© Libro
No. 366. La Metodología de los Programas de Investigación Científica.
Lakatos, Imre. Colección
Emancipación Obrera. Enero 5 de 2013.
Título original: © The Methodology of Scientific Research Programmes - Philosophical Papers Volume I
Esta obra ha sido publicada en inglés por Cambridge University Press
Versión Original: The Methodology of Scientific Research Programmes - Philosophical
Papers Volume I
Esta obra ha sido publicada en inglés por
Cambridge University Press
Alianza Universidad
Otras obras de Imre Lakatos en Alianza Editorial:
AU 206 Pruebas y refutaciones
AU 294 Matemáticas, ciencia y epistemología
© Imre Lakatos Memorial
Appeal Fund and The Estate of imre Lakatos 1978
© Ed. cast.; Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1983, 1989
Calle Milán, 38, 28043 Madrid; teléf. 200 00 43
ISBN: 84-206-2349-0
Depósito legal: M. 28.194-1989
Compuesto en Fernández Ciudad, S. L.
Impreso en Lavel. Los Llanos, nave 6. Humanes (Madrid)
Printed in Spain
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libreriaolejnik.com. 220 × 320 - 76981 Lakatos, Imre
©
Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Lakatos Imre
La Metodologia De Los
Programas De Investigacion Cientifica

Lakatos
Imre - La Metodologia De Los Programas De Investigacion Cientifica
BIOGRAFIA:

Imre
Lakatos, nacido Imre Lipschitz (Debrecen, Hungría, 1922 - Londres, 1974), fue
un matemático y filósofo de la ciencia húngaro de origen judío que logró
salvarse de la persecución nazi cambiando su apellido.
En 1956
huyó a Viena escapándose de las autoridades rusas luego de la fallida
revolución húngara abortada por los soviéticos y posteriormente se estableció
en Londres, donde colaboró en la London School of Economics.
En sus
comienzos se adscribió a la escuela de Karl Popper. Lakatos, en lo que él
denomina el falsacionismo sofisticado reformula el falsacionismo para poder
resolver el problema de la base empírica y el de escape a la falsación que no
resolvían las dos clases anteriores de falsacionismo que él llama falsacionismo
dogmático y falsacionismo ingenuo.
Lakatos
recoge ciertos aspectos de la teoría de Thomas Kuhn, entre esos la importancia
de la historia de la ciencia. Lakatos cuestiona a Popper, pues la historia de
la ciencia muestra que la falsación no es una acción cotidiana de los
científicos como este último defendía. La confirmación de los supuestos
científicos también es necesario, según Lakatos, pues nos permite tenerlos
vigentes.
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RESEÑA:
Imre
Lakatos es un investigador de la manera de `hacer ciencia`, o sea, de la forma
en que la comunidad científica decide qué teoría prevalece sobre otra y cuándo
y porqué se debe cambiar la forma de entender el cosmos (tomando cosmos como
`realidad`). Su idea principal se centra en que la ciencia avanza a través de
`programas de investigación`, los cuales están dotados de un núcleo fuerte
(incontrovertible) rodeado de un anillo de hipótesis y teorías contrastables
con la realidad (y, por lo tanto, falsables). A lo largo del libro propone como
ejemplos, los cuales analiza detalladamente, la aceptación de las teorías de
Galileo, Keppler y Einstein (por dar ejemplos). De lectura relativamente
difícil para quien no esté interesado en el tema, es recomendable para todos
aquellos que deseen entender `un poco más` del `cómo` y el `porqué` la
comunidad científica arriba a conclusiones cuyo resultado inmediato, por
nombrar uno, es la PC (ordenador personal o como quieran llamarlo) desde la
cual se lee el presente mensaje.
Discípulo
de Popper, la recopilación de escritos adjunta abunda en la diferenciación con
su maestro, de allí la cantidad de notas y referencias en las cuales se apoya.
La metodología de los programas de investigación
científica
Editado por John Worall y Gregory
Curie
Versión española de Juan Carlos
Zapatero
Revisión de Pilar Castrillo
Título
original:
The Methodology
of Scientific Research Programmes - Philosophical
Papers Volume I
Esta obra ha sido publicada en
inglés por Cambridge University Press
Alianza Universidad
Otras obras de Imre Lakatos en
Alianza Editorial:
AU 206 Pruebas y refutaciones
AU 294 Matemáticas, ciencia y
epistemología
© Imre Lakatos Memorial Appeal
Fund and The Estate of imre Lakatos 1978
© Ed. cast.; Alianza Editorial,
S. A., Madrid, 1983, 1989
Calle Milán, 38, 28043 Madrid;
teléf. 200 00 43
ISBN: 84-206-2349-0
Depósito legal: M. 28.194-1989
Compuesto en Fernández Ciudad, S.
L.
Impreso en Lavel. Los Llanos,
nave 6. Humanes (Madrid)
Printed in Spain
Alianza Editorial
ÍNDICE
Introducción:
ciencia y pseudociencia
1 La falsación y la metodología de los
programas de investigación científica.
1 La ciencia: ¿razón o religión?
2 Falibilismo versus falsacionismo.
3
Una metodología de
los programas de investigación científica.
4 Los programas de investigación: Popper versus
Kuhn.
Apéndice:
Popper, el falsacionismo y la «Tesis Duhem-Quine»
2 La historia de la ciencia y sus
reconstrucciones racionales.
Introducción
1
Metodologías de la
ciencia rivales: las reconstrucciones racionales como guías de la Historia
2
Comparación crítica
de las metodologías: la historia como
contrastación de su reconstrucción racional
3 Popper y los problemas de demarcación e
inducción
Introducción
1
Popper y la
Demarcación
2
Soluciones
positivas y negativas del problema de la Inducción: escepticismo y falibilismo
4 ¿Por qué superó el programa de
investigación de Copérnico al de Tolomeo?
Introducción
1
Exposiciones
empiristas de la «Revolución Copernicana
2
El Simplicismo
3 Las exposiciones de Polanyi y Feyerabend de
la Revolución Copernicana
4 La Revolución Copernicana a la luz de los
programas de investigación científica
5 La Revolución Copernicana a la luz de la
versión de Zahar de la metodología de
los programas de investigación científica
6 Un epílogo sobre la Historia de la Ciencia
y sus reconstrucciones
racionales
5 El efecto de Newton sobre las reglas de la
Ciencia
1 La ruta justificacionista hacia el
psicologismo y el misticismo
2.
Metodología versus Método en Newton
Bibliografía
Bibliografía
de Lakatos
Índice
de nombres
INTRODUCCIÓN:
CIENCIA
Y PSEUDOCIENCIA
(Este
artículo se escribió a principios de 1973 y originalmente fue dado a conocer
como una conferencia por la radio. Fue emitido por la Open University el 30 de
junio de 1973 (Eds.).
El
respeto que siente el hombre por el conocimiento es una de sus características
más peculiares. En latín conocimiento se dice scientia y ciencia llegó a
ser el nombre de la clase de conocimiento más respetable. ¿Qué distingue al
conocimiento de la superstición, la ideología o la pseudo-ciencia? La Iglesia
Católica excomulgó a los copernicanos, el Partido Comunista persiguió a los
mendelianos por entender que sus doctrinas eran pseudocientíficas. La
demarcación entre ciencia y pseudociencia no es un mero problema de filosofía
de salón; tiene una importancia social y política vital.
Muchos
filósofos han intentado solucionar el problema de la demarcación en los
términos siguientes: un enunciado constituye conocimiento si cree en él, con
suficiente convicción, un número suficientemente elevado de personas. Pero la
historia del pensamiento muestra que muchas personas han sido convencidos
creyentes de nociones absurdas. Si el vigor de la creencia fuera un distintivo
del conocimiento tendríamos que considerar como parte de ese conocimiento a
muchas historias sobre demonios, ángeles, diablos, cielos e infiernos. Por otra
parte, los científicos son muy escépticos incluso con respecto a sus mejores
teorías. La de Newton es la teoría más poderosa que la ciencia ha producido
nunca, pero el mismo Newton nunca creyó que los cuerpos se atrajeran entre sí a
distancia. Por tanto, ningún grado de convencimiento con relación a ciertas
creencias las convierte en conocimiento. Realmente lo que caracteriza a la
conducta científica es un cierto escepticismo incluso con relación a nuestras
teorías más estimadas. La profesión de fe ciega en una teoría no es una virtud
intelectual sino un crimen intelectual.
De
este modo un enunciado puede ser pseudocientífico aunque sea eminentemente
plausible y aunque todo el mundo lo crea, y puede ser científicamente valioso
aunque sea increíble y nadie crea en él. Una teoría puede tener un valor
científico incluso eminente, aunque nadie la comprenda y, aún menos, crea en
ella.
El
valor cognoscitivo de una teoría nada tiene que ver con su influencia
psicológica sobre las mentes humanas. Creencias, convicciones, comprensiones...
son estados de la mente humana. Pero el valor científico y objetivo de una
teoría es independiente de la mente humana que la crea o la comprende. Su valor
científico depende solamente del apoyo objetivo que prestan los hechos a esa
conjetura.
Como
dijo Hume:
Si
tomamos en nuestras manos cualquier volumen de teología o de metafísica
escolástica, por ejemplo, podemos preguntarnos: ¿contiene algún razonamiento
experimental sobre temas fácticos y existenciales? No. Arrojémoslo entonces al
fuego porque nada contendrá que no sean sofismas e ilusiones.
Pero
¿qué es el razonamiento «experimental»? Si repasamos la enorme literatura del
siglo XVII sobre brujería descubriremos que está repleta de informes referentes
a observaciones cuidadosas, y que abundan los testimonios bajo juramento,
incluso experimentos. Glanvill, el filósofo favorito de la primera Royal
Society, consideraba la brujería como el paradigma del razonamiento
experimental. Tendríamos que definir el razonamiento experimental antes de
comenzar la quema de libros humeana.
En
el razonamiento científico las teorías son confrontadas por los hechos y una de
las condiciones básicas del razonamiento científico es que las teorías deben
ser apoyadas por los hechos. Ahora bien, ¿de qué forma precisa pueden los
hechos apoyar a una teoría?
Varias
respuestas diferentes han sido propuestas. El mismo Newton pensaba que él
probaba sus leyes mediante los hechos. Estaba orgulloso de no proponer meras
hipótesis; él sólo publicaba teorías probadas por los hechos. En particular
pretendió que había deducido sus leyes a partir de los fenómenos suministrados
por Kepler. Pero su desplante carecía de sentido puesto que, según Kepler, los
planetas se mueven en elipses, mientras que, según la teoría de Newton, los
planetas se moverían en elipses sólo si los planetas no se influyeran entre sí
en sus movimientos. Pero eso es lo que sucede. Por ello Newton tuvo que crear
una teoría de las perturbaciones, de la que se sigue que ningún planeta se
mueve en una elipse.
Hoy
es posible demostrar con facilidad que no se puede derivar válidamente una ley
de la naturaleza a partir de un número finito de hechos, pero la realidad es
que aún podemos leer afirmaciones en el sentido de que las teorías científicas
son probadas por los hechos. ¿A qué se debe esa obstinada oposición a la lógica
elemental?
Hay
una explicación muy plausible. Los científicos desean que sus teorías sean
respetables y merecedoras del título «ciencia», esto es, conocimiento genuino.
Ahora bien, el conocimiento más relevante en el siglo XVII, cuando nació la
ciencia, incumbía a Dios, al Diablo, al Cielo y al Infierno. Si las conjeturas
de una persona eran erróneas en temas relativos a la divinidad, la consecuencia
del error era la condenación eterna. El conocimiento teológico no puede ser
falible sino indudable. Ahora bien, la Ilustración entendió que éramos falibles
e ignorantes en materias teológicas. No existe una teología científica y por
ello no existe un conocimiento teológico. El conocimiento sólo puede versar
sobre la Naturaleza, pero esta nueva clase de conocimiento había de ser juzgada
mediante los criterios que, sin reforma, tomaron de la teología; tenía que ser
probada hasta más allá de cualquier duda. La ciencia tenía que conseguir
aquella certeza que no había conseguido la teología. A un científico digno de
ese nombre no se le podían permitir las conjeturas; tenía que probar con los
hechos cada frase que pronunciara. Tal era el criterio de la honestidad
científica. Las teorías no probadas por los hechos eran consideradas como
pseudociencia pecaminosa; una herejía en el seno de la comunidad científica.
El
hundimiento de la teoría newtoniana en este siglo hizo que los científicos
comprendieran que sus criterios de honestidad habían sido utópicos. Antes de
Einstein la mayoría de los científicos pensaban que Newton había descifrado las
leyes últimas de Dios probándolas a partir de los hechos. Ampère, a principios
del siglo XIX, entendió que debía titular su libro relativo a sus
especulaciones sobre electromagnetismo: Teoría Matemática de los Fenómenos
Electrodinámicos inequívocamente deducida de los experimentos. Pero al
final del volumen confiesa de pasada que algunos de los experimentos nunca
llegaron a realizarse y que ni siquiera se habían construido los instrumentos
necesarios.
Si
todas las teorías científicas son igualmente incapaces de ser probadas ¿qué
distingue al conocimiento científico de la ignorancia y a la ciencia de la
pseudociencia?
Los
«lógicos inductivos» suministraron en el siglo XX una respuesta a esta
pregunta. La lógica inductiva trató de definir las probabilidades de diferentes
teorías según la evidencia total disponible. Si la probabilidad matemática de
una teoría es elevada ello la cualifica como científica; si es baja o incluso
es cero, la teoría es no científica. Por tanto, el distintivo de la honestidad
intelectual sería no afirmar nunca nada que no sea, por lo menos, muy probable.
El probabilismo tiene un rasgo atractivo; en lugar de suministrar simplemente
una distinción en términos de blanco y negro entre la ciencia y la
pseudociencia, suministra una escala continua desde las teorías débiles de
probabilidad baja, hasta las teorías poderosas de probabilidad elevada. Pero en
1934 Karl Popper, uno de los filósofos más influyentes de nuestro tiempo,
defendió que la probabilidad matemática de todas las teorías científicas o
pseudocientíficas, para cualquier magnitud de evidencia, es cero. Si Popper
tiene razón las teorías científicas no sólo son igualmente incapaces de ser
probadas, sino que son también igualmente improbables. Se requería un nuevo
criterio de demarcación y Popper propuso uno magnífico. Una teoría puede ser
científica incluso si no cuenta ni con la sombra de una evidencia favorable, y
puede ser pseudocientífica aunque toda la evidencia disponible le sea
favorable. Esto es, el carácter científico o no científico de una teoría puede
ser determinado con independencia de los hechos. Una teoría es «científica» si
podemos especificar por adelantado un experimento crucial (o una observación)
que pueda falsarla, y es pseudocientífica si nos negamos a especificar tal
«falsador potencial». Pero en tal caso no estamos distinguiendo entre teorías
científicas y pseudocientíficas sino más bien entre método científico y método
no científico. Para un popperiano el marxismo es científico si los marxistas
están dispuestos a especificar los hechos que, de ser observados, les
inducirían a abandonar el marxismo. Si se niegan a hacerlo el marxismo se
convierte en una pseudociencia. Siempre resulta interesante preguntar a un
marxista qué acontecimiento concebible le impulsaría a abandonar su marxismo.
Si está vinculado al marxismo, encontrará inmoral la especificación de un
estado de cosas que pueda refutarlo. Por tanto, una proposición puede
fosilizarse hasta convertirse en un dogma pseudocientífico, o llegar a ser
conocimiento genuino dependiendo de que estemos dispuestos a especificar las
condiciones observables que la refutarían.
Entonces
¿es el criterio de falsabilidad de Popper la solución del problema de la
demarcación entre la ciencia y la pseudociencia? No. El criterio de Popper
ignora la notable tenacidad de las teorías científicas. Los científicos tienen
la piel gruesa. No abandonan una teoría simplemente porque los hechos la
contradigan. Normalmente o bien inventan alguna hipótesis de rescate para
explicar lo que ellos llaman después una simple anomalía o, si no pueden
explicar la anomalía, la ignoran y centran su atención en otros problemas.
Obsérvese que los científicos hablan de anomalías, ejemplos recalcitrantes,
pero no de refutaciones. La historia de la ciencia está, por supuesto, repleta
de exposiciones sobre cómo los experimentos cruciales supuestamente destruyen a
las teorías. Pero tales exposiciones suelen estar elaboradas mucho después de
que la teoría haya sido abandonada. Si Popper hubiera preguntado a un
científico newtoniano en qué condiciones experimentales abandonaría la teoría
de Newton, algunos científicos newtonianos hubieran recibido la misma
calificación que algunos marxistas.
¿Qué
es entonces lo que distingue a la ciencia? ¿Tenemos que capitular y convenir
que una revolución científica sólo es un cambio irracional de convicciones, una
conversión religiosa? Tom Kuhn, un prestigioso filósofo de la ciencia
americano, llegó a esta conclusión tras descubrir la ingenuidad del
falsacionismo de Popper. Pero si Kuhn tiene razón, entonces no existe
demarcación explícita entre ciencia y pseudociencia ni distinción entre
progreso científico y decadencia intelectual: no existe un criterio objetivo de
honestidad. Pero ¿qué criterios se pueden ofrecer entonces para distinguir
entre el progreso científico y la degeneración intelectual?
En
los últimos años he defendido la metodología de los programas de investigación
científica que soluciona algunos de los problemas que ni Popper ni Kuhn
consiguieron solucionar.
En
primer lugar defiendo que la unidad descriptiva típica de los grandes logros
científicos no es una hipótesis aislada sino más bien un programa de
investigación. La ciencia no es sólo ensayos y errores, una serie de conjeturas
y refutaciones. «Todos los cisnes son blancos» puede ser falsada por el
descubrimiento de un cisne negro. Pero tales casos triviales de ensayo y error
no se catalogan como ciencia. La ciencia newtoniana, por ejemplo, no es sólo un
conjunto de cuatro conjeturas (las tres leyes de la mecánica y la ley de
gravitación). Esas cuatro leyes sólo constituyen el «núcleo firme» del programa
newtoniano. Pero este núcleo firme está tenazmente protegido contra las
refutaciones mediante un gran «cinturón protector» de hipótesis auxiliares. Y,
lo que es más importante, el programa de investigación tiene también una
heurística, esto es, una poderosa maquinaria para la solución de problemas que,
con la ayuda de técnicas matemáticas sofisticadas, asimila las anomalías e
incluso las convierte en evidencia positiva. Por ejemplo, si un planeta no se
mueve exactamente como debiera, el científico newtoniano repasa sus conjeturas
relativas a la refracción atmosférica, a la propagación de la luz a través de
tormentas magnéticas y cientos de otras conjeturas, todas las cuales forman
parte del programa. Incluso puede inventar un planeta hasta entonces
desconocido y calcular su posición, masa y velocidad para explicar la anomalía.
Ahora
bien, la teoría de la gravitación de Newton, la teoría de la relatividad de
Einstein, la mecánica cuántica, el marxismo, el freudianismo, son todos
programas de investigación dotados cada uno de ellos de un cinturón protector
flexible, de un núcleo firme característico pertinazmente defendido, y de una
elaborada maquinaria para la solución de problemas. Todos ellos, en cualquier
etapa de su desarrollo, tienen problemas no solucionados y anomalías no
asimiladas. En este sentido todas las teorías nacen refutadas y mueren
refutadas. Pero ¿son igualmente buenas? Hasta ahora he descrito cómo son los
programas de investigación. Pero ¿cómo podemos distinguir un programa
científico o progresivo de otro pseudocientífico o regresivo?
En
contra de Popper, la diferencia no puede radicar en que algunos aún no han sido
refutados, mientras que otros ya están refutados. Cuando Newton publicó sus Principia
se sabía perfectamente que ni siquiera podía explicar adecuadamente el
movimiento de la luna; de hecho, el movimiento de la luna refutaba a Newton.
Kaufmann, un físico notable, refutó la teoría de la relatividad de Einstein en
el mismo año en que fue publicada. Pero todos los programas de investigación
que admiro tienen una característica común. Todos ellos predicen hechos nuevos,
hechos que previamente ni siquiera habían sido soñados o que incluso habían
sido contradichos por programas previos o rivales. En 1686, cuando Newton
publicó su teoría de la gravitación, había, por ejemplo, dos teorías en
circulación relativas a los cometas. La más popular consideraba a los cometas
como señal de un Dios irritado que advertía que iba a golpear y a ocasionar un
desastre. Una teoría poco conocida de Kepler defendía que los cometas eran
cuerpos celestiales que se movían en líneas rectas. Ahora bien, según la teoría
de Newton, algunos de ellos se movían en hipérbolas o parábolas y nunca
regresaban; otros se movían en elipses ordinarias. Halley, que trabajaba en el
programa de Newton, calculó, a base de observar un tramo reducido de la
trayectoria de un cometa, que regresaría setenta y dos años después; calculó
con una precisión de minutos cuándo se le volvería a ver en un punto definido
del cielo. Esto era increíble. Pero setenta y dos años más tarde, cuando ya
Newton y Halley habían muerto tiempo atrás, el cometa Halley volvió exactamente
como Halley había predicho. De modo análogo los científicos newtonianos
predijeron la existencia y movimiento exacto de pequeños planetas que nunca
habían sido observados con anterioridad. O bien, tomemos el programa de
Einstein. Este programa hizo la magnífica predicción de que si se mide la
distancia entre dos estrellas por la noche y si se mide la misma distancia de
día (cuando son visibles durante un eclipse del sol) las dos mediciones serán
distintas. Nadie había pensado en hacer tal observación antes del programa de
Einstein. De este modo, en un programa de investigación progresivo, la teoría
conduce a descubrir hechos nuevos hasta entonces desconocidos. Sin embargo, en
los programas regresivos las teorías son fabricadas sólo para acomodar los
hechos ya conocidos. Por ejemplo, ¿alguna vez ha predicho el marxismo con éxito
algún hecho nuevo? Nunca. Tiene algunas famosas predicciones que no se
cumplieron. Predijo el empobrecimiento absoluto de la clase trabajadora.
Predijo que la primera revolución socialista sucedería en la sociedad
industrial más desarrollada. Predijo que las sociedades socialistas estarían
libres de revoluciones. Predijo que no existirían conflictos de intereses entre
países socialistas. Por tanto, las primeras predicciones del marxismo eran
audaces y sorprendentes, pero fracasaron.
Los
marxistas explicaron todos los fracasos: explicaron la elevación de niveles de
vida de la clase trabajadora creando una teoría del imperialismo; incluso
explicaron las razones por las que la primera revolución socialista se había
producido en un país industrialmente atrasado como Rusia. «Explicaron» los
acontecimientos de Berlín en 1953, Budapest en 1956 y Praga en 1968.
«Explicaron» el conflicto ruso-chino. Pero todas sus hipótesis auxiliares
fueron manufacturadas tras los acontecimientos para proteger a la teoría de los
hechos. El programa newtoniano originó hechos nuevos; el programa marxista se
retrasó con relación a los hechos y desde entonces ha estado corriendo para
alcanzarlos.
Para
resumir: el distintivo del progreso empírico no son las verificaciones
triviales: Popper tiene razón cuándo afirma que hay millones de ellas. No es un
éxito para la teoría newtoniana el que al soltar una piedra ésta caiga hacia la
tierra, sin que importe el número de veces que se repite el experimento. Pero
las llamadas «refutaciones» no indican un fracaso empírico como Popper ha
enseñado, porque todos los programas crecen en un océano permanente de
anomalías. Lo que realmente importa son las predicciones dramáticas,
inesperadas, grandiosas; unas pocas de éstas son suficientes para decidir el
desenlace; si la teoría se retrasa con relación a los hechos, ello significa
que estamos en presencia de programas de investigación pobres y regresivos.
¿Cómo
suceden las revoluciones científicas? Si tenemos dos programas de investigación
rivales y uno de ellos prospera, mientras que e1 otro degenera, los científicos
tienden a alinearse con el programa progresivo. Tal es la explicación de las
revoluciones científicas. Pero aunque preservar la publicidad del caso sea una
cuestión de honestidad intelectual, no es deshonesto aferrarse a un programa en
regresión e intentar convertirlo en progresivo.
En
contra de Popper, la metodología de los programas de investigación científica
no ofrece una racionalidad instantánea. Hay que tratar con benevolencia a los
programas en desarrollo; pueden transcurrir décadas antes de que los programas
despeguen del suelo y se hagan empíricamente progresivos. La crítica no es un
arma popperiana que mate con rapidez mediante la refutación. Las críticas
importantes son siempre constructivas; no hay refutaciones sin una teoría
mejor. Kuhn se equivoca al pensar que las revoluciones científicas son un
cambio repentino e irracional de punto de vista. La historia de la ciencia
refuta tanto a Popper como a Kuhn; cuando son examinados de cerca, resulta que
tanto los experimentos cruciales popperianos como las revoluciones de Kuhn son
mitos; lo que sucede normalmente es que los programas de investigación
progresivos sustituyen a los regresivos.
El
problema de la demarcación entre ciencia y pseudociencia también tiene serias
implicaciones para la institucionalización de la crítica. La teoría de
Copérnico fue condenada por la Iglesia Católica en 1616 porque supuestamente
era pseudocientífica. Fue retirada del Indice en 1820 porque para
entonces la Iglesia entendió que los hechos la habían probado y por ello se
había convertido en científica. El Comité Central del Partido Comunista
Soviético en 1949 declaró pseudocientífica a la genética mendeliana e hizo que
sus defensores, como el académico Vavilov, murieran en campos de concentración;
tras la muerte de Vavilov la genética mendeliana fue rehabilitada; pero
persistió el derecho del Partido a decidir lo que es científico y publicable y
lo que es pseudocientífico y castigable. Las instituciones liberales de
Occidente también ejercitan el derecho a negar la libertad de expresión cuando
algo es considerado pseudocientífico, como se ha visto en el debate relativo a
la raza y la inteligencia. Todos estos juicios inevitablemente se fundamentan
en algún criterio de demarcación. Por ello el problema de la demarcación entre
ciencia y pseudociencia no es un pseudoproblema para filósofos de salón, sino
que tiene serias implicaciones éticas y políticas.
Capítulo
1
LA
FALSACION Y LA METODOLOGÍA
DE
LOS PROGRAMAS DE INVESTIGACIÓN
CIENTÍFICA
(Este
artículo se escribió en 1968-69 y fue publicado por primera vez en Lakatos
(1970). Allí Lakatos se refería al artículo como una «versión mejorada» de su
(1968b) y como «una versión imperfecta» de su próxima The Changing Logic of
Scientific Discovery, un libro proyectado que nunca pudo empezar. Hace constar
los siguientes agradecimientos: «Algunas partes de (mi 1968b) se reproducen
aquí sin cambios con el permiso del Editor de Proceedings of the Aristotelian
Society. Para preparar esta nueva versión he recibido gran ayuda de Tad
Beckman, Colin Howson, Clive Kilmister, Larry Laudan, Eliot Leader,
Alan Musgrave, Michael Sukale, John Watkins y John Worrall» (Editores).
1. La
Ciencia: razón o religión
Durante
siglos conocimiento significó conocimiento probado; probado bien por el poder
del intelecto o por la evidencia de los sentidos. La sabiduría y la integridad
intelectual exigían que desistiéramos de realizar manifestaciones no probadas y
que minimizáramos (incluso en nuestros pensamientos) el bache entre la
especulación y el conocimiento establecido. El poder probatorio del intelecto o
de los sentidos fue puesto en duda por los escépticos hace más de dos mil años,
pero la gloría de la física newtoniana los sumió en la confusión. Los hallazgos
de Einstein de nuevo invirtieron la situación y en la actualidad muy pocos
filósofos o científicos consideran aún que el conocimiento científico es, o
puede ser, conocimiento probado. Pero pocos entienden que con esto se derrumba
la estructura clásica de valores intelectuales y que ha de ser reemplazada; no
es posible atenuar simplemente el ideal de verdad probada llegando al ideal de
«verdad probable» (como hacen algunos empiristas lógicos)1 o al de
«verdad por consenso (cambiante)» (como hacen algunos sociólogos del
conocimiento.2
La
importancia de Popper radica fundamentalmente en haber comprendido todas las
implicaciones del colapso de la teoría científica mejor corroborada de todos
los tiempos, la mecánica newtoniana y la teoría newtoniana de la gravitación.
Desde su punto de vista, la virtud no estriba en ser cauto para evitar errores,
sino en ser implacable al eliminarlos. Audacia en las conjeturas, por una
parte, y austeridad en las refutaciones, por otra: esa es la receta de Popper.
1
El principal defensor contemporáneo de la idea de
«verdad probable» es Rudolf Carnap. En I. Lakatos: Matemáticas, ciencia y
epistemología (Alianza Ed., 1987) (a partir de ahora, MCE), cap. 8, se
expone el contexto histórico de esta posición y se realiza una crítica de la
misma.
2
Los principales defensores contemporáneos de la idea de «verdad por consenso»
son Polanyi y Kuhn. En Musgrave (1969a) y Musgrave (1969b) se encontrará el
fundamento histórico de esta postura y una crítica de la misma.
La
honestidad intelectual no consiste en intentar atrincherar o establecer la
posición propia probándola (o «haciéndola probable»); más bien la honestidad
intelectual consiste en especificar con precisión las condiciones en que
estaríamos dispuestos a abandonar nuestra posición. Los marxistas y freudianos comprometidos
rehúsan especificar tales condiciones: tal es la señal de su deshonestidad
intelectual. Creer puede ser una lamentable debilidad biológica que debe
ser controlada por la crítica, pero el compromiso es para Popper un
auténtico crimen.
Kuhn
piensa de otro modo. También él rechaza la idea de que la ciencia crezca
mediante acumulación de verdades eternas3. También él se inspira
fundamentalmente en la destrucción de la física newtoniana realizada por
Einstein. También su principal problema son las revoluciones científicas. Pero
mientras que para Popper la ciencia es «revolución permanente», y la crítica,
la médula de la empresa científica, para Kuhn las revoluciones son
excepcionales y, en realidad, extracientíficas; en tiempos «normales» la
crítica es anatema. En realidad para Kuhn la transición de la crítica al
compromiso señala el punto en que comienza el «progreso» y la ciencia normal.
Para él la idea de que tras la «refutación» se puede pedir el rechazo y la
eliminación de una teoría constituye falsacionismo ingenuo. Sólo en los escasos
momentos de «crisis» se permite la crítica de la teoría dominante y las
propuestas de nuevas teorías. Esta ultima tesis de Kuhn ha sido muy criticada4
y no la discutiré. Mi interés se centra más bien en que Kuhn, tras reconocer el
fracaso tanto del justificacionismo como del falsacionismo para suministrar
explicaciones del progreso científico, parece ahora retroceder al
irracionalismo.
Para
Popper, el cambio científico es racional o al menos reconstruible racionalmente
y pertenece al dominio de la lógica de la investigación. Para Kuhn, el
cambio científico de un paradigma a otro es una conversión mística que no está
ni puede estar gobernada por reglas racionales y que cae enteramente en el
terreno de la psicología (social) de la investigación. El cambio
científico es una clase de cambio religioso.
El
conflicto entre Popper y Kuhn no se refiere a un tema epistemológico de orden
técnico. Afecta a nuestros valores intelectuales fundamentales y tiene
implicaciones no sólo para la física teórica, sino también para las ciencias
sociales subdesarrolladas e incluso para la filosofía moral y política. Si ni
siquiera en una ciencia existe forma alguna de juzgar a una teoría como no sea
mediante el número, fe y energía vocal de sus adeptos, entonces ello será aún
más cierto de las ciencias sociales; la verdad está en el poder. De este modo
reivindica Kuhn (inintencionadamente, sin duda) el credo político básico
de los maníacos religiosos contemporáneos (los «estudiantes revolucionarios»).
3
Realmente él comienza su (1962) argumentando contra la idea del crecimiento
científico del «desarrollo por acumulación». Pero intelectualmente es deudor de
Koyré y no de Popper. Koyré mostró que el positivismo suministra una mala guía
para el historiador de la ciencia porque la historia de la física sólo puede
comprenderse en el contexto de una sucesión de programas de investigación
metafísicos. De este modo los cambios científicos están relacionados con
grandes y cataclísmicas revoluciones metafísicas. Kuhn desarrolla este mensaje
de Burtt y Koyré y el gran éxito de su libro se debe parcialmente a su crítica
directa y demoledora de la historiografía justificacionista que causó una
auténtica sensación entre los científicos ordinarios y los historiadores de la
ciencia a quienes no había llegado el mensaje de Burtt, Koyré (o Popper). Pero
desgraciadamente su mensaje tenía algunas connotaciones autoritarias e
irracionales.
4 Cf. E. G. Watkins (1970) y Feyerabend (1970a).
En
este artículo mostraré, en primer término, que en la lógica de la investigación
científica de Popper confluyen dos puntos de vista distintos. Kuhn sólo percibe
uno de ellos, el «falsacionismo ingenuo» (prefiero el término «falsacionismo
metodológico ingenuo»); entiendo que su crítica del mismo es correcta y yo la
reforzaré incluso. Pero Kuhn no comprende una posición más sofisticada cuya
racionalidad no se fundamenta en el falsacionismo «ingenuo». Trataré de exponer
y de fortalecer este enfoque popperiano, más sólido que el anterior y que,
según pienso, puede ser inmune a las críticas de Kuhn y presentar las
revoluciones científicas como casos de progreso racional y no de conversiones
religiosas.
2. Falibilismo
versus falsacionismo
Para
apreciar con mayor claridad las tesis en conflicto, debemos reconstruir la
situación de la filosofía de la ciencia tras el hundimiento del
«justificacionismo».
Según
los justijicacionistas, el conocimiento científico consiste en proposiciones
probadas. Habiendo reconocido que las deducciones estrictamente
lógicas sólo nos capacitan para inferir (transmitir la verdad) pero no para
probar (establecer la verdad), no se pusieron de acuerdo acerca de la
naturaleza de aquellas proposiciones (axiomas) cuya verdad puede ser probada
por medios extralógicos. Los intelectualistas clásicos (o racionalistas
en el sentido restringido del término) admitieron clases muy variadas y
poderosas de «pruebas» extralógicas: la revelación, la intuición intelectual,
la experiencia. Estas, con ayuda de la lógica, les permitirían probar cualquier
clase de proposición científica. Los empiristas clásicos sólo aceptaron
como axiomas un conjunto relativamente pequeño de «proposiciones fácticas» que
expresaban los «hechos sólidos». Su valor de verdad quedaba establecido por la
experiencia y constituían la base empírica de la ciencia. Para probar
las teorías científicas mediante la restringida base empírica
exclusivamente, necesitaban una lógica mucho más poderosa que la lógica
deductiva de los intelectualistas clásicos: la «lógica inductiva». Todos
los justificacionistas, fueran intelectualistas o empiristas, estaban de
acuerdo en que un enunciado singular que exprese un «hecho sólido» puede refutar
a una teoría universal5, pero pocos de entre ellos entendían que
una conjunción finita de proposiciones fácticas puede ser suficiente para
probar «inductivamente» una teoría universal6.
5
Los justificacionistas insistieron repetidamente en esta asimetría entre
enunciados fácticos singulares y teorías universales. Cf. e. g. la discusión de
Popkin sobre Pascal en Popkin (1968), p. 14, y la afirmación de Kant en el
mismo sentido citada en el nuevo motto de la tercera edición alemana
(1969) de la Logik der Forschung de Popper. (La elección de Popper de
esta venerable piedra angular de la lógica elemental como un motto de la
nueva edición de su obra clásica muestra su principal preocupación: luchar
contra el probabilismo en el que esta asimetría se convierte en irrelevante
porque las teorías probabilísticas pueden llegar a estar casi tan bien
fundamentadas como las proposiciones fácticas.)
6
En realidad, incluso algunos de estos pocos cambiaron, siguiendo a Mill, el
problema, obviamente insoluble, de la prueba inductiva (de proposiciones
particulares a universales) por el problema, algo menos obviamente insoluble,
de probar proposiciones fácticas particulares a partir de otras
proposiciones fácticas particulares
El
justificacionismo, esto es, la identificación del conocimiento con el
conocimiento probado, fue la tradición dominante durante siglos en el
pensamiento racional. El escepticismo no negó el justificacionismo: sólo afirmó
que no había ni podía haber conocimiento probado ni, por ello, conocimiento
de clase alguna. Para los escépticos el conocimiento no era sino creencias
animales. De este modo el escepticismo justificacionista ridiculizó el
pensamiento objetivo y abrió la puerta al irracionalismo, al misticismo y a la
superstición.
Esta
situación explica los enormes esfuerzos realizados por los racionalistas
clásicos para intentar salvar los principios sintéticos a priori del
intelectualismo, y por los empiristas clásicos, para intentar salvar la certeza
de la base empírica y la validez de la inferencia inductiva. Para todos ellos la
honestidad científica exigía que no se afirmara nada carente de prueba. Sin
embargo, ambos fueron derrotados: los kantianos por la geometría no euclidiana
y por la física no newtoniana, y los empiristas, por la imposibilidad lógica de
establecer una base empírica (como señalaron los kantianos, los hechos no
pueden probar las proposiciones) y de establecer una lógica inductiva (ninguna
lógica puede acrecentar el contenido de modo infalible). Resultó que ninguna
teoría es susceptible de ser probada.
Los
filósofos tardaron en reconocer esto por razones obvias. Los justificacionistas
clásicos temían que una vez aceptado que la ciencia teórica no puede ser
probada, también tendrían que concluir que no es otra cosa que sofismas e
ilusiones, un fraude deshonesto. La importancia filosófica del probabilismo (o
neojustificacionismo) radica en haber negado la necesidad de tal
conclusión.
El
probabilismo fue elaborado por un grupo de filósofos de Cambridge que entendían
que aunque todas las teorías carecen igualmente de la posibilidad de ser
probadas, tienen, sin embargo, grados de probabilidad diferentes (en el sentido
del cálculo de probabilidad) con relación a la evidencia empírica disponible7.
Por tanto, la honestidad científica requiere menos de lo que se pensaba:
consiste en expresar solamente teorías muy probables, o incluso, en especificar
para cada teoría científica, la evidencia y la probabilidad de la teoría a la
luz de la evidencia.
Por
supuesto, la sustitución de la prueba por la probabilidad constituyó un
retroceso fundamental para el pensamiento justificacionista. Pero incluso este
retroceso resultó ser insuficiente.
7
Los padres fundadores del probabilismo fueron
intelectualistas: fracasaron los esfuerzos posteriores de Carnap para construir
una variante empirista del probabilismo. Cf. MCE, cap. 8, pp. 221 y ss.
Pronto
se mostró, sobre todo merced a los esfuerzos persistentes de Popper, que en
condiciones muy generales todas las teorías tienen probabilidad cero, sea cual
sea la evidencia: no sólo todas las teorías son igualmente imposibles de
probar sino que también son igualmente improbables.8
Muchos
filósofos argumentan aún que el fracaso en la obtención de, al menos, una
solución probabilística para el problema de la inducción, significa que
«arrojamos por la borda casi todo lo que es considerado como conocimiento por
la ciencia y por el sentido común»9. Este es el contexto en el que
debemos apreciar el cambio dramático aportado por el falsacionismo en la
evaluación de teorías y, en general, en los criterios de honestidad
intelectual. En un sentido, el falsacionismo fue una nueva y considerable
retirada por parte del pensamiento racional. Pero puesto que era una retirada
desde unos criterios utópicos, destruyó mucha hipocresía y confusionismo,
constituyendo, de hecho, un avance.
a)
El falsacionismo
dogmático (o naturalista). La base empírica
En
primer lugar analizaré una variante muy importante del falsacionismo: el
falsacionismo dogmático (o «naturalista»)10. El falsacionismo
dogmático admite la falibilidad de todas las teorías científicas sin
cualificaciones, pero retiene una clase de base empírica infalible. Es
estrictamente empirista sin ser inductivista; niega que la certeza de la base
empírica pueda ser transmitida a las teorías. Por tanto, el falsacionismo
dogmático es la variedad más débil del falsacionismo.
Es
extremadamente importante insistir en que el admitir que la contraevidencia
empírica {reforzada) es el arbitro final de una teoría, no convierte a uno en
un falsacionista dogmático. Cualquier kantiano
o inductivista estará de acuerdo con tal apelación. Pero tanto el kantiano como
el inductivista, aun reconociendo los experimentos cruciales negativos,
especificará también condiciones sobre cómo establecer y defender una teoría no
refutada con preferencia a otra. Los kantianos mantenían que la geometría euclidiana
y la mecánica newtoniana habían sido establecidas con certeza; los
inductivistas defendían que tenía probabilidad 1. Sin embargo, para el
falsacionista dogmático la contraevidencia empírica es el único arbitro
posible de una teoría.
Por
tanto, el distintivo del falsacionista dogmático es el reconocimiento de que
todas las teorías son igualmente conjeturales. La ciencia no puede probar ninguna
teoría. Pero aunque la ciencia no puede probar, sí que puede refutar;
«puede realizar con certeza lógica completa (el acto de) repudiar lo que es
falso»11; esto es, existe una base empírica de hechos, absolutamente
sólida, que puede utilizarse para refutar las teorías.
8
Para una discusión detallada, cf. MCE, cap. 8, especialmente pp. 208 y ss.
9
Rusell (1943), p. 683. Para una discusión del justificacionismo de Russell, cf.
vol. 2, cap. 1, especialmente pp. 11 y ss.
10
Sobre la explicación de este término, cf. abajo, p. 24, n, 17.
11
Medawar (1967), p, 144. También cf. abajo, p.
123, n. 338.
Los
falsacionistas suministran nuevos y muy modestos criterios de honestidad
intelectual: están dispuestos a considerar una proposición como «científica» no
sólo si es una proposición probada, sino incluso si no es más que falsable;
esto es, si existen técnicas experimentales y matemáticas disponibles en el
momento, que designan a ciertos enunciados como falsadores potenciales12.
Por
tanto, la honestidad científica consiste en especificar por adelantado un
experimento tal, que si el resultado contradice la teoría, ésta debe ser
abandonada13.
El falsacionista pide que cuando una proposición sea refutada no se produzcan
engaños: la proposición debe ser rechazada sin condiciones. A las proposiciones
no falsables (y no tautológicas) el falsacionista las despacha de un plumazo:
las denomina metafísicas y les niega rango científico.
Los
falsacionistas dogmáticos trazaron una drástica demarcación entre el teórico y
el experimentador; el teórico propone, el experimentador dispone (en nombre de
la naturaleza). Como señala Weyl: «Deseo manifestar mi ilimitada admiración por
el trabajo del experimentador en su lucha por arrancar hechos interpretables a
una naturaleza reacia que sabe muy bien cómo confrontar nuestras teorías con un
No decisivo o con un inaudible Sí»14. Braithwaite
ofrece una exposición del falsacionismo dogmático particularmente lúcida.
Suscita el problema de la objetividad de la ciencia: «¿En qué medida, por
tanto, debe considerarse a un sistema científico deductivo como una creación
libre de la mente humana y en qué medida como una exposición objetiva de los
hechos naturales?» Su respuesta es:
La
forma de un enunciado referente a una hipótesis científica y su uso para
expresar una proposición general, constituye un artificio humano; lo que se
debe a la naturaleza son los hechos observables que refutan o no refutan a la
hipótesis científica... (En la ciencia) asignamos a la naturaleza la tarea de
decidir si son falsas cualquiera de las conclusiones contingentes del nivel más
bajo. Esta contrastación objetiva de falsedad es lo que convierte al sistema
deductivo (para cuya construcción gozamos de gran libertad) en un sistema de
hipótesis científicas. El hombre propone un sistema de hipótesis: la Naturaleza
dispone su verdad o falsedad. El hombre inventa un sistema científico y
descubre después si es acorde o no con los hechos observados15.
Según
la lógica del falsacionismo dogmático, la ciencia crece mediante reiteradas
eliminaciones de teorías con la ayuda de hechos sólidos. Por
ejemplo, según este punto de vista la teoría de la gravedad mediante vórtices
de Descartes fue refutada (y eliminada) por el hecho de que los planetas
se movían en elipses y no en círculos cartesianos; la teoría de Newton, sin
embargo, explicaba con éxito los hechos entonces disponibles: tanto los que
habían sido explicados por la teoría de Descartes como aquellos que la
refutaron.
12
Esta discusión indica ya la importancia esencial de una demarcación entre
proposiciones fácticas que pueden ser probadas y proposiciones teóricas que no
pueden ser probadas, para el falsacionista dogmático.
13 «Los
criterios de refutación deben establecerse previamente; se debe acordar qué
situaciones observables, de ser observadas realmente, implican que la teoría
está refutada» (Popper, 1963a, p. 38, n. 3).
14
Citado en Popper (1934), sección 85, con el comentario de Popper: «Enteramente
de acuerdo».
15
Braithwaite (1953), pp. 367-68. Sobre la «incorregibilidad» de los hechos
observados de Braithwaite, cf. su (1938). Mientras que en el pasaje citado
Braithwaite suministra una respuesta poderosa al problema de la objetividad
científica, en otro pasaje señala que «con excepción de las generalizaciones
directas de hechos observables... la refutación completa no es más posible que
la prueba completa» (1953), p. 19. También cf. abajo, p. 43, n. 84.
Por
ello la teoría de Newton sustituyó a la de Descartes. Análogamente, y según los
falsacionistas, la teoría de Newton fue, a su vez, refutada por el perihelio
anómalo de Mercurio, mientras que la de Einstein explicó también este hecho.
Por tanto, la ciencia progresa mediante especulaciones audaces que nunca son
probadas ni resultan probables; algunas de las cuales son posteriormente
eliminadas por refutaciones sólidas, concluyentes y sustituidas por nuevas
especulaciones aún más audaces y no refutadas al menos por el momento.
Sin
embargo, el falsacionismo dogmático es insostenible. Descansa sobre dos
supuestos falsos y un criterio de demarcación entre ciencia y no-ciencia
demasiado restringido.
El
primer supuesto es que existe una frontera natural, psicológica, entre
las proposiciones teóricas y especulativas, por una parte, y las proposiciones
fácticas u observacionales (o básicas) por la otra. (Por supuesto, esto es
parte del enfoque naturalista del método científico16.)
El
segundo supuesto es que si una proposición satisface el criterio
psicológico de ser fáctica u observacional (o básica), entonces es cierta; se
puede decir que ha sido probada por los hechos. (Llamaré a esta tesis la
doctrina de la prueba observacional [o experimental]17.)
Ambos
supuestos otorgan a las refutaciones mortales del falsacionismo dogmático una
base empírica a partir de la cual la falsedad probada puede transmitirse, por
medio de la lógica deductiva, a la teoría objeto de contrastación.
Estos
supuestos son complementados por un criterio de demarcación: sólo son
«científicas» las teorías que excluyen ciertos acontecimientos observables y
que, por ello, pueden ser refutadas por los hechos. Dicho de otro modo: una
teoría es «científica» si tiene una base empírica18.
Pero
ambos supuestos son falsos. La psicología testimonia contra el primero, la
lógica contra el segundo y, finalmente, la opinión metodológica testifica
contra el criterio de demarcación. Discutiré estos temas sucesivamente.
16
Cf. Popper (1934), sección 10.
17
Sobre estos supuestos y su crítica, c. Popper (1934), secciones 4 y 10. Se debe
a este supuesto el que, siguiendo a Popper, llame «naturalista» a esta variedad
de falsacionismo. Las «proposiciones básicas» de Popper no deben confundirse
con las proposiciones básicas discutidas en esta sección; cf. abajo, p.
35, n. 46.
Es
importante señalar que estos dos supuestos son también compartidos por muchos
justificacionistas que no son falsacionistas: puede que añadan las «pruebas
intuitivas» a las pruebas experimentales como hizo Kant, o las «pruebas
inductivas» como hizo Mill. Nuestro falsacionista sólo acepta las
pruebas experimentales.
18
La base empírica de una teoría es el conjunto de sus falsadores potenciales: el
conjunto de aquellas proposiciones observacionales que pueden refutarla.
1)
Una somera consideración de algunos ejemplos característicos es bastante para
debilitar el primer supuesto. Galileo pretendió que podía «observar»
montañas en la luna y manchas en el sol y que tales observaciones refutaban la
venerable teoría de que los cuerpos celestiales eran inmaculadas esferas de
cristal. Pero sus observaciones no eran «observacionales», esto es, realizadas
mediante los sentidos y sin ayuda alguna: su fiabilidad dependía de la de su
telescopio y también de la teoría óptica del telescopio que tan violentamente
fue puesta en duda por sus contemporáneos. No fueron las observaciones puras
y ateóricas de Galileo las que se enfrentaban con la teoría de
Aristóteles, sino que las «observaciones» de Galileo, interpretadas mediante su
teoría óptica, se enfrentaban con las «observaciones» de los aristotélicos
interpretadas según su teoría de los cielos19. Nos quedamos con dos
teorías inconsistentes situadas a la par, prima facie. Algunos
empiristas pueden aceptar este punto de vista reconociendo que las
«observaciones» de Galileo no eran observaciones genuinas. Sin embargo,
defenderán que existe una «demarcación natural» entre aquellos enunciados que
los sentidos imprimen en una mente vacía y pasiva (y sólo éstos constituyen
«conocimiento inmediato» genuino) y aquellos sugeridos por sensaciones impuras,
impregnadas de teorías. En realidad todas las variedades de las teorías
del conocimiento justificacionista que reconocen a los sentidos como fuente
(bien como una fuente o como la fuente) del conocimiento se ven
obligadas a incorporar una psicología de la observación. Tales
psicologías especifican el estado de los sentidos (o mejor, el estado de la
mente como conjunto) «correcto», «normal», «sano», «sin prejuicios»,
«meticuloso» o «científico» en que se observa la verdad tal cual es. Por
ejemplo, Aristóteles y los estoicos pensaron que la mente correcta era la mente
médicamente sana. Los pensadores modernos advirtieron que una mente correcta
requiere algo más que la mera salud. La mente correcta de Descartes es la
acuñada en el fuego de la duda escéptica que no retiene sino la soledad final
del cogito sobre el que el ego puede restablecerse y encontrar la
mano de Dios que le guíe hacia la verdad. Todas las escuelas del
justificacionismo moderno pueden caracterizarse por la psicoterapia con
la que proponen que se prepare la mente para recibir la gracia de la verdad
probada en el curso de una comunión mística. En particular, para los empiristas
clásicos la mente correcta es una tabula rasa vaciada de todo
contenido inicial, liberada de todo prejuicio o teoría. Pero del trabajo de
Kant y de Popper (y del de los psicólogos influidos por ellos) se desprende que
tal psicoterapia empirista nunca puede tener éxito. Porque no hay ni puede
haber sensaciones no impregnadas de expectativas y por ello no hay
demarcación natural (psicológica) entre las proposiciones observacionales y
teóricas20.
19
Por cierto, Galileo también mostró, con ayuda de su óptica, que si la Luna
fuera una bola de cristal sin impurezas, sería invisible. (Galileo, 1632).
20
Es cierto que la mayor parte de los psicologistas que se rebelaron contra la
idea del sensacionalismo justificacionista lo hicieron bajo la influencia de
filósofos pragmáticos como William James, quien negó la posibilidad de
cualquier clase de conocimiento objetivo. Pero incluso así la influencia de
Kant a través de Oswald Külpe, Franz Brentano y la influencia de Popper a
través de Egon Brunswick y Donald Campbell, desempeñaron un papel en la
formación de la psicología moderna; y si alguna vez la psicología vence al
psicologismo ello se deberá a una creciente comprensión de la línea fundamental
Kant-Popper de la filosofía objetivista.
2)
Pero incluso si existiera tal demarcación natural la lógica destruiría el segundo
supuesto del falsacionismo dogmático, porque el valor de verdad de las
proposiciones «observacionales» no puede ser decidido de forma indubitable: ninguna
proposición fáctica puede nunca ser probada mediante un experimento. Las
proposiciones sólo pueden ser derivadas a partir de otras proposiciones; no a
partir de los hechos: no se pueden probar enunciados mediante experiencias,
«como tampoco se pueden probar dando puñetazos sobre una mesa»21 Esta
es una cuestión básica de lógica elemental, pero relativamente pocos la
comprenden incluso hoy en día22.
Si las proposiciones fácticas no pueden ser
probadas, entonces son falibles. Si son falibles, entonces los conflictos entre
las teorías y las proposiciones fácticas no son «falsaciones» sino simples
inconsistencias. Nuestra imaginación puede desempeñar un papel más importante
en la formulación de «teorías» que en la formulación de «proposiciones
fácticas»23, pero ambas son falibles. Por tanto, no podemos
probar las teorías y tampoco podemos refutarlas24. La
demarcación entre unas teorías débiles, carentes de prueba y una «base
empírica» sólida y probada, es inexistente: todas las proposiciones de
la ciencia son teóricas e inevitablemente falibles25.
3)
Por fin, incluso si existiera una demarcación natural entre enunciados
observacionales y teorías, e incluso si el valor de verdad de los enunciados
observacionales pudiera ser establecido de modo indudable, aún así el
falsacionismo dogmático sería incapaz de eliminar la clase más importante de
las que suelen considerarse como teorías científicas. Porque incluso si los
experimentos pudieran probar los informes experimentales, su poder de
refutación seguiría siendo muy restringido: precisamente las teorías más
admiradas no prohíben ningún acontecimiento observable.
21
Cf. Popper (1934), sección 29.
22
Parece que el primer filósofo que insistió en esto fue Fries en 1837 (cf.
Popper, 1934, sección 29, n. 3). Este
es, por supuesto, un caso especial de la tesis general según la cual las
relaciones lógicas como la probabilidad lógica o la consistencia, se refieren a
proposiciones. Así, por ejemplo, la proposición «la naturaleza es
consistente» es falsa (o, si se quiere, carente de significado) porque la
naturaleza no es una proposición (ni una conjunción de proposiciones).
23
Por cierto, incluso esto puede ser puesto en duda. Cf. ahajo, pp. 59 y
ss.
24
Como dice Popper: «Ninguna refutación concluyente de una teoría puede
producirse nunca»; quienes para eliminar una teoría esperan a una refutación
infalible, tendrán que continuar esperando para siempre y «nunca se
beneficiarán de la experiencia» (1934, sección 9).
25
Tanto Kant como su seguidor inglés, Whewell, comprendieron que todas las
proposiciones científicas, sean a priori o a posteriori, son
igualmente teóricas, pero ambos mantuvieron que son igualmente susceptibles de
ser probadas. Los kantianos vieron claramente que las proposiciones de la
ciencia son teóricas en el sentido de que no son las sensaciones las que las
escriben sobre la tabula rasa de una mente vacía, ni son deducidas o
inducidas a partir de tales proposiciones. Una proposición fáctica no es sino
una clase especial de proposición teórica. En esto Popper se alineó con Kant
contra la versión empirista del dogmatismo. Pero Popper avanzó un paso más;
según su punto de vista las proposiciones de la ciencia no sólo son teóricas
sino que también son falibles; eternamente conjeturales.
Para
defender esta afirmación contaré en primer lugar una historia característica y
después propondré un argumento general.
La
historia se refiere a un caso imaginario de conducta anómala de un planeta. Un
físico de la era preeinsteiniana combina la mecánica de Newton y su ley de
gravitación (N) con las condiciones iniciales aceptadas (I) y calcula mediante
ellas la ruta de un pequeño planeta que acaba de descubrirse, p. Pero el
planeta se desvía de la ruta prevista. ¿Considera nuestro físico que la
desviación estaba prohibida por la teoría de Newton y que, por ello, una vez
confirmada tal ruta, queda refutada la teoría N? No. Sugiere que debe existir
un planeta hasta ahora desconocido, p', que perturba la ruta de p. Calcula la
masa, órbita, etc., de ese planeta hipotético y pide a un astrónomo
experimental que contraste su hipótesis. El planeta p' es tan pequeño que ni
los mayores telescopios existentes podrían observarlo: el astrónomo
experimental solicita una ayuda a la investigación para construir uno aún mayor26.
Tres años después el nuevo telescopio ya está disponible. Si se descubriera el
planeta desconocido p', ello sería proclamado como una nueva victoria de la
ciencia newtoniana. Pero no sucede así. ¿Abandona nuestro científico la teoría
de Newton y sus ideas sobre el planeta perturbador? No. Sugiere que una nube de
polvo cósmico nos oculta el planeta. Calcula la situación y propiedades de la
nube y solicita una ayuda a la investigación para enviar un satélite con objeto
de contrastar sus cálculos. Si los instrumentos del satélite (posiblemente
nuevos, fundamentados en una teoría poco contrastada) registraran la existencia
de la nube conjeturada, el resultado sería pregonado como una gran victoria de
la ciencia newtoniana. Pero no se descubre la nube. ¿Abandona nuestro
científico la teoría de Newton junto con la idea del planeta perturbador y la
de la nube que lo oculta? No. Sugiere que existe un campo magnético en esa
región del universo que inutilizó los instrumentos del satélite. Se envía un
nuevo satélite. Si se encontrara el campo magnético, los newtonianos
celebrarían una victoria sensacional. Pero ello no sucede. ¿Se considera este
hecho una refutación de la ciencia newtoniana? No. O bien se propone otra
ingeniosa hipótesis auxiliar o bien... toda la historia queda enterrada en los
polvorientos volúmenes de las revistas, y nunca vuelve a ser mencionada27.
Esta
historia sugiere vividamente que incluso las teorías científicas más
respetadas, como la dinámica de Newton y la teoría de la gravitación, pueden no
prohibir ningún fenómeno observable28.
26
Si el pequeño planeta conjetural estuviera fuera del alcance hasta de los
mayores telescopios ópticos posibles, puede ensayar algún instrumento
enteramente nuevo (como un radiotelescopio) que le capacite para «observarlo»,
esto es, para interrogar a la Naturaleza sobre él, aunque sólo sea
indirectamente. (Puede ser que la nueva teoría «observacional» no esté
adecuadamente articulada ni, mucho menos, severamente contrastada, pero él no
se preocuparía por ello más de lo que se preocupó Galileo.)
27
Al menos no hasta que un nuevo programa de investigación supere al programa de
Newton y explique este fenómeno previamente recalcitrante. En este caso, el
fenómeno será desenterrado y entronizado como un «experimento crucial»; cf. abajo,
pp. 92 y ss
28
Popper pregunta: «¿Qué clase de observaciones clínicas refutarían, a
satisfacción del analista, no simplemente un diagnóstico particular sino el
psicoanálisis mismo?» (1963, p. 38, n. 3). Pero ¿qué clase de observación
refutaría, a satisfacción del newtoniano, no simplemente una versión
particular, sino la misma teoría newtoniana?
En
verdad algunas teorías científicas prohíben la aparición de un
acontecimiento en alguna región espacio-temporal especifica (esto es, un
«acontecimiento singular») sólo con la condición de que ningún otro factor (posiblemente
oculto en algún rincón distante y no especificado del universo) tenga
influencia sobre él. Pero entonces tales teorías nunca, por sí solas,
contradicen un enunciado básico: como máximo contradicen una conjunción de
un enunciado básico que describe un acontecimiento espacio-temporal singular y
un enunciado universal de no-existencia según el cual no hay otras causas
relevantes actuando en ningún lugar del universo. Y el falsacionista dogmático
no puede pretender que tales enunciados universales de no-existencia formen
parte de la base empírica o que puedan ser observados y probados mediante la
experiencia.
Otro
modo de expresar la misma idea es decir que algunas teorías científicas se
interpretan normalmente como si incorporaran una cláusula ceteris-paribus29:
en tales casos lo que puede ser refutado es una teoría científica con esta
cláusula. Pero tal refutación no tiene consecuencias para la teoría que se
contrasta porque sustituyendo la cláusula ceteris-paribus por otra
distinta siempre es posible retener la teoría específica, cualquiera que sea el
resultado de la contrastación.
Si
esto es así, el «inexorable» procedimiento de refutación del falsacionismo
dogmático se viene abajo en tales casos incluso si existiera una base
empírica sólidamente establecida que sirviera como ballesta para lanzar la
flecha del modus tollens: el blanco fundamental seguiría siendo
irremediablemente evasivo30. Y sucede que son precisamente las teorías
«maduras», más importantes, de la historia de la ciencia las que prima facie
son irrefutables por este procedimiento31. Por otra parte, de
acuerdo con los criterios del falsacionismo dogmático todas las teorías
probabilísticas están incluidas en este mismo apartado, porque ninguna muestra
finita puede nunca refutar una teoría probabilística universal32:
las teorías probabilísticas, como las que tienen una cláusula ceteris-paribus,
carecen de base empírica. Pero entonces, y según sus propias palabras, el
falsacionismo dogmático relega las teorías científicas más importantes al
ámbito de la metafísica donde la discusión racional (que según sus criterios
consiste de pruebas y refutaciones) no se plantea, puesto que una teoría
metafísica donde la discusión racional (que según sus criterios consiste en
marcación del falsacionista dogmático es profundamente antiteórico.
29
Esta cláusula ceteris-paribus normalmente no requiere ser interpretada
como una premisa separada. Para una discusión, cf. abajo, pp. 129-130.
30
Por cierto, podemos persuadir al falsacionista dogmático de que su criterio de
demarcación era un error muy ingenuo. Si lo abandona, pero retiene sus dos
supuestos básicos, tendrá que excluir de la ciencia las teorías y considerar el
crecimiento de la ciencia como una acumulación de enunciados básicos probados.
Esta es realmente la etapa final del empirismo clásico después de que se
evapore la esperanza de que los hechos puedan probar o, al menos, refutar las
teorías.
31
Esto no es coincidencia; cf. abajo, pp. 117 y ss.
32
Cf. Popper (1934), cap. VIII.
(Por
otra parte, es fácil argumentar que las cláusulas ceteris-paribus no
constituyen excepciones en la ciencia, sino más bien la regla. Después de
todo, la ciencia debe ser diferenciada de la tienda de un anticuario en la que
se almacenan y exhiben toda clase de curiosidades locales (o cósmicas). La
afirmación «todos los británicos murieron de cáncer de garganta entre 1950 y
1960» es, lógicamente, posible e incluso puede haber sido cierta. Pero si se
trata sólo de que ha ocurrido un acontecimiento de mínima probabilidad, sólo
tendría valor como curiosidad para el coleccionista de fenómenos extraños;
suscitaría cierto macabro interés, pero carecería de valor científico. Se puede
decir que una proposición es científica sólo si se trata de expresar un conocimiento
causal: puede ser que la conexión entre ser británico y morir de cáncer de
garganta ni siquiera se haya tratado de expresar. De forma análoga, «todos los
cisnes son blancos» (de ser cierta), constituiría una mera curiosidad, a menos
que se afirmara que la condición de ser cisne causa la blancura. Pero en
tal caso un cisne negro no refutaría esta proposición, puesto que puede indicar
solamente que hay otras causas que operan de forma simultánea. Por
tanto, o bien «todos los cisnes son blancos» es una curiosidad fácilmente
refutable, o bien es una proposición científica con una cláusula ceteris-paribus
e irrefutable por ello. Entonces, la tenacidad de una teoría frente a la
evidencia empírica sería un argumento a favor más que en contra de su
consideración como teoría «científica». La «irrefutabilidad » se convertiría en
un distintivo de la ciencia33.
Para
resumir: los justificacionistas clásicos sólo admitían teorías probadas; los
justificacionistas neoclásicos, teorías probables; los falsacionistas
dogmáticos comprendieron que en ambos casos ninguna teoría resultaba admisible.
Decidieron aceptar teorías si éstas son refutables; esto es, refutables
mediante un número finito de observaciones.
Pero incluso si existieran tales teorías refutables (aquellas que pueden
ser contradichas por un número finito de hechos observables) aún permanecerían,
desde un punto de vista lógico, demasiado cerca de la base empírica. Por
ejemplo, en los términos del falsacionista dogmático, una teoría como «todos
los planetas se mueven en elipses» puede ser refutada por cinco observaciones y
por ello el falsacionista dogmático la consideraría científica. Una teoría como
«todos los planetas se mueven en círculos» puede ser refutada por cuatro
observaciones y por ello el falsacionista la consideraría como aún más
científica. La quintaesencia de la cientificidad sería una teoría como «todos
los cisnes son blancos» que puede refutarse mediante una sola observación. Por
otra parte, rechazará todas las teorías probabilísticas junto con las de
Einstein, Maxwell y Newton por acientíficas, dado que ningún número finito de
observaciones puede refutarlas nunca.
Si
aceptamos el criterio de demarcación del falsacionista dogmático y también
la idea de que los hechos pueden probar las proposiciones fácticas, hemos
de declarar que las teorías más importantes (si no todas las teorías)
propuestas en la historia de la física son metafísicas; que la mayor parte del
progreso aceptado (si no todo el progreso) es pseudoprogreso; que la mayoría
del trabajo realizado es irracional. Sin embargo, si aún aceptamos el criterio
de demarcación del falsacionista dogmático y negamos que los hechos puedan
probar las proposiciones, entonces ciertamente concluimos en el escepticismo
completo: toda la ciencia es, sin duda, metafísica irracional y debe ser
rechazada.
33
Sobre un caso mucho más fuerte, cf. abajo, sección 3.
No sólo son las teorías científicas
igualmente incapaces de ser probadas e igualmente improbables, sino que también
son igualmente irrefutables. Pero el reconocimiento de que no sólo las
proposiciones teóricas sino todas las proposiciones de la ciencia son
falibles, implica el colapso total de todas las formas del
justificacionismo dogmático como teorías de la racionalidad científica.
b) El falsacionismo metodológico. La «base
empírica»
El colapso del
falsacionismo dogmático ante la potencia de los argumentos falibilistas nos
devuelve al punto de partida. Si todos los enunciados científicos son
teorías falibles sólo podemos criticarlos en razón de su inconsistencia. Pero
entonces, ¿en qué sentido es empírica la ciencia, si es que lo es en algún
sentido? Si las teorías científicas no pueden ser probadas ni se les puede
atribuir una probabilidad, ni pueden ser refutadas, entonces parece que en
último término los escépticos tienen razón: la ciencia no es sino especulación
ociosa y no existe progreso en el conocimiento científico. ¿Es posible aún
oponerse al escepticismo? ¿Podemos salvar a la crítica científica del
falibilismo? ¿Es posible contar con una teoría falibilista del progreso
científico? En particular, si la crítica científica es falible, ¿sobre qué
bases podemos eliminar una teoría?
Una
respuesta sorprendente la suministra el falsacionismo metodológico. El
falsacionismo metodológico es una clase de convencionalismo, por lo que para
entenderlo debemos discutir en primer lugar el convencionalismo en general.
Existe
una demarcación importante entre teorías del conocimiento «pasivas» y «activas».
Las «activas» mantienen que el conocimiento auténtico es la
impresión de la naturaleza en una mente completamente inerte; la actividad mental
sólo puede conducir a prejuicios y distorsiones. La tradición pasiva más
influyente es el empirismo clásico. Las «activas» defienden que no
podemos leer el libro de la naturaleza sin actividad mental, sin interpretarlo
según nuestras teorías y expectativas34. Pues bien, los «activistas»
conservadores sostienen que nacemos con nuestras expectativas básicas;
mediante ellas convertimos el mundo en «nuestro mundo» y debemos después vivir
para siempre en la prisión de nuestro mundo. La idea de que vivimos y morimos
en la prisión de nuestros «marcos conceptuales» fue desarrollada en primer
lugar por Kant; los kantianos pesimistas pensaron que el mundo real siempre
será incognoscible debido a nuestra condición de prisioneros, mientras que los
kantianos optimistas pensaron que Dios creó nuestro marco conceptual de modo
que se ajustara al mundo35.
34
Esta distinción (y la terminología) se debe a Popper; cf. especialmente su
(1934), sección 19 y su (1945), cap. 23 y n. 3 del cap. 25.
35
Ninguna versión del activismo conservador explicó por qué la teoría gravitacional
de Newton tenía que ser invulnerable; los kantianos se limitaron a explicar
la tenacidad de la geometría euclidiana y de la mecánica newtoniana.
Acerca de la gravitación y de la óptica newtonianas (o de otras
ramas de la ciencia) tuvieron una posición ambigua y, en algunas ocasiones,
inductivista.
Pero
los activistas revolucionarios entienden que los marcos conceptuales
pueden ser desarrollados y sustituidos por otros nuevos y mejores; somos
nosotros quienes creamos nuestras «prisiones» y quienes también,
mediante la crítica, las destruimos 36.
Whewell,
y después Poincaré, Milhoud y Le Roy dieron nuevos pasos desde el activismo
conservador hacia el revolucionario. Whewell defendió que las teorías se
desarrollan mediante ensayo y error en los «preludios de las épocas
inductivas». Las mejores de ellas son «probadas» después, en las «épocas
inductivas», mediante una larga consideración de carácter fundamentalmente a
priori que él llamó «intuición progresiva». Las «épocas inductivas» son
seguidas de las «secuelas de las épocas inductivas»: desarrollos acumulativos
de teorías auxiliares ''. Poincaré, Milhoud y Le Roy rechazaban la idea de prueba
mediante intuición progresiva y preferían explicar el continuo éxito
histórico de la mecánica newtoniana mediante una decisión metodológica adoptada
por los científicos: tras un período considerable de éxito empírico inicial,
los científicos pueden decidir no permitir que la teoría sea refutada.
Una vez adoptada esta decisión, solucionan (o disuelven) las anomalías
aparentes mediante hipótesis auxiliares u otras «estratagemas
convencionalistas»38. Este convencionalismo conservador tiene,
sin embargo, el inconveniente de que no nos permite salir de nuestras prisiones
autoimpuestas una vez que el período inicial de ensayo y error ha concluido y
se ha adoptado la gran decisión. No puede solucionar el problema de la
eliminación de aquellas teorías que han triunfado durante un largo período.
Según el convencionalismo conservador los experimentos pueden tener poder
suficiente como para refutar a las teorías jóvenes, pero no para refutar a las
teorías antiguas y asentadas: conforme crece la ciencia, disminuye el poder
de la evidencia empírica39.
36
No incluyo a Hegel entre los «.activistas revolucionarios». Para Hegel y
sus seguidores el cambio de los marcos conceptuales es un proceso
predeterminado e inevitable donde la creatividad individual o la crítica
racional no desempeña una función esencial. En esta «dialéctica» los que se
adelantan son tan culpables como los que se rezagan. No es sabio el hombre que
construye una «prisión» mejor o que críticamente destruye la antigua, sino el
que siempre se acompasa con la historia. De este modo la dialéctica explica el
cambio sin crítica.
37
Cf. Whewell (1837), (1840) y (1858).
38
Cf. especialmente Poincaré (1891) y (1902); Milhoud (1896); Le Roy (1899) y
(1901). Uno de los méritos principales de los convencionalistas fue el dirigir
la atención al hecho de que cualquier teoría puede ser salvada de las
refutaciones mediante «estratagemas convencionalistas». [El término
«estratagema convencionalista» es de Popper: cf. la discusión crítica del
convencionalismo de Poincaré en su (1934), especialmente secciones 19 y 20.]
39
Poincaré elaboró por primera vez su convencionalismo sólo con relación a la
geometría (cf. su 1891). Después Milhoud y Le Roy generalizaron la idea de
Poincaré hasta cubrir todas las ramas de la teoría física aceptada. Poincaré
(1902) comienza con una dura crítica del bergsoniano Le Roy contra quien
defiende el carácter empírico (falsable o «inductivo») de toda la física excepto
la geometría y la mecánica. A su vez Duhem criticó a Poincaré: desde su
punto de vista había una posibilidad de destruir incluso la mecánica
newtoniana.
Los
críticos de Poincaré se negaron a aceptar la idea de que aunque los científicos
construyen sus marcos conceptuales, llega un momento en que los mismos se
convierten en prisiones que no pueden ser demolidas. Esta crítica originó dos
escuelas de convencionalismo revolucionario: el simplicismo de Duhem y
el falsacionismo metodológico de Popper40.
Duhem
acepta la posición convencionalista de que ninguna teoría física se derrumba
nunca por el peso de las «refutaciones», pero pretende que, sin embargo, puede
hundirse por el peso de las «reparaciones constantes y complejos refuerzos»,
cuando ya las «columnas comidas por los gusanos» no pueden sostener el ruinoso
edificio41; entonces la teoría pierde su sencillez original y debe
ser reemplazada. Pero entonces la falsación depende de los gustos subjetivos o,
como máximo, de la moda científica y se deja demasiado espacio para la adhesión
dogmática a una teoría favorita42.
Popper
trató de encontrar un criterio que fuera más objetivo y más demoledor. No podía
aceptar la castración del empirismo inherente incluso en el enfoque de Duhem, y
propuso una metodología que acepta la fortaleza de los experimentos incluso en
la ciencia «madura». El falsacionismo metodológico de Popper es a la vez
convencionalista y falsacionista, pero «difiere de los convencionalistas
(conservadores) al defender que los enunciados aceptados por acuerdo no son
espaciotemporalmente universales, sino espaciotemporalmente singulares»43
y difiere del falsacionista dogmático al mantener que el valor de verdad de
tales enunciados no puede ser probado por los hechos, sino que, en algunos
casos, puede decidirse por acuerdo44.
El
convencionalista conservador (o si se prefiere, el «justificacionista
metodológico») duhemiano hace irrefutables por fiat algunas teorías
(espaciotemporalmente) universales, que se distinguen por su poder explicativo,
su simplicidad o su belleza. Nuestro convencionalista revolucionario popperiano
(o «falsacionista metodológico») hace
irrefutables
por fiat algunos enunciados (espaciotemporalmente) singulares que se
distinguen por el hecho de que existe en la época una «técnica relevante» tal
que «cualquiera que la aprenda» será capaz de decidir que el enunciado
es «aceptable»45. Tal enunciado puede llamarse «básico» u
«observacional», pero sólo entre comillas46.
40
Los loci classici son Duhem (1905) y Popper (1934). Duhem no fue un
revolucionario convencionalista consistente. De forma parecida a Whewell
entendió que los cambios conceptuales sólo son preliminares de la
«clasificación natural» final (tal vez distante). «Cuanto más se perfecciona
una teoría tanto
más
aprenderemos que el orden lógico en que ésta dispone las leyes experimentales,
es el reflejo de un orden ontológico». En particular se negó a considerar que realmente
la mecánica de Newton se estuviera desmoronando y caracterizó la teoría de
la relatividad de Einstein como la manifestación de una «carrera frenética y
febril que persigue una idea nueva que ha convertido a la física en un
auténtico caos en el que se extravía la lógica y el sentido común huye
asustado» (Prefacio de 1914 de la segunda edición de su 1905).
41
Duhem (1905), cap. VI, sección 10.
42
Para un análisis ulterior del convencionalismo, cf. abajo, pp. 127-33.
43
Popper (1934), sección 30
44 En
esta sección discuto la variante ingenua del falsacionismo metodológico de
Popper. Por tanto, en esta sección, «falsacionismo metodológico» quiere decir
«falsacionismo metodológico ingenuo», cf. Abajo.
45
Popper (1934), sección 27.
46
Op, cit., sección 28. Sobre el carácter no básico de esos
enunciados metodológicamente
«básicos»,
cf. e. g. (1934), passim y Popper (1959a), p. 35, n. * 2.
En
realidad la selección misma de tales enunciados es un tema de decisión no
basado exclusivamente en consideraciones psicológicas. Esta decisión es seguida
después por una segunda clase de decisión relativa a la separación del conjunto
de enunciados básicos aceptados del resto.
Estas
dos decisiones corresponden a los dos supuestos del falsacionismo
dogmático. Pero existen diferencias importantes. Por encima de todo, el
falsacionista metodológico no es un justificacionista; carece de ilusiones
sobre las «pruebas experimentales» y conoce perfectamente la falibilidad de sus
decisiones y los riesgos que corre.
El
falsacionista metodológico comprende que en las «técnicas experimentales» del
científico hay implicadas47 teorías falibles con las que
interpreta los hechos. A pesar de ello, «aplica» tales teorías; en el contexto
dado, las considera no como teorías bajo contrastación, sino como conocimiento
fundamental carente de problemas «que aceptamos
(tentativamente)
como no problemático mientras estamos contrastando la teoría»48. Puede
denominar a tales teorías (y a los enunciados cuyo valor de verdad decide con
ayuda de aquellas) «observacionales», pero esto sólo es un hábito lingüístico
heredado del falsacionismo naturalista49. El falsacionista
metodológico utiliza nuestras mejores teorías como extensiones de nuestros
sentidos y amplía el ámbito de las teorías que pueden ser aplicadas en la
contrastación más allá del ámbito de teorías estrictamente observacionales
propio del falsacionista dogmático. Por ejemplo, imaginemos que se descubre una
gran radio-estrella con un sistema de satélites en órbita a su alrededor.
Desearíamos contrastar alguna teoría gravitacional en ese sistema planetario:
un asunto de gran interés. A continuación imaginemos que Jodrell Bank consigue
suministrar un conjunto de coordenadas espaciotemporales de los planetas que es
inconsistente con la teoría. Aceptaremos como falsadores tales enunciados
básicos. Por supuesto, tales enunciados básicos no son «observacionales» en el
sentido ordinario, sino sólo ««observacionales»». Describen planetas que ni la
vista humana ni los instrumentos ópticos pueden alcanzar. A su valor de verdad
se llega mediante una «técnica experimental». Esta «técnica experimental» se
fundamenta en la «aplicación» de una teoría muy corroborada de radio-óptica.
Llamar «observacionales » a tales enunciados no es sino una forma de decir que,
en el contexto del problema, esto es, al contrastar nuestra teoría gravitacional,
el falsacionista metodológico usa la radio-óptica acríticamente, como
«conocimieno fundamental». La necesidad de adoptar decisiones para separar
la teoría que se contrasta del conocimiento fundamental no problemático es un
rasgo característico de esta clase de falsacionismo metodológico50.
47
Cf. Popper (1934), fin de la sección 26 y también su (1968 c), pp. 291-92.
48
Cf. Popper (1963), p. 390.
49
En realidad Popper coloca cuidadosamente «observacional» entre comillas; cf. su
(1934), sección 28.
50
Esta demarcación desempeña un papel tanto en la primera
como en la cuarta clase de decisiones del falsacionista
metodológico. (Sobre la cuarta decisión, cf. Abajo)
(Esta
situación realmente no difiere de la «observación» de Galileo de los satélites
de Júpiter; aún más, como alguno de los contemporáneos de Galileo señaló con
acierto, él defendía una teoría óptica virtualmente inexistente que después fue
menos corroborada e incluso menos articulada que la radio-óptica actual. Por
otra parte, llamar «observacionales» a los resultados de nuestra visión sólo
indica que nos «basamos» en alguna imprecisa teoría fisiológica de la visión
humana51.)
Esta
consideración muestra el elemento convencional que existe en la concesión, para
un contexto dado, de rango (metodológicamente) «observacional» a una teoría52.
De forma análoga existe un elemento convencional importante en la decisión
relativa al auténtico valor de verdad de un enunciado básico que adoptamos tras
haber decidido qué «teoría observacional» se aplica. Una observación única
puede ser una extraña consecuencia de algún error trivial; para reducir tales
riesgos, los falsacionistas metodológicos prescriben algunos controles de
seguridad. El más sencillo de tales controles es repetir el experimento
(cuántas veces es un asunto convencional), de modo que se fortifica al falsador
potencial mediante una «hipótesis falsadora muy corroborada»53.
Los
falsacionistas metodológicos también señalan que, de hecho, estas convenciones
son institucionalizadas y aceptadas por la comunidad científica: el veredicto
de los científicos experimentales suministra la lista de falsadores «aceptados»54.
De
este modo establece su «base empírica» el falsacionista metodológico (utiliza
las comillas «para dar un énfasis irónico» a la expresión55). Esta
«base» difícilmente puede ser llamada «base» de acuerdo con criterios
justificacionistas; en ella no hay nada probado: se trata de unos «cimientos de
arena»56. Ciertamente si esta «base empírica» entra en conflicto con
una teoría, puede decirse que la teoría está «falsada», pero no en el sentido
de haberse probado su falsedad. La «falsación» metodológica es muy diferente de
la falsación dogmática. Si una teoría está falsada, se ha probado que es falsa;
si está «falsada», aún puede ser cierta. Si mediante esta clase de «falsación»
procedemos a la «eliminación» real de una teoría, podemos concluir eliminando
una teoría verdadera y aceptando una falsa (posibilidad que inspiraría horror a
los antiguos justificacionistas).
Sin
embargo, el falsacionista metodológico recomienda que se haga precisamente eso.
El falsacionista metodológico comprende que si deseamos reconciliar el
falibilismo con la racionalidad (no justificacionista) debemos hallar un
procedimiento para eliminar algunas
teorías.
Si no lo conseguimos, el crecimiento de la ciencia no será sino el crecimiento
del caos.
51
Para una discusión fascinante, cf. Feyerabend (1969a).
52
Uno se pregunta si no sería mejor romper con la terminología del falsacionismo
naturalista y rebautizar las teorías observacionales como «teorías de
contraste».
53
Cf. Popper (1934), sección 22. Muchos filósofos olvidaron la importante
cualificación de Popper según la cual un enunciado básico no tiene poder para
refutar nada sin el apoyo de una hipótesis falsadora bien corroborada.
55 Cf.
Popper (1934), sección 30.
55
Popper (1963a), p. 387.
56
Popper (1934), sección 30; también cf. sección 29: «La relatividad de los
enunciados básicos».
Por
eso el falsacionista metodológico mantiene que «(si queremos) que funcione el
método de selección por eliminación, y asegurarnos de que sólo sobreviven las
teorías más aptas, entonces es necesario que su lucha por la supervivencia sea
severa»57. Cuando una teoría ha sido falsada, debe ser
eliminada a pesar de los riesgos implicados: «(trabajamos con las teorías sólo)
mientras resistan las contrastaciones»58. La eliminación debe ser
concluyente desde un punto de vista metodológico: «En general consideramos como
decisiva una falsación intersubjetivamente contrastable... Una evaluación
corroboradora
realizada
posteriormente... puede sustituir un grado positivo de corroboración por otro
negativo, pero no viceversa». Esta es la explicación del falsacionista
metodológico acerca de cómo salir de una vía muerta: «Siempre es la
experimentación la que nos salva de seguir un camino que no conduce a ninguna
parte.»59.
El
falsacionista metodológico separa el rechazo y la refutación que
habían sido unidos por el falsacionista dogmático60. El es
falibilista, pero su falibilismo no debilita su actitud crítica: convierte a
las proposiciones falibles en una «base» para una política dura. Desde esta
perspectiva propone un nuevo criterio de demarcación: sólo son
científicas aquellas teorías (esto es, aquellas proposiciones no
«observacionales») que prohíben ciertos acontecimientos observables y que por
ello pueden ser «falsadas» y rechazadas; o dicho de forma más breve, una
teoría es «científica» (o «aceptable») si tiene una «base empírica». Este
criterio pone de relieve la diferencia entre el falsacionismo dogmático y el
metodológico61.
Este
criterio de demarcación metodológico es mucho más liberal que el dogmático. El
falsacionismo metodológico abre nuevos caminos para la crítica; muchas más
teorías pueden ser calificadas como «científicas». Ya hemos visto que hay más
teorías «observacionales»62 que teorías observacionales y por eso
hay más enunciados «básicos» que enunciados básicos63.
57
Popper (1957 b), p. 134. En otros lugares Popper insiste en que su método no
puede «asegurar» la supervivencia del más apto. La selección natural puede
equivocarse; puede ser que el más apto perezca y que sobreviva el monstruo.
58
Popper (1935).
59
Popper (1934), sección 82.
60
Esta clase de «falsación» metodológica es, al contrario de la falsación
dogmática (refutación), una idea pragmática, metodológica. Pero entonces, ¿qué
significado preciso le atribuimos? La respuesta de Popper, que descartaré, es
que «falsación» metodológica indica una «necesidad urgente de sustituir una
hipótesis falsada por otra mejor» (Popper, 1959a, p. 87, n. * 1). Esta es una
excelente ilustración del proceso que describí en mi (1963-64), un proceso
mediante el que la discusión crítica cambia el problema original sin
cambiar necesariamente la terminología antigua. Los cambios de
significado son subproductos de
tales
procesos. Para una discusión ulterior, cf. Abajo.
61
El criterio de demarcación del falsacionista dogmático era: una teoría es
«científica» si tiene una base empírica {arriba).
62
Arriba.
63
Por cierto. Popper en su (1934) no parece haber percibido esta cuestión
claramente. Escribe: «Hay que admitir que es posible interpretar el concepto de
acontecimiento observable en un sentido psicologista. Pero yo lo utilizo
con un sentido tal que puede ser perfectamente sustituido por «un
acontecimiento que involucra la posición y movimiento de cuerpos físicos
macroscópicos» (1934, sección 28). Por ejemplo, y teniendo en cuenta nuestra
discusión, podemos considerar a un positrón que pasa a través de una cámara de
Wilson en el momento to como un acontecimiento «observable» a pesar
del carácter no macroscópico del positrón.
Por
otra parte, las teorías probabilísticas ahora se convierten en científicas;
aunque no son falsables, fácilmente pueden convertirse en «falsables» mediante
una decisión adicional (de tercera clase) que pueden adoptar los
científicos al especificar ciertas reglas para el rechazo que convierten a la
evidencia, estadísticamente interpretada, en «inconsistente» con la teoría
probabilística64.
Pero
ni siquiera estas tres decisiones son suficientes para que podamos «falsar» una
teoría incapaz de explicar nada «observable» sin la ayuda de una cláusula ceteris-paribus65.
Ningún número finito de «observaciones» es suficiente para «falsar» una
teoría tal. Sin embargo, si tal es el caso, ¿cómo se puede defender
racionalmente una metodología que pretende «interpretar las leyes naturales o
las teorías como... enunciados que son parcialmente decidibles; esto es, que,
por razones lógicas, no son verificables, pero que, de modo asimétrico, son
falsables...?»66. ¿Cómo podemos interpretar teorías del tipo de la
dinámica y la gravitacional de Newton como «unilateralmente decidibles»?67.
¿Cómo podemos realizar en tales casos auténticos «esfuerzos para erradicar las
teorías falsas, encontrar los puntos débiles de una teoría para rechazarla si
resulta refutada por la contrastación?68. ¿Cómo podemos incluirlas en el ámbito de la
discusión racional? El falsacionista metodológico soluciona el problema
adoptando una decisión ulterior (cuarta clase); cuando contrasta
una teoría junto con una cláusula ceteris-paribus y descubre que esta
conjunción ha sido refutada, debe decidir si interpreta la refutación
como una refutación de la teoría específica. Por ejemplo, puede aceptar el
perihelio «anómalo» de Mercurio como una refutación de la triple conjunción (N3)
constituida por la teoría de Newton, las condiciones iniciales conocidas y la
cláusula ceteris-paribus. Después, contrasta severamente las condiciones
iniciales69 y puede decidir relegarlas al «conocimiento fundamental
no problemático». Esta decisión implica la refutación de la conjunción doble (N2)
constituida por la teoría de Newton y la cláusula ceteris-paribus. A
continuación debe adoptar la decisión crucial: ¿relegará también la cláusula ceteris-paribus
al terreno del «conocimiento fundamental no problemático»? Lo hará así si
descubre que la cláusula ceteris-paribus está muy corroborada.
64
Popper (1934), sección 68. Realmente este falsacionismo metodológico es la base
filosófica de algunos de los desarrollos más interesantes de la estadística
moderna. El enfoque Neyman-Pearson depende enteramente del falsacionismo
metodológico. También cf. Braithwaite (1953), cap. VI. (Desgraciadamente
Braithwaite reinterpreta el criterio de demarcación de Popper como si éste
tratara de separar proposiciones significativas y no significativas en lugar de
proposiciones científicas y no científicas).
65 Cf. Arriba.
66 Popper (1933).
67 Popper (1933).
68 Popper (1957b), p. 133.
69 Para
una discusión de este concepto importante de la metodología popperiana, cf.
MCE, cap. 8, pp. 244 y ss.
¿Cómo
se puede contrastar con severidad una cláusula ceterisparibus? Suponiendo
que existen otros factores operantes, especificando tales factores y
contrastando tales supuestos específicos. Si muchos de ellos quedan refutados,
la cláusula ceteris-paribus se considerará como corroborada.
Con
todo, la decisión de aceptar una cláusula ceteris-paribus es muy
arriesgada dadas las consecuencias graves que implica. Si se decide aceptarla
como parte del conocimiento fundamental, los enunciados que describen el
perihelio de Mercurio a partir de la base empírica de N2 se
convierten en la base empírica de la teoría específica de Newton, N1,
y lo que antes era una simple «anomalía» con relación a N1 se
convierte ahora en evidencia crucial contra ella, en su refutación. (Podemos
llamar a un acontecimiento descrito por un
enunciado
A, una «anomalía con relación a una teoría T» si A es un falsador potencial de
la conjunción de T y una cláusula ceteris-paribus, pero se convierte en
un falsador potencial de T tras haber decidido relegar la cláusula ceteris-paribus
al «conocimiento fundamental no problemático»70. Como, para nuestro falsacionista radical, las
refutaciones son metodológicamente concluyentes71, la terrible
decisión equivale a la eliminación metodológica de la teoría de Newton
convirtiendo en irracional cualquier trabajo ulterior en tal teoría. Si el
científico se retrae de adoptar tales decisiones audaces, «nunca se beneficiará
de la experiencia», «creyendo, tal vez, que su función es defender contra la
crítica un sistema que ha tenido éxito, mientras no sea concluyentemente
refutado»72. Degenerará hasta convertirse en un
apologista siempre dispuesto a afirmar que «las discrepancias que parecen
existir entre los resultados experimentales y la teoría sólo son aparentes y
desaparecerán con el avance de nuestro conocimiento»73. Pero para el
falsacionista esto es «todo lo contrario de la actitud crítica que es la
adecuada para el científico»74 y resulta intolerable. Utilizando una
de las expresiones favoritas de los falsacionistas metodológicos: de la teoría
«se debe conseguir que ofrezca su cuello».
El
falsacionista metodológico está en un apuro serio cuando tiene que decidir
dónde trazar la demarcación, aunque sólo sea en un contexto bien definido,
entre lo que es problemático y lo que no lo es. El apuro se hace dramático
cuando tiene que adoptar una decisión sobre las cláusulas ceteris-paribus, cuando
tiene que promocionar a la categoría de «experimento crucial» uno entre cientos
de «fenómenos anómalos» y decidir que, en tal caso, el experimento fue
«controlado»75.
70
Para una explicación «mejorada», cf. abajo.
71
Cf. arriba, texto de las notas 57 y 58.
72
Popper (1934), sección 9.
73
Ibid.
74
Ibid.
75
El problema del «experimento controlado» puede decirse que no es sino el
problema de disponer las condiciones experimentales de forma que se minimicen
los riesgos involucrados en tales decisiones.
De
este modo, con la ayuda de esta cuarta clase de decisión76 nuestro
falsacionista metodológico ha conseguido, al fin, interpretar como
«científicas» incluso teorías como la de Newton77.
Realmente
no hay razón para que no dé un paso ulterior. ¿Por qué no decidir que una
teoría a la que ni siquiera estas cuatro decisiones convierten en empíricamente
refutable, queda refutada si entra en conflicto con otra teoría que es
científica de acuerdo con algunos de los criterios previamente especificados, y
que también ha sido bien corroborada?78. Después de todo, si rechazamos una teoría
porque se considera cierto uno de sus falsadores potenciales, a la luz de una
teoría observacional, ¿por qué no rechazar otra teoría por entrar
en
conflicto directo con una que puede ser relegada al conocimiento
fundamental no problemático? Ello nos permitiría, mediante una quinta clase
de decisión, eliminar incluso teorías «sintácticamente metafísicas», esto
es, teorías que, como los enunciados todos-algunos» o los puramente
existenciales79 no pueden tener falsadores potenciales
espaciotemporaltmente singulares, debido a su forma lógica.
Resumiendo:
el falsacionista metodológico ofrece una interesante solución al problema de
combinar la crítica incisiva con el falibilismo. No sólo ofrece una base
filosófica para la falsación después de que el falibilismo ha minado el suelo
sobre el que se asienta el falsacionista dogmático, sino que también amplía de
forma muy considerable el terreno de juego de tal crítica. Al situar la
falsación en un nuevo marco, salva el atractivo código de honor del
falsacionista dogmático, la idea de que la honestidad científica consiste en
especificar, por adelantado, un experimento tal que, si el resultado contradice
a la teoría, ésta ha de ser abandonada80.
El
falsacionismo metodológico representa un avance considerable con relación al
falsacionismo dogmático y al convencionalismo conservador. Recomienda las
decisiones arriesgadas. Pero los riesgos son tan grandes que se convierten en
temerarios y uno se pregunta si no hay forma de aminorarlos.
76
Esta clase de decisión pertenece, en un sentido importante, a la misma
categoría que la primera decisión: separa, por una decisión, el conocimiento
problemático del no problemático. Cf. arriba, texto de la nota 49.
77
Nuestra exposición muestra claramente la complejidad de las decisiones
requeridas para definir el contenido empírico de una teoría, esto es, el
conjunto de sus falsadores potenciales. El contenido empírico depende de
nuestra decisión sobre cuáles son nuestras teorías observacionales y qué
anomalías han de ser promovidas a la categoría de contraejemplos. Si uno
intenta comparar el contenido empírico de diferentes teorías científicas para
ver cuál es «más científica», entonces uno se verá involucrado en un conjunto
de decisiones enormemente complejo y por ello, enteramente arbitrario, sobre
sus clases respectivas de «enunciados relativamente atómicos» y sus «campos de
aplicación». [Sobre el significado de estos términos muy técnicos, cf. Popper
(1934), sección 38 ] Pero tal comparación sólo es posible cuando una teoría
supera a otra [cf. Popper (1959a), p. 401, n. 7). Incluso entonces pueden
existir dificultades (que sin embargo, no equivaldrían a la
«inconmensurabilidad» irremediable).
78
Esto fue sugerido por J. O. Wisdom: cf. su (1963).
79
Por ejemplo, «todos los metales tienen un disolvente»; o «Existe una sustancia
que puede convertir a todos los metales en oro». Para discusiones de tales
teorías, cf. especialmente Watkins (1957) y Watkins (1960). Pero cf abajo.
