no podían
dejar de adoptar algo del saber babilónico.
Sus propios testimonios se remontaban a su entrada en
Canaán, con oscuras leyendas sobre Moisés y, antes que él, sobre los remotos
patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob.
Mas para la época anterior a Abraham, dependían de las
leyendas babilónicas, y los primeros diez libros del Génesis contienen esas
leyendas, aunque eliminados de ellas el politeísmo y la idolatría. El gran
relato de la Creación del primer capítulo del Génesis probablemente es de
inspiración babilónica. El monstruo del caos, Tiamat, se convierte en «Tehom»
(«lo profundo»), sobre el que se cernía el espíritu de Dios.
La lista de los diez patriarcas anteriores al Diluvio, y
el Diluvio mismo, parecen provenir directamente de los antiguos registros
sumerios conservados por los sacerdotes babiloni de tiempos de Nabucodonosor.
La torre de Babel (Génesis, 11,1-9) es una versión del
zigurat, y el cuento de que había sido dejado sin terminar probablemente estaba
inspirado en el estado inconcluso del zigurat dedicado a Marduk en Babilonia
por la época en que los judíos fueron llevados al exilio.
El sueño de Jacob de la escala que se extiende desde la
tierra al cielo (Génesis, 28,12), con ángeles que suben y bajan, tal vez se
haya inspirado también en los zigurats, con sus escaleras externas que se
elevan de un piso al siguiente por las que subían y bajaban las solemnes
procesiones de los sacerdotes.
La historia de Abram (Abraham), el primitivo personaje del
que todos los judíos pretendían, con reverencia, descender, estaba también
vinculada con Babilonia. La historia bíblica dice que Abraham llegó a Canaán
desde Harrán (que muchos siglos más tarde iba a ser el último puesto de
resistencia asiria) y que su familia permaneció allí. Fue a Harrán adonde envió
a buscar una esposa para su hijo Isaac, y donde Jacob halló cuatro esposas.
Esto parece muy razonable, pues Harrán, en los tiempos
patriarcales, era un centro hurrita, y se han hallado muchas semejanzas entre
las costumbres de los patriarcas, tales como las describe la Biblia, y las de
los hurritas.
En la historia que poseemos del Génesis, sin embargo, se
dice que Abram y su familia llegaron a Harrán desde «Ur de los caldeos». Es
posible que esta leyenda refleje una emigración real de Sumeria a Canaán. Pero
también es posible que los escribas que estaban puliendo y editando las
leyendas judías no resistiesen la tentación de hacer remontar los orígenes
judíos a la elevada civilización babilónica y se presentasen como iguales a sus
conquistadores en cuanto a ascendencia y antigüedad.
Ur existía aún en tiempos de Nabucodonosor; era una aldea
en decadencia y casi muerta, pero que había tenido un importante pasado de
grandeza en oscuros y remotos tiempos. Ur quizás haya sido elegida por ese halo
de remota antigüedad que la rodeaba. Es llamada con el anacrónico nombre de «Ur
de los caldeos», pues aunque los caldeos gobernaban allí en la época de
Nabucodonosor, ciertamente no la gobernaban en la época de Abraham, casi quince
siglos antes.
Los judíos hicieron peculiarmente suyas todas estas
leyendas. Tomaron el calendario de los babilonios y lo hicieron suyo, también,
y hasta lo conservaron durante dos mil años después del fin de la civilización
babilónica. Aún hoy, el calendario religioso judío es babilónico hasta en los
nombres de los meses.
Los judíos también adoptaron la semana babilónica de siete
días, pero hicieron del séptimo día, el Sabbath típicamente judío, un día
particularmente dedicado a Dios. La «Ley de Moisés» constituye buena parte de
los primeros libros de la Biblia, e indudablemente debe mucho a la inspiración
de los códigos provenientes de los de Hammurabi y sus predecesores.
En lo sucesivo, ya no hubo peligro alguno de que los
judíos perdiesen su conciencia nacional. Aun sin su tierra y su templo, ahora
tenían la Biblia, su Ley y su Sabbath; se habían distinguido de otros pueblos,
habían obtenido una identidad y asegurado su supervivencia. Aunque no hubiesen
retornado a Jerusalén, habrían conservado su identidad. La prueba de ello es
que la han conservado durante los veinticinco siglos transcurridos desde la
época de Ezequiel, pese a un exilio intensificado, mucho más largo y más duro
que todo lo que les pudo infligir Nabucodonosor. Hay buenas razones, pues, para
que Ezequiel, el profeta que vivió en Babilonia, sea llamado el «padre del
judaísmo».
Y esto no es todo. Una generación después de Ezequiel,
cuando el exilio babilónico estaba llegando a su fin, surgió otro profeta que
fue quizás el más grande de los poetas judíos. Aparte de sus escritos, no
sabemos nada de él, ni siquiera su nombre.
Su obra fue atribuida a un profeta anterior, Isaías, que
vivió en tiempos del asedio de Jerusalén por Senaquerib, dos siglos antes, y ha
sido incluida en el libro bíblico de Isaías en la forma de los capítulos 40 a
55, inclusive. Los comentaristas modernos lo llaman «el Segundo Isaías».
Fue el Segundo Isaías quien, por vez primera, tuvo una
clara visión de Yahvé como un dios que no lo era solamente de los judíos. Lo
consideró como el Dios de todo el Universo.
Con el Segundo Isaías, aparece el verdadero monoteísmo. La
universalidad de Dios fue reconocida por los judíos posteriores, en general,
por nacionalistas que fuesen. Fue esta concepción la que hizo posible que el
judaísmo diera origen a la religión cristiana y a la islámica, hijas de aquél,
que se difundieron por vastas regiones y grandes poblaciones, a las que el
judaísmo nunca llegó.
Y también ese concepto nació en Babilonia.
El anticuario real
Nabucodonosor murió en el 562 a.C., y al desaparecer su
enérgica mano, se abrió nuevamente una época de perturbaciones. Le sucedió su
hijo, Amel-Marduk. Lo conocemos sobre todo por una mención casual en la Biblia
donde su nombre aparece corrompido en la forma «Evilmerodac». La Biblia señala
que, en época de Evilmerodac, el rey exiliado de Judá era tratado con mayor
indulgencia pues a la sazón había estado prisionero durante un cuarto de siglo.
Evilmerodac no fue rey por mucho tiempo. A los dos años,
cayó víctima de una conspiración palaciega, y el marido de su hermana (y, por
tanto, yerno de Nabucodonosor) subió al trono, en el 560 a.C. Era
Nergal-sharusur, más conocido por la forma griega de su nombre Neriglisar.
Neriglisar murió a su vez en el 556 a.C., y su hijo (nieto
de Nabucodonosor) pronto fue derrocado y asesinado. Así llegó a su fin la
dinastía de Nabopolasar, después de setenta años.
De los diversos partidos que rivalizaban por el trono, el
que triunfó colocó en él a Nabu-naid. Nos es más conocido por la forma griega
de su nombre: Nabónido.
Fue una elección desastrosa, pues aunque Nabónido parece
haber sido una persona de calidad humana, como rey era muy deficiente. En
verdad, la realeza casi no le interesaba en sí misma. Era un anticuario, un
estudioso de las reliquias antiguas, y, para él, ser rey significaba solamente
que tenía la oportunidad de explorar el pasado con todos los recursos del
Estado a su disposición.
Excavó antiguas tablillas cuneiformes con celo
entusiasta), las restauró cuidadosamente. Hacía poco por la misma Babilonia,
pero se interesaba por la restauración de los templos en antiquísimas ciudades,
como Ur y Larsa.
Pero tal actividad no agradaba a los poderosos sacerdotes
de Babilonia. Nabucodonosor había aumentado el poder de los sacerdotes de
Marduk hasta el punto de que éstos pensaron que los otros dioses eran de escasa
importancia. Pero Nabónido no era nativo de Babilonia, pues había nacido en
Narran, que por entonces pertenecía a los medos. Era hijo de una sacerdotisa de
Sin, el dios de la Luna, y estaba particularmente interesado en este dios y en
las ciudades de las que era patrón, como Narran y Ur. Los sacerdotes de Marduk
sintieron celos, y esto iba a ser un factor importante en el desastre.
El interés de Nabónido por la erudición originó la
decadencia de las defensas babilónicas, ya que la guerra y la conquista eran
las últimas preocupaciones que tenía el estudioso rey. Puso a su hijo,
Bel-shar-ushur, al frente de la defensa nacional y él se desligó de ese aspecto
del gobierno. Ese hijo es más conocido por la forma bíblica de su nombre,
Baltasar. (El Libro de Daniel, escrito cuatro siglos después de los hechos,
revela poco conocimiento de la historia babilónica. En él, Baltasar aparece como
rey de Babilonia, hijo y sucesor de Nabucodonosor, todo lo cual es inexacto.)
Experimentamos de algún modo la sensación de que Nabónido merecía haber vivido
en paz, pues siempre es agradable hallar un rey que prefiere el saber a la
guerra. De hecho, cuando Nabónido subió al trono, en el 556 a.C., había una
atmósfera particularmente pacífica en todo el mundo occidental. Además de
Babilonia, había tres grandes potencias: Media, Lidia y Egipto. Todas eran
prósperas y pacíficas, casi letárgicas, bajo monarcas amables y bondadosos.
No nos parece justo, pero en una generación los cuatro
reyes fueron aniquilados.
El agente de la destrucción estaba ya listo. Era un hombre
llamado Kurush, que conocemos mejor por la forma griega de su nombre: Ciro.
6. Los persas
El amable conquistador
Como Ciro fue el fundador de un gran imperio, su vida fue
dramatizada por los posteriores creadores de leyendas, de la misma forma que
había ocurrido con Sargón de Agadé unos diecisiete siglos antes.
Se suponía que Ciro había sido hijo de una hija de
Astiages, rey de Media. Un oráculo dijo a Astiages que su nieto estaba
destinado a ser causa de su muerte, de modo que lo hizo abandonar en las
montañas para que muriera. Pero lo encontró una perra que lo cuidó, hasta que
un pastor halló al niño y se lo llevó consigo. Naturalmente, cuando Ciro se
hizo adulto, se cumplió el oráculo y fue causa de la muerte de su abuelo.
Podemos dejar de lado todo esto. Hay tantas leyendas de
este género, y todas tan similares, que se les puede atribuir muy escaso valor.
Por lo común, su finalidad es convencer al pueblo de que un rey usurpador es
realmente un miembro de la vieja familia real, al menos por el lado materno.
En realidad, Ciro empezó como jefe del principado de
Anshan, tierra adyacente a la frontera meridional de lo que había sido antaño
Elam. Llevó el título de Ciro II de Anshan y hacía remontar su rango a un
antepasado llamado Hakhamani que quizás haya gobernado siglo y medio antes que
él. Los griegos convirtieron este nombre en Aquemenes, por lo que sus
descendientes, incluido Ciro, eran llamados los aqueménidas.
En tiempos de Ciaxares, las tribus de Anshan fueron
absorbidas en el Imperio medo, aunque conservaron una considerable autonomía
bajo sus propios caciques. La región más vasta de la que Anshan formaba parte
se extendía por las costas septentrionales del golfo Pérsico y era llamada Fars
por los nativos. Nosotros la conocemos por la forma griega del nombre:
Persis, que en castellano ha dado «Persia», y las tribus
iranias que habitaban Fars nos son conocidas como persas; por ello, la masa de
agua del sur es llamada el golfo Pérsico.
Es importante recordar que los medos y los persas eran
miembros del grupo iranio de tribus. Su lengua era la misma, al igual que sus
costumbres y su cultura. Cuando Persia luchó contra Media, sólo se trató de una
guerra civil, y si un persa reemplazaba a un medo en el trono, en realidad sólo
era el establecimiento de una nueva dinastía.
En el 559 a.C., Ciro declaró a Anshan independiente de
Media. Astiages, que había reinado en paz durante un cuarto de siglo, era
renuente a moverse, y por último lo hizo ineficazmente. Una expedición sin
entusiasmo enviada a Persia fue fácilmente derrotada por Ciro, quien luego
construyó la ciudad de Pasargadas -«la fortaleza de Persia»- en el lugar de la
victoria. Esta ciudad, bien en el interior de Persia, a unos 200 kilómetros del
golfo Pérsico, fue su nueva capital.
Nabónido de Caldea se alegró mucho de estos hechos.
Aunque Caldea y Media habían vivido en paz desde la caída
de Asiria, Media era una gran vecina que limitaba con Caldea por el Norte y el
Este, y representaba un enemigo potencial para el futuro. Nabónido estimuló a
Ciro, pensando que, de este modo, contribuía a provocar una larga e indecisa
guerra civil que desangraría a Media y la debilitaría. Hasta aprovechó la
ocasión para obtener un pequeño beneficio personal.
En el 553 a.C., se apoderó de Harrán, su ciudad natal e
importante sede del culto de Sin, arrancándosela al preocupado Astiages.
Pero los cálculos de Nabónido eran equivocados. La guerra
civil no fue sangrienta ni terriblemente larga. Ciro obtuvo gradualmente la
adhesión de las otras tribus persas y fue conquistando poco a poco el Imperio
por la diplomacia, más que por la guerra. Finalmente, en el 550 a.C., marchó
sobre la capital meda, Ecbatana, situada a unos 500 kilómetros al norte de
Anshan. Astiages fue fácilmente derrotado, y Ciro trasladó su capital a
Ecbatana. Se convirtió en el gobernante indiscutido de Media, que en adelante
fue conocida como el Imperio Persa.
Así cayó Media, la primera de las cuatro grandes potencias
que se dividían el Oeste civilizado cuando Nabónido subió al trono. Debió de
quedarse estupefacto ante la completa y casi incruenta victoria de Ciro. Pero
quizá se consoló con la idea de que Ciro había saciado sus ambiciones y que, en
el trono medo, no sería más ávido de nuevas conquistas de lo que habían sido
los reyes medos. Parece haber actuado de acuerdo con esta teoría, pues en los
años posteriores a la caída de Media, Nabónido se dedicó a una misteriosa tarea
en las regiones desérticas del sudoeste de Caldea. Quizá fue una expedición de
anticuario.
Pero si Nabónido contó con el pacifismo de Ciro, sus
cálculos eran equivocados.
Luego le tocó el turno a Lidia, gobernada a la sazón por
Creso, cuya riqueza hizo de él un personaje legendario. Creso, en verdad, le
hizo el juego a Ciro al declarar la guerra a Persia. Según la tradición, Creso
se sintió animado a hacerlo por un oráculo según el cual si lanzaba su ataque,
caería un gran imperio. Y así fue: el suyo propio. En el 547 a.C. toda Asia
Menor era persa, y Ciro gobernó sobre el mayor imperio (en superficie) que se
habla conocido hasta entonces en el Occidente.
Después del ataque a Lidia, Nabónido se percató de que sus
cálculos eran errados. Trató de unirse con Egipto para ayudar a Lidia, pero
esta ayuda fue ineficaz. En verdad, fue peor que inútil, pues brindó a Ciro la
excusa para volverse contra Caldea.
En el 539 a.C., se produjo el fin. Nabónido, incapaz de
llevar una guerra activa, dejó la defensa de la ciudad a su hijo Baltasar, pero
no hubo ninguna defensa digna de mención.
Ciro era un maestro de la guerra psicológica e hizo
acuerdos con los sacerdotes de Marduk, cuyo descontento con Nabónido los llevó
fácilmente a la traición.
Así, Ciro dispuso de una poderosa quinta columna dentro de
la ciudad, que se rindió prácticamente sin descargar un golpe. El libro bíblico
de Daniel dice que Baltasar estaba disfrutando de un banquete cuando los persas
se preparaban para atacar a la ciudad, pero este cuento no hace justicia al
pobre general. Condujo sus ejércitos lo mejor que pudo y murió combatiendo en
algún lugar fuera de la ciudad. Nabónido fue exiliado al Este, lejos, y el
Imperio Caldeo llegó a su fin sólo ochenta años después de haber sido fundado.
Ciro mantuvo su parte del acuerdo. Tan pronto como entró
en Babilonia, restauró a los sarcedotes de Marduk al rango que ellos juzgaban
apropiado. Más aún, él mismo asumió deliberadamente las funciones sacerdotales
propias de un rey babilonio y se presentó como humilde servidor de Marduk.
El resultado de esto fue que los sacerdotes ensalzaron
profusamente a Ciro y mantuvieron la ciudad apartada de toda rebelión después
de marcharse él.
Ciro fue un conquistador que comprendió las virtudes de la
bondad, en oposición al terror. Al tratar a los conquistados amablemente y con
toda consideración, se los ganaba y podía sentarse con mayor seguridad en un
trono menos sangriento; así pudo gobernar un territorio más vasto que el de
cualquier conquistador anterior. Es sorprendente que se necesitase tanto tiempo
para que alguien osara hacer el experimento, y más sorprendente aún que tan
pocos conquistadores hayan aprendido esta lección en apariencia tan sencilla.
El nuevo conquistador se ganó fama inmortal por otro
sencillo acto de bondad. Permitió a los exiliados en Babilonia retornar a sus
tierras natales. Entre ellos estaban los judíos, parte de los cuales retornaron
inmediatamente a Jerusalén. El Segundo Isaías puso a Ciro por los cielos a
causa de esto, y el deleite bíblico por el gentil conquistador ha creado una
opinión favorable a él en la mente de cientos de millones de personas desde
entonces, personas que de otro modo jamás habrían oído hablar de Ciro. (¿Podía
él de algún modo haber previsto que éste sería el resultado de su acción?) Sólo
una pequeña parte de los judíos babilonios volvieron a Jerusalén. La mayoría
permaneció en una ciudad y una región que, en ese momento, ellos consideraban
como su hogar y en donde se sentían bien. Y durante los quince siglos
siguientes la colonia judía de Mesopotamia fue un importante centro del saber
judaico.
La conquista persa de Babilonia marcó un hito importante
en la historia mesopotámica. Después de casi dos mil años de dominación de
diversos pueblos de lenguas semíticas, la tierra fue gobernada por un pueblo
que hablaba una lengua indoeuropea. Ello hizo que fuera mucho más difícil
absorber a los nuevos amos, que tenían una cultura y un origen muy diferentes
de los de los pueblos mesopotámicos.
Sin duda, los persas sintieron atracción por la antigua
civilización mesopotámica. Adoptaron la escritura cuneiforme y se mostraron
favorables a la religión de Marduk. Pero no aceptaron el acadio y su complicado
conjunto de símbolos cuneiformes. En cambio estimularon la segunda lengua de la
región, el arameo. Era también una lengua semítica, pero tenía una base
alfabética. Bajo la dominación persa, el arameo se convirtió en la lengua
principal de Mesopotamia, y el acadio quedó limitado a la liturgia religiosa. Y
aun en ésta se esfumó; la última inscripción acadia que tenemos data de
aproximadamente el 270 a. C., dos siglos y medio posterior a la conquista
persa. Luego, esa lengua se extinguió, dos mil años después de que Sargón de
Agadé la impusiera sobre el sume rio.
Luego, los reyes persas también instalaron sus capitales
fuera de Mesopotamia, de modo que por primera vez en la historia el pueblo de
la región tuvo un amo que residía en el exterior. Esto hizo que los reyes
persas experimentasen la influencia mesopotámica desde cierta distancia, y
nunca se asimilaron enteramente a esa antigua cultura. En verdad, los
gobernantes persas cayeron cada vez más bajo la influencia de un nuevo modo de
pensamiento que tuvo resultados desastrosos para Mesopotamia.
La guerra de la luz y las tinieblas
El Imperio Persa siguió expandiéndose después de la
conquista de Caldea. El mismo Ciro desapareció en el Este, mientras extendía la
influencia persa por las profundidades del Asia Central, adonde ningún asirio
se había aventurado. Allí murió en una batalla, en el 530 a.C. Cuando murió, la
única de las cuatro grandes potencias que habían existido un cuarto de siglo
antes que todavía conservaba su independencia era Egipto. Por sus conquistas y
por el tratamiento ilustrado que dio a los conquistados, a veces se llama a
Ciro con el apodo de «Ciro el Grande».
Su hijo mayor era Kanbujiya, que conocemos en la forma
griega de su nombre como Cambises. Babilonia conocía bien a este hijo. En el
538 a.C., había sido él quien realizó los deberes rituales de un rey babilonio
en el festival de año nuevo, mientras su padre se hallaba en el exterior con el
ejército. Más tarde, en el 530 a.C., cuando Ciro marchó en su última campaña,
Cambises fue nombrado regente y estableció su capital en Babilonia.
Subió al trono sin perturbaciones y su relativamente corto
reinado se señaló por la compleción de la conquista persa de los reinos
orientales. En el 525 a.C., marchó sobre Egipto, que cayó sin ofrecer mucha
resistencia, y entonces la única gran potencia que quedaba era Persia. El nuevo
imperio abarcaba un ámbito de una superficie enorme, aun juzgado por patrones
modernos, y no había fuera de sus límites ninguna potencia que pudiese
amenazarlo. ¿Significa esto que no iba a conocer disturbios? En absoluto. Aunque
una potencia sea demasiado fuerte para ser perturbada desde fuera, siempre
puede serlo desde dentro. Si no puede hallar problemas en el curso natural de
los sucesos, en otras palabras, se los inventa.
En el caso de Persia, ocurrió del siguiente modo, si
atendemos a la historia oficial que se publicó posteriormente.
Cuando Cambises se marchó a Egipto, deseaba que no hubiese
ningún príncipe de la casa real alrededor del cual pudiera reunirse un grupo
disidente. Tal grupo habría podido difundir un falso rumor de que había muerto
en Egipto y hacerse con el poder. El resultado podía ser una guerra civil que
acarrease la muerte y la miseria a muchos miles de personas.
Por ello, Cambises hizo ejecutar a su hermano, Bardiya.
Esto nos parece un crimen terrible, pero, según las normas de la época, pudo
haberse considerado como una acción necesaria para un estadista. Herodoto llama
a ese hermano Smerdis, y éste es el nombre por el que mejor lo conocemos.
Pero en la ausencia de los medios modernos de
comunicación, la gente no puede conocer la apariencia de un príncipe muerto o
siquiera saber que realmente está muerto. Si de pronto alguien pretende ser el
principe aludido, muchos quizá lo sigan. Los nobles, que podrían saber que el pretendiente
no es realmente el príncipe, pueden aprovechar la oportunidad para usarlo como
un instrumento con el cual combatir al rey legítimo y obtener nuevos
privilegios cuando el pretendiente suba al trono.
Mientras Cambises estaba en Egipto, un sacerdote medo
llamado Gaumata pretendió ser Smerdis y, en el 522 a.C., fue proclamado rey por
algunos de los nobles. Es conocido en la historia como el «Falso Smerdis».
(Dicho sea de paso, los sacerdotes de las tribus iranias eran llamados magi.
Puesto que generalmente la gente común piensa que los
sacerdotes tienen poderes ocultos, «magi» como «caldeo», llegó a significar
hechicero o mago. En verdad, nuestras voces «mago» y «mágico» derivan de magi.)
Probablemente, detrás de estos sucesos haya habido algo más que el mero intento
de un sacerdote y de algunos de sus seguidores de apoderarse del trono. Tal vez
estuviesen involucrados motivos nacionalistas y hasta religiosos, pero éstos no
aparecen en las fuentes de información que tenemos.
Por ejemplo, Gaumata era un medo, y es muy posible que
detrás de la intriga estuviesen los nobles medos que habían sido todopoderosos
antes del advenimiento de Ciro y que habían sido suplantados desde entonces por
familias persas.
Bien pueden haber luchado para intentar recuperar su
posición anterior.
Cuando le llegaron las noticias, Cambises estaba
retornando de Egipto. Hizo saber que el verdadero Smerdis estaba muerto, pero
él mismo murió antes de que pudiera hacer algo más. La causa de su muerte no
está clara, y es al menos posible que hubiese algún juego sucio.
Con Cambises estaba un joven llamado Darayavaush, más
conocido por nosotros en la forma griega de su nombre, Darío. Era primo tercero
de Cambises y miembro de una rama menor de la familia aqueménida.
A la muerte de Cambises se puso al frente del partido
persa y se abalanzó sobre Media. Allí, en un ataque fulminante y sumamente
osado, logró apoderarse del falso Smerdis y lo mató inmediatamente. Luego se
proclamó rey y, después de los siete meses de incertidumbre con respecto a la
sucesión, todo terminó.
Fue Darío, pues, quien elaboró la historia oficial de cómo
llegó a ser rey, y Herodoto aceptó y transmitió esta historia oficial. Pero
¿hay alguna verdad en ella? Puede que sí, desde luego, y Darío quizá relató
todo tal como había ocurrido. Por otro lado, también puede ser uno de esos
casos en los que una gran mentira se ha filtrado en la historia. ¿Podría ser
que el mismo Darío hubiese dispuesto el asesinato de Cambises? ¿Podría ser que,
cuando el hermano menor de Cambises (su hermano menor real, aún vivo) tratase
de adueñarse del trono, Darío lo hiciese matar y difundiera la noticia de que
se trataba de un «falso Smerdis»? Y si fue así, ¿cuál sería el motivo que lo
llevó a hacer todo eso? ¿Simple ansia de poder? ¿O había algo más? ¿Era una
cuestión religiosa?
Al parecer, en algún momento comprendido entre el 600 y el
550 a.C. en tiempos del Imperio Medo, vivió un reformador religioso en la
región situada al sur del mar de Aral, del otro lado de la frontera noreste de
ese imperio. (Según una leyenda posterior, era un medo que había huido
atravesando los límites del Imperio para escapar a la persecución. Pero también
puede haber sido un nativo de esa remota región.) Su nombre era Zaratustra,
aunque también es conocido por la forma griega de su nombre, Zoroastro. La
doctrina de Zoroastro se acercaba al monoteísmo más que cualquier otra religión
de la época, excepto el judaísmo. Zoroastro proclamó a Ahura Mazda como gran
dios del Universo, el dios de la luz y el bien.
Para explicar la existencia del mal, Zoroastro suponía la
existencia de otro ente, Ahrimán, que representaba las tinieblas y el mal.
Ambos, Ahura Mazda y Ahrimán, tenían un poder aproximadamente igual, y el
Universo estaba desgarrado por la guerra entre ellos. Todos los hombres se
alinean en esta lucha de un lado o del otro. Los que se adhieren a elevados
principios éticos se colocan del lado de Ahura Mazda, quien, desde luego, habrá
de ganar.
Esta doctrina de una guerra entre el bien y el mal tuvo la
gran virtud de explicar la existencia del mal en el mundo y por qué a veces los
hombres buenos sufren y pueblos enteros son arrojados a la miseria pese ala
existencia de un Dios bondadoso y misericordioso.
Después de la muerte de Zoroastro, sus enseñanzas se
difundieron gradualmente por todo el Imperio Persa. Ejerció fuerte influencia
sobre el judaísmo. Sólo después de conocer el pensamiento de Zoroastro
comenzaron los judíos a elaborar la doctrina de Satán como eterno adversario de
Dios.
Pero, claro está, los judíos nunca aceptaron la idea de
que Satán podía ser igual a Dios, o siquiera casi igual, como Ahrimán había
sido el igual o casi el igual de Ahura Mazda.
Todo el sistema de ángeles y demonios que entró
gradualmente en la teología judía después del retorno del exilio babilónico
probablemente derivó también del zoroastrismo. Los zoroastrianos desarrollaron
elaboradas teorías sobre la vida después de la muerte, que el judaísmo también
adoptó. Antes, los judíos sólo hablaban de una oscura existencia en el Seol,
que era muy similar al Hades griego.
El zoroastrismo no pudo difundirse sin resistencias, y en
las primeras décadas del Imperio Persa debió de haber muchas fricciones
internas entre quienes aceptaban y quienes rechazaban las enseñanzas de
Zoroastro.
El zoroastrismo, como el judaísmo, era una religión
intolerante. No sólo predicaba lo que juzgaba la verdad, sino que afirmaba
tajantemente que las otras religiones estaban equivocadas. Como los judíos, los
zoroastrianos consideraban que quienes adoraban a otros dioses realmente
adoraban demonios, y que éste era el pecado mortal de la idolatría.
Cabe sospechar que Ciro y Cambises no eran zoroastrianos,
pues consintieron en adorar a Marduk en su papel de reyes babilonios. Pero
Darío era, con toda certeza, un zoroastriano, pues en sus inscripciones apela
devotamente a Ahura Mazda. ¿Podría ser que Darío, en una sagrada pasión por el
zoroastrismo, intrigase y matase para obtener el poder supremo con el fin de
imponer su religión?
Puede ser, pero es dudoso que alguna vez se pueda probar o
refutar esta teoría.
Sea como fuere, el ascenso de Darío al trono debió de caer
como un rayo sobre Babilonia. Ciro y Cambises habían tratado bien a los
babilonios y se habían inclinado ante Marduk. Y podían estar seguros de que
Darío no haría lo mismo.
Tal vez pensaron que el nuevo monarca haría lo posible
para suprimir su religión. Buscaron desesperadamente a alguien que los
condujese a la rebelión y, por supuesto, hallaron un líder.
Un hombre de imponente apariencia y fácil elocuencia se
proclamó hijo de Nabónido y se hizo llamar Nabucodonosor III. Los hombres
acudieron a él y en poquísimo tiempo tuvo un ejército a su disposición. Levantó
defensas a lo largo del Tigris y se dispuso a impedir el cruce del río cuando
Darío llegase del Este.
Darío optó por no arriesgarse a librar una batalla en
regla.
En cambio, dicho en términos modernos, se infiltró en el
frente, enviando a sus hombres a través del río en pequeños contingentes y en
puntos muy alejados unos de otros. Luego los reunió rápidamente en la
retaguardia del usurpador, lo derrotó y marchó sobre Babilonia en persecución
de los restos del ejército rival. En el 519 a.C., tomó Babilonia, justamente
veinte años después de que la tomase Ciro. La trató más severamente que éste, y
Babilonia se sometió hoscamente ante la fuerza superior.
En relación con el saqueo de Babilonia por Darío, Herodoto
relata una historia que ha servido siempre como modelo de un increíble
patriotismo. Según el historiador griego, Babilonia resistió con tal vigor que
los persas desesperaron de tomarla. Por ello, un noble persa, Zopiro, concibió
el plan de hacerse cortar las orejas y la nariz y hacerse azotar hasta quedar
hecho una piltrafa ensangrentada. Luego se presentó ante los babilonios como un
prófugo de la crueldad de Darío. La vista de sus heridas y mutilaciones no
hicieron dudar a los babilonios, quienes lo recibieron regocijados de la
victoria propagandística que les ofrecía Zopiro.
Después de permanecer entre ellos el tiempo suficiente
para ganarse enteramente su confianza, Zopiro abrió las puertas de Babilonia al
ejército persa.
Pero no podemos aceptar la veracidad de este relato. Es
uno de esos adornos que dan dramatismo a la historia, pero son falsos. Parece
cierto que Babilonia no estaba en condiciones de resistir a Darío con tal
resolución que hiciese necesaria la treta de Zopiro.
El organizador
Darío era un hombre capaz, y, pese a los métodos quizá
dudosos por los que llegó al trono, fue el mejor gobernante que iba a tener
nunca el Imperio Persa. Más aún, tenía la valiosa capacidad de aprender a
moderarse. Nunca permitió que su entusiasmo por el zoroastrismo obnubilase su
juicio sobre lo que era con v eniente. Una vez derrotada Babilonia, evitó
llevarla a la desesperación y concedió a los babilonios el derecho de adorar a
sus viejos dioses. Lo mismo hizo con los egipcios, quienes lo consideraron, por
eso, como un rey grande y bondadoso.
Hasta ayudó a los judíos. Este pueblo había tratado
durante más de veinte años de reconstruir el Templo de Jerusalén, contra la
oposición de la población local. Los gobernadores persas de la región fueron
convencidos por los sectores antijudíos de que debían impedir tal construcción.
Una orden de Darío modificó esa situación, y en el 516 a.C. el Templo fue
reconstruido y consagrado nuevamente.
Además, como Ciro y Cambises habían sido conquistadores, a
Darío le quedaba poco por hacer a este respecto, pues más allá de las fronteras
persas quedaba poca cosa digna de ser conquistada. Hasta puede que Darío
careciese de mucho ánimo para emprender aventuras extranjeras. Intentó algunas,
con todo, y extendió el territorio persa hacia el sudeste, hasta los límites
con la península de la India.
También envió un ejército a Europa (el primer ejército
asiático civilizado que apareció en este continente) y se anexionó algunos
territorios situados al norte de Grecia. A los historiadores griegos
posteriores, esto debe de haberles parecido mucho más importante que a los
mismos persas. En cuanto a las pequeñas pero pendencieras ciudades-Estado
griegas, Darío las ignoró casi hasta el final de su reinado. No parecían
merecer la pena de ser conquistadas.
Darío dedicó su tiempo principalmente a consolidar 1
conquistas de sus predecesores y hacer del Imperio un mecanismo eficiente.
Organizó la administración del extendido Imperio, creando regiones gobernadas
separadamente, o «satrapías», por virreyes o «sátrapas», cada una de las cuales
constituía una unidad lógica.
Hizo construir excelentes caminos para que hicieran las
veces de un sistema nervioso del Imperio, y a lo largo de ellos creó un sistema
de correos a caballo (una especie de «poney expreso») que eran los impulsos
nerviosos. Fue la eficiencia de este sistema de jinetes lo que mantuvo unido el
Imperio en una época en que no había ferrocarriles ni telégrafos. Medio siglo
después de la muerte de Darío, Herodoto admiraba a estos infatigables correos
con palabras que han atravesado los siglos y ahora sirven como lema de la
Administración de Correos de los Estados Unidos:
«Ni la nieve, ni la lluvia, ni el calor ni las tinieblas
de la noche impiden a estos correos hacer los recorridos que tienen asignados».
Darío también reorganizó las finanzas, estimuló el
comercio, puso en orden el sistema de impuestos, acuñó moneda y estandarizó los
pesos y medidas. En suma realizó pocas acciones espectaculares, de esas que dan
gran fama, como marchas militares, asedios y conquistas, y muchas de esas
acciones monótonas y poco románticas, que dan prosperidad y felicidad a un
país.
Raramente Asia Occidental, incluyendo Mesopotamia, fue
gobernada tan eficiente y suavemente como en los años comprendidos entre el 521
a.C. y el 486 a.C., o sea, el período de poco más de cuarenta años en el cual
gobernó Darío.
Al comienzo de su reinado, Darío estableció su capital de
invierno en Susa, la antigua capital de Elam (aunque aún pasaba los veranos en
la región más fresca de Ecbatana). La elección de Susa era muy juiciosa. No
formaba parte de Media ni de Persia propiamente dichas, de modo que ninguno de
los dos principales grupos gobernantes podía resentirse. También estaba casi en
el punto medio del triángulo formado por las ciudades de Ecbatana, Pasargadas y
Babilonia, que eran respectivamente los corazones de Media, Persia y
Mesopotamia, de modo que la capital tenía una ubicación central. Con el
establecimiento de la capital de Darío en Susa, la región -que antaño había
sido Elamse hizo completamente persa y fue llamada en lo sucesivo «Susiana».
Pero Darío no olvidó completamente que era un persa.
Comenzó a trabajar en la construcción de una nueva y magnífica capital para la
patria persa, a unos 50 kilómetros al sur de Pasargadas. La llamó Parsa, pero
es más conocida por el nombre griego de Persépolis, o «ciudad de los persas».
En el aspecto práctico, Persépolis fue un fracaso, pues
nunca llegó a ser una verdadera ciudad, sino que fue solamente una residencia
real, o, más exactamente, un mausoleo real. Contenía magníficos palacios, aún
hoy impresionantes en sus ruinas.
Mientras que Ciro y, tal vez, Cambises fueron enterrados
en Pas argadas, Darío I y sus sucesores lo fueron en Persépolis.
