Libro No. 317. El Relato Del Pariente Pobre y otros relatos. Dickens, Charles.
Libro No. 317. El
Relato Del Pariente Pobre y otros relatos. Dickens, Charles. Colección Emancipación Obrera. Mayo 5 de 2012
Título
original: Versión Original: © El Relato Del Pariente Pobre y otros relatos. Dickens, Charles.
Colección Emancipación Obrera. Mayo 5 de 2012
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B. E. O. de Imágen:
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
El Relato Del Pariente Pobre Y Otros Relatos
Charles
Dickens
El Relato Del Pariente Pobre
No deseaba en absoluto tener la prioridad entre tantos
miembros respetables de la familia, y comenzar la serie de historias, que cada
uno aportaría a su turno, mientras estaban sentados cerca del hogar de
Navidad. Modestamente sugirió:
-Sería más correcto que John, nuestro estimado
anfitrión (a cuya salud brindara) tuviese la amabilidad de iniciar la serie.
Porque en lo que a él se refiere, estaba tan poco acostumbrado a tomar la
iniciativa que, realmente...
Pero, como todos exclamaran a un tiempo que él debía
comenzar y estuvieran completamente de acuerdo en que él podía y debía iniciar
la serie, dejó de frotarse las manos, acomodóse en el asiento y dijo así:
-No dudo de que sorprenderé a todos los miembros de
nuestra familia aquí reunidos, y en particular a John, nuestro estimado anfitrión,
a quien debemos la noble hospitalidad que nos brinda en este día, con la confesión
que voy a hacer. Pero si ustedes me honran, al sorprenderme ante cualquier detalle
que se refiere a una persona de tan poca importancia en la familia como yo lo
soy, sólo puedo asegurarles que seré escrupulosamente sincero en mi relato.
Yo no soy tal como se supone debe ser. Soy
completamente distinto. Tal vez, antes de ir más lejos, debiera echar un
vistazo hacia lo que sospecho que todos opinan de mí.
Se supone, a menos que esté equivocado, cosa muy
probable, y los miembros de la familia aquí reunidos me corregirán (llegado
ahí, el pariente pobre miró con indulgencia a su alrededor) que no soy más
enemigo que de mí mismo; que nunca tuve éxito en nada; que fracasé en los
negocios porque era inepto e ingenuo y no estaba prevenido contra los planes
interesados de mi socio; que fracasé en el amor porque era ridículamente
confiado al considerar imposible que Christiana
pudiese engañarme; que fracasé en mis esperanzas con respecto a tío Chill,
debido a mi falta de sagacidad en asuntos mundanos; que a través de mi
existencia fui, por lo común, defraudado y engañado. Que sea en la actualidad
un solterón entre los cincuenta y nueve y sesenta años de edad, viviendo con
una renta limitada, en forma de pensión trimestral, respecto de lo cual
observo que John, nuestro estimado anfitrión, desearía que no hiciera ninguna
otra alusión.
La suposición acerca de mis presentes ocupaciones y
costumbres es para el efecto subsiguiente:
Vivo en Claphan Road, en una muy limpia habitación
interior de una casa respetable, donde no se me espera durante el día, a no ser
cuando estoy enfermo, y a la que comúnmente abandono a las nueve de la mañana,
con el pretexto de mis ocupaciones comerciales. Me desayuno con panecillos,
manteca y café, en un antiguo establecimiento cerca del puente de Westminster,
y luego entro en la ciudad, sin saber la razón exacta; visito el café Garraway
y después el Change; sigo mi camino y frecuento algunas oficinas y escritorios
donde varios de mis parientes y amigos son muy buenos al tolerarme y
permanezco cerca de la chimenea, si la temperatura es desapacible. El día transcurre
así, hasta las cinco de la tarde; entonces ceno por un desembolso que, por lo
común, alcanza a un chelín y tres peniques. Disponiendo de varias monedas aún
para gastar en algún pasatiempo vespertino, entro en el antiguo café, al volver
a casa, donde pido mi habitual taza de té y tostadas, también a veces. Luego,
cuando la manecilla larga del reloj recorre su camino y señala una hora
avanzada, emprendo el camino de regreso y me acuesto en mi dormitorio frío,
pues encender la chimenea ocasiona gastos y la familia se opone por ser motivo
de suciedad y molestias.
En ocasiones, alguien entre mis parientes o amigos es
tan cortés como para invitarme a cenar. Estos son días de fiesta, y entonces
suelo pasear por el parque. Soy un hombre solitario y raras veces paseo con
alguien. No es que se me evite por vestir ropas raídas, pues siempre dispongo
de un traje negro de buena apariencia; pero hablo en voz baja, y a causa de ser
más bien taciturno y de humor melancólico, comprendo que no soy un compañero
atrayente.
La única excepción a la regla, la constituye el hijo
de mi prima, el pequeño Frank. Siento un afecto especial por ese niño y él me
corresponde en igual forma. Es una criatura tímida por naturaleza; en un grupo
pasaría inadvertido y sería prontamente olvidado. El y yo, en cualquier
forma, marchamos de perfecto acuerdo. Imagino que el pobre niño me sucederá en
la singular situación que ocupo en la familia. Hablamos muy poco, pero aun así
nos entendemos mutuamente. Paseamos tomados de la mano, y sin muchas palabras,
adivina mis pensamientos y yo sé lo que él discurre. Cuando era muy pequeño
solía llevarle a contemplar vidrieras de jugueterías; es sorprendente la rapidez
con que comprendió que yo le hubiera obsequiado largamente si estuviera en condiciones
de hacerlo.
El pequeño Frank y yo solemos visitar los monumentos;
le gustan mucho, así como también los puentes y todos los paseos al aire
libre. Con motivo de mi cumpleaños cenamos un bistec[1] y luego, con entradas de favor, vamos a alguna
función de teatro, que nos interesa mucho. En una ocasión, mientras paseaba
con él por Lombard Street, lugar que solemos visitar con frecuencia (le gusta
mucho esa calle, tal vez debido al hecho de haberle mencionado la existencia
de grandes riquezas allí), un caballero me interpeló al pasar: "Señor, su
hijito ha perdido el guante". Yo les aseguro, si es que excusan esta
observación en tan trivial circunstancia,
que la accidental alusión al niño, considerándole como mío, me emocionó
en tal forma, que hizo brotar lágrimas tontas en mis ojos.
Cuando sea enviado a un colegio, estaré perplejo, sin
saber qué hacer conmigo mismo, pero tengo la intención de llegarme hasta allí
una vez al mes y visitarle durante la tarde de algún feriado. Me comunicarán
que estará jugando en los brezales, y si mis visitas fueran objetadas por
perturbar al niño, podría verle desde lejos, sin que él note mi presencia. Su
madre, descendiente de una familia muy noble, no aprueba, lo sé, que pasemos
tanto tiempo juntos. También sé que no tengo probabilidades de mejorar su
retraimiento; pero pienso que me echaría de menos más allá de la emoción del
momento, si nos separan por completo.
Cuando muera en Claphan Road, no dejaré en el mundo
mucho más que lo que he obtenido de él, pero el caso es que poseo la miniatura
de un niño sonriente, con la cabellera rizada y chorrera de encaje ondeando
sobre el pecho (fue mi madre quien la ordenó hacer, aun cuando yo no puedo
creer que fuera parecido alguna vez) y que carecerá de valor si se vende, pero
que podré solicitar se le entregue a Frank. Le he escrito una carta breve, en
la que le digo que me siento muy triste por separarme de él, aunque estoy
moralmente obligado a confesar que no conozco el motivo por el cual debo
permanecer en este mundo. Le he dado algunos consejos, los que encontré, para
advertirle acerca de las consecuencias de no ser enemigo de nadie más que de
sí mismo; y me he esforzado por consolarle de lo que temo considere una pérdida
muy sensible, señalándole que soy un ser superfluo para todos menos para él, y
que habiendo fracasado por distintos medios en encontrar un lugar en esta gran
asamblea, estaré mejor lejos de ella.
Esta (continuó el pariente pobre aclarando su garganta
y comenzando a elevar la voz) es la impresión general acerca de mi persona.
Ahora, la circunstancia notable que constituye el blanco y el objeto de mi
historia, es que todo resulta completamente falso. Esta no es mi vida y estos
no son mis hábitos. Jamás viví en Claphan Road y estoy rara vez allí.
Vivo la mayor parte del tiempo en un (estoy casi
avergonzado de pronunciar la palabra, pues suena muy llena de afectación) en
un castillo. No quiero decir que sea la mansión de un barón, pero es una
construcción conocida por todos como el castillo. En él guardo los detalles de
mi historia, que se deslizan así:
-Fue cuando tomé como socio a John Spatter (quien fue
mi escribiente) y cuando era todavía un joven de unos veinticinco años,
mientras vivía en la casa de mi tío Chill, respecto a quien tenía grandes esperanzas,
cuando me atreví a solicitar a Christiana en matrimonio. Amé a Christiana durante
mucho tiempo. Era muy hermosa y encantadora por todos conceptos. Yo sentía
cierta desconfianza por su madre viuda, a quien suponía de una mentalidad
interesada, pero trataba de mejorar esta opinión en homenaje a Christiana.
Nunca amé a nadie más que a ella y ella constituía todo mi mundo, y mucho más
aún, desde mi tierna infancia.
Christiana me aceptó con el consentimiento de su
madre, y fui entonces verdaderamente feliz. Mi vida, en casa de tío Chill, era
mezquina e insulsa, y mi bohardilla, tan oscura, desnuda y fría como la celda
más alta de alguna austera fortaleza en el Norte. Pero, dueño del amor de
Christiana, no deseaba nada más sobre la tierra. No hubiera cambiado mi suerte
por la de ningún ser humano.
Desgraciadamente, la avaricia era el defecto principal
de tío Chill. A pesar de su riqueza, ahorraba, acumulaba y vivía
miserablemente. Como Christiana carecía de fortuna, tuve miedo de confesarle
nuestro compromiso, mas, al fin, le escribí una carta, narrándole la pura
verdad. La puse en sus manos una noche, al irme a acostar.
Al bajar a la mañana siguiente -temblando a causa del
aire frío de diciembre, que en la casa de mi tío, sin ninguna clase de calefacción
resultaba mayor que en la calle, donde el sol de invierno solía brillar a
veces, y que, en cualquier forma era animada por rostros alegres y voces que
pasaban de largo- llevaba un peso en el corazón al atravesar el comedor largo
y de escasa altura donde estaba mi tío sentado. Era una habitación enorme con
un fuego escaso en la chimenea, y donde había una ventana saliente en la que
la lluvia había dejado por la noche marcas semejantes a lágrimas de desamparados.
Miraba sobre un patio desnudo con pavimento de rajadas baldosas y con algunas
rejas oxidadas y resquebrajadas, hacia donde daba una horrible dependencia accesoria,
que antes fuera cuarto de operaciones (en la época del gran cirujano que
hipotecó la casa a mi tío).
Nos levantábamos siempre tan temprano que, en esa
época del año, tomábamos el desayuno iluminados por la luz de una vela. Cuando
penetré en la habitación, mi tío estaba tan contraído por el frío y tan
acurrucado en su silla, que no lo divisé hasta haberme acercado a la mesa.
En el momento en que le alargaba la mano, tomó su
bastón (sintiendo ya los síntomas de la vejez lo usaba como apoyo) y me dijo
sin contemplaciones:
-¡Eres un imbécil!
-¡Tío! -contesté-. No esperaba verte tan enojado como
ahora. Ni lo hubiera supuesto, a pesar de ser un anciano de mal corazón y
peor genio.
-¿No lo esperabas? -dijo-. ¿Cuándo has esperado algo
en tu vida? ¿Has hecho cálculos alguna vez o miraste al futuro siquiera, perro
despreciable?
-¡Esas son palabras muy duras, tío!
-¿Palabras duras? ¡Plumas con que apedrear a
semejante idiota! ¡Ven aquí, Betsy Snap, y examínalo!
Betsy Snap, nuestra única criada, era una anciana seca
y amarilla y de áspero rostro, siempre ocupada a esa hora del día en frotar las
piernas de mi tío. Al ordenarle que me mirase, apoyó su puño magro sobre la
cabeza de ella, que estaba arrodillada a su lado, y la volvió hacia mí. Un
pensamiento involuntario, que relacionaba a ambos con el cuarto de
disecciones, cruzó mi mente en medio de mi ansiedad.
-¡Mira a ese marica llorón! -dijo mi tío-. ¡Mira al
chiquillo! ¡Este es el caballero de quien la gente comenta que no es enemigo
más que de sí mismo! ¡Este es el caballero que no sabe decir no! Este es el
caballero que obtuvo tan inmensas ganancias en sus negocios que necesitó un
socio para el futuro. ¡Este es el caballero que tomará por esposa a una mujer
sin un penique y que cae en manos de Jezabeles que especulan con mi muerte!
Ahora comprendo cuán grande era el furor de mi tío;
porque nada menos que ese estado, casi fuera de sí mismo, le hubiera inducido
a revelar esa palabra concluyente, que tanto le repugnaba y que nunca
expresaba, ni aun era insinuada, de ningún modo, en su presencia.
-Sobre mi muerte -repitió como si me desafiara, al
desafiar la aversión que él mismo sentía hacia este nombre-. ¡Sobre mi muerte,
mi muerte! Pero yo arruinaré la especulación. ¡Come por última vez bajo este
techo y ojalá te ahogues!
Ya pueden suponer que no sentía mucho apetito por un
desayuno al que era convidado en tales términos, si bien ocupé el lugar de
costumbre. Comprendí que sería repudiado en adelante por mi tío, mas aun así
podría sufrirle perfectamente, siendo dueño del corazón de Christiana.
El vació su tazón de pan y leche como de costumbre,
con la diferencia de que lo colocó sobre sus rodillas, y alejó la silla de la
mesa donde estaba sentado. Cuando concluyó, apagó con cuidado la vela, y la
mañana fría, triste y gris cayó sobre nosotros.
-Ahora, señor Michael -dijo-, antes de separarnos
desearía conversar con esas damas en su presencia.
-Como guste, señor -contesté-, pero se engaña y es
cruelmente injusto para con nosotros si supone que existe algún sentimiento
comprometido en este matrimonio, distinto del más puro, fiel y desinteresado
amor.
A estas palabras sólo replicó:
-¡Mientes!
Y no agregó ni una sílaba más.
Nos dirigimos hasta la casa donde Christiana y su
madre vivían, en medio de la lluvia helada y de la nieve a medio derretir. Mi
tío conocía muy bien a mi novia y a su madre, quienes se disponían a tomar su
desayuno y se quedaron muy sorprendidas al vernos llegar a esa hora.
-A sus órdenes, señora -se dirigió a la madre-. Espero
que adivinarán el propósito de esta visita. Entiendo que existe un mundo de
amor puro, fiel y desinteresado encerrado aquí. Soy feliz al aportarle todo lo
que necesita, al completarlo del todo. Le traigo a su yerno, señora, y a usted,
a su marido, señorita. Este caballero es para mí, desde ahora, un perfecto
desconocido, a quien felicito por un negocio tan sabio.
Gruñó algunas palabras al salir y nunca más volví a
verle.
-Es un completo error -continuó el pariente pobre- el
suponer que mi amada Christiana, persuadida o influida en exceso por su madre,
se casó con un hombre rico y que el polvo que levantan las ruedas de su
carruaje me es arrojado al pasar. No, no. Ella se casó conmigo.
La causa por la cual llegamos a contraer matrimonio
antes del plazo fijado fue la siguiente: alquilé un cuarto pobre mientras
ahorraba y hacía planes para el futuro, cuando un día me habló muy seriamente
en estos términos:
-Mi querido Michael, yo te he dado mi corazón. He
dicho que te amo y me he comprometido a ser tu esposa. Me siento tan tuya en
medio de nuestra buena o mala fortuna como si nos hubiéramos casado el día en
que esas circunstancias se interpusieron entre nosotros. Yo te conozco muy
bien y sé que si nos separásemos y fuese rota nuestra unión, tu vida quedaría
ensombrecida, y todo lo que aún pudiera fortalecer tu carácter en la lucha
contra el mundo sería debilitado hasta ser la sombra de lo que es el presente.
-¡Dios me ampare, Christiana! -dije entonces-. Has
dicho la pura verdad.
-Michael -contestó ella colocando su mano sobre la mía
con toda su pura fidelidad-, no prolonguemos esta situación. Debo decirte que
puedo vivir feliz con los medios que posees. Lo digo desde el fondo de mi
corazón. No luches solo por más tiempo; luchemos juntos. Mi querido Michael, no
tengo derecho a ocultarte lo que tú no sospechas, pero que amarga
mi-existencia. Mi madre, sin considerar que lo que tú has perdido lo has
perdido por mi causa y en salvaguardia de mi fe, anhela riquezas y me urge a
contraer matrimonio con otro hombre, para mi desgracia. Yo no puedo soportarlo
más, porque si así lo hiciera no sería leal contigo. Prefiero compartir tus
luchas antes que ceder. No deseo mejor hogar que el que tú puedes brindarme. Sé
que trabajarás con renovadas fuerzas si soy tuya por completo, y será así
cuando tú lo desees.
Fui feliz ese día, ciertamente, y un mundo nuevo se
abrió ante mis ojos. Nos casamos al poco tiempo y llevé a mi esposa a nuestro
hogar dichoso, que fue el origen de la residencia, sobre la que ya os he
hablado. El castillo que desde entonces y para siempre habitamos juntos arranca
desde esa época. Todos nuestros hijos nacieron allí. Nuestro primogénito fue
una niña, ya casada ahora, y a quien llamamos Christiana. Su hijo se parece
tanto al pequeño Frank que apenas si puedo distinguirlo.
La impresión corriente acerca de la conducta de mi
socio para conmigo es completamente errónea. No empezó a tratarme con
frialdad, como a un pobre imbécil, cuando mi tío y yo discutimos tan
funestamente ni tampoco se posesionó después, gradualmente, del negocio, y me
dejó a un lado. Por el contrario, se comportó con la mejor buena fe para
conmigo.
Las cosas entre nosotros sucedieron así: el mismo día
de la separación entre mi tío y yo, y aun antes de la llegada de mi equipaje
(que me envió al instante sin pagar el transporte), fui al local de nuestro
negocio, sobre el pequeño muelle que mira al río, y allí conté a John Spatter
lo ocurrido. John no me replicó diciendo que los parientes ricos y ancianos
eran un hecho evidente y que el amor y el sentimentalismo eran disparates y
fábulas. Se dirigió a mí en estos términos:
-Michael, fuimos juntos a la escuela y tuve la
destreza de sobrepasarte y obtener mejor concepto.
-Lo has dicho, John -le contesté.
-Aun así -continuó él-, te pedí los libros prestados
y te los perdí; te pedí dinero prestado y nunca te lo devolví; obtuve de ti un
precio mayor por mis cortaplumas mellados que lo que pagué por ellos cuando
los compré nuevos, y conseguí que té reconocieran culpable de las ventanas y
vidrios que yo rompía.
-No vale la pena mencionar nada de eso, John Spatter
-dije-, pero es la pura verdad.
-Cuando iniciaste este negocio, que prometía
prosperar tanto -prosiguió John-, acudí a ti en busca de un empleo cualquiera
y me convertiste en tu dependiente.
-Aun así, carece de importancia, querido John -le
dije-, pero es igualmente cierto. -Y al descubrir que tenía buena cabeza para
los negocios y que era realmente útil en el comercio, no quisiste que
continuara en esas condiciones, y pensaste que era un acto de justicia el
convertirme en tu socio.
-Tampoco vale la pena mencionar ese detalle, John
-contesté-, porque siempre tuve y tengo clara noción de tus méritos y de mis
propios defectos.
-Ahora, mi querido amigo-dijo John tomándome del
brazo como solía hacerlo en el colegio, mientras dos embarcaciones vistas a
través de las ventanas de nuestro despacho se deslizaban por el río tan
plácidamente como John y yo hubiéramos navegado en mutua compañía, con fe y
confianza plenas-, convengamos que en estas circunstancias exista un completo
acuerdo entre nosotros. Tú eres muy confiado, Michael. No eres enemigo de
nadie más que de ti mismo. Si yo debiera atribuirte esa perjudicial reputación
en nuestras relaciones con un encogimiento de hombros, un movimiento de cabeza
y un suspiro, y si más adelante yo hubiera de abusar de la confianza que
pusiste en mí...
-Pero nunca abusarás de ella en absoluto, John
-observé yo.
-¡Nunca! -dijo él-. Pero yo supongo el caso; si más
tarde hubiera de abusar de esa confianza, ocultando parte de nuestros negocios,
yo aumentaría mi poder a la vez que aumentaría tu debilidad día a día hasta
que, al fin, me encontraría en inminente camino de la fortuna, dejándote atrás
a muchas millas de distancia.
-Es exacto -dije entonces.
-Para prevenir eso, Michael, o la más remota
posibilidad de que así suceda, debe haber un perfecto entendimiento entre nosotros.
Nada será ocultado y sólo debemos tener intereses comunes.
-Mi querido John Spatter -le aseguré-, eso es
precisamente lo que yo creo.
-Y cuando seas demasiado confiado -prosiguió John, con
el rostro radiante de amistad- debes permitirme detener esa natural
imperfección tuya de ser engañado por todos; no debes esperar mi aprobación.
-Querido John Spatter -interrumpí-, no espero que lo
apruebes. Deseo corregirme.
-Yo también lo deseo -dijo John.
-Muy bien entonces -exclamé-. Ambos tenemos iguales
puntos de vista, y, prosiguiendo honorablemente, confiando el uno en el otro,
sin tener más que un solo interés común, nuestra sociedad será feliz y
próspera.
-Estoy seguro de ello -contestó John Spatter. Y ambos
nos estrechamos cordialmente las manos.
Invité a John a mi casa y pasamos un día feliz.
Nuestra sociedad prosperó. Mi socio y amigo se desenvolvió tal como yo lo
esperaba; y mejorando a ambos, el negocio y yo, justificó ampliamente
cualquier adelanto que yo introdujera en su vida.
-Yo no soy muy rico -continuó el pariente pobre,
mirando el fuego mientras se frotaba lentamente las manos-porque nunca me
empeñé en llegar a serlo, pero poseo lo suficiente para no sufrir privaciones.
Mi castillo no es un lugar espléndido, pero es muy cómodo, tiene el aire alegre
y tibio y es la exacta pintura de un hogar.
Nuestra hija mayor, que es muy parecida a su madre, es
la esposa del hijo mayor de John Spatter. Ambas familias están estrechamente
unidas por nuevos lazos de cariño. Por las tardes, cuando estamos todos reunidos,
cosa que sucede con frecuencia, y cuando John y yo conversamos sobre tiempos
pasados, resulta muy agradable comprobar cómo existió un solo interés entre
ambos.
Realmente no sé lo que significa soledad en mi
castillo. Varios de nuestros hijos o nietos están siempre allí, y las voces
jóvenes de mis descendientes son encantadoras, o al menos a mí me entusiasma el
escucharlas. Mi adorada esposa, siempre fiel, siempre amante, siempre
servicial, animosa, serena, es la bendición inapreciable de mi casa y manantial
de todas las demás bendiciones. Cuando Christiana me nota alguna vez cansado o
deprimido se desliza hasta el piano y canta un aire dulce que solía entonar en
los primeros días de nuestro matrimonio. Soy un hombre tan débil que no puedo
soportar el escucharlo de ninguna otra fuente. Una vez lo oí en el teatro
adonde había ido con el pequeño Frank, y el niño preguntó extrañado:
"Primo Michael, ¿a quién pertenecen estas lágrimas tibias que acaban de
caer sobre mi mano?"
-Así es mi castillo y así son los detalles reales de
mi vida, allí guardados, adonde suelo llevar a menudo a mi pequeño Frank. Es
muy bien recibido por mis nietos y juntos planean toda clase de juegos. En esta
época del año, Navidad y Año Nuevo, raras veces estoy fuera de mi casa. Porque
los recuerdos de la estación parecen sujetarme allí, y los preceptos de la
misma época me dicen que obro bien al no apartarme de mi hogar.
-¿Y el castillo está...? -observa una voz grave y
afectuosa entre el grupo.
-Sí. Mi castillo -contesta el pariente pobre
sacudiendo la cabeza y mirando siempre al fuego-, mi castillo está en el aire.
John, nuestro estimado anfitrión, indica exactamente su situación: "¡Mi
castillo está en el aire!" He concluido ya. ¿Serán ustedes tan amables que
querrán contar otra historia?
El
Presidente del Jurado
Han pasado ya algunos años desde que se cometió en
Inglaterra un asesinato que atrajo poderosamente la atención pública. En nuestro país se oye hablar con bastante
frecuencia de asesinos que adquieren una triste celebridad. Pero yo hubiese enterrado con gusto el
recuerdo de aquel hombre feroz de haber podido sepultarlo tan fácilmente como
su cuerpo lo está en la prisión de Newgate.
Advierto, desde luego, que omito deliberadamente hacer aquí alusión
alguna a la personalidad de aquel hombre.
Cuando el asesinato fue descubierto, nadie sospechó
-o, mejor dicho, nadie insinuó públicamente sospecha alguna- del hombre que después fue procesado. Por la circunstancia antes expresada, los
periódicos no pudieron, naturalmente, publicar en aquellos días descripciones
del criminal. Es esencial que se
recuerde este hecho.
Al abrir, durante el desayuno, mi periódico matutino,
que contenía el relato del descubrimiento del crimen, lo encontré muy
interesante y lo leí con atención.
Volví, incluso, a leerlo otra vez, o quizá dos. El descubrimiento había tenido lugar en un
dormitorio. Cuando dejé el diario tuve
la impresión, fugaz, como un relámpago, de que veía pasar ante mis ojos aquella
alcoba. Semejante visión, aunque
instantánea, fue clarísima, tanto que hasta pude observar, con alivio, la
ausencia del cuerpo de la víctima en el lecho mortuorio.
Esta curiosa sensación no se produjo en ningún lugar
misterioso, sino en una de las vulgares habitaciones de Piccadilly en que me
alojaba, próxima a la esquina de St. James Street. Y fue una experiencia nueva en mi vida.
En aquel instante me hallaba sentado en mi butaca, y
la visión fue acompañada de un estremecimiento tan fuerte, que la desplazó del
lugar en que se encontraba; si bien procede advertir que las patas de la butaca
terminaban en sendas ruedecillas. A
continuación me acerqué a una ventana (la habitación, situada en un segundo
piso, tenía dos) a fin de tranquilizarme con la visión del animado tráfago de
Piccadilly.
Era una luminosa mañana de otoño y la calle se
extendía ante mí resplandeciente y animada.
Soplaba un fuerte viento. Al
asomarme, el viento acababa de levantar numerosas hojas caídas en el parque,
elevándolas y formando con ellas una columna en espiral. Cuando la columna se derrumbó y las hojas se
dispersaron, vi a dos hombres en el lado opuesto de la calle, caminando de
oeste a este. Iban uno tras otro. El primero miraba con frecuencia hacia atrás,
por encima del hombro. El segundo le
seguía a una distancia de unos treinta pasos, con la mano derecha levantada
amenazadoramente. Al principio, la
singularidad de tal actitud en una avenida tan frecuentada atrajo mi atención;
pero en seguida se desvió hacia otra y más notable particularidad: nadie
reparaba en ellos. Ambos hombres se
movían entre los demás peatones con una suavidad increíble, aun sobre aquel
pavimento tan liso, y nadie, según pude observar, les rozaba, les miraba o les
abría paso. Al llegar ante mi ventana
los dos dirigieron su mirada hacia mí.
Entonces distinguí sus rostros con toda claridad y me di cuenta de que
podría reconocerlos en cualquier parte: no se crea por esto que yo aprecié
conscientemente nada de extraordinario en sus rostros, excepto el detalle de
que el hombre que iba en primer lugar tenía un aspecto muy abatido y que la faz
de su perseguidor era del mismo tono de la cera sin refinar.
Soy soltero y toda mi servidumbre se limita a un
criado y su mujer. Trabajo en la filial
de un banco, como jefe de un negociado, y debo agregar que desearía
sinceramente que mis deberes fuesen tan leves como generalmente se supone. Lo digo porque esos deberes me retenían en la
ciudad aquel otoño, a pesar de hallarme muy necesitado de reposo y de un cambio
de ambiente. No es que estuviese enfermo,
pero no me encontraba bien. El lector se
hará cargo de mi estado si le digo que me sentía cansado, deprimido por la
sensación de llevar una vida monótona y "ligeramente
dispépsico". Mi médico, hombre de
mucho prestigio profesional, me aseguró, a requerimiento mío, que éste era mi
verdadero estado de salud en aquella época; que no padecía ninguna enfermedad,
ni grave depresión, y yo cito sus palabras al pie de la letra.
A medida que las circunstancias del asesinato iban
intrigando gradualmente al público, yo procuraba alejarlas de mi cerebro tanto
como era posible alejar un objeto del interés y comentarios generales. Supe que se había dictado un veredicto previo
de asesinato con premeditación y alevosía contra el presunto criminal, y que
éste había sido conducido a Newgate para que estuviese presente cuando se
dictara sentencia definitiva. Me enteré,
igualmente, de que el proceso quedaba aplazado para una de las próximas
audiencias de la Sala Central de lo Criminal, fundándose en algún precepto de
la Ley y en la necesidad de dejar tiempo al abogado para preparar la
defensa. Es posible también que yo me
enterase, aunque creo que no, de la fecha exacta o aproximada en que debía
celebrarse la vista de la causa.
Mi salón, dormitorio y tocador se encuentran en el
mismo piso. La última de dichas
habitaciones sólo tiene entrada por el dormitorio. Cierto que tiene también una puerta que da a
la escalera, pero, en el tiempo que nos ocupa, hacía años ya que mi baño la
obstruía, por tanto la habíamos inutilizado, cubriéndola de arpillera
claveteada.
Una noche, a hora bastante avanzada, estaba yo en mi
alcoba, dando instrucciones al criado antes de acostarme; la puerta que
comunicaba con el cuarto de baño que daba frente a mí, en aquel momento estaba
cerrada. Mi criado daba la espalda a la
puerta. Y he aquí que, de repente, vi
abrirse aquella puerta y aparecer a un hombre que reconocí en el acto y que me
hizo una misteriosa señal. Era el
segundo de los dos que caminaba aquel día en Piccadilly, el que tenía la cara
del color de la cera sin refinar.
Hecho aquel signo, la figura retrocedió y cerró la
puerta de nuevo. Rápidamente, me acerqué
a la puerta del tocador, la abrí y miré.
Yo tenía en la mano una vela encendida.
No esperaba encontrar a nadie allí, y, en efecto, no encontré a nadie.
Comprendiendo que mi criado estaba sorprendido, me
volví hacia él y le dije:
- ¿Creería usted, Derrick, que a pesar de encontrarme
en la plenitud de mis facultades he imaginado ver... ?
Al hablar, apoyé mi mano en su hombro. Con un repentino sobresalto, él exclamó:
- ¡Oh, Dios mío, sí!
Ha visto usted a un muerto que le hacía señales.
No creo que Juan Derrick, devoto y honrado servidor
mío durante más de veinte años, hubiese captado la situación antes de que yo le
tocase. Su reacción, cuando apoyé mi
mano sobre él, fue tan súbita, que albergo la firme certeza de que la provocó
aquel contacto.
Pedí a Derrick que me trajese coñac, le ofrecí una
copa y yo tomé otra. No le dije ni una
palabra sobre lo que me había sucedido anteriormente. Me sentía seguro de no haber visto nunca
aquel rostro fantasma, salvo la mañana de Piccadilly.
Pasé la noche muy inquieto, aunque sintiendo cierta
certidumbre, difícil de explicar, de que la aparición no volvería. Al apuntar el día caí en un pesado sueño, del
que me despertó Derrick cuando entró en mi habitación con un papel en la mano.
Aquel papel había motivado una ligera discusión entre
su portador y mi sirviente. Era una
citación para concurrir como jurado a una próxima sesión de la Audiencia. Yo nunca había sido requerido como jurado, y
Juan Derrick lo sabía. Él opinaba -aun
hoy no sé a punto fijo si con razón o no- que era costumbre nombrar jurados a
personas de menor categoría que yo y no quise, en consecuencia, aceptar la
citación. El hombre que la llevaba tomó
la negativa de mi criado con mucha frialdad.
Dijo que mi asistencia o no-asistencia al tribunal le tenía sin cuidado,
y que su cometido se limitaba a entregar la citación.
Durante un par de días estuve indeciso entre asistir o
no. No sentí, en verdad, la menor
influencia misteriosa en ningún sentido.
Estoy tan absolutamente seguro de esto como de todo lo que estoy
narrando. Por último, resolví asistir,
ya que de este modo rompería la monotonía de mi vida.
La mañana de la cita resultó ser una muy cruda del mes
de noviembre. En Piccadilly había una
densa niebla que se oscurecía por momentos hasta adquirir una negrura opresiva.
Cuando llegué al Palacio de Justicia, encontré los
pasillos y escaleras que conducían a la sala del tribunal iluminados por luces
de gas. La sala estaba alumbrada de
igual modo. Creo sinceramente que hasta
que los ujieres no me condujeron a ella y vi la concurrencia que se apiñaba
allí, no recordé que la vista del proceso por el mencionado asesinato se
celebraba aquel día. Incluso me parece
que hasta que, no sin considerables dificultades por el mucho gentío, fui
introducido en la sala de lo criminal, ignoré si se me citaba a ésta o a
otra. Pero lo que ahora señalo no debe
considerarse como un aserto positivo, porque este extremo no está
suficientemente aclarado en mi mente.
Me senté en el lugar de los jurados y, mientras
esperaba, contemplé la sala a través del espeso vapor de niebla y vaho de
respiraciones que constituía su atmósfera.
Observé la negra bruma que se cernía, como sombrío cortinón, más allá de
las ventanas y escuché el rumor de las ruedas de los vehículos sobre la paja o
el serrín que alfombraba el pavimento de la calle. Oí también el murmullo de la concurrencia,
sobre el que a veces se elevaba alguna palabra más fuerte, alguna exclamación
en voz alta, algún agudo silbido. Poco
después entraron los magistrados, que era dos, y ocuparon sus asientos. Se acalló el rumor en la sala, y se dio la
orden de hacer comparecer al acusado. En
el mismo instante en que se presentó, le reconocí como el primero de los dos
hombres que yo viera caminando por Piccadilly.
Si mi nombre hubiese sido pronunciado en aquel
instante, creo que no hubiese tenido ánimos para responder. Pero como lo mencionaron en sexto u octavo
lugar, me encontré con fuerzas para contestar: "¡Presente!".