80
Véase arriba.
En
primer lugar examinemos con mayor precisión los riesgos involucrados.
Las
decisiones desempeñan un papel crucial en esta metodología, como en
cualquier variedad del convencionalismo. Sin embargo, las decisiones pueden
extraviarnos de forma catastrófica. El falsacionista metodológico es el primero
en admitir esto. Pero, según él, tal es el precio que debemos pagar por la
posibilidad de progresar.
Debemos
apreciar la actitud osada de nuestro falsacionista metodológico. Se siente como
un héroe que, enfrentado a dos alternativas catastróficas, se atreve a
reflexionar fríamente sobre sus méritos relativos y adopta el mal menor. Una de
las alternativas era el falibilismo escéptico, que es la actitud del «cualquier
cosa funciona», el abandono desesperado de todos los criterios intelectuales y,
por tanto, de la idea de progreso científico. Nada puede establecerse, nada
puede rechazarse, nada puede ni siquiera comunicarse; el crecimiento de la
ciencia es el crecimiento del caos, una auténtica Babel. Durante dos mil años
los científicos y los filosóficos de orientación científica aceptaron ilusiones
justificacionistas de alguna clase para escapar de esta pesadilla. Algunos
argumentaron que hay que optar entre el justificacionismo inductivista y el
irracionalismo: «No veo otra salida que la afirmación dogmática de que
conocemos el principio inductivo u
otro
equivalente; la otra alternativa es tirar todo lo que la ciencia y el sentido
común consideran como conocimiento»81. Nuestro falsacionista
metodológico rechaza con orgullo tal escapismo; se atreve a afrontar todo el
impacto del falibilismo escapando, sin embargo, del escepticismo mediante una
política convencionalista atrevida, arriesgada y carente de dogmas. Conoce perfectamente
los riesgos, pero insiste en que hay que optar entre alguna clase de
falsacionismo metodológico y el irracionalismo. Ofrece un juego en el que
tenemos pocas esperanzas de ganar, pero afirma que aún así es mejor participar
en él que abandonarlo82.
Realmente
los críticos del falsacionismo ingenuo que no ofrecen un método de crítica
alternativo son inevitablemente arrastrados hacia el irracionalismo. Por
ejemplo, el confuso argumento de Neurath según el cual la falsación y la
subsiguiente eliminación de una hipótesis puede haber sido «un obstáculo para
el progreso de la ciencia»83 carece de fuerza mientras la única
alternativa ofrecida sea el caos.
81
Russell (1943), p. 683.
82
Estoy seguro de que algunos darán la bienvenida al falsacionismo metodológico
como una filosofía de la ciencia «existencialista».
83
Neurath (1935), p. 356.
Sin
duda Hempel tiene razón al insistir en que «la ciencia ofrece varios ejemplos
(en los que) un conflicto entre una teoría muy confirmada y un resultado
experimental recalcitrante ocasional puede ser resuelto rechazando el segundo
en lugar de sacrificar a la primera»84; sin embargo, admite que no
puede ofrecer otro «criterio fundamental» que no sea el del falsacionismo
ingenuo85. Neurath y aparentemente Hempel, rechazan el
falsacionismo como un pseudo-racionalismo86, pero ¿dónde está el
«racionalismo auténtico»? Popper ya advirtió en 1934 que la metodología
permisiva de Neurath (o más
bien,
su falta de metodología) convertiría a la ciencia en a-empírica y, por tanto,
en irracional: «Necesitamos un conjunto de reglas que limiten la arbitrariedad
al "tachar" (o bien, al "aceptar") una sentencia
protocolaria. Neurath no suministra tales reglas y por ello, sin pretenderlo,
se deshace del empirismo... Todo sistema resulta ser defendible si cualquier
persona tiene derecho (y según Neurath todos lo tienen) a "tachar"
simplemente una sentencia protocolaria cuando ésta resulta inconveniente»87.
Popper está de acuerdo con Neurath en que todas las proposiciones son falibles,
pero con firmeza señala que no podemos progresar a menos que dispongamos de una
sólida estrategia o método racional que nos guíe cuando entran en conflicto88.
Pero
¿no es demasiado sólida la sólida estrategia de la clase de
falsacionismo metodológico que hemos discutido? ¿No son demasiado
arbitrarias las decisiones que propugna? Algunos podrían incluso afirmar
que todo lo que distingue al falsacionismo metodológico del dogmático es que
aquél se muestra verbalmente cortés con el falibilismo.
Normalmente
es muy difícil criticar una teoría acerca de la crítica. El falsacionismo
naturalista era relativamente fácil de refutar puesto que se apoyaba en una
psicología empírica de la percepción de la que se podía mostrar que,
simplemente, era falsa. Pero ¿cómo puede refutarse la falsación
metodológica? Ningún desastre puede refutar nunca una teoría de la racionalidad
no justificacionista. Además, ¿cómo reconocer los desastres epistemológicos? No
tenemos medios para juzgar si aumenta o disminuye la verosimilitud de nuestras
teorías sucesivas89. Por ahora no hemos desarrollado una teoría
general de la crítica ni siquiera para las teorías científicas; mucho menos
para las teorías de la racionalidad90; por ello, si queremos refutar
al falsacionismo metodológico debemos hacerlo sin contar con una teoría sobre
cómo hacerlo.
84
Hempel (1952), p. 621. Agassi en su (1966) sigue a Neurath y Hempel,
especialmente en pp. 16 y ss. Es bastante divertido que Agassi, al mencionar
este tema, piense que se está enfrentando con «toda la literatura relativa a
los métodos de la ciencia». Realmente muchos científicos conocían perfectamente
las dificultades inherentes a la «confrontación de teoría y hechos». [Cf.
Einstein, (1949), p. 27.] Varios filósofos simpatizantes del falsacionismo
insistieron en que «el proceso de refutar una hipótesis científica es más
complicado de lo que parece a primera vista» (Braithwaite, 1953, p. 20). Pero
sólo Popper ofreció una solución racional y constructiva.
85
Hempel (1952), p. 622. La interesante «tesis sobre la certeza empírica» de
Hempel no hace sino reforzar los antiguos argumentos de Neurath y algunos de
Popper" (entiendo que en contra de Carnap); desgraciadamente no menciona
ni a sus predecesores ni a sus adversarios.
86
Neurath (1935).
87 Popper
(1934), sección 26.
88
En Neurath (1935) se aprecia que nunca comprendió el sencillo argumento de
Popper.
89
Utilizo aquí «verosimilitud» en el sentido de Popper, esto es, como la
diferencia entre el contenido de verdad y el contenido de falsedad de una
teoría. Sobre los riesgos implicados en su estimación, cf. MCE, cap. 8,
especialmente pp. 246 y ss.
90
Intenté desarrollar una tal teoría general de la crítica en mi (1971a), (1971c)
y en el capítulo 3.
Si
examinamos los detalles históricos de los experimentos cruciales más famosos,
nos vemos obligados a concluir que o bien fueron aceptados como cruciales por
motivos no racionales, o que su aceptación se fundamentó en principios de
racionalidad radicalmente distintos de los que hemos examinado. En primer lugar
nuestro falsacionista debe deplorar el hecho de que algunos teóricos obstinados
a menudo se oponen a los veredictos experimentales y consiguen cambiarlos. En
la concepción falsacionista de la «ley y el orden» científicos que hemos
descrito, no hay lugar para tales apelaciones culminadas por el éxito. Hay
dificultades adicionales que se originan en la falsación de teorías que
incorporan una cláusula ceteris-paribus91. Su falsación, como
se produce en la historia real, es prima facie irracional de acuerdo con
los criterios de nuestro falsacionista. Según estos criterios los científicos a
menudo parecen actuar con una lentitud irracional; por ejemplo, transcurrieron
ochenta y cinco años desde la aceptación del perihelio de Mercurio como
anomalía y su aceptación como falsación de la teoría de Newton a pesar de que
la cláusula ceteris-parihus estaba razonablemente bien corroborada. Por
otra parte, en ciertas ocasiones los científicos parecen actuar con un
apresuramiento irracional; por ejemplo, Galileo y sus discípulos aceptaron la
mecánica celeste heliocéntrica de Copérnico a pesar de la abundante evidencia
en contra de la rotación de la tierra; Bohr y sus discípulos aceptaron una
teoría sobre la emisión de la luz a pesar de que contradecía a la teoría, bien
corroborada, de Maxwell.
Realmente
no es difícil apreciar al menos dos características cruciales que son comunes
al falsacionista dogmático y al falsacionista metodológico y que claramente
están en contradicción con la historia real de la ciencia: que 1) una
contrastación es, o se debe hacer que sea, una confrontación bilateral entre
teoría y experimento, de modo que en el enfrentamiento final ellos son los
únicos actores, y 2) que el único resultado interesante de tal
confrontación es la falsación (concluyente): (los únicos) descubrimientos
(auténticos) son refutaciones de hipótesis científicas»92. Sin
embargo, la historia de la ciencia sugiere que 1’) las contrastaciones son,
como mínimo, enfrentamientos trilaterales entre teorías rivales y experimentos,
y 2’’) algunos de los experimentos más interesantes originan, prima facie, una
confirmación en lugar de una falsación.
Pero
si, como parece ser el caso, la historia de la ciencia no confirma nuestra
teoría de la racionalidad científica, entonces tenemos dos alternativas. Una de
ellas es abandonar los intentos de suministrar una explicación racional del
éxito de la ciencia. El método científico
(o
«lógica de la investigación») concebido como la disciplina que trata de la
evaluación racional de las teorías científicas (y de los criterios de progreso)
se desvanece.
91
La falsación de las teorías depende del grado elevado de corroboración de la
cláusula ceteris paribus. Sin embargo, a menudo no existe tal
corroboración. Por ello el falsacionismo metodológico puede aconsejarnos que
nos fiemos de nuestro «instinto científico» (Popper, 1934, sección 18) o de
nuestros «impulsos» (Braithwaite, 1953, p. 20).
92 Agassi
(1959) denomina a la idea de la ciencia popperiana la «scientia negativa» (Agassi,
1968).
Naturalmente
es posible tratar de explicar los cambios de «paradigmas» en términos de
la psicología social93. Eso es lo que hacen Polanyi y Kuhn.
La otra alternativa es tratar de reducir, como mínimo, el elemento
convencional del falsacionismo (posiblemente no es posible eliminarlo) y
sustituir las versiones ingenuas del falsacionismo metodológico
[caracterizadas por las tesis 1) y 2) descritas más arriba] por una versión
sofisticada que
ofrezca
un nuevo rationale de la falsación y recupere así la metodología y la
idea del progreso científico. Tal es el camino adoptado por Popper y el que yo
intento seguir94.
c) Falsacionismo metodológico ingenuo versus
sofisticado. Cambios progresivos y regresivos de las problemáticas
El
falsacionismo sofisticado difiere del ingenuo tanto en sus reglas de aceptación
(o «criterio de demarcación») como en sus reglas de falsación o
eliminación.
Para
el falsacionista ingenuo cualquier teoría que pueda interpretarse como
experimentalmente falsable es «aceptable» o «científica»95. Para el
falsacionista sofisticado una teoría es «aceptable» o «científica» sólo si
tiene un exceso de contenido empírico corroborado con relación a su predecesora
(o rival); esto es, sólo si conduce al descubrimiento de hechos nuevos. Esta
condición puede descomponerse en dos apartados: que la nueva teoría tenga
exceso de contenido empírico {«aceptabilidad1») y que
una parte de ese exceso de contenido resulte verificado («aceptabilidad2»).
El primer requisito puede confirmarse inmediatamente96 mediante
un análisis lógico a priori; el segundo sólo puede contrastarse
empíricamente y ello puede requerir un tiempo indefinido.
93
Debería mencionar aquí que al escéptico kuhniano aún
le afecta lo que yo llamaría «el dilema del escéptico científico»; cualquier
escéptico científico tratará de explicar los cambios de creencias y considerará
su propia teoría psicológica como algo más que una simple creencia, como algo
«científico», en algún sentido. Aunque Hume trató de mostrar que la ciencia no
es sino un simple sistema de creencias con ayuda de su teoría del aprendizaje,
que era del tipo «estímulo-respuesta», nunca se planteó el problema de si su
teoría del aprendizaje también se aplica a su propia teoría del aprendizaje. En
términos actuales nos podemos preguntar: ¿indica la popularidad de la filosofía
de Kuhn que la gente reconoce su verdad? En tal caso quedaría refutada. O bien ¿indica tal popularidad que la gente
la considera como un planteamiento nuevo y atractivo? En ese caso sería
verificada. Pero ¿le agraciaría a Kuhn tal «verificación»?
94 Feyerabend,
quien probablemente contribuyó más que nadie a la difusión de las ideas de
Popper, parece que ahora se ha pasado al bando enemigo. Cf. Su misterioso
(1970b).
95
Cf. Arriba.
96
Pero cf. Abajo.
Para
el falsacionista ingenuo una teoría es falsada por un enunciado
observacional («reforzado»)97 que entra en conflicto con ella (o que
decide interpretar como si entrara en conflicto con ella). Para el
falsacionista sofisticado una teoría científica T queda falsada si y
sólo
si otra teoría T' ha sido propuesta y tiene las siguientes características: T'
tiene un exceso de contenido empírico con relación a T; esto es, predice hechos
nuevos, improbables o incluso excluidos por T98; 2) T'
explica el éxito previo de T; esto es, todo el contenido no refutado de T está
incluido (dentro de los límites del error observacional) en el contenido de T',
y 3) una parte del exceso de contenido de T' resulta corroborado99.
Para
evaluar estas definiciones debemos comprender nuestro problema original y sus
consecuencias. En primer lugar debemos recordar el descubrimiento metodológico
de los convencionalistas según el cual ningún resultado experimental es capaz
de matar a una teoría; cualquier teoría puede ser salvada de los contraejemplos
bien mediante algunas hipótesis auxiliares o mediante las adecuadas
reinterpretaciones de sus términos. Los falsacionistas ingenuos solucionaron
este problema relegando (en los contextos cruciales) las hipótesis auxiliares
al terreno del conocimiento fundamental no problemático, eliminándolas del
modelo deductivo correspondiente a la contrastación, y condenando, por tanto, a
la teoría elegida al aislamiento lógico, una posición en la que tal teoría se
convierte en el blanco pasivo de los ataques de los experimentos
contrastadores. Pero puesto que este procedimiento no suministra una guía
adecuada para realizar una reconstrucción racional de la historia de la
ciencia, parece conveniente que reflexionemos sobre nuestras nociones. ¿Por qué
buscar la falsación a cualquier precio? Por otra parte, ¿por qué no imponer
ciertas reglas sobre los ajustes teóricos mediante los que se permite salvar a
una teoría? Realmente algunas reglas de ese tipo han sido conocidas desde hace
siglos y las podemos encontrar expresadas en las cuchufletas antiguas contra
las explicaciones ad hoc, las farragosidades sin contenido o los trucos
lingüísticos autodefensivos100. Ya hemos visto que Duhem bosquejó
tales reglas en términos de «simplicidad» y «ponderación»101. Pero
¿cuándo sucede que la falta de simplicidad del cinturón protector de
ajustes teóricos alcanza el punto en que la teoría debe ser abandonada?102.
Por ejemplo, en qué sentido era la teoría copernicana más simple que la de
Tolomeo?103.
97 Cf. arriba, texto
de n. 53.
98
Uso «predicción» en un sentido amplio que incluye la «retrodicción».
99
Para una discusión detallada de estas reglas de aceptación y rechazo, y
referencias a la obra de Popper, cf. MCE, cap. 8,
pp. 228-43. Sobre algunas cualificaciones (relativas a la continuidad y a la
consistencia como principios reguladores), cf. Abajo.
100
Moliere, por ejemplo, ridiculizó a los doctores de su Malade Imaginaire que,
interrogados sobre las razones por las que el opio produce sueño, responden que
ello se debe a su virtus dormitiva. Se puede defender incluso que la
famosa afirmación de Newton hypotheses non fingo realmente se dirigía
contra las explicaciones ad hoc (como su propia explicación de las
fuerzas gravitacionales mediante un modelo de éter diseñado para responder a
las objeciones cartesianas).
101
Cf. Arriba.
102
Por cierto, Duhem estaba de acuerdo con Bernard en que los experimentos
exclusivamente (sin el auxilio de consideraciones relativas a la simplicidad)
pueden decidir el destino de las teorías de la Fisiología. Pero defendió que
ello no es posible en la Física (1905, cap. VI, sección 1).
103
Koestler señala correctamente que fue Galileo quien creó el mito de que la
teoría copernicana era sencilla (Koestler, 1959, p. 476); en realidad «el
movimiento de la tierra no había sido muy eficaz para simplificar las viejas
teorías, porque aunque los discutibles ecuantes habían desaparecido, el sistema
aún estaba repleto de círculos auxiliares» (Dreyer, 1906, cap. XIII).
La
confusa noción de «simplicidad» de Duhem hace que la decisión dependa de los
gustos y las modas, como el falsacionista ingenuo argumentó correctamente104.
¿Es
posible mejorar las nociones de Duhem? Popper lo hizo. Su solución (una versión
sofisticada del falsacionismo metodológico) es más objetiva y más rigurosa.
Popper conviene con los convencionalistas en que las teorías y las
proposiciones fácticas siempre pueden ser reconciliadas con la ayuda de
hipótesis auxiliares; conviene que el problema es cómo diferenciar los ajustes
científicos de los pseudocientíficos, los cambios de teoría racionales de
los irracionales. Según Popper el salvar a una teoría con ayuda de hipótesis
auxiliares que satisfacen ciertas condiciones bien definidas, representa un
progreso científico; pero el salvar a una teoría con ayuda de hipótesis
auxiliares que no las satisfacen, representa una degeneración. Popper denomina
a tales hipótesis auxiliares, inadmisibles «hipótesis ad hoc», simples
cambios lingüísticos, «estratagemas convencionalistas»105.
Pero entonces cualquier teoría científica debe ser evaluada en conjunción con
sus hipótesis auxiliares, condiciones iniciales, etc., y, especialmente, en
unión de sus predecesoras, de forma que se pueda apreciar la clase de cambio
que la originó. Por lo tanto, lo que evaluamos es una serie de teorías y
no las teorías aisladas.
Ahora
podemos entender con facilidad la razón por la que formulamos los criterios de
aceptación y rechazo del falsacionismo metodológico sofisticado en la forma en
que lo hicimos106. Con todo, puede resultar interesante el reformularlos
ligeramente, expresándolos explícitamente en términos de series de teorías.
Tomemos
una serie de teorías Ti, T2, T3... en la que cada teoría se obtiene añadiendo
cláusulas auxiliares, o mediante reinterpretaciones semánticas de la teoría
previa con objeto de acomodar alguna anomalía, y de forma que cada teoría
tenga, al menos, tanto contenido
como
el contenido no refutado de sus predecesoras. Digamos que una serie tal de
teorías es teóricamente progresiva (o que «constituye un cambio de
problemática teóricamente progresivo») si cada nueva teoría tiene algún
exceso de contenido empírico con respecto a su predecesora; esto es, si predice
algún hecho nuevo e inesperado hasta entonces. Digamos que una serie de teorías
teóricamente progresiva es también empíricamente progresiva (o que
«constituye un cambio de problemática empíricamente progresivo») si una
parte de este exceso de contenido empírico resulta, además, corroborado; esto
es, si cada nueva teoría nos conduce al descubrimiento real de algún hecho
nuevo107.
104
Cf. Arriba.
105
Popper (1934), secciones 19 y 20. He discutido con algún grado de detalle (bajo
los títulos «Exclusión de anormalidades», «Exclusión de excepciones» y
«Reajuste de anormalidades») estas estratagemas tal como aparecen en las
matemáticas informales, cuasiempíricas; cf. mi (1963-64).
106
Cf. Arriba.
107
Si ya conozco P1: «el cisne A es blanco», Pω: «Todos los
cisnes son blancos» no representa progreso alguno porque sólo puede conducir al
descubrimiento de hechos adicionales similares tales como P2: «El
cisne B es blanco». Las llamadas «generalizaciones empíricas» no constituyen
progreso alguno. Un hecho nuevo debe ser improbable o incluso imposible
a la luz del conocimiento previo. C£. arriba, y abajo.
Por
fin, llamaremos progresivo a un cambio de problemática si es progresivo
teórica y empíricamente, y regresivo si no lo es108.
«Aceptamos» los cambios de problemáticas como científicos, sólo si, por lo
menos, son teóricamente progresivos; si no lo son, los rechazamos como
pseudocientíficos. El progreso se mide por el grado en que un cambio de
problemática es progresivo, por la medida en que la serie de teorías origina
descubrimientos de hechos nuevos. Consideramos «falsada» a una teoría de la
serie cuando ha sido superada por una teoría con mayor contenido corroborado109.
Esta
diferenciación entre cambios de problemática progresivos y regresivos arroja
nuevas luces sobre la evaluación de las explicaciones científicas, o más
bien, progresivas. Si desarrollamos una teoría para resolver una
contradicción entre una teoría previa y un contraejemplo, de forma tal que la
nueva teoría en lugar de ofrecer una explicación incrementadora de contenido
(científica), sólo ofrece una reinterpretación (lingüística) que
disminuye tal contenido, la contradicción queda resuelta sólo de una forma
semántica y acientífica. Un hecho dado se explica científicamente sólo
cuando otro hecho nuevo queda explicado además del primero110.
El
falsacionismo sofisticado transforma así el problema de cómo evaluar las
teorías en el problema de cómo evaluar las series de teorías. Se puede
decir que es científica o no científica una serie de teorías, y no una teoría
aislada: aplicar el término «científica» a una
teoría
única equivale a equivocar las categorías111.
Durante
mucho tiempo el requisito empírico de una teoría satisfactoria era la
correspondencia con los hechos observados. Nuestro requisito empírico, para una
serie de teorías, es que produzca nuevos hechos. La idea de crecimiento y la
noción de carácter empírico quedan soldadas en una.
108
La adecuación del término «cambio de problemática» aplicado a una serie de
teorías y no a una serie de problemas, puede ponerse en duda. Lo adopté,
parcialmente, porque no encontré una alternativa más adecuada [«cambio de
teoría» («theoryshift») suena muy mal] y parcialmente porque las teorías son
siempre problemáticas y nunca solucionan todos los problemas que tratan de
solucionar. En todo caso, y en la segunda mitad del artículo, la expresión más
natural «programa de investigación» sustituirá a «cambio de problemática» en
los contextos más relevantes.
109
Sobre la falsación de series de teorías (o «programas de investigación») por
oposición a la falsación de una teoría de la serie, cf. abajo, pp. 92 y
ss.
110
Realmente en el manuscrito original de MCE, cap. 8, yo escribí: «Una teoría sin
exceso de corroboración carece de exceso de poder explicativo; por ello, y
según Popper, no representa crecimiento alguno y no es «científica»; por tanto
deberíamos decir que carece de poder explicativo» (p. 239). Suprimí la
mitad de la frase subrayada a petición de mis colegas que entendieron que
sonaba demasiado extraño. Ahora siento haberlo hecho.
111
El hecho de que Popper no distinguiera entre «teorías» y «series de teorías» le
impidió tener un acceso afortunado a las ideas básicas del falsacionismo
sofisticado. Su ambigua terminología originó muchas formulaciones confusas
tales como «el marxismo (como núcleo central de una serie de teorías de un
"programa de investigación") es irrefutable» y, al mismo tiempo, «el
marxismo (como una conjunción particular de tal núcleo central con algunas
hipótesis auxiliares específicas, condiciones iniciales y una cláusula ceterisparibus)
ha sido refutado» (cf. Popper, 1963a). Por supuesto no hay nada equivocado
en decir que una teoría individual, aislada, es «científica» si representa un
progreso con relación a su predecesora, mientras se comprenda con claridad que
en esta formulación evaluamos la teoría en el contexto y como resultado de un
desarrollo histórico particular.
Esta
versión revisada del falsacionismo metodológico tiene muchos rasgos nuevos. En
primer lugar, niega que «en el caso de una teoría científica nuestra decisión
dependa de los resultados de los experimentos. Si éstos confirman la teoría
podemos aceptarla hasta que encontremos una mejor. Si la contradicen, la
rechazamos»112. Niega que «lo que en último término decide el
destino de una teoría es el resultado de una contrastación; esto es, un acuerdo
sobre enunciados básicos»113. En contra del falsacionismo ingenuo, ningún
experimento, informe experimental, enunciado observacional o hipótesis
falsadora de bajo nivel bien corroborada puede originar por sí mismo la
falsación134. NO hay falsación sin la emergencia de una
teoría mejor115. Pero entonces se desvanece el carácter
claramente negativo del falsacionismo ingenuo; la crítica se hace más difícil
pero también positiva, constructiva. Naturalmente, si la falsación depende de
la aparición de teorías mejores, de la invención de teorías que anticipen
hechos nuevos, entonces la falsación no es simplemente
una
relación entre una teoría y la base empírica, sino una relación múltiple entre
teorías rivales, la «base empírica» original y el crecimiento empírico que
tiene su origen en la confrontación. Puede decirse, por tanto, que la falsación
tiene un «carácter histórico»116. Más aún, algunas de las teorías que
originan falsaciones, a menudo son propuestas después de la
«contraevidencia». Esto puede sonar paradójico a aquellos adoctrinados en el
falsacionismo ingenuo. Realmente esta teoría epistemológica de la relación
entre teoría y experimento difiere rotundamente de la teoría epistemológica del
falsacionismo ingenuo. El mismo término «contraevidencia» debe ser abandonado
en el sentido de que ningún resultado experimental debe ser interpretado
directamente como «contraevidencia». Si, con todo, deseamos retener este
venerable término tenemos que redefinirlo del siguiente modo: «contraevidencia
de T1» es un caso de corroboración de T2 que o bien es
inconsistente con o independiente de T1 (a condición de que T2 sea
una teoría que explique satisfactoriamente
el
éxito empírico de T1). Esto muestra que la «contraevidencia
crucial» o los «experimentos cruciales» sólo pueden reconocerse como
tales entre la plétora de anomalías, retrospectivamente, a la luz de
alguna teoría superadora117.
112
Popper (1945), vol. II, p. 233. La actitud más sofisticada de Popper se refleja
en la observación «las consecuencias concretas y prácticas pueden ser
contrastadas de forma más directa mediante los experimentos» (Ibid., subrayado
añadido).
113
Popper (1934), sección 30.
114
Sobre el carácter pragmático de la «falsación» metodológica, cf. arriba,
n. 60.
115
«En la mayoría de los casos antes de refutar una hipótesis tenemos otra en la
reserva» (Popper, 1959a, p. 87, n. * 1). Pero como demuestra nuestra
argumentación es necesario que tengamos otra. Como dice Feyerabend: «La
mejor crítica la suministran aquellas teorías que pueden sustituir a las
rivales que han destruido» (1965, p. 227). Señala que en algunos casos
«las alternativas serán enteramente indispensables para conseguir la
refutación» (ibid., p. 254). Pero según nuestro argumento la
refutación sin una alternativa no muestra sino la pobreza de nuestra
imaginación para suministrar una hipótesis salvadora. También cf. Abajo,
n. 121.
116
Cf. MCE, cap. 8, pp. 239 y ss.
117
Según la visión miope del falsacionismo ingenuo, las teorías nuevas que
sustituyen a las antiguas y refutadas, nacen sin estar refutadas. Por ello
estos autores no creen que exista una diferencia relevante entre las anomalías
y la contraevidencia crucial. Para ellos la anomalía es un eufemismo poco
honesto para referirse a la contraevidencia. Pero en la historia real las
nuevas teorías nacen refutadas: heredan muchas anomalías de la teoría antigua.
Además es frecuente que sea exclusivamente la nueva teoría la que
prediga el hecho que constituirá la contraevidencia crucial contra su
predecesora, mientras que las anomalías «viejas» puede que subsistan como
anomalías «nuevas». Todo esto se aclarará cuando introduzcamos la noción de
«programa de investigación»: cf. Abajo.
Por
tanto, el elemento crucial en la falsación es si la nueva teoría ofrece
alguna información nueva comparada con su predecesora y si una parte de este
exceso de información está corroborado. Los justificacionistas valoraban las
instancias «confirmadoras» de una teoría; los falsacionistas ingenuos insistían
en las instancias «refutadoras»; para los falsacionistas metodológicos son los
casos corroboradores (bastantes escasos) del exceso de información los que
resultan cruciales y reciben toda la atención. Ya no estamos interesados en los
miles de casos triviales de verificación ni en los cientos de anomalías
claramente disponibles: lo decisivo son los pocos y cruciales casos de
verificación del exceso118. Esta consideración rehabilita y
reinterpreta el viejo proverbio: Exemplum docet, exempla obscurant.
La
«falsación» en el sentido del falsacionismo ingenuo (contraevidencia
corroborada) no es una condición suficiente para eliminar una teoría
específica; a pesar de los cientos de anomalías conocidas no la consideramos
como falsada (esto es, eliminada) hasta que no
tengamos
otra mejor119. Tampoco es la «falsación» en el sentido ingenuo,
necesaria para la falsación en el sentido sofisticado; un cambio de
problemática progresivo no tiene por qué estar sembrado de refutaciones. La
ciencia puede crecer sin que ninguna refutación indique el camino. Los
falsacionistas ingenuos sugieren un crecimiento lineal de la ciencia, en el
sentido de que las teorías son seguidas de refutaciones poderosas que las
eliminan, y tales refutaciones, a su vez, son seguidas por nuevas teorías120.
Es perfectamente posible que se
propongan
teorías «progresivamente» en una sucesión tan rápida que la refutación de la
teoría n sólo aparezca como una corroboración de la (n + 1). Lo que suscita la
actividad científica febril es la proliferación de teorías en lugar de los
contraejemplos o anomalías.
118 El
falsacionismo sofisticado origina una nueva teoría del aprendizaje; cf. Abajo.
119
Es claro que la teoría T' puede tener un exceso de contenido empírico
corroborado con relación a otra teoría T incluso si ambas T y T' están
refutadas. El contenido empírico nada tiene que ver con la verdad o la
falsedad. Los contenidos corroborados también pueden ser comparados con
independencia del contenido refutado. De este modo se aprecia la racionalidad
de eliminar la teoría de Newton en favor de la de Einstein aun cuando puede
decirse que la teoría de Einstein nació «refutada» como la de Newton. Debemos
recordar que «confirmación cualitativa» es un eufemismo de «disconfirmación
cuantitativa». Cf.
vol.
2, MCE, pp. 238-39.
120
Cf. Popper (1934), sección 85, p. 279 de la traducción inglesa (1959).
Esto
prueba que la consigna «proliferación de teorías» es mucho más
importante para el falsacionista sofisticado que para el ingenuo. Para el
falsacionista ingenuo la ciencia crece mediante repetidas eliminaciones
experimentales de las teorías; las nuevas teorías rivales propuestas antes de
tales eliminaciones pueden acelerar el crecimiento pero no son absolutamente
necesarias121; la proliferación constante de teorías es opcional y
no obligatoria. Para el falsacionista sofisticado la proliferación de teorías
no puede esperar a que las teorías aceptadas sean «refutadas» (o hasta que sus
defensores entren en una crisis de confianza kuhniana)122. Mientras
que el falsacionista ingenuo insiste en «la urgencia de sustituir una hipótesis
falsada por otra mejor»123, el falsacionista sofisticado reitera la
rgencia de sustituir cualquier hipótesis por otra mejor. La falsación no
puede «forzar al
teórico
a buscar una teoría mejor»124 simplemente porque la falsación no
puede preceder a la teoría mejor.
El
cambio de problemática desde falsacionismo ingenuo al sofisticado involucra una
dificultad semántica. Para el falsacionista ingenuo una «refutación» es un
resultado experimental que, en virtud de sus decisiones, se hace que entre en
conflicto con la teoría objeto de contrastación. Pero, según el falsacionismo
sofisticado, no se deben adoptar tales decisiones antes de que el supuesto
«caso refutador» no se haya convertido en el ejemplo confirmador de otra teoría
mejor. Por ello, siempre que vemos términos como «refutación», «falsación»,
«contraejemplo» debemos confirmar en cada caso si tales términos se aplican
mediante decisiones adoptadas por el falsacionista ingenuo sofisticado125.
El
falsacionismo metodológico sofisticado ofrece
nuevos criterios de honestidad intelectual. La honestidad justificacionista
exigía la aceptación exclusiva de lo que había sido probado y el rechazo de
todo aquello carente de prueba. La honestidad neojustificacionista pedía que se
especificara la probabilidad de cualquier hipótesis teniendo en cuenta la
evidencia empírica disponible. La honestidad del falsacionismo ingenuo requería
la contrastación de lo falsable y el rechazo de lo no falsable y de lo falsado.
Por fin, la honestidad del falsacionismo sofisticado pide que se intenten ver
las cosas desde diferentes puntos de vista, que se propongan otras teorías que
anticipen hechos nuevos y que se rechacen las teorías que han sido superadas
por otras más poderosas.
121
Es cierto que a una cierta clase de proliferación de teorías rivales se
le permite desempeñar una función accidental heurística en la falsación. En
muchos casos la falsación, heurísticamente, «depende de (la condición) de que
exista un número suficiente de teorías suficientemente distintas» (Popper,
1940). Por ejemplo, puede que tengamos una teoría T aparentemente no refutada.
Pero puede suceder que una nueva teoría T', inconsistente con T, sea propuesta
y que se corresponda igualmente con los hechos disponibles; las diferencias son
más reducidas que los márgenes de error observacional. En tales casos la
inconsistencia nos impulsa a mejorar nuestras «técnicas experimentales»
refinando así la «base empírica» de modo que T o T' (o ambas) puedan ser refutadas;
«Necesitamos (una) nueva teoría para descubrir en dónde la teoría antigua era
deficiente» (Popper, 1963a, p. 246). Pero la función de esta proliferación es accidental
en el sentido de que una vez refinada la base empírica, la lucha se
establece entre esta base empírica refinada y la teoría T que se contrasta; la
teoría rival T' actuó solamente como un catalizador. (También cf. arriba).
122
También cf. Feyerabend (1965), pp. 254-55.
123
Popper (1959a), p. 87, n. * 1.
121
Popper (1934), sección 30.
125
Cf. también arriba, n. 60. Posiblemente en el futuro sería mejor
abandonar completamente estos términos del mismo modo que hemos abandonado
términos como «prueba inductiva (o experimental)». Podemos llamar anomalías a
las «refutaciones» (ingenuas) y teorías «superadas» a las teorías
(sofisticadamente) falsadas. Nuestro lenguaje «ordinario» está repleto de
dogmatismo «inductivista» y también de dogmatismo falsacionista. Procede
realizar una reforma.
El
falsacionismo metodológico sofisticado combina
varias tradiciones diferentes. Hereda de los empiristas la determinación de
aprender, fundamentalmente, de la experiencia. De los kantianos adopta el
enfoque activista de la teoría del conocimiento. De los convencionalistas han
aprendido la importancia de las decisiones en metodología.
Me
gustaría insistir aquí en un rasgo distintivo adicional del empirismo
metodológico sofisticado: la función crucial del exceso de corroboración. Para
el inductivista aprender acerca de una nueva teoría es aprender cuánta
evidencia confirmadora la apoya; nada se
aprende
de las teorías refutadas (después de todo, aprender es
acumular conocimiento probado o probable). Para el falsacionista
dogmático aprender acerca de una teoría es aprender si está refutada no; nada
se aprende de las teorías confirmadas (nada puede ser
probado
ni convertido en probable); acerca de las teorías refutadas se aprende que han
sido probadas falsas126. Para el falsacionista sofisticado aprender
acerca de una teoría es fundamentalmente aprender qué nuevos hechos anticipó;
realmente para la clase de empirismo popperiano que defiendo, la única
evidencia relevante es la evidencia anticipada por una teoría, y el carácter
empírico (o carácter científico) y el progreso teórico están inseparablemente
relacionados127.
Esta
idea no es enteramente nueva. Leibnitz, por ejemplo, en su famosa carta a
Conring, de 1678, escribió: «Constituye gran virtud en una hipótesis (próxima a
ser verdad probada) el que gracias a ella puedan realizarse predicciones
incluso acerca de fenómenos y experimentos nunca ensayados»128. La
noción de Leibnitz fue ampliamente aceptada por los científicos. Pero puesto
que, con anterioridad a Popper, la evaluación de una teoría científica
equivalía a evaluar su grado de justificación, algunos lógicos consideraron que
esta postura era insostenible. Mill, por ejemplo, en 1843, afirma horrorizado
que «parece pensarse que una hipótesis... tiene derecho a una recepción más
favorable si, además de explicar todos los hechos previamente conocidos, lleva
a la anticipación y predicción de otros que posteriormente son verificados por
la experiencia»129. Mill daba en el blanco: esta evaluación entraba
en conflicto tanto con el justificacionismo como con el probabilismo. ¿Por qué
un acontecimiento tiene superior poder probatorio si ha sido anticipado por una
teoría, que si ya era conocido con anterioridad? Mientras la prueba fuera
el único criterio para establecer el carácter científico de una teoría, la
regla de Leibnitz sólo podía ser considerada como irrelevante130.
126
Para una defensa de esta teoría del «aprendizaje por la experiencia», cf.
Agassi (1969).
127 Estas
observaciones muestran que «aprender de la experiencia» es una idea normativa;
por ello, todas las teorías puramente «empíricas» sobre el aprendizaje eluden
la médula del problema.
128
Cf. Leibnitz (1678). La expresión entre paréntesis muestra que Leibnitz
consideraba este criterio como un segundo óptimo y que entendía que las teorías
mejores son aquellas que están probadas. Por tanto, la posición de Leibnitz
(como la de Whewel) está muy lejos del auténtico falsacionismo sofisticado.
129
Mill (1843), vol. II, p. 23.
130
Este fue el argumento de J. S. Mill (ibid.). Lo empleó contra Whewel,
quien entendía que «la adecuación de inducciones» o predicciones acertadas de
acontecimientos improbables verifica (esto es, prueba) una
teoría. (Whewel, 1858, pp. 95-6). Sin duda el error básico de la filosofía
de la ciencia de Whewell y de la de Duhem es la ausencia de una distinción
entre poder predictivo y verdad probada. Popper separó ambos conceptos.
Además,
la probabilidad de una teoría a la luz de cierta evidencia no puede
resultar afectada, como Keynes señaló, por el período temporal en que se
consiguió tal evidencia; la probabilidad de una teoría, supuesta cierta
evidencia, sólo puede depender de la teoría y de la evidencia131 y
no del hecho de que la evidencia se obtuviera antes o después de la teoría.
A
pesar de esta convincente crítica justificacionista algunos de los mejores
científicos retuvieron el criterio porque formulaba su profundo disgusto ante
las explicaciones puramente ad hoc que «aunque realmente expresan los
hechos (que tratan de explicar) no están apoyadas por ningún otro fenómeno»132.
Popper
fue el primero que reconoció que la inconsistencia aparente entre, por una
parte, los escasos, aislados y casuales comentarios en contra de las hipótesis ad
hoc, y, por otra, el enorme edificio de la filosofía justificacionista,
debía ser resuelta demoliendo el justificacionismo e introduciendo nuevos
criterios no justificacionistas y contrarios a la condición ad hoc, para
evaluar las teorías científicas.
Consideremos
algunos ejemplos. La teoría de Einstein no es mejor que la de Newton porque la
de Newton haya sido refutada y la de Einstein no lo haya sido: existen muchas
«anomalías» conocidas de la teoría einsteiniana. La teoría de Einstein es mejor
que (esto es, representa un progreso comparada con) la teoría de Newton de
1916 (la ley de la dinámica de Newton, la ley de gravitación, el conjunto
conocido de condiciones iniciales, «menos» la lista de anomalías conocidas
tales como el perihelio de Mercurio) porque explicaba todo aquello que
la teoría de Newton había explicado con éxito y, en cierta medida, algunas
anomalías conocidas, y, además, prohibía ciertos acontecimientos como la
transmisión de la luz en línea recta en la proximidad de grandes masas sobre los
que la teoría de Newton nada afirmaba, pero que habían sido permitidos por
otras teorías científicas bien corroboradas de la época; más aún, por lo
menos una parte del inesperado exceso de contenido de la teoría de Einstein
fue corroborado de hecho (por ejemplo, mediante los experimentos de los
eclipses).
Por
otra parte, según estos criterios sofisticados la teoría de Galileo, según la
cual el movimiento natural de los objetos terrestres era circular, no
introducía ninguna mejora porque no prohibía ningún acontecimiento que no
hubiera sido prohibido por las teorías
relevantes
que él trataba de superar (esto es, por la física aristotélica y por la
cinemática celeste copernicana). Por ello esta teoría era ad hoc y, por
ello, carente de valor (desde un punto de vista heurístico)133.
131
Keynes (1921), p. 305. Pero cf. MCE, cap. 8, p. 246.
132
Este es el comentario crítico de Whewel sobre las hipótesis auxiliares ad
hoc de la teoría de la luz newtoniana (Whewel, 1858, vol. II, p. 317).
133 En
la terminología de mi (1968b) esta teoría era ad hoc, (cf. MCE, cap. 8,
n. 1); originalmente el ejemplo me lo sugirió Paul Feyerabend como un paradigma
de teoría valiosa ad hoc. Pero cf. abajo, especialmente n. 191.
Un
ejemplo precioso de teoría que sólo satisface la primera parte del criterio
popperiano de progreso (exceso de contenido) pero no la segunda parte (exceso
de contenido corroborado) fue ofrecido por el mismo Popper: la teoría de
Bohr-Kramers-Slater de 1924. Todas las predicciones nuevas de esta
teoría fueron refutadas134.
Consideremos,
finalmente, cuánto convencionalismo sobrevive en el falsacionismo sofisticado.
Ciertamente, menos que en el falsacionismo ingenuo. Necesitamos un número menor
de decisiones metodológicas. La «cuarta clase de decisión», que era
esencial para la
versión
ingenua135, ahora resulta completamente redundante. Para apreciar
esto nos basta con entender que si una teoría científica consistente en algunas
«leyes de la naturaleza», ciertas condiciones iniciales, y teorías auxiliares
(pero sin una cláusula ceteris paribus) entra en conflicto con algunas
proposiciones fácticas, no es necesario decidir qué parte (explícita u
«oculta») debemos sustituir. Podemos ensayar la sustitución de cualquier parte
y sólo cuando hayamos logrado una explicación de la anomalía con la ayuda de
algún cambio acrecentador del contenido (o hipótesis auxiliar) y la naturaleza
lo corrobore, procederemos a eliminar el conjunto «refutado». Por tanto, la
falsación sofisticada es un procedimiento más lento pero posiblemente más
seguro que la falsación ingenua.
Consideremos
un ejemplo. Supongamos que el curso de un planeta difiere del curso anticipado.
Algunos concluyen que esto refuta la teoría dinámica y gravitacional aplicada;
las condiciones iniciales y la cláusula ceteris paribus han sido
brillantemente corroboradas.
Otros
concluyen que esto refuta las condiciones iniciales utilizadas en los cálculos:
la teoría dinámica y gravitacional ha sido magistralmente corroborada en los
últimos doscientos años y resultaron ser erróneas todas las sugerencias
relativas a la actuación de otros factores. Otros, sin embargo, concluyen que
la situación refuta el supuesto subyacente de que no operaban otros factores
excepto aquellos que se tenían en cuenta: tal vez estas personas están
influidas por el principio metafísico de que cualquier explicación es sólo
aproximada
debido a la complejidad infinita de los factores involucrados en la
determinación de cualquier acontecimiento individual. ¿Debemos encomiar a los
primeros por ser «críticos», regañar a los segundos por mostrarse «interesados»
y condenar a los terceros como «apologistas»? No. No necesitamos extraer
ninguna conclusión sobre tal «refutación». Nunca rechazamos una teoría
específica por medio de un simple fiat. Si nos enfrentamos con una
inconsistencia como la mencionada no es necesario decidir qué ingredientes de
la teoría consideraremos cómo problemáticos y cuales como no problemáticos;
estimamos que todos los ingredientes son problemáticos a la luz del
conflictivo
y aceptado enunciado básico e intentamos sustituir todos ellos. Si tenemos
éxito y sustituimos algún ingrediente de modo «progresivo» (esto es, de modo
que el sustituto tenga más contenido empírico corroborado que el original)
decimos que ha sido «falsado».
134
En la terminología de mi (1968b) esta teoría no era ad hoc, sino ad
hoc2 (cf. MCE, cap. 8, p. 242, n. 182). Para una ilustración
sencilla pero artificial, consúltese ibid., p. 179, n. 1. (Sobre ad
hoc2, cf. abajo, n. 320.)
135
Cf. arriba.
Tampoco
necesitamos la quinta clase de decisión del falsacionista ingenuo136.
Para apreciar esta cuestión examinemos de nuevo el problema de la evaluación de
las teorías (sintácticamente) metafísicas, y el de su retención y eliminación.
La solución «sofisticada» es obvia.
Retenemos una teoría sintácticamente metafísica mientras los casos
problemáticos puedan explicarse mediante cambios acrecentadores de contenido en
las hipótesis auxiliares anejas a la misma137. Tomemos, por ejemplo,
la metafísica cartesiana C: «en todos los procesos naturales hay un
mecanismo de relojería regulado por principios
animadores
a priori». Esto es sintácticamente irrefutable; no puede entrar en
conflicto con ningún «enunciado básico»-espaciotemporalmente singular. Por
supuesto, puede entrar en conflicto con una teoría refutable como N: «la
gravitación es una fuerza igual a m1 m2/r2 que
actúa a distancia». Pero N sólo se opondrá a C si «acción a distancia»
se interpreta literalmente y como si representara, además, una verdad última,
no reducible a causas aún más profundas. (Popper llamaría a ésta una
interpretación «esencialista»). Alternativamente, podemos considerar la «acción
a distancia» como una causa mediata.
En
tal caso interpretamos «acción a distancia» de forma figurada y consideramos
tal expresión como el apelativo de algún oculto mecanismo de acción por
contacto. (Esta interpretación puede ser calificada de «nominalista»). En este
caso tratamos de explicar N por medio de C como hicieron el mismo Newton y
varios físicos franceses del siglo XVIII. Si una teoría auxiliar que consigue
llegar a esta explicación (o si se prefiere, a esta «reducción») origina nuevos
hechos (esto es, si es «independientemente contrastable») la metafísica
cartesiana debería ser considerada como metafísica valiosa, científica,
empírica y generadora de un cambio progresivo de problemática. Una teoría,
sintácticamente metafísica, progresiva, produce un continuo cambio progresivo
en su cinturón protector de teorías auxiliares. Si la reducción de la teoría al
«marco conceptual» metafísico no origina
nuevo
contenido empírico ni tampoco hechos nuevos, entonces la reducción representa
un cambio de problemática regresivo; es un mero ejercicio lingüístico. Los
esfuerzos cartesianos por remozar su «metafísica» con la finalidad de explicar
la gravitación newtoniana son un notable ejemplo de tal reducción meramente
lingüística138.
Por
tanto, no eliminamos una teoría (sintácticamente) metafísica porque entre en
conflicto con una teoría científica bien corroborada, como sugiere el
falsacionismo ingenuo. La eliminamos si, a largo plazo, produce un cambio
regresivo y si hay una metafísica rival y
superior
para sustituirla. La metodología de un programa de investigación con un
«núcleo» metafísico no difiere de la metodología de otro dotado de un «núcleo»
refutable excepto, tal vez, por lo que se refiere al nivel lógico de las
inconsistencias que son la fuerza motriz del programa139.
136
Cf. arriba.
137 Esta
condición sólo se puede formular con total claridad en términos de la
metodología de los programas de investigación que se explicará en § 3;
retenemos una teoría sintácticamente metafísica como «centro firme» de un
programa de investigación mientras que la heurística positiva asociada produzca
un cambio progresivo en el «cinturón protector» de hipótesis auxiliares. Cf.
abajo.
138
Este fenómeno fue descrito en un excelente artículo de Whewell (1851), pero no
pudo explicarlo desde un punto de vista metodológico. En lugar de reconocer la
victoria del programa progresivo de Newton sobre el programa regresivo
cartesiano, entendió que ésta era la victoria de la verdad probada sobre la
falsedad. Para una discusión general de la demarcación entre reducción
progresiva y regresiva, cf. Popper (1969a).
139
Cf. arriba, n.137
(Debe
insistirse, sin embargo, en que la misma elección de la forma lógica en que se
articula una teoría depende, en gran medida, de nuestras decisiones
metodológicas. Por ejemplo, en lugar de formular la metafísica cartesiana como
un enunciado «todos-alguno» la podemos enunciar como un enunciado «todos»;
«todos los procesos naturales son procesos mecánicos». Un enunciado básico que
lo contradiría sería: «a es un proceso natural y no es mecánico». El problema
es si, según las técnicas experimentales, o más bien, según las teorías
interpretativas del momento, el enunciado «x no es un mecanismo» puede
«establecerse» o no. Por tanto, la elección racional de la forma lógica de una
teoría depende del estado de nuestro conocimiento; por ejemplo, un enunciado
metafísico «todos-algunos» actual puede convertirse mañana, con el cambio de
nivel de las teorías observacionales, en un enunciado científico del tipo
«todos». Ya he argumentado que son las series de teorías y no las teorías las
que deben clasificarse como científicas o no científicas; ahora acabo de
indicar que incluso la forma lógica de una teoría sólo puede adoptarse
racionalmente sobre la base de una evaluación crítica del estado del programa
de investigación en el que está incorporada.)
Las
decisiones de primera, segunda y tercera clase del falsacionismo ingenuo140
no pueden ser evitadas, pero como veremos se puede reducir ligeramente el
elemento convencional en las decisiones de segunda y tercera clase. No podemos
evitar las decisiones sobre qué clase de proposiciones son las
«observacionales» y cuáles son las «teóricas». Tampoco podemos evitar las
decisiones sobre el valor de verdad de algunas «proposiciones observacionales».
Estas decisiones son vitales para decidir si un cambio de problemática es
empíricamente progresivo o regresivo141. Pero el falsacionista
sofisticado
puede,
al menos, mitigar la arbitrariedad de esta segunda clase de decisión, aceptando
un procedimiento de apelación.
Los
falsacionistas ingenuos no establecen ningún procedimiento de apelación
análogo. Aceptan un enunciado básico si está respaldado por una hipótesis
falsadora bien corroborada142 y permiten que destruya a la teoría
que se contrasta aun cuando conocen perfectamente los riesgos involucrados143.
Pero no hay razón para que no consideremos a una hipótesis falsadora, y al
enunciado básico que apoya, como igualmente problemáticos que la hipótesis
falsada. Ahora bien, ¿con qué precisión podemos manifestar el carácter
problemático de un enunciado básico? ¿Sobre qué fundamentos pueden apelar y
ganar los defensores de una teoría «falsada»?
Algunos
dirán que podemos continuar contrastando el enunciado básico (o la hipótesis
falsadora) «por sus consecuencias deductivas» hasta que por fin se alcance un
acuerdo. Para esta contrastación deducimos, con el mismo modelo deductivo,
consecuencias adicionales a
partir
del enunciado básico y con la ayuda de la teoría que se contrasta bien de
alguna otra teoría que consideramos carente de problemas. Aunque este
procedimiento «no tiene un fin natural» siempre llegaremos a un punto en que
desaparezcan los desacuerdos144.
140
Cf. Arriba.
141
Cf. Arriba.
142
Popper (1934), sección 22.
143 Cf. e. g. Popper (1959a), p. 107, n. * 2. También
cf. arriba.
144
Esto se argumenta en Popper (1934), sección 29.
Pero
cuando el teórico apela contra el veredicto del experimentador, el tribunal de
apelación normalmente no investiga el enunciado básico, sino que más bien se
interesa por la teoría interpretativa a cuya luz se ha establecido el
valor de verdad de aquél.
Un
ejemplo típico de una serie de apelaciones con éxito es la lucha de los
proutianos contra la evidencia experimental desfavorable, desarrollada entre
1815 y 1911. Durante décadas la teoría de Prout, T («todos los átomos son
compuestos de átomos de hidrógeno, y por ello los «pesos atómicos» de todos los
elementos químicos deben ser expresables como números enteros»), se veía
confrontada por hipótesis «observacionales» falsadoras como la «refutación» de
Stas, R («el peso atómico del cloro es 35,5»). Como es sabido, finalmente T
prevaleció sobre R145.
La
primera etapa de cualquier crítica seria de una teoría científica es
reconstruir y mejorar su articulación lógico-deductiva. Hagamos esto en el caso
de la teoría de Prout teniendo en cuenta la refutación de Stas. En primer lugar
debemos comprender que en la formulación que acabamos de citar T y R no eran
inconsistentes. (Los físicos rara vez articulan sus teorías lo bastante como
para que los críticos puedan atraparles). Para hacerlas inconsistentes tenemos
que expresarlas de la forma siguiente: T: «los pesos atómicos de todos los
elementos químicos puros (homogéneos) son múltiplos del peso atómico del
hidrógeno»,
y R: «el cloro es un elemento químico puro (homogéneo) y su peso atómico es
35,5». El último enunciado tiene forma de una hipótesis falsadora que, de estar
bien corroborada, nos permitiría usar enunciados básicos de la forma B: «El
cloro X es un elemento químico puro (homogéneo) y su peso atómico es 35,5»,
donde X es el nombre propio de una «porción» de cloro, determinado, por
ejemplo, mediante sus coordenadas espacio-temporales.
¿En
qué medida está R bien corroborada? Su primer componente depende de R1
«El cloro X es un elemento químico puro». Este fue el veredicto del químico
experimentador tras una aplicación rigurosa de las «técnicas experimentales»
del momento.
Examinemos
con mayor precisión la estructura de R1. En realidad R1
representa una conjunción de dos enunciados más largos T1 y T2.
El primer enunciado, T1, podría ser éste: «Si a un gas se le aplican
17 procedimientos químicos de purificación, p1, p2, ... p17,
lo que
queda
será cloro puro». T2 dice: «X fue sometido a los 17 procedimientos p1,
p2, ... p17». El cuidadoso «experimentador» aplicó los 17
procedimientos: T1 debe ser aceptado. Pero la conclusión de que, por
lo tanto, lo que queda debe ser cloro puro sólo es un «hecho sólido» en
virtud de T1. El experimentador al contrastar T aplicaba T1.
El interpretaba lo que veía a la luz de T1; el resultado es R1.
Con todo, en el modelo deductivo monoteórico de la contrastación esta teoría
interpretativa no aparece en absoluto.
145
Agassi pretende que este ejemplo muestra que «podemos retener las hipótesis a
la vista de los hechos conocidos con la esperanza de que los hechos se
ajustarán a la teoría en lugar de suceder lo contrario» (1966, p. 18). Pero
¿cómo pueden «ajustarse por sí mismos» los hechos? ¿En qué condiciones particulares
ganaría la teoría? Agassi no suministra una respuesta.
¿Qué
sucede si T1, la teoría interpretativa, es falsa? ¿Por qué no
«aplicar» T en lugar de T1 y afirmar que los pesos atómicos deben
ser números enteros?,Entonces ese sería un «hecho sólido» a la luz
de T, y T1 queda destruida. Tal vez es necesario inventar y aplicar
nuevos procedimientos adicionales de purificación.
El
problema, entonces, no radica en decidir cuándo debemos retener una
«teoría» a la vista de ciertos «hechos conocidos» y cuándo debemos
actuar al revés. El problema no radica en decidir qué debemos hacer
cuando las «teorías» entran en conflicto con los «hechos». Tal conflicto sólo
lo sugiere el modelo deductivo monoteórico. Depende de nuestra decisión
metodológica el que una proposición constituya un hecho o una «teoría» en el
contexto de una contrastación. La «base empírica» de una teoría es una noción monoteórica;
está relacionada con una estructura deductiva monoteórica. Podemos
utilizarla
como una primera aproximación, pero en caso de «apelación» del teórico,
deberemos utilizar un modelo pluralista. En este modelo pluralista el
conflicto no sucede «entre teorías y hechos», sino entre dos teorías de nivel
elevado; entre una teoría interpretativa que suministra los hechos, y
una teoría explicativa que los explica; y puede suceder que la teoría
interpretativa sea de un nivel tan elevado como la explicativa. El conflicto,
por tanto, tampoco se produce entre una teoría de nivel lógico muy elevado y
una hipótesis falsadora de bajo nivel. El problema no debe plantearse en
términos de decidir si una «refutación» es real o no. El problema consiste en
cómo reparar una inconsistencia entre la «teoría explicativa» que se
contrasta y las teorías «interpretativas» explícitas u ocultas; o si se
prefiere, el problema es decidir qué teoría vamos a considerar como teoría
interpretativa suministradora de los hechos sólidos, y cuál como teoría
explicativa que los explica tentativamente. En un modelo monoteórico
consideramos la teoría de mayor nivel como una teoría explicativa que ha de
ser juzgada por los hechos suministrados desde el exterior (por la
autoridad del experimentador); en caso de conflicto, rechazamos la explicación146.
Alternativamente, en un modelo pluralista podemos considerar a la teoría de
mayor nivel como una teoría interpretativa encargada de juzgar los hechos suministrados
desde
el exterior; en caso de conflicto podemos rechazar los «hechos» como si fueran
«anormalidades». En un modelo pluralista de contrastación quedan unidas varias
teorías más o menos organizadas deductivamente.
146
La decisión de usar algún modelo monoteórico es claramente esencial para el
falsacionista ingenuo puesto que le capacita para rechazar una teoría sobre la
base exclusiva de la evidencia experimental. Ello se corresponde con
la necesidad que siente de dividir radicalmente {al menos en una situación de
contrastación) el conjunto de la ciencia en dos partes: lo problemático y lo no
problemático (cf. arriba). Sólo la teoría que decide considerar
como problemática es incorporada a su modelo de crítica deductiva.
Sólo
este argumento sería suficiente para hacer ver lo correcto de la conclusión,
que extrajimos de argumentos previos y distintos, de que los experimentos no
destruyen simplemente a las teorías y de que ninguna teoría prohíbe unos
fenómenos especificables por adelantado147. No es que nosotros
propongamos una teoría y la naturaleza pueda gritar NO; se trata, más bien, de
que proponemos un conjunto de teorías y la naturalez puede gritar INCONSISTENTE148.
El
problema, por tanto, se desplaza desde el viejo problema de la
sustitución de una teoría refutada por los «hechos» al nuevo problema de cómo
resolver las inconsistencias entre teorías estrechamente relacionadas. ¿Cuál de
las teorías mutuamente inconsistentes
debe
ser eliminada? El falsacionista sofisticado puede responder fácilmente a esta
pregunta; se debe intentar sustituir primero una, después la otra, después
posiblemente ambas, y optar por aquella nueva estructura que suministre el
mayor incremento de contenido corroborado, que suministre el cambio más
progresivo de problemática »149.
Por
ello hemos establecido un procedimiento de apelación para el caso de que el
teórico desee poner en duda el veredicto negativo del experimentador. El
teórico puede pedir que el experimentador especifique su «teoría
interpretativa»150 y puede sustituirla (ante la desesperación del
experimentador) por otra mejor, bajo cuya luz su teoría originalmente refutada
puede obtener una valoración positiva151.
147
C arriba.
148
Responderé aquí a una posible objeción: «Realmente no necesitamos de la
Naturaleza para saber que un conjunto de teorías es inconsistente. La
inconsistencia (al revés de la falsedad) puede ser descubierta sin la
ayuda de la Naturaleza ». Pero el «NO» real de la Naturaleza, en una
metodología monoteórica, adopta la forma de un «falsador potencial» reforzado,
esto es, de una frase que, de acuerdo con esta terminología, pretendemos que ha
sido pronunciada por la Naturaleza y que es la negación de nuestra teoría. La
INCONSISTENCIA proclamada por la Naturaleza, en una metodología pluralista,
adopta la forma de un «enunciado fáctico» formulado de acuerdo con una de las
teorías involucradas que pretendemos que ha sido pronunciado por la Naturaleza,
y que, cuando es añadido a nuestras teorías propuestas, suministra un sistema
inconsistente.
149
Por ejemplo, en nuestro ejemplo previo (cf. arriba) algunos pueden
intentar sustituir la teoría gravitacional por una nueva y otros pueden
intentar sustituir la radio-óptica por otra nueva; elegimos la alternativa que
ofrece un crecimiento más espectacular, el cambio más progresivo de
problemática.
150
La crítica no supone la existencia de una estructura deductiva
enteramente articulada, sino que la crea. (Por cierto, ese es el principal
mensaje de mi 1963-64.)
151
Un ejemplo clásico de esta pauta es la relación de Newton con Flamsteed, el
primer Astrónomo Real. Por ejemplo, Newton visitó a Flamsteed el 1 de
septiembre de 1694 cuando trabajaba exclusivamente en su teoría lunar; le dijo
que reinterpretara algunos de sus datos puesto que contradecían su propia
teoría y le explicó con precisión cómo debía hacerlo. Flamsteed obedeció a
Newton y le escribió el 7 de octubre: «Desde que Ud. se fue examiné las
observaciones que había empleado para determinar las máximas ecuaciones de la
órbita de la Tierra y considerando las posiciones de la Luna en distintos
momentos..., he descubierto que {si como Ud. entiende, la Tierra se inclina
hacia el lado en que está la Luna en cada momento) puede Ud. deducir
aproximadamente 20".» Por tanto, Newton criticó y corrigió constantemente
las teorías observacionales de Flamsteed. Newton enseñó a Flamsteed, por
ejemplo, una teoría mejor sobre el poder refractario de la atmósfera; Flamsteed
la aceptó y corrigió sus «datos» originales. Se comprende la humillación
constante que debía sentir este gran observador y su furia, que crecía
lentamente, al ver que sus datos eran criticados y mejorados por un hombre que,
como él mismo reconocía, no realizaba observaciones por sí mismo: sospecho que
fueron estos sentimientos los que finalmente originaron una estéril
controversia personal.
Pero
ni siquiera este procedimiento de apelación puede hacer otra cosa que no sea posponer
la decisión convencional. Porque el veredicto del tribunal de apelación
tampoco es infalible. Cuando decidimos si es la sustitución de la teoría
«interpretativa» o de la «explicativa» lo que origina nuevos hechos, de nuevo
tenemos que tomar una decisión acerca de la aceptación o rechazo de enunciados
básicos. Por tanto, hemos pospuesto (y posiblemente mejorado) la decisión, pero
no la hemos evitado152. Las dificultades relativas a la base
empírica que confrontaban al falsacionismo «ingenuo» tampoco pueden ser
evitadas por el falsacionismo «sofisticado». Incluso si consideramos a una
teoría como «fáctica»; esto es, si nuestra lenta y limitada imaginación no
puede ofrecer una alternativa para la misma (como solía decir Feyerabend),
debemos adoptar decisiones, aunque sólo sean temporales y ocasionales, sobre su
valor de verdad. Incluso entonces la experiencia sigue siendo, en un sentido
importante, el arbitro imparcial153 de la controversia
científica. No podemos desembarazarnos del problema de la «base empírica» si
queremos aprender de la experiencia154, pero podemos conseguir que
nuestro aprendizaje sea menos dogmático, aunque también menos rápido y menos
dramático. Al considerar a ciertas teorías observacionales como problemáticas,
podemos hacer que nuestra metodología sea más flexible; pero no podemos
expresar e incluir en nuestro modelo deductivo crítico todo el
«conocimiento básico» (o «ignorancia básica»). Este proceso debe ser
fragmentario y en algún momento será necesario trazar una línea convencional.
Existe
una objeción aplicable incluso a la versión sofisticada del falsacionismo
metodológico que no puede ser contestada sin hacer alguna concesión al
«simplicismo» de Duhem. La objeción es la llamada «paradoja de la adición».
Según nuestras definiciones, si
añadimos
a una teoría algunas hipótesis de bajo nivel enteramente desprovistas de
relación, ello puede constituir un «cambio progresivo». Es difícil eliminar
tales maniobras sin exigir que los enunciados adicionales estén conectados con
los enunciados originales de una forma más intensa que mediante la
simple conjunción. Por supuesto, éste es un requisito análogo al de simplicidad
que garantizaría la continuidad de las series de teorías de las que se puede
decir que constituyen un cambio de problemática.
Ello
nos origina problemas adicionales. Uno de los aspectos cruciales del
falsacionismo sofisticado es que sustituye el concepto de teoría, como
concepto básico de la lógica de la investigación, por el concepto de serie
de teorías. Lo que ha de ser evaluado como científico o pseudocientífico es una sucesión de teorías y
no una teoría dada. Pero los miembros de tales series de teorías
normalmente están relacionados por una notable continuidad que las agrupa en programas
de investigación. Esta continuidad (reminiscente de la «ciencia
normal» de Kuhn) juega un papel vital en la historia de la ciencia; los
principales problemas de la lógica de la investigación sólo pueden analizarse
de forma satisfactoria en el marco suministrado por una metodología de los
programas de investigación.
152
Lo mismo se aplica a la tercera clase de decisión. Si sólo rechazamos una
hipótesis estocástica en favor de otra que, en nuestro sentido, la supera, la
forma precisa de las «reglas de rechazo» se hace menos importante.
153 Popper (1945), vol. II, cap. 23, p. 218.
154
Agassi de nuevo se equivoca en su tesis de que «los informes observacionales
pueden ser tomados por falsos y ello elimina el problema de la base empírica»
(Agassi, 1966, p. 20).
3. Una metodología de los programas de
investigación científica
He
analizado el problema de la evaluación objetiva del crecimiento científico en
términos de cambios progresivos y regresivos de problemáticas para series de
teorías científicas. Las más importantes de tales series en el crecimiento de
la ciencia se caracterizan por cierta continuidad que relaciona a sus
miembros. Esta continuidad se origina en un programa de investigación genuino
concebido en el comienzo. El programa consiste en reglas metodológicas: algunas
nos dicen las rutas de investigación que deben ser evitadas (heurística
negativa), y otras, los caminos que deben seguirse (heurística
positiva)155.
Incluso
la ciencia en su conjunto puede ser considerada como un enorme programa de
investigación dotado de la suprema regla heurística de Popper: «diseña
conjeturas que tengan más contenido empírico que sus predecesoras». Como señaló
Popper, tales reglas metodológicas pueden ser formuladas como principios
metafísicos156. Por ejemplo, la regla anticonvencionalista universal
contra la eliminación de excepciones puede ser enunciada como el principio
metafísico: «La Naturaleza no permite excepciones.» Por ello Watkins
llamó
a tales reglas «metafísica influyente»157.
Pero
en lo que estoy pensando fundamentalmente no es en la ciencia como un todo,
sino en programas de investigación particulares, como el conocido por
«metafísica cartesiana». La metafísica cartesiana, esto es, la teoría
mecanicista del universo (según la cual el universo es uno gigantesco mecanismo
y un sistema de vórtices, en el que el empuje es la única causa del
movimiento), actuaba como un poderoso principio heurístico. Desalentaba que se
trabajase en teorías científicas (como la versión «esencialista» de la teoría
de acción a distancia de Newton) que eran inconsistentes con ella (heurística
negativa). Por otra parte, alentaba el trabajo en las hipótesis auxiliares
que podían salvarla de la aparente contraevidencia, como las elipses de Kepler (heurística
positiva)158.
155
Se puede señalar que la heurística positiva y negativa suministra una
definición primaria e implícita del «marco conceptual» (y por tanto del
lenguaje). El reconocimiento de que la historia de la ciencia es la historia de
los programas de investigación en lugar de ser la historia de las teorías,
puede por ello entenderse como una defensa parcial del punto de vista según el
cual la historia de la ciencia es la historia de los marcos conceptuales o de
los lenguajes científicos.
156
Popper (1934), secciones II y 70. Utilizó «metafísico» como un término técnico
perteneciente al falsacionismo ingenuo; una proposición contingente es
«metafísica» si carece de «falsadores potenciales».
157
Watkins (1958). Watkins advierte que «el bache lógico
entre enunciados y prescripciones en el terreno metafísico-metodológico queda
ilustrado por el hecho de que una persona puede rechazar una doctrina
(metafísica) en su forma de enunciado fáctico, y aceptarla en su versión
prescriptiva». (Ibid., pp. 356-7.)
158
Sobre este programa de investigación cartesiano, cf. Popper (1960b) y Watkins
(1958), pp. 350-1.
a) La heurística negativa: el
«núcleo firme» del programa
Todos
los programas de investigación científica pueden ser caracterizados por su
«núcleo firme». La heurística negativa del programa impide que apliquemos el modus
tollens a este «núcleo firme». Por el contrario, debemos utilizar nuestra
inteligencia para incorporar e incluso inventar hipótesis auxiliares que formen
un cinturón protector en torno a ese centro, y contra ellas debemos
dirigir el modus tollens. El cinturón protector de hipótesis auxiliares
debe recibir los impactos de las contrastaciones y para defender al núcleo
firme, será ajustado y reajustado e incluso completamente sustituido. Un
programa de investigación tiene éxito si ello conduce a un cambio progresivo de
problemática; fracasa, si conduce a un cambio regresivo.
El
ejemplo clásico de programa de investigación victorioso es la teoría
gravitacional de Newton: posiblemente el programa de investigación con más
éxito que ha existido nunca. Cuando apareció se encontraba inmerso en un océano
de anomalías (o si se prefiere,
«contraejemplos»159)
y en contradicción con las teorías observacionales que apoyaban a tales
anomalías. Pero con gran inteligencia y tenacidad, los newtonianos convirtieron
un contraejemplo tras otro en ejemplos corroboradores, fundamentalmente al
destruir las teorías observacionales originales con las que se había
establecido la «evidencia contraria». En este proceso ellos mismos produjeron
nuevos contraejemplos que también resolvieron posteriormente. «Hicieron de cada
nueva dificultad una nueva victoria de su programa»160.
En
el programa de Newton la heurística negativa impide dirigir el modus tollens
contra las tres leyes de la dinámica de Newton y contra su ley de
gravitación. Este «núcleo» es «irrefutable» por decisión metodológica de sus
defensores; las anomalías sólo deben originar cambios en el cinturón
«protector» de hipótesis auxiliares «observacionales» y en las condiciones
iniciales161.
He
ofrecido un microejemplo resumido de un cambio progresivo de problemática
newtoniana162. Si lo analizamos resulta que cada eslabón sucesivo de
este ejercicio predice algún hecho nuevo; cada paso representa un aumento de
contenido empírico; el ejemplo constituye un cambio teórico consistentemente
progresivo. Además, cada predicción queda finalmente verificada, aunque en
tres ocasiones seguidas pareció que habían sido «refutadas»163.
159
Para una clarificación de los conceptos «contraejemplo» y «anomalía», cf. arriba,
y especialmente abajo, y texto de
n. 248.
160
Laplace (1824), Libro IV, capítulo 11.
161
El auténtico centro firme del programa realmente no nace ya dotado de toda su
fuerza como Atenea de la cabeza de Zeus. Se desarrolla lentamente mediante un
proceso largo, preliminar, de ensayos y errores. En este artículo no analizo
ese proceso.
162
Cf. arriba.
163
En todos los casos la «refutación» fue orientada con fortuna hacia los «lemas
ocultos», esto es, hacia lemas originados en la cláusula ceteris-paribus.
Mientras
que el «progreso teórico» (en el sentido que aquí utilizamos) puede ser
verificado inmediatamente164, ello no sucede así con el «progreso
empírico» y en un programa de investigación podemos vernos frustrados por una
larga serie de «refutaciones» antes de que alguna hipótesis auxiliar ingeniosa,
afortunada y de superior contenido empírico, convierta a una cadena de derrotas
en lo que luego se considerará como una resonante historia de éxitos,
bien mediante la revisión de algunos «hechos» falsos o mediante la adición de
nuevas hipótesis auxiliares. Por tanto, podemos decir que hay que exigir que
cada etapa de un programa de investigación incremente el contenido de forma
consistente; que cada etapa constituya un cambio de problemática teórica
consistentemente progresivo. Además de esto, lo único que necesitamos es
que ocasionalmente se aprecie retrospectivamente que el incremento de contenido
ha sido corroborado; también el programa en su conjunto debe exhibir un cambio
empírico intermitentemente progresivo. No exigimos que cada nuevo paso
produzca inmediatamente un nuevo hecho observado. Nuestro término
«intermitentemente» suministra suficiente espacio racional para que sea posible
la adhesión dogmática a un programa a pesar de las refutaciones aparentes.
La
idea de una «heurística negativa» de un programa de investigación científica
racionaliza en gran medida el convencionalismo clásico. Racionalmente es
posible decidir que no se permitirá que las «refutaciones» transmitan la
falsedad al núcleo firme mientras aumente el contenido empírico corroborado del
cinturón protector de hipótesis auxiliares. Pero nuestro enfoque difiere del
convencionalismo justificacionista de Poincaré porque, al contrario de
Poincaré, mantenemos que el núcleo firme de un programa puede tener que ser
abandonado cuando tal programa deja de anticipar hechos nuevos; esto es, nuestro
núcleo firme, al contrario del de Poincaré, puede derrumbarse en ciertas
condiciones.
En
este sentido estamos de acuerdo con Duhem, quien pensaba que hay que aceptar
tal posibilidad165, aunque para Duhem la razón de tal derrumbamiento
es puramente estética166, mientras que para nosotros es
fundamentalmente lógica y empírica.
164
Pero cf. abajo.
165
Cf. arriba.
166 Ibid.
b)
La heurística positiva: la construcción del cinturón protector y la autonomía relativa de la ciencia teórica
Los
programas de investigación también se caracterizan por su heurística positiva
además de caracterizarse por la heurística negativa.
Incluso
los programas de investigación que progresan de la forma más rápida y
consistente sólo pueden digerir la evidencia contraria de modo fragmentario:
nunca desaparecen completamente las anomalías. Pero no hay que pensar que las
anomalías aún no explicadas (los «puzzles», como los llama Kuhn) son abordadas
en cualquier orden o que el cinturón protector es construido de forma
ecléctica, sin un plan preconcebido. El orden suele decidirse en el gabinete
del teórico con independencia de las anomalías conocidas. Pocos
científicos teóricos implicados en un programa de investigación se ocupan
excesivamente de las «refutaciones». Mantienen una política de investigación a
largo plazo que anticipa esas refutaciones. Esta política de investigación, u
orden de investigación, queda establecida, con mayor o menor detalle, en la
heurística positiva del programa de investigación. La heurística negativa
especifica el núcleo firme del programa
que
es «irrefutable» por decisión metodológica de sus defensores; la heurística
positiva consiste de un conjunto, parcialmente estructurado, de sugerencias o
pistas sobre cómo cambiar y desarrollar las «versiones refutables» del programa
de investigación, sobre cómo
modificar
y complicar el cinturón protector «refutable».
La
heurística positiva del programa impide que el científico se pierda en el
océano de anomalías. La heurística positiva establece un programa que enumera
una secuencia de modelos crecientemente complicados simuladores de la
realidad: la atención del científico se concentra en la construcción de sus
modelos según las instrucciones establecidas en la parte positiva de su
programa. Ignora los contraejemplos reales, los «datos» disponibles167.
En principio Newton elaboró su programa para un sistema planetario con un punto
fijo que representaba al Sol y un único punto que representaba a un planeta. A
partir de este modelo derivó su ley del inverso del cuadrado para la elipse de
Kepler. Pero este modelo contradecía a la tercera ley de la dinámica de Newton
y por ello tuvo que ser sustituido por
otro
en que tanto el Sol como el planeta giraban alrededor de su centro de gravedad
común. Este cambio no fue motivado por ninguna observación (en este caso los
datos no sugerían «anomalía») sino por una dificultad teórica para desarrollar
el programa. Posteriormente
elaboró
el programa para un número mayor de planetas y como si sólo existieran fuerzas
heliocéntricas y no interplanetarias. Después, trabajó en el supuesto de que
los planetas y el Sol eran esferas de masa y no puntos. De nuevo, este cambio
no se debió a la observación
de
una anomalía; la densidad infinita quedaba excluida por una teoría venerable
(no sistematizada); por esta razón los planetas tenían que ser
expandidos. Este cambio implicó dificultades matemáticas importantes, absorbió
el trabajo de Newton y retrasó la publicación de los Principia durante
más de una década. Tras haber solucionado este «puzzle» comenzó a trabajar en
las «esferas giratorias» y sus oscilaciones.
167
Si un científico (o matemático) cuenta con una heurística positiva rehúsa
involucrarse en temas observacionales. «Permanecerá sentado, cerrará los ojos y
se olvidará de los datos» (Cf. mi 1963-4, especialmente pp. 300 y ss., donde
hay un estudio detallado de un ejemplo de tal programa). Por supuesto, en
ocasiones preguntará a la Naturaleza con penetración y resultará estimulado por
un SI, pero no defraudado si oye un NO.
Después
admitió las fuerzas interplanetarias y comenzó a trabajar sobre las perturbaciones.
Llegado a este punto empezó a interesarse con más intensidad por los
hechos. Muchos de ellos quedaban perfectamente explicados (cualitativamente)
por el modelo, pero sucedía lo contrario con muchos otros. Fue entonces cuando
comenzó a trabajar sobre planetas aplanados y no redondos, etc.
Newton
despreciaba a las personas que, como Hooke, atisbaron un primer modelo ingenuo,
pero que no tuvieron la tenacidad y la capacidad para convertirlo en un
programa de investigación, y que pensaban que una primera versión, una simple
panorámica,
constituía
un «descubrimiento». El retrasó la publicación hasta que su programa había
conseguido un notable cambio progresivo168.
La
mayoría de los «puzzles» newtonianos (si no todos) que conducían a una serie de
variaciones que se mejoraban unas a otras, eran previsibles en el tiempo en que
Newton produjo el primer modelo ingenuo, y sin duda Newton y sus colegas las
previeron: Newton
debió
ser enteramente consciente de la clara falsedad de sus primeros modelos. Nada
prueba mejor la existencia de una heurística positiva en un programa de
investigación que este hecho; por eso se habla de «modelos» en los programas de
investigación. Un «modelo» es un conjunto de condiciones iniciales
(posiblemente en conjunción con algunas teorías observacionales) del que se
sabe que debe ser sustituido en el desarrollo ulterior del programa, e
incluso cómo debe ser sustituido (en mayor o menor medida). Esto muestra una
vez más hasta qué punto son irrelevantes las refutaciones de cualquier versión
específica para un programa de investigación: su existencia es esperada y la
heurística positiva está allí tanto para predecirlas (producirlas) como para
digerirlas. Realmente, si la heurística positiva se especifica con claridad,
las dificultades del programa son matemáticas
y
no empíricas169.
Se
puede formular la «heurística positiva» de un programa de investigación como un
principio «metafísico». Por ejemplo, es posible formular el programa de Newton
de esta forma: «Esencialmente los planetas son superficies gravitatorias en
rotación que tienen una forma aproximadamente esférica». Esta idea nunca se
mantuvo rígidamente; los planetas no sólo son gravitatorios, sino que
también tienen, por ejemplo, características electromagnéticas que pueden
influir en su movimiento.
168
Reichenbach, siguiendo a Cajori, ofrece una explicación distinta de lo que hizo
que Newton retrasara la publicación de sus Principia. «Para su
desconsuelo descubrió que los resultados observacionales no concordaban con sus
cálculos. En lugar de enfrentar una teoría, por bella que fuera, con los
hechos, Newton puso el manuscrito de su teoría en un cajón. Aproximadamente
veinte años más tarde, después de que una expedición francesa hubiera realizado
nuevas mediciones de la circunferencia de la Tierra, Newton advirtió que eran
falsas las cifras en las que había basado su contrastación y que los datos
mejorados estaban de acuerdo con sus cálculos teóricos. Sólo después de esta
contrastación publicó su ley... La historia de Newton es una de las
ilustraciones más sorprendentes del método de la ciencia moderna» (Reichenbach,
1951, pp. 101-02). Feyerabend critica la exposición de Reichenbach (Feyerabend,
1965, p. 229) pero no ofrece una explicación alternativa.
169
Sobre esta cuestión, cf. Truesdell (1960).
Por
tanto, y en general, la heurística positiva es más flexible que la heurística
negativa. Más aún, sucede en ocasiones que cuando un programa de investigación
entra en una fase regresiva, una pequeña revolución o un cambio creativo de
su heurística positiva puede impulsarlo de nuevo hacia adelante170.
Por ello es mejor separar el «centro firme» de los principios metafísicos,
más flexibles, que expresan la heurística positiva.
Nuestras
consideraciones muestran que la heurística positiva avanza casi sin tener en
cuenta las refutaciones; puede parecer que son las «verificaciones»171
y no las refutaciones las que suministran los puntos de contacto con la
realidad. Aunque se debe señalar que cualquier «verificación» de la versión
(n+1) del programa es una refutación de la versión n, no podemos negar que algunas
derrotas de las versiones subsiguientes siempre son previstas; son las
«verificaciones» las que mantienen la marcha del programa, a pesar de los
casos
recalcitrantes.
Podemos
evaluar los programas de investigación incluso después de haber sido
«eliminados», en razón de su poder heurístico: ¿cuántos hechos
produjeron?, ¿cuan grande era su «capacidad para explicar sus propias
refutaciones en el curso de su crecimiento»?172.
(También
podemos evaluarlos por el estímulo que supusieron para las matemáticas. Las
dificultades reales del científico teórico tienen su origen en las dificultades
matemáticas del programa más que en las anomalías. La grandeza del programa
newtoniano procede en parte del desarrollo (realizado por los newtonianos) del
análisis infinitesimal clásico, que era una precondición crucial para su
éxito.)
Por
tanto, la metodología de los programas de investigación científica explica la autonomía
relativa de la ciencia teórica: un hecho histórico cuya racionalidad no
puede ser explicado por los primeros falsacionistas. La selección racional de
problemas que realizan los científicos que trabajan en programas de
investigación importantes está determinada por la heurística positiva del
programa y no por las anomalías psicológicamente embarazosas (o
tecnológicamente urgentes). Las anomalías se enumeran pero se archivan después
en la esperanza de que, llegado el momento, se convertirán en corroboraciones
del programa. Sólo aquellos científicos que trabajan en ejercicios de prueba y
error173 o en una fase degenerada de un programa de
investigación cuya heurística positiva se quedó sin contenido, se ven obligados
a redoblar su atención a las anomalías. (Por supuesto, todo esto puede parecer
inaceptable a los falsacionistas ingenuos que mantienen que tan pronto como una
teoría queda «refutada» por un experimento [según su libro de reglas] es
irracional [y deshonesto] continuar desarrollándola: la vieja teoría «refutada»
debe ser sustituida por una nueva, no refutada.)
170
La contribución de Soddy al programa de Prout o la de Pauli al de Bohr (la
vieja teoría cuántica) son ejemplos típicos de tales cambios creativos.
171
Una «verificación» es una corroboración del exceso de contenido del programa en
expansión. Pero, naturalmente, una «verificación» no verifica un
programa; sólo muestra su poder heurístico.
172
Cf. mi (1963-4), pp. 324-30. Desgraciadamente, en 1963-4 aún no había realizado
una clara distinción terminológica entre teorías y programas de investigación y
ello obstaculizó mi exposición de un programa de investigación de la matemática
informal, cuasiempírica.
173
Cf. abajo.
c) Dos ilustraciones: Prout y
Bohr
La
dialéctica entre heurística positiva y negativa de un programa de investigación
puede ilustrarse de forma óptima mediante ejemplos. Voy a resumir algunos
aspectos de dos programas de investigación que gozaron de un éxito
espectacular: el programa de Prout174 basado en la idea de que todos
los átomos son compuestos de átomos de hidrógeno, y el programa de Bohr, basado
en la idea de que la emisión de luz se debe a los saltos de los electrones
entre unas órbitas y otras, en el seno de los átomos.
(Creo
que al redactar un estudio acerca de un caso histórico se debe adoptar el
siguiente procedimiento: 1) se ofrece una reconstrucción racional; 2) se
intenta comparar esta reconstrucción racional con la historia real y se
critican ambas: la reconstrucción racional por falta de historicidad y la
historia real por falta de racionalidad. Por tanto, cualquier estudio histórico
debe ser precedido de un estudio heurístico: la historia de la ciencia sin la
filosofía de la ciencia es ciega. 'En este artículo no intento acometer
seriamente la segunda etapa.)
c1)
Prout: un programa de investigación que progresa a través de un océano de
anomalías.
Prout,
en un artículo anónimo de 1815, defendió que los pesos atómicos de todos los
elementos químicos puros eran números enteros. Sabía muy bien que abundaban las
anomalías, pero afirmó que éstas se debían a que las sustancias químicas
habitualmente disponibles eran impuras; esto es, las «técnicas
experimentales» relevantes del momento no eran fiables, o, por decirlo en otros
términos, eran falsas las «teorías observacionales» contemporáneas a cuya luz
se decidían los valores de verdad de los enunciados básicos de su teoría175.
Por ello, los defensores de la teoría de Prout emprendieron una ambiciosa
campaña: destruir aquellas teorías que suministraban evidencia contraria a su
tesis. Para ello tuvieron que revolucionar la química analítica establecida de
su tiempo y revisar, correspondientemente, las técnicas experimentales con las
que se separaban los elementos químicos puros176. De hecho, la
teoría de Prout derrotó a las teorías que se aplicaban previamente para la
purificación de sustancias químicas, una después de otra. Con todo, algunos
químicos se cansaron del programa de investigación y lo abandonaron porque los
éxitos aún estaban lejos de equivaler a una victoria final.
174 Ya
mencionado arriba.
175
Pero todo esto es reconstrucción racional y no historia real. Prout negó la
existencia de cualquier anomalía. Por ejemplo, afirmó que el peso atómico del
cloro era 36 exactamente
176
Prout era consciente de los rasgos metodológicos básicos de su programa.
Citemos las primeras líneas de su (1815): «El autor del siguiente ensayo lo
presenta al público con la mayor modestia... Sin embargo, confía en que se
apreciará su importancia y que alguien emprenderá la tarea de examinarlo para
verificar o refutar sus conclusiones. Si éstas resultaran ser erróneas, la
investigación servirá al menos para descubrir hechos nuevos o para establecer
con mayor firmeza hechos antiguos; pero si las conclusiones fueran verificadas,
toda la ciencia de la química quedará iluminada de un modo nuevo e
interesante.»
Por
ejemplo, Stas, frustrado por algunos casos irreducibles y recalcitrantes,
concluyó en 1860 que la teoría de Prout «carecía de fundamentos177.
Pero otros resultaron más estimulados por el progreso que desalentados por la
ausencia de un éxito completo. Por ejemplo, Marignac replicó inmediatamente que
«aunque (él aceptaba) la perfecta exactitud de los experimentos de Monsieur
Stas, (no hay prueba) de que las diferencias observadas entre sus resultados y
los requeridos por la ley de Prout no puedan ser explicadas por el carácter
imperfecto de los métodos experimentales»178. Como señaló Crooke en
1886: «No pocos químicos de prestigio reconocido consideran que aquí tenemos
(en la teoría de Prout) una expresión de la verdad enmascarada por algunos
fenómenos residuales o colaterales que aún no hemos conseguido eliminar»179.
Esto es, tenía que existir algún supuesto oculto falso adicional en las
«teorías observacionales» sobre las que se basaban las «técnicas
experimentales» para la purificación química y con cuya ayuda se calculaban los
pesos atómicos: ya en 1886 el punto de vista de Crooke era: «algunos pesos
atómicos actuales sólo representan un valor medio»180. Realmente
Crooke llegó a expresar esta idea en una forma científica (acrecentadora de
contenido): propuso nuevas teorías concretas de «fraccionamiento», un nuevo
«duende clasificador»181. Pero desgraciadamente sus nuevas
teorías
observacionales resultaron ser tan falsas como audaces y al ser incapaces de
anticipar ningún hecho nuevo, fueron eliminadas de la historia de la ciencia
(racionalmente reconstruida). Una generación más tarde quedó claro que existía
un supuesto muy oculto y básico que escapó a los investigadores: que dos
elementos puros deben ser separados por métodos químicos. La idea de que
dos elementos puros diferentes pueden comportarse de forma idéntica en todas
las reacciones químicas pudiendo, sin embargo, ser separados mediante
métodos físicos, requería un cambio, una «ampliación» del
concepto de elemento puro, que constituía un cambio, una expansión
amplificadora de conceptos, del mismo programa de investigación182.
El cambio creativo enormemente revolucionario fue adoptado por la
escuela de Rutherford183 y entonces «tras muchas vicisitudes
y las refutaciones aparentemente más convincentes, la hipótesis expresada tan
informalmente por Prout, un físico de Edinburgo, en 1815, se ha convertido, un
siglo después, en el fundamento de las teorías modernas sobre la estructura de
los átomos»183 bis. Sin embargo, este paso creativo de hecho sólo
fue el resultado lateral del progreso en un programa de investigación diferente
y lejano: los seguidores de Prout, carentes de este estímulo externo, nunca
pensaron en intentar, por ejemplo, la construcción de potentes máquinas
centrífugas para la separación de elementos.
177
Clerk Maxwell apoyaba a Stas: le parecía imposible que hubiera dos clases de
hidrógeno «porque si algunas (moléculas) fueran de una masa ligeramente mayor
que otras, tenemos los medios para conseguir una separación de las moléculas de
masas diferentes, algunas de las cuales serían algo más densas que las otras.
Como esto no se puede hacer, debemos admitir (que todas son análogas)»
(Maxwell, 1871).
178 Marignac (1860).
179 Crookes (1886).
180 Ibid.
181 Crookes (1886), p.491.
182
Sobre «ampliación de conceptos», cf. mi (1963-4), parte IV.
183
Este cambio está anticipado en el fascinante texto de Crookes de 1888, donde
indica que la solución debería buscarse en una nueva demarcación entre lo
físico y lo químico. Pero la anticipación no pasó de ser puramente filosófica;
fueron Rutherford y Soddy quienes, después de 1910, la convirtieron en una
teoría científica.
183
bis Soddy (1932), p.50.
(Cuando
una teoría «observacional» o «interpretativa» queda finalmente eliminada, las
mediciones «precisas», desarrolladas en el aparato teórico abandonado, pueden
parecer (consideradas ex-post) muy insensatas. Soddy se rió de la
«precisión experimental» por sí misma: «Hay algo que sonaría a tragedia, si no
la sobrepasase, en el destino que han corrido los trabajos de toda la vida de
aquella eminente galaxia de químicos del siglo XIX acertadamente reverenciados
por sus contemporáneos por representar la cúspide y la perfección de la
medición científica precisa. Al menos por el momento parece que sus resultados
tan laboriosamente obtenidos tienen tan poco interés y relevancia como la
determinación del peso medio de una colección de botellas, algunas de las cuales
están llenas y otras más o menos vacías».)184.
Debemos
insistir en que, según la metodología de los programas de investigación aquí
propuesta, nunca existió un motivo racional para eliminar el programa de
Prout. Realmente el programa produjo un cambio magnífico y progresivo aun
cuando, en las etapas intermedias, abundaron los tropiezos185.
Nuestro resumen muestra la forma en que un programa de investigación puede
enfrentarse a un conjunto importante de conocimiento científico aceptado; como
si quedara plantado en un entorno hostil que paso a paso va conquistando y
transformando.
Además,
la historia real del programa de Prout es una excelente ilustración del enorme
grado en que el progreso de la ciencia queda obstaculizado por el
justificacionismo y el falsacionismo ingenuo. (La oposición a la teoría atómica
en el siglo XIX fue alimentada por ambos.) Una elaboración de esta influencia
particular de la mala metodología sobre la ciencia puede ser un programa de
investigación prometedor para los historiadores de la ciencia.
c2)
Bohr: un programa de investigación que progresa sobre fundamentos
insconscientes.
Nuestra
tesis quedará aún más clarificada (y ampliada) con un breve resumen del
programa de investigación de Bohr sobre la emisión de la luz (en la física
cuántica temprana)186.
La
historia del programa de investigación de Bohr puede ser caracterizada por: 1)
su problema inicial; 2) su heurística positiva y negativa; 3) los problemas que
trató de solucionar en el curso de su desarrollo; 4) su punto de regresión (o
si se quiere, su «punto de saturación»), y, finalmente, 5) el programa por el
que fue superado
184 Ibid.
185
Estos tropiezos inevitablemente inducen a muchos científicos individuales a
archivar o a abandonar completamente el programa para vincularse a otros
programas de investigación en los que la heurística positiva parezca ofrecer en
el momento éxitos más fáciles; la historia de la ciencia no puede entenderse completamente
sin tener en cuenta la psicología de las masas (cf. abajo.).
186
De nuevo esta sección puede parecerle al historiador una caricatura más que un
resumen, pero confío en que cumplirá su fundón (cf. arriba.). Algunas de
sus afirmaciones deben sazonarse no ya con un poco sino con toneladas de sal.
El
problema de fondo era el misterio de la estabilidad de los átomos de Rutherford
(esto es, diminutos sistemas planetarios con los electrones girando alrededor
de un núcleo positivo), y ello porque según la corroborada teoría
Maxwell-Lorentz sobre electromagnetismo, deberían colapsar. Pero también la
teoría de Rutherford estaba bien corroborada. La sugerencia de Bohr fue ignorar
por el momento la inconsistencia y desarrollar conscientemente un programa de
investigación cuyas versiones «refutables» fueran inconsistentes con la teoría
Maxwell-Lorentz187. Propuso cinco postulados como centro firme de
su programa: «1) que la radiación de energía (dentro del átomo) no es
emitida (o absorbida) de la forma continua supuesta en la electrodinámica
ordinaria, sino sólo durante la transición de los sistemas entre distintos
estados «estacionarios». 2) Que el equilibrio dinámico de los sistemas en los
estados estacionarios está gobernado por las leyes ordinarias de la mecánica
mientras que tales leyes no se cumplen para la transición de los sistemas entre
estados diferentes. 3) Que la radiación emitida durante la transición de un
sistema
entre dos estados estacionarios es homogénea y que la relación entre la
frecuencia v y la magnitud total de energía emitida E viene dada por E = hv,
donde h es la constante de Planck. 4) Que los distintos estados
estacionarios de un sistema sencillo consistente en un electrón girando
alrededor de un núcleo positivo quedan determinados por la condición de que la
relación entre la energía total emitida durante la formación de la
configuración y la frecuencia de revolución del electrón es un múltiplo entero
de l/2h. Suponiendo que la órbita del electrón es circular, este supuesto
equivale al supuesto de que el momento angular del electrón alrededor del
núcleo es igual a un múltiplo entero de h/2π. 5) Que el estado «permanente» de
cualquier sistema atómico, esto es, el estado en que la energía
emitida
es máxima, queda determinado por la condición de que el momento angular de cada
electrón alrededor del centro de su órbita es igual a h/2π.188
Debemos
apreciar la diferencia metodológica crucial entre la inconsistencia introducida
por el programa de Prout y la introducida por el de Bohr. El programa de
investigación de Prout declaró la guerra a la química analítica de su tiempo;
su heurística positiva estaba diseñada para destruirla y sustituirla. Pero el
programa de investigación de Bohr no contenía un designio análogo. Su
heurística positiva, aun cuando hubiera tenido un éxito completo, hubiera
dejado sin resolver la inconsistencia con la teoría Maxwell-Lorentz189.
