© Libro
No. 370. La Inquisición en Cartagena de Indias.
Uribe, María Victoria. Colección Emancipación Obrera. Enero 19 de 2013.
Título original: © La
Inquisición en Cartagena de Indias. Uribe María Victoria.
Versión Original:
La Inquisición en Cartagena de Indias. Uribe María Victoria
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Maria Victoria Uribe
La Inquisición En
Cartagena De Indias
Maria
Victoria Uribe La
Inquisición En Cartagena De Indias.
Los ocho pasos
de la muerte del alma:
"El conjunto de la sociedad"; es lo que no hay que tener en
cuenta, a menos que se tome como objetivo para destruirla; luego, no quedará
sino esperar que no vuelva a producirse nada que se parezca al "conjunto
de la sociedad".
MICHEL FOUCAULT
1. ESCOGENCIA DE LA VICTIMA.
A mediados del año 1632,
se descubrió en la villa de Tolú, jurisdicción del Tribunal del Santo Oficio de
Cartagena de Indias, una secta de brujas, a las cuales algunos testigos
afirmaban "haberlas visto en sus juntas, bailando alrededor de un cabrón y
besarle en el trasero y volar por el aire dando balidos como chivatos, con
candelillas en las manos"
La procesión del Auto de
Fe. Joaquín Sorolla y Bastida.
Sevilla. Postales de la
Colección de J. W. Chester,
pertenecientes al archivo
de María Victoria Uribe.
El rumor fue haciendo crecer la historia a lo largo y ancho de la costa,
poblándola de ecos deformados y relatos fantasmagóricos acerca de la secta. Los
vecinos, espantados, se encargaron de hacer llegar hasta las puertas mismas del
Palacio de la Inquisición, en Cartagena, el caso de las brujas. No faltaron
testigos que confirmaran haber visto, en un paraje que llaman Palo Güeco, unos
bultos con hachones en las manos que daban una luz como de piedra de azufre.
Los ministros del tribunal, sugestionados por tales denuncias y
delaciones, mandaron construir nueve cárceles secretas donde encerraron a las
brujas, con el beneplácito de la comunidad.
La visión de Juana de
Arco, por
J. E. Lenepveu. De la colección
pinturas murales del
Panteón de
París.
Entre las presas estaban Elena de Vitoria y Paula Eguiluz, acusadas de
ser las cabecillas e instigadoras del movimiento. La primera de ellas, nacida
en Sevilla (España) en 1539, había llegado al Nuevo Reino de Granada a
la edad de trece años, con su madre y hermana, por requerimientos de su padre,
quien, por esa época, se encontraba en Mariquita. Elena se casó a los dieciséis
años con el capitán Francisco Barrasa, vecino de Tolú, y se radicó allí. Paula
Eguiluz, esclava negra, era considerada, