© Libro N°. 3047. Música De Cañerías. Bukowski, Charles. Colección
E.O. Agosto 20 de 2016.
Título original: © Hot Water Music
Versión Original: © Música De Cañerías. Charles Bukowski
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MÚSICA DE CAÑERÍAS
Charles Bukowski
Título de la edición original: Hot Water Music
Black Sparrow Press
Santa Bárbara, 1983
Para
Michel Montfort.
EXACTAMENTE
NO FUE BERNADETTE
Me
envolví en una toalla el pene ensangrentado y telefoneé al consultorio del
médico. Tuve que descolgar y marcar con la misma mano con que sujetaba el
teléfono descolgado, mientras con la otra aguantaba la toalla. Y mientras
marcaba el número, una mancha roja comenzó a empapar la toalla. Se puso la
recepcionista del consultorio.
—Ah,
señor Chinaski, es usted. ¿Qué le pasa ahora? ¿Ha vuelto a perder los tapones
dentro de los oídos?
—No,
esto es un poquito más grave. Necesito que me dé hora inmediatamente.
—¿Qué
le parece mañana por la tarde a las cuatro?
—Señorita
Simms, es una situación de emergencia.
—¿Pero
de qué naturaleza?
—Por
favor, debo ver al doctor inmediatamente.
—Está
bien. Venga y procuraremos que le vea.
—Gracias,
señorita Simms.
Me
fabriqué un vendaje provisional haciendo tiras de una camisa limpia. Por
suerte, tenía un poco de esparadrapo, pero era viejo y estaba amarillento y no
pegaba bien. No me resultó fácil ponerme los pantalones. Era como si tuviera
una erección gigante. Sólo pude subirme la cremallera hasta la mitad. Logré
llegar al coche, sentarme y salir hacia el consultorio. Al salir del
aparcamiento, dejé estremecidas a dos señoras viejas que salían del oftalmólogo
de la planta baja. Logré entrar en el ascensor solo y llegar a la tercera
planta. Vi que venía alguien por el corredor, me volví de espaldas y fingí
beber agua de un pilón metálico. Luego, enfilé el pasillo y llegué al
consultorio. La sala de espera estaba llena de gente sin problemas serios:
gonorrea, herpes, sífilis, cáncer o cosas por el estilo. Me fui directo a la
recepcionista.
—Hola,
señor Chinaski...
—¡Por
favor, señorita Simms, no es ninguna broma! Es una emergencia, se lo aseguro.
¡Dése prisa!
—Podrá
entrar usted, en cuanto el doctor acabe con el paciente que está atendiendo
ahora.
Me
quedé plantado junto a la pared divisoria que separaba la recepción de la sala
de espera y esperé. En cuanto salió el paciente, entré como una bala en el
consultorio del médico.
—¿Qué
pasa, Chinaski?
—Una
emergencia, doctor.
Me
quité los zapatos, los calcetines, pantalones y calzoncillos, me eché sobre la
camilla.
—¿Qué
tiene usted aquí? ¡Vaya vendaje!
No
contesté. Con los ojos cerrados sentía al médico quitarme el vendaje.
—Sabe
—dije—, conocí a una chica en un pueblecito. Tenía menos de veinte años y
estaba jugando con una botella de Coca Cola. Se la metió por allí y no podía
sacarla. Tuvo que ir al médico. Ya sabe cómo son los pueblos. La cosa se
corrió. Le destrozó la vida. Quedó condenada. Nadie se atrevería ya a tocarla.
La chica más guapa del pueblo. Acabó casándose con un enano que iba en silla de
ruedas porque tenía una especie de parálisis.
—Esa
es una vieja historia —dijo el médico, desprendiendo el último trozo del
vendaje—. ¿Cómo le ha pasado esto?
—Bueno,
se llamaba Bernadette, 22 años, casada. Cabello largo y rubio; se le cae
continuamente sobre la cara y tiene que retirárselo. ..
—¿Veintidós
años?
—Sí,
vaqueros...
—Es
una fea herida.
—Llamó
a la puerta. Preguntó si podía entrar. «Claro», le dije. «Estoy lista», dijo. Y
entró corriendo en mi cuarto de baño, y sin cerrar la puerta del todo se bajó
los vaqueros y las bragas, se sentó y se puso a mear. ¡OOH! ¡JESÚS!
—Calma,
calma. Estoy desinfectando la herida.
—Sabe,
doctor, la sabiduría llega a una hora infernal... cuando la juventud se ha ido,
la tormenta se ha alejado y las chicas se han marchado a su casa.
—Muy
cierto.
—¡AY!
¡UY! ¡JESÚS!
—Por
favor. Hay que limpiarlo bien.
—Salió
y me dijo que anoche, en su fiesta, yo no había resuelto el problema de su
desdichada aventura amorosa. Que, en vez de eso, había emborrachado a todo el
mundo y me había caído sobre un rosal. Que me había rasgado los pantalones, me
había caído de espaldas y me había dado en la cabeza con un pedrusco. Un tal
Willy me había llevado a casa y se me habían caído los pantalones y luego los
calzoncillos, pero que no había resuelto el problema amoroso. Dijo que el
problema había desaparecido, de todos modos, y que al menos yo había dicho un
par de verdades.
—¿Dónde
conoció a esa chica?
—Vino
a la lectura de poesía en Venice. La conocí después, en el bar de al lado.
—¿Puede
recitarme un poema?
—No,
doctor. En fin, ella dijo: «No puedo más, hombre.» Se sentó en el sofá. Me
senté enfrente en la butaca. Ella bebió su cerveza y me lo explicó: «Le quiero,
sabes, pero no puedo establecer ningún contacto. No habla. Le digo:
"¡Háblame!", pero, santo cielo, no hay forma, no habla. Me dice:
"No se trata de ti, es otra cosa." Y no hay modo de sacarle de ahí.»
—Ahora
voy a coserle, Chinaski. No será agradable.
—Sí,
doctor. En fin, se puso a hablarme de su vida. Me dijo que se había casado tres
veces. Le dije que no parecía tan gastada. Y me dijo: «¿No? Pues he estado dos
veces en un manicomió.» Le dije: «¿Tú también?» Y ella dijo: «¿Has estado en un
manicomio?» Y yo dije: «Yo no; algunas mujeres que he conocido.»
—Ahora
—dijo el médico—, un poquito de hilo. Eso es todo. Hilo. Trabajo de aguja.
—Hostias,
¿no hay otra forma?
—No,
es una fea herida.
—Me
dijo que se había casado a los quince años. La llamaban puta por ir con aquel
tipo. Sus padres le decían que era una puta, así que se casó con el tipo, para
fastidiarles. Su madre era una borracha que iba de manicomio en manicomio. Su
padre le pegaba sin parar. ¡OOOOHH DIOS SANTO! ¡POR FAVOR! ¿QUE HACE?
—Chinaski,
no he conocido a ningún hombre que tuviera tantos problemas como usted con las
mujeres.
—Luego,
conoció a la lesbiana. La lesbiana la llevó a un bar homosexual. Dejó a la
lesbiana y se fue con un chico homosexual. Vivieron juntos. Discutían por el
maquillaje. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Por favor! Ella le robaba el lápiz de labios a él
y luego se lo robaba él a ella. Luego, se casaron...
—Habrá
que dar bastantes puntos. ¿Cómo se lo hizo?
—Estoy
explicándoselo, doctor. Tuvieron un hijo. Luego se divorciaron y él se largó y
la dejó con el crío. Consiguió un trabajo, tenía un canguro para el niño, pero
el trabajo no le rendía mucho y después de pagar el canguro apenas le quedaba
dinero. Tenía que salir de noche y hacer la calle. Diez billetes por polvo.
Siguió así un tiempo. Pero aquello no tenía salida. Luego, un día, en el
trabajo (trabajaba para Avon) empezó a gritar y no había forma de pararla. La
llevaron a un manicomio. ¡CUIDADO! ¡CUIDADO! ¡HOMBRE, POR FAVOR!
—¿Cómo
se llama la chica?
—Bernadette.
Salió del manicomio, vino a Los Angeles y conoció a Karl y se casó con él. Me
contó que le gustaba mi poesía y que se quedaba admirada al verme conducir mi
coche por la acera a noventa por hora después de mis lecturas. Luego dijo que
tenía hambre y la invité a una hamburguesa con patatas fritas, así que me llevó
a un MacDonald. ¡HOMBRE, POR FAVOR! ¡VAYA MÁS DESPACIO! ¡O BUSQUE UNA AGUJA
BIEN AFILADA, POR DIOS!
—Ya
casi he terminado.
—En
fin, nos sentamos a una mesa con nuestras hamburguesas, las patatas fritas, el
café, y entonces Bernadette me contó lo de su madre. Estaba preocupada por su
madre. Estaba preocupada también por sus dos hermanas. Una hermana era muy
desgraciada y la otra era simplemente tonta y se sentía satisfecha. Luego,
estaba el crío y a ella le preocupaban las relaciones de Karl con el crío...
El
doctor bostezó y dio otra puntada.
—Le
dije que llevaba demasiada carga sobre las espaldas, que lo que tenía que hacer
era dejar que la gente se las apañara. Entonces me di cuenta de que la chica
estaba temblando y le dije que sentía haberle dicho aquello. Le cogí una mano y
empecé a acariciársela. Luego le acaricié la otra. Deslicé sus manos por mis
muñecas arriba, por debajo de las mangas de la chaqueta. «Lo siento —le dije—.
Lo único que haces es preocuparte por los demás, eso no tiene nada de malo.»
—¿Pero
cómo fue? ¿Cómo se hizo usted esto?
—Bueno,
cuando bajábamos las escaleras, la llevaba cogida de la cintura. Ella aún
parecía una estudiante de bachiller, una colegiala, aquel pelo largo y rubio y
sedoso; aquellos labios tan sensibles y atractivos... El único sitio donde
asomaba el infierno era en sus ojos. Estaban en un perpetuo estado de
conmoción.
—Por
favor, vaya a los hechos —dijo el médico—. Ya casi he terminado.
—Bueno,
el caso es que cuando llegamos a mi casa, había en la acera un imbécil, con un
perro. Le dije que siguiera con el coche un poco más arriba. Aparcó en doble
fila y le eché la cabeza hacia atrás y la besé. Le di un largo beso, retiré los
labios y luego le di otro. Ella me llamó hijo de puta. Le dije que le diera una
oportunidad a un viejo. La besé otra vez. Un beso de verdad. «Eso no es un beso
—dijo—. ¡Eso es lujuria, casi una violación!»
—¿Y
qué pasó entonces?
—Salí
del coche y ella dijo que me telefonearía a la semana siguiente. Entré en casa
y entonces fue cuando sucedió.
—¿Cómo?
—¿Puedo
ser franco con usted, doctor?
—Pues
claro.
—Pues,
en fin, de mirar aquel cuerpo, y aquella cara, el pelo, los ojos..., oírle
hablar, luego los besos, me puse... muy caliente.
—¿Y?
—Entonces
fue cuando cogí el jarrón. Es de mi medida, me va perfecto. Así que la metí y
empecé a pensar en Bernadette. Todo iba muy bien hasta que el maldito chisme se
rompió. Ya lo había usado antes varias veces, pero supongo que esta vez estaba
demasiado excitado... Es una mujer tan atractiva...
—No
se le ocurra nunca meter el chisme en nada que sea de cristal.
—¿Me
curaré, doctor?
—Sí,
podrá usted volver a utilizarlo. Ha tenido suerte.
Me
vestí y me fui. Aún me hacía daño el roce con los calzoncillos. Subiendo por
Vermont paré en la tienda. No tenía nada de comer. Hice un recorrido con el
carro y compré hamburguesas, pan, huevos.
Tengo
que contárselo algún día a Bernadette. Si me lee, lo sabrá. Lo último que he
sabido de ella es que se fue con Karl a Florida. Quedó embarazada. Karl quería
que abortase. Ella no quiso. Se separaron. Ella sigue aún en Florida. Vive con
el amigo de Karl, Willy. Willy hace pornografía. Me escribió hace un par de
semanas. Aún no le he contestado.
GRITA
CUANDO TE QUEMES
Henry
se sirvió un trago y miró por el ventanal la desolada y ardiente calle de
Hollywood. Dios santo, había llevado una vida de perros, y aún estaba como al
principio. La muerte estaba al lado, la muerte siempre estuvo allí. Había
cometido un tonto error y había comprado un periódico underground, en el que
aún andaban divinizando a Lenny Bruce. Había una foto suya, muerto, justo
después de estirar la pata. Sí, por supuesto, a veces Lenny había sido
ingenioso como con su «¡No puedo llegar!»..., aquélla había sido su obra
maestra. Pero en realidad, Lenny no había sido nada del otro mundo. En fin,
todos acabamos muertos. Es pura matemática. Nada nuevo. Todo consiste en
esperar, ése es el problema.
Sonó
el teléfono. Era su chica.
—Oye,
hijo de puta, estoy harta de tus borracheras. Ya tuve bastante con mi padre...
—Oh,
vamos, no es para tanto.
—Lo
es, y no voy a aguantarlo más.
—Deliras,
palabra.
—No,
estoy harta, me oyes, estoy harta. Te vi en la fiesta, mandando a por más
whisky, por eso me fui. Ya estoy harta, no voy a aguantar más...
Su
chica colgó. Se levantó y se sirvió un whisky con agua. Se lo llevó al
dormitorio; se quitó la camisa, los pantalones, los zapatos, los calcetines. Se
tumbó en la cama en calzoncillos, con el whisky. Eran las doce menos cuarto.
Sin ambición, sin talento, sin oportunidades. Lo único que le mantenía fuera
del basurero era la pura suerte, y la suerte nunca dura. En fin, era una
lástima lo de Lu, pero Lu quería un triunfador. Vació el vaso y se incorporó.
Cogió Resistencia, rebelión y muerte de Camus... Leyó unas páginas. Camus
hablaba de la angustia y el terror y de la miserable condición del Hombre, pero
hablaba de ello de un modo tan florido y agradable... su lenguaje... uno tenía
la sensación de que las cosas no le afectaban ni a él ni a su forma de escribir.
En otras palabras, las cosas igual podrían ir sobre ruedas. Camus escribía como
un hombre que acabara de darse una buena cena con bistec, patatas fritas y
ensalada, todo regado con una botella de buen vino francés. Tal vez la
humanidad sufriera; él no. Tal vez fuera un sabio, pero Henry prefería a
alguien que chillara cuando se quemaba. Dejó caer el libro al suelo e intentó
dormir. Lo de dormir siempre era un problema. Se daba por satisfecho si
conseguía dormir tres horas cada veinticuatro. En fin, pensó, las paredes
todavía siguen ahí; si un hombre tiene cuatro paredes, tiene una oportunidad.
Fuera, en la calle, no había nada que hacer.
Sonó
el timbre.
—¡Hank!
—gritó alguien—. ¡Eh, Hank!
Mierda,
pensó. ¿Quién será?
—¿Sí?
—preguntó, allí tumbado en calzoncillos.
—¡Eh!
¿Qué haces?
—Espera
un momento...
Se
levantó, cogió la camisa y los pantalones y salió al recibidor.
—¿Qué
haces?
—Vistiéndome...
—¿Vistiéndote?
—Sí.
Eran
las doce menos diez. Abrió la puerta. Era el profesor de Pasadena; daba clases
de literatura inglesa. Le acompañaba un bombón. El profe le presentó al bombón.
Era una editora, de una de las grandes editoriales de Nueva York.
—Qué
preciosidad —dijo, y se acercó y le dio un apretón en el muslo derecho—. Te
quiero.
—Eres
rápido —dijo ella.
—Bueno,
ya sabes que los escritores siempre han tenido que besarles el culo a los
editores.
—Creía
que era al revés.
—Nada
de eso. Es el escritor el que se muere de hambre.
—Quiere
ver tu novela.
—Sólo
tengo un ejemplar en edición de tapa dura. No puedo dárselo.
—Dáselo.
Podrían comprártela —dijo el profe.
Hablaban
de su novela, Pesadilla. El supuso que lo que la chica quería era un ejemplar
gratis de la novela.
—Íbamos
a Del Mar, pero Pat quería verte en persona.
—¡Qué
amable!
—Hank
leyó sus poemas a mis alumnos. Le dimos cincuenta dólares. Estaba cagado de
miedo y lloraba. Tuve que arrastrarle para colocarle frente a los chicos.
—Fue
indignante. Sólo cincuenta dólares. A Auden le daban dos mil. No creo que haya
tanta diferencia entre él y yo. En realidad...
—Sí,
sabemos lo que piensas.
Henry
recogió del suelo los folletos de las apuestas hípicas atrasados, a los pies de
la editora.
—Me
deben mil cien dólares. Y no hay manera de cobrar. Las revistas porno se han
puesto imposibles. He llegado a conocer ya a la chica de la oficina. Una tal
Clara. «Hola, Clara —le digo por teléfono—. ¿Qué tal el desayuno?» «¿Qué hay,
Hank, ya has desayunado?» «Claro —le digo—. Dos huevos hervidos.» «Ya sé por
qué me telefoneas», me dice. «Por supuesto —le digo—. Por lo de siempre.»
«Bueno, lo tenemos aquí, nuestra factura 984765 por 85 dólares.» «Y hay otra,
Clara. Vuestra factura 973895, por cinco relatos, 570 dólares.» «Oh sí, bueno,
procuraré que el señor Masters firme los cheques.» «Gracias, Clara», le digo.
«Oh, no hay de qué —dice ella—, vosotros os merecéis vuestro dinero.» «Sí,
claro», digo. Y entonces ella dice: «Y si no recibes el dinero, llámame otra
vez, ¿eh? Ja, ja, ja.» «Sí, Clara —le digo—, volveré a llamarte.»
El
profesor y la editora se reían.
—No
hay manera, maldita sea, ¿alguien quiere un trago?
No
contestaron, así que Henry se sirvió uno.
—He
intentado incluso hacerme rico apostando en las carreras. Empecé bien, pero
luego tuve una racha de mala suerte. Tuve que dejarlo. Sólo puedo permitirme
ganar.
El
profesor empezó a explicar su sistema para ganar en Las Vegas. Henry se acercó
a la editora.
—¿Por
qué no nos vamos a la cama? —dijo.
—Muy
ingenioso —dijo ella.
—Sí
—dijo él—. Como Lenny Bruce. Pero él está muerto y yo casi.
—Sigues
siendo ingenioso.
—Sí,
soy el héroe. El mito. El incorruptible, el único que no se ha vendido. Mis
cartas se subastan en el Este por 250 dólares. Y no puedo comprarme ni una
bolsa de pedos.
—Los
escritores siempre andáis gritando «que viene el lobo».
—Puede
que por fin haya llegado el lobo. No se puede vivir del alma. Con el alma no se
puede pagar el alquiler. Inténtalo y verás.
—Quizá
debiera irme a la cama contigo —dijo ella.
—Vámonos,
Pat —dijo el profe, levantándose—. Tenemos que ir a Del Mar.
Se
encaminaron hacia la puerta.
—Me
alegro mucho de haberte conocido.
—Claro
—dijo Henry.
—Triunfarás.
—Claro
—dijo él—. Adiós.
Volvió
al dormitorio. Se desnudó y volvió a tumbarse en la cama. Quizá lograse dormir.
El sueño era como la muerte. Por fin se durmió. Estaba en el hipódromo. El tipo
de la ventanilla le daba dinero y él se lo guardaba en la cartera. Era
muchísimo dinero:
—Debería
comprarse usted una cartera nueva —le dijo el tipo—. Esa está rota.
—No
—dijo él—. No quiero que la gente sepa que soy rico.
Sonó
el timbre.
—¡Eh,
Hank! ¡Hank!
—Bueno,
bueno... un momento...
Se
vistió otra vez y abrió la puerta. Era Harry Stobbs. Stobbs era otro escritor. Conocía
a demasiados escritores.
Stobbs
entró.
—¿Tienes
dinero, Stobbs?
—Demonios,
no.
—Está
bien, yo pagaré la cerveza. Creí que eras rico.
—No,
estaba viviendo con la tía aquella en Malibú. Me vestía bien, me alimentaba. Me
puso de patas en la calle. Ahora vivo en una ducha.
—¿Una
ducha?
—Sí,
es magnífica. Tiene puertas correderas de cristal auténtico.
—Está
bien. Vamos. ¿Tienes coche?
—No.
—Iremos
en el mío.
Entraron
en el Comet del 62 y enfilaron hacia Hollywood y Normandy.
—Vendí
un artículo a Time. Chico, creí que pagaban muy bien. Hoy recibí el cheque. Aún
no lo he cobrado. ¿Sabes cuánto? —preguntó Stobbs.
—¿Ochocientos?
—No,
ciento sesenta y cinco.
—¿Qué?
¿La revista Time? ¿Ciento sesenta y cinco dólares?
—Eso
es.
Aparcaron
y entraron en una pequeña tienda de licores a comprar cerveza.
—Mi
chica me ha mandado a la mierda —explicó Henry a Stobbs—. Dice que bebo
demasiado. Una puñetera mentira.
Sacó
dos paquetes de seis latas del refrigerador.
—Estoy
en las últimas. La fiesta de anoche fue fatal. No había más que escritores
muertos de hambre y profesores a punto de perder el empleo. Charla de
mercaderes. Insoportable.
—Los
escritores son como las putas —dijo Stobbs—. Los escritores son las putas del
universo.
—A
las putas del universo les va mucho mejor, amigo mío.
Se
acercaron a la caja.
—«Alas
de canto» —dijo el tendero.
—«Alas
de canto» —contestó Henry.
El
tendero había leído hacía un año en Los Angeles Times un artículo sobre la
poesía de Henry y no se le olvidaba. Era su muletilla Alas de canto. A Henry al
principio le fastidiaba. Pero ahora le parecía divertido. Alas de canto, ¡santo
cielo!
Volvieron
al coche y enfilaron de vuelta a casa. Había pasado el cartero. Había algo en
el buzón.
—A
lo mejor es un cheque —dijo Henry.
Entraron.
Abrió dos cervezas. Luego abrió la carta. Decía así:
«Querido
señor Chinaski: Acabo de terminar de leer su novela Pesadilla y su libro de
poemas Fotos desde el infierno y creo que es usted un gran escritor. Soy una
mujer casada, de cincuenta y dos años, y mis hijos son ya mayores. Me gustaría
muchísimo tener noticias suyas. Respetuosamente, Doris Anderson.»
La
carta venía de un pueblecito de Maine.
—No
sabía que aún viviera gente en Maine —le dijo a Stobbs.
—No
creo que viva nadie allí —dijo Stobbs.
—Pues
sí. Esta sí.
Henry
echó la carta a la papelera. La cerveza estaba buena. Las enfermeras llegaban a
casa, al alto edificio de apartamentos de enfrente. Vivían allí muchas
enfermeras. Casi todas llevaban uniformes transparentes y el sol de la tarde
hacía lo demás. Henry y Stobbs se quedaron allí viéndolas salir de sus coches y
cruzar la entrada acristalada, camino de sus duchas, sus teles y sus puertas
cerradas.
—Fíjate
en aquélla —dijo Stobbs.
—Ufff.
—Mira
la otra.
—¡Ay,
Dios!
Se
comportaban como chavales de quince años, pensó Henry. No merecemos vivir.
Apuesto a que Camus nunca atisbo por las ventanas.
—¿Cómo
te las vas a arreglar, Stobbs?
—Bueno,
mientras tenga esa ducha, no hay problema.
—¿Por
qué no consigues un trabajo?
—¿Un
trabajo? No digas disparates.
—Supongo
que tienes razón.
—¡Mira
aquélla! ¡Mira aquella otra, qué culo!
—Sí,
qué barbaridad.
Se
sentaron. Siguieron dándole a la cerveza.
—Masón
—le dijo a Stobbs, refiriéndose a un joven poeta inédito— se ha ido a vivir a
México. Caza, tiene un arco y flechas, pesca. Tiene mujer y una sirvienta.
Tiene cuatro libros en perspectiva. Escribió incluso una novela del Oeste. El
problema es que, cuando estás fuera del país, cobrar es casi imposible. La
única manera de cobrar es amenazarles de muerte. A mí se me dan muy bien esas
cartas. Pero si estás a mil kilómetros de distancia, saben que te aplacarás
antes de llegar a su puerta. Pero me gusta eso de cazar para comer. Es mejor
que acudir a la asociación de la prensa. Te imaginas que los animales son
editores y redactores. Es estupendo.
Stobbs
se quedó hasta las cinco. Se lamentaron de la situación de los escritores, de
las angustias de escribir, de lo asquerosos que eran los tipos con éxito. Tipos
como Mailer, como Capote. Luego, Stobbs se fue y Henry se quitó la camisa, los
pantalones, los zapatos y los calcetines y volvió a tumbarse en la cama. Sonó
el teléfono. Estaba en el suelo, junto a la cama. Estiró el brazo y descolgó.
Era Lu.
—¿Qué
haces? ¿Estás escribiendo?
—Yo
apenas escribo.
—¿Estás
bebiendo?
—Estoy
en las últimas.
—Creo
que necesitas una enfermera.
—Ven
conmigo esta noche al hipódromo.
—Bueno.
¿A qué hora pasarás?
—¿Vale
a las seis y media?
—De
acuerdo.
—Entonces
adiós.
Se
estiró en la cama. Bueno, estaba bien lo de volver con Lu. Le iba bien ella.
Tenía razón, bebía demasiado. Si Lu bebiese como él, no la querría. Sé justo,
hombre, sé justo. Mira lo que le pasó a Hemingway, siempre sentado con un vaso
en la mano. Mira a Faulkner, mírales a todos. En fin, una mierda.
Sonó
el teléfono otra vez. Lo descolgó.
—¿Chinaski?
—¿Sí?
Era
la poetisa, Janessa Teel. Tenía un cuerpo bonito, pero nunca se había acostado
con ella.
—Me
gustaría que vinieras a cenar mañana.
—Estoy
con Lu, sabes —dijo. Dios mío, pensó, soy leal. Dios mío, pensó, soy un buen
chico. Dios mío.
—Que
venga contigo.
—¿Crees
que sería adecuado?
—Por
mí no hay problema.
—Oye,
te llamo mañana. Ya te diré.
Colgó
y volvió a echarse. Durante treinta años, pensó, quise ser escritor y ahora soy
escritor. Bueno, ¿y qué?
Sonó
otra vez el teléfono. Era Doug Eshlesham, el poeta.
—Hank,
chaval...
—¿Sí,
Doug?
—Estoy
jodido, chaval, necesito cinco dólares, sabes. Tienes que dejármelos.
—Doug,
los caballos me han hundido. Estoy sin blanca, en serio.
—Vaya
—dijo Doug.
—Lo
siento, chaval.
—Bueno,
está bien.
Doug
colgó. Doug ya le debía quince. Pero él tenía esos cinco dólares. Debería
habérselos dado. Doug probablemente estuviera alimentándose con comida de
perro. No soy un buen chico, pensó. Dios santo, no lo soy, no.
Se
tumbó en la cama, henchido de no gloria.
UN
PAR DE GIGOLOS
Ser
gigoló es una experiencia muy extraña, sobre todo si no eres profesional.
La
casa tenía dos plantas. Comstock vivía con Lynne en la planta de arriba. Yo
vivía con Doreen en la planta de abajo. La casa estaba en un sitio muy guapo,
al píe de Hollywood Hills. Las dos damas eran ejecutivas, tenían trabajos muy
bien pagados. La casa estaba provista de buen vino, buenos alimentos y un perro
de culo raído. Había también una sirvienta negra, grande, Retha, que se pasaba
casi todo el tiempo en la cocina, abriendo y cerrando la puerta de la nevera.
Cada
mes llegaban las revistas adecuadas en la fecha prevista, pero Comstock y yo no
las leíamos. Lo único que hacíamos era andar por allí tumbados, luchando contra
la resaca, esperando que llegara la noche, cuando las damas nos darían vino y
cena, que cargarían a sus respectivas cuentas de gastos.
Comstock
decía que Lynne era la importante productora cinematográfica de unos grandes
estudios. Comstock llevaba boina, pañuelo de seda, un collar de turquesas,
barba, y tenía unos andares sedosos. Yo era un escritor atascado con la segunda
novela. Tenía vivienda propia en un edificio de apartamentos destartalado y
cochambroso de Hollywood Este. Pero apenas iba por allí.
Mi
medio de transporte era un Comet del 62. La señorita de la casa de enfrente se
ponía furiosa con mi viejo cacharro. Tenía que aparcarlo delante de su casa,
porque era una de las pocas zonas llanas de los alrededores y mi coche no podía
arrancar cuesta arriba. A duras penas arrancaba en llano; y yo tenía que darle
al pedal y a la puesta en marcha una y otra vez y el humo salía en nubarrones
por debajo del coche y el estruendo era incesante y horroroso. La dama empezaba
a gritar como si hubiera enloquecido. Era una de las pocas ocasiones en que me
avergonzaba de ser pobre. Allí sentado, dándole al pedal y rezando para que el
Comet del 62 arrancara, e intentando ignorar los gritos furiosos que daba la
mujer desde su casa de puta madre. Yo le daba y le daba al pedal. El coche
arrancaba, andaba unos metros y se paraba.
—¡Quite
ese cacharro asqueroso de delante de mi casa o llamo a la policia!
Luego,
empezaba con largos y enloquecidos alaridos. Por último, salía en quimono; era
una jovencita rubia, guapa, pero al parecer estaba completamente loca. Se
acercaba corriendo a la puerta del coche dando gritos y se le salía un pecho.
Se lo metía y se le salía el otro. Luego, asomaba una pierna por el quimono.
—Por
favor, señora —le decía yo—, estoy intentándolo.
Por
fin, conseguía que el coche se pusiera en marcha y ella se quedaba allí
plantada en el centro de la calle con los pechos al aire, gritando:
—¡No
vuelva a aparcar aquí su coche jamás, jamás, jamás!
En
ocasiones como ésta era cuando yo consideraba la posibilidad de buscar trabajo.
Sin embargo, Doreen, mi dama, me necesitaba. Tenía problemas con el chico de
las bolsas, en el supermercado. Yo la acompañaba, me plantaba a su lado y le
daba sensación de seguridad. Ella era incapaz de hacerle frente sola y siempre
acababa tirándole un puñado de uvas en la cara o quejándose de él al encargado
o escribiendo una carta de seis folios al propietario del super. Yo podía
manejar perfectamente al chico de las bolsas. Hasta me resultaba agradable,
sobre todo por aquella habilidad suya de abrir una gran bolsa de papel, con un
simple y gracioso giro de muñeca.
Mi
primera reunión informal con Comstock fue más que interesante. Hasta entonces,
sólo habíamos charlado con la copa en la mano, con nuestras damas, por la
noche.
Una
mañana, estaba yo en la primera planta, en calzoncillos, haraganeando. Doreen
se había ido a trabajar. Yo estaba planteándome la posibilidad de vestirme y
acercarme a mi casa a recoger la correspondencia. Retha, la sirvienta, estaba
acostumbrada a verme en calzoncillos.
—Amigo
—decía—, qué piernas tan blancas tienes. Parecen patas de pollo. ¿Es que nunca
tomas el sol?
La
cocina estaba en la planta de abajo. Supongo que Comstock tenía hambre.
Entramos al mismo tiempo. El llevaba una camiseta blanca de manga corta, vieja,
con una mancha de vino en la pechera. Serví café y Retha se ofreció a freímos
huevos con bacon. Comstock se sentó.
—Y
bien —le dije—, ¿hasta cuándo crees tú que podremos seguir engañándolas?
—Por
mucho tiempo. Necesito un descanso.
—Creo
que yo también aguantaré.
—Vaya
par de cabrones que estáis hechos —dijo Retha.
—Que
no se vayan a quemar esos huevos —dijo Comstock.
Retha
nos sirvió zumo de naranja, tostadas y huevos con bacon. Se sentó y comió con
nosotros, leyendo Playgirl.
—Es
que acabo de salir de un matrimonio fatal, algo horroroso —dijo Comstock—.
Necesito un descanso largo, muy largo.
—Hay
mermelada de fresa para las tostadas —dijo Retha—. Probad un poco de mermelada
de fresa.
—Háblame
de tu matrimonio —le dije a Retha.
—Bueno.
Yo me agencié un mangante, un inútil jugador de billar que no sabe hacer
nada...
Retha
nos explicó todo el asunto, terminó el desayuno, se fue al piso de arriba y
empezó a pasar la aspiradora. Entonces, Comstock me contó lo de su matrimonio.
—Antes
de casarnos, todo iba bien. Ella me exhibía todos sus triunfos; pero siempre en
la manga escondía una carta que no me dejaba ver. Yo diría que era algo más que
una carta.
Comstock
tomó un sorbo de café.
—Tres
días después de la ceremonia, llegué a casa y ella se había comprado unas
minifaldas. Nunca había visto yo minifaldas tan cortas. En mi vida. Y entré en
casa, y allí estaba ella sentada, acortándolas. «¿Qué estás haciendo?», le
pregunté. Y ella dijo: «Estos malditos chismes, son demasiado largos. Me gusta
llevarlas sin bragas. Me gusta ver que los hombres me miran el trasero cuando
me bajo de los taburetes de los bares y cosas así.»
—¿Te
salió con una carta así, de pronto?
—Bueno,
la verdad es que podría haberlo imaginado. Un par de días antes de la boda la
llevé a conocer a mis padres. Llevaba un severo vestido, y mis padres le
dijeron que les encantaba. Ella dijo: «Os gusta el vestido, ¿eh?», y se levantó
el vestido y les enseñó las bragas.
—Supongo
que te parecería encantador.
—En
cierto modo sí. En fin, el hecho es que empezó a andar por ahí con minifalda y
sin bragas. Las minifaldas eran tan cortas que si se agachaba un poco podías
verle el ojo del culo.
—¿Y
a los hombres les gustaba?
—Supongo.
Cuando entrábamos en algún sitio, la miraban; y luego me miraban a mí. Se
quedaban pensando cómo podría ir alguien con aquello del bracete.
—Bueno,
cada quisquí hace lo que le parece. Qué demonios. Un coño y un ojo de culo no
son más que eso, lo que son. Tampoco hay que exagerar.
—Sí,
se puede pensar así, hasta que le toca la china a uno. Salíamos de un bar, y
nada más salir, ella decía: «Oye, ¿viste aquel calvo del rincón? ¡Cómo me
miraba el culo cuando me levanté! Apuesto a que se va a casa y se la menea.»
—¿Quieres
que te sirva otro café?
—Sí,
bueno, y ponle un poco de whisky. Puedes llamarme Roger.
—De
acuerdo, Roger.
—Una
noche, volví a casa del trabajo y ella se había ido. Había roto todos los
cristales de las ventanas y todos los espejos. Había escrito cosas como «¡Roger
es una mierda!», «¡Roger es un lameculos!», «¡Roger bebe pis!». Todo escrito
por las paredes. Y se había ido. Me dejó una nota. Iba a coger el autocar para
largarse a casa de su madre, a Texas. Estaba preocupada. Su madre había estado
diez veces en el manicomio. Su madre la necesitaba. Eso decía la nota.
—¿Otro
café, Roger?
—Sólo
whisky. Bajé a la estación de autobuses y allí estaba ella con la minifalda,
enseñando el culo, y dieciocho tipos dando vueltas a su alrededor, todos
empalmados. Me senté a su lado y se echó a llorar. «¡Un negro de mierda —me
dice— afirma que puedo ganar mil dólares a la semana si hago lo que me diga!
¡Yo no soy una puta, Roger!»
Retha
bajó las escaleras, abrió la nevera para buscar tarta de chocolate y helado,
entró en el dormitorio, encendió la tele, se tumbó en la cama y se puso a
comer. Era una mujer muy corpulenta, pero agradable.
—En
fin —dijo Roger—, le dije que la quería y conseguimos que nos devolvieran el
dinero del billete. La llevé a casa. A la noche siguiente, viene un amigo mío y
va ella y se le acerca por detrás y le atiza en la cabeza con un cucharón de
madera. Así, sin avisar ni nada, de repente. Se le acerca por detrás y le
atiza. Cuando mi amigo se marchó, me explicó que todo se le pasaría si la
dejaba ir a una clase de cerámica los viernes por la noche. Está bien, le digo.
Pero nada. Empezó a atacarme a cuchillazos. Sangre por todas partes. Mi sangre.
En las paredes, en las alfombras. Era muy rápida, muy ágil. Le interesa el
ballet, yoga, hierbas, vitaminas, semillas, frutos secos y toda esa mierda;
lleva una Biblia en el bolso, la mitad de las páginas subrayadas en tinta roja.
Se acorta un par de centímetros todas las faldas. Y de repente, una noche,
estoy dormido y me despierto justo a tiempo. Me despierto y la veo saltar a los
pies de la cama, gritando, con un cuchillo en la mano. Me giro y el cuchillo se
clava quince centímetros en el colchón. Me levanto, le atizo y la tiro contra
la pared. Cae y dice: «¡Cobarde! ¡Asqueroso cobarde, pegarle a una mujer! ¡Eres
un cobarde, cobarde!»
—Hombre,
quizá no debiste pegarle —dije.
—Sí,
claro. El caso es que me fui de casa e inicié los trámites del divorcio. Pero
no me libré de ella por eso. Se dedicaba a seguirme. Una vez, estaba yo en la
cola en un supermercado y apareció ella y se puso a gritar: «¡Soplapollas
asqueroso! ¡Marica!» Otro día, me arrinconó en una lavandería. Yo estaba
sacando la ropa de la lavadora y metiéndola en la secadora. Y ella se plantó
allí y se puso a mirarme sin decir nada. Dejé la ropa, cogí el coche y me
largué. Cuando volví, ella ya no estaba. Miré en la secadora y estaba vacía. Se
había llevado mis camisas, mis calzoncillos, pantalones, toallas, sábanas,
todo. Empecé a recibir cartas escritas con tinta roja, en las que me contaba
sus sueños. Siempre soñaba. No paraba de soñar. Y recortaba fotos de revistas y
escribía en ellas. Yo no lograba descifrar lo que escribía. Una noche, estaba
en casa sentado y apareció ella en la calle y empezó a tirar piedras a la
ventana y a gritar: «¡Roger Comstock es un mariquita!» Debieron de oírla en
tres manzanas a la redonda, por lo menos.
—Un
rollo muy movido.
—Luego,
conocí a Lynne, y me vine a vivir aquí. Me trasladé a primera hora de la
mañana. Ella no sabe que estoy aquí. Dejé el trabajo. Y aquí estoy. Creo que
sacaré al perro de Lynne a dar una vuelta. A ella le gusta que lo haga. Cuando
vuelve del trabajo, le digo: «Oye, Lynne, saqué al perro a dar una vuelta.»
Entonces ella sonríe. Le gusta.
—Bien
—dije,
—¡Eh,
Boner! —gritó Roger—. ¡Ven acá, Boner!
Aquella
estúpida criatura de barriga fofa entró con la baba colgando. Salieron los dos
juntos.
Aguanté
sólo otros tres meses. Doreen conoció a un tipo que sabía tres idiomas y era
egiptólogo. Yo volví a mi piso cochambroso de Hollywood Este.
Un
día, salía del dentista, casi un año después, y allí estaba Doreen, entrando en
el coche. Me acerqué y fuimos a un bar a tomar un café.
—¿Qué
tal la novela? —me preguntó.
—Sigue
atascada —dije—. Creo que no conseguiré nunca acabar esa hijaputa.
—¿Estás
solo ahora? —me preguntó.
—No.
—Yo
tampoco.
—Mejor.
—No
es ninguna maravilla, pero puede aguantarse.
—¿Roger
sigue con Lynne?
—Ella
iba a largarle —me explicó Doreen—. Entonces él se emborrachó y se cayó por el
balcón. Se quedó paralítico de cintura para abajo. La compañía de seguros le
pagó cincuenta mil dólares. Entonces mejoró. Pasó de las muletas al bastón. Ya
puede salir a dar un paseo con Boner otra vez. Hace poco, hizo unas fotos
maravillosas de Olvera Street. Oye, tengo que irme. La semana que viene me voy
a Londres. Vacaciones de trabajo. ¡Todos los gastos pagados! Adiós.
—Adiós.
Doreen
se levantó, sonrió, salió, giró hacia el oeste y desapareció. Alcé mi taza de
café, tomé un sorbo, la posé. Sobre la mesa estaba la cuenta. Un dólar ochenta
y cinco. Tenía dos dólares, justo para la cuenta y la propina. Cómo demonios
iba a pagar al dentista era ya otro asunto.
EL
GRAN POETA
Fui
a verle. Era el gran poeta. El mejor poeta narrativo desde Jeffers; aún no
había cumplido los setenta y ya era famoso en todo el mundo. Sus dos libros más
conocidos quizá fuesen Mi pena es mejor que la tuya, ¡ja! y El chicle que murió
de tristeza. Había enseñado en varias universidades, había ganado todos los
premios, incluido el Nobel. Bernard Stachman.
Subí
las escaleras de la YMCA. El señor Stachman vivía en la habitación 223. Llamé.
«¡PASE, COÑO, PASE!», gritó alguien desde dentro. Abrí la puerta y entré.
Bernard Stachman estaba en la cama. Flotaba en el aire un olor a vómito, vino,
orines, mierda y alimentos podridos. Sentí náuseas. Corrí al cuarto de baño,
vomité; luego salí.
—Señor
Stachman —dije—. ¿Por qué no abre una ventana?
—Buena
idea. Y nada de «señor Stachman», mierda, me llamo Barney.
Estaba
impedido. Tras un gran esfuerzo, logró incorporarse en la cama y aposentarse en
la silla que había al lado.
—Ahora,
listo para una buena charla —dijo—. Era lo que estaba esperando.
Junto
a su codo, en la mesa, había una jarra de un galón de tinto italiano llena de
cenizas de cigarrillos y polillas muertas. Aparté la vista, luego miré otra
vez. Tenía la jarra en la boca, pero la mayor parte del vino se le derramaba
por la camisa y los pantalones. Bernard Stachman posó la jarra.
—Exactamente
lo que necesitaba.
—Debía
utilizar un vaso —dije—. Es más cómodo.
—Sí,
creo que tiene razón.
Miró
a su alrededor. Había unos cuantos vasos sucios y me pregunté cuál escogería.
Escogió el que le quedaba más cerca. El fondo del vaso estaba cubierto por una
sustancia amarillenta, endurecida. Parecían restos de pollo con fideos.
Escanció el vino. Luego, alzó el vaso y lo vació.
—Sí,
esto es mucho mejor. Veo que ha traído una cámara. Supongo que querrá hacerme
fotos.
—Sí
—dije.
Me
acerqué a la ventana, la abrí y respiré aire fresco. Llevaba días lloviendo y
el aire estaba límpido y fresco.
—Oiga
—dijo—, hace horas que tengo ganas de mear. Tráigame una botella vacía.
Había
varias botellas vacías. Le acerqué una. El pantalón no tenía cremallera, sino
botones, y sólo tenía abrochado el de más abajo, porque no le cabía en el
cuerpo. Hurgó en la bragueta, se sacó el pajarito y puso el capullo en la boca
de la botella. En cuanto empezó a orinar, el pajarito se tensó y empezó a
cabecear, esparciendo la orina por todas partes... por la camisa, los
pantalones y la cara; increíblemente, el último chorro fue a darle en la oreja
izquierda.
—Es
una mierda esto de no poder valerse —dijo.
—¿Cómo
fue? —pregunté.
—¿Cómo
fue el qué?
—El
quedarse así, impedido.
—Mi
mujer. Me pasó por encima, con el coche.
—¿Cómo?
¿Por qué?
—Dijo
que no podía soportarme más.
No
dije nada. Tomé un par de fotos.
—Tengo
fotos de mi mujer. ¿Quiere ver fotos de mi mujer?
—Sí,
claro.
—El
álbum de fotos está allá, encima de la nevera.
Me
acerqué, lo cogí, me senté. Sólo había fotografías de zapatos de tacón alto y esbeltos
tobillos de mujer, piernas cubiertas de medias de nylon, ligueros, pantys y
toda clase de piernas. En algunas páginas había pegados anuncios del mercado de
carne: Redondo de ternera, 69 centavos la libra. Cerré el álbum.
—Cuando
nos divorciamos —dijo—, me los dio.
Bernard
buscó bajo la almohada de la cama y sacó un par de zapatos de tacón alto, unos
zapatos de largos tacones de aguja. Los había hecho cubrir con una capa de
bronce. Los colocó en la mesita de noche. Se sirvió otro trago.
—Duermo
con esos zapatos —dijo—. Hago el amor con ellos y luego los lavo.
Tomé
algunas fotos más.
—Oiga,
¿quiere una foto? Esta es una buena foto.
Se
desabrochó el único botón de la bragueta. No llevaba calzoncillos. Cogió el
tacón del zapato y se lo metió por el trasero.
—Así.
Saque una así.
Hice
la foto.
Le
resultaba difícil mantenerse en pie, pero lo logró apoyándose en la mesita.
—¿Sigue
escribiendo, Barney?
—Yo
escribo siempre, coño.
—¿Y
sus admiradoras no le interrumpen en su trabajo?
—Bueno,
sí, a veces, las mujeres me encuentran. Pero no se quedan mucho.
—¿Se
venden sus libros?
—Hombre,
recibo cheques por mis derechos de autor.
—¿Qué
aconseja usted a los escritores jóvenes?
—Que
beban mucho, que jodan mucho y que fumen muchos cigarrillos.
—¿Y
qué aconseja a los escritores de más edad?
—Si
siguen aún con vida, no necesitan consejos.
—¿Cuál
es el impulso que le mueve a crear un poema?
—¿Y
usted, por qué caga?
—¿Qué
piensa usted de Reagan y del paro?
—No
pienso en Reagan ni en el paro. Todo eso me aburre. Como los viajes espaciales.
Y la liga de béisbol.
—¿Cuáles
son sus preocupaciones, entonces?
—Las
mujeres modernas.
—¿Las
mujeres modernas?
—No
saben vestir. Llevan unos zapatos espantosos.
—¿Qué
piensa usted del movimiento de liberación de la mujer?
—Si
ellas están dispuestas a trabajar lavando coches, empujando el arado, cazando a
dos tipos que acaben de asaltar una licorería, o limpiando alcantarillas, si
están dispuestas a dejar que les rebanen las tetas de un tiro en el ejército,
yo estoy dispuesto a quedarme en casa fregando los platos y a aburrirme
quitando pelusilla de la alfombra.
—¿Pero
no cree usted que tienen cierta razón en sus reivindicaciones?
—Por
supuesto.
Stachman
se sirvió otro trago. Incluso bebiendo del vaso, parte del vino se le derramaba
por la barbilla y le bajaba hasta la camisa. Olía como un hombre que llevara
meses sin bañarse.
—Mi
esposa —dijo—, aún estoy enamorado de ella. Déme el teléfono, por favor.
Le
di el teléfono. Marcó un número.
—¿Claire?
¿Oye, Claire...? —Colgó.
