Libro N°. 3134. Rebelión En El Espacio. Heinlein, Robert A.
© Libro N°. 3134. Rebelión En El Espacio. Heinlein, Robert A. Colección
E.O. Septiembre 24 de 2016.
Título original: © Red Planet
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Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
REBELIÓN EN EL ESPACIO
Robert A. Heinlein
cap. 1
Willis
EL tenue aire de Marte estaba fresco, pero no realmente helado.
Aún no había llegado el invierno a las latitudes sureñas del planeta rojo, y
durante el día la temperatura se mantenía por encima del grado de congelación.
La extraña criatura que estaba en el exterior de la construcción
globular tenía el aspecto general de un ser humano, pero su cabeza resultaba
totalmente distinta. Era algo semejante a una pecera invertida, con dos ojos
telescópicos, inmóviles y grandes, sin boca visible. La impresión extraterrena
aumentaba por el extraño colorido de la cabeza y el cuello, a rayas amarillas y
negras, semejantes a las de un tigre.
El ser llevaba en su cintura un arma parecida a una pistola, y
en el brazo izquierdo tenía un objeto esférico, mayor que una pelota de
basketball, al que cargaba con sumo cuidado.
Abriendo la puerta exterior del edificio, el ser penetró,
encontrándose en una pequeña antesala, frente a una segunda entrada. Apenas la
puerta exterior se cerró, la presión del aire se equilibró nuevamente y de un
altoparlante instalado en la pared surgió una voz impaciente, que dijo:
―¿Bien? ¿Quién es? ¡Hable rápido!
El visitante depositó la pelota cuidadosamente en el piso y sus
manos aferraron el feo rostro y tiraron hacia arriba, levantándolo. Casi de
inmediato la parte delantera cedió, dejando ver la cara agradable y simpática
de un jovencito terrestre.
―Soy yo, doctor. ¡Jim Marlowe!
―¡Vamos! ¡Entra de una vez! ¡No te quedes allí mordiéndote las
uñas!
―Ya voy, doctor. ―Cuando la presión del aire de la antesala se
hubo equilibrado con la del resto de la casa, la segunda puerta se abrió
automáticamente. Jim miró a la pelota que dejara sobre el piso y dijo―: ¡Vamos,
Willis!
La pelota se sacudió, produjo una especie de giba en uno de sus
flancos y comenzó a caminar, o mejor dicho, a rodar tras el muchachito, que
entró en la casa. En la sala principal, que según costumbre en las casas
marcianas ocupaba más de la mitad de la superficie cubierta, estaba el viejo
doctor McRae, curando la mano de un jovencito de la misma edad que el recién
llegado.
―Buenas, Jim. Quítate el traje de abrigo y sírvete una taza de
café. Hola, Willis.
―Gracias, doctor. ¡Oh, eres tú, Francis! ¿Qué haces aquí?
―¿Qué dices, Jim? Maté a un buscador-de-agua y me corté un dedo
con una de sus espinas...
―¡Basta de retorcerse! ―ordenó el médico.
―¡Es que ese líquido quema! ―protestó Francis.
―Por eso te lo pongo.
―¿Cómo demonios lo hiciste? ―insistió Jim―. Tendrías que saber
que a esos animales hay que quemarlos de arriba a abajo... ―mientras hablaba
bajó el cierre relámpago que le cerraba herméticamente el traje térmico
especial para el ambiente exterior marciano y se lo quitó sin dificultad. Luego
lo colgó en una percha, junto con el casco respiratorio que se quitara antes de
entrar. Del mueble ya colgaban el traje térmico y el casco respiratorio de
Francis, que en lugar del rayado del tigre de su compañero había elegido para
pintar su casco los colores de un guerrero piel roja.
―Lo quemé ―replicó Francis airadamente―, pero se movió cuando lo
estaba haciendo y me rozó. Quería preservar la cola para hacer un collar.
―En tal caso no lo quemaste bien. Con toda seguridad dejaste
intacto el saco de los huevos. ¿Para quién querías hacer un collar?
―No te interesa. Y puedo agregar que quemé el saco de huevos
como primera medida. ¿Qué te crees que soy? ¿Un turista?
―A veces me pareces uno. Ya sabes que esos bichos no mueren
hasta la puesta del sol.
―No digas tonterías, Jim ―ordenó el médico―. Voy a inyectarte
una dosis de antitoxina, Frank. No servirá para nada, pero tu madre se sentirá
más tranquila. Mañana ese dedo estará tan hinchado como un cachorro envenenado;
tráemelo y te lo cortaré.
―¿Voy a perder el dedo, doctor? ―inquirió el jovencito
atemorizado.
―No, pero tendrás que rascarte con la mano izquierda durante una
temporada. Veamos qué te trajo, Jim. ¿Indigestión?
―No, doctor. Se trata de Willis.
―Willis, ¿eh? Pues me parece que está bastante bien... ―el
médico miró hacia abajo, encontrándose conque la extraña criatura había rodado
hasta él y estaba observando la mano de Francis. Para hacerlo proyectaba tres
ojos de su masa esférica, semejantes a los de un enorme caracol, mientras se
apoyaba en un trípode de pseudopodios que le habían crecido en lugar de la
primitiva giba.
―Dame una taza de café, Jim ―ordenó el viejo doctor, mientras
entrelazaba las manos para formar una hamaca―. ¡Ven aquí, Willis, muchacho!
Willis dio un salto y se encontró entre las manos del doctor,
recogiendo todas las protuberancias al hacerlo. El médico lo colocó sobre la
camilla de observación y ambos se miraron.
El doctor McRae vio una pelota de regulares dimensiones,
cubierta de pelo corto y espeso, sin más facciones que el trío de inquisitivos
ojos que surgían entre la recia pelambre. El marciano por su parte se encontró
frente a un terrestre de edad madura, cuya barba y cabellos eran grises, y que
vestía camisa y pantalones cortos blancos.
Willis hallaba agradable la visión de aquel ser extra-marciano.
―¿Cómo te sientes, Willis? ―inquirió el doctor―. ¿Bien? ¿Mal?
Un hoyuelo apareció entre los pseudopodios y se dilató hasta convertirse
en un orificio.
―Willis está perfectamente ―dijo con voz extraordinariamente
parecida a la de Jim.
―Perfectamente, ¿eh? ―sin mirar hacia atrás, el médico agregó en
distinto tono de voz―: ¡Jim! Lava esas tazas nuevamente. Y esta vez,
esterilízalas. ¿Quieres hacer una siembra de microbios?
―Está bien, doctor ―Jim miró a Francis―. ¿Quieres café, Frank?
―Sí. Con mucha leche.
―¡Oh, cállate y no seas molesto! ―Jim se sumergió casi en la
pileta del laboratorio para pescar otra taza, que lavó y colocó con las otras
dos en el autoclave para esterilizarlas, pues el viejo doctor colocaba
descuidadamente sus cultivos microbianos junto con su vajilla.
Unos minutos después el jovencito sirvió el caliente líquido y
entregó una taza al médico.
―Este ciudadano está bien, Jim ―dijo McRae―. ¿Por qué lo
trajiste?
―Ya sé que declara estar bien, doctor, pero se equivoca. ¿No
puede revisarlo?
―¿Cómo quieres que lo revise si ni siquiera puedo tomarle la
temperatura, pues ignoro cuál debe ser su estado normal? ¿Quieres que lo corte
en pedazos para estudiarlo?
Inmediatamente Willis retiró sus pseudopodios y ojos,
convirtiéndose nuevamente en una pelota totalmente lisa.
―¡Mire qué ha hecho! ―exclamó Jim Marlowe―. ¡Lo asustó!
―Lo siento ―dijo el médico, acariciando la suave piel del
extraño ser―. Todo está bien, Willis... Willis es bueno... Nadie va a lastimar
a Willis.
Willis se limitó a dilatar su diafragma vocal.
―¿No lastimarán a Willis? ―preguntó, en una copia exacta de la
voz de Jim―. ¿No cortarán a Willis?
―No. Lo prometo.
Los ojos aparecieron lentamente, con expresión de cauteloso
temor. Era curioso pensar en que algo sin facciones podía ser expresivo. Sin
embargo, así era.
―Así está mejor ―afirmó el médico―. Veamos, Jim. ¿Por qué dices
que este sujeto está enfermo?
―Bueno, doctor, se comporta en una forma muy extraña. En el
interior de casa se muestra perfectamente bien, pero cuando salimos al exterior
se convierte en una pelota y se niega a moverse. Si no está enfermo... ¿Por qué
lo hace?
―Me parece comprenderlo. ¿Cuánto hace que estás amaestrando a
esta pelota parlante?
Jim repasó mentalmente los veinticuatro meses del calendario
marciano.
―La encontré a fines de Zeus, cerca de Noviembre, doctor....
―Y ahora estamos a fin de Marzo, a punto de comenzar Ceres. El
verano ha terminado, ¿No te sugiere nada este hecho?
―¿Eh? No...
―¿Esperabas que fuera saltando en la nieve como una pelota?
Nosotros, cuando la temperatura baja, emigramos. Willis vive aquí.
La boca del jovencito se abrió involuntariamente.
―¿Quiere decir que está preparándose para invernar?
―Es claro. Los antepasados de Willis tuvieron millones de años
para aclimatarse al ambiente marciano; tú pareces ignorarlo, pero no puedes
esperar que él lo pase por alto.
Jim pareció preocupado.
―Yo planeaba llevarlo conmigo a Syrtis Menor...
―¿A Syrtis Menor? ¡Ah, sí! Este año irás al Colegio Superior.
¿Tú también, Frank?
―¡Es claro!
―No consigo acostumbrarme a la forma desconsiderada que tienen
ustedes de crecer, chicos... Vine a Marte porque como aquí el año dura el doble
pensé que tendría más tiempo, pero los meses vuelan exactamente igual que en la
Tierra...
―Oiga, doctor... ¿Qué edad tiene usted? ―inquirió Francis.
―No te importa. Demasiada. ¿Cuál de los dos piensa estudiar
medicina para reemplazarme cuando llegue el momento?
Ninguno de los muchachos contestó.
―¡Vamos, hablen! ¿Qué piensan estudiar?
―No estoy seguro, doctor... Estoy interesado en la areografía
(1), pero también me gusta la biología. Tal vez me dedique a economía
planetaria, como mi padre... ―dijo por fin Jim.
(1) Término griego que significa estudio descriptivo de Marte.
(N. A.)
―Ése es un tema muy amplio y tendrás bastante trabajo. ¿Y tú,
Frank? Francis pareció embarazado.
―Bueno... ¡cuernos! Aún sigo creyendo que me gustaría ser piloto
de cohetes...
―Pensaba que ya habías abandonado la idea.
―¿Por qué? Puedo aprender astronáutica, ¿verdad?
―Si te gusta... Hablando del asunto... ¿Ustedes se irán antes
que emigremos hacia el norte, no es así?
A causa del extremo rigor del clima marciano, era necesario que
la colonia emigrara dos veces por año, para evitar los inviernos alternados de
los hemisferios norte y sur. El verano sureño era aprovechado viviendo en
Charax, a unos treinta grados del Polo Sur; la colonia estaba en aquellos
momentos a punto de mudarse a Copáis, que estaba a esa misma distancia del Polo
Norte. Allí permanecerían los colonos medio año marciano, o sea casi un año
terrestre.
En la zona ecuatorial había establecimientos permanentes, en los
que vivía una población estable todo el año. Marsport, Nueva Shangai, Syrtis
Menor... pero no se trataba de colonias y sus habitantes eran en su mayor parte
empleados de la Compañía Comercial Marciana. Por contrato legalizado, la
Compañía Comercial Marciana debía proveer a las familias de los colonos de
establecimientos educacionales paralelos a los terrestres para que los niños y
jóvenes pudieran adquirir conocimientos suficientes para ingresar a las
Universidades de la Tierra en igualdad de condiciones con los demás alumnos.
Resultaba cómodo a la Compañía que la Escuela Superior funcionara en Syrtis
Menor, y allí estaba instalada.
―Partimos el miércoles próximo ―repuso Jim―. En el coche-correo.
―¿Tan rápido?
―Sí, y esto es lo que me preocupa. ¿Qué debo hacer con Willis,
doctor?
Willis oyó su nombre y miró inquisitivamente al jovencito.
―¿Qué debo hacer, doctor? ―repitió, con la misma voz que Jim.
―¡Cállate, Willis!
―¡Cállate, Willis! ―el extraño ser repitió las palabras del
médico con su mismo tono de voz.
―Probablemente lo más apropiado sería buscarle un agujero
confortable para que pasara el invierno y dejarlo en paz ―dijo McRae tras
pensarlo un momento―. Al terminar el invierno podrían reanudar la amistad que
los une...
―¡Pero lo perdería, doctor! ¡Willis saldría del agujero antes
que yo volviera de la escuela! ―protestó el muchachito.
―Probablemente ―el médico lo meditó―. Eso no le haría ningún
daño... Willis es un individuo, no una cosa...
―¡Claro que es un individuo! ¡Es mi amigo!
―No veo por qué Jim hace tanto lío por este bicho ―terció
Francis―. ¡Después de todo no es más que una pelota de basket parlante! Si me
lo preguntan, creo que es un retardado mental...
―Nadie te lo preguntó. Willis me quiere mucho, ¿verdad, Willis?
¡Vamos, ven con papá! ―el pequeño marciano dio un salto y cayó en los brazos
del jovencito. Jim lo acarició.
―¿Por qué no le preguntas a uno de los marcianos? ―sugirió el
doctor―. Tal vez puedan decirte qué debes hacer con este jovencito...
―Traté de hacerlo, pero no encontré a ninguno con deseos de
prestarme atención.
―Quieres decir que no tuviste suficiente paciencia como para
esperar a que el marciano te llevara el apunte.
―Bueno. Siempre puedes interrogar al interesado directo.
―¿Qué le diré?
―Yo intentaré hacerlo... ¡Willis! ―el ser clavó dos ojos en el
médico, que prosiguió―. ¿Quieres salir de aquí y buscarte un sitio donde
dormir?
―Willis no tiene sueño ―fue la firme respuesta.
―Tendrá sueño en el exterior... hace frío y podrá buscarse un
agujero para invernar. ¿Qué dice Willis?
―¡No!
El médico tuvo que mirar atentamente para darse cuenta que no
había sido Jim quien respondiera a la pregunta. Cuando Willis hablaba
respondiendo a preguntas, siempre utilizaba la voz del jovencito. Su diafragma
parlante no tenía un registro propio; era algo así como el diafragma de un
altoparlante de radio, con la diferencia que estaba colocado en un ser
viviente.
―Esto parece definitivo, pero probaremos otro sistema. ¿Quieres
quedarte con Jim, Willis?
―Willis quiere quedarse con Jim ―repuso el pequeño ser con
acento decidido―. ¡Tibio!
―Ahí tienes la clave de tu éxito, Jim. A Willis le gusta la
temperatura de tu sangre... Pero esto arregla todo. ¡Llévatelo contigo! No creo
que le haga daño quedarse en tu compañía. Tal vez viva cincuenta años en lugar
de un siglo, pero se divertirá más.
―¿Acaso viven normalmente hasta los cien años, doctor? ―preguntó
Jim.
―¿Quién sabe? No hemos estado suficiente tiempo en este planeta
como para aprender semejante cosa. ¡Ahora, váyanse de aquí. Tengo que trabajar!
El médico miró de reojo su lecho: no había sido arreglado en una
semana. Tal vez no valía la pena cambiar las mantas hasta el día de lavado.
―¿Por qué no viene a cenar a casa esta noche, doctor? ―sugirió
Jim―. ¿Y tú, Frank?
―Yo no puedo ―repuso Francis―. Mi madre dice que como demasiado
a menudo con tu familia.
―Si mi madre estuviera aquí, diría lo mismo ―afirmó McRae con
una sonrisa―. Llama a tu casa, Jim...
El jovencito se comunicó por el fonovisor con su madre, que
sonrió en la pantalla televisora.
―¡Encantada de invitar al doctor! ¡Dile que se apresure, Jim!
―¡En seguida vamos, mamá!
Jim comenzó a ponerse el traje térmico, pero McRae lo
interrumpió:
―Afuera hace demasiado frío. Iremos por el túnel.
―¡Pero el camino es más largo! ―protestó el muchachito.
―Dejaremos que resuelva Willis. ¿Qué prefieres, Willis?
―¡Tibio! ―repuso Willis claramente.
cap. 2
Colonia Sur, Marte
LA Colonia Sur tenía la estructura general de una rueda. Los
edificios administrativos eran el eje; de allí surgían docenas de túneles que
iban en distintas direcciones. Sobre ellos se levantaban las demás
construcciones, depósitos y viviendas. Éstas eran en conjunto similares. Todas
consistían en una semiesfera de plástico siliconado, preparada con materias
primas extraídas del suelo de Marte y armada en el sitio donde debía estar. Las
paredes eran dobles, separadas por un espacio vacío de cuarenta centímetros,
que aislaba el interior de la extrema temperatura exterior del planeta rojo. En
las casas los colonos mantenían una presión artificial de dos tercios la
habitual en la Tierra. En realidad la presión atmosférica marciana es inferior
a la tercera parte de la terrestre. Un visitante de la Tierra que no esté
condicionado a la escasez de oxígeno del planeta rojo, morirá si no lleva una
máscara respiratoria. Entre los colonos, tan sólo tibetanos y bolivianos son
capaces de aventurarse en el exterior de las viviendas sin sus respiradores.
Las casas no tenían ventanas, pues si bien el desierto que
rodeaba a la colonia era hermoso, su vista constante resultaba demasiado
monótona.
La Colonia Sur estaba ubicada en un área concedida por los
marcianos al norte de la antigua ciudad de Charax ―su verdadero nombre en
marciano resulta impronunciable para cualquier terrestre―, entre las ramas del
canal doble Strymon. Los colonos usaban la nomenclatura dada a Marte por el
inmortal astrónomo, doctor Percibal Lowell (2) en sus mapas telescópicos.
Francis acompañó a Jim y al doctor McRae hasta la intersección
del túnel principal con un ramal que lo llevaba a su casa. Allí se separó de
ellos; pocos minutos después McRae, el jovencito y Willis llegaban a la casa de
la familia Marlowe. La madre de Jim los recibió en la sala.
―Señora, vuelvo a abusar de sus bondadosos instintos ―dijo el
médico haciendo una reverencia.
―¡Carámbanos, doctor! ―repuso la madre del jovencito,
sonriendo―. Usted es siempre bienvenido a nuestra mesa.
―Quisiera tener suficiente fuerza de voluntad como para desear
que usted no fuera una extraordinaria cocinera. Así me resultaría más fácil
hacerle comprender que vengo para visitarla, y no para aprovechar la
oportunidad de comer de tanto en tanto como una persona...
La señora de Marlowe se ruborizó y dirigiéndose a su hijo cambió
el tema.
―Jim... no dejes tu pistola sobre el sofá, donde Oliver pueda
alcanzarla... ―el hermanito menor de Jim, al oír su nombre, corrió hacia el
arma; el muchacho y su hermana, Phyllis, lo vieron y al mismo tiempo gritaron:
―¡Ollie!
―¡Ollie! ―gritó Willis, duplicando simultáneamente las voces de
Jim y Phyllis.
La niña estaba más cerca; aferró el arma y dio una palmada al
niñito, que se echó a llorar, imitado de inmediato por Willis.
(2) Astrónomo norteamericano descubridor de los canales de
Marte. (N. T.)
―¿Qué pasa en esta familia? ―inquirió el señor Marlowe, entrando
en ese momento.
El doctor McRae se inclinó y alzó al pequeño Oliver, montándolo
sobre su ancha espalda. El pequeño olvidó su llanto de inmediato.
―No ocurre nada, querido ―dijo la madre, volviéndose hacia su
esposo―. Me alegro que hayas regresado temprano; ¡vayan a lavarse, chicos!
La segunda generación de la familia Marlowe marciana corrió
hacia el cuarto de baño.
―¿Qué pasó, querida? ―quiso saber el padre cuando los mayores
quedaron a solas. Diez minutos después iba en busca de su hijo mayor al
dormitorio.
―Jim ―dijo.
―¿Sí, papá?
―¿Qué es eso de dejar tu pistola al alcance de la mano de tu
hermano menor?
El jovencito se ruborizó.
―No estaba cargada, papá ―repuso.
―Si todos los hombres que fueron muertos con "armas
descargadas" que resultaron no serlo fueran alineados uno tras otro,
daríamos la vuelta al mundo varias veces. Cuando te dieron la licencia para
portar armas, prestaste juramento, ¿verdad?
―Estee... sí, papá.
―Yo me siento orgulloso de que te hayan autorizado a ser uno de
los jóvenes armados de la Colonia Sur. Esto significa que eres un adulto. Que
legalmente, eres responsable. Y la responsabilidad es algo constante, no
momentáneo. ¿Me comprendes?
―Sí, papá.
―¡Magnífico! Vamos a cenar.
El doctor McRae predominó en la conversación durante la comida y
también en la sobremesa, como lo hacía habitualmente.
―¿Qué es eso de que dentro de veinte años podremos quitarnos los
respiradores? ¿Acaso hay alguna novedad respecto al Proyecto? ―preguntó después
de una pausa, mirando al padre de Jim.
La Colonia tenía en estudio y ejecución docenas de proyectos
preparados para tornar Marte más habitable. Pero al decirse "el
Proyecto", se sobrentendía que se estaba hablando del referente a la
restauración del oxígeno atmosférico.
Las arenas rojizas de los desiertos marcianos debían su color a
la oxidación; esto significaba que en ellas había trillones de toneladas de
oxígeno, que los colonos planeaban volver a su forma gaseosa para enriquecer la
atmósfera del planeta.
―¿No oyó esta tarde el informe propalado desde Deimos? ―repuso
Marlowe.
―Nunca escucho informativos radiales. Es malo para los nervios.
―No lo dudo. Pero hoy las noticias fueron buenas. La planta
piloto de Libya está en funcionamiento... y podríamos agregar, que con todo
éxito. El primer día produjo cuatro millones de toneladas de oxígeno
purísimo...
La señora Marlowe miró a su marido.
―¿Cuatro millones de toneladas? Parece una gran cantidad. ¿No es
así?
―¿Sabes cuánto tiempo se necesitaría para que con esa producción
pudiéramos considerar solucionado el problema del oxígeno en Marte? ―sonrió su
esposo.
―No... pero no creo que sea demasiado...
―Déjame calcular... ehhh... sí, más o menos doscientos mil
años... Años marcianos, naturalmente.
―¡Te burlas de mí, James!
―¡No, querida, no! Pero no dejes que estos datos te asusten. No
dependeremos de una sola planta industrial... Cada cincuenta kilómetros de
desierto habrá una. Gracias a la energía atómica no tenemos el problema del
combustible. Si el trabajo no terminara durante nuestras vidas, por lo menos
nuestros hijos lo verán finalizado... ¿Qué le pasa, doctor? Lo noto
contrariado...
―¡Oh, no, no! Estaba pensando en el resultado final de todo...
Éste es un trabajo realmente extraordinario... magnífico y duro. Pero cuando
terminemos... ¿De qué habrá servido? ¿No hubiera sido mejor que dejáramos a
Marte para los marcianos? ¿Saben ustedes para qué se usaban en la Tierra los
televisores cuando recién comenzaron a popularizarse?
―No creo que...
―Bueno, yo no lo vi, pero mi padre me lo contó... Parece que...
―¿Su padre? ¿Pero era tan viejo como para recordar los comienzos
de la televisión? ―lo interrumpió la señora de Marlowe.
―Bueno, tal vez haya sido mi abuelo quien me lo contó ―el médico
carraspeó―. Pues resulta que se empleaba para trasmitir luchas desde los
anfiteatros...
―¿Qué es una lucha desde un anfiteatro, doctor? ―preguntó
Phyllis.
―Un baile folklórico ―terció la madre―. No comprendo qué quiere
decir, doctor... No veo qué daño se puede...
―¿Qué es un baile folklórico, mamita? ―insistió la chiquilla.
―Creo que los niños han terminado, Jane ―exclamó Marlowe―. ¿No
podríamos excusarlos?
―Naturalmente. Di "Permiso, por favor", Ollie ―el
niñito obedeció, imitado exactamente por Willis.
Jim se limpió la boca, tomó a Willis y salió del comedor,
dirigiéndose a su habitación. Le gustaba oír hablar al viejo doctor Marlowe,
pero debía admitir que cuando había otras personas mayores el médico divagaba
demasiado. Tampoco comprendía, por qué había necesidad de producir más oxígeno
en Marte. Nunca hubiera pensado en salir al exterior sin su respirador: se
hubiera sentido casi desnudo...
Su hermanita lo siguió. Deteniéndose en la puerta del
dormitorio, Jim se volvió.
―¿Qué ocurre, chiquita? ―le preguntó.
―Bueno... escúchame, Jimmy... Ya que tendré que encargarme de
Willis cuando te hayas marchado, me parece que sería una buena idea que se lo
explicaras, para que no haya problemas...
Jim la miró asombrado.
―¿De dónde sacaste la idea de que voy a dejar a mi Willis?
La chiquilla sostuvo su mirada.
―¡Pero tendrás que hacerlo! ¡No puedes llevártelo al colegio!
¡Pregúntale a mamá!
―Mamá no tiene nada que ver con este asunto. ¡No le interesa qué
es lo que llevo conmigo al colegio o lo que dejo de llevar!
―¡Me parece que eres malo! ―gritó Phyllis.
―Cada vez que te contrarío dices que soy malo...
―¡Pero ésta es la casa de Willis! Si te lo llevas al colegio,
extrañará... ¡Eres malo con él!
―¡No es cierto! ¡Yo estaré con Willis!
―La mayor parte del tiempo estarás ocupado con tus estudios y
Willis estará solo. Deberías dejarlo aquí conmigo... con nosotros.
Jim se enderezó.
―¡Voy a terminar inmediatamente con este asunto! ―exclamó.
Regresó al comedor y esperó con aire agresivo a que advirtieran
su presencia. Pronto su padre lo miró:
―¿Qué pasa, Jim?
―¿Hay alguna duda respecto a que Willis me acompañará al
colegio?
Marlowe miró sorprendido a su hijo.
―¡No se me había ocurrido que pensabas llevar a Willis contigo,
Jim!
―¿Eh?¿Por qué no?
―Bueno... el colegio no es un sitio adecuado para él.
―¿Por qué?
―Estee… no podrías cuidarlo en forma adecuada. Estarás demasiado
ocupado con tus estudios...
―Willis es fácil de satisfacer. Come una vez por mes y bebe un
sorbo de agua semanal. ¿Por qué no puedo llevarlo conmigo, papá?
Marlowe pareció apabullado y se volvió hacia su esposa.
―Mira, Jimmy, queridito... ―comenzó a decir la esposa. Pero el
chico la interrumpió.
―Cada vez que quieres convencerme para que no haga algo,
comienzas diciendo "Jimmy queridito, mamá...
La madre hizo un esfuerzo para no sonreír.
―Lo siento, hijo. Lo que quería decirte es esto: nosotros
deseamos que tengas un buen comienzo en el colegio. No creo que llevar contigo
a Willis te ayude mucho.
Jim pareció por un momento sorprendido, pero no estaba dispuesto
a rendirse tan fácilmente.
―Mire... ustedes leyeron el folleto que me enviaron desde la
Dirección del Colegio, diciendo lo que debía hacer y qué podía llevar conmigo.
Si hay algo allí que diga claramente que se prohíbe llevar a Willis me callaré
la boca y no volveré a mencionar el asunto. ¿De acuerdo?
La señora Marlowe miró inquisitivamente a su marido: él le
devolvió la mirada sin saber qué decir. El doctor McRae los observaba a ambos,
sin hablar, pero manteniendo una expresión de sardónica diversión.
―Llévate a Willis, Jim ―dijo finalmente el padre, encogiéndose
de hombros―. Pero recuerda que es tu problema, no el nuestro.
―¡Gracias, papá! ―exclamó el jovencito, sonriendo y saliendo
apresuradamente de la habitación para no dar a sus padres tiempo de cambiar de
idea.
Marlowe sacudió la pipa y miró irritado al doctor McRae.
―¿De qué se ríe, pedazo de bebuíno? ―le dijo―. ¿Piensa que soy
demasiado indulgente, verdad?
―Oh, no... en lo más mínimo. Me parece que hizo lo justo...
―¿Le parece que el amiguito de Jim no provocará líos en el
Colegio?
―Por el contrario. Tengo cierta familiaridad con las peculiares
costumbres de Willis...
―¿Y por qué dice que hice lo justo?
―¿Por qué va a evitar a sus hijos los problemas que se le pueden
presentar? El Hombre se civilizó venciendo dificultades...
―¡A veces me parece que usted es más loco que una cabra, como
dice Jim, doctor!
―Es probable, pero como soy el único médico de la Colonia, no
habrá posibilidades de que me diagnostiquen... Señora Marlowe... ¿Tendría la
amabilidad de dar a este pobre anciano otra taza de su delicioso café?
―¡Naturalmente, doctor! ―la señora se volvió hacia su esposo―.
Te diré, James. No lamento que hayas autorizado a Jimmy a llevar consigo a
Willis. Será un alivio no tenerlo con nosotros...
―¿Por qué, querida? Jim dijo que no molesta a nadie... eso es
cierto.
―Sí, pero tiene el defecto de que siempre dice la verdad...
―¿Qué quieres decir?
―Yo creía que era el testigo perfecto para solucionar las peleas
de los niños... pero ocurre que repite todo lo que oye con la precisión de un
gramófono... ¿Conoces a la señora Pottles?
―Naturalmente.
El médico agregó:
―¿Cómo puede nadie ignorarla? Yo soy el desdichado que se ocupa
de "sus nervios".
―¿Está enferma en estos momentos, doctor? ―inquirió la señora
Marlowe.
―Trabaja demasiado poco y come excesivamente. No puedo decir más
porque la ética profesional me lo impide...
―Ignoraba que tuviera ética profesional, doctor.
―¡Tenga más respeto por mis canas, joven! ¿Qué ocurre con la
señora Pottles?
―Bueno. Ocurre que la semana pasada Luba Konski vino a almorzar
conmigo y tuvimos la mala idea de hablar de la señora Pottles. Seriamente,
James... no dijimos mucho, pero ignorábamos que Willis estuviera debajo de la
mesa...
―¿Estaba? ―Marlowe se cubrió la cara con las manos. Luego dijo―:
Bueno... prosigue.
―Ustedes recordarán que la familia Konski alojó a los Pottles
hasta que se les edificó una casa para ellos... Desde entonces Luba ha
detestado cordialmente a Sarah Pottles. El martes pasado Luba me dio algunos
detalles "jugosos" sobre las costumbres de Sarah... y al día siguiente
Sarah pasó por casa para darme algunos consejos sobre la mejor forma de educar
a mis hijos... Lo malo fue que dijo algo que puso en marcha la memoria de
Willis, y el muy condenado repitió todo lo que dijo Luba de ella... La señora
Pottle se marchó sin despedirse y desde entonces no volvió a hablarme.
―No has perdido gran cosa ―comentó Marlowe, sonriendo.
―¡Qué mujer ésa! ―agregó el médico―. ¡No comprendo por qué se le
ocurrió hacerse pionera de Marte!
―Vino con su esposo porque pensaba que se harían ricos en poco
tiempo y podrían regresar a la Tierra ―repuso Marlowe.
―Hablando desde un punto de vista exclusivamente profesional,
amigo mío ―exclamó el médico carraspeando―, ¿no podríamos tratar de hacer
repetir a Willis lo que comentó la señora Konski?
―¡Usted es un viejo mentiroso, doctor! ―repuso Marlowe lanzando
una carcajada―. Vamos a buscar al globular amigo de mi hijo y nos reiremos un
rato...
cap. 3
Gekko
EL miércoles amaneció claro y frío, como la mayor parte de las
mañanas en Marte. Los Sutton y los Marlowe, excepto el pequeño Oliver, estaban
reunidos en la plataforma de cargas de la Colonia, sobre la rama oeste del
canal Strymon, para despedir a los dos muchachos.
La temperatura se elevaba lentamente, y el viento de la aurora
soplaba con persistencia. El termómetro marcaba treinta grados bajo cero. Junto
al muelle estaba el coche-correo, descansando sobre sus patines filosos como
navajas.
Las rayas de tigre del casco de Jim, la pintura de guerrero
indio de Francis y un arco iris en el de Phyllis identificaban fácilmente a los
miembros menores de ambas familias. Los adultos se diferenciaban solamente por
la estatura; había dos personas más, el doctor McRae y el Padre Cleary. El
sacerdote hablaba a Frank con voz grave y serena. Luego se volvió hacia Jim:
―El pastor me pidió que te despidiera, Jimmy... el pobre está
con una afección bronquial. Hubiera venido igual, pero yo escondí su respirador
para que no se levantara ―el pastor protestante era soltero y no tenía familia,
por lo que compartía la casa del cura católico.
―¿Está muy enfermo?
―No tanto. Llévate sus bendiciones... y las mías.
Jim dejó caer su maleta, pasó a Willis y sus patines de hielo al
brazo izquierdo y estrechó la diestra del sacerdote. Luego se produjo un
silencio molesto, quebrado por el jovencito.
―Mejor vayan adentro... si siguen aquí se helarán.
―Sí, es una buena idea ―asintió Francis.
―Me parece que el conductor del coche-correo está preparado para
partir ―exclamó Marlowe―. Bueno, hijo, cuídate y pórtate bien.
Padre e hijo se estrecharon solemnemente las manos. Luego la
madre abrazó a Jim.
―¡Oh, mi hijito! ¡Tan chico y tiene que separarse de nosotros!
―¡Por favor, mamá! ―exclamó el muchacho, pero estrechó con
fuerza a su madre. Naturalmente, tuvo que hacer lo mismo con Phyllis para
consolarla.
―¡Todo el mundo a bordo! ―llamó el conductor.
Jim se volvió y sintió que alguien lo tomaba del brazo. Era el
viejo doctor McRae.
―Buena suerte, Jimmy. Y no aguantes ninguna injusticia de nadie.
―No, doctor. Gracias.
Los dos muchachitos entraron en el coche y mostraron la tarjeta
del Colegio al conductor, que cerró herméticamente y les dijo:
―Conque son novatos, ¿eh? Bueno, si quieren pueden viajar en el
observatorio pues no llevo más pasajeros.
Jim y Frank se ubicaron en la cúpula de observación, por delante
y arriba de la cabina del conductor.
La turbina vibró y el vehículo partió velozmente deslizándose
sobre el hielo del canal con toda suavidad.
El conductor pronto se quitó el casco con la máscara de
respiración y los dos jovencitos, viéndolo desde sus asientos, lo imitaron.
―¿Qué tal? ¿Cómodo, eh? ―comentó Francis.
―Sí... ¡Mira la Tierra!
El planeta natal de la especie humana se divisaba sobre el
horizonte, destacándose entre el fulgor rojizo del sol alzándose en dirección
noreste. Más allá, hacia el norte, brillaba Deimos, el satélite exterior de
Marte.
Francis miró de la Tierra a Deimos.
―Oye... estamos en buena posición para sintonizar la radio...
¿Por qué no le pides al conductor que, la conecte?
―¿Qué importa la radio? Lo que yo quiero es mirar...
Pese a que concluía el verano, la cintura de campos sembrados
con plantas adaptadas al clima marciano continuaba verde y su color se hacía
más intenso a medida que los vegetales emergían del suelo para abrir su follaje
y recibir los rayos del sol.
El conductor sintonizó por fin la radio y los compases clásicos
de una sinfonía de Sibelius llenaron el interior del vehículo. Los dos
jovencitos no conocían a aquel compositor de otro siglo ni les interesaba la
música clásica.
Pronto las orillas del canal se cerraron nuevamente a ambos
costados del vehículo y los muchachos no tuvieron nada más que ver.
La música cesó y se oyó una voz profesionalmente agradable, que
anunciaba:
―Transmite D-M-S, estación de Deimos de la Compañía Comercial
Marciana, en su audición matutina. El doctor Graves Armbruster les hablará
ahora sobre "Consideraciones ecológicas derivadas de los experimentos
simbióticos de...
El conductor cerró inmediatamente la recepción.
―Me hubiera interesado escuchar esa conferencia ―exclamó Jim―.
Parecía algo...
―¡Bah! ¡No digas estupideces! ―lo interrumpió Francis―. ¡No
hubieras comprendido una palabra!
―¡Cómo no! El título significa que...
―No tienes público, maestro... déjate de pedanterías y aprovecha
el tiempo para dormir...
Siguiendo su propio consejo, Francis se reclinó en el cómodo
asiento y cerró los ojos. Sin embargo no tuvo oportunidad de dormir, pues
Willis que parecía haber estado meditando el asunto, comenzó a entonar la
sinfonía transmitida minutos atrás desde Radio Deimos.
El conductor, algo sorprendido, miró hacia arriba a través del
panel plástico transparente.
Willis prosiguió cantando y luego transmitió en anuncio hasta el
momento en que se cortara el contacto.
―¡Eh! ¿Qué tienen ahí? ¿Un grabador de sonido? ―inquirió el
conductor.
―No. Un marciano.
―¿Qué?
Jim alzó a Willis para que el hombre pudiera verlo.
―Se llama Willis ―dijo―. Es mi amigo.
―¿Esa cosa es el grabador?
―¡No es una cosa! ―protestó el jovencito.
―¡Tengo que verlo! ―el conductor colocó los controles
automáticos y subió a la cúpula de observación.
Jim alzó a Willis para que fuera más visible y le ordenó:
―Dile buen día al hombre, Willis.
―¡Buen día, hombre!
―¡Diablos! Esto es lo más extraordinario que he visto en mi
vida! Una especie de papagayo, ¿eh?
―¿No los conocía? Tienen un nombre científico en latín, que
significa "cabeza redonda de Marte"... yo lo llamo Willis.
―¡Caramba! ¿Cuánto quieres por este bicho, chico? Tengo una idea
y...
―¿Vender a Willis? ¿Está usted loco?
―A veces pienso que sí ―suspiró el conductor―. Olvídalo...
Y suspirando volvió al puesto de comando del vehículo.
Los muchachos sacaron bocadillos y un termo con café caliente
que llevaban en sus bolsas de viaje y comieron. Luego pareció oportuno
aprovechar la idea anterior de Francis y recostándose, durmieron.
Cuando despertaron el vehículo disminuía perceptiblemente su
velocidad; Jim se incorporó y preguntó en alta voz:
―¿Qué ocurre?
―Llegamos a la Estación Cynia ―repuso el conductor―. Nos
detendremos hasta la puesta del sol, pues el hielo no está muy firme. Pueden
aprovechar para pasear unas horas...
La estación estaba a tres kilómetros de distancia de la antigua
ciudad de Cynia. En realidad consistía tan sólo en un edificio con un
restaurante y un bar, junto al que se extendía una hilera de depósitos de
plásticos opaco. Hacia el este, las torres de la ciudad marciana se alzaban
esbeltas y demasiado hermosas para ser sólidas. En realidad parecían flotar
sobre el suelo, sin tocarlo.
Jim quería explorar el lugar, pero Francis insistió en visitar
primero el restaurante, donde gastaron parte de sus escasos fondos en un guiso
insípido y dos tazas de café.
―¿Qué piensan hacer, chicos? ―le preguntó el encargado, que era
a la vez representante de la Compañía Comercial de Marte.
―Saldremos a explorar los alrededores.
―¡Ajá! Pero manténganse lejos de la ciudad, ¿eh?
―¿Por qué? ―quiso saber Jim.
―Porque la Compañía no permite que se pase de ciertos límites.
Por lo menos, sin autorización.
―¿Cómo podemos conseguir autorización?
―No pueden. Cynia aún no ha sido abierta a la exploración...
Jim hubiera querido discutirlo, pero Francis no se lo permitió.
Cuando salieron, el muchachito siguió protestando:
―¿Con qué derecho nos dice que no podemos acercarnos a Cynia?
―No sé, pero evidentemente él cree que puede hacerlo...
―¿Qué hacemos?
―Iremos a Cynia, naturalmente.
―¿Y si nos descubre?
―¿Crees que abandonará el asiento que está calentando? ¡Vamos!
―¡Vamos!
Se dirigieron hacia el este. El camino no era fácil. En realidad
no había tal camino, y la vegetación marciana, que en aquellos momentos dirigía
su follaje móvil hacia el sol para captar los rayos y caldearse, dificultaba
enormemente la marcha.
Empero la baja gravedad del planeta hacía fácil avanzar aun en
terreno escarpado; pronto llegaron al canal de Oeroe, en cuya orilla estaba la
ciudad. El aire se había caldeado y la brisa estaba embalsamada con extraños
aromas vegetales. La superficie del canal seguía parcialmente helada, pero en
algunos puntos se divisaban las aguas, claras y poco profundas.
―Tibio ―dijo Willis―. Willis quiere caminar.
―Bueno, pero no te caigas al canal ―repuso Jim, depositándolo
sobre la orilla rocosa.
―Willis no se caerá.
La criatura echó a saltar entre la vegetación, como un cachorro
explorando un sitio desconocido.
Habían recorrido un kilómetro más cuando encontraron un
marciano. Se trataba de un espécimen comparativamente pequeño, pues no tenía
más de cuatro metros de altura. Estaba inmóvil, con sus tres piernas rígidas,
aparentemente perdido en la contemplación de su mundo interior.
Jim y Francis estaban acostumbrados a ver marcianos en semejante
trance, y comprendieron que aquél se hallaba ocupado en "el otro
mundo", según la expresión que utilizaban los nativos de Marte que
hablaban algo de inglés. Así pasaron silenciosamente junto al ser, cuidando de
no rozarlo siquiera. En cambio, Willis no pareció preocuparse y corrió hacia el
marciano, frotándose contra él y lanzando algunos cortos graznidos. El marciano
se estremeció y pareció salir de su trance. Bajó la cabeza y miró, inclinándose
hacia Willis y alzándolo en sus brazos.
―¡Eh! ―gritó Jim―. ¡Suéltelo!
No obtuvo respuesta alguna. El muchachito se volvió hacia su
amigo.
―¡Háblale, Frank! ¡Yo no conseguiré que me comprenda!
Francis comprendía y hablaba algo del idioma dominante en Marte,
pero muy poco.
―¿Qué quieres que le diga?
―¡Que suelte a Willis!
―Tranquilízate; los marcianos nunca han hecho daño a nadie.
―¡Dile que suelte a Willis!
Francis comenzó a torcer la boca para hablar con el
imperturbable marciano; su pronunciación, pésima de por sí, empeoraba a causa
de la máscara de respiración y la nerviosidad. Sin embargo logró articular
algunas palabras, que parecían querer expresar el deseo de Jim.
Nada ocurrió.
Francis intentó nuevamente, usando una variación del lenguaje,
pero tampoco tuvo resultados.
―¡No hay nada que hacerle, Jim! O no me comprende o no quiere
molestarse...
Jim entonces gritó:
―¡Willis! ¡Eh, Willis! ¿Estás bien?
―Willis está bien.
―¡Salta! Yo te agarraré...
―Willis está bien...
El marciano bajó la cabeza y pareció advertir por primera vez la
presencia de Jim y Francis. Sosteniendo a Willis con una de sus enormes manos,
extendió los otros dos brazos y mientras que con uno envolvió a Jim y lo alzó,
con el otro hizo una serie de extraños movimientos y le palmeó el estómago
suavemente.
Jim se encontró mirando cara a cara los ojos líquidos y
transparentes del marciano. El muchacho trató de soltarse, pero aquel ser era
mucho más fuerte que él.
La voz del marciano resonó gravemente; Jim no comprendió lo que
quería decirle, pero identificó el símbolo de interrogación al comienzo de la
frase.
La voz del marciano tenía una extraña cualidad: su acento era
tan dulce y amistoso que Jim lo miró sin miedo, como si lo hubiera conocido
desde mucho tiempo atrás y gozara de su absoluta confianza.
―¿Qué ha dicho, Frank! ―inquirió el muchachito, mirando hacia
abajo, en dirección de su amigo.
―No comprendí bien... pero parece amistoso.
El marciano volvió a hablar. Francis escuchó.
―Te invita a acompañarlo...
Jim dudó una fracción de segundo.
―Dile que está bien ―resolvió por fin.
―¿Estás loco?
―No te preocupes... estoy seguro que este ser es nuestro amigo.
―Como quieras ―Francis cloqueó la frase de asentimiento y el
nativo echó a andar hacia la ciudad, cargando a Jim.
Francis intentó seguirlo, pero no pudo hacerlo. Entonces gritó
con su voz ahogada por la máscara:
―¡Eh! ¡Esperen un poco!
Jim miró a su amigo y tuvo un momento de inspiración.
―Oye, Willis... escucha... Dile al marciano que no se apresure
tanto... que espere a Frank...
―¿Que espere a Frank? ―Willis pareció indeciso.
―Sí. Que espere a Frank.
―Bueno. ―Willis graznó algo y su nuevo amigo se detuvo, y
bajando su tercer brazo levantó a Francis sin mayor miramiento.
―¡Eh! ―gritó el jovencito―. ¡Suficiente!
―Tranquilízate ―le aconsejó Jim―. ¡No te hará nada!
El marciano ahogó la respuesta de Francis poniéndose nuevamente
en marcha. Su paso era algo brusco pero extraordinariamente rápido.
―¿Adonde nos llevará? ¿A la ciudad? ―aventuró Jim.
―Seguramente... no quisiera perder el coche-correo...
―Tranquilízate. Tenemos horas por delante.
El marciano nada dijo, pero prosiguió avanzando hacia la ciudad.
Willis estaba tan contento como una abeja en un invernadero. Jim, una vez
acostumbrado a la irregular marcha del marciano, comenzó a gozar del panorama.
Las torres de Cynia estaban ya muy cerca; no eran en nada parecidas a las de
Charax. Las ciudades marcianas eran siempre distintas, como si se hubiera
tratado de obras de arte que expresaran las ideas de diferentes artistas.
Jim se preguntó por qué se habrían alzado esas torres y qué
antigüedad tendría aquella ciudad.
Por fin el marciano se detuvo y dejó en tierra a los dos
jovencitos, continuando con Willis en sus brazos.
Frente a ellos, semicubierta por la vegetación lujuriosa de
Marte, se alzaba una rampa que penetraba en una arcada de la primera torre. Jim
miró y dijo:
―¿Qué te parece, Frank?
―No sé... ―los dos chicos habían estado en las ciudades
abandonadas de Charax y Copais, pero nunca en las partes pobladas aún por
nativos. Sin embargo no pudieron pensarlo mucho pues su guía había continuado
avanzando, penetrando en la arcada y descendiendo hacia el interior de la
torre. Jim echó a correr, gritando:
―¡Eh, Willis!
El marciano se detuvo y cambió algunas palabras con Willis, que
dijo:
―Jim espera...
―¡Salta, Willis!
―Willis perfectamente bien... ¡Jim espera!
El marciano siguió avanzando a un paso que resultaba
absolutamente imposible de seguir.
―¿Qué piensas hacer? ―preguntó Francis.
―Habrá que esperar... ¿Qué otra cosa me queda por delante?
―¡Bueno, pero no estoy dispuesto a perder el coche-correo!
―De acuerdo. Sería imposible permanecer aquí después de la
puesta del sol...
La violenta caída de temperatura a la puesta del sol, es en
Marte uno de los peores enemigos con que tienen que luchar los colonos, pues
sin una protección adecuada significa la muerte por congelación.
Se sentaron para esperar; media hora más tarde reapareció el
marciano, o por lo menos, un marciano de la misma estatura que el que los
llevara hasta allí. El corazón de Jim dio un vuelco al ver que no llevaba a
Willis.
―Vengan conmigo ―dijo el nativo, en su propio idioma, haciendo
un símbolo interrogativo al finalizar la frase.
―Quiere que lo acompañemos ―dijo Francis―. ¿Lo hacemos?
―Dile que sí.
El marciano apoyó una mano sobre cada uno de los muchachos y los
condujo un trecho; luego se detuvo y los alzó, cargándolos al hombro.
El túnel parecía estar iluminado por la luz del día, pese a que
se internaba cada vez más en las entrañas de Marte. La luz llegaba de todas
partes, pero sobre todo del alto techo, sin que se viera la fuente de origen.
Las dimensiones del túnel, visto con ojos humanos, eran grandes,
pero para los nativos resultaba simplemente confortable.
Mientras avanzaban, cargados siempre por su guía, los muchachos
vieron pasar a numerosos nativos, que los saludaron con un gruñido. De pronto,
Jim vio a un costado del corredor una esfera de casi un metro de diámetro. En
el primer momento no supo qué era, pero luego de mirar dos veces lo comprendió
y tragó saliva. Los marcianos modernos no invernan, pero millares de siglos
atrás, sus antepasados lo hacían. De esta costumbre los nativos del planeta
rojo han conservado la facilidad de movimientos necesaria para adquirir una
forma esférica, pues su esqueleto está segmentado y tienen una extraordinaria
flexibilidad. Empero muy pocos hombres han visto a un marciano adoptando esa
forma; para un marciano moderno, esto significa que ha sido objeto de una
terrible ofensa y que se aleja del mundo, negando así la existencia de sus
semejantes.
Los primeros pioneros humanos en Marte no comprendieron estas
características psicológicas de los nativos, y con esto retrasaron en medio
siglo la colonización del planeta. Jim recordó un cuento que le relatara el
doctor McRae, concerniente a la segunda expedición terrestre a Marte.
―Y el muy estúpido, lamento decirte que era un oficial médico,
cuando vio al sujeto convertido en una bola, trató de desenrollarlo. Entonces
ocurrió...
―¿Qué?
―Desapareció.
―¿El marciano?
―No. El médico.
―¿Cómo pudo ser?
―No me lo preguntes... yo no lo vi. Los testigos declararon bajo
juramento que en un instante se esfumó, como por arte de magia...
―¿Pero cómo...?
―No me preguntes... si quieres una explicación, puedes pensar
que fue hipnosis colectiva... A mí no me convence.
Ahora, al ver al marciano en aquella extraña posición, Jim
recordó las palabras del viejo doctor y se estremeció.
―¿Viste eso? ―inquirió Francis.
―Hubiera preferido no verlo... ¿Qué habrá pasado para que ese
tipo haya adoptado semejante resolución?
El marciano que los llevaba dio vuelta hacia la derecha y entró
en un amplio recinto, apropiado para que numerosos nativos se reunieran
cómodamente.
Formando un círculo había numerosas armazones vagamente
parecidas a sillas terrestres, pero mucho mayores. La habitación era circular y
su cúpula esférica. Del techo colgaba un sol en miniatura, y las paredes
representaban el horizonte, tan bien pintado que la sensación de lejanía era
absolutamente real.
El marciano los dejó junto a dos de las armazones, pero los
muchachos no intentaron acomodarse pues les hubiera resultado imposible
hacerlo.
El nativo los miró con cierta pena, como si hubiera lamentado no
poderles ofrecer mayor comodidad, y luego abandonó el recinto.
Poco después regresó acompañado por otros dos. Los tres llevaban
pilas de tejidos de colores, que depositaron en medio de la sala. Luego el
primero de los marcianos hizo señas a los dos jovencitos para que se ubicaran
sobre aquellas telas, esponjosas y suaves.
―Nos invitan a sentarnos ―comentó Jim.
Así lo hicieron.
Los tres marcianos se ubicaron en las armazones y permanecieron
en silencio, sin embargo los muchachos no eran turistas y sabían que no debían
tratar de apresurar a un nativo.
Después de un momento Jim tuvo una idea y la puso en práctica.
Cuidadosamente se alzó la máscara del respirador y la dejó sobre el casco.
Francis lo miró, alarmado.
―¡Eh! ¿Qué piensas hacer? ¿Asfixiarte?
―La presión atmosférica es superior a la del exterior... se
respira perfectamente.
―Como quieras... ―replicó Frank. Pero viendo que su amigo no se
ponía violeta, se quitó el respirador. La presión era efectivamente bastante
elevada; en la Tierra hubiera sido considerada estratosférica, pero para un
hombre en reposo resultaba suficiente.
Pronto las demás armazones fueron ocupadas por sucesivos
marcianos, que llegaron solos o en pequeños grupos.
―¿Sabes qué está ocurriendo aquí, Jim? ―pregunto Francis.
―Puede ser...
―Parecería que están por celebrar una ceremonia religiosa o
social, ¿no te parece?
―En tal caso lo más conveniente es que permanezcamos
silenciosos, ¿eh?
Los jovencitos dejaron de hablar; Jim pensó en su familia, en la
lejana Colonia, en sus proyectos para el futuro. Poco a poco fue sintiéndose
tranquilo y sereno, lleno de una felicidad silenciosa. Por un momento pensó en
Willis, pero no lo extrañó mucho. Aquella clase de reunión no era lo que más
gustaba al pequeño ser, ruidoso e indiscreto. Apartando a Willis de su mente,
el jovencito se entregó por completo al placer de vivir. Recién entonces
advirtió que el sol en miniatura que colgaba del techo se había movido y
avanzaba sobre el horizonte.
A espaldas del muchacho resonó un suave murmullo; eran dos
marcianos hablando. Francis se incorporó a medias y dijo:
―Debo de haber estado soñando... ¿Dormiste bien?
―¡Al diablo contigo! Yo no cerré los ojos...
―¡Es claro que lo hiciste! ¡Roncaste más que el doctor McRae!
Uno de los marcianos salió de la cámara y regresó rápidamente,
llevando un ánfora tallada.
Francis abrió enormemente los ojos.
―¿Crees que van a servirnos agua? ―murmuró.
―Parece que sí...
―Esto es algo que no podremos contar pues nadie nos creería...
La ceremonia comenzó; el marciano con el ánfora dijo su nombre
en alta voz, pronunció una frase ritual y se humedeció los labios. Luego pasó
el vaso al nativo que estaba a su izquierda, que lo imitó. Uno tras otro los
marcianos fueron haciendo circular el ánfora ritual; el nativo que sirviera de
guía a los dos muchachos dijo su nombre. Se llamaba Gekko. Jim pensó que sonaba
bien; por fin el ánfora llegó hasta los dos terrestres. Un marciano entregó el
recipiente a Jim, diciéndole:
―Que nunca padezcas sed ―y estas palabras resultaron
absolutamente claras para el jovencito, que tomó el ánfora y dijo en alta voz
su nombre. El resto de los ocupantes del recinto exclamó a coro:
―¡Que encuentres agua siempre que necesites!
Mientras pasaba el ánfora, el jovencito escarbó en sus nebulosos
conocimientos del idioma predominante, y dijo:
―¡Que el agua que beban sea siempre pura!
Un murmullo de aprobación surgió de los concurrentes. Luego
Frank repitió el rito y la ceremonia concluyó.
De inmediato comenzó una reunión totalmente distinta de la
precedente; los marcianos hablaban casi tanto como los terrestres. Jim hizo un
esfuerzo tratando de comprenderlos, y en ese momento Francis le tiró de la
manga.
―¿Viste ese sol, Jim? ―el astro en miniatura parecía a punto de
desaparecer tras el horizonte de la cámara.
―¡Bah! Es una réplica, no es el sol verdadero...
―Sí, pero debe de ser una especie de reloj... ¡mira la hora!
Jim Marlowe miró su reloj pulsera y se alarmó. Faltaban pocos
minutos para la noche.
―¡Por Dios! Tenemos que marcharnos... ¡busquemos a Willis!
¿Dónde está Gekko?
El marciano, al oír su nombre, se acercó a los dos jovencitos
con una mirada interrogante en sus grandes ojos.
―¡Gekko! Tenemos que marcharnos porque si no perderemos nuestro
coche ―exclamó Jim, tratando de hacerse comprender. Pero en la excitación
pareció haber olvidado sus recientes conocimientos del idioma del lugar.
Francis tuvo que repetir sus palabras. El marciano contestó algo suavemente.
―Dice que podemos irnos en cualquier momento, ¡pero que Willis
se queda aquí!
Jim meditó un momento.
―Pídele que pregunte a Willis qué prefiere hacer.
Gekko de inmediato buscó al pequeño ser, que al ver a los
jóvenes saltó al suelo y se les acercó alegremente.
―¡Hola, Jim! ¡Hola, Frank! ―gritó.
―Willis ―dijo Jim―. Jim y Frank se marchan. ¿Willis se marcha
con Jim?
Willis pareció asombrado.
―Jim puede quedarse aquí ―dijo―. Willis también se queda. Esto
es agradable. Tibio.
―¡Jim tiene que irse! ―repuso frenéticamente el muchacho!
―¿Willis viene con Jim?
―¿Jim se va?
―Jim se va.
―Willis va con Jim ―resolvió el pequeño ser, casi con dolor.
―Díselo a Gekko.
Willis así lo hizo; el marciano pareció extrañado pero no hizo
comentario alguno. Mientras el pequeño ser saltaba en brazos de Jim, alzó al
muchacho. Otro de los marcianos, cuyo nombre sonaba parecido a G'kuro, cargó a
Francis y se dirigieron hacia la salida de la ciudad.
El sol estaba bajo sobre el horizonte, pero el paso elástico y
largo de los marcianos los llevó en pocos minutos hasta la estación de la
Compañía, Sin decir una palabra los dos nativos depositaron a los jovencitos
junto al coche-correo y se alejaron rápidamente rumbo a la ciudad.
―¡Adiós, Gekko! ¡Hasta la vista! ―gritó Jim.
El conductor del coche-correo los miró con la boca abierta y
luego se volvió hacia el encargado de la estación.
―¡Me parece que hemos tomado en exceso, George! ―exclamó.
―Ya estamos listos para partir, señor ―afirmó Jim.
―Ya lo veo...
Los muchachos subieron al vehículo y se acomodaron. El coche
cobró velocidad y se alejó tomando el canal Oeroe. El sol desapareció tras el
horizonte; el breve crepúsculo marciano iluminó de rojo las márgenes del canal.
Las estrellas salieron en el oscuro cielo. Hacia el oeste se
alzó una lucecilla plateada, que pronto cobró forma circular.
―¡Allí está Fobos! ―dijo Frank―. ¡Mira, Jim!
―Estoy mirando... oye, conviene bajar a la cabina. Aquí hace
frío.
―Bueno. ¡Tengo hambre!
―Quedan algunos emparedados... ¡vamos a comer!
Cuando terminaron con los sandwiches se acostaron y Jim soñó que
cantaba a dúo con Willis una canción de moda, frente a una reunión de
sorprendidos marcianos.
―¡Todo el mundo afuera! ¡Terminó el viaje!
―¿Cómo?
―¡Arriba, compañero! ¡Hemos llegado a Syrtis Menor!
cap. 4
En la Academia Lowell
Queridos padres:
Ante todo, les aclararé que no los llamé por teléfono el viernes
por la noche al llegar, por la sencilla razón de que llegamos el jueves por la
mañana. Cuando traté de telefonear, el operador me dijo que Deimos no estaba en
posición favorable para la Colonia Sur, por lo que debería esperar tres días
para poderles hablar. Así pues, esta carta les llegará mucho antes. Claro que
en este momento se me ocurre que como no les escribí inmediatamente, esta carta
puede que les llegue después de mi llamada... Lo que ustedes tal vez no
comprendan es hasta qué punto estoy ocupado con el Colegio. Después de todo, lo
mejor será que no llame y así les ahorro cuatro créditos y medio. Ya me parece
oír a Phyllis diciendo que me refiero a los cuatro créditos y medio para tratar
de que me los envíen a mí, pero no es cierto. Todavía me queda algo de dinero
que me dieron al partir y también conservo lo que había ahorrado del regalo de
cumpleaños. Creo que no necesitaré más hasta que ustedes vengan y nos podamos
ver en Migración, si bien todo cuesta más caro. Francis dice que se debe a los
turistas, pero en estos momentos no hay ninguno por los alrededores ni lo habrá
hasta que llegue el Albert Einstein, la semana próxima. Claro que si después de
todo esto resuelven partir la diferencia conmigo, aún saldrán ganando dos
créditos y cuarto.
La razón por qué llegamos recién el jueves por la mañana fue que
el conductor del coche-correo tuvo miedo que el hielo del Canal no sostuviera
el peso del coche a causa del deshielo diurno y esperó hasta la noche en la
Estación Cynia. Frank y yo estuvimos paseando por la antigua ciudad marciana.
Por suerte compartimos la misma habitación, que es muy linda.
Claro que resulta un poco chica para dos personas, pero como estudiamos las
mismas materias, nos arreglamos bastante bien. El profesor Steuben dice que no
sabe qué hará si siguen llegando estudiantes sin ampliar las comodidades para
alojarlos. Es un hombre muy simpático y bromea constantemente. Todos lo
lamentarán cuando se marche en el Albert Einstein y llegue a reemplazarlo el
nuevo Director.
Bueno, voy a terminar porque acaba de entrar Frank y vamos a
repasar un poco de historia contemporánea para el examen de mañana.
Reciban el afecto de su hijo
James Madison Marlowe (hijo).
P. D. ― Frank me acaba de decir que no escribió a sus padres; me
pregunta si ustedes pueden llamar a su casa y avisar que está bien y que se
olvidó la cámara fotográfica.
2ª P. D. ― Willis les manda saludos.
3ª ― Díganle a Phyllis que las chicas del Colegio se tiñen el
cabello a rayas. Personalmente me parece estúpido.
Jim.
Si el profesor Otto Steuben no se hubiera retirado de la
Dirección de la Academia, la vida de Jim en ella habría sido muy diferente.
Pero el anciano profesor se había ganado un descanso prolongado tras una vida
dedicada a la enseñanza, y así la Academia Lowell pasó a depender del Dr.
Marquis Howe, recién llegado de la Tierra.
Cuando Jim y Frank regresaron del espaciopuerto, donde fueran a
despedir al profesor Steuben, encontraron en la vitrina de noticias del colegio
una circular del nuevo director que había llamado considerablemente la atención
de los demás alumnos.
IMPORTANTE:
Todos los estudiantes deben mantener sus personas y habitaciones
en perfecto estado de orden y limpieza. La supervisión realizada por alumnos
monitores ha sido suspendida por considerarse inadecuada. Desde la fecha el
propio Director realizará una inspección semanal. La primera se llevará a cabo
él sábado 7 de Ceres, a las 10 horas.
(firmado)
M. HOWE
Director
―¡Que me cuelguen! ―gritó Frank―. ¿Qué te parece esto, Jim?
Jim lo miró ceñudo.
―Creo que hoy es 6 de Ceres, ¿verdad?
―Sí, pero... ¿Qué significa esto? Debe de pensar que esto es un
reformatorio... ―el jovencito se volvió hacia un alumno de un curso avanzado,
que fuera hasta entonces monitor de su sección―. ¿Qué piensas de esto,
Anderson?
―No estoy seguro... creía que las cosas marchaban bastante bien
como estaban...
―¿Qué piensas hacer al respecto?
―¿Yo? ―el joven meditó un momento―. Me falta un semestre para
graduarme y viajar a la Tierra para ir a la Universidad de Astronáutica. Me
parece que lo único que me conviene es aguantar lo que sea.
―¿Sí? Eso es fácil para ti, pero los que debemos quedarnos en el
Colegio seis años más, tenemos un problema por delante... ¿Qué somos?
¿Criminales?
―El problema es tuyo, no mío ―repuso el otro estudiante,
marchándose.
Uno de los muchachos del grupo pareció tomar la noticia con toda
tranquilidad. Era Herbert Beecher, hijo del Representante General de la
Compañía Comercial Marciana, recién llegado al planeta rojo.
―¿De qué te ríes, turista? ―le preguntó otro de los estudiantes,
un pelirrojo llamado Kelly―. ¿Acaso sabías esto con anticipación?
―Claro que sí.
―¡Eres capaz de haberlo propuesto tú mismo!
―No, pero mi padre dice que ustedes no tienen ninguna disciplina
y que necesitan que alguien los ponga en vereda. Mi padre piensa que...
―A nadie le importa lo que tu padre diga o piense... ¡Márchate
de aquí!
―No hables con ese tono de mi padre o...
―¡He dicho que te marches!
Beecher estudió a Kelly y por fin se alejó.
―Él puede darse el lujo de tomarlo a risa ―dijo el pelirrojo
amargamente―. Vive con sus padres... Esto afecta solamente a los alumnos
internos. Si quieren conocer mi opinión, les diré que se trata de una medida
discriminatoria... ¡ni más ni menos!
Aproximadamente un tercio de los alumnos de la Academia Lowell
eran externos, hijos de los empleados de la Compañía estacionados en Syrtis
Menor. Otro tercio estaba formado por colonos, y el resto eran los hijos de los
terrestres que operaban las distintas estaciones establecidas en el planeta,
especialmente los que trabajaban en las plantas atmosféricas experimentales.
Jim y Frank regresaron al dormitorio, pensando en aquella medida
que se les antojaba arbitraria.
―¿Qué habrá detrás de todo esto, Frank? ¿Crees que en la sección
femenina habrán implantado medidas semejantes?
―Podría llamar a Dolores Montez para preguntarle...
―Déjalo... no tiene importancia. La cuestión es: ¿qué haremos al
respecto?
―¿Qué podemos hacer?
―No sé. Me gustaría podérselo preguntar a papá. Siempre me dijo
que debía hacer valer mis derechos... Pero en este caso no estoy seguro. No sé.
―¿Por qué no preguntamos a nuestros padres? ―sugirió Francis.
―¿Quieres decir, que llamemos por teléfono esta noche?
―No... es muy caro. Esperaremos que vengan. Total falta poco
para la migración semestral... Y si vamos a adoptar alguna medida, conviene que
nuestros padres estén aquí para respaldarnos.
―Tienes razón. Entre tanto conviene tratar de ordenar un poco
este antro....
―Bueno. Oye, Jim... se me acaba de ocurrir algo... ¿No se llama
el presidente de la Compañía Howe?
―Sí. John W. Howe.
―El nuevo director también se llama Howe...
―Eso no significa nada. Howe es un nombre muy común.
―Sin embargo esta vez me parece que el asunto está relacionado.
El doctor McRae dice que para obtener un buen puesto en la Compañía hay que ser
pariente de uno de los directores...
―Hum... puede ser. Entretanto... ¿dónde ponemos toda esta
porquería?
Al día siguiente, después del desayuno se distribuyeron hojas
impresas conteniendo lo que se describía como "Arreglo oficial de las
habitaciones para inspección". Como el Director Howe no parecía considerar
la posibilidad de que dos muchachos ocuparan una habitación con capacidad para
uno, los "arreglos" no eran fáciles. A las diez Jim y Frank no habían
terminado aún. Sin embargo el Director Howe llegó recién a mediodía.
Asomando la cabeza, miró al interior del dormitorio, y estaba a
punto de marcharse, cuando miró los cascos respiradores de los muchachos, que
colgaban con los trajes térmicos de la percha.
―¿Por qué no han quitado aun esas pinturas incivilizadas de los
cascos? ―inquirió.
Los dos jovencitos se miraron, sin saber qué contestar. Howe
prosiguió:
―¿No han leído el boletín esta mañana?
―No, señor.
―Deben hacerlo. Son responsables del cumplimiento de las
instrucciones que aparecen diariamente en las vitrinas ―luego se volvió hacia
el corredor y llamó―: ¡Ordenanza!
Uno de los estudiantes de los años superiores entró.
―¡Sí, señor!
―Estos dos alumnos quedarán sin salida el fin de semana por
haber ordenado mal la habitación. Cinco amonestaciones a cada uno. Este
dormitorio está totalmente desprolijo. ¿Por qué no siguieron el diagrama
adjunto a las instrucciones?
Jim permaneció un momento callado ante lo injusto de aquella
observación. Luego repuso:
―Se supone que este dormitorio es para un solo alumno. No hay
suficiente espacio para dos.
―No quiero excusas. Si no tienen lugar para guardar sus cosas,
líbrense del exceso de equipaje ―por primera vez su vista se posó sobre Willis,
que estaba en un rincón convertido en una bola sin ninguna protuberancia.
Señalándolo, agregó en distinto tono―. El equipo atlético debe ser almacenado
en el gimnasio o guardado sobre los armarios. Nunca tiene que estar tirado en
los rincones.
Jim comenzó a contestar, pero Francis le dio un codazo. Howe,
sin advertirlo, prosiguió hablando ininterrumpidamente mientras se dirigía
hacia la puerta.
―Comprendo que ustedes se han criado lejos de la civilización y
sin gozar de los beneficios de una sociedad culta, pero pienso hacer todo lo
posible para remediarlo. Esta Academia tiene que producir por sobre todas las
cosas, caballeros cultos ―ya en la puerta, concluyó―. Cuando haya limpiado las
máscaras y cascos, preséntense en mi oficina.
Cuando Howe se hubo marchado, Jim se volvió hacia su amigo.
―¿Por qué me golpeaste? ―le preguntó. Francis pareció
disgustado.
―¿Quieres conservar a Willis, verdad? ―dijo―. Si Howe lo
descubre, puedes tener la certeza de que encontrará algún artículo en el
reglamento prohibiendo su permanencia en el Colegio...
―¡Oh, no podría hacerme eso!
―¡Al demonio que no! Me parece que el amigo Howe está comenzando
a poner en práctica todos sus profundos conocimientos pedagógicos. ¡Oye...!
¿Qué quiso decir con eso de "amonestaciones"?
―No sé, pero no suena nada bien ―Jim tomó su casco y miró
tristemente las alegres rayas atigradas―. ¿Sabes una cosa, Frank? ¡Me parece
que no tengo deseos de convertirme en un ''caballero culto''!
―¡Yo tampoco!
Cuando fueron a leer el boletín diario, los dos jovencitos
experimentaron una nueva sorpresa.
Aviso PARA LOS ALUMNOS:
1. La costumbre de pintar los cascos y máscaras respiratorias
con diversos colores debe ser abandonada de inmediato. Las máscaras serán de
color natural, lisas, y los estudiantes deberán escribir claramente sus nombres
completos en el pecho y la espalda de sus trajes térmicos.
2. Los alumnos deberán usar camisas y zapatos para todas sus
actividades, excepto cuando se encuentren en sus habitaciones.
3. No se permitirá a los alumnos poseer animales de ninguna
clase, excepto cuando su interés científico lo justifique. En tal caso los
especimenes serán trasladados a los laboratorios de la Academia para su
estudio.
4. Se prohíbe terminantemente conservar alimentos en los
dormitorios. Los paquetes con comida enviados por las familias deberán ser
entregados en la despensa y cantidades razonables serán distribuidas después
del almuerzo excepto los sábados.
5. Los estudiantes castigados sin salida pueden leer, estudiar,
escribir, tocar instrumentos musicales o escuchar música, pero tienen prohibido
visitar los dormitorios de otros alumnos o abandonar el recinto del Colegio.
6. Los estudiantes que deseen utilizar él teléfono para realizar
llamadas a larga distancia, tendrán que solicitar la correspondiente
autorización por escrito a esta Dirección.
7. El Consejo de Estudiantes queda definitivamente disuelto.
Cuando el comportamiento del alumnado lo justifique, se volverá a autorizar el
funcionamiento de representaciones estudiantiles frente a esta Dirección.
(firmado)
M. HOWE
Director
Jim lanzó un breve silbido.
―¿Has visto esto? ―exclamó Francis―. ¡Disolvió el Consejo de
Estudiantes! ¡Si esto sigue así, necesitaremos permiso hasta para rascarnos!
¡Este hombre se cree que somos presidiarios!
―Ahora que lo pienso... ¡Yo no traje ninguna camisa!
―Puedo prestarte una... pero lee nuevamente el artículo 3º...
¡ahí hay algo para preocuparte!
―¿Cómo? ―Jim volvió a leerlo.
―Tendrás que ir a hablar con el profesor de Biología para
solucionar la situación de Willis...
―¿Qué? ―Jim no consideraba a Willis un animal y le resultó
chocante la observación de su amigo―. Oh, no puedo hacer eso, Frank. ¡El
pobrecito se sentiría muy desdichado!
―En tal caso tendrás que enviarlo de regreso a tu casa...
―¡No lo haré! ―el muchacho pareció desanimado―. ¡No quiero
hacerlo!
―¿Y entonces?
―No sé... ¡creo que no haré nada! Me limitaré a ocultarlo. Howe
no sabe que lo tengo y no tiene por qué enterarse.
―Bueno... mientras nadie te espíe, puede que te salgas con la
tuya...
―No creo que ninguno de los muchachos sea capaz de delatarme...
Volvieron a la habitación y trataron de quitar las pinturas de
sus cascos, pero no tuvieron mucho éxito.
Estaban discutiendo el punto, cuando llegó un estudiante llamado
Smythe.
―¿Quieren que les limpie los cascos? ―preguntó.
―No es posible hacerlo... los colores han impregnado el
plástico... ―repuso Jim.
―Pues en tal caso estoy dispuesto a pintar los cascos y ponerlos
como nuevos, por un cuarto de crédito... ¡Ya ven qué buen corazón tengo!
―¡Yo sabía que habría algo sucio en tu ofrecimiento! ―exclamó
Jim.
―¿Lo quieren o no? ¡Rápido! ¡Resuelvan! Mi público espera...
―¡Me parece que eres capaz de vender entradas para el funeral de
tu abuela! ―dijo Jim, sacando un billete de un cuarto de crédito del bolsillo y
entregándolo a Smythe.
―¡Qué buena idea! ¿Cuánto crees que podría cobrar? ―Mientras
hablaba hizo aparecer un pequeño tarro de pintura plástica y un pincel. Con
rapidez profesional pintó el casco de Jim y se volvió hacia Frank.
―¿Y tú? ―inquirió―. ¿Qué dices, Sutton? ¿Te pinto el casco o no?
Se secará en cinco minutos...
―¡Está bien, sanguijuela! ¡Hazlo!
―¿Te parece bonito hablarle así a tu benefactor? ―exclamó con
acento ofendido Smythe―. Aquí estoy, sacrificándome por ustedes...
―Chupándonos la sangre, querrás decir, ―lo interrumpió Jim―.
Oye, Smitty... ¿qué piensas de las nuevas reglas impuestas por el Director?
¿Aguantaremos o conviene protestar?
―¿Protestar? ¿Por qué? ―Smythe pintó el casco de Francis y
guardó sus herramientas―. En cada situación semejante existe la posibilidad de
que las personas inteligentes hagan un buen negocio. Todo consiste en saberlo
ver. No hablen con nadie del asunto de mi abuelita... Si la buena anciana se
entera del negocio, querrá que le dé participación. ¡Se vuelve loca cuando oye
el sonido del dinero!
Cuando los dos muchachos fueron a la dirección, encontraron que
una larga fila de condiscípulos los precedía. Howe los fue recibiendo en grupos
de a diez, revisando cascos y máscaras y endilgándoles la misma lección.
―Espero que con esto hayan aprendido a mantenerse alerta... De
haber leído a primera hora el boletín diario, hubieran estado en condiciones de
pasar perfectamente bien la revisación semanal. En cuanto a la orden de
mantener los cascos con su color original, es para que comprendan que ha pasado
la etapa infantil de salvajismo a que estaban acostumbrados. No hay motivo
alguno para que los colonos sean rudos o mal educados. Yo, como Director de
esta institución, considero imprescindible que abandonen esas maneras vulgares
y aprendan a ser caballeros refinados. El principal propósito de toda educación
integral es la formación del carácter. Yo creo hallarme en excelentes
condiciones para dirigir este instituto, pues durante doce años fui profesor en
la Academia Militar de las Montañas Rocosas, de la Tierra...
Jim había entrado en el despacho del Director dispuesto a
recibir la reprimenda sin protestar, pero el acento de superioridad despectiva
conque hablaba Howe lo sacó de quicio.
―Señor Howe... ―exclamó.
―¿Cómo? ¿Qué desea?
―Esto es Marte, no la Tierra... y este Colegio no es una
Academia Militar.
Por un momento pareció que la sorpresa y cólera que demostraba
el señor Howe le provocarían un ataque de apoplejía. Tras un esfuerzo violento
sobre sí mismo, logró contenerse y dijo entre dientes:
―¿Cómo se llama usted?
―Marlowe, señor. James Marlowe.
―Para usted sería mucho mejor que esto fuera efectivamente una
Academia Militar, Marlowe... ―Howe se volvió hacia los demás―. Pueden
marcharse. Las penitencias quedan sin efecto. Marlowe... no se retire con los
otros. Tenemos que hablar en privado.
Cuando todos hubieron salido, el Director del Colegio dijo:
―No hay nada más ofensivo en este mundo que un chico mal
educado. Y lo peor de todo es cuando se trata de un ingrato que no sabe ocupar
el lugar que le corresponde. Usted goza de una excelente educación, que recibe
gracias a la bondad de la Compañía Comercial Marciana. Está muy mal que falte
el respeto al funcionario encargado precisamente por la Compañía de supervisar
su instrucción y bienestar. ¿Lo comprende?
Jim no contestó.
―¡Vamos! ¡Hable! ―dijo secamente Howe―. ¡Admita su equivocación,
pida disculpas! ¡Sea hombre!
Jim se mantuvo silencioso.
El Director tamborileó con los dedos sobre el escritorio.
―¡Muy bien! ―dijo por fin―. Vaya a su habitación y piénselo.
¡Tiene todo el fin de semana para meditar a solas!
Cuando el jovencito regresó al dormitorio, Francis lo estaba
esperando.
―¡Muchacho! ―le dijo, meneando la cabeza con admiración―. ¡Yo
siempre dije que eras un aventurero!
―Bueno... ese hombre necesitaba que alguien se lo dijera.
―¡Efectivamente! Pero dime... ¿qué planes tienes? ¿Piensas
cortarte el cuello o simplemente entrarás a un monasterio? Creo que hasta ser
tu compañero de pieza puede resultar peligroso...
―¡Maldito seas! Si así lo crees, puedes tratar de conseguir otro
dormitorio...
―Tranquilízate... no voy a abandonarte en la boca del lobo...
Frank sonrió mientras hablaba. Jim se sentó sobre su cama.
―Me parece que no me aclimataré a este sitio... ―dijo―. No me
gusta que me traten injustamente...
―No sé qué decirte...
―Mira..: a ninguno de los muchachos le gusta la forma en que
Howe lleva las cosas. Tal vez si nos unimos, el asunto mejore...
―Me parece difícil. Tú eres el único que tiene coraje para
enfrentarlo. ¡Ni siquiera yo me atreví a decir nada, y sin embargo estaba
totalmente de acuerdo contigo!
―Supongamos que escribiéramos a nuestros respectivos padres...
Francis hizo un gesto negativo.
―Si Howe llegara a enterarse, te comería crudo... Además, ¿qué
podrías decir en una carta? Estas cosas contadas son menos reales que vividas.
Yo sé lo que pensaría mi padre de todo esto...
―¿Qué?
―Papá siempre me contaba historias sobre la escuela en que se
educó y lo difícil que era seguir adelante... creo que está orgulloso de haber
resistido. Si me quejo porque Howe no nos permite tener bizcochos en nuestro
dormitorio, se reiría de mí.
―¡Demonios, Frank! ¡Tú sabes que no es por eso solamente! Se
trata de todo lo demás... Howe cree que somos criminales...
―¡Claro... claro! Pero trata de substanciar una acusación que no
resulte ridícula al ser contada a distancia.
A medida que pasaban las horas las palabras de Francis
resultaban proféticas. Poco a poco comenzaron a desfilar otros estudiantes,
algunos para estrechar la mano de Jim y felicitarlo por su comportamiento, la
mayor parte para ver de cerca al extraño personaje que se había atrevido a
disputar con el Director de la Academia.
Jim comprendió que a nadie le gustaba el nuevo Director, pero
ninguno se sentía capaz de unirse a una causa que parecía condenada al fracaso
de antemano.
El domingo Francis salió a pasear por Syrtis Menor; Jim quedó a
solas, estudiando y conversando con Willis.
A la hora de cenar Frank regresó con un paquete, que entregó a
su amigo.
―Te he traído un regalo ―le dijo.
―¡Gracias, viejo! ¿Qué es?
―Ábrelo y verás.
Era un disco recién llegado de la Tierra en el Albert Einstein;
un tango titulado "Adiós, muchachos".
Francis había recordado el entusiasmo que experimentaba
habitualmente su amigo por la música sudamericana. Colocando el disco en la
victrola, Jim se preparó a escucharlo.
―¡Espera un momento! ―exclamó Frank―. ¡Están llamando a cenar!
Cuando terminó de comer, Jim volvió al dormitorio y escuchó
varias veces el tango. Antes de que las luces se apagaran volvió a ponerlo en
la victrola y lo oyó suavemente.
Hacía quince o veinte minutos que reinaban las tinieblas en los
dormitorios, cuando "¡Adiós, muchachos!" volvió a resonar claramente.
―¡Jim! ―exclamó Frank, sentándose de golpe en la cama―. ¿Estás
loco?
―¡Debe de ser Willis! ―repuso el muchacho.
―¡Eh, Willis! ¡Cállate! ―exclamó.
Willis probablemente ni siquiera lo oyó. Estaba en el centro de
la habitación, marcando el compás con dos pseudopodios y cantando con
acompañamiento orquestal y acústica perfecta:
―"Adiós muchachos, compañeros de mi vida... "
Jim lo alzó.
―¡Suficiente, muchacho! ―dijo.
Pero Willis prosiguió cantando a los gritos.
La puerta se abrió de un empellón y apareció el Director de la
Academia con mirada triunfal en los ojos.
―¡Tal cual lo imaginaba! ―exclamó―. ¡Ninguna consideración por
los derechos del prójimo! ¡Cierre ese transmisor y considérese sin salidas
durante todo el mes próximo!
―"... barra querida, de aquellos tiempos..." ―continuó
cantando Willis. Jim trató de ocultarlo con su cuerpo.
―¿No has oído mi orden? ―rugió Howe―. ¡Cierre la victrola!
Avanzando hacia el mueble, cerró el conmutador del combinado.
Pero como estaba ya cerrado, lo único que consiguió fue quebrarse una uña. Con
furia suprimió una expresión muy poco didáctica que estaba a punto de salir de
sus labios y se mordió la uña rota.
―"...mi cuerpo enfermo no resiste más!" ―decía Willis
con el mayor entusiasmo,
Howe giró sobre sí mismo y avanzó hacia Jim.
―¿Qué trata de ocultar? ¿Cómo puede hacer sonar esa victrola sin
cables? ¿Qué es eso? ―la última pregunta partió de los labios del Director al
ver a Willis.
―¿Qué? ¿Eso? Es Willis ―contestó Jim con acento desdichado.
Howe no era totalmente estúpido; gradualmente comprendió que la
música aquella surgía de esa pelota de basketball... que no era después de todo
una pelota.
―¿Y qué es Willis, si me permiten preguntarlo? ―inquirió
lentamente.
―Bueno... algo así como un marciano ―tartamudeó Jim―. No de los
que estamos acostumbrados a ver en las ciudades. Pero es un ser inteligente...
no un animal.
Willis dijo:
―¡Buenas noches! ―con voz de contralto y quedó por un momento
silencioso.
―¡Nunca oí hablar de esta clase de marcianos! ―gritó Howe.
―Bueno... poca gente los ha visto. Creo que son algo escasos.
―A mí me parece más bien una especie de papagayo marciano...
―¡Oh, no!
―¿Qué quiere decir con eso?
―Lo que ya le dije antes. Es un ser inteligente... no es un
animal. ¡Además es mi amigo!
Howe recordó el motivo de su visita y carraspeó.
―Usted vio mi orden sobre la tenencia de animales en los
dormitorios.
―¡Pero Willis no es un animal! ―replicó Jim alzando la voz.
―¿Qué es?
―¿No comprende? Somos amigos... no me pertenece. Viene conmigo
porque me quiere. ¡Willis es... es Willis!
Willis escogió ese momento para reproducir la conversación
sostenida después de la primera vez que Jim tocara el tango en la victrola.
―¡Cuando escucho esta música me olvido hasta de ese viejo
cascarrabias de Howe! ―dijo con la voz de Jim.
Luego agregó con la voz de Francis―: Lamento no haberle dicho lo
que tú te atreviste a decirle ayer en su despacho. Me parece que Howe tiene
complejos de infancia... por eso es tan retorcido.
Howe palideció y alzó una mano como para pegar a alguien; luego
la bajó, incierto de sus acciones. Willis, asustado, escondió todas sus
protuberancias y pseudopodios.
―¡Esto es un animal! ―dijo duramente y agachándose recogió a
Willis, dirigiéndose con él hacia la puerta.
Jim corrió tras él.
―¡Oiga, señor Howe! ¡Usted no puede llevarse a Willis! ―exclamó.
El Director se volvió.
―¿Ah, no? Acuéstese y mañana por la mañana preséntese en mi
oficina.
―Si llega a lastimar a Willis, yo... yo...
―¿Usted qué? Vuélvase a dormir. No tema por su animalito. Nada
le ocurrirá.
Sin detenerse para ver si su orden se cumplía, salió cerrando
tras él.
Jim permaneció inmóvil en su sitio, con el rostro bañado en
lágrimas de ira e impotencia. Frank se le acercó y le pasó una mano sobre los
hombros.
―No te preocupes... lo peor que puede ocurrir es que te veas
forzado a enviar a Willis a tu casa mañana por la mañana.
Jim permaneció un momento silencioso y luego asintió lentamente.
―Supongo que tienes razón.
―¡Claro que sí! Es lo que diría el doctor McRae. Ahora vete a
dormir.
Pero ninguno de los dos durmió mucho aquella noche; al amanecer
Jim tuvo una pesadilla y soñó que Howe era un marciano que estaba enrollado y a
quien quería sacar de su posición, pese a que sabía que no le resultaría muy
conveniente hacerlo.
Al día siguiente apareció un nuevo aviso en el boletín.
IMPORTANTE:
Siendo bárbara y totalmente inútil la costumbre de portar armas
en las zonas donde no existe peligro alguno por parte de la fauna marciana, la
Dirección de esta Academia prohibe a los alumnos en forma total el uso de
pistolas, que hasta ahora fueran autorizadas. Los estudiantes deben depositar
sus armas en la armería del instituto antes del fin del día de la fecha.
(firmado)
M. HOWE
Director
Jim y Frank leyeron la noticia con profunda sorpresa.
―No comprendo ―dijo Jim―. ¿Por qué tenemos que molestarnos hasta
el extremo de depositar las armas y retirarlas cada vez que se nos ocurra salir
de aquí? Al fin y al cabo casi todos tenemos permiso para portarlas. ..
Frank lo pensó un momento.
―¿Sabes lo que pienso? ―dijo por fin.
―No. ¿Qué?
―Creo que ese tipo nos tiene miedo. ¡Y sobre todo a ti!
―¿A mí? ¿Por qué?
―Por lo que ocurrió anoche. Lo miraste con cara de asesino...
creo que te tiene miedo y quiere quitarte toda posibilidad de hacerle daño.
―¡Hum! En tal caso es una suerte que nuestras pistolas no estén
por el momento en la armería...
―¿Y qué piensas hacer con la tuya?
Jim meditó un momento.
―No estoy seguro, pero sé que a mi padre no le gustaría que yo
entregara mi arma. Sería deshonroso. Estoy autorizado a llevarla y presté
juramento.
Durante el almuerzo Francis tuvo una idea al respecto y habló en
voz baja con Jim, que asintió sonriendo.
Esa tarde buscaron a Smythe y lo llevaron al dormitorio.
―Mira, Smitty ―dijo Jim―. Yo sé que tú tienes muchas
habilidades... eres un hombre de recursos...
―Hum... ¿Qué necesitas?
―¿Viste la noticia que apareció esta mañana, verdad?
―Ajá.
―¿Piensas entregar tu pistola?
―Ya está en la armería. Nunca llevo armas pues con mi prodigioso
cerebro me basta.
―En tal caso no tienes problemas. Supongamos ahora que quieres
ocultar un par de paquetes. ¿Tienes un sitio seguro, realmente seguro, donde
dejarlos? Piénsalo bien.
―Esta clase de servicios tiene honorarios muy elevados...
―¿Cuánto?
―No puedo hacerlo por menos de dos créditos semanales.
―¡Ladrón! ―exclamó Francis.
―Bueno, considerando los amistosos sentimientos que los animan,
les cobraré ocho créditos por año.
―Demasiado dinero.
―Digamos seis. Pero no rebajo ni un centavo. Tienen que pagarme
el riesgo que corro.
―De acuerdo ―asintió Jim antes de que Frank pudiera continuar
regateando.
Cuando salió del dormitorio, Smythe llevaba consigo un paquete
que al llegar no tenía.
Cap. 5
La memoria de Willis
EL Director Howe hizo esperar a Jim treinta minutos antes de
recibirlo. Cuando finalmente pudo pasar, el jovencito advirtió que Howe estaba
muy satisfecho consigo mismo.
―¿Sí? ¿Usted pidió una entrevista?
―Usted me dijo que lo viera, señor...
―¿Yo? ¿Cómo se llama, alumno...?
―El condenado conoce perfectamente mi nombre ―pensó Jim con
furia salvaje―. Está tratando de sacarme de quicio...
Luego, recordando los consejos de Francis, hizo un esfuerzo y
dominándose contestó:
―James Marlowe, señor.
―Ah, sí, Marlowe... ¿Qué quería decirme?
―Usted me dijo que lo viera para arreglar el asunto de Willis.
―¿Willis? Ah, sí... el animalito marciano. Un espécimen
científico de gran interés.
―He venido a buscarlo para enviarlo de regreso a casa.
Howe sonrió más ampliamente.
―¿Ah, sí? ¿Y tendría la bondad de explicarme cómo piensa mandar
ese animal hasta su casa, si tiene prohibido salir del edificio del Colegio
durante los próximos treinta días?
Jim creyó oír la voz de Frank, advirtiéndole que se mantuviera
calmo. Así lo hizo.
―Está bien, señor. Lo enviaré por medio de alguno de mis
condiscípulos. ¿Me entrega a Willis, por favor?
Howe se echó hacia atrás y cruzó las manos sobre el estómago.
―Esto se está tornando muy interesante, Marlowe. Anoche usted
declaró enfáticamente que Willis no es un animal doméstico de su pertenencia.
―¡Es claro!
―Lo que es más, dijo que se trataba de un amigo suyo, ¿verdad?
―Así es. ―Jim dudó un momento. Se daba cuenta que se trataba de
una trampa, pero no alcanzaba a percibir los alcances de las palabras del
Director del Instituto.
Howe volvió a inclinarse hacia adelante.
―Pues bien... ¿Con qué derecho reclama usted a esa criatura, si
ha reconocido que no le pertenece?
―Pero... pero... ―el muchacho se interrumpió por falta de
palabras con que continuar hablando―. ¡Usted no puede hacerme esto! ¡No tiene
ningún derecho de mantenerlo encerrado!
Howe unió cuidadosamente la punta de los dedos.
―Ése es un punto que aún falta determinar... Si bien usted ha
aclarado que no es el dueño de Willis, puede resultar que después de todo se
trate de un animal doméstico, por lo que al haber sido hallado en el Colegio,
sin que nadie declare tener derechos sobre él, la Academia puede reclamarlo
como propio para estudiarlo como espécimen científico.
―¡Pero... usted no puede hacerme esto! ¡No es justo! ¡Si Willis
pertenece a alguien, es mío! Usted no tiene derecho de...
―¡Silencio! ―Jim se calló. Howe prosiguió hablando con mayor
tranquilidad―. No me diga qué debo o no hacer. Recuerde que yo estoy aquí in
loco parentis (3). Cualquier derecho que usted pueda tener, ha sido transferido
a mí, como si fuera su propio padre. Esta tarde hablaré con el Representante
General de la Compañía y resolveré al respecto.
La frase en latín confundió algo al muchacho, pero las
intenciones de Howe eran suficientemente claras como para pasarlas por alto.
―¡Voy a hablar con mi padre de esto! ―exclamó Jim indignado―.
¡Usted no se saldrá con la suya!
―¿Amenazas, eh? ―el Director sonrió agriamente―. Lamento verme
forzado a prohibirle el uso del teléfono. No pienso permitir que los alumnos
llamen a sus casas cada vez que los corrijo. Si quiere, escriba una carta a su
padre y cuéntele lo que pasa. Pero le aconsejo que antes de enviarla, se ponga
en contacto conmigo y me la haga leer. Ahora puede retirarse.
Francis aguardaba en el exterior del despacho.
―Bueno... ―dijo―. No veo manchas de sangre...
―¡Oh, ese miserable...!
―Las cosas no marchan, ¿eh?
―Frank, no quiso devolverme a Willis.
―¿Lo enviará él mismo a tú casa? Yo te dije que no te dejaría
tenerlo...
―¡No es eso! ¡Piensa retenerlo para la Academia, como espécimen
científico! ―Jim pareció a punto de echarse a llorar―. ¡Pobrecito Willis! ¡Tan
tímido y bueno! ¿Qué haremos, Frank?
―No alcanzo a comprender... ―murmuró Francis lentamente―. ¡No
puede retener a Willis para siempre! ¡Es tuyo!
―Ha estado pensándolo mucho y no acepta que yo tenga derecho
alguno sobre Willis... ¡ese hombre es un canalla!
(3) En lugar del padre. (N. T.)
Mientras hablaban habían llegado al dormitorio. Jim entró y se
detuvo asombrado. Todo estaba en desorden.
―¿Qué pasó? ¿Resolviste destrozar la habitación? ―preguntó a su
amigo.
―¿Por el desorden reinante? No... ocurre que vinieron dos de los
pajarracos de Howe y revolvieron todo. Buscaban nuestras pistolas. Yo me hice
el tonto.
―¿Conque esas tenemos, eh? Está bien. ¡Tengo que buscar a
Smitty!
―¡Un momento! ―Francis pareció sentirse preocupado―. ¿Qué estás
planeando hacer?
―Voy a conseguir mi pistola y después visitaré a Howe.
¡Rescataré a Willis a cualquier precio!
―¡Jim! ¡Estás loco!
El muchacho no contestó, pero se dirigió hacia la puerta; Frank
estiró un pie y le tiró una zancadilla. Cuando su amigo cayó de bruces, se
zambulló sobre él y le hizo una llave semi-Nelson, torciéndole el brazo derecho
tras la espalda.
―Ahora te quedarás así hasta que hayas reaccionado.
―¡Suéltame!
―Cuando estés más tranquilo.
Jim no contestó.
―Está bien. Yo puedo quedarme sentado sobre tu espalda todo el
tiempo que sea necesario... ―Jim trató de resistir, pero Francis le retorció el
brazo hasta hacerlo gritar, forzándolo a quedarse quieto―. Tú eres un excelente
tipo pero te excitas y no piensas. Tranquilízate... si vas y asustas a Howe,
puede que te devuelva a Willis. Pero... ¿Cuánto tiempo lo tendrías? ¿Crees que
mucho? La policía de la Compañía te lo volvería a quitar y te encerrarían. Esto
sin contar los pesares que provocarías a tu familia. Reflexiona...
A estas palabras siguió un prolongado silencio. Luego Jim
murmuró:
―Está bien. Tienes razón.
―¿Estás seguro?
―Sí.
―¿Palabra?
―Palabra.
Francis soltó a su amigo; Jim se reincorporó, frotándose el
brazo derecho.
―¡No tenías necesidad de retorcerme el brazo con tanta fuerza!
―Tú eres el menos indicado para quejarte. Tendrías que
agradecerme. Ahora busca tu cuaderno de apuntes: llegaremos tarde a la clase de
química.
―No pienso ir.
―Eres un tonto. No creo que valga la pena hacerse aplazar en una
materia porque estés enojado con el Director.
―No es eso, Frank. No puedo continuar en este Colegio. Me
marcho.
―¿Cómo? ¡No te apresures así! Comprendo cómo te sientes, pero
recuerda que en Marte no hay otro colegio, y tu familia no puede darse el lujo
de enviarte a la Tierra a cursar estudios secundarios.
―Entonces no estudiaré. No puedo quedarme aquí. Permaneceré el
tiempo necesario para sacar a Willis de su encierro y llevármelo a casa
conmigo.
―Bueno... ―Francis se rascó la coronilla―. Después de todo,
mientras resuelves cuándo te marcharás, puedes continuar asistiendo a clase
y...
―¡No!
Francis pareció preocupado.
―¿Me prometes esperarme aquí hasta que yo vuelva del
laboratorio?
―¿Por qué tienes que preocuparte?
―¡Prométeme o no voy!
―¡Está bien, está bien!
―¡Hasta luego!
Cuando regresó, Francis encontró a Jim acostado boca abajo.
―¿Duermes?
―No.
―¿Planeaste algo?
―No.
¿Deseas algo?
―No.
―¡Oh, qué conversación interesante que tienes!
―Lo siento.
Durante el resto de la tarde no tuvieron ninguna noticia de
Howe. Al día siguiente Francis logró que Jim asistiera a clases, con el
pretexto de que no convenía que llamara la atención.
El martes también transcurrió sin que Howe diera señales de
vida. Esa noche, unas dos horas después que las luces habían sido apagadas,
Frank oyó que algo se movía en el dormitorio.
―¡Jim! ―llamó en voz baja.
Nadie contestó. Francis extendió la diestra y encendió las
luces. Jim estaba junto a la puerta, totalmente vestido.
―¿Qué pretendes? ―se quejó Francis―. ¿Matarme de un susto?
―Lo siento.
―¿Qué ocurre? ¿Qué haces fuera de la cama?
―Nada. Vuélvete a dormir.
Frank se levantó.
―¡Oh, no! Cuéntale a papá... ¿Qué piensas hacer?
―No quiero verte mezclado en este asunto, Francis... vete a
dormir.
―¿Crees que eres suficientemente grande como para obligarme?
Vamos... déjate de tonterías y habla.
Sin muchos deseos de hacerlo, Jim explicó a su amigo el plan que
había trazado. Suponía que el Director tenía encerrado a Willis en su despacho;
él pensaba ir y tratar de rescatar al pequeño ser.
―¡Ahora vete a dormir! Si alguien te pregunta algo, no sabes
absolutamente nada ―concluyó diciendo.
―¿Y dejarte solo en este lío? ¡Nunca! ―Francis comenzó a
revolver el ropero.
―¿Qué buscas?
―¿Nunca oíste hablar de las impresiones digitales? ―diciendo
esto, Francis sacó un par de guantes de laboratorio y los extendió a su amigo―.
Póntelos...
―¡Bah! Total Howe sabrá de entrada quién robó a Willis.
―Sí, pero no podrá demostrarlo. Toma...
Jim obedeció y se calzó los guantes, con lo que estaba aceptando
tácitamente la colaboración de Frank.
Tras violar una cerradura con el cortaplumas que Francis
llevaba, penetraron en la antesala del despacho de Marquis Howe. Pero la
segunda puerta estaba dotada de cerrojos a prueba de cortaplumas.
―Bueno... creo que la fiesta ha terminado, Jim ―murmuró Frank.
―¿No puedes cortar un panel de la puerta?
―Más fácil sería perforar la pared... ―el muchacho probó la
punta del pequeño cuchillo en el plástico. Jim se inclinó y observó el tejido
de alambre que daba salida al aire acondicionado y que evidentemente conectaba
con el despacho de Howe. Arrodillándose, el jovencito acercó la boca al pequeño
enrejado y llamó:
―¡Willis!¡Eh, Willis!
―¡Cállate! ―exclamó Francis, a su lado―. ¿Quieres que nos
descubran?
Pero desde la habitación contigua llegó la voz del pequeño ser,
algo velada por la pared.
―¡Oh, Jim! ¿Qué dices, chico?
―¡Es Willis! ―dijo Jim―. Lo tienen encerrado en algún sitio!
―¡No cabe duda alguna!―repuso Francis―. Vamos a dormir, ¿eh?
―¡Vete a dormir tú! ¡Yo me quedaré aquí hasta sacar a Willis y
llevármelo conmigo!
―¡Lo malo contigo, Jim, es que nunca sabes cuándo estás
liquidado! ¡Vamos!
―¡No! ¡Shhh! ¿Oyes algo?
―Sí... parece que Willis está tratando de escapar. Pero no puede
hacerlo. ¡Vamos!
―¡No!
El sonido se fue haciendo más próximo. Era como si alguien
rasqueteara la pared. De pronto se oyó un ¡plop! suave y algo silencioso corrió
por el piso de plástico de la habitación contigua.
―¿Jim? ¡Oye, chico!
―Sí, Willis... ¿Qué ocurre?
―¿Jim se llevará a Willis a casa?
―Sí, pero primero tenemos que sacarte de allí.
―Willis saldrá ―la afirmación era absoluta y positiva.
Jim se volvió hacia su amigo.
―¡Está del otro lado del enrejado del aire... si conseguimos una
palanca podremos arrancarlo y abrirle paso!
―No tenemos absolutamente nada que pueda servirnos para eso.
Volvamos al dormitorio antes de que nos descubran. ―Francis se interrumpió―
¡Eh! ¿Qué está haciendo ahora Willis?
El sonido era cada vez más claro. De pronto en torno al enrejado
comenzó a trazarse un fino círculo y sin solución de continuidad apareció el
cuerpo esférico de Willis. De él surgía un pseudopodio de veinte centímetros de
largo por dos de ancho, que aparentemente le había servido para cortar el
plástico de la pared.
Los dos muchachos se atragantaron.
―¿Qué diablos es eso? ―alcanzó a exclamar Frank.
―¡Que me cuelguen si lo comprendo! ¡Es la primera vez que veo
algo así!
El extraño miembro desapareció en el cuerpo del pequeño ser, que
saltó a los brazos de Jim.
―¡Jim abandonó a Willis! ―dijo con tono acusador―. ¡Jim se fue!
―Sí, pero ahora se quedará con Willis.
―¡Bueno!
Jim acarició a Willis. Francis carraspeó.
―Sería una buena idea regresar al dormitorio ―dijo.
Así lo hicieron a toda marcha y sin inconvenientes.
Acababan de cerrar la puerta, cuando Willis exclamó:
―¡Buenas tardes!
―¡Cállate, Willis! ―ordenó Jim. Pero el pequeño ser continuó,
hablando con distinto tono de voz.
―¡Buenas tardes, Mark! ¡Siéntate, muchacho, siéntate!
―Yo he oído esa voz ―dijo Francis sorprendido.
―Gracias, general ―esta vez se trataba de la voz de Howe―. ¿Cómo
está usted, señor?
―Bastante bien para un viejo... ―contestó la otra voz.
―¡Ya sé! ―exclamó Frank―. ¡Es Beecher, el Representante General
de la Compañía!
―¡Calla! ―lo interrumpió Jim―. Puede ser interesante oír la
conversación...
―¡Tonterías, general! ¡Usted no es viejo!
―¡Muy amable de su parte, muchacho, muy amable! ¿Qué traes en
esa caja? ¿Contrabando?
Willis reprodujo exactamente la risa forzada y antipática de
Howe.
―Difícilmente, general. Se trata de un espécimen científico que
confisqué a uno de los estudiantes.
Se produjo una nueva pausa y luego la voz cascada del Representante
de la Compañía exclamó:
―¡Por Dios, muchacho! ¿Sabes lo que tienes en tu poder? ―el
acento era entusiasta.
―Sí, un ejemplar de Areocephalopsittacus Bron...
―¡Suprime el latín! Es un "cabeza redonda de Marte",
¿verdad? ¿Crees que puedes comprarlo al dueño, Mark?
La voz de Howe se tornó cautelosa.
―Precisamente comprarlo, no... ―luego explicó su teoría sobre la
posesión de Willis. El general lanzó una estruendosa carcajada.
―Parece que tu tío te explicó bastante bien las cosas de la vida
antes de mandarte a Marte, ¿eh? ―luego la voz se serenó―. ¡Este animalito puede
reportarnos sesenta o setenta mil créditos de ganancia, si lo entregamos al
Zoológico de Londres, Mark!
―¿En serio? Creo que la Compañía se sentiría muy interesada,
¿verdad?
―¡Vamos, muchacho! ¡No serás tan ingenuo como para creer que la
Compañía se inmiscuye en los asuntos privados de sus funcionarios!
La voz de Howe era cautelosa y fría.
―¿Podríamos venderlo nosotros, considerándolo un asunto
particular, general? ―preguntó.
El Representante de la Compañía Comercial Marciana lanzó otra
estruendosa carcajada.
―¡Muy hábil, muchacho, muy hábil! Hablaré con tu tío para que te
ponga, al frente de una Agencia de la Compañía... después de todo, cuando
apliquemos la política de no-migración, este Colegio perderá su importancia y
se reducirá...
Frank y Jim se miraron inquietos.
―¿Qué querrá decir...? ―comenzó el primero, pero
Jim lo interrumpió de un codazo.
―¡Shhh!
―¿Qué hay de nuevo al respecto? ―preguntó la voz de Howe, con acento
de amable interés.
―Hoy recibí un mensaje cifrado de tu tío. La Colonia Sur se
quedará donde está todo el invierno. Los dos próximos cargamentos de colonos
que lleguen de la Tierra serán enviados directamente a la Colonia Norte. Allí
tendrán doce meses para aclimatarse al invierno marciano. ¿De qué te ríes?
―De nada importante, señor. ¡Pensaba en la cara que pondrá uno
de los alumnos, un mal educado de apellido Kelly, que me amenazó con las
represalias que tomaría conmigo su padre cuando la Colonia Sur emigrara al
Norte! Cuando le diga que su padre se quedará en la Colonia, sufrirá una...
―¡Un momento, muchacho! ¡No vas a decirle absolutamente nada!
―¿Cómo?
―Tu tío no quiere que haya problemas con los colonos. Nadie debe
saber que se ha suspendido la migración de este año, hasta que no sea posible
resistir a los planes de la Compañía... Los colonos se opondrían, si bien
sabemos que el invierno marciano puede pasarse perfectamente sin peligro
alguno, con sólo permanecer a cubierto del clima exterior. Mi plan es posponer
la migración dos semanas y luego volverla a posponer. Cuando por fin pueda
anunciar el cambio de planes, los colonos no estarán en condiciones de
reaccionar, pues los hielos los bloquearán durante casi doce meses.
―¡Un plan muy ingenioso!
―¡Gracias muchacho! Es la única forma de manejar a estos
colonos. Tú no has estado el tiempo necesario para juzgarlos como yo. Son en su
mayor parte neuróticos emocionalmente inestables, fracasados en la Tierra. ¡Si
no se tiene mano firme con ellos, son capaces de enloquecer a cualquiera! No
parecen comprender que todo cuanto son se lo deben a la Compañía... Por
ejemplo, si los dejamos a ellos, insistirán en seguir el camino anual del Sol,
como si fueran millonarios.. ¡a expensas de la Compañía!
Haciendo una breve pausa, Willis cambió de tono y adoptó la voz
de Howe.
―Estoy de acuerdo en todo, general. ¡Si sus hijos son una
demostración en escala reducida del carácter de los colonos, imagino que se
trata de patanes incorregibles!
―¡Exactamente! ―asintió la voz de Beecher―. A propósito... ¿No
quieres dejarme él espécimen ése? Así no correremos peligro de que pase algo...
―No es necesario ―la voz de Howe se tornó algo seca―. En mi
despacho estará seguro.
Luego se produjeron las despedidas y Willis dejó de hablar.
Frank lanzó una salvaje maldición.
cap. 6
Fuga
JIM sacudió a su amigo del hombro.
―Tranquilízate y ayúdame ―exclamó―. Va a hacerse demasiado tarde
si no me apresuro.
―Me gustaría saber cómo le sentaría un invierno en Charax ―dijo Francis
suavemente―. Tal vez se sentiría encantado de pasar once o doce meses bajo
techo, o salir al exterior con cien grados bajo cero de temperatura.
―¡Claro, claro! ―asintió Jim―. Ayúdame y no hables tanto.
Frank se volvió y descolgó el traje térmico de Jim y su casco
respirador; luego sacó el suyo y comenzó a ponérselo rápidamente. Jim lo miró.
―¡Eh! ¿Qué haces?
―Voy contigo.
―¿Cómo?
―¿Crees que voy a quedarme aquí tranquilamente sentado,
esperando que dejen a mi madre todo el invierno en el Polo Sur? Mamá tiene el
corazón débil. La baja temperatura le hace mucho daño.
Francis comenzó a sacar sus cosas del ropero.
―Comprendo, Frank ―murmuró Jim―. Pero si abandonas el Colegio,
nunca llegarás a ser piloto...
―¿Y qué? Esto es más importante.
―Yo puedo advertirles a todos sin necesidad de que tú vengas...
―No pierdas tu tiempo hablando... ya estoy dispuesto.
―¡En tal caso, vamos!
Jim se cerró el traje térmico, recogió a Willis y lo colocó en
la parte superior de su bolsa de viaje, diciéndole:
―Escucha, amiguito: vamos a casa. Quiero que te quedes aquí,
quieto y cómodo. ¿De acuerdo?
―¿Willis va de paseo?
―Sí, pero hasta que te saque de la bolsa, no quiero que digas
una sola palabra. ¿Comprendido?
―¿Willis no debe hablar?
―No.
―¿Willis toca música?
―¡No! ¡Ni palabras ni música!
―¡Está bien, muchacho!
Jim esperó a que Willis se acomodara en la bolsa de viaje y la
cerró.
―¡Vamos a buscar a Smitty para que nos devuelva las pistolas y
comencemos el viaje! ―exclamó Frank―. ¿Cuánto dinero te queda?
―No mucho. ¿Por qué?
―Tenemos que pagar el pasaje de regreso a casa, tonto.
Jim había estado tan preocupado por los acontecimientos, que
recién entonces pensó en los pasajes. Necesitarían efectivo.
Los dos muchachos contaron el dinero que tenían: ¡no alcanzaba
para un solo pasaje!
―¿Qué hacemos? ―preguntó Jim.
―Le pediremos a Smitty. ¡Vamos!
―¡No olvides tus patines de hielo!
Smythe tenía una habitación para él solo, como tributo a su
personalidad en ascenso. Los dos muchachos entraron sin llamar y Frank sacudió
al durmiente, que entre sueños murmuró:
―Está bien, oficial. Iré voluntariamente...
―¡Smitty! ―exclamó Jim―. Queremos que nos devuelvas el paquete
que nos guardaste.
―De noche no trabajo. ¡Vuelvan mañana!
―¡Lo necesitamos ahora mismo!
Smithe se levantó con aire de sonámbulo.
―Hay una tarifa extra por servicios nocturnos ―dijo. Luego se
inclinó, quitó el enrejado del conducto de aire acondicionado, sacó del hueco
el paquete con las pistolas.
Jim desenvolvió las armas y enfundando la suya, entregó la otra
a Frank. Smythe observaba, con las cejas curvadas.
―Necesitamos que nos prestes algo de dinero ―dijo Francis,
agregando la cantidad.
―¿Por qué me pides a mí?
―Porque sé que tienes.
―¿Qué gano prestándoles? ¿Las gracias?
Francis sacó del bolsillo su regla de cálculos.
―¿Cuánto me das?
―¡Hum! Seis créditos.
―¡No seas vampiro! Mi padre pagó veinticinco...
―Ocho... nadie me pagará más de diez, vendiéndola usada...
―Tómala como garantía y préstame quince.
―Diez y nada más. No tengo negocios de préstamos...
La regla de cálculos de Jim se sumó a la de Frank por una
cantidad ligeramente superior; a esto se agregaron los relojes y el resto de
sus pertenencias por sumas menores. Por fin los dos muchachos quedaron con sólo
sus patines para el hielo, que se negaron a vender.
―Tendrás que confiar en nosotros y prestarnos la diferencia sin
ninguna garantía, Smitty ―dijo Frank.
Smythe miró al cielo raso y carraspeó.
―Considerando que han sido buenos clientes, les diré que también
colecciono autógrafos.
―¿Qué?
―Pagaré al seis por ciento mensual.
―Prepáralos.
Dos minutos después los muchachos se preparaban para abandonar
el dormitorio.
―¡Un momento! ―exclamó Smythe―. Mi bola de cristal me dice que
ustedes están a punto de desaparecer... ¿Cómo?
―Simplemente utilizando la puerta.
―¡Je! ¿No saben que Howe ha colocado una nueva cerradura que
clausura herméticamente la salida desde la puesta del sol hasta el
amanecer....?
―¡Estás bromeando!
―Vayan a verlo...
Francis tiró de la manga de Jim.
―¡Vamos! ―dijo―. ¡Si es necesario, tiraremos la puerta abajo!
―¿Para qué hacen las cosas violentamente? Vayan por la cocina...
―les sugirió Smythe.
―¿La puerta posterior está abierta? ―inquirió Jim.
―¡Oh, no!
―¿Y entonces?
―¡Queda el vertedero de basura!.
―¿El vertedero? ―estalló Jim.
―No hay otro camino...
―Está bien ―resolvió Francis―. Vamos, Jim.
―¡Un momento! Uno de ustedes puede abrir la tapa del vertedero
para el otro, pero ¿quién la sostendrá mientras baja el segundo?
―Ya veo ―Francis le clavó la mirada―. Tú nos ayudarás.
―¿Y qué me ofrecen? El trabajo debe ser remunerado...
―¡Maldito seas! ¿Te gustaría un buen golpe en la nuca?
Smythe hizo un gesto apaciguador.
―Está bien, está bien... ¿Acaso me he negado a algo que me
pidieron esta noche? Lo haré gratis, a modo de publicidad para mi negocio. Por
otra parte, no me gusta ver a mis clientes abandonados a su suerte...
Se dirigieron rápidamente a la amplia cocina del Colegio. La
tranquilidad con que avanzaba Smythe pese a las tinieblas, indicaba su
familiaridad con aquel escenario, con evidente menosprecio hacia el reglamento.
Una vez en la parte posterior de la cocina, Smitty dijo:
―Muy bien. ¿Quién sale primero?
Jim miró el vertedero de basura con evidente disgusto. Se
trataba de un cubo de acero, del diámetro de un barril, ubicado en la pared y
que podía girar sobre su eje, en forma tal que los desperdicios salían al
exterior sin que la presión atmosférica de la cocina disminuyera. Su tapa era
en consecuencia hermética.
Jim se colocó el casco y bajó la máscara sobre su rostro.
―Espera un segundo ―exclamó Francis. Había estado mirando los
estantes, llenos de alimentos envasados. Con movimientos rápidos sacó algunas
prendas de vestir de su bolsa de viaje y colocó latas de conserva en su lugar.
―No pierdas tiempo ―urgió Smythe nerviosamente―. ¡Quiero
acostarme antes que suene la campana!
―¿Para qué haces eso, si total dentro de algunas horas estaremos
en casa? ―dijo Jim, fastidiado.
―Una corazonada ―repuso Frank―. Está bien. Vamos.
Jim abrió el vertedero, se introdujo en el cilindro y luego la
tapa se cerró tras él. El cilindro giró y la tapa exterior se abrió; el
muchacho sintió que, caía y se encontró de pronto sobre el pavimento de la
calle.
Tras él, el vertedero volvió a funcionar y dos minutos después
aparecía Francis.
―¡Estás lleno de basura! ―exclamó Jim, sacudiéndose
involuntariamente.
―También tú... pero no podemos perder tiempo. ¡Qué frío hace!
―Pronto saldrá el sol. Vamos.
Los dos muchachos se dirigieron a la calle lateral del
Instituto. Aquella parte de la ciudad era totalmente moderna y terrestre, pero
a cierta distancia se alzaban las gráciles torres de Syrtis Menor, la antigua
ciudad marciana, desmintiendo el aspecto humano de los edificios que rodeaban
al Colegio.
Caminando rápidamente, los muchachos llegaron hasta una rama
secundaria del canal. Sentándose en la orilla, se calzaron los patines de
hielo, que eran modelos especiales para alcanzar grandes velocidades sobre la
endurecida superficie de los canales.
―Conviene que nos apuremos ―dijo Jim, incorporándose.
Así lo hicieron. A un centenar de metros de distancia el pequeño
canal desembocaba en el curso principal. Desde allí los dos muchachos tardaron
poco en llegar a la estación del coche-correo.
Sintiéndose casi helados pese a las ropas térmicas, entraron. Un
solo empleado montaba guardia. Francis se adelantó.
―¿Hay coche hacia la Colonia Sur hoy? ― pregunto.
―Dentro de veinte minutos ―repuso el empleado―. ¿Quieren enviar
alguna encomienda?
―No. Vamos a viajar nosotros ―Frank entregó el importe de dos
pasajes. El empleado lo atendió silenciosamente.
Jim, al oír que faltaban veinte minutos para que partiera el
coche-correo hacia Colonia Sur, se sintió aliviado. No todos los días había
vehículos de pasajeros entre la colonia y Syrtis Menor.
Nuevamente les tocó viajar solos con el conductor, que los dejó
ubicar en el observatorio. Empero, diez minutos después de haber partido, Jim,
fatigado, anunció a su compañero:
―Creo que iré a acostarme abajo... tengo sueño.
―Pediré al conductor que ponga la radio ―repuso Frank.
―¡Al demonio! Tú también tuviste una mala noche. Ven a dormir.
―Bueno... está bien.
Bajaron al compartimiento inferior, buscaron dos cuchetas y se
acostaron a dormir.
El vehículo prosiguió su silenciosa marcha sin detenerse en
Hesperidum, llegando a Cynia a mediodía. Como la estación estaba bastante
avanzada, no había temor de que el hielo cediera bajo el peso de los patines;
el conductor se sentía contento al poder mantenerse dentro del horario
establecido, y cuando llegaron a la Estación Cynia detuvo el motor y se dirigió
al compartimiento donde dormían los dos muchachos, mirándolos
especulativamente: la radio acababa de transmitir una noticia que le hizo
fruncir el ceño molesto.
―¡Paramos veinte minutos! ―-exclamó, despertando a los
jovencitos―. ¡Todo el mundo afuera!
―No tenemos apetito ―repuso Frank.
El conductor pareció desconcertado.
―Conviene que bajen ―insistió―. Con el motor parado el coche se
enfría rápidamente.
―No nos molesta soportar un poco de frío...
―¿Qué ocurre, chicos? ¿Están arruinados? ―algo en la expresión
de los dos estudiantes confirmó sus sospechas, y el hombre sonrió―. Vengan...
les pagaré un emparedado caliente.
Francis comenzó a agradecerle, moviendo negativamente la cabeza,
pero Jim se incorporó de un salto.
―¡Aceptamos encantados, señor! ―dijo―. ¡Vamos, Frank, no seas
tonto!
El encargado de la Estación Cynia estudió especulativamente a
los dos muchachos, pero les sirvió el sándwich caliente sin hacer comentarios.
El conductor ingirió su almuerzo a toda velocidad y se dirigió hacia la puerta.
―Quédense tranquilos, muchachos ―dijo antes de salir―. Aún debo
descargar algunos bultos y la correspondencia... tienen veinte minutos más...
―¿No quiere que lo ayudemos? ―se ofreció Jim.
―No, gracias. No están acostumbrados a esta clase de trabajo y
molestarán en lugar de facilitarme las cosas.
―Bueno... gracias por el sándwich.
―De nada.
El hombre salió y los dos muchachos permanecieron sentados junto
al mostrador. Diez minutos después llegó hasta ellos el sonido del motor del
coche-correo, que se alejaba. Frank y Jim corrieron hasta la ventana de
observación y vieron cómo el vehículo se perdía tras una curva del canal.
―¡Eh! ―gritó Frank―. ¡No nos esperó!
―¡No! ―repuso el empleado.
―¡Pero dijo que nos avisaría!
―Sí ―el nombre tomó un diario terrestre de dos años atrás y
comenzó a leer.
―Pero... ¿por qué?
El representante de la Compañía dejó el periódico con gesto de
aburrimiento.
―Lo que ocurre es así ―explicó―. Cien es un hombre pacífico. Oyó
por radio la orden de detención que daban las autoridades del Colegio y
resolvió lavarse las manos...
―¿Cómo? ¿Orden de detención?
―Sí. Yo también la escuché. Pero por mí no se preocupen. No
pienso intentar nada contra ustedes. Ya ven que no tengo mi pistola.
―¿De qué nos acusan para pedir que nos detengan? ―inquirió Jim.
―De todo un poco. Robo con escala, ratería, destrucción de
propiedad ajena, fuga... Parece que ustedes son una pareja de desesperados,
pese a que no tienen el aspecto de dos forajidos.
―¿Qué piensa hacer usted al respecto? ―inquirió Francis.
―Ya les he dicho que nada. Mañana por la mañana vendrá un coche
especial fletado por la policía de la Compañía para buscarlos.
―Comprendo. Ven, Jim ―se alejaron del mostrador y conferenciaron
en voz baja. Por fin se dirigieron a la cabina del teléfono con intenciones de
llamar a Colonia Sur.
Pero una nueva sorpresa les aguardaba. La voz fría de la
telefonista les anunció:
―Debido a circunstancias que escapan a nuestro control, no es
posible recibir llamadas de Estación Cynia a Colonia Sur.
Jim comenzó a preguntar si había algún desperfecto técnico, pero
la comunicación quedó interrumpida.
―Parece que nuestro amigo Howe quiere tenernos aislados hasta
que nos vengan a buscar ―murmuró Francis amargamente.
―Tal vez se trata de una disposición general adoptada por
Beecher para aislar a la Colonia y no a nosotros ―repuso con aire lúgubre Jim―.
No podemos seguir perdiendo nuestro tiempo... debemos avisar a los nuestros en
alguna forma...
―¿Y si patinamos?
―¿Estás loco? Estamos a más de mil kilómetros de distancia de
casa.
―Sí, pero cada cien kilómetros más o menos, debe de haber
refugios preparados para los trabajadores del Proyecto de Restauración de
Oxígeno... podríamos patinar de noche y dormir de día. Así no nos helaríamos y
sería fácil recorrer trescientos kilómetros diarios (4).
―Me parece que estás engañándote a ti mismo. Recuerdo haber
visto una vez a un tipo que estuvo de noche a la intemperie. Con traje térmico
y todo, cuando lo trajeron parecía un pedazo de madera. ¿Cuándo quieres partir?
―¡Ahora mismo!
―¡Vamos!
El representante de la Compañía los vio dirigirse hacia la
puerta y alzó la vista.
―¿Adonde van?
―A dar una vuelta.
―Les conviene dejar las bolsas de viaje. Total tendrán que pasar
la noche aquí...
Los muchachos no contestaron. Cinco minutos más tarde, patinaban
velozmente hacia el sur por la rama oeste del canal Strymon.
Cuando el sol se ponía tras el horizonte, los dos muchachos
llegaron al primer refugio junto a la orilla del canal. Habían recorrido casi
ciento cincuenta kilómetros y estaban fatigados.
El refugio se caldeaba fácilmente por medio de una unidad
termostática atómica. Jim la puso en funcionamiento y pronto la temperatura se
tornó confortable. Frank miró en derredor y sonrió.
(4) Esto en Marte no es extraordinario, pues como debe recordar
el lector, el planeta rojo tiene una gravedad equivalente al 37 % de la
terrestre. (N. T.)
―¡Parece que hemos encontrado una casa! ―comentó.
―Sí. Lástima que no hay ni siquiera una lata de habichuelas
abandonada...
―Ahora agradecerás mi idea de robar unas cuantas latas de
conservas antes de huir, ¿eh?
―¡De acuerdo! ¡Tienes un verdadero talento para el crimen! ¡Te
felicito! ―Jim observó el tanque de reserva que había instalado junto a la
cocina del refugio―. ¡Magnífico! ¡Hay bastante agua para los dos!
―Me alegro... tengo que llenar mi máscara. Los últimos
kilómetros los hice con el depósito completamente seco.
La parte superior de los grandes cascos tenía un receptáculo
lleno de agua por donde se filtraba el aire comprimido antes de pasar a la
máscara respiratoria, para adquirir el grado de humedad necesario para los
pulmones humanos.
―Hubieras avisado... me parece que ya tendrías que saber que eso
es peligroso.
―Olvidé llenarlo antes de salir de la Estación Cynia.
―¡Turista!
―Ya sabes que nos marchamos con cierta prisa...
―¿Cuánto tiempo estuviste sin agua?
―No podría decirlo.
―¿Cómo tienes la garganta?
―Un poco seca.
―Déjame ver.
Frank lo apartó, insistiendo:
―Estoy perfectamente, no te preocupes.
―Bueno... si tú lo dices.
Comieron el contenido de una lata de carne en conserva y se
acostaron a dormir. Willis se acurrucó sobre el estómago de Jim y cuando el
muchacho comenzó a roncar, lo imitó sonoramente.
Al día siguiente desayunaron los restos de carne que quedaran,
pues Francis insistió en que no desperdiciaran nada. Willis no comió nada pues
había ingerido su ración dos semanas atrás y aún faltaban otras tantas para
completar su digestión. Sin embargo absorbió medio litro de agua.
Luego se pusieron en marcha, pues no deseaban perder tiempo; Jim
encontró una linterna eléctrica y la llevó en calidad de préstamo.
En el momento de salir, Jim advirtió que Francis tenía el rostro
arrebolado.
―¿Te sientes bien? ―le preguntó―. Te noto excesivamente
colorado...
―Son los colores de la salud ―insistió Frank―. Vamos.