Pero, a largo plazo, la obra más importante de Darío fue
solamente una inscripción de propaganda que hizo grabar sobre un peñasco
cercano a la actual aldea de Behistún. Se halla a unos 120 kilómetros al
sudoeste de Ecbatana, en el camino principal entre la vieja capital meda y la
aún más vieja Babilonia.
La inscripción fue colocada deliberadamente en un lugar
muy elevado, casi inaccesible, donde los grabadores deben de haber hecho su
trabajo con un gran riesgo personal. (La razón de esto fue, indudablemente, la
determinación de Darío de no permitir que la inscripción fuese borrada o
alterada por sucesores que no le tuviesen simpatía. Los gobernantes a menudo
reescriben la historia pasada de esta manera, pero Darío no iba a permitir que
ocurriera en su caso.) Los hombres vieron la inscripción desde lejos en los
siglos siguientes, y un viajero griego, Diodoro Sículo, informó de su
existencia cinco siglos después de ser grabada. La atribuyó a la legendaria
reina Semíramis, pues los griegos le atribuían toda construcción antigua y
monumental. Diodoro consideró que la gran figura humana que se ve sobre la
superficie rocosa -que representaba a Darío, claro está- era Semíramis, pese a
que tenía una abundante barba.
En tiempos modernos, la inscripción adquirió un nuevo
sentido y resultó ser una fuente inapreciable para la historia de Asia
Occidental. Ella relata cómo Darío mató al falso Smerdis y subió al trono. Es
nuestra fuente para esta historia e indudablemente la relata al gusto de Darío.
La misma historia era relatada en tres lenguas diferentes, para que pudieran
conocer la versión oficial de ella el mayor número posible de súbditos de
Darío, que hablaban diversas lenguas. Esas tres lenguas eran el persa antiguo,
el elamita y el acadio.
En 1833, la inscripción atrajo la atención de un oficial
del ejército inglés, Henry Creswicke Rawlinson, que se hallaba destinado en
Persia. Gracias a la inscripción de Darío y su involuntaria donación al mundo
del futuro de una especie de diccionario, fue posible leer los restos de la
biblioteca de Asurbanipal. De lo contrario, esa biblioteca no sería más que una
colección de ladrillos cubiertos de trazos ininteligibles.
Más tarde, con la ayuda del acadio, también pudo
descifrarse el sumerio.
El fin de Marduk
Darío murió en el 486 a.C. y, en algunos aspectos, la
grandeza de Persia también comenzó a decaer. Fue sucedido por uno de sus hijos,
Khshyarsha, a quien conocemos mucho mejor como Jerjes I, forma griega de su
nombre.
Jerjes era hijo de Darío y Atosa, hija de Ciro el Grande.
Darío se casó con ella después de subir al trono, aparentemente para reforzar
su posición y disimular su carácter de usurpador. Había tenido hijos de
matrimonios anteriores, pero Jerjes era nieto de Ciro, y esto lo destinaba
lógicamente al trono.
Pero hubiese sido mejor que se usase otro tipo de lógica,
pues Jerjes era muy inferior a su padre como gobernante.
Claro que comenzó su reinado con tropiezos. Hacia el final
de la vida de Darío, en el 499 a.C., algunas ciudades griegas de la costa egea
de Asia Menor se habían rebelado, y la ciudad de Atenas, que estaba en la
Grecia continental, las había ayudado. Darío aplastó la revuelta y luego envió
una fuerza expedicionaria a Grecia para castigar a Atenas. Sorprendentemente,
esa fuerza expedicionaria fue derrotada en el 490 a.C.*, y mientras preparaba
una expedición de mayor envergadura, Darío murió. Jerjes heredó la tarea de
vengar el «honor» persa.
* Esa fue la famosa batalla de Maratón. Detalles sobre
ella y otros aspectos de la historia griega podrán encontrarse en mi libro Los
griegos, Alianza Editorial, Madrid, 2000 (1981).
Jerjes no pudo hacerlo inmediatamente porque había
estallado una rebelión en Egipto. Era una tentación común para un pueblo
sometido rebelarse al final de un reinado, y Egipto sucumbió a ella.
Probablemente fue estimulado también por agentes atenienses, quienes estaban
terriblemente anhelantes de enredar al Imperio Persa en querellas civiles antes
de que descargase toda su fuerza sobre Grecia. La rebelión fue también
resultado de las creencias religiosas de Jerjes. Era mucho más zoroastriano que
su padre, por lo que los sacerdotes egipcios podían prever que tendrían
problemas.
La revuelta, desde luego, sólo confirmó a Jerjes en su
disgusto por aquellos de sus súbditos que tenían otras religiones.
Así, dejó de lado todo lo demás, incluso la expedición a
Grecia, y se enfrentó primero a los egipcios. (Esto fue exactamente lo que
deseaban los atenienses y según todas las probabilidades, lo que sal v ó a
Grecia.) La revuelta egipcia fue sofocada, aunque al cabo de tres años, y
Jerjes se volvió luego contra otros no zoroastrianos del Imperio. El libro
bíblico de Ester trata de sucesos que presuntamente tuvieron lugar durante su
reinado. (Jerjes es llamado Asuero en este libro.) Allí se dice que se estuvo a
punto de aplicar severas medidas antijudías, que fueron evitadas gracias a la
influencia de la reina judía Ester. Pero este libro es, casi con seguridad, una
novela escrita tres siglos después de la época de Jerjes y no puede ser
considerado literalmente verdadero.
Lo históricamente cierto es que Jerjes descargó su furia
sobre los babilonios, donde los líderes nacionalistas no pudieron evitar la
tentación de rebelarse, a imitación de Egipto.
En el 484 a.C., los ejércitos de Jerjes se abrieron camino
hacia Babilonia, y allí el monarca destruyó deliberadamente la vida religiosa
de la ciudad. Jerjes ordenó quitar la estatua de oro de Marduk, que Ciro y
Cambises habían venerado prudentemente. Un sacerdote que trató de detener a los
soldados que estaban desmontando el templo y ponían sus impías manos sobre la
estatua fue muerto fríamente por hombres que carecían de todo sentimiento de
temor o reverencia por el gran dios.
Lo que ocurrió entonces fue mucho peor que lo sucedido dos
siglos antes, cuando Senaquerib el asirio había hecho quitar la estatua de
Marduk, aunque Senaquerib destruyó totalmente Babilonia y Jerjes no lo hizo.
Senaquerib al menos había sido un creyente. Castigó a Babilonia, pero
reverenciaba a los viejos dioses de Mesopotamia. Había esperanzas, pues, de que
otro rey restaurase por piedad la ciudad, y de hecho lo hizo el mismo hijo de
Senaquerib, Asarhaddón.
Pero ahora a Marduk se lo llevaron, con falta total de
respeto, hombres de costumbres diferentes y dioses totalmente diferentes. Fue
como si los babilonios adquiriesen conciencia de que había atravesado
definitivamente cierta línea divisoria, que Marduk nunca sería restaurado y los
viejos dioses finalmente morirían. Desapareció el espíritu de la vieja cultura
que provenía de los antiguos sumerios, muertos ya hacía largo tiempo, y empezó
la decadencia final.
Quizá los sacerdotes experimentaron un torvo placer con lo
que le ocurrió luego a Jerjes. En el 480 a.C., llevó a Grecia una gran
expedición, tan grande como para abrumar a los griegos por sus meras
dimensiones. Sin embargo, inexplicablemente, fracasó, y Jerjes se vio obligado
a volver con una vergonzosa frustración.
Se retiró a su harén, en una tenaz reclusión, y perdía el
tiempo en proyectos inútiles, como los de ampliar y hacer más magníficos los
palacios de Persépolis. Finalmente, fue asesinado en el 465 a.C., como
resultado de una intriga palaciega.
Pero eso no restauró Babilonia. La ciudad y su pueblo
permanecieron paralizados por la apatía, como meros espectadores de los grandes
sucesos que iban a desencadenarse a su alrededor.
Así, cuando Egipto se rebeló nuevamente al morir Jerjes y
mantuvo una desesperada resistencia de seis anos contra el nuevo monarca persa,
Artajerjes I, Babilonia no se movió.
El centro de interés del mundo civilizado parecía, en
efecto, haberse mudado de las antiguas culturas fluviales del Tigris y el
Éufrates ala del Nilo y a las belicosas ciudades griegas.
Estas recién llegadas al escenario de la civilización
estaban creciendo rápidamente. El éxito completamente inesperado de los griegos
contra la torpe expedición de Jerjes parecía haberlas llenado de una energía
casi sobrehumana y de una autoconfianza casi divina. Su ciencia estaba dejando
atrás al venerable saber de los antiguos. Sus incansables viajeros y
comerciantes estaban en todas partes, husmeando con curiosidad en las
polvorientas costumbres antiguas. Sus soldados combatían como mercenarios a todo
lo largo del borde del Imperio Persa, y ningún griego parecía capaz de resistir
su pesado armamento y su arrollador élan.
Durante medio siglo después del fracaso de la expedición
de Jerjes contra los griegos, éstos y sus barcos estuvieron hostigando la línea
costera persa, estimulando a los rebeldes egipcios y, en general, poniendo
obstáculos al gigantesco imperio. Persia aparecía ante todo el mundo como un
gigante poco digno que trataba de ahuyentar a la nube de mosquitos griegos que
lo picaban ya en un lado, ya en otro.
La batalla de los hermanos
Persia comprendió que los griegos podían ser fastidiosos,
pero nunca perjudicarían seriamente a Persia mientras permaneciesen divididos y
luchando continuamente unos con tra otros. Persia, pues, aprendió a mantener
vivas esas luchas y destinó grandes cantidades de dinero a tal fin.
Por la época en que murió Artajerjes I, en el 424 a.C.,
Persia tuvo la satisfacción de ver a las ciudades griegas alinearse para llevar
a cabo una especie de guerra mundial en miniatura.
Todo el mundo griego se adhirió a una de las dos grandes
ciudades, Atenas y Esparta, que trabaron un combate a muerte.
El nuevo monarca persa, Darío II, hizo lo que pudo para
avivar la contienda. De las dos ciudades griegas Esparta parecía la menos
ambiciosa y la que más probablemente limitaría sus actividades a la misma
Grecia. Por ello, Persia arrojó cada vez más su peso del lado espartano. En el
año de la muerte de Darío II, el 404 a.C., la política persa triunfó y Esparta
aplastó a Atenas.
Esto parecía ventajoso para Persia, pero no lo fue
totalmente, pues esta victoria desencadenó una querella dinástica que iba a
tener fatales consecuencias para Persia. Esto ocurrió del siguiente modo.
Darío II dejó dos hijos. El mayor le sucedió en el trono
con el nombre de Artajerjes II. Pero el más joven era un hombre talentoso y no
estaba dispuesto a admitir que se le pasase por alto. Su nombre era Ciro, y
habitualmente se le llama «Ciro el Joven» para distinguirlo del fundador del
Imperio Persa.
Cuando sólo era un adolescente, había manejado las
relaciones de Persia con los griegos y había demostrado ser un sagaz juez de
hombres y sucesos.
Ciro consideraba que había hecho lo suficiente por Esparta
como para merecer una retribución, y lo que él quería era un contingente de
soldados griegos. Con un ejército persa y un contingente griego como
instrumento de ataque, podría abrirse camino hasta Susa y proclamarse rey.
Los espartanos eran demasiado cautelosos para ayudarlo
oficialmente (a fin de cuentas, podía salir perdedor), pero el fin de la guerra
entre Atenas y Esparta había dejado inactivos a muchos soldados dispuestos a
enrolarse como mercenarios.
Un exiliado espartano, Clearco, supervisó el reclutamiento
de esos mercenarios y se puso a su frente. Reunió casi 13.000 soldados griegos,
con los que en el 401 a.C. marchó junto con el ejército de Ciro.
Atravesaron Asia Menor hasta llegar al Éufrates superior,
en Tapsaco, a unos 120 kilómetros al sur de Harrán. Por primera vez en la
historia, un cuerpo grande de soldados griegos penetró en la histórica tierra
de los dos ríos. Cruzaron el Éufrates y avanzaron aguas abajo a lo largo de 560
kilómetros.
Los griegos se encontraron entonces a unos 1.700
kilómetros de su patria.Pero mientras tanto, Artajerjes finalmente cayó en la
cuenta de que su hermano menor no iba a su encuentro para saludarlo y
congratularlo, sino para matarlo. Reunió una gran fuerza militar, incluso los
mercenarios griegos que pudo hallar, y avanzó para hacer frente a Ciro.
Los dos ejércitos se encontraron en Cunaxa, aldea cercana
al Éufrates situada a unos 150 kilómetros al noroeste de Babilonia. A sólo unos
30 kilómetros de Cunaxa se hallaba Sippar, que casi dos mil años antes había
sido una de las sedes reales de Sargón de Agadé.
Ambos ejércitos se aprontaron para la lucha, y por primera
vez en la historia mesopotámica iba a librarse una batalla sin una
participación importante de los habitantes de esa tierra. Fueron meros
espectadores, mientras persas y griegos combatían.
Los griegos extendieron su línea frente a la corriente en
descenso, de tal modo que su flanco derecho se apoyaba en el río. Clearco, un
espartano estúpido y sin imaginación, colocó a los griegos en ese flanco
porque, en las batallas habituales entre ejércitos griegos, era el puesto de
honor. Se esperaba que los soldados del flanco derecho soportarían lo más recio
de la batalla.
Frente a ellos, de cara contra la corriente, se hallaba el
ejército imperial persa. Lo comandaba Artajerjes II, que ocupó el puesto de
honor, en el centro. En realidad, el ejército imperial era mucho mayor que el
de Ciro, de manera que se extendía hasta lejos del río. Su centro estaba frente
al ala izquierda de Ciro.
Ciro vio y captó la situación. El ejército imperial no
contaba para nada. Sólo el rey, Artajerjes II, importaba. Si moría, Ciro se
convertiría en el rey legítimo y todos los soldados persas de ambos lados se le
unirían inmediatamente. Era innecesario, pues, destrozar al ejército persa;
sólo era menester matar al rey.
Por ello, Ciro pidió a Clearco que apostase el ala derecha
oblicuamente, hacia la izquierda, para atacar el centro imperial. Pero Clearco
señaló que el ala derecha quedaría entonces separada del río y expuesta a un
ataque lateral. Ciro posiblemente le señalaría que las fuerzas imperiales que
se le oponían eran tropas ligeramente armadas que poco podían hacer contra él
aunque su flanco quedase expuesto. Además, antes de que pudiesen hacer siquiera
eso, Artajerjes II estaría muerto o en fuga y la batalla habría terminado.
Pero Clearco se negó. Iba a combatir según las normas
tradicionales. Iba a avanzar de frente y proteger su flanco.Y así lo hizo. Los
trece mil soldados griegos avanzaron de frente y arrasaron a las tropas ligeras
que se les opusieron. Artajerjes había permitido esto. Concentró sus fuerzas
principales en su derecha, que rodeaba a la izquierda de Ciro, mucho más corta,
y la estaba destruyendo mientras Clearco y sus hombres no hacían nada.
Ciro, enloquecido de frustración, reunió a su alrededor
todos los jinetes que pudo -unos seiscientos- y cargó directamente contra el
centro imperial, contra su hermano, con una sola idea: matarlo y dar fin a la
batalla.
Pero Artajerjes estaba bien custodiado por diez veces más
jinetes que los que comandaba Ciro. Dejó llegar a éste, sus caballeros
engulleron a la pequeña fuerza atacante y en la corta escaramuza que siguió,
Ciro fue derribado y muerto. La batalla había terminado.
Artajerjes había ganado, y Clearco se encontró, con sus
griegos, solo y abandonado por el resto del ejército de Ciro.
Qué hacer?
También era un problema para Artajerjes. Eran demasiados
griegos pesadamente armados para hacerles frente fácilmente, pues apenas habían
sufrido pérdidas en la batalla. Tal vez tenía suficientes hombres para
aplastarlos, pero a un costo terrorífico, que no estaba dispuesto a pagar si
podía hallar otra solución.
Puesto que los griegos no se habrían rendido, los
portavoces de Artajerjes les ofrecieron suministrarles provisiones y
acompañarlos hasta que abandonasen el país. Los persas les explicaron que había
un atajo hasta el mar, si los griegos se dejaban conducir por el Tigris aguas
arriba.
Parecía que los griegos no tenían otra salida, pero
después de marchar 240 kilómetros aguas arriba se intranquilizaron, ¿Hasta
dónde llegaba realmente el Tigris? ¿Cuáles eran las verdaderas intenciones de
los persas?
Clearco exigió seguridades. El jefe persa propuso que
Clearco y los otros líderes griegos se reuniesen con él en su tienda para
mantener una amistosa conferencia. Clearco, como tonto que era aceptó. Tan
pronto como los generales griegos entraron en la tienda, fueron muertos.
Los persas estaban complacidos. Creyeron que, sin sus
líderes, el ejército griego sería como un cuerpo sin cabeza y no tendría más
elección que rendirse y dejarse desarmar. Luego, los dividirían en pequeños
grupos y los obligarían a entrar al servicio de los persas. Los que se negasen
serían muertos.
Pero los griegos no actuaron como esperaban confiadamente
los persas. Eligieron como jefe a un soldado de fila, un ateniense llamado
Jenofonte. Se mantuvieron unidos y no se rindieron; les nació una nueva cabeza
tan pronto como la otra había caído. Y, en verdad, la nueva era mucho más capaz
que la vieja.
Los griegos siguieron avanzando hacia el Norte, con los
persas ahora hostilizándolos y vigilándolos, pero sin presentar batalla.
A unos 160 kilómetros aguas arriba, los griegos pasar un
enorme montículo. Tuvieron que preguntar qué era aquello. Era todo lo que
quedaba de Nínive, la poderosa capital asiria, cuyo nombre mismo, después de
doscientos años, habia desaparecido de la Tierra.
Más allá, abandonaron el río para penetrar en las montañas
de lo que antaño había sido Urartu. Los persas se alegraron de esto, con la
esperanza de que los mataran las feroces y duras tribus de esas regiones o
sencillamente se agotasen gradualmente hasta morir.
Pero los griegos siguieron unidos, hicieron frente con
habilidad a todas las emergencias, rechazaron a las tribus y lograron mantener
sus provisiones. Finalmente, atravesaron el Asia Menor oriental y salieron de
las montañas para dar con la sorprendida ciudad griega de Trapezonte. Ésta se
hallaba sobre la costa del mar Negro; los soldados corrieron, gritando ebrios
de alegría: «¡El mar, el mar!».
«Los Diez Mil» (como se les llamó en relatos posteriores,
aunque eran más en un comienzo), habían sobrevivido. Jenofonte también
sobrevivió y escribió la narración de esa épica marcha en un libro que aún
existe y que ha sido durante más de dos mil años una atrayente lectura.
7. Los macedonios
La unión contra Persia
La breve guerra civil entre Ciro y Artajerjes II fue una
catástrofe para el Imperio Persa, pues puso de manifiesto la debilidad del
reino. Los egipcios habían aprovechado la confusión, en que Ciro el Joven sumió
al Imperio para rebelarse nuevamente. Esta vez logró establecer una precaria
independencia que duraría medio siglo. (En cambio, Babilonia ni pestañeó.
Marduk había desaparecido y el pueblo se lamentaba,
paralizado.) La marcha que siguió a la batalla de Cunaxa fue peor que la
derrota en Egipto. «Los Diez Mil» se habían abierto camino por el corazón del
Imperio sin que Persia osara atacarlos, con todo su poder.
Hasta entonces, los griegos habían vivido en un constante
temor hacia Persia; habían pensado permanentemente que podía aplastarlos, si no
actuaban con habilidad. De pronto, se percataron de que Persia era un tigre de
papel, de que pese a sus dimensiones, su riqueza y su «prestigio», estaba hueca
por dentro.
La desenfrenada ambición de Ciro y su lucha por el trono
habrían tenido el mismo resultado, quizá, aunque Ciro hubiese triunfado en
Cunaxa. Los griegos también habrían comprendido que si unos pocos miles de
ellos podían conquistar un imperio para un persa, con igual facilidad podían
hacerlo para un griego.
Así, durante los ochenta años siguientes, no faltaron en
Grecia las voces que instaban a las ciudades griegas a unirse para marchar
contra Persia. Un orador griego, Isócrates, argüía abiertamente que era
necesaria una invasión de Persia para que los griegos dejasen de luchar unos
contra otros. Era el género de esfuerzo que los hacía unirse.
Pero las ciudades griegas nunca se unieron por su propio
acuerdo, ni siquiera con el tentador bocado persa balanceándose ante ellos.
Así, Persia lograba mantener su vida y su poder.
En el 358 a.C. subió al trono Artajerjes Ill. Era un
monarca cruel pero vigoroso, y durante su reinado Persia hasta mostró cierta
fuerza. Artajerjes obligó a someterse a los sátrapas demasiado independientes,
y luego envió a Egipto un ejército que puso fin al medio siglo de independencia
de esa tierra.
Pero Artajerjes fue asesinado en el 338 a.C., y después de
un par de años rayanos en la anarquía, subió al trono en el 336 a.C., un suave
y pacífico miembro de la familia real, que tomó el nombre de Darío III. El
nuevo Darío era mu y semejante al viejo Nabónido de dos siglos antes; era
justamente la peor clase de rey que Persia podía tener en ese momento, pues el
reino grecohablante de Macedonia estaba experimentando un repentino y
sorprendente ascenso.
Macedonia estaba al norte de Grecia y hasta entonces no
había tenido ninguna importancia. En el 359 a.C. tomó en sus manos el reino un
hombre notable, Filipo II. Reorganizó el ejército y las finanzas, soldó todo el
país para convertirlo en un peligroso instrumento de agresión, dilató su poder
a expensas de las ciudades griegas y, en el 338 a.C., las unió, no por la
persuasión como había tratado de hacerlo el orador Isócrates, sino por la
fuerza.
Filipo estaba listo ya para invadir Persia. Hasta había
hecho que las ciudades griegas lo nombrasen jefe de una fuerza expedicionaria
con esta finalidad. Pero en el 336 a.C., justamente cuando se estaba preparando
para lanzarse sobre Asia, fue asesinado.
Le sucedió en el trono su hijo, que demostró ser el más
notable guerrero de todos los tiempos. Era Alejandro III, que llegó a ser
conocido universalmente como Alejandro Magno o Alejandro el Grande. Después de
dedicar algún tiempo a reunificar a las ciudades griegas (que se habían
rebelado apenas recibieron la noticia de la muerte de Filipo), se dispuso a
llevar a la práctica el gran plan de su padre.
En el 334 a.C., Alejandro Magno y su ejército penetraron
en Asia Menor. Libró y ganó casi inmediatamente una batalla contra un sátrapa
persa excesivamente confiado. Ganó otra batalla, de mucha mayor importancia, en
Isos, en el sudeste de Asia Menor, contra el principal ejército persa, mandado
por Darío III.
Alejandro luego marchó a través de Siria y Judea, tomando
Tiro después de un sitio de nueve meses (con lo que demostró ser un guerrero
mucho más ingenioso que Nabucodonosor dos siglos y cuarto antes). Judea y
Egipto se sometieron a Alejandro sin lucha.
Finalmente, en agosto del 331 a.C., Alejandro acampó en
Tapsaco, justamente donde habían acampado los Diez Mil setenta años antes. Pero
esta vez los griegos no estaban en Tapsaco bajo el mando de un príncipe persa,
sino bajo el de un macedonio que era de lengua y cultura griegas. No intentaban
poner un persa en el trono en lugar de otro, sino apoderarse de todo el vasto
reino.
Alejandro, con el núcleo macedónico de su ejército y sus
griegos auxiliares planeaban nada menos que hallar a Darío y cogerlo. A tal
fin, cruzó el Éufrates, marchó por la tierra que antaño había sido Asiria,
llegó al Tigris y comenzó a avanzar río abajo. Su destino era el corazón de
Persia.
David derrota a Goliat
Darío III lo estaba esperando. Hasta entonces, Persia
había sido incapaz de detener a ese feroz macedonio, pero Darío sólo lo había
intentado una vez realmente, y había sido en Isos dos años antes. Alejandro
había ganado entonces, pero Darío pensaba que había sido solamente porque los
persas no habían elegido bien el campo de batalla.
El arma principal de Alejandro era la falange, un grupo
estrechamente cohesionado de soldados con largas lanzas, entrenados para
marchar y maniobrar casi con la precisión de bailarines. La falange era un
puercoespín erizado de lanzas que podía quebrar cualquier ejército sobre el
cual marchase y resistir cualquier ataque. Hábilmente apoyadas por tropas
ligeramente armadas y por la caballería bien equipada y conducida por un hombre
de un genio supremamente flexible, no había quien pudiera derrotarla ni nadie la
derrotó en sida de Alejandro.
El arma principal de Darío era el número. Podía apelar a
los poderosos recursos del más grande imperio de la historia del mundo
occidental que hubo hasta ese momento, y en comparación el ejército de
Alejandro parecía insignificante.
En Isos, la diferencia de número había sido reducida en
importancia por el hecho de que la batalla se libró entre las montañas y el
mar, en un estrecho paso donde la falange podía maniobrar cómodamente, y donde
la superioridad numérica persa quedaba anulada. El emperador persa había tenido
que abandonar apresuradamente el campo de batalla, para evitar ser capturado.
Darío estaba decidido a no cometer nuevamente el mismo
error. Después de enterarse de que Alejandro estaba descendiendo por el Tigris,
planeó hacerle frente en un lugar que le permitiese aprovechar todo lo posible
su superioridad numérica. Eligió cuidadosamente una vasta región llana e hizo
eliminar hasta la menor irregularidad del terreno. Esperaba que allí no habría
absolutamente nada que impidiese el arrollador avance de su caballería, la
cual, pensaba, sencillamente expulsaría del campo a la caballería enemiga y
luego iría desgastando por los bordes a la falange hasta disgregarla, para ser
después aplastada por su enorme ejército. (Al parecer, no se dio cuenta de que
le estaba haciendo el juego a Alejandro, en cierta medida, pues la falange
operaba mejor en terreno absolutamente llano.) El lugar que eligió Darío estaba
cerca de una aldea llamada Gaugamela, situada a unos 30 kilómetros al nordeste
de las fantasmales ruinas de la vieja Nínive. Ninguna batalla librada cerca de
Nínive o en cualquier otro lugar de Asiria iba a ser tan enorme y dramática
como la que estaba a punto de entablarse sobre sus ruinas, tres siglos después
de su ocaso.
Los historiadores griegos posteriores afirmaron que el
ejército de Alejandro ascendía a 40.000 infantes y 7.000 soldados de
caballería, cifras que pueden estar cerca de la verdad.
El ejército reunido por Darío, según esos mismos
historiadotes, estaba formado por 1.000.000 de soldados de infantería y 40.000
de caballería. Estas son cifras ridículamente exageradas, pues es dudoso que
fuera posible aprovisionar o dirigir apropiadamente un ejército de esas
dimensiones o que pudiese combatir como algo más que una muchedumbre armada y
sin guía.
Pero aunque reduzcamos las dimensiones del ejército a las
que probablemente tuvo, es seguro que superaba en mucho al de Alejandro y que
la batalla fue la más semejante al combate entre David y Goliat en la historia
de la guerra.
Si ambas partes hubiesen tenido generales igualmente
inspirados, los persas habrían ganado, pero los generales eran muy desiguales.
De un lado estaba Alejandro; del otro, Darío.
En vista de la desproporción en los jefes, podemos ignorar
la diferencia numérica. Cuando se inició la batalla, el 1 de octubre del 331
a.C., la línea persa desbordaba a la macedónica por la derecha y por la
izquierda. Cabría suponer que podía haberse plegado por ambos flancos y
engullido al pequeño ejército de Alejandro.
Pero éste había dispuesto a sus hombres de tal modo que
podían volverse y anular cualquier intento de flanqueo.
Además, Alejandro tenía planeado un movimiento culminante,
y hasta que se le presentase la ocasión de llevarlo a cabo con eficacia, se
contentaba con permanecer a la defensiva.
El vaivén de la batalla estaba desplazando a Alejandro
fuera del terreno cuidadosamente aplanado, lo cual inquietaba a Darío. Carecía
de la firmeza necesaria para refrenarse hasta el momento apropiado y lanzó
prematuramente su «arma secreta».
El arma secreta eran los carros, los cuales habían pasado
de moda en la guerra durante cuatro siglos, desde que se difundió el uso del
caballo grande medo y los guerreros pudieron afirmarse en la grupa del caballo.
Pero los carros de Darío tenían algo nuevo. Estaban equipados con filosos
cuchillos que salían de los ejes de las ruedas por ambos lados.
Esos cuchillos, centelleando intensamente al sol y
desplazándose con toda la furia de los caballos que tiraban de los carros,
cortaban las piernas de todo hombre que encontraran, pero su eficacia principal
no estribaría tanto en el número real de hombres así tajados, sino en la total
confusión en que se arrojaría al enemigo (se esperaba), por el pánico que
provocaría la vista de esos peligrosos cuchillos y los desesperados intentos de
evitarlos.
Darío envió un centenar de esos carros con guadañas contra
los macedonios, pero no pilló desprevenido a Alejandro.
Los aurigas fueron atacados con flechas cuando atravesaban
a la carrera el terreno que se abría ante ellos antes de llegar a los
macedonios, y los soldados se hicieron rápidamente a un lado u otro para dejar
pasar a los carros cuando llegaban hasta las líneas. Se evitó el peligro
decisivo del pánico y el ataque fue un completo fracaso.
Llegó entonces el momento para que Alejandro hiciese la
jugada que había planeado y que era muy sencilla. Recordó que Darío había huido
en Isos y sabía que tenía ante sí a un cobarde. La falange se colocó en
posición y comenzó a avanzar implacablemente como un bosque animado de lanzas,
precisamente hacia el lugar del centro de la línea donde se cobijaba Darío III.
Darío resistió todo lo que pudo, que no era mucho. Era un hombre amable y
apacible que habría sido un buen rey si hubiese tenido un primer ministro capaz
e inexorable. Pero estaba solo y era un cobarde. La falange se acercó hacia él,
que huyó del campo tan velozmente como pudieron llevarlo sus caballos.
Lo que siguió fue precisamente lo que Alejandro había
previsto. Las huestes persas se desanimaron y cedieron. Alejandro fue el
vencedor. Esta batalla del género «David y Goliat» cerca de la desaparecida
Nínive fue realmente el fin del Imperio Persa, dos siglos después de que Ciro
lo fundase; Persia murió muy cerca del lugar en que había muerto Asiria.
Alejandro pudo entonces avanzar sobre Babilonia, donde no
halló ninguna resistencia. El pueblo de Babilonia estaba gozoso y le abrió las
puertas.
La Babilonia en la que entraron Alejandro y sus hombres no
era en absoluto la Babilonia de Nabucodonosor; ni siquiera la Babilonia de
Darío. La destrucción de los templos efectuada por Jerjes un siglo y medio
antes no había sido reparada. En particular, el gran templo de Marduk
permanecía en ruinas.
Pero Alejandro adoptó la política de Ciro con respecto a
las costumbres de aquellos a quienes conquistaba. Les dio libertad y asistía
complacido a cualquier ritual que los hiciera felices. Al pasar por Judea,
mostró el mayor respeto por el Gran Sacerdote del Templo de Jerusalén, por lo
que Alejandro aparece como un héroe en las leyendas judías posteriores. En
Egipto, mostró el mismo respeto hacia los antiguos templos y hasta visitó el
templo de Amón, que estaba en las profundidades del desierto.
En Babilonia, Alejandro se proclamó el defensor de las
viejas costumbres contra la opresión de los zoroastrianos. Ordenó la
reconstrucción de todos los templos; en particular, el templo de Marduk debía
ser restaurado con toda su magnificencia.
Por desgracia para Babilonia, Alejandro no podía quedarse
para ver si sus órdenes se cumplían. Tenía que apoderarse del resto del Imperio
y, cuando se marchó, los virreyes que dejó no se mostraron tan entusiastas por
la recuperación babilónica como él.
Alejandro se dirigió a Susa y luego a Persépolis, donde,
según la tradición, incendió los palacios persas en venganza por el incendio de
Atenas en los días de la gran expedición de Jerjes, siglo y medio antes.
Alejandro marchó luego al Norte, hasta Pasargadas, donde
visitó la tumba de Ciro, y luego retrocedió a Ecbatana, en la que había buscado
refugio Darío III. Éste no lo esperó, sino que huyó hacia el Este. Finalmente,
los cortesanos, cansados de su débil rey, lo asesinaron en el 330 a.C.
Alejandro pasó cuatro años en la parte más oriental del I
mperio, combatiendo con los duros bárbaros y ganando todas las batallas (aunque
no fácilmente, pues entre los reyes con los que se enfrentó ya no había más
cobardes). Luego se abrió camino hasta el río Indo (en el moderno Pakistán),
más allá aún de donde las fuerzas persas habían penetrado. Allí ganó otra gran
batalla contra un rey indio. Pensaba atravesar la India, pero, finalmente, sus
tropas se rebelaron. Estaban hartos, y Alejandro se vio obligado a volver.
En el 324 a.C., Alejandro estaba de vuelta en Babilonia y
allí se quedó. Por un momento, Babilonia fue de nuevo el centro y la capital de
la mayor potencia de la Tierra, como lo había sido bajo Nabucodonosor, dos
siglos y medio antes. Pero no lo fue por su vigor o su magnificencia ni por
ninguna otra razón atribuible a ella misma. Lo era solamente porque en ella
estaba Alejandro. La más insignificante aldea del mundo habría sido la capital
del mundo en aquellas condiciones y en aquel tiempo.
Alejandro eligió Babilonia como capital porque tenía un
objetivo previsto. Su sueño era gobernar sobre un género humano unido. Trató de
ser más que un rey de los macedonios o un general de los griegos e imponer una
especie de hermandad entre los hombres. Hizo que los macedonios tomasen esposas
persas, y él mismo adoptó los modos de vestir y la conducta de los persas.
Esperaba abatir todas las barreras que pudiesen impedir a los persas o a
cualquier otra nacionalidad tener acceso al servicio público. Hasta proyectaba
el transplante de poblaciones.
A este respecto, estaba por delante de su tiempo y había
de fracasar en su ataque a la dureza de corazón del hombre. Los macedonios
refunfuñaban ante todo signo de favor que mostrase hacia los persas. Se
preguntaban qué objeto tenía la conquista, si no terminaban siendo los amos,
ignorando el hecho de que ser amo era sencillamente invitar a los sometidos a
tratar de ser los amos algún día, siguiendo así eternamente esta lamentable
farsa.
Babilonia era apropiada para los planes de Alejandro. No
era griega ni persa y estaba a mitad de camino entre los dos extremos de su
imperio, a 2.400 kilómetros de la frontera occidental y 2.400 de la oriental.
También estaba convenientemente cerca del golfo Pérsico, y
Alejandro soñaba con conquistar las tierras que bordeaban a esa masa de agua,
India al este y Arabia al oeste.
Quizás aunque Alejandro hubiese vivido mucho tiempo en
Babilonia y hubiera llevado a cabo su plan de restaurar los templos, lo mismo
habría seguido muerta. El culto de Marduk y los otros dioses, culto que se
remontaba a los tiempos sumerios, probablemente había decaído ya demasiado para
que fuese posible darle vida nuevamente.
Pero tal posibilidad ni siquiera se dio, pues Alejandro
sólo había estado en Babilonia unos pocos meses cuando, a comienzos del verano
del 323 a.C., cayó enfermo. Y el 13 de junio murió.
Es difícil creer que, después de todo lo que había hecho y
realizado, muriese cuando sólo tenía treinta y tres años.
Desaparición de Babilonia
La inesperada muerte de Alejandro, cuando todavía era un
hombre joven, arruinó la obra de su vida en un momento. No tenía ningún
pariente capaz de ser su sucesor. Sólo quedaban una esposa persa, un hijo que
aún no había nacido, una madre feroz y un medio hermano semideficiente mental.