Y, ahora, lector, fíjese en lo que sigue. Apenas hube ocupado mi lugar, el preso, que
nos estaba mirando a todos con fijeza, pero sin dar muestras de interés
particular, experimentó una agitación violenta e hizo una señal a su
abogado. Tan manifiesto era el deseo del
acusado de que me sustituyesen, que ello provocó una pausa, en el curso de la
cual el defensor, apoyando la mano en la barra, cuchicheó con su defendido,
moviendo la cabeza. Supe luego -por el
propio abogado- que las primeras y presurosas palabras del acusado habían sido
éstas: "Haga sustituir a ese hombre
como sea". Pero, al no alegar razón
alguna para ellos, y habiendo de reconocer que no me conocía ni había oído mi
nombre hasta que lo pronunciaron en la sala, no fue atendido su deseo.
Como no deseo avivar la memoria de la gente respecto a
aquel asesino, y también porque no es indispensable para mi relato narrar al
detalle los incidentes del largo proceso, me limitaré a citar las
particularidades que nos acontecieron a los jurados y a mí durante los diez
días, con sus noches, en que estuvimos juntos.
Mencionaré, sobre todo, las curiosas experiencias personales que
atravesé. Es en este aspecto, y no
acerca del asesino, sobre lo que quiero despertar el interés del lector.
Me designaron presidente del jurado. En la segunda mañana del proceso, después de
invertir más de dos horas en examinar las piezas de convicción -yo podía saber
el transcurso del tiempo porque oía la campana del reloj de una iglesia -,
habiéndoseme ocurrido dirigir la mirada a mis compañeros de jurado, encontré
una inexplicable dificultad en contarlos.
Los enumeré varias veces y siempre con la misma dificultad. En resumen, contaba uno de más.
Toqué suavemente al más próximo a mí y le cuchicheé:
- Hágame el favor de contarnos.
Él, aunque pareció sorprendido por la petición, volvió
la cabeza y nos contó a todos.
- ¡Pero si somos trece! -exclamó -. No, no es posible. Uno, dos... Somos doce.
A través de mis cálculos de aquel día saqué en limpio
que éramos siempre doce si se nos enumeraba individualmente, pero que siempre
salía uno de más si nos considerábamos en conjunto. Éramos doce, pero alguien se nos agregaba con
persistencia, y yo, en mi fuero interno, sabía de quién se trataba.
Nos alojaron en la London Tavern. Dormíamos todos en un amplio aposento, en
lechos individuales, y estábamos constantemente atendidos y vigilados por un
funcionario. No veo razón alguna para
omitir el verdadero nombre de aquel funcionario. Era un hombre inteligente, amabilísimo,
cortés y muy respetado. Tenía una
agradable apariencia, bellos ojos, patillas envidiablemente negras y voz
agradable y bien timbrada. Se llamaba
Harker.
Nos acostamos en nuestros lechos respectivos. El de Harker estaba colocado transversalmente
ante la puerta. La segunda noche, como
no sentía deseos de dormir y vi que Harker permanecía sentado en su cama, me
acerqué a él, me senté a su lado y le ofrecí un poco de rapé. Su mano rozó la mía al tocar la tabaquera y
en el acto le agitó un estremecimiento y exclamó:
- ¿Qué es eso?
Siguiendo la dirección de su mirada divisé a quien
esperaba ver: el segundo de los hombres de Piccadilly. Me incorporé, anduve unos cuantos pasos, me
paré y miré a Harker. Éste ya no sentía
la menor turbación, me dijo con toda naturalidad, riendo:
- Me había parecido por un momento que había un jurado
de más, aunque sin cama. Pero es un
efecto de la luz de la luna.
Sin hacer revelación alguna al señor Harker, me limité
a proponerle que diéramos un paseíto de un extremo a otro de la
habitación. Mientras andábamos procuré
vigilar los movimientos de la misteriosa figura. Ésta se detenía por unos instantes a la
cabecera de cada uno de mis once compañeros de jurado, acercándose mucho a la
almohada. Seguía siempre el lado derecho
de cada cama, y cruzaba ante los pies para dirigirse a la siguiente. Por los movimientos de su cabeza parecía que
se limitaba a mirar, pensativo, a cada uno de los que descansaban. No reparó en mí ni en mi lecho, que era el
más próximo al rayo de luz lunar que penetraba por una ventana alta. Aquella figura desapareció como por una
escalera aérea. Por la mañana, al
desayunar, resultó que todos habían soñado con la víctima del crimen, excepto
Harker y yo.
Acabé por quedar convencido de que el segundo de los
hombres que yo viera en Piccadilly -si podía aplicársele la expresión
"hombre"- era el asesinado, persuasión que tuve mediante su
testimonio directo. Pero esto sucedió de
una manera para la cual yo no estaba preparado.
El quinto día de la vista, cuando iba a cerrarse el
capítulo de cargos, fue mostrada una miniatura del asesinado que se había
echado de menos en el lugar del crimen, encontrándose después en un lugar
recóndito donde el asesino había estado practicando una fosa. Una vez identificada por los testigos, fue
pasada al tribunal y examinada por el jurado.
Mientras un funcionario vestido con una toga negra nos la iba entregando
a todos, la figura del hombre que yo viera en segundo lugar en Piccadilly
surgió impetuosamente de entre la multitud, asió la miniatura de manos del
funcionario, la puso en las mías y, antes de que yo viera la miniatura, que iba
en un dije, me dijo, en tono bajo y profundo:
- Yo era entonces más joven y la sangre no había
desaparecido de mi rostro como ahora.
Luego la aparición se situó entre mi persona y la del
siguiente jurado a quien yo había de entregar la miniatura, y a continuación
entre éste y el otro jurado, y así sucesivamente hasta que el objeto volvió a
mi poder. Ninguno, salvo yo, reparó en
la aparición.
Cuando nos sentábamos a la mesa y, en general, siempre
que nos encerrábamos juntos bajo la custodio del señor Harker, los componentes
del jurado discutíamos mucho acerca del asunto que nos ocupaba. El quinto día, terminado el capítulo de
cargos y teniendo, por lo tanto, este lado de la cuestión completamente claro
ante nosotros, nuestra discusión se hizo más reflexiva y seria.
Figuraba entre nosotros cierto sacristán -el hombre
más obtuso que he visto en mi vida- que oponía a las más claras evidencias las
más absurdas objeciones, apoyado por dos hombres de poco carácter que le
conocían por frecuentar su misma parroquia.
Por cierto que aquellas gentes pertenecían a un distrito tan castigado
por las fiebres epidémicas, que más bien debían haber solicitado un proceso
contra ellas como causantes de quinientos asesinatos, por lo menos. Cuando aquellos testarudos se hallaban en la
cúspide de su elocuencia, que fue hacia medianoche, y todos nos disponíamos a
abandonarlos e irnos a la cama, volví a ver al hombre asesinado. Se detuvo detrás de ellos y me hizo una
señal. Al acercarme a aquellos hombres e
intervenir en su conversación, le perdí de vista. Éste fue el principio de una serie
interminable de apariciones, limitadas por entonces al vasto aposento en que el
jurado se hallaba reunido. En cuanto
varios se agrupaban para hablar, yo veía surgir entre ellos la cabeza del
asesinado. Siempre que los comentarios
le desfavorecían, hacían imperiosos e irresistibles signos para que le
defendiera.
Téngase en cuenta que desde el quinto día, cuando se
exhibió la miniatura, yo no había vuelto a ver la aparición en la sala del
juicio. Tres novedades se produjeron en
esta situación tan pronto como entramos en el tribunal para oír el alegato de
la defensa. En primer lugar mencionaré
juntos dos de ellos. La figura
permanecía continuamente en la sala y no me miraba nunca; dedicaba su atención
a la persona que estaba hablando en el momento.
El asesinato se había cometido mediante el degüello de la víctima, y en
el curso de la defensa se insinuó la posibilidad de que se tratase no de un
crimen, sino de suicidio. En aquel
instante, la aparición, colocándose ante los mismos ojos del defensor, y
situando la garganta en la horrible postura en que fuera descubierta, comenzó a
accionar la tráquea, ora con la mano derecha, ora con la izquierda, como para
sugerir al abogado la imposibilidad de que semejante herida pudiese ser causada
por la víctima. La segunda novedad
consistió en que, habiendo comparecido como testigo de descargo una mujer
respetable, que afirmó que el asesino era el mejor de los hombres, la aparición
se plantó ante ella, mirándola al rostro y señaló con el brazo extendido la
mala catadura del asesino.
Pero fue la tercera de las aludidas novedades la que
consiguió emocionarme con más intensidad.
No trato de teorizar sobre ello: me limito a someterlo a la
consideración del lector. Aunque la
aparición no era vista por la persona a quien se dirigía, no es menos cierto
que tal persona sufría invariablemente algún estremecimiento o desasosiego
súbito. Parecíame que a aquel ser le
estuviera vedado, por leyes desconocidas, hacerse visible, pero por el
contrario podía influir sobre sus mentes.
Así, por ejemplo, cuando el defensor expuso la hipótesis de una muerte
voluntaria y la aparición se situó ante él realizando aquel lúgubre simulacro
de degüello, es innegable que el defensor se alteró, perdió por unos instantes
el hilo de su hábil discurso, se puso extremadamente pálido y hasta hubo de
secarse la frente con un pañuelo. Y
cuando la aparición se colocó ante la respetable testigo de descargo, los ojos
de ésta siguieron, sin duda alguna, la dirección indicada por el fantasma y se
fijaron con evidente duda y titubeo, en el rostro del acusado. Bastarán, para que el lector se haga cargo
completo de todo, dos detalles más. El
octavo día de las sesiones, tras una pausa que hacía diariamente a primera hora
de la tarde para descansar y tomar algún alimento, yo regresé a la sala con los
demás jurados poco antes que los jueces.
Al instalarme en mi asiento y mirar en torno, no distinguí la aparición,
hasta que, alzando los ojos hacia la tribuna, vi al espectro inclinarse por
encima de una mujer de atractivo aspecto, como para asegurarse de sí los
magistrados estaban ya en sus sitiales o no.
Inmediatamente, la mujer lanzó un grito, se desmayó y hubo que sacarla
de la sala. Algo análogo sucedió con el
respetable y prudente juez instructor que había incoado el proceso. Cuando la causa estuvo concluida y él
comenzaba a ordenar los autos correspondientes, el hombre asesinado, entrando
por la puerta de los jueces, se acercó al pupitre y por encima de su hombro
miró los papeles que hojeaba el magistrado.
En el rostro del magistrado se produjo un cambio, su mano se detuvo, su
cuerpo se estremeció con el peculiar temblor que yo conocía tan bien, y al fin
hubo de murmurar:
- Perdónenme unos momentos, señores. Este aire tan viciado me ha producido cierta
opresión...
No se repuso hasta después de beber un vaso de agua.
A través de la monotonía de seis de aquellos
interminables días, siempre los mismos jurados y jueces en el estrado, el mismo
asesino en el banquillo, los mismos letrados en la barra, las mismas preguntas
y respuestas elevándose hacia el techo de la sala, el mismo raspar de la pluma
del juez, los mismos ujieres entrando y saliendo, las mismas luces encendidas a
la misma hora cuando el día había sido relativamente claro, la misma cortina de
niebla fuera de la ventana cuando había bruma, la misma lluvia batiente y
goteante cuando llovía, las mismas huellas de los pies de los celadores y del
acusado sobre el serrín, las mismas llaves abriendo y cerrando las mismas
pesadas puertas; a través, repito, de aquella fatigosa monotonía que me llevaba
a sentirme presidente de jurado desde una época remotísima, y me recordaba el
episodio de Piccadilly como si se hubiera producido en tiempos contemporáneos a
los de Babilonia, la figura del hombre asesinado no perdió ni un ápice de
nitidez ante mis ojos. No debo omitir
tampoco el hecho de que la aparición que designo con la expresión "el
hombre asesinado" no fijó ni una vez la vista en el criminal. Yo me preguntaba repetidamente: "¿Por qué no le mira?" Pero no lo miró.
Tampoco me miró a mí, desde el día en que se mostró la
miniatura, hasta los últimos minutos de la vista, ya conclusa del todo la
causa. Nos retiramos a estudiarla a las
diez menos siete minutos de la noche. El
estúpido sacristán y sus dos amigos nos originaron tantas complicaciones, que
hubimos de volver dos veces a la sala para pedir que se nos releyesen los
extractos de las notas del juez instructor.
Ninguno de nosotros, y creo que nadie en la sala, tenía la menor duda
sobre aquellos pasajes, pero el testarudo triunvirato, que no se proponía más
que obstruir, discutía sobre ellos sólo por esta razón. Al fin prevaleció el criterio de los demás y
el jurado volvió a la sala a las doce y diez.
Esta vez el muerto permanecía de cara al jurado en el
extremo opuesto de la sala. Cuando me
senté, sus ojos se fijaron en mí con gran detenimiento. El examen pareció dejarle satisfecho, porque
a continuación extendió lentamente, primero sobre su cabeza y luego sobre toda
su figura, un amplio velo gris que llevaba al brazo por primera vez.
Cuando yo emití nuestro veredicto de culpabilidad, el
velo se desdibujó, todo desapareció ante mis ojos, y el lugar que ocupaba el
hombre asesinado quedó vacío.
El asesino, interrogado por el juez, como de
costumbre, acerca de si tenía algo que alegar antes de que se pronunciase la
sentencia, murmuró algunas confusas palabras que los periódicos del día
siguiente calificaron de "breves frases titubeantes, incoherentes y casi
ininteligibles, en las que pareció entenderse que se lamentaba de no haber sido
condenado con justicia, ya que el presidente del jurado estaba predispuesto
contra él". Pero la extraordinaria
declaración que el acusado hizo en realidad fue ésta:
- Señoría; me constaba que yo era hombre perdido desde
que vi sentarse en su puesto al presidente del jurado. Me constaba Señoría, que no permitiría que
saliese libre, porque, antes de que me detuviesen, él, no sé cómo, penetró una
noche en mi habitación, se acercó a mi cama, me despertó y me pasó una cuerda
alrededor del cuello
El
manuscrito de un loco
¡Sí...! ¡Un loco! ¡Cómo sobrecogía mi corazón esa
palabra hace años! ¡Cómo abría despertado el terror que solía sobrevenirme a
veces, enviando la sangre silbante y hormigueante por mis venas, hasta que el
rocío frío del miedo aparecía en gruesas gotas sobre mi piel y las rodillas se
entrechocaban por el espanto! Y, sin embargo, ahora me agrada. Es un hermoso
nombre. Mostradme al monarca cuyo ceño colérico haya sido temido alguna vez más
que el brillo de la mirada de un loco...
cuyas cuerdas y hachas fueran la mitad de seguras que el apretón de un loco. ¡Ja, ja! ¡Es algo grande
estar loco! Ser contemplado como un león
salvaje a través de los barrotes de hierro... rechinar los dientes y aullar, durante la noche larga y tranquila,
con el sonido alegre de una cadena,
pesada... y rodar y retorcerse entre la paja extasiado por tan valerosa
música.
¡Un hurra por el manicomio! ¡Ay, es un lugar
excelente!
Me acuerdo del tiempo en el que tenía miedo de estar
loco; cuando solía despertarme
sobresaltado, caía de rodillas y rezaba para que se me perdonara la maldición de mi raza; cuando huía
precipitadamente ante la vista de la alegría o
la felicidad, para ocultarme en algún lugar solitario
y pasar fatigosas horas observando el progreso de la fiebre que consumiría mi
cerebro. Sabía que la locura estaba
mezclada con mi misma sangre y con la médula de mis huesos. Que había pasado
una generación sin que apareciera la pestilencia y que era yo el primero en quien reviviría. Sabía que tenía
que ser así: que así había sido siempre, y así sería; y cuando me acobardaba en
cualquier rincón oscuro de una habitación atestada, y veía a los hombres susurrar,
señalarme y volver los ojos hacia mí, sabía que estaban hablando entre ellos
del loco predestinado; y yo huía para embrutecerme en la soledad.
Así lo hice durante años; fueron unos años largos, muy
largos. Aquí las noches son largas a veces... larguísimas; pero no son nada
comparadas con las noches inquietas y los sueños aterradores que sufría en
aquel tiempo. Sólo recordarlo me da frío. En las esquinas de la habitación
permanecían acuclilladas formas grandes y oscuras de rostros insidiosos y
burlones, que luego se inclinaban sobre mi cama por la noche, tentándome a la
locura. Con bajos murmullos me contaban que el suelo de la vieja casa en la que
murió el padre de mi padre estaba manchado por su propia sangre, que él mismo
se había provocado en su furiosa locura. Me tapaba los oídos con los dedos,
pero gritaban dentro de mi cabeza hasta que la habitación resonaba con los
gritos que decían que una generación antes de él la locura se había dormido,
pero que su abuelo había vivido durante años con las manos unidas al suelo por
grilletes para impedir que se despedazara a sí mismo con ellas. Sabía que
contaban la verdad... bien que lo sabía. Lo había descubierto años antes,
aunque habían intentado ocultármelo.
¡Ja, ja! Era demasiado astuto para ellos, aunque me
consideraran como un loco.
Finalmente llegó la locura y me maravillé de que
alguna vez hubiera podido tenerle miedo. Ahora podía entrar en el mundo y reír
y gritar con los mejores de entre ellos. Yo sabía que estaba loco, pero ellos
ni siquiera lo sospechaban.
¡Solía palmearme a mí mismo de placer al pensar en lo
bien que les estaba engañando después de
todo lo que me habían señalado y de cómo me habían mirado de soslayo, cuando yo
no estaba loco y sólo tenía miedo de que pudiera enloquecer algún día! Y cómo
solía reírme de puro placer, cuando estaba a solas, pensando lo bien que
guardaba mi secreto y lo rápidamente que mis amables amigos se habrían apartado
de mí de haber conocido la verdad. Habría gritado de éxtasis cuando cenaba a
solas con algún estruendoso buen amigo pensando en lo pálido que se pondría, y lo rápido que escaparía, al
saber que el querido amigo que se sentaba cerca de él, afilando un cuchillo
brillante y reluciente, era un loco
con toda la capacidad, y la mitad de la voluntad, de
hundirlo en su corazón.
¡Ay, era una vida alegre!
Las riquezas fueron mías, la abundancia se derramó
sobre mí y alborotaba entre placeres que multiplicaban por mil la conciencia de
mi secreto bien guardado.
Heredé un patrimonio. La ley, la propia ley de ojos de
águila, había sido engañada, y había entregado en las manos de un loco miles de
discutidas libras.
¿Dónde estaba el ingenio de los hombres listos de
mente sana? ¿Dónde la habilidad de los abogados, ansiosos por descubrir un
fallo? La astucia del loco les había superado a todos.
Tenía dinero. ¡Cómo me cortejaban! Lo gastaba
profusamente. ¡Cómo me alababan!
¡Cómo se humillaban ante mí aquellos tres hermanos
orgullosos y despóticos! ¡Y
el anciano padre de cabellos blancos, qué deferencia,
qué respeto, qué dedicada amistad, cómo me veneraba! El anciano tenía una hija
y los hombres una hermana; y los cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me
casé con la joven vi una sonrisa de triunfo en los rostros de sus necesitados
parientes, pues pensaban
que su plan había funcionado bien y habían ganado el
premio. A mí me tocaba
sonreír. ¡Sonreír! Reírme a carcajada limpia,
arrancarme los cabellos y dar
vueltas por el suelo con gritos de gozo. Bien poco se
daban cuenta de que la
habían casado con un loco.
Pero un momento. De haberlo sabido, ¿la habrían
salvado? La felicidad de la hermana contra el oro de su marido. ¡La más ligera
pluma lanzada al aire contra la alegre cadena que adornaba mi cuerpo! Pero en
una cosa, pese a toda mi astucia, fui engañado. Si no hubiera estado loco, pues
aunque los locos tenemos bastante buen ingenio a veces nos confundimos, habría
sabido que la joven antes habría preferido que la colocaran rígida y fría en
una pesado ataúd de plomo que llegar vestida de novia a mi rica y deslumbrante
casa. Habría sabido que su corazón pertenecía a un muchacho de ojos oscuros
cuyo nombre le oí pronunciar una vez entre suspiros en uno de sus sueños
turbulentos, y que me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del hombre
anciano de cabellos blancos y de sus soberbios hermanos.
Ahora no recuerdo ni las formas ni los rostros, pero
sé que ella era hermosa. Sé que lo era, pues en las noches iluminadas por la
luna, cuando me despierto sobresaltado de mi sueno y todo está tranquilo a mi
alrededor, veo, de pie e inmóvil en una esquina de esta celda, una figura
ligera y desgastada de largos cabellos negros que le caen por el rostro,
agitados por un viento que no es de esta tierra, y unos ojos que fijan su
mirada en los míos y jamás parpadean o se cierran. ¡Silencio! La sangre se me congela
en el corazón cuando escribo esto...
ese cuerpo es el de ella; el rostro está muy pálido y
los ojos tienen un brillo
vidrioso, pero los conozco bien. La figura nunca se
mueve; jamás gesticula o habla como las otras que llenan a veces este lugar,
pero para mí es mucho más terrible, peor incluso que los espíritus que me
tentaban hace muchos años... Ha salido fresca de la tumba, y por eso resulta
realmente mortal.
Durante casi un año vi cómo ese rostro se iba
volviendo cada vez más pálido; durante casi un año vi las lágrimas que caían
rodando por sus dolientes mejillas, y nunca conocí la causa. Sin embargo,
finalmente lo descubrí. No podía evitar durante mucho tiempo que me enterara.
Ella nunca me había querido; por mi parte, yo nunca pensé que lo hiciera; ella
despreciaba mi riqueza y odiaba el esplendor en el que vivía; pero yo no había
esperado eso. Ella amaba a otro y a mí jamás se me había ocurrido pensar en tal
cosa. Me sobrecogieron unos sentimientos extraños y giraron y giraron en mi
cerebro pensamientos que parecían impuestos por algún poder extraño y secreto.
No la odiaba, aunque odiaba al muchacho por el que lloraba. Sentía piedad, sí,
piedad, por la vida desgraciada a la que la habían condenado sus parientes
fríos y egoístas. Sabía que ella no podía vivir mucho tiempo, pero el
pensamiento de que antes de su muerte pudiera engendrar algún hijo de destino
funesto, que transmitiría la locura a sus descendientes, me decidió. Resolví
matarla.
Durante varias semanas pensé en el veneno, y luego en
ahogarla, y en el fuego.
Era una visión hermosa la de la gran mansión en
llamas, y la esposa del loco convirtiéndose en cenizas. Pensé también en la
burla de una gran recompensa, y algún hombre cuerdo colgando y mecido por el
viento por un acto que no había cometido... ¡y todo por la astucia de un loco!
Pensé a menudo en ello, pero finalmente lo abandoné. ¡Ay! ¡El placer de afilar
la navaja un día tras otro, sintiendo su borde afilado y pensando en la
abertura que podía causar un golpe de su borde delgado y brillante!
Finalmente, los viejos espíritus que antes habían
estado conmigo tan a menudo me susurraron al oído que había llegado el momento
y pusieron la navaja abierta en mi mano. La sujeté con firmeza, la elevé
suavemente desde el lecho y me incliné sobre mi esposa, que yacía dormida.
Tenía el rostro enterrado en las manos. Las aparté suavemente y cayeron
descuidadamente sobre su pecho. Había estado llorando, pues los rastros de las
lágrimas seguían húmedos sobre las mejillas.
Su rostro estaba tranquilo y plácido, y mientras lo
miraba, una sonrisa tranquila iluminó sus rasgos pálidos. Le puse la mano
suavemente en el hombro.
Se sobresaltó... había sido tan sólo un sueño
pasajero. Me incliné de nuevo hacia delante y ella gritó y despertó.
Un solo movimiento de mi mano y nunca habría vuelto a
emitir un grito o sonido.
Pero me asusté y retrocedí. Sus ojos estaban fijos en
los míos. No sé por qué, pero me acobardaban y asustaban; y gemí ante ellos. Se
levantó, sin dejar de mirarme con fijeza. Yo temblaba; tenía la navaja en la
mano, pero no podía moverme. Ella se dirigió hacia la puerta. Cuando estaba
cerca, se dio la vuelta y apartó los ojos de mi rostro. El encantamiento se
deshizo. Di un salto hacia delante y la sujeté por el brazo. Lanzando un grito
tras otro, se dejó caer al suelo.
Podría haberla matado sin lucha, pero se había
provocado la alarma en la casa.
Oí pasos en los escalones. Dejé la cuchilla en el
cajón habitual, abrí la puerta y grité en voz alta pidiendo ayuda.
Vinieron, la cogieron y la colocaron en la cama.
Permaneció con el conocimiento perdido durante varias horas; y cuando recuperó
la vida, la mirada y el habla, había perdido el sentido y desvariaba
furiosamente.
Llamamos a varios médicos, hombres importantes que
llegaron hasta mi casa en finos carruajes, con hermosos caballos y criados
llamativos. Estuvieron junto a su lecho durante semanas. Celebraron una
importante reunión y consultaron unos con otros, en voz baja y solemne, en otra
habitación. Uno de ellos, el más inteligente y famoso, me llevó con él a un
lado y me rogó que me preparara para lo peor. Me dijo que mi esposa estaba
loca... ¡a mí, al loco! Permaneció cerca de mí junto a una ventana abierta, mirándome
directamente al rostro y dejando una mano sobre mi hombro. Con un pequeño
esfuerzo habría podido lanzarlo abajo, a la calle. Habría sido divertido
hacerlo, pero mi secreto estaba en juego y dejé que se marchara. Unos días más
tarde me dijeron que debía someterla a algunas limitaciones: debía
proporcionarle alguien que la cuidara. ¡Me lo pedían a mí!¡Salí al campo
abierto, donde nadie pudiera escucharme, y reí hasta que el aire resonó con mis
gritos!
Murió al día siguiente. El anciano de cabello blanco
la siguió hasta la tumba y los orgullosos hermanos dejaron caer una lágrima
sobre el cadáver insensible de aquella cuyos sufrimientos habían considerado
con músculos de hierro mientras vivió. Todo aquello alimentaba mi alegría
secreta, y reía oculto por el pañuelo blanco que tenía sobre el rostro mientras
regresamos cabalgando a casa, hasta que las lágrimas brotaron de mis ojos.
Pero aunque había cumplido mi objetivo, y la había
asesinado, me sentí inquieto y perturbado, y pensé que no tardarían mucho en
conocer mi secreto. No podía ocultar la alegría y el regocijo salvaje: que
hervían en mi interior y que cuando estaba a solas, en casa, me hacía dar
saltos y batir palmas, dan do vueltas y más vueltas en un baile frenético, y
gritar en voz muy alta. Cuando salía y veía a las masas atareadas que se
apresuraban por la calle, o acudía a teatro y escuchaba el sonido de la música
y contemplaba la danza de los demás, sentía tal gozo que m, habría precipitado
entre ellos y les habría despedazado miembro a miembro, aullando en el éxtasi
que me produciría. Pero apretaba los dientes, afirmaba los pies en el suelo y
me clavaba las afilada uñas en las manos. Mantenía el secreto y nadie sabía aún
que yo era un loco.
Recuerdo, aunque es una de las últimas cosa que puedo
recordar, pues ahora la realidad se mezcla con mis sueños, y teniendo tanto que
hacer, habiéndome raído
siempre aquí tan presurosa mente, no me queda tiempo
para separar entre lo dos, por la extraña confusión en la que se halla]
mezclados... Recuerdo de qué manera finalmente se supo. ¡Ja, ja! Me parece ver
ahora sus mirada asustadas, y sentir cómo se apartaban de mí, mientras yo
hundía mi puño cerrado en sus rostros blancos y luego escapaba como el viento,
y les dejaba gritando atrás. Cuando pienso en ello me vuelve la fuerza de un
gigante. Mirad cómo se curva esta barra de hierro con mis furiosos tirones. Podría
romperla como si fuera una ramita, pero sé que detrás hay largas galerías con
muchas puertas; no creo que pudiera encontrar el camino entre ellas; y aunque
pudiera, sé que allá abajo hay puertas de hierro que están bien cerradas con
barras. Saben que he sido un loco astuto, y están orgullosos de tenerme aquí
para poder mostrarme.
Veamos, sí, había sido descubierto. Era ya muy tarde y
de noche cuando llegué a casa y encontré allí al más orgulloso de los tres
orgullosos hermanos, esperando para verme... dijo que por un asunto urgente. Lo
recuerdo bien. Odiaba a ese hombre con todo el odio de un loco. Muchas veces
mis dedos desearon despedazarle. Me dijeron que estaba allí y subí
presurosamente las escaleras.
Tenía que decirme unas palabras. Despedí a los
criados. Era tarde y estábamos juntos y a solas... por primera vez.
Al principio aparté cuidadosamente mis ojos de él,
pues era consciente de lo que él no podía ni siquiera pensar, y me glorificaba
en ese conocimiento: que la luz de la locura brillaba en mis ojos como el
fuego. Permanecimos unos minutos sentados en silencio. Finalmente, habló. Mi
reciente disipación, y algunos comentarios extraños hechos poco después de la
muerte de su hermana, eran un insulto para la memoria de ésta. Uniendo a ello
otras muchas circunstancias que al principio habían escapado a su observación,
había terminado por pensar que yo no la había tratado bien. Deseaba saber si
tenía razón al decir que yo pensaba
hacer algún reproche a la memoria de su hermana,
faltando con ello al respeto a
la familia. Exigía esa explicación por el uniforme que
llevaba puesto.
Aquel hombre tenía un nombramiento en ejército... ¡un
nombramiento comprado con mi dinero y con la desgracia de su hermana! Él fue el
que: más había tramado para insidiar y quedarse con n riqueza. Él había sido el
principal instrumento para obligar a su hermana a casarse conmigo, y bien sabia
que el corazón de aquélla pertenecía al piadoso muchacho. ¡Por causa de su
uniforme! ¡El uniforme e su degradación! Volví mis ojos hacia él... no pude
evitarlo; pero no dije una sola palabra.
Vi que bajo mi mirada se produjo en él un cambio
repentino. Era un hombre valiente, pero el color desapareció de su rostro y
retrocedió en su silla. Acerqué la mía a la suya; y mientras reía, pues
entonces estaba muy alegre, vi cómo se estremecía. Sen que la locura brotaba de
mi interior. Sentí miedo de mí mismo.
-Quería usted mucho a su hermana cuando el vivía-le
dije-. Mucho.
Miró con inquietud a su alrededor, y le vi sujeta con
la mano el respaldo de la silla; pero no dije nada.
-Es usted un villano -le dije-. Le he descubierto.
Descubrí sus infernales trampas contra mí; que el corazón de ella estaba puesto
en otro cuando usted la
obligó a casarse conmigo. Lo sé... lo sé.
De pronto, se levantó de un salto de la silla y
blandió en alto, obligándome a
retroceder, pus mientras iba hablando procuraba
acercarme más a él.
Más que hablar grité, pues sentí que pasiones
tumultuosas corrían por mis venas, y los viejos espíritus me susurraban y
tentaban para que le sacara el corazón.
-Condenado sea-dije poniéndome en pie y lanzándome
sobre él-. Yo la maté. Estoy loco. Acabaré con usted. ¡Sangre, sangre! ¡Tengo
que tenerla! Me hice a un lado para evitar un golpe que, en su terror, me lanzó
con la silla, y me enzarcé con él. Produciendo un fuerte estrépito, caímos
juntos al suelo y rodamos sobre él.
Fue una buena pelea, pues era un hombre alto y fuerte
que luchaba por su vida, y yo un loco poderoso sediento de su destrucción. No
había ninguna fuerza igual a la mía, y yo tenía la razón. ¡Sí, la razón, aunque
fuera un loco! Cada vez fue debatiéndose menos. Me arrodillé sobre su pecho y
le sujeté firmemente la garganta oscura con ambas manos. El rostro se le fue
poniendo morado; los ojos
se le salían de la cabeza y con la lengua fuera
parecía burlarse de mí. Apreté todavía más.
De pronto se abrió la puerta con un fuerte estrépito y
entró un grupo de gente, gritándose unos a otros que cogieran al loco.
Mi secreto había sido descubierto y ahora sólo luchaba
por mi libertad. Me puse en pie antes de que me tocara una mano, me lancé entre
los asaltantes y me abrí camino con mi fuerte brazo, como si llevara un hacha
en la mano y les atacara con ella. Llegué a la puerta, me lancé por el
pasamanos y en un instante estaba en la calle.
Corrí veloz y en línea recta, sin que nadie se
atreviera a detenerme. Por detrás oía el ruido de uno; pies, y redoblé la
velocidad. Se fue haciendo más débil en la distancia, hasta que por fin
desapareció totalmente; pero yo seguía dando saltos entre los pantanos y
riachuelos, por encima de cercas y d, muros, con gritos salvajes que escuchaban
seres extraños que venían hacia mí por todas partes y aumentaban el sonido
hasta que éste horadaba el aire Iba llevado en los brazos de demonios que
corrían sobre el viento, que traspasaban las orillas y los se tos, y giraban y
giraban a mi alrededor con un ruido y una velocidad que me hacía perder la
cabeza, hasta que finalmente me apartaron de ellos con un golpe violento y caí
pesadamente sobre el suelo. Al despertar, me encontré aquí, en esta celda gris
a la que raras veces llega la luz del sol, y por la que pasa la luna con unos
rayos que sólo sirven para mostrar mi alrededor sombras oscuras, y para que
pueda ve esa figura silenciosa en su esquina. Cuando esto despierto, a veces
puedo oír extraños gritos procedentes de partes distantes de este enorme lugar.
N sé lo que son; pero no proceden de ese cuerpo pálido, y tampoco ella les
presta atención. Pues desde las primeras sombras del ocaso hasta la primera luz
de la mañana, esa figura sigue en pie e inmóvil en c mismo lugar, escuchando la
música de mi cadena d hierro, y viéndome saltar sobre mi lecho de paja.
El
grillo del hogar
Primer grito
- I -
Empezó el puchero. No necesito que me contéis lo que
la señora Peerybingle dijera; yo me entiendo.
Dejad que la señora Peerybingle se pase hasta la
consumación de los siglos asegurando la imposibilidad de decidir cuál empezó:
yo digo que fue el puchero. Tengo motivos para saberlo. El puchero empezó cinco
minutos antes que el grillo, según el relojito holandés de cuadrante barnizado
situado en el rincón.