—¿Qué
pasó? —pregunté.
—Lo
de siempre. Colgó. Oiga, vámonos de aquí, vámonos a un bar. Llevo demasiado
tiempo en esta maldita habitación. Necesito salir.
—Pero
es que está lloviendo. Hace una semana que está lloviendo. Las calles están
inundadas.
—Eso
a mí no me importa. Quiero salir. Lo más probable es que en este momento, ella
esté jodiendo con un tipo. Probablemente tenga puestos los zapatos de tacón. Yo
no le dejaba nunca quitárselos.
Ayudé
a Bernard Stachman a enfundarse un viejo abrigo marrón. Le faltaban todos los
botones. Estaba tieso de mugre. No era un abrigo de Los Angeles. Era grueso y
pesado, debía proceder de Chicago o de Denver, y debía datar de los años
treinta.
Luego,
cogimos las muletas y bajamos laboriosamente la escalera. Bernard llevaba una
botella de moscatel en un bolsillo. Llegamos a la entrada y me aseguró que
podía cruzar solo la acera y subir al coche. Mi coche estaba aparcado a cierta
distancia del bordillo.
Cuando
corría dando la vuelta al coche para entrar por el otro lado, oí un grito y a
continuación un chapoteo. Estaba lloviendo, llovía mucho. Di otra vez corriendo
la vuelta; Bernard se las había arreglado para caerse y quedar encajado en el
suelo entre el coche y el bordillo. El agua le corría por encima. Estaba
sentado y el agua le desbordaba, le cubría los pantalones, le daba en los
costados; las muletas flotaban torpemente en su regazo.
—No
se preocupe —dijo—. Váyase y déjeme.
—Pero,
por Dios, Barney.
—En
serio. Váyase. Déjeme. Mi mujer no me quiere.
—No
es su mujer, Barney. Están divorciados.
—A
otro perro con ese hueso.
—Vamos,
Barney, le ayudaré a levantarse.
—No,
no. No se moleste. Se lo digo en serio. Usted váyase. Emborráchese sin mí.
Le
levanté, abrí la portezuela y le coloqué en el asiento delantero. Estaba
empapado. El agua le caía a chorros. Luego rodeé el coche y me coloqué al
volante, a su lado. Barney destapó la botella de moscatel, bebió un trago y me
la pasó. Bebí un trago. Luego, puse el coche en marcha y salí, mirando por el
parabrisas, entre la lluvia, buscando un bar en el que pudiéramos entrar y no
vomitar en cuanto le echáramos una ojeada al hediondo urinario.
BESASTE
A LILLY
Era
un miércoles por la noche. La televisión no había sido gran cosa. Theodore
tenía cincuenta y seis años. Su mujer, Margaret, cincuenta. Llevaban veinte
años casados y no tenían hijos. Ted apagó la luz. Se desperezaron en la
oscuridad.
—Bueno
—dijo Margie—, ¿es que no me vas a dar el beso de buenas noches?
Ted
suspiró y se volvió hacia ella. Le dio un beso rápido.
—¿Llamas
a eso un beso?
Ted
no contestó.
—Aquella
mujer del programa era igual que Lilly, ¿verdad?
—No
sé.
—Sí
sabes.
—Escucha,
no empieces, que habrá follón.
—Lo
que pasa es que no quieres analizar las cosas. Sólo quieres cerrarte como una
lapa. Sé sincero. Aquella mujer del programa se parecía a Lilly, ¿verdad?
—Está
bien. Tenía un cierto parecido.
—¿Te
hizo pensar en Lilly?
—Dios
santo...
—¡No
seas evasivo! ¿Te hizo pensar en ella?
—Por
un momento, sí...
—¿Y
te sentías a gusto?
—No.
Escucha, Margie, eso pasó hace cinco años.
—¿Acaso
el tiempo hace que lo que pasó no pasase?
—Te
dije que lo lamentaba.
—¡Que
lo lamentabas! ¿Sabes lo que pasé yo? ¿Te imaginas que hubiese hecho yo lo
mismo con un hombre? ¿Qué habrías sentido?
—No
sé. Hazlo y lo sabré.
—¡Muy
gracioso! ¿Es que quieres reírte de mí?
—Marge,
hemos discutido este asunto cuatrocientas o quinientas noches.
—¿Cuando
hacías el amor con Lilly, la besabas como me besaste ahora a mí?
—No,
claro que no...
—¿Cómo,
entonces? ¿Cómo?
—¡Por
Dios! Basta ya.
—¿Cómo?
—Bueno,
distinto.
—¿Distinto
en qué sentido?
—Bueno,
había una novedad. Me excitaba...
Marge
se incorporó en la cama y se echó a llorar. Luego dejó de hacerlo.
—Y
cuando me besas a mí no te excitas, ¿verdad?
—Es
que estamos habituados el uno al otro.
—Pero
eso es el amor; vivir y hacerse mayores juntos.
—Bien.
—¿«Bien»?
¿Qué quieres decir con bien?
—Quiero
decir que tienes razón.
—Lo
dices, pero se ve que no lo crees. Lo único que quieres es no hablar. Has
vivido conmigo todos estos años. ¿Sabes por qué?
—No
estoy seguro. La gente se habitúa, se acostumbra a las cosas, es como el
trabajo. La gente se acomoda. Es lo que pasa.
—¿Quieres
decir que estar conmigo es como un trabajo? ¿Es como un trabajo ahora?
—Bueno,
en el trabajo hay que fichar.
—¡Ya
vuelves a empezar! ¡Esto es una discusión seria!
—Está
bien.
—¿«Está
bien»? Eres un asqueroso imbécil. ¡Animal! ¡Te estás quedando dormido!
—Margy,
¿qué quieres que haga? ¡Eso pasó hace años!
—¡Está
bien, te diré lo que quiero que hagas! ¡Quiero que me beses a mí como besabas a
Lilly! ¡Quiero que me jodas a mí como a Lilly!
—No
puedo hacerlo...
—¿Por
qué? Porque no te excito como Lilly, ¿verdad? ¿Porque no soy una novedad?
—Apenas
si recuerdo a Lilly.
—La
recuerdas perfectamente. Está bien. ¡No tienes que joderme! ¡Sólo bésame como a
Lilly!
—Oh,
por Dios, Margy, ¡déjalo ya, por favor, te lo suplico!
—Quiero
saber por qué hemos vivido juntos todos estos años! ¿He desperdiciado mi vida?
—Todos
la desperdician, casi todo el mundo.
—¿Desperdician
sus vidas?
—Creo
que sí.
—¡Si
pudieses simplemente imaginar cuánto te odio!
—¿Quieres
el divorcio?
—¿Que
si quiero el divorcio? ¡Oh, Dios mío, qué tranquilo eres! ¡Destrozas mi maldita
vida y luego me preguntas si quiero el divorcio! ¡Tengo cincuenta años! ¡Te he
dado mi vida! ¿Adonde voy a ir?
—¡Puedes
irte al infierno! Estoy harto de oírte. Harto de tus quejas.
—¡Imagínate
que hubiera hecho yo lo mismo con un hombre!
—Ojalá
lo hubieras hecho. ¡Ojalá!
Theodore
cerró los ojos... Margaret gimoteó. En la calle ladró un perro. Alguien
intentaba poner un coche en marcha. No arrancaba. Treinta grados de temperatura
en un pueblecito de Illinois. James Carter era el presidente de los Estados
Unidos.
Theodore
empezó a roncar. Margaret fue hasta el armario y sacó el revólver del cajón del
fondo. Un revólver del 22. Estaba cargado. Volvió a la cama junto a su marido.
Le
zarandeó.
—Ted,
querido, estás roncando...
Le
zarandeó otra vez.
—¿Qué
pasa...? —preguntó Ted.
Ella
quitó el seguro al revólver y apoyó el cañón en la parte del pecho de él más a
mano y apretó el gatillo. La cama se balanceó y Margaret disparó de nuevo. De
la boca de Theodore surgió un sonido muy parecido a un pedo. No parecía
dolerle. La luna brillaba en la ventana. Margaret se fijó en que el agujero era
pequeño y apenas manaba sangre. Colocó el arma al otro lado del pecho de
Theodore. Volvió a apretar el gatillo. Esta vez no hubo sonido alguno. Pero él
seguía respirando. Le observó. Manaba sangre. La sangre hedía espantosamente.
Ahora
que estaba muñéndose, casi le amaba. Pero Lilly, cuando pensaba en Lilly... la
boca de Ted en la suya, y todo lo demás, entonces deseaba disparar otra vez...
Ted estaba muy guapo con jerseys de cuello alto, le sentaban muy bien, le
quedaba muy bien el verde, y cuando se tiraba un pedo en la cama, primero
siempre se daba la vuelta... Nunca los tiraba contra ella. Rara vez faltaba al
trabajo. No podría ir al día siguiente...
Margaret
estuvo un rato llorando y luego se quedó dormida.
Al
despertar, Theodore tuvo una sensación de juncos largos y agudos clavados a los
lados del pecho. No sentía dolor. Se llevó las manos al pecho, las alzó luego a
la luz de la luna. Estaban manchadas de sangre. Se desconcertó. Miró a
Margaret. Estaba dormida y tenía en la mano el revólver que él le había
enseñado a manejar para su defensa.
Se
incorporó y la sangre empezó a salir más de prisa de ambos agujeros del pecho.
Margaret le había disparado mientras dormía. Por tirarse a Lilly. Ni siquiera
había sido capaz de correrse con Lilly. Pensó: «Estoy casi muerto, pero si
pudiese huir de ella, tendría una oportunidad.» Estiró con cuidado el brazo y
liberó el revólver de entre los dedos de Margaret. Aún tenía quitado el seguro.
No
quiero matarte, pensó, sólo quiero largarme. Creo que llevo por lo menos quince
años deseando hacerlo.
Consiguió
levantarse de la cama. Cogió el revólver y apuntó a Margaret al muslo. Al
derecho. Disparó.
Margaret
gritó y él le tapó la boca con la mano. Esperó unos segundos y luego apartó la
mano.
—¿Qué
haces, Theodore?
Volvió
a apuntar, al muslo izquierdo ahora. Disparó. Apagó su nuevo grito volviendo a
taparle la boca. Aguantó unos segundos, luego retiró la mano.
—Besaste
a Lilly —dijo Margaret.
Quedaban
dos balas en el tambor del revólver. Ted se irguió y se miró los agujeros del
pecho. El del lado derecho ya no sangraba. Del izquierdo, salía, a intervalos
regulares, un hilillo fino como una aguja.
—¡Te
mataré! —dijo Margy desde la cama.
—Quieres
matarme realmente, ¿verdad?
—¡Sí,
sí! ¡Y lo haré!
Ted
empezó a sentirse mal, mareado. ¿Dónde estaban los polis? Tenían que haber oído
todos los disparos. ¿Dónde estaban? ¿Es que nadie había oído los disparos?
Miró
hacia la ventana. Disparó contra los cristales. Se sentía cada vez más débil.
Cayó de rodillas. Se arrastró de rodillas hasta la otra ventana. Disparó otra
vez. La bala hizo un agujero redondo en el cristal, pero el cristal no se
rompió. Pasó delante de él una sombra negra. Luego, desapareció. Theodore
pensó: «¡Tengo que tirar fuera este revólver!» Reunió sus últimas fuerzas.
Lanzó el revólver contra el cristal. El cristal se rompió, pero el revólver
volvió a caer dentro de la habitación.
Cuando
recobró el conocimiento, su mujer estaba de pie ante él. Se sostenía sobre
ambas piernas, las piernas contra las que él había disparado. Cargaba otra vez
el revólver.
—Voy
a matarte —dijo.
—¡Margy,
por amor de Dios! ¡Escucha! ¡Te quiero!
—¡Arrástrate,
perro mentiroso!
—Margy,
por favor...
Theodore
empezó a arrastrarse hacia la otra habitación.
Ella
le seguía.
—Así
que te excitaba besar a Lilly...
—¡No,
no! ¡No me gustaba! ¡Me repugnaba!
—¡Te
voy a arrancar de la boca esos labios malditos!
—¡Margy!
¡Dios mío!
Le
puso el cañón del revólver en la boca.
—¡Toma
un besol
Disparó.
La bala se llevó parte del labio inferior y parte de la mandíbula. Theodore no
perdió el conocimiento. Vio uno de sus propios zapatos en el suelo. Aunó de
nuevo todas sus fuerzas y lanzó el zapato contra otra ventana. El cristal se
rompió y el zapato cayó a la calle.
Margaret
alzó de nuevo el revólver y se apuntó al pecho. Apretó el gatillo...
Cuando
la policía derribó la puerta, Margaret estaba de pie sujetando el revólver.
—¡Ya
está bien, señora, suelte el revólver! —dijo uno de los polis.
Theodore
aún intentaba huir arrastrándose. Margaret le apuntó con el revólver, disparó,
erró el tiro. Luego, se desplomó en su camisón púrpura.
—¿Qué
diablos ha pasado aquí? —preguntó uno de los polis, inclinándose sobre
Theodore.
Theodore
volvió la cabeza. Su boca era un grumo rojo.
—Skirrr
—dijo Theodore—. Skirr...
—Me
fastidian estas peleas domésticas —dijo el otro poli—. ¡Qué asco...
—Sí
—dijo el primer poli.
—Precisamente
esta mañana reñí con mi mujer. Uno nunca sabe.
—Skirr...
—dijo Theodore.
Lilly
estaba en casa viendo una vieja película de Marlon Brando en la tele. Estaba
sola. Siempre había estado enamorada de Marlon. Se tiró un pedo suave. Se alzó
la bata y empezó a masturbarse.
UNA
DAMA SALVAJE
Monk
entró. Aquello parecía más polvoriento y oscuro que los bares de siempre. Se
dirigió al extremo más alejado de la barra y se sentó junto a una rubiales que
estaba fumando un cigarrillo y bebiéndose una Hamm's. Cuando Monk se sentó,
ella se tiró un pedo.
—Buenas
noches —dijo él—. Me llamo Monk.
—Yo,
Mud —dijo ella, lo que revelaba su edad de inmediato.
Cuando
Monk se sentó, surgió un esqueleto de detrás de la barra, donde había estado
sentado en un taburete. El esqueleto se acercó a Monk. Monk pidió un whisky con
hielo y el esqueleto estiró los brazos y empezó a prepararlo. Derramó un
poquito de whisky en la barra, pero logró servir lo que había pedido Monk y
coger el dinero de éste, meterlo en la caja y devolver el cambio justo.
—¿Qué
pasa? —preguntó Monk a la dama—. ¿Es que aquí no pueden permitirse gente del
sindicato?
—Qué
coño —dijo la dama—, eso es un truco de Billy. ¿Es que no ves los jodidos
cables? Dirige ese chisme con cables. Le parece muy divertido.
—Curioso
lugar —dijo Monk—. Apesta a muerte.
—La
muerte no apesta —dijo la dama—. Sólo lo vivo apesta, sólo lo que agoniza, sólo
lo que se pudre apesta. La muerte no apesta.
Una
araña descendió de pronto entre ellos colgando de un hilo invisible e hizo un
leve giro. Era dorada, en aquella penumbra. Luego, corrió de nuevo hilo arriba
y desapareció.
—En
mi vida había visto una araña en un bar —dijo Monk.
—Vive
de las moscas del bar —dijo la dama.
—Dios
santo, este sitio está lleno de chistes malos.
La
dama se tiró un pedo.
—Un
beso, para ti —dijo.
—Gracias
—dijo Monk.
Un
borracho, que estaba al otro extremo de la barra, metió dinero en la máquina de
discos y el esqueleto salió de detrás de la barra y caminó hasta la dama e hizo
una reverencia. La dama se levantó y bailó con el esqueleto. Dieron vueltas y
vueltas. No se veía en el bar más gente que la dama, el esqueleto, el borracho
y Monk. Era una noche de poco ajetreo. Monk encendió un Pallmall y siguió
bebiendo. Terminó la pieza y el esqueleto volvió detrás de la barra y la dama
volvió a sentarse al lado de Monk.
—Aún
recuerdo —dijo la dama— cuando venían aquí todas las celebridades, Bing Crosby,
Amos y Andy, los Three Stooges. Este sitio estaba muy bien.
—Me
gusta más de esta manera —dijo Monk.
La
máquina de discos volvió a ponerse en marcha.
—¿Le
apetece un baile? —preguntó la dama.
—¿Por
qué no? —dijo Monk.
Se
levantaron y empezaron a bailar. La dama llevaba un vestido color espliego.
Olía a lilas. Pero era muy gorda y tenía la piel color anaranjado y la
dentadura postiza parecía masticar quedamente un ratón muerto.
—Este
sitio me recuerda a Herbert Hoover —dijo Monk.
—Hoover
fue un gran hombre —dijo la dama. —Narices —dijo Monk—. Si no hubiera llegado
Franky D. nos habríamos muerto de hambre.
—Franky
D. nos metió en la guerra —dijo la dama. —Bueno —dijo Monk—, tenía que
protegernos de las hordas fascistas.
—No
me hables de las hordas fascistas —dijo la dama—. Mi hermano murió luchando
contra Franco en España.
—¿Brigada
Abraham Lincoln? —preguntó Monk.
—Brigada
Abraham Lincoln —dijo la dama.
Bailaban
muy juntos, y de pronto la dama le metió a Monk la lengua en la boca. El la
expulsó de un lengüetazo. La lengua de aquella dama sabía a sellos de correos
viejos y a ratón muerto. Terminó la pieza. Volvieron a la barra y se sentaron.
El
esqueleto se acercó. Llevaba un vodka con naranjada en una mano. Se plantó
frente a Monk y le tiró el vodka con naranjada por la cara. Luego se fue.
—¿Pero
qué le pasa? —preguntó Monk.
—Es
celosísimo —dijo la dama—. Vio que te besaba.
—¿Llamas
a eso un beso?
—He
besado a algunos de los hombres más grandes de todos los tiempos.
—Me
lo imagino... A Napoleón, a Enrique VIII y a Julio César...
—Un
beso, para ti —dijo.
—Gracias
—dijo Monk.
—Creo
que me estoy haciendo vieja —dijo la dama—. Hablamos de prejuicios pero nunca
hablamos del prejuicio que tienen todos contra los viejos.
—Sí
—dijo Monk.
—Pero,
en realidad, no soy vieja —dijo la dama.
—No
—dijo Monk.
—Aún
tengo la regla —dijo la dama.
Monk
hizo una seña al esqueleto pidiendo otros dos tragos. La dama pasó a tomar
también whisky con hielo. Los dos tomaron lo mismo. El esqueleto volvió y se
sentó.
—Sabes
—dijo la dama—, yo estaba allí cuando Baby Ruth tenía dos tiradas y apuntó a la
pared y a la siguiente lanzó la pelota por encima de la pared.
—Creí
que eso era un mito —dijo Monk.
—Y
una mierda, mito —dijo la dama—. Yo estaba allí. Y lo vi todo.
—Sabes
—dijo Monk—, es maravilloso. Sabes, es la gente excepcional la que hace girar
el mundo. Es como si hicieran los milagros por nosotros, mientras nosotros
andamos por ahí divirtiéndonos.
—Sí
—dijo la dama.
Se
sentaron y bebieron. Fuera, se oía el tráfico subir y bajar por Hollywood
Boulevard. El rumor era persistente, como la marea, como las olas, casi como un
océano; y era un océano: allá fuera había tiburones y barracudas y medusas y
pulpos y rémoras y ballenas y moluscos y esponjas y lisas, la tira de peces.
Allí dentro parecía más bien una pecera.
—Yo
estaba allí —dijo la dama— cuando Dempsey estuvo a punto de matar a Willard.
Jack salía directo del furgón, furioso como un tigre hambriento. Nunca se vio
cosa igual, ni antes ni después.
—¿Y
dices que aún tienes la regla? —Así es —dijo la dama.
—Dicen
que Dempsey tenía cemento o yeso en los guantes, dicen que los empapó en agua y
dejó que se endurecieran; que por eso liquidó a Willard como lo hizo —dijo
Monk.
—Eso
es una cochina mentira —dijo la dama—. Yo estaba allí, yo vi aquellos guantes.
—Me
parece que estás loca —dijo Monk. —También lo dicen de Juana de Arco —dijo la
dama. —Supongo que viste a Juana de Arco en la hoguera —dijo Monk.
—Yo
estaba allí —dijo la dama—. Yo lo vi.
—Mentira.
—Ardió.
Yo la vi arder. Fue tan horrible y tan bello...
—¿Qué
tenía de bello?
—Cómo
ardía. Empezó por los pies. Era como un nido de serpientes rojas, que se le
enroscaban en las piernas y subían, y luego era como una cortina roja
llameante; tenía la cara alzada hacía arriba, y notabas el olor de la carne
quemada y aún estaba viva pero no lanzó ni un chillido, ni un grito. Movía los
labios, y rezaba, pero no gritó.
—Monsergas
—dijo Monk—. Cómo no iba a gritar.
—No
—dijo la dama—. Hay gente que es distinta.
—La
carne es carne y el dolor, dolor —dijo Monk.
—Subestimas
el espíritu humano —dijo la dama.
—Sí
—dijo Monk.
La
dama abrió el bolso.
—Mira,
te voy a enseñar algo.
Sacó
una caja de cerillas, encendió una y extendió la palma de la mano abierta. Puso
la cerilla debajo de la palma y la dejó allí hasta que se apagó. Brotó un aroma
dulzón a carne quemada.
—Estuvo
muy bien —dijo Monk—. Pero no es todo el cuerpo.
—No
importa —dijo la dama—. El principio es el mismo.
—No
—dijo Monk—. No es lo mismo.
—Cojones
—dijo la dama.
Se
levantó y colocó una cerilla encendida en el dobladillo de su vestido color
espliego. Era una tela fina, como gasa, y las llamas empezaron a lamerle las
piernas y empezaron a subirle hacia la cintura.
—¡Dios
santo! —dijo Monk—. ¿Pero qué coño haces?
—Demostrarte
un principio —dijo la dama.
Las
llamas se elevaron más. Monk saltó del taburete y derribó a la dama. La hizo
rodar por el suelo una y otra vez, apagando las llamas del vestido con las
manos. Por fin el fuego se extinguió. La dama volvió al taburete y se sentó.
Monk se sentó a su lado, temblando. El camarero se acercó. Llevaba una camisa
blanca limpia, chaleco negro, pajarita, pantalones a rayas azules y blancas.
—Lo
siento, Maude —le dijo a la dama—. Pero tienes que irte. Ya has tenido bastante
por esta noche.
—Está
bien, Billy —dijo la dama; vació su vaso, se levantó y se encaminó hacia la
puerta. Antes de salir, dio las buenas noches al borracho que había al otro
extremo de la barra.
—Dios
santo —dijo Monk—, esta mujer es demasiado.
—Volvió
a hacer el número de Juana de Arco, ¿verdad? —preguntó el camarero.
—¡Qué
coño! Usted lo vio, ¿no?
—No,
yo estaba hablando con Louie —señaló al borracho del otro extremo de la barra.
—Creí
que usted estaba arriba manejando esos cables.
—¿Qué
cables?
—Los
cables del esqueleto.
—¿Qué
esqueleto? —preguntó el camarero.
—No
se quede conmigo —dijo Monk.
—¿Pero
de qué me está hablando?
—Había
aquí sirviendo un esqueleto. Si hasta bailó con Maude y todo.
—Oiga,
amigo, yo he estado aquí toda la noche —dijo el camarero.
—Ya
le dije que no intente quedarse conmigo.
—No
pretendo liarle —dijo el camarero.
Luego,
se volvió al borracho que estaba al extremo de la barra:
—Oye,
Louie, ¿tú has visto aquí un esqueleto?
—¿Un
esqueleto? —preguntó Louie—. ¿Pero de qué hablas?
—Explícale
a este individuo que yo he estado aquí detrás de la barra toda la noche —dijo
el camarero.
—Sí,
amigo, Billy ha estado aquí toda la noche y ninguno de los dos hemos visto
ningún esqueleto.
—Póngame
otro whisky con hielo —dijo Monk—. Luego tengo que conseguir salir de aquí.
El
camarero le sirvió el whisky con hielo. Monk se lo bebió y luego consiguió
salir de allí.
PORQUERÍA
DE MUNDO
Iba
conduciendo por Sunset, ya de noche, cuando me detuve en un semáforo y vi en
una parada de autobús a aquella pelirroja teñida, de cara ajada y brutal,
empolvada, pintada, que decía: «Esto es lo que nos hace la vida.» Me la imaginé
borracha, gritando a un hombre de un extremo a otro de la habitación y me
alegré de no ser aquel hombre. Vio que la miraba y me hizo una seña: «Eh, ¿me
llevas?» «Bueno», dije; cruzó corriendo dos carriles de tráfico para subir al
coche. Seguimos y me enseñó un poco de pierna. No estaba mal. Seguí conduciendo
sin decir nada. «Quiero ir a la calle Alvarado», dijo. Me lo había supuesto. Es
por donde andan, por la Octava y Alvarado arriba, los bares del otro lado del
parque y por las esquinas, hasta donde empieza el cerro. Había andado por
aquellos bares bastantes años y conocía el ambiente. La mayoría de las chicas
sólo querían un trago y un lugar para pasar el rato. En aquellos bares no
tenían demasiada mala pinta. Nos acercábamos ya a Alvarado. «¿Puedes darme
cincuenta centavos?», preguntó. Busqué y saqué dos monedas de veinticinco.
«Debías dejarme darte un tiento por esto.» Se echó a reír. «Adelante.» Le subí
el vestido y le di un pellizco suave justo donde terminaba la media. Estuve a
punto de decirle: «¡Qué coño! Compremos unas cervezas y vayamos a mi casa.» Me
vi a mí mismo ensartando aquel cuerpo delgado y casi pude oír los muelles.
Luego me la imaginé sentada en una silla, soltando tacos y hablando y riendo.
Pasé. Se bajó en Alvarado y la vi cruzar la calle caminando, intentando menear
el culo, como si lo tuviera. Seguí conduciendo. Debía al Estado 600 dólares del
impuesto sobre la renta. Tendría que prescindir de un polvo de vez en cuando.
Aparqué junto a la entrada de Chinaman's, entré y pedí un cuenco de won ton de
pollo. Al tipo que estaba sentado a mi derecha le faltaba la oreja izquierda.
Tenía sólo un agujero en la cabeza, un agujero asqueroso, con mucho pelo
alrededor. Ni rastro de la oreja. Miré el agujero y volví al won ton de pollo.
Ya no me supo tan bien. Luego, entró otro tipo y se sentó a mi izquierda. Era
un vagabundo. Pidió un café. Me miró.
—Qué
hay, borracho —dijo.
—Hola
—contesté.
—Todo
el mundo me llama «borracho», así que pensé que podía llamártelo a ti.
—Muy
bien, hombre. Antes lo era, sí.
Revolvió
el café.
—Esas
burbujitas que quedan en el café. Mira. Mi madre decía que significan dinero.
No fue así.
¿Su
madre? ¿Había tenido madre alguna vez aquel hombre?
Terminé
el cuenco y allí les dejé, al tipo sin oreja y al vagabundo que miraba las
burbujitas del café.
Va a
ser una noche infernal, pensé. Supongo que no va a suceder mucho más. Me
equivocaba.
Decidí
cruzar Alameda para comprar unos sellos. Había mucho tráfico y un poli joven
dirigiéndolo. Algo pasaba. Un joven que estaba delante de mí no hacía más que
gritarle al poli:
—¡Vamos,
déjanos cruzar, qué demonio! ¡Ya hemos esperado bastante!
El
poli seguía ordenando el tráfico.
—¿Pero
qué coño te pasa? —le gritaba el chaval.
Este
chaval está chiflado, pensé. Tenía un aspecto agradable, joven, alto, de metro
ochenta y siete y unos ochenta kilos. Camiseta de manga corta blanca. La nariz
demasiado grande. Quizá se hubiera tomado unas cervezas, pero no estaba
borracho. Por fin, el poli tocó el pito e indicó a la gente que cruzara. El
chaval se lanzó a la calzada.
—¡Bueno,
adelante todos, ya se puede, ya podemos cruzar!
Eso
es lo que te crees tú, chaval, pensé. El chaval braceaba.
—¡Adelante
todos!
Iba
caminando justo detrás de él. Vi la cara del poli. Estaba muy pálido. Vi sus
ojos entrecerrados, como ranuras. Era bajo, corpulento, joven. Avanzó hacia el
chaval. Santo cielo, ya está. El chaval se dio cuenta de que el poli iba por
él.
—¡No
me toques! ¡No te atrevas a tocarme!
El
poli le agarró por el brazo derecho, le dijo algo, intentó hacerle volver al
bordillo. El chaval se soltó y se alejó caminando. El poli corrió detrás de él
y le hizo una llave doblándole el brazo en la espalda. El chaval se soltó,
luego empezaron a forcejear, dando vueltas. El rumor de los pies resonaba en la
calle. La gente se paró a contemplar la pelea a cierta distancia. Yo estaba
junto a ellos. Tuve que retroceder varias veces mientras forcejeaban. Tampoco
yo tenía ni pizca de sentido común. Por fin, llegaron a la acera. La gorra del
poli voló. Entonces me animé un poco. El poli, sin la gorra, casi no parecía un
poli, pero, aun así, tenía la porra y la pistola. El chaval se soltó de nuevo y
echó a correr. El poli saltó sobre él por detrás, le echó un brazo al cuello e
intentó derribarle, pero el chico aguantaba. Y luego, consiguió liberarse. Por
último, el poli le acogotó contra una barandilla de hierro de un aparcamiento.
Un chaval blanco y un poli blanco. Miré al otro lado de la calle y vi a cinco
chavales negros que observaban y se reían. Estaban alineados contra una pared.
El poli tenía otra vez la gorra puesta y se llevaba al chaval calle abajo,
camino del teléfono.
Entré
y saqué los sellos de la máquina. Una noche jodida. Casi esperaba que saliera
una serpiente de la máquina. Pero salieron sellos. Alcé la vista y vi a mi
amigo Benny.
—¿Viste
el lío, Benny?
—Sí;
en la comisaría se pondrán los guantes de reglamento y le harán una cara nueva.
—¿Tú
crees?
—Seguro.
En la ciudad es como en el campo. Les zurran de lo lindo. Acabo de salir de la
nueva cárcel del condado. Allí dejan que los polis nuevos hostien a los presos
para que adquieran experiencia. Presumen de ello. Cuando estaba yo allí, pasó
un poli y dijo: «¡Acabo de darle una tunda a un vagabundo!»
—Ya
lo había oído, sí.
—Te
dejan hacer una llamada telefónica y el tipo aquél tardaba demasiado con la
llamada y ellos le decían que cortase ya. El seguía diciendo: «¡Un momento, un
momento!», hasta que al fin un poli se cabreó y colgó el teléfono, y el tío
gritó: «¡Tengo mis derechos, no puede hacer eso!»
—¿Qué
pasó?
—Unos
cuatro polis le agarraron. Le dieron tal somanta de hostias que no tocaba con
los pies en el suelo. Le llevaron a la habitación de al lado. Lo oí
perfectamente: le zurraron de lo lindo. Nos ponían allí, sabes, agachados, nos
miraban el culo, nos miraban los zapatos buscando droga, y trajeron al chaval
desnudo y allí lo pusieron agachado, temblando. Tenía todo el cuerpo lleno de
moretones. Allí le dejaron, temblando contra la pared. Le dieron una buena
somanta.
—Sí
—dije—. Una noche iba yo en coche por Union Rescue Mission y vi dos polis en un
coche patrulla, que habían cogido a un borracho. Uno de ellos se metió con el
borracho en el asiento de atrás; oí que el borracho decía: «¡Asqueroso poli
hijo de puta!» Y vi al poli sacar la porra y hundírsela con todas sus fuerzas
en el estómago. Fue un golpe terrible; me dieron náuseas. Podría haberle
reventado el estómago, o haberle provocado una hemorragia interna.
—Sí;
porquería de mundo.
—Tú
lo has dicho, Benny. Hasta pronto. Cuídate.
—Por
supuesto. Y tú también.
Subí
al coche y volví calle arriba por Sunset. Cuando llegué a Alvarado tiré hacia
el sur y fui bajando hasta la calle Octava. Aparqué, bajé, busqué una tienda de
licores y compré una botella de whisky. Luego, entré en el bar más próximo.
Allí estaba ella.
Mi
pelirroja de cara brutal. Me acerqué, le di una palmadita a la botella.
—Vamos.
Acabó
lo que estaba bebiendo y me siguió.
—Bonita
noche —dijo.
—Oh,
sí —contesté.
Cuando
llegamos a mi casa, se metió en el baño y lavó dos vasos. No hay escapatoria,
pensé. Ninguna escapatoria.
Entró
en la cocina y se echó sobre mí. Se había pintado los labios. Me besó,
pasándome la lengua alrededor de la boca. Le alcé el vestido y le agarré las
bragas. Allí nos quedamos, bajo la luz eléctrica, trabados. En fin, el Estado
tendría que esperar un poco más para cobrar mi impuesto sobre la renta. Quizás
el gobernador Deukmejian lo entendiese. Nos separamos, serví dos whiskies y
pasamos a la habitación contigua.
360
KILOS
Eric
Knowles despertó en la habitación del motel y miró a su alrededor. Allí estaban
Louie y Gloria entrelazados en la otra mitad de la inmensa cama. Eric encontró
una botella de cerveza caliente, la abrió, pasó al baño con ella y se la bebió
mientras se duchaba. Se sentía muy mal. Había oído comentar a especialistas la
teoría de la cerveza caliente. No funcionaba. Salió de la ducha y vomitó en el
retrete. Luego volvió a la ducha. Aquél era el problema de ser escritor, ése
era el principal problema: tiempo libre, demasiado tiempo libre. Tenías que
andar esperando a que se acumulara el material para poder escribir y mientras
esperabas, te volvías loco, y como te volvías loco, bebías; y cuanto más
bebías, más loco te ponías. La vida del escritor no tenía nada de glorioso; ni
la del bebedor. Eric se secó con una toalla, se puso los calzoncillos y salió
del cuarto de baño. Louie y Gloria se estaban despertando.
—¡Oh,
mierda —dijo Louie—, Dios santo!
Louie
también era escritor. A diferencia de Eric, no le llegaba ni para pagar la
renta; la renta de Louie la pagaba Gloria. Tres cuartas partes de los
escritores que conocía Eric en Los Angeles y Hollywood vivían mantenidos por
mujeres; aquellos escritores no tenían tanto talento con la máquina de escribir
como con sus mujeres. Se vendían espiritual y físicamente a sus mujeres.
Oyó
a Louie vomitar en el baño y, al oírle, empezó él otra vez. Encontró una bolsa
de papel vacía y cada vez que Louie vomitaba, Eric vomitaba. Parecían llevar el
compás.
Gloria
era bastante agradable. Acababa de enrolarse como profesora ayudante en un
centro universitario del norte de California. Se estiró en la cama y dijo:
—Desde
luego, sois increíbles. Los vomitadores gemelos.
Louie
salió del cuarto de baño.
—Eh,
¿te estás riendo de mí?
—Nada
de eso, chaval. Lo que pasa es que ha sido una noche de aupa para mí.
—Ha
sido una noche de aupa para todos.
—Probaré
otra vez la cura de la cerveza caliente —dijo Eric.
Destapó
la botella y lo intentó de nuevo.
—Fue
increíble, cómo la sometiste —dijo Louie.
—¿Qué
quieres decir?
—Bueno,
me refiero a cuando ella se fue hacia ti por encima de la mesa, y tú te la
tiraste en cámara lenta. No estabais nada excitados. La cogiste por un brazo,
luego por el otro, y la hiciste girar. Luego, te pusiste encima de ella y
dijiste: «¿Qué coño pasa contigo?»
—Esta
cerveza funciona —dijo Eric—. Deberías probar.
Louie
destapó la botella y se sentó al borde de la cama. Louie editaba una
revistilla, La rebelión de las ratas. Mimeografiada. Como revistilla, no era
mejor ni peor que las demás del género. Todas resultaban muy aburridas; el
ingenio era superficial e incoherente. Louie iba ya por el número quince o
dieciséis.
—La
casa era suya —dijo Louie, pensando en la noche anterior—. Así que dijo que era
su casa y que nos largáramos todos de allí.
—Ideales
y puntos de vista discrepantes. Siempre traen problemas y siempre hay ideales y
puntos de vista discrepantes. Además, la casa era suya —dijo Eric.
—Creo
que probaré una de esas cervezas —dijo Gloria. Se levantó, se puso el vestido y
cogió una cerveza caliente. Una profesora de lo más atractiva, pensó Eric.
Allí
estaban sentados los tres, intentando deglutir la cerveza.
—¡Si
rompes la puerta llamo a la policía! —¿Qué?
Oyeron
otro golpe; luego, silencio. Las voces siguieron: —Estoy en libertad vigilada
por agresión y lesiones. Mejor será dejar así las cosas.
—Sí,
cálmate, seguro que no quieres hacerle daño a nadie. —Pero es que me jodieron
el baño.
—Hay
cosas más importantes que darse un chapuzón, hombre. —Sí, por ejemplo, comer
—dijo Louie a través de la puerta. —¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! —¿Qué quieres?
—preguntó Eric.
—¡Escuchadme,
amigos! ¡Si oigo una palabrita más, sólo una, entro ahí sea como sea!
Eric
y Louie guardaron silencio. Oyeron a los dos gordos bajar las escaleras.
—Creo
que habríamos podido con ellos —dijo Eric—. Los gordos no valen nada, no se
pueden mover.
—Sí
—dijo Louie—, creo que podríamos haberles dado una lección. Si hubiéramos
querido.
—Estamos
sin cerveza —dijo Gloria—. Y yo me tomaría una fresca de muy buena gana. Tengo
los nervios deshechos.
—Ya
has oído, Louie —dijo Eric—. Tú vas a por las cervezas y yo las pago.
—No
—dijo Louie—. Vas tú y las pago yo. —Las pago yo —dijo Eric— y que vaya Gloria.
—De acuerdo —dijo Louie.
Eric
dio el dinero y las instrucciones a Gloria. Abrieron la puerta y salió. La
piscina estaba vacía. Era una linda mañana californiana, rebosante de humo,
contaminación, hedor y galbana. —Tú y tu maldita máquina de mimeo —dijo Eric.
—Es una buena revista —dijo Louie—. Tanto como la que más.
—Supongo
que tienes razón.
Luego,
se levantaron y se sentaron; se sentaron y se levantaron, esperando a que
volviera Gloria con la cerveza fría.
DECADENCIA
Y CAÍDA
Era
un lunes por la tarde en El Diamante hambriento. Sólo había dos personas, Mel y
el camarero. Estar en Los Angeles un lunes por la tarde es como no estar en
ninguna parte (incluso estar un viernes por la noche es como no estar en
ninguna parte; pero más todavía un lunes por la tarde). El camarero, que se
llamaba Cari, bebía de algo que tenía debajo de la barra y estaba allí, frente
a Mel, que se encontraba lánguidamente acodado sobre una rancia y pálida
cerveza.
—Tengo
que contarte una cosa —dijo Mel.
—Adelante
—dijo el camarero.
—Bueno,
la otra noche me llamó por teléfono un tipo con el que trabajé en Akron... Se
quedó sin trabajo, por la bebida, y se casó con una enfermera y la enfermera le
mantiene. No me gustan demasiado esos tipos... pero ya sabes cómo es la gente,
se cuelgan de ti.
—Sí
—dijo el camarero.
—Pues
el caso es que me telefoneó... oye, ponme otra cerveza. Esta mierda sabe a
rayos.
—Vale,
pero basta con que la bebas un poco más de prisa. Al cabo de una hora, claro,
empieza a perder cuerpo.
—Bien...
me dijeron que habían resuelto el problema de la carne... y yo pensé: «¿Qué
problema de la carne?»... Me dijeron que fuese a verles. Yo no tenía nada que
hacer, así que fui. Jugaban los Rams y el tipo, Al, pone la tele y nos sentamos
a verla. Erica, así se llama la mujer, estaba en la cocina preparando una
ensalada y yo había llevado un par de cajas de cerveza. Yo digo: oye, Al, abre
unas botellas, se está bien aquí y hace buena temperatura, el horno está
encendido. Bueno, se estaba cómodo. Parecía como si hubiesen tenido una
discusión un par de días atrás y las relaciones estuvieran otra vez tranquilas.
Al dijo algo sobre Reagan y algo sobre el paro, pero yo no tenía nada que
decir; todo eso me aburre. Sabes, a mí me importa un pijo que el país esté o no
esté podrido, mientras a mí me vaya bien.
—Natural
—dijo el camarero, sacando el vaso de debajo de la barra y echando un trago.
—Pues
bien, ella sale de la cocina, se sienta y se bebe su cerveza. Erica. La
enfermera. Se puso a explicar que todos los médicos tratan a los pacientes como
a ganado. Que todos los malditos doctores van a lo suyo y nada más. Creen que
su mierda no apesta. Ella prefería tener a Al que a un médico. Una estupidez,
¿no?
—No
conozco a Al —dijo el camarero.
—En
fin, nos pusimos a jugar a las cartas y los Rams iban perdiendo, y, al cabo de
unas manos, Al me dijo: «Sabes, tengo una mujer muy rara. Le gusta que haya
alguien mirando mientras lo hacemos. » «Así es —dijo ella—, eso es lo que más
me estimula. » Y Al va y dice: «Pero es tan difícil encontrar a alguien que
mire. En principio parece muy fácil conseguir alguien que mire, pero es
dificilísimo. » Yo no dije nada. Pedí dos cartas y puse una moneda de cinco
centavos. Ella dejó caer las cartas y Al dejó caer las cartas y los dos se
levantaron. Y va ella y empieza a andar hacia el otro lado de la habitación. Y
Al detrás... «¡Eres una puta, una maldita puta! » dice él. Aquel tipo,
llamándole puta a su mujer. «¡So puta! « gritaba. Y la arrincona en un extremo
del cuarto y le atiza un par de sopapos, le rasga la blusa. «¡So puta! » grita
él de nuevo, y le da otros dos sopapos y la tira al suelo. Luego le rasga la
falda y ella patalea y chilla. E1 la levanta y la besa, luego la lanza sobre el
sofá. Se le echa encima, besándola y rasgándole la ropa. Luego le quita las
bragas y se pone a darle al asunto. Mientras está dándole, ella mira desde
abajo para ver si les miro. Ve que sí y empieza a retorcerse como una serpiente
enloquecida. Así que se lanzan al asunto hasta el fin. Después, ella se
levanta, se va al cuarto de baño, y Al a la cocina a por más cervezas. «Gracias
—dice cuando regresa—; ayudaste mucho. »
—¿Y
luego qué pasó?- —preguntó el camarero.
—Bueno,
por fin los Rams remontaron el partido, y había mucho ruido en la tele y ella
sale del baño y se va a la cocina.
A1
empieza otra vez con lo de Reagan. Dice que es el principio de la decadencia y
caída de Occidente, lo mismo que decía Spengler. Todo el mundo es codicioso y
decadente; la corrupción está por todas partes. Y sigue un buen rato con el
mismo rollo.
Luego,
Erica nos llama a la cocina, donde está puesta la mesa, y nos sentamos. La
comida huele bien: un asado adornado con rodajas de pina. Parece una pierna
entera, tiene un hueso que parece casi el de una rodilla. «Al —digo—, esto
parece una pierna humana de la rodilla para arriba. » «Eso es —dice Al—. Eso es
exactamente lo que es. »
—¿Dijo
eso? —preguntó el camarero, tomando un trago del vaso que tenía bajo la barra.
—Sí
—contestó Mel—, y cuando oyes una cosa así, no sabes exactamente qué pensar.
¿Qué habrías pensado tú.
—Yo
habría pensado que estaba bromeando —dijo el camarero.
—Claro.
Así que dije: «Estupendo, córtame una buena tajada.» Y eso fue exactamente lo
que Al hizo. Había también puré de patata y salsa, puré de maíz, pan caliente y
ensalada. En la ensalada había aceitunas rellenas. Y Al dijo: «Ponle a la carne
un poco de esa mostaza picante, ya verás qué bien le va.» En fin, le eché un
poco. La carne no estaba mala. «Oye, Al —le dije—, ¿sabes que no está nada mal?
¿Qué es?» «Lo que te dije, Mel —me contesta—, una pierna humana, la parte de
arriba, el muslo. Es de un chaval de catorce años que encontramos haciendo
auto-stop en Hollywood Boulevard. Le recogimos, le dimos de comer y estuvo tres
o cuatro días viéndonos a Erica y a mí hacerlo; luego nos cansamos de aquello,
así que le degollamos, le limpiamos las tripas, las echamos a la basura y le
metimos en el congelador. Es muchísimo mejor que el pollo, aunque en realidad a
mí me gusta más la ternera.»
—¿Dijo
eso? —preguntó el camarero, sacando otra vez el vaso de debajo de la barra.
—Eso
dijo —contestó Mel—. Dame otra cerveza.
El
camarero le puso otra cerveza. Mel dijo:
—En
fin, yo seguía pensando que todo era broma, ¿comprendes? Así que dije: «Está
bien, déjame ver el congelador.» Y Al va y dice: «Bueno... Ven», y abre la
puerta del congelador y allí dentro estaba el torso, pierna y media, dos brazos
y la cabeza. Troceado así, como te digo. Todo parecía muy higiénico, pero, la
verdad, a mí no me pareció del todo bien. La cabeza nos miraba, aquellos ojos
azules abiertos, la lengua colgando... estaba congelada hasta el labio
inferior. «Dios mío, Al —le digo—. Eres un criminal..., ¡esto es increíble,
esto es repugnante! » «Espabila —me dice—, ellos matan a millones de personas
en las guerras y se reparten medallas por ello. La mitad de la gente de este
mundo se está muriendo de hambre mientras nosotros estamos sentados viéndolo
por la tele. »
Te
aseguro, Cari, que a mí empezaron a darme vueltas las paredes y no podía dejar
de mirar aquella cabeza, aquellos brazos, aquella pierna troceada... Una cosa
asesinada está tan callada, tan quieta; es como si pensases que una cosa
asesinada debería estar chillando, no sé.
En
fin, lo cierto es que me acerqué al fregadero y vomité. Estuve vomitando mucho
rato. Luego, le dije a Al que tenía que largarme. ¿No habrías querido tú
largarte de allí, Cari?
—Rápidamente
—dijo Cari—. A toda máquina.
