Libro N°. 3127. Quien Dijo Que El Novio Es Imprescindible. Llewellyn, Julia.
© Libro N°. 3127. Quien Dijo Que El Novio Es
Imprescindible.
Llewellyn, Julia. Colección E.O. Septiembre 17 de 2016.
Título original: © Amy's Honeymoon
Versión Original: © Quien Dijo Que El Novio Es Imprescindible. Julia Llewellyn
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
QUIEN DIJO QUE EL NOVIO ES IMPRESCINDIBLE
Julia Llewellyn
AGRADECIMIENTOS
Muchísimas gracias a toda la gente de Penguin, sobre todo a Mari
Evans, Louise Moore, Claire Phillips, Claire Bord, Natalie Higgins y Clare
Pollock. A Lizzy Kremer. Al personal del Hotel de Russie por su amabilidad,
sobre todo a Evelina Conti, y a Sue Heady, del Rocco Forte Hotels. A la
maravillosa Sarah Spankie. A Maryam Shahmanesh por sus consejos sobre medicina
y por su amistad. A la incomparable Jana O'Brien. A Kate, Ruth, Victoria,
Frances y de nuevo a Sarah. Y como ya es habitual pero en esta ocasión más que
nunca, gracias a James Watkins por su apoyo y, posiblemente, por la idea.
Capítulo 1
A las ocho de la mañana, la mujer de aspecto cansado que
trabajaba tras el mostrador de facturación de British Airways apenas si miró a
Amy, cosa que tal vez fuera de agradecer porque de haberla visto con las gafas
de sol puestas, la habría tomado por una completa imbécil.
—¿Qué vuelo? —preguntó con un bostezo mientras pasaba su
pasaporte por la máquina.
—El de Roma —contestó Amy.
Los ojos de la mujer se tornaron soñadores.
—A Roma... —murmuró, alzando la vista—. ¿Ha estado allí antes?
Amy se quitó las gafas de sol.
—No, nunca.
—Le va a encantar. —Apartó la mirada y sonrió al rememorar algún
recuerdo lejano antes de clavar la vista en el monitor del ordenador—. ¡Hay una
anotación que dice que es su luna de miel! No se me ocurre un lugar más
romántico que Roma para pasar la luna de miel.
—¿De verdad? —replicó, intentando que no se le quebrara la voz.
—De verdad. Antes de casarnos, cuando trabajaba en vuelos
nacionales, mi marido y yo solíamos hacer escapadas a Roma los fines de semana.
Antes de que llegaran los niños...
—Volvió a sonreír, en esa ocasión con cierta tristeza—.
Diviértase mientras pueda, eso es lo que siempre aconsejo. No tenga prisa por
tener niños, señora... —Echó un vistazo al nombre que aparecía en el monitor—.
¡Ah, lo siento, doctora Fraser! —De repente y como si algo la hubiera sacado de
su ensimismamiento, adoptó una actitud impersonal—. En fin. Veamos. ¿Dónde está
el afortunado señor Fraser?
Se había pasado todo el trayecto al aeropuerto ensayando la
respuesta a esa pregunta.
—De camino. Ha surgido... un contratiempo y lo está
solucionando. Se reunirá conmigo en cuanto pueda.
—¡Vaya por Dios! —replicó la mujer—. Pobrecita. ¿Cuándo fue la
boda?
—Ayer. Tuvimos un problema con el pago a la empresa de catering.
Se ha quedado para solucionarlo. Así que, como ya le he dicho, se reunirá
conmigo en cuanto pueda. —Oyó que le llegaba un mensaje al móvil, que estaba en
el interior del bolso. Lo sacó con el corazón desbocado, pero se le cayó el
alma a los pies en picado, cual saltador de Acapulco, al ver el nombre de Gaby
en la pantalla.
«¿Dónde estás?», leyó. Lo borró de inmediato.
—Era él —le dijo a la mujer, que la observaba con creciente
interés—. Vendrá dentro de media hora.
—Pues va a llegar muy justito —le recordó con severidad, aunque
se ablandó como la mantequilla al sol al ver que su rostro se crispaba por la
tensión—. En fin. No se preocupe. Llegará a tiempo. —Tecleó algo en el
ordenador, alzó la vista y le guiñó un ojo. Supongo que se pondrá muy contento
cuando descubra que va a volar en clase business. —La impresora comenzó a sonar
y en un abrir y cerrar de ojos su tarjeta de embarque estaba lista. La mujer
sonrió mientras escribía algo en una tarjeta—. Aquí tiene un pase para la sala
de espera VIP, allí podrá esperarlo con estilo. Tómese una copa de champán;
aunque supongo que con el de ayer habrá tenido bastante... por las ojeras,
digo.
Si alguien le hubiera dicho una semana antes que esa
conversación iba a tener lugar, se habría puesto a chillar de alegría. Gaby
llevaba años aconsejándole cómo comportarse para conseguir mejores asientos en
los aviones y había seguido sus consejos al pie de la letra: tener un aspecto
impecable, dejar caer pistas al personal de facturación sobre su condición de
VIP, no pedir una comida halal baja en calorías... Sin embargo, nunca había
obtenido ningún resultado hasta ese mismo momento. Precisamente cuando le daba
igual que la metieran en un contenedor en la bodega con un gorila en celo.
—Gracias —murmuró.
—De nada. ¡Ay! Espero que se lo pasen genial. Y no se preocupe,
aunque llegue tarde, lo mandaremos en el siguiente vuelo. Disfrute de Roma. No
se olvide de tirar una moneda en la Fontana de Trevi para asegurarse de
regresar.
Siguió con un par de preguntas sobre el contenido de su equipaje
y en esa ocasión, cuando le preguntó si había hecho personalmente las maletas,
no le dieron ganas de contestar: «No, me ha ayudado mi primo afgano y sí, en
realidad me pidió que le llevara unos cuantos paquetes y, ahora que lo
menciona, uno de ellos hace tictac». La mujer se despidió de ella y volvió a
desearle que lo pasara bien.
A su alrededor se amontonaban familias que discutían entre sí en
torno a montones de equipaje. Los ejecutivos iban sorteando los distintos
grupos moviéndose con una rapidez inusual, como si sus mecanismos se hubieran
atascado y no pudieran detenerse. Le echó un vistazo al reloj. Faltaba una hora
para el despegue. Una semana antes se habría puesto a dar saltos de alegría por
la idea de echarles un vistazo a todas las tiendas libres de impuestos, y por
los canapés y el champán gratis que la aguardaban en la sala de espera. En ese
momento lo único que quería era un servicio vacío donde esconderse.
—Vas a beber champán —se dijo—, porque estás de luna de miel.
Sin embargo, fue derechita al baño de señoras, localizó un
retrete vacío y tras cerrar la puerta, se sentó y se echó a llorar.
—No puedo ir, no puedo —gimió en voz baja.
Alguien llamó a la puerta.
—¿Le pasa algo?
Quienquiera que fuese parecía más enfadada que preocupada.
—No, gracias —gritó con voz chillona—. Es que... se me ha metido
algo en el ojo.
No tenía por qué irse. Podía volver a la estación de Heathrow,
coger un tren y en hora y media estaría en su casa. Allí podía atrincherarse,
pedir comida por teléfono, dejarse crecer el pelo hasta que le llegara a los
tobillos y pasar el resto de su vida recluida como Howard Hughes. Pero no podía
hacerlo, porque al cabo de dos semanas tendría que volver a trabajar para no
perder su empleo si quería seguir pagando la hipoteca para no verse en la
calle. Además, Doug seguía viviendo allí...
Comenzó a sonar el móvil. Se sorbió los mocos mientras lo sacaba
del bolso. Era él, tenía que serlo. Pues no, ¡ay, Dios! Mamá y papá. Supuso que
era mejor contestar, ya que lo estarían pasando mal con su desaparición.
—Hola.
—¿Amy? —preguntaron dos voces en estéreo—. ¿Qué tal estás,
tesoro? ¿Dónde estás? ¿Estás con Doug? ¿Qué está pasando, tesoro?
—Estoy en el aeropuerto.
—¿¡En el aeropuerto!? —exclamó su padre y preguntó su madre—.
¿Qué narices estás haciendo ahí?
—Me voy de luna de miel.
—¿¡De luna de miel!? —exclamó su madre.
Al mismo tiempo, su padre le recordaba de fondo:
—¡Amy, no estás casada!
—Bueno...
—¿Doug y tú os habéis reconciliado? —Su madre parecía tan
esperanzada que no pudo soportarlo.
—Mmm...
El tono de su madre pasó de ansioso a receloso:
—No os habréis casado por ahí sin decírselo a nadie, ¿verdad?
Su padre agregó:
—¡Venga ya, Amy! Sabes que me hace mucha ilusión llevarte del
brazo al altar.
—No, no os preocupéis. No ha habido ninguna boda. Es que
necesito irme un tiempo.
—Pero, Amy, cariño —le dijo su madre, totalmente desconcertada—,
no lo entiendo. ¿No vas a contarnos qué ha pasado? La abuela está muy
preocupada. Sabes que le encantan las fiestas con baile.
No podía seguir soportando la conversación. Su familia siempre
había deseado lo mejor para ella y odiaba decepcionarlos.
—No puedo seguir hablando ahora, mamá. Tengo que embarcar. Ya os
llamaré. Adiós.
Siguió sentada en el retrete durante un minuto, escuchando las
conversaciones de los demás viajeros.
—Necesito comprar desodorante.
—Date prisa, tenemos que conseguir unos cuantos euros antes de
subir al avión.
—Hola, lo siento, hay poca cobertura... Sí, sí, de camino a
Zurich. No, vuelvo mañana. Sí, la reunión. Lo sé, un aburrimiento del copón,
pero hay que hacerlo.
«Hay que hacerlo.»
Respiró hondo y se puso en pie. Las rodillas le temblaban como
si fueran de gelatina. Abrió la puerta y aunque no había hecho pis, se acercó
al lavabo y se lavó las manos como la doctora concienzuda que era. Sus ojos
hinchados la observaban desde el espejo por debajo de las cejas, depiladas a la
perfección, y con las pestañas teñidas de azul marino. Lo había organizado todo
al detalle, y se las había teñido una semana antes de la boda como aconsejaban
en la revista Novias, por si acaso se producía alguna reacción alérgica.
—Hay que hacerlo —se dijo en voz alta, logrando que la mujer
musulmana que tenía al lado, cubierta de la cabeza a los pies, diera un
respingo.
Acto seguido salió del baño, sorteó a un ruidoso grupo de
pensionistas lituanos que regresaban a casa tras un intercambio cultural y
siguió las indicaciones hasta la zona de embarque.
Capítulo 2
El avión salió a su hora. Sentada en su mullido asiento en clase
business y con la mirada perdida en las nubes, Amy rememoró lo que estaba
haciendo veinticuatro horas antes. Debería haber estado en el registro civil,
intercambiando votos y anillos, en lugar de en el sofá de su amiga Gaby, en
bata, con un gin-tonic en la mano y llorando a moco tendido.
Gaby era su mejor amiga. Se conocieron en la universidad, porque
vivían puerta con puerta en la residencia de estudiantes de la Universidad de
Edimburgo. Al principio creyeron ser muy distintas. Amy era de un pueblecito de
Devon y había tenido una infancia muy protegida. Gaby había estudiado en un
internado femenino muy pijo donde el plan de estudios parecía consistir
básicamente en beber sidra en el césped y darse el lote con los chicos del
instituto situado al otro lado de la carretera. Sin embargo, Amy estaba
deseando escapar de sus orígenes y, gracias al apoyo de su vecina de cuarto,
pronto estuvo bebiendo pintas en el bar, bailó sobre las mesas en las fiestas
de los estudiantes de primer año y descubrió las alegrías de la marihuana y el
sexo, por separado o combinados.
—¡Madre mía! —solía decir Gaby la mañana posterior a alguna
fiesta especialmente loca—. Anoche se te fue la pinza, ¿verdad? Las mosquitas
muertas siempre son las peores...
Amy se ruborizaba.
—Solo me estoy divirtiendo. Para eso está la universidad,
¿verdad?
—Desde luego que sí. Y no te estoy echando la bronca. ¡Te estoy
echando flores!
Las cosas se tranquilizaron un poco cuando conoció a Danny, un
estudiante de medicina como ella, que acabó convirtiéndose en su novio. Después
de graduarse se trasladaron a Londres para seguir estudiando. Gaby siguió en
Edimburgo y comenzó a trabajar como relaciones públicas para una agencia de
viajes. Estuvo unos diez años viajando por el mundo con los periodistas que
querían reseñar algún hotel o spa nuevo de cinco estrellas. Ya había cumplido
los treinta y uno cuando se mudó a Londres y fundó su propia empresa de viajes,
especializada en organizar vacaciones para los que ella llamaba «forrados de
pasta y cortos de tiempo». Uno de esos especímenes era un abogado de unos
cuarenta y tantos llamado PJ, recién divorciado, increíblemente rico y (contra
todo pronóstico y tópico) muy mono. Antes de que cumpliera los treinta y tres,
Gaby y PJ se habían casado en el jardín de una casona en Wiltshire, acompañados
de sus doscientos mejores amigos. Un mes más tarde nació su hijo, Archie.
No fue precisamente un cuento de hadas. La ex de PJ, Annabel, no
paraba de darles la lata, al igual que sus dos hijas adolescentes. Sin embargo,
Gaby era feliz, aunque nueve meses después del nacimiento de Archie se quedó a
cuadros cuando descubrió que volvía a estar embarazada.
Había ocasiones en las que la capacidad organizativa de Gaby la
asustaba. Era de esas personas que descongelaba la nevera dos veces al año, les
daba la vuelta a los colchones una vez al mes, pegaba las fotos de los zapatos
en su respectivas cajas y compraba, ¡e incluso usaba!, esos chismes para
limpiar el lavavajillas. Incluso llegaba a agotarla con su obsesión por las
listas de «Lo que se lleva y lo que no» de Harper's Bazaar con la posición que
ocupaba en la lista de espera para comprar el nuevo bolso de Balenciaga.
Sin embargo, bajo esa superficialidad latía un corazón de oro.
No habría podido superar ciertas cosas sin Gaby, sobre todo lo que le había
pasado el día anterior. A las siete de la mañana llegó a su casa, que olía a
pintura por la nueva redecoración y vio que el cochecito de los niños estaba
envuelto en plástico protector de burbujas en el vestíbulo. En cuanto le dijo que
había cancelado la boda, Gaby se puso manos a la obra para avisar a todos los
invitados, tras lo cual hizo lo propio con el registro civil y con los
encargados del banquete.
Después se encargó de ella. Le preparó un gin-tonic y contestó
su teléfono, que sonaba más o menos cada veinte segundos.
—¿Sí? No, soy su amiga Gaby... ¡Ah, hola, John! Sí, me acuerdo
de ti. ¿Qué tal estás? ¡Vaya, lo siento! No, lo siento pero Amy no está... Sí,
ha sido una sorpresa... Sé que los vuelos son caros, sí. ¿En serio? ¿¡Tanto!?
No sé dónde está... Te llamará. Sí... Adiós. —Colgó—. Tu viejo amigo John. Muy
mosqueado. Ha cogido un vuelo desde Francia y se está quedando en el Landmark.
Dice que se ha gastado casi mil libras en una boda inexistente.
Se aferró la cabeza con las dos manos al escucharla.
—¡Ay, Dios, esto es horrible!
—¡No me lo puedo creer! ¡Deja de preocuparte por él! Piensa en
ti. Eres tú a quien han dejado plantada en el altar.
El comentario le hizo dar un respingo. Gaby jamás decía las
cosas con tiento cuando podía decirlas a lo bruto.
El móvil sonó de nuevo.
—¿Sí? ¡Ah, hola, señora Gubbins! Soy Gaby. No, lo siento pero
Amy no está aquí. No sé dónde está. Sí, se dejó aquí su móvil... Es normal que
no sepa dónde tiene la cabeza, claro. En fin, sí, supongo que la llamará dentro
de poco. Terrible, sí... Toda la familia, claro. Bueno, ya que están todos en
Londres tal vez deberían salir a cenar en familia. O ir al teatro. Tal vez
queden entradas para Mamma Mia... Debería pensarlo, sí. Si se pone en contacto
conmigo, le diré que la llame... No, no creo que esté con Doug. No, no sé lo
que ha pasado... Por supuesto, le diré que la ha llamado. Adiós. —Y cortó la
llamada—. Tu madre otra vez. Vas a tener que llamarla, Amy.
—Lo sé. Y lo haré. —Comenzó a llorar de nuevo—. Ay, Gaby, esto
es una pesadilla. Mis padres... pobrecillos. Esto les ha costado una fortuna.
—¡Qué va! Hace poco te estabas quejando de que solo te habían
dado tres mil libras para la boda.
—Eso fue horrible por mi parte. Para ellos es mucho dinero. —Su
padre era un trabajador del ayuntamiento y su madre, ama de casa—. Deberíamos
haber hecho un seguro para la boda.
—No habría servido de nada. Los seguros no cubren que se cambie
de opinión en el último momento.
—¡Mierda! ¿Cómo voy a compensarlos?
—Tres mil libras no es nada comparado con lo que te habría
costado un divorcio. ¿Sabes lo que le cuestan a PJ la dichosa Annabel y sus
hijas? ¡Ciento cincuenta mil al año!
Eso hizo bien poco por consolarla.
—Además, todo el dinero que he gastado... y el tiempo de los
invitados, malgastado. ¿Cómo he sido capaz de hacer algo así?
Gaby estampó un pie en el suelo.
—¿¡Cuántas veces tengo que decírtelo!? Tú no has hecho nada. La
culpa de todo esto es de Doug, por ser un imbécil. —La miró con los ojos
entrecerrados—. ¿Estás segura de que Pinny no tiene nada que ver?
Antes de que pudiera contestar entró PJ, vestido con un polo de
rugby naranja y unos pantalones piratas rosa. Llevaba a Archie en brazos, que
acababa de despertarse de la siesta de dos horas que recomendaba Gina Ford. PJ
parecía haberse topado de repente con un anuncio de tampones mientras cambiaba
de canal. Lidiar con mujeres lloronas no era lo suyo, no.
—Amy, ¿qué tal va la cosa? —Le echó un vistazo a su mujer, con
la esperanza de que le diera información, pero al ver que no acudía a su
rescate, añadió—: ¿Qué vas a hacer con la luna de miel?
—¿Con la luna de miel?
—¡Mierda! —exclamó Gaby, llevándose la mano a la boca—. No puedo
creerme que se me haya olvidado. Siento mucho decírtelo, pero si cancelas
ahora... no te devolverán nada. Ha sido a última hora.
—¡Estás de coña!
—Lo siento, pero así son las cosas. Si quieres, puedo hacer
algunas llamadas a ver si consigo algo. Pero como poco vas a tener que pagar el
setenta y cinco por ciento del total. Los hoteles son unos cabrones cuando se
trata de cancelar reservas.
—¡Mierda!.
—A ver, voy a tratar de solucionarlo —le prometió; aunque por su
tono de voz supo que las posibilidades de que consiguiera algo eran mínimas—.
Ahora mismo les llamo por teléfono.
—Ni me acordé de la luna de miel...
Gaby estaba ojeando la agenda de su móvil.
—Aja. Estupendo. No sé si voy a pillarlos hoy, pero lo
intentaré. Voy al despacho un momento. —Y los dejó, a PJ y a ella, sonriéndose
con incomodidad.
—Hace un día estupendo —dijo PJ, observando a través de las
contraventanas la distinguida calle donde vivían—. Un día perfecto para la
boda. Qué lástima. —Al ver la cara que ponía ante ese comentario se apresuró a
añadir—: ¿Te apetece otro gin-tonic?
Mantuvieron una apasionante conversación sobre criquet mientras
Archie jugaba con el camión que ella, su madrina, le había regalado el día de
su bautizo. De vez en cuando pasaba por su lado y le abrazaba las piernas. Esa
carita regordeta, el olor de sus rizos y los incomprensibles balbuceos y
grititos la alegraron en cierto modo, al igual que lo estaba haciendo el
alcohol que PJ le servía sin parar. Cuando Gaby volvió ya estaba bastante
achispada.
—No ha ido muy bien —dijo—. No te reembolsan nada. Dicen que lo
habrían hecho si lo hubieras cancelado la semana pasada, pero que con
veinticuatro horas de antelación es muy, pero que muy precipitado.
Apuró de un trago lo que le quedaba de gin-tonic.
—Así que, además de haber malgastado el tiempo y el dinero de
otras personas, y de haberme convertido en un hazmerreír delante de todo el
mundo, ahora tengo que gastarme casi diez mil libras en un viaje que ni
siquiera voy a hacer...
—¿Os ibais mañana por la mañana? —preguntó PJ.
—Aja.
—Tiene solución —le dijo—. Puedes irte tú sola de luna de miel.
Amy y Gaby lo miraron sin dar crédito.
—No seas tonto —replicó Amy—. No puedo hacerlo.
—¿Por qué no?
—Bueno, porque... porque es una luna de miel. Una luna de miel
se hace en pareja.
—Ya. Pero es que tú no tienes pareja —señaló PJ—. Y no vas a
desperdiciar todo ese dinero.
Se lo pensó. Ya había pedido vacaciones en el trabajo. La idea
de irse a algún sitio lejos de todos los conocidos era tentadora. Además,
¿dónde iba a pasar esos quince días de vacaciones? No podía irse a casa porque,
hasta donde sabía, Doug también seguía viviendo allí; y la idea de quedarse en
Balham, en una habitación libre, compartiendo casa con una feliz pareja y un
bebé, le resultaba insoportable. Podría irse con sus padres... pero la
decepción que vería en ellos sería aún más dolorosa que la que sentía ella.
—Dos semanas sola en Italia...
—No tienes por qué estar sola —dijo Gaby en voz baja—. Yo podría
acompañarte.
—¿De verdad?
—Pues sí. Todavía me quedan unos cuantos días de vacaciones.
Mañana no puedo porque el martes tengo la revisión de la vigésima semana, pero
podría salir el miércoles. Faviola se quedará aquí. —Faviola era la maravillosa
niñera filipina—. Solo serán unos días. No me veo capaz de acompañarte durante
dos semanas completas sin remordimientos. —Le dio un apretón a Archie—. Pero no
me he ido sola a ningún lado desde que nació. Será mejor que nada, ¿no te
parece?
—Será genial —murmuró Amy—. ¿Estás segura?
—Por supuesto. Me vendrá muy bien un descanso. PJ puede
encargarse de todo lo demás, ¿verdad, cariño?
—Desde luego —afirmó sin asomo de mal humor.
—Por cierto, se me olvidaba preguntarte. El niño no me da
patadas todavía. ¿Es normal o debería preocuparme?
—Es normal —le contestó, acostumbrada a que sus amigas le
hicieran esa clase de preguntas—. ¿Estás seguro de que no te importa? —le preguntó
a PJ.
—En absoluto. Me vendrán bien esos días solo, sobre todo ahora
que empieza el campeonato de rugby. ¡Uf! —exclamó, cuando Gaby le dio un
guantazo.
—Podemos tomar el sol —dijo ella, dirigiéndose a Gaby—. Visitar
museos. —Todas las cosas que había soñado hacer con Doug. Sintió un nudo en la
garganta.
—Comer pasta y pizza. —Su amiga sonrió—. Helados... ¡Ay, no! Los
helados no, porque la leche a lo mejor no está pasteurizada. Pero sí podemos
tumbarnos en la piscina. Salir a pasear. Conocer algún que otro Romeo... Porque
si no te ligas a algún italiano, es que no eres una chica y tienes que cambiar
tu carnet de identidad.
—¡Uf! —repitió PJ, y Amy estuvo a punto de sonreír por primera
vez en veinticuatro horas.
—No quiero ligar. No volveré a enamorarme en la vida.
—Eso lo dices ahora. Espera hasta que algún Luigi salido te
susurre tonterías a la luz de la luna...
El móvil volvió a sonar.
—¿Sí? —A Gaby se le descompuso la cara—. ¡Ah, hola, señora
Fraser! Mmm, no está aquí ahora mismo. No sé dónde está, no... Sí, lo sé. Sé
que todo esto es desquiciante. No, no sé dónde está Doug, ¿usted lo sabe?
Amy hizo una mueca. Imaginarse a la madre de Doug subiéndose por
las paredes era más de lo que podía soportar. Al menos no tendría que volver a
verla, ni a ninguno de los demás miembros del clan Fraser. Tal vez la ruptura
tuviera ciertas ventajas...
—Vale, lo siento —dijo Gaby—. Sí. Sí. Estoy segura de que está
molesto, pero Amy también lo está. —Apretó los dientes—. Sí, le diré que la
llame. Pero no sé cuándo lo hará. No sabemos dónde está. —Cortó la llamada—. Ya
sabes quién era...
Se imaginó días y días plagados de ese tipo de conversaciones.
No podía soportarlo más.
—Tienes razón. Tengo que irme.
—¡Sí! —exclamó Gaby, alzando la mano para que chocara los
cinco—. ¡Esa es mi chica! ¡Nos vamos de luna de miel! Y no te preocupes por los
días que pasarás sola. Te vendrán muy bien. Será una experiencia liberadora. Te
lo prometo.
Capítulo 3
En la sala de estar de la suite Picasso del Hotel de Russie, en
Roma, Hal Blackstock estaba dando buena cuenta de la fruta que se amontonaba en
un enorme cuenco mientras zapeaba sin ton ni son en la gigantesca pantalla de
plasma, que al parecer George Clooney había dejado en la habitación tras una
larga estancia. Culebrón, reposición de Friends en italiano, reposición de
Emergencias, culebrón. ¡Ay, Dios! ¡Fútbol! Se detuvo un segundo en ese canal,
pero eran dos equipos turcos que no conocía ni su madre, así que siguió hasta
dar con dos rubias bastante feas con tetas de silicona que se lo estaban
montando en una alfombra.
—Qué malas... —dijo—. Porno ruso. Esto es lo que estaba
buscando.
—Por favor, Hal —murmuró Vanessa, su asistente personal, que
estaba sentada al pequeño escritorio del rincón repasando su agenda del día.
Le sonrió al tiempo que subía el volumen.
—Dios, me encanta escucharlas gemir con esos acentos eslavos. Es
muy sexy.
—No tienes arreglo —dijo Vanessa, que se negó a entrar al trapo
como siempre.
Las rubias comenzaron a fingir un orgasmo simultáneo. Bostezó y
cambió de canal una vez más.
—¡Mira, Scooby Doo en italiano! —Vio la película unos cinco
minutos, pero se aburrió y cambió de nuevo de canal.
Se detuvo unos minutos en una carrera de motos. Pensó en echarse
una siestecita, pero la camarera seguía en el dormitorio, deshaciendo su
maleta, una Vuitton. Era una mujer bajita y tetona, bastante atractiva, pero
tenía por costumbre guardar las distancias con el personal de los hoteles desde
que la chica del servicio de habitaciones de la Isla de Man vendió su historia
al Sunday Mirror...
Sintió un pinchazo bajo la camiseta. Ay, Dios, otra vez el
grano. Había aparecido hacía ya unos días en el costado izquierdo, sobre la
segunda costilla comenzando por abajo, justo al sudoeste de su pezón. La
primera vez que lo notó, lo tomó por una espinilla normal y corriente. Pero
desde entonces se había hinchado, le dolía cuando se tocaba (más que una
espinilla normal) y no parecía tener intenciones de desaparecer. Frunció el
ceño antes de buscar otra cosa que lo distrajera.
—Dime, Nessie, ¿qué toca hoy? ¿Nessie?
Pero, cosa extraña, no le estaba prestando atención, porque
estaba echando humo por las orejas por lo que fuera que estaba viendo en la
pantalla de su portátil.
—¡Ya decía yo! —exclamó—. Esta no es la mejor suite del hotel.
Deberías estar en la Nijinsky o en la Popolo. Las dos son muchísimo mejores.
Al escucharla, echó un vistazo hacia la terraza desde la que se
veían los impecables jardines del hotel, situados en la parte posterior, donde
el terreno ascendía suavemente.
—Pues a mí me parece que la vista es estupenda.
—No lo bastante buena —señaló Vanessa, y el rubor que había
aparecido en la punta de su nariz respingona adquirió un tono más subido—.
Desde aquí solo ves el jardín. Pero desde las otras dos suites ves los tejados
de Roma.
Bostezó y pensó en jugar un rato a la PlayStation.
—Estoy seguro de que sobreviviré. Ya he visto tejados antes.
—Pero no es eso —replicó ella con los ojos entrecerrados. Cogió
el teléfono que tenía al lado y marcó el cero con el lápiz.
Vanessa llevaba trabajando para él tres años y era con
diferencia la mejor asistente personal que había tenido hasta el momento. Su
propia señorita Moneypenny, con un acento que dejaba a la reina a la altura de
una verdulera, el cerebro tan ordenado como un iBook y la crueldad de Atila.
Ningún detalle, por minúsculo que fuera, escapaba a su penetrante mirada; nadie
era capaz de acallar sus protestas cuando su jefe no obtenía la absoluta
perfección.
Por supuesto, el hecho de que Vanessa, como la mayoría de las
mujeres, estuviera enamorada de él ayudaba mucho. Nunca había pasado nada entre
ellos. Y eso que Nessie era un regalo para la vista con ese precioso pelo rubio
y esas piernas tan largas. En alguna que otra ocasión, estando aburrido,
cachondo y encerrado en alguna suite asquerosa de Moscú o de cualquier otro
agujero en el culo del mundo, había considerado la posibilidad... incluso había
llegado a coger el teléfono para llamarla. Pero siempre había colgado a tiempo.
A la larga era muchísimo más entretenido ver esa devoción en sus
despóticos ojitos de chica bien; la punzada de dolor, escondido al punto, al
entrar en su suite por la mañana y descubrir a otra veinteañera a la que se
había ligado en un club, bostezando y con la camiseta de su pijama Thomas Pink.
En los últimos tiempos había visto el desdén cada vez que le pasaba una llamada
de Flora y cada vez que le pedía que le comprase flores. No era tonto, no.
Sabía que el sexo lo arruinaría todo, que le rompería el corazón a Vanessa y
tendría que despedirla, y que ninguna sustituta le llegaría a la suela de los
zapatos, ni en eficiencia ni en ferocidad a la hora de proteger sus intereses.
Solo había que escucharla en ese momento.
—Sí, sí, signor Ducelli, por favor. —El signor Ducelli era el
gerente del hotel, y se había deshecho en sonrisas mientras lo recibía y le
prometía «hacer cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, para que su
estancia sea lo más cómoda posible».
Se dispuso a pasar un buen rato escuchando a Vanessa lanzarse a
la yugular.
—Sí, hola, signor Ducelli. ¿Qué tal?... Bueno, siento decirle
que las cosas no están bien. La suite es adecuada, pero no entiendo por qué el
señor Blackstock no está en la suite Nijinsky o en la suite Popolo. Esas son
las mejores, ¿no? ¿Puede encargarse de que nos trasladen de inmediato? —Vanessa
apretó los labios—. Comprendo... No, por supuesto que Justina debe quedarse
donde está. Pero ¿no puede hacer que los recién casados cambien de opinión?
Vamos, estamos hablando de Hal Blackstock. Seguramente estarán encantados de
hacerlo. ¿No puede preguntárselo?... ¿Por qué no?... Lo siento, signor Ducelli,
pero esta no me parece bastante buena. Me encargaré de que el estudio se
asegure de que sus estrellas eviten este hotel en el futuro... No, me da igual
que aquí haya dos litografías de Picasso, el señor Blackstock posee un óleo de
Picasso, así que... Comprendo perfectamente que la suite ya está ocupada, pero
lo que no entiendo es por qué no les pide que se trasladen a otra. No, yo soy
quien lo siente, signor Ducelli. Adiós.
—Buen intento, Nessie —dijo al tiempo que se estiraba en el
sofá—, pero no ha colado. Da igual.
—Mira que intentar contentarnos con las dos litografías de
Picasso... —refunfuñó ella.
—No tengo un óleo de Picasso.
—Ya lo sé. Pero Ducelli no lo sabe. —Frunció el ceño—. La suite
Nijinsky habrá que olvidarla porque es donde se aloja Justina.
Justina Maguire era su pareja en El carro de las manzanas, el
pestiño de película que estaba promocionando en Roma. Era una cabeza hueca
bulímica de veintiún años nacida en Laguna Beach, con un palo de fregona por
cuerpo. La odiaba con todas sus fuerzas.
—¡Dios! No sabía que la habían alojado en mi mismo hotel. Bueno,
mientras no nos crucemos...
—Pero la suite Popolo está ocupada por unos recién casados en su
luna de miel —siguió Vanessa—. Seguro que cambiarán de habitación. Si el signor
Ducelli se niega a encargarse del problema, lo haré yo.
—No, no lo hagas —le dijo con voz cansada mientras se rascaba la
entrepierna.
La actitud avasalladora de Vanessa le parecía graciosa, pero a
veces era un poco bochornoso escucharla presionar a los maîtres para conseguir
la mejor mesa, a las azafatas de los aviones para que les dieran los mejores
asientos o a las representantes de las marcas de moda para que aflojaran ropa
gratis. Sin embargo, no iba a fingir que no le gustaba obtener ese tipo de
privilegios. De eso iba el mundillo cinematográfico: berrinches por quién se
quedaba con la caravana más grande en los rodajes, por quién conseguía la
limusina más reluciente para llevarlo al plató cada mañana, por quién tenía la
mejor mesa en el Ivy, por quién se quedaba con el jet privado en vez de recibir
simplemente asientos en primera clase...
—Deja a los recién casados tranquilos —le ordenó—. Deja que se
diviertan antes de que él empiece a ponerle los cuernos y de que ella se ponga
como una foca.
—Mira que eres cínico —le reprochó con brusquedad—. Voy a
pedírselo. La experiencia me dice que se sentirán honrados de cambiar su
habitación con Hal Blackstock. Si me dan guerra, les ofreceré un par de
entradas para el estreno.
El teléfono comenzó a sonar.
—Ah, seguro que es el signor Ducelli para decirme que los ha
convencido. —Descolgó—. ¿Hola? —Su tono cambió de agresivo a adulador—. Ah, sí,
hola, Flora. Sí. Voy a ver si puede ponerse.
—Claro que puedo ponerme al teléfono para Flora —gritó él. Qué
ridícula era a veces. Cogió el supletorio que había en la mesita—. Hola,
cariño.
—¿Hablo con el señor O'Grandy? —dijo la lánguida voz de Flora
con su elegante acento.
Soltó una risilla al escucharla.
—Al aparato.
—¿El señor Cull O'Grandy? —Flora suspiró—. ¿No te cansas de
registrarte con esos nombres tan ridículos?
—No.
Se la imaginó en su suite de Jamaica, poniendo los ojos en
blanco y exasperada. Su sentido del humor adolescente no acababa de gustarle.
—¿Cómo estás, cariño? Debe de ser... —Miró su Rolex—. Debe de
ser muy temprano por ahí.
—Falta poco para las siete. Aunque llevo despierta desde las
cinco, meditando, y luego he nadado un poco. Y en cuestión de media hora vamos
al centro de acogida para mujeres. ¿Qué tal te va a ti?
—Bueno, lo mismo de siempre, lo mismo de siempre. Llevo aquí
menos de una hora. Supongo que el hotel está muy bien, aunque Nessie no me ha
conseguido la mejor suite. —Alzó mucho la voz en la última parte antes de sacar
la lengua, ya que sabía que eso cabrearía a Nessie un montón. ¿Por qué seguía
allí?—. Espera un momento, cariño. —Puso su expresión más seria—. Vanessa, ¿te
importa irte para que tenga un poco de intimidad?
Le hizo mucha gracia ver que se le ponían las orejas coloradas.
—Claro, Hal —contestó ella con voz tranquila—. Voy a ver si
soluciono lo de las suites. —Y salió de la habitación acompañada por el taconeo
con sus Patrick Cox.
—Estoy seguro de que me limpiaría el culo si se lo pido —comentó
en cuanto se cerró la puerta.
—¡Hal! ¡No seas tan asqueroso! Estarías perdido sin Vanessa.
—Estaría perdido sin ti. —Lo dijo con la voz ñoña y empalagosa
que siempre utilizaba con Flora. Al fingir que estaba en una película, no tenía
que preguntarse si de verdad sentía lo que estaba diciendo.
—Ay, Hal, eso es muy dulce. —Ella también parecía estar leyendo
un guión.
—Dime, ¿cómo están las niñas? —Flora tenía dos hijas pequeñas de
su ex marido, el corredor francés Pierre de Belleville Crécy. A él no le iban
los niños, pero, por raro que pareciera, le gustaban mucho en pequeñas dosis.
En ocasiones, eran mucho más graciosas que su madre.
—Estupendamente. Están disfrutando de la playa, aprendiendo
cosas sobre el ecosistema marino. ¿Qué tienes pendiente para hoy?
—Entrevistas durante todo el día, ya sabes cómo funciona esto.
«Hal, ¿cuándo te vas a casar con Flora?» «Hal, ¿sigues enamorado de Marina?»
Bla-bla-bla...
No debería haber dicho eso. Eran las dos cosas que conseguían
enfadar a Flora al punto. Y no fallaron.
—Pues diles que no hablas sobre tu vida privada —masculló.
—Lo diré, pero no deja de ser un coñazo. —Para cambiar de tema
añadió—: Y sigo teniendo ese grano.
—¿Qué grano? Ah, ¿te refieres al del pecho?
—Sí. Y me duele muchísimo —siguió, exagerando solo un poquito—.
Si me lo aprieto, el dolor se extiende.
—Pues no te lo aprietes —replicó ella, como si le hablara a un
idiota.
—Muy bien, no lo haré. —Suspiró—. ¿Crees que es algo grave?
—No. Pero si te preocupa, deberías consultar con un médico.
—No, no. No hace falta. —Le repateaba la idea. Le dirían que
tenía una enfermedad terminal (cosa que no soportaría) o que no tenía que
preocuparse de nada y se sentiría como un imbécil de campeonato (y eso era lo
que había ocurrido siempre con sus diversas dolencias). Era hora de cambiar de
tema—. ¿No puedes venirte un poco antes? ¿Dejar solos a esas jamaicanas
imbéciles? Al fin y al cabo, ellas tienen la culpa por haber intentado meter la
droga en el país.
—¡Hal! Sabes perfectamente que no se trata de eso. No tienes ni
idea de la extrema pobreza en la que viven estas mujeres.
—¡Lo siento! Solo era una broma. Es que... sería mucho más
divertido si estuvieras aquí.
—Pronto estaré contigo —le aseguró. Flora llegaría el martes
para acompañarlo al estreno del miércoles por la noche, y después pasarían una
semana en Capri, en el hotel Quisisana—. Y mientras tanto puedes pasártelo
estupendamente tú sólito. Roma es una ciudad maravillosa.
—Sí, pero ya la he visto. Quería enseñártela. Impresionarte con
mi italiano. Revivir mi pasado.
Había estudiado francés e italiano en Cambridge y había pasado
un año en Roma durante la carrera. Su italiano estaba un poco oxidado, pero
esperaba poder practicarlo de nuevo. Eso le recordaría a Flora que no solo era
una cara bonita que pronunciaba frases hechas. A veces Flora se daba ciertos
aires de superioridad por su condición de actriz seria, en contraste con su
trayectoria de actor de comedias románticas.
—Estaré contigo en un par de días, Hal. Ah, acaba de llegar mi
coche. Mmm, ¿te parece que te llame en cuanto vuelva?
—Claro —respondió.
—Vale. Hablamos luego.
—Adiós, cariño.
Colgó y se echó en el sofá, enfadado. ¿Por qué había mencionado
a Marina? Sabía que Flora no soportaba el nombre de su ex. ¿Y a qué había
venido la pregunta sobre el matrimonio? Flora ya sabía que la gente se lo
preguntaba a todas horas. De cualquier manera, siempre conseguía eludir el tema
como si fuera un alienígena que intentara cargárselo en un juego de la
PlayStation.
Se levantó y fue al dormitorio. Abrió la puerta del armario y
marcó el 1102, la fecha de su cumpleaños, en el teclado de la caja fuerte. La
puerta se abrió. Sacó una cajita de terciopelo azul y la abrió. En el interior
brillaba un enorme diamante rodeado por relucientes esmeraldas. Flora tenía una
colección de joyas alucinante, pero jamás habría visto nada parecido a ese
anillo. Sonrió al imaginarse el momento en el que se lo daba. Claro que no
estaba seguro al cien por cien de que eso era lo que quería hacer, pero ese
hotel sería el enclave perfecto para hacerlo. Se lo propondría durante la cena,
en la terraza. Puestos a pensarlo, era una lástima que solo tuvieran una vista
de los jardines. Los tejados de Roma serían un fondo mucho más adecuado.
Además, en esa terraza estaban un poco expuestos, ya que podrían verlos desde
otras habitaciones y desde los mismos jardines, si miraban hacia arriba. Nessie
tenía razón. Como de costumbre.
Nervioso, cogió el mando a distancia y comenzó a zapear de
nuevo. Al final dio con una de sus propias películas, que parecía estar doblada
al búlgaro. Dios, solo habían pasado cinco años, pero parecía mucho más guapo
entonces. Miró el reloj. Solo era la una. Cuando Nessie volviera, le diría que
pidiera el almuerzo; después a lo mejor se echaba una siestecita antes de hacer
un poco de ejercicio. No sabía por qué se sentía tan apático en ese momento.
Serían los nervios. Al fin y al cabo estaba a punto de dar un paso que le
cambiaría la vida por completo, y eso tenía que poner nervioso por fuerza a
alguien tan pasota como él.
Capítulo 4
El aeropuerto de Roma resultó ser una decepción, exactamente
igual que cualquier otro aeropuerto con todas esas barras de luces feísimas,
los interminables pasillos y los anuncios de teléfonos móviles. Amy pasó por el
control de pasaportes en piloto automático, recogió su maleta de Snoopy de la
cinta de equipaje y pasó el control de aduana. Al otro lado del control había
un tío cachas vestido de uniforme que no dejaba de bostezar con un cartel que
rezaba «Señores Fraser». Le dio unos golpecitos en el brazo.
—Hola, soy la señora Fraser.
—Buenas tardes. Me llamo Vincenzo. —El hombre miró a su
alrededor—. ¿Y...? ¿Y el señor Fraser?
Tragó saliva. Iba a tener que acostumbrarse a esa pregunta.
—Llegará más tarde. Tenía unos problemas de última hora que
resolver. Llegará en otro vuelo.
—¿En otro vuelo? Pero es su luna de miel.
—Sí, lo sé. Es una lástima, pero ¡así están las cosas! —Soltó
una carcajada—. Tendré que esperarlo.
Vincenzo cogió su maleta de Snoopy, la que le pareció tan mona
cuando la vio en una tienda de estilo vintage cerca de Brick Lane y que en ese
momento hacía que se sintiera ridícula. Lo siguió por las puertas de la
terminal. El calor le pegó una bofetada en la cara, como un amante enfadado.
—¡Qué calor hace! —exclamó, una perla de originalidad.
Vincenzo la miró con la expresión que semejante comentario se
merecía.
—Es agosto. Demasiado calor para quedarse en Roma. Todo el mundo
está de vacaciones.
Su inglés, se percató, era perfecto, con un leve acento de
Birmingham.
—Menos tú —señaló mientras lo seguía hacia el aparcamiento.
—No, yo prefiero quedarme.
Esperó a que elaborara un poco más el comentario, pero se limitó
a detenerse junto a un enorme Mercedes negro. Gaby le había preguntado si de
verdad quería ir a Roma en pleno verano.
—Hará un calor insoportable y la ciudad estará medio vacía —le
había dicho—. Pero así podré conseguirte un precio mucho más bajo por la suite.
—El hotel tiene aire acondicionado, ¿no? —fue su respuesta—. Y
Roma es la ciudad preferida de Doug. Se muere por enseñármela. —Y cuando Gaby
asintió con la cabeza, ella exclamó—: ¡Hagámoslo!
Se montó en la parte trasera del coche. Unos minutos después
Vincenzo conducía por una autopista rodeada de campos achicharrados y algún que
otro complejo de viviendas. Podrían estar en las afueras de Milton Keynes. En
la carretera medio desierta no había ni rastro de los conductores suicidas que
se había imaginado y la aguja del cuentakilómetros no pasaba de los 130
kilómetros por hora. Lo peor de todo era que el sol, que había ansiado ver,
brillaba por su ausencia. El día estaba húmedo y gris, como una camiseta
olvidada en el fondo del cesto de la ropa sucia.
—¿Es la primera vez que viene a Roma, signora?
—Sí. También la primera vez que estoy en Italia. —No se la había
imaginado de esa manera. Había imaginado cielos azules, locos en Vespas
serpenteando por el tráfico, acordeones tocando «That's Amore» y ancianitas
junto a la carretera preparando su propia pasta. Claro que también había
imaginado estar allí con su marido.
Se acordó del teléfono. Lo había apagado durante el vuelo. Lo
sacó del bolso y lo encendió. ¿La habría llamado Doug mientras estaba a
veinticinco mil pies de altura? Marcó el número de su buzón de voz y descubrió
que tenía siete mensajes nuevos. Pero a medida que los fue escuchando, el
diminuto rayito de esperanza se fue apagando hasta morir. Eran mensajes de sus
amigos, de sus compañeros de trabajo, de algún pariente lejano, de algún amigo
de Doug al que conoció de pasada en un pub, que le preguntaban si estaba bien
con evidente compasión y una pizca de malsana curiosidad por la posibilidad de
averiguar qué había pasado. También tenía seis mensajes de texto con ese fin.
¡Que les dieran a todos! No iba a decirle ni mu a nadie.
—¿Es de Inglaterra?
—De Londres.
—¿Conoce Nuneaton? Me pasé dos años allí trabajando en un bar.
—No, no sé dónde está, pero eso explica tu excelente inglés.
Vincenzo asintió con la cabeza, satisfecho, cuando dejó la
autopista y se internó en lo que parecía una estrecha carretera comarcal
flanqueada por árboles. Poco después, la carretera se ensanchó al llegar a lo
que debía de ser el extrarradio. De vez en cuando, veía letreros de Pizzeria,
Trattoria, Gelateria... No había ni un alma en las aceras. Las calles se
ensancharon y fueron ganando en tráfico mientras Vincenzo seguía conduciendo.
Pasaron junto a una enorme pirámide de ladrillo.
—La tumba de Cayo Cestio Galo —explicó Vincenzo—. Visitó las
pirámides de Egipto y decidió hacerse una para él.
—Claro —asintió mientras se preguntaba si debería saber quién
era el tal Cayo Cestio. Frente a ellos se encontraba la primera muestra
fehaciente de que estaba en Roma, el Coliseo, y era igualito a como lo
recordaba de Gladiator.
—Il Colosseo —confirmó Vincenzo—. Donde los leones se comían a
los cristianos.
—Por supuesto. —Comprendía perfectamente lo que debieron de
sentir.
—Y a la izquierda puede ver el Foro.
Volvió la cabeza en la dirección que le indicaba y vio lo que
parecía un solar medio derruido a través de los cristales tintados. Poco
después vio un edificio mucho más moderno de un blanco nuclear, con una
escalinata en el frontal, columnas y un par de cuadrigas en la parte superior
conducidas por lo que parecían ángeles.
—El monumento al rey Víctor Manuel. Lo llamamos «la tarta
nupcial». —El chófer siguió con la explicación, ajeno a la mueca que esas
palabras le provocaron—. Es el único edificio feo de toda Roma.
Enfilaron una calle larga y estrecha repleta de tiendas. A la
izquierda vio una amplia plaza con una columna tallada, que dijo que era la
plaza del Parlamento; después, giró a la derecha y atravesaron una enorme plaza
atestada de gente con una pequeña fuente en el centro.
—La plaza de España. —A la derecha, vio otra escalinata,
cubierta de personas, que conducía a una elegante iglesia—. Aquí es donde
vienen los jóvenes italianos a rimorchiare. A ligar. Pero a usted no le
interesa porque está en su luna de miel. —Prosiguieron el recorrido por otra
callejuela estrecha—. Y esta es la vía del Babuino. Ecco! Aquí está su hotel.
El hotel de Russie era un edificio de piedra muy alto que estaba
a pie de calle. Un portero ataviado con un elegante uniforme gris y sombrero a
juego le abrió la puerta del coche antes de sacar la maleta del maletero. Pasó
un momento muy incómodo cuando le dio las gracias a Vincenzo y se dio cuenta de
que no podía darle propina, ya que no se había acordado de cambiar la moneda en
el aeropuerto.
—Lo siento.
—No se preocupe —le dijo Vincenzo mientras le tendía la mano. Al
estrechársela, se dio cuenta con sorpresa de que llevaba hecha la manicura
francesa—. Disfrute de su estancia, signora.
Siguió al botones a través de las puertas del hotel y por el
vestíbulo. Era de estilo minimalista con suelo de mármol y techos altos. Un
joven calvo le sonrió desde el mostrador de recepción.
—Bienvenida, señora Fraser. Es un honor tenerla en el hotel de
Russie.
—Preferiría que me llamara doctora Fraser —lo corrigió.
Era de agradecer que su profesión la ayudara a soslayar el
tratamiento de «señora» al que no tenía derecho ninguno. Se dijo que
conservaría lo de Fraser un poco más. Después de haber aguantado toda la vida
lo de doctora Gubbins,1 era lo menos que se merecía. Había deseado tanto tener
un apellido decente que ya había cambiado el nombre en las tarjetas de crédito,
en el pasaporte e incluso en la tarjeta del supermercado. Bueno, iba a tener
que cambiarlo de nuevo en todos sitios. Otra cosa que añadir a su lista de
temas pendientes, junto con el inevitable anuncio en eBay: «Precioso vestido de
novia de Vera Wang. Talla 38. A estrenar».
—Vaya, perdone —se disculpó el recepcionista—. Una doctora.
Mamma mia! —Así que los italianos decían eso de verdad—. ¡Qué inteligente!
¡Maravilloso! Y... ¿y el señor Fraser?
Era una pesadilla...
—Viene en otro vuelo.
—Entiendo... —dijo el recepcionista sin inmutarse—. Allora, no
hay problema. ¿Podría rellenar este impreso y dejarme su pasaporte?
Lo rellenó utilizando su nombre falso. Cuando rebuscó el
pasaporte en el bolso, se le cayó un tampón al suelo. Se apresuró a recogerlo
justo cuando un hombre con acento de Yorkshire comenzaba a gritar:
—¡Oiga usted!
—Dígame, señor Doubleday —dijo el recepcionista con la misma
sonrisa afable.
—No me gusta mi habitación. Quiero que me trasladen a una suite
de inmediato.
—Vaya, lo siento muchísimo, señor Doubleday, todas las suites
están ocupadas.
Se volvió para mirar al recién llegado. Cincuentón, bajito, con
abundante pelo canoso, la boca torcida y una frente tan brillante que parecía
que acabara de pulírsela. Llevaba unos chinos y un jersey de golf, y unas
cuantas cámaras colgadas del cuello.
—¿No puede hacer nada? —masculló—. Soy un cliente muy
importante, que lo sepa.
—Lo siento, señor. Es temporada alta. El miércoles se estrena
una película y muchos de los asistentes al evento se hospedan aquí.
—Sé lo del estreno de la película, colega. Estoy aquí para hacer
las fotos de la fiesta. —Dicho lo cual dio media vuelta y se largó.
—Menudo imbécil —dijo otra voz con acento inglés, aunque
femenina y bastante culta. Volvió a darse la vuelta y vio a una sonriente mujer
de mediana edad con un recatado vestido de tirantes azul marino. Detrás había
un hombre de aspecto tranquilo con una camiseta y pantalones cortos.
»¿No te parece? Un completo imbécil.
—Ha sido un poco desagradable —reconoció ella.
—¡Un poco desagradable! —repitió la mujer antes de resoplar—.
¡Es un capullo!
—¡Marian! —la reprendió el hombre en voz baja.
—Pero es verdad, Roger. Ya sabes que no tengo pelos en la
lengua. —Volvió a sonreírle dejando a la vista una hilera de dientes enormes—.
¿Acabas de llegar? Es un lugar precioso. Te encantará.
—Estoy segura. —Se volvió hacia el mostrador de recepción.
—¿Estás de luna de miel?
Al ver la expresión del recepcionista, respondió:
—Sí.
—Nosotros también —dijo Marian.
—Ah, yo...
—Segunda luna de miel —puntualizó la mujer—. Hace cuarenta años
que vinimos aquí por primera vez, ¿te lo imaginas? Ahora que los críos ya son
grandecitos, decidimos regresar y revivir la juventud. Verás, es que estamos
aquí por la pasta.
—¿Ah, sí? —preguntó, un poco extrañada—. ¿Les gusta la comida
italiana?
Marian se tronchó de la risa.
—¡Ay, qué bueno! No, me refiero al dinero. Estamos aquí para
gastarnos la herencia de los niños, vamos. Acabamos de librarnos del mayor.
Tiene treinta y cuatro.
—Igual que yo.
—Sí, pero tú eres una respetable mujer casada. Él se pasaba el
día fumando porros. Bueno, ¿dónde está tu marido, cariño?
—Marian... —protestó Roger sin ponerle mucho empeño.
—Acaba de subir a la habitación —respondió ella en voz baja, con
la esperanza de que el recepcionista no la escuchara.
—Me encantaría conocerlo. A ver si quedamos una noche para tomar
algo. Bueno, no te entretenemos más. Vamos a ver la Villa Borghese esta tarde.
Ciao, como dicen aquí. —La mujer se marchó tras despedirse con un alegre gesto
de la mano, seguida por Roger.
Se volvió una vez más hacia el recepcionista, que le sonreía
mientras hacía señas a un botones de rostro arrugado y amable para que se
acercara.
—Que tenga una estupenda luna de miel, doctora Fraser. Tommaso
la acompañará hasta su suite.
Capítulo 5
Amy siguió a Tommaso por un vestíbulo de altos techos, decorado
con exquisitas esculturas de estilo contemporáneo. A través de las puertas
correderas de cristal emplazadas en el otro extremo se accedía a una terraza
llena de mesas y sombrillas blancas. Giraron a la izquierda y Tommaso pulsó el
botón del ascensor, que los llevó a la sexta planta. El pasillo estaba cubierto
por una moqueta beige. Lo recorrieron hasta llegar al otro extremo, donde
Tommaso utilizó una tarjeta y abrió la puerta de color verde claro.
—Adelante, signora.
Amy descubrió un salón.
—¡Vaya!
La estancia no era muy grande, pero sí muy bonita, de paredes
amarillas decoradas con fotografías de flores en blanco y negro. Tenía un sofá
y un escritorio. Sentarse la asustaba un poco, por la posibilidad de desordenar
algo.
—Por aquí está el dormitorio, signora.
Siguió a Tommaso hasta un dormitorio lleno de globos. Había
globos por todos lados. Con forma de corazón y de color rosa. En todos ellos se
leía «Amy y Doug» con rimbombantes letras plateadas. No podía ser más
hortera... Seguro que lo había organizado Gaby, pero se le olvidó cancelarlo.
—Feliz luna de miel —dijo Tommaso.
—Mmm... Gracias. —Sintió el ya familiar cosquilleo en la nariz
al tiempo que se le llenaban los ojos de lágrimas.
Tommaso la miró con expresión alarmada.
—Signora, mire —gritó, como una madre que intentara distraer a
un bebé para evitar un berrinche, y abrió la puerta de acceso a la terraza.
Había un limonero, un montón de geranios y dos tumbonas con
cojines blancos, la una al lado de la otra. Bajo una sombrilla blanca habían
servido la mesa para dos. Mantel blanco, cubertería de plata resplandeciente,
vajilla exquisita, velas y flores. El escenario perfecto para una cena
romántica al atardecer. Insoportable.
—Es precioso —se las arregló para decir.
—Acompáñeme, signora —le indicó Tommaso, señalando el antepecho.
Bajo ellos se extendía una plaza cuadrada con un obelisco en el centro, un
enorme pórtico en un extremo y en el otro, tan cerca que si extendía la mano
podría tocarla, la cúpula de una iglesia—. La plaza del Popolo. Aquí estamos.
En el corazón de Roma.
—Sí.
Tommaso le lanzó una mirada preocupada.
—Venga, signora —le dijo, indicándole con un gesto que volviera
al interior—. Por aquí está el baño.
—Aja —asintió distraída y casi sin ver los mosaicos de la pared.
—¿Quiere que le enseñe cómo funciona el televisor? ¿O el equipo
de música? ¿La ducha?
—No, gracias. Ya me las apañaré sola.
—Richard Gere siempre se queda aquí. Y Madonna. Y Sting. Y
Leonardo DiCaprio. —En el último momento añadió—: Y Victoria Beckham estuvo
hace poco.
—Maravilloso.
—Recuerde que tenemos unas preciosas instalaciones recreativas
con sauna, baños de vapor y piscinas de hidroterapia. En el sótano.
—De acuerdo. —Estaba desesperada por quedarse sola, pero Tommaso
seguía revoloteando. ¡Claro! Quería una propina...—. Lo siento, todavía no
tengo euros. ¿Le importa si le doy la propina cuando cambie?
—Por supuesto, señora. —Sonrió con amabilidad—. Si necesita
cualquier cosa, pregunte por mí. Y recuerde que estamos a su entera
disposición. Para cualquier cosa, sea la que sea.
¿Puede retroceder el tiempo una semana? ¿Puede decirme que todo
esto es un mal sueño?
—Gracias —le dijo, intentando sonreír—. Lo recordaré.
Tommaso caminó intrigado hasta el ascensor. No le importaba no
haber conseguido propina, pero le preocupaba esa mujer de pelo oscuro recogido
en un moño y piernas largas y delgadas. Su aspecto no era el de las mujeres que
solían alojarse en la suite Popolo: mujeres de negocios ataviadas con
impecables trajes de chaqueta que lo bombardeaban de inmediato con preguntas
sobre enchufes y puntos de acceso, o esposas (a menudo amantes) de rasgos
operados a golpe de talonario, aunque el dinero no pudiera borrar la decepción
de sus ojos. No, esa mujer parecía feliz. ¿Dónde estaba su marido? Él llevaba
casi treinta años casado y nunca había pasado una noche separado de su mujer.
Eso sí, a la menor oportunidad... solía bromear con sus amigos, aunque no lo
dijera en serio.
Mientras tanto, en la suite Popolo, Amy lloraba, lloraba y
lloraba sentada en la cama. Le parecía increíble. Estaba rodeada de lujos,
tenía una vista perfecta de la ciudad y lo único que quería era llenar la
bañera, meterse bajo el agua y no salir jamás.
—¡Esto no puede estar pasándome a mí! —aulló, pero guardó
silencio de inmediato cuando oyó un timbre.
Agudizó el oído, convencida de que eran imaginaciones suyas,
pero allí estaba. ¡Era él! ¡Había ido! Corrió a la puerta y abrió. Era una
mujer. Alta, casi tanto como ella, vestida con un traje ajustado y de cabello
rubio recogido en una coleta.
—Hola. Quiero decir, buon giorno!
—Hola —le dijo la mujer, que hablaba con un impecable acento
inglés—. Siento mucho molestarla. Vanessa Trimingham. Felicidades. Tengo
entendido que acababa de casarse.
—Yo...
—Maravilloso. En fin, siento mucho tener que decírselo, pero hay
un pequeño malentendido. Soy la asistente personal de Hal Blackstock, que
también se aloja en el hotel... —Hizo una pausa para que asimilara la
información—. Por regla general, se aloja en esta suite. Pero los incompetentes
que trabajaban en recepción cometieron un error y se la han adjudicado a usted.
El señor Blackstock espera que acceda a cambiar de suite con él. Está justo en
el otro extremo del pasillo, en la Picasso, así que prácticamente no hay
diferencias.
—¿Cómo dice?
—Sí, si accediera a hacerlo, el señor Blackstock se lo
agradecería muchísimo.
Amy no podía creérselo.
—No, gracias —rehusó—. Prefiero quedarme donde estoy.
La voz de la tal Vanessa adquirió una nota acerada y sus ojos se
tornaron fríos, como los de Charles Bronson en El justiciero de la ciudad
cuando descubrió que habían asesinado brutalmente a su familia y decidió
vengarse.
—Mmm... Lo siento mucho, pero creo que no me ha entendido. Estoy
hablando de Hal Blackstock. Sabe quién es, ¿verdad?
—Por supuesto —contestó de forma cortante.
Todo el mundo conocía al dichoso Hal Blackstock. Un famosísimo
actor británico. Rondaba los cuarenta. Guapísimo, según mandaban los cánones de
la genética aristocrática. Demasiado guapo para su gusto, pero Gaby siempre
había estado colada por él y era el hombre ideal en opinión de su madre. A
principios de los noventa intervino en un sinfín de series de época,
interpretando al valiente protagonista, y después dio el salto a Hollywood,
donde participó en un par de éxitos de taquilla. Era igualmente conocido por su
relación sentimental con Marina Dawson, la presentadora de un concurso de
televisión que lo acompañó a Hollywood, donde se convirtió en la imagen de
Magic Cosmetics y en el miembro más odiado del jurado de Supermodelo, un
concurso de modelos que llevaba años en antena. Las noches que Doug tocaba con
el grupo, le encantaba acurrucarse en el sofá para verlo.
Marina y Hal llevaban separados un par de años y en esos
momentos ella salía con un multimillonario. Desde entonces Hal se dejaba ver
mucho menos, y que ella recordara, hacía años que no participaba en una
película, aunque durante los últimos meses no paraba de aparecer en las
revistas del corazón que se amontonaban en la sala de espera del quirófano,
acompañado de Flora de Belleville Crécy, una actriz guapísima (aunque ¿había
alguna que no lo fuera?) que colaboraba en un sinfín de obras benéficas.
—En ese caso, supongo que no tendremos ningún problema, ¿verdad?
—insistió la tal Vanessa.
—Yo no he dicho tal cosa —respondió ella—. Estoy de luna de
miel. No quiero cambiar de suite.
—La Picasso es preciosa.
—Bueno, pues en ese caso, no creo que Hal tenga ninguna queja.
—Pero él siempre se aloja en esta suite.
—Le sentará bien el cambio. —No acababa de creer que estuviera
teniendo esa conversación—. Y ahora, si me disculpa, adiós. —Cerró la puerta—.
¡Madre del amor hermoso! —murmuró.
Se sentó en la cama y echó un vistazo al lujo que la rodeaba. Se
le hacía rarísimo que Hal Blackstock quisiera cambiar de suite con ella. Gaby
sufriría una combustión espontánea cuando se lo contara.
Ring, ring, ring.
¡El teléfono!
Echó un vistazo alrededor, incapaz de decidir cuál coger. Al
final se decidió por el que estaba en el escritorio.
—¿Sí? —En esa ocasión no albergaba muchas esperanzas, pero
todavía quedaba un rayito en su interior. La voz de Vanessa acabó con él.
—No estoy segura de que me haya entendido bien. El señor
Blackstock siempre se aloja en la suite Popolo. Además, les ofrece muy
amablemente, a usted y a su marido, entradas para el estreno de su película El
carro de las manzanas en Italia, que se celebrará el próximo miércoles por la
noche.
—Lo siento —se disculpó—. Pero yo... digo... nosotros...
reservamos esta suite hace ya tres meses. Para mi... digo... para nuestra luna
de miel. Y no voy a cambiarla. —Colgó al tiempo que soltaba una risilla tonta
por primera vez desde la despedida de soltera—. Vamos, Amy Gubbins —dijo en voz
alta—, estás a punto de conocer Roma.
Capítulo 6
La primera salida de Amy por Roma fue un desastre. El sofocante
calor, el paseo por una calle donde el aire parecía sopa caliente y el hecho de
que el precioso vestido de lino que se había puesto acabara empapado de sudor y
arrugado como una pasa no la ayudaron mucho...
Siempre que Doug y ella se iban de fin de semana (maravillosos
fines de semana si no fuera porque siempre le tocaba a ella organizarlos,
pagarlos, cambiar la moneda y buscar el medio de transporte del aeropuerto al
hotel y viceversa) a Estocolmo, Lyon, Barcelona o Nueva York, se pasaba horas
delante del ordenador, una vez hechas las reservas, leyendo artículos en busca
de detalles como las palabras para decir «por favor» o «gracias» o en busca de
las reglas de cada país relativas a las propinas en bares y restaurantes (nada
en la igualitaria Suecia y un mínimo de un quince por ciento en Nueva York para
evitar que el camarero te persiguiera por la calle con un cuchillo de
carnicero). Solía anotar en un Post-it cosas que hacer y que ver, así como los
nombres de restaurantes en los que comer y de tiendas imprescindibles que
visitar.
Sin embargo, había estado tan ocupada con la boda que ni
siquiera había podido organizar la luna de miel. Y en esos momentos no tenía
fuerzas para abrir la guía que había comprado una semana antes en Daunt Books,
en Marylebone High Street, después de hacerle una visita relámpago a la empresa
de catering para echarle un vistazo a la tarta nupcial que tantísimo le había
costado elegir. Una semana antes, cuando las cosas parecían bien encaminadas.
De modo que siguió paseando sin rumbo fijo con la esperanza de
darse de bruces con algún lugar de visita obligada como el Foro o la plaza
Navona. Al principio el paseo parecía prometedor. La vía del Babuino estaba
plagada de preciosas tiendas de antigüedades y de boutiques, pero casi todas
estaban cerradas en domingo. Después giró donde no tenía que girar y acabó en
una callejuela oscura cerca de la estación, llena de tiendas de baratijas que
vendían figurillas de plástico del Papa. Los únicos transeúntes que había por
la zona eran travestis de aspecto cansado o africanos intentando colar sus
bolsos falsos de Valentino. Un buen rato después encontró un cajero
electrónico. Echó un vistazo en busca de algún posible atracador, introdujo la
tarjeta y después de elegir el inglés como idioma para las instrucciones,
tecleó su clave personal. Sacaría el máximo, quinientos euros, y con eso
tendría suficiente para cubrir la estancia completa.
«No dispone de saldo suficiente. Por favor, compruebe su
liquidez», leyó en el monitor.
Con el corazón en la boca, pulsó unas cuantas teclas. La cifra
de la que disponía en su cuenta apareció en el monitor. Tenía un descubierto de
novecientas noventa y cinco libras. ¡Joder! Normalmente llevaba a rajatabla no
pedir un crédito superior a quinientas libras. Seguro que los culpables del
descalabro habían sido los dichosos zapatos de Emma Hope... Comenzó a hacer
cálculos con rapidez. Le ingresarían la nómina a mediados de semana, pero hasta
entonces solo disponía de cuarenta y cinco libras. Evidentemente, podía
utilizar el crédito de la tarjeta, pero en ese caso ¿con qué pagaba el
descubierto? ¡Por Dios! Siempre se había reído de la gente que acababa en
números rojos por culpa de la boda y ¡justo tenía que pasarle a ella!
—Tranquila —se dijo, mientras cogía los euros—. Solo tendrás que
reducir al mínimo los gastos durante unos días.
Hambrienta y muerta de sed, se sentó en la terraza de una
cafetería y pidió un espresso, convencida de que lo había dicho bien. Veinte
minutos después, el camarero de expresión avinagrada volvió con lo que parecía
un sorbo de alquitrán líquido que no se parecía en nada a lo que servían en
Starbucks. Se lo bebió en cinco segundos después de decidir que no iba a pedir
un bocadillo y le pidió la cuenta.
—Diez euros —le dijo el hombre.
Calculó con rapidez. Unas siete libras.
—Scusi?
—Diez euros.
—¡Pero eso es ridículo! —exclamó—. ¡Es un robo!
—En mesa, se paga más —le explicó el camarero sin sonreír—. Si
quiere un espresso por un euro, en la barra.
Pagó con las manos temblorosas por la rabia y la cafeína.
Cabrón. Siempre había creído que los italianos eran una raza de espíritus
alegres que creía en la dolce vita. Estaba tan enfadada que ni siquiera podía
pensar en el almuerzo. ¿Cuánto iban a clavarle por comer? De todas formas, le
repateaba la idea de sentarse sola en un restaurante, dejando bien claro que
era una novia plantada. ¿Por qué le había hecho caso a Gaby? No llevaba razón
en absoluto; viajar sola no era liberador, era un asco.
De repente, la invadió el pánico. ¿Qué narices iba a hacer?
Había perdido al amor de su vida, al hombre junto al que había planeado
envejecer. Tenía que llamarlo. Sin embargo, el orgullo y el temor a que
estuviera con Pinny la frenaban.
A las seis de la tarde y después de vagar bajo el sofocante
calor por más callejuelas de mal aspecto, estaba famélica. ¿Por qué había
rechazado el cruasán acartonado que le habían ofrecido en el avión? Además,
tenía ampollas en los dedos gordos por caminar durante horas con sandalias por
las calles adoquinadas y se le habían quemado los hombros porque había desoído
el consejo que siempre les daba a sus pacientes: haga el tiempo que haga,
protector solar porque los rayos se filtran entre las nubes por gruesas que
sean.
Una vez de vuelta en el hotel de Russie, el portero (otro
distinto al que había cuando llegó) la miró con recelo.
—Disculpe, signorina —le dijo—, ¿se aloja usted en el hotel?
—Sí —contestó con altivez—. En la suite Popolo.
El hombre la miró con escepticismo.
—¿Puedo ver su tarjeta?
La sacó del bolso y la expresión del portero se tornó
avergonzada.
—Lo siento mucho, signorina. La seguridad de los huéspedes es
nuestra prioridad, lo entiende, ¿verdad?
—No pasa nada —murmuró.
De vuelta en la suite, se tumbó en la cama y se quedó un buen
rato mirando el techo.
—Te sentirás mejor cuando comas —se dijo.
Cogió el menú del servicio de habitaciones que estaba en el
escritorio y lo ojeó. No quería lubina ni solomillo de ternera, lo que le
apetecía era pasta. Espaguetis con salsa de tomate y albahaca, sí, señor. En
ese momento vio el precio. Diecisiete euros con cincuenta céntimos, más cinco
euros de recargo por el servicio de habitaciones.
Frunció el ceño. Nunca se le había dado bien calcular el cambio
de monedas. Treinta y cinco libras. No, no, quince. Lo mismo daba. No podía
gastarse tanto. Se había pasado con los gastos de la dichosa boda y de la luna
de miel. Siguió revisando el menú en busca de algo más barato. Nada. La pasta
tendría que ser. Pero faltaba la bebida. Una botella de agua diminuta del
minibar costaba cinco euros y le daba miedo beber agua del grifo. Sin embargo,
era eso o regresar a la calle (y estaba oscureciendo) para sufrir la
humillación de cenar sola. A menos que... había una tercera opción.
Media hora después estaba de vuelta en la suite, sentada en la
cama, con una hamburguesa doble de queso, un paquete extra grande de patatas
fritas y una Coca-Cola Light, todo comprado en el McDonald's que había visto en
la esquina de la plaza de España. Lo había guardado todo en el bolso para
meterlo de extranjis en el hotel, y el portero no había notado nada. Mmm, las
patatas estaban buenísimas, calentitas y saladas, aunque ojalá se hubiera
acordado de coger unos sobrecitos de ketchup. Se imaginó que compartía la
comida con Doug, acurrucados el uno contra el otro y dándose patatas fritas.
Seguramente estaría dándole patatas fritas a Pinny...
Pensó en todos los pacientes a los que les había echado el
sermón sobre la importancia de disminuir el consumo de comida basura. Claro que
todo el mundo sabía que esas reglas no se aplicaban cuando se tenía el corazón
partido. Le daba exactamente igual recuperar todos los kilos que había perdido
para la boda; o que su corazón se colapsara por culpa de toda la grasa saturada
que estaba consumiendo; o que su sistema inmunológico dejara de funcionar por
falta de vitaminas. Total, nadie volvería a quererla. Iba a convertirse en una
solterona con verrugas en la barbilla. Les sonreiría como una tonta a los bebés
que viera en el supermercado, y los pobres chillarían asustados.
Cogió el mando a distancia y pasó por varios canales donde
emitían concursos con chicas ligeritas de ropa antes de decidirse por las
noticias en italiano. El presentador hablaba tan rápido que cualquiera pensaría
que estaba huyendo de un rottweiler rabioso. No pilló ni una sola palabra,
aunque se hacía una idea gracias a las imágenes. Cada noticia iba acompañada de
un gesto apropiado. Si se trataba de una mala noticia procedente de Oriente
Medio, el presentador alzaba las manos. Para informar de lo que parecía el
descarrilamiento de un tren en India, se golpeó el pecho varias veces en un
gesto compasivo. Cuando anunció que la estrella de cine Justina Maguire estaba
en Roma para asistir al estreno de la película El carro de las manzanas, que
protagonizaba junto a Hal Blackstock, se besó los dedos como reconocimiento a
su belleza.
Miró el despertador que tenía en la mesilla de noche. Eran poco
más de las ocho. Podía llenar la bañera y quedarse dentro durante horas y
después meterse en la cama. Recuperar el sueño perdido. Lo necesitaba como la
comida. Se metió en la bañera y estuvo bajo la espuma hasta que se le arrugaron
los dedos de los pies. Sin embargo, fue incapaz de conciliar el sueño cuando
volvió a la cama; claro que no era de extrañar ya que solo eran las nueve. Las
ocho en Gran Bretaña... dio vueltas y más vueltas. Probó tres almohadas
distintas de la selección que había en el armario, pero ninguna le iba bien.
Intentó contar ovejitas, pero su mente insistía en volver a sus padres y al
sufrimiento que les había ocasionado.
Vamos, se dijo, Madonna ha dormido en esta cama. Y Richard Gere.
Y Victoria Beckham.
Eso le dio un poco de asco.
De repente, recordó la voz de Tommaso.
«Tenemos unas preciosas instalaciones recreativas con sauna,
baños de vapor y piscinas de hidroterapia. En el sótano.»
Muy bien. Seguiría el consejo que siempre les daba a sus
pacientes cuando se quejaban de que no podían dormir: ejercicio físico.
Agotarse físicamente. Por supuesto, el sexo era ideal, pero ella no iba a
disfrutar del sexo nunca más. Cogió el biquini rojo y negro que Gaby había
insistido en que comprara como parte de su ajuar, se puso el albornoz del hotel
y se encaminó al sótano.
Capítulo 7
Hal seguía nervioso. Había pasado la tarde viendo una partida de
golf en Eurosport y hojeando el montón de revistas que había en la mesa. Iba
por la decimotercera cuando Vanessa llegó para comentarle la agenda de los
próximos días.
—¡Ay, Dios! —exclamó con una indiferencia que no sentía—, he
perdido atractivo.
—¿Cómo dices?
—Estoy en el número cuarenta y siete. ¡Espantoso!
—¿De qué estás hablando?
Sostuvo en alto un ejemplar de People.
—La lista de los cincuenta hombres más sexys del mundo —explicó
con acento yanqui—. Estoy seguro de que el año pasado quedé en mejor posición.
—Fuiste el número once —confirmó Vanessa, como si él no lo
supiera.
—Puto Hugh Grant... Ralph Fiennes. ¡El puñetero Jude Law! Todos
están por encima de mí. —Mantuvo un tono jocoso. Porque, de todas maneras, esas
listas de popularidad no eran más que patrañas. Todo el mundo lo sabía. Las
listas y los premios importaban un comino. Aunque sí era bastante molesto que
en la lista de las mujeres, publicada un mes antes, Marina estuviera en el
puesto nueve (un salto gigantesco desde el veintisiete que ocupara el año
anterior) y que Flora estuviera en el quince (eso no había cambiado).
—Los otros han tenido mucha más publicidad que tú este año —le
aseguró Vanessa—. Hugh estrenó una película, y Ralph también.
—Y yo —le recordó.
—Sí, pero...
¡Ja!, la había dejado sin palabras. Ni siquiera Vanessa podía
rebatir el hecho de que El carro de las manzanas se pudiera catalogar como
película. Había sido un favor a un antiguo colega de Cambridge, Ben Balanton,
que estaba desesperado por conseguir dinero para pagarle la pensión a su
tercera esposa (aunque Ben no le había devuelto el favor apareciendo en el
estreno italiano con la excusa de que tenía que llevar de vacaciones a su
cuarta esposa). Además, también había servido para aplacar a sus padres, que
habían dejado caer en varias ocasiones que puesto que no estaba trabajando
mucho, bien podría ayudar a Flora con alguno de sus proyectos benéficos.
A sus padres les gustaba Flora. Bueno, tal vez «gustar» fuera
demasiado fuerte. Flora no era de esas nueras afectuosas, pero nunca había
criticado el risotto de pescado de su madre, aunque más de la mitad de los
diabólicos carbohidratos acabara en sus propios bolsillos. Pero de un tiempo a
esa parte, le daba en la nariz que a sus padres les daría exactamente igual que
llegara a casa con una plusmarquista húngara de lanzamiento de peso, tuerta
para más inri, siempre y cuando fuera fértil. Porque a los Blackstock les daba
lo mismo su carrera cinematográfica. Ellos estaban desesperados por tener
nietos. Nietos que, por desgracia, solo él podía darles ya que su hermano
Jeremy, un experto en física de partículas, vivía con su novio Stan, un
peluquero, en Minneapolis.
—Es hora de tus ejercicios, Hal —dijo Nessie, evitando así la
pregunta sobre El carro de las manzanas—. El signor Ducelli va a acompañarte a
las instalaciones recreativas.
—¡Por el amor de Dios! No sé si estoy de humor para hacer
ejercicio.
La expresión de Vanessa ni se inmutó.
—¿Le digo que has cambiado de opinión?
—No, no —contestó de mal humor—. Vale, iré.
Aunque no tenía muy claro que fuera una buena idea. Le dolía el
grano, que se le había pegado a la camiseta. Tal vez no fuera una buena idea
exponerlo al agua clorada ni al mundo en general, ya puestos. Era la clase de
cosas que un paparazzi escondido en las tuberías captaría con su zoom, y
después Heat estaría repleto de primeros planos con titulares como «Hal tiene
un grano». Entonces llegaría algún médico y le echaría un vistazo en el
ejemplar de su hija y exclamaría: «¡Un momento! ¡Esto no es un grano, es un
tumor maligno!». Acto seguido, se pondría en contacto con él a través de
Callum, su representante, y...
—¿Necesitas algo más para esta noche? —preguntó Nessie—.
¿Quieres que te pida la cena en la habitación? ¿O prefieres salir? El conserje
ha reservado mesa provisionalmente en algunos restaurantes.
Salir. En otro tiempo eso sería lo que habría hecho sin pensar.
Le habría dicho al conserje, a Nessie y al relaciones públicas de la película
que encontraran a las tías más locas de la ciudad para cenar en un restaurante
antes de irse a una discoteca. Y después habría vuelto al hotel con una o dos.
Pero como Flora estaba en su vida, ya no tenía esa posibilidad. Los paparazzi
lo pillarían saliendo con alguna tía y al día siguiente la foto estaría en
todas las revistas de cotilleos, y él tendría que pagar muy cara la diversión.
—No, no voy a salir. Pide la cena. Pizza o algo por el estilo.
Voy a ver si ponen algún partido de fútbol o de criquet.
—Vale —replicó ella. Se oyó el timbre de la puerta—. Ah, ese
tiene que ser Ducelli.
Así que después de que se pusiera el chándal, Ducelli, que era
más empalagoso que las cremas que ponían en el hotel, lo acompañó a las
instalaciones recreativas, situadas en el sótano.
—Espero que esté disfrutando de su estancia en Roma, señor
Blackstock. Recuerde, por favor, que si necesita algo para que su estancia sea
más placentera, solo tiene que decirlo. Tal vez podamos organizarle una visita
guiada por los monumentos más importantes. Puede ir de noche, si no quiere
llamar la atención del público. También podemos proporcionarle una Vespa si
quiere dar una vuelta solo. El casco es un buen método para pasar
desapercibido. El señor Pitt lo probó la última vez que estuvo en la ciudad y la
experiencia le encantó.
—Cierto... ¿Y en qué suite se quedó el señor Pitt? —No le
importaba, pero quería atormentarlo un poco.
Ducelli adoptó una expresión contrita.
—Bueno, se alojó en la suite Popolo. Pero por desgracia en esta
ocasión ya estaba reservada.
—Lo sé. Por unos recién casados. Qué tierno... Seguro que puede
encontrar la manera de que se trasladen. Al fin y al cabo, estamos en Italia.
—Puso su mejor voz de Al Pacino—. Hágales una oferta que no puedan rechazar.
Una cabeza de caballo en la cama. Ese tipo de cosas.
Ducelli rió sin ganas.
—Lo siento, señor. Es absolutamente imposible. Espero que lo
entienda. —Abrió la puerta del spa y lo condujo por el vestíbulo hasta el
gimnasio, donde señaló la estancia vacía—. Ahora está cerrado. Nadie lo
molestará mientras hace ejercicio. Si lo desea, puede relajarse después en la
piscina de hidroterapia. Cerraré la puerta cuando salga, para que nadie pueda
entrar. Aquí tiene una llave. Puede quedarse todo el tiempo que quiera.
Disfrute.
En cuanto Ducelli se marchó, se quitó la sudadera y se miró el
pecho. El grano seguía doliéndole. Juraría que la cabeza de pus le hacía
guiños. No era más que un puñetero grano. Tendría que mandar a Nessie para que
le comprara Clearasil o lo que vendieran en Italia para esas cosas. La llamaría
en cuanto regresara a su habitación para que se pusiera manos a la obra. Se
subió en la cinta de correr. Diez kilómetros, decidió. Eso sería más que
suficiente para el día. Su vida era una lucha constante entre la vagancia y la
vanidad. Por regla general, la vanidad ganaba, pero detestaba la idea de que
alguien supiera que tenía que trabajarse los pectorales. Desde que lo mandaron
al internado, donde se pasaba el tiempo tocándose las narices y molestando a
los profesores (lo que lo obligaba a estudiar a escondidas después de que
apagaran las luces), había estado obsesionado con llegar a la cima con el menor
esfuerzo posible.
Mientras corría, su mente se concentró en Flora, que estaría en
su habitación del hotel en Jamaica, leyéndoles un cuento a las niñas antes de
picotear una ensalada y meterse en la cama con un libro de Proust. A diferencia
de él, Flora no veía nada bochornoso en intentar mejorar. Y no porque fuera una
rubia tonta ni mucho menos, pese a su aspecto. Su pedigrí era impecable. Su
padre, ya fallecido, había sido un distinguido director de teatro; y su madre,
que seguía viva y era peor que un dolor de muelas, había sido una actriz de
teatro muy famosa hasta que lo dejó todo para dirigir varias organizaciones
benéficas.
Flora asistió al internado más exclusivo de Estados Unidos y
habría ido a Harvard si un amigo de la familia no le hubiera ofrecido el papel
de Ofelia en una nueva versión de Hamlet. El papel le valió una nominación a
los Oscar y desde entonces no había parado de trabajar, con un breve descanso
para casarse con Pierre, dar a luz a sus dos preciosas hijas y hacer obras
benéficas en los países en vías de desarrollo, que no «países
subdesarrollados», porque ya no se les podía llamar así.
Se conocieron en una cena que celebró Mitch Weldon, una estrella
del pop que llevaba en el mundillo desde tiempos inmemoriales, que conocía a
todo el mundo y que se gastaba los millones organizando fiestas para otras
estrellas. Por aquel entonces había pasado un año de su ruptura con Marina. De
hecho, aquella misma semana Marina se lió con el imbécil de Fabrizio de
Michelis, y Flora acababa de divorciarse entre rumores de las infidelidades de
Pierre (aún le cabreaba que Flora no le hubiera contando los pormenores). Tenía
treinta años y un Oscar debajo del brazo por su papel de trabajadora social
tartamuda, y era la divorciada más estupenda que había visto. El mundo esperaba
con emoción a su siguiente marido.
Desde que se enteró de que estaba en la lista de invitados,
decidió que sería él.
Le encantó descubrir que Mitch los había sentado juntos en la
cena y casi ni se inmutó cuando en lugar de lanzarse a despotricar sobre el
último disco de Madonna, Flora se enzarzó en una conversación sobre la deuda de
los países sub... Huy, perdón, sobre la deuda de los países en vías de
desarrollo, un tema para el que no estaba preparado. Una semana después de esa
cena, hizo que Nessie llamara por teléfono a la asistente personal de Flora
para invitarla a cenar. Su respuesta fue negativa, ya que estaba de camino a
Siberia para participar en una campaña de sensibilización sobre la amenaza que
suponía para los glaciares el calentamiento global.
Durante un tiempo se olvidó del asunto, porque estaba
entretenido tirándose a una bailarina de striptease eslovaca. Pero después
Nessie anunció de buenas a primeras que la asistente personal de Flora acababa
de invitarlo a un baile benéfico para una de las asociaciones a las que tanto
tiempo le dedicaba. Fue, se sentó junto a ella, leyó en voz alta un discurso
sobre la deuda de los países en vías de desarrollo y consiguió impresionarla. A
los dos meses compartían cama.
En la vida había tenido que esperar tanto para acostarse con una
mujer, desde que Marianne Powers del internado femenino se negó a llegar a la
tercera fase por temor a que la tomaran por una cualquiera. Fue un cambio muy
refrescante, ya que no tenía nada que ver con las colgadas de las estrellas de
cine que solían acosarlo. Aunque, para ser sincero, la espera no había valido
tanto la pena. El sexo había sido sorprendentemente incómodo y mecánico. Pero
el sexo no era la base de su relación. Por supuesto que era importante, pero
todo el mundo sabía que para disfrutar de una relación estable con otra persona
había que tener en cuenta todos los factores.
Pensó en el anillo que tenía en la caja fuerte. Se imaginó el
rostro encantado de Flora cuando se lo pusiera en su delgado dedo. Pero cuando
trató de imaginarse el momento en el que lo haría, la imagen se volvió un poco
borrosa. Había mandado a Vanessa a comprar el anillo a Asprey hacía un par de
meses, después de un encuentro muy incómodo con Marina en una entrega de
premios. Sin embargo, cuando volvió a ver a Flora sufría uno de sus ataques de
migraña y no le pareció el mejor momento para proponerle matrimonio. Después
llegó a la conclusión de que no tenía por qué ir tan rápido. Solo llevaban
juntos un año y ella seguía bastante dolida por el divorcio. A las niñas no les
vendría bien que su madre se lanzara a tontas y a locas a una nueva aventura, y
el calendario de Flora estaba tan completo para el próximo año que era
imposible encontrar hueco para la boda. Además, era incapaz de soportar toda la
presión mediática que provocaría un compromiso.
Claro que, pensó al tiempo que aminoraba el paso para recuperar
el aliento, tal vez fueran tonterías suyas. Tal vez debería quitárselo de en
medio de una vez. Jamás iba a encontrar a otra más guapa, por no mencionar rica
o mejor relacionada. Y aunque odiaba admitirlo, le ponía como una moto saber
que Flora provenía de una familia bien, que se hablaba de tú a tú con los
Kennedy y los Getty, que había nacido sabiendo que los cubiertos se utilizaban
desde fuera hacia dentro, que había crecido en una casa del tamaño de un
pueblecito.
Era imposible no compararla con la diminuta casita de la familia
de Marina, en un pueblucho llamado Swindon que estaba en el culo del mundo,
donde tuvieron que dormir en colchones sobre el suelo en el cuarto de su
hermana pequeña y bajar las escaleras para utilizar el baño. Y con su familia,
cuyos miembros se morían por saber si había conocido a Jordan y comían delante
de la tele con la boca abierta. Tal vez fuera un esnob por pensar de esa
manera, pero así estaban las cosas.
Una proposición en Roma, después de todo, sería lo más de lo
más... algo que contarles a sus nietos. Apretó el paso. Mmm, puestos a
pensarlo, tal vez sería mejor tener una suite con vistas a los tejados de Roma.
Mucho mejor que un jardín que podría estar en cualquier parte y desde donde
cualquiera podría verlos si miraba hacia la terraza. Por la mañana haría que
Nessie presionara más a los recién casados.
—¡Ay!
Estaba tan ensimismado que no se había dado cuenta de que la
StairMaster había ido aminorando el ritmo poco a poco hasta detenerse, por lo
que acabó en el suelo.
—¡Joder! —exclamó.
No se había roto nada ni tampoco se había hecho mucho daño.
Vale, ya estaba bien de ejercicio. Una vez que se levantó, se
quitó los pantalones cortos y la camiseta. Ataviado tan solo con los bóxer de
flores rosa, echó a andar por el pasillo que conducía al spa. Abrió la puerta
de la sauna y se internó en una densa y caliente neblina que imposibilitaba la
visión. El olor a eucalipto le inundó los pulmones. Llegó a tientas al banco de
madera, se dejó caer sobre él y respiró hondo.
—¡Aaah!
Comenzaron a correrle chorros de sudor por la piel.
—¡Uf!
Notó que los gases corrían por su intestino hasta su salida
natural. Por culpa, seguro, de las alubias blancas que había almorzado. La cosa
era que la sensación le resultaba agradable, por extraño que pareciera. Levantó
el glúteo izquierdo y ventoseó a gusto.
—¡Uf, mejor dentro que fuera!
Era lo que Jeremy y él se decían cuando estaban en la cama, en
el ático reconvertido que habían compartido en Didcot. El recuerdo le hizo
soltar una carcajada. ¡Huy! Ahí iba otro.
¡Prrr! La fuerza del cuesco lo asombró. Pero conforme se fue
perdiendo el eco, escuchó otro sonido. Una risilla. Muy débil. Pero una risilla
inconfundible.
—¿Hola? —dijo al tiempo que se sentaba y se cubría de inmediato
el grano—. ¿Quién está ahí?
Escuchó una voz femenina entre el vapor. Inglesa. Joven.
—Lo siento, no era mi intención asustarlo.
—¡Joder! —exclamó—. Creía que estaba solo.
—Lo siento —repitió ella—. He bajado para darme un baño, pero la
piscina resultó ser un jacuzzi gigante, así que llevo aquí una eternidad. Creo
que me he quedado dormida. Estoy arrugada como una pasa.
Vio su silueta a través del vapor y se dio cuenta de que se
estaba incorporando. Tenía el cabello oscuro recogido sobre la cabeza y la cara
muy roja. Llevaba un biquini rojo y negro y tenía un pecho magnífico.
Apoyó la espalda en las lamas de madera, pero oía su respiración
perfectamente. Y eso lo ponía nervioso. Era una mujer de carne y hueso, no una
estrella de cine ni una modelo. Salvo por las chicas de maquillaje y las
estilistas, hacía más de una década que no estaba en contacto con el público en
general. Era casi como compartir la sauna con una marciana, tal vez no tan
peligroso, pero igual de inquietante.
—Bueno —empezó sin saber qué decir—, ¿se lo está pasando bien en
Roma?
—Sí, gracias —contestó ella—. ¿Y usted?
—La verdad es que no. —Aunque ella ya debía de saber quién era,
supuso que lo mejor sería fingir modestia—. Verá, es que soy actor y estoy en
la ciudad para promocionar una película, y es aburridísimo.
—Sé quién es —le aseguró—. Ha intentado que cambiemos de
habitación. Mejor dicho, su asistente personal lo ha intentado.
Eso hizo que se le encendiera una lucecita.
—¿Es usted la recién casada?
—Sí —contestó ella tras una brevísima pausa.
—¿La que rechazó la oferta de Vanessa?
—La misma.
La observó bien desde donde estaba. Saltaba a la vista que era
todo muy novedoso para ella. Bien valía la pena intentarlo. Bajó la voz y
parpadeó con gesto coqueto en su mejor pose de caballero inglés. No fallaba
nunca.
—¿Está segura de que no quiere cambiar de habitación? Verá,
significaría mucho para mí. Mi novia llegará en cuestión de días y siempre se
queda en esa suite. Sería un gesto de lo más generoso de su parte, conmovedor.
Y se lo compensaré. ¿Qué le parecen un par de pases VIP para el estreno de mi
película el miércoles? Y para la fiesta posterior. Será todo muy glamuroso. Le
encantará, de verdad.
—No, gracias.
Eso lo dejó pasmado. La gente rara vez le decía que no.
—¿Está segura? Creo que le resultaría muy emocionante. Y mi
suite es preciosa. Incluso tiene dos litografías de Picasso.
La mujer se levantó.
—Pues si es tan bonita, estoy segura de que a su novia le
encantará quedarse en ella. Lo mismo que yo estoy encantada de seguir en mi
suite. Así que le pido que no insista más, ¿vale?
La mujer abrió la puerta. Una nube de vapor se escapó por ella.
Tenía el rostro colorado y el rímel corrido. A pesar de eso, se percató de que
tenía unas piernas estupendas.
—Que disfrute del resto de su estancia —le deseó ella.
—Esto... no podrá marcharse —le explicó—. La puerta está cerrada
con llave. Yo tengo una copia.
—Pues démela.
Se le pasó por la cabeza la fugaz idea de chincharla, pero la
descartó y le ofreció la llave que había estado apretando en la sudada mano.
—Déjela en la puerta —le dijo.
—De acuerdo —replicó la mujer, tras lo cual salió de la sauna,
dejándolo solo y echando humo.
Capítulo 8
De vuelta en la suite, Amy descubrió que le costaba conciliar el
sueño. La piscina, aunque preciosa, no estaba pensada para nadar, cosa que
había sido un chasco. Le encantaba nadar. Rara vez tenía tiempo para hacerlo,
pero cuando encontraba un hueco, el ritmo de las brazadas y de la respiración
la llevaba a un estado meditativo en el que cualquier problema (desde el último
berrinche de Doug hasta un fallo en el diagnóstico de un bebé) podía
solucionarse. Después de unos cuantos largos, volvía a la cama con la mente
despejada. Pero en ese momento estaba inquieta, y no solo por los
acontecimientos de esa última semana, sino por su encuentro cara a cara con Hal
Blackstock, quien había resultado ser, además de un pedorro, un capullo con
aires de superioridad (aunque no le extrañaba, la verdad).
Ojalá pudiera contárselo a Doug. Cogió el teléfono, pulsó la
letra D en la lista de contactos y fue recompensada con su imagen preferida:
Doug dormido en su sofá Heal, con una mano sobre el pecho y la otra por encima
de la cabeza en una pose de completo abandono. La tentación de llamarlo era
abrumadora. Pero consiguió resistirse. ¿Qué sacaría si lo llamaba? Habían
acordado darse un tiempo. Rogarle que reconsiderara el asunto solo empeoraría
las cosas. De cualquier modo, no creía que cambiara de opinión.
Doug, Doug, Doug. Recordó cómo se conocieron tres años antes en
una húmeda noche de marzo. Por aquel entonces tenía treinta y un años. Había
acabado por fin sus estudios de medicina y había encontrado un trabajo como
médico de familia en el centro de Islington. En cierta forma, le encantaba; la
diversidad de pacientes de la zona era extraordinaria, ya que iban desde
banqueros con hernias por estrés hasta adolescentes de Bangladesh que no
hablaban ni una palabra de inglés pero que ya tenían dos niños y un tercero en
camino. Pero también le resultaba demoledor. Había leído sobre la pobreza y la
falta de recursos en las ciudades, pero no tenía ni idea de lo que se sentía al
visitar a una familia de seis miembros que vivían en un apartamento de dos
habitaciones en la planta dieciséis, con las paredes llenas de humedad y un
camello que vendía crack por vecino. Ni tampoco sabía lo frustrada que iba a
sentirse cuando los padres le dijeran que se preocupara de sus propios asuntos
después de aconsejarles que dejaran de fumar para ahorrar y cuidarse la salud.
Aun así, con independencia del estrés de su trabajo, tenía la
vida perfecta que siempre había soñado durante su infancia en una ciudad
costera. Una vez liquidó el préstamo con el que pagó sus estudios, se metió de
lleno en el mercado inmobiliario. Su piso de un dormitorio en Clissold Park era
su ojito derecho, aunque no le quedaban ni dinero ni energías para convertirlo
en la casa de ensueño que se había prometido. El poco dinero que le quedaba le
gustaba gastárselo en vacaciones exóticas, buena ropa y salidas casi todas las
noches.
No solo su carrera profesional estaba trazada, su vida
sentimental también era perfecta. Llevaba saliendo con Danny desde el último
año en Edimburgo y se mudaron juntos a Londres, donde él comenzó a trabajar
como residente de cirugía en un hospital clínico universitario. Danny era todo
lo que una chica podría desear: tenía éxito, era de fiar y también amable. No
era feo, aunque sí un poco aburrido en la cama. Jugaba al rugby los fines de
semana y le arreglaba las cañerías.
Sus padres lo adoraban. Llevaban ocho años juntos y todo el
mundo comenzaba a preguntarse cuándo se casarían... ya era bastante raro que no
vivieran juntos. De hecho, Danny no paraba de insistir desde que se mudaron a
Londres, pero Amy siempre le decía que no había prisa, que vivir separados
hacía que el tiempo que pasaban juntos fuera más especial y que, de todas
maneras, él trabajaba en el sur de Londres mientras que ella lo hacía en el
norte. Cuando llegara el momento, buscarían algo en el centro.
Nunca dijo, ni siquiera lo admitió en su fuero interno, que
siempre que pensaba en ese día era como si estuvieran clavando un clavo en su
ataúd.
En los últimos... ¿tres, cuatro, quizá cinco años...?, se había
desenamorado de Danny. Su costumbre de sonarse los mocos con los calzoncillos
le resultaba asquerosa y no soportaba el follón que armaba para quedarse con la
porción más grande en la cena. Le aburrían sus amigos del rugby con las ñoñas
de sus mujeres y sus novias, que parecían pensar que no había nada mejor que
pasarse el sábado temblando en la banda del terreno de juego. Era un alivio
increíble que tuviera por lo menos dos guardias nocturnas a la semana, porque
así ella podía hacer lo que le gustaba con sus propios amigos sin preocuparse
de que apareciera de repente con su chaqueta vaquera con el emblema de Led
Zeppelin en la espalda.
De hecho, había llegado a aborrecerlo hasta tal punto que se
ponía las bragas más espantosas que tenía cuando quedaban (¿a quién le
importaba lo que pensase Danny?) y no se esforzaba por hacer cosas interesantes
cuando estaban juntos, sino que lo utilizaba de almohada sobre la que apoyarse
cuando veían algún reality en la tele. Era una mantita cómoda, pero se le había
quedado pequeña. Incluso había albergado la esperanza de que le surgiera algún
trabajo que no pudiera rechazar en Nueva Zelanda o que conociera a otra. En el
fondo de su mente sabía que estaba haciendo mal al no cortar la relación por lo
sano. Pero no tenía narices para hacerlo.
Danny se quedaría destrozado, y ella tenía miedo de no encontrar
a nadie que la adorase tanto como él.
Sin embargo, en esa noche de marzo las cosas empezaron a caer
por su propio peso. Danny y ella acababan de regresar de unas vacaciones en
California. Había estado deseando que dichas vacaciones los ayudaran a revivir
su relación. Pero habían sido un desastre desde el principio. Habían pasado
unos cuantos días estupendos en Los Ángeles, donde se quedaron con un viejo
amigo, pero Danny había acusado tanto los efectos de la diferencia horaria que
insistió en irse de sitios tan interesantes como el Skybar o el Viper Lounge a
las diez de la noche, cosa que la puso de muy mal humor. Fue todavía peor en
Las Vegas, donde insistió en pasar solo una noche porque quería estar más
tiempo en San Francisco, ciudad donde había vivido un año sabático antes de
entrar en la universidad.
Cuando cruzaron el desierto sin rebasar los setenta kilómetros
por hora que marcaba el límite de velocidad, su malhumor empeoró. Y después fue
ella quien lo cabreó porque nada más sentarse tras el volante pisó hasta los
cien kilómetros por hora y consiguió que un policía los multara enseguida tras
haberlos detectado con el radar. Luego discutieron porque él quería pasar de
largo por Death Valley mientras que ella quería pasar una noche allí. Sin
embargo, lo peor fue a unos cien kilómetros de Yosemite, y todo empezó con una
absurda discusión sobre la cena.
—Me apetece comida china, ¿y a ti? —preguntó ella.
Danny apretó los labios como si fuera Charlie Brown.
—No quiero comer en un chino. Me apetece un buen postre. Los
restaurantes chinos no tienen postres.
El inofensivo comentario la hizo llorar a lágrima viva, presa de
la histeria. Lloró todo el camino hasta llegar al siguiente motel, donde un
preocupado Danny la metió a toda prisa en la habitación y le preparó un baño,
durante el cual siguió llorando desconsolada, consciente de que su relación era
imposible. Cuando terminó de llorar, habían cerrado los restaurantes y no hubo
opción ni para la comida china ni para los postres. El resto de las vacaciones
transcurrió sin pena ni gloria, pero la esperanza había muerto definitivamente.
Hicieron el amor una sola vez. Duró tres minutos escasos. Sabía que tenía que
terminar con aquello rápido, pero aún no encontraba el valor.
Fuera como fuese, el viernes por la noche Gaby y ella fueron a
ver a un grupo nuevo llamado Ambrosial que tocaba en el salón de actos de
iglesia de Southgate. Estaban allí porque Pinny, su compañera de piso de su
primera época en Londres, era la cantante. Pinny y ella se habían conocido por
internet y fueron uña y carne desde el primer día al descubrir que a las dos
les encantaba irse de farra.
Pinny era muy distinta a Gaby. Gaby era una rubia tetona
acomplejada por su peso y con una debilidad por Estée Lauder y los vestidos con
corpiños. Pinny era delgada sin proponérselo (bueno, se lo proponía, ya que lo
poco que comía ayudaba mucho, aunque no entendía qué sentido tenía la comida
cuando era mejor fumar Marlboro), llevaba camisetas desteñidas sin sujetador y
vaqueros que resaltaban un abdomen metido hacia dentro con un piercing en el
ombligo. Aunque no parecía muy femenina, su comportamiento en ese sentido
rayaba en lo embarazoso, porque tenía la costumbre de acariciar el pelo a los
tíos para que le dieran cigarrillos o de abrir la puerta al técnico de la
televisión por cable vestida con una camisola tan minúscula que al hombre se le
olvidaba cobrarle el servicio, distraído por su apariencia.
Pinny se enfrentaba a la vida de un modo absolutamente
despreocupado. Se pasaba por el forro las estupendas notas de la universidad, y
cogía trabajos de lo más dispares, desde camarera hasta ayudante de
antropólogo. En cuanto se aburría, cambiaba. Ayudaba mucho que su padre fuera
director de un banco y que tuviera a su disposición un generoso fideicomiso
para cubrirse las espaldas, de modo que el trabajo era más un pasatiempo que
una necesidad imperiosa. Del mismo modo se enfrentaba al amor. Mientras que Gaby
se esforzaba por encontrar al hombre perfecto, Pinny disfrutaba de una
procesión de hombres, ya fueran mucho mayores o mucho más jóvenes. Entre sus
conquistas estuvieron el capitán del HMS Beaver (que le regaló unas cuantas
bragas con el nombre del barco bordado), un taxista etíope y un universitario
yanqui de ascendencia china llamado David Mu, que tenía un despertador con
forma de vaca que decía: «¡Mu, mu, arriba!».
Se lo habían pasado muy bien juntas, aunque Pinny tenía la
molesta costumbre de pasearse en bragas y sujetador cuando Danny estaba en el
piso, por no mencionar la tendencia de criticar su trabajo con comentarios como
«¿De verdad tienes que recetar tantos antibióticos?» o «¿Por qué no recomiendas
a tus pacientes que utilicen la terapia de los cristales minerales?». Pero
tenía un corazón de oro y una confianza en sí misma que ella admiraba. Pinny
creía que ya se las apañaría, que saldría adelante... y siempre lo hacía. Ella
jamás habría podido comportarse con tanta despreocupación, por muy hedonista
que fuera. Cada vez que iban a una fiesta en un rincón perdido, como Ongar por
ejemplo, ella era la que siempre se preocupaba por buscar un taxi para volver a
casa mientras que Pinny se echaba a reír y decía que ya saldría algo; y solía
salir (normalmente era un tío en cuya rodilla se había sentado y que se había
ofrecido a llevarlas a casa en su BMW). Pinny jamás se habría quedado con Danny
por inercia y por miedo. Hacía mucho tiempo que habría pasado a la siguiente
aventura.
Gaby no era fan de Pinny, la consideraba ligera de cascos y
frívola, pero como esa noche no tenía nada mejor que hacer, había consentido en
ir a ver el grupo. Así que allí estaban, bebiendo cerveza en vasos de plástico
y esperando a que apareciera Ambrosial en el escenario. Amy no estaba muy
convencida. Vale que Pinny tenía buena voz y que daba el pego para el rollo
rock and roll con el pelo rubio de bote y su delgadez, pero ¿era buena de
verdad? Seguro que solo era otro de sus pasatiempos, algo que le duraría una
semana antes de decidir que estaba mejor preparada para tirarse en paracaídas.
Pero ya que estaban allí, aprovechó para contarle a Gaby lo de
sus vacaciones.
—Fue espantoso, Gaby. No sé qué hacer. Creo que debería buscarme
un trabajo con una ONG en África, porque esto no puede seguir así.
—¡Ay, cariño! —exclamó Gaby, pero antes de que pudiera darle
ningún consejo, el grupo apareció en escena, cuarenta y cinco minutos tarde—.
Ya era hora —masculló su amiga—. ¿Por qué son solo los conciertos los que
empiezan tarde? Vamos, que si vas al teatro, no te tienen horas esperando
mientras los actores se fuman otro porro entre bastidores.
Sus protestas quedaron interrumpidas por cuatro acordes del
bajo. Y después Pinny comenzó a cantar.
Amy se quedó alucinada. Pinny era una sirena que exudaba sexo
por todos los poros de su cuerpo mientras se movía por el escenario y cantaba
al micrófono. El público se volvía loco y comenzaba a saltar y a levantar los
brazos para que pudiera tocarles las manos. Las canciones eran estupendas:
pegadizas, agudas y punkys, pero con un toque pop. Sin embargo, su principal
preocupación no era la música. Estaba pendiente del guitarrista, un tío alto,
de cuello fuerte, pelo corto castaño y dientes perfectos. Le resultaba muy
atractivo. Y no era la única, a juzgar por el coro de adolescentes que se
arremolinaban junto a su rincón y que gritaban cada vez que movía su musculoso
cuerpo.
—Son fantásticos —gritó al oído de Gaby.
—No están mal —reconoció a regañadientes.
Estuvieron tocando cuarenta minutos e hicieron dos bises.
Después, una sudorosa y exuberante Pinny se abrió paso hasta la barra, seguida
por dos miembros del grupo. Amy siguió con la mirada al guitarrista y a su club
de fans, que lo rodeaba entre risillas tontas.
—Eres increíble —oyó que le decían—. Eres guapísimo. Te
queremos.
—¡Madre mía! —exclamó con verdadero entusiasmo a Pinny—. Tienes
que sentirte como una diosa.
—Ha sido divertido —reconoció Pinny—. Dios, que alguien me
consiga una cerveza. Estoy seca.
—Ya es toda una diva —masculló Gaby entre dientes antes de
proseguir en voz alta—: Tienes que estar encantada de la muerte por haber
encontrado algo que te divierta. Por fin.
—Sí —confirmó Pinny, que o no entendió el sarcasmo o lo pasó por
alto—, sí que lo estoy. Aunque de momento solo es un pasatiempo. Todos los
chicos tienen trabajos fijos, menos Hank, que es nuestro representante. Ninguno
puede vivir de esto a jornada completa. Mmm, dejad que os presente.
—Oh, no te molestes —dijo Amy al tiempo que se ruborizaba.
No tenía muchas ganas de que le presentara al guitarrista porque
sabía que era demasiado tímida y que solo diría alguna que otra tontería. Pero
Pinny insistió, de modo que le estrechó la mano a Gregor, el bajo, a Baz, el
batería, y por último a Doug, el guitarrista y compositor.
—Habéis estado geniales —consiguió decir sin prestarle atención
a la quinceañera larguirucha que estaba atusándose el pelo detrás de ella.
—¿De verdad? —Doug parecía encantado. Tenía un ligero acento
escocés que resultaba muy sexy—. Me he liado un poco con «Mi madre es una
extraterrestre». ¿Te has dado cuenta?
—Pues no —respondió con sinceridad mientras se preguntaba qué
sentiría si lo besara.
Doug le preguntó que de qué conocía a Pinny y a qué se dedicaba.
—Soy médica —contestó, un tanto avergonzada—. ¿Y tú? Me refiero
a cuando no tocas la guitarra.
—Bueno, tengo un trabajo de oficina normal y corriente
—respondió con una sonrisa—. Soy abogado. Aburridísimo de necesidad. Pero ser
médica... Eso quiere decir que eres muy inteligente.
—¡Qué va! —murmuró ella, harta de escuchar siempre lo mismo—.
Solo hace falta un estómago fuerte para aguantar la sangre y los hábitos
escatológicos de las personas.
—¿Y siempre has querido ser médica?
—Siempre he querido ayudar a la gente, sí.
Aunque esa no era toda la verdad. En realidad nunca había tenido
claro lo que quería hacer con su vida, pero las ciencias se le habían dado muy
bien. Sus padres estuvieron a punto de desmayarse de la felicidad cuando el
consejero sugirió medicina, de modo que allí estaba.
—Eso es genial —dijo Doug—. Yo llevo escribiendo canciones desde
que era pequeño. Siempre quise tener un grupo, pero mi padre no me dejaba. Dijo
que primero tenía que ir a la universidad y sacarme una carrera como Dios
manda. Y yo creí que podría hacer las dos cosas a la vez, pero acabé endeudado
hasta las cejas, así que decidí hacerme abogado. Para pagar las facturas.
Dedicarme a la música en mi tiempo libre. Pero ahora Ambrosial está comenzando
a despegar y yo empiezo a preguntarme si no debería dedicarme a la música a
tiempo completo. Seguir mi sueño.
—Todos deberíamos seguir nuestros sueños —comentó ella, aunque
no estaba pensando en lo que le decía Doug, sino en la acuciante necesidad de
apartarle el mechón de cabello que le cubría el ojo izquierdo.
—Tienes toda la razón del mundo —dijo Doug cuando se acercó un
hombre canoso de mediana edad, que supuso que era el párroco—. Amy, te presento
a Hank, nuestro representante. Hank, esta es Amy, la amiga de Pinny. —Se dieron
la mano—. ¿Había alguien entre el público esta noche? —preguntó Doug, cosa que
se le hizo muy rara porque era imposible que pasara por alto el centenar de
fans enloquecidas.
Hank hizo una mueca al tiempo que señalaba con la cabeza a un
hombre bajito vestido con una camiseta amarilla y que estaba hablando con una
de las chicas más monas.
—Matt Rees, de Convex. Pero lo único que sé es que es un
capullo. Solo aparece en busca de nenas monas. Y solo le interesan los clones
de James Blunt con los que puede sacar pasta gansa rápido. —Se volvió hacia
ella—. Cualquier cosa que se salga de lo normal, de la media, no le interesa.
Ninguna discográfica está interesada en algo original. No es justo.
—No lo es, no —convino Doug.
En aquel entonces no habría podido predecir cuántas veces
escucharía la misma cantinela a lo largo de los años venideros.
—La gente con talento de verdad pasa desapercibida —dijo Hank.
—No es justo —repitió ella y los dos se volvieron hacia ella,
dándole la razón con la cabeza.
—Ella sí que lo entiende —comentó Hank con una sonrisa.
Doug también sonrió.
—¿Puedo invitarte a una copa? —le preguntó, y le dio un vuelco
el estómago, mezcla de alegría y de culpabilidad, cuando vio que Gaby la miraba
con los ojos entrecerrados. Rezó para que Pinny tuviera el buen juicio de no
preguntarle qué estaba haciendo Danny esa noche.
Capítulo 9
Se despertó desorientada, porque el sonido del teléfono acababa
de interrumpir un sueño en el que perdía la liga de novia en una piscina. Como
si fuera un operativo de las fuerzas especiales en misión secreta en pleno
desierto de Gobi, gateó por la cama y agarró el móvil de la mesilla de noche.
Doug se había rendido. La llamaba para decirle que no podía vivir sin ella y
que quería diez hijos y un perro.
DANNY
Me he enterado. Mala suerte. Dime si puedo ayudarte en algo. Me
acuerdo mucho de ti. X
¿Por qué tenía que ser siempre tan atento? Su amabilidad hizo
que se sintiera infinitamente peor. Se tumbó de espaldas sobre la cama y las
dichosas lágrimas, siempre prestas a aparecer, le llenaron los ojos.
—Deja de llorar, so boba —masculló con su terrible imitación del
sargento Foley de Oficial y caballero—. Hay que seguir adelante.
Descorrió las cortinas para ver la plaza del Popolo bañada por
la luz del sol. Al menos el tiempo había mejorado. Se ducharía y bajaría a
desayunar, ya que el desayuno estaba incluido en el precio. Menos mal, porque
estaba muerta de hambre y había descartado la opción del servicio de
habitaciones: dieciséis euros por un café y un cruasán. Tardó unos minutos en
hacerse con los mandos de la ducha, que insistía en lanzarle lava ardiente a
los ojos. Después se dio cuenta de que, como no había corrido la cortina, había
empapado el suelo. Eligió unos pantalones cortos y una camiseta de manga corta,
aunque se encogió de dolor cuando el tejido de algodón le rozó los hombros, que
ya comenzaban a pelarse. Tras mucho trabajo subió por fin al ascensor.
El desayuno se servía en la terraza, donde la saludó una mujer
uniformada.
—Signora —le dijo con voz amable—, ¿su habitación?
—Estoy en la suite Popolo.
La mujer arqueó las cejas. Seguro que era la primera vez en toda
la historia del hotel que el ocupante de una suite bajaba a mezclarse con la
prole.
—¡Ah! En ese caso, ¿mesa para dos?
—No, no. Solo estoy yo. Mi marido no va a desayunar.
—Por supuesto. —Le hizo un gesto al camarero para que se
acercara y le soltó algo incomprensible. Seguramente del estilo de «Esta tía da
pena cada vez que intenta engañarnos con eso de que está casada».
—Signora —le dijo el camarero al tiempo que le indicaba con un
gesto que lo siguiera y la miraba con lo que su mente paranoica interpretó como
lástima.
Lo siguió a través de la terraza, dejando atrás a una pareja
glamurosa, para pasar junto a otra pareja glamurosa y a otra pareja glamurosa
más, hasta llegar al extremo más alejado. Estaba convencida de que todo el
mundo la miraba y se preguntaba qué hacía en ese lugar alguien que no formaba
parte de la jet set internacional.
—¿Té, café? —le preguntó el camarero cuando ella se sentó.
—Café, por favor. Y tostadas, si puede ser.
El hombre hizo un gesto hacia el interior.
—Tenemos servicio de bufet, donde podrá elegir lo que desee.
—Ah, gracias.
De modo que volvió a atravesar la terraza, avergonzada y
convencida de que todos los ojos estaban clavados en ella. Sus ojos iban de un
lado al otro, deteniéndose en los otros comensales. Además de las parejas
glamurosas, también había familias ideales con mamis rubias, papis guapísimos y
niños súper educados vestidos con camisetas de Junior Dior. Se sentía como una
leprosa.
La imagen del bufet la animó un poco. Cualquier comida que se le
ocurriera estaba presente: queso, fiambre, fruta, yogur, salmón ahumado,
cereales, pasteles con una pinta para chuparse los dedos y varios tipos de pan.
Su estómago protestó con un rugido. No pensaba repetir más veces el paseíto por
la terraza, de modo que tenía que ingeniárselas para llevarse todo lo que
pudiera en un plato. Comenzó con las fresas y las uvas, añadió una rebanada de
pan, y después unas lonchas de jamón cocido. ¿Y si cogía un pastel? Además,
había una bandeja tapada con un revuelto de huevos, beicon y champiñones. Le
encantaban los desayunos calientes... Después de haber estado a dieta durante
meses, era hora de comer a dos carrillos. De modo que siguió llenando el plato,
que ya estaba a rebosar.
—Alguien tiene hambre —escuchó que alguien decía tras ella con
sorna.
Se volvió y allí estaba Vanessa, vestida con pantalones de
pinzas beige y un jersey de punto de manga corta de color azul. Solo llevaba
tres uvas en un plato.
—Ayer no comí mucho —se apresuró a explicar.
—Por supuesto —replicó la mujer—. ¿Se ha pensado mejor lo del
cambio de suites?
De modo que no sabía nada del encuentro en la sauna...
—Sí. Me quedo donde estoy.
—Muy bien. Es una lástima que no asista a la fiesta del estreno.
Pero claro, supongo que su... marido... y usted tendrán otras cosas que hacer.
—Su largo cuello se estiró un poco más para echar un vistazo por la zona—.
¿Dónde está?
—No se encuentra muy bien esta mañana —contestó a modo de
evasiva antes de despedirse con un gesto de la cabeza—. Adiós.
—Adiós. Que disfrute del resto de su... luna de miel.
Irritada por el encuentro, el desayuno apenas la reconfortó. El
jamón estaba buenísimo, el pastel delicioso y los huevos poco hechos, como a
ella le gustaban. No sabía si le quedaba sitio para el resto de la comida que
tenía en el plato. Sin embargo, no tenía por qué comérselo todo en ese momento.
Podría llevársela y guardarla para luego, y así solucionaba el problema de
tener que gastarse una pasta en comida, ¿no? Joder, ojalá se le hubiera
ocurrido coger un bolso. Claro que siempre quedaba la enorme servilleta... echó
un vistazo a su alrededor para comprobar que nadie la miraba y tras extender la
servilleta, cogió dos lonchas de salmón ahumado, una rebanada de pan de
centeno, unos cuantos trozos de kiwi, un yogur y una bola de queso mozzarella,
y lo envolvió todo. Por fin podría hacerse unos sándwiches en la habitación y
no tendría que sufrir la dura experiencia de que la atracaran en las terrazas
de cafeterías cutres.
Apuró el café y volvió a mirar a su alrededor. La terraza estaba
quedándose vacía y solo quedaban unas cuantas parejas. Convencida de que nadie
la observaba, ató rápidamente la servilleta y se la metió bajo la camiseta. Se
puso en pie despacio y se encaminó a las escaleras con la mano en la barriga.
—¡Hola!
Era Marian, la mujer que había conocido el día anterior y que la
saludaba en ese momento desde la mesa que ocupaba en un rincón. A su lado
estaba Roger, con la vista perdida en un yogur y cara de pocos amigos.
—¿Cómo estás? —le dijo la mujer alegremente, haciéndole un gesto
para que se acercara.
Sin quitarse la mano de la barriga, se acercó despacio.
—¡Hola! —exclamó con alegría.
—¿Cómo va tu luna de miel? —le preguntó la mujer—. Lo siento,
pero no recuerdo tu nombre.
—Amy —le dijo al mismo tiempo que Marian alzaba las manos,
encantada, y señalaba el bulto de su barriga.
—¡Vaya, vaya! Ayer no me di cuenta. Enhorabuena.
—De penalti, ¿no? —soltó Roger con una carcajada, repentinamente
mucho más contento que antes.
—Esto... sí. Ja, ja, ja. En fin, cosas que pasan...
—Me extrañó verte coger tanta comida en el bufet —confesó
Marian—. ¿Para cuándo lo esperas?
—Para Navidad... —respondió con voz insegura.
—¿¡De verdad!? —La amplia frente de Marian se llenó de arrugas
mientras hacía los cálculos—. Pues tienes una barriga enorme. Y sé un poco de
estas cosas, porque trabajaba como comadrona.
—A lo mejor son gemelos —sugirió Roger con sorna.
—¡Rog! —exclamó Marian, dándole un guantazo en la mano—. ¿Dónde
está tu marido?
—Está... ha vuelto a la habitación. Tenía que hacer una llamada
de trabajo.
—¡Estos hombres...! Siempre tan ocupados. —Le sonrió con
complicidad femenina—. Me cuesta horrores evitar que Roger no se cuelgue del
dichoso móvil. ¡Y del ordenador! Siempre viendo los resultados de los partidos
de criquet o sabrá Dios el qué...
—Sí, bueno... —Echó un vistazo a su alrededor en busca de la
manera de zafarse de la pareja cuanto antes—. Hasta luego. Que os lo paséis
bien.
Siguió caminando con la mano en la barriga como si estuviera
embarazada, bajó las escaleras de la terraza y atravesó el vestíbulo en
dirección al ascensor. Pulsó el botón y las puertas se abrieron. Entró y las
observó cerrarse.
—¡Espere, espere! —escuchó que gritaba una voz masculina.
Era ese antipático señor Doubleday a quien había conocido el día
anterior. Buscó el botón que detenía el ascensor, pero no lo encontró.
—¡Le he dicho que espere! —exclamó el hombre de nuevo, al tiempo
que introducía un brazo entre las puertas para que volvieran a abrirse—. Muchas
gracias por su ayuda —masculló mientras entraba.
Lo seguía una mujer mucho más joven de rostro redondo y
facciones bonitas, pelo largo, y tal vez dos tonos más claro que su color
natural a juzgar por su tono de piel, y un top que había visto en Chloé el día
de la épica búsqueda de zapatos de novia. La mujer le sonrió a modo de
disculpa.
—¡Lo siento! —se disculpó ella mientras las puertas volvían a
cerrarse como las cortinas al final del primer acto—. Lo intenté.
—El tres, pulse el tres —masculló el señor Doubleday mientras
extendía el brazo para alcanzar el panel. De repente, le dio un codazo y sus
provisiones salieron despedidas de debajo de la camiseta hasta acabar en el
suelo del ascensor—. ¡Por el amor de Dios! ¿Es que sufre de algún desorden
alimenticio? —le preguntó al tiempo que el ascensor anunciaba que habían
llegado a la tercera planta.
—Es para mi marido —soltó y se arrodilló para coger un
despachurrado pastel y un par de lonchas de jamón cocido. La mujer se agachó y
tras coger un panecillo un poco sucio, se lo ofreció.
—Vamos, Lisa, esta es nuestra planta —dijo el señor Doubleday,
que procedió a llevarse a la mujer prácticamente a rastras.
Las puertas se cerraron y antes de que pudiera detenerlo, el
ascensor bajó de nuevo. Todavía estaba de rodillas cuando las puertas se
abrieron y entró Vanessa.
—¡Ah, hola de nuevo! —exclamó con una sonrisilla burlona y los
ojos clavados en la comida que llevaba entre los brazos—. Seguimos hambrientas,
¿no?
—Es para mi marido —repitió.
—Hay una cosa llamada «servicio de habitaciones» —replicó la
mujer sin más justo cuando las puertas se abrían en la cuarta planta—. Que
disfrute del picnic —añadió antes de salir.
Y ella se quedó echando humo por las orejas.
Capítulo 10
Como a Amy, a Hal también lo despertó el teléfono.
—¡Me cago en la puta, joder! ¿¡Quién coño será!? —Agarró el
auricular—. ¿Sí?
—Buenos días, Hal. —La voz de Vanessa era tan suave como el
alabastro—. ¿Cómo lo llevas?
—Hasta que me has despertado, bien.
—Lo siento —se disculpó, aunque no lo sentía—. La primera rueda
de prensa es dentro de una hora. He pedido que te suban el desayuno. Lo tendrás
ahí en cinco minutos. Yo me pasaré dentro de media hora para ponerte al día.
Colgó y volvió a apoyarse en la almohada mientras rememoraba los
acontecimientos de la noche anterior. ¡Joder! ¿Quién era esa chica que lo había
oído tirarse un pedo? Según le había dicho, estaba de luna de miel, aunque
seguramente fuese una periodista de incógnito que en ese mismo momento estaría
hablando por teléfono con News of the Screws,2 sacando a la luz sus problemas
de flatulencia. Y la cosa no era para reírse. Tal vez tuviera algo serio. Como
un cáncer de colon. Justo entonces recordó su otro problema y se palpó el
pecho. Sí, allí estaba y mucho más grande. Un volcán lleno de pus que surgía
entre el vello de su pecho. Mierda. A esas alturas debería haber desaparecido.
Algo iba muy mal. Lo presentía. Podía pedir que le llevaran crema antibiótica o
llamar a un dermatólogo, pero quería una solución mucho más rápida.
Alguien llamó al timbre.
—Sí. Adelante. —Se levantó de la cama y se puso el albornoz.
En ese momento entró el camarero con el carrito.
—Buenos días, señor Blackstock. ¿Cómo se encuentra esta mañana?
—No he estado peor en la vida —masculló, pero al ver que el
camarero no había entendido nada, se arrepintió.
—¿Le sirvo café? ¿Lo hace usted?
—Sirve, sirve. —Dejar que otras personas hicieran todas las
cosas por él hacía que se sintiera un poco ridículo, como si fuera el príncipe
Carlos y alguien le pusiera la pasta de dientes en el cepillo o le acercara una
taza donde hacer pis. Pero bueno, ¿por qué no? La fama era una putada, así que
bien podía aprovecharse de sus beneficios. Hablando de beneficios...
»¿Podrías traerme agua hirviendo? —preguntó—. ¿Y una aguja? ¿Y
pomada antibiótica? ¿Y tiritas? ¿Y una caja de cerillas?
El camarero reaccionó como si solo le hubiera preguntado por el
tiempo.
—Aguja, pomada antibiótica, tiritas y cerillas —repitió muy
concentrado—. Desde luego, señor Blackstock. Deme diez minutos.
Una vez que se fue, le echó un vistazo al desayuno. Una
macedonia de frutas tropicales, una humeante taza de café espresso y un enorme
vaso de zumo de naranja recién hecho. No era lo más emocionante para empezar el
día, pero sí lo necesario si quería mantenerse en forma. Cuarenta y tres... Era
deprimente ver que el tiempo pasaba tan rápido. Evidentemente todo ese rollo
sobre «el hombre más sexy del mundo» era ridículo, pero (invirtiendo el chiste
del pedo de Jeremy) mejor dentro que fuera.
Observó la habitación, deteniéndose un instante en el elegante
mobiliario, en la pantalla de plasma y en las puertas que daban a la preciosa
terraza. Quince años antes habría gritado de alegría al verse en una suite
semejante. Recordó el día que se alojó en el Ritz en Madrid. Cuando entró en la
suite se puso a dar saltos en la enorme cama, pasó por todos los canales que
ofrecía la televisión y se quedó muy impresionado al ver el paraguas que había
en el armario. Marina, entretanto, se dedicó a guardar en su bolso todos los
botecitos de champú y de acondicionador de pelo antes de llamar al servicio de
habitaciones para que llevaran más.
—Eres capaz de llevarte cualquier cosa que no esté atornillada
al suelo —le dijo en broma.
Ella asintió con la cabeza, contentísima.
—Pensarán que hemos ganado un concurso o algo así.
Marina... Había disfrutado del viaje mucho más que él. En
Estados Unidos todo el mundo los veía como una pareja glamurosa y pija, cuando
en realidad los dos procedían de familias normales y corrientes. Sus orígenes
eran ligeramente mejores que los de Marina. Había crecido en Didcot, un pueblo
horroroso de Oxfordshire. Su madre trabajaba de secretaria y su padre regentaba
una tienda de muebles especializada en dormitorios que poco a poco se convirtió
en una pequeña cadena, de modo que los ingresos le permitieron costear los
estudios de sus hijos en un colegio público de segunda.
Los otros niños se habían burlado de él sin compasión. «¡El
padre de Henry vende camas! ¡El padre de Henry vende camas!» Y Henry, tal como
lo llamaban por aquel entonces, se moría de la vergüenza y prometió que jamás
se dedicaría a un trabajo tan servil. Dejando las burlas aparte, el colegio le
encantaba. Siempre fue uno de los alumnos más destacados y, de eso no cabía
duda, el más agraciado físicamente. Todas las niñas de los colegios de chicas
de la zona estaban coladitas por él. Durante el bachillerato se tiró a las que
estaban más buenas. Hasta Marianne Powers, la más difícil de todas, cedió a sus
encantos.
Consiguió entrar en Cambridge, siendo el quinto alumno del
instituto que había logrado hacerlo en veinte años. Y fue en Cambridge donde
comenzó a reinventarse.
El primer día de universidad comprendió que había dos grupos
diferenciados de estudiantes. El mayoritario estaba formado por los empollones
procedentes de colegios mediocres como el suyo que siempre habían hecho los
deberes y aprobado los exámenes y que tenían la intención de seguir haciendo lo
mismo (aunque para mejorar sus currículos solían practicar alguna actividad
extracurricular como el remo) para después conseguir buenos empleos.
Y el segundo grupo estaba formado por la gente guapa, por los
que habían asistido a los mejores colegios, por aquellos para los que ir a
Cambridge era un derecho de nacimiento y no solo porque sus fantásticos genes
los hubieran dotado con cocientes intelectuales altos, sino porque sus familias
tenían vínculos con las distintas facultades que se remontaban a trescientos
años de antigüedad. Una vez que estaban allí, no tenían la menor intención de
molestarse en estudiar. Preocuparse por algo tan burgués como una carrera era
el colmo de la vulgaridad. No, ellos iban allí para asistir a fiestas, para
organizar desayunos con champán, para tirar a los otros al río de cabeza y para
disfrutar del sexo a tope.
Esos estudiantes se matriculaban en carreras como filología
inglesa o historia del arte, llevaban pantalones pirata, polos y zapatillas de
deporte de marca. Y él ansiaba con todas sus fuerzas formar parte de ese grupo.
Sin embargo, había varios obstáculos en su camino. En primer lugar, estaba en
el Girton, uno de los colegios más anodinos de toda la universidad, mientras
que los demás estaban en el Trinity. En segundo lugar, estudiaba francés e
italiano, que no era tan hortera como las matemáticas o la ingeniería, pero que
se consideraba algo «serio» de todas maneras. Y en tercer lugar estaba el hecho
de que la gente guapa había asistido al mismo colegio durante la secundaria y
el bachillerato, mientras que su único conocido era Nigel Wilson, que llevaba un
anorak y ocupaba un puesto importante en la Real Ale Society, una asociación
que pretendía extender el consumo de cerveza tradicional... No obstante, tenía
algo a su favor: su físico. Pelo rubio. Ojos azules y pestañas largas y
oscuras. Nariz recta. Labios carnosos y mentón cuadrado. Atributos que le
conferían unos orígenes engañosamente aristocráticos.
Con ese físico no le resultó difícil colarse en el círculo
dorado. Las chicas, con su refinado acento y sus cutis perfectos que delataban
una alimentación exquisita, querían acostarse con él y los chicos lo aceptaron
como uno más. De modo que abandonó a Nigel con mucho disimulo y comenzó a pasar
tanto tiempo en el Trinity o en la cafetería más cercana a la facultad de
historia del arte que prácticamente todo el mundo supuso que era uno más. No
tardó en perfeccionar su imagen. Se deshizo de los vaqueros y de las zapatillas
de deporte que había llevado consigo y en su lugar aparecieron zapatos tipo
Oxford y una chaqueta confeccionada en tweed, adquiridos en Oxfam. Organizó los
tradicionales tés en los Backs (el terreno adyacente al río) y se encargó de
servir sándwiches de huevo, de pepino y de berros, y té de la marca Earl Grey.
Se unió a los Claustrofóbicos, una asociación elitista de bebedores que solo
admitía doce nuevos miembros al año y que celebraba una cena anual donde se
servían delicias como saltamontes fritos, y se esperaba que todos los miembros
bebieran hasta vomitar. Comenzó a referirse a sus padres en público como «mami»
y «papi».
Durante el segundo año comenzó a actuar en obras de teatro, más
que nada porque Jemima Arthur-Hills, con quien estaba saliendo en aquella
época, interpretaba a Julieta en Romeo y Julieta y lo convenció para que se
presentara a la prueba. No consiguió el papel de Romeo, habría sido un poco
fuerte dada su falta de experiencia, pero sí consiguió el de Mercutio, que
seguramente sería mucho más interesante, y consiguió una crítica alucinante en
el periódico universitario Varsity. A partir de ese momento le picó el
gusanillo de la interpretación. Nunca había sabido quién quería ser, de modo
que fue genial que le dieran una piel donde meterse. Consiguió varios papeles
más en otras obras, recibió más alabanzas y se tiró a un sinfín de nenas monas.
Sin embargo, nunca consideró la interpretación como algo serio.
Suponía que después de obtener la diplomatura acabaría trabajando en un banco,
en una asesoría o en algún lugar de los que mencionaban sus compañeros cuando
no les quedaba más remedio que hablar de algo tan vulgar como el mercado
laboral.
Cuando llegó el tercer año de carrera, tuvo que marcharse al
extranjero como el resto de los estudiantes que cursaban otros idiomas.
Entusiasmado con la visión de las películas del tándem Merchant-Ivory, eligió
Italia y le ofrecieron un puesto de asistente en un colegio de Roma. Si echaba
la vista atrás, tal vez ese fuera el mejor año de su vida. Encontró un ático
diminuto en el Trastevere, un antiguo barrio obrero que poco a poco iban
colonizando los aspirantes a bohemios. Por las mañanas daba clases de inglés a
los niños (todas las niñas estaban enamoradas de él y le dieron regalitos entre
lágrimas al final del curso). Por las tardes daba clases en Intra-English, un
colegio privado que acababa de firmar un contrato con el ejército para impartir
clases de inglés a los alumnos de la escuela de marina.
Eso sí que fue la leche. La directora del colegio era una
escocesa pasota llamada Sandra a la que le daba exactamente igual lo que los
alumnos aprendieran siempre y cuando pagaran la mensualidad a tiempo. Todos los
profesores tenían un libro de texto que seguían más o menos durante quince
minutos antes de que ambas partes, profesor y alumnos, se aburrieran y
comenzaran a hablar de la liga de fútbol italiana. En consecuencia, su italiano
mejoró a pasos agigantados... y encima le pagaban. Cuando agotaban el debate
del Lazio contra la Roma, jugaban a las cartas. Durante las partidas siempre
insistía en que sus alumnos hablaran en inglés para que al menos se supieran
los nombres de las cartas...
De vez en cuando le entraban los remordimientos y los obligaba a
leer, normalmente un cómic o una revista. Les gustaba mucho Viz, y no tardaron
en pronunciar y traducir a la perfección los chistes de doble sentido. La
preocupación llegó años más tarde, cuando Italia fue uno de los países que
envió tropas a Afganistán. Ya veía a sus chicos intentando negociar con el
ejército talibán con un vocabulario soez y escandaloso...
Durante los largos períodos vacacionales encontró trabajo como
guía turístico, enseñando la Ciudad Eterna a grupos de americanos adolescentes.
Era un trabajo genial. Conseguía comisión en todos los bares y tiendas a los
que los llevaba. Incluso se compró una impresora con la que falsificaba las
entradas a ciertos monumentos cuya visita era gratuita para sacarse unas liras
más. Todavía seguía descubriendo de vez en cuando entre las páginas del
National Enquirer a alguna ama de casa de aspecto descuidado residente en Des
Moines, Iowa, que afirmaba haber desvirgado a Hal Blackstock durante una
apasionada noche en Italia.
Una vez de vuelta en Cambridge después de ese año sabático, las
cosas cambiaron un poco. Casi todos sus compañeros se habían diplomado y habían
aceptado empleos como becarios en entidades bancarias. Los fines de semana
solía ir a verlos y se quedaba en las casas que compartían en Clapham o
Battersea, aunque no le gustaba ni un pelo lo que atisbaba de sus vidas.
Levantarse todos los días a las siete de la mañana, ponerse un traje, ir a la
oficina en un vagón de metro atestado, hacer lo que fuera que se hiciera en la
oficina durante todo el día y volver a casa. Que sí, que los sueldos eran
decentes, pero vivían en una caja de cartón. Estaban atrapados.
Decidió esperar hasta los exámenes finales (en los que consiguió
una estupenda nota que de vez en cuando sacaba a colación durante las
entrevistas, cuando los periodistas insistían en su talento para la «comedia
ligera») antes de tomar una decisión en firme. Sin embargo, acababan de salir
las notas cuando su compañero Ben Balanton, un aspirante a director, le dijo
que estrenaba una obra en Edimburgo durante el festival de teatro y le ofreció
el papel protagonista. Aceptó sin pensárselo dos veces. La obra fue todo un
éxito y acabó haciendo una gira por todo el país antes de llegar a Londres. Se
buscó un representante y pronto le ofrecieron trabajos para televisión, teatro
y cine. Antes de darse cuenta, era un actor con trabajo suficiente como para
vivir decentemente.
Lo fundamental fue que jamás tuvo que esforzarse. Se conocía
demasiado bien para saber que si se hubiera encontrado con un par de negativas
seguidas, el asunto le habría resultado demasiado pesado y habría dejado la
interpretación. Así que le sorprendía mucho encontrarse con otros actores que
deseaban un papel con tantas ganas que serían capaces de tejer un jersey con
sus propios intestinos para conseguirlo. Insistir con tanto ahínco... no, mejor
dicho, el mero hecho de insistir ya era humillante en su opinión. Jamás estuvo
más de dos meses seguidos sin trabajar y si cancelaban un proyecto, siempre
llegaba otro a la semana o así. De todas formas, si las cosas no salían del
todo tal como quería, tampoco le importaba mucho. Todo el mundo sabía que la
interpretación no era un trabajo serio: uno se disfrazaba y le pagaban más de
la cuenta por hacerlo. Era una vida mucho más interesante que las de sus
amigos.
O eso pensaba en aquel entonces, reconoció de mala gana mientras
se servía otra taza de café solo. De haber sabido lo que implicaba la fama
mundial (las alfombras rojas, los festivales de cine en ciudades de tres al
cuarto, los días como ese en concreto llenos de entrevistas), habría rellenado
una solicitud para realizar cualquier trabajo burocrático.
Alguien llamó al timbre de la puerta, y allí estaba el camarero
con todo lo que le había pedido. Seguro que lo había tomado por un
drogadicto... Le dio una propina, no tan jugosa como le habría gustado porque
solo tenía cinco euros en el bolsillo, y se metió en el cuarto de baño. El
grano tenía más o menos medio centímetro de diámetro. Las circunstancias lo
llevaron momentáneamente de vuelta al dúplex de Didcot, y creyó estar encerrado
en el baño de la planta alta (era sorprendente que se hubieran apañado con un
solo cuarto de baño), lidiando con los granos que fueron el único martirio de
su adolescencia.
Recordaba perfectamente la técnica: metió la aguja en el agua
hirviendo y se colocó la toalla caliente sobre el grano durante cinco minutos
para reblandecerlo. Sacó la aguja del agua (se le había olvidado pedirle al
camarero unos guantes de látex y tuvo que protegerse la mano con una toalla
para hacerlo), encendió una cerilla y colocó la aguja en el centro de la llama.
Sin pensárselo dos veces, clavó la punta de la aguja en el grano. Sufrió una
breve punzada de dolor y la asquerosa sustancia que tenía en el interior acabó
en la toalla. Acto seguido lavó la herida, la cubrió con pomada antibiótica y
la protegió con una tirita. Eso bastaría.
El timbre de la puerta sonó de nuevo.
—Hal —lo llamó Vanessa—, te esperan abajo.
—Sí, ya lo sé. Me estoy vistiendo.
—¿Puedo pasar? Te pondré al día mientras te arreglas.
Capítulo 11
Vanessa llevaba una carpeta en las manos.
—Muy bien. Esta mañana tenemos una mesa redonda con seis
periodistas; cuatro europeos, un neozelandés y un japonés, así que no debería
ser problemático. Después tienes una entrevista con la edición italiana de
Marie Claire. Y luego otra entrevista con Christine Miller del Daily Post, y
una sesión de fotos para terminar.
—¡Por el amor de Dios! ¿Por qué no me opero a corazón abierto
con un cuchillo de mantequilla?
—No, Hal, ni pensarlo. Todo saldrá bien.
—¿Les has dicho que nada de preguntas sobre Flora?
—Sí, pero ya sabes que las harán de todas maneras.
—Si me preguntan sobre Flora, me largo.
—Ni hablar. Dirás: «Sin comentarios».
—¿Por qué? —preguntó enfurruñado mientras se ponía los
calcetines.
—Porque si dejas la entrevista a medias, mañana habrá titulares
en medio mundo. Las revistas de cotilleos harán el agosto diciendo lo
desagradable que eres y el poco sentido del humor que tienes.
—No es verdad.
—Te aconsejo que te comportes, Hal. Es lo único que te digo.
¿Estás listo?
—Qué remedio...
Salieron de la suite, se metieron en el ascensor y bajaron
cuatro plantas.
—Solo serán veinte minutos —le aseguró Nessie.
Suspiró. Al principio de su carrera había disfrutado de la
publicidad que acarreaba el trabajo, de la oportunidad de coquetear con las
entrevistadoras guapas y decir cosas escandalosas. Pero en los últimos tiempos
se había convertido en una carga. El comentario más nimio se repetía fuera de
contexto. Eso fue lo que pasó cuando bromeó con un chico atractivo que
trabajaba para Attitude sobre que le gustaba Jude Law y el comentario acabó en
un «¡Soy gay!, declara Hal». Dado que ya tenía un hijo homosexual, a su madre
no le había hecho gracia ninguna. Claro que cada vez había más aspectos de su
trabajo que le resultaban cargantes, por no hablar de que con cuarenta y tres
años ya comenzaba a estar talludito para las comedias románticas, que eran su
especialidad; el problema era que nunca le llegaban los papeles dramáticos y
con enjundia. Esos iban todos para Sean Penn y Philip Seymour Hoffman.
Y luego estaba lo de El carro de las manzanas. Desde la primera
página del guión supo que era una mierda. Pero le debía una a Ben por impulsar
su carrera. Además, le brindaba la oportunidad de protagonizar la película
junto a Justina Maguire, la actriz más cotizada en Hollywood últimamente y a
quien Marina odiaba. Decidió aceptar el papel por su cuenta; a Callum, su
representante, no le hizo mucha gracia a pesar de que se embolsaría el diez por
ciento de su caché. Flora le había instado a que lo rechazara.
—Tienes que serle fiel a tu integridad artística —le dijo ella.
Pero él no tenía integridad artística. De hecho, no estaba
seguro de tener integridad de ninguna clase. De modo que firmó en la línea de
puntos. Vale, tal vez la película fuera un pestiño, pero ¿a quién le importaba?
Seguiría los pasos de su héroe, Michael Caine, que una vez le
dijo a otro tío: «No he visto la película, pero he oído que es espantosa.
Aunque sí he visto la casa que ha pagado dicha película, y es estupenda».
Claro que una cosa era bromear sobre esas cosas con tus colegas
y otra muy distinta abrir las revistas, como había hecho cuando estrenaron El
carro de las manzanas en Estados Unidos, y leer las primeras críticas negativas
unánimes sobre su carrera. «Blackstock vuelve a pasar de puntillas por un papel
como si le aburriera todo lo que sucede a su alrededor», eso fue lo más leve
que dijeron sobre la película. «Un desastre insalvable. Balanton y Blackstock
deberían avergonzarse», fue una crítica recurrente. En su momento se había
echado a reír y le había dicho a todo el mundo que tenían razón, pero por
dentro estaba destrozado. ¿Por qué no le había hecho caso a Flora? Había
acabado siendo un hazmerreír. Y lo peor era que todo el mundo decía que había
más química entre los presentadores del telediario matinal que entre Justina y
él. Marina seguro que se partió al leer eso.
Y en ese momento iba a tener que soportar otro interrogatorio
sobre por qué aceptó participar en semejante fiasco. Aprieta los dientes y
aguanta el tirón como un hombre, se dijo, y luego añadió la frase preferida de
Marina: «Es mejor que rascarse el culo en la casa de tus viejos».
¿O no?
—Voy a dejar este mundillo muy pronto —masculló entre dientes
mientras recorría el pasillo en dirección a la sala de conferencias—. Me
aburre. No presenta ningún desafío. Voy a escribir mi novela. Voy a conseguir
que sea importante. —Sopesó la idea de decírselo a los periodistas, pero
decidió que era mejor no hacerlo. Ese tipo de declaraciones podían explotarte
en la cara. Lo mejor sería presentárselo al mundo como un hecho irrevocable.
Estaban esperándolo sentados a la mesa.
—Vaya, vaya, es muy amable que hayáis venido todos para ver a
este pobre viejo. No sé por qué os habéis molestado.
Todos se echaron a reír, y eso lo relajó. El numerito de
rebajarse siempre funcionaba. Extendió los brazos en gesto humilde.
—¿Bueno? ¿Qué puedo hacer por vosotros?
Un hombre bastante ansioso con gafas gruesas y un polo, que
estaría mucho más a gusto escribiendo ensayos sobre la reconstrucción política
para alguna revista de arte minoritaria en vez de preguntándoles a las
estrellas de cine qué colonia usaban, se inclinó hacia delante.
—Thomas Schlieffer, de la edición alemana de Glamour. Señor
Blackstock, en su opinión, ¿la forma de Ben Balanton de hacer cine se
describiría mejor como posmodernista o como nouvelle vague?
Le metió la grabadora bajo la nariz mientras asentía con la
cabeza.
—¿Ben? —preguntó él al tiempo que se sentaba a la mesa y miraba
a los presentes—. ¿Su forma de hacer cine? Diría que es más del estilo «el
estudio me ha dado un cheque enorme, así que vamos a hacer esta mierda de una
vez». —Abrió la boca para sonreír de oreja a oreja. La mitad de los periodistas
soltaron una carcajada para reírle la gracia, mientras que la otra mitad
parecía haberse quedado sin habla.
—¿De verdad es tan cínico? —preguntó el alemán como si acabara
de escuchar que un huracán había barrido su casa.
Hal miró a Nessie, que estaba sentada en un rincón, y vio que
movía la cabeza un poquito. Vale. Había llegado el momento de dejar de hacer el
tonto e ir a lo seguro.
—Lo siento, chicos, solo era una broma. Nada más lejos de la
realidad. Ben es un artista estupendo. Trabajar con él ha sido una experiencia
maravillosa. Y no solo con él. Me refiero a todo el equipo, a todo el elenco de
actores, todos eran muy profesionales y divertidos. Nos reímos muchísimo. Y
creo que es lo mejor que ha hecho Ben en mucho tiempo.
—¿No cree que con respecto a trabajos como Analizando el amor es
un pinchazo hacer una película sobre un granjero y su perro? —preguntó una
mujer de mediana edad con unos dientes enormes. Era fea y tenía razón en lo que
había dicho. La odió al instante.
—¿Y usted es...? —preguntó él.
—Helena de Moretti, de la edición italiana de Vogue.
—¿Italiana? ¿No quiere preguntarme sobre el tiempo que pasé en
Italia como estudiante?
—No, gracias.
No le hizo caso.
—Es genial estar de vuelta. Viví en Roma un año a los veinte.
Una de las mejores etapas de mi vida. Conducía una Vespa, vivía en un ático en
el Trastevere, enseñaba inglés, aprendía a cocinar...
—¿Tenía novia? —preguntó una joven de pelo oscuro y voz ronca.
—Mmm. Bueno, claro, ¡tenía algunas! Las mujeres italianas... Ya
sabéis.
La habitación estalló en carcajadas y sonrió, satisfecho por
haber esquivado las preguntas incómodas. Pero la italiana fea insistió.
—Le he preguntado, señor Blackstock, si cree que El carro de
manzanas es un pinchazo.
Vale, respira hondo, cuenta hasta diez, sé paciente.
—No, qué va, no es un pinchazo. Lo que quiero decir es que sí,
Analizando el amor es una obra maestra, pero hay lugar para todo en este
mundillo. El carro de las manzanas es una historia muy dulce. Está pensada para
que la gente se ría, para alegrarles el día, y hay lugar para algo así en este
miserable mundo, creo que todos estarán de acuerdo conmigo en eso. ¿Siguiente
pregunta?
Un japonés con traje le acercó la grabadora.
—Señor Blackstock, Junichiro Kanai, de Tokyo Tights. ¿Ha estado
alguna vez en Tokio en primavera?