La elección lógica habría sido un general, uno de los que
habían estado asociados con Alejandro en su gran labor. Pero si los familiares
de Alejandro eran demasiado pocos y demasiado débiles, sus generales eran
demasiados y demasiado fuertes. Ninguno podía dominar a todos los otros; y
ninguno estaba dispuesto a ceder pacíficamente.
Los generales celebraron una reunión en Babilonia. Uno de
ellos, Pérdicas, encabezaba el grupo que adoptaba una postura legitimista: el
poder debía quedar en la antigua familia real macedónica. El mismo Pérdicas se
proponía para hacerse cargo del gobierno hasta el nacimiento del hijo de
Alejandro.
Algunos de los otros generales no compartían en absoluto
este punto de vista. Les parecía meramente una treta para que Pérdicas se
convirtiese en el gobernante universal y absoluto. Uno de ellos era Tolomeo.
Inmediatamente después de la muerte de Alejandro se había proclamado gobernador
de Egipto, y decidió no abrigar mayores ambiciones. Pero no estaba dispuesto a
permitir que ningún otro gobernase Egipto. Cuando Pérdicas marchó contra él
para hacerle cambiar de opinión, Tolomeo resistió. Las maniobras de Pérdicas
fracasaron; se hizo cada vez más impopular entre sus asociados y, en el 321
a.C. fue asesinado por un grupo de oficiales conducidos por otro de los
generales de Alejandro, Seleuco.
Como recompensa por su participación en el asesinato de
Pérdicas, los generales pendencieros dejaron Babilonia en poder de Seleuco. Los
azares de la guerra llevaron fuera a Seleuco durante un tiempo, pero en el 312
a.C. se instaló permanentemente en Babilonia.
En cierto modo, era una pobre recompensa. En los siglos
durante los cuales los generales macedonios y sus sucesores se disputaron los
restos en lenta decadencia del imperio de Alejandro, fueron siempre las partes
cercanas a Grecia las más importantes. Se admiraba y deseaba la cultura griega;
todo lo demás era bárbaro.
Tolomeo se afirmó en Egipto e instaló su capital en la
ciudad de Alejandría (que había sido fundada por Alejandro, de quien recibió su
nombre). La convirtió en un pequeño mundo griego en el que pudo vivir aislado
de los egipcios. Otros generales lucharon hasta el agotamiento y el hartazgo
por Asia Menor, Macedonia y la misma Grecia. A pocos les interesaba Babilonia,
y menos aún las grandes provincias persas que estaban más allá.
En Asia Menor, un general de Alejandro, Antígono, aún
soñaba con unir el Imperio bajo su férula. Era el más capaz de los generales y
estaba apoyado por un hijo igualmente capaz, pero casi todos los otros
generales se unieron contra el peligroso y ambicioso viejo, y nunca pudo
adquirir el poder suficiente para derrotarlos a todos.
En el 306 a.C., Antígono ya no pudo esperar. Aún no había
conquistado el poder supremo, pero tenía setenta y cinco años y tenía que darse
prisa. Por ello, asumió el título de rey, aunque el nombre no correspondiera a
la realidad.
Inmediatamente, los restantes generales (algunos ya habían
muerto por entonces) hicieron lo mismo. Tolomeo se proclamó rey de Egipto y
Seleuco asumió el título en Babilonia.
Poco a poco, Seleuco extendió su soberanía sobre las
provincias iranias y llegó a dominar, no sólo Babilonia, sino también todos los
territorios situados al este de ella. Esta parte del I mperio de Alejandro no
tiene ningún nombre determinado, sobre todo porque sus límites cambiaron con
los años. Habitualmente, se le llama el Imperio Seléucida, por su fundador, y
Seleuco fechaba su fundación en el 312 a.C., el año en que volvió
definitivamente a Babilonia.
Seleuco heredó en cierta medida el sueño de Alejandro de
unir al género humano. Estimuló la colonización griega del mundo babilónico y
persa, pero no era un nacionalista. Fue el único general que conservó la esposa
persa que Alejandro le había obligado a tomar. Sentía simpatía hacia sus
súbditos babilonios y era popular entre ellos.
En verdad, él y sus sucesores hicieron todo lo posible
para apuntalarla cultura babilónica en rápida decadencia, aunque sólo fuese
para oponerla a la cultura irania, que seguía siendo fuerte y vital al este de
Mesopotamia y era la gran adversaria de griegos y macedonios. Como resultado de
esto, la antigua ciudad de Uruk, por ejemplo, siguió siendo un centro cultural
durante todo el período seléucida. El antiguo sacerdocio tuvo el apoyo estatal
y se promovió la lengua aramea. El zoroastrismo, en cambio, fue desalentado y
pronto decayó.
Por desgracia, ninguna cantidad de transfusiones
artificiales pudo dar nueva vida al cadáver. Los griegos mismos impidieron esto
por el carácter de su propia cultura. Por primera vez entraron en Mesopotamia
conquistadores que no sentían la atracción de la vieja cultura que habían
creado los sumerios.
Fueron, en cambio, los babilonios quienes, por vez
primera, sintieron la seducción de algo extraño. El griego se convirtió en una
lengua de creciente popularidad entre las clases superiores. El sistema griego
de escritura en papiro o pergami no hizo anticuada la vieja escritura en
tablillas, y el sistema cuneiforme de escritura, que era el más antiguo,
comenzó a decaer. A fines del período seléucida, estaba prácticamente
extinguido.
Babilonia misma, la gran Babilonia, se consumió. Seleuco,
al parecer, quería una capital propia. Es un deseo natural en cualquier rey,
sobre todo si es el primero de un linaje y no desea estar rodeado de recuerdos
de un pasado en el que no tiene papel alguno. Tolomeo tenía Alejandría, y
Seleuco tal vez haya querido igualar a su colega general-rey a este respecto.
En el 312 a.C., pues, el año en que hizo su entrada final
en Babilonia, Seleuco comenzó a construir una nueva ciudad en el Tigris, a sólo
unos 55 kilómetros al norte de Babilonia. En su propio honor, la llamó
Seleucia, y la planificó como una ciudad de cultura griega para él y sus
sucesores, mientras Babilonia iba a seguir siendo la capital nativa.
Pero Babilonia era un cadáver, y Seleucia estaba demasiado
cerca. A medida que Seleucia creció, Babilonia declinó. Los mismos edificios de
la vieja ciudad fueron desmantelados para contribuir a la construcción de los
nuevos. La entrada de Seleuco en Babilonia, pues, fue el último suceso notable
de esta ciudad, la última huella que dejó en los libros de historia.
Después, no fue más que una ciudad en lenta decadencia,
luego una aldea en lenta decadencia y más tarde… nada.
Antes de morir, Babilonia exhaló un postrer aliento de
vida. En época de Seleuco, se persuadió a un sacerdote de Marduk babilonio a
que escribiese una historia de Babilonia en griego. Su nombre tal vez haya sido
Bel-usur («el Señor protege»), pero es conocido por la forma griega de su
nombre:
Beroso.
Su obra, en tres volúmenes, sería inapreciable para
nosotros, pero se ha perdido, probablemente para siempre. La probabilidad de
dar con algún ejemplar en alguna parte es prácticamente nula. Sin embargo,
nuestro conocimiento de ella no es nulo. Partes de su historia fueron citadas
por historiadores griegos y aún sobreviven, y cada parte de esas citas ha sido
amorosamente estudiada y comparada con materiales originales provenientes de
las excavaciones en Babilonia.
Siempre que se compara un fragmento de Beroso con un
fragmento de algún otro material, parece haber una razonable concordancia.
Pero, pese a Beroso, los muertos están muertos. Desde la
época de la fundación del Imperio Seléucida, ya no es muy apropiado hablar de
Babilonia. Volveré ahora al uso del nombre más general, Mesopotamia.
La atracción del Oeste
Hubiera sido mejor para Seleuco, y para el Imperio
Seléucida, que se hubiese contentado con su reino oriental. Pero ni siquiera
Seleuco podía apartar totalmente de su cabeza a Grecia.
Para empezar, debía oponerse a la insaciable ansia de
poder supremo de Antígono. Seleuco fue uno de los espíritus inspiradores de una
ofensiva aliada que finalmente derrotó y mató al viejo Antígono en Ipso, en
Asia Menor central, en el 301 a.C.
En recompensa, Seleuco recibió la provincia de Siria, de
modo que su reino llegó entonces al Mediterráneo. No poseyó la totalidad de la
Media Luna Fértil, pues Tolomeo de Egipto retuvo la parte meridional de la
mitad occidental, incluso Judea.
Seleuco celebró su adquisición de Siria fundando en el año
300 a.C. una ciudad que llamó Antioquía (en honor de su padre, Antíoco). Está
ubicada en el norte de Siria, a unos quince kilómetros del mar. Fue la capital
occidental del Imperio Seléucida y su ventana sobre el mundo griego.
Este éxito en Occidente agudizó el apetito de Seleuco. En
el 281 a.C., derrotó y mató al general de ochenta años Lisímaco, que había
luchado antaño con Alejandro. Seleuco se apoderó de toda Asia Menor y se
vanaglorió de ser el último de los generales de Alejandro que quedaba vivo. A
los setenta y siete años, sólo él quedaba de todos aquellos generales que
habían estado junto a Alejandro, medio siglo antes, en sus épicas conquistas
por el Asia occidental.
Pasó a Macedonia para apoderarse también de ella, y allí,
en el 280 a.C., fue asesinado. Sentó un mal ejemplo para sus sucesores (los
seléucidas).
Si se hubiesen limitado a sus posesiones, si hubiesen
trabajado para fortalecer su heterogéneo imperio, podían haber durado muchos
siglos, y la cultura y el conocimiento griegos (el «helenismo», de Hellas,
nombre que daban los griegos a su país) podía haber echado raíces permanentes
en Asia occidental.
Tampoco debemos pensar que esto sólo hubiese beneficiado a
Asia (con nuestros prejuicios occidentales). En las generaciones posteriores a
Alejandro, Europa recibió mucho de Asia. Dejando de lado el botín y hasta el
conocimiento, hubo objetos materiales hasta entonces desconocidos en Europa que
fueron de gran beneficio. Europa recibió un delicioso alimento al que se llamó
persikon melon (la fruta persa); la primera palabra sufrió una serie de cambios
hasta dar en inglés el nombre del conocido y apreciado melocotón: peach.
Europa también descubrió el cidro, el cerezo, la alfalfa y
el algodón. Indudablemente, si la influencia europea hubiese estado más
afirmada en Asia, ambos continentes se habrían beneficiado enormemente.
Pero la dificultad fue que los seléucidas siempre tuvieron
la mirada fija en Occidente, y el vasto Oriente ocupaba un lugar secundario en
sus cálculos. Las victorias de Seleuco I en sus últimos años sentaron fatal
precedente. Los seléucidas iniciaron una larga lucha con los tolomeos de Egipto
que siguió durante un siglo después de la muerte de Seleuco I y Tolomeo I.
Se arrojó todo a esta oscilante contienda que no resolvió
nada, fue interminable y sólo sirvió para debilitar a ambas partes y, más
tarde, las llevó a su extinción.
Al principio, los seléucidas llevaron la peor parte. En el
año 246 a.C., subió al trono el tercer Tolomeo y casi inmediatamente estalló la
Tercera Guerra Siria entre los dos reinos macedónicos. Tolomeo llevó su
ejército a Asia y derrotó a Seleuco II, que gobernaba por entonces el Imperio
Seléucida. El ejército de Tolomeo marchó sobre la misma Mesopotamia y durante
unos vertiginosos momentos ocupó Seleucia. Fue el punto más alto al que llegó
el Reino Tolemaico.
Juiciosamente, Tolomeo no hizo ningún intento de conservar
sus conquistas. Pensaba que su seguridad estaba en Egipto, y no valía la pena
ponerla en peligro por la ilusión de un imperio más vasto. Por ello, se retiró.
Pero el Imperio Seléucida había resultado sacudido en el
proceso, y las provincias del lejano Este quedaron fuera de control. Mientras
el monarca seléucida luchaba absurdamente por unos pocos kilómetros de costa
mediterránea, en el Este se separaban provincias enormes.
La provincia más oriental era Bactria (aproximadamente
equivalente al moderno Afganistán). Hacia el 250 a.C., su gobernador, Diodoto,
se declaró independiente del monarca seléucida.
Inmediatamente al oeste estaba la provincia de Partia (en
lo que es ahora el Irán nororiental). También por entonces se declaró
independiente bajo su gobernador Arshak, más conocido por la forma griega de su
nombre, Arsaces.
A la manera de las monarquías orientales, Arsaces I de
Partia pretendía descender del anterior linaje real de los aqueménidas. Hacía
remontar su linaje a Artajerjes II, quien siglo y medio antes había obtenido la
victoria de Cunaxa. Eso era falso, por supuesto, pero agradó a sus súbditos y
los predispuso a combatir por él.
Durante una generación, los seléucidas fueron incapaces de
evitar todo esto. Estaban demasiado ocupados con sus reyertas en el Oeste. Pero
en el 223 a.C., subió al trono Antíoco III. En el 217 a.C. fue derrotado en una
guerra contra Tolomeo IV y, disgustado, se volvió al Este. Allí concentró,
durante una docena de años, su considerable talento. Sofocó revueltas, restauró
su autoridad y llegó a un compromiso con Partia y Bactria. Les dejó cierta
autonomía, pero las obligó a reconocer la soberanía seléucida.
En el 204 a.C., Antíoco III volvió a Mesopotamia como
había vuelto Alejandro un siglo y cuarto antes, y con el mismo resultado, al
parecer: un Oriente totalmente conquistado. Por ello, Antíoco se hizo llamar
Antíoco el Grande (a imitación de Alejandro), y por este nombre se lo conoce en
la historia.
Lamentablemente, después de todas estas ganancias Antíoco
cayó presa nuevamente de la seducción de Occidente.
Poco después del retorno de Antíoco, Tolomeo IV murió, y
el nuevo rey, Tolomeo V, sólo era un niño. Antíoco vio la oportunidad de vengar
su anterior derrota y de ajustar cuentas de una vez por todas con Egipto.
Antíoco III invadió Egipto y, en el 200 a.C., había obtenido suficientes
triunfos como para apoderarse de partes de Asia Menor y de toda Judea. Por
primera vez, los seléucidas dominaron toda la Media Luna Fértil.
Pero, por entonces, apareció en el escenario occidental la
más poderosa nación de la región mediterránea: Roma. Durante dos siglos había
estado expandiéndose constantemente.
Había llegado a dominar toda Italia y las islas
circundantes, y acababa de derrotar completamente a la ciudad norteafricana de
Cartago. El Mediterráneo occidental era un lago romano, y ahora Roma estaba
dispuesta a medir sus armas con las de las diversas monarquías macedónicas.
Si Antíoco hubiese decidido que su futuro estaba en el
Este y se hubiera fortalecido, el Imperio Seléucida podía haber sido el rival y
el par de Roma. Posteriores imperios orientales lo lograrían.
Desgraciadamente para él, Antíoco se tomó demasiado en
serio su autodescripción de «Grande», y el fatal atractivo del Oeste era
demasiado fuerte. Quiso luchar contra Roma y fue aplastado, primero en Grecia y
luego en Asia Menor. Tuvo que abandonar sus posesiones de Asia Menor y pagar
una enorme indemnización. Peor aún, la parte oriental del Imperio, que había
sometido con tan penoso esfuerzo, se independizó nuevamente.
Las circunstancias de la muerte de Antíoco III fueron un
melancólico indicio de la medida de su derrota, y al mismo tiempo llevan
consigo un hálito del pasado desaparecido hacía largo tiempo. Fue muerto por
una multitud exasperada ante su intento de saquear un templo a fin de obtener
el oro necesario para pagar las indemnizaciones a Roma. En las historias
griegas, el lugar de su muerte aparece con el nombre de Elymais. En realidad,
se trata de la forma griega de Elam, de modo que Antíoco III murió donde Asurbanipal
había logrado las últimas grandes victorias asirias y donde Darío I había
gobernado con gloria.
En el 175 a.C., un hijo menor de Antíoco III llegó al
trono y reinó con el nombre de Antíoco IV. Era un hombre capaz que se arruinó
por falta de juicio. Ferviente admirador de la cultura griega, hizo todo lo
posible para alentar la creciente helenización de sus súbditos. Así, construyó
teatros y gimnasios griegos en varios puntos de sus dominios, incluso en la
agonizante Babilonia, que estaba retardando su camino hacia la desaparición.
Su ansiedad lo llevó a usar la fuerza donde la persuasión
era insuficiente, en particular contra los judíos. Éstos se resistían a la
helenización mucho más que los otros pueblos de su reino y se lanzaron ala
rebelión bajo el liderazgo de un grupo de cinco hermanos, conocidos hoy
colectivamente como los macabeos. La imagen que tenemos en la actualidad de
Antíoco IV proviene principalmente de los libros judíos que describen la
rebelión. Es innecesario decir que Antíoco IV es pintado como un monstruo, algo
semejante a como algunos libros americanos describen a Jorge V de Inglaterra.
Antíoco IV también trató de ajustar cuentas con Egipto y
derrotó fácilmente a Tolomeo VI. Pero Roma le ordenó que se marchase de Egipto,
y se vio obligado a obedecer, escabulléndose como un perro azotado.
La pérdida de prestigio que le acarreó su retirada ante
Roma y los gastos que le ocasionó el intento de sofocar la rebelión judía lo
debilitaron tremendamente, y se volvió al Este.
Allí, pensaba, podía obtener el dinero que necesitaba y
restaurar la reputación que había perdido.
En cierto grado, lo consiguió. Como su padre, reprimió
revueltas y volvió a hacer sentir una vez más el poder seléucida.
Tal vez hubiese completado la tarea y hasta hecho más que
su padre, si hubiese vivido lo suficiente. Pero murió de muerte natural (al
parecer, de tuberculosis) en Persia, del otro lado de los Montes Zagros.
La muerte de Antíoco IV señaló el fin del Imperio
Seléucida como gran potencia, aunque todavía iba a hacer algunos intentos en el
Este. Partia y Bactria se independizaron en forma total y permanente; ambas se
caracterizaban por poseer una delgada capa de helenismo sobre una base
campesina irania.
Bactria, aunque estaba más al este, era la más griega de
las dos. Durante un corto tiempo, floreció y hasta pareció a punto de
expandirse; mientras Antíoco IV fracasaba y moría en Persia, los dirigentes
bactrianos llevaban sus ejércitos y su influencia hasta la India.
Pero Bactria estaba demasiado alejada de los centros de
civilización para poder sobrevivir por mucho tiempo. El mar circundante de
bárbaros lentamente la encerró, y un siglo más tarde habían desaparecido los
últimos restos de la cultura griega en decadencia de Asia Central.
El futuro de los pueblos iranios, cuya tierra había sido
tan rudamente sacudida por la volcánica fuerza de Alejandro Magno, estaba en
Partia.
8. Los partos
Desaparición de los seléucidas
Los partos, como los medos y los persas, eran un pueblo
iranio. La patria de los partos estaba inmediatamente al este de Media y es
mencionada por primera vez en las inscripciones de Darío I. Hasta puede que
«Partia» sea una forma dialectal de la palabra «Persia».
Alejandro Magno pasó por Partia en sus viajes de
conquista; luego, ésta permaneció bajo la dominación de los seléucidas (con una
considerable autonomía) durante un siglo y medio. Esto no fue suficiente para
cambiar las costumbres del pueblo, que siguió siendo iranio en su lengua y su
religión.
Pero las clases superiores se adherían a un zoroastrismo
muy suave y adquirieron un fuerte tinte griego. Griega fue la lengua de la
aristocracia parta, que sentía entusiasmo por los productos literarios de
Grecia. Estaban particularmente interesados por las leyendas de Heracles, o
Hércules (como nos es más familiar), y crearon prácticamente un culto a
Hércules.
Los gobernadores de Partia son llamados los arsácidas,
porque todos descendían de Arshak o Arsaces I, bajo el cual Partia obtuvo por
vez primera cierta autonomía de los seléucidas. Al principio, los sucesivos
monarcas partos tomaron todos el nombre de Arsaces al subir al trono, pero eran
también conocidos por sus propios nombres. Así, Arsaces VI es más conocido como
Mitrídates. Este nombre muestra el espíritu zoroastriano incluso en los
monarcas helenísticos de la región, pues significa «don de Mitra». Mitra era el
símbolo zoroastriano del sol.
Mitrídates I subió al trono en el 171 a.C. y desde un
comienzo adoptó una vigorosa política expansionista. Mientras vivió Antíoco IV
y avanzó hacia el Este Mitrídates permaneció a la defensiva frente a los
seléucidas, pero también avanzó hacia el Este, hacia Bactria. Luego, cuando
Antíoco IV murió, se dirigió también al Oeste.
La provincia de Media, que estaba entre Partia y
Mesopotamia, se declaró independiente al morir Antíoco IV. Los seléucidas, en
rápida decadencia, no pudieron hacer nada para impedirlo, pero Partia, que
estaba en ascenso, sí que pudo.
Llevó su influencia al Oeste y, en el 150 a.C., absorbió
totalmente a Media, por lo que podemos empezar a hablar del Imperio Parto.
Pero las cosas no pararon allí. Varios miembros de la
familia real seléucida estaban luchando desesperadamente unos con otros en
Siria.
Entonces, Mitrídates extendió su presión hacia el Oeste
yen el 147 a.C. se apoderó de Mesopotamia y de su orgullosa capital, Seleucia,
que había fundado siglo y medio antes Seleuco I.
Mitrídates trató de tranquilizar a los colonos y las
clases superiores griegos de Mesopotamia, asegurándoles que la soberanía parta
no significaba el fin del helenismo. Para poner de relieve esta actitud, se
hizo llamar Mitrídates Filheleno («Mitrídates, el Admirador de Grecia»). Él y
sus sucesores fueron más griegos que los mismos griegos. Mientras que éstos
habían tratado activamente de mantener viva la vieja cultura babilónica, los
partos no se interesaron por ella. Las últimas tradiciones de Sumer y Acad, de
Sargón y Hammurabi, desaparecieron bajo su gobierno. El último texto cuneiforme
que poseemos data de dos siglos después de la llegada de los partos.
Desapareció hasta el último rastro de la cultura babilónica, mortalmente herida
por Jerjes.
Los judíos de Mesopotamia, en cambio, se beneficiaron con
la moderada actitud de los partos, alejada del zoroastrismo habitualmente
intolerante, y tuvieron un período de esplendor.
Sin embargo, las ciudades griegas de Media y Mesopotamia
contemplaban con gran recelo a sus nuevos amos partos (y quizá con cierto
esnobismo) y anhelaban la vuelta de los seléucidas. Enviaron peticiones a tal
efecto a Antíoco, y en dos ocasiones los monarcas seléucidas intentaron
reconquistar el Oriente.
En el 140 a.C., el rey seléucida Demetrio II invadió los
dominios partos. Ganó varias batallas, pero, en el 139 a.C., cayó en una
emboscada con su ejército. Fue tomado prisionero y su ejército destruido.
Mitrídates murió en el 138 a.C. En sus treinta y tres años
de reinado había convertido su provincia en un Imperio que dominaba una
extensión de más de 2.400 kilómetros de Oeste a Este. Ocupó la mitad norte del
territorio del viejo Imperio Persa, desde el Éufrates hacia el Este. (La mitad
meridional, formada por las provincias del golfo Pérsico y el océano Indico
-particularmente el corazón de la misma Persia- se aferró a un anticuado
zoroastrismo y nunca formó parte claramente de los dominios partos.) Muerto
Mitrídates, los seléucidas hicieron un nuevo intento. El hermano menor de
Demetrio, Antíoco VII, subió al trono. Invadió la Mesopotamia en el 130 a.C.,
derrotó a los partos y durante un breve período dominó nuevamente la tierra de
los dos ríos. Los partos se retiraron a Media, Antíoco los siguió y fue
derrotado y muerto.
Los partos luego liberaron a Demetrio II para que
retornara a Antioquía a gobernar su país. Pensaban que una persona que había
sido prisionera de los partos no intentaría nuevas aventuras. Y así fue.
Durante las escasas décadas en que el Imperio Seléucida siguió existiendo,
ninguno de los monarcas restantes se movió de Siria.
En el 129 a.C., los partos decidieron crear una nueva
capital en la región occidental del reino. (Eran suficientemente helénicos como
para experimentar la seducción del Oeste, igual que los seléucidas.) Ya existía
Seleucia, pero quizá era demasiado griega. En cambio, eligieron un suburbio que
estaba al este, del otro lado del Tigris con respecto a Seleucia. Fue llamado
Ctesifonte.
Ctesifonte iba a serla capital del poder iranio (tanto de
Partia como del régimen que le siguió) durante ocho siglos. Creció,
naturalmente, y llegó a rivalizar con Seleucia y hasta a superarla, formando
ambas una especie de «ciudades gemelas», una griega y otra irania, que
simbolizó la fusión de las dos culturas que Alejandro Magno habría admirado.
Roma entra en escena
Con los seléucidas fuera de juego, otra potencia surgió en
la parte más septentrional de Mesopotamia, a lo largo de las estribaciones del
Cáucaso, donde antaño había estado Urartu.
Después de la destrucción de Urartu por los medos, hizo su
aparición en la zona un nuevo pueblo, los armenios, que entraron en ella desde
Asia Menor. Estuvieron sometidos primero a los medos, luego a los persas y
finalmente a los seléucidas. Pero después de ser derrotado Antíoco Ill por los
romanos, comenzaron a dar sus primeros pasos hacia la independencia.
La expansión de los partos los había puesto en contacto
con Armenia, y durante un tiempo pareció que Armenia, como Media y Mesopotamia,
sería engullida por los partos. En verdad, es lo que intentó hacer Mitrídates
II de Partia, un monarca capaz que reinó del 124 al 87 a.C.
En el 95 a.C., puso como rey de Armenia a un títere suyo,
Tigranes, después de lo cual consideró suya esa tierra. Se hizo llamar
Mitrídates el Grande y adoptó el viejo título aqueménida de «Rey de Reyes» (o
«Gran Rey»), para significar que era el más grande y poderoso gobernante del
mundo.
Pero cuando murió Mitrídates II, Partia sucumbió a una
enfermedad que la afectó periódicamente: las querellas di-; násticas. Todas las
monarquías tienen sus periódicas pertur baciones dinásticas, pero Partia era
peor que la mayoría a este respecto. Una de las razones de ello es que era un
imperio feudal, en el que los grandes terratenientes tenían tanto poder que
eran casi independientes de la corona. Naturalmente, estaban siempre en
conflicto unos con otros y siempre dispuestos a apoyar a diferentes pretendientes
al trono. Tales pretendientes siempre se presentaban en cantidad, pues los
partos tenían la costumbre de pasar la corona de hermano a hermano, y había
muchos hermanos que podían reclamarla.
Mientras los partos estaban atareados en esto, Tigranes
sacudió el yugo parto y, bajo él, Armenia llegó a su apogeo, Marchó sobre Asia
Menor y Siria, penetró en Mesopotamia saqueó Media. Adoptó, a su vez, los
brillantes títulos de Ti granes el Grande y Rey de Reyes.
Su capital era Artaxata, en la región caucasiana, a unos
400 kilómetros al norte de donde había estado Nínive. Pero ahora Tigranes
también sintió la atracción de Occidente e hizo construir una nueva capital, al
norte del Tigris superior y cerca del límite oriental de la península de Asia
Menor. La llamó Tigranocerta.
Parecía dispuesto el escenario para una reiniciación del
antiguo duelo entre Asiria y Urartu, donde Partia, en recuperación,
representaba el papel de la primera y Armenia el de la segunda. El
inconveniente era que había un tercer elemento en discordia que era más fuerte
que ambas: Roma.
Un siglo antes, cuando ya Roma había derrotado a Antíoco
III y provocado la ruina de Antíoco IV, sin embargo, no había puesto pie firme
en el Este. Pero, por la época de Tigranes, Roma se había anexado la parte
occidental de Asia Menor, así como Grecia y Macedonia. Era la potencia suprema
de todo el Mediterráneo.
El Ponto, un reino del Asia Menor oriental, osó
enfrentarse a la gran potencia occidental y durante un tiempo hasta logró
rechazar a Roma. El rey del Ponto era Mitrídates VI (nombre en el que había un
tinte de iranismo, aunque el Ponto estaba totalmente helenizado), suegro de
Tigranes.
Roma, entregada entonces a guerras civiles, finalmente
decidió descargar toda su fuerza en Asia Menor y envió un general, Lúculo, para
que se hiciera cargo de la situación. Lúculo, soldado austero y capaz, marchó
hacia el Este y aplastó al Ponto. Mitrídates huyó a la corte de su yerno, en
Tigranocerta.
Tigranes, autodenominado el Grande, se tomó este título
tan en serio como Antíoco un siglo y cuarto antes y como éste, Tigranes sintió
que su grandeza le exigía enfrentarse a Roma. Lo hizo, y el resultado fue para
Tigranes el mismo que para Antíoco. En el 69 a.C., Lúculo penetró en
Tigranocerta y allí derrotó a Tigranes. Fue la primera vez (pero no sería la
última) que un ejército romano penetraba en Mesopotamia. Al año siguiente,
Lúculo siguió la campaña y derrotó a Tigranes nuevamente, en Artaxata, la vieja
capital.
Podía haber sido el fin para Tigranes, pero Lúculo era un
jefe autoritario detestado por sus tropas. Éstas se rebelaron y no quisieron
seguirlo. Fue llamado de vuelta a Roma, y Tigranes tuvo un breve respiro.
Lúculo fue pronto reemplazado por otro general romano, más
popular, Pompeyo. En el 66 a.C., Pompeyo penetró en Armenia, llegó a Artaxata y
capturó al mismo Tigranes. Así, los sueños de gloria de Tigranes se derrumbaron
aún más estrepitosamente que los de Antíoco III, quien al menos había
conservado su libertad.
Pompeyo dudaba de la posibilidad de Roma de mantener a
largo plazo el territorio montañoso de Armenia por lo que se contentó con dejar
a Tigranes como rey mediante el pago de una enorme indemnización y en el
entendimiento de que su papel era el de un títere romano. En esos términos,
Tigranes siguió siendo rey durante la última década de su vida. Había tenido
una extraña carrera, pues había empezado y terminado su reinado como títere
(parto al principio, romano al final) y en el ínterin había gozado de un par de
decenios de gran poder.
Pompeyo se dirigió luego a Siria, donde puso fin a los
restos del antaño poderoso Imperio Seléucida y los anexó a Roma, formando con
ellos la provincia de Siria. También anexó el Reino Judío, que había tenido una
breve independencia bajo los macabeos.
Los jinetes acorazados
Partia observó todo esto con gran ansiedad. Su viejo
enemigo, el Imperio Seléucida, se había convertido en una provincia romana. Su
enemigo más reciente, Armenia, era una marioneta romana. Ya nada se interponía
entre Partia y el inexorable empuje de Roma hacia el Este.
Partia hizo todo lo que pudo para conservar la paz, pero
Roma no estaba interesada en llegar a ningún acuerdo. Durante un siglo y medio
había estado expandiéndose con un espectacular éxito por todo el Mediterráneo,
casi sin que la frenase derrota alguna.* Desde que había suplantado al último
monarca seléucida, Antíoco XIII, en el 64 a.C., algunos romanos pensaban que
habían heredado la tarea de restaurar el sometimiento a Occidente del este
iranio.
* Sobre la historia de la expansión romana, véase mi
libro, La República Romana, Madrid, Alianza Editorial, 2000 (1981).
Esta idea maduró unos diez años después de la absorción
del Imperio Seléucida, cuando Pompeyo se unió a otros dos jefes para establecer
en Roma una dictadura de tres hombres.
Uno de sus aliados era Julio César, el más hábil político
romano, y el otro, Marco Craso, el más rico hombre de negocios romano.
Pompeyo ya había ganado sus laureles militares en el Este;
César se marchó a la Galia (la Francia moderna) para ganar
batallas y renombre; y Craso juzgó que era justo que también él se convirtiese
en un gran guerrero. Así, decidió tomar a su cargo la tarea de reconquistar las
provincias perdidas del Imperio Seléucida.
La ocasión parecía apropiada, pues Fraates III de Partía,
que había maniobrado hábil y desesperadamente para mantener la paz con Roma,
había muerto. Fue asesinado por sus dos hijos, quienes, como era habitual en
los miembros de la casa gobernante parta, pronto riñeron entre sí.
De este modo, en el 54 a.C., Craso abandonó Roma e Italia
para dirigirse al Este, dispuesto confiadamente a iniciar una guerra de pura
agresión contra una potencia que no había en modo alguno ofendido a Roma, sino
que, por el contrario, había hecho todo lo posible por evitarlo.
Los dos ejércitos, el romano y el parto, eran muy
desiguales. Los romanos habían creado la «legión», un cuerpo de soldados de
infantería que tenía gran flexibilidad. No tenía el peso y la potencia
formidables de la falange, pero ésta sólo podía operar bien en terreno abierto
y llano, donde podía maniobrar como una gran unidad estrechamente cohesiva.
En varias ocasiones, la legión se había enfrentado con la
falange y, en definitiva, la versatilidad de la legión predominó sobre el mero
peso de la falange.
Los partos, en cambio, habían dado nuevas habilidades a la
caballería. Los caballos de las tribus iranias eran aún los más grandes y
mejores del mundo, y los jinetes iranios maniobraban con una facilidad que
maravilló a los que tuvieron que enfrentarse con ellos. Habían llevado a la
perfección la táctica de golpear y escapar. Se abalanzaban repentinamente sobre
el enemigo desprevenido, cumplían con su mortal labor y luego se alejaban a la
carrera para atacar en otra parte.
Se dice también que, cuando los partos efectuaban una
rápida retirada y el enemigo los perseguía con furia impotente por el repentino
ataque y la súbita huida, los jinetes, al recibir una señal, giraban sobre sus
caballos y arrojaban una última lluvia de flechas por encima de sus hombros.
Este «contraataque parto» que caía, también, repentina e inesperadamente sobre
sus perseguidores a menudo hacía aún más daño que todo lo anterior.
Además, los partos habían creado una caballería de pesada
armadura. Eran los «catafractas» (derivado del griego, que significa
`totalmente encerrados). Estos jinetes estaban embutidos en armaduras, y
cabalgaban en caballos que a veces también llevaban armaduras. Para soportar
todo este peso, el caballo tenía que ser grande y musculoso. Los partos
disponían de estos caballos, pero raramente sus enemigos.
La caballería pesada no era veloz, pero tampoco necesitaba
serlo. Podía caer pesadamente sobre una línea enemiga como una suerte de
falange montada, con lanzas pesadas y semejantes a garrotes. O bien, equipados
con arcos y flechas, podían acribillar las líneas enemigas, mientras ellos
mismos eran inmunes al ataque de los arqueros enemigos.
Tan terroríficos eran los jinetes partos que se
convirtieron en el símbolo mismo del guerrero temible para las provincias del
Este. En el Libro bíblico del Apocalipsis, por ejemplo, la catástrofe de la
guerra está simbolizada por la imagen de un arquero parto a caballo.
Mucho dependía, por supuesto, de la inteligencia e
inspiración de los jefes respectivos. Los generales romanos habían triunfado
antes contra nuevas armas. Habían derrotado a los elefantes cuando ellos no los
tenían, y habían construido barcos y los habían tripulado con reclutas bisoños
para derrotar a una avezada potencia naval. Pero esta vez los romanos tenían un
grave inconveniente.
Craso era un soldado que se atenía a las reglas
tradicionales, como el Clearco de «los Diez Mil», tres siglos y medio antes.
Era completamente incapaz de adaptarse a situaciones inesperadas.
Además, no pudo contar con la ventaja de enfrentarse con
un enemigo dividido. Ante la invasión romana, los partos pusieron fin ala
guerra civil y uno de los hermanos rivales subió al poder y gobernó con el
nombre de Orodes II.
Craso desembarcó en Siria, cruzó el Éufrates y entró en
Mesopotamia. Allí, varias de las ciudades griegas le dieron una entusiasta
bienvenida, de modo que, cuando volvió a Siria para pasar el invierno, su
confianza en sí mismo aumentó aún más.