Jim temía que su amigo tuviera un ataque de "gripe
marciana", pero como no estaba en condiciones de hacer nada, se vio
forzado a resignarse. La mal llamada "gripe marciana" no es más que
una resultante de las condiciones atmosféricas excesivamente secas de Marte,
cuya humedad ambiente es prácticamente cero. Se trata de una deshidratación de
la mucosa de la nariz y garganta, que provoca fiebre y agudos dolores, así como
una tos muy molesta.
La tarde transcurrió sin incidentes. Cuando el sol comenzó a
ponerse, los muchachos calcularon que no estaban a más de setecientos
kilómetros de distancia de la Colonia. Jim había estado observando a Francis,
que parecía patinar con la energía de siempre. Tal vez sus temores eran
injustificados...
―Convendría que buscáramos refugio para la noche... ―dijo.
―Estoy de acuerdo.
Pronto pasaron frente a una de las rampas de piedra construidas
miles de años atrás por los marcianos, pero no advirtieron la menor señal de
actividad terrestre. Luego una segunda rampa de arcaico origen quedó atrás, sin
que vislumbraran rastro alguno del refugio esperado.
La tercera rampa ofreció el mismo panorama; los muchachos se
detuvieron.
―Subamos a ver ―dijo Jim―. Es imposible que lleguemos a otra
antes de la puesta del Sol.
―Subamos ―asintió Francis.
Los últimos rayos del sol iluminaban tangencialmente la orilla
del canal y el desembarcadero marciano, en desuso desde siglos atrás.
―¡Nada! ―murmuró Jim, preocupado―. ¿Qué hacemos?
―Seguir adelante hasta que nos caigamos de narices... ―sugirió
amargamente Francis.
―Lo más probable sería que nos heláramos en un par de horas.
―Personalmente no creo que estoy en condiciones de patinar dos
horas más ―reconoció Frank―. Estoy agotado.
―¿No te sientes bien?
―¡Eso es presentar las cosas con criterio optimista... me siento
auténticamente mal!
En ese momento Willis salió de la bolsa de viaje y rodó por la
orilla del canal. A una hora más temprana, hubiera desaparecido bajo la
vegetación marciana, pero al llegar el crepúsculo aquellas plantas se curvaban
sobre su eje, cerrándose en forma más o menos esférica para resistir al intenso
frío nocturno.
Jim corrió desesperado, gritando:
―¡Willis! ¡Willis! ¡Si no te detienes me marcharé y te dejaré
abandonado! ―pero la amenaza no surtió efecto.
―¡No podemos permanecer aquí! ―exclamó Francis, corriendo
dificultosamente a su lado.
―¡Quién me hubiera dicho que en un momento así iba a jugarme
semejante mala pasada!
―¡Si quieres mi opinión, es una desgracia ambulante!
En ese momento resonó la voz de Willis, o mejor dicho, la voz de
Jim usada por Willis:
―¡Jimmy! ¡Ven con Willis!
Los dos muchachos avanzaron entre las plantas dormidas, saltando
para evitar las raíces, hasta llegar a un gigantesco espécimen de "repollo
del desierto". Junto a la monstruosa planta estaba Willis, inmóvil. El
vegetal, semejante a un repollo de quince metros de diámetro, con sus hojas
occidentales aún extendidas para absorber los últimos rayos del sol poniente,
ya había plegado su parte oriental para protegerla del frío y las tinieblas.
Los muchachos sabían que cuando el sol se pusiera por completo,
aquella planta extraordinaria se cerraría, formando una bola monstruosa,
semejante a un repollo terrestre con dimensiones de pesadilla.
Willis vio llegar a los dos jovencitos y de un salto se ubicó
sobre una de las hojas abiertas y rodó hasta el corazón de la planta.
―¡Maldito seas, Willis! ¡Ven acá! ―gritó Jim.
―Ten cuidado... esa planta puede cerrarse sobre ti... no te
acerques demasiado ―le advirtió Francis.
―No me acercaré. ¡Oh, Willis! ¡Por favor! ¡Ven!
―¡Jim y Frank vengan! ¡Afuera hace frío... aquí tibio!
Jim miró a su amigo con desesperación.
―¿Qué hacemos, Frank? El sol se está poniendo rápidamente...
quedan pocos minutos de luz.
Willis repitió su llamado.
―¡Aquí está tibio, Jimmy, muchacho!
―Tal vez ese bicho sepa algo que nosotros ignoramos. Recuerda lo
que dijo el doctor McRae. Conoce instintivamente al planeta y quizás sea una
forma de salvarnos ―exclamó Francis.
―¡Pero no podemos meternos dentro de un vegetal! ¡Nos
ahogaríamos!
―Quién sabe. De cualquier modo, yo no puedo seguir patinando, y
si nos quedamos afuera, moriremos de frío ―Frank apoyó un pie sobre una de las
hojas abiertas a modo de abanico y entró en la cavidad que formaban las hojas
cerradas. Jim lo miró un instante y después lo siguió.
―¡Buen muchacho, Frank! ¡Buen muchacho, Jim! ―exclamó Willis,
lleno de entusiasmo―. ¡Aquí está tibio! ¡Agradable!
El sol se deslizaba tras una duna distante y el viento helado
comenzó a golpearlos directamente. Las hojas más lejanas de la planta se
curvaban y movían al mismo tiempo que el astro rey, cerrándose lentamente.
―¡Nos aplastará! ―murmuró Jim, convencido.
―Tal vez. Pero es peor helarse.
Las hojas internas se curvaron más rápidamente que las
exteriores. Una rozó el hombro de Jim, que la golpeó nerviosamente. La hoja se
retiró con movimiento vivo.
―¡Nos ahogaremos, Frank!
Francis miró aprensivamente a su amigo, estudió las hojas y
exclamó:
―¡Rápido, Jim! Siéntate, abre las piernas y tómame de las manos,
para hacer un arco.
―¿Para qué?
―Así quedará más espacio para respirar. ¡Rápido!
Los dos muchachos formaron un arco que les dejó una cavidad de
un metro y medio de diámetro. Las hojas parecieron tantearlos nerviosamente y
por fin se unieron sobre ellos, moldeándose a sus cuerpos, pero sin apretar
demasiado. Pronto todas las hojas estuvieron cerradas y una oscuridad profunda
reinó en la pequeña cavidad.
―Ya podemos soltarnos, ¿no te parece, Frank? ―dijo Jim.
―Espera que las hojas exteriores se acomoden.
Un rato después aflojaron la presión cautelosamente, pero las
hojas no se movieron.
―No veo por qué tomar tantas precauciones. Total, moriremos
asfixiados ―se quejó Jim.
―¡Cállate! Gastas oxígeno de más hablando... trata de dormir y
tal vez lleguemos hasta mañana.
Pronto en la pequeña cavidad resonaron los ronquidos de Frank,
imitados por Willis. Jim no podía dormir, dominado por una sensación opresiva y
desagradable. Hubiera deseado tener un reloj para saber qué hora era; el tiempo
transcurría en forma pesada y lenta, y de pronto el muchacho se sintió asaltado
por un temor vago que cobró forma lentamente: ¿y si aquel repollo marciano
estaba invernando, para abrirse al comenzar la primavera? Aterrado buscó su
linterna y la encendió. Francis dejó de roncar y parpadeó.
―¿Qué pasa? ―inquirió.
―Nada. Recordé que teníamos este artefacto con nosotros.
―¡Apágalo y duérmete!
―¡Si no consumo oxígeno!
―Puede ser, pero estando despierto, tú lo consumes. ¡Duérmete y
déjame dormir!
―¿Y si estamos atrapados por todo el invierno aquí dentro? ¡Me
parece que ya hubiera debido amanecer!
―¡Estás loco! No hace más de una hora que el repollo cerró sus hojas.
¡Duérmete y déjate de soñar despierto!
Con la luz encendida el lugar parecía menos sofocante. Jim apoyó
la linterna contra Willis y trató de relajar sus músculos tensos. Lentamente,
sin darse cuenta, fue quedándose dormido. Soñó y tuvo pesadillas. En su sueño
Howe los perseguía para arrebatarles a Willis y luego se encerraban en un
repollo gigantesco, que estaba a punto de comenzar su hibernación de doce
meses...
Con un esfuerzo trató de despertar, y se sumergió
imperceptiblemente en un sueño menos intolerable.
cap. 7
Persecución
WILLIS volvió a tocar el pecho de Jim con un pseudopodio, y al
no conseguir que se moviera, comenzó a quejarse lúgubremente.
Jim abrió un ojo inyectado en sangre.
―¡Eh! ¡Acaba con ese canto infernal! ―exclamó. Luego miró en
derredor. La luz del sol los acariciaba suavemente y las grandes hojas del
"repollo marciano" se habían abierto, formando un abanico inmenso.
Era de día.
Frank despertó y se sentó, pero Jim tardó un rato en hacerlo,
endurecido por la posición forzada en que pasara la noche.
―¿Cómo estás? ―preguntó a su amigo.
―Bien ―la afirmación fue desmentida por un ataque de violenta
tos, que Frank logró controlar dificultosamente.
―¿Quieres comer algo?
―No tengo apetito... prefiero buscar un refugio donde hacerlo
cómodamente.
―Está bien. Vamos al canal.
Abriéndose paso a través de la vegetación, que dirigía sus hojas
hacia el sol y se tornaba más tupida a medida que se acercaban al canal, los
dos muchachos llegaron a la orilla y cuando Francis estaba a punto de descender
por la rampa, Jim lo tomó del brazo y lo forzó a retroceder, señalando hacia el
norte.
Un coche-motor sobre esquíes, más pequeño y veloz que los
correos ordinarios, avanzaba lentamente, siguiendo las huellas que los
muchachos dejaran con sus patines la tarde anterior.
Francis alzó la cabeza para observar mejor, pero Jim lo forzó a
agacharse.
―¡Con cuidado! ―exclamó―. ¡Tienen binóculos!
Dos hombres estaban de pie sobre la parte superior del coche,
oteando ambas orillas del canal con sus anteojos.
―¿Qué podemos hacer?
―Habrá que seguir caminando por la orilla, al amparo de la
vegetación, hasta llegar a la próxima rampa de descenso. Así tal vez logremos
despistarlos.
Comenzaron a caminar rápidamente; Frank respiraba sonoramente,
jadeando.
De pronto una rama secundaria del canal les cerró el paso. Se
detuvieron y Francis se sentó sobre una roca, sosteniéndose la cabeza con una
mano. Un nuevo espasmo de tos lo sacudió.
Jim le pasó la mano sobre el hombro.
―¿Te sientes muy mal, viejo?
Frank, tosiendo violentamente, no pudo contestarle. Willis dijo:
―¡Pobre Francis! Tch... tch...
Por fin Frank alzó la cabeza nuevamente, más sereno.
―No es nada ―afirmó―. Ya puedo seguir.
―Escúchame, muchacho... tú vas a entregarte ahora mismo. Te llevarán
de regreso al Colegio, pero no te harán nada por el momento y entretanto yo
seguiré viaje hacia la Colonia. Así te curarán mientras yo aviso a los
nuestros. ¿Qué te parece?
―¡No!
―¡Déjame terminar! Esto es lógico... tú estás demasiado enfermo
para seguir adelante. Si te quedas aquí, morirás indefectiblemente. Alguien
tiene que avisar a los nuestros. Yo estoy en condiciones de seguir adelante.
¿Sí?
―No.
―¿Pero por qué? ¡Eres terco!
―No ―repitió Frank―. Ante todo, no estoy dispuesto a entregarme
a esa gente. ¡Prefiero morir tosiendo!
―¡Tonterías!
―Tonterías para ti... no para mí. En segundo lugar, aunque yo me
entregue seguirán persiguiéndote y te atraparán mañana.
―¿Qué propones?
―No sé. Pero deja de lado ese plan tuyo y piensa otra cosa.
―El problema real eres tú. ¿Puedes seguir patinando? En caso
afirmativo, todo se reduce a continuar adelante por la orilla y luego patinar.
―Estoy dispuesto ―repuso Francis, incorporándose―. ¡Vamos!
Caminaron cuatro kilómetros más por la orilla y luego bajaron al
curso helado del canal, dispuestos a proseguir con sus patines.
Manteniendo una velocidad regular recorrieron casi sesenta
kilómetros, cuando las orillas comenzaron a hacerse más bajas. Al verlas, Jim
experimentó el desagradable presentimiento de encontrarse en una rama
secundaria que no se unía a la principal, sino que iba a terminar en el
desierto. Sus temores pronto se vieron confirmados; el canal concluía en un
pantano, que a la sazón estaba helado.
Continuaron patinando hacia el este, y en los puntos donde el
hielo era demasiado débil, vadearon con los patines al hombro.
Por fin Francis se sentó sobre una mata de pasto del pantano,
diciendo:
―Imposible seguir, Jim... habrá que caminar el resto del
trayecto.
―Lo lamento, Frank.
―No podemos hacer nada al respecto, Jim. Pero no debe de faltar
tanto.
Prosiguieron vadeando y pronto salieron del pantano,
encontrándose sobre la arena rojiza del desierto marciano.
Willis insistió en que Jim lo dejara sobre la arena. Lo primero
que hizo cuando estuvo en el suelo fue refregarse por la oxidada superficie.
Luego echó a correr, explorando y adelantándose a los muchachos.
Jim acababa de subir a una duna, cuando oyó un alarido agónico
de Willis; miró en derredor y vio que Frank caminaba hacia él, precedido por la
pequeña criatura, que chillaba desesperadamente sin que el jovencito se diera
por aludido. Jim en cambio advirtió que un buscador-de-agua cargaba en
dirección de su amigo.
La distancia era excesiva, aun para un tirador experimentado.
Para Jim la escena pareció adquirir una extraña irrealidad, como si su
compañero hubiera estado inmóvil y el monstruo marciano cargara al trote, en
lugar del furioso galope característico en su especie; el muchacho desenfundó,
apuntó cuidadosamente y oprimió el disparador. La bestia recibió la descarga de
energía en medio de su cuerpo, pero siguió avanzando sin disminuir su
velocidad. Jim volvió a hacer fuego, convirtiendo su pistola en una larga
sierra de fuego, que seccionó en dos al animal de presa, que se desplomó
retorciéndose. Las enormes garras con forma de cimitarra se detuvieron a
escasos centímetros de Willis; mientras Jim corría descendiendo la duna, Frank
se volvió hacia el sitio donde cayeran los restos del monstruo.
―Gracias balbució cuando Jim llegó a su lado. El muchacho no le
contestó, mirando con repugnancia al buscador-de-agua.
―¡La inmunda bestia! ―murmuró con acento de repugnancia―. ¡Me
gustaría poder quemar de una vez a todas las que hay en Marte!
Cuidadosamente siguió disparando su pistola contra los puntos
vitales del monstruo, quemando el saco de los huevos para evitar que sus crías
sobrevivieran.
Willis sollozaba suavemente, inmóvil. Jim lo alzó en sus brazos
y tras acariciarlo, lo volvió a su lugar en la bolsa de viaje.
―No volvamos a separarnos, ¿eh? ―dijo.
―De acuerdo ―repuso Francis.
―¿Frank?
―¿Eh? ¿Qué pasa, Jim? ―la voz de Francis era opaca.
―¿Qué ves adelante?
―¿Cómo? ―Frank intentó centrar su vista sobre el horizonte, sin
lograrlo.
―¡Es el canal... el cinturón verde de vegetación que rodea al
canal! ¡Hemos llegado!
―¡Ah!
―Y hay una torre... ¿no la ves?
―¿Qué? ¿Cómo? Ah, sí... es una torre...
―¿No te das cuenta que eso significa que hay marcianos cerca?
―Supongo que sí.
―Pues nos pueden ayudar... los marcianos son buena gente. Además
recuerda que Gekko nos hizo beber agua en la ceremonia de la amistad. En la
ciudad tendrás un lugar tibio y confortable donde descansar.
Francis pareció animarse. Se sentía realmente mal.
Una hora después llegaron a la ciudad. Era tan pequeña que tenía
una sola torre.
Pronto se encontraron frente a una puerta, que se abrió sin
dificultad. Entraron, tomando un corredor que los condujo al centro de la
ciudad, y pronto Jim se sintió profundamente deprimido: aquel sitio estaba
abandonado. Tal vez se trataba de una ciudad desierta desde millares de años
atrás...
Francis se sentó sobre una piedra, su rostro rojo a causa de la
fiebre que lo consumía.
―Conviene que descanses un rato ―dijo Jim―. Luego buscaremos la
forma de descender hasta el canal.
―Yo no puedo seguir adelante, Jimmy. Estoy extenuado ―repuso
Francis con acento apagado.
Jim pensó un momento.
―Te diré lo que podemos hacer. Buscaremos en los subterráneos de
la ciudad un sitio adecuado para pasar la noche. No te muevas... ―Jim comenzó a
moverse, cuando advirtió que Willis había saltado al suelo y no estaba a la
vista―. ¡Willis! ¿Dónde diablos te has escondido?
La voz de Willis le contestó desde cierta distancia.
―¡Aquí, Jim... aquí estoy, muchacho! ―y Willis reapareció, pero
no solo. Un marciano lo llevaba en brazos.
El nativo se acercó y se inclinó hacia Jim, hablándole
suavemente.
―No comprendo bien su dialecto... ¿Qué dice, Frank? ―preguntó el
muchacho.
―¿Qué? Oh, no sé... dile que me deje en paz ―Francis parecía
dominado por una profunda somnolencia.
El marciano volvió a hablar; Jim abandonó su idea de hacerse
traducir por Frank las palabras del nativo, y trató de interpretarlo. El
marciano le formulaba una pregunta. Luego había una invitación imposible de
descifrar.
El muchacho formuló un gesto interrogativo que indicaba su falta
de comprensión. Willis le contestó:
―Vamos, muchacho... Willis encontró amigos.
―¿Por qué no? ―se dijo en alta voz Jim―. Vamos, Willis...
Luego miró al marciano y asintió con el monosílabo gutural que
indicaba su aceptación. El marciano se volvió y echó a andar, sin volver la
cabeza hasta llegar a veinte pasos de distancia. Allí se detuvo y pareció
advertir que no era seguido. Girando la cabeza, expresó el símbolo de
interrogación.
―Willis... pídele que cargue a Francis... ―pidió Jim con voz
urgente.
―¿A Francis? ―inquirió el pequeño ser.
―Sí, como Gekko, cargó a Jim.
―Gekko no está aquí. Este es K'Boomch.
―¿Se llama K'Bomk? ―inquirió Jim.
―K'Boomch ―le corrigió Willis.
―Bueno. Quiero que K'Boomch lleve a Frank... Pídeselo, Willis.
Willis y el marciano conferenciaron un momento; luego el nativo
se inclinó y alzó con dos de sus manos a Francis, que estaba tan febriscente
que ni siquiera pareció darse cuenta de ello.
Jim corrió tras el nativo, deteniéndose un momento para recoger
los patines que su amigo dejara caídos sobre la piedra del patio.
Entraron en un amplio edificio cuyas paredes estaban vivamente
iluminadas. K'Boomch guió al muchacho terrestre hacia una rampa que se
internaba bajo el nivel del piso; los marcianos no parecían haber inventado la
escalera. En realidad el planeta rojo, con su menor gravedad, permitía la
construcción de rampas que en la Tierra hubieran sido desastrosamente
inclinadas.
La presión atmosférica había aumentado paulatinamente, como
ocurriera en Cynia, y Jim comprendió que se debía a algún medio artificial
utilizado por los marcianos, sin que le fuera posible advertir aparato alguno.
Llegaron por fin a una amplia cámara iluminada sin que se viera
la fuente luminosa; K'Boomch se detuvo y formuló una pregunta a Jim, que
alcanzó a comprender la palabra: "Gekko".
Jim buceó en su memoria para formar una frase:
―Gekko y yo compartimos agua. Gekko y yo somos amigos.
El marciano pareció satisfecho. Entrando en una pequeña
habitación en la que había varios bastidores de los utilizados por los
marcianos a modo de lechos, depositó en el piso a Francis; luego se ubicó en
uno de los bastidores. Jim sintió de pronto que lo asaltaba un vértigo
inesperado y se sentó junto a su amigo.
―¿Cómo estás, Frank? ―inquirió, algo asustado.
La respiración del muchacho era dificultosa; Jim le quitó la
máscara y le tocó la frente. Estaba muy caliente, pero en aquel momento nada
podía hacer por él.
K'Boomch no parecía dispuesto a hablar; Willis se había
convertido en una bola sin ninguna saliencia. Jim por su parte trató de no
pensar y cerró los ojos.
Por fin la sensación opresiva desapareció; Jim abrió los ojos
para ver cómo el marciano se inclinaba sobre él y decía algo, recogiendo luego
a Frank y saliendo del recinto. Sintiéndose perfectamente bien, Jim lo siguió.
En la gran cámara adyacente había treinta o cuarenta nativos. Al
aparecer K'Boomch con Frank y Willis en sus brazos, seguido por Jim, uno de los
marcianos se separó del grupo:
―¡Jim Marlowe! ―exclamó, utilizando el símbolo marciano para
saludar a un viejo amigo.
―¡Gekko! ―gritó alegremente Jim. El marciano se inclinó y lo
alzó en sus brazos. Luego echó a andar, seguido por K'Boomch que continuaba
cargando a Francis y Willis.
Sin detenerse, Gekko tomó por uno de los túneles y por fin se
detuvo en una cámara, de menores dimensiones que la anterior. Allí K'Boomch
depositó a Francis en el suelo, junto a Jim.
―¿Dónde estamos? ―inquirió Frank, abriendo finalmente los ojos.
Jim miró en derredor. Reconocía los decorados del recinto... el
cielo simulado y el sol que giraba señalando las horas. Estaban en la ciudad
marciana de Cynia, a tres kilómetros de la Estación de la Compañía, de donde
huyeran para avisar a los habitantes de la Colonia Sur el peligro que
corrían...
―¡Oh, Dios mío! ―murmuró el muchacho, no sabiendo si echarse a
llorar o reír a carcajadas―. ¡Estamos de regreso en Cynia, Frank! ¡En Cynia!
Cap. 8
El Otro Mundo
TRAS una larga sesión semejante a la realizada durante la
anterior visita de los muchachos a Cynia, Jim se encontró dominando mucho mejor
la lengua hablada por aquellos marcianos. Así logró explicar a Gekko que
Francis estaba muy enfermo y que necesitaba reposo y tranquilidad.
El nativo encontró una pequeña habitación apartada de las demás
donde instaló a los dos jovencitos, ofreciéndose para cuidar al enfermo, pues
eran "hermanos de agua", lo que equivalía a una relación familiar
entre los marcianos. Pero Jim se negó, temiendo que aquella terapéutica exótica
matara a su amigo. En cambio, pidió que le dieran abundante cantidad de agua,
sedas y mantas para acostar a Francis y que los dejaran solos.
La habitación era confortable y tibia. Jim se quitó su traje
térmico y desvistió a Francis, cubriéndolo con las mantas marcianas para evitar
que se enfriara. Luego buceó en la bolsa de viaje de su amigo, buscando
provisiones. Abriendo una lata de pollo sintético y otra de zumo de naranja
vitaminizada, se alimentó tarareando una canción de moda.
Willis había desaparecido, pero no se preocupó pues sabía que
mientras estuviera en la ciudad marciana, el pequeño ser se hallaba seguro.
Francis dormía, sus mejillas arreboladas. Jim comprendió que si
bien la presión atmosférica y la temperatura eran favorables, la humedad
ambiente seguía siendo muy escasa. Humedeciendo dos pañuelos, colocó uno sobre
la nariz de su amigo y se anudó el otro en la misma forma.
Gekko regresó después de algunas horas, seguido por Willis.
―Jim Marlowe ―dijo, con el símbolo del saludo en su acento.
―Gekko ―repuso Jim, que estaba humedeciendo el pañuelo que
cubría boca y nariz de Francis.
El marciano permaneció inmóvil y silencioso, hasta tal punto que
el muchacho pensó que había entrado en uno de aquellos trances que los nativos
llamaban "el otro mundo". Pero al mirarlo advirtió que estaba
perfectamente despierto y consciente, mientras seguía con sus tres ojos la
escena que se desarrollaba ante él. Jim se creyó en la necesidad de aclararle:
―Los humanos necesitamos respirar cierta humedad con el
oxígeno... ―pero pese a sus progresos en el dialecto de aquella zona no pareció
hacerse comprender. Gekko lo miró durante casi veinte minutos, siempre
silenciosamente, y luego se marchó, llevándose consigo a Willis.
Poco después Jim advirtió que el pañuelo que llevaba sobre su
boca y nariz no se secaba tan rápidamente; tocó el de Francis y lo encontró tan
mojado como diez minutos atrás. ¡La humedad ambiente había aumentado
sensiblemente!
El muchacho quitó los pañuelos, pues evidentemente ya no eran
necesarios. Gekko entró nuevamente en la habitación y esta vez tardó tan sólo
diez minutos en hablar, con lo que demostró una prisa extraordinaria para su
raza.
―¿El agua que vuela en el aire es suficiente para que respiren
tu amigo y tú? ―preguntó claramente. Jim asintió, demasiado asombrado para
pedir explicaciones.
Gekko volvió a marcharse tras otra media hora de silencio. Jim,
a solas con el enfermo, se tendió sobre una manta marciana policroma y se
durmió.
Cuando despertó, advirtió que Francis estaba sentado junto a él,
con aire de hallarse perfectamente bien. Mientras preparaba el contenido de dos
latas de conserva para desayunarse, Jim contó a su amigo todo lo ocurrido.
Al saber que estaban en Cynia nuevamente, Frank se asombró y se
sintió consternado al mismo tiempo.
―¿Quieres decirme que hay un subterráneo que bordea el canal
Strymon desde una ciudad abandonada hasta aquí? ¡Increíble!
―¡Sin embargo, aquí estamos!
Jim miró en derredor. Willis seguía ausente. Comieron y luego
celebraron "consejo de guerra".
―Si los marcianos han podido traernos hasta aquí tan rápidamente
y sin que lo advirtieras casi, están en condiciones de llevarnos otra vez hasta
el punto donde nos hallaron ―dijo Francis―. ¿Qué te parece?
―Buena idea. Probemos.
―En tal caso busquemos a Gekko... es lo primero que debemos
hacer.
―Te equivocas. Lo primero que haremos será buscar a Willis.
―¡Uf! ¿No ha causado suficientes problemas? Si no fuera por él,
no estaríamos aquí...
―¡Eres injusto con Willis! ―exclamó Jim ofendido―. Nos sacó de
una mala situación... y gracias a él hemos sabido el plan de la Compañía.
Además...
―¡Suficiente... suficiente! ¡Vete a buscar a Willis, mientras yo
limpio un poco esto!
Jim salió de la habitación y preguntó por Gekko al primer
marciano que encontró. Cuando lo ubicó le pidió que le entregara a Willis. El
marciano le contestó que lamentaba profundamente, pero que era imposible
devolverle a Willis. El muchacho se sintió indignado, pero no logró
experimentar odio hacia Gekko, cuya poderosa personalidad despertaba tan sólo
una profunda simpatía. Tras mirar al marciano durante dos o tres minutos sin
saber qué decirle, Jim comenzó a recorrer los túneles, llamando a los gritos a
Willis.
Gekko lo siguió de cerca. Por fin lo alcanzó y lo tomó de los
hombros, alzándolo suavemente.
―¡Jim Marlowe! ―dijo cálidamente―. ¡Jim Marlowe, mi amigo!
El muchacho le golpeó el poderoso tórax con los puños cerrados,
pero el marciano no pareció sentirlo.
―¡Quiero a Willis! ―gimió Jim―. ¡Ustedes no tienen derecho!
―Se trata de algo más allá de mis posibilidades ―repuso
dulcemente el marciano―. Tendremos que ir al "otro mundo"...
Sin agregar palabra, llevando al jovencito en sus brazos, Gekko
comenzó a descender por una empinada rampa, hasta que estuvieron en un nivel
mucho más profundo de lo alcanzado por terrestre alguno en el planeta rojo.
Por fin Gekko se detuvo en una pequeña cámara que a diferencia
de los demás recintos de la ciudad marciana, no tenía adorno alguno. Sus
paredes eran color gris perla.
Depositando a Jim en el piso, el marciano le dijo:
―Ésta es una de las puertas para "el otro mundo".
Jim se levantó.
―¿Cómo? ―preguntó.
Pero Gekko no le contestó; con sus tres piernas firmemente
extendidas, estaba inmóvil. Pese a que sus ojos estaban abiertos, la mirada
vidriosa que tenía indicaba claramente que había entrado en trance.
―¡Oh, maldita sea mi suerte! ―exclamó Jim―. ¿Tenía que hacerme
esto precisamente ahora?
Sentándose sobre el piso, cruzó las manos sobre las rodillas,
resignándose a esperar.
Tras un lapso indefinible, la habitación se oscureció
lentamente. Luego una pequeña luz apareció en la distancia y creció
constantemente, sin iluminar el interior del pequeño recinto. Era algo
semejante a una proyección estereoscópica en colores, realizada sobre una de
las paredes de la habitación.
Primero Jim vió un matorral de plantas del canal, tomadas desde
una altura que no llegaba al medio metro. La escena varió como si hubiera sido
impresionada con una cámara errática y sin propósito fijo. Trozos de panorama,
vegetación y dunas desfilaron por la pantalla. Sin embargo el objetivo no
parecía haberse alejado nunca del suelo. De pronto, en uno de los movimientos,
enfocó la figura monstruosa de un buscador-de-agua, gigantesco, que cubrió toda
la pantalla en su carga. Jim podía casi oler al monstruo, tan real resultaba su
aparición.
El punto desde donde la cámara tomaba el ataque, se mantuvo
inmóvil; cuando ya parecía que la bestia iba a sobrepasar la línea focal,
pareció disolverse bajo una descarga de irresistible energía. El cuadro varió
un poco, y un rostro humano, grotesco y enorme, reemplazó al buscador-de-agua,
mientras una voz fresca decía:
―¡Caramba! Qué tipo más gracioso y simpático! ―el rostro,
totalmente desfigurado, era evidentemente el de un colono con su máscara
respiratoria y su casco. Lo que asombró a Jim fue reconocer la pintura del
casco: a rayas, como la piel de un tigre. ¡Era él mismo! Entonces comprendió
por qué la voz había resultado familiar. Sin saber cómo reaccionar, se oyó
decir alegremente―. Bueno... te llevaré conmigo para que no vaya a atacarme
otro de estos bichos...
La escena varió y se vieron los edificios plásticos de la
Colonia Sur, que se acercaban con cada paso dado por el muchacho cuyos pies
entraban de tanto en tanto en cuadro. Jim, resignado, vio una representación de
sí mismo según la imagen mental de Willis. Otros "actores" fueron
apareciendo, primero como formas vagas, y luego cobrando parecido con el Dr.
McRae, la madre de Jim, el padre, Frank... En cambio los sonidos eran
perfectos, una reproducción exacta del natural. Willis evidentemente amaba a su
joven amigo, pero no lo respetaba, y la imagen mental que de él se formara era
intensamente humana, pero irrespetuosa y a veces hasta cómica. En cuanto a los
demás hombres eran seres inofensivos pero de reacciones imprevistas y hasta
molestas.
Esto divirtió mucho a Jim Marlowe. Así fue pasando poco a poco
todo el tiempo en que Willis y el muchacho habían estado vinculados, día tras
días, reproducido según el punto de vista de la pequeña criatura.