¡Sí! ¡Esa pregunta era de las buenas!
—He estado allí, y es una ciudad preciosa. Los cerezos en flor
son... preciosos y... —Si se alargaba bastante con el tema, pondría de uñas al
resto de periodistas y no les dejaría tiempo para hacerle preguntas sobre el
declive de su carrera. Cuando estaba terminando su disertación, la única tía
buena de la habitación, una rubia con mirada maliciosa, carraspeó.
—Señor Blackstock. Marion Demazière, de Jeunesse Française. ¿Es
cierto que tiene una prima francesa?
Genial. Otra pregunta buena. Le gustó esa periodista. Tal vez
pudiera conseguir su teléfono y... pero no.
—No, no es cierto. Aunque ojalá lo fuera. Porque las francesas
son maravillosas. Las adoro. Creo que son las mujeres más sexys de la tierra.
Sí, me encantaría tener una excusa para visitar Francia con más frecuencia.
—Pero ¿qué opinaría Flora sobre eso? —preguntó la italiana con
astucia.
Mierda. Había caído en la trampa él sólito.
—A Flora también le gusta mucho Francia —respondió con voz
gélida.
Todos comenzaron a apuntar frenéticamente en sus cuadernillos.
Al otro lado de la habitación Nessie puso los ojos en blanco.
—De acuerdo, solo queda tiempo para otra pregunta —dijo Nessie
con firmeza.
Le tocó a un hombre delgaducho y alto.
—Hola, Jim Pallett de New Zealand Age. ¿Conoce a Russell Crowe?
—Sí, pero... ¿qué tiene eso que ver con El carro de las
manzanas?
—Nada, pero es un compatriota.
—¿No es australiano? —Al ver la expresión herida del hombre,
cambió de rumbo—. Claro. Por supuesto. Bueno, conozco a Russell y es un tipo
encantador. Muy gracioso. Por supuesto, no lo conozco demasiado bien, pero...
—¡Muy bien! —exclamó Nessie—. Se ha acabado el tiempo.
—Ay, por favor, una pregunta más —musitó el bomboncito francés.
—Una más —concedió Nessie con magnanimidad, como si le hubiera
dado la tarjeta de crédito y el número secreto del sultán de Brunei.
Se preparó para «¿Cómo van las cosas con Flora?». Bajo la
camiseta sintió que algo comenzaba a palpitar. Se llevó la mano al corazón.
¡Dios mío!, el grano había crecido, se había hinchado más y ya tenía el tamaño
de un huevo duro bajo el esternón. Mierda. Eso no era nada bueno. Se moría por
engancharse a internet y comprobar qué era.
—¿Ha hablado con Marina sobre su compromiso? ¿La ha felicitado?
—Mientras hablaba, la mujer le puso una revista bajo las narices en la que se
veía a una sonriente Marina en la portada.
—¿Marina se ha comprometido? —preguntó él. El corazón se le
hinchó como un globo, pero mantuvo la voz firme y la sonrisa en su lugar. Miró
la revista con más atención.
Y allí estaba, el amor de su vida durante diez años, en los
brazos de ese imbécil de Fabrizio con su bronceado artificial.
—¿No lo sabía? —Todos se incorporaron. Empezaron a escribir a
toda velocidad en sus cuadernillos. Le metieron tres grabadoras bajo las
narices.
—Chicos —intervino Nessie—, eso solo son rumores...
—No, no es un rumor —la corrigió la italiana—. Reuters lo
confirmó hace una hora.
—Y el señor Blackstock hablará con la señorita Dawson para
felicitarla de todo corazón cuando llegue el momento.
—Sí —confirmó él cuando lo miraron expectantes. Le pitaban los
oídos. Tenía la sensación de que estaba en las nubes y se veía desde allí
arriba—. Sí, eso haré. Estoy muy contento por Marina y Fabrizio y les deseo lo
mejor.
Nessie se levantó.
—Muy bien, creo que ya tenéis bastante por ahora. El señor
Blackstock está muy ocupado. Gracias a todos por venir.
—Gracias —repitió él mientras se levantaban entre protestas—.
Gracias. Os agradezco el tiempo que me habéis dedicado. —Miró su Rolex. Le daba
tiempo a volver a su habitación y ver las noticias antes de la siguiente
entrevista. Cuando salía de la sala de prensa, oyó hablar al japonés y a la
francesa.
—Una lástima. Nos habría ido mejor si hubiéramos entrevistado a
Justina Maguire, está en el candelero.
—Y tanto —convino la francesa—. Nosotros también queríamos
entrevistarla a ella, pero solo va a concederle una entrevista al Vogue
norteamericano. Así que tuvimos que conformarnos con Blackstock.
Capítulo 12
Amy había esperado que su primer día completo en Roma fuera
mejor que el primero, pero al final resultó más caluroso, más solitario y más
frustrante. Por la mañana decidió ir al Vaticano. Cogió el metro, que parecía
patético comparado con el de Londres, porque creyó que sería menos estresante
que caminar y la idea de un autobús le resultaba aterradora por la posibilidad
de no saber cómo pagarle al conductor ni de dónde bajarse. Se encontró
encerrada en un vagón con tres niños gitanos que la incordiaron para que les
diera dinero. Les dio un par de monedas, pero con eso solo consiguió que
siguieran insistiendo, de modo que tuvo que bajarse en la siguiente parada y
esperar al siguiente para que la dejaran tranquila.
Había planeado visitar los museos del Vaticano y la capilla
Sixtina, pero estaba todo cerrado por alguna festividad católica. De modo que
se encaminó a la basílica de San Pedro, pero estaba a punto de cruzar las
enormes puertas cuando una monja la cogió del hombro y la sermoneó por pensar
siquiera en entrar en el lugar más sagrado de la cristiandad en pantalones
cortos.
—Pero... —protestó ella, y señaló al hombre que tenía delante,
que llevaba una camiseta con un logo que rezaba «Los surferos lo hacen de pie».
Sin embargo, la monja no cedió.
—Debería darle vergüenza —le dijo al tiempo que se santiguaba.
Derrotada, compró una porción de pizza de un puesto de comida
para llevar y se la comió de pie a modo de almuerzo a la sombra de un plátano.
Tras estudiar la guía con detenimiento y descubrir que casi todos los
monumentos cerraban el lunes, decidió mirar escaparates aunque quería reservar
esa actividad para cuando Gaby llegara. Sin embargo, como era la hora del
almuerzo, casi todas las tiendas estaban cerradas y no abrirían hasta las
cuatro, así que en lugar de ver tiendas se dedicó a deambular por las callejuelas
empedradas de lo que allí denominaban el «casco histórico» con un ojo pendiente
del móvil por si la llamaban y no lo oía, cada vez más desanimada. Le dio
vueltas y vueltas a su situación. Había perdido la posibilidad de tener un
futuro con el único hombre al que había amado de verdad. ¿Había sido demasiado
exigente? ¿Debería haber negociado los términos? Al fin y al cabo, nadie era
perfecto.
Entretanto los puñeteros pantalones cortos no paraban de darle
problemas. Nada más verla, los conductores tocaban el claxon como los jinetes
tocarían el cornetín cuando avistaban a su presa en una cacería. Los
comerciantes, que estaban resguardados a la sombra, siseaban como serpientes.
Los que iban en moto, aunque llevaran a mujeres de paquete, aminoraban la
velocidad y mascullaban comentarios que estaba convencida de que eran
escandalosas obscenidades.
Comenzó a sonar el móvil. El rayito de esperanza volvió a
brillar en su interior, pero el identificador de llamada lo apagó de un
plumazo.
—Hola, mamá —dijo, esforzándose por parecer animada.
—¡Cariño! ¿Dónde estás? ¿Estás con Doug?
—No, mamá. Estoy en Roma. En mi luna de miel. Sola.
—¡Ay, cariño! ¿Y no has tenido noticias suyas?
Apretó los ojos con fuerza como si estuvieran a punto de pegarle
un puñetazo en la cara.
—Ni una palabra —confesó.
—Ay, Amy... —Percibió la decepción a través del teléfono.
Sus padres tenían tantas esperanzas puestas en ella que
resultaba aterrador. Era hija única, nacida bastante tarde después de años de
falsas esperanzas, y habían sacrificado mucho (todo en balde, como Gaby solía
señalar) para que ella pudiera hacer clases de ballet, de judo y de violín,
para asegurarse de que iba a un buen colegio y a una buena universidad. El día
que se licenció como médica fue el más feliz de sus vidas, el día que se
prometió con Doug casi el segundo más feliz. De hecho, el día que llevó a Danny
a su casa fue el segundo más feliz. Doug nunca les había caído muy bien, pero
habían fingido que era así.
Era maravilloso que la quisieran de esa manera, pero también
podía resultar agobiante. En ocasiones, solo quería que su madre la abrazara
con fuerza. Sin embargo, solía terminar siendo ella quien consolaba, fingiendo
que su maltrecho corazón apenas si había sufrido daño.
—No te preocupes, te lo pido por favor, mamá. Estoy bien.
—¡Es que no lo entiendo! Estoy muy enfadada con Douglas. ¿Cómo
ha podido hacerle esto a mi pequeña?
—Mamá...
—¿Quieres que lo llame?
—¡No!
—Esto... verás, cariño, todo el mundo está llamando por los regalos
de boda. No es que les preocupe el dinero ni nada parecido, pero quieren saber
qué hacer. ¿Vas a quedarte con los regalos como... como un premio de
consolación? ¿O vas a devolverlos? Vamos, que es cosa tuya. Creo que la tía
Joan te compró una tostadora y Joan Millikins un juego de croquet.
—Creo que deberías devolverlos. Pero no te preocupes. Ya me
ocuparé de todo cuando vuelva a casa. Y mientras tanto... adivina quién se
hospeda en el mismo hotel. ¡Hal Blackstock!
—¿¡Hal Blackstock!? —Eso la animó. Su madre siempre había tenido
debilidad por Hal Blackstock, mucho más que por Harrison Ford, y cuando ponían
una película suya, se cenaba delante de la tele con bandejas y se prohibían las
interrupciones.
Le contó lo guapo que era, saltándose el detalle de su
flatulencia, y cuando por fin colgó, su madre estaba mucho más animada,
convencida sin duda alguna de que Hal Blackstock sería su futuro yerno. Ella,
por su parte, se sentía peor que nunca. Se moría por llamar a Doug, pero en vez
de eso marcó el número de Gaby.
—¿Cómo te va?
—Estupendamente —respondió mientras observaba a una policía con
unos tacones imposibles y un uniforme ajustadísimo retocándose el maquillaje
con la ayuda del retrovisor de un Fiat aparcado—. El hotel es increíble y...
¡adivina! Hal Blackstock se aloja en la misma planta que yo y quería que
intercambiáramos habitaciones.
—¡No!
Le contó el incidente de la sauna y recibió a cambio unos
cuantos jadeos y unos cuantos «¡No me lo puedo creer!» de lo más
satisfactorios.
—¿Seguirá ahí el miércoles? Tengo la ecografía por la mañana.
Sobre las diez o así.
—¿Crees que podrás estar aquí el miércoles por la noche?
—Desde luego. Saldremos a comer pasta. Me muero de ganas por
estar ahí. Por cierto, supongo que no tienes noticias.
—Ni una palabra. Pero tampoco las esperaba.
—De todas maneras —comenzó Gaby antes de inspirar hondo con
furia—, debería haberte llamado. Mierda, tengo que dejarte. Tengo a un cliente
en la otra línea. Te llamaré mañana para decirte el vuelo. Te quiero.
«Te quiero.» Eso era lo que se suponía que debía decir un novio
cuando terminaba una llamada, no tu mejor amiga.
Pero ¿cuándo había sido la última vez que Doug se lo había
dicho? No durante esos últimos meses con todas las discusiones sobre la
colocación de invitados, la elección de centros de mesa y el ensayo de los
pasos para el primer baile. Pero ¿cuándo se lo había dicho ella, ya que estaba?
Mientras regresaba sin prisa al hotel, pensó en los primeros e
idílicos días con Doug. Después de haber consumido un número apropiado de
bebidas aquella noche de marzo y después de que Gaby e incluso Pinny (que
mantuvo la boca cerrada aunque no dejaba de lanzarle dardos con los ojos) se
hubieron marchado, acompañó a Doug al cochambroso piso que compartía en Pimlico
para «escuchar música». Fingió que le interesaban los grupos góticos cuyas
canciones le tocó y los dos parlotearon hasta las cuatro de la mañana, cuando
por fin se produjo una pausa en la que ambos reconocieron en silencio que ya
habían agotado todos los temas de conversación y que habían llegado a donde
querían llegar y ya no podían esperar más. Así que Doug se abalanzó sobre ella.
A pesar de que estaban borrachos, el sexo fue espectacular.
Jamás había experimentado nada igual. Después de pasar años sufriendo la
postura del misionero con Danny, tuvo la sensación de que se había transformado
en una actriz porno y de que todo el cuerpo le hervía de emoción, de que todos
los músculos palpitaban al despertarse tras un largo sueño.
Por la mañana Doug se levantó y salió a comprar. Mientras él
estaba fuera, aprovechó para buscar pruebas que delataran la existencia de
otras mujeres, pero solo encontró un paquete medio vacío de Hob Nobs caducadas
desde hacía más de siete meses bajo la cama, lo que le provocó una arcada, pero
era algo tan distinto de Danny que no le quedó más remedio que echarse a reír.
En ese momento, Doug regresó con el periódico y los cruasanes, y con él volvió
el pánico de que solo fuera un rollo de una noche y que en cualquier momento la
pusiera de patitas en la calle.
Claro que en su caso Doug sí que debería haber sido un rollo de
una noche. Le había ocultado que tenía un novio que había estando salvando
vidas esa noche mientras ella hacía el amor como una posesa. Se fue por la
tarde, después de hacer el amor dos veces más. Tenía la boca seca cuando se
despidió, pero luego Doug dijo:
—Oye, voy a pedirle a Pinny tu teléfono.
—Bueno... yo que tú no lo haría —se apresuró a decir, aterrada
por lo que pudiera contarle Pinny—. No creo que deba saber lo nuestro... quiero
decir, lo que ha pasado.
Doug se encogió de hombros.
—Me parece bien. Pin siempre ha tenido debilidad por mí. Bueno,
pues dámelo tú ahora.
De vuelta a casa tuvo la sensación de que su piel estaba
estirada al máximo, como si fuera demasiado pequeña para su cuerpo. Tenía un
mensaje de Danny en el contestador diciéndole que se verían esa noche y que si
le apetecía cenar en un indio y luego ver una película. Se sintió culpable por
primera vez. Tal vez Danny no fuera el hombre ideal para ella, pero era un buen
hombre y ella se estaba comportando fatal. Estaba preguntándose qué hacer, si
debería cortar con él esa noche o si debería esperar un poco hasta averiguar la
seriedad de las intenciones de Doug cuando sonó el móvil. Era Pinny. Miró el
teléfono con miedo, como si fuera una barra de plutonio. Lo dejaría sonar. No,
lo cogería. Porque aunque no quería hablar con ella, eso la acercaría más a
Doug.
—¡Hola! —exclamó—. Anoche me lo pasé genial.
—¿Qué hiciste? —Pinny no sonaba tan alegre como de costumbre.
—¿A qué te refieres?
—Baz dice que te fuiste con Doug.
Se le puso el corazón en la garganta.
—Sí, compartimos un taxi para volver a casa.
—Pero no vivís cerca.
—Lo sé. Lo dejé en King's Cross.
—Vale, si tú lo dices…
—Claro que lo digo —replicó enfadada.
—Doug puede traerte problemas. Te lo aviso.
—No pasó nada, Pins.
Le contó la misma mentira a Gaby, que respondió de forma menos
incrédula pero más preocupada. Y luego pasó un día espantoso, demasiado
nerviosa para dormir, demasiado cansada para hacer algo provechoso,
arreglándose las uñas y comprobando el teléfono. Esa noche Danny fue a su casa.
Decidió que estaba demasiado cansada para embarcarse en una ruptura, así que
cenaron comida india y vieron una película antes de lavarse los dientes
juntitos e irse a la cama para dormir castamente... como cualquier noche de sábado.
Al día siguiente Danny trabajaba por la tarde. Ella volvió a la cama y
comenzaron a castañetearle los dientes por lo deprimida que se sentía al pensar
que nunca más vería a Doug. Sin embargo, a eso de las seis, cuando ya estaba
anocheciendo, sonó el móvil.
No dejo de pensar en la noche pasada. ¿Podemos repetirlo pronto?
X
Antes de poder contenerse ya le estaba contestando con otro
mensaje.
¿Qué tal ahora?
Y así comenzaron las tres semanas más emocionantes y agotadoras
de su vida; tres semanas durante las que pasó todas las noches en los brazos de
Doug y todos los días intentando mantenerse despierta gracias a la adrenalina y
a las pastillas de cafeína; el resto del tiempo lo pasaba escribiéndole
mensajes a Danny para decirle que tenía que trabajar hasta tarde y que ya lo
vería el fin de semana. Debería haberse sentido mal, fatal, pero su obsesión
por Doug le anestesiaba la conciencia.
Al final, cuando ya tenía los nervios destrozados y se aseguró
en la medida de lo posible de que Doug quería ser su novio, hizo acopio de
valor y le dijo a Danny que había otra persona. Se lo tomó tan mal como había
esperado: lloró un montón, le rogó que se lo pensara mejor y le contó que se la
imaginaba teniendo niños y envejeciendo juntos. Se sentía fatal por la
situación, pero cuanto más le rogaba, más se convencía de que estaba haciendo
lo correcto. Una vez que solucionó ese asunto, fue a casa de Doug, se metió en
la cama con él y se olvidó de Danny para siempre.
Después de aquel día Danny la llamó llorando en un par de
ocasiones a las tantas de la noche. Le escribió apasionadas cartas de amor que
ella tiró sin leer. Tuvo pesadillas recurrentes sobre él y sobre cómo lo había
soportado durante años. Pero al mismo tiempo se sentía muy afortunada de haber
escapado de lo que parecía un largo y letárgico sueño para encontrar la
verdadera pasión. El verdadero amor.
Capítulo 13
Los primeros meses con Doug fueron maravillosos. Después de lo
que había pasado a considerar como «su período de Bella Durmiente», se
transformó en la mitad de una pareja dedicada a asistir a fiestas y a disfrutar
de la juventud y del dinero a manos llenas. Circulaban por Londres en la Vespa
de Doug. Una noche, después de cenar en un restaurante de moda, hicieron unos
cuantos kilómetros hasta las afueras en busca de un club coreano que
recomendaban en un artículo. Hacían escapadas cortas a hoteles que estaban a la
última y pasaban los fines de semana en pensiones cutres. Probaban un sinfín de
drogas (como médica sabía que no era buena idea, pero como hedonista que
acababa de entrar en la treintena estaba genial). Sus relaciones sexuales eran
tiernas, apasionadas, imaginativas y explosivas.
Durante las pocas veces que se quedaban en casa y no se desnudaban,
Doug se sentaba en el suelo e interpretaba para ella sus últimas composiciones
con voz de falsete acompañado de su guitarra. De vez en cuando tenía que
contener la risa cuando sonaba como un castrato, pero por regla general se
sentía conmovida y agradecida de que lo hiciera. De haber seguido con Danny,
estarían sentados como un par de pasmarotes viendo Gran Hermano VIP. En otras
ocasiones, veían películas en blanco y negro subtituladas, acurrucados en el
sofá. La película favorita de Doug era La dolce vita y la noche que la puso en
el DVD fue una prueba de fuego.
—¿Qué te ha parecido? —le preguntó al final con una voz que le
recordó a su profesora de primaria cuando le pedía que le recitara la tabla del
ocho y que despertó en ella el mismo deseo de hacerlo bien.
—Increíble —contestó, asintiendo con entusiasmo.
En realidad, le había parecido un poquito dispersa y aburrida,
pero Marcello Mastroianni estaba genial y Anita Ekberg en la Fontana de Trevi
era la personificación del sexo. Doug asintió con la cabeza, satisfecho.
—Me encanta Roma —dijo—. Me encanta Italia. Los italianos llevan
la vida perfecta, o la llevarían si tuvieran algunos grupos de música decentes.
Utilizan todo su talento musical en la ópera.
—Nunca he ido a Italia.
—¿En serio? —Le acarició el pelo y sonrió—. Algún día te
llevaré.
Sin embargo, el único sitio al que la llevaba era a los bolos de
Ambrosial. El grupo solía tener un concierto semanal en algún bareto de mala
muerte de Londres y su público iba aumentando poco a poco. Mientras los
observaba, sentada en un lugar privilegiado entre bambalinas, no podía evitar
sentirse muy orgullosa, y un poco pasmada, por haber conseguido (ella, Amy
Gubbins, nacida y criada en Salcombe) a ese tío tan sexy, guapo y simpático. En
comparación con Pinny siempre se había sentido un poco sosa, y en comparación
con Gaby, un poco ingenua, pero con Doug a su lado se sentía contenta consigo
misma de una vez por todas.
Gaby se había tomado lo suyo con Doug muy bien y le había dicho
que Danny le caía muy bien, pero que su felicidad era lo primero y que siempre
podría contar con su apoyo, fuera cual fuese su decisión. Pinny no había sido
tan prudente.
—Como si no fuera obvio —le dijo con voz desagradable cuando se
lo confesó—. En fin, te deseo buena suerte. Supongo que sabes dónde te has
metido...
Su amistad con Pinny se enfrió a partir de ese momento. Su amiga
comenzó a tratarla con desprecio y, por su parte, le resultaba muy difícil
relajarse al lado de alguien que era mucho más guapa que ella y que encima
tenía la mira puesta en su novio... aunque no era la única, claro. No tardó en
acostumbrarse a las fans que se arrojaban a sus pies en cada concierto y a las
mujeres que pasaban totalmente de ella mientras hablaban con Doug.
Sin embargo, y como por arte de magia, él parecía feliz con
ella. Después de seis meses, le preguntó con mucho tiento si le gustaría
conocer a sus padres y él le contestó con un bostezo que por qué no. De modo
que fueron a Salcombe, a la casa donde creció. Sus padres, que se habían
quedado destrozados con la pérdida del simpático de Danny, lo recibieron con
los brazos abiertos mientras que él se mostró muy educado. Su abuela, a la que
adoraba, consintió en salir de su casa para estar con ellos y se rió con todos
los chistes de Doug.
—¿Qué te parece? —le preguntó a hurtadillas mientras sus padres
le enseñaban a Doug el huerto.
—Es muy simpático, tesoro. Y muy guapo. Como ese chico de la
tele.
—¿Quién? —preguntó, encantada.
—Ya sabes. Ese que hace de jurado con los cantantes. Muy
estúpido, pero muy guapetón.
—¿Te refieres a Simon Cowell? —puntualizó, aunque sabía que era
a él.
—Sí, a ese. Guapísimo.
Decidió ocultarle la conversación a Doug. Salvo por ese detalle,
el encuentro fue todo un éxito. De camino a Londres le confesó que lo amaba y
tras una brevísima pausa él le dijo que también.
De modo que ¿cuándo comenzó la cosa a ir cuesta abajo?
¿Cuándo comenzó a pensar que ya no flotaba en el aire, que de
alguna manera y sin haberse dado cuenta sus pies comenzaban a tocar el suelo?
Por mucho que lo intentó, no pudo recordar la primera noche que se metieron en
la cama para dormir sin haber echado un polvo. Sin embargo, sí recordaba la
sensación, una mezcla de ansiedad por la posibilidad de que se hubiera cansado
de ella y de satisfacción por haber pasado al siguiente nivel de la vida en
pareja, en el que además del sexo se compartía un amistoso compañerismo.
Ni tampoco recordaba exactamente cuándo habían pasado de ese
punto a las excusas para no echar un polvo... por cansancio, porque el día
había sido agotador en el trabajo, porque el libro estaba genial y quería
acabar el capítulo antes de irse a dormir, porque estaba enfadada por culpa del
anciano al que había atendido y cuya hija quería echarlo de casa cuando no
tenía ningún otro lugar adonde ir. Sin embargo, esa desgana era ocasional, y
Doug siempre conseguía camelársela. Ya dormiría cuando estuviera muerta. Lo que
no se tomaba con tanta filosofía era que la arrastrara a algún concierto en
algún pub cutre fuera de Londres del que volvían a las dos de la mañana, aunque
siempre iba. La amenaza de Pinny y de las fans estaba siempre presente y no
podía pasarla por alto.
Doug se mudó a su casa después de nueve meses. No lo discutieron
a fondo. El dueño del piso donde vivía en Pimlico le dio el aviso de que tenía
que desocuparlo y al día siguiente se presentó en la puerta de su casa en el
coche de Pinny y comenzó a descargar un montón de bolsas de basura negras.
—¿Estás bien, Doug? —escuchó que le preguntaba Pinny mientras lo
ayudaba a subir la última bolsa por las escaleras—. Recuerda que mi habitación
de invitados sigue libre si la cosa no sale bien.
A pesar de las semanas que necesitó para recuperarse de la
sorpresa, se sentía eufórica. Aunque le avergonzara reconocerlo, se dio cuenta
de que albergaba una fantasía sacada de los anuncios de televisión en la cual
se levantaban tarde un domingo por la mañana e iban a comer a un restaurante
donde habían quedado con los amigos, o bien Doug cortaba las verduras antes de
que ella las cocinara en un wok siguiendo una receta exquisita.
La realidad, por supuesto, fue un poco distinta. Ni siquiera se
había planteado cómo guardar todas las cosas de Doug en un espacio tan
reducido. Había cajas y cajas de discos compactos y cientos más con discos de
vinilo, de cuando el hombre cazaba mamuts de pelo largo, y que nunca ponía
porque no tenía tocadiscos, aunque se negaba en redondo a deshacerse de ellos.
Sin embargo, las posesiones musicales no eran nada comparadas con el resto de
sus cosas. Por ejemplo, su gigantesco reloj Swatch que ocupaba una pared
entera. Era de color amarillo chillón y azul, y en el centro tenía un canguro
cuyos brazos señalaban la hora.
—¿No es una caña? —le preguntó él con una sonrisa—. Podríamos
ponerlo ahí. —Señaló hacia la otra pared de su dormitorio la cual, en un
atípico arranque a lo Martha Stewart, había empapelado con un papel que costaba
ciento noventa libras por rollo—. Quita ese papel de abuela. No sé cómo no lo
arrancaste cuando te mudaste.
Decidió dejar pasar el insulto.
—Doug, no vamos a poner ese reloj en ningún sitio. ¡Es
horroroso!
—¿En serio? —Parecía desolado.
Decidió utilizar el tono de voz que normalmente empleaba para
comunicarles a los pacientes que tenían una enfermedad terminal.
—Es lo más feo que he visto en la vida. Va directo a Oxfam.
—¡Ni hablar! A ver, imagina que nos mudamos a un sitio más
grande. Lo pondría en mi despacho. ¿Te parece que lo guardemos de momento?
Evidentemente, la promesa de futuro que encerraba la posibilidad
de mudarse a un sitio más grande surtió efecto. De modo que el Swatch acabó en
un atestado armario de la cocina con el resto de sus cosas: un poster de Betty
Blue, otro de Desde Rusia con amor, las mantelerías batik que había comprado el
año que pasó en India, las espantosas figurillas africanas que compró cuando
fue a Gambia de vacaciones y las horribles tazas estampadas con flores que su
tía le regaló en su vigésimo primer cumpleaños.
—Si dentro de un año no echas todo esto de menos, va directo a
Oxfam —le advirtió, a lo que él replicó:
—Vale, vale...
Dieciséis meses después era incapaz de armarse de valor para
llevar a cabo su amenaza. Lo que sí hizo, gracias a la insistencia de Doug, fue
buscar tiempo para comprar la pantalla de plasma más grande que había en el
mercado y abonarse a la plataforma digital Sky.
El desorden no era el único problema. Como la mayoría de los
hombres, Doug era un cerdo al que le daba igual que la bañera tuviera un cerco
oscuro y al que ni se le pasaba por la cabeza enjuagar la verdura antes de
meterla en el frigorífico (y ella había atendido a suficientes pacientes con
dolencias gástricas como para olvidar las precauciones). La cosa tenía su miga,
porque si se le ocurría exponerle sus quejas, Doug saltaba como un adolescente
y le decía que creía estar viviendo con su novia, no con su madre.
Aterrada por la posibilidad de que se molestara de verdad, se
desahogaba (levemente) con sus amigas.
—Creo que estás siendo un poco dura con Doug —le dijo Madhura,
una de las residentes, que tenía un novio perfecto que chocheaba por ella, le
preparaba baños calientes sin preguntarle siquiera y se encargaba de hacer la
compra semanal, aunque a ella le parecía un calzonazos—. A ver, ¿qué prefieres?
¿Una casa de revista de decoración o un tío desordenado que te quiere? Me
parece que deberías relajarte un poco, Amy.
—Podríais comprar una casa entre los dos —le sugirió Gaby cuando
le contó sus penas—. Si es de los dos, podéis decorarla juntos y así tú no te
sentirás tan territorial y él la mirará con otros ojos. Lo digo porque ahora
está ganando más dinero y podéis aspirar a algo decente. Además, deberías
plantearte lo de avanzar en la relación.
Tenía razón. Se lo comentó a Doug la noche siguiente, durante la
cena. Esperaba que la idea lo entusiasmara. Al fin y al cabo, siempre se estaba
quejando de lo lejos que quedaba su piso del metro. Sin embargo, meneó la
cabeza.
—Ni hablar.
—¿Por qué no? —Sintió una punzada de dolor. ¿A qué se refería?
¿No quería seguir con ella?
—Porque comprar un sitio nuevo nos costará un riñón y ahora
mismo no quiero gastarme el dinero en eso.
—Vale —replicó mientras se le revolvía el estómago. ¿Cómo había
podido estar tan ciega? Hasta ese momento pensaba que eran felices. ¿Por qué no
había colgado el dichoso Swatch? ¿Por qué no fue un poco más zorra en la cama
la noche anterior?
Doug se levantó, rodeó la mesa y le echó un brazo por los
hombros.
—Amy, llevo un tiempo intentando decírtelo, pero...
La habitación se cernió sobre ella justo antes de alejarse, como
cuando se desmayó aquella vez mientras esperaba en la cola del cine. Vale,
pensó, me está dando la patada.
—No creo que pueda seguir en el trabajo. Voy a presentar la
dimisión.
El alivio incrementó la sensación de mareo y tardó un segundo en
preguntarle:
—Pero ¿por qué? ¿Qué pasa?
Doug suspiró.
—Ya sabes lo que pasa. Lo odio. No lo aguanto. Estar todo el día
sentado delante de un montón de papeles. Buscar referencias en libros
polvorientos... Es aburrido, Amy. Me está destrozando por dentro. La vida tiene
que ser algo más que eso.
—Por supuesto que lo es —le aseguró, conmovida. Era consciente
de que Doug protestaba de vez en cuando por su trabajo, pero nunca le había
oído nada tan desgarrador como eso—. No hay que vivir para trabajar, sino
trabajar para vivir. Lo que importa es lo que hacemos durante nuestro tiempo
libre. El trabajo solo es un medio para financiar un modo de vida.
—Para ti es distinto —protestó él—. Tu trabajo es satisfactorio.
No hay nada satisfactorio en buscar el modo de que unos cabrones forrados les
saquen pasta a otros cabrones forrados.
—Enviar a la gente al podólogo para que le traten una uña
encarnada no es muy satisfactorio que digamos —replicó, aunque estaba
exagerando—. Venga ya, Doug. La vida no es perfecta. Y nosotros no podemos
quejarnos de lo que tenemos.
Y con eso zanjó el tema. Sin embargo, Doug siguió en sus trece.
Cada vez pasaba más tiempo trabajando en sus canciones y discutiendo con Hank
para que les consiguiera bolos fuera de su zona habitual. Al final llegó el día
en el que el dueño del bufete le echó la bronca por escribir canciones cuando
debería haber estado redactando un testamento. Otro día se quedó dormido porque
había vuelto de un concierto en Luton a las cinco de la mañana y llegó tarde,
lo que le valió un aviso formal. Después llamó alegando que estaba enfermo
cuando en realidad estaba en Glasgow y había perdido el avión. Lo pillaron y le
enviaron una notificación por escrito.
—¡Doug! —exclamó ella, horrorizada.
—Doug, ¿qué? Esto ha sido para bien, Amy. No puedo pasarme el
resto de mi vida trabajando como un esclavo por un salario. Eso no es para mí.
—Pero ¿cómo vamos a pagar la hipoteca sin tu sueldo? —adujo,
asustada.
—La pagabas tú sola antes de que yo llegara —le recordó él.
—Sí, pero... la cuota aumenta.
Lo que en realidad quería decir era que les sería imposible
comprar una casa más grande, con una habitación para los niños y un jardín.
Todas las cosas que Danny quería y que a ella la repelían en aquel entonces
pero que, durante los últimos meses, se habían convertido en su sueño... en su
sueño secreto, porque Doug no tenía ninguna fantasía relacionada con una vida
hogareña y acomodada.
—¿No podemos llegar a un compromiso? Ni para ti ni para mí
—sugirió—. Sigue con el grupo a tope, pero trabaja al menos por las mañanas. Si
el grupo triunfa, dejas el trabajo y punto.
Doug accedió y la cosa se calmó. Sin embargo, la crisis llegó un
mes más tarde, cuando el jefe le pidió que hiciera horas extras la misma noche
que Ambrosial tenía un concierto de los grandes. Se negó en redondo. El
concierto fue un éxito total, pero a la mañana siguiente lo despidieron.
—Nena, todo saldrá bien —le prometió al ver lo horrorizada que
estaba—. ¿Qué te parece si llegamos a otro acuerdo? Seguiré con el grupo un año
más y si no funciona, me buscaré un trabajo decente.
Accedió a regañadientes. Aunque tenía un mal presentimiento. De
todas formas, necesitaba a Doug como el aire que respiraba. Además, había
dejado a Danny porque su estabilidad y su formalidad habían acabado por
aburrirla, así que sería absurdo quejarse de que su sustituto tenía una vena
artística y caprichosa. Había tomado una decisión y tenía que esforzarse para
que funcionara.
Capítulo 14
Antes de la entrevista personal con una periodista de la versión
italiana de Marie Claire, Hal exigió un descanso de veinte minutos. Regresó a
la suite, encendió el portátil e hizo una búsqueda en Google tras teclear
Marina Dawson y Fabrizio de Michelis. Obtuvo tres mil quinientos cincuenta y
dos resultados. Pinchó sobre el primero.
Hoy se ha anunciado el compromiso oficial entre la presentadora
y modelo Marina Dawson, de Supermodelo, y su novio desde hace más de un año.
«Ha sido todo muy precipitado, pero estamos muy felices», ha declarado Marina,
de treinta y cuatro años de edad. «Hemos pensado casarnos en el Cipriani, en
Venecia, antes de Navidad.»
—¿¡Treinta y cuatro años!? ¡Qué cara más dura tiene esa fresca!
Marina era seis años más joven que él, y eso quería decir que en
realidad cumpliría treinta y siete en diciembre. Era increíble que la prensa le
siguiera la corriente. Pinchó sobre unos cuantos enlaces más. Encontró una foto
de Marina, deslumbrante vestida de verde oscuro en alguna entrega de premios.
Su ex era una belleza, desde luego que sí. Aunque del tipo terrenal, con esa
boca tan grande y su generoso busto. La esquelética Flora era mucho más
sofisticada y tenía un pedigrí impecable. Gracias a su estructura ósea no
necesitaría cirugía estética para preservar su belleza, salvo algún retoque con
Botox, y envejecería maravillosamente. Todo lo contrario que Marina, a la que
se imaginaba un poco fondona...
Sería mejor llamarla para darle la enhorabuena, decidió.
Pero no en ese preciso momento, mejor al día siguiente, sí. No
entendía por qué le había afectado tanto la noticia del compromiso. Al fin y al
cabo, fue él quien lo dejó con Marina... por más que sus «amigos» se empeñaran
en dejar caer a la prensa que fue al contrario. Bueno, vale... en realidad fue
ella la que cortó, pero porque él no le dejó otra alternativa.
De todas formas... era raro pensar que alguien que había sido
una parte fundamental de su vida pasaba capítulo y se adentraba en una etapa en
la que él ya no tendría cabida. Al fin y al cabo había dejado que esa mujer le
apretara las tuercas y en una ocasión lo persiguió desnuda por la habitación
con una banda de cera fría en la mano, amenazándolo con depilarle la raja del
culo hasta que los dos acabaron en el suelo, muertos de la risa. ¿Cómo era
posible dejar atrás todo eso así sin más? Dudaba mucho que con Fabrizio hubiera
conseguido llegar a ese nivel de confianza. Solo llevaban saliendo un año y, a
juzgar por sus agendas, habrían pasado como mucho una semana juntos. Claro que
él mismo le había dado vueltas a comprometerse con Flora, pero eso era distinto.
Flora tenía cerebro mientras que Fabrizio era un trozo de caoba lobotomizado.
En realidad eso no era del todo cierto. En las pocas ocasiones en las que
habían coincidido le había parecido un chico sorprendentemente simpático para
alguien que era el heredero de una naviera que valía millones. Divertido y
pasota. Pero, sinceramente, su cara se parecía a la tarta de la canción
«Macarthur Park» y jamás llegaría a ser candidato al Nobel de ciencia. ¿De
verdad estaba Marina enamorada de él?
Sopesó la idea de anunciar su compromiso con Flora. Pero si lo
hacía en ese momento, todos dirían que le había pedido matrimonio por despecho,
cosa que obviamente sería falsa.
Su mente siguió revoloteando en torno a esos pensamientos como
una mosca alrededor de un tarro de miel de camino a la siguiente entrevista,
durante el almuerzo y a lo largo de la agotadora hora que pasó con Christine
Miller del Daily Post. Era una rubia muy mona que sacaba de quicio al más
pintado y que tenía fama de destruir reputaciones. Intentó por todos los medios
a su alcance que le hablara de Marina y de Flora, y él se resistió con uñas y
dientes. Los dos acabaron de mal humor y se despidieron con un apretón de manos
que poco hizo por disimular la mutua antipatía que se profesaban. Después le
tocó soportar una hora con Simon, un fotógrafo de mediana edad que trabajaba
para el Post y que, en contra de lo que era normal entre los miembros de su
profesión, derrochaba la misma simpatía que un guardia de una cárcel de máxima
seguridad. Acabó agotado.
Por la tarde estuvo haciendo ejercicio con el equipo que había
ordenado que le subieran a la suite (no pensaba bajar otra vez a la zona
pública ni de coña). Cenó solo mientras veía una película de Eddie Murphy
sacada de un montón que le había enviado el portero. Cuando acabó, cayó en la
cuenta de que debería llamar a Flora.
—¿Sí? ¿Hal?
Sin saber muy bien por qué, esa manía de arrastrar las palabras
lo sacó de quicio.
—Hola, cariño. ¿Cómo van las cosas?
—Muy bien. La inauguración del albergue ha sido un éxito
tremendo. Creo que mañana habrá reseñas de la noticia en todos los periódicos.
—Mmm... —murmuró mientras pensaba que la noticia quedaría
eclipsada por la historia del compromiso de Marina—. Eso es genial, cariño,
bien hecho.
—Gracias. Estoy muy contenta. Me alegro de que hayas llamado,
porque hay un problemilla.
—¿Qué problemilla? —preguntó, repentinamente inquieto.
—En fin, cariño, ojalá pueda estar contigo el miércoles, pero
hay ciertos detalles con la fundación que tal vez me lleve un tiempo
solucionar. Así que es posible que tenga que retrasar el viaje un día o dos.
—¿¡Cómo!?
—No lo sé con certeza. Pero el viernes o el sábado me vendrían
mejor. Henrietta me está buscando un vuelo ahora mismo. No te preocupes,
tesoro. Estaré ahí contigo antes de que te des cuenta.
—¡Me cago en la puta! —exclamó—. No quiero estar aquí solo tanto
tiempo.
—Hal, solo serán un par de días. No seas tan egoísta. La
fundación es importantísima y lo sabes.
—Pero el miércoles por la noche es el estreno aquí en Italia
—refunfuñó.
—Tesoro, lo siento muchísimo, de verdad. Pero va a ser
imposible.
Sabía que la razón más importante por la que quería que Flora
estuviera en Roma era para llevarla del brazo durante el estreno. Si no lo
acompañaba, la prensa se le echaría encima: «Hal solo mientras Marina planea la
boda del siglo». Claro que ni loco iba a decírselo a ella.
—Bueno —claudicó a regañadientes—, haz lo que más te convenga.
Me da exactamente igual. Tengo que irme.
—¡Hal, no seas así! Eres más infantil que las niñas.
—Te llamaré pronto —replicó con voz cortante—. Ciao, querida,
tal como dicen en Roma.
Y colgó. ¡Joder! ¿Por qué tenía la sensación de que las cosas se
le iban de las manos? Su ex, que dos años antes estaba desesperada por casarse
con él, acababa de comprometerse con un hombre más rico que él. Y su novia, que
innegablemente era la mujer perfecta y mucho más adecuada que Marina en todos
los sentidos, rechazaba el placer de su compañía porque prefería ocuparse de
esas reincidentes que trapicheaban con drogas.
Sintió un dolor palpitante bajo la camisa. Metió con cuidado la
mano y se tocó el grano. ¡Dios! ¡Había crecido! Y el dolor había empeorado.
Tenía que leer sobre el tema. Cogió el portátil y tecleó en Google: «Grano
infectado resistente».
La búsqueda le reportó dieciocho mil setecientos dos resultados.
Eligió uno al azar, el cuarto: «Medidas básicas para el tratamiento de la
viruela».
Se le heló la sangre en las venas. ¡Dios, lo sabía! Tenía la
viruela. Seguramente se la había pegado alguna fan desquiciada que le había
pinchado con la punta de un paraguas.
Venga ya, Hal, no seas imbécil, se dijo. Pinchó en el primer
enlace, convencido de que iba a decirle que solo era un grano, infectado porque
se lo había tocado con la aguja. «Síntomas del cáncer de piel.»
¡Hostia puta! Cerró el portátil de golpe. Cáncer de piel. Sabía
que todas aquellas sesiones de rayos UVA que el estudio le obligó a tomar hacía
unos años justo antes de la entrega de los BAFTA habían sido una mala idea.
Mierda. Se estaba muriendo. ¿Y qué dejaría tras de sí? Unas cuantas comedias
románticas ñoñas y una novia oscarizada de luto. Ningún hijo. Nada de lo que
enorgullecerse.
Sí, definitivamente le pediría matrimonio a Flora en cuanto
llegara. Se casarían rápido. Nada ostentoso, una pequeña ceremonia tal vez en
la villa de George en el lago Como, y luego la dejaría embarazada lo antes
posible. Al menos quedaría algo suyo, algo que consolaría a sus padres después
de que la muerte les hubiera arrebatado a su hijo antes de que llegara su
hora... pero estaba divagando. No tenía sentido comenzar a planear el funeral
(incineración, sin lugar a dudas, porque había desarrollado una fobia a que lo
enterraran vivo desde que vio Secuestrada) hasta que consultara con un médico.
Por la mañana le diría a Nessie que le pidiera cita. Aunque a lo mejor para
entonces ya era demasiado tarde. El cáncer podría haberse extendido y no le
quedaría tiempo para someterse a la quimioterapia ni a la radioterapia.
Cálmate. Solo es un grano infectado, se dijo. A lo mejor él
mismo se había provocado una infección sanguínea. Una septicemia. Le tendrían
que amputar un brazo. O una pierna. ¡O las dos cosas! ¿Eso sería el final del
mundo? Al fin y al cabo, ahí estaba Heather Mills McCartney, a quien había
conocido en una de las fiestas benéficas de Flora, y parecía llevarlo bastante
bien, aunque recordó que durante el divorcio salieron cosas a la luz y dijeron
que tenía que orinar en una cuña. ¡Ay, Dios! Eso mismo le iba a pasar a él.
Había sido un idiota por dejarlo correr tanto tiempo. Tenían que verlo en ese
mismo momento. Le echó un vistazo al reloj. Eran casi las doce. Daba igual. Se
trataba de una emergencia.
Cogió el teléfono y llamó a recepción.
Capítulo 15
Amy se despertó sobresaltada por el teléfono. Carraspeó antes de
responder:
—¿Diga?
—¿Doctora Fraser? —preguntó una voz con acento italiano.
—¿Sí?
—Siento muchísimo molestarla. Soy el signor Ducelli, el gerente
del hotel.
—¿Sí?
—Tenemos un problema y nos preguntábamos si podría ayudarnos. Si
está dispuesta a hacerlo, claro... No tiene ninguna obligación.
Lo sabía. Mariah Carey acababa de llegar y tenía que dejarle la
suite.
—Todo depende...
—¡Por supuesto! Es que... ¿Es usted doctora en medicina, doctora
Fraser?
—Sí.
—¿Con experiencia demostrable?
—Bastante demostrable, sí.
—Disculpe que se lo pregunte, es que parece muy joven. —Qué
zalamero era...—. Verá, el problema es que tenemos a un huésped que parece
estar enfermo. Requiere asistencia médica inmediata. Pero no podemos encontrar
al médico que suele trabajar para nosotros. Creemos que está de vacaciones...
—Pues entonces debería ir a un hospital.
La primera regla de los médicos era que nunca se debía salir de
la cama si podías endiñarle el muerto a otro. Miró el reloj de la mesilla de
noche. Las once y treinta y tres minutos, ¡por el amor de Dios!
—No, doctora Fraser. Es un asunto un poco delicado. Se trata de
un huésped famoso. No podemos llamar a cualquier médico. La discreción es de
vital importancia. Así que hemos pensado que... hemos llegado a la conclusión
de que no habría nadie mejor para tratar al señor... quiero decir, a este
huésped VIP, que otro cliente.
—¡Pero es casi medianoche! Estaba durmiendo.
—Lo entiendo perfectamente, doctora Fraser. Y como recompensa
por su amabilidad, estaríamos dispuestos a correr con todos los gastos de su
estancia en el hotel de Russie. Y los de su esposo. Cuando llegue.
Su cerebro pasó del punto muerto a la directa sin pasar por las
marchas intermedias.
—¡Acepto! ¡Vale! Solo será un segundo. Solo tengo que vestirme.
—Es usted muy amable, muy amable. Bueno, cuando se haya
arreglado, vaya a la suite Picasso. Está al final de su mismo pasillo. Voy a
decirle en la más estricta confidencialidad que el paciente a quien tiene que
tratar es... —El hombre bajó la voz para darle más efecto, aunque ella ya lo
sabía, por supuesto—. Es el señor Hal Blackstock.
Pasó media hora antes de que Hal escuchara el timbre de la
puerta.
—¡Gracias a Dios!
Cuando habló por primera vez con Ducelli, le dijo que no habría
problema alguno, que en menos de una hora iría un médico. Pero cuando Ducelli
volvió a llamar, parecía menos seguro y le dijo que había surgido un
imprevisto. En una tercera llamada, el hombre parecía muy animado y le aseguró
que todo estaba bajo control.
—¡Ya voy! —gritó antes de abrir la puerta. Vio a Ducelli con una
mujer alta de pelo oscuro vestida con pantalones cortos y una camiseta
desgastada. Le resultaba vagamente familiar.
—Señor Blackstock, siento mucho haberlo hecho esperar. Hemos
tenido un problema con nuestro médico habitual, pero no se preocupe. Le hemos
traído a la doctora Fraser, que se aloja en el hotel.
En ese momento la recordó.
—¿La recién casada?
—Exacto —contestó ella—. Estoy de luna de miel. También soy
licenciada en medicina por la Universidad de Edimburgo, médica de familia
cualificada y esclava a tiempo completo de la Seguridad Social.
—¿De verdad? —La miró con respeto. Esa podría ser la mujer que
pronunciara su sentencia de muerte.
—Dígame, señor Blackstock, ¿en qué puedo ayudarlo?
—Mmm. Es privado —contestó, fulminando con la mirada a Ducelli,
que pilló la indirecta al punto.
—Bueno, señor Blackstock, lo dejaré en compañía de esta
maravillosa señorita... Quiero decir, de la distinguida doctora, que atenderá
todas sus necesidades.
—¿Hay alguna farmacia de guardia cerca? —preguntó la doctora—.
Por si necesitamos algo.
—Sí, sí, dottoressa. Un miembro del personal estará atento por
si necesitan algo.
—Estupendo. Se lo haré saber.
—Le agradezco muchísimo su ayuda, dottoressa.
—No hay de qué.
Ducelli se fue después de dorarles un poco más la píldora.
—Vale —dijo ella en cuanto se cerró la puerta—, ¿qué le pasa?
—Bueno, me da un poco de vergüenza...
—No se preocupe. Todo el mundo dice lo mismo.
—No, lo digo en serio.
—Le aseguro que no pasa nada. Puede decirme lo que sea. —Hablaba
con voz sorprendentemente dulce.
—Bueno, el problema es que... que creo que tengo septicemia. Van
a tener que amputarme el brazo y la pierna.
—¿¡Septicemia!? —preguntó enarcando una caja.
—Claro que también podría ser cáncer de piel. Cuando era
adolescente me quemé de una manera espantosa un verano que pasé en España. Y he
usado los rayos UVA —añadió como alguien que confesara a un sacerdote que se lo
había montado con un mono.
—¿Cáncer de piel? ¿Qué síntomas tiene?
—Tengo un grano en el pecho que me he reventado con una aguja.
Esterilizada, pero ahora no se cierra, y he leído...
—Señor Blackstock, estoy segura de que no tiene septicemia. Ni
cáncer de piel. Pero aunque lo tuviera, es curable. —Echó un vistazo por la
habitación—. Mmm, bonita suite. La verdad es que no veo la diferencia entre
esta y la Popolo.
Rió a regañadientes.
—Usted tiene una vista de la ciudad. Yo solamente veo el jardín.
—Ay, pobrecito. —Sonrió. Fue una sonrisa sorprendentemente
amplia que dejó al descubierto un hueco encantador entre los dientes
delanteros—. Bueno, señor Blackstock, jamás creí que diría esto, pero ¿podría
quitarse la camiseta para que pueda examinar ese grano?
Se quitó la camiseta por la cabeza, sintiéndose magnánimo. Tenía
que ser muy emocionante ver cómo una estrella de cine se desnudaba tan de
cerca. Sí, posiblemente se lo contaría todo a sus amigas, pero ¿qué más daba?
Tampoco iba a diagnosticarle un herpes ni nada parecido. Claro que, ¿qué
pasaría si tenía cáncer de piel y se lo contaba a una amiga que a su vez se lo
contaría a otra amiga que lo largaría todo a la prensa antes de que tuviera la
oportunidad de contárselo a su madre? Lo mejor sería que lo hiciera él a
primera hora de la mañana. Se preocuparía, cierto, pero la tranquilizaría
diciéndole que había tratamientos estupendos en la actualidad y que él tenía la
suerte de poder pagar lo mejor de lo mejor. Además, ¿qué importaba si se le
caía el pelo? Tenía una mata lo bastante espesa (a diferencia de ese Fabrizio
de Michelis, que ya tenía una calva en la coronilla) para pensar que volvería a
crecerle bien.
Vio que la doctora se había acercado a él.
—Creo que es un forúnculo —dijo ella.
—¿Un qué?
—Un forúnculo. Nada preocupante. Se curará en un par de días.
Póngase un poco de crema y no vuelva a reventárselo con agujas. Esterilizadas o
no. ¡Uf!
Se sintió eufórico, como si se hubiera metido de golpe todas las
pastillas de éxtasis que había tragado en la vida (aunque tampoco habían sido
tantas). Era como si hubiera renacido. ¡Gracias, Dios mío, por esta segunda
oportunidad!, pensó. ¡Gracias! Te prometo que intentaré ser mejor persona.
Donaré más dinero a obras benéficas y visitaré a mis padres más a menudo, y me
casaré con Flora y tendré cuatro retoños con ella. Aunque no estaba muy seguro
de que Flora apreciara lo que esos cuatro retoños harían con su figura. Bueno,
tal vez tres. O dos.
—¿Está segura de que no me pasa nada?
—Totalmente.
—¿Segura de que no tengo cáncer de piel?
—No puedo estar totalmente segura a menos que compruebe todos
sus lunares. Cosa que preferiría no tener que hacer esta noche. Hay un montón
de clínicas en Londres que podría recomendarle si quiere un chequeo completo.
Porque supongo que puede pagarse una privada, ¿no?
Empezó a sentirse avergonzado.
—En fin, no se preocupe. Siento haberla sacado de la cama. Su
pobre marido. No es muy agradable en su luna de miel.
—No pasa nada —se apresuró a decir ella antes de bostezar con
delicadeza—. Lo siento. ¿Puedo lavarme las manos?
—Ah, sí, claro. —Señaló el cuarto de baño con la cabeza—. El
suyo puede que sea más grande.
—Seguramente.
La doctora salió del cuarto de baño un poco después con
expresión confundida.
—¿Su novia ya ha llegado?
—¿Mi novia? Pues... no. Llegará dentro de unos días.
—Pero todos esos cosméticos... Los botes de Clarins y de
Lâncome... —Dejó la frase en el aire al verle la cara—. Ah, ¿son suyos?
—Siempre se necesita un poco de ayuda porque no se sabe cuándo
te van a hacer una foto —contestó a la defensiva.
—Claro —replicó ella, incapaz de contener una sonrisa.
La perdonó porque era una sonrisa muy dulce.
—Gracias. Ha sido muy amable.
—No hay de qué. El hotel me lo va a pagar.
—¿No va a decirles a sus amigos lo estúpido que soy?
—Por supuesto que no. Me lo impide el juramento hipocrático. No
puedo revelar nada de mis pacientes. Y ahora, buenas noches, señor Blackstock.
Duerma un poco.
—Gracias —repitió, y de repente, por extraño que pareciera,
deseó que se quedara.
—No hay de qué —repitió ella y cerró la puerta, dejándolo sin
nada que hacer salvo meterse en la cama y dormirse de una vez.
Capítulo 16
De vuelta en la cama Amy tardó en conciliar el sueño. Apartó las
sábanas, volvió a cubrirse con ellas, abrió la ventana, volvió a cerrarla...
Encendió el aire acondicionado, lo apagó. Comprobó que no le hubieran llegado
mensajes al móvil a medianoche, mientras ella estaba en la otra suite, pero,
por supuesto, no había nada de nada.
No había nada nuevo, pero se encontró revisando con afán
masoquista mensajes de hacía menos de una semana, cuando todo marchaba viento
en popa. Fue bajando por la lista, releyendo. Tenía la costumbre de borrar los
mensajes antiguos para liberar memoria cuando estaba aburrida en el autobús,
pero había conservado algunos por motivos sentimentales o porque no se había
puesto a ello. El primer mensaje que recibió de Doug y que casi le provocó un
infarto. Otro en el que Doug le decía que llegaría tarde y que no lo esperase.
Doug diciéndole que había un cazatalentos entre el público y que la cosa
prometía. Doug diciendo que estaba en el supermercado y que lo sentía pero que
no recordaba qué le había pedido que comprase. Doug diciéndole que iban a
despedir a Hank como representante.
—Creemos que nos está exprimiendo, que nos está robando —le
explicó cuando llegó a casa después de haber tenido una discusión acalorada en
el pub.
—¿Cómo os va a estar exprimiendo si ninguno de vosotros gana
dinero? —le recordó ella.
Había acabado por admirar a Hank, que bien se merecía la mísera
cantidad que ganase por toda la energía que le dedicaba al grupo organizando
viajes en furgonetas hasta esos pueblecitos perdidos, consiguiéndole a Gregor
las drogas en dichos pueblecitos y llevándolos de vuelta a Londres a las tantas
de la madrugada, porque los demás estaban demasiado cansados para ponerse al
volante.
—Nena, ya está hecho —dijo Doug—. Además, es una caña. Hemos
decidido que yo seré el representante. Eso quiere decir que me llevo un veinte
por ciento más, a repartir entre toi et moi.
Era una tontería señalar que un veinte por ciento más de los
beneficios hacía que la suma subiera a unas novecientas libras anuales.
Básicamente quería decir que Doug (que desde que dejó el bufete de abogados
trabajaba unas horas muy aburridas pero flexibles ejerciendo de teleoperador)
estaba a dos velas. Las comidas fuera de casa, el cine y todo lo demás
continuaron, pero de alguna manera ya no era lo mismo porque ella tenía que
pagarlo todo. No le molestaba tener que pagar, pero la creciente sensación de que
todo recaía sobre su bolsillo revelaba la situación por la que pasaba su
relación.
Un día normal se levantaba a las siete de la mañana. Doug se
quedaba acostado y seguiría dormido mientras ella llegaba a la consulta a las
ocho; de hecho, seguía acostado cuando lo llamaba a las diez para recordarle
que tenía que comprar comida para los peces. Llegaba a casa a eso de las seis,
agotada emocionalmente por todas las penas del día, y se encontraba con un
montón de pelis nuevas alrededor de la tele, con la programación de la tele
bien repasada y con la cama aún caliente. En cambio, la lavadora que había
puesto esa mañana seguía llena de ropa empapada y los Post-it, que para ella
eran imprescindibles, con instrucciones como «Renovar el permiso de
aparcamiento» o «Comprar detergente para lavadora» habían caído en el olvido.
Se moría por que alguien le sirviera un gin-tonic, pero casi
siempre tenía que pararse a hacer otras cosas como rebuscar en el cubo del
reciclaje para sacar las botellas de plástico que Doug metía repetidamente
aunque ella le había explicado (también repetidamente) que en ese vecindario no
se reciclaba el plástico. Se moría por alguien con quien hablar de cómo le
había ido el día y con quien acurrucarse delante de la tele; pero, como si de
un vampiro se tratase, Doug solo revivía por la noche y solía utilizar las
tardes para encerrarse en el dormitorio con el portátil, desde el que
organizaba los conciertos y enviaba obsequiosos correos electrónicos a
cazatalentos.
O, lo que era peor, se iba de concierto (no solo de Ambrosial),
ya que decía que era importante mantener controlada a la competencia. Por
supuesto, siempre la invitaba a que lo acompañara, pero a pesar de la amenaza
de las fans solía rechazar la invitación porque estaba cansadísima después del
trabajo; y estaba empezando a odiar la cultura de los grupos de rock por lo
mucho que le había cambiado la vida.
Entendía la obsesión de Doug. Su padre era un abogado de altos
vuelos que lo había presionado para que siguiera sus pasos, una decisión que
Doug siempre había lamentado. Su hermano mayor, Alan, que parecía un poco
capullo a juzgar por las pocas veces que lo había visto, siempre se había reído
de sus ambiciones musicales. Doug se había pasado años discutiendo con su
familia, burlándose de sus valores burgueses, diciendo que había cosas más
importantes en la vida que hacer dinero. Si el grupo fracasaba, la humillación
sería demoledora. Ella se sentía culpable por sus propios valores burgueses,
que mantenía en secreto. El simple olor de Doug en la almohada le aflojaba las
rodillas y eso la ayudaba a seguir adelante. La vida con Doug seguía siendo
infinitamente mejor que la vida con Danny. Doug la hacía reír (la mayoría del
tiempo), Doug hablaba de cosas mucho más interesantes que el rugby. Doug le
había hecho comprender el significado de «conocimiento carnal». Aunque lo más
importante sin duda era que Doug representaba un desafío. Danny era un
aburrimiento, pero Doug la mantenía en vilo a todas horas. Por mucho que la
cabreara, Doug seguía teniendo todos los ases en la manga. Odiaba admitirlo,
pero incluso mientras lloraba por su despreocupación, al menos estaba sintiendo
algo, que era mucho mejor que la apatía a la que Danny la había reducido.
De todas formas, comenzaba a encontrar la imprecisión de su
futuro un poco bochornosa. La gente le estaba haciendo preguntas sobre el rumbo
de su relación. Sus padres, la abuela, Madhura, Andrea y Rosa, que trabajaban
en la recepción de la consulta. Todos mencionaban de pasada que ya había
pasado... bueno, que había pasado más de un año, y todos preguntaban si Doug y
ella tenían planes a largo plazo.
—Somos felices tal y como estamos ahora mismo —mentía ella con
la cabeza bien alta.
La idea de pensar en el matrimonio como una heroína de las
novelas de Barbara Cartland ofendía sus principios feministas. Pero al mismo
tiempo ansiaba saber la respuesta más que nadie. No era solo el hecho de querer
vestirse de blanco y dar una fiesta. Era el hecho de que el trabajo intensivo,
las cenas fuera de casa, las vacaciones en el extranjero y las salidas al cine
que tanto le habían gustado con veinte años ya no bastaban. Necesitaba sentir
que su vida avanzaba.
Las cosas alcanzaron el punto álgido una noche que volvió a casa
tras una consulta que se había demorado demasiado. El penúltimo paciente fue un
chico de veintiún años con un montón de tatuajes enormes. Se quejaba de dolores
de cabeza. Y según él, un amigo suyo le había obligado a tomar unas pastillas.
—¿Cómo que te obligó? —le preguntó—. ¿Te las metió en la boca a
la fuerza? —No estaba siendo sarcástica, porque eso solía pasar a todas horas
por allí.
—No, me dijo que eran Viagra, así que me tragué un puñado.
Al comprobar el historial se percató de que lo que había tragado
era una buena cantidad de éxtasis y de que tenía suerte de seguir con vida. Le
recetó un medicamento para el dolor de cabeza a fin de contentarlo, no porque
creyera que le hacía falta.
—¿Vas a volver a tomar drogas? —le preguntó mientras imprimía la
receta.
—Depende.
—¿De qué?
—De si necesito Viagra.
El siguiente paciente era Sophia Franklin, una abogada muy
estresada. Mientras le contaba que no podía dormir, comenzó a pensar que si
recibiera una libra por cada persona que se había cargado la vida con las
drogas, a esas alturas ya estaría viviendo en las Bahamas. Pero Doug y ella
pasaban casi todos los fines de semana fumando maría y metiéndose alguna que
otra raya o pastilla. Danny odiaba las drogas y ella lo había tachado de
aburrido y soso por eso, pero comenzaba a entender que tenía razón. ¿Por qué estaba
bien visto que la clase media se diera el gusto, pero no así los parados y los
pobres? Mientras Sophia continuaba quejándose, tomó una decisión. Se acabaron
las drogas. Se acabó la hipocresía.
—¿Qué cree que debería hacer?
—¿Cómo?
—Me siento tan vacía, tan deprimida... Mi trabajo es... bueno,
es estresante. No puedo dormir por la adrenalina que me corre por las venas. Me
gustaría que me recetara pastillas para dormir.
En ese punto era donde solía decir que las pastillas para dormir
eran el último recurso y que preferiría que se tomara un vaso de leche
caliente, hiciera ejercicios de respiración o pusiera unas gotas de lavanda en
su almohada. Pero ese día tenía la cabeza en otro sitio.
—Vale —dijo—. Le haré una receta.
Sophia parecía no dar crédito.
—Ay, vaya. ¿Está segura? Quiero decir... ¿De verdad cree que las
pastillas para dormir son la solución? Tal vez debería probar primero con un
vaso de leche caliente. ¿Y qué le parece el yoga?
—Estas pastillas la ayudarán —contestó ella, tecleando—. Una por
la noche.
—Un momento —dijo Sophia—, hay otra cosa. Estoy intentando
quedarme embarazada. ¿De verdad cree que las pastillas son una buena idea?
¡Por el amor de Dios!
—No. Si está intentando quedarse embarazada, tomar pastillas
para dormir es sin duda una mala idea —contestó—. Ojalá me lo hubiera dicho
antes. —Rompió la receta—. Lo siento, pero tendrá que apañárselas con un vaso
de leche caliente.
—Llevo intentándolo varios meses —comentó Sophia cuando estaba a
punto de acompañarla a la puerta—. ¿Cree que me pasa algo?
Sonrió a la mujer mientras intentaba ocultar su impaciencia.
—Sophia, eso debemos tratarlo en otra cita. —Miró el historial
en la pantalla del ordenador. La mujer tenía treinta y nueve años—. A su edad,
puede llevarle algún tiempo quedarse embarazada.
—Lo sé. Pero ¿seis meses? ¿Cree que lo he retrasado demasiado?
¿Cree que debería probar con la fecundación in vitro?
—Creo que debería pedir otra cita para discutir las opciones
—contestó de manera automática.
—¡Pero si estoy aquí mismo!
Así que al final había estado con Sophia otros veinte minutos.
Estaba tan acostumbrada a las mujeres como ella que ya se sabía la historia al
dedillo. Atractiva, con éxito, rondando los cuarenta, que por algún motivo
había retrasado tener niños hasta el último segundo y que descubría que era
demasiado tarde.
Tras acompañar a Sophia a la salida, recogió sus cosas con
cansancio y se puso el abrigo. Se topó con Madhura en el vestíbulo.
—Hola, Amy. ¿Qué tal el día?
—Agotador. ¿Y el tuyo?
—Igualito, igualito. Dios, pero no te vas a creer con quién me
crucé anoche.
—¿Con quién? —preguntó ella con cierta inquietud.
—Con Danny.
—Ah, vale.
Seguía teniendo pesadillas con él. Seguía sin perdonarse por
todo el tiempo que había perdido con él y por haber sido tan cobarde y no
cortar muchos años antes.
—Estaba con una chica. Agarraditos de la mano. Parecían muy
felices. —Madhura la miró preocupada—. No te molesta que te lo diga, ¿verdad?
—No, no, claro que no —consiguió decir—. Me alegro mucho por él.
Pero ahora tengo que irme. Nos vemos mañana.
Mientras volvía a casa en el autobús intentó averiguar qué
sentía por esa noticia. Alivio principalmente al saberse libre de una vez por
todas. Curiosidad por si esa chica era más guapa que ella. Y también se sentía
muy ofendida porque Danny, que había declarado tener el corazón roto y estar
destrozado, se hubiera recuperado tan pronto. Saltaba a la vista que no era tan
irresistible. Después se concentró en mujeres como Sophia. Un año antes, tener
un niño le había parecido tan importante como las tácticas del hockey sobre
hielo o los bailes tradicionales griegos. Pero llevaba unos meses viéndolo de
otro modo. Unas cuantas amigas de la universidad estaban embarazadas y no
paraba de atender a mujeres con problemas para concebir. Empezaba a darse
cuenta de que si quería tener hijos (cosa que quería, y a ser posible una
parejita), iba a tener que hacer algo al respecto, preferiblemente ya, si no
quería ser otra víctima de la fecundación in vitro. Tenía que hablar con Doug.
Pero Doug no era muy dado a las conversaciones, le gustaban las cosas sin
presiones y sin estrés. Si le preguntaba qué quería para cenar, era capaz de
estallar y comenzar a gritarle que no lo sabía y que dejara de atosigarlo. Así
que nada de conversaciones. Era mucho mejor intentar sacar el tema de manera
sutil antes que arriesgarse a que saliera por patas.
Abrió la puerta de la casa y entró en la cocina. Los platos de
la cena del día anterior seguían en el fregadero. Doug, Gregor, Baz y Pinny
estaban tirados en el sofá. Pinny tenía la cabeza en el regazo de Baz y los
pies sobre las rodillas de Doug, se percató con cierta incomodidad. Estaban
viendo un partido de fútbol mientras se dedicaban a su pasatiempo preferido,
que era despedazar a los cazatalentos de las discográficas. Se estaban pasando
un porro enorme.
—Son todos unos imbéciles —dijo Gregor—. No reconocerían el
verdadero talento aunque se les subiera encima y se desnudara.
—Danny, el de Upstairs, estuvo allí anoche, ¿no? —preguntó Pinny
mientras enrollaba otro canuto en su duro estómago—. ¿Qué dijo?
Doug se encogió de hombros.
—Dijo que no estaba mal, pero que había que pulir las canciones.
Que volvería dentro de unos meses.
—Ni siquiera estaba escuchando las canciones. Se pasó las tres
primeras al teléfono, que lo vi yo.
Los observó sin que se dieran cuenta desde el pasillo, esperando
lo inevitable...
—¡Eso es lo que me jode!
—Pues a mí me jode que no tengan agallas. Todos buscan al
siguiente Coldplay. Tienen tanto miedo de sus jefes que ya ni saben lo que les
gusta. Se aferran a lo mismo de siempre. Ah, hola, Amy.
—Hola —dijo con voz fría.
—¿Qué tal? —la saludó Doug con un gesto de la mano—. Estaba
diciendo que pronto tendremos nuestra oportunidad.
—Ya —dijo ella.
—No sé cuánto más podremos aguantar —se quejó Gregor—. Quiero
decir que si estos tíos son tan imbéciles que no ven lo buenos que somos, no
tengo muy claro que debamos darles la satisfacción de firmar un contrato con
ellos.
—Doug, ¿puedo hablar contigo en el dormitorio un momento? —le
preguntó. Vio que se levantaba del sofá a regañadientes—. ¿Puedes decirles a
tus amigos que se vayan, por favor? —le pidió en cuanto cerró la puerta.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque estoy hecha polvo. No tengo humor para visitas. —Era
incapaz de decir «Porque están tomando drogas y he decidido que nada de drogas
en esta casa». Doug creería que se había vuelto loca. Se guardaría esa
revelación para otro momento.
—¡Amy! No puedo hacer eso. Sería muy maleducado.
—Peor es que no me avises de que van a estar aquí.
Doug la miró confundido.
—Pero Amy, nunca te ha importado que estén. Venga ya, también
son tus amigos. Sobre todo Pinny. ¿Qué pasa? Antes te encantaba que la casa
estuviera llena de gente.
—Estoy cansada —replicó al tiempo que se dejaba caer en la cama.
—Siempre estás cansada. Antes no eras así, en serio, antes
sabías cómo divertirte.
Eso le dolió.
—Todavía sé cómo divertirme cuando me dan la oportunidad.
—¿En serio? ¿Te refieres a una oportunidad como esta? —De
repente, Doug le puso la mano en el pecho. Pese al enfado, sintió un ramalazo
de deseo.
—Doug, ¿qué haces? ¡Están al otro lado de la puerta!
—¿Y qué? ¿Te referías a una oportunidad como... esta?
Comenzó a desabrocharle los pantalones. Soltó una risilla y le
metió la mano bajo la camiseta.
—Una oportunidad como esta me parece bien.
Salieron del dormitorio un cuarto de hora más tarde, un poco
desaliñados y (en su caso) de muchísimo mejor humor. Doug tenía razón.
Necesitaba relajarse un poco. Y dejar de preocuparse por los niños, por el amor
de Dios. Tenía tiempo de sobra para esa discusión y, conociendo a Doug, igual
la sorprendía un día y le decía que deseaba tener niños, así que ¿por qué
arriesgarse a una pelea?
Al recordar esa noche escondió el rostro en las manos y gruñó.
¿Por qué no se lo había preguntando entonces? ¿Por qué era tan
cobarde que siempre rehuía las confrontaciones? Se suponía que llorar ayudaba a
conciliar el sueño, pero pasó al menos una hora antes de que se durmiera.
Capítulo 17
El timbre de la puerta despertó a Amy justo antes de que alguien
la abriera.
—¿Hola? —preguntó con la voz chillona de un adolescente.
—¡Lo siento, signora! —se disculpó una camarera muy mona—. No
sabía que la habitación estuviera ocupada.
—¡Mierda! —exclamó echándole un vistazo al reloj de la
televisión. Las 10.03—. ¿Te importa esperar diez minutos?
—Por supuesto, signora.
¡Rápido!, se dijo. El horario de los desayunos acababa a las
10.30. Se ducharía a la vuelta, pensó mientras se ponía un vestido. Al abrir la
puerta vio que alguien había pasado un sobre por debajo. El corazón le dio un
nuevo vuelco. Tenía que ser un mensaje de Doug. Esperó hasta que estuvo en el
ascensor para abrirlo. Al hacerlo cayeron al suelo un par de entradas y una
nota manuscrita.
Querida doctora (no sé su nombre):
Siento mucho haberla molestado anoche. Por favor, acepte las
invitaciones para el estreno y para la fiesta posterior. No, no voy a pedirle
nada a cambio (ni siquiera que cambiemos de suite).
Forunculosamente agradecido,
HAL BLACKSTOCK
Sonrió mientras ojeaba la invitación estampada en relieve para
el estreno de la película en la plaza de España y a la recepción posterior que
se celebraría en la terraza del hotel de Russie. Las puertas del ascensor se
abrieron con su acostumbrado sonido y se apresuró hacia el comedor, que ya
estaba prácticamente desierto. Los camareros estaban preparando las mesas para
el almuerzo.
—¡Amy!
Volvió la cabeza. Se trataba de Marian y de Roger, que estaban
sentados en un rincón, acompañados por una mujer muy elegante. Tardó un solo
segundo en reconocerla. Era la rubia que subió al ascensor con el desagradable
señor Doubleday.
—¡Hola!
—¿Qué tal estás? ¿Dónde se encuentra tu maridín esta mañana?
—Tiene migraña —contestó como si tal cosa.
—Pobrecillo —replicó Marian—. Me muero de ganas de conocerlo.
Podría haberse sentado con nosotros. Estamos desayunando con champán para
celebrar nuestro trigésimo aniversario de boda. Siéntate, preciosa. Esta es
Lisa. También es británica.
Intercambiaron un par de saludos muy británicos sin contacto
físico alguno.
—Amy está de luna de miel.
—¡Qué bonito! —exclamó Lisa. Tenía acento londinense. Y un
diamante inmenso sobre el canalillo. Y otro en el dedo.
—¿Quieres acompañarnos? —sugirió Roger, señalando con la cabeza
la botella de champán.
—Es que...
—¡Vamos, Amy! —gritó el hombre—. No voy a permitir que te
sientes sola.
En ese momento Marian alzó un dedo en un gesto amenazador.
—¡Roger! No puede beber champán. —Al ver que Lisa parecía
confusa, susurró—. Trae un bebé de camino.
—¡Ah! —El hermoso rostro de Lisa se iluminó con una sonrisa—.
Enhorabuena. Espero que pudieras beber al menos un par de copas durante la
boda. No se me ocurre nada peor que no poder pillar una buena tajada el gran
día.
Amy contuvo la risa antes de darse la vuelta para atender al
joven camarero que revoloteaba tras ellos.
—Debes tener cuidado —le advirtió Marian—. Nada de huevos
escalfados, querida. Recuerda que fui comadrona. Si necesitas algún consejo, no
dudes en preguntarme.
—¿Té o café? —preguntó el camarero.
—Café, por favor.
—¡Ni hablar! —exclamó Marian—. No puedes beber café. Es malo
para el bebé.
Sopesó la idea de decirle que en realidad era médico y que tenía
una amplia experiencia a la hora de explicarles a las adolescentes de quince
años por qué no era aconsejable fumar durante el embarazo, pero no tenía
fuerzas. Además, todo el mundo sabía que las comadronas odiaban a los médicos
casi tanto como a las parturientas que elegían la epidural y la lactancia
artificial.
—Estoy segura de que una taza no me perjudicará —sugirió.
—Nada, nada. Una taza podría ser peligrosa. Mejor prevenir que
curar, ¿no te parece?
—Vale. Que sea té —capituló a regañadientes. Odiaba el té por
las mañanas.
—Pero es que el té es igual de nocivo. Tiene teína. Que sea una
infusión —le dijo Marian al camarero—. De poleo menta. Es lo mejor para ti. Y
además te aliviará el ardor de estómago. Yo lo sufrí en todos los embarazos.
Estás haciendo los ejercicios pélvicos, ¿verdad? Son importantísimos. A no ser
que quieras acabar haciéndote pis cada vez que estornudes, claro.
—Disculpadme —dijo mientras se ponía en pie para acercarse al
bufet y llenar el plato.
—Mmm, ya veo que comes por dos —señaló Marian cuando volvió.
—Yo engordé más de veinte kilos durante el embarazo de mi hija
—confesó Lisa—. Me puse como una vaca. Y tardé un siglo en perderlos. Ten
cuidado, guapa, no te pases con las galletas digestivas de chocolate.
—¿Tienes una hija? —preguntó Marian, emocionada.
—Emily. De mi primer matrimonio. Tiene nueve años. —La tristeza
veló su expresión unos segundos.
—¿Dónde está?
—Con mi hermana y mis sobrinos en Sevenoaks. Hablo con ella por
teléfono todos los días. Se lo está pasando muy bien.
El tema de conversación cambió. Roger comenzó a contarles la
historia de algunas de las iglesias que habían visto el día anterior. Amy se
percató de que tenía a su mujer cogida de la mano por debajo de la mesa y se le
llenaron los ojos de lágrimas. Jamás encontraría a un hombre que la quisiera de
esa manera.
Marian se levantó.
—En fin, será mejor que nos pongamos en marcha, Rog. Hoy tenemos
mucho que hacer. Hemos planeado ir a visitar las catacumbas donde se enterraban
los primeros cristianos, pero tenemos que quedar para tomarnos algo juntos.
—Me encantaría —replicó ella mirando por encima del hombro, de
modo que vio perfectamente cómo Marian alzaba un dedo y le gritaba:
—¡Cuidado con el calor, querida! Y recuerda: nada de patés ni de
quesos no pasteurizados. Me temo que el gorgonzola va en ese saco.
Una vez a solas, Lisa y ella se sonrieron con cierto recelo.
—¿Qué vas a hacer hoy? —le preguntó Amy.
—La verdad es que no lo sé. Simon va a trabajar durante todo el
día, así que no había decidido nada. Tal vez vaya de compras. Aunque ya fui
ayer. ¿Y tú?
—Pues no estoy segura. La migraña de mi marido es tan severa que
no puedo hacer nada con él. —Se miraron en silencio unos segundos antes de que
soltara sin más—: ¿Te importa si te acompaño?
Capítulo 18
Lo primero que hizo Hal al despertarse fue tocarse el pecho.
¡Joder! El grano seguía ahí. La doctora se había equivocado. Definitivamente
tenía septicemia e iba a necesitar una amputación. Salió de la cama y
trastabilló hasta el cuarto de baño, donde soltó un chillido mientras se
quitaba la tirita de un tirón para después mirarse al espejo.
Vale. El grano estaba un poco más pequeño, tenía que
reconocerlo. Pero iba a tenerlo muy controlado. Cogió la pomada antibiótica y
se echó una buena cantidad. Sería mejor que Nessie comprara más.
¿Qué hora era?, se preguntó y volvió al dormitorio. ¡Por Dios!
Las 8.10. Tenía todo el día por delante y ese era el día que había insistido en
tomarse libre para «disfrutar de Roma», claro que ¿cómo iba a hacerlo solo?
Habría sido mejor pasar el rato con entrevistas y fotos. Al menos así se le
habría pasado el tiempo con más rapidez...
En ese momento sonó el teléfono.
—¿Sí? —contestó, medio esperando escuchar a Marina al otro lado.
—¿Hal? —Era alguien con un marcado acento de Belfast.
—Ejem, ¿quién es? —preguntó en broma.
—Vete a la mierda, cabrón. Sabes que soy Callum.
—¿Callum? ¡Ah, sí! Recuerdo vagamente a alguien con ese nombre.
—Decidió dejar de hacer el tonto—. ¿Cómo estás, tío? ¿Estás en Roma?
—Sí, y estoy muy bien. Llegué anoche. Tenía que demostrarle mi
lealtad a mi cliente favorito. ¿Cómo lo llevas?
—De puta pena. Parezco una puta corriendo de un cliente a otro
con la mierda de la promoción de la película.
Callum se echó a reír.
—Una vida dura, ¿verdad? Dime, ¿qué vas a hacer hoy? ¿Puedes
escaquearte?
—Por supuesto —contestó, aliviado de repente por haberse librado
de un día en soledad—. ¿Dónde te alojas? ¿Te apetece desayunar?
—Estoy muy cerca de ti, en el hotel Baglioni. Me encantaría
desayunar, pero tengo un montón de llamadas que hacer, así que ¿quedamos para
el almuerzo? Si quieres, me acerco a tu hotel.
—Vale —respondió sin pensar. Aunque luego rectificó—: Mejor no.
Vamos a otro sitio. Quiero redescubrir algunos de mis lugares favoritos de
antaño. Recuerda que estuve viviendo aquí.
—¿Ah, sí? ¿Cuándo?
—Durante mi época de universitario. —Le molestó un poco que
Callum lo hubiera olvidado. Uno de sus puntos fuertes era su capacidad para
hablar perfectamente el francés y el italiano. Un representante debería
recordar esas cosas.
—Sí, claro. Se me olvida que no eres un descerebrado —adujo—.
Vale, será divertido. ¿Adónde te apetece ir?
Se quedó en blanco unos segundos, pero después dijo:
—Hay un restaurante en el Ghetto llamado Da Emilia. Le diré a
Nessie que nos reserve mesa. No recuerdo la dirección exacta.
—No te preocupes, se lo preguntaré al portero. Será divertido.
Estoy deseando oírte hablar italiano. Ciao.
—Ci vediamo! —replicó y colgó con una sonrisa.
Callum llevaba siendo su representante... ¡joder! Más de veinte
años. Cierto que a veces era un coñazo insoportable y lo obligaba a leerse
guiones que parecían escritos por algún retrasado mental o a entrevistarse con
directores de cine alternativo de algún extraño país de Europa del Este, pero
era un guasón. Había pasado muchos fines de semana en su casa de Gales,
cantando con el karaoke en la cocina hasta las tantas de la madrugada, y se lo
habían pasado en grande. A Marina le encantaba ir, recordó de repente. Con
Flora había ido una vez, pero estaba nerviosa porque las niñas se quedaban con
Pierre. Insistió en irse a la cama a las nueve, justo a la hora en la que
Robyn, la novia de Callum (una de tantas, aunque ya llevaban juntos varios
años) solía servir la cena. Y los techos tan bajos le impidieron hacer sus
ejercicios de yoga.
En fin... Cogió el teléfono otra vez y habló con Nessie para que
le pidiera al chófer que lo recogiera a las doce y media, y lo llevara al
restaurante. Sin embargo, se acordó de algo mientras paseaba de un lado al otro
de la habitación intentando matar el tiempo. Volvió a coger el teléfono.
—Nessie, hola. ¿Por qué no le dices a Ducelli que se enrolle y
me consiga una Vespa?
—¿Una Vespa? ¿Sabes conducir esa cosa?
—Pues claro. Estuve viviendo aquí un año, ¿o no?
—¿Crees que será seguro? —le preguntó Nessie—. ¿No te
perseguirán los paparazzi?
—Fue Ducelli quien me lo sugirió. Nadie me reconocerá —le
aseguró—. Llevaré casco. Y puedo recorrer Roma sin que me reconozcan. Será
genial. Me han dicho que Brad lo hizo.
—Bueno, mientras tengas cuidado...
—Siempre tengo cuidado —mintió.
Menos de una hora después Ducelli lo acompañó al aparcamiento
subterráneo del hotel, donde lo aguardaba una flamante Vespa de color azul
claro.
—Perfecta —dijo—. Es perfecta.
—¿A que es preciosa? —preguntó Ducelli, sonriendo—. Me da que se
lo va a pasar genial.
—Y que lo digas. —Se puso el casco y se subió. Giró la llave en
el contacto y sintió la vibración de la moto.
—¿Sabe moverse por Roma? —le preguntó Ducelli un poco
preocupado—. ¿No necesita un guardaespaldas?
—Nada de guardaespaldas —gritó por encima del hombro mientras la
moto salía disparada—. ¡Voy a divertirme!
Subió una rampa, se detuvo en la salida y giró a la derecha por
la vía del Babuino. Siguió recto y después rodeó la plaza del Popolo,
esquivando furgonetas blancas y un montón de Fiat. Un Porsche le tocó el claxon
y él le devolvió la pitada. ¡Estaba en la gloria! Se sentía libre, nadie lo
miraba y si alguien lo hacía... ¿qué? Enfiló la vía di Ripetta y aceleró.
Vio que una monja estaba cruzando la calle y recordó el dicho
tan romano que aseguraba que el único modo de cruzar una calle de forma segura
era siguiendo a una monja o a un cura. Hasta los mafiosos que conducían un
Porsche se detenían para dejarlos pasar.
Con una sonrisa torcida, pisó el acelerador y fue directo a por
ella. La monja retrocedió de un salto mientras chillaba. Cuando miró por encima
del hombro la vio agitando el puño en su dirección.
Siguió adelante entre carcajadas. Tenía tiempo para dar una
vuelta, así que puso rumbo a la vía Arenula y de allí cruzó el puente que
atravesaba el escaso caudal del Tiber en verano hasta llegar al Trastevere, su
antiguo barrio, que estaba formado por un revoltijo de casas pintadas de color
naranja, melocotón o rojo.
Pasó frente a la panadería adonde iba todas las mañanas a
comprar cornetti (cruasanes italianos que sabían a cartón, pero indispensables
si se quería experimentar la vida en Roma en todo su esplendor). También seguía
abierta la ferretería donde compró la cafetera después de que sus amigos se
burlaran de él por haber intentado servirles Nescafé. Al otro lado de la calle
estaba el bar donde solía tomarse una birra todas las noches. Sintió un extraño
nudo en la garganta. Vaya putada que nadie te dijera cuál iba a ser la mejor
época de tu vida para poder disfrutarla a tope en lugar de malgastarla con
preocupaciones tontas como de dónde sacar el dinero para pagar la siguiente
factura.
No podía ir en moto hasta la plaza de Santa María por culpa de
la fuente, así que decidió caminar mientras tiraba de la Vespa para echar un
vistazo. Habían restaurado la fachada de la iglesia de la esquina, de modo que
los mosaicos de la parte superior, que siempre habían tenido un color
amarillento sucio, resplandecían como el oro a la luz del sol. A su derecha
estaba la callejuela que llevaba al cine Pasquino, evidentemente cerrado
durante el mes de agosto, donde ponían películas en versión original y en verano
retiraban el techo por la noche para ver la película bajo las estrellas.
Siguió conduciendo, sorprendido porque no hubiera olvidado ni un
solo detalle sobre las laberínticas calles cuando era incapaz de recordar lo
que había comido el día anterior. Continuó hasta el puente que llevaba hasta la
vía Giulia, con sus hileras de polvorientas tiendas de antigüedades. En una de
ellas vio un hombre restaurando un candelabro con mucho cuidado. Un perro
dormitaba bajo una Vespa aparcada. La colada que se extendía de lado a lado de
la calle lo obligó a agacharse para pasar por debajo.
Como la zona era peatonal, tuvo que dejar la moto antes de
encaminarse hacia su plaza favorita: Campo dei Fiori. Un lugar ruidoso y lleno
de vida, donde un grupo de barrenderos se encargaba de recoger las flores
marchitas, las uvas podridas, los higos a medio comer por las avispas y las
cáscaras de los pistachos, restos del mercadillo que montaban por las mañanas.
Después volvió a subirse a la moto y puso rumbo al antiguo gueto judío, aunque
se desvió un poco para ver la plaza Mattei y admirar la preciosa fuente con sus
cuatro tortugas de mármol bebiendo agua.
De repente, giró en una esquina y se encontró en lo que parecía
un callejón sin salida. Vio a un hombre en el suelo, arreglando su moto con una
mano mientras utilizaba la otra para fumarse un canuto. El tío alzó la cabeza
un momento y saludó a una monja por su nombre. Aparcó la moto y en cuanto bajó,
localizó a Callum, sudando a chorros y con gafas de sol, delante de un edificio
antiguo con la fachada cubierta de hiedra. Sobre la puerta de madera se leía:
DA EMILIA.
Capítulo 19
—¡Hola! —gritó Hal.
—¡Hola! —exclamó Callum al tiempo que se quitaba las gafas de su
nariz aguileña—. ¡Dios mío, pero si es Hal Blackstock! ¡Te has rebajado al
nivel de los pobres mortales!, ¿no? ¿Dónde te has dejado la limusina con
cristales tintados?
—Me he deshecho de ella —contestó—. He estado recordando mi
pasado. Me alegro de verte. —Le tendió la mano y Callum le dio un apretón.
—¿Qué es este sitio adonde me has traído? —quiso saber y señaló
con la cabeza la puerta ajada que tenía detrás—. Parecía tan rústico que no me
he atrevido a entrar solo.
—Es el mejor restaurante de la ciudad. O lo era hace veintitrés
años. —¡Madre del amor hermoso, veintitrés años!—. Sé que no es muy elegante,
pero la comida es estupenda.
—Será un cambio refrescante —dijo Callum mientras abría la
puerta—. Bueno, vamos allá.
Lo siguió al interior presa de los nervios. Estaba tal como lo
recordaba de años atrás, el mismo suelo embaldosado y los manteles verdes. Los
ventiladores de techo refrescaban suavemente la habitación, que estaba desierta
salvo por una pareja de ejecutivos que hablaban en voz baja en un rincón.
—Menos mal que hemos reservado —dijo Callum con sorna.
—Es agosto —se defendió él—. No hay nadie en la ciudad.
—Recordaba el restaurante como un lugar atestado; la comida, como algo sublime;
y las visitas al lugar, como un regalo cada vez que alguno de los yanquis a los
que guiaba por la ciudad le daba una generosa propina. Echaba de menos a ese
Hal, al Hal inocente que se emocionaba por la idea de comer fuera de casa.
Una anciana vestida de negro, a quien reconoció como Emilia,
salió de la cocina a toda prisa. Era inevitable que hubiera envejecido.
Muchísimos años antes, esa mujer estaba loca con él, le daba natillas gratis y
decía que era su hijo inglés. Pero en ese momento tenía los ojos desvaídos por
las cataratas, se movía despacio y, pese a su fama mundial, parecía no
reconocerlo. Él, que había estado imaginando una reunión emotiva y que estaba
seguro de que la mujer habría seguido su carrera con orgullo, se quedó paralizado
por la timidez y decidió no decir nada.
—Si? —dijo ella.
—Esto... Abbiamo riservato un tavolo. Il nome è signor O'Grandy.
—Che?
Tragó saliva. Repitió la frase más alto y más lento.
—Che?
Callum reprimió una risilla.
—Tenemos una reserva —dijo—. A nombre del señor O'Grandy.
—Ah, si, si! Signor O'Grandy. —Señaló la mesa que había en un
rincón—. Por aquí, por favor.
Callum tenía una sonrisa de oreja a oreja cuando se sentaron.
—Pues menos mal que hablas italiano con fluidez...
Pero qué graciosillo era. A veces se preguntaba por qué no lo
despedía. Con la representante de Marina, Nora, siempre era «Ay, sí, Marina» o
«No, Marina», razón por la que la apodaban «la pardilla». Pero en el fondo le
gustaba que Callum se riera de él. Ya casi nadie lo hacía.
—Tal vez esté un poco oxidado —reconoció a regañadientes—, o
ella está un poco sorda.
—No te preocupes, puedes traducirme el menú —dijo Callum, que
entrecerró los ojos cuando vio que la anciana les daba dos hojas de papel—. No
entiendo ni papa de esto. No, espera, eso es mentira. Pesce alla spada. Eso es
pez espada, ¿no? Tomaré eso.
—Puede hacerlo, es martes.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Solo se puede comer pescado los martes o los jueves, porque es
cuando hay mercado —recordó él con una sonrisa—. Italia está llena de reglas
desquiciantes, sobre todo en lo relacionado con la cocina.
—¿Sí, como cuáles?
—Nunca echar queso a los platos con pescado, así que nada de
parmesano en los linguini de pescado.
—¡Que solo podría pedir en martes! —exclamó Callum.
—Vaya, vaya, aprendes rápido. —Hizo memoria—. Vale, nada de ensaladas
para picar, porque van después de la comida. Nunca bebas zumo salvo con
pasteles...
—Dios, tu compañera de reparto tendría dificultad para seguir
esa regla.
—Le costaría, ¿verdad? —comentó. Justina había vuelto majara a
todo el mundo durante el rodaje de El carro de las manzanas con su estricto
menú de zumos—. ¿Qué más? Nada de capuchinos después de la diez de la mañana.
—¿Nada de capuchinos? ¡Pero así es como me gusta terminar la
comida!
—¡Ah, no! —exclamó él al tiempo que agitaba las manos en fingida
desaprobación—. Toda esa leche y ese azúcar dando vueltas por tu estómago te
cortarán la digestión. ¿Es que no sabes nada de nada?
—¡Madre de Dios!, y yo que creía que los italianos eran
anarquistas de espíritu libre. No tenía ni idea de que tuvieran tantas reglas.
—Desde luego que las tienen. A mí también me sorprendió cuando
vine por primera vez. Creía que eran despreocupados, pero hay reglas para todo.
Hay reglas que prohíben a las gasolineras vender comida, reglas que dictan
cuándo pueden poner rebajas las tiendas, reglas que restringen la antelación
con la que puedes pedir un taxi, reglas para cuántas cerraduras debe tener una
puerta... Incluso en Nápoles, que parece un manicomio, te das cuenta de que la
gente con el semáforo en verde se detiene para dar paso a los que tienen el
semáforo en rojo.
—Eres una mina de información, Hal.
—Y lo peor de todo —continuó tras haber cogido carrerilla— es
que por mucho que te guste la comida italiana, acabas hartándote de tanta pizza
y tanta pasta. Pero cuando pides curry, tus compañeros italianos te miran como
si hubieras pedido perro asado. Si las mammas no lo hacían cuando ellos eran
bambini, ni lo prueban. No sabes las ganas que tenía de comer curry picante.
—Sonrió al recordar el desastroso intento por ampliar los horizontes de sus
amigos italianos al prepararles un Pad Thai—. Pero ha pasado mucho tiempo. Y de
momento me apetece un plato de algo romano. ¿Te atreves a probarlo?
Media hora después Callum y él estaban arrellanados en las
sillas, gimiendo a los platos vacíos que tenían delante. Había comenzado con un
antipasto de carne curada, seguido de carciofi alla giudia, o alcachofas
fritas, tras lo cual Callum se comió su pez espada mientras que él se zampó un
plato enorme de mollejas de cordero con salsa de limón y una guarnición de
patatas fritas y brócoli. Tendría que hacer el doble de ejercicio esa noche,
pero había valido la pena.
—Por Dios, Hal, ya sé que estás emperrado en destruir mi
juventud y mi belleza, pero esto es exagerado. —Callum se echó a reír mientras
se daba unas palmaditas al vientre hinchado bajo la camiseta naranja—. ¡Vas a
hacer que engorde!
—Esa era la intención. —Sonrió—. Eliminar a la competencia.
—¿Cómo es el hotel? —le preguntó Callum al tiempo que mojaba el
pan en la sopa—. Espero que te hayan puesto en una suite mejor que la de
Justina.
—La suya es mejor —admitió—. Mucho más grande, muchísimo, y con
su propia sauna. —Lo había comprobado en la página web del hotel—. Le tenía el
ojo echado a la que hay al final del pasillo, que tiene una vista de los
tejados de Roma porque yo solo veo el jardín. No hay nada representativo de la
ciudad. Pero unos recién casados se me adelantaron. Rarísimo. Conocí a la novia
anoche y solo es doctora. No sé cómo se la puede permitir.
—Los médicos ganan una pasta hoy en día. El dermatólogo de Robyn
sacaba tres veces más que yo.
Se preguntó de pasada por qué Callum usaba el verbo en pasado,
pero no quiso desviar la conversación.
—Sí, pero esta trabaja para la seguridad social.
—A lo mejor el marido es un banquero forrado.
—Es posible.
Pero al recordar a Amy no le pareció probable. Había conocido a
un montón de mujeres de banqueros y todas tenían la misma pinta: rubias con
mechas caras y camisas de seda bien planchadas en beige o gris perla... nada de
camisetas desteñidas ni de recogidos en la coronilla con pasadores de plástico
púrpura. Puestos a pensarlo, ninguna era médica... casi todas eran madres a
jornada completa aunque contaban con niñeras que también estaban a su
disposición a jornada completa. Las pocas que trabajaban tenían empresas de
decoración o boutiques con ropa premamá porque «me costaba mucho trabajo
encontrar algo elegante cuando estaba embarazada».
Aun así, los banqueros no eran los únicos con pasta, se dijo,
aunque no se lo ocurría ninguna otra profesión que reportara tanto, salvo los
actores, por supuesto.
—Una doctora —musitó mientras pensaba—. ¿Sabes?, siempre he
admirado a gente así. A gente que hace algo constructivo con sus vidas en vez
de vestirse con ropas ridículas y declamar frases que otras personas han
escrito para ellas. Conocerla me ha hecho pensar. Tal vez debería cambiar de
vida. Hacer algo constructivo.
Callum esbozó una sonrisa amable. Ya lo había escuchado antes,
no solo de labios de Hal, sino también del resto de sus clientes.
—Podrías hacerlo —dijo—. Después de todo, Daniel Day-Lewis lo
dejó todo para convertirse en zapatero. Pero antes de que tomes una decisión
drástica, piensa en lo que te voy a decir.
—¿De verdad? —preguntó Hal al tiempo que se bebía las últimas
gotas del tinto que habían pedido.
—Hay un guión de Andreas Bazotti que tiene un papel estupendo
para ti. No es una comedia, es un drama en toda regla. Estamos hablando de
estatuillas doradas aquí, Hal. Sería un giro de ciento ochenta grados en tu
carrera. ¿Podrías apagar la tele diez minutos esta noche y leerlo?
Hal se sentía muy confuso. Estaba en un tris de dejar la
actuación, pero Andreas Bazotti era un director muy buscado, joven, atrevido y
transgresor. Todo el mundo se moría de ganas por trabajar con él. Estaba seguro
de que Flora sería capaz de engordar cinco kilos y dejar de ponerse mechas con
tal de tener la oportunidad de hacer un papel pequeño en una de sus películas.
—Acuérdate de John Travolta en Pulp Fiction —siguió Callum, que
le estaba leyendo el pensamiento—. Este papel podría hacer lo mismo por ti,
Hal.
Por primera vez en cinco años sintió un ramalazo de emoción que
no estaba relacionado ni con el sexo ni con ganar una partida a la PlayStation.
Interpretar un papel serio en vez de una comedia tontorrona, conseguir una
nominación a los Oscar, ganar una estatuilla y demostrar así que era algo más
que el bonito complemento que iba colgado de Flora, que era un profesional, no
una cara bonita que podía decir frases graciosas. Sin embargo y al mismo
tiempo, el Hal a quien nunca le gustó que lo vieran esforzándose se negaba a
arriesgarse.
—Supongo que podría echarle un vistazo —comentó.
—Hazlo, colega. —Callum dio un sorbo de vino—. Si te gusta,
tenemos que llevarte de vuelta a Los Ángeles a la orden de ya. Deberías ver a
Andreas a finales de semana.
—¿A finales de semana? —Hizo una mueca—. No sé si voy a poder
hacerlo. Flora va a venir, ¿o no te acuerdas? Íbamos a tomarnos unas
minivacaciones en Capri.
—Huy, huy —dijo Callum—. ¿No crees que ya has tenido demasiadas
vacaciones este año, Hal?
—¡Cal! No te creerás toda la mierda que lees en las revistas,
¿verdad?
—Claro que no. —Callum sonrió.
—Tampoco han sido tantas. Vale, fuimos a Kenia por Año Nuevo.
—Ah, sí.
—Y en febrero fuimos a las Mauricio. Después en marzo y abril
estuvimos en la propiedad que tiene Flora en Barbados. ¡Pero eso no fue por
vacaciones! —añadió con aire triunfal—. ¡Flora estaba trabajando!
—¿Solo ella?
—Bueno, yo también. Leí unos cuantos guiones. Le di vueltas a mi
libro. Estoy consolidando la trama.
—Vale, ¿y luego qué?
—Luego, en junio, fuimos a Praga... pero tuve unas cuantas
reuniones. Solo nos tomamos el fin de semana libre. Y durante este último mes
he estado haciendo publicidad de esta puñetera película en Los Ángeles, y eso
también cuenta como trabajo.
—Pero te tomaste una semana libre y la pasaste en esa cabaña de
Big Sur.
—Lo que tú digas. Pero ahí lo tienes. —Hizo las cuentas—. Solo
dos vacaciones como Dios manda y algún que otro fin de semana. Eso no es
pasarse.
—No, no, en absoluto. Trabajas muy duro. Pero échale un vistazo
a este guión. Decide por ti mismo si merece la pena perder unos cuantos días de
vacaciones. —Hizo una pausa—. Mi teléfono echaba humo ayer. Por el compromiso
de Marina.
—¿Ah, sí? —preguntó con indiferencia a pesar de que el alma se
le cayó a los pies como un ascensor que se hubiera descolgado—. Lo he oído.
Tengo que darle la enhorabuena.
—Sí, eso sería de recibo. Le mandé flores.
—¿Cuánto tiempo les das? ¿Un año? ¿Nueve meses?
Callum meneó la cabeza.
—Dios, hay que ver lo cínico que eres. Hal, aunque no te lo
creas, te juro que cuando me encontré a Fabrizio y a Marina en Cannes parecían
muy felices.
Tragó saliva.
—Eso es genial.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Callum—. Dios, qué bueno es este
vino. Voy a tomarme otra copa. ¿Tú quieres?
—Me siento bien —respondió él con la vista clavada en el plato—.
Marina es libre de casarse con quien quiera.
—Pero tiene que ser muy raro después de todo el tiempo que
estuvisteis juntos.
—Sí, pero no funcionó. Nuestra relación murió hace años. Durante
los últimos tres íbamos a remolque. Si el trabajo no nos hubiera mantenido
separados tanto tiempo, habríamos roto mucho antes.
—Tal vez. Tal vez si hubierais pasado más tiempo juntos,
habríais tenido algo por lo que continuar.
—Tal vez —reconoció por educación. ¿Qué era aquello, la hora de
las confesiones?—. Pero Marina no estaba bien al final. Era demasiado teatral,
demasiado ambiciosa, demasiado beligerante para mí.
Era divertidísima, pensó. Recordó un partido al striptenis en
una de las pistas de Callum mientras Robyn y él hacían la compra. Marina
vestida con el sujetador y nada más, y él solo con los calcetines. Había
intentado convencer a Flora para hacer lo mismo, pero lo había mirado como si
estuviera hablando de algo tabú, como las almorranas.
Callum se encogió de hombros.
—Seguro que tienes razón. Bueno, claro que tienes razón.
—Flora es mejor para mí. Es menos... dependiente. No le importan
las fiestas ni las alfombras rojas ni las sesiones de fotos con los paparazzi.
Es guapa, inteligente y... bueno, tiene buena educación. Diría que es mi mujer
ideal.
—Eso es fantástico, Hal. Me alegro mucho por ti. ¿Y dices que
llega mañana?
—La verdad es que no. Algún problema con la fundación. No va a
llegar hasta el fin de semana. Así que mañana por la noche tendrás que servirme
de acompañante.
—¡Uf! A ver si me acuerdo de ponerme mi mejor vestido. —Hizo una
pausa—. ¿Te gustaría leer el guión hoy, Hal?
Tuvo que pensárselo.
—No lo sé. Tenía pensando tomármelo con calma.
—Se lee rápido. Creo que te gustará.
De repente, la idea de un guión le resultó excesiva. En cuanto
lo leyera, tendría que tomar una decisión sobre si intentar conseguir el papel,
y tomar decisiones lo asustaba.
—Hoy no, colega. No estoy de humor para leer. Mañana.
—Vale —replicó Callum con voz indiferente—. Pero no lo dejes
mucho. Está en el candelero. Si queremos quedarnos con el papel, tenemos que
movernos deprisa. ¿Por qué no lo lees esta noche? Haré que te lo manden.
—Ya veremos. —«Ya veremos» era una de sus frases preferidas para
retrasar el momento de comprometerse. Solía poner de los nervios a Marina—.
Estaba pensando en hacer un poco de ejercicio y acostarme temprano.
—Te gustará. Por favor, por el tito Callum.
—Ya veremos.
Capítulo 20
Lisa sabía adónde ir.
—Tiene que ser en la vía Condotti —dijo mientras bajaban los
escalones del hotel—. Es como la Bond Street de Roma, según el conserje. Ayer
recorrí la vía del Corso, pero era un poco barriobajera. Mañana creo que voy a
ir al outlet de los diseñadores. Está a las afueras de la ciudad y tiene
tiendas con el noventa y cinco por ciento de descuento. Puedes acompañarme si
quieres.
—Mmm —musitó Amy. En circunstancias normales le encantaba
comprar, pero había sobrepasado el presupuesto con las compras de la boda. Y al
día siguiente llegaría Gaby—. No sé. Si mi marido sigue mal... Aunque no
debería comprar nada. Estoy a dos velas después de... la boda.
—No me extraña. Creo que Simon se va a quedar tieso después de
la nuestra. Lo tengo todo planeado. Vamos a contratar al organizador de Jordan
y voy a hacerme un vestido como el de ella con cristalitos de Swareso o como se
llame y otro en miniatura para Emily. No demasiada gente, tal vez unas
cincuenta personas porque Simon no tiene muchos amigos, pero después nos iremos
de luna de miel a las Seychelles. —Se abrazó emocionada por la idea—. Me muero
de las ganas. Solo tengo que convencer a Simon para que Emily nos acompañe y
todo será perfecto. —Se detuvo para mirar a la izquierda antes de cruzar—. ¿Y
tú? ¿Cómo fue tu boda?
—Preciosa —respondió sin entrar en detalles. Observó a Lisa con
detenimiento. Era una pena que se pusiera tanto maquillaje, porque debajo había
un rostro muy bonito: nariz recta, boca ancha y enormes ojos castaños casi
ocultos por un montón de capas de rímel. Tenía el pelo rubio resplandeciente y
estaba muy morena—. ¡Cuidado con esa moto! ¿Cuándo os vais a casar?
—He encontrado una casita monísima cerca de Guildford. Donde la
cantante de Rockdoodle se casó con ese jugador de fútbol. ¿Dónde te casaste tú?
—En el registro civil. El banquete fue en un lugar llamado
Cinnamon Club, en Westminster. —Recordó todo el estrés, las discusiones hasta
elegir el sitio y el sofocón de su madre cuando le dijo que no se casarían por
la iglesia porque ni Doug ni ella eran practicantes y que tampoco lo haría en
Salcombe, porque estaba demasiado lejos para que fuera la familia de Doug desde
Escocia.
—¿Vives en Londres? ¿Dónde?
—En Hackney. —Sonrió orgullosa. Tras pasar la adolescencia
deseando escapar del campo, se enorgullecía muchísimo al decirle a la gente que
vivía en un barrio con una calle conocida como «la milla de los asesinatos»,
donde era más fácil comprar droga que verduras frescas.
Lisa frunció el ceño.
—¡Joder, pobrecilla! Yo soy de Walthamstow. ¿No quieres mudarte?
—La verdad es que no —contestó, y recordó que Danny no dejaba de
hablar de mudarse a Surrey o a Kent—. Bueno, a veces me harto de ver a esos
niñatos con sudaderas anchas al final de la calle o de tener que sortear las
jeringuillas al entrar en mi portal, pero me encanta la vida del barrio. No
creo que llegue a aburrirme nunca.
Lisa puso los ojos en blanco.
—Ya te aburrirás en cuanto tengas un hijo. Todos esos yonquis
acercándose al cochecito... Yo me fui de la ciudad en cuanto pude. Tampoco
ayudó mucho que el padre de Emily se diera el piro, la verdad. Me dejó con una
cría en pañales y un montón de deudas. Tuve que volver a casa de mi madre y
vivir con ella cinco años hasta que conseguí saldarlas todas. Trabajé en el
departamento de lencería de Debenhams en Croydon. Que no es el peor trabajo del
mundo ni mucho menos, pero tampoco el mejor.
—Pobrecilla —dijo. Todos los días escuchaba historias muy
parecidas en la consulta, pero a pesar de todo seguían afectándola.
Lisa se animó.
—Bueno, ahora no pasa nada porque he encontrado a Simon. Ya no
tengo que trabajar. Emily puede tener todo lo que siempre quiso. Es que Simon
es rico. Tiene una casa enorme, un jardín más grande todavía con espacio para
una piscina si queremos y también para un jacuzzi. —Le sonrió y cambió de
tema—. ¿Tienes una buena habitación? La nuestra es preciosa, pero Simon se
enfadó por no poder conseguir una suite. Le dijeron que estaban todas ocupadas,
incluso las de menor categoría. ¿Tú tienes una suite?
—La verdad es que sí. —Estaba un poco avergonzada.
—Menuda suerte la tuya —dijo Lisa sin acritud cuando pasaron
junto a un sacerdote que hablaba por teléfono a gritos—. ¿Una de las grandes?
—La suite Popolo.
—¡Coño! Esa es una de las tres mejores. —Bajó la voz—. ¿Sabes
quién está en las otras dos?
—Sí, Hal Blackstock y Justina Maguire. —Sonrió al recordar el
grano. Y aunque jamás revelaría ese detalle, nada le impedía regodearse con la
otra historia—. La verdad es que Hal Blackstock quería cambiarme la habitación.
Cambiárnosla. Su terraza da al jardín y quería la vista de los tejados de Roma.
Pero le dije que no.
—¡Venga ya! —exclamó Lisa—. Es para partirse de la risa. Tienes
que decírselo a Christine. Seguro que te paga. —Sacó el móvil del bolsillo—.
Mira, voy a llamarla ahora mismo.
—¿Quién es Christine?
—Christine Miller. —Lisa la miró a la cara en busca de un
indicio de que reconocía el nombre, pero desistió enseguida—. Es algo así como
la principal entrevistadora del Daily Post. Simon trabaja para ella. Está aquí
como fotógrafo del periódico. Su fotógrafo más veterano. Treinta años. Por eso
están aquí en Roma, para entrevistar a Hal Blackstock. De hecho, lo hicieron
ayer. Simon dice que Hal es un capullo, pero dice lo mismo de todo el mundo.
Christine dice que fue un hueso duro de roer. Hoy van a intentar sacarle unas
fotos a Justina en las que parezca anoréxica.
—Ah, vale.
—Deberías decirle a Christine lo de que Hal quería cambiar de
suite, en serio. Seguro que le hace gracia.
—Si no te importa, prefiero no decirle nada —dijo—. Es que... no
quiero que la gente sepa que estoy aquí.
—¿Y eso?
—Bueno... es que tengo... tengo un ex muy celoso, ¿sabes?, y se
ha cabreado por lo de la boda, así que...
—¡Ah, vale! —Saltaba a la vista que Lisa era una de esas mujeres
a las que le encantaba la intriga—. ¡Joder! Yo también tuve uno así y fue una
pesadilla. Se colaba en mi jardín y me robaba las bragas del tendedero. Vale,
no digas más. Olvida lo que acabo de decirte. —Señaló con la cabeza la tienda
de Prada, que estaba a la derecha—. Podemos entrar ahí, pero el conserje me ha
dicho que la que hay a la vuelta de la esquina es mejor.
Cruzaron la plaza de España, atestada por hordas de turistas y
coches de caballos a la espera de hacer el agosto. A la izquierda, la
escalinata propiamente dicha estaba a rebosar de adolescentes cantando con sus
guitarras y de chicas nórdicas agotadas y tiradas sobre sus mochilas que
pasaban totalmente de los buitres italianos que merodeaban a su alrededor.
Había un montón de pintores pintando unas acuarelas espantosas. Lisa giró a la
derecha para entrar en la vía Condotti, atestada de rusos y yanquis sudorosos
por culpa del calor matinal.
Llegó a la conclusión de que había hecho bien en no contarle a
Lisa la anécdota del pedo. Ni el episodio del grano. Claro que Lisa estaba
pendiente de otra cosa que tenía poco que ver con Hal: el escaparate de Prada.
—¡Por Dios! ¡Mira qué botas más monas!
Antes de que pudiera decir nada, Lisa ya tenía la puerta
abierta. La siguió al interior de la tienda y aspiró el suave aroma a colonia
que circulaba con el aire acondicionado. La alfombra era gruesa y de color
púrpura, como sacada de un cuarto de baño de los setenta, y las dependientas
eran despampanantes.
—Vamos —dijo Lisa mientras subía las escaleras.
La primera planta era un laberinto de estancias, una para los
zapatos, otra para los bolsos, otra para lencería sexy que estaba siendo
examinada escrupulosamente por un escandaloso grupo de chinas y otra para la
ropa. Casi sin pensar, se acercó a un top de seda y lo acarició con adoración,
como si se tratara de un gatito.
—Te quedaría genial —le aseguró Lisa.
Sonrió al tomarlo como un cumplido habitual entre chicas.
—No, en serio que te quedaría genial —insistió Lisa—.
Pruébatelo. Ah, no. Supongo que con el bombo no podrás ponértelo. A partir de
ahora solo podrás ponerte ropa suelta. Cinturas elásticas. Pantalones enormes.
—La verdad... —confesó ella—, es que ha sido un malentendido. No
estoy embarazada. Creo que la ropa del otro día me hacía un poco gorda.
Lisa se echó a reír.
—¡Mierda! Lo siento. Seguro que querías que te tragara la
tierra. Si te digo la verdad, no te vi muy embarazada, pero como dijiste que
estabas de poco tiempo... —Sonrió—. Bueno, en ese caso no hay nada que te
impida darte el capricho de un fondo de armario italiano.
—Salvo que no puedo permitírmelo —señaló, pero Lisa no le hizo
caso.
—¿Qué talla tienes? ¿Una 40?
—Una 38 —la corrigió a la defensiva. Había hecho el tremendo
esfuerzo de perder unos kilos para la boda.
—Mmm —musitó Lisa un poco escéptica—. Pero las tallas inglesas
son más grandes que las europeas. Tal vez deberías probar una 42. Ya te he
dicho que estuve trabajando en Debenhams —siguió mientras rebuscaba en los
percheros—, así que sé de lo que estoy hablando. —Sacó unos pantalones negros,
eligió dos camisas y la empujó hasta un probador—. Pruébatelo, a ver qué tal.
Tras cerrar la cortina, se sacó el vestido por la cabeza y se
miró en el espejo cuando estuvo solo con el sujetador y las bragas de H&M.
Se puso el top de seda, aunque no estaba muy convencida. Parecía propio de una
abuela. Pero se quedó de piedra al verse en el espejo. Era alucinante.
Parecía...
—Guapísima —musitó Lisa, que había metido la cabeza en el
probador.
—Sí, pero cuesta quinientos euros —protestó desilusionada con la
vista clavada en la etiqueta. La tiara de perlas y las invitaciones Smithson le
habían costado la misma cantidad, así que era imposible —. Oye, ¿Roma no tiene
algo parecido a River Island?
—Calla y pruébate los pantalones.
No tuvo que decírselo dos veces. De repente, su enorme trasero
pareció reducirse a una talla 34. Estaba a punto de ponerse su ropa de nuevo
cuando Lisa volvió con un vestido. Y no un vestido cualquiera, sino un vestido
de seda en rosa pálido con tirantes muy finos, falda de vuelo y un pequeño
corsé. El vestido perfecto. El vestido que cualquiera soñaba encontrar en
Primark, pero que nadie encontraba porque estaba en Prada.
Ni siquiera se había cerrado la cremallera y ya sabía que en la
vida había estado tan guapa. No sabía que su cintura fuera tan estrecha ni que
tuviera semejante canalillo. La imagen del espejo la dejó alucinada. Esa no era
la Amy que veía por las mañanas. Tal vez si hubiera empleado mejor el dinero
para comprarme algunas prendas (y sabía que ahí estaba la gracia) de Prada,
Doug habría pensado de otra manera, pensó. ¿Me equivoqué en eso?, se preguntó.
Pero sabía que eran pamplinas. A Doug le gustaban las mujeres con vaqueros
ajustados y camisetas vintage, no vestidas de marca.
Cuando salió del probador, tanto Lisa como la dependienta se
quedaron boquiabiertas.
—Increíble —susurró Lisa.
Y lo era. A pesar de lo blanca que estaba y de los pelos que
llevaba, estaba como nunca. Casi como había esperado estar el día de su boda.
—Tienes que llevártelo.
—No puedo —le aseguró sin atreverse a mirar la etiqueta—.
¿Cuándo voy a ponérmelo?
—¡Por el amor de Dios, Amy, estás de luna de miel! ¿No tenéis
pensado ir a cenar a algún restaurante elegante y romántico?
La ironía le arrancó una sonrisa. Lisa no sabía que la cita más
importante del año sería la cena de Navidad en Pizza Express que organizaba la
clínica. Pero después se acordó de otra cosa.
—La verdad es que me han invitado al estreno de El carro de las
manzanas —confesó—. Y a la fiesta posterior.
—¿En serio? ¿Cómo lo has conseguido?
—Hal se enteró de que yo... de que nosotros... bueno, de que
estábamos de luna de miel y nos envió las invitaciones.
—¡No! ¿De verdad? Joder. Christine mataría por conseguir
invitaciones, pero los de relaciones públicas son unos imbéciles. Deberías
decírselo. Es una historia muy tierna. Deja a Hal en muy buen lugar.
—No, no... mejor no.
—A lo mejor podrías contarle a Christine anécdotas de la fiesta.
Sin nombres ni nada de eso. Te pagaría.
—Ni siquiera estoy segura de que vaya a ir —le dijo.
Lisa se quedó alucinada.
—¿¡Por qué!? ¿Porque tu marido sigue enfermo? ¡Que le den!
Deberías ir de todas formas. Sería la caña.
Se lo pensó. No tenía pensado ir a la fiesta, pero ¿por qué no?
Además, Gaby llegaría al día siguiente por la noche y le encantaría. ¿Qué más
daba si Vanessa volvía a preguntarle por su marido? En ese momento recordó lo
de la ecografía de Gaby y se preguntó si ya sabría el sexo del niño, pero luego
la voz chillona de Lisa la devolvió al presente.
—Si te preocupa el dinero, yo te lo pago.
—¡Ni hablar!
Lisa se encogió de hombros.
—No veo por qué no. Tengo la American Express de Simon. Iba a
comprarle a mi madre una chaqueta de cuero y a mi hermana, un vestido, y
también iba a comprar un montón de cosas para Emily.
—Eso me parece estupendo, Lisa, pero no puedes comprarme cosas.
No estaría bien.
—No te las compraría yo, te las estaría comprando Simon. A él no
le importa. Mientras haya un bar donde meterse...
—Pues con más motivo. Gracias, pero no. —Meneó la cabeza, aunque
era incapaz de apartar la vista de su reflejo. Tenía que llevárselo. Un vestido
que sentaba tan bien era una inversión. Y cuando... No, se corrigió, y si
volvía a ver a Doug, se lo pondría y le provocaría un infarto. Gracias al
hipocondríaco de Hal Blackstock, su estancia en el hotel le salía gratis, así
que no estaba tan arruinada como pensaba.
—Vas al estreno de una película —dijo Lisa—. Y perdona si te
ofendo con lo que voy a decir, pero creo que necesitas algo un poco más
elegante que lo que llevas ahora mismo.
Tenía razón.
—Vale, me lo llevo.
Lisa aplaudió.
—¡Bien por ti!
—¿Me deja su tarjeta de crédito, señora? —preguntó el
dependiente que estaba cerca.
El hombre desapareció escaleras abajo y la dejó sentada en una
silla, intentando recuperar la respiración. Un par de minutos después regresó
con una maquinita. Ni siquiera miró el total. Ya estaba en la ruina, ¿qué más
daba añadir el precio de un Prada? Se limitó a meter el número PIN. Lisa volvió
a aplaudir.
—Has hecho lo correcto.
Sonrió de oreja a oreja en respuesta.
—¿A que sí? Pero se acabaron las compras, por favor. O me
quedaré a dos velas.
—Vale. Se acabaron las compras. Para ti. Pero yo acabo de
empezar. Nos queda Gucci, Dolce & Gabbana, Versace, Miss Sixty, Diesel...
¿Sabes que Diesel es italiana? Da igual. También nos queda Ferragamo y Fendi.
¡Madre del amor hermoso, la lista es interminable! —Le echó un vistazo al
reloj—. Pero antes tenemos que repostar.
Capítulo 21
Tras una breve consulta en la guía, Amy sugirió el Caffe Greco,
que estaba justo al lado.
—Es el lugar adonde iban Stendhal, Goethe y Keats.
—Genial. ¿Eran jugadores del Lazio?
Sin embargo, el café estaba tan atestado de turistas que tras
echar un vistazo al interior desde la puerta dieron media vuelta.
—Vale, ¿y si...? —Frunció el ceño mientras hojeaba la guía—. ¿Y
si vamos al Bar della Pace? Es el lugar perfecto para ver famosos, según dice
aquí.
—¿En serio? —Lisa se humedeció los labios, emocionada—. Pues
allá vamos.
Se internaron en las callejuelas mientras ella consultaba el
callejero y después de cruzar la diminuta plaza dominada por el impresionante
edificio del Panteón, pusieron rumbo a la plaza Navona con sus fuentes, sus
bares llenos de turistas parlanchines, sus caricaturistas sentados en taburetes
y los inmigrantes africanos vendiendo abalorios. El Bar della Pace estaba justo
al lado, en una pintoresca plaza dominada por una iglesia. Las mesas de la
terraza estaban ocupadas por un montón de gente guapa que charlaba por los
codos. Al ver que una pareja dejaba una mesa libre, Lisa se abalanzó sobre
ella. Amy se sentó a su lado y dejó en el suelo la bolsa de Prada. Era
ridículo, pero el simple hecho de verla la animaba.
—Gracias por obligarme a comprar el vestido. Necesitaba algo que
me animara.
Quería que Lisa le preguntara por qué, que curioseara un poco
para utilizarlo como excusa y contarle la horrorosa historia al completo. Pero
Lisa tenía la cabeza en otro sitio.
—¿Estudiaste en un internado?
La pregunta la pilló por sorpresa.
—No. Pero mi nov... Digo... mi marido sí. ¿Por qué?
—¿Se lo pasó bien?
—No. Fatal. Dice que era horrible estar todo el día metido en el
mismo sitio, que la comida era asquerosa y que los obligaban a correr todas las
mañanas antes del desayuno. —El corazón le dio un vuelco al recordar a Doug
mientras le contaba la historia de sus días de estudiante. A pesar de su
vehemencia, el relato había sido tan divertido que acabó llorando de la risa.
—Lo que pensaba —dijo Lisa con un suspiro—. Verás, es que Simon
cree que Emily debería ir a un internado. Dice que es el mejor entorno para los
niños. Y quiere que empiece el próximo curso.
—¡Pero solo tiene nueve años!
—Según él, muchos niños van a esa edad. Él lo hizo.
Eso la dejó pasmada.
—No le permitas que lo haga.
Lisa frunció el ceño.
—Bueno, tal vez sea lo mejor para ella. Disfrutará de una educación
excelente. Una de las razones por las que voy a casarme con Simon es para darle
todas las facilidades de las que yo carecí. Ah, ciao! —saludó sonriente a un
camarero, que le devolvió la sonrisa, embobado—. Due Proseccos, per favore.
Grazie. —Miró a Amy de nuevo—. Jamás me habría imaginado que podría ganarse
tanto dinero haciendo fotos, pero lleva años trabajando para el Post y se sabe
todos los trucos para colarlo todo como gastos de trabajo. Hasta que me
conoció, no tenía a nadie en quien gastarse el dinero. —Sonrió con alegría—. ¿A
qué se dedica tu marido?
—Es guitarrista en un grupo —contestó a regañadientes e inició
la cuenta atrás en espera de la pregunta de rigor. Cinco, cuatro...
—¿¡En serio!?¿Son famosos?
Lisa la miraba con renovado interés. Una mirada a la que ya se
había acostumbrado con el paso de los años.
—No. Se llaman Ambrosial, y llevan haciendo bolos unos cuantos
años sin que nadie les haya ofrecido grabar un disco.
—¿Tu marido es una estrella del rock? —preguntó Lisa como si no
hubiera escuchado ni una sola palabra de lo que le había dicho.
Experimentó un aburrido déjà vu.
—Sí. Yo soy médico.
—¡Hala! Qué trabajo más emocionante.
—Gracias.
—Deberías contárselo a Christine. Podría haceros mucha
publicidad. —El camarero les llevó dos copas con una bebida burbujeante—.
Gracias. Salud.
Brindaron antes de que ella probara el vino. Las burbujas le
hicieron cosquillas en la nariz.
—¿Es muy guapo? Espero conocerlo.
—No está mal —contestó con cierto hastío—. Pero no es un adonis.
—Había llegado el momento de cambiar la conversación—. ¿Dónde conociste a
Simon?
Lisa sonrió.
—Si te soy sincera, en internet. Era un divorciado solitario. Y
yo una viuda solitaria. Al menos eso fue lo que le dije. A ver, para el caso,
el padre de Emily podría estar muerto... no mantenemos ningún contacto. —Al ver
la expresión horrorizada de Amy se echó a reír—. No te preocupes. No voy a
cometer bigamia. No llegamos a casarnos. En la primera cita me llevó al Ritz y
pensé: «Madre del amor hermoso, esto es Jauja». Que conste que él también me
gustó —añadió antes de que pudiera hacer algún comentario sobre lo obvio—. Es
un poquito... Bueno, es bastante mayor que yo, pero es muy amable. Y tiene una
casa enorme y preciosa.
—Sí, me lo has dicho antes.
—Tiene cincuenta y cinco años. Ha estado casado una vez, pero no
salió bien. Me dijo que le costaba trabajo conocer a otra mujer porque siempre
estaba viajando. A África con la princesa Diana o con los Beckham durante sus
vacaciones en la nieve. Para mí es una maravilla, pero según él es una vida muy
solitaria. Un hotel distinto cada noche. Por eso se puso tan contento cuando le
dije que venía con él a Roma. Dice que es diferente cuando tienes a alguien con
quien pimplarte el minibar. Y por eso quiere que Emily vaya a un internado,
porque así podré acompañarlo más. Que me parece estupendo, de verdad que sí,
pero no entiendo por qué Emily no puede acompañarnos alguna que otra vez. —Le
dio un sorbo al vino y siguió—: Está un poco raro con Emily, pero acabará
acostumbrándose a ella. Como ya te dije, se niega en redondo a que nos acompañe
durante la luna de miel, pero creo que ese sería el mejor momento para que se
conocieran. Es que no tiene hijos ni quiere tenerlos. Así que a veces le
resulta un poco molesta, pero con el tiempo cambiará, ¿no te parece?
—Seguro que sí —respondió con el mismo tono de voz que empleaba
con aquellos pacientes con los que era inútil discutir.
—Eso espero —replicó antes de echarle un vistazo a la carta—.
¿Qué vas a tomar? A mí me apetece una ensalada. —Se dio unas palmaditas en la
barriga—. Tengo que cuidar la figura para la boda.
—Yo quiero un sándwich —dijo ella al tiempo que se detenían
junto a ellas un par de chicos con gafas de sol, pantalones chinos y camisas de
rayas con los cuellos alzados.
—Buon giorno, signorine —dijo el más guapo.
Lisa alzó la vista y los miró con agrado.
—Hola.
—¿Inglesas? —El chico sonrió—. Perdón por molestar, pero nos
preguntábamos si podíamos compartir la mesa.
La diminuta terraza estaba hasta los topes. Lisa asintió con la cabeza,
encantada.
—¿Por qué no?
Se sentaron y se presentaron. El guapo se llamaba Massimo y el
menos guapo, Luigi. Tenían veinticinco años, estudiaban empresariales y estaban
de paso en Roma antes de reunirse con sus respectivas familias para pasar las
vacaciones, en Cerdeña y en Sicilia respectivamente. Los dos hablaban inglés
con fluidez, fruto de las visitas anuales a una escuela de idiomas en Brighton.
Pidieron cuatro copas más de vino y brindaron con un «chin, chin» que, según
dijo Luigi, era la versión italiana de «salud».
—¿Y qué hacen estas damas en Roma? —preguntó Massimo con abierta
curiosidad.
Amy estaba a punto de soltar la mentira habitual cuando Lisa le
dio una patada por debajo de la mesa.
—¡Ay! —exclamó, pero su voz quedó ahogada bajo la explicación de
Lisa.
—Bueno, hemos venido a relajarnos y descansar. Solo chicas. Ya
sabéis, compras, spa...
—¿Y os gusta Roma? —preguntó de nuevo Massimo, inclinándose
hacia delante.
—Sí, nos encanta, ¿verdad, Amy? Al menos lo que hemos visto
hasta ahora, sobre todo las tiendas. —Soltó una risilla tonta y los dos chicos
la imitaron, embobados.
Había algo en Lisa que le recordaba a Pinny. Quien,
curiosamente, no la había llamado. Sintió una dolorosa punzada al pensar cómo
estaría consolando a Doug.
—¿Y el Foro? ¿El Coliseo? ¿San Pedro? ¿Todavía no los habéis
visto? —preguntó Luigi, que parecía el más serio de los dos.
—¿Qué? Ah, no. Todavía no. En fin, es que hace un calor
espantoso y las tiendas tienen aire acondicionado.
Los dos chicos estallaron en carcajadas antes de ponerse a
hablar en italiano entre ellos. Massimo carraspeó.
—¿Estáis libres esta noche? Podríamos enseñaros algunos de los
lugares más típicos de nuestra preciosa capital.
Abrió la boca para decir que estaba libre cual pajarillo, pero
Lisa le dio otra patada.
—Me temo que no, chicos. Esta noche hay una fiesta en el hotel.
Pero mañana no tenemos nada planeado, ¿verdad, Amy?
—Pues... No, creo que no.
Los chicos sonrieron.
—En ese caso —afirmó Massimo—, mañana os haremos una visita
turística personalizada. ¿Tenéis móvil? Os llamaremos.
Lisa le dio su número y ambos se despidieron con sendos besos.
Olían a ropa recién planchada y a Eau Savage.
—A domani! —gritaron y desaparecieron en el caluroso mediodía
romano.
—Lo siento —se disculpó Lisa, con los ojos clavados en el culo
de Massimo—. Pero no creo que les gustara escuchar que estamos pilladas. —Le
sonrió—. Y, por supuesto, si tu marido está mejor, no tienes por qué venir
mañana. Pero yo sí saldré. Será más divertido dar una vuelta con un par de
Romeos que ir de tiendas, digo yo. —Echó un vistazo en busca del camarero y
gesticuló para hacerle saber que quería la cuenta.
—No, signorina —dijo el camarero—. Los dos caballeros se han
hecho cargo de todo.
—Cada vez me gustan más —afirmó Lisa con una amplia risotada.
Capítulo 22
Había sido el día más divertido desde hacía años en la vida de
Hal. Sobre las cuatro de la tarde Callum le echó un vistazo al reloj y exclamó
que tenía que largarse. En Los Ángeles estaba a punto de amanecer y tenía que
hacer unas cuantas llamadas.
—¿Quedamos para cenar? —le preguntó ilusionado.
Sin embargo, Callum meneó la cabeza.
—No sé, Hal. Estaré pegado al teléfono hasta la madrugada.
Podrías leer el guión, ¿no?
—Tal vez —respondió a regañadientes.
—Unas cuantas páginas, nada más. Vamos. Hazlo por el tito
Callum.
—Ya veremos. —Comenzó a sonarle el móvil—. Ah, es Flora. Será
mejor que lo coja. ¡Hola, preciosa!
—¿Has estado bebiendo?
El buen humor se evaporó al instante, como copos de nieve al
caer al fuego.
—No —mintió—. Bueno, una copa. Estoy almorzando con Callum.
—Ah, dile hola de mi parte —sugirió con desinterés—. En fin, las
cosas se han torcido por aquí. Las niñas tienen varicela.
—¿Varicela?
—Aja. Así que me temo que esto va a retrasarme todavía más. Como
muy pronto puedo estar ahí el fin de semana. Siempre y cuando mejoren, claro.
De momento están las dos fatal. Cosima vomita en cualquier lado, es de lo más
desagradable, y Milly tiene unos granos terribles.
—Pobrecitas —replicó—. Pero a ver... la niñera está con ellas,
¿no? ¿Tienes que quedarte?
—¡Hal! Mis hijas están enfermas. ¿Qué tipo de madre sería si las
dejo para irme de picos pardos contigo?
—Supongo que tienes que quedarte, sí —claudicó con resignación—.
Pero ¿vendrás el fin de semana?
—Eso espero. Ya veremos cómo va la cosa. Es una pena, pero ya
habrá más vacaciones, ¿no te parece? Al fin y al cabo, eres Hal Vacaciones...
Dio un respingo al oír su mote.
—Supongo —respondió—. Pero estaba deseando que estas las
pasáramos juntos.
—Lo sé, pero ¿qué quieres que haga? Ahora tengo que dejarte.
Colgó con una especie de desconsuelo. Sus planes para proponerle
matrimonio en Roma se habían ido al traste. Claro que todavía podía llegar a
tiempo para acompañarlo a Capri, pero no contaba con ello. ¿Sería la varicela
una excusa? ¿Estaría alejándose de él? Eso era imposible. El era Hal Blackstock
y era él quien ponía fin a sus relaciones sentimentales... aunque solo hubiera
tenido una, con Marina, cosa que tenía muy presente.
Sintió la mirada de Callum clavada en él.
—Lo siento, tío. Flora acaba de dejarme colgado. Sus hijas están
enfermas.
—¡Vaya por Dios! —exclamó, preocupado—. ¿Qué les pasa?
—Varicela.
—Dale ánimos de mi parte. Recuerdo cuando la pasé de pequeño. No
veas cómo picaba...
Estaba enfadado. Cierto que las niñas estaban enfermas, pero ¿no
se merecía él también un poco de compasión?
—No estará para el estreno de mañana por la noche. —Cosa que,
evidentemente, significaba que tendría que ir solo. El mundo se volvería loco
comparando su soltería con la felicidad conyugal que pronto compartirían Marina
y Fabrizio.
—Pues ve con Justina. He oído que no tiene pareja.
—¿No iba a ir con ese pelmazo del grupo?
—No, parece que han cortado, así que os podéis hacer un favor el
uno al otro.
—Ya veremos. —Antes que a Justina prefería a un nazi por
acompañante, pero ese no era el momento de despotricar.
—Tío, tengo que irme —dijo Callum—. Te llamaré por la mañana.
Dime lo que piensas del guión. —Cogió la tarjeta de crédito que la signora le
devolvía y dejó unos cuantos euros en la mesa—. Volverás con la Vespa, ¿no?
—Sí —respondió.
—Hasta luego, entonces. Gracias por elegir este sitio. Ha sido
divertido.
—De nada. Ciao.
Siguió sentado donde estaba, sin saber qué hacer. Era normal que
Flora quisiera estar con sus hijas, pero no podía evitar sentirse rechazado.
Marina amaba a otro. Y Flora prefería a sus hijas. Callum prefería pasar la
tarde dando órdenes por teléfono en vez de salir con él. La signora lo había
olvidado. No era el preferido de nadie.
—En fin, espabílate —se dijo en voz alta, ya que el comedor
estaba vacío.
—Che? —preguntó la signora Emilia, que asomó la cabeza desde la
cocina.
—Niente! Grazie.
—Prego —replicó la mujer antes de desaparecer.
Todavía tenía toda la tarde por delante, tan vacía como una
pradera. Pero como tenía la Vespa, podía ir a cualquier sitio. Hizo un repaso
mental de los monumentos más emblemáticos de Roma. Los había visto todos. ¿Para
qué verlos otra vez? Salió del restaurante y cuando se subió a la moto recordó
de repente el día que Marina y él recorrieron la Corniche de Cannes en una
scooter. Joder, por mucho que le fastidiara hacerlo debería llamarla en cuanto
llegara al hotel. Todavía le resultaba increíble que se hubiera recuperado tan
pronto de su ruptura y que hubiera encontrado otra vez el amor.
Mientras recorría la vía del Corso en la moto, rememoró la noche
que todo se fue al traste. Ocurrió en la casa de Marylebone, cosa rara porque
no solían pasar mucho tiempo en el mismo sitio. Acababan de volver de una
fiesta celebrada durante la semana de la moda, en la que Marina se emborrachó y
se pasó la noche pegada a Andre Agassi.
—Menudo espectáculo has dado —le dijo de malhumor en el coche,
de vuelta a casa—. ¿Sabes que está casado y que tiene dos hijos?
—¿Y? ¿Es que eso detiene a alguien en nuestro mundo? —replicó
ella, dándole una patada al asiento del conductor con el tacón de uno de sus
zapatos—. De todas formas —añadió—, no sé por qué te enfadas. Ni que fuera tu
mujer... puedo coquetear con quien me vaya en gana.
—Con quien me dé la gana —la corrigió él de mala manera. Le
encantaba restregarle por la nariz el hecho de que había dejado el instituto a
los dieciséis, mientras que él tenía una diplomatura de Cambridge.
Pensándolo bien... se había pasado la última etapa de su
relación con Marina ridiculizándola. Y en el fondo sabía por qué lo hacía.
Porque su fama se incrementaba con cada temporada de Supermodelo, que batía
récords de audiencia, mientras que él parecía incapaz de hacer una película que
no fuera una mierda.
Aunque le avergonzara admitirlo, estaba celoso de ella. De su
cada vez más famoso nombre, de sus ingresos astronómicos y de la indiferencia
que sentía por el hecho de que el concurso que presentaba fuera abominable
cuando a él le llegaban al alma las críticas negativas. Era curioso que no
sintiera celos de Flora a pesar de tener más éxito que él y, además, en el
mismo campo. Suponía que se debía a sus intachables orígenes, de modo que la
competición con ella era absurda, mientras que con Marina tenía sentido porque
ambos habían partido de lo más bajo... y durante años estuvo muy por encima de
ella. No habría llegado a ningún sitio de no haber sido su novia y de no
haberlo acompañado a los estrenos ligerita de ropa, de modo que la industria de
la moda (que previamente la rechazó por ser un poco barriobajera) comenzara a
hacerle ofertas.
La conclusión lo distrajo un instante, pero no tardó en regresar
a la pelea en cuestión. Cuando llegaron a casa, Marina se fue derecha al salón
y agarró la botella de whisky del aparador estilo art decó.
—Creo que ya has bebido bastante —le dijo.
—¡Deja de darme el coñazo! Ya te lo he dicho, no tienes derecho
a exigirme nada, no eres mi marido.
—Vamos a ver, ¿a qué vienen todas esas referencias al matrimonio
últimamente? Sabes que no vamos a casarnos. Lo nuestro no va de eso.
—¿Ah, no? ¿De qué va, entonces? —Su rostro estaba crispado por
la ira, pero por extraño que pareciera en ese momento la deseó como hacía meses
que no lo hacía—. ¿De caminar del brazo por las alfombras rojas? ¿De ser una
pareja influyente? ¿De darle al público dos al precio de uno?
—¡Oye! Es a ti a quien le encanta todo eso. Yo nunca lo he
buscado y lo sabes.
—Lo que tú digas. Pero has sabido sacarle provecho a las
circunstancias, ¿verdad? —Sacó un cigarrillo del bolso y lo encendió con su
mechero plateado—. Mientras que yo he tenido que apechugar con la humillación
de escuchar: «¿Por qué no se casa Marina? ¿Por qué no se decide Hal a ponerle
el anillo?».
—Pues nunca me has dicho que te molestara —protestó, pensando en
todas las entrevistas en las que Marina había afirmado que el matrimonio no era
sexy, y que prefería ser la novia de alguien antes que la «esposa de».
—Sí, porque eso habría sido más humillante todavía. Pero por
supuesto que quiero casarme, Hal. Tengo casi treinta y cinco años. Quiero tener
un hijo antes de que sea tarde.
—¿¡Un hijo!? —Eso lo pilló por sorpresa. Marina era tan maternal
como una viuda negra... cada vez que había niños cerca su expresión era la
misma que si estuviera conteniendo la respiración porque alguien se había
tirado un pedo en el ascensor.
—¡Sí, un hijo! Soy una mujer. Las mujeres tienen hijos. Para eso
nos pusieron en este planeta.
La miró y lo vio de repente. Marina, él y un pequeño Hal vestido
con un pelele azul balbuceando «pa-pa». Sí. Tal vez fuera divertido tener un
bebé. Aunque igual no... no lo tenía muy claro. Si Marina y él tenían un hijo,
tendrían un vínculo de por vida, le gustara o no. Tendrían que casarse al menos
para que sus respectivos padres no pusieran el grito en el cielo, y si se
casaban, no podría casarse con nadie más... En fin, el mundo era muy grande y
había un montón de mujeres. La idea de no estar oficialmente disponible para
ninguna le ponía los pelos de punta.
Y aunque la vida con Marina era divertida, no era la mujer con
la que había soñado casarse. Sus suegros ideales vivían en una enorme mansión
campestre, no en una casa adosada en Swindon. Su futura esposa había ido a un
internado en Oxford o en Cambridge, igual que él. Leía libros en lugar de
revistas de cotilleos y su acento era exquisito... no como el de Marina, que
delataba sus orígenes vulgares. Claro que cuanto más tiempo pasaba en Estados
Unidos más pijo se volvía su acento, porque sabía que los yanquis se volvían
locos por el acento británico de la BBC.
—Así que, Henry Blackstock... ¿qué tienes que decir al respecto?
—Mmm... ya veremos —contestó.
—¡Y una mierda que ya veremos! Llevas diez dichosos años
diciendo lo mismo. ¿¡Cuánto tiempo necesita una persona para decidirse!?
Siempre estaba espectacular cuando se enfadaba. Le brillaban los
ojos y se ruborizaba. Así que se acercó a ella y le colocó las manos en los
hombros.
—Déjame pensarlo. Hablaremos por la mañana.
Una de sus manos descendió hasta agarrarle el culo, señal
inequívoca de que tenía ganas de echar un polvo.
—¿¡Qué estás haciendo!? ¡Quita esa mano de ahí! Me pones
enferma. ¡Estamos a punto de romper y lo único que se te ocurre es darte un
revolcón!
—No estamos a punto de romper —le aseguró, dejando las manos
donde estaban—. Ya te he dicho que voy a pensármelo.
Marina le apartó las manos y le dio un par de guantazos.
—Para ya. Y escúchame. No vamos a echar un polvo más hasta que
lleve el anillo de compromiso. ¿Me has oído? Me voy a la cama. A la de la
habitación de invitados. ¡Buenas noches!
—¡Marina, espera! —exclamó con cierta desgana pero ya iba por la
mitad de la escalera y cuando aporreó la puerta de la habitación de invitados,
le dijo a gritos que se fuera a tomar por culo.
Salió a la mañana siguiente antes de que él se levantara, y
cuando volvió por la noche después de haber almorzado con algunos de sus
colegas gays, le dio tranquilamente un ultimátum: tenía un mes para proponerle
matrimonio o se largaba. Sin embargo, no le echó cuentas al asunto. Marina lo
adoraba y sabía, porque fijo que tenía que saberlo, que él también la adoraba y
no quería estar con otra. Sin embargo, no le gustaba que lo presionaran.
El mes pasó sin que apenas se diera cuenta... Marina pasó casi
todo el tiempo en Estados Unidos, grabando Supermodelo, que se había convertido
en el concurso más visto de la temporada. Él se fue a esquiar y luego tuvo que
hacer el doblaje de algunos de los personajes de El gato de mi hermana, una
película de dibujos animados que, pese a las críticas positivas, fue un
fracaso. Y ya iban cuatro seguidos, tal como le recordaban los blogueros todos
los días cuando buscaba su nombre en Google.
El día de la decisión llegó sin darse cuenta. Marina volvió y le
dijo dulcemente por teléfono que estaba en su piso de Little Venice y que lo
invitaba a cenar, que cocinaba ella.
Llegó al piso con un nudo en el estómago. Estaba preciosa, con
una falda de vuelo al estilo de los años cincuenta y un top muy escotado que
resaltaba su generoso busto. Había hecho churrasco, su plato preferido, y
patatas fritas. De postre había tiramisú. La observó comérselo todo a dos
carrillos y eso lo alegró. Después de esa noche se pasaría un mes sobreviviendo
con sopa de col para compensarlo, pero sabía que a él le gustaban las mujeres
con buen apetito. Fue una de las cosas que los unió durante los años que
pasaron en Los Ángeles: las risas compartidas cuando veían a todas aquellas
mujeres mordisqueando zanahorias y sushi.
—¿Y qué? —le preguntó después de la cena, cuando se sentaron en
el sofá con sendas copas de brandy.
—¿Y qué qué?
—Sabes muy bien para qué has venido —respondió ella.
—¿Ah, sí?
Pensándolo bien, eso fue lo más irritante que pudo decir, pero
Marina lo pasó por alto.
—Creo que sí. Hoy se cumple el plazo. ¿Te has decidido?
No dijo nada.
—¡Hal! —lo instó con voz chillona—. ¿Te has decidido?
—Sabes que no me gusta que me presionen —respondió con cierto
nerviosismo.
—Y tú sabes que no me gusta que me tomen por tonta durante más
de diez años —replicó muy tranquilamente—. Así que después de todo este tiempo,
creo que es justo que me digas adonde quieres que lleguemos.
—¿Te ha metido Suzanne esta idea en la cabeza? —le preguntó.
Suzanne era la hermana mayor de Marina y siempre lo había mirado
con desdén, ya que sospechaba (correctamente) que él consideraba su pisito de
tres dormitorios en un edificio moderno de Penge demasiado poco tras haber
vuelto del Copacabana en Río de Janeiro o de dondequiera que hubiesen estado.
—Se me ha metido a mí solita. Es decisión mía. ¿Qué tienes que
decir al respecto?
—Marina... —dijo al tiempo que le cogía su delgada mano. Tenía
las uñas pintadas de ese rosa brillante que le resultaba tan vulgar—. Tienes
que darme un poco más de tiempo.
Marina se levantó.
—Lo siento, Hal, pero hasta aquí hemos llegado. Ya has tenido
tiempo de sobra. No creo que necesites más.
—¡Sí, para un café!
—Quiero que te vayas ahora mismo, así que no insistas. —Se
inclinó hacia él y le dio un beso en la mejilla—. Te quiero, Hal, pero se ha
terminado. Tengo que continuar con mi vida. Llamaré a Marco para que te lleve a
casa, ¿te parece bien?
—¿Cómo?
—Te llevaría yo, pero creo que he bebido demasiado. Así que
Marco te llevará.
Marco y Antonella eran el matrimonio que vivía con Marina y se
encargaba de la casa.
—¿Un café? —preguntó con voz menos indignada y más lastimera.
—¿Para qué?
—Esto es una locura. No puedes cortar de esta manera y sin
previo aviso.
—No ha sido sin previo aviso. Llevo diez años aguantando esta
situación y te he dado un mes de plazo para cambiar las cosas. Hasta aquí hemos
llegado. —Cogió el teléfono y marcó el número interno que la comunicaba con el
ama de llaves—. Hola, Antonella. ¿Puedes decirle a Marco que lleve al señor
Blackstock a casa, por favor? Gracias. Sí. Ahora mismo. —Colgó y le sonrió—.
Marco estará listo en cinco minutos.
—Marina. Tenemos que hablar.
—No, Hal. Ya hemos hablado. Ahora sé lo que necesitaba saber.
Que tengas una vida estupenda. Adiós.
Se pasó todo el trayecto hasta su casa hirviendo de indignación.
Estaba loca. Y ese solo era uno más de sus melodramáticos truquitos. La cosa no
acababa ahí, por supuesto que no. Seguro que lo llamaba cuando estuviera en
casa y se reía de él, alegando haberle dado una buena lección. Aunque no tenía
tan claro que pudiera perdonarla... Si antes no estaba seguro sobre la idea de
casarse, en esos momentos sí que lo tenía claro. Nadie le tomaba el pelo a Hal
Blackstock. Era algo infantil y ofensivo.
Sin embargo, el teléfono no sonó cuando llegó a casa ni tampoco
por la mañana. Un par de días después comenzó a preocuparse por la posibilidad
de que una destrozada Marina se hubiera tomado una sobredosis, y la llamó. Lo
cogió al quinto tono.
—Hola, Hal —le dijo con voz cantarina. De fondo se escuchaban
risas y mucho jaleo.