Los partos, en cambio, estaban desalentados. Llegó a
Antioquía una delegación para negociar con Craso un acuerdo de paz razonable.
Pero Craso debió de sentirse Alejandro Magno, que siempre rechazaba todo
compromiso, luchaba denodadamente hasta la victoria total y la obtenía. Desde
entonces, éste ha sido el ideal de los jefes militares, y muchos generales han
tratado de usar los métodos de Alejandro sin su genio y tuvieron que pagarlo
caro.
Craso dijo orgullosamente a los partos que discutiría los
términos de paz en Seleucia, y los dejó frustrados y coléricos.
En el 53 a.C., Craso atravesó el Éufrates nuevamente. No
apareció ningún ejército que le disputase el paso del río, y sus lugartenientes
aconsejaron a Craso que siguiese la corriente aguas abajo, como habían hecho
antaño los Diez Mil. Pero Craso quería avanzar hasta el corazón de Partia, como
Alejandro, y aceptó de buen grado seguir a un árabe que le ofreció conducirlo
por las llanuras mesopotámicas hasta un punto en el que los romanos podían
sorprender al ejército parto y destruirlo.
El árabe lo llevó hasta el ejército parto, pero resultó
estar pagado por los partos, que estaban preparados para recibir a los romanos.
Los estaban esperando en la vecindad de Carres. Ésta era la forma griega de
Harrán, donde dos mil años antes había morado la familia de Abraham y donde
cinco siglos y medio antes Asiria había ofrecido su última resistencia.
Sólo una pequeña porción del ejército parto era visible, y
los romanos se lanzaron al ataque pensando de buena fe que lo iban a
sorprender. Pero cuando se habían trabado en lucha, los hombres que veían, que
parecían jinetes comunes, arrojaron sus capas y salieron a relucir sus
armaduras. ¡Eran los fatídicos catafractas!
Antes de que los romanos se percataran de que estaban en
medio de una gran batalla y de que los sorprendidos eran ellos, comenzaron a
resonar los arcos partos, y los romanos a morir por todas partes. Craso, en su
desesperación, ordenó a su caballería, comandada por su hijo Publio Craso, que
atacase y rechazase a los partos.
La caballería romana cargó y los partos se retiraron de
inmediato, lanzando flechas por encima de sus hombros. Los romanos, ligeramente
armados y por ende más veloces, estaban alcanzando a los partos cuando se
dieron cuenta de que habían sido llevados hacia el resto del ejército parto,
que tenía su propia caballería ligera mucho más numerosa que la romana y más
hábil en la lucha hombre a hombre.
Los romanos lucharon con empecinada tenacidad, pero fue
una matanza y, finalmente, murieron casi todos. Publio Craso también murió, y
los partos le cortaron la cabeza y la clavaron en la punta de una lanza. La
caballería parta rehizo sus filas y cabalgó de vuelta hacia el cuerpo principal
del ejército romano, mostrando en alto la cabeza del joven Craso.
Al verla, la moral romana se derrumbó, aunque Craso se
puso a la altura de las circunstancias gritando al ejército: «¡La pérdida es
mía, no vuestra!».
La batalla continuó y los romanos siguieron llevando la
peor parte. Al día siguiente, Craso se vio obligado a retirarse.
Los partos siguieron sus pasos, acosándolos, y por último
el mismo Craso fue muerto. Finalmente, los partos se apoderaron de los pendones
de combate de los romanos, que era una tremenda deshonra para éstos.
Sólo uno de cada cuatro hombres volvieron a Siria de esa
desastrosa expedición. Para Roma, peor aún que la derrota, fue la triunfal
comprensión por Partia de que era posible derrotar a los romanos.
Por obra de su victoria en Carras, Partia llegó ahora al
apogeo de su poder. No solamente había rechazado a Roma, sino que también había
establecido una importante posición de intermediaria entre Roma y otro gran
imperio situado a miles de kilómetros, posición sumamente provechosa.
En el siglo I a.C., mientras Roma consolidaba su soberanía
sobre el Mediterráneo, el Reino de China, en el Lejano Oriente, estaba bajo el
firme e ilustrado gobierno de la dinastía Han. En China, la producción de seda
con los capullos del gusano de seda había alcanzado gran desarrollo, pero el
procedimiento era conservado como secreto nacional. Fue para China una gran
fuente de riqueza, pues todo el mundo codiciaba el brillo de la más bella fibra
natural conocida, por entonces tanto como en la actualidad. En este auge de
ambos imperios, China y Partia casi se tocaban en Asia Central.
Los mercaderes que comerciaban con seda marchaban hacia
Occidente a través de Asia Central y llegaban a Partía. Ésta cobraba una buena
comisión como intermediaria y la enviaba a Roma, donde las clases superiores
pagaban un kilo de oro por un kilo de seda, y se alegraban de hacerlo.
Para los romanos de este período, la seda era, en verdad,
una sustancia misteriosa. La mayoría pensaba que se obtenía de un árbol, aunque
el filósofo griego Aristóteles había hablado tres siglos antes de gusanos que
elaboran fibras. Sólo muchos siglos más tarde llegaron al Oeste los métodos
para la producción de seda, a diferencia de la seda misma.
El empate
Le tocó entonces a Roma caer en la guerra civil. César y
Pompeyo riñeron, y en la guerra que siguió el primero obtuvo la victoria. En el
44 a.C., había aplastado a todos sus enemigos y era dictador del mundo romano.
Comenzó a planear una campaña contra Partia para borrar la desgracia de Carras.
Tal vez hubiera podido llevarla a cabo, pues era un
general muy capaz, pero antes de que pudiese iniciarla fue asesinado por
republicanos que temían que se proclamase rey. La guerra civil estalló una vez
más. Contra los ejércitos conducidos por los asesinos, estaban Marco Antonio,
fiel lugarteniente de César, y el joven Octavio, sobrino nieto e hijo adoptivo
de César.
En el 42 a.C., el ejército republicano fue aplastado en
Grecia, y la mayoría de los líderes republicanos sobrevivientes se apresuraron
a ofrecer su sumisión a los vencedores. Pero uno de ellos no lo hizo. Era
Quinto Labieno, que huyó a Partia y ofreció sus servicios a Orodes. Tales
servicios fueron aceptados y en el 40 a.C. condujo un ejército parto contra las
provincias orientales de una Roma desprevenida. Bajo su dirección, los partos
tomaron Siria y Judea y penetraron profundamente en Asia Menor.
El momento de gloria de Partia, en el que sus banderas
ondearon en Antioquía y Jerusalén, fue breve. Los romanos se estaban
rehaciendo. Uno de los generales de Marco Antonio, Baso Ventidio, marchó a
Siria y en dos campañas sucesivas, en el 39 y el 38 a.C., derrotó a los partos,
que se vieron obligados a retirarse detrás del Éufrates.
En el 37 a.C., Orodes II, en cuyo reinado se había
producido el momento de apogeo de Partia, halló el género de muerte que era
común en la realeza parta: fue muerto por su hijo, quien luego reinó con el
nombre de Fraates IV.
El nuevo rey parto pudo repetir algunos de los éxitos del
anterior. Después de la derrota del bando republicano Marco Antonio y Octavio
se dividieron entre ellos el ámbito romano, y a Marco Antonio le correspondió
el Este. Fue ahora Marco Antonio quien soñó con vengar la derrota de Garras.
Así, en el 36 a.C., invadió Partia, pero lo único que
consiguió fue agregar una segunda desgracia. Las fuerzas partas evitaron una
batalla abierta, pero acosaron a los romanos en las montañas, desgastándolos
mortalmente. Marco Antonio tuvo que retirarse y, finalmente, emergió de Partia
con la mayoría de sus hombres muertos y sin haber librado ninguna batalla.
Trató de compensar este fracaso marchando sobre Armenia y tomando prisionero a
su rey.
Durante los siglos siguientes, Armenia iba a ser una
espacie de «pelota de ping-pong», que pasaba de un lado a otro entre las
potencias que tenía al este y al oeste, nunca dueña de sí misma, nunca segura a
uno u otro lado y siempre campo de batalla de diplomáticos y ejércitos.
Las guerras civiles finalmente terminaron en el 31 a.C.,
cuando Octavio derrotó a Marco Antonio en una gigantesca batalla naval. Después
de asegurarse el dominio exclusivo de Roma, Octavio luego dedicó años a
reorganizar el gobierno romano. Asumió el nombre de Augusto, y lo que había
sido la República Romana se convirtió ahora en el Imperio Romano del que
Augusto fue el primer emperador.
Muchos quizás esperaron que ahora se produciría la lucha
decisiva con Partia. Si fue así, se habrán sentido desilusionados. Augusto era
un hombre de paz, que deseaba afirmar su imperio detrás de líneas defensivas
seguras.*
* Detalles sobre su carrera y las de sus sucesores se
hallan en mi libro El Imperio Romano, Madrid, Alianza Editorial, 2000 (1981).
En cuanto a Partia, se lanzó nuevamente a sus eternas
guerras civiles. Fraates IV fue un rey excepcionalmente sangriento, hasta para
un parto. Hizo una gran matanza en su familia, incluyendo a su propio hijo
mayor, para evitar peligrosos pretendientes al trono. (En lo que respecta al
asesinato de su hijo, ¿quién mejor que él sabia lo peligroso que son los hijos
para los padres?) Pero la rebelión se encendió de todos modos, y en el 32 a.C.
Fraates fue arrojado del trono por un miembro de la familia real que había
logrado sobrevivir. El nuevo rey era Tirídates II. Fraates IV huyó, pero
continuó la lucha.
Augusto se abstuvo de ayudar a Tirídates y, en cambio,
negoció con el viejo Fraates IV. Cuando éste logró volver al trono, en el 20
a.C., con un mínimo apoyo de tropas romanas, mostró su gratitud devolviendo los
pendones conquistados a las legiones de Craso.
En un sentido formal, se había lavado la deshonra, pero
muchos romanos debieron de sentir que era un modo de lograrlo propio de un
tendero, que el estilo romano apropiado habría sido aplastar a los partos en
una batalla. (Por desgracia, esto forma parte de la permanente locura de la
humanidad, que juzga cosa despreciable ganar algo por negociación y no por la
guerra.) En agradecimiento por los pendones, Augusto envió a Fraates un regalo
que habría de ser mortal para éste (aunque era algo que Augusto no podía
prever). Se trataba sencillamente de una hermosa esclava llamada Musa, a la que
Fraates incorporó a su harén.
Rápidamente se convirtió en su esposa favorita, tuvo un
hijo de él y persuadió a Fraates para que enviase a Roma a sus hijos
sobrevivientes mayores. Fraates lo hizo, tanto más gustosamente cuanto que los
hijos eran un lujo peligroso para un rey parto. Hecho esto, Musa esperó a que
su hijo creciese.
Cuando fue un adolescente, envenenó a Fraates IV y su hijo
subió al trono con el nombre de Fraates V, en el 2 a.C.
La política de paz de Augusto, por desgracia, no duró. Los
partos se cuidaron de invadir el territorio romano, y Roma de hacer correrías
por Partia; pero estaba siempre Armenia. Las dos potencias se turnaron para
poner títeres en el trono armenio, y los ejércitos marchaban y contramarchaban
a través del país.
Después de medio siglo de increíble confusión dinástica,
finalmente subió al trono parto un rey enérgico, en el 51*. Era Vologeso I.
Decidido a romper el equilibrio, colocó a su hermano Tirídates en el trono
armenio.
* Es habitual indicar las fechas con referencia al
nacimiento de Jesús. Las fechas anteriores a él son «a.C.» (antes de Cristo),
las posteriores, «d.C.» (después de Cristo). En este libro, no usaré «d.C.».
Toda fecha indicada sin estas iniciales es después de Cristo.
En el 54, un joven, Nerón, subió al trono romano; no
estaba dispuesto a permitir que esta acción quedara sin respuesta, por lo cual
envió al Asia Menor al general más capaz de Roma, Cneo Domicio Corbulo.
Corbulo sugirió un compromiso. Tirídates permanecería en
el trono, pero juraría lealtad a Roma, no a Partia. Un territorio formalmente
gobernado por un títere romano pero que era un rey parto difícilmente podía
inclinarse demasiado hacia una u otra de las potencias rivales, de modo que
ambas quedarían satisfechas.
Partia rechazó esta proposición y Corbulo invadió Armenia
en el 58. Se abrió camino hasta Artaxata, donde un siglo y cuarto antes había
acampado Lúculo. Pero sólo en el 63 Corbulo, obstaculizado por recelos en Roma
y por la obstinada resistencia de Ctesifonte, pudo imponer el compromiso.
Tirídates siguió siendo rey, pero bajo soberanía romana.
Si se hubiese adoptado este acuerdo desde el principio, se habrían ahorrado
nueve años de guerra.
Corbulo no obtuvo ningún provecho de esto. El emperador
Nerón era un tirano receloso que veía conspiraciones en todas partes. En el 67,
en vez de enviar a Corbulo a Judea, donde había estallado una gran rebelión,
envió al general una orden de que se suicidase. Corbulo obedeció, murmurando:
«¡ Me está bien empleado!», con lo que quería decir que
merecía morir por no haberse rebelado contra el tirano cuando t · nía a su
ejército consigo.
Esto tampoco ayudó a Nerón. Envió a otro general, Vespa
siano, a Judea, pero él fue asesinado en el 68. Después de momentos de
confusión, Vespasiano fue proclamado emperador (como podía haberlo sido
Corbulo, si hubiese vivido).
La rebelión judía fue aplastada en el 70, y Vespasiano
estableció buenas relaciones con Vologeso de Partia, quien reinó hasta el 77.
Roma en el Golfo
Durante la generación siguiente, Partia permaneció sumida
en la guerra civil. Todo lo que tenemos como testimonio de este período son
algunas monedas con nombres de reyes y algunas aisladas y muy casuales
referencias literarias.
Sólo en el 109 Partia pudo tomar aliento, cuando Cosroes I
se impuso como único gobernante del país. Pese al agotamiento de Partia por las
guerras, Cosroes, en un acceso de estupidez, rompió el compromiso que había
mantenido la paz con Roma desde la época de Corbulo. Reemplazó al gobernante
armenio por otro que reconocía la supremacía parta, en vez de la romana.
Trajano era por entonces emperador de Roma. Fue uno de los
mejores y más capaces emperadores que tuvo Roma y el primer gobernante desde
Julio César que sintió gran ansia de iniciar una política expansionista y tuvo
la habilidad necesaria para ponerla en práctica. Libró dos feroces guerras
contra las duras y bien conducidas tribus de Dacia (el territorio que hoy
corresponde a la Rumania moderna) y anexó esos territorios al Imperio.
Quizá Cosroes penso que Roma estaba demasiado ocupada en
Dacia, pero, si fue así, calculó mal. Trajano puso en orden las cosas en otras
partes y se trasladó a Asia Menor. Cosroes, quien ahora comprendió la situación
y se dio cuenta de que en modo alguno estaba en condiciones de combatir con
Roma, ofreció reparaciones.
Pero Trajano no quiso saber nada. Era fuerte, y Partia
débil; quería la victoria total. Así, ocupó Armenia y la convirtió
sencillamente en una provincia romana.
Pero quiso más aún. En el 115, se dirigió al Sur, a
Mesopotamia, y anexó a Roma su parte septentrional. La región en la que Craso
había luchado y muerto casi dos siglos antes era ahora romana, e iba a seguir
siéndolo durante varios siglos. En el 116, Trajano cruzó el Tigris y anexó la
región situada del otro lado de éste a la que convirtió en la «provincia de
Asiria».
Barcos romanos fueron lanzados al Éufrates y al Tigris.
Como la flota de Senaquerib ocho siglos antes, se abrieron
camino aguas abajo. Las ciudades gemelas de Seleucia y Ctesifonte cayeron en
manos romanas. Las ruinas de Babilonia (que en tiempo de Trajano era una
diminuta y miserable aldea) sintieron el paso de las legiones romanas y,
finalmente, el emperador romano acampó en el Golfo Pérsico.
Ningún emperador romano había llegado antes tan al este, y
ninguno volvería a hacerlo.
Por un breve momento, toda la Media Luna Fértil fue
romana, yen ese momento, en el 117, el Imperio Romano alcanzó su máxima
extensión. Desde el extremo occidental de España hasta el Golfo Pérsico, se
extendía por más de 5.000 kilómetros.
Sin embargo, Trajano no estaba satisfecho. Extendió su
mirada a través del Golfo Pérsico y se dice que murmuró tristemente: «¡Si yo
fuese más joven!».
Pero no lo era. Tenía sesenta y cuatro años y sentía el
peso de su edad. Pero aunque hubiese sido tan joven como Alejandro, no podía
haber ido más allá, pues estaban surgiendo problemas a su alrededor. La
fortaleza de Hatra, situada entre los ríos y a unos 100 kilómetros al sur de
donde había estado Nínive, se le resistió y fue un perpetuo peligro para su
línea de comunicaciones. Los partos se habían retirado ante el avance de
Trajano y su ejército aún estaba intacto en las montañas del este. Internamente,
los judíos de Cirene habían iniciado una violenta y peligrosa revuelta.
Cualquiera que hubiese sido su edad, Trajano tenía que
retornar. Pero no lo logró. Cayó enfermo apenas partió y murió en Asia Menor,
en su viaje de retorno.
Su sucesor, Adriano, era un hombre de paz. Sensatamente,
concluyó que las conquistas de Trajano no podían ser mantenidas sin guerras
continuas, por lo que abandonó la mayor parte de ellas y concertó una paz con
Partia sobre la base del viejo compromiso de Corbulo.
Pero medio siglo más tarde, la aventura de Trajano fue
repetida de tal modo que ambos participantes tuvieron que pagar un precio
mayor.
En el 161 murió Adriano, y le sucedieron dos gobernantes
como coemperadores. Uno de ellos, Marco Aurelio, era un filósofo, y el otro,
Lucio Vero, un amante del placer.
El monarca parto de la época era Vologeso III, y pensó que
dos monarcas debían enfrentarse en una guerra civil. Por lo tanto (así razonó
él) podía romper el compromiso de Corbulo con tranquilidad, y se apoderó de
Armenia.
Pero Marco Aurelio no era solamente un filósofo. Era un
hombre capaz y un guerrero. Envió a Lucio Vero al Este con un general muy
talentoso, Avidio Casio. Éste siguió la ruta de Trajano y atacó hacia el Sur, a
través de Mesopotamia.
En el 165, se apoderó de Seleucia, que era todavía una
ciudad griega, grande y populosa. En verdad, era la mayor ciudad grecohablante
fuera del Imperio Romano, con una población, quizá, de hasta 400.000
habitantes. Casio, sin razón alguna como no fuese su embriaguez por la
victoria, ordenó que se incendiase la ciudad. Así se hizo, y Seleucia nunca se
recuperó. Como gran ciudad, llegó a su fin casi cinco siglos después de haber
sido fundada. La causa del helenismo en Oriente también recibió una mortal herida.
Casio se apoderó luego de Ctesifonte, que estaba al otro
lado del río y destruyó el palacio real, pero dejó más o menos intacta la
ciudad.
Como compensación por la gratuita y criminal destrucción
de Seleucia, los partos tuvieron una involuntaria pero horrible venganza. Una
epidemia de viruela se había expandido por Asia y había llegado a Partia. Los
soldados romanos cayeron enfermos en cantidad tal que se vieron obligados a
retirarse de Seleucia.
Los soldados en retirada llevaron consigo la enfermedad a
todas las partes del Imperio, yen los años 166 y 167 murieron un número
incontable de romanos. La peste debilitó al Imperio más que si hubiera sufrido
una invasión enemiga a gran escala. En verdad, muchos piensan que la decadencia
romana debe hacerse remontar a esta peste, que el Imperio quedó tan debilitado
que nunca pudo volver a recobrarse verdaderamente de todos los males que lo
aquejarían en las décadas siguientes.
Pero iba a tener lugar otra invasión romana de
Mesopotamia. En el 192, fue asesinado el hijo de Marco Aurelio, que le había
sucedido como emperador. En los años de anarquía y guerras civiles que
siguieron, Partia, gobernada ahora por Vologeso IV, decidió que era una buena
ocasión para llevar a cabo una aventura. Vologeso envió un ejército parto a
aquellas provincias mesopotámicas septentrionales que habían sido romanas desde
la época de Trajano, ochenta años antes.
Pero Roma recuperó la calma y en el 197, Septimio Severo
se afirmó en el trono. Inmediatamente marchó al Este y, por tercera vez, un
ejército romano invadió Mesopotamia. Nuevamente, las legiones romanas pasaron
por Babilonia, pero esta vez ya no había nada allí; ni una sola casucha
habitada señalaba el lugar donde antaño habían vivido casi un millón de
personas.
En el 198 el ejército romano tomó Ctesifonte por tercera
vez en ochenta años. Severo la saqueó totalmente, matando a los hombres y
llevándose como esclavos a mujeres y niños.
Pero Roma era más débil que bajo Trajano o Marco Aurelio.
Era más difícil mantener a un ejército a tal distancia, y la escasez de
provisiones obligó a Severo a retornar. En el camino de vuelta, puso sitio a
Hatra, que resistió tan tenazmente como antes había resistido a Trajano.
Severo no tuvo éxito. Se vio forzado a retirarse de Hatra
con una considerable pérdida de prestigio y algunos recuerdos sangrientos de
los arqueros partos.
Su hijo Caracalla volvió al escenario parto en el 217.
Llevó a cabo su campaña en el norte de Mesopotamia hasta llegar al Tigris, y
pudo haber hecho más, pero fue asesinado.
9. Los sasánidas
Resurgimiento de los persas
Las repetidas victorias romanas, la triple pérdida de la
capital y las interminables querellas dinásticas finalmente acabaron con el
Imperio Parto. Sus súbditos estaban dispuestos a acoger a cualquier otra
dinastía nativa que pusiera orden y estableciese un gobierno eficiente en el
país.
La salvación vino de Persis, el corazón de Persia, de
donde ocho siglos antes había surgido Ciro para poner fin a una dinastía irania
septentrional.
Persia nunca se había sometido a la soberanía parta, pero
había mantenido una precaria independencia y se había aferrado a un anticuado
iranismo que había resistido la atracción del helenismo durante todo el período
seléucida y el parto. Para todos los iranios que rechazaban los prejuicios
helenistas de sus clases superiores y que vieron en el helenismo (fuese griego,
macedónico o romano) a su principal enemigo durante un período de siete siglos,
Persia parecía la salvación.
Pero tuvieron que ser pacientes y esperar que apareciese
el dirigente adecuado. Durante la mayor parte del período parto, el territorio
estaba dividido en principados y era débil. Por la época de Marco Aurelio, la
región que rodeaba a Persépolis cayó bajo la dominación de un pastor (según las
leyendas) llamado Sasán. En su honor, sus descendientes son llamados los
sasánidas.
En el 211, una disputada sucesión puso en el trono a un
nieto de Sasán, Ardashir. (Este nombre es una forma posterior del viejo nombre
real «Artajerjes».) Ardashir comenzó por consolidar su poder sobre toda Persia,
y en el 224 había llegado a ser el campeón nacional del iranismo. Marchó contra
Artabano IV, que era a la sazón el rey parto. Durante cuatro años, Ardashir
ganó fuerza mientras Artabano la perdía, hasta que éste trató de llevar la
lucha al territorio persa. En una batalla decisiva librada en Ormuz, sobre la
costa del golfo Pérsico, Ardashir derrotó y mató al último de los reyes partos
y en el 228 ocupó Ctesifonte. El imperio era suyo. Solamente Hatra, ese
obstinado bastión de los partos resistió durante casi veinte años, hasta que
finalmente fue tomada por el hijo de Ardashir.
Así terminó un linaje que había gobernado sobre algunas
partes del territorio iranio durante casi cinco siglos y sobre Mesopotamia
durante tres siglos y medio. Pero este linaje, el de los arsácidas, no se
extinguió totalmente. Por el compromiso de Corbulo, un arsácida aún reinaba en
Armenia, y esta dinastía siguió gobernando el país por varias generaciones más.
El ascenso al trono de Ardashir sólo representó, en
algunos aspectos, un cambio de dinastía, pues la tierra siguió siendo la misma
en lo que respecta a sus habitantes, su lengua y sus costumbres. En verdad,
proliferaron las leyendas persas dirigidas a demostrar que Ardashir era un
arsácida por el lado materno, como antaño leyendas similares habían vinculado a
Ciro con la familia real meda.
Pero, como en el caso de Ciro, el Imperio recibió un nuevo
nombre a partir de entonces; en verdad, el nuevo era el mismo que el antiguo.
Puesto que Ardashir provenía de Persia, a la tierra gobernada por esta nueva
dinastía la llamamos el Imperio Persa, nuevamente. Para distinguirlo del
anterior de los aqueménidas, podríamos llamarlo el Nuevo Imperio Persa o el
Imperio Neopersa. Pero parece mejor darle el nombre de la nueva dinastía y
llamarlo el Imperio Sasánida, para que no haya ninguna confusión posible.
Desde el punto de vista de los intereses romanos, este
cambio fue perjudicial. El Imperio Sasánida era más grande que el Imperio Parto
y la incorporación de Persia y otras provincias meridionales lo reforzó. Bajo
la nueva dinastía, Persia tuvo un resurgimiento, tanto político como
espiritual, y justamente por entonces Roma se hundió en un período de guerras
civiles y anarquía que, durante cincuenta años, la hizo asemejarse a los partos
en sus peores momentos.
Así como los romanos en ocasiones aspiraron a poseer toda
la herencia de Alejandro Magno, así también lá nueva dinastía, que recordaba su
origen persa, pensó que le pertenecía toda la herencia de Darío I. De esa
herencia, Asia Menor, Siria y Egipto eran romanos y lo habían sido durante
siglos.
Las perspectivas, pues, no hacían presagiar la paz, y en
verdad nunca la hubo entre Roma y Persia, sino sólo treguas ocasionales.
Ardashir y su hijo y sucesor, Sapor I, aprovecharon los
desórdenes romanos para realizar incursiones en el Oeste, año tras año. En el
251, los persas dominaban totalmente Armenia y poco después ocuparon Siria y
hasta atacaron a la misma Antioquía.
En el 258, el emperador romano de entonces, Valeriano,
marchó al Este para tratar de enderezarla situación, que no se presentaba muy
favorable. El Imperio Romano parecía a punto de disgregarse en cualquier
momento. Un emperador sucedía a otro en un promedio de uno cada dos años; por
las provincias cundían el descontento y las rebeliones; y el mismo Valeriano
estaba agotado, después de cinco años de gobierno durante los cuales no había
hecho más que guerrear con las salvajes tribus germánicas situadas al norte de
las fronteras romanas.
Durante un tiempo hizo retroceder a los persas, pero en el
260 fue atrapado en Edesa, ciudad del noroeste de Mesopotamia, a unos 40
kilómetros al norte de la fatal Garras. No conocemos los detalles de la
batalla, pero al parecer los romanos fueron cogidos por sorpresa y fue
aniquilado un gran ejército.
Peor aún -mucho peor, desde el punto de vista del
prestigio- el emperador Valeriano fue capturado vivo. Fue el primer emperador
romano hecho prisionero por un enemigo, y permaneció en prisión el resto de su
vida; aunque nadie sabe exactamente cuándo murió. (Más tarde circularon
historias según las cuales Valeriano habría sido tratado brutalmente como
prisionero. Un cuento muy difundido es el de que, cuando Sapor deseaba montar a
caballo, obligaba a Valeriano a ponerse a gatas para servirle como escalón. Pero
esto tiene todos los signos de ser pura ficción. Por lo general, los cautivos
importantes apresados en la guerra son bien tratados, pues a menudo sucede que
es útil liberarlos en algún momento posterior, y, cuando esto se produce, es
conveniente que un gobernante liberado abrigue sentimientos de gratitud hacia
sus ex capturadores.) La captura de Valeriano y la destrucción de su ejército
entregó Asia Menor a Sapor. En efecto, aparentemente no había nadie que lo
detuviera y por un momento hasta pareció que sería restaurado el imperio de
Darío. El hecho de que algo ocurrió que detuvo a los persas es una de las
sorpresas que tanto abundan en la historia.
Había una ciudad llamada Palmira en el desierto sirio, a
unos 145 kilómetros al sur de Tapsaco, sobre el Éufrates. Estaba cerca del
límite del poder romano, y en el período de anarquía en que había caído Roma,
se hizo prácticamente independiente bajo el gobierno de un jefe árabe nativo
llamado Odenato.
Pensó que una Roma débil no le ocasionaría problemas, pero
que si Sapor conquistaba Siria, una Persia fuerte sí se los crearía. Por ello,
atacó a Sapor. No podía atacarlo en un plano de igualdad, desde luego, pues era
una pequeña ciudad contra un imperio, pero no tuvo necesidad de hacerlo. Las
fuerzas principales de Sapor estaban en Asia Menor, pues el persa no contaba
con hallar dificultades en su retaguardia. Pero Odenato planteo algunas: avanzó
hacia el Éufrates y derrotó a las fuerzas ligeras que Sapor había dejado allí.
En el 263, Odenato hacía correrías por Mesopotamia y hasta amenazó a
Ctesifonte. Sapor se vio obligado a retirarse y Roma tuvo un respiro en el cual
pudo recuperarse.
Sapor dedicó sus últimos años a actividades constructivas,
en las que usó profusamente a los hombres que había llevado de las provincias
romanas. Entre otros, utilizó prisioneros de Antioquía para construir una
ciudad a la que llamó (en persa) «mejor que Antioquía».
La atracción del pasado
De la misma manera que Ciro fue el fundador del Imperio
Persa y Darío su organizador, Ardashir fue el fundador del Imperio Sasánida y
Sapor su organizador. Los treinta años de su reinado fueron años de
consolidación y, además, de un deliberado retorno al pasado.
Sapor protegió a los sabios griegos y dejó inscripciones
en griego, pero ésta fue una predilección personal. Oficialmente, desalentó el
helenismo, y sus sucesores no hicieron uso alguno del griego. Sapor trató, de
todas las maneras posibles, de recordar al pueblo su pasado, y afirmaba que el
viejo Imperio Persa de los aqueménidas nunca había desaparecido, sino que sólo
había estado oculto durante cinco siglos. A imitación de Darío, por ejemplo,
deliberadamente hizo efectuar inscripciones en las montañas detallando su
captura del emperador romano, Valeriano.
El antiguo zoroastrismo también fue estimulado en su
aspecto religioso. Éste se había mantenido en el corazón del campesinado persa,
pese al helenismo de las clases superiores, y ahora recibió toda la protección
regia. El gobierno respaldó con todo su peso a los sacerdotes zoroastrianos, y
los no zoroastrianos (los judíos de Mesopotamia, por ejemplo) descubrieron que
los tiempos tolerantes de los partos habían llegado a su fin.
Los escritos zoroastrianos fueron reunidos, editados,
revisados y compilados para formar un libro religioso y de plegarias que ha
sobrevivido en su forma sasánida. Se le llama el «Avesta», aunque es más
conocido como el «Zend-Avesta» («interpretación del Avesta»), nombre dado
originalmente a un comentario sobre el Avesta, no a los escritos mismos.
El zoroastrismo no ejerció influencia solamente en Persia.
Durante el período en que el helenismo y el iranismo se
mezclaban, las influencias religiosas fluían en ambas direcciones. En la imagen
del mundo zoroastriana, por ejemplo, uno de los subordinados importantes de
Ahura Mazda era Mitra. Su importancia creció gradualmente en algunas de las
leyendas y llegó a representar al sol dador de vida. Habitualmente, se lo
pintaba como un joven matando a un toro, símbolo de las tinieblas.
Durante el siglo II d.C., cuando los soldados romanos
atravesaron toda Mesopotamia tres veces, llevaron de vuelta el culto de Mitra,
que sufrió algunos cambios como resultado del contacto con el helenismo. Se
convirtió esencialmente en una religión de soldados, de la que estaban
excluidas las mujeres. Los conversos pasaban por ritos misteriosos que
involucraban un baño en la sangre de un toro recientemente sacrificado. En
verdad, el mitraísmo se hizo más popular y adquirió más importancia en Roma que
la que pudo adquirir en Persia, donde estaba sometido a la vigilancia hostil de
los sacerdotes zoroastrianos ortodoxos.
A medida que Persia se fortaleció y Roma se debilitó, el
mitraísmo adquirió más vigor en Roma y hasta recibió la protección imperial. En
el 274, no mucho después de que Sapor se apoderase del tercio más oriental del
Imperio Romano, Aureliano creó un culto oficial del «Sol Invicto», que era una
forma de mitraísmo. El 25 de diciembre, el día del nacimiento del sol -cuando
el sol de mediodía, según el calendario Juliano de Roma, llegaba al punto más
bajo del solsticio de invierno y comenzaba a ascender nuevamente-, se convirtió
en una fiesta importante.
El mitraísmo parecía tener más éxito que una religión
rival de origen judío: el cristianismo. La filosofía de éste era pacifista y se
negaba a aceptar el culto del emperador. Una religión que parecía hostil al
culto imperial y a los soldados era peligrosa, en verdad, particularmente
cuando Roma estaba tan rodeada de enemigos externos y tan llena de descontento
interno. Por ello, mientras que los mitraístas recibían apoyo, los cristianos
eran perseguidos.
Pero el cristianismo permitía a las mujeres participar en
sus ritos y no mostraba ningún reparo en tomar aspectos populares de otras
religiones. (Por ejemplo, aceptó el 25 de diciembre como día de nacimiento de
su fundador, Jesús.) Muchos mitraístas tenían una esposa cristiana que educaba
a los hijos como cristianos. Por esta razón (y por otras), el cristianismo
lentamente ganó terreno a expensas del mitraísmo.
En tiempos de Sapor, se produjo una novedad religiosa por
obra de un nuevo profeta, Mani. En cierto modo, era al zoroastrismo lo que
Jesús al judaísmo. Es decir, comenzó con creencias zoroastrianas, pero
pretendía transmitir una nueva revelación que luego explicó y modificó esas
creencias.
Mani nació alrededor del 215 en Mesopotamia y como ocurre
habitualmente con los fundadores de religiones o imperios, pronto se acumularon
las leyendas sobre él. Se suponía que había sido un arsácida, que había
predicado en público por primera vez el día mismo de la coronación de Sapor I,
en el 241, que había tenido visiones de ángeles y que había viajado mucho,
entre otros lugares a la India.
Sus doctrinas se centraron en el dualismo zoroastriano, es
decir, en los ejércitos opuestos del bien y el mal, y luego elaboró un complejo
conjunto de mitos simbólicos que giraban a su alrededor. Afirmaba que había
habido muchos profetas, entre los cuales no sólo se contaba Zoroastro, sino
también Buda y Jesús. Y se consideraba a sí mismo como el más reciente y el
último de ellos. Con esta idea, Mani incluyó ciertas concepciones budistas y
cristianas en sus doctrinas. Esto complicó aún más sus ya complejas ideas.
Se suponía que Mani había puesto por escrito
deliberadamente sus doctrinas, para que no fuesen deformadas por adeptos
posteriores. (Quizá tuvo presente el caso de Jesús.) En sus escritos, habla de
la organización del Cielo y el Infierno, de la creación del mundo y del hombre,
y, entre otras cosas, no olvida describir el papel que, según él, desempeñó
Jesús en todo esto.
Predicaba la necesidad de retirarse del mundo, pues éste
es el ámbito del mal, y es casi imposible abordar el mal sin ser corrompido por
él. Naturalmente, los más piadosos se retiraban completamente del mundo y no
podían ganarse la vida.
Los que eran un poco menos piadosos debían permanecer en
el mundo lo suficiente para ganarse la vida, para ellos y para los más
piadosos, a quienes debían mantener.
Sapor se sintió atraído por las enseñanzas de Mani y,
mientras reinó, Mani pudo enseñar libremente bajo su protección.