¡Como si el reloj no hubiese cesado de tocar! ¡Como si
el segadorcillo de movimientos convulsivos y bruscos que lo remata, paseando la
hoz de derecha a izquierda y luego de izquierda a derecha ante la fachada de su
palacio morisco, no hubiese segado medio acre de césped imaginario antes que el
grillo hubiese hecho notar su presencia!
A decir verdad, no fui nunca terco, como todo el mundo
sabe. Por nada del mundo opondría mi opinión personal a la opinión de la señora
Peerybingle, si no estuviese perfectamente seguro de lo ocurrido. «Nada me
induciría a semejante cosa. Pero se trata de una cuestión de hecho, y el hecho
es que el puchero empezó por lo menos cinco minutos antes que el grillo hubiese
dado señal de vida. Si insistís, apostaré que transcurrieron diez minutos.
Dejarme contar el caso tal como ocurrió. Es lo que
hubiera hecho desde la primera frase a no considerar que si cuento una historia
debo empezar por el principio, y ¿cómo queréis que empiece por el principio si
no empiezo por la vasija?
Parecía que la vasija y el grillo luchaban. Una lucha
musical, exclusivamente musical. Vais a saber su origen y sus consecuencias.
La señora Peerybingle había salido al obscurecer de
una tarde húmeda y fría, haciendo sonar sus zuecos sobre el empedrado lleno de
lodo; por cierto que sus pisadas reproducían groseramente alrededor del patio
una porción de figuras circulares de la primera proposición de Euclídes. La
señora Peerybingle había ido a la fuente a llenar el puchero. De vuelta ya, y
quitados los chanclos, que no era poco -por ser los chanclos muy altos y la
señora Peerybingle muy pequeña-, puso el puchero al fuego. Entonces perdió su
sangre fría, o por lo menos olvidó la paciencia que la caracterizaba; porque
estando el agua fría como el hielo y hallándose en forma de granizo líquido y
escurridizo que se infiltra hasta lo más interno de toda substancia, incluso
los círculos de hierro que sostienen los chanclos, no había respetado los dedos
del pie de la señora Peerybingle, llegando a salpicar sus piernas. Y como
precisamente, cuando estamos algo orgullosos de nuestras piernas, y con razón,
procuramos con empeño usar medias aseadas, claro está que en principio
hallaríamos algo durilla semejante prueba.
Además, el puchero mostraba una obstinación creciente.
No quería dejarse acomodar sobre la barra superior de la rejilla; no quería
prestarse tranquilamente a las desigualdades del carbón; se inclinaba hacia
adelante con modales de borracho, y vertía entretanto el agua sobre el hogar,
con insufrible sandez. Hay más: la tapadera, resistiendo a los dedos de la
señora Peerybingle, empezó por girar de arriba abajo, y luego con ingeniosa
testarudez, digna de mejor causa, se hundió de lado hasta el fondo del puchero.
El cascarón del Royal-George no hizo para salir del agua la mitad de la
resistencia monstruosa que la tapadera opuso a los esfuerzos de la señora
Peerybingle, antes que ésta pudiese sacarla y colocarla de nuevo en su sitio.
Y aun entonces el desgraciado puchero se mostró huraño
y gruñón, poniendo el asa en aire de desafío, y levantando el pico con burlona
impertinencia hacia la señora Peerybingle, como si dijese: «No quiero hervir,
Nadie me forzará a hervir».
Pero la señora Peerybingle, cuyo buen humor había
vuelto, se frotó las manos regordetas para sacudir el polvo, y se sentó riendo
ante el pucherillo. No obstante, la alegre llama se elevaba y caía
sucesivamente, derramando espléndida claridad sobre el segadorcito colocado en
lo alto del reloj holandés, de modo que parecía que estuviese pegado allí,
inmóvil como un tronco ante el palacio morisco, y que sólo la llama estuviese
en movimiento.
Y a pesar de todo, el hombrecito se movía; sufría sus
espasmos acostumbrados, por segundo, siempre con la misma regularidad. Pero hay
que notar con preferencia que era verdaderamente terrible observar los
padecimientos de que era víctima apenas iba a sonar el reloj. Cuando el
cuclillo sacaba la cabeza fuera de la abertura del castillo y cantaba su nota
seis veces, cada uno de aquellos gritos le trastornaba como si fuese la voz de
un fantasma o como si le tirasen de un alambre atado a sus piernas.
Sólo después de una violenta sacudida y cuando el
alboroto de las cuerdas y las pesas colocadas debajo de él habían cesado
enteramente, el pobre segador, lleno de espanto, iba calmándose poco a poco. Y
no temblaba sin razón, porque los estrepitosos esqueletos de relojes, con sus
algazaras inquietantes, llegan a desconcertar a una persona mayor, y me extraña
mucho que hayan existido hombres, pero sobre todo holandeses, que se hayan
complacido en inventarlos. En efecto; según la creencia popular, a los holandeses
les gustan las vastas envolturas y los amplios vestidos para cubrirse de arriba
abajo, de modo que hubieran obrado muy bien, por analogía, no dejando sus
relojes desnudos y sin protección en las regiones inferiores de su
individualidad.
Ahora bien; en aquel momento, notadlo bien, fue cuando
el puchero empezó el concierto de la velada. En aquel momento el puchero,
volviéndose tierno y musical, empezó a dejar oír en su garganta murmullos
irresistibles y a permitirse breves ronquidos, que detenía en la primera nota,
como si no estuviese seguro de que enlazasen bien con los murmullos. En aquel
momento, después de haber realizado dos o tres vanas tentativas para ahogar sus
sentimientos expansivos, sacudió todo mal humor, toda reserva, y dejó escapar
de pronto un torrente de notas tan alegres, tan gozosas, que ni el ruiseñor
estúpido tuvo de ellas la menor idea.
¡Y tan sencillas! Habríais podido comprender aquel
canto como un libro, mejor quizá que ciertos libros que vosotros y yo podríamos
citar. Con su cálido aliento, exhalado en una ligera nube que subía graciosa y
coquetona a una altura de algunos pies y luego quedaba suspendida junto al
ángulo de la chimenea, como en su cielo familiar, el puchero prosiguió su
canción con tanto arranque y energía, que su cuerpo zumbaba y se zarandeaba de
placer sobre el fuego, y la misma tapadera, la tapadera poco ha rebelde -tan
potente es la influencia del buen ejemplo-, ejecutó una especie de jiga(1)
haciendo un ruido semejante al de un címbalo adolescente, sordo y mudo, que
nunca conociera el son de su mellizo.
Indudablemente, el canto del puchero era un canto de
invitación y de bienvenida dirigido a alguien de fuera, a alguien que se
dirigía en aquel momento hacia el grato rincón doméstico, hacia el fuego que
chisporroteaba. La señora Peerybingle lo sabía perfectamente, mientras su
imaginación se entregaba a dulces ensueños delante del hogar.
-La noche es negra -cantaba el puchero-; las hojas
muertas cubren el camino; arriba reinan la bruma y las tinieblas; abajo no hay
más que miserable lodo; no se halla en la atmósfera, triste y sombría, un solo
punto en que pueda descansar la mirada, y apenas se ve un fulgor rojo-obscuro y
siniestro en la dirección en que imperan el Sol y el viento. No es más que un
fuego rojo que marca las nubes para castigarlas por el mal tiempo que causan.
El vasto llano, en toda su extensión, es tan sólo una larga faja negruzca de
lúgubre aspecto. El poste indicador está cubierto de escarcha. La lluvia
congelada hace resbaladizo el camino; más abajo el agua no se ha convertido del
todo en hielo, pero ya no es libre; nada conserva su forma natural; pero ¡él
viene, él viene, él viene!
Aquí, precisamente en este punto, fue cuando el grillo
entró en escena con un crrri, crrri, crrri, de magnífica potencia a coro con el
puchero; pero con una voz tan asombradamente desproporcionada a su estatura
-¡su estatura!, era casi invisible-, sobre todo comparándole con el puchero,
que si por desgracia hubiese reventado como un cañón excesivamente cargado,
cayendo, víctima de su celo, su cuerpecito roto en mil fragmentos, no hubiera
parecido sino la consecuencia natural y perseguida con su trabajo afanoso.
El puchero había terminado el solo. Perseveró con
ardor constante; pero el grillo se erigió en concertino y se mantuvo en su
supremacía. ¡Dios mío, qué modo de gritar! Su voz trémula, aguda y penetrante a
la vez, resonaba en la casa y parecía fulgurar como una estrella en medio de la
obscuridad que reinaba en el exterior. Notábase en sus notas más elevadas un
indescriptible temblorcillo que permitía creer que, arrebatado por la
intensidad de su entusiasmo, no permanecía en equilibrio sobre sus piernas y se
veía obligado a saltar y brincar. No obstante, marchaban muy bien unidos el
grillo y el puchero. El estribillo de la canción era siempre el mismo, y,
gracias a su mutua emulación, lo repetían con voz cada vez más fuerte.
La linda oyente -hay que saber que la señora
Peerybingle era joven y bonita, aunque tenía una figura de las que suelen
llamarse regordetillas, lo que no es tacha apreciable, según mi gusto
particular-; la linda oyente, pues, encendió una bujía, dirigió una mirada al
segador que remataba el reloj y que estaba haciendo una cosecha más que mediana
de minutos, y miró por la ventana; pero la obscuridad no le permitió ver más
que su cara reflejada en el vidrio. Verdad es -según mi opinión, y según la
vuestra también, lo juraría- que en vano habría buscado la señora Peerybingle
por algunas leguas a la redonda algo tan agradable como lo que entonces pudo
contemplar. Cuando volvió a sentarse en su sitio, el grillo y el puchero se
esmeraban todavía en el canto con cierta rivalidad furiosa, siendo
indudablemente el lado flaco del puchero la presunción de vencer
constantemente.
Notábase entre los dos toda la animación de una
carrera. ¡Crrri, crrri, crrri!... El grillo logra una milla de delantera. ¡Hum,
hum, hum-m-m!..., el puchero zumba tras él como una gruesa peonza. ¡Crrri,
crrri, crrri!..., el grillo dobla la esquina. ¡Hum, hum, hum-mm!..., el puchero
se le acerca cada vez más, va sobre sus talones; no hay que temer que suelte su
presa. ¡Crrri, crrri, crrri!... El grillo está más floreciente que nunca.
¡Hum, hum, hum-m-m!..., el puchero va poco a poco,
pero avanza sobre terreno firme. ¡Crrri, crrri, crrri!...
El grillo va a triunfar. ¡Hum, hum, hum-m-m!..., el
puchero no le dejará vencer. Hasta que puchero y grillo se mezclaron y se
confundieron de tal modo en el desorden y la precipitación de la carrera, que
para decidir con algún acierto si el puchero gritaba o el grillo zumbaba, o si,
por el contrario, el grillo gritaba y el puchero zumbaba, o si ambos gritaban y
zumbaban a la vez, se necesitaba mejor cabeza que la mía y quizá que la
vuestra. Pero lo indudable es que el puchero y el grillo, en un solo y único
momento y por medio del poder de una combinación que únicamente ellos conocen,
enviaron sus consoladoras canciones desde las cercanías del fuego a un rayo de
luz que, brillando a través de la ventana, iba a hundirse en el fondo del
tenebroso camino, y aquella luz, dando de lleno sobre cierta persona que en el
mismo instante avanzaba por aquel lado entre la obscuridad, le explicó toda la
cuestión en un abrir y cerrar de ojos -al pie de la letra- y le gritó:
-¡Bien venido seas a tu casa, antiguo compañero! ¡Bien
venido seas, muchacho!
Logrado este fin, el puchero, vencido en toda la
línea, derramó furioso su contenido hirviente, y fue apartado del fuego.
- II -
La señora Peerybingle corrió inmediatamente a la
puerta. El ruido de las ruedas de una carreta, el paso de un caballo, la voz de
un hombre, las idas y venidas de un perro transportado de gozo, y la aparición,
tan sorprendente como misteriosa, de un niño de mantillas, causaban una
confusión en medio de la cual era difícil entenderse.
De dónde venía el niño y cómo la señora Peerybingle le
tomó en brazos en menos de un segundo, lo ignoro por completo; pero lo cierto
es que se veía un niño sano y robusto en los brazos de la señora Peerybingle,
que parecía estar no poco orgullosa de él, cuando fue suavemente conducida
hacia el fuego por un hombre de robusta musculatura, de mucha mayor edad y
estatura que ella, y obligado a encorvarse enteramente para besarla. Pero
merecía la pena. Ya se podía descender seis pies, y aun padeciendo de lumbago.
-¡Cielo santo, John! -dijo la señora Peerybingle-. ¡En
qué estado habéis llegado por causa del tiempo!
Era innegable, en efecto, que el recién llegado había
sufrido su acción. La bruma espesa colgaba de sus cejas en forma de gotas
congeladas, semejando estalactitas, y la acción simultánea del fuego y de la
humedad hacía aparecer verdaderos arcos iris hasta en las puntas de su bigote.
-Claro está -respondió John lentamente, desenvolviendo
una manta que le rodeaba el cuello y calentándose las manos-; claro está,
Dot(2). Como que no estamos precisamente en verano, nada tiene de extraño, Dot.
-Deseo, John, que os acostumbréis a no llamarme Dot;
no me gusta semejante calificativo -dijo mistress Peerybingle, haciendo una
linda mueca que demostraba claramente todo lo contrario.
-¿Cómo queréis, pues, que os llame? -prosiguió John,
dejando caer sobre ella una mirada acompañada de una sonrisa y rodeando su
talle con un abrazo tan suave como podía serlo un abrazo de su enorme mano y su
brazo de Hércules-. Mi guapa moza con su... No; no quiero decir su guapo mozo,
por temor de echar a perder lo que tenía meditado; pero poco me ha faltado para
hacer un chiste; no creo que nunca se me haya acercado tanto a los labios.
Según sus afirmaciones, estaba frecuentemente próximo
a decir algo muy ingenioso el alto, lento, macizo y honrado John; pero si tenía
el cuerpo pesado, no dejaba de conservar un humor juguetón y ligero; si su
superficie era ruda, no era menos suave en el fondo; si estaba embotado
exteriormente, no cabe duda que su interior era vivo y ágil; en conjunto era
algo torpe, ¡pero tan buen muchacho! ¡Madre naturaleza! Concede a tus hijos la
verdadera poesía del corazón que se ocultaba en el pecho del pobre mandadero
-porque, dicho sea de paso, no era más que un mandadero-, y no los seguiremos
sin placer en sus conversaciones en vil prosa, lo mismo que en los episodios de
su existencia también prosaica. ¡Aun tendremos que darte las gracias por el
solaz que experimentaremos en su compañía!
Daba gusto ver a Dot tan pequeñita y con el niño en
brazos, un muñeco, mirando el fuego con aspecto de coquetería soñadora, e
inclinando a un lado su delicada cabecita para hacerla descansar de un modo
especial, en parte natural y en parte estudiado, en la curtida caraza del
mandadero. Daba gusto verle a él con tierna torpeza, mientras se esforzaba en
adaptar su grosero apoyo a las necesidades de la ligera mujercita, convirtiendo
su virilidad ya madura en un bastón de juventud para la edad delicada de su gentil
compañera.
Daba gusto ver a Tilly Slowboy, la niñera bajita que
en el fondo de la habitación esperaba que le entregasen el niño y contemplaba
aquel grupo con pura mirada de catorce años, cómo permanecía allí con la boca y
los ojazos abiertos, y la cabeza inclinada hacia adelante aspirando con avidez
el aire sano de la vida de familia.
Y aun faltaba ver a John el mandadero, que, a
consecuencia de una señal que Dot le hizo a propósito del niño, retuvo su mano
en el momento de tocarle, como si hubiese temido destrozarle entre sus dedos, y
con el cuerpo inclinado se contentó con examinarle atentamente a respetuosa
distancia, con mezcla de orgullo y cortedad.
-¿Verdad que es hermoso, John? ¿Verdad que es
encantador cuando está dormido?
-Encantador, ya lo creo -dijo John-, y no hace más que
dormir, ¿no es así?
-¡No, por Dios, John!
-¡Bah! -murmuró John con aire pensativo-, me había
parecido que tenía casi siempre los ojos cerrados.
¡Eh, eh!
-¡Dios mío, John! ¡Qué modo de sacudir al pequeñuelo!
-¡No debe de hacerle bien volver los ojos así! -dijo
el mandadero asombrado. ¡Mirad cómo guiña ambos ojos a la vez! Mirad su boca;
la abre y cierra como un pez.
-No merecéis ser padre, no lo merecéis -dijo Dot, con
toda la dignidad de una matrona llena de experiencia-. Pero ¿cómo podríais
conocer los males que afligen a los niños, John? ¡Ni sus nombres sabéis,
tontísimo!
Y después de poner otra vez al niño sobre su brazo
izquierdo y de darle una ligera palmada en la espalda, para colocarle mejor,
pellizcó, riendo, la oreja de su marido.
-No -respondió John quitándose el ropón-, ciertamente,
Dot, no tengo grandes conocimientos en asuntos semejantes. Lo que puedo
asegurar es que esta tarde he sostenido con el viento una lucha bastante ruda.
Soplaba el noroeste, y ha penetrado en mi carreta
durante todo el camino, a mi regreso.
-¡Dios mío! ¡Pobre John! -gritó mistress Peerybingle,
que desplegó instantáneamente una actividad prodigiosa-. ¡Aquí, Tilly! Tomad mi
preciosísimo tesoro, mientras voy a hacer algo útil. ¡Cielo santo! ¡Creo que le
ahogaría a fuerza de besarle! ¿Quieres irte, perrazo mío? ¿Quieres irte, Boxer?
Dejad que empiece por haceros el té, John; en seguida os ayudaré a arreglar los
paquetes.
Como la abeja diligente, como la abeja pequeñita... y
lo que sigue, como sabéis, John. ¿Aprendisteis en la escuela la canción: Como
la abeja diligente?
-No lo suficiente para dominarla por completo
-respondió John-. Estuve una vez próximo a aprenderla toda, pero creo que no
hubiera hecho más que estropearla.
-¡Ja, ja, ja! -exclamó Dot, riendo a carcajada suelta,
y su risa era la más graciosa y alegre que pueda imaginarse-. ¡Sois el más
adorable badulaque del mundo!
Sin discutir en manera alguna semejante aseveración,
salió John de la estancia para ver si el mozo, que llevaba una linterna, que
desde largo rato danzaba ante la puerta y la ventana como un fuego fatuo, había
limpiado bien el caballo, mucho más gordo de lo que podríais creer, y tan
viejo, que la época de su nacimiento se perdía en la obscura noche de los
tiempos. Boxer, comprendiendo que la familia entera tenía derecho a sus
atenciones, que debían ser repartidas imparcialmente entre cada uno de sus miembros,
entraba y salía con desordenada agitación, ora describiendo un círculo de
bruscos ladridos alrededor del caballo, mientras le estregaban a la puerta del
establo; ora haciendo como que se lanzaba ferozmente contra su señora,
parándose por su propio impulso delante de ella con aire ceremonioso; ora
arrancando un grito de espanto a Tilly Slowboy, sentada junto al fuego en su
sillita de niñera, aplicándole, cuando menos podía esperarlo, el hocico húmedo
a la mejilla; ora demostrando indiscreto interés por el niño; ora volteando
sobre sí mismo infinidad de veces delante del hogar antes de tenderse, como si
quisiera permanecer allí toda la noche, y volviendo luego a levantarse y
yéndose fuera a agitar la punta del rabo al aire libre, como si se acordase de
una cita y se alejase a toda prisa para no faltar a la palabra comprometida.
-¡Ea, ya está la tetera lista y al fuego! -exclamó
Dot, tan seriamente ocupada como una niña jugando a señora de su casa-. Aquí
está el jamoncillo frío. Aquí la manteca; allí el panecillo y todo lo demás.
Aquí está la cesta para los paquetes pequeñitos, por si habéis traído algunos.
¿Pero dónde estáis, John? Por Dios, no dejéis caer el chiquitín en el fuego,
Tilly.
Bueno es que se sepa que miss Slowboy, a pesar de la
vivacidad con que rechazó esta observación, demostraba un talento raro y
asombroso en lo que concernía a colocar al chiquitín en posiciones
dificilísimas; muchas veces había expuesto su débil existencia con una sangre
fría propia y peculiar suya. La muchacha era alta y flaca, de modo que su traje
parecía estar en perpetuo peligro de deslizarse por su espalda, semejante a una
percha, de la que pendía negligentemente. Su atavío era notable por las desigualdades
que generalmente mostraban sus trajes de franela de hechura singular, así como
por enseñar por la espalda, a falta de corsé, dos trozos de corpiño color verde
obscuro. Y como Tilly se hallaba en un estado perpetuo de admiración ante todas
las cosas, y completamente absorta gracias a la contemplación incesante de las
perfecciones de la señora y del niño, puede decirse que los descuidillos de
miss Slowboy hacían honor igualmente a su corazón y a su cabeza, aunque no
hiciesen tanto honor a la frente del chiquitín, puesta con demasiada frecuencia
en tales circunstancias en contacto con las puertas, los aparadores, los
escalones, los hierros de la cama y otras cosas heterogéneas. Pero, después de
todo, veíase en dichos acontecimientos el halagüeño resultado del asombro que
experimentaba sin tregua Tilly Slowboy al verse tan bien tratada e instalada en
casa tan cómoda. Porque los Slowboy, de ambas ramas, paterna y materna, eran
mitos desconocidos en el decurso de la historia. Tilly había sido educada por la
caridad pública; era expósita, y como los expósitos no suelen crecer entre
mimos y ternezas, su situación, aunque modesta, le parecía muy dichosa.
Os hubiera gustado casi tanto como al mismo John ver a
la señora Peerybingle volviendo con su marido, arrastrando el célebre cesto y
haciendo los más enérgicos esfuerzos sin resultado alguno, porque al fin y al
cabo era John el que lo arrastraba. No es del todo imposible que semejante
escena hubiese divertido al grillo; tengo tentaciones de creerlo. Lo que es
probado es que se puso a cantar con nuevo ardor.
-¡Vaya, vaya! -dijo John lentamente según su
costumbre-; ¡hoy está más alegre que nunca!
-A buen seguro nos predice alguna ventura, John.
Siempre nos ha traído felicidad. No hay nada tan alegre como la presencia de un
grillo en el hogar.
John la miró como si estuviese próximo a creer que en
este caso ella sería el grillo en jefe, con lo cual participaría por completo
de su opinión. Pero probablemente ésta fue una de las ocasiones en que poco
hubiera faltado para que hiciese un chiste, porque no despegó los labios.
-La primera vez que escuché su alegre cancioncilla fue
la noche en que me condujisteis a esta casa, mi nueva morada, para hacerme
señora de ella. Pronto hará un año. ¿Os acordáis, John?
¡Sí, sí! John se acuerda, y no haya miedo que lo
olvide.
-Su gorjeo me daba la bienvenida del modo más
expresivo que pueda imaginarse. Me pareció henchido de promesas y de consuelos;
creí que me aseguraba vuestra amabilidad y vuestra bondad, y que no tardaríais
- yo entonces lo dudaba, John- en hallar una vieja cabeza sobre los hombros de
la loquilla que era ya vuestra mujer.
John, con aire pensativo, golpeó cariñosamente uno de
los hombros y después la cabeza de Dot, como si quisiera decir: «No, no; no lo
había pensado, y estoy contento de lo que hallé». Y tenía mucha razón; lo que
había encontrado no era tan malo.
-El grillo decía la verdad, John, cuando me hizo la
promesa de que os hablo; porque siempre fuisteis para mí el más atento y el más
afectuoso de todos los maridos del mundo. Me habéis hecho tan feliz en esta
casa,
John, que por ello amo al grillo con toda el alma.
-Entonces, también yo le amo, Dot -dijo el mandadero-;
también yo le amo.
-Le amo por los buenos pensamientos que su música hizo
nacer en mí cada vez que le escuché. Algunas veces, por la tarde, al
obscurecer, cuando me sentía algo sola, algo triste, John, antes que el niño
hubiera venido al mundo para hacerme compañía y alegrar la casa; cuando pensaba
en el desconsuelo que tendríais si yo muriese y en el que yo tendría si pudiese
saber que me habíais perdido, su crrri, crrri, crrri, llegado del hogar, me
hablaba con una vocecita tan dulce, tan simpática para mi corazón, que a su
primer sonido se desvanecía mi pesar como un sueño, y cuando temía -lo temí
alguna vez, ¡era yo tan joven!- que nuestro matrimonio fuese una unión
desigual, por ser yo una niña y parecer vos más bien mi tutor que mi marido;
cuando temía que no pudieseis llegar, a pesar de vuestros esfuerzos, a amarme
tanto como deseabais, su crrri, crrri, crrri me devolvía el valor y me llenaba
de nueva confianza. He aquí por qué amo tanto al grillo.
-Y yo también -repitió John-. Pero, Dot, ¿afirmáis que
deseo y espero poder llegar a amaros? ¿Qué queréis decir? ¿Cómo podéis hablar
así? Lo había logrado mucho tiempo antes de conduciros aquí para que fueseis
dueña y señora del grillo, Dot.
Dot apoyó un momento la mano en el brazo de John y le
contempló con aire conmovido como si hubiese querido decirle algo. Un momento
después se arrodillaba ante el cesto, charlando con animación, ocupadísima con
los paquetes.
-No hay muchos paquetes esta noche, John; pero he
visto algunos fardos detrás del carruaje, y aunque embaracen más, rinden mayor
provecho, de modo que no podemos quejarnos, ¿verdad? ¿Sin duda habréis
distribuido bastantes a lo largo del camino?
-Ya lo creo -respondió John-, muchos, muchos.
-Pero ¿qué es esta caja redonda? ¡Cielo santo! John,
es una torta de boda.
-Sólo las mujeres pueden adivinar estas cosas -dijo
John lleno de admiración; un hombre no lo hubiera acertado nunca. En cambio,
apuesto cualquier cosa a que si ponéis una torta de boda en una caja de té, en
un catre de tijera, en una banasta de salmón o en cualquier otro continente
inverosímil, una mujer sabrá adivinar lo que hay dentro sin la menor
vacilación. Sí; es una torta de boda que he tomado en casa del pastelero.
-¡Y pesa horriblemente, algo así como... cien-libras!
-exclamó Dot haciendo grandes esfuerzos para levantarla-. ¿A quién está
destinada, John? ¿Dónde irá a parar?
-Leed la dirección en el lado opuesto.
-¡John! ¡Dios mío, John!
-¿Verdad que parece imposible? -preguntó éste.
-No puede ser -prosiguió Dot, sentándose en el suelo y
sacudiendo la cabeza- que vaya destinada a Gruff y Tackleton, el comerciante de
juguetes.
John hizo una señal afirmativa.
Mistress Peerybingle lo repitió unas cincuenta veces,
pero no era en ella señal de afirmación, sino de sorpresa muda y llena de
compasión. Durante aquel rato apretaba los labios imprimiéndoles una diminuta
mueca, para la cual no estaban hechos a buen seguro, y continuó dirigiendo al
mandadero una mirada distraída pero penetrante, mientras por su parte miss
Slowboy, que tenía aptitud para reproducir fragmentos de conversación corriente
para distraer al niño, pero despojándolos de todo sentido y poniendo los sustantivos
en plural sin excepción alguna, preguntaba en alta voz al chiquitín si eran en
verdad los Gruffs y Tackletons, comerciantes de juguetes; si se iría a las
tiendas de los pasteleros para tomar las tortas de las bodas; y si las madres
sabían reconocerlas en las cajas cuando los padres las llevaban a las casas.
-¿Y creéis que ese matrimonio se efectuará? -preguntó
Dot-. ¡Dios mío! ¡Si May y yo íbamos a la misma escuela cuando éramos
pequeñitas! -John iba a pensar en Dot, y a representársela tal cual debió ser
cuando pequeñita, cuando iba a la escuela; no faltó mucho para que lo hiciera.
La contemplaba ya con aire de satisfacción soñadora; pero se limitó a la
contemplación y no dijo ni una palabra.
-¡Y él tan viejo, tan distinto de ella! Decid, John,
¿cuántos años más que vos tiene Gruff y Tackleton?
-¿Cuántas más tazas de té beberé esta noche de una
sola vez de las que Gruff y Tackleton haya bebido jamás en cuatro? Ésta es mi
pregunta -respondió en tono juguetón el mandadero mientras aproximaba su silla
a la mesa y principiaba el asalto al jamón-. En lo que toca a comer, como poco,
pero mi poco lo como a gusto.
Era una frase ritual de John, que solía repetir cada
vez que comía; una de sus ilusiones inocentes, porque su insaciable apetito no
dejaba de desmentirle ni una sola vez. En aquella ocasión la fórmula consabida
no hizo brotar la menor sonrisa de los labios de su mujer, que, permaneciendo
en pie entre los paquetes, rechazó lentamente la caja de la torta con su
piececito, sin mirar ni un instante, aunque bajase los ojos, al lindo zapatito
que tanto solía interesarla. Absorta en sus ensueños, se quedó allí sin
acordarse del té ni de John, aunque éste la llamase y golpease la mesa con el
cuchillo para despertar su atención, hasta que, al fin, se levantó y le tocó el
brazo; Dot le contempló entonces un instante, y corrió en seguida a colocarse
en su sitio a la mesa, cerca de la tetera, riéndose de su negligencia. Pero no
fue aquélla la misma risa de antes; y del tono depende la música, según es bien
sabido.
El grillo había callado también. No podría explicaros
por qué aquel cuartito no tenía el mismo aspecto gozoso de antes.
- III -
-¿No hay más paquetes, John? -dijo Dot rompiendo una
larga pausa, que el honrado mensajero había consagrado a la demostración
práctica de una parte de su frase favorita, probando al menos que comía con
placer lo que comía, aunque fuese imposible admitirle que comía poco-. ¿No hay
más paquetes?
-No -dijo John-. Pero... no... me... -añadió
abandonando el tenedor y el cuchillo y respirando a sus anchas. Confieso que...
¡me había olvidado por completo del anciano!
-¿Del anciano?
-Está en el coche -añadió John-. Se había dormido
sobre la paja la última vez que le vi. Dos veces estuve dispuesto a llamarle
desde que he llegado, pero lo olvidé las dos veces... ¡Arriba! ¡Eh! ¡Eh!
¡Levantaos! ¡Ya hemos llegado!
John pronunció estas palabras fuera de la puerta,
hacia la cual se había precipitado con la bujía en la mano.
Miss Slowboy, convencida de que el nombre de
anciano(3) ocultaba algún misterio, y asociando a esta expresión en su
imaginación, sacudida por creencias supersticiosas, ciertas ideas de naturaleza
poco tranquilizadora, llegó a tal grado de turbación que se levantó a toda
prisa de la silla baja del rincón del hogar para ir a buscar protección tras
las faldas de su señora. En el momento preciso en que pasaba delante de la
puerta entrevió a un viejo desconocido y le cayó encima instintivamente,
golpeándole con la única arma ofensiva que llevaba en la mano. Como este
instrumento resultó ser el chiquitín, se produjo una gran agitación, una
vivísima alarma, que la sagacidad de Boxer no hizo más que aumentar, porque el
valiente perro, que tenía más memoria que su dueño, había indudablemente
vigilado al anciano durante su sueño, temiendo que se fugase con algunos
plantones de chopo que venían atados a la parte posterior del carruaje, y le
apretaba todavía muy de cerca, mordisqueando valientemente sus piernas, y batallando
con los botones de sus polainas.
-¡Pardiez! -exclamó John, cuando se hubo restablecido
la paz-. Sois un dormilón terrible -mientras tanto el anciano permanecía de pie
en medio de la habitación, inmóvil y con la cabeza descubierta-. ¡Un dormilón
terrible!
El extranjero, hombre de larga cabellera blanca,
bellas facciones, singularmente altaneras y expresivas, a pesar de pertenecer a
un viejo, y ojos negros, brillantes y perspicaces, miró a su alrededor
sonriendo, y saludó a la mujer del mandadero con una grave inclinación de
cabeza.
Su traje, de color moreno, ofrecía rara singularidad
por su moda y corte antiguos. Llevaba un sólido bastón de viaje, también
moreno; cuando hubo golpeado el suelo con el bastón, éste se abrió,
convirtiéndose en una silla, en la que se sentó con gran tranquilidad el
desconocido.
-Mira -dijo el mandadero, dirigiéndose a su mujer-. En
esta misma postura le he encontrado, sentado al borde del camino, inmóvil como
un guardacantón, y casi tan sordo como él.
-¿Sentado al raso, John?
-Al raso -respondió el mandadero-; precisamente al
caer la noche. «Asiento pagado», me ha dicho, dándome dieciocho peniques; ¡ha
subido en seguida, y hele aquí!
-Me parece que va a marcharse, John.
Nada de esto. Quería solamente hablar.
-Dispensadme -dijo el extranjero con dulzura-. A causa
de mi dolencia no puedo ir solo. Esperaré que vengan a buscarme. No hagáis caso
de mí.
Sacó luego de uno de sus vastos bolsillos sus
anteojos, y de otro bolsillo un libro, y se puso en seguida a leer
tranquilamente, sin preocuparse de Boxer, como si el terrible guardián fuese un
cordero familiar.
El mandadero y su mujer cambiaron una mirada de duda.
El extranjero levantó la cabeza, y pasando de la mujer al marido, preguntó a
este último:
-¿Es vuestra hija, amigo mío?
-Mi mujer -respondió John.
-¿Vuestra sobrina?
-¡Mi mujer! -gritó John con todos sus pulmones.
-¿Es cierto? -prosiguió su interlocutor-. ¡Cierto! Es
muy joven.
Dicho esto volvió a hojear el libro y continuó la
lectura. Pero antes de haber podido leer dos líneas, se interrumpió de nuevo
para decir:
-¿Y el niño, es vuestro?
John le hizo con la cabeza una señal gigantesca, tan
afirmativa como si hubiese trompeteado su respuesta con el auxilio de una
bocina.
-¿Una hija?
-¡Un muchacho! -gritó John.
-Muy joven también, ¿no es verdad?
La señora Peerybingle se resolvió en seguida a tomar
parte en la conversación.
-¡Dos meses y tres días! ¡Vacunado hace seis semanas!
¡La vacuna ha ido perfectamente!
¡Considerado por el doctor como un niño admirablemente
hermoso! ¡De una inteligencia verdaderamente maravillosa! ¡Quién creería que se
mantiene ya en pie!