—Hola. Mmm... ¿dónde estás?
—En el sur de Francia, en casa de Mitch. Estamos en la terraza,
comiendo langostinos. Esto es la gloria.
—Ya veo. Mmm... ¿estás bien?
—¡Claro! ¿Por qué no iba a estarlo? ¿Y tú?
—Estoy bien, sí.
—Hal, sabes que es de mala educación hablar por teléfono cuando
se está acompañado, así que ya hablaremos luego. Me alegra haber oído tu voz.
Adiós.
No le devolvió la llamada. Un año después comenzó a salir con
ese imbécil de Fabrizio. Nunca volvió a saber de ella, aunque se encontraron en
un par de galas benéficas e intercambiaron unas cuantas frases hechas como si
fueran meros conocidos. Todos los días se le pasaba por la cabeza la idea de
mandarle un mensaje o un correo electrónico para quedar con ella. Pero, como
siempre, la posibilidad de que alguien lo interpretara como un esfuerzo por su
parte lo paralizaba. ¿Y si se negaba? La humillación sería mucho peor que la
que sentía en esos momentos. Bastante tenía con aguantar los comentarios de
todo el mundo sobre lo rápido que había pasado Marina de estar feliz a su lado
a llevar del brazo a un millonario.
Algunos «amigos» en común se habían encargado de declarar a
varias publicaciones que ella había pasado meses poniéndole los cuernos, que lo
habían dejado un año antes, pero que lo habían mantenido en secreto para no
perjudicar aún más su tambaleante carrera como actor. Se lo tomó con calma y
adoptó la filosofía de «estas cosas son así». Cuando su madre le preguntó,
incluso cuando se lo preguntó Jeremy, les contestó que las cosas entre ellos se
habían enfriado y acto seguido cambió de tema. Unas semanas después de que
Marina conociera a Fabrizio, Vanessa le advirtió de la entrevista que salía en
¡Hola!
«Marina Dawson habla sobre su ruptura con Hal y su nueva vida
con su novio Fabrizio durante un viaje por Argentina.»
El corazón comenzó a latirle tan rápido que temía que le
rompería las costillas. Allí estaba Marina, morena y tetona, viendo un partido
de polo a través de unos prismáticos, y montando a caballo en la pampa mientras
afirmaba: «Hal y yo tuvimos algo muy especial. Pero al final nos dimos cuenta
de que era una relación fraternal más que amorosa. Separarse fue duro, pero era
necesario. Lo hicimos deseándonos lo mejor mutuamente».
—En fin, eso es lo que hay —replicó, cerrando la revista—.
Finito! —Siempre le había repateado que Marina fuera por ahí soltándole cosas a
la prensa y que lo hubiera hecho a sus espaldas era la gota que colmaba el
vaso.
Estaría mejor sin ella y debería haberse dado cuenta muchos años
antes. Decidió vivir la vida loca durante unos meses y se cepilló a montones de
mujeres despampanantes, algunas de las cuales llevaban años detrás de él. Y,
entonces, cuando la gente comenzaba a mirarlo con curiosidad por haber adoptado
el papel de mujeriego, conoció a Flora.
«Y vivieron felices y comieron perdices.» Ese fue el titular que
apareció en una publicación bajo el cual colocaron una foto de Marina y
Fabrizio al lado de una en la que salían Flora y él. Se pasó un buen rato
observando la foto. Marina y Fabrizio parecían un par de bobos sonrientes, los
dos vestidos igual: vaqueros blancos y polos de color pastel. Observó su foto
con Flora. La habían hecho mientras salían del Ivy. Ella había alzado una mano
para protegerse de los flashes de las cámaras. Tenía la cabeza gacha y llevaba
un abrigo de lana gris y el pelo recogido en un moño. Definitivamente, eran una
pareja mucho más elegante.
Llegó a la puerta trasera del hotel y el portero le abrió de
inmediato. Siguió en la Vespa hasta el aparcamiento donde otro portero estaba
preparado para ayudarlo a quitarse el casco y llevarlo hasta el ascensor por
los pasillos del personal.
—¡Señor Blackstock! —escuchó que lo llamaba Ducelli—, ¿se lo ha
pasado bien?
—Mucho —contestó.
Al volver la cabeza vio a la doctora que lo atendió la noche
anterior entrar en el vestíbulo con otra mujer tan exagerada en su vestimenta y
maquillaje como las esposas de los futbolistas. La extraña pareja le resultó
curiosa, pero en cuanto entró en el ascensor su mente tomó otros derroteros.
Una vez en la suite, cogió el teléfono y, después de respirar hondo, marcó el
número que llevaba meses pensando en borrar. ¿Qué iba a decir? Mierda, lo mejor
sería colgar. Pero...
—Hola. Soy Marina. Deja un mensaje. Gracias.
—¿Marina? Esto... Marina, soy Hal. Hace mucho que no hablamos,
¿verdad? En fin, enhorabuena. Te deseo lo mejor. Ya está. Sí, es lo único que
quería decirte. Vale. Mmm... Adiós.
Cortó la llamada con la boca seca y tiró el móvil al otro lado
de la habitación. Le palpitaba una vena en la sien. ¡Ay, Dios, no! Una de sus
migrañas lo acechaba. No le quedaba más remedio que desconectar todos los
teléfonos y meterse en la cama. Podía coger el guión de Bazotti. Aunque no
estaba seguro de querer leerlo. ¿Y si el papel era genial y se presentaba a la
audición pero luego no se lo daban? O al contrario, ¿y si lo conseguía y la
cagaba y todo el mundo se reía de él por haber pensado que podía darle un giro
a su carrera?
Al final decidió que no pasaría nada por echarle un vistazo.
Tenía la sensación de que iba a necesitar algo que lo distrajera de sus negros
y depresivos pensamientos.
Capítulo 23
Estaban saliendo de la cafetería para seguir con las compras
cuando a Lisa empezó a sonarle el móvil. Simon llevaba todo el día intentando
captar imágenes de Justina Maguire en las que apareciera esquelética y estaba
ansioso porque su prometida volviera al hotel.
—Mierda, seguro que quiere echar un polvo —dijo Lisa mientras
guardaba el Motorola en su bolso de Fendi—. ¡Qué pereza! Claro que ¿qué otra
cosa puedo hacer? Ese es mi nuevo trabajo, aunque es mejor que organizar
sujetadores por tallas y devolver las bragas a sus perchas.
—Supongo —replicó Amy entre carcajadas. Las dos copas de
Prosecco se le habían subido a la cabeza.
Hacía mucho que no pillaba ese puntillo y se sentía muy
despreocupada. Bueno, tal vez despreocupada fuera un poco fuerte, ya que seguía
colgada de Doug, pero había pasado mucho tiempo desde la última vez que se
sentó con una amiga al sol para echarse unas risas, y todavía más desde la
última vez que coqueteó, aunque con poca maña, con dos desconocidos.
Regresaron en un silencio agradable al hotel dejando atrás
callejuelas adoquinadas y arcos. Se detuvieron un momento para ver a un mimo y
echar un vistazo a un puestecillo de bisutería regentado por un hippy de pelo
canoso. De repente bajó la mirada al suelo y vio una alcantarilla en la que
estaban grabadas las letras SPQR. ¿No era eso lo que los centuriones romanos
llevaban en los escudos en Astérix? «El senado y el pueblo de Roma», recordó de
sus tiempos de colegio. Y en ese momento descubrió el encanto de Roma.
—Es una pena que no podamos salir con los chicos esta noche
—susurró Lisa cuando estaban cerca del hotel—. Pero a Simon no le habría hecho
mucha gracia que desapareciera esta noche y dudo mucho que tu pobre marido
enfermo se lo hubiera tomado mejor.
—Cierto.
—¿Te apetece tomarte una copa con Simon y conmigo? —le preguntó
Lisa ya en el vestíbulo—. ¿O estás deseando atender al enfermo?
En realidad lo que deseaba era no quedarse sola tan pronto y
también sentía curiosidad por saber cómo era Simon.
—No, no, seguramente está dormido. Me encantaría tomar una copa.
—Con el rabillo del ojo vio que Hal Blackstock iba hacia los ascensores. De
repente y sin saber por qué, se puso como un tomate. Apartó la vista con
rapidez.
Simon estaba esperando bajo una sombrilla en la terraza de la
planta baja, con una enorme jarra de cerveza delante y unos aperitivos muy
exóticos.
—¿Todo va bien, cariño? —preguntó Lisa al tiempo que le daba un
beso en la mejilla, tras lo cual se dejó caer en una silla, a su lado—. Simon,
te presento a Amy. Hemos estado de compras. Amy, este es Simon.
—Hola. —Simon le tendió la mano a regañadientes.
—¿Cómo te ha ido el día?
—Fatal. Tuvimos que untar a un tío para poder subir a su terraza
y hacerle fotos a Justina en la suya. Que por cierto es más grande que el
Titanic. Ha sido una pesadilla.
—Pero ¿has conseguido lo que querías?
—Al final —respondió—. En biquini.
—Con pinta de anoréxica.
—Con pinta de haber pasado por una hambruna.
Lisa le sonrió a una camarera muy guapa.
—Ciao! Un martini, por favor. Tómate otro, Amy. Son la
especialidad de la casa.
—Vale —accedió, aunque no le gustaba el martini.
Sin embargo, cuando llegó, comprobó que tenía una pinta
estupenda y que iba acompañado de un vaso de hielo con una cucharilla encima
llena de caviar.
—Bueno, ¿cómo es Hal Blackstock? —preguntó, envalentonada por el
alcohol.
—Es un capullo.
—¡No me lo creo! —exclamó Lisa—. Amy, te lo dije. Dice lo mismo
de todo el mundo. De Justin Timberlake. De Bill Clinton...
—Ese sí que era un capullo.
—De Madonna. De la reina de Jordania. ¿Has fotografiado a
alguien que te cayera bien?
Simon pensó la respuesta.
—Tiger Woods no estaba mal. Me firmó la gorra.
—Creo que Simon lleva demasiado tiempo en este mundillo —dijo
Lisa—. Está siempre viajando por el extranjero. Va a India con el príncipe
Carlos, a Hollywood para verse con Tom Cruise, pero actúa como si trabajara en
una mina.
—Los famosos solo son personas —señaló Simon—. Personas que, por
cierto, están hechas polvo y son más vanidosas y más neuróticas que los demás
mortales. ¿Por qué hay que ponerse nervioso por la idea de ver a uno? Les
importamos una mierda. No nos vamos a hacer amigos del alma ni vamos a jugar al
golf. Y los viajes son viajes. Un avión es un avión. Una habitación de hotel es
una habitación de hotel. En los viejos tiempos sí que era estupendo porque
controlábamos el cotarro, pero ahora la dirección es tan tacaña que ya podemos
considerarnos afortunados de conseguir un asiento en la bodega del avión.
—Vamos, no es tan malo —lo contradijo Lisa, que levantó la copa
hacia ella—. Siempre se está quejando porque los viejos tiempos eran mejores,
antes de que la dirección se volviera tacaña. Aunque yo creo que alojarse de
gorra en un hotel como este y encima tacharlo de trabajo es para darse con un
canto en los dientes.
—Estamos aquí porque es donde se alojan Hal y Justina, y porque
Christine consiguió un descuento. Y los viejos tiempos eran muchísimo mejores,
ni punto de comparación. Te embolsabas el dinero íntegro y podías vivir de los
intereses. Facturas para esto, facturas para lo otro. Te comes un sándwich de
almuerzo y luego presentas una factura en blanco del Ritz. Le han quitado la
gracia. Y encima le piden a alguien como yo, con treinta años en el negocio,
que pulule por las entradas de los hoteles y por los restaurantes para hacer
fotos de Justina Maguire con pinta de anoréxica o con un agujero en las medias.
Como si fuera un puto paparazzi.
—Simon odia a los paparazzi porque ganan más dinero que él
—explicó Lisa como de pasada. Se encogió de hombros—. ¿Qué tienen de malo las
fotos de Justina Maguire? Está delgadísima. Segurito que tiene un trastorno
alimenticio. Es un mal ejemplo para las niñas como Emily. ¿Tú qué crees, Amy?
Amy es doctora.
—Yo... —comenzó ella, pero Simon se le adelantó.
—O están muy delgadas o están muy gordas. El caso es que es una
putada verme reducido a ganarme la vida de esta forma, sacando primeros planos
de culos de mujeres.
—Muchos hombres estarían encantados... —soltó Lisa con una
risilla antes de darle un codazo. Su perseverancia era admirable, desde luego—.
Cuéntanos más cosas sobre Hal. ¿Por qué es un capullo?
—Porque va por ahí dándose aires y soltando chorradas sin
prestar atención a lo que hace. Parecía aburrido. Y me miraba por encima del
hombro. Marina, su ex, es distinta. Ella sí que es una señora. Siempre recuerda
tu nombre. Posa para la foto como le dices. Nunca parece aburrida.
Simon se dejó llevar por los recuerdos y resultó evidente que
estaba colado por Marina Dawson. Lo miró con curiosidad. No tenía el menor
atractivo con esos ojos anodinos y la narizota colorada, fruto de muchas noches
de copas en bares del extranjero. ¿De verdad era una piscina suficiente
compensación por casarse con alguien así?
El teléfono la sacó de su ensimismamiento. Como era habitual, su
primer pensamiento fue para Doug, pero se trataba de Gaby.
—Ya era hora —dijo cuando pulsó el botón verde—. Creía que te
habías olvidado de mí.
—Qué va. Es que me han... retenido. —La voz de Gaby sonaba rara.
Temblorosa. No como de costumbre. Tuvo un mal presentimiento.
—Espera un momento, Gaby. Disculpadme —les dijo a Lisa y a
Simon—. Tengo que hablar en privado.
—No te preocupes. —Lisa cogió un bolígrafo de su bolso y
escribió algo en una servilleta—. Aquí tienes mi número. Llámame si quieres que
quedemos otra vez.
—Genial, gracias —le dijo ella, y metió la servilleta en el
bolso—. Hasta luego. —Se levantó de la mesa y subió los escalones que llevaban
del bar al jardín.
—¿Cómo estás? ¿Qué tal ha ido?
—Bueno, vamos a tener una niña —contestó Gaby.
—¡Una niña! ¡Qué alegría! —Estaba encantada de verdad, aunque
sintió una leve punzada de dolor por el futuro que ya no tendría.
—Sí. Es genial. Estamos encantados. Pero, Amy... hay un
problema. Dicen que tengo un problema en el cuello del útero y que el bebé
podría nacer antes de tiempo. Mucho antes. Me han dado unos puntos a ver si
pueden evitarlo. Y me han recomendado reposo absoluto en la cama para retrasar
el parto todo lo posible.
—¿Tienes insuficiencia cervical? —Adoptó la jerga profesional
sin poder evitarlo.
—Eso mismo. Ay, Amy, me muero de miedo.
—No te preocupes —la tranquilizó, aunque ella también estaba
aterrada—. Si guardas reposo, no pasará nada. No muevas ni un dedo. Que PJ y
Faviola te sirvan como a una reina. Y recuerda que hay muchísimas cosas para
tratar a los bebés prematuros hoy en día.
—Lo sé, eso mismo me han dicho. Pero me da muchísimo miedo. Y me
siento mal por no poder jugar con Archie. Y luego estás tú. ¿Vas a estar bien
tú sola?
—Sí —le aseguró, odiándose porque no lo decía en serio—.
¿Quieres que vuelva? Para cuidarte.
—¡Ni hablar! Mi madre viene en el próximo tren. Y PJ se está
comportando como un campeón. Escúchame, estoy aquí para lo que necesites. No
tengo otra cosa que hacer aparte de estar sentada sobre mi ya generoso pandero.
Así que llámame cuando quieras.
—Lo mismo digo. A cualquier hora —dijo antes de colgar,
alucinada y aturdida.
Capítulo 24
Amy se fue derecha a su habitación después de la llamada. Una
vez allí se dejó caer en una tumbona de la terraza mientras la cabeza le daba
vueltas por la preocupación. En ese tipo de situaciones sus conocimientos
médicos le parecían más una maldición que una bendición. Una insuficiencia
cervical no solo era un término espantoso, sino también una dolencia muy grave.
Sí, Gaby tenía muchas posibilidades de retrasar el parto si guardaba reposo
absoluto, pero aun así sería muy penoso para ella pasar todo ese tiempo en la
cama con un niño pequeño en la casa y sin nada que hacer. Además, cabía la
posibilidad de que ni los puntos ni el reposo absoluto evitaran el parto y,
aunque había sido sincera al decirle que hoy en día había muchos tratamientos
para los niños prematuros, también era cierto que seguían muriendo muchos o (lo
que era peor según su punto de vista) que nacían con problemas físicos o
psíquicos. La medicina moderna había mejorado tanto la calidad de vida que la
gente solía pensar que tanto ellos como sus hijos eran inmortales, pero ella
sabía de primera mano que el embarazo y el parto seguían siendo muy peligrosos.
Intentó pensar en los buenos momentos con Gaby. Recordó una
tarde de junio, un par de años atrás. Era viernes e iban en el Audi Q5 de Gaby
por la M4 en dirección a Somerset. Escuchaban su mayor secreto compartido:
Headlines and Deadlines: los grandes éxitos de A-Ha, y compartían un enorme
paquete de Skittles.
—¡Dios, ha estado genial! —exclamó ella después de soltar la
última nota desafinada de «Take on me»—. Hacía siglos que no me daba el gusto.
—Pues esta es tu última oportunidad —dijo Gaby con una sonrisa—.
Vas a estar una temporada sin escuchar música tan buena.
Iban hacia Glastonbury, donde estaban Doug y el grupo desde
hacía unos cuantos días. No para actuar, ya que para enfado de todos no los
habían invitado, sino para pasar el rato, para ponerse ciegos, para disfrutar
del ambiente. Todavía no entendía cómo era posible, porque llevaba toda la
semana diluviando. Y ella no paraba de pensar en el equipaje que llevaba Doug.
Había metido de mala manera en la mochila cuatro camisetas, cuatro bóxers,
cuatro pares de calcetines y dos vaqueros. Le había sugerido que se llevara un
chubasquero y unas botas de agua, pero él había puesto mala cara y le había
dicho que ni los chubasqueros ni las botas de agua estaban en la onda. Lo había
llamado esa mañana para decirle que había visto las imágenes en las noticias y
que era imposible que estuviera cómodo con las Adidas, de modo que pensaba
comprarle unas botas y un chubasquero. A Doug no le pareció buena idea.
—Amy, ¿desde cuándo te has convertido en tu abuela? No puedo
ponerme cosas de nailon. ¡Ni que estuviera de acampada!
—Pero es que estás de acampada.
Doug se metía con ella y la llamaba «abuela» desde que le dijo
que dejaba las drogas. Le dolía, pero reforzaba su intención de no dar su brazo
a torcer.
—No, no lo estoy. Esto no es una puta excursión del instituto a
la región de los lagos. Es el acontecimiento más especial del año y yo tengo
que estar en la onda.
Siguió hablando con Gaby, en el coche.
—Doug dice que Glastonbury está mucho mejor cuando llueve. Dice
que así aflora su verdadero espíritu.
—Mmm. Ojalá. —Gaby se mordió el labio al ver que un relámpago
recorría el cielo sobre Swindon—. PJ dice que estoy como una cabra por venir.
Pero todo el mundo tiene que pasar por Glastonbury una vez en la vida. Es como
hacer puenting o ver el Taj Mahal. Cosas que tienes que tachar de la lista
antes de morir.
—Supongo —replicó ella, que no había hecho ni lo uno ni lo otro.
Decidió cambiar de tema—. ¿Cómo van los planes de boda?
Gaby y PJ llevaban comprometidos un par de meses, y Gaby ya
tenía el lugar donde celebrarían la boda, el vestido y los regalos para los
invitados. Todavía faltaba un año para la fecha, así que no entendía qué iba a
hacer durante todo ese tiempo.
—¡No me preguntes! —exclamó Gaby, encantada de que lo hubiera
hecho—. De momento ya he reducido la lista de invitados a cuatrocientos
cincuenta, pero no sé cómo voy a reduciría más. Vamos a tener que dejar a
alguien fuera.
Sonrió para darle ánimos. En ese momento sonó su móvil. Era
Doug.
—¡Hola! ¿Cómo van las cosas?
—Genial —dijo Doug, aunque no resultó muy convincente. Al otro
lado del teléfono se oían truenos y una lluvia torrencial—. Salvo por el
detalle de que he tenido que subir a la colina más alta para llamarte porque es
el único sitio de todo el valle donde hay cobertura. Así que escucha bien las
indicaciones que voy a darte porque no podrás llamarme cuando estéis aquí.
—¿Hay mucho barro?
—Un poco. Pero no pasa nada. Esto es alucinante.
—Podría parar en Bristol y comprarte un chubasquero o algo.
—Amy, ya sabes lo que pienso de los chubasqueros. Así que
olvídalo. Si quieres parecerte a una profesora de primaria, tú misma. No, te
llamaba para decirte que la zona en la que estábamos se ha inundado y nos hemos
trasladado a otra más alta.
Anotó las indicaciones del lugar donde se encontraban y le
aseguró que Gaby y ella llegarían a eso de las diez de la noche.
—Bueno, ¿cómo van las cosas con Doug? —preguntó Gaby al pasar
por Bristol—. ¿Alguna señal de lo que tú ya sabes?
—¿De qué? —preguntó a su vez como si nada, como si no supiera a
lo que se refería.
—De lo que tú ya sabes. ¿Crees que va en serio?
Suspiró.
—¡Por el amor de Dios, Gaby! Sabes que Doug y yo pasamos de esas
cosas. —Hacía tiempo que había decidido que esa sería su respuesta oficial para
esa pregunta recurrente.
Gaby se mordió el labio, pero volvió a preguntar:
—¿Habéis hablado de tener niños?
Puesto que era su amiga, sabía que deseaba tener niños, pero no
sabía hasta qué punto.
—No. Me da miedo asustarlo.
—¿Por qué iba a asustarse? ¿Cuántos años tiene? Treinta y dos,
¿no? Me has dicho que has visto abuelos no mucho mayores en la clínica. Y sería
estupendo tener un niño con él. Por eso de que no trabaja. Podría quedarse en
casa y encargarse de todo.
—No creo que a Doug le hiciera mucha gracia.
—Bueno, alguna ventaja debe de tener lo de salir con un tío que
no es esclavo de su trabajo. A ver, es genial que PJ gane una pasta, pero casi
no le veo el pelo. Llega tarde a todas partes y luego se pasa toda la noche
pegado al móvil.
—Doug hace exactamente lo mismo, pero él no gana pasta —comentó
con tristeza—. Es que... Bueno, el mundo de la música es muy puñetero. —Ojalá
no tuviera que poner siempre excusas por Doug.
—¿Cómo va el grupo? ¿Algo nuevo? —preguntó Gaby.
—La verdad es que no. Sí, hacen muchos bolos, pero no hay ningún
contrato a la vista con ninguna discográfica.
Gaby se pasó al carril de salida.
—Vi a Danny el otro día —dijo como si nada—, en Oxford Street,
de pasada.
De repente, sintió un nudo en la garganta.
—¿En serio? ¿Cómo estaba?
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí.
—Está comprometido.
—Bueno, me alegro por él —aseguró, encantada al escuchar lo
normal que sonaba su voz—. Eso es lo que siempre quiso.
Se hizo el silencio. Analizó lo que pensaba de verdad: alivio al
librarse por fin de Danny; indignación porque se hubiera recuperado tan rápido;
pero, sobre todo, frustración. Tenía la sensación de que estaba quedándose
atrás en la carrera de la vida, que cuando tuviera ochenta años seguiría yendo
a Glastonbury y preocupándose porque Doug estuviera bien abrigado.
Eran poco más de las nueve cuando llegaron al aparcamiento de
Glastonbury, que era del tamaño de Bangladesh. La lluvia les había dado un
respiro y todavía había luz, pero el cielo era del mismo color que el humo de
un porro. Se oyó un trueno apocalíptico. Descargaron la tienda de campaña de
Cath Kidston del maletero, se pusieron los chubasqueros y echaron a andar hacia
la alta valla que delimitaba el perímetro.
—Parece sacado de La gran evasión —dijo Gaby.
—Es para que no se cuelen los que no tienen entrada.
—O para evitar que nosotros nos escapemos.
Aunque se echó a reír, empezaba a sentirse un poco inquieta. Y
la sensación empeoró a medida que se acercaban y se iban cruzando con un montón
de gente que caminaba en dirección contraria. Parecían sacados de una revuelta
de campesinos medievales, embarrados de los pies a la cabeza, con el pelo sucio
y los ojos desorbitados como si hubieran visto algo demasiado espantoso para
contarlo. Algunos iban llorando.
—¡Mierda! —exclamó cuando comenzó a llover de nuevo.
Tras cruzar la puerta se toparon con una escena de desolación
casi total: las coloridas tiendas de campaña se deslizaban colina abajo,
arrastradas por un torrente de lodo; la gente, hundida hasta las rodillas en el
lodazal, intentaba caminar entre botellas vacías y paquetes de tabaco
aplastados.
—Es como un cuadro de El Bosco, pero en vivo —murmuró Gaby.
Se pusieron las capuchas y comenzaron el descenso de la colina,
agarrándose con fuerza a la valla, a las tiendas y a otras personas para evitar
hundirse en el barro.
—¡Doug me ha dicho que estaban en la tienda de la cerveza
tradicional! —gritó ella para hacerse oír por encima de los sollozos de una
adolescente a la que le habían robado todo—. ¡Y que a las once iban a ver a
Babyshambles!
La expresión de Gaby era la misma que tendría un soldado de la
Primera Guerra Mundial al que le hubieran dicho que tenía que salir de las
trincheras y coronar una colina.
—Tal vez deberíamos rendirnos ahora que podemos y regresar al
coche. Ir a Bath. Allí hay unos hotelitos preciosos.
Era muy tentador.
—No puedo —dijo ella—. No puedo dejar tirado a Doug. No puedo
ponerme en contacto con él y, además, me tomaría por una pánfila.
Gaby asintió con la cabeza.
—PJ se va a mear de la risa cuando se lo cuente. Bueno, me
quedaré una noche. Para poder contárselo a mis nietos.
Tardaron una penosa hora en cruzar el lodazal y llegar a la
tienda de la cerveza tradicional, atestada de gente emborrachándose para
olvidar sus penas. Doug, Baz y Pinny estaban en un rincón con una pinta en las
manos.
—¿Dónde está Gregor? —preguntó ella mientras los abrazaba con
cuidado.
—En la tienda médica —contestó Pinny—. Creen que tiene pie de
trinchera.
Los miró a los tres. Pinny llevaba un chubasquero con
estrellitas rosa y tenía el pelo rubio pegado a la cara. Se le había corrido el
maquillaje por todos lados. Por mucho que le pesara admitirlo, las pintas de
vagabunda que llevaba la favorecían. Sin embargo, Doug y Baz parecían los
supervivientes de una catástrofe natural espantosa. Tenían la cara pálida y
estaban cubiertos de barro hasta las rodillas.
—Eso es horrible —dijo—. Debéis de tener los pies congelados.
Por Dios, Doug, he pasado por un puesto donde vendían botas de agua. Por favor,
deja que te compre unas.
Pinny esbozó una sonrisa socarrona. Doug adoptó una expresión
decidida.
—Amy, deja ya de hablar de chubasqueros. Te pareces a mi madre.
Baz, que había estado leyendo el cartel, exclamó:
—¡No me lo puedo creer! Esos gilipollas de Unsuitable tocan
mañana. ¿Por qué ellos pueden tocar y nosotros no?
—¡Es una puta injusticia! —exclamó Doug.
Fue la noche más incómoda de toda su vida. No tardó en descubrir
que era imposible sentarse porque todo estaba sucísimo. Y que intentar caminar
por lo que se había convertido en una pista de patinaje embarrada era agotador.
Después de ver la actuación de Babyshambles desde un kilómetro de distancia,
gracias a las pantallas gigantes, fueron a su tienda. Seguía en pie, pero Doug
la había montado justo delante de unos apestosos urinarios públicos. No pudo
pegar ojo por la idea de que se los llevara una marea de aguas fecales. De
todas formas, era casi imposible relajarse por la cortina de agua que caía, los
pies que golpeaban los vientos de la tienda de campaña y los gritos de los
borrachos que no paraban de preguntar: «¿¡Quién coño ha plantado una tienda aquí!?».
En tres ocasiones abrieron la tienda, se asomaron y dijeron: «¡La tengo bien
grande! Joder, tío, lo siento, esta no es», antes de desaparecer de nuevo.
Por la mañana tuvo que pringarse de barro hasta las rodillas en
la letrina y luego aguantar una cola de quince minutos para poder lavarse las
manos en un grifo improvisado.
—No te molestes —dijo Doug.
—Doug, tengo que lavarme las manos. Si no lo hago, seguramente
pillaré E. coli. Y es muy serio. La gente se muere de eso.
—Bla-bla-bla...
Doug estaba que daba pena.
—¿Estás seguro de que quieres quedarte otra noche?
La pregunta originó un breve silencio.
—Bueno... —comenzó él, pero antes de que pudiera continuar
escucharon un chillido y Pinny, empapada de la cabeza a los pies pero atractiva
de todas formas, se acercó a trompicones envuelta en una parca y con una
botella de vodka en la mano.
La estrecha amistad que la unía a Doug le provocó una punzada de
dolor y otra de celos, porque Pinny parecía más contenta que unas pascuas.
—¿No es la leche? —preguntó su amiga—. ¡Me encanta!
Doug se animó al punto.
—Pues claro que vamos a quedarnos —anunció—. ¡Me lo estoy
pasando genial! Además, la entrada me ha costado ciento cincuenta libras. Tengo
que amortizar la pasta.
Gaby se acercó, protegiéndose a duras penas de la llovizna.
—Vale, yo ya he pasado la noche simbólica. Así que me vuelvo a
Londres, con sus aceras y sus calles sin boñigas de vaca, para ver este
desastre en la BBC2. Si alguien decide venirse conmigo es bienvenido. —La
desafió con la mirada. Ella miró a Doug justo cuando Pinny resbalaba y se
aferraba a él para guardar el equilibrio.
—Tú misma —dijo Doug antes de encogerse de hombros—. Si no estás
en la onda de Glastonbury, poco puedo hacer para convencerte de que te quedes.
—Vale, vale —claudicó—. Me quedaré.
Capítulo 25
Amy se despertó sumida en la tristeza. Otra noche más que había
pasado sintiéndose sola y abandonada en esa cama que le recordaba a una isla
desierta. La noche anterior cenó un trozo de pizza para llevar que había
comprado en un bar cercano al hotel y después vio una película en DVD, un
thriller malísimo protagonizado por Harrison Ford que había pedido al servicio
de habitaciones, mientras intentaba no preocuparse por Gaby.
No le sirvió de nada. Tenía que volver a casa. Recordó el hotel
que tenía reservado en Capri para el sábado. Ni de coña. Ya estaba hasta el
gorro de la dichosa luna de miel en solitario. En ese mismo momento iba a
llamar a British Airways y exigiría que le buscaran un asiento en el primer
vuelo a Londres.
La mantuvieron en espera durante veinticinco minutos y cuando el
operador por fin regresó, no lo hizo con buenas noticias.
—Lo siento muchísimo, señora Fraser. Los vuelos que salen de
Roma hoy, mañana e incluso pasado mañana, están completos. Es temporada alta.
Como muy pronto podría conseguirle pasaje para el sábado por la mañana.
—Pero algo habrá que pueda hacer, ¿no? —suplicó, con la voz tan
aguda como el pitido de una tetera a punto de hervir.
—Si quiere, venga al aeropuerto y nosotros la incluiremos en la
lista de espera para las cancelaciones. Pero ya hay mucha gente en ese caso y
las garantías son mínimas. Evidentemente, puede intentarlo con otra compañía
aérea; pero por lo que veo en el monitor, tampoco tienen sitio.
Colgó, desolada y derrotada. El teléfono de la habitación sonó.
—¿Sí? —dijo, decidida a cortarle las alas a la esperanza.
—¿Amy? Soy Lisa.
—¡Lisa! ¿Qué tal estás? —intentó parecer lo más alegre posible.
—Estupendamente. ¿Y tu maridín?
Se quedó en blanco unos segundos antes de entender la pregunta.
—¡Ah! Pues sigue mal.
—Pobrecillo... —Soltó una risilla cómplice—. A ver escúchame.
Supongo que vas a decirme que no, pero Simon estará todo el día ocupado con
Christine, investigando en profundidad la increíble pérdida de peso de Justina
Maguire.
¡Como si no estuviera claro que esta anoréxica perdida! Además,
los chicos que conocimos ayer nos han invitado a pasar el día en la playa. Sé
que no está bien que dejes tirado a tu marido enfermo, pero si estás de humor
para las dunas de arena, el aire salado y cualquier otra cosa que diga la
canción, han quedado en recogernos a las once.
Se lo pensó un momento. Podía pasear cabizbaja por una
achicharrante Roma durante todo el día o podía irse a la playa darse por fin un
ansiado baño.
—Me parece genial —dijo—. Iré.
—¿Estás segura? —Lisa parecía sorprendida—. ¿No vas consultarlo
con tu maridín?
—No, está dormido. Le dejaré una nota. No le importará. Sabe que
puede confiar en mí.
—Ojalá yo pudiera decir lo mismo de Simon —replicó Lisa entre
carcajadas—. Muy bien, guapa. Nos vemos a las once en el vestíbulo.
Veinte minutos más tarde estaban sentadas en un sofá beige, con
sendas bolsas de playa en las manos. Se había puesto un vestido camisero de
color morado que cuando lo compró le pareció que tenía un toque de secretaria
sexy. ¿Por qué siempre caía en esos tópicos? Su físico no recordaba ni
remotamente al de una secretaria que fuera a quitarse las gafas y a deshacerse
el recogido agitando la cabeza a lo mujer fatal. Más bien parecía la secretaria
del director de una empresa fabricante de chismes en las afueras de Devizes. Lo
mismo le pasaba con el estilo bohemio. La idea era parecerse a Kate Moss, pero
cuando se puso la falda larga y el chaleco, descubrió que solo le faltaban el
perro y el montón de ejemplares de La Farola... Lisa, al contrario, llevaba
vaqueros de cintura baja que se amoldaban perfectamente a su perfecto trasero y
una camisa de rayas de manga a la sisa. Parecía una estrella de cine de los
cincuenta. Estaba canturreando por lo bajo.
—¡Qué ganas tengo de ver el mar!
A pesar de sus palabras, parecía un poco alicaída.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—¿Quién, yo? Sí, estupendamente. Es que... echo de menos a
Emily. —Suspiró—. Anoche... tuve una pequeña discusión con Simon. Sobre
Sabrina, nuestra perra. Es un encanto, pero ya tiene unos añitos. Simon no la
quiere. Dice que tendrá que irse a casa de mi hermana. Pero mi hermana no
quiere perros. Tiene tres niños y su casa es pequeña. Pero Emily la adora y...
—¿De qué raza es?
—Una springer spaniel. No le haría daño ni a una mosca. A ver, a
veces se hace pis en el suelo, pero no es culpa suya. Es que está un poco mayor
ya. Pero Simon odia a los animales. Me lo dijo desde el principio; que la
perra, nanay. Pero pensé que podría persuadirlo. —Otro suspiro—. Emily sacó el
tema esta mañana y tuve que decirle que todo saldría bien, pero es mentira.
—¿Y si se lo preguntas otra vez a tu hermana?
—Se tirará de los pelos. No le hace ni pizca de gracia haberse
tenido que quedar con Emily. No es que no la quiera, ni mucho menos, pero está
muy liada con el trabajo y los niños.
—¿Y tu madre?
—Vive en un apartamento de un solo dormitorio en una planta
diecisiete. Va a ser que no. —Se miró las manos y Amy se dio cuenta de que se
había quitado el anillo de compromiso. Acto seguido, alzó la cabeza y sonrió al
ver a Massimo entrando en el vestíbulo—. ¡Aquí, aquí! —exclamó, tras lo cual el
chico se acercó a ella y la saludó con un par de besos muy efusivos en las
mejillas.
—Ciao, come stai, Lisa? —En ese momento su expresión cambió al
verla a ella—. ¿Qué haces aquí? Lisa me dijo que tal vez no pudieras
acompañarnos.
—Pues al final sí.
—Qué pena. Luigi ha tenido que cambiar de planes en el último
momento. —Se encogió de hombros—. Da igual.
En el exterior las aguardaba un BMW descapotable. Era obvio que
tendría que apretujarse en lo que suponía que era el asiento trasero. Massimo
se sentó tras el volante. De camino a la playa, Lisa y él se enzarzaron en un
coqueteo descarado mientras que ella se arrepentía amargamente por haber
accedido a acompañarlos. La situación le recordó un poco al fin de semana que
pasó en París con Pinny siete años antes.
Estaban facturando las maletas en el aeropuerto cuando se les
acercó un hombre llamado Harry, de aspecto serio, que resultó haber sido
compañero de trabajo de Pinny en un pub. Al parecer, su amiga se lo encontró
unos días atrás y lo invitó a París sin comentarle que iría acompañada. El
hecho de que no le dijera nada la enfureció muchísimo y a Harry, que claramente
había pensado que lo invitaba para pasar un fin de semana desenfrenado, tampoco
le hizo mucha gracia. En aquella época ella todavía seguía estudiando y Pinny
estaba en una pausa entre trabajos, de modo que tuvieron que compartir una
habitación diminuta en un cuchitril de mala muerte del boulevard Saint Michel.
La primera noche no pegó ojo por culpa de los ronquidos. Estuvo horas hirviendo
de furia y deseando tener el valor para darle un codazo a Harry y decirle que
cerrara la boca. A la mañana siguiente confesó que estaba muerta de cansancio
durante el desayuno en una cafetería.
—Y yo —replicó Harry—. Tus ronquidos me han tenido despierto
toda la puta noche.
—¿¡Mis ronquidos!? ¿¡Qué dices!? ¡Los ronquidos eran tuyos!
—Ambos se volvieron para mirar a Pinny, que estaba troceando un cruasán con
aire inocente.
—Es imposible que Pinny ronque —afirmó Harry—. Es demasiado
guapa.
Fue un fin de semana desastroso. Cada vez que salía del apestoso
cuarto de baño, se encontraba a Harry de rodillas frente a su amiga,
suplicándole que se largara con él, pero Pinny no entendía por qué no podían
seguir los tres como si tal cosa. Sin embargo, eso era el pasado y tenía que
pensar en el presente. Mientras el descapotable circulaba por la autopista que
recordaba del trayecto desde el aeropuerto, decidió que iba a pensar en
positivo.
—¿Adónde vamos? —preguntó con voz alegre.
—A Lido di Ostia —gritó Massimo desde la parte delantera—. La
playa de Roma. Tal vez no sea la más bonita, pero es un lugar divertido.
Ostia era una población bastante grande que, por lo que parecía,
estaba justo al lado del aeropuerto. Mientras Massimo enfilaba las estrechas
calles, dejando atrás un enorme centro comercial Cineland y una bolera, entre
improperios sobre la escasez de aparcamientos, los aviones volaban tan bajo
sobre sus cabezas que podía verse el tren de aterrizaje y el logo de la
compañía. ¿Por qué no podía ir ella en uno?
Cuando por fin encontraron un aparcamiento del tamaño justo para
una tortuga, bajaron del coche y caminaron hasta la playa. Vio el resplandor
del mar en el horizonte y le dio un vuelco el corazón a pesar de que el olor a
alcantarilla le recordó alarmantemente a Glastonbury. Al menos iba a darse un
baño. Sin embargo, la playa no era en absoluto como la había imaginado. En
lugar de toallas esparcidas sobre la arena, había hileras e hileras de
sombrillas coloreadas y tumbonas donde descansaban unos cuerpos tostados que
desconocían la advertencia «Nunca menos de un factor 15 de protección solar».
—Es precioso —dijo, alzando la voz para que la escucharan por
encima del ruido del 747 que iba a aterrizar—. ¿Podemos bañarnos?
Massimo la miró y se echó a reír.
—Nadie viene a Ostia a bañarse.
—Pero es una playa, ¿no? —preguntó confusa.
—Sí, pero el mar está muy, muy inquinato. ¿Cómo lo decís
vosotros? ¡Contaminado! Lleno de ratas. Así que solo los locos se dan un
chapuzón.
Y tal como vio al acercarse, no había nadie en esas aguas
grisáceas.
—Para eso están las piscinas privadas. Hay muchas a lo largo de
la playa, pero para entrar se necesita ser socio y yo no lo soy. Yo me baño en
Cerdeña.
No podía creerlo.
—Entonces, ¿qué hacemos aquí?
La expresión de Massimo era la misma que si le hubiera derramado
una botella de vinagre balsámico en la camisa de seda.
—Hemos venido a almorzar —contestó con voz paciente—. Y después
a tomar el sol.
Lisa le dio un apretón en el brazo.
—Lo siento, cariño. Yo también pensaba que íbamos a darnos un
chapuzón. Pero un almuerzo en la playa no está tan mal, ¿verdad?
El restaurante estaba emplazado en un edificio construido con
ladrillos de hormigón que se alzaba desde las sucias aguas. Su mesa estaba
situada en el centro del comedor, y desde ella podían disfrutar de una vista de
la foto descolorida de una montaña. Massimo pidió ensalada y filetes para los
tres. Tardaron mucho en servirles y, mientras tanto, se bebieron una jarra de
vino tinto peleón. Lisa parecía totalmente despreocupada, pero la irritación de
Amy crecía por momentos. Vaya forma de malgastar el día... Debería haber ido al
Vaticano o al Foro en lugar de acompañar a un tío que quería perderla de vista
y a una mujer cuyo comportamiento era bastante inapropiado. Definitivamente,
ese era el nadir de su luna de miel.
—Dime, Amy, ¿cuánto hace que conoces a Lisa? —le preguntó
Massimo cuando por fin les llevaron la comida.
—Pues dos días —contestó sin pensar.
—¿¡Dos días!? —Parecía genuinamente sorprendido—. Os había
tomado por amigas de toda la vida.
—No, acabamos de conocernos en el hotel.
Massimo la miró de forma extraña.
—Entonces... ¿has venido a Roma tú sola?
—¡Venga, será mejor que comamos! —exclamó Lisa, cuya nariz tenía
un curioso tono rosado, fruto del vino—. Amy no está conmigo. Acabamos de
conocernos. Yo estoy sola, pero Amy está de luna de miel.
Massimo la miró con interés por primera vez.
—¿De luna de miel? ¿Dónde está tu marido?
—Está enfermo —contestó, preguntándose qué narices estaba
haciendo—, así que me dijo que saliera sola a divertirme.
Hubo un momento de silenciosa confusión antes de que el chico
añadiera:
—¿Dónde está tu alianza?
Era sorprendente que nadie le hubiera hecho todavía esa
pregunta. Su excusa, no obstante, fue patética.
—En la caja fuerte del hotel. No me gusta ponérmela para salir.
Massimo pareció ofendido por el comentario.
—Oye, esto es Roma, no Bagdad, por si no te has dado cuenta. Los
italianos no somos ladrones. Nuestro nivel de vida es mayor que el vuestro. La
primera vez que fui a Inglaterra me quedé pasmado al ver que no había bidé en
el baño. ¿Cómo se puede vivir sin bidé? ¡Es asqueroso!
—¿¡Un bidé!? —gritó Lisa—. Eso es donde se lavan los calcetines,
¿no? —Se puso en pie de forma un poco tambaleante—. Voy a hacer pis. ¿Vienes,
Amy? Lo siento —dijo entre dientes mientras se lavaban las manos en unos
lavabos bastante sucios—. No debería haberme ido de la lengua así. Es que me
dejé llevar. Hazme un favor. No digas nada de lo mío. Porque me encanta
Massimo, me gusta muchísimo, y no quiero que nada se interponga en nuestro
camino.
—¿Quieres que me vaya? —sugirió al tiempo que se limpiaba las
manos en una toallita de papel.
—¡No, quédate! —contestó, aunque se le notó que no lo decía de
corazón—. Amy, ¿estás enfadada? Por favor, no te enfades. Es que está como un
tren, y Simon, no y... estaba pensando que me merecía un último capricho antes
de casarme.
—No tienes por qué casarte con Simon —señaló ella. No estaba
enfadada con Lisa ni tampoco la estaba juzgando. Pero sí sentía un extraño
distanciamiento, como si fuera otra persona la que estuviera manteniendo esa
conversación.
—Tengo que hacerlo. De verdad. ¿Quién si no va a pagar mis
deudas? Debo diez mil libras de las tarjetas de crédito, Amy. ¿Quién va a
cuidar de mí? No me amargues un día de diversión.
—No quiero amargártelo —le aseguró—. Diviértete.
Y volvieron a la mesa.
Capítulo 26
Eran más de las cinco cuando Hal se fue a dormir. El guión de
Bazotti era tan bueno que le resultó imposible soltarlo. ¡Y el papel! El papel
era muy distinto a todo lo que había hecho antes. Profundo, emocional,
provocativo y sin una sola frase graciosa.
Una vez que terminó de leerlo, siguió tendido en la cama con la
mente hecha un torbellino, imaginándose las posibles críticas que recibiría.
«Hal Blackstock: la revelación.» «Magnífica interpretación del actor. Alcanza
nuevas cotas de emoción.»
Ya se veía en el escenario con la estatuilla dorada en la mano,
aunque lo irritante era que la cara de la persona que aplaudía frenéticamente
entre el público no era la de Flora, sino la de Marina. Estuvo a punto de coger
el teléfono para llamar a Callum (no sería la primera vez que lo despertaba de
madrugada), pero logró contenerse. Ya hablaría con él por la mañana. Callum se
pondría en contacto con Los Ángeles y pondrían la bola en movimiento. Ese iba a
ser el punto de inflexión de su vida, el momento que señalarían los
historiadores como el comienzo de la maravillosa leyenda de la interpretación.
Sin embargo, cuando se despertó a mediodía (había llamado a
recepción cuando el horizonte comenzaba a clarear sobre los jardines para decir
que no quería que nadie lo molestara), su humor había cambiado. El guión tal
vez no fuera tan bueno como él había pensado. Tal vez fuera un poco simple y
obvio. Cierto que Bazotti era lo más en esos momentos, pero su última película
no había sido tan buena como la anterior, así que tal vez fuera cuesta abajo.
Tendría que leerlo otra vez antes de tomar una decisión firme. No obstante, lo
que le había robado el sueño era la preocupación de que tal vez no tuviera
bastante talento para el papel. Era posible que volara hasta Hollywood para
hacer la prueba (cosa que no había hecho en años) y lo rechazaran por ese
dichoso Jude Law, o tal vez se lo dieran y la cagara. «Podría haber sido una
obra maestra de no ser por la espantosa interpretación de Hal Blackstock, que
eligió un papel equivocado y...»
La idea le revolvía el estómago. Se imaginaba a Marina leyendo
la crítica y estallando en carcajadas. Hablando del rey de Roma, ¿por qué no le
había devuelto la llamada? Si él había hecho el esfuerzo de mostrarse amable,
lo mínimo que podía hacer ella era llamarlo y agradecérselo.
Cogió el teléfono.
—Nessie, soy yo. Me gustaría desayunar. Y tráeme los periódicos
ingleses, por favor.
—Ahora mismo, Hal —le dijo, tras lo cual hizo una pausa—. Te
mencionan en todos. El Post ya ha publicado tu entrevista con Christine Miller.
Debe de haber estado trabajando como una posesa para entregarla tan rápido.
Supongo que las noticias de Marina le otorgan una nueva dimensión a la
promoción.
—¡Bah! No es por eso por lo que quiero ojearlos —mintió—. Quiero
ver cómo va el criquet.
Media hora más tarde estaba sentado en la terraza, bebiendo zumo
de granada mientras miraba de forma amenazadora la pila de periódicos que tenía
delante. Nessie no había exagerado. Salía en el Sun, en el Mirror, en el
Express y en el Mail, por no mencionar la columna de cotilleos del Telegraph.
En el Daily Post ocupaba la portada y las dos páginas centrales. Lo que se
temía. «¿Quién es la chica más feliz del mundo?», rezaba el titular bajo el
cual se veían un par de fotos: Flora en el barco y Marina con ese soplagaitas,
sonriendo como un par de gansos ante las cámaras en alguna alfombra roja. Un
segundo titular, «¿Quién va de paseo?», precedía una foto suya en la Vespa que
alguna de esas sanguijuelas que se hacían llamar paparazzi debía de haberle
tomado el día anterior.
La entrevista estaba en las páginas centrales e iba acompañada
de una foto en la que parecía cansado, derrotado e irascible. Sabía que el
fotógrafo del Daily Post quería sacarlo lo peor posible... Era una entrevista
larga, mucho más larga que el artículo dedicado a la crisis en Oriente Medio y
se titulaba:
DE CÓMO HAL DEJÓ ESCAPAR A OTRA
Perder a una novia guapa debe de ser desafortunado, pero a
dos... es definitivamente un descuido imperdonable. Hoy no ha sido el día de
Hal Blackstock. Marina Dawson, su ex novia, acaba de anunciar su compromiso
matrimonial con el multimillonario italiano Fabrizio de Michelis. Está claro
que no es su mejor momento, pero cuando lo entrevisté ayer en Roma me juró y
perjuró que lo lleva muy bien. «Estoy encantado por Marina», me dijo entre
dientes. «Les deseo lo mejor a ella y a Fabrizio. No es que lo conozca, solo lo
he visto en un par de ocasiones, pero tengo entendido que es un buen hombre.»
Le seguían unos cuantos párrafos de cháchara insustancial sobre
los diez años que Marina y él habían pasado juntos, tras los cuales llegó la
separación dieciocho meses antes, salpicada de rumores de infidelidad por ambas
partes.
«Nuestra separación fue como muchas otras», afirma Hal. «Muchas
relaciones acaban.»
Al menos eso es lo que él dice...
A partir de ese momento el artículo se lanzaba a una larga y
detallada enumeración de sus defectos. Lo acusaba de ser una engreída y esnob
estrella en declive que, según los «amigos», había espantado a Marina por ser
un incansable mujeriego y por su rechazo al compromiso. La relación con Flora
pasaba por un período de crisis. No aparecía ni una palabra de lo que había
dicho sobre El carro de las manzanas, sobre lo mucho que le había gustado
trabajar con Ben de nuevo, sobre lo divertido que había sido el rodaje. Lo
único que podía leerse sobre la película era un comentario mezquino sobre lo
mal que había funcionado en la taquilla británica.
Con su vida amorosa haciendo aguas y su carrera en la cuerda
floja, Blackstock está al borde de la crisis de la mediana edad. Por delante le
espera el mayor reto de su vida hasta la fecha: ver si es capaz de darle un
giro a la situación.
—Menuda sarta de gilipolleces... —dijo en voz alta, como solía
hacer cuando leía algo sobre sí mismo que no fuera una crítica sobresaliente.
El problema, sin embargo, radicaba en que no eran gilipolleces.
De hecho, Christine Miller parecía haber conseguido meterse en
su cabeza, aunque lo de «estrella en declive» era un poco injusto. Al fin y al
cabo, Andreas Bazotti quería trabajar con él. Se le pasó por la cabeza la idea
de decirle a Nessie que llamara por teléfono a algunas publicaciones
especializadas y lo dejara caer, pero lo descartó. Ese era precisamente el tipo
de comportamiento de algunas supuestas estrellas del que siempre se habían
reído Marina y él.
¿Por qué no le había devuelto la llamada?
¡Deja de pensar en ella!, se reprendió. Lo más importante en
esos momentos era Flora, estaba claro. ¿Estaría cansándose también de que fuera
un «incansable mujeriego» y de su «rechazo al compromiso»? Sabía que estaba
entre la espada y la pared. Si no le proponía matrimonio cuando la viera (si
llegaba a verla, claro estaba), volvería a quedarse solo una vez más, y esa
zorra de Christine Miller conseguiría un aumento de sueldo astronómico al ver
cumplidas sus predicciones. Claro que casarse con alguien para fastidiar a
Christine Miller no era un buen motivo...
Se sobresaltó cuando el teléfono volvió a sonar. ¿Sería Marina
por fin? No, era Nessie.
—Los de maquillaje y peluquería estarán ahí dentro de una hora,
Hal, y después nos iremos todos a la escalinata de la plaza de España. Está
prevista una sesión de fotos conjunta con Justina a las siete menos cuarto y el
estreno será a las siete y media, ¿vale?
—Vale —respondió, alicaído.
Sin saber por qué, se descubrió pensando en la doctora que le
había visto el forúnculo. Seguro que su vida consistía en mucho más aparte de
las fiestas y las sesiones de fotos. De repente, deseó poder hablar con ella.
¿Qué sentido tenía todo? Siempre se había burlado de ellos, pero comenzaba a
entender por qué Guy y Madonna habían acabado metidos en la Cábala. ¿Estaría
Tom en lo cierto en lo referente a la Cienciología?
Capítulo 27
Amy, en cambio, no estaba pensando para nada en Hal. Su máxima
preocupación era escapar de Lisa y de Massimo. Después de un almuerzo
decepcionante (los filetes estaban pasados; las patatas, blandas; y la
ensalada, bañada de vinagre) dieron una vuelta por el paseo marítimo. Estaba
plagado de motos ruidosas conducidas por ágiles adolescentes y flanqueado por
máquinas de juegos, como un Blackpool para gente guapa. Lisa y Massimo iban por
delante de ella, y mientras paseaban se rozaban las manos como al descuido, se
partían de la risa y se empujaban el uno al otro.
—Gelato! —exclamó Massimo por encima del hombro—. Vamos a tomar
un gelato.
Las condujo a una calle paralela. El suelo estaba en malas
condiciones, de modo que se quedó todavía más rezagada porque las sandalias le
hacían daño. En ese momento vio la estación a mano derecha. Miró de nuevo a la
parejita, que seguía ensimismada en su conversación. En un súbito arranque de
determinación cruzó la calle y entró en el despacho de billetes.
—Roma —le dijo al hombre aburrido que había al otro lado del
cristal—. Quiero ir a Roma.
Le vendió un billete por lo que parecía poquísimo dinero y le
indicó la dirección en la que estaba su andén. Había un tren esperando y cinco
minutos después iba de regreso a la ciudad. Sacó la servilleta en la que había
apuntado el número de Lisa del bolso y le mandó un mensaje de texto diciéndole
que los había perdido de vista y que había decidido volver con su marido.
Después pegó la frente a la ventanilla y contempló el desolador paisaje que
iban dejando atrás. Ya se estaba lamentando. Había echado el día por tierra.
¿Por qué no había hecho un pequeño esfuerzo? Vale, era la amiga fea a la que
nadie quería, pero podría haber intentado ser más amable. Era tan aburrida que
no podía caerle bien a nadie. Doug tenía razón, ya no sabía divertirse.
De repente, cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo. Toda
esa autocompasión y Gaby estaba en una situación muchísimo peor. La llamó.
Seguía de reposo absoluto y parecía atacada de los nervios.
—Todo saldrá bien. Tú sigue descansando. No salgas de la cama
salvo para ir al baño. Míralo como si fuera un premio. Ahora podrás ver todas
las películas y las revistas que quieras. Al fin y al cabo, cuando nazca el
bebé no tendrás tiempo para hacerlo.
Gaby le preguntó qué estaba haciendo. De modo que le dio un
informe resumido de lo que había hecho y le confesó que la habían invitado al
estreno de una película esa noche, pero no tenía muchas ganas de ir.
—Pero tienes que ir, ¡tienes que ir! ¿Te van a comer o algo? Vas
a ver una película gratis. Hazlo por mí, Amy.
Gaby tenía razón, decidió. Así que una vez en Roma cogió un
autobús para regresar al hotel (cosa que no fue tan difícil como creía) y, una
vez en su habitación, se maquilló tal como le indicó la chica del stand de
Bobbi Brown para su boda. Aunque temía acabar como una drag queen disfrazada de
cantante de Abba, descubrió que parecía ella misma, solo que más guapa. Se puso
su vestido nuevo y se volvió a mirar en el espejo. Se sentía como Marilyn
Monroe a punto de cantarle el cumpleaños feliz al presidente Kennedy. Por un
instante barajó la idea de sacarse una foto con el móvil y mandársela a Doug,
pero desechó la idea porque: a) no sabía cómo mandar mensajes multimedia, y b)
sería una locura.
Se puso los zapatos de Emma Hope, que debería haber estrenado el
día de su boda, y a las siete y media volvió a salir de la suite en dirección a
la vía del Babuino y luego hacia la plaza de España. La plaza estaba repleta de
turistas pertrechados con cámaras observando la escalinata. De repente, se alzó
un repentino clamor justo cuando intentaba pasar entre ellos para llegar a la
alfombra roja flanqueada por gorilas. Levantó la vista. En lo más alto de la
escalinata estaba Hal Blackstock, vestido con un esmoquin, saludando y
sonriendo a la multitud. Tenía abrazada por la cintura a Justina Maguire, que
parecía a la vez más pequeña y más grande de lo que ella había imaginado, con
unos pechos como melones y un cuerpo como el palo de una fregona. Sonrió. Y
pensar que ese era el mismo hombre que se había vuelto casi loco de
preocupación por un grano en el pecho y que solo ella y el signor Ducelli lo
sabían...
Justina y Hal comenzaron a bajar los escalones y, al instante,
se dispararon miles de flashes y un millar de móviles de última generación
fueron alzados para capturar el momento. Los gritos eran ensordecedores. Se
abrió paso entre la multitud hasta llegar al final de la alfombra roja. Le
mostró su invitación al encargado de seguridad y la dejó pasar. Se apresuró
hacia la marquesina con las piernas temblorosas, segura de que todos los
espectadores se estaban preguntando quién era. Otro guardia de seguridad revisó
la invitación bajo una luz fluorescente y, satisfecho al ver el brillo, le hizo
un gesto para que pasara. La primera persona que vio en el interior fue
Vanessa, impecable como de costumbre con un ajustado y elegante vestido gris.
—Ah, hola —dijo con retintín—, ¿has decidido aceptar nuestra
invitación?
—Sí —contestó—. Y fue Hal quien me invitó.
—¿Tu marido sigue enfermo?
—Por desgracia, así es. Cometió el error de beber agua del
grifo.
—Espero que vayas a la fiesta. Hay un surtido bufet, seguro que
te encantará. —Y con una sonrisa socarrona se volvió hacia el gorila que tenía
al lado para susurrarle algo al oído. Los dos se echaron a reír.
Incapaz de contestarle como se merecía, se marchó a la sala de
proyección, que estaba llena de asientos acolchados y ocupados por las
doscientas personas más arregladas que había visto en la vida. La mezcla de
vestidos de Fendi, Gucci, Angel y Dolce & Gabbana la dejó sin respiración.
No había un pelo fuera de sitio ni una cutícula de más. Todas las invitadas
estaban tan morenas que parecían trozos de cuero con ojos. Jamás en la vida
había echado tanto de menos poseer una joya de oro. Gracias a Dios que Lisa la
había convencido para que se comprara el vestido. Las luces fueron apagándose y
se apresuró a sentarse a cuatro filas de la última.
—Io sono sempre stato celibatorio... —dijo una profunda voz
mientras se veía una escena en la que Hal se despertaba de golpe, cogía el
despertador, jadeaba horrorizado y saltaba de la cama para vestirse en tiempo
récord—. Mafino a quella mattina in aprile, non anevo mai conosciuto...
La película estaba doblada. ¿Por qué no se lo había dicho nadie?
Tuvo que aguantar hora y media escuchando a Hal Blackstock en italiano, con una
voz ronca y resonante medio dopada. Justina, en cambio, sonaba como una
telefonista muy sexy. Claro que tampoco hacía falta hablar italiano para saber
lo que estaba pasando. Alguien estaba robando manzanas de la huerta y Hal y su
perro se habían propuesto cazar al ladrón.
De todas formas, el público italiano parecía tan aburrido como
ella misma: el hombre que tenía a la derecha se pasó media película leyendo
mensajes en su móvil y la mujer que tenía delante no paró de juguetear con sus
pulseras. Cosa que le recordó su alianza, la que no se había puesto nunca y que
estaba guardada en el armario de su casa de Londres. Nada de anillo de
compromiso, por supuesto, porque nunca hubo ninguno. Recordó la noche en la que
le pidió a Doug que se casara con ella. Fue en enero del año anterior. Iba de
camino a un pub de Notting Hill para ver por enésima vez una actuación de
Ambrosial cuando Gaby la llamó por teléfono.
—¡Tengo noticias! —exclamó su amiga.
—¿De verdad? —Seguramente las sillas que iban en la carpa no
eran amarillas, sino naranja, o cualquier desastre del estilo.
—¡Estoy embarazada!
Se detuvo en mitad de la calle, asaltada por una mezcla de
alegría y envidia.
—¡Es genial, Gaby!
—¿A que sí? De tres meses. Es increíble que tú, la doctora, no
te hayas dado cuenta.
—Me dijiste que te estabas desintoxicando antes de la boda, y
estabas tan obsesionada que me habría creído cualquier cosa.
—Ya no voy a ser una novia delgada.
—¿Para cuándo lo esperas? —preguntó.
—Para julio. Así que estaré de ocho meses cuando me case. No es
lo ideal, pero ¿qué remedio?
Después de una hora de conversación sobre el tema, llegó al pub
justo cuando el grupo salía a escena. Para su sorpresa estuvieron geniales.
Pinny estuvo mejor que nunca aullando los coros con esa expresión tan
angelical. Tenían un repertorio totalmente nuevo y el público se volvió loco.
Cuando terminaron, un cazatalentos de Virgin le pidió a Doug una maqueta.
—¿De verdad? —preguntó Pinny mientras se retocaba el rímel en el
diminuto espejo del camerino.
—De verdad.
Se pusieron a vitorear antes de ir al bar. En cuestión de una
hora estaban todos como cubas. Ella, por su parte, llevaba siglos sin pillar un
pedo semejante pero tenía que celebrar las noticias de Gaby. Un DJ tomó las
riendas y bailaron hasta quedar agotados. Había olvidado lo bien que se sentía
bañada de sudor, con el corazón desbocado por la adrenalina y con un subidón
por la música, aunque el subidón de los demás fuera fruto de alguna sustancia
ilegal...
—Es una noche perfecta —le gritó a Doug.
—¿A que sí? —Doug la pegó contra él y empezaron a besarse como
si llevaran meses sin hacerlo. Cuando la cosa subió de tono, Doug la apartó un
poco—. ¿Salimos un momento? —le preguntó.
Ella sonrió.
—¿Por qué no?
Acabaron en un callejón cerca del club. Ella estampada contra la
pared y con las piernas alrededor de la cintura de Doug que, con las prisas, ni
siquiera había terminado de bajarse la cremallera.
—¡Uf! —exclamó cuando acabaron.
—¡Uf! —repitió ella con el corazón desbocado. ¡Sí, señor! Un
momento de pasión desenfrenada. Un aquí te pillo, aquí te mato. Eso era el
amor.
—Eres genial, Amy —dijo Doug, tras eructar.
—Casémonos —se escuchó decir.
—¿Cómo?
Le dio un vuelco el corazón. Pero los dos estaban como cubas. Si
le decía que no, podía soltar que estaba bromeando.
—¿Que nos casemos?
—Vale —contestó Doug—. Sí, ¿por qué no?
Sin decir nada más, volvieron al pub y siguieron bailando. No se
lo dijeron a nadie. A las cinco cogieron un taxi de vuelta a casa. Doug se
quedó dormido a los dos minutos de entrar por la puerta, pero ella se quedó
despierta mientras el amanecer se extendía por Londres reflexionando sobre la
importancia de la decisión. Durmió cosa de tres horas antes de despertarse
sobresaltada con la cabeza hecha un bombo. Sabía perfectamente la clase de boda
que quería: un lugar lleno de lilas y rosas rojas, una solista cantando el Ave
María. Ella con un traje pantalón de Bianca Jagger y Doug con un traje de
cuello Mao. Gaby leería un fragmento de La mandolina del capitán Corelli en el
que se decía que el amor era una locura transitoria. Un comida tai después de
la ceremonia, baile (Ambrosial podía interpretar su versión metal de «The way
you look tonight» para su primer baile). Se apoyó en un codo y observó a Doug,
que dormía plácidamente. Había muchas cosas que organizar. ¿Por qué no estaba
tan acelerado como ella?
Mientras esperaba a que se despertase, decidió llamar a unas
cuantas personas y darles la noticia. La primera de la lista era Gaby.
—¿Tenéis ya fecha? —preguntó de inmediato.
—No, claro que no. Nos hemos comprometido esta misma madrugada.
—Ni se te ocurra fecharla para el 2 de junio.
—Gaby, por supuesto que no. Está señalado en mi agenda desde
hace un año y sé que es el día de tu boda. ¿Crees que se me va a olvidar?
—Lo siento. Lo siento. Es que me estoy estresando con el bebé y
todo lo demás. Bueno, enhorabuena. Ya era hora, joder. Y date prisa en quedarte
embarazada, así tendré a alguien con quien compartir esto.
Sus padres se pusieron a chillar como locos.
—¡Ay, cariño! —exclamó su madre—. Llevamos esperando este
momento toda la vida. Ya puedo morirme feliz.
—Espero que Douglas recapacite y se busque un trabajo de verdad
—comentó su padre.
Doug no llamó a nadie.
—¿A qué vienen tantas prisas? —le preguntó bostezando cuando por
fin se levantó al mediodía y ella le tendió el teléfono—. Ya se lo diremos a
mis padres cuando los veamos. Y lo mismo vale para el grupo.
Al menos no lo había olvidado, como ella se temía. Ni cambió de
opinión a la fría luz del día.
—Es guay. ¿Por qué no? Una boda puede ser divertida.
—Gaby está embarazada —le dijo.
—¿De verdad? —Doug parpadeó—. ¿Por qué?
—¿Por qué? Pues supongo que porque PJ y ella querían tener un
niño.
—¿En serio? Peor para ellos. Ya pueden ir despidiéndose de las
noches durmiendo y decirles hola a los pañales. Y adiós a la libertad. ¿Sabes
cómo llamaba Cyril Connolly al enemigo de la literatura? «El cochecito en el
vestíbulo». —Se estremeció de forma melodramática—. ¡Uf!
Lo miró un instante sin decir nada. ¿Deberían tener en ese
momento la conversación que había estado evitando? No. Tenían resaca y acababan
de comprometerse. No era el momento adecuado ni mucho menos.
El lunes por la mañana tomó un camino diferente al que solía
tomar todos los días para ir al trabajo y pasó por delante del outlet de Emma
Hope en Amwell Street. Observó el escaparate, embelesada por unos zapatos. Eran
preciosos, de raso crema, con tacón de aguja bajo, clásicos, bonitos, perfectos
para bailar y una ganga de solo ochenta libras. De haber estado abierta la
tienda, los habría comprado, pero por suerte todavía no eran ni las ocho y
media, así que se consoló tomándose un café con leche en el bar. Mejor así, se
dijo mientras abría la puerta de la clínica. ¿No estaría comportándose como
Gaby si compraba unos zapatos de novia a menos de cuarenta y ocho horas de
haberse comprometido?
Como no pudo contenerse, se lo dijo a Andrea y a Rosa, de
recepción. Ambas se pusieron a gritar.
—¡Por fin! —exclamó Andrea—. ¡Vas a casarte con Jude!
—¿Jude? —Aunque preguntó, sabía a qué se refería. Nunca había
visto a Doug de esa manera, pero en realidad el parecido estaba ahí.
—¡Jude Law! —le confirmó Andrea—. Así es como Rosa y yo lo
llamamos, ¿no es verdad?
Rosa parecía un poco avergonzada.
—No, Andrea —la corrigió con cierta incomodidad—. Jude no es el
novio de Amy, es el de Madhura. El novio de Amy es Simon.
—¿Simon?
Tuvo un mal presentimiento.
—Simon Cowell. Tienes que reconocer que se parece un poco. Da
igual —se apresuró a añadir Andrea—. Simon es un hombre muy guapo. Está para
comérselo...
—En fin —la interrumpió Rosa—, ¿dónde está el anillo? Vamos,
ponles los dientes largos a este par de viejas.
—La verdad es que no hay anillo —confesó—. Todavía. Todo fue muy
repentino.
—Bueno, pues asegúrate de que te regala uno. Y deposita.
Meditó esas palabras mientras abría la puerta de su consulta.
Era evidente que necesitaba un anillo, pero Doug no podía permitirse ni de coña
la clase que a ella le gustaba. No iba comprarse su propio anillo de
compromiso, ¿verdad?
Mientras Sophia Franklin le contaba que el segundo ciclo de
fecundación in vitro también había fracasado, su mente se concentró en todo lo
que tenía que planear. No entendía por qué la gente se complicaba tanto la vida
con las bodas. Solo se necesitaba una buena lista, y ella era un genio con las
listas. Vale, Doug se metía con ella cuando se encontraba trocitos de papel por
todo el piso que decían «cepillo de dientes» o «escribir lista», pero a ella le
resultaba reconfortante saber que todos sus problemas cabían en trocitos de un
A4. Si los israelíes y los árabes utilizaran los Post-it, acabarían con sus
diferencias en un abrir y cerrar de ojos. La fecha, el lugar y el vestido
podían estar elegidos en cuestión de quince minutos. Al fin y al cabo, Doug y ella
no querían una boda por todo lo alto como la que planeaba Gaby. Le repateaban
las bodas multitudinarias en las que ni siquiera se sabía quiénes eran los
novios...
—¿Qué cree que debería hacer? —le preguntó Sophia.
—¿Cómo dice? —Recordar anotar en una lista «escuchar a los
pacientes», incluso a Sophia F, se dijo.
—¿Cree que es buena idea?
—Ah, sí, sí, claro.
—Bien. Creí que pensaría que una dieta a base de granadas era un
poco extraña, pero estoy segura de que funcionará.
Cuando Sophia terminó, les dijo a Andrea y a Rosa que tenía que
hacer una llamada muy importante relacionada con el trabajo antes de ver al
siguiente paciente. Abrió la página de Google y en cuestión de segundos ya
tenía una lista de comprobación para novias. Tenía ciento setenta y ocho
elementos y, además de las cosas normales como el vestido y los zapatos,
incluía cosas que no había oído en la vida, como plumas especiales, monedas de
seis peniques para dar suerte, conservación del vestido y alfombras especiales
para ir al altar. Se quedó muerta. ¡Madre del amor hermoso! Aquello era como
volver a estudiar para los exámenes finales. ¿Cómo iba a ponerse al día con
todo eso?
Respira, respira. Si eres doctora por tus propios méritos,
también puedes organizar una puñetera boda, se dijo.
Sonó el teléfono. Al ver en el identificador de llamadas que se trataba
de Pinny, se preparó para una felicitación socarrona.
—Hola —dijo con voz serena.
—Hola. ¿Qué tal? Hemos hecho un descanso entre ensayos y se me
ha ocurrido llamarte. El sábado fue alucinante, ¿verdad? Aunque parece que lo
del acuerdo con Virgin se ha quedado en nada.
—Vaya —replicó.
—Me estaba preguntando... ¿podrías recetarme Valium? Me ayudaría
mucho a relajarme por las noches.
Se quedó de piedra.
—Sabes que no puedo recetarles medicamentos a mis amigos, mucho
menos para uso recreativo.
—Lo sé, pero tenía que intentarlo. La esperanza es lo último que
se pierde. Deberíamos hacer un hueco para quedar a comer. Volver a reconectar
sin que esté tu novio revoloteando. Por su culpa ya nunca te veo a solas.
—¿Está por ahí? —preguntó con la garganta seca.
—Sí, por aquí anda. ¿Por qué? ¿Quieres hablar con él?
—¿No os ha dado ninguna noticia esta mañana?
—¿Noticia? ¿Qué clase de noticia?
—Nada, nada —contestó—. Oye, me está esperando el siguiente
paciente. Tengo que dejarte.
Le costó mucho concentrarse en el señor Iqbal y en su dolorida
garganta. Cuando terminó con él, le dijeron que el siguiente paciente había
cancelado la cita, de modo que se levantó, se puso el abrigo y fue derecha al
quiosco. No iba a pensar en el motivo por el que Doug no se lo había dicho a
sus colegas. Seguro que estaba esperando el momento oportuno. Bastantes cosas
tenía pendientes para andar con esas distracciones.
Capítulo 28
La fiesta posterior al estreno se celebraba en la terraza del
hotel, y Hal estaba más aburrido que una ostra. Se había largado durante la
proyección de la película y había buscado refugio en su suite, aunque lo habían
llamado para que asistiera a la fiesta, y ahí estaba con un cóctel de champán
en un rincón, intentando entablar conversación con George Williamson, uno de
los ejecutivos del estudio. Como era habitual, George no dejaba de alardear de
todo el dinero que había amasado ese año y de cuánto esperaba amasar al
siguiente, mientras su esposa, cuyo rostro operado se asemejaba a una imagen
que no hubiera acabado de cargarse en la pantalla del ordenador, asentía con la
cabeza a su lado.
—¿Qué te parece Roma, Hal? —le preguntó la mujer.
—Ah, es maravillosa, maravillosa. Una ciudad preciosa. Sí,
genial. Aunque confieso que viví aquí un tiempo. Ha sido divertido redescubrir
mis raíces. —Cogió otro cóctel de la bandeja de una camarera con las orejas
puntiagudas de Scooby Doo en la cabeza. Le sentaban bastante bien. Clavó la
mirada en su trasero, con rabito incluido, mientras se alejaba contoneándose
entre la multitud. En los viejos tiempos la habría acorralado, aunque como en
la terraza había una amplia y variada selección de féminas, tal vez se habría
decantado por la rubia del vestido plateado del rincón o por la chica negra de
piernas increíbles. Lo estaba mirando por encima del hombro y le... Ah, sí, le
estaba sonriendo.
Le indicó que se acercara con un gesto imperceptible.
—Hola —lo saludó.