Sugerir una idea tal requería un valor aún mayor que el de Prout; la idea se le
ocurrió a Einstein, pero la encontró inaceptable y la rechazó190.
Realmente algunos de los programas de investigación más importantes de la
historia de la ciencia estaban injertados en programas más antiguos con
relación a los cuales eran claramente inconsistentes. Por ejemplo, la
astronomía copernicana estaba «injertada» en la física aristotélica y el
programa de Bohr en el de Maxwel
187
Por supuesto, éste es un argumento adicional contra la tesis de J. O. Wisdom,
según la cual las teorías metafísicas pueden ser refutadas mediante una teoría
científica muy corroborada que las contradiga (Wisdom, 1963). También cf. arriba,
texto de la n. 78.
188
Bohr (1913a), p. 874.
189
Bohr mantenía en este momento que la teoría Maxwell-Lorentz a la postre tendría
que ser sustituida. (La teoría del fotón de Einstein ya había indicado esta
necesidad.)
190
Hevesy (1913); cf. también arriba, texto de n. 167.
Tales
«injertos» son irracionales para el justificacionista y para el falsacionista
ingenuo, puesto que ninguno de ellos puede apoyar el crecimiento sobre
fundamentos inconsistentes. Por ello normalmente quedan ocultos mediante
estratagemas ad hoc (como la teoría de Galileo de la inercia circular o
el principio de correspondencia de Bohr y, más tarde, el de complementariedad),
cuyo único propósito es ocultar la «deficiencia»191. Conforme crece
el joven programa injertado, termina la coexistencia pacífica, la simbiosis se
hace competitiva y los defensores del nuevo programa tratan de sustituir
completamente al antiguo.
Bien
pudo ser el éxito de su programa «injertado» lo que más tarde indujo
erróneamente a Bohr a creer que tales inconsistencias fundamentales en los
programas de investigación pueden y deben ser aceptadas en principio, que
no presentan ningún problema serio y que simplemente debemos acostumbrarnos a
ellas. En 1922 Bohr trató de
dulcificar
los criterios de la crítica científica; argumentó que «lo máximo que
se puede pedir a una teoría (esto es, a un programa) es que la clasificación
(que establece) pueda llevarse tan lejos que contribuya al desarrollo del área
de observación mediante la predicción de fenómenos nuevos»192.
Esta
afirmación de Bohr es similar a la de d'AIembert cuando éste se enfrentó a la
inconsistencia de los fundamentos de la teoría infinitesimal: «Allez en
avant et la foi vous viendra.» Según Margenau, «se comprende que,
emocionados por su éxito, estos hombres
se
olvidaran de que existía una malformación en la arquitectura de la teoría,
porque el átomo de Bohr se asentaba como una torre barroca sobre la base gótica
de la electrodinámica clásica»193. Pero de hecho la «malformación»
no fue olvidada; todos la tenían presente y sólo la ignoraron (en medida mayor
o menor) durante la fase progresiva del programa194. Nuestra
metodología de los programas de investigación muestra la racionalidad de esta
actitud, pero también muestra la irracionalidad de la defensa de tales
malformaciones una vez que ha concluido la fase progresiva.
Debo
añadir aquí que en las décadas de los años treinta y cuarenta Bohr abandonó su
exigencia de «nuevos fenómenos» y se mostró preparado para «continuar con la
tarea inmediata de coordinar la evidencia variopinta relativa a los fenómenos
atómicos que se
acumulaba
de día en día en la exploración de este nuevo campo del conocimiento»195.
Esto indica que para entonces Bohr ya había vuelto a la noción de «salvar los
fenómenos», mientras que Einstein insistía sarcásticamente en que «toda teoría
es cierta en el supuesto de que se asocien adecuadamente sus símbolos con las
cantidades observadas»196.
191
En nuestra metodología no son necesarias tales
estratagemas protectoras ad hoc. Pero, por otra parte, resultan
inofensivas mientras claramente sean consideradas como problemas y no como
soluciones.
192
Bohr (1922); subrayado añadido.
193
Margenau (1960), p. 311.
194
Sommerfeld lo ignoró más que Bohr: cf. abajo, n. 219.
195
Bohr (1949), p. 206.
196
Citado en Schrodinger (1958), p. 170.
Pero
la consistencia (en el sentido fuerte del término)197 debe
continuar siendo un principio regulador importante (de rango superior al
requisito sobre cambios progresivos de problemáticas); y las inconsistencias
(incluyendo las anomalías) deben ser consideradas
como
problemas. La razón es sencilla. Si la ciencia busca la verdad, debe buscar la
consistencia; si renuncia a la consistencia, renuncia a la verdad. Pretender
que «debemos ser modestos en nuestras exigencias»198, que debemos
resignarnos a las inconsistencias (sean importantes o no) continúa siendo un
vicio metodológico. Por otra parte, esto no significa que el descubrimiento de
una inconsistencia (o de una anomalía) deba frenar inmediatamente el
desarrollo de un programa; puede ser racional poner la inconsistencia en una
cuarentena temporal, ad hoc, y continuar con la heurística positiva del
programa. Esto se ha hecho en matemáticas como muestran los ejemplos del primer
cálculo infinitesimal y de la teoría ingenua de conjuntos199.
Desde
este punto de vista el «principio de correspondencia» de Bohr desempeñó un
interesante doble papel en su programa. Por una parte funcionaba como un
importante principio heurístico que sugería muchas hipótesis científicas nuevas
que, a su vez, originaban nuevos hechos, especialmente en el terreno de la
intensidad de las líneas del espectro200.
197
Dos proposiciones son inconsistentes si su conjunción carece de modelo, esto
es, si no hay una interpretación de sus términos descriptivos en que la
conjunción resulte cierta. Pero en el discurso informal utilizamos más términos
informativos que en el discurso formal: damos una interpretación fija a algunos
términos descriptivos. En este sentido informal dos proposiciones pueden ser
(débilmente) inconsistentes, dada la interpretación habitual de algunos
términos característicos, aunque formalmente, en alguna interpretación no
considerada, puedan ser consistentes. Por ejemplo, las primeras teorías del
spin del electrón
eran
inconsistentes con la teoría especial de la relatividad si a «spin» se le daba
su interpretación habitual («fuerte») y por ello el término era tratado como un
término formativo; pero la inconsistencia desaparece si «spin» es tratado como
un término descriptivo carente de interpretación. La razón por la que no
debemos abandonar las interpretaciones habituales con excesiva facilidad es que
tal debilitamiento de los significados puede debilitar la heurística positiva
del programa. (Por otra parte, en algunos casos tales cambios de significado
pueden ser progresivos: cf. arriba.)
Sobre
la cambiante demarcación entre términos formativos y descriptivos en el
discurso informal, cf. mi (1963-4), 9 (b), especialmente p. 335, n. 1.
198
Borh (1922), último párrafo.
199
Los falsacionistas ingenuos tienden a considerar este liberalismo como un crimen
contra la razón. Su principal argumento es el siguiente: «Si aceptáramos
las contradicciones tendríamos que abandonar cualquier clase de actividad
científica: ello representaría la destrucción completa de la ciencia. Ello
puede mostrarse probando que si se aceptan dos enunciados contradictorios,
entonces cualquier enunciado debe ser aceptado porque de un par de
enunciados contradictorios se puede inferir válidamente cualquier enunciado...
Una teoría que condene una contradicción resulta, por ello, enteramente inútil como
teoría» (Popper, 1940). Para hacer justicia a Popper hay que destacar que
en este texto él está argumentando contra la dialéctica hegeliana en la que la
inconsistencia se convierte en una virtud; y Popper tiene toda la razón
cuando señala sus peligros. Pero Popper nunca analizó pautas de progreso
empírico (o no empírico) a partir de fundamentos inconsistentes: realmente en
la sección 24 de su (1934) hace de la consistencia y la falsabilidad los
requisitos indispensables de cualquier teoría científica. En el capítulo 3
discuto este problema con más detalle.
200
Cf. e. g. Kramers (1923).
Por
otra parte, también funcionaba como un mecanismo de defensa que «permitía
utilizar en una máxima medida los conceptos de las teorías clásicas de la
mecánica y de la electrodinámica a pesar del contraste entre estas teorías y
los cuanta de acción»201 en lugar de insistir en la urgencia de un
programa unificado. En este segundo papel reducía el grado de problematicidad
del programa202.
Por
supuesto, el programa de investigación de la teoría cuántica en su conjunto fue
un programa «injertado» y por ello inaceptable para físicos de tendencias
profundamente conservadoras como Planck. Con relación a un programa injertado
existe» dos posiciones extremas e igualmente irracionales.
La
posición conservadora consiste en frenar el nuevo programa hasta que se
solucione de algún modo la inconsistencia básica con relación al programa
antiguo: es irracional trabajar sobre fundamentos inconsistentes. Los
«conservadores» concentrarán sus esfuerzos
en
la eliminación de la inconsistencia mediante una explicación (aproximada) de
los postulados del nuevo programa en términos del programa antiguo; entienden
que es irracional continuar con el programa nuevo sin una reducción exitosa
de la clase mencionada. El mismo Planck adoptó esta opción. No tuvo éxito a
pesar de los diez años de duro trabajo que invirtió en ello203. Por
ello no es enteramente correcta la observación de Laue según la cual su
conferencia del 14 de diciembre de 1900 representó «el nacimiento de la teoría
cuántica»; aquel día nació el programa reduccionista de Planck. La decisión de
continuar adelante sobre fundamentos temporalmente inconsistentes fue adoptada
por Einstein en 1905, pero incluso él vaciló en 1913, cuando Bohr comenzó a avanzar
de nuevo.
La
posición anarquista con respecto a los programas injertados consiste en
exaltar la anarquía de los fundamentos como una virtud y en considerar la
inconsistencia (débil), bien como una propiedad básica de la naturaleza o como
una limitación última del conocimiento
humano,
como hicieron algunos seguidores de Bohr.
La
mejor caracterización de la posición racional es la actitud de Newton,
quien se enfrentó a una situación que era en cierta medida similar a la que
acabamos de analizar. La mecánica cartesiana del empuje en la que originalmente
estaba injertado el programa de
Newton
era (débilmente) inconsistente con la teoría newtoniana de la gravitación.
201
Bohr (1923).
202 Born
en su (1954) ofrece una lúcida exposición del principio de correspondencia que
confirma en gran medida esta doble evaluación: «El arte de conjeturar fórmulas
correctas que se desvían de las clásicas pero que incluyen a éstas como un caso
límite... alcanzó un elevado grado de perfección.»
203 Sobre
la fascinante historia de esta larga serie de fracasos descorazonadores, cf.
Whittaker (1953), pp. 103-4. El mismo Planck ofrece una dramática descripción
de estos años: «Mis inútiles intentos de introducir los cuanta elementales de
acción en la teoría clásica continuaron durante numerosos años y representaron
mucho trabajo. Muchos de mis colegas consideraron este proceso como próximo a
la tragedia» (Planck, 1947).
Newton
trabajó en su heurística positiva (con éxito) y en un programa
reduccionista (sin éxito) y desaprobó tanto la actitud de los cartesianos que,
como Huyghens, entendían que no se debía perder el tiempo en un programa
ininteligible, como la de algunos de sus apresurados discípulos que, como
Cotes, pensaban que la inconsistencia no presentaba ningún problema204.
Por
tanto, la posición racional con respecto a los programas «injertados» es
explotar su poder heurístico sin resignarse al caos fundamental sobre el que se
está construyendo. En conjunto esta actitud dominó la antigua teoría cuántica
anterior a 1925. En la nueva teoría cuántica, posterior a 1925, resultó
dominante la posición «anarquista», y la física cuántica moderna, en la
«interpretación de Copenhague», se convirtió en uno de los principales
portaestandartes del oscurantismo filosófico. En la nueva teoría, el
famoso «principio de complementariedad» de Bohr entronizó la inconsistencia
(débil) como un rasgo básico último de la naturaleza y fundió el positivismo
subjetivista, la dialéctica antilógica e incluso la filosofía del lenguaje
común en una alianza poco santa. Después de 1925 Bohr y sus asociados
introdujeron un nuevo debilitamiento (carente de precedentes) de las reglas
críticas aplicables a las teorías científicas. Esto originó una derrota de la
razón en el seno de la física moderna y un culto anarquista al caos
inexplicable. Einstein protestó; «La filosofía (¿o religión?)
tranquilizadora de Heisenberg y Bohr está tan cuidadosamente creada que por
el momento suministra una cómoda almohada para el creyente auténtico»205.
Por otra parte, los criterios de Einstein, demasiado rigurosos, puede
que fueran la razón que le impidió descubrir (o tal vez sólo publicar) el
modelo de Bohr y la mecánica ondulatoria.
204
Por supuesto, un programa reduccionista sólo es científico si explica más de lo
que trata de explicar; de otro modo, la reducción no es científica (cf.
Popper). Entonces la reducción representa un cambio regresivo de problemática y
se trata de un simple ejercicio lingüístico. Los esfuerzos cartesianos de
reforzar su metafísica para poder interpretar la gravitación newtoniana en sus
propios términos, es un ejemplo notable de tales reducciones meramente
lingüísticas. Cf. arriba, n. 138.
205
Einstein (1928). Entre los críticos del «anarquismo» de Copenhague debemos
mencionar, además de Einstein, a Popper, Landé, Schrodinger, Margenau,
Blokhinzer, Bohm, Fényes y Jánossy. Para una defensa de la interpretación de
Copenhague, cf. Heisenberg (1955); hay una demoledora crítica reciente en
Popper (1967). Feyerabend en su (1968-9) utiliza algunas inconsistencias e
indecisiones de la posición de Bohr para elaborar una burda falsificación
apologética de la filosofía de Bohr. Feyerabend describe erróneamente las
actitudes críticas de Popper, Landé y Margenau con relación a Bohr, no insiste
lo suficiente en la oposición de Einstein, y parece haber olvidado
completamente que en algunos de sus primeros artículos sobre este tema se
mostraba más popperiano que el mismo Popper.
Einstein
y sus aliados no han ganado la batalla. En la actualidad los libros de texto de
física están repletos de afirmaciones como ésta: «Los dos puntos de vista,
cuanta y campos de fuerza electromagnéticos, son complementarios en el sentido
de Bohr. Esta complementariedad es uno de los grandes logros de la filosofía
natural; la interpretación de Copenhague de la epistemología de la teoría
cuántica ha resuelto el antiguo conflicto entre las teorías corpuscular y
ondulatoria de la luz. Esta controversia ha existido desde las propiedades de
reflexión y de propagación rectilínea de Herón de Alejandría en el siglo I a.
C., pasando por las propiedades ondulatorias y de interferencia de Young y
Marxwell en el siglo XIX. En la última mitad del siglo la teoría cuántica de la
radiación ha resuelto completamente la dicotomía de una forma
sorprendentemente hegeliana.»206.
Volvamos
a la lógica de la investigación de la antigua teoría cuántica y, en
particular, concentrémonos en su heurística positiva. El plan de Bohr
fue elaborar primero la teoría del átomo de hidrógeno. Su primer modelo había
de basarse en un protón fijo como núcleo, con un electrón en una órbita
circular; en su segundo modelo quiso calcular una órbita elíptica en un plano
fijo; después trató de eliminar las restricciones claramente artificiales del
núcleo fijo y del plano fijo; después pensó en tener en cuenta la posible
rotación del electrón207 y más tarde confió en extender su programa
a la estructura de átomos complejos y moléculas y al efecto de los campos
electromagnéticos sobre ellos, etc. Todo esto fue planificado desde el
principio; la idea de que los átomos son análogos a sistemas planetarios
originó un programa largo y difícil, pero optimista, y claramente señaló la
política de investigación208. «En aquel tiempo (en el año 1913)
parecía que la auténtica clave del misterio había sido hallada y que sólo se
necesitaba tiempo y paciencia para resolver completamente sus enigmas.»209.
206
Power (1964), p. 31 (subrayado añadido). Aquí «completamente» debe
interpretarse literalmente. Como leemos en Nature (222, 1969, pp.
1034-5): «Es absurdo pensar que cualquier elemento fundamental de la teoría
(cuántica) puede ser falso... No se puede mantener el argumento de que los
resultados científicos siempre son temporales. Lo que es temporal es la
concepción de la física moderna que tienen los filósofos, porque aún no han
comprendido la profundidad con que los descubrimientos de la física cuántica
afectan a la totalidad de la epistemología... La afirmación de que el lenguaje
ordinario es la fuente última de la carencia de ambigüedades de la descripción
física, queda verificada de la forma más convincente por las condiciones
observacionales de la física cuántica.»
207 Esto
es una reconstrucción racional. En realidad Bohr aceptó esta idea sólo en su
(1926).
208
Además de esta analogía había otra idea básica en la heurística positiva de
Bohr: el «principio de correspondencia». Ya indicó esto en 1913 (cf. el segundo
de sus cinco postulados citados más arriba en p. 92), pero lo desarrolló
sólo más tarde cuando lo utilizó como un principio guía para resolver algunos
problemas de los modelos posteriores y más sofisticados (como los estados e
intensidades de polarización). La peculiaridad de esta segunda parte de su
heurística positiva era que Bohr no creía su versión metafísica: pensaba que
era una regla temporal hasta que llegara la sustitución de la teoría
electromagnética clásica (y posiblemente de la mecánica).
209
Davisson (1937). Una euforia similar experimentó MacLaurin en 1748 con relación
al programa de Newton: «Puesto que la filosofía de Newton se fundamenta en el
experimento y en la demostración, no puede fracasar mientras no cambie la razón
o la naturaleza de las cosas... Lo único que Newton dejó por hacer a la
posteridad fue observar los cielos y computar posteriormente los modelos»
(MacLaurin, 1748, p. 8).
El
famoso artículo primero de Bohr de 1913 contenía el paso inicial del programa
de investigación. Contenía su primer modelo (lo llamaré M1), que ya
predecía hechos no previstos hasta entonces por ninguna teoría previa: la
longitud de onda del espectro de líneas de emisión del hidrógeno. Aunque
algunas de esas longitudes de onda eran conocidas antes de 1913 (las series de
Balmer eran de 1885 y las de Paschen de 1908), la teoría de Bohr predecía mucho
más que estas dos series conocidas. Y las contrastaciones pronto corroboraron
el contenido nuevo: una serie adicional de Bohr fue descubierta por Lyman en
1914; otra por Brackett en 1922 y aún otra por Pfund en 1924.
Dado
que las series de Balmer y de Paschen eran conocidas antes de 1913, algunos
historiadores presentan esta historia como un ejemplo del «ascenso inductivo»
de Bacon: 1) el caos de las líneas del espectro; 2) una «ley empírica»
(Balmer); 3) la explicación teórica
(Bohr).
Esto ciertamente se parece a los tres «niveles» de whewell. Pero el progreso de
la ciencia difícilmente hubiera sido retrasado de no haber contado con los
elogiables ensayos y errores del ingenioso maestro suizo: la ruta especulativa
de la ciencia, desarrollada por las
audaces
especulaciones de Planck, Rutherford, Einstein y Bohr hubiera producido
deductivamente los resultados de Balmer, como enunciados contrastadores de sus
teorías, sin el llamado trabajo «pionero» de Balmer. En la reconstrucción
racional de la ciencia hay escasas recompensas para los esfuerzos de quienes
producen «conjeturas ingenuas»210.
De
hecho, el problema de Bohr no era explicar las series de Balmer y Paschen, sino
explicar la paradójica estabilidad del átomo de Rutherford. Mas aún, Bohr ni
siquiera conocía estas fórmulas antes de escribir la primera versión de su
artículo211.
No
todo el contenido nuevo del primer modelo de Bohr, M1, fue
corroborado. Por ejemplo, en M1 Bohr pretendió ser capaz de predecir
todas las líneas del espectro de emisión del hidrógeno. Pero existía evidencia
experimental de una serie de hidrógeno que según M1 de Bohr no debía
existir. La serie anómala era la serie ultravioleta Pickering-Fowler.
210
Utilizo la expresión «conjetura ingenua» como un término técnico en el sentido
de mi (1963-4). Se encontrará el estudio de un caso particular y una crítica
detallada del mito de la «base inductiva» de la ciencia (natural o matemática)
en mi (1963-4), sección 7, especialmente pp. 298-307. Allí muestro que la
«conjetura ingenua» de Descartes y Euler de que para todos los poliedros
V –E + F = 2 era irrelevante y superflua para el desarrollo posterior; como
ejemplos adicionales se puede mencionar que el trabajo de Boyle y sus sucesores
para establecer pv = RT era irrelevante para el ulterior desarrollo teórico
(excepto por lo que se refiere al desarrollo de algunas técnicas
experimentales), del mismo modo que las tres leyes de Kepler pueden haber sido
superfluas para la teoría de la gravitación newtoniana. Para una discusión
ulterior de este tema, cf. abajo.
211
Cf. Jammer (1966), pp.77 y ss.
Pickering
descubrió esta serie en 1896 en el espectro de la estrella ζ Puppis. Fowler,
tras haber descubierto su primera línea también en el sol en 1898, produjo toda
la serie en un tubo de descarga que contenía hidrógeno y helio. Ciertamente se
podía argumentar que la línea monstruo nada tenía que ver con el hidrógeno;
después de todo, el sol y ζ Puppis contienen muchos gases y el tubo de descarga
también contenía helio. Realmente la línea no podía producirse en un
tubo de hidrógeno puro. Pero la «técnica experimental» de
Pickering
y Fowler, que originó una hipótesis falsadora de la ley de Balmer, tenía un
fundamento teórico plausible aunque nunca severamente contrastado: a) sus
series tenían el mismo número de convergencia que las series de Balmer y por
ello se aceptó que era una
serie
de hidrógeno, y b) Fowler dio una explicación plausible por la que el helio no
podía ser responsable de la producción de la serie212.
Sin
embargo, Bohr no quedó muy impresionado por la «autoridad» de los físicos
experimentales. No puso en duda su «precisión experimental» o la «fiabilidad de
sus observaciones» sino que atacó su teoría observacional. Realmente propuso
una alternativa. Primero elaboró un nuevo modelo M2 de su programa
de investigación: el modelo de helio ionizado con un doble protón orbitado por
un electrón. Ahora este modelo predecía una serie ultravioleta en el espectro
de helio ionizado que coincide con las series Pickering-Fowler. Esta era una
teoría rival. Entonces sugirió un «experimento crucial»: predijo que la serie
de Fowler puede producirse, posiblemente con líneas aún más fuertes, en un tubo
lleno de una mezcla de helio y cloro. Además Bohr explicó a los experimentadores,
sin mirar siquiera a sus aparatos, el poder catalítico del hidrógeno en el
experimento de Fowler y del cloro en el que él sugería213. Tenía
razón214. De este modo la primera derrota aparente del programa de
investigación se convirtió en una resonante victoria.
Sin
embargo, la victoria inmediatamente fue puesta en duda. Fowler aceptó que su
serie no era una serie de hidrógeno sino de helio. Pero señaló que el «ajuste
de la anormalidad» de Bohr215' fracasaba de todas formas: las
longitudes de onda de la serie de Fowler difieren de forma importante de los
valores previstos por el M2 de Bohr. Por tanto, la serie, aunque no
refuta a M1, refuta a M2 y debido a la estrecha conexión
entre M1 y M2 debilita a M1216.
212
Fowler (1912). Por cierto, su teoría «observacional» fue suministrada por las
«investigaciones teóricas de Rydberg», que «en ausencia de una prueba
experimental estricta, consideró que justificaban su conclusión (experimental)»
(p. 65). Pero su colega teórico, el profesor Nicholson, se refirió tres meses
más tarde a los descubrimientos de Fowler como «confirmaciones de laboratorio
de la conclusión teórica de Rydberg» (Nicholson, 1913). Esta pequeña historia
entiendo que corrobora mi tesis favorita de que la mayoría de científicos
tienden a saber de la ciencia poco más que los peces de la hidrodinámica.
En
el Informe de la Presidencia correspondiente al 93 Congreso General Anual de la
Royal Astronomical Society, se describe la «observación de Fowler en
experimentos de laboratorio de nuevas líneas de hidrógeno que durante tanto
tiempo han desafiado los esfuerzos de los físicos» como «un avance de gran
interés» y como «un triunfo del trabajo experimental propiamente dirigido».
213
Bohr (1913b).
214
Evans (1913). Para un ejemplo similar de un físico teórico que enseña al
experimentalista proclive a descubrir refutaciones, lo que él (el
experimentalista) ha observado realmente, cf. arriba, n. 151.
215
«Ajuste de anormalidades»: convertir a un contraejemplo en un ejemplo mediante
alguna nueva teoría. Cf. mi (1963-4), pp. 127 y ss. Pero el «ajuste» de Bohr
fue empíricamente progresivo: predijo un hecho nuevo (la aparición de la línea
4686 en tubos que no contienen hidrógeno).
216
Fowler (1913a).
Bohr
rechazó el argumento de Fowler: por supuesto él nunca había pretendido
que M2 se tomara demasiado en serio. Sus valores estaban basados en
un cálculo rudimentario aplicado al electrón en órbita alrededor de un núcleo
fijo; por supuesto, en realidad gira en
torno
al centro común de gravedad; por supuesto, lo mismo que sucede cuando se
tratan problemas de dos cuerpos, es necesario sustituir la masa por la masa
reducida:
me
= me / [ l + (me / mn)]217. Este
modelo modificado fue el M3 de Bohr. Y el mismo Fowler tuvo que
admitir que Bohr de nuevo tenía razón218.
La
refutación aparente de M2 se convirtió en una victoria de M3
y era claro que M2 y M3 hubieran sido desarrollados en el
seno del programa (tal vez también M17 o M20) sin ningún
estímulo observacional o experimental. Fue en este momento cuando Einstein
dijo de la teoría de Bohr: «Es uno de los mayores descubrimientos»219.
Después
el programa de investigación de Bohr continuó como se había previsto. El
siguiente paso fue calcular las órbitas elípticas. Esto lo hizo Sommerfeld en
1915, pero con el resultado (inesperado) de que el número, ahora incrementado,
de órbitas posibles, no aumentaba el número de niveles de energía
posibles, por lo que no parecía existir la posibilidad de un experimento
crucial entre la teoría elíptica y la circular. Sin embargo, los electrones
giran en torno al núcleo con una velocidad muy elevada, por lo que
cuando aceleran su masa debería cambiar apreciablemente si la mecánica de
Einstein es cierta. Cuando Sommerfeld calculó tales correcciones relativistas
obtuvo un nuevo conjunto de niveles de energía y, por tanto, la «estructura
fina» del espectro.
El
paso a este nuevo modelo relativista requería una capacitación matemática muy
superior con relación a la requerida para los primeros modelos. El logro de
Sommerfeld fue primordialmente matemático220.
Es
curioso observar que los pares del espectro del hidrógeno ya habían sido
descubiertos en 1891 por Michelson221. Moseley señaló inmediatamente
tras la primera publicación de Bohr que «no explica la segunda línea más débil
que se encuentra en cada espectro»222. Bohr no se preocupó: estaba
convencido de que la heurística positiva de su programa de investigación, llegado
el momento, explicaría e incluso corregiría las observaciones de Michelson223.
Y así sucedió. La teoría de Sommerfeld era, por supuesto, inconsistente con las
primeras versiones de Bohr; los experimentos sobre la estructura fina
(corrigiendo las antiguas observaciones) suministraron la evidencia crucial
favorable. Muchas de las derrotas de los primeros modelos de Bohr fueron
convertidas por Sommerfeld y la escuela de Munich en victorias del programa de
investigación de Bohr.
217
Bohr (1913c). Este ajuste de la anormalidad también fue «progresivo»; Bohr
predijo que las observaciones de Fowler tenían que ser ligeramente imprecisas y
que la «constante» de Rydberg debía tener una estructura fina.
218
Fowler (1913b). Pero observó escépticamente que el programa de bohr aún no
había explicado las líneas del espectro del helio ordinario, no ionizado. Sin
embargo, pronto abandonó su escepticismo y se unió al programa de investigación
de Bohr (Fowler, 1914).
219
Cf. Hevesy (1913): «Cuando le hablé del espectro de Fowler los grandes ojos de
Einstein parecieron aún mayores y me dijo: "Entonces es uno de los mayores
descubrimientos."»
220
Sobre los esenciales aspectos matemáticos de los programas de investigación,
cf. arriba..
221
Michelson (1891-2), especialmente pp. 287-9. Mchelson ni siquiera menciona a
Balmer.
222
Moseley (1914).
223
Sommerfeld (1916), p. 68.
Resulta
interesante observar que del mismo modo que Einstein se cansó y aminoró su
ritmo de trabajo en la mitad del progreso espectacular de la física cuántica en
1913, Bohr se cansó e hizo lo mismo en 1916; y al igual que Bohr en 1913 había
asumido el liderazgo cedido por Einstein, Sommerfeld en 1916 asumió el
liderazgo cedido por Bohr. La diferencia entre la atmósfera de la escuela de
Copenhague de Bohr y la escuela de Munich de Sommerfeld, era notoria: «En
Munich se utilizaban formulaciones más concretas y por ello más fácilmente
comprensibles: se había tenido éxito en la sistematización del espectro y en el
uso de modelos vectoriales. En Copenhague, sin embargo, se entendía que aún no
se había descubierto un lenguaje adecuado para los nuevos fenómenos, había
reticencias con respecto a las formulaciones demasiado precisas, se expresaban
con mayor cautela, en términos generales, y por ello la comprensión resultaba
mucho más difícil224.
Nuestro
resumen muestra el modo en que un cambio progresivo puede suministrar
credibilidad (y una racionalidad) a un programa inconsistente. Bohr, en
su nota necrológica de Planck, describe vividamente este proceso: «Por
supuesto, la simple introducción de los
cuanta
de acción aún no equivale al establecimiento de una auténtica teoría
cuántica..., las dificultades que la introducción de los cuanta de acción en la
bien establecida teoría clásica encontró desde el principio ya han sido
indicadas. Gradualmente han crecido en lugar de
disminuir;
la investigación, en su marcha ascendente, ha pasado por alto algunas de ellas,
pero las lagunas teóricas subsistentes siguen representando un enojoso problema
para el físico teórico consciente. De hecho, lo que en la teoría de Bohr servía
como base para las leyes de acción son ciertas hipótesis que hace una
generación hubieran sido completamente rechazadas por cualquier físico. El que
en el seno del átomo ciertas órbitas cuánticas (esto es, elegidas según el
principio del cuanto) desempeñen una función especial, puede ser
concedido;
resulta ligeramente menos fácil de aceptar el supuesto adicional de que los
electrones, que se mueven en órbitas curvilíneas y por ello aceleradas, no
radien energía. Pero el que la frecuencia, claramente definida, de un cuanto de
luz emitida sea diferente de la frecuencia del electrón que la emite, sería
considerado por el teórico educado en la escuela clásica como monstruoso y
apenas concebible. Pero los números (o más bien los cambios progresivos de
problemáticas) deciden y consiguientemente la posición se ha invertido.
Mientras que originalmente el problema era incorporar, con una distorsión
mínima, un elemento nuevo y extraño en un sistema existente que era
generalmente reconocido como completo, el hecho es que ahora el intruso,
tras haber conquistado una posición segura, ha pasado a la ofensiva y
parece cierto que está a punto de destruir el antiguo sistema por alguna de sus
partes. El problema es saber cuál es esa parte y en qué medida ello va a
suceder.»225.
224
Hund (1961). Este tema se discute extensamente en Feyerabend (1968-9), pp.
83-7. Pero el artículo de Feyerabend es muy tendencioso. Su principal finalidad
es diluir el anarquismo metodológico de Bohr y mostrar que Bohr se opuso a
la interpretación de Copenhague del nuevo programa cuántico (posterior a 1925).
Para ello, por una parte Feyerabend exagera la insatisfacción de Bohr acerca de
la inconsistencia del antiguo programa cuántico (anterior a 1925), y, por la
otra, atribuye excesiva importancia al hecho de que Sommerfeld se preocupara
menos del carácter problemático de los fundamentos inconsistentes del viejo programa
que Bohr.
225
Born (1948), p. 180 (subrayado añadido).
Una
de las cuestiones más importantes que se aprenden al estudiar programas de
investigación es que hay un número relativamente pequeño de experimentos que
sean realmente importantes. La orientación heurística que recibe el físico
teórico de las contrastaciones y de las «refutaciones» es normalmente tan
trivial que la contrastación a gran escala (o incluso el preocuparse demasiado
por los datos ya disponibles) puede resultar una pérdida de tiempo. En la
mayoría de los casos no necesitamos refutaciones para saber que una teoría
requiere una sustitución urgente: en cualquier caso la heurística positiva del
programa nos impulsa hacia adelante. Además, el ofrecer una interpretación
severamente refutable de una versión en crecimiento de un programa constituye una
peligrosa crueldad metodológica. Es posible incluso que las primeras versiones
sólo se apliquen a casos «ideales» no existentes; puede consumir décadas de
trabajo teórico el llegar a los primeros hechos nuevos y aún más tiempo el
llegar a versiones de contrastación interesante de los programas de
investigación, a etapas en que las refutaciones ya no son previsibles a la luz
del programa mismo.
Por
tanto, la dialéctica de los programas de investigación no es necesariamente una
serie alternante de conjeturas especulativas y refutaciones empíricas. La
interacción entre el desarrollo del programa y los frenos empíricos puede ser
muy diversa; la pauta que se cumpla en la realidad sólo depende de accidentes
históricos. Mencionaremos tres variantes típicas.
1) Imaginemos
que cada una de las tres primeras versiones consecutivas, H1, H2,
H3, predice con éxito algunos
hechos nuevos y otros sin éxito; esto es, cada nueva versión queda corroborada y
refutada a la vez. Finalmente se propone H4, que predice algunos
hechos nuevos y resiste las contrastaciones más severas. El cambio de
problemática es progresivo y además encontramos en este caso una maravillosa
sucesión popperiana de conjeturas y refutaciones226. Podemos admirar
este caso como un ejemplo clásico de trabajo teórico y experimental conjunto.
2) Otra
posibilidad sería imaginar a un Bohr solitario (posiblemente sin que le
precediera Balmer) elaborando H1, H2, H3, H4,
pero que por razones de autocrítica no publica hasta H4. Después se
contrasta H4 y toda la evidencia se convierte en corroboraciones de
H4, la primera (y única) hipótesis publicada. En este caso se
advierte que el teórico va por delante del experimentador: se trata de un
período de autonomía relativa del progreso teórico.
226
En las tres primeras pautas no introducimos complicaciones como apelaciones
triunfantes contra el veredicto de los científicos experimentales.
3) Imaginemos
que toda la evidencia empírica mencionada en estos tres modelos está
disponible en el momento de invención de H1, H2, H3
y H4. En este caso, H1, H2, H3, H4
no representa un cambio progresivo de problemática y por ello, aunque toda la
evidencia apoye a sus teorías, el científico debe continuar trabajando para
probar el valor científico de su programa227. Esta situación puede
originarse bien porque un programa de investigación más antiguo (que ha sido
atacado por el que conduce a H1, H2, H3, H4)
ya había producido tales hechos o porque hay mucho dinero público destinado a
la recopilación de hechos sobre las líneas del espectro y hubo mercenarios que
tropezaron con tales datos. Sin embargo, este último caso es muy improbable
porque, como solía decir Cullen, «el número de hechos falsos defendidos en el
mundo es infinitamente superior al de teorías falsas»228; en la
mayoría de tales casos el programa de investigación entrará en conflicto con
los hechos disponibles, el teórico examinará las «técnicas experimentales» del
experimentador y, tras destruirlas y sustituirlas, corregirá los hechos
produciendo así otros nuevos229.
Tras
esta digresión metodológica regresemos al programa de Bohr. No todos los
desarrollos del programa fueron previstos y planificados cuando se esbozó por
primera vez la heurística positiva. Cuando aparecieron algunas sorprendentes
lagunas en los modelos
sofisticados
de Sommerfeld (nunca aparecieron algunas de las líneas previstas), Pauli
propuso una profunda hipótesis auxiliar (su «principio de exclusión») que no
sólo explicaba las lagunas conocidas sino que remodelaba la teoría del sistema
periódico de elementos y anticipaba algunos hechos entonces desconocidos.
227
Esto muestra que si exactamente las mismas teorías y la misma evidencia se
reconstruyen racionalmente en diferentes órdenes temporales, pueden constituir
bien un cambio progresivo o regresivo. También cf. MCE, cap. 8, pp. 239-40.
228
Cf. McCulloch (1825), p. 19. Se encontrará un poderoso argumento sobre lo
extremadamente improbable de tal pauta abajo.
229
Tal vez deberíamos mencionar que la recopilación maniática de datos y la
«excesiva» precisión impiden incluso la formación de hipótesis empíricas
ingenuas como la de Balmer. De haber conocido Balmer el espectro preciso de
Míchelson, ¿hubiera descubierto su fórmula? O bien, si los datos de Tycho Brahe
hubieran sido más precisos, ¿se hubiera formulado nunca la ley elíptica de
Kepler? Lo mismo es aplicable a la primera versión ingenua de la ley general de
los gases, etc. La conjetura de Descartes y Euler sobre poliedros puede que
nunca hubiera aparecido de no ser por la escasez de datos; cf. mi (1963-4), pp.
298 y ss.
No
deseo ofrecer aquí una exposición detallada del desarrollo del programa de
Bohr. Pero desde un punto de vista metodológico su estudio minucioso es una
verdadera mina de oro: su progreso, maravillosamente rápido, y sobre
fundamentos inconsistentes, fue asombroso; la belleza, originalidad y éxito
empírico de sus hipótesis auxiliares, defendidas por científicos brillantes e
incluso geniales, no tenía precedentes en la historia de la Física230.
En alguna ocasión, la siguiente versión del programa sólo requirió de alguna
mejora trivial, como la sustitución de «masa» por «masa reducida». Sin embargo,
y en otras ocasiones, para llegar a la versión siguiente se requerían nuevas y
sofisticadas matemáticas, como las matemáticas del problema de
«muchos-cuerpos», o nuevas y sofisticadas teorías físicas auxiliares. La física
o las matemáticas adicionales o bien se tomaban de alguna parte del
conocimiento existente (como la teoría de la relatividad) o se inventaban (como
el principio de exclusión de Pauli). En el segundo caso nos encontramos con un
cambio creativo de la heurística positiva.
Pero
incluso a este gran programa le llegó un momento en que su poder heurístico
quedó agotado. Se multiplicaron las hipótesis ad hoc que no podían ser
sustituidas por explicaciones acrecentadoras de contenido. Por ejemplo, la
teoría de Bohr del espectro molecular predecía la siguiente fórmula para las
moléculas diatómicas:
Pero
la fórmula quedó refutada. Los seguidores de Bohr sustituyeron el término m2
or m(m+l); esto se ajustaba a los hechos, pero evidentemente era una alteración
ad hoc.
Después
llegó el problema de algunos pares inexplicados en el espectro del álcali.
Landé los explicó en 1924 mediante una «regla de división relativista» ad
hoc y Goudsmit y Uhlenbeck en 1925 por el spin del electrón. Si la
explicación de Landé era ad hoc, la de
Goudsmit
y Uhlenbeck era, además, inconsistente con la teoría especial de la
relatividad: los puntos en la superficie del electrón tenían que viajar con
mayor velocidad que la luz y el electrón tenía que ser mayor incluso que el
átomo231. Se necesitaba gran valor para proponer esto. (A Kronig se
le ocurrió antes la idea, pero se abstuvo de publicarla porque pensó que era
inadmisible.)232.
230
«Entre la aparición de la gran trilogía de Bohr de 1913 y el nacimiento de la
mecánica ondulatoria en 1925, se publicó un gran número de artículos que
convertían las ideas de Bohr en una impresionante teoría sobre los fenómenos
atómicos. Se trató de un esfuerzo colectivo y los nombres de los físicos que
contribuyeron al mismo forman una larga lista: Bohr, Klein, Rosseland, Kramers,
Pauli, Sommerfeld, Planck, Einstein, Ehrenfest, Epstein, Debye, Schwarzschild,
Wilson» (Ter Haar, 1967, p. 43).
231
En una nota de su artículo se lee: «Se debe observar que (según nuestra teoría)
la velocidad periférica del electrón excedería considerablemente a la velocidad
de la luz» (Uhlenbeck y Goudsmit, 1925).
232
Jammer (1966), pp. 146-8 y 151.
Pero
la temeridad para proponer audaces inconsistencias ya no suministraba
recompensas adicionales. El programa se retrasó con relación al descubrimiento
de los «hechos». Las anomalías no digeridas inundaron el terreno. Había
comenzado la fase regresiva del programa de investigación, con inconsistencias
aún más estériles y con hipótesis aún más ad hoc; usando una de las
frases favoritas de Popper, puede decirse que comenzó a perder «su carácter
empírico»233. Había muchos problemas, como la teoría de las perturbaciones,
de los que ni siquiera podía esperarse que fueran resueltos en su seno. Pronto
apareció un programa de investigación rival: la mecánica ondulatoria. El nuevo
programa no sólo explicó en su primera versión (De Broglie, 1924) las
condiciones cuánticas de Planck y Bohr, sino que condujo a un sorprendente
hecho nuevo, al experimento Davisson-Germer. En sus versiones posteriores,
crecientemente sofisticadas, ofreció soluciones para problemas que habían
estado enteramente fuera del alcance del programa de investigación de Bohr y
explicó las teorías tardías y ad hoc del programa de Bohr mediante otras
que satisfacían criterios metodológicos exigentes. La mecánica
ondulatoria
pronto alcanzó, venció y sustituyó al programa de Bohr. El artículo de De
Broglie apareció en un momento en que el programa de Bohr estaba degenerando.
Pero esto fue una mera coincidencia. Me pregunto qué hubiera sucedido si De
Broglie hubiera escrito y publicado su artículos en 1914 y no en 1924.
233
Para una vivida descripción de esta fase regresiva del programa de Bohr, cf.
Margenau (1950), pp. 311-13.
En
la fase progresiva de un programa el principal estímulo heurístico procede de
la heurística positiva: en gran medida se ignoran las anomalías. En la fase
regresiva el poder heurístico del programa se desvanece. En ausencia de un
programa rival esta situación puede reflejarse en la psicología de los
científicos mediante una hipersensibilidad poco habitual con relación a las
anomalías y un sentimiento de «crisis» kuhniana.
d)
Un nuevo examen de los experimentos cruciales: el fin de la racionalidad
instantánea
Sería
equivocado suponer que se debe ser fiel a un programa de investigación hasta
que éste ha agotado todo su poder heurístico, que no se debe introducir un
programa rival antes de que todos acepten que probablemente ya se ha alcanzado
el nivel de regresión. (Aunque comprendemos la irritación del físico que, en
medio de la fase progresiva del programa de investigación, se ve enfrentado por
una proliferación de vagas teorías metafísicas que no estimulan progreso
empírico alguno)234. Nunca se debe permitir que un programa de
investigación se convierta en una Weltanschauung, en un canon del rigor
científico, que se erige en arbitro entre la explicación y la no-explicación,
del mismo modo que el rigor matemático se erige como arbitro entre la prueba y
la no-prueba. Desgraciadamente esta es la postura que defiende Kuhn: realmente
lo que él llama «ciencia
normal»
no es sino un programa de investigación que ha obtenido el monopolio. Pero de
hecho los programas de investigación pocas veces han conseguido un monopolio
completo y ello sólo durante períodos de tiempo relativamente cortos, a pesar
de los esfuerzos de
algunos
cartesianos, newtonianos y bohrianos. La historia de la ciencia ha sido y
debe ser una historia de programas de investigación que compiten (o si se
prefiere, de «paradigmas»), pero no ha sido ni debe convertirse en una sucesión
de períodos de ciencia normal; cuanto antes comience la competencia tanto mejor
para el progreso. El «pluralismo teórico» es mejor que el «monismo
teórico»; sobre este tema Popper y Feyerabend tienen razón y Kuhn está
equivocado235.
La
idea de programas de investigación científica en competencia nos conduce a este
problema: ¿cómo son eliminados los programas de investigación? De
nuestras consideraciones previas se desprende que un desplazamiento regresivo
de problemática es una razón tan insuficiente para eliminar un programa de
investigación como las anticuadas
«refutaciones»
o las «crisis» kuhnianas. ¿Puede existir alguna razón objetiva (en
contraposición a socio-psicológica) para rechazar un programa, esto es, para
eliminar su núcleo firme y su programa para la construcción de cinturones
protectores? En resumen,
nuestra
respuesta es que tal razón objetiva la suministra un programa de investigación
rival que explica el éxito previo de su rival y le supera mediante un
despliegue adicional de poder heurístico236.
234
Esto es lo que más debe haber irritado a Newton de la «proliferación escéptica
de teorías» por obra de los cartesianos.
235
Sin embargo, algo puede decirse en favor de que al
menos algunas personas se aferren a un programa de investigación hasta
que éste alcanza su «punto de saturación»; entonces se pide a un programa nuevo
que explique todos los éxitos del antiguo. No constituye un argumento contra
este punto de vista el que el programa rival ya haya explicado, cuando fue
propuesto por vez primera, todos los éxitos del primer programa; el crecimiento
de un programa de investigación no puede predecirse; por sí mismo puede estimular
importantes e imprevisibles teorías auxiliares. Además, si una versión A„ de un
programa de investigación P1, es matemáticamente equivalente a una
versión A„ de un programa rival P2, ambas tendrían que ser
desarrolladas; puede ser que su poder heurístico sea muy diferente.
236
Utilizo «poder heurístico» como un término técnico para caracterizar el poder
que tiene un programa de investigación de anticipar en su crecimiento hechos
que son teóricamente nuevos. Por supuesto también podría hablar de «poder
explicativo»: cf. arriba, n. 110.
Sin
embargo, el criterio de «poder heurístico» depende fundamentalmente del
significado que atribuyamos a la expresión «novedad fáctica». Hasta ahora hemos
supuesto que resulta muy fácil discernir si una nueva teoría predice un hecho
nuevo o no237. Pero
frecuentemente
la novedad de una proposición fáctica sólo puede apreciarse cuando ha
transcurrido un largo espacio de tiempo. Para
explicar esta cuestión comenzaré con un ejemplo.
La
teoría de Bohr implicaba lógicamente la fórmula de Balmer para las líneas del
hidrógeno como una consecuencia238. ¿Se trataba de un hecho nuevo?
Se puede sentir la tentación de responder negativamente, puesto que, después de
todo, la fórmula de Balmer era muy conocida. Pero esta es una verdad a medias.
Balmer simplemente «observó» B1: que las líneas del hidrógeno
obedecen a la fórmula de Balmer. Bohr predijo B2; que las
diferencias en los niveles de energía de las diferentes órbitas del electrón
del hidrógeno obedecen a la fórmula de Balmer. Ahora bien, es posible
afirmar que B1 ya contiene todo el contenido puramente
«observacional» de B2. Pero afirmar esto presupone que puede existir
un «nivel observacional» puro, sin mezcla de teoría e inmune al cambio teórico.
De hecho, B1 fue aceptado sólo porque las teorías ópticas, químicas
y de otras clases aplicadas por Balmer estaban muy corroboradas y eran
aceptadas como teorías interpretativas, y tales teorías podían ser puestas en
duda. Se puede argumentar que es posible «depurar» incluso B1 de sus
presupuestos teóricos alcanzando así lo que Balmer realmente «observó», algo
que puede ser expresado como la afirmación más modesta B0: las
líneas emitidas en ciertos tubos en circunstancias específicas (o en el curso
de un experimento «controlado»)239 obedecen a la fórmula de
Palmer. Ahora bien, algunos de los argumentos de Popper
demuestran
que nunca podemos llegar de este modo a ningún sólido fundamento
observacional; es fácil mostrar que hay teorías observacionales involucradas en
B0240. Por otra parte, dado que el programa de Bohr había
probado su poder heurístico tras un dilatado desarrollo progresivo, su mismo
núcleo firme hubiera quedado corroborado241 y por ello cualificado
como teoría interpretativa u «observacional». Pero entonces B2 puede
considerarse como un hecho nuevo y no como una mera reinterpretación
teórica de B1.
237
Cf. arriba, texto de nota 95, y texto de la nota 164.
238
Cf. arriba.
239
Cf. arriba, n. 75.
240
Uno de los argumentos de Popper es particularmente importante: «Existe una
generalizada creencia en que el enunciado "Veo que esta mesa es
blanca" tiene, desde el punto de vista de la epistemología, alguna
profunda ventaja con relación al enunciado "Esta mesa es blanca".
Pero desde el punto de vista de evaluar sus posibles contrastaciones objetivas,
el primer enunciado que habla sobre mí no parece más seguro que el segundo
enunciado que habla sobre la mesa» (1934, sección 27). Neurath hace un
comentario característicamente torpe sobre este pasaje: «Para nosotros tales
enunciados protocolarios tienen la ventaja de tener más estabilidad. Es
posible mantener el enunciado "La gente del siglo XVI veía espadas
flamígeras en el cielo", mientras que se rechaza "Había espadas
flamígeras en el cielo"» (Neurath, 1935, p. 362).
241 Diremos
de pasada que esta observación define un «grado de corroboración» para los
núcleos firmes «irrefutables» de los programas de investigación. La teoría de
Newton (aislada) no tenía contenido empírico, pero estaba, en este sentido, muy
corroborada.
Estas
consideraciones confieren importancia adicional al elemento retrospectivo en
nuestras evaluaciones y conducen a una mayor liberalización de nuestros
criterios. Un nuevo programa de investigación que acaba de iniciar su carrera
puede comenzar por explicar «hechos antiguos» de una forma nueva y puede
suceder que no sea capaz de producir hechos «genuinamente nuevos» hasta mucho
tiempo después. Por ejemplo, la teoría cinética del calor durante décadas pareció
retrasada con relación a los resultados de la teoría fenomenológica, pero
finalmente la superó como la teoría Einstein-Smoluchowski
acerca
del movimiento browniano de 1905. Tras esto, lo que previamente había parecido
una reinterpretación especulativa de hechos antiguos (sobre el calor, etc.)
resultó ser un descubrimiento de hechos nuevos (sobre átomos).
Todo
esto indica que no podemos eliminar un programa de investigación en crecimiento
simplemente porque, por el momento, no haya conseguido superar a un poderoso
rival. No deberíamos abandonarlo si constituyera (en el supuesto de que su
rival no estuviera presente) un cambio progresivo de problemática242.
Y ciertamente debemos considerar a un hecho que acaba de ser reintepretado como
un hecho nuevo, ignorando las insolentes pretensiones de prioridad de los
coleccionistas de hechos no procesionales. Mientras un joven programa de
investigación pueda ser reconstituido racionalmente como
un
cambio progresivo de problemática, debe ser protegido durante un tiempo de su
poderoso rival establecido243.
En
conjunto estas consideraciones acentúan la importancia de la tolerancia
metodológica, pero dejan sin responder la pregunta sobre cómo son eliminados
los programas de investigación. Puede ser que el lector sospeche incluso que
tanta insistencia en la falibilidad liberaliza o, más bien, debilita nuestros
criterios hasta el punto de confundirse con los del escepticismo radical. Ni
siquiera los célebres «experimentos cruciales» tendrán fuerza para destruir un
programa de investigación: cualquier cosa vale244.
Esta
sospecha carece de fundamento. En el seno de un programa de
investigación los «experimentos cruciales menores» entre versiones
subsiguientes son muy corrientes. Los experimentos «deciden» fácilmente entre
la versión científica n y la n + 1, puesto que la
n
+ 1 no sólo es inconsistente con la n sino que también la supera. Si la versión
n + 1 tiene más contenido corroborado a la luz de algún programa y a la
luz de algunas teorías observacionales muy corroboradas, la eliminación
es relativamente un asunto rutinario (sólo relativamente, puesto que incluso en
este caso la decisión puede ser apelada).
242
Por cierto, en la metodología de los programas de investigación, el significado
pragmático de «rechazo» (de un programa) resulta absolutamente claro: significa
la decisión de dejar de trabajar en él.
243
Algunos prudentemente pueden considerar que este período de desarrollo
protegido es «precientífico» (o «teórico») y que sólo se debe reconocer
su carácter auténticamente científico (o empírico) cuando comience a producir
hechos genuinamente nuevos; pero en tal caso su reconocimiento tendrá que ser
retroactivo.
244 Por
cierto, este conflicto entre falibilidad y crítica puede ser correctamente
considerado como el principal problema (y fuerza impulsora) del programa de
investigación popperiano sobre teoría del conocimiento.
También
los procedimientos de apelación son fáciles en algunas ocasiones: en muchos
casos la teoría observacional que se discute, lejos de estar muy corroborada,
constituye de hecho un supuesto ingenuo, inarticulado y oculto; sólo la
confrontación descubre la existencia de este supuesto oculto, y origina su
articulación, contrastación y destrucción. Sin embargo, muchas veces las
teorías observacionales forman parte de algún programa de investigación y en
tales casos el procedimiento de apelación origina un conflicto entre dos
programas de investigación; en tales casos un experimento crucial
fundamental puede ser necesario.
Cuando
compiten dos programas de investigación, sus primeros modelos «ideales»
normalmente se ocupan de diferentes aspectos del dominio (por ejemplo, el
primer modelo de la óptica semicorpuscular de Newton describía la refracción de
la luz; el primer modelo de la óptica ondulatoria de Huyghens, la interferencia
de la luz). Conforme se expanden los programas de investigación rivales,
gradualmente penetran en el territorio del otro hasta suceder que la versión n
del primero es inconsistente de forma flagrante y dramática con la versión m
del segundo245. Se realiza
repetidamente un experimento y como resultado, el primero es derrotado en esta
batalla mientras que gana el segundo. Pero la guerra no ha terminado: a
cualquier programa se le permiten unas cuantas derrotas como ésta. Todo lo que
necesita para un contraataque es producir una versión acrecentadora de
contenido
( n +l ) o ( n + k)y una verificación de una
parte de su contenido nuevo.
Si
tras continuados esfuerzos tal contraataque no se produce, la guerra se ha
perdido y el experimento original se considera retrospectivamente como
crucial. Pero especialmente si el programa derrotado es un programa joven y de
crecimiento rápido y si decidimos
otorgar
crédito suficiente a sus éxitos precientíficos, los experimentos cruciales se
disuelven uno tras otro con la ola de su marcha ascendente. Incluso si el
programa derrotado es un programa antiguo y «gastado», próximo a su «punto de
saturación natural»246, puede continuar resistiendo durante
mucho tiempo, defendiéndose con ingeniosas innovaciones acrecentadoras de
contenido aun cuando éstas no obtengan la recompensa del éxito empírico. Es muy
difícil derrotar a un programa de investigación que esté defendido por
científicos imaginativos y de talento. Alternativamente los defensores
recalcitrantes del programa derrotado pueden ofrecer explicaciones ad hoc de
los experimentos o una astuta reducción ad hoc del programa victorioso
al derrotado. Pero debemos rechazar tales esfuerzos como no-científicos247.
245
Un caso especialmente interesante de tal competencia es la simbiosis
competitiva; aquellos casos en que un nuevo programa se injerta en otro
viejo con el que es inconsistente; cf. arriba.
246
No existe un «punto de saturación natural»; en mi (1963-4), especialmente en
las páginas 327-8, me mostré con mayor talante hegeliano y pensé que tal cosa
existía; ahora utilizo la expresión de forma irónica. No existe una limitación
predecible o descubrible de la imaginación humana para inventar teorías nuevas
y acrecentadoras de contenido, ni de la «destreza de la razón» (List der
Vernunft) para recompensarlas con algún éxito empírico aunque sean falsas o
incluso si la nueva teoría tiene menos verosimilitud (en el sentido de Popper)
que su predecesora. (Probablemente cualquier teoría científica formulada por un
ser humano será falsa; sin embargo, puede ser recompensada con éxitos empíricos
e incluso tener una verosimilitud creciente.)
247 Para
un ejemplo, cf. arriba, n. 138.
Nuestras
consideraciones explican el por qué los experimentos cruciales sólo han sido
considerados como cruciales décadas más tarde. Las
elipses de Kepler fueron aceptadas con generalidad como evidencia crucial en
favor de Newton y contra Descartes sólo aproximadamente cien años después de
que Newton formulara tal pretensión. La conducta anómala del perihelio de
Mercurio era conocida desde hacía décadas como una de las muchas dificultades
no resueltas del programa de Newton, pero fue el hecho de que la teoría de
Einstein la explicó mejor, lo que transformó a una anomalía vulgar en una
«refutación» brillante del programa de investigación de Newton248.
Jung afirmó que su experimento de la doble ranura de 1802 era un
experimento crucial entre los programas de la óptica corpuscular y de la óptica
ondulatoria; pero esta pretensión sólo fue aceptada mucho más tarde, después de
que Fresnel desarrollara el programa ondulatorio de modo progresivo y cuando
resultó claro que los newtonianos no podían igualar su poder heurístico. La
anomalía, que era conocida desde hacía décadas, recibió el título honorífico
de
refutación, el experimento, el título honorífico de «experimento crucial», pero
todo ello sólo tras un largo período de desarrollo desigual de los dos
programas rivales. El movimiento browniano estuvo en la mitad del campo de
batalla durante casi un siglo antes de que fuera considerado como la causa de
la derrota del programa de investigación
fenomenológico
e inclinara el curso de la guerra a favor de los atomistas. La «refutación» de
Michelson de la serie de Balmer fue ignorada durante una generación hasta que
la respaldó el programa de investigación triunfante de Bohr.
Puede
resultar interesante examinar con detalle algunos ejemplos de experimentos cuyo
carácter crucial sólo retrospectivamente resultó evidente. En primer lugar me
ocuparé del célebre experimento Michelson-Morley de 1887 que supuestamente
refutó la teoría del éter y «condujo a la teoría de la relatividad»; después
analizaré los experimentos Lummer-Pringsheim que supuestamente refutaron a la
teoría clásica de la radiación y «condujeron a la teoría cuántica»249.
Por fin discutiré un experimento del que muchos físicos pensaron que sería
decisivo contra las leyes de conservación, pero que, de hecho, terminó como su
corroboración más victoriosa.
248
Por lo tanto, una anomalía de un programa de investigación es un fenómeno que
consideramos que debe ser explicado en términos del programa. En términos más
generales, podemos hablar, siguiendo a Kuhn, de «puzzles»; un «puzzle» de un
programa es un problema que consideramos como un desafío para ese programa
particular. Un «puzzle» puede resolverse de tres formas: solucionándolo en el
seno del programa original (la anomalía se convierte en un ejemplo);
neutralizándolo, esto es, solucionándolo mediante un programa independiente y
distinto {la anomalía desaparece), o, finalmente, solucionándolo mediante un
programa rival (la anomalía se convierte en un contraejemplo).
249
Cf. Popper (1934), sección 30.
D1)
El experimento Michelson-Morley
Michelson
ideó por primera vez un experimento para contrastar las teorías contradictorias
de Fresnel y Stokes sobre la influencia del movimiento de la Tierra en el éter250
durante su visita al Instituto Helmholtz de Berlín en 1881. Según la teoría de
Fresnel, la Tierra se mueve a través de un éter en reposo, pero el éter de la
Tierra es parcialmente arrastrado con la Tierra; por ello la teoría de
Fresnel implicaba que la velocidad del éter exterior a la Tierra con relación a
la Tierra era positiva (esto es, la teoría de Fresnel implicaba la
existencia
de un «viento de éter»). Según la teoría de Stokes, el éter era impulsado
juntamente con la tierra y en las inmediaciones de la superficie de la tierra
la velocidad del éter era igual a la de la tierra: por ello su velocidad
relativa era cero (esto es, no había viento de éter en la superficie). Stokes
pensó inicialmente que las dos teorías eran observacionalmente equivalentes;
por ejemplo, con supuestos auxiliares adecuados ambas teorías explicaban la
aberración de la luz. Pero Michelson afirmó que su experimento de 1881 era un
experimento crucial entre las dos y que probaba la teoría de Stokes251.
Afirmó que la velocidad de la Tierra con relación al éter es mucho menor que la
anticipada por la teoría de Fresnel. En realidad concluyó que de su experimento
«se sigue la conclusión necesaria de que la hipótesis (de un éter
estacionario) es errónea. Esta conclusión contradice directamente la
explicación del fenómeno de la aberración que supone que la Tierra se mueve a
través del éter mientras este último permanece en reposo»252. Como
sucede a menudo, sucedió que un teórico enseñó una lección al experimentador
Michelson. Lorentz, el principal físico teórico del período, mostró (en lo que
más tarde Michelson describió como «un análisis muy minucioso de todo el
experimento»)253 que Michelson interpretó erróneamente los hechos y
que lo que había observado no contradecía de hecho la hipótesis del éter
estacionario. Lorentz demostró que los cálculos de Michelson estaban
equivocados; la teoría de Fresnel predecía solamente la mitad del efecto que
había calculado Michelson. Lorentz concluyó que el experimento de Michelson no
refutaba la
teoría
de Fresnel y que ciertamente tampoco probaba la teoría de Stokes. A
continuación Lorentz mostraba que la teoría de Stokes era inconsistente;
suponía que el éter de la superficie de la tierra estaba en reposo con relación
a la tierra y requería que la velocidad relativa tuviera un potencial; ambas
condiciones son incompatibles. Pero incluso si Michelson hubiera refutado la
teoría del éter estacionario, el programa quedaba intacto; es fácil construir
otras versiones distintas del programa del éter que predicen valores muy
pequeños para el viento del éter; él mismo, Lorentz, produjo una de tales
versiones. Esta teoría era contrastable y Lorentz la sometió orgullosamente al
veredicto experimental254. Michelson y Morley aceptaron el desafío.
250
Cf. Fresnel (1818), Stokes (1845) y (1846). Para una excelente exposición
breve, cf. Lorentz (1895).
251
Esto se desprende, de forma tangencial, de la última
sección de su (1881).
252
Michelson (1881), p. 128 (subrayado añadido).
253
Michelson y Morley (1887), p . 335.
254
Lorentz (1886). Sobre la inconsistencia de la teoría de Stokes, cf. su (1892b).
La
velocidad relativa de la Tierra con relación al éter de nuevo parecía ser cero,
en contra de la teoría de Lorentz. Pero ahora Michelson ya era más cauteloso en
la interpretación de sus datos e incluso pensó en la posibilidad de que el
sistema solar como un todo pudiera haberse movido en la dirección opuesta a la
Tierra; por ello decidió repetir el experimento «a intervalos de tres meses
evitando así toda incertidumbre»255. Michelson en su segundo
artículo ya no habla de «conclusiones necesarias» y «contradicciones directas».
Piensa solamente que de su experimento se sigue que «parece, por lo que
precede, razonablemente cierto que si existe cualquier movimiento
relativo entre la Tierra y el éter lumínico, éste debe ser pequeño; lo
bastante pequeño como para refutar enteramente la explicación de Fresnel de la
aberración»256. De modo que en este artículo Michelson aún pretende
haber refutado la teoría de Fresnel (y también la nueva teoría de Lorentz),
pero no se dice una palabra sobre su pretensión de 1881 según la cual había
refutado «la teoría del éter estacionario» en general. (Realmente pensaba que
para hacer tal cosa tendría que contrastar la existencia del viento del éter
también en altitudes elevadas, «en la cima de una montaña aislada, por
ejemplo».257)
Mientras
que algunos teóricos del éter, como Kelvin, no confiaban en la habilidad
experimental de Michelson258, Lorentz señaló que a pesar de la
ingenua pretensión de Michelson, ni siquiera su nuevo experimento «suministra
evidencia alguna relacionada con el problema por el que ha sido llevado a cabo»259.
Es perfectamente posible considerar la teoría de Fresnel como una teoría interpretativa
que interpreta los hechos en lugar de ser refutada por ellos, y en tal
caso, como mostró Lorentz, «la importancia del experimento Michelson-Morley
radica más bien en el hecho de que puede enseñarnos algo sobre los cambios
de dimensiones»260: las dimensiones de los cuerpos son afectadas
por sus movimientos a través del éter. Lorentz elaboró este «cambio creativo»
del programa de Fresnel con gran habilidad y por ello pretendió haber
«eliminado la contradicción entre la teoría de Fresnel y el resultado de
Michelson»261.
255
Michelson y Morley (1887), p. 341. Pero Pearce Williams señala que nunca lo
hizo (Pearce Williams, 1968, p. 34).
256 Ibid,
p. 341 (subrayado añadido).
257
Michelson y Morley (1887). Esta observación demuestra que Michelson comprendió
que su experimento de 1887 era completamente consistente con la existencia de
un viento de éter situado más arriba. Max Born en su (1920), esto es, treinta y
tres años más tarde, afirmó que del experimento de 1887 «debemos concluir
que el viento de éter no existe» (subrayado añadido).
258
Kelvin dijo en el Congreso Internacional de Física de 1900 que «la única nube
en el cielo claro de la teoría del éter era el resultado nulo del experimento
Michelson-Morley» (cf. Miller, 1925) e inmediatamente persuadió a Morley y a
Miller, que estaban allí, para que repitieron el experimento.
259
Lorentz (1892a).
260 Ibid.
(subrayado añadido).
261
Lorentz (185).
Pero
admitió que «puesto que la naturaleza de las fuerzas moleculares nos es
enteramente desconocida, resulta imposible contrastar la hipótesis»262;
al menos en ese momento no podía predecir hechos nuevos263
Mientras
tanto, en 1897 Michelson llevó a cabo su experimento largamente esperado para
medir la velocidad del viento del éter en las cimas de las montañas. No
encontró tal cosa. Puesto que antes pensaba que había probado la teoría de
Stokes que predecía un viento de éter en las alturas, Michelson enmudeció. Si
la teoría de Stokes aún era correcta, el gradiente de la velocidad del éter
había de ser muy pequeño. Michelson hubo de concluir que «la influencia de la
Tierra sobre el éter se extendía a distancias del orden del diámetro
de
la Tierra»264. Pensó que este era un resultado «improbable» y
decidió que en 1887 había extraído una conclusión equivocada de su experimento:
era la teoría de Stokes la que debía rechazarse y la de Fresnel la que debía
ser aceptada; decidió que aceptaría cualquier hipótesis auxiliar
razonable para salvarla, incluyendo la teoría de Lorentz de 1892265.
Con todo, en ese momento parecía preferir la contracción de Fitzgerald-Lorentz
y en 1904 sus colegas de Case estaban tratando de descubrir si esta contracción
varía con materiales
diferentes266.
262
Lorentz (1892b).
263
Fitzgerald, al mismo tiempo e independientemente de Lorentz, creó una versión
contrastable de este «cambio creativo» que rápidamente fue refutada por los
experimentos de Trouton, Rayleigh y Brace; era progresiva desde un punto de
vista teórico pero no empírico. Cf. Whittaker (1947), p. 53, y Whittaker
(1953), pp. 28-30.
Existe
una opinión generalizada según la cual la teoría de Fitzgerald era «ad hoc».
Lo que quieren decir los físicos contemporáneos es que la teoría era ad
hoc2 (cf. arriba, n. 133): «No existía evidencia empírica
(positiva) independiente en su favor» (cf. e.g. Larmor, 1904, p.624). Más
tarde y bajo la influencia de Popper, el término «ad hoc» fue usado
fundamentalmente en el sentido de ad hoc1; no existía
una contrastación independiente posible para ella. Pero como muestran
los experimentos refutadores, es un error pretender, como hace Popper, que la
teoría de Fitzgerald era ad hoc1 (cf. Popper, 1934,
sección 20).
Ello
muestra una vez más la importancia de distinguir entre ad hoc1
y ad hoc2.
Cuando
Grunbaum, en su (1959a) señaló el error de Popper, éste admitió el mismo, pero
replicó que la teoría de Fitzgerald ciertamente era más ad hoc que la de
Einstein (Popper, 1959b) y que ello suministraba otro «ejemplo excelente de
"grados de la condición ad hoc" y una de las tesis principales
de (su) libro era precisamente que los grados de la condición ad hoc están
(inversamente) relacionados con los grados de contrastabilidad e importancia.
Pero la diferencia no es simplemente un asunto de grados de una condición ad
hoc única que pueda ser medida por la contrastabilidad. También cf. ahajo.
264 Michelson (1897), p. 478.
265
Realmente Lorentz comentó inmediatamente: «Mientras que (Michelson) considera
improbable una influencia de la tierra tan extensa, por el contrario, yo la esperaría»
(Lorentz, 1897; subrayado añadido).
266 Morley
y Miller (1904).
Mientras
que la mayoría de los físicos intentaron interpretar los experimentos de
Michelson en el marco del programa del éter, Einstein, desconocedor del trabajo
de Michelson, Fitzgerald y Lorentz, pero estimulado fundamentalmente por la
crítica de Mach de la mecánica newtoniana, llegó a un nuevo y progresivo
programa de investigación267. Este nuevo programa no sólo «predecía»
y explicaba el resultado del experimento Michelson-Morley, sino que también
predecía un gran conjunto de hechos previamente insospechados que obtuvieron
corroboraciones espectaculares. Sólo entonces, veinticinco
años
después de que se produjera, consiguió el experimento Michelson-Morley llegar a
ser considerado como «el máximo experimento negativo de la historia de la
ciencia»268. Pero esto no fue apreciado instantáneamente. Aun
aceptando que el experimento era negativo no era claro con respecto a qué lo
era. Además, Michelson en 1881 pensó que también era positivo, puesto que
defendió que había refutado la teoría de Fresnel y verificado la de Stokes.
Tanto Michelson como Fitzgerald y Lorentz, posteriormente, explicaron el
resultado positivamente en el seno del programa del éter269.
Como sucede con todos los resultados experimentales, su negatividad con
relación al programa antiguo sólo fue establecida más tarde mediante la
lenta acumulación de intentos ad hoc para explicarlo de acuerdo con el
antiguo y regresivo programa, y mediante el establecimiento gradual de un nuevo
programa victorioso progresivo del que se ha convertido en un caso
corroborador. Pero nunca se pudo excluir, en términos racionales, la
posibilidad de rehabilitar alguna parte del antiguo programa «regresivo».
Sólo
un proceso extremadamente difícil e indefinidamente largo puede establecer la
victoria de un programa de investigación sobre su rival; y no es prudente
utilizar la expresión «experimento crucial» de forma apresurada. Incluso cuando
se advierte que un programa de investigación desplaza a su predecesor, tal
desplazamiento no se debe a los «experimentos cruciales», e incluso si más
tarde se ponen en duda algunos de tales experimentos cruciales, el nuevo
programa de investigación no puede ser frenado sin un poderoso y progresivo
resurgimiento del programa antiguo270. La negatividad y la
importancia del experimento Michelson-Morley radica fundamentalmente en el
cambio progresivo del nuevo programa de investigación al que prestó un fuerte
apoyo, y su «grandeza» no constituye sino un reflejo de la grandeza de los dos programas
implicados.
267 Ha
existido una importante controversia sobre el fundamento histórico heurístico
de la teoría de Einstein, y de acuerdo con ella, esta afirmación puede resultar
falsa.
268
Bernal (1965), p. 530. Para Kelvin, en 1905, era solamente una «nube en el
cielo claro»: cf. arriba, p. 110, n. 258.
269 En
realidad el excelente texto de Física de Chwolson decía en 1902 que la
probabilidad de la hipótesis del éter roza la certeza (cf. Einstein, 1909, p.
817).
270
Polanyi se complace en explicar que Miller en 1925, y en su alocución
presidencial a la American Physical Society, anunció que a pesar de los
informes de Michelson y Morley, él contaba con una «evidencia demoledora» en
favor de la corriente de éter; a pesar de ello permaneció fiel a la teoría de
Einstein. Polanyi concluye que ningún aparato conceptual «objetivista» puede
explicar la aceptación o el rechazo de las teorías por parte de los científicos
(Polanyi, 1958, pp. 12-14). Pero mi reconstrucción convierte la tenacidad del
programa de investigación einsteniano ante la supuesta evidencia contraria, en
un fenómeno completamente racional y por ello debilita el mensaje
místico post-crítico de Polanyi.
Sería
interesante ofrecer un análisis detallado de los cambios opuestos involucrados
en el decadente destino de la teoría del éter. Bajo la influencia del
falsacionismo ingenuo la fase regresiva más interesante de la teoría del éter
posterior al «experimento crucial» de Michelson fue simplemente ignorada por la
mayoría de los seguidores de Einstein. Creyeron que el experimento
Michelson-Morley derrotaba de un solo golpe a la teoría del éter cuya
persistencia sólo se debía al oscurantismo conservador. Por otra parte, este
período de la teoría del éter posterior a Michelson no fue objeto de un
escrutinio crítico por parte de los anti-einsteinianos, quienes entendían que
la teoría del éter no había sufrido ningún retroceso; lo que era bueno de la
teoría de Einstein ya estaba esencialmente en la teoría del éter de Lorentz y
la victoria de Einstein se debía exclusivamente a la moda positivista. Pero, de
hecho, la larga serie de experimentos de Michelson desde 1881 a 1935 diseñados
para contrastar diferentes versiones sucesivas del programa del éter suministra
un ejemplo fascinante de una problemática que sufre cambios regresivos271.
(Pero los programas de investigación pueden liberarse de esta clase de
aprietos. Es bien sabido que resulta fácil reforzar la teoría del éter de
Lorentz de forma que se convierta, en un interesante sentido, en equivalente a
la teoría de Einstein que no utiliza el éter272. En el
contexto
de un gran «cambio creativo» el éter aún puede regresar.273)
271 Una
señal típica de la degeneración de un programa, no discutida en este artículo,
es la proliferación de «hechos» contradictorios. Usando una teoría falsa como
teoría interpretativa, se pueden obtener (sin cometer ningún «error
experimental») proposiciones fácticas contradictorias, resultados
experimentales inconsistentes. Michelson, que se aferró al éter hasta el
amargo final, resultó decepcionado fundamentalmente por la inconsistencia de
los «hechos» a los que había llegado mediante mediciones ultra-precisas. Su
experimento de 1887 mostró que no había un viento de éter sobre la superficie
de la tierra. Pero la aberración «demostraba» que tal viento existía. Además,
su experimento de 1925 (bien no mencionado o, como en Jaffé, 1960, erróneamente
interpretado) también lo «probaba» (cf. Michelson y Gale, 1925, y para una
rotunda crítica, Runge, 1925).
272
Cf.e.g. Ehrenfest (1913), pp. 17-18, citado y discutido por Dorling en su
(1968). Pero no debemos olvidar que aunque dos teorías específicas sean
equivalentes desde un punto de vista matemático y observacional, puede que
estén incorporadas a dos programas de investigación diferentes y el
poder de la heurística positiva de esos programas bien puede ser distinto. Esta
idea no ha sido tenida en cuenta por los proponentes de tales pruebas de
equivalencia (un buen ejemplo es la prueba de equivalencia entre los enfoques
de Schrodinger y Heisenberg de la física cuántica). También cf. arriba,
n. 235.
273
Cf.e.g. Dirac (1951): «Si se reexamina el problema a la luz de nuestros
conocimientos actuales, se descubre que el éter ya no queda descartado por la
relatividad y hoy pueden defenderse buenas razones para postular la existencia
del éter.» También cf. el último párrafo de Rabi (1961) y Prokhovnik (1967).
El
hecho de que sólo se puedan evaluar los experimentos retrospectivamente explica
el que el experimento de Michelson no fuera ni siquiera mencionado en la
literatura entre 1881 y 1886. En realidad cuando un físico francés, Potier,
señaló a Michelson su error de 1881, éste decidió no publicar una nota de
corrección y explica las razones de esta decisión en una carta a Rayleigh de
marzo de 1887: «He intentado repetidamente interesar a mis amigos científicos
en este experimento sin resultado y la razón de que no publicara la corrección
(me avergüenza confesarlo) fue que me sentía descorazonado por la escasa
atención que recibía mi trabajo y pensé que no merecía la pena»274.
Por cierto, esta carta era una respuesta a una carta de Rayleigh que hizo que
Michelson conociera el artículo de Lorentz. Esta carta desencadenó el
experimento de 1887. Pero incluso después de 1887 e incluso después de 1905
el experimento Michelson-Morley no fue generalmente considerado como una
refutación de la existencia del éter y ello por buenas razones. Puede que ello
explique el que a Michelson se le otorgara su Premio Nobel en 1907 no por
«refutar la teoría del éter» sino por «sus instrumentos ópticos de precisión y
por las investigaciones espectroscópicas y metodológicas llevadas a cabo con su
ayuda»275, y el que el experimento Michelson-Morley ni siquiera
fuera mencionado en los discursos de
concesión.
Michelson no lo mencionó en su Conferencia Nobel y silenció el hecho de que
aunque puede que originalmente diseñara sus instrumentos para medir con
precisión la velocidad de la luz, se vio obligado a mejorarlos para contrastar
algunas teorías específicas del éter y que la «precisión» de su experimento de
1887 fue en gran parte debida a la crítica teórica de Lorentz, un hecho que
nunca menciona la literatura contemporánea habitual276.
Por
fin, se tiende a olvidar que incluso si el experimento Michelson-Morley hubiera
mostrado la existencia de un «viento de éter», el programa de Einstein pudiera
haber resultado victorioso a pesar de todo. Cuando Miller277, un
entusiasta defensor del programa clásico del éter publicó su sensacional
conclusión de que el experimento Michelson-Morley se había desarrollado
imperfectamente y que, de hecho, existía un viento de éter, el corresponsal de Science
afirmó que «los resultados del profesor Miller destruyen radicalmente la
teoría de la relatividad». Sin embargo, según Einstein, incluso si el informe
de
Miller hubiera sido acorde con los hechos («sólo) la forma actual de la
teoría de la relatividad tendría que ser abandonada»278.
274
Shankiand (1964), p. 29.
275
Subrayado añadido.
276
El mismo Einstein pensaba que Michelson diseñó su interferómetro para
contrastar la teoría de Fresnel (cf. Einstein, 1931). Por cierto, los primeros
experimentos de Michelson sobre líneas del espectro (como su 1881-2) también
eran relevantes pata las teorías del éter de aquel tiempo. Michelson sólo
exageró su éxito en las «mediciones precisas» cuando quedó decepcionado por su
falta de éxito para evaluar su relevancia con relación a las teorías. Einstein,
a quien desagradaba la precisión como meta final, le preguntó por qué dedicaba
tantas energías a conseguirla. La respuesta de Michelson fue «porque ello le
divertía» (cf. Einstein, 1931).
277 En
1925.
278
Einstein (1927); subrayado añadido.
De
hecho, Synge señaló que los resultados de Miller, aun aceptando sin más su
veracidad, no entran en conflicto con la teoría de Einstein; es la explicación
de Miller de tales resultados la que contradice a la teoría. Se puede sustituir
fácilmente la teoría auxiliar existente sobre los cuerpos rígidos por la nueva
teoría Gardner-Synge y en este caso los resultados de Miller quedan enteramente
digeridos por el programa de Einstein279.
d2)
Los experimentos Lummer-Pringsheim
Vamos
a discutir otro supuesto experimento crucial. Planck pretendió que los
experimentos de Lummer y Pringsheim que «refutaron» las leyes de radiación de
Wien, Rayleigh y Jeans hacia finales del siglo, «condujeron a» (o incluso
«originaron») la teoría cuántica"280. Pero de nuevo el papel
desempeñado por aquellos experimentos es mucho más complicado y está muy en
línea con nuestro enfoque. No se trata simplemente de que los experimentos de
Lummer y Pringsheim terminaran con el enfoque clásico y fueran nítidamente
explicados por la física cuántica. Por otra parte, algunas de las versiones
tempranas de la teoría cuántica debidas a Einstein implican la ley de
Wien y por ello quedaron tan refutadas por los experimentos de Lummer y
Pringsheim como la teoría clásica281. Por otra parte, se ofrecieron
varias explicaciones clásicas de la fórmula de Planck. Por ejemplo, en la
reunión de 1913 de la British Association for the Advancement of Science se
produjo una reunión especial sobre radiación a la que asistieron entre otros
Jeans, Rayleigh, J. J. Thomson, Larmor, Rutherford, Bragg, Poynting, Lorentz,
Pringsheim y Bohr. Pringsheim y Rayleigh fueron cuidadosamente neutrales sobre
las especulaciones
teóricas
cuánticas, pero el profesor Love «representó el punto de vista tradicional y
mantuvo la posibilidad de explicar los hechos relativos a la radiación sin
adoptar la teoría cuántica. Criticó la aplicación de la teoría sobre la
equidistribución de la energía sobre la que descansa una parte de la teoría
cuántica. La evidencia más importante en favor de la teoría cuántica es el
acuerdo con los experimentos de la fórmula de Planck para la capacidad de
emisión de un cuerpo negro. Desde un punto de vista matemático pueden existir
muchas otras fórmulas que coincidan igualmente bien con los experimentos. Se
trató de una fórmula de la que es autor A. Korn que ofrecía resultados para un
amplio número de casos y que conseguía una correspondencia con los resultados
experimentales tan buena como la conseguida por la fórmula de Planck. Como
argumento adicional en favor de que los recursos de la teoría ordinaria no
han sido agotados señaló que puede ser posible extender a otros casos el
cálculo de la capacidad de emisión de una lámina delgada que se debe a Lorentz.
279 Synge
(1952-4).
280
Planck (1929). Popper, en su (1934), sección 30, y Gamow en su (1966), p. 37,
se ocupan de este texto. Por supuesto, los enunciados observacionales no conducen
a una teoría determinada de forma única.
281
Cf. Ter Haar (1967), p. 18. Un programa de investigación en desarrollo
normalmente comienza por explicar «leyes empíricas» ya refutadas, y esto,
teniendo en cuenta mi enfoque, puede ser considerado racionalmente como un
éxito.
Para
este cálculo ninguna expresión analítica sencilla puede representar los
resultados para todas las posibles longitudes de onda, y puede suceder que, en
general, no exista una fórmula sencilla aplicable a todas las longitudes de
onda. Puede que la fórmula de Planck no sea, de hecho, sino una fórmula
empírica»282. Un ejemplo de explicación clásica fue la de
Callendar: «El desacuerdo con los experimentos de la fórmula muy conocida de
Wien sobre distribución de energía en condiciones de radiación plena puede ser
fácilmente explicado si suponemos que sólo representa la energía intrínseca. El
valor correspondiente
de
la presión puede ser fácilmente deducido por referencia al principio de Carnot,
como ha indicado lord Rayleigh. La fórmula que yo he propuesto (Phil. Mag., octubre
1913) consiste simplemente en la suma de la presión y densidad de la energía
así obtenidas, y produce una correspondencia muy satisfactoria con los
resultados experimentales tanto para la radiación como para el calor
específico. Creo que es preferible a la fórmula de Planck porque (entre otras
razones) esta última no puede ser reconciliada con la termodinámica
clásica
e implica la concepción de un cuanto o unidad de acción indivisible, que
resulta inconcebible. La magnitud física correspondiente en mi teoría, que en
otro lugar he llamado molécula de calórico, no es necesariamente indivisible,
pero tiene una relación muy sencilla con la energía intrínseca del átomo, que
es todo lo que se necesita para explicar el hecho de que la radiación, en casos
especiales, puede ser emitida en unidades atómicas que son múltiplos de una
magnitud particular»283.
Estas
citas pueden haber sido tediosamente largas pero al menos muestran una vez más,
y convincentemente, la ausencia de experimentos cruciales instantáneos. Las
refutaciones de Lummer y Pringsheim no eliminaron el enfoque clásico del
problema de la radiación. La
situación
puede describirse mejor señalando que la fórmula original «ad hoc» de
Planck284 (que se ajustaba y corregía los datos de Lummer y
Pringsheim) podía ser explicada progresivamente dentro del nuevo
programa teórico cuántico285, mientras que ni su fórmula
ad
hoc ni las fórmulas rivales semiempíricas podían ser
explicadas en el seno del programa clásico si no se pagaba el precio de un
cambio regresivo de problemática.
282 Nature
(1913-14), p. 306 (subrayado añadido).
283
Callendar (1914).
284
Me refiero a la fórmula de Planck tal como éste la expuso en su (1900a), donde
admitió que tras haber intentado probar durante mucho tiempo que «la ley de
Wien debe ser necesariamente cierta», la «ley» quedó refutada. De este
modo dejó de probar excelsas verdades eternas para dedicarse a «construir
expresiones completamente arbitrarias». Por supuesto cualquier teoría física
resulta ser «completamente arbitraria» para los criterios justificacionistas.
De hecho, la fórmula arbitraria de Planck contradecía (y corregía
triunfalmente) la evidencia empírica contemporánea. (Planck contó esta parte de
la historia en su autobiografía científica). Por supuesto, en un sentido
importante la fórmula original de la radiación de Planck era
«arbitraria», «formal», «ad hoc»; era una fórmula bastante aislada que
no formaba parte de un programa de investigación (cf. abajo, n. 320). Como él mismo dijo: «Incluso si se da
por supuesta la más absoluta y exacta validez de la fórmula de radiación, si
sólo tuviera la categoría de una ley descubierta por una intuición afortunada,
no podría esperarse que tuviera sino una importancia formal. Por ello desde el
día mismo en que formulé esta ley me dediqué a intentar dotarla de un auténtico
significado físico» (1948, p. 41). Pero la importancia esencial de «dotar a la
fórmula de un significado físico» —no necesariamente «del significado físico verdadero»—
es que tal interpretación con frecuencia origina un interesante programa de
investigación y crecimiento.
285
Primero por el mismo Planck en su (1900b), que fundó el programa de
investigación de la teoría cuántica.
El
desarrollo «progresivo» giró en torno a un cambio «creativo»: la sustitución
(realizada por Einstein) de la estadística de Boltzman-Maxwell por la de
Bose-Einstein286. La progresividad del nuevo desarrollo fue
muy clara: en la versión de Planck predijo correctamente el valor de la
constante Boltzman-Planck y en la versión de Einstein predijo un sorprendente
conjunto de hechos nuevos adicionales287. Pero antes de que
se inventaran las nuevas —pero del todo ad hoc— hipótesis auxiliares en
el seno del programa antiguo, antes de que se desarrollara el nuevo programa, y
antes del descubrimiento de los hechos nuevos que indicaban un cambio
progresivo en el nuevo programa, antes de todo eso, la relevancia objetiva de
los experimentos Lummer-Pringsheim era muy reducida.
d3)
Desintegración Beta versus Leyes de
conservación
Para
terminar narraré la historia de un experimento que estuvo a punto de
convertirse en «el experimento negativo más importante de la historia de la
ciencia». Esta historia ilustra una vez más las enormes dificultades que
existen para decidir exactamente qué es lo que aprendemos de la experiencia,
qué es lo que ésta prueba y qué es lo que refuta. El experimento que
examinaremos será la observación de Chadwick de la desintegración beta en 1914.
Esta historia muestra que un experimento puede ser considerado, en un primer
momento, como un «puzzle» rutinario inserto en un programa de investigación,
promovido después casi a las alturas de un experimento crucial, y
posteriormente degradado de nuevo al nivel de un «puzzle» rutinario distinto;
todo ello en función de la cambiante perspectiva global teórica y
empírica. La mayoría de las exposiciones convencionalistas no entienden estos
cambios y prefieren falsificar la historia288 .
Cuando
Chadwick descubrió el espectro continuo de emisión radioactiva de rayos beta en
1914, nadie pensó que este curioso fenómeno tuviera algo que ver con las leyes
de conservación. En 1922 se ofrecieron dos ingeniosas explicaciones rivales
insertas ambas en el marco de la física atómica del momento: una era de L.
Meitner y la otra de C. D. Ellis. Según miss Meitner los electrones eran
parcialmente electrones primarios del núcleo y parcialmente electrones
secundarios de la corteza del electrón. Según Mr. Ellis todos eran
electrones
primarios. Ambas teorías contenían hipótesis auxiliares sofisticadas, pero
ambas predecían hechos nuevos. Los hechos que ambas teorías predecían eran
contradictorios y el testimonio experimental apoyó a Ellis en contra de Meitner289.
Miss Meitner apeló: el «tribunal de apelación» experimental rechazó su
alegación, pero dictaminó que había que rechazar una hipótesis auxiliar de la
teoría de Ellis290. El resultado del conflicto fue un empate.
286
Esto ya había sido realizado por Planck, pero sin advertirlo y por error, como
si dijéramos. Cf. Ter Haar (1967), p. 18. Realmente una consecuencia de los
resultados de Pringsheim y Lummer fue estimular el análisis crítico de las
deducciones informales de la teoría cuántica de la radiación, deducciones que
estaban sobrecargadas de «lemas ocultos» sólo articulados en el desarrollo
posterior. Un paso extremadamente importante en este «proceso de articulación»
fue la obra de Ehrenfest de 1911.
287
Cf.e.g. la lista de Joffé de 1910 (Joffé, 1911, p. 547).
288 Una
notable excepción parcial es la exposición de Pauli (Pauli, 1958). En lo que
sigue trataré tanto de corregir la historia de Pauli, como de mostrar que su
racionalidad puede apreciarse fácilmente a la luz de nuestro enfoque.
289
Ellis y Wooster (1927).
290
Meitner y Orthmann (1930).
Con
todo, nadie hubiera pensado que el experimento de Chadwick desafiaba a la ley
de la conservación de la energía si Bohr y Kramers no hubieran llegado,
precisamente cuando se desarrollaba la controversia Ellis-Meitner, a la idea de
que sólo se podía desarrollar una teoría consistente si se renunciaba al
principio de la conservación de la energía en procesos individuales. Uno de los
rasgos principales de la fascinante teoría Bohr-Kramers-Slater de 1924 era que
las leyes clásicas de la conservación de la energía y del momento, fueron
sustituidas por otras estadísticas291. Esta teoría (o más bien,
«programa») fue inmediatamente refutada y ninguna de sus consecuencias fue
corroborada. En realidad nunca fue desarrollada lo suficiente como para
explicar la desintegración beta. Pero a pesar del abandono inmediato de este
programa (no sólo debido a las «refutaciones» originadas en los experimentos
Compton-Simon y Bothe-Geiger, sino también por la aparición de un poderoso
rival: el programa Heisenberg-Schrodinger292), Bohr siguió
convencido de que las leyes de conservación no estadísticas tendrían que ser
finalmente abandonadas y que la anomalía de la desintegración beta nunca sería
explicada a menos que tales leyes fueran sustituidas: entonces la
desintegración beta sería considerada como un experimento crucial contrario a
las leyes de conservación. Gamow nos explica cómo Bohr intentó utilizar la idea
de no-conservación de la energía en la desintegración beta para elaborar una
ingeniosa explicación de la producción, aparentemente eterna, de energía por
las estrellas293. Sólo Pauli, en su mefistofélica necesidad de retar
al Señor, siguió siendo conservador294 y diseñó en 1930 su teoría
del neutrino para explicar la desintegración beta y para salvar el principio de
conservación de la energía. Comunicó su idea en una carta chispeante dirigida a
una conferencia reunida en Tubingen (él prefirió quedarse en Zurich para
asistir a un baile)295. La mencionó por primera vez en una
conferencia pública celebrada en 1931 en Pasadena, pero no permitió que la
conferencia fuera publicada porque sentía «inseguridad» sobre su contenido. En
aquel tiempo (1932) Bohr aún pensaba que, al menos en la física nuclear, hay
que renunciar a la idea misma de un equilibrio de energía296.
291
Slater cooperó de mala gana en el sacrificio del principio de conservación. En
1964 escribía a Van der Waerden: «Como usted sospechaba, la idea de la
conservación estadística de la energía y del momento fue introducida en la
teoría por Bohr y Kramers y en contra de mi criterio.» De forma muy divertida
Van der Waerden hace cuanto puede para exonerar a Slater del crimen terrible de
ser responsable de una teoría falsa (Van der Waerden, 1967, p. 13).
292 Popper
se equivoca al sugerir que estas «refutaciones» fueron suficientes como para
ocasionar la ruina de esta teoría (Popper, 1963a, p. 242).
293
Gamow (1966), pp. 72-4. Bohr nunca publicó esta teoría (tal como estaba era
incontrastable), pero «parecía» (escribe Gamow) «que no le hubiera sorprendido
demasiado que fuera cierta». Gamow no fecha esta teoría no publicada, pero
parece que Bohr la mantuvo en 1928-9 cuando Gamow trabajaba en Copenhague.
294
Cf. la divertida pieza teatral «Fausto» producida en el Instituto de Bohr en
1932, y publicada por Gamow como un apéndice de su (1966).
295
Cf. Pauli (1961), p. 160.
296
Bohr (1932). También Ehrenfeld se alineó firmemente con Bohr contra el
neutrino. El descubrimiento por Chadwick del neutrón en 1932 sólo modificó
ligeramente su oposición; aún aborrecían la idea de una partícula que carece de
carga e incluso, posiblemente, de masa (en reposo) y sólo tiene un spin
«libre».
Finalmente
Pauli decidió publicar su conferencia sobre el neutrino que había pronunciado
en la conferencia Solvay de 1933 a pesar del hecho de que «la recepción en el
Congreso fue escéptica con excepción de dos físicos jóvenes»297.