Howe apareció como dos pies y una voz desagradable. Beeclier por
su parte fue tan sólo una masa informe de voz antipática.
Todo esto divirtió a Jim, que no sintió en ningún momento ni
fatiga ni aburrimiento.
Luego el punto luminoso se esfumó y la luz volvió lentamente.
Jim vió que Grekko seguía inmóvil; una de las paredes se había corrido,
permitiendo ver otro recinto, mayor y decorado según la costumbre marciana con
murales que representaban el mundo exterior.
Un marciano ocupaba el recinto. Más adelante Jim no pudo
recordar su aspecto general, pues fueron los ojos y el rostro del nativo lo que
más llamaron su atención. Para un terrestre es difícil estimar la edad de un
marciano, pero aquel era evidentemente muy anciano. Jim comprendió que no
solamente era mucho mayor que su padre, sino que también era infinitamente más
viejo que el doctor McRae.
―Adelante, Jim Marlowe ―dijo el marciano con voz clara, hablando
en inglés básico―. Amigo de mi pueblo, eres mi amigo. Te ofrezco agua.
El acento del marciano era vagamente familiar; para Jim sonó
parecido al de su padre y también al del doctor McRae. Aquélla era la primera
vez que oía a un nativo hablando un idioma terrestre, si bien sabía que algunos
podían hacerlo.
―Bebo contigo ―contestó, escogiendo cuidadosamente las
palabras―. Que tengas siempre agua pura y abundante.
―Te agradezco, Jim Marlowe. ¿Qué pesares te aquejan? Tu desdicha
es nuestra. ¿Qué podemos hacer para consolarte?
―Quiero volver a mi casa y llevarme a Willis conmigo. Me lo
quitaron... no hubieran debido hacerlo.
El silencio que siguió fue mayor que el anterior. Por fin el
marciano habló:
―Cuando estamos de pie sobre el piso no vemos más allá del
horizonte. Sin embargo a veces Phobos está a punto de aparecer... ―el marciano
vaciló antes del nombre "Phobos", como si le hubiera costado trabajo
pronunciarlo asociándolo con el satélite del planeta rojo―. Jim Marlowe tiene
que perdonarme, pero aprendí su idioma hace demasiado poco tiempo para hablarlo
correctamente. A veces vacilo...
―¡Oh, usted lo habla muy bien! ―repuso sinceramente el muchacho.
―Las palabras, las conozco... las imágenes resultan a veces
borrosas. Dime, Jim Marlowe. ¿Qué es el Zoológico de Londres?
Jim tuvo que hacerse repetir la pregunta y luego trató de
explicar el concepto involucrado. Ante sus palabras, el marciano irradió un
odio tan evidente que el jovencito sintió miedo. Pero casi de inmediato el
anciano lo miró y nuevamente se mostró afectuoso y comprensivo.
―Dos veces salvaste al pequeño a quien llamas Willis, Jim
Marlowe. Te lo agradezco. Tal vez tres veces. Tú y el pequeño son amigos. No te
vayas de aquí, Jim Marlowe. Quédate. Eres bienvenido como hijo y como amigo.
―¡Tengo que marcharme! ―repuso Jim, sacudiendo la cabeza―. Es
más, tengo que irme lo antes posible, porque los míos corren un serio
peligro...
El muchacho explicó lo mejor que pudo la situación al marciano,
que lo escuchó silenciosamente.
―¿Quieres regresar a la ciudad donde te encontraron? ¿No
prefieres volver directamente a tu casa?
―Desde el sitio donde ustedes nos salvaron a Frank y a mí
podremos patinar hasta la Colonia sin dificultades. ¿Por qué no pregunta a
Willis si quiere venir conmigo o quedarse aquí? Sería lo más justo.
El anciano marciano suspiró como acostumbraba a hacerlo el padre
de Jim cuando sostenía una discusión infructuosa con su hijo.
―Hay leyes para la vida y para la muerte, que en conjunto son
las leyes del camino. Tienes que comprender, hijo mío, que el pequeño a quien
llamas Willis tarde o temprano te dejará...
―Supongo que sí... pero... ¿Puede regresar ahora Willis conmigo
a casa?
―Vamos a hablar con el pequeño a quien llamas Willis.
El anciano habló a Gekko, que se estremeció y salió del trance.
Luego los tres salieron del recinto y siguiendo un túnel que
ascendía imperceptiblemente, llegaron a una gran cámara que estaba iluminada
con una luz suave. Jim advirtió que desde el piso hasta el techo había allí una
serie de nichos, ocupados por bolas lisas, todas exactamente iguales. Eran
réplicas de Willis cuando dormía.
Desde un extremo del recinto resonó un grito alborozado:
―¡Jimmy! ¡Hola!
El muchacho miró en derredor, pero no pudo identificar al que
gritara, porque las demás criaturas se unieron en un coro que imitando la voz
de Jim a la perfección, aullaron:
―¡Jimmy! ¡Hola!
Jim se volvió hacia Gekko y le preguntó:
―¿Cuál es Willis?
De inmediato el coro repitió:
―¿Cuál es Willis ¿Cuál? ¿Cuál? ¿Cuál?
A la derecha una de las criaturas saltó al piso y rodó hasta los
pies del muchacho.
―¿Jim alza a Willis? ―inquirió. Jim así lo hizo alborozado.
―Jim está por marcharse. ¿Quiere Willis acompañarlo?
―¿Jim se va? ―repitió la criatura, como si no hubiera
comprendido bien la afirmación del muchacho.
―Sí. ¿Willis lo acompaña o se queda aquí?
―Si Jim se va, Willis también se va.
―Está bien. Díselo a Gekko.
―¿Por qué?
―Díselo o te quedarás aquí...
Willis se dirigió a Gekko con una serie de cloqueos. Ninguno de
los dos marcianos hizo la menor objeción a sus palabras.
Gekko tomó a Jim y Willis en sus brazos y siguió viaje por el
túnel. Llegaron a la habitación asignada a los dos muchachos.
Francis estaba sentado ante dos latas de conserva abiertas,
esperando.
―¡Por fin te has acordado de volver! ―exclamó.
Jim sintió remordimientos por haber tardado tanto en regresar.
Ignoraba cuánto tiempo había estado ausente.
―Perdóname, Frank. ¿Te alarmaste? ―dijo.
―No era para tanto... pero faltaste por lo menos tres horas...
¿Tres horas? ¿En tres horas había recorrido un año de su vida,
desde que encontrara por primera vez a Willis? ¿Era posible? La lógica indicó a
Jim que así debía de ser, pues apenas comenzaba a sentir apetito.
―Sí, claro... si no tienes inconvenientes, comeremos más tarde.
Gekko y otro de nuestros amigos nos conducirán al sitio donde nos
encontraron...
―Bueno... está bien... ―Frank comenzó a enfundarse en su traje
térmico. Jim lo imitó. Mientras se vestían, comieron algunos bocados.
―Podemos terminar de comer mientras nos llevan ―comentó Frank.
―No olvides de llenar de agua tu receptáculo...
―No te preocupes. A mí no me pasan dos veces las mismas
desgracias.
Recién cuando se pusieron en marcha, Jim comprendió que la
pequeña habitación con bastidores donde K'Boomch los llevara, no era otra cosa
que un vehículo que alcanzaba una aceleración extraordinaria y por eso
provocaba aquella sensación de mareo y pesadez que lo obligara a sentarse en el
suelo en aquella oportunidad.
En la puerta Gekko y el anciano se despidieron de ellos. Una vez
en el interior del pequeño recinto, los dos muchachos y Willis se acomodaron lo
mejor posible y la sensación de intolerable pesadez los oprimió durante algunos
minutos.
Por fin la desagradable impresión desapareció y los muchachos se
pusieron de pie. La puerta se abrió y se encontraron ante un túnel que ascendía
bruscamente.
Llenos de entusiasmo, echaron a correr, ansiando salir a la
superficie para reanudar el viaje; cuando estaban a mitad de camino se vieron
forzados a colocarse nuevamente sus máscaras respiradoras, pues la presión
atmosférica disminuyó sensiblemente.
Por fin, diez o doce minutos después de haber salido del
vehículo subterráneo, se encontraron en el exterior, bañados por la luz solar.
Al salir, Frank miró en derredor y luego se volvió para clavar
la vista en su amigo.
―Oye, Jim... yo no me sentía bien cuando llegamos al sitio donde
nos encontró K'Boomch, pero... ¿no era una pequeña población, con solo una
torre?
―Sí.
―Ésta tiene varias...
―En efecto.
―¡Entonces estamos perdidos!
―Tienes razón, Frank. ¡Estamos perdidos!
cap. 9
Migración invernal
SE encontraban en un amplio patio, característico en muchas
construcciones marcianas. Desde allí podían ver las altas torres que los
rodeaban, pero nada más.
―¿Qué crees que podemos hacer? ―preguntó Francis.
―¡Hmn! Buscar un nativo para que nos diga dónde estamos...
―¡Bah! Este sitio parece desierto. Me parece que esos tipos nos
arrojaron por la borda.
―¡Nos arrojaron por la borda! ―repitió Willis.
―Oh, no son capaces de semejante acción ―protestó Jim, con
acento preocupado. Moviéndose un poco por el patio, miró en derredor―. Oye,
Frank...
―¿Qué?
―¿Ves esas tres torrecillas que se alzan a la derecha? Desde
aquí se alcanza a distinguir la parte superior...
―Sí... ¡Caramba! ¡Me parece conocerlas!
―Es claro. ¡Vamos!
Corrieron y pronto se encontraron en una avenida. Ya no dudaron.
Estaban en la zona desierta de Charax. A tres kilómetros de distancia se
alzaban las cúpulas plásticas que protegían las construcciones de la Colonia.
Una vez en la Colonia los dos muchachos se separaron
dirigiéndose cada cual a su casa.
Jim esperó frente a la segunda puerta de entrada de su hogar que
la presión atmosférica se equilibrara, gozando por anticipado con la sorpresa
que daría a los suyos. Por el micrófono instalado en la puerta intermedia le
llegó la voz de su madre preguntando quién era, pero no contestó.
Por fin se encontró en el vestíbulo de la casa, frente a
Phyllis, que por un instante quedó helada y luego le echó los brazos al cuello,
gritando:
―¡Mamá! ¡Es Jimmy! ¡Es Jimmy!
Y Willis, saltando sobre la alfombra, coreó a la niña:
―¡Mamá! ¡Es Jimmy! ¡Es Jimmy!
La madre, pálida, apartó a Phyllis y lo abrazó llorando.
―¡Mi pobre hijito! ¿Estás bien?
―¡Naturalmente que estoy bien! ―protestó Jim, sintiendo su
rostro mojado por las lágrimas maternas―. Oye... ¿está papá?
La madre pareció repentinamente preocupada.
―No, hijito. A estas horas trabaja en el laboratorio... tú lo
sabes.
―Necesito hablarle inmediatamente.
―Está bien ―la señora Marlowe se dirigió al teléfono y llamó a
su esposo. Con pocas palabras le hizo comprender la necesidad de que regresara
inmediatamente.
Phyllis entretanto hablaba con su hermano.
―Eh, Jim... ¿qué has estado haciendo?
―Mira, chiquita, si te lo contara no me creerías...
―No me cabe la menor duda. Pero quiero saberlo igual. Todos
hemos pasado bastantes malos ratos por ti.
―No interesa. ¿Qué día es?
―Sábado.
―¿Qué sábado?
―Sábado 14 de Ceres.
Jim parpadeó. Le parecía imposible que en sólo cuatro días
hubieran pasado tantas cosas.
―¡Oh, menos mal! Todavía estoy a tiempo...
―¿Qué significa eso de "a tiempo"?
―No me comprenderías. Tendrás que esperar algunos años...
―¡Malo!
La madre se acercó.
―Tu padre vendrá en seguida. ¿Quieres comer algo?
―Oh, no tengo mucho apetito, pero me gustaría tomar algo
caliente...
―Está bien, hijito.
―Aprovecha y come todo lo que puedas ―terció la niña―, porque no
sabemos si podrás hacerlo cuando...
―¡Phyllis!
―¡Pero mamá! Estaba por decirle que...
―¡Cállate o vete a tu dormitorio!
La niña se rindió y dejó de hablar. Mientras Jim bebía una taza
de chocolate sintético, llegó James Marlowe.
―Me alegro de verte de regreso, hijo ―dijo, estrechándole la
diestra como si se hubiera tratado de un adulto.
―A mí me gusta estar de regreso ―Jim bebió de un trago el resto
de su taza y miró en derredor―. ¿Dónde está Willis? No podemos perder tiempo...
tengo que contarte algo muy serio.
―¡Deja a Willis! Quiero saber qué...
―¡Pero Willis es esencial en todo esto!
Willis apareció en ese momento y el muchacho lo alzó.
―Ya tienes a Willis. Ahora explícanos... ―comenzó a decir el
padre. Pero no pudo terminar pues Phyllis lo interrumpió.
―¡Hay una orden de captura contra ti, Jim! ―exclamó.
―¡Jane! ¡Por favor trata de que tu hija permanezca callada!
―¡Ya has oído a tu padre, Phyllis! ―exclamó la madre.
―¡Pero mamá! ¡Todo el mundo sabe que esa orden existe!
―Sí, pero tal vez tu hermano lo ignoraba y...
―Es inútil, mamá. Lo sé. Durante la mitad del viaje nos
estuvieron tratando de atrapar. Pero nosotros los burlamos. ¡Los policías de la
Compañía son tontos!
James Marlowe frunció el ceño.
―Oye, Jim ―dijo―. Voy a avisar al Representante de la Compañía
para avisarle que estás aquí. Pero no pienso entregarte. Cuando te rindas, yo
iré contigo hasta Syrtis Menor y hablaremos con las autoridades. Ahora quiero
saber...
―¿Rendirme? ¿De qué estás hablando, papá? ―Jim se puso de píe.
Marlowe pareció muy viejo y cansado.
―Tú sabes que yo te apoyaré, no interesa lo que hayas hecho.
Pero debes enfrentar la realidad como un hombre, hijo.
Jim miró a su padre seriamente.
―Papá: si crees que he recorrido casi dos mil kilómetros de
canales y desiertos para venirme a entregar aquí, estás equivocado. Quien me
quiera atrapar va a pasar un mal rato. Te lo aseguro.
―¡Hijo, no puedes hacer eso!
―¡Pues lo haré! ¿Por qué no esperas a saber lo que ha ocurrido
antes de hablar de rendición? ―su voz era algo aguda. Phyllis lo miraba con los
ojos enormemente abiertos y su madre lloraba.
―Tiene razón, James... ¿Por qué no lo escuchas primero?
―¡Es claro que quiero escucharlo! ―gritó Marlowe. perdiendo la
paciencia―. ¡Pero no puedo quedarme tranquilo oyendo cómo mi propio hijo habla
como un forajido!
―¡Habla de una vez, hijito! ―rogó la madre, enjugándose las
lágrimas.
Jim miró en derredor y repuso amargamente:
―No sé si tengo ganas de hacerlo. ¡Hermosa bienvenida que me
dan! ¡Cualquiera diría que soy un criminal fugitivo!
―Lo siento, hijo ―dijo su padre con mayor serenidad―. Veamos qué
ha ocurrido. Habla.
Con palabras entrecortadas que se hicieron cada vez más serenas,
el muchacho relató lo ocurrido.
―Esto es bastante complicado ―murmuró James Marlowe cuando su
hijo concluyó. Había tomado nota de todo el relato en un cuaderno que le
alcanzara Phyllis―. En realidad de no saber que eres un muchacho sincero,
creería que se trata de una novela inventada por ti.
―¿Sigues creyendo que debo entregarme?
―¡No, no! Déjame hacer a mí. Llamaré al Representante de la
Compañía y...
―¡Un momento, papá!
―¿Eh?
―Olvidé decirte algo...
―No debes dejar nada de lado, hijo... habla.
―Antes contéstame una pregunta... ¿No se supone que la Colonia a
esta altura del año debe comenzar su migración invernal?
―Sí... en realidad hubiéramos debido partir ayer, pero hubo una
contraorden postergando la fecha.
―No es una postergación, papá. Es una trampa. La Compañía no
piensa enviar este año la Colonia al norte.
―¿Qué? Eso es ridículo, hijo... ¡Esta región no es apropiada
para que permanezcamos en ella durante el invierno! ¿De dónde sacaste la idea?
―Ya verás... Vamos, Willis... repite aquello de
"Buenas tardes"... la conversación de Howe y
Beecher... ¿Recuerdas?
Willis repitió textualmente conversaciones sin importancia,
cantó "Adiós muchachos" y repitió noticiosos radiales, pero no pudo o
no quiso reproducir la conversación entre Beecher y Howe.
Jim estaba luchando con su amiguito, cuando sonó la campanilla
del teléfono.
―Atiende, Phyllis ―ordenó James Marlowe.
La niña así lo hizo y pronto regresó con la noticia:
―Es el Representante General de la Compañía, papá... quiere
hablarte... ―Marlowe fue al aparato.
―He sabido que su hijo ha regresado. Reténgalo que enviaré un
policía a buscarlo.
―No es necesario, señor Kruger. Mi hijo no se marchará y estoy
averiguando lo que ha ocurrido.
―Hay una orden de arresto contra él, Marlowe. Usted no puede
interferir con la justicia y...
―No se moleste en enviar a buscar a mi hijo, Kruger, No pienso
entregarlo.
Con estas palabras, James Marlowe cortó la comunicación. Casi de
inmediato el teléfono volvió a sonar.
―Si es Kruger, no quiero hablar con él ―exclamó Marlowe―. Le
diría algo que luego lamentaría...
Pero era el padre de Francis.
―¡Hola, James! Es Patt Sutton... tengo que hablar contigo.
Los dos hombres se pusieron de acuerdo para escuchar lo que
Willis tenía que contarles y Sutton anunció que iba de inmediato hacia la casa
de los Marlowe.
James Marlowe cerró la puerta principal y los túneles para
evitar que intentaran entrar en su casa por la fuerza. Casi al mismo tiempo
sonó el timbre de la puerta exterior.
―¿Quién es? ―preguntó el padre de Jim.
―Asuntos de la Compañía.
―¿Qué asuntos?
―Soy el Agente del Representante General de la Compañía en la
Colonia Sur. Vengo a buscar a James Marlowe hijo. Traigo una orden de arresto.
―Pues pueden marcharse. No pienso entregar a mi hijo.
Por un momento se escucharon murmullos y luego la primera puerta
se abrió para dejar salir a los agentes del Representante de la Compañía.
Sin embargo pronto hubo nuevos sonidos y el indicador de presión
indicó que el pequeño pasillo entre las dos puertas estaba ocupado otra vez.
―¡Si han regresado pierden su tiempo! ―gritó James Marlowe―.
¡Pueden volverse a marchar como vinieron, que no tengo la menor intención de
abrirles!
―¡Caramba! ¿Se trata los amigos? ―repuso la voz de Patt Sutton,
el padre de Francis.
―¡Perdón, Patt! ¿Estás solo?
―Con Frank. Tropecé con dos agentes del Representante, pero les
hice pasar un mal rato.
―¡Papá les dijo que si se me acercaban los iba a moler a palos
―esta vez era la voz juvenil de Frank, llena de orgullo―. ¡Y lo hubiera hecho!
Marlowe abrió la puerta y los Sutton entraron llenos de
entusiasmo.
―¡Veamos qué es lo que tiene que decirnos ese amigo de tu hijo!
―Yo estuve tratando de hacerlo hablar, pero no lo conseguí.
Francis se adelantó sonriendo.
―No probaron en la forma exacta... ―dijo―. A ver, Willis...
"¡Buenas tardes! ¡Buenas tardes, Mark! Siéntate, muchacho, siéntate".
De inmediato Willis reanudó la conversación sostenida entre Howe
y Beecher y la reprodujo con exactitud fonográfica.
Cuando todo terminó, James Marlowe miró a su amigo.
―¡Esto es terrible! ¿Qué hacemos?.
―¡No sé qué piensas hacer tú, pero yo me iré mañana mismo a
Syrtis Menor y no dejaré piedra sobre piedra!
―Sería una forma admirable de expresar nuestros sentimientos,
pero éste es un asunto que concierne a toda la Colonia. Yo propongo que citemos
a una Asamblea y expliquemos a los demás lo que ocurre.
―Tienes razón. ¡Pero le quitas todo el atractivo al asunto!
Marlowe sonrió sin alegría.
―Creo que antes que este asunto termine, tendrás toda la acción
que quieres y algo más...
Los dos padres llevaron a sus hijos al consultorio del doctor
McRae para que los examinara, pues temían que el prolongado ejercicio les
hubiera hecho daño,
―No vayan a salir de aquí por nada del mundo ―dijo Marlowe.
―¡Me gustaría que trataran de llevarnos los hombres de la
Compañía! ―repuso Jim, y Frank asintió vehementemente.
―Todo lo que quiero es que no los atrapen antes que hayamos el
asunto ese de la orden de arresto ―exclamó Marlowe―. Iremos a ver a Kruger y le
propondremos pagar el importe de la comida que ustedes sacaron de la despensa
del Colegio. Además pagaré por el daño que Willis hizo en la pared del despacho
de Howe...
―¡Pero papá! ―dijo Jim indignado―. ¡Howe no tenía derecho de
encerrar a Willis! Por eso el pobre rompió la pared...
―Creo que tu hijo tiene razón, James. Pagaremos la comida, pero
nada más ―terció Sutton.
―De acuerdo. Pero conviene que dejemos sin efecto todos los
cargos, fundamentados o no, porque pienso procesar a Howe por robo. Quiéranlo o
no, Howe intentó robar a Willis y a mi hijo, consiguiéndolo por unas cuantas
horas...
―No vas a contarle a Kruger que hemos descubierto los planes de
la Compañía, ¿verdad, papá? ―preguntó Jim―. Llamaría a Beecher para
informarlo...
―No le diremos nada hasta que hayamos citado a todos los colonos
a la Asamblea. Luego será demasiado tarde para telefonear vía Deimos, pues
dentro de dos horas habrá bajado la línea del horizonte y las comunicaciones
quedarán interrumpidas hasta mañana.
―Perfectamente, papá...
―Bueno, chicos. Entren en la casa del doctor, que nosotros
tenemos mucho trabajo por delante...
Los muchachos se despidieron de sus respectivos padres y
penetraron en el consultorio del viejo doctor McRae, que al verlos lanzó una
exclamación:
―Parece que tenemos peligrosos criminales de visita, ¿eh?
Adelante... en interés de la ciencia médica quiero que me cuenten todo lo que
han hecho...
Una hora y media más tarde, después de haber explicado todo al
médico, los dos muchachos se dejaron revisar para cumplir con las órdenes
paternas.
―Vivirán ―dijo McRae por fin―. Cualquier chico capaz de llegar
desde Syrtis Menor hasta Charax por sus propios medios, vivirá un buen rato si
no lo matan antes...
La Asamblea de la Colonia se reunió aquella tarde. Cuanto
Marlowe y Sutton llegaron al local, encontraron a los agentes de Kruger
cuidando la puerta de acceso.
―Tenemos que abrir antes de que comiencen a llegar los invitados
―dijo Marlowe. Pero el mayor de los agentes, un empleado de la Compañía llamado
Dumont repuso:
―¡Hoy no habrá reunión!
―¿Por qué no?
―Órdenes del señor Kruger.
―Esta reunión ha sido anunciada regularmente ―exclamó Marlowe―.
Hágame el favor de apartarse...
―Por favor, señor Marlowe. No empeore las cosas... ―dijo el
agente―. Tengo que cumplir mis órdenes...
En ese momento llegaron Jim y Frank, que se colocaron tras sus
padres sonriendo. Los cuatro estaban armados.
Dumont miró nerviosamente a padre e hijos.
―¡Ustedes no tienen derecho a ir armados dentro del confín
urbano de la Colonia! ―exclamó.
―¡Ah, conque ésas tenemos! ―Pat Sutton desenfundó su pistola y
la entregó a su hijo. Luego avanzó dos pasos, deteniéndose ante los agentes de
la Compañía―. Ahora bien: ¿se apartarán voluntariamente o prefieren que los
haga rodar por el suelo?
Sutton no era mucho más alto que Dumont, pero antes de emigrar a
Marte había sido ingeniero en zonas tan peligrosas como el planeta rojo, donde
había dependido de su fuerza y habilidad para la lucha para dominar a las
cuadrillas de obreros que trabajaran bajo sus órdenes.
El agente retrocedió un paso, y en ese momento a espaldas del
padre de Frank resonó una voz autoritaria:
―¡Oiga, Sutton! ¿Está usted interfiriendo con mis hombres?
Era Kruger, el Representante local de la Compañía Comercial de
Marte.
―No, Kruger... en realidad son ellos quienes interfieren
conmigo... dígales que se aparten.
Kruger sacudió la cabeza negativamente.
―La reunión ha sido cancelada.
James Marlowe avanzó hacia el Representante.
―¿En virtud de qué autoridad? La Asamblea ha sido citada por los
miembros del Consejo y de ser necesario puedo exhibirle a usted las firmas de
veinte colonos pidiendo que se realice. Con esto basta.
Pero el Representante de la Compañía era un hombre terco.
―Los Estatutos de la Colonia dicen claramente que las Asambleas
podrán reunirse tan sólo a los efectos de tratar asuntos de interés público. No
pienso consentir que ustedes agiten la opinión de la Colonia para salvar a sus
hijos del destino que merecen.
Mientras los dos hombres discutían, habían llegado numerosos
colonos citados para la asamblea.
―No reconozco que usted esté en lo cierto al decir que la suerte
de estos dos muchachos sea algo que no concierne a la colonia ―insistió
Marlowe―. La mayor parte de estas personas tienen hijos en edad escolar, que
están bajo la tutela, si así podemos llamarla, del Director Howe. Tienen
derecho de saber cómo son tratados sus hijos. Pero de cualquier forma le doy mi
palabra de honor que ni el señor Sutton ni yo hemos venido para hablar de
nuestros muchachos. ¿Le bastará esto y retirará sus agentes de la puerta?
―¿Cuál es el propósito de esta reunión? ―insistió Kruger.
―Se trata de algo que interesa a todos los habitantes de la
Colonia. Lo discutiré en el interior del recinto y no afuera.
―¡Hum! ―numerosos Consejeros estaban entre la multitud que se
había ido formando en torno a la puerta del recinto. Uno de ellos, Juan Montez,
carraspeó.
―¡Un momento, señor Marlowe! Cuando usted me avisó que se
realizaría esta reunión, no tenía idea de que el Representante de la Compañía
se opondría...
―El Representante no tiene voz ni voto en este asunto.
―Bueno... ¡pero esta situación es inaudita! ¿Por qué no nos
informa sobre los motivos de la Asamblea?
―¿Qué clase de pollino es usted, Montez? ―esta vez era el doctor
McRae―. Lamento haberlo votado... ¡No vaya a ceder, James!
―No tengo la menor intención de hacerlo, doctor. Quiero que toda
la Colonia esté en el recinto y las puertas cerradas cuando comience a hablar.
Montez y los demás Consejeros se reunieron aparte y cambiaron
ideas. Luego se adelantó el Presidente del Consejo, Hendrix, y encaró al padre
de Jim.
―Para evitar cualquier eventualidad, señor Marlowe ―dijo―, ¿no
quiere explicar usted al Consejo lo que ocurre?
Marlowe sacudió negativamente la cabeza.
―Usted autorizó la Asamblea cuando se lo pedí. En caso contrario
hubiera buscado veinte firmas de colonos para realizarla. ¿No se atreven a
enfrentar a Kruger?
―¡No los necesitamos, James! ―rugió el doctor McRae―. ¡A ver!
¿Quién quiere que se realice la reunión? ¿Quién quiere escuchar lo que Marlowe
tiene que decirnos.
―¡Yo quiero! ―contestó alguien.
―¿Quién es? ¡Ah, Kelly! ¡Muy bien, Kelly, adelántese! ¿No hay
otros dieciocho que se atrevan a estornudar sin pedir permiso a Kruger?
¡Hablen!
Dos minutos después había veinte hombres más junto a McRae, que
sin aguardar un instante se volvió hacia el Representante de la Compañía:
―¡Saque del camino a sus dos sabuesos, Kruger!
Kruger farfulló algo incomprensible; Hendrix lo tomó del brazo y
le dijo algo al oído. Luego hizo un gesto hacia los dos agentes de la Compañía,
que interpretaron el movimiento como una orden de Kruger y se marcharon
apresuradamente.
La multitud entró en el recinto y se ubicó. Kruger se sentó en
la última fila. Habitualmente lo hacía sobre la plataforma donde sesionaba el
Consejo.
Como ninguno de los consejeros se atrevió a presidir la reunión,
James Marlowe se ubicó en el estrado y golpeó el martillo para imponer
silencio.
―Vamos a proceder en orden. ¿Quién dirigirá el debate? ―exclamó.
―Hágalo usted, James ―era la voz del doctor McRae.
―¿Alguien propone un nombre?
―¡Lo propongo a usted! ―esta vez era Konski, otro de los
colonos.
―¿Nadie se opone? ―el asentimiento fue general y Marlowe
presidió la reunión. Para comenzar, informó a los presentes la forma en que su
hijo y Frank habían debido huir del Colegio, llevándose a Willis para salvarlo
de la codicia del Director Howe.
―¡Marlowe! ―exclamó Kruger cuando hubo escuchado parte del
relato.
―¡Diríjase a la presidencia, por favor! ―lo interrumpió el padre
de Jim.
―Está bien... señor presidente ―Kruger pareció morder las
palabras―. Usted me dio su palabra de que no se referiría al asunto de los dos
muchachos y está faltando a ella...
―¡En lo más mínimo! Mi hijo y Francis han traído noticias de
interés general.
―¡Eso es falso! Usted pretende...
―¡Silencio! Usted está fuera de la cuestión.
―¡Me niego a callarme! Esto es absolutamente irregular y....
―Señor Kelly... queda designado comisario de esta Asamblea.
Puede nombrar sus ayudantes para mantener el orden.
De inmediato el Representante de la Compañía se sentó y dejo de
protestar.
James Marlowe prosiguió explicando los pormenores del viaje de
los dos muchachos y habló luego de Willis. Todos los colonos conocían a los
"cabezas redondas de Marte" y sabían la extraordinaria facilidad con
que los pequeños seres reproducían sonidos y voces con absoluta fidelidad. Al
llegar su padre a esta parte de su exposición, Jim subió al estrado llevando
consigo a Willis.
―¡Vamos! ¡Hazle hablar! ―dijo en voz baja Marlowe.
―Trataré ―repuso el jovencito ―. ¡A ver, Willis! "¡Buenas
tardes!"
―¡Buenas tardes, Mark. Siéntate, muchacho, siéntate!"
―prosiguió Willis, reproduciendo íntegramente la conversación entre Beecher y
Howe.
Alguien reconoció inmediatamente la voz de Beecher y un murmullo
se extendió por la asamblea cuando el conocimiento circuló entre los demás.
Cuando la voz de Beecher comenzó a exponer su teoría sobre los
colonos, Kruger se incorporó a punto de interrumpirlo, pero Kelly, que se había
ubicado tras él, lo hizo sentar de un empellón forzándolo a mantenerse
silencioso.
Cuado Willis concluyó, se produjo un pesado silencio, que pronto
se convirtió en un murmullo amenazador.
Marlowe golpeó con su martillo sobre la mesa para imponer orden,
y un joven técnico llamado Andrews subió al estrado.