—Bueno,
pues el caso es que va Al y se planta delante de la puerta y dice: «Escucha...,
no fue un asesinato. Nada es un asesinato. Lo único que hay que hacer es pasar
de las ideas con que nos han cargado y te conviertes en un hombre libre...,
libre, ¿entiendes?» «Quítate de delante de la puerta, Al... ¡Déjame salir de
aquí! » Va y me agarra por la camisa y empieza a rasgármela... Le aticé en la
cara, pero seguía rasgándome la camisa. Le atizo otra Vez, y otra, pero era
como si el tipo no sintiera nada. Los Rams seguían en la tele. Me aparté de la
puerta y entonces su mujer llega corriendo, me agarra y empieza a besarme. No
sabía qué hacer. Es una mujer corpulenta. Conoce muy bien todos esos trucos de
las enfermeras. Intenté quitármela de encima, pero no pude. Noté su boca en la
mía, está tan loca como él. Empecé a empalmarme, no podía evitarlo. De cara no
es muy atractiva, pero tiene unas piernas y un culo de primera y llevaba un
vestido ceñidísimo. Sabía a cebollas hervidas y tenía la lengua gorda y llena
de saliva; pero se había cambiado, se había puesto aquel vestido (verde) y al
alzárselo vi las bragas color sangre y eso me enloqueció y miré, y Al tenía la
polla fuera y estaba mirando. La eché sobre el sofá y empezamos en seguida el
asunto, con Al allí pegado, jadeando. Lo hicimos los tres juntos, un verdadero
trío, luego me levanté y empecé a arreglarme la ropa. Entré en el baño, me
remojé la cara, me peiné y salí. Y al salir, allí estaban los dos sentados en
el sofá viendo el partido. Al tenía una cerveza abierta para mí y me senté y la
bebí y fumé un cigarrillo. Y eso fue todo.
Me
levanté y dije que me iba. Los dos dijeron: "Adiós, que te vaya
bien", y Al me dijo que les hiciese una visita de vez en cuando. Entonces
me encontré fuera del apartamento, ya en la calle, y luego en el coche,
alejándome de allí. Y eso fue todo.
—¿Y
no fuiste a la policía? —preguntó el camarero.
—Bueno,
sabes, Cari, es complicado..., en realidad, fue como si me adoptasen en la
familia. Fueron sinceros conmigo, no quisieron ocultarme nada.
—Pues,
tal como yo lo veo, eres cómplice de un asesinato.
—Mira,
Cari, lo que yo pensé fue que esa gente, en realidad, no me acababa de parecer
mala gente. He conocido gente que me cae muchísimo peor y a la que detesto
muchísimo más, que nunca ha matado a nadie. No sé, en realidad, es
desconcertante. Incluso pienso en aquel tipo del congelador como si fuera una
especie de gran conejo congelado...
El
camarero sacó la Luger de debajo de la barra y apuntó a Mel con ella.
—Está
bien —dijo—, vas a quedarte ahí congelado mientras llamo a la policía.
—Mira,
Cari..., tú no tienes por qué decidir en este asunto.
—¿Cómo
que no? ¡Soy un ciudadano! No puedo permitir que gilipollas como tú y tipos
como tus amigos anden por ahí congelando gente. ¡El próximo podría ser yo!
—¡Escucha,
Cari, escúchame! Óyeme lo que te digo...
—¡Está
bien, adelante!
—Es
un cuento.
—¿Quieres
decir que lo que me contaste es mentira?
—Sí,
era un cuento. Una broma, hombre. Te lié. Ahora, guarda esa pistola y vamos a
tomarnos un whisky cada uno.
—Lo
que me contaste no era mentira.
—Te
he dicho que sí.
—No,
no era mentira... Diste demasiados detalles. Nadie cuenta una mentira así. No
era una broma, no. Nadie gasta esas bromas.
—Te
aseguro que es mentira, Cari.
—No,
no puedo creerte.
Cari
se inclinó hacia la izquierda para arrastrarse hasta el teléfono. El teléfono
estaba allí, sobre la barra. Cuando Cari se inclinó hacia la izquierda, Mel
agarró la botella de cerveza y le atizó con ella en la cara. Cari soltó la
pistola y se llevó la mano a la cara y Mel saltó sobre la barra y volvió a
atizarle (ahora detrás de una oreja) y Cari se desplomó. Mel cogió la Luger,
apuntó cuidadosamente, apretó el gatillo una vez, luego metió el arma en una
bolsa de papel marrón, saltó la barra, enfiló hacia la entrada y salió al
Boulevard. El indicador del parquímetro de junto a su coche ya estaba en rojo.
Subió al coche y se alejó del lugar.
¿HA
LEÍDO A PIRANDELLO?
Mi
novia me había sugerido que me fuese de su casa, una casa muy grande, bonita y
cómoda, con un patio trasero de una manzana de largo, cañerías que goteaban y
ranas y grillos y gatos. En fin, salí de allí, tenía que irme, como sale uno de
tales situaciones: con honor, valor y esperanza. Puse un anuncio en un
periódico underground: «Escritor necesita habitación donde se dé al ruido de
una máquina de escribir mejor acogida que a las risas de fondo de "I Love
Lucky". Llego a cien dólares mensuales. Intimidad imprescindible.»
Tenía
un mes para trasladarme, mientras mi chica estaba en Colorado en su reunión
anual con la familia. Me tumbé en la cama a esperar que sonara el teléfono. Por
fin sonó. Era un tipo que quería que me encargase de cuidar a sus tres hijos
siempre que el «ansia creadora» se apoderara de él o de su esposa. Habitación y
manutención gratuitas, yo podría escribir siempre que el ansia creadora no se
apoderase de ellos. Le dije que me lo pensaría. Al cabo de dos horas el
teléfono volvió a sonar: «¿Sí?», preguntó el tipo. «No», dije. «Sí —dijo él—.
¿Conoce a una mujer embarazada en apuros?» Le dije que intentaría buscarle una
y colgué.
Al
día siguiente, volvió a sonar el teléfono. «He leído su anuncio. —Era una
mujer—. Yo enseño yoga.» «¿Ah sí?» «Sí, ejercicios y meditación.» «¿Ah sí?»
«¿Es usted escritor?» «Sí.» «¿Sobre qué escribe?» «Oh, Dios mío, no sé. Aunque
suene muy mal; sobre la vida..., supongo.» «Eso no suena mal. ¿Incluye esto
sexo?» «¿No lo incluye la vida?» «A veces sí. A veces no.» «Ya.» «¿Cómo se
llama usted?» «Henry Chinaski.» «¿Ha publicado algo?» «Sí.» «Bueno, tengo una
habitación grande que puedo dejarle por cien dólares. Con entrada
independiente.» «Parece interesante.» «¿Ha leído usted a Pirandello?» «Sí.»
«¿Ha leído a Swinburne?» «Todo el mundo lo ha leído.» «¿Y a Hermán Hesse?» «Sí,
pero no soy homosexual.» «¿Odia usted a los homosexuales?» «No, pero no les
amo.» «¿Y los negros qué?» «¿Y los negros qué?» «¿Qué piensa usted de ellos?»
«Están muy bien.» «¿Tiene usted prejuicios?» «Todo el mundo los tiene.» «¿Qué
idea se hace de Dios?» «Pelo blanco, barba rizada, sin pene.» «¿Qué piensa
usted del amor?» «No pienso.» «Es usted un listillo. Mire, le daré mi
dirección. Venga a verme.»
Apunté
la dirección y estuve descansando un par de días más, viendo los seriales por
la mañana y los telefilmes de espías y los combates de boxeo por la noche.
Volvió a sonar el teléfono. Era la dama.
«No
vino usted.» «Es que he estado liado.» «¿Está usted enamorado?» «Sí, estoy
escribiendo mi nueva novela.» «¿Mucho sexo?» «A veces.» «¿Es usted un buen
amante?» «Casi todos los hombres creen serlo. Yo probablemente sea bueno, pero
no excepcional.» «¿Le gusta comer coñitos?» «Sí.» «Está bien.» «¿Está aún
disponible su habitación?» «Sí, la habitación grande. ¿Les hace realmente eso a
las mujeres?» «Sí, demonios. Pero hoy en día todo el mundo lo hace. Estamos en
1982 y tengo 62 años. Puede usted conseguir un hombre treinta años más joven
que se lo haga igual. Y puede que mejor.» «No lo crea.»
Fui
hasta la nevera, cogí una cerveza y un cigarrillo. Cuando volví a coger el
teléfono, ella seguía allí.
—¿Cómo
se llama? —pregunté.
Me
dijo un nombre fantástico, que olvidé en seguida.
—He
estado leyendo cosas suyas —dijo—. Es usted un escritor con fuerza. Tiene usted
mucha mierda dentro. Pero ha descubierto el medio de estimular las emociones de
la gente.
—Tiene
usted razón. No soy grande, pero soy diferente.
—¿Cómo
les hace eso a las mujeres?
—Bueno,
un momento...
—No,
dígamelo.
—Bueno,
es un arte.
—Sí
que lo es, sí. ¿Cómo empieza usted?
—Un
roce leve.
—Por
supuesto, claro. Pero luego, después de empezar...
—Sí,
bueno, hay técnicas...
—¿Qué
técnicas?
—El
primer toque, normalmente, adormece la sensibilidad en la zona, de modo que no
puedes repetirlo con la misma eficacia.
—¿Qué
diablos quiere decir?
—Usted
lo sabe bien.
—Está
usted poniéndome caliente.
—Es
una observación clínica.
—Es
una observación sexual. Está usted poniéndome caliente.
—No
sé qué más decir.
—¿Qué
es lo que ha de hacer un hombre después?
—Hay
que dejar que sea el placer el que guíe la exploración. Siempre es distinto.
—¿Qué
quiere decir?
—Quiero
decir que a veces es un poco grosero, a veces tierno, según lo que sienta.
—Siga,
siga.
—Bueno,
todo acaba en el clítoris.
—Diga
otra vez esa palabra.
—¿Qué?
—Clitoris.
—Clitoris.
Clitoris. Clitoris...
—¿Lo
chupa usted? ¿Lo mordisquea?
—Por
supuesto.
—Está
usted poniéndome caliente.
—Perdone.
—Puede
usted contar con ese cuarto. ¿Le gusta la intimidad?
—Ya
se lo dije.
—Hábleme
de mi clítoris.
—Todos
los clítoris son diferentes.
—No
hay intimidad aquí, de momento. Están construyendo un muro de contención. Pero
habrán acabado en un par de días. Le gustará esto.
Anoté
la dirección otra vez, colgué y me fui a la cama. Sonó el teléfono. Me levanté,
lo descolgué y me volví a la cama con él.
—¿Qué
quiere decir con lo de que todos los clítoris son diferentes?
—Quiero
decir que son diferentes en tamaño y en su reacción a los estímulos.
—¿Se
ha encontrado con alguno que no haya podido estimular?
—Aún
no.
—Escuche,
¿por qué no viene a verme ahora mismo?
—Verá,
mi coche es un trasto viejo. No podría subir por el cañón.
—Coja
la autopista y pare en el aparcamiento que hay en el desvío de Hidden Hills.
Nos encontraremos allí.
—Vale.
Colgué,
me vestí y cogí el coche. Fui por la autopista hasta el desvío de Hidden Hills,
busqué el aparcamiento y me quedé sentado en el coche esperando. Al cabo de
diez minutos, llegó una señora gorda vestida de verde. Llevaba un cadillac
blanco del 82. Tenía todos los dientes delanteros con fundas.
—¿Es
usted el del teléfono? —preguntó.
—Yo
soy.
—Dios
santo. No parece usted tan ardiente.
—Usted
tampoco parece tan ardiente.
—Bueno,
vamos.
Salí
de mi coche y subí al suyo. Su vestido era muy corto. Sobre el gordo muslo más
próximo a mí tenía un pequeño tatuaje que parecía un recadero de pie sobre un
perro.
—No le
pago nada, eh —dijo ella.
—De
acuerdo.
—No
parece usted escritor.
—Favor
que me hace.
—En
realidad, no parece usted un tipo que pueda hacer nada...
—Hay
muchas cosas que no puedo hacer.
—Pero,
desde luego, sabe hablar por teléfono. Yo estaba masturbándome. ¿Estaba usted
masturbándose?
—No.
Seguimos
en silencio. Me quedaban dos cigarrillos y los fumé los dos. Luego, encendí la
radio y escuché música. Su casa tenía una entrada de coches larga y en curva, y
las puertas del garaje se abrieron automáticamente cuando nos acercamos. Ella
se desabrochó el cinturón del asiento y luego, de pronto, me rodeó con sus
brazos. La boca de aquella mujer parecía una botella de tinta china roja
abierta. Brotó la lengua. Nos recostamos en el asiento trabados así. Luego, el
asunto terminó y salimos del coche.
—Vamos
—dijo ella.
La
seguí por un sendero bordeado de rosales.
—No
voy a pagarle nada —dijo ella—. Ni un céntimo.
—No
se preocupe —dije yo.
Sacó
la llave del bolso, abrió la puerta y la seguí al interior de la casa.
GOLPES
EN EL VACIO
Meg
y Tony llevaron a la mujer de Tony al aeropuerto. En cuanto Dolly estuvo a
bordo, fueron al bar del aeropuerto a tomar algo. Meg pidió un whisky con soda.
Tony con agua.
—Tu
mujer confía en ti —dijo Meg.
—Sí
—dijo Tony.
—Me pregunto
si yo puedo confiar en ti.
—¿No
te gustaría echar un polvo?
—Esa
no es la cuestión.
—¿Cuál
es la cuestión?
—La
cuestión es que Dolly y yo somos amigas.
—Nosotros
podemos ser amigos.
—De
esa manera no.
—Tienes
que ser moderna. Estamos en la edad moderna. La gente se divierte. Se
desinhibe. Joden de mil modos. Se tiran perros, niños, pollos, peces...
—A
mí me gusta escoger. Tengo que sentirme interesada.
—No
seas pueblerina. Sentir interés está pasado de moda. Si sigues por ese rollo
mucho tiempo, cuando te des cuenta, acabarás creyendo en el amor.
—¿Y
qué? ¿Qué tiene el amor de malo, Tony?
—El
amor es una forma de prejuicio. Amamos lo que necesitamos, amamos lo que nos
hace sentirnos bien, amamos lo que es conveniente. ¿Cómo puedes decir que amas
a una persona
cuando
hay diez mil personas en el mundo a las que amarías más si llegases a
conocerlas? Pero nunca las conoceremos.
—Sí,
de acuerdo, pero hay que hacer todo lo posible.
—Concedido.
Pero hay que tener en cuenta, de todos modos, que el amor sólo es consecuencia
de un encuentro al azar. La mayoría de la gente le da demasiada importancia.
Sobre esta base, un buen polvo es algo de lo que no hay por qué burlarse.
—Pero
también es el resultado de un encuentro al azar.
—Tienes
toda la razón del mundo. Acaba de beberte eso, anda. Tomaremos otro.
—Ya
te veo venir, Tony; pero no te hagas ilusiones, que no resultará.
—Bueno
—dijo Tony, haciendo una seña al camarero—. Tampoco voy a perder el sueño por
ello...
Era
un sábado por la noche. Volvieron al apartamento de Tony y pusieron la tele. No
había mucho que ver. Bebieron Tuborg y hablaron de la calidad del sonido del
aparato.
—¿Sabes
el de los caballos que eran demasiado listos para apostar por las personas?
—preguntó Tony.
—No.
—Bueno,
es un dicho, sabes. No te lo vas a creer, pero tuve un sueño la otra noche...
Estaba en los establos y venía un caballo por mí y me daba una sesión de
entrenamiento. Un mono me tenía echados brazos y piernas alrededor del cuello y
olía a vino barato. Eran las seis de la mañana y soplaba el viento frío de las
montañas de San Gabriel. Aún más, había niebla. Me hicieron recorrer más de
medio kilómetro al paso. Luego una carrera rápida, de treinta minutos y me
devolvieron al establo. Entró un caballo y me dio dos huevos duros, pomelos,
tostadas y leche. Luego había una carrera. Las gradas estaban llenas de
caballos. Parecía sábado. Yo participaba en la quinta carrera. Llegué el
primero y pagaron 32,40 dólares. Todo un sueño, ¿verdad?
—Te
diré —dijo Meg.
Cruzó
las piernas. Llevaba minifalda, pero no medias. Las
botas
le cubrían las pantorrillas. Podía ver sus muslos desnudos y plenos.
—Todo
un sueño.
Meg
tenía treinta años. El carmín brillaba desmayadamente en sus labios. Era
morena, cabello largo y negrísimo. No llevaba maquillaje ni perfume. Ni llevaba
las uñas pintadas. Había nacido en el norte de Maine. Cuarenta y ocho kilos.
Tony
se levantó a por otras dos cervezas. Cuando volvió, Meg dijo:
—Un
sueño raro, pero muchos sueños lo son. Lo que te causa asombro es que sucedan
cosas extrañas en la vida...
—¿Por
ejemplo?
—Lo
de mi hermano Damián. Siempre andaba leyendo libros... misticismo, yoga, toda
esa mierda. Entrabas en una habitación y allí estaba él cabeza abajo en
pantalones cortos, como si nada. Hizo incluso un par de viajes a Oriente... la
India, no sé qué otros sitios... Volvió con la cara chupada y medio loco. No
pesaba más de treinta kilos. Pero siguió en la cosa. Luego, va y conoce a aquel
tipo, Ram Da Beetle o algo parecido. Ese tipo tenía una tienda de campaña
grande cerca de San Diego y cobraba a aquellos mamones 175 ólares por un
seminario de cinco días. Tenía la tienda instalada en un acantilado sobre el
mar. La mujer con la que se acostaba el Beetle era la dueña del terreno y le
dejaba usarlo. Damion dice que Ram Da Beetle le proporcionó la revelación final
que necesitaba. Y menudo susto. Yo vivía en aquel apartamento pequeño de
Detroit y va él y aparece de repente y me dio un susto...
Tony
estaba mirándole las piernas. Dijo:
—¿Un
susto? ¿Qué susto?
—Bueno,
en fin, verle aparecer así... —Meg cogió su Tuborg.
—Fue
a visitarte.
—Bueno,
podría decirse así. Pero déjame que lo exprese de modo más sencillo: Damián es
capaz de desmaterializar su cuerpo.
—¿Puede
hacerlo? ¿Y qué pasa cuando lo hace?
—Que
puede aparecer en cualquier otro sitio.
—¿Así
por las buenas?
—Así
por las buenas.
—¿Distancias
largas?
—Pudo
ir de la India a Detroit, hasta mi apartamento de Detroit.
—¿Y
cuánto tardó?
—No
sé. Unos diez segundos, quizá.
—Diez
segundos..., vaya, vaya.
Estaban
allí sentados, mirándose. Meg en el sofá, y Tony enfrente.
—Escucha,
Meg, me vuelves loco. Mi mujer nunca se enteraría.
—No,
Tony, no.
—¿Dónde
está ahora tu hermano?
—Cogió
un apartamento en Detroit. Trabaja en una fábrica de zapatos.
—Oye,
¿y por qué no se mete en la bóveda de un banco, coge el dinero y se larga?
Podría aprovechar sus dotes. ¿Para qué trabajar en una fábrica de calzado?
—Dice
que esas dotes no pueden utilizarse para fines malos.
—Comprendo.
Escucha, Meg, dejemos a tu hermano.
Tony
se levantó y se sentó en el sofá junto a Meg.
—¿Sabes,
Meg?, lo que es malo y lo que nos han enseñado que es malo, pueden ser cosas
muy distintas. La sociedad nos enseña que ciertas cosas son malas para
mantenernos sometidos.
—¿Robar
bancos, por ejemplo?
—Como
joder sin utilizar los canales prescritos.
Tony
agarró a Meg y la besó. Ella no se opuso. La besó otra vez. Ella deslizó la
lengua en la boca de Tony.
—Sigo
pensando que no deberíamos hacerlo, Tony.
—Besas
como si lo quisieras.
—Hace
meses que no estoy con un hombre, Tony. Me cuesta mucho trabajo resistirme,
pero Dolly y yo somos amigas. Me fastidia hacerle esto.
—No
se lo harás a ella. Me lo harás a mí,
—Ya
sabes lo que quiero decir.
Tony
la besó de nuevo, esta vez fue un beso largo, pleno. Sus cuerpos se apretaron.
—Vamos
al dormitorio, Meg.
Ella
le siguió. Tony empezó a desvestirse, tirando la ropa en una silla. Meg entró
en el cuarto de baño, que quedaba al lado. Se sentó y se puso a orinar con la
puerta abierta.
—No
quiero quedar embarazada y no tomo la pildora.
—No
te preocupes.
—¿Cómo
que no me preocupe?
—Tengo
los conductos cortados.
—Todos
decís lo mismo.
—Es
verdad, me los cortaron.
Meg
se levantó y tiró de la cadena.
—¿Y
si alguna vez quieres tener un hijo?
—Yo
nunca quiero tener un niño.
—Me
parece horrible que un hombre se corte los conductos.
—Vamos,
Meg, por amor de Dios, deja de moralizar y ven a la cama.
Meg
entró desnuda en el dormitorio.
—En
serio, Tony, me parece una especie de crimen contra la naturaleza.
—¿Y
qué me dices del aborto? ¿También es un crimen contra la naturaleza?
—Por
supuesto. Es un asesinato.
—¿Y
los condones? ¿Y la masturbación?
—Oh,
Tony, qué cosas dices, no es lo mismo.
—Ven
a la cama antes de que nos muramos de viejos.
Meg
se echó en la cama y Tony la abrazó.
—Ah,
qué agradable es tocarte. Es como goma rellena de aire...
—¿De
dónde has sacado eso, Tony? Dolly nunca me habló de tu chisme... ¡Es inmenso!
—¿Por
qué habría de hablarte de eso?
—Tienes
razón. ¡Méteme ese condenado chisme en seguida!
—¡Un
momento, aguarda un momento!
—¡Vamos,
lo quiero!
—¿Y
Dolly? ¿Crees que está bien hacerle esto?
—¡Estará
lamentándose por su madre moribunda! ¡A ella no le hace ninguna falta! ¡A mí
sí!
—¡Está
bien, está bien!
Tony
la montó y la penetró.
—¡Eso
es, Tony! ¡Ahora muévelo, muévelo!
Tony
lo movió. Lo movió despacio y firme, como si fuese el brazo de una bomba de
gasolina. Flub, flub, flub, flub.
—¡Oh,
so cabrón! ¡Oh, Dios mío, hijo de puta!
—¡Ya
está bien, Meg! ¡Sal de esa cama! ¡Estás cometiendo un delito contra la
decencia y la confianza depositada en ti!
Tony
sintió una mano en el hombro y luego sintió que le echaban a un lado. Se volvió
y alzó la vista. Había allí un hombre, de pie, con un niqui verde de manga
corta y vaqueros.
—Oye,
tú —dijo Tony—, ¿qué diablos haces en mi casa?
—¡Es
Damián! —dijo Meg.
—¡Vístete,
hermanita! ¡La vergüenza aún irradia de tu cuerpo!
—Oye,
hijo de puta —dijo Tony desde la cama.
Meg
ya estaba en el cuarto de baño, vistiéndose.
—¡Lo
siento, Damián, lo siento muchísimo!
—Veo
que llegué de Detroit justo a tiempo —dijo Damián—. Unos minutos más y habría
sido demasiado tarde.
—Diez
segundos más —dijo Tony.
—Tú
podrías vestirte también, amigo —dijo Damion, mirando a Tony.
—Oye,
cabrón —dijo Tony—, da la casualidad de que yo vivo aquí. No sé quién te dejó
entrar. Pero creo que si quiero estar aquí en pelotas tengo todo el derecho.
—De
prisa, Meg —dijo Damián—, te sacaré de este nido de pecado.
—Escucha,
so cabrón —dijo Tony, levantándose y poniéndose los calzoncillos—. Tu hermana
lo quería y yo lo quería y eso son dos votos contra uno.
—Bah,
bah —dijo Damián.
—Nada
de bah bah —dijo Tony—. Ella estaba a punto de correrse y yo estaba a punto de
correrme y tú irrumpes aquí y obstaculizas una honrada decisión democrática,
interrumpiendo un buen polvo a la antigua.
—Recoge
tus cosas, Meg. Voy a llevarte ahora mismo a casa.
—¡Sí,
Damián!
—¡Voy
a destrozarte, jodepolvos!
—Domínate,
por favor. Odio la violencia.
Tony
se lanzó hacia él. Damián desapareció.
—Estoy
aquí, Tony. —Damiánn estaba de pie junto a la puerta del cuarto de baño.
Tony
se lanzó a por él. Desapareció otra vez.
—Estoy
aquí, Tony. —Damián estaba de pie encima de la cama, con zapatos y todo.
Tony
cruzó corriendo la habitación, dio un salto, no encontró nada, voló sobre la
cama y cayó al suelo del otro lado. Se incorporó y miró a su alrededor.
—¡Damián!
Damián, gilipollas, superman de fábrica de zapatos, ¿dónde estás? ¡Ven aquí,
Damián! ¡Vamos, ven, Damián!
Tony
sintió el golpe en la nuca. Vio un relampagueo rojizo y el rumor desvaído de un
toque de trompetas. Luego, cayó de bruces en la alfombra.
Fue
el teléfono lo que le hizo recobrar el conocimiento al cabo de un rato. Logró
llegar hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Lo descolgó y se
derrumbó en la cama.
—¿Tony?
—¿Sí?
—¿Eres
Tony?
—Sí.
—Soy
Dolly.
—Hola,
Dolly. ¿Qué me cuentas, Dolly?
—No
te hagas el gracioso, Tony. Mamá murió.
—¿Mamá?
—Sí,
mi madre. Esta noche.
—Lo
siento.
—Me
quedaré al funeral. Volveré después del funeral.
Tony
colgó. Vio en el suelo el periódico de la mañana. Lo cogió y se tumbó en la
cama. Aún seguía la guerra en las Malvinas. Ambos bandos se acusaban de violar
esto y aquello y lo de más allá. Aún seguían las hostilidades. ¿Es que no iba a
acabar nunca aquella maldita guerra?
Tony
se levantó y fue a la cocina. Encontró un poco de salami e hígado embuchado en
la nevera. Se hizo un bocadillo de salami e hígado embuchado, con mostaza
picante, salsa, cebolla y tomate. Vio que quedaba una botella de Tuborg. Bebió
la Tuborg y comió el bocadillo de hígado y salami en la mesa de la cocina.
Luego, encendió un cigarrillo y se quedó allí sentado, pensando. Bueno, a lo
mejor la vieja dejó algo de dinero. Estaría bien. Estaría muy bien. Uno se
merecía un poco de suerte después de una noche tan mala como aquélla.
UNA
MADRE
La
madre de Eddie tenía los dientes saltones; yo también. Y recuerdo una vez que
subíamos juntos la cuesta hacia la tienda y ella dijo: «Henry, los dos
necesitamos una ortodoncia. ¡Tenemos una dentadura horrible!» Yo subía la
cuesta con ella, orgullosísimo. Ella llevaba un vestido amarillo muy ceñido, de
flores, y tacones altos y se movía la mar de ondulante, y los tacones hacían
die, die, die en la acera y yo pensaba: voy con la madre de Eddie y ella va
conmigo y subimos juntos la cuesta. No hubo más que eso; yo entré en la tienda
a comprar una barra de pan para mis padres y ella compró sus cosas. No hubo
más, eso fue todo.
Me
gustaba ir a casa de Eddie. Su madre estaba siempre allí sentada en una butaca
con un vaso en la mano, las piernas cruzadas, muy levantadas, podía verle dónde
terminaban las medias y empezaba la piel desnuda. Me gustaba la madre de Eddie,
era una auténtica señora. Cuando yo entraba, me decía: «¡Hola, Henry!», y
sonreía y no se bajaba la falda. El padre de Eddie también me decía hola. Era
un tipo grande y estaba allí sentado, también con un vaso en la mano. No era
fácil encontrar trabajo en 1933; y, además, el padre de Eddie no podía
trabajar. Había sido aviador en la Primera Guerra Mundial y le habían
derribado. Tenía alambres en los brazos en vez de huesos, así que se pasaba la
vida allí sentado, bebiendo con la madre de Eddie. Siempre estaba oscuro allí,
en la sala donde se pasaban el día bebiendo. Pero la madre de Eddie se reía en
todo momento.
Eddie
y yo hacíamos aviones, los hacíamos con tablillas de madera barata. No volaban,
los movíamos por el aire con las manos. Eddie tenía un Spad y yo tenía un
Fokker. Habíamos visto Angeles del infierno, de Jean Harlow. A mí, Jean Harlow
me parecía mucho menos sexy que la madre de Eddie. Por supuesto, no le hablaba
a Eddie de su madre. Luego me di cuenta de que Eugene empezaba a rondarnos.
Eugene era otro chaval que tenía un Spad, pero yo podía hablar con él de la
madre de Eddie. Cuando teníamos oportunidad, hacíamos combates muy buenos, dos
Spad contra un Fokker. Yo lo hacía lo mejor que podía, pero normalmente me
derribaban. Siempre que me veía en un apuro, hacía una Immelman. Leíamos las
antiguas revistas de aviación, la mejor era flying Aces. Yo escribí incluso
algunas cartas al director, y él me contestó. La vuelta Immelman, me escribió,
era casi imposible. Se sometía a las alas a una presión demasiado grande. Pero
yo a veces tenía que utilizarla, sobre todo cuando me ametrallaban por la cola.
Normalmente se me rompían las alas y tenía que saltar en paracaídas.
Cuando
Eddie no estaba, hablábamos de su madre.
—¡Dios,
qué piernas!
—Y
no le importa enseñarlas.
—Cuidado,
que viene Eddie.
Eddie
no tenía ni idea de que hablábamos en ese plan de su madre. A mí me daba un
poco de vergüenza, pero no podía evitarlo. Desde luego, no quería que él
pensase en mi madre de la misma manera. Claro que mi madre no era así. Ninguna
otra madre era así. Quizá tuviesen algo que ver con el asunto aquellos dientes
saltones. Quiero decir que mirabas y veías aquellos dientes de conejo que
estaban un poco amarillos y luego bajabas la vista y veías aquellas piernas
cruzadas muy alto, con un pie balanceándose. Sí, yo también tenía los dientes
saltones.
En
fin, el caso es que Eugene y yo seguíamos yendo por allí y haciendo combates, y
yo hacía mis Immelmans y se me rompían las alas. Pero teníamos otro juego y
Eddie también jugaba.
Hacíamos
vuelos acrobáticos y carreras. Salíamos y corríamos grandes riesgos, pero lo
cierto es que siempre volvíamos sanos y salvos. Y, con frecuencia,
aterrizábamos en el jardín de casa. Todos teníamos una casa y teníamos una
mujer, y nuestras mujeres estaban esperándonos. Explicábamos cómo iban vestidas
nuestras mujeres. No llevaban mucha ropa encima. La de Eugene era la que menos
llevaba. En realidad, llevaba un vestido con un gran agujero en la parte
delantera. Y salía así vestida a esperar a Eugene a la puerta. Mi mujer no era
tan atrevida, pero tampoco llevaba mucha ropa. Todos hacíamos el amor
continuamente. Hacíamos el amor a nuestras mujeres sin parar. Nunca tenían
bastante. Mientras nosotros estábamos fuera haciendo acrobacias y carreras y
arriesgando la vida, ellas se quedaban en casa esperándonos y esperándonos. Y
nos amaban sólo a nosotros, no querían a ningún otro. A veces, procurábamos
olvidarnos de ellas y volver a los combates. Y así pasábamos casi todas las
tardes. El padre y la madre de Eddie estaban allí dentro bebiendo, y de vez en
cuando oíamos la risa de la madre de Eddie.
Un
día, Eugene y yo fuimos a casa de Eddie y le llamamos, pero no salía.
—¡Eh,
Eddie, qué pasa, hombre, sal!
Eddie
no salía.
—Ahí
dentro pasa algo —dijo Eugene—. Yo sé que ahí dentro pasa algo malo.
—A
lo mejor han asesinado a alguien.
—Lo
mejor sería que entrásemos.
—¿Crees
que deberíamos?
—Sería
lo mejor.
La
puerta de rejilla se abrió y entramos. Estaba oscuro, como siempre. De pronto,
oímos una sola palabra:
—¡Mierda!
La
madre de Eddie estaba tumbada en la cama del dormitorio. Estaba borracha. Tenía
las piernas alzadas y el vestido subido. Eugene me cogió del brazo.
—¡Dios
mío, mira eso!
Era
magnífico, Dios santo, sí, era magnífico; pero yo sentía demasiado miedo para
apreciarlo. ¿Y si llegaba alguien y nos encontraba allí mirando? Tenía el
vestido subido y estaba borracha, con aquellos muslos al aire, y casi podías
verle las bragas.
—¡Eugene,
oye, vámonos de aquí!
—No,
vamos a mirar. Yo quiero verla. ¡Mira todo lo que enseña!
Recordé
una vez que hice auto-stop y me recogió una mujer. Llevaba la falda subida
hasta la cintura. Bueno, casi hasta la cintura. Yo aparté la vista, volví a
mirar, y me dio miedo. Ella me hablaba como si nada mientras yo miraba por el
parabrisas y contestaba a sus preguntas. «¿Adonde vas?» «Bonito día, ¿eh?» Pero
yo estaba muy asustado. No sabía qué hacer, pero temía que si hacía algo habría
problemas. Que se pondría a gritar, o llamaría a la policía. Así que, de vez en
cuando, miraba de reojo y luego apartaba la vista. Por fin me dejó bajarme.
También
la madre de Eddie me daba miedo.
—Oye,
Eugene, me largo.
—Está
borracha; ni siquiera se da cuenta de que estamos aquí.
—El
muy hijo de puta se largó —dijo ella desde la cama—. Se largó y se llevó al
chaval, a mi hijo...
—Está
hablando —dije.
—Está
como una cuba —dijo Eugene—. No se da cuenta de nada.
Avanzó
hacia la cama.
—Ahora
vas a ver.
Le
cogió la falda y se la subió aún más. Se la subió para que yo pudiera verle las
bragas. Eran de color rosa.
—¡Eugene,
yo me voy!
—¡Gallina!
Eugene
se quedó allí mirándole los muslos y las bragas. Se quedó allí mucho rato.
Luego, sacó el pene. Yo oía sollozar a la madre de Eddie. Se movió en la cama.
Sólo un poco. Eugene se acercó más. Luego, le rozó el muslo con la punta del
pene. Ella sollozó otra vez. Entonces, Eugene se corrió. Le echó el esperma por
todo el muslo y parecía tener mucho. Vi los chorretones bajándole pierna abajo.
La madre de Eddie dijo entonces: «¡Mierda!» Y se incorporó de repente en la
cama. Eugene salió corriendo delante de mí hacia la puerta. Yo me volví y
también salí corriendo. Eugene tropezó con la nevera en la cocina, rebotó y
salió de, un salto por la puerta. Yo la seguí y seguimos corriendo calle abajo.
No paramos hasta mi casa. Seguimos corriendo por la entrada de coches y
entramos en el garaje corriendo y cerramos las puertas.
—¿Crees
qué nos vio? —pregunté.
—No
sé. Me corrí encima de las bragas rosa.
—Estás
loco. ¿Por qué lo hiciste?
—Porque
me puse muy caliente. No pude evitarlo. No podía dominarme.
—Iremos
a la cárcel.
—Tú
no hiciste nada. Fui yo quien le roció la pierna.
—Yo
estaba mirando.
—Oye,
mira —dijo Eugene—, creo que lo mejor es que me vaya a casa.
—Está
bien, vamos.
Le
vi tomar el sendero de coches y luego cruzar la calle hacia su casa. Salí del
garaje. Entré por la puerta de atrás y me fui a mi cuarto. Me quedé allí
sentado esperando. No había nadie en casa. Fui al cuarto de baño y me encerré y
pensé en la madre de Eddie, allí, tumbada en la cama. Sólo que me imaginaba que
le quitaba aquellas bragas color rosa y se la metía. Y que a ella le gustaba...
Esperé
el resto de la tarde y esperé durante la cena a que pasara algo, pero nada
pasó. Después de cenar, me fui a mi cuarto, me senté y esperé. Luego, llegó la
hora de acostarse y me metí en la cama y esperé. Oí roncar a mi padre en la
otra habitación y seguí esperando. Al final, me dormí.
Al
día siguiente, era sábado y vi a Eugene en el jardín de su casa con una
escopeta de perdigones. Tenía delante de casa dos palmeras grandes y estaba
disparando a los gorriones que anidaban en ellas. Ya había conseguido darle a
dos. Tenían tres gatos, y cada vez que caía a la yerba uno de los gorriones,
aleteando, uno de los gatos se lanzaba sobre él y se lo llevaba.
—No
ha pasado nada —le dije a Eugene.
—Si
no ha pasado nada todavía, ya no pasará —dijo él—. Debía de haberle pegado un
polvo. Ahora siento no haberlo hecho.
Le
dio a otro gorrión, que cayó, y un gato gris muy gordo de ojos amarilloverdosos
lo cogió y se lo llevó tras el seto. Yo volví a mi casa, cruzando la calle. Mi
padre aguardaba en el porche de entrada. Parecía furioso.
—¡Oye,
quiero verte trabajar segando el césped! ¡Ahora mismo!
Fui
al garaje y saqué la segadora. Primero segué el sendero de coches y luego salí
al pradillo de entrada. La segadora estaba rígida y vieja y costaba mucho
trabajo segar con ella. Mi viejo estaba allí, mirándome furioso, observándome,
mientras yo arrastraba la segadora entre la yerba enmarañada.
ESA
PENA DE ESCORIA
El
poeta Víctor Valoff no era un gran poeta. Tenía reputación local, les gustaba a
las señoras y su mujer le mantenía. Siempre estaba dando lecturas en las
librerías locales y a menudo se le oía en la radio estatal. Leía con voz sonora
y espectacular, pero el tono nunca variaba. Víctor siempre estaba en trance.
Supongo que era eso lo que atraía a las damas. Algunos de sus versos, por
separado, parecían tener alma, pero si los considerabas todos como un conjunto,
te dabas cuenta de que Víctor nunca decía nada, aunque lo dijera a gritos.
Pero
Vicki, como la mayoría de las señoras, se dejaba deslumbrar fácilmente por los
cretinos e insistió en ir a una lectura de Valoff. Era un viernes por la noche
y hacía bastante calor en la librería feminista-lesbiana-revolucionaria. No
cobraban entrada. Valoff leía gratis. Y además habría una exposición de
ilustraciones suyas después de la lectura. Sus ilustraciones eran muy modernas.
Un toque o dos, normalmente en rojo, y un pequeño epigrama en un color que
hiciese contraste. Las muestras de su sabiduría eran de este calibre: Me afecta
mucho el cielo verde, lloro azul, azur, azul, azur, azul...
Valoff
era inteligente. Sabía que azul podía nombrarse de dos modos.
Había
por allí fotos de Tim Leary. Carteles de PROCESEMOS A REAGAN. A mí me dejaban
indiferente los carteles de PROCESEMOS A REAGAN. Valoff se levantó y caminó
hasta el podium, con media botella de cerveza en la mano.
—Mira
—dijo Vicki—, mira qué cara. ¡Cómo tiene que haber sufrido!
—Sí
—dije—, y ahora me toca a mí sufrir.
Valoff
tenía un rostro bastante interesante..., comparado con la mayoría de los
poetas. Pero, comparado con la mayoría de los poetas, casi todo el mundo lo
tiene.
Victor
Valoff comenzó:
«Al
este del Suez de mi corazón
comienza
un zumbar zumbar zumbar
silencio
sombrío, sombra silenciosa
y de
pronto llega el verano
viene
directamente como un
defensa
driblando hasta llegar a la meta
de
mi corazón.»
Víctor
gritó el último verso y, mientras lo hacía, alguien cerca de mí dijo:
«¡Maravilloso!» Era una poetisa feminista local que se había cansado de los
negros y se tiraba a un doberman en su dormitorio. Era pelirroja, con trenzas,
ojos apagados, y tocaba la mandolina mientras leía su obra. Casi toda su obra
se refería a algo relacionado con la huella de un bebé muerto en la arena.
Estaba casada con un médico que no se dejaba ver (al menos tenía el buen
sentido de no asistir a lecturas de poesía). Este doctor le pasaba una cantidad
generosa para subvencionar su poesía y alimentar al doberman.
Valoff
continuó:
«Dique
y duque y día derivado
fermentan
tras mi frente
del
modo más implacable
oh
sí, del modo más implacable.
Avanzo
dando tumbos a través de la luz y las tinieblas...»
—En
eso le doy la razón, mira —le dije a Vicki. —Cállate, por favor —contestó.
«Con
un millar de pistolas y un millar de esperanzas irrumpo en el porche de mi
mente para asesinar a un millar de papas.»
Busqué
mi mediana de cerveza, la destapé y bebí un buen trago.
—Oye
—dijo Vicki—, siempre te emborrachas durante las lecturas. ¿Es que no puedes
dominarte, hombre?
—Me
emborracho con mis propias lecturas —dije—. Tampoco puedo soportar mi obra.
—Caridad
engomada —continuaba Valoff—, eso es lo que somos, caridad engomada engomada
engomada engomada caridad...
—Ahora
dirá algo de un cuervo —dije.
—Engomada
caridad —continuó Valoff— y el cuervo para siempre...
Se
me escapó la risa. Valoff la reconoció. Me miró.
—Señoras
y señores —dijo—, esta noche tenemos entre nosotros al poeta Henry Chinaski.
Se
oyeron bisbiseos. Me conocían. «¡Cerdo sexista!» «¡Borracho!» «¡Hijo de puta!»
Eché
otro trago.
—Continúa,
por favor, Victor —dije.
Continuó.
«...
condicionada bajo la joroba del valor
el
sintético rectángulo inminente y trivial
no
es más que un gene en Genova
un
cuadrúpleto Quetzalcoatl
y la
china llora llora agridulce y bárbara
en
su manguito.»
—Es
maravilloso —dijo Vicki—, pero ¿de qué está hablando?
—Habla
de amorrarse al pilón.
—Ya
me parecía a mí. Es un hombre maravilloso.
—Espero
que se amorre al pilón mejor que escribe.
«Pena,
Dios santo, pena mía,
esa
pena de escoria,
barras
y estrellas de pena,
cataratas
de pena,
mareas
de pena,
pena
a destajo
por
todas partes...»
—«Esa
pena de escoria» —dije—. Me gusta eso. —¿Ha dejado ya de hablar de amorrarse al
pilón? —Sí, ahora dice que no se encuentra bien.
«...
una docena de panadería, primo de un primo
admite
la estrectomicina
y,
propicio, devora mi
gonfalón.
Sueño
el plasma de carnaval
a
través de frenético cuero...»
—¿Y
qué dice ahora? —preguntó Vicki.
—Dice
que ya está en condiciones de volver a amorrarse al pilón.
—¿Otra
vez?
Victor
leyó algo más y bebió algo más. Luego, pidió un descanso de diez minutos y el
público se levantó y se amontonó alrededor del podium. Vicki se acercó también.
Hacía calor allí dentro y salí a la calle a tomar el fresco. Había un bar a
media manzana. Pedí una cerveza. No había demasiada gente. En la tele, daban un
partido de baloncesto. Estuve viéndolo. Me daba igual quien ganase, claro. Mi
único pensamiento era, Dios santo, cómo corrían aquellos tipos de un lado a
otro, de un lado a otro. Deben de tener los suspensorios empapados de sudor. Y
el ojo del culo debe de olerles a rayos. Tomé otra cerveza y volví a la guarida
de la poesía. Valoff había empezado otra vez. Se le oía desde la calle, a media
manzana de distancia.
«Choke,
Columbia, y los caballos muertos de
mi
alma
me
saludan a las puertas
me
saludan durmiendo, historiadores
ven
este tiernísimo pasado
que
salta con
sueños
de geisha, traspasado del todo de
impertinencia.»
Encontré
libre mi asiento junto a Vicki.
—¿Qué
dice ahora? —me preguntó.
—No
dice gran cosa, en realidad. Lo que dice en esencia es que no puede dormir por
las noches. Debería buscarse un trabajo.
—¿Dice
que debería buscarse un trabajo?
—No,
eso lo digo yo.
«...
el lemming y la estrella fugaz son
hermanos,
la disputa del lago
es
El Dorado de mi
corazón.
Ven toma mi cabeza, ven toma mis
ojos,
zúrrame con consuelda...»
—¿Y
ahora qué dice?
—Dice
que necesita una mujer gorda y grande que le dé marcha.
—No
seas ganso. ¿De verdad dice eso? —Los dos lo decimos.
«...
podría devorar el vacío,
podría
disparar cartuchos de amor en la oscuridad
podría
mendigar toda una India por tu regresivo estiércol...»
En
fin, Victor siguió y siguió y siguió. Una persona cuerda se levantó y se fue.
Los demás nos quedamos.
«...
digo, arrastra los dioses muertos a través del
garranchuelo.
Digo
la palma es lucrativa,
digo,
mira mira mira
a
nuestro alrededor:
todo
amor es nuestro
toda
vida es nuestra
el
sol es nuestro perro al extremo de una correa
nada
hay que pueda derrotarnos
a la
mierda el salmón
no
tenemos más que estirar la mano
no
tenemos más que arrastrarnos y salir de
sepulcros
evidentes,
la
tierra, el barro,
la
esperanza en tartán de acechantes injertos a nuestros propios
sentidos.
Nada tenemos que tomar y nada que
dar,
no tenemos más que
empezar,
empezar, empezar...»
—Muchísimas
gracias —dijo Victor Valoff—, por haber venido.
El
aplauso fue muy ruidoso. Siempre aplaudían. Victor estaba esplendoroso en su
gloria. Alzó la misma botella de cerveza. Logró incluso ruborizarse. Luego,
sonrió, una sonrisa muy humana. A las damas les encantó. Bebí un último trago
de mi botella de whisky.
Todos
le rodearon. Les daba autógrafos y contestaba sus preguntas. A continuación,
sería la exposición de sus obras de arte. Conseguí sacar a Vicki de allí y
subimos la calle hacia el coche.
—Lee
con gran vigor —dijo ella.
—Sí,
tiene buena voz.
—¿Qué
te parece su obra?
—Muy
fina.
—Creo
que le tienes envidia.
—Entremos
aquí a beber algo —dije—. Retransmiten un partido de baloncesto.
—Bueno
—dijo ella.
Tuvimos
suerte. El partido no había terminado. Nos sentamos.
—Caramba
—dijo Vicki—, ¡mira qué piernas tan largas tienen esos tipos!
—Bueno,
ahora te escucho —dije—. ¿Qué vas a tomar?
—Whisky
con soda.
Pedí
dos whiskies con soda y vimos el partido. Aquellos tipos corriendo de un lado a
otro, sin parar. Maravilloso. Parecían muy emocionados por algo; no había mucha
gente en el local. Fue lo mejor de la noche.
DELICADEZA
DE LANGOSTA
¡Qué
cojones! —dijo él—. Estoy harto de pintar. Vámonos por ahí. Estoy harto del
olor de la pintura, estoy harto de ser grande. Estoy harto de esperar la
muerte. Vámonos por ahí.
—¿Por
ahí, adonde? —preguntó ella.
—A
cualquier sitio. A comer, a beber, a ver.
—Jorg
—dijo ella—. ¿Qué haré cuando mueras?