Pero la teoría de Pauli tenía algunos méritos metodológicos. No sólo salvaba el
principio de la conservación de la energía, sino también el principio de
conservación del spin y de la estadística: no sólo explicaba el espectro de la
desintegración beta sino, al mismo tiempo, la «anomalía del nitrógeno»298.
Según los criterios de Whewell esta «conjunción de inducciones» debería haber
sido suficiente como para establecer la respetabilidad de la teoría de Pauli.
Pero, según nuestros criterios, también se requería predecir, con éxito, algún
hecho nuevo. La teoría de Pauli también consiguió esto. Porque la teoría
de Pauli tenía una interesante consecuencia observable; de ser correcta el
espectro beta tenía que tener una nítido límite superior. En aquel momento este
tema no estaba decidido, pero Ellis y Mott se interesaron en él299 y
pronto un estudiante de Ellis, Henderson, mostró que los experimentos apoyaban
el programa de Pauli300. Bohr no se impresionó por ello. Sabía que
si en alguna ocasión llegaba a despegar un programa fundamental basado en la
conservación estadística de la energía, el creciente cinturón de
hipótesis auxiliares se ocuparía de las evidencias aparentemente más negativas.
Realmente
en esos años la mayor parte de los principales físicos pensaban que en la
física nuclear se venían abajo las leyes de la conservación de la energía y del
momento301. La razón fue claramente explicada por Lise Meitner,
quien sólo en 1933 admitió su derrota: «Todos los intentos de defender la
validez de la ley de la conservación de la energía también para procesos
individuales exigían un segundo proceso (en la desintegración beta). Pero no se
encontró tal proceso302: esto es, el programa de conservación para
el núcleo mostraba un desplazamiento empíricamente regresivo. Se produjeron
varios ingeniosos intentos de explicar el espectro continuo de emisión de rayos
beta sin suponer una «partícula ladrona»303. Tales intentos se
discutieron con mucho interés304, pero fueron abandonados porque no
consiguieron establecer un cambio progresivo.
297
Wu (1966).
298
Para una fascinante discusión de los problemas no resueltos originados por la
desintegración beta y por la anomalía del nitrógeno, cf. la Lección Faraday de
Bohr de 1930, que fue leída antes y publicada después de la solución de Pauli
(Bohr, 1932, especialmente pp. 380-83).
299 Ellis y Mott (1933).
300 Henderson (1934).
301 Mott (1933), p. 823. Heísenberg, en su
célebre (1932), donde introdujo el modelo del protón-neutrón del núcleo, señaló
que «debido al incumplimiento de la conservación de la energía en la
desintegración beta no es posible ofrecer una definición única de la energía
unificadora del electrón dentro del neutrón» (p. 164).
302
Meitner (1933), p. 132.
303
E.g. Thomson (1929) y Kundar (1929-30).
304
Para una discusión muy
interesante, cf. Rutherford, Chadwick y Ellis (1930), pp. 335-6.
En
este momento entró en escena Fermi. En 1933-34 reinterpretó el problema de
emisión beta en el marco del programa de investigación de la nueva teoría
cuántica. De este modo comenzó un pequeño y nuevo programa de investigación
sobre el neutrino (que más tarde llegó a convertirse en el programa sobre
interacciones débiles). Calculó algunos modelos iniciales carentes de
refinamiento305. Aunque su teoría aún no predecía ningún hecho
nuevo, aclaró que esto era sólo un problema de aplicar trabajo adicional.
Pasaron
dos años y la promesa de Fermi aún no se había materializado. Pero el nuevo
programa de la física cuántica se desarrollaba con rapidez al menos por lo que
se refería a los fenómenos no nucleares. Bohr se convenció de que algunas de
las ideas originales
básicas
del programa Bohr-Kramers-Slater ahora se habían incorporado firmemente al
nuevo programa cuántico, y de que el nuevo programa solucionaba los problemas
teóricos intrínsecos de la antigua teoría cuántica sin afectar a las leyes de
conservación. Por ello Bohr siguió con simpatía el trabajo de Fermi, y en 1930,
en una secuencia de acontecimientos poco habitual, le otorgó su apoyo
públicamente (prematuramente, de acuerdo con nuestros criterios).
En
1936 Shankland ideó una nueva contrastación de las teorías rivales sobre la
dispersión del fotón. Sus resultados parecieron apoyar a la desacreditada
teoría Bohr-Kramers-Slater y minaron la fiabilidad de los experimentos que la
habían refutado una década antes306. El artículo de Shankland
produjo una auténtica sensación. Los físicos que rechazaban las nuevas
tendencias rápidamente aclamaron el experimento de Shankland. Por ejemplo,
Dirac inmediatamente dio la bienvenida al regreso del programa «refutado» de
Bohr-Kramers-Slater y escribió un artículo muy crítico contra la «llamada
electrodinámica cuántica» pidiendo «un cambio profundo de las ideas teóricas
actuales que implique un alejamiento de las leyes de conservación (para)
conseguir una mecánica cuántica relativista»307. En el
artículo Dirac sugirió de nuevo que la desintegración beta bien puede
convertirse en un elemento de la evidencia crucial contra las leyes de
conservación y se rió de «la nueva e inobservable partícula, el neutrino,
especialmente creada por algunos investigadores para defender formalmente la
conservación de la energía al suponer que es la partícula inobservable la que
lleva a cabo el equilibrio»308. Inmediatamente después Peierls entró
en la discusión. Peierls sugirió que el experimento de Shankland podía ser que
refutara incluso la conservación estadística de la energía. Añadió: «También
eso parece satisfactorio una vez que se ha abandonado la conservación
particularizada»309.
305 Fermi (1933) y (1934).
306 Shankland (1936).
307 Dirac (1936).
308 Dirac (1936).
309
Peierls (1936).
En
el Instituto Bohr de Copenhague los experimentos de Shankland fueron
inmediatamente repetidos y descartados. Jacobsen, un colega de Bohr, informó de
ello en una carta a Nature. Los resultados de Jacobsen se acompañaban de
una carta del mismo Bohr, quien se manifestaba fuertemente contra los rebeldes
y en defensa del nuevo programa cuántico de Heisenberg. En particular defendió
el neutrino contra Dirac: «Puede señalarse que las razones para dudar
seriamente con relación a la validez estricta de las leyes de conservación en
el problema de la emisión de rayos beta por núcleos atómicos han desaparecido
en gran medida por el sugerente acuerdo entre la evidencia experimental en
rápido crecimiento con relación al fenómeno de rayos beta, y las consecuencias
de las hipótesis del neutrino de Pauli tan admirablemente desarrolladas por la
teoría de Fermi»310.
La
teoría de Fermi, en sus primeras versiones, no tuvo un éxito empírico notable.
Realmente incluso los datos disponibles especialmente en el caso de RaE, sobre
la que entonces se centraba la investigación de la emisión beta, contradecía
rotundamente la teoría de Fermi de 1933-34. Se propuso tratar de este problema
en la segunda parte de su artículo que, sin embargo, nunca fue publicada.
Incluso si consideramos la teoría de Fermi de 1933-34 como una versión primera
de un programa flexible, el hecho es que en 1936 aún no era
posible
detectar ninguna señal seria de cambio progresivo311. Pero Bohr
quería respaldar con su autoridad la aventurada aplicación de Fermi del nuevo
gran programa de Heisenberg relacionado con el núcleo, y puesto que el
experimento de Shankland y los ataques de Dirac y Peierls hicieron de la
desintegración beta el centro de la crítica del nuevo gran programa,
sobrevaloró el programa del neutrino de Fermi que prometía llenar un vacío muy
sensible. Sin duda los acontecimientos posteriores ahorraron a Bohr una
dramática humillación: progresaron los programas basados en principios de
conservación, mientras que no existió progreso en el bando rival312.
La
moraleja de esta historia es, de nuevo, que la consideración de un experimento
como «crucial» depende de la clase de conflicto teórico en que está
involucrado. Conforme las suertes de los contendientes aumentan o se
desvanecen, puede cambiar la interpretación
y
la evaluación del experimento.
310
Bohr (1936).
311
Entre 1933 y 1936 varios físicos ofrecieron alternativas o propusieron cambios ad
hoc de la teoría de Fermi; cf. e.g. Beck y Sitte (1933), Bethe y Peierls
(1934). Konopinski y Uhlenbeck (1934). Wu y Moszkowski escribieron en 1966 que
«la teoría de Fermi (o sea, el programa) sobre la desintegración beta puede
predecir (como ahora sabemos) con notable precisión tanto la relación
entre el ritmo de radiación beta y la energía de desintegración, como la forma
del espectro beta». Pero insistieron en que «desgraciadamente en el comienzo
mismo la teoría de Fermi se enfrentó con una contrastación injusta. Hasta el
momento en que se pudieron producir abundantes núcleos radiactivos
artificiales, RaE era el único candidato que satisfacía magníficamente
muchos requisitos experimentales como fuente β para la investigación de la
forma de su espectro. ¿Cómo se hubiera podido saber entonces que el espectro β
de RaE resultaría ser un caso muy especial, uno cuyo espectro, de
hecho, sólo muy recientemente ha llegado a comprenderse? Su peculiar
dependencia energética contradecía lo que se esperaba de la sencilla teoría de
Fermi sobre desintegración beta y debilitó en gran medida el ritmo inicial de
progreso de la teoría» (Wu y Moszkowski, 1966, p. 6).
312
Es difícil decir si el programa del neutrino de Fermi era progresivo o
regresivo incluso entre 1936 y 1950 y tampoco después de 1950 el veredicto
resulta claro. Pero discutiré este tema en alguna otra ocasión. (Por cierto,
Schrodinger defendió la interpretación estadística de los principios de
conservación a pesar de su papel crucial en el desarrollo de la nueva física
cuántica; cf. su (1958).
Sin
embargo, nuestro folklore científico está repleto de teorías acerca de la
racionalidad instantánea. La historia que he
expuesto está falsificada en la mayoría de las narraciones y reconstruida en
términos de alguna teoría errónea de la racionalidad. Incluso en las mejores
exposiciones populares abundan tales falsificaciones. Mencionaré dos ejemplos.
En
un artículo se dice lo siguiente sobre la desintegración beta: «Cuando esta
situación fue afrontada por primera vez las alternativas parecían sombrías. O bien,
los físicos tenían que aceptar un fracaso de la Ley de conservación de la
energía o tenían que suponer la existencia de una partícula nueva e
inobservada. Tal partícula, emitida junto con el protón y el electrón en la
desintegración del neutrón, podía salvar los fundamentos centrales de la física
al incorporar la energía perdida. Esto sucedió en los primeros años de la
década de 1930, cuando la introducción de una nueva partícula; no era un tema
tan obvio como lo es hoy. Sin embargo, tras una brevísima vacilación los
físicos adoptaron la segunda alternativa»313. Por supuesto, el
número de alternativas discutidas fue muy superior a dos y la vacilación
ciertamente no fue «brevísima».
En
un conocido texto de filosofía de la ciencia se nos dice que: 1) «la ley (o el
principio) de la conservación de la energía fue seriamente puesto en duda por
los experimentos sobre la desintegración beta cuyos resultados no podían ser
negados»; 2) «sin embargo, la ley no fue abandonada y se supuso la existencia
de una nueva entidad (llamada «neutrino») para conseguir un acuerdo entre la
ley y los datos experimentales»; 3) «la racionalidad de este supuesto es que el
rechazo de la ley de conservación despojaría a una gran parte de nuestro
conocimiento físico de su sistemática coherencia»314. Pero las tres
afirmaciones son erróneas. 1) es errónea porque ninguna ley puede ser
«seriamente puesta en duda» por unos experimentos exclusivamente; 2) es errónea
porque las nuevas hipótesis
científicas
se crean no sólo para rellenar lagunas entre los datos y la teoría sino para
predecir hechos nuevos, y 3) es errónea porque en aquel momento parecía que
únicamente el rechazo de la ley de conservación aseguraría la «coherencia
sistemática» de nuestro conocimiento físico.
313
Treiman (1959) (subrayado añadido).
314
Nagel(1961), pp. 65-6.
d4)
Conclusión. El requisito de crecimiento continuo
Los
experimentos cruciales no existen, al menos si nos
referimos a experimentos que puedan destruir instantáneamente a un
programa de investigación. De hecho, cuando un programa de investigación es
vencido y superado por otro, podemos, retrospectivamente, llamar crucial
a un experimento si resulta que ha suministrado un ejemplo corroborador
espectacular en favor del programa victorioso y una derrota para el programa
vencido (en el sentido de que nunca fue «explicado progresivamente», o
simplemente, «explicado»315, en el seno del programa vencido). Pero
por supuesto, los científicos no siempre juzgan las situaciones heurísticas
correctamente. Un científico apresurado puede pretender que su
experimento derrotó a un programa y puede suceder que algunas secciones de la
comunidad
científica
acepten (también de forma apresurada) esta pretensión. Pero si un científico
del campo derrotado propone unos años más tarde una explicación científica del
experimento supuestamente crucial, acorde (o consistente) con el programa
supuestamente derrotado, el título honorífico puede ser retirado y el
«experimento crucial» puede convertirse en una nueva victoria del programa.
Abundan
los ejemplos. En el siglo XVIII hubo muchos experimentos que, en términos
histórico-sociológicos, fueron ampliamente aceptados como evidencia crucial
contra la ley de caída libre de Galileo y la teoría de la gravitación de
Newton. En el siglo XIX hubo varios «experimentos cruciales» basados en
mediciones de la velocidad de la luz que «refutaban» la teoría corpuscular y
que, más tarde, resultaron ser erróneos a la luz de la teoría de la
relatividad. Estos «experimentos cruciales» fueron más tarde suprimidos de los
textos justificacionistas como manifestaciones de una vergonzosa miopía o
incluso de envidia. (Recientemente reaparecieron en algunos textos modernos,
esta vez para ilustrar la insuperable irracionalidad de las modas científicas.)
Sin embargo, en aquellos casos en que experimentos ostensiblemente «cruciales»
fueron realmente confirmados más tarde por la derrota del programa, los
historiadores acusaron a quienes no los aceptaron de estupidez, envidia o
adulación injustificada al padre del programa de investigación en discusión.
(Los «sociólogos del conocimiento» o «psicólogos del conocimiento» tan de moda
tienden a explicar las posiciones en términos puramente sociológicos
psicológicos cuando, de hecho, están determinadas por principios de racionalidad.
Un ejemplo típico es la oposición de
Einstein
al principio de complementariedad de Bohr: la explicación se basa en que «en
1926 Einstein tenía cuarenta y siete años. Esos años pueden representar lo
mejor de la vida de un hombre, pero no de un físico».316)
315
Cf. arriba, n. 110.
316
Bernstein (1961), p. 129. Para evaluar los elementos progresivos y regresivos
de los cambios de problemáticas rivales, es necesario comprender las ideas implicadas.
Pero la sociología del conocimiento a menudo sirve como un eficaz disfraz para
la ignorancia; la mayoría de los sociólogos del conocimiento no comprenden ni
se ocupan de las ideas; simplemente observan las pautas sociopsicológicas de
conducta. Popper solía contar una historia acerca de un psicólogo social, el
doctor X, que estudiaba la conducta de un grupo de científicos. Acudió a un
seminario de física para estudiar la psicología de la ciencia. Observó la
«aparición de un líder», el «efecto de alistamiento» en algunos y la «reacción
de defensa» en otros, la correlación entre edad, sexo, conducta agresiva, etc.
(El doctor X afirmó haber usado algunas técnicas sofisticadas de muestras
pequeñas propias de la estadística moderna.) Al final de la entusiástica
exposición Popper preguntó al doctor X: «¿Cuál era el problema que
discutía el grupo?»; el doctor X se quedó sorprendido: «¿Por qué pregunta
eso...? Yo no atendí a las palabras que se pronunciaban... En cualquier
caso, ¿qué relación tiene eso con la psicología del conocimiento?»
A
la luz de mis consideraciones la idea de racionalidad instantánea puede
considerarse utópica. Pero esta idea utópica caracteriza a la mayoría de las
epistemologías. Los justificacionistas querían que las teorías científicas
fueran probadas incluso antes de ser publicadas; los probabilistas confiaban en
que una máquina indicaría instantáneamente el valor (grado de confirmación) de
una teoría dada la evidencia existente; los falsacionistas ingenuos confiaban
en que, al menos, la eliminación era el resultado instantáneo del veredicto experimental317.
Confío haber mostrado que todas estas teorías de la racionalidad instantánea
{y del aprendizaje instantáneo) constituyen un fracaso. Los estudios,
contenidos en esta sección, de distintos casos, muestran que la racionalidad
funciona con mayor lentitud de lo que tendemos a pensar, y además de forma
falible. La lechuza de Minerva vuela al anochecer. También confío haber probado
que la continuidad de la ciencia, la tenacidad de algunas
teorías, la racionalidad de cierta magnitud de dogmatismo, sólo pueden
explicarse si interpretamos la ciencia como un campo de batalla de los
programas de investigación y no de las teorías aisladas. Podemos comprender muy
poco del crecimiento de la ciencia si nuestro paradigma de la unidad del
conocimiento científico es una teoría aislada como «Todos los cisnes son
blancos», una teoría independiente, no incorporada a un programa de
investigación importante. Mi exposición implica un nuevo criterio de
demarcación entre ciencia madura, que consiste en programas de investigación, y
ciencia inmadura, que consiste en una remendada secuencia de ensayos y errores318.
Por ejemplo, podemos hacer una conjetura, que posteriormente queda refutada
y que, aún más tarde, es recuperada mediante una hipótesis auxiliar que no es ad
hoc en el sentido que hemos analizado previamente. Puede predecir hechos
nuevos algunos de los cuales puede que incluso resulten corroborados319.
Con todo, es posible conseguir tal «progreso» con una serie, remendada y
arbitraria, de teorías desconectadas. Los buenos científicos no encontrarán
satisfactorio tal progreso artesanal; puede que incluso lo rechacen por no ser
genuinamente científico. Llamarán a tales hipótesis auxiliares meramente
«formales», «arbitrarias», «empíricas», «semiempíricas» o incluso «ad hoc»320.
317
Por supuesto, a los falsacionistas ingenuos puede llevarles algún tiempo el
alcanzar un «veredicto experimental»: el experimento debe ser repetido y
considerado críticamente. Pero una vez que la discusión concluye y se alcanza
el acuerdo de los expertos, convirtiéndose así en «aceptado» un particular
«enunciado básico», y decidiéndose qué teoría particular queda alcanzada por el
mismo, el falsacionista ingenuo tendrá poca paciencia con aquellos que aún
discuten.
318
La elaboración de esta demarcación en los dos párrafos siguientes fue mejorada
cuando el texto ya estaba en la imprenta, gracias a la valiosísima discusión
con Paul Meehl en Minneapolis en 1969.
319
Con anterioridad, en mi (1968b) {MCE, cap. 8) yo distinguí, siguiendo a Popper,
dos criterios para identificar el carácter ad hoc. Llamé ad hoc1
a aquellas teorías que no tenían exceso de contenido con relación a sus
predecesoras (o competidoras); esto es, que no predecían ningún hecho nuevo;
llamé ad hoc2 a las teorías que predecían hechos nuevos,
pero que fracasaban completamente porque ninguna parte del exceso de contenido
era corroborado (también cf. arriba, n. 133 y 134).
320
La fórmula de radiación de Planck (ofrecida en su 1900a) es un buen ejemplo:
cf. arriba, n. 284. Podemos llamar ad hoc3 a
aquellas hipótesis que no son ad hoc1 ni ad hoc2,
pero que, sin embargo, son insatisfactorias en el sentido especificado en
el texto. Estos tres usos, inequívocamente peyorativos, de «ad hoc» pueden
proporcionar una entrada satisfactoria para el Oxford English Dictionary. Resulta
sorprendente observar que «empírico» y «formal» son vocablos que se utilizan
como sinónimos de nuestro «ad hoc3».
Meehl,
en su brillante (1967) informa de que en la psicología contemporánea y
especialmente en la psicología social, muchos supuestos «programas de
investigación» consisten de hecho en cadenas de tales estratagemas ad hoc3.
La
ciencia madura consiste en programas de investigación que anticipan no sólo
hechos nuevos sino también, y en un sentido importante, teorías auxiliares
nuevas: la ciencia madura, al contrario del pedestre ensayo y error, tiene
«poder heurístico». Recordemos que en
la heurística positiva de un programa de investigación poderoso existe desde el
comienzo un esquema general sobre cómo construir los cinturones protectores:
este poder heurístico genera la autonomía de la ciencia teórica321.
Este
requisito de crecimiento continuo es mi reconstrucción racional del
requisito, extensamente aceptado, de «unidad» o «belleza de la ciencia». Revela
las debilidades de dos tipos de teorización aparentemente muy distintos. En
primer lugar, muestra la debilidad
de
los programas que, como el marxismo o el freudianismo, están, sin duda,
«integrados», lo que les suministra un resumen fundamental de la clase de
teorías auxiliares que van a utilizar para absorber anomalías, pero que
infaliblemente diseñan sus teorías auxiliares reales cuando se enfrentan con
ciertos hechos sin que, al mismo tiempo, anticipen otros nuevos. (¿Qué hecho
nuevo ha predicho el marxismo desde 1917, por ejemplo?) En segundo lugar, ataca
a las series, carentes de imaginación, de ajustes empíricos pedestres que tan
frecuentes son, por ejemplo, en la moderna psicología social. Puede que tales
ajustes consigan realizar algunas predicciones «nuevas» con ayuda de algunas
técnicas estadísticas, y puede incluso que contengan algunos granos irrelevantes
de verdad. Pero tal teorización carece de una idea unificadora, de poder
heurístico y de continuidad. No equivale a un auténtico programa de
investigación, y en conjunto, carece de valor322.
Mi
exposición de la racionalidad científica, aunque basada en la de Popper, me
aparta de algunas de sus ideas generales. En alguna medida defiendo tanto el
convencionalismo de Le Roy con relación a las teorías, como el de Popper con
relación a las proposiciones básicas.
321
Cf. arriba.
322
Tras leer a Meehl (1967) y Lykken (1968) me pregunto si la función de las
técnicas estadísticas en las ciencias sociales no es, en lo esencial, el
suministrar corroboraciones ficticias y, por ello, una apariencia de «progreso
científico», cuando, de hecho, todo lo que hay es un aumento de palabrería
pseudo-intelectual. Meehl escribe que «en las ciencias físicas el resultado
normal de una mejora del diseño experimental, de los instrumentos o de los
datos numéricos, es aumentar la dificultad de la "barrera
observacional" que debe superar con éxito una teoría física interesante,
mientras que en psicología y en algunas de las ciencias de la conducta
próximas, el efecto habitual de tal mejora de la precisión experimental es
bajar la altura de la barrera que ha de ser superada por la teoría». O como
dice Lykken: «(En psicología) la significación estadística es tal vez el
atributo menos importante de un buen experimento: nunca constituye una
condición suficiente para afirmar que una teoría ha sido corroborada con éxito,
que se ha establecido un hecho empírico significativo, o que se deben publicar
los resultados experimentales.» Me parece que la mayor parte de la teorización
condenada por Meehl y Lykken puede ser «ad hoc». De este modo la
metodología de los programas de investigación puede ayudarnos a disolver esta
polución intelectual que puede destruir nuestro medio ambiente cultural incluso
antes de que la polución industrial y circulatoria destruyan nuestro entorno
físico.
Desde
mi punto de vista los científicos (y, como he probado, también los matemáticos)323
no son irracionales cuando tienden a ignorar los contraejemplos o, como ellos
prefieren llamarlos, los casos «recalcitrantes» o «residuales» y siguen la
secuencia de problemas prescrita por la heurística positiva de su programa,
elaborando (y aplicando) sus teorías sin tenerlos en cuenta324. En
contra de la moralidad falsacionista de Popper, los científicos con frecuencia
y racionalmente pretenden «que los resultados experimentales no son
fiables o que las discrepancias que se afirma que existen entre los resultados
experimentales y la teoría sólo son aparentes y que desaparecerán con el avance
de nuestro conocimiento»325. Cuando actúan así puede que no estén
«adoptando la actitud contraria de aquella actitud crítica que... es la
adecuada para un científico»326. Realmente Popper tiene razón al
insistir en que «la actitud dogmática de aferrarse a una teoría durante tanto
tiempo como sea posible tiene una importancia considerable. Sin ella nunca
podríamos descubrir qué hay en una teoría; abandonaríamos la teoría antes de
haber tenido una oportunidad real de descubrir su poder y consiguientemente
ninguna teoría sería nunca capaz de desempeñar su función de poner orden en el
mundo, de prepararnos para acontecimientos futuros, de llamar nuestra atención
hacia acontecimientos que de otro modo nunca observaríamos»327. De
este modo el dogmatismo de la «ciencia normal» no impide el crecimiento
mientras lo combinemos con el reconocimiento popperiano de que existe una
ciencia normal buena y progresiva y otra que es mala y regresiva, y mientras
mantengamos nuestra decisión de eliminar, en ciertas condiciones objetivamente
definidas, algunos programas de investigación.
La
actitud dogmática en la ciencia (que explicaría sus períodos de estabilidad)
fue descrita por Kuhn como un rasgo fundamental de la «ciencia normal»328.
Pero el marco conceptual en el que Kuhn trata de la continuidad de la ciencia
es socio-psicológico, mientras que el mío es normativo. Yo miro la continuidad
de la ciencia a través de unas gafas poperianas. Donde Kuhn ve «paradigmas» yo
veo también «programas de investigación» racionales.
323 Cf.
mi (1963-4).
324
De este modo se desvanece la asimetría metodológica entre enunciados
universales y singulares. Cualquiera de ellos puede ser adoptado por
convención: en el «núcleo firme» decidimos aceptar enunciados
universales, y en la base empírica, enunciados singulares. La asimetría lógica
entre enunciados universales y singulares sólo es fatal para el
inductivista dogmático dispuesto a aprender de la sólida experiencia y de la
lógica exclusivamente. Por supuesto, el convencionalista puede «aceptar» esta
asimetría lógica: no es necesario que además sea un inductivista (aunque
puede serlo). El acepta algunos enunciados universales, pero no porque
afirme que están deducidos (o inducidos) a partir de otros enunciados
singulares.
325
Popper (1934), sección 9.
326 Ibid.
327
Popper (1940), nota primera. Encontramos una observación similar en su (1963a),
p. 49. Pero estas observaciones son, prima facie, contradictorias con
algunos de sus comentarios de (1934) (citados arriba) y por ello sólo
pueden ser interpretados como síntomas de una creciente conciencia por parte de
Popper de que hay una anomalía no digerida en su propio programa de
investigación.
328
En realidad mi criterio de demarcación entre ciencia madura e inmadura puede
interpretarse como una absorción popperiana de la idea de Kuhn de la
«normalidad» como distintivo de la ciencia (madura); y también refuerza mis
argumentos anteriores en contra de que se consideren eminentemente científicos
los enunciados muy falsables (cf. arriba).
Indicaré
de pasada que esta demarcación entre ciencia madura e inmadura ya aparece en mi
(1963-4), donde llamé a la primera «conjeturas deductivas» y a la última
«ensayos y errores ingenuos». (Vid e.g. 1963-4, sección 7c: «Conjeturas
deductivas y conjeturas ingenuas.»)
Los
programas de investigación: Popper versus
Kuhn
Resumamos
a continuación la controversia entre Kuhn y Popper. Hemos visto que Kuhn tiene
razón al objetar al falsacionismo ingenuo y también al insistir en la
continuidad del crecimiento científico, en la tenacidad de algunas teorías
científicas. Pero Kuhn se equivoca al pensar que rechazando el falsacionismo
ingenuo se rechazan también todas las variedades del falsacionismo. Kuhn objeta
a todo el programa de investigación popperiano y excluye cualquier posibilidad
de reconstruir racionalmente el crecimiento de la ciencia.
En
una sucinta comparación de Hume, Carnap y Popper, Watkins señala que el
crecimiento de la ciencia es inductivo e irracional según Hume, inductivo y
racional según Carnap y no inductivo y racional según Popper329.
Pero la comparación de Watkins puede extenderse añadiendo que ese crecimiento
es no-inductivo e irracional según Kuhn. Desde el punto de vista de Kuhn no
puede haber una lógica sino sólo una psicología del descubrimiento330.
Por ejemplo, según la concepción de Kuhn las anomalías y las inconsistencias
siempre
abundan
en la ciencia, pero en los períodos «normales» el paradigma dominante asegura
una pauta de crecimiento que acaba por ser destruida por una «crisis». No
existe una causa racional particular para la aparición de una «crisis»
kuhniana. «Crisis» es un concepto psicológico; se trata de un pánico
contagioso. Después aparece un nuevo paradigma que es inconmensurable con
relación a su predecesor. No existen criterios racionales para compararlos.
Cada paradigma contiene sus propios criterios. La crisis arrastra tras de sí no
sólo las viejas teorías sino también los criterios que hacían que las
respetáramos. El nuevo paradigma trae consigo una racionalidad completamente
nueva. No hay criterios superparadigmáticos. El cambio tiene efectos
acumulativos. Por tanto, y según Kuhn, las revoluciones científicas son
irracionales, objeto de estudio de la psicología de masas.
La
reducción de la filosofía de la ciencia a la psicología de la ciencia no
comenzó con Kuhn. Hubo una ola previa de psicologismo tras la derrota del
justificacionismo. Para muchos el justificacionismo representaba la única forma
posible de racionalidad: el fin del justificacionismo significaba el fin de la
racionalidad. La destrucción de la tesis según la cual las teorías científicas
pueden ser probadas, y el progreso de la ciencia es acumulativo, aterrorizó a
los justificacionistas. Si «descubrir es probar», pero nada puede ser probado,
no
puede
haber descubrimientos genuinos sino sólo pretensiones en este sentido. Por
tanto, los frustrados justificacionistas (ex-justificacionistas) entendieron
que el intento de elaborar criterios racionales era una empresa sin esperanza y
que todo lo que se puede hacer es estudiar (e imitar) la Mente Científica tal
como ha sido ejemplificada por los científicos famosos. Tras el hundimiento de
la física newtoniana Popper elaboró unas reglas críticas nuevas y no
justificacionistas Ahora bien, algunos de quienes conocían el hundimiento de la
racionalidad justificacionista conocieron ahora (fundamentalmente de oídas) las
coloristas consignas de Popper que sugerían el falsacionismo ingenuo. Como las
encontraron inaceptables, identificaron la destrucción del falsacionismo
ingenuo con el fin de la racionalidad misma.
329
Watkins (1968), p.281.
330 Kuhn
(1970). Pero esta posición ya está implícita en su (1962).
De
nuevo la elaboración de criterios racionales fue considerada como una empresa
sin esperanzas; de nuevo pensaron que lo mejor que se puede hacer es estudiar
la Mente Científica331. La filosofía crítica tenía que ser
sustituida por lo que Polanyi llamó una filosofía «postcrítica». Pero el
programa de investigación kuhniano contiene un rasgo nuevo; lo que debemos
estudiar no es la mente del científico individual sino la mente de la Comunidad
Científica. Ahora se sustituye la psicología individual por la psicología
social: la imitación de los grandes científicos por la sumisión a la sabiduría
colectiva de la comunidad.
Pero
Kuhn pasó por alto el falsacionismo sofisticado de Popper y el programa de
investigación que inició. Popper sustituyó el problema central de la
racionalidad clásica, el antiguo problema de los fundamentos, por el
problema nuevo del crecimiento crítico y falible, y comenzó a elaborar
criterios objetivos de este crecimiento. En este artículo yo he tratado de
desarrollar una etapa adicional de este programa. Creo que este pequeño
desarrollo es suficiente como para escapar a las críticas de Kuhn332.
La
reconstrucción del progreso científico como una proliferación de programas de
investigación rivales, y de cambios progresivos y regresivos de problemática,
suministrará una descripción de la empresa científica que en muchos sentidos es
diferente de la suministrada por la reconstrucción consistente en una sucesión
de teorías audaces y fracasos dramáticos. Sus aspectos principales fueron
desarrollados a partir de las ideas de Popper y en particular a partir de su
condena de las estratagemas «convencionalistas», esto es, reductoras de
contenido. La principal diferencia con respecto a la versión original de Popper
creo que es que, según mi punto de vista, la crítica no destruye (ni debe
destruir) con la rapidez que imaginaba Popper. La crítica destructiva,
puramente negativa, como la «refutación» o la demostración de una
inconsistencia no elimina un programa de investigación. La crítica de un
programa es un proceso largo y a menudo frustrante; hay que tratar a los
programas en crecimiento sin severidad333. Por supuesto, se
puede mostrar la degeneración de un programa de investigación, pero sólo la crítica
constructiva, con la
ayuda
de programas de investigación rivales, puede conseguir un éxito real, y los
resultados dramáticamente espectaculares se hacen visibles sólo
retrospectivamente y mediante la reconstrucción racional.
331
Por cierto, del mismo modo que algunos ex-justificacionistas dirigieron más
tarde la marea del irracionalismo escéptico, ahora algunos ex-falsacionistas
dirigen la nueva corriente del irracionalismo escéptico y del anarquismo. En
Feyerabend (1970b) se encontrará el mejor ejemplo de lo que afirmo.
332
Realmente y como ya había mencionado, mi concepto de «programa de
investigación» puede concebirse como una reconstrucción objetiva, perteneciente
al tercer mundo, del concepto socio-psicológico de «paradigma» de Kuhn: así,
este cambio de «Gestalt» kuhniano puede realizarse sin necesidad de prescindir
de las gafas popperianas. (No me he ocupado de la afirmación de Kuhn y de
Feyerabend según la cual las teorías no pueden ser eliminadas por ninguna razón
objetiva debido a la inconmensurabilidad de teorías rivales. Las
teorías inconmensurables ni son inconsistentes entre sí ni tienen contenidos
comparables. Pero con la ayuda de un diccionario podemos hacerlas inconsistentes
y de contenido comparable. Si queremos eliminar un programa necesitamos alguna
decisión metodológica. Tal decisión es el corazón del falsacionismo
metodológico; por ejemplo, nunca los resultados de una muestra estadística son
inconsistentes con una teoría estadística, a menos que los hagamos inconsistentes
con ayuda de las reglas popperianas de rechazo. Cf. arriba.
333
La resistencia de los economistas y de otros científicos sociales a aceptar la
metodología de Popper parcialmente puede haberse debido al efecto destructivo
del falsacionismo ingenuo sobre los programas de investigación en desarrollo.
Kuhn
ciertamente probó que la psicología de la ciencia puede revelar verdades
importantes y, en realidad, tristes. Pero la psicología de la ciencia no es
autónoma; el crecimiento (reconstruido racionalmente) de la ciencia
esencialmente tiene lugar en el mundo de las ideas, en el «tercer mundo» de
Platón y de Popper, en el mundo del conocimiento articulado que es
independiente de los sujetos que conocen334. El programa de
investigación de Popper trata de conseguir una descripción de este crecimiento
científico objetivo335. El programa de investigación de Kuhn
parece buscar una descripción del cambio en la mente científica «normal»
(sea individual o comunitaria)336. Pero el reflejo del tercer mundo
en la mente del científico individual (incluso si éste es «normal»)
habitualmente es una caricatura del original: y describir esta caricatura sin
relacionarla con el original del tercer mundo bien puede conducir a una caricatura
de la caricatura. No es posible comprender la historia de la ciencia sin tener
en cuenta la interacción de los tres mundos.
334 El
primer mundo es el mundo de la materia, el segundo es el mundo de
la conciencia y el tercero, el mundo de las proposiciones, de la verdad
y de los criterios: el mundo del conocimiento objetivo. Los loci classici modernos
sobre este tema son Popper {1968a) y Popper (1968b); también cf el
impresionante programa de Toulmin establecido en su (1967). Se debe mencionar
aquí que muchos textos de Popper (1934) e incluso de (1963a) suenan como
descripciones de un contraste psicológico entre la Mente Crítica y la Mente
Inductiva. Pero en gran medida los términos psicologistas de Popper pueden ser
reinterpretados en términos del tercer mundo: consúltese Musgrave (1974).
335
De hecho el programa de Popper se extiende más allá de la ciencia. El concepto
de «cambios de problemática» progresivos y regresivos, y la idea de la
proliferación de teorías pueden ser generalizados a cualquier clase de
discusión racional sirviendo así como instrumentos de una teoría general de la
crítica; cf. abajo, capítulos 2 y 3. (Mi 1963-64 puede considerarse como
la historia de un programa de investigación no empírico progresivo; el cap. 8
de MCE contiene la historia del programa regresivo no empírico de la lógica
inductiva.)
336
Los estados mentales, las creencias reales pertenecen al segundo mundo;
los estados de la mente normal corresponden a un limbo situado entre el
segundo y el tercer mundo. El estudio de las mentes científicas reales
corresponde a la psicología; el estudio de la mente «normal» (o «sana», etc.)
corresponde a una filosofía de la ciencia psicologista. Hay dos clases de
filosofías de la ciencia psicologistas. Según la primera, no puede existir una
filosofía de la ciencia, sino sólo una psicología acerca de los científicos
individuales. Según la otra, existe una psicología de la mente «científica»,
«ideal» o «normal»; ello convierte a la filosofía de la ciencia en una
psicología referente a esta mente ideal y, además, ofrece una psicoterapia para
transformar la mente de cada uno en la mente ideal. En otro lugar analizo con
detalle esta segunda clase de psicologismo. Kuhn no parece haber advertido esta
distinción.
APÉNDICE:
Popper, el falsacionismo y la «Tesis Duhem-Quine»
Popper
empezó siendo un falsacionista dogmático en la década de 1920, pero pronto
comprendió que esta posición era indefendible y no publicó nada hasta que
inventó el falsacionismo metodológico. Esta era una idea completamente
nueva en la filosofía de la ciencia que claramente tiene su origen en Popper,
quien la propuso como una solución para las dificultades del
falsacionismo dogmático. En realidad el conflicto entre la tesis de que la
ciencia es crítica y la de que es falible, constituye uno de los problemas
básicos de la filosofía popperiana. Mientras que Popper ofreció una formulación
coherente y una crítica del falsacionismo dogmático, nunca trazó una distinción
nítida entre el falsacionismo ingenuo y el sofisticado. En un artículo previo337
yo distinguí entre tres Poppers: Popper0, Popper1 y
Popper2. Popper0 es el falsacionista dogmático que nunca
publicó una sola palabra; fue inventado (y criticado) primero por Ayer y
después por muchos otros338. Confío en que este artículo terminará
finalmente con este fantasma. Popper1 es el falsacionista ingenuo,
Popper2 el falsacionista sofisticado. El Popper auténtico evolucionó
desde el falsacionismo dogmático hasta una versión ingenua del falsacionismo
metodológico en la década de 1920; llegó a las «reglas de aceptación» del
falsacionismo sofisticado en la década de 1950. La transición se caracterizó
porque añadió al requisito original de contrastabilidad el «segundo» requisito
de «contrastabilidad independiente»339 y después el tercer requisito
de que algunas de estas contrastaciones independientes debían convertirse en
corroboraciones340. Pero el Popper auténtico nunca abandonó
sus primeras reglas falsacionistas (ingenuas). Hasta el momento actual
ha pedido que «los criterios de refutación se establezcan previamente;
se debe llegar a un acuerdo sobre qué situaciones observables, de ser
observadas de hecho, implicarían que la teoría queda refutada»341.
Aún interpreta la falsación como el resultado de un duelo entre teoría y
observación sin que otra teoría mejor se encuentre necesariamente involucrada.
El Popper auténtico nunca ha explicado con detalle el procedimiento de
apelación mediante el que se pueden eliminar algunos «enunciados básicos
aceptados». De modo que el Popper real se compone de Popper1 con
algunos elementos de Popper2.
337
Cf. mi (1968c).
338
Ayer parece haber sido el primero en atribuir a Popper el falsacionismo
dogmático [Ayer también inventó el mito de que, según Popper, «la refutabilidad
definitiva» era el criterio no sólo del carácter empírico de una proposición,
sino también de su carácter significativo: cf. su (1936), cap. 1, p. 38 de la
segunda edición]. Incluso actualmente muchos filósofos [cf. Juhos (1966) o
Ángel (1967)] critican al hombre de paja llamado Popper0. Medawar en
su (1967) dijo que el falsacionismo dogmático era «una de las ideas más
importantes de la metodología de Popper. Al revisar el libro de Medawar, Nagel
le criticó por «aceptar» lo que también él cree que son «afirmaciones de
Popper» (Nagel, 1967, p. 70). La crítica de Nagel convenció a Medawar de que
«el acto de la falsación no es inmune a los errores humanos» «Medawar, 1969, p.
54). Pero Medawar y Nagel interpretaron erróneamente a Popper: su Logik der
Forschung es la crítica más poderosa jamás dirigida contra el falsacionismo
dogmático. Es posible ser caritativo con el error de Medawar; para los
científicos brillantes cuyo talento especulativo estaba reprimido bajo la
tiranía de una lógica de la investigación inductivista, el falsacionismo,
incluso en su forma dogmática, tenía que ejercer un efecto tremendamente
liberador. (Además de Medawar otro
Premio
Nobel, Eccles, aprendió de Popper a sustituir su precaución original por la
especulación audaz y refutable: cf. Eccles (1964), pp. 274-75).
339 Popper (1957a).
340 Popper (1963a), pp. 242 y ss.
341
Popper (1963a), p. 38, n. 3.
La
idea de una demarcación entre cambios de problemática progresivos y regresivos
que ha sido analizada en este artículo, se fundamenta en el trabajo de Popper;
en realidad esta demarcación es casi idéntica a su célebre criterio de
demarcación entre ciencia y
Metafísica342.
Originalmente
Popper sólo pensaba en los aspectos teóricos de los cambios de problemáticas,
como se sugiere en la sección 20 de su (1934) y se desarrolla en su (1957a)343.
Sólo más tarde, en su (1963a)344, añadió una discusión del aspecto empírico
de los cambios de problemática. Sin embargo, la prohibición de Popper de
las estratagemas convencionalistas en algunos sentidos es demasiado severa y en
otros demasiado débil. Es demasiado severa porque, según Popper, una
nueva versión de un programa progresivo nunca adopta una estrategia
reductora de contenido para asimilar una anomalía; nunca dice cosas como
«todos los cuerpos son newtonianos excepto los 17 cuerpos anómalos». Pero como
siempre abundan las anomalías no explicadas, yo acepto tales formulaciones; una
explicación es un paso adelante (o sea, es «científica») si por lo menos explica
algunas anomalías previas que no habían sido explicadas «científicamente» por
su predecesora. Mientras que las anomalías se consideren problemas genuinos
(aunque no necesariamente urgentes) no importa demasiado el que las
dramaticemos llamándolas «refutaciones» o las desdramaticemos calificándolas
como «excepciones»; la diferencia en ese caso es sólo lingüística. (Este grado
de tolerancia con relación a las estratagemas ad hoc nos permite
progresar incluso sobre fundamentos inconsistentes. En tales casos los cambios
de problemática pueden ser progresivos a pesar de las inconsistencias345).
Sin embargo, la prohibición de Popper de las estratagemas reductoras de
contenido también es demasiado débil; por ejemplo, no puede enfrentarse
con «la paradoja de la adición»346 y no prohíbe las estratagemas ad
hoc3347. Estas sólo pueden ser eliminadas mediante el
requisito de que las hipótesis auxiliares deben formarse de acuerdo con la
heurística positiva del programa de investigación original. Este nuevo
requisito nos introduce en el problema de la continuidad de la ciencia.
342
Si el lector duda acerca de la autenticidad de mi reformulación del criterio de
demarcación de Popper, debería volver a leer las partes relevantes de Popper
(1934) usando a Musgrave (1968) como guía. Musgrave escribió su (1968) contra
Bartley, quien en su (1968) erróneamente atribuyó a Popper el criterio de
demarcación del falsacionismo ingenuo tal como ha sido formulado arriba.
343
En su (1934) Popper estaba preocupado fundamentalmente en prohibir los ajustes subrepticios
ad hoc. Popper (Popper1) solicita que el diseño de un
experimento crucial potencialmente negativo sea presentado junto con la teoría
y que después se acepte humildemente el veredicto del jurado experimental. Se
sigue que quedan eo ipso descartadas las estratagemas convencionalistas
que, tras el veredicto, operan un cambio retrospectivo en la teoría
original para escapar al veredicto. Pero si admitimos la refutación y después
reformulamos la teoría con ayuda de una estratagema ad hoc podemos
aceptarla como una «nueva» teoría y si es contrastable. Popper acepta que sea
sometida a una nueva crítica: «Cuando descubrimos que un sistema ha sido
rescatado por medio de una estratagema convencionalista, debemos contrastarlo
de nuevo y rechazarlo si las circunstancias así lo requieren» (Popper, 1934,
sección 20).
344
Para detalles, cf. MCE, cap. 8, especialmente p. 242.
345
Cf. arriba, pp. 77 y ss. Nunca, o muy rara vez se encuentra esta
tolerancia en los libros de texto sobre método científico.
346 Cf.
arriba.
347 Cf.
arriba, n. 320.
El
problema de la continuidad de la ciencia fue suscitado por Popper y sus
seguidores hace mucho tiempo. Cuando yo propuse mi teoría del crecimiento
basada en la noción de programas de investigación competitivos, estaba
siguiendo una vez más y tratando de mejorar la tradición popperiana. El mismo
Popper en su (1934) ya había insistido en la importancia heurística de la
«metafísica influyente»348 y fue considerado por algunos miembros
del Círculo de Viena como el campeón de la peligrosa metafísica349.
Cuando su interés en las funciones de la metafísica se reavivó en la década de
1950, escribió un «Epílogo metafísico» extraordinariamente interesante sobre
los «programas de investigación metafísicos» inserto en su Postcript: After
Twenty Years (en galeradas desde 1957)350. Pero Popper asoció la
tenacidad no con la irrefutabilidad metodológica sino más bien con la irrefutabilidad
sintáctica. Por «metafísica» en tendió enunciados sintácticamente
especificables como los enunciados «todos-algunos» y los enunciados puramente
existenciales. Ningún enunciado básico puede entrar en conflicto con ellos
debido a su forma lógica. Por ejemplo, «para todos los metales existe un
disolvente» sería, en este sentido, metafísico, mientras que la teoría de la
gravitación de Newton aisladamente considerada no lo sería351. En la
década de 1950 Popper también suscitó el problema de cómo criticar las teorías
metafísicas y sugirió algunas soluciones352. Agassi y Watkins
publicaron algunos interesantes artículos sobre las funciones de esta clase de
metafísica en la ciencia, en los que se conectaba la «metafísica» con la
continuidad del progreso científico353.
348
Cf. e. g. su (1934), fin de la sección 4; también cf. su (1968 c), p. 93. Hay
que recordar que Comte y Duhem negaron tal importancia a la metafísica. Fueron
Burtt, Popper y Koyré quienes más hicieron para invertir la marea
antimetafísica en filosofía y en la historiografía de la ciencia.
349
Carnap y Hempel intentaron, en sus recensiones del libro, defender a Popper
contra esta acusación (cf. Carnap, 1935, y Hempel, 1937). Hempel escribió:
«(Popper) acentúa con firmeza ciertos rasgos de su enfoque que también están
presentes en el enfoque de pensadores que participan, en alguna medida, de una
orientación metafísica. Es de esperar que este valioso trabajo no sea
erróneamente interpretado como si fuera una lanza en favor de una metafísica
nueva y, tal vez, lógicamente defendible.»
350
Vale la pena citar aquí un texto de su Postscript: «El atomismo es un...
ejemplo excelente de una teoría metafísica no contrastable cuya influencia
sobre la ciencia es superior a la de muchas teorías contrastables... La última
y más importante de todas ellas hasta el momento presente es el programa de Faraday,
Maxwell, Einstein, de Broglie y Schrodinger, que concibe el mundo... en
términos de campos continuos... Cada una de estas teorías metafísicas
funcionaron como un programa para la ciencia mucho antes de que fueran
contrastables. Indicaban la dirección en que se podían encontrar teorías
científicas explicativas e hicieron posible algo próximo a la evaluación de la
profundidad de una teoría. En biología la teoría de la evolución, la teoría de
la célula y la teoría de la infección bacteriana han desempeñado funciones
similares al menos durante un tiempo. En pisocología el sensualismo, el
atomismo (esto es, la teoría de que todas las experiencias se componen de
elementos últimos tales como, por ejemplo, los datos sensoriales) y el
psicoanálisis deben ser mencionados como programas de investigación
metafísicos... Incluso las afirmaciones puramente existenciales han resultado
ser algunas veces sugerentes y fructíferas en la historia de la ciencia, aunque
nunca formaron parte de ella. En realidad pocas teorías metafísicas ejercieron
una influencia mayor sobre el desarrollo de la ciencia que la teoría puramente
metafísica: «Existe una sustancia que puede convertir los metales en oro (esto
es, una piedra filosofal)», aunque es no refutable, nunca fue verificada, y en
la actualidad nadie la cree.»
351
Cf. especialmente Popper (1934), sección 66. En la edición de 1959 añadió una
nota clarificadora (n. * 2) para acentuar que en los enunciados metafísicos
«todos-algunos» el cuantificador existencial debe ser interpretado como
«ilimitado»; por supuesto ya había aclarado esto en la sección 15 del texto
original.
352
Cf. especialmente su (1958), pp. 198-99.
353
Cf. Watkins (1957) y (1958) y Agassi (1962) y (1964).
Mi
análisis difiere del suyo en primer lugar porque yo voy mucho más lejos que
ellos en la difuminación de la demarcación entre la ciencia (de Popper) y la
metafísica (de Popper); ni siquiera utilizo ya el término «metafísico». Sólo
hablo acerca de programas de investigación científica cuyo núcleo firme es
irrefutable y no necesariamente debido a razones sintácticas sino posiblemente
a razones metodológicas que nada tienen que ver con la forma lógica. En segundo
lugar, al separar radicalmente el problema descriptivo de la función
psicológico-histórica de la metafísica y el problema normativo de cómo
distinguir los programas de investigación progresivos de los regresivos, yo
elaboro este último problema mucho más de lo que ellos habían hecho.
Para
terminar, me gustaría discutir la «tesis Duhem-Quine» y su relación con el
falsacionismo354.
Según
la tesis Duhem-Quine, con imaginación suficiente cualquier teoría (consista en
una proposición o de una conjunción finita de muchas proposiciones) puede ser
permanentemente salvada de la refutación mediante ajustes adecuados en el
conocimiento básico en el que se halla inserta. Como dice Quine: «Se puede
mantener la verdad de cualquier enunciado suceda lo que suceda si realizamos
ajustes lo bastante drásticos en otras partes del sistema... Y al contrario,
por las mismas razones ningún enunciado es inmune a la revisión.»355.
Por otra parte, el «sistema» es nada menos que «la totalidad de la ciencia».
«Una experiencia recalcitrante puede ser acomodada mediante cualquiera de las
varias revaluaciones alternativas en varios lugares alternativos del sistema
total (incluyendo la posibilidad de reevaluar la misma experiencia
recalcitrante).»356
Esta
tesis tiene dos interpretaciones muy distintas. Según la interpretación
débil sólo afirma la imposibilidad de un blanco experimental directo sobre
un objetivo teórico muy específico y la posibilidad lógica de conformar la
ciencia en un número indefinido de formas distintas. La interpretación débil
sólo ataca al falsacionismo dogmático y no al metodológico; niega solamente la
posibilidad de que se refute cualquier componente separado de un sistema
teórico.
En
su interpretación fuerte la tesis Duhem-Quine excluye cualquier regla de
selección racional entre alternativas; esta versión es inconsistente con todas
las formas del falsacionismo metodológico. Las dos interpretaciones no han sido
claramente separadas, aunque la diferencia entre ellas es esencial desde un
punto de vista metodológico. Parece que Duhem sólo defendió la interpretación
débil; para él la selección es un asunto de «sagacidad»: siempre tenemos que
realizar elecciones correctas para acercarnos a la «clasificación natural»357
354
Esta parte final del Apéndice fue añadida cuando el texto ya estaba en la
imprenta.
355
Quine (1953), cap. II.
356 Ibid.
La cláusula entre paréntesis es mía.
357
Para Duhem un experimento por sí mismo nunca puede condenar a una teoría
aislada (tal como el núcleo firme de un programa de investigación); para que
tal «condena se produzca necesitamos además «sentido común», «sagacidad» e
incluso un sano instinto metafísico que nos conduzca hacia «un orden claramente
eminente». [Consúltese el final del Apéndice de la segunda edición de
su(1906).]
Por
otra parte, Quine, en la tradición del pragmatismo americano
de
James y Lewis, parece defender una interpretación muy próxima a la
interpretación fuerte358.
Examinemos
más de cerca la interpretación débil de la tesis Duhem-Quine. Tomemos una
«experiencia recalcitrante» expresada en un «enunciado observacional» O', que
es inconsistente con una conjunción de enunciados teóricos (y
«observacionales») h1, h2, hn,
I1,
I2, ... In, donde h1 son teorías e I1
son las correspondientes condiciones iniciales. En el «modelo deductivo» h1
...hn, I1 ... In lógicamente implican O; pero
se observa O', que implica no-O. Supongamos que las premisas son independientes
y que todas son necesarias para deducir O. En este caso podemos restaurar la
consistencia alterando cualquiera de las afirmaciones contenidas en nuestro
modelo deductivo. Por ejemplo, sea h1: «siempre que a un hilo se le
carga un peso que excede al que caracteriza a la fuerza de tensión del hilo,
éste se romperá»; sea h2: «el peso característico que corresponde a
este hilo es una libra»; sea h3 «el peso al que fue sometido
este hilo era de dos libras». Por fin, sea O: «un peso de hierro de dos libras
se colgó del hilo situado en la posición espaciotemporal P y no se rompió». El
problema se puede solucionar de muchas formas. Ofreceré algunos ejemplos: 1)
Rechazamos h1: sustituimos la expresión «se le carga un peso» por
«es impulsado por una fuerza»; introducimos una nueva condición inicial: había
un imán oculto (o una fuerza previamente desconocida) en el techo del
laboratorio. 2) Rechazamos h2: proponemos que la fuerza de tensión depende
del grado de humedad de los hilos; la fuerza de tensión del hilo real, dado
que se humedeció, era de dos libras. 3) Rechazamos h3: el peso sólo
era de una libra; las escalas estaban equivocadas. 4) Rechazamos O: el hilo se
rompió en realidad; se observó que no se rompía, pero el profesor
que propuso h1, h2, h3 era un conocido liberal
burgués y sus asistentes de laboratorio revolucionarios consistentemente vieron
sus hipótesis refutadas cuando de hecho quedaban confirmadas. 5) Rechazamos h3:
el hilo no era un hilo sino un «superhilo» y los superhilos nunca se rompen359.
Podríamos seguir indefinidamente. Realmente hay un número infinito de
posibilidades para sustituir con suficiente imaginación cualquiera de las
premisas (del modelo deductivo), invocando un cambio en alguna parte distante
de nuestro conocimiento total (exterior al modelo deductivo) y restaurando así
la consistencia.
¿Podemos
formular esta observación trivial diciendo que «cada contrastación es un
desafío para la totalidad de nuestro conocimiento»? No veo razón para que
no lo hagamos. La resistencia de algunos falsacionistas a este dogma
totalizador relativo al carácter «global» de todas las contrastaciones360
sólo se debe a una fusión semántica de dos nociones diferentes de la «prueba»
(o «desafío») que un resultado experimental recalcitrante supone para nuestro
conocimiento.
358
Quine habla de enunciados que tienen «distintas distancias con respecto a la
periferia sensorial» y que, por ello, están más o menos expuestos al cambio.
Pero es difícil definir tanto la periferia sensorial como la métrica utilizada.
Según Quine, «las consideraciones que guían (al hombre) a modificar su herencia
científica para acomodarla a sus cambiantes periferias sensoriales, son de
orden racional, pragmático» (Quine, 1953). Pero para Quine, como para James o
Le Roy, el «pragmatismo» sólo significa bienestar psicológico y considero
irracional llamar «racional» a eso.
359
Sobre tales defensas «reductoras de conceptos», y refutaciones «ampliadoras de
conceptos», cf mi (1963-64).
360
Popper (1963a), cap. 10, sección XVI.
La
interpretación popperiana de una «prueba» (o «desafío») es que el resultado (O)
contradice («desafía») a una conjunción finita y especificada de premisas (T):
O y T no puede ser cierta. Pero ningún defensor del argumento Duhem-Quine
negaría esto.
La
interpretación quineana de «prueba» (o «desafío») es
que la sustitución de O y T puede involucrar también algún cambio ajeno a O y
T. El sucesor de O y T puede ser inconsistente con algún H perteneciente a
alguna parte distante de nuestro conocimiento. Pero esto no lo negaría ningún
popperiano.
La
confusión de las dos nociones de prueba originó algunas interpretaciones
equivocadas y errores lógicos. Algunos pensaron de modo intuitivo que el modus
tollens de las refutaciones puede «hacer blanco» en premisas muy distantes
de nuestro conocimiento total y por ello quedaron atrapados en la idea de que
la cláusula ceteris paribus es una premisa unida por conjunción a las
premisas obvias. Pero este blanco se consigue no por medio del modus tollens
sino como resultado de la subsiguiente sustitución de nuestro modelo
deductivo original361.
Por
tanto, la tesis débil de Quine es trivialmente cierta. Pero a «la tesis fuerte
de Quine» se opondrán vigorosamente tanto el falsacionista ingenuo como el
sofisticado.
El
falsacionista ingenuo insiste en que si tenemos un conjunto inconsistente de
enunciados científicos, en primer lugar debemos seleccionar entre ellos: 1) una
teoría que se contrasta (que hará de nuez); 2) un enunciado básico aceptado
(que servirá de martillo) y
el
resto será conocimiento básico que no se pone en duda (y que hará las funciones
de yunque). Y para aumentar el interés de esta situación hay que ofrecer un
método para «endurecer» el «martillo» y el «yunque» de modo que podamos partir
la nuez realizando un
«experimento
crucial negativo». Pero las conjeturas ingenuas referentes a esta división
resultan demasiado arbitrarias y no ofrecen el endurecimiento debido.
(Grunbaum, por otra parte, aplica el teorema de Bayes para mostrar que, al
menos en algún sentido, el «martillo» y el «yunque» tienen elevadas
probabilidades posteriores y por ello son lo bastante duros como para ser
usados como cascanueces362.
361
El locus classicus de esta confusión es la errónea crítica de Canfield y
Lehrer a Popper en su (1961); Stegmuller compartió la misma confusión lógica
(1966, p. 7). Coffa contribuyó a clarificar el tema (1968).
Desgraciadamente
mi propia fraseología en este artículo a veces sugiere que la cláusula ceteris
paribus debe ser una premisa independiente de la teoría que se contrasta.
Colin Howson me hizo ver este defecto fácilmente subsanable.
362 Grunbaum
adoptó previamente una posición que era la del falsacionismo dogmático y afirmó
(con referencia a sus estudios de casos específicos de la geometría física, que
son provocadores y desafiantes) que podemos descubrir la falsedad de
algunas hipótesis científicas [e. g. Grunbaum (1959b) y (I960)]. Su
(1959b) fue seguido por Feyerabend (1961), un texto en el que Feyerabend
argumentó que «las refutaciones son finales mientras no existan explicaciones
alternativas ingeniosas y no triviales de los hechos». En su (1966) Grunbaum
modificó su postura y, como respuesta a las críticas de Mary Hesse (Hesse,
1968) y otros, hizo cualificaciones adicionales: «Al menos en algunos casos
podemos afirmar la falsedad de una hipótesis particular para cualquier finalidad
científica, aunque no podemos falsaria de modo que quede absolutamente
descartada cualquier posibilidad de una rehabilitación posterior» (Grunbaum,
1969, p. 1.092).
El
falsacionista sofisticado permite que cualquier parte del conjunto de la
ciencia sea sustituido, pero sólo con la condición de que sea sustituido de un
modo «progresivo», de forma que la sustitución anticipe con éxito hechos
nuevos. En su reconstrucción racional de
la
falsación los «experimentos cruciales negativos» no desempeñan ninguna función.
No ve nada erróneo en que un grupo de científicos brillantes se pongan de
acuerdo para incorporar todo lo que puedan a su programa de investigación
favorito («marco conceptual» si se prefiere) con un sagrado núcleo firme.
Mientras su genio y su suerte les permitan expandir su programa
«progresivamente» reteniendo el núcleo firme, están en libertad de hacerlo. Y
si aparece un genio decidido a sustituir («progresivamente») la teoría menos
criticada y más corroborada pero que a él le disgusta por razones filosóficas,
estéticas o personales, se le puede desear buena suerte. Si compiten dos
equipos que trabajan en programas de investigación rivales es probable que
triunfe el que tenga más talento creador, a menos que
Dios
les castigue con una carencia extrema de éxito empírico. La dirección de la
ciencia está determinada fundamentalmente por la imaginación humana creadora y
no por el universo de hechos que nos rodea. La imaginación creadora
probablemente hallará nueva evidencia corroboradora hasta para el más absurdo
programa si la búsqueda tiene el ímpetu suficiente363. Esta búsqueda
de nueva evidencia confirmadora es enteramente permisible. Los
científicos sueñan fantasías y después emprenden una caza muy selectiva de
hechos nuevos que se ajusten a aquellas fantasías. Este proceso puede
describirse como «la ciencia creando su propio universo» (recordemos que
«crear» se usa aquí en un sentido provocador, ideosincrático). Una escuela de
científicos brillantes (respaldada por una sociedad lo bastante rica como para
financiar algunas contrastaciones bien planeadas) puede conseguir impulsar
cualquier programa fantasioso o, alternativamente, si eso es lo que desean,
puede conseguir destruir cualquier soporte arbitrariamente elegido del
conocimiento establecido.
El
falsacionista dogmático llevará sus manos a la cabeza horrorizado ante
este enfoque. Verá el fantasma del instrumentalismo de Bellarmino saliendo de
la tumba en que había sido sepultado por el éxito newtoniano de la ciencia
probada. Acusará al falsacionista sofisticado de construir sistemas de
casilleros arbitrarios y de forzar a los hechos en ellos. Incluso puede
calificar esta postura como una reaparición de la muy poco santa alianza
irracionalista del burdo pragmatismo de James y el voluntarismo de Bergson
triunfalmente destruida por Russell y Stebbing364.
363
Un ejemplo típico de lo dicho es el principio de la
atracción gravitacional de Newton, según el cual los cuerpos se atraen
instantáneamente entre sí a distancias enormes. Huyghens describió esta idea
como «absurda», Leibnitz como «misteriosa» y los mejores científicos de la
época «se preguntaban cómo (Newton) podía haberse tomado el trabajo de realizar
un número tan grande de investigaciones y cálculos difíciles que no tenían otro
fundamento que aquel mismo principio» (Koyré, 1965, pp. 117-18). Ya argumenté
anteriormente que no es cierto que el progreso teórico sea un mérito del
teórico y el éxito empírico, una simple cuestión de suerte. Si el teórico es
más imaginativo es más probable que su programa teórico consiga, al menos, algún
éxito empírico. Cf. MCE, cap. 8, pp. 239-43.
364 Cf.
Russell (1914), Russell (1946) y Stebbing (1914). Russell, que era un
justificacionista, despreciaba el convencionalismo: «Mientras que la voluntad
ha ascendido en la escala, el conocimiento ha descendido. Este es el cambio más
notable que ha incidido sobre el talante de la filosofía de nuestro época.
Ese cambio fue preparado por Rousseau y Kant» (1946, p. 787). Por supuesto,
parte de la inspiración de Popper procede de Kant y de Bergson. (Cf. su 1934,
secciones 2 y 4.)
Pero
nuestro falsacionista sofisticado combina el «instrumentalismo» (o
«convencionalismo») con un fuerte requisito empirista que ni los «salvadores
medievales de fenómenos» como Bellarmino, ni los pragmatistas como Quine o
bergsonianos como Le Roy, habían apreciado: el requisito
Leibnitz-Whewell-Popper de que la construcción, bien planeada, de casilleros
debe proceder con mucha mayor rapidez que la recopilación de los
hechos
que han de ser alojados en ellos. Mientras se
satisfaga este requisito, no importa si ponemos el énfasis en el aspecto
«instrumental» de los programas de investigación imaginativos que sirven para
descubrir hechos nuevos y para realizar predicciones fiables, o
si
lo ponemos en la creciente «verosimilitud» popperiana (esto es, en la
diferencia estimada entre el contenido de verdad y el contenido de falsedad) de
sus versiones sucesivas365. El falsacionismo sofisticado combina de
este modo los mejores elementos del voluntarismo,
del
pragmatismo y de las teorías realistas del crecimiento empírico.
365
Sobre «verosimilitud», cf. Popper (1963a), cap. 10 y abajo, la nota
siguiente; sobre «fiabilidad», cf. este volumen, cap. 3 y MCE, cap. 8.
El
falsacionista sofisticado no se alinea ni con Galileo ni con el cardenal
Bellarmino. No se pone de parte de Galileo porque afirma que nuestras teorías
básicas puede que sean todas igualmente absurdas y carentes de verosimilitud
para la mente divina; y no apoya
a
Bellarmino a menos que el cardenal estuviera de acuerdo en que las teorías
científicas pueden suministrarnos, a largo plazo, un número mayor de verdades y
un número crecientemente menor de consecuencias falsas, por lo que, en este
sentido estrictamente técnico, pueden tener «verosimilitud» creciente366.
366
«Verosimilitud» tiene dos significados distintos que no deben ser confundidos.
En primer lugar puede utilizarse significando plausibilidad intuitiva de la
teoría; en este sentido, y según mi punto de vista, todas las teorías
científicas creadas por la mente humana son igualmente inverosímiles y
misteriosas. En segundo lugar puede utilizarse en el sentido de una medida
cuasi-teórica de la diferencia entre las consecuencias verdaderas y falsas de
una teoría que nunca puede ser conocida, pero que ciertamente podemos
conjeturar. Fue Popper quien utilizó «verosimilitud» como un término técnico
para denotar tal diferencia (1963, cap. 10). Pero su afirmación de que esta
explicación se corresponde estrechamente con el significado original es errónea
y origina equivocaciones. Según el uso original, pre-popperiano,
«verosimilitud» podía significar o bien plausibilidad intuitiva o bien una
proto-versión ingenua de la plausibilidad empírica de Popper. Popper ofrece
unas citas interesantes sobre el último significado, pero ninguna sobre el
primero (1963a, pp. 399 y ss.). Pero Bellarmino podía haber aceptado que la
teoría de Copérnico tenía mayor «verosimilitud» en el sentido técnico de
Popper, pero no que tuviera verosimilitud en el primer sentido intuitivo. La
mayoría de los «instrumentalistas» son «realistas» en el sentido de que están
de acuerdo en que la «verosimilitud» (popperiana) de las teorías científicas
probablemente crece, pero no son realistas en el sentido de que, por ejemplo,
aceptarían que el enfoque de campos de Einstein es intuitivamente más
próximo al diseño del Universo que la acción a distancia de Newton. Por
tanto, la finalidad de la ciencia puede ser aumentar la verosimilitud
popperiana, pero no necesariamente aumentar también la verosimilitud clásica. Como
el mismo Popper dijo, esta última es, al contrario de la primera, una idea
«metafísica y peligrosamente imprecisa» {1963a, p. 231).
La
«verosimilitud empírica» de Popper rehabilita en un sentido la idea del crecimiento
acumulativo de la ciencia. Pero la fuerza conductora del crecimiento
acumulativo en la «verosimilitud empírica» es el conflicto revolucionario de la
«verosimilitud intuitiva». Cuando Popper escribía su Truth, rationality and
the growth of knowledge yo me sentía incómodo acerca de su identificación
de los conceptos de «verosimilitud» hasta el punto de preguntarle: «¿Podemos
hablar realmente sobre una correspondencia mejor?... ¿Existen los grados
de verdad?... ¿No es peligrosamente equivoco hablar como si la verdad tarskiana
estuviera situada en alguna parte de un espacio métrico o al menos topológico
de modo que pudiéramos decir de dos teorías (digamos una teoría inicial t1
y una teoría posterior t2) que t2 ha superado a t1o
que ha progresado más que t1, acercándose más a la verdad que t1?
(Popper 1963a, p. 232). Popper rechazó mis recelos imprecisos. Entendía (y
tenía razón) que estaba proponiendo una idea nueva muy importante. Pero se
equivocaba al creer que su nueva concepción técnica de la «verosimilitud»
absorbía completamente los problemas referentes a la antigua e intuitiva
«verosimilitud». Kuhn dice: «Afirmar por ejemplo de una teoría de campos que
«se aproxima más a la verdad» que la teoría más antigua de materia y fuerza,
debe querer decir, a menos que las palabras se utilicen de una forma
peculiar, que los elementos constitutivos últimos de la naturaleza son más
análogos a los campos que a la materia y a la fuerza» (Kuhn, 1970b, p. 265;
subrayado añadido). En realidad Kuhn tiene razón, aunque las palabras normalmente
«se utilizan de una forma peculiar». Espero que esta nota puede contribuir
a la clarificación de los problemas involucrados. [* Sobre algunas dificultades
fundamentales de la concepción «técnica» de Popper de la verosimilitud, puede
consultarse Miller (1975). (Eds.).]
Capítulo
2
LA
HISTORIA DE LA CIENCIA
Y
SUS RECONSTRUCCIONES RACIONALES *
Este
artículo se publicó por primera vez en Lakatos (1971a). Ahí constan los
siguientes agradecimientos: «Las primeras versiones fueron leídas y criticadas
por Colin Howson, Alan Musgrave, John Watkins, Elie Zahar y especialmente John
Worrall». El artículo apareció en 1971 junto con algunas observaciones críticas
(De Feigl, Hall, Koertge y Kuhn) y una «Respuesta a las críticas» de Lakatos.
Estas no las reproducimos aquí. (Editores.)
Introducción
«La
filosofía de la ciencia sin la historia de la ciencia es vacía; la historia de
la ciencia sin la filosofía de la ciencia es ciega.» Este artículo toma como
consigna esta paráfrasis de la conocida afirmación de Kant y trata de explicar cómo
debería aprender la historiografía de la ciencia de la filosofía de la
ciencia, y viceversa. Se defenderá que: a) la filosofía de la
ciencia suministra metodologías normativas con las que el historiador
reconstruye la «historia interna», ofreciendo de este modo una explicación
racional del crecimiento del conocimiento objetivo; b) dos metodologías
rivales pueden ser evaluadas con ayuda de la historia (interpretada
normativamente); c) cualquier reconstrucción racional de la historia
debe ser complementada mediante una «historia externa» (socio-psicológica).
La
demarcación esencial entre lo normativo-interno y lo empírico externo difiere
entre metodologías. Las teorías historiográficas internas y externas determinan
conjuntamente y en gran medida la elección de problemas para el historiador.
Pero algunos de los problemas
más
importantes de la historia externa sólo pueden formularse en términos de una
metodología; por ello la historia interna, así definida, es lo principal y la
historia externa, lo secundario. Realmente, a la vista de la autonomía de la
historia interna (y no de la externa),
la
historia externa es irrelevante para la comprensión de la ciencia1.
1
La «historia interna» se define normalmente como la historia intelectual; la
«historia externa», como la historia social (cf. e. g. Kuhn, 1968). Mi nueva
demarcación, no ortodoxa, entre la historia «interna» y «externa», constituye
un cambio importante del problema y puede parecer dogmática. Pero mis
definiciones forman el núcleo firme de un programa de investigación
historiográfico; su evaluación forma parte de la evaluación de la fertilidad de
todo el programa.
1. Metodologías de la ciencia rivales; las
reconstrucciones racionales como guías de la historia
Coexisten
varias metodologías en la filosofía de la ciencia contemporánea, pero todas
ellas son algo muy diferente de lo que solía entenderse por «metodología» en el
siglo XVII e incluso en el XVIII. Entonces se confiaba que la metodología
suministraría a los científicos un libro de reglas mecánicas para la solución
de sus problemas. En la actualidad se ha abandonado esta esperanza; las
metodologías modernas o «lógicas de la investigación» sólo consisten de un
conjunto de reglas (posiblemente no bien articuladas y, desde luego, no
mecánicas) para la evaluación de teorías ya propuestas y articuladas2.
A menudo esas reglas o sistemas de evaluación sirven también como teorías
acerca de la «racionalidad científica», como «criterios de demarcación» o como
«definiciones de la ciencia»3. Al margen del dominio legislativo de
estas reglas normativas, existe, por supuesto, la psicología y la sociología de
la investigación, de carácter empírico.
A
continuación resumiré cuatro «lógicas de la investigación» diferentes. Cada una
de ellas será caracterizada por las reglas que gobiernan la aceptación
(científica) o el rechazo de las teorías o de los programas de investigación4.
Esas reglas cumplen una función doble. En primer lugar funcionan como un código
del honor científico cuya violación resulta intolerable; además, como
núcleos firmes de los programas (normativos) de investigación
historiográfica. Me concentraré en su segunda función.
2
Este es un cambio esencial en el problema de la
filosofía de la ciencia normativa. El término «normativo» ya no significa
reglas para obtener soluciones, sino simplemente instrucciones para evaluar las
soluciones existentes. De este modo la metodología queda separada de la
heurística al igual que los juicios de valor de los enunciados sobre el «debe».
(Debo esta analogía a John Watkins.)
3
Parece ser que esta abundancia de sinónimos induce a la confusión.
4
La importancia epistemológica de la «aceptación y el rechazo» científicos es,
como veremos, muy distinta en las cuatro metodologías que discutiremos.
a) El inductivismo
El
inductivismo ha sido una de las metodologías de la ciencia más influyentes.
Según el inductivismo sólo pueden tener cabida en la ciencia aquellas
proposiciones que, o bien describen hechos indiscutibles, o son
generalizaciones inductivas infalibles a partir de aquellos5. Cuando
un inductivista acepta una proposición científica, la acepta como una
verdad probada y la rechaza si tal no es el caso. Su rigor científico es
estricto: una proposición debe ser o bien probada por los hechos, o bien
inferida (de forma deductiva o industiva) a partir de otras proposiciones ya
probadas.
Cada
metodología tiene sus problemas lógicos y epistemológicos específicos. Por
ejemplo, el inductivismo debe establecer con certeza la verdad de las
proposiciones fácticas («básicas») y la validez de las inferencias inductivas.
Algunos filósofos están tan preocupados por sus problemas lógicos y
epistemológicos que nunca llegan a interesarse por la historia real; si la
historia real no se ajusta a sus criterios puede que sean tan temerarios como
para proponer que comencemos de nuevo, y a partir de cero, a construir el
edificio de la ciencia. Otros aceptan como satisfactoria alguna solución tosca
de tales problemas lógicos y epistemológicos, y emprenden una reconstrucción
racional de la historia sin advertir la debilidad (o incluso, la
insostenibilidad) lógico-epistemológica de su metodología6.
La
crítica inductivista es fundamentalmente escéptica: consiste en mostrar que una
proposición no ha sido probada y que es, por ello, pseudocientífica, en lugar
de probar que es falsa7. Cuando el historiador inductivista escribe
la prehistoria de una disciplina científica puede utilizar con
abundancia tales críticas. A menudo explicará las etapas oscuras (cuando la
gente era presa de ideas «no probadas») con ayuda de alguna explicación
«externa», como la teoría socio-psicológica acerca de la influencia reaccionaria
de la Iglesia Católica.
El
historiador inductivista sólo acepta dos clases de descubrimientos
científicos genuinos: las proposiciones fácticas sólidas y las generalizaciones
inductivas. Estas y sólo éstas constituyen la espina dorsal de su historia interna.
Las busca al escribir historia, aunque encontrarlas no es tarea fácil. Sólo
cuando lo consigue comienza la construcción de sus maravillosas pirámides. Las
revoluciones consisten en el desenmascaramiento de errores (irracionales) que
subsiguientemente son expulsados de la historia de la ciencia y traspasados a
la historia de la pseudociencia, a la historia de las meras creencias: el
progreso científico genuino comienza con la última revolución científica
acaecida en cualquier disciplina concreta.
5
El «neo-inductivismo» sólo requiere generalizaciones de las que se puede probar
su elevada probabilidad. En lo que sigue sólo discutiré el inductivismo
clásico, pero es similar el tratamiento aplicable a la diluida versión
neo-inductivista.
6
Cf. abajo..
7
Para una discusión detallada de la crítica inductivista (y en general,
justificacionista), cf. mi (1970b).
Cada
historiografía tiene sus paradigmas victoriosos característicos8.
Los paradigmas principales de la historiografía inductivista fueron las
generalizaciones de Kepler a partir de las cuidadosas observaciones de Tycho
Brahe; el descubrimiento de Newton de su ley de gravitación mediante la
generalización inductiva de los «fenómenos» de Kepler referentes al movimiento
planetario, el descubrimiento de Ampere de su ley de electrodinámica a partir
de la generalización inductiva de sus observaciones sobre corrientes
eléctricas. Algunos inductivistas también defienden que la química moderna
comenzó realmente con los experimentos de Lavoisier y su «correcta explicación»
de los mismos.
Pero
el historiador inductivista no puede suministrar una explicación racional «interna»
de por qué ciertos hechos fueron seleccionados en lugar de otros. Para
él, éste es un problema no racional, empírico y externo. El
inductivismo, como una teoría «interna» de la racionalidad, es compatible con
muchas teorías externas o empíricas complementarias relativas a la elección de
los problemas. Por ejemplo, es compatible con la doctrina vulgar marxista según
la cual la elección de problemas está determinada por las necesidades sociales9;
así, algunos marxistas vulgares identifican las fases principales de la
historia de la ciencia con las fases principales del desarrollo económico10.
Pero no es necesario que la selección de hechos esté determinada por factores
sociales; puede que esté determinada por influencias intelectuales
extracientíficas. Y el inductivismo también es compatible con la teoría
«externa» según la cual la elección de problemas está determinada
fundamentalmente por perspectivas teóricas (o metafísicas) innatas o adoptadas
arbitrariamente (o tradicionalmente)
Existe
una variedad radical del inductivismo que condena todas las influencias
externas, sean intelectuales, psicológicas o sociológicas, por crear prejuicios
inadmisibles: los inductivistas radicales sólo aceptan una selección (azarosa)
realizada por una mente vacía. A su vez, el inductivismo radical es una
variante especial del internalismo radical. Según este último, tan
pronto como queda establecida la existencia de alguna influencia externa en la
aceptación de una teoría científica (o proposición fáctica), tal aceptación
debe ser negada: la prueba de que existen influencias externas implica la
invalidación11; puesto que las influencias externas siempre existen,
el internalismo radical es utópico y autodestructivo como teoría de la
racionalidad12.
Cuando
el historiador inductivista radical se enfrenta con el problema de explicar
cómo es posible que grandes científicos tuvieran en gran estima a la
metafísica, y entendieran que sus descubrimientos eran importantes por razones
que parecen muy extrañas desde un punto de vista inductivista, remitirá estos
problemas de «falsa conciencia» a la psicopatología; esto es, a la historia
externa.
8
Ahora estoy utilizando el término «paradigma» en su sentido pre-kuhniano.
9
Esta compatibilidad fue señalada por Agassi en las pp. 23-7 de su (1963). Pero
no señaló la compatibilidad análoga en el seno de su propia historiografía
falsacionista; cf. abajo.
10 Cf. e. g. Bernal (1965), p. 377.
.
11 Algunos positivistas lógicos se incluían en este conjunto: recuerdo el
horror de Hempel ante las ocasionales alabanzas de Popper a ciertas influencias
metafísicas externas sobre la ciencia. (Hempel, 1937.)
12
Cuando los oscurantistas alemanes se burlan del «positivismo» frecuentemente se
refieren al internalismo radical y, en particular, al inductivismo radical.
b
) El convencionalismo
El
convencionalismo permite la construcción de cualquier sistema de casillas que
organice los hechos en algún todo coherente. El convencionalismo decide
mantener intacto el centro de tal sistema de casillas mientras ello sea
posible: cuando una invasión de anomalías plantea dificultades, cambia y
complica las estructuras periféricas. Pero el convencionalista no considera a
ningún sistema de casillas como verdadero por haber sido probado, sino sólo
como «verdadero por convención» (o posiblemente como ni verdadero ni falso,
incluso). En las variantes revolucionarias del convencionalismo, no es
necesario
adherirse
para siempre a un sistema dado de casillas; tales sistemas pueden ser
abandonados si llegan a ser intolerablemente toscos y si existen otros más
sencillos que pueden sustituirlos13. Desde un punto de vista
epistemológico y lógico, esta versión del convencionalismo es mucho más
sencilla que el inductivismo: no requiere inferencias inductivas válidas. El progreso
genuino de la ciencia es acumulativo y tiene lugar en el terreno básico de
los «hechos probados»14; los cambios en el terreno teórico
son meramente
instrumentales.
El «progreso» teórico es sólo una cuestión de conveniencia («simplicidad») y no
de contenido de verdad15. Por supuesto, es posible introducir el
convencionalismo revolucionario también al nivel de las proposiciones
«fácticas», en cuyo caso estas proposiciones «fácticas» serían aceptadas por
decisión y no por «pruebas» experimentales. Pero en tal caso el convencionalista
debe diseñar algún principio metafísico que complemente sus reglas referentes
al juego de la ciencia si desea conservar la noción de que el crecimiento de la
ciencia fáctica tiene algo que ver con la verdad de hecho, objetiva16.
De no hacerlo así no podrá evitar el escepticismo, al menos, alguna forma
radical de instrumentalismo.
13
Sobre lo que aquí llamo convencionalismo revolucionario, consúltese el
capítulo 1, y abajo.
14
Fundamentalmente aquí sólo discuto una versión del convencionalismo
revolucionario, la que Agassi en su (1966) llama «no sofisticada»: la que
supone que las proposiciones fácticas (al contrario de los sistemas de
casillas) pueden ser probadas. (Duhem, por ejemplo, no traza ninguna distinción
clara entre los hechos y las proposiciones fácticas).
15
Es importante señalar que la mayoría de los convencionalistas se resisten a
abandonar las generalizaciones inductivas. Distinguen entre «el nivel de los
hechos», «el nivel de las leyes» (esto es, generalizaciones inductivas
obtenidas a partir de los hechos) y «el nivel de las teorías» (o de los
sistemas de casillas) que clasifican de forma conveniente tanto los hechos como
las leyes inductivas. (Whewell, el convencionalista conservador, y Duhem, el
convencionalista revolucionario, difieren menos de lo que imagina la mayoría).
16
Se puede llamar a tales principios metafísicos «principios inductivos». Puede
consultarse MCE, cap. 8, pp. 243-59, y este volumen, cap. 3, con relación a un
«principio inductivo» que, aproximadamente, convierte el «grado de
corroboración» de Popper en una medida de la verosimilitud popperiana
(contenido de verdad menos contenido de falsedad). (Otro «principio inductivo»
de aceptación muy general puede formularse así: «Lo que la comunidad de
científicos profesionales, o actualizados, o convenientemente purgados, decide aceptar
como "verdad", es verdad».)
(Es
importante clarificar la relación entre convencionalismo e instrumentalismo.
El convencionalismo descansa en el reconocimiento de que supuestos falsos
pueden tener consecuencias verdaderas, por lo que algunas teorías falsas pueden
tener un gran poder predictivo. Los convencionalistas tuvieron que afrontar el
problema de comparar teorías rivales falsas. La mayoría de ellos confundieron
la verdad con sus síntomas y hubieron de mantener alguna versión de la teoría
pragmática de la verdad. Fue la teoría de Popper sobre el contenido de verdad,
la verosimilitud y la corroboración lo que finalmente estableció las bases para
una versión intachable del convencionalismo. Por otra parte, algunos
convencionalistas no tenían bastantes conocimientos lógicos como para
comprender que algunas proposiciones pueden ser ciertas aunque no hayan sido
probadas, otras pueden ser falsas aunque tengan consecuencias ciertas, y aun
otras pueden ser falsas pero aproximadamente verdaderas. Estos optaron por el
«instrumentalismo»; consideraron las teorías como ni ciertas ni falsas sino
simplemente como instrumentos para la predicción. El convencionalismo, tal como
lo hemos definido, es una posición filosóficamente correcta; el
instrumentalismo es una versión degenerada del mismo que se basa en una simple
confusión filosófica originada en la carencia de conocimientos lógicos
elementales.)
El
convencionalismo revolucionario nació como la filosofía de la ciencia de los
bergsonianos: las consignas fueron libre albedrío y creatividad. El código de
honor científico de los convencionalistas es menos riguroso que el de los
inductivistas: no prohíbe las especulaciones carentes de pruebas y permite que
se construya un sistema de casillas en torno a cualquier idea imaginada.
Además, el convencionalista no niega el carácter científico a los sistemas ya
abandonados; el convencionalista interpreta como racional una parte de la
historia real de la ciencia mucho mayor que el inductivista.
Para
el historiador convencionalista los descubrimientos principales son,
fundamentalmente, invenciones de sistemas de casillas nuevos y más simples. Por
ello constantemente establece comparaciones en torno a la simplicidad: la
médula de su historia interna está en las complicaciones de los sistemas de
casillas y en las sustituciones revolucionarias de los mismos.
Para
el convencionalista el caso paradigmático de revolución científica fue la
revolución copernicana17. Se ha intentado probar que también las
revoluciones de Lavoisier y de Einstein fueron sustituciones de teorías
complicadas por otras sencillas.
La
historiografía convencionalista no puede suministrar una explicación racional
de que ciertos hechos particulares sean seleccionados en primer lugar ni de
que ciertos sistemas de casillas particulares y no otros sean utilizados en
etapas iniciales en las que sus méritos relativos aún no están claros. Por ello
el convencionalismo, como el inductivismo, es compatible con varios programas
empírico-«externalistas» complementarios.
17
La mayor parte de las exposiciones históricas de la Revolución Copernicana se
escriben desde un punto de vista convencionalista. Pocos pretendieron que la
teoría de Copérnico era una «generalización inductiva» a partir de algún
«descubrimiento fáctico» o que fuera propuesta como una teoría audaz para
sustituir a la teoría tolemaica que había sido «refutada» por algún famoso
«experimento crucial».
Para
una discusión adicional de la historiografía de la Revolución Copernicana, cf.
cap. 4, abajo.
Por
último, el historiador convencionalista, como su colega inductivista, a menudo
tropieza con el problema de la «falsa conciencia». Por ejemplo, según el
convencionalismo es un «hecho» que los grandes científicos crean sus teorías
dejando volar su imaginación. Entonces, ¿por qué afirman a menudo tales
científicos que infirieron sus teorías a partir de los hechos? La
reconstrucción racional del convencionalista a menudo difiere de la que
realizan los grandes científicos y el historiador convencionalista remite estos
problemas de falsa conciencia al externalista18.
c) El falsacionismo metodológico
El
falsacionismo contemporáneo nació como una crítica lógico epistemológica del
inductivismo y del convencionalismo de Duhem. El inductivismo fue criticado
porque sus dos supuestos básicos, que las proposiciones fácticas pueden ser
«derivadas» de los hechos y que pueden existir inferencias válidas inductivas
(que incrementan el contenido), carecen de prueba e incluso pueden demostrarse
que son falsos. Se criticó a Duhem porque las comparaciones en términos de
simplicidad intuitiva dependen de gustos subjetivos y son tan ambiguas que
sobre ellas no puede fundamentarse ninguna crítica sólida. Popper propuso una
nueva «metodología falsacionista»19 en su Logik der Forschung. Esta
metodología es otra variedad de convencionalismo revolucionario: su principal
diferencia es que permite que sean aceptados por convención los «enunciados
básicos», fácticos, singulares en un sentido espacio-temporal, en lugar de las
teorías espacio-temporalmente universales. De acuerdo con el código de honor
del falsacionista, una teoría es científica sólo si puede entrar en
conflicto con un enunciado básico, y una teoría debe ser eliminada si entra en
conflicto con un enunciado básico aceptado. Popper también señaló una condición
adicional que deben satisfacer las teorías para que sean calificadas como
científicas: deben predecir hechos nuevos, esto es, no previstos por el
conocimiento existente. Por tanto, es contrario al código del honor científico
de Popper proponer teorías infalsables o hipótesis ad hoc (que no
implican nuevas predicciones empíricas), del mismo modo que es contrario
al código del honor científico inductivista (clásico) proponer teorías o
hipótesis no probadas.
El
gran atractivo de la metodología popperiana radica en su claridad y en su
poder. El modelo deductivo de crítica científica de Popper contiene
proposiciones espacio-temporalmente universales empíricamente falsables,
condiciones iniciales y sus consecuencias. El arma de la crítica es el modus
tollens y ni la lógica inductiva ni la simplicidad intuitiva complican este
panorama20.
18
Por ejemplo, para los historiadores no inductivistas, el «Hypotheses non
fingo» de Newton representa un problema importante. Duhem, que al contrario
de la mayoría de los historiadores, no se excedió en su adoración a Newton,
rechazó la metodología inductiva de Newton, como un sin sentido lógico, pero
Koyré, entre cuyas muchas virtudes no se encontraba la lógica, dedicó largos
capítulos a la «profundidad oculta» del galimatías newtoniano.
19 En
este artículo utilizo este término para referirme exclusivamente a una versión
del falsacionismo, esto es, d «falsacionismo metodológico ingenuo» tal como se
define en el capítulo 1.
20
Puesto que en su metodología el concepto de simplicidad intuitiva no
tiene lugar, Popper pudo usar el término «simplicidad» para referirse al «grado
de falsabilidad». Pero la simplicidad es más que esto: cf. cap. 1.
(Aunque
el falsacionismo es lógicamente impecable, tiene sus propias dificultades
epistemológicas. En su protoversión «dogmática» supone que las proposiciones
pueden ser probadas mediante los hechos y que, por tanto, las teorías pueden
ser refutadas: un supuesto
falso21.
En su versión popperiano-convencionalista requiere de algún «principio
inductivo» (extrametodológico) que suministre peso epistemológico a las
decisiones referentes a la aceptación de enunciados «básicos» y, en general,
para conectar las reglas del juego científico con la verosimilitud22.
El
historiador popperiano busca teorías falsables, importantes y audaces, y
grandes experimentos cruciales de resultados negativos. Tales son los
ingredientes de su reconstrucción racional. Los paradigmas de importantes
teorías falsables, favoritos de los popperianos, son las teorías de Newton y de
Maxwell, las fórmulas sobre radiación de Rayleigh, Jeans y Wien y la revolución
einsteiniana; sus paradigmas favoritos de experimentos cruciales son el
experimento Michelson-Morley, el experimento del eclipse de Eddington y los
experimentos de Lummer y Pringsheim. Fue Agassi quien trató de convertir este
falsacionismo ingenuo en un programa de investigación hístoriográfico
sistemático23. En particular, predijo (o «postdijo», si se prefiere)
que detrás de cada descubrimiento experimental importante hay una teoría
contradicha por el descubrimiento; la importancia de un descubrimiento fáctico
debe medirse por la importancia de la teoría que refuta. Agassi parece aceptar
ingenuamente los juicios de valor de la comunidad científica sobre la
importancia de descubrimientos fácticos como los de Galvani, Oersted,
Priestley, Roentgen y Hertz, pero niega el «mito» de que constituyeran
descubrimientos azarosos (como se decía que fueron los cuatro primeros)
ejemplos confirmadores (como pensó Hertz en principio que era su
descubrimiento)24. De este modo llega Agassi a una predicción audaz:
los cinco experimentos fueron refutaciones con éxito (en algunos casos se
trataba incluso de refutaciones planeadas) de teorías que él se propone
desentrañar y que, realmente, afirma haber desentrañado en la mayoría de los
casos25.
21
Para una discusión, cf. cap. 1, especialmente pp. 27-28.
22
Para una discusión adicional, cf. abajo, pp.
158-59.
23
Agassi (1963).
24 Un
descubrimiento experimental es un descubrimiento azaroso en el sentido
objetivo si no constituye un ejemplo confirmador ni refutador de alguna
teoría que se incluye en el conocimiento objetivo del momento; es un descubrimiento
azaroso en el sentido subjetivo si el descubridor no lo realiza (o no lo
reconoce) como un ejemplo confirmador o refutador de alguna teoría que él
personalmente mantenía en ese momento.
25
Agassi (1963), pp. 64-74. * Véase también MCE, cap. 8 (Editores).
A
su vez, la historia interna propperiana puede ser fácilmente complementada con
teorías externas de la historia. Así, el mismo Popper explicó que (por el lado
positivo): 1) el principal estímulo externo de las teorías científicas procede
de la «metafísica» no científica e incluso de mitos (esto fue maravillosamente
ilustrado más tarde, principalmente por Koyré), y que (por el lado negativo):
2) los hechos no constituyen tales estímulos externos (los
descubrimientos fácticos íntegramente forman parte de la historia interna
constituyendo refutaciones de alguna teoría científica, de modo que los hechos
sólo son observados si entran en conflicto con algunas expectativas previas).
Ambas tesis son piedras angulares de la psicología de la investigación
de Popper26. Feyerabend desarrolló otra interesante tesis psicológica
de Popper: la proliferación de teorías rivales puede acelerar externamente
la falsación interna popperiana27.
Pero
las teorías externas complementarias del falsacionismo no tienen por qué
limitarse a las influencias puramente intelectuales. Se debe insistir (con
perdón de Agassi) en que el falsacionismo no es menos compatible con el punto
de vista del marxismo vulgar sobre el progreso científico que el inductivismo.
La única diferencia radica en que mientras para el inductivismo el marxismo
puede ser invocado para explicar el descubrimiento de hechos, según el
falsacionismo puede ser utilizado para explicar la invención de teorías
científicas,
en
tanto que la elección de hechos (que es, para el falsacionista, la elección de
«falsadores potenciales») está fundamentalmente determinada de forma interna
por las teorías.
La
«falsa conciencia» (falsa desde el punto de vista de su teoría de la
racionalidad) crea un problema al historiador falsacionista. Por ejemplo, ¿por
qué algunos científicos entienden que los experimentos cruciales son positivos
y verificadores en lugar de negativos y refutadores? Para solucionar estos
problemas el falsacionista Popper elaboró
(con
más habilidad que cualquiera de sus predecesores) el puente entre el
conocimiento objetivo (en su «tercer mundo») y sus distorsionados reflejos en
las mentes individuales28. De este modo preparó el camino para mi
demarcación entre historia interna y externa.