Necesitaba esta protección, pues no era más popular entre
los sacerdotes zoroastrianos conservadores de lo que había sido Jesús entre los
sacerdotes judíos conservadores. En verdad, después de la muerte de Sapor,
ocurrida en el 272, Mani se halló en creciente peligro. En el 274, bajo el
reinado del hijo menor de Sapor, Varahran I, * fue llevado a prisión y poco
después muerto.
* Este nombre es más conocido en su forma árabe: Bahram.
Pero su muerte no significó el fin de sus doctrinas. Estas
florecieron, particularmente en Mesopotamia, donde, quizá, sirvieron como una
suerte de reacción nacionalista frente a la doctrina triunfante del
zoroastrismo. Tal vez los nativos de lo que había sido antaño Babilonia
tuviesen un oscuro recuerdo de la época en que habían tenido su propia religión
y estaban dispuestos a aceptar cualquier novedad (y recuérdese que Mani era
oriundo de Mesopotamia) que los distinguiese nuevamente.
Los adeptos de Mani sufrieron enconadas persecuciones y
fueron gradualmente empujados a las fronteras y más allá de ellas. Hacia el
600, estaban concentrados en los dominios sasánidas del extremo nordeste, pero
habían ejercido su influencia hasta tan lejos como China.
Entre tanto, las doctrinas de Mani también se propagaban
hacia el Oeste y entraron en el Imperio Romano. Allí Mani era conocido por una
versión griega de su nombre, Maniqueo, y sus doctrinas eran llamadas el
maniqueísmo.
El maniqueísmo ganó gran popularidad yen el 400 constituía
un serio rival del cristianismo. San Agustín fue maniqueo antes de su
conversión al cristianismo. Los dirigentes cristianos persiguieron ese culto
tan entusiásticamente como los zoroastrianos, y gradualmente lo hicieron
desaparecer de Europa también. Las obras de Mani -las sagradas escrituras del
maniqueísmo- se perdieron y sólo las conocemos por citas y comentarios de sus
enemigos.
Sin embargo, la creencia sobrevivió en apartados lugares,
en Europa y Asia, hasta bien entrada la Edad Media. Ciertas herejías cristianas
de tiempos medievales tenían un fuerte tinte maniqueo.
La recuperación romana
El fracaso de Sapor en apoderarse de la parte oriental del
Imperio Romano fue fatal para Persia, pues brindó a Roma la posibilidad de
recuperarse. La oportunidad de descargar un golpe definitivo sobre Roma no
volvería a presentarse de nuevo hasta tres siglos más tarde.
Los dos enemigos iniciaron entonces una larga lucha
oscilante, curiosamente similar a la que habían mantenido antes partos y
romanos.
Los viejos motivos de litigio fueron reemplazados por
otros. Es cierto que Armenia era todavía un territorio tapón codiciado por
ambas potencias, pero ahora se le agregó el noroeste mesopotámico. Desde la
época de Trajano había permanecido, en general, en poder de Roma, pero Persia
no podía dejar de codiciar la región en la que estaba Carras, donde antaño los
romanos habían sufrido una derrota tan importante.
En cuanto a los romanos, habían compensado la derrota de
Craso tomando Ctesifonte tres veces. Pero desde entonces había tenido lugar la
nueva deshonra de la captura de Valeriano en Edesa, y los romanos anhelaban
lavarla también.
Poco después de la muerte de Sapor la situación se agravó.
En el 284, Diocleciano se convirtió en emperador de Roma y
puso fin al medio siglo de anarquía. Reorganizó el gobierno y se asoció con
varios hombres enérgicos para que compartieran con él la tarea de gobernar. Uno
de ellos era Galerio.
En el ínterin, un nuevo rey había subido al trono de
Persia. r Era Narsés, el hijo menor del viejo Sapor I. Siguiendo la política
expansionista de su padre y, quizá, sin percatarse de que la situación había
cambiado en Roma, Narsés in v adió y ocupó partes de Armenia.
Diocleciano rápidamente envió a Galerio al Este. En el
297, Galerio se puso al frente del ejército en Mesopotamia y se enfrentó a los
persas cerca de la fatídica Carras. Fue ahora doblemente fatídica, pues Galerio
sufrió un serio revés y tuvo que retirarse.
Pero Diocleciano tenía una firme e inflexible fe en la
capacidad de Galerio, y lo envió en una segunda campaña a Armenia. Allí Galerio
justificó la fe de Diocleciano. No sólo derrotó a Narsés y lo expulsó de
Armenia, sino que estuvo a punto de aniquilar al ejército persa. Más aún, aisló
a las columnas auxiliares de Narsés, y cuando fue a echar un vistazo a los
prisioneros, se encontró con que entre ellos estaba el harén de Narsés, con su
mujer y sus hijos. (Era costumbre de los potentados iranios llevar consigo su
harén cuando estaban en campaña.) Esto casi vengó la captura de Valeriano.
Mejor aún, proporcionó a Galerio un medio estupendo de ajustar las clavijas a
Narsés. El rey persa sentía afecto por su familia, presumiblemente, pero,
además, era plenamente consciente de la pérdida de prestigio que sufriría si
permitía que su familia quedase prisionera. Así, hizo un trueque por ellos,
dando en retribución el abandono de todas las pretensiones sobre Armenia y el
noroeste mesopotámico; hasta cedió tierras adicionales.
Se le devolvió su familia y hubo paz entre Persia y Roma
durante cuarenta años.
Esta guerra tuvo un efecto importante sobre Roma. Galerio
ganó prestigio ante Diocleciano. Ahora bien, Galerio era intensamente
anticristiano y usó el prestigio ganado en la guerra para persuadir a
Diocleciano de que iniciase una persecución general contra los cristianos en
todo el Imperio. Fue la peor que sufrieron éstos.
En cuanto a Persia, el período de paz que siguió es
oscuro.
Desgraciadamente las historias y documentos de los que
dependemos son en gran medida de origen romano. Esto significa que los períodos
en que Persia combatía con Roma son mucho mejor conocidos que los períodos de
paz. Además, las actividades persas contra Roma son mucho mejor conocidas que
sus aventuras y desventuras en otras fronteras.
Por ejemplo, Sapor se había expandido tanto hacia el Este
como hacia el Oeste. En la frontera de Partia, había absorbido el territorio
del viejo Reino de Bactria, y sus límites orientales casi alcanzaban los
límites occidentales de China. Pero durante el siglo I, las tribus nómadas
kushanas habían invadido la región desde Asia Central y se habían apoderado de
lo que era Bactria y hoy es la moderna nación de Afganistán. Los kushanas
mantuvieron su independencia durante la decadencia del Imperio Parto, y sólo
cedieron ante el nuevo vigor de los sasánidas. Sapor I avanzó hacia el Este y
los absorbió en su imperio. Además, Persia tuvo que soportar en el sudoeste
periódicas incursiones de los principados árabes. Pero sólo a través de una
espesa bruma podemos contemplar todos estos sucesos en la frontera oriental y
la meridional.
Igualmente nebulosos son los asuntos internos. Bajo
Varahran II, un predecesor de Narsés, el zoroastrismo llegó a la culminación
del fanatismo, y fueron borradas las últimas huellas de helenismo en
Mesopotamia. Por otro lado, bajo el hijo de Narsés, Ormuzd II, que reinó del
301 al 309, hubo un intento de hacer justicia social y fueron atacados los
poderes arbitrarios de la rica aristocracia terrateniente.
Los grandes magnates, naturalmente, se resintieron. Es
lógico que un rey se oponga a esos magnates (en todos los países, no sólo en
Persia), pues por lo general son un grupo turbulento que obstaculiza la
política del rey. De otro lado, si se los agravia lo suficiente como para que
se unan contra el rey, por lo común tienen bastante poder para destruirlo. Todo
rey que intente combatir una aristocracia demasiado poderosa debe tener esto en
cuenta y, al menos al principio, obtener victorias lanzando unas facciones
contra otras.
Al parecer, Ormuzd II no actuó hábilmente a este respecto.
Murió tempranamente y su muerte quizás haya sido
provocada. Lo cierto es que los nobles ocuparon el poder después de su muerte y
que la familia fue acosada hasta la extinción. El hijo que debía sucederle en
el trono fue asesinado, otro fue cegado y un tercero llevado a prisión.
Sin embargo, no era conveniente, al parecer, prescindir
totalmente de un sasánida en el trono. La dinastía había tenido suficiente
éxito y había sido suficientemente ortodoxa como para ganarse el afecto del
pueblo, en general, y de los sacerdotes, en particular. Todo noble que
intentase gobernar se atraería automáticamente la hostilidad del pueblo, de los
sacerdotes y, además, de los otros nobles.
Alguien tuvo una idea genial. La mujer de Ormuzd estaba
embarazada cuando el rey murió, y se sugirió que el niño aún no nacido fuese
declarado rey. Hasta se cuenta que la corona fue colocada sobre el abultado
abdomen de la reina mientras los nobles se arrodillaban en señal de homenaje.
El propósito era claro. Permanecería un sasánida en el
trono para dar legalidad a la situación. Pero sería un niño, de modo que los
nobles tendrían las riendas del poder. El niño crecería, por supuesto, pero
habría modos de someterlo a control… o algo peor.
De modo que, cuando el niño (pues era de sexo masculino)
nació, ya era rey. Reinó con el nombre de Sapor II, y mientras fue niño, los
nobles gobernaron con gran desorden, como ocurre siempre que gobierna una
camarilla de nobles en discordia. Cada uno se interesaba por su propio poder y
sus propias tierras, y nadie atendía al bien común. Las correrías árabes fueron
particularmente destructivas durante la minoría de Sapor II, y Mesopotamia fue
asolada por ellos; hasta llegaron a saquear Ctesifonte.
Pero el cálculo de los nobles falló en lo concerniente al
carácter de Sapor II.
Éste maduró rápidamente y demostró ser muy capaz. Cuando
tenía diecisiete años, y mientras los nobles aún lo consideraban como un niño,
ya era todo un hombre, excepto en la edad. Actuando con rapidez, se apoderó del
gobierno e hizo que el ejército y el pueblo delirasen de entusiasmo cuando se
sentó triunfalmente en el trono.
Luego convirtió ese momentáneo entusiasmo en un firme
homenaje lanzando una expedición punitiva contra los árabes. Los atacó a sangre
y fuego por todas partes y, sobre todo, aplastó a los árabes que efectuaban
incursiones. Persia vibró de orgullo ante las hazañas de su nuevo joven rey,
que de este modo se aseguró firmemente en el trono. Iba a tener larga vida, y
si se considera que fue rey desde su nacimiento, ¡tuvo un reinado de setenta
años!
Sólo una vez en la historia se superó este récord: Luis
XIV de Francia, trece siglos y medio más tarde, iba a gobernar durante setenta
y dos años.
El enemigo cristiano
Cuando Sapor, convertido ya en el amo indiscutido de
Persia, contempló el mundo a su alrededor, debió de notar el cambio fundamental
que se había producido durante la generación de paz con Roma. La persecución
del cristianismo que se había iniciado poco después de la gran victoria sobre
los persas en tiempos de Galerio había pasado sin lograr su objetivo de
aplastar la nueva religión.
Un emperador posterior, Constantino I, que inició su
gobierno en el 306, juzgó conveniente ponerse de parte de la población
cristiana del Imperio, contra otros pretendientes que eran violentamente
anticristianos. Finalmente, obtuvo el triunfo y en el 324 llegó a gobernar
sobre todo el Imperio, mientras iniciaba el proceso de dar carácter oficial al
cristianismo. Fue con esta nueva Roma cristiana con la que se enfrentó Sapor.
Hasta entonces, Persia había sido razonablemente tolerante
con los cristianos. El cristianismo se había difundido entre la población de
Mesopotamia, y fue aquí donde floreció el maniqueísmo, esa curiosa amalgama de
zoroastrismo y cristianismo.
El cristianismo también se difundió en Armenia. En verdad,
el primer gobernante de todo el mundo que se convirtió al cristianismo fue un
arsácida. El primer monarca cristiano no fue Constantino de Roma, sino
Tirídates III de Armenia.
Se había convertido en el 294.
Mientras Roma fue anticristiana, los cristianos de Persia
fueron súbditos leales. En verdad, muchos de ellos eran refugiados escapados de
la persecución romana y podían ser considerados, como sucede siempre con los
refugiados, furiosamente hostiles a la nación de la que habían huido. (Mucho
más hostiles, por lo común, que sus enemigos externos.) Pero ahora se había
producido un gran cambio. Roma era oficialmente cristiana. El emperador
protegía cariñosamente a los obispos y presidía sus concilios. De serla cruel
perseguidora, Roma se había convertido en la madre bondadosa.
Esto significaba que todo cristiano residente en Persia se
había convertido, de la noche a la mañana, prácticamente, en un potencial
quintacolumnista. Significaba que Armenia, durante tanto tiempo a mitad de
camino entre Roma y Partia o Persia, de pronto muy probablemente se inclinase
en forma total hacia Roma por razones religiosas.
Persia debía reaccionar. Reforzó su propia ortodoxia
zoroastriana y declaró la guerra a la herejía. Esto aumentaba por sí mismo la
probabilidad de una nueva guerra con Roma, guerra que el fervor religioso de
cada parte haría más horrible.
Sapor II esperó a que Constantino muriese. El Imperio
Romano quedó en manos de sus tres hijos, cuando murió en el 337, y Sapor pensó
que un imperio gobernado por tres hombres es más débil que otro gobernado por
uno solo. Así, inmediatamente después de la muerte de Constantino, inició una
guerra contra Constancio, el hijo de Constantino que gobernaba el Este.
Como era natural, los cristianos de Persia se opusieron
inmediata y ruidosamente a esta guerra. El obispo de Ctesifonte denunció
violentamente a Sapor. Era una actitud honesta, pero temeraria. Sapor no estaba
jugando. Su persecución de los cristianos se intensificó hasta casi barrerlos
por completo.
Constancio no era un gran soldado y siempre perdía en
batallas campales. Pero los romanos habían fortificado ciudades estratégicas
del noroeste de Mesopotamia, y estos puntos fortificados resistieron bien los
asedios. Entre esas fortalezas romanas, se destacaba Nisibis, a unos 190
kilómetros al este de Garras, que nunca pudo tomar Sapor.
Pero en el lejano oeste romano iba a surgir un joven
notable. Era Juliano, el único de todos los parientes de Constancio que
sobrevivía. (El mismo Constancio había matado a la mayoría de ellos, pues la
conversión al cristianismo no había modificado el viejo hábito de los monarcas
absolutos de matar a otros miembros de la familia para evitar guerras civiles.
Juliano, que temió durante mucho tiempo la muerte, no se
sentía muy impresionado por el amor y la clemencia cristianos y, pese a haber
recibido una educación cristiana, volvió secretamente al paganismo.) Al dejar
vivo a Juliano, Constancio socavó su propia posición, pues aquél, que sólo
tenía veintitantos años, obtuvo notables victorias sobre las tribus germánicas
que habían invadido la Galia. Mientras tanto, Constancio combatía penosamente
en Mesopotamia sin mostrar la más leve chispa de talento militar. Tan popular
llegó a ser Juliano entre sus tropas que, cuando el celoso Constancio quiso
debilitarlo retirándole algunas de sus legiones, los soldados lo proclamaron
emperador y lo obligaron a marchar al Este.
Constancio murió antes de que se iniciase realmente la
guerra civil, y en el 361 Juliano quedó como único gobernante de Roma.
Habría sido provechoso para Juliano hacer una paz
razonable con Persia. El motivo religioso para la guerra había desaparecido,
pues tan pronto como fue hecho emperador, Juliano admitió públicamente que era
pagano. (Los cristianos, indignados, lo llamaron «Juliano el Apóstata».) En
verdad, deseaba debilitar el cristianismo sin perseguir activamente a los
cristianos y, sin duda, lo habría conseguido mejor buscando la amistad con
Persia para luchar contra el enemigo común.
Desgraciadamente para él, tenía una meta más tentadora que
el debilitamiento del cristianismo. Sus victorias en la Galia habían sido
similares a las de Julio César y quizá soñó con transformarse en un nuevo
Alejandro Magno. Después de todo, era un hombre joven, de apenas treinta años.
Siguiendo la ruta de Trajano, Juliano marchó a Mesopotamia
y condujo su ejército aguas abajo del Éufrates, tomando ciudades con un
complejo despliegue de eficaces máquinas de asedio. Finalmente, llegó a
Ctesifonte. Por cuarta vez, la ciudad contempló la aproximación de un ejército
romano.
Las primeras tres veces la ciudad había caído, pero ahora
parecía decidida a no correrla misma suerte. Cerró sus puertas, guarneció de
hombres sus murallas y desafió a los romanos. Esto era inquietante. Y el hecho
de que un segundo ejército, que debía avanzar descendiendo la corriente del
Tigris para unirse a Juliano en Ctesifonte no llegase, sino que, al parecer,
perdía el tiempo en el camino, era más inquietante aún.
Juliano no estaba dispuesto a sitiar Ctesifonte durante
largo tiempo. La ciudad había sido tomada antes tres veces sin que este hecho
ocasionase la destrucción del enemigo, de modo que su captura no era un fin en
sí mismo. Además, el ejército de Sapor aún estaba intacto en algún lugar del
Este, y un sitio debilitaría seriamente a los romanos convirtiéndolos en presa
fácil de un contraataque.
Juliano, pues, hizo lo que pensaba que habría hecho
Alejandro Magno. Quemó su flota fluvial, abandonó el contacto con sus bases y
lanzó su ejército al este iranio, para hacer frente allí a los persas y
destruirlos.
Mas para ser un Alejandro es conveniente tener como
contrincante a un Darío II I, y Sapor no lo era. Reunió su ejército y se
retiró. No tenía ninguna intención de ponerlo en peligro en campo abierto
luchando contra ese talentoso general romano hasta no conseguir desgastar las
fuerzas de los invasores. Siguió una política que, en tiempos modernos, ha sido
llamada «de tierra arrasada».
Adonde iba Juliano no encontraba más que ruinas humeantes.
No había alimentos ni refugio, y lo peor de todo era que no había enemigo con
el cual luchar. No estaba en la situación de Alejandro en Persia siete siglos
antes, sino en la de Napoleón en Rusia catorce siglos después.
Juliano estaba fastidiado. Comprendió demasiado tarde que
había subestimado a su astuto enemigo. Se volvió, intentando solamente ponerse
a salvo antes de que las inclemencias del tiempo, el hambre y las enfermedades
preparasen el camino para que los persas hicieran una matanza con sus tropas.
Cuando comenzó a retirarse, aparecieron los persas, pero
sólo a distancia y por los flancos. Mataban a los rezagados y llevaban a cabo
ataques repentinos para desaparecer inmediatamente. El ejército de Juliano se
desangró, pero el decidido emperador logró mantenerlo unido.
Desafortunadamente, no sólo era vulnerable desde fuera,
sino también desde dentro. El hecho de que fuera un pagano no agradaba a
aquellos de sus oficiales y servidores que eran cristianos. Fue fácil difundir
el rumor de que Juliano había sido llevado a la locura y la ruina por Dios,
para castigarlo por su apostasía, y que el ejército sería destruido con él si
no hacía algo para impedirlo.
A fines de junio del 363, en una escaramuza con los
persas, fue herido por una lanza, que si bien no lo mató inmediatamente, era
obvio que no viviría por mucho tiempo. Los oficiales del ejército, que se
reunieron para elegir un nuevo emperador, dijeron que había sido una lanza
persa, pero es muy posible que no fuera cierto. Puede haber sido una lanza
romana lanzada por un brazo cristiano.
Juliano murió después de un reinado de menos de dos anos.
Él y Alejandro tenían la misma edad al morir, pero aquí termina la semejanza.
Un general llamado Joviano fue elegido como nuevo emperador. Era cristiano,
pero éste era su único mérito.
Joviano tenía que retornar a Asia Menor lo más rápidamente
posible para que su elección fuese confirmada, pero Sapor no iba a dejar
marcharse al ejército tan fácilmente. Si querían marcharse, debían llegar a un
acuerdo, y Sapor ya había redactado todos los términos del mismo con absoluta
precisión; sólo tenían que firmar.
Joviano firmó, y con esta firma se anuló totalmente la
victoria obtenida por Galerio setenta anos antes. Fueron devueltos todos los
territorios cedidos a Roma por Narsés, y se admitió que Armenia caería dentro
de la esfera de influencia persa. Además (para colmo de desgracias) los romanos
debían entregar varios de los puntos fortificados de la Mesopotamia superior,
inclusive Nisibis, que durante tanto tiempo y tan valientemente había resistido
a los ejércitos de Sapor.
Pero Joviano no ganó nada con todo esto, pues murió en el
viaje de retorno sin llegar a ser confirmado ni coronado.
Dicho sea de paso, Sapor halló grandes dificultades para
poner en práctica su recientemente ganada pero sólo teórica dominación sobre
Armenia. El intento de aplastar el cristianismo en ese montañoso país fracasó
totalmente, y durante una docena de anos Sapor tuvo que hacer frente a las
intrigas romanas que mantenían a los armenios en constante estado de rebelión
contra él. Pero finalmente Sapor logró la sumisión de Armenia, aunque al precio
de tolerar el cristianismo armenio. (Los armenios siguieron siendo siempre
cristianos, hasta hoy, pese a siglos de persecución a veces espantosa, con una
tenacidad sólo igualada por los judíos europeos.)
Un siglo de confusión
Por entonces, ningún tratado de paz, por razonable que
fuera, servía ya de nada. La lucha a través del Éufrates entre Roma de un lado
y los pueblos iranios del otro había continuado durante cuatro siglos y no
había ningún modo de detenerla. Se había convertido en una forma de vida
demencialmente inevitable, aunque ambas potencias estaban práctica226 mente
postradas antes de que las tribus bárbaras del exterior atravesaran sus
fronteras. El siglo V fue un siglo de increíble confusión.
Parte de la confusión residía en la fortuna rápidamente
cambiante de las variedades de las diversas religiones. Eran momentos, por
ejemplo, en que el cristianismo parecía a punto de ser tolerado por los persas.
Esta posibilidad nunca se materializó, pero casi llegó a ocurrir cuando, en el
399, subió al trono Yazdgard I.
Fue acosado, al igual que monarcas persas anteriores, por
los pendencieros nobles y los poderosos sacerdotes, hasta el punto de que, al
parecer, lo único que el rey podía hacer era comandar el ejército en la guerra.
(Quizá ésta haya sido la razón de que los reyes persas se lanzaran tan
rápidamente a la guerra; ésta les brindaba la ocasión de ejercer poder en una
esfera limitada al menos.) Yazdgard I tuvo la brillante idea de limitar el
poder de los nobles y los sacerdotes inclinándose hacia los cristianos y
obteniendo su apoyo de esta manera. Por ello, firmó con Roma una paz que él
esperaba que fuese firme, en 408, y al año siguiente suspendió en Persia la
persecución contra los cristianos y les permitió reconstruir sus iglesias.
Corrían rumores de que proyectaba hacerse bautizar, por lo que podía haber
llegado a ser el Constantino persa.
Desgraciadamente para Yazdgard, su brillante idea no quedó
más que en eso. Pronto fue atacado por ambos lados. Los zoroastrianos,
amargamente ofendidos, lo llamaron «Yazdgard el Pecador», y con este nombre se
lo conoce en la historia. Ejercieron sobre él una incesante e inexorable
presión, hasta el punto de ver brillar en su mente el punal del asesino.
Si hubiese podido contar con el respaldo del cuerpo
sacerdotal cristiano, tal vez habría logrado mantenerse. Pero éste, embriagado
por su nueva libertad y consciente del apoyo de la poderosa Roma, se mostró muy
intransigente. Hizo cada vez más patente que, en lo concerniente a ellos, no
bastaba la tolerancia ni siquiera la conversión del rey. Persia debía ser
totalmente cristiana, y el zoroastrismo, en definitiva, completamente
eliminado.
Yazdgard, enfrentado con un totalitarismo religioso en
ambos frentes, eligió el que conocía bien y volvió a las antiguas costumbres.
En el 416, el cristianismo estaba nuevamente bajo el yugo zoroastriano.
Pero Yazdgard no fue perdonado. En el 420 fue asesinado y
no se permitió, al principio, que ninguno de sus hijos subiera al trono.
La confusión aumentó por la creciente influencia de
fuerzas hasta entonces sin importancia. Hasta entonces, las tribus árabes se
habían contentado con efectuar ocasionales correrías, sobre todo durante la
minoría de Sapor II. Pero desde el 200, aproximadamente, había adquirido
creciente fuerza el reino de Hira, al sudoeste del Éufrates y sobre la costa
meridional del golfo Pérsico. Éste se hallaba gobernado por los laimidas, una
dinastía árabe que reconoció la soberanía de los sasánidas cuando llegó al poder.
Pero gozaba de un grado considerable de autonomía y se convirtió en un centro
de cultura árabe.
Muchas poesías árabes datan de ese período y, según la
leyenda, fue allí donde se creó la escritura árabe.
En el 400, Hira era un Estado culto y poderoso,
suficientemente fuerte como para hacer sentir su influencia en una Persia que
era víctima de la confusión. Un hijo de Yazdgard I había sido educado en Hira,
y el gobernante árabe comprendió claramente que un príncipe amigo sería ideal
como monarca persa. Dio al príncipe bastante respaldo en dinero y soldados como
para permitirle acceder al trono y gobernar con el nombre de Varahran V, o
Bahram V.
Varahran V aprendió en Hira a amar la cultura y el placer,
y conservó ese amor cuando fue rey de Persia. Era un hombre encantador, pero no
disoluto. Al menos, la leyenda posterior lo glorificó por sus éxitos como
cazador y amante, y tejió cuentos sobre él con el mismo tipo de afecto por sus
debilidades que gente posterior sentiría por Enrique IV de Francia.
Esas leyendas mantuvieron su popularidad en siglos
posteriores y se lo conoció más por la versión árabe de su nombre:
Bahram Gor (Varahran el Asno Salvaje»), porque gustaba de
cazar este veloz animal por las vastas estepas y, quizá, porque él mismo era
salvaje y libre como ese animal.
A Varahran se refiere cierto verso de la traducción que
hizo Edward Fitzgerald del Rubaiyat, de Omar Khayyam. En el cuarteto
decimoctavo, Omar suspira por la grandeza pasada y la vaciedad de la gloria
terrena:
Dicen que el León y el Lagarto guardan
los Palacios donde Jamshyd exultaba y se embriagaba.
y Bahram, el gran Cazador, el Asno Salvaje
piso su cabeza, pero no pudo despertarlo.
Varahran V heredó el programa de persecuciones de los
últimos años de Yazdgard y hasta intentó librar una guerra con Roma, en el 421.
El pretexto fue que Roma recibía a los refugiados cristianos de Persia. Pero
Persia sufrió una derrota y el civilizado Varahran decidió que ese peculiar
juego no merecía la pena.
Trató luego de firmar una paz que era, en apariencia, un
modelo de lógica y razonabilidad. Persia convenía en tolerar a los cristianos y
Roma aceptaba tolerar a los zoroastrianos. (Los sacerdotes zoroastrianos no
debieron de tardar en señalar, exasperados, que si bien había muchos cristianos
en Persia, había muy pocos zoroastrianos en Roma, de modo que el acuerdo era
totalmente unilateral.) Sin duda, Varahran tuvo algunos éxitos militares. Fue
en su época cuando un pueblo nómada proveniente de Asia Central, los hunos, se
estaba expandiendo hacia el Oeste a través de las estepas de Eurasia hasta
Europa central y septentrional. Crearon un imperio de gran extensión pero corta
vida que fue uno de los factores que llevó a las tribus germánicas a entrar en
el Imperio Romano; fue un movimiento que despedazó la mitad occidental del
Imperio. Varahran aprovechó las dificultades de Roma ante ese mortal ataque en
el Oeste. Se apoderó abiertamente de la parte oriental de Armenia en el 429, y
esa parte fue llamada en lo sucesivo Persarmenia.
Pero si bien la mitad occidental del Imperio Romano estaba
prácticamente derrumbándose por esa época, la sección oriental del Imperio
estaba completamente intacta, y la frontera con Persia se mantuvo tan firme
como siempre.
Aparte de la ocupación consolidada de esa parte de
Armenia, Persia no se benefició con la «caída de Roma» en Occidente.
Persia tampoco fue totalmente inmune al ataque externo que
estaba destruyendo a la mitad occidental de Roma. Los eftalitas, pueblo
emparentado con los hunos, se abalanzaron sobre las provincias orientales del
Imperio Sasánida. Pero los ejércitos de Varahran reaccionaron enérgicamente y
los rechazaron. Durante un tiempo, al menos, los sasánidas resistieron con
mucho más éxito contra los ataques de los nómadas que los romanos.
Con la muerte de Varahran V, en el 439, la situación de
los cristianos empeoró nuevamente. Su hijo, Yazdgard II, era totalmente
zoroastriano, y el cristianismo fue arrojado otra vez a la clandestinidad.
También los judíos se hallaron con una nueva e intensa
oposición. Si bien es cierto que los sasánidas no les concedieron la libertad
de que habían disfrutado bajo los partos, su situación no era tan mala. No
existía ninguna gran potencia judía que amenazara las fronteras de Persia, de
modo que los judíos sólo eran una amenaza religiosa, y no, como en el caso de
los cristianos, política y militar también. Por ello, a los judíos se les
permitía, de vez en cuando, ejercer un considerable control sobre sus asuntos
bajo un supuesto «líder de los judíos en el exilio».
En verdad, la vida intelectual judía se mantuvo
vigorosamente bajo los primeros sasánidas. Varias generaciones de rabinos
eruditos de Mesopotamia elaboraron diversos comentarios e interpretaciones de
la ley mosaica y lentamente se formó lo que ahora se llama el Talmud de
Babilonia. Éste era mucho más completo que el Talmud de Palestina elaborado en
la castigada tierra que había sido antano Judea.
El Talmud de Babilonia, que ha ejercido gran influencia
sobre el pensamiento religioso judío desde entonces, llegó lentamente a su fin
en el siglo y , cuando las crecientes persecuciones de Yazdgard II sofocaron la
vida intelectual judía por un tiempo.
Los mismos persas sufrieron una decadencia. Después de la
muerte de Yazdgard, en el 457, su hijo Firuz tuvo que hacer frente a una masiva
invasión eftalita de Persia. En 484, Firuz fue derrotado y muerto por ellos, y
los crecientes estragos que realizaron en Persia hizo pasar a este país por dos
décadas de anarquía.
Sólo en el 501 el hijo de Firuz, Kavad, pudo asentarse
firmemente en el trono (¡con la ayuda de los eftalitas!) y empezar a restaurar
el orden en Persia. Al menos, pudo hacer que el país se recuperara lo
suficiente como para lanzar nuevamente una guerra contra Roma, que era el signo
más seguro de salud nacional dentro de la locura de los tiempos.
Los heréticos
La confusión del siglo se hizo sentir también en la
religión.
En el Imperio Romano, por ejemplo, la victoria final del
cristianismo no significó el fin de las querellas religiosas. Periódicamente,
aparecían ciertas doctrinas que no eran aprobadas por la mayoría de los obispos
y, entonces, eran declaradas heréticas. Estas herejías a veces subsistían y se
producían mutuas persecuciones, así como la firme adhesión a una doctrina hasta
el martirio. Los cristianos lucharon con los cristianos tan incansablemente
como habían combatido al paganismo.
Había un sacerdote llamado Nestorio, por ejemplo, que en
el año 428 se convirtió en patriarca de Constantinopla y, por ende, fue el
sacerdote más poderoso del Imperio Romano.
Sostenía que en Jesús había dos naturalezas, una humana y
otra divina. Los detalles de esta doctrina hallaron una violenta resistencia
por parte de quienes pensaban que la naturaleza de Jesús era humana y divina al
mismo tiempo, pero encarnada en una sola naturaleza.
Una reunión de obispos realizada en el 431 votó contra
esta doctrina «nestoriana», pero se difundió y adquirió particular fuerza en
una escuela teológica de Edesa, en el noroeste de Mesopotamia. Así, esta
herejía nestoriana adoptó la forma de una rebelión nacionalista (como ocurre a
menudo con las herejías). Los cristianos ortodoxos del Imperio Romano tenían
como lenguas litúrgicas el latín y el griego, y su cultura era acentuadamente
griega. En Edesa, había relativamente poco ambiente griego y mucho ambiente
sirio nativo.
Había también ciertas tendencias nacionalistas entre los
cristianos persas. Éstos habían resistido firmemente las persecuciones durante
un siglo y cuarto, pero no formaban una Iglesia de habla griega ni se hallaban
satisfechos de estar completamente bajo la conducción de los cristianos
grecolatinos de Roma. Además, si la Iglesia persa dejaba bien en claro que no
era un mero títere de la Iglesia romana, podía tal vez hacer que no se la
considerase como una quinta columna y quizás cesaran las persecuciones.
Los nestorianos de Edesa, enfrentados con las
persecuciones de los cristianos de Roma y conscientes de la simpatía de los
cristianos de Persia hacia ellos, cruzaron la frontera.
Los reyes persas -por ejemplo, el desdichado Firuz- sabían
bien que una herejía cristiana perseguida en Roma podía ser considerada leal a
Persia. Por ello, estimuló a los nestorianos todo lo que pudo. Se hizo fácil
para los cristianos persas adherirse al nestorianismo, y lo hicieron. Hacia el
500, la Iglesia persa era totalmente nestoriana.
La misma estrategia operó en Estados sometidos a Persia,
por ejemplo, en Armenia o en el reino árabe de Hira. Ambos se hicieron
totalmente nestorianos.
La forma nestoriana del cristianismo siguió constituyendo
una minoría importante en Asia durante muchos siglos. Hasta se difundió hacia
el Este, hasta China.
Los nestorianos, pese a toda su rebelión contra el
helenismo de la Iglesia romana, no pudieron evitar el llevar consigo los
testimonios del saber griego, saber que había desaparecido en Persia después
del advenimiento de los enérgicos sasánidas iranios. Años después, cuando los
árabes dominaron el Asia occidental, tomaron la ciencia griega de los
nestorianos y la conservaron durante muchos anos, cuando en Europa estaba casi
muerta.
También el zoroastrismo tuvo sus herejías. A fin de
cuentas, la doctrina de Mani había sido una de ellas. Más tarde, durante los
decenios de confusión provocada por los eftalitas, apareció una nueva herejía
postulada por un sacerdote zoroastriano llamado Mazdak. Predicaba un tipo de
maniqueísmo y defendía un modo de vida ascético y comunista.
Denunciaba los intereses creados de la nobleza y el
poderío de los sacerdotes. Naturalmente, se granjeó la amarga enemistad de unos
y otros.
Kavad, cuyo reinado puso fin al período de anarquía sintió
fuerte simpatía por el mazdakismo, quizá causada por una sincera creencia en la
ética que éste predicaba o por el común sentimiento regio de que estaba bien
todo 10 que debilitara el poder de los nobles y los sacerdotes.
Pero el mazdakismo, como la mayoría de los movimientos
puritanos, tendía a ser intolerante tanto en las pequeñas cosas como en las
grandes. Los adeptos del mazdakismo condenaban los pequeños placeres tan pronta
y enconadamente como las enormes injusticias. Puesto que es muy escasa la gente
que no tiene sus placeres, muchos que podían haber sentido simpatía hacia los
grandes objetivos del mazdakismo rechazaban sus detalles. No estaban dispuestos
a librarse de la injusticia al precio de perder sus placeres. En tal situación,
los nobles y los sacerdotes hallaron de su lado al mismo pueblo al que
oprimían. Entonces, pudieron fácilmente llegar hasta el rey. Kavad fue depuesto
y sólo se lo restauró cuando prometió ver la luz en lo concerniente al
mazdakismo y ser un buen zoroastriano.
Cuando Kavad murió, su hijo mayor, del que se sabía que
era partidario de Mazdak, vio obstruido su ascenso al trono. En su lugar, fue
proclamado rey, en el 531, un hijo menor, Khosrau I («famoso»), más conocido en
castellano por Cosroes, forma derivada de la versión griega de su nombre.