—Hola —replicó, ajeno al parecido que guardaba con Leslie
Phillips al hablar así—. Soy Hal Blackstock. —Claro que ella ya lo sabía, pero
decirlo nunca venía mal, porque esa actitud modesta nunca fallaba con las tías.
—Lo sé. Soy tu fan número uno. —Yanqui—. Me ha encantado la
película. ¡Dios, es graciosísima! ¡Y has estado fantástico!
Vale. O era una gran mentirosa o era tonta del culo. Le daba en
la nariz que era lo segundo.
—Vaya, gracias. —Pestañeó de forma exagerada—. ¿Cómo te llamas,
cariño?
—Kaylisha.
—¡Hala! Menudo nombre. Y eres modelo, ¿verdad, Kaylisha?
—¡Vaya! ¿Cómo lo has adivinado? —Tenía unas tetas impresionantes,
aunque estaba casi seguro de que eran de silicona. Era un experto en esos
temas, ya que conocía a Marina antes y después de los implantes. A decir
verdad, le gustaba el tacto de la silicona. Los pechos de Flora eran reales, y
muy pequeños, aunque todo el mundo decía que la ropa le sentaba de maravilla.
Se concentró de nuevo en Kaylisha.
—Así que creo que voy a cambiar de vida. Tal vez me haga
psicoterapeuta. Mi vida ha estado llena de subidas y bajadas.
—¿De verdad? —Miró a su alrededor en busca de un camarero que le
llenara la copa. ¿Merecía la pena? ¿Sería de las que lo largaban todo después?
—Sí —continuó Kaylisha—. Verás, he aprendido a cuidar de la niña
que llevo dentro y eso ha marcado la diferencia. Ahora voy a diferentes
talleres para seguir cuidando esa parte de mí. Acabo de terminar uno alucinante
en Francia. He conocido a un chico (se llama Antoine) que es respiracionista.
—¿Respiracionista?
—Sí. No come nada. Se nutre de la luz.
—¿Que no come? —Como estaba familiarizado con ese comportamiento
por sus contactos con el mundo de la moda, especificó la pregunta—. ¿Nada?
—Ni un bocado. Tampoco bebe nada.
—¿Ni Coca-Cola light?
Kaylisha parecía escandalizada.
—¡No! Su espiritualismo lo alimenta.
—¿Es un saco de huesos?
—Está delgado —admitió—, pero no esquelético. Vamos, que está
más o menos como Justina. Es una persona maravillosa, Hal. Te encantaría.
—Estoy seguro. Bueno, eso de vivir sin comer... es increíble.
Podría ir a África y enseñarles a los que pasan hambre a hacer lo mismo.
Kaylisha se quedó impresionada.
—¡Madre mía, Hal! Qué pedazo de idea. Eres un hombre muy sabio.
Echó un vistazo alrededor con creciente desesperación. Siempre
había trampa. ¿Por qué no aprendía nunca?
—Deberías conocerlo.
—Sí, me encantaría. —¿Dónde cono estaba Nessie? Su trabajo
consistía en salvarlo de situaciones como esa. En ese momento y para su alivio,
vio a la doctora bajo una de las antorchas que iluminaban el jardín, muchísimo
más guapa de lo que recordaba. Estaba sola. Llevaba un vestido rosa que la
hacía parecerse a aquellas chicas voluptuosas que pintaban en los bombarderos
B52—. ¡Hola! —gritó—. Doctora, aquí. —Su expresión se tornó aliviada mientras
se acercaba a él—. Discúlpame —le dijo a Kaylisha antes de darle la espalda—.
Hola.
—Hola —le dijo ella.
—Lo siento —se disculpó—, pero no sé cómo te llamas.
—Amy —le dijo con una sonrisa.
Bonito.
—Bueno, Amy, ¿qué te ha parecido la película?
—Hilarante —se apresuró a contestar ella.
—No lo ha sido —la contradijo—. Es espantosa. Vamos, puedo
aceptar la verdad.
—Pues si te digo la verdad, no he entendido ni una sola palabra
porque estaba en italiano.
Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—¿Estaba en italiano? Vaya por Dios, cariño, no sabía que iban a
doblarla. Joder, lo siento. Y ahora estás en esta porquería de fiesta. Seguro
que eres masoquista o algo.
—Creí que sería divertida.
—¿Divertida? —Echó un vistazo a la terraza llena de gente guapa
que seguramente se reía mucho más en ese momento que durante la proyección de
la película—. Tal vez te lo parezca. Pero para mí es trabajo. Yo preferiría
estar en mi habitación viendo un partido de criquet en la tele.
—Estás de coña —replicó Amy.
—Te lo juro.
—¿Y por qué estás aquí?
—Porque estaba en mi contrato. Tenía que asistir a los estrenos
en Inglaterra y Estados Unidos y luego a otro estreno en Europa. Por regla
general el estudio no se preocupa por el resto de Europa, pero la película ha
sido un fracaso tan grande que están desesperados por hacer taquilla en algún
sitio, así que han montado el circo aquí a ver si pueden conseguir que estos
italianos suelten pasta. —Se percató de que todos los ojos estaban clavados en
él—. Bueno, señora casada, ¿dónde te has dejado a tu marido?
—Por desgracia todavía se encuentra mal.
—¡No me digas! —Exclamó indignado en su nombre—. ¿Es que todo el
mundo se va a poner enfermo o qué? ¿Qué le pasa ahora? ¿Se ha dado un golpe en
un pie o algo?
Se sintió bastante orgulloso por poder bromear con su
hipocondría, pero en lugar de echarse a reír, Amy clavó la mirada en su copa
con gesto avergonzado.
—En fin, me alegro de haberte visto —le dijo con la intención de
alejarse.
No quería que se fuera.
—Espera un segundo. Tengo que preguntarte una cosa.
—¿El qué?
—¿Es peligrosa la varicela?
—¿La varicela?
—Sí. Conozco a unas niñas que la tienen. —Era raro, pero no le
apetecía mencionar a su novia.
—Pobrecillas. No te preocupes, no es peligrosa. Es como un
resfriado gordo con algunas ronchas que pican mucho. Estarán como nuevas en
cuestión de unos pocos días.
—Genial. Qué bien. —Se devanó los sesos en busca de algo más que
decir para retenerla a su lado—. Tu marido tiene que estar forrado para
alojaros en esa suite. ¿A qué se dedica?
—No la paga él. Lo hago yo.
La respuesta hizo que enarcara las cejas.
—Así que eres tú la que está forrada. Pues no lo pareces.
—¡Muchas gracias! —exclamó ella con una carcajada.
—No, no, era un halago. —Y lo decía en serio. No porque no fuera
guapa (con ese vestido rosa estaba elegantísima) o algo así, sino porque
carecía de la sofisticación de los ricos y famosos como Flora. Marina era igual
en los primeros tiempos, aunque últimamente parecía que estuviera
profesionalmente envuelta en un plástico—. ¿Cómo es que estáis en esa suite?
—insistió.
—Me pulí todos los ahorros. Como una sorpresa especial para...
mi marido porque siempre quiso venir a Roma. Aunque todavía no he visto mucho
de la ciudad —añadió con una expresión tan triste como la de un gatito
desatendido en cuanto pasaba el día de Navidad.
—¿¡No has visto Roma!? Eso es espantoso. Es la ciudad más bonita
del mundo. ¿Sabes que hace años trabajé aquí como guía turístico?
—¿En serio?
—Sí, viví en Roma un año entero. Hace muchísimo tiempo. Antes de
todo esto. —La miró al tiempo que se formaba una idea muy traviesa en su
cabeza—. ¿Qué te parece si nos vamos a dar una vuelta ahora mismo?
—¿Ahora?
—No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.
—¿Y la fiesta? —preguntó, echando un vistazo a su alrededor.
—La fiesta puede seguir sin nosotros. Cojo la Vespa y nos
largamos a explorar.
Sonriendo por el escándalo que iba a causar una desaparición tan
temprana, cogió a Amy de la mano y se internó en la multitud hasta los
escalones que llevaban a la terraza inferior mientras se convertían en el
centro de todas las miradas.
—¡Oye, Hal! —gritó una voz con acento irlandés a su espalda.
—Callum —dijo él antes de volverse hacia la voz.
—¿Adonde vais? La fiesta acaba de empezar.
—Mi amiga Amy y yo vamos a explorar un poco.
—Vale —replicó Callum, aunque su expresión dejaba bien claro que
no valía—. Pero antes de irte, dime una cosa: ¿lo has leído? Porque me están
presionando para que les dé una respuesta.
Con la doctora a su lado, se sintió envalentonado de repente.
Todas las dudas que había tenido eran ridículas, comprendió por fin.
—Lo he leído y me ha gustado muchísimo. Diles que me encantaría
reunirme con ellos.
Callum levantó los pulgares, encantado.
—Muy bien, Hal. Los llamaré enseguida. Hablaremos por la mañana.
Y ahora pórtate bien.
—¿No es lo que hago siempre? —gritó mientras cruzaba con Amy la
terraza inferior y entraba en el vestíbulo.
Capítulo 29
En el mostrador de recepción, el signor Ducelli estaba echándole
la bronca al recepcionista por haberse quedado dormido en su puesto de trabajo
la noche anterior. Sin embargo, en cuanto vio acercarse a Hal Blackstock se dio
la vuelta con una sonrisa de oreja a oreja.
—Señor Blackstock. ¿Cómo está? ¿En qué podemos ayudarlo?
—Estoy muy bien, signor Ducelli. Tengo que pedirle un favor.
—Cualquier cosa —replicó el signor Ducelli mientras se devanaba
los sesos en busca del motivo por el que Hal Blackstock iba acompañado de la
mujer de la suite Popolo cuyo marido todavía no se había registrado—. Solo
tiene que pedirla.
—¿Puede sacarme la Vespa del aparcamiento?
—Por supuesto —contestó, aliviado de que no le hubiera pedido un
destacamento de furcias de Europa del Este ni un paquete del mejor polvo
colombiano—. Déjeme avisar a los encargados del aparcamiento. —Cogió el
teléfono y comenzó a parlotear a velocidad de vértigo—. Estará lista dentro de
cinco minutos. Supongo que preferirá que la lleven a la puerta trasera,
¿verdad? En la puerta principal hay un montón de paparazzi.
—Buena idea —dijo Hal, guiñando un ojo.
Además de querer divertirse, también ansiaba mosquear a unas
cuantas personas, pero no quería poner sobre aviso a los periodistas, que lo
perseguirían sin lugar a dudas, pudiendo hacer que la situación derivara en
algo muy parecido a lo que le sucedió a la princesa Diana.
—Síganme, por favor —les indicó el señor Ducelli.
Atravesaron el vestíbulo y llegaron a una puerta muy discreta
tras la cual discurría un largo pasillo. Amy se percató de que las tuberías
eran visibles y también vio contenedores de ropa sucia, elementos necesarios
para que no se pararan los engranajes de un hotel eficaz. El signor Ducelli
abrió otra puerta por la que se accedía a un gigantesco aparcamiento
subterráneo. En mitad del mismo estaba la Vespa de Hal. Un portero les ofreció
dos cascos. Hal se puso el suyo y se volvió hacia ella.
—¿Lista, nena? —le preguntó, imitando a Austin Powers mientras
se subía—. ¿Para el paseo de tu vida? —Le metió un acelerón, haciendo que el
motor rugiera como un león herido.
No estaba muy convencida. Hal se había bebido un par de copas.
Pero claro, era Hal Blackstock, así que ¿cómo desaprovechar esa oportunidad? De
modo que se sentó tras él y la moto salió despedida por la rampa de acceso a
una calle desconocida para ella. Estaba alelada. La posición era muy íntima
porque sus rodillas rozaban los muslos de Hal y tenía la mejilla apoyada sobre
su tibia espalda. Menos mal que por lo menos estaba acostumbrada a ir con Doug
en su Vespa y no hubo necesidad de que le rodeara la cintura con los brazos
para sujetarse. Sabía que estaban mejor colgando a sus costados. Hal giró a la
derecha con precisión y después a la izquierda. El aire le alzaba la falda más
arriba de las rodillas mientras circulaban por el serpenteante laberinto de callejuelas
flanqueadas por altos edificios que dormitaban en la oscuridad.
—¿Lista para el primer gran monumento de Roma? —le preguntó él.
Se bajó de la moto y se percató del ruido del agua. Siguió a Hal
sin quitarse el casco, cual astronauta con traje de gala, al igual que había
hecho él, y al doblar la esquina vio que estaban en una plaza diminuta
presidida por una enorme fuente de mármol. En el centro se alzaba una estatua
colosal de Neptuno conduciendo su cuadriga sobre las olas mientras dos hombres
musculosos intentaban detener sus caballos. Alrededor de la fuente había un
montón de yanquis grabando con sus cámaras de vídeo mientras algunos bengalíes
les daban rosas a las parejas y dos hombres disfrazados de centuriones
intentaban persuadirlos de que se hicieran una foto por cinco euros. Una
adolescente rubia vestida con unos shorts cortísimos se puso en pie en el borde
y metió la punta del pie en el agua, aunque un policía de aspecto cansado la
increpó al punto.
—La Fontana de Trevi —anunció Hal, como si él la hubiera
diseñado y esculpido con sus propias manos.
—Es muy bonita —replicó con sinceridad, aunque esperaba que
fuese un poco más grande.
—No está mal, ¿verdad? En realidad te he traído para enseñarte
otra cosa. Sígueme.
La condujo por otra serie de laberínticas calles llenas de bares
y de tiendas de souvenirs hasta que giró en una esquina y le señaló con un dedo
una cafetería pequeña de donde no paraba de salir gente.
«Gelateria di San Crispido», rezaba el cartel que había sobre la
puerta.
Lo siguió hasta una estancia diminuta y alargada, con suelos de
mármol y un expositor muy largo con varias hileras de tapaderas plateadas.
—El mejor helado del mundo —dijo Hal con aire de suficiencia,
fingiendo no ver a la pareja alemana que lo miraba sin dar crédito.
Ella intentó hacer lo mismo.
—¿Qué van a tomar?
Ojeó la precisa hilera de etiquetas del expositor, un poco
mareada. No se le daba bien elegir. Había malgastado horas en la sección
delicatessen del supermercado intentando decidir qué le gustaría a Doug. El
hombre que los atendía desde el otro lado del mostrador y que la miraba
expectante, suspiró.
—El zabaglione está muy bueno —le dijo Hal—. Sabe a natillas y
vino. O el lampone, que es de frambuesa, por si te gustan los afrutados. O los
dos.
—Vale —replicó—. Mmm... el zaba... zaba... ese. Y el de
frambuesa.
—¿De qué tamaño? —preguntó el hombre, señalando un muestrario de
tarrinas.
—Mmm, mediano, supongo. ¿No me puede poner un cucurucho?
—Me temo que no —respondió Hal—. La galleta afecta a la calidad
del helado.
—¡Ah! Vale. —El cucurucho era la mejor parte. Dulce y crujiente.
Hal le dijo algo al dependiente en italiano. Mientras les preparaban
las tarrinas, lo vio golpearse la frente con el puño.
—¡Mierda! Tengo un problema.
—¿Cuál?
—Que vas a tener que pagar tú.
—¿No llevas dinero encima?
—Lo siento. Nunca lo hago. Casi nunca salgo solo, ¿entiendes? Y
siempre hay alguien que se encarga de pagar la cuenta...
Igualito que Doug, pensó mientras pagaba. Regresaron al cálido
aire nocturno de vuelta a la fuente y se sentaron en el muro que la rodeaba.
Probó una cucharada de helado y sintió cómo la cremosa mezcla se deslizaba por
su garganta como si fuera néctar líquido.
—¡Está buenísimo!
—Te lo dije —replicó Hal. Se llevó una cucharada a la boca a
través del visor del casco—. Me encanta esto. Es como Vacaciones en Roma, pero
al contrario.
—¿Te refieres a la película? No la he visto.
—¿¡No has visto Vacaciones en Roma!? ¡Madre mía, que pecado! Te
cuento. El protagonista es Gregory Peck, que interpreta a un estadounidense que
vive en Roma, curiosamente en la calle por la que pasamos al salir del hotel. Y
una noche lleva a Audrey Hepburn, que hace el papel de una princesa muy
protegida, a dar un paseo por Roma en una Vespa.
—En este caso tú eres la princesa, ¿no?
Hal se echó a reír.
—Esa soy yo. Consentida, pedante e impertinente. Sin embargo,
por un día experimenta la verdadera vida con Gregory Peck.
—¿Se enamoran? —quiso saber, aunque no se dio cuenta de lo
presuntuosa que había sonado la pregunta hasta que la pronunció.
—Por supuesto. Pero es un imposible. Ella es una princesa y él,
un plebeyo. —Algún pensamiento lo distrajo durante unos segundos, pero acabó
por sonreír y decirle en voz baja—: Pero consigue que se lo pase en grande.
Se le hizo un nudo en el estómago. Hal Blackstock estaba
coqueteando con ella. ¿Qué diría Gaby? ¿¡Y Doug!? Evidentemente era imposible
no estar un poco colada por Hal Blackstock, aunque fuera un pelín más bajo que
ella. Así que... ¿por qué no divertirse?
—Mi madre dice que eres muy guapo —soltó de repente,
sorprendiéndose a sí misma.
—¿¡Tu madre!? —repitió, un poco disgustado, aunque se recuperó
pronto—. Qué bien. Las madres suelen ser muy listas. Algunas me toman por el
personaje que interpreto en las películas; por un tío normal y corriente, en
lugar de un madurito en declive con una carrera que va cuesta abajo. —Antes de
que Amy pudiera contradecirlo tal y como mandaban las buenas maneras, señaló la
fuente—. Da igual. A ver, tienes que tirar una moneda. Así volverás a Roma. Yo
también debería hacerlo. Siempre lo he hecho.
—Vale —accedió. Siguió un breve silencio y al alzar la cabeza
vio que Hal le sonreía por debajo del casco.
—Mmm... no llevo dinero en metálico, ¿recuerdas?
—¡Es verdad! —exclamó, preguntándose si sería mejor aceptar lo
inevitable y tatuarse las palabras «cajero automático» en la frente. Abrió el
monedero y dejó caer unas cuantas monedas en la mano de Hal.
—Lo siento, preciosa. De verdad que te lo devolveré todo luego.
—No te preocupes —murmuró, exactamente lo mismo que le decía a
Doug.
—¿Estás lista? —le preguntó él mientras se colocaba de espaldas
a la fuente como era lo acostumbrado.
Amy se puso en pie, a su lado.
—Uno, dos y ¡tres!
Lanzó una moneda por encima del hombro, mientras que Hal arrojó
un puñado.
—Felicidades —les dijo un hombre que estaba por allí. Tendría
unos treinta años e iba vestido con sombrero tejano y pantalones con estampado
de leopardo—. Vuestra estancia en Roma va a ser muy emocionante.
—Vamos a volver varias veces —señaló ella.
—No solo eso. Si se lanzan dos monedas, te enamoras en Roma. Si
se lanzan tres, te casas aquí.
—No puede hacerlo, ya está casada —apuntó Hal.
—¿Y tú, Hal?
—¡Vaya! Me has reconocido —replicó él en un arranque de falsa
modestia.
—Un fan de verdad es capaz de reconocer a su ídolo a pesar del
casco. —Les ofreció la mano—. Vincenzo. Pero podéis llamarme Vinny. Encantado
de tenerte en mi ciudad. Soy tu fan número uno.
—Gracias, guapo —dijo. Siempre se había llevado bien con sus
seguidores moñas. Durante años habían circulado rumores que lo acusaban de
homosexual, o al menos de bisexual, aunque nunca le habían molestado. Cuantos
más admiradores, mejor para él.
Amy estaba extrañada.
—¿Nos conocemos? —le preguntó al tal Vinny.
—Yo tengo la misma sensación. —De repente, se dio un guantazo en
el muslo—. ¡Ya caigo! Eres la mujer que recogí en el aeropuerto. La que estaba
de luna de miel.
—¡Madre mía! —Lo miró de arriba abajo con atención. La camiseta
cortada de escote bajo, los abalorios, el maquillaje...—. No te había
reconocido sin el uniforme de chófer.
Vinny se encogió de hombros.
—Me alegro de escucharlo. Dime, ¿dónde está tu marido? ¿Todavía
no ha llegado?
—Está enfermo —se apresuró a contestar al ver que Hal la miraba
con extrañeza. Sin embargo, se limitó a hacerle una pregunta a Vinny.
—¿Qué haces aquí en agosto en lugar de estar en la playa?
—¡Ah, ni hablar! —exclamó—. El verano es la mejor época para
estar en Roma. Las familias se han largado, los trabajadores también y solo
quedan los verdaderos romani. Tenemos la ciudad entera a nuestra disposición
para jugar.
—¿Ah, sí? —le preguntó Hal—. ¿Podrías enseñarnos dónde están las
mejores atracciones?
Sabía que estaba metiendo la pata. Era muy consciente de que al
día siguiente o dos días después, habría fotos suyas en todas las revistas de
cotilleos, paseando por Roma acompañado de una mujer misteriosa y de un
travestí. Pero le daba igual. La insatisfacción que llevaba semanas
acumulándose en su interior había llegado a un punto límite esa noche. La
fiesta y las camareras con las orejitas de perro habían hecho que se sintiera
más inútil que nunca. ¿Qué estaba haciendo con su vida? ¿Qué sentido tenía ir por
ahí vestido con ropa que no era suya, maquillado y a veces con peluca,
repitiendo las estupideces escritas por otras personas? Además, sabía que las
fotos irritarían a Flora. Y eso le hacía gracia. A Marina tampoco iban a
gustarle mucho.
—Pero ¿y tú? —le preguntó Vinny—. ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué
no estás rodeado de guardaespaldas?
—Me he tomado la noche libre —le explicó—. Es nuestra versión de
Vacaciones en Roma.
—Ah, ¡adoro esa película! ¿Sabes que está basada en las
aventuras de la princesa Margarita? —Se llevó la mano al corazón en un gesto
teatral—. Es mi ídolo. Sacrificó tantas cosas por culpa del deber... ¡Y Audrey
Hepburn! —Se besó las puntas de los dedos—. Es la elegancia hecha mujer. Le he
puesto su nombre a mi gata. —De repente, se le ocurrió algo que le iluminó la
mirada—. ¿Queréis que hagamos un recorrido a lo Vacaciones en Roma? ¿Os apetece
ver los mismos sitios que ellos vieron?
—¿Por qué no? —preguntó Hal a su vez mientras Amy exclamaba:
—¡Sería genial!
—Ya veo que tenéis una Vespa —dijo Vinny, haciendo un gesto con
la cabeza en dirección a sus cascos—. Yo tengo mi motorino. ¡Seguidme!
Capítulo 30
Subieron de nuevo a la Vespa y siguieron a Vinny a través de las
estrechas callejuelas hasta llegar a una enorme plaza dominada por la «tarta
nupcial», después cogieron una avenida que pasaba junto a las columnas y las
piedras del Foro, y al inmenso Coliseo. Tras rodearlo, enfilaron otra avenida.
Vieron una rata atravesando la calzada cuando se detuvieron en un semáforo en
rojo, y a una pareja de enamorados que regresaba a casa andando. El único
sonido que se oía era el ruido de los motores. En algún lugar cercano tocaban
unas campanas. Amy no tenía ni idea de la hora que era, ni de lo que le estaba
pasando, salvo que estaba atravesando Roma en una Vespa pegada a la espalda de
Hal Blackstock.
Llegaron a una zona atestada de restaurantes de moda y de bares
cuya música trance inundaba las calurosas calles. Vinny detuvo la moto frente a
un enorme almacén cuya imponente puerta de hierro estaba custodiada por un tío
muy cachas.
—Audrey fue a bailar al Castillo de Sant'Angelo —dijo mientras
aseguraba la moto con una gruesa cadena—. Pero hoy en día habría venido a este
club. Estamos en el Testaccio. —Miró a Amy con una sonrisa—. En otra época era
el mercado mayorista de carne. Estaba lleno de carniceros. Hoy en día la
«carne» que se vende es muy diferente.
Mientras ellos guardaban los cascos bajo el asiento de la Vespa,
Vinny intercambió unas cuantas palabras con el portero, que los invitó a pasar
con un gesto de la cabeza y otro de la mano. En cuanto atravesaron la puerta la
asaltó la música. El suelo temblaba por los movimientos de los pies de los
bailarines. Siguieron a Vinny mientras se internaba en la multitud de cuerpos
danzantes hasta llegar a un reservado con asientos acolchados.
—¡Estupendo! —exclamó Hal contentísimo mientras se sentaba. Al
momento llegó un camarero vestido con vaqueros y una camisa hawaiana—. Champán,
per favore. Una grande bottiglia. Grazie.
—¿Te gusta? —preguntó Vinny con cierta ansiedad—. Ya sé que no
es Londres ni Los Ángeles, Roma es una ciudad muy provinciana.
—Es perfecto —le aseguró, justo cuando acababa el tema de Doctor
Dre y comenzaba otro de McTavish Solaar—. «Bouge de là!» ¡Mi canción favorita
de todos los tiempos! —Le sonrió a Amy y la luz fluorescente hizo que sus
dientes adquirieran un blanco fantasmagórico—. Vamos, Amy, a bailar.
La agarró de la mano y la llevó hasta la pista de baile, donde
comenzó a girar a su alrededor. Vinny los siguió. Al principio se sintió muy
cortada, pero el ritmo acabó por contagiarla y empezó a moverse como ellos. El
suelo y las paredes vibraban al compás del pegadizo ritmo de la música. Todo
vibraba: los vasos que había tras la barra, el cuello alzado de la camisa de
Hal, la falda contra sus piernas, el sombrero tejano de Vinny, que estaba
bailando con un chico muy guapo y muy joven. Descubrió que se había
transformado en un frasco de energía dorada, igual que cuando iba a ver a
Ambrosial durante los primeros meses de su relación con Doug. Sin embargo, en
cuanto ese pensamiento le cruzó la cabeza, se le aflojaron las rodillas y
perdió el ritmo. De repente, se sintió como un robot al que se le estuvieran
acabando las pilas.
—¿Nos sentamos? —le preguntó a Hal mientras señalaba la mesa con
la cabeza.
El accedió de mala gana. La botella de champán los aguardaba en
una cubitera, acompañada de tres copas.
—¡Salud! —gritó Hal—. Chin, chin!—E hicieron chocar sus copas.
Amy se dio cuenta de las miradas disimuladas que les lanzaban,
claro que en cuanto reconocían al famoso que los acompañaba esa noche, dejaban
de prestarles atención.
Hal se bebió su copa de un trago.
—Deberías tomártelo con calma —le advirtió.
—¿Por qué?
—Pues porque tienes que conducir. Y porque todo el mundo está
mirando.
—¡Que miren! —gritó—. ¡Me importa una mierda! De todas formas,
nunca he querido ser una estrella de cine. No es un trabajo como Dios manda.
Eso es lo que siempre dice mi padre. He ganado suficiente dinero para no tener
que volver a trabajar en la vida, así que ¿para qué seguir haciéndolo? ¿Por qué
no pasar la vida divirtiéndome?
Se encogió de hombros al escucharlo.
—Pues sí. Pero a lo mejor te aburres.
—¿Cómo voy a aburrirme si me estoy divirtiendo? Divertirse
significa que eres feliz y es lo opuesto al aburrimiento.
Tal vez estuviera equivocada, pero ¿no estaba protestando
demasiado?
—Madre mía, mataría por un cigarro —gimió—. Lo dejé hace cinco
años.
—Entonces sería una tontería empezar de nuevo. —Sabía que había
asumido el papel de doctora mandona, pero el recuerdo de Ambrosial le había
agriado el humor—. De todas formas, en Italia está prohibido fumar en sitios
públicos.
Cinco años atrás la idea de que prohibieran fumar en los sitios
públicos en cualquier parte del mundo la habría horrorizado, pero después de
enviar al hospital a una veintena de pacientes aquejados de cáncer de pulmón
incurable había cambiado de opinión. Había tenido un sinfín de discusiones con
Doug por el tema. Según él, la gente tenía derecho a divertirse como le
apeteciera, argumento que rebatía preguntándole por qué tenían que quedarse
huérfanos los niños por culpa de una adicción absurda.
Saltaba a la vista que Hal estaba del lado de Doug.
—¿¡Han prohibido el tabaco en Italia!? ¡Madre del amor hermoso!
Dios, uno no puede divertirse ya en ningún sitio. Flora no hace más que darme
la tabarra con la comida vegetariana y las bebidas sin alcohol. —Suspiró—. A
Marina le encantaba beber y fumar. Y tenía muchos amigos maricones. Siempre
estaba chillando y saliendo con ellos. Porque no paraban de repetirle lo guapa
que estaba. No paraban de chillar y de criticar. Me ponían de los nervios. Pero
claro, con ella todo era divertido. Podíamos ir a bailar y daba igual que la
gente nos viera porque éramos la pareja de moda. Una foto juntos en algún club
podría reportarnos un jugoso papel en alguna película... o así lo veía ella.
—¿La echas de menos? —le preguntó.
Hubo un largo silencio. Hal tenía la mirada clavada en sus
manos.
—En ciertos aspectos, sí. Siempre estaba dispuesta a echarse
unas risas. Su sentido del humor era muy cínico. Pero no echo de menos su
ambición, la sensación de que yo formaba parte de un plan grandioso, de que se
fijó en mí porque yo tenía éxito. En cuanto la ayudé a saltar a la palestra,
solo quería salir en las revistas y se acabaron las noches tranquilas delante
de la tele. Solo había cenas con Elton, fines de semana con George Michael,
vacaciones con Guy y Madonna... Flora no es así. Es muy reservada, y eso es
algo que respeto. —En ese momento por fin la miró a los ojos—. Sí, Flora es una
mujer maravillosa. —Se enderezó en el asiento—. Joder, Christine Miller habría
hecho el pino con las orejas por estar aquí ahora mismo escuchándome. Ya estoy
cansado de hablar de mí. Te toca a ti. ¿Qué le pasa a tu pobre marido enfermo?
¿No estará preguntándose dónde estás?
—No. Le he mandado un mensaje al móvil. De todas formas —añadió
con otro ramalazo de tristeza—, lo suyo no son las noches tranquilas con una
taza de infusión relajante en la mano.
—¿A qué se dedica?
—Es el guitarrista de un grupo —contestó de mala gana, y,
evidentemente, tocaba...
—¿Ah, sí? ¿Son conocidos?
—No. Se llaman Ambrosial y llevan dando conciertos desde hace
años, aunque nadie les ha ofrecido nunca grabar un disco.
—Tu marido es una estrella del rock. —Parecía impresionado.
—¡Que no! Eso es lo que a él le gustaría... Y hay un buen trecho
entre las dos cosas.
Por suerte, la mente de Hal se había ido por otros derroteros.
Se llenó la copa de champán otra vez.
—Nunca he estado casado.
—Lo sé. He leído tu biografía. Eres el clásico hombre con
alergia al compromiso. —Era increíble que estuviera soltando todas esas cosas a
Hal Blackstock. Pero como no tenía nada que perder...
Hal se echó a reír.
—Eso dicen las revistas de cotilleos. —Se encogió de hombros—.
Bueno, supongo que es cierto. Todo el mundo se extrañó mucho al ver que no me
casaba con Marina. Al fin y al cabo llevábamos diez años juntos. Aunque a los
dos años estuvimos a punto de hacerlo. Ninguno de los dos era mundialmente
famoso todavía y ella tenía ganas, así que compro un anillo y me la llevé a
Francia durante unas vacaciones. Había pensado proponerle matrimonio una noche
después de la cena, pero mientras estábamos allí comenzaron a llegar críticas
muy positivas sobre Clases nocturnas, mi primera película importante para el
cine, y Hollywood se interesó por mí. Nos invitaron a pasar dos semanas en el
Hotel Beverly Hills con todos los gastos pagados para que viéramos los estudios
y conociéramos al personal. Los billetes de avión eran en primera, así que a la
mañana siguiente pusimos rumbo a Estados Unidos y el momento pasó.
—¿Nunca se lo has pedido? Era el tema de conversación de todo el
mundo... —Gaby y ella habrían podido resolver el problema del calentamiento
global del planeta durante todo el tiempo que habían pasado especulando sobre
la relación de Hal y Marina.
—Nunca hablábamos del tema. Es que era más fácil evadir la
realidad. Mi fama aumentó y la suya se hizo inmensa. Pasábamos las vacaciones
con Mick en Mustique o con Richard en Necker. Pasábamos meses separados por las
grabaciones. Era la excusa perfecta para no enfrentarse a la realidad. Los años
pasaron en un santiamén y cuando nos veíamos, lo último que me apetecía hacer
era hablar de cosas serias como bodas y niños. Habría sido como admitir que
éramos... mortales. La idea de separarnos era rara, pero la de envejecer juntos
era todavía más ridícula.
—Pero vas a casarte con Flora, ¿no? —Estaba segura de que lo
había leído en el último número de Closer que había ojeado en la sala de espera
del trabajo, harta ya de ver revistas de novias.
Hal se encogió de hombros.
—Ya veremos.
Su forma de decirlo le recordó a Doug, siempre posponiéndolo
todo, evitando comprometerse. Y la enfureció.
—Si no lo haces es que eres imbécil —le soltó—. A ver, es
guapísima. Y parece tener... tanta clase.
—Es elegante, ¿verdad?
—Entonces, ¿por qué no te casas con ella?
Tardó unos segundos en responder:
—Es una decisión importante. Quiero hacer las cosas bien. Mis
padres llevan cuarenta años casados, ¿sabes? Es difícil estar a la altura.
—Lo sé —replicó ella con tristeza—. A mí me pasa igual con los
míos.
—Es complicado encontrar el momento oportuno —siguió—. El
corazón tiene que hacerte bum-bum-bum si vas a casarte, así que hay que hacerlo
en pleno enamoramiento. Aunque después la cosa cambia, cuando descubres que se
corta las uñas en el inodoro y no tira de la cisterna o que se hurga la nariz.
—¡No me digas que Flora se hurga la nariz!
—No, pero Marina sí. Y a veces volvía a ponerse bragas que
estaban en la ropa sucia. Hasta que contrató a un ama de llaves, claro.
—Parecía perdido en los recuerdos, pero no tardó en volver al presente—. Así
que con respecto a casarme con Flora... No lo sé. Pero tampoco quiero dejarlo
con ella. Es que me espanta la idea de estar con otra persona. Y seguir soltero
a los cuarenta y tres no es exactamente lo mismo que cuando se tienen
veinticinco. Mis compañeros de profesión están todos casados. Y eso hace que me
sienta como un bicho raro. Tienen hijos y sus vidas van evolucionando. Yo sigo
estancado en un modo de vida donde lo más importante es ver con quién te
encuentras el sábado por la noche en el Ivy.
Sintió como si le hubieran clavado un puñal en el corazón al
escucharlo. Eso mismo le iba a pasar a ella. Se iba a quedar sola y su vida no
iba a evolucionar. Iba a quedarse atrás en la carrera de la vida. Aunque ella
no iría al Ivy, como mucho al Nando's en High Street...
Vinny llegó en ese momento, con el rostro brillante por el
sudor.
—¿Ya os habéis cansado de bailar? ¿Seguimos con el recorrido
turístico? Tenéis que ver otra cosa. La Bocca della Verita.
—¿¡El qué!? —preguntó ella.
Hal sonrió.
—La boca de la verdad. Vamos, ya lo verás.
Una vez fuera, el aire nocturno fue como un paño húmedo sobre
una frente enfebrecida. Hal se tambaleó un poco de camino a la Vespa.
—¿Estás seguro de que puedes conducir? —le preguntó.
—¡Doctora! Un respiro, por favor.
Vinny parecía nervioso.
—No, tiene razón. Perdona si te lo digo, pero pareces un poco
borracho.
—¿Y qué hacemos entonces?
—Yo conduzco —se ofreció ella.
Los hombres intercambiaron una mirada.
—¿Tú? —preguntó Vinny—. ¿Sabes conducir una Vespa?
—Sí. Mi nov... mi marido tiene una. —Subió en la moto y Hal se
sentó detrás.
Se movió inquieta cuando la abrazó por la cintura. Seguro que
Flora no tenía michelines. En cuanto a Marina, todo el mundo sabía que
subsistía a base de dos tazas de sopa de col al día. En una ocasión intentó
imitarla, pero solo tardó tres horas y siete minutos antes de desistir y
comerse una barra de pan entera. Sin embargo, lo olvidó todo cuando pisó el
acelerador. La moto fue rebotando sobre los adoquines mientras seguía a Vinny
por la noche romana.
El cielo tenía un tono grisáceo y los rayos del sol comenzaban a
calentar las piedras amarillas de la ciudad. Las farolas se apagaban una tras
otra. Adelantaron a un camión que avanzaba despacio limpiando las calles con
agua. Vinny se detuvo en una plaza pequeña dominada por una iglesia medieval.
Cuando apagó el motor, escuchó los enloquecidos trinos de los pájaros. Le echó
un vistazo al reloj: las 4.30. Y no estaba cansada en absoluto.
Siguieron a Vinny, que estaba cruzando lo que durante el día
sería una avenida muy concurrida, y llegaron a otra iglesia más pequeña que la
anterior.
—Hemos llegado —les dijo, señalando a través de los barrotes de
la verja que rodeaba el pórtico en dirección a una pared donde había incrustado
un medallón de mármol tallado con la forma de un hombre barbudo con la boca
abierta—. Hay que meter la mano en la boca y, si dices una mentira, te morderá.
—Pero no podemos acercarnos —señaló Hal.
—Yo me encargo. —Vinny se sacó el móvil del bolsillo, marcó un
número y comenzó a hablar con alguien a toda pastilla—. Mi amigo, Gianni —dijo
mientras colgaba—, es el vigilante. Nos va a abrir ahora mismo.
—Muy amable por su parte —dijo Hal, aunque no parecía agradecido
de verdad. Estaba claro que ese era el tratamiento que solían darle en todos
lados.
Al cabo de unos minutos un adormilado aunque emocionado Gianni
apareció por una esquina, ataviado con una chaqueta de cuero y los pantalones
del pijama, y con un manojo de llaves en la mano. Después de un apretón de
manos con Hal y de un autógrafo («¡Para mi madre, te adora!»), abrió la verja y
les indicó que pasaran al pórtico donde estaba emplazada la boca.
Hal metió la mano en la boca.
—¡Hacedme una pregunta! —gritó.
—Vale. ¿Eres gay? —preguntó Vinny.
—¡Sí! Tenía que salir a la luz tarde o temprano. Sí, lo soy. —Y
soltó un alarido que a Amy le heló la sangre en las venas.
Cuando sacó el brazo de la boca, la mano había desaparecido.
Ella gritó, aterrorizada:
—¡Ay, Dios mío! ¿Qué ha pasado?
Hal se echó a reír mientras agitaba el brazo y sacaba la mano de
la manga de la camisa.
—¡Cabrón! —le dijo ella, dándole un puñetazo.
—No me puedo creer que hayas caído, ¡ese truco salía en la
película! —Se volvió hacia Vinny—. Tu turno, guapo.
—Ah, no...
—¡Venga ya!
—Vale. —Metió la mano en la boca.
Hal descubrió que no se le ocurría nada en especial que
preguntarle.
—¿Te gusto? —acabó por decir tontamente.
—¡Por supuesto! —La mano de Vinny emergió, ilesa.
—Y ahora tú, Amy.
Sabía que solo era el caño de una fuente muy antigua, una
superstición absurda, pero de repente se puso muy nerviosa.
—No...
—¡Venga ya! —insistió Hal.
Se acercó a la fuente de mala gana y metió la mano en la boca.
—¿Qué quieres saber? —preguntó con el asomo de una sonrisa.
—¿Te arrepientes de haberte casado?
A juzgar por la expresión de su rostro, estaba claro que Hal
solo estaba siguiéndole el juego, que era una broma. Pero dio en su objetivo
con la misma precisión que un misil termoguiado. Para su más absoluta
vergüenza, se echó a llorar mientras el estrés acumulado durante todos esos
días se liberaba.
—Yo... Mmm...
Sacó la mano de la boca y se quitó el casco para limpiarse las
lágrimas.
Hal se había quedado de piedra.
—Oye, ¡lo siento! ¿Qué he dicho?
Siguió llorando, aturdida por todas las emociones que comenzaban
a liberarse a causa de la adrenalina y el champán.
—Dios, lo siento muchísimo —dijo Hal—. Oye, oye... no pasa nada.
Tranquila. —Le pasó un brazo por los hombros—. Tranquila, no pasa nada.
—Lo siento —sollozó ella—. Dios, qué vergüenza...
—No tienes por qué avergonzarte. Estamos en la tierra de las
emociones. Aquí es normal echarse a llorar si te dan un pisotón.
Intentó sonreír, pero las lágrimas comenzaron de nuevo.
—Tranquila, no pasa nada. —Su voz era suave y tan reconfortante
como la calamina—. A ver, estás cansada, por mi culpa sigues levantada a estas
horas y encima voy y te hago una pregunta capciosa que ni me va ni me viene...
—No tengo marido —susurró.
—¿Cómo dices?
—La boda se suspendió. Estoy sola de luna de miel.
Hal la miró unos segundos en silencio antes de estallar en
carcajadas.
—Estás de coña, ¿verdad? —Sin embargo, comprendió que no lo
estaba.
Se acercó a ella y apoyó la frente en la suya. Y se quedaron así
un rato.
Amy sentía el sudor de la frente de Hal, el roce de sus propias
pestañas contra su mejilla. Una confusa maraña de emociones se agitó en su
interior cuando sus labios se rozaron. Los labios de Hal eran cálidos, firmes y
secos. Se le había olvidado lo que se sentía al besar a alguien por primera
vez. Se quedó petrificada un momento antes de responder al beso, sorprendida
por lo pronto que recordó cómo se hacía.
—Ejem...—dijo un incómodo Vinny, rompiendo el encanto del
momento.
—Tenemos que regresar —dijo, alejándose de Hal, tras lo cual
tragó saliva.
—Pero...
—Vale que yo no esté casada, pero tú tienes novia.
Regresaron al lugar donde habían dejado las motos sin
intercambiar una sola palabra más y pusieron rumbo al hotel. A esas horas de la
mañana todas las ciudades tenían un aspecto nuevo y vital. Los comerciantes
comenzaban a subir las persianas y los dueños de las cafeterías barrían los
felpudos, preparando el nuevo día. Un buen número de señores mayores muy
acicalados, vestidos con jerséis de tonos pasteles y mocasines, salían de sus
apartamentos para pasear a sus perritos. Tenía la sensación de que le daba vueltas
la cabeza. Hal la había besado y ella había deseado que no se detuviera.
Aparcaron en la entrada del personal con un chirrido de los frenos.
El reloj de alguna iglesia dio las seis.
—En fin, hemos llegado —dijo mientras se quitaba el casco y
miraba a Hal por encima del hombro—. Siento mucho el... numerito. —Se volvió
hacia Vinny—. Gracias por una noche maravillosa.
—No hay de qué. Gracias a ti, porque ha sido un placer. —Le
plantó dos sonoros besos en las mejillas—. Ciao, Amy. Buena suerte. —Se volvió
hacia Hal, con quien intercambió un apretón de manos.
Hal siguió a Amy escalera arriba y entró en el vestíbulo del
hotel.
—Buenos días, señor Blackstock —lo saludó el recepcionista.
—Buenos días —replicó con altivez al tiempo que dejaba las
llaves de la Vespa en el mostrador. Echó un vistazo a su alrededor en busca de
Amy, pero ya se había metido en el ascensor.
Capítulo 31
Por segundo día consecutivo Hal se despertó al mediodía. Había
tenido la precaución de avisar de que no le pasaran llamadas y de poner el
letrero de no molestar en la puerta antes de caer en la cama. En ese momento, y
tras descorrer las cortinas, vio otro día precioso. Y estaba solo en Roma, sin
nadie con quien compartirlo.
Aunque eso no era verdad. Estaba Amy. Recordó cómo la apretó
contra su pecho la noche anterior, recordó su dulzura y el roce de sus pestañas
en la mejilla. ¡Qué mujer más increíble! Tan cálida y tan real. Vale, tal vez
nunca llegara a ocupar la portada de Vogue, pero esas cosas ya le daban igual.
A medida que rememoraba los detalles de la noche, comprendió lo que llevaba
fallando tanto tiempo. ¿Por qué insistía en perder el tiempo con imbéciles que
solo se preocupaban por lo gordas que parecían delante de las cámaras o lo
virtuosas que parecían a los ojos de los demás (y era la primera vez que se
atrevía a pensar así de Flora)?
Amy era virtuosa y no se daba ínfulas. Ayudaba a las personas,
viejos y jóvenes, ricos y pobres, y no necesitaba ir dándose aires. No como
Flora, que se hacía acompañar por un circo mediático cada vez que acunaba a un
pobre negrito. No, Amy era genuina. Era de verdad. Era inteligente e
increíblemente sexy. De hecho, era perfecta en todos los sentidos.
Sí, señor. Por fin. El amor verdadero.
Mientras se duchaba canturreando «All things bright and
beautiful», empezó a preguntarse qué le reportaría una relación con alguien
como Amy. Sería muy sincera. Porque no estaba interesada en las gilipolleces
relacionadas con su trabajo, en la charla insípida, en los rumores ni en las
estúpidas fiestas como la de la noche anterior. Haría de él una persona mejor,
una persona más honesta. Juntos serían la leche. Le recordaría lo que importaba
de verdad en la vida.
Se imaginó la de entrevistas que podría dar al respecto. Marina
se pondría verde de la envidia. Y él se lo pasaría pipa dejando caer lo
superficial que había sido su vida anterior y lo importante que era encontrar a
una pareja fuera del mar de superficialidad de los ricos y famosos. Alguien con
valores morales.
Recordó los sollozos de Amy entre sus brazos y supo que jamás la
haría llorar. Se mordió el labio mientras se frotaba con fuerza. En cuanto
terminara llamaría a Nessie y le pediría que le organizara un día perfecto. Un
día inolvidable. Se puso el albornoz y encendió el móvil. Comenzó a sonar al
punto. En un instante de locura creyó que sería ella... pero recordó que no
tenía su número.
—¿Hal? —masculló una voz con acento irlandés.
—Hola, Callum. ¿Cómo estás?
—Con resaca. ¿Y tú? ¿Por qué te escaqueaste anoche con esa
chica? Un pelín indiscreto, ¿no te parece?
—No pasó nada —mintió.
—Seguro que no. Pero dado el interés que las revistas tienen
ahora mismo por tu vida privada, un poco de disimulo no habría venido mal. ¿O
es que quieres que esto llegue a oídos de Flora?
—No. —Otra mentira, pero daba igual. Claro que en su momento lo
había hecho para molestar a Flora y a Marina, pero eso parecía irrelevante esa
mañana.
—Bueno, ten cuidado con lo que haces.
—Cal, eres mi representante, no mi madre. Y si no tienes nada
más que decirme, mejor te callas la boca. —Estaba a punto de colgar bastante
cabreado, pero Callum habló de nuevo.
—¡No! Espera. Lo siento, tío. Nada de sermones. Te llamo para
darte unas noticias estupendas. Bazotti quiere verte el lunes en Los Ángeles.
Así que deberías volver a Estados Unidos el... ¿te parece el sábado?
Le dio un vuelco el corazón.
—¡Estupendo!
—Buenas noticias, ¿verdad?
—Muy buenas. Gracias, Cal.
—Le diré a Susan que llame a Vanessa para darle los detalles.
Esto te fastidiará las vacaciones con Flora, pero seguro que lo comprenderá.
Aunque es posible que se muera de celos porque Bazotti te quiere a ti y no a
ella.
—No pasa nada —dijo—. Ni siquiera sé si va a venir o no. —Y a mí
me importa un comino ahora que estoy enamorado de otra persona, pensó.
—Podrás tomarte unas vacaciones muy largas si consigues trabajar
para Bazotti. Y creo que tienes muchas posibilidades. Creo que van en serio.
Ahora escucha con atención. Estoy organizando una cena para esta noche.
Dominique y Vlad están en la ciudad y se me ha ocurrido ver quién más anda por
aquí y reservar en un lugar donde podamos montar una fiesta. ¿Te interesa?
—Desde luego —respondió de buena gana.
Colgó con una floritura. Después de esos años de semiestupor, de
repente volvía a estar vivo. Volvía a tener perspectivas interesantes de
trabajo y había encontrado a su futura esposa, a quien llamaría en un minuto.
Pero primero tenía que lidiar con Flora. Debería llamarla en persona, pero no
quería hacerlo. Sería muy incómodo. Delegaría la tarea en Nessie: ella podría
mandarle un correo electrónico a Henrietta y decirle que por imprevistos
insalvables de trabajo, se anulaban las vacaciones. Ya vería a Flora en otro
momento. Con un poco de suerte captaría la indirecta y desaparecería sin
necesidad de confrontaciones desagradables. Y después, en cuanto eso estuviera
resuelto, pondría a Nessie manos a la obra para que organizara un día perfecto
en Roma.
Como de costumbre, Vanessa ni se inmutó ante la idea.
—Me pondré en contacto con Henrietta y le diré que cancele el
vuelo de Flora. Después organizaré tu viaje a Los Ángeles. Y después me
encargaré de organizarte tu día perfecto. El conserje me echará una mano. Todo
estará listo en cuestión de una hora.
—Genial, Nessie. Gracias. Eres un cielo.
Se puso su camiseta marrón chocolate preferida y unos vaqueros,
y después salió, enfiló el pasillo y llamó al timbre de la suite Popolo.
Capítulo 32
El primer pensamiento de Amy al despertarse fue: «He besado a
Hal Blackstock. No me lo puedo creer. He besado a una estrella de cine. He
besado al novio de Flora DBC. Al ex de Marina Dawson». ¿Qué diría Gaby? ¿Y su
madre? Aunque nunca se lo diría, claro. ¿Y Pinny? ¿Madhura, Andrea y Rosa? ¿Y
Doug?
Había sido muy casto. Nada de lengua. Pero aun así había sido
muy emocionante. En ese momento se dio cuenta de que no le habían dado un beso
apasionado en años. Doug y ella se besaban como un brusco preludio del sexo,
nada más. ¿Por qué todas las relaciones acababan perdiendo la etapa de los
besos porque sí? ¿Por qué la cama se convertía tarde o temprano en un lugar
donde dormir en lugar de seguir siendo el nido de los revolcones? Se vio igual
que Carrie Bradshaw en bragas y sujetador mientras escribía en su portátil. ¿Se
puede conservar la pasión de los primeros días?
La asaltó la ya familiar oleada de tristeza, pero en ese momento
sonó el teléfono de la mesilla.
—¿Sí?
—Buenos días. ¿Amy? —Una voz femenina inglesa.
—Sí, soy yo.
—Hola, Amy. ¿Qué tal? Soy Christine Miller, trabajo para el
Daily Post. Creo que has hecho buenas migas con Lisa, la prometida de nuestro
Simon. También creo que asististe al estreno de El carro de las manzanas y a la
fiesta que se celebró después, y me estaba preguntando si podrías contarme
algo.
Tenía una voz agradable, cálida y relajante, como un baño de
burbujas. Parpadeó.
—Mmm, la verdad es que no.
—Vamos... Seguro que puedes decirme algo. Cómo eran los canapés
y ese tipo de cosillas. —Hubo una breve pausa antes de que añadiera con voz
algo más firme—: Te pagaríamos, por supuesto.
—No hay nada que contar —insistió con creciente pánico—. Los
canapés estaban riquísimos. Un poco de sushi y aceitunas con salsa picante. Y
también brochetas de pollo satay con...
—Vale —la interrumpió Christine con brusquedad—. Muy
interesante. ¿Y por casualidad no te fijaste en la mujer con quien se fue Hal
Blackstock? Al parecer es una chica misteriosa. Me preguntaba si podrías darnos
una descripción...
—Pues lo siento, pero no me fijé.
—¿En serio? ¿No viste nada? Porque de verdad que te pagaríamos.
—Nanay de la China —contestó, y se preguntó por qué siempre
utilizaba las frases de su abuela cuando estaba estresada—. Había muchísima
gente alrededor de Hal Blackstock, tanta que casi ni lo vi.
—Al parecer esa mujer es alta, morena y llevaba un vestido rosa.
—Lo siento, no puedo ayudarte.
—Vale —dijo Christine Miller, aunque no parecía nada conforme—.
Pero si recuerdas algo, estoy en la habitación 525. Te voy a dar mi número de
móvil.
Lo apuntó con el estómago un poco revuelto. Hal y ella habían
estado dando vueltas por Roma toda la noche. Se habían besado en público,
aunque a las cinco de la mañana.
¿Cómo era posible que nadie los hubiera visto? Pero antes de que
pudiera darle más vueltas al asunto, llamaron a su puerta.
—¿¡Sí!? —gritó, segura de que sería la aterradora Christine.
—Amy, soy Hal.
Abrió la puerta y recordó demasiado tarde que no llevaba ni
rastro de maquillaje y tenía el pelo revuelto.
—¿Qué tal estás esta mañana? —A Hal le brillaban los ojos y
tenía una voz muy alegre. Como si se hubiera metido algo...
—Bien —respondió sorprendida—. Acabo de levantarme.
—Yo también. Oye, me estaba preguntando... ¿Te gustaría pasar el
día conmigo?
—¿Contigo?
—No, con el Papa —respondió con impaciencia—. Sí, conmigo. Había
pensado que podríamos hacer un picnic. Y que a lo mejor podía enseñarte más
cosas de Roma.
Hal Blackstock quiere pasar el día conmigo, pensó.
—Vale —contestó, intentando no parecer demasiado ansiosa—.
¿Cuándo tengo que estar lista?
—¿Te parece bien dentro de media hora? Baja al aparcamiento como
anoche. Y coge el biquini.
Y así, media hora más tarde, tras arreglarse en la medida de lo
posible y ponerse un vestido rojo y un sombrero negro que a ella le parecía muy
elegante, se encontró en el asiento trasero de un Bentley al lado de Hal, que
había estado esperándola con una enorme sonrisa en los labios. Cuando se subió
al coche, él se inclinó y le plantó dos besos en las mejillas.
—Hola, preciosa —musitó al tiempo que le tendía una rosa roja.
—Gracias —le dijo mientras se preguntaba qué hacer con ella. Le
temblaban un poco las manos. Ese hombre tan guapo, encantador y (lo reconocía)
famoso acababa de darle una rosa y le había dicho «preciosa». Tragó saliva
antes de preguntar—: ¿Adónde vamos?
Hal sonrió.
—A mi lugar preferido de toda Roma. Anoche no pudimos ir porque
estaba cerrado. De hecho —añadió mientras le echaba un vistazo a su Rolex—,
ahora mismo está oficialmente cerrado porque es la hora del almuerzo. Pero he
arreglado las cosas para que podamos verlo, y así tendremos el sitio para
nosotros solos sin tener que aguantar las aglomeraciones de turistas.
Estaban acercándose a una iglesia emplazada al pie de una amplia
y larga avenida. Una iglesia muy bonita y bastante corriente según los cánones
romanos.
—¿Dónde estamos? —preguntó al bajar del coche.
Hal volvió a sonreír y le hizo un gesto para que subiera los
escalones de entrada.
—Ya lo verás.
En el portal los esperaba un monje con un hábito marrón y la
cabeza rapada.
—Muy al estilo de El código Da Vinci —le susurró Hal al oído.
—¡Señor Blackstock! —exclamó el monje mientras levantaba las
manos—, es un gran honor. Bienvenido a Santa Maria della Concezione. Es todo un
placer tenerlo aquí. —La saludó con un breve gesto de la cabeza—. Y a usted
también, señora.
Estar con Hal era lo mismito que estar con Doug, pensó. Ella
siempre quedaba en un segundo plano. La acompañante que la gente toleraba
porque no les quedaba más remedio. Enterró esa idea en el fondo de su mente
mientras seguía al monje y a Hal por un largo y oscuro pasillo.
—¡Madre mía!
Estaba sorprendidísima. Las lúgubres capillas que rodeaban la
nave central de la iglesia estaban llenas de huesos encastrados en las paredes,
colocados siguiendo varios diseños: cruces, flores, arcadas, triángulos,
círculos... Habían hecho incluso un candelabro y un reloj enorme. También había
un altar hecho con cajas torácicas y otro construido a base de calaveras y
huesos de las piernas; el techo estaba elegantemente decorado con los huesos de
los brazos.
—Esto es increíble. —Soltó una risilla mientras contemplaba el
techo—. El candelabro está hecho con metacarpianos y falanges.
—¿Cómo dices?
—Con los huesos de los pies y de las manos. ¿Qué es este sitio?
—Es el osario de los monjes capuchinos. Todos estos huesos son
de los monjes que han ido muriendo. Más de cuatro mil. La idea es que el
visitante se percate de su propia mortalidad. —Siguieron por el pasillo hasta
la última capilla, donde Hal señaló un cartel—. «Somos como tú. Tú serás como
nosotros.» —Leyó con su mejor voz de La casa de los horrores—. En varios
idiomas. Para que todo el mundo capte el mensaje.
Sonrió en respuesta.
—Es increíble. —Señaló con la cabeza el esqueleto de un niño
pegado al techo que sostenía una hoz—. Me pregunto si Ikea tendrá cosas de
estas.
—¿No te da miedo?
—Soy médico, por si no te acuerdas. Estoy acostumbrada. ¿Tienen
tienda de regalos? Imagínate las cosas que vende rían. Servilleteros con forma
de vértebras. Rascadores de espalda hechos con huesos reales. A mis compañeros
de la clínica les encantaría.
Hal le sonrió.
—Es lo mejor de toda Roma. Mucho más divertido que la aburrida
estatua de la Piedad o todos esos cuadros de Madonnas llorosas.
Estaba encantada e impresionada. Era una idea muy original y Hal
había pensado hacerlo para ella. Sí que debía gustarle. Pero ¿cómo era posible?
—Me está entrando hambre —dijo Hal al cabo de unos minutos—. Son
casi las dos. Así que si no te importa, creo que deberíamos seguir con nuestros
planes.
Se montaron de nuevo en el coche, aunque en esa ocasión los
llevó fuera de Roma.
—¿Vamos a ir al mar? —preguntó al recordar la aventura del día
anterior.
—No.
—¿Y para que me he traído el biquini?
—Ya lo verás.
Enfilaron un tramo de autopista que para su alivio no conducía
al aeropuerto y, tras unos cuarenta minutos de viaje, se desviaron por lo que
al poco tiempo descubrió que era una carretera comarcal que no tardó en
convertirse en un camino de cabras flanqueado por un denso bosque plagado de
zarzales. Un ciervo se cruzó por delante del coche.
—¿No se parece esto un poco a La bruja de Blair? —preguntó.
Hal soltó una carcajada.
—No te preocupes. La parte macabra del día ya se ha acabado, te
lo prometo.
Se detuvieron en un pequeño claro. El chófer, un hombre muy
serio, sacó del maletero una gruesa manta típica para un picnic y una enorme
cesta de mimbre. Tras una breve conversación con Hal, se subió al coche y dio
media vuelta.
—¿Dónde estamos? —volvió a preguntar.
Hal sonrió.
—Lo verás enseguida. Pero antes tenemos que comer. Porque me
muero de hambre.
Se encargó de extender la manta y en cuanto estuvieron sentados
comieron focaccia salada, que bañaron con aceite de oliva, pequeños trocitos de
pasta, semillas de hinojo y salsa picante; rebanadas de pan tostado con tomate
cubiertas por un par de anchoas plateadas dispuestas en cruz, higos maduros y
jamón de Parma; rodajas de mozzarella y apestosos triangulaos de gorgonzola.
Había racimos de uvas negras y tajadas de melón. Todo regado con una botella de
Prosecco. Solo se oía el ruido que hacían al masticar y los trinos de los
pájaros en los árboles. El sol le abrasaba los muslos y se alegró de haberse
puesto el sombrero, porque de no haberlo hecho, a esas horas estaría bastante
achispada debido al calor, el cansancio y el alcohol.
—Está todo buenísimo —susurró, incapaz de resistir la tentación
de meterse otro higo en la boca.
Hal sonrió.
—Te chorrea el jugo del higo por la barbilla.
—¿En serio? —Se limpió espantada.
Hal se echó a reír.
—Es muy tierno. Después de Flora, me encanta ver a una mujer
disfrutando de la comida.
¿Eso era una pulla? No lo tenía claro. Dejó a un lado la loncha
de jamón de Parma que había estado a punto de meterse en la boca.
—¿Dónde está Flora?
—En Jamaica. —Hal se encogió de hombros—. Con sus hijas
enfermas.
—Ah, ¿son esas las niñas que tenían la varicela?
—Sí. ¿No te lo había dicho?
—No. Solo hablaste de unas niñas con varicela. —Hizo una breve
pausa antes de añadir—: ¿Cómo siguen?
Hal se encogió de hombros en un gesto casi vulgar.
—No tengo ni idea.
Había muchísimas preguntas que quería hacerle, como: ¿Qué hay
entre Flora y tú? ¿Qué estás haciendo aquí conmigo? ¿Intentas seducirme? Porque
desde luego que tiene toda la pinta. Pero sabía que si ahondaba demasiado,
estropearía el momento, y pasara lo que pasase quería guardar para siempre en
la memoria ese día en el campo con Hal Blackstock.
—Todavía no me has dicho por qué estamos aquí —dijo como si
nada—. A no ser que quieras matarme y llevar mi esqueleto a la iglesia de
antes.
Hal se levantó.
—Ven, te lo enseñaré.
Lo siguió por un estrecho sendero y escuchó el borboteo del
agua. Al doblar un recodo vio un arroyo que corría colina abajo. No entendía
nada.
—Muy bonito —dijo por educación.
Hal sonrió con sorna.
—Toca el agua.
Se inclinó, metió los dedos y gritó por la sorpresa.
—¡Está caliente!
Hal volvió a sonreír, esa vez con expresión ufana.
—Son aguas termales. Las colinas de Roma están plagadas de
fuentes como esta.
—¿Vamos a meternos?
—Pues claro que vamos a meternos. ¿Para qué puñetas te he dicho
que cogieras el biquini? Vuelve al claro y póntelo. —Lo vio pestañear de forma
exagerada antes de añadir con voz grave—: A menos que quieras bañarte como Dios
te trajo al mundo, claro.
Le dio un vuelco el corazón.
—Voy a cambiarme —consiguió decir.
Regresó al claro y se puso el biquini rodeada por los restos del
almuerzo. Daba igual que tuviera diecinueve tallas más que Marina Dawson, se
dijo. Esas mujeres cobraban por estar perfectas. Ninguna mujer de verdad podía
subsistir a base de uvas pasas. Eso era lo que siempre le decía a esas
pacientes adolescentes cuyas madres las llevaban a rastras a la clínica,
muertas de la preocupación porque habían dejado de comer las cosas que les
preparaban. Como era habitual, le resultó mucho más fácil predicar que seguir
el ejemplo. Se tocó los muslos en un gesto desesperado. Tendría que haberse
puesto crema autobronceadora para que parecieran un poco más delgados. Y...
¡mierda!, volvía a tener pelos en las ingles. ¿Por qué no se había acordado de
pasarse la cuchilla todos los días?
Regresó al arroyo con una toalla enrollada a la cintura. Hal ya
estaba sentado en el agua, sumergido hasta la cintura. No tenía ni idea de si
estaba desnudo o no.
—Vamos, el agua está buenísima —la animó.
Se metió en el arroyo. La temperatura se asemejaba a la de una
bañera; de hecho, si no estuvieran a la sombra, habría resultado demasiado
caliente. Se sentó en una piedra grande a unos pocos metros de Hal, con los
michelines bien escondidos, y soltó el aire.
—Esto es el paraíso.
—Cuando vivía aquí, solíamos venir los fines de semana con unas
cuantas botellas de vino. Ya sabíamos lo que era un spa antes de que la gente
alardeara de disfrutar de su tiempo libre. Flora suelta seis mil pavos por
noche por este tipo de cosas.
Se agitó con incomodidad. Sabía que tenía la cara roja como un
tomate y que debía de habérsele corrido el maquillaje. Pero Hal no parecía
inmutarse.
—Es maravilloso estar lejos de la ciudad, de la gente, de los
fans, de la gente que quiere que haga cosas por ellos. Por fin me siento de
vacaciones.
—Pero si siempre estás de vacaciones, ¿no? —preguntó al recordar
todo lo que había leído. Sin embargo, se arrepintió en cuanto vio la expresión
de Hal.
—No tan a menudo como la gente cree —contestó al cabo de un
rato—. A veces la gente se cree que estoy de vacaciones cuando en realidad es
un viaje de trabajo. De todas formas, tampoco voy a tener mucho tiempo porque
me voy a Los Ángeles dentro de un par de días. —Hizo una pausa para enfatizar
sus siguientes palabras—: Tengo una entrevista con Andreas Bazotti.
—¿Quién es Andreas Bazotti? —No había acabado de hacer la
pregunta cuando comprendió que era un error. Hal parecía incluso más molesto
que antes, aunque se apresuró a ocultarlo.
—Me encanta que no sepas nada de mi mundo —dijo con una
carcajada—. Andreas Bazotti es el director estrella del momento. Todo el mundo
quiere trabajar con él. George se pasaría un año poniendo enemas a rinocerontes
con tal de tener la oportunidad de estar en la misma habitación que él.
Se le pasó por la cabeza preguntar quién era George, pero
decidió que era mejor callarse.
—Parece una oportunidad increíble —comentó para calmarlo,
alucinada por el parecido entre esa conversación y las que mantenía con Doug.
—Lo será —replicó Hal, que se volvió y le sonrió—. ¿Sabes?,
hasta hoy me sentía muy perdido. Pero ahora parece que todo vuelve a estar
bien.
—Me alegro mucho.
—Cuéntame cosas de tu prometido —le pidió, inclinándose hacia
ella—. ¿Qué pasó? ¿Cómo es posible que alguien le haga daño a una persona tan
hermosa como tú?
Se puso colorada.
—Bueno... —Antes de que pudiera decir nada el móvil de Hal, que
estaba en el bolsillo de sus pantalones sobre la hierba, comenzó a sonar.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó—. ¿Es que no hay un sitio en
este planeta donde no haya cobertura?
Se levantó. Para su alivio, vio que llevaba unas bermudas
Vilebrequin. No se sentía preparada para lidiar con un Hal Blackstock como Dios
lo trajo al mundo.
—¿Prefieres que no conteste? —Hal ya estaba saliendo del agua—.
Mierda. Será mejor que lo coja. Podría ser importante. ¿Diga? Joder. ¿De verdad
es tan tarde? Vale, vale, ya volvemos. —Cortó la llamada—. La siempre eficiente
Vanessa me ha recordado que esta noche se espera que asista a una cena en Roma
y que si quiero descansar un poco antes, debemos volver ya.
—Ah, vale —dijo, y de pronto se sintió deprimida.
Hal se quedó junto a la orilla, chorreando.
—¿Te gustaría venir?
—¿A la cena? —Negó con la cabeza—. No, no, imposible. Gracias de
todas formas, pero...
—¿Por qué no? —protestó con firmeza al tiempo que se inclinaba y
le ofrecía una mano para ayudarla a salir del agua—. Me encantaría que vinieras
—susurró aunque solo los pájaros los escuchaban—. Di que sí, por favor. —Y tras
acercarla a su cuerpo, volvió a besarla en los labios. Se le desbocó el
corazón, pero antes de que pudiera devolverle el beso como era debido,
escucharon el ruido de un motor que se acercaba al claro—. Joder. Puto chófer.
Seguro que es el único italiano puntual desde Mussolini. —Le ofreció una
toalla—. Vamos, cariño, será mejor que nos vistamos.
Capítulo 33
Dos horas después Amy estaba en la ducha en la suite Popolo,
lavándose el pelo y reflexionando sobre el día tan extraordinario que había
tenido. Había estado en un Bentley con Hal Blackstock. Había ido a ver el
osario de los monjes. El almuerzo campestre. Las termas naturales. Y ese
segundo beso tan tierno y prometedor... Cerró los ojos para revivir el momento.
Parecía imposible, pero no lo era. Hal Blackstock iba detrás de ella. Quería
ser su novio.
Mientras se daba el último aclarado, se permitió un breve
momento de locura y fantaseó sobre su futura vida en común. Presentaciones,
fiestas, vacaciones glamurosas, toda la diversión que había experimentado con
Doug pero que acabó por desaparecer. Claro que no tenía la menor intención de
dejar su trabajo ni de cometer ninguna estupidez por el estilo, pero al final
de la jornada laboral, se subiría en el Bentley que Hal habría enviado a la
clínica y volvería a su casa en Chelsea. En un momento dado se preguntó hasta
qué punto se sentía atraída por Hal como persona. Sinceramente, no podía
afirmar que la consumía una pasión arrolladora, pero esas cosas llevaban su
tiempo, o deberían llevarlo. Doug sí que la había puesto a cien, y solo había
que ver cómo habían acabado las cosas...
Mientras se secaba el pelo con una toalla, se dispuso a comparar
su situación actual con la del año anterior. Había estado comprometida con Doug
durante cinco meses aunque sin anillo, porque tal como afirmó él, no podía
permitirse ni el más barato de Argo's. Aunque al final había acabado por
contarle sus planes de boda a los del grupo, procurar que se hiciera cargo de
algún detalle concreto fue como obligar a un petrolero a meterse en una
piscina: imposible. Tuvo que intentarlo varias veces hasta lograr concretar una
fecha para el mes de agosto del siguiente año.
—¿Agosto? —le preguntó Gaby, embarazada de nueve meses y todavía
radiante tras su reciente boda. (Hasta Doug se había quedado impresionado,
aunque pensaba que había demasiados invitados y que la elección de pescado o
pollo había sido poco imaginativa. Ella había estado a punto de sufrir un
soponcio al escuchar que había elegido el pasaje que decía que el amor era una
locura transitoria, de La mandolina del capitán Corelli como lectura.)—. Todo
el mundo estará de vacaciones.
—Era la única fecha en la que me garantizaba que el grupo no
tendría compromisos.
Gaby se encogió de hombros, aunque su expresión siguió siendo
neutral como siempre que hablaban de Doug.
—Me parece justo.
Por culpa del creciente montón de revistas de novias de Gaby,
que escondía bajo la cama como si fuera porno, estaba poniéndose atacada. Su
plan original de hacer una boda sencilla que no costase más de dos mil libras
era tan imposible como encontrar la cura para la alopecia masculina. Pese a sus
propias reticencias, todos los días aumentaba el presupuesto. Tenía tres mil
libras ahorradas, pero con eso no tenía ni para pipas. Sus padres le habían
ofrecido otras tres mil, una oferta muy generosa teniendo en cuenta que sus
empleos no estaban bien remunerados.
Decidió sacar el tema un ventoso fin de semana a últimos de
agosto, durante una visita a Inverness para ver por fin a los padres de Doug.
Desde el aeropuerto hasta la casa familiar había un viaje de dos horas en coche
que hicieron en uno alquilado. Puesto que Doug conducía, no podría irse a
ningún sitio y tendría que escucharla. Cosa que hizo, aunque su expresión fue
tornándose desolada por momentos.
—Sigo sin entender por qué tiene que ser tan extravagante todo
esto —dijo—. No tenemos por qué ofrecerles a los invitados un menú tradicional
de tres platos.
—Desde luego que no —reconoció ella—. Aunque tendremos que
darles algo de comer. A ver, si van a venir desde Escocia, digo yo que no van a
contentarse con un cuenco de cereales...
—Un bufet.
—Los bufets son un poco horteras, ¿no? —Garabateó una nota a tal
efecto en el taco de Post-it que llevaba en el regazo—. De todas formas, lo que
necesitamos es concretar lugares ya.
—Pero todavía falta un año para la boda.
Intentó que su voz no sonara histérica.
—Gaby dice que al final todo está reservado.
Doug alzó una ceja.
—Gaby por aquí, Gaby por allá —replicó con cansancio—. A veces
me pregunto si no estás convirtiéndote en ella. Igual de materialista. No
quiero una boda como la suya ni quiero enviar a los invitados un folleto con
cuarenta páginas de instrucciones un año antes, indicando qué llevar, los
precios del hotel y el lugar donde comprarle unos regalos que en realidad jamás
va a utilizar. ¿Por qué tenemos que organizar una boda como la suya? ¿No
podemos escaparnos a Las Vegas y hacer una pequeña fiesta cuando volvamos?
La idea le resultó tentadora por unos momentos. No la parte de
la fuga, porque su padre se quedaría hecho polvo al no poder llevarla al altar,
pero sí el resto. Se preguntó por qué estaba tan obsesionada con que todos los
detalles de la boda resultaran perfectos. ¿Qué más daba si celebraban la
recepción en el salón de actos de alguna iglesia cutre con unos cuantos canapés
de Tesco's (no, de Waitrose, no pensaba caer tan bajo como para ir a Tesco's) y
unas cuantas canciones interpretadas por el grupo? Pero no. Su boda con Doug
tenía que ser la más elegante de todos los tiempos. Sabía que era ridículo,
pero le era imposible no esperar que después de hacer semejante despliegue
público, Doug se sintiera inevitablemente unido a ella; que el tenue vínculo
que siempre había sentido que los unía acabara por fortalecerse.
Su móvil sonó y miró quién la llamaba.
—Hablando del rey de Roma... —De fondo se escuchaba a Archie,
que apenas tenía un mes—. ¡Hola! ¿Va todo bien?
—Genial —contestó con voz alegre—. ¿A que no sabes una cosa?
Estoy leyendo Gratia mientras le doy el pecho a Archie y creo que acabo de ver
tus zapatos de novia.
La mayoría de la gente habría estado desbordada en la situación
en la que se encontraba Gaby. Ella no.
—Ah, vale.
—¿Estás bien? Te noto un poco rara.
Bueno, es que mi novio acaba de decirme que estoy
transformándome en ti, pensó.
—No, estamos en el coche. En Escocia.
—¡Mierda, es verdad! De visita a casa de los suegros. —Soltó una
risilla tonta—. Que tengas buena suerte. Cómprate el número nuevo de Gratia.