26
En el círculo popperiano fueron Agassi y Watkins quienes insistieron
particularmente en la importancia de las teorías «metafísicas» no falsables o
apenas contrastables como suministradoras de estímulos externos para
desarrollos posteriores auténticamente científicos. (Cf. Agassi, 1964b, y
Watkins, 1958). Desde luego esta idea ya está presente en Popper (1934) y
(1960b). Cf. cap. 1, p. 126; pero confío en que la nueva formulación de la
diferencia entre su enfoque y el mío, que hoy voy a ofrecer en este artículo,
resultará mucho más clara.
27
Popper en algunas ocasiones (y Feyerabend de forma
sistemática) acentuó la función catalizadora (externa) de las teorías
alternativas en la génesis de los llamados «experimentos cruciales». Pero las
alternativas no son simples catalizadores que posteriormente puedan ser
eliminadas en la reconstrucción racional: son partes necesarias del
proceso de falsación. Cf. Popper (1940) y Feyerabend (1965); pero cf. también
cap. 1, especialmente n. 121.
28
Cf. Popper (1968a) y (1968b).
d)
La metodología de los programas de investigación científica
Según
mi metodología, los grandes logros científicos son programas de investigación
que pueden ser evaluados en términos de transformaciones progresivas y
regresivas de un problema; las revoluciones científicas consisten en que un
programa de investigación reemplaza (supera progresivamente) a otro29.
Esta metodología ofrece una nueva reconstrucción racional de la ciencia. La
mejor forma de presentarla es por vía de contraste con el falsacionismo y el
convencionalismo de los que adopta algunos elementos esenciales.
Esta
metodología toma del convencionalismo la libertad de aceptar racionalmente,
mediante convención, no sólo los «enunciados fácticos» singulares en un sentido
espacio-temporal, sino también las teorías espacio-temporalmente universales;
en verdad, éste resulta ser el elemento más importante para la continuidad del
crecimiento científico30. La unidad básica para la evaluación no
debe ser una teoría aislada o una conjunción de teorías, sino un «programa de
investigación» con un «núcleo firme» convencionalmente aceptado
(y
por tanto, «irrefutable» por decisión provisional) y con una «heurística
positiva» que define los problemas, esboza la construcción de un cinturón de
hipótesis auxiliares, prevé anomalías y victoriosamente las transforma en
ejemplos según un plan preconcebido, todo ello. El científico enumera
anomalías, pero mientras su programa de investigación conserve su empuje, puede
dejarlas aparte. La selección de sus problemas está fundamentalmente dictada
por la heurística positiva de su programa y no por las anomalías31.
Sólo cuando se debilita la fuerza impulsora de la heurística positiva, se puede
otorgar más atención a las anomalías. De este modo la metodología de los
programas de investigación puede explicar la gran autonomía de la ciencia
teórica, lo que es imposible para las ingenuas e inconexas secuencias de
conjeturas y refutaciones de los falsacionistas. Todo lo que para Popper,
Watkins
y Agassi son influencias metafísicas, externas, se convierte aquí en el «núcleo
firme» interno de un programa32.
29
Los términos «cambios progresivos y regresivos de problemática», «programas de
investigación», «superación» serán sucintamente definidos en estas páginas; se
encontrarán definiciones más detalladas en mi (1968c), y especialmente en el
capítulo 1 de este volumen.
30
Popper no acepta esto: «Existe una gran diferencia entre mi enfoque y el
convencionalismo. Defiendo que lo que caracteriza al método empírico es
precisamente esto: nuestras convenciones determinan la aceptación de los
enunciados singulares, no de los universales» (Popper, 1934,
sección 30).
31
El falsacionista niega esto vehementemente: «Aprender de la experiencia es
aprender de cada caso de refutación. Cada caso de refutación se convierte en un
caso problemático» (Agassi, 1964b, p. 201). En su (1969) Agassi atribuyó a
Popper la afirmación según la cual «aprendemos de la experiencia mediante
refutaciones» (p. 169) y añade que, según Popper, sólo podemos aprender
de las refutaciones y no de las corroboraciones (p. 167). Feyerabend, incluso
en su (1969b), afirma que «en la ciencia son suficientes los casos negativos».
Pero estas observaciones revelan una teoría muy unilateral del aprendizaje por
medio de la experiencia. (Cf. cap. 1, n. 118)
32
Duhem, un firme positivista en filosofía de la ciencia, sin duda excluiría a la
mayor parte de la metafísica por carecer de carácter científico y no aceptaría
que pueda tener influencia en la ciencia propiamente dicha.
La
metodología de los programas de investigación presenta un cuadro del juego de
la ciencia muy diferente del ofrecido por el falsacionista metodológico. La
mejor jugada de apertura es un programa de investigación en lugar de una
hipótesis falsable (y, por tanto, consistente). La mera «falsación» (en el
sentido de Popper) no tiene por qué implicar el rechazo33. Las meras
«falsaciones» (esto es, las anomalías) deben ser consignadas, pero no es
necesario ocuparse de ellas. Desaparecen los grandes experimentos cruciales
negativos popperianos: «experimento crucial» es un título honorífico que,
naturalmente, puede ser conferido a ciertas anomalías, pero sólo ex-post, sólo
cuando un programa crucial se describe mediante un enunciado básico aceptado
que es inconsistente con una teoría. Según Popper, un experimento crucial viene
descrito por un enunciado básico aceptado que es inconsistente con una teoría
según la metodología de los programas de investigación científica, ningún
enunciado básico aceptado por sí solo justifica que el científico
rechace una teoría. Este conflicto puede presentar un problema (mayor o menor),
pero en modo alguno supone una «victoria». La naturaleza puede gritar «no»,
pero tal vez la inteligencia humana (en contra de Weyl y de Popper34
sea siempre capaz de gritar con más fuerza. Con recursos suficientes y algo
de suerte, cualquier teoría puede ser defendida «progresivamente» durante mucho
tiempo, aun cuando sea falsa. La secuencia popperiana de «conjeturas y
refutaciones», esto es, la secuencia de ensayo-mediante-hipótesis seguido de
error-probado-por-experimento ha de ser abandonada; ningún experimento es
crucial en el momento en que se realiza y aún menos en períodos previos
(excepto desde un punto de vista psicológico posiblemente).
Hay
que señalar, sin embargo, que la metodología de los programas de investigación
científica es más exigente que el convencionalismo de Duhem. Yo introduzco
algunos sólidos elementos popperianos para evaluar si un programa progresa o
degenera, o si está superando a otro, en lugar de permitir que el confuso
sentido común de Duhem35 juzgue cuándo ha de ser abandonado un marco
teórico. Esto es, ofrezco criterios de progreso y de estancamiento internos a
los programas, y también reglas para la eliminación de programas
de
investigación completos.
33
Cf. MCE, cap. 8, pp. 236-40, mi (1968c), pp. 162-67, y este volumen.
34 Cf.
Popper (1934), sección 85.
35
Cf. Duhem (1906), parte II, cap. VI, 10.
Se
dice que un programa de investigación progresa mientras sucede que su
crecimiento teórico se anticipa a su crecimiento empírico; esto es, mientras
continúe prediciendo hechos nuevos con algún éxito {«cambio progresivo de
problemática»); un programa está estancado si su crecimiento teórico se
retrasa con relación al crecimiento empírico; esto es, si sólo ofrece
explicaciones post-hoc de descubrimientos casuales o de hechos
anticipados y descubiertos en el seno de un programa rival {«cambio
regresivo de problemática»)36. Si un programa de investigación
explica de forma progresiva más hechos que un programa rival, «supera» a este
último, que puede ser eliminado (o archivado, si se prefiere)37.
[En
el seno de un programa de investigación, una teoría sólo puede
ser desplazada por otra teoría mejor; esto es, por una que tenga un exceso de
contenido empírico con relación a sus predecesoras, parte del cual resulta
posteriormente confirmado. Y para que se produzca la sustitución de una teoría
por otra, ni siquiera es necesario que la primera haya sido «refutada» en el
sentido popperiano del término. Por tanto, el progreso se caracteriza por
incidencias verificadoras de un exceso de contenido en lugar de incidencias
refutadoras38; la «falsación» empírica y el rechazo real se
convierten en actos independientes39. Antes de que una teoría haya
sido modificada no podemos saber de qué forma había sido «refutada», y algunas
de las modificaciones más interesantes son motivadas por la «heurística
positiva» del programa de investigación y no por las anomalías.
36 De hecho llamo regresivo a un
programa de investigación si, aun cuando anticipe hechos nuevos, lo hace
mediante una sucesión de parches y no mediante una heurística positiva
coherente, previamente planificada. Distingo entre tres clases de hipótesis auxiliares
ad hoc: las que no tienen un exceso de contenido empírico con relación a
sus predecesoras («ad hoc»1); las que tienen tal
exceso de contenido, pero ninguna parte del mismo está corroborada {«ad hoc»2)
y finalmente aquellas que no son ad hoc en estos dos sentidos pero
que no forman parte integral de la heurística positiva {«ad hoc»3).
Ejemplos de hipótesis ad hoc, los suministran las prevariaciones
lingüísticas de las pseudociencias o las estratagemas convencionalistas que
discutí en mi (1963-64), tales como «la eliminación de anormalidades», «la
eliminación de excepciones», «el reajuste de anormalidades», etc. Un ejemplo
famoso de una hipótesis ad hoc2 es la hipótesis de
contracción de Lorentz-Fitgerald; un ejemplo de hipótesis ad hoc3
es la primera corrección de Planck de la fórmula Lummer-Pringsheim (cf.
también capítulo 1). Una parte del crecimiento cancerígeno de las «ciencias»
sociales contemporáneas consiste en una red de tales hipótesis ad hoc3
como han probado Meehl y Lykken (para las referencias, cf. cap. 1, n. 322).
37 La
rivalidad de dos programas de investigación es, por supuesto, un proceso
dilatado durante el que resulta racional trabajar en cualquiera de ellos (o
en ambos si ello es posible) Esta última posibilidad es importante, por
ejemplo, cuando uno de los programas rivales resulta impreciso y sus oponentes
desean que adquiera una forma más rigurosa para que se pongan de manifiesto sus
debilidades. Newton elaboró la teoría cartesiana de los vórtices para demostrar
que era inconsistente con las leyes de Kepler. (Por supuesto, el trabajo
simultáneo en varios programas rivales debilita la tesis de Kuhn acerca de la
inconmensurabilidad psicológica de los paradigmas rivales.)
El
progreso de un programa es un hecho vital para la degeneración de su rival. Si
el programa P1 produce constantemente hechos nuevos, estos serán,
por definición, anomalías con respecto al programa rival P2. Si P2
explica estos hechos nuevos sólo de una forma ad hoc, este programa está
degenerando por definición. Así, cuanto más progrese P1, tanto más
difícil es que progrese P2.
38
Cf. especialmente capítulo 1.
39
Cf. especialmente volumen 2, MCE, p. 238, y este volumen.
Ya
esta diferencia tiene consecuencias importantes y conduce a una reconstrucción
racional del cambio científico muy diferente de la de Popper40.
Dado
que no debemos exigir la existencia de progreso para cada paso dado, resulta
muy difícil decidir cuándo un programa de investigación ha degenerado más allá
de toda esperanza o cuándo uno de los dos programas rivales ha conseguido una
ventaja decisiva sobre el otro. En esta metodología, como en el
convencionalismo de Duhem, no puede existir una racionalidad instantánea y
mucho menos mecánica. Ni la prueba lógica de inconsistencia ni el veredicto
de anomalía emitido por el científico experimental pueden derrotar de un golpe
a un programa de investigación. Sólo ex-post podemos ser «sabios»41.
En
este código del honor científico la modestia tiene un papel más importante que
en otros códigos. El científico debe comprender que aunque su adversario
haya quedado muy rezagado, aún puede protagonizar una contraofensiva. Las
ventajas con que cuenta una de las partes nunca pueden considerarse como
absolutamente concluyentes. Nunca hay algo inevitable en el triunfo de un
programa. Tampoco hay nunca algo inevitable en su derrota. Por ello la
terquedad, como la modestia, tienen funciones más «racionales». Sin embargo,
las puntuaciones de los bandos rivales deben ser anotadas42 y
expuestas al público en todo momento.
(En
este lugar deberíamos hacer referencia al principal problema epistemológico de
la metodología de los programas de investigación científica. Tal como ha sido
presentado, representa una versión muy radical del convencionalismo, al igual
que el falsacionismo metodológico de Popper. Es necesario postular algún
principio inductivo extrametodológico para poner en relación (aunque sólo sea
de forma tenue) el juego científico de aceptaciones y rechazos pragmáticos con
la verosimilitud43. Sólo con tal «principio inductivo» podemos
convertir el mero juego de la ciencia en un ejercicio racional desde un punto
de vista epistemológico, y el conjunto de tácticas brillantes y escépticas
emprendidas por diversión intelectual, en una aventura falibilista (más seria)
que consiste en aproximarnos a la Verdad del Universo44.
40
Por ejemplo, una teoría rival que actúa como un catalizador externo, según
la falsación popperiana de las teorías, aquí se convierte en un factor interno.
En la reconstrucción de Popper (y en la de Feyerabend), tal teoría, tras la
falsación de la teoría que se contrasta, puede ser eliminada de la
reconstrucción racional; según mi reconstrucción, debe permanecer en la
historia interna porque de otro modo la falsación queda anulada (cf. n. 27).
Otra
consecuencia importante es la diferencia entre la discusión de Popper del
argumento Duhem-Quine y la mía; cf. por una parte Popper (1934), último párrafo
de la sección 18, y sección, 19, n. 1; Popper (1957b), pp. 131-3; Popper
(1963a), p. 112, n. 26; pp. 238-9, y p. 243; por el otro lado, capítulo 1, pp.
184-9.
41
Para el falsacionista ésta es una idea repulsiva; cf.
e. g. Agassi (1963), pp. 48 y ss.
42
Parece que ahora Feyerabend niega que ni siquiera esto sea una posibilidad; cf.
su (1970a) y especialmente (1970b) y (1974).
43
Aquí utilizo el término «verosimilitud» en el sentido técnico de Popper, como
la diferencia entre el contenido de verdad y el contenido de falsedad de una
teoría. Cf. su (1963a), cap. 10.
44
Para una discusión más general de este problema, cf. abajo.
Como
cualquier otra metodología, la metodología de los programas de investigación
constituye un programa de investigación historiográfico. El historiador que
acepte esta metodología como guía buscará en la historia programas de
investigación rivales y desplazamientos progresivos o regresivos de
problemáticas. Allí donde el historiador duhemiano percibe una revolución que
sólo afecta a la simplicidad (como la de Copérnico) él buscará un programa
progresivo de gran envergadura que derrota a otro en degeneración.
Cuando
el falsacionista ve un experimento crucial negativo, él «predecirá» que no hubo
tal cosa, que tras cualquier supuesto experimento crucial, tras cualquier
supuesta batalla específica entre teoría y experimento, existe una guerra
oculta de desgaste entre dos programas de investigación. Sólo más tarde el
resultado de la guerra es vinculado, en la reconstrucción falsacionista, con
algún supuesto «experimento crucial» particular.
La
metodología de los programas de investigación, como cualquier otra teoría de la
racionalidad científica, debe ser complementada por la historia
empírico-externa. Ninguna teoría de la racionalidad podrá explicar nunca la
desaparición de la genética mendeliana de la Rusia soviética en la década de
1950, o las razones por las que algunas escuelas de investigación sobre
diferencias raciales genéticas o sobre la economía de la ayuda exterior,
quedaron desacreditadas en los países anglosajones en la década de 1960. Más
aún, para explicar los diferentes ritmos de desarrollo de los distintos
programas, puede ser necesario utilizar la historia externa. La reconstrucción
racional de la ciencia (en el sentido en que utilizo ese término) no puede ser
completa porque los seres humanos no son animales completamente racionales;
incluso cuando actúan racionalmente pueden defender una teoría falsa sobre sus
propios actos racionales45.
Pero
la metodología de los programas de investigación traza una demarcación entre
historia interna y externa, que es notablemente diferente de la trazada por
otras teorías sobre la racionalidad. Por ejemplo, lo que para un falsacionista
parece como el fenómeno (lamentablemente frecuente) de adhesión irracional a
una teoría «refutada» o inconsistente (y que por ello él relega a la historia
«externa»), puede ser perfectamente explicado internamente en mi
metodología como una defensa racional de un programa de investigación
prometedor. Por otra parte, las predicciones con éxito de hechos nuevos que
constituyen
evidencia importante en favor de un programa de investigación y, por tanto,
partes vitales de la historia interna, son irrelevantes tanto para el
inductivista como para el falsacionista46. Para el inductivista y el
falsacionista no importa realmente si el descubrimiento de un hecho precedió o
fue posterior a la aparición de una teoría; sólo su relación lógica resulta
decisiva. El impacto «irracional» del hecho histórico de que una teoría anticipara
un descubrimiento fáctico carece de significación interna. Tales
anticipaciones no constituyen «pruebas sino mera propaganda»47.
45
También cf. arriba y abajo.
46
El lector debe recordar que en este artículo sólo discuto el falsacionismo
ingenuo; cf. n. 19.
47
Este es el comentario de Kuhn sobre la predicción triunfante de Galileo acerca
de las fases de Venus (Kuhn, 1957, p. 224). Al igual que Mill y Keynes antes
que él, Kuhn no entiende que el orden histórico en que se presentan la teoría y
la evidencia es relevante; no percibe la relevancia del hecho de que los
copernicanos predijeran las fases de Venus, mientras que los seguidores de
Ticho las explicaron solamente mediante ajustes post-hoc. En realidad, y
puesto que no ve la importancia de estos hechos, ni siquiera los menciona.
O
bien, consideremos la insatisfacción de Planck con su fórmula sobre radiación
de 1900 que él consideraba como «arbitraria». Para el falsacionista la fórmula
era una hipótesis audaz y falsable y el disgusto de Planck,
una reacción irracional sólo explicable en términos psicológicos. Sin embargo,
según mi punto de vista, la insatisfacción de Planck puede ser explicada
internamente: se trataba de una condena racional de una teoría ad hoc48.
Mencionaré otro ejemplo: para el falsacionismo la irrefutable «metafísica»
es una influencia intelectual externa, mientras que, según mi enfoque, es una
parte esencial de la reconstrucción racional de la ciencia.
Hasta
ahora la mayoría de los historiadores han tendido a considerar la solución de
algunos problemas como un monopolio de los externalistas. Uno de tales
problemas es la gran frecuencia con que ocurren descubrimientos simultáneos.
Los marxistas vulgares tienen una solución sencilla para este problema: un
mismo descubrimiento es efectuado por muchas personas al mismo tiempo una vez
que surge la necesidad social del mismo49. Ahora bien, decidir qué
constituye un descubrimiento y, en particular, un descubrimiento
fundamental,
es algo que depende de la metodología de cada uno. Para el inductivista los
descubrimientos más importantes son tácticos, y ciertamente éstos a menudo se
realizan de forma simultánea. Para el falsacionista un descubrimiento fundamental
es el descubrimiento de una teoría y no el de un hecho. Una vez descubierta
(o más bien inventada) una teoría, se convierte en propiedad pública y nada
parece más obvio que la previsible aparición de distintas personas que la
contrastarán simultáneamente y que realizarán, simultáneamente, descubrimientos
fácticos de importancia menor. Además, una teoría publicada constituye un reto
para la creación de explicaciones, independientemente contrastables, de nivel
superior. Por ejemplo, dadas las elipses de Kepler y la dinámica rudimentaria
de Galileo, no resulta muy sorprendente el descubrimiento «simultáneo» de una
ley del inverso del cuadrado; cuando la situación en que se encuentra un
problema es pública, las soluciones simultáneas pueden explicarse mediante razones
puramente internas50. Sin embargo, puede ser que el
descubrimiento de un problema nuevo no sea tan fácilmente explicable. Si se
interpreta la historia de la ciencia como compuesta por programas de
investigación rivales, entonces la mayoría de los descubrimientos simultáneos, sean
teóricos o fácticos, quedan explicados por el hecho de que, puesto que los
programas
de investigación son propiedad pública, hay muchas personas que trabajan en
ellos en diferentes lugares del mundo sin conocerse entre ellas. Posiblemente,
con todo, los desarrollos realmente nuevos, fundamentales y revolucionarios rara
vez se llevan a cabo de forma simultánea. Algunos supuestos descubrimientos
simultáneos de nuevos programas se perciben como descubrimientos simultáneos
desde una perspectiva retrospectiva errónea: de hecho, se trata de
descubrimientos diferentes posteriormente agrupados en uno solo51.
48
Cf. n. 36.
49
Para un enunciado de esta postura y una interesante discusión crítica, cf.
Polanyi (1951), pp. 4 y ss., y pp. 78 y ss.
50
Cf. Popper (1963b) y Musgrave (1969a).
51
Esto fue ilustrado por Elkana de forma convincente para el caso del llamado
descubrimiento simultáneo de la conservación de la energía; cf. su (1971).
Un
tema favorito de los externalistas ha sido el problema, relacionado con el
anterior, de por qué se atribuye tanta importancia a las disputas sobre
prioridades y por qué se gasta tanta energía en el tema. El inductivista,
el convencionalista o el falsacionista ingenuo sólo puede ofrecer una
explicación externa; pero a la luz de la metodología de los programas de
investigación algunas disputas sobre prioridades resultan ser problemas internos
esenciales, puesto que en esta metodología resulta esencial, para
realizar una evaluación racional, el decidir qué programa fue el primero en
anticipar un hecho nuevo y cuál acomodó posteriormente el hecho ya conocido. Algunas
disputas sobre prioridades pueden explicarse por interés racional y no
simplemente por vanidad y ambición de fama. Desde este punto de
vista
resulta importante, por ejemplo, que la teoría de Tycho sólo consiguiera
explicar post hoc la distancia y las fases observadas de Venus que
originalmente fueron anticipadas con precisión por los copernicanos52,
o que los cartesianos consiguieran explicar todo lo que predijeron los
newtonianos, pero sólo post hoc. La teoría óptica newtoniana explicó post
hoc muchos fenómenos que fueron anticipados y observados por primera vez
por los huyghenianos53.
Todos
estos ejemplos muestran la forma en que la metodología de los programas de
investigación convierte en internos a muchos problemas que habían sido externos
para otras historiografías. Ocasionalmente la frontera se desplaza en la
dirección contraria. Por ejemplo, puede haber existido un experimento que haya
sido aceptado instantáneamente (a falta de una teoría mejor) como un
experimento crucial negativo. Para el falsacionista tal aceptación es parte de
la historia interna; para mí, no es racional y debe ser explicado en
términos
de la historia externa.
52
También cf. n. 47.
53
Para la variante mertoniana del funcionalismo (como me indicó Alan Musgrave),
las disputas sobre prioridades constituyen, prima facie, una disfunción
y, por ello, una anomalía, que Merton ha estado tratando de explicar en
términos socio-psicológicos (cf. e. g, Merton, 1957, 1963 y 1969). Según
Merton, «el conocimiento científico no es más rico o más pobre por
conceder importancia a quien la merece: son la institución social de la
ciencia y los científicos individuales quienes sufrirían en razón de los errores
repetidos en la asignación de méritos» (Merton, 1957, p. 648). Pero Merton
sobrevalora el tema: en algunos casos importantes (como en algunas de las
disputas de Galileo sobre prioridades) se ventilaba algo más fundamental que
los intereses institucionales; el problema era si el programa de investigación
copernicano era progresivo o no lo era. [Por supuesto, no todas las disputas
sobre prioridades tienen relevancia científica. Por ejemplo, la discusión sobre
prioridades entre Adams y Leverrier acerca del descubrimiento de Neptuno,
carecía de tal relevancia; cualquiera que fuese el descubridor, el
descubrimiento reforzó el mismo programa (newtoniano). En tales casos, la
explicación externa de Merton bien podría ser cierta.]
Nota.
La metodología de los programas de investigación fue
criticada tanto por Feyerabend como por Kuhn. Según Kuhn: «(Lakatos) debe
especificar los criterios que deben utilizarse en un momento dado para
distinguir entre un programa de investigación progresivo y otro regresivo, y
así sucesivamente. De otro modo, no nos ha dicho nada en absoluto»54.
En realidad, yo especifico tales criterios. Probablemente Kuhn quería
decir que «(mis) criterios sólo tienen un valor práctico si se combinan con un limite
temporal» (lo que parece ser un cambio regresivo de una
problemática, puede constituir el comienzo de un período de progreso mucho
mayor)55. Puesto que yo no especifico tal límite temporal,
Feyerabend concluye que mis criterios sólo son «adornos verbales»56.
Musgrave me señaló un tema relacionado en una carta que contenía algunas
críticas constructivas importantes de un borrador previo; me pedía que
especificara, por ejemplo, cuándo la adhesión dogmática a un programa debe ser
explicada externamente y no internamente.
Deseo
explicar que tales objeciones carecen de fundamento. Racionalmente uno puede
adherirse a un programa en regresión hasta que éste es superado por otro rival e
incluso después. Lo que no debemos hacer es negar su pasado
deficiente. Tanto Feyerabend como Kuhn mezclan evaluaciones metodológicas de
un programa con los sólidos consejos heurísticos acerca de cómo proceder57.
Es perfectamente racional participar en un juego arriesgado; lo que es
irracional es engañarse con relación a los riesgos.
Esto
no implica que otorguemos tanta libertad como parece a quienes se
aferran a un programa en regresión. En la mayoría de los casos sólo pueden
actuar en este sentido en privado. Los editores de las revistas científicas
deben negarse a publicar aquellos artículos que contengan o bien reafirmaciones
solemnes de sus posturas o absorciones de la contraevidencia (o incluso de los
programas rivales) realizadas mediante ajustes lingüísticos y ad hoc. También
las fundaciones para la investigación deben negar sus fondos58.
Estas
observaciones también responden a la objeción de Musgrave separando la adhesión
racional a un programa en regresión y la irracional (o la honesta y la
deshonesta). También proyecta luz adicional sobre la demarcación entre historia
interna y externa. Prueban que la historia interna es autosuficiente para la
presentación de la historia en abstracto, incluyendo las problemáticas en
regresión. La historia externa explica por qué algunas personas mantienen
creencias falsas sobre el progreso científico, y cómo puede resultar influida
su actividad científica por tales creencias.
54
Kuhn (1970b), p. 239 (subrayado añadido).
55 Feyerabend (1970a), p. 215.
56 Ibid.
57 Cf. p. 135, n. 2.
58
No pretendo, por supuesto, que tales decisiones no sean controvertibles. En
decisiones de ese tipo también debemos utilizar nuestro sentido común. El
sentido común (esto es, la evaluación en casos particulares que no se
efectúa según unas reglas mecánicas sino que sigue ciertos principios generales
que dejan algún Spielraum) desempeña una función en todas las variantes
de las metodologías no mecánicas. El convencionalista duhemiano necesita del
sentido común para decidir cuándo un marco teórico ha llegado a ser lo bastante
complejo como para ser sustituido por otro «más simple». El falsacionista
popperiano necesita del sentido común para decidir cuándo ha de ser aceptado un
enunciado básico o a qué premisa se debe dirigir el modus tollens (cf.
cap. 1) Pero ni Duhem ni Popper conceden un cheque en blanco al sentido común.
Ofrecen orientaciones muy definidas. El juez duhemiano induce al jurado del
sentido común a alcanzar un acuerdo sobre la simplicidad comparada; el juez
popperiano impulsa al jurado a buscar y a llegar a un acuerdo sobre enunciados
básicos aceptados que entren en conflicto con teorías aceptadas. Mi juez
instruye al jurado sobre la necesidad de llegar a un acuerdo relativo a las
evaluaciones de los programas de investigación progresivos y regresivos. Pero,
por ejemplo, pueden existir puntos de vista contrarios sobre si un enunciado
básico aceptado expresa un hecho nuevo o no. Cf. cap. 1. Aunque es
importante que se alcance un acuerdo en tales veredictos, también debe existir
la posibilidad de apelación. En tales apelaciones se especifica, se pone en
duda y se crítica el sentido común previamente inespecificado. (Puede incluso
suceder que la crítica deje de ser una crítica de la interpretación de la ley
para convertirse en una crítica de la ley misma.)
e) Historia interna y externa
Se
han examinado brevemente cuatro teorías sobre la racionalidad del progreso
científico (o lógica de la investigación científica). Se ha mostrado la forma
en que cada una de ellas suministra un marco teórico para la reconstrucción
racional de la historia de la ciencia.
La
historia interna de los inductivistas consiste en supuestos descubrimientos de
hechos sólidos y en las llamadas generalizaciones inductivas. La historia
interna de los convencionalistas consiste en descubrimientos fácticos y
en la construcción de sistemas de casillas y su sustitución por otros
supuestamente más simples59. La historia interna de los
falsacionistas pone énfasis en las conjeturas audaces, en las mejoras de las
que se afirma que siempre son de contenido creciente, y, sobre todo, en
los «experimentos cruciales negativos» que tienen éxito. La metodología de
los programas de investigación, por fin, insiste en la duradera rivalidad
técnica y empírica de los principales programas de investigación, en los
desplazamientos progresivos regresivos de problemática y en la victoria, que
emerge lentamente, de un programa sobre otro.
Cada
reconstrucción racional produce un patrón característico del crecimiento
racional del conocimiento científico. Pero todas estas reconstrucciones
normativas pueden requerir de teorías empíricas externas para explicar
los factores residuales no racionales. La historia
de
la ciencia siempre es más rica que su reconstrucción racional. Pero la
reconstrucción racional o historia interna es lo principal; la historia externa
es secundaria puesto que los problemas más importantes de la historia externa
son definidos por la historia interna. La historia externa o bien
suministra explicaciones no racionales del ritmo, localización, selectividad,
etc., de los acontecimientos históricos interpretados en términos de la
historia interna, o bien suministra (cuando la historia difiere de su
reconstrucción racional) una explicación empírica de tal divergencia. Pero el
aspecto racional del crecimiento científico queda enteramente explicado por la
lógica de la investigación científica de cada uno.
Sea
cual sea el problema que desee resolver el historiador de la ciencia, deberá
reconstruir, en primer lugar, la sección relevante del crecimiento del
conocimiento científico objetivo; esto es, la sección relevante de la «historia
interna». Como hemos visto, qué cosas constituyan para él la historia interna
dependerá de su filosofía tanto si es consciente de este hecho como si no lo
es. La mayoría de las teorías sobre el crecimiento del conocimiento son teorías
acerca del crecimiento del conocimiento no articulado; el que un experimento
sea crucial o no lo sea, el que una hipótesis sea muy probable a la luz de la
evidencia disponible o no lo sea; el que el cambio de una problemática sea
progresivo o no lo sea, son temas que no dependen, en absoluto, de las
creencias, la personalidad o la autoridad del científico. Estos factores
subjetivos carecen de interés para cualquier historia interna. Por ejemplo, el
«historiador interno» consigna el programa proutiano con su núcleo firme (según
el cual los pesos atómicos de los elementos químicos puros son números enteros)
y su heurística positiva (eliminar y sustituir las falsas teorías
observacionales contemporáneas aplicadas en la medición de pesos atómicos).
59
La mayoría de los convencionalistas también mantienen un nivel inductivo de
«leyes» intermedias entre los hechos y las teorías; cf. p. 139, n. 15.
Este
programa fue posteriormente desarrollado60. El historiador interno
perderá poco tiempo en la creencia de Prout de que si las «técnicas
experimentales» de su tiempo fueran aplicadas cuidadosamente y se interpretaran
adecuadamente los datos experimentales, inmediatamente se advertiría que las
anomalías eran simples ilusiones. El historiador interno considerará este hecho
histórico como perteneciente al segundo mundo, una caricatura de su
contrapartida en el tercer mundo61. No es problema suyo explicar por
qué se originan tales caricaturas; puede remitir al externalista, en una nota o
a pie de página, el problema de explicar por qué algunos científicos mantienen
creencias falsas sobre lo que están haciendo62.
Por
tanto, al construir la historia interna el historiador será muy selectivo;
omitirá cuanto sea irracional a la luz de su teoría de la racionalidad. Pero
esta selección normativa aún no llega a ser tona reconstrucción racional
completa. Prout, por ejemplo, nunca articuló
el
«programa proutiano»: el programa proutiano no es el programa de Prout. No
es sólo el éxito (interno) o el fracaso (interno) lo que únicamente puede
juzgarse retrospectivamente: frecuentemente sucede lo mismo con el contenido. La
historia interna no es solamente una selección de hechos interpretados
metodológicamente; en ocasiones puede ser una versión de ellos radicalmente
mejorada. Esto puede ilustrarse utilizando el programa de Bohr. En 1913
puede que Bohr ni siquiera hubiera pensado en la posibilidad del spin del
electrón. Tenía más que suficiente en qué ocuparse sin necesidad de tal spin.
Sin embargo, el historiador que describa con visión retrospectiva el programa
bohriano debe incluir el spin del electrón en el mismo, puesto que tal spin
encaja lógicamente en el esquema natural del
programa.
Bohr podía haberlo mencionado en 1913. Las razones de que no lo hiciera así
constituyen un problema interesante que merece ser indicado en una nota63.
(Tales
problemas pueden ser solucionados posteriormente, bien utilizando causas
racionales relativas al crecimiento del conocimiento objetivo e impersonal, o
bien externamente, apelando a motivos psicológicos pertenecientes al desarrollo
de las creencias personales de Bohr.)
60
La proposición «el programa proutiano fue desarrollado» parece una proposición
«fáctica». Pero no hay proposiciones «fácticas»: la frase se introdujo en el
lenguaje ordinario procedente del empirismo dogmático. Las proposiciones
«tácticas» científicas son teórico-dependientes; las teorías involucradas
son teorías observacionales. También las proposiciones «fácticas»
historiográficas son teórico-dependientes; las teorías involucradas son
teorías metodológicas. En la decisión relativa al valor de verdad de la
proposición fáctica «el programa proutiano fue desarrollado» hay implicadas dos
teorías metodológicas. Primero, la teoría de que las unidades de evaluación
científica son programas de investigación; segundo, alguna teoría específica
sobre cómo decidir si un programa ha sido desarrollado de hecho. Por todas
estas consideraciones un historiador interno popperiano no necesitará
interesarse en absoluto por las personas implicadas o por sus creencias acerca
de sus propias actividades.
61
El «primer mundo» es el de la materia; el «segundo», el mundo de los
sentimientos, las creencias, la conciencia; el «tercero», el mundo del
conocimiento objetivo articulado en proposiciones. Esta es una tricotomía muy
antigua y de una importancia vital: su principal defensor contemporáneo es
Popper. Cf. Popper (1968a) y {1968b), y Musgrave (1969) y (1974).
62 Por
supuesto, qué constituya, en este contexto, una «creencia falsa» (o «conciencia
falsa») dependerá de la teoría de la racionalidad del crítico: cf. arriba.
Pero ninguna teoría de la racionalidad puede conseguir nunca alcanzar la
«conciencia auténtica».
63
Si la publicación del programa de Bohr se hubiera retrasado unos cuantos años,
las especulaciones adicionales podrían incluso haber alcanzado el problema del
spin del electrón sin la observación previa del efecto anómalo de Zeeman.
Realmente Compton suscitó el problema en el contexto del programa de Bohr, en
su (1919).
Una
forma de indicar las discrepancias entre la historia y su reconstrucción
racional es relatar la historia interna en el texto e indicar en las
notas los «desajustes» de la historia real con relación a su reconstrucción
racional64.
A
muchos historiadores les parecerá abominable la idea de cualquier reconstrucción
racional y citarán a lord Bolingbroke: «la historia es la enseñanza de la
filosofía mediante ejemplos». Dirán que antes de filosofar «necesitan muchos
ejemplos adicionales»65. Pero
tal
teoría inductivista de la historiografía es utópica66. Es
imposible una historia carente de algún «principio» teórico67.
Algunos historiadores tratan de hallar descubrimientos de hechos sólidos y
generalizaciones inductivas; otros, buscan teorías audaces y experimentos
cruciales
negativos; otros, por fin, buscan simplificaciones importantes desplazamientos
progresivos o regresivos de problemática; todos ellos tienen algún «prejuicio»
teórico. Por supuesto, tales prejuicios pueden quedar oscurecidos mediante una
variación ecléctica de teorías o mediante la confusión teórica, pero ni el
eclecticismo ni la confusión equivalen a una perspectiva ateórica. Lo que un
historiador considere como un problema externo muchas veces constituye una guía
excelente de su metodología implícita; algunos preguntarán por qué un hecho
sólido o una teoría audaz fueron descubiertos, cuándo y dónde fueron
descubiertos; otros preguntarán cómo una problemática regresiva pudo gozar de
amplia aceptación popular durante un período de tiempo increíblemente largo, o
por qué una «problemática progresiva» permaneció «irracionalmente» ignorada68.
Se han escrito textos muy largos sobre si la emergencia de la ciencia era una
cuestión puramente europea y por qué; pero tal investigación tiene que
continuar siendo una confusa marcha errática hasta que se defina claramente «la
ciencia» de acuerdo con alguna filosofía normativa de la ciencia.
64
Utilicé por primera vez esta técnica expositiva en mi (1963-4); la usé de nuevo
al ofrecer una exposición detallada de los programas de Prout y de Bohr; cf.
cap. 1. Esta técnica fue criticada en la Conferencia de Minneapolis de 1969 por
algunos historiadores, McMullin, por ejemplo, afirmó que esta exposición puede
arrojar luz sobre una metodología, pero ciertamente no sobre la historia
real; el texto informa al lector de lo que debía haber sucedido y las notas
de lo que de hecho sucedió (cf. McMullin, 1970). La crítica de Kuhn de mi
exposición era fundamentalmente análoga: entendía que era una exposición
específicamente filosófica: «un historiador no incluiría en su
narración una información fáctica de
la que sabe que es falsa. De haberlo hecho así, se sentiría tan abrumado por la
culpa que no compondría una nota para llamar la atención sobre tal hecho; cf.
Kuhn (1970b), p. 256.
65
Cf. L. Pearce Williams (1970).
66
Tal vez debería insistir en la diferencia entre, por una parte, la historiografía
inductivista de la ciencia según la cual la ciencia avanza mediante el
descubrimiento de hechos sólidos (en la naturaleza) y (posiblemente) mediante
generalizaciones inductivas y, por otra parte, la teoría inductivista de la
historiografía de la ciencia según la cual la historiografía de la ciencia
avanza mediante el descubrimiento de hechos sólidos (de la historia de la
ciencia) y (posiblemente) mediante generalizaciones inductivas. Para algunos
historiógrafos inductivistas las «conjeturas audaces», «los experimentos
cruciales negativos» e incluso los «programas de investigación progresivos y
regresivos» pueden ser considerados como «sólidos hechos históricos». Una de
las debilidades del texto de Agassi de (1963) es que no insistió en esta
distinción entre inductivismo científico e historiográfico.
67
Cf. Popper (1957b), sección 31.
68
Esta tesis implica que el trabajo de esos «externalistas» (en su mayoría
modernos «sociólogos de la ciencia») que pretenden trazar la historia social de
alguna disciplina científica sin conocer la disciplina misma, y su historia
interna, carece de valor. También cf. Musgrave (1974).
Uno
de los problemas más interesantes de la historia externa consiste en
especificar las condiciones psicológicas y también sociales que son necesarias
(aunque, naturalmente, nunca suficientes) para hacer posible el progreso
científico, pero incluso en la formulación misma de este problema «externo»
tiene que entrar alguna teoría metodológica, alguna definición de
la ciencia. La historia de la ciencia es una historia de acontecimientos
seleccionados e interpretados normativamente69. Puesto que tal es el
caso, el problema hasta ahora ignorado de evaluar las lógicas rivales del
descubrimiento y, por tanto, las reconstrucciones rivales de la historia,
adquiere importancia fundamental. A continuación me ocuparé de ese problema.
2. Comparación crítica de las metodologías: la
historia como contrastación de su reconstrucción racional
Las
teorías sobre la racionalidad científica pueden clasificarse en
dos
apartados principales:
1. Metodologías justificacionistas que
establecen reglas metodológicas muy exigentes; para los justificacionistas
clásicos una proposición es «científica» sólo si ha sido «probada»; para los
neojustificacionistas, sólo si es probable (en el sentido del cálculo de
probabilidades) si ha sido corroborada (en el sentido de la tercera nota
de Popper sobre corroboración) hasta un grado probado70. Algunos
filósofos de la ciencia abandonaron la idea de probar o de probabilizar (de
forma probada) las teorías científicas, pero continuaron siendo empiristas
dogmáticos; sean inductivistas, probabilistas, convencionalistas o
falsacionistas, se aferraron a la posibilidad de probar las proposiciones
«fácticas». Por supuesto, en la actualidad todas estas formas diferentes de
justificacionismo han sucumbido ante el peso de la crítica lógica y
epistemológica.
69
Desgraciadamente en la mayoría de los idiomas sólo existe una palabra que
denote la historial (el conjunto de acontecimientos históricos) y la
historia2 (un conjunto de proposiciones históricas). Cualquier
historia2 es una reconstrucción de la historial cargada de teorías y
de valores.
70
Esto es, una hipótesis h es científica sólo si existe un número q tal
que p{h,e) = q, donde e es
la evidencia disponible y p{h,e) = q puede ser probado. Resulta
irrelevante que p sea una función de confirmación carnapiana o una
función de corroboración popperiana mientras se suponga que p(h,e) = q está
probado. (La tercera nota sobre corroboración de Popper sólo es, por supuesto,
un curioso desliz sin conexión con su filosofía; cf. MCE, cap. 8, pp. 260-68.)
El
probabilismo nunca ha generado un programa de reconstrucción historiográfica;
nunca ha pasado de enfrentarse (sin éxito) con los mismos problemas que lo
crearon. Como programa epistemológico ha estado degenerando durante un largo
tiempo; como programa historiográfico ni siquiera se ha estrenado.
2. Las únicas alternativas que quedan son las
metodologías pragmático-convencionalistas coronadas por algún principio
global de inducción. En primer lugar las metodologías convencionalistas
establecen algunas reglas sobre «aceptación» y «rechazo» de las proposiciones
fácticas y teóricas sin mencionar en esta etapa regla alguna referente a la
prueba y refutación, verdad y falsedad. Después nos ofrecen diferentes
conjuntos de reglas para el juego científico. El juego inductivista
consistiría en recopilar datos «aceptables» (no probados) obteniendo con ellos
generalizaciones inductivas «aceptables» (no probadas). El juego
convencionalista consistiría en recopilar datos «aceptables» y ordenarlos en el
sistema de casillas más sencillo posible (o en crear los sistemas de casillas
más simples posibles y llenarlos después con datos aceptables). Popper
especificó que un juego adicional era también científico71. En
versiones mutiladas, incluso aquellas metodologías que han quedado
desacreditadas por razones lógicas y epistemológicas, pueden continuar
funcionando como guías para la reconstrucción racional de la historia. Pero
estos juegos científicos carecen de cualquier relevancia epistemológica
genuina a menos que les añadamos alguna clase de principio metafísico (o
inductivo, si se prefiere), especificando que el juego especificado por la
metodología suministra la mayor probabilidad de aproximarse a la Verdad. A su
vez, tal principio convierte las puras convenciones del juego en conjeturas
falibles, pero sin él el juego científico es como cualquier otro juego72.
Resulta muy difícil criticar metodologías convencionalistas como las de
Duhem y Popper. No existe un procedimiento obvio para criticar un juego o un
principio metafísico. Para superar tales dificultades voy a proponer una nueva
teoría acerca de cómo evaluar tales metodologías de la ciencia (las que son
convencionalistas al menos en la primera etapa, antes de la introducción de un
principio inductivo). Mostraré que las metodologías pueden ser criticadas sin
referencia directa alguna a cualquier teoría epistemológica (ni lógica,
incluso) y sin utilizar directamente ninguna crítica lógico-epistemológica. La
idea básica de esta crítica es que todas las metodologías funcionan como
teorías o programas de investigación historiográficos (o metahistóricos) y
pueden ser criticadas criticando las reconstrucciones racionales que originan.
Trataré
de desarrollar este método historiográfico de crítica de modo dialéctico.
Comenzaré con un caso especial: en primer lugar, «refuto» el falsacionismo
«aplicando» el falsacionismo (a un metanivel normativo historiográfico) a sí
mismo. Después, también aplicaré el falsacionismo al inductivismo y al
convencionalismo y realmente argumentaré que todas las metodologías están
condenadas a ser finalmente «falsadas» con la ayuda de esta machine de
guerre pyrroniana. Por último, aplicaré no el falsacionismo, sino la
metodología de los programas de investigación científica (también a un
meta-nivel normativo-historiográfico) al inductivismo, al convencionalismo, al
falsacionismo y a sí misma, y mostraré que, con este metacriterio, las
metodologías pueden ser criticadas y comparadas de modo constructivo. Esta
versión normativo-historiográfica de la metodología de los programas de
investigación científica suministra una teoría general acerca de cómo comparar
lógicas de la investigación rivales; una teoría en que (en un sentido que debe
especificarse con cuidado) la historia puede contemplarse como una «prueba»
de sus reconstrucciones racionales.
71
Popper (1934), secciones 11 y 85. También cf. el comentario del capítulo 3, n.
13. También la metodología de los programas de investigación se define, en
primer término, como un juego; cf. arriba.
72
Todo este conjunto de problemas es el tema del capítulo 8 de MCE, pp. 243 y
ss., y especialmente del capítulo 3 de este volumen.
a)
El falsacionismo como un meta-criterio: la historia «falsa» el falsacionismo (y
cualquier otra metodología)
Las
evaluaciones científicas en sus versiones puramente «metodológicas», como ya se
ha dicho, son convenciones y siempre pueden ser formuladas como definiciones de
la ciencia73. ¿Cómo puede criticarse una definición tal?
Interpretada de forma nominalista74 una definición no es sino una
simple abreviatura, una sugerencia terminológica, una tautología. ¿Cómo se
puede criticar una tautología? Popper, en una ocasión, afirma que su definición
de la ciencia es «fructífera» porque «con su ayuda pueden clasificarse y
resolverse muchos problemas». Cita a Menger: «Las definiciones son dogmas; sólo
las conclusiones que de ellas extraigamos pueden ofrecernos perspectivas
nuevas»75. Pero ¿cómo es posible que una definición tenga poder
explicativo o que suministre nuevas perspectivas? La respuesta de Popper es
ésta: «sólo a partir de las consecuencias de mi definición de ciencia empírica
y de las decisiones metodológicas que dependen de tal definición podrá apreciar
el científico hasta qué punto se adecua con su idea intuitiva sobre la
finalidad de su trabajo»76.
La
respuesta encaja con la posición general de Popper según la cual las
convenciones pueden ser criticadas discutiendo su adecuación respecto a algún
fin: «puede haber opiniones diferentes sobre la conveniencia de cualquier
convención; una discusión razonable sobre estos temas sólo es posible cuando
las partes tienen algún objetivo común. La elección de tal objetivo...
sobrepasa la argumentación racional77. En realidad Popper nunca
suministró una teoría sobre la crítica racional de las convenciones consistentes.
No sólo no responde sino que nunca se plantea la pregunta «¿en qué
condiciones abandonaría
su
criterio de demarcación?»78.
Pero
es posible responder a esa pregunta. Ofreceré mi respuesta en dos etapas: daré
primero una respuesta primaria y luego otra más sofisticada. Comienzo
recordando cómo llegó Popper, según su propia explicación79, a idear
su criterio.
73
Cf. Popper (1934), secciones 4 y 11. La definición de la ciencia de Popper es,
por supuesto, su famoso «criterio de demarcación».
74 Para
una discusión excelente de la distinción entre nominalismo y realismo (o, como
Popper prefiere llamarlo, esencialismo) en la teoría de las definiciones, cf.
Popper (1945), vol. 2, cap. 11 y (1963a), p. 20.
75
Popper (1934), sección 11.
76 Ibid.
77 Popper
(1934), sección 4. Pero Popper, en su Logik der Forschung nunca
especifica una finalidad para el juego de la ciencia que trascienda a lo
que está contenido en sus reglas. La tesis de que el propósito de la
ciencia es la verdad, sólo aparece en sus escritos a partir de 1957.
Todo lo que dice en su Logik der Forschung es que la búsqueda de la
verdad puede ser una motivación psicológica de los científicos. Para una
discusión detallada, cf. cap. 3.
78
Este desliz es tanto más serio cuanto que el mismo Popper ha expresado algunas
cualificaciones sobre su criterio. Por ejemplo, en su (1963a) describe «el
dogmatismo», esto es, el tratar a las anomalías como una especie de ruido
ambiental, como algo que es «necesario en alguna medida» (p. 49). Pero en la
página siguiente identifica este «dogmatismo» con la «pseudociencia». Entonces,
¿es la pseudociencia «necesaria en alguna medida»? También cf. cap. 1, n. 327.
79
Cf. Popper (1963a), pp. 33-37.
Popper
entendía, al igual que los mejores científicos de su tiempo, que la teoría de
Newton, aunque refutada, era un maravilloso logro científico; que la teoría de
Einstein aún era mejor, y que la astrología, el freudianismo y el marxismo del
siglo XX eran pseudocientíficos. Su problema era encontrar una definición de la
ciencia que implicara tales «juicios básicos» sobre teorías particulares, y la
solución que ofreció era nueva. Ahora consideremos la siguiente propuesta: una
teoría de la racionalidad, o criterio de demarcación, ha de ser rechazada si es
inconsistente con un «juicio de valor» básico y aceptado por la élite
científica. Realmente esta regla metodológica (metafalsacionismo) parece
corresponderse con la regla metodológica (falsacionismo) de Popper, según la
cual
una
teoría científica ha de ser rechazada si es inconsistente con un enunciado
básico («empírico») unánimemente aceptado por la comunidad científica. Toda la
metodología de Popper reposa sobre la afirmación de que existen enunciados
(relativamente) singulares sobre cuyos valores de verdad los científicos pueden
alcanzar un acuerdo unánime; sin tal acuerdo se crearía una nueva Babel y el
«soberbio edificio de la ciencia pronto se convertiría en ruinas»80.
Pero incluso si existiera un acuerdo sobre enunciados «básicos», de no haber
acuerdo sobre cómo evaluar los logros científicos concernientes a esa «base
empírica»,
¿no quedaría igualmente en ruinas el soberbio edificio de la ciencia? Sin duda,
tal sería el caso. Aunque no ha existido un acuerdo general sobre una
teoría de la racionalidad científica, ha habido un considerable acuerdo sobre
si un movimiento particular del juego era científico o fraudulento o sobre si
una estrategia particular se jugaba correctamente o no. Por tanto, una
definición general de la ciencia debe reconocer como científicos los
movimientos que se aceptan como mejores; si no consigue tal cosa, debe ser
rechazada81.
Por
tanto, podemos proponer de forma tentativa que si un criterio de demarcación
es inconsistente con las evaluaciones básicas de la élite científica, debe ser
rechazado.
Pues
bien, si aplicamos este meta-criterio cuasi-empírico (que abandonaré más
tarde), el criterio de demarcación de Popper (esto es, las reglas de Popper
para el juego de la ciencia) debe ser rechazado82.
80
Popper (1934), sección 29.
81
Por supuesto, este enfoque no implica que nosotros creamos que los
«juicios básicos» de los científicos son inevitablemente racionales; sólo
significa que los aceptamos para criticar las definiciones universales
de la ciencia. (Si añadiéramos que ninguna definición tal ha sido hallada y que
ninguna definición universal tal será hallada nunca, entonces la escena
está preparada para recibir la concepción de Polanyi de una autocracia
científica cerrada y carente de leyes).
Mi
metacriterio puede considerarse como una autoaplicación «cuasi-empírica» del
falsacionismo popperiano. Con anterioridad ya había introducido esta
«cuasiempiricidad» en el contexto de la filosofía matemática. En un sistema
deductivo podemos hacer abstracción de qué es lo que fluye a través de
sus canales lógicos; sea algo que es cierto o algo que es falible, sean
verdades y falsedades o probabilidades e improbabilidades; sean incluso cosas
deseables o indeseables desde un punto de vista moral o científico: es el cómo
de ese flujo lo que decide si el sistema es negativista, «cuasi-empírico»,
dominado por el «modus tollens», o si es «justificacionista», «cuasi-euclídeo»,
dominado por el modus ponens (cf. MCE, cap. 2). Este enfoque
«cuasi-empírico puede ser aplicado a cualquier clase de conocimiento
normativo: Watkins ya lo ha aplicado a la Etica en su (1963) y (1967). Pero
ahora yo prefiero otro enfoque: cf. n. 123.
82
Puede observarse que este metacriterio no tiene que ser concebido como
psicológico o «naturalista» en el sentido de Popper (cf. su 1934, sección 10).
La definición de la «élite científica» no es solamente un tema empírico.
La
regla básica de Popper es que el científico debe especificar por anticipado las
condiciones experimentales cuya aparición le inducirían a abandonar hasta sus
supuestos más fundamentales. Por ejemplo. Popper escribe cuando critica al
psicoanálisis: «Los criterios de refutación deben especificarse por adelantado:
se debe acordar qué situaciones observables son las que, si llegaran a
observarse de hecho, indicarían que la teoría queda refutada. Pero ¿qué clase
de hechos clínicos refutarían a juicio del analista no simplemente un
diagnóstico analítico particular, sino el psicoanálisis mismo? ¿Han
discutido o acordado los analistas tales criterios?»83. Popper tenía
razón en el caso del psicoanálisis: no ha habido respuesta alguna. Los
freudianos se han quedado perplejos ante el desafío básico de Popper relativo a
la honestidad científica. Realmente se han negado a especificar las condiciones
experimentales en las que abandonarían sus supuestos básicos. Para Popper esta
fue la señal de su deshonestidad intelectual. Pero ¿qué sucede si planteamos la
pregunta de Popper al científico newtoniano?: ¿qué clase de observaciones
refutaría, a la
entera
satisfacción del newtoniano, no simplemente una explicación newtoniana
particular, sino la misma dinámica newtoniana y la teoría gravitacional? ¿Han
discutido o acordado los newtonianos en alguna ocasión tales criterios?
Difícilmente será capaz el newtoniano de dar una respuesta positiva84.
Pero entonces, si los analistas deben ser condenados como deshonestos de
acuerdo con los criterios de Popper, también los newtonianos deben ser
condenados. Sin embargo, la ciencia newtoniana a pesar de esta clase de
dogmatismo es tenida en gran estima por los grandes científicos y, realmente,
por el mismo Popper. Por tanto, el «dogmatismo» newtoniano es una «falsación»
de la definición de Popper; contradice la reconstrucción racional popperiana.
Ciertamente
Popper puede retirar su célebre desafío y exigir la falsabilidad (y el rechazo
tras las falsación) sólo para sistemas de teorías incluyendo condiciones
iniciales y toda clase de teorías auxiliares y observacionales85.
Este es un retroceso considerable porque permite que el científico con
imaginación salve su teoría preferida mediante alteraciones adecuadas y
afortunadas de algunos rincones remotos y oscuros de la periferia del laberinto
teórico. Pero incluso la regla mitigada de Popper mostrará a los científicos
más brillantes como dogmáticos irracionales. Porque en los programas de
investigación importantes siempre existen anomalías conocidas; normalmente el
investigador las deja a un lado y sigue la heurística positiva del programa86.
En general concreta su atención en la heurística positiva más que en las
anomalías que le distraen, confiando en que los «casos recalcitrantes» se
convertirán en ejemplos confirmadores conforme progrese el programa. En
términos de Popper y en tales situaciones, los máximos científicos utilizarán
estrategias prohibidas, estrategias ad hoc; en lugar de considerar el
perihelio de Mercurio como una falsación de la teoría newtoniana de nuestro
sistema planetario, y, por tanto, como una razón para rechazarla, la mayoría de
los científicos lo archivarán como un caso problemático que se debería resolver
posteriormente, o bien ofrecerán soluciones ad hoc.
83
Popper (1963a), p. 38, n. 3 (subrayado añadido). Esto es, por supuesto,
equivalente a su famoso criterio de demarcación entre la ciencia (reconstruida
interna y racionalmente) y la no-ciencia (o metafísica). Esta última puede
tener «influencia» (externa) y debe ser asimilada a la pseudociencia sólo si se
atribuye el rango científico.
84 Cf.
cap. 1.
85
Cf. e. g. su (1934), sección 18.
86
Cf. cap. 1.
Esta
actitud metodológica consistente en tratar como meras anomalías a lo que
Popper consideraría contraejemplos (dramáticos) es ampliamente aceptada por los
mejores científicos. Algunos de los
programas de investigación ahora muy estimados por la comunidad científica
progresaron a través de un océano de anomalías87. El hecho de
que al elegir sus problemas los grandes científicos ignoren de forma nada
crítica las anomalías (y el hecho de que las aíslen mediante estratagemas ad
hoc) ofrece, al menos según nuestro metacriterio, una falsación adicional
de la metodología de Popper. Popper no puede interpretar como racionales
algunas de las pautas más importantes del crecimiento de la ciencia.
Más
aún, para Popper el trabajar en un sistema inconsistente invariablemente
debe ser considerado como irracional: «un sistema que se contradice a si mismo
debe ser rechazado... (porque) no es informativo... ningún enunciado es
singularizado porque todos son derivables»88. Pero algunos de los
programas de investigación científica más importantes progresaron a partir de
fundamentos inconsistentes89. Realmente en estos casos el criterio
de los mejores científicos frecuentemente es «allez en avant et la foi vous
viendra». Esta metodología antipopperiana concedió espacio vital tanto al
cálculo infinitesimal como a la teoría ingenua de conjuntos cuando éstas fueron
conmocionadas por las paradojas lógicas.
En
realidad si el juego de la ciencia hubiera sido jugado según el libro de reglas
de Popper, el artículo de Bohr de 1913 nunca hubiera sido publicado porque se
injertaba de modo inconsistente en la teoría de Maxwell, y las funciones delta
de Dirac hubieran sido silenciadas hasta Schwartz. Todos estos ejemplos de
investigaciones basadas en fundamentos inconsistentes constituyen «falsaciones»
adicionales de la metodología falsacionista90.
Por
tanto hay varias evaluaciones «básicas» de la élite científica que «falsan» la
definición popperiana de la ciencia y de la ética científica. Ello suscita el
problema de decidir en qué medida, habida cuenta de esas consideraciones, puede
funcionar el falsacionismo como guía para el historiador de la ciencia. La
respuesta escueta es: en muy
pequeña
medida. Popper, el principal falsacionista, nunca escribió historia de la
ciencia posiblemente porque era demasiado sensible a las opiniones de los
grandes científicos como para pervertir la historia con un enfoque
falsacionista. Hay que recordar que mientras en su autobiografía menciona la
ciencia newtoniana como paradigma de cientificidad, esto es, de falsabilidad,
en su clásica Logik der Forschung no se discute la falsabilidad de la
teoría de Newton,
87 Ibid.
88
Cf. Popper (1934), sección 24.
89
Cf. cap. 1.
90
En general, Popper reiteradamente sobreestima el poder inmediato de la crítica
puramente negativa. «Tan pronto como se señala un error o una contradicción no
puede haber evasión verbal: puede ser probado y eso es todo» (Popper, 1959a, p.
394). Añade: «Frege no ensayó maniobras evasivas cuando recibió la crítica de
Russell.» Pero, de hecho, las intentó, por supuesto (cf. Frege, Poscript de
la segunda edición de su Grundgesetze).
La
Logik der Forschung, en conjunto, es áridamente abstracta y muy
ahistórica91. Cuando Popper se aventura a hacer observaciones de
pasada sobre la falsabilidad de las principales teorías científicas, o bien
comete algún error lógico92 o distorsiona la historia para que
concuerde con su teoría de la racionalidad. Si a un historiador su metodología
le suministra una mala reconstrucción racional, puede, o bien distorsionar la
historia de modo que coincida con su reconstrucción racional, o decidir que la
historia de la ciencia es muy irracional. A Popper su respeto por la ciencia
fundamental le hizo adoptar la primera opción en tanto que el irrespetuoso
Feyerabend optó por la segunda93. De este modo Popper, en sus
incursiones históricas, tiende a convertir las anomalías en «experimentos
cruciales» y a exagerar su impacto inmediato en la historia de la ciencia.
Según su interpretación, los grandes científicos aceptan fácilmente las refutaciones
y tal es la fuente principal de los problemas que abordan. Por ejemplo, en un
lugar afirma que el experimento Michelson-Morley destruyó decisivamente la
teoría clásica sobre el éter; también exagera el papel de este experimento en
la aparición de la teoría de la relatividad de Einstein94. Se
requieren los anteojos simplificadores de un falsacionista ingenuo para
entender, como Popper, que los experimentos clásicos de Lavoisier refutaron (o
«tendieron a refutar») la teoría del flogisto o para interpretar que la teoría
Bohr-Kramers-Slater fue destruida de un solo golpe por Compton; o para pensar
que el principio de paridad fue rechazado por los contraejemplos95.
91
Es interesante que, como señala Kuhn, «un interés persistente por los problemas
históricos y una disposición para emprender investigaciones históricas
originales distingue a los hombres que (Popper) ha educado de los miembros de
cualquier otra escuela actual de filosofía de la ciencia» (Kuhn, 1970b, p.
236). Para una pista de la posible explicación de la aparente discrepancia, cf.
n. 130.
92
Por ejemplo, pretende que una máquina de movimiento continuo «refutaría» (en
sus propios términos) la primera ley de la termodinámica (1934, sección 15).
Pero ¿cómo se puede interpretar, en los términos propios de Popper, el
enunciado «K es una máquina de movimiento perpetuo» como básico; esto
es, como un enunciado singular en un sentido espacio-temporal?
93
Me refiero a Feyerabend (1970b) y (1974).
94
Cf. Popper (1934), sección 30, y Popper (1945), vol. 2, pp. 220-21. El insistió
en que el problema de Einstein era cómo explicar los experimentos que
«refutaban» a la física clásica y en que «inicialmente no trató de criticar
nuestras concepciones del espacio y del tiempo». Pero Einstein, sin duda, lo
hizo. Su crítica machiana de nuestros conceptos del espacio y del tiempo y en
particular su crítica operacionalista del concepto de simultaneidad
desempeñaron un papel importante en sus ideas. En el capítulo 1 ya discutí
extensamente el papel desempeñado por los experimentos Michelson-Morley. Por
supuesto, la competencia de Popper en Física nunca le hubiera permitido
distorsionar la historia de la teoría de la relatividad tanto como la
distorsionó Beveridge, quien quiso convertir a los economistas al método
empírico, poniéndoles a Einstein como ejemplo. Según la reconstrucción
falsacionista de Beveridge, Einstein «empezó (en su trabajo sobre gravitación)
por los hechos (que refutaban a la teoría de Newton, esto es) por los
movimientos del planeta Mercurio, las aberraciones inexplicadas de la Luna»
(Beveridge, 1937). Por supuesto, el trabajo de Einstein sobre gravitación se
originó en un «cambio creativo» de la heurística positiva de su programa
especial de la relatividad y ciertamente no en una reflexión acerca del
perihelio anómalo de Mercurio o acerca de las erráticas e inexplicadas
aberraciones de la Luna.
95
Popper (1963a), pp. 220, 239, 242-43 y (1963b), p. 965. Naturalmente, para
Popper persiste el problema de explicar por qué los contraejemplos (esto es,
las anomalías) no son reconocidos inmediatamente como causas de rechazo. Por
ejemplo, señala que en el caso del derrumbamiento de la paridad «había habido
muchas observaciones (o sea, fotografías o huellas de partículas) de las que se
podía haber obtenido el resultado, pero las observaciones habían sido ignoradas
o mal interpretadas» (1963b), p. 965. La explicación (externa) de Popper parece
ser que los científicos no han aprendido aún a ser lo bastante críticos y
revolucionarios. ¿No es una explicación mejor (e interna) que las anomalías debían
ser ignoradas hasta disponer de alguna teoría alternativa progresiva que
convirtiera los contraejemplos en ejemplos?
Por
otra parte, si Popper desea reconstruir como racional (según sus términos) la
aceptación provisional de teorías, se ve obligado a ignorar el hecho histórico
de que las teorías más importantes nacen refutadas y que algunas leyes son
reelaboradas y no rechazadas a pesar de los conocidos contraejemplos. Tiende a
cerrar los ojos ante todas las anomalías conocidas con anterioridad a aquella
que posteriormente es entronizada como «experimento crucial». Por ejemplo, cree
erróneamente que «ni la teoría de Galileo ni la de Kepler habían sido refutadas
antes de Newton»96. El contexto es significativo. Popper defiende
que la pauta más importante del progreso científico se da cuando un experimento
crucial deja sin refutar una teoría, en tanto que refuta a otra teoría
rival. Pero, de hecho, en la mayoría de los casos, si no en todos, en
que existen dos teorías rivales, se sabe que ambas están simultáneamente
infectadas de anomalías. En tales situaciones Popper sucumbe a la tentación de
simplificar la situación y convertirla en una en la que es aplicable su
metodología.
Por
tanto, la historiografía falsacionista está «falsada»97. Pero si
aplicamos el mismo método metafalsacionista a las historiografías inductivista
y convencionalista también las falsaremos.
La
mejor demolición lógico-epistemológica del inductivismo es, naturalmente, la de
Popper; pero incluso si supusiéramos que el inductivismo es filosóficamente
(esto es, epistemológica y lógicamente) correcto, quedaría falsado por la
crítica historiográfica de Duhem. Duhem analizó los éxitos más
celebrados de la historiografía
inductivista; la ley de la gravitación de Newton y la teoría
electromagnética de Ampere. Se decía que esas eran las dos aplicaciones con
mayor éxito del método inductivista. Pero Duhem (y tras él, Popper y Agassi)
mostraron que tal no era el caso. Sus análisis ilustran que si el inductivista
desea probar que el crecimiento de la ciencia real es racional, entonces debe
falsar la historia real hasta dejarla irreconocible98. Por tanto, si
la racionalidad de la ciencia es inductiva, la ciencia real no es racional; si
es racional, no es inductiva99.
96 Popper
(1963a), p. 246.
97 Como
ya mencioné, Agassi, un popperiano, escribió un libro sobre la historiografía
de la ciencia (Agassi, 1963). El libro tiene algunas incisivas secciones
críticas en las que ataca la historiografía inductivista; pero finalmente
termina por sustituir la mitología inductivista por la mitología falsacionista.
Para Agassi sólo tienen importancia científica (interna) los hechos que
pueden ser expresados en proposiciones que entran en conflicto con alguna
teoría existente; sólo su descubrimiento merece el título honorífico de
«descubrimiento fáctico»; las proposiciones fácticas que se siguen de las
teorías conocidas en lugar de entrar en conflicto con ellas son irrelevantes,
al igual que las proposiciones fácticas que son independientes de ellas.
Si parece que algún descubrimiento fáctico estimado de la historia de la
ciencia se considera como un ejemplo confirmador descubrimiento casual, Agassi
predice auda2mente que una investigación más rigurosa revelará que se trata de
un ejemplo refutador; defiende esta pretensión con el estudio de cinco casos
particulares (pp. 60-74). Sin embargo, de una investigación aún más rigurosa se
desprende que Agassi se equivocó en los cinco ejemplos que adujo como casos
confirmadores de su teoría historiográfica. De hecho, los cinco ejemplos
«falsan» (en nuestro sentido metafalsacionista normativo) su historiografía.
98 Cf. Duhem (1906), Popper (1948) y (1957a), Agassi (1963).
99
Por supuesto, un inductivista puede tener la temeridad de pretender que la
ciencia auténtica aún no ha comenzado y puede escribir una historia de la
ciencia existente como una historia de prejuicios, supersticiones y creencias
falsas.
El
convencionalismo (que, al contrario del inductivismo, no es presa fácil de la
crítica lógica o epistemológica100) también puede ser falsado
historiográficamente. Es posible mostrar que la clave de las revoluciones
científicas no radica en la sustitución de marcos complicados por otros más
simples.
Ha
sido generalmente aceptado que la revolución copernicana es el paradigma de
la historiografía convencionalista y tal creencia aún existe en algunos
círculos. Por ejemplo, Polanyi nos dice que la «descripción más sencilla» de
Copérnico poseía una sorprendente belleza y «suscitaba (con justicia) una
fuerte sensación de convicción»101. Pero el estudio moderno de las
fuentes primarias realizado fundamentalmente por Kuhn102 ha
destruido este mito para presentar una nítida refutación historiográfica de la
exposición convencionalista. Ahora se acepta que el sistema copernicano era «al
menos, tan complejo
como
el de Tolomeo»103. Pero entonces, si tal es el caso, y si la
aceptación de la teoría copernicana fue racional ello no se debió a su
superlativa simplicidad objetiva104.
Por
tanto, el inductivismo, el falsacionismo y el convencionalismo pueden ser
falsados como reconstrucciones racionales de la historia con la ayuda de la
clase de crítica historiográfica que he aducido105. La falsación
historiográfica del inductivismo, como hemos visto, ya fue iniciada por Duhem y
continuada por Popper y Agassi. Las críticas historiográficas del falsacionismo
(ingenuo) han sido elaboradas por Polanyi, Kuhn, Feyerabend y Holton106.
100
Cf. Popper (1934), sección 19.
101
Cf. Polanyi(1951), p. 70.
102
Kuhn (1957). También cf. Price (1959).
103
Cohen (1960), p. 61, Bernal, en su (1954) dice que «las razones (de Copérnico)
para su cambio revolucionario fueron esencialmente filosóficas y estéticas» (o
sea, científicas según el convencionalismo); pero en ediciones posteriores
cambió su punto de vista; «Las razones de Copérnico fueron místicas en lugarde
científicas.»
104 Para
un resumen más detallado, cf. cap. 4.
105
Por supuesto, no es difícil construir otras clases de críticas de las
metodologías. Por ejemplo, podemos aplicar los criterios de cada metodología
(no sólo del falsacionismo) a sí misma. Para la mayoría de las metodologías el
resultado será igualmente destructivo: el inductivismo no puede ser probado
inductivamente; la simplicidad resulta ser irremediablemente complicada (sobre
lo último, cf. final de n. 107, siguiente).
106
Cf. Polanyi (1958), Kuhn (1962), Holton (1969), Feyerabend (1970b) y (1971).
También debo añadir Lakatos (1963-4), (1968c) y el cap. 1, más arriba.
La
crítica historiográfica más importante del convencionalismo se encuentra en la
obra maestra de Kuhn (ya citada) sobre la revolución copernicana107.
El resultado de esas críticas es que todas esas reconstrucciones racionales de
la historia meten a la historia de la ciencia en la forzada uniformidad de su
moralidad hipócrita, creando así fantásticas historias que giran en torno a
«bases inductivas», «generalizaciones inductivas válidas», «experimentos
cruciales», «grandes simplificaciones revolucionarias», etcétera. Pero los
críticos del falsacionismo y del convencionalismo extrajeron unas conclusiones
de la falsación de estas metodologías que eran muy distintas de las extraídas
por Duhem, Popper y Agassi de su propia falsación del inductivismo. Polanyi (y
parece que también Holton) concluyeron que aunque en casos particulares es
posible realizar evaluaciones racionales y científicas, sin embargo no puede
existir una teoría general de la racionalidad científica108. Todas
las
metodologías,
todas las reconstrucciones racionales pueden ser «falsadas»
historiográficamente; la ciencia es racional, pero su racionalidad no puede ser
incorporada en las leyes generales de una metodología109.
Feyerabend, por otra parte, concluyó no sólo que no puede haber una teoría de
la racionalidad científica, sino que la racionalidad
científica
no existe110. De este modo Polanyi derivó hacia el autoritarismo
conservador, mientras que Feyerabend se inclinó hacia el anarquismo escéptico.
Kuhn creó una versión muy original de los cambios irracionales de la autoridad
racional111.
107
Kuhn (1957). Tal crítica historiográfica fácilmente puede conducir a ciertos
racionalistas a una defensa irracional de su teoría de la racionalidad favorita
falsada. La crítica historiográfica de Kuhn de la teoría de la simplicidad
sobre la revolución copernicana conmocionó tanto al historiador
convencionalista Richard Hall que éste publicó un polémico artículo en que
singularizaba y reafirmaba aquellos aspectos de la teoría copernicana que el
mismo Kuhn había mencionado porque posiblemente resultaban más simples, e
ignoró el resto del argumento (válido) de Kuhn (Hall, 1970). Sin duda, siempre
puede definirse la simplicidad para cualquier par de teorías, T1
y T2 de un modo tal que la simplicidad de T1 es
mayor que la de T2.
Para
una discusión adicional de la historiografía convencionalista, cf. cap. 4.
108
De modo que Polanyi es un racionalista conservador con relación a la ciencia y
un «irracionalista» con relación a la filosofía de la ciencia. Pero, desde
luego, este meta-«irracionalismo» es una variante perfectamente respetable del
racionalismo: pretender que el concepto de «científicamente aceptable» no puede
ser ulteriormente definido, sino sólo transmitido por los canales del
«conocimiento personal», no convierte a nadie en un irracionalista absoluto,
sino en un conservador absoluto. La posición de Polanyi en la filosofía de la
ciencia natural se corresponde estrechamente con la filosofía ultraconservadora
de la ciencia política de Oakeshott. (Hay referencias y una crítica excelente
de esta última en Watkins, 1952. También cf.).
109
Por supuesto, ninguno de los críticos era consciente del carácter lógico
preciso del falsacionismo metodológico, tal como se ha explicado en esta
sección, y ninguno de ellos lo aplicó con entera consistencia. Uno de tales
críticos escribe: «Por el momento no hemos desarrollado una teoría general de
la crítica para las teorías científicas y mucho menos para las teorías de la
racionalidad; por tanto, si queremos falsar el falsacionismo metodológico
debemos hacerlo antes de tener una teoría sobre cómo hacerlo» {arriba, cap.
1).
110
En el cap. 4 utilizo la maquinaria crítica desarrollada en este artículo contra
el anarquismo epistemológico de Feyerabend.
111
Las ideas de Kuhn fueron criticadas por muchos; cf. Shapere (1964) y (1967),
Scheffler (1967) y especialmente los comentarios críticos de Popper, Watkins,
Toulmin, Feyerabend y Lakatos (y la réplica de Kuhn) en Lakatos y Musgrave
(1970). Pero ninguno de estos críticos aplicó una crítica historiográfica sistemática
a su trabajo. También se debe consultar el Poscript de 1970 de la
segunda edición de su (1962) y la recensión de Musgrave (Musgrave, 1971).
Aunque,
como se desprende de esta sección, tengo en gran estima a las críticas de
Polanyi, Feyerabend y Kuhn sobre las teorías («internas») del método
existentes, yo extraigo una conclusión completamente distinta de las suyas.
Decidí buscar una metodología mejorada que ofreciera una mejor reconstrucción racional
de la ciencia.
Feyerabend
y Kuhn trataron inmediatamente de falsar también mi metodología mejorada112.
Pronto hube de descubrir que, al menos en el sentido descrito en esta sección,
también mi metodología (y cualquier otra) puede ser «falsada» por la
sencilla razón de que ningún conjunto de juicios humanos es completamente
racional, y por tanto ninguna reconstrucción racional puede coincidir nunca con
la historia real113.
Esta
convicción me llevó a proponer un nuevo criterio constructivo con el que
pueden evaluarse las metodologías qua reconstrucciones racionales de la
historia.
b)
La metodología de los programas de investigación historiográfica. La historia
corrobora, en distintas medidas, sus reconstrucciones racionales
Desearía
realizar mi propuesta en dos etapas. En primer lugar modificaré ligeramente el
metacriterio historiográfico falsacionista que acabo de discutir y después lo
sustituiré por otro mejor.
Primero,
la ligera modificación. Si una regla universal entra en conflicto con un
«juicio normativo básico» particular, hay que dar a la comunidad científica
tiempo bastante para que medite sobre el conflicto: puede que abandone su
juicio particular y acepte la regla
general.
Las falsaciones historiográficas de «segundo orden» no deben ser más
apresuradas que las científicas, de «primer orden»114.
En
segundo lugar, puesto que hemos abandonado el falsacionismo ingenuo como método,
¿por qué retenerlo como el meta-método? Resulta fácil
sustituirlo por una metodología de los programas de investigación científica de
segundo orden, o, si se quiere, por una metodología de los programas de
investigación historiográficos.
112
Cf. Feyerabend (1970a), {1970b) y (1974), y Kuhn (1970b).
113
Por ejemplo, podemos referirnos al impacto inmediato real de, al menos, algunos
«grandes» experimentos cruciales negativos, como la falsación del principio
de paridad. O podemos mencionar el gran respeto inspirado por algunos procedimientos
prolongados, pedestres, de prueba y error, que ocasionalmente preceden al
anuncio de un programa importante de investigación, y que, según mi
metodología, son, como máximo, «ciencia inmadura» (cf. cap. 1, también cf. la
referencia de L. P. Williams a la historia de la espectroscopia entre 1870 y
1900 en su (1970). Por tanto, el juicio de la élite científica, en algunas
ocasiones, también es contrario a mis reglas universales.
114
Existe cierta analogía entre este mecanismo y el procedimiento de apelación
ocasional del científico teórico contra el veredicto del jurado experimental;
cf. cap. 1.
Aun
manteniendo que una teoría de la racionalidad debe tratar de
organizar los juicios de valor básicos en estructuras coherentes, no por ello
tenemos que rechazar inmediatamente una de tales estructuras sólo porque
existan algunas anomalías u otras inconsistencias. Por supuesto, debemos insistir
en que una buena teoría de la racionalidad debe anticipar ciertos juicios de
valor básicos, inesperados de acuerdo con sus predecesores, o que incluso debe
conducir a una revisión de los juicios de valor básicos previamente mantenidos115.
Por tanto, rechazamos una teoría de la racionalidad sólo en favor de otra
mejor, de una que, en este sentido «cuasi-empírico», represente un
desplazamiento progresivo de la secuencia de programas de investigación acerca
de las reconstrucciones racionales.
De
este modo, el nuevo y más generoso metacriterio nos permite comparar lógicas de
la investigación rivales y discernir el crecimiento en el conocimiento
«metacientífico» o metodológico.
Por
ejemplo, la teoría de Popper sobre la racionalidad científica no debe ser
rechazada simplemente porque ha sido «falsada» por algunos «juicios básicos»
reales de los principales científicos. Por otra parte, de acuerdo con nuestro
nuevo criterio, el criterio de demarcación de Popper representa un progreso con
relación a sus predecesores justificacionistas, y en particular, respecto al
inductivismo. Porque, al contrario que sus predecesores, rehabilitó el carácter
científico de teorías falsadas como la del flogisto, invirtiendo así un juicio
de valor que había excluido a tal teoría de la estricta historia de la ciencia
para remitirla a la historia de las creencias irracionales116.
También rehabilitó con éxito la teoría de Bohr-Kramers-Slater117.
A la luz de la mayoría de las teorías justificacionistas de la
racionalidad, la historia de la ciencia es, como máximo, la historia de los
preludios pre-científicos de alguna historia futura de la ciencia118.
La metodología de Popper capacitó al historiador para interpretar como
racionales un número mayor de los juicios de valor básicos redes de la
historia de la ciencia; en este sentido normativo-historiográfico la teoría de
Popper constituiría un progreso. A la luz de las mejores reconstrucciones
racionales de la ciencia, siempre es posible reconstruir como racional una
parte mayor de la ciencia real119.
115
El último criterio es análogo a la «profundidad» excepcional de una teoría que
entra en conflicto con algunos enunciados básicos disponibles en ese tiempo, y
que, finalmente, emerge victoriosamente del conflicto. (Cf. Popper, 1957a). El
ejemplo de Popper fue la inconsistencia entre las leyes de Kepler y la teoría
newtoniana que trataba de explicarlas.
116
Por supuesto, el convencionalismo había desempeñado en
gran medida esta función histórica antes de la versión de Popper del
falsacionismo.
117
Van der Waerden había enseñado que la teoría
Bohr-Kramers-Slater era mala. La teoría de Popper mostró que era buena. Cf. Van
der Waerden (1967), p. 13, y Popper (1963a), pp. 242 y ss.; para una discusión
crítica, cf. cap. 1, p. 109, nn. 291 y 292.
118
La actitud de algunos lógicos modernos con relación a la historia de las
matemáticas es un ejemplo típico; cf. mi (1963-4), p. 3.
119
Esta formulación me la sugirió mi amigo Michael Sukale.
Espero
que mi modificación de la lógica del descubrimiento de Popper se interprete, a
su vez, como un paso adelante adicional, según el criterio que he especificado.
Entiendo que ofrece una explicación coherente de un mayor número de
juicios básicos de valor antiguos y aislados; además ha conducido a nuevos
juicios de valor básicos que resultan sorprendentes al menos para el
justificacionista y el falsacionista ingenuo. Por ejemplo, según la teoría de
Popper era irracional retener y continuar elaborando la teoría gravitacional de
Newton después del descubrimiento del perihelio anómalo de Mercurio; y también
era irracional el desarrollo de la antigua teoría cuántica de Bohr, basada en
fundamentos inconsistentes. Desde mi punto de vista se trata de desarrollos
perfectamente racionales: son perfectamente racionales algunas acciones de
retaguardia cuyo objetivo es defender los programas derrotados, incluso después
de los llamados «experimentos cruciales». Por tanto, mi metodología conduce a
una inversión de aquellos juicios historiográficos que borraron tales acciones
de retaguardia de las historias partidistas del inductivismo y del
falsacionismo120.
En
realidad esta metodología predice confiadamente que allí donde el falsacionista
percibe la derrota instantánea de una teoría debida a una simple batalla con
algún hecho, el historiador detectará una complicada guerra de desgaste
comenzada mucho tiempo atrás y que concluye después del supuesto «experimento
crucial»; y allí donde el falsacionista percibe teorías consistentes y no
refutadas, predice la existencia de masas de anomalías conocidas que afectan a
programas de investigación que progresan sobre fundamentos posiblemente
inconsistentes121. Allí donde el convencionalista percibe que la
clave de la victoria de una teoría sobre su predecesora es su simplicidad
intuitiva, esta metodología predice que se descubrirá que la victoria se debía
a la degeneración empírica del antiguo programa y al progreso empírico del
nuevo122. Allí donde Kuhn y Feyerabend ven cambios irracionales, yo
predigo que el historiador descubrirá que ha existido un cambio racional. De
este modo la metodología de los programas de investigación predice (o, si se
quiere, «postdice») nuevos hechos históricos, inesperados a la luz de las
historiografías (internas y externas) existentes, y confío en que tales
predicciones sean corroboradas por la investigación histórica. Si así sucede,
la metodología de los programas de investigación científica constituirá un
cambio progresivo de problemática.
120
Cf. cap. 1, sección 3(c).
121
Cf. cap. 1.
122
El mismo Duhem sólo ofrece un ejemplo explícito: la victoria de la óptica
ondulatoria sobre la óptica newtoniana (1906), cap. VI, § 10 (véase también el
cap. IV, § 4). Pero donde Duhem se apoya en el «sentido común» intuitivo, yo me
apoyo en un análisis de cambios rivales de problemática.
Por
tanto, el progreso en la teoría de la racionalidad científica está jalonado por
descubrimientos de nuevos hechos históricos, por la reconstrucción de un cúmulo
creciente de historia impregnada de juicios de valor, como racional123.
En otras palabras, la teoría de la racionalidad progresa si constituye un
programa de investigación historiográfico «progresivo». No es necesario decir
que ningún programa de investigación historiográfica puede explicar o debe
explicar toda la historia de la ciencia como racional: incluso los
mayores científicos dan pasos en falso y hacen juicios equivocados. Por ello, las
reconstrucciones racionales siempre estarán sumergidas en un océano de
anomalías. Tales
anomalías
habrán de ser explicadas eventualmente bien por alguna reconstrucción racional
mejor o por alguna teoría empírica «externa».
Este
enfoque no aboga por una actitud versallesca con relación a los «juicios
normativos básicos» del científico. Las anomalías pueden ser correctamente
ignoradas por el internalista qua internalista y relegadas y relegadas a
la historia externa sólo mientras el programa de investigación historiográfico
internalista esté progresando; o si un programa historiográfico empírico
externalista las asimila progresivamente. Pero si a la luz de una
reconstrucción racional, la historia de la ciencia aparece como crecientemente
irracional sin una explicación externalista progresiva (tal como una
explicación de la degeneración de la ciencia en términos del terror político o
religioso, o de una atmósfera ideológica anticientífica o de la aparición de
una nueva clase parásita de pseudocientíficos interesados en una rápida
expansión de las universidades), entonces resulta vital la innovación
historiográfica, la proliferación de teorías historiográficas. Así como el
progreso científico es posible aun cuando nunca podamos eliminar las anomalías
científicas, también es posible el progreso en la historiografía racional aun
cuando nunca podamos evitar las anomalías historiográficas. El historiador
racionalista no debe preocuparse por el hecho de que la historia real supere,
y, en ocasiones, sea diferente de la historia interna y porque pueda ser
necesario relegar la explicación de tales anomalías a la historia externa. Pero
esta infalsabilidad de la historia interna no la hace inmune a la crítica
constructiva sino sólo a la negativa; del mismo modo que la infalsabilidad de
un programa de investigación no lo hace inmune a la crítica constructiva, sino
sólo a la negativa.
Por
supuesto, sólo es posible criticar la historia interna criticando la
metodología (normalmente implícita) del historiador; mostrando su
funcionamiento como programa de investigación historiográfico. La crítica
historiográfica a menudo destruye con éxito buena parte del externalismo tan en
boga. Una explicación externa «impresionante», «ambiciosa» «irresistible» es
normalmente señal de una débil subestructura metodológica; a su vez, el síntoma
de una historia interna relativamente débil (en cuyos términos la mayor parte
de la
historia
real resulta anómala o inexplicable) es que deja mucho por explicar a la
historia externa. Cuando aparece una teoría de la racionalidad mejor, la
historia interna puede expandirse y ganar terreno a la historia externa.
123
Se podría introducir la noción de «grado de validez» en la meta-teoría de las
metodologías, que sería análogo al contenido empírico de Popper. Los enunciados
básicos empíricos de Popper tendrían que ser sustituidos por «enunciados
básicos normativos» cuasi-empíricos (como el enunciado «la fórmula de la
radiación de Planck es arbitraria»).
Deseo
señalar que la metodología de los programas de investigación puede ser aplicada
no sólo al conocimiento histórico impregnado de normas, sino a cualquier
conocimiento normativo, incluyendo a la Ética y la Estética. Esto superaría al
enfoque falsacionista ingenuo y cuasi-empírico bosquejado en la n. 81.
Sin
embargo, la competencia no es tan abierta en tales casos como cuando compiten
dos programas de investigación científica rivales. Los programas
historiográficos externalistas que suplen a las historias internas basadas en
metodologías ingenuas (sean conscientes de ello o no) probablemente o bien
(renglón
faltante en el original)
mente
explicables internamente; allí donde algunos externalistas ven lógicas
de ciertas fantasías inducidas metodologógicamente y no de hechos históricos
(interpretados más racionalmente). Cuando una exposición externalista utiliza,
conscientemente o no, una metodología ingenua (que fácilmente puede
manifestarse en su lenguaje descriptivo) se convierte en un cuento de hadas
que, a pesar de su aparente sofisticación académica, se derrumbará con el
escrutinio historiográfico.
Agassi
ya indicó que la pobreza de la historia inductivista abrió la puerta a las
incontroladas especulaciones de los marxistas vulgares124. Su
historiografía falsacionista, a su vez, deja las puertas abiertas de par en par
a los «sociólogos del conocimiento» tan en boga actualmente, que tratan de
explicar el ulterior (y posiblemente desafortunado) desarrollo de una teoría
«falsada» por un experimento crucial, como una manifestación de resistencia
irracional, nociva y reaccionaria de la autoridad establecida a las ilustradas
innovaciones revolucionarias125. Pero, según la metodología de los
programas de investigación científica, tales acciones de retaguardia son
perfectamente explicables internamente; allí donde algunos internalistas
ven luchas por el poder y sórdidas controversias personales, el historiador
racionalista frecuentemente descubrirá una discusión racional126.
Un
ejemplo interesante del modo en que una mala teoría de la racionalidad puede
empobrecer la historia, es el tratamiento de los cambios regresivos de
problemática que es habitual en los positivistas historiográficos127.
124
Cf. el texto de la n. 9.(Por supuesto, la terminología «especulación
incontrolada» la he heredado de la metodología inductivista. Ahora debe ser
reintepretada como «programa en regresión».)
125
El hecho de que incluso las teorías externalistas en regresión hayan sido
capaces de conseguir cierta respetabilidad se debió, en gran medida, a la
debilidad de sus rivales internalistas previas. La moralidad utópica victoriana
o bien crea exposiciones falsas e hipócritas de la decencia burguesa o arroja
leña al punto de vista según el cual la humanidad está enteramente depravada;
los criterios científicos utópicos, o bien crean exposiciones falsas e
hipócritas de la perfección científica o alimentan el punto de vista de que las
teorías científicas no son sino meras creencias enraizadas en intereses
inconfesables. Esto explica la aureola revolucionaria que rodea a algunas de
las absurdas ideas de la sociología del conocimiento contemporánea: algunos de
sus profesionales pretenden haber desenmascarado la ficticia racionalidad de la
ciencia cuando, como máximo, están explotando la debilidad de algunas teorías
caducas de la racionalidad científica.
126
Para ejemplos, cf. Cantor (1971) y el debate Forman-Ewald (Forman, 1969, y
Ewald, 1969).
127
Llamo positivismo historiográfico a la postura de que la historia puede
ser escrita como una historia enteramente externa. Para los positivistas
historiográficos la historia es una disciplina puramente empírica. Niegan la
existencia de criterios objetivos en contraposición a las simples creencias
sobre los criterios. (Por supuesto, también mantienen creencias sobre los criterios
que determinan la elección y formulación de sus problemas históricos.) Esta
posición es típicamente hegeliana. Se trata de un caso especial del positivismo
normativo, de la teoría que hace del poder el criterio para discernir la
justicia. (Para una crítica del positivismo ético de Hegel, cf. Popper, 1945,
vol. 1, pp. 71-2; vol. 2, pp. 305-06, y Popper, 1962.) El oscurantismo
reaccionario hegeliano devolvió enteramente los valores al mundo de los hechos,
invirtiendo así la separación realizada por la ilustración filosófica kantiana.
Imaginemos,
por ejemplo, que a pesar del progreso objetivo de los programas de
investigación astronómicos, los astrónomos repentinamente se sientan invadidos
por un sentimiento de crisis «kuhniana» y que, después, todos se convierten por
un irresistible cambio de Gestdt a la astrologia. Yo consideraría esta
catástrofe como un terrible problema que habría de ser explicado mediante
alguna explicación externalista empírica. Pero no así un kuhniano. Todo lo que
él percibiría sería una «crisis» seguida por un efecto de conversión masiva en
la comunidad científica. Una revolución ordinaria. Nada resulta problemático o
carente de explicación128. Los epifenómenos psicológicos
kuhnianos de «crisis» y «conversión» pueden acompañar tanto a los cambios
objetivamente progresivos o a los que son objetivamente regresivos, bien a las
revoluciones a las contrarrevoluciones. Pero esto queda lejos del esquema de
Kuhn. Tales anomalías historiográficas no pueden ser
formuladas
y aún menos, absorbidas de forma progresiva por su programa de investigación
historiográfica en el que no hay forma de distinguir, por ejemplo, entre
«crisis» y «cambios regresivos de problemática». Pero tales anomalías incluso
pueden ser predichas por una teoría historiográfica externalista basada en la
metodología de los programas de investigación científica que especificara las
condiciones sociales en que los programas de investigación regresivos pueden
obtener la victoria socio-psicológica.
c)
Contra los enfoques metodológicos apriorísticos y antiteóricos
Por
último, contrastemos la teoría de la racionalidad que hemos analizado aquí con
el enfoque estrictamente apriorístico (o, con mayor precisión, «euclídeo») y
con los enfoques antiteóricos129.
Las
metodologías «euclidianas» establecen reglas generales «a priori» para
la evaluación científica. En la actualidad el mejor representante de este
enfoque es Popper. Según Popper, debe existir la autoridad constitucional
representada por un código de leyes inmutables (basadas en su criterio
de demarcación) para distinguir entre buena y mala ciencia.
128
Kuhn parece tener nociones diversas sobre el progreso científico. No dudo de
que, siendo, como es, un investigador y científico cuidadoso, personalmente deteste
el relativismo. Pero su teoría puede ser interpretada o bien como negando
el progreso científico y aceptando solamente el cambio científico, o bien como
reconociendo el progreso científico pero como un «progreso» sólo señalizado por
la evolución de la historia real. Realmente, y según su criterio, tendría que
describir la catástrofe mencionada en el texto como una auténtica revolución.
Me temo que ésta puede ser una pista para explicar la popularidad (no buscada)
de su teoría entre la New Left que afanosamente preparaba la
«revolución» de 1984.
129
El. término técnico «euclídeo» (o más bien «cuasi-euclídeo») significa que uno
comienza con proposiciones universales, de nivel elevado («axiomas») en lugar
de proposiciones singulares. Sugerí que la distinción entre «cuasi-euclídeo» y
«cuasi-empírico» es más útil que la distinción entre «a priori» y «a
posteriori» (consúltese MCE, caps. 1 y 2).
Algunos
de los «aprioristas» son, por supuesto, empiristas. Pero puede ser que los
empiristas sean aprioristas (o por mejor decir, «euclidianos») en el metanivel
que estamos discutiendo aquí.
Sin
embargo, algunos filósofos eminentes ridiculizan la idea de un código de leyes,
la posibilidad de elaborar cualquier demarcación válida. Según Oakeshott y
Polanyi, ningún código puede ni debe existir; la casuística es suficiente.