Cosroes pronto hizo dar muerte a Mazdak y a sus principales adeptos, y dispuso
que se destruyeran sus escritos. El culto mazdakista no desapareció totalmente
(de algún modo, los cultos nunca mueren totalmente), pero en lo sucesivo
careció de importancia.
La hora de la ilustración
Dejando de lado esta demostración de fanatismo religioso,
que indudablemente le fue impuesta por los nobles y sacerdotes como precio de
la corona, y olvidando también la casi rutinaria matanza de parientes para
evitar una guerra civil, Cosroes I fue un rey civilizado. Quizás haya sido el
más ilustrado de los sasánidas y fue llamado Cosroes Anushirvan («del espíritu
inmortal»), o Cosroes el Justo.
En tiempos de Kavad había proseguido la endémica guerra
con Roma, pero en el 527 subió al trono de Constantinopla un nuevo y talentoso
monarca, Justiniano I. (Constantinopla era por entonces la capital del Imperio
Romano, y lo había sido desde la época de Constantino, dos siglos antes. En ese
momento, la ciudad de Roma se hallaba, en realidad, bajo la dominación de
tribus germánicas.) Justiniano soñaba con recuperar la mitad occidental del
Imperio, arrebatándosela a los germanos que la poseían. Para lograr tal fin,
necesitaba la paz con Persia. En cuanto a Cosroes, deseaba firmemente
reorganizar la administración interna de Persia y tenía la sensata convicción
de que era mejor llevar a cabo esas reformas en tiempos de paz.
Con esta disposición por ambas partes, se facilitó la
firma de la que fue llamada «La Paz Perpetua», en el 533.
Desgraciadamente, una ironía de la historia es que la «Paz
Perpetua» duró menos que cualquier paz común. A los siete anos de haber sido
firmada, Roma y Persia estaban nuevamente en guerra.
El problema era que Justiniano había obtenido demasiados
triunfos. Sus generales habían recapturado rápidamente el norte de África,
Italia y hasta partes de España. Cosroes pensó que si Justiniano seguía así,
llegaría a ser tan fuerte que estaría en condiciones de aplastar a Persia. En
esto se equivocó, pues las victorias romanas no se lograron sin grandes costos;
en verdad, el reino de Justiniano se estaba agotando por los esfuerzos hechos
para llevar adelante las luchas contra las aguerridas tribus germánicas.
Pero esto lo podemos discernir ahora nosotros más
fácilmente que Cosroes en aquel tiempo, y, en el 540, se reiniciaron las
interminables guerras entre Persia y Roma. En la primera etapa de la nueva
guerra Persia ocupó por breve tiempo Antioquía, pero pronto la situación
llegaría al punto muerto habitual.
En el intervalo de paz, se produjo un paradójico suceso.
Desde la muerte del emperador Juliano, siglo y medio
antes, el paganismo había sufrido un constante declive en el Imperio Romano.
Hacía tiempo que había perdido vitalidad y, bajo la opresión cristiana, los
paganos que quedaban se hicieron cristianos o dejaban transcurrir su vida en la
apatía.
Hasta en Atenas, la fortaleza de la filosofía pagana, su
luz comenzó a extinguirse. Por la época en que Justiniano fue hecho emperador,
la única escuela filosófica que quedaba en Atenas era la Academia, que había
sido fundada en el 387 a.C. por el gran filósofo ateniense Platón. Perduró por
nueve siglos, pero ahora su existencia ofendía al piadoso Justiniano, quien
ordenó su cierre. Los últimos maestros paganos vieron prohibido su inocuo saber
(escuchado por muy pocos) y sin tener adonde ir.
Luego se difundieron noticias del nuevo rey persa, de su
tolerancia e ilustración. Parecía que allí había alguien que podía entender las
enseñanzas platónicas. Así fue como los últimos filósofos paganos de Atenas la
misma Atenas que había ganado fama por su inflexible resistencia contra la
tiranía persa, en los días de Darío y Jerjes buscaron la libertad en Persia.
Sin duda, una vez allí, se encontraron con que las cosas
no eran tan placenteras como ellos esperaban. La corte persa los ignoraba, y
Cosroes estaba absorto en su labor y poco interesado en oírlos. Con el tiempo,
sintieron la anoranza de Atenas y los paisajes familiares aun de una Grecia
cristiana.
Cosroes mostró, entonces, su esencial honestidad. No se
sintió insultado por este cambio, sino que hizo un especial esfuerzo para que
Justiniano los recibiera de vuelta y los dejase en paz (aunque no les
permitiera ensenar). En el 549, lo consiguió. Los maestros volvieron, colmando
de alabanzas de gratitud al magnánimo persa; cuando murieron, el paganismo
griego murió con ellos.
Cosroes I reinó durante casi medio siglo, del 531 al 579,
y en su tiempo Persia progresó mucho. Reorganizó la administración del Imperio,
dividiéndola en cuatro distritos principales. Estableció un impuesto a la
tierra fijo y hasta dispuso que se realizara un censo de palmeras datileras y
olivos, con el propósito de aplicar tasas de impuestos justas. (Siempre es más
fácil para la gente pagar un impuesto cuando saben cuál va a ser su monto.
Antes los impuestos eran muy variables, según la particular rapacidad de los
funcionarios locales. Cuando sucede esto, todo pago de impuestos parece
insoportablemente elevado, aunque sea realmente razonable.) El siglo de
confusión también había deteriorado la red de riego mesopotámica, y empezaban a
hacerse patentes los estragos de una prolongada negligencia. El curso cambiante
de los ríos, el gradual aumento del contenido de sal del suelo y el
enarenamiento de los canales estaban minando gradualmente la prosperidad -por
tanto tiempo fabulosa- de Mesopotamia. Cosroes hizo lo que pudo para reparar lo
que todavía podía repararse, y en su tiempo Mesopotamia disminuyó el ritmo de
su lenta decadencia.
Cosroes también protegió a los extranjeros (como en el
caso de los filósofos griegos) y mantuvo la tolerancia del cristianismo
nestoriano.
Hubo un considerable intercambio comercial y cultural con
la India: la literatura y los tratados médicos indios entraron en Persia.
También se produjo una importación adicional de algo que sería de particular
valor en lo sucesivo para muchas personas del mundo occidental.
Los indios, al parecer, tenían un sutil juego con piezas
de diferentes tipos que se mueven sobre un tablero cuadrado. Se cree que este
juego fue inventado en la India; al menos, no se lo puede hacer remontar más
atrás con alguna razonable certidumbre.
Se supone que el médico de Cosroes, después de un viaje a
la India al servicio del rey, llevó el juego de vuelta consigo. La corte persa
quedó fascinada con él. De los persas, pasó luego a los árabes, quienes a su
vez lo transmitieron a los espanoles y al resto del Imperio Romano. De allí se
difundió por todo el mundo.
El juego lleva en Occidente las huellas del tiempo en que
pasó por Persia. La pieza que representa al rey es fundamental en dicho juego.
La palabra persa que significa rey (shah), después de sufrir numerosos cambios,
dio al juego el nombre que lleva en inglés: chess (ajedrez).*
*La palabra castellana «ajedrez» proviene de una voz
árabe, as-shafrany, y ésta de otra sánscrita, chaturanga. (N. del T.)
Cuando el rey es atacado, el jugador dice «jaque», que
también deriva de shah.
Y cuando el juego termina, con la inevitable captura del
rey, se dice «jaque mate», que proviene del persa shah mat (`el rey ha muerto).
Pero durante el largo, próspero y, en general,
constructivo reinado de Cosroes, se produjeron, fuera de las fronteras persas y
apenas observados en la época, los dos procesos más importantes para el futuro
de Persia y de la totalidad del Oriente Próximo.
Primero, un pueblo nómada avanzó hacia el Sur desde Asia
Central e hizo su aparición en la frontera nordeste de Persia.
Esos nómadas eran llamados por un nombre que, para
nosotros, se ha convertido en «turcos», y en el 560 se encuentra la primera
mención de los turcos en los documentos persas. (El nombre de «Turkestán», o
«tierra de los turcos», aún se aplica a grandes partes de Asia Central, de
manera no oficial.) Por entonces, los eftalitas estaban en decadencia, y los
persas dieron la bienvenida a los turcos porque vieron en ellos la oportunidad
para poner fin a los nómadas anteriores. Persas y turcos formaron una alianza
contra los eftalitas, que fueron aplastados y desde entonces desaparecen de la
historia. Una vez más, el Reino Persa se extendió hasta lo que es ahora
Afganistán.
Pero esto dejó a los turcos como nuevos vecinos de Persia,
y en este papel no resultaron ser más gratos que los eftalitas. El Imperio
Romano, a su vez, hizo una alianza con ellos, y le tocó el turno a Persia de
quedar atrapada entre las dos mandíbulas.
Persia rechazó a turcos y romanos y, quizá, se hizo la
ilusión de que los turcos no serían nada más que otro grupo de nómadas que
llegan y se van. Nadie, en tiempos de Cosroes, podía prever que los turcos no
eran de esa clase nómadas y que, con el tiempo, llegarían a dominar el Este.
El segundo suceso que conmocionaría el mundo y que se
gestó durante el reinado de Cosroes fue aún menos advertido en la época. En
verdad, se produjo sin que provocase ningún comentario o siquiera fuese
conocido fuera de una distante ciudad de Arabia. Y ni siquiera en esa lejana
ciudad nadie podía haber imaginado las consecuencias de ese suceso. La ciudad
era La Meca, y, en el 570 aproximadamente, en ella nació un nino que recibió el
nombre (en su forma castellana más conocida) de Mahoma.
La hora del triunfo
Ormuzd IV, hijo y sucesor de Cosroes I, subió al trono en
el año 579 y prosiguió la política de su padre de tolerancia hacia los
cristianos, que constantemente crecían en numero e influencia. Esto siguió
alimentando la contenida furia de los sacerdotes zoroastrianos. Habían sido
impotentes contra el vigoroso Cosroes I, pero con su hijo, mucho menos capaz,
las cosas eran más fáciles.
Los sacerdotes eligieron para que llevase a cabo sus
planes a Bahram Coben. Era un general que había resultado victorioso sobre los
turcos algunos años antes, pero perdió una batalla con los romanos y pronto fue
destituido de su cargo por Ormuzd. Bahram Coben estaba ansioso de venganza y
fue fácil convencerlo de que organizara el asesinato del rey. El hijo de
Ormuzd, Cosroes II, se convirtió en el nuevo rey en el 589.
Pero Bahram Coben, que había sido un general victorioso y
se había convertido en hacedor de reyes, sintió que se le abría el apetito y
decidió ser rey él mismo aunque no era un sasánida.
Cosroes II fue echado del trono y, seguro de que hallaría
la muerte si se quedaba, logró huir en el 590 hacia la gran enemiga de Persia,
la corte de Constantinopla. Gobernaba a la sazón en Constantinopla el emperador
Mauricio, quien deseaba una suspensión de las hostilidades con Persia, pues un
nuevo grupo de nómadas, los ávaros, estaban penetrando en la Península
Balcánica y amenazando a las provincias europeas del Imperio.
Mauricio pensó que si se ganaba la gratitud del joven
príncipe reponiéndolo en el trono, podía asegurarse un período de paz. Por
ello, envió el ejército romano hacia el Este.
Mauricio tuvo éxito. Cosroes recuperó el trono en el 591
con los aplausos del pueblo persa, que no deseaba ver en el trono a un
gobernante que no fuese sasánida. Bahram Coben huyó, buscando refugio entre los
turcos, a quienes había derrotado diestramente unos años antes y que ahora le
retribuyeron su acción matándolo.
Se demostró que Mauricio había tenido razón. Cosroes II
manifestó un tipo de gratitud que no es habitual en los monarcas. Mientras
Mauricio estuvo en el trono, Persia mantuvo la paz.
Pero luego la situación cambió bruscamente. Al parecer, el
ejército romano apostado sobre el Danubio, conducido por un soldado brutal e
inculto llamado Focas, se cansó de luchar con los formidables ávaros. Se
rebelaron en el 602 y marcharon sobre Constantinopla, a la par que proclamaban
emperador a Focas. Mauricio y sus hijos fueron cruelmente asesinados.
Cuando estas noticias le llegaron a Cosroes,
inmediatamente arguyó que tenía una deuda de gratitud hacia el emperador que
había sido tan espantosamente asesinado y que todas las normas de justicia le
exigían que avanzase contra Constantinopla para exigir venganza.. Se aseguró la
retaguardia borrando del mapa el reino árabe de Hitra, cuyo nestorianismo le
brindó el pretexto necesario. A fin de cuentas podía argüir que la Hira
cristiana podía unirse con la Roma cristiana contra él.
Hecho esto, Cosroes marchó al Oeste. Casi sin hallar
oposición se apoderó de toda la Mesopotamia noroccidental, que durante más de
tres siglos había eludido la amenazante férula de un sasánida tras otro. Hasta
penetró en el este de Asia Menor.
Por entonces, quedó en evidencia que Focas no sólo era
cruel e ignorante, sino también totalmente inepto. No pudo ofrecer ninguna
resistencia efectiva contra el avance persa ni fue capaz de dominar a los
ávaros. Constantinopla, que observó el acercamiento de los persas desde el Este
y de los ávaros desde el Norte, cayó en el pánico. Se rebeló, mató a Focas y
eligió como emperador a otro general, Heraclio.
Si Cosroes hubiese sido consecuente, la muerte de Focas
debía haberlo satisfecho y poner fin a la guerra. Pero el monarca persa quiso
aprovechar una situación que lo favorecía.
Sus inesperadas victorias se le subieron a la cabeza. Si
en un principio había sido sincero al considerar que su guerra era 4 de justa
venganza, ahora ésta se convirtió en una descarada guerra de conquista.
Indudablemente, había provincias romanas que prácticamente
pedían ser conquistadas. Después de la herejía nestoriana, surgieron otras
herejías en el Imperio Romano y tanto Siria como Egipto eran las fortalezas de
una de ellas, el monofisismo.
En verdad, el monofisismo incluso se estaba propagando por
Persia, reemplazando gradualmente al nestorianismo.
Muchos de los sirios y egipcios sabían que, mientras los
cristianos ortodoxos que dominaban la Iglesia de Constantinopla eran
intolerantes con las doctrinas que se apartaban de la propia, los persas
toleraban (aunque de manera irregular) las herejías cristianas.
Por ello, Cosroes halló pocas dificultades para avanzar
sobre esas provincias. En el 611, tomó Antioquía; en el 614, Damasco; y en el
615, Jerusalén. La captura de Jerusalén fue un golpe particularmente duro para
los romanos. La misma fuente originaria del cristianismo, la tierra que había
pisado Jesús, estaba bajo la dominación de una horda pagana. Para empeorar las
cosas aún más, Cosroes II se llevó tranquilamente la cruz que, según creían
todos los cristianos, era aquella en la que había sido crucificado Jesús (la
«Verdadera Cruz»).
Cosroes II fue incluso más allá. En el 615, entró en
Egipto y al año había impuesto su dominación sobre toda la provincia. En el
617, toda Asia Menor era suya, y las tropas persas estaban acampadas en
Calcedonia, suburbio de Constantinopla del otro lado del estrecho. Sólo un
kilómetro y medio de agua separaba a Cosroes de la misma Constantinopla.
Durante unos pocos gloriosos años, Persia estuvo en las
vertiginosas alturas del triunfo total. Cosroes II había logrado hacer lo que
no habían conseguido sus predecesores sasánidas en los cuatro siglos
anteriores. Prácticamente, restauró el Imperio de Darío I. Cosroes II fue
llamado Cosroes Parviz («Cosroes el Victorioso») y, ciertamente, el nombre
parecía justificado.
Constantinopla parecía acabada. Los persas estaban del
otro lado del estrecho y los ávaros junto a sus murallas. Sólo Heraclio, el
emperador, no desesperó. Siguió tratando tenazmente de reorganizar el ejército
y de preparar un contraataque.
Heraclio tenía un arma importante, de la que Persia
carecía: el dominio del mar. Heraclio utilizó las riquezas de la Iglesia (que
se las dio con renuencia, ante lo inminente del desastre absoluto) para equipar
una flota. En el 622, hizo embarcar un ejército y, abandonando la capital
asediada por los persas y los ávaros, marchó por mar al corazón de la tierra
enemiga. Antano, tres siglos y medio antes, mientras los persas se abalanzaban
sobre Asia Menor, Odenato de Palmira los obligó a volver deprisa atacando su
retaguardia. Heraclio planeaba hacer lo mismo.
Navegó por el mar Negro hasta Armenia y durante anos
maniobró por el interior de Persia como otro Alejandro. Finalmente, Cosroes II,
contra su voluntad, se vio obligado a retirar su ejército de sus puntos
avanzados y, más tarde, a arriesgarse en una batalla campal.
En el 627, los dos ejércitos se encontraron cerca de
Nínive, justamente. Una vez más, los fantasmas de los doce siglos y medio
pasados iban a ser perturbados por el bullicio y el estruendo de una tremenda
batalla. Bajo la inspirada dirección de Heraclio, quien -según relatos quizás
exagerados- desplegó el valor de un héroe, los romanos triunfaron y el ejército
persa fue destrozado. Durante la noche, lo que quedaba de él se retiró
apresuradamente.
Heraclio llevó luego su ejército a Mesopotamia, como un
nuevo Trajano, y retribuyó la devastación que los persas habían efectuado en
Asia Menor. Avanzó hasta las mismas murallas de Ctesifonte.
Cosroes había jugado una gran partida y había perdido.
Había restaurado el imperio del viejo Darío, lo conservó
durante cinco años y luego lo perdió. Los magnates persas, totalmente
desalentados por tales cambios de la fortuna, no deseaban continuar la guerra.
Cuando Cosroes no mostró ningún signo de querer hacer la paz, aun asediada
Ctesifonte, primero lo tomaron prisionero y luego, en el 628, lo ejecutaron.
Así murió Cosroes II después de su hora de triunfo.
Los persas estaban dispuestos a hacer la paz en los
términos que dictase Heraclio. Éste les exigió inexorablemente la devolución de
cada centímetro de terreno que habían tomado y los obligó a devolver la
Verdadera Cruz.
En el 629, en medio de imponentes ceremonias, observó su
restauración en su lugar original, en Jerusalén.
l0. Los árabes
La historia se repite
Mientras Cosroes aún estaba en la cumbre del éxito, le
llegó un mensaje de Arabia. Un fanático árabe le ordenaba abandonar su religión
y considerar a ese árabe como su profeta. El profeta era Mahoma. Cosroes rompió
el mensaje y es sumamente probable que nunca volviese a pensar en la cuestión.
Pero mientras Cosroes caía de sus alturas para
precipitarse a la deshonra y la muerte, Mahoma poco a poco unía a las vigorosas
tribus árabes y les inspiraba una ferviente creencia en una nueva religión, una
total confianza en la justicia de su causa y la inmediata recompensa del
Paraíso para aquellos que luchasen y muriesen por esa causa.
La religión fue llamada el «islam» («sumisión», a la
voluntad de Alá, la palabra árabe que significa Dios), y sus adeptos, los
musulmanes («los que se entregan»). En Occidente a menudo hablamos de los
mahometanos y del mahometismo, pero son denominaciones erróneas.
Mientras Arabia se fortalecía, Persia se debilitaba.
Después de la muerte de Cosroes II, se produjo un período de anarquía, en el
que distintos reyes fueron proclamados y depuestos. Luego, en el 632, Yazdgard
III, un nieto de Cosroes, fue colocado en el trono. Sólo tenía quince anos de
edad y no poseía realmente el poder.
Con extrana exactitud, la historia volvía a repetirse. Dos
situaciones a mil años de distancia una de otra eran prácticamente iguales.
Bajo los sasánidas (aqueménidas) la muerte del rey conquistador Cosroes II
(Artajerjes III) era seguida por algunos anos de anarquía hasta el acceso,
finalmente, al trono del incompetente Yazdgard III (Darío III).
Aquí parece terminar la semejanza. Filipo de Macedonia fue
sucedido por su hijo, el joven genio Alejandro. Mahoma fue sucedido por su
anciano suegro Abu Bakr. Fue el primer Khalifah (`sucesor) palabra que nos es
más familiar en la forma «califa».
Sin embargo, el paralelismo continuó. Abu Bakr envió otras
invitaciones a unirse al islam, una dirigida a Yazdgard, la otra a Heraclio.
Ambas fueron rechazadas. Los musulmanes, pues, se lanzaron al ataque.
Se enfrentaron con dos enemigos, mientras que Alejandro
sólo se enfrentó con uno. A cualquiera que tuviese un poco de sensatez le
habría parecido que la única manera de triunfar sobre dos enemigos era hacer
una alianza con uno de ellos contra el otro. Una vez aplastado ese enemigo, se
podía atacar al anterior aliado. Éste ha sido el procedimiento corriente de
todos los conquistadores. Hasta Hitler lo usó, al formar una alianza con la
Unión Soviética para poder aplastar a Polonia y Francia, y luego volverse contra
el aliado.
Sin embargo, las tribus árabes, con sublime temeridad
optaron por atacar simultáneamente a sus dos grandes enemigos. Indudablemente,
el soldado raso árabe atacaba con la serena confianza de que Alá estaba con él
pero cabe preguntarse si alguno de los dirigentes había captado acertadamente
la situación real.
El Imperio Romano y Persia habían librado una enconada
guerra de veinte años en la que cada uno, por turno, había asolado el
territorio del otro. Ambos estaban agotados, convertidos por el esfuerzo en un
caparazón que parecía poderoso desde fuera, pero estaba hueco por dentro.
Con casi insolente facilidad, los árabes arrancaron al
Imperio Romano las provincias que acababa de recuperar de Persia. En el 636,
tomaron Judea y Siria, de modo que Jerusalén y la Verdadera Cruz se perdieron
nuevamente, esta vez para siempre. En el 640, invadieron Egipto.
Heraclio en sus anos de decadencia, vio completamente
anulada su gran victoria, y no pudo hallar dentro de sí las fuerzas necesarias
para contraatacar nuevamente. Como el Imperio mismo, el gran esfuerzo del
decenio del 620 lo había agotado. Murió en el 641: fue un Alejandro que había
vivido demasiado.
Claro que Constantinopla no perdió todo. Le quedaban el
Asia Menor y sus provincias europeas, y contra ellas los ejércitos árabes se
estrellaron vanamente. Pero después de las conquistas árabes, ya no se puede
hablar realmente del Imperio Romano. Sin duda, los sucesores de Heraclio lo
hicieron y se llamaron a sí mismos emperadores romanos y a sus súbditos «el
pueblo romano», hasta el fin de su historia. En cambio, los historiadores, por
lo general, llaman a las tierras gobernadas por Constantinopla después de
Heraclio el «Imperio Bizantino», de Bizancio, el antiguo nombre griego de
Constantinopla.
Al mismo tiempo, los árabes atacaron también a Persia.
Tenían listo un pretexto, pues Cosroes, un cuarto de siglo antes, había
aplastado al reino árabe de Hira. Los árabes se proclamaron los vengadores de
Hira y enviaron un ejército al nordeste. Tomaron Hira y luego marcharon hacia
el Éufrates.
Los asombrados e indignados persas, que estaban en la
tarea de coronar a Yazdgard III, reunieron apresuradamente un ejército para
castigar a los nómadas y los derrotaron rotundamente en el 634, en lo que se
llama la batalla del Puente. Los árabes no aceptaron la derrota, sino que
llenos de confianza por las continuas victorias contra los romanos en el otro
frente, lanzaron sobre Persia un ejército mayor.
En el 637, los ejércitos se encontraron en Qadisiya, a
orillas del Éufrates, a unos 80 kilómetros al sur de donde se había alzado
Babilonia. Una vez más, la antigua tierra de Mesopotamia tuvo que presenciar
una de las batallas importantes de los hombres.
El número de soldados de las fuerzas rivales era casi el
mismo, pero los árabes se sentían animados por el conocimiento de la reciente
conquista de Siria, y los persas desalentados por la misma noticia. La batalla
prosiguió indecisa al menos durante dos días, y en un momento los árabes fueron
salvados de la derrota por la llegada de un refuerzo de seis mil hombres
procedentes de Siria.
En la tercera manana, se levantó una tormenta de arena
que, por el azar del viento, dio contra el rostro de los persas.
Éstos, al no poder ver, cedieron, y fue el fin. Los árabes
avanzaron, y la retirada se convirtió en desbandada. Luego, marcharon
rápidamente hacia el corazón de Mesopotamia y tomaron Ctesifonte.
Persia, desesperada, hizo un último intento. Así como
después de Isos los persas montaron su resistencia final en Gaugamela, de igual
modo después de Qadisiya, intentaron resistir en Nehavend, a unos 80 kilómetros
al sur de Ecbatana y que había sido antaño la capital de Media. Allí, en el
642, los árabes ganaron otra gran victoria, mayor aún que la anterior (como
había sido Gaugamela con respecto a Isos).
Yazdgard III huyó, como había huido Darío III,
internándose en la región nordeste de su tierra y pidiendo ayuda al emperador
de la distante China. Finalmente, fue muerto en el 651, después de un reinado
de diecinueve anos de casi incesantes luchas y derrotas.
Sólo un cuarto de siglo después de que Cosroes II acampase
en la costa del Estrecho y contemplase las agujas de las iglesias de
Constantinopla brillando al sol del otro lado de sólo un kilómetro y medio de
agua, su imperio había desaparecido para siempre del mapa.
La conquista de Persia por los macedonios había dejado
vivo al zoroastrismo y le dio la oportunidad de una posterior revitalización,
pero la conquista árabe fue muy diferente.
Oficialmente, los musulmanes toleraron el zoroastrismo,
como toleraron el cristianismo en las provincias que habían arrancado al
Imperio Romano. Pero los zoroastrianos y los cristianos tenían que pagar un
impuesto especial del que estaban exentos los musulmanes. (Esta táctica de
permitir a las minorías religiosas que comprasen la tolerancia a un precio
razonable la aprendió el islam de los mismos zoroastrianos.) El aliciente
financiero de ahorrar dinero convirtiéndose al islamismo dio mejores resultados
que la violencia. Persia rápidamente se convirtió del zoroastrismo al islamismo
(y Siria y Egipto se convirtieron con igual rapidez, abandonando el
cristianismo).
Por supuesto, no todos los zoroastrianos se volvieron
musulmanes (ni todos los cristianos). Menguadas colonias de zoroastrianos
persistieron en Irán, y con el tiempo algunas de ellas, según sus propias
tradiciones, se concentraron en Hormuz, sobre el golfo Pérsico. (Esta era la
ciudad donde Ardashir ganó la batalla contra el último rey parto y fundó el
Imperio Sasánida, unos cinco siglos antes.) Algún tiempo después del 700, esos
restos de zoroastrismo abandonaron Persia del todo y llegaron a la India.
Sus descendientes aún sobreviven en la India, en número de
unos 130.000, y son llamados parsis. Mantienen sus antiguas costumbres y aún
numeran sus anos desde el reinado de Yazdgard III.
En cuanto a los judíos de Mesopotamia, también ellos
fueron tolerados por los musulmanes a cambio del pago de un impuesto. A
diferencia de los zoroastrianos, estaban acostumbrados a ello. Les importaba
poco que los musulmanes hubiesen reemplazado a los zoroastrianos como
gobernantes gentiles. Así, continuaron como antes y, bajo la dominación /
relativamente suave de los primeros musulmanes, hasta florecieron en una paz y
una prosperidad como no habían conocido nunca desde los tiempos de los
macabeos, casi mil años antes.
Las facciones del islam
Mesopotamia y Persia no se fundieron totalmente en el
mundo musulmán. Así como las provincias no griegas del Imperio Romano hallaron
un refugio nacionalista en una herejía cristiana, así también las provincias no
árabes del Imperio Musulmán hallaron otro en las herejías islámicas.
Las cosas ocurrieron así. En el 644, poco después de la
conquista de Persia, fue elegido un nuevo califa, Utmán. Era un hombre de edad,
que había sido yerno de Mahoma y pertenecía a una familia noble de La Meca, los
omeyas. Bajo su gobierno, se pensó que otros miembros de su familia obtenían
más de lo que les correspondía en los puestos de gobierno y en las ganancias
imperiales, y cundió el descontento.
Hubo motines de tropas y, en el 656, un contingente de
soldados de Egipto buscó al califa en su casa de Arabia y lo mató.
Luego supervisaron la elección del sucesor, que resultó
ser Alí, otro yerno de Mahoma.
Pero Alí no fue reconocido por los partidarios de los
omeyas, quienes pensaban (con aparente razón) que la elección no podía haber
sido libre bajo la vigilancia de los asesinos de Utmán.
El líder del partido omeya era el gobernador de Siria,
Muawiya. Alí recibió su principal apoyo de Mesopotamia. En verdad, Alí instaló
su capital en Kufa, que había sido fundada por los árabes en el 638, poco
después de la batalla de Qadisiya. Estaba a orillas del Éufrates, a unos 65
kilómetros río abajo de donde había estado Babilonia. La guerra civil, pues,
fue entre Siria y Mesopotamia; la primera representaba el núcleo árabe del
nuevo imperio, y la segunda a la cultura persa.
La guerra siguió durante un tiempo, mientras Alí perdía
apoyo constantemente, hasta que, en el 661, ciertos grupos cansados de la
guerra fraguaron una conspiración. Pensaron que matando a las cabezas de ambos
partidos se lograría la paz. Pero parte del plan fracasó; Muawiya escapó, y
sólo Alí fue asesinado.
Muawiya inmediatamente logró hacerse elegir califa y trató
de buscar seguridad negándose a instalar su capital en la turbulenta Arabia y
trasladándola a su Siria natal. Damasco se convirtió en la ciudad principal de
todo el mundo musulmán y así llegó a su apogeo en la historia. No había sido la
capital de un Estado completamente independiente desde hacía catorce siglos, y
aun entonces sólo había sido la capital de la Siria bíblica, pequeño reino no
más poderoso que Israel.
El linaje de los que gobernaron desde Damasco en el siglo
siguiente constituye lo que se llama el Califato omeya.
Los seguidores de Alí no aceptaron totalmente el nuevo
estado de cosas. Representaban, en parte, la reacción persa a la dominación
árabe y se agruparon alrededor del hijo mayor de Alí, Hasán. Pero,
desgraciadamente para ese grupo, Hasán era un estudioso, hombre pío, que no
sentía ninguna atracción por la guerra. Pronto abdicó.
Pero el partido de Alí se mantuvo en Kufa, y cuando
Muawiya murió, en el 680, invitaron a Husayn, el hijo menor de All, a que los
condujera a luchar por el califato. Husayn acudió a Kufa, pero fue abandonado
por sus propios adeptos y muerto en una batalla con las fuerzas omeyas que se
libró en Kerbela, inmediatamente al oeste de Kufa, el 10 de octubre de 680. En
el 700, el partido de Alí hizo un nuevo intento de tomar el poder y fracasó. En
el 740, lo intentó nuevamente, y otra vez fracasó.
Pese a estos repetidos fracasos, el partido sobrevivió y
sus adeptos fueron llamados los chiitas, de una palabra árabe que significa
«partidario», esto es, los partidarios de Alí. Hasta hoy, los chiitas
consideran que Alí y sus hijos han sido los verdaderos sucesores de Utmán, y
que todos los califas desde Muawiya en adelante han sido usurpadores. Celebran
el aniversario de la muerte de Husayn como día de duelo y Kerbela es para ellos
una ciudad sagrada. A los chiitas se oponen los sunníes, de una palabra árabe
que significa «tradición», es decir, los seguidores de la tradición ortodoxa.
El chiismo tuvo una historia muy variada en el islam, y
hubo épocas en que sus partidarios dominaron grandes provincias. Hasta hoy, han
sido una secta minoritaria, que sólo cuenta con el diez por ciento de los
musulmanes. Aún así, el chiismo sigue siendo la expresión del nacionalismo
persa, pues forma la mayoría gobernante en las naciones modernas de Irak
(Mesopotamia) e Irán (Persia).
Mientras continuaron las conquistas árabes, el Califato
Omeya fue fuerte. En el 717, el imperio musulmán se extendía desde las
fronteras orientales de Afganistán hasta el océano Atlántico, y hasta incluía
la Península Ibérica, en Europa. Tenía 8.000 kilómetros de extensión de Este a
Oeste, la mayor franja de tierra que, hasta entonces, estuvo bajo un solo
gobierno.
Pero hasta los árabes finalmente hallaron sus límites. En
el 717, un formidable intento de tomar Constantinopla por tierra y por mar
fracasó. Y en el 732 la avanzada árabe fue aplastada en el centro de Francia.
La primera e irresistible oleada de conquistas había terminado. El islam iba a
seguir obteniendo victorias durante siglos, pero bajo los árabes serían de
secundaria importancia en lo sucesivo, y cuando ganó nuevamente grandes
victorias, lo haría bajo la dirección de grupos diferentes de los árabes.
Las facciones opuestas a los omeyas entonces se hicieron
sentir, pues al cesar las rápidas conquistas, decayó la popularidad de la
dinastía.
Entre los oponentes a los omeyas, se destacaba otra
familia de La Meca de mucho prestigio. Esta familia hacia remontar su linaje a
Al-Abbas, tío de Mahoma, y sus miembros eran llamados los abasíes.
Los abasíes eran sunníes, y por ende podían contar con el
apoyo de todos los sunníes cansados de los omeyas. También tenían el apoyo
seguro de todos los chiitas, que estaban dispuestos a respaldar hasta a los
sunníes en contra de los odiados omeyas.
Los abasíes eligieron el momento cuidadosamente y
reunieron a sus adeptos en el Este. En el 749, Abul-Abbas, por entonces líder
de la familia abasí, llegó a Kufa y allí fue proclamado califa.
Los omeyas no estaban dispuestos a ceder. Su ejército
marchó rápidamente al Este, y se libró batalla a orillas del río Zab, un
tributario del Tigris. Allí, nuevamente en la profana vecindad de la antigua
Nínive, desaparecida ya hacía catorce siglos, se entabló una batalla decisiva.
Ganó el ejército abasí y, en el 750, el Califato omeya llegó a su fin.
Todos los numerosos miembros de la familia omeya fueron
asesinados, con excepción de uno que logró escapar y llegar a España. Aquí,
durante dos siglos y medio, una brillante dinastía omeya iba a mantenerse
independiente del resto del mundo mahometano.
Bagdad
La dinastía abasí inmediatamente trasladó fuera de la
Siria omeya la capital del Islam. El centro del poder islámico fue transferido
a Mesopotamia, que, una vez más, se convirtió en la metrópoli gobernante del
imperio mundial.
Pero Mesopotamia era también un centro chiita, y los
abasíes no podían permitirse estar vinculados demasiado estrechamente con una
secta minoritaria, por temor a enajenarse a la gran masa de los musulmanes de
otras partes.
El segundo califa abasí, al-Mansur, por ello, aprovechó
una oportunidad que se le presentó para aplastar a los grupos extremistas de
los chiitas. Éstos habían hallado otro líder en Muhammad, nieto de Hasán.
Muhammad llevó una fatigosa persecución de al-Mansur durante un tiempo y hasta
conquistó la ciudad sagrada de La Meca. Pero al fin tuvo el destino habitual de
la familia de All: él y su hermano, Ibrahim, fueron muertos en batalla.
Estos sucesos hicieron que Kufa fuese cada vez más
inconveniente como capital, y al-Mansur decidió construir una nueva. En el 762,
eligió el lugar ocupado por la aldea, todavía sin importancia, de Bagdad,
situada sobre la orilla derecha del Tigris, a unos 30 kilómetros al norte de
Ctesifonte.
La construcción de Bagdad fue la muerte de Ctesifonte, que
durante siete siglos había sido la capital de los arsácidas y los sasán idas.
En verdad, Ctesifonte fue usada como fuente de materiales de construcción para
la edificación de Bagdad, y las reliquias visibles de la vieja dinastía
sasánida desaparecieron.