Página cuarenta y uno. Dime qué opinas.
Cuando colgó, vio que Doug acababa de salir de la carretera y
enfilaba el largo camino privado de acceso a la casa de sus padres. Era la
segunda vez que iba a casa de sus suegros y la primera desde lo del compromiso,
así que estaba atacada de los nervios. Definitivamente eran bastante más pijos
que su propia familia. Se había dado cuenta de las caras que ponía la madre de
Doug cuando ella pronunciaba según qué palabras.
La gravilla crujió bajo las ruedas y mientras Doug echaba el
freno de mano, escuchó los ladridos de unos perros que se acercaban a
saludarlos.
—¡Hola, chicos! —Doug se echó a reír al salir del coche y verse
asaltado por lo que parecían tres lobos—. Tranquila —le dijo con una sonrisa.
Estaba aterrada en el coche—. Sal, nena. Es que están contentos. No te harán
nada.
Salió sin tenerlas todas consigo y de inmediato uno de los
malolientes chuchos le puso las zarpas encima.
—¡Ay! —gritó al tiempo que escuchaba la voz de la madre de Doug.
—Trotter, ¡abajo! ¡Te he dicho que abajo!
Al mirar por encima de la babosa cabeza del perro, la vio de pie
en la puerta iluminada de la casa. Era bajita y los pantalones de tweed y el
delantal con la foto del castillo de Edimburgo la hacían un poco rechoncha. Se
limpió las manos en el delantal antes de salir.
—¿Habéis tenido un buen viaje? —les preguntó mientras le daba
una palmadita en un brazo.
La familia de Doug veía los besos como una costumbre moderna muy
sospechosa.
—Hola, cariño, me alegro de vete. Felicidades por el compromiso
—le dijo a su hijo con el mismo tono de voz que ella reservaba para los
pacientes aquejados de amigdalitis.
—Gracias —dijo ella al tiempo que Doug preguntaba:
—¿Has estado cocinando, mamá?
—Oh, nada del otro mundo. Un par de tartas. Alan, Jessica y
Poppy llegaron hace una hora. —Alan era el ambicioso hermano abogado de Doug;
Jessica, su irritada mujer, que trabajaba en tecnología de la información y que
siempre parecía agotada; Poppy, la hija de ambos, una preciosidad—. Ahora que
ya estáis aquí podemos tomar el té.
—¿Chocolateado? —preguntó Doug mientras sacaba las bolsas del
coche.
—Es posible —respondió su madre de forma evasiva.
La siguieron hasta la cocina, donde estaban las cestas de los
perros y donde, como era habitual, los fogones eran el centro de atención. En
la mesa había comida suficiente como para organizar una convención de
luchadores de sumo.
—Eres mala —le dijo Doug a su madre mientras cogía una galleta y
se la metía entera en la boca.
—¡Douglas! Cualquiera diría que Amy no te da de comer. No te
ofendas —añadió, lanzándole una mirada de reproche—, pero las mujeres
trabajadoras no tenéis tiempo para cocinar.
—Amy es la reina del microondas —afirmó Doug alegremente al
tiempo que se dejaba caer en una silla—. Y eso no tiene nada de malo.
—¿Necesita ayuda, señora Fraser? —preguntó ella, preguntándose
si estrangular a Doug sería más satisfactorio que abrirlo en canal. Como médica
era capaz de hacer ambas cosas, obviamente.
—No, querida, estoy segura de que estarás agotada por culpa del
trabajo, así que relájate. Come algo. Estás muy delgada. Espero que no estés
haciendo dieta para la boda.
—¡No, por el amor de Dios! —mintió, encantada de haber escuchado
el comentario, aunque su voz quedó sofocada por los gritos de Poppy, que entró
en tromba en la cocina con sus padres detrás mientras gritaba para llamar la
atención.
Después de los saludos, Alan cayó en picado sobre la mesa y se
zampó un enorme trozo de tarta.
—Madre mía, menuda pesadilla de tarde —dijo—. Para tener
cobertura hay que irse a veinticinco kilómetros. No comprendo cómo mamá y papá
pueden sobrevivir sin ADSL.
Se sacó la BlackBerry del bolsillo y la acarició con cariño,
como los padres hacían en la clínica con los niños que tenían fiebre. Dios, qué
feo era. Ese cuerpo mantecoso y esa cara que parecía el culo de un mandril...
al pensarlo se dio cuenta de que los genes que le habían dado ese aspecto
formaban parte de la familia Fraser. ¡Ay, Dios! ¿Y si tenían una niña que en
lugar de parecerse a ella (como siempre había imaginado) se parecía a Alan? En
ese momento comprendió por primera vez con una lucidez mental que la dejó
helada que la familia de Doug ya no era una variada colección de bichos raros a
los que contentar de vez en cuando, sino su futura familia por los siglos de
los siglos, amén.
—¡Tarta, tarta! —gritaba Poppy.
La pequeña pasó corriendo al lado de Doug y él le dio unas
palmaditas desapegadas en la cabeza mientras ponía cara de haber olido algo
asqueroso. Ella, en cambio, tal como le sucedía con los niños pequeños, ansiaba
cogerla en brazos y achucharla, pero no se atrevía. Mostrar afecto por niños y
bebés podría poner a Doug sobre aviso de su creciente y secreta obsesión. Así
que se limitó a sonreír mientras pasaba a su lado gritando:
—¡Taaarta!
—No, cariño, tarta no —dijo Jessica—. Una manzana, ¿vale?
—¡Nooo! ¡Tarta!
—¿No puedes bajar el volumen? —preguntó Doug al tiempo que
fruncía la nariz. Y no estaba bromeando.
—Calla ya —le dijo su madre, que se inclinó para coger a Poppy—.
Deja que la pobre criatura se coma un trozo de tarta. La tarta es buena para
los niños.
—En realidad, Fenella, los estudios sobre el tema demuestran...
cariño, ¡no!
Poppy acababa de coger un enorme trozo de tarta de la mesa y se
la estaba metiendo entera en la boca mientras exclamaba:
—Mmm...
—¿Lo ves? Les encanta. A mis hijos les encantaba comer tarta.
Nosotros no nos andábamos con tantas tonterías cuando eran pequeños y míralos,
al fin y al cabo no han salido tan mal. —Todos los ojos se clavaron en los
michelines de Alan, pero su madre siguió como si tal cosa—. Todas esas
paparruchas sobre la comida sin grasa y los cereales integrales. Lo mejor es
comer de todo de forma moderada. ¿Tú qué crees, Amy? Tú eres la doctora.
—Yo... esto... —Sintió la mirada de Jessica sobre ella—. Creo
que un poco de tarta no le hace daño a nadie —respondió un tanto acobardada
tras decidir que era más importante llevarse bien con la suegra que con la
cuñada.
—¡Eso digo yo! —La señora Fraser sonrió.
Alan resopló mientras se metía otro trozo de tarta en la boca.
—Dime, ¿cómo es la vida de una estrella del rock? —Le preguntó a
su hermano con un deje sarcástico—. ¿Cuándo vamos a verte en Top of the Pops?
—Alan, hace años que dejaron de emitir ese programa —contestó
Doug y bostezó.
Era una pregunta típica, junto con la de «¿Has escrito alguna
canción... conocida?».
—¿Cómo van los planes de boda? —le preguntó Jessica. Su lenguaje
corporal dejaba claro que no pensaba perdonarla jamás por la traición de la
tarta.
—Sin prisas, pero sin pausa... —respondió a la ligera—. Al final
todo es más complicado de lo que se pensaba, ¿verdad?
—Desde luego —reconoció Jessica, que le lanzó a su marido una
mirada muy elocuente—. No, cariño. Más tarta no. Bueno, vale, un trocito
pequeño.
—¡Hola! —gritó alguien desde la puerta. El señor Fraser, vestido
con pantalones de pana verdes y una camisa de cuadros, acababa de volver de su
paseo diario por el campo. Se había jubilado hacía poco tiempo y las largas
jornadas de descanso le resultaban demasiado estresantes—. Doug, hijo mío, me
alegro de verte —dijo, saludándolo con un apretón de manos—. Tienes el pelo un
poco largo, ¿no? Amy, me alegro de verte a ti también. Espero que hayáis tenido
un buen viaje.
—Sí, gracias.
—Bien, bien. En fin, gin-tonics para todos.
—Yo no quiero —rehusó Jessica.
—¿Cómo? Vamos, Jessica, no seas tonta. Todo el mundo necesita un
gin-tonic para comenzar bien la noche.
—No, de verdad, no quiero. Estoy tomando antibióticos.
—Buscó a Amy con la mirada y la envidia la consumió al suponer
que volvía a estar embarazada.
—Si está tomando antibióticos, no debería beber alcohol —se
apresuró a decir.
Era increíble lo mucho que le había molestado la novedad. Pero
lo mismo le pasaba en la clínica. Cada vez que tenía que enviar a una
embarazada al hospital, comenzaba a hablar con un hilo de voz. Cuando la
insoportable Sophia Franklin se pasó el otro día por su consulta para
comentarle alegremente que el cuarto intento de fecundación in vitro había dado
resultado, lo único que sintió fue lástima por sí misma. ¿Qué le pasaba? El
reloj biológico ese en el que nunca había creído debía de ser el responsable.
—Dime, Mick Jagger —siguió el señor Fraser desde el mueble donde
guardaban la ginebra—, ¿cómo es la vida de los escenarios? ¿Ya eres una
estrella?
—Estamos en ello —contestó Doug.
—¿Ganas mucho?
—Nada.
—¿Y cómo pagas las facturas?
—Amy se ha mostrado muy comprensiva —respondió, mirándola con
una sonrisa. Ella se la devolvió con incomodidad.
—Mmm... —El señor Fraser comenzó a partir un limón—. ¿Y cuándo
es la boda?
—Por estas fechas dentro de un año —contestó ella.
—Hora del baño —murmuró Jessica, que salió de la cocina llevando
en brazos a su hija, que seguía pidiendo tarta a gritos.
—¿Quién va a pagarlo?
—Bueno... —titubeó Amy—, en realidad no queremos que sea nada
exagerado.
Su futuro suegro le puso delante un gin-tonic cuádruple.
—Supongo que te alegrará saber que, puesto que hicimos lo mismo
cuando Alan se casó, contribuiremos a los gastos.
El alivio la inundó de inmediato. En el fondo había esperado que
el viaje sirviera precisamente para eso.
—Se lo agradezco, señor Fraser.
—Llámame Mungo. Y no hay nada que agradecer, querida. A Alan le
dimos quinientas libras, así que a vosotros os daremos lo mismo.
—¿¡Quinientas libras!? —Con el rabillo del ojo, vio que Alan
intentaba contener la risa.
—Es muy generoso por su... por tu parte, Mungo. Gracias.
—Sí, gracias, papá —dijo Doug.
—De nada. Sé que estos acontecimientos modernos son muy
costosos. Que el Señor nos pille confesados, la nuestra no costó más de cinco
libras. Pero los tiempos cambian. —Se sentó en su sillón—. Y ahora tenemos que
hablar de un tema mucho más serio. No sé si lo sabéis o no, pero después de que
Alan y Jessica se casaran les dimos una cantidad mucho mayor de dinero para
ayudarlos a comprarse una casa.
El corazón de Amy se desbocó.
—Me gustaría hacer lo mismo con vosotros, pero con una
condición. Quiero verte ganando un sueldo decente, Douglas. Yo no te he educado
para que seas un vago y un gorrón. No voy a permitir que exprimas a tu mujer.
Así que este es el trato: busca otro trabajo y te daré el dinero, porque me
habrás demostrado que te lo mereces.
Lo único que se oyó durante unos segundos fue el ruido de los
perros al masticar la galleta que Poppy había dejado caer al suelo.
—Papá, ya tengo un trabajo decente —objetó Doug tranquilamente.
—Un trabajo decente no consiste en conducir una furgoneta llena
de hippies porreros por todo el país. Tu hermano sí que tiene un trabajo
decente.
Alan asintió complacido con la cabeza y cogió una tartaleta.
Doug respiró hondo.
—Alan tiene un trabajo decente y yo también. La música es un
negocio serio. Mueve millones de libras al año.
—No en tu caso.
—No en mi caso. Todavía. Pero acabaré ganando dinero. Algún día.
De cualquier forma, el dinero no es lo importante. Lo que importa es la
felicidad. Y no era feliz trabajando como abogado.
—Pues dedícate a otra cosa. —A Mungo se le fue amoratando el
rostro mientras pensaba en otro empleo que no estuviera relacionado con el
derecho—. Puedes ser... un... ¡banquero! Mi viejo amigo Ranulph trabaja en
Coutts. Estoy seguro de que encontrará algo para ti.
—No quiero trabajar en un banco. No quiero parecerme a Alan,
siempre mirando el correo electrónico y siempre al borde del infarto. Toda mi
vida he querido dedicarme a la música y nunca me has dejado. Malgasté cuatro
años estudiando derecho, más el tiempo que pasé redactando papeles. No pienso
volver a hacerlo. Y utilizar un chantaje tan tonto como comprar una casa no va
a hacerme cambiar de opinión, ¿verdad, Amy?
Cuando todos los ojos se clavaron en ella, comprendió que tenía
que responder.
—Pero has quedado en que si no funciona en un plazo de un año,
lo dejarás. Así que...
—¡Dios! —gritó Doug. Era tan raro verlo enfadado que todos
dieron un respingo—. Esto es increíble. Creía que mi prometida iba a apoyarme
en esto.
La cosa se estaba poniendo fatal.
—Y te apoyo, pero...
—No hay peros que valgan. Dios, Amy, creí que me comprendías.
Este es mi sueño.
—¿Y qué pasa con la pobre Amy? Vamos, ¿qué pasa con ella?
—preguntó la señora Fraser—. Es ella la que tiene que pagar todas las facturas.
Estoy segura de que se deja la piel en el trabajo.
—A Amy le encanta su trabajo —replicó Doug mientras ella
alucinaba por el inesperado apoyo—. No le importa.
—¿Y cuando tenga un bebé? El lugar de una madre está en su casa,
digan lo que digan esas supuestas feministas como Jessica.
—No te metas con Jessica —intervino Alan—. Nuestro modo de vida
no tiene nada de malo.
—Pues sí que lo tiene. Es un poco triste ver a tu hija tan
emocionada por un trozo de tarta casera, ¿no te parece?
—Ya vale —dijo Doug—, vamos a olvidarnos de este tema. Papá
—siguió, dándose la vuelta para mirarlo—, gracias por la oferta, pero como ex
abogado, no puedo aceptarla por las condiciones de la letra pequeña. Y sé que
Amy me apoyará en esto.
—Yo...
Amy solo veía años y años de madrugones y de consulta en la
clínica hasta las tantas de la madrugada; de sangre, sudor y lágrimas; de un
montón de Sophias Franklin y de un bebé que jamás tendría. Siempre había
pensado tomarse un descanso del trabajo para dedicarlo a la familia. Su madre
siempre había estado en casa para ella y estaba decidida a hacer lo mismo.
—¿Verdad, Amy?
—Por supuesto —contestó en voz baja y con la vista clavada en el
suelo—. Por supuesto.
Y, por supuesto, Doug tenía razón. No podía dejar su sueño por
el vil dinero. No le gustaría nada que se convirtiera en un hombre tan horrible
como Alan. Pero, al mismo tiempo, ese dinero les habría ido de perlas. Sin él
no podían tener un hijo. Bueno, sí podían, cientos de personas sin dinero
tenían hijos, pero en el diminuto piso en el que vivían sería muy duro y la
pobre criatura tendría que ir a la guardería con unos pocos meses de vida, algo
que iba en contra de todos sus principios.
Tendría que hablarlo con Doug, pero al igual que le pasó para
cortar con Danny, fue incapaz de reunir el valor.
Una noche ya de vuelta en Londres se vio obligada a escuchar con
los dientes apretados la versión que Doug les daba a los del grupo sobre la
discusión.
—Bueno, pues yo creo que hiciste lo correcto —dijo Pinny, con
toda la cara dura de una persona que posee un enorme fideicomiso—. Eres un
artista, no un esclavo que trabaja por un salario. ¿Tú qué dices, Amy?
—Bueno...
—Bueno, ¿qué? Si Doug fuera un ejecutivo con traje, ya no sería
Doug. Y tú no lo querrías. Ninguno de nosotros lo querría.
Ese «nosotros» le provocó un escalofrío. Decidió que en el
futuro se mostraría más relajada y más comprensiva con Doug. Que lo aceptaría
por lo que era y no por lo que quería que fuese. Sin embargo, a la mañana
siguiente se descubrió buscando el nombre de Danny en la agenda del móvil
mientras iba de camino al trabajo. En un momento de locura se planteó la
posibilidad de llamarlo. Danny no era tan malo, ¿verdad? Los fines de semana
siempre le llevaba el desayuno a la cama y le encantaban los niños. Vale, la pasión
animal que Doug y ella tenían nunca había formado parte de su relación con
Danny, pero no podía construirse una vida basada en la pasión animal. Meneó la
cabeza para librarse de la locura que se había apoderado de ella. Doug era su
hombre y ya se las apañarían, con dinero o sin él. Las circunstancias no eran
las ideales, pero ¿quién tenía la suerte de poder afirmar lo contrario?
Capítulo 34
Amy estaba dándose un último retoque con la barra de labios
cuando sonó el teléfono de la habitación. Esperaba que fuese de recepción,
avisándola de que el Bentley la esperaba en el aparcamiento subterráneo.
—¿Sí?
—¿Amy?
—¡Lisa! —Hizo una mueca al pensar en la forma tan maleducada con
la que se había marchado de Ostia—. ¿Qué tal?
—Bien, gracias.
Se preparó para recibir un sermón pero, en cambio, Lisa le dijo:
—Escúchame, te llamo porque Simon está enfadado contigo por
haberme hecho volver ayer tan tarde, así que le he dicho que podías
explicárselo en persona. —Hablaba con voz melodramática, lenta y rebosante de
advertencias.
Cogió el mensaje al punto.
—Vale —dijo, aunque era Simon el que estaba ya al otro lado de
la línea.
—¿Hola?
—Hola, Simon. Yo... siento mucho haber hecho que Lisa llegara
tan tarde. Fuimos a la playa, me quedé dormida y a ella le costó tanto
despertarme que perdimos el último tren de vuelta a Roma.
¡Mierda! No tenía ni idea de lo que Lisa le había dicho, pero
escuchó una especie de gruñido como si lo hubiera apaciguado en parte.
—Y no ayudó mucho que la dichosa batería de su móvil volviera a
fallar —añadió él.
—No, ¡eso fue una pesadilla! Y yo perdí el mío y no sabíamos
utilizar una cabina italiana, así que...
—De acuerdo, Amy. Acepto tus disculpas. Adiós. —Y colgó.
Esperó un rato para ver si Lisa llamaba de nuevo, pero no lo
hizo. Saltaba a la vista que el día en Ostia se había alargado hasta la noche.
En el fondo no podía culpar del todo a Lisa, Massimo era muchísimo más guapo
que Simon. Pero a ver, ¿qué hacía con Simon? La promesa de disfrutar de un
jacuzzi no era explicación suficiente.
Entró en el ascensor meditando al respecto. Hal la estaba
esperando en el Bentley. Llevaba una camisa verde y unos pantalones recién
planchados. La miró de arriba abajo mientras se sentaba.
—Mmm... ¿qué llevas puesto?
Amy se echó un vistazo.
—Mi vestido de Prada.
—¿No te lo pusiste anoche?
Los nervios hicieron que le diera un vuelco el corazón.
—Pues sí, pero es que es el único vestido de noche que tengo.
—Mierda. —Echó un vistazo a su reloj—. ¿Nos dará tiempo a
desviarnos un momento? ¿Están las tiendas abiertas a estas horas? Puedo
comprarte otro.
—¡No, no! —gritó, tentada pero espantada de que lo hiciera—. No
voy a permitirlo.
—De cualquier forma, las tiendas están cerrando, signor —les
dijo el chófer.
—Vale. En fin, da igual. Estás muy guapa.
—Gracias —replicó, insegura. Tragó saliva e intentó cambiar de
tema—. Dime, ¿con quién vamos a cenar?
Hal se acomodó en el asiento.
—Con Callum, mi representante. Un viejo amigo. El que intentó
impedir que nos fuéramos de la fiesta, ¿te acuerdas? Gracias a Dios que no lo
logró. De todas formas, es buena gente. Me gustaría que os conocieseis más.
Seguramente también estará su novia, Robyn. Suele acompañarlo a este tipo de
veladas, aunque ayer no estaba. Iba a preguntarle a Callum si iba a venir esta
noche, pero al final se me ha olvidado. Aparte de ellos dos, no estoy seguro.
Creo que ha mencionado a Dominique. Una modelo, la reconocerás. Lleva retocadas
hasta las cejas. Serás un contraste muy refrescante.
Mientras ella hervía de indignación por el inadvertido insulto,
Hal añadió:
—Y su novio, Vlad.
—¿También es modelo? —preguntó, nerviosa. La cosa pintaba muy
mal. Su fantasía sobre la vida que iba a llevar siendo la novia de Hal fue
reemplazada por una visión fugaz de un futuro en el que todo el mundo era más
alto, más delgado, más guapo y más rico que ella.
Hal soltó una risotada.
—Dios, no. A menos que trabaje para una agencia de feos. No,
Vlad es un multimillonario ruso. Es dueño de toda Siberia. He oído que quiere
comprar un equipo de fútbol. Se me ha ocurrido que a lo mejor puedo persuadirlo
de que haga una oferta por el Didcot Town.
Amy no estaba prestándole atención. «Me gustaría que os
conocierais mejor.» Eso sonaba a una conversación de novios total. Como no
sabía qué decir, clavó la mirada al otro lado de la ventana y contempló el
atardecer en Roma. Ejércitos de turistas se aglutinaban en la vía Nazionale
mientras un grupo de Hare Krishna intentaba sortearlos como si fuera una
serpiente naranja. El restaurante al que iban estaba situado al lado de un
limonar, en una colina de las afueras donde, según el chófer, todos los ministros
tenían una casa. Atravesaron una amplia terraza cubierta por un emparrado y un
camarero los acompañó a una mesa situada en un rincón, ocupada por un nutrido y
elegante grupo de personas que hablaban y se reían de forma escandalosa.
—¡Hal! —gritó una de las mujeres, que se puso en pie para que
todos pudieran admirar su escuálido cuerpo y su melena rubia platino—. Mirad,
Hal ha llegado.
—Joder —dijo Hal—. Justina. Vaya putada. Voy a matar a Callum.
Sin embargo, antes de que pudiera explicarle el motivo, los
rodearon. Mientras él estrechaba manos y daba besos al aire, ella se quedó allí
como un pasmarote, como si fuera una niña en su primer día en la guardería. Una
vez que reinó el silencio, Hal carraspeó.
—Chicos, esta es Amy.
—Hola, Amy —dijeron todos a coro.
Ella alzó una mano tímidamente a modo de respuesta.
—Amy, estos son Dominique, Justina, Vlad y... lo siento, ¿era
Trader?
—Trailer —lo corrigió el acompañante de Justina, un chico muy
joven con una gorra de béisbol que ocultaba gran parte de un rostro lleno de
espinillas.
—¿Crees que el diminutivo será «Furgoneta»? —le susurró Hal al
oído, y tuvo que contener una carcajada.
—¿Dónde está Flora, Hal? —preguntó Dominique.
La modelo tenía un rostro tan anguloso que podría utilizarse
para enseñar geometría. Y tal como Hal le había asegurado, la reconoció
enseguida.
Hal parpadeó con rapidez.
—¿Flora? Sigue en Jamaica. Las niñas tienen la varicela.
—¿¡La varicela!? Ay, Dios mío, pobrecitas. Tenemos que enviarles
un regalo para desearles una pronta recuperación. Pobre Flora. Dale un beso de
mi parte cuando hables con ella. Es una mujer admirable.
—Hola, Amy —escuchó que decía alguien a su espalda.
Al volverse vio que se trataba de Callum. El alivio que sintió
al ver una cara conocida fue brutal.
—¿Quieres algo de beber? ¿Una copa de Krug?
—No, gracias —respondió. Bastantes vueltas le daba ya la
cabeza...
—¿De verdad? ¿Prefieres que sea Cristal o Dom Perignom? ¿Un
cóctel, mejor? De todas formas, siéntate. —Le indicó la silla contigua a la que
él ocupaba.
Su afán por complacerla la conmovió.
—No me apetece beber, gracias —le aseguró mientras se sentaba—.
Solo un vaso de agua, por favor.
Mientras los demás parloteaban, ella se dedicó a ojear el menú.
Y no porque tuviera hambre, ya que se había atiborrado durante la merienda
campestre, pero al menos eso la mantuvo ocupada. Callum, a su izquierda, estaba
hablando con Justina. A su derecha, Vlad, cuyo aspecto parecía un cruce entre
una patata y un shar pei, hablaba por teléfono en ruso. Hal reía a carcajadas
por algo que le había dicho Dominique y parecía haber olvidado su existencia.
Trailer, que estaba sentado entre Vlad y Dominique, estaba anotando algo en su
BlackBerry.
—¿A qué te dedicas, Annie? —le preguntó Dominique un buen rato
después, una vez que apartó la mirada de la cuchara donde había estado
admirando su reflejo.
—Es Amy. Soy médica.
—¿De verdad? Genial. —No obstante, su atención se había
trasladado ya al menú con sus letras grabadas en relieve—. ¡Qué bien, si tienen
gazpacho! Y apenas tiene calorías. Aunque, si te descuidas, tienen la costumbre
de echarle un montón de aceite. —Le sonrió con altivez—. Qué suerte tienes de
trabajar en algo que no te obliga a cuidar tu figura. Yo estoy hasta el moño de
todo el lío que se ha montado con el índice de masa corporal. ¡Como si yo
tuviera la culpa de ser delgada por naturaleza!
—¿A qué te dedicas? —le preguntó, aunque lo sabía perfectamente.
Dominique alzó una ceja.
—¡Ah! ¿No te lo he dicho? Lo siento. Soy modelo.
—Dom es el rostro de los protege slips Jodanne —masculló Vlad,
tras lo cual volvió a la conversación que mantenía por teléfono.
—¡Claro, por eso me suena tu cara! —dijo antes de poder
contenerse.
Dom parecía molesta.
—Solo acepté ese trabajo porque pagaban muy bien. Y tal como han
puesto las fotos, estoy casi irreconocible.
—Por eso dejé el mundo de la moda —dijo Justina desde el otro
extremo de la mesa—. Me repateaba ver mi cara asociada con todos esos productos
tan cutres. Ser actriz es mucho más satisfactorio.
La velada fue un calvario. Dominique monopolizó a Hal. Justina y
Trailer se pasaron prácticamente todo el rato metiéndose la lengua hasta la
campanilla el uno al otro. Intentó mantener una conversación con Vlad, pero él
se limitaba a gruñir antes de volver a coger el teléfono. Callum le sonreía
cuando la miraba, pero cada vez que intentaba preguntarle algo, una de las
otras dos mujeres lo interrumpía.
No debería haber aceptado la invitación. Jamás podría formar
parte de ese mundo. Finge que no estás aquí, finge que estás viendo todo esto
en la televisión, se repetía una y otra vez. Dentro de un mes solo sería un
recuerdo gracioso que contarle a Gaby. ¡Gaby! No la había llamado en todo el
día. La culpa la consumió. Era una mala persona al haberse olvidado de su mejor
amiga por culpa de Hal Blackstock. En cuanto pudiera, se escaparía para
llamarla. La idea la reconfortó. Echó un vistazo por la terraza. Estaba
atestada de gente alegre, que reía, charlaba y brindaba. Había un hombre
sentado solo a una mesa, impecablemente vestido con camisa y pantalón de
pinzas, que acababa de comerse un plato de pasta. En ese momento estaba
rebañando el contenido de un tarro con una cuchara que, acto seguido, lamía sin
miramientos. De repente, comprendió que se trataba del tarro de queso parmesano
que iba pasando de mesa en mesa.
—¿Hay noticias de Sukey? —le preguntó Justina a Dominique, cuya
expresión se iluminó al instante.
—Parece que la han echado de la campaña de Eres.
—No me extraña. Aunque con toda la coca que toma, debería estar
en los huesos.
—Demasiadas noches de nieve en polvo.
—Miau —le dijo Callum al oído, haciéndola reír, más que nada por
el alivio de que alguien le prestara atención—. Es una pesadilla que Justina
haya venido. Hal y ella se odian a muerte. Pero se enteró de mi presencia en la
ciudad, alguien le contó que íbamos a cenar y no sé por qué insistió en venir.
—Ah, vaya... —No sabía qué había que decir cuando la presencia
de una estrella te arruinaba la cena...
—Así que eres médica, ¿no, Amy?
—Sí, trabajo en una clínica.
Callum tenía un rostro agradable. No podía decirse que fuera
guapo, pero sí agradable y simpático.
—¡Joder! ¿Quieres decir que tienes un trabajo de verdad? Pues
eres la primera persona con un sueldo mensual con la que Hal se ha rebajado a
hablar.
Sonrió al comentario por educación nada más.
—O a la que le ha permitido formar parte de su vida —enfatizó.
—Yo no formo parte de la vida de Hal —se apresuró a dejar
claro—. Da la casualidad de que nos alojamos en el mismo hotel y charlamos y
eso...
—Como amigos, ¿no? Bueno, pues te aconsejo, por tu bien, que la
cosa no pase de ahí. No está acostumbrado a que las mujeres se le resistan. Vas
a hacerle un daño terrible a su ego. ¿Te enseñaron a reparar la autoestima de
las estrellas de cine en la facultad de medicina?
—Por supuesto —contestó con una sonrisa mientras les servían el
primer plato.
Vlad le echó un vistazo al cuenco de pasta.
—¡Queso! —gritó—. Necesito queso.
—Por supuesto, señor —dijo el camarero. Y volvió con el tarro de
parmesano de marras.
Observó, horrorizada pero encantada en el fondo, cómo cogía la
cuchara llena de babas del otro cliente y se echaba parmesano sobre sus
linguini.
—¿De qué te ríes? —quiso saber Callum, sinceramente intrigado.
—De nada. ¿Y tu novia? Hal me ha dicho que a lo mejor venía.
Callum meneó la cabeza.
—Eso demuestra la atención que le presta a mi vida personal.
Robyn y yo lo dejamos hace un par de meses. Si me hubiera preguntado por ella,
se lo habría dicho.
—Lo siento —replicó, avergonzada.
—Tranquila. —Callum se encogió de hombros—. La cosa no daba para
más. Llegó a su final y punto. Ninguno de los dos acabó herido. Es raro tener
una ruptura tan amistosa. Y lo valoro mucho. En cuanto a Hal... en fin, es una
estrella. No hay motivo alguno para que se interese por mi vida. Al resto de
mis clientes no le importa lo más mínimo. —No había ni rastro de amargura en su
voz.
—De todas formas debería haber preguntado... —insistió ella,
pero antes de que Callum pudiera seguir hablando, Dominique le dio un tirón en
el brazo, ansiosa por conocer los últimos cotilleos sobre Kate Moss.
Ella aprovechó para levantarse sin apenas mover la silla e ir al
cuarto de baño. Se miró al espejo mientras se lavaba las manos. Las modelos
debían de poseer poderes mágicos porque su maquillaje había desaparecido, sin
duda absorbido por alguna de ellas. Estaba blanca como la pared y todas las
imperfecciones y rojeces de su rostro estaban a la vista. No le quedaba rímel
en las pestañas y recordó que la barra de labios y el cepillo para el pelo
seguían en su bolso, en la mesa.
—¿Qué pinto aquí? —le preguntó a su reflejo—. Este no es mi
mundo. Quiero irme a casa. Ese sí es mi mundo.
Ansiosa por posponer el regreso a la mesa, salió a la terraza
trasera. Roma se extendía a sus pies de forma espectacular. Las luces rojas,
azules, verdes y blancas titilaban como si la mano de un gigante hubiera
esparcido un montón de piedras preciosas sobre la ciudad. La luna holgazaneaba
en el cielo. La miró y se preguntó si Doug estaría mirándola también. Poco
probable. Seguramente estaría acurrucado bajo las sábanas con Pinny.
—¿Amy?
La voz de Hal la sobresaltó.
—Ah, hola.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
Se acercó a ella y le pasó un brazo por los hombros.
—Lo siento. Sé que estás aburrida. Dom es un muermo y Justina,
una zorra.
El comentario le arrancó una risilla tonta.
—Que conste que lo has dicho tú.
—No me lo tengas en cuenta. No son mis amigos. Aparte de Callum,
claro, y él es buena gente, ¿verdad?
—Es un encanto. De todas formas, no me importa. Solo es una
noche.
—En realidad —replicó él en voz baja—, me gustaría que siguieras
formando parte de mi vida después de esta noche.
Se dio media vuelta para mirarlo. Hal la abrazó, se inclinó y
por tercera vez en veinticuatro horas, la besó en los labios. Después, la
aferró por los hombros, se separó un poco de ella y la miró a los ojos. Era
todo tan extraño que le daba vueltas la cabeza.
—Eres preciosa. Creo que estoy enamorándome de ti. ¿Vas a dormir
esta noche conmigo? —le preguntó.
—No lo sé —contestó, halagada pero confusa—. Ya veremos.
—Me encantaría que lo hicieras —le aseguró—. Pero ahora será
mejor que volvamos antes de que esa cerda de Dominique llame al News of the
World.
Cuando regresaron a la terraza principal, se dieron cuenta de
que reinaba el silencio. Amy se echó un vistazo, por si se había dejado el bajo
de la falda pillado con las bragas o algo del estilo. Pero al instante
comprendió que nadie la miraba a ella. Todos los ojos estaban clavados en el
rincón izquierdo de la terraza, donde había una belleza morena ataviada con un
vestido largo de color naranja.
Cuando miró a Hal vio que estaba tan blanco como si hubiera
visto un fantasma.
—Hola, Hal —dijo Marina—. ¡Sorpresa!
Capítulo 35
Estaba amaneciendo y Hal estaba sentado en la terraza en
albornoz, contemplando la salida del sol sobre los jardines. Por segunda noche
consecutiva apenas si había dormido, pero mientras que la noche anterior fue
por la emoción, esa noche había sido por la sorpresa. Ver a Marina en el
restaurante lo había golpeado como un misil. Casi le había cortado la
respiración. Gracias a Dios que era un actor y había sido capaz de reponerse lo
justo para moverse, besarla en las mejillas, aspirar su habitual perfume de Prada
y murmurar algo así como: «¡Qué bien!» y «¡Qué sorpresa!» mientras ella le
sonreía y le decía que sí, que era un sorpresa, antes de añadir que Fabrizio y
ella acababan de llegar en su yate y que iban a pasar unos días en Roma antes
de poner rumbo al sur hasta las islas Eolias.
—Enhorabuena por El carro de las manzanas —le dijo ella con
seriedad—. Fabby y yo la vimos cuando estuvimos en Estados Unidos el mes
pasado.
—Sí —reiteró una voz grave tras ella, una curiosa mezcla de Cape
Cod, Belgravia y el Aiglon College de Suiza—. Es graciosísima. Bien hecho, Hal.
Y allí estaba Fabrizio, tan moreno que parecía esculpido de la
corteza de un roble pulido, dando un paso al frente y tendiéndole una mano
encallecida de dorso peludo.
—Gracias —masculló—. Mmm. Esto... Enhorabuena, Fabrizio.
—¿Está Flora por aquí? —preguntó Marina con su voz cantarina
mientras echaba un vistazo alrededor. Llevaba un enorme pedrusco en la mano
izquierda—. ¡Ah, hola, Dominique! Te vi en el anuncio de Jodanne. Callum,
cariño, qué alegría verte. Justina. Tray. Vlad. —Sus ojos azules, que de haber
estado más separados la harían parecer retrasada, se clavaron en Amy—. Hola
—dijo al tiempo que le tendía la mano derecha, una hazaña considerable si se
tenía en cuenta la cantidad de joyas que llevaba—. Soy Marina.
—Y yo Amy.
—Las hijas de Flora tienen varicela —dijo él en voz alta.
Con el ceño levemente fruncido (el Botox evitaba que pudiera
fruncir el ceño bien), Marina replicó:
—Qué lástima. Bueno, será mejor que no hagamos esperar a los
demás. Hal, me alegro de haberte visto después de tanto tiempo.
Y se alejó entre el frufrú de la seda y el repiqueteo de sus
Gucci.
A partir de ese momento hizo todo lo posible por no arruinar la
noche, pero sabía que estaba fracasando. No entendía cómo esa palurda que
presentaba un estúpido concurso de modelos podía seguir afectándolo de esa
forma.
Verla lo dejó tan aturullado que se olvidó por completo de Amy.
No recordó que estaba en el restaurante hasta que Callum le hizo una pregunta
sobre medicina moderna y ella le contestó en voz baja y temerosa. ¡Por Dios!
Media hora antes le había dicho que estaba enamorado de ella, que creía que era
su salvación, la clave para tener una vida mejor...
Le sonrió desde el otro lado de la mesa, pero Amy no le hizo
caso. Una vez en el coche, de vuelta al hotel, intentó ser amable con ella,
decirle lo guapa que estaba y lo mucho que sentía estar tan cansado de repente.
Adujo que tanto sol había sido demasiado para él, que lo había dejado para el
arrastre, pero que había pasado una noche estupenda, que era muy dulce y que si
no le importaría volver al hotel antes, que él iría un poco más tarde.
Le dio un beso muy casto en la frente y la observó mientras
entraba en el hotel. Se sentía fatal, por supuesto. Pero no tanto como para
salir del coche y seguirla. Primero tenía que solucionar sus propios problemas.
En ese momento, ya de día, intentó reflexionar sobre su vida.
Durante un día se había visto comenzando una nueva vida con Amy. Una mujer con
la que podía vivir en el campo, con quien reírse y nadar como habían hecho el
día anterior, lejos de las fiestas, de las sesiones de fotos y de las alfombras
rojas compartidas con Justina y de las cenas como la de la noche anterior.
Sin embargo, comprendió con sorprendente claridad que el
problema radicaba en que estaba enamorado de la idea de Amy, no de ella como
persona. Era exactamente igual que lo que le sucedía durante los rodajes con la
actriz de turno cuando le susurraba al oído con los ojos cerrados «Te quiero».
En ese momento lo decía con sinceridad aunque no fuera cierto, y lo mismo había
pasado con Amy. Sin embargo, no podía amarla porque, por muy encantadora que
fuera, apenas la conocía, de la misma manera que apenas conocía a las actrices
con las que había protagonizado escenas de amor. Pasaba lo mismo con Flora: se
había enamorado de la idea de esa actriz pasional de enorme talento antes
siquiera de haber hablado con ella, y nunca se había esforzado por conocer a la
verdadera mujer, quienquiera que fuese.
De Marina sí que había estado enamorado, con uñas cortadas en el
baño incluidas, pero la había dejado escapar porque ciertos detalles de su
personalidad no se ajustaban a sus ideales. Había sido un error garrafal.
Necesitaba reconquistarla. Marina era la única mujer para él. Siempre lo había
sido y siempre lo sería.
Sonó el teléfono.
—¿Diga?
—¿Hal?
—¡Marina! —Telepatía. Siempre habían tenido esa clase de
conexión. Marina le había leído el pensamiento y lo llamaba para decirle que
todo se había solucionado entre ellos.
—Me alegró mucho verte anoche. Fue curioso.
¿Se refería a curioso de divertido o de raro?
—Sí —convino.
—Me estaba preguntando... Fabby tiene que hacer unas cuantas
cosas esta mañana y se me ha ocurrido que a lo mejor podríamos desayunar
juntos. Si no tienes otro compromiso, claro —añadió.
—Me encantaría —dijo él. Se sentó y se pasó una mano por el
pelo.
—¿Te parece que vaya a tu hotel? Podríamos desayunar en tu
suite. Tendríamos más intimidad que en un restaurante, ¿no crees?
—Desde luego. —El corazón le latía con tanta fuerza que casi no
escuchaba su voz.
—Estaré ahí en media hora.
Se metió en la ducha con el corazón latiéndole al son del
Aleluya. Le habían concedido un indulto. Marina iba de camino. Iba a decirle
que lo quería, que solo se había liado con ese idiota de Fabrizio para darle
celos y que todo iba a solucionarse a partir de ese momento. Pasarían todo el
día en la cama y después le pediría que se casara con él. Se irían a vivir al
campo y tendrían la caterva de niños que ella siempre había querido.
—¡Gracias, Dios mío, gracias!
Pidió su desayuno preferido, tostadas y Marmite, una cafetera
llena, un vaso de zumo de naranjas sanguinas recién exprimidas y una botella de
champán. Después se vistió, echando pestes porque su camisa verde preferida
estaba sucia tras la cena de la noche anterior, y corrió hacia la caja fuerte.
Tecleó su fecha de nacimiento y sacó la cajita del anillo para colocarla en la
mesa junto a la ventana. Después se sentó a esperar.
Llegó media hora tarde, retraso apenas perceptible siendo
Marina. Abrió la puerta y se la encontró sola, ataviada con unos vaqueros de
cintura baja y un blusón que le dejaba a la vista el canalillo.
—Hola —dijo, tan asustado como una adolescente en un concierto
de un grupo de chicos.
—Hola. —Marina pasó a la sala de estar y fue derecha a la
terraza—. ¿Esta es la mejor suite del hotel? Estoy segura de que Fabby y yo nos
alojamos en una mejor.
—Tienes razón. Hay un par mejores que esta. Pero Justina está en
una y la otra la tiene una pareja de recién casados.
—¿A quién se le ha ocurrido venir de luna de miel a Roma en
agosto? Fabrizio y yo nos vamos a las Maldivas. —Esbozó una sonrisa triunfal—.
A nuestra isla privada.
—Es lo que siempre has querido.
—Y tú siempre decías que te aburrirías atrapado en un trozo de
tierra sin otra cosa que hacer que ver los peces. —Seguía sonriendo, pero su
voz encerraba un claro reproche.
Mujeres... Nunca olvidaban nada.
—Era un idiota. Estoy seguro de que sería alucinante. —La siguió
a la terraza, un poco obsesionado con la idea de que alguien pudiera verlos
desde los jardines si miraban hacia arriba—. He pedido el desayuno.
—Eres un encanto, Hal —replicó de modo distraído antes de
apoyarse en la balaustrada—, pero creo que no voy a quedarme. Solo quería
saludarte de manera un poco más íntima que anoche. Fue bastante incómodo, ¿no
te parece? Con todo el mundo mirándonos... No tuve la oportunidad de decirte lo
que tenía pensado decirte si alguna vez volvía a cruzarme contigo.
Se le paró el corazón.
—¿El qué?
—Que te deseo lo mejor con Flora. Si consigue atraparte, claro.
Porque, en mi caso, he pasado un infierno, Hal Blackstock, durante muchísimo
tiempo. Tanto que creía que jamás podría olvidarte. Todas las noches lloraba en
la cama hasta que me quedaba dormida. Aullaba como un animal herido, pero
después conocí a Fabby. Y es tan dulce y tan amable que poco a poco las heridas
desaparecieron y me di cuenta de que me conviene mucho más que tú. Es un
hombre, no un niño. Sabe lo que quiere y me da lo que yo quiero.
—Pero…
Marina levantó la mano para que guardara silencio.
—Tú no tienes la culpa, Hal. Eres una persona muy dulce.
Gracioso, guapo. Tampoco eres mal actor, aunque no deberías haber hecho El
carro de las manzanas. Pero no sabes qué quieres de la vida. O tal vez las
revistas se equivoquen y quieras a Flora. Si es así, estoy segura de que seréis
muy felices.
—Yo...
—Aunque, por supuesto, tal vez Flora sea historia. Dominique me
mandó un mensaje para decirme lo de tu cita de anoche. Una doctora, según
parece. Muy intelectual. Estoy impresionada. Bueno, si estás con ella ahora, te
deseo buena suerte de nuevo.
Marina siempre había sido una pésima actriz. Se percató del
brillo de sus ojos, del rictus de sus labios, de la tensión de esos dedos
cargados de anillos y supo que estaba diciéndoselo para hacerle daño, para
vengarse de él, como bien se merecía. Así que ese era el momento de coger el
anillo y gritar «¡Marina, te adoro, siempre te he adorado! He sido un engreído
y un capullo, y he metido la pata hasta el fondo».
Pero no pudo hacerlo. Las palabras se le atascaron en la
garganta. Ese antiguo temor a ponerse en ridículo, a que lo vieran
esforzándose, se lo impidió.
—Bueno, me alegro mucho por ti, Marina —dijo en cambio—.
Fabrizio es un tío estupendo y creo que sois perfectos el uno para el otro.
Espero que me invitéis a la boda.
—Y yo espero que tú me invites a la tuya.
La vio sonreír, pero sus ojos oscuros tenían una mirada triste.
—No hay nada decidido todavía, pero te mantendré informada.
—Señaló la mesa dispuesta para el desayuno con el corazón en un puño—. ¿Seguro
que no quieres quedarte?
—No, gracias. —Se detuvo un momento antes de añadir—: Por
cierto, sé que todo el mundo me creía una pánfila que aguantaba los cuernos que
me ponía mi atractiva pareja. Pero yo también tuve aventuras. Andre. Robbie.
Daniel. —Esbozó una mueca socarrona—. Quería que supieras que fue mutuo.
—No te creo.
—Bueno, pero siempre te quedará la duda, ¿no? —Se inclinó hacia
él y cuando lo besó en la mejilla aspiró el embriagador perfume de Prada.
Quería abrazarla, besarla con pasión y tirarla sobre la cama,
pero se limitó a decir:
—Disfruta de la travesía.
—Desde luego —dijo desde la puerta—. Levamos anclas esta noche a
las diez. A ver si Flora, o quien sea, y tú nos acompañáis algún día.
—Me encantaría —consiguió decir antes de que la puerta se
cerrara y Marina Dawson saliera de su vida.
Capítulo 36
Amy también pasó una noche de espanto. A las seis ya tenía los
ojos como platos, clavados en el techo. La noche anterior se le había caído la
venda de los ojos. Durante unas horas había sido capaz de engañarse y pensar
que había algo entre Hal y ella, que iba a acabar siendo la novia de una
estrella de cine, pero la cena lo había cambiado todo. Jamás podría formar
parte del mundillo de Hollywood y había estado engañándose al creer lo
contrario. No era lo bastante guapa ni elegante para que la aceptaran en ese
círculo, y tampoco quería que lo hicieran.
De cualquier modo, estaba desviándose del tema. El tema era que
Hal no estaba enamorado de ella por más que dijera lo contrario. Estaba
enamorado de Marina. Eso había sido más que evidente. Después de la aparición
de Marina fue como si le hubieran robado la vida.
Recordar la humillación hizo que las lágrimas le corrieran por
las mejillas. No era por perder a Hal porque, a decir verdad, tampoco estaba
enamorada de él ni mucho menos, aunque sí se había sentido tentada por la idea
de que alguien tan famoso reemplazara a Doug. No, las lágrimas eran porque
volvía a estar sola otra vez.
Jamás volvería a estar con nadie. No volvería a dejarse enredar
en otra relación.
Volvió a rememorar los preparativos de la boda. A seis meses del
enlace aún no había encontrado el sitio, elegido el vestido ni escogido el menú
que servirían en el banquete. En parte porque Doug pasaba totalmente del tema,
alegando que estaba encantado de «seguirle la corriente», pero sobre todo
porque se pasaba todo el tiempo de concierto en concierto. Esas ausencias la
afectaban de una forma rara. Se pasaba el día comiéndose la cabeza por lo que
podría estar haciendo sin nadie que lo controlase y rodeado de fans. Y al mismo
tiempo era una sensación maravillosa volver a casa y encontrarlo todo tal cual
lo había dejado por la mañana, poder meterse en la cama con una mascarilla en
la cara, un montón de revistas de novias y ver Supermodelo con Marina Dawson en
la tele.
Las noches en las que Doug estaba en casa solo le apetecía
tirarse en la cama muerto de cansancio y era ella la que tenía que insistir
para salir a dar una vuelta. Como aquella espantosa noche de febrero cuando
fueron a cenar a la casa nueva de Gaby y PJ.
—¿Tenemos que ir? —protestó Doug cuando iban en el metro por la
Northern Line con un ramo de flores y una botella de cava—. PJ es un muermo. Y
vete tú a saber quién más habrá para aburrirnos como ostras.
—Será divertido —le aseguró, aunque sabía muy bien a lo que se
refería Doug. Muchos de los amigos de PJ eran ejecutivos plastas tan
obsesionados con los beneficios de seis dígitos que resultaban un tanto
obscenos.
El metro se detuvo en Waterloo y subió una pareja. Un tío alto y
atractivo con un traje azul y una chica muy guapa con un impermeable gris. El
se inclinó para darle un beso en la nariz a ella, que se echó a reír. De
repente, se dio cuenta de que era Danny y se quedó espantada. Enterró la cara
en el ejemplar de London Lite que estaba leyendo.
No quería que la vieran como estaba, cansada física y
emocionalmente, con un hombre que se comportaba como un adolescente enfurruñado
a su lado. Danny señaló un anuncio que había en la pared y la chica volvió a
reírse. Parecían una pareja muy normal y agradable. ¿Por qué le había dado la
espalda a esa existencia por un mundo que cada vez le parecía más lleno de
personas anoréxicas, ropa ajustada, Jack Daniels y maría jamaicana de primera
calidad?
Por suerte y tal como ella esperaba, se bajaron en la siguiente
parada. Sin embargo, se pasó el resto del trayecto hasta la casa de Gaby con
los nervios de punta. Y su humor empeoró cuando en vez de encontrarse a PJ con
Archie en brazos abriéndoles la puerta del número 49 de Sylvester Road,
descubrió a Pinny...
—Vaya, ¿qué haces aquí? —La pregunta sonó más brusca de lo que
había pretendido.
—Me crucé con Gaby en Oxford Street y me invitó —respondió
Pinny, que estaba radiante como de costumbre y ataviada, quién lo iba a decir,
con un chándal que la hacía parecerse a Kate Hudson corriendo por una playa de
Malibú. Ella habría tenido toda la pinta de Vicky Pollard de camino a la tienda
del barrio para comprar un cartón de Rothmans.
La cara de Doug era la misma que si acabaran de decirle que
había ganado la lotería.
—Estás genial, Pins —dijo al tiempo que le daba un beso.
Gaby apareció con un delantal de Cath Kidston.
—Hola, chicos. Una invitada sorpresa para vosotros. Pasad al
salón y tomaos algo. Estaba dándole los últimos toques a la cena. Ah, unas
flores preciosas. Y cava. Qué... interesante.
—¿Archie está despierto? —preguntó ella esperanzada, deseando
acariciar esa cabecita sedosa.
Gaby se quedó de piedra.
—Claro que no, a las siete en punto está todos los días en la
cama.
—¿Puedo subir a verlo?
—No quiero alterar su rutina.
—No haré ruido —le aseguró—. ¡Por favor!
Archie respiraba profundamente. Observó encantada esa piel suave
y perfecta, esas mejillas regordetas. Quería uno igual, se dijo. Lo contempló
con anhelo un cuarto de hora antes de volver al salón, donde se escuchaba
música de Macy Gray. PJ estaba sentado en un puf de estilo marroquí y el sofá
estaba ocupado por una pareja (él de traje y ella con vaqueros y un jersey de
cachemira). Pinny y Doug estaban sentados demasiado cerca para su gusto.
—¡Amy! Tómate algo. Ya pensábamos que te habías perdido por ahí
arriba. Deja que te presente. Estos son Nickey y Paul.
Se dieron la mano, Paul, según descubrió, era un especialista en
inversiones y Nickey era relaciones públicas. Vivían al otro lado de la calle y
tenían dos niños pequeños, sus «bichitos».
—Doug, tengo entendido que estás en un grupo con Pinny —dijo
Paul—. ¿Cuándo vamos a veros en Top of the Pops?
Pinny y Doug se miraron entre sí y se echaron a reír. A ella le
tocó explicarle que ese programa musical había desaparecido de la parrilla
hacía un par de años.
—Es increíble. —Paul se tomó la noticia bastante mal—. Me
encantaba verlo cuando era niño. Los jueves por la noche. ¡Dios, cómo pasa el
tiempo!
—¿Cómo va el gran grupo? —preguntó PJ al tiempo que le metía a
Doug un cuenco de anacardos bajo las narices.
—Muy bien. Un bolo aquí, otro allá...
—Que sepáis que a Pulp les llevó doce años llegar a donde están
—dijo ella, que siempre se sentía obligada a defender la elección de su novio
vividor.
—¿Pulp? Ah, ya recuerdo, Jarvis Cocker. ¿Dónde se ha metido?
Gaby los hizo pasar al comedor.
—Se me ha ocurrido una idea para el grupo, Doug —dijo Gaby
mientras le servía su porción de calabaza asada según la receta de Nigel
Slater.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
—¿Por qué no os presentáis a Factor X?
Se produjo una pausa infinitesimal antes de que Doug y Pinny se
partieran de la risa.
—¿A Factor X? ¿Te lo imaginas? «¿Cuál es tu veredicto?»
—No veo por qué no —comentó Nickey—. Sería una plataforma de
lanzamiento increíble. Creo que el premio es un contrato con una discográfica
por valor de un millón de libras. —Miró a Doug con atención—. La verdad, ahora
que me fijo... ¿Te han dicho alguna vez que eres clavadito a Simon Cowell?
—¿Simon Cowell? —Pinny se partía de la risa—. Pues tiene razón,
Doug. No me había dado cuenta. Podríais ser gemelos.
A Doug le hizo tanta gracia como una patada en el culo, pero
Gaby insistió.
—Pero ¿por qué no?
—Antes prefiero afeitarme las cejas. ¿Estás pidiéndome que venda
toda mi credibilidad?
—Pero no todos los ganadores de esos concursos son perdedores
—replicó Gaby—. Fíjate en Kelly Clarkson. O en Will Young.
—¿Will Young? ¿Que Will Young no es un perdedor?
Doug y Pinny resoplaron. En otra época Amy habría estado de
acuerdo, pero al mirar a Doug pensó: «Sí, Will Young ha ganado unos cuantos
discos de platino mientras que tú... ¿qué has logrado?».
—¿Dónde has comprado la pintura? —preguntó para cambiar de tema.
—En Farrow & Ball —contestó Gaby, obviamente encantada—. Sé
que es un topicazo, pero tienen una paleta de colores increíble.
—Es preciosa, Gaby —afirmó Nickey—. Has tomado la decisión
correcta al mudarte aquí, así podrás solicitar plaza en el colegio. No podrías
haber pedido nada mejor.
—¿Cómo van los planes de boda, Amy? —preguntó PJ—. Amy y Doug se
casan en agosto.
—¿Amy y Doug? —Nickey parecía confundida cuando desvió la mirada
a Doug y a Pinny—. Ah, vale, pensaba que...
—Doug y Pinny son compañeros en el grupo, nada más —explicó Gaby
con firmeza.
—Aún no hemos encontrado un sitio donde celebrar la boda
—comentó ella, encantada por la oportunidad de ventilar sus preocupaciones,
sobre las que Doug se mostraba totalmente indiferente—. Anoche fui a ver el
salón de actos de una iglesia en Store Newington que me dijeron que estaba
bastante bien, pero para entrar tuve que pasar por encima de un drogata y había
un restaurante chino justo al lado. Para salir al Soho con unas amigas estaría
genial, pero no es un sitio para llevar a tu abuela. De todas maneras, creo que
vamos a descartar los salones de actos de las iglesias. Me sentiría como en una
actuación de Ambrosial.
Doug fue incapaz de reprimir un bostezo. PJ intentó aparentar
que le interesaba.
—Vais cortos de tiempo, ¿no? —comentó PJ—. Lo que quiero decir
es que os quedan... ¿menos de seis meses?
—Lo sé. He mirado todos los hoteles, restaurantes y bares de
Londres, pero no podemos permitirnos celebrar el banquete en ninguno de esos
sitios a menos que nos casemos un miércoles por la mañana.
—¿Un miércoles por la mañana?
—Es más barato si te casas entre semana.
Doug mostró señales de interés por primera vez desde hacía
siglos.
—Ah, pues entonces deberíamos hacerlo.
—¡Doug! Va a venir gente de Escocia y de Devon, no podemos
pedirles que pierdan dos días de trabajo para ahorrarnos dinero.
—En ese caso tendremos que gastarnos un poco más. Recortaremos
de otra cosa. De la comida. Eso sí —continuó Doug con una mueca socarrona—, el
vino que sea bueno. —Por raro que pareciera, había estado encantado de
acompañar a su prometida a una cata de vinos.
—Pareces que vas un poco retrasada —dijo Gaby—. ¿Cómo vas con la
lista de bodas? Tienes que registrarte para los regalos.
—¿Regalos? —preguntó Doug sin saber a lo que se referían. Lo que
era normal, ya que en las pocas ocasiones que iban a la boda de algún amigo, le
tocaba a ella buscar la lista de bodas en johnlewis.com y siempre era su
tarjeta de crédito la que acababa pagando una alfombrilla de baño o un
molinillo de café para una pareja a quien apenas conocía.
—Sí. Regalos. A la gente le gusta regalar a los novios alguna
cosilla, generalmente algo para la casa, para ayudarlos a iniciar su vida de
casados.
—Pero nosotros no necesitamos nada para la casa —protestó Doug.
Aunque no era verdad. Ella estaba hasta el moño de que sus
padres siguieran regalándoles sartenes, procedentes de su lista de boda, que
hicieron cuando no se había inventado la electricidad.
—Pero estás organizando un evento grandioso —replicó Gaby—. Te
estás gastando una fortuna en tus amigos. Lo menos que puede hacer la gente es
devolverte algo en forma de regalo.
—Dios, ha sido espantoso. —Pinny se echó a reír un par de horas
más tarde mientras subían un taxi rumbo a la zona norte—. Tan burgués...
«¿Cuánto le pagas al servicio de limpieza?» «¿Qué estación de esquí te parece
mejor: Verbier o Meribel?»
Daba repelús lo bien que Pinny había calado a Gaby y a Nickey.
Y, aunque tenía razón, la burla la enfadó.
—¿Y por qué aceptaste la invitación?
—Gaby me invitó en persona. Habría sido muy descortés
rechazarla. Y sabía que Doug y tú estaríais allí, así que podríamos echarnos
unas risas. —Se movió en el asiento—. Joder, espero que no os volváis como
ellos cuando os caséis. Todo el rato hablando del valor de los terrenos y de
las tarifas de los arquitectos.
—Claro que no —se apresuró a asegurar.
—Yo creo que no deberías esforzarte tanto con los planes de
boda, Amy —le dijo Doug desde el asiento delantero.
—Todavía no me creo que vayáis a casaros —comentó Pinny—. Es
acojonante, como muy adulto, no sé...
El taxi se detuvo delante de su piso.
—¿Te apetece tomarte una copa, Pins? —preguntó Doug mientras
ella miraba el reloj. Era más de medianoche y ella tenía que estar en la
puñetera consulta a las siete y media.
—Por mí estupendo. —Pinny miró en su bolso—. Joder. ¿Te importa
poner mi parte?
—No seas tonta. Amy lo paga todo.
Así que ella pagó las treinta libras antes de que los tres
subieran la escalera hasta su piso, donde Pinny se fue derecha al equipo de
música y puso Nellee a toda leche.
—¡Baja eso! —Intentó sonreír—. Vas a despertar a Nirpal, el
vecino de abajo.
—¡Que le den a Nirpal! —exclamó Doug, que estaba más borracho de
lo que ella creía—. Vamos a bailar.
—Bailad vosotros dos. Yo me voy a la cama.
—¡Por el amor de Dios, Amy! Diviértete un poco —dijo Pinny.
—Ya no sabes divertirte —añadió Doug como de costumbre.
—Sé divertirme —se defendió con una alegría que no sentía ni de
lejos—. Pero tengo que levantarme muy temprano. Pinny, si quieres quedarte en
el sofá, Doug te dará sábanas y toallas. Y no hagáis mucho ruido, por favor.
Evidentemente, no pudo pegar ojo. Al principio tenía el corazón
tan acelerado que creía que se le saldría por la boca. Además, estaba la música
que retumbaba en las paredes junto con las carcajadas y algún que otro golpe,
como si hubieran volcado una silla o algo, y luego los porrazos en la puerta
cuando Nirpal, un contable bastante agradable, se quejó como era de esperar.
Comenzó a darle vueltas a la conversación de la cena e intentó
averiguar por qué se sentía tan mal. Una parte de ella creía que el mundo donde
vivían Gaby y PJ era esnob, encorsetado y un poco aterrador, pero otra parte de
ella envidiaba lo felices que eran con su nueva casa, su jardín, sus trabajos
con horarios fijos y sus niños. ¿Por qué quería Doug todavía más? La cabeza le
dio vueltas como si fuera una ruleta hasta detenerse en la casilla del sólido y
serio Danny, a quien le encantaba jugar al rugby. A esas alturas y si se
hubiera quedado con él, ya tendría todo eso. Y posiblemente estaría subiéndose
por las paredes del aburrimiento. ¿O no? Una vez que el puñetero reloj
biológico se ponía en marcha comprendía que se pudiera hacer cualquier
sacrificio, que se pudiera aceptar cualquier trato, con tal de cumplir tu
destino biológico.
Tenía que dejar de pensar en eso. Doug creía que ya no sabía
divertirse. Sabía perfectamente que podía acabar perdiéndolo, que podía
escapársele de entre los dedos sin que pudiera hacer nada para evitarlo.
Tendría que pasar, una vez más, otra noche sin dormir para ser la novia
despreocupada que le gustaba. Con tal de retenerlo, tendría siempre un aspecto
impecable, cocinaría platos deliciosos y se abalanzaría sobre él en cuanto
entrara por la puerta.
—¡Ya te tengo! —gritó Pinny al otro lado de la puerta.
Dijera lo que dijese Doug, organizaría una boda alucinante, una
boda que sería lo más en cuestión de buen gusto y elegancia. Y después le
sorprendería con la luna de miel perfecta en la ciudad de sus sueños. Se
gastaría todos los ahorros, le demostraría lo maravillosa que era.
Doug se acostó alrededor del las tres.
—Pin se ha ido a su casa —le susurró medio borracho al oído—.
Dice que no le apetece que la despiertes temprano cuando te levantes y empieces
a hacer ruido por el apartamento.
—Siento mucho ser una molestia —dijo, y al punto se sintió como
una zorra. Pero Doug no se había enterado.
—Siento haber dicho que ya no sabías divertirte. Pinny me ha
echado la bronca. Dice que uno de los dos tiene que tener un trabajo
respetable.
—No pasa nada —replicó.
Se percató de que Doug le estaba quitando los pantalones del
pijama. Aunque estaba hecha polvo, sintió un ramalazo triunfal. La deseaba
después de todo. Estaba siendo una paranoica, estaba comportándose como una
loca. Cuando todo terminó, se acurrucó contra su pecho para escucharlo
respirar.
—¿Te importaría apartarte? —preguntó Doug—. Me estás aplastando.
Se apartó. Y por la mañana llamo y Gaby y le pidió que
organizara la mejor luna de miel en Roma de todos los tiempos.
—Doug y Pinny tienen una relación muy estrecha, ¿no? —le
preguntó Gaby después de anotar sus sugerencias.
—Claro que sí, trabajan juntos —respondió ella de mala leche.
Tal vez habría sido mejor acudir a una agencia de viajes online, donde no
hicieran esas preguntas tan impertinentes.
Capítulo 37
A Amy no le apetecía desayunar. En lugar de ir al restaurante,
cogió el ascensor hasta las instalaciones recreativas, donde se puso el
biquini. Todavía estaba húmedo del día anterior. ¿Cómo era posible que apenas
veinticuatro horas antes estuviera chapoteando en el agua caliente con Hal y
que en esos momentos la vida hubiera perdido de nuevo todo el sentido? Se metió
en la piscina de hidroterapia. Sintió el cosquilleo de las burbujas en la piel,
pero le parecieron una réplica artificial del sencillo placer del día anterior.
Cuando volviera a la suite, llamaría a la compañía aérea y pediría otra vez que
le cambiaran el vuelo al próximo avión.
—¡Hola! —oyó que alguien la saludaba por detrás. Miró por encima
del hombro y vio a Lisa, espléndida con un biquini rojo. Tenía tatuado un
delfín pequeñito debajo del ombligo.
—¡Hola! ¿Qué tal? ¿Metí la pata ayer? Me pillaste desprevenida
por completo.
—Lo siento —se disculpó mientras se metía en el agua con ella—.
Simon me pilló nada más entrar. No volví hasta la una. Es que pensaba que
estaría ocupado cubriendo la presentación y que no se daría cuenta de la hora.
Pero estaba que se subía por las paredes. Así que te cargué con las culpas, no
me quedó más remedio. De todas formas, gracias por haberme echado un cable. Me
he dado cuenta de que... en fin, de que tengo que comprometerme más.
—¿Ah, sí?
—Sí. Nos hemos puesto de acuerdo en lo del internado. Ya he
firmado los papeles. Emily empieza dentro de tres semanas. No le hizo mucha
gracia cuando se lo dije...
—Supongo que no.
Lisa suspiró.
—Simon jura y perjura que es lo mejor para ella. Que tendrá
muchas más oportunidades de las que yo he tenido. Le he dicho que hay caballos
y una piscina, y que iré a verla cada tres semanas. Que será como Hogwarts,
pero le ha sentado muy mal, Amy.
—Mmm... —Lo único que se le ocurría decir era «No deberías
haberlo hecho», pero por experiencia con los pacientes sabía que a la gente no
le gustaba escuchar esas palabras.
—Y luego está lo de la perra.
—¿El qué?
—Esta mañana Simon insistió en que le dijera a Emily que
tendremos que sacrificarla.
—¿¡Vas a sacrificarla!?
—Bueno, es que mi hermana no quiere quedársela y es vieja. De
todas formas no habría durado ni seis meses más, así que es una tontería
buscarle un nuevo hogar. Pero Emily no ha parado de llorar. Ha sido horrible. Y
yo me he sentido fatal.
Pero no tanto como Emily, se dijo. Tenía que decir algo.
—¿De verdad quieres a Simon?—le preguntó.
—¿A qué te refieres?
—¿Es el hombre adecuado para ti? Porque tengo la impresión de
que el amor de tu vida es Emily, no él... tal como debería ser. Así que a lo
mejor deberías casarte con alguien que pusiera a Emily por encima de todas las
cosas.
—¡Pero si eso es lo que está haciendo! Va a pagar el colegio y
la universidad. Tendrá todo lo que siempre he soñado para ella. Simon nos ha
salvado, Amy. Por supuesto que lo quiero.
—¿Y Massimo?
—Massimo es un encanto. Pero solo ha sido una aventurilla. —Alzó
una ceja—. Querida, solo estoy haciendo lo que hacen los hombres. Te das unos
cuantos revolcones con los que están de buen ver, pero te casas con los serios.
Decidió cambiar de estrategia.
—Pero Emily sería más feliz con su madre, no en un internado
pijo y horroroso, separada de ella.
Lisa apretó los labios.
—No te ofendas, Amy, pero creo que no sabes de lo que estás
hablando. No creo que Emily pueda ser muy feliz con una madre que se deja los
cuernos intentando pagar las facturas, con una madre que ni siquiera puede
ofrecerle una semana de vacaciones cuando el resto de los niños pasa el verano
en España o en Florida.
—Pero esas cosas no son importantes —protestó, escandalizada.
—Para mí sí lo son —le aseguró Lisa, observando el enorme
diamante de su anillo de compromiso—. Siempre he querido tener cosas bonitas.
—Pero tienes un trabajo. Podrías costearte unas vacaciones de
vez en cuando, ¿no?
—No las que me merezco. Tengo tantas deudas que tardaría toda
una vida en saldarlas por completo. Pero en cuanto me case con Simon,
desaparecerán de un plumazo. Serán agua pasada. Finito. No puedo seguir
haciéndolo, Amy. Estoy hasta el moño. Necesito empezar de nuevo.
—Empezar de nuevo con un hombre al que no quieres.
—Ya te he dicho que sí lo quiero. Pero el amor no es lo más
importante. Lo importante es la seguridad. —Se puso en pie y el agua resbaló
por su magnífico cuerpo—. Será mejor que me vaya. Tengo cita en la peluquería.
—La miró por encima del hombro—. Para ti es distinto. Tienes un buen trabajo.
No has cometido los errores que yo he cometido. Es normal que creas que el amor
es lo más importante. —Y atravesó la estancia sin echar la vista atrás, seguida
del taconeo de sus sandalias sobre las baldosas.
Siguió tendida en la piscina, preguntándose sí debería juzgar a
Lisa con tanta dureza. Al fin y al cabo, ¿no buscaba ella también la seguridad?
¿No quería asegurarse de que Doug y ella podían seguir pagando la hipoteca,
comprar muebles bonitos y vivir con tranquilidad, en lugar de sudar tinta para
mantenerse al día con los pagos mientras él invertía todo su tiempo y su
esfuerzo en el grupo? Hasta tal punto que estuvo en un tris de mandarle un
mensaje a Danny para ver si quería volver con ella...
Había querido mucho a Doug. Con toda el alma. Pero no estaba
segura de que el amor lo fuese todo. A lo mejor había sido demasiado
avariciosa. A lo mejor había puesto el listón muy alto. Había deseado alcanzar
las estrellas cuando debería haberse conformado con la luna.
Sin embargo, analizando el tema a fondo, sabía que sus problemas
con Doug eran mucho más profundos. No se trataba solo del dinero, del estatus y
de tener una casa grande. La fuente de sus problemas era algo más básico. La
inmadurez de Doug. Su incapacidad para comprender que un futuro lleno de
conciertos, de noches de juerga, porros, películas y cenas fuera de casa ya no
la satisfacía. Estaba tan colada por él que se había convencido a sí misma de
que nada de eso importaba, aunque en el fondo supiera que sí.
—Perdona —oyó que decía una voz femenina a sus espaldas—, ¿eres
Amy?
Se volvió otra vez y vio a una rubia muy mona con una melena
cortita, vestida con vaqueros y una camisa de florecillas que le estaba
sonriendo.
—Sí, ¿por qué?
—Hola. Es estupendo ponerle cara a tu nombre. Soy Christine. Del
Daily Post.
—Ah, hola —le dijo, confundida.
—Estaba preguntándome si podríamos tener una charla sobre tu
relación con Hal Blackstock.
—¿Cómo dices? Yo no tengo ninguna relación con Hal Blackstock.
—Pues yo creo que sí —insistió la mujer, que se agachó y le
mostró con increíble agilidad una diminuta grabadora y el ejemplar de un
periódico.
«Las vacaciones en Roma de Hal», rezaba el titular de la
noticia. Bajo esas palabras había una foto de pésima calidad en la que se les
veía a Hal y a ella besándose al amanecer frente a la Boca de la Verdad.
—La hizo una persona que pasaba por allí —le dijo la
periodista—. A mí me parece que os lleváis muy bien. Así que a lo mejor te
gustaría contarme algo.
—Yo... —Tenía la impresión de que esa era una de esas
situaciones en las que se empleaba la frase «Sin comentarios». Pero en ese
momento no se le ocurrió.
—¿Quieres que te lea lo que dice? —le preguntó Christine
amablemente—. Así podrás decirme si es verdad o mentira.
—Yo... —Ojalá no estuviera metida en la bañera ni se sintiera
tan vulnerable.
—«¡Hal-a, hal-a, hal-a! Hal Blackstock, la estrella de cine,
pillado besando a una mujer casada en Roma ayer al amanecer. El novio de la
actriz Flora de Belleville Crécy, de cuarenta y tres años de edad, disfruta de
un abrazo con Amy Fraser, de treinta y seis y de luna de miel, tras pasar una
noche de marcha en Roma.»
—Tengo treinta y cuatro —protestó ella.
—Ah, vale —asintió Christine—. «Justo después de que su ex,
Marina Dawson, anunciara su compromiso con el multimillonario Fabrizio de
Michelis, Blackstock parece no haber perdido tiempo para seducir a la señora
Fraser, clienta del exclusivo hotel de Russie, un establecimiento de cinco
estrellas donde el precio de las suites ronda las cuatro mil libras por noche.»
—¡La mía no cuesta tanto! —exclamó—. A ver, es muy cara, pero...
—Se limitan a citar la tarifa oficial. —La periodista sonrió—.
«Mientras la oscarizada Flora, novia de Hal desde hace casi un año, está
ocupada trabajando en una fundación para reclusas en Jamaica, Hal hace honor a
su sobrenombre "Vacaciones Hal". La señora Fraser, una doctora
residente en Londres, pasó una noche con Hal recorriendo Roma en Vespa, tras lo
cual se echaron un bailecito en un club y como colofón compartieron ese abrazo
frente a la Boca de la Verdad, un sitio típico de Roma que pasó a la posteridad
tras la película Vacaciones en Roma, protagonizada por Audrey Hepburn.»
—¡Ha sido Vinny! —exclamó—. Él ha vendido esa foto.
Menudo cabrón, pensó.
Christine se limitó a sonreír.
—Nunca revelamos nuestras fuentes. «"Había mucha química
entre ellos", afirma un testigo. "No podían dejar de hacerse
arrumacos." Aunque parezca rarísimo, la señora Fraser está disfrutando de
su luna de miel con el que se convirtió en su marido hace unos escasos tres
días. También se supone que está en el tercer mes de embarazo de su primer
hijo. "El marido de Amy es un joven muy agradable y parecen estar
enamoradísimos", afirma Marian Otterley, de sesenta y cuatro años de edad
y oriunda de Marlborough, Wiltshire, alojada en el mismo hotel que la pareja.
"Pero estos últimos días el pobre ha estado encerrado en su habitación
aquejado de dolor de cabeza y supongo que Amy ha cedido a la tentación. Debo
admitir que su comportamiento me sorprende. Está muy orgullosa y feliz de su
embarazo, y me parece muy raro que se vaya por ahí de picos pardos de esta
forma."»