—Comer,
dormir, joder, mear, cagar, vestirte, dar vueltas por ahí y putear.
—Yo
necesito seguridad.
—Todos
la necesitamos.
—Escucha,
no estamos casados. No podré cobrar tu seguro.
—No
hay problema, no te preocupes. Además, Arlene, tú no crees en el matrimonio.
Arlene
estaba sentada en el sillón rosa, leyendo el periódico de la tarde.
—Dices
que hay cinco mil mujeres que quieren acostarse contigo. ¿Qué pinto yo en la
lista?
—Tú
eres la cinco mil una.
—¿Crees
que no podría conseguir otro hombre?
—No
tendrías ningún problema. Podrías conseguir un hombre en tres minutos.
—¿Crees
que necesito un gran pintor?
—No,
nada de eso. Bastaría con un buen compañero.
—Sí,
siempre que me amase.
—Por
supuesto. Ponte el abrigo. Vamos.
Bajaron
las escaleras desde la última planta. Todo eran viviendas baratas, llenas de
cucarachas; pero, al parecer, nadie se moría de hambre; parecía haber siempre
comida cocinándose en grandes cacerolas y gente sentada por allí fumando,
limpiándose las uñas, bebiendo cerveza o compartiendo una alargada botella azul
de vino blanco, discutiendo a voces, o riéndose, cociéndose a pedos, eructando,
rascándose o dormitando delante de la tele. En el mundo son muy pocos los que
tienen muchísimo, pero cuanto menos dinero tenía la gente, mejor parecía vivir.
Las únicas necesidades eran dormir, sábanas limpias, comida, bebida y pomada
para las almorranas. Y siempre dejaban las puertas entreabiertas.
—Idiotas
—dijo Jorg mientras bajaban la escalera—, desperdician su vida parloteando y
haciéndome la puñeta.
—Oh,
Jorg —dijo Arlene, quejumbrosa—. La gente no te gusta, ¿verdad?
Jorg
la miró arqueando una ceja y no contestó. La reacción de Arlene ante aquellos
sentimientos suyos frente a las masas siempre era la misma: como si no querer a
la gente revelase un defecto imperdonable del alma. Pero la muchacha tenía un
polvo de primera y resultaba agradable tenerla a mano... casi siempre. Llegaron
al bulevar y siguieron caminando, Jorg con su barba pelirroja y blanca, los
amarillentos dientes rotos y el mal aliento, las orejas purpúreas, los ojos
asustados, el abrigo roto y hediondo y el bastón blanco de marfil. Cuando peor
se sentía, era cuando mejor se sentía.
—Mierda
—dijo—, todo caga hasta que revienta. Arlene caminaba meneando el trasero, sin
el menor disimulo, y Jorg iba golpeando la acera con el bastón, y hasta el sol
parecía mirar hacia abajo y exclamar, jo jo. Por fin llegaron al viejo edificio
cochambroso donde vivía Serge. Jorg y Serge llevaban pintando muchos años, pero
hasta fechas muy recientes su obra no se había vendido un carajo. Los dos
habían pasado hambre; ahora se estaban haciendo famosos cada uno por su lado.
Jorg y Arlene entraron en el edificio y empezaron a subir las escalelas. En los
rellanos olía a yodo y pollo frito. En una de las viviendas alguien estaba
follando a grito pelado. Subieron hasta la última planta y Arlene llamó a la
puerta. La puerta se abrió de golpe y allí estaba Serge.
—¡Te
pillé! —dijo; luego se ruborizó—. Oh, perdón..., pasad.
—¿Pero
qué demonios te pasa? —preguntó Jorg.
—Sentaos.
Creí que era Lila...
—¿Juegas
al escondite con Lila?
—No,
no...
—Serge,
tienes que librarte de esa chica, te está volviendo loco.
—Me
afila los lápices.
—Serge,
es demasiado joven para ti.
—Tiene
treinta años.
—Y
tú sesenta. Son treinta años.
—¿Treinta
años es demasiado?
—Pues
claro.
—¿Y
veinte? —preguntó Serge, mirando a Arlene.
—Veinte
años es aceptable. Treinta es indecente.
—¿Por
qué no os buscáis los dos mujeres de vuestra edad? —preguntó Arlene.
Ambos
la miraron.
—Le
gusta hacer chistecitos —dijo Jorg.
—Sí
—dijo Serge—. Es muy simpática. Ven, mira, te enseñaré lo que estoy haciendo...
Le siguieron hasta el dormitorio. Se quitó los zapatos y se tumbó en la cama.
—¿Ves?
¿Te das cuenta? Todas las comodidades.
Serge
tenía los pinceles colocados en largos mangos y pintaba en un lienzo sujeto al
techo.
—Es
por la espalda. No puedo pintar diez minutos seguidos. Así puedo pintar horas.
—¿Quién
te mezcla los colores?
—Lila.
Le digo: «Úntalo en el azul. Ahora un poco de verde.» Lo hace muy bien. Creo
que con el tiempo también podré dejar de manejar los pinceles. Yo me dedicaré a
estar por ahí tumbado, leyendo revistas. Oyeron a Lila que subía las escaleras.
Abrió la puerta. Cruzó el recibidor y pasó al dormitorio.
—Vaya
—dijo—, el viejo asqueroso está pintando.
—Sí
—dijo Jorg—, dice que le destrozas la espalda.
—Yo
no dije eso.
—Vamos
por ahí a comer algo —dijo Arlene.
Serge
se incorporó con un gemido.
—Es
la verdad —dijo Lila—. Se pasa la vida tumbado a la bartola como un sapo
decrépito.
—Necesito
un trago —dijo Serge—. Me repondré en seguida.
Bajaron
juntos a la calle, se dirigieron a La garrapata de la oveja. Dos jóvenes de
unos veintitantos años se les acercaron corriendo. Llevaban jerseys de cuello
alto.
—Hola,
sois Jorg Swenson y Serge Maro, los pintores, ¿verdad?
—¡Largo!
—dijo Serge.
Jorg
blandió el bastón de marfil. Alcanzó al más bajo de los jóvenes justo en la
rodilla.
—Mierda
—dijo el joven—. ¡Me has roto la pierna!
—Ojalá
—dijo Jorg—. ¡A ver si así aprendes un poco de urbanidad, cojones!
Siguieron
hacia La garrapata de la oveja. Cuando entraron en el local, de entre los
comensales se alzó un murmullo. El camarero jefe se precipitó hacia ellos
haciendo reverencias, esgrimiendo la carta y soltando gentilezas en italiano,
ruso y francés.
—¿Has
visto ese pelo negro y largo que le cuelga de las narices? —dijo Serge—. ¡Es
realmente asqueroso!
—Sí
—dijo Jorg, y gritó al camarero—: ¡Quite de mi vista sus narices!
—¡Traiga
cinco botellas del mejor vino que tengan! —gritó Serge, mientras se sentaban a
la mejor mesa.
El
jefe de camareros se evaporó.
—Sois
un par de gilipollas —dijo Lila.
Jorg
le echó la zarpa en la pierna y empezó a subir la mano.
—A
dos inmortales todavía vivos se les permiten ciertas impertinencias.
—Quítame
la mano del coño, Jorg.
—No
es tu coño. Es propiedad de Serge.
—Pues
quita la mano del coño de Serge o empiezo a dar gritos.
—Ay,
mi voluntad es débil.
Ella
se puso a gritar. Jorg retiró la mano. El jefe de camareros ya avanzaba hacia
ellos con el carro y el cubo de las botellas. Acercó el carrito a la mesa, hizo
una inclinación y descorchó una botella. Llenó el vaso de Jorg. Jorg lo vació.
—Es
una mierda, pero vale. ¡Abra las botellas!
—¿Todas?
—Todas,
sí, gilipollas. ¡Y rápido!
—Será
manazas el tío —dijo Serge—. Mírale. ¿Cenamos?
—¿Cenar?
—dijo Arlene—. Vosotros lo único que hacéis es beber. No creo que os haya visto
comer nunca más de un huevo pasado por agua.
—¡Fuera
de mi vista, cobarde! —dijo Serge al camarero.
El
camarero se esfumó.
—No
deberíais hablar así a la gente, muchachos —dijo Lila.
—Hemos
pagado con nuestro pellejo —dijo Serge.
—Eso
no os da ningún derecho —dijo Arlene.
—Supongo
que no —dijo Jorg—, pero es interesante.
—La
gente no tiene por qué aguantaros —dijo Lila.
—La
gente aguanta lo que le echen —dijo Jorg—. Aguantan cosas peores.
—Lo
que la gente quiere es vuestra pintura, nada más —dijo Arlene.
—Nosotros
somos nuestros cuadros —dijo Serge.
—Las
mujeres son tontas —dijo Jorg.
—Ten
cuidado —dijo Serge—. También son capaces de terribles venganzas...
Se
pasaron allí sentados dos horas bebiendo vino.
—El
hombre es menos delicado que la langosta —dijo por fin Jorg.
—El
hombre es la cloaca del universo —dijo Serge.
—Vaya
gilipollas estáis hechos los dos —dijo Lila.
—Desde
luego —dijo Arlene.
—Vamos
a cambiar de pareja esta noche —dijo Jorg—. Yo me jodo a la tuya y tú a la mía.
—Oh,
no —dijo Arlene—, de eso nada.
—Bueno
—dijo Lila.
—Ahora
tengo ganas de pintar —dijo Jorg—. Estoy harto de beber.
—Yo
también tengo ganas de pintar —dijo Serge.
—Larguémonos
de aquí —dijo Jorg.
—Eh,
un momento —dijo Lila—. Aún no habéis pagado la cuenta.
—¿Cuenta?
—gritó Serge—. ¿No creerás que vamos a pagar algo por esta mierda de vino?
—Venga,
vamos —dijo Jorg.
Cuando
se levantaron, apareció el jefe de camareros con la cuenta.
—Este
vino es asqueroso —chilló Serge, dando saltos—. ¡Yo jamás me atrevería a pedir
a nadie que pagase semejante mierda! ¡Quiero que lo pruebe para que se dé
cuenta!
Serge
cogió una botella de vino aún mediada, le abrió al camarero la camisa
rasgándosela de un tirón y le vertió el vino por el pecho. Jorg sostenía el
bastón de marfil a modo de espada. El jefe de camareros les miraba
desconcertado. Era un joven guaperas, de largas uñas que vivía a todo tren.
Estudiaba química y había ganado en una ocasión el segundo premio en un
concurso de ópera. Jorg blandió el bastón y le golpeó, con fuerza, justo bajo
la oreja izquierda. El camarero se puso muy pálido y se tambaleó. Jorg le atizó
otras tres veces en el mismo punto, hasta que se desplomó.
Se
dirigieron a la salida juntos los cuatro, Serge, Jorg, Lila y Arlene. Los
cuatro estaban borrachos, pero tenían una cierta prestancia, había en ellos
algo único. Llegaron a la puerta y salieron.
En
una mesa próxima a la puerta había una joven pareja que lo había presenciado
todo. El joven parecía inteligente; sólo una verruga bastante grande que tenía
casi en la punta de la nariz le afeaba el conjunto. La chica era gorda, pero
muy agradable. Llevaba un vestido azul. En otro tiempo había querido ser monja.
—¿Estuvieron
magníficos, verdad? —dijo el joven.
—Menudo
par de gilipollas —dijo la joven.
El
joven hizo una seña pidiendo una tercera botella de vino. Iba a ser otra noche
difícil.
UNA
LIGERA RESACA
La
mujer de Kevin le pasó el teléfono. Era sábado por la mañana. Aún estaban en la
cama.
—Es
Bonnie —dijo.
—¿Qué
hay, Bonnie?
—¿Estás
despierto, Kevin?
—Sí,
sí.
—Escucha,
Kevin, Jeanjean me lo contó.
—¿El
qué?
—Que
las llevaste a ella y a Cathy al retrete y les bajaste las bragas y les
olfateaste el pipí.
—¿Que
les olfateé el pipí?
—Eso
he dicho.
—Por
Dios, Bonnie, ¿me estás tomando el pelo?
—Jeanjean
no miente en esas cosas. Dijo que las llevaste a ella y a Cathy al retrete, les
bajaste las bragas y les olfateaste el pipí.
—¡Espera
un momento, Bonnie!
—¡Qué
espera ni qué coño Tom está furioso, dice que va a matarte. ¡Y a mí me parece
espantoso, increíble! Mamá cree que debo llamar a mi abogado.
Bonnie
colgó. Kevin también.
—¿Qué
pasa? —preguntó su mujer.
—Nada,
no pasa nada, Gwen.
—¿Quieres
desayunar?
—No
creo que pueda comer nada.
—¿Qué
pasa, Kevin?
—Bonnie
dice que llevé a Jeanjean y a Cathy al retrete, les bajé las bragas y les
olfateé el pipí.
—¡Oh,
vamos!
—Eso
fue lo que dijo.
—¿Lo
hiciste?
—Por
Dios, Gwen, yo llevaba unas copas en el cuerpo. Lo último que recuerdo de la
fiesta es que estaba allí fuera, en el jardín, mirando la luna. Era una luna
grande, nunca había visto una luna tan grande.
—¿No
recuerdas lo otro?
—No.
—Cuando
estás curda, Kevin, te olvidas de todo. Ya sabes que cuando bebes, luego no te
acuerdas de nada.
—No
creo que haya hecho una cosa así. No soy un pervertido.
—Las
niñas de ocho y diez años son muy monas.
Gwen
entró en el cuarto de baño. Cuando salió, dijo:
—Ojalá
sea verdad. ¡Ojalá haya sucedido realmente!
—¿Qué?
¿Qué coño estás diciendo?
—En
serio. Quizás eso te haga meditar. Quizás así te lo pienses dos veces antes de
empezar a beber. A lo mejor así dejas de beber definitivamente. Siempre que vas
a una fiesta bebes más que nadie. Luego, siempre haces tonterías y cosas
desagradables, aunque normalmente, en el pasado, las hacías con mujeres hechas
y derechas.
—Gwen,
todo este asunto debe de ser una especie de broma.
—No
es ninguna broma. ¡Ya verás cuando tengas que enfrentarte a Cathy y a Jeanjean
y a Tom y a Bonnie!
—¡Gwen,
pero si yo quiero muchísimo a esas dos niñitas!
—¿Qué?
—Bueno,
está bien, no he dicho nada.
Gwen
entró en la cocina y Kevin en el cuarto de baño. Se echó agua fría por la cara
y se miró en el espejo. ¿Qué aspecto tenía un pervertido sexual? Respuesta:
como todo el mundo, hasta que le decían que lo era.
Kevin
se sentó a cagar. Cagar parecía un acto tan seguro, tan cálido. Aquello no
había podido suceder. Estaba en su cuarto de baño. Allí estaba su toalla, allí
estaba su esponja, el papel higiénico, su bañera, y bajo sus pies, suave y
cálida, la alfombra del baño, roja,, limpia, cómoda. Kevin terminó, se limpió,
descargó la cisterna, se lavó las manos como un hombre civilizado y se fue a la
cocina. Gwen estaba preparando el bacon. Le sirvió una taza de café.
—Gracias.
—¿Revueltos?
—Revueltos.
—Diez
años casados y tú siempre dices «Revueltos».
—Más
sorprendente es que siempre me lo preguntes.
—Kevin,
si esto se hace público, te echarán del trabajo. El banco no querrá un director
de sucursal tocaniños.
—Supongo
que no.
—Kevin,
tenemos que reunimos con las familias afectadas. Tenemos que sentarnos y
aclarar este asunto.
—Lo
que me dices parece una escena de El padrino.
—Kevin,
estás metido en un buen lío. No hay manera de eludirlo. Estás en un lío. Mete
la tostada. Ponla con cuidado porque si no, saltará. No sé qué le pasa al
muelle. Kevin metió la tostada en la tostadora. Gwen sirvió en el plato el
bacon y los huevos.
—Jeanjean
es un poco coqueta. Es como su madre. Lo raro es que no le haya pasado antes.
No es que quiera decir que eso sea una excusa.
Gwen
se sentó. La tostadora escupió la tostada y Kevin le pasó un trozo a Gwen.
—Gwen,
lo de no acordarte de algo es una sensación rarísima. Es como si jamás hubiera
sucedido.
—También
hay asesinos que se olvidan de que han asesinado.
—¿Vas
a compararlo con un asesinato?
—Puede
afectar gravemente al futuro de dos niñas.
—Hay
tantas cosas que pueden afectar al futuro de los niños.
—Tenía
que haberme dado cuenta de que tu conducta era destructiva.
—Puede
que fuese constructiva. Quizá les gustase.
—Hace
una eternidad que no me olfateas el pipí —dijo Gwen.
—Así
me gusta, que te hagas cargo del asunto.
—Me
lo hago: vivimos en una comunidad de veinte mil personas, y una cosa así no
quedará en secreto.
—¿Y
cómo van a demostrarlo? Es la palabra de dos niñas pequeñas frente a la mía.
—¿Más
café?
—Sí.
—Tengo
que comprarte salsa de tabasco. Sé que te gusta con los huevos.
—Siempre
se te olvida.
—Sí,
ya lo sé. Mira, Kevin, termina de desayunar. Tómate el tiempo que quieras.
Perdóname. Tengo qué hacer.
—De
acuerdo.
No
estaba seguro de amar a Gwen, pero resultaba agradable vivir con ella. Se
ocupaba de todos los detalles y los detalles eran lo que volvían loco a un
hombre. Se echó abundante mantequilla en la tostada. La mantequilla era uno de
los últimos lujos del hombre. Llegaría el día en que los automóviles
resultarían demasiado caros y la gente no podría hacer más que sentarse a tomar
mantequilla y a esperar. Los «niños de Jesús», que hablaban del fin del mundo,
cada día tenían mejor aspecto. Kevin terminó la tostada con mantequilla y Gwen
entró otra vez en la cocina.
—Bueno,
ya está todo arreglado. He llamado a todo el mundo.
—¿Qué
quieres decir?
—Va
a haber una reunión dentro de una hora en casa de Tom.
—¿En
casa de Tom?
—Sí,
Tom y Bonnie, y los padres de Bonnie y el hermano y la hermana de Tom...
estarán todos.
—¿Estarán
allí las niñas?
—No.
—¿Y
el abogado de Bonnie?
—¿Tienes
miedo?
—¿No
lo tendrías tú?
—No
sé. Nunca he olisqueado el pipí de una niñita.
—¿Y
por qué diablos no?
—Porque
no es decente ni civilizado.
—¿Y
adonde nos ha llevado nuestra decente civilización?
—Supongo
que a hombres como tú, que se encierran con niñitas en los retretes.
—Parece
que disfrutas con esto.
—No
sé si esas niñitas te lo perdonarán alguna vez.
—¿Quieres
que les pida perdón? ¿Tengo que hacerlo? ¿Por algo de lo que ni siquiera me
acuerdo?
—¿Por
qué no?
—Lo
mejor es dejar que lo olviden. ¿Por qué complicas las cosas?
* *
*
Cuando
Kevin y Gwen llegaron en coche a casa de Tom, Tom se levantó y dijo:
—Aquí
están. Ahora, tenemos que conservar todos la calma. Hay una forma justa y
decente de solucionar esto. Todos somos seres maduros. Podemos arreglarlo todo
entre nosotros. No hay ninguna necesidad de llamar a la policía. Anoche, yo
quería matar a Kevin. Ahora, sólo quiero ayudarle.
Los
seis parientes de Jeanjean y Cathy se quedaron sentados esperando. Sonó el
timbre. Tom abrió la puerta.
—Hola,
qué hay.
—Hola
—dijo Gwen. Kevin no dijo nada.
—Sentaos.
Se
Sentaron en el sofá.
—¿Queréis
beber algo?
—No
—dijo Gwen.
—Whisky
con soda —dijo Kevin.
Tom
preparó la bebida, se la pasó a Kevin. Kevin se bebió el whisky, buscó en el
bolso un cigarrillo.
—Kevin
—dijo Tom—, hemos decidido que tienes que ver a un psicólogo.
—¿No
a un psiquiatra?
—No,
a un psicólogo.
—Está
bien.
—Y
creemos que tienes que pagar la terapia que puedan necesitar Jeanjean y Cathy.
—Está
bien.
—Vamos
a mantener esto en secreto, por ti y por las niñas.
—Gracias.
—Kevin,
hay sólo una cosa que me gustaría saber. Somos tus amigos. Hace años que lo
somos. Sólo una cosa: ¿por qué bebes tanto?
—La
verdad, no sé por qué diablos lo hago. Supongo, más que nada, porque me aburro
mucho.
UNA
JORNADA DE TRABAJO
Joe
Mayer era un escritor independiente. Tenía resaca, y el teléfono le despertó a
las nueve. Se levantó y contestó.
—¿Sí?
—Hola,
Joe. ¿Cómo te va?
—De
maravilla.
—¿De
maravilla, eh?
—¿Sí?
—Vicky
y yo acabamos de trasladarnos a una casa nueva. Aún no tenemos teléfono, pero
puedo darte la dirección. ¿Tienes algo ahí para escribir?
—Aguarda
un momento.
Joe
anotó la dirección.
—No
me gustó el último relato tuyo que vi en Hot Anger.
—Bueno
—dijo Joe.
—No
quiero decir que no me guste, quiero decir que no me gusta comparado con la
mayoría de tus cosas. Por cierto, ¿sabes dónde está Buddy Edwards? Griff
Martin, el que dirigía Hot Tales, anda buscándole. Pensé que a lo mejor lo
sabías.
—No,
no sé dónde está.
—Creo
que quizás esté en México.
—Quizá.
—Oye,
mira, nos pasaremos pronto a verte.
—Cuando
queráis.
Joe
colgó. Puso un par de huevos en una cacerola con agua, puso a calentar agua
para hacer café y se tomó un Alka Seltzer. Luego, volvió a meterse en la cama.
Sonó el teléfono otra vez. Se levantó y contestó.
—¿Joe?
—¿Sí?
—Oye
soy Eddie Greer.
—Ah,
sí.
—Queremos
que hagas una lectura para recaudar fondos...
—¿Para
quién?
—Para
el IRA.
—Mira,
Eddie, a mí no me interesan la política ni la religión ni ningún rollo de ésos.
En realidad, no sé qué está pasando allí. No tengo tele, no leo los
periódicos... Ni siquiera sé quién es el malo de la película, si es que existe
tal malo.
—¡Pero,
hombre, el malo es Inglaterra!
—No
puedo hacer una lectura para el IRA, Eddie.
—Bueno,
está bien.
Los
huevos estaban hechos. Se sentó, los peló, puso una tostada y mezcló el
instantáneo con el agua caliente. Se tomó los huevos y la tostada y dos cafés.
Luego, volvió a meterse en la cama.
Cuando
estaba a punto de quedarse dormido, sonó otra vez el teléfono. Se levantó y
contestó.
—¿El
señor Mayer?
—¿Sí?
—Soy
Mike Haven, un amigo de Stuart Irving. Aparecimos una vez juntos en Stone Mule,
cuando Stone Mule se editaba en Salt Lake City.
—¿Y?
—Pues
que me vine de Montana a pasar una semana por aquí. Estoy en la ciudad, en el
hotel Keraton. Me gustaría pasar a verte y charlar contigo.
—Hoy
es un mal día, Mike.
—Bueno,
¿podré pasar, entonces, otro día de esta semana?
—Sí,
¿por qué no me llamas más adelante?
—Sabes,
Joe, escribo exactamente igual que tú, tanto en poesía como en prosa. Quiero
llevarte algunas cosas mías y leértelas. Te vas a quedar asombrado. Escribo
cosas que tienen mucha fuerza.
—¿Ah,
sí?
—Ya
verás.
El
siguiente fue el cartero. Una carta. Joe la abrió.
Querido
señor Mayer:
Me
dio sus señas Sylvia, a quien escribía usted hace años en París. Sylvia aún
vive, en San Francisco, y aún escribe sus poemas terribles y proféticos,
angélicos y delirantes. Ahora yo vivo en Los Angeles y me encantaría pasar a
visitarle. Dígame, por favor, cuándo le iría bien.
Un
abrazo de Diane.
Joe
se quitó la bata y se vistió. Sonó otra vez el teléfono. Se acercó al aparato,
lo contempló y no contestó. Salió de casa, subió al coche y condujo hacia Santa
Anita. Despacio. Puso la radio y daban música sinfónica. La contaminación no
era agobiante. Bajó por Sunset, tomó su atajo favorito, subió la cuesta hacia
Chinatown, pasó el Annex, subió hasta más arriba de Little Joe's, pasó
Chinatown y cogió el desvío que pasa por encima de los patios del ferrocarril,
mientras contemplaba, abajo, los viejos vagones de color marrón. Si hubiese
sido buen pintor, le habría gustado pintar todo aquello. Quizás acabase
pintándolo, de todos modos... Luego, subió por Broadway y por Huntington Drive
hasta el hipódromo. Tomó un bocadillo de carne enlatada y un café, abrió el
boleto de apuestas y se sentó. Parecía un buen programa.
Acertó
con Rosalena en la primera a 10,80 dólares, con Objeción de esposa en la
segunda, a 9,20, y se lo jugó todo en el doble del día a 48,40 dólares. Había
apostado dos dólares ganador a Rosalena y cinco ganador a Objeción de esposa,
así que ya ganaba 73,20. Perdió con Sweetott, quedó segundo con Harbor Point,
segundo con Pitch Out, segundo con Brannan, todas apuestas ganadoras, o sea que
no le quedaban más que 48,20 cuando consiguió veinte ganador con Crema del Sur,
con lo que volvió a situarse en los 73,20.
No
lo pasó mal en el hipódromo. Sólo encontró a tres personas conocidas. Obreros.
Negros. De los viejos tiempos.
El
problema fue la octava carrera. Cougar corría a 128 contra Inconsciente a 123.
Joe no consideró a los restantes participantes. Le costó decidirse. Cougar
estaba 3 a 5 e Inconsciente 7 a 2. Como ganaba 73,20 dólares, le pareció que
podía permitirse el lujo de apostar al 3 a 5. Jugó treinta dólares ganador.
Cougar aflojó torpemente, como si corriese por una cuneta. Y cuando tomaba la
primera curva, ya iba diecisiete cuerpos por detrás del primer caballo. Joe
comprendió que perdería. En la meta, su tres a cinco llegó cinco cuerpos detrás
del ganador.
En
la novena, apostó 10 a Barizón y 10 a Perdido en el mar, no acertó y salió de
allí con 23,30 dólares. Era más fácil recolectar tomates. Se metió en su viejo
cacharro y volvió a casa, conduciendo despacio...
Justo
cuando se metía en la bañera, sonó el timbre. Se secó y se puso la camisa y los
pantalones. Era Max Billinghouse. Max tenía veintipocos años; era desdentado y
pelirrojo. Trabajaba de conserje y siempre llevaba vaqueros y una sucia
camiseta blanca de manga corta. Se sentó en una silla y cruzó las piernas.
—Bueno,
Mayer, ¿qué pasa?
—¿Qué
quieres decir?
—Quiero
decir si sobrevives con lo que escribes.
—Por
el momento...
—¿Alguna
novedad?
—Ninguna
desde que estuviste aquí la semana pasada.
—¿Cómo
quedó la lectura de poesía?
—Muy
bien.
—El
público de las lecturas de poesía es un puro camelo.
—La
mayoría de los públicos lo es.
—¿Tienes
algo dulce? —preguntó Max.
—¿Dulce?
—Sí,
me apetece algo dulce. Es que me he vuelto muy goloso.
—No
tengo nada dulce.
Max
se levantó y se metió en la cocina. Salió con un tomate y dos rebanadas de pan.
Se sentó.
—Oye,
no tienes nada de comer en casa.
—Voy
a tener que bajar al súper.
—Sabes
—dijo Max—, yo, si tuviera que leer delante de la gente, creo que les insultaría,
heriría sus sentimientos.
—Sin
duda.
—Pero
es que yo no soy capaz de escribir. Creo que voy a agenciarme una grabadora. A
veces, cuando estoy trabajando hablo solo, en voz alta. Así podré anotar lo que
digo y ya tendré un relato.
Max
era hombre de no más de hora y media. Aguantaba hora y media. Nunca escuchaba,
sólo hablaba. A la hora y media, Max se levantó.
—Bueno,
tengo que irme.
—Muy
bien, Max.
Max
se fue. Siempre contaba las mismas cosas. Cómo había insultado a la gente en un
autobús. Cómo había conocido a Charles Masón. Que un hombre se arreglaba mejor
con una puta que con una chica decente. Que el sexo estaba en la cabeza. Que no
necesitaba ropa nueva, ni un coche nuevo. Que era un solitario. Que pasaba de
la gente.
Joe
entró en la cocina, encontró una lata de atún y se preparó tres bocadillos.
Sacó la pinta de whisky que tenía de reserva y se sirvió un buen escocés con
agua. Puso la radio, la emisora que transmitía música clásica. «El Danubio
Azul.» La apagó. Terminó los emparedados. Sonó el timbre. Abrió la puerta. Era
Hymie. Hymie tenía un trabajo indefinido en algún ayuntamiento cerca de Los
Angeles. Era poeta.
—Oye
—dijo—, aquel libro que se me ocurrió, Antología de poetas de Los Angeles,
olvídalo.
—Olvidado.
Hymie
se sentó.
—Necesitamos
un título nuevo. Creo que lo tengo. Apiadaos de los belicistas. ¿Te das cuenta?
—No
me disgusta —dijo Joe.
—Y
podemos decir: «Este libro está dedicado a Franco, Lee Harvey Oswald y Adolfo
Hitler.» Recuerda que soy judío, o sea que hace falta valor. ¿Qué te parece?
—No
está mal.
Hymie
se levantó e hizo su imitación de un típico judío gordo a la antigua, un gordo
muy judío. Hymie era divertido. Era el hombre más divertido que Joe conocía.
Hymie daba para una hora. Al cabo de una hora, se levantó y se fue. Contaba
siempre las mismas cosas. Que la mayoría de los poetas eran malísimos, lo que
era algo trágico, trágico y ridículo. Y que era así, y punto.
Joe
se tomó otro buen whisky con agua y se sentó frente a la máquina. Escribió dos
líneas y el teléfono sonó. Era Dunning, desde el hospital. A Dunning le gustaba
beber muchísima cerveza. Había cumplido los veinte en el ejército. El padre de
Dunning había sido editor de una revistilla famosa. El padre de Dunning había
muerto en junio. La mujer de Dunning era ambiciosa. Casi le había obligado a
hacerse médico. Se había hecho médico de cabecera y estaba trabajando de
enfermero mientras se especializaba, con objeto de ahorrar para una máquina de
rayos X de ocho o diez mil dólares.
—¿Qué
te parece si me acerco a tomar unas cervezas contigo? —preguntó Dunning.
—Oye,
¿no puedes aplazarlo? —preguntó Joe.
—¿Qué
pasa? ¿Estás escribiendo?
—Estoy
empezando.
—Está
bien. Te llamaré.
—Gracias,
Dunning.
Joe
volvió a sentarse a la máquina. No empezó mal. Llevaba media página cuando se
oyeron pasos. Luego llamaron a la puerta. Joe la abrió. Eran dos chavales. Uno
de barba negra, el otro bien afeitado.
El
de la barba dijo:
—Te
vi en tu última lectura.
—Pasad
—dijo Joe.
Pasaron.
Traían seis botellines de cerveza importada, botellines verdes.
—Traeré
un abridor —dijo Joe.
Se
sentaron allí a beber las cervezas.
—Fue
una buena lectura —dijo el chaval de la barba.
—¿Quién
ha influido más en ti? —preguntó el que no tenía barba.
—Jeffers.
Los poemas más largos. Jamar. Koan Stallion. Toda esa faceta.
—¿Obras
nuevas que te interesen?
—No.
—Dicen
que estás saliendo del underground, que ya te has integrado en el sistema. ¿Qué
piensas de eso?
—Nada.
Hubo
más preguntas en la misma onda. Los chavales sólo se bebieron una cerveza cada
uno; las otras cuatro corrieron a cuenta de Joe. Al cabo de cuarenta y cinco
minutos, se largaron. Pero, cuando ya se iban, el que no llevaba barba dijo:
«Volveremos.»
Joe
volvió a sentarse a la máquina con un nuevo whisky. No podía escribir. Se
levantó y se acercó al teléfono. Marcó, y esperó. Ella estaba en casa.
Contestó.
—Oye
—dijo Joe—, déjame que me escape de aquí. Déjame bajar a descansar un rato.
—¿Quieres
decir que pretendes pasar aquí la noche?
—Sí.
—¿Otra
vez?
—Sí,
otra vez.
—Vale.
Joe
dobló la esquina del porche y bajó por la entrada de coches. Ella vivía tres o
cuatro manzanas calle abajo. Llamó a la puerta. Lu le abrió. Las luces estaban
apagadas. Sólo llevaba puestas las bragas y le arrastró a la cama.
—¡La
Virgen! —gimió él.
—¿Qué
pasa?
—Bueno,
todo es tan inexplicable, o casi tan inexplicable...
—Desnúdate,
anda, ven a la cama.
Joe
se desnudó y se metió en la cama. Al principio no sabía si resultaría otra vez.
Tantas noches seguidas. Pero el cuerpo de ella estaba allí, y era un cuerpo
joven. Sus labios estaban abiertos y eran bien reales. Joe la enlazó flotando.
Era agradable estar a oscuras. Joe le dio y le dio. Incluso se amorró al pilón
para lamer el coño. Luego, cuando la ensartó, a las cuatro o cinco arremetidas,
oyó una voz...
—Mayer...
Busco a un tal Joe Mayer...
Era
la voz de su casero. Estaba borracho.
—Oiga,
si no está en ese apartamento de enfrente, mire en aquel otro de detrás. Suele
estar en uno de los dos.
Joe
le dio unos cuatro o cinco viajes más, pero comenzó a sonar el timbre de la
puerta. Joe se separó y se llegó a la puerta desnudo. Abrió la mirilla.
—¿Sí?
—¡Hola,
Joe! Qué hay, Joe, ¿qué estás haciendo, Joe?
—Nada.
—Entonces,
¿te hace una cerveza, Joe?
—No
—dijo Joe. Cerró sonoramente la mirilla, volvió a la cama y se echó.
—¿Quién
era?
—No
sé. No me sonaba la cara.
—Bésame,
Joe. No te quedes ahí parado.
El
la besó, mientras la luna de la California Sur atravesaba toda clase de sureñas
y californianas cortinas. El era Joe Mayer. Escritor independiente.
COMO
COSER Y CANTAR, VAMOS
EL
ENAMORADO DE LOS ASCENSORES
Harry
estaba en el acceso exterior del edificio de apartamentos, esperando el
ascensor. Cuando la puerta se abrió, oyó detrás una voz de mujer. «¡Un momento,
por favor!» La mujer entró en el ascensor y la puerta se cerró. Llevaba un
vestido amarillo, el cabello recogido en la parte superior de la cabeza y unos
ridículos pendientes de perlas, que se balanceaban en largas cadenillas de
plata. Tenía el culo grande y era corpulenta. Los pechos parecían a punto de
desbordarse y romper su vestido amarillo. Le miraba con ojos verde clarísimo,
sin verle. Llevaba una bolsa de alimentos con la palabra Vons impresa. Llevaba
los labios pintados. Aquellos labios gruesos y pintados eran obscenos, casi
desagradables, feos, una ofensa. El carmín rojo intenso brillaba y Harry alzó
la mano y pulsó el STOP. Funcionó. El ascensor se paró. Harry avanzó hacia la
mujer. Le alzó la falda con una mano y le miró las piernas. Tenía unas piernas
increíbles, todo músculo y carne. Parecía conmocionada, de piedra. La sujetó
mientras ella soltaba la bolsa de comestibles. Por el suelo del ascensor
rodaron latas de verduras, un aguacate, papel higiénico, un paquete de carne y
tres barritas de caramelo. Luego, Harry apoyó la boca en aquellos labios. Se
abrieron. Bajó la mano y le alzó más la falda. Sin dejar de besarla, le quitó
las bragas. Luego, así de pie, la aferró, y se la ventiló contra el tabique del
ascensor. Cuando terminó, se subió la cremallera, apretó el botón del tercer
piso, y esperó, de espaldas a la mujer. Cuando la puerta del ascensor se abrió,
salió. La puerta se cerró tras él y el ascensor desapareció.
Harry
bajó caminando hasta su apartamento, metió la llave en la cerradura y abrió la puerta.
Rochelle, su mujer, estaba en la cocina haciendo la cena.
—¿Qué
tal? —le preguntó.
—La
misma mierda de siempre —dijo él.
—La
cena estará en diez minutos —dijo ella.
Harry
fue al cuarto de baño, se quitó la ropa y se dio una ducha. El trabajo estaba
hartándole. Seis años y no tenía un céntimo en el banco. Así es como te
enganchan... te dan sólo lo justo para que sigas vivo, pero nunca te dan lo
suficiente para que puedas enviarlo todo a hacer puñetas.
Se
enjabonó bien, se frotó y se quedó inmóvil dejando que el agua, muy caliente,
le bajase por la nuca. Le quitaba el cansancio. Se secó y se puso la bata, fue
a la cocina y se sentó a la mesa. Rochelle ya estaba sirviendo la cena.
Albondiguillas en salsa. Hacía muy bien las albondiguillas en salsa.
—Bueno
—dijo Harry—, dame una buena noticia.
—¿Una
buena noticia?
—Ya
sabes a lo que me refiero.
—¿El
período?
—Sí.
—No
me ha venido.
—Pues
sí que estamos buenos.
—No
he preparado el café.
—Siempre
se te olvida.
—Sí,
no sé qué me pasa.
Rochelle
se sentó y empezaron a cenar sin café. Las albóndigas estaban buenas.
—Harry
—dijo ella—, podemos abortar.
—Bueno
—dijo él—, si no hay otro remedio, lo haremos.
Al
salir del trabajo al día siguiente, entró solo en el ascensor. Fue hasta la
tercera planta y salió. Luego dio la vuelta, volvió a entrar y pulsó de nuevo
el botón. Bajó hasta la entrada de coches, salió, fue hasta el coche y se sentó
a esperar. Vio a la chica subir por la entrada de coches, esta vez sin bolsa de
comestibles. Abrió la puerta del coche. La muchacha llevaba un vestido rojo,
más corto y más ceñido que el amarillo. Y llevaba el pelo suelto, lo tenía muy
largo, casi le llegaba al trasero. Y llevaba los mismos ridículos pendientes y
los labios aún más pintados que la vez anterior. Cuando entró en el ascensor,
la siguió. Subieron, y de nuevo Harry apretó el botón de STOP. Luego, se echó
sobre ella, posó los labios en aquella boca roja y obscena. Tampoco aquel día
llevaba leotardos, sólo medias rojas hasta la rodilla. Harry le bajó las bragas
y la penetró. Le dieron al asunto aporreando las cuatro paredes. Esta vez duró
más. Luego, Harry se subió la cremallera, le dio la espalda y apretó el botón
del tercero.
Cuando
abrió la puerta de casa, Rochelle estaba cenando. Tenía una voz horrorosa, así
que Harry corrió a darse una ducha. Salió con la bata puesta, se sentó a la
mesa.
—Estamos
buenos —dijo—, hoy despidieron a cuatro chicos, entre ellos a Jim Bronson.
—Mal
están las cosas —dijo Rochelle.
Había
filetes y patatas fritas, ensalada y pan de ajo. No estaba mal.
—¿Sabes
cuánto tiempo llevaba Jim trabajando allí? —No.
—Cinco
años.
Rochelle
guardó silencio.
—Cinco
años —dijo Harry—. A ellos les da lo mismo. Esos cabrones no tienen corazón.
—Hoy
no me he olvidado del café, Harry. Rochelle se inclinó y le besó mientras le
servía. —Voy mejorando, ¿eh?
—Si.
Terminó
de servir y se sentó.
—Me
ha venido el período.
—¿Qué?
¿De veras?
—Sí,
Harry.
—Eso
está muy bien, pero que muy bien...
—No
quiero un crío hasta que no lo quieras tú, Harry.
—¡Hay
que celebrarlo, Rochelle! ¡Con una botella de buen vino! ¡Iré a por una después
de cenar!
—Ya
la compré yo, Harry.
Harry
se levantó y rodeó la mesa. Se colocó casi detrás de Rochelle, le echó hacia
atrás la cabeza, poniéndole una mano bajo la barbilla y la besó.
—¡Cuánto
te quiero, nena!
Cenaron.
Fue una buena cena. Y una buena botella de vino.
* *
*
Harry
salió del coche cuando ella subía por el camino. Ella le esperó y entraron
juntos en el ascensor. Esta vez llevaba un vestido azul y blanco estampado de
flores, zapatos blancos y calcetines cortos blancos. Llevaba otra vez recogido
el pelo y fumaba un cigarrillo Benson and Hedges.
Harry
apretó el botón de STOP.
—¡Un
momento, amigo!
Era
la segunda vez que Harry la oía hablar. La voz era un poco áspera, pero no
estaba nada mal.
—Sí
—dijo Harry—. ¿Qué pasa?
—Vamos
a mi apartamento.
—Bueno.
Ella
apretó el botón del 4.°. Subieron. La puerta se abrió, salieron al descansillo
y fueron hasta el apartamento 404. Ella abrió la puerta.
—Bonito
lugar —dijo Harry.
—Me
gusta. ¿Quiere algo de beber?
—Cómo
no.
Ella
entró en la cocina.
—Me
llamo Nana —dijo.
—Yo,
Harry.
—Eso
ya lo sé, pero ¿cuál es su nombre?
—Qué
simpática —dijo Harry.
La
chica salió con dos vasos y se sentaron en el sofá; bebieron.
—Trabajo
en las rebajas de Zody's —dijo Nana—. Soy dependienta de Zody's.
—¡Qué
bien!
—¿Cómo
que qué bien?
—Quiero
decir que qué bien se está aquí, los dos juntos.
—¿De
veras?
—Claro.
—Vamos
al dormitorio.
Harry
la siguió. Nana terminó la bebida y puso el vaso vacío en el tocador. Entró en
el baño. Era un cuarto de baño grande. Nana empezó a cantar mientras se
desvestía. Cantaba mejor que Rochelle. Harry se sentó al borde de la cama y
terminó su bebida. Nana salió del cuarto de baño y se tumbó en la cama.
Desnuda. El pelo de su coño era mucho más oscuro que el de su cabeza.
—Bueno,
¿qué pasa? —dijo.
—Oh
—dijo Harry.
Se
quitó los zapatos, se quitó los calcetines, se quitó la camisa, los pantalones,
la camiseta, los calzoncillos. Luego, se echó en la cama a su lado. Ella volvió
la cabeza, y él la besó.
—Oye
—dijo él—, ¿tienen que estar encendidas todas esas luces?
—Por
supuesto que no.
Nana
se levantó y apagó la luz de arriba y la de la lamparilla de la mesita. Harry
sintió la boca de ella sobre la suya. La lengua entró, jugueteó. Harry se echó
sobre ella. Era muy blanda, casi como un colchón de agua. La besó y le lamió
los pechos, la besó en la boca y en el cuello. Se pasó un buen rato besándola.
—¿Qué
pasa? —preguntó ella.
—No
sé —dijo él.
—La
cosa no marcha, ¿verdad?
—No.
Harry
se levantó y empezó a vestirse en la oscuridad. Nana
encendió
la luz de la mesita.
—¿Tú
qué eres? ¿Un chiflado de los ascensores?
—No,
no...
—Sólo
puedes hacerlo en los ascensores, ¿verdad?
—No,
no, tú fuiste la primera, de verdad. No sé lo que me pasó.
—Pero
ahora me tienes aquí —dijo Nana.
—Ya
lo sé —dijo él, poniéndose los pantalones. Luego, se sentó y empezó a ponerse
los calcetines y los zapatos.
—Oye,
hijo de puta...
—¿Sí?
—Cuando
estés en condiciones y me desees, ven a mi apartamento, ¿entendido?
—Sí,
entendido.
Harry
ya estaba vestido del todo y en pie.
—Se
acabó lo del ascensor, ¿entendido?
—Entendido.
—Si
vuelves a violarme en el ascensor, voy a la policía. Te lo juro, palabra.
—Vale,
vale.
Harry
salió del dormitorio, cruzó la sala y salió del apartamento. Le llegó el
ascensor y pulsó el botón de llamada. La puerta se abrió; entró. El ascensor
empezó a bajar. A su lado, de pie, había una mujer oriental, pequeñita. Tenía
el cabello negro. Falda negra, blusa blanca, leotardos, pies menudos, zapatos
de tacón alto. Era de tez oscura, y sólo llevaba un toque de lápiz de labios.
Aquel cuerpo tan pequeño tenía un trasero sorprendente, de lo más atractivo.
Sus ojos eran color castaño, muy profundos. Y parecían cansados. Harry alzó la
mano y apretó el STOP. Cuando avanzaba hacia ella, la mujer gritó. Le dio un
par de sopapos en la cara, fuertes, sacó el pañuelo y se lo embutió en la boca.
La sujetó con un brazo por la cintura y, mientras le arañaba la cara, le subió
la falda con la mano libre. Le gustó lo que vio.
LA
CABEZA
Margie
solía empezar a tocar nocturnos de Chopin cuando se ponía el sol. Vivía en una
casa grande, un poco retirada de la calle, y a la puesta del sol ya estaba
colocada con coñac o whisky. Tenía cuarenta y tres años y aún conservaba una
buena figura y un rostro delicado. Su marido había muerto joven, hacía cinco
años, y ella, al parecer, llevaba una vida solitaria. El marido había sido
médico. Había tenido buena suerte en la Bolsa e invirtió el dinero para que
ella tuviese una renta fija de dos mil dólares mensuales. Buena parte de los
dos mil volaban en coñac y en whisky.
Desde
la muerte de su marido, había tenido dos amantes, pero las aventuras habían
sido esporádicas y fugaces. Parecía que los hombres carecieran de magia, la
mayoría eran malos amantes sexual y espiritualmente. Sus intereses parecían
limitarse a sus coches nuevos, el deporte y la televisión. Al menos Harry, su
difunto marido, la llevaba de vez en cuando a un concierto. Bien sabía Dios que
Metha era un director muy malo, pero todo era mejor que aguantar a Láveme y a
Shirley. Margie se había resignado, sencillamente, a una existencia sin sexo
masculino. Llevaba una vida plácida, con su piano, su coñac y su whisky. Y
cuando el sol se ponía, sentía una enorme necesidad de su piano, de su Chopin y
de su whisky y/o coñac. En cuanto empezaba a oscurecer, Margie empezaba a
encender un cigarrillo detrás de otro.
Margie
tenía un entretenimiento. A la casa de al lado había llegado una nueva pareja.