-Y al llegar a esta exclamación final la diminuta
madre, perdiendo el aliento por haber gritado estas cortas frases al oído del
anciano, hasta tal punto que su lindo rostro tomaba tintas moradas, levantó al
niño ante el viajero, poniéndose en pie como prueba irrefutable y triunfante
que apoyaba sus aserciones, mientras que Tilly Slowboy, con el grito armonioso
de ¡Ketcher! ¡Ketcher!, palabras misteriosas que resonaban en su oído como un
estornudo popular, se puso a dar cabriolas como un becerro alrededor de la
inocente criaturilla.
-¡Oíd! Vienen a buscarle, lo juraría -dijo John-.
Alguien llama a la puerta. Abrid, Tilly.
- IV -
Pero antes que la muchacha hubiese podido obedecer, la
puerta fue abierta desde el exterior, pues era una puerta primitiva, de
picaporte, que todo el mundo podía abrir a su antojo, y por cierto que no poca
gente se daba semejante gusto; a todos los vecinos les agradaba charlar un
poquito con el mandadero, aunque John no pecase ciertamente de hablador. La
puerta abierta dejó el paso libre a un hombrecito delgado, con muestras de
evidente preocupación, de rostro moreno y que, por las señas, se había confeccionado
el sobretodo con una tela de saco que debió envolver alguna caja en tiempo
lejano; porque al volverse el hombrecito para cerrar de nuevo la puerta,
pudieron leerse claramente las iniciales G. y T. en su espalda, y la palabra
cristal con letras grandes.
-Buenas noches, John -dijo el hombrecito-. ¡Buenas
noches, señora! ¡Buenas noches, Tilly! ¡Buenas noches, desconocido! ¿Cómo sigue
el niño, señora? ¿Boxer sigue bueno, verdad?
-Todo sigue a las mil maravillas, Caleb -respondió
Dot-. Para convenceros de mis palabras, no tenéis más que empezar por fijaros
en el nene que Dios me ha dado por hijo.
-O fijarme en vos misma -añadió Caleb.
No obstante, no se fijó en su interlocutora; su ojo
errante y preocupado parecía siempre estar muy lejos, y era indudable que su
alma estaba también ausente.
-O en John -siguió Caleb-, o en Tilly, o en el mismo
Boxer.
-¿Estáis atareado, Caleb? -preguntó el mandadero.
-Sí, John, bastante -respondió Caleb, con el aire
distraído de un sabio que buscase por lo menos la piedra filosofal-. Las cosas
no van tan mal como se cree. La gente corre ansiosa tras las arcas de Noé. Yo
hubiera deseado mejorar un poco la especie; pero a ese precio no puede hacerse
más. Mucho me agradaría haber logrado que se conociera quiénes eran Shem y Hams
y las esposas. Las moscas no pueden hacerse a esa escala como los elefantes. Y
a propósito, John, ¿tenéis algún paquete para mí?
El mandadero hundió la mano en uno de los bolsillos
del ropón que se había quitado, y sacó de él un tiestecito de flores,
cuidadosamente rodeado de papel de musgo.
-¡Tomad! -dijo, arreglando las hojas con gran
cuidado-. ¡Ni una hoja estropeada! ¡Cuánto capullo!. El ojo sombrío de Caleb se
iluminó ante la planta. El hombrecito dio las gracias a su amigo.
-Es raro, Caleb -dijo el último-. Resulta muy raro en
esta época.
-No importa. Cualquiera que sea el precio, siempre me
parecerá módico. ¿Hay algo más, John?
-Una cajita -dijo el mandadero-. Hela aquí.
-Para Caleb Plummer -deletreó el hombrecito-. Con
dinero(4), John. No creo que me lo manden a mí.
-Con cuidado -rectificó el mandadero mirando por
encima del hombro de Caleb-. ¿Cómo habéis podido leer con dinero?
-¡Oh, tenéis razón! -dijo Caleb-. Esto es, con
cuidado. Sí, sí; más arriba trae mi dirección. No quiere decir esto que no
hubiese podido recibir cien francos, John, si mi pobre muchacho, que marchó a
California, viviese aún. Le amabais como a un hijo, ¿verdad? No hay que
asegurármelo; me consta. «A Caleb Plummer.
Con cuidado.» Sí, sí, esto es; una caja de ojos de
muñecas para las tareas de mi hija. ¡Ojalá sus ojos pudieran encontrarse
también en el fondo de esta cajita!
-Lo desearía con todo mi corazón.
-Gracias -repuso el hombrecillo-. Vuestro lenguaje
sale verdaderamente del corazón. ¡Cuando pienso que no podrá ver nunca las
muñecas que están allí, fijando todo el día los ojos en ellas! ¿No es esto muy
cruel?
¿Qué os debo por vuestro trabajo, John?
-Buen trabajo os haré pasar si repetís semejante
pregunta. ¡Dot! Estuve a punto de...
-Os reconozco, John -dijo el hombrecillo-. Tal es
vuestra bondad acostumbrada. ¡Vaya!, creo que estamos listos.
-No lo creo yo así -añadió el mensajero-. Haced
memoria.
-¿Hay algo para el amo? -preguntó Caleb después de
haber reflexionado un instante-. Tenéis razón: por orden suya vine, pero mi
cabeza está tan fatigada con las arcas de Noé... y además, ¿no ha venido él en
persona?
-¡Él! -respondió el mandadero-, no lo creáis; está
demasiado atareado con su cortejo.
-No obstante, vendrá -dijo Caleb-, porque me recomendó
que saliese por el camino acostumbrado, añadiendo que a buen seguro le
encontraría. Y a propósito; bueno será que me vaya. Pero antes, señora,
¿tendríais la bondad de dejarme pellizcar la cola de Boxer por un segundo? ¿Me
lo permitís?
-¡Qué pregunta tan ingrata, Caleb!
-Dispensadme y no hagáis caso de lo que ocurra, porque
quizá no sea muy de su gusto. Acabo de recibir un pedido regular de perros
rabiosos y desearía acercarme, en cuanto fuese posible, a la realidad, aunque
la ganancia no exceda de doce sueldos. Felizmente, Boxer, sin que fuese
necesario aplicarle el estimulante propuesto, se puso a ladrar con excepcional
ardor. Pero como tales ladridos anunciaban la llegada de una nueva visita,
Caleb, aplazando para un momento más favorable su estudio del natural, colocose
la cajita redonda sobre el hombro y se despidió a toda prisa. Y seguramente
hubiera podido ahorrarse toda su agitación, porque encontró al recién llegado
antes de trasponer la puerta.
-¿Estáis aquí todavía? Pues bien; esperad un poco. Os
acompañaré hasta vuestra casa. John Peerybingle, estoy a vuestra disposición, y
sobre todo a la disposición de vuestra mujer. ¡Cada día más bonita y más buena!
¡Y más joven también! ¡Parece cosa del diablo!
-Me extrañaría de vuestros cumplidos, señor Tackleton
-dijo Dot algo fríamente-, si vuestra nueva situación no me los explicase.
-¿Lo sabéis todo?
-He procurado creer lo que me han dicho.
-¿Lo creísteis con dificultad?
-Acertáis.
- V -
Tackleton, el comerciante de juguetes, casi
generalmente conocido bajo el nombre de Gruff y Tackleton - era la razón
social, aunque Gruff hubiese muerto hacía mucho tiempo, legando el nombre al
asociado y, según el decir de la gente, el mal humor que el diccionario inglés
atribuye a su nombre malsonante; Tackleton, el comerciante de juguetes, había
sentido una sincera vocación desconocida de sus padres y su tutor. Si hubiesen
hecho de él un usurero, un procurador codicioso o un policía, Tackleton, desahogando
sus malas inclinaciones durante la juventud, después de agotar toda la
malignidad de su ser en los deberes naturales de su estado, hubiera llegado a
ser amable aunque sólo fuese por el atractivo de la novedad. Pero, obligado a
almacenar la bilis, encadenado a sus apacibles ocupaciones de comerciante de
juguetes, había llegado a ser un verdadero ogro doméstico, que, viviendo a
expensas del bolsillo de los niños, no cesaba un solo instante de ser su
enemigo mortal. Despreciaba los juguetes, y no hubiera comprado uno solo por
todo el oro del mundo; hallaba, gracias a su mal carácter, singular placer en
arreglar caras henchidas de expresión feroz a los labradores de cartón que
conducían sus puercos al mercado, a los pregoneros que anunciaban una digna
recompensa al que encontrase la conciencia perdida de un abogado, a las viejas
mecánicas que zurcían medias o modelaban pasteles, y a cuantos personajes ponía
a la venta. Se sentía verdaderamente feliz al imaginar máscaras terribles,
diablillos que aparecían por sorpresa, feos, crespos, de ojos colorados;
cometas vampiros, barqueros demoníacos que no podían colocarse patas arriba
levantándose constantemente para correr hacia los niños muertos de miedo. Éste
era su único consuelo, y por decirlo así, la válvula de seguridad por cuyo
medio se escapaba su mal carácter. Tenía verdadero genio para semejantes
invenciones; y la idea de alguna nueva pesadilla le causaba un placer
inenarrable. Llegó a perder dinero -éste era el único juguete que le gustaba
-para procurarse asuntos infernales de linterna mágica en que los poderes de
las tinieblas estuviesen representados bajo la forma de crustáceos
sobrenaturales de rostro humano; y había comprometido un capitalito para
exagerar la estatura terrorífica de sus gigantes, y aun sin ser pintor,
indicaba a los artistas que empleaba, con ayuda de un yeso pizarra, ciertas
miradas furtivas destinadas a modificar de un modo extraño la fisonomía de los
monstruos, que a su vista se llenaban de espanto las almas de los jóvenes
gentlemen de seis a once años durante las vacaciones enteras de Navidad o de
verano.
Lo que era Tackleton con respecto a los juguetes, lo
era con respecto a todo el mundo. Por lo tanto, podéis suponer que su traje
verde, abrochado hasta la barba, que descendía hasta las pantorrillas, envolvía
al individuo más antipático del orbe; figuraos el personaje más distinguido,
más agradable que se hubiese puesto un par de enormes botas de becerro color
caoba.
¡Y no obstante, Tackleton, el comerciante de juguetes,
iba a casarse! Sí, a pesar de todo, iba a casarse, y con una joven, y aun con
una hermosa joven.
No parecía ciertamente un novio cuando apareció en la
cocina del mandadero, con su cara seca y ceñuda como una cuerda de pozo; su
extravagante figura, el sombrero echado hacia adelante sobre la punta de la
nariz, las manos hundidas hasta el fondo de los bolsillos y con toda su mala
naturaleza henchida de sarcasmo, saliendo a la luz por un rinconcito de su
ojillo, como la esencia concentrada de una bandada de cuervos. No obstante, era
él, indudablemente, el novio.
-Faltan tres días -dijo-. El jueves próximo, último
día de enero, nos casaremos.
¿He anotado que tenía siempre un ojo grande y abierto,
y el otro casi cerrado, y este último era siempre el ojo expresivo? No creo
haberlo dicho.
-Sí, nos casaremos -repitió Tackleton, haciendo
resonar su dinero en el bolsillo.
-¡Pardiez! El mismo día del aniversario de nuestro
matrimonio -exclamó el mandadero.
-¡Ja, ja, ja! -añadió Tackleton riendo-. ¡Vaya una
casualidad! Precisamente formáis una pareja muy semejante a la nuestra.
La indignación de Dot, al escuchar una aserción tan
presuntuosa, no puede describirse. No hubiera faltado más sino que Tackleton
acogiese la posibilidad de un niño semejante también a su chiquillo. Tackleton
estaba loco; era indudable.
-¡Esperad, esperad! He de deciros dos palabras
-murmuró Tackleton, empujando de nuevo a John con el codo-. ¿Vendréis a la
boda? Estamos la misma barca.
-¿Cómo en la misma barca? -preguntó el carrero.
-Muy poca diferencia -dijo Tackleton, haciendo un
nuevo guiño-. ¿Antes de ese día, iréis a pasar un rato con nosotros?
-¿Por qué? -preguntó John, extrañado de la diligente
hospitalidad de su interlocutor.
-¿Por qué? -respondió éste-. ¡Buen modo de recibir una
invitación! ¿Por qué? Por el gusto de veros, por lo agradable que me fue
siempre vuestra compañía, y por muchas otras razones que paso en silencio.
-¡Nunca os había visto tan sociable! -dijo John con su
simplicidad y su franqueza habituales.
-¡Bah, bah, bah! Comprendo que no hay que veniros con
requilorios -dijo Tackleton-. Más vale ir sin rodeos hasta el fin. Pues bien,
la verdad es que ofrecéis..., y vuestra mujer también, cuando estáis juntos, lo
que la gente suele llamar aspecto delicioso. Bien sabemos lo que ocurre en el
fondo, nosotros los que...
-¡Cómo! ¿Lo que ocurre en el fondo? -interrumpió
John-. ¿Qué queréis decir?
-Bien, bien. No lo sabemos, si os gusta así. No
discutiremos por una brizna de paja. Decía, pues, que, contando con cierta
apariencia satisfecha que os nota todo el mundo, creo que vuestra compañía
producirá un efecto altamente favorable en la futura mistress Tackleton. Y
aunque yo no juzgue a esta buena señora –y el orador se dirigió a Dot-, muy
bien dispuesta en favor mío en este asunto, no dudo que aceptará mi
ofrecimiento, porque sabe esparcir a su alrededor una atmósfera de satisfacción
y de tranquilidad que siempre produce buen efecto, sea cual fuere el fondo de
las cosas. ¿Vendréis, verdad?
-Habíamos dispuesto solemnizar el aniversario de
nuestro casamiento con la mayor pompa posible en nuestra casita -respondió
John-. Nos lo hemos prometido hace seis meses. Creemos que en nuestra casita...
-¡Bah! ¿Y qué es al fin y al cabo vuestra casita?
-exclamó Tackleton-. Cuatro paredes y un techo. Y a propósito: ¿por qué no
matáis ese maldito grillo? Tiempo ha lo hubiera hecho, a estar en vuestro
lugar. No dejo un solo grillo con cabeza; ¡me carga su ruido impertinente!
También en mi casa hay cuatro paredes y un techo. ¿Vendréis a verme?
-¿Matáis los grillos? -preguntó John.
-Los piso -contestó Tackleton dejando caer pesadamente
al suelo el tacón de su bota-. Vamos, prometedme que vendréis; a los dos nos
interesa; ya sabéis que nuestras mujeres se persuaden una a otra de su
felicidad y de que no existe en el mundo entero mayor suma de ventura. Conozco
a las mujeres. Lo que la primera diga, está resuelto a defenderlo la segunda.
Hay entre ellas un espíritu tal de emulación, que si vuestra mujer dice a la
mía: «Soy la mujer más venturosa del mundo, y mi marido es el mejor de los maridos;
le adoro con toda el alma», mi mujer dirá lo mismo a la vuestra, o quizá vaya
más lejos, y llegará a creerlo.
-¿Creéis, pues -preguntó el mandadero-, que vuestra
mujer no os...?
-¡Que mi mujer no me...! -exclamó Tackleton con risa
breve y aguda-. ¡Que mi mujer no me...! ¿qué más?
John estuvo tentado de añadir: «os... adorará?» Pero
habiendo encontrado el ojo semicerrado de Tackleton en el momento preciso en
que éste se fijaba en el mandadero guiñándole por encima del cuello levantado
del capote, y viendo la punta del ojo que parecía pronta a destruirle,
comprendió que en todo el ser de aquel hombre singular había tan poquita cosa
que mereciese adoración, que substituyó la primera frase con otra nueva, y
continuó así: «No creo que os adore en modo alguno».
-¡Ah, buen pájaro! ¿Bromeáis? -dijo Tackleton.
Pero John, aunque lento para comprender todo el
alcance de lo que Tackleton había tenido la intención de decir, le miró con tan
serio gesto, que Tackleton viose forzado a explicarse más categóricamente.
-Tengo el capricho -dijo levantando su mano izquierda
y golpeándose ligeramente el índice, como si dijera: «Aquí estoy yo,
Tackleton»-, tengo el capricho de casarme con una mujer joven y bonita -y
golpeó el meñique, que simbolizaba a su futura; así, pues, no lo golpeó con
suavidad, sino reivindicando sus prerrogativas de amo y señor-. Puedo
satisfacer este capricho, y lo haré así. Ahora, mirad un momento.
Y le señaló con el dedo a Dot, que se sentaba
pensativa y soñadora delante del fuego, apoyando en la mano su linda barbilla
adornada de un gracioso hoyuelo; a Dot, que a la sazón contemplaba la brillante
llamarada. El mandadero la contempló, la contempló de nuevo y volvió a
contemplarla, y cesó en sus observaciones, sin comprender absolutamente nada.
-Os honra y os obedece, sin duda -continuó Tackleton-,
y yo no soy hombre de sensiblerías; no pido más que eso.
El pobre John se turbó, experimentando, a pesar suyo,
una rara mezcla de malestar e incertidumbre. No pudo impedir que su morena faz
lo revelase a su modo.
-Buenas noches, amigo mío -dijo Tackleton con aire
compasivo-. Me voy. En realidad, somos, según veo, exactamente iguales. ¿No
queréis visitarme mañana por la noche? No importa; vendré al día siguiente de
la boda a veros, en compañía de mi futura. Esto le hará buen efecto. Sois un
hombre excelente.
-Pero, ¿qué es esto?
La mujer del mandadero había dado un fuerte grito, un
grito agudo y pronto que hizo resonar la habitación como si fuera un vaso de
vidrio. Se había levantado de la silla y permanecía en pie como petrificada por
el terror y la sorpresa. El extranjero se había acercado al fuego para
calentarse y estaba a dos pasos de la silla, pero siempre tranquilo y
silencioso.
-¡Dot! -exclamó el mandadero-. ¡María! ¡Tesoro mío!
¿Qué ocurre? ¿Qué hay?
- VI -
En un instante se agruparon todos a su alrededor.
Caleb, que empezaba a dormirse sobre la caja de la torta de boda, súbitamente
despertado, en el primer momento de turbación, había agarrado a miss Slowboy
por los cabellos, pero apenas hubo recobrado el sentido, le pidió mil perdones.
-¡Dot! -exclamó John con su mujer entre los brazos-.
¿Estáis enferma? ¿Qué ocurre? ¡Hablad, querida mía!
Pero Dot, por toda respuesta, dio una palmada, y se
puso a reír desaforadamente; luego, dejándose caer de los brazos de John al
suelo, se cubrió el rostro con el delantal y se echó a llorar. Luego volvió a
reír; lloró de nuevo; sintió frío, y se dejó conducir junto al fuego por su
marido, sentándose en el mismo lugar de antes. El extranjero permanecía en pie,
tranquilo y silencioso.
-Estoy mejor, John -dijo Dot-. Estoy completamente
bien.
Pero mientras hablaba con John, miraba al lado
opuesto.
¿Por qué se volvía hacia el extranjero como si hubiera
de dirigirse a él? ¿Perdía Dot la cabeza?
-Me alegro mucho de que el lance haya concluido bien
-murmuró Tackleton paseando la mirada por toda la habitación-. Eh, Caleb, un
momento. ¿Quién es este hombre de cabellos grises?
-No lo sé, señor -respondió Caleb en voz baja-. No lo
he visto nunca. Una bonita figura de cascanueces;
un modelo enteramente nuevo. Atornillándole una
quijada que bajase hasta caer encima del chaleco, sería delicioso.
-No está mal -dijo Tackleton.
-O bien para unos avíos de encender, ¡qué modelo!
-observó Caleb sumido en profunda contemplación. Se le vacía la cabeza para
colocar los fósforos; se le alzan al aire los talones para la bujía; mirad,
mirad: en esta actitud. ¡Qué admirable avío para colocar encima de la chimenea
de un prócer!
-Puede decirse que no está mal -afirmó Tackleton-.
Pero en fin, el plan es irrealizable. Vámonos. Cargad con la caja... Supongo
que ya ha terminado por completo el percance.
-¡Por completo! ¡Por completo! -dijo la mujercita
apresurándose a despedirle con una señal expresiva.
Buenas noches, muy buenas noches.
-Buenas noches, señora -añadió Tackleton-; buenas
noches, John Peerybingle. Cuidado con la caja, Caleb. ¡Si el paquete cae, os
rompo la cabeza! La noche está negra como boca de lobo; el tiempo está peor que
nunca. ¡Diablo! Buenas noches.
Tackleton se dirigió a la puerta pronunciando estas
palabras, no sin haber paseado por la habitación una segunda mirada
escrutadora, y seguido de Caleb, que llevaba la torta de boda sobre la cabeza.
El mandadero había quedado tan ensimismado a causa del
accidente que su mujercita había sufrido, tan ocupado en calmarla y cuidarla,
que había olvidado casi enteramente la presencia del extranjero, hasta que le
divisó, en pie todavía. Era el único extraño que permanecía aún en su casa.
-Se ha quedado -dijo John-. Es preciso que le dé a
entender que ya es hora de marcharse.
-Os pido perdón, amigo mío -dijo el anciano,
acercándose al mandadero-; con tanto más motivo cuanto temo que vuestra mujer
se haya sentido indispuesta; pero la persona que mi dolencia me hace
indispensable y al mismo tiempo condujo la mano al oído y sacudió la cabeza- no
ha llegado aún, y temo que haya sufrido algún error. El mal tiempo que esta
noche me hizo encontrar tan agradable el abrigo de vuestro carruaje -¡ojalá no
lo tenga nunca peor!-, es más crudo que antes. ¿Querríais tener la extremada
bondad de cederme una cama por esta noche? Os satisfaré puntualmente su
importe.
-¡Sí, sí! -respondió Dot-. Sí; es cosa resuelta.
-Bien, bien -dijo el mandadero sorprendido de
aquiescencia tan pronta-. No hubiera sido yo quien... No estoy completamente
seguro de que...
-¡Chist, John! -interrumpió Dot.
-¡Bah! Es sordo como una tapia.
-Lo sé, pero... Sí, señor, decididamente.
Decididamente. Voy a arreglarle la cama en seguida, John.
Y al salir a toda prisa para preparar cuanto era
necesario, la turbación que la invadía era tan extraña, que el mandadero, que
la seguía con la mirada, quedó confuso.
-Y sus madrecitas arreglan las camas -gritó miss
Slowboy al niño-, y sus cabellos estaban negros y rizados cuando se han quitado
los gorros, y ¿qué es lo que ha dado miedo a los chiquitines sentados junto al
fuego?
Por efecto de la inexplicable atracción que las más
insignificantes bagatelas ejercen frecuentemente en un espíritu devorado por
vagarosas dudas, el mandadero, paseándose de arriba abajo de la habitación,
sorprendiose repitiendo mentalmente varias veces las absurdas palabras de
Tilly. Las repitió con tanta frecuencia que llegó a aprenderlas de memoria y
las recitaba como si fuesen una verdadera lección, cuando miss Slowboy, después
de haber friccionado con la palma de la mano -según la añeja práctica de las
niñeras- la cabecita calva del niño durante todo el tiempo que juzgó
conveniente para su salud, le puso de nuevo el gorro y le anudó la cinta debajo
de la barbilla.
-¿Qué es lo que ha dado miedo a los chiquitines
sentados junto al fuego? ¿Qué es lo que ha dado tanto miedo a Dot? Me gustaría
saberlo -murmuraba el mandadero, reanudando sus idas y venidas.
Arrancaba de su corazón las pérfidas insinuaciones del
comerciante de juguetes, y, no obstante, se sentía lleno de un sentimiento de
malestar vago e indefinido; porque Tackleton era listo y vivo, mientras que él
estaba tan persuadido de su inferioridad, que cualquiera alusión directa o
reticencia le alarmaban súbitamente. No tenía intención alguna de relacionar lo
que le había dicho Tackleton con la conducta extraña de su mujer; pero ambos
motivos de reflexión se presentaban simultáneamente a su espíritu, sin que John
pudiese lograr su separación.
La cama estuvo hecha muy pronto; el extranjero, sin
aceptar más refrigerio que una taza de té, se retiró.
Entonces Dot, completamente tranquila, según decía,
arregló el sillonazo poniéndolo en el rincón de la chimenea para que se sentase
su marido: llenó la pipa de John, se la dio y colocó su acostumbrado
taburetillo
al lado de él junto al fuego.
Nunca había dejado de sentarse en aquel taburetillo;
indudablemente que creía con firmeza que aquel taburetillo era delicioso, y muy
apropiado para hacer resaltar ante su marido sus seductores hechizos.
Dot era, además, la mujer más hábil que se hubiera
podido hallar en todo el orbe -hay que reconocerlo- para llenar una pipa. Nada
más delicioso que el espectáculo que ofrecía al introducir en el vientre de la
pipa su dedito regordete, luego al soplar en su interior para limpiar el tubo,
y después de tan delicadas operaciones, al afectar la creencia de que realmente
había quedado algo en el tubo, por cuyo motivo soplaba una docena de veces y la
acercaba al ojo a modo de telescopio, mirando hasta el fondo con gestillo de su
carita incomparable, era un precioso espectáculo. En cuanto a la colocación del
tabaco, nadie hubiera podido enseñarle un grado nuevo de perfeccionamiento.
Cuando tomaba un trozo de papel encendido para pegar fuego a la pipa sin
chamuscar nunca la nariz del mandadero, en cuya boca permanecía aquélla,
traspasaba el acierto e invadía ya el campo del arte, o mejor aún, del genio.
El grillo y el puchero, reanudando su cantata, así lo
reconocían. El fuego, reanimando sus llamaradas, así lo reconocía. El
segadorcillo del reloj, persistiendo en su labor maquinal, así lo reconocía. Y
el carrero, con su tersa frente y complacida fisonomía, era el primero en
reconocerlo.
Mientras fumaba su vieja pipa con aire grave y
pensativo, mientras el reloj holandés hacía oír sin interrupción su monótono
tic tac, el fuego brillaba alegremente, y el grillo cantaba a grito pelado;
este benigno genio familiar de la casa -porque tal era el grillo- evocó en el
espíritu del venturoso John, bajo formas fantásticas, una multitud de imágenes
de su felicidad doméstica. Veía Dots de todas las edades y estaturas posibles
que llenaban la habitación; Dots, niñas gozosas que corrían delante de él y que
cogían las flores del campo; Dots, modestas, tan pronto rechazándole a medias
como cediendo a medias, a las súplicas llenas de ternura que él les dirigía en
medio de su rudeza; Dots recién casadas, atravesando el umbral de la casa y
tomando posesión, como buenas guardadoras del hogar, de las llaves y de los
armarios. Dots, madres, servidas por Slowboys ficticias, llevando niños a la
ceremonia del bautismo; Dots, más maduras, aunque jóvenes y frescas todavía,
vigilando como matronas venerables a otras Dots, hijas suyas, que se entregaban
a danzas campestres; Dots, regordetas y redonditas, acosadas, sitiadas como
venerandas abuelas por ejércitos de niños sonrosados; Dots, arrugadas, que se
apoyaban en sus bastones y andaban lenta e inseguramente. Vio también desfilar
ante sus ojos ancianos mandaderos con Boxers viejos y ciegos, tendidos a sus
pies; nuevos carruajes conducidos por nuevos cocheros -«Peerybingle hermanos»
se leía en el toldo-, mandaderosancianos y enfermos, cuidados por las manos más
dulces del mundo, y tumbas de mandaderos muertos, muertos tiempo ha, cubiertas
de verde musgo en el fondo de los cementerios. Y mientras el grillo le hacía
ver todas estas cosas -porque lo cierto es que las veía distintamente aunque
sus ojos permaneciesen fijos en las llamas del hogar-, el mandadero se sentía
feliz y satisfecho y daba gracias con toda el alma a sus dioses domésticos, sin
acordarse más de Gruff y Tackleton.
¿Pero a qué viene esa imagen de joven que el mismo
grillo-hada coloca tan cerca del taburete de Dot, y que permanece solo y en
pie? ¿Por qué se quedaba junto a ella, con el brazo apoyado en la campana de la
chimenea y repitiendo constantemente: «¡Casada y no conmigo!»?
¡Dot, Dot! ¡Sospechar de Dot! No; semejante idea no
puede ocupar un lugar entre las visiones de vuestro marido. Pero, en tal caso,
¿por qué la sombra desconocida ha pasado por su hogar?
Segundo grito
- I -
Solitos en su rincón, como dicen los libros de cuentos
-cuyas benéficas narraciones habréis bendecido cien veces, por lo bien que
saben disipar la monotonía de este mundo prosaico-, vivían Caleb Plummer y su
hija ciega; solitos en su rincón, esto es, en una casucha de madera llena de
hendeduras, en un verdadero cascarón de nuez, que era algo así como una verruga
situada en la preeminente nariz, de ladrillo, de Gruff y Tackleton. La
propiedad de Gruff y Tackleton se extendía a lo largo de media calle; en cambio,
la casita de
Caleb Plummer se hubiera derribado fácilmente de un
martillazo o dos, y sus escombros habrían cabido fácilmente en una carreta.
Si algún transeúnte hubiese hecho a la casa de Caleb
Plummer el honor de notar su desaparición, una vez realizada la expedición que
acabamos de indicar, hubiera sido indudablemente con el único objeto de aprobar
sin vacilación el derribo, calificándolo de mejora evidente. Estaba la casucha
adherida a la casa de
Gruff y Tackleton como un marisco a la quilla de una
nave, como un caracol a una puerta o una mata de setas al tronco de un árbol.
En cambio, era el germen de que brotara el tronco vigoroso y soberbio de Gruff
y Tackleton; y bajo su ruinoso techo el antepenúltimo Gruff había fabricado en
pequeña escala juguetes para toda una generación de niños y niñas de su tiempo,
que, empezando por jugar con ellos, habían concluido por desmontarlos y
romperlos antes de irse a la cama.
He dicho que Caleb y su hija ciega vivían allí; más
exacto sería afirmar que el morador era Caleb, pero que su pobre hija tenía
otra residencia, un palacio de hadas adornado y amueblado por Caleb, en cuyo
recinto la necesidad y la estrechez eran completamente desconocidas, en cuyo
recinto jamás pudieron penetrar las angustias de la vida. No obstante, Caleb no
era ningún hechicero; era sencillamente un maestro consumado en la única magia
que las edades nos conservaron: la magia del amor abnegado e imperecedero; la
naturaleza había dirigido sus estudios y le había comunicado el arte de hacer
milagros.
La cieguecita no supo jamás que los techos
amarilleaban, que las paredes estaban manchadas y dejaban al descubierto
grandes extensiones de yeso, y que las vigas carcomidas se hundían cada vez
más. La cieguecita no supo nunca que el hierro se enmohecía, que la madera iba
pudriéndose, que el papel se gastaba y que la misma casa perdía insensiblemente
su forma, sus dimensiones y sus proporciones regulares. La cieguecita no llegó
a saber que encima del aparador no había más que una miserable vajilla de barro;
que el pesar y el desaliento reinaban en la casa y que los escasos cabellos de
Caleb se blanqueaban más y más ante los ojos apagados de su adorada compañera.
La cieguecita ignoró constantemente que la mísera pareja tenía un amo frío,
exigente, insensible; en una palabra, no supo jamás que Tackleton fuese
Tackleton. La cieguecita creía, por el contrario, que Tackleton era un hombre
original, que gustaba de embromarlos, y que, desempeñando con respecto a ellos
el papel de ángel de la guarda, rechazaba toda muestra de reconocimiento que
pudiesen ofrecerle.
Y todo, todo se lo debía la cieguecita a Caleb, todo
se lo debía a su excelente padre. Pero Caleb tenía también un grillo en su
hogar; y mientras él escuchaba melancólicamente su canto, cuando la niña ciega
y privada ya de su madre era muy pequeñita todavía, el buen espíritu del hogar
le había inspirado la idea de que el gran infortunio de su hija casi podría ser
considerado como una merced del cielo, que permitiría llevar la felicidad a su
existencia. Porque es de saber que los grillos forman una tribu de espíritus
poderosos, aunque la gente que con ellos se relaciona lo ignore casi siempre; y
en el mundo invisible no existen, a buen seguro, voces más dulces y verdaderas,
sobre cuyas inflexiones se pueda contar con más fundamento y que nos den con
tanta frecuencia consejos suaves y tiernos, que las voces de que se sirven los
espíritus del rincón del fuego y del hogar doméstico para comunicarse con el
género humano.
Caleb y su hija trabajaban juntos en su taller
habitual, o por mejor decir, pasaban encerrados en él toda la vida. La
habitación era ciertamente muy rara. Veíanse en ella casas terminadas y sin
terminar para muñecas de todos los rangos: moradas de arrabal para las muñecas
de condición modesta; viviendas compuestas de una sola habitación, con su
correspondiente cocina, para las muñecas de las ínfimas clases sociales;
suntuosos palacios para las muñecas del gran mundo. Algunas casas estaban
amuebladas ya, siempre de acuerdo con la condición y fortuna de las muñecas que
las habitaban; otras podían quedarlo en un momento de la manera más rica y
dispendiosa a mediar un solo aviso; bastaba tomar lo necesario de los estantes
cargados de sillas, mesas, sofás, camas y todo lo que constituye un mobiliario
completo. Los personajes de la alta nobleza, los hidalgos de provincia y el
público en general, a quienes estaban destinadas tales habitaciones, yacían acá
y acullá tendidos en los cestos, con los ojos inmóviles dirigidos al techo;
pero sus rangos estaban marcados, y cada individuo había sido colocado en el
lugar que le correspondía. La experiencia nos demuestra cuán difícil es, por
desgracia, la perfecta colocación en la vida real; pero los fabricantes de
muñecas fueron siempre mucho más hábiles que la naturaleza, que suele aparecer
con frecuencia tan caprichosa e imperfecta. Los fabricantes, en lugar de
atenerse a las distinciones arbitrarias de la seda, la indiana o los tejidos,
habían añadido señaladas diferencias, según las clases, que no permitían
confusión alguna. De modo, que la ilustre muñeca de alto linaje tenía miembros
de cera de simétrica perfección; en el segundo grado de la escala social se
empleaba el cuero y en el grado inferior los retazos de tela grosera. En cuanto
a las gentes vulgares, tenían fósforos en lugar de piernas y brazos. Por
consiguiente, cada muñeca se encontraba definitivamente establecida en su
esfera y sin posibilidad de salir nunca de ella, gracias a estas disposiciones
positivas.
Además de las muñecas, la habitación de Caleb Plummer
contenía gran número de variadas muestras de su industria; tales eran las arcas
de Noé, en las cuales cuadrúpedos y volátiles aprovechaban el recinto lo que no
es decible; veíaseles unos sobre otros con inaudita confusión, sin perder el
más pequeño espacio. Por una licencia poética, pintoresca y valiente, casi
todas las arcas de Noé tenían aldabones en la puerta, apéndices poco naturales
quizá, en cuanto parecían suponer visitas matinales como la del cartero; pero
se habían puesto con el fin de que nada faltase al exterior del edificio.