―Señor Presidente... ―dijo―. Sabemos la importancia de lo que
acabamos de oír. Pero... ¿Hasta qué punto podemos confiar en este animalito?
―No creo que Willis o cualquiera de sus congéneres sea capaz de
alterar una conversación que ha oído y mucho menos de inventarla. ¿Hay un
experto en biología experimental1? ¿Qué dice usted, doctor Ibáñez?
―Estoy de acuerdo con usted, señor Marlowe. Una conversación
complicada como la que acabamos de escuchar, está más allá del nivel mental de
un "cabeza redonda de Marte"... Tiene que ser real.
―¿Lo satisface esto, Andy?
―Hum... no. Todos sabemos que uno de estos animalitos no puede
inventar algo así, pero... ¿Es ésa la voz de Beecher? La hemos oído por radio,
nada más. ¿No será una imitación?
Alguien gritó desde la platea:
―Es Beecher... tuve que oírlo demasiadas veces cuando estuve
estacionado en Syrtis para equivocarme.
Andrews sacudió la cabeza.
―No podemos dejar un asunto tan serio sin resolver en forma
absolutamente cierta. Podría tratarse de un buen imitador.
Kruger había quedado demasiado asombrado para hablar; Beecher no
le había dicho nada sobre sus planes, pero en su despacho tenía suficiente
elementos de juicio como para comprender que lo que acababa de reproducir
Willis era real. Nada se había hecho para preparar la migración anual, y él lo
sabía.
Empero el comentario de Andrews le dio una pauta para
defenderse.
―Me alegro de ver que hay alguien suficientemente inteligente
como para no dejarse engañar ―dijo, levantándose―. ¿Cuánto tiempo tardó en
enseñarle eso, Marlowe?
―¿Lo amordazo, jefe? ―preguntó Kelly.
―No. Es algo que debemos enfrentar. ¿Alguien quiere formular
alguna otra pregunta?
Un hombre alto y flaco, que estaba sentado en la última fila, se
incorporó.
―Yo puedo zanjar la cuestión ―dijo.
―Adelante, señor Toland ―invitó Marlowe.
―Tengo que buscar algunos aparatos... en seguida vuelvo.
Toland era ingeniero electrónico y técnico de sonidos.
―Creo comprender lo que piensa hacer... va a comparar las
voces...
―Efectivamente. Tengo varios modelos de la voz de Beecher pues
Kruger me hizo grabar todos los discursos que transmitían por radio...
Mientras el técnico iba en busca de sus aparatos, la señora
Pottle reaccionó indignada contra las sospechas que se estaban demostrando en
el recinto y se negó a permanecer más tiempo escuchando los cargos que se
formulaban contra la Compañía.
―Tenía esperanzas de que nadie intentara salir del recinto
mientras no hubiéramos llegado a una decisión ―dijo Marlowe―. Si la Colonia
resuelve actuar, resultará ventajoso hacerlo sorpresivamente. ¡Señor Kelly...
no permita la salida a nadie!
―¡Encantado, jefe!
Toland regresó con sus aparatos; Willis volvió a repetir la
conversación, esta vez frente a un micrófono, y el técnico grabó en cinta
magnética una buena parte. Luego buscó palabras que se repitieran, como
"buenas tardes", "Compañía", "estimado", y las
hizo pasar por un analizador, que señalaba en una pantalla las distintas
oscilaciones de cada sonido. Hecho esto, seleccionó algunos párrafos de
discursos pronunciados por el Representante General de la Compañía Comercial de
Marte y los pasó también por el analizador.
Por fin se irguió y miró seriamente a los colonos.
―Es la voz de Beecher ―anunció con voz grave.
Nuevamente James Marlowe tuvo que golpear el martillo para
reclamar orden; luego alzó la voz y preguntó:
―¿Qué sugieren?
―¡Vayamos a Syrtis Menor y linchemos a Beecher! ―gritó alguien.
Marlowe propuso que se limitaran a cosas prácticas.
―¿Qué tiene que decir Kruger de todo esto? ―inquirió otra voz.
―Eso es... ¿Qué dice usted, señor Representante? ―preguntó James
Marlowe.
―Suponiendo que esa bestezuela haya dicho...
―¡Basta de tonterías! Toland probó que la conversación es real.
Kruger miró en derredor, enfrentándose con una decisión que no
alcanzaba a atreverse a tomar.
―Yo no tengo nada que ver. De cualquier forma, están por
transferirme...
McRae se puso de pie.
―Veamos, señor Kruger. Usted es el custodio de nuestros
derechos. ¿Acaso no piensa defenderlos?
―¡Caramba, doctor! Yo trabajo para la Compañía Comercial de
Marte. Si ésta es una decisión de la Compañía, y observe usted que aún no lo he
admitido, no puede esperar que vaya contra sus propios intereses...
―Yo también trabajo para la Compañía ―gruñó McRae―, pero no me
vendí a ella en cuerpo y alma... ―sus ojos se pasearon por los concurrentes―.
¿Qué dicen ustedes? ¿Echamos a patadas de aquí a este miserable?
Marlowe agitó el martillo para restablecer el orden.
―Siéntese, doctor. No tenemos tiempo para perder en locuras.
―Señor Presidente...
―¿Sí, señora Palmer?
―¿Qué sugiere usted que debemos hacer?
―Preferiría que las propuestas llegaran de la sala.
―Eso es una tontería. Usted debe de tener una opinión formada.
Después de todo, conoce este asunto desde mucho antes que nosotros
Marlowe advirtió que éste era el deseo de la mayoría.
―Está bien. Yo hablaré en mi nombre y en el del señor Sutton. La
Compañía tiene la obligación legal de proporcionarnos los medios de emigrar con
cada cambio de estación. Propongo que nos pongamos en marcha de inmediato.
―¡De acuerdo!
―¡Secundo la moción!
―¡Un momento! ¡Un momento! ¡Pido la palabra!
Se trataba de un hombrecillo preciso y escrupuloso llamado
Humphrey Gibbs.
―El señor Gibbs tiene la palabra ―dijo Marlowe, bajando el
martillo.
―Opino que no debemos tomar la ley en nuestras manos. Si no nos
envían los elementos necesarios para emigrar, debemos comunicarnos primero con
el general Beecher, en segundo término con el Directorio de la Compañía y en
definitiva, iniciar juicio frente a los tribunales regulares de la Tierra.
McRae se levantó como movido por un resorte.
―¿Le molesta a alguien que hable? ―inquirió con acento feroz―.
No quiero hollar el código de procedimientos... ¿Así que este pollerudo quiere
iniciar juicio? ¿Cuándo? ¿Cuando en el exterior haya ciento treinta grados bajo
cero? Si ustedes quieren que la Compañía cumpla con el contrato que ha firmado
con la Colonia, tienen que forzarla... ¿No se dan cuenta lo que hay en el fondo
de todo? La Compañía pretende traer más inmigrantes para ganar más dinero sin
invertir un centavo extra... en lugar de ampliar la Colonia, pretende tener
pobladas las dos latitudes simultáneamente... Pero el asunto no se relaciona
solamente con lo que podemos hacer o no. No es una cuestión de saber si es
posible vivir con una temperatura exterior de ciento treinta grados bajo cero. Se
trata de resolver de una vez por todas si Marte ha de ser una colonia gobernada
por amos que están a ochenta millones de kilómetros de distancia, o si seremos
hombres y mujeres libres. Cuando el proyecto de restauración de la atmósfera
marciana haya dado resultados positivos, vendrán millones de emigrantes en
busca de su lugar, para transformar los desiertos en campos fértiles. ¿Qué les
ofreceremos? ¿Una patria libre o una factoría? Ahora ha llegado el momento de
emanciparnos. ¡Ahora o nunca!
Se produjo un momento de silencio y luego resonaron algunos
aplausos.
James Marlowe golpeó con su martillo.
―¿Alguien más desea hablar? ―inquirió.
Patt Sutton se puso de pie.
―El doctor dijo lo que pienso yo mismo... nunca me gustó saber
que hay amos lejanos que usufructúan mi trabajo.
―¡Tienes razón, Patt! ―gritó Kelly.
―Rechazo la afirmación porque no tiene nada que ver con lo que
tratamos ―exclamó Marlowe―. Nos estamos refiriendo exclusivamente a la
migración invernal. Nada más.
Cuando llegó el momento de la votación, ninguno de los presentes
votó en contra de la moción de James Marlowe, si bien algunos se abstuvieron.
Luego se resolvió designar un Comité de Emergencia para dirigir
la migración. Se designó Presidente provisorio a James Marlowe padre, quien
imaginando la participación del doctor McRae en su designación, lo incluyó en
la lista de miembros ejecutivos del Comité.
La Colonia Sur tenía en aquellos momentos quinientos nueve
pobladores, contando desde él viejo doctor McRae hasta el bebé más pequeño.
Para realizar el viaje disponían de once coches-motor, lo que les dejaba muy
poca comodidad y ningún espacio para carga. Habitualmente las migraciones eran
realizadas en tres etapas distintas, contándose además con vehículos
supernumerarios provistos por Syrtis Menor.
El padre de Jim resolvió realizar el traslado de toda la
población en masa, considerando que era probable que el curso de los
acontecimientos permitiera a los colonos enviar más tarde a buscar sus
pertenencias de uso corriente. Muchos protestaron ante esta decisión, pero el
Comité de Emergencia la apoyó en su resolución y a nadie se le ocurrió citar a
una nueva reunión. El tiempo apremiaba demasiado.
La fecha de partida se fijó para el lunes a las cero horas.
Kruger permaneció arrestado en su oficina, bajo la custodia de
Kelly, que siguió siendo una especie de Jefe de Policía de facto.
El domingo por la tarde el propio Kelly fue a buscar a Marlowe
para avisarle que había llegado un coche-correo de la Compañía con dos policías
enviados por Beecher en busca de Jim y Francis. Evidentemente Kruger había
telefoneado a Syrtis Menor apenas enterado de la aparición de los muchachos.
―¿Dónde están ahora? ―preguntó.
―En la oficina de Kruger. Nosotros los arrestamos a ellos.
―Tráigalos. Quiero interrogarlos.
―Bien, jefe.
Kelly y un ayudante honorario escoltaron pronto a los dos
policías hasta la oficina del Presidente provisorio.
―¡Ustedes no pueden salirse con la suya! ―protestó uno de ellos.
―Nadie les ha hecho daño y pronto quedarán en libertad ―repuso
gravemente Marlowe―. Tan sólo quiero que contesten a algunas preguntas que
necesito formularles.
Empero lo único que obtuvo fueron una serie de gruñidos; diez
minutos después Kelly lo llamó por el teléfono interno con expresión
profundamente excitada.
―¡No me creerá si se lo digo, jefe! ―exclamó―. ¡Ese viejo zorro
de Kruger aprovechó mi momentánea ausencia para salir de su oficina y huir
utilizando el coche-correo de los dos policías! ¡Yo ni siquiera imaginaba que
podía manejarlo!
Marlowe hizo un esfuerzo para controlar sus sentimientos y se
mantuvo imperturbable...
―Tendremos que anticipar la hora de la partida. Dejen todo lo
que están haciendo y avisen que nos marchamos apenas se haya puesto el sol...
dentro de dos horas y diez.
Las protestas aumentaron de tono, pero cuando el sol rozó el
horizonte, el primer coche-motor abandonaba la Colonia, seguido por los demás
con quince segundos de intervalo entre cada uno. Cuando el astro-rey hubo
desaparecido por completo, la Colonia Sur había quedado totalmente desierta.
cap. 10
Encerrados
CUATRO de los coches-motor eran viejos modelos de marcha lenta,
que apenas alcanzaban los trescientos kilómetros por hora. La columna se vió
pues forzada a disminuir su velocidad para evitar que quedaran rezagados.
McRae y James Marlowe viajaban en el último coche, en el que se
había establecido el Cuartel General del Comité de Emergencia.
―¿Planea detenerse en Hesperidum, James? ―inquirió el viejo
doctor, mientras pasaban frente a la Estación Cynia sin disminuir la marcha.
Marlowe frunció el ceño.
―Prefiero no hacerlo ―repuso―. Si nos quedamos allí, significará
esperar hasta la puesta del sol a que el hielo se solidifique lo suficiente
como para ser seguro... eso nos haría perder un día íntegro y no estamos en
condiciones de desperdiciar tiempo alguno. Con Kruger suelto, Beecher se
enterará del asunto y podrá planear la mejor forma de detenernos...
La columna estaba cerca del Ecuador, donde los hielos se
licuaban todas las mañanas, helándose recién después de la puesta del sol y
retardando así la marcha.
―¿Qué planea hacer, capitán? ―inquirió entonces el médico.
―Seguiremos hasta los embarcaderos y nos apoderaremos de todos
los lanchones que haya en Syrtis Menor. Apenas los hielos se hayan fundido,
reanudaremos viaje hacia el norte. No tengo ningún plan, excepto forzar los
acontecimientos antes de que Beecher tenga tiempo de organizarse y tratar de
detenernos...
McRae asintió alegremente.
―Hay que ser audaces, muchacho. ¡Ésa es la clave del éxito!
―Temo que el hielo ceda y haya un accidente... si llega a morir
alguien, yo seré el responsable, doctor.
―Los conductores son suficientemente hábiles como para evitarlo,
James. Soy un hombre viejo y he aprendido que en la vida de tanto en tanto hay
que correr riesgos para poder seguir adelante... En caso contrario, el hombre
sería un simple vegetal, ¡listo para ir a la cacerola! Veo luces adelante,
James... debe de ser Hesperidum.
Marlowe no contestó, y poco después las luces quedaban tras la
columna.
Eran poco más de las nueve de la mañana cuando pasaron frente a
la estación de coches-correo de Syrtis Menor. Sin detenerse prosiguieron hacia
los muelles, ubicados en el punto terminal del gran canal del Norte.
Cuando el vehículo de Marlowe atracó, el Comité de Emergencia
descendió en pleno y pronto los pasajeros de los demás coches comenzaron a
bajar al muelle. Marlowe llamó a Kelly:
―¡Dígales que permanezcan donde están! ―ordenó. Al oírlo, Jim se
colocó tras él, tratando de pasar inadvertido.
En los muelles no había ninguna embarcación. Marlowe miró
irritado hacia los depósitos.
―Bueno, doctor... ―dijo a McRae, que estaba a su lado―. Estoy en
la copa del árbol... ¿cómo bajo?
―Hubiera sido peor detenernos en Hesperidum, James.
―No estamos en mejor situación aquí.
Un hombre salió de la hilera de depósitos y se dirigió hacia el
muelle.
―¿Qué es esto? ―inquirió―. ¿Un circo?
―Es la migración de la Colonia Sur.
―Me estaba preguntando cuándo pensarían viajar... Hasta ahora no
había oído nada al respecto.
―¿Dónde están los lanchones?
―Diseminados por los canales del norte... yo no tengo nada que
ver. Llame a la Dirección de Tráfico.
Marlowe frunció el ceño.
―¿Hay un teléfono por aquí? ―preguntó.
―En mi oficina. Yo soy el guardián de los depósitos... vaya y
hable.
―Gracias.
McRae lo siguió a la oficina.
―¿Qué planea hacer, hijo?
―Voy a llamar a Beecher.
―Tiempo perdido.
―¡Hay que solucionar el problema del alojamiento para esta
noche, doctor! En los coches tenemos quinientos seres humanos esperando...
mujeres y niños. ¡No pueden pasar la noche sentados!
McRae se encogió de hombros.
―Usted es el cocinero de este pastel ―dijo simplemente.
Marlowe llamó por teléfono a Beecher. En la pantalla televisora
apareció el rostro del Representante General de la Compañía de Marte, que lo
miró sin reconocerlo.
―Hable, buen hombre. ¿Ocurre algo en los depósitos?
―Soy Marlowe, Presidente provisorio del Comité de Emergencia de
Colonia Sur. Tengo quinientas personas en los muelles. Necesito alojamiento
para esta noche y barcazas para seguir viaje mañana rumbo al norte. ¿Qué
hacemos?
Beecher sonrió con expresión desagradable.
―¡Ah, el famoso señor Marlowe! ―exclamó―. Mire, Marlowe, su
gente puede regresar esta misma noche al punto de partida. Usted y su hijo se
quedarán aquí para ser sometidos a juicio.
Marlowe estaba por responder, pero haciendo un esfuerzo se
contuvo y cortó la comunicación.
―Tenía razón, doctor. No valía la pena perder tiempo
hablándole... ―murmuró.
―¡Bah! No nos perjudicó en lo más mínimo.
En el muelle Kelly había tendido una línea de ayudantes armados
protegiendo los coches. Marlowe se le acercó.
―¿Qué ocurre?
―Vi a uno de los sabuesos de Beecher husmeando por aquí y adopté
algunas precauciones elementales, jefe ―repuso Kelly.
―Usted es mejor general que yo... bien hecho.
―¿Por qué no lo detuvo para interrogarlo? ―inquirió McRae.
―No quise disparar contra él.
―Mal hecho ―gruñó el belicoso médico.
―¿Qué es esto? ―preguntó Kelly, dirigiéndose a Marlowe―. ¿Una
guerra o un incidente con la Compañía?
―No se preocupe, Kelly. Procedió correctamente.
McRae lanzó un resoplido de fastidio. Marlowe lo miró.
―¿No está de acuerdo, doctor?
―Mire, James, esto me recuerda un caso que presencié en el Oeste
norteamericano hace muchísimo tiempo. Un respetable ciudadano baleó por la
espalda a un conocido pistolero. Cuando le preguntaron por qué no le había dado
una oportunidad de defenderse, contestó: "Porque me hubiera matado; así
está muerto él y yo sigo viviendo". Si en este asunto usted se comporta
como un buen deportista, está dándoles ventaja a ellos, que son un grupo de
canallas.
―No tenemos tiempo para contar anécdotas dudosas, doctor. Hay
que acomodar a esta gente para que pasen la noche bien...
―Está equivocado. El primer punto es otro.
―¿Cuál?
―Formar una fuerza de voluntarios para capturar a Beecher y los
jefes de la Compañía estacionados aquí. Yo me ofrezco para conducir a los
hombres.
―¡Eso queda fuera de la cuestión! ―exclamó irritado Marlowe, con
un gesto de fastidio―. Somos un grupo de ciudadanos que queremos hacer valer
nuestros derechos, no una banda de forajidos.
McRae sacudió la cabeza con tristeza.
―Usted no justifica ni siquiera las acciones que ha realizado,
James... Para Beecher nosotros ya somos delincuentes ¡y así piensa tratarnos!
―¡Tonterías! ¡Lo único que hacemos en forzarlo a cumplir un
contrato! ¡Si se comporta como debe, reconoceremos su autoridad!
―¡La única forma de tratar a las víboras es aplastarles la
cabeza, hijo!
―Doctor McRae, si usted está tan seguro sobre los métodos que
debemos emplear, ¿por qué no aceptó la jefatura del grupo en lugar de
proponerme a mí?
El médico enrojeció.
―Le pido disculpas, señor Marlowe. ¿Cuáles son sus órdenes?
―Usted conoce Syrtis Menor mejor que yo, doctor. ¿Dónde podemos
alojarnos?
Jim creyó oportuno tomar la palabra.
―Papá, estamos cerca del Colegio y...
―¡Silencio, hijo! ¡Este no es momento para charlar!
―¡El chico tiene razón, James! ―exclamó el médico―. ¡En el
Colegio hay comodidad para todos, camas y cocina!
―Hum... tal vez así sea. ¿Convendrá instalar a las mujeres y las
criaturas en la sección femenina?
―No divida nuestras fuerzas, James ―aconsejó el doctor McRae―. Y
lo digo arriesgándome a que me vuelva a retar...
―Tiene razón, doctor. ¡Kelly!
―¡Sí, jefe!
―Que todos bajen al muelle. Ponga un hombre a cargo de cada
columna. Vamos a ocupar el Colegio.
―¡Comprendido!
En las calles de Syrtis Menor, en el sector terrestre por lo
menos, había poco tránsito. Los caminantes preferían comunicarse por los
túneles; así, los pocos que se cruzaron con los colonos, no intentaron
interferir, ni siquiera averiguar qué ocurría.
En el vestíbulo del Colegio estaba Howe, con su máscara, a punto
de salir. Los primeros veinte colonos que entraron lo detuvieron.
―¿Quiénes son ustedes? ―inquirió con acento ofendido el
Director.
―Me llamo Marlowe ―dijo el Presidente provisorio del Comité de
Emergencia―. Tenemos que ocupar por esta noche el edificio para alojar a las
familias de la Colonia Sur.
―¡Absurdo! ¡Ustedes no pueden hacer esto! ―rugió Howe. Pero los
colonos lo forzaron a entrar nuevamente al edificio.
―Pero... ―murmuró. Luego pareció pensarlo mejor y se alejó por
un corredor.
Treinta minutos más tarde Marlowe, McRae y Kelly clausuraban la
entrada tras el último grupo de colonos. En el gran hall los aguardaba Sutton.
―Tengo noticias agradables, James ―dijo―. La señora Palmar me
informa que dentro de treinta minutos estará preparada la comida.
―Me alegro. Ya sentía apetito.
―La cocinera del Colegio está que trina. Quiere hablarte.
―Atiéndela tú. ¿Dónde está Howe?
―Que me registren... Lo vi alejarse con aire de querer tragarse
a medio mundo.
Entretanto los hijos de los colonos que estaban internados en el
colegio corrían a abrazar a sus padres. Pronto corrió la voz de las
indignidades que Howe había hecho sufrir a los muchachos. Kelly palmeaba la
espalda de una réplica reducida de sí mismo, que a su vez le golpeaba el hombro
alegremente.
Un hombre se acercó a James Marlowe y le habló al oído.
―Howe está escondido en su despacho ―le dijo.
―Déjelo que se quede allí. ¿Quién es usted?
―Jan van der Linden, profesor de Ciencias Naturales. ¿Y usted?
―James Marlowe. Estoy a cargo de la migración por razones de
fuerza mayor. Oiga... ¿puede hacernos el favor de separar a los alumnos
externos y mandarlos a sus casas? Tendremos que quedarnos en el Colegio un día
o dos.
El profesor miró dubitativamente a Marlowe.
―Al señor Howe no le gustará que proceda sin sus órdenes
específicas ―dijo.
―Es algo que pienso hacer de cualquier forma. Usted puede
apresurar las cosas. Por otra parte, yo me hago responsable.
Entretanto, Jim vio a su madre entre los que entraron últimos.
Sostenía al pequeño Oliver en sus brazos y parecía muy fatigada. A su lado
estaba Phyllis.
―¡Mamá! ―gritó, corriendo hacia ella―. Ven, que tengo un sitio
para ti... Así podrás descansar cómodamente.
―¡Oh, no podría dar un sólo paso, hijito!
―¡Vamos! ―suavemente forzó a su madre a seguirlo basta el
dormitorio que ocupara con Francis y la hizo tender en su cama―. Ya estás
mejor, ¿verdad?
―¡Eres un ángel, Jimmy!
―Phyl, tú puedes traerle luego algo de comer... ahora cuídame a
Willis.
―¿Por qué? ¡Quiero ver lo que pasa afuera!
―Tú no eres más que un estorbo en el camino... ¡no te muevas de
aquí!
―Tengo tanto derecho como tú y...
―¡No peleen, chicos! Nosotros cuidaremos a Willis, hijo...
Avísale a tu padre que estamos aquí ―intervino la madre.
En el salón de actos del Colegio se realizaba una Asamblea. En
el momento en que llegó Jim, hacía uso de la palabra un colono llamado
Linthicum, un hombre corpulento y de aire agresivo.
―¡Sostengo que el doctor tiene razón! Necesitamos los botes,
Beecher los tiene, pero no quiere entregarlos, ¿verdad? ¡Pues vamos a tomarlos!
La Compañía no dispone de más de ciento cincuenta hombres armados... nosotros
somos el doble. ¡Propongo que vayamos a buscarlo y lo obliguemos a cumplir con
su parte del contrato!
McRae alzó los ojos al cielo y murmuró:
―¡Dios me proteja de mis amigos!
Otros colonos pidieron la palabra. Marlowe se la concedió a
Humphrey Gibbs.
―Señor Presidente... vecinos... ¡nunca oí un discurso más
absurdo y alocado! El señor Marlowe nos convenció de embarcarnos en esta
absurda aventura, que nunca aprobé totalmente, y ahora nos hallamos en una
situación desesperada. ¡Propongo que acudamos a los medios legales y no a la
fuerza!
―Si quiere decir que debemos pedir transporte adecuado al
general Beecher, ya lo hemos hecho y se negó...
Gibbs sonrió acremente.
―Me perdonará si le digo que a veces la personalidad del
peticionante influye en el ánimo de quien escucha el pedido... ¿No sería
inteligente hacer que el Director Howe hable por nosotros al general Beecher?
―¡Sería la última persona en hacerlo! ―lo interrumpió Sutton.
―¡Dirígete a la presidencia, Patt! ―le observó Marlowe. Sus ojos
se pasearon sobre los presentes―. Yo creo lo mismo, pero si alguien piensa lo
contrario, pienso que lo correcto es hacer la prueba. ¿Dónde está Howe?
―Sitiado en su despacho ―repuso Kelly con una sonrisa de
profunda satisfacción―. Hay un asuntito personal que quiero arreglar con él y
no me deja...
―¡Caramba, señor Kelly! ―exclamó escandalizado Gibbs.
―Supongo que el señor Kelly dejará de lado su cuestión personal
si se lo pedimos ―insinuó Marlowe, golpeando con el martillo sobre la mesa para
imponer orden.
Se votó y los únicos que demostraron interés en que interviniera
Howe en aquel asunto fueron el propio Gibbs y el matrimonio Bottle.
―Queda por determinar el curso de nuestras próximas acciones.
¿Peleamos o tratamos de negociar? ―insistió Marlowe.
―Soy partidario de tomar lo que necesitamos ―dijo Konski―, pero
tal vez no sea ése el camino. ¿Por qué no volvemos a hablar con Beecher, señor
Marlowe?
Así se hizo. Beecher apareció en la pequeña pantalla con
expresión satisfecha.
―¡Ah, mi buen amigo Marlowe! ¿Llama para entregarse?
Marlowe explicó en forma impersonal el pedido del llamado.
―¿Lanchones para viajar a Copais? ―repuso sardónicamente
Beecher―. Los coche-motor estarán listos a medianoche para que regresen a
Colonia Sur. Quienes lo hagan tranquilamente, escaparán al castigo merecido por
sus acciones. Usted no, naturalmente...
―¿Es ésta su última decisión?
―¡Algo más... suelte inmediatamente al señor Howe o a los cargos
que pesan sobre usted agregaremos el de secuestro.
―Howe puede abandonar el edificio cuando quiera. Está
perfectamente seguro en su despacho, y si no quiere salir es por un asunto
personal con el padre de uno de sus alumnos... yo nada tengo que ver con él.
Beecher meditó un momento.
―¡Tiene que darle un salvoconducto! ―insistió.
―Se equivoca, ¡No pienso interferir con las cuestiones
personales de mis compañeros!
Beecher lo miró un momento y luego interrumpió la comunicación.
Marlowe se rascó el mentón.
―No puedo tener prisionero a Howe, pero mientras se quede en
este edificio, estamos a salvo de cualquier idea absurda que se le ocurra a
Beecher... Parecía muy seguro de su poder.
―Trataba de engañarnos ―observó Kelly.
―No lo creo. ―Marlowe volvió al salón de actos y explicó la
conversación sostenida. De inmediato la señora Pottles se puso de pie.
―¡Mi marido y yo aceptaremos el amable ofrecimiento del general
Beecher y regresaremos a Colonia Sur inmediatamente! ¡Y espero que ustedes sean
castigados en forma adecuada por su conducta! ¡Vamos, querido!
Seguida por su esposo, que trotaba tras ella como una obediente
sombra, la mujer abandonó el recinto.
Marlowe miró en derredor.
―¿Alguien más quiere salir? ―dijo.
Gibbs se apresuró en marcharse tras el matrimonio.
―¡Propongo que nos organicemos para entrar en acción! ―mocionó
entonces Toland.
Todos estuvieron de acuerdo en confirmar a Marlowe como jefe de
la Colonia. En ese momento reapareció Gibbs, pálido y tembloroso.
―¡Están muertos! ―exclamó―. ¡Los mataron!
―¿A quién? ―inquirió James Marlowe.
―¡A los Pottles! ¡Casi me alcanzan también a mí! ―cuando se
tranquilizó como para articular su historia, explicó que habían salido, la
señora Pottles al frente como de costumbre. Pero mientras él se ajustaba la
máscara tras la puerta, una lengua de fuego había abatido al matrimonio,
matándolos instantáneamente. Gibbs pareció sufrir un ataque de nervios y
comenzó a gritar, señalando a Marlowe―. ¡Ha sido su culpa! ¡Usted es
responsable!
―¡Un momento! ―lo interrumpió Marlowe violentamente―. ¿Iban
desarmados, verdad?
Gibbs asintió y se apartó. McRae lanzó una interjección.
―No es ésa la cuestión ―exclamó―. ¡El hecho es que estamos
encerrados!
cap. 11
Trampa mortal
Las palabras del doctor McRae resultaron terriblemente ciertas.
Las dos salidas del Colegio estaban cubiertas por policías de la Compañía, que
apuntaban con sus armas, bloqueando totalmente el paso.
Por desgracia el Colegio estaba alejado de la población y no
tenía túnel alguno que lo conectara con otros edificios.
―Ahora podemos llevar adelante nuestras decisiones, sea como sea
―dijo Marlowe cuando el silencio se hubo restablecido―. Pero antes, si alguien
más quiere rendirse, que lo haga. Estoy seguro que los Potles salieron
apresuradamente y los policías creyeron que trataban de huir. Si ven aparecer a
alguien con las manos en alto, comprenderán...
Sin hablar, con la vista baja, media docena de matrimonios
aceptaron el ofrecimiento de Marlowe y salieron del salón.
Luego los demás comenzaron a planear la forma en que podían
librarse de aquella situación. Toland y Sutton recibieron el encargo de
fabricar escudos portátiles que permitieran rechazar las descargas de energía
de las pistolas de los guardias y se dirigieron al laboratorio del Colegio para
ponerse a trabajar.
Entretanto Jim y Frank discutían las posibilidades que tenían de
pedir auxilio a Gekko y sus amigos marcianos.
―Bastaría que media docena de ellos se pasearan frente a la
puerta principal del Colegio para que pudiéramos salir sin que los agentes de
la Compañía se atrevieran a disparar por temor de herirlos... ―decía Frank―. Ya
sabes las tremendas dificultades que hubo para instalar los puestos
comerciales. La Compañía no puede darse el lujo de pelear contra los marcianos
y Beecher lo sabe.
Jim lo pensó. En aquella idea había algo práctico y
realizable...
―El problema es... ¿Cómo avisaremos a Gekko?
Francis hizo un gesto.
―Willis puede hacerlo.
―¿Willis? ¡Lo matarán!
―¿Por qué habrían los guardias de disparar sobre Willis? Además,
es preferible que corra cierto pequeño riesgo él y no uno de nosotros...
―No... no me convence tu idea. Frank se encogió de hombros.
―En tal caso tal vez prefieras ver a tu madre y tu hermanito
pasando un invierno en Colonia Sur...
Jim inspiró profundamente y oprimió los puños.
―Está bien ―dijo por fin―. Llamemos al doctor McRae para que
prepare el mensaje en dialecto marciano... él lo habla mejor que nosotros.