En realidad, no eran propiamente una pareja. Él, barbudo, corpulento, violento,
medio loco, era veinte años mayor que la mujer. Era un tipo feo que daba
siempre la sensación de estar curda o con resaca. La mujer con la que vivía
también era muy suya..., hosca, indiferente. Casi como en estado de trance. Los
dos parecían tener afinidades recíprocas, y sin embargo era como si se hubieran
juntado dos enemigos. Siempre estaban peleándose. Margie oía primero, casi
siempre, la voz de la mujer. Luego, de pronto, muy alta, la del hombre. Y el
hombre siempre aullaba alguna ruin indecencia. A veces, seguía a las voces un
estruendo de cristales rotos. Pero lo más frecuente era ver salir al hombre en
su viejo coche; luego todo quedaba tranquilo dos o tres días, hasta que
regresaba. La policía se había llevado al hombre un par de veces. Pero siempre
volvía.
Un
día, Margie vio la foto del hombre en el periódico. Aquel hombre era el poeta
Marx Renoffski. Había oído hablar de su obra. Al día siguiente, fue a la
librería y compró todos los libros suyos que encontró. Aquella tarde, combinó
la poesía del hombre con coñac; y cuando oscureció, se olvidó de tocar los
nocturnos de Chopin. Por algunos de sus poemas de amor dedujo que aquel hombre
estaba viviendo con la escritora Karen Reeves. Sin saber muy bien por qué,
Margie no se sentía ya tan sola como antes.
La
casa era de Karen y celebraban muchas fiestas. Durante éstas, cuando más
escandalosas eran la música y las risas, siempre veía la figura alta y barbuda
de Marx Renoffski salir por la puerta trasera de la casa. Se sentaba en el
patío de atrás, solo, con su botella de cerveza a la luz de la luna. Y entonces
Margie recordaba sus poemas de amor y sentía deseos de conocerle.
El
sábado por la noche, varias semanas después de haber comprado sus libros, les
oyó discutir a grito pelado. Marx había estado bebiendo y la voz de Karen se
fue haciendo cada vez más estridente.
—Escucha
—era la voz de Marx—, cuando me apetezca un trago, me tomaré un trago.
—Eres
la cosa más horrorosa que me he encontrado en la vida —oyó decir a Karen.
Luego,
ruidos de trifulca. Margie apagó las luces y se pegó a la ventana.
—¡Maldita!
—oyó decir a Marx—. ¡Sigue atacándome y verás lo que es bueno!
Luego,
vio a Marx salir por el porche delantero con la máquina de escribir. No era una
portátil, sino un modelo de mesa, y Marx bajaba tambaleante las escaleras con
ella, a punto de caer en todo momento.
—Me
voy a librar de tu cabeza —chilló Karen—. Voy a arrojar esa cabeza ahora mismo.
—Adelante
—dijo Marx—. Tírala.
Margie
vio a Marx cargar la máquina de escribir en el coche y luego vio un objeto
grande y pesado, evidentemente la cabeza, que salía volando del porche para
caer en su jardín. Rebotó en el suelo y se inmovilizó justo bajo un gran rosal.
Marx se marchó en su coche. En casa de Karen Reeves se apagaron todas las
luces; y se hizo el silencio.
A la
mañana siguiente, Margie despertó a las ocho y cuarenta y cinco. Se arregló,
puso dos huevos a hervir y se tomó un café con una copita de coñac. Se asomó a
la ventana. El gran objeto de arcilla seguía bajo el rosal. Se apartó de la
ventana, sacó dos huevos, los enfrió poniéndolos en agua y los peló. Luego, se
sentó a desayunar y abrió un ejemplar del último libro de poemas de Marx
Renoffski, Uno, dos, tres, me quiero a mí. Lo abrió hacia la mitad:
«...oh,
tengo escuadrones
de
dolor batallones, ejércitos de
dolor
continentes de dolor
ja,
ja, ja,
te
tengo a ti.»
Margie
terminó los huevos, echó dos copitas de coñac en un segundo café, se lo bebió,
se puso los pantalones verdes de rayas, el jersey amarillo y, con una pinta a
lo Katherine Hepburn a los cuarenta y tres, se calzó las sandalias rojas y
salió a su jardín. El coche de Marx no estaba aparcado y la casa de Karen permanecía
en silencio. Se acercó al rosal. Allí estaba la cabeza esculpida, con la cara
hacia el suelo. Margie sintió que el corazón le latía más acelerado. Movió la
cabeza con el pie, y el rostro la miró desde la yerba. Era Marx Renoffski, no
había duda. Cogió a Marx, y, sosteniéndolo cuidadosamente contra su jersey
amarillo pálido, lo llevó a casa. Lo colocó sobre el piano, luego se sirvió un
coñac con agua, se sentó y estuvo un rato mirándole, mientras bebía. Marx era
feo y rasposo, pero muy real. Karen Reeves era una buena escultora. Margie le
estaba agradecida. Continuó examinando la cabeza de Marx; allí podía verlo
todo, bondad, odio, miedo, demencia, amor, humor, pero ella veía sobre todo
humor y amor. Cuando pusieron el programa de música clásica al mediodía, subió
mucho el volumen y se puso a beber con auténtico deleite.
Hacia
las cuatro de la tarde, aún seguía bebiendo coñac; empezó a hablar con él.
—Marx,
te comprendo. Yo podría darte la verdadera felicidad.
Marx
no contestó; siguió allí, sobre el piano, en total silencio.
—He
leído tus libros, Marx. Eres un hombre ingenioso y sensible, Marx, y muy
divertido. Te comprendo, querido. Yo no soy como esa... esa otra mujer.
Marx
seguía sonriendo, seguía mirándola con aquellos ojillos entrecerrados.
—Marx,
podría interpretar a Chopin para ti..., los nocturnos, los études.
Margie
se sentó al piano y empezó a tocar. El estaba allí.
Era
evidente que Marx jamás veía los partidos en la televisión. Probablemente viese
las obras de Ibsen, de Shakespeare, de Chejov, en el canal 28. Y, al igual que
en sus poemas, era un gran amante. Se sirvió más coñac y siguió tocando. Marx
Renoffski escuchaba.
Cuando
Margie terminó su concierto, miró a Marx. Le había gustado. Estaba segura. Se
levantó. La cabeza de Marx estaba justo al nivel de la suya. Se inclinó y le
dio un leve beso. Luego, retrocedió. El sonreía, sonreía con aquella luminosa
sonrisa. Puso de nuevo su boca sobre la de él, y le dio un beso lento y
apasionado.
A la
mañana siguiente, Marx seguía allí, sobre el piano. Marx Renoffski, poeta,
poeta moderno, vivo, peligroso, encantador, sensible. Miró por la ventana. Aún
no estaba allí el coche de Marx. Había pasado la noche fuera. Se había ido a
otro sitio, lejos de aquella... zorra.
Se
volvió y le dijo:
—Marx,
tú necesitas una buena mujer.
Fue
hasta la cocina, puso a hervir dos huevos y vertió un chorrito de whisky en el
café. Se puso a canturrear. El día era idéntico al anterior. Pero mejor. Más
agradable. Siguió leyendo la obra de Marx. Escribió incluso ella misma un
poema:
«Este
divino accidente
nos
ha unido
aunque
tú seas arcilla
y yo
carne
ha
surgido el contacto
pese
a todo, ha surgido el contacto.»
A
las cuatro, sonó el timbre de la puerta. Margie fue a abrir. Era Marx
Renoffski. Estaba borracho.
—Nena
—dijo—, sabemos que tienes la cabeza. ¿Qué te propones hacer con mi cabeza?
Margie
no pudo contestar. Marx entró en la casa. —Bueno, ¿dónde está ese maldito
trasto? Karen lo quiere otra vez.
La
cabeza estaba en el salón de música. Marx dio una vuelta por allí.
—Tienes
una casa muy bonita. Vives sola, ¿eh? —Sí.
—¿Qué
pasa? ¿Te dan miedo los hombres?
—No.
—Oye,
la próxima vez que Karen me eche, creo que me acercaré por aquí. ¿Vale?
Margie
no contestó.
—No
contestas. Quien calla otorga. Bueno, estupendo. Pero ¿dónde está esa cabeza?
Escucha, te he oído interpretar a Chopin cuando se pone el sol. Tienes clase.
Me gustan las tías con clase. Seguro que bebes coñac, ¿a que sí?
—Sí.
—Sírveme
un coñac. Tres copitas en medio vaso de agua.
Margie
fue a la cocina. Cuando salió con la bebida, él estaba en el salón de música.
Había encontrado la cabeza. Estaba apoyado en ella, con el codo sobre el
cráneo. Le ofreció el vaso.
—Gracias.
Sí, clase. Tienes clase. ¿Pintas, escribes, compones? ¿Haces algo, además de
interpretar a Chopin?
—No.
—Ah
—dijo él, alzando el vaso y bebiéndose la mitad de un trago—. Estoy seguro de
que lo eres.
—¿Que
soy qué?
—Un
gran polvo.
—No
sé.
—Bueno,
yo sí lo sé. Y no deberías desperdiciarlo. Yo no quiero que lo desperdicies.
Marx
Renoffski se terminó el coñac y posó el vaso sobre el piano, junto a la cabeza.
Se acercó a ella y la agarró. Marx olía a vómito, a vino barato y a bacon. Los
pelos hirsutos de su barba le rasparon la cara cuando la besó. Luego, apartó la
cara y la miró con aquellos ojillos.
—¡No
puedes desperdiciar la vida, nena! —Margie sintió la presión de su pene—.
También me gusta lamerles el coñito a las nenas. No lo hice hasta los cincuenta
años. Karen me enseñó. Ahora soy el mejor del mundo.
—No
me gusta que me agobien —dijo Margie débilmente.
—¡Oh,
eso está muy bien! ¡Eso es lo que me gusta a mí! ¡Espíritu! Chaplin se enamoró
de Goddard al verla mordisquear una manzana. ¡Apuesto a que tú mordisqueas las
manzanas a las mil maravillas! Aunque apuesto a que también puedes hacer otras
cosas con la boca, ¿no?
La
besó otra vez. Después, le preguntó:
—¿Dónde
está el dormitorio?
—¿Por
qué?
—¿Por
qué? ¡Porque es allí donde vamos a hacerlo!
—¿Hacer
qué?
—¡Joder!
¿Qué va a ser?
—¡Fuera
de mi casa!
—¿En
serio?
—Sí.
—¿Quieres
decir que no quieres joder?
—Exactamente.
—Oye,
hay diez mil mujeres que se irían conmigo a la cama.
—Yo
no soy una de ellas.
—Bueno,
sírveme otra copa y me largo.
—De
acuerdo.
Margie
fue a la cocina, echó tres cepitas de coñac en medio vaso de agua, salió y se
la dio.
—Oye,
¿sabes quién soy?
—Sí.
—Soy
Marx Renoffski, el poeta.
—Ya
te he dicho que sé quién eres.
—Ah
—dijo Marx, y bebió de un trago el coñac—. Bueno, tengo que irme. Karen no se
fía de mí.
—Di
a Karen que la considero una magnífica escultora.
—Oh,
sí, claro...
Marx
cogió la cabeza, cruzó la habitación y se dirigió hacia la salida. Margie le
siguió. En la puerta, Marx se detuvo.
—Oye,
¿tú nunca te pones caliente?
—Pues
claro.
—¿Y
qué haces?
—Me
masturbo.
Marx
se encrespó.
—Señora
mía, ése es un delito contra la naturaleza, y, más importante aún, toda una
agresión contra mi persona. —Luego cerró la puerta.
Ella
le vio bajar con mucha precaución por el camino, cargando la cabeza. Luego
dobló la esquina y subió el camino de la casa de Karen Reeves.
Margie
entró en el salón de música. Se sentó al piano. Ya se ponía el sol. Era el
momento justo. Empezó a interpretar a Chopin. Tocaba como nunca.
MAÑANA
DECISIVA
A
las siete de la mañana, Barney se despertó y empezó a embestir a Shirley en el
trasero con el pene. Shirley se hizo la dormida. Barney siguió embistiendo más
fuerte. Ella se levantó, fue al cuarto de baño y orinó. Cuando salió del baño,
él había quitado el cobertor y tenia el pene empinado bajo la sábana.
—¡Mira
nena! —dijo—. ¡El monte Everest!
—¿Quieres
que prepare el desayuno?
—¡A
la mierda el desayuno! ¡Ven aquí ahora mismo!
Shirley
volvió a la cama y él la cogió por la cabeza y la besó. Le olía mal el aliento,
pero la barba era lo peor. Le cogió la mano y se la puso en el pijo.
—¡Piensa
en la cantidad de mujeres a las que les gustaría tener este chisme!
—Barney,
no estoy de humor.
—¿Qué
quieres decir con eso de que no estás de humor?--
—Pues
que no estoy caliente.
—¡Lo
estarás, nena, lo estarás! — En verano dormían sin pijama, así que se echó
sobre ella.
—¡Ábrete
bien, demonios! ¿Estás mala?
—Barney,
por favor...
—¿Por
favor qué? ¡Quiero pegar un polvo y voy a pegarlo!
Siguió
empujando hasta que consiguió penetrarla.
—¡Puta
condenada, voy a abrirte en canal!
Barney
lo hacía como una máquina. A Shirley no le inspiraba ninguna sensación. ¿Cómo
podía una mujer casarse con un hombre así?, se preguntó. ¿Cómo podía una mujer
vivir tres años con un hombre así? Al principio, cuando se conocieron, él no
parecía ser... como una pura y simple madera de leño.
—¿Te
gusta este cacho de polla, nena?
Notaba
todo el peso de su corpachón sobre ella. Notaba su sudor. No la dejaba
respirar.
—¡Me
voy a ir, nena, me voy, ME VOY!
Barney
se echó a un lado y se limpió con la sábana. Shirley se levantó, fue al cuarto
de baño y se duchó. Luego, fue a la cocina a preparar el desayuno. Puso las
patatas, el bacon, el café. Echó los huevos en el cuenco y los revolvió. Sólo
llevaba puestos el albornoz y las zapatillas. En el albornoz decía «ELLA».
Barney salió del cuarto de baño. Tenía crema de afeitar en la cara.
—Oye,
nena, ¿dónde están aquellos calzoncillos de rayas verdes y rojas?
Ella
no contestó.
—¡Oye,
te digo que donde están esos calzoncillos!
—No
sé.
—¿No
sabes? Me rompo el espinazo trabajando de ocho a doce horas al día y tú no
sabes dónde están mis calzoncillos, ¿eh?
—No
sé.
—¡Que
se derrama el café! ¿Es que no lo ves? Shirley apagó el fuego.
—¡O
no haces café, o te olvidas de él y lo dejas salirse! O te olvidas de comprar
bacon o quemas las tostadas o pierdes mis calzoncillos, siempre tienes que
hacer algo al revés. ¡No haces nada a derechas!
—Barney,
no me siento bien...
—¡Tú
nunca te sientes bien! ¿Cuándo coño vas a empezar a sentirte bien? Yo salgo
todas las mañanas y me rompo el espinazo trabajando y tú te pasas el día
tumbada leyendo revistas y compadeciéndote de tu culo de mantequilla. ¿Te crees
que van bien las cosas en el trabajo? ¿Es que no sabes que hay un diez por
ciento de parados? ¿Te das cuenta de que tengo que luchar por mi puesto todos
los días, uno tras otro, mientras tú estás repantigada en un sillón
compadeciéndote de ti misma? Y bebiendo vino y fumando cigarrillos y
cotilleando con tus amigas... y amigos. ¿Te crees que a mí me resultan fáciles
las cosas en el trabajo?
—Sé
que no es fácil, Barney.
—Y
ya ni siquiera me dejas echar un polvo.
Shirley
vertió los huevos en la sartén.
—¿Por
qué no acabas de afeitarte? El desayuno estará en seguida.
—¿Por
qué tantos remilgos para echar un polvo? ¿Es que te crees que tienes el cono de
oro?
Ella
revolvió los huevos con un tenedor. Luego, cogió la espátula.
—Es
que no puedo soportarte ya, Barney. Te odio.
—¿Me
odias? ¿Qué quieres decir?
—Quiero
decir que no puedo soportarte, que me repugna cómo caminas, que no aguanto los
pelos que te asoman de la nariz. No me gusta tu voz, no me gustan tus ojos, no
me gusta tu manera de pensar ni tu manera de hablar. No me gustas.
—¿Y
tú qué? ¿Qué tienes que ofrecer tú? ¡Con esa pinta! ¡No podrías conseguir
trabajo ni en un burdel de tercera!
—Ya
lo conseguí.
Entonces,
él le pegó. Con la mano abierta, en la cara. A ella se le cayó la espátula,
perdió el equilibrio, fue a dar contra un lado del fregadero y allí se agarró.
Recogió la espátula, la lavó, volvió a revolver los huevos.
—No
quiero desayunar —dijo Barney.
Shirley
apagó todos los fuegos y volvió al dormitorio. Se metió en la cama. Le oía
acabar de arreglarse en el cuarto de baño. Ni siquiera le gustaba su forma de
echarse agua en la cara en el lavabo cuando se afeitaba. Y cuando oyó el
cepillo de dientes eléctrico, se lo imaginó en aquella boca, limpiando aquellos
dientes y aquellas encías, y sintió una repugnancia inmensa. Luego, la loción
del pelo. Después, silencio. Más tarde, la cisterna.
Barney
salió. Le oyó escoger una camisa en el armario. Oyó el rumor de las llaves y de
la calderilla cuando se ponía los pantalones. Luego, sintió que la cama se
hundía, al sentarse él en el borde para ponerse los calcetines y los zapatos. Después,
al levantarse él, la cama se levantó. Ella estaba tendida boca abajo, con los
ojos cerrados. Se dio cuenta de que estaba mirándola.
—Escucha
—le dijo—. Sólo quiero decirte una cosa. Si hay otro hombre, le mataré.
¿Entendido?
Shirley
no contestó. Luego, sintió sus dedos en la nuca. Le alzó la cabeza bruscamente,
y se la hundió en la almohada.
—¡Contéstame
cuando te hablo! ¿Entendido? ¿Entendido? ¿Lo has entendido?
—Sí
—dijo ella—. Lo he entendido.
Se
fue. Salió del dormitorio, cruzó el salón. Shirley oyó la puerta al cerrarse.
Luego, oyó sus pasos en las escaleras. El coche estaba en el camino de acceso y
oyó cómo lo ponía en marcha. Después, lo oyó alejarse. Más tarde, el silencio.
PUTEO
LÍRICO
El
problema de una lectura de poesía —cuando se llega a las once de la mañana y la
lectura es a las ocho de la tarde— es que a veces reduce a un hombre a tal
estado que quienes le hacen subir al escenario para mirarle, burlarse de él y
machacarle, no esperan de él iluminación alguna sino pura diversión.
Me
recibió en el aeropuerto el profesor Kragmatz. Conocí a sus dos perros en el
coche y conocí a Pulholtz (que llevaba años leyendo mi obra) y a dos jóvenes
estudiantes (uno, especialista en karate, y el otro con una pierna rota) en
casa de Howard. (Howard era el profesor que me había propuesto la lectura.)
Y
allí estaba yo, melancólico y digno, bebiendo cerveza; y, luego, casi todos
menos Howard tenían que ir a clase. Puertas que se cierran y ladridos de perros
que se van, y las nubes se oscurecieron y Howard y yo y su mujer y un joven
estudiante nos quedamos allí sentados. Jacqueline, la esposa de Howard, jugaba
al ajedrez con el estudiante.
—Conseguí
un nuevo suministro —dijo Howard.
Abrió
la mano y me enseñó un puñado de pastillas.
—No.
Tengo el estómago jodido —dije—. No está en forma últimamente.
A
las ocho, llegué allí. «Está borracho, está borracho», decían voces entre el
público. Yo llevaba mi vodka con zumo de naranja. Empecé brindando a su salud
para estimular su aversión. Leí durante una hora.
Aplaudieron
bastante. Un joven se acercó, tembloroso.
—Señor
Chinaski, tengo que decirle una cosa: ¡Es usted un hombre maravilloso!
Le
di la mano.
—Está
bien, chaval, tú sigue comprando mis libros.
Unos
cuantos querían libros míos y les dediqué algunos garabatos. Se acabó. Ya había
apurado mi puteo lírico.
La
fiesta post-lectura fue la misma de siempre, con profesores y estudiantes,
aburridos e insulsos. El profesor Kragmatz me cazó en un rincón y empezó a
hacerme preguntas, mientras las groupies culebreaban por los alrededores. No,
le dije, no, bueno sí, partes de T. S. Eliot eran buenas. Fuimos demasiado
duros con Eliot. Pound, sí, bueno, descubrimos que Pound no era exactamente lo
que pensábamos. No, no creo que haya ningún poeta norteamericano contemporáneo
sobresaliente, lo siento. ¿Poesía concreta? Bueno, sí, la poesía concreta es
exactamente igual que cualquier otra basura concreta. ¿Y Céline? Un viejo
chiflado de marchitos testículos. Sólo un libro bueno, el primero. ¿Qué? Sí,
por supuesto, uno. Es suficiente. Quiero decir, tú no has escrito ni siquiera
uno, ¿verdad? ¿Por qué prefiero a Creeley? Ya no lo hago. Pero Creeley ha
logrado elaborar una obra, lo que la mayoría de quienes le critican no
conseguirán en la vida. Bebo, sí, bebo, ¿acaso no bebe todo el mundo? ¿Cómo
demonios iba a poder aguantar si no? ¿Mujeres? Oh, sí, mujeres. Oh, sí, por
supuesto. No voy a escribir sobre bocas de incendios y tinteros vacíos. Sí, ya
sé lo de la carretilla roja bajo la lluvia. Mira, Kragmatz, no quiero que me
acapares del todo. Déjame mover un poco el culo...
Me
quedé y dormí en la parte de abajo de unas literas, debajo del chaval que era
especialista en karate. Le desperté hacia las seis de la mañana al rascarme las
almorranas. El pestazo despertó a la perra que había dormido conmigo toda la
noche y que empezó a olisquear. Le di la espalda y seguí durmiendo.
Cuando
desperté, todos se habían ido menos Howard. Me levanté, me bañé, me vestí y fui
a verle. Se encontraba muy mal.
—Dios
santo, menuda resistencia tienes —dijo—. Tienes el cuerpo de un chaval de
veinte años.
Mira,
anoche no tomé anfetas ni pastillas de ningún tipo, ni le di a nada fuerte...,
sólo cerveza y yerba. Esa es la razón —le expliqué.
Le
sugerí unos huevos pasados por agua. Los preparó. Empezó a oscurecer. Parecía
media noche. Telefoneó Jacqueline y dijo que se acercaba un tornado por el
norte. Empezó a granizar. Comimos los huevos.
Luego,
llegó el poeta de la siguiente lectura con su novia y con Kragmatz. Howard
salió corriendo al patio y vomitó los huevos. El nuevo poeta, Blanding Edwards,
empezó a enrollarse. Era un chico cargado de buenas intenciones. Habló de
Ginsberg, de Corso, de Kerouac. Luego, él y su chica, Betty (que también
escribía poesía), empezaron a hablar entre sí a toda velocidad en francés.
Oscureció
aún más, cayeron rayos, más granizo, y el viento era espantoso. Sacaron
cerveza. Kragmatz recordó a Edwards que tuviera cuidado, que tenía que leer
aquella misma noche. Howard se montó en la bici y se fue pedaleando en plena
tormenta a dar su clase de inglés de primer curso en la universidad. Llegó
Jacqueline.
—¿Dónde
está Howard?
—Cogió
su dos ruedas y se lanzó al tornado —dije.
—¿Se
encontraba bien?
—Cuando
se fue parecía un chaval de diecisiete años. Tomó un par de aspirinas.
Pasé
el resto de la tarde esperando e intentando evitar una conversación literaria.
Me llevaron al aeropuerto. Con mi cheque de quinientos dólares y mi cartapacio
de poemas. Les dije que no se bajaran del coche y que algún día les mandaría a
todos una postal.
Entré
en la sala de espera y oí a un tipo que le decía a otro: «¡Fíjate en ese tío!»
Todos los nativos llevaban el mismo corte de pelo, los mismos zapatos de tacón
con hebillas, los mismos gabanes ligeros, los mismos trajes rectos, con botones
metálicos, camisas a rayas, y corbatas cuya gama variaba del oro al verde.
Hasta sus rostros eran idénticos: narices y orejas y bocas y expresiones
iguales. Lagos poco profundos bajo una ligera capa de hielo. Nuestro avión
llegaba con retraso. Me quedé junto a una máquina de café, tomé dos solos y
unas galletas. Luego, salí y me planté bajo la lluvia.
Salimos
al cabo de hora y media. El avión se balanceaba y cabeceaba. No tenían el New
Yorker. Pedí un trago a la azafata. Dijo que no había hielo. El piloto nos
explicó qué aterrizaríamos con retraso en Chicago. No conseguía que le diesen
pista. Era un hombre veraz. Llegamos a Chicago, y allí estaba el aeropuerto y
nosotros dando vueltas y vueltas y más vueltas. Yo dije: «Bueno, supongo que no
hay nada que hacer.» Pedí un tercer trago. Los demás fueron uniéndose a la
juerga. Sobre todo, después de que se apagaron dos motores a la vez. Volvieron
a ponerse en marcha en seguida y alguien se echó a reír. Bebimos y bebimos y
bebimos. Cuando ya todos estábamos fuera de control, nos comunicaron que íbamos
a aterrizar.
Se
rompió el hielo. La gente empezó a hacerse preguntas obvias y a dar respuestas
obvias. Vi que mi vuelo no tenía hora de salida marcada. Eran las ocho y media.
Llamé por teléfono a Ann. Me dijo que había estado llamando al aeropuerto
internacional de Los Angeles para preguntar la hora de llegada. Me preguntó
cómo había ido la lectura. Le dije que era muy difícil engañar a un público de
líricos universitarios. Sólo había podido engañar a la mitad. «Magnífico», dijo
ella. «Nunca confíes en un hombre que lleve mono de paracaídas», le dije.
Después, me tiré quince minutos mirándole las piernas a una japonesa. Luego,
busqué un bar. Había allí un negro vestido con un traje de cuero rojo con
cuello de piel. Estaban atosigándole. Se reían de él como si fuera un gusano
que se arrastrara por el bar. Lo hacían muy bien. Tenían siglos de práctica. El
negro procuraba mostrarse indiferente, pero tenía la espalda rígida.
Cuando
volví a comprobar los vuelos en el tablero, un tercio de los que esperaban en
el aeropuerto ya estaban borrachos. Los peinados femeninos empezaban a
desmoronarse. Un hombre caminaba de espaldas, muy borracho, intentando caer
sobre la nuca y fracturarse el cráneo. Todos encendimos cigarrillos y
esperamos, observando, con la esperanza de que se diese un buen golpe en la
cabeza. Me pregunté cuál de nosotros conseguiría quitarle la cartera. Le vi
caer; la horda se lanzó a desnudarle. Yo estaba demasiado lejos para poder
sacar nada en limpio. Volví al bar. El negro se había lanzado. Dos tipos
discutían, a mi izquierda. Uno de ellos se volvió a mí.
—¿Usted
qué opina de la guerra? preguntó.
—La
guerra no tiene nada de malo —dije.
—¿Ah,
sí? ¿Sí?
—Sí,
cuando te metes en un taxi, eso es guerra. Cuando compras una barra de pan, eso
es guerra. Cuando le pagas a una puta, eso es guerra. Yo, a veces, necesito
pan, puta y taxi.
—¿Habéis
oído, chavales? —dijo el hombre—. Aquí hay un tío al que le gusta la guerra.
Se
acercó un tipo que estaba al final de la barra. Vestía como todos los demás.
—¿Le
gusta la guerra?
—No
tiene nada de malo; es la prolongación natural de nuestra sociedad.
—¿Cuántos
años ha llevado uniforme?
—Ninguno.
—¿De
dónde es?
—De
Los Angeles.
—Bueno,
pues yo perdí a mi mejor amigo. Una mina. ¡BANG! Y se acabó.
—Pero,
gracias a Dios, fue él; podría haber sido usted.
—A
mí no me hace gracia.
—He
estado bebiendo. ¿Tiene fuego?
Puso
el encendedor al extremo de mí cigarrillo, con evidente desgana. Luego, volvió
a su sitio al otro extremo de la barra.
Salimos,
en el de las 7,15, a las 11,15. Nos elevamos por los aires. El puteo lírico
estaba concluyendo. Iría a Santa Anita el viernes y devolvería cien dólares.
Volvería a la novela. La Filarmónica de Nueva York tocaría el domingo. Quizás
habría aún localidades. Pedí otro trago. Se apagaron las luces. Nadie podía
dormir, pero todos fingían hacerlo. A mí me daba igual. Tenía un asiento de
ventanilla y contemplaba el ala y las luces de abajo. Todo estaba dispuesto
allá abajo en hermosas líneas rectas. Colmenas. Hormigueros.
Llegamos
al aeropuerto internacional de Los Angeles. Ann, te quiero. Ojalá arranque el
coche. Ojalá el fregadero no esté atascado. Me alegro de no haberme tirado a
una groupie. Me alegro de que no se me dé bien irme a la cama con desconocidas.
Me alegro de ser un imbécil. Me alegro de no saber nada. Me alegro de no haber
sido asesinado. Cuando me miro las manos y veo que aún están en su sitio,
pienso para mí: vaya suerte que tengo.
Salí
del avión arrastrando el abrigo de mi padre y mi cartapacio de poemas. Ann
salió a mi encuentro. Vi su cara y pensé, mierda, la quiero. ¿Qué haré? Lo
mejor que podía hacer era actuar con indiferencia; luego, me encaminé, con
ella, al aparcamiento. No hay que dejar que se den cuenta de que te interesan,
porque si no, te liquidan. Me incliné, la besé en la mejilla.
—Qué
amable has sido viniendo a esperarme.
—Cómo
no iba a venir —dijo ella.
Salimos
del aeropuerto. Había terminado mi sucia tarea. El puteo poético. Yo nunca me
insinuaba. Eran ellos quienes llamaban a su puta. Y yo acudía a la llamada.
—Chavala
—le dije—, cómo te he echado de menos.
—Tengo
hambre —dijo ella.
Fuimos
al restaurante chicano de Alavarado y Sunset. Tomamos burritos de chile verde.
El puteo ya se había acabado. Y yo aún tenía una mujer, una mujer que me
interesaba. Un milagro así no era para tomarse a broma. Contemplé su cabello y
su rostro, mientras regresábamos a casa. La miraba a hurtadillas cuando me
parecía que ella no miraba.
—¿Cómo
fue la lectura? —me preguntó.
—Una
gloria —dije.
Subimos
por Alvarado. Luego, entramos por el bulevar Glendale. Todo estaba en orden. Lo
que me fastidiaba era que algún día, todo se reduciría a polvo, los amores, los
poemas, los gladiolos. Al final, todos acabaríamos rellenos de basura, como una
empanada barata.
Ann
aparcó. Bajamos, subimos las escaleras, abrimos la puerta, y el perro salió a
recibirnos. La luna estaba alta, la casa olía a lino y rosas, y el perro saltó
a mi encuentro. Le tiré de las orejas, le di unas palmaditas en el vientre.
Abrió mucho los ojos y sonrió.
TE
QUIERO, ALBERT
Louie
estaba sentado en el Pavo Real Rojo, con resaca. Cuando el camarero le trajo su
bebida, dijo:
—Sólo
he conocido a una persona en esta ciudad que esté tan loca como tú.
—¿Ah,
sí? —dijo Louie—. Mira qué bien.
—Y
precisamente está aquí ahora —continuó el camarero.
—¿Ah,
sí? —dijo Louie.
—Es
aquella de allí, la del vestido azul con esa figura de campeonato. Pero no hay
quien se acerque a ella, porque está loca.
—¿Ah,
sí? —dijo Louie.
Louie
cogió el vaso, se levantó y fue a sentarse junto a la chica.
—Hola
—le dijo.
—Hola
—dijo ella.
Luego,
se quedaron allí sentados, uno junto al otro, un buen rato, sin decirse una
palabra.
Myra
(así se llamaba ella) estiró de pronto el brazo y cogió de detrás de la barra
una coctelera llena. La alzó e hizo ademán de lanzarla contra el espejo de
detrás de la barra. Louie le agarró el brazo y dijo: «¡No, no, no, querida!»
Tras esto, el camarero sugirió a Myra que se largase. Cuando Myra se fue, Louie
la siguió.
Myra
y Louie compraron unas botellas de whisky barato y tomaron el autobús para ir a
casa de Louie, en los apartamentos Belsey Arms. Myra se quitó un zapato (eran
de tacón alto) e intentó asesinar al conductor del autobús. Louie la sujetó con
un brazo, mientras sostenía con el otro las botellas de whisky. Bajaron del
autobús y fueron caminando a casa de Louie.
Entraron
en el ascensor y Myra empezó a pulsar botones. El ascensor subía, bajaba,
subía, paraba, y Myra seguía preguntando:
—¿Dónde
vives?
Y
Louie seguía repitiendo:
—Cuarta
planta, apartamento número cuatro.
Myra
seguía apretando botones, mientras el ascensor subía y bajaba.
—Escucha
—dijo al fin—, llevamos años aquí dentro. Lo siento, pero tengo que mear.
—Vale
—dijo Louie—. Hagamos un trato, tú me dejas darle al botón y yo te dejo mear.
—Hecho—dijo
ella. Y se bajó las bragas, se acuclilló y lo hizo. Louie apretó el botón del
4.°, mientras contemplaba el reguero. Llegaron. Para entonces, Myra se había
incorporado, se había subido las bragas y ya estaba lista para salir.
Entraron
en casa de Louie y empezaron a abrir botellas. En eso Myra no ofrecía
problemas. Se sentaron uno frente al otro, con unos cuatro metros de espacio
por medio. Louie estaba sentado en la butaca junto a la ventana y Myra en el
sofá. Myra cogió una botella y Louie otra, y empezaron. Al cabo de unos cinco
minutos o así, Myra se dio cuenta de que había unas botellas vacías en el suelo
junto al sofá. Así que empezó a recogerlas, entrecerrando los ojos, y a
tirárselas a Louie a la cabeza. No acertó ni una. Algunas salieron por la
ventana abierta, por detrás de la cabeza de Louie. Otras dieron en la pared y
se rompieron. Otras rebotaron en la pared y milagrosamente cayeron al suelo sin
romperse. Myra volvió a cogerlas y a tirárselas. Pronto se quedó sin botellas.
Entonces,
Louie se levantó y salió a la azotea por la ventana. Recogió las botellas.
Cuando hubo recogido un buen montón, volvió a saltar por la ventana y se las
dio a Myra. Las puso a sus pies. Luego se sentó, alzó la botella y siguió
bebiendo. Las botellas empezaron a caer de nuevo sobre él. Bebió otro trago,
luego otro, luego, ya no recordaba...
Por
la mañana, Myra fue la primera en despertarse. Se levantó, preparó café, y le
llevó el desayuno a Louie.
—Vamos
—le dijo—. Quiero que conozcas a mi amigo Albert. Es un tipo muy especial.
Louie
tomó el café y luego hicieron el amor. No estuvo nada mal. Louie tenía una gran
hinchazón en el párpado izquierdo. Se levantó y se vistió.
—De
acuerdo —dijo—, vamos.
Bajaron
en el ascensor, fueron caminando hasta la calle Alvarado y allí cogieron el
autobús hacia el norte. Siguieron tranquilamente unos cinco minutos y entonces
Myra se levantó y pulsó el botón de parada. Se bajaron, caminaron una media
manzana, luego entraron en un viejo edificio incoloro de apartamentos. Subieron
un tramo de escaleras, torcieron en el descansillo y Myra se detuvo a la puerta
de la habitación 203. Llamó. Se oyeron pasos y la puerta se abrió.
—Hola,
Albert.
—Hola,
Myra.
—Albert,
quiero que conozcas a Louie. Louie, éste es Albert.
Se
dieron la mano.
Albert
tenía cuatro manos. Tenía también cuatro brazos a juego. Los dos brazos de
arriba tenían mangas y los dos de abajo salían de unos agujeros practicados en
la camisa.
—Pasad
—dijo Albert.
Albert
tenía un vaso con whisky y agua en una mano. En la otra, un cigarrillo. En la
tercera, el periódico. La cuarta, la que había estrechado la mano de Louie, la
tenía desocupada. Myra fue a la cocina, cogió un vaso y sirvió a Louie un trago
de la botella que llevaba en el bolso. Luego se sentó y se puso a beber del
gollete.
—¿En
qué piensas? —preguntó.
—A
veces, tocas fondo en el terror y arrojas la toalla, pero no revientas —dijo
Louie.
—Albert
violó a una gorda —explicó Myra—. Tendrías que haberle visto en acción con sus
cuatro brazos. Fue todo un espectáculo, Albert.
Albert
gruñó. Parecía deprimido.
—A
Albert le echaron del circo porque bebía y porque violó a la gorda. Ahora está
en el paro.
—Nunca
podría adaptarme a la sociedad. No siento simpatía por la humanidad. No tengo
el menor deseo de adaptarme, no siento el menor espíritu de lealtad, no le veo
sentido.
Albert
se acercó al teléfono. Lo descolgó. En una mano sostenía el teléfono, en la
segunda, un boleto de apuestas de carreras, un cigarrillo en la tercera y un
vaso en la cuarta.
—¿Jack?
Sí. Soy Albert. Oye, quiero Crumchy Main, dos ganadora en la primera. Luego,
Blazing Lord, dos en la cuarta. Hammerhead Justice, cinco ganador en la
séptima. Luego, Noble Flake, cinco ganador y quinto en la novena.
Albert
colgó.
—Mi
cuerpo me tortura por un lado y mi espíritu por el otro.
—¿Cómo
te va en el hipódromo, Albert? —preguntó Myra.
—Voy
ganando cuarenta pavos. Tengo un sistema nuevo. Se me ocurrió una noche de
insomnio. De pronto lo vi todo ante mí, como un libro abierto. Pero si gano
demasiado no me aceptarán las apuestas. Podría ir al hipódromo, claro, y hacer
allí las apuestas, pero...
—¿Pero
qué, Albert?
—Bueno,
demonios...
—¿Qué
quieres decir, Albert?
—¡QUIERO
DECIR QUE LA GENTE ES MUY MIRONA! POR AMOR DE DIOS, ¿ES QUE NO COMPRENDES?
—Perdona,
Albert.
—No
hay nada que perdonar. ¡Guárdate tu compasión!
—Está
bien. Nada de compasión.
—Te
vas a ganar un soplamocos, por imbécil.
—Desde
luego podrías atizármelo y no uno, sino todos los que quisieras. Con tantas
manos.
—No
me provoques, Myra —dijo Albert. Terminó su bebida, se acercó a la botella y se
sirvió otro trago. Luego se sentó. Louie no había abierto la boca. Pero
consideró que tenía algo que decir:
—Deberías
probar en el boxeo, Albert. Con tantas manos... Serías el terror del ring.
—No
te hagas el gracioso, mamón.
Myra
sirvió otro trago a Louie. Estuvieron allí sentados un rato sin hablar. Por
fin, Albert alzó la vista. Miró a Myra. —¿Te acuestas con este tío?
—No,
Albert, qué va. Te quiero sólo a ti, ya lo sabes. —Yo no sé nada de nada.
—Sabes
que te quiero, Albert. —Myra se levantó y se sentó en las rodillas de Albert—.
Eres tan quisquilloso. No te compadezco, Albert, te quiero. Le besó.
—Yo
también te quiero, nena —dijo Albert. —¿Más que a ninguna otra mujer? —¡Más que
a todas las otras mujeres!
Volvieron
a besarse. Un beso terriblemente largo. Es decir, un beso terriblemente largo
para Louie, de espectador sentado con su whisky. Alzó la mano y se tocó la
hinchazón sobre el ojo izquierdo. Se le revolvió el estómago y tuvo que ir al
cuarto de baño y ponerse a cagar. Fue una larga y lenta cagada.
Cuando
salió, Myra y Albert estaban de pie en el centro de la habitación, besándose.
Louie se sentó y agarró la botella de Myra y se puso a mirarles. Los dos brazos
superiores de Albert abrazaban a Myra mientras las manos inferiores le alzaban
el vestido hasta la cintura. Luego, empezaron a manipular dentro de las bragas.
Cuando las bragas cayeron, Louie bebió otro trago, posó la botella en el suelo,
se levantó, se dirigió a la puerta y se marchó.
De
nuevo en el Pavo Real Rojo, Louie se sentó en su taburete favorito. Se le
acercó el camarero.
—¿Qué,
Louie, cómo te fue?
—¿Cómo
me fue?
—Con
la dama.
—¿Con
la dama?
—Os
fuisteis juntos, hombre. ¿Te la cepillaste?
—No
exactamente...
—¿Qué
fue mal?
—¿Que
qué es lo que fue mal?
—Sí,
¿qué es lo que fue mal?
—Dame
un amargo de whisky, Billy.
Billy
le preparó el amargo de whisky. Se lo sirvió. Ninguno de los dos decía nada.
Billy se largó al otro extremo de la barra. Louie alzó el vaso y bebió la mitad
de un trago. Estaba riquísimo. Encendió un cigarrillo y lo sostuvo entre los
dedos de una mano. Cogió el vaso en la otra. Por la puerta entraba el sol de la
calle. No había contaminación, iba a ser un buen día, mejor que el anterior,
eso seguro.
EL
POLVO DEL PERRO BLANCO
Henry
se echó la almohada a la espalda y esperó. Louise entró con la tostada, la
mermelada y el café. La tostada con mantequilla.
—¿Estás
seguro de que no quieres un par de huevos pasados por agua? —preguntó ella.
—No,
qué va, es suficiente. No te preocupes.
—Deberías
tomarte un par de huevos.
—Bueno,
ya que insistes.
Louise
salió del dormitorio. El se había levantado temprano para ir al baño y había
visto que le había doblado y colgado la ropa. Lita nunca lo hacía. Y Louise era
un polvo magnífico. No había niños. Le encantaba cómo hacía las cosas, con
aquella suavidad, aquel cuidado. Lita siempre estaba a la greña. Un manojo de
espinas. Cuando Louise volvió con los huevos, le preguntó:
—¿Por
qué lo hizo?
—¿El
qué? ¿Quién?
—Hasta
me has pelado los huevos. ¿Por qué demonios se divorció tu marido?
—Oh,
un momento, que se sale el café —dijo ella, y salió corriendo de la habitación.
Con
ella podía escuchar música clásica. Tocaba el piano. Tenía libros: El dios
salvaje, de Alvarez; La vida de Picasso; E. B. White; E. E. Cummings; T. S.
Eliot; Pound; Ibsen y etcétera, etcétera. Tenía incluso nueve libros suyos, de
Henry. Quizás eso fuese lo mejor de todo.
Louise
volvió y se metió en la cama. Puso su plato en el regazo.
—¿Y
qué pasó con tu matrimonio?
—¿Con
cuál? ¡Han sido cinco!
—El
último, ¿qué pasó con Lita?
—¡Ah!
Bueno, a Lita, salvo que estuviese en movimiento, le parecía que no pasaba
nada. Le gustaban los bailes y las fiestas, toda su vida giraba alrededor de
fiestas y de bailes. Le gustaba lo que ella llamaba «animarse». O sea, hombres.
Decía que yo no le dejaba «animarse». Decía que estaba muerto de celos.
—¿De
verdad no le dejabas?
—Supongo
que no, pero me esforzaba en no hacerlo. En la última fiesta, me salí al patio
de atrás con mi cerveza y la dejé a su aire. La casa estaba llena de hombres, y
la oía chillar allí dentro: «¡Yijuuuu! ¡Yi juquuu! ¡Yi Juuuuu!» Supongo que era
una chica instintiva, una chica del campo.
—Podías
haber bailado tú también.
—Supongo
que sí. A veces lo hacía. Pero suelen poner el estéreo tan alto que me pone
malo. Así que me fui al patio. Volví a por cerveza y había un tipo besándola
bajo de escalera. Salí otra vez hasta que acabaron. Luego, volví a por la
cerveza. Estaba oscuro, pero me pareció que se trataba de un amigo. Y luego le
pregunté qué había estado haciendo bajo la escalera.
—¿Te
quería?
—Decía
que sí.
—Bueno,
dar besos y bailar no es tan malo.
—Supongo
que no. Pero tendrías que verla. Con aquella forma de bailar parecía que
estuviera ofreciéndose en sacrificio. O incitando a la violación. De verdad. A
los hombres les encantaba. Tenía treinta y tres años y dos hijos.
—No
comprendía que eres un solitario. Cada hombre tiene su carácter.
—Nunca
se hizo cargo de mi carácter. Como ya te he dicho, si no estaba en movimiento,
aturdiéndose, creía que no pasaba nada. Se aburría. «Oh, esto me aburre,
aquello me aburre. Desayunar contigo me aburre. Ver cómo escribes me aburre.
Necesito emociones.»
—Hombre,
un poco de razón sí tenía.
—Quizá,
puede. Pero mira, sólo se aburre la gente aburrida. Tienen que andar
estimulándose continuamente para sentirse vivos.
—¿Como
tú con la bebida, por ejemplo?
—Sí,
eso. Sin beber no puedo afrontar la vida.
—¿Y
ése fue todo el problema?
—No.
Era una ninfómana. Pero no lo sabía. Decía que la satisfacía sexualmente,
aunque dudo que yo pudiera satisfacer su ninfomanía de espíritu. Yo ya había
vivido antes con otra ninfo. Aparte de eso, tenía buenas cualidades; pero su
ninfomanía resultaba un engorro, para mí y para mis amigos. Me cogían aparte y
me decían: «¿Pero qué coño le pasa?» Y yo decía: «Nada, es que es una chica de
campo.»
—¿Lo
era?
—Sí.
Pero el problema era lo otro.
—¿Quieres
otra tostada?
—No,
ya está bien.
—¿Cuál
era el problema?
—Su
comportamiento. Si había en la habitación otro hombre, se sentaba lo más cerca
de él que podía. Si él se agachaba a poner un cenicero en el suelo, ella
también se agachaba. Luego, si él volvía la cabeza para mirar algo, ella hacía
lo mismo.
—¿No
sería una coincidencia?
—Eso
pensé yo. Pero sucedía con demasiada frecuencia. El tipo se levantaba para
cruzar la habitación, y ella se levantaba e iba caminando a su lado. Luego,
cuando él volvía, ella volvía a su lado. Los incidentes eran constantes, muy
numerosos, y, como ya te he dicho, embarazosos, tanto para mí como para mis
amigos. Y, sin embargo, estoy seguro de que no se daba cuenta de lo que estaba
haciendo. Todo era algo subconsciente.
—Cuando
yo era niña, había en el barrio una mujer que tenía una hija de quince años.
Era una chica incontrolable. La madre la mandaba a comprar una barra de pan y
volvía con el pan al cabo de ocho horas; entretanto se había tirado a seis
tipos.
—Supongo
que la madre debería haber hecho el pan en casa.
—Supongo.
La chica no podía evitarlo. En cuanto veía a un hombre, se le escapaba la risa.
Al final, la madre tuvo que esterilizarla.