Veíanse también en la habitación de Caleb Plummer docenas de melancólicas y
diminutas carretas, cuyas ruedas exhalaban triste música al girar; muchos
violines, tambores y otros instrumentos de tortura; grandes masas de cañones,
escudos, espadas, lanzas y fusiles; saltimbanquis minúsculos con calzones
rojos, que atravesaban incesantemente a cuál mejor altas barreras de cintas
rojas y caían, al otro lado, de cabeza; ancianos de aspecto respetable, por no
decir venerable, que saltaban constantemente como locos por encima de clavijas
horizontales que a este fin habían sido clavadas en sus propias puertas.
Veíanse animales de todas suertes; particularmente caballos de todas las razas,
desde el cilindro salpicado sostenido por cuatro estacas con una panoja en vez
de crin, hasta el caballo saltador pur sang animado de indomable ardor. Hubiera
sido difícil enumerar todas las figuras grotescas, siempre prontas a cometer
los mayores absurdos mediante una vuelta de manubrio. No hubiera sido fácil
citar alguna locura humana, algún vicio o alguna dolencia, cuyo tipo más o
menos exacto no sehallase en la habitación de Caleb Plummer. No quiere decir
esto que Caleb hubiese recurrido a formas exageradas, porque no se necesitan
grandes manubrios para hacernos ejecutar en el mundo a todos, hombres y
mujeres, vueltas mucho más raras que las del juguete más extravagante.
En medio de tan heterogéneos objetos, Caleb y su hija
trabajaban sentados; la pobre ciega arreglaba una muñeca y él pintaba y
barnizaba la fachada con cuatro ventanas de un hotelito burgués.
Las zozobras que reflejaba la expresión del rostro de
Caleb; su aspecto soñador y distraído, que hubiera sentado perfectamente a la
fisonomía de un alquimista o de un adepto de las ciencias ocultas, formaban a
primera vista extraño contraste con la trivial naturaleza de sus ocupaciones y
de las frivolidades que le rodeaban. Pero por más triviales que sean los
objetos, cuando se inventan y ejecutan para ganar el pan de cada día, toman un
carácter muy serio y grave; y, además, no podría aseguraros que si Caleb
hubiese sido lord chambelán, o miembro del Parlamento, o jurisconsulto, o
especulador, hubiese juzgado menos frívolos sus nuevos juguetes, al paso que es
indudable que los suyos eran más inofensivos.
-¿De modo que estabais fuera, a merced de la lluvia,
ayer por la noche, padre mío, con el hermoso traje nuevo? -preguntó la hija de
Caleb Plummer.
-Con mi traje nuevo -respondió éste, dirigiendo una
rápida mirada hacia una cuerda, de la cual colgaba la tela de embalaje que
describimos antes, puesta cuidadosamente a secar.
-¡Cuánto me gusta que lo hayáis comprado, padre mío!
-¡Y a un sastre tan celebrado! Un sastre enteramente a
la moda. Es demasiado hermoso para mí.
La cieguecita interrumpió su trabajo y se echó a reír
de todo corazón.
-¡Demasiado hermoso, padre mío! ¿Acaso puede haber
algo demasiado hermoso para vos?
-No obstante, casi me da vergüenza usarlo -dijo el
anciano, espiando el efecto que sus palabras producían en el rostro radiante de
su hija-; puedes creerlo. Cuando oigo a grandes y pequeños que dicen detrás de
mí: «¡Vaya un encopetado!», no sé qué cara poner. Y ayer por la noche un
mendigo no quería soltarme, obstinado en perseguirme mientras yo le aseguraba
que era un hombre vulgar: «No, no; vuestro honor no me convencerá de semejante
cosa.» Experimenté verdadera confusión y creí en verdad que no tenía ningún
derecho al uso de tan hermoso traje.
¡Cuán feliz era la cieguecita! ¡Qué alegría, qué
triunfo para ella!
-Os veo, padre mío -dijo cruzando las manos-, tan
claramente como si tuviese los ojos, cuya falta no siento nunca mientras
permanecéis a mi lado. Un traje azul...
-Azul claro -dijo Caleb.
-Sí, sí; azul claro -exclamó la joven levantando su
radiante faz-: del color que me acuerdo haber visto en el cielo... Un hermoso
traje azul claro...
-Amplio y cómodo -añadió Caleb.
-¡Sí, amplio y cómodo! -repitió la cieguecita, riendo
a carcajada suelta-. ¡Y llevando este traje, padre mío, me parece veros con
vuestra mirada gozosa, vuestra cara sonriente, vuestro paso ligero, vuestros
cabellos negros y vuestro aspecto tan joven y tan bello!
-¡Basta, basta! -dijo Caleb-. Voy a volverme vanidoso.
-Creo que lo sois ya -exclamó su hija, dirigiéndole,
en medio de su regocijo, una señal llena de malicia-.
¡Os conozco, padre mío! ¡Lo he adivinado! ¿Lo veis?
¡Pobre Caleb! No tenía gran semejanza con el retrato
delineado por su hija mientras permanecía en su mísera silla contemplando a la
desdichada.
Su hija había hablado del paso ligero de Caleb, y en
lo que a esta parte concernía tenía razón. Hacía muchos años que Caleb no había
atravesado la puerta una sola vez con su paso natural, lento y pesado, sino con
un paso ficticio, destinado a engañar el oído de su hija; y ni en las ocasiones
en que estuviera más amargado su corazón había olvidado la marcha ligera,
calculada para hacer más ligera también la vida de su hija y más fácil su
valor. ¡Sólo Dios lo sabe! Pero yo creo, por mi parte, que el vago extravío que
reinaba en las maneras de Caleb, era en parte originado por la ficción en que
se había voluntariamente colocado, en unión de todos los objetos que le
rodeaban; por la ficción de aquella perpetua comedia a que se condenara por
amor a su hija. Forzosamente el pobre hombrecito había de conservar su aspecto
extraviado, después de tantos esfuerzos hechos durante largos años con el fin
de destruir su propia identidad y la de todos los objetos que le interesaban.
-Está concluida -dijo Caleb, retrocediendo un paso o
dos para juzgar mejor el mérito de su obra-, y tan próxima a la realidad como
cincuenta céntimos a una pieza de diez sueldos. ¡Lástima que la fachada de la
casa se abra de una sola vez! ¡Si pudiésemos poner una escalera y puertas
regulares para penetrar en cada habitación!... He aquí los inconvenientes del
oficio; paso la existencia entera forjándome ilusiones, engañándome a mí mismo.
-Habláis en voz muy baja, padre mío. ¿Estáis fatigado?
-¡Fatigado! -repitió Caleb con vivaz empuje-. ¿Qué
podría fatigarme? Nunca me fatigué, Berta. ¿Qué quieres decir con estas
palabras?
Y para dar fuerza incontestable a sus aserciones se
interrumpió a sí mismo en el momento en que involuntariamente iba a imitar a
dos figurillas bonachonas que levantaban los brazos y bostezaban sobre el
tapete de la chimenea, imágenes perfectas del hastío eterno desde la punta de
los pies hasta la punta de los cabellos; y luego empezó a tararear el
estribillo de una canción. La canción era báquica; una picardía a la mayor
honra del vino espumoso, y Caleb la entonó con voz tan sorprendente, con tan
notable animación, que el gozoso canto hacía resaltar mil veces más la delgadez
y la congoja de su semblante.
- II -
-¿Qué es esto? ¿Pues no me ha parecido oíros cantar?
-dijo Tackleton asomando la cabeza por la puerta-.
¡Continuad! ¡Continuad! Yo no tengo gana de cantar.
En verdad, nadie hubiera puesto en duda su aserto. No
traía cara de cantar cancioncillas.
-No sería yo quien se permitiese cantar -dijo
Tackleton-. Me encanta que podáis hacerlo vosotros. Espero que la canción no
estorbará vuestra tarea, aunque no sobre el tiempo para hacer ambas cosas a la
vez.
-¡Si pudieses verle! -murmuró Caleb al oído de su
hija-. ¡Cómo guiña el ojo, Berta! ¡No he visto hombre más gracioso! Si no le
conocieras, llegarías a creer que habla en serio, ¿verdad?
La cieguecita sonrió e inclinó la cabeza
afirmativamente.
-Cuando un pájaro sabe cantar y no quiere, hay que
forzarle, según el proverbio -gruñó Tackleton-; pero cuando un murciélago, que
no sabe cantar, que no debería cantar, canta a pesar de todo, ¿qué hay que
hacerle?
-¡Qué miradas tan picarescas nos dirige en este
instante! -dijo Caleb a su hija-. ¡Cielo santo!
-¡Siempre alegre, siempre de buen humor cuando viene a
vernos! -exclamó Berta, sonriendo.
-¡Ah! ¿Estáis aquí? -respondió Tackleton-. ¡Pobre
idiota!
La creía realmente idiota; y se fundaba para creerlo,
sea por instinto o por reflexión, en el amor que ella le profesaba.
-Pues bien; puesto que estáis ahí, ¿cómo os
encontráis? -preguntó Tackleton con tono malhumorado.
-¡Bien, muy bien! Tan feliz como podáis desear, tan
feliz como querríais hacer a todo el mundo, si dependiese de vos.
-¡Pobre idiota! -murmuró Tackleton-. ¡Ni un asomo de
razón, ni el menor asomo!
La cieguecita le tomó la mano y la besó; la estrechó
un momento entre las suyas, y apoyó en ella su mejilla tiernamente antes de
soltarla. Hubo en esta caricia tanto afecto, una expresión tan viva de
reconocimiento, que el mismo Tackleton se conmovió hasta el punto de decir con
un gruñido menos brutal que de costumbre:
-¿Qué tenéis?
-La coloqué al lado de mi almohada hasta que me fui a
dormir ayer por la noche y la soñé. Luego, cuando el día ha llegado, al
levantarse el Sol en todo su esplendor..., el Sol rojo, ¿verdad, padre?
-Rojo mañana y tarde, Berta -respondió el pobre Caleb,
dirigiendo una mirada llena de profunda tristeza a Tackleton.
-Al levantarse el Sol y mientras su brillante luz, con
la que temo siempre tropezar, ha entrado en la habitación, hacia la luz he
colocado el pequeño arbusto, bendiciendo al cielo que ha creado cosas tan
lindas, y a vos que me las enviáis para hacerme dichosa.
«¡Loca desatada! -pensó Tackleton-. Pronto llegaremos
a la camisa de fuerza y a las esposas. ¡Progresamos, progresamos!»
Caleb, con las manos juntas, lanzaba miradas
vagarosas, mientras hablaba su hija, como si realmente se preguntase -y creo
que así era- si Tackleton había hecho algo para merecer la gratitud de Berta.
Si al pobre Caleb, en aquel instante, se le hubiese concedido libertad completa
para escoger entre echar de su casa a puntapiés al comerciante de juguetes, o
caer a sus plantas reconociendo sus mercedes, creo que se hubiera podido
apostar por los dos extremos con las mismas probabilidades de acierto. No obstante,
sabía perfectamente que era él mismo quien con sus propias manos había traído a
su casa tan cuidadosamente el rosal para su hija, y que eran sus mismos labios
los que habían forjado este engaño para borrar en su hija la menor sospecha de
las privaciones numerosas, infinitas, que se imponía diariamente para ofrecerle
algunos goces más.
-Berta -dijo Tackleton afectando calculadamente un
poquillo de cordialidad-, acercaos.
-¡Oh, me acercaré a vos sin ir a tientas! -respondió
Berta-. No tenéis necesidad de guiarme.
-¿Queréis que os diga un secreto?
-Lo quiero -respondió con entusiasmo.
¡Cuán radiante, cuán espléndida se puso aquella cara
hundida en las tinieblas! ¡Qué aureola tan luminosa rodeó a aquella cabeza en
postura interrogante!
-Éste es el día en que la pequeña... ¿Cómo se llama?
la niña mimada, la mujer de Peerybingle, os hará la visita habitual para
disfrutar su extravagante merienda, ¿verdad? -añadió Tackleton con pronunciada
expresión de desdén hacia la agradable expansión tradicional.
-Sí, es hoy -respondió Berta.
-Así me lo ha parecido -repuso Tackleton-. Pues bien;
quisiera ser de la partida.
-¿Lo oís, padre mío? -exclamó la cieguecita enajenada
y fuera de sí.
-Sí, sí, lo he oído -murmuró Caleb con mirada fija de
sonámbulo-; pero no lo creo. Será una de tantas ilusiones que me complazco en
forjar.
-No; veréis... Es que... deseo aproximar un poco los
Peerybingle a May Fielding... Querría que se relacionasen... ¡Voy a casarme con
May!
-¡Casaros! -exclamó la cieguecita alejándose
bruscamente de él.
-¡El diablo confunda a la idiota! ¡Ya preví que no
podría hacerle comprender mi idea! Sí, Berta, me caso.
La iglesia, el ministro, el sacristán, el pertiguero,
la carroza de cristales, las campanas, el desayuno, la torta de la novia, las
cintas de seda, los clarinetes, los trombones y todo el alboroto; una boda,
¿entendéis?, una boda. ¿Sabéis bien lo que es una boda?
-Lo sé -dijo la cieguecita dulcemente-, lo comprendo.
-¿De veras? -murmuró Tackleton-. ¡Gran fortuna! Pues
bien; he aquí por qué deseo ser de la partida y traer conmigo a May y su madre.
Os enviaré por la mañana alguna cosilla, una pierna fría de carnero, u otra
golosina cualquiera de la misma clase. ¿Me esperaréis?
-Sí -respondió Berta.
Había dejado caer la cabeza sobre el pecho y se había
vuelto hacia el otro lado; y permanecía en esta postura en pie, con las manos
enlazadas, inmóvil y soñadora.
-No creo que me esperaréis -murmuró Tackleton
echándole una mirada-. Parece que lo hayáis olvidado todo. ¡Caleb!
-Supongo que puedo atreverme a creer que estoy aquí
-pensó Caleb-. ¡Señor!
-Procurad que Berta no olvide lo que le he dicho.
-¡Oh, no temáis! No olvida nunca. Es la única cosa que
no sabe hacer.
-Cada cual llama cisnes a sus gansos -gruñó el
comerciante de juguetes levantando los hombros-. ¡Pobre diablo!
Después de esta observación maligna, emitida con
actitud de soberano desprecio, Gruff y Tackleton se retiraron.
Berta permaneció en el mismo lugar en que él le había
dejado, entregada por completo a sus tristes pensamientos. La alegría había
desaparecido de su semblante brumoso, lleno ya de profunda melancolía.
Tres o cuatro veces sacudió la cabeza como si llorase
el recuerdo de un bien perdido; pero sus dolorosas reflexiones no encontraron
palabra alguna con que expansionarse.
Caleb, por su parte, estaba ocupado desde algún tiempo
en fijar a un coche un tiro de caballos por medio de un procedimiento
excesivamente sencillo, que consistía en clavar el arnés en la carne viva del
animal.
Terminaba ya, cuando su hija se aproximó a su escabel
de trabajo y se sentó a su lado, diciendo:
-Padre mío, conozco que he vuelto a caer en la soledad
y en las tinieblas. Necesito mis ojos, mis ojos pacientes y prontos a todas
horas.
-Helos aquí -respondió Caleb-, prontos en verdad a
todas horas. Son más tuyos que míos, Berta, y puedes disponer de ellos en
cualquier instante. ¿De qué modo pueden serte útiles tus ojos?
-Mirad alrededor del cuarto.
-Ya estoy listo -dijo Caleb-. Dicho y hecho, Berta.
-Describídmelo.
-Está como siempre -notó Caleb-, sencillo, pero muy
cómodo. Los vivos colores de las paredes, las flores brillantes de los platos,
la madera, que aparece limpia y brillante dondequiera que haya vigas y
tableros, y el conjunto de alegría y aseo de la casa le dan un aspecto
lindísimo.
En efecto: la casa estaba aseada y alegre en el
espacio a que podía llegar la mano de Berta; pero en ninguna otra parte se
notaba alegría, ni aseo posible, en el antiguo soportal agrietado que la
imaginación de Caleb transformaba por arte de encantamiento.
-Lleváis la ropa de trabajo y no estáis vestido tan
elegantemente como cuando lleváis el vestido nuevo -dijo Berta, tocando a su
padre.
-No tan elegantemente -respondió Caleb-; pero ya estoy
bien así.
-Padre mío -dijo la cieguecita acercándosele y
pasándole el brazo alrededor del cuello-; habladme de May. ¿Es muy hermosa?
-Sí, ciertamente -dijo Caleb.
Y era verdad. Pocas veces Caleb tuvo que recurrir
menos a su imaginación.
-Tiene cabellos negros -añadió Berta, pensativa-, más
negros que los míos. Su voz es dulce y armoniosa, lo sé; muchas veces me he
complacido oyéndola. Su tipo...
-¡No hay en toda la habitación una muñeca que pueda
comparársele! ¡Y sus ojos!...
Pero se detuvo, porque Berta se había colgado más
estrechamente a su cuello, y el brazo que le rodeaba le hizo sentir una presión
convulsiva, de la que comprendió con demasiada claridad el significado.
Tosió un momento, dio algunos martillazos a sus
caballitos vivarachos, y volvió a tararear la canción báquica del vino
espumoso, que era su infalible recurso en semejantes dificultades.
-¡Nuestro amigo, nuestro padre, nuestro bienhechor!
Nunca me canso de oír hablar de él. ¿Querréis creerlo? ¡Nunca me canso!
-No; claro está -respondió Caleb-, y con razón.
-Sí, sí, con razón -exclamó la cieguecita.
Y pronunció con tanto calor estas palabras, que Caleb,
a pesar de la pureza de sus intenciones al engañar la simplicidad de su hija,
no osó mirarla a la cara; bajó, por el contrario, los ojos, como si Berta
hubiese podido leer en ellos su ficción.
-Pues habladme de él, querido padre -dijo Berta-, una
vez y otra. Su rostro benévolo, bueno, tierno, honrado, lleno de franqueza;
estoy segura de ello. El corazón generoso que procura ocultar todas sus
bondades bajo la apariencia de la rudeza y del mal humor, debe hacerse traición
en cada una de sus miradas.
-Cosa que le ennoblece -añadió Caleb con tranquila
desesperación.
-Que le ennoblece -repitió la cieguecita-. ¿Tiene más
edad que May?
-Sí -dijo Caleb, como a pesar suyo-. Es algo más viejo
que May. Pero no importa.
-¡Sí, sí, padre mío! Ser su paciente compañera en la
dolencia de la vejez, su guardiana atenta en la enfermedad, su amiga fiel en el
sufrimiento y en la aflicción, trabajar por él ignorando la fatiga, velar por
él, consolarle, sentarse junto a su cama, hablarle cuando esté despierto ¡qué
privilegios tan dichosos para su mujer! ¡Qué ocasiones para probarle toda su
fidelidad y su rendimiento! ¿La creéis capaz de hacer todo esto, padre mío?
-Sin duda alguna -respondió Caleb.
-Si es así, amo a May, padre mío; ¡puedo amarla con
toda el alma! -exclamó la cieguecita.
Y pronunciando estas palabras, apoyó su pobre
semblante, privado de luz, en el hombro de Caleb, llorando de tal manera, que
éste quedó casi pesaroso de haberla causado una felicidad acompañada de tantas
lágrimas.
- III -
No hubo poco alboroto al día siguiente en casa de John
Peerybingle. La señora Peerybingle, naturalmente, no podía dirigirse a lugar
alguno sin el chiquitín, y se necesitaba algún tiempo para cargar con él. No
quiere decir esto que la señora Peerybingle se hubiese de preocupar mucho de la
susodicha mercancía bajo el doble aspecto del peso y del volumen; pero eran
indispensables para realizar semejante operación una multitud infinita de
cuidados y de precauciones sucesivas. Por ejemplo, cuando se hubo llegado paso
a paso a cierto punto de su toilette, en cuyo punto hubierais podido suponer
razonablemente que con dos o tres toques más nada le hubiera faltado para
considerarse como uno de los muñecos mejor empaquetados del orbe, y a punto de
desafiar valientemente al mundo entero, hubo que ponerle de pronto un gorro de
franela y conducirle a la cuna, haciéndole desaparecer entre dos sábanas por
espacio de una hora. Arrancáronle luego a ese estado de inacción y apareció
coloradote y dando gritos atroces. Hiciéronle tomar... ¡vaya!, preferiría, si
me lo permitieseis, hablar de un modo general..., un piscolabis; después de lo
cual se fue a dormir de nuevo. La señora Peerybingle aprovechó este intervalo
para ponerse tan rozagante como la que más; y durante esta breve tregua miss
Slowboy vistiose un trajecillo de forma tan sorprendente e ingeniosa, que no
parecía haber sido confeccionado para ella ni para mujer alguna; era una cosa
estrecha que caía en forma de orejas de perro, sin parecerse a ningún otro
traje y sin ninguna relación con cualquiera otra prenda de vestir.
Luego, el chiquitín, vuelto de nuevo a la existencia,
fue embozado por los esfuerzos reunidos de la señora Peerybingle y miss
Slowboy, en un manto de color crema; luego le pusieron una gorrita de indiana
en forma de tarta. Terminados estos preparativos, bajaron los tres hasta la
puerta. Por cierto que el caballo había ya ganado con creces el importe de su
trabajo diario, llenando el suelo de autógrafos impacientes, mientras lejos de
él, perdiéndose en la obscuridad, el impetuoso Boxer se volvía hacia su camarada
como si le invitase a partir sin aguardar la orden de su amo.
Poco conoceríais al honrado John si creyeseis que se
necesitó una silla u otro objeto semejante para ayudar a la señora Peerybingle
a subir al carro. Antes que hubieseis tenido tiempo de verla en sus brazos,
estaba ya sentada en su sitio, fresca y colorada, y decía:
-¿En qué pensáis, John? Acordaos de Tilly.
Si se me permitiese hablar de las piernas de una
joven, notaría, a propósito de las de Tilly Slowboy, que, a causa de una
fatalidad singular, estaban expuestas sin tregua a todo género de averías, y
que su dueña no efectuaba el menor movimiento de ascenso o descenso sin
trazarse en ellas una raya, del mismo modo que Robinsón Crusoe señalaba los
días en su calendario de madera. Pero como estas reflexiones podrían parecer
inconvenientes, las guardaré para mí.
-John -prosiguió Dot-, ¿habéis tomado el cesto que
contiene el pastel de jamón, algunas otras cosillas y las botellas de cerveza?
Si no lo habéis recogido, tenemos que volver en seguida.
-Me gusta la cachaza que tenéis -dijo el mandadero- de
hablarme de desandar el camino, después de haberme hecho retrasar más de un
cuarto de hora.
-Lo siento mucho, John -repuso Dot muy turbada-; pero
de ningún modo me atrevería a presentarme en casa de Berta..., de ningún modo,
John..., sin el pastel de jamón, las demás cosillas y las botellas de cerveza.
¡Soo!...
La última palabra se dirigía al caballo, que no hizo
el menor caso.
-¡Deteneos, John, os lo suplico! -exclamó la señora
Peerybingle.
-Podríais pedir que me detuviese -respondió John-, si
hubiese olvidado algo. El cesto está en el carruaje, en lugar seguro.
-¡Qué corazón de monstruo tenéis, John! ¡Y no
habérmelo dicho en seguida! Por todo el oro del mundo no hubiera ido a casa de
Berta sin el pastel, las demás cosillas y las botellas de cerveza.
Invariablemente, cada quince días, desde que nos casamos, celebramos con Caleb
y su hija nuestras fiestecillas. Si cualquier incidente turbase su regularidad,
me parecería un funesto presagio.
-Vaya, no tuvisteis mala idea el día en que se os
ocurrió iniciar esta costumbre -dijo el mandadero-, y esto os honra, mujercita.
-Querido John -respondió Dot ruborizándose-, no digáis
estas cosas. ¡Cielo santo!
-A propósito -observó el mandadero-, ese anciano...
Nueva turbación por parte de Dot, y por cierto muy
visible.
-Es extraño, muy extraño -prosiguió John mirando hacia
adelante-. No puedo explicármelo. Sigo suponiendo que nada hemos de temer de su
parte.
-No, no, de ningún modo... Estoy...,estoy enteramente
segura de su honradez.
-¿De veras? -preguntó el mandadero, dirigiéndole su
mirada, atraída por la vivacidad de su lenguaje-. Me satisface que estéis tan
convencida de ello, porque confirmáis mis ideas. De todos modos, es muy curioso
que se le ocurriese pedirnos hospitalidad. ¡Se ven cosas tan raras en el mundo!
-¡Qué cosas tan raras! -repitió Dot en voz baja, tan
baja que apenas se oía.
-A pesar de todo, es un viejo gentleman -añadió John-,
que paga como buen gentleman; de manera, que bien creo que pueda fiarse uno de
su palabra como de la palabra de un gentleman. Esta mañana he conversado
largamente con él; me entiende mejor, lo cual, según dice, es debido a que se
va acostumbrando a mi voz. Me ha hablado mucho de sí mismo. ¡Qué preguntas tan
particulares me ha hecho! Le he dicho que yo hacía dos viajes, como sabéis,
obligado por mi oficio; un día, a la derecha, salida de casa y vuelta, y al día
siguiente a la izquierda, salida de casa y vuelta -porque él es extranjero y
desconoce los nombres de los pueblos-; me pareció quedar satisfecho. «De modo
que esta noche volveré a casa -me ha dicho- siguiéndoos a vos, siendo así que
creía, por el contrario, que hoy tomaríais el camino opuesto. ¡Muy bien! Quizá
os moleste todavía rogándoos que me ofrezcáis de nuevo un lugar en vuestro
carruaje; pero me comprometo a no caer otra vez en sueño tan profundo como el
pasado». Porque, lo que es la otra vez, dormía profun... ¿En qué pensáis, Dot?
-¿En qué pienso? Os... os... escuchaba.
-¡Bien, bien! -dijo el mandadero-. Temí, al ver
vuestro aspecto distraído, haber hablado con tanto exceso, que os hubiese
llevado a pensar en otra cosa. He estado a punto de creerlo.
Dot no respondió ni una sola palabra, y el carruaje
siguió por algún tiempo avanzando en silencio. Pero no era cosa fácil la mudez
en el carruaje de John Peerybingle, porque cuantos pasaban por su camino tenían
algo que decirle, aunque sólo fuese un «¿Cómo estáis?», y realmente, no solían
decirle cosas de mucha más importancia. Y era necesario responder con toda la
cordialidad posible, no sólo con una inclinación de cabeza o una sonrisa, sino
con un saludable ejercicio de pulmones, ni más ni menos que si se tratase de un
discurso de grandes alientos, pronunciado en la Cámara. Algunos caminantes,
peatones o jinetes, acercábanse a uno y otro lado del carro, marchando así un
rato para charlar, y entonces se hablaba de lo lindo de una y otra parte.
Luego, Boxer daba lugar a amistosos reconocimientos
recíprocos mejor de lo que hubieran sabido hacerlo media docena de cristianos.
Todo el mundo conocía al perro, especialmente las gallinas y los cerdos, que al
notar que Boxer se aproximaba, mirando de soslayo, con las orejas levantadas
para escuchar junto a las puertas y con la extremidad de la cola en forma de
trompeta, retirábanse inmediatamente a los lugares más escondidos de la casa,
sin aguardar el honor de trabar con él más íntimo conocimiento. Boxer se
cuidaba de todo: se perdía en los más insignificantes recodos, miraba el fondo
de los pozos, penetraba con gran empuje en el interior de las chozas, saliendo
luego con la misma petulancia; hacía irrupción en las casas de los maestros de
escuela, aterrorizaba los palomos, hacía encrespar la cola de los gatos y se
paseaba por los figones como persona bien enterada de los alrededores del
camino.
Dondequiera que fuese, se oía una voz que decía: «¡Ea,
aquí está Boxer!», y el dueño de la voz salía en seguida, acompañado de dos o
tres personas por lo menos, para saludar a John Peerybingle y a su linda
mujercita.
Los fardos y los paquetitos colocados encima del
carruaje de John eran muy numerosos, por cuyo motivo el mandadero se detenía
con frecuencia para entregar o recibir. Y estos momentos no constituían, por
cierto, la parte menos agradable del viaje. Algunos esperaban los paquetes con
gran impaciencia; otros se maravillaban al recibirlos, y los de más allá no
cesaban de recomendar especialmente sus paquetes. El mismo John se tomaba un
interés tan real por todos los paquetes, que de él resultaban frecuentes escenas
de comedia. Además, John no podía encargarse de algunos artículos sin madura
reflexión, sin discusión previa; y tenían lugar entre el mandadero y los
expedidores largas conferencias en toda regla, a las que solía asistir Boxer,
haciéndose notar en ellas por breves accesos de muy seria atención, y, sobre
todo, por largos accesos de locura en que corría como un desesperado alrededor
del grave areópago ladrando hasta enronquecerse.
Dot, inmóvil en su asiento, dentro del carruaje, se
entretenía con todos estos incidentes, y al mirar al exterior formaba un
lindísimo cuadro, bajo el marco del toldo. De modo, que puedo aseguraros que
los jóvenes, al verla, nunca dejaban de tocarse con el codo, mirarse unos a
otros, hablar bajo y envidiar la suerte del feliz John; y el feliz John se
arrobaba al notarlo, porque estaba orgulloso de su mujercita y sabía que Dot no
hacía caso de los admiradores..., aunque tampoco le disgustase oírles.
El viajecito no se hacía con tiempo despejado, porque
corría a la sazón el mes de enero y el tiempo era frío y rudo. Pero, ¿quién se
inquietaba por tan poco? No sería Dot, seguramente; ni Tilly Slowboy, porque
para ella, ir en coche, de cualquier modo que fuese, era el supremo grado de
las dichas humanas, el colmo de las esperanzas del miserable mundo; ni el niño,
me atrevería a jurarlo, porque jamás niño alguno, cualquiera que fuese su
capacidad bajo este doble aspecto, estuvo más caliente ni más profundamente
dormido que el bienaventurado Peerybingle menor, durante toda la ruta.
No se podía divisar grandes distancias a consecuencia
de la bruma, pero ésta no era impenetrable ni mucho menos. Admira ciertamente
el gran número de cosas que pueden verse entre una bruma más espesa todavía que
aquélla por poco que quiera tomarse el trabajo de mirar. En fin: sólo el
contemplar desde el asiento las rondas de hadas(5) y los montones de escarcha,
que permanecían aún a la sombra de los vallados y los árboles, constituía una
agradable ocupación; esto sin contar con las formas impensadas que presentaban
los árboles de pronto, desprendiéndose de la bruma para hundirse en ella de
nuevo. Los setos, enmarañados, despojados de sus hojas, abandonaban al viento
gran número de guirnaldas marchitas; pero este espectáculo no era
entristecedor. Resultaba, al contrario, agradable, porque hacía resaltar mucho
más el atractivo de un rincón del hogar que poseyerais durante el invierno, y
os hacía más hermosa la esperanza de la próxima primavera. El río parecía
aterido, pero seguía corriendo y aun corría dulcemente; sólo que el curso era
algo lento y torpe, pero no importaba; no por eso se helaría con menos dilación
cuando el frío se hiciese sentir con todo su rigor, y entonces todo el mundo
iría allí a patinar, a resbalar, y las viejas barcazas, aprisionadas por el
hielo junto al muelle, echarían humo por las chimeneas enmohecidas, disfrutando
un poco de agradable ocio.
Más lejos, en el campo, ardía un montón de yerbajos y
rastrojos. Los viajeros contemplaron el fuego de pálido aspecto que dejaba ver
a la luz del día, a través de la bruma, y aquí y allá, la claridad de una llama
rojiza, hasta que Miss Slowboy, a consecuencia de la observación que hizo de
que «el humo le subía a la nariz» -era su costumbre cuando algo le molestaba-,
se sofocó y despertó al niño, que ya no quiso volver a dormirse.
- IV -
Boxer, que se había adelantado cosa de un cuarto de
milla, había ya pasado los arrabales del pueblo, llegando al rincón de la calle
en que vivían Caleb y su hija. De modo que mucho tiempo antes que los
Peerybingle hubiesen llegado a la puerta de la casa, Caleb y la cieguecita
estaban en la acera dispuestos a recibirlos.
Boxer, dicho sea de paso, en sus relaciones con Berta
hacía ciertas distinciones sutiles que nos permiten creer, sin duda alguna, que
conocía su ceguera. No procuraba nunca llamar su atención mirándola, como solía
hacerlo con los demás; siempre se acercaba a ella para darse a conocer por
medio del tacto. Ignoro la experiencia que pudiese haber adquirido acerca de la
ceguera de los hombres o de los perros; no había vivido nunca con ningún ciego,
ni el señor Boxer padre, ni la señora Boxer, ni ningún otro miembro de su
respetable familia, tanto de la rama paterna como de la materna, sufrió
semejante dolencia, que yo sepa. Quizá había llegado a sus conclusiones
sorprendentes por medio de un proceso individual; pero lo indudable es que
sabía comunicarse perfectamente con los ciegos. Sujetó, pues, a Berta por los
bajos de su vestido sin soltar la presa hasta que la señora Peerybingle, el
niño, miss Slowboy y el cesto hubieron entrado en la casa unos tras otros.
May Fielding había llegado ya con su madre, una
mujercita vieja, gruñona, de faz malhumorada, que gracias a haber conservado
una cintura flexible como un junco, tenía fama de haber lucido durante su
juventud uno de los talles más distinguidos de su época. Sea porque en otro
tiempo se hubiese visto en mejor situación económica, sea por conservar la idea
de que hubiera podido alcanzarla si hubiese llegado algo que no llegó nunca y
que no parecía tener la menor probabilidad de llegar, afectaba los modales de las
personas elegantes y adoptaba aires de protección. Gruff y Tackleton estaba
también allí, haciéndose el agradable con el aspecto de un hombre que se
encuentra tan a su gusto y tan incontestablemente en su elemento propio como un
salmón recién nacido en la cima de la gran pirámide.
-¡May, amiga del alma! -exclamó Dot, corriendo a su
encuentro-. ¡Qué felicidad!
Su amiga del alma estaba tan gozosa como la misma Dot;
era un espectáculo delicioso el que May y Dot dieron al abrazarse. Hay que
confesar que Tackleton era hombre de buen gusto: May era encantadora.