Bagdad iba a ser la mayor ciudad que hubo en Mesopotamia,
aún más grande que Babilonia en su apogeo. Se ha calculado que, en el momento
de su auge, Bagdad tuvo una población de dos millones de habitantes, y durante
un tiempo fue la ciudad más grande del mundo. El califa que gobernaba en Bagdad
extendía su dominación desde Afganistán, en el Este, hasta Argelia, en
Occidente. (Marruecos y Espana, que estaban más al oeste, nunca reconocieron al
Califato abasí.) El hijo de al-Mansur, al-Mandí, consolidó su liderazgo del
islam dando carácter oficial a la doctrina sunní. Los chiitas, que tenían clara
conciencia del importante papel que habían desempenado al ayudar a afirmarse en
el trono a la dinastía abasí, pasaron a una resentida e irreconciliable
oposición.
El periodo más brillante y legendario de Bagdad comenzó en
el 786, cuando subió al trono el hijo de al-Mandí, el famoso Harún-al-Rashid, o
«Aarón el Justo».
El poder abasí llegó a su apogeo. Harún atacó
repetidamente el Asia Menor, pero siempre, al parecer, en respuesta a alguna
agresión del Imperio Bizantino. Después de una de estas agresiones, Harún
escribió una famosa breve réplica al emperador Bizantino: «He recibido tu
carta, hijo de un infiel, y no oirás mi respuesta; la verás».
Todas las campañas de Harún en Asia Menor tuvieron éxito,
y los bizantinos, en todos los casos, se vieron obligados a concertar una paz
en términos desfavorables.
Harún hasta entró en la historia europea occidental, pues,
en el 807, intercambió embajadas, presentes y floridas expresiones de alabanzas
diplomáticas con Carlomagno, quien por entonces dominaba la parte de Europa que
abarca las naciones modernas de Francia, Alemania e Italia.
No faltaban razones para esto. Por entonces, en la región
mediterránea había cuatro grandes potencias. De ellas, dos eran cristianas: el
Imperio Occidental de Carlomagno y el Imperio Oriental de Constantinopla. Las
otras dos eran musulmanas: el Califato abasí de Harún al-Rashid y el Reino
Omeya de España.
Carlomagno estaba en constantes guerras con la España
Omeya y era rival del emperador bizantino. Harún al-Rashid estaba en guerra
constante con los bizantinos y era rival de la Espana omeya. Puesto que
Carlomagno y Harún tenían enemigos comunes, era natural que mostrasen una mutua
simpatía, pese a la diferencia en la religión. Estos episodios, que son tan
comunes en la historia, han dado origen a dichos tales como que «la política
vuelve companeros de cama a los extraños».
El éxito de Harún en la guerra y su influencia sobre todo
el mundo civilizado marcharon a la par de un gobierno ilustrado y una
administración cuidadosa de los impuestos y las finanzas. Como resultado de
ello, el Imperio prosperó y estuvo bastante satisfecho.
Bajo los abasíes, centrados en Mesopotamia como estaban,
el liderato puramente árabe que había predominado durante el primer siglo del
poder musulmán, cuando la capital era La Meca o Damasco, empezó a desvanecerse.
En cambio, la civilización musulmana comenzó a tener cada vez más un tinte
persa. (Aunque, sin duda, el árabe llegó lentamente a ser la lengua de
Mesopotamia y ha seguido siéndolo desde entonces.) Así, los principales
consejeros de los primeros abasíes eran miembros de una familia noble persa cuyos
miembros eran llamados los barmakíes, patrones de las artes y la literatura.
Cuando Harún al-Rashid subió al califato, nombró visir, o
primer ministro, a uno de esta familia, Yahya. El hijo de Yahya, Yafar, era
amigo íntimo de Harún.
Como sucede con toda familia que se convierte en favorita
demasiado exclusiva de un monarca, los barmakíes se ensoberbecieron (o así lo
creyeron sus rivales). Sus enemigos se multiplicaron y llegaron a persuadir a
Harún de que los barmakíes representaban un peligro para el trono. En el 803,
Yafar fue ejecutado repentinamente, y se llevó a prisión a otros miembros de la
familia. Pero aunque los barmakíes desaparecieron, la influencia persa
subsistió y creció.
Pero la reputación de Harún para la posteridad no reposa
en sus realizaciones verdaderas, sino en su papel en las leyendas.
Aproximadamente un siglo después de su reinado, algunos compiladores anónimos
comenzaron a reunir cuentos de maravillas y relatos de aventuras. La colección
aumentó con el tiempo y llegó a incluir muchos cuentos legendarios sobre el
magnánimo y jovial Harún, quien, con su amigo Yafar, andaba disfrazado por
Bagdad (según los relatos) para corregir las injusticias y deshacer entuertos.
El lazo de unión que daba coherencia a esa colección
totalmente amorfa era una reina, Sheherazade, que relataba las historias noche
tras noche durante tres años. Esto explica el título popular de la colección,
Las mil y una noches o Las noches árabes.
La colección fue llevada a Occidente por primera vez por
un viajero francés llamado Antoine Galland y fue publicada en muchos volúmenes,
entre 1704 y 1717. Adquirió gran popularidad, y el Bagdad de Harún al-Rashid se
convirtió en una ciudad de cuento de hadas de la leyenda dorada.
El hijo de Harún, al-Mamún, fue hecho califa en el 813.
Era un hombre de gran cultura y estaba totalmente bajo la influencia persa. En
realidad, pasó los primeros años de su reinado en Persia y parecía abrigar el
proyecto de instalar allí su capital. Fue necesario una revuelta en Bagdad
provocada por el resentimiento para hacerlo volver a ella.
En Bagdad, al-Mamún abrió una academia cuya finalidad era
la traducción y el estudio de las obras griegas de filosofía y ciencias,
traducción que llevaron a cabo los cristianos nestorianos. Al-Mamún también
hizo construir un observatorio para estudiar astronomía.
La avanzada de la ciencia, que había pasado de Mesopotamia
a Grecia en la época posterior a Nabucodonosor, trece siglos antes, retornó
ahora, al menos temporalmente, a Mesopotamia.
Yabir, que vivió en Kufa y en Bagdad en tiempos de Harún
al-Rashid, fue un alquimista precursor (hoy lo llamaríamos un «químico») que no
tuvo igual hasta los tiempos modernos. Al-jwarizm, que vivió en Bagdad en la
época de al-Mamún, escribió sobre matemáticas. Del título de uno de sus libros
deriva el nombre «álgebra» que damos a una importante rama de esa disciplina.
También adoptó un nuevo modo de representar números que había sido inventado en
la India.
Este método indio llegó a Occidente a través de los
musulmanes. Con el tiempo llegó a reemplazar al incómodo sistema romano. Este
método es el que todavía usamos y al que llamamos de los números arábigos.
Durante el reinado de al-Mamún, los abasíes siguieron
obteniendo éxitos militares. Por ejemplo, se apoderaron de las islas de Creta y
Sicilia. A fin de cuentas, parece razonable llamar a este califa al-Mamún el
Grande, aunque sea prácticamente desconocido para la gente, en contraste con su
legendario padre, Harún al-Rashid.
Los califas títeres
En el 833, al-Mamún murió y fue sucedido por su hermano,
al-Mutasim. Este cometió dos errores de largo alcance y desastrosos.
Cedió a la tentación de seguir el ejemplo de los monarcas
que, para su propia seguridad en tiempos revueltos, contratan una guardia de
corps formada por soldados leales sólo a ellos. Para que esta guardia de corps
sea realmente eficaz, es mejor seleccionarla entre razas extrañas y pueblos
distantes; en general, no caen simpáticos a la población de la capital, por lo
cual es improbable que hagan causa común con ella contra el monarca.
Para integrar su guardia de corps, al-Mutasim eligió
soldados turcos.
Estos no estaban sometidos a los abasíes ni habían
alcanzado la ilustración mediante una cultura asentada. En suma, al-Mutasim
formó lo que podríamos llamar una «guardia de corps bárbara».
Esta guardia de corps bárbara puede ser instrumento eficaz
en las manos de un monarca enérgico, pero puede hacerse dueña de la situación
bajo monarcas débiles, y tarde o temprano aparece un monarca débil.
Por la época de al-Mutasim, Bagdad se había convertido en
una gran y turbulenta metrópoli que representaba un constante peligro para la
tranquilidad del monarca, aun con la protección de soldados turcos. Por ello,
al-Mutasim eligió una nueva capital y se retiró a Samarra, sobre el Tigris, a
unos 100 kilómetros aguas arriba de Bagdad. Ésta siguió siendo la capital del
Imperio, y Samarra sólo fue la residencia real. (Era como la relación de
Versalles con París en el siglo XVII.) Era un lugar grato para al-Mutasim, pero
también representó un peligro mortal. El califa llevó una vida retraída y
perdió contacto con el Imperio. No le costó mucho delegar la autoridad y
quedarse cómodamente en su residencia con su harén y sus placeres. Se
preocupaba poco por los desórdenes y rebeliones en provincias distantes o las
derrotas en remotas fronteras, mientras su palacio y sus parques fueran un
paraíso terrenal.
El nieto de al-Mutasim, al-Mutawakkil, quien subió al
trono en el 847, parece haberse percatado del peligro. Trató de instalar
nuevamente su capital en Damasco, pero fue una medida impopular y, quizá, él
mismo añoraba las comodidades de Samarra, pues volvió a allí casi enseguida. Se
entregó a sus deseos y se dedicó a construir un nuevo palacio, que el Imperio
no podía permitirse en ese momento, y a tratar de demostrar su ortodoxia
persiguiendo a judíos, cristianos y chiitas.
Más tarde, su hijo mayor se cansó de esperar que muriese
y, en el 861, organizó una conspiración e hizo asesinar a su padre por los
jefes de la guardia turca.
Así, los turcos descubrieron que podían matar califas
tanto como súbditos. Siguió una década de absoluta anarquía en la que los
turcos ponían y deponían califas con los diversos miembros de la casa abasí.
Los turcos eran los verdaderos gobernantes y comenzaron a legar sus cargos de
padres a hijos.
Hubo varias de estas «dinastías» turcas que aumentaban el
caos pero impedían que los mismos turcos, por sus querellas internas, fuesen
tan poderosos como podían haber sido.
Durante este período, las provincias comenzaron a
apartarse de la dominación de Bagdad. Teóricamente, todos los vastos dominios
de Harún al-Rashid aún reconocían al califa, pero éste sólo fue un nombre que
se mencionaba en las plegarias. El poder real lo tenían una serie de
gobernantes llamados emires. Uno de ellos dominaba Túnez; otro, Egipto y Siria;
un tercero, gran parte de Persia, y así sucesivamente.
Por el 870, menos de cuarenta años después de la muerte
del gran al-Mamún, el poder directo del califa estaba limitado en gran medida
sólo a Mesopotamia.
Las cosas empeoraron cuando el islam fue dividido por una
nueva y peligrosa secta. Alrededor del 750, vivió un hombre llamado Ismail que
era tataranieto de Husayn, el mártir chiita.
En su nombre se creó una secta chiita extremista conocida
como el «ismailismo».
Bandas guerreras de ismailíes empezaron a apoderarse de
partes del imperio musulmán. En el 929, algunas de ellas ocuparon partes de
Mesopotamia y Siria. Otro grupo, que pretendía descender de Fátima, la hija de
Mahoma, se adueñó de Egipto (esa dinastía fue llamada de los fatimíes).
De este modo, los abasíes perdieron todo excepto el nombre
de califas. Perdieron Mesopotamia y hasta Bagdad. Se convirtieron en figuras
puramente religiosas sin poder secular, a semejanza de los papas modernos. De
hecho, Mesopotamia estuvo en lo sucesivo dominada por emires chiitas que, a
veces, se sintieron tentados de abolir totalmente el califato.
Pero aunque el califato se marchitó y el gran Imperio
Abasí se desmembró, continuó el avance intelectual islámico y hasta alcanzó
nuevas cimas.
Alrededor del 900, por ejemplo, al-Battani trabajó en
Rakka, ciudad del Éufrates superior que no estaba lejos de donde había existido
la vieja ciudad sumeria de Mari veinticinco siglos antes. Había sido una
residencia favorita de Harún alRashid, pero ahora era el lugar de trabajo de
al-Battani, el más grande astrónomo de la Edad Media. No fue superado hasta el
renacimiento de la ciencia en Europa, seis siglos más tarde.
Lo mismo puede decirse, en otro campo, de al-Razi, cuyo
nombre nos es más familiar en la forma latinizada de Razes.
En el 900, era el médico principal del hospital de Bagdad,
y fue una de las figuras que más influyeron, tanto en el desarrollo de la
medicina medieval europea como de la del mundo musulmán.
Pero la conducción secular y el papel imperial estaban
pasando a un pueblo menos civilizado.
11. Los turcos
Los herederos toman el poder
Si el mundo musulmán no se perdió totalmente en el curso
de la fragmentación que se produjo en el siglo x fue, en parte, porque el mundo
cristiano estaba igualmente escindido. Después de la muerte de Carlomagno el
Imperio Occidental se desmembró en sectores rivales, y todos fueron víctimas de
los estragos causados por las correrías de los «Hombres del Norte», o vikingos,
de Escandinavia. El Imperio Bizantino, aunque no fue tocado, gastó sus energías
en disputas religiosas.
Pero al acercarse el año 1000, un observador imparcial
habría pensado que el mundo musulmán estaba bajo un creciente peligro. El
Imperio Bizantino comenzó a recuperar su vigor y, bajo Basilio II, que llegó al
trono en el 976, parecía casi haber vuelto a la juventud.
Pero también en el mundo del islam entraron en escena
nuevos campeones. Eran los turcos. Así como las tribus germánicas externas al
Imperio Romano habían aceptado el cristianismo aunque eran relativamente
incivilizadas, así también las tribus turcas aceptaron el islam, en su versión
sunní. En los siglos futuros, los turcos sunníes iban a ser los herederos de
los árabes y los defensores del islam contra la oposición cristiana.
Durante el siglo X, un grupo de turcos se desplazó a los
tramos orientales del mundo islámico y estableció su capital en Gazni, en lo
que es ahora el Afganistán oriental. Su poder aumentó rápidamente y llegó a su
apogeo en el 1000, bajo su rey Mahmud. Llegaba desde la India hasta las
fronteras de Mesopotamia y era casi Persia rediviva.
En verdad, por entonces la cultura persa, en su vieja
versión sasánida, experimentó un renacimiento, cuatro siglos después de su
muerte, gracias, en particular, a un poeta persa que escribió con el seudónimo
de Firdusi.
Firdusi escribió un largo poema de 60.000 versos (siete
veces la extensión de La Il ada de Homero) en el que relataba en detalle la
historia de los reyes persas, desde sus legendarios comienzos hasta Cosroes II.
Estaba escrito en persa puro, no en árabe, y ha sido desde entonces el poema
nacional del país y su mayor obra literaria. (Fue un factor que contribuyó a
que el persa sea la lengua del Irán moderno y que impidió su reemplazo por el
árabe.) En sus primeros pasajes, legendarios, describe a Rustam, figura similar
a Hércules, de increíble fuerza y valor, que parece inspirarse en el culto a
Hércules de los partos. El episodio más conocido y emocionante de la obra es
aquel en que el anciano Rustam logra, después de una dura batalla, matar a un
joven campeón a quien luego, y sólo entonces, reconoce como su hijo Sohrab.
También Alejandro Magno aparece en el poema, pero en él se le atribuye una
madre persa, para contentar el orgullo nacional.
El gran poema épico fue presentado a Mahmud de Gazni en el
1010, pero Mahmud era un ardiente sunní, mientras que Firdusi era un chiita.
Por ello, Mahmud dio al poeta un pago insultantemente exiguo. Firdusi se vengó
escribiendo una despectiva sátira contra Mahmud y luego, muy prudentemente,
huyó del país lo más rápidamente que pudo.
Mientras Gazni se estaba convirtiendo en un imperio, otra
tribu de turcos gobernados por un pequeño príncipe llamado Selyuk, se
estableció en la frontera septentrional de lo que había sido el Imperio Abasí.
Ellos y los que luego se les unieron son llamados los turcos selyúcidas.
Se dirigieron hacia el Sur y en un comienzo prestaron
servicios como mercenarios. Pero en el 1037, bajo el nieto de Selyuk, Tugril
Bey, decidieron alcanzar el poder en su propio nombre. Como Mahmud de Gazni
había muerto en el 1033 y su hijo era mucho menos capaz que él, los selyúcidas
penetraron profundamente en el reino oriental, que decayó rápidamente después
de una sola generación de apogeo.
Finalmente, en el 1055, Tugril Bey marchó sobre la
Mesopotamia chiita, que cayó sin combatir. Bagdad se le rindió, y el alegre
califa del momento, liberado de la dominación chiita, concedió al fiel sunní lo
único que podía otorgar: un título. Hizo a Tugril Bey sultán (palabra que
originalmente significaba «dominio» y, por ende, podía aplicarse apropiadamente
a un dominador). Los líderes turcos llevaron este título durante más de ocho
siglos.
Como retribución, Tugril Bey dejó al califa el control
nominal de Bagdad y Mesopotamia, rehusando ostentosamente instalar allí su
capital. Gobernó desde Ecbatana, nombre que, bajo la dominación islámica se
había corrompido en el de «Hamadán». Naturalmente, el califa en realidad no
gobernó, cualesquiera que fuesen las alegaciones de Tugril Bey. Fue un títere
turco.
Fin de un duelo y comienzo de otro
Tugril Bey murió en el 1063 y fue sucedido por Alp Arslán,
que fue otro gobernante capaz. Casi inmediatamente, llevó sus tropas al Norte,
a Armenia. Ahora sus fronteras occidentales lindaban con las bizantinas, desde
el mar Negro hasta el Mediterráneo. Estaban dadas las condiciones para la
renovación de la milenaria lucha entre el Oeste y el Este por el borde
noroccidental de Mesopotamia, que había provocado el enfrentamiento de Roma con
los partos, primero, y con los sasánidas luego. Más tarde, los herederos
bizantinos de Roma combatieron por esa región con los árabes, primero, y ahora
con los turcos.
El Imperio Bizantino tuvo el infortunio de que el capaz y
enérgico Basilio II muriese sin dejar herederos fuertes. En los decenios que
siguieron, el período de su renacimiento había terminado y no estuvo en
condiciones de enfrentarse con una personalidad tan formidable como la de Alp
Arslán.
Los turcos ya habían hecho incursiones por Asia Menor en
las décadas de 1050 y 1060, con un éxito considerable. En particular, habían
tomado Mantzikert, ciudad cercana al lago Van, en los tramos más orientales del
ámbito bizantino. (El lago Van había sido el centro del antiguo país de
Urartu.) En el 1067, un capaz general, Romano Diógenes, estaba al frente del
Imperio Bizantino, y Alp Arslán juzgó más conveniente evitar una guerra con él.
De todos modos, estaba mucho más interesado en arrancar Siria a los fatimíes de
Egipto, quienes eran chiitas heréticos, que en guerrear con los cristianos. Por
ello, pactó una tregua con Romano y se marchó al Sur.
Pero Mantzikert estaba aún en manos turcas, y Romano no
pudo resistir la tentación de completar la tarea, con tregua o sin ella. Avanzó
hacia la ciudad, y, cuando a Alp Arslán le llegaron noticias de esto, abandonó
con renuencia su aventura siria y se lanzó hacia el Norte. Los dos ejércitos se
encontraron en Matzikert en el 1071.
Romano tenía un ejército mayor y rechazó la oferta de Alp
Arslán de llegar a un acuerdo pacífico. El ejército bizantino, formado por
compactas masas humanas, embistió confiadamente el centro de las líneas turcas.
Los turcos cedieron lentamente, combatiendo con un mínimo de esfuerzo, mientras
obligaban a los bizantinos a agotarse sudando, ya que era un día de verano
extraordinariamente caluroso.
Cuando estaba cayendo el crepúsculo, los bizantinos
trataron de retirarse a su campamento para pasar la noche y reiniciar la lucha
al día siguiente, pero habían avanzado tan profundamente en el centro de las
líneas turcas que éstas los encerraron por tres lados como una gran media luna.
Alp Arslán dirigió a sus hombres con soberbia pericia e hizo que en las puntas
de las media luna estuviesen apostadas tropas frescas, vigorosas y descansadas.
Mientras éstas se cerraban por ambos lados, la caballería turca eligió el
momento de mayor confusión para avanzar cerrando la apertura de la media luna.
El ejército bizantino fue aniquilado y Romano Diógenes
tomado prisionero. Pero Alp Arslán nunca volvió a Siria. Una revuelta en el
Lejano Oriente le obligó a marchar allí, donde murió al año siguiente.
La derrota de Mantzikert fue el fin del Imperio Bizantino
como gran potencia. Durante cuatro siglos había resistido , solo a las fuerzas
del islam, pero ya no pudo seguir haciéndolo.
Los turcos se abalanzaron sobre Asia Menor y ya nunca
serían expulsados de ella. La lucha de once siglos de Roma contra el Este
finalmente fracasó cuando el Asia Menor se volvió turca e islámica y siguió
siéndolo hasta la actualidad. El Imperio Bizantino sobrevivió unos siglos más,
pero sólo en las sombras. Fueron los cristianos de Europa Occidental los que
ahora se presentaron como los grandes adversarios del islam.
El mundo islámico contribuyó al ascenso de la cristiandad
occidental (involuntariamente, por supuesto), con un suicidio intelectual. Esto
no se hizo manifiesto de inmediato, pues a Alp Arslán le siguió, en el 1072,
Malik Sha, el más grande de los selyúcidas. Fue más que un guerrero. Construyó
mezquitas por respeto a la religión, y canales por respeto al mundo.
También estimuló el saber y creó escuelas en Bagdad.
Durante su gobierno, una comisión de sabios, entre los que
estaba el poeta y astrónomo persa Omar Khayyam, llevó a cabo una reforma del
calendario cuyo resultado fue un calendario que, en algunos aspectos, es mejor
que el que ahora usamos. Omar Khayyam es más conocido por sus series de versos
de cuatro estrofas que fueron traducidos al inglés en 1859 por Edward
Fitzgerald. Desde entonces, han sido enormemente populares en el mundo de habla
inglesa.
Pero una generación más tarde, se destacó otro persa,
alGazzali, en cuyas obras filosóficas, publicadas poco después del 1100,
defendía la doctrina islámica tradicional contra la ciencia pagana de los
griegos. Fue seguido por los musulmanes y la ciencia islámica decayó
rápidamente.
El más grande de todos los filósofos islámicos, el
musulmán español Ibn-Rushd, más conocido por la forma latinizada de Averroes,
elaboró sus grandes interpretaciones de Aristóteles hacia el 1150. Éstas fueron
completamente ignoradas por los musulmanes, ahora anticientíficos, pero fueron
recibidas con entusiasmo por la cristiandad occidental. Así, mientras el islam
se sumía en las tinieblas intelectuales, la cristiandad occidental iniciaba un
ascenso que daría origen al mundo actual.
La nueva etapa del duelo entre el Este y el Oeste, en la
que intervendría la rama occidental del mundo cristiano, se inició como
resultado de las victorias militares de Malik Sha.
En el 1076, Malik Sha finalmente logró arrancar Siria a
los fatimíes. También conquistó Palestina, que incluía la ciudad de Jerusalén,
y aquí empezaron a cambiar las cosas.
Bajo el gobierno relativamente laxo de los califas abasíes
y de los fatimíes de Egipto, los cristianos de todas las partes de Europa
podían efectuar peregrinaciones a Jerusalén sin hallar serios obstáculos. Pero
los turcos selyúcidas estaban llenos del fervor de los conversos y se sentían
ofendidos por la vista de los infieles. Los peregrinos empezaron a sufrir
atropellos, y esto hizo finalmente que ejércitos occidentales marchasen a
Tierra Santa a buscar venganza.
Naturalmente, había muchas y buenas razones sociales y
económicas para explicar por qué debía producirse en ese momento una tremenda
ofensiva occidental contra el islam, pero lo que movió al hombre común de
Europa Occidental a apoyar esa desesperada aventura era lo que ahora llamamos
«cuentos sobre atrocidades».
Los peregrinos que retornaban de Palestina (o pretendían
haberlo hecho) iban de aldea en aldea helando la sangre de todos los que
deseaban oírlos con cuentos sobre las crueldades de los turcos. El que más
éxito tuvo de esos propagandistas fue uno llamado Pedro el Ermitaño, quien
luego contribuyó a conducir un andrajoso ejército de campesinos al Este, a las
penurias y la muerte (de las que él de algún modo logró escapar).
En el 1096, un verdadero ejército, conducido por nobles
franceses, partió hacia el Este, cada uno de los cuales llevaba una cruz de
tela cosida sobre sus ropas. Este era el símbolo de que estaban luchando por la
cristiandad contra los musulmanes. Por ello, a esos movimientos se los llamó
«Cruzadas», de la palabra latina que significa cruz.
Los asesinos
De haber vivido Malik Sha o de haber ocupado su lugar un
sucesor igualmente capacitado, las Cruzadas seguramente habrían fracasado en un
principio.
El hecho de que las Cruzadas lograsen algún éxito se
debió, sobre todo, a las querellas internas del mundo musulmán. El avance turco
había sido una constante victoria de los sunníes sobre los chiitas, y era
tiempo de que éstos contraatacasen.
Los extremistas ismailíes del movimiento chiita habían
apoyado a los fatimíes contra los turcos selyúcidas, pero, en el año 1090,
siguieron su propio camino.
Uno de los líderes ismailíes, Hasan ibn al-Sabah, se
apoderó de un valle en la accidentada región situada al sur del mar Caspio, a
unos 110 kilómetros al norte de la capital selyúcida de Hamadán. Rodeado de
montañas, ese valle era prácticamente inexpugnable, y al-Sabah (y todos sus
sucesores) fue llamado «el Viejo de la Montaña».
Sus adeptos eran educados en una lealtad absoluta al
Viejo.
Se decía que los estimulaba a mascar hachís (similar a lo
que ahora llamamos marihuana) y luego explicaba las alucinaciones que provocaba
la droga como visiones del cielo, en el que entrarían inmediatamente si
cumplían con su deber. (Es posible que esta historia haya sido difundida por
los enemigos de la secta.) A causa de ello, los seguidores del Viejo de la
Montaña fueron llamados hashishin («fumadores de hachís»). Para los europeos,
este nombre se convirtió en la voz «asesinos».
El método de acción de la nueva secta era sencillo, aunque
terrorífico. No actuaban contra la gente común ni trataron de organizar
ejércitos. En cambio, formaban agentes secretos cuya misión era matar a
gobernantes, generales y líderes.
Golpeaban en el corazón y eran prácticamente imparables,
pues un criminal al que no le interesa escapar, tarde o temprano logra éxito,
con seguridad. Sólo la dificultad para escapar es lo que complica la mayoría de
tales planes. Debido a las actividades de esta secta, toda muerte provocada
premeditadamente es llamada hoy un «asesinato».
Los primeros blancos de los Asesinos fueron, por supuesto,
los líderes sunníes, aunque también mataron a los chiitas que juzgaban
extraviados (es difícil satisfacer a un extremista). Su primer gran golpe fue
el asesinato de Malik Sha, en el 1092.
El Reino selyúcida inmediatamente se fragmentó, pues
aspiraban al trono diferentes miembros de la dinastía. Como sucede a menudo,
ninguno de los contendientes obtuvo un triunfo total, y mientras cada uno
combatía a sus hermanos, tíos y primos, los cruzados se abrieron camino hasta
Siria y, finalmente, llegaron a Jerusalén, en el 1099, sometiéndola a un
despiadado saqueo.
Las costas orientales del Mediterráneo pronto se
dividieron en Estados cristianos occidentales, bajo el liderazgo del «Rey de
Jerusalén». Una parte de la Mesopotamia noroccidental fue ocupada y organizada
para construir el Condado de Edesa. Durante casi cincuenta años, los barones
cristianos dominaron la ciudad donde, ocho siglos atrás, el emperador romano
Valeriano había caído prisionero de los persas. Ese período de medio siglo fue
la primera vez que los cristianos gobernaron alguna parte de Mesopotamia. Esta
situación no se iba a repetir hasta nueve siglos después.
Mientras los cruzados y los turcos combatían
sangrientamente, los asesinos atacaban ágilmente a unos y otros con torva
imparcialidad. Los turcos trataron de aplastar al Viejo de la Montaña mediante
expediciones militares, pero fueron fácilmente rechazados cuando trataron de
penetrar en las agrestes montañas. Y mientras los asesinos defendían su
fortaleza, trataban de establecer centros subsidiarios en Mesopotamia y Siria;
durante siglo y medio impusieron un reinado del terror sobre el islam. Ningún
gobernante de Oriente Próximo pudo dormir tranquilo.
Los selyúcidas, divididos como estaban, no podían montar
un eficaz contraataque contra los cruzados. Y cuando el contraataque se
produjo, no estuvo conducido por un turco, sino por un hombre de ascendencia
armenia que había nacido en Mesopotamia. Era Salah al-Din («honor de la fe») y
había nacido en Tikrit, a orillas del Tigris, situada a mitad de camino entre
Bagdad y las antiguas ruinas de Nínive. Una aventurera vida de guerras contra
los cruzados lo había llevado a adueñarse de Egipto. En el 1171, derrocó al
gobierno fatimí y proclamó el retorno de Egipto a la doctrina sunní.
Reformó el gobierno y la economía egipcios y también se
apoderó de Siria. En el 1187, derrotó a los cruzados y retomó Jerusalén; pronto
invadió todo el territorio restante que había estado en poder de ellos.
Para recuperar al menos parte de las posesiones
cristianas, fue necesaria otra cruzada, cuyo jefe fue Ricardo Corazón de León,
monarca de Inglaterra. El campeón musulmán ganó fama inmortal en la leyenda
bajo la forma cristiana de su nombre, Saladino.
El terror de Asia Central
Pero mientras cristianos y musulmanes luchaban en los
ensangrentados campos de Palestina y Siria, los mongoles de Asia Central
preparaban una nueva y monstruosa invasión.
El fundamento para la irrupción de los mongoles en la
historia del mundo fue puesto en el 1206, cuando su jefe, Temujin, logró unir
las diversas tribus de Mongolia. Pronto adoptó el nombre de Gengis Kan. Este
nombre significa «rey universal», y Gengis Kan debe de habérselo tomado al pie
de la letra, pues inmediatamente se embarcó en un proyecto de ilimitadas
conquistas. Podía parecer que se trataba de un plan alocado, pues los mongoles
no eran más de un millón, rodeados por poderosas civilizaciones con avanzadas
tecnologías.
Pero Gengis Kan sorprendió al mundo. Era un genio
organizador, que estaba adelantado en siglos con respecto a su época en cuanto
a estrategia militar. Fue el primer hombre que supo llevar una guerra en una
escala verdaderamente continental; el primero que llevó a cabo una Blitzkrieg
en el sentido moderno. Sus jinetes hacían batidas independientes en grupos
distanciados a miles de kilómetros unos de otros para reunirse en un punto
fijado de antemano, mientras diversas señales y mensajeros mantenían a las unidades
en contacto unas con otras. Los mongoles prácticamente vivían sobre sus peludos
poneys y podían avanzar a velocidades que no serían igualadas, en operaciones
militares, hasta la invención del motor de combustión interna.
Como los asirios, los mongoles utilizaban el terror como
arma: matanzas al por mayor cuando se les ofrecía la menor resistencia, pero
siempre exceptuando a los técnicos de todo tipo para usar sus habilidades en la
siguiente conquista.
Gengis Kan murió en el 1227, pero en los veintiún años que
dirigió sus ejércitos, conquistó la mitad de China e irrumpió en Persia
oriental.
Gengis Kan tenía una concepción del mundo sencilla: el
nomadismo era, para él, el modo apropiado de vida. Su ideal habría sido
eliminar todas las ciudades y poner fin a la civilización. Se lo persuadió con
dificultad a que dejara intactas las ciudades chinas, con el argumento de que
los habilidosos habitantes de las ciudades podían serle útiles.
Teniendo su base urbana en el Este, fue menos cuidadoso
con las regiones sedentarias del Oeste. Las matanzas colectivas en Persia y la
destrucción de las ciudades llevó a la disgregación de los sistemas de
irrigación que sólo se mantenían por el trabajo estrechamente cooperativo de
las poblaciones sedentarias. Este laborioso trabajo de siglos fue deshecho y
zonas que eran fértiles por la infatigable labor de los hombres se convirtieron
en semidesiertos, con resultados que se han hecho sentir hasta hoy, siete
siglos después.
A Gengis Kan le sucedió su hijo Ogodai Kan, quien amplió
la capital de su padre, Karakorum, que estaba casi en el centro de lo que es
ahora la República Popular de Mongolia.
En el 1236, fue enviada una fuerza expedicionaria contra
Europa que obtuvo rápidas victorias. Rusia y Polonia fueron tomadas enseguida y
los mongoles, que estaban a punto de entrar en el corazón de Alemania, sólo se
detuvieron por la afortunada (para los europeos) muerte de Ogodai, a fines del
1241. Los generales mongoles tuvieron que retornar a Karakorum para participar
en la elección de un nuevo kan.
Hubo algunos problemas, pero, finalmente, fue establecido
en el trono un nieto de Gengis, Mangu Kan, en el 1251. Durante esta década de
incertidumbre, el vasto Imperio Mongol quedó totalmente intacto. Nadie osó
moverse contra él. Los mongoles se llamaban a sí mismos «tártaros», pero para
los postrados europeos «tártaros» significaba criaturas del Tártaro (el
Infierno).
Una vez asentado Mangu firmemente en el trono, se reinició
el proyecto mongol de conquista mundial. El hermano de Mangu, Kublai, recibió
el encargo de subyugar lo que quedaba de China, mientras otro hermano, Hulagu,
fue puesto al frente de la campaña contra el mundo musulmán.
Hulagu comenzó su campaña a fines del 1255 desplazándose
hacia el Sudoeste desde el mar de Aral. Rodeó el mar Caspio y envió a sus
hombres en bandada al apartado valle del Viejo de las Montañas. Los Asesinos
habían resistido a los mejores ejércitos y los más capaces generales que los
musulmanes habían podido enviar en su contra, pero acabar con ellos fue para
los mongoles un juego de niños. Los barrieron totalmente y quedaron de golpe
reducidos a la insignificancia. Todavía hoy existen restos de los ismailíes. Su
jefe lleva desde 1800 el título de Aga Kan, pero estos jefes son hoy conocidos
como playboys, no como temibles asesinos.
El ejército de Hulagu luego se dirigió hacia el Sur, para
penetrar en Mesopotamia. Se enviaron mensajeros al califa para ordenarle que
compareciera ante Hulagu como suplicante y desmantelara Bagdad.
El califa era al-Mutasim. Se había negado antes a aliarse
con los mongoles contra los Asesinos y ahora se negó a rendirse. No sabemos
cuándo ni cómo logró el coraje (o la locura) para hacer esto. Los mongoles no
se inmutaron por su desafío. En el 1258 barrieron al ejército reclutado por el
califa y se arrojaron sobre Bagdad, a la que sometieron a un salvaje saqueo que
duró muchos días. Se supone que mataron a cientos de miles de personas, y
fueron destruidos indiscriminadamente los tesoros acumulados durante siglos.
Al-Mutasim tuvo el melancólico honor de ser el último de
los califas abasíes de Bagdad, linaje que se remontaba cinco siglos atrás.
Según ciertos relatos, fue estrangulado; según otros, fue pateado hasta morir.
Pero aunque el califato llegó a su fin en Bagdad, no fue
borrado completamente. Con fines exclusivos de propaganda, los gobernantes de
Egipto recibieron a un miembro de la familia abasí que había logrado escapar de
la destrucción general de Bagdad y lo proclamaron califa. El Califato abasí de
Egipto sólo fue reconocido en este país, pero subsistió allí durante dos siglos
y medio.