—¿Se
puede hacer eso?
—Sí,
pero tienes que pasar por un montón de formalismos legales. No se podía hacer
otra cosa con ella. Habría estado toda la vida preñada.
—¿Tienes
tú algo contra el baile? —continuó Louise.
—La
mayoría de la gente baila por divertirse, porque está de buen humor. Pero ella
lo convertía en una cosa indecente. Uno de sus bailes favoritos era «el polvo
del perro blanco». Un tío le enroscaba las dos piernas en una suya, y empezaba
a moverse como un perro en celo. Otro de sus bailes favoritos era la danza del
borracho. Ella y su pareja acababan revolcándose juntos por el suelo.
—¿Decía
ella que te ponías celoso porque bailaba?
—Esa
era la palabra que más usaba: celoso.
—Yo
bailaba en el instituto.
—¿Ah,
sí? Oye, gracias por el desayuno.
—De
nada, hombre. Tenía una pareja en el instituto. Éramos los que bailábamos mejor
de todo el instituto. Era un chico que tenía tres huevos. Yo creía que eso era
una señal de virilidad.
—¿Tres
huevos?
—Sí,
tres huevos. Pero el caso es que bailábamos muy bien. Yo le hacía una señal
tocándole en la muñeca y entonces los dos dábamos un salto mortal, muy alto, y
caíamos de pie. Una vez, estábamos bailando, y le toqué la muñeca, salté, di mi
voltereta, pero no caí de pie. Caí de culo. El se llevó la mano a la boca y me
miró y dijo: «¡La Virgen!», y se largó. No me ayudó a levantarme. Era marica.
Nunca volvimos a bailar juntos.
—¿Tienes
algo contra los homosexuales con tres huevos?
—No,
pero nunca volvimos a bailar.
—Lita
estaba verdaderamente obsesionada con el baile. Se metía en bares extraños y
pedía a los hombres que bailaran con ella. Lo hacían, claro. Pensaban que era
un polvo fácil. No sé si lo sería. Supongo que a veces sí. El problema de los
hombres que rondan por los bailongos y los bares es que tienen la inteligencia
de un gusano.
—¿Cómo
lo sabes?
—Están
atrapados en el ritual.
—¿Qué
ritual?
—El
ritual de la energía a ciegas.
Henry
se levantó y empezó a vestirse.
—Chica,
tengo que irme.
—¿Pero
qué pasa?
—Pues
que tengo que trabajar. Soy escritor.
—Dan
una obra de Ibsen esta noche en la tele. A las ocho y media. ¿Vendrás?
—Claro.
Te dejo esa botella de whisky. No te lo bebas todo.
Henry
se vistió y bajó las escaleras. Subió al coche y se fue, camino de casa y de la
máquina de escribir. Segunda planta al fondo. Siempre que se ponía a escribir,
la mujer del piso de abajo empezaba a golpear con la escoba en el techo. No
escribía para paladares delicados. Nunca pudo evitarlo: El polvo del perro
blanco...
Louise
telefoneó a las cinco y media. Había estado dándole al whisky. Estaba borracha.
Le patinaban las palabras. Desvariaba. La lectora de Thomas Chatterton y D. H.
Lawrence. La lectora de nueve libros de Henry.
—¿Henry?
—¿Sí?
—¡Oh,
ha pasado algo maravilloso!
—¿Sí?
—Vino
a verme ese chico negro. ¡Es maravilloso! Es más maravilloso que tú...
—Por
supuesto.
—...más
maravilloso que tú y que yo.
—Sí.
—¡Me
emocionó tanto! ¡Estoy a punto de volverme loca!
—Sí.
—¿No
te importa?
—No.
—¿Sabes
cómo pasamos la tarde?
—No.
—Leyendo
¡tus poemas!
—¿Ah,
sí?
—¿Y
sabes lo que dijo?
—No.
—¡Dijo
que tus poemas son magníficos.
—Pues
qué bien.
—Me
ha puesto tan cachonda... no sé qué hacer. ¿Por qué no vienes? Ahora. Quiero
verte ahora...
—Louise,
estoy trabajando...
—Oye,
¿no tendrás nada contra los negros?
—No.
—Hace
diez años que conozco a este chico. Trabajaba para mí cuando era rica.
—Querrás
decir cuando aún vivías con el ricacho de tu marido.
—¿Te
veré luego? Ibsen es a las ocho y media.
—Ya
te diré algo.
—¿Por
qué tendría que venir ese cabrón? Yo estaba estupendamente y va y aparece. Dios
mío. Estoy tan nerviosa. Tengo que verte. Estoy a punto de volverme loca. Era
tan maravilloso, el muchacho.
—Estoy
trabajando, Louise. El problema se reduce a una palabra: el alquiler. Intenta
comprenderlo.
Louise
colgó. Llamó otra vez a las ocho y veinte por lo de Ibsen. Henry dijo que aún
estaba trabajando. Estaba. Luego, empezó a beber y se sentó en una butaca;
sencillamente se quedó allí sentado. A las nueve cincuenta, llamaron a la
puerta. Era Booboo Meltzer, el número uno del rock, la estrella de 1970, en la
actualidad, en paro; aún vivía de royalties.
—Qué
hay, chaval —dijo Henry.
Meltzer
entró y se sentó.
—Eres
un gato viejo cojonudo —dijo—. No hay quién pueda contigo.
—No
digas eso, chaval, los gatos han pasado de moda. Lo que ahora priva son los
perros.
—Tuve
la corazonada de que necesitabas ayuda, viejo.
—Siempre
la he necesitado, chaval.
Henry
fue a la cocina, cogió dos cervezas, las abrió y volvió con ellas.
—Estoy
sin coño fijo, chaval, que para mí es como estar sin amor. Soy incapaz de
separarlos. No soy tan listo.
—Ninguno
de nosotros es tan listo, Pops. Todos necesitamos ayuda.
—Sí.
Meltzer
tenía un tubito de celuloide. Lo destapó cuidadosamente y vertió dos pequeños
montoncitos sobre la mesita de café.
—Cocaína,
Pops, cocaína...
—Ah,
ya.
Meltzer
buscó en el bolsillo y sacó un billete de cincuenta dólares, lo enrolló muy
enrollado y se lo introdujo en la nariz. Tapó el otro lado con un dedo y se
inclinó sobre una de las blancas colinas de la mesa de café e inhaló. Luego se
metió el billete de cincuenta dólares en el otro agujero de la nariz y esnifó
el segundo montoncito blanco.
—Nieve
—dijo Meltzer.
—Estamos
en Navidad, muy apropiado —dijo Henry.
Meltzer
preparó otros dos montoncitos y le pasó el billete a Henry. Pero Henry dijo:
—Espera,
utilizaré el mío y sacó un billete de un dólar y se puso a esnifar. Una vez por
cada lado.
—¿Qué
piensas de El polvo del perro blanco? —preguntó Henry.
—Este
es «El polvo del perro blanco» —dijo Meltzer, echando otros dos montoncitos.
—Dios
santo —dijo Henry—, creo que no volveré a aburrirme jamás. Tú no te aburres
conmigo, ¿verdad?
—No
hay manera —dijo Meltzer, esnifando por el billete de cincuenta dólares con
todas sus fuerzas. No hay manera, Pops, no hay manera...
BEBEDORA
DE LARGA DISTANCIA
Eran
las tres de la mañana y sonó el teléfono. Francine se levantó, contestó y le
llevó el teléfono a Toni a la cama. El teléfono era de Francine. Toni contestó.
Era Joanna, conferencia desde San Francisco.
—Oye
—dijo Toni—, te dije que no me llamaras nunca aquí.
Joanna
había estado bebiendo.
—Cierra
el pico y escúchame. Estás en deuda conmigo, Toni.
Toni
suspiró lentamente.
—Vale,
adelante.
—¿Cómo
está Francine?
—Eres
muy amable por preguntar. Perfectamente. Estamos muy bien los dos. Estábamos
durmiendo.
—Bueno,
qué se le va a hacer, hombre, pues yo es que me entró hambre y salí a por
pizza. Fui a una pizzería.
—Ya.
—¿Tienes
algo contra la pizza?
—Sí,
es una mierda, una basura.
—Ay,
no sabes lo que es bueno. En fin, me senté en la pizzeria y pedí una pizza
especial. «Tráiganme la mejor que tenga», dije. Y me senté a una mesa y me la
trajeron y me dijeron, dieciocho dólares. Y yo dije que no podía pagar
dieciocho dólares. Se echaron a reír y se fueron y empecé a devorar la pizza.
—¿Y
qué tal tus hermanas?
—Ya
no vivo con ninguna de ellas. Me echaron las dos. Fue por las conferencias que
te puse. Las facturas del teléfono fueron de más de doscientos dólares.
—Ya
te dije que no llamaras más.
—Cállate.
Es mi manera de desahogarme. Estás en deuda conmigo.
—Está
bien. Adelante.
—En
fin, el caso es que estaba comiéndome la pizza y preguntándome cómo iba a
pagarla, cuando me entró sed. Necesitaba una cerveza, así que cogí la pizza, me
fui a la barra y pedí una cerveza. La bebí y seguí comiendo pizza y entonces vi
un tejano muy alto, de pie, a mi lado. Como mínimo debía de medir dos diez. Me
invitó a una cerveza. Estaban poniendo música en la máquina de discos, música
del Oeste. Era un sitio ambientado del Oeste. A ti no te gusta la música del
Oeste, ¿verdad?
—Es
la pizza lo que no me gusta.
—Bueno,
pues le di al tejano piernas largas un poco de pizza y él me invitó a otra
cerveza. Y seguimos bebiendo cerveza y comiendo pizza hasta que se acabó la
pizza. El pagó la pizza y nos fuimos a otro bar. También con decorado del
Oeste. Bailamos. Bailaba bien. Bebimos y seguimos visitando bares estilo Oeste.
En todos los bares a los que fuimos había música del Oeste. Bebimos cerveza y
bailamos. Bailaba muy bien.
—¿Y?
—Por
fin nos entró hambre otra vez y fuimos a un auto-restaurante a tomar una
hamburguesa. Y cuando estábamos comiendo las hamburguesas, él de repente se
inclinó y me besó. Un beso ardiente. ¡Ufff!
—¿Y?
—Y
yo le dije: «Qué demonios, vámonos a un motel.» Y él dijo: «No, vamos a mi
casa.» Y yo dije: «No, quiero ir a un motel.» Pero insistió en que fuéramos a
su casa.
—¿Estaba
allí la esposa?
—No,
su mujer está en la cárcel. Ha matado a tiros a una de sus hijas, de diecisiete
años.
—Ya.
—Bueno,
el tejano tenía otra hija, de dieciséis años y me la presentó y luego nos
fuimos a su dormitorio.
—¿Tengo
que escuchar los detalles?
—¡Déjame
hablar! Esta llamada la pago yo. ¡He pagado yo todas estas llamadas! ¡Estás en
deuda conmigo, me oyes!
—Adelante.
—Bueno,
nos metemos en el dormitorio, nos desnudamos. Estaba realmente muy bien el
tipo, pero el pajarito lo tenía completamente lánguido.
—El
problema es cuando los huevos están lánguidos.
—De
todos modos, lo cierto es que nos metimos en la cama y empezamos a juguetear.
Pero el caso era...
—¿Demasiado
borracho?
—Por
supuesto. Pero el asunto era que sólo se ponía caliente cuando su hija entraba
en la habitación, o hacía ruidos... cuando tosía, o cuando tiraba de la cadena.
Cualquier señal de la chica le ponía a tono, se ponía muy caliente.
—Comprendo.
—¿Comprendes?
—Sí.
—En
fin, por la mañana, el tipo me dijo que allí tenía un hogar para toda la vida,
si quería. Más una asignación de trescientos dólares a la semana. Tiene una
casa muy maja: dos cuartos de baño y medio, tres o cuatro televisores, una
librería llena de libros: Pearl S. Buck, Agatha Christie, Shakespeare, Proust,
Hemingway, los clásicos de Harvard, cientos de libros de cocina y la Biblia.
Tiene dos perros, un gato, tres coches...
—¿Y?
—Es
todo lo que quería contarte. Adiós.
Joanna
colgó, Toni también colgó. Luego dejó el aparato en el suelo. Se estiró en la
cama. Ojalá Francine esté dormida, pensó. No lo estaba.
—¿Qué
quería? —preguntó.
—Me
contó un cuento de un hombre que se tiraba a sus hijas.
—¿Por
qué? ¿Por qué se le ocurrió contarte semejante cosa?
—Supongo
que pensó que me interesaría, pero el hecho es que ella también se lo tiró.
—¿Y
te interesó?
—En
realidad no.
Francine
se dio la vuelta hacia él y él la abrazó. Los borrachos de las tres de la
madrugada, en todos los Estados Unidos, miraban fijamente a las paredes,
dándose finalmente por vencidos. No tenías que estar borracho para sentirte
destrozado, para que te liquidase una mujer; pero podías sentirte destrozado y
convertirte en un borracho. Durante un tiempo, especialmente si eras joven,
podías pensar que te acompañaba la suerte; y a veces así era. Toda clase de
estadísticas y de leyes entraban en acción para mantenerte en la inopia. Luego,
una noche, la calurosa noche de un jueves de verano, tú te convertías en el
borracho, tú estabas completamente solo en una habitación de alquiler, una
habitación de tres al cuarto; y, por mucha experiencia que hubiese de noches
similares, daba lo mismo; o era peor aún. Porque habías llegado a pensar que no
tendrías que volver a afrontarlos. Lo único que podías hacer era encender otro
cigarrillo, servirte otro whisky, mirar las paredes desconchadas a la busca de
labios y de ojos. Lo que los hombres y las mujeres se hacían mutuamente era del
todo incomprensible.
Toni
abrazó a Francine con más fuerza, apretó su cuerpo silenciosamente contra el de
ella y escuchó su respiración. Era horrible tener otra vez que tomarse en serio
una mierda así.
Los
Angeles era una locura. Escuchó. Los pájaros ya estaban en acción, gorjeando,
y, sin embargo, era noche cerrada. Pronto la gente inundaría las autopistas.
Pronto se oiría su ronroneo incesante, sumado al de los coches que se pondrían
en marcha por doquier en las calles. Y, mientras tanto, los borrachos de las
tres de la mañana del universo, yacerían en sus lechos intentando conciliar el
sueño, que tanto merecían, e intentándolo en vano.
COMO
CONSEGUIR QUE TE PUBLIQUEN
Dado
que he sido un escritor underground toda mi vida, he conocido a bastantes
editores extraños. Pero los más extraños de todos fueron H. R. Mulloch y su
mujer Honeysuckle. Mulloch, ex-presidiario y ex-ladrón de diamantes, editaba la
revista Demise. Empecé a enviarle poesía e iniciamos una correspondencia. El
decía que, debido a mi poesía, ya no podía leer la de ningún otro. Le contesté
diciendo que a mí también me pasaba lo mismo. H. R. empezó a hablar de las
posibilidades de editarme un libro de poemas y yo dije, vale, magnífico,
adelante. El me contestó, no puedo pagar derechos, somos pobres como una rata.
Yo contesté, vale, estupendo, olvidemos los royalties, yo soy tan pobre como la
última teta arrugada de tu rata. El contestó, un momento, conozco a la mayoría
de los escritores y son unos completos gilipollas y unos seres humanos
deleznables. Le contesté, tienes razón, soy un completo gilipollas y un ser
humano deleznable. De acuerdo, contestó, Honeysuckle y yo iremos a Los Angeles
a echarte una ojeada.
Semana
y media más tarde, suena el teléfono. Estaban en la ciudad, acababan de llegar
de Nueva Orleans y se alojaban en un hotel de la Calle Tercera rebosante de
prostitutas, borrachos, carteristas, revientapisos, friegaplatos, atracadores,
estranguladores y violadores. A Mulloch le encantaba el hampa y creo que amaba
incluso la pobreza. Saqué la conclusión, por sus cartas, de que creía que la
pobreza entrañaba pureza. Eso es lo que los ricos siempre han querido que
creamos por supuesto. Pero ésa es otra historia.
Fui
con Marie en el coche hasta allá, deteniéndonos primero a comprar tres paquetes
de botellines de cerveza y un litro de whisky barato. A la entrada, había un
hombrecillo de pelo canoso, que debía medir un metro cincuenta. Vestía atuendo
de trabajador, pero llevaba un gran pañuelo blanco al cuello y un sombrero
blanco de copa muy alta. Marie y yo nos acercamos. Fumaba un cigarrillo y
sonreía.
—¿Eres
Chinaski?
—Sí —dije—.
Esta es Marie, mi mujer.
—No,
amigo —contestó—. Ningún hombre puede decir jamás que una mujer es suya. No son
nuestras nunca, sólo las tenemos prestadas una temporadita.
—Sí
—dije—, creo que así está mejor.
Seguimos
a H. R. escaleras arriba y luego por un pasillo pintado de azul y rojo que olía
a asesinato.
—El
único hotel de la ciudad que pudimos encontrar en que nos aceptaron con los
perros y el loro.
—Parece
un buen sitio —dije.
Abrió
la puerta de su habitación y entramos. Había dos perros corriendo de acá para
allá y Honeysuckle estaba en el centro de la habitación con un loro en el
hombro.
—Thomas
Wolfe —dijo el loro— es el mejor escritor del mundo.
—Wolfe
está muerto —dije—. Vuestro loro delira.
—Es
un loro viejo —dijo H. R.—. Hace mucho que lo tenemos.
—¿Cuánto
tiempo llevas con Honeysuckle?
—Treinta
años.
—¿La
pediste prestada un ratito?
—Así
parece.
Los
perros corrían de allá para acá, y Honeysuckle seguía en el centro de la
habitación con el loro en el hombro. Era de piel oscura, italiana o griega, muy
delgada, con ojeras cargadas; tenía un aire trágico, bondadoso y peligroso;
sobre todo trágico.
Puse
el whisky y las cervezas sobre la mesa, y todos se abalanzaron. H. R. comenzó a
destapar botellines y yo empecé a desenvolver la botella de whisky. Aparecieron
vasos polvorientos y varios ceniceros. A través de la pared de la izquierda,
atronó de pronto una voz masculina:
—¡Puta
asquerosa, quiero que mastiques mi mierda!
Nos
sentamos y serví whisky para todos. H. R. me pasó un puro. Lo pelé, le arranqué
la punta con los dientes y lo encendí.
—¿Qué
piensas de la literatura moderna? —me preguntó H. R.
—No
me interesa, la verdad.
H.
R. achicó los ojos y me sonrió.
—Ja,
ja, ¡estaba seguro de eso!
—Oye
—dije—, ¿por qué no te quitas ese sombrero para que vea con quién estoy en
tratos? Podrías resultar un ladrón de caballos.
—No
—dijo, quitándose el sombrero con gesto teatral—. Pero fui uno de los mejores
ladrones de diamantes del Estado de Ohio.
—¿Es
cierto eso?
—Lo
es.
Las
chicas bebían.
—A
mí me encantan los perros —dijo Honeysuckle—. ¿Te gustan los perros?
—No
lo sé —dije.
—El
se gusta a sí mismo —dijo Marie.
—Marie
tiene una inteligencia muy aguda —dije yo.
—Me
gusta cómo escribes —dijo H. R.—. Puedes decir muchísimo sin extravagancias.
—El
genio quizá sea la capacidad de decir una cosa profunda de una forma sencilla.
—¿Cómo
dices? —preguntó H. R.
Repetí
la frase y serví más whisky.
—Eso
tengo que anotarlo —dijo H. R. Y sacó una pluma
del
bolsillo y lo anotó en el borde de una de las bolsas marrones de papel que
había en la mesa.
El
loro se bajó del hombro de Honeysuckle, cruzó la mesa y se me subió en el
hombro izquierdo.
—Eso
está bien —dijo Honeysuckle.
—James
Thurber —dijo el pájaro—, es el mejor escritor del mundo.
—Cabrón
estúpido —le dije al pájaro. Sentí un dolor agudo en la oreja izquierda. El
bicho casi me la arranca. Todos somos criaturas sensibles, pensé. H. R. abrió
más cervezas. Seguimos bebiendo.
A la
tarde siguió el anochecer y el anochecer se convirtió en noche. Desperté en
plena oscuridad. Me había quedado dormido en la alfombra del centro de la
habitación. H. R. y Honeysuckle dormían en la cama. Marie en el sofá. Los tres
roncaban, sobre todo Marie. Me levanté y me senté a la mesa. Quedaba algo de
whisky. Me lo serví y bebí una cerveza caliente. Me quedé allí sentado
bebiendo. El loro se puso en el respaldo de una silla frente a mí. De pronto se
bajó de allí y cruzó la mesa entre los ceniceros y las botellas vacías y se me
subió en el hombro.
—No
vuelvas a decirlo —le dije—. Es muy ofensivo para mí que lo digas.
—Puta
jodida —dijo el loro.
Le
cogí por las patas y volví a posarlo en el respaldo de la silla. Luego volví a
la alfombra y seguí durmiendo.
Por
la mañana, H. R. Mulloch comunicó lo siguiente:
—He
decidido publicar tu libro de poemas. Lo mejor sería
irte
a casa y empezar a trabajar.
—¿Quieres
decir que comprendiste que no soy un ser humano deleznable?
—No
—dijo H. R.—, nada de eso, pero he decidido ignorar mi buen criterio y, a pesar
de todo, publicarlo.
—¿De
veras fuiste el mejor ladrón de diamantes del Estado de Ohio?
—Sí,
claro.
—Sé
que estuviste en la cárcel. ¿Cómo te cazaron?
—Fue
tan estúpido que prefiero no hablar de ello.
Bajé
y compré un par de paquetes de botellines de cerveza y volví, y Marie y yo
ayudamos a H. R. y a Honeysuckle a hacer el equipaje. Había cajas especiales
para transportar los perros y el loro. Lo bajamos todo por las escaleras, lo
metimos en mi coche, luego nos sentamos y acabamos la cerveza. Todos éramos
profesionales: ninguno fue tan estúpido como para proponer un desayuno.
—Ahora
eres tú el que nos debe visitar —dijo H. R.—. Vamos a preparar el libro. Eres
un hijo de puta pero se puede hablar contigo. Esos otros poetas andan siempre
atusándose las plumas y presumiendo.
—Eres
un buen tipo —dijo Honeysuckle—. Los perros te quieren.
—Y
el loro —dijo H. R.
Las
chicas se quedaron en el coche y volví con H. R., que tenía que devolver la
llave. Nos abrió la puerta una vieja de quimono verde y pelo teñido de un
rojizo claro.
—Esta
es mamá Stafford —me dijo H. R.—. Mamá Stafford, le presento al mejor poeta del
mundo.
—¿De
veras? —preguntó Mamá.
—El
mejor poeta del mundo —dije yo.
—Muchachos,
¿por qué no entráis a tomar un trago? Creo que lo necesitáis.
Entramos
y tuvimos que trasegar un vaso de vino blanco caliente. Nos despedimos y
volvimos al coche...
En
la estación de ferrocarril, H. R. sacó los billetes y fue a la sección de
equipajes a que se hicieran cargo del loro y de los perros. Luego volvió y se
sentó con nosotros.
—Me
fastidian los aviones —dijo—. Me aterra volar.
Fui
a comprar media pinta y nos la pasamos mientras esperábamos. Luego, empezaron a
cargar el tren. Y cuando estábamos allí en el andén, haciendo tiempo,
Honeysuckle saltó de pronto sobre mí y me dio un largo beso. Antes de
apartarse, me metió la lengua rápidamente en la boca. Me quedé allí plantado, y
encendí un puro mientras Marie besaba a H. R. Luego H. R. y Honeysuckle
subieron al tren.
—Es
un tipo legal —dijo Marie.
—Querida
—dije—, creo que le diste un beso demasiado apasionado.
—¿Estás
celoso?
—Yo
siempre lo estoy.
—Mira,
se han sentado en la ventanilla, nos sonríen.
—Es
embarazoso. Ojalá saliera de una vez ese maldito tren.
Al
fin el tren empezó a moverse. Dijimos adiós con la mano, claro, y ellos
contestaron. H. R. tenía una sonrisa satisfecha y feliz. Honeysuckle daba la
sensación de lloriquear. Parecía muy trágica. Luego, ya no pudimos verles más.
Se acabó. Iban a publicarme. Poemas escogidos. Dimos la vuelta y escapamos de
los andenes.
LA
ARAÑA
Cuando
llamó, él llevaba ya seis o siete cervezas en el cuerpo, o sea que fui a la
nevera y cogí una para mí. Luego salí al porche y me senté. Parecía muy
deprimido.
—¿Qué
pasa, Max?
—Acabo
de dejarme perder una. Se largó hace un par de horas.
—No
sé a qué te refieres, Max.
Alzó
la vista de la cerveza.
—Escucha,
sé que no me vas a creer, pero hace cuatro años que no echo un polvo.
Le
di a mi cerveza.
—Te
creo, Max. En realidad en nuestra sociedad hay la tira de gente que se mueren
sin haberlo hecho. Se sientan en habitaciones diminutas y hacen objetos de
papel de estaño, los cuelgan en la ventana y observan sus destellos al sol, ven
cómo se retuercen con el viento...
—Bueno,
pues acabo de dejarme perder una. Estaba aquí mismo...
—Cuenta.
—Verás,
sonó el timbre y allí estaba una chica joven, rubia, vestido blanco, zapatos
azules, que me dice: «¿Eres Max Miklovik?» Le dije que sí y ella dijo que había
leído mi material y que si la dejaba pasar. Le dije que sí, claro, y la dejé
pasar.
Entró
y se sentó en una silla del rincón. Yo fui a la cocina, serví dos whiskies con
agua, volví, le di uno y me senté en el sofá.
—¿Guapa?
—pregunté.
—Guapa
de veras, y un cuerpo estupendo. Llevaba un vestido que era como si no llevara
nada. Luego, me preguntó: «¿Has leído a Jerzy Kosinski?» «Leí su Pájaro pintado
—dije—. Un escritor horrible.» «Es muy buen escritor», replicó ella.
Max
se quedó de pronto silencioso, pensando, supongo, en Kosinski.
—¿Qué
pasó después? —le pregunté.
—Había
una araña manos a la obra sobre su cabeza. Soltó un chillido. Dijo: «¡Esa araña
se me cagó encima!»
—¿Era
cierto?
—Le
dije que las arañas no cagaban. Ella dijo: «Sí, claro que cagan.» Le dije:
«Jerzy Kosinski es una araña.» Y ella dijo: «Me llamo Lyn.» Y yo dije: «Qué
tal, Lyn.»
—Toda
una conversación.
—Toda
una conversación. Luego ella dijo: «Quiero contarte una cosa.» Y yo dije:
«Adelante.» Y ella dijo: «A los trece años me enseñó a tocar el piano un conde
de verdad. Vi sus documentos, era un conde legítimo, real. El conde Rudolph
Stauffer.» «Bebe, bebe», le dije yo.
—¿Puedo
tomar otra cerveza, Max?
—Claro,
tráeme una.
Cuando
volví, continuó:
—Terminó
su whisky y yo me acerqué para recogerle el vaso, y, al hacerlo, me incliné
para besarla. Ella se apartó. «Vamos, un beso no significa nada —le dije—. Las
arañas besan.»
«Las
arañas no besan», dijo ella. No había nada que hacer, salvo entrar en la cocina
y preparar otros dos whiskies un poco más cargados. Salí, le pasé su vaso y
volví a sentarme en el sofá.
—Creo
que deberíais haber estado los dos en el sofá —dije yo.
—Pero
no lo estábamos. Ella siguió hablando. «El conde —dijo— tenía la frente
despejada, los ojos color avellana, el pelo rosáceo, los dedos largos y finos y
olía siempre a esperma.»
—Vaya.
—Y
luego dijo: «Tenía sesenta y cinco años, pero era muy apasionado. Le enseñaba a
tocar el piano también a mi madre. Mi madre tenía treinta y cinco años y yo
tenía trece, y él nos enseñaba a tocar el piano.»
—¿Y
qué se supone que debías responder a eso? —pregunté.
—No
sé. Así que le dije: «Kosinski no es capaz de escribir nada.» Y ella dijo: «El
le hacía el amor a mi madre.» Y yo dije: «¿Quién? ¿Kosinski?» Y ella dijo: «No,
el conde.» «¿Y a ti se te tiró el conde?», le pregunté. Y ella dijo: «No,
nunca. Pero me toqueteaba y me excitaba mucho. Además, tocaba maravillosamente
el piano.»
—¿Cómo
reaccionaste tú a todo eso?
—Bueno,
le hablé de cuando trabajaba para la Cruz Roja durante la Segunda Guerra
Mundial. Andábamos recogiendo botellas de plasma. Había por allí una enfermera
muy gorda, de pelo negro, y después de comer se tumbaba en el prado con las
piernas hacia mí. Y miraba y miraba. Después de recoger la sangre, yo llevaba
las botellas al almacén. Hacía un frío pelón y las botellas se guardaban en
saquitos blancos y, a veces, cuando se las pasaba a la encargada del almacén,
una botella se escurría del saco y se estrellaba en el suelo. ¡PAF! Sangre y
cristales por todas partes. Pero la chica siempre decía: «No hay problema. No
te preocupes.» A mí me parecía muy amable y siempre que le llevaba la sangre,
la besaba. Era muy agradable besarla allí, en aquella cámara frigorífica, pero
nunca llegué a hacer nada con la otra, la del pelo negro que se tumbaba en la
yerba después de comer y abría las piernas hacia mí.
—¿Le
contaste eso?
—Eso
le conté.
—¿Y
qué dijo?
—Dijo:
«¡Esa araña se está descolgando! ¡Desciende hacia mí!» «Oh, Dios mío!», dije, y
cogí el formulario de las carreras y lo abrí y atrapé la araña entre la tercera
carrera para potrancas a seis estadios y la cuarta carrera, que era de cinco
mil dólares para animales de más de cuatro años, de una milla dieciséis. Tiré
el boletín luego y conseguí darle a Lyn un beso furtivo. Ella no reaccionó.
—¿Qué
dijo del beso?
—Dijo
que su padre era un genio de la industria de las computadoras y que apenas
estaba en casa, pero que de algún modo se enteró de lo de su madre y el conde.
Y, un día, la cogió a ella a la salida del colegio, la sujetó por la cabeza y
le dio de cabezazos contra la pared, preguntándole por qué había encubierto a
su madre. El padre se puso muy furioso cuando descubrió la verdad. Por último,
dejó de darle cabezazos contra la pared y corrió a partirle la cabeza a su
madre. Dijo que había sido horrible y que nunca volvieron a ver al conde.
—¿Y
tú qué dijiste?
—Le
dije que una vez había conocido en un bar a una mujer y me la había llevado a
casa. Cuando se quitó las bragas, tenía en ellas tanta sangre y tanta mierda
que no pude hacer nada. Olía como un pozo de petróleo. Me dio una friega con
aceite de oliva en la espalda y yo le di cinco dólares, media botella de oporto
avinagrado, la dirección de mi mejor amigo y la mandé a tomar viento.
—¿De
veras te sucedió eso?
—Sí.
Luego Lyn me preguntó si me gustaba T. S. Eliot Le dije que no. Luego dijo: «Me
gusta cómo escribes, Max; tienes una forma tan fea y demencial de escribir que
me fascina. Me enamoré de ti. Te escribí carta tras carta, pero nunca me
contestaste.» «Disculpa, nena», dije. Ella dijo: «Me volví loca. Me fui a
México. Me dio por el rollo religioso. Llevaba un chal negro y me iba a cantar
por las calles a las tres de la madrugada. Nadie me molestaba. Tenía todos tus
libros en mi maleta y bebía tequila y encendía candelas. Después conocí a aquel
torero que me hizo olvidarte. Duró varias semanas.»
—Esos
tíos se las traen de calle.
—Ya
lo sé —dijo Max—. En fin, dijo que después se cansaron el uno del otro y
entonces yo dije: «Déjame ser tu torero.» Y ella dijo: «Eres igual que todos
los hombres. Lo único que quieren es joder.» «Joder y lamer y chupar», le dije
yo. Me acerqué a ella. «Bésame», le dije. «Max —dijo ella—, tú lo único que
quieres es divertirte. No piensas para nada en mí.» «Me preocupo por mí»,
contesté. «Si no fueses tan gran escritor —dijo ella— ninguna mujer hablaría
siquiera contigo.» «Vamos a joder», dije. «Yo quiero casarme contigo», dijo
ella. «Yo no quiero casarme contigo», dije yo. Ella cogió su bolso y se largó.
—¿Es
ése el final de la historia? —pregunté.
—Es
—dijo Max—. Cuatro años sin echar un polvo y pierdo esta ocasión. Por orgullo,
estupidez o lo que sea.
—Eres
un buen escritor, Max, pero eres un desastre de don juan.
—¿Crees
que un buen don juan podría haber conseguido algo?
—Claro,
a cada una de sus jugadas tendrías que haberle dado la respuesta correcta. Cada
respuesta correcta desvía la conversación en una nueva dirección hasta que el
don juan tiene a la mujer arrinconada o, más exactamente, abierta de piernas.
—¿Cómo
puedo aprender?
—No
se puede aprender. Es un instinto. Tienes que saber lo que realmente está
diciendo una mujer cuando dice otra cosa. No puede enseñarse.
—¿Qué
decía ella realmente?
—Te
quería, pero no supiste llegar hasta ella. Fuiste incapaz de tenderle un
puente. La cagaste, Max, eres un chapuzas.
—Pero
ella había leído todos mis libros. Estaba convencida de que yo sabía mucho.
—Ahora
es ella la que sabe mucho.
—¿Qué
sabe?
—Que
eres un perfecto imbécil, Max.
—¿Eso
soy?
—Todos
los escritores lo son. Por eso escriben.
—¿Qué
quieres decir con eso de que «por eso escriben»?
—Quiero
decir que escriben cosas porque no las entienden.
—Yo
escribo muchas cosas —dijo Max con tristeza.
—Recuerdo
que cuando era niño leí un libro de Hemingway. Un tipo se iba a la cama con una
mujer una y otra vez y no podía hacerlo, aunque quería a la mujer y ella le
quería a él. Santo cielo, pensé, qué libro estupendo. Tantos siglos y nadie
había escrito sobre este aspecto de la cuestión. Yo creía que el tío era,
simplemente, demasiado cojonudamente imbécil para poder hacerlo. Luego leí en
el libro que es que le habían destrozado los órganos genitales en combate. Qué
decepción.
—¿Crees
que volverá? —preguntó Max—. Si hubieras visto qué cuerpo, qué cara, qué
ojos...
—No
volverá —dije yo, levantándome.
—¿Y
qué puedo hacer yo? —preguntó Max.
—Pues
seguir escribiendo tus patéticos poemas, relatos y novelas...
Le
dejé allí y bajé las escaleras. No podía decirle más de lo que le había dicho.
Eran las siete cuarenta y cinco y no había cenado. Me metí en el coche y enfilé
hacia McDonald's pensando que, probablemente, me decidiría por las gambas a la
plancha.
LA
MUERTE DEL PADRE (I)
En
realidad, el funeral de mi padre fue como un pollo recalentado. Me senté en un
bar de enfrente de la funeraria de Alhambra y pedí un café. Sería un viaje de
nada hasta el hipódromo, cuando el asunto terminara. Entonces entró un hombre
de cara terriblemente despellejada, con gafas muy redondas de lentes gruesos.
—Henry
—me dijo. Luego, se sentó y pidió un café.
—Hola,
Bert.
—Tu
padre y yo nos hicimos muy buenos amigos. Hablábamos mucho de ti.
—A
mí no me caía bien mi viejo —dije.
—Tu
padre te quería, Henry. Tenía la esperanza de que te casaras con Rita. —Rita
era la hija de Bert—. Sale ahora con un chico estupendo, pero no la emociona.
Parece que le gustan los tipos raros. No lo entiendo. Aunque algo debe de
gustarle —dijo, animándose—, porque esconde al niño en el cuarto cuando él
viene.
—Bueno,
Bert. Vamos.
Cruzamos
la calle y entramos en la funeraria. Alguien estaba comentando qué buen hombre
había sido mi padre. Me dieron ganas de contarles la otra versión. Entonces,
alguien se puso a cantar. Nos levantamos y pasamos en hilera junto al ataúd. Yo
era el último. ¿Le escupiré o no le escupiré?, pensé.
Mi
madre también había muerto. El entierro fue el año anterior. Al acabar, me
había ido al hipódromo y después había echado un polvo. La fila avanzaba. De
pronto, una mujer gritó: «¡No, no, no! ¡No puede estar muerto!» Se inclinó
junto al ataúd, le alzó la cabeza al muerto y le besó. Nadie la apartaba. No
separaba sus labios de los del cadáver. Agarré a mi padre y a la mujer por el
cuello y los separé. Mi padre se desplomó en el ataúd y a la mujer se la
llevaron, temblando.
—Era
la novia de tu padre —dijo Bert.
—No
está mal —dije.
Cuando
bajé las escaleras después de la ceremonia, la mujer me estaba esperando. Se
precipitó hacia mí.
—¡Eres
igual que él! ¡Eres él!
—No
—dije—, él está muerto, y yo soy más joven y más guapo.
Me
abrazó y me besó. Le metí la lengua entre los labios. Luego, me liberé.
—Vamos,
vamos —dije, en voz alta—. ¡Contrólate!
Me
besó de nuevo y esta vez le metí la lengua hasta el fondo. El pene empezó a
encabritárseme. Unos hombres y una mujer se acercaron para llevársela.
—No
—dijo ella—. Quiero ir con él. ¡He de hablar con su hijo!
—Vamos,
María, por favor, ven con nosotros
—¡No,
no, he de hablar con su hijo!
—¿No
le importa? —me preguntó un hombre.
—No
se preocupe —dije.
María
subió a mi coche y fuimos a casa de mi padre. Abrí la puerta y pasamos.
—Echa
un vistazo por ahí —dije—. Puedes llevarte lo que quieras. Voy a darme un baño.
Los funerales me hacen sudar.
Cuando
salí, María estaba sentada al borde de la cama de mi padre.
—¡Llevas
su bata!
—Ahora
es mía.
—A
él le encantaba esa bata. Yo se la regalé por Navidad. Le gustó mucho. Dijo que
iba a ponérsela y a dar una vuelta a la manzana para que todos los vecinos se
la viesen.
—¿Lo
hizo?
—No.
—Es
una bata fetén. Ahora es mía.
Cogí
un paquete de cigarrillos de la mesilla de noche.
—¿Esos
cigarrillos son suyos, verdad?
—¿Quieres
uno?
—No.
Lo
encendí.
—¿Cuánto
hace que le conoces?
—Más
o menos un año.
—¿Y
no lo descubriste?
—¿El
qué?
—Que
era un ignorante. Cruel. Patriota. Avariento. Un mentiroso. Un cobarde. Un
farsante.
—No.
—Me
sorprendes. Pareces inteligente.
—Yo
quería a tu padre, Henry.
—¿Qué
edad tienes?
—Cuarenta
y tres.
—Te
conservas bien. Tienes unas piernas preciosas.
—Gracias.
—Muy
atractivas.
Entré
en la cocina y saqué una botella de vino del aparador, la descorché, cogí dos
vasos de vino y volví. Le serví un vaso y se lo ofrecí.
—Tu
padre hablaba mucho de ti.
—¿Sí?
—Decía
que te faltaba ambición.
—Tenía
razón.
—¿De
veras?
—Mi
única ambición es no ser nada de nada; parece lo más razonable.
—Eres
un bicho raro.
—No,
el bicho raro era mi padre. Déjame que te sirva otro vaso. Es un buen vino.
—Decía
que eras un borracho.
—Mira,
ya he conseguido algo.
—Te
pareces tanto a él.
—Sólo
en la superficie. A él le gustaban los huevos pasados por agua. A mí me gustan
escalfados. A él le gustaba la compañía, a mí la soledad. A él le gustaba
dormir de noche y a mí me gusta dormir de día. A él le gustaban los perros y yo
les tiraba de las orejas y les metía cerillas en el culo. A él le gustaba su
trabajo y a mí me gusta andar por ahí... sin nada que hacer.
Me
incliné y la aferré. Le abrí los labios, embutí mi boca en la suya y empecé a
sorber el aire de sus pulmones. Le escupí en la garganta y le metí un dedo por
la raja del culo. Nos separamos.
—El
me besaba con suavidad —dijo María—. El me amaba.
—Mierda
—dije—. Aún no llevaba un mes enterrada mi madre y ya estaba él chupándote las
tetas y compartiendo tu papel de water.
—Me
amaba.
—¡Qué
cojones! Fue el miedo que tenía a la soledad lo que le condujo derecho a tu
entrepierna.
—El
decía que eras un joven amargado.
—Naturalmente.
A la vista de lo que tenía por padre...
Le
levanté la falda y empecé a besarle las piernas. Empecé por las rodillas,
llegué a la parte interior del muslo y se me abrió. La mordí, con fuerza, y
tuvo un sobresalto y se tiró un pedo.
—¡Ay,
perdona!
—No
te preocupes —dije.
Le
serví otro trago, encendí otro de los cigarrillos del difunto y fui a la cocina
a por una segunda botella de vino. Bebimos durante más de dos horas. La tarde
se iba convirtiendo en anochecer, pero yo estaba cansado. La muerte era tan
tediosa. Eso era lo peor de la muerte. Era tediosa. Una vez que sucedía, no
había nada que hacer. No podías jugar al tenis con ella, ni convertirla en una
caja de bombones. Estaba allí, como un neumático deshinchado. La muerte era
estúpida. Me metí en la cama. Oí a María quitarse los zapatos, la ropa. Luego,
la sentí a mi lado en la cama. Apoyó la cabeza en mi pecho y sentí sus dedos
acariciarme detrás de las orejas. Entonces, el pijo empezó a encabritarse. Le
alcé la cabeza y puse mi boca sobre la suya. Suavemente. Luego le tomé una mano
y la coloqué en mi pijo.
Había
bebido demasiado. Pero la tomé y le di y le di. Estaba continuamente a punto,
pero no podía acabar. Fue un plácido polvo, largo, sudoroso e interminable. La
cama se estremecía y saltaba, rechinaba y gemía. María también gemía. La besaba
sin parar. Apenas la dejaba respirar.
—¡Santo
cielo! —dijo—. ¡Estás JODIENDOME REALMENTE!
Yo
estaba deseando acabar, pero el vino había embotado el mecanismo. Por último,
me eché a un lado.
—Dios
santo —dijo ella—. Dios santo.
Empezamos
a besarnos y todo volvió a recomenzar. Volví a tomarla. Esta vez, sentí que
llegaba, poco a poco, la culminación.
—¡Oh!
—dije—. ¡Oh, Dios santo!
Al
fin lo conseguí, me levanté, me fui al cuarto de baño, salí fumando un
cigarrillo y volví a la cama. Ella estaba medio dormida.
—¡Dios
mío! —dijo—. ¡Me JODISTE realmente!
Nos
dormimos.
Por
la mañana me levanté, vomité, me cepillé los dientes, hice gárgaras y abrí una
botella de cerveza. María se despertó y me miró.
—¿Jodimos?
—preguntó.
—¿Lo
dices en serio?
—No,
quiero saberlo. ¿Jodimos?
—No
—dije—. No pasó nada.
María
fue al cuarto de baño y se duchó. Cantaba. Luego se secó y salió. Me miró.
—Me
siento como una mujer bien follada.
—No
pasó nada, María.
Nos
vestimos y la llevé al café de la esquina. Pidió salchicha, huevos revueltos,
una tostada de pan de trigo y café. Yo tomé un zumo de tomate y un bollito de
salvado.
—No
puedo sobreponerme. Eres igual que él.
—Esta
mañana no, María, por favor.
Mientras
la miraba, María se fue metiendo en la boca los huevos revueltos y la salchicha
y la tostada de pan de trigo (untada con mermelada de frambuesa) y entonces me
di cuenta de que nos habíamos perdido el entierro. Nos habíamos olvidado de ir
al cementerio a ver cómo metían al viejo en el hoyo. Me habría gustado verlo.
Era lo único bueno del asunto. No nos habíamos unido al cortejo fúnebre, nos
habíamos largado a casa de mi padre a fumarnos sus cigarrillos y a bebemos su
vino.
María
se metió en la boca un trozo particularmente grande de huevo revuelto de un
amarillo claro y dijo:
—Tienes
que haberme jodido. Siento el semen correrme por la pierna.
—Es
sólo sudor, mujer. Hace mucho calor esta mañana.
Vi
que se metía la mano por la falda, debajo de la mesa. Luego levantó un dedo. Lo
olisqueó.
—No
es sudor. Es semen.
Terminó
el desayuno y nos fuimos. Me dio su dirección y la llevé a su casa. Aparqué en
el bordillo.
—¿Quieres
pasar?
—Ahora
no. Tengo que resolver asuntos. La testamentaría.
María
se inclinó y me besó. Tenía los ojos grandes, doloridos, rancios.
—Sé
que eres mucho más joven, pero podría matarte —dijo—. Estoy segura de ello.
Cuando
ya iba por el caminillo de acceso, se volvió. Nos dijimos adiós con un gesto.
Me dirigí a la licorería más próxima, me hice con una botella y el programa de
las carreras del día. Me esperaba una buena sesión en el hipódromo. Siempre me
iban bien las carreras después de una jornada de descanso.
LA
MUERTE DEL PADRE (II)
Mi
madre había muerto el año anterior. Una semana después de la muerte de mi
padre, estaba yo en su casa, solo. Estaba en Arcadia, y hacía años que lo más
cerca que había llegado a estar del lugar, era cuando pasaba por la autopista
camino de Santa Anita.
Los
vecinos no me conocían. El funeral había terminado y me acerqué al fregadero,
me serví un vaso de agua, lo bebí y luego salí al porche. Como no se me ocurría
otra cosa que hacer, cogí la manguera, abrí el agua y empecé a regar las
plantas. Mientras estaba allí regando, empezaron a correrse cortinas. Luego
empezaron a salir de las casas. Una mujer cruzó la calle y se acercó.
—¿Eres
Henry? —me preguntó.
Le
dije que era Henry.
—Conocíamos
a tu padre desde hace años.
Luego
vino su marido.
—Conocimos
también a tu madre -—dijo.
Me
incliné y cerré la manguera.
—¿Quieren
pasar? —pregunté.
Se
presentaron como Tom y Nellie Miller. Entramos en la casa.
—Eres
igual que tu padre.
—Sí,
eso dicen.
Nos
sentamos, nos miramos.
—Oh
—dijo la mujer—, él tenía tantos cuadros. Le debían gustar mucho los cuadros.
—Sí,
le gustaban, ¿verdad?
—Me
encanta ese del molino de viento al atardecer.
—Puede
quedárselo.
—¿De
veras?
Sonó
el timbre. Eran los Gibson. Los Gibson me dijeron que también ellos habían sido
vecinos de mi padre muchos años.
—Eres
igual que tu padre —dijo la señora Gibson.