A veces, cuando estamos acostumbrados a admirar una
cara bonita, y un día la vemos por casualidad junto a otra cara bonita, la
comparación nos inclina a encontrar la primera vulgar y sosa. Pues bien;
entonces ocurrió todo lo contrario, tanto por parte de Dot como por la de May,
tanto por parte de May como por la de Dot; porque la cara de Dot hacía
sobresalir la de May, y la cara de May la de Dot, de un modo tan natural y tan
agradable que, como estaba pronto a decir John Peerybingle al entrar en la habitación,
hubieran debido ser hermanas, aserción que, a decir verdad, parecía muy
acertada.
Tackleton había llevado la pierna de carnero y, ¡caso
prodigioso!, una torta a modo de extraordinario -bien podemos permitirnos un
poquillo de prodigalidad cuando se trata de nuestras novias; no nos casamos
todos los días-. Uniéronse a estas golosinas el pastel de jamón y las «demás
cosillas», como decía la señora Peerybingle, esto es: nueces, naranjas,
pastelillos y otras menudencias. Cuando se sirvió la comida, a la que se había
añadido el escote de Caleb, que consistía en una enorme cazuela llena de patatas
humeantes –una convención solemne le prohibía aportar otros comestibles-,
Tackleton condujo a su futura suegra al lugar preferente. Para mostrarse más
digna de él en semejante solemnidad, la majestuosa anciana se había adornado
con un gorro calculado para inspirar sentimientos de respetuoso temor a los más
indiferentes.
Calzaba guantes. ¡Antes morir que renunciar al bien
parecer!
Caleb se sentó cerca de su hija; Dot al lado de su
amiga de la infancia; el mandadero se sentó al extremo de la mesa. Miss Slowboy
quedó momentáneamente aislada de todo mueble que no fuese la silla en que se
sentaba, a fin de que no tuviese a su alcance obstáculo alguno en que pudiese
tropezar la cabeza del niño.
Como Tilly contemplase a su alrededor con aspecto
asombrado las muñecas y los juguetes, éstos a su vez la miraron también
abriendo los ojos desmesuradamente. Los ancianos de aspecto venerable -todos en
pleno ejercicio de cabriolas contra la puerta de sus casas- demostraban sentir
particular interés por la fiesta; parábanse a veces antes de saltar, como si
escuchasen la conversación; luego empezaban de nuevo con energía hercúlea su
extravagante salto un sinnúmero de veces, como si sus perpetuos tumbos les causasen
frenético alborozo. Lo que es muy seguro es que, por poco dispuestos que
estuviesen dichos ancianos a experimentar un maligno placer ante la cómica
situación de Tackleton, podían hacerlo a su sabor con sobrado motivo. Tackleton
estaba lejos de su esfera; cuanto más alegre se sentía su futura en compañía de
Dot, menos le gustaba el cariz de la reunión, aunque él la hubiese provocado.
Porque hay que notar que Tackleton era un verdadero haz de espinas; cuando
todos reían, sin que él comprendiese la causa, sospechaba inmediatamente que se
reían de él.
-¡May de mi alma! -exclamó Dot-. ¡Cómo hemos cambiado!
¡Cuánto rejuvenece hablar de los felices tiempos de la escuela!
-Me parece que no sois muy vieja todavía -interrumpió
Gruff y Tackleton.
-¡Mirad qué marido tengo tan serio, tan grave! Añade,
por lo menos, veinte años a los míos, ¿no es verdad, John?
-Cuarenta -respondió éste.
-Y vos -continuó Dot riendo-, ¿cuántos años añadiréis
a los de May? No puedo decirlo exactamente; pero a su próximo cumpleaños no
tendrá menos de un siglo.
-¡Ja, ja! -exclamó Tackleton, pero con una risa hueca
como un tambor, acompañándola de cierta mirada dirigida a Dot que parecía
revelar la siniestra idea de retorcerle el cuello.
-Amiga May -añadió Dot-: ¿os acordáis de qué modo
charlábamos en la escuela sobre los maridos que llegaríamos a tener un día?
¡Cuán hermoso, joven, alegre y amable quería yo al mío! ¡Y el vuestro, May!
Querida mía, no sé si reír o llorar, al acordarme de
las locuras de nuestra juventud.
May pareció estar resuelta sobre el partido que debía
tomar; sus mejillas coloreáronse vivamente, y las lágrimas acudieron a sus
ojos.
-¿Y aquellos jóvenes de carne y hueso en que habíamos
pensado algunas veces pasándoles revista? -continuó Dot-. ¡Cómo podíamos
figurarnos el camino que tomarían las cosas! No había yo pensado nunca en John,
a buen seguro. Y si os hubiese dicho que os casaríais con el señor Tackleton,
me hubierais administrado un lindo soplamoco. ¿No es verdad, May?
Aunque May no lo afirmara, no lo negó; no pensó ni por
un instante en tomar tal resolución.
Tackleton reía, reía destempladamente, o, mejor aun,
gritaba en vez de reír. John Peerybingle reía también, pero con su risa
habitual franca y bonachona, de modo que su risa era un murmullo al lado de la
risa de Tackleton.
-Y, a pesar de todo -dijo éste-, no habéis podido
escapar, no habéis podido resistir. Nosotros quedamos en pie; ¿dónde están
vuestros jóvenes y alegres prometidos?
-Unos han muerto -respondió Dot-, otros fueron
olvidados. Si algunos de éstos pudiesen comparecer ante nosotras, no querrían
creer que fuésemos las mismas mujeres; no darían crédito a sus ojos ni a sus
oídos, y no querrían persuadirse de que les hayamos olvidado. ¡No, no lo
querrían creer!
-¡Dot, Dot, mujercita! -exclamó el mandadero.
Dot había hablado con tanta vivacidad y con tanto
fuego, que sin duda John obró acertadamente al llamarla al orden. La
advertencia de su marido era muy dulce, y su intervención motivada por el único
fin de proteger a Tackleton; pero produjo el efecto deseado, porque Dot calló
sin añadir una palabra más. Pero advertíase una agitación, aun en su silencio,
que el astuto Tackleton observó sagazmente y conservó en su memoria para la
ocasión propicia.
May callaba también, y permanecía inmóvil, dirigiendo
los ojos al suelo con aspecto de indiferencia. Pero su distinguida señora madre
intervino a su vez, observando que las muchachas eran muchachas, que lo pasado
era pasado y que, «mientras la juventud sea loca y aturdida, obrará con locura
y aturdimiento».
Después de haber pronunciado dos o tres proposiciones
más de sentido no menos sólido y carácter no menos incontestable, declaró,
inspirada por un sentimiento de piedad reconocida, que daba gracias al cielo
por haber hallado siempre en May una hija respetuosa y obediente, de lo cual no
se atribuía en modo alguno el mérito, aunque tuviese sólidas razones para creer
que tales resultados eran debidos a su perspicacia. En cuanto al señor
Tackleton, dijo que, «desde el punto de vista moral, era un individuo presentable,
y que, desde ciertos puntos de vista, podía darse por satisfecha de tenerle por
yerno; sería necesario haber perdido la cabeza para afirmar lo contrario» -y
dijo la última frase con tono altamente enfático-. En cuanto a la familia en
que iba a ser admitido, después de haber solicitado este honor, juzgaba que el
señor Tackleton no ignoraba que si su bolsa era algo reducida, no por esto
tenía menos justas pretensiones de nobleza, y que si ciertas circunstancias,
referentes al comercio del índigo -accedió a decir, aunque sin entrar en más
pormenores-, se hubiesen presentado de distinto modo, hubiera podido hallarse
al frente de una gran fortuna.
Hizo luego hincapié en su firme voluntad de no querer
aludir de nuevo al pasado, ni recordar que su hija, durante algún tiempo, había
rechazado las peticiones del señor Tackleton, y dijo que no quería hablar de
otros muchos asuntos, sobre los cuales disertó, no obstante, largo y tendido.
Por fin, resumió sus aserciones, afirmando que el resultado general de su
observación y de su experiencia le hacía creer que los matrimonios en que menos
entrase lo que se llama amor, en el necio lenguaje de las novelas, serían los
más felices, y que, por lo tanto, profetizaba al matrimonio, cuya celebración
se acercaba, la mayor suma posible de felicidad; no una de esas felicidades que
brillan y desaparecen como fuego de sarmientos, sino una felicidad bien
establecida y sólidamente apoyada. Y
terminó advirtiendo a los presentes que el día siguiente, o sea el de la boda,
era el que más había ambicionado siempre, y que una vez transcurrido este día,
no desearía más que ser embalada y expedida para cualquier benévolo y hospitalario
cementerio.
Como no había absolutamente nada que objetar a estas
afirmaciones, feliz ventaja de todas las afirmaciones caracterizadas por
desenvolverse en el campo de las generalidades, variose el curso de la
conversación, y derivó la atención de los concurrentes al pastel, a la pierna
de carnero, a las patatas y a la torta. Con el fin de que no se cometiese el
yerro de dejar pasar inadvertidas las botellas de cerveza, John Peerybingle
propuso un brindis en honor del día siguiente, o sea el de la boda, y pidió que
se realizase antes de proseguir su viaje.
Porque bueno es que sepáis que John no hacía más que
descansar un instante en casa de Caleb y ofrecer un celemín de avena a su
caballo. Tenía que hacer todavía cuatro o cinco millas de camino, y por la
noche, a su vuelta, al pasar por la casa de Caleb, entraría a buscar a su
mujer, según el programa de la fiesta, fielmente observado desde el día de su
institución.
Además de Tackleton y su novia, hubo dos personas más
que hicieron poco honor al brindis. Fue una de ellas Dot, demasiado inquieta y
turbada para tomar parte en todos los incidentes de la fiesta; la otra fue
Berta, que se levantó precipitadamente antes que los demás y abandonó la mesa.
-¡Adiós! -exclamó el robusto John Peerybingle,
cubriéndose la espalda con su abrigo impermeable-.
Estaré de vuelta a la hora de costumbre.
-¡Adiós, John! -respondió Caleb.
Caleb pronunció maquinalmente esta despedida y le
saludó con la mano por rutina; en aquel mismo instante observaba a su hija con
una mirada inquieta que nunca alteraba la expresión de su fisonomía.
-¡Adiós, granuja! -prosiguió el mandadero,
inclinándose para besar al chiquitín que Tilly Slowboy, absorbida entonces por
el uso de su tenedor y su cuchillo, había colocado, dormido aún -caso raro, sin
accidente alguno-, en una casita amueblada por la mismísima Berta . Adiós.
¿Cuándo irás a desafiar el frío en mi lugar, amiguito, dejando a tu padre el
cuidado de la pipa y los reumatismos en el rincón del hogar?
Vaya, ¿dónde está Dot?
-¡Aquí estoy, John! -exclamó como si despertara
súbitamente.
-¡Vamos, vamos! -continuó el mandadero dando
palmadas-, ¿dónde está la pipa?
-¡Me había olvidado por completo de la pipa, John!
-¡Olvidarse de la pipa! ¡Viose nunca caso semejante!
¡Dot, Dot, la misma Dot olvidarse de la pipa!
-¡La arreglaré en seguida!... Pronto estará lista.
No obstante, no estuvo lista muy pronto. La pipa
estaba en su lugar ordinario, en el bolsillo del impermeable, con el lindo
bolso de tabaco, obra de Dot; pero la mano de Dot temblaba de tal manera, que
la mujercita llegó a un estado de completa turbación, aunque, a pesar de todo,
tenía la mano lo suficientemente pequeña para que pudiese salir de allí. Hay
que reconocer que su torpeza fue inaudita. Yo, que os había elogiado su
habilidad para llenar la pipa y encenderla, he de confesar que realizó pésimamente
semejantes operaciones. Durante aquellos azarosos instantes permaneció
Tackleton contemplándola maliciosamente con su ojo entornado, y siempre que
éste encontraba a los de la muchacha, -o los cazaba, mejor dicho, porque no era
posible que ningunos otros osaran afrontarle, pues era una verdadera trampa-
aumentaba hasta el extremo la confusión de Dot.
-¡Dios mío! Dot, ¡qué desafortunada estás hoy!
-advirtió John-. Creo que la hubiera llenado mejor yo mismo.
Después de estas palabras pronunciadas sin malicia
ninguna, marchó acompañado de Boxer, del caballo y del coche, que empezaron
concertadamente una alegre música a lo largo del camino.
- V -
Caleb, pensativo aún, contemplaba a Berta con la misma
expresión de estupor retratada en su cara.
-Berta -dijo por fin dulcemente-: ¿qué ha ocurrido?
¡Cuánto has variado desde esta mañana! ¡Has estado triste y silenciosa todo el
día! ¿Qué tienes? Dímelo.
-¡Padre, padre! -exclamó la cieguecita hecha un mar de
llanto-. ¡Qué suerte tan cruel la mía!
Caleb, antes de responderle, se pasó la mano por los
ojos.
-Acuérdate, Berta, de lo alegre y feliz que has
vivido, siempre buena y amada de todo el mundo.
-Esto es lo que me hiere el corazón, padre mío. ¡Veros
siempre tan solícito, tan bueno para conmigo!
Caleb no acertaba a comprenderla.
-Ser..., ser ciega, Berta, querida hija mía
-balbuceó-, es un gran pesar, pero...
-No lo he sentido jamás -exclamó la joven-, no lo he
sentido jamás, al menos en su plenitud. ¡Nunca!
Sólo algunas veces he deseado veros y verle a él,
aunque no fuese más que un instante, un instante rapidísimo, para poder
conocer, por medio de mis ojos, las imágenes que conservo aquí -y puso la mano
sobre el corazón- como un tesoro precioso, para tener la seguridad de que no me
había engañado. Y algunas veces -pero entonces era una niña- he llorado durante
mis oraciones de la noche, pensando que vuestras queridas imágenes, que subían
de mi corazón al cielo, podían no ser muy semejantes a vosotros.
Pero no he experimentado por largo tiempo tales
sentimientos: se disiparon ya, dejándome tranquila y satisfecha.
-Y volverá a suceder lo mismo ahora -dijo Caleb.
-¡Pero, padre mío queridísimo, tiernísimo padre, sed
indulgente conmigo! ¡Soy tan culpable! -continuó la ciega-. No es éste el pesar
que me aflige hoy.
Caleb no pudo contener las lágrimas que inundaban sus
ojos, ¡tan conmovida estaba la voz de Berta y tan patético era su acento! No
obstante, no la comprendía aún.
-Decidle que venga -prosiguió Berta-; no puedo guardar
por más tiempo este secreto en el interior de mi pecho. ¡Decidle que venga,
padre mío!
Y notando que su padre vacilaba, añadió:
-Llamad a May.
May oyó pronunciar su nombre, y, acercándose a Berta,
le tocó el brazo. La cieguecita se volvió en seguida y le cogió ambas manos.
-Mirad mi rostro, amiga mía -dijo-. Leed en él con
vuestros hermosos ojos y decidme si la verdad se refleja en él.
-Sí, Berta mía...
La cieguecita, levantando su rostro sin mirada, a lo
largo del cual corrían abundantes lágrimas, le hablé así:
-¡No han pasado por mi alma ni un deseo ni un
pensamiento que no os deseen la felicidad, May! No conservo en mi alma un
recuerdo de gratitud mayor que el recuerdo profundamente grabado en mí de las
numerosas muestras de atención que disteis vos, que podríais enorgulleceros de
vuestros ojos y de vuestra belleza, a la pobre ciega Berta, hasta cuando éramos
niñas, si es que los ciegos tienen niñez. ¡Que todas las bendiciones del cielo
caigan sobre vuestra cabeza! ¡Que todos sus esplendores brillen en vuestro feliz
camino!
Y en este momento se acercó más a su amiga, cuyas
manos estrechó, redoblando su cariño.
-¡Me alegro, os lo aseguro, aunque la noticia de que
vayáis a ser su mujer haya torturado mi corazón hasta destrozarlo! ¡Padre mío,
May, May, perdonadme este sentimiento tan natural! ¡Acordaos de todo lo que he
hecho para aligerar las penas de mi triste existencia sumergida en las
tinieblas! Pues bien; a pesar de todo, podéis creerlo, tomo al cielo por
testigo de que no podía desearle una esposa más digna de su bondad.
Mientras pronunciaba estas palabras había soltado las
manos de May Fielding para cogerle el vestido, al cual permanecía agarrada en
una actitud mezcla de súplica y ternura; hasta que, tomando un aspecto cada vez
más humilde a medida que avanzaba en su extraña confesión, se dejó caer a los
pies de su amiga y ocultó su rostro ciego en los pliegues del vestido de May.
-¡Dios mío! -exclamó Caleb, sintiendo súbitamente que
la luz de la verdad resplandecía ante sus ojos-.
¡La he engañado desde la cuna para llegar a
destrozarle el corazón!
Afortunadamente para todos, Dot, la radiante,
oportuna, activa y diminuta Dot -porque hay que reconocer que reunía todas
estas cualidades, a pesar de todos sus defectos, y aunque más adelante hayáis
de odiarla - estaba allí, y sin su presencia no puede preverse cómo hubiera
terminado el lance. Dot, recobrando su ánimo, intervino antes que May pudiese
replicar o Caleb decir una palabra más.
-¡Venid, venid, querida Berta! Venid conmigo. Dadle el
brazo, May. Muy bien. ¿Veis? Ya está más tranquila y pronta a escucharnos -dijo
la alegre mujercita besándola en la frente-. Venid, venid, querida Berta. Y he
aquí que su padre vendrá con ella. ¿Verdad, Caleb?
-¡Bien, bien, bravo!
Dot se conducía en estas ocasiones con tanta nobleza,
que se hubiera necesitado un corazón muy duro para resistir a su influjo.
Cuando hubo hecho acercarse al pobre Caleb al lado de su hija Berta, a fin de
que pudiesen consolarse y comunicarse valor uno a otro -bien sabía que sólo
ellos podían consolarse mutuamente-, volvió en un abrir y cerrar de ojos,
fresca como una rosa, según suele decirse -y aun más fresca que una rosa, según
mi parecer-, a montar la guardia alrededor de la almidonadita señora Fielding,
la del cuello alto, la de cabeza cubierta con el gorro majestuoso y las manos
enguantadas, temiendo que la pobre vieja llegase a descubrir algún detalle
enojoso.
-Traedme el muñequillo, Tilly -dijo acercando una
silla al fuego-. Mientras esté sobre mis rodillas, Tilly, la señora Fielding me
dirá cómo deben cuidarse los niños, y me enseñará una porción de cosas que
ignoro enteramente. ¿Viene usted, señora Fielding?
Ninguna rata ha caído jamás en la ratonera con la
facilidad con que la anciana cayó en el lazo que le tendía Dot. La marcha de
Tackleton, que había salido para dar una vuelta, y sobre todo los murmullos de
dos o tres personas hablando juntas y sin contar con ella durante dos o tres
minutos, abandonándola a sus propios recursos, hubieran bastado para renovar su
aire doctoral y hacerle empezar de nuevo la expresión de sus pesares -que
hubiera durado veinticuatro horas-, debidos a la misteriosa y fatal revolución
acontecida en el comercio de índigo. Pero una deferencia tan señalada para con
su experiencia como la recibida de la joven madre, fue tan irresistible, que
después de algunos alardes de modestia empezó a iluminar la cabecita de Dot con
la mejor galantería del mundo. Sentada, erguida, y junto a la maliciosa señora
Peerybingle, fue dándole durante media hora tantas recetas infalibles y
preceptos domésticos, que hubieran bastado -si se la hubiese creído- para
arruinar completamente la salud del pequeño Peerybingle, aunque hubiese tenido
la fortaleza de Sansón desde la cuna.
Para cambiar de tema, Dot se puso a coser; no he
podido comprender cómo se las componía; pero lo cierto es que siempre llevaba
en el bolsillo el contenido de un enorme saco de labor; luego meció un poco al
niño; volvió a la labor por breves instantes y trabó conversación en voz baja
con May, mientras su madre echaba una siestecita; de modo que, dividiendo el
tiempo así, terminó la tarde.
Por la noche, según ordenaba una de las solemnes
convenciones de la institución de la fiesta, Dot debía encargarse de los
quehaceres del hogar de Berta; de modo que se encargó del fuego, preparó la
mesita de té, arregló las cortinillas y encendió una vela. Después de todo lo
dicho, tocó una o dos canciones en una especie de arpa groseramente fabricada
por Caleb y su hija; por cierto que tocó muy bien, porque la Naturaleza le
había dado una linda orejita, tan a propósito para la música, como lo hubiera sido
para los pendientes, si Dot hubiese querido llevarlos. Al dar la hora del té,
Tackleton compareció para tomar una taza y pasar la noche con ellos. Caleb y
Berta habían entrado de nuevo hacía algún tiempo. El buen hombre reanudó su
trabajo interrumpido; pero apenas sabía lo que se hacía, tan inquieto estaba y
tales remordimientos sentía por la suerte de su hija. Ofrecía un espectáculo
enternecedor con los brazos cruzados, abandonando su trabajo sobre el escabel y
repitiendo incesantemente: «¡La he engañado desde la cuna para despedazarle el
corazón!»
Cuando la obscuridad fue completa y todos hubieron
tomado el té; cuando Dot hubo lavado tazas y platos, y cuando cada rumor lejano
de la calle parecía anunciarle, al acercarse, la vuelta del mandadero, Dot
cambió de aspecto, y se coloreaba y palidecía sucesivamente sin poder estar
quieta un solo instante. Mas no era su azoramiento comparable al que
experimentan las esposas buenas cuando creen oír llegar a sus maridos. No, no,
no. Su inquietud era muy otra.
Se oye el ruido de las ruedas, el paso de un caballo,
los ladridos de un perro. Y los heterogéneos sonidos se acercan poco a poco.
- VI -
Boxer golpeó la puerta.
-¿De quién es ese paso? -preguntó Berta.
-¿Qué paso? -respondió el mandadero bajo el dintel
adelantando el rostro bronceado, enrojecido como la flor de la granada por el
aire vivo de la noche-. ¡Pardiez!, es el mío.
-Hablo del otro -respondió Berta-, del hombre que anda
detrás de vos.
-No hay medio de engañarla -dijo John riendo-. Entrad,
caballero, seréis bien recibido, no temáis.
Pronunció las últimas palabras con voz ensordecedora,
y, entretanto, el caballero anciano penetró en la habitación.
-El caballero no os es completamente desconocido,
Caleb; le habéis visto una vez en mi casa. Supongo que le ofreceréis
hospitalidad hasta que partamos.
-Ya lo creo, John; me honraré teniéndole a mi lado.
-Por cierto, que es el compañero más cómodo que pueda
hallarse en el mundo entero, cuando hay que decir algún secreto. Tengo los
pulmones bastante robustos; pero me los pone a prueba, os lo aseguro.
Sentaos, caballero. Es gente amiga, y que se complace
en teneros a su lado.
Después de haber dado esta seguridad al extranjero,
con una voz que confirmaba ampliamente lo que acababa de decir de sus pulmones,
añadió con tono natural.
-Con una silla junto a la chimenea, y con que se le
deje en paz para poder mirar con toda tranquilidad a su alrededor, tiene lo que
necesita. No es muy difícil contentarle.
Berta había escuchado al mandadero con profunda
atención. Llamó a Caleb, y cuando éste hubo acercado al fuego una silla para el
extranjero, le rogó que le describiera el semblante de éste. Cuando Caleb lo
hubo hecho -esta vez sin mentir y con escrupulosa fidelidad-, hizo un ligero
movimiento, el primero que se le pudo notar desde que entrara el desconocido, y
pareció no cuidarse más del anciano.
El mandadero estaba de muy buen humor y más enamorado
que nunca de su mujercita.
-¡Qué torpe has estado esta tarde! -le dijo pasando
alrededor de su cintura su brazo rudo, mientras ella permanecía en pie, alejada
de todo el mundo-. Pero, ¡no importa!, te quiero del mismo modo. Mirad hacia
allí, Dot.
Y señalaba al anciano con el dedo.
Dot bajó los ojos. Creo poder asegurar que tembló.
-Es un buen muchacho. Me ha hablado muy bien de vos.
Es un buen hombre. Me es simpático.
-¡Preferiría que hubiese escogido otro tema mejor!
-respondió Dot, mirando inquieta a su derredor, especialmente a Tackleton.
-¡Un tema mejor! -exclamó John regocijado-. Se
encontrarían muy pocos. Vamos, fuera el abrigo, abajo el pañuelo, abajo la
pesada manta de viaje y pasemos agradablemente media hora junto al fuego. A
vuestros pies, señora Fielding. ¿Queréis que hagamos una partida de cientos?
Estoy a vuestra disposición. ¡Dot, las cartas y la mesa, y también un vaso de
cerveza, si no os la bebisteis toda, mujercita!
Su proposición se dirigía a la anciana, que la acogió
con graciosa prontitud, de modo que inmediatamente empezó la partida. Al
principio, el mandadero miraba a intervalos a su alrededor, sonriéndose, o
llamaba a Dot de vez en cuando para que le examinase sus cartas por encima del
hombro y le aconsejase sobre algún problema difícil. Pero como su adversaria
era una jugadora rígida, una verdadera puritana en este punto, y estaba,
además, sujeta a la flaqueza de ponerse más puntos de los que había ganado, forzó
a John a ejercer una vigilancia tan constante, que no le bastaban sus cinco
sentidos para atender a sus intereses. Las cartas absorbieron de tal modo su
atención que no pensaba en otra cosa cuando una mano apoyada en su espalda le
hizo recordar que en el mundo existía un tal Tackleton.
-Siento mucho tener que distraeros; pero escuchad dos
palabras.
-Yo doy las cartas -respondió el mandadero-. Éste es
el momento crítico.
-Tenéis razón; el momento crítico -respondió
Tackleton-. Venid.
Se reflejaba en su rostro pálido tal expresión, que
hizo levantarse al otro inmediatamente, preguntándole con ansiedad de qué se
trataba.
-¿Qué es ello? -preguntó el carrero con aire de
asombro.
-¡Chist!, John Peerybingle -dijo Tackleton-. Yo lo siento mucho, créame. Me ha sobrecogido, pero lo
sospeché desde el primer momento.
-¿Pero qué pasa? -volvió a preguntar John.
-¡Chist! Os lo enseñaré si venís conmigo.
John le siguió sin decir una palabra más. Atravesaron
un patio a la luz de las estrellas y por una puertecita posterior entraron en
el despacho mismo de Tackleton, a través de cuyos cristales se divisaba el
almacén, cerrado ya. No había luz alguna en el despacho; pero algunas lámparas
a lo largo del estrecho almacén iluminaban la ventana.
-¡Un momento! -dijo Tackleton-. ¿Tendría usted valor
para mirar por esta ventana?
-¿Por qué no? -respondió el mandadero.
-¡Sólo un momento! -insistió Tackleton-. Nada de
violencias, que de nada servirían. Además sería peligroso. Sois un hombre muy
fuerte y podríais cometer un asesinato sin daros cuenta de ello.
Miróle el mandadero, y retrocedió un paso, cual si
hubiese recibido un golpe. De un salto se plantó en la ventana, y vio...
¡Qué sombra sobre su hogar! ¡Adiós, grillo fiel!
¡Esposa pérfida! Sí que vio al anciano...
Vio al anciano, ¡pero qué digo!, no era el anciano; se
había convertido en un hermoso joven, tieso como una I, y llevaba en la mano
los falsos cabellos blancos que le habían dado entrada en el hogar de John.
Vio cómo le escuchaba Dot, al tiempo que él se
inclinaba para murmurar en su oído. Y cómo se dejaba ceñir el talle por el
brazo del galán, mientras caminaban dulcemente hacia la entrada de la galería.
Los vio detenerse y volver ella la cabeza, mostrándole aquel rostro que tanto
amaba. Y vio cómo ella clavaba en su frente la vileza con sus propias manos, y
riendo su candidez.
De pronto cerró su mano con rabia, cual si hubiera
abatido a un león. Mas la abrió a poco, y la tendió ante los ojos de Tackleton
-pues aún la adoraba-; y no bien se internaron en el despacho, se desplomó
sobre el pupitre, débil ya como un niño.
Estaba ya embozado John hasta la nariz y atareado con
el caballo y los paquetes, cuando Dot entró de nuevo en la habitación para
partir.
-Vamos, John. Buenas noches, May. Adiós, Berta.
¿Cómo pudo besarlas, cómo pudo mostrarse feliz y
contenta al partir? ¿Cómo pudo exhibir su rostro sin rubor alguno? Pues todo
esto lo llevó a cabo con serenidad perfecta. Sí. Tackleton la observó
atentamente.
Tilly hacía dormir al niño, y pasó cien veces delante
de Tackleton repitiendo con su arrastrada voz:
-Y saber que las demás serían sus mujeres les
despedazaba los corazones, y los padres las engañaban desde las cunas para
destrozar sus corazones.
-Tilly, dadme el niño. Buenas noches, señor Tackleton.
¿Dónde está John?
-Quiere ir a pie, delante del caballo -dijo
Tackleton-, ayudándola a subir al carruaje.
-¡John! ¡A pie y de noche!
La sombra embozada hizo una señal afirmativa; el
pérfido extranjero y la niñera estaban sentados en el carruaje, y éste se puso
en movimiento. Boxer, que ignoraba completamente todo lo ocurrido, corrió
delante del carruaje a galope; luego, deshaciendo lo andado, volvió atrás;
después corrió a derecha y a izquierda trazando un círculo alrededor del
carruaje, y ladrando más gozoso y triunfante que nunca.
Cuando Tackleton hubo salido para acompañar a la
señora Fielding y a su hija hasta su casa, el pobre Caleb se sentó junto al
fuego, al lado de su hija, con el corazón destrozado por la inquietud y los
remordimientos, y murmurando constantemente:
-¡La he engañado desde la cuna para destrozar su
corazón!
Los juguetes puestos en movimiento para entretener al
niño se habían parado hacía tiempo. En medio del silencio, a la luz incierta de
la habitación, las muñecas, con su calma imperturbable, los caballitos, tan
agitados poco antes, con los ojos fijos y las ventanas de la nariz abiertas;
los ancianos, ante la puerta de sus casas, medio replegados sobre sí mismos,
inclinados profundamente sobre sus rodillas desfallecidas; los cascanueces de
mueca estrambótica y hasta los animales que se dirigían al arca de pareja en
pareja, como los alumnos de un pensionado que van de paseo, tenían todos el
aspecto de mágica inmovilidad al ver un doble milagro: John cabizbajo y
Tackleton amado.
Tercer grito
- I -
Daban las diez en el reloj holandés situado en el
rincón de la cocina cuando el mandadero se sentó junto al fuego, tan turbado,
tan abatido por el pesar, que el cuclillo debió quedar aterrorizado, porque
después desapresurarse a dar los diez gritos melodiosos de la hora, se hundió
inmediatamente en el palacio morisco, cerrando con estrépito la puertecilla
detrás de sí como si no tuviese valor suficiente para resistir por mástiempo
tan desusado espectáculo.
El mismo segadorcito, aunque se hubiese armado con la
hoz más cortante del mundo entero, no hubiera podido tajar tan cruelmente como
Dot el corazón del mandadero.
Porque era el suyo un corazón tan lleno de amor a Dot,
unido tan estrechamente, tan sólidamente al de Dot por los dulces y poderosos
lazos del recuerdo, tejido precioso, cuyas cualidades tan innumerables como
fascinadoras trabajan asiduamente para hacerlo más estrecho aún; un corazón en
que Dot se había encajado, por decirlo así, tan suave y profundamente; un
corazón tan sencillo y tan sincero, tan firme en su Verdad, tan recio para el
bien, tan tolerante para el mal..., que al principio no pudo albergar cólera
alguna ni pensamientos de venganza, y no halló en sí mismo más sitio que el
destinado a guardar la imagen rota de su ídolo.
Pero poco a poco, insensiblemente, a medida que el
mandadero permanecía por más tiempo absorbido por sus reflexiones ante el
hogar, ya helado y sombrío, surgieron en su espíritu pensamientos más fieros
que el viento furioso que se levanta en la obscuridad de la noche.
Allí estaba el viajero bajo su techo estrujado. Tres
escalones, y ya estaba a la puerta de su dormitorio. Un golpe y caería por
tierra. «Podríais cometer un asesinato sin daros cuenta de ello», le había
dicho Tackleton.
Mas, ¿por qué asesinato, dando al villano tiempo de
aprestarse a luchar mano a mano? Al fin, era éste el más joven.
Era éste un pensamiento extemporáneo, importuno, para
la negrura de su estado moral. Un anhelo rabioso que le indujera a la venganza
habría de transformar la alegre mansión en un lugar maldito, al que los
caminantes temerían acercarse al pasar de noche, y en el que verían los
timoratos, en las noches sin luna, una lucha de sombras y oirían ruidos
espantosos durante la tempestad.
El extranjero tenía la ventaja de la juventud. ¡Sí,
sí!, era algún enamorado que encontró antes que John el camino de un corazón
que él no había conmovido jamás; algún enamorado favorecido por ella, en quien
habría pensado y soñado, por quien ella habría suspirado, mientras que él la
creía dichosa en su compañía...
¡Cómo se entristecía sólo al imaginarlo!
Dot había subido al piso superior para meter en la
cama al chiquitín. Mientras John se abandonaba a sus tristes reflexiones, solo,
junto al fuego, Dot se puso a su lado sin que él lo notara -porque las congojas
que sufría con incesante tortura le habían hecho perder hasta la percepción de
los sentidos- y colocó el taburete a sus pies. John no se fijó en ella hasta
que sintió la mano de Dot sobre la suya y vio que su mujer le miraba fijamente.
¿Con extrañeza? No. Es lo que le sorprendió al
principio; y en tan alto grado, que tuvo que volver a mirarla para asegurarse
de su naturalidad. No con extrañeza, sino con una mirada curiosa y escrutadora,
pero no asombrada; una mirada inquieta, seria, seguida de una sonrisa extraña,
salvaje, espantosa, como si le adivinara todos sus pensamientos, y nada más;
sólo haré constar que cruzó las manos sobre la frente, dejándose caer los
cabellos.
Aun cuando John hubiese podido disponer en aquel
instante de la omnipotencia de Dios, no había que temer que hiciese caer sobre
la cabeza de Dot el peso de una pluma. Tan misericordioso era, que le pesaba
muchísimo verla tan agobiada en el taburete en que tantas veces la había
contemplado alegre e inocente con amor y orgullo; y cuando Dot se levantó y se
alejó de él sollozando, se sintió más calmado al ver su lugar vacío junto al
suyo. La presencia de Dot, en aquel momento, era para él la pena más amarga a que
pudiese obligársele, porque le recordaba el abismo de desolación en que acababa
de caer y de qué modo acaba de romperse el lazo supremo que le unía a la vida.