Buscaron al doctor y lo encontraron gesticulando y gritando en
el teléfono.
―¡Quiero hablar con el doctor Rawlings! ¡Exijo que lo llamen!
Díganle que es el doctor McRae... ¡Ah! ¡Hola. Rawlings! ¿Cómo va el negocio?
¿Sigues enviando tus errores al crematorio? Claro... claro... todos nos
equivocamos. Oye... estamos aquí sitiados en el Colegio. S... I... T... I...
A... D... O... S. Sí. No. No hay motivo alguno. Se trata de ese retardado
mental de Beecher, que en lugar de cumplir con su contrato trata de asesinar a
los colonos. Acaban de matar al flaco Potter y la mujer. ¡No bromeo, hombre!
Puedes ver los cadáveres tirados en la calle, frente a la entrada del Colegio.
Si vienes... ―la pantalla se oscureció repentinamente y McRae dejó de hablar.
Acababan de desconectar el teléfono.
―¿Qué estaba haciendo, doctor? ―preguntó Jim.
―Hablando con personas importantes de Syrtis Menor... hasta que
cortaron la línea. Por lo menos logré comunicarme con tres…
―Oiga, doctor... ¿puede perder unos minutos?
―¿Qué ocurre? Tengo que hacer unas cuantas cosas, chicos.
―Tenemos una idea que puede resultar ―explicóle Francis―.
Escuche... McRae prestó atención y sus ojos brillaron.
―Buena idea, Frank. Tendrías que dedicarte a la política...
Busquen al animalito y encuéntrense conmigo en el aula C. La estoy usando de
oficina.
Una vez en el salón de clases, el doctor McRae tradujo el
mensaje que los muchachos querían enviar a Gekko pidiéndole ayuda, y luego Jim
lo leyó frente a Willis, con cierta dificultad en su pronunciación.
―A ver... repítelo, Willis ―dijo cuando hubo terminado.
―¡Salud! ―comenzó a decir Willis en marciano―. Este es un
mensaje de Jim Marlowe, hermano de agua de Gekko...
El mensaje prosiguió textual y con la voz de Jim, hasta su parte
final. Jim entonces explicó pacientemente a Willis que tenía que buscar a un
marciano y hacérselo oír, para que lo llevaran hasta donde estaba Gekko.
―¡Puede que resulte! ―dijo por fin con un suspiro―. ¡Si Willis
no se distrae, entregará nuestro mensaje!
Cargando al pequeño ser en sus brazos, el hijo de Marlowe se
dirigió a la puerta exterior, se colocó la máscara y la abrió. Willis echó a
correr en zig-zag. Nada ocurrió. Jim, maldiciendo su falta de imaginación,
pensó que hubiera debido llevar un espejo para usarlo a modo de periscopio y
seguir los progresos de su amiguito sin asomar la cabeza. Por fin, desesperado
ante la incertidumbre, entreabrió nuevamente la puerta y se asomó. Casi de
inmediato oyó un crujido sobre su cabeza y la madera y el plástico del marco
lanzaron olor a quemado. Rápidamente cerró la puerta: uno de los guardias había
disparado contra él.
Volviendo junto a sus amigos, el jovencito hizo un esfuerzo
infructuoso para librarse de la desagradable sensación que tenía en la boca del
estómago. En su fuero íntimo estaba seguro que nunca volvería a ver a Willis.
cap. 12
¡No hagan fuego!
EL día transcurrió lentamente para Jim y Frank. Nada podían
hacer; los jefes naturales de la Colonia sostenían frecuentes consultas, pero
los muchachos no fueron invitados a ninguna.
Comieron con cierto alivio, en parte porque tenían apetito y en
parte porque la cocina quedaría desierta después de la cena, lo que les dejaría
mayor libertad de movimientos para usar el vertedero de basura si resolvían
hacerlo; Jim estaba seguro que Willis había fracasado en su misión y que la
única posibilidad que les quedaba era intentar salir al caer la noche por el
mismo camino que utilizaran durante su fuga días atrás.
Estaban discutiendo esta posibilidad, cuando repentinamente las
luces se apagaron. Al mismo tiempo un silencio profundo se hizo en todo el
edificio.
El aire acondicionado había dejado de circular.
Luego una mujer gritó y tras ella otras. Los niños pequeños
comenzaron a llorar.
Jim vio de pronto que una luz se movía por uno de los corredores
y oyó la voz de su padre, que llevaba una linterna en la mano y trataba de
tranquilizar a las mujeres.
―¡Ustedes vayan a dormir, muchachos! ―dijo Marlowe al divisar a
Jim y Frank.
Del otro extremo del corredor llegaba la voz del doctor McRae,
rugiendo sus órdenes para que los que lloraban dejaran de hacerlo.
―Tal vez éste sea un buen momento para abandonar el Colegio, Jim
―sugirió Francis―. Nadie nos prestará atención, con tanta oscuridad...
―No... en la cocina hay gente y nos oirán.
McRae apareció frente a ellos y Jim lo detuvo.
―¿Cuánto tardarán en arreglar el desperfecto de las luces,
doctor? ―le preguntó.
―¿Bromeas, hijo?
―¿Por qué, doctor?
―Ésta es una de las sucias tretas de Beecher para hacernos
rendir. Ha desconectado los cables que traen energía al Colegio desde la usina
y las máquinas se han parado...
―¿Está usted seguro?
―No cabe la menor duda. Hemos comprobado el funcionamiento de
los motores y están perfectamente. Beecher espera que nos rindamos a causa del
frío y la falta de oxígeno...
Las palabras del doctor parecieron proféticas. La temperatura
del edificio comenzó a descender bruscamente, y la presión atmosférica
disminuyó en forma considerable.
En el hall estaban reunidos Marlowe y sus ayudantes; Jim y
Frank, aprovechando la semipenumbra que dejaban las linternas, se adosaron a la
pared para no perder nada de lo que allí ocurría.
Joseph Hartley, uno de los técnicos en hidroponía de la Colonia,
acompañado por su esposa que llevaba en brazos la cuna hermética de su pequeña
hija, buscó a Marlowe.
―Señor... hay que hacer algo inmediatamente.... mi hijita acaba
de tener difteria y no puede pasar mucho tiempo así... el frío le haría daño
―le dijo.
McRae se adelantó y observó a la criatura con su linterna.
―A mí me parece que está bastante bien, Joe... ―dijo―. Claro que
no puedo sacarla de la cuna para revisarla, pero a simple vista creo que...
―¡No trate de serenarme, doctor! ―lo interrumpió Hartley
indignado―. ¡Mi hijita no está bien! ¡Ustedes tienen que hacer algo!
Marlowe miró serenamente al joven.
―Si quiere puede entregarse ―le dijo. Luego le volvió la espalda
y se separó del pequeño grupo.
Hartley pareció a punto de contestar algo, pero su esposa le
tocó el brazo y ambos se dirigieron hacia la entrada principal.
―¿Qué esperan de mí? ―inquirió Marlowe a McRae―. ¿Milagros?
McRae suspiró.
―Exacto, muchacho. La mayor parte de la gente nunca crece...
todos esperan que alguien solucione todo por ellos.
―Si Sutton y Toland no logran armar el escudo que les pedí, no
sé qué ocurrirá...
―No podemos esperar más tiempo, muchacho ―el viejo doctor
suspiró―. Habrá que salir y atacar a la gente de Beecher. Yo iré al frente.
―¡Eso nunca, doctor! ¡Yo iré al frente!
―Usted tiene mujer e hijos que cuidar, James. Yo soy un viejo
solterón que hubiera debido morirse hace veinte años. No tengo nada que perder.
―¡Yo soy el responsable de este asunto y saldré al frente!
―¡En tal caso, me niego a obedecer!
La discusión fue interrumpida por un fuerte sollozo. La puerta
de salida se abrió para dar paso a la esposa de Hartley, que lloraba abrazada
histéricamente a la cuna de su hijita. Su esposo había sido muerto al salir del
edificio.
Era la escena de la muerte de los Potter reproducida con toda
exactitud. Joseph había salido primero, con los brazos en alto. Un reflector
iluminaba la entrada en forma tal que su figura se divisaba claramente. Pero
apenas Hartley había dado dos pasos, la descarga se produjo, derribándolo sin
vida.
McRae se volvió hacia los otros.
―Que alguien me alcance una silla ―ordenó―. Tú, Jim... ven
conmigo. Tengo una idea.
El médico salió con Jim y la silla, y regresó cinco minutos
después. El respaldo de la silla estaba perforado por varias quemaduras.
―Como lo sospechaba ―dijo―. Hay un dispositivo automático...
―¿Cómo? ―inquirió Marlowe.
―Un rifle apuntando hacia la puerta, con una célula
fotoeléctrica conectada a su mecanismo. Cuando alguien se cruza en su camino,
dispara. Pero lo importante es que lo hace a unos setenta centímetros por
encima del suelo... un hombre con buen sistema nervioso puede deslizarse por
debajo de la línea de tiro...
James Marlowe meditó un minuto y luego se volvió hacia Kelly:
―¡Consígame veinte voluntarios, Kelly! ―le ordenó.
Los voluntarios fueron doscientos... Marlowe aceptó únicamente a
los hombres solteros y mayores de edad.
―Usted queda a cargo, doctor ―dijo a McRae―, Si dentro de dos
horas no he regresado, resuelva según su juicio...
Con estas palabras, el padre de Jim salió seguido de sus
hombres.
Apenas la puerta se hubo cerrado, McRae se volvió hacia Jim y
Frank, que estaban con él.
―¡Muy bien! ¡Búsquenme otros Veinte voluntarios!
―¿Cómo? ―era Kelly―. ¡Marlowe dijo que esperara dos horas!
―Tú dedícate a tu tejido ―repuso el médico―. ¡Vamos, muchachos!
Frank y Jim lo siguieron con otros dieciocho hombres.
Una vez que la puerta estuvo abierta, el doctor esperó un
momento. Los cuerpos retorcidos del matrimonio Pottle y del desdichado Joseph
Hartley estaban fiados donde cayeran.
―Denme la silla y les demostraré el truco ―dijo el médico. Así
lo hizo. Dos rayos violáceos partieron del extremo de la calle y perforaron el
respaldo de la silla, a la altura de los otros.
―¡Que pase el primero! ―ordenó McRae. Jim tragó saliva y se
adelantó―. ¡Vamos!
El muchacho se echó de bruces y comenzó a arrastrarse hacia el
extremo de la calle, llevando su pistola en la mano. Nada ocurrió y llegó hasta
la esquina, que estaba sumida en profundas tinieblas.
A su izquierda había una curiosa armazón. Alguien se le acercó y
al verlo girar, pistola en mano, exclamó:
―¡No tires! ¡Soy yo! ―era Frank.
―¿Y los otros?
―Creo que me siguen...
Una luz brilló entre los edificios, tras el armazón de donde
surgían los rayos.
―Creo que alguien viene ―susurró Jim.
―¿Puedes verlo? ¿Tiramos?
―No sé...
Alguien más se acercaba, desde el extremo opuesto de la calle.
En el sitio donde brillara la luz se produjo una descarga. El rayo pasó por
encima de las cabezas de los muchachos y Jim contestó casi con un movimiento
reflejo.
―¡Lo derribaste! ―exclamó Frank.
Jim advirtió que estaba temblando.
―¿Y el tipo que estaba a mis espaldas? ―inquirió.
―Aquí viene...
―¿Quién disparó contra mí? ―inquirió el recién llegado, sin
levantarse del suelo―. ¿Dónde están?
―En ningún lado ―repuso Frank―. ¡Era uno solo y Jim lo derribó!
―¡Ah! ―el recién llegado era Smythe.
―¡Tú! ¡El hombre práctico! ―exclamó Francis, en el colmo de la
sorpresa.
―¿Qué tiene? Los seguí porque los dos me deben dinero ―dijo el
muchacho con acento indignado.
―Creo que por lo menos Jim pagó su parte...
―No veo por qué. Se trata de dos asuntos totalmente distintos.
Los demás del grupo seguían llegando y por fin apareció el
doctor McRae.
―¡No se queden amontonados, cerebros de mosquito! ―bufó-―. Vamos
a atacar las oficinas de la Compañía. ¡Al trote! ¡No se amontonen, les digo!
―¿Por qué no desarmamos ese aparato antes, doctor? ―preguntó
Jim―. Yo abatí al tipo que montaba guardia en la esquina...
―¿Hay alguien con conocimientos técnicos suficientes como para
hacerlo? ―inquirió el doctor.
Uno del grupo se ofreció y se deslizó rápidamente hacia el
artefacto que bloqueaba tan efectivamente la salida del Colegio.
Cinco minutos después regresaba al trote.
―¡Listo!
―¿Seguro?
―Absolutamente. Corté todas las conexiones y después inutilicé
el aparato.
―Perfecto ―McRae se volvió hacia otro del grupo―. Vaya y avise a
Kelly que hemos desarmado el rifle que cubría la salida... El resto, que me
siga.
Avanzaron en las tinieblas; McRae dividió sus fuerzas para
atacar por todos los sectores simultáneamente y él mismo se dirigió hacia la
puerta principal del edificio.
Jim, pistola en mano y con los ojos enormemente abiertos para
perforar las tinieblas, había sido estacionado en una de las esquinas. De
pronto vio que la puerta se abría y comenzaban a salir hombres. Estaba ya por
abrir fuego, cuando reconoció la figura corpulenta del doctor McRae. La
situación estaba enteramente bajo su control.
En el edificio de la Compañía había tan sólo cuatro hombres, que
se entregaron sin pelear.
―Llévenlos de regreso al Colegio ―ordenó McRae―. Maten al que
trate de escapar. El resto, que me siga. Aún debemos tomar los edificios de la
Administración y capturar a Beecher.
En ese momento resonó un grito tras ellos; McRae se volvió. Era
Kelly que se les acercaba al trote con varios colonos armados. Rápidamente el
pelirrojo explicó que había tendido un cordón de guardia en torno al Colegio,
dejando las cosas bajo el mando de uno de los ingenieros, un joven llamado
Álvarez.
―Supuse que necesitaría más gente, doctor ―concluyó diciendo
Kelly.
―Perfectamente. Tú capturarás los edificios de comunicaciones.
¡Yo me reservo a Beecher! ¡Vamos!
Jim y Frank corrieron tras el médico, que pese a su edad
continuaba siendo un verdadero atleta. Tras cruzar el canal principal sobre el
hielo, evitando los puentes pues eran demasiado visibles, se reunieron a la
sombra de uno de los depósitos.
―De aquí en adelante no nos separaremos pues correríamos el
riesgo de atacarnos mutuamente en las tinieblas ―susurró el doctor― ¡Que nadie
hable!
Tras rodear el edificio principal de la Administración, McRae se
preparó con media docena de hombres para asaltarlo, mientras el resto les
cubrían las espaldas.
Jim formó parte del grupo de ataque.
―¡Vamos! ―ordenó McRae, agitando el brazo armado. Sin que nadie
se opusiera a su avance, el médico llegó hasta la puerta principal. Estaba
cerrada. Con cierta lentitud accionó el mecanismo que accionaba el micrófono de
comunicación. Nadie contestó.
―¡Abran! ―gritó―. Tengo un importante mensaje para el general
Beecher!
Nada ocurrió.
―¡Está bien... abran o no me responsabilizo por lo que ocurrirá
si se niegan! Les doy treinta segundos; después volaré la puerta!
En voz baja agregó, mirando a Jim:
―¡Me gustaría que fuera cierto! ―luego volvió a gritar―. ¡Ya ha
pasado el plazo!
La puerta comenzó a girar, mientras el aire comprimido silbaba.
McRae y los suyos se apartaron, apuntando con sus armas. Tras un momento de
tensión, apareció la figura de un hombre con respirador y casco.
―¡No hagan fuego! ―dijo con voz agradable y clara―. ¡Todo ha
terminado!
McRae lanzó una exclamación de alegría:
―¡Doctor Rawlings! ¡Bendito sea tu feo rostro!
cap. 13
El ultimatum
RAWLINGS y media docena de funcionarios que habían intentado
oponerse a la voluntad de Beecher estuvieron encerrados la mayor parte de la
noche en el interior de la Administración de Syrtis Menor. El propio Kruger y
el ingeniero encargado de la usina eléctrica habían terminado por negarse a
colaborar con el general, siendo también encerrados en el sótano del edificio.
Pero el doctor Rawlings, tras una paciente conversación, había logrado
convencer al guardia que los dejara escapar. Después de esto poco tardaron en
controlar la situación, apoderándose del propio Representante General de la
Compañía.
Marlowe, McRae y Rawlings se encerraron en la oficina de Beecher
para preparar un informe de lo ocurrido para ser enviado a los demás
establecimientos humanos de Marte y también a la Tierra.
―Beecher no será juzgado por un tribunal ordinario ―sentenció
McRae.
―-No cabe duda alguna al respecto... es un paranoico con
delirios persecutorios ―asintió Rawlings, mirando hacia una puerta, tras la que
estaba encerrado el Representante General de la Compañía Comercial de Marte―.
Un caso bastante difícil.
―¿Y Howe? ¿Qué planea hacer con él, James? ―los dos médicos se
volvieron hacia Marlowe, que frunció el ceño.
―Nada. Lo devolveremos a la Tierra.
McRae asintió.
―Con un buen puntapié en las nalgas...
―Lo que me preocupa es quién puede reemplazarlo... La escuela
debe ser manejada por alguien mientras se nombra un nuevo Director... ¿No
aceptaría usted, doctor McRae? Temporariamente...
McRae lo miró.
―¿Yo? ¡Dios no me lo permita!
―Alguien tiene que manejar a esos muchachos... alguien que no
use látigo para hacerse obedecer. Todos lo aprecian, doctor.
―No ―repitió enfáticamente el médico―. ¡Imposible!
―Hay un joven profesor que es decente y los muchachos lo quieren
―aventuró Rawlings―. Se trata de Van der Linden...
―Ya lo encontré cuando tomamos el Colegio. Claro que no tengo
autoridad para nombrarlo...
―¡James! ¡Usted será la causa de mi muerte! ―exclamó el médico.
Marlowe lo miró con sus ojos enrojecidos.
―Estoy agotado... me acostaré a dormir aquí mismo. Hágame el
favor, doctor Rawlings, de llamarme dentro de un par de horas.
―¡Naturalmente! ―se apresuró a intervenir McRae, resuelto a
dejar dormir unas cuantas horas a James Marlowe.
Jim y Frank estaban agotados pero se sentían demasiado excitados
para dormir. Bebían café en la cocina del Colegio cuando apareció Smythe.
―Oye... me enteré que realmente mataste al policía que hizo
fuego sobre mí...
―No lo maté... lo herí solamente. Acabo de verlo ―rectificó Jim.
―Bueno, lo importante es que me salvaste la vida ―Smythe parecía
molesto―. ¡Oh, esto es algo que ocurre una vez cada cien años! ¡Toma tu pagaré!
―¡Smythe! ¡Estás enfermo!
―Puede ser. ¡Toma el pagaré!
Jim buceó en su memoria, y por fin recordó una frase de su
padre.
―No, gracias. ¡Los Marlowe siempre pagan sus deudas!
Smythe frunció el ceño y luego con expresión dolorida rompió el
pagaré en pequeños pedazos y lo arrojó al suelo.
―¡Eres un desagradecido! ―sentenció, marchándose.
En ese momento resonó un grito en el exterior de la cocina.
―¡Marlowe! ¡Jim Marlowe! ―era uno de los muchachos―. ¡Te buscan
en la puerta principal!
Jim, seguido de Frank, se puso el respirador y echó a correr
hacia la puerta.
―¿Qué ocurre?
―No lo creerás... a mí me cuesta trabajo... ¡Hay unos marcianos
que te buscan!
Los dos jovencitos salieron y se encontraron frente a una docena
de marcianos, al frente de los que estaba el propio Gekko.
―¡Salud, Jim Marlowe! ¡Salud, Francis Sutton! ¡Hermanos de agua!
¡Amigos! ―entonó el nativo en su idioma.
De una de las manos de Gekko surgió una voz idéntica a la del
hijo de James Marlowe.
―¡Hola, Jim, muchacho! ―era Willis, que había regresado llevando
la ayuda pedida, algo tardía pero de cualquier manera, generosa.
―¿Dónde está el que robó al pequeño? ―inquirió entonces Gekko.
Jim, inseguro, miró sin comprender.
―¿Quién?
―Quiere saber dónde puede encontrar a Howe... ―repuso Frank, que
cambió algunas palabras con el marciano. Howe seguía encerrado en su despacho
privado.
Gekko indicó que entraría en el edificio; los dos muchachos se
sorprendieron, pues era algo nunca oído en las relaciones previas entre
marcianos y terrestres. El nativo produjo en el Colegio la misma impresión que
si se hubiera introducido un elefante en una iglesia.
Sin perder tiempo, Gekko se dirigió hacia el despacho de Howe.
La puerta estaba cerrada; el marciano se inclinó para dejar a Willis en brazos
de Jim y luego tiró. La puerta crujió, sus goznes gimieron, y por fin la hoja
de plástico quedó en las manos del marciano, que entró como un huracán en la
oficina.
Los dos muchachos permanecieron en el exterior, mirándose.
―¿Qué significa esto? ―oyeron decir a Howe, con acento de
indignación y temor. Luego se produjo un largo silencio, y por fin Gekko volvió
a salir.
―¿Qué le habrá hecho? ―preguntó Jim.
―Veamos... ―sugirió Frank.
Entraron. La oficina no tenía ninguna otra salida, pero Howe no
estaba en ella. Simplemente había desaparecido.
Profundamente sorprendidos, Jim y Frank corrieron tras Gekko y
lo alcanzaron en la salida.
―¿Dónde está el otro que trató de robar al pequeño? ―inquirió
Gekko suavemente.
Frank le explicó que se hallaba en otro edificio, lejos de allí.
―Nos llevarás hasta él ―resolvió Gekko, alzándolo. Otro marciano
levantó a Jim y Willis y siguiendo las instrucciones de los muchachos corrieron
hasta el edificio de la Administración.
Cinco minutos después entraban en la oficina de Beecher. McRae
apareció sin demostrar la menor excitación.
―¿Qué diablos pasa? ―preguntó.
―Quieren ver a Beecher ―explicó Frank.
McRae y Gekko conversaron en marciano rápidamente.
―Está bien ―dijo por fin. Un minuto después el médico volvía
empujando al general Beecher.
―¿Este es el hombre? ―preguntó Gekko.
―No hay duda alguna ―repuso McRae alegremente.
―¿Qué quieren de mí? ―inquirió el Representante de la Compañía
con acento autoritario. Los marcianos se acercaron y lo rodearon lentamente,
hasta formar un círculo que lo ocultó por completo a la vista de los demás
ocupantes de la habitación.
―¡Déjenme! ¡Yo no hice nada! ¡Ustedes no tienen dere...! ―la voz
de Beecher se cortó bruscamente. Luego los marcianos se separaron.
El general se había esfumado sin dejar la menor señal sobre el
piso.
Los marcianos se dirigieron lentamente hacia la puerta, y desde
allí Gekko preguntó:
―¿Vienes con nosotros, Jim Marlowe, mi amigo?
―No... lo siento, pero tengo que quedarme...
―¿Y el pequeño?
―¡Willis se queda conmigo!
―¡Es claro, Jimmy! ―asintió Willis.
Gekko se despidió tristemente de los dos muchachos y del pequeño
ser esférico y salió, tras sus compañeros.
McRae y Rawlings parecieron ajenos a su partida, pues estaban
ensimismados en una conversación en voz baja, que no parecía tocar ningún punto
agradable para ellos.
―Hablemos con Marlowe ―dijo por fin McRae.
Los muchachos salieron tras los nativos, para encontrarlos en el
exterior, inmóviles.
―Queremos ver al hombre sabio que habla nuestro idioma ―dijo
Gekko suavemente.
―Se refieren a McRae ―dijo Frank―. Busquémoslo...
El médico estaba tratando de abrirse paso entre un grupo de
excitados colonos para llegar hasta James Marlowe; Jim lo llamó.
―Gekko quiere hablarle... el marciano, doctor...
―¿A mí? ¿Por qué? ―inquirió sorprendido McRae.
―No sabemos.
James Marlowe se acercó en ese momento y alcanzó a oír el
diálogo.
―¿Qué dice, capitán? ¿Vamos a ver de qué se trata? ―inquirió el
médico.
―Prefiero que vaya usted solo, doctor. Me siento demasiado
confundido.
Frank y Jim presenciaron desde cierta distancia la entrevista
entre McRae y los marcianos, que se prolongó largo rato. Finalmente el médico
dejó caer las manos a ambos lados del cuerpo en ademán de impotencia y los
nativos se alejaron.
―¿Qué querían, doctor? ―preguntó Jim, cuando el anciano regresó
junto a ellos.
―¿Eh? Tengo que hablar con tu padre...
Una vez en el interior del edificio, McRae llamó a Marlowe y Rawlings.
Cuando los dos jovencitos estaban por salir de la oficina, el médico hizo un
gesto:
―Ustedes pueden quedarse... están en este asunto desde el
principio...
―¿Qué ocurre? ―inquirió James Marlowe―. ¿Por qué está usted tan
preocupado?
―Quieren que nos marchemos ―susurró McRae―. ¡Nos han dado un
ultimátum para que abandonemos definitivamente Marte!
―¿Pero por qué? ―inquirió ansiosamente James Marlowe.
―No han dado motivos. Simplemente no quieren que nos quedemos un
día más en Marte... tenemos que marcharnos o aceptar las consecuencias!
EPÍLOGO
CUATRO días después el doctor McRae entró en la misma oficina
tambaleándose. James Marlowe parecía fatigado, pero el viejo doctor estaba
evidentemente exhausto.
―¡Que salgan todos! ―dijo el médico. Marlowe hizo un gesto y los
demás ocupantes de la habitación la abandonaron.
―¿Recibió mi mensaje? ―inquirió entonces McRae―. ¿Está lista la
proclamación de la independencia? ¿Qué dijeron los demás?
―Están de acuerdo... agregamos algunos párrafos...
―No me interesa la retórica...
―Todos los colonos y habitantes de Syrtis Menor la ratificaron.
Tenemos que agradecer a Beecher que haya provocado esta situación...
―¡No tenemos que agradecerle nada! Casi nos hizo matar a todos!
―¿Cómo es eso?
―Ya le explicaré, pero necesito antes que me explique
detalladamente cómo fue el asunto. Yo tuve que hacer algunas promesas...
―Anoche enviamos la Declaración por radio a la Tierra... aún es
demasiado pronto para tener resultado alguno. ¿Y usted?
McRae se frotó los ojos, irritados por la falta de sueño.
―Tuve éxito. Podemos quedarnos... ¡Oh, fue una pelea terrible!
Pero resulté mejor diplomático que ellos. Gané.
―¿Quiere grabar su explicación para no tener que repetirla
después, doctor?
―No. Antes debemos depurarla cuidadosamente para evitar
probables líos. ¡Oh, estos marcianos son extraordinarios! No tienen nada que
ver con los seres humanos. ¡Con decirle que dominaron el vuelo interplanetario
hace un millón de años y lo dejaron de lado!
―¿Cómo? ¡Pero es fantástico!
―Esto es algo de lo que aprendí hablando con el anciano que rige
la ciudad de Cynia, y que parece ser un mandatario de todo el planeta... Hay
muchas cosas que no alcancé a comprender...
―¿Cómo era ese marciano, doctor?
McRae pareció sorprendido.
―No podría describirlo. Era tan viejo que en un momento preguntó
a Gekko en qué milenio estamos... Me mostró una proyección telepática de Marte,
cómo era antes de la construcción de los canales... ―el médico sacudió la
cabeza―. No sé... tal vez ni siquiera se trata de un ser viviente en el sentido
que nosotros damos al término... En fin. El hecho es que Jim tiene que devolver
inmediatamente a Willis.
―Lo siento. A mi hijo no le gustará la idea. ¿Pero por qué?
―Usted no comprende... Willis es la clave de todo. De no haber
sido por el afecto existente entre Willis y Jim, hubiéramos tenido que
marcharnos. Pero los marcianos son un pueblo extraño... son sentimentales.
―¿Qué tiene que ver Willis con los marcianos?
―Usted cree, como creía yo, que Willis era un animalito de
cierta inteligencia, capaz de aprender inglés, y con una memoria prodigiosa,
¿verdad? Pues estábamos equivocados. ¿Sabe cuál es el nombre de Willis en
marciano?
―¡No!
―Se lo traduciré. "Aquel en quien se cifran nuestras
esperanzas". ¿Comprende ahora?
―No.
―Willis es un niño marciano ―suspiró McRae―. ¿Entendido?
―¡Pero es absurdo! ¡No tiene nada que ver con un marciano
adulto!
―¿Qué parecido tiene un gusano con una mariposa?
Marlowe abrió la boca para hablar y luego pareció pensarlo mejor
y quedó mudo.
―Tras un período de larga hibernación, Willis se transformará en
un marciano. No hay nada de sobrenatural en ello. Es simplemente asombroso
―concluyó McRae.
―Todo lo que concierne a Marte es asombroso.
―Es más... puede ser que me equivoque, James. Hay otra
posibilidad... Marte quizás está habitado por tres razas de seres inteligentes
que colaboran entre sí. Los que nosotros llamamos marcianos, los "cabezas
redondas" y los semejantes al anciano que habló conmigo en... "el
otro mundo"...
―No comprendo.
―Tal vez en Marte los fantasmas siguen en contacto con los seres
vivos ―prosiguió el médico.
―¡Bah! Quizás todos somos eso... fantasmas de la imaginación
doctor ―repuso Marlowe suspirando.
―Aunque lo más probable es que en el fondo Willis sea en efecto
un marciano niño y todo lo demás se deba a fenómenos hipnóticos, como la
desaparición de Beecher y Howe... que ninguno quiso explicarme.
―Muy bien. Entonces devolveremos a Willis y llevaremos adelante
la Declaración de la Independencia de las colonias humanas en Marte ―concluyó
James Marlowe―. ¿Qué más?
―Quiero darme un baño, afeitarme y dormir ―repuso McRae―. Luego
hablaré con Jim.
―Un momento, doctor. ¿Cree que habrá problemas con la Tierra?
―¿Por la Declaración de la Independencia? No. Es la única
condición impuesta por los marcianos para permitirnos quedarnos... cuando las
plantas regeneradoras de atmósfera comiencen a trabajar vendrán millones de
inmigrantes terrestres... si los marcianos nos permiten recibirlos. Así que a
la Humanidad le conviene que Marte siga abierto a la colonización...
―Yo me refiero a la oposición de los políticos, doctor.
―Eso no tiene importancia, James, muchacho... el Hombre siempre
ha tenido que luchar por sus libertades y siempre deberá hacerlo. Ganaremos.
―Ojalá tenga usted razón.
―A la larga la tendré, James. Bueno... creo que antes de bañarme
iré a hablar con Jinimy.
―Lamentará tener que separarse de Willis...
―Pero se recuperará. Tal vez la próxima primavera encuentre otro
"cabeza redonda de Marte" y le enseñe inglés... luego crecerá y no
necesitará más animalitos domésticos... o como quiera llamarlos... ―el viejo
médico pareció pensativo―. Pero lo que realmente quisiera saber es otra cosa.
¿En qué se convertirá Willis? ¡Oh, esto sí que me gustaría saberlo!
FIN