—Henry
nos ha regalado el cuadro del molino de viento.
—¡Qué
amable! A mí me encanta el del caballo azul.
—Puede
usted llevárselo, señora Gibson.
—¡Oh!
¿Lo dices en serio?
—Sí,
no se preocupe.
Sonó
otra vez el timbre y entró otra pareja. Dejé la puerta entreabierta. Pronto
asomó la cabeza de un hombre.
—Soy
Doug Hudson. Mi mujer está en la peluquería.
—Pase,
señor Hudson.
Llegaron
otros, parejas sobre todo. Empezaron a recorrer la casa.
—¿Vas
a venderla?
—Creo
que sí.
—Es
un barrio estupendo.
—Ya
lo veo.
—¡Ay,
este marco me encanta, pero el cuadro no me gusta!
—Llévese
el marco.
—¿Pero
qué voy a hacer con el cuadro?
—Tírelo
a la basura. —Miré a mi alrededor—. Si alguien ve un cuadro que le guste, que
se lo lleve, no hay problema.
Lo
hicieron. Pronto quedaron vacías las paredes.
—¿Necesitas
estas sillas?
—No,
para nada.
Entraban
transeúntes de la calle, ni siquiera se molestaban en presentarse.
—¿Y
el sofá? —preguntó alguien en voz muy alta—. ¿Lo quieres?
—No
quiero el sofá —dije.
Se
llevaron el sofá, luego la mesa de la cocina y las sillas.
—Tienes
por aquí una tostadora, ¿verdad, Henry?
Se
llevaron la tostadora.
—No
necesitas estos platos, ¿verdad?
—No.
—¿Y
la cubertería?
—No.
—¿Y
la cafetera y la batidora?
—Lléveselas.
Una
señora abrió el armario del porche trasero.
—¿Y
todas estas frutas en conserva? No te las podrás comer todas.
—Está
bien, llévenselas, que cada uno coja algo. Pero procuren dividirlo
equitativamente.
—¡Oh,
yo quiero las fresas!
—¡Yo
quiero los higos!
—¡Y
yo la mermelada!
La
gente seguía yendo y viniendo, trayendo caras nuevas.
—¡Vaya,
hay una botella de whisky en el armario! ¿Bebes, Henry?
—¡El
whisky no lo toca nadie!
La
casa estaba llenándose de gente. Sonó la cisterna del water. A alguien se le
cayó un vaso del fregadero y se le rompió.
—Será
mejor que te quedes con la aspiradora, Henry, te servirá para tu apartamento.
—Está
bien, me la quedaré.
—El
tenía herramientas de jardinería en el garaje. ¿Qué me dices de ellas?
—Me
las quedaré.
—Te
doy por ellas quince dólares.
—De
acuerdo.
Me
dio quince dólares y le di la llave del garaje. Pronto empezó a oírse rodar la
segadora por la calle, camino de su casa.
—No
deberías haberle dado todo eso por quince dólares, Henry. Valía muchísimo más.
No
contesté.
—¿Y
el coche? Tiene cuatro años.
—Me
lo quedaré.
—Te
doy cincuenta dólares por él.
—Me
lo quedaré.
Alguien
enrollaba la alfombra del recibidor. Después de eso, la gente empezó a perder
interés. Pronto quedaron sólo tres o cuatro personas. Luego se fueron todos. Me
dejaron la manguera del jardín, la cama, la nevera, la cocina y un rollo de
papel higiénico.
Salí
y cerré la puerta del garaje. Pasaban dos chavales pequeños con monopatines.
Pararon mientras yo cerraba las puertas del garaje.
—¿Ves
aquel hombre?
—Sí.
—Su
padre se murió.
Siguieron
patinando. Cogí la manguera, abrí el agua y me puse a regar los rosales.
LA
MEDIACIÓN
Sonó
el teléfono. Era Paul, el escritor. Estaba deprimido.
En
Northridge.
—¿Harry?
—¿Sí?
—Nancy
y yo hemos roto.
—¿Sí?
—Escucha,
quiero volver con ella. ¿Puedes ayudarme? Salvo que quieras tú volver con
ella...
Harry
sonrió al aparato.
—No,
no quiero volver con ella, Paul.
—No
sé lo que pasó. Ella empezó con el asunto del dinero. Empezó a gritar por el
dinero. Me pasaba por las narices las facturas de teléfono. Bueno, he estado
haciendo todo lo posible para sacar pasta. Teníamos el tinglado aquel. Barney y
yo. Nos poníamos los trajes de pingüinos..., él recitaba un verso de un poema,
yo recitaba el otro..., cuatro micrófonos..., teníamos el grupo aquel de jazz
para la sintonía de fondo...
—Paul,
los recibos del teléfono son cosa seria —dijo Harry—. No deberías utilizar su
teléfono cuando estás achispado. Conoces a demasiada gente en Maine, Boston y
New Hampshire. Nancy es un caso de neurosis de angustia. No puede poner en
marcha el coche sin que le dé un ataque. Se pone el cinturón, empieza a temblar
y a darle a la bocina. Está como una cabra. Y es igual en todos los terrenos.
Entra en unos grandes almacenes y se ofende porque hay un dependiente mascando
chicle.
—Ella
dice que te mantuvo durante tres meses.
—Mantuvo
mi pijo. Básicamente con tarjetas de crédito.
—¿Eres
tan bueno como dicen? Harry se echó a reír.
—Les
doy alma. Eso no puede medirse en centímetros.
—Quiero
volver con ella. Dime qué debo hacer.
—O
chupas coño como un hombre o te buscas un trabajo.
—Pero
tú no trabajas.
—No
te compares conmigo. Ese es el error que comete la mayoría.
—Pero
¿dónde puedo conseguir algo de pasta? Estoy sin blanca. ¿Qué puedo hacer?
—Chupar
aire.
—¿Es
que no sabes lo que es tener un poco de compasión?
—Los
únicos que lo saben son los que la necesitan.
—Ya
la necesitarás tú algún día.
—La
necesito ahora..., sólo que la necesito en una forma distinta de la tuya.
—Lo
que yo necesito es pasta, Harry, ¿cómo puedo conseguirla?
—Atraca
un banco. Si lo consigues hacer limpiamente, estás salvado. Si te enganchan,
habrás conseguido una celda en la cárcel, no tendrás que pagar recibos de
electricidad, ni de teléfono, ni de gas, no tendrás que aguantar a mujeres
gruñonas. Además, podrás aprender un oficio y ganarás cuatro centavos a la
hora.
—Realmente
sabes machacar a un hombre.
—Vale.
Sácate el caramelo del culo y te diré algo.
—Ya
está sacado.
—Te
diré el motivo por el que Nancy te ha dejado por otro. Otro tipo, negro,
blanco, rojo o amarillo. Anota esta regla y estarás siempre a cubierto: una
mujer raras veces abandona a una víctima sin tener otra a mano.
—Amigo
—dijo Paul—, lo que necesito es ayuda, no teorías.
—Si
no entiendes la teoría, siempre necesitarás ayuda...
Harry
descolgó el teléfono y marcó el número de Nancy.
—¿Sí?
—contestó ella;
—Soy
Harry.
—Me
he enterado por un pajarito de que estuviste muy liada en México. ¿Es cierto?
—Ah,
te refieres a...
—Un
torero español arruinado, ¿no?
—Con
unos ojos bellísimos. No como los tuyos. Que no hay quien los vea.
—No
quiero que nadie me los vea.
—¿Por
qué?
—Porque
si viesen lo que pienso, no podría engañarles.
—Así
que me has telefoneado para decirme que sigues usando gafas de sol.
—Eso
ya lo sabes. Te he llamado para decirte que Paul quiere volver. ¿Te sirve de
algo que te lo diga?
—No.
—Ya
me lo parecía.
—¿De
veras te telefoneó?
—Sí.
—Bueno,
he conseguido otro hombre. ¡Es maravilloso!
—Yo
ya le dije a Paul que probablemente estabas interesada en algún otro.
—¿Cómo
lo sabías?
—Lo
sabía.
—¿Harry?
—¿Sí,
muñeca?
—Vete
a hacer puñetas...
Nancy
colgó.
Vaya,
pensó él, intento hacer de mediador y los dos se cabrean. Entró en el cuarto de
baño y se miró la cara en el espejo. Qué rostro tan bondadoso tenía, Dios
santo. ¿Es que no se daban cuenta? Comprensión. Nobleza. Localizó una espinilla
cerca de la nariz. La apretó. Salió, negra y encantadora, arrastrando un
rabillo de pus amarillo. Lo decisivo, pensó, es comprender a las mujeres y
entender el amor. Amasó entre los dedos la espinilla. O quizá lo decisivo fuese
tener huevos para cargarse limpiamente a un tipo. Se sentó a cagar mientras
meditaba largamente en el tema.
UNA
CERVEZA EN EL BAR DE LA ESQUINA
No
sé cuántos años hace, quince o veinte. Yo estaba sentado en casa. Era una noche
de verano muy calurosa y andaba aburrido.
Salí
y anduve calle abajo. La mayoría de las familias ya habían cenado y estaban
viendo la televisión. Subí hasta el bulevar. Al otro lado de la calle, había un
bar de barrio, un viejo establecimiento decorado en madera, pintado en verde y
blanco. Entré.
Después
de una vida gastada por los bares, les había perdido casi todo el gusto. Cuando
quería beber algo, normalmente iba a una licorería, lo compraba, me lo llevaba
a casa y me lo bebía solo.
Entré
y elegí un taburete alejado de la masa. No es que me sintiese incómodo; me
sentía fuera de lugar. Pero si quería salir de casa, no tenía otro sitio adonde
ir. En nuestra sociedad, la mayoría de los lugares interesantes son contrarios
a la ley o carísimos.
Pedí
una cerveza y encendí un cigarrillo. No era más que un bar de barrio como otro
cualquiera. Todo el mundo se conocía. Contaban chistes verdes y veían la tele.
Sólo había una mujer, vieja, vestida de negro, con una peluca roja. Llevaba una
docena de collares y no hacía más que encender el mismo cigarrillo una y otra
vez. Me empezaron a entrar ganas de estar de nuevo en casa y decidí largarme de
allí en cuanto acabara la cerveza.
Entró
un hombre y se sentó en el taburete contiguo al mío. No alcé la vista, no me
interesaba, pero, por la voz, calculé que debía de tener mi edad. En el bar le
conocían. El camarero le llamó por su nombre y un par de habituales le
saludaron. Se sentó allí a mi lado y estuvo con su cerveza tres o cuatro
minutos. Luego dijo:
—Hola,
¿qué hay?
—Nada
de particular.
—¿Es
usted nuevo en el barrio?
—No.
—No
le había visto por aquí antes.
No
contesté.
—¿Es
usted de Los Angeles? —preguntó.
—Más
que de ningún otro sitio.
—¿Cree
que los Dodgers ganarán este año?
—No.
—¿No
le gustan los Dodgers?
—No.
—¿Quién
le gusta a usted?
—Nadie.
No me gusta el béisbol.
—¿Qué
le gusta?
—El
boxeo. Los toros.
—Las
corridas de toros son crueles.
—Sí,
cuando se pierde, todo resulta cruel.
—Pero
el toro no tiene ninguna oportunidad.
—Nadie
la tiene.
—Es
usted muy negativo. ¿Cree en Dios?
—En
su clase de dios, no.
—¿Pues
en qué clase?
—No
estoy seguro.
—Yo
he ido a la iglesia desde antes de tener uso de razón.
No
contesté.
—¿Puedo
invitarle a una cerveza? —preguntó.
—Desde
luego.
Llegaron
las cervezas.
—¿Leyó
hoy los periódicos? —preguntó.
—Sí.
—¿Leyó
lo de las cincuenta niñas que murieron en el incendio de ese orfanato de
Boston?
—Sí.
—Horrible,
¿verdad?
—Supongo
que sí.
—¿Lo
supone?
—Sí.
—¿No
lo sabe?
—Supongo
que si hubiera estado allí, habría tenido pesadillas durante el resto de mi
vida. Pero es muy diferente cuando uno se limita a leerlo en los periódicos.
—¿No
siente lástima por las cincuenta niñitas que murieron abrasadas? Colgaban de
las ventanas, gritando.
—Supongo
que fue espantoso. Pero usted lo vio sólo como un titular de un periódico, una
noticia de un periódico. Yo en realidad no pensé mucho en ello. Pasé la página.
—¿Quiere
decir que no sintió nada?
—En realidad
no.
Se
quedó un momento en silencio y yo bebí un poco de su cerveza. Luego, gritó:
—¡Eh,
aquí hay un tipo que dice que no sintió puñetera cosa cuando leyó lo de las
cincuenta huerfanitas que murieron abrasadas en Boston!
Todo
el mundo me miró. Yo miraba mi cigarrillo. Hubo un minuto de silencio. Luego la
mujer de la peluca roja dijo:
—Si
yo fuera hombre, le sacaría a patadas en el culo a la calle.
—¡Y
además, no cree en Dios! —dijo el tipo que estaba a mi lado—. Y no le gusta el
béisbol. Le gustan los toros, ¡y le gusta ver morir en un incendio a las
huerfanitas!
Pedí
al camarero otra cerveza. Para mí. El camarero puso el botellín a mi lado con
repugnancia. Había dos jóvenes jugando al billar. El más joven de los dos, un
chaval grande, con camiseta de manga corta blanca, dejó el taco y se me acercó.
Se me plantó detrás inspirando con fuerza, llenándose los pulmones, procurando
que su pecho pareciese más grande.
—Este
es un bar decente. Aquí no se admiten gilipollas. Les echamos a patadas. ¡Les
damos una buena zurra para que no vuelvan a asomar las narices por aquí!
Notaba
su presencia a mi espalda. Alcé la botella y vertí la cerveza en el vaso, la
bebí, encendí un cigarrillo. Con pulso bien firme. El siguió un rato allí
plantado, después volvió por fin a la mesa de billar. El tipo que estaba
sentado a mi lado se levantó del taburete y se trasladó más allá.
—Ese
hijo de puta es negativo —le oí decir—. Odia a la gente.
—Si
yo fuese un hombre —dijo la mujer de la peluca roja—, le daría una lección. No
puedo soportar a esa clase de cabrones.
—Así
es como hablaban los tipos como Hitler —dijo alguien.
—Asqueroso
gilipollas.
Terminé
la cerveza, pedí otra. Los dos jóvenes seguían jugando al billar. Algunos se
fueron y empezaron a apagarse los comentarios sobre mí, salvo los de la mujer
de la peluca roja. Estaba más borracha que antes.
—¡Pijotero,
pijotero..., eres un pijotero asqueroso! ¡Apestas como una alcantarilla! Seguro
que odias también a tu padre, ¿verdad? A tu patria, a tu madre y a todo el mundo.
¡Puaf, os conozco muy bien a los tipos como tú! ¡Gilipollas, cobarde,
asqueroso!
Por
fin, hacia la una y media, se fue. Luego se marchó uno de los chavales que
jugaban al billar. El de la camiseta blanca de manga corta se sentó al extremo
de la barra y se puso a hablar con el tipo que me había invitado a una cerveza.
A las dos menos cinco, me levanté, despacio, y me marché. Nadie me síguió. Subí
por el bulevar, llegué a mi calle. Estaban apagadas las luces de las casas y de
los apartamentos. Llegué hasta mi casa. Abrí la puerta y entré. En la nevera
había una cerveza. La abrí y me la bebí.
Luego,
me desvestí, fui al cuarto de baño, meé, me cepillé los dientes, apagué la luz,
fui al dormitorio, me metí en la cama y me dormí.
EL
PAJARO QUE SE REMONTA
Íbamos
a hacerle una entrevista a la famosa poetisa Janice Altrice. El director de
American Poetry me pagaba por ella 175 dólares. Me acompañaba Tony con su
cámara. El iba a ganar 50 dólares por las fotografías. Yo había pedido prestada
una grabadora. La casa quedaba retirada, en las montañas, tras una larga
cuesta. Paré el coche, eché un trago de vodka y le pasé la botella a Tony.
—¿Ella
bebe? —preguntó Tony.
—Probablemente
no —dije.
Puse
el coche en marcha y continuamos. Nos desviamos por una empinada y estrecha
carretera de tierra. Janice estaba esperándonos. Vestía pantalones y blusa
blanca, con cuello alto de encaje. Bajamos del coche y caminamos hacia ella, en
la ladera del pradillo. Nos presentamos y puse en marcha la grabadora de pilas.
—Tony
va a sacarle unas fotos —le dije—. Procure ser natural.
—Por
supuesto —dijo ella.
Subimos
el pradillo y ella señaló hacia la casa.
—La
compramos cuando los precios eran muy bajos. Ahora no podríamos permitírnosla.
Señaló
luego una casa más pequeña que había en la ladera.
—Es
mi estudio. Lo construimos nosotros mismos. Hasta tiene cuarto de baño. Vengan
a verlo.
La
seguimos. Señaló de nuevo.
—Esos
setos de flores los plantamos nosotros mismos. Se nos dan muy bien las flores.
—Son
maravillosas —dijo Tony.
Abrió
la puerta del estudio y entramos. Era grande y fresco, con delicadas mantas
indias y demás artesanías por las paredes. Había una chimenea, una librería, un
escritorio grande con una máquina de escribir eléctrica, un gran diccionario,
papel para escribir, cuadernos. Ella era pequeña, con el cabello muy corto. Las
cejas tupidas. Sonreía mucho. En el rabillo del ojo tenía una profunda cicatriz
que parecía como perfilada con una navaja.
—Vamos
a ver —dije—, mide usted uno cincuenta y tres y pesa...
—Cuarenta
y seis kilos.
—¿Edad?
Janice
se echó a reír mientras Tony le sacaba una foto.
—Es
prerrogativa de una mujer no contestar a esa pregunta. —Se echó a reír de
nuevo—. Diga simplemente que soy intemporal.
Era
una mujer de aspecto majestuoso. Me la imaginaba detrás de una tribuna, en
alguna universidad, leyendo sus poemas, respondiendo preguntas, instruyendo a
una nueva generación de poetas, encauzándoles hacia la vida. Probablemente
también tuviera las piernas hermosas. Intenté imaginármela en la cama, pero no
pude.
—¿En
qué está usted pensando? —me preguntó.
—¿Es
usted intuitiva?
—Por
supuesto. Les prepararé café. Los dos necesitan beber
algo.
—Tiene
razón.
Janice
preparó café y nosotros salimos fuera. Salimos por una puerta lateral. Había un
terreno de juegos en miniatura, columpios y trapecios, montones de arena, cosas
así. Un jovencito de diez años llegó corriendo cuesta abajo.
—Es
Jason, mi hijo más pequeño, mi bebé —dijo Janice desde la puerta.
Jason
era un joven dios de pelo enmarañado, rubio, con pantalones cortos y una
holgada camisa morada. Llevaba zapatitos de dos colores. Parecía sano y vivaz.
—¡Mamá,
mamá! ¡Columpíame! ¡Venga, columpíame!
Jason
corrió al columpio, se sentó y esperó.
—Ahora
no, Jason, estamos ocupados.
—¡Columpíame,
mamá, columpíame, venga!
—Ahora
no, Jason...
—¡MAMA
MAMA MAMA MAMA MAMA MAMA MAMA! —gritaba Jason.
Janice
se acercó al columpio y empezó a columpiar a Jason. Jason iba y venía, subía y
bajaba, y nosotros esperábamos. Al cabo de un buen rato, terminaron y Jason se
bajó del columpio. De uno de los agujeros de la nariz le colgaba un consistente
moco verde. Se me acercó.
—Me
gusta masturbarme —dijo. Luego escapó corriendo.
—No
le reprimimos —dijo Janice; después miró soñadoramente hacia las montañas—.
Antes montábamos a caballo por aquí. Tuvimos que defender la tierra contra los
especuladores. Pero el mundo exterior nos cerca cada vez más. Aún así es
encantador. Después de caer del caballo y romperme una pierna fue cuando
escribí El pájaro que se remonta, un coro de magia.
—Sí,
me acuerdo —dijo Tony.
—Aquella
secoya la planté yo hace veinticinco años —dijo, señalándola—. En aquellos
tiempos, aquí no había más que nuestra casa. Pero las cosas cambian, ¿verdad?
Sobre todo la poesía. Hay muchas cosas nuevas e interesantes. Y luego, hay
tanta cosa horrible.
Volvimos
al interior de la casa y nos sirvió el café. Nos sentamos a tomarlo. Le
pregunté cuáles eran sus poetas favoritos. Janice mencionó rápidamente a
algunos de los más jóvenes: Sandra Merrill, Cynthia Westfall, Roberta Lowell,
Sister Sarah Norbert y Adrian Poor.
—Escribí
mi primer poema en la escuela primaria, un poema con ocasión del día de la
madre. Le gustó tanto a la profesora que me pidió que lo leyese en clase.
—Su primera
lectura de poesía, ¿verdad?
Janice
se echó a reír.
—Sí,
podríamos decir eso. Echo muchísimo de menos a mis padres. Hace ya veinte años
que murieron.
—Eso
es insólito.
—El
amor no tiene nada de insólito —dijo ella.
Había
nacido en Huntington Beach y había vivido toda la vida en la costa Oeste. Su
padre había sido policía. Janice empezó a escribir sonetos en el instituto,
donde tuvo la suerte de ser alumna de Inez Calire Dickey.
—Ella
me inició en la disciplina de la forma poética.
Janice
sirvió más café.
—Siempre
me tomé muy en serio lo de ser poeta. Fui alumna de Ivor Summers en Stanford.
Publiqué por primera vez en la Antología de poetas de la costa Oeste de
Summers.
Summers
influyó profundamente en ella. Al principio el grupo de Summers era un buen
grupo: Ashberry Charleton, Webdon Wilbur y Mary Gather Henderson. Pero luego
Janice se separó del grupo y se unió a los poetas de «arte mayor».
Janice
estudió en la facultad de Derecho y estudió al mismo tiempo poesía. Después de
licenciarse se hizo secretaria jurídica. Se casó con su amor del instituto a
principios de los cuarenta. «Aquellos años de guerra fueron trágicos y
sombríos.» Su marido era bombero. «Me convertí en una poetisa ama de casa.»
—¿Hay
cuarto de baño? —pregunté.
—La
puerta de la izquierda.
Entré
en el cuarto de baño, mientras Tony daba vueltas, tomando fotos. Oriné y bebí
un buen trago de vodka. Me subí la cremallera, salí del cuarto de baño y me
senté otra vez.
A
finales de los años cuarenta, los poemas de Janice Altrice comenzaron a
florecer en una serie de publicaciones periódicas. Su primer libro, Ordeno que
todo sea verde, lo publicó Alan Swillout. Le siguió Pájaro, pájaro, pájaro,
nunca mueras, y también lo publicó Swillout.
—Volví
a la universidad —dijo—. La universidad de California, Los Angeles. Me licencié
en periodismo y en inglés. Al año siguiente me doctoré en inglés. Y, desde
principios de los sesenta, doy clases de inglés y de redacción aquí, en la
universidad estatal.
Adornaban
las paredes de Janice muchos premios. Una medalla de plata del Club Alphids por
su poema «Tintella»; un diploma de primer puesto del grupo poético de Lodestone
Mountain por su poema «El tambor sabio». Había muchos premios y distinciones.
Janice se acercó al escritorio y cogió una muestra del trabajo que estaba
realizando. Nos leyó varios poemas largos. Revelaban una madurez impresionante.
Le pregunté qué pensaba del escenario poético contemporáneo.
—Hay
tantos —dijo— a quienes se da el nombre de poetas. Pero no tienen formación, no
tienen sensibilidad para el oficio. Los salvajes han asaltado la fortaleza. No
hay técnica, ni esmero, lo único que hay son ganas de gustar. Y estos nuevos
poetas parecen admirarse muchísimo unos a otros. Me preocupa, y he hablado
mucho de ello con mis amigos poetas. Todo poeta joven parece pensar que sólo
necesita una máquina de escribir y unas cuantas cuartillas. No están
preparados, no tienen ninguna preparación.
—Supongo
que no —dije—. ¿Has tomado suficientes fotos, Tony?
—Sí
—dijo Tony.
—Otra
cosa que me inquieta —dijo Janice— es que los poetas asentados de la costa Este
reciben demasiados premios y becas. A los poetas de la coste Oeste se les
ignora.
—¿Podría
eso deberse a que los poetas de la costa Este son mejores? —pregunté.
—Por
supuesto que no.
—Bueno
—dije—, creo que es hora de que nos vayamos. Una última pregunta, ¿cómo aborda
usted la elaboración de un poema?
Hizo
una pausa. Sus largos dedos tamborilearon delicadamente en la tela gruesa del
sillón en el que se sentaba. La luz del sol poniente penetraba sesgada por la
ventana y creaba largas sombras en la habitación. Habló despacio, como en un
sueño:
—Comienzo
a sentir un poema muchísimo tiempo antes de escribirlo. Se aproxima a mí, como
un gato que cruza la alfombra. Con suavidad, pero no con menosprecio. Tarda en
llegar siete u ocho días. Me siento deliciosamente agitada, nerviosa, es una
sensación especial. Sé que está allí, y luego llega en una arremetida y todo
resulta entonces fácil, muy fácil. ¡La gloria de crear un poema es tan
majestuosa, tan sublime!
Apagué
la grabadora.
—Gracias,
Janice, le mandaré copia de la entrevista cuando se publique.
—Espero
que todo haya ido bien.
—Todo
ha ido muy bien, estoy seguro.
Nos
acompañó hasta la puerta. Tony y yo bajamos la cuesta hasta el coche. Me volví
una vez. Ella estaba allí. Le dije adiós con la mano. Sonrió y alzó también la
mano. Entramos en el coche, doblamos la curva, paré el coche y destapé la
botella de vodka.
—Deja
un trago para mí —dijo Tony. Eché un trago y dejé otro para Tony.
Tony
tiró la botella por la ventanilla. Nos alejamos, bajando de prisa, abandonando
las montañas. En fin, mejor que trabajar lavando coches. Lo único que tenía que
hacer era pasar a máquina lo que estaba grabado en la cinta y elegir dos o tres
fotografías. Salimos de las montañas justo en la hora punta del tráfico. Fue
horroroso. Podríamos haberlo cronometrado mejor.
UNA
NOCHE HELADA
Leslie
caminaba bajo las palmeras. Pisó una cagada de perro. Eran las diez y cuarto en
Hollywood Este. Aquel día el mercado había subido 22 puntos y los especialistas
no eran capaces de explicar por qué. A los especialistas se les daba mucho
mejor explicar las bajas del mercado. Los desastres les hacían felices. Hacía
frío en Hollywood Este. Leslie se abrochó el botón del cuello de su abrigo y
tiritó. Encogió los hombros para defenderse del frío.
Se
aproximaba un hombrecillo de sombrero gris de fieltro. El hombrecillo tenía la
cara tan opaca como la corteza de una sandía, sin expresión. Leslie sacó un
cigarrillo y se plantó en el camino. No medía más de uno sesenta y cinco y
debía de pesar treinta y cinco kilos. Tendría unos cuarenta y cinco años.
—¿Me
da fuego? —le preguntó.
—Oh,
sí...
El
hombrecillo comenzó a buscar su encendedor y Leslie le asestó un rodillazo en
la entrepierna. El hombrecillo soltó un gruñido, se dobló y Leslie le golpeó
detrás de la oreja. Cuando cayó, Leslie se arrodilló, le dio la vuelta, sacó su
navaja y lo degolló a la luz de la luna de aquella noche fría de Hollywood
Este.
Todo
le parecía muy extraño. Era como un sueño medio recordado. Leslie no estaba
seguro de si aquello había sucedido en la realidad. Al principio, la sangre
daba la sensación de no decidirse a salir, pero la herida era profunda y la
sangre brotó. Leslie se apartó con asco. Se incorporó, se alejó. Luego volvió,
buscó en el bolsillo de aquel hombre, encontró una caja de cerillas, encendió
el cigarrillo y se alejó calle abajo, hacia su apartamento. Leslie nunca tenía
cerillas. Era uno de esos hombres sin bolígrafos ni cajas de cerillas en los
bolsillos...
Ya
en el apartamento, se sentó a beberse un whisky con agua. En la radio daban una
cosa de Copeland. Aunque Copeland no fuese gran cosa, siempre era mejor que
Sinatra. Había que aceptar lo que te dieran y aprovecharlo al máximo. Eso es lo
que decía siempre su padre. Su jodido viejo. A la mierda viejo. A la mierda
todos los Niños de Jesús. A la mierda Billy Graham. A tomar todo el mundo por
culo.
Llamaron
a la puerta. Era Sonny. Un chaval rubio que vivía al otro lado del patio. Sonny
era mitad hombre y mitad polla y estaba hecho un lío. La mayoría de los tíos
que la tenían de buen tamaño tenían problemas después de echar un polvo. Pero
Sonny era más agradable que la mayoría. Era afable, educado y no carecía de
inteligencia. A veces hasta era ingenioso.
—Oye,
Leslie, quiero hablar contigo unos minutos.
—Vale.
Pero, escucha, estoy cansado. Pasé todo el día en el hipódromo.
—Te
ha ido mal, ¿eh?
—Cuando
fui a sacar el coche del aparcamiento, me di cuenta de que un hijo de puta me
había arrancado todo el parachoques. Cerdo.
—¿Y
qué tal te fue con los caballos?
—Gané
doscientos ochenta dólares. Pero estoy hecho polvo.
—Vale.
No te pegaré la paliza.
—Perfecto.
¿De qué se trata? ¿De tu chica? ¿Por qué no la envías a tomar viento? Os
sentiréis mejor los dos.
—No,
no se trata de mi chica. Sólo se trata..., mierda, no lo sé. Cosas que pasan,
¿comprendes? No consigo hacer nada. No puedo empezar nada. Estoy como
bloqueado. Ni una oportunidad a la vista.
—Cojones,
eso es lo normal. La vida es así. Pero sólo tienes
veintisiete
años. Puede que aún tengas suerte y te enrolles con alguien.
—¿Qué
hacías tú a mi edad?
—Estaba
peor que tú. Andaba de noche, borracho, rondando por las calles a la espera de
un milagro. No hubo suerte.
—¿Eso
es lo único que se te ocurría?
—Bueno,
lo más difícil es saber cuál tiene que ser tu primer movimiento.
—Sí.
Todo parece tan inútil.
—Asesinamos
al Hijo de Dios. ¿Crees que ese Cabrón va a perdonarnos? ¡Puede que yo esté
loco, pero El seguro que no!
—Te
pasas el día ahí tirado, con tu albornoz roto, medio borracho, pero eres la
persona más cuerda que conozco.
—Vaya,
eso me gusta. ¿Conoces a mucha gente?
Sonny
se limitó a encogerse de hombros.
—Lo
que necesito saber es: ¿hay una salida? ¿Alguna clase de salida?
—No,
no hay salida, chaval. Los psiquiatras aconsejan que nos dediquemos a jugar al
ajedrez, al billar o a coleccionar sellos. Cualquier cosa menos pensar en las
cuestiones importantes.
—El
ajedrez es muy aburrido.
—Todo
es aburrido. No hay salida. ¿Sabes lo que solían tatuarse en los brazos algunos
vagabundos de los viejos tiempos?: «NACÍ PARA LA MUERTE.» Parece un poco burdo,
pero es sabiduría elemental.
—¿Qué
crees que llevan tatuado ahora en los brazos los vagabundos?
—No
sé. Probablemente: «JESÚS ES NUESTRO REDENTOR.»
—No
podemos librarnos de Dios, ¿verdad?
—Quizás
El no pueda librarse de nosotros.
—Bueno,
sabes, siempre es un buen rollo hablar contigo. Después de hablar contigo
siempre me siento mejor.
—Pues
ya sabes, chaval, cuando quieras.
Sonny
se levantó, abrió la puerta, la cerró y se fue. Leslie se sirvió otro whisky.
Los Rams de Los Angeles habían reforzado su línea defensiva. Una buena táctica.
Todo en la vida evolucionaba hacia actitudes de DEFENSA. El telón de acero, la
mente de acero, la vida de acero...
Leslie
terminó el whisky, se quitó los pantalones y se rascó el culo, metiéndose los
dedos bien dentro. La gente que se curaba las almorranas era mema. Cuando no
había con quién tratar, lo mejor era estar solo. Se sirvió otro whisky. Sonó el
teléfono.
—¿Sí?
Era
Francine. A Francine le gustaba impresionarle. A Francine le encantaba creer
que le impresionaba. Pero era más pesada que un elefante. Leslie pensaba muchas
veces en lo amable que era por su parte el dejarla hablar y aburrirle de ese
modo. Un tipo normal le habría colgado el teléfono inmediatamente, le habría
cortado el rollo como una guillotina.
¿Quién
había escrito aquel excelente ensayo sobre la guillotina? ¿Camus? Sí, Camus.
Camus también era un plomo. Pero el ensayo sobre la guillotina y El extranjero
eran excepcionales.
—Hoy
he comido en el Hotel Beverly Hills —dijo Francine—. Estuve sola en una mesa.
Tomé ensalada y bebidas. Por allí estaba Dustin Hoffman con otros actores y
actrices. Me puse a hablar con la gente de las otras mesas y todos me sonreían,
y todas las mesas rebosaban de sonrisas y señales de asentimiento con sus
cabecitas amarillas como narcisos. Yo seguía hablando y ellos sonriendo. Debían
de pensar que estaba loca y que la única manera de librarse de mí era sonreír.
Al final acabaron por ponerse nerviosos, ¿comprendes?
—Perfectamente.
—Pensé
que te gustaría que te lo contara.
—Sí...
—¿Estás
solo? ¿Quieres compañía?
—Esta
noche estoy muy cansado, Francine.
Francine
colgó al cabo de un rato. Leslie se desvistió, se rascó el culo otra vez y se
fue al cuarto de baño. Se pasó el hilo dental entre los pocos dientes que le
quedaban. Qué horror de colgajos. Pensó que debería arrancárselos a
martillazos. La cantidad de peleas callejeras en que se había metido, y nadie
le había hecho saltar los dientes delanteros. En fin, al final todo se resuelve
por sí mismo y se caerían solos. Leslie puso un poco de pasta de dientes en el
cepillo eléctrico e intentó matar el tiempo un poco. Después se sentó en la
cama y pasó un rato con el último whisky y un cigarrillo. Algo que hacer
mientras esperaba a ver qué cariz tomaban las cosas. Contempló la caja de
cerillas que tenía en la mano y comprendió de pronto que era la que le había
quitado al hombrecillo cara de sandía. La idea le sobresaltó. ¿Había sucedido
aquello realmente? Escudriñó la caja de cerillas. Leyó el anuncio impreso:
1.000
ETIQUETAS PERSONALES CON SU NOMBRE Y DIRECCIÓN SOLO POR 1,00 DOLAR
Vaya,
pensó, no parece que sea muy caro.
UN
FAVOR A MI AMIGO DON
Me
di la vuelta en la cama y cogí el teléfono. Era Lucy Sanders. La había conocido
hacía dos o tres años; sexualmente, durante tres meses. Acabábamos de romper.
Andaba contando por ahí que me había plantado por borracho, pero lo cierto era
que yo la había dejado por mi chica de antes. No se lo había tomado bien.
Decidí que debía intentar explicarle por qué había tenido que dejarla. Tenía
que endulzarle la pildora. Yo quería ser buen chico. Cuando llegué, me recibió
su amiga.
—¿Qué
diablos quieres ahora?
—Quiero
hablar con Lucy.
—Está
en el dormitorio.
Pasé.
Estaba en la cama, borracha, en bragas. Casi había vaciado una botella de
escocés. En el suelo había un orinal con sus vómitos.
—Lucy
—dije.
Volvió
la cabeza hacia mí.
—¡Eres
tú! ¡Has vuelto! Sabía que no te quedarías con esa zorra.
—Un
momento, nena, espera, sólo he venido a explicarte por qué te dejé. Soy una
buena persona. Creí que te debía una explicación.
—Eres
un cabrón. ¡Eres un tipo repugnante!
Me
senté al borde de la cama. Cogí la botella de la cabecera y me eché un buen
trago.
—Gracias.
Tú ya sabías que quería a Lilly. Lo sabías incluso cuando yo vivía contigo.
Lilly y yo sentimos... afinidad.
—¡Pero
decías que te estaba matando!
—Exageraciones.
La gente está siempre rompiendo y reconciliándose. Las parejas son así.
—Yo
te acogí. Te salvé.
—Lo
sé. Me salvaste para Lilly.
—Eres
un cabrón. ¡No reconoces a una buena mujer cuando la tienes!
Lucy
se inclinó por el borde de la cama y vomitó.
Acabé
el whisky.
—No
debías beber esta bazofia. Es veneno.
Se
incorporó.
—Quédate
conmigo, Larry, no vuelvas con ella. ¡Quédate conmigo!
—No
puedo hacerlo, nena.
—¡Mira
mis piernas! ¡A que son bonitas! ¡Mira mis pechos! ¡A que son de primera!
Eché
la botella de whisky a la basura.
—Lo
siento, tengo que largarme, nena.
Lucy
saltó hacia mí con los puños cerrados. Me atizó en la boca, en la nariz. La
dejé desahogarse unos segundos, luego la sujeté por las muñecas y la tiré de
espaldas en la cama. Me volví y salí del dormitorio. Su amiga estaba en la
habitación de entrada.
—Tratas
de ser buen chico y todo lo que sacas es un directo en la nariz —le dije.
—Tú
nunca podrás ser un buen chico —dijo.
Di
un portazo al salir, subí al coche y me largué.
Era
Lucy, al teléfono.
—¿Larry?
—¿Sí?
¿Qué pasa?
—Oye,
me gustaría conocer a tu amigo Don.
—¿Por
qué?
—Dijiste
que era tu único amigo. Quiero conocer a tu único amigo.
—Bien,
qué demonios, te lo presentaré.
—Gracias.
—Pasaré
por su casa después de ver a mi hija el miércoles. Llegaré hacia las cinco.
¿Por qué no vas tú hacia las cinco y media y os presento?
Le
di la dirección e instrucciones. Don Dorn era pintor. Tenía veinte años menos
que yo y vivía en una casita de la playa. Me di la vuelta y volví a dormirme.
Duermo siempre hasta el mediodía. Es el secreto de mi venturosa existencia.
Don
y yo tomamos dos o tres cervezas antes de que llegara Lucy. Llegó muy nerviosa
y traía una botella de vino. Hice las presentaciones y Don descorchó la botella
de vino. Don y yo seguimos dándole a la cerveza.
—¡Oh!
—dijo Lucy, mirando a Don—. ¡Es encantador!
Don
guardaba silencio. Lucy le tiró de la camisa.
—¡Eres
un encanto! —Vació el vaso y se sirvió más. ¿Acabas de salir de la ducha?
—Más
o menos hace una hora.
—¡Oh,
qué rizos tienes en el pelo! ¡Qué monada!
—¿Cómo
va la pintura, Don? —pregunté.
—No
sé. Me estoy cansando de mi estilo. Creo que tengo que cambiar.
—¡Oh!
¿Son tuyos esos cuadros de la pared? —preguntó Lucy.
—Sí.
—¡Son
preciosos! ¿Los vendes?
—A
veces.
—Me
encantan tus peces, ¡qué monos! ¿Dónde conseguiste todas esas peceras?
—Las
compré.
—¡Mira
ese pez naranja! ¡Ese naranja es monísimo!
—Sí,
es bonito.
—¿Se
devoran unos a otros?
—A
veces.
—¡Eres
un encanto!
Lucy
bebía vaso tras vaso.
—Estás
bebiendo demasiado —le dije.
—Mira
quién fue a hablar.
—¿Sigues
con Lilly? —preguntó Don.
—Un
valor seguro —le dije.
Lucy
vació el vaso. La botella estaba vacía.
—Perdonadme
—dijo. Y corrió al cuarto de baño. La oímos vomitar.
—¿Qué
tal los caballos? —preguntó Don.
—Estupendamente.
¿Y a ti cómo te va la vida? ¿Algún buen polvo últimamente?
—Tengo
una mala racha.
—No
pierdas la esperanza. La suerte puede cambiar.
—Eso
espero, maldita sea.
—Lilly
cada día está mejor. No sé cómo se lo hace.
Lucy
salió del cuarto de baño.
—¡Oh,
Dios mío, me encuentro mal, estoy mareada! —Se echó en la cama de Don y se
estiró—. ¡Estoy mareada!
—Cierra
los ojos —dije.
Se
quedó allí en la cama, gimoteando sin quitarme los ojos de encima. Don y yo
bebimos más cerveza. Luego le dije que tenía que irme.
—Que
vaya bien —le dije.
—Suerte
—dijo él.
Le
dejé plantado en el quicio de la puerta, bastante borracho. Y me largué.
Me
di la vuelta en la cama y cogí el teléfono.
—¿Qué
hay?
Era
Lucy.
—Lamento
lo de anoche. Bebí demasiado vino en muy poco tiempo. Pero limpié el cuarto de
baño como una buena chica. Don es un tipo muy majo. Me cae muy bien. Voy a
comprarle un cuadro.
—Estupendo.
Anda justo de pasta.
—No
estarás enfadado conmigo, ¿eh?
—¿Por
qué?
Se
echó a reír.
—Quiero
decir por mi numerito...
—Todo
el mundo en América se entrompa por todas las esquinas.
—Yo
no soy una borracha.
—Ya
lo sé.
—Pasaré
el fin de semana en casa; si quieres verme, ya lo sabes.
—No.
—¿Estás
enfadado, Larry?
—No.
—Perfecto,
entonces hasta pronto.
—Hasta
pronto.
Colgué
el teléfono y cerré los ojos. Si seguía ganando en las carreras me compraría un
coche nuevo. Y me trasladaría a Beverly Hills. Volvió a sonar el teléfono.
—¿Sí?
Era
Don.
—¿Estás
bien? —preguntó.
—Perfectamente.
¿Todo bien?
—De
maravilla.
—Voy
a trasladarme a Beverly Hills.
—Fantástico.
—Quiero
vivir más cerca de mi hija.
—¿Cómo
le va a tu hija?
—Es
preciosa. Lo tiene todo, física y mentalmente. —¿Sabes algo de Lucy?
—Acaba
de telefonear.
—Me
la chupó.
—¿Y
qué tal?
—No
pude correrme.
—Lo
siento.
—No
fue culpa tuya.
—Espero
que no.
—Bueno,
¿todo bien, Larry?
—Eso
creo.
—Bien.
Llámame de vez en cuando.
—Claro.
Adiós, Don.
Colgué,
cerré los ojos. Sólo eran las once menos cuarto y yo dormía siempre hasta el
mediodía. La vida es todo lo agradable que se lo permitas.
MANTIS
RELIGIOSA
Hotel
Vista del Angel. Marty pagó al empleado, cogió la llave y subió las escaleras.
Lo era todo menos una noche agradable. Habitación 222. ¿El número tendría algún
significado? Entró, encendió la luz, y toda una docena de cucarachas salieron
del empapelado, masticando y correteando sin tregua. Había teléfono de monedas.
Metió una moneda y marcó. Ella contestó.
—¿Toni?
—preguntó.
—Sí,
soy yo —dijo ella.
—Toni,
me estoy volviendo loco.
—Te
dije que iría a verte. ¿Dónde estás?
—En
el Vista del Ángel, Seis y Coronado, habitación 222.
—Iré
a verte dentro de un par de horas.
—¿No
puedes venir ahora mismo?
—Mira,
tengo que llevar a los niños a casa de Carl, luego tengo que ir a ver a Jeff y
a Helen, hace años que no les veo...
—Toni,
te quiero, por amor de Dios, ¡necesito verte ahora!
—Si
te libraras de tu mujer, Marty...
—Esas
cosas requieren tiempo.
—Dentro
de dos horas estaré ahí, Marty.
—Escucha,
Toni...
Pero
ella ya había colgado. Marty se sentó al borde de la cama. Aquélla sería su
última aventura. Le desbordaba. Las mujeres eran más fuertes que los hombres.
Conocían todas las jugadas. El no conocía ninguna.
Llamaron
a la puerta. Fue a abrir. Era una rubia de treinta y tantos años, con una bata
azul rota. Llevaba un maquillaje morado y los labios pintados a todo pintar.
Desprendía un lejano aroma a ginebra.
—Oye,
no te importa que ponga la tele, ¿verdad?
—No
hay problema, ponla si quieres.
—Es
que el último tipo que tenía esta habitación estaba medio chiflado. En cuanto
yo ponía la tele empezaba a aporrear las paredes.
—No
hay problema. Puedes poner la tele.
Marty
cerró la puerta. Sacó el penúltimo cigarrillo de la cajetilla y lo encendió.
Toni se le había metido en la sangre y tenía que quitársela de encima. Llamaron
otra vez a la puerta. La rubia otra vez. El maquillaje casi hacía juego con las
negras ojeras. Era imposible, por supuesto, pero parecía que se hubiera dado
otra capa de carmín en los labios.
—¿Sí?
—preguntó Marty.
—Oye
—dijo ella—. ¿Sabes qué hace la hembra de la mantis religiosa mientras le da al
asunto?
—¿Qué
asunto?
—Joder.
—¿Qué?
—Le
come la cabeza al macho. Mientras le da al asunto, le come la cabeza: En fin,
supongo que hay formas peores de morir, ¿no crees?
—Sí
—dijo Marty—. El cáncer.
La
rubia entró en la habitación y cerró la puerta. Se sentó en la única silla.
Marty se sentó en la cama.
—¿Te
calentaste cuando dije «joder»? —preguntó ella.
—Sí,
un poco.
La
rubia se levantó de la silla y se acercó a la cama; puso la cabeza muy cerca de
la de Marty. Le miró a los ojos; puso los labios muy cerca de los suyos. Luego
dijo: «¡Joder, joder, joder!» Se acercó más, y repitió: «¡JODER!» Entonces se
levantó del borde de la cama y regresó a la silla.
—¿Cómo
te llamas? —preguntó Marty.
—Lilly.
Lilly LaVell. Hacía estriptis en Butbank.
—Yo
soy Marty Evans. Encantado de conocerte, Lilly.
—Joder
—dijo Lilly muy despacio, entreabriendo los labios y enseñando la lengua.
—Puedes
poner la tele cuando quieras —dijo Marty.
—¿Has
oído hablar de una araña que se llama la viuda negra? —preguntó ella.
—No.
—Bueno,
te lo contaré. Después de darle al asunto, joder, se come vivo al macho.
—Ah
—dijo Marty.
—Pero
hay formas peores de morir, ¿no crees?
—Claro,
la lepra, quizá.
La
rubia se levantó y empezó a pasearse por el cuarto.
—La
otra noche me emborraché, conduje por la autopista e iba escuchando un
concierto de Mozart para trompa y aquella maldita trompa me atravesaba de pies
a cabeza. Iba a más de ciento veinte sosteniendo el volante con los codos y
escuchando el concierto, ¿me crees?
—Claro
que te creo.
Lilly
dejó de pasear y miró a Marty.