Cuanto más meditaba sobre este punto, más persuadido
estaba de que hubiera preferido verla herida ante sus propios ojos por muerte
prematura con el chiquitín en brazos, y más redoblaba su violencia la ira
contra su enemigo. Miró a su alrededor buscando un arma. Un fusil estaba
suspendido en la pared.
John lo descolgó y dio un paso o dos hacia la puerta
de la habitación del pérfido extranjero. Sabía que el fusil estaba cargado; una
idea vaga de que tenía el derecho de matar a aquel hombre como a una fiera,
dominó su espíritu y le invadió por completo como un lúgubre demonio,
desterrando toda idea de clemencia y de perdón.
No, no es esto lo que quería decir. Aquella idea no
desterró de su corazón toda idea de clemencia y de perdón, sino que las
transformó con arte infernal, convirtiéndolas en aguijones que le estimulaban
más aún, cambiando el agua en sangre, el amor en odio, la dulzura en ciega
ferocidad. La imagen de su mujer desolada, humillada, pero recurriendo todavía
a su ternura y a su piedad con poder irresistible no salía de su espíritu; pero
la misma contemplación de esta imagen le empujaba hacia la puerta, elevaba el
arma a la altura de su hombro, adaptaba y aseguraba su dedo en el gatillo,
gritándole:
-¡Mátale!¡Mátale, mientras duerme!
Pero súbitamente el fuego que hasta entonces había
dormido en silencio, iluminó la chimenea con un brillante chorro de luz, y el
grillo del hogar reanudó su crrri..., crrri..., crrri...
Ningún sonido, ninguna voz humana, ni siquiera la de
Dot, hubiera conmovido y calmado al pobre John tan eficazmente. Las palabras
llenas de franqueza con que Dot le había hablado de su amor hacia el favorito
del hogar resonaban aún vibrantes en su oído; le parecía verla; su tono, de
suave franqueza, agitado por el ligero temblor; su dulce voz -¡qué voz!, o por
mejor decir, ¡qué música doméstica tan a propósito para seducir a un hombre
honrado junto al fuego!- todo acudía a reanimar sus buenos pensamientos, a
envalentonarlos, a devolverles el calor y la vida.
Retrocedió ante la puerta, como un sonámbulo
despertado en medio de un sueño terrible; dejó el fusil a un lado y cubriéndose
el rostro con las manos, volvió a sentarse junto al fuego y halló algún
consuelo en las lágrimas.
El grillo del hogar avanzó por la habitación y llegó a
colocarse delante de él en forma de hada.
-Le quiero -dijo la voz de hada repitiendo las
palabras que John recordaba tan fielmente-; le quiero por los buenos
pensamientos que su música inocente hizo nacer en mí cada vez que le escuché.
-¡Son sus mismas palabras! -exclamó el mandadero.
-¡Me habéis hecho feliz en esta casa, y amo al grillo
por la dicha que me ha proporcionado!
-Sí, ha sido muy dichosa en esta casa, bien lo sabe
Dios -añadió el mandadero-. Ella es la que colmó de felicidad esta casa,
siempre... hasta hoy.
-¡Tan graciosa, de tan buen humor, tan ocupada en las
tareas domésticas, tan alegre, tan lista, de corazón tan amable!
-Si no lo hubiera comprendido así, ¿la habría amado
acaso como la amaba?
-Decid «como la amo» -repuso la voz.
-Como la amaba -repitió el mandadero; pero su acento
no era ya tan firme; su lengua insegura resistía a su voluntad, y quería hablar
a su modo, en su nombre y aun en nombre de él.
La aparición, con apostura solemne, levantó la mano y
dijo:
-¡Por tu hogar!
-¡El hogar se ha entristecido para siempre!
-¡El hogar que con tanta frecuencia ha... bendecido e
iluminado -dijo el grillo-; el hogar que, sin ella, no hubiera sido más que una
mezcla de piedras y ladrillos con barrotes de hierro mohoso; pero que, gracias
ella, se ha convertido en tu altar doméstico; el altar sobre el cual has
sacrificado cada noche alguna mala pasión, algún egoísmo, algún cuidado, para
depositar en él la ofrenda de un espíritu tranquilo, de una naturaleza
confiada, de un corazón generoso, de suerte que el humo, al elevarse sobre su
pobre chimenea, ha subido al cielo con suave perfume, con el del incienso
quemado ante las más ricas urnas en los magníficos templos de todo el orbe! Por
tu hogar, por su apacible santuario, rodeado de cuantas dulces influencias te
recuerda, óyela, óyeme, porque aquí todo te habla el lenguaje de tu hogar y de
tu hogar y tu familia.
¿Y creéis que este lenguaje habla en favor de ella?
-preguntó John.
-¡Sí; todo lo que diga el lenguaje de tu hogar, debe
ser en favor de ella -respondió el grillo-, porque este lenguaje no miente
jamás!
- II -
Y mientras el mandadero, apoyando la cabeza en sus
manos, continuaba soñando, la imagen de Dot, que estaba presente, permanecía a
su lado, sugiriéndole sus pensamientos por efecto de su poder sobrenatural, y
colocándoselos ante los ojos como en un espejo o en un cuadro.
La imagen presente no estaba sola. De la piedra del
hogar, de la chimenea, del reloj, de la pipa, del puchero y de la cuna; del
pavimento, de las paredes, del techo y de la escalera; del coche, que
descansaba fuera de la estancia; del aparador, que estaba dentro de ella; de
todos los utensilios del hogar, de cada rincón, de cada objeto familiar a Dot,
que llevase consigo un recuerdo de ella para el desgraciado John, surgían
huestes de hadas, no para quedar inmóviles a su lado, como hiciera antes el
grillo, sino para correr y agitarse en toda dirección, para rendir toda clase
de honores a la imagen, para agarrar el vestido de John y mostrarle la figura
de Dot; para agruparse alrededor de ella, abrazarla amorosamente y arrojar
flores a su paso; para ensayar con sus manecitas la coronación de su linda
cabeza, para demostrarla que la amaban tiernamente y que no podía existir ni
una sola criatura fea, mala y acusadora que pudiese jactarse de conocerla
bien... Sólo ellas, sólo sus compañeras fantásticas y fieles, podían comprender
toda su valía.
Los pensamientos de John se fijaban constantemente en
la imagen que permanecía allí.
Sentada ante el fuego, cosía, cantando en voz baja.
¿Viose mujercita tan juguetona, activa y paciente como Dot? Los rostros de las
hadas volviéronse hacia él unánimemente, y concentrando una mirada dirigida a
Dot, parecían decirle, orgullosas de su ídolo: «¿Ésta es la mujer ligera que
has acusado?».
A lo lejos se oían algunos sones de instrumentos
musicales, voces ruidosas y risas ensordecedoras. Un ejército de muchachos y
muchachas, sedientos de diversión, penetró precipitadamente en la casa; entre
las muchachas estaba May Fielding con otras veinte casi tan hermosas como ella.
Dot era la más hermosa y parecía la más joven. Invitáronla a tomar parte en la
fiesta; se trataba de organizar un baile. Si alguna vez han existido piececitos
aptos para la danza, lo han sido los de Dot. Pero Dot se echó a reír, inclinó
la cabeza y les mostró la comida en el fuego, y la mesa ya aderezada, con aire
de satisfacción, con muy poca envidia del placer ajeno, actitud que la hacía
aún más encantadora. Despidió alegremente, saludándolos con la cabecita, a sus
bailarines pretendientes uno tras otro, a medida que iban saliendo, con cómica
indiferencia.
Después de tal escena, sus galanes, desengañados,
debían arrojarse al agua impulsados por la desesperación; mas no era en ella
defecto capital la indiferencia, porque en aquel instante compareció cierto
mandadero y ella le hizo una acogida..., ¡una acogida admirable!
Las hadas volvieron el semblante hacia John y
parecieron preguntarle: «¿Y ésa es la mujer de que te quejas?».
Una sombra pasó por el espejo, o el cuadro, como os
plazca. La gran sombra del extranjero, tal como apareció por primera vez bajo
su techo, cubría toda la superficie del cuadro y borraba todos los demás
objetos. Pero las ágiles hadas trabajaron como abejas diligentes para
disiparla, y Dot reapareció hermosa y radiante.
Mecía al chiquitín, le cantaba dulcemente una canción,
apoyando la cabeza en un hombro que formaba parte del hombre taciturno, junto
al cual permanecía el grillo-hada.
La noche -hablo de la noche real, no de la que regulan
los relojes de las hadas-, la noche seguía su curso; durante la fase descrita
de los pensamientos del mandadero, la luna se dejó ver en el cielo,
resplandeciente de claridad. Quizá una luz serena y tranquila se había
levantado también en el espíritu de John, y este fenómeno le permitió
reflexionar con más sangre fría sobre lo ocurrido.
Aunque la sombra del extranjero pasase a intervalos
por el espejo, siempre precisa, grande y perfectamente definida, no parecía ya
tan sombría como al principio. Cada vez que surgía, las hadas exhalaban un
grito general de consternación y empleaban con inconcebible actividad sus
bracitos y sus piececitos en la tarea prolija de borrarle. Luego, al encontrar
detrás de ella la de Dot -y se la hacían contemplar al mandadero una vez más,
hermosa y brillante-, le manifestaban su alegría del modo más comunicativo posible.
Nunca la mostraban de otro modo; siempre aparecía
brillante y hermosa, porque las hadas pertenecen a la clase de genios
domésticos que odian la mentira; de modo que Dot, en su concepto, no podía ser
más que una criaturilla activa, radiante, encantadora, el rayo de Sol de la
casa del mandadero.
Las hadas redoblaron su ardor al mostrarla con el
chiquitín conversando en medio de un grupo de prudentes matronas, dándose
también aires de matrona prudente, y apoyándose con aspecto reposado, grave y
digno de una anciana, en el brazo de su marido, procurando -¡ella, una mujer en
flor, apenas abierta!- convencerle de que había abjurado las vanidades del
mundo en general y de que pertenecía a la categoría de personas maduras, para
las cuales no existen más que los deberes de la maternidad; y no obstante, en
aquel mismo instante, las hadas la mostraban aún, riéndose de la torpeza del
mandadero, levantándole el cuello de la camisa para darle aspecto de dandy, y
arrastrándole alegremente con su faz risueña alrededor de la habitación para
enseñarle a bailar.
Las hadas se volvían más que nunca hacia él, y le
miraban con ojazos desmesuradamente abiertos al mostrársela junto a la
cieguecita, porque aunque Dot llevase siempre consigo su animación y su natural
alegría, las desbordaba principalmente en casa de Caleb Plummer. El amor que le
profesaba la cieguecita; su confianza absoluta en ella; su reconocimiento y la
delicadeza con que Dot sabía rechazar el reconocimiento de Berta; sus ardides
diplomáticos encaminados a aprovechar todos los momentos de su visita, realizando
a cada instante algo útil en aquella casa, procurándose en realidad muchas
fatigas con el pretexto de tomarse un día de descanso; su previsión generosa en
lo que concierne a las golosinas de la fiesta, el pastel y las botellas de
cerveza; su cara radiante al llegar a la puerta y despedirse, y aquella
maravillosa convicción que dominaba toda su persona desde la extremidad de los
pies hasta la punta de la cabeza y que le hacía comprender la importancia de su
papel en la fiesta que había fundado, y reconocer que en ella se hacía
necesaria, indispensable; todos eran motivos que excitaban la alegría de las
hadas y redoblaban el amor que sentían por ella. De modo, que volvieron a
contemplar al mandadero, llamándole todas a la vez, como si ledijeran, mientras
algunas se escondían en los pliegues del traje de Dot para acariciarla más de
cerca:
-¿Ésta es la mujer que has acusado?
Más de una, de dos, de tres veces durante el curso de
los sueños de aquella larga noche, le mostraron la figura de Dot sentada en su
lugar favorito, con la cabeza inclinada hacia adelante, las manos cruzadas
sobre la frente, los cabellos en libertad, como John la había contemplado por
última vez. Y al verla de aquel modo, no se volvían más hacia él, no le miraban
más, sino que, por el contrario, se estrechaban alrededor de ella, la
consolaban, la abrazaban, dándole mil pruebas de simpatía y de ternura y olvidando
completamente a su marido.
Así pasé la noche. La luna descendió hasta el
horizonte, las estrellas palidecieron; las primeras claridades de la mañana
atravesaron las tinieblas; se hizo sentir el fresco de la madrugada y se
levantó el sol. John estaba sentado aún junto a la chimenea y se encontraba en
la misma posición que había adoptado la noche anterior. Durante toda la noche
el grillo había cantado en el hogar: crrri... crrri... crrri...; durante toda
la noche John había oído su voz; durante toda la noche las hadas domésticas habían
trabajado a su alrededor; durante toda la noche Dot había permanecido amable y
sin tacha en el espejo de las hadas, exceptuando los momentos en que cierta
sombra pasaba por él.
- III -
Cuando resplandeció el día por completo, John se
levantó y se vistió. No podía entregarse a sus gozosas ocupaciones cotidianas;
le faltaba valor en la ocasión presente, pero no importaba; tratándose del día
fijado para la boda de Tackleton, había procurado hacerse reemplazar en sus
tareas. Habíase propuesto, sin sospechar lo que iba a ocurrir, ir a la iglesia
alegremente con Dot, pero no había que pensar más en ello.
Aquel día celebrábase también el aniversario de su
matrimonio. ¡Quién le hubiera dicho que tal año había de tener tan lastimoso
fin!
El mandadero esperaba una visita de Tackleton a
primera hora y no se engañó. Apenas empezó a pasearse de arriba abajo junto a
la puerta, vio a lo lejos el cochecito del comerciante de juguetes. A medida
que iba aproximándose, John pudo notar con más precisión que Tackleton estaba
ya de veinticinco alfileres para la boda, y que había adornado la cabeza de su
caballo con flores y cintas.
El caballo se parecía más a un novio que su mismo amo,
cuyo ojo semicerrado ofrecía una expresión más desagradable que nunca. Pero el
mandadero no reparó en tal cosa; otros pensamientos hurgábanle el cerebro.
-John Peerybingle -dijo Tackleton, como si se
condoliera de John-; ¿cómo habéis pasado la noche?
-No muy buena, señor Tackleton -respondió el
mandadero, sacudiendo la cabeza-; tenía el espíritu turbado. Pero todo ha
concluido. ¿Podéis concederme algo así como un cuarto de hora de audiencia?
-He pasado por aquí expresamente para veros -respondió
Tackleton, bajando del coche-. No os molestéis por el caballo. Se mantendrá
tranquilo con las riendas sujetas en el poste; si queréis, dadle un puñado de
heno.
El mandadero fue a buscar heno al establo y lo puso
delante del caballo; luego los dos hombres entraron en la casa.
-¿Supongo que no os casaréis antes del mediodía? -dijo
John.
-No -respondió Tackleton-. ¡Tengo tiempo de sobra,
tengo tiempo de sobra!
En el mismo instante en que penetraron en la cocina,
Tilly Slowboy llamaba a la puerta del extranjero, que sólo se hallaba separada
por unos cuantos escalones. Uno de sus congestionados ojos -Tilly había llorado
toda la noche porque su señora lloraba- permanecía aplicado al agujero de la
cerradura; Tilly redoblaba sus golpes y parecía muy espantada.
-No puedo lograr que me oigan -dijo Tilly, mirando a
su alrededor-. Supongo que no habrá partido para el otro mundo.
Formulando este deseo filantrópico, miss Slowboy dio
nuevos puñetazos y puntapiés a la puerta, obtener resultado alguno.
-¿Queréis que vaya allí? -preguntó Tackleton-. Es
curioso.
El mandadero, que había apartado la mirada de la
puerta, le indicó con un gesto que podía ir allí, si gustaba.
Tackleton acudió, pues, en ayuda de Tilly; la
emprendió también a puñetazos y a puntapiés con la puerta sin obtener la menor
respuesta. Vínole la idea de coger la manecilla, y habiéndola vuelto sin
trabajo, metió la cabeza en la estancia por la puerta entreabierta, entró y
salió en seguida corriendo.
-John Peerybingle -le dijo al oído-, supongo que aquí
no habrá ocurrido nada esta noche..., ninguna violencia.
El mandadero se volvió vivamente hacia él.
-¡Ha partido! -añadió Tackleton-, y la ventana está
abierta. No veo rastro alguno... Bien se ve que la
habitación está casi al mismo nivel del jardín...,
pero he temido algo..., algún incidente, ¿eh?
Y cerró casi por completo su ojo expresivo, que se
había detenido sobre John con persistencia singular, ocasionándole tanto en el
semblante como en todo el cuerpo una violenta contorsión; hubiérase dicho que
quería arrancarle la verdad.
-Tranquilizaos -dijo el mandadero-. Penetró ayer por
la noche en esta habitación sin haber recibido de mi parte el menor mal ni la
menor injuria, y nadie entró aquí después de él. Se ha marchado por su propio
albedrío. Capaz sería de salir por esa puerta y mendigar el pan de casa en casa
toda mi vida, con tal de deshacer el pasado y que ese hombre no hubiera venido.
Pero vino y se marchó. Asunto concluido.
-¡Oh!... Perfectamente -repuso Tackleton-. Se ha
marchado sin el menor tropiezo.
La observación no fue oída por el carretero, que se
sentó en una silla y se cubrió la cara con la mano antes de proseguir.
-Anoche me mostrasteis a mi mujer, a mi adorada
esposa, en secreto...
-Y bien enternecida -insinuó Tackleton.
-Encubriendo la superchería de ese hombre y
ofreciéndole ocasiones de hablarla a solas. Cualquier otra cosa hubiera visto
mejor que ésa. Nadie más que vos quisiera que le hubiera hecho ver.
-Confieso que siempre he sospechado -dijo Tackleton-,
y por eso he venido observando.
-Por lo mismo que usted me lo ha descubierto
-prosiguió el carretero, sin hacerle caso-; y así como ha visto a mi esposa, a
mi adorada esposa -y el tono de su voz se robustecía al decir esto, y su mano
se cerraba con firmeza, como indicando un propósito formado-, en esa situación,
es justo y razonable que veáis ahora por mis ojos para que leáis mis
intenciones sobre este particular. Porque me he trazado una línea de conducta
-añadió el mandadero, contemplándole atentamente-, y
por nada del mundo me apartaré de ella.
Tackleton murmuró en términos generales algunas
palabras de aprobación sobre la necesidad en que se hallaba John de ejecutar
una venganza cualquiera; pero la actitud de su interlocutor le dominó. Por más
sencilla y ruda que fuese, tenía cierta nobleza y una dignidad natural que sólo
podían derivar de un fondo de honor y de generosidad bien arraigado en su alma.
-Soy un hombre sencillo y rudo -prosiguió John- y no
tengo grandes méritos, ¡bien sé a qué atenerme sobre el particular! No soy
ingenioso, como sabéis muy bien; no soy joven; amé a Dot porque la vi crecer
desde su niñez en casa de su padre; porque conocía todo su valer; porque había
llenado mi vida durante años enteros. Con muchos, muchísimos hombres, no podré
compararme jamás; ¡pero nadie hubiera amado tanto a Dot como yo la amo!
Detúvose y golpeó suavemente el suelo con el pie
durante algunos momentos antes de proseguir su peroración.
-He pensado frecuentemente que, aunque no formase con
ella la pareja más proporcionada del mundo, llegaría a ser un buen marido y a
apreciar quizá su valía mejor que cualquier otro; y por este motivo creí que
nuestro matrimonio no sería disparatado por completo. Y nos casamos.
-¡Ah! -exclamó Tackleton moviendo la cabeza con ademán
intencionado.
-Me había estudiado, la había puesto a prueba; sabía
cuánto la amaba y cuán feliz sería -añadió el mandadero-. Pero no había
reflexionado suficientemente, y hoy lo siento con toda el alma, sobre las
consecuencias que resultarían con respecto a ella.
-A buen seguro -dijo Tackleton-. ¡El aturdimiento, la
frivolidad, la ligereza! ¡No lo habéis reflexionado!
¡Habéis perdido de vista!... ¡Ah!
-Os agradecería que os abstuvieseis de toda
interrupción -repuso John severamente- hasta que me comprendieseis, y estáis
lejos de entenderme. Ayer hubiera muerto de un puñetazo al hombre que se
hubiese permitido lanzar una sola palabra contra ella; hoy le pisaría el
rostro, aunque fuese mi hermano.
El comerciante de juguetes le contempló asombrado.
John prosiguió con tono algo más suave:
-¿Había yo reflexionado alguna vez que a su edad la
arrebataba, resplandeciente de alegría y de belleza, a sus jóvenes compañeras,
a las variadas y brillantes escenas de las cuales era Dot el adorno principal,
la más espléndida estrella del firmamento, para encerrarla para siempre en mi
triste casa y encadenarla a mi enojosa compañía? ¿Había reflexionado cuán
distante estaba de su vivacidad, y cuán penosa había de ser mi condición
chabacana para un espíritu tan pronto como el suyo? ¿Había reflexionado que no
representaba en mí título ni mérito alguno el amarla, que cuantos la conocían
daban en concebir el mismo afecto? ¡Nunca, nunca! Me aproveché de su carácter
juguetón confiado en el porvenir, y me casé con ella. No quisiera haberlo hecho
jamás; ¡por ella, Dios mío, por ella, y no por mí!
El comerciante de juguetes le contempló sin guiñar el
ojo, y aun su ojo semicerrado se abrió completamente por esta vez.
-¡Dios la bendiga -dijo John- por la generosa
constancia con que ha procurado apartar de mí este doloroso descubrimiento! Y
perdóneme el cielo si mi pesada inteligencia no comprendió más pronto lo que
ocurría.
¡Pobre niña! ¡Pobre Dot! ¡Y no la he adivinado yo, que
he visto sus ojos llenos de lágrimas cuando se hablaba de matrimonios
semejantes al nuestro! ¡Pobre muchacha! ¡Haber podido esperar que me amaría,
haber podido creer que me amaba realmente!
-Es lo que ha procurado fingir, y tan bien lo ha
fingido, que, a decir verdad, esto ha sido lo primero que me hizo entrar en
sospechas.
E hizo valer la superioridad de May Fielding, a quien
a buen seguro no podía acusarse de fingirle amor.
-Lo intentaba -dijo el pobre John con emoción mayor de
la que hasta entonces había demostrado-, y sólo ahora empiezo a comprender
cuánto le habrá costado. ¡Cuán buena ha sido! ¡Cuánto hizo por mí! ¡Qué corazón
tan valiente y enérgico el suyo! Prueba de ello es la felicidad que he
alcanzado bajo este techo, y que será siempre mi consuelo cuando quede solo
aquí.
-¿Solo? -preguntó Tackleton-. ¿Piensas darte por
enterado acaso?
-Tengo la intención -respondió el mandadero- de darle
la mayor muestra posible de ternura y de ofrecerle la reparación más completa
que he llegado a imaginar. Puedo librarla de un diario sufrimiento; del que
resulta de un matrimonio desigual, y de los esfuerzos que ella hace para
ocultarme su pena. Dot tendrá toda la libertad que yo pueda darle.
-¡Ofrecerle una reparación! ¡A ella! -exclamó
Tackleton llevándose las manos a las orejas y poniéndolas gachas-. ¿Estaré
equivocado? ¿Lo habré oído mal?
John cogió por el cuello al comerciante de juguetes y
le sacudió como si fuese una caña.
-Oídme -dijo- y procurad comprenderme bien. Oídme.
¿Acaso no hablo con claridad?
-Con gran claridad -respondió Tackleton.
-¿Como hombre resuelto?
-A buen seguro, como hombre muy resuelto.
-Toda la noche pasada, toda la noche estuve sentado
ante este hogar -exclamó el mandadero-, en el sitio en que frecuentemente podía
contemplarla a mi lado, mientras ella me miraba con su lindo semblante. Pasé
revista a su vida entera, día por día; he visto de nuevo su querida imagen
presentándose ante mis ojos en todas las situaciones de su vida. Juro que es
inocente, si es que hay alguien capaz de juzgar sobre inocencias y culpas.
¡Noble grillo! ¡Leales hadas domésticas!
-Ya estoy libre de cólera y desconfianza -prosiguió el
carretero- y sólo me queda el dolor. En un instante malhadado volvió algún
antiguo adorador, más en armonía que yo con los gustos y la edad de ella; un
amante desdeñado tal vez por mí y a pesar de ella. En un instante desventurado,
sorprendida y sin tiempo para decidir, se hizo cómplice de la traición,
encubriéndola. Anoche le vio, en aquella ocasión en que los observamos. Mal
hecho. Pero si hay verdad en la tierra, de nada más puede acusársela.
-Si opináis así... -empezó a balbucear Tackleton.
-Que parta, pues -prosiguió el mandadero-. Que parta
con mi bendición por todas las horas de felicidad que me ha proporcionado, y mi
perdón por las congojas de que ha sido para mí la causa. Que parta con la paz
del corazón que le deseo. No me odiará jamás; por el contrario, aprenderá a
amarme mejor, cuando no la arrastre a remolque de mi destino. Entonces llevará
más ligeramente la cadena a que la até tan desgraciadamente para ella. Hoy hará
un año que la arrebaté a su hogar, sin preocuparme de si sería o no feliz. Hoy
volverá a él y no la importunaré más. Su padre y su madre llegarán en seguida;
habíamos formado cierto plan para celebrar juntos este día; sus padres se la
llevarán a su casa. Puedo confiar en ella, allí y en todas partes. Me deja
después de haber vivido pura, y así vivirá siempre. Si me muriese -puedo morir
quizá mientras ella sea joven; en pocas horas conozco que he perdido mis
fuerzas-, Dot comprenderá que me he acordado de ella y que la he amado hasta el
último día. He aquí la conclusión de lo que me hicisteis ver.
Ahora todo ha terminado.
- IV -
-No, John, no ha concluido todo. No digáis aún que
todo ha concluido. No lo digáis aún. He oído vuestras nobles palabras, y no
quiero marcharme sin deciros que me han llenado de hondo reconocimiento. No
digáis que todo ha concluido antes que el reloj haya sonado otra vez.
Dot, que entró poco después de Tackleton, había
permanecido en la habitación. Ni siquiera miraba a Tackleton; con los ojos
fijos en su marido, se mantenía fuera de su alcance, dejando entre ella y él la
mayor distancia posible; y aunque hablase con el entusiasmo más apasionado que
pueda imaginarse, no se acercó a John ni siquiera en aquellos instantes de
vivacidad. ¡Cuán diferente se mostró en este detalle de la Dot de antes!
-No hay reloj que pueda hacer sonar para mí por
segunda vez las horas pasadas, desgraciadamente -replicó el mandadero con débil
sonrisa-. Pero ya que lo queréis, sea así. Pronto sonará la hora; no
tendremosque aguardar largo tiempo. De buen grado realizaría cosas más
difíciles por complaceros.
-Muy bien -murmuró Tackleton-. Es preciso que me
marche, porque cuando la hora suene, debo estar en camino para la iglesia.
Buenos días, John Peerybingle. Siento privarme de vuestra compañía. Tanto por
dejaros como por las circunstancias.
-¿He hablado claramente? -preguntó John acompañándole
hasta la puerta.
-¡Oh, muy claramente!
-¿Y os acordáis de lo que os he dicho?
-Sí, y si queréis que os lo exprese con claridad -dijo
Tackleton, no sin haber tomado previamente la prudente precaución de empezar a
subir al coche-, debo deciros que ha sido para mí tan inesperado el lance, que
no es probable que lo olvide.
-Tanto mejor para los dos -repuso John-. Adiós. Buena
suerte.
-Querría poder deciros lo mismo -dijo Tackleton-; pero
ya no es factible, os doy por lo menos las gracias.
Y dicho sea entre nosotros -creo que ya os lo he
significado-, no creo pasarlo peor en mi matrimonio, aunque May no me haya
hecho grandes demostraciones de cariño. Adiós. Cuidaos mucho.
John le siguió con la mirada hasta que la distancia le
hizo aparecer lo suficientemente pequeño para quedar oculto entre las flores y
las cintas de su caballo. Entonces, exhalando un profundo suspiro, fuese a
vagar como alma en pena a la sombra de unos olmos vecinos con el propósito de
no entrar en su casa hasta que diese la hora.
Su mujercita, que había quedado sola, sollozaba
amargamente; pero se enjugaba los ojos con frecuencia y detenía el curso de sus
lágrimas para decirse:
-¡Dios mío! ¡Qué bueno es!¡Qué excelente!
Y luego, una o dos veces se echó a reír con tanta
cordialidad, con un aire de triunfo tan raro y de un modo tan incoherente
-puesto que no cesaba de llorar al mismo tiempo-, que Tilly se espantó
sobremanera.
-¡Oh por Dios, no hagáis tal cosa! -dijo-. ¡Podríais
matar al niño, por Dios!
-¿Le traerás alguna vez a su padre, Tilly, cuando yo
no pueda vivir aquí y me haya vuelto a mi casa? –le preguntó su señora
enjugándose los ojos.
-¡Oh, por Dios! ¡No hagáis tal cosa! -exclamó Tilly
desencajada y dando un aullido atroz, exactamente igual a los de Boxer-. ¡Por
Dios, no hagáis tal cosa! ¡Por Dios!, ¿qué habrá hecho todo el mundo a todo el
mundo para que todo el mundo sea tan desgraciado? ¡Uh, uh, uh, uh!...
La sensible Slowboy iba a lanzar un aullido tan
terrible, a causa de los mismos esfuerzos que había hecho para ahogarlo, que el
chiquitín se hubiera despertado infaliblemente, experimentando un terror
enorme, seguido de lamentables consecuencias -de convulsiones probablemente-,
si sus ojos no hubiesen hallado a Caleb Plummer, que entraba con su hija.
Llevada por la aparición de la visita al sentimiento de la mutua conveniencia,
quedó en silencio durante algunos minutos, abriendo la bocaza; luego corrió al
galope hacia la cama en que dormía el chiquitín y se puso a bailar una danza de
bruja o baile de San Vito, al mismo tiempo que hundía la cara y la cabeza en
las sábanas, hallando gran consuelo sin duda en tan extraordinarios ejercicios.
-¡Cómo! -exclamó Berta-, ¿no habéis asistido a la
boda?
-Le dije, señora, que no asistiríais a ella -dijo
Caleb en voz baja-. Sabía a qué atenerme en cuanto a vos.
Pero os aseguro, señora -dijo el hombrecito tomándole
ambas manos con ternura-, que no doy importancia a nada de lo que dicen. No les
creo. Nada puedo hacer; pero esta insignificancia de hombre, antes se dejaría
hacer pedazos que tolerar una sola palabra contra usted.
Rodeó a Dot con sus brazos y la estrechó como una niña
hubiera acariciado a una de sus muñecas.
-Berta no ha podido quedarse en casa esta mañana.
Temía, estoy seguro de ello, el son de las campanas y no podía soportar la
proximidad de la boda. De modo, que hemos salido temprano de casa y hemos
venido inmediatamente.
-He reflexionado sobre cuanto hice -dijo después de un
momento de silencio. Me reproché, hasta el punto de no saber qué resolución
tomar, toda la pena que le he causado, y he resuelto que más vale –si queréis
quedaros conmigo por breves instantes, señora- enterarla de toda la verdad.
¿Queréis quedaros conmigo estos instantes? -le preguntó Caleb, temblando de
pies a cabeza-. Ignoro el efecto que le voy a producir; ignoro lo que pensará
de mí; ignoro si después de la revelación amará aún a su pobre padre. Pero es
enteramente necesario para su bien que quede desengañada, y en cuanto a mí,
sean cuales fueran las consecuencias, es justo que las sufra.
-María -dijo Berta-, ¿dónde está vuestra mano? ¡Ah!
Aquí, aquí está. -La llevó a sus labios con una sonrisa, y pasándola luego bajo
su brazo, continuó-: Les oí hablar anoche de cierta acusación contra ustedes.
Eran injustos.
La esposa del carretero guardaba silencio. Caleb
respondió por ella:
-¡Eran injustos! -dijo.
-¡Estaba segura! -exclamó con orgullo-. Ya se lo dije
a ellos. Me negué a oír en absoluto. ¡Acusarla con justicia! -apretaba entre
las suyas la mano aprisionada y juntaba su mejilla con la de Dot-. ¡No! No
estoy tan ciega como para eso.
Y Caleb estaba a un lado de la cieguecita, mientras
que Dot permanecía al otro con su mano cogida.
-Os conozco a todos mejor de lo que os figuráis. Pero
a nadie mejor que a ella. Ni a vos, padre mío. Nada percibo a mi alrededor con
tanta realidad, con tanta verdad como a ella. ¡Si en este instante recobrara la
vista, sin que se me dijera una sola palabra, la reconocería entre una
multitud! ¡Hermana mía!
-Berta, hija mía -dijo Caleb-, necesito decirte algo
que me pesa sobre la conciencia, ahora que estamos solos los tres. Debo hacerte
una confesión. ¡Encanto mío!
-¿Una confesión, padre mío?
-Me alejé de la verdad y me perdí -prosiguió Caleb con
expresión desgarradora que le alteraba el semblante por completo-. Me alejé de
la verdad por tu amor, y este amor me hizo cruel.
Berta volvió hacia él su rostro, en que se reflejaba
profundo asombro, y repitió:
-¡Cruel!
-Se acusa con harta severidad, Berta -añadió Dot-, lo
reconoceréis vos misma; vais a reconocerlo en seguida.
-¡Él! ¡Cruel para conmigo! -exclamó Berta con
incrédula sonrisa.
-Sin querer, hija mía -dijo Caleb-. Pero lo he sido,
aunque hasta ayer no lo notara. Hija mía, óyeme y perdóname. El mundo en que
vives no existe tal como te lo he representado. Los ojos de que te fiaste han
mentido.
Berta volvió de nuevo hacia él su semblante, que
mostraba creciente sorpresa, pero retrocedió y se estrechó contra su amiga.
-El camino de la vida te hubiera sido rudo, hija de mi
corazón -continuó Caleb-, y he querido endulzártelo. He alterado los objetos,
desnaturalizado el carácter de las personas, inventado muchas cosas que no
existieron jamás, para hacerte más dichosa. He guardado secreto con respecto a
ti, te he rodeado de ilusiones, ¡perdóneme Dios!, y te he colocado en medio de
una existencia llena de ensueños.
-¡Pero las personas vivientes no son ensueños!
-exclamó Berta precipitadamente, palideciendo y alejándose más aún de su
padre-. ¡No podíais variarlas!