También suelen aducir que si erróneamente aceptáramos la idea del código, éste
también requeriría de intérpretes autorizados. Creo que hay gran parte de
verdad en las posiciones de Oakeshott y Polanyi. Después de todo, se debe
admitir {pace Popper) que hasta ahora todas las «leyes» propuestas por
los filósofos de la ciencia «aprioristas» han resultado equivocadas según el
veredicto de los mejores científicos. Hasta ahora la principal (aunque no la
única) contrastación de las leyes universales de los filósofos han sido
los criterios científicos que aplica «instintivamente» la élite científica
en los casos particulates. Si tal es el caso, el progreso metodológico, al
menos por lo que se refiere a las ciencias más avanzadas, aún está retrasado
con relación a la sabiduría científica ordinaria. ¿No es entonces arrogancia
tratar de imponer alguna filosofía de la ciencia a priori a las ciencias
más avanzadas... ? ¿No es arrogante pedir que si, por ejemplo, resulta que la
ciencia newtoniana o einsteiniana han violado las reglas a priori del
juego de Bacon o Carnap o Popper, vuelva a comenzar la actividad científica?
Creo
que es arrogancia. En realidad la metodología de los programas de investigación
historiográfica implica un sistema de autoridad pluralista, en parte porque la
sabiduría del tribunal científico y su casuística no ha sido ni puede ser
completamente integrada en el código del filósofo, y en parte porque en
ocasiones puede suceder que el código del filósofo esté en lo cierto, mientras
que sea errónea la opinión del científico. Estoy en desacuerdo, por ello, tanto
con los filósofos de la ciencia que dan por supuesto que los criterios
científicos generales son inmutables y que la razón puede conocerlos a
priori130, como con los que entienden que la luz de la
razón sólo ilumina casos particulares. La metodología de los programas de
investigación historiográfica especifica las formas en que aprende tanto el
filósofo de la ciencia del historiador de la ciencia como viceversa.
Pero
este tráfico en ambos sentidos no tiene por qué estar siempre equilibrado. El
enfoque del código es mucho más importante cuando una tradición degenera131
o cuando aparece una nueva y mala tradición132. En tales casos el
código puede limitar la autoridad de la casuística corrompida y retrasar o
incluso invertir el proceso de degeneración133
130
Algunos pueden defender que Popper no está incluido en esta categoría.
Después de todo, Popper definió la «ciencia» de forma que incluyera a la teoría
refutada de Newton y excluyera a la astrología no refutada, al marxismo y a la
teoría de Freud.
131
Este parece ser el caso en la moderna física de partículas; o, según algunos
físicos y filósofos, incluso en la escuela de Copenhague de física cuántica.
132
Esto sucede con algunas de las principales escuelas de sociología moderna,
psicología y psicología social.
133
Por supuesto, ello explica el que una buena metodología («destilada» de las
ciencias maduras) pueda desempeñar una función importante para las disciplinas
dudosas e inmaduras. Mientras que la autonomía académica de Polanyi debe ser
defendida para los departamentos de física teórica, no debe tolerarse, por
ejemplo, en instituciones ocupadas en el proceso de datos de astrología social,
planificación científica o imaginería social. (Para un competente estudio sobre
la última, cf. Priestley, 1968.)
Cuando
una escuela científica degenera en pseudocientífica, puede ser conveniente
impulsar un debate metodológico con la esperanza de que los científicos en
activo aprenderán más con él que los filósofos (del mismo modo que cuando el
lenguaje ordinario degenera en periodístico puede ser útil invocar las reglas
gramaticales)134.
d) Conclusión
En
este trabajo he propuesto una método «histórico» para evaluar metodologías
rivales. Los argumentos utilizados se dirigían sobre todo al filósofo de la
ciencia y trataban de mostrarle el modo en que puede (y debe) aprender de la
historia de la ciencia. Pero los mismos argumentos implican también que el
historiador de la ciencia, a su vez, debe prestar mucha atención a la filosofía
de la ciencia y decidir en qué metodología fundamentará su historia interna.
Confío haber ofrecido algunos argumentos importantes en favor de las siguientes
tesis; primera: cada metodología de la ciencia determina una demarcación
característica (y tajante) entre la historia interna (que es fundamental) y la
historia externa (que es secundaria), y, segunda: tanto los historiadores como
los filósofos de la ciencia deben considerar la interacción crítica entre
factores internos y externos.
Para
terminar, se me permitirá que recuerde al lector mi broma favorita y ya muy
gastada: la historia de la ciencia es a menudo una caricatura de sus
reconstrucciones racionales; las reconstrucciones racionales son a menudo
caricaturas de la historia real; algunas historias de la ciencia son
caricaturas tanto de la historia real como de sus reconstrucciones racionales135.
Entiendo que este artículo me permite añadir: Quod erat demonstrandum.
134
Por supuesto, es imposible realizar una discusión crítica de los criterios
científicos (que incluso puede conducir a su mejora) sin articularlos en
términos generales, igual que si se desea criticar un idioma, hay que articular
su gramática. Ni el conservador Polanyi ni el conservador Oakeshott parecen
haber comprendido (o parecen estar dispuestos a comprender) la función crítica
del lenguaje; Popper lo ha comprendido (cf. especialmente Popper, 1963a, p.
135).
135
Cf. Cf. e. g., MCE, cap. 1, p. 16, o bien MCE, cap. 8, p. 239, n. 177.
Capítulo
3
POPPER
Y LOS PROBLEMAS
DE
DEMARCACIÓN E INDUCCIÓN
(Este
artículo se escribió en 1970-71 y apareció por primera vez en inglés en Lakatos
(1974). Los agradecimientos que hace constar el autor son los siguientes: «Me
gustaría agradecer a mis amigos Colin Howson, Alan Musgrave, Helmut Spinner,
John Worrall, Elie Zahar, y especialmente a John Watkins, su escrutinio crítico
de las versiones previas. Sus comentarios y objeciones son mencionados a lo
largo del texto.») (Editores.)
Introducción
Las
ideas de Popper constituyen el desarrollo filosófico más importante del siglo
XX: un logro en la misma tradición y del mismo nivel que los de Hume, Kant o
Whewell. Mi deuda personal con él es inmensa: cambió mi vida más que ninguna
otra persona. Yo casi tenía cuarenta años cuando entré en el campo de atracción
de su intelecto. Su filosofía me ayudó a romper, de forma definitiva, con la
perspectiva hegeliana que yo había retenido durante casi veinte años1
y, lo que aún es más importante, me suministró un conjunto muy fértil de
problemas, un auténtico programa de investigación. El trabajo en un programa de
investigación es, naturalmente, un ejercicio crítico y no es sorprendente que
mi propio trabajo sobre los problemas popperianos me haya situado en varias
ocasiones en conflicto
con
las soluciones de Popper2.
En
estas páginas resumiré mi postura sobre lo que Popper ha denominado con
frecuencia los dos problemas principales de su ya clásica Logik der
Forschung: el problema de la demarcación y el problema de la inducción.
Popper ofreció en primer lugar una solución para el problema de la demarcación
y después, tras afirmar que el problema de la inducción sólo es un ejemplo o
aspecto del problema de la demarcación, aplicó su criterio de demarcación para
solucionar el problema de la inducción3.
1
Desgraciadamente, desde Hegel cada generación ha necesitado (y afortunadamente
ha tenido) de filósofos que destruyeran la fascinación de los pensadores
jóvenes que tan a menudo caen en la trampa de «las teorías impresionantes y
omnicomprensivas (como la de Hegel o la de Freud) que actúan como revelaciones
para los intelectos débiles» (cf. Popper, 1963a, p. 39). Moore, en Cambridge,
fue el liberador antes de la primera guerra, y Popper, en la London School
of Economics, después de la segunda.
2
Cf. mi (1968b), (1970a) y (1971b) (consúltese este volumen, caps. 1 y 2, y el
MCE, cap. 8). En estos artículos he tratado de explicar las razones por las que
creo que la filosofía de Popper es tan enormemente importante. El motivo por el
que continúo criticando varios aspectos de la filosofía de Popper es mi
convicción de que constituye la filosofía más adelantada de nuestro tiempo y de
que el progreso filosófico sólo puede basarse (aunque sea en un sentido
dialéctico) en sus logros. Aunque se intenta que este artículo sea
autosuficiente, algunas de sus explicaciones son elementales por razones de
brevedad. El lector encontrará provechoso y, en ocasiones, necesario,
compararlo con el capítulo 1, donde hay una exposición más detallada de algunos
temas.
3
Cf. e.g. cap. 1 de su (1934); también cap. 1 de su (1963a), especialmente pp.
52 y ss. y p. 58. (La frase citada está en la p. 54.)
Según
mi punto de vista, la solución de Popper del problema de la demarcación es
un gran logro, pero es posible mejorarlo e incluso en su forma mejorada plantea
problemas importantes hasta ahora no resueltos. Entiendo que el Problema de
la inducción ciertamente es algo más que «un ejemplo o aspecto» del
problema de la demarcación. En su primera filosofía Popper ofreció críticas
decisivas de las soluciones anteriores del problema (o más bien, problemas) de
la inducción y sugirió una solución puramente negativa. Su filosofía
posterior (fundamentada en la idea de contenido de verdad y verosimilitud)
implicaba una modificación del problema y también una solución positiva del
problema modificado. Con todo, y por lo que sé, aún no ha comprendido todas las
implicaciones
de su obra.
Popper
y la demarcación
a) El juego popperiano de la
ciencia
La
«lógica de la investigación científica de Popper (o su "metodología",
su ''criterio de demarcación", o su ''definición de la ciencia")»4
constituye una teoría sobre la racionalidad científica; de modo más
específico, un conjunto de criterios para las teorías científicas. En un
principio se confiaba en que una «lógica de la investigación» suministraría un
repertorio de reglas mecánicas para la resolución de problemas. Esta esperanza
se abandonó: para Popper la «lógica de la investigación» o «metodología» consiste
simplemente en un conjunto de reglas (tentativas y nada mecánicas) para la
evaluación de teorías articuladas. Popper entiende que todo lo demás es objeto
de la psicología empírica de la investigación, una disciplina ajena al dominio
normativo de la lógica de la investigación. Esto representa un cambio de
extrema importancia en el problema de la filosofía de la ciencia normativa. El
término «normativo» cesa de significar reglas para la consecución de soluciones
y pasa a indicar simples directrices para la evaluación de soluciones
preexistentes. Algunos filósofos aún no han percibido este cambio del
problema5.
4
Se ha probado que tal abundancia de sinónimos induce a la confusión.
5
Sobre este tema desearía decir que siempre tuve dudas acerca de si ese
desplazamiento (progresivo, sin duda) del problema, no fue demasiado lejos. El
cambio aún fue más pronunciado en la filosofía de las matemáticas que en la
filosofía de la ciencia. Siguiendo a Pólya, he defendido que es posible que
exista un limbo pata, un heurística «genuina» que sea racional y no
psicologista; ese fue el motivo por el que expresé algunas reservas al original
uso de Tarski del término «metodología»; cf. mi (1963-4), p. 4, n. 4. Pero no
puedo proseguir aquí con este tema.
La
lógica de la investigación de Popper contiene «propuestas» y «convenciones» que
indican cuándo una teoría puede ser considerada seriamente (si se puede diseñar
y se ha diseñado, de hecho, un experimento crucial contra ella) y cuándo debe
ser rechazada (cuando ha fracasado en un experimento crucial). Por primera vez
en el contexto de un programa fundamental de investigación epistemológica, la
lógica de la investigación de Popper ofrece un nuevo papel a la experiencia en
el ámbito de la ciencia. Los «hechos» no establecen ni fundamentan ni otorgan
probabilidad a las teorías sino que las eliminan. Para Popper el progreso
consiste en una confrontación incesante, implacable y revolucionaria entre
audaces teorías especulativas y observaciones reproducibles, y en la
subsiguiente y rápida eliminación de las teorías derrotadas: «El método de
prueba y error es un método para eliminar las teorías falsas mediante
enunciados observacionales»6, «las conjeturas son sometidas
valerosamente a la prueba para que resulten eliminadas si entran en conflicto
con las observaciones»7. De modo que la historia de la ciencia se
contempla como una serie de duelos entre la teoría y los experimentos, duelos
en los que sólo los experimentos consiguen victorias decisivas. El teórico
propone alguna teoría científica; ciertos enunciados básicos la contradicen; si
uno de éstos resulta «aceptado»8, la teoría queda «refutada»; debe
ser rechazada y su lugar ocupado por una nueva. «Lo que en último término
decide la suerte de una teoría es el resultado de una contrastación; esto es,
un acuerdo sobre enunciados básicos.»9 Popper es consciente, por
supuesto, de que siempre contrastamos amplios conjuntos de teorías en lugar de
teorías aisladas, pero no entiende que esto constituya una dificultad
insuperable: sugiere que debemos conjeturar y llegar a un acuerdo sobre la parte
del sistema que es responsable de la refutación (esto es, la parte que
debe
considerarse falsa), posiblemente con la ayuda de algunas contrastaciones
independientes de ciertas porciones del sistema. En la filosofía de Popper
estas conjeturas son absolutamente indispensables. Si se nos permitiera imputar
siempre las refutaciones a las condiciones iniciales, nunca sería
necesario rechazar una teoría importante. Para Popper no es suficiente la
existencia de contrastaciones diseñadas para contrastar sistemas amplios; pide
a los científicos que especifiquen anticipadamente los experimentos que, de
tener un resultado negativo, originarían la falsación del mismo corazón del
sistema10. Pide que el científico especifique las condiciones
experimentales que, de producirse, le impulsarían a abandonar sus supuestos más
fundamentales11. Esta es la auténtica «clave» del criterio de
demarcación de Popper o, por usar un término mejor, de su definición de la
ciencia12.
6
Popper (1963a, p. 56) (el subrayado es de Popper). Cf. más abajo, n. 73.
7
Popper (1963, p. 46).
8
Sobre las condiciones para la aceptación de enunciados
básicos, cf. Popper (1934), sección 22 y cap. 1, pp. 35-36.
9
Popper, ibid., sección 30.
10
Para referencias, cf. abajo, n. 36, y n. 48.
11
Cf. texto de la n. 36. También cap. 1.
12
Cf. cap. 1. Para una discusión interesante, consúltese también Musgrave (1968).
La
definición de la ciencia de Popper puede expresarse mejor en términos de las
convenciones o «reglas» que gobiernan el «juego de la ciencia»13.
La
apertura inicial consiste en una hipótesis consistente y refutable; esto
es, una hipótesis consistente que tiene refutadores potenciales aceptados. Un
refutador potencial es un «enunciado básico» cuyo valor de verdad es decidible
con ayuda de las técnicas experimentales del momento. El jurado de los
científicos debe acordar unánimemente que existe una técnica
experimental que les permite asignar un valor de verdad al «enunciado básico».
(Por supuesto, la unanimidad puede lograrse expulsando a los miembros de la
minoría por entender que son pseudocientíficos o maniáticos.)14.
La
siguiente jugada es la realización repetida de una contrastación mediante un
experimento controlado15 y la segunda decisión del jurado sobre el
valor de verdad (verdad o falsedad) que se ha de atribuir al refutador
potencial. (Si esta segunda decisión no es unánime, hay dos posibles
movimientos: o bien se niega el rango de «refutador potencial» y se cancela la
jugada inicial, a menos que se encuentre un sustituto, o, alternativamente,
la minoría en desacuerdo debe ser declarada irracional y excluida del jurado16)
Si
el segundo veredicto es negativo y queda rechazado el refutador potencial, se
declara que la hipótesis ha sido corroborada, lo que sólo significa que es apta
para recibir ataques adicionales.
13 Popper
(1934), secciones 11 y 85. El primer párrafo de la sección 11 explica las
razones por las que dio a su libro el título La lógica de la investigación
científica, y merece ser citado: «Aquí se consideran las reglas
metodológicas como convenciones. Pueden ser descritas como las reglas
del juego de la ciencia empírica. Difieren de las reglas de la lógica pura como
difieren las reglas de ajedrez que pocos considerarían como parte de la lógica
pura; puesto que las reglas de la lógica pura gobiernan las transformaciones de
las fórmulas lingüísticas, el resultado de una investigación sobre las reglas
de ajedrez tal vez podría denominarse "la lógica del ajedrez", pero
nunca "La lógica" pura y simplemente. (De modo similar el resultado de
una investigación sobre las reglas del juego de la ciencia, esto es, sobre la
investigación científica, puede titularse "La lógica de la investigación
científica".)»
14
Me temo que Popper no mencionó esta implicación, aunque menciona, como si fuera
un hecho trivial, que los maniáticos «no entorpecen de forma importante el
funcionamiento de las distintas instituciones sociales que han sido diseñadas
para reforzar la objetividad científica» (Popper, 1945, vol. II, p. 218). Y
continúa: «Sólo el poder político... puede entorpecer su funcionamiento»
(cf. también su 1957b, p. 32). No estoy tan seguro de ello.
15
Sobre el concepto de «experimento controlado», cf. cap. 1, n. 75.
16
Cf. arriba, n. 14.
Si
el segundo veredicto es positivo y queda aceptado el refutador
potencial, se declara que la hipótesis ha sido «refutada», lo que significa que
queda rechazada, «derrotada», «abandonada», enterrada con honores
militares17. (En 1960 Popper introdujo una nueva regla: la pompa
militar debe otorgarse a las hipótesis eliminadas sólo si antes de ser
refutadas fueron corroboradas, al menos una vez, en otro experimento18.)
Tras
el entierro se entroniza una nueva hipótesis. Sin embargo, esta nueva hipótesis
debe explicar el éxito parcial de su predecesora, si tal éxito existió, y
también algo más. No se aceptará la propuesta de una nueva hipótesis,
por original que sea en sus aspectos intuitivos, si no tiene un nuevo contenido
empírico que no tenía su predecesora. Si no dispone de tal excedente de
contenido empírico el arbitro la declararía ad hoc y obligaría a
retirarla a sus proponentes. Si la nueva hipótesis no es ad hoc se
emprende con ella el procedimiento habitual para las hipótesis refutables que
ya ha sido descrito19.
Si
este «juego científico» se desarrolla correctamente, «progresará»; esto es, las
teorías sucesivamente propuestas tendrán generalidad (o «contenido empírico»)
creciente; plantearán preguntas cada vez más profundas sobre el universo20.
Igual
que las reglas del ajedrez no explican por qué toman parte en ese juego algunas
personas que incluso llegan a dedicar su vida al mismo, tampoco las reglas de
la ciencia explican por qué algunas personas participan e incluso dedican sus
vidas a tal juego. Las reglas deciden si la jugada de un participante es
correcta (o «científica») no lo es, pero nada dicen acerca de si el juego,
en su totalidad, es «correcto» (o «racional») o no lo es. Las reglas nada
dicen ni sobre los motivos (psicológicos) de los jugadores ni sobre la
finalidad (racional) del juego. Naturalmente, es posible que una persona tome
parte en él como podría participar en un juego genuino y que lo disfrute como
tal juego, sin preocuparse de su finalidad ni ser consciente de sus motivaciones
personales.
17
Popper (1934), secciones 3 y 4. También cf. sección 22 («Refutabilidad y
refutación») sobre «reglas especiales... que determinan en qué condiciones un
sistema debe considerarse refutado». Resulta sorprendente que al menos en
esta sección particular (sección 22) no se diga nada acerca de la
identificación de la «refutación» en el sentido que hemos descrito, con la
«derrota» y la «eliminación». Algunos amigos míos utilizaron esta omisión como
evidencia de que Popper no defendía tal identificación, sino que dejaba sin
resolver el problema de la relación entre «eliminación» y «refutación». Pero en
otros textos, especialmente en sus trabajos relacionados con las ciencias
sociales (cf., por ejemplo, su 1975b, pp. 133-34), Popper claramente identifica
«refutación» y «rechazo» o «eliminación». Si refutación no significa rechazo,
¿qué significa? Nada nos dice Popper sobre cómo podemos continuar jugando el
juego científico con una hipótesis refutada.
18 Cf.
su (1963a), pp. 242-45.
19
Según la nueva regla de Popper a la que me he referido en la nota anterior, las
normas defensivas contra las hipótesis ad hoc también pueden ser
reforzadas; en este sentido debemos distinguir entre «ad hoc1» y «ad
hoc2»; cf. MCE, cap. 8, pp. 228-43, esp. p. 242, n. 182.
20
Popper (1934), sección 85, último párrafo.
Nota:
He tenido interminables discusiones con algunos amigos
popperianos sobre la identificación de Popper y «Popper1» (el
falsacionista metodológico ingenuo) que he defendido en mi (1968b) y (1970) y
en esta sección. Me gustaría decir que al realizar este análisis he
experimentado, con mayor agudeza que en cualquier otra ocasión de mi vida, las
fatigas propias del historiador. Mi (1968c) y especialmente las páginas 384 y
siguientes muestran que entonces identifiqué a Popper con mi «Popper2»,
el falsacionista metodológico sofisticado. En (1968b) cambió mi postura y
entonces sugerí que en Popper coexistían ambas posiciones (consúltese
MCE, cap. 8). Mantuve el mismo punto de vista en el texto principal de mi
(1970), pero en el Apéndice identifiqué a Popper esencialmente con Popper1,
el falsacionista metodológico ingenuo (consúltese el cap. 1 de este
volumen). En este artículo mantengo la misma interpretación, pero con la seria
sospecha de que puedo haber pasado por alto algún ingrediente vital de todo el
análisis. ¿Podría ser que el problema al que se enfrenta la Lógica de la
investigación científica fuera diferente del que yo he reconstruido? ¿No
será mi dicotomía de Popper en Popper1 y Popper2 una
consecuencia de mi problemática? Sin duda las citas más características de
Popper1 están en La miseria del historicismo y en La
sociedad abierta de Popper. ¿Son exclusivamente exageraciones ocasionales
sólo emitidas en el contexto de su condena apasionada de las pseudociencias
sociales? Pero sin duda el mismo Popper describe su problema original como el
de demarcar la ciencia y la pseudociencia. Confieso que me siento perdido en mi
labor de exegesis y confío en que la réplica de Popper resolverá mi confusión*.
b)
¿Cómo se pueden criticar las reglas del juego científico?
Las
reglas del juego son convenciones y pueden formularse en términos de una
definición21. ¿Cómo se puede criticar una definición que, en
particular, se interpreta nominalistamente?22. Según este punto de
vista, una definición sólo es un símbolo, una tautología. ¿Cómo se puede
criticar una tautología? Popper pretende que su definición de la ciencia es
«fructífera»; «que muchas cuestiones pueden clarificarse y explicarse con
ella». Cita a Menger: «Las definiciones son dogmas; sólo las conclusiones
obtenidas a partir de las mismas pueden suministrarnos nuevas perspectivas»23.
Pero ¿cómo es posible que una definición tenga poder explicativo o que
suministre nuevas perspectivas? La respuesta de Popper es ésta: «Sólo mediante
las consecuencias de mi definición de ciencia empírica y mediante las
decisiones metodológicas que dependen de esa definición, el científico será
capaz de apreciar hasta qué punto se acomoda a su idea intuitiva sobre la
finalidad de su trabajo»24.
*
Por lo que se refiere a la réplica de Popper, consúltese su 1974. (Editores.)
21
Cf. Popper (1934), secciones 4 y 11.
22
Para una excelente discusión de la distinción entre nominalismo y realismo (o,
como Popper prefiere llamarlo, «esencialismo») en la teoría de las
definiciones, cf. Popper (1945c), cap. 11 y (1963a), p. 20. También cf. cap. 1,
p. 58.
23
Popper (1934), sección 11.
24 Ibid.
Esta
respuesta está en armonía con la posición general de Popper, según la cual es
posible criticar las convenciones analizando su «adecuación» con relación a
ciertos fines: «puede haber opiniones en conflicto acerca de la adecuación de
cualquier convención; una
discusión
razonable de estos problemas sólo es posible si se produce entre interlocutores
que comparten algún objetivo. La elección de tal objetivo... escapa a la
argumentación racional»25. Pero Popper, en su Logik der
Forschung, nunca especifica una finalidad del juego científico que
no esté contenida en las reglas. La idea de que el objetivo de la
ciencia es la verdad aparece por primera vez en su obra en 195726.
En su Logik der Forschung la búsqueda de la verdad puede que sea una
motivación psicológica, de los científicos, pero no
constituye
un objetivo racional de la ciencia27.
Ni
siquiera en los escritos posteriores de Popper encontramos sugerencias sobre
cómo estimar que un conjunto consistente de reglas (o criterio de demarcación)
conduce más eficazmente a la verdad que otro28. En realidad, y desde
1920 hasta 1970, la tesis de que es imposible construir una argumentación que
vincule el método con el éxito, ha sido una pieza central de la filosofía de
Popper. Por ello, concluyo que Popper nunca suministró una teoría referente a
la crítica racional de las diversas convenciones consistentes29. No
responde a la pregunta: ¿en qué condiciones abandonaría usted su criterio de
demarcación?30.
25
Ibid, sección 4.
26
Cf. su (1957a).
27
Califica a la búsqueda de la verdad como «la motivación (acientífica) más
poderosa» (1934, sección 85). También cf. arriba.
28
Los argumentos cruciales de Popper contra las distintas teorías inductivistas
de la ciencia muestran que éstas son inconsistentes. Por otra parte, admite que
la teoría convencionalista es consistente, «autosuficiente y defendible», y concluye:
«Mi conflicto con los convencionalistas no es tal que pueda ser eliminado
mediante la discusión teórica imparcial» (Popper, 1934, sección 19). ¿Resulta
entonces, que la elección entre conjuntos consistentes de reglas es un problema
de gustos subjetivos?
29
A principios de la década de 1960 Popper adoptó el
racionalismo crítico generalizado de Bartley. Según esta teoría todas las
proposiciones aceptadas por una persona racional deben poder ser criticadas.
Pero la debilidad básica de esta postura es su vaciedad. No tiene mucho sentido
afirmar la criticabilidad de cualquier posición que mantengamos sin especificar
de modo concreto las formas que puede adoptar esa crítica (en Watkins, 1971,
hay una crítica interesante de la postura de Bartley).
30
Este desliz resulta aún más serio dado que el mismo
Popper ha matizado su criterio. Por ejemplo, en su (1963a) describe el
«dogmatismo»; esto es, tratar «las anomalías como algo parecido a un ruido de
fondo», como una postura que es necesaria en cierto grado» (p. 49). Pero en la
página siguiente identifica este «dogmatismo» con la «pseudo-ciencia». ¿Es, por
tanto, «en cierto grado necesaria » la pseudo-ciencia? Consúltese también
capítulo 1, n. 327.
Pero
es posible contestar a esa pregunta. Ofreceré mi propia respuesta en dos
etapas; primero presentaré una respuesta ingenua y luego una más sofisticada.
Comenzaré recordando cómo llegó Popper a formular su criterio, de acuerdo con
su propia narración. Entendió, como los mejores científicos de su época, que,
aunque refutada, la teoría de Newton constituía un maravilloso logro
científico; que aún era mejor la de Einstein, y que la astrología, la teoría
freudiana y el marxismo del siglo XX eran pseudociencias. Su problema era
encontrar una definición de la que se infirieran tales «juicios básicos» sobre
esas teorías; pues bien, consiguió ofrecer una solución original. Ahora bien,
aceptemos provisionalmente el siguiente metacriterio: una teoría de
la racionalidad o criterio de demarcación ha de rechazarse si es inconsistente
con algunos «juicios de valor básicos» y aceptados de la comunidad científica31.
Esta regla metametodológica parece corresponderse con la regla metodológica
popperiana según la cual una teoría científica ha de ser rechazada si es
inconsistente con un enunciado («empírico») básico unánimemente
aceptado
por la comunidad científica. Toda la metodología de Popper descansa sobre la
presunción de que existen enunciados (relativamente) singulares sobre cuyo
valor de verdad se puede alcanzar un acuerdo unánime entre los científicos; sin
tal acuerdo sobrevendría «una nueva Babel» y «el soberbio edificio de la
ciencia pronto se convertiría en ruinas»32. Pero incluso si existe
un acuerdo acerca de enunciados «básicos», si no existiera acuerdo alguno sobre
cómo evaluar las construcciones científicas con relación a esta «base
empírica», ¿no se convertiría también en ruinas el soberbio edificio de la
ciencia? Sin duda eso es lo que sucedería. Aunque se ha producido escaso
acuerdo sobre el criterio universal que determine el carácter científico
de las teorías, en los dos últimos siglos ha sido considerable el acuerdo
logrado sobre los éxitos científicos individuales.
Aunque
no hay un acuerdo general respecto a una teoría de la racionalidad
científica, hay un acuerdo importante sobre la racionalidad de cada paso particular
del juego, sobre si es científico o si constituye un espejismo. Por ello una
definición general de la ciencia debe imputar carácter «científico» a los
jugadores que gozan de mayor reputación y a las aperturas más estimadas; si no
lo consigue, debe ser rechazada.
Por
tanto, vamos a proponer, de forma provisional, que si un criterio de
demarcación es inconsistente con las evaluaciones básicas de la élite
científica, debe ser rechazado33.
31
La expresión «juicios de valor básicos» sonará mejor en alemán, «normative
Basissatze».
32
Popper (1934), sección 29.
33
Por supuesto, este enfoque no significa que creamos que los «juicios básicos»
de los científicos son indefectiblemente racionales; sólo implica que los aceptamos
para criticar las definiciones universales de la ciencia. (Si añadimos que
ningún criterio universal tal ha sido hallado y que ningún criterio universal
tal se hallará en el futuro, el escenario está preparado para recibir la
concepción de Polanyi de la autocracia científica cerrada y sin normas.)
La
noción de este metacriterio puede considerarse como una autoaplicación
«cuasi-empírica» del falsacionismo popperiano. Yo ya había introducido este
«cuasi-empirismo» en el contexto de la filosofía matemática. Podemos abstraer
de lo que fluye por los canales lógicos de un sistema deductivo la
certidumbre o la falibilidad, la verdad o la falsedad, la probabilidad o
improbabilidad, incluso la deseabilidad o indeseabilidad moral o científica; es
el cómo del flujo lo que decide si el sistema es negativista, «cuasi-empírico»
dominado por el modus tollens o si es justificacionista,
«cuasi-euclídeo», dominado por el modus ponens (cf. MCE, cap. 2). Este
enfoque cuasi-empírico puede ser aplicado a cualquier clase de
conocimiento normativo, como el ético o estético; eso es lo que ha hecho
Watkins en su (1963) y (1967). Pero ahora prefiero otra aproximación: cf. más abajo,
n. 59.
Fue
la propia descripción de Popper de su
problema original y su modalidad de falsacionismo metodológico los que me
sugirieron este metacriterio (pero debo insistir en que es posible aceptar el
falsacionismo de Popper y rechazar, sin embargo, este meta-falsacionismo). Sin
embargo, si aplicamos este criterio (que abandonaré más adelante), el
criterio
de demarcación de Popper, esto es, las reglas popperianas para el juego de la
ciencia, deben ser rechazadas34.
c)
Una refutación «cuasi-polanyana» del criterio de demarcación de Popper
El
criterio de demarcación de Popper realmente puede ser «refutado» con facilidad
si se utiliza el metacriterio propuesto en la última sección; esto es, si se
muestra que, de acuerdo con él, los máximos éxitos científicos carecieron de
carácter científico, y que los mejores profesionales de la ciencia, en sus
mejores momentos, rompieron las reglas del juego de la ciencia de Popper.
La
regla básica de Popper es que el científico debe especificar por adelantado
las condiciones experimentales en que abandonará incluso sus supuestos más
fundamentales:
«Los
criterios de refutación deben establecerse previamente: se debe acordar qué
situaciones observables, de observarse de hecho, implicarían que la teoría
queda refutada. Pero ¿qué hechos clínicos refutarían satisfactoriamente desde
el punto de vista del analista no simplemente un diagnóstico clínico
particular sino el mismo psicoanálisis?35. ¿Han disentido
siquiera o mostrado su acuerdo sobre tales criterios los analistas?»
Popper
tenia razón en el tema del psicoanálisis: nadie ha respondido a la pregunta.
Los freudianos se han quedado perplejos ante el ataque fundamental de Popper
referente a la honestidad científica. Ciertamente se han negado a especificar
las condiciones experimentales en las que abandonarían sus supuestos básicos.
Según Popper ésta es la prueba de su deshonestidad intelectual. Pero ¿qué
sucede si dirigimos la misma pregunta al científico newtoniano?; ¿qué
observaciones refutarían, de modo satisfactorio para el newtoniano, no
simplemente una explicación newtoniana particular, sino la misma dinámica
newtoniana y la teoría gravitacional? ¿Tales criterios han sido discutidos y
acordados en alguna ocasión por los newtonianos...? El newtoniano difícilmente
podrá ofrecer una respuesta positiva36. Pero en tal caso, si los
psicoanalistas deben ser condenados por deshonestos, según los criterios de
Popper, ¿no hay que condenar por razones similares a los newtonianos?
34 Puede
señalarse que este meta-criterio no tiene por qué ser psicológico o
«naturalista» en el sentido de Popper [cf. su (1934), sección 10]. La
definición de la «élite científica» no es un asunto empírico.
35
Popper (1963a, p. 38, n. 3). (El subrayado es mío.) Por supuesto, esto es
equivalente a su celebrado «criterio de demarcación» entre ciencia y
pseudociencia, o, como él dice, «metafísica». (Sobre este tema, consúltese
también Agassi, 1964, sección VI.)
36
Cf. capítulo 1, pp. 27-28.
Ciertamente
Popper puede retirar su celebrado reto y exigir la refutabilidad (y el rechazo
cuando se produce la refutación) sólo para los sistemas teóricos que
incluyen condiciones iniciales y muchas teorías auxiliares y observacionales.
Esta es una retirada importante, puesto que permite al científico imaginativo
salvar su teoría preferida mediante alteraciones afortunadas en algún vericueto
remoto del laberinto teórico. Pero incluso la regla mitigada de Popper hará
imposible la vida a los científicos más brillantes, porque en los programas de
investigación amplios siempre existen anomalías conocidas. Normalmente el
investigador las deja a un lado y actúa según la heurística positiva del
programa37. En general concentra su atención en la heurística
positiva y no en las anomalías perturbadoras con la esperanza de que «los casos
recalcitrantes» se transformen en ejemplos confirmatorios conforme progrese el
programa. Según las condiciones de Popper hasta los grandes científicos
utilizan aperturas prohibidas y estratagemas ad hoc; en lugar de
considerar el perihelio anómalo de Mercurio como una refutación de la teoría
newtoniana sobre nuestro sistema planetario y, por tanto, como una razón para
rechazarla, la mayoría de ellos archivaron el tema como un ejemplo problemático
que sería solucionado en alguna ocasión posterior, o bien ofrecieron soluciones
ad hoc. Esta actitud metodológica de tratar como anomalías a lo
que Popper consideraría contraejemplos, es habitualmente aceptada por los
mejores científicos. Algunos de los programas de investigación que ahora gozan
de la máxima estima por parte de la comunidad científica, progresaron entre un
océano de anomalías38. El rechazo de Popper de tal trabajo como
irracional («no crítico») implica una refutación de su definición, al menos
según nuestro meta-critetio cuasi-polanyano.
Más
aún, según Popper, un sistema inconsistente no prohíbe ningún estado
observable de la realidad y trabajar en él debe considerarse invariablemente
como una tarea irracional: «Un sistema contradictorio siempre debe ser
rechazado... (porque) no es informativo... Ningún enunciado puede ser
destacado, puesto que todos son derivables39.» Pero algunos de los
más importantes programas de investigación científica progresaron a partir de
fundamentos inconsistentes40. En realidad, en tales casos la norma
de los mejores científicos es con frecuencia «Allez en avant et la foi vous
viendra». Esta norma antipopperiana ofreció un santuario al cálculo
infinitesimal, acosado por Berkeley, y a la teoría ingenua de conjuntos durante
el período de las primeras paradojas. En verdad, si el juego de la ciencia se
hubiera desarrollado según las recetas de Popper, el artículo de Bohr de 1913
nunca se hubiera publicado, puesto que constituía un injerto inconsistente en
la teoría de Maxwell, y las funciones delta de Dirac hubieran sido ignoradas
hasta Schwartz.
37
Ibid., pp. 72 y ss.
38
Ibid.
39
Cf. Popper (1934), sección 24.
40 Cf.
capítulo 1.
En
términos generales Popper exagera porfiadamente el poder destructor inmediato
de la crítica puramente negativa. «En cuanto se señala un error o una
contradicción, ya no hay evasión posible: puede probarse y eso es todo41»
Así
«refutan» algunos de los juicios «básicos» de la élite científica la
definición de la ciencia y de la ética científica de Popper.
Nota:
Realmente no defiendo el metacriterio descrito en la sección b) y aplicado en
la sección c). En lo que sigue negaré la tesis de ambas secciones. Acepto
este método socrático-popperiano para exponer mi postura porque entiendo que es
el mejor modo de desarrollar un argumento complejo: se presenta una pregunta
sencilla, se ofrece una respuesta sencilla y se critica la respuesta (y
posiblemente también la pregunta), lo que nos conduce a preguntas más complejas
y a soluciones más complejas. Este método también sugiere que el dialéctico no
concluye con una «solución final».
d)
Un criterio de demarcación modificado
Resulta
fácil modificar la definición de la ciencia de Popper de modo que no prohíba
jugadas esenciales de la ciencia real. He intentado realizar tal modificación
en primer lugar transformando el problema de evaluar teorías en el de evaluar
series históricas de teorías o, más bien, de «programas de investigación», y
cambiando las reglas de Popper sobre el abandono de teorías42.
En
primer lugar, uno puede «aceptar» enunciados no sólo básicos sino también
universales como convenciones; en realidad, esta es la clave más importante
para la continuidad del crecimiento cientifico43. La unidad
básica de evaluación no debe ser una teoría o conjunción de teorías aisladas,
sino un programa de investigación con un núcleo firme convencionalmente
aceptado (y así, por decisión provisional, «irrefutable») y con una heurística
positiva que define los problemas, prevé las anomalías y, de forma victoriosa,
las convierte en ejemplos, según un plan establecido. El científico enumera
anomalías, pero mientras su programa de investigación conserve su inercia, las
ignora.
41
Popper (1959a, p. 394). Añade: «Frege no intentó maniobras evasivas cuando
conoció la crítica de Russell». Ciertamente las intentó (cf. el Poscript de
Frege de la segunda edición de su Grundgesetze). Este error
historiográfico puede relacionarse también con el exceso previo de confianza de
Popper en la carencia de ambigüedad del razonamiento matemático. Consúltese
también MCE, cap. 8, p. 212, n. 109.
42
Cf. capítulo 1 y MCE, capítulo 8. Popper siempre mantuvo, y lo acentuó en su
filosofía tardía, que «la influencia de (algunas) teorías metafísicas no
contrastables sobre la ciencia era superior a la de muchas teorías
contrastables »; incluso «comenzó» a hablar de «programas de investigación
metafísicos» (cf. cap, 1, p. 146, n. 350). Pero mientras Popper reconoció la
influencia de la metafísica en la ciencia, yo considero que la metafísica es
una parte integral de la ciencia. Para Popper (y para Agassi y Watkins), la
metafísica es simplemente una «influencia»; yo especifico reglas de evaluación
concretas. Y éstas entran en conflicto con anteriores caracterizaciones de
Popper de las teorías «refutables» que él aún no ha abandonado.
43
Popper no permite esto: «Hay una gran diferencia entre mis puntos de vista y el
convencionalismo. Yo defiendo que lo que caracteriza el método empírico es
precisamente esto: nuestras convenciones determinan la aceptación de los
enunciados singulares; no de los universales» (Popper, 1934,
sección 30).
Lo
que determina la elección de sus problemas es fundamentalmente la heurística
positiva de su programa y no las anomalías44.
Sólo cuando se debilita la fuerza impulsora de la heurística positiva se puede
prestar más atención a las anomalías. (De este modo la metodología de los
programas de investigación puede explicar la autonomía relativa de la
ciencia teórica, lo que no pueden hacer las series inconexas de conjeturas
y refutaciones de Popper.)
La
evaluación de unidades grandes como los programas de investigación es, en un
sentido, mucho más liberal y, en otro, mucho más estricta que la evaluación
popperiana de las teorías. La nueva evaluación es más tolerante porque
permite que un programa de investigación se recupere de sus enfermedades
infantiles, tales como los fundamentos inconsistentes y las estrategias
ocasionales ad hoc. Las anomalías, las inconsistencias y las
estratagemas ad hoc pueden ser consistentes con el progreso. Hay que
abandonar el viejo sueño racionalista de un método mecánico, semimecánico o, al
menos, de acción rápida, para poner al descubierto la falsedad, la ausencia de
pruebas, los absurdos carentes de sentido o incluso las elecciones
irracionales. Es necesario mucho tiempo para evaluar un programa de
investigación: la lechuza de Minerva vuela al anochecer. Pero esta evaluación
también es más estricta porque no sólo exige que un programa de
investigación prediga con éxito hechos nuevos, sino también que el cinturón
protector de hipótesis auxiliares se construya, en gran medida, de acuerdo con
una idea unificadora preconcebida, establecida anticipadamente en la heurística
positiva del programa de investigación45.
Resulta
muy difícil decidir cuándo un programa de investigación ha degenerado sin
remisión posible, si no se exige que exista progreso en cada paso; o cuándo uno
de dos programas rivales ha conseguido una ventaja decisiva sobre otro. No
puede existir la «racionalidad instantánea». Ni la prueba de
inconsistencia del lógico, ni el veredicto de anomalía emitido por el
científico experimental pueden derrotar, de un solo golpe, a un programa de
investigación. La «sabiduría» sólo se alcanza tras los acontecimientos. La
Naturaleza puede gritar no, pero la inteligencia humana siempre es capaz de
gritar más fuerte, en contra de lo que afirman Weyl y Popper46. Con
ingenio suficiente y con algo de suerte, cualquier teoría, incluso si es falsa,
puede ser defendida «progresivamente» durante mucho tiempo.
44
Agassi, en algunos textos, parece negar esto: «Aprender de la experiencia es
aprender de un ejemplo refutador. En tal caso, el ejemplo refutador se
convierte en un ejemplo problemático» (Agassi, 1964b, p. 201). En su (1969)
atribuye a Popper la afirmación de que «aprendemos de la experiencia mediante
refutaciones» (p. 169) y añade que, según Popper, aprendemos sólo de la
refutación y no de la corroboración (p. 167). Pero esta es una teoría muy
unilateral del aprendizaje por la experiencia (cf. capítulo 1, p. 52, n. 118, y
p. 54).
Feyerabend
en su (1969b) dice que «los ejemplos negativos bastan en la ciencia». (Añade en
una nota que omite la «teoría, algo extraña, de la corroboración de Popper».)
Por supuesto, estos problemas de demarcación están íntimamente relacionados con
el problema de la inducción; también cf. más abajo, n. 85.
45 En
mi (1970a) denominé a los remiendos que no satisfacían estos criterios
estratagemas ad hoc (consúltese el cap. 1). La primera corrección de
Planck de la fórmula Lummer-Pringsheim fue ad hoc en este sentido. Un
ejemplo particularmente bueno es la anomalía de Meehl (cf. capítulo 1, p. H7,
n. 320, y p. 118, n. 322).
46 Popper
(1934), sección 85.
Pero
¿cuándo se debe rechazar una teoría particular o todo un programa de
investigación? En mi opinión, sólo cuando existe uno mejor para reemplazarlo47.
De modo que separo la «refutación» popperiana y el «rechazo»; la confusión de
ambas nociones ha resultado ser una de las debilidades principales del
«falsacionismo ingenuo» de Popper48.
Por
tanto, mi modificación constituye una descripción del juego de la ciencia muy
distinta de la de Popper. La mejor apertura no es una hipótesis refutable (y
por ello consistente) sino un programa de investigación. Las simples
«refutaciones» (esto es, las anomalías) quedan registradas, pero no son tenidas
en cuenta a efectos prácticos. No existen los «experimentos cruciales» en el
sentido de Popper; en todo caso, son títulos honoríficos conferidos a ciertas
anomalías mucho después de que se produzcan, cuando un programa ha sido
derrotado por otro. Según Popper, un experimento crucial se describe mediante
un enunciado básico aceptado que es inconsistente con una teoría. Personalmente
mantengo que ningún enunciado básico aceptado aislado nos permite
rechazar una teoría. Tal conflicto puede representar un problema (mayor o
menor), pero en ningún caso una victoria. Ningún experimento es crucial cuando
se lleva a cabo (excepto, tal vez, desde un punto de vista psicológico). La
pauta popperiana de «conjeturas y refutaciones», esto es, la pauta de
ensayo-mediante-hipótesis seguida de error-descubierto-por-experimentación, se
viene abajo49. Una teoría sólo puede ser eliminada por una teoría mejor,
esto es, por una que tenga un exceso de contenido empírico con respecto a
sus predecesoras, parte del cual queda confirmada subsiguientemente. Y en
cuanto a esta sustitución de una teoría por otra
mejor,
ni siquiera es necesario que la primera teoría tenga que estar «refutada» en el
sentido popperiano del término50. De modo que el progreso está
jalonado de ejemplos verificadores del exceso de contenido y no de casos
refutadores51 y la «refutación» y el «rechazo» resultan ser
lógicamente independientes52. Popper afirma explícitamente que
«antes de que una teoría haya sido refutada nunca podemos saber de qué modo
debe ser modificada»53. Según mi punto de vista sucede más bien lo
contrario: antes de la modificación no sabemos
de
qué modo la teoría ha sido «refutada» (si es que lo ha sido) y algunas de las
modificaciones más interesantes están motivadas por la «heurística positiva»
del programa de investigación y no por las anomalías54.
47
Cf. MCE, cap. 8, pp. 235-41; mi (1968c), pp. 162-67, y este volumen, cap. 1.
48
Una consecuencia importante es la diferencia entre el análisis de Popper del
argumento Duhem-Quine y el mío; c£. por una parte Popper (1934), último
epígrafe de la sección 18 y sección 19, n. 1; Popper (1957b), pp. 131-33;
Popper (1963a), p. 112, n. 26, pp. 238-39 y p. 243); y por la otra, capítulo 1,
pp. 128-134.
49
Popper, en un pasaje interesante, intenta definir la diferencia entre el método
de la ameba y el de Einstein; ambos parecen utilizar el método de conjeturas y
refutaciones (1963a, p. 52). Popper entiende que Einstein tiene una «actitud más
crítica y constructiva que la ameba» (el subrayado es mío). Pienso que una
solución mejor es que la ameba no tiene un programa de investigación
articulado.
50
Popper en alguna ocasión (y Feyerabend de forma sistemática) acentuaron la
función catalizadora de las teorías alternativas para diseñar los
llamados «experimentos cruciales». Pero las alternativas no sólo son
catalizadores que después pueden ser eliminados en la reconstrucción racional,
sino que son partes necesarias del proceso refutador (cf. cap. 1, n. 121).
51
Cf. especialmente capítulo 1.
52
Cf. especialmente MCE, capítulo 8, pp. 51-53, y este volumen, capítulo 1.
53
Popper(1963a), p. 51.
54 Cf.
especialmente capítulo 1.
e)
Un meta-criterio modificado
Un
oponente podría argumentar que la refutación de mi criterio no es mucho más
difícil que la del de Popper. ¿Qué hay del impacto inmediato de los grandes
experimentos cruciales, como el de refutación del principio de paridad? ¿Qué
hay de los procedimientos lentos, pedestres y de ensayo y error que a veces
preceden al anuncio de un programa de investigación importante? ¿No dictaminará
en contra de mis reglas universales el juicio de la élite científica?
Desearía ofrecer mi respuesta en dos etapas.
En primer lugar me gustaría modificar ligeramente mi meta-criterio provisional55
previamente enunciado y, después, lo sustituiré por otro mejor.
En
primer término, la ligera modificación. Si una regla universal entra en
conflicto con un «juicio normativo básico» deberíamos conceder a la comunidad
científica algún tiempo para que meditara sobre el conflicto: puede que
abandonara su juicio particular y aceptara la regla general56. Estas
refutaciones de «segundo orden» no deben ser apresuradas.
En
segundo lugar, si abandonamos el falsacionismo ingenuo en temas de método, ¿por
qué mantenerlo para el meta-método...? Es fácil disponer de una
metodología de segundo orden para los programas de investigación científica.
Aun
aceptando que una teoría de la racionalidad debe tratar de organizar los
juicios de valor básicos en sistemas universales coherentes, no es necesario
rechazar inmediatamente tal sistema debido simplemente a ciertas anomalías u
otras inconsistencias. Por otra parte, una buena teoría de la racionalidad debe
anticipar los juicios valorativos básicos que eran inesperados a la luz de sus
predecesoras, o incluso debe conducir a que se revisen los juicios de valor
básicos previamente aceptados57. Sólo rechazamos una teoría de la
racionalidad en favor de otra mejor, de otra que constituya un cambio
progresivo en este sentido cuasi-empírico. Así, este metacriterio nuevo y
menos exigente nos permite comparar lógicas de la investigación rivales y
discernir el crecimiento en eí conocimiento «meta-científico».
55
Cf. arriba.
56
Existe cierta analogía entre este caso y la apelación
ocasional de un científico teórico contra el veredicto del jurado experimental:
cf. cap. 1.
57 Este
último criterio es análogo a la «profundidad» excepcional de una teoría que
entra en conflicto con algunos enunciados básicos disponibles en el momento y
que, finalmente, emerge de forma victoriosa. (Cf. Popper, 1975a). El ejemplo de
Popper fue la inconsistencia entre las leyes de Kepler y la teoría newtoniana
que trató de explicarlas.
Por
ejemplo, la teoría de Popper sobre la racionalidad científica no debe
considerarse «refutada», simplemente porque entre en conflicto con algunos
juicios básicos de los principales científicos. Por el contrario, según nuestro
nuevo criterio, representa un progreso con relación a sus predecesoras
justificacionistas. Y ello porque, en contra de esas predecesoras, rehabilitó
el rango científico de teorías refutadas como la del flogisto, invirtiendo de
este modo un juicio histórico que desplazó a ésta de la historia de la ciencia
para incorporarla a la historia de las creencias irracionales. También invirtió
la evaluación de la teoría del declive estelar de la década de 1920: la teoría
Bohr-Kramers-Slater58. Para la mayoría de las teorías
justificacionistas de la racionalidad la historia de la ciencia es, como
máximo, una historia de los preludios precientíficos de alguna historia
de la ciencia futura59. La metodología de Popper
permitió al historiador interpretar como racionales un número mayor de juicios
de valor básico reales de la historia de la ciencia: era progresiva.
Por
otra parte, confío en que mi modificación de la lógica de la investigación de
Popper se reconocerá también, según el criterio que he especificado, como otro
avance. Parece que ofrece una explicación racional coherente de un número mayor
de juicios de valor básicos aislados; en realidad ha conducido a nuevos y
sorprendentes juicios de valor básicos (al menos desde las perspectivas del
justificacionismo y del falsacionismo ingenuo). Por ejemplo, según la teoría de
Popper, es irracional retener y elaborar la teoría gravitacional de Newton tras
el descubrimiento del perihelio de Mercurio; y resulta irracional desarrollar
la vieja teoría cuántica de Bohr cuyos fundamentos son inconsistentes. Según mi
punto de vista esos fueron desarrollos perfectamente racionales. Mi
teoría, al contrario que la de Popper, explica que la aparición de escaramuzas
de retaguardia en favor de los programas derrotados, es perfectamente racional
y, por ello, origina la inversión de los juicios historiográficos habituales
que ignoran tales escaramuzas en los textos de historia de la ciencia60.
Tales escararamuzas de retaguardia fueron ignoradas tanto por las historias
inductivistas como por los falsacionistas ingenuos.
De
modo que el progreso de la teoría de la racionalidad está jalonado de
descubrimientos históricos: de la reconstrucción de un volumen creciente de
historia, impregnada de valores, como racional61. Esta idea puede
interpretarse como la autoaplicación de mi teoría de los programas de
investigación científica a un programa de investigación (no científica)
relativo a las evaluaciones científicas62.
58
Van der Waerden estimó que la teoría Bohr-Kramers-Slater era mala; la teoría de
Popper demostró que era buena. Cf. van der Waerden (1967), p. 13 y Popper
(1963a), pp. 242 y ss.; hay una discusión crítica en el capítulo 1, nn. 291 y
292.
59
Un ejemplo típico es la actitud de algunos lógicos modernos respecto a la
historia de las matemáticas; cf. mi (1963-64), p. 3.
60
Cf. capítulo 1, sección 3 c).
61
No hace falta indicar que ninguna teoría de la racionalidad puede o debe
explicar toda la historia de la ciencia como racional: incluso los mejores
científicos pueden dar pasos erróneos o equivocarse en sus estimaciones.
62
De este modo la metodología de los programas de investigación puede aplicarse
al conocimiento normativo, incluyendo incluso a la ética y la estética; esto
superaría al enfoque cuasi-empírico (propio del falsacionismo ingenuo)
analizado más arriba, n. 33.
Por
supuesto, yo puedo responder fácilmente a la pregunta de cuándo abandonaría mi
criterio de demarcación: cuando se proponga otro que resulte mejor según mi
metacriterio. (Aún no he respondido la pregunta sobre las circunstancias en que
abandonaría mi metacriterio, pero debemos parar en algún punto63)
Por
fin, elaboraré con mayor detalle dos características de mi metodología y
meta-metodología.
En
primer término defiendo un enfoque primordialmente cuasiempírico en lugar del
método apriorístico de Popper para el establecimiento de leyes sobre la ciencia64.
No establezco a priori reglas generales del juego, de modo que si
sucediera que la historia de la
ciencia
violara tales reglas, tendría que pedir que el juego de la ciencia comenzara de
nuevo. Las leyes deben tomar en consideración el veredicto del jurado
científico si es que no se basan en él. Según la doctrina conservadora de
Oakeshott y Polanyi, sólo debe existir el jurado, desembarazado de leyes
escritas. Según Popper, ni siquiera el jurado (que cuenta con leyes) es
suficiente. Debe existir la autoridad de la ley escrita para distinguir entre
ciencia buena y mala y para orientar al jurado en los períodos en que una buena
tradición corre peligro de regresión o cuando emerge una mala tradición65.
Pero, según mi punto de vista, debe existir una autoridad dual porque la
sabiduría del jurado científico no ha sido ni puede ser integrada completamente
en la ley del filósofo. Las leyes requieren de intérpretes autorizados.
Por ello me sitúo ligeramente a la derecha del Popper más liberal en materias
de autonomía académica y de la autoridad de la tradición; Popper, según creo,
tiene una confianza bastante ingenua en el poder de su (correcta) ley sobre el
comportamiento científico y se olvida de que hasta ahora todas las «leyes»
propuestas por los filósofos de la ciencia han resultado ser falsas
interpretaciones generalizadas de los veredictos de los mejores científicos.
Hasta el día presente el principal rasero para medir las leyes universales de
los filósofos han sido las normas científicas aplicadas instintivamente por la
élite científica a los casos particulares. El progreso metodológico aún va
detrás de los veredictos científicos; el principal problema, sin embargo, es
encontrar, si ello es posible, una teoría de la racionalidad que explique la
racionalidad científica real en lugar de introducir interferencias
legislativas, procedentes de la filosofía, en las ciencias más avanzadas66.
63 Para
una discusión interesante, cf. Naess (1964).
64 De
modo alternativo se puede defender que este enfoque cuasí-empírico ya está
implícito en el meta-método de Popper y que yo únicamente lo hago explícito.
Después de todo, el punto de partida de Popper fue definir la «ciencia » de
modo que incluyera la refutada teoría newtoniana y que excluyera la astrología,
el marxismo y el freudianismo, que no han sido refutados. Realmente Popper
afirma en el Prefacio de su (1959a): «puesto que disponemos de muchos informes
detallados sobre las discusiones relativas al problema de si una teoría como la
de Newton, la de Maxwell o la de Einstein deben ser aceptadas o rechazadas,
podemos examinar esas discusiones de modo microscópico para que nos permitan
analizar con detalle y de forma objetiva algunos de los problemas más
importantes de la «creencia razonable». De este modo se puede argumentar que el
meta-método de Popper era, en mi sentido, cuasi-empirista, aunque él no se
percató de ello.
Kraft
está muy próximo a mi enfoque metodológico cuasi-empírico (Kraft, 1925, esp.
pp. 28-31). La descripción de Popper de la posición de Kraft como naturalista
(Popper, 1934b, sección 10, n. 5) parece que se fundamenta en una lectura
errónea de algunos pasajes ambiguos. De hecho Kraft defiende una
metametodología que fundamentalmente aprende mediante el estudio de
casos históricos pero de una forma normativa y crítica.
65 El
primer caso parece aplicarse a la moderna física de partículas; el último, a
algunas de las escuelas principales de sociología moderna, psicología y
psicología social.
66
Puede ser que la situación esté cambiando ahora; cf. la nota anterior.
En
segundo lugar, defiendo que la filosofía de la ciencia fundamentalmente
constituye una guía para el historiador de la ciencia más bien que para el
científico. Puesto que creo que las filosofías de la racionalidad van
retrasadas con relación a la racionalidad científica incluso en la actualidad,
me parece difícil compartir el optimismo de Popper de que una mejor filosofía
de la ciencia será una ayuda considerable para los científicos67,
aunque sin duda puede ayudar (y la filosofía de Popper ha ayudado) a los
grandes científicos cuyo juicio profesional estaba entorpecido por filosofías
previas y peores.
Todo
esto suscita un cúmulo de problemas sobre temas antiguos como las funciones de
la autoridad, el equilibrio correcto entre la ley y el jurado y el mecanismo de
cambio constitucional (en su aplicación a la ciencia). La ciencia
institucionalizada no es una democracia participativa (como parecen creer
algunos estudiantes, senadores americanos y miembros del Parlamento británico)68.
La decisión científica no puede basarse en el voto mayoritario. Entonces ¿debe
originarla el despotismo ilustrado? ¿Es la comunidad científica una sociedad
«abierta», como entiende Popper, o una «cerrada», como defienden
Polanyi
y Kuhn? ¿Cómo debe ser?69.
En
lugar de continuar analizando estos problemas sobre los que, actualmente, la
teoría de Kuhn es el centro de discusión, me ocuparé del problema de la
inducción y de Su relación con el problema de la demarcación.
2.
Soluciones positivas y negativas del problema de la inducción: escepticismo y
falibilismo
a)
El juego de la ciencia y la búsqueda de la verdad
Una
«lógica de la investigación» en el sentido popperiano, esto es, un sistema de
evaluación de las teorías científicas, define «las reglas del juego científico»70.
Estas reglas delimitan la ciencia con respecto a lo no científico y, en
particular, a la pseudo-ciencia, ofreciendo así un criterio de demarcación. Pero,
en un sentido, este criterio de demarcación es más humilde que la mayoría de
los criterios previos. La mayoría de éstos establecían que la finalidad de la
ciencia es el descubrimiento de la estructura del universo. Cada
«descubrimiento» revela una pieza de esa estructura, de modo que cada
movimiento del «juego» se considera como un paso hada la meta. Pero ¿cuál es la
finalidad del juego científico de Popper? En el inductivismo el juego estaba estrechamente
conectado y subordinado a la finalidad. En la filosofía de Popper este vínculo
parece cortado. Las reglas del juego, la metodología, se mantienen sobre sus
propios pies, pero esos pies reposan en el aire, sin soporte filosófico.
67
Cf. Popper (1959a), p. 19.
68
Cf. MCE, capítulo 12.
69 Cf. Watkins (1970), p. 26.
70 Popper (1934), sección 85.
El
problema de la inducción, como señaló Popper correctamente, era, en su origen,
idéntico al problema de la demarcación. Los justificacionistas subordinaron
rigurosamente las reglas del juego a la finalidad de la ciencia, al
descubrimiento de la estructura del universo; un paso del juego científico era
correcto sólo si se probaba que constituía un avance en la
reconstrucción de aquella estructura o, como adujeron después con mayor
modestia, si se probaba, que era un avance verosímil (o probable) en tal
dirección. Pero Popper, en la primera etapa de su filosofía, desplazó el centro
de gravedad hacia el problema de la demarcación y separó éste del problema de
la inducción. Solucionó el problema de la demarcación sin justificar el juego
mediante su subordinación a una finalidad última y declaró haber
solucionado negativamente (o más bien, haber disuelto) el problema de la
inducción. Defendió esta última pretensión con la valiente afirmación de que el
juego es autónomo, que uno no puede (ni necesita) probar que el juego realmente
progresa hacia un fin: sólo podemos confiar ingenuamente en que así sea.
La
clásica Logik der Forschung de Popper es consistente con la noción de
que el juego de la ciencia se emprende por sí mismo, sin finalidades ulteriores71.
Por supuesto, es muy claro que la respuesta instintiva de Popper fue que
la finalidad de la ciencia era ciertamente la búsqueda de la Verdad; pero dado
que en 1934 la teoría de la correspondencia estaba en decadencia, pensó que lo
único que podía hacer era adoptar una actitud prudente que era enteramente escéptica
en su formulación aunque no en su intención; la ciencia podía, como máximo,
detectar errores de forma tentativa. Observó con orgullo que «en (su) lógica de
la ciencia es posible evitar el uso de conceptos como "verdadero" y
"falso"»72. Si la ciencia resultaba victoriosa ello
sucedía por rechazar teorías refutadas y aceptar provisionalmente
teorías corroboradas73. El «éxito» de la ciencia sólo consistía en
desenmascarar los éxitos supuestos; en realidad, «quienes no desean exponer sus
ideas a los riesgos de la refutación no participan en el juego científico»74.
Si una teoría resiste contrastaciones severas se le otorga el título honorífico
de «corroborada». Pero la única función de una elevada corroboración es
impulsar al científico ambicioso a eliminar la teoría75. El
«progreso» científico consiste en una creciente conciencia de la ignorancia y
no en el crecimiento del conocimiento. Se «aprende» sin llegar nunca a
«conocer».
71
Algunos amigos me objetaron que esto no era así; que la finalidad de la
ciencia según Popper (1934) es claramente el descubrimiento de preguntas cada
vez más profundas, y que la metodología de Popper se sigue de este supuesto. Yo
rechazo esta objeción: el plantearse preguntas «cada vez más profundas» es equivalente
a prohibir «estratagemas convencionalistas»; esto es, plantearse preguntas
«cada vez más profundas» es una regla del juego; si también es su
finalidad, entonces el juego tiene su finalidad en sí mismo.
72
Popper (1934), sección 84.
73 Toda
la Logik der Forschung es, en un sentido importante, un tratado pragmático:
versa sobre aceptación y rechazo y no sobre verdad y falsedad.
(Pero no es pragmatista: no identifica la aceptación con la verdad y
el rechazo con la falsedad.) En algunas ocasiones Popper se aparta de su
terminología pragmático-metodológica y cae, ciertamente sin pretenderlo, en el
lenguaje del falsacionismo dogmático. (Sobre este concepto cf. capítulo 1.) Por
ejemplo, en su Sociedad abierta describe el fin principal de su Logik
der Forschung con estas palabras: «Nunca podemos establecer racionalmente
la verdad de las leyes científicas; todo lo que podemos hacer es... eliminar
las falsas.» (Volumen II, p. 363; el subrayado es de este estupefacto autor.)
74
Popper (1934), sección 85.
75
Popper (1959a), p. 419.
(Parece
que Popper nunca ha comprendido completamente que en el contexto de su Logik
der Fofschung ni siquiera puede preguntar «¿qué podemos aprender con el
juego de la ciencia?». No podemos aprender acerca del mundo ni siquiera
mediante nuestros «errores»; no podemos detectar los errores epistemológicos
genuinos a menos que uno posea una teoría de la verdad y una teoría sobre cómo
reconocer el contenido de verdad creciente o decreciente. Por supuesto, un
«falsacionista dogmático» puede aprender acerca del mundo mediante sus errores;
un «falsacionista metodológico» no puede si no invoca algún principio de
inducción, como mantendré más adelante76.)
Para
expresarme de forma más rotunda: el criterio de demarcación de Popper nada
tiene que ver con la epistemología. Nada afirma sobre el valor
epistemológico del juego científico77. Claro está, uno puede creer,
con independencia de la propia lógica de la investigación, que existe el
mundo externo, que existen leyes naturales e incluso que el juego científico
produce proposiciones cada vez más próximas a la verdad, pero no hay nada racional
en estas creencias metafísicas; son simples creencias animales. No hay nada
en la Logik der Forschung con lo que deba estar en desacuerdo el
escéptico más radical.
La
rehabilitación de Tarski de la teoría de la correspondencia de la verdad fue
conocida por Popper después de la publicación de la Logik der Forschung. Cuando
tal cosa sucedió, cambió de modo radical el tono general de la filosofía de la
ciencia de Popper. Estimuló a Popper a complementar su lógica de la
investigación con su propia teoría de la verosimilitud y la aproximación a la
verdad, un logro maravilloso tanto por su sencillez como por su capacidad de
solucionar problemas78. Por primera vez resultó posible definir el progreso
incluso para una secuencia de teorías falsas; tal secuencia resulta
progresiva si aumenta su contenido de verdad o, como propuso Popper, su
verosimilitud (contenido de verdad menos contenido de falsedad). Pero esto no
es suficiente: debemos reconocer el progreso. Ello puede conseguirse
fácilmente mediante un principio inductivo que conecte la metafísica realista
con las evaluaciones metodológicas, la verosimilitud con la corroboración, y
que reinterprete las reglas del «juego científico» como una teoría (conjetural)
sobre los indicadores del crecimiento del conocimiento; esto es,
sobre los indicadores de la creciente verosimilitud de nuestras teorías
científicas79. Las «reglas» de Popper ya no son obedecidas por
sí mismas; las victorias científicas ya no son simples victorias en un juego;
incluso son algo más que simples señalizaciones de errores y sustituciones de
teorías erróneas por otras de contenido superior; ahora resultan ser los
supuestos jalones de nuestra aproximación hacia la Verdad.
76 Sobre los términos falsacionismo
«dogmático» y «metodológico», cf. mi 1968c, y el capítulo 1.
77
Esto es característico del criterio de demarcación del «falsacionismo
metodológico». Por otra parte, el criterio de demarcación del falsacionismo
dogmático es auténticamente epistemológico (sobre los dos criterios, cf. cap.
1).
78 Cf. «Truth, rationality and the Growth of Scientific
Knowledge»; es el capítulo 10 de su (1963a).
79
La expresión «crecimiento del conocimiento científico» aparece de modo
característico como subtítulo de la chef
d'oeuvre de su filosofía posterior. En su (1934) pretendió que el
problema principal de la filosofía es el análisis crítico de la apelación a la
autoridad de la experiencia (sección 10). Pero en el nuevo prefacio de la
edición inglesa de 1959 afirma que «el problema central de la epistemología
siempre ha sido, y es aún, el crecimiento del conocimiento». Hay un cambio
importante entre el negativismo de 1934 y el tono optimista del Prefacio de
1958.
(El
famoso «tercer requisito» de Popper, introducido en este mismo artículo,
también puede considerarse con relación a esta perspectiva: las corroboraciones
de las teorías principales, y no las constantes denuncias de fracasos, se
convierten en señales de éxito)80.
Como
resultado, el tono de la discusión de Popper del escepticismo ha
cambiado de forma importante desde 1960. Antes de 1960 nunca dijo nada sobre el
escepticismo, ni distinguió entre escepticismo y falibilismo. Pero desde 1960
Popper se ha orientado hacia el optimismo epistemológico. Ahora
distingue de forma consistente entre escepticismo y falibilismo, y ciertamente
su famoso primer Addendum de la cuarta edición de su Sociedad abierta
consiste casi exclusivamente en una diatriba contra el escepticismo. Aun
cuando en su metodología las decisiones desempeñan un papel vital81
ahora está explícita y firmemente en contra de interpretarlas como «saltos en
el vacío». Tal interpretación constituiría una exageración y una dramatización
excesiva82, una complicación sin objeto83. «No
procede la desesperación filosófica —escribe— porque podemos tener éxito
en la tarea de llegar a conocer tanto el mundo maravilloso en que vivimos como
a nosotros mismos; aunque somos falibles descubrimos, sin embargo, que nuestros
poderes de comprensión son, de modo sorprendente, casi adecuados para esta
tarea, más adecuados de lo que podríamos concebir en nuestros sueños más
aventurados84.»
Para
algunos seguidores de Popper esto sonó como una traición a todo lo que Popper
había representado: parecía romper con la esencia misma de su Logik der
Forschung85.
Pero
la Logik der Forschung sólo puede entenderse de modo adecuado a la luz
del giro tarskiano de Popper. Porque ahora comprendemos por qué Popper no había
ofrecido una solución positiva del problema de la inducción en 1934. El
principal logro de su Logik der Forschung fue probar que el problema de
la demarcación puede ser resuelto sin necesidad de ningún «principio inductivo»
que, a su vez, sólo podría fundamentarse en alguna teoría satisfactoria de la
verdad. Este fue un éxito muy importante. Pero después de que se ha resuelto el
problema de la demarcación de esta forma autónoma, hay que volver a
establecer el vínculo entre el juego de la ciencia, por una parte, y el
crecimiento del conocimiento por la otra. Cuando se acepta el cambio popperiano
del problema, la demarcación y la inducción se convierten en problemas
separados y la solución del segundo
resulta
ser un corolario posiblemente trivial de la solución del primero.
80
Para una discusión crítica detallada y las correspondientes referencias, cf.
MCE, capítulo 8, pp. 235-43.
81
Por esto lo denominé «convencionalismo revolucionario»; cf. capítulo 1.
82 Popper (1962), pp. 380-81.
83 Ibid., p. 383.
84 Ibid., p. 382.
85
Agassi acusó a Popper de realizar una maniobra «verificacionista» (cf. Agassi,
1959; para la réplica de Popper, consúltese Popper, 1963a, p. 248, n. 31). Más
tarde Agassi trató de atribuir a Popper el extraño punto de vista de que la
corroboración puede guiarnos en nuestra «elección» aunque sólo podemos
«aprender» mediante las refutaciones (Agassi, 1969). También Feyerabend parece
entender que la corroboración no desempeña una función real en la ciencia,
proceso de aprender mediante la experiencia (cf. Feyerabend, 1969b; también cf.
más arriba, n. 44).
Pero
no debemos olvidar el resto. La solución positiva del problema de la inducción
consiste en que el juego científico, tal como lo desarrollan los grandes
científicos, es la mejor forma conocida de aumentar la verosimilitud de nuestro
conocimiento, de aproximarnos a la Verdad; el indicador de la verosimilitud
creciente es el grado creciente de corroboración. Estoy convencido de que si la
teoría de la verdad de Tarski hubiera aparecido en 1925 (y si Popper hubiera
llegado a la noción de contenido de verdad y verosimilitud en 1930) Popper
hubiera comenzado su Logik der Forschung con esta solución positiva del
problema de la inducción. Pero como la noción de verdad era confusa en la
década de 1920 y como en aquella época no conocía los resultados de Tarski,
formuló las reglas científicas exclusivamente en los términos pragmáticos de
aceptación y rechazo. Lo hizo de forma tan inteligente que confundió a quienes
trataron de mostrar que tenía que estar presente esa idea intuitiva oculta bajo
la forma de un principio inductivo enmascarado86. En la terminología
de mi El problema cambiante de la Lógica Inductiva, Popper consiguió
fundamentar la «aceptabilidad1» y la «aceptabilidad2»
(sus evaluaciones
metodológicas)
y hacerlas lógicamente independientes de la «aceptabilidad»87. Pero
desde un punto de vista filosófico, y como dije antes, tales fundamentos
flotaban en el vacío sin el apoyo de una metafísica conjetural «inductiva»
subyacente. Las evaluaciones metodológicas de Popper son interesantes
básicamente debido al supuesto inductivo oculto de que si uno las acata,
tiene una probabilidad superior de aproximarse a la Verdad que de otro modo. El
valor del exceso de corroboración es que indica que los científicos pueden estar
acercándose a la verdad, del mismo modo que el valor de los pájaros que
revoloteaban sobre el barco de Colón era que indicaban que los descubridores podían
estar aproximándose a tierra firme88.
De
este modo, si disponemos de la teoría de la verosimilitud, podemos poner en
relación las evaluaciones metodológicas con las evaluaciones epistemológicas
genuinas. Las evaluaciones metodológicas son analíticas89,
pero sin una interpretación sintética carecen de auténtica
significación epistemológica, siguen formando parte de un puro juego. Hay que
hacer una nueva interpretación, sintética, de las evaluaciones
metodológicas de Popper, y ello con la ayuda de un principio inductivo; debe
haber una «aceptación3» basada en la «aceptación1» y en
la «aceptación2»90.
Sólo
tal solución positiva del problema de la inducción puede separar el falibilismo
constructivo del escepticismo y de sus nefastas consecuencias como el
relativismo, el irracionalismo y el misticismo. Sin embargo, Popper, tras haber
suministrado los instrumentos para tal solución positiva en la forma de su
teoría de la verosimilitud, no llegó a establecer de forma clara y explícita
una solución positiva del problema (popperiano) de la inducción; esto es, del
problema del valor epistemológico de su lógica de la investigación.
86
Por ejemplo, J. O. Wisdom y Ayer argumentaron que sólo un principio de
inducción puede impedir que se defiendan teorías refutadas con la esperanza de
que las refutaciones concluirán; sólo un principio inductivo puede explicar
nuestra creencia en que las teorías refutadas seguirán siendo refutadas. He
probado que estos autores se equivocan. Cf. MCE, cap. 8, pp. 244-45.
87 Tal
es el mensaje de la sección 79 de Popper (1934).
88
Debemos añadir una pizca de sal a la analogía: era fácil refutar a Colón
cuando, a la vista de los pájaros, infería la proximidad de tierra; no es fácil
refutar mi «principio inductivo».
89
Para referencias cf. abajo, n.
108.
90
Cf. MCE, capítulo 8, pp. 233-43.
b)
Alegato contra Popper en defensa de una brizna de «inductivismo»
Popper
no ha explorado enteramente las posibilidades creadas por su giro tarskiano.
Aunque ahora habla abiertamente sobre las ideas metafísicas de verdad y
falsedad, aún no afirma de modo inequívoco que las evaluaciones positivas de su
juego científico puedan interpretarse como una señal (conjetural) de
crecimiento del conocimiento conjetural; que la corroboración sea una medida de
verosimilitud «sintética» (aunque conjetural). Aún insiste en que «la ciencia a
menudo se equivoca y puede ser que la pseudociencia tropiece con la verdad»91.
Aunque lanza sermones muy optimistas sobre el conocimiento humano92
cuando se trata de hacer un enunciado preciso, restringe su «optimismo» a la
tesis del escepticismo clásico: «Soy realista en metafísica y optimista en
epistemología porque defiendo que puede aumentar la aproximación a la verdad
(verosimilitud) de nuestras teorías científicas; tal es el modo en que aumenta
nuestro conocimiento»93. Por supuesto, un escéptico puede mantener creencias
realistas; del enunciado según el cual «la verosimilitud de nuestras
teorías científicas puede aumentar» sólo se sigue que nuestro
conocimiento puede aumentar sin que lo sepamos. Si tal es el caso, el
nuevo falibilismo de Popper no es sino el escepticismo junto con una apología
del juego de la ciencia. La teoría popperiana de la verosimilitud sigue
siendo una teoría lógico-metafísica sin relación alguna con la epistemología.
No
es sorprendente por ello que, como afirma Watkins, «al discutir críticamente la
epistemología de Popper (normalmente tropecemos con) la sospecha de que en
lugar de solucionar el problema de la elección racional entre hipótesis
rivales, su metodología conduzca al más completo escepticismo»94.
La
réplica de Watkins es sorprendentemente lúcida y merece ser reproducida
enteramente:
«Muchos
filósofos que han abandonado la esperanza de que sean ciertos cualquiera de
nuestros enunciados empíricos sobre el mundo externo, se aferran tenazmente a
la esperanza de que, al menos, algunos de ellos son menos inciertos que otros.
Tales filósofos tienden a caracterizar el escepticismo como la tesis
según la cual todos los enunciados empíricos sobre d mundo externo son
igualmente inciertos. Utilizaré la abreviatura ST1 para
referirme a esta (primera) tesis "escéptica". Pues bien, la filosofía
de Popper es escéptica en el sentido de ST1; en ese sentido el
escepticismo me parece inevitable»95.
91
Popper (1968c), p. 91.
92
Cf. más arriba.
93 Popper (1968c), p. 93.
94 Watkins (1968), pp. 277-78.
95 Ibid.
Y
Watkins continúa:
«Los
filósofos que confían no en las certidumbres, sean absolutas o relativas, sino
en la argumentación racional y en la crítica, preferirán denominar
"escepticismo" a la tesis de que "nunca tenemos razones
suficientes para preferir un enunciado empírico sobre el mundo externo a
otro". Utilizaré la abreviatura ST2 para referirme a esta
segunda tesis escéptica. ST1 y ST2 en modo alguno son
equivalentes. ST2 implica ST1 (en el supuesto de que si
una hipótesis fuera menos incierta que otra, ello constituiría, a
igualdad de circunstancias, una razón para preferirla). Pero ST1 no
implica ST2; pueden existir razones, no relacionadas con la certeza
relativa, para preferir una con relación a la otra. Los científicos empíricos
no pueden confiar en tener buenas razones para preferir una hipótesis
explicativa particular a las (infinitas) alternativas posibles de la
misma. Pero a menudo tienen buenas razones para preferir una de las varias
hipótesis rivales que, de hecho, han sido propuestas. La metodología de Popper
se ocupa de este problema: ¿cómo podemos evaluar racionalmente a una hipótesis
como mejor que las otras examinadas y cómo tendría que ser una hipótesis futura
para que fuera aún mejor que ésta?»96.
Pero
las «buenas razones para preferir un enunciado empírico sobre el mundo
externo a otro» se establecen en el criterio de demarcación de Popper, en sus
reglas del juego de la ciencia. La preferencia sólo es un concepto pragmático en
el contexto de este juego.
Tal
preferencia sólo puede incorporar una significación epistemológica con ayuda de
un principio adicional, sintético inductivo (o si se quiere,
cuasi-inductivo) que de algún modo establecería la superioridad
epistemológica de la ciencia con relación a la pseudo-ciencia. Tal principio
inductivo debe fundamentarse en alguna correlación entre el «grado de
corroboración» y el «grado de verosimilitud». Pero tanto las posiciones de
Popper como la de Watkins son ambiguas acerca de si es posible interpretar
sintéticamente el grado de corroboración. Por ejemplo, Watkins afirma: «Podemos
tener buenas razones para pretender que una hipótesis particular h2
está más próxima a la verdad que una hipótesis rival h1»97.
Pero esto contradice su afirmación previa de que h1 y h2
son igualmente inciertas, a menos que utilice las expresiones
«igualmente inciertas» y «más próxima a la
verdad»
en el sentido, propio de Pickwick, según el cual podemos tener buenas razones
para defender que h2 está más cerca de la verdad que h1,
aun cuando ambas son igualmente inciertas98. Tales paradojas son
inevitables para el filósofo que intenta lo imposible: luchar contra el
escepticismo desde una posición escéptica.
96
d., p. 279.
97
Ibid., p. 280.
98
Esta inconsistencia también está presente en el famoso capítulo de Popper
(1963a). Cito a Watkins sólo porque su exposición es muy clara.
Realmente,
y en tiempos recientes. Popper suele quejarse de que algunos de sus críticos
estiman que sólo es un negativista, que es «voluble con relación a la búsqueda
de la verdad y adicto a la crítica estéril y destructiva y a la defensa de
nociones claramente paradójicas»99. La respuesta de Popper es tan
hermosa como inconvincente:
«Esta
descripción errónea de nuestro punto de vista se origina, en gran parte, en la
adopción de un programa justificacionista y en el equivocado enfoque
subjetivista de la verdad que ya he descrito. El hecho es que yo también
considero que la ciencia es la búsqueda de la verdad, y que, al menos desde
Tarski, ya no temo afirmarlo. Realmente sólo con relación a esta meta, el
descubrimiento de la verdad, podemos afirmar que aunque somos falibles,
confiamos en aprender de nuestros errores. Sólo la idea de verdad nos permite
hablar, con sentido, de errores y de crítica racional, lo que hace posible la
discusión racional, es decir, la discusión crítica en busca de errores con el
propósito serio de eliminar tantos como sea posible, para aproximarnos más a la
verdad. La noción misma de error y de falibilidad implica la idea de una verdad
objetiva como regla a la que podemos ajustamos imperfectamente. (En este
sentido, la idea de verdad es una idea reguladora.)»
Ni
una palabra de este texto indica cómo reconocer los indicios de que nos
aproximamos a la Verdad; nada va más allá de afirmar que debemos participar seriamente
en el juego de la ciencia con la esperanza de aproximarnos más a la
verdad. Pero ¿es que Pirrón o Hume objetaban a la «seriedad» o al mantenimiento
de esperanzas? Para una mayor dilucidación de este tema examinaré brevemente la
crítica popperiana de la inducción.
Popper
es correctamente reputado como el azote de la inducción. Pero como ya señalé
tiempo atrás100, en la campaña anti-inductivista de Popper se deben
distinguir, al menos, tres temas lógicamente independientes.
i)
En primer término está la campaña contra la lógica inductivista de la
investigación. Se trata de la doctrina de Bacon según la cual la
investigación sólo es científica si es guiada por los hechos y no extraviada
por la teoría. El científico debe comenzar por expurgar su mente de teorías
(o más bien, prejuicios); entonces la naturaleza se convertirá en un libro
abierto101. Esta doctrina ya fue combatida por racionalistas como
Descartes y Kant, pero incluso ellos diferenciaron entre teorías erróneas
deformadoras y sólidos principios a priori cuya intuición puede
reconocerse como correcta. El método de conjeturas libres, creativas y de
contrastaciones empíricas se desarrolló por etapas, desde Whewell y Bernard, a
través de Peirce y, finalmente, de los bergsonianos, hasta conseguir claridad y
fuerza únicas en el «criterio de demarcación» de Popper, que diferenció este
método de investigación y de progreso científico tanto con relación a la
recopilación inductiva de datos como con respecto a la especulación «metafísica».
99
Popper (1963a), p. 229.
100
Cf. MCE, capítulo 8, pp. 255 y ss.
101
Este método puede asociarse, como en el caso de Descartes, con una teoría
intuitivo-psicológica de una lógica inductiva acrecentadora de contenido. Pero
se puede intentar prescindir de tal lógica y buscar algunos principios
inductivos universales que conviertan la lógica inductiva en un sistema
deductivo. Sobre este programa referente a la reconstrucción deductiva de la
inducción, cf. Max Black (1967), pp. 174 y ss.
En
esta campaña Popper consiguió un triunfo definitivo no sólo desde un punto de
vista intelectual sino también socio-psicológico: entre filósofos de la
ciencia, al menos, el método baconiano ya sólo es considerado seriamente por
los más provincianos y menos
cultos.
En esta línea también propuso una teoría positiva sobre las funciones de
la especulación y de la experiencia para el crecimiento de la ciencia102,
pero esa no era la última palabra sobre el tema y creo que yo he avanzado
algunos pasos más103.
ii)
El segundo frente en que Popper atacó fue el programa de una lógica inductiva
probabilística a priori o teoría de la confirmación. Este programa
postula que es posible asignar (con la certeza de la lógica) a cualquier par de
proposiciones un «grado de confirmación» que caracteriza el respaldo empírico
que la segunda proposición confiere a la primera. La función obedece a los
axiomas del cálculo de probabilidades. El corazón del programa es la
construcción de una meta-ciencia apriorística (mediante la definición de
una función de distribución para un número finito o enumerablemente infinito de
estados posibles del universo) que permite computar funciones de confirmación.
De este modo la certera se desplaza desde la ciencia de lo real a la
meta-ciencia de lo posible, lo que, a su vez, suministra una teoría de la
confirmación probada para la ciencia. Este programa fue creado por los
filósofos de Cambridge (Johnson, Broad, Keynes) y sus defensores más
persistentes e influyentes han sido Hans Reichenbach y luego Rudolf Carnap104.
También en esta campaña Popper obtuvo una victoria completa, aunque la
«lógica inductiva», desplegando todas las características de un programa de
investigación degenerado, aún es (en términos sociológicos) una industria en
expansión105.
102 Cf.
su (19639) pp. 42-6. Sin embargo, Popper no insiste en que no puede existir una
teoría puramente empírica del proceso de aprendizaje. Antes de estudiar la
psicología del aprendizaje debemos ponernos de acuerdo en una demarcación normativa
entre aprender y ser adoctrinado. Cf. cap. 1, p. 54, n. 127.
103 Cf.
capítulo 2, especialmente sección 2b.
104
Carnap confundió el problema filosófico debido a su convicción de que todas las
proposiciones verdaderas a priori han de ser analíticas; por ello el
principio inductivo debe ser analítico. Esta confusión fue analizada por Ángel
y por Popper (para las referencias, cf. MCE, cap. 8, p. 216, n. 123).
105
Es importante comprender que la introducción de un principio inductivo otorga a
la «inducción» una estructura deductiva (cf. arriba, n. 81). Por
ejemplo, Victor Kraft propuso, en 1925, tal enfoque deductivista. Es incorrecto
pretender (como hace Feyerabend en su 1963) que este es el punto de vista que
finalmente adoptó Popper. Victor Kraft en su inmerecidamente olvidado (1925)
puede que anticipara a Popper en muchas cuestiones, pero no en su
anti-inductivismo radical. En su trabajo, Kraft propuso, en contra de la falsa
exposición de Feyerabend, que un supuesto inductivo puede suministrar una
expectativa para el futuro «lógicamente justificada» (p. 253) y señaló que, por
eso, su posición difería de modo importante de la de Hume (pp. 254-55). (Por
cierto, según Feyerabend «el mismo Popper se refiere a Kraft como uno de sus
predecesores». Esto no es cierto: En la Logik der Forschung hay dos
referencias a Kraft y ambas son críticas.) En la actualidad Kraft aún propone
un principio inductivo que, de ser introducido, haría a la ciencia
completamente «deductiva» (Kraft, 1966).
(Una
debilidad de esta segunda parte de la campaña anti-inductivista de Popper fue
su determinación de conseguir con un solo golpe una victoria definitiva y
notoria, bien mostrando que el enfoque de Carnap era inconsistente, o mostrando
que si era posible la lógica inductiva, entonces la virtud de una teoría
radicaba en su improbabilidad y no en su probabilidad de acuerdo con la
evidencia. No comprendió que la lucha contra un programa de investigación [en
este caso, un programa no empírico], consistente en demostrar su regresión y en
desarrollar un programa rival, no puede constituir un proceso rápido. Confío en
que también en este caso mi desarrollo de su ataque contribuya a clarificar
algunos problemas.)
Pero
el segundo frente de la campaña anti-inductivista de Popper puede ser
interpretado en un sentido más exigente. Se puede pretender que se dirige
contra cualquier principio inductivo metafísico infalible a priori, sea
o no probabilístico, que pudiera servir para aplicar una métrica probada al
campo de los enunciados científicos106.
Aún
se producen lógicas no probabilísticas de la confirmación (en algunos casos con
gran brillantez) por filósofos de la ciencia que comprendieron los argumentos
de Popper contra la lógica de probabilidades, pero no su mensaje más general107.
iii)
No es tan fácil diferenciar el tercer frente de la campaña anti-inductivista de
Popper. Se trata de su negativa, tácita pero obstinada, a aceptar cualquier principio
inductivo sintético que conecte las evaluaciones analíticas de las
teorías que realiza Popper (como el contenido y la corroboración) con la
verosimilitud108. Pero ¿por qué debemos excluir de la racionalidad a
un principio inductivo conjetural? ¿Por qué relegar la aplicación de la
ciencia a su función «animal», «biológica»?109. En este caso el
magistral argumento de Popper contra un principio de inducción
justificacionista (esto es, que conduce bien a una regresión infinita o al
apriorismo110) es inválido; el poderoso argumento de Popper sólo se
aplica a un principio que sirviera como premisa de una función de medición probada
de verosimilitud (local en un sentido espacio-temporal) (una como los
grados de corroboración de Popper). Un principio inductivo conjetural sólo
sería inaceptable para el dogmático-escéptico111, para quien la
combinación de falta total de prueba y rotunda aceptación indica simplemente la
presencia de una creencia animal. Para el escéptico pesimista humeano ese es el
final del camino; para el optimista dogmático kantiano se trata de un
«escándalo filosófico» que debe corregirse.
106
Popper estaba tan preocupado por luchar contra las
medidas de confirmación a priori y probabilísticas que al menos en una
ocasión parece haber titubeado en su actitud contraria a las medidas a
priori y no probabilísticas; cf. MCE, capítulo 8, pp. 259 y ss.
107
Hintikka, L. J. Cohen, y posiblemente Levi, pueden ser mencionados aquí.
108
Popper y, tras él, Agassi y Watkins, han interpretado el «grado de
corroboración» como una evaluación estrictamente tautológica (Para referencias,
cf. MCE, cap. 8, pp. 252-53, esp. p, 253, n. 209, y p. 255, n. 219). Esta
interpretación apoya mi análisis de la tercera campaña anti-inductivista de
Popper.
109
Popper (1934), sección 85.
110
Popper (1934), sección 1.
111
Sobre la «unidad dialéctica» del dogmatismo y del escepticismo como dos polos
del justificacionismo, cf. Popper (1963a), p. 228 y también mi (1970b) y MCE,
capítulo 8.
Pero
para el falibilista popperiano, para quien la metafísica conjetural puede ser,
al menos en principio, evaluada racionalmente, no debería constituir
causa ni de la resignación escéptica ni del apriorismo112. Sólo una
metafísica conjetural análoga que conecte la corroboración con la verosimilitud
separaría a Popper de los escépticos y establecería su punto de vista, en
palabras de Feigl, «como un tertium quid entre las epistemologías de
Hume y de Kant»113.
En
1966-7 mantuve largas discusiones con Popper sobre estos temas y me beneficié
inmensamente de ellas. Pero me quedó la impresión de que tal vez nunca nos
entenderíamos sobre lo que yo llamé «el tercer frente de su campaña
anti-inductivista» y ello no porque nuestro desacuerdo fuera demasiado
grande sino porque es muy pequeño. La diferencia entre el escepticismo
total y el humilde falibilismo es tan pequeña que a menudo uno cree estar
involucrado en una simple discusión verbal: ¿debemos considerar que el principio
inductivo que yo defiendo114 es una «especulación racionalmente
mantenida» de la que incluso puede entenderse que ha sido muy débilmente
«vindicada», o debemos considerar que se trata de una tenaz «creencia animal»
condicionada en la lucha darviniana por la supervivencia? Al final de mi Cambios
en el problema de la lógica inductiva inserté una sección breve de tres
páginas sobre «La oposición de Popper a la aceptabilidads» (consúltese MCE,
capítulo 8). Me temo que se trata de una sección bastante trivial. Porque
aunque entendí que en mi extensa y pedante discusión de la «aceptabilidad»
ofrecía
una solución nueva y positiva del viejo problema de la inducción, tal
«solución» era muy poca cosa. Una solución resulta interesante sólo si está
incorporada a un programa de investigación importante si origina uno de ellos:
si da origen a nuevos problemas y,
eventualmente,
a nuevas soluciones. Pero tal cosa sólo sucedería si el principio inductivo
fuera enunciado con la riqueza suficiente como para que con él fuera posible
criticar nuestro fuego científico. Mi principio inductivo intenta explicar
por qué participamos en el «juego» de la ciencia.
112
Parece que Victor Kraft se aproximó mucho a esta posición. Condenó el
escepticismo de Hume que «niega la racionalidad a la ciencia empírica y la
caracteriza como un fenómeno tan irracional como la creencia en el paraíso o en
los demonios» (1925), p. 208. Rechazó la idea de que «el conocimiento general
sobre la realidad no tenga más validez que como conjetura» (p. 255). Por otra
parte, se opuso al apriorismo kantiano y señaló que la misma pregunta de Kant
[¿Cómo es posible una ciencia (infalible)?] supone la existencia de una ciencia
infalible. De hecho, señala Kraft, la ciencia es falible y por ello el problema
desaparece. «A partir de ahí podemos tratar de reconstruir la ciencia como
carente de fundamentos, libre y enteramente arbitraria» (p. 31). Por supuesto,
este es el paso que hay entre Kant y Le Roy (cf. cap. 1, pp. 32 y ss.). Pero en
este punto, y lamentablemente, Kraft introduce la «simplicidad» como criterio
de validación (1925, pp. 257-58) e incluso afirma la validez absoluta
de los enunciados básicos (p. 253).
113
Feigl (1964), p. 47.
114
En mi (1968b) contrasté mi falible «principio metafísico» con los principios
inductivos que entonces entendí que eran infalibles por definición. Adopté
esta terminología para no ofender a Popper sobre una cuestión puramente
semántica y para defender la pretensión de que él había destruido todas las
clases posibles de principios inductivos (consúltese MCE, cap. 8, p. 250).
Ahora he cambiado mi terminología dado que el mismo Popper ha comenzado a
hablar de una solución positiva del problema de la inducción (cf. más abajo,
n. 121); ciertamente no hay nada equivocado en mantener una terminología
(como «principio inductivo») que cuenta con una larga tradición, incluso
después de que un problema ha sido tan radicalmente modificado como resultó el
de la inducción en manos de Popper.
Pero
lo hace de un modo ad hoc, sin capacidad para modificar situaciones o,
si se quiere, para modificar juicios de valor básicos. Las explicaciones ad
hoc están muy cerca de las puras transformaciones lingüísticas, aunque
también puede suceder que constituyan expresiones felices que sugieren y
refuerzan desarrollos posteriores. Tales desarrollos metafísicos fueron
prohibidos por Popper cuando severamente anunció que «en cuanto a la lógica
inductiva, yo no creo que existe. Hay, claro está, una lógica de la ciencia
pero que forma parte de una lógica deductiva aplicada; la lógica de la
contrastación de teorías, o la lógica del crecimiento del conocimiento115».
Por el contrario, yo defiendo que la «lógica del crecimiento del conocimiento» debe
incluir, además de la teoría lógico-metafísica de Popper sobre la
verosimilitud, alguna teoría especulativa genuinamente epistemológica
que conecte los criterios científicos con la verosimilitud.