—¿Y
crees que puedo meterme tu chisme en la boca y hacerte cosas que jamás ha
experimentado antes ningún ser humano?
—Bueno,
no sé qué pensar.
—Pues
puedo, vaya si puedo...
—Eres
muy simpática, Lilly, pero estoy esperando a mi novia, más o menos para dentro
de una hora.
—Bueno,
voy a ponerte a punto para ella.
Lilly
se le acercó, le bajó la cremallera y le sacó el pene al aire.
—¡Oh,
qué cosa más guapa!
Entonces
se humedeció el índice de la mano derecha y empezó a frotar el capullo, en un
masaje por debajo de la cabeza.
—¡Qué
amoratado está!
—Como
tu maquillaje...
—¡Oh,
se está poniendo muy GRANDE!
Marty
se echó a reír. Una cucaracha salió del empapelado a contemplar el espectáculo.
Luego salió otra. Movieron las antenas. De pronto la boca de Lilly se cerró
sobre el pene. Lo sujetó por el borde del capullo y chupó. Tenía la lengua casi
como papel de lija. Parecía conocer los puntos sensibles. Marty la contemplo
allí abajo y se excitó muchísimo. Empezó a acariciarle el pelo a gemir
dulcemente. De pronto, ella mordió con fuerza Le mordía casi por la mitad.
Luego, sin soltar la presa, arrancó con los dientes un trozo de capullo. Marty
lanzó un alarido, se tiró a la cama y empezó a dar vueltas sobre sí mismo. La
rubia se levanto y escupió. Por la alfombra quedaron esparcidos salivazos y
pellejos sanguinolentos. Luego, se dirigió a la puerta, la abrió salió, la
cerro.
Marty
sacó la funda de la almohada y se sujetó el pene con ella. Le daba miedo mirar.
Sentía sus latidos palpitándole por todo el cuerpo, sobre todo allá abajo. La
sangre empezó a empapar la funda de la almohada. Sonó el teléfono. Logró
levantarse llegar hasta el, contestar. «¿Sí?» «¿Marty?» «¿Sí?» «Soy Toni »
«¿Si, Toni...?» «Te noto raro...» «Sí, Toni...» «¿No puedes decir otra cosa?
Estoy en casa de Jeff y de Helen. Estaré ahí dentro de una hora.» «Bien.» «Oye,
¿qué demonios te pasa? Creí que me querías.» «Ya no lo sé, Toni...» «Está
bien», dijo ella furiosa, y colgó.
Marty
logró encontrar una moneda y meterla en el teléfono
—Telefonista,
quiero una ambulancia. Localícemela, rápido Creo que me estoy muriendo...
—¿Ha
hablado usted con su médico, señor?
—Telefonista,
por favor. ¡Llame una ambulancia!
En
la habitación contigua la rubia estaba sentada frente al te levisor. Se inclinó
hacia adelante y lo encendió. Llegaba justo a tiempo para el programa de Dick
Cavett.
MERCANCÍAS
ROTAS
Frank
entró en la autopista y se sumó al tráfico. Era empleado de la sección de
repartos de la American Clock Company. Llevaba ya seis años currando. Nunca
antes había pasado seis años seguidos en el mismo puesto, y aquel trabajo de
los cojones le estaba matando. Tenía cuarenta y dos años y, con sólo el
bachillerato y un diez por ciento de paro, no tenía mucha elección. Era su
decimoquinto o decimosexto trabajo, y todos habían sido horrorosos.
Frank
estaba cansado, quería llegar a casa y tomarse una cerveza. Metió el Volkswagen
en el carril de velocidad máxima. Una vez allí, no se sintió ya tan seguro de
tener prisa por llegar a casa. Fran estaría esperándole. La cosa duraba cuatro
años.
Sabía
lo que le esperaba. Fran se lanzaría en seguida a la pelea. Era inevitable. No
podía remediarlo. Fran siempre estaba a la espera de la primera andanada. Dios,
ella siempre estaba a punto para empezar el baile. Y luego, la que se armaba...
Frank
sabía que era un fracasado. No hacía falta que Fran se lo recordase. Lo lógico
es que dos personas que viven juntas se ayuden. Pero no. Ellos le habían cogido
el gusto a criticarse. El la criticaba a ella y ella a él. Eran un par de
fracasados. Lo único que les quedaba era demostrar cuál de los dos podía ser
más sarcástico al respecto. Y además estaba aquel hijo de puta de Meyers.
Meyers había vuelto a la sección de repartos diez minutos antes del cierre y se
le había plantado delante.
—Frank.
—¿Sí?
—¿Pones
las etiquetas de FRÁGIL en todos los envíos?
—Sí.
—¿Haces
los paquetes con cuidado?
—Sí.
—Estamos
recibiendo muchas quejas de los clientes porque reciben las mercancías rotas.
—Supongo
que las roturas ocurrirán durante el transporte...
—¿Estás
seguro de empaquetar bien los pedidos?
—Sí.
—¿Crees
que sería mejor que probásemos con otra empresa de transportes?
—Todas
son iguales.
—Bueno,
quiero que se aprecie una mejora. Quiero menos roturas.
—Sí,
señor.
En
otros tiempos Meyers había controlado la American Clock Company, pero la bebida
y un mal matrimonio habían acabado con el. Había tenido que vender la mayor
parte de sus acciones y ahora sólo era un ayudante de dirección. Como no podía
beber, estaba siempre de mal humor. E intentaba continuamente sacar a Frank de
sus casillas. Lo que quería era una excusa para ponerle de patas en la calle.
No
había nada peor que un borracho ex alcohólico reconvertido en cristiano, y
Meyers era ambas cosas...
Frank
iba detrás de un coche viejo por el carril de máxima velocidad. Era un
destartalado devorador de gasolina, un sedán y soltaba una sucia estela de humo
por el tubo de escape Tenía los parachoques abollados y a punto de desprenderse
con la velocidad. La pintura había desaparecido casi por completo de la
carrocería. Era casi incoloro, de un gris nebuloso.
Todo
esto a Frank le traía sin cuidado. Lo que le molestaba era que el coche iba
demasiado despacio, pues mantenía la misma velocidad que el otro coche del
carril contiguo. Comprobó el velocímetro. Iban todos a ochenta. ¿Por qué?
Quizá
no importase. Fran estaba esperándole. Fran a un extremo y Meyers al otro. El
único momento que tenía para él solo, el único rato en que no había nadie
pinchándole, era el trayecto del trabajo a cajsa y de casa al trabajo. O cuando
dormía. De todos modos, a él no le gustaba ir encajonado en la autopista. Era
absurdo. Miró a los tipos del sedán. Los dos hablaban al mismo tiempo y reían.
Eran dos jóvenes rockeros, de unos veintitrés o veinticuatro años. Frank se
alegró de no tener que escuchar la conversación. Aquellos titis empezaban a
irritarle. Luego Frank vio su oportunidad. El coche que iba a la derecha del
viejo sedán había acelerado un poco, estaba adelantando. Frank se coló tras el
otro coche. Empezaba a saborear la libertad de salir del encajonamiento. Sería
una pequeña victoria tras un día horroroso, con una horrible velada vespertina
en perspectiva. Lo conseguiría. Pero, en el momento en que se disponía a
situarse delante del sedán, el tipo que iba al volante pisó el acelerador, se
adelantó, le cortó el paso y se alineó de nuevo con el otro coche. Frank se
situó detrás del coche de los rockeros. Seguían hablando y riéndose. Se fijó en
la pegatina de atrás. JESÚS TE AMA. Luego se fijó en una calcomanía de la
ventanilla trasera, THE WHO. En fin, tenían a Jesús y tenían a The Who. ¿Por
qué diablos no le dejaban paso? Frank se acercó más a ellos, se pegó casi a su
parachoques trasero. Seguían hablando y riéndose. Seguían conduciendo
exactamente a la misma velocidad que el coche a su derecha. Ochenta kilómetros
por hora.
Frank
miró por el retrovisor: una hilera ininterrumpida de vehículos se perdía de
vista a lo lejos.
Pasó
su Volkswagen del carril de velocidad máxima al siguiente, luego al más lento.
Allí, el tráfico circulaba más de prisa. Adelantó a un coche por la izquierda y
al fin se vio con espacio suficiente. Pero en ese momento advirtió que el viejo
sedán aceleraba. Los chicos se pusieron a su altura. Frank miró el velocímetro.
Noventa y cinco kilómetros hora. Pasó a cien. Los chicos seguían a su
izquierda. Pasó a ciento diez. Los chicos no le abandonaban. Ahora tenían
prisa. ¿Por qué? Frank pisó el acelerador a fondo. El Volks sólo alcanzaba los
ciento veinte. Quemaría el motor o la culata. Los rockeros seguían pegados a
él, aunque también debían de estar destrozando su coche. Les miró. Dos
jovencitos rubios con perillas ridículas. Ellos también le miraron. Rostros
fofos como culos de pavo con agujeritos a modo de bocas. El rockero que no
conducía le hizo un corte de manga. Frank señaló primero al del corte de manga,
luego al conductor. Luego indicó la salida de la autopista. Los dos asintieron.
Frank les condujo hacia la salida de la autopista. Paró en un stop. Ellos
esperaron detrás. Giró luego a la derecha y siguió con los golfos detrás.
Siguió hasta que vio un supermercado. Entró en el aparcamiento. Había un
almacén de carga. Estaba oscuro al fondo. El supermercado estaba cerrado. La
zona de carga estaba desierta, con las puertas metálicas echadas. Allí no había
más que cemento vacío y pilas de cajas de madera vacías. Frank aparcó en la
zona de carga. Salió del coche, lo cerró, subió por la rampa y siguió a lo largo
de la plataforma de carga. Los rockeros aparcaron el viejo sedán junto al coche
de Frank y salieron. Subieron hacia él por la rampa. Ninguno de los dos pesaba
más de cincuenta kilos. Los dos juntos sólo le superaban en unos doce kilos.
Después
el tipo que le había hecho el corte de manga dijo:
—Bueno,
vamos allá, viejo de mierda.
Se
lanzó contra Frank, dando al mismo tiempo un grito, un agudo chillido, las
manos abiertas en una posición de karate. Luego se volvió e intentó darle una
patada hacia atrás, falló, se volvió y le dio a Frank en la oreja con el filo
de la mano. No fue más que una bofetada. Frank lanzó sus noventa y dos kilos en
un derechazo que alcanzó al rockero en el estómago y el chaval se desmoronó
sobre el cemento sujetándose el vientre.
El
otro rockero sacó una navaja automática. La abrió.
—¡Voy
a cortarte los huevos! —le dijo.
Frank
esperó, mientras el joven avanzaba, cambiando de una mano a otra la navaja con
nerviosismo. Frank retrocedió hacia las cajas de madera. El golfo avanzaba,
emitiendo sonidos silbantes. Frank esperó, con la espalda apoyada en las cajas.
Cuando el rockero se lanzó hacia él, alzó el brazo, agarró una caja de madera y
se la lanzó. La caja le dio de lleno en la cara y Frank se abalanzó sobre él,
le agarró el brazo de la navaja, haciéndola caer al suelo; Frank le retorció el
brazo hacia atrás por la espalda y tiró hacia arriba con todas sus fuerzas.
—¡No
me rompas el brazo, por favor! —gritó el rockero.
Frank
le soltó, atizándole una buena patada en el trasero. El chaval cayó de bruces,
agarrándose el culo. Frank cogió la navaja, la cerró, se la guardó en el
bolsillo y se encaminó sin prisas hacia su coche. Cuando lo ponía en marcha,
vio a los dos rockeros de pie, muy juntos, al lado del viejo sedán,
observándole. Ya no hablaban ni se reían. Aceleró súbitamente y se lanzó contra
ellos. Salieron corriendo. En el último instante, se desvió. Aminoró la
velocidad y salió del aparcamiento. Advirtió que le temblaban las manos. Había
sido un día infernal. Siguió por el bulevar. El Volks no respondía bien,
jadeaba, como si protestase por el mal trato recibido en la autopista. Entonces
Frank vio el bar: El caballero afortunado. Tenía aparcamiento delante. Paró, bajó
del coche y entró. Se sentó y pidió una Bud.
—¿Dónde
está el teléfono?
El
camarero se lo dijo. Estaba al fondo, junto al cagadero. Metió la moneda y
marcó.
—¿Sí?
—contestó Fran.
—Oye,
Fran, llegaré un poco tarde. He tenido un lío. Hasta pronto.
—¿Un
lío? ¿No te habrán robado?
—No,
tuve una pelea.
—¿Una
pelea? ¡No me digas! ¡Pero si no podrías pelear ni con una bolsa de basura!
—Fran,
me gustaría que no usaras esas expresiones de tres al cuarto.
—¡Pero
si es la verdad! ¡No podrías pelearte ni con una bolsa de basura!
Colgó
y volvió a la barra. Cogió la botella de Bud y bebió un trago.
—¡Me
gustan los hombres que beben directamente del gollete!
Había
alguien sentado junto a él. Una mujer. Tendría unos treinta y ocho años y las
uñas sucias. Una rubia teñida, con el pelo mal recogido a modo de moño elevado,
pendientes de plata y los morros pintarrajeados. Se relamió, despacio. Luego se
puso un Virginia Slim entre los labios y lo encendió.
—Me
llamo Diana.
—Frank.
¿Qué tomas?
—El
ya sabe...
Hizo
una seña al camarero, que se acercó con una botella de su whisky favorito en la
mano. Frank sacó un billete de diez y lo puso sobre la barra.
—Tienes
un rostro fascinante —dijo Diana—. ¿Qué haces?
—Nada.
—Justo
la clase de hombre que me encanta.
Alzó
el vaso y apretó su pierna contra la de Frank mientras bebía. Frank se puso a
rascar con la uña la etiqueta húmeda de la botella de cerveza. Diana acabó el
whisky. Frank hizo una seña al camarero.
—Otros
dos.
—Bien,
¿y usted?
—Yo
lo mismo que ella.
—¿Lo
mismo que ella? —repitió el camarero—. ¡Guau!
Todos
rieron. Frank encendió un cigarrillo. El camarero se acercó con la botella. De
pronto, a pesar de todos los pesares, parecía que iba a ser una noche de puta
madre.
EL
TANTO DE BÉISBOL
Creo
que entonces tenía veintiocho años. No trabajaba, pero tenía algún dinero,
porque finalmente me había ido bien en el hipódromo. Serían más o menos las
nueve y había estado bebiendo en mi habitación de alquiler durante un par de
horas. Estaba aburrido y salí y eché a andar calle abajo. Llegué a un bar que
había enfrente del que solía frecuentar y, por alguna razón, entré. Era un bar
mucho más limpio y elegante que el otro, el mío de costumbre, y pensé, bueno, a
lo mejor tengo suerte y me ligo una tía con clase.
Me
senté junto a la puerta, a un par de taburetes de distancia del de aquella
chica. Estaba sola. Había cuatro o cinco personas, hombres y mujeres, al otro
extremo de la barra. El camarero hablaba con ellos y reía. Me estuve allí
sentado tres o cuatro minutos. El camarero seguía hablando y riendo. Yo odiaba
a aquellos pijoteros. Bebían lo que querían, conseguían propinas, se les
envidiaba, se trincaban a las tías, tenían cuanto querían.
Saqué
la cajetilla. Cogí un cigarrillo. No tenía cerillas. Miré a la chica.
—Disculpe,
¿tiene fuego?
Irritada,
buscó en el bolso. Sacó una caja de cerillas... Luego, sin mirarme, me la tiró.
—Quédeselas
—dijo.
Tenía
el cabello largo y buen tipo. Llevaba un abrigo de piel de imitación y
sombrerito haciendo conjunto. Observé cómo echaba la cabeza hacia atrás después
de aspirar el humo. Lo expulsaba con estilo, con cierta elegancia. Era una de
esas tías a las que te apetece arrearles con el cinturón.
El
camarero seguía ignorándome.
Cogí
un cenicero, lo alcé medio metro por encima de la barra y lo dejé caer. Esto
atrajo su atención. Vino hacia mí. Era un grandullón de lo menos uno noventa y
más de cien kilos. Un poco barrigón pero ancho de hombros, cabeza grande, manos
grandes. Era guaperas, pero sin clase; sobre una ceja le colgaba un mechón
rebelde de cabello.
—Cutty
Sark doble, con hielo —le dije.
—Menos
mal que no rompiste el cenicero—dijo.
—Menos
mal que lo oíste —contesté.
Las
tablas rechinaron y crujieron mientras iba a prepararme la bebida.
—Espero
que no me eche veneno en el whisky —le dije a la chica del visón falso.
—Jimmy
es un tipo decente —dijo ella—. Jimmy no hace esa clase de cosas.
—No he
conocido a ningún tipo decente que se llamara «Jimmy» —dije yo.
Jimmy
volvió con mi whisky. Saqué la cartera y puse en la barra un billete de
cincuenta dólares. Jimmy lo cogió, lo alzó hacia la luz y dijo:
—¡Hostiasl
—¿Qué
pasa, amigo? —pregunté—. ¿Es que no habías visto nunca un billete de cincuenta?
Se
alejó de nuevo haciendo rechinar las tablas. Bebí un trago. Sabía bien:
—Ese
tío parece que no haya visto nunca cincuenta dólares —le dije a la chica del
sombrero de piel—. Yo sólo llevo billetes de cincuenta.
—Eres
un fantasma —dijo ella.
—Es
verdad —contesté—. Acabo de reventar un piso. Hace veinte minutos.
—Pues
qué bien.
—Puedo
pagarte lo que quieras.
—No
hay nada en venta —dijo ella.
—¿Qué
te pasa? ¿Es que lo tienes cerrado con candado? Si es así, no te preocupes,
nadie va a venir a pedirte de rodillas la llave.
Bebí
otro trago.
—¿Quieres
tomar algo? —pregunté.
—Sólo
bebo con gente que me gusta —dijo ella.
—Ahora
eres tú la que te has pasado —le dije.
¿Dónde
está el camarero con mi cambio?, pensé. Tarda demasiado...
Estaba
ya a punto de tirar otra vez el cenicero, cuando el tipo volvió haciendo
rechinar la madera con sus rudas pisadas.
Puso
el cambio sobre la barra. Lo conté mientras él se alejaba de nuevo.
—¡EH!
—grité.
Volvió.
—¿Qué
pasa?
—Esto
es cambio de diez. Te di cincuenta.
—Me
diste un billete de diez...
Miré
a la chica.
—Oye,
tú lo viste, ¿no? ¡Le di cincuenta!
—Fueron
diez —dijo ella.
—¿Pero
qué coño pasa aquí? —pregunté.
Jimmy
se alejaba ya.
—¡Oye,
tú, esto no va a quedar así! —grité.
Pero
Jimmy seguía caminando hacia el fondo de la barra, sin siquiera volverse. Allí
se unió al grupo con el que estaba y todos empezaron a hablar y a reírse.
Calibré
la situación. La chica de al lado soltó un hilo de humo por la nariz,
inclinando la cabeza hacia atrás.
Pensé
en destrozar el espejo de detrás de la barra. Lo había hecho una vez, en otro
local. La idea no acababa de convencerme. ¿Iba a perder mi dinero? Aquel hijo
de puta se me había meado encima delante de todo el mundo. Me inquietaba más su
sangre fría que su tamaño. Debía contar con algún truco para sentirse tan
seguro. ¿Un arma debajo de la barra? Desde luego, estaba esperando que me
pasase. Todos los testigos estaban de su parte...
No
sabía qué hacer. Había una cabina telefónica junto a la salida. Me levanté, fui
hacia ella, eché una moneda, marqué un número al azar. Fingiría que llamaba a
mis camaradas, que vendrían inmediatamente y destrozarían el bar. Escuché las
llamadas al otro extremo de la línea. Se interrumpieron. Contestó una mujer.
—¿Sí?
—dijo.
—Soy
yo —contesté.
—¿Eres
tú, Sam?
—Sí,
sí, escucha...
—¡Sam,
ha sucedido algo terrible! ¡Han atropellado a Wooly!
—¿Wooly?
—¡Nuestro
perro, Sam! ¡Wooly ha muerto!
—¡Escúchame!
¡Estoy en El Ojo Rojo! ¿Sabes dónde queda? ¡Bien! ¡Quiero que vengas con Lefty,
Larry, Tony y Big Angelo, ¡de prisa . ¿Entendido? ¡Y que venga también Wooly!
Colgué
y me senté. Pensé llamar a la policía. Pero sabía muy bien lo que pasaría.
Darían la razón al camarero. Y yo acabaría en la celda de los borrachos.
Salí
de la cabina y volví a la barra. Acabé el whisky. Luego cogí el cenicero y lo
tiré al suelo con fuerza. El camarero me miró. Me levanté, le hice un corte de
manga. Luego di la vuelta y salí por piernas, perseguido por su carcajada y la
de todos los parroquianos...
Paré
en la licorería. Compré dos botellas de vino y subí al Hotel Helen, que quedaba
en la misma calle, frente al bar de marras. Tenía allí una chica, como yo,
alcohólica. Me llevaba diez años y trabajaba allí de fregona. Subí los dos
pisos, llamé a su puerta, deseando que estuviera sola.
—Nena
—dije—. Tengo un problema. Me han jodido...
Se
abrió la puerta. Betty estaba sola y más borracha que yo. Entré y cerré.
—¿Dónde
están los vasos?
Me
lo indicó, descorché una botella y serví dos vasos. Ella se sentó al borde de
la cama y yo en una silla. Le pasé la botella. Encendió un cigarrillo.
—No
soporto este sitio, Benny. ¿Por qué no vivimos juntos ya?
—Tú
empezaste a andar por las calles, nena, me volvías loco.
—Bueno,
ya sabes cómo soy.
—Sí...
Distraída,
Betty apoyó el cigarrillo en la colcha. Vi que empezaba a salir humo. Le aparté
la mano. Cogí un plato que había en el tocador y lo coloqué junto a la cama.
Tenía tantos restos de comida seca, que parecía una cerámica en relieve.
—Ahí
tienes un cenicero...
—Te
he echado de menos, sabes —dijo.
Bebí
mi vino y serví otra ronda.
—Me
han birlado un billete de cincuenta en el bar de enfrente. Les di un billete de
cincuenta y me devolvieron el cambio de diez.
—¿De
dónde sacaste tú cincuenta dólares? —Eso no importa, el caso es que los tenía.
Y ese hijo de puta me timó...
—¿Por
qué no le atizaste? ¿Tenías miedo? Es Jimmy. ¡Las mujeres se vuelven locas por
él! Todas las noches, cuando cierra el bar, va al aparcamiento que hay detrás y
se pone a cantar. Ellas se reúnen allí a escucharle, y luego se lleva una al
degolladero.
—Es
un mierda...
—Jugaba
al fútbol en el Notre Dame.
—¿Pero
qué coño dices? ¿Es que te gusta ese tío?
—No
puedo soportarle.
—Mejor,
porque pienso darle una buena lección.
—Creo
que le tienes miedo...
—¿Me
has visto alguna vez eludir una pelea?
—Te
he visto perder unas cuantas.
No
respondí al comentario. Seguimos bebiendo y la conversación se desvió hacia
otros temas. No recuerdo muy bien de qué hablamos. Cuando no andaba pateando
las calles, Betty era un alma de Dios. No era tonta, pero estaba echa un lío,
en fin, que era la perfecta alcohólica. Yo podía dejarlo uno o dos días. Ella
no podía parar. Una pena. Hablamos. Teníamos una especie de entendimiento mutuo
que hacía agradable la convivencia. Más tarde, hacia las dos, Betty dijo:
—Ven,
mira...
Nos
asomamos a la ventana y allá, en el aparcamiento, estaba Jimmy. Cantaba, no
miento. Había tres chicas, contemplándole en una explosión de risas.
Se
reían de mi billete de cincuenta dólares. Seguro, pensé.
Luego,
una de las chicas, subió al coche con él y las otras dos se fueron cantando. El
coche no arrancó de inmediato. Se encendieron los faros, el motor se puso al
fin en marcha y salieron.
Será
gilipollas, pensé. Yo nunca enciendo los faros hasta después de poner el motor
en marcha.
Miré
a Betty.
—Ese
hijo de puta se cree la hostia. Ya verá lo que es bueno.
—No
tienes cojones —dijo ella.
—Oye,
¿aún tienes aquel bate de béisbol debajo de la cama? —le pregunté.
—Sí,
pero no puedo prescindir de él...
—Claro
que puedes —dije, dándole un billete de diez dólares.
—Está
bien —dijo, y lo sacó de debajo de la cama—. A ver si eres capaz de marcar un
buen tanto.
La
noche siguiente, a las dos, yo estaba al acecho en el aparcamiento acuclillado
detrás de dos grandes cubos de basura. Tenía el bate de béisbol de Betty,
modelo especial Jimmy Fox.
No
tuve que esperar mucho. Jimmy salió con sus chicas.
—¡Canta
para nosotras, Jimmy!
—¡Cántanos
una de tus canciones!
—Bueno...,
está bien —dijo.
Se
quitó la corbata, se la guardó en el bolsillo, se desabrochó el cuello de la
camisa y alzó la testa hacia la luna.
Yo
soy el hombre que has estado esperando...
Yo
soy el hombre que debes adorar...
Yo
soy el hombre que te joderá en el suelo...
Yo
soy el hombre que te hará pedir más...
Y
más...
Y
más...
Las
tres chicas aplaudían y reían y se apretujaban a su alrededor.
—¡Oh,
Jimmy! —¡Oh, JIMMY!
Jimmy
retrocedió y miró a las chicas. Ellas esperaban. Por fin dijo:
—Bueno,
esta noche será para... Caroline.
Tras
lo cual, las otras dos chicas se quedaron muy lánguidas, bajaron la cabeza
dócilmente y se fueron del bracete despacio; al llegar al bulevar se volvieron
para sonreír y decir adiós a Jimmy y a Caroline.
Caroline
estaba medio borracha y apenas se tenía en pie sobre sus tacones altos. Tenía
un cuerpo bonito y el pelo largo. Me recordaba a alguien.
—Eres
un hombre de veras, Jimmy —le dijo—. Te quiero.
—Mentiras,
zorra, tú lo que quieres es chupármela.
—Sí,
eso también, Jimmy! —dijo Caroline riendo.
—Me
la chuparás ahora mismo —dijo Jimmy, en tono súbitamente malévolo.
—No,
espera... Jimmy, eso es demasiado rápido.
—¿No
dices que me quieres? Pues chúpamela.
—No,
espera.
Jimmy
estaba bastante borracho. Tenía que estarlo para actuar así. No había mucha luz
en el aparcamiento, pero tampoco estaba totalmente a oscuras. Algunos tíos
están majaras. Les gusta hacerlo en público.
—Me
la chuparás ahora mismo, zorra…
Jimmy
se bajó la cremallera, agarró a Caroline por el pelo y la obligó a bajar la
cabeza. Creí que la chica iba a hacerlo. Parecía someterse.
Luego
Jimmy gritó. Chilló. Le había mordido. Le alzó la cabeza tirándote del pelo y
le atizó un puñetazo en la cara. Luego le largó la rodilla entre las piernas y
la chica se desplomó, inmóvil. Se ha desmayado, pensé. Cuando él se vaya,
podría arrastrarla detrás de los cubos y tirármela. Maldito el miedo que me
daba. Pero decidí no salir de mi escondite. Agarré el bate y esperé a que se
fuera. Le vi subirse la cremallera y avanzar con paso inseguro hacia el coche.
Abrió la puerta, entró y se sentó; y se quedó allí sentado un rato. Luego,
encendió las luces y puso el motor en marcha. Pero no arrancaba. Allí seguía
parado en punto muerto. Luego le vi salir del coche. Sin apagar el motor. Sin
apagar las luces. Dio la vuelta por delante del coche.
—¡Eh!
—dijo a voces—. ¿Quién anda ahí? Te he... visto...
Empezó
a avanzar hacia mí:
—...te
veo..., quién cojones... que estás... escondido ahí entre esos cubos. Te estoy
viendo..., vamos, ¡sal de ahí!
Seguía
avanzando hacia mí. Con la luna a la espalda, parecía una monstruosa criatura
salida de una película de terror de la serie B.
—¡Sabandija
de mierda! —dijo—. ¡Te voy a mear en la boca!
Se
me venía encima. Estaba atrapado detrás de los cubos de basura. Así que alcé el
bate y le aticé justo en medio de la cabeza. Pero no se derrumbó. Seguía allí
plantado mirándome. Volví a golpearle. Parecía una vieja película cómica en
blanco y negro. Seguía allí plantado mirándome con una cara muy poco agradable.
Salí de detrás de los cubos de basura para salir por piernas. Me siguió. Me
volví.
—Déjame
en paz —le dije—. Olvidemos esto.
—¡Voy
a matarte, sabandija! —dijo.
Aquellas
manos inmensas avanzaron hacia mi cuello. Me escurrí y le aticé con el bate en
las rodillas. El golpe sonó como un tiro de pistola y Jimmy cayó.
—Olvidemos
esto —le dije—. Ya estamos en paz, dejemos las cosas así.
Pero
él seguía avanzando hacia mí arrastrándose, con las manos y las rodillas.
—¡Sabandija,
voy a matarte!
Le
aticé en la nuca con todas mis fuerzas. Quedó allí tumbado junto a su amiga.
Miré a la chica. Era Caroline. La del abrigo de piel falso. Ya no me apetecía
tirármela. Fui hasta el coche, apagué las luces, apagué el motor, saqué las
llaves y las tiré a la azotea del edificio. Luego volví corriendo y le quité a
Jimmy la cartera. Salí del aparcamiento en dirección sur, y, de pronto, me
dije: «¡Mierda!» Volví corriendo al aparcamiento y busqué entre los cubos de
basura. Me había dejado allí el whisky. Una botella en una bolsa de papel. La
recogí. Salí y me largué, crucé la calle, me acerqué a un buzón de correos y
miré alrededor. Nadie. Saqué los billetes de la cartera y eché la cartera al
buzón. Después cambié de dirección y fui al Hotel Helen. Entré, subí la
escalera, llamé a la puerta.
—¡BETTY,
SOY BENNY! ¡ABRE, POR FAVOR!
La
puerta se abrió.
—¿Qué
coño pasa? —preguntó ella.
—Tengo
whisky.
Entré,
eché la cadena a la puerta. Las luces estaban encendidas. Recorrí la habitación
apagándolas. Nos quedamos a oscuras.
—¿Qué
pasa? —preguntó ella—. ¿Te has vuelto loco?
Busqué
vasos y serví dos whiskys con mano temblorosa.
La
llevé hasta la ventana. Ya habían llegado los coches de la policía con sus
destellos intermitentes.
—¿Qué
coño ha pasado? —preguntó ella.
—Que
alguien le ha atizado a Jimmy —dije.
Se
oía acercarse una ambulancia. Llegó como una exhalación al aparcamiento.
Cargaron primero a la chica, luego a Jimmy.
—¿Quién
se cargó a la chica? —preguntó Betty.
—Jimmy...
—¿Y
a Jimmy?
—¿Qué
coño importa?
Puse
mi vaso de whisky en el alféizar de la ventana y eché mano al bolsillo. Conté
los billetes. Cuatrocientos ochenta dólares.
—Toma,
nena...
Le
di cincuenta dólares.
—¡Jesús,
Benny, gracias!
—De
nada...
—¡Te
ha ido muy bien en las carreras!
—Como
nunca, nena...
—¡Salud!
—dijo alzando el vaso.
—Salud
—dije yo, alzando el mío.
Entrechocamos
los vasos y bebimos, mientras la ambulancia salía marcha atrás y giraba hacia
el sur con la sirena a toda pastilla. Por esta vez, no nos había tocado todavía
a nosotros.
PONIENDO
CUERNOS A MARIE
Hacía
calor aquella noche en el hipódromo, durante las carreras de un cuarto de
milla. Ted había llegado con doscientos dólares y en la tercera carrera ya
tenía quinientos treinta. Conocía bien los caballos. Puede que no fuese bueno
en otras cosas, pero conocía los caballos. Ted miraba el marcador y miraba a la
gente. La gente no sabía calibrar un caballo. Pero acudían al hipódromo con su
dinero y sus sueños a cuestas. El hipódromo daba un exacta de dos dólares, casi
en cada carrera, para engatusarles. Eso y el Pick-6. Ted no tocaba nunca el
Pick-6 ni los exactas ni los dobles. Se limitaba siempre a apostar ganador al
mejor caballo, que no era necesariamente el favorito.
Marie
siempre andaba fastidiándole por su afición a las carreras y eso que sólo iba
dos o tres veces por semana. En seguida había vendido la empresa y se había
retirado del negocio de la construcción. La verdad es que no tenía gran cosa
que hacer.
El
cuarto caballo parecía prometedor a seis-a-uno, pero quedaban aún dieciocho
minutos para apostar. Notó que le tiraban de la manga.
—Perdone,
caballero, pero he perdido en las dos primeras carreras. Le vi cobrar sus
apuestas. Parece usted un tipo que sabe lo que hace. ¿Qué caballo le parece el
mejor en esta carrera?
Era
una rubia de pelo rojizo, de unos veinticuatro años, de finas caderas y unos
pechos desmesurados. Largas piernas y una nariz muy linda, respingona. Boca
como un capullito de rosa. Llevaba un vestido azul claro y zapatos blancos de
tacón alto. Sus ojos azules le miraban.
—Bueno
—dijo Ted sonriendo—, yo suelo apostar al ganador.
—Yo
estoy acostumbrada a apostar a los purasangres —dijo la rubia—. ¡Pero esas
carreras de un cuarto son tan rápidasl
—Sí,
casi todo se resuelve en dieciocho segundos. En seguida te das cuenta si te has
equivocado o no.
—Si
mi madre supiera que estoy aquí perdiendo mi dinero, me daría de correazos.
—A
mí también me gustaría dárselos —dijo Ted.
—¿No
será usted uno de ésos, eh? —preguntó ella.
—Era
sólo una broma —dijo Ted—. Venga, vamos al bar. Tal vez allí podamos elegir un
ganador.
—De
acuerdo, señor...
—Llámeme
Ted. ¿Y tú cómo te llamas?
—Victoria.
Entraron
en el bar.
—¿Qué
vas a tomar? —preguntó Ted.
—Lo mismo
que tú —dijo Victoria.
Ted
pidió dos Jack Daniel. Bebió. Ella tomó, también un sorbo del suyo, sin
mirarle. Ted le examinó el trasero: era algo perfecto. Estaba más buena que la
mayoría de estrellas de cine, y no parecía resabiada.
—Bueno
—dijo Ted, señalando el programa—. En la próxima carrera, el cuarto tiene muy
buen aspecto y lo pagan seis-a-uno. Victoria soltó un «Ah.» muy sexy. Se
inclinó para mirar el programa, rozándole con el brazo. Luego Ted sintió la
presión de su pierna contra la suya.
—La
gente no sabe lo que son los caballos —le dijo—. Muéstrame un hombre que
entienda de caballos y yo te mostraré alguien capaz de ganar dinero a
espuertas.
Ella
sonrió.
—Ojalá
pueda llegar a saber tanto como tú.
—Te
sobran dotes, nena. ¿Quieres otro?
—Oh
no, gracias...
—Mira
—dijo Ted—, lo mejor será que apostemos ya. —De acuerdo, apostaré dos dólares a
ganador. ¿Era al número cuatro?
—Sí,
nena, al cuatro...
Hicieron
las apuestas y fueron a ver la carrera. El cuarto no hizo una buena salida;
quedó bloqueado; pero se rehizo. Iba el quinto entre nueve, pero empezó a ganar
terreno y llegó a la meta a la par que el favorito de dos a uno. Todo dependía
ahora de la fotografía.
Maldita
sea, pensó Ted, ésta tengo que ganarla. ¡Por favor, por favor, tengo que
ganarla!
—Oh
—dijo Victoria—. ¡Estoy tan emocionada!
El
marcador dio el número del ganador. El cuatro.
Victoria
empezó a gritar y a saltar muy contenta.
—¡Ganamos,
ganamos! ¡GANAMOS!
Se
abrazó a Ted. Ted sintió su beso en la mejilla.
—Calma,
nena, ha ganado el mejor, eso es todo.
Esperaron
la señal y luego el marcador indicó el pago. Catorce dólares con sesenta.
—¿Cuánto
apostaste? —preguntó Victoria.
—Cuarenta
ganador —dijo Ted.
—¿Cuánto
ganarás?
—Doscientos
noventa y dos dólares. Vamos a recogerlos.
Se
dirigieron a las ventanillas. De pronto Ted sintió la mano de Victoria en la
suya. Y un tirón. Quería que se detuviera.
—Inclínate
—le dijo—. Quiero decirte una cosa al oído.
Ted
se inclinó y sintió el refrescante contacto de los rosados labios en la oreja.
—Eres...
un hombre con suerte..., quiero... joder contigo...
Ted
se quedó pasmado, mirándola con una desmayada sonrisa.
—Dios
mío —dijo.
—¿Qué
pasa? ¿Tienes miedo?
—No,
no, no es eso...
—¿Qué
es, entonces?
—El
problema es Marie... mi mujer... estoy casado... y me tiene controlado al
minuto... Sabe cuándo terminan las carreras y cuál es mi hora límite de
llegada.
Victoria
se echó a reír.
—¡Pues
larguémonos ahora mismo! ¡Vámonos a un motel!
—Hecho
—dijo Ted.
Cobraron
y salieron al aparcamiento.
—Llevaremos
mi coche. Luego te traigo, cuando acabemos —dijo Victoria.
Buscaron
el coche. Era un Fiat azul del 82 que hacía juego con su vestido. La matrícula
decía: VICKY. Al meter la llave en la cerradura, Victoria vaciló.
—¿No
serás uno de esos tipos, verdad?
—¿Qué
tipos? —preguntó Ted.
—Uno
de esos a los que les gusta azotar..., mi madre una vez tuvo una experiencia
terrible...
—No
te preocupes —dijo Ted—. Soy inofensivo.
Encontraron
un motel a unos dos kilómetros del hipódromo. El Luna Azul. Sólo que el Luna
Azul estaba pintado de verde. Victoria aparcó y se apearon, entraron, firmaron
y les dieron la habitación 302. Habían parado a comprar una botella de Cutty
Sark en el camino. Ted quitó el celofán a los vasos, encendió un cigarrillo y
sirvió un par de whiskys mientras Victoria se desnudaba. Las bragas y el sostén
eran de color rosa y el cuerpo era rosiblanco y muy hermoso. Era sorprendente
que de vez en cuando naciese una mujer así, cuando todas las demás, la mayoría,
no valían nada, o casi nada. Para perder la cabeza. Victoria era un sueño
maravilloso.
Victoria
estaba desnuda. Se acercó y se sentó al borde de la cama, junto a Ted. Cruzó
las piernas. Tenía pechos firmes y ya parecía excitada. Ted no podía creer del
todo que hubiera tenido tanta suerte. Luego ella soltó una risilla.
—¿De
qué te ríes? —preguntó.
—¿Estás
pensando en tu mujer?
—Bueno,
no, pensaba en otra cosa.
—Pues,
deberías pensar en tu mujer...
—Demonios
—dijo Ted—. ¡Fuiste tú quien propuso venir a joder.
—Preferiría
que no utilizaras esa palabra...
—¿Te
arrepientes?
—No,
qué va. Dime, ¿tienes un cigarrillo?
—Claro...
Sacó
uno, se lo puso en los labios y le dio fuego.
—Tienes
el cuerpo más hermoso que he visto en mi vida —dijo Ted.
—No
lo dudo —dijo ella, sonriendo.
—Oye,
¿no pretenderás echarte atrás? —le preguntó.
—Claro
que no —contestó ella—. Desnúdate.
Ted
empezó a desvestirse. Se sentía gordo, viejo y feo. Pero también muy
afortunado. Había sido su mejor día en el hipódromo, en todos los sentidos.
Colocó la ropa en una silla y se sentó de nuevo junto a Victoria.
Luego
sirvió otro par de whiskys.
—Mira
—le dijo—, tú eres una tía con clase, pero yo también soy un tío con clase.
Cada uno tiene clase a su manera. Yo supe hacer las cosas en el negocio de la
construcción y aún sigo sabiendo hacerlas con los caballos. No todo el mundo
tiene tanto instinto.
Victoria
bebió la mitad de su whisky y le sonrió.
—¡Oh,
eres mi gran Buda gordo!
Ted
terminó el whisky.
—Mira,
si no quieres hacerlo, no lo hacemos. Olvídalo.
—Vamos
a ver lo que tiene mi Buda...
Victoria
deslizó la mano entre las piernas de Ted. Se la cogió y la apretó.
—Vaya,
vaya..., aquí hay algo… —dijo Victoriav
—Claro...,
¿y qué?
Entonces
ella se inclinó. Al segundo siguiente, ya se la estaba besuqueando. Ted sintió
toda su boca y su lengua.
—¡Hostias!
—dijo.
Victoria
alzó la cabeza y le miró.
—Por
favor, cuida ese lenguaje.
—Está
bien, Vicky, está bien. Me controlaré.
—¡Métete
en la cama, Buda!
Ted
se metió entre las sábanas y sintió el cuerpo de ella junto al suyo. Tenía la
piel fresca. Ella entreabrió la boca y él la besó metiéndole la lengua. Le
gustaba así, aquel frescor de primavera, joven, nuevo, agradable. Qué delicia.
Jugueteó con ella abajo, pero ella tardaba en entregarse. Cuando sintió que se
abría, le metió los dedos. Ya era suya, la muy zorra. Metió el dedo y le
acarició el clítoris. Antes quieres jugar un poco, ¡pues vas a tener juego!,
pensó. Luego, sintió los dientes de ella en su labio inferior. Fue un dolor
agudísimo. Ted se apartó. Notó el sabor de la sangre y sintió una herida en los
labios. Se incorporó y le cruzó con fuerza la cara, primero un lado, luego el
otro. Después volvió a tantear allí abajo, se deslizó sobre su cuerpo y la
penetró mientras posaba de nuevo su boca en la de ella. Luego le dio como un
arrebato de venganza y echando de vez en cuando hacia atrás la cabeza, para
mirarla, procuraba retrasarlo, contenerlo, hasta que de pronto vio aquella nube
de cabellos color fresa desparramados por la almohada a la luz de la luna.
Ted
sudaba y gemía como un colegial. Esto era, sí. El Nirvana. Un auténtico
paraíso. Victoria no decía nada. Los gemidos de Ted se desvanecieron y por fin
acabó tumbándose a su lado. Se quedó mirando fijamente la oscuridad. No me he
acordado de chuparle las tetas, pensó.
Luego
oyó la voz de Victoria.
—¿Sabes
qué? —dijo.
—¿Qué?
—dijo él.
—Me
recuerdas a uno de esos caballos de las carreras de un cuarto.
—¿Qué
quieres decir?
—Que
todo se ha terminado en dieciocho segundos.
—Ya
echaremos otra carrera, nena... —dijo él.
Ella
fue al cuarto de baño. Ted se limpió con la sábana, como un viejo profesional.
Victoria tenía un lado desagradable. Pero se la podía manejar. Tenía su
aquello. ¿Cuántos hombres tenían, como él, casa propia y ciento cincuenta de
los grandes en el banco a su entera disposición? El tenía clase y ella no podía
ignorarlo.
Victoria
salió del cuarto de baño con el mismo aspecto de antes, fresco, intacto, casi
virginal. Ted encendió la lamparilla de la mesita. Se incorporó y sirvió dos
whiskies. Ella se sentó al borde de la cama con su vaso y él salió de la cama y
se sentó a su lado.
—Victoria
—dijo—. Puedo hacerte la vida agradable.
—Supongo
que sí, Buda.
—Y
seré mejor amante.
—Por
supuesto.
—Escucha,
deberías haberme conocido de joven. Era duro, pero era grande. Tenía lo que hay
que tener. Y aún lo tengo. Ella le sonrió.
—Vamos,
Buda, no está tan mal la cosa. Tienes una mujer, un montón de cosas a tu
disposición.
—Todas
menos una —dijo él, echando un trago y mirándola—. Menos una, que es la que de
verdad quiero...
—¡Mira
cómo tienes el labio! ¡Estás sangrando!
Ted
miró el vaso. Había gotas de sangre en el whisky y notó la sangre en la
barbilla. Se limpió la barbilla con el dorso de la mano.
—Voy
a ducharme y a limpiarme, nena, ahora vuelvo.
Fue
al cuarto de baño, abrió la puerta de la ducha y soltó el agua, comprobándola
con la mano. Parecía estar a la temperatura adecuada, así que entró y dejó que
el agua le corriera por todo el cuerpo. Vio la sangre mezclada con el agua
diluyéndose hacia el desagüe. Era una gatita salvaje. Lo único que hacía falta
con ella era mano firme.
Marie
estaba bien, era buena, pero en realidad era un poco sosa. Había perdido el
vigor de la juventud. Ella no tenía la culpa. Pero quizás encontrara el sistema
de tener a mano a las dos. Victoria le rejuvenecía. Y él necesitaba una
renovación. Y necesitaba un buen polvo de vez en cuando. Un polvo como aquél.
Claro que todas las mujeres estaban medio locas y exigían más de lo normal. No
se daban cuenta de que hacer el amor no era una experiencia gloriosa, sino sólo
una pura necesidad.
—¡Date
prisa, Buda! —la oyó decir—. ¡No me dejes aquí sola!
—¡No
tardo, nena! —gritó desde debajo de la ducha.
Se
enjabonó bien, se aclaró. Luego salió, se secó. Abrió la puerta del cuarto de
baño y pasó al dormitorio. La habitación estaba vacía. Victoria se había
esfumado.
Resulta
a veces notable la distancia existente entre los objetos más ordinarios, entre
los acontecimientos más ordinarios. Vio de pronto las paredes, la alfombra, la
cama, dos sillas, la mesita, el tocador y el cenicero con sus colillas. La
distancia entre estos objetos era inmensa. De pronto parecían separados por
años luz. En un súbito arrebato, corrió al armario y lo abrió. Sólo había
perchas vacías. Cayó entonces en la cuenta de que su ropa había desaparecido.
Camiseta, calzoncillos, camisa, pantalones. Las llaves del coche y la cartera,
el dinero, los zapatos, los calcetines. Todo. En otro arrebato, miró debajo de
la cama. Nada. Luego vio en el tocador la botella de whisky y se acercó. Se
sirvió un trago. Y entonces vio dos palabras garrapateadas en el espejo del
tocador con lápiz de labios color rosa: «¡ADIÓS, BUDA!»
Ted
bebió el whisky, posó el vaso y se miró en el espejo: se vio a sí mismo muy
gordo y muy viejo. No sabía qué tenía que hacer. Cogió la botella, se sentó al
borde de la cama, donde había estado sentado con Victoria. Alzó la botella y
bebió a morro mientras las brillantes luces de neón del bulevar penetraban a
través de las polvorientas persianas. Luego se quedó allí, mirando afuera,
viendo cómo pasaban los coches.
Fin


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