-Así lo hice, no obstante, Berta -confesó Caleb-. Una
persona que conoces tiempo ha..., mi paloma...
-¡Oh, padre mío! -respondió Berta con acento de amarga
reprensión-; ¿por qué decís que la conozco?
¿Acaso conozco algo? ¡Si no soy más que una miserable
ciega sin guía!
Dominada por su desdicha, extendió las manos como si
buscase su camino a tientas, y luego las condujo hacia su rostro con un gesto
de tristeza y sombría desesperación.
-El que hoy se casa -prosiguió Caleb- es egoísta,
avaro, déspota, un amo cruel para ti y para mí, hija mía, hace muchos años;
repugnante en la faz como en el corazón, siempre frío, siempre duro; distinto
por completo del retrato que te tracé, Berta mía, ¡distinto por completo!
-¡Oh! -exclamó la cieguecita, visible víctima de una
tortura que estaba muy por encima de sus fuerzas-; ¿por qué habéis obrado así?
¿Por qué llenasteis siempre mi corazón hasta el borde para venir luego a
arrancarme, como la muerte, los ídolos de mi amor? ¡Cuán ciega soy, Dios mío!
¡Cuán sola y desamparada estoy!
Su padre, desconsolado, bajó la cabeza sin responder
más que con su aflicción y su remordimiento.
Berta se entregaba hacía un momento apenas a sus
violentos transportes de pesar, cuando el grillo del hogar, que sólo ella pudo
oír, empezó su crrri... crrri... crrri, no con alegría por esta vez, sino con
acento débil, melancólico, tan triste y tan lúgubre, que Berta se echó a
llorar; y cuando la imagen que había permanecido toda la noche al lado de John
compareció detrás de ella, mostrándole a su padre con el dedo, Berta derramó
lágrimas a torrentes.
En seguida oyó más claramente el canto del grillo, y
aunque sus ojos no pudieron ver la imagen misteriosa, su alma la sintió
revolotear alrededor de su padre.
-Dot -preguntó la cieguecita-, decidme lo que es mi
casa en realidad.
-Es una pobre habitación, Berta, muy pobre y muy
desnuda. Difícilmente podrá abrigaros el invierno próximo del viento y la
lluvia. Está tan mal protegida contra el mal tiempo, Berta -siguió diciendo Dot
en voz baja, pero clara-, como vuestro padre con su sobretodo de tela de saco.
La cieguecita, muy agitada, se levantó, y condujo a un
lado a la mujer del mandadero.
-Los presentes de que tanto me cuidaba -dijo
temblando-, los presentes que satisfacían mis menores deseos y recibía yo con
tanta gratitud, ¿de dónde procedían? ¿Erais vos la que me los enviaba?
-No.
-¿Quién era?
Dot comprendió que Berta lo adivinaba y guardó
silencio. La cieguecita se cubrió de nuevo el semblante con las manos, pero
esta vez de un modo muy distinto.
-¡Un instante, Dot! ¡Un solo instante! Acercaos un
poco. Hablad más bajo. Sois sincera, lo sé. ¿No me engañaréis?
-No, Berta; os lo prometo.
-Estoy segura de que no lo haréis. Harto os apiadáis
de mí para engañarme. Dot, mirad el lugar en que estábamos un momento ha, en
donde mi padre..., mi padre, tan amante y compasivo, está..., y decidme lo que
veis.
-Veo -respondió Dot, que la comprendía perfectamente-
un viejo sentado en una silla dejándose caer sobre el respaldo, con la cara
apoyada en la mano como si necesitase el consuelo de su hija.
-Sí, sí, su hija le consolará. Continuad.
-Es un viejo gastado por el trabajo y los pesares; un
hombre flaco, abatido, pensativo, cuyos cabellos blanquean. Le veo en este
instante desesperado, inclinado profundamente, ahogado por el peso de sus
penas.
Pero, Berta, no temáis; otras veces le he visto
luchando con valor y constancia por un fin noble y sagrado.
Por ello rindo homenaje a su cabeza gris y la bendigo.
La cieguecita la dejó bruscamente, y arrodillándose
ante su padre, tomó su cabeza blanca y la estrechó contra su pecho.
-¡Ya me ha vuelto la vista! ¡Ya tengo vista! -gritó-.
He estado ciega, pero ya se han abierto mis ojos a la luz. Hasta ahora no la he
conocido. ¡Pensar que podía haber muerto sin haber visto bien al padre que
tanto me amaba!
Caleb no hallaba palabras bastantes para expresar su
emoción.
-No hay en el mundo una cabeza hermosa y noble
-exclamó la cieguecita permaneciendo en la misma actitud- que yo pudiese amar
tan tiernamente, querer con afecto tan generoso como ésta; cuanto más blanca y
triste sea, más la querré. Que no me digan más que soy ciega. ¡No habrá una
arruga en este semblante, ni un cabello en esta cabeza que en el porvenir sea
olvidado en los ruegos y en las acciones de gracias que dirija al cielo!
Caleb quiso balbucear:
-¡Berta mía!
-Y en mi ceguera le creía -murmuró la joven, mezclando
con sus caricias lágrimas de verdadera ternura-, ¡le creí tan distinto!
¡Tenerle junto a mí día tras día, siempre preocupado por mi causa, y no haber
pensado nunca en ello!
-El hombre fuerte y coquetón de blusa azul ha
desaparecido -dijo el pobre Caleb.
-Nada se ha marchado -respondía Berta-, queridísimo
padre. Todo permanece con vos. El padre a quien tanto amaba, el padre a quien
nunca he amado ni conocido bastante, y el bienhechor que empecé a reverenciar y
amar porque manifestaba tan tierna simpatía por mí: ¡El alma de cuanto me fue
más caro permanece aquí, aquí, con el rostro marchito y la cabeza blanca! Y ya
se acabó mi ceguera, padre.
- V -
Toda la atención de Dot, durante este discurso, se
había concentrado en el padre y la hija; pero al dirigir la mirada al
segadorcito que permanecía en la pradera morisca, vio que iba a dar la hora
dentro de algunos minutos y cayó inmediatamente en un estado pronunciadísimo de
agitación nerviosa.
-Padre mío -dijo Berta, vacilando-; María...
-Sí, hija mía -respondió Caleb-; aquí está.
-No habrá variado. ¿No me habéis dicho nada de ella
que no sea cierto, verdad?
-Temo que lo hubiera hecho, hija mía -respondió
Caleb-, si hubiese podido figurármela mejor de lo que realmente es. Pero, por
poco que la hubiese cambiado, la hubiera hecho disfavor. No era posible
mejorarla.
Aunque la cieguecita preguntase a su padre por Dot con
la mayor confianza, era delicioso ver la alegría y el orgullo que manifestó al
oír la respuesta de Caleb y las nuevas caricias que prodigó a Dot.
-No obstante, amiga mía -insinuó ésta-, pueden ocurrir
más variaciones de las que os imagináis.
Variaciones para mayor bien de todos; variaciones que
causarán gran alegría a algunos de nosotros. Si alguna variación debe
conmoveros, ha de ser la que ocurrirá; y es necesario que no os dejéis
arrastrar por una emoción demasiado viva. ¿No es un rumor de ruedas lo que se
oye en el camino? Vos, que tenéis tanta delicadeza de oído, Berta, decidme si
son ruedas.
-Sí, y avanzan con gran rapidez.
-Bien..., bien..., bien sé que tenéis gran finura de
oído -dijo Dot con la mano sobre el corazón y hablando evidentemente tan aprisa
como podía para disimular mejor sus latidos-, y lo sé porque lo he notado con
frecuencia, sobre todo ayer por la noche, al veros reconocer con tanta
prontitud aquel paso extraño, aunque no sepa por qué dijisteis, y me acuerdo
bien de ello: «¿De quién es este paso?» y por qué lo notasteis con más atención
que otro paso cualquiera. Sí; como os decía ahora mismo, ocurren grandes variaciones
en el mundo, grandes variaciones, y lo mejor que podemos hacer es disponernos a
no asombrarnos de nada.
Caleb se preguntaba qué querría decir Dot, al notar
que se dirigía tanto a él como a su hija. Viola con extrañeza tan turbada, tan
agitada, que apenas podía respirar y le era preciso apoyarse en una silla para
no caer.
-Son ruedas -exclamó jadeante-; son ruedas y se
acercan. Están próximas; más próximas ya. Dentro de un instante habrán llegado
aquí. ¿Oís cómo se detienen a la puerta del jardín? ¿Y este paso que se acerca
a la puerta de entrada? El mismo paso de ayer, Berta, ¿no es verdad?... Y
ahora...
Dot lanzó un grito de alegría, uno de esos gritos que
ningún obstáculo puede detener, y, dirigiéndose hacia Caleb, le puso la mano
ante los ojos en el mismo momento en que un joven entraba precipitadamente en
la habitación, y arrojando el sombrero al aire, se acercaba al grupo.
-¿Ha terminado? -preguntó Dot.
-Sí.
-¿Felizmente?
-Sí.
-¿Os acordáis de esta voz, Caleb? ¿Habéis oído alguna
vez una voz semejante a ésta?
-¡Si mi hijo, que marchó a las Américas del oro,
viviese aún! -dijo Caleb, temblando.
-¡Vive! -exclamó Dot, apartando sus manos de los ojos
de Caleb y palmoteando -¡Miradle! ¡Vedle en vuestra presencia, fuerte y sano!
¡Es vuestro querido hijo! ¡Vuestro querido hermano, Berta, que vive y os ama!
¡Ensalcemos a la criaturilla por sus transportes de
júbilo, por sus lágrimas y por sus risas, mientras el padre y los dos hijos se
abrazan apasionadamente! ¡Ensalcemos la efusión con que marchó al encuentro del
atezado marinero, de hirsuta y negra cabellera, y la santa confianza con que,
lejos de apartar sus rojos labios, permitiole besarlos libremente y estrecharla
contra su corazón. ¡Pero ensalcemos también el cuclillo -¿y por qué no?- por
haberse precipitado fuera de la trampa del palacio morisco y por haber saludado
dos veces a la simpática reunión con su estribillo intermitente, como si
también él estuviese borracho de alegría!
El mandadero, que entró entonces, retrocedió un poco;
no esperaba por cierto hallar tan buena compañía.
-Mirad, John -dijo Caleb fuera de sí-; miradle. ¡Es mi
hijo que ha vuelto de las Américas! ¡Mi hijo, mi propio hijo! ¡El que
equipasteis y embarcasteis vos mismo; aquel de quien fuisteis siempre tan buen
amigo!
El mandadero se le acercó para tenderle la mano y se
detuvo bruscamente al parecerle reconocer en él las facciones del sordo que
había traído en el coche.
-¡Eduardo! -exclamó-. ¿Erais vos?
-¡Contádselo todo ahora -dijo Dot-, y no me
compadezcáis, porque estoy resuelta a no ser indulgente conmigo misma!
-Soy el anciano del coche -dijo Eduardo.
-¿Y cómo habéis tenido el valor necesario para entrar
clandestinamente y gracias a un disfraz en casa de vuestro antiguo amigo?
-repuso el mandadero-. Había hallado en vos, en otro tiempo, un muchacho
leal... - ¿cuántos años pasaron, Caleb, desde que creímos haber oído decir que
había muerto y juzgamos tener la prueba de su defunción?-, un muchacho leal,
que nunca hubiera obrado así.
-También yo conocí en otro tiempo a un amigo generoso,
que fue para mí un padre más que un amigo -dijo Eduardo- y que nunca hubiera
querido juzgar a un hombre, sobre todo a mí, sin oírle antes. Este hombre erais
vos. Espero que me escucharéis ahora.
El mandadero, dirigiendo una mirada llena de turbación
a Dot, que se mantenía alejada de él, respondió:
-Sea. Nada más justo; os escucho.
-Es preciso que sepáis que cuando partí de Inglaterra,
muy joven aún -dijo Eduardo-, estaba enamorado y mi amor era correspondido. Se
trataba de una jovencita muy niña aún, que quizá -es lo que me objetaréis- no
conocía su propio corazón. Pero yo conocía al mío, y sentía vivísima pasión por
ella.
-¡Vos! -exclamó John-. ¡Vos!
-Sí -respondió su interlocutor-; y ella me
correspondía. Siempre lo he creído así, y ahora estoy seguro de ello.
-¡Cielo santo! -dijo el mandadero-. ¡Sólo esto
faltaba!
-Permaneciéndole fiel -añadió Eduardo-, y volviendo a
Inglaterra lleno de esperanzas, después de gran número de peligros y
sufrimientos para realizar cuanto estaba de mi parte con relación a nuestro
compromiso, supe, a veinte millas de aquí, que mi amada había sido perjura, que
me había olvidado y que se entregaba a otro, a un hombre más rico que yo. No
intenté dirigirle reprimenda alguna; sólo deseé verla y convencerme por mis
propios ojos de la verdad de la acusación. Confiaba en que podían haberla obligado
a tomar esta resolución a pesar de sus ruegos y sus recuerdos. Será un consuelo
muy ligero -pensé-, pero al menos me consolaría un poco. Por esto vine. A fin
de conocer la verdadera verdad, de observar libremente por mí mismo, de juzgar
sin obstáculo alguno por parte suya y sin usar mi influencia personal sobre
ella -suponiendo que la tuviese- me disfracé..., ya sabéis cómo, y me detuve en
el camino..., ya sabéis dónde. Vos no sospechasteis de mí, ni... ella tampoco
-señalando a Dot-; hasta que allí, junto al hogar, le dije una cosa al oído, y
a poco me descubre.
-Pero cuando tu mujercita supo que Eduardo vivía y que
estaba de regreso -añadió Dot, dirigiéndose a John, con la voz interrumpida por
los sollozos, hablando por su propia cuenta como había ansiado hacerlo durante
toda la narración del marinero-, y cuando hubo conocido su proyecto, le
recomendó expresamente que mantuviese el secreto, porque su viejo amigo John
Peerybingle era demasiado francote y demasiado torpe para ocultar el más mínimo
detalle; sí, torpe, torpísimo para todo, incapaz de ayudarle en su proyecto, y
cuando ella, es decir, yo misma, John, se lo hube contado todo, explicándole
que su amada le creía muerto, que al fin se había dejado inclinar por su madre
a un matrimonio que la pobre anciana llamaba ventajoso, y cuando ella, es
decir, yo misma, John, le hube dicho que no estaban casados aún, aunque muy
próximos a serlo, y que si se realizaba este matrimonio no consistiría más que
en un sacrificio, porque la futura no sentía amor alguno, como él se puso casi
loco de alegría al oír esta noticia, entonces ella, es decir, yo misma aún,
dije que intervendría como antes había hecho tantas veces, que sondearía el
ánimo de su amada, y podría asegurarse de que no se engañaría en cuanto yo
dijese. Y así es; ¡no se ha engañado, John! ¡Y se han reunido, John! ¡Y se han
casado, John, hace una hora! ¡Y aquí está la recién casada! ¡Y Gruff y
Tackleton en buen peligro queda de morir soltero! ¡Y soy una mujer enteramente
feliz, May, y que Dios os bendiga!
Ya sabéis, y abramos un paréntesis, que Dot era
seductora hasta lo irresistible; pero nunca estuvo tan irresistible como en los
transportes de gozo a que se entregó en aquel instante. Nunca se vieron
felicitaciones tan tiernas, tan deliciosas como las que se prodigaba a sí misma
y a la recién casada.
En medio del tumulto de emociones que se levantaban en
su pecho, el honrado mandadero experimentaba honda confusión. De pronto corrió
hacia Dot; pero Dot extendió la mano para detenerle y retrocedió, conservando
la misma distancia de antes.
-No, John, no; oídlo todo. No me améis, John, hasta
que hayáis escuchado todo lo que tengo que deciros.
Obré mal no confiándoos mi secreto y lo siento. No
creí haber obrado tan mal hasta el instante en que vine a sentarme junto a vos
en el taburete ayer por la noche; pero cuando pude leer en vuestro semblante
que me habíais visto paseando con Eduardo por la galería y comprendí lo que
habíais llegado a pensar, me hice cargo de lo atolondrada que estuve y la
gravedad de mi error.
¡Pobre mujercita! ¡Cómo sollozaba aún! John quería
estrecharla entre sus brazos; pero ella no lo permitió.
-¡No me améis aún, John! Cuando el próximo matrimonio
me entristecía, era porque me acordaba de May y de Eduardo, que se habían amado
tanto durante su juventud, y porque sabía que el corazón de May estaba a cien
leguas de sentir amor por Tackleton. ¿Lo comprendéis ahora, verdad?
John iba a precipitarse hacia su mujer; pero Dot le
detuvo aún.
-No; esperad un poco. Cuando bromeo, como lo suelo
hacer algunas veces, John, llamándoos torpe, ganso y dándoos otros nombres
semejantes, es por el mismo amor que os tengo, John, y no querría cambiaros en
un átomo, aunque fuese para convertiros en el monarca más grande de la tierra.
-¡Bravo, bravísimo! -exclamó Caleb con desusado
vigor-. Ésta es mi opinión.
-Y cuando hablo de personas de mediana edad, de
personas maduras, John, y cuando pretendo que los dos hacemos mala pareja, lo
digo porque soy una criaturilla y por la misma razón que me hace jugar a damas;
sólo en broma y para reír un poco, creedme.
Bien conocía Dot que John iba a aproximarse de nuevo y
le detuvo por tercera vez; pero bien próxima estuvo a parar el golpe demasiado
tarde.
-¡No, no me améis aún; dejadme un momento, John! Lo
que deseo deciros sobre todo, lo he guardado para el fin. Querido, bueno,
generoso John, cuando hablábamos cierto día del grillo del hogar, sentí
mariposear junto a mis labios una confesión, que bien cerca estuvo de
escaparse, y era que al principio no os había amado tan entera y tiernamente
como os amo ahora; que cuando vine por primera vez a esta casa temí no llegar a
amaros tanto como deseaba y como rogaba a Dios que me hiciese amaros; ¡era tan
jovencita, John! Pero, John, cada día, cada hora os he amado con más
entusiasmo. Y si hubiera podido amaros más de lo que os amo, las nobles
palabras que os oí pronunciar esta mañana hubieran bastado para ello. Pero ya
no puedo amaros más. Toda la afección que en mí conservaba -y tenía mucha
afección, John- os la he dado, como merecéis, hace tiempo, mucho tiempo, y no
puedo daros más. ¡Ahora, abrazadme, John mío! ¡Ésta es mi casa, John, y no
penséis jamás, jamás, en hacérmela abandonar para enviarme a otra!
Jamás sentiréis, al ver una mujer en brazos de su
marido, el placer que hubierais experimentado al contemplar a Dot corriendo
hacia los brazos del mandadero. Fue la más completa, la más ingenua, la más
franca escena de ternura y emoción de que podáis ser testigos durante toda
vuestra vida.
Podéis estar seguros de que John se hallaba en un
estado de éxtasis indecible, así como también de que a Dot le sucedía lo mismo,
y de que todo el mundo se sentía felicísimo, incluso miss Slowboy, que lloraba
de alegría, y que, deseando hacer partícipe del cambio general de
felicitaciones al chiquitín, le presentaba sucesivamente, por riguroso turno, a
cada uno de los asistentes, exactamente igual que si se hubiese tratado de una
bandeja de refrescos.
Pero un nuevo rumor de ruedas se oyó al exterior, y
alguien gritó que Gruff y Tackleton volvía. Y en seguida, el digno caballero
apareció con el rostro inflamado y lleno de emoción.
-Veamos: ¿qué diablos ocurre, John Peerybingle?
-preguntó al entrar-. Es preciso que haya algún error en todo este asunto. He
citado para la iglesia a la señora Tackleton, y juraría que nos hemos cruzado
por el camino, cuando ella venía hacia aquí. ¡Pero si está con vosotros! Os
suplico que me dispenséis, caballero, no tengo el honor de conoceros; pero por
si queréis hacerme el favor de dejar en paz a esta señorita, os advierto que
tiene un compromiso formal para esta mañana.
-Pues no señor, no tengo el menor deseo de dejárosla
-respondió Eduardo-. No pienso tal cosa.
-¿Qué queréis decir, vagabundo? -repuso Tackleton.
-Quiero decir -respondió sonriendo su interlocutor-,
que os perdono vuestro mal humor, porque conozco que estáis exasperado; por
esta mañana permaneceré sordo a vuestras frases groseras, del mismo modo que
ayer por la noche lo estaba para todas las frases que se pronunciasen, fuesen
las que fuesen.
¡Qué mirada le lanzó Tackleton, y cómo tembló!
-Siento en el alma, caballero -prosiguió aquél
reteniendo la mano izquierda de May, y sobre todo su dedo del corazón-, y con
particularísimo sentimiento, que esta señorita no pueda acompañaros a la
iglesia; pero como ya ha estado en ella una vez esta mañana, supongo que la
excusaréis.
Tackleton miró con fijeza el dedo del corazón de May y
sacó del bolsillo de su chaleco un pedacito de papel de estaño, que, a juzgar
por las apariencias, contenía un anillo.
-Miss Slowboy -dijo-, ¿tendréis la bondad de echar
esto al fuego? Gracias.
-Notadlo -prosiguió Eduardo-, se trata de un
compromiso anterior al vuestro, un compromiso muy antiguo que ha impedido a mi
mujer su asistencia a la cita que le habéis dado.
-El señor Tackleton me hará la justicia de reconocer
que le había confiado mi situación con toda fidelidad, y que más de una vez
-añadió May ruborizándose- le he dicho que me sería imposible olvidar nunca a
Eduardo.
-Ciertamente -asintió Tackleton-, ciertamente. Es
justísimo; nada hay que añadir. ¿Sois el señor Eduardo Plummer, no es así?
-Éste es mi nombre -respondió el recién casado.
-No os hubiera reconocido, caballero -dijo Tackleton
examinándole con mirada inquisitorial y saludándole profundamente-; os doy la
enhorabuena, caballero.
-Gracias.
-Señora Peerybingle -añadió Tackleton volviéndose
súbitamente hacia el lado en que permanecían Dot y su marido-; nunca me habéis
tratado con benevolencia, pero he de confesar valéis más de lo que creía. John
Peerybingle, dispensadme. Me comprendéis; esto me basta. No hay nada más que
decir, caballeros y señoras.
Todo está perfectamente. Adiós.
Después de haber pronunciado estas palabras, partió
sin más ceremonia; sólo se detuvo un instante junto a la puerta para despojar
la cabeza de su caballo de las cintas y flores que la adornaban, y darle al
pobre animal un violento puntapié, sin duda con el fin de anunciarle que había
surgido algún obstáculo en el curso de los acontecimientos.
- VI -
Y que no habían de permanecer ociosos ni un solo
instante, porque debían pensar seriamente en celebrar aquel día de modo que
dejase una estela eterna en el calendario de fiestas y regocijos de la casa
Peerybingle.
De modo que Dot se puso a la obra para preparar un
festín que cubriese de honor inmortal a su hogar y a los interesados. En un
abrir y cerrar de ojos hundió sus brazos en la harina hasta el codo, incluyendo
los deliciosos hoyuelos y procurándose el maligno placer de blanquear el
vestido de John cada vez que éste se acercaba demasiado, deteniéndola para
darle un beso. John lavó las legumbres, mondó los nabos, rompió los platos,
derribó las marmitas de hierro llenas de agua fría sobre el fuego, y en resumen,
se hizo útil por todos los medios imaginables, mientras que una pareja de
ayudantas, llamadas a toda prisa de algunos lugares del vecindario, daban
contra todas las puertas y chocaban en todos los rincones. En cuanto a Tilly
Slowboy, con el niño en brazos, todo el mundo podía estar seguro de encontrarla
donde quiera que fuese. Tilly no había dado nunca hasta entonces tales muestras
de actividad; se multiplicaba prodigiosamente y su ubicuidad era objeto de la
admiración general. Se la hallaba en el corredor a las dos veinticinco minutos,
como escollo para los que entraban; en la cocina a las dos cincuenta minutos, a
modo de trampa; en el granero, como un armadijo, a las tres menos veinticinco
minutos. La cabeza del chiquitín ejerció de piedra de toque respecto de toda
materia animal, vegetal o mineral que tuviese a su alcance, o, por mejor decir,
no estuvieron aquel día en movimiento personas, muebles ni utensilios que no
trabasen en un momento dado íntima amistad con la cabeza del niño.
Luego se formó una gran expedición destinada a ir a
buscar a la señora Fielding para darle conmovedoras muestras de pesar por su
ausencia, y conducirla, de grado o por fuerza, a sentirse feliz y a perdonarlo
todo. Y cuando la expedición exploradora hizo su primer reconocimiento, la
señora Fielding no quiso oír ni una palabra al principio; repitió un número
incalculable de veces que había vivido hasta entonces con el único fin de
llegar hasta aquel día; que no se le pidiese nada más; que sólo debían conducirla
a la tumba, cosa que parecía absurda porque estaba viva, y muy viva; y al cabo
de algún tiempo cayó en un estado de tranquilidad de mal augurio, y observó que
en la época de la famosa catástrofe ocurrida en el comercio de índigo, había
previsto ya que durante toda su vida quedaría expuesta a toda clase de insultos
y ultrajes; que, por lo tanto, no se extrañaba de lo ocurrido, y que suplicaba
que nadie se ocupase de ella en lo más mínimo -¿qué era ella en realidad? ¡Dios
mío, nada! ¡Un cero a la izquierda!-. Y, por fin, que procurasen olvidar que
una criatura tan mísera hubiese existido, y que todo el mundo siguiese su
camino como si ella no hubiese vivido jamás.
Pasando de este tono amargo y sarcástico a un lenguaje
inspirado por la cólera, hizo escuchar la notable frase siguiente: «Que el vil
gusanillo se yergue cuando le pisan»; después de lo cual expresó un tiernísimo
pesar. Si siquiera hubiesen depositado su confianza en ella, ¡qué ideas tan
distintas le hubieran sugerido!
Aprovechándose de esta crisis operada en sus
sentimientos, la expedición la abrazó; entonces la señora Fielding se puso los
guantes y se dirigió a casa de John Peerybingle con actitud irreprochable, como
mujer de mundo, llevando en la cintura, envuelto en un papel, un gorro de
ceremonia, casi tan alto y seguramente tan rígido como una mitra.
El padre y la madre de Dot, que debían acudir en otro
carruaje, tardaban más de lo regular; hubo alguna inquietud y se miró con
frecuencia la calle por si se les veía. May Fielding miraba siempre desde un
punto de vista opuesto al de todos y en dirección moralmente imposible; y
cuando se lo hacían notar, decía creer que podía tomarse la libertad de mirar
donde mejor le pareciera. Por fin llegaron los dos; formaban una parejita
gordinflona que andaba a buen paso, menudo y firme, verdadera señal peculiar de
la familia Dot. Dot se parecía muchísimo a su madre.
Entonces la madre de Dot tuvo que entablar nueva
amistad con la madre de May; ésta se daba continuamente aires de soberana,
mientras que la madre de Dot no hacía más que mover sus ligeros piececitos. Y
el viejo Dot -quiero decir, el padre de Dot; he olvidado su verdadero nombre,
pero no importa- se tomaba ciertas libertades con respecto a la señora
Fielding; estrechole la mano inmediatamente, sin gran reverencia hacia el gorro
de ceremonia, en el cual no pareció hallar más que una mezcla de engrudo y muselina,
y no manifestó la menor sensibilidad hacia la catástrofe del índigo, en vista
de que no podía remediarse ya; en resumen: según la definición de la señora
Fielding, era un hombre bonachón, ¡pero tan grosero!...
Por nada del mundo quisiera olvidar a Dot, que hacía
los honores de la casa con su traje de boda.
¡Bendito sea su lindo semblante! Tampoco me olvidaré
del mandadero, que tan jovial y tan rubicundo se sentó a la cabecera de la
mesa, ni del moreno y audaz piloto, ni de su graciosa mujer, ni de ningún otro
convidado. En cuanto a la comida, sentiría mucho no poder hablar de su
esplendidez. Nunca se ha saboreado comida tan substanciosa y apetitosa, y no
dejaré de mencionar los rebosantes vasos que se hicieron chocar en honor de las
bodas; olvido que sería indudablemente el peor de todos.
Después de la comida, Caleb entonó su canción báquica
en honor del vino espumoso. Y la cantó durante todo el resto del año, creedme.
Y casualmente ocurrió, en el mismo instante en que
Caleb terminaba la canción, un incidente imprevisto.
Llamaron ligeramente a la puerta; un hombre entró
vacilando sin decir «con vuestro permiso», o «¿se puede?» Llevaba algo muy
pesado en la cabeza y dejó su fardo en el centro de la mesa, sin desordenar su
simetría, en medio de las manzanas y las nueces.
-El señor Tackleton -dijo- os saluda, y como no
necesita para él la torta de boda, supone que le haréis el honor de comérosla.
Después de haber pronunciado estas palabras se fue.
Todo el mundo quedó algo sorprendido, como podéis
suponer. La señora Fielding, que era persona de infinito discernimiento,
insinuó que la torta estaba envenenada y contó la historia de cierta torta que
había amoratado a todo un colegio de señoritas; pero unánimes reclamaciones
decidieron el sitio de la plaza. May hundió el cuchillo en la torta, muy
ceremoniosamente y entre la alegría general.
No creo que nadie la hubiese probado aún, cuando
alguien golpeó de nuevo la puerta; abrieron, y compareció el mismo hombre, que
traía bajo el brazo un enorme paquete envuelto en papel de estraza.
-El señor Tackleton os saluda y os envía estos
juguetes para el chiquitín. No son mezquinos.
Y dicho esto, se retiró como la primera vez.
Gran dificultad hubieran experimentado los
concurrentes para hallar palabras apropiadas con que expresar su asombro,
aunque hubiesen tenido más tiempo para buscarlas. Pero no pudieron tomárselo,
porque apenas el enviado cerró la puerta, sonó un tercer golpe, y el mismo
Tackleton penetró en la casa.
-Señora Peerybingle -dijo el comerciante de juguetes
con el sombrero en la mano-: siento mucho lo ocurrido, mucho más de lo que lo
he sentido esta mañana. He pensado largamente en ello, John Peerybingle; mi
carácter es bastante malo por naturaleza; pero no puede menos de mejorarse un
tanto al lado de un hombre como vos. Caleb, la niñera me dio inconscientemente
ayer por la noche cierto consejo enigmático, cuya clave he podido hallar. Me
sonrojo al pensar cuán fácil me hubiera sido asegurarme vuestro cariño y el de
vuestra hija, y cuán idiota he sido al creerla idiota. Amigos míos -permitidme
que os llame así-; mi casa está muy solitaria esta tarde. No tengo ni un solo
grillo en mi hogar. Apiadaos de mi soledad y permitidme que permanezca en
vuestra feliz compañía.
Al cabo de cinco minutos estuvo como en su propia
casa. ¡Había que verle! ¡Cómo se las había arreglado toda su vida para
disimular en tanto tiempo aquella inmensa jovialidad! ¡Oh, qué no habrían hecho
las hadas para cambiarle de aquella manera!
-¡John! ¿Queréis mandarme, o no, esta noche, a casa de
mis padres? -murmuró Dot en voz baja.
-¡Bien cerca había estado de disponerlo!
Sólo faltaba un ser viviente para completar el cuadro;
pero llegó en un abrir y cerrar de ojos, sediento, muy alterado por la carrera
que había hecho y procurando con inútiles esfuerzos meter la cabeza en el
gollete demasiado estrecho de un cántaro. Había seguido el coche hasta el
término del viaje, muy contrariado por la ausencia de su amo y prodigiosamente
rebelde hacia el sustituto. Después de haber dado alguna vuelta por los
alrededores del establo, había procurado inútilmente excitar al caballo a que volviese
solo y por un acto positivo de rebelión se había tendido delante del fuego en
la sala común del figón vecino. Pero cediendo súbitamente a la convicción de
que el sustituto del honrado John no valía la pena de que se le tomase en
serio, se levantó, le volvió la espalda y prosiguió el camino de su casa.
Luego empezó el baile. Me hubiera contentado con
mencionar de un modo general esta diversión, sin decir ni una palabra más, si
no tuviese algún motivo para suponer que fue un baile muy original y de
carácter poco común. He aquí cómo se pusieron a la obra los concurrentes:
Eduardo, que era un muchacho bondadoso y francote, les
había contado mil maravillas de los loros, las minas, los mejicanos, el oro en
polvo, etc., cuando de pronto se le ocurrió la idea de saltar de la silla y
proponer un baile, ya que el arpa de Berta estaba allí, y Berta la tocaba
primorosamente. Dot -¡buena pieza!, ¡bastante hipocritona algunas veces!-
pretendió que el tiempo del bailoteo había pasado para ella; pero yo presumo
que la causa verdadera de su reserva fue que el mandadero fumaba su pipa, y ella
prefería permanecer a su lado. Con este precedente, la señora Fielding no podía
aceptar bailarín alguno, y quedó obligada a decir que el tiempo de la danza
también había pasado para ella, y todos dijeron lo mismo, excepto May; May
estaba pronta a bailar.
De modo que Eduardo y May se levantaron, entre el
aplauso general, para bailar solos, y Berta tocó la pieza más arrebatadora de
su repertorio.
Pues bien; creedme o no, apenas hubieron bailado cinco
minutos, súbitamente el mandadero tira la pipa, coge a Dot por la cintura, se
lanza en medio de la habitación y voltea rápidamente con ella haciendo
piruetas, ora sobre los talones, ora sobre la punta del pie. Apenas les vio
Tackleton, se deslizó suavemente hacia la señora Fielding, la cogió por la
cintura y siguió el vaivén. Al notarlo el viejo Dot, se puso en pie y arrebató
a la señora Dot en medio del grupo, poniéndose a su cabeza; Caleb, al verlos, tomó
a miss Slowboy por ambas manos y partió en seguida con ella, y miss Slowboy,
convencida por completo de que las únicas reglas de danza consisten en penetrar
vivamente entre las demás parejas y ejecutar a su costa cierto número de
choques más o menos violentos, se entregó a estos ejercicios con entusiasmo.
¡Escuchad! El grillo acompaña la música con su
crrri... crrri... crrri... y el puchero zumba con todas sus fuerzas.
Pero ¿qué es esto? Mientras les escucho con vivísimo
sentimiento de felicidad y me vuelvo hacia el lado de Dot para contemplar otra
vez aquel semblante que tanto me gusta, Dot y los demás se han desvanecido en
el aire y me han dejado solo. Un grillo canta en el hogar; un juguete, roto,
yace en el suelo. No veo nada más.