Entiendo
que es la actual anemia de la metafísica conjetural inductiva lo que hace que
Popper se resista a considerarla, y yo comprendo su punto de vista116.
Con todo, aunque tanto las evaluaciones «tautológicas» como los principios
inductivos metafísicos son igualmente irrefutables, hay una enorme diferencia
filosófica entre interpretar como tautológica una evaluación e interpretarla
como metafísica. Porque esta elección, como ya he indicado es la elección
entre el escepticismo, con una solución puramente negativa del problema de la
inducción y el falibilismo, con una solución positiva, por el momento muy
débil. Al negarse a aceptar un principio metafísico de inducción «débil»,
Popper no consigue separar el racionalismo del irracionalismo, una luz débil de
la oscuridad total. Sin tal principio las «corroboraciones» y «refutaciones» de
Popper y mi «progreso» y «regresión» no son sino títulos honoríficos otorgados
en un juego117. Con una solución positiva del problema de la
inducción, por débil que sea, las teorías metodológicas de la demarcación
pueden dejar de ser convenciones arbitrarias para transformarse en metafísica
racional.
Popper,
por supuesto, puede replicar que también esta solución positiva es una
convención arbitraria. El racionalista desea una solución positiva del problema
de la inducción y, por ello, postula una. Como indica Russell: «El método de
postular aquello que deseamos tiene muchas ventajas: las mismas que tiene el
robo con relación al trabajo honrado118»
115
Popper (1968c), p. 139.
116
Yo acepto que desgraciadamente los «principios
inductivos» que utilizan evaluaciones metodológicas (como la corroboración de
Popper o mis evaluaciones de los cambios de problema) como medidas tentativas
de verosimilitud, son irrefutables. Sólo Dios puede apreciar la discrepancia
entre la verosimilitud y la evaluación científica de nuestras mejores teorías.
Ese es el argumento básico en favor del escepticismo de Popper.
(El
principio real, tal como fue presentado en la discusión de la «aceptación3»
en MCE, capítulo 8, es bastante complicado. Ahora preferiría enunciarlo de este
modo: en general la metodología de los programas de investigación científica es
más adecuada para aproximarse a la verdad en nuestro universo real que
cualquier otra metodología; cf. este volumen, cap. 2.)
117
Como indica Feigl: «Precisamente el problema es mostrar qué es lo que nos
capacita para usar descripciones honoríficas» (Feigl, 1964, p. 49).
118
Russell (1919, p. 71).
Y
sin embargo, ¿por qué habríamos de ser más escépticos sobre tales postulados
metafísicos de lo que lo somos acerca de los enunciados básicos «aceptados»?
¿Por qué no extender el firme convencionalismo popperiano desde la aceptación
(sin convicción) de algunos enunciados singulares en el sentido
espacio-temporal hasta una aceptación análoga de ciertos enunciados universales
(pertenecientes a mis «núcleos firmes») e, incluso, más allá, hasta la
aceptación de algún principio inductivo conjetural débil? ¿Por qué debe
atribuir Popper un alto rango científico-racional (aunque no epistemológico,
como ya he indicado) a enunciados absurdos tales como «nada puede adoptar una
velocidad superior a la velocidad de la luz», o «existe una atracción entre dos
masas distantes» cuando califica de «creencia animal» a un enunciado plausible
como «la física tiene una verosimilitud superior a la de la astrología»? ¿Por
qué se ha de aceptar un enunciado «básico» pero no un enunciado «metafísico»
cuando no existe una alternativa seria?
De
este modo el tercer frente de la campaña anti-inductivista de Popper conduce a
la teoría irracionalista de Hume relativa a la acción humana práctica y a la
ciencia aplicada119. En realidad, sólo una solución positiva
del problema de la inducción puede salvar al racionalismo popperiano del
anarquismo epistemológico de Feyerabend120.
119
Existe, naturalmente, una alternativa: elaborar una teoría racional de la
acción práctica que sea independiente de la racionalidad científica. Hay
huellas de este enfoque en Popper y fue explícitamente defendido por Watkins.
De este modo Popper y Watkins, defensores eminentes de la Weltanschauung científica,
llegaron a una posición en que es una anomalía que la ciencia oriente nuestra
vida (cf. MCE, cap. 8, pp. 253 y ss.).
120
Pienso que la transformación de Feyerabend desde el Feyerabend1
popériano hasta el anarquista amado por la New Left (Feyerabend2)
se debe a su adopción de una interpretación radicalmente escéptica de la
filosofía de la ciencia de Popper. Mi análisis también explica la incertidumbre
de Popkin sobre si Popper es o no es un escéptico (cf. Popkin, 1967, p- 458).
Por
fin deseo afirmar que aunque realmente creo que mi crítica de la solución de
Popper del problema de la demarcación es un paso adelante genuino en la
misma tradición que él estableció para la «lógica de la investigación
científica», no pienso que mi «crítica» de la «solución» de Popper del problema
de la inducción sea más que un intento de hacer explícitas tanto las
implicaciones de su propia teoría de la verosimilitud para el problema de la
inducción, como la diferencia epistemológica entre el escepticismo clásico y su
falibilismo. Confío en que acepte mis modificaciones sobre ambos temas121.
121
Me alegró saber, por el mismo Popper, que como respuesta a mi (1968b) ha
insertado un breve Addendum en la página 226 de su (1969). En ese texto
afirma: «El problema lógico-metodológico de la inducción no es irresoluble,
pero en mi libro ha sido solucionado de modo negativo: a) Solución negativa.
No podemos justificar nuestras teorías como verdaderas o probables. Esta
solución es compatible con la siguiente; b) Solución positiva. Podemos
justificar la elección de ciertas teorías en razón de su corroboración,
esto es, teniendo en cuenta el estado actual de la discusión racional sobre las
teorías rivales desde el punto de vista de su verosimilitud.»
Esta
es la primera vez en que Popper menciona una solución «positiva» del problema
de la inducción. Esta «solución positiva» consiste, simplemente, en que
fundamentemos nuestras conjeturas relativas a la verosimilitud de distintas
teorías, en una comparación de sus grados de corroboración. (Por supuesto, para
esta tarea Popper necesitaría mi versión corregida del grado de
corroboración, que asigna grados positivos de corroboración o de «aceptabilidad2»,
incluso a teorías refutadas: MCE, cap. 8, pp. 236-37. Más aún, afirma que esto
también soluciona «el problema práctico de la inducción»: adoptamos la
hipótesis que parece tener una verosimilitud superior. A esto lo denomina una
elección arriesgada pero racional.)
Pero
ni siquiera el Addendum de Popper clarifica completamente los problemas que he
suscitado. De una cuidadosa lectura del texto se deduce que Popper aún no ha
comprendido que la «solución positiva» que ahora propugna implica la existencia
de un principio inductivo sintético. Aún no se ha retractado de su pretensión
de que su grado de corroboración sea analítico. Pero si tal es el caso,
necesita de un principio sintético adicional que convierta esta función
de medida analítica en una función sintética estimadora de la verosimilitud.
Sigue existiendo una inconsistencia no resuelta entre una «solución positiva»
genuina (esto es, metafísica) del problema de la inducción y el tercer frente
de su campaña anti-inductivista.
(Añadido
en 1971): Popper ha publicado ahora un artículo
importante sobre inducción para clarificar su posición sobre este tema.
Secciones amplias de Popper (1971) consisten en respuestas a mí (1968b)
(reimpreso en el capítulo 8 MCE) y a este artículo.
Me
parece interesante el que, en ciertas cuestiones de importancia
menor, Popper haya aceptado mis sugerencias anteriores. Por ejemplo, ahora
identifica la audacia con la ausencia de carácter ad hoc; esto es, con
el exceso de contenido y no con el contenido122. Además, ha
abandonado su doctrina, defendida de modo tenaz durante mucho tiempo, de que el
grado de corroboración de una teoría no refutada no puede ser menor que el
grado de corroboración de cualquiera de sus consecuencias123; se ha
desplazado radicalmente hacia la posición resumida en mi El apoyo
teórico de las predicciones y el apoyo empírico de las teorías124.
Desgraciadamente, en el único caso en que Popper se refiere explícitamente a mi
obra, me cita erróneamente: afirma que yo «sospecho que la atribución real de
cifras a (su) "grado de corroboración", de ser posible, convertiría
(a su teoría) en inductivista en el sentido de la teoría probabilística de la
inducción». Popper «no ve razones por las que esto debiera suceder»125.
Tampoco yo las veo: no afirmé tal cosa en las páginas de mi artículo,
a
las que remito al lector, ni afirmé nada parecido en ningún otro lugar.
Sobre
el tema fundamental: la inducción, no
hay nada nuevo en Popper (1971)126. Su crítica de un alegato en
favor del principio inductivo127 deja intacto mi argumento en
defensa de tal principio.
122 Popper (1971), p. 181; cf. MCE, cap. 8, p. 233.
123 Cf. e.g. Popper (1959a), p. 270, y Watkins (1964), p.
98.
124 MCE, cap. 8, sec. 7.
125 Popper (1971), p. 184, n.23.
126
Repite su conocida tautología de que «puesto que tenemos que elegir, es
"racional" elegir la teoría más contrastada». Esto es «racional» en
el sentido más obvio del término: la teoría más contrastada es la que a la luz
de nuestra discusión crítica parece ser la mejor disponible, y no
conozco nada más racional que una discusión crítica bien desarrollada (p. 188).
Esta insistencia en que el juego de la ciencia no requiere de una racionalidad
extra-metodológica le lleva a desanimar a los epistemólogos: «Ninguna teoría
del conocimiento debería intentar explicar por qué tenemos éxito en nuestros
intentos de explicar las cosas» (p. 189). Entonces, ¿qué debería intentar
explicar una teoría del conocimiento?
127 Cf.
especialmente los dos últimos párrafos de la sección 12 de su (1971), p. 195.
Capítulo
4
¿POR
QUE SUPERO EL PROGRAMA
DE
INVESTIGACIÓN DE COPERNICO
AL
DE TOLOMEO? *
Este
artículo lo escribió Lakatos con Elie Zahar en 1972-73. Se publicó por primera
vez en Lakatos y Zahar (1976a). Lakatos explica del modo siguiente la historia
del mismo: «Esta conferencia la pronuncié inicialmente en el Simposio del V
Centenario de Copérnico, organizado por la Asociación Británica de Historia de
la Ciencia, que se celebró el 5 de enero de 1973.» El artículo es fruto del
esfuerzo combinado de los dos autores, aunque Lakatos utilice la primera
persona en el texto del mismo. Las versiones previas fueron comentadas
críticamente por Paul Feyerabend y John Worrall. (Editores.)
Introducción
En
primer lugar desearía excusarme por abrumarles con una disertación filosófica
con motivo del quinto centenario del nacimiento de Copérnico. Mi excusa es que
hace ya algunos años sugerí un método específico para utilizar la historia de
la ciencia como arbitro apto para dilucidar las discusiones sobre filosofía de
la ciencia, y entiendo que la revolución copernicana, en particular, puede ser
un importante instrumento de contrastación de algunas filosofías de la ciencia
contemporáneas.
Me
temo que, en primer lugar, debo explicar, muy sucintamente, los problemas
filosóficos a los que me refiero y también el procedimiento mediante el que la
crítica historiográfica puede ayudarnos a resolver algunos de ellos.
El
problema fundamental de la filosofía de la ciencia es la evaluación normativa
de las teorías científicas y, en especial, el establecimiento de las
condiciones universales que hacen científica a una teoría. Este último
es un caso límite del problema de la evaluación y suele conocerse en filosofía
como el problema de la demarcación al que le otorgó una dramática
importancia el Círculo de Viena y en especial Karl Popper, quien deseaba
mostrar que algunas teorías supuestamente científicas, como el marxismo y el
freudianismo, son pseudocientíficas y, por ello, en modo alguno superiores a la
astrologia, por ejemplo. Este problema no carece de importancia y aún queda
mucho por hacer para que sea resuelto. Por sólo mencionar un ejemplo de
importancia secundaria; el asunto Velikovsky ha revelado que a los científicos
no les resulta fácil enumerar unos criterios
que
sean comprensibles para el profano (o para ellos, como me recuerda mi amigo
Paul Feyerabend) y con los que sea posible defender la racionalidad de rechazar
una teoría que pretende constituir un logro científico revolucionario.
Este
problema de la evaluación es del todo diferente del que se refiere a las causas
por las que aparecen nuevas teorías y al modo en que éstas emergen. La
evaluación del cambio es un problema normativo y por ello un tema para la
filosofía; la explicación del cambio (de las aceptaciones y rechazos reales de
las teorías) constituye un problema psicológico. Doy por supuesta la
demarcación kantiana entre «la lógica de la evaluación» y la «psicología del
descubrimiento». Los intentos de difuminarla no han acabado sino en retórica
vacía1.
El
problema general de la demarcación está estrechamente vinculado con el de la
racionalidad de la ciencia. Su solución debe indicarnos en qué circunstancias
es racional o irracional la aceptación de una teoría científica. Por el momento
no existe un criterio universalmente aceptado mediante el que podamos decir si
fue racional o no el rechazo de la teoría copernicana por la Iglesia en 1616, o
el de la genética mendeliana que realizó el Partido Comunista Soviético en
1949. (Por supuesto, confío en que todos nosotros estemos de acuerdo en que
tanto la prohibición del De Revolutionbus como el asesinato de
los mendelianos fueron acciones deplorables.) O bien se puede mencionar un
ejemplo contemporáneo: es un tema muy debatible si es racional el actual
rechazo, protagonizado por americanos supuestamente liberales, de la aplicación
de la genética a la inteligencia, realizada por Jensen y otros2.
(Sin embargo podemos convenir en que incluso si se decidiera que una teoría
debe ser rechazada, esta decisión no debería llevar aparejados riesgos físicos
para sus defensores pertinaces, y que («nada) debe ser condenado sin haberlo
entendido, sin haberlo estudiado o sin siquiera haberlo oído»3.)
1
Este texto sólo se ocupa del aspecto normativo del tema indicado en el título.
No se intenta abordar un estudio socio-psicológico de la revolución
copernicana.
2
Según Urbach (Urbach, 1974) es irracional. Con todo, y
tanto si Urbach tiene razón como si no la tiene, la decisión de la Universidad
de Stanford de no permitir al Premio Nobel Shockley dar clases sobre raza e
inteligencia es tan sorprendente como la decisión de la Universidad de Leeds de
negarle el título de Doctor Honorario en Ingeniería porque lord Boyle y Jerry
Ravetz (un brillante investigador de Copérnico) pensaban que Shockley defendía
una teoría contraria a la llamada doctrina «liberal».
3
Galileo (1615).
1.
Exposiciones empiristas de la «Revolución Copernicana»
Comencemos
por definir la expresión «Revolución Copernicana». Incluso en un sentido
descriptivo tales términos han sido aplicados con ambigüedad. Frecuentemente se
interpretan como la aceptación por el «gran público» de la creencia de que el
Sol y no la Tierra es el centro de nuestro sistema planetario. Pero ni
Copérnico ni Newton creían tal cosa4. En cualquier caso, los cambios
de una creencia popular a otra no forman parte del objeto de la historia de
la ciencia en sentido estricto. Por el momento olvidémonos de creencias y
estados mentales y consideremos únicamente los enunciados y sus
contenidos objetivos (en el sentido de Frege y Popper; en el del «tercer mundo»5).
En particular consideremos la Revolución Copernicana como la hipótesis de que
la Tierra se mueve alrededor del Sol en lugar de suceder al revés; o, con mayor
precisión, como la hipótesis de que el marco fijo de referencia del movimiento
planetario lo constituyen las estrellas fijas y no la Tierra. Esta
interpretación la mantienen principalmente quienes defienden que las unidades
apropiadas para la evaluación son las hipótesis aisladas (en lugar de los
programas de investigación o los «paradigmas»)6. Examinemos
sucesivamente diferentes versiones de este enfoque y veamos cómo fracasan cada
una de ellas.
En
primer término discutiré los puntos de vista de aquellos autores que atribuyen
la superioridad de la hipótesis copernicana a simples consideraciones
empíricas. Estos «positivistas» son inductivistas, probabilistas o
falsacionistas.
Según
los inductivistas estrictos una teoría es mejor que otra si fue deducida
a partir de los hechos, mientras que eso no sucede con la teoría rival (en otro
caso ambas teorías son simples especulaciones y tienen el mismo valor). Pero
hasta el inductivista más convencido se ha mostrado cauto al aplicar este
criterio a la Revolución Copernicana. No se puede pretender que Copérnico
dedujo el heliocentrismo de los hechos. En realidad ahora se acepta que tanto
la teoría de Copérnico como la de Tolomeo eran inconsistentes con los
resultados observacionales conocidos7. Sin embargo, muchos famosos
investigadores, como Kepler, afirmaron que Copérnico obtuvo sus resultados «a
partir de los fenómenos, de los efectos, de las consecuencias, como un ciego
que afianza sus pasos por medio de un
bastón»8.
4 Cf. e. g. Price (1959), pp. 204-05.
5
Cf. e. g. Popper (1972), en especial caps. 3 y 4.
6
Cf. más abajo; secciones 3, 4 y 5.
7
Sobre esta cuestión citaré una fuente con predicamento: «La teoría de Ptolomeo
no es muy exacta. Las posiciones de Marte, por ejemplo, en ocasiones se
desviaban hasta casi 5.°... Pero... las posiciones planetarias predichas por
Copérnico... eran casi igualmente malas» (Gingerich, 1972). Kepler conocía este
error y se quejó de él en su prefacio a las Tablas Rudolfinas. Incluso lo
conocía Adam Smith como se advierte en su (1799). (El Ensayo de Smith se
escribió antes de 1773, fecha en que lo menciona en una carta a David Hume.
Gingerich también nos recuerda que «en los libros de observaciones de Tycho se
encuentran algunos ejemplos en que el esquema antiguo basado en las Tablas
Alfonsinas suministraba predicciones superiores a las que podían obtenerse con las
Tablas Pruténicas copernicanas (Gingerich, 1973; cf. en especial su n. 6 en el
mismo artículo).
8
Kepler (1604). Jeans describe la idea de la Tierra en movimiento como el
«teorema» de Copérnico (1948, p. 359), y pretende que Copérnico había probado
su afirmación (ibid., p. 133).
El
inductivismo estricto fue considerado seriamente y criticado por muchos
autores, desde Bellarmino a Whewell, y finalmente destruido por Duhem y Popper9,
aunque ciertos científicos y filósofos de la ciencia como Born, Achinstein y
Dorling aún creen en la posibilidad de deducir o inducir válidamente las
teorías a partir de hechos (¿seleccionados?)10. Pero el
declinar de la lógica cartesiana y en general, de la lógica psicologista, y la
emergencia de la lógica de Bolzano y Tarski decretó la muerte de la «deducción
a partir de los fenómenos». Si las revoluciones científicas consisten en el
descubrimiento de nuevos hechos y en las generalizaciones válidas a partir de
los mismos, entonces no existió una Revolución (científica) Copernicana.
Ocupémonos
ahora de los inductivistas probabilistas. ¿Pueden explicar por qué la
teoría de Copérnico sobre los movimientos celestes era mejor que la de
Tolomeo?... Según los inductivistas probabilistas una teoría es mejor que otra
si tiene una probabilidad superior con respecto a la evidencia total disponible
en el momento. Conozco varios intentos (no publicados) de calcular la
probabilidad de las dos teorías dados los datos disponibles en el siglo XVI
para mostrar que la de Copérnico era más probable. Todos estos intentos han
fracasado. Me dicen que en la actualidad John Dorling trata de elaborar una
nueva teoría bayesiana de la Revolución Copernicana. Fracasará. Si las
revoluciones científicas consisten en proponer una teoría científica que es
mucho más probable, dada la evidencia disponible, entonces no existió una
Revolución (científica) Copernicana.
La
filosofía falsacionista de la ciencia puede ofrecer dos criterios
independientes para probar la superioridad de la teoría de Copérnico sobre los
movimientos celestes11. Según su versión, la teoría de Tolomeo era
irrefutable (esto es, pseudocientífica) y la de Copérnico era refutable (o sea,
científica). Si ello fuera cierto tendríamos una buena razón para identificar
la Revolución Copernicana con la Gran Revolución Científica: constituiría la
sustitución de la especulación irrefutable por la ciencia refutable. Según esta
interpretación la heurística de Tolomeo era inherentemente ad hoc; podía
acomodar cualquier hecho nuevo aumentando el cúmulo incoherente de epiciclos y
ecuantes. Por otra parte, la teoría copernicana se interpreta como
empíricamente refutable (al menos «en principio»). Esta es una reconstrucción
histórica bastante dudosa: la teoría copernicana puede utilizar perfectamente
cualquier número de epiciclos sin dificultades. El mito de que la teoría de
Tolomeo incorporaba un número indefinido de epiciclos que podían ser
manipulados para acomodar cualquier observación planetaria, es un mito
inventado tras el descubrimiento de las series de Fourier. Como Gingerich
descubrió hace poco tiempo, esta analogía entre «epiciclos sobre epiciclos» y
el análisis de Fourier, no fue percibido ni por Tolomeo ni por sus sucesores.
En realidad la reconstrucción de las Tablas Alfonsinas realizada por Gingerich
prueba que para los cálculos auténticos los astrónomos judíos del rey Alfonso
utilizaban una teoría de epiciclo único.
9 Cf. MCE, cap. 8, y este volumen, cap. 3.
10 Cf. Born (1949), pp. 129-34; Achinstein (1970) y
Dorling (1971).
11
Sobre un tercer criterio, c£. más abajo.
Otra
versión del falsacionismo pretende que ambas teorías fueron durante mucho
tiempo igualmente refutables. Eran rivales mutuamente incompatibles y
permanecían irrefutadas; sin embargo, finalmente, algún tardío experimento
crucial refutó a Tolomeo y corroboró a Copérnico. Como dice Popper, «el sistema
de Tolomeo no fue refutado cuando Copérnico elaboró el suyo..., es en estos
casos cuando los experimentos cruciales resultan de una importancia decisiva»12.
Pero mucho antes de Copérnico era notorio que el sistema de Tolomeo (en
cualquiera de sus versiones) estaba refutado y repleto de anomalías. Popper
construye la historia para que encaje con su falsacionismo ingenuo. (Por
supuesto, ahora [en 1974] él puede distinguir entre simples anomalías,
que no refutan, y experimentos cruciales, que sí lo hacen. Pero esa estrategia
general ad hoc que utilizó para responder a mis críticas13 no
le servirá para caracterizar en términos generales a los supuestos
«experimentos cruciales».)14. Como hemos visto la pretendida superioridad
de las Tablas Pruténicas de Reinhold con relación a las Alfonsinas no pudo
constituir la contrastación crucial. ¿Y las fases de Venus descubiertas por
Galileo en 1616? ¿No pudo ser esa la contrastación crucial que mostró la
superioridad de Copérnico? Entiendo que tal respuesta podría ser enteramente
razonable de no ser por el mar de anomalías en que se debatían ambos rivales.
Las fases de Venus pueden haber establecido la superioridad de la teoría de
Copérnico sobre la de Tolomeo, y si tal cosa sucedió, ello haría aún más
horrible la decisión católica de prohibir la obra de Copérnico en el momento
mismo de su victoria. Pero si aplicamos el criterio falsacionista a la cuestión
de decidir cuándo superó la teoría de Copérnico no sólo a la de Tolomeo sino
también a la de Tycho Brahe (que era muy conocida en 1616), entonces el
falsacionismo sólo suministra una respuesta absurda: ello sucedió en 183815.
El descubrimiento de la paralaje estelar por Bessel fue el experimento
crucial entre ambas. Pero no podemos pretender que el abandono de la astronomía
geocéntrica por toda la comunidad científica sólo pudo defenderse racionalmente
después de 1838. Este punto de vista requiere premisas fuertes, y carentes
de plausibilidad, de tipo sociopsicológico, para explicar el repentino abandono
de la teoría de Tolomeo. En realidad el posterior descubrimiento de la paralaje
estelar tuvo pocas consecuencias. El descubrimiento se realizó pocos años
después de que el libro de Copérnico fuera retinado del Index debido a
que la teoría copernicana había resultado probada16. Johnson se
equivoca
cuando escribe:
12
Popper (1963a, p. 246). Popper, ignorando a Tycho, piensa que las fases de
Venus decidieron la cuestión en favor de Copérnico.
13
Cf. sección 6 y mi (1974d), n. 49.
14
En realidad, si un «falsador potencial» popperiano debe interpretarse como
trascendente o intrascendente de acuerdo con la opinión de los científicos
eminentes, toda la filosofía de la ciencia de Popper se vierte abajo.
15 No
en 1723, cuando ocurrió un «experimento crucial» sobre la aberración de la
luz.
16
Esto recuerda la historia del papel desempeñado en la revolución óptica por la
determinación de la velocidad de la luz en medios ópticamente más densos que el
aire. Antes del trabajo de Fresnel, tanto los teóricos corpusculares como los
de las ondas estaban de acuerdo en que el descubrimiento de la velocidad de la
luz en el agua, por ejemplo, constituiría el elemento decisivo en el debate.
Pero cuando los datos de Foucault y Fizeau aparecieron en la década de 1850 y,
aparentemente, éstos favorecían a la teoría de las ondas, tuvieron un efecto
escaso: el debate ya había sido resuelto (cf. Worrall, 19>6b).
«El
hecho en el que se debe insistir una y otra vez es que no existían medios
mediante los que pudiera verificarse por observación la validez del sistema
planetario copernicano hasta que, casi tres siglos más tarde, se crearon
instrumentos aptos para medir la paralaje de la estrella fija más próxima.
Durante este intervalo de tiempo la verdad o falsedad de la hipótesis
copernicana debía ser una cuestión científica indecidida17.»
Algo
debe estar mal en la explicación falsacionista. Este es un ejemplo típico del
modo en que la historia de la ciencia puede erosionar una filosofía de la
ciencia; si la racionalidad científica es la falsacionista entonces una parte
excesiva de la historia real de la ciencia es irracional18. Si
una revolución científica consiste en la refutación de una teoría importante y
en su sustitución por una teoría no refutada, entonces la Revolución
Copernicana sucedió en 1838 (en el mejor de los casos).
2.
El simplicísmo
Según
el convencionalismo las teorías se aceptan por convención. Es cierto que, con
ingenio suficiente, podemos acomodar los hechos en cualquier marco
conceptual. Esta posición bergsoniana es lógicamente impecable19,
pero conduce al relativismo cultural (una posición adoptada tanto por Bergson
como por Feyerabend) a menos que se complemente con un criterio que permita
afirmar si una teoría es mejor que otra (aunque ambas teorías sean equivalentes
desde el punto de vista observacional). La mayoría de los convencionalistas
tratan de evitar el relativismo y adoptan alguna variante del simplicísmo. Utilizo
este desagradable término para referirme a las metodologías según las cuales no
es posible decidir entre teorías mediante procedimientos empíricos: una teoría
es mejor que otra si es más sencilla, más «coherente», más «económica» que su
rival20.
La
primera persona que afirmó que el mérito principal del hallazgo de Copérnico
era el haber producido un sistema más simple y, por ello, mejor que el
de Tolomeo, fue, por supuesto, el mismo Copérnico. Si en aquel momento su
teoría hubiera sido observacionalmente equivalente (desde el punto de vista de
la cinemática celeste) a la de Tolomeo, ello sería comprensible21.
17
Johnson (1959, p. 220). El error de Johnson se agudiza al confundir
verificación y verdad. Parece ser que Watkins también mantiene, en su crítica
de Kuhn (excelente, por otra parte), que la rivalidad entre los copernicanos y
sus adversarios fue resuelta mediante el experimento crucial de 1838 (Watkins,
1970).
18
En los capítulos 2 y 3 se encuentran las nociones fundamentales de una teoría
general sobre el modo en que la historia de la ciencia sirve para contrastar
las «reconstrucciones racionales» filosóficas de la misma.
19
Cf. cap. 1.
20
Cf. cap. 1.
21
Esta «equivalencia observacional» es, en realidad, un gran mito simplicista;
cf. más abajo. Hay que recordar que Copérnico estimaba que la
simplicidad superior suministraría, eo ipso, mejores tablas
astronómicas; esto es, conduciría a la reproducción de un número mayor de
fenómenos. Por tanto, no creía en la «equivalencia observacional» de su teoría
con la de Tolomeo.
Rhetico
y Osiander adoptaron el mismo punto de vista y también Brahe estimó que había
alguna razón en esta pretensión. La superior simplicidad de la teoría de
Copérnico referente a las órbitas celestes se convirtió en un hecho de la
historia de la ciencia que no fue disputado desde Galileo hasta Duhem: lo único
que Bellarmino puso en duda fue la inferencia adicional que convierte la
impresionante simplicidad en Verdad. Por ejemplo, Adam Smith, en su hermoso
ensayo Historia de la Astronomía, defendió la superioridad de la
hipótesis copernicana con el argumento de la «belleza superlativa de su
simplicidad»22. Rechazó la noción inductivista de que las tablas
copernicanas eran más precisas que sus predecesoras tolemaicas y negó que tal
fuera el fundamento de la superioridad de la teoría copernicana. Según Adam
Smith las nuevas y exactas observaciones eran igualmente compatibles con el
sistema de Tolomeo. La ventaja del sistema copernicano radica en el «grado
superior de coherencia que suministró a las apariencias celestes, en la
simplicidad y uniformidad que introdujo en las direcciones reales y en las
velocidades de los planetas»23.
Pero
la mayor simplicidad de la teoría copernicana era un mito comparable al de su
mayor precisión. El mito de la mayor simplicidad fue destruido por el trabajo
profesional y cuidadoso de los historiadores modernos, quienes nos recuerdan
que si la teoría copernicana soluciona ciertos problemas de forma más simple
que la teoría de Tolomeo, el precio de tales simplificaciones es la aparición
de complicaciones inesperadas en la solución de otros problemas24.
El sistema copernicano es ciertamente más sencillo porque prescinde de ecuantes
y de algunas excéntricas, pero cada ecuante y cada excéntrica eliminada tiene
que ser sustituida por nuevos epiciclos y epiciclos menores. El sistema es más
sencillo porque hace inmóvil la esfera octava de las estrellas fijas y elimina
sus dos movimientos tolemaicos; pero Copérnico paga la inmovilidad de la esfera
octava con la transferencia de sus irregulares movimientos tolemaicos a la
corrupta Tierra, a la que se le atribuye un giro oscilante bastante complicado;
además, Copérnico se ve obligado a situar el centro del universo no en el Sol,
como inicialmente pretendía, sino en un punto vacío próximo al Sol.
Creo
que se puede afirmar con justicia que los sistemas de Tolomeo y de Copérnico
están aproximadamente equilibrados por lo que a simplicidad se refiere. La
situación queda reflejada en la observación de Solla Price según la cual el
sistema de Copérnico era «más complicado pero más económico»25 y
también en la de Pannekoek: «la nueva estructura del mundo, a pesar de la
simplicidad de sus aspectos generales, era extremadamente compleja en los
detalles»26. De acuerdo con Kuhn la explicación de Copérnico de los
aspectos cualitativos de los principales problemas que afectan al movimiento
planetario (por ejemplo, el movimiento retrógrado) es mucho más nítida, mucho
«más económica» que la de Tolomeo, «pero esta economía aparente... (sólo) es
una victoria propagandística... (y de hecho) en buena parte constituye una
ilusión»27.
22 Smith (1773, p . 72).
23 Ibid., p. 75.
24 Cf. e. g. Kuhn (1957) y Ravetz (1966a).
25
Price (1959, p. 216). Según Price, Copérnico «aumentó la complejidad del
sistema (tolemaico) sin acrecentar la exactitud» (el subrayado es mío).
26
Pannekoek (1961), p. 193.
27
Kuhn (1957), p. 169.
Cuando
se entra en detalles «el sistema completo (de Copérnico)... tiene la misma o
casi la misma complejidad que el de Tolomeo». Como indica sucintamente
«Copérnico introdujo un cambio a la vez grande y extraordinariamente pequeño»28.
Aunque la teoría copernicana tiene una mayor «armonía estética», ofrece una
explicación más «natural» de los rasgos básicos de los cielos y tiene menos
supuestos ad hoc, es, en definitiva, «un fracaso..., ni más exacta ni
apreciablemente más simple que sus predecesoras tolemaicas»29. Según
Ravetz la «esfera de las estrellas dotadas de un movimiento irregular» en el
sistema de Tolomeo aportó «una medida fundamental del tiempo (como) un
movimiento a lo largo de una órbita de movimiento irregular». De acuerdo con
Ravetz esto es «estrictamente incoherente», pero si esta irregularidad
del movimiento de las estrellas se transfiere al movimiento de la Tierra, como
sucede en el sistema de Copérnico, se consigue una astronomía «coherente»30.
Pero si tal es el caso la coherencia parece residir en los ojos del observador.
La simplicidad parece que depende de los gustos subjetivos de cada uno31.
Si el incremento dramático de simplicidad en teorías observacionalmente
equivalentes es lo que distingue a las revoluciones científicas, entonces la
Revolución Copernicana no puede ser considerada como una de ellas (aunque
algunas personas como Kepler entendieron que su
superioridad
se debía a la bella armonía que introdujo)32.
Volvamos
al falsacionismo popperiano. Popper pone mucho acento en los experimentos
cruciales y, en este sentido, es un empirista de acuerdo con mi terminología.
El Hombre propone y la Naturaleza dispone. Pero al mismo tiempo propone una
nueva clase de simplicismo; afirma que incluso antes de que la Naturaleza
disponga, deberíamos considerar a una teoría como mejor que su rival si tiene
un contenido falsable superior, mayor número de falsadores potenciales33.
Desde que Popper ofreció en 1934 su criterio de falsabilidad como explicación
de la «simplicidad»34, su Lógica de la investigación científica debe
ser considerada como una nueva y original especie de simplicismo. En este
sentido, por tanto, y especialmente en su interpretación realista35,
la teoría copernicana puede haber sido superior a la de Tolomeo en 1543,
incluso aunque ambas fueran observacionalmente equivalentes en aquel momento.
28 Kuhn (1957), p. 133.
29 Ibid., p. 174,
30 Ravetz (1966b).
31
El argumento más hermoso en defensa de esta afirmación se encuentra en las pp.
XVI-XVII de Santillana (1953). Un vistazo es suficiente para advertirlo.
32
Sobre las razones por las que Kepler creía preferir la teoría de
Copérnico a la de Tolomeo y a la de Brahe, cf. Westman (1972). Por qué la
prefería, de hecho, es más difícil de decir.
33
Reforzó su empirismo con este «tercer requisito» (yo lo llamé «aceptabilidad»;
cf. MCE, cap. 8, pp. 233 y ss.
34 Popper
(1953, cap. VII).
35
Cf. Feyerabend (1964), un excelente artículo perteneciente a su período
cuasi-popperiano. Agassi defiende que la teoría de Copérnico no tenía
superioridad empírica; en realidad, Agassi mantiene que Copérnico «no consiguió
mostrar que su sistema era mejor que el de Tolomeo, ni, mucho menos,
refutarlo».
Pero
las dos teorías no eran observacionalmente equivalentes. Los simplicistas
normalmente aceptan con demasiada facilidad que las teorías rivales que
están evaluando son equivalentes bien desde un punto de vista lógico o en algún
otro sentido estricto, de tal modo que parece más plausible la pretensión de
que es la simplicidad y no los hechos la circunstancia llamada a decidir. La
idea convencionalista de que las teorías de Tolomeo y Copérnico tienen que
ser equivalentes en algún sentido estricto es habitual entre
«simplicistas»; después de todo aceptan el convencionalismo, pero quieren
escapar de sus implicaciones relativistas. Esta idea ha sido defendida por
Dreyer, los Halls, Price, Kuhn y otros36. Hanson tiene razón cuando
afirma, al criticar estas nociones, que «la teoría de Copérnico no es más
simple que la de Tolomeo en ningún sentido habitual del término
"simplicidad"», pero él mantiene, sin embargo, su «Línea de
equivalencia visual»37.
3.
Las exposiciones de Polanyi y Feyerabend de la Revolución Copernicana
Todas
las filosofías que hemos discutido hasta ahora se basan en criterios de
demarcación universales. Según tales filosofías todos los cambios
fundamentales de la ciencia pueden ser explicados utilizando el mismo criterio
único de valor científico. Pero ninguna de ellas ha conseguido ofrecer una
explicación clara y aceptable de las razones por las que la teoría geocéntrica
era inferior al De Revolutionibus, de Copérnico. El fracaso de los
«demarcacionistas» en la solución de este problema (y de otros problemas) ha
llevado a una situación en que algunos científicos, si no todos, y muchos
filósofos de la ciencia niegan que pueda existir cualquier criterio de
demarcación de validez universal o un sistema de evaluación para juzgar las
teorías científicas. El más influyente defensor contemporáneo de este punto de
vista es Polanyi, para quien es utópica la búsqueda de un criterio de
racionalidad universal. Para decidir qué es científico y qué es
pseudocientífico o qué teoría es mejor y cuál es peor, podemos contar con la
jurisprudencia pero no con un Código. Es el
Tribunal
de los científicos el que decide en cada caso separado y nada irá mal con tal
sistema mientras la ciencia goce de autonomía (y eo ipso el Tribunal sea
independiente). Si Polanyi está en lo cierto, la negativa de la Royal
Society a patrocinar la filosofía de la ciencia es del todo razonable: no
se debe permitir que los ignorantes filósofos de la ciencia juzguen las
teorías científicas; esa tarea corresponde a los científicos. La Royal
Society está, por supuesto, dispuesta a conceder ayudas financieras a los historiadores
de la ciencia que describen la actividad científica en términos de
progresos triunfales38.
36
Para una crítica de las exageraciones de Dreyer, los Halls, Price y
Kuhn, cf. Hanson (1973, pp. 200-20). También él exagera la simplicidad
(«sistematicidad») como se desprende de sus argumentos y de algunas
afirmaciones absurdas como la siguiente: «(Copérnico), como Newton después, y
como Aristóteles antes, no reveló ningún hecho nuevo ni los buscó» (ibid., p.
87).
37
Hanson (1973, pp. 212 y 233). En un descuido Hanson escribió en su manuscrito
«Tolemaica» en lugar de «Copernicana» y el editor del artículo póstumo no
advirtió o no corrigió el error.
38
La Royal Society concede ayuda económica a la Historia de la Ciencia,
pero no a la Filosofía de la Ciencia.
Según
Polanyi, en cada caso particular de rivalidad entre dos teorías científicas se
debe dejar que el impreciso Fingerspitzengefuhl (la expresión favorita
de Holton) de los grandes científicos decida cuál es mejor. Son esos
científicos quienes saben de forma «tácita» cómo
irán
las cosas. Polanyi escribe sobre las
«expectativas que los copernicanos reafirmaban
cuando defendían con pasión, contra fuertes presiones, que la teoría
heliocéntrica no sólo era una forma adecuada de describir las órbitas
planetarias, sino que era realmente cierta; y ello durante los ciento cuarenta
años anteriores a la fecha en que Newton lo probara»39.
Por
supuesto, estas «expectativas» (al contrario de una conjetura sencilla) no
pueden ser precisadas y puestas a disposición de los profanos. Parece que
Toulmin mantiene un punto de vista similar sobre la Revolución Copernicana40.
Lo mismo puede decirse de Kuhn. Kuhn afirma que
«para
los astrónomos la elección inicial entre el sistema de Copérnico y el de
Tolomeo sólo podía depender de los gustos de cada uno, y las cuestiones
referentes a los gustos son las más difíciles de definir y debatir. Con todo, y
como indica la misma Revolución Copernicana, estas cuestiones no carecen de
importancia. Un oído acostumbrado a discernir la armonía geométrica podía
descubrir una nueva nitidez y coherencia en la astronomía centrada en el Sol de
Copérnico, y si tal nitidez y coherencia no hubiera sido reconocida puede que
no se hubiera producido una revolución»41.
Según
una exposición posterior de Kuhn42, la astronomía
tolemaica ya se hallaba en 1543 en un estado de «crisis del paradigma» que
constituye el preludio inevitable de cualquier «revolución» científica; esto
es, conversión masa: «El estado de la astronomía tolemaica era un escándalo
público antes de que Copérnico propusiera un cambio básico de la teoría
astronómica, y el Prefacio en que Copérnico describió sus motivos para realizar
la innovación constituye una descripción clásica de los períodos de crisis»43.
Pero ¿cuántos, además de Copérnico, sintieron la presencia de esas crisis en la
comunidad? Después de todo, en el tiempo de Copérnico no existía una comunidad
científica desarrollada. Y si Kuhn estima que todo su análisis de las
revoluciones científicas se aplica al caso de Copérnico, ¿por qué tan pocos
científicos subieron al tren de Copérnico antes de que lo
hicieran
Kepler y Galileo?
39
Polanyi (1966), p. 23. Cf. también su (1958), passim.
40
Entiendo que el texto que sigue corrobora lo que acabo
de decir; «Si Kepler y Galileo optaron en favor del nuevo sistema heliostático
de Copérnico, sus razones para proceder de tal modo fueron mucho más
específicas, variadas y sofisticadas que las que apuntan términos tan
imprecisos como «simplicidad» o «conveniencia»; especialmente al principio, la
teoría copernicana era, en muchos sentidos, bastante menos simple y adecuada
que el tradicional análisis tolemaico. Cuando consideramos los cambios conceptuales
entre teorías físicas sucesivas, la racionalidad que buscamos no es un asunto
puramente formal, como la articulación puramente interna de un sistema
matemático, ni tampoco un asunto puramente pragmático de utilidad o
conveniencia. Sólo podemos comprender los fundamentos de esa racionalidad si
apreciamos el modo en que, en la práctica, se aplican por primera vez las
teorías sucesivas y los conjuntos de conceptos y el modo en que,
posteriormente, son modificados con el desarrollo histórico de la actividad
intelectual relevante» (Toulmin, 1972, p. 65).
41
Kuhn (1957), p, 177 (el subrayado es mío). Para una crítica general de esta
postura de Polanyi, cf. cap. 3, p. 198, y mi (1974d, p. 372).
42 La
posición de Kuhn referente a la Revolución Copernicana cambió radicalmente
desde el simplicismo esencialmente internalista de su (1957) hasta el
sociologismo radical de (1962) y (1963).
43 Kuhn
(1963, p. 367). Para Kuhn una «crisis» debe preceder a una revolución
exactamente igual que para un falsacionista ingenuo una refutación debe
preceder a una nueva conjetura. No es sorprendente que Kuhn escriba que existe
una «evidencia histórica inequívoca» de que el «estado de la astronomía tolemaica
era un escándalo antes del anuncio de Copérnico» (Kuhn, 1962, pp. 67-68).
Gingerich (1973) demostró que Kuhn se saca de la manga un escándalo donde no
hubo ninguno. (Por su supuesto, un programa de investigación progresivo, en mi
sentido, no tiene por qué ser precedido por la degeneración de su rival.)
Según
Kuhn no existe un criterio explícito mediante el cual pueda afirmarse
que el sistema de Copérnico es superior al de Tolomeo. Pero la élite
científica, dotada de un esotérico e impreciso «oído para la armonía
geométrica» o de una psique sensitiva a las crisis, podía estimar qué teoría
era mejor. Sin embargo, parece que tan pronto como se entra en detalles la
explicación de Kuhn no es menos problemática que las explicaciones de los
demarcacionistas. Se ve obligado a inventar una «crisis» socio-intelectual en
la élite científica que trabajaba con el paradigma tolemaico en el siglo XVI y
después, un repentino cambio hacia el copernicanismo. Si éstas son
condiciones necesarias para una revolución científica, entonces la Revolución
Copernicana no fue una revolución científica.
En
opinión de Feyerabend era de esperar el fracaso de los demarcacionistas y de
los «elitistas». El brillante líder del relativismo cultural entiende que el
sistema de Tolomeo sólo era un conjunto de creencias, y el de Copérnico, otro
distinto. Los seguidores de Tolomeo tuvieron sus éxitos, y los copernicanos,
los suyos; al final, los copernicanos lograron una victoria propagandística.
Citemos el resumen de su postura que realiza Westman:
«Tenemos
dos teorías, la copernicana y la ptolemaica: ambas suministran predicciones
fiables, pero la primera contradice las leyes y los hechos aceptados de la
física terrestre contemporánea. La creencia en el éxito de la nueva teoría no
puede basarse en supuestos metodológicos porque ningún conjunto de tales
principios puede garantizar nunca la corrección de una teoría cuando ésta acaba
de ser creada; tampoco existe, en un principio, ningún respaldo fáctico. Por
ello, la aceptación de la teoría copernicana resulta ser una cuestión de
creencias metafísicas44»
Según
Feyerabend, nada más puede decirse. La explicación de Feyerabend es
mucho más difícil de destruir que la de cualquier otro. En realidad es posible
que, al final, tengamos que admitir que la adopción de la teoría heliocéntrica
por Copérnico, Kepler y Galileo, y su victoria, no es racionalmente explicable;
que, en gran medida, fue una cuestión de gustos, un Gestalt-switch o una
victoria propagandística. Pero incluso si tal fuera el caso no debemos permitir
que Feyerabend nos arrastre hacia el relativismo cultural general, ni Kuhn,
hacia el elitismo general. La teoría ondulatoria de la luz de Fresnel, por
ejemplo, era en 1830 claramente mejor que la teoría corpuscular de Newton y
ello por criterios objetivos explícitos, pero claramente fue una cuestión de
gustos la primera adopción, por Fresnel, de la vieja idea ondulatoria45.
Si fuera irracional trabajar con una teoría cuya superioridad no ha sido
establecida aún, entonces realmente casi toda la historia de la ciencia sería
inexplicable en términos racionales. Pero sucede que la Revolución Copernicana
puede ser explicada racionalmente mediante la metodología de los programas de
investigación científica.
44 Westman
(1972), p. 234. En su (1972) Feyerabend se desliza hacia una postura similar a
la de Polanyi: entiende que Copérnico consiguió una victoria de la Razón con
ayuda de su Lebendigheit des Geistes.
45
Cf. Worrall (1976).
4.
La Revolución Copernicana a la luz de los programas de investigación científica
La
metodología de los programas de investigación científica es una nueva
metodología demarcacionista (esto es, constituye una definición universal de
progreso) que he defendido durante algunos años y que, en mi opinión, mejora
las anteriores metodologías demarcacionistas y escapa, al mismo tiempo, a
algunas de las críticas que los elitistas y los relativistas han dirigido
contra el inductivismo, el falsacionismo y otras metodologías.
En
primer lugar explicaré brevemente los rasgos centrales de esta metodología46.
Lo
primero que debo destacar es que mi unidad de evaluación no es una hipótesis
aislada (o una conjunción de hipótesis): un programa de investigación es, más
bien, una clase especial de «cambio de problemática»47. Consiste
en una serie de teorías en desarrollo. Más aún, tal serie en desarrollo tiene
una estructura. Posee un núcleo firme persistente, como las tres leyes de
movimiento y la de gravitación en el caso del programa de investigación de
Newton, y tiene una heurística que incluye un conjunto de técnicas para la
solución de problemas. (Esta consistía, en el caso de Newton, en el aparato
matemático del programa: el cálculo diferencial, la teoría de convergencia y
las ecuaciones diferenciales e integrales). Por fin, un programa de
investigación tiene un gran cinturón de hipótesis auxiliares sobre cuya base se
establecen las condiciones iniciales. El cinturón protector del programa
newtoniano incluía la óptica geométrica, la teoría de Newton de la refracción
atmosférica, etc. Llamo a este cinturón cinturón protector porque
protege al núcleo firme de las refutaciones: las anomalías no se aceptan como
refutaciones del núcleo firme sino como refutaciones de algunas hipótesis del
cinturón protector. En parte, debido a la presión empírica (pero, en parte,
según el diseño de su heurística) el cinturón protector es modificado
constantemente, expandido, complicado, mientras que el núcleo firme permanece
intacto.
Habiendo
especificado que la unidad de la ciencia madura es el programa de
investigación, a continuación estableceré reglas para evaluar los programas. Un
programa de investigación es progresivo o regresivo. Es teóricamente
progresivo si cada modificación conduce a nuevas e inesperadas
predicciones, y es empíricamente progresivo si algunas, al menos, de
tales predicciones nuevas resultan corroboradas. Siempre es posible para un
científico solucionar el problema presentado por una anomalía dada realizando
los ajustes adecuados en su programa (por ejemplo, añadiendo un nuevo
epiciclo). Tales maniobras son ad hoc y el programa está degenerando a
menos que con las mismas no sólo se expliquen los hechos que se trataba de
explicar, sino que también se predigan algunos hechos nuevos. El ejemplo
supremo de programa progresivo es el de Newton, que predijo con éxito hechos
nuevos tales como la vuelta del cometa Halley, la existencia y el curso de
Neptuno y el abombamiento de la Tierra.
46
Sobre mi uso del término técnico «metodología», cf. cap. 3 y cap. 2, n. 2.
47 Cf.
MCE, cap. 8, p. 239;. Lakatos (1968c), y este volumen, cap. 1.
Un
programa de investigación nunca soluciona todas sus anomalías. Siempre abundan
las «refutaciones». Lo que importa es la existencia de algunas señales
dramáticas de progreso empírico. Esta metodología también contiene una noción
de progreso heurístico: las sucesivas modificaciones del cinturón
protector deben ser acordes con la heurística. Los científicos desconfían,
acertadamente, de los procedimientos ad hoc para la solución de
anomalías.
Un
programa de investigación supera a otro si tiene un exceso de contenido de
verdad sobre su rival, en el sentido de que predice progresivamente todo lo que
correctamente predice su rival, y algunas cosas adicionales48.
Antes
de aplicar esta filosofía nueva y, tal vez, ligeramente sobreelaborada49
a la evaluación de las teorías rivales, o por mejor decir, de los programas
rivales de Tolomeo y Copérnico, debemos hacer una observación importante.
Dos
programas de investigación rivales cualesquiera pueden convertirse en
observacionalmente equivalentes si se crean versiones falsables y
observacionalmente equivalentes de los mismos, con la ayuda de hipótesis
auxiliares ad hoc. Pero tal equivalencia carece de interés. Dos
programas de investigación rivales sólo son equivalentes si son idénticos. En
otro caso, las dos heurísticas diferentes marchan a distintas velocidades.
Incluso si los dos programas rivales explican la misma evidencia empírica, esa
evidencia apoyaría a un programa con preferencia a otro dependiendo de que la
evidencia sea, por así decirlo, «producto» de la teoría, o bien, explicada de
forma ad hoc. El peso de la evidencia no sólo es función de una
hipótesis falsable y de la evidencia sino que también depende de factores
temporales y heurísticos50. El punto de partida de la metodología de
los programas de investigación científica es el problema normativo planteado
por el «convencionalismo revolucionario»51. Pero si el
convencionalismo revolucionario es correcto siempre se puede conseguir la
equivalencia observacional entre dos teorías rivales. El simplicismo concluye
que la evidencia empírica pierde su peso; sólo el grado de simplicidad importa.
La falsabilidad de Popper y el grado de progresividad de Lakatos y Zahar
eliminan la ambigüedad y las deficiencias de los grados de coherencia, y
rehabilitan, de modos radicalmente nuevos, un respeto «positivista» por los
hechos.
El
aspecto descriptivo de la metodología de los programas de investigación
científica es claramente superior al aspecto descriptivo de las metodologías
discutidas previamente. Tanto Tolomeo como Copérnico trabajaron con programas
de investigación; no se limitaron a contrastar conjeturas o a armonizar un
conjunto amplio de resultados observacionales, ni se comprometieron con ninguno
de los «paradigmas» de la comunidad. Describiré los dos programas de
investigación (lo que, según creo, resultará poco polémico) y ofreceré una
evaluación de sus respectivos progresos y regresiones.
48
Para una interesante discusión sobre «superación o
inconmensurabilidad», cf. Feyerabend (1974).
49
El lector puede encontrar una formulación más detallada en mi (1968c, caps. 1,
2 y 3). También cf. mi (1974d).
50
El logro de Zahar radica fundamentalmente en haber creado una noción mejorada
del «peso de la evidencia». Cf. abajo.
51
Cf. cap. 1, p. 33.
Ambos
programas tienen su origen en el programa Pitagórico-Platónico cuyo
principio básico era que, puesto que todos los cuerpos celestiales son
perfectos, todos los fenómenos astronómicos deben reproducirse mediante una
combinación de un número mínimo de movimientos circulares y uniformes (o
rotaciones esféricas uniformes en torno a un eje). Este principio fue la piedra
angular de la heurística de ambos programas. Este protoprograma no contenía
directrices sobre la ubicación del centro del universo. En este caso la
heurística era primaria; el «núcleo firme», secundario52. Algunas
personas, como Pitágoras, creían que el centro era una bola de fuego invisible
desde las regiones habitadas de la Tierra; otras, como algunos platónicos, que
era el Sol, y otras como Eudoxo, que era la Tierra misma. La hipótesis
geocéntrica sólo se afirmó hasta convertirse en un componente del «núcleo
firme», cuando se produjo el desarrollo de una física terrestre aristotélica
elaborada, en la que se distinguía entre el movimiento natural y el violento, y
se separaba la química terrestre o «sublunar» de los cuatro elementos, de la
pura y eterna quinta essentia celeste.
La
primera y rudimentaria teoría geocéntrica de los cielos consistía en unas
órbitas concéntricas en torno a la Tierra; una para las estrellas y una para
cada cuerpo celeste. Pero se sabía que ése era un «modelo ideal», falso, y,
como comprendió Eudoxo, aunque tal esquema rudimentario funcionara para las
estrellas, claramente no funcionaba en el caso de los planetas. Como es sabido,
Eudoxo diseñó un sistema de esferas rotativas para explicar los movimientos
planetarios. Introdujo 26 esferas para explicar, o más bien, reproducir, los
avances y retrogresiones de los planetas. El modelo no predecía hechos nuevos y
no logró solucionar algunas anomalías importantes como las distintas
intensidades de brillo de los planetas. Después de que se abandonara este sistema
de esferas rotativas, cada modificación del programa geocéntrico se realizó
contra la heurística platónica. La excéntrica desplazó a la Tierra del centro
del círculo. Los epiciclos de Apolonio e Hiparco implicaban que las órbitas
reales de los planetas en torno a la Tierra no eran circulares; finalmente los
ecuantes de Tolomeo equivalían a afirmar que incluso el movimiento del centro
vacío del universo no era simplemente uniforme y circular; era uniforme pero no
circular visto desde el punto ecuante; era circular pero no uniforme visto
desde el centro de la deferente: la circularidad uniforme fue sustituida por la
cuasi-circularidad cuasiuniforme.
El
uso de la ecuante equivalía al abandono de la heurística platónica. No es
sorprendente que en las primeras etapas de este desarrollo, astrónomos como
Heráclides y Aristarco comenzaran a experimentar con sistemas parcial o
completamente heliocéntricos. Cada modificación del programa geocéntrico se
había ocupado de algunas anomalías, pero lo había hecho de un modo ad hoc. No
se produjeron predicciones nuevas, aún abundaban las anomalías y ciertamente
cada modificación había producido un alejamiento de la heurística platónica
original53.
52
La demarcación entre «núcleo firme» y «heurística» es a menudo un asunto
convencional, como puede apreciarse en los argumentos propuestos por Popper y
Watkins con respecto a la inter-traducibilidad de lo que ellos llamaron
«metafísica» y «heurística», respectivamente (cf. especialmente Watkins, 1958).
53
Kuhn afirma que «no existían razones considerables para prestar atención a
Aristarco» (Kuhn, 1962, p. 76), Pero es evidente que sí existían tales razones;
el programa geocéntrico ya había degenerado en el sentido heurístico.
Copérnico
comprendió la degeneración heurística del programa platónico originada por
Tolomeo y sus sucesores. Supuso que la periodicidad del movimiento planetario
estaba relacionada con combinaciones de movimientos circulares uniformes (sólo
eso se requería en la explicación)54. Copérnico acusó a
Tolomeo de utilizar hipótesis ad hoc en los tres casos siguientes:
a)
La introducción de ecuantes violaba la heurística del propio programa de
Tolomeo. Heurísticamente eran instrumentos ad hoc {ad hoc3)55.
b)
Debido a la diferencia entre el año solar y el sideral, Tolomeo confirió dos
movimientos distintos a la esfera estelar: la rotación diaria y una rotación
sobre el eje de la eclíptica. Este era un defecto fundamental del sistema
tolemaico puesto que las estrellas, los cuerpos más perfectos, deben tener un
movimiento uniforme único.
En
su Commentariolus Copérnico señaló que el año sideral suministra una
unidad de tiempo más precisa que el año solar. Según Ravetz56,
Copérnico debe haber partido de datos erróneos y concluido que la diferencia
entre los años solar y sideral varía irregularmente; por eso la esfera estelar
debe rotar de forma irregular en torno al eje de la eclíptica. De modo que el
Sol se mueve de forma no uniforme alrededor de la Tierra. Se trata de otra
violación de la heurística platónica y constituye otra degeneración heurística57.
c)
A pesar de todas estas violaciones de la heurística platónica, el programa
geostático siguió siendo empíricamente ad hoc; esto es, siempre marchó
por detrás de los hechos.
Copérnico
no creó un programa completamente nuevo, sino que revitalizó la versión de
Aristarco del programa platónico. El núcleo firme de este programa es la
proposición de que las estrellas constituyen el marco de referencia primario
para la física. Copérnico no inventó una nueva heurística sino que trató de
restaurar y rejuvenecer la de Platón58.
¿Consiguió
crear Copérnico una teoría platónica más veraz que la de Tolomeo? Así fue.
Según la heurística de Platón, las estrellas, que son los cuerpos más
perfectos, idealmente deberían tener el movimiento más perfecto, esto es, una
rotación uniforme única en torno a un eje. Obsérvese que el movimiento circular
uniforme es perfecto porque puede equipararse a un estado de reposo; puesto que
todos los puntos del círculo son equivalentes, el movimiento circular uniforme
es indiferenciable del reposo o ausencia de cambio. Hemos visto que en los
tiempos de Copérnico los astrónomos tolemaicos conferían a la esfera estelar
dos movimientos distintos (por lo menos): una rotación diaria y una rotación en
torno al eje de la eclíptica.
54 A
la vista de lo que sabemos sobre las expansiones de Fourier de las funciones
periódicas, se trata de una notable conjetura matemática; cf. e. g. Kamlah
(1971).
55
Cf. cap. 1, n. 320, y n. 322.
56
Ravetz (1966a). Pero cf. la observación de Gingerich en su (1973), n. 19.
57
Según Ravetz, esta «incoherencia» indicó a Copérnico que son las estrellas y no
la Tierra las que determinan el marco de referencia para la física. Por
supuesto, desde el punto de vista de nuestro problema presente no
importa en absoluto qué fue lo que despertó la imaginación de Copérnico. Aquí
no nos ocupamos de las causas psicológicas del logro de Copérnico, sino de su
evaluación.
58
Fue Kepler quien creó la heurística de la nueva astronomía: el principio de que
el movimiento de los planetas debe ser explicado en términos de fuerzas
heliocéntricas.
Por
otra parte, y debido a datos erróneos, hicieron irregular esta segunda
rotación.
Sin
embargo, Copérnico fijó las estrellas convirtiéndolas en realmente inmutables.
Ciertamente tuvo que transferir su movimiento a la Tierra, pero en su sistema
la Tierra es un planeta y los planetas son menos perfectos que las estrellas
aunque sólo sea debido a los múltiples movimientos epicíclicos (tales
movimientos fueron aceptados tanto por los partidarios de Tolomeo como por los
de Copérnico).
Copérnico
eliminó, la ecuante y creó un sistema que a pesar de tal eliminación, sólo
contenía aproximadamente los mismos círculos que el de Tolomeo59.
Además
de su superioridad heurística con respecto al Almagesto la astronomía de
Copérnico no era inferior a la de Tolomeo en la reproducción de los fenómenos.
En verdad la teoría lunar de Copérnico constituyó un claro avance empírico con
relación a Tolomeo. Utilizando la Tierra como un punto ecuante Tolomeo había conseguido
describir el movimiento angular de la Luna; sin embargo, en ciertos puntos de
su órbita la Luna hubiera tenido el doble de su diámetro (observable) aparente.
Copérnico no sólo prescindió de ecuantes sino que, sustituyéndolas por
epiciclos, mejoró la correspondencia entre teoría y observación60.
El
programa de Copérnico ciertamente fue teóricamente progresivo. Anticipó hechos
nuevos que nunca con anterioridad habían sido observados. Anticipó las fases de
Venus. También predijo la paralaje estelar aunque ésta era una predicción
cualitativa porque Copérnico no tenía idea de la dimensión del sistema
planetario. No fue, como dice Neugebauer, «un paso en la dirección equivocada»
a partir de Tolomeo61.
59 Esta
sustituibilidad mutua ya era conocida por los astrónomos islámicos como
Ibn-ash-Shatir. Como señaló Neugebauer (cf. Neugebauer, 1958 y 1968), Copérnico
utilizó algunas ecuantes, pero puesto que ellas pueden ser reemplazadas por
epiciclos secundarios, resultan irrelevantes. Copérnico consideró el movimiento
circular uniforme como el único movimiento permisible en astronomía; ello no le
impidió utilizar ecuantes como instrumentos de cálculo.
60
Según Neugebauer, este éxito empírico puede ser el fundamento de la creencia de
Copérnico de que la eliminación de ecuantes, además de devolver su pureza
original a la heurística platónica, también aumentaría el poder predictivo de
la nueva teoría. Pero el sistema copernicano estuvo repleto de anomalías
incluso en sus versiones más elaboradas. Una de las anomalías más importantes
del programa copernicano eran los cometas, cuyo movimiento no podía explicarse
en términos de movimientos circulares. Este fue uno de los argumentos más
importantes que utilizó Tycho contra Copérnico y también Galileo tuvo
dificultades para rebatirlo.
61
Neugebauer (1968, p. 103) afirma: «Los historiadores modernos, utilizando
ampliamente su propia perspectiva temporal, acentúan la importancia
revolucionaria del sistema heliocéntrico y las simplificaciones que éste
introdujo. De no haber sido por Tycho Brahe y Kepler, el sistema copernicano
hubiera contribuido a la perpetuación del sistema tolemaico en una forma
ligeramente modificada, pero más adecuada para las mentalidades filosóficas.»
¿Qué mentalidades filosóficas? Uno se pregunta cómo es posible que alguien de
la talla de Neugebauer termine su artículo con una observación tan inexacta.
Incluso los historiadores más profesionales que están, por principio, contra
la filosofía de la ciencia, terminan por cometer errores motivados por sus
filosofías.
Pero
la predicción sobre las fases de Venus no fue corroborada hasta 1616. Por
tanto, la metodología de los programas de investigación científica coincide con
el falsacionismo en la medida en que el sistema de Copérnico no fue enteramente
progresivo hasta Galileo, o incluso hasta Newton, cuando su «núcleo firme» fue
incorporado al programa de investigación, completamente distinto, de Newton,
que resultó ser inmensamente progresivo. El programa copernicano puede haber
representado un progreso heurístico en el seno de la tradición platónica; puede
haber sido teóricamente progresivo, pero en su haber no contaba con hechos nuevos
hasta 161662. Parece que la Revolución Copernicana sólo se
convirtió en una auténtica y madura revolución científica en 1616, cuando casi
inmediatamente después fue abandonada en favor de la nueva física de
orientación dinámica.
Desde
el punto de vista de la metodología de los programas de investigación
científica, el programa de Copérnico en manos de Kepler, Galileo y Newton fue
abandonado más bien que desarrollado. Esta es una consecuencia directa del
hecho de que ponemos el acento en la heurística y no en las hipótesis del
centro firme63.
Esta
conclusión, que es poco satisfactoria, parece inevitable mientras consideremos
que el criterio de progreso es exclusivamente la predicción de hechos
temporalmente nuevos. Sin embargo, Zahar, llevado por consideraciones
enteramente ajenas a la historia de la Revolución Copernicana, ha propuesto un
nuevo criterio de progreso científico; un criterio que constituye una enmienda
muy importante al suministrado por la metodología de los programas de
investigación científica64.
5.
La Revolución Copernicana a la luz de la versión de Zahar de la metodología de
los programas de investigación científica
Originalmente,
yo definí una predicción como «nueva», «pasmosa» o «dramática» si resultaba
inconsistente con las expectativas previas, y si entraba en conflicto con
nuestros conocimientos, y, en particular, si el hecho predicho era imposible de
acuerdo con el programa rival. Los mejores hechos nuevos eran aquellos que
podían no haber sido observados nunca de no ser por la teoría que los anticipó.
Mis ejemplos favoritos de tales predicciones que fueron corroboradas (y por
ello suministran un apoyo enorme a la teoría que los había anticipado) eran la
vuelta del cometa Halley, el descubrimiento de Neptuno, la desviación
einsteiniana de los rayos de luz y el experimento Devisson-Germer65.
62
Según Kuhn, y por lo que respecta al sistema helioestático, las fases de Venus
no constituían «pruebas... sino propaganda» (1957), p. 224. Por supuesto, no
eran una prueba, pero sí eran una señal objetiva de progreso, de acuerdo
con la mayoría de las evaluaciones empíricas incluyendo la de la metodología de
los programas de investigación científica. Dos páginas más abajo, Kuhn parece
estar de acuerdo con este punto de vista: «Aunque el telescopio suministraba muchos
argumentos, no probaba nada» (op. cit., p. 226).
63 Es,
por tanto, equivocado afirmar que «El sistema copernicano del mundo se
transformó en la teoría de la gravitación de Newton» (Popper, 1963a, p. 98).
64
Cf. Zahar (1973).
65 Más
tarde quise convertir algunas observaciones empíricas antiguas como la fórmula
de Balmer en hechos nuevos con respecto al programa de Bohr; cf. cap. 1. Pero
Zahar solucionó el problema de una forma mejor.
Pero
según esto, el programa de Copérnico no resultó ser empíricamente progresivo
hasta 1616. Si ello es así resulta fácil entender la razón por la que sus
primeros defensores, a falta de exceso de contenido corroborado, insistieron
tanto en la mayor «simplicidad».
La
metodología modificada de los programas de investigación científica de Elie
Zahar ofrece una perspectiva muy distinta. La modificación de Zahar radica
fundamentalmente en su concepción original del «hecho nuevo». Según Zahar la
explicación del perihelio de Mercurio suministró una corroboración empírica
dramática a la teoría de Einstein aun cuando el hecho era conocido desde casi
cien años antes como una proposición empírica de bajo nivel66. Este
no era un hecho nuevo en mi sentido original y, sin embargo, fue «dramático».
Pero ¿en qué sentido lo fue? Fue «dramático» porque en el esquema original de
Einstein el perihelio anómalo de Mercurio no desempeña ningún papel. Su
solución exacta podríamos decir que fue un regalo inesperado de Schwarzschild,
un subproducto no previsto del programa de Einstein. Lo mismo sucede con el
papel jugado por la fórmula de Balmer en el programa de Bohr. El problema
original de Bohr no fue descubrir los secretos del espectro del hidrógeno, sino
solucionar el problema de la estabilidad del átomo nuclear; por eso la fórmula
de Balmer confirió una dramática corroboración a la teoría de Bohr aunque en
términos temporales no era un hecho nuevo.
Consideremos
ahora la situación correspondiente a 1543 y veamos si el programa de Copérnico
gozaba del apoyo inmediato suministrado por hechos que eran nuevos en el
sentido de Zahar.
La
hipótesis fundamental de Copérnico era que los planetas se mueven de modo
uniforme en círculos concéntricos alrededor del Sol; la Luna se mueve en un
epiciclo cuyo centro es la Tierra67. Zahar defiende que varios
hechos importantes relativos a los movimientos planetarios son consecuencias
directas de los supuestos originales de Copérnico y que, aunque tales hechos
eran previamente conocidos, suministran mucho más apoyo a Copérnico que a
Tolomeo, puesto que en este último sistema eran explicados de forma ad hoc mediante
ajustes paramétricos.
A
partir del modelo copernicano básico y del supuesto de que los planetas
inferiores tienen un período más corto, y los planetas superiores, un período
más largo que la Tierra68, se pueden predecir los hechos siguientes sin
observación alguna
i)
Los planetas tienen paradas y retrocesos.
Recordemos
que ya las 26 órbitas concéntricas de Eudoxo tenían por objeto reproducir las
paradas y retrocesos cuidadosamente observados. En el programa de Copérnico las
paradas y retrocesos son simplemente consecuencias lógicas del modelo. Más aún,
en el programa de Copérnico esto explica las variaciones del brillo de los
planetas que previamente resultaban sorprendentes y que no se habían explicado.
66
Cf. Zahar (1973).
67
Cf. la figura dibujada por Copérnico en la p. 10 de su De Revolutionibus.
68
En el capítulo primero del De Revolutionibus explica
Copérnico que este supuesto forma parte del conocimiento básico aceptado y
común tanto a Tolomeo como a Copérnico.
ii)
Los períodos de los planetas superiores, contemplados desde la Tierra, no son
constantes.
Para
Tolomeo esta premisa observacional es muy difícil de explicar; para Copérnico
es una trivialidad teórica.
iii)
Si un astrónomo adopta la Tierra como origen de su marco de referencia fijo,
asignará a cada planeta un movimiento complejo, uno de cuyos componentes es el
movimiento del Sol.
Esta
es una consecuencia inmediata del modelo copernicano: un cambio de origen causa
la adición del movimiento aparente del Sol al movimiento de cualquier otro
móvil.
Para
Tolomeo esto es un accidente cósmico que hay que aceptar tras un
cuidadoso estudio de los hechos. De modo que Copérnico explica lo que para
Tolomeo era un resultado fortuito, del mismo modo que Einstein explica la
igualdad de las masas inercial y gravitacional que era un accidente en la
teoría newtoniana69.
iv)
La elongación de los planetas inferiores está limitada y los períodos
(calculados) de los planetas aumentan estrictamente con respecto a sus
distancias {calculadas) desde el Sol.
Para
explicar el hecho de que la elongación de Venus desde el Sol es limitada
Tolomeo utilizó el supuesto arbitrario de que la Tierra, el Sol y el centro del
epiciclo de Venus se mantienen colineales. Se sigue, por el criterio de Zahar
de apoyo empírico, que la elongación limitada de Venus presta poco o ningún
apoyo al sistema tolemaico. Por su parte Copérnico no requiere supuestos ad
hoc. Su teoría implica que un planeta es inferior si y sólo si su
elongación es limitada. Por tanto, Venus es un planeta inferior. Análogamente
Marte es un planeta superior porque su elongación no es limitada. Esta
hipótesis es independientemente contrastable de la forma siguiente. Sea
P cualquier planeta (superior o inferior) y Tp el período de P, TE
el período de la Tierra (un año) y tp el intervalo temporal
entre
dos retrogresiones sucesivas de P. Un simple cálculo muestra que puesto que la
retrogresión se produce cuando el planeta pasa a la Tierra, se cumplen las
siguientes relaciones entre Tp, TE y tp
si
P es un planeta inferior; y
69
Zahar (1973), pp. 226-27.
si
P es un planeta superior.
Obsérvese
que tp es mensurable y que TE se conoce y es igual
a un año. Por tanto, estas ecuaciones nos permiten calcular Tp.
En
el caso de un planeta superior de la segunda ecuación se sigue que 1/TE >
1/tp; esto es. TE < tp. Por tanto podemos predecir que si la elongación de
un planeta es ilimitada, el intervalo entre dos movimientos retrógrados
sucesivos del planeta es mayor que un año. Esta es una nueva predicción (aunque
el hecho era conocido), un hecho «explicado» por el programa copernicano. Apoya
al programa de Copérnico y no al de Tolomeo. A Neugebauer no le falta razón
cuando afirma que «la principal contribución de Copérnico a la Astronomía (fue)
la determinación de las dimensiones absolutas de nuestro sistema planetario»70.
Tras
haber obtenido los períodos de los planetas, Copérnico procede a calcular sus
distancias desde el Sol. Kuhn describe un método de cálculo71. El
período de un planeta aumenta estrictamente con su distancia desde el Sol; esto
es, desde el origen del marco de referencia copernicano. Esto es consistente
con el conocimiento existente. En el programa tolemaico, como tal, no hay lugar
para las distancias planetarias, sino sólo para los movimientos angulares de
los planetas. Por tanto, la determinación de las distancias planetarias
representa un exceso de contenido de la teoría de Copérnico con respecto a la
de
Tolomeo.
70
Neugebauer (1968).
71
Kuhn (1957), p. 176.
La
astronomía tolemaica puede suministrar también las distancias planetarias si se
establece de forma arbitraria que
Es
posible usar estas ecuaciones para calcular las distancias medias entre los
planetas y la Tierra. Pero tales ecuaciones se insertan de modo ad hoc en
el programa tolemaico. Y sucede que aunque Mercurio, Venus y el Sol tienen
aproximadamente el mismo período, su distancia desde el origen tolemaico, esto
es, desde la Tierra, difiere mucho: ello contradecía la hipótesis generalmente
aceptada en aquel tiempo según la cual el período aumenta con la distancia
desde el centro fijo al que se refiere el movimiento.
Un
experimento mental histórico puede aclarar el poder corroborador de estos
hechos. Imaginemos que en 1520, o antes, sólo se hubiera sabido que el Sol y
los planetas se mueven periódicamente con relación a la Tierra y que nuestros
datos fueran tan escasos que no se hubieran verificado experimentalmente las
paradas y retrocesos; ello podría deberse a la nubosidad del cielo polaco, por
ejemplo. El astrónomo X propone el modelo copernicano básico debido a la
fascinación ejercida por el Sol y a su creencia en la heurística platónica. El
astrónomo Y que no sólo cree en la heurística platónica, sino también en la
dinámica aristotélica, desarrolla el modelo egocéntrico correspondiente: el Sol
y los planetas se mueven uniformemente en círculos centrados en la Tierra. En
tal caso la teoría de X hubiera sido dramáticamente confirmada por
observaciones realizadas en las costas del Mediterráneo. Las mismas
observaciones hubieran refutado la hipótesis de Y y le hubieran obligado a
utilizar una serie de maniobras ad hoc (suponiendo que Y no resultara
tan desalentado como para abandonar inmediatamente su programa).
La
exposición de Zahar explica, por tanto, que el logro de Copérnico constituye un
genuino progreso comparado con Tolomeo. La Revolución Copernicana se convirtió
en una gran revolución científica no porque cambiara la Weltanschaung
europea, ni (como entiende Paul Feyerabend) porque también se convirtió en
un cambio revolucionario de la visión del hombre sobre su lugar en el universo,
sino simplemente porque era científicamente superior. También prueba que
existían razones objetivas poderosas para que Kepler y Galileo adoptaran el
supuesto heliostático, dado que el modelo básico de Copérnico (y también el de
Aristarco) tenía un exceso de poder predictivo con relación al rival tolemaico73.
72
Neugebauer (1968). También se puede usar la doctrina aristotélica de la
«plenitud» para obtener distancias; pero, de nuevo, esta doctrina es ad hoc desde
un punto de vista heurístico además de ser falsa y, en el seno del
programa tolemaico, irrefutable.
73
Obsérvese que en esta afirmación no se dice si Kepler y Galileo realmente se
hicieron «copernicanos» ni por qué.
¿Por
qué Copérnico no estaba satisfecho de su Commentariolus? ¿Por qué
trabajó durante décadas para completar su sistema antes de publicarlo? Porque
no sólo quería que su programa fuera progresivo, sino que realmente deseaba superar
al de Tolomeo; esto es, en vez de limitarse a predecir hechos «nuevos», que
el sistema de Tolomeo no había predicho, quería explicar todas las
consecuencias ciertas de la teoría tolemaica. Por ello tenía que escribir De Revolutionibus.
Pero resultó que, aparte de sus éxitos iniciales, Copérnico sólo podía
reproducir todos los fenómenos tolemaicos de forma ad hoc e
insatisfactoria, en sus aspectos dinámicos74. Por ello Kepler y
Galileo tomaron el Commentariolus y no De Revolutionibus como su
punto de partida. Arrancaron del punto en que el programa copernicano se había
parado. Debido al éxito inicial del modelo básico y a la degeneración del
programa completo, Kepler rechazó la vieja heurística e introdujo otra, nueva y
revolucionaria, basada en la idea de dinámica heliocéntrica75.
Terminaré
señalando una consecuencia trivial de esta exposición que, como es de suponer,
algunos de Uds. encontrarán extravagante. Nuestra exposición es estrictamente
internalista. No hay lugar en ella para el espíritu del Renacimiento, tan
querido por Kuhn, ni para la confusión suscitada por la Reforma y la
Contrarreforma, ni para la influencia del clero; ni hay signos de efecto alguno
de la aparición, supuesta o real, del capitalismo en el siglo XVI; ni se
aprecia la motivación originada en las necesidades navegatorias, una idea tan
querida por Bernal. Todo el desarrollo es estrictamente interno; su parte
progresiva podía haber sucedido, suponiendo la existencia de un genio como
Copérnico, en cualquier momento de los comprendidos entre Aristóteles y Tolomeo
o en cualquier año posterior a la traducción de 1175 del Almagesto al
latín, o incluso, su autor podía haber sido algún astrónomo árabe del siglo IX.
En este caso la historia externa no sólo es secundaria, sino que es casi
redundante76. Por supuesto, el sistema de patrocinio de la
astronomía mediante sinecuras eclesiásticas desempeñó un papel, pero su estudio
no contribuirá en absoluto a la comprensión de la revolución científica
copernicana.
74
El concepto de Zahar del progreso heurístico puede, claro está, considerarse
una explicación objetiva (y positivista) de «simplicidad» sin caer en
las inconsistencias de los simplicistas ingenuos tales como las analizadas en
la sec. 2.
75
Este no es un caso único: la vieja teoría cuántica de
Bohr fue abandonada poco después de ser aceptada y la nueva teoría cuántica de
De Broglie partió de su primer y primitivo modelo y no de los cálculos
sofisticados de Sommerfeld y otros.
76
Por supuesto, de nuestro análisis se infiere que hay un problema muy importante
y puramente externo que debe ser resuelto en términos socio-psicológicos: ¿por
qué tuvo lugar la Revolución Copernicana en la fecha en que sucedió y no en
algún otro momento posterior a Tolomeo? Pero la respuesta a esta pregunta (si
es posible dar una respuesta) no afectará a la evaluación que hemos
realizado aquí. Este es un buen ejemplo del modo en que la historia interna
(metodológica) puede definir cuáles son los problemas externos importantes y el
por qué de su importancia fundamental.
6.
Un epílogo sobre la Historia de la Ciencia y sus reconstrucciones racionales *
*
Esta sección fue escrita sólo por Lakatos poco después de concluir el resto del
artículo. Se publica aquí por vez primera. (Editores.)
En
las secciones previas se propuso una nueva solución del problema de la
superación (objetiva) del programa de Tolomeo por el de Copérnico. Este era
superior de acuerdo con los tres criterios habituales de evaluación de los
programas de investigación: progreso teórico, empírico y heurístico. Predecía
un ámbito más amplio de fenómenos; fue corroborado por hechos nuevos y, a pesar
de los elementos regresivos del De Revolutionibus, tenía una mayor
unidad heurística que el Almagesto. También mostramos que Galileo y
Kepler rechazaron el programa de Copérnico, pero aceptaron el núcleo firme
procedente de Aristarco. En lugar de comenzar una revolución, Copérnico
actuó como una comadrona en el nacimiento de un programa con el que nunca soñó:
un programa anti-tolemaico que al mismo tiempo hizo retroceder la astronomía
hasta Aristarco y la hizo avanzar hacia una nueva dinámica.
Tras
haber ofrecido una evaluación objetiva del logro de Copérnico el
historiador puede pasar a ocuparse de una segunda clase de problemas. ¿Por qué
aceptaron Kepler y Galileo el núcleo firme de Copérnico mientras que rechazaban
su heurística platónica? ¿Por qué la gente recibió su teoría en la forma en que
lo hizo?; además, ¿cuál era el problema al que se enfrentó Copérnico y cuáles
sus motivos para emprender un nuevo programa?
El
problema de los motivos y el de la recepción de la obra de Copérnico es
importante y no puede ser solucionado en términos estrictamente «internos».
Este artículo no trata de ofrecer una respuesta. Lo que defenderé es que: 1) el
primer problema puede ser enteramente resuelto sin ocuparse del segundo y con
independencia de éste, y que: 2) el segundo problema sólo puede ser
solucionado si se supone, de forma explícita o implícita, una solución para el
primero. Ello implica que para escribir historia de la ciencia, la filosofía de
la ciencia resulta primordial y la psicología y la sociología son secundarias.
Cualquier respuesta al primer problema, que es un problema filosófico,
constituye la médula de una «reconstrucción racional interna» de la historia,
sin la que no puede escribirse la historia real77.
Yo
defendí esta tesis en mi Historia de la ciencia y sus reconstrucciones
racionales, pero ahora trataré de aclarar un poco más algunas de estas
ideas.
Los
problemas mismos a los que se enfrenta el historiador están determinados
por su metodología (esto es, por su teoría de la evaluación). Los inductivistas
buscarán los fundamentos fácticos de la teoría copernicana y cuando su
desesperación les impulse a inventarlos, se plantearán el importante problema
externo de por qué fue en Europa y no en China donde se observaron ciertos
fenómenos y el de por qué en el siglo XVI y no en el X.
77
Para una definición de «reconstrucción racional», véase más abajo.
El
falsacionista buscará experimentos cruciales entre las teorías de Copérnico,
Tolomeo y Tycho y tendrá que explicar mediante mitos externos el hecho de que
los científicos aceptaran la teoría de Copérnico sin duda irracionalmente antes
del descubrimiento de la paralaje y de la aberración de la luz. El
simplicista ocultará, al menos, algunas de las complicaciones del De
Revolutionibus y después tendrá que explicar por qué razón tal simplicidad
abrumadora no convenció a Tycho, quien, después de todo, destruyó parte de tal
simplicidad de modo «irracional». El kuhniano construirá una historia referente
al monopolio de la teoría tolemaica hasta el principio del siglo XVI y
compondrá una «crisis» seguida de una «conversión inmediata»78.
Tampoco quienes adoptan la metodología de los programas de investigación
científica pueden explicar la aceptación y rechazo de una teoría sin aducir
hipótesis psicológicas adicionales. La evaluación estricta no implica,
lógicamente, aceptación o rechazo. Pero las hipótesis psicológicas auxiliares
aducidas variarán según la teoría normativa de evaluación; tal es la razón por
la que relativizo la distinción interno-externo en metodología79.
Mostraré
con algún detalle (tal vez pedante) que sólo con un criterio de evaluación no
se puede explicar la historia real de la ciencia. Tomemos la proposición P3:
«La teoría (o programa de investigación) T1 en el tiempo t era
superior a T2.» De tal proposición no se sigue «Todos o algunos
científicos aceptaron en el tiempo t que T1 era superior a T2».
Llamaré a esta proposición P2-1. Puede suceder que la primera
proposición sea cierta y la segunda falsa. Pero ahora añadamos a P3
una premisa psicológica como P2-2: «Todos) los
científicos,
ceteris paribus, aceptarán T1 con preferencia a T2
en el tiempo t, si T1 es superior a T2 en el tiempo t.» A
partir de P3 y P2-2 se sigue P2-1 dadas
algunas hipótesis psicológicas adicionales débiles80. Si T1
y T2 son programas de investigación, de la aceptación de T1
como superior (P2-1) sólo se sigue la decisión de trabajar en
T1 en lugar de hacerlo en T2 si se añaden otros supuestos
psicológicos importantes81.
Descubrimos
que en este esquema deductivo para la explicación del cambio científico hay
premisas pertenecientes al tercer mundo y premisas psicológicas. Por otra
parte, las premisas psicológicas deben ser diferentes si son diferentes las
premisas sobre el «tercer mundo». Si somos falsacionistas (o suponemos que lo
son los científicos) necesitamos una clase de teoría psicológica para explicar
el hecho de que los científicos aceptaron el copernicanismo y no la teoría de
Tycho antes de que observaran la paralaje. Pero si somos inductivistas o
suponemos que lo son los científicos, necesitamos otra clase de teoría
psicológica para explicar por qué actuaron como lo hicieron. Si creemos que las
decisiones racionales relativas a la aceptación y rechazo de los programas de
investigación se fundamentan en aplicaciones subconscientes o semiconscientes
de la metodología de Lakatos Zahar, acompañada de fenómenos de falsa
conciencia, puede que necesitemos una compleja panoplia socio-psicológica para
explicar el cambio de un programa por otro.
78
Kuhn no distingue entre evaluación objetiva (normativa) y aceptación y rechazo
(descriptivo).
79
Cf. cap. 2 más arriba.
80
Estos supuestos especificarán que se satisface la cláusula ceteris-paribus. Por
ejemplo, explicarán que el científico no interpretó erróneamente las teorías
rivales, o que disponía de los libros que contenían T1 y T2,
o que el núcleo firme del programa superior es consistente con su religión e
ideología.
81
Los índices no son completamente arbitrarios. P3
es una proposición sobre el «tercer mundo» del conocimiento objetivo de Frege y
Popper; P2-1 son proposiciones acerca del segundo mundo de
creencias, decisiones mentales y actos (cf. e. g. Popper, 1972).
Nuestra
premisa crucial sobre el «tercer mundo» («interna») de hecho define el problema
para el externalista. El esqueleto interno de la historia racional de hecho
define los problemas externos. Por ejemplo, y como ya señalé, para un
inductivista todos los problemas sobre prioridades parecerán disfuncionales;
para un seguidor de la metodología de los programas de investigación
científica, algunos de ellos pueden ser perfectamente funcionales82.
Los respectivos esquemas explicativos psicológico-sociológicos de algunas
discusiones sobre prioridades pueden ser muy diferentes. Por otra parte, si una
teoría es rechazada en razón de una única anomalía, los falsacionistas sólo
necesitan una premisa psicológica débil (algo parecido al Principio de
Racionalidad Falsacionista) para explicar el hecho como un rechazo racional.
Quienes mantienen que el principio operativo es la metodología de los
programas de investigación científica, deben crear una teoría acerca de la
falsa conciencia posiblemente muy sofisticada para explicar el rechazo como racional.
Todos
los historiadores de la ciencia que distinguen entre progreso y regresión,
ciencia y pseudociencia, tienen que usar una premisa perteneciente al «tercer
mundo» con fines de evaluación para explicar el cambio científico. Lo que yo
he llamado reconstrucción racional de la historia de la ciencia, es el uso de
tal premisa en los esquemas explicativos que describen el cambio científico. Hay
distintas reconstrucciones racionales rivales para cualquier cambio histórico y
una reconstrucción es mejor que otra si explica más de la historia real de la
ciencia; esto es, las reconstrucciones racionales de la historia son programas
de investigación cuyo núcleo firme es una evaluación normativa y que poseen
hipótesis psicológicas (y condiciones iniciales) en el cinturón protector. Los
programas de investigación historiográfica han de ser evaluados como
cualesquiera otros programas en lo que se refiere al progreso y a la regresión.
La superioridad de un programa de investigación historiográfico puede ser
juzgada analizando el éxito con que explica el progreso científico. En el caso
de la revolución copernicana todo esto era sólo un programa: la contrastación
real sólo se produce cuando la evaluación queda complementada por una
explicación completa.
Para
terminar, deseo clarificar algunas cuestiones suscitadas por las discusiones
iniciales de mi teoría.
En
primer lugar, yo no he propuesto una reconstrucción racional de la
historia en oposición a una descripción o explicación de la misma. Por el
contrario, mantengo que todos los historiadores de la ciencia defensores de
que el progreso de la ciencia es progreso del conocimiento objetivo utilizan,
les guste o no, alguna reconstrucción racional.
82
Cf. cap. 2, pp. 152-53.
Segundo:
en mi programa particular de reconstrucción racional (para el que acepte la
importante enmienda de Zahar) no hay «intento de proteger(me) de la historia
real»83. Esta acusación kuhniana probablemente procede de una broma
que tuvo escaso éxito. Hace algunos años escribí: «Una forma de señalar las
discrepancias entre la historia y sus reconstrucciones racionales es relatar la
historia interna en el texto e indicar en las notas a pié de página cómo
se «desvió » la historia real de su reconstrucción racional84.» Por
supuesto pueden escribirse tales parodias e incluso pueden resultar
instructivas, pero nunca afirmé que tal es la forma en que la historia debe
escribirse realmente y de hecho nunca escribí historia de este modo excepto en
una ocasión85.
La
acusación de Kuhn de que mi concepción de la historia «no es historia en
absoluto, sino filosofía inventora de ejemplos» es inválida. Yo defiendo que
todas las historias de la ciencia son siempre filosofías inventoras de
ejemplos. La filosofía de la ciencia determina, en gran medida, la explicación
histórica y Kuhn ha suministrado la que probablemente es la más colorista de
todas ellas. Pero, del mismo modo, toda la física o cualquier clase de afirmación
empírica (cualquier clase de teoría es «filosofía inventora de ejemplos». Esto
es un lugar común desde Kant y Bergson. Naturalmente, algunas invenciones de la
física son mejores que otras y algunas invenciones históricas son mejores que
otras. Yo ofrezco criterios estrictos con los que se pueden comparar las
invenciones rivales, tanto en física como en historia, y defiendo que mis
invenciones son más ciertas que las de Kuhn.
83 Kuhn
(1971), p. 143.
84 Cap.
2, arriba, citado y criticado en
Kuhn (1971), p. 142.
85
Utilicé generosamente este método en mi Pruebas y refutaciones, pero en
esa ocasión mi propósito era extraer un mensaje metodológico de la historia más
bien que escribir la historia en sí.
Capítulo
5
EL
EFECTO DE NEWTON
SOBRE
LAS REGLAS DE LA CIENCIA *
Las
primeras versiones de este artículo fueron escritas en 1963-64. Lakatos volvió
a trabajar en él en varias ocasiones, pero aún lo consideraba necesitado de una
revisión importante. Lo publicamos aquí por vez primera. En varios casos hemos
modificado ligeramente el texto mecanografiado de Lakatos. Hemos puesto títulos
tanto al artículo completo como a la sección 2a). Muchas de las citas eran
incompletas y no existían las referencias; las hemos completado siempre que
ello ha sido posible. (Editores.)
1.
La ruta justificacionista hacia el psicologismo y el misticismo
a) El justificacionismo y su dos
extremos: el dogmatismo y el escepticismo
Las
escuelas de la teoría del conocimiento trazan una demarcación entre dos clases
de conocimiento muy diferentes: episteme, o conocimiento probado, y doxa,
o simples opiniones. Las escuelas más influyentes, las justificacionistas1
otorgan a la episteme un lugar excesivamente alto y a la doxa uno
excesivamente bajo; en realidad, y de acuerdo con sus cánones extremados, sólo
la primera merece el nombre de conocimiento. Podemos citar a un eminente
justificacionista del siglo XVII: «Para mí conocer y tener certeza de algo son
la misma cosa: estoy cierto de lo que conozco y conozco aquello de lo que estoy
cierto. Lo que llega a ser conocimiento creo que puede llamarse certeza, y lo
que no llega a la certeza creo que no puede llamarse conocimiento2.»
O, como dice un justificacionista del siglo XX: «No podemos conocer una
proposición a menos que sea cierta en la realidad3.» Por tanto, y
según esta escuela, el conocimiento es conocimiento probado; el crecimiento del
conocimiento es crecimiento del conocimiento probado que, naturalmente, es, eo
ipso, acumulativo. El predominio del justificacionismo en la teoría del
conocimiento no puede caracterizarse mejor que mediante el hecho de que la
teoría del conocimiento llegó a ser llamada «epistemología», la teoría de la episteme.
La doxa no se consideró merecedora de una investigación seria: el
crecimiento de la doxa se consideraba como una idea particularmente
absurda, puesto que según el punto de vista justificacionista ortodoxo4
la señal del progreso era el aumento de la episteme racional y la
gradual disminución de la doxa irracional.
1
Se debe a K. Popper el reconocimiento del «justificacionismo» como una de las
tradiciones más influyentes del pensamiento europeo moderno, y el primer
análisis y crítica del mismo, cf. su clásico 1960a), pp. 30-71. En mí (1968b,
MCE, cap. 8) discutí algunos aspectos de las versiones empiristas del
justificacionismo.
2
Locke (1697), p. 145.
3
Keynes (1921), p. 11.
4
Llamo justificacionistas «ortodoxos» a los que
defienden que la doxa carece de cualquier valor; como dirían algunos
justificacionistas contemporáneos (Schlick, por ejemplo) carecen de
significado. Llamo justificacionistas «liberales» a los que atribuyen a la doxa
algún valor heurístico. Pero tanto los ortodoxos como los liberales están
de acuerdo en que no hay lugar para la doxa en el producto final.
Aunque
los justificacionistas estaban de acuerdo respecto al valor de la episteme y la
inutilidad de la doxa, discrepaban de forma importante respecto a las limitaciones
de la episteme. Prácticamente todos ellos aceptaban que la episteme
era posible, pero diferían sobre el ámbito de las proposiciones que pueden
ser probadas. Los escépticos pirronianos pensaban que ninguna proposición
puede ser probada; los escépticos académicos entendían que al menos una
proposición («no podemos conocer») puede probarse5. Estos escépticos
universales y cuasi-universales eran los pesimistas epistemológicos. Los
dogmáticos eran más optimistas. Algunos creían que se puede conocer (en el
sentido de la episteme) las verdades morales o religiosas, pero nada más6;
otros defendían que tal conocimiento podía extenderse a la lógica, las
matemáticas y a la realidad sublunar; los optimistas epistemológicos de los
siglos XVII y XVIII también prescindieron de la restricción sublunar y
confiaron en que finalmente todos los secretos de la naturaleza serían
descubiertos mediante el ejercicio de la investigación racional. Sin embargo,
hubo quien entendió que aunque podemos alcanzar el conocimiento epistemológico
sobre las leyes de la naturaleza, la religión y, tal vez, la moralidad
deben permanecer como doxas arbitrarias. La mayor parte de la historia
de la epistemología es la historia de la lucha entre escuelas
justificacionistas rivales acerca de la demarcación entre episteme, por
una parte, y doxa, el reino de la incertidumbre y del error, de la
discusión fútil e inconcluyente, por la otra7. La línea de
demarcación llegó a denominarse «limitaciones del conocimiento humano» y
el término doxa fue reemplazado por «metafísica».