La comunidad judía de Mesopotamia también llegó
prácticamente a su fin con el advenimiento de los mongoles, después de
dieciocho siglos de oscilante historia que se remontaba a los tiempos de
Nabucodonosor. Durante algunos siglos, la comunidad había estado decayendo, y
el liderazgo intelectual judío había pasado a otras partes del islam, a Egipto
y España. Pero ahora desapareció totalmente de la historia.
El califato y la comunidad judía no fue todo lo que llegó
a su fin en Mesopotamia. La destrucción y despoblación de la tierra provocó la
desorganización y aniquilación del sistema de canales. Es verdad que había
estado en decadencia desde hacía un siglo, pero podía haber sido restaurado a
tiempo, como había sucedido antes en más de una ocasión. Mas lo que ocurrió
después de la devastación mongólica no permitía ninguna restauración.
El vandalismo que ello suponía es algo que nos espanta.
Esos canales habían sustentado una elevada civilización en Mesopotamia durante
más de cinco mil años. Habían llegado y pasado invasiones, destrucciones y
edades oscuras, pero los canales habían sobrevivido y la riqueza de
Mesopotamia, por mucho que se la dilapidase y disipase, siempre había sido
recuperada.
Pero ahora no fue posible. El sistema de canales
desapareció, y Mesopotamia decayó hasta la miseria total, que no la ha
abandonado hasta el presente.
En el 1259, Mangu Kan murió y fue sucedido por Kublai.
Cuando subió al poder, gobernó sobre el más grande imperio que haya sido nunca
gobernado por un solo hombre. Desde el Pacífico hasta Europa Central, dominaba
sobre unos 28.000.000 de kilómetros cuadrados, un tercio de la superficie de
todo el hemisferio oriental. Este récord no ha sido batido hasta el día de hoy.
Pero en el momento en que Kublai subía a ese trono sin
igual, estaba próximo a su fin, cuando el insaciable Hulagu, después de
completar la conquista de Mesopotamia, penetró en Siria.
Extrañamente, fue bien recibido por algunos sectores de la
población. La principal esposa de Hulagu era una cristiana nestoriana; los
jefes mongoles, en general, estaban bastante interesados en el cristianismo.
Para los cristianos de Oriente Próximo, los mongoles eran aliados potenciales
contra los musulmanes.
Pero aún se alzaba como obstáculo una potencia musulmana.
Egipto estaba gobernado por los descendientes de Saladino, pero el poder real
estaba en manos de una casta militar de esclavos llamados los «mamelucos» (de
una palabra árabe que significa «esclavo»). El jefe de esa banda por la época
en que los invictos mongoles se dirigían a Egipto era Barsbay. Era un hombre
descomunal, de una ferocidad y una valentía casi demoníacas. Llevó a sus
mamelucos a Siria, y cerca de Damasco se enfrentó a los mongoles. El mismo
Barsbay condujo personalmente la carga salvaje de los mamelucos que aplastó al
ejército mongol en el año 1260.
Fue la primera derrota sufrida por los mongoles en medio
siglo de ininterrumpida expansión. Esa derrota salvó a Egipto, pero sus efectos
tuvieron mayor alcance. Enseñó al mundo que los jinetes del Infierno, los
demoníacos tártaros, podían ser derrotados. El Imperio Mongol dejó de
expandirse.
Persia y Mesopotamia quedaron en manos de Hulagu, aun
después de que la victoria de Barsbay hubiese detenido su avance. El era el
«II-Kan» («gobernador regional») y, por consiguiente, sus descendientes son
llamados los «ilkanes».
Al principio, los ilkanes fueron más bien antimusulmanes.
El hijo de Hulagu, que le sucedió en el 1265, estaba (como
su padre) casado con una cristiana, una princesa bizantina. Los cristianos
gozaron de considerable favor en su reino, y se intentó establecer relaciones
diplomáticas con las potencias cristianas de Europa. Pero la población siguió
siendo tenazmente musulmana.
En el 1295, subió al trono un nuevo ilkán, Gazán, y con él
llegó a su fin la lucha contra lo inevitable que había durado una generación.
Se convirtió al islam, y con esto terminó la guerra fría entre los gobernantes
y los gobernados. También declaró su independencia formal del gobierno central
de Mongolia. (Kublai Kan acababa de morir en el 1294, y con su muerte se
desintegró la unidad mongólica.) La dominación mongólica se había suavizado por
entonces. China había creado el papel moneda, que funcionó bien como
conveniente sustituto de la moneda acuñada mientras la población tuvo confianza
en tal papel. Los ahora progresistas ilkanes trataron de introducirlo en su
reino, pero el intento fracasó. La gente no aceptaba tiras de papel escritas a
cambio de artículos valiosos, y se produjo un caos financiero. Hubo que dar fin
al experimento.
La vida intelectual se reanimó, y bajo los ilkanes actuó
un sabio llamado Rashid al-Din. Nació en Hamadán por el 1250, fue médico, visir
y compuso una historia de los mongoles. En ésta, escribió también sobre la
India, China y hasta sobre la distante Europa, esto es, sobre todos los pueblos
a los que había llegado la conquista o la presión mongólicas. Fue un intento de
escribir una historia mundial, y la primera vez que se emprendía un proyecto
semejante, en un sentido razonablemente moderno.
Los otomanos
El huracán mongol había destruido los últimos restos de la
dominación selyúcida. Pero apareció una nueva tribu turca y ganó poder, a
medida que declinaba el poder mongol.
El primer líder importante de esta tribu fue Osmán I (u
Otmán, en árabe). La tribu que gobernó y sus descendientes son llamados los,
turcos osmanlíes o, más comúnmente, los turcos otomanos.
Otmán asumió el liderazgo en el 1290 y comenzó a extender
su poder sobre Asia Menor. Bajo su hijo Orján I, que subió al trono en 1324,
fue tomada el resto de Asia Menor. En 1345, Orján aprovechó una guerra civil
entre los bizantinos para atravesar el estrecho, y así entraron los turcos en
Europa.
Las fuerzas turcas redujeron constantemente el poder
bizantino hasta confinarlo a poco más que la ciudad de Constantinopla. En 1391,
el sultán otomano Bayaceto I puso sitio, prácticamente, a Constantinopla.
Estuvo a punto de tomarla cuando un nuevo e inesperado ataque del Este reclamó
su atención.
El ataque fue llevado a cabo por un conquistador que
pretendía ser del linaje de Gengis Kan, y en verdad parecía tener todos los
poderes del legendario Gengis. Nadie podía resistirle. Su nombre era Timur,
pero era generalmente llamado Timur-i-lenk («Timur el Cojo»), nombre que los
europeos corrompieron en «Tamerlán».
El centro de su reino era Samarcanda, a unos mil
kilómetros al este del Caspio, y había logrado la supremacía sobre la mayor
parte de los principados mongólicos subsistentes. Luego marchó sobre Rusia y
tomó Moscú.
Los ilkanes de Persia habían quedado tan debilitados y
desquiciados que no ofrecieron a Timur ninguna oposición eficaz. En 1395, ocupó
todos los dominios de los ilkanes y luego marchó hacia la India, donde tomó
Delhi y la saqueó.
Timur tenía a la sazón casi setenta años, pero la edad no
detuvo al terrible viejo. En 1400, invadió Siria y allí hizo lo que no había
podido hacer Hulagu siglo y medio antes, pues se enfrentó a un ejército
mameluco, lo derrotó y ocupó Damasco.
Luego se dirigió a Bagdad, que aún resistía. En 1401 la
tomó, y si su pillaje no fue tan destructivo como el de Hulagu, fue solamente
porque quedaba mucho menos que destruir. Fueron asesinados unos 20.000
habitantes.
Finalmente, Timur invadió Asia Menor, y fue esto lo que
distrajo a Bayaceto del asedio de Constantinopla. En 1402, Timur encontró al
ejército turco en Ankara, en la mitad de la península, y lo aplastó. El Reino
Otomano fue conmovido hasta sus cimientos y el tambaleante Imperio Bizantino
tuvo medio siglo más de vida.
La férula de Timur se extendió sobre el territorio que
antaño había constituido el Imperio Sasánida. Preparó una gran fuerza
expedicionaria que condujo hacia el Este a fines de 1404, con la intención de
conquistar China. Pero no llegó a hacerlo. A fin de cuentas, la edad siempre es
la vencedora. Timur murió al mes de partir, y su cuerpo fue enviado a
Samarcanda.
Durante un siglo después de la muerte de Timur, hubo gran
confusión en el Oriente Próximo, pues sus descendientes riñeron unos con otros.
Lentamente, su poder se fragmentó y declinó, mientras revivía el de los turcos
otomanos.
En 1451, Mohamed II era el sultán de un Imperio Otomano
recobrado. Puso sitio a Constantinopla y la tomó, en 1453.
El último emperador bizantino, Constantino XI, murió
combatiendo valientemente. Esto puso fin a un linaje de gobernantes que se
remontaba a Augusto, quince siglos atrás.
Constantinopla se convirtió en la capital del Imperio
Otomano con un nuevo nombre, Estambul, y ha sido desde entonces una ciudad
turca.
Persia necesitó más tiempo para recuperarse. Este
resurgimiento se produjo por obra de una piadosa familia chiita cuyos miembros
fueron llamados los safawíes, por su fundador, Safi al-Din, que vivió en
tiempos de Hulagu.
En 1501, un miembro de esa familia, Ismaíl, capturó la
ciudad de Tabriz, a unos 240 kilómetros al oeste del mar Caspio, y desde allí
estableció su dominación sobre Persia. El territorio había sido desde hacía
tiempo un campo de batalla de ideas entre los sunníes y los chiitas, pero por
entonces predominaban los sunníes. Ismail, sin embargo, se esforzó por llevar a
sus súbditos al chiismo y lo logró. Desde entonces, Persia ha sido
predominantemente chiita. El Imperio Otomano, en cambio, fue fanáticamente sunní,
y el ascenso de Persia fue contemplado con gran disgusto. En 1512, Selim I fue
proclamado sultán otomano y conocido como «Selim el Cruel», pues fue, en
verdad, un feroz guerrero. En 1516 y 1517, conquistó Siria y Egipto,
agregándolos a sus dominios. En Egipto capturó al último de los descendientes
del abasí que había huido de Bagdad después del holocausto de Hulagu. Según
relatos posteriores, Selim obligó a ese último abasí a otorgarle el título de
califa. Como resultado de ello, los posteriores gobernantes otomanos reclamaron
firmemente ese título.
Selim también midió sus fuerzas con Ismaíl. Los campeones
del sunnismo y el chiismo se encontraron en Chaldirán, en Armenia, el 23 de
agosto de 1514. Selim logró la victoria y se apoderó de la región situada al
oeste del Caspio, donde una docena de años antes Ismaíl había iniciado su
propia carrera de conquistas.
Pero Ismail sobrellevó la adversidad. Cuando Selim volvió
a Siria y Egipto, Ismaíl logró impedir que los turcos siguieran avanzando hacia
el Este. Hasta consiguió establecer su poder sobre Mesopotamia, que, como
Persia, se hizo en gran medida chiita, como consecuencia de ello.
El duelo por Armenia y Mesopotamia, que había durado tanto
tiempo entre romanos y persas y luego entre cristianos y musulmanes, fue
reiniciado por tercera vez sobre una nueva base: fue un duelo entre sunníes y
chiitas que siguió durante cuatro siglos.
12. Los europeos
El retorno de los occidentales
Pero Europa Occidental se hizo sentir una vez más en la
Edad Media. El último de los cruzados había sido arrojado de Siria en 1291,
pero Europa volvió de una nueva manera. Lentamente, bajo la dirección de las
potencias más occidentales, Portugal y España, creó un linaje de marinos que se
aventuraron por las profundidades del océano y establecieron su dominación
política sobre las tierras a las que llegaban.
El que más éxito tuvo de esos primeros imperialistas
portugueses fue Alfonso de Albuquerque. Recorrió todas las costas del océano
Índico y, en 1510, desembarcó en la isla de Ormuz, en la entrada del golfo
Pérsico. También estableció su dominio sobre partes de la tierra continental
adyacente. El sha Ismaíl protestó vigorosamente, pero empeñado en una lucha a
muerte con los otomanos como estaba, no pudo llevar las cosas más allá.
Ismail fue sucedido por un hijo de once años, Tahmasp I, y
mientras Persia pasaba por las incertidumbres de su minoría, tuvo que
enfrentarse al Imperio Otomano bajo el más grande de sus gobernantes, Solimán
el Magnífico.
Solimán derrotó a Persia una y otra vez, obligando a
Tahmasp a trasladar su capital al Este, a Kazvin, cerca de donde los Asesinos
habían tenido su fortaleza cuatro siglos antes. Más aún, Solimán arrancó
Mesopotamia a los shas de Persia.
Durante el reinado de Tahmasp llegó a Persia el primer
inglés. Era Anthony Jenkinson, empleado de una compañia cuya meta era facilitar
y extender el comercio entre Inglaterra y Rusia. Una ruta posible de ese
comercio era a través de la tierra persa, y en 1561 Jenkinson llegó a la corte
de Persia en Kazvin para negociar la creación de tal ruta comercial. No tuvo
éxito porque los sentimientos anticristianos en Persia eran demasiado fuertes.
En 1587 fue proclamado sha Abbas I. Fue el más capaz del
linaje safawí y a veces se le llamaba Abbas el Grande. Se esforzó por reformar
su ejército y ponerlo a la altura del de los turcos, en lo cual recibió una
inesperada ayuda: en 1598 llegaron a su tierra algunos ingleses deseosos de
negociar una alianza entre Persia y la Europa cristiana contra el Imperio
Otomano.
El jefe de esta misión inglesa era un experto soldado, sir
Robert Shirley.
Sir Robert se quedó al servicio de Abbas y lo ayudó a
reconstruir su ejército. El resultado fue que, en 1603, Abbas se sintió en
condiciones de atacar a los turcos. Retomó todo el territorio conquistado por
Selim y Solimán y, en particular, recuperó Mesopotamia y marchó triunfalmente
sobre Bagdad.
El reinado de Abbas I fue un tiempo de prosperidad para
Persia. El sha estableció una nueva y espléndida capital en Isfahán, a 500
kilómetros al sur de Kazvin. Mejoró la red de caminos de su reino y alentó el
establecimiento de puestos comerciales ingleses y holandeses.
Pero lo amargaba la continua presencia de los portugueses
en la costa meridional, donde se habían establecido desde hacía ya un siglo.
Con la ayuda de barcos de la compañía comercial británica, atacó a los
portugueses en 1622 y finalmente los expulsó. Fundó en el lugar la ciudad de
Bandar Abbas, por su propio nombre.
Después de la muerte de Abbas, en 1629, Persia declinó
rápidamente, y tuvo la desgracia de que subiese al trono turco el último
gobernante avezado de los otomanos. Se trataba de Murad IV, el último de los
sultanes guerreros otomanos. Tan pronto como murió Abbas, Murad se lanzó hacia
el Este y saqueó Hamadán en 1630. En 1638 tomó Bagdad. De nuevo, Mesopotamia
volvió a ser turca, y esta vez el cambio sería permanente, pues nunca ya
volvería al dominio persa.
En el siglo siguiente se produjeron perturbaciones aún
mayores en el Este. Las tribus afganas conquistaron su independencia (con lo
que comienza la historia del moderno Afganistán). En 1722, un ejército afgano
invadió Persia y derrotó a un ejército persa mucho mayor. Tomó Isfahán y puso
fin a su período de apogeo de un siglo.
Los rusos
Mientras Persia era acosada por el Oeste y el Este,
experimentó el comienzo de un nuevo tipo de presión europea, por tierra y desde
el Norte, pues los rusos, liberados finalmente de la dominación mongol,
avanzaron hacia el Sur.
Mientras Persia se tambaleaba bajo la invasión afgana,
Rusia estaba gobernada por el más grande de sus zares, Pedro I.
Aprovechó ese momento para avanzar sobre el Cáucaso, e
incluso ir más allá. Por un momento pareció que Persia desaparecería dividida
entre turcos, rusos y afganos.
Si esto no ocurrió, fue por la repentina aparición de un
general muy capacitado, Nadir Kuli. Por ascendencia, era un turco sunní, pero
persa por ambición. Derrotó a los afganos, rechazó al Imperio Otomano y mantuvo
viva a Persia. En 1736 depuso a Abbas III, el último de los safawíes (que
habían gobernado Persia durante dos siglos y un tercio) y tomó directamente el
gobierno en sus manos con el nombre de Nadir Sha.
Durante algunos años, Persia pareció ser nuevamente una
potencia conquistadora. Nadir invadió la India en 1739, saqueó Delhi y se llevó
inmensas riquezas, que, se decía, ascendían a quinientos millones de dólares.
Se expandió por Asia Central y hasta derrotó a los turcos en las costas del mar
Negro. Durante un tiempo, pareció restaurado el reino de los sasánidas.
Pero hasta las conquistas cuestan dinero y pueden ser más
de lo que la economía de una nación puede soportar. Además, Nadar trató de
imponer el sunnismo como religión oficial, y la población chiita se opuso a
esto con torvo fervor.
Sólo había un final posible: hubo un llamamiento a la
rebelión y la conspiración, y, en 1747, Nadir fue asesinado.
En el confuso medio siglo que siguió, Persia cambió de
capital varias veces. En 1796, se estableció en Teherán, a unos 110 kilómetros
al sur del mar Caspio, que ha continuado siendo desde ese momento la capital de
Persia.
Por entonces, las principales presiones que se ejercían
sobre Persia provenían de los europeos: de los rusos en el Norte y de los
británicos (que se habían establecido en la India) desde el sudeste.
Persia libró varias guerras con Rusia que, en general,
perdió, y la dominación rusa se extendió hacia el Sur desde el Cáucaso. En
1828, la frontera entre los dos países llegó a la línea actual, unos 110
kilómetros al norte de Tabriz.
Pero al este del mar Caspio continuó la expansión
meridional de Rusia. En 1853, los ejércitos rusos acamparon en las costas del
lago Aral. Hacia 1884 habían llegado a puntos situados a 650 kilómetros al sur
de ese lago y establecieron la actual frontera entre Persia y Rusia.
Gran Bretaña hizo lo que pudo para proteger a Persia
contra el avance ruso, no tanto por amor desinteresado a Persia como por temor
a Rusia. Si Persia caía totalmente bajo la dominación rusa, podía verse
amenazada la dominación británica sobre la India. Fue esta rivalidad entre Gran
Bretaña y Rusia lo que provocó la Guerra de Crimea, de 1853 a 1856.
Durante toda la segunda mitad del siglo XIX Persia apenas
podía ser considerada independiente. Acosada por rusos y británicos, en guerra
unos contra otros, los intereses de los persas no eran tenidos en cuenta para
nada.
Casi lo único que pudieron hacer los persas por sí mismos
fue fundar una nueva religión. Provino de Shiraz, situada a unos 65 kilómetros
al sudoeste de donde dos mil años antes había estado la antigua Persépolis. En
1844, Mirza All Mohamed, un hombre de Shiraz, se declaró el Bab (esto es, la
«puerta»), por donde debían recibirse nuevas revelaciones divinas. Predicó una
forma de chiismo, al que se añadieron ciertos elementos del judaísmo y del
cristianismo. El movimiento se difundió, pero pronto chocó con la desaprobación
de los chiitas ortodoxos. El Bab fue ejecutado en 1850, y sus seguidores fueron
entonadamente perseguidos y finalmente expulsados del país en 1864.
Uno de los adeptos del Bab se llamó a sí mismo BahaAllah,
o «esplendor de Dios». Logró llegar a Bagdad, donde predicó una nueva versión
de esa religión que ha sido llamada en su honor behaísmo. Es aún más ecléctica
que el babismo, pues predica la unidad de todas las religiones. No tiene
sacerdotes ni rituales, y se limita a las enseñanzas éticas.
Al gobierno turco de Constantinopla la nueva doctrina no
le agradó más que a los persas, y Baha-Allah fue exiliado a Palestina (que,
bajo los turcos, era una tierra cubierta de malezas, semidesértica y casi
abandonada). Baha-Allah murió allí en 1892, pero hasta hoy la sede del behaísmo
está en Haifa, Israel.
Hasta el tiempo de la muerte de Baha-Allah, la nueva
religión estuvo limitada al mundo musulmán, pero en 1890 se difundió por
Occidente. Hoy es más fuerte en los Estados Unidos que en cualquier otra parte
del mundo.
Los alemanes
La rivalidad ruso-británica habría continuado
indefinidamente, de no haber sido porque ambos países debieron enfrentarse con
un nuevo enemigo. En 1871, varios Estados alemanes se unieron para formar el
Imperio Alemán, que muy pronto llegó a ser, en el terreno militar, el más
próspero y fuerte Estado de Europa.
Cuando Guillermo II subió al trono de Alemania, en 1888,
inició descabelladamente una insensata política exterior que atemorizó al resto
del mundo. Rusia temió la presencia de su gran y eficiente ejército en su
frontera occidental, y Gran Bretaña temió la nueva armada técnicamente avanzada
que Alemania estaba por construir.
Por el temor que Alemania inspiraba a Gran Bretaña y
Rusia, los dos viejos enemigos no tuvieron más remedio que unirse. En 1907
llegaron a un acuerdo informal. Parte de ese acuerdo se refería a Persia: Rusia
reconocía el control exclusivo por Gran Bretaña de la costa del golfo Pérsico,
y Gran Bretaña el control ruso de la costa del mar Caspio. Entre ambas se
extendía una franja neutral que separaba suficientemente las dos influencias
como para evitar p rse en Oriente Próximo. Su influencia estaba creciendo en
ciroblemas.
Fue una respuesta específica al intento alemán de
introduTurquía (los restos de un Imperio Otomano muy reducido), y en 1892 una
compañía alemana obtuvo el permiso para construir un ferrocarril que atravesara
Asia Menor hasta Mesopotamia, hasta Bagdad.
Finalmente, en 1914, cuando estalló la Primera Guerra
Mundial, con Alemania de un lado y Rusia y Gran Bretaña del otro, Turquía se
unió a los alemanes, pero Persia se declaró neutral.
Persia, y Oriente Próximo en general, era importante como
ruta por la que Gran Bretaña y Rusia podían tomar contacto y rebasar al grupo
alemán de potencias. Por ello en 1914, inmediatamente después de la entrada de
los turcos en la guerra, los británicos desembarcaron en Basra, en territorio
turco, cerca del extremo septentrional del golfo Pérsico. En la primavera de
1915, las fuerzas británicas iniciaron una marcha aguas arriba, para ocupar
Bagdad.
En noviembre, los británicos llegaron a la antigua
Ctesifonte, donde libraron una batalla con los turcos. Pero el avance no había
sido fácil; el calor y las enfermedades habían causado muchas bajas, y aunque
la batalla con los turcos no fue Una completa derrota, el ejército británico
estaba suficientemente debilitado como para hacer aconsejable la retirada.
Los británicos se retiraron a Kut-al-Imara, ciudad a
orillas del Tigris situada a unos 160 kilómetros aguas abajo de Bagdad. Los
turcos la sitiaron en diciembre, y durante cinco meses los miembros del
ejército británico (compuesto en su mayor parte por indios) se desangraron y
pasaron hambre dentro de la ciudad, mientras fracasaban tres intentos de
liberarlos. El 29 de abril de 1916, se vieron obligados a rendirse.
A fines de ese año, los encolerizados británicos reunieron
un ejército mayor y mejor equipado, y penetraron nuevamente en Mesopotamia. En
enero de 1917, lucharon con los turcos en Kut-al-Imara y esta vez obtuvieron la
victoria y ocuparon la ciudad. El 11 de marzo estaban en Bagdad, y por primera
vez en los once siglos de historia de la ciudad, la capital de los califas fue
hollada por un ejército cristiano conquistador.
La guerra terminó en 1918 con la completa victoria de Gran
Bretaña y sus aliados (incluidos los Estados Unidos, como «potencia asociada»,
pero con exclusión de Rusia, que había caído en la revolución y el caos, y
había abandonado la guerra).
Poco después de la paz, el Imperio Otomano llegó a su fin,
después de seis siglos de existencia. Los pueblos sometidos no turcos que
habían quedado después de 1918 fueron ahora liberados, pero no totalmente.
Mesopotamia se convirtió, en teoría, en la nación
independiente de Irak, pero de hecho los británicos dominaban el país por un
«mandato» otorgado por la Sociedad de Naciones (una laxa unión de naciones
fundada después de la Primera Guerra Mundial).
A los iraquíes no les gustó el acuerdo y se rebelaron
contra sus nuevos amos británicos en 1920, pero la rebelión pronto fue
sofocada. En 1921, Faisal, perteneciente a una importante familia árabe que
había cooperado con los británicos durante la Primera Guerra Mundial, se
convirtió en rey de Irak. Con un monarca propio, Irak recuperó más su
autorrespeto como nación. El país se aplacó y durante veinte años mantuvo una
razonable cooperación con los británicos. Persia, entre tanto, tuvo mayor
independencia que antes.
Rusia, bajo su nuevo gobierno revolucionario, apenas pudo
mantener intacto su territorio. No podía intentar aventuras imperialistas.
Hasta los británicos, que habían sufrido bastante con la guerra, se sintieron
menos ansiosos por extender su dilatado imperio (que abarcaba una cuarta parte
de la superficie terrestre).
En 1921, un oficial persa, Reza Kan, se apoderó del
gobierno de Persia y, en 1925, se proclamó sha. Bajo su dominación, Persia
experimentó un vigoroso renacimiento nacionalista. Disminuyó la influencia
británica, se firmaron tratados con Rusia (ahora la Unión Soviética) y Turquía;
y el país se modernizó. En 1935, adoptó oficialmente el nombre de Irán, el
viejo nombre iranio, en lugar del nombre griego «Persia».
Pero en el decenio de 1930 hubo un creciente descontento
en Oriente Próximo. Los judíos estaban entrando en Palestina e intentaban la
creación de un Estado judío independiente (movimiento llamado «sionismo»). A
esto se oponían los diversos Estados musulmanes de Oriente Próximo.
Como los judíos eran apoyados, en cierta medida, por la
opinión pública occidental, Occidente vio cómo aumentaba su impopularidad, en
especial entre los nacionalistas árabes, esta impopularidad ya era elevada
debido a que las potencias coloniales impedían a los Estados árabes gozar de
una independencia completa.
Lo que empeoró aún más las cosas fue que Alemania
experimentó un resurgimiento en la década de 1930 y cayó bajo el poder del
demoníaco Adolfo Hitler. Figuraba en su programa una fanática posición
antijudía que agradó a los árabes antisionistas. Hitler hizo todo lo posible
para influir en el Oriente Próximo y atraer a sus pueblos a su lado en la gran
guerra que estaba planeando.
Así, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, en 1939,
hubo nuevamente luchas en el Oriente Próximo.
La Alemania de Hitler ganó las primeras etapas de la
guerra, al derrotar totalmente a Francia y reducir a Gran Bretaña a una
desesperada lucha en el aislamiento. El gobierno de Irak supuso que Gran
Bretaña estaba acabada y pensó que era el momento apropiado para proclamar su
independencia con ayuda alemana. Pero Gran Bretaña no estaba en modo alguno
liquidada.
En mayo de 1941, fuerzas británicas entraron en Irak,
bombardearon sus aeródromos y ocuparon Bagdad. En junio de 1941 los alemanes
invadieron la Unión Soviética, y una vez más Gran Bretaña y Rusia estuvieron
unidas ante el común enemigo alemán. Nuevamente fue necesario establecer una
línea de comunicación entre las dos naciones, y Persia parecía la ruta más
conveniente. Pero el sha de Persia, Reza Kan, era de simpatías claramente
progermanas.
Gran Bretaña y la Unión Soviética no podían permitirse
muchas ceremonias. Montaron una invasión combinada de Irán en agosto de 1941,
obligaron al sha a abdicar y establecieron una sólida línea de comunicaciones a
través de ese territorio.
Lentamente, la marea comenzó a cambiar, sobre todo después
de que Estados Unidos fuese arrastrado a la guerra a causa del bombardeo de
Pearl Harbor por los japoneses en diciembre de 1941. En 1945, Alemania fue
derrotada por segunda vez, pero mucho más desastrosamente que antes.
Israel
En teoría, Irak era independiente desde 1932, en el que
había sido admitido en la Sociedad de Naciones. Gran Bretaña conservaba allí
una abrumadora influencia, como demostraron los sucesos de la Segunda Guerra
Mundial. Pero cuando concluyó la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña ya no
estaba en condiciones de mantener su imperio.
La verdadera independencia de Irak data de entonces.
En la posguerra, influyeron en Irak tres procesos.
En primer término, el petróleo adquirió fundamental
importancia para las potencias industriales del mundo. Automóviles, camiones,
trenes, barcos y aviones son impulsados por derivados del petróleo, y sin él no
pueden librarse guerras. Se descubrió que Oriente Próximo contiene las mayores
reservas de petróleo del mundo, y las grandes potencias industriales se
enfrentaron en una fiera rivalidad por franjas de territorio que tenían escasa
importancia en otros aspectos.
En la actualidad, más de la mitad de la renta nacional de
Irak proviene de la venta de petróleo a potencias externas.
En segundo lugar, las potencias industriales del mundo de
posguerra son, en esencia, dos: Estados Unidos y la Unión Soviética. Ambas se
enfrentaron mutuamente en una rivalidad que no fue una guerra abierta, pero que
se expresó de todos los modos posibles salvo la violencia directa. El resto del
mundo se vio obligado a reaccionar de uno u otro modo ante esta «guerra fría».
La mayoría de las naciones tuvieron que tomar partido.
Las naciones de habla árabe (el «bloque árabe») fueron
impulsadas en ambas direcciones. De un lado, la Unión Soviética era un vecino
del Norte que había sido poco favorable a ellas en el pasado. Además, los
gobernantes del bloque árabe, que se beneficiaban de un sistema social y
económico arcaico e injusto, temían la posibilidad de ser derrocados en nombre
del comunismo patrocinado por los soviets.
Si se agrega a esto el hecho de que Estados Unidos era,
fuera de toda comparación, la más rica de las dos potencias, el mejor cliente
para el petróleo y el más dispuesto a otorgar préstamos, no es de extrañar que
fuese irresistible la tendencia a colocarse de parte de los Estados Unidos en
la guerra fría.
Y hubo un tercer factor que influyó sobre el Irak de
posguerra, factor que fue el más importante. Los judíos habían logrado su
objetivo de fundar un Estado independiente. En 1948, proclamaron la existencia
del Estado de Israel en algunas partes de Palestina. Las naciones del bloque
árabe, entre ellas Irak, reaccionaron con extrema hostilidad y lanzaron un
ataque contra el nuevo Estado. Pero fueron derrotadas, e Israel logró mantener
su existencia.
Esto hizo recrudecer la hostilidad árabe, de modo que las
emociones antiisraelíes predominaron en ellas sobre toda otra cosa. Los Estados
Unidos sentían mucha mayor simpatía hacia Israel que la Unión Soviética, y
esto, para algunos círculos árabes, era todo lo que importaba. Egipto, bajo el
gobierno dictatorial de Gamal Abdel Nasser (quien llegó al poder en 1954)
comenzó a inclinarse hacia la Unión Soviética.
El líder iraquí Nuri Pashá, para quien el anticomunismo
era el factor dominante, se movió en la dirección opuesta. Formó una alianza
con otras tres potencias islámicas, Turquía, Irán y Pakistán, para constituir
una sólida barrera antisoviética a lo largo de la frontera meridional de la
Unión Soviética. Las reuniones se realizaron en Bagdad, y la alianza fue
conocida como el Pacto de Bagdad.
Pero Turquía, Irán y Pakistán no formaban parte del bloque
árabe, pese a su carácter islámico, y no estaban particularmente interesadas en
Israel. La participación de Irak en dicho pacto era antinatural e impopular
entre buena parte de la población.
La impopularidad del pacto entre la población iraquí se
exacerbó en 1956, cuando Israel se unió a Gran Bretaña y Francia para lanzar un
ataque contra Egipto que sólo fue detenido por la acción conjunta de los
Estados Unidos y la Unión Soviética.
La hostilidad hacia las potencias occidentales creció
constantemente y, en 1958, estalló en Irak una revolución conducida por el
general Abdul Karim Kassem. Nuri Pashá fue muerto y lo mismo Faisal II (que era
rey desde 1953) y toda la familia real. Irak se convirtió en república y
abandonó el Pacto de Bagdad, para volver a su posición antiisraelí.
Bajo Kassem, Irak se acercó mucho más a la Unión
Soviética. Pero hubo muchas fricciones internas dentro de las naciones árabes.
Nasser aspiraba al liderazgo total del bloque árabe, y en esto se le oponía
Kassem. En 1963, un grupo de oficiales del ejército, indudablemente respaldados
por Egipto, se apoderó del gobierno y mató a Kassem.
La nación luego se acercó a Egipto y a la posición
contradictoria de Nasser, es decir, prosoviética pero anticomunista.
Finalmente, en 1967, estalló en Oriente Próximo una bomba
retardada. Las naciones árabes, apoyadas por la Unión Soviética, se cernieron
sobre Israel, que contraatacó en su autodefensa. En una campaña relámpago que
duró seis días, Israel derrotó a sus tres vecinos inmediatos, Egipto, Jordania
y Siria, y ocupó partes de sus territorios.
Irak no intervino directamente, pero compartió la general
humillación de los árabes. Esa breve guerra puso de algún modo de manifiesto la
trágica caída de la tierra de los dos ríos. En ella habían surgido, diez mil
años antes, los primeros agricultores y las primeras ciudades. Cinco mil años
antes había dado al mundo la primera escritura. En ella había surgido un
imperio tras otro, y sus ciudades habían dominado todo el mundo conocido hasta
hacía apenas mil años.
Pero crear y mantener una estructura tan intrincada como
la civilización no podía hacerse sin pagar un precio por ello. La riqueza
acumulada atrajo a las tribus bárbaras de sus fronteras, y una y otra vez la
compleja estructura social de Mesopotamia se vio penosa y ruinosamente
desorganizada por invasiones bárbaras.
La oscilación del péndulo, del imperio a la incursión
bárbara y nuevamente al imperio, una y otra vez, agotó las energías del pueblo,
y los milenios de agricultura lentamente agotaron la tierra misma. La
catástrofe de la destrucción de los canales por los mongoles sólo fue el último
y repentino acto de un constante declive.
En el ínterin, los progresos y avances que se habían
realizado originalmente a lo largo del Éufrates se difundieron por el mundo en
ondas cada vez más amplias. La escritura sumeria llegó a Egipto; la astronomía
de Egipto y Babilonia llegó a Grecia; y el saber de Grecia (a través del mundo
árabe de la Edad Media) llegó por último a Occidente.
Y ahora Israel, que ha aceptado totalmente la tecnología
occidental, puede mantener a raya a un mundo árabe que la supera numéricamente
en veinte a uno pero que no ha aceptado cabalmente los procedimientos
occidentales.
Sería lamentable que Irak y las otras naciones árabes, en
su frustración, sólo tomaran de Occidente las armas de guerra. Si lo hacen,
finalmente podrán derrotar a Israel por su mero peso y gratificar su orgullo,
pero seguirán tan miserables como antes, pues los misiles y los aviones de
reacción no pueden por sí solos curar las profundas enfermedades que aquejan a
la región.
Cabe esperar que los métodos de la paz atraigan a las
naciones árabes, pues su territorio y sus oportunidades son suficientemente
vastos para permitirles enormes avances, si las energías gastadas en el mal
humor se vuelcan, en cambio, en una modernización de la tecnología, una
restauración del suelo y una renovación de la estructura económica, social y
políticas de esas grandes y venerables tierras.
FIN
Índice
Isaac Asimov El Cercano Oriente
1. Los sumerios
2. Los acadios
3. Los amorreos
4. Los asirios
5. Los caldeos
6. Los persas
7. Los macedonios
8. Los partos
9. Los sasánidas
l0. Los árabes
11. Los turcos
12. Los europeos