—¡Marian no ha visto a mi marido! De todas formas, no estoy
casada.
—¿Ah, no? —la periodista se inclinó hacia delante con mucho
interés—. Así que no estás de luna de miel.
—Bueno, sí, pero... —Supuestamente había una frase hecha para
ese tipo de situaciones. Ah, sí—: ¡Sin comentarios! —Se puso el albornoz y se
marchó al vestuario con Christine pisándole los talones.
—Amy, cariño, tranquila. He venido justo para eso. Para que me
cuentes tu versión de la historia y aclares el malentendido. A ver, ¿qué te
parece si vamos a desayunar a algún sitio tranquilo para que me lo cuentes todo
y así nos aseguremos de que publican la verdad?
—No, gracias —respondió, arrebujándose con el albornoz.
—Es por tu bien. No puedes evitar que publiquen cosas sobre ti,
¿no prefieres controlar al menos un poco el tema?
Christine estaba en lo cierto. Ese reportaje estaba plagado de
mentiras que tenía que corregir. Pensó en sus padres, horrorizados al leer el
Daily Post mientras desayunaban. Pero ¿se sentiría mejor si contaba la
verdadera historia? Menudo follón. Pero qué boba había sido. ¿En qué cabeza
cabía que pudiera pasar un día entero con Hal Blackstock sin que nadie se
enterara de nada?
—Saca tajada del asunto, Amy —siguió la mujer. Era muy guapa y
parecía simpática—. Te pagaremos una buena cantidad si nos cuentas la verdad.
Estaba a punto de claudicar cuando una voz femenina masculló:
—¡Amy!
Ambas se volvieron a la vez. Vanessa. Y parecía más irritada de
lo normal.
—Amy, deja de hablar con esta... persona inmediatamente. Ven
conmigo.
—¿Por qué?
—Porque lo digo yo. Ven conmigo, ahora mismo.
Estaba atrapada entre las dos mujeres. La hermosa Christine de
mejillas sonrosadas y la desagradable Vanessa. No le gustaba ni un pelo que le
hablaran en ese tono. ¿Iba a ofrecerle dinero Vanessa? Al fin y al cabo, ¿le
debía algo a ella o a Hal Blackstock?
Las miró un instante.
—Creo que es mejor que vengas conmigo, Amy —le dijo la
periodista en voz baja.
Vanessa cerró los ojos y haciendo un esfuerzo supremo susurró:
—Por favor.
Eso lo decidió todo.
—Lo siento —le dijo a Christine. Y lo sentía de verdad—. Pero
creo que debo irme con Vanessa.
Capítulo 38
Después de que Marina se fuera, Hal siguió un buen rato sentado
en la terraza con la mirada perdida en los jardines. El teléfono de la suite no
paraba de sonar. En el fondo de su mente una vocecilla le decía que lo cogiera
por si era Marina disculpándose, pero sabía que era otro imposible. Así que lo
dejó sonar. Acabó por levantarse y desconectar todos los teléfonos de la suite
e incluso apagó el móvil. Que se fuera todo el mundo a la mierda. Necesitaba
estar solo, necesitaba pensar.
Después llegaron los golpes a la puerta. Al principio no les
hizo ni caso, pero la cosa siguió y escuchó que Nessie gritaba:
—¡Hal, Hal! Siento muchísimo molestarte, pero tengo que hablar
contigo.
—Vete, Nessie —gritó a su vez—. Estoy durmiendo.
—Lo siento. No te molestaría si no fuera importante.
—No hay nada que sea tan importante. Cuéntamelo luego. No estoy
de humor.
—Creo que deberías saberlo.
Acabó por ir hasta la puerta y abrir una rendija a través de la
cual vio a Vanessa, inusualmente nerviosa, con un periódico en la mano. ¡Menuda
gilipollez! Los periódicos seguían publicando basura. Ni que fuera importante.
Llevaban años haciendo lo mismo.
—Cariño, te he dicho que te largues.
—Pero Hal...
En ese momento escuchó otra voz procedente del pasillo.
—¿Hal?
Y por encima del hombro de Vanessa vio a la rubia delgada y
elegante que el mundo creía que era su novia.
—¡Flora! ¿Qué coño haces aquí?
—Qué bonito... —replicó la aludida con una carcajada carente de
humor. Iba ataviada con unos vaqueros que dejaban a la vista su inexistente
trasero y un blusón bordado que le habría costado lo mismo que el Producto
Nacional Bruto de Guatemala. Se había dejado el pelo suelto, que le caía liso a
ambos lados del rostro, y su maquillaje al estilo «no voy maquillada» era
impecable. Lo abrazó—. He hecho todos estos kilómetros para verte y ¿así es
como me recibes?
—Lo siento, Hal —se disculpó Vanessa, que por primera vez desde
que la conocía parecía aterrada—. No pude ponerme en contacto con Henrietta
antes de que salieran hacia el aeropuerto.
La mente de Hal hizo malabarismos para adaptarse.
—Lo siento muchísimo, querida —murmuró después de darle un casto
beso en la mejilla—. Es que me has sorprendido. ¿Por qué no me has avisado de
que venías? ¿Cómo están las niñas?
—Bien, gracias. No es una enfermedad grave. En cuanto a lo de
avisarte, perdóname, pero creí que sería romántico. —Se volvió hacia Henrietta,
su asistente personal, que tenía un aspecto muy pálido y desaliñado. Junto a
ella estaba el portero, al lado de un carrito cargado de maletas—. Ya podéis
dejarnos solos. Hal y yo tenemos que ponernos al día. Henrietta, luego te llamo
para planear el día.
—Vale —replicó la mujer, aliviada ante la idea de una cama
después de una larga noche de avión.
—Para entonces quiero que hayas organizado la reforestación de
por lo menos cuarenta hectáreas de selva brasileña.
—El rostro de Henrietta mostró su decepción—. Hemos venido en un
vuelo privado —le explicó a él—. Es la única forma de volar de Jamaica a Roma
sin hacer muchas escalas. Pero ya sabes lo mal que me hace sentir eso por lo
perjudicial que es para el medio ambiente. —Pasó a su lado para entrar en la
suite—. Hasta luego —dijo mientras cerraba la puerta.
Al igual que hiciera Marina, fue directa a la terraza.
—Qué jardines más bonitos —dijo por encima del hombro—, pero
creo que estás muy expuesto a las miradas curiosas. Me parece que esta no es la
mejor suite del hotel. Cuando me quedé aquí con Pierre...
—Sí, hay otras mejores —reconoció con desgana—. En una hay una
pareja de luna de miel y en la otra está Justina. En esta hay dos litografías
de Picasso.
—Qué locura pasar la luna de miel en Roma en agosto. —Flora se
encogió de hombros antes de lanzar una mirada disgustada al desayuno que seguía
intacto en la terraza—. Mmm... necesito una ducha. Debería haberme duchado en
el avión, pero he estado repasando mis notas para el viaje a Madagascar. Y
después me apetece tomar el almuerzo. Nada pesado, una ensalada. Encárgate de
que me la sirvan mientras yo me preparo. Recuerda, ¡nada de tomate ni de
berenjena!
—Claro, Flora —accedió, encantado por la posibilidad de perderla
de vista aunque fuesen unos minutos.
El pánico lo consumió mientras Flora se duchaba. ¿Quién coño se
había creído que era para acorralarlo de esa manera? Un breve vistazo a esos
pómulos aristocráticos y a esos labios delgados de rictus desagradable lo
habían convencido de algo que llevaba meses sospechando. No la amaba. Nunca lo
había hecho. Y jamás lo haría. Era una buena actriz con muchos contactos en el
mundillo de la interpretación, capaz de recaudar tropecientos millones para
cualquier causa benéfica, pero eso no bastaba. ¿Cómo había podido creer lo
contrario?
De todas formas, tal vez fuera lo mejor. Tarde o temprano iba a
darle la patada, de modo que cuanto antes, mejor. No podía evitar sentirlo un
poco por ella, sobre todo después de un viaje tan largo. Pobre Flora, tan
controlada en apariencia, pero con tan mala suerte en el terreno sentimental.
Se preguntó si habría roto con Pierre porque él también la creyó una persona
aburrida y con muchas ínfulas. Igual quedaban algún día para tomar una copa y
comparar notas... Después de pedir al servicio de habitaciones que les llevaran
un par de ensaladas vegetarianas y zumo de hierba de trigo, la lástima que
sentía por ella se había acrecentado. Aunque no tanto como la que sentía por sí
mismo. Porque estaba a punto de quedarse solo por primera vez en su vida de
adulto. Claro que en cuanto saltara la noticia, las candidatas a convertirse en
su siguiente novia harían cola a su puerta, pero ya no estaba de humor para
otra relación pasajera. No pensaba aceptar ni un solo sucedáneo más, a partir
de ese momento buscaría su amor verdadero.
Ensayó mentalmente el discurso: «Flora, eres una mujer
admirable, pero... tú no tienes la culpa, soy yo... es que ahora mismo necesito
un poco de tiempo... Te mereces a un hombre que pueda darte lo que yo no puedo
ofrecerte».
—¡Hal!
Flora estaba en la puerta, vestida con el albornoz y con una
extraña sonrisa en los labios. Extendió las manos hacia él y vio que esos dedos
huesudos sostenían una cajita negra.
—Hal, lo siento, no estaba curioseando, te lo juro. Estaba
buscando el enjuague bucal en la habitación ¡y mira lo que he encontrado! Lo
siento muchísimo, de verdad. Sé que habrás planeado una declaración muy
romántica y sorprendente, por ejemplo en la terraza durante el atardecer, para
ver los jardines, pero jamás podría fingir que no lo he descubierto. —Se echó a
reír, encantada—. El anillo es precioso, Hal. Muy bonito. Aunque tal vez me
quede un poco grande.
Hal tragó saliva.
—Has sido mala, Flora. No deberías fisgonear.
—Lo sé, lo sé, y ya te he pedido perdón. —Atravesó la habitación
a la carrera.
Reconoció la expresión de su rostro. Era la misma que había
utilizado cuando interpretó a la dulce e inocente hija de un psicópata asesino
en Helecho. Le ofreció la cajita mientras pestañeaba con timidez.
—¿Ya? —susurró.
—¿Ya qué?
Su expresión se tornó un poco menos dulce e inocente.
—Que si ya vas a pedírmelo. Como Dios manda.
—¡Ah, eso! vale. Bueno... —Se enjugó el sudor de la frente, y
eso que el aire acondicionado estaba al máximo—. Iba a hacerlo luego.
—¡Seamos espontáneos! ¡Hazlo ahora!
—Vale —replicó con un hilo de voz, pero en ese momento alguien
empezó a aporrear la puerta—. Ah, debe de ser el almuerzo —dijo, aliviado, y se
apresuró a abrir. Sin embargo, al otro lado descubrió a Callum—. ¡Cali!
—gritó—. ¡Hola» tío, me alegro de verte! Pasa, pasa. ¿A que no adivinas quién
ha venido a vernos?
—¿Quién? —preguntó Callum a su vez mientras parpadeaba extrañado
por la inesperada cordialidad.
En ese momento se percató de que su representante, al igual que
Nessie, llevaba un ejemplar del Daily Post.
—Siento molestarte de esta manera, pero tienes el teléfono de la
suite desconectado y el móvil apagado, y creo que tú y yo deberíamos echarle un
vistazo a esto para encontrar la manera de minimizar el daño. —Se detuvo en
seco al llegar a la terraza—. ¡Flora! ¡Mierda! Digo... ¡hola! ¿Qué haces aquí?
—¿Por qué se empeña todo el mundo en preguntarme lo mismo?
—preguntó ella—. He venido a ver a mi novio, ¿es un delito?
—No, no, ni mucho menos —respondió Callum, aunque su
acostumbrada tranquilidad lo había abandonado—. ¿Me permites que hable un
momento en privado con Hal? Aburridos asuntos de negocios, ya sabes. Después
podréis relajaros juntos.
—¿Por qué no puedo estar presente durante la conversación?
—quiso saber ella—. Entre nosotros no hay secretos, ¿sabes? No cuando estamos a
punto de convertirnos en... —Miró a Hal y siguió con gran énfasis—: marido y
mujer.
—¿Cómo has dicho? —preguntó Callum.
—Deberías ser el primero en saberlo. Vamos a casarnos.
—¿Ah, sí?
—Bueno, Hal todavía no me lo ha pedido oficialmente, pero he
descubierto el anillo y eso ha acelerado las cosas, así que...
—En ese caso, felicidades a los dos. —Se acercó a ella y le dio
un beso antes de intercambiar un apretón de manos con Hal—. Estupendas
noticias. Pero, Flora, el asunto que tenemos que hablar no es de índole
romántica, así que ¿qué te parece si te sientas aquí un momentito para
disfrutar del sol mientras Hal y yo hablamos dentro? Luego lo dejaré a tu
entera disposición.
—Dame una pista —le pidió ella.
Hal sonrió en contra de su voluntad. Era una mujer tan
competitiva que no podía soportar que la dejaran al margen de algo. Así que
intercambió una mirada con Callum y asintió con la cabeza. Sabía que la cosa
iría sobre la película de Bazotti y que Callum estaba nervioso porque Flora
montaría en cólera cuando tuviera que coger un avión a Los Ángeles para la
prueba. Pobre. Al fin y al cabo, ¿cómo iba a saber que al día siguiente Flora y
él serían historia?
Tal como imaginaba, Callum dijo:
—Bueno, pero que quede entre nosotros tres. Hal va a hacer la
prueba para un papel en la nueva película de Andreas Bazotti. Así que tenemos
que hacer planes.
—La nueva película de Bazotti... —Flora lo miró con renovado
respeto—. Vaya, vaya. Estoy deseando oír más. —Y bostezó—. Lo siento. La
diferencia de horario me está pasando factura. No tardéis mucho. Quiero a Hal
para mí sólita. —Señaló con la cabeza el periódico que Callum llevaba bajo el
brazo—. ¿Me lo dejas para que le eche un vistazo?
Callum miró el periódico como si fuera un arma radiactiva.
—No creo que te interese. Prensa rosa inglesa. Está lleno de
porquería. Seguro que alguien puede subirte el New Yorker o...
—No, me encantan vuestros cotilleos —protestó ella—. Son muy
graciosos. En Estados Unidos no tenemos publicaciones tan frívolas. Vamos,
Callum, dámelo.
—Pero es que hay una cosa que necesito enseñarle a Hal.
El rostro de Flora se crispó.
—Callum, dámelo —repitió como si fuera una policía que estuviera
pidiéndole a un atracador de bancos que entregara su arma.
Al ver que Callum no reaccionaba, se acercó a él y le quitó el
periódico de un tirón. Lo dejó sobre la mesa y observó la portada en silencio.
—Vaya —dijo.
Hal se puso de puntillas para ver el periódico por encima de su
hombro.
—¡Joder! —exclamó.
Capítulo 39
Vanessa arrastró a Amy hasta el garaje y la metió en una
limusina con cristales tintados. Mientras el chófer salía a la vía del Babuino,
el móvil de Amy comenzó a sonar.
—¡No contestes! —gritó Vanessa.
—Pero es mi madre.
—Ah, vale. Entonces vale. Pero tienes que decirle que no hable
con absolutamente nadie.
—Hola, mamá.
—Amy, cariño, ¿qué está pasando? Has salido en las revistas de
hoy, que lo sepas. Al parecer tienes una aventura con Hal Blackstock. Y Doug y
tú acabasteis casándoos al final. Y encima estás embarazada.
—No nos casamos. No estoy embarazada. Eso ha sido un
malentendido. —Vanessa volvió la cabeza tan rápido que creyó que se le caería—.
Y no estoy teniendo una aventura con Hal Blackstock.
—¡Oooh! —Exclamó su madre como si fuera un globo al
deshincharse—. ¿Estás segura?
—¿De qué?
—Bueno, de lo de Hal Blackstock —contestó su madre, dejando
claras sus prioridades.
—Absolutamente. Lo conozco. Pero no hay nada entre nosotros.
—¿Y no estás embarazada? —¡Plof! Otro sueño roto. Pero después
se animó—. ¡Conoces a Hal Blackstock! ¡Ay, Dios, Amy! Tienes que decirle que me
encantó en aquella película sobre la guerra de Secesión. Y... ¿podrías pedirle
un autógrafo? No para mí, sino para mi vecina Pat.
—No creo que vaya a tener la oportunidad.
—Bueno, haz lo que puedas. A ver si consigues que ponga: «Para
Pat con cariño, de Hal». ¡Sería maravilloso! De todas maneras, me alegro
muchísimo de que estés pasándotelo bien. Bueno, a tu padre y a mí nos han
avergonzado un poco las fotos, pero... ¡Ah, llaman a la puerta! Espera un
momento, voy a ver por la ventana quién es. Son dos hombres. No los conozco de
nada.
—Creo que podrían ser periodistas.
—¿¡Qué!? —gritó Vanessa—. ¿¡Periodistas!? ¿Cómo nos han
encontrado? —Vanessa le quitó el móvil—. ¿Hola? Soy Vanessa Trimingham, la
asistente personal del señor Blackstock. Si de verdad hay dos hombres en su
puerta, no les abra. Y tampoco quiero que coja el teléfono. Todo el mundo
andará como loco por enterarse de la relación que tiene su hija con el señor
Blackstock. No debe hacer comentarios. Si alguien se salta sus defensas, debe
decir «Sin comentarios». ¿Me entiende? «Sin comentarios.» —Hubo una pequeña pausa
antes de que Vanessa hablara de nuevo—. No, no le estoy hablando como si fuera
usted tonta. Siento mucho si lo ha interpretado de esa manera... Bueno, tal vez
no pueda ir a nadar hoy. Creo que vamos a tener que dejar claras las
prioridades. Lo más importante es que cortemos esta historia de raíz... —Los
gritos al otro lado de la línea se hicieron más insistentes—. De acuerdo, le
devuelvo el teléfono a su hija.
—¡Amy! —Su madre parecía muy molesta—. Esa mujer dice que no
puedo salir de casa. Pero siempre voy a nadar con Pat los viernes. Díselo.
—Creo que no sería muy buena idea. —Oyó que sonaba el timbre. Y
al mismo tiempo el móvil comenzó a emitir pitidos sin cesar, a medida que iba
recibiendo llamadas.
—¡Vaya por Dios! Más personas en la puerta. ¿Qué hago?
—Creo que Vanessa tiene razón —le dijo a su madre— y vas a tener
que quedarte en casa.
Cuando por fin logró convencer a su madre, comenzó a revisar los
mensajes de texto. Al igual que sucedió con la boda, todo el mundo quería saber
qué estaba pasando. Le mandó uno a Gaby, asegurándole que no era lo que creía y
que esperaba volver a casa pronto para darle todos los detalles. Después siguió
revisando la lista, y se le paró el corazón un segundo cuando vio el nombre de
Pinny.
Buena chica. Le has dado un buen susto al inútil de tu novio.
Felicidades, P xx
Lo miró sin dar crédito. Estaba segura de que Pinny se habría
lanzado a por Doug en cuanto ella salió del país. Qué raro. Pero en vez de
darle vueltas al asunto, se concentró en los mensajes de voz. Los sospechosos
habituales junto con llamadas de The Sun, el Daily Mail, el Daily Express y el
News of the World. ¿De dónde habían sacado su número? Después un mensaje
zalamero de Christine. Lo borró. El siguiente era de un hombre.
«Amy. Soy Vincenzo. De la otra noche. El hotel me dio tu número
cuando fui a recogerte al aeropuerto. Lo siento muchísimo. Muchísimo. No he
sido yo, de verdad, te lo juro. Ha sido Gianni. Estoy muy enfadado con él. Por
favor. Si la situación te desborda, llámame. Puedes quedarte conmigo si
quieres, lejos de los periodistas.»
Miró a Vanessa y luego bajó la vista de nuevo al móvil.
—A dondequiera que me lleves, ha habido un cambio de planes.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero ir a casa de un amigo, no al escondite que tú has
elegido. —Al ver que Vanessa abría la boca para discutir, soltó la bomba—: Si
no lo haces, le diré a mi madre que les diga a los periodistas que cree que Hal
y yo estamos comprometidos.
En la suite Picasso las consecuencias del descubrimiento fueron
inevitables. Como era de esperar, Flora estaba muy enfadada. Le gritó a Hal un
montón, le tiró el anillo a la cara, le dijo que todo se había acabado y luego
salió de la habitación gritándole a Henrietta que hiciera el equipaje para
marcharse de inmediato.
Hal y Callum se miraron mientras el portazo resonaba por la
suite. Los dos estallaron en carcajadas y siguieron a mandíbula batiente hasta
acabar llorando.
—Lo siento —consiguió decir Callum al cabo de un rato—. Supongo
que el final de tu relación no debería hacerme tanta gracia. Pero me la hace.
Despídeme si quieres. Despídeme ahora mismo.
—No pasa nada —le aseguró Hal—. Supongo que lo habría averiguado
tarde o temprano. La lástima es que tuviera que venir hasta aquí para hacerlo.
—Soltó una risilla—. Tienes razón, no tiene gracia. Está muy dolida. —Pronunció
la última frase con un hilillo de voz.
Comenzaron a reír de nuevo.
—No me había dado cuenta de que no la amabas —confesó Callum
cuando se tranquilizó.
—Ni yo. Lo descubrí hace un par de días.
Se produjo un corto silencio.
—¿Habéis vuelto Marina y tú?
Negó con la cabeza mientras apretaba los labios.
—No. No. Eso nunca ha sido una opción. Va a casarse con
Fabrizio, ya lo sabes.
—Pero anoche la química entre los dos era tan intensa...
Lo interrumpió.
—No hay nada entre Marina y yo. Y ahora déjame leer el dichoso
periódico en condiciones. Y luego creo que llamaré a Amy para disculparme por
haberle puesto la vida patas arriba.
—La verdad... —dijo Callum y carraspeó antes de seguir—: es que
ya estamos ocupándonos de Amy.
Eso lo dejó boquiabierto.
—¿Cómo que estáis ocupándoos de ella? Por si no te has enterado,
este país ya no es fascista.
Callum sonrió.
—No es nada drástico. Pero el hotel está rodeado de periodistas
y paparazzi, así que Vanessa se la ha llevado a un lugar secreto que ha
encontrado en el campo. Nos pareció buena idea que se quede allí hasta que las cosas
se calmen un poco y podamos mandarla de vuelta a casa.
—Pobrecilla. —Pensó en Amy. No había sido amor, pero le gustaba
mucho—. ¿Puedo ir a verla? Creo que le debo una disculpa en persona.
Capítulo 40
Un par de horas más tarde Hal y Amy estaban sentados en el
diminuto piso que Vincenzo compartía con su madre, en el barrio de EUR, una
espantosa aglomeración de torres de edificios.
Un contrito Vincenzo se había mostrado encantado de recibirlos
mientras que su madre, que llevaba un corpiño de piel de leopardo y unos
pantalones de cuero ajustados y que no se parecía en nada a la imagen que tenía
Amy de una mamma italiana vestida de negro, preparaba café y agasajaba a Hal
con pastelitos. Ninguno para ella, eso sí, porque una donna tenía que cuidar su
línea.
Hal preguntó si podía hablar con ella a solas. Vincenzo los sacó
al balcón, que daba a un grotesco monolito de piedra.
—Eso es feísimo —dijo ella.
—Mussolini lo construyó. Bueno, no él en persona, pero era su
estilo arquitectónico neofascista. No llegó a imponerse. —Hal se preguntó
cuánto podría escudarse en esa conversación trivial, pero el sentimiento de
culpa lo traicionó—. Lo siento —dijo a bocajarro—, coqueteé contigo, te hice
creer que había algo entre nosotros cuando en realidad solo estaba tonteando y
en el fondo sabía que no había manera de mantenerlo en secreto. Los paparazzi
están por todas partes.
—O algún amigo traicionero de Vincenzo.
—O algún amigo traicionero de Vincenzo.
—Disculpa aceptada —dijo Amy, profundamente conmovida—. Te
perdono.
—Gracias —replicó con una sonrisa—. Si te sirve de consuelo,
todo esto pasará. Todas esas revistas acabarán en la basura.
—Supongo. Lo que pasa es que no quería que todo el mundo se
enterase de que me había inventado un marido. Es un poco humillante.
—Te entiendo muy bien. —Hizo una pausa antes de preguntar—: No
estás embarazada, ¿verdad?
Amy meneó la cabeza con aire triste.
—Ni voy a estarlo a este paso.
—Lo siento muchísimo, Amy. Creí que estaba hablando en serio.
Pero estaba confundido. No fue mi intención enredarte en mi desastrosa vida
privada.
—No pasa nada —le aseguró—. Me he divertido muchísimo contigo. Y
me he dado cuenta de que hace mucho que no me divertía.
Estaba tan guapa sentada al sol que se preguntó por un segundo
si no estaría cometiendo otro terrible error.
—¿Por qué cortaste con tu marido? —quiso saber—. No me lo has
dicho nunca.
Amy sonrió con tristeza.
—Cedí demasiadas veces. Hice demasiadas concesiones. Pero una de
ellas fue la gota que colmó el vaso.
—¿De verdad? —Se volvió hacia ella fascinado.
—Mmm. —Pero a juzgar por la expresión de su rostro supo que no
iba a decir más—. Es todo muy difícil —siguió—. Todo el mundo dice que las
relaciones son difíciles, que tienes que perseverar y capear el temporal. Pero
suponte por un momento que sabes que nunca va a funcionar. ¿Cuándo tiras la
toalla?
—Ojalá lo supiera —contestó en voz baja—. Ese fue el error que
cometí con Flora, el de tolerar algo que solo se ajustaba a una vida fácil.
—Hizo una pausa y luego añadió—: Marina no lo habría hecho. Ella se dio cuenta
de que nos dejábamos llevar, pero que no íbamos a ninguna parte. Era como si
estuviéramos en una bicicleta estática. Quería que diéramos el siguiente paso.
Quería que yo madurara. Me dio un ultimátum.
—¿Me estás hablando de anoche?
—No, no. Cuando cortamos. Me dio un mes para que le pidiera
matrimonio o cortaría por lo sano.
—¿Y qué pasó? —preguntó, aunque ya sabía qué había pasado.
¿Qué les sucedía a los hombres con los plazos y las fechas
límite? Era como si quisieran creerse inmortales, como si las limitaciones
temporales no fueran con ellos y tuvieran todo el tiempo del mundo para
organizar su casa, para arreglar sus errores y para reconducir su vida como era
debido. ¿Por qué solo las mujeres comprendían lo corta que era la vida?
—No se lo pedí. Y fue el peor error que he cometido en la vida.
Perdí al gran amor de mi vida porque era patético, porque tenía dudas estúpidas
sobre cosas que no importaban lo más mínimo. Y ahora es demasiado tarde. Metí
la pata. Metí la pata hasta el fondo.
—Encontrarás a otra persona —le aseguró. Era lo mismo que se
había estado diciendo ella, pero en realidad no lo creía. Claro que Hal era una
estrella de cine, por supuesto que él encontraría a otra persona.
—¿A alguien como tú? —preguntó Hal con su acostumbrado deje
burlón, de modo que si ella respondía a su coqueteo, él pudiera contestar que
había sido solo una broma.
—No como yo. —Sonrió—. No habría funcionado. Somos de planetas
distintos. Y no me refiero a Marte y a Venus. Tú eres del planeta de los
famosos, estás rodeado de mujeres guapísimas y viajas por todo el mundo. Sería
imposible que pudiéramos estar juntos.
—Podría cambiar. Tirarlo todo por la borda. Podríamos irnos a
vivir al campo. Tú atenderías a un grupo de pacientes de mejor clase y yo
cuidaría nuestro huerto. —Pero solo estaba siendo cortés, no lo decía en serio.
—Imposible, te morirías del aburrimiento. Necesitas trabajar
más, no menos. Ve a Estados Unidos. Consigue el papel de esa película de
Bavotti o como se llame. Y dile a Marina lo que me has dicho a mí, que has
metido la pata hasta el fondo y más allá.
—Tuve la oportunidad esta mañana —comentó—. Vino a verme. Estoy
casi seguro de que me estaba dejando caer que no era demasiado tarde. Pero
volví a cagarla.
—¿Por qué?
Hal suspiró.
—Orgullo. Miedo. Pero sobre todo por orgullo.
—Todavía no es demasiado tarde. Llámala. Dile que fue el orgullo
y el miedo. Ponte de rodillas. Dile que eres un idiota integral y que no puedes
vivir sin ella.
—No puedo hacer eso.
—Claro que puedes —lo contradijo con vehemencia.
—Si tu hombre lo hiciera, ¿te bastaría?
Meditó la respuesta un segundo. No, todo había acabado con Doug.
Tal vez Lisa o quizá Hal, alguien en algún momento de esos últimos días, la
había ayudado a comprender lo que ella ya sabía: que el amor por Doug no
bastaba. Que él tenía que corresponderla en la misma medida y eso no iba a
pasar jamás. No era culpa suya, Doug tenía esa forma de ser.
Sin embargo, Hal era distinto. Hal quería a Marina con toda su
alma y estaba dispuesto a cambiar por ella. Lo había visto en sus ojos la noche
anterior.
—Hazlo —le pidió.
—No puedo. —Sin embargo, le echó un vistazo al reloj mientras
hablaba. Marina le había dicho que levaban anclas a las diez. Aún tenía tiempo
más que de sobra.
—Por favor. —No podía soportarlo.
—¿Me acompañarás? —le preguntó.
—No creo que mi presencia ayude mucho.
—No tiene por qué verte. Pero me encantaría que estuvieras
conmigo en el coche. Necesito el apoyo moral.
—Muy bien —accedió.
—Genial —dijo Hal, que cogió su móvil—. Hola, ¿Nessie? Soy yo.
Oye, esta noche yo... ¿Cómo dices? —Le llegó un parloteo incomprensible desde
el otro lado de la línea mientras la expresión de Hal pasaba de la irritación a
la sorpresa y luego a la sorna—. ¿Así que vas a trabajar para Justina? —Se quedó
callado escuchando—. Pues que tengas buena suerte, Nessie. Es un duro golpe
perderte. Pero tienes razón. Justina tiene un brillante futuro por delante. Y
tiene que ser una putada verte obligada a limpiar mis cagadas. No pasa nada,
cariño, ciao. Mi nuevo asistente personal te llamará para tramitar el papeleo.
Capítulo 41
Por varios motivos relacionados con la informalidad de las
amigas de Amy y con la imposibilidad de conseguir una limusina blanca en otra
fecha, la despedida de soltera y la de soltero se celebraron la víspera de la
boda, en lugar de hacerlo cuatro meses antes como habría sido lo lógico.
—Es una idea pésima —dijo Amy—. Todo el mundo sabe que mañana
vas a despertarte a miles de kilómetros de aquí, encadenado a una farola, y
cubierto de plumas de la cabeza a los pies.
—Que no —la tranquilizó Doug—. Me tomaré unas cuantas copas como
cualquier viernes por la noche y ya está. ¿Qué se supone que voy a hacer
durante mi última noche de libertad? ¿Quedarme en casa cagado de miedo?
Ella había esperado celebrar una cena tranquila con ambas
familias, pero sabía que era una batalla perdida. No podía controlar a Doug,
pero estaba decidida a tomarse solo un cóctel y después seguir con agua hasta
la medianoche, hora en la que regresaría a casa. Al final y como era de
esperar, se tomó tres cócteles y media botella de vino en un restaurante del
Soho, entre risas, pegatinas con la L de novata y penes de chocolate. A las
11.45 descubrió que estaban en un club cercano al restaurante, donde Madhura se
subió a bailar a una mesa en cuestión de segundos. La observó un rato.
—Me quedaré un cuarto de hora más —le gritó a Gaby al oído.
—Vale. Yo también. Este dichoso niño me está moliendo a patadas.
—Voy al baño un momento y luego intentamos encontrar un taxi,
¿vale?
Cuando salió al pasillo, se dio de bruces con un tío alto y muy
serio vestido con pantalones de pana y camisa azul desabotonada hasta la
cintura.
—¡Amy!
—¡Danny! ¿Qué haces aquí?
La última vez que se vieron cara a cara fue el día que él le
suplicó entre lágrimas que no se fuera. En ese momento estaba colorado como un
tomate y más contento que unas pascuas.
—Es mi despedida de soltero.
—¡Venga ya! Es mi despedida de soltera.
Se miraron sin decir nada. Aunque llevaba unos meses
reflexionando acerca de si se había equivocado al dejarlo o no, supo al
instante que había tomado la decisión correcta. Danny le resultaba tan
interesante como la predicción meteorológica a largo plazo para Calgary, en
Canadá... Eso sí, ojalá no se le hubiera corrido el rímel y él se fijara en la
cantidad de kilos que había perdido.
—Pues sí —dijo Danny con esa voz ronca y tranquila que solía
ponerla de los nervios—. Me caso dentro de tres semanas. Pero decidimos que
sería más sensato celebrar las despedidas de soltero y de soltera un poco antes
de la fecha. Aunque Alison no va a celebrar mucho. Está de cinco meses.
—Vaya —replicó, extrañada por los sentimientos que le provocó la
noticia. Respiró hondo y le dijo—: Enhorabuena.
—Lo mismo digo, Amy. ¿Cuándo es tu gran día?
—Mañana. A las cinco de la tarde.
—¡Coño! Lo has dejado para última hora, ¿eh? Claro que
tratándose de ti es lo normal, ¿no? En fin, buena suerte. Espero que todo te
salga bien.
—Lo mismo digo.
Por un momento se le pasó por la cabeza la idea de quedarse una
hora más y echar mano de la crema Midnight Secret de Guerlain para borrar los
efectos de su rostro al día siguiente, pero al final se decidió por el taxi.
A la una estaba en la cama, dormida como un tronco, soñando con
canapés y discursos cuando la despertó un portazo. Doug se metió en la cama
apestando a alcohol, maría y tabaco. Alguien le había dado un beso en la
mejilla y había dejado la marca roja de sus labios. Era el tono rojo de Chanel
que usaba Pinny quien, naturalmente, había preferido la despedida de soltero a
la de soltera.
—Hola.
—Hola —replicó ella, bostezando—. ¿Te lo has pasado bien?
—Estupendamente. —Suspiró y soltó un pequeño eructo—. Parece que
se me ha hecho el cuerpo a estas tonterías de la boda. Ojalá me dijeras adónde
vamos de luna de miel.
—Es una sorpresa.
—¿No puedes darme una pista?
—No —respondió, dándole la espalda—. Buenas noches, Doug. Hasta
mañana.
—El 5 de septiembre estaremos de vuelta, ¿verdad?
Que Doug preguntara por una fecha tan específica era
sorprendente.
—Sí. ¿Porqué?
—Porque el día 6 nos vamos de gira.
La respuesta la despejó por completo.
—¿¡De gira!?
—Aja.
—¡Pero si no me lo habías dicho! ¿Adónde? ¿Cuánto tiempo?
Doug soltó un enorme bostezo.
—Estoy seguro de que ya te lo he comentado. Bélgica, Holanda y
Francia. Tres semanas.
—¿Tres semanas?
—Aja. No está tan lejos, nena. Puedo venir a verte algún fin de
semana.
El sol comenzaba a entrar por las contraventanas y ella tenía un
terrible nudo en la garganta.
—Eso es lo de menos. No me lo habías dicho. Y creo que habíamos
quedado en que si el grupo no funcionaba, ibas a dejarlo después de la boda.
Silencio.
—¿Doug? Eso fue lo que acordamos, ¿no?
Doug se sentó.
—Amy, ¿qué otra cosa voy a hacer? No puedo volver a trabajar en
una oficina. Vas a tener que darnos un poco más de tiempo.
—¡Pero es que siempre estoy dándoos tiempo! ¿Y nosotros qué, de
dónde sacamos el tiempo? ¿Qué va a pasar cuando tengamos un bebé? Porque pienso
pedir reducción de jornada. A menos que tú te quedes en casa y te encargues de
él.
Ya estaba. Tres años de relación sin sacar el tema y, de
repente, estaba sobre la mesa. La expresión de Doug lo decía todo.
—Doug, tú quieres tener hijos, ¿verdad?
Volvió a tenderse en la cama y se quedó muy quieto.
—No sé —respondió por fin con un hilo de voz.
De repente la invadió la calma.
—¿No lo sabes o no quieres?
—No —respondió, bajando aún más la voz—. No quiero tener hijos.
Dan mucho ruido, huelen mal y lo dejan todo hecho un desastre. Te ponen la vida
patas arriba. El grupo nunca triunfará si estoy distraído con un niño. Además,
quiero viajar por Australia. Con un niño no se puede.
¿Hay algo más ruidoso, apestoso y desastroso que el grupo?,
pensó ella, aunque no lo dijo.
—¿Prefieres ir a Australia antes que crear una nueva vida?
—Pues sí —contestó—. Lo siento, Amy, pero cualquier imbécil es
capaz de crear una nueva vida. No todo el mundo tiene un grupo. Además, el
mundo ya está lleno de niños.
Fue como si la tapa de un enorme piano cayera de repente. Se
sentía abotargada. Aunque en el fondo siempre lo había sabido, del mismo modo
que siempre había sabido que jamás dejaría el grupo. No quería tener niños.
Porque él mismo era un niño. Claro que ella tenía otras alternativas. Podía
pasar años esperando a que cambiara de opinión. Podía «olvidarse» de ponerse el
diafragma... Sin embargo, recurrir a semejantes artimañas le resultaba
repulsivo. Había visto muchos niños infelices en la clínica, y no solo
procedentes de las clases medias, sino también de familias bien, cuyos padres
los odiaban o se odiaban entre ellos. Y también había visto muchas madres
solteras que se dejaban la piel intentando salir adelante con su sueldo como
para planteárselo siquiera.
Una cosa era casarse sabiendo que no todo iba a ser perfecto,
que habría baches impredecibles en el camino que tendrían que superar según
fueran surgiendo, y otra muy distinta plantarse delante de la familia y de los
amigos para pronunciar unos votos cuando se estaba en profundo desacuerdo sobre
uno de los principios fundamentales del matrimonio y sabiendo que para
conseguir lo que más deseaba tendría que recurrir al engaño, lo cual acabaría
en un desastre seguro.
Deberían haber mantenido esa conversación hacía muchísimo
tiempo. En parte, la tuvieron la mañana posterior al compromiso. Pero por
ridículo que pareciera, había pensado que si cerraba los ojos y lo dejaba
pasar, el desinterés de Doug por los niños desaparecería, como el ruidillo que
se escuchaba bajo el fregadero que, en realidad, sabía que lo producían los
ratones.
—Doug —dijo—, si no quieres tener niños, no podemos casarnos.
La miró alucinado.
—Pero tú ya lo sabías.
—Más o menos, pero nunca me lo has dicho así tal cual. La culpa
es mía. Debería habértelo preguntado directamente. Hace años. —La lucidez y la
entereza con las que veía las cosas le resultaban sorprendentes—. Pero la boda
está cancelada.
—¡Pero si es mañana! No, hoy. No estás hablando en serio, Amy.
—Creo que sí.
—Solo son los nervios. Ya verás cómo dentro de un rato ves las
cosas de otro modo.
—No creo.
Doug salió de la cama y se quedó allí plantando, vestido solo
con los calzoncillos. Era muy guapo. Y había estado coladísima por él.
—¡Vale! —gritó con su acostumbrada petulancia—. En ese caso, me
largo.
—¿Adónde! —quiso saber, presa del pánico porque la enormidad de
lo que acababa de hacer comenzaba a hacer mella.
—A casa de Pinny, evidentemente. Ella lo entenderá. —Metió unas
cuantas cosas en su destrozada mochila negra.
Entretanto, ella observó aturdida cómo el hombre en quien lo
había invertido todo durante los últimos tres años la abandonaba en cuestión de
tres minutos.
—¿No podemos hablarlo? —sugirió.
El meneó la cabeza.
—No, Amy. Estoy harto de que intentes convertirme en un hombre
que no quiero ser. En un clon de PJ. Creía que eras distinta de las demás, pero
no lo eres. Todas queréis la misma vida aburrida.
—A lo mejor yo no. No sé...
Doug se ablandó.
—Sí lo quieres, Amy. Lo sé desde hace mucho. —Hizo ademán de
agarrar el picaporte de la puerta, pero se detuvo—. Necesitamos darnos un
tiempo. Un tiempo para calmarnos.
Comenzó a llorar.
—¿Estás cortando conmigo?
—Tal vez —contestó él, y cerró con un portazo.
Capítulo 42
Mientras el Bentley, conducido por Vincenzo, recorría a toda
velocidad la autopista hacia el aeropuerto que después se desviaba hacia la
costa, Hal sentía que su corazón era una especie de yoyó que subía y bajaba de
la garganta a los pies sin parar. Amy tenía razón: debía intentar recuperar a
Marina. Por primera vez en su vida iba a esforzarse de verdad. Si no lo
intentaba, se arrepentiría para el resto de su vida, lo lamentaría eternamente,
se comería la cabeza por lo que podría haber sido de haberlo intentado.
—¿Qué hora es? —preguntó Amy. Se había olvidado de ponerse el
reloj por el barullo de esa mañana cuando la sacaron del gimnasio.
—Casi las nueve —contestó Callum, a quien Hal había secuestrado
después de la deserción de Vanessa—. Se irán dentro de una hora.
Habían discutido cuál era la mejor táctica a seguir. Hal quería
llamar a Marina, pero Callum y ella se habían opuesto tajantemente.
—Puede tener el teléfono apagado —adujo Callum.
—O puede que Fabrizio esté justo a su lado. —Lo miró con la
expresión que reservaba a aquellos pacientes que se quejaban por tomar
antibióticos—. Tienes que hacer un gran gesto, Hal. Tienes que ir a buscarla,
ponerte de rodillas y rogarle que se case contigo. A las mujeres nos encanta
eso. Y es lo mínimo que se merece.
—Vale —accedió Hal por fin. Pero empezaba a tener dudas. Marina
le había dado una oportunidad tras otra. ¿Por qué iba a cambiar de opinión a
esas alturas? ¿Para qué arriesgarse a un rechazo?
Iba a tener que acostumbrarse a estar solo. Se dio cuenta de que
llevaba en eso de las relaciones unos doce años sin descanso alguno. Tal vez le
iría bien tomarse un respiro y estar un tiempo solo. Podría leer más, incluso
filosofar sobre la vida. Ponerse al día con el italiano y el francés. Incluso
podría aprender a pintar. Siempre le había gustado el arte en el colegio, pero
había dejado las clases por el latín básico. Tal vez seguiría el ejemplo de
Madonna y de Guy y adoptaría a un bebé africano, pensó mientras el coche
enfilaba la carretera hacia Civitavecchia, el puerto de Roma. Podría criarlo
como padre soltero, podría...
El coche se acercaba ya al muelle repleto de yates, aunque había
uno que destacaba sobre los demás porque tenía el tamaño de un iceberg.
—Ese es el de Fabrizio —dijo—. Cree que tener un yate enorme es
lo mismo que tenerla enorme. —Lo miró detenidamente y suspiró—. Esto es
ridículo. ¿Qué hago ahora? ¿Me planto al pie de la pasarela como un acosador?
Tal vez ya esté a bordo. ¿Queréis que me cuele como James Bond?
Amy y Callum fruncieron el ceño. Habían estado disfrutando del
romanticismo de la situación, pero no se habían parado a pensar en los detalles
técnicos.
—Llámala —sugirió Amy—. Averigua qué está haciendo.
—¡Pero si acabas de decir que no la llamara!
—Mmm. Sí. —Amy meditó un instante—. Espera, se me ha ocurrido
algo.
Rebuscó en su bolso hasta sacar una servilleta arrugada en la
que estaba apuntado el número de Lisa. Lo marcó.
—¿Hola? —preguntó una voz suspicaz.
—¿Lisa?
—Sí?
—Soy Amy.
—¡Amy! ¿Cómo estás? Joder, Christine y Simon están buscándote
por todos lados. ¿Vas a contarles tu historia? Te pagarían un pastón.
—Lo siento. No puedo. Pero quiero que me hagas un favor.
Recuerda que me debes una.
—¿Qué quieres?
—Averigua dónde están Marina Dawson y Fabrizio de Michelis ahora
mismo.
—¿Por qué?
—Porque sí. Tú averígualo.
—Tendré que preguntárselo a Simon. Te llamo enseguida. Pero que
sepas que va a olerse algo.
—Vale.
—¿Me estás llamando desde tu teléfono?
—Sí —contestó—. Oye, no le digas a Christine que te he llamado.
Gracias, Lisa.
Fueron diez minutos muy tensos. Hal se mordía las uñas mientras
amenazaba con largarse de allí a toda prisa.
—Voy a ponerme en ridículo —gimió.
—Llevas poniéndote en ridículo toda la vida —replicó Callum—.
¿Por qué no hacerlo por algo que merece la pena para variar?
Por fin sonó el móvil.
—Están en una pizzería en la carretera de la costa, en dirección
sur —murmuró Lisa, que estaba encantadísima con toda esa intriga—. La Donna
Nera. Sabrás cuál es por el enjambre de paparazzi que hay en la puerta.
—Gracias, Lisa, muchas gracias.
—No pasa nada. Te debía una. —Hizo una pausa antes de añadir—:
Buena suerte, Amy, hagas lo que hagas.
—Lo mismo digo, Lisa.
—En el fondo te gustaría que te dijera que he visto la luz y que
voy a darle la patada a Simon.
—Mmm.
—Bueno, pues no es así. Lo siento, Amy, pero tengo mucho miedo.
—Eres mucho más valiente de lo que crees —le aseguró. Tras
colgar, supo que jamás volvería a ver a Lisa. Pero no tenía tiempo para
lamentarse, así que les contó a los demás lo que le había dicho.
—Vale, vamos para allá —dijo Callum con voz ansiosa. Estaba muy
guapo cuando sonreía.
—No sé... —Hal se agitó incómodo en el asiento.
—¡Hal! —Se volvieron los dos hacia él—. ¡Vamos!
Vincenzo conocía el restaurante. El coche devoró los kilómetros
por la carretera de la costa hasta llegar a un aparcamiento situado delante de
un edificio de estuco blanco. Y efectivamente había un grupito de fotógrafos a
las puertas.
—No creeréis que voy a entrar ahí y a pedírselo delante de toda
esa gente, ¿verdad? —protestó Hal.
—¿Y qué otra cosa vas hacer? —preguntó ella a su vez.
Hal abrió la puerta del coche, salió y se volvió hacia Amy y
Callum.
—Cuando esto acabe, Callum, que sepas que voy a despedirte.
—Me parece justo —contestó él con voz cantarina—. Estoy seguro
de que Justina me contratará. —Pero su contestación quedó sofocada por una
súbita oleada de gritos y una salva de flashes.
—Están saliendo —gritó Amy—. ¡Deprisa! ¡Deprisa!
En los escalones del restaurante estaban Marina y Fabrizio. Ella
llevaba unos pantalones blancos y una diáfana camiseta verde sujeta al cuello.
Amy se preguntó qué tipo de sujetador llevaba debajo. Casi seguro que uno de su
propia línea de ropa interior. Tendría que echarle un vistazo.
La pareja se quedó allí de pie un instante, sonriendo y
saludando a los fotógrafos. Después bajaron los escalones hacia el coche que
los esperaba.
—Hal, tienes que hacerlo. ¡Ahora!
Hal echó a andar hacia la pareja.
—¡Más deprisa! —le gritó—. Vamos.
Fabrizio y Marina estaban de pie junto a la puerta de su
limusina, posando para la última tanda de fotos. Hal parecía avanzar a través
de arenas movedizas.
—¡Date prisa! —gritó Callum cuando un gorila abrió la puerta de
la limusina y Fabrizio le indicó a Marina que entrara. Esta le hizo caso, tras
lo cual Fabrizio rodeó el coche y entró por el otro lado.
De repente y por fin, algo se encendió en el cerebro de Hal.
Echó a correr por el aparcamiento y cuando la limusina arrancó, comenzó a
golpear la ventanilla.
—¡Marina!—gritó—. ¡Espera! ¡Por favor! ¡Espérame!
Los paparazzi, al presentir una escena de las buenas, lo
rodearon. Un montón de flashes los iluminaron mientras él aporreaba los
cristales con el corazón desbocado. Marina lo miró a través de los cristales
tintados y luego apartó la cara. Le estaba dando la espalda, pensó con
desesperación. Pero después, tras decirle algo a Fabrizio, colocó la mano en la
puerta, la abrió y salió del coche.
—¡Marina!
—¿Qué quieres, Hal? —preguntó, y su expresión a la luz de los
flashes era una mezcla de escepticismo y nerviosismo mal disimulado.
—Marina, no puedes subir a ese yate. Te quiero. Te quiero con
toda mi alma. Cometí un error tremendo al dejarte marchar y lo único que quiero
es que vuelvas conmigo y que te cases conmigo. Te prometo que seré el mejor
marido del mundo y que seremos felices y comeremos perdices.
En el rostro de Marina se reflejaba algo muy parecido a la
incredulidad.
—¿Estás pidiéndome que me case contigo, Hal Blackstock?
—¡Joder, claro que estoy pidiéndotelo!
«El silencio que guardó Marina mientras lo miraba fijamente se
le hizo eterno. Hasta que la escuchó decir:
—Creo que deberías arrodillarte.
Los fotógrafos se volvieron locos cuando la obedeció y Marina,
que sonreía como una loca, levantó la mano izquierda y se quitó el pedrusco que
le había dado Fabrizio. Hal, que había estado rebuscando en el bolsillo, sacó
la cajita negra y el anillo que había dentro. Se lo colocó en el dedo antes de
levantarse, estrecharla entre sus brazos y besarla. El ruido era ensordecedor,
pero él solo escuchaba cómo su corazón recuperaba el ritmo normal mientras
Marina le susurraba al oído:
—Había perdido la esperanza. Había perdido la puta esperanza.
—Lo siento, cariño —musitó él—. Lo siento muchísimo. Soy un
capullo. Un imbécil. Pero nunca volveré a defraudarte.
Solo Amy, que apretaba un brazo de Callum junto al Bentley, vio
la expresión de Fabrizio cuando salió de la limusina. Era la expresión de un
hombre al que se le acaba de partir el corazón en un millón de pedazos y que
nunca volverá a estar completo.
Capítulo 43
El trayecto de vuelta a Roma fue un poco vergonzoso: Hal y
Marina estaban acurrucados el uno contra el otro y saltaba a la vista que
querían estar solos. Callum se encargó de rellenar los silencios con charla
insustancial. Amy ni abrió la boca porque no sabía qué decir, aunque su
silencio duró hasta que Marina decidió convertirla en el tema de conversación.
—¿No eres tú la mujer casada con la que Hal tiene una aventura?
¿Qué haces aquí?
No supo qué contestar, pero Hal respondió sin darle importancia:
—No tenemos una aventura, cariño. Solo nos lo pasábamos bien
juntos. Ya sabes que las revistas se lo inventan todo. De hecho, fue Amy quien
me convenció para que fuera en tu busca, para que hiciera un gran gesto
romántico. Así que creo que le debemos una bien gorda.
Marina no parecía muy convencida, pero después se miró el anillo
que tenía en el dedo y sonrió.
—Bueno, pues muchas gracias, Amy. Estaré en deuda contigo
siempre. Me aseguraré de que mi asistente personal te mande la línea completa
de mi lencería y mis productos de baño. —Se volvió hacia Hal—. ¿Sabes que vamos
a estar en todas las portadas de las revistas mañana? Así que si cambias de
opinión, va a ser muy humillante.
—No voy a cambiar de opinión —prometió Hal al tiempo que se
pegaba más a ella—. Cal, ¿crees que podremos casarnos en Roma? Mañana.
El rostro de Callum reflejó cierta ansiedad.
—Mañana te vas a Los Ángeles, Hal. ¿Te acuerdas de Bazotti?
Hal se llevó las manos a la cabeza.
—Mierda. Me había olvidado.
—¿Bazotti? —preguntó Marina.
—Puede que consiga un papel en su próxima película. —Le fue
imposible ocultar el orgullo que sentía.
—¡Venga ya! —Marina aplaudió encantada—. ¡Joder, Hal! ¡Bien
hecho!
—¿Te importa que nos vayamos mañana? —preguntó él—. Me
presentaré a la audición y luego podemos organizar la boda. Donde tú quieras,
cariño. Los Ángeles, París, Nueva York...
—Swindon —contestó Marina con firmeza.
Hal tragó saliva.
—¿Swindon?
—Sí. —Marina sonrió—. Quiero que nos casemos en la iglesia que
está a la vuelta de la esquina de la casa de mis padres y que celebremos el
banquete en el hotel de la ciudad. Quiero que mis hermanas sean mis damas de
honor y quiero llevar el vestido de novia de mi madre aunque sea la cosa más
fea del mundo.
—¿Estás segura? ¿Fabrizio y tú no ibais a tener un bodorrio
organizado en el Cipriani? Puedo darte una boda mejor que la que iba a darte
él.
—No, no puedes. El pobre Fabby es muchísimo más rico de lo que
tú lo serás nunca, pero eso no importa. —Soltó una risilla y le dio un codazo
juguetón—. Lo que quiero decir es que quizá tengas el dinero para hacerlo, pero
que la boda a lo grande con Fabby era para hacerme sentir mejor. Contigo quiero
casarme como te he dicho.
Una vez más durante esa tarde, Amy tuvo que sorber por la nariz
y reprimir las lágrimas que le quemaban en los ojos.
—Pero iréis primero a Los Ángeles, ¿no? —preguntó Callum con
nerviosismo.
—¡Desde luego que sí! ¡Joder, Hal, una película de Bazotti! ¡Qué
pasada!
—Lo sé —replicó el aludido con falsa modestia—, pero no vendamos
la piel del oso antes de matarlo. Creo que he agotado mi suerte al recuperarte.
—¡Ay! —exclamó Marina antes de empezar a besarlo y a abrazarlo.
Amy y Callum se sonrieron con cierta incomodidad. La petición de
matrimonio los había emocionado a los dos. Callum le había confesado que tenía
debilidad por cosas así y que su escena preferida era una de Dirty Dancing, esa
en la que Patrick Swayze anunciaba que no iba a permitir que nadie arrinconase
a Baby, lo que la llevó a preguntarse si era gay. También se dio cuenta, no sin
cierta sorpresa, que esa idea no le gustaba ni un pelo.
El coche entró en el aparcamiento del hotel de Russie.
—Bueno, supongo que vamos a dar por terminada la noche aquí
—dijo Hal, que casi sacó a Marina a rastras del coche, tal era su impaciencia—.
Y como vamos a irnos por la mañana, tal vez sea mejor que nos despidamos, Amy.
Pero no será un adiós definitivo. Porque espero que mantengamos el contacto.
—Sí —convino Marina—. Tienes que venir a nuestra boda. —Parecía
que lo decía en serio.
—¿Queréis quedaros en mi suite esta noche? —preguntó con una
sonrisa—. Al fin y al cabo, es la suite nupcial.
Se dio cuenta de que a Hal le tentaba mucho la idea, pero luego
dijo:
—No, no, no te molestes. Nos las apañaremos. —Se inclinó hacia
ella y la besó en las mejillas—. Gracias —le susurró al oído—. Nunca te
olvidaré, Amy.
—Y yo nunca te olvidaré a ti —dijo. Y lo decía de verdad. Con
Hal había redescubierto lo que era ser frívola y alocada, lo que era divertirse
sin preocuparse por las consecuencias.
La pareja entró en el hotel riéndose y abrazándose.
Callum y ella se quedaron en el asiento trasero. Los dos
suspiraron.
—Bueno —dijo Callum—, no sé tú, pero yo me muero de hambre
después de todo este drama. ¿Te apetece cenar?
Capítulo 44
A las once de la mañana del día siguiente Amy estaba haciendo
las maletas. Adiós a los dos biquinis, a los zapatos de novia de Emma Hope, al
vestido de Prada, a los vestidos con escote palabra de honor y a los tops y
sujetadores sin tirantes, la mayoría de los cuales ni siquiera se había puesto,
aunque dudaba mucho que lo hiciera alguna vez por todos los recuerdos que
despertarían.
Callum había ido a saco y le había ordenado a uno de sus
ayudantes que se pusiera a ello, así que al final le habían conseguido pasaje
en un avión que salía esa misma tarde, a las cuatro. Solo tendría tiempo de
desayunar y tal vez de dar un último paseo por las calles adoquinadas, a las
que había acabado cogiéndoles cariño. Vincenzo la recogería a la 13.30 y le
había dicho que tendría tiempo de sobra, aunque todavía no estaba muy
convencida por el aumento de las medidas de seguridad en el aeropuerto. A lo mejor
le decía que se pasara a por ella media hora antes... De haber estado con Doug,
habrían aparecido en el aeropuerto un cuarto de hora antes del despegue, con lo
cual habrían tenido una discusión con el personal de facturación, pero habrían
acabado embarcando... a pesar de la subida de tensión que el episodio le habría
provocado.
Pero todo eso había cambiado.
Salió a la terraza y contempló los tejados de Roma por última
vez.
—Arrivederci, Roma —dijo—. No creo que regrese nunca.
Volvió al interior para maquillarse en el cuarto de baño.
Rememoró la cena de la noche anterior. Callum la había llevado a un restaurante
muy tranquillo llamado De Emilia en el gueto. Les habían servido unos platos
gigantescos de gnochetti alla matriciana, que no eran otra cosas que bolitas de
patata con una salsa picante de tomate, y de segundo, coda alla vaccinara, o
estofado de rabo de toro. Cuando acabaron de comer tenía la sensación de estar
haciendo la digestión de un ladrillo. Callum la acompañó de vuelta al hotel
caminando y al llegar a la Fontana de Trevi notó que tenía hambre de nuevo, así
que hicieron una parada en la heladería de Hal y compraron unos helados. En
tarrinas.
Al principio solo hablaron de la presión a la que la había
sometido la prensa, de lo humillante y lo agobiante que era, pero acabaron
hablando de otros temas más generales, como las anécdotas de vacaciones pasadas
o las películas que más les habían gustado. Era obvio que Callum llevaba una
vida mucho más sofisticada que la suya y salía prácticamente todas las noches
ya fuera al cine o al teatro, pero mostró un interés genuino por su trabajo y
por el futuro de la sanidad pública en Inglaterra.
—Me gustaría cenar una noche contigo en Londres, Amy —le dijo
una vez de vuelta en el hotel de Russie.
Ella tragó saliva. En cierto modo había estado deseando toda la
noche que le dijera algo así. Callum había hecho muchos comentarios
halagadores, en absoluto irrespetuosos, a lo largo de la cena sobre las mujeres
hermosas, y estaba casi segura de que no era gay, aunque sí tenía un poco de
pluma...
—Me encantaría —le dijo.
Intercambiaron los números de teléfono y él le dio dos besos de
despedida, tras lo cual le prometió que la llamaría en breve. Al recordarlo,
sintió una extraña sensación en el estómago, la esperanza de que estaban por
llegar días más prometedores. Claro que no tenía la menor intención de lanzarse
de cabeza ni mucho menos.
Pensó en Hal y en Marina. Estaba segurísima de que las cosas
entre ellos irían viento en popa. Se sentía un poco tonta por haberse engañado
durante ese día y medio pensando que podía tener algo serio con una estrella de
cine, aunque su encuentro le había reportado una serie de cosas que habían
hecho de su luna de miel un período inolvidable en vez de una pérdida de
tiempo.
Cogió el teléfono y llamó a Gaby.
—¡Amy! ¿Qué coño pasa contigo? ¡Eres famosa!
—No ha pasado nada. Bueno, algo. Ya te lo contaré todo esta
tarde si quieres. Vuelvo a casa. Cuéntame, ¿cómo estás?
—Aburrida. Y un poco preocupada, pero bien. No paro de ver
comedias románticas ñoñas. Pero no te preocupes por mí. Estoy deseando escuchar
tu historia. ¿Te lo has pasado bien?
—Pues si te digo la verdad, sí. Muy bien.
—¿Sabes algo de Doug?
—No, pero he pensado mucho en él y he llegado a algunas
conclusiones. En cierto modo todavía lo quiero, pero ya lo he superado. Yo he
madurado mucho mientras que él se ha quedado estancado. Nuestros objetivos en
la vida son distintos. Ojalá hubiera tenido el valor de reconocerlo hace años.
Y también debí reconocerlo con Danny. Si las cosas no van bien con el próximo
novio que tenga, las solucionaré desde el principio en lugar de enterrar la
cabeza en el suelo como un avestruz. —Con Hal había vuelto a caer en ese error,
pero jamás volvería a repetirlo.
El teléfono sonó nada más colgar.
¿Sería Vincenzo?, se preguntó mientras lo cogía, pero el número
que vio en la pantalla la tomó por sorpresa.
—¿Pinny?
—¡Amy! ¡Te hemos encontrado!
—¿Cómo dices?
—No teníamos ni idea de dónde estabas. Y luego todos los
periódicos decían que estabas en Roma.
—Pues sí. —No estaba segura de lo que significaba todo aquello.
—Amy, solo quería decirte una cosa. Siento mucho que nuestra
amistad se haya deteriorado durante estos años. Bueno, desde que conociste a
Doug.
Tragó saliva cuando notó que se le llenaban los ojos de lagrimas
inesperadamente.
—Yo también lo siento.
—Sé que no me lo tomé muy bien cuando empezasteis pero Doug es
un poco raro y estaba preocupada por ti.
En otro momento habría dejado correr el tema, pero la nueva Amy,
mucho más valiente, decidió afrontarlo.
—Doug me dijo que estabas loca por él.
—¿En serio? —replicó con voz burlona—. ¡Eso quisiera él! Lo siento,
ha sonado fatal. A ver, Doug es un tío genial y todo eso, pero nunca me ha
gustado. Seguro que estaba intentando ponerte celosa.
Sabía que jamás llegaría al fondo del asunto, pero perdonaría a
Pinny. La había echado mucho de menos.
—De todas formas, olvídalo. No te llamo por eso. —Soltó una
risilla—. Te llamo porque quiero que salgas a la terraza y mires hacia abajo.
—¿Qué?
—Hazlo.
Notó un nudo en el estómago, pero la obedeció. Colgó el
teléfono, salió a la terraza y echó un vistazo a la plaza del Popolo. Ambrosial
estaba justo a sus pies. Allí estaba Pinny, con pantalones cortos, chaleco y
sandalias; Gregor, manoseando su guitarra; Baz, sentado tras la batería. Y
Doug, con unos pantalones de pitillo y una camisa ancha azul, guitarra en mano.
—¡Amy! —gritó Pinny, saludándola con la mano.
En ese momento Doug alzó la cabeza y saludó tímidamente.
Pinny agarró el micrófono.
—¿Listos, chicos? —preguntó—. Vamos. Un, dos, tres, cuatro...
Y comenzaron a tocar. Pinny empezó a dar botes por la plaza,
como la gran actriz que era, susurrándole al micrófono. Mientras tanto, Baz
aporreaba la batería; Gregor rasgueaba las cuerdas, parpadeando por el brillo
del sol; y Doug se pavoneaba y hacía morritos mientras tocaba.
—Vooolare —cantaba Pinny—, oh, oh. Cantaaare. Oh, oh, oh, o. Di
blu, dipinto, di blu.
Una versión muy personal del gran clásico italiano... que
estaban destrozando sin piedad. Sonrió a su pesar. Tras unos cuantos acordes,
el tema se convirtió en «Un amor verdadero», la canción más romántica del
repertorio de Ambrosial. Cuando, al llegar al último verso, Doug le quitó el
micrófono a Pinny, se había reunido un grupo de turistas en torno al grupo.
—Te lo vuelvo a repetir —graznó, imitando a David Beckham—.
¡Aaamy! Eres mi amor verdadero. Dime que sí. La, la, la, la...
Cuando el amplificador se acopló, produciendo un horrible
chirrido, Doug soltó la guitarra. La multitud aplaudió con entusiasmo. Baz se
quitó la gorra y la pasó por la concurrencia para ver si les daban algo. En ese
momento, se dio cuenta de que Christine Miller, seguida de Simon con su cámara,
se internaban entre la muchedumbre y comenzaban a hablar con él.
—¡Amy! —le gritó Pinny con el micrófono—. Hemos venido a por ti.
Tenemos grandes noticias, nena. ¡Un contrato! ¡Vamos a grabar un disco como
Dios manda!
Doug asintió con la cabeza a su lado, orgulloso.
—¿Bajas para saludarnos? —siguió gritando su amiga.
Negó con la cabeza, aterrada al ver que Christine Miller estaba
sonsacándoles información a Baz y a Gregor.
—Subid —dijo.
—¿Cómo?
Señaló a Doug con la mano.
—¡Tú, sube!
Doug miró a Pinny en busca de instrucciones.
—Sube —le dijo su voz amplificada, de modo que echó a andar
hacia las escaleras de entrada del hotel.
Amy sentía las piernas tan débiles como si fueran de gelatina.
Corrió hacia el baño y se retocó el maquillaje con las manos temblorosas. Se
cepilló el pelo mientras pensaba que debería haber usado el secador después de
la ducha en lugar de dejar que se secara solo. Se quitó las zapatillas de
deporte y los calcetines que utilizaba para viajar en avión y los reemplazó por
los zapatos de Emma Hope. Doug estaba fuera, haciendo un gesto romántico y
grandioso a lo Hal Blackstock, y aunque había llegado a la conclusión de que ya
lo había olvidado, la situación la superaba por completo y ya no sabía qué
pensar.
Se sentó a esperarlo en el sofá. Y esperó. Y esperó. Después de
unos diez minutos de espera, no pudo más. Volvió a la terraza. Allá abajo los
miembros del grupo estaban hablando con Christine Miller, salvo Doug, todos
ansiosos por conseguir publicidad fuera como fuese. Volvió al interior y siguió
esperando, hasta que decidió ir a la puerta y abrirla de golpe. Allí estaba
Doug, con el puño alzado como si estuviera a punto de llamar.
—¡Ah! —gritaron a la vez.
—Me has asustado —dijo Doug.
—Iba a buscarte. Pensaba que habías desaparecido.
—No encontraba la habitación. Primero tuve que convencer al tío
de la puerta de que te conocía. Después que me dijera en qué habitación
estabas. Después me bajé en la quinta planta en vez de en la sexta. —Se inclinó
para darle un beso en la mejilla—. Da igual. Estás muy guapa. Y morena. —Le
echó un vistazo a la suite y silbó—. Oye, qué pasada, ¿no?
—Pues sí —contestó—. Se suponía que aquí íbamos a pasar la luna
de miel.
Doug se acercó con evidente nerviosismo.
—Lo siento, nena. Pero estabas presionándome demasiado. No sabía
qué hacer. He pasado una semana espantosa.
—La mía no ha sido muy buena tampoco.
—¿De verdad? —Alzó la ceja derecha a lo Roger Moore—. Pues
cualquiera lo diría. Tonteando con Hal Blackstock. Besándolo a la luz de la
luna en Roma... parecía que estabas pasándotelo de puta madre.
—No había nada entre nosotros.
—¿De verdad?
—De verdad. Si lees los periódicos de hoy, verás que va a
casarse con Marina Dawson. Hal solo es un amigo.
Doug sonrió.
—¿Tú, amiga de una estrella de cine?
—Bueno, si la memoria no me falla, era la novia de una estrella
del rock... —replicó, molesta.
—Lo siento, nena, lo siento. —Le pasó un brazo por los hombros.
Como siempre, olía a algún tipo de droga. Ojalá no hubiera metido nada ilegal
en Italia—. Nena, no sé exactamente qué es lo que nos ha pasado, pero, ¿sabes?,
creo que es mejor que la boda se suspendiera, porque así pudimos hacer un
concierto genial la semana pasada en el Notting Hill Arts Club y de allí salió
el contrato. No es nada del otro mundo, pero un disco es un disco. Así que todo
está solucionado. Y ahora podemos casarnos.
Le sonrió, esa sonrisa tan suya un poco engreída, que solía
provocarle palpitaciones. Pero que en ese momento no la afectó en lo más
mínimo. A pesar del temblor de piernas inicial, había comprendido que un Doug
en carne y hueso era como un jarro de agua fría. No lo odiaba, no podía decirse
que fuera una mala persona, pero seguía estancado en un momento muy concreto de
su vida mientras que ella había seguido adelante. Ya no le gustaba, al igual
que habían dejado de gustarle Simon Le Bon y los demás ídolos de su
adolescencia.
—Me da igual lo que hayas hecho con Hal Blackstock, te perdono
—siguió Doug, haciendo gala de su generosidad—. A ver, en realidad es una
pasada que mi novia haya tenido una aventura con él...
—No voy a repetirlo más. Nunca he tenido nada con Hal.
Doug pasó de ella.
—Así que le dije a Pins: «¿Qué puedo hacer para que Amy vuelva
conmigo?», y ella me contestó: «Bueno, ¿por qué no vamos a Roma y le damos una
sorpresa?», y yo le dije: «Genial, Roma es mi ciudad favorita». Fue una idea
estupenda que organizaras la luna de miel aquí. ¿Y si nos casamos, ahora que he
venido? Aunque antes tenemos que dejar claro el rollo ese del embarazo. Porque
es mentira, ¿verdad?
—Sí, es mentira.
Doug fingió que se limpiaba el sudor de la frente en un gesto
teatral y exagerado.
—Bien, gracias a Dios.
En ese momento el resquicio que había abierto en su corazón
desapareció y la puerta se cerró de golpe y para siempre.
—¿Qué dices? —preguntó Doug con una sonrisa—. ¿Lo hacemos aquí?
—No va a haber ninguna boda —contestó.
—¿Cómo? —replicó él, enderezándose ya que se había repantigado
en uno de los reposabrazos del sofá.
—Que no va a haber ninguna boda. La suspendimos, ¿no te
acuerdas?
—Quedamos en que íbamos a darnos un tiempo. Para calmarnos y
eso. Y eso es lo que he hecho. Quiero casarme contigo, Amy. —Acto seguido
comenzó a cantar—: «Tú eres mi chica».
—Pero tú no eres mi chico. Ya lo hemos discutido. No quieres
niños y yo sí.
Doug parecía un poco incómodo.
—¿Por qué tiene que ser eso un problema?
—¡Porque lo es! —respondió con vehemencia—. Y no es el único. Te
he dado mucho espacio, Doug. He respaldado muchas de tus decisiones. Si quieres
seguir con el grupo, perfecto, estoy contigo. Pero si no quieres tener hijos,
tendremos que tomar caminos separados.
Doug la miró espantado.
—Pero, nena, he venido hasta aquí por ti. He hecho un gesto
romántico, a las tías os encantan estas cosas, ¿no? Pinny me dijo que sí. —Se
pasó la mano por el pelo—. Los niños son horrorosos. Seremos como Alan y
Jessica, que no tienen tiempo para ellos.
En ese momento sonó el teléfono y agradeció la interrupción,
porque no tenía ganas de seguir hablando con Doug. No había nada más que decir.
—¿Sí?
—¿Amy? Soy Callum. Yo también cojo un avión esta tarde. Me
estaba preguntando si te apetece que pase a por ti para ir juntos al
aeropuerto. ¿Qué dices?
—Me encantaría —contestó—. Aunque iba a ir con Vincenzo.
—Tranquila. Yo lo llamo y le dijo que nos recoja a los dos.
¿Sabes? Hal no para de llamarme preguntándome si deberíamos contratarlo como su
nuevo asistente. Seguramente no es muy buena idea, pero ¿quién soy yo para
llevarle la contraria?
Se echó a reír al escucharlo.
—Dame un toque cuando estéis abajo. Ya he hecho el equipaje y
estoy lista. —Colgó—. Tengo que pasar por recepción, Doug —le dijo sin más—.
Gracias por haberte tomado el tiempo para aclarar las cosas, pero lo nuestro ha
acabado. He disfrutado mucho de mi luna de miel... sin ti.
Cogió la maleta y fue hacia el ascensor. Pulsó el botón, la
puerta se abrió y entró, dando el primer paso hacia su futuro.
FIN
* * *
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
JULIA LLEWELLYN.
Julia Llewellyn Smith ha trabajado como periodista durante más
de quince años en publicaciones como The Times o The Sunday Telegraph y ha
escrito varios libros sobre sus viajes como periodista a paises de Centro
América.
En el año 2004 Julia Llewellyn publicó su primera novela de
ficción, The Lover Trainer, basada en sus propias experiencias con sus amigos.
En la actualidad vive en Londres donde prepara nuevas novelas de ficción.
¿QUIÉN DIJO QUE EL NOVIO ES IMPRESCINDIBLE?
Una luna de miel de cinco estrellas en Roma...
¿Qué más puede desear una chica?
En el caso de Amy... un marido, la verdad. Sin embargo, a pesar
de las deudas que arrastra después de cancelar la boda, y sin posibilidad de
que los números rojos desaparezcan de su cuenta durante la luna de miel, decide
coger el avión para tostarse bajo el sol italiano.
El problema es que nadie la deja en paz. Cuando no es un huésped
del hotel demasiado curioso, es un famoso actor, Hal Grand, que se siente
despechado porque el amor de su vida se casará con otro y está desesperado por
cambiar su suite con la de Amy.
¿Es posible que una estrella de cine se enamore de una chica
normal y corriente?
«La perfecta lectura de verano. » ELLE
* * *
© 2007, Julia Llewellyn
Título original: Amy's Honeymoon
© 2009, Ana Isabel Domínguez Palomo y María del Mar
Rodríguez Barrena, por la traducción
© 2009, Random House Mondadori, S. A.
Primera edición: abril, 2009
ISBN: 978-84-8346-931-6 (vol. 624/3)
Depósito legal: B-7325-2009
Fotocomposición: Zero pre impresión, S. L.
Impreso en Novoprint, S. A.
Printed in Spain - Impreso en España
1 «Torpe» o «tonto» en inglés. (N. de la T.)
2 Literalmente «Noticias del folleteo». Sobrenombre con el que
se conoce al periódico sensacionalista británico News of the World, debido a su
afición a exponer escándalos sexuales. (TV. de la T.)