Otro
problema muy importante sobre el que difieren los justificacionistas es el
problema de qué es exactamente lo que constituye episteme. Según el esencialismo8,
la episteme deben ser verdades últimas y finales (y «probar» significa
«probar que una proposición constituye una verdad última y final»). Los
esencialistas entendían que la descripción de las apariencias, por ejemplo, por
precisa que fuera, no podía llamarse conocimiento y que una argumentación en
favor de una teoría fenoménica no podía llamarse «prueba». Según algunos
filósofos la escuela de Tolomeo realizó una exactísima descripción de
los fenómenos celestes, pero tal descripción sólo fue una descripción de las
sombras de la cueva de Platón y, por perfecta que fuera, constituía doxa solamente.
5
Los escépticos pirronianos llamaban «dogmáticos negativos» a los escépticos
académicos («dogmáticos» era, naturalmente, un apodo otorgado por los
escépticos pirronianos a sus oponentes, quienes entendían que, por lo menos, algunas
proposiciones pueden ser probadas).
6
Es importante observar que el término «escéptico» fue generalmente utilizado
como un arma en la lucha entre escuelas dogmáticas rivales. Aquellos autores
cuyo interés fundamental radicaba en la religión, la moral y la política
denominaban «escépticos» a quienes lo eran en tales ámbitos aunque fueran
dogmáticos con relación a la ciencia. Quienes se interesaban por la ciencia, en
el terreno epistemológico, denominaban «escépticos» a sus oponentes
eclesiásticos. Debido a esta situación es muy importante referir los términos
«dogmático» y «escéptico» a dominios específicos.
7
La batalla más dramática se produjo entre el
dogmatismo teológico y el científico y culminó con el juicio de Galileo.
8
El término es de Popper (cf. Popper, 1945, vol. 2, cap. 11, o bien Popper,
1963a, pp. 103 y ss.). Su origen está en la afirmación de Aristóteles:
«Conocemos una cosa sólo cuando conocemos su esencia» (Metaphysics, 1031b7).
Por
tanto, la mente humana tiene sus limitaciones: sobre algunas cosas puede
conseguir la certeza (explicativa), esto es, la verdad última; sobre
otras cosas sólo puede conseguir certeza descriptiva; esto es, la verdad de los
fenómenos. Fue el mismo Newton quien dirigió la gran cruzada contra el
esencialismo, quien extendió el término «conocimiento» hasta que incluyera a
las verdades probadas sobre las apariencias, o verdades probadas que no son
verdaderamente últimas9. Llamaré «positivismo defensivo» a
esta posición de Newton10.
b)
El justificacionismo psicologista
Como
ya indiqué los dogmáticos establecen criterios muy exigentes para el
conocimiento. El dogmatismo alcanzó su cúspide en las convulsiones de las
guerras de religión del siglo XVI. Definitivamente se entendió que el
conocimiento religioso era cierto y último. Como dijo Lutero, «un cristiano...
debe tener certeza de lo que afirma o no es un cristiano»11. La
menor duda es causa de anatema: «anatema para el cristiano que no esté cierto
de lo que se supone que cree, y que no lo comprenda»12. Para
alcanzar el cielo, por tanto, se requieren conocimientos religiosos ciertos; la
duda y, por supuesto, el error, originan la condenación eterna.
En
el siglo XVII el conocimiento científico era considerado por la mayoría de sus
representantes como parte integral del conocimiento teológico: la mayor parte
de los científicos, como Descartes, Kepler, Galileo, Newton y Leibnitz buscaban
el esquema divino del universo13. Por ello también del conocimiento
científico se suponía que había de ser probado y último. Como explica
MacLaurin, la Filosofía Natural nos conduce
«al
conocimiento del Autor y Rector del universo. Investigar la naturaleza equivale
a indagar en su creación... las nociones falsas de la Filosofía Natural pueden
conducirnos al ateísmo o sugerirnos opiniones relativas a Dios y al universo
que tengan consecuencias peligrosas para la humanidad, y con frecuencia han
sido utilizadas para defender tales opiniones»14.
El
problema de si la verdad última era contingente o necesaria; esto es, si Dios
creó el mundo con entera libertad o no, constituyó una cuestión central para
los teólogos-científicos del siglo XVII. Los newtonianos defendían la primera
opción y los cartesianos la segunda.
9
Cf. abajo.
10
Cf. abajo, sec. 2a).
11
Cf. Lutero (1525), p. 603.
12 Ibid.,
p. 605.
13
Sobre la decadencia de la tradición rival, instrumentalista y falibilista de
Copérnico y otros, cf. más abajo.
14
MacLaurin (1748), pp. 3-4.
Por
tanto, la epistemología justificacionista tiene dos problemas principales15:
cómo descubrir la Verdad (última) y cómo probar que es la Verdad. La
epistemología justificacionista puede caracterizarse por sus dos problemas
principales: 1) el problema de los fundamentos del conocimiento (la lógica
de la justificación), y 2) el problema del crecimiento del conocimiento (el
problema del método, la lógica de la investigación, la heurística).
La
«lógica de la justificación» había de solucionar el problema de cómo reconocer
la verdad cuando ésta ha sido descubierta. El único paradigma del conocimiento
existente, la geometría de Euclides, estaba organizado deductivamente. Esto
sugería una solución obvia: establecer algunos cimientos de verdad (llamémosles
proposiciones básicas) y un mecanismo garantizado de transmisión de la
verdad desde tales proposiciones básicas a otras proposiciones; alguna clase de
lógica infalible. Pero ¿dónde se debían buscar las proposiciones básicas?,
¿entre las proposiciones potentes de gran contenido...? En tal caso, la luz
natural e inmediata de la intuición debe ser muy fuerte para establecerlas.
¿Debemos buscarlas entre las proposiciones más débiles y cuasi-tautológicas de
escaso contenido...? En tal caso, la lógica debe ser muy poderosa para
incrementar su contenido de verdad en el proceso de transmisión. El problema
principal de la escuela de pensamiento favorable al primer enfoque era
justificar sus proposiciones básicas; el problema principal de la
escuela que favorecía el segundo era justificar una lógica inductiva
capaz de incrementar contenidos16.
Pero
¿cómo podemos «probar» que una proposición básica es verdadera (aunque
no sea en un sentido último)?, ¿cómo podemos probar que una inferencia
es válida?
Los
dogmáticos estaban claramente divididos en esta cuestión. Algunos pensaban que
ambas cuestiones podían ser decididas haciendo que alguna mente objetiva, que
posiblemente podía ser representada por una máquina, inspeccionara las proposiciones
(o inferencias) en sí mismas {como si existieran en el «tercer mundo»)17.
Ciertamente, y como se descubrió tres siglos después, una parte importante de
la lógica podía ser revisada de este modo, al menos en un sentido débil. Pero
el sueño de Leibnitz de una máquina de decisión universal que decidiría la
verdad o falsedad de cualquier proposición nunca se ha materializado. Así fue
como los dogmáticos acudieron a un criterio distinto, psicológico, propio del
«segundo mundo»18.
15
Por supuesto, el justificacionismo no nació en el
siglo XVI. Sus orígenes se remontan a la antigüedad; después de todo, el
archidogmático fue Aristóteles y el archiescéptico fue Pyrrón. Pero para
apreciar el clima intelectual en que se originó la ciencia newtoniana es mejor
limitarse a la versión moderna del justificacionismo.
16
Esta demarcación de las dos escuelas contrasta
fuertemente con la distinción tradicional racionalista-empirista (o más bien,
intelectualista-sensacionalista). Esta demarcación tradicional se define en
términos psicologistas, mientras que la nuestra se define en términos
popperianos lógicos y objetivos que, naturalmente, entonces no existían.
17
Cf. Popper (1972), caps. 2 y 3.
18 Ibid.
Para
entender este criterio debemos recordar que los dogmáticos siempre han
mantenido que hay ciertas facultades humanas (los sentidos, el intelecto o la
aptitud para recibir comunicación divina) que, de forma separada o conjunta,
capacitan a los humanos para reconocer la verdad de lo que llamamos
«proposiciones básicas». Pero era bien sabido qué todas esas facultades pueden
errar. Por ello, los dogmáticos establecieron una teoría ad hoc: las
facultades humanas no nos engañan cuando se encuentran en un estado
«saludable», «correcto», «normal» o, como se dijo más tarde, «científico». Por
tanto, los enunciados básicos resultan probados si son aceptados como ciertos
por una mente «saludable», «correcta», «normal» o «científica». De modo que la
cuestión de si una proposición ha sido auténticamente probada o no, ha de
decidirse mediante un examen de la mente del descubridor: si es «científica»,
la proposición es aceptada.
Todas
las escuelas del dogmatismo estaban de acuerdo en que hay ciertas clases de
proposiciones que pueden ser reconocidas como verdaderas por la mente correcta.
Pero diferían sobre la clase de los enunciados básicos posibles y también
sobre lo que constituye la mente correcta. Estos dos problemas dieron
pie a dos programas de investigación dogmáticos: la búsqueda de un criterio
para las proposiciones básicas y la de un criterio para la mente correcta.
Había
dos programas importantes centrados sobre la cuestión de las proposiciones
básicas: uno era la búsqueda por parte de los empiristas de «enunciados de
la pura sensación», el otro la de los racionalistas de primeros principios a
priori.
Había
diferentes teorías sobre el criterio de mente correcta. Aristóteles y
los estoicos pensaban que la mente correcta es simplemente la que está sana
desde un punto de vista médico; según Descartes, la mente correcta es, sobre
todo, la que ha sido forjada en el fuego de la duda escéptica para encontrarse
finalmente, junto con la mano guiadora de Dios, en la soledad última del
pensamiento puro. Según los baconianos, la mente correcta es la tabula rasa desprovista
de todo contenido y dispuesta para recibir sin distorsiones la impronta de la
naturaleza. Por tanto, todas las escuelas del dogmatismo pueden caracterizarse
por la psicoterapia particular con la que preparan la mente para recibir
la gracia de la verdad probada en el curso de una comunión mística.
Puesto
que para el justificacionismo el crecimiento del conocimiento es eo ipso acumulativo,
no hay lugar para una lógica de la investigación distinta de la lógica de la
justificación; para los justificacionistas «descubrir es probar». Lo que
algunos de ellos llaman la «lógica de la investigación» o «heurística» no es
normalmente sino la psicoterapia preliminar que debe preceder al inicio del
crecimiento acumulativo del conocimiento. Este enfoque tiene dos consecuencias
que son básicas para la perspectiva justificacionista. En primer lugar, la
lógica de la investigación se convierte en una evaluación de la mente
científica, en un examen no de la investigación, sino del investigador, del que
se deduce si ha estado sometido de modo adecuado a la psicoterapia. De modo que
una mala heurística y una falsa psicología sirven como lógica de la
justificación. Segundo, si uno abandona una teoría, entonces el mismo hecho del
abandono demuestra que la teoría refutada no era realmente un resultado de la
comunión científica con la verdad, y que había fallado la psicoterapia.
Cada
cambio científico se considera entonces como una conversión de
una
fe falsa a otra verdadera, como un cambio desde un estado mental
pseudocientífico a otro científico.
c)
El falibilismo justificacionista
En
el siglo XVII muchos pensadores defendieron que los criterios
justificacionistas debían ser abandonados en asuntos importantes. El dogmatismo
en temas religiosos, morales y políticos había originado guerras crueles,
masacres y anarquía en el siglo precedente. La reacción adoptó la forma de una ilustración
escéptica y tolerante, según la cual nadie era capaz de justificar sus
propios puntos de vista de un modo tan completo como para justificar el
asesinato de un oponente en razón de su herejía: todos tenían derecho a sus
propias creencias19. La enseñanza de los antiguos escépticos sobre
la falibilidad y la suspensión del
juicio fue reavivada y discutida. Se pusieron en duda todas las pruebas;
teológicas, científicas e incluso matemáticas.
Por
otra parte, resultaba crecientemente obvio que en los asuntos humanos
ordinarios no es posible suspender el juicio por carencia de episteme: «quien
no se ponga en acción hasta saber de modo infalible que el negocio que le ocupa
va a tener éxito..., tendrá poco que hacer excepto permanecer quieto y perecer»20.
¿Por qué entonces no aceptar con los escépticos, que no puede haber episteme,
señalando al mismo tiempo, y contra ellos, que pueden existir doxas relevantes,
verosímiles, que no deben ser rechazados sólo porque no son episteme? En
el siglo XVII había muchos preparados para explorar este camino y para
desarrollar alguna clase de falibilismo. Martin Clifford, el teólogo,
escribió en 1675 que «todas las desgracias que han sido consecuencia de la
diferencia de opiniones desde la Reforma proceden enteramente de estos dos
errores: vincular la infalibilidad a aquello que consideramos Verdad, y la condenación
de aquello que estimamos erróneo»21; y Glanvill, el filósofo preferido de la Royal
Society, argumenta en el mismo año: «Si yo dijera que de nuestros
experimentos e investigaciones no debemos esperar sino gran verosimilitud y
grados tales de probabilidad que puedan obtener un asentimiento esperanzado,
esta modestia e incertidumbre no harían de mí un escéptico porque éstos
enseñaron que ninguna cosa era más probable que otra, de modo que negaron su
asentimiento a todas las cosas»22. Locke reservó el término
«conocimiento» o «ciencia» para las verdades últimas y probadas y pensó que «la
filosofía natural no puede convertirse en una ciencia»23, pero, al
contrario de los escépticos, pretendió que puede lograr «las sombras de la
probabilidad» (quería decir «la probabilidad de que fuera cierta»24).
«Siendo limitado nuestro conocimiento, deseamos algo más..., nuestro juicio
compensa la falta de conocimiento»25.
19
«Puesto que... es inevitable que la mayoría de personas, si no todas, mantengan
diversas opiniones careciendo de pruebas ciertas e indudables de su verdad,
parece conveniente que los hombres retengan la paz así como los beneficios de
la humanidad y de la amistad a pesar de la diversidad de opiniones». Locke
(1690), IV, 16, sec. 4.
20 Ibid.,
IV, 14, sec. 1, citado en Laudan (1967), p. 214, n. 12.
21
Martin Cliffofrd (1675), p. 14. Citado en Popkin (1964), p. 16.
22 Joseph Glanvill: «Of Scepticism and Certainty» (Essay
II de su [1675], p. 45).
23 Locke (1690), IV, 12, sec. 10.
24 Ibid., IV, 15, sec. 3.
25 Ibid.,
VI, 14, secs. 1 y 3.
¿Cuáles
deben ser los criterios para la doxa, para las simples hipótesis? En
este punto los falibilistas del siglo XVII no tenían que iniciar ninguna
investigación porque heredaron de la Antigüedad una teoría (la astronomía de
Tolomeo) que aunque no era considerada como una verdad última, sí que era
respetada, sin embargo, por sus éxitos predictivos o, como se decía entonces,
por su capacidad para «salvar las apariencias». Según los criterios creados
para juzgar tales «hipótesis», una hipótesis resultaba aceptable si era
consistente con los hechos. Pero ello originaba nuevos problemas. Por ejemplo,
¿qué sucede si varias hipótesis son igualmente consistentes con los hechos? Tal
situación ya se había producido con las diferentes escuelas insertas en la
tradición de Tolomeo26. Se ofrecieron dos clases de soluciones: una
fue la de Theon: adoptar la hipótesis que también fuera consistente con los
primeros principios establecidos de alguna escuela dogmática27; la
otra fue la de Tolomeo, quien sugirió elegir la alternativa más simple28.
El debate entre estas dos escuelas se prolongó en la astronomía judeo-arábiga
de la Edad Media. En un lado estuvieron Averroes y sus discípulos y en el otro
fue Maimónides el líder más importante29. En realidad algunos
dogmáticos trataron de dictaminar que tanto si existía una alternativa como si
ese no era el caso, las hipótesis debían ser congruentes con la episteme establecida.
Por ejemplo, en el siglo XVI los jesuítas aristotélicos propusieron los
siguientes criterios para la aceptabilidad de las hipótesis: deben ser
consistentes 1) con los hechos: 2) con la física aristotélica; 3) con las
Escrituras30. El segundo requisito fue abandonado más tarde y
el tercero eludido por la sugerencia de Bellarmino (que tenía por objeto
acomodar a la teoría copernicana) de que la doxa relativa a los
fenómenos no puede ser inconsistente con la episteme sobre la realidad
última. En ese caso la consistencia con los hechos (o más bien, con los
fenómenos) y la simplicidad son los únicos criterios para juzgar hipótesis.
Aunque
estos criterios eran muy poco satisfactorios, representaban un arranque
estimulante en la tarea de elaborar criterios generales para la doxa. Algunos
pensadores del siglo XVII estaban dispuestos a aceptar el escepticismo en
materias religiosas y el falibilismo en temas científicos y prácticos y creció
el interés por desarrollar algún código para evaluar la doxa no sólo en
la Filosofía Natural, sino en el Derecho, en la Historia, etc.31.
Pero este naciente escepticismo cum falibilismo pronto degeneró en una
curiosa especie de cuasi-justificacionismo. Las afirmaciones falibilistas que
acabo de mencionar no fueron seguidas por una elaboración de criterios nuevos e
interesantes para la doxa, de las reglas de aceptación, rechazo, y por
encima de todo, de comparación entre teorías falibles. Los falibilistas pronto
desarrollaron una evaluación de la doxa propia del segundo mundo; la
buena doxa es aceptada por la mente correcta, que es exactamente lo
mismo que la mente correcta del justificacionista. Pero como ellos entendían
que el criterio para la buena doxa era el mismo que el de la episteme,
la diferencia entre este falibilismo cuasi-justificacionista y el
dogmatismo era puramente verbal.
26
Para una excelente discusión del tema, cf. Duhem (1908), esp. cap. 1, pp. 14 y
ss.
27 Ibid., pp. 15-6.
28 Ibid., p. 18.
29 Ibid., cap. 2, passim.
30
Clavius (1581); analizado por Duhem, op. cit., cap. 7.
31
Cf. Popkin (1970).
Para
comprender mejor la degeneración del falibilismo temprano en un
justificacionismo, hay que recordar que los esencialistas dividían las
proposiciones en dos clases; las que constituyen verdades últimas probadas y
las otras. Debido a esta confusión básica entre la verdad, la verdad probada y
la verdad última, el problema principal del falibilismo no era tanto estimar la
distancia con relación a la verdad de una proposición (normalmente falsa), como
hace el concepto contemporáneo de verosimilitud de Popper32, cuanto
estimar la distancia entre una proposición y la verdad última. Cuando
Glanvill habla sobre grados de verosimilitud o «probabilidad», está hablando de
la distancia con relación a la verdad última. Todas las mejores clases de doxa
(como la astronomía tolemaica o copernicana) se suponen igualmente ciertas33:
la idea de que las proposiciones falsas pueden tener importantes contenidos de
verdad que pueden ser comparados, es una idea popperiana extraña a esa época.
El problema de este falibilismo temprano era el de la proximidad de las
proposiciones no con respecto a la verdad sino a la verdad última probada34.
¿Qué
hay de los escépticos marginales? Recordemos que aunque los falibilistas
estaban dispuestos a apreciar la doxa, ese no era el caso de los
escépticos. Y, sin embargo, de algún modo tenían que solucionar el problema de
la acción práctica. Pocos escépticos mantuvieron nunca que la suspensión de la
acción se sigue necesariamente de la suspensión del juicio. Ninguno de ellos
elaboró la separación entre teoría y práctica de un modo tan dramático como
Hume. Según Hume nuestros actos se fundamentan en creencias suministradas por
la naturaleza. Una creencia sobre un hecho (o sobre un juicio de valor) es el
resultado necesario de colocar la mente en (ciertas) circunstancias35.
El escéptico pretende, por tanto, que todos los enunciados fácticos «obviamente
son imposibles de demostrar»36, pero pueden ser probados
en el sentido de que pueden ser corroborados por «argumentos que proceden
de la experiencia y que no dejan lugar para la duda o la oposición»37.
32
La «verosimilitud» de Popper es la diferencia entre los contenidos de verdad y
de falsedad de una proposición. Cf. cap. 10 de su (1963a)*. El concepto de
verosimilitud ha resultado ser problemático. Consúltese Tichy (1974), Miller
(1974) y la discusión subsiguiente. (Editores.)
33
He aquí una cita característica: «Los mejores principios (con la excepción de
los divinos y de los matemáticos) no son sino hipótesis: con su ayuda sin
duda podemos concluir muchas cosas con la certeza de vernos libres de errores. Y
sin embargo, la máxima certeza sólo es hipotética. De modo que podemos afirmar
que las cosas son de tal y cual modo, según los principios que hemos adoptado.
Pero sorprendentemente nos olvidamos de ello cuando apelamos a una necesidad
de que sean así en la Naturaleza y a una imposibilidad de que sean de
otro modo» (Glanvill, 1965 [el subrayado es mío], citado en Laudan,
1967, p. 220). De modo que para
Glanvill y para la mayoría de sus contemporáneos algunas hipótesis pueden ser
enunciados que, aunque no «necesarios» (esto es, probados), sin embargo, «están
libres de errores». Laudan se olvida de esta posibilidad en su interesante
(1967).
34
Por supuesto, si uno desea reservar el término «verdad» para la verdad última y
probada, no puede decirse que las astronomías de Tolomeo y Copérnico sean
«verdad»; si, sin embargo, y por razones comprensibles, uno no desea Llamarlas
«falsas», tiene que decir que no son ni ciertas ni falsas. De modo que esta
terminología característica de los siglos XVI y XVII se debía a la
identificación de la verdad con la verdad última y probada.
35
Hume (1777), V, parte I, p. 46.
36 Ibid.,
XII, parte III, p. 164; el subrayado es mío.
37 Ibid.,
p.56, n. 1.
De
este modo las pruebas que suministra la naturaleza compensan la falta de
demostraciones de la razón y el escéptico puede aceptar y actuar de
acuerdo con sus creencias naturales probadas. En el terreno de sus
investigaciones estos escépticos huméanos mitigados son escépticos genuinos: en
el mundo exterior son hombres prácticos que se apoyan en las pruebas. Sin
embargo, el criterio para distinguir una «prueba» es psicologista, y ese psicologismo
no se puede distinguir del psicologismo justificacionista. La separación de
Hume entre teoría y práctica es, de hecho, la separación entre una teoría
escéptica y una práctica dogmática basada en «hipótesis moralmente ciertas»38.
Esta
extraña unificación de falibilismo y escepticismo bajo el signo del
justificacionismo es responsable de muchas confusiones en la historia de las
ideas. ¿Por qué se produjo? ¿Por qué el falibilismo y el escepticismo cedieron
ante el dogmatismo? La respuesta es sencilla: Newton. El éxito
newtoniano derrotó al escepticismo y al falibilismo39, revitalizó al
justificacionismo durante doscientos cincuenta años más; convirtió a la
ilustración tolerante en una ilustración militante y retrasó hasta Einstein (y Popper)
el desarrollo esencial del falibilismo genuino.
2.
Metodología versus método
en Newton
a)
El problema de Newton: el conflicto entre criterios y realizaciones
Las
grandes obras de arte pueden cambiar los criterios estéticos y las grandes
realizaciones científicas pueden cambiar los criterios científicos. La historia
de los criterios es la historia de la interacción crítica (y no tan crítica)
entre criterios y realizaciones.
La
teoría de Newton, según los criterios justificacionistas de su época, no
constituía conocimiento. O bien había que rechazar la teoría de Newton o las
reglas críticas justificacionistas habían de desaparecer para ser sustituidas
por criterios que se ajustaran a la realización. De hecho, el resultado fue un
curioso compromiso: con el nombre de «escepticismo mitigado» o «positivismo» se
estableció una versión menos exigente del justificacionismo, y con un
sorprendente lebensluge se acordó que la teoría de Newton se ajustaba de
modo excelente a tales criterios menos estrictos. La mentira se mantuvo durante
siglos.
38
El uso de este término por Descartes y los cartesianos indicaba con qué
naturalidad emergieron las ideas de Hume del cartesianismo.
39
Como dijo MacLaurin en 1748: «La variedad de opiniones y las disputas
permanentes han inducido a muchos (tanto ahora como en épocas pasadas) a pensar
que constituye un vano empeño el tratar de conseguir la certeza en el
conocimiento natural y a imputar esta situación a alguna deficiencia inevitable
de los principios de la ciencia. Pero acontece..., como hemos aprendido de Sir
Isaac Newton, que la falta radica en los filósofos mismos y no en la filosofía»
(MacLaurin, 1748, pp. 95-6).
Para
comprender el compromiso newtoniano consideremos las formas habituales de
crítica científica empleadas en el siglo XVII. Los escépticos científicos
utilizaban el método venerable de la regresión infinita de pruebas y
definiciones: se complacían en señalar las premisas supuestamente no
probadas en el argumento del oponente y exigían la prueba; apuntaban los
términos supuestamente no definidos y requerían una definición. Sin embargo,
estas críticas pronto resultaron monótonas y poco convincentes. En alguna
ocasión lograban sustituirlas por otro método: la proliferación escéptica de
teorías. Los escépticos gustaban de mostrar que las teorías que parecían
estar fuertemente corroboradas por la evidencia no eran las únicas corroboradas
por tal evidencia: cualquier hecho (o fenómeno) puede ser explicado de modos
distintos y en tal impasse epistemológico la única cosa racional que
podemos hacer es suspender el juicio. La proliferación escéptica de teorías no
busca la creación de conjeturas mejores (para el escéptico todas las conjeturas
valen lo mismo), sino que trata de desacreditar, hacer dudosas, «refutar» y
eliminar a todas ellas. Pero, de hecho, no se creó ninguna teoría capaz de
«neutralizar» a la de Newton.
Fueron
más peligrosas las críticas de los escépticos científicos, quienes eran
dogmáticos en religión. Señalaron la inconsistencia de la teoría de Newton con
la teología.
Pero
la crítica que preocupó a Newton mucho más que los ataques escépticos fue la de
sus colegas, los filósofos de la naturaleza, que eran dogmáticos en temas de su
especialidad. Nada puede ser tan amenazante para una escuela dogmática de
pensamiento como la crítica interna, porque tal crítica pone en peligro la
supervivencia de su programa de investigación. La amenaza principal procedía de
los racionalistas cartesianos. Este texto se centra (como hicieron los mismos
newtonianos) en tal amenaza.
b)
Los newtonianos contra la crítica metafísica
El
arma principal de los racionalistas cartesianos era la crítica metafísica (o
esencialista). Esta crítica apuntaba al supuesto de que sólo las verdades
últimas merecen ser aceptadas como parte del conocimiento y al de que los
rasgos generales de la estructura «esencial» del universo son reconocibles a
priori.
Los
cartesianos sabían muy bien que podemos «salvar los fenómenos» de muchas formas
distintas por medio de hipótesis diferentes. Pero sólo esto no es
ciencia. La ciencia comienza con las primeras hipótesis que realmente pueden
ser deducidas de los principios fundamentales, claros y distintos (posiblemente
con ayuda de algún modelo auxiliar plausible). De este modo la hipótesis (la
causa «mediata ») queda probada (y mediante esa prueba resulta
inteligible).
Los
cartesianos también pensaban que las causas mediatas podían ser inducidas a
partir de los fenómenos; más aún, que algunas causas mediatas sólo pueden ser
inferidas a partir de los experimentos. Pero por estimulantes que resultaran
tales inducciones preliminares, no constituyen pruebas. Y mientras no
haya pruebas el resultado sólo constituye una hipótesis y no ciencia. Los
cartesianos pretendieron que la teoría newtoniana no había sido probada, en su
sentido, puesto que no era derivable de la metafísica cartesiana.
Ya
en 1688 la primera recensión francesa de los Principia de Newton señala
que su teoría de la gravitación «no ha sido probada, por lo que la demostración
que depende de ella sólo puede ser parte de la mecánica»40. Huygens,
en una carta a Leibnitz de 1690 sobre el «principio gravitacional» de Newton,
escribe que a menudo «se preguntó cómo él (Newton) podía haberse tomado el
trabajo de realizar un número tan grande de cálculos difíciles e
investigaciones sin otro fundamento que aquel principio»41. Huygens
se opuso firmemente a la teoría de Newton. Leibnitz, en 1711, en una carta a
Hartsoeker, escribió que «el método de quienes dicen, de acuerdo con el Aristarchus
de M. de Roberval, que todos los cuerpos se atraen por una ley de la
naturaleza que Dios creó en el principio de los tiempos... (mantienen) una
ficción inventada para defender una opinión mal fundamentada»42.
Tales
críticas hacen un daño terrible al progreso de un programa de investigación.
Los programas de investigación son entidades frágiles y una crítica
excesivamente severa puede impedir que personas con talento trabajen en él y lo
desarrollen: pueden preferir trabajar para programas rivales o buscar otros
nuevos. Los problemas y las técnicas necesarias para la solución de aquellos
son muy distintos (si uno trata de explicar los fenómenos con la ayuda de) los
vórtices cartesianos (que si uno intenta explicarlos usando) las fuerzas
newtonianas, y tanto Newton como los newtonianos se desesperaron al ver
desacreditado su punto de vista. La carta de Leibnitz escrita en 1711 y
publicada en las Memoires of Literature de 1712 encolerizó a Cotes,
quien inmediatamente la puso en conocimiento de Newton43. Newton
decidió que había que hacer algo.
¿Qué
podían hacer los newtonianos...? Por supuesto, podían tratar de ofrecer una
prueba cartesiana para su teoría de la gravitación antes de continuar con su
programa de investigación. En realidad, el mismo Newton adoptó este camino.
Interrumpió el trabajo en su programa para trabajar duramente (y según él mismo
confiesa, sin éxito) durante muchos años en tal prueba cartesiana44.
Más
tarde los esfuerzos de Newton desconcertaron a sus sucesores, que habían nacido
en un mundo dominado por el crecimiento espectacular de su programa de
investigación y no por la filosofía cartesiana y que estimaban que sus
principios no sólo habían sido perfectamente probados sino que eran
completamente inteligibles y no requerían de explicaciones adicionales. Pero el
mismo Newton y sus discípulos personales nunca consideraron la teoría de la
gravitación sino como una solución intermedia.
40 Cf. Koyré (1965), p. 115.
41 Ibid., pp. 117-18.
42 Ibid.,
p. 141. Puede que convenga señalar que la crítica metafísica puede ser
formulada como una exigencia de inteligibilidad. Los cartesianos rudimentarios
(como Leibnitz) se opusieron a la gravitación newtoniana debido a que la
atracción no era inteligible en sus propios términos. Los cartesianos sofisticados
(como el mismo Newton) entendieron que había que hacerla inteligible
mediante una explicación inteligible. También cf. más abajo.
43
Cotes (1712-13).
44
Cf. e. g, Jourdain (1915).
Aún
en 1693 advertía;
«El
que la gravitación sea innata, inherente y esencial a la materia de tal modo
que un cuerpo pueda actuar sobre otro a distancia y a través del vacío, sin
mediación de cosa alguna, por medio de la cual su acción y fuerza puede
transmitirse a otra, constituye para mí tan gran Absurdo que entiendo que
ningún hombre pueda creerlo si posee capacidad de raciocinio en temas
filosóficos45.»
Newton
se esforzó mucho para convencer a sus admiradores de que no ignoraran la
crítica cartesiana. De hecho la última frase de la exposición de Pemberton de
su teoría es ésta: «El aceptar como explicación de cualquier apariencia la
noción de que existe un poder general de atracción no constituye una mejora de
nuestro conocimiento filosófico, sino más bien un punto final para la
investigación ulterior46.» Pero después de que los newtonianos
fracasaran en sus esfuerzos continuados, se convencieron de que la tarea de
«explicar» la gravedad (esto es, explicarla de modo inteligible) debía quedar
para generaciones futuras y de que su programa de investigación podía
continuar, sin embargo. La crítica metafísica como fundamento para rechazar una
teoría, o mejor, para detener o retrasar un programa de investigación, debe ser
ignorada, por tanto. Por ello, aunque aceptando que su ley podía y debía
recibir explicaciones adicionales, propuso debilitar el concepto cartesiano de
«prueba» (esto es, el criterio de aceptabilidad científica) al exigir para las
proposiciones sólo una prueba empírico-experimental y no racional-metafísica.
Esta fue la motivación crucial de la preocupación metodológica de Newton, que
creció bruscamente entre la primera y la segunda edición de los Principia: modificar
(realmente, dulcificar) los criterios de crítica de su tiempo sólo lo
suficiente para salvar su programa de investigación. Por esta razón realizó los
famosos cambios e inserciones en la segunda y tercera edición de los Principia47
y por esta razón escribió Cotes su brillante y polémico Prefacio a
la segunda edición.
La
regla metodológica nueva y más importante que Newton insertó en la segunda
edición expresa de modo muy sucinto esta modificación. Según la famosa Regla
IV, no debe permitirse que la crítica metafísica nos induzca a rechazar pruebas
inductivas:
«In philosophia experimentali Propositiones ex Phaenomenis per Inductionem
collectae, non obstantibus Hypothesibus (contrariis) pro veris aut accurate
quam proxime haberi debent, doñec alia occurrerint Phaenomena per quae aut
accuratoires reddantur aut exceptionibus obnoxiae. Hoc fieri debet ne
argumentum Inductionis tollatur per Hypotheses48.»
45 Carta a Bentley, 25 de febrero de 1693; Cf. Cohen
(1958), pp. 302-03.
46 Pemberton (1728), p. 407.
47 Para
una discusión de tales cambios e inserciones, cf. Koyré (1965), passim.
48
Newton vaciló largamente sobre si debía incluir o no la palabra «contrariis».
Finalmente decidió eliminarla (cf. Koyré, 1965, pp. 271 y ss.). Los editores
Bentley y Halley la han reinsertado, pero probablemente Koyré interpretó a
Newton de forma más errónea que los editores. Cf. más ahajo, n. 56*. La traducción de la Regla IV es: «En
la filosofía experimental debemos aceptar las proposiciones inferidas del modo
tan exacto y aproximadamente cierto como sea posible, mediante inducción
general a partir de los fenómenos, hasta el momento en que se produzcan otros
fenómenos con los que se pueda aumentar su exactitud o con los que tales
proposiciones queden sujetas a excepciones. Tal es la regla que debemos seguir:
el argumento inductivo no debe ser soslayado mediante hipótesis.» (Editores.)
Esta
regla equivale a cercenar el modelo49 cartesiano de explicación. La
escala de la ciencia (ahora se considera) que carece de límites en su cima
(esto es, puede que no podamos deducir completamente las causas de los
fenómenos a partir de ciertos principios fundamentales) y, sin embargo, aún podemos
acceder a la ciencia: los peldaños inferiores pueden ser científicos aunque aún
no exista la escala completa. El único requisito necesario es que los
«fenómenos» sean ciertos y la inducción correcta. Como dice Newton:
«Por
ello desearía que cesaran todas las objeciones fundamentadas en hipótesis o
argumentos que no fueran estos dos: una prueba de la insuficiencia de nuestros
experimentos para determinar estas Investigaciones o para probar
cualesquiera otras partes de mi teoría que apuntara los defectos y errores de
mis conclusiones que han sido obtenidas a partir de aquellos, o bien la
exposición de otros experimentos que me contradigan de forma directa, si es que
tal cosa ocurre50.»
La
primera clase de crítica aceptada por Newton es la crítica de sus premisas inductivas
(que más tarde llamó «fenómenos») y de su argumentación inductiva; la
segunda es la producción de un contraejemplo. (Esto es sorprendente. ¿No
equivale la segunda a criticar el argumento inductivo...? Pronto nos ocuparemos
de este problema.)
Pero
la Regla IV de Newton rechaza dos clases de crítica justificacionista muy
aceptadas en su época. En primer lugar, rechaza la crítica de que su teoría
carece de pruebas porque no tiene premisas cartesianas evidentes y «está
construida sin fundamentos»51. En segundo término, rechaza cualquier
crítica que argumente que su teoría no sólo carece de pruebas sino que, de
hecho, contradice a ciertos principios fundamentales a priori.
Las
dos clases de críticas (que Newton rechaza) puede que se confundieran en los
siglos XVII y XVIII. Si se interpreta la teoría de la gravitación como una
teoría última, como una teoría que atribuye (existencia real) a la fuerza de
gravitación universal, entonces ello contradice a la metafísica cartesiana
según la cual sólo existen «empujes y tirones» sin acción a distancia. Sin
embargo, si la interpretamos como una teoría intermedia, de forma que la fuerza
de atracción debe ser explicada en términos cartesianos, entonces no
contradice a la filosofía cartesiana; según esta interpretación,
«atracción» sólo es una palabra que «alude a algo real pero cuya significación
es confusa»52 y que fue elegida como un «término cómodo... para
evitar circunloquios tediosos e inútiles»53.
49
Cf. más arriba.
50
Carta a Oldenburg, de 8 de julio de 1672, reimpresa en Cohen (1959), p. 94.
51
Acerca de este despectivo comentario de Descartes sobre Galileo, consúltese
su (1638), p. 380.
52
Pemberton (1728), p. 10.
53
MacLaurin (1748), pp. 110 y ss.
Sin
embargo, la interpretación esencialista de las definiciones54 era
tan dominante en aquel tiempo que resultaba difícil comprender la segunda
postura. Por esta razón dudó Newton sobre la inclusión de contrariis en
su regla IV55. Su decisión final de eliminarla se (basó en el hecho
de que) al hacerlo otorgaba a la Regla una forma que habla claramente y de modo
sucinto contra ambas clases de críticas56.
Pero
la Regla IV de Newton tiene una implicación adicional importante. Va en contra
de la proliferación escéptica de teorías; (el hecho de que) alguien (pueda)
presentar una hipótesis alternativa acorde con todos los fenómenos pero carente
de prueba inductiva, debe rechazarse como argumento para suspender el juicio.
(Además) si alguien presenta una hipótesis tal sin prueba inductiva, aunque sea
cierta, no constituye un descubrimiento y carece de lugar en la historia de la
ciencia (descubrir es probar). La Regla IV también implica el rechazo de la
inducción hipotético-inductiva (o «eliminativa»), esto es, del método de probar
una hipótesis refutando sus alternativas: Newton entendía que este método
carecía de fuerza:
«No
puedo concebir que sea efectivo para determinar la verdad el realizar un examen
de los vatios modos mediante los que pueden ser explicados los fenómenos a
menos que pueda llegarse a una enumeración perfecta de tales modos... Como
sabéis, el método adecuado para investigar las propiedades de las
cosas... no es deducirlas por medio de la refutación de suposiciones
contrarias, sino derivarlas de los Experimentos que tengan conclusiones
positivas y directas57.»
Esta
metodología nos permite entender la irritación de Newton en su discusión con
Hooke acerca de prioridades. La disputa comenzó con la carta de Halley a Newton
de 22 de mayo de 1686 sobre la recepción de sus Principia en la Royal
Society. Halley informó a Newton de que según los comentarios de Hooke,
éste tenía «algunas pretensiones»58 respecto al descubrimiento de la
fórmula del inverso del cuadrado de la ley de gravitación. Hooke afirmaba que
Newton había tomado de él la ley y que «sólo la demostración de las curvas
generadas a partir de la ley pertenecía enteramente a Newton»59 y
confiaba en que, al menos, sería citado por Newton en el Prefacio. La
carta hacía ver, sin duda alguna, que Halley simpatizaba con Hooke. Es muy
conocida la réplica de Newton y también la segunda carta de Halley en la que
pedía a Newton que «no se dejara llevar tan lejos por su resentimiento»60;
como es sabido, Newton finalmente aceptó incluir en la primera edición la
siguiente frase: «La ley de gravitación del inverso del cuadrado se cumple para
todos los movimientos celestes, como también fue descubierto de forma
independiente por mis compatriotas Wren, Hooke y Halley*'.»
54
Sobre el «esencialismo en las definiciones», cf. Popper (1945), vol. 2,
capítulo 11.
55
Cf. más arriba, n. 48.
56
Koyré pensó que la Regla era «probablemente una alusión a los principios de
conservación de Descartes y Leibniz» (op. cit., p. 271). De modo que
Koyré se equivocó completamente.
57
Carta de 8 de julio de 1672; reproducida en Cohen (1958), p. 93.
58 Brewster (1855), vol. 1, p . 308.
59 Ibid.
60 Brewster, op. cit., p. 310.
61
Newton omitió a extranjeros como Borelli, Ballialdus y Huyghens.
Hasta
aquí cuenta Brewster la historia62. Pero los reconocimientos de
Newton no eran enteramente sinceros; pensaba que sus precursores no los
merecían: el auténtico descubridor era él. Las reglas metodológicas de la
segunda edición eliminaban, por implicación, los reconocimientos anteriores que
se había visto obligado a realizar: una hipótesis carente de prueba inductiva
experimental no constituye un descubrimiento63.
Esta
discusión muestra que hay mucha metodología condensada en la Regla IV de
Newton. Prácticamente la Regla demanda la prohibición de casi todas las
críticas posibles y, por implicación, solicita que los esfuerzos se concentren
en el desarrollo de su programa de investigación. Kuhn está muy próximo a la
verdad histórica (por lo que se refiere a este contexto particular e
importante) cuando afirma que «la ciencia comienza cuando cesa la crítica»64;
ciertamente la ciencia newtoniana comenzó cuando fueron estrangulados tanto la
crítica metafísica como los intentos de proliferar los programas de
investigación. Feyerabend correctamente acusa a la Regla IV de Newton de
monismo teórico65.
En
resumen: los metodólogos newtonianos, en general, se preocuparon por
desacreditar y eliminar las clases de crítica más peligrosas dirigidas contra
su programa de investigación. El mismo Newton previo las dificultades de actuar
de forma distinta: «Creo que un hombre debe decidir entre no aportar nada nuevo
o convertirse en un esclavo que defiende lo aportado66.» El objeto
principal de la polémica metodológica newtoniana fue persuadir a los
cartesianos a que «actúen limpiamente y no nos nieguen a nosotros la misma
libertad que reclaman para ellos. Puesto que a nosotros nos parece cierta la
filosofía newtoniana, seamos libres para aceptarla y conservarla»67.
Esta
es la razón por la que se vieron obligados, casi contra su voluntad, a oponerse
a la tiranía de los principios fundamentales, evidentes en sí mismos y
apriorísticos, y a cambiar, por ello, los criterios de la prueba y de la
crítica científica y, realmente, el concepto mismo de conocimiento.
En
un primer momento, y por razones obvias, denominé a esta concepción newtoniana
del conocimiento «justificacionismo anti-esencialista». Este término tenía
todas las connotaciones popperianas correctas pero sonaba excesivamente alemán,
de modo que, finalmente, opté por «positivismo defensivo». Este tenía la
desventaja de que el carácter «justificacionista» de esta posición no figura en
el nombre y la ventaja de que acentúa la diferencia entre el positivismo
defensivo del final del siglo XVII y el positivismo agresivo del siglo XIX y de
principios del siglo XX.
62 Brewster,
op. cit., pp. 307 y ss.
63 Es
cierto que Hooke nunca dispuso de las matemáticas necesarias para deducir la
ley del inverso del cuadrado a partir de una elipse, aunque podía haberla
deducido a partir de un círculo (cf. Bonnar y Phillips, 1957, p. 85). Pero como
en cualquier caso la fórmula completa no puede ser probada mediante las tres
leyes de Kepler, debemos rechazar esta defensa newtoniana de sus derechos sobre
la ley de la gravitación. Esta superioridad sólo puede explicarse con la ayuda
del concepto de «programa de investigación»; cf. cap. 1.
64
Cf. su (1970a), p. 6: «Es precisamente el abandono del discurso crítico lo que
señala la transición a la ciencia.»
65
Cf. su (1970c).
66
Newton (1676).
67
Cotes (1717), p. XXVII.
El
primero constituyó un intento de eliminar la presión de los «principios
fundamentales» y de defender la investigación de bajo nivel motivada
empíricamente; el segundo pretendía eliminar enteramente los «principios
fundamentales» y destruir cualquier investigación de nivel elevado y
motivaciones metafísicas. (Me pareció importante acentuar esta separación,
dados los esfuerzos conocidos de los positivistas agresivos para identificar
ambas tendencias haciendo de Newton uno de sus precursores.)
c)
La noción de Newton de la prueba experimental y su «credo quid absurdum»
El
positivismo defensivo de Newton se dirigió contra un aspecto único, aunque
importante, del justificacionismo de su tiempo. Pero aunque se negó a aceptar
que una teoría está probada sólo si está probada mediante premisas
«apriorísticas de nivel elevado»68 (por usar la jocosa expresión de
Pope) pensaba, sin embargo, que en la ciencia sólo hay lugar para las
proposiciones probadas. Pero sus criterios de prueba científica («las pruebas
experimentales») eran más débiles que las de los aristotélicos-cartesianos.
Examinemos más de cerca estos criterios.
El
tema más interesante que sorprende al lector es que Newton no creía que sus
«pruebas experimentales» fueran tan decisivas como las pruebas cartesianas.
Realmente, y según él, «la argumentación a partir de experimentos y
observaciones, mediante inducción, no constituye una demostración de las
conclusiones generales»69, aunque la prueba inductivo-experimental
«es la máxima evidencia con que puede contar una proposición en (mi) filosofía»70.
Tras
estas afirmaciones no debe sorprendernos el que Newton nos advierta de que sus
pruebas válidas pueden tener «excepciones» o, como ya mencionamos, el que
invite a realizar dos clases distintas de críticas a sus pruebas
inductivas; la que consiste en examinar sus premisas y la validez de sus
inferencias, y la que actúa por medio de contraejemplos71. ¿Cómo
explicar esta extraña dicotomía y el supuesto implícito de que una prueba
experimental puede ser válida y conducir, sin embargo, a conclusiones falsas?
68 The Dunciad, libro IV, I, p. 471.
69
Query 31 en su (1717), p. 404.
70
Newton (1713), p. 155.
71 a . e. g. Newton (1672), p. 94.
La
solución más obvia parece ser la que más tarde propuso Hume72. La
posición de Hume puede describirse como la sugerencia de que una prueba válida
inductivo-experimental no es una relación del tercer mundo entre dos
proposiciones, una cierta A, y otra correctamente derivada, B, sino una
relación psicologista entre una creencia «cierta» en A y otra creencia «cierta»
en B, esta última estableciéndose mediante una «operación de la mente» que
conduce de A a B y que obtiene la aprobación absoluta de una mente científica73.
Pero
en este caso resulta claro que no existen garantías de que los argumentos
válidos, determinados por las leyes de la mente científica, suministren
proposiciones ciertas. En este caso puede suceder que tengamos dos
proposiciones inconsistentes, A y B, y que ambas estén fundamentadas mediante
pruebas experimentales válidas. Según Newton, los fenómenos siempre son ciertos
y lo peor que puede suceder a una «generalización inductiva» es que el «dominio
de validez» de una afirmación inductiva «cierta» deba ser restringido mediante
excepciones74.
El
psicologismo inherente al concepto de Newton de prueba experimental le sitúa en
la categoría del falibilismo justificacionista75: los criterios de
Newton son los del falibilismo justificacionista. No son criterios propios del
tercer mundo, sino criterios psicologistas. La prueba de los fenómenos queda
garantizada por la «ausencia de tendencias especulativas», «la minuciosidad» y «la
habilidad para la experimentación»; la prueba de la generalización inductiva
está garantizada por la «prudencia» y «sagacidad» del teórico76; estas
pruebas podrían llamarse «pruebas del pedigree»77. Las leyes
de Kepler quedaban probadas por la «Habilidad» de Kepler como observador; las
de Newton, por la «sagacidad» de Newton para realizar inferencias inductivas.
72
Cf. más arriba.
73
Deseo distinguir entre conceptos psicológicos, claramente pertenecientes
al segundo mundo, como «creencia» y conceptos psicologistas como
«creencia racional» en el sentido de «creencia de una mente clara». Mientras
que la psicología puede definirse como la teoría de la mente, el psicologismo
es la teoría de la mente «sana», «normal», «clara», ideal», «vacía»,
«purgada», «sin prejuicios», «objetiva», «racional» o «científica».
74
Ciertamente Newton pretendió que su ley de gravitación era cierta. En su
recensión anónima del Commercium epistolicum escribe sobre sí mismo:
«Uno se maravilla de que la teoría de Mr. Newton fuera desacreditada porque no
explica mediante hipótesis las causas de la gravedad; como si fuera un crimen
contentarse con la certeza y prescindir de lo incierto.» Discutí esto en detalle
en mi (1963-64), especialmente en la Parte II.
75
Cf. más arriba.
76
Por cierto, la asociación de teoría y falibilidad es muy
reciente; originalmente «teoría» era sinónimo de «teorema».
77
Cf. Popper (1963a), pp. 25 y ss., y Agassi (1963), pp. 12 y ss.; se trata de la
exposición clásica de este concepto por Popper y de la excelente elaboración
del mismo por Agassi, que cuenta con ilustraciones históricas.
Pero
la afición de Kepler a la especulación y, por ello, su escasa fiabilidad como
observador, eran ya demasiado conocidas (como para que se creyera esta
explicación); también se sabía que Kepler había producido otras muchas leyes
(así, que «los cometas se mueven en línea recta», o bien sus leyes musicales
del firmamento)78 que los newtonianos nunca se molestaron en
mencionar. Por tanto, tenían que explicar por qué razón tres de las múltiples
leyes de Kepler eran consideradas como «el fundamento sólido e indestructible
de la astronomía moderna»79. Y lo consiguieron mediante la teoría de
la conversión (temporalmente estricta) de Kepler, que de un Saulo especulativo
pasa a ser un Pablo inductivista merced a la influencia de una carta de Tycho
Brahe. En esa carta Brahe aconsejaba a Kepler que abandonara la especulación en
favor de las observaciones80. (Kepler, según la continuación de la
historia, hizo precisamente lo que se le pedía y por ello sus) tres leyes no se
fundamentan en teorías de ninguna clase sino que constituyen resúmenes de
hechos observados81.
Por
supuesto, las tres leyes de Kepler eran falsas y para 1686 ya era pública su
falsedad; esto es, se sabía que los planetas no se mueven en elipses perfectas82,
que los cambios en las velocidades de Júpiter y Saturno no se ajustaban a
la «segunda ley»83 y que también el movimiento de la luna era
muy distinto del previsto en un modelo kepleriano simple84. La mente
de compartimentos estancos de Newton no puede quedar mejor caracterizada que
mediante la contrastación de Newton, el metodólogo que decía derivar sus leyes
de los fenómenos de Kepler, y Newton, el científico, quien sabía perfectamente
que sus leyes contradecían directamente a tales fenómenos. Recordemos su
enunciado claramente condicional del tipo «como si» indicativo de que su
derivación sólo se aplicaba a un modelo rudimentario de sistema planetario con
un sol fijo y con planetas que no se atraen entre sí: «si el sol
no se moviera y los planetas no actuaran unos sobre otros, sus
órbitas serían elipses que tendrían al Sol en su foco común y que describirían
áreas proporcionales al tiempo»85.
78
Kepler (1619).
79
Tributo de Argo a Kepler, cf. W. C. Rufus (1931), p. 34.
80
Tycho, en la carta, y como nos dice el mismo Kepler, recomendaba a Kepler
«establecer en primer término un fundamento sólido para sus puntos de vista
mediante las observaciones reales y tratar, a partir de éstas, de alcanzar las
causas de las cosas». Según Brewster, «gracias a la magia de esta filosofía
baconiana anticipada en unas líneas, Kepler abandonó por algún tiempo sus
especulaciones de visionario»; «por algún tiempo», esto es, durante el tiempo
suficiente como para descubrir sus tres leyes sobre el movimiento planetario
(Brewster, 1855, I, p. 265).
81
Lamb (1923), p. 231.
82
El mismo Kepler advirtió en 1625 que las órbitas de Saturno y Júpiter no
son elipses.
83 Halley
menciona en 1676 que Saturno había reducido su velocidad y que Júpiter la había
aumentado desde los tiempos de Kepler.
84
Halley, de nuevo, quien gustaba de contrastar observaciones antiguas, observó
que la Luna se acelera con el transcurso de los siglos.
85
Esta es la segunda frase que sigue a la Proposición
XIII, Teorema XIII del Libro III de los Principia (el subrayado es mío),
p. 421. Es irónico que el teorema sea la misma frase repetida en el modo
categórico una vez eliminadas las cláusulas condicionales.
Los
condicionales son dramáticamente contrafácticos: la tercera ley de la dinámica
de Newton impide la existencia de un sistema planetario con un Sol en
reposo (i.e., sólo con fuerzas heliocéntricas y sin fuerzas que actúen desde
los planetas hacía el Sol) y la teoría newtoniana de la gravitación universal impide
la existencia de un sistema planetario en el que sólo existan fuerzas
heliocéntricas y no interplanetarias, Pero entonces es falsa la afirmación de
Feyerabend, según la cual Newton, adoptando los Fenómenos como fundamento de su
teoría, «convierte a una parte de la nueva teoría en su propio fundamento»86;
Newton convierte a la negación de su nueva teoría en su propio
fundamento.
Por
cierto, una de las razones por las que los newtonianos no se preocuparon por
esta situación absurda fue que les preocupaba más la falta de pruebas de
sus Fenómenos que su falsedad. Recordemos una vez más que en el siglo XVII
ambas eran acusaciones igualmente serias. Las leyes de Kepler relativas
a los planetas implicaban que la Tierra y los planetas se desplazan en una
órbita alrededor del Sol; los eclesiásticos insistieron en la falta de pruebas
de esta afirmación. Estoy convencido de que por ello Newton comienza a exponer
sus Fenómenos por los planetas «circunjoviales» y «circunsaturnales» (Fenómenos
I y II) y deja los planetas primarios para el Fenómeno III: los enunciados
sobre los dos primeros estaban mucho mejor probados por las observaciones telescópicas
de Galileo. Realmente si se examinan cuidadosamente los Fenómenos II, IV y V,
éstos no enuncian las leyes de Kepler referentes a los planetas
primarios. Kepler era un copernicano convencido en el sentido de que supuso un
sol fijo y un universo heliocéntrico. El punto de partida de Newton es más
débil: su Fenómeno III establece que los «cuernos», análogos a los lunares, de
los planetas primarios, prueban que éstos circundan al Sol tanto si el Sol se
mueve alrededor de la Tierra como si no; sus Fenómenos IV y V afirman
explícitamente que los enunciados sobre los períodos y las áreas barridas por
los radios desde los planetas al Sol, son independientes de que el Sol se mueva
alrededor de la Tierra o la Tierra alrededor del Sol87. Para probar
(de forma aproximada) las leyes de Kepler en sus interpretaciones
heliocéntricas originales, descubrió que necesitaba, por lo menos, una
«hipótesis» no probada: que «el centro del sistema del mundo es inamovible».
Añade a su famosa Hipótesis I: «Esto es aceptado por todos, mientras que
unos pretenden que la Tierra y otros que el Sol está fijo en aquel centro.»
86
Consúltese su fascinante (1970c). Sobre este artículo, cf. también y más abajo,
n, 98.
87 Citaremos
ambos: Fenómeno TV: «Permaneciendo inmutables las estrellas fijas, los
períodos de los cinco planetas primarios y (tanto del Sol alrededor de la
Tierra, o) de la Tierra alrededor del Sol son proporcionales a sus
distancias medias desde el Sol elevadas a 3/2» (p. 404; el subrayado es mío); Fenómeno
V: «Por tanto, los planetas primarios, con los radios trazados a la
Tierra, describen áreas en modo alguno proporcionales a los tiempos; pero las
áreas que describen con los radios trazados al Sol son proporcionales a los
tiempos descritos» (p. 405, el subrayado es mío).
Pero
si uno acepta esta proposición, reconocidamente hipotética, la heliocentricidad
del universo, como prueba Newton, se sigue lógicamente: con esta soberbia
exhibición de diplomacia Newton aceptó que la heliocentricidad es hipotética
pero fundamentada en una hipótesis muy, muy débil (esto es, muy plausible)88.
Esto
por lo que se refiere a los «enunciados básicos» de Newton: los Phenomena. Pero
incluso si los Phenomena fueran enunciados ciertos, ¿se seguiría
lógicamente la teoría de Newton a partir de ellos? La ley del inverso del
cuadrado realmente se sigue del modelo que consiste en un Sol fijo y un planeta
único (o en varios planetas que no interaccionan). Pero en la ley de
gravitación de Newton hay mucho más que la relación del inverso del cuadrado:
la ley de Newton involucra masas gravitacionales89. ¿Cómo puede
ser que una conclusión, deductiva o inductiva, inferida válidamente, contenga
términos (esenciales) no incluidos en las premisas? ¿Cómo puede merecer un
asentimiento indeclinable?
Pero
si ninguna teoría puede ser probada mediante los fenómenos, entonces el
criterio de demarcación de Newton entre teorías probadas y no probadas se viene
abajo y cualquier teoría no refutada es igualmente buena. En tal caso, ¿actuó
racionalmente al rechazar su propia explicación cartesiana de la gravitación?
¿Por qué estaba tal teoría menos probada que su ley de gravitación de bajo
nivel?
La
combinación esquizofrénica de la demencial metodología de Newton, que descansa
en el credo quid absurdum de la «prueba experimental» y del maravilloso método
newtoniano, sorprende al lector como si se tratara de una broma. Pero nadie
se rió desde la derrota de los cartesianos hasta 1905. La mayoría de los libros
de texto proclamaron solemnemente que, en primer lugar, Kepler «dedujo» sus
leyes «de las precisas observaciones de los movimientos planetarios realizadas
por Tycho Brahe»; después, Newton «dedujo» sus leyes de «las leyes de Kepler y
la ley del movimiento», pero también «añadió» la teoría de las perturbaciones
como triunfo final90. Esta antigualla filosófica lanzada por los
newtonianos contra sus críticos coetáneos para defender «sus pruebas» a
cualquier precio, fue aceptada como ejemplo de sabiduría eterna en lugar de ser
tomada por el subproducto carente de valor que realmente era.
88
Koyré explica por qué califica Newton de «hipótesis» a la tesis sobre la
inmovilidad del centro del universo, al afirmar que Newton, sin duda, sabía
perfectamente que después de todo podía ser enteramente falsa» (Koyré, 1965, p.
40; el subrayado es mío). ¿Lo sabía? En este caso Koyré utiliza la expresión
«sin duda» como resumen de la frase compleja «aunque yo no tengo argumentos
evidencia que apoyen este supuesto completamente arbitrario».
89
Parece que Leibnitz percibió esto: «Estoy decididamente a favor de la filosofía
experimental pero Mr. Newton se aleja mucho de ella cuando pretende que toda la materia es pesada (o que cada
porción de materia atrae a cualquier otra porción), lo que ciertamente no ha
sido probado mediante experimentos» (Carta al Abbé Conti de finales de 1715;
citada en Koyré, 1965, p. 144).
90
Esta fraseología ha sobrevivido hasta hoy entre los físicos; cf. e. g. Simón
(1960), pp. 132-33. Pero para muchos de ellos se trata de mucho más que
fraseología: Max Born defiende que «el hecho de que la ley de Newton sea una
consecuencia lógica de las leyes de Kepler, constituye la base de toda su
filosofía de la ciencia» (Born, 1949, p. 129).
Los
newtonianos falsificaron a placer la historia del pensamiento para poder apelar
a las supuestas autoridades: fueron ellos quienes inventaron el mito del Gran
Conflicto entre Bacon y Descartes y pretendieron, con falsedad, haber seguido
estrictamente el método de «análisis-síntesis»91, esto es, el método
largamente venerado, de la Geometría Euclidiana, de la «única ciencia que (con
anterioridad a Newton) Dios había otorgado a la humanidad»92. En
realidad algunos atribuyeron este método al mismo Newton:
«Para
proceder con toda seguridad y para concluir para siempre las discusiones,
propuso que en nuestras investigaciones sobre la naturaleza se emplearan ambos
métodos, el de análisis y el de síntesis, en el orden adecuado;
debíamos comen2ar por los fenómenos o efectos y, a partir de ellos, investigar
las fuerzas causas que operan en la naturaleza; tal es el método de análisis:
proceder desde las causas particulares a las más generales hasta concluir en la
más general de todas. Una vez conocidas esas causas, después descender de forma
contraria y, a partir de ellas, como principios establecidos, explicar todos
los fenómenos que son sus consecuencias, y probar nuestras explicaciones: esa
es la síntesis93.»
(Los
newtonianos sugirieron que los cartesianos ignoraban el análisis pero,
de hecho, análisis y síntesis desempeñaban precisamente la misma función en el
modelo cartesiano.)
Antes
de concluir esta sección debemos mencionar que los newtonianos afirmaron que
una vez que habían probado sus teorías mediante los hechos por medio del
análisis, podían predecir hechos nuevos e insospechados que sobrepasaban
ampliamente a las premisas experimentales originales de la «síntesis».
Insistieron en que su teoría «conducía al conocimiento de cosas tales que,
antes de su descubrimiento, hubiera sido calificado de locura el conjeturar que
nuestras facultades pudieran llegar tan lejos»94. De modo que
el modelo newtoniano de investigación-prueba-explicación95 ha de ser
modificado.
Pero
los newtonianos no exigieron explícitamente que una teoría debía implicar
fenómenos nuevos para que fuera satisfactoria; sorprendentemente, fueron
Huygens y Leibnitz, sus adversarios, quienes por primera vez formularon
explícitamente este requisito. Y parece ser que ningún newtoniano se preocupó
nunca sobre este rasgo sorprendente de su lógica: los hechos que constituirían
el punto de partida del análisis (por ejemplo, las leyes de Kepler) eran
inconsistentes con algunos de los hechos probados a partir de ellos al final de
la síntesis. Lo que era perfectamente aceptable en el «análisis» era, de hecho,
rechazado en la «síntesis».
91
Para una discusión del método euclidiano de «análisis-síntesis», cf. mi
(1963-64), p. 10, n. 2; p. 243, n. 1; y p. 308, n. 3. La forma flexible pero
falible de análisis-síntesis perteneciente a las matemáticas informales, que
discuto en la Parte IV de mi (1963-64), es similar al análisis-síntesis de
Newton.
92 Hobbes (1651), parte I, cap. IV, p. 22.
93 MacLaurin (1748), pp. 8-9.
94 Pemberton
(1728).
95
Cf. arriba. Allí indico que este modelo es una inversión del modelo
cartesiano original.
Duhem
fue el primer autor que rompió el mito de los fundamentos newtonianos y de la
«lógica» inductiva. Sus dos capítulos sobre la «Crítica del Método Newtoniano»
en su obra clásica The Aim and Structure of Physical Theory, publicada
en 1905, contienen una crítica brillante y demoledora que exhibe algunos de los
esqueletos de la alacena newtoniana. Resulta increíble que esta crítica fuera
ignorada hasta que fue resucitada por Popper y su escuela. Popper, en su
cruzada contra el inductivismo, reavivó y mejoró los argumentos de Duhem en dos
artículos publicados en 1948 y 195796. Estos artículos fueron tan
ignorados como el texto de Duhem; finalmente Feyerabend, quien adoptó su idea
central en 196297, les dio amplia difusión.
¿Cómo
explicar el extraño hecho de que nadie, antes de Duhem, aceptara el reto de
Newton a sus críticos y encontrara deficiencias en sus premisas y en la validez
de sus argumentos? En los siglos XVII y XVIII creo que la explicación radica en
que la gente estaba acostumbrada a enjuiciar las teorías fundamentalmente
mediante la crítica metafísica. Por ello, y entonces, la batalla
se refería a los criterios mismos de la crítica: se criticó a Newton porque su
teoría era «ininteligible» y no se preocuparon de si era válida o no según los
criterios propuestos por Newton. Newton ganó la batalla referente a los
criterios. Pero para entonces el éxito sin precedentes y auténticamente
milagroso de su programa de investigación creó un ambiente religioso tal98,
o si se quiere, tal deseo de subirse al carro del vencedor, que la hipocresía
del credo quid absurdum se aceptó de forma simple y natural.
d)
Los newtonianos y la crítica empírica
De
modo que los newtonianos afirmaron que utilizaban «fenómenos» (proposiciones
supuestamente establecidas mediante experimento) como premisas de sus pruebas
experimentales, como evidencia verificadora del máximo poder. Pero ¿estaban
dispuestos a aceptarlos como evidencia refutadora? ¿En qué circunstancias
hubieran estado preparados para abandonar su programa de investigación?
La
relación entre teoría y contraejemplo es una de las partes más oscuras de la
metodología newtoniana: sobre este tema tenían más confusión que sobre
cualquier otro.
Cuando
criticaban las teorías de sus adversarios eran falsacionistas ingenuos y,
además, muy agresivos. Por ejemplo, Newton afirmó que «la hipótesis de los
vórtices es absolutamente irreconciliable con los fenómenos astronómicos»99.
96
Popper (1948) y {1957a).
97
Feyerabend (1962). Desgraciadamente esta exposición a pesar de sus méritos no
es, en muchos aspectos, tan buena (y ciertamente no es tan clara) como las
exposiciones originales de Duhem y Popper. A pesar de todo, algunos reputados
filósofos de la ciencia (que obviamente desconocían a Popper y a Duhem y que
curiosamente tampoco vieron las referencias de Feyerabend a ambos) la aclamaron
como «el principal desarrollo epistemológico» de 1962 (cf. e. g. Hesse, 1963,
p. 108).
98
Este ambiente está espléndidamente descrito en el ya citado Feyerabend (1970c).
99 Cf.
el fin del Libro I de los Principia. Por supuesto, los mismos
«fenómenos» (por ejemplo, las leyes de Kepler) eran igualmente irreconciliables
con la teoría de Newton. Sin embargo, sirvieron durante un siglo para probar la
teoría de Newton y para refutar la de Descartes.
El
argumento cartesiano fue ridiculizado por Cotes en el Prefacio de la segunda
edición de los Principia. Pero la «refutación» de Newton fue dudosa; la
teoría origina] de los vórtices de Descartes era tan vaga y oscura que
resultaba irrefutable en términos estrictos. Por ello, Newton en primer lugar
la mejoró, le confirió precisión al desarrollar una aguda versión hidrodinámica
de la misma, y todo ello para probar que era inconsistente con las leyes de
Kepler (de las que, por cierto, sabía que eran falsas), por lo que pidió que
fuera rechazada. Pero Huygens en 1688 y Leibnitz en 1689 observaron
correctamente que Newton sólo refutaba una versión particular de la hipótesis
de los vórtices; resulta fácil defender una nueva versión que resulta inmune a
la crítica de Newton100. Por otra parte, John Bernouilli, en 1730,
obtuvo el premio de la Academia Francesa con un tratado en el que se explicaban
los fenómenos celestes con ayuda de los vórtices cartesianos. El Abbé de
Molieres dijo incluso haber refutado la teoría matemática de los vórtices de
Newton y se apuntó algún éxito. Realmente de Molieres pretendía probar la
teoría de la gravitación de Newton a partir de una versión de la teoría
cartesiana de los vórtices101. Voltaire tenía razón al quejarse, en
su obra de 1738, de que «aún quedan filósofos apegados a sus vórtices de
materia sutil; dispuestos a reconciliar tales vórtices imaginarios con las
verdades demostrables (de Newton)»102; después de todo, él
mismo reintrodujo vórtices «no-cartesianos» en la mecánica celeste103.
John Stuart Mill creía la afirmación de Newton de que su teoría de la
gravitación refutaba la teoría cartesiana de los vórtices: Whewell
correctamente menciona esto como un ejemplo de la incultura de Mill104.
Sin
embargo, los newtonianos, cuando sus propias teorías estaban bajo el fuego de
la crítica empírica, adoptaron una indiferencia sofisticada y rara vez
parecieron preocuparse. Según las reglas de
Newton: «Si no aparece excepción en los fenómenos, puede afirmarse la
conclusión con generalidad. Pero si algún tiempo después los experimentos
revelaran alguna excepción, puede pasar a ser afirmada con las excepciones que
vayan ocurriendo»105.
Pero
los newtonianos tenían pocas dudas de que su programa finalmente digeriría
todas las «excepciones», lo que requería mucha confianza en él, porque las
«excepciones», «anomalías» y «ejemplos recalcitrantes» abundaban. Por ejemplo,
resulta característico que nadie pensara que el hecho, muy conocido, de que las
colas de los cometas parecen repelidas más que atraídas por el Sol, constituía
una refutación de la teoría de Newton, aunque era reconocido como un problema
(o «puzzle», como diría Kuhn) del programa de investigación de Newton.
100
Cf. Ko5rré (1965), especialmente pp. 117 y 136.
101 Cf. Brunet (1931), vol. I, cap. III.
102 Voltaire (1738), p. 235.
103 Ibid., pp. 320-23.
104 Whewell (1856), p. 261. Whewell
lo expresa con gran elegancia: cita a Mili sin mencionar su nombre, y afirma
que la gran resistencia de las teorías a la refutación es «desconocida por
quienes sólo conocen ligeramente la historia de la ciencia». También cf. más abajo.
105
Newton (1717), p. 404. Sobre esta tradición de «eliminación de excepciones»,
cf. mi (1963-4), especialmente p. 124.
Halley
confiaba en que su solución se incluiría en la primera edición de los Principia.
Mientras ésta aún se hallaba en la imprenta, escribió a Newton: «No dudo de
que esto pueda inferirse de sus principios con la misma facilidad que los otros
fenómenos, pero una proposición o dos relativas al problema completaría la
belleza y perfección de su teoría de los cometas»106. Aunque Newton
no contestó, ningún newtoniano se preocupó demasiado por ello.
La
misma tranquilidad se desplegó ante las muchas divergencias entre la teoría
newtoniana de la luna y las observaciones. Tales divergencias fueron
consideradas como problemas, pero pocos pensaron que algo estaba mal en el
programa de investigación; más bien había que culpar a los investigadores. La
«teoría de la luna de Newton» de hecho fue publicada por primera vez muchos
años después de la primera edición de los Principia, en 1702 y en el Astronomiae,
Physicae et Geometricae Elementa, de David Gregory. Allí se afirma que la
teoría de Newton «concuerda muy aproximadamente con los fenómenos
probados mediante las muchas observaciones de la Luna realizadas por el famoso
Mr. Flamsteed»107. Pero debemos recordar que los newtonianos nunca
permitieron que la autoridad de las observaciones prevaleciera sobre su
programa de investigación; con ayuda de su heurística positiva produjeron una
teoría tras otra con el fin de acomodar los contraejemplos108;
frecuentemente ignoraron del todo la evidencia observacional contraria; sabían
que no sólo las teorías deben ser constantemente contrastadas mediante las
observaciones, sino también las observaciones por medio de las teorías. Sus
«mejores observaciones» (una expresión muy frecuente en la literatura
newtoniana) eran las que corroboraban sus programas de investigación»109.
Esto se desprende de la correspondencia entre Newton y Flamsteed. Flamsteed,
primer astrónomo real, era un inductivista auténtico y nada esquizofrénico;
retrasó el trabajo de Newton y de sus asociados más que cualquier otra persona
al impedir que dispusieran de los resultados de las observaciones de la Luna
que había realizado. Al principio Newton y Flamsteed se escribían con
frecuencia, pero pronto se alarmó Flamsteed por la utilización que hacía Newton
de sus propios datos como fundamento de teorías lunares, la primera docena de
las cuales habían terminado en la papelera de Newton110.
106
Halley (1687), p. 474.
107 Gregory
(1702), p. 332.
108
Sobre la diferencia entre teoría y «programa de investigación», y la idea de
«heurística positiva», cf. cap. 1.
109
Por ejemplo, MacLaurin escribe que Kepler «se concedió la libertad de imaginar
varias... analogías que carecen de fundamento en la naturaleza y que han sido
refutadas por las mejores observaciones» (MacLaurin, 1748, p. 51; el
subrayado es mío).
110
Las «papeleras» eran unos depósitos utilizados en el siglo XVII para la
eliminación de las primeras versiones de los manuscritos a los que la
autocrítica (o la crítica privada de amigos cultos) eliminaba a la primera
lectura. En nuestra era de explosión de publicaciones la mayoría de la gente
carece de tiempo para leer manuscritos y la función de la papelera la
desempeñan las revistas científicas.
Se
quejó a su amigo Lowthorp en 1700 en estos términos:
«En
una ocasión (Newton) había elaborado tablas lunares para apoyar sus supuestas
leyes, pero cuando las comparó con los cielos (esto es, con las posiciones
observadas en la Luna), descubrió que se había equivocado y se vio obligado a
prescindir de ellas. Yo le había suministrado más de 200 observaciones que,
seguramente, son suficientes como para controlar cualquier teoría; como ha
alterado y acomodado su teoría hasta que diera cuenta de esas observaciones, no
es sorprendente que al final pueda reproducirlas; con todo, está más en deuda
con esas observaciones que con sus especulaciones sobre la gravedad que le han
inducido a error111.»
Pero
no menciona a Lowthorp, que algunas de sus observaciones también
terminaron en la papelera. Por ejemplo, Newton le visitó el 1 de septiembre de
1694, cuando estaba exclusivamente dedicado a su teoría lunar, y le pidió que
reinterpretara algunos de sus datos porque contradecían a su teoría,
explicándole exactamente cómo debía hacerlo. Flamsteed obedeció a Newton y le
escribió el 7 de octubre de 1694: «Después de que vino a mi casa examiné las
observaciones que empleé para determinar las ecuaciones máximas de la órbita de
la Tierra y teniendo en cuenta las posiciones de la Luna en cada momento... he
descubierto que (si como usted estima, la Tierra se inclina hacia el lado en
que se encuentra la Luna en cada momento) puede reducirlas en 20»112.
De modo que Newton criticó y corrigió constantemente las sólidas teorías
observacionales de Flamsteed. Por ejemplo, Newton enseñó a Flamsteed una teoría
del poder refractario de la atmósfera que era mejor que la aceptada por
Flamsteed y que corregía sus «datos» originales. Se comprende la constante
humillación y la furia creciente del gran observador que veía que sus datos
eran criticados y mejorados por un hombre que, como él mismo reconoció, no se
dedicaba a realizar observaciones113.
Para
1700 Newton y Flamsteed ya habían finalizado su correspondencia, pero
anteriormente Newton dedicó muchas líneas a corregir los datos de Flamsteed
explicándole con mucha paciencia que su teoría (la de Newton) «sería una
demostración de su exactitud... Sin tal teoría que los patrocine serán
incorporados al montón de observaciones de astrónomos anteriores hasta que
aparezca alguien que, al perfeccionar la teoría de la Luna, descubra que estas
observaciones son más exactas que las otras». «Pero (advertía Newton) esto sólo
puede conseguirlo alguien que comprenda la teoría de la gravedad tan bien o
mejor que yo»114. De esta carta se desprende con claridad que los
newtonianos medían la exactitud de las observaciones con ayuda de su teoría;
cuando afirman que: «algunas observaciones y hechos obvios contradicen
constantemente las audaces especulaciones (de los cartesianos)»115,
la expresión «algunas observaciones y hechos obvios» significa las
consecuencias muy corroboradoras de su programa. Cuando los hechos parecen
contradecir sus teorías, hacen lo posible para «reemplazar las deficiencias de
los sentidos con una imaginación bien administrada»116. Lo que sigue
es un ejemplo del respeto newtoniano por los hechos (cuando tal respeto les
favorecía).
111
Baily (1835), p. 176.
112
Cf. Brewster (1855), vol. 2, p. 168 (el subrayado es mío),
113 Cf. Newton (1694).
114 Ibid., pp. 151-52.
115 MacLaurin (1748), p. 90.
116
MacLaurin, op. cit., p. 17.
MacLaurin
escribe que, puesto que:
«el
conocimiento (del filósofo) de la naturaleza se fundamenta en la observación de
cosas sensibles, debe comenzar por éstas y volver a ellas a menudo para
examinar con su ayuda los progresos realizados. Tal es su seguro refugio, y si
cuando se aleja de él no señala cuidadosamente sus pasos, corre el riesgo de
perderse en el laberinto de la naturaleza»117.
También
es interesante que la acusación de Flamsteed según la cual Newton manipuló su
teoría para adaptarla a los datos es similar a la acusación de Cotes contra los
cartesianos, según la cual después de que Newton «hubiera probado
suficientemente y con las mejores razones» que «los fenómenos en modo alguno
pueden ser explicados mediante los vórtices» aún «despilfarran su tiempo
remedando una ficción ridícula y adornándola con sus nuevos comentarios
personales»118.
Teniendo
en cuenta esta discusión, resulta irónico que Newton se quejase de que los
principios fundamentales cartesianos hubieran sido considerados como
«revestidos de tan gran autoridad que no resultarían refutados por las
observaciones contradictorias ni por las consecuencias extravagantes a las que
conducen»119. Entre paréntesis; no olvidemos con relación a las
«consecuencias extravagantes» que, según la teoría newtoniana original, las
perturbaciones de nuestro sistema planetario conducían a la catástrofe con una
velocidad dramática; los newtonianos solucionaron este problema afirmando que
de tiempo en tiempo Dios restaura el equilibrio del sistema. Los cartesianos
replicaron que tal postura difama la acción de Dios y a esto contestaron los
newtonianos que su Dios es un Dios activo y no muerto como el de los
cartesianos. Finalmente, Laplace probó que la restauración ocasional del
equilibrio puede explicarse dentro de las coordenadas del programa de
investigación newtoniano, sin la hipótesis ad hoc de Dios. (Pero como
demostró Poincaré, aunque la solución de Laplace no era ad hoc, tampoco
era final.)
Volviendo
a la controversia entre Newton y Flamsteed, podemos preguntarnos ¿quién tenía
razón?, ¿quién no la tenía? ¿Tenía razón Newton con relación a Flamsteed y
también Cotes con respecto a Leibnitz? Tal es el consenso actual: ¿por
qué?, ¿por qué aceptamos en la actualidad que el progreso newtoniano era
«auténtico» mientras que el progreso cartesiano consistía en «ficciones sobre
ficciones»120.
117 Ibid.,
p. 18. Por cierto, si el análisis-síntesis newtoniano es un modelo de
prueba e investigación, ¿por qué este zig-zag?
118
Cotes (1717), p. XXVIII
119
MacLaurin (1748), p. 94.
120 Ibid.
La
confusa metodología de Newton no suministra respuesta alguna. ¿Había alguna
justificación racional para aceptar las leyes de Kepler como «fundamentos» de
la teoría newtoniana y como «refutación» de la de Descartes? ¿Qué racionalidad
había, si es que había alguna, para no dejar que la ola de anomalías barriera
de la escena al programa newtoniano?121, ¿o sólo se trataba de fe
religiosa? ¿Fue una conversión religiosa la sustitución de los vórtices
cartesianos por el vacío de Newton?, ¿o se trataba de un cambio en la moda
intelectual?
Los
newtonianos no prescindieron de todas las refutaciones. Según Cajori, las
razones principales por las que Newton no publicó su teoría de la gravitación
desde 1666 (cuando dedujo la relación del inverso del cuadrado a partir de las
leyes de Kepler) hasta 1687, fue que un falso «informe observacional» sobre la
longitud de un arco sobre la Tierra le hizo estimar que su teoría era falsa y,
en realidad, llegó a abandonarla122. Aun cuando la historia sea
falsa, podría haber sido cierta. Pero entonces, ¿cuál es la diferencia
entre una refutación auténtica y docenas de anomalías inofensivas?123.
Es inútil buscar la respuesta en los escritos de Newton. En una carta del 8 de
julio de 1672 Newton escribió a Oldenburg que «aceptaría los experimentos que
contradijeran directamente (su teoría)» como objeciones válidas. Pero si sus
experimentos básicos eran correctos, e impecables las conclusiones
inductivas derivadas de ellas, tal cosa no podía suceder, por supuesto; la
cláusula de escape «directamente» convierte su afirmación en una frase vacía.
Los newtonianos no tenían criterios para el abandono de una teoría a la luz de
la evidencia contraria, como tampoco los tenían para el abandono de una teoría
sin evidencia contraria124. Pero, de hecho, rechazaron algunas
teorías en ambas clases de situaciones. ¿Fue su decisión completamente
irracional o había un método oculto en su absurda metodología?
121
En Whewell (1837) se puede encontrar una larga lista de anomalías; el extenso
capítulo «Sequel to the Epoch of Newton» no es sino la fascinante historia de
la guerra de los newtonianos contra las anomalías. También se obtiene
información sobre los «hombres de poca fe» que, como Euler y Clairaut,
desistieron, ensayaron enfoques alternativos y cuya deslealtad fue finalmente
humillada por las victorias de los newtonianos ortodoxos.
122
Voltaire nos cuenta esta «anécdota curiosa» que, en su opinión, prueba «la
sinceridad con que actuaba Sir Isaac en su búsqueda de la verdad» (Voltaire,
1738, pp. 197 y ss.).
123
Por cierto, muchos creen que el mito de la conducta anómala del perihelio de
Mercurio fue la última anomalía de la teoría newtoniana y que fue solucionada
por la teoría de Einstein. Pero el perihelio de Mercurio es sólo menos anómalo
en el contexto de la teoría de Einstein que en el de la de Newton. Por otra
parte, la teoría de Einstein heredó muchas de las anomalías newtonianas.
Por ejemplo, la oscilación de Chandler. Tanto la teoría de Newton como la de
Einstein predicen una oscilación de la Tierra rotante cada 300 días
aproximadamente: desgraciadamente tal oscilación se produce cada 428 días.
124
Cf. más arriba, sección 2a).
¿Cuándo
y en qué circunstancias abandonarían los newtonianos su posición y emprenderían
un nuevo programa de investigación? ¿Cuándo el cúmulo
de problemas sin resolver llega a generar una «crisis» en la que pueden
explorarse alternativas? Voltaire concluyó sus famosos Elementos de la
filosofía de Newton en 1738 «confesando» la existencia de un conjunto de
problemas no resueltos; pero ello no conmovió su fe, proclamada en la
Introducción, en que «sólo hay un camino que conduce a la Verdad» y ese es el
de Newton. Si se sigue tal camino «la mente humana asciende de unas verdades a
otras»125. MacLaurin en 1748 no dudó en afirmar que «la filosofía de
Newton, fundamentada en el experimento y la demostración, no puede fracasar
mientras no cambie la razón ni la naturaleza de las cosas»126 y
añadió que «lo único que Newton dejó por hacer a la posteridad fue observar los
cielos y computar, según ellos, los modelos».
Pero
dos años antes de que escribiera MacLaurin, Clairaut descubrió que el progreso
del apogeo de la Luna es, en realidad, doble del que se deduce de la teoría de
Newton, y propuso un término adicional para la fórmula de Newton que consistió
en el inverso de la cuarta potencia de la distancia (parece ser que MacLaurin
nunca conoció este hecho o tal vez simplemente lo ignoró, puesto que nunca
mencionó la existencia de problemas no resueltos). Pero resultó que el cálculo
matemático de Clairaut estaba equivocado y, de hecho, más tarde se encontró un
cálculo correcto entre los manuscritos de newton no publicados. Sin embargo,
persistió una pequeña discrepancia: la «aceleración secular». En 1770 la
Academia de París estableció un premio para la solución de este problema. Euler
ganó este premio con un ensayo en el que primero concluía que «parece haberse
establecido mediante evidencia indisputable que la desigualdad secular del
movimiento de la Luna no puede ser producida por las fuerzas (newtonianas) de
gravitación» y proponía una fórmula rival que de nuevo involucraba un término
adicional, lo que, en una continuación del tema publicada un año después, trató
de explicar mediante la resistencia del éter cartesiano. Con todo, Laplace en
1787 probó que el problema puede solucionarse mejor en el seno del
programa de investigación newtoniano. Adelantó el argumento de que la
«brillantez del programa de Newton consiste precisamente en que convierte cada
dificultad en una nueva victoria. Ese es, afirma Laplace, «el síntoma más
seguro de la verdad»127.
125
Voltaire (1738). p. 241.
126
MacLaurin (1748), p. 8. Por cierto, obsérvese la salvedad psicologista del
enunciado. ¿Por qué habrían de cambiar las leyes ciertas de los cielos debido a
un cambio de la razón humana?
127
Laplace (1824). Hay que mencionar aquí que la autoridad de newton estranguló el
desarrollo de la filosofía newtoniana en Gran Bretaña. Los problemas no
resueltos se discutían libremente y de forma agresiva en Francia, donde existía
un programa de investigación rival, pero no en Gran Bretaña, donde no existía
ninguno; además, la superior notación de Leibnitz del cálculo infinitesimal
suministró a los científicos continentales un medio más apto para resolver los
enormes problemas matemáticos. (Es característica la diferencia entre los
textos de Voltaire y MacLaurin: el primero termina con las anomalías; el
segundo nunca las menciona.)
¿Cometieron
Clairaut y Euler un error metodológico (como probablemente diría Kuhn) al
ensayar programas de investigación alternativos para solucionar los problemas
newtonianos de modo que desperdiciaron tiempo, energía y talento? ¿O fue
Poincaré quien se equivocó (como probablemente dirían Popper y Feyerabend)
aferrándose a la teoría de Newton en lugar de atreverse a avanzar hacia la
teoría especial de la relatividad cuando ésta estaba a su alcance?
La
metodología de Newton no suministra respuesta para ninguna de estas preguntas.
e)
Las dos herencias de Newton
Newton
dejó al mundo su programa de investigación científica y sus criterios para
juzgar tales programas. El impacto de este logro esquizofrénico en la historia
del pensamiento fue tremendo. Newton puso en marcha el primer programa
importante de investigación científica de la historia humana; él y sus
brillantes discípulos establecieron en la práctica los rasgos básicos de
la metodología científica. En este sentido se puede afirmar que el método de
Newton creó la ciencia moderna128.
Por
otra parte Newton heredó su epistemología de una era dominada por la teología y
el justificacionismo; aunque modificó la versión dominante
aristotélico-cartesiana, siguió siendo un prisionero de tal tradición. El problema
metodológico fundamental de los newtonianos, según la formulación clásica
de Pemberton, era «cómo mantenerse en una vía intermedia entre el método de
las conjeturas... y el que exige una prueba tan rigurosa que convierte a toda
la filosofía en simple escepticismo y excluye cualquier perspectiva de realizar
progreso alguno en el conocimiento de la naturaleza129. Pero
la solución newtoniana de este problema, aunque mejor que la cartesiana, era,
sin embargo, muy débil. La confusión, la pobreza de la teoría de Newton
sobre los éxitos científicos contrasta de forma dramática con la claridad y
la riqueza de su éxito científico. Su teoría sobre las razones por las
que rechazó la teoría cartesiana de los vórtices y aceptó su propia teoría de
la gravitación, era completamente absurda. Pero el éxito increíble de su
programa de investigación obligó a los seguidores de su filosofía a defender su
teoría acerca de su éxito y acerca de la derrota de sus rivales. Los
primeros newtonianos fueron confusos e inconsistentes en metodología. Sin
embargo, los vulgarizadores posteriores que no podían seguir el desarrollo del
programa de investigación newtoniano, pero que conocían su propaganda,
seleccionaron las consignas más primitivas y las organizaron en un subconjunto
consistente y colorista.
128
Por supuesto no negamos que se apoyaba en los logros de Galileo.
129
Pemberton (1728), p. 23.
Después,
tales consignas primitivas originaron muchos proyectos filosóficos (rivales en
ocasiones) y, especialmente, dos programas de investigación fundamentales:
hallar un fondo firme, una base empírica indudablemente cierta para la
ciencia, bajo la forma de «sensaciones puras» o, si tal cosa no se conseguía,
bajo la forma de proposiciones básicas convencionales (con mezcla de teoría) de
alguna clase; en segundo lugar, solucionar el problema de cómo deducir-inducir
válidamente las leyes de la naturaleza a partir de esa base empírica. El primar
programa de investigación originó la psicología filosófica justificacionista
y los programas de «reduccionismo» (lingüístico) y de establecimiento de un
«lenguaje observacional, neutral, libre de teoría» del positivismo lógico130.
El segundo programa de investigación creó la lógica inductiva131.
En este sentido se puede afirmar que así como el método de Newton creó la
ciencia moderna, la teoría del método de Newton creó la filosofía de la ciencia
moderna.
Más
aún: la peor parte de la teoría del método de Newton fue erigida en el
recetario para las disciplinas subdesarrolladas y, especialmente, para las
ciencias sociales. El newtonismo, predicado por autores de escasa cultura como
John Stuart Mill, quien nunca leyó a Newton, ejerció una poderosa
influencia para mantener en su subdesarrollo a las ciencias subdesarrolladas132.
La
influencia del éxito newtoniano alcanzó incluso al pensamiento político. Creó
una auténtica euforia entre los dogmáticos; antes de Newton el problema era si
resultaba posible o no alcanzar episteme; después de Newton el problema
pasó a ser cómo llegar a la episteme y cómo extenderla a otras áreas del
conocimiento. Sin apreciar este cambio no es posible comprender el pensamiento
del siglo XVIII. La lucha relativa al reconocimiento de la mecánica celeste de
Newton como episteme fue larga, pero una vez conseguido ese
reconocimiento, toda la atmósfera intelectual experimentó un cambio tremendo.
Gran parte del pensamiento del siglo XVIII estuvo determinado por dos
acontecimientos fundamentales del siglo XVII que tuvieron efectos contrarios.
Uno fue el enorme caos y sufrimiento creados por las guerras entre católicos y
protestantes. Los descubrimientos de Newton fueron el otro. La reacción con
respecto al primero fue la ilustración escéptica y tolerante: no había
modo alguno de obtener una verdad probada sobre las cuestiones esenciales, por
lo que cada uno tendría derecho a sus creencias. El exponente mejor conocido de
esta postura fue Bayec.
130
Por cierto, puede que convenga mencionar que el carácter propio del «tercer
mundo» del programa carnapiano tiene su origen en Popper. Originalmente Carnap,
un típico escéptico-dogmático, se situó en la postura del solipsismo
metodológico, y deseaba establecer proposiciones básicas al nivel del segundo
mundo, bajo la forma de «enunciados protocolarios» neurathianos: «A las nueve vi...».
Fue Popper quien en 1932 le convenció para que sustituyera los «enunciados
protocolarios» del segundo mundo por «enunciados básicos» del tercer mundo.
131
Sobre el cambio regresivo del problema de la lógica inductiva, cf. MCE, cap. 8.
132
Uno siente la tentación de afirmar que Newton creó dos culturas: una que
desarrolló su método y otra que «desarrolló» su metodología.
La
reacción con respecto al segundo, la ilustración dogmática intolerante: la
luz de la ciencia {que había de extenderse a todas las parcelas del
conocimiento humano) habría de disipar las tinieblas prenewtonianas y también
las eclesiásticas133. El dirigente de este movimiento fue el
newtoniano Voltaire134. La influencia de la ilustración dogmática
intolerante pronto superó a la de su rival escéptica y tolerante, e hizo que
germinaran las nociones de la democracia totalitaria. El escepticismo
científico, derrotado por Newton, degeneró en psicologismo humeano y se alió
con el dogmatismo: si la razón humana no sanciona la obra de Newton, la naturaleza
humana debe hacerlo. Así, el estudio de la naturaleza humana (constante,
externa, universal) nos conducirá a una teoría de las «sanas» (y monolíticas)
creencias.
Por
tanto, la influencia del éxito newtoniano fue, posiblemente, la influencia más
poderosa experimentada por el pensamiento moderno. Con todo, no trato, en este
artículo, de rastrear toda esa historia: mi atención se centra (si es que no se
limita por necesidad) en el problema planteado para la filosofía del
conocimiento.
Se
puede afirmar que la filosofía de la ciencia entre 1687 y 1934 consistía
principalmente en dos escuelas que pueden ser caracterizadas de forma óptima
por su evaluación de la teoría de la gravitación de Newton. Una de ellas,
sucesora de los dogmáticos (tanto de la variedad empírica como racionalista)
pretendía haber probado o poder probar que los hechos de Newton eran hechos
y que la argumentación de Newton que partía de los hechos para llegar a la
teoría era válida en algún sentido objetivo, propio del tercer mundo. La otra
escuela, los sucesores de los escépticos, afirmaba que la teoría de Newton no
puede ser (o puede que no llegue a ser) objetivamente probada, pero su éxito
final (un hecho sólido) puede ser explicado en términos psicológicos, propios del
segundo mundo. Los dogmáticos intentaban probar demasiado; los escépticos
querían explicar demasiado, porque la teoría de Newton era falsa. Pero el hecho
de que la teoría de Newton fuera falsa (y que como tal fuera reconocida más
tarde) no convierte en un pseudo-problema a la cuestión de probarla o de
explicar la inevitable aceptación de la misma. Tales investigaciones no
conducen necesariamente a cambios regresivos de problemática. Del mismo
modo que una secuencia de proposiciones falsas generadas heurísticamente puede
implicar un número creciente de interesantes proposiciones verdaderas, una
secuencia, generada heurísticamente, de problemas incorrectamente planteados,
puede contener la solución de un número creciente de problemas planteados
correctamente. Algunos de aquellos pocos que pudieron seguir, en alguna medida,
el método real de Newton, y no sólo su metodología, fueron capaces, al tratar
de resolver tales problemas, de reducir en algunos pasos la brecha que separa
la metodología profesada por Newton y su método real, aunque no comprendieron
que el problema mismo había de ser cambiado. Los tres filósofos que
contribuyeron más a este proceso fueron Adam Smith, Whewell y LeRoy.
133
Un tercer factor importante fue el descubrimiento de tierras distantes que
operó en ambos sentidos.
134 Si
este análisis es correcto demuestra la ineptitud de la interpretación marxista
de la historia del siglo XVIII.
Sin
embargo, el cambio crucial de problemática sólo llegó cuando la teoría de
Einstein de hecho había superado a la de Newton: ahora el problema ya no era
explicar el éxito de la teoría victoriosa de Newton, sino de la teoría
derrotada y también explicar la derrota. Popper fue el primero en considerar el
problema de este modo y por ello preludió una nueva época de la filosofía.
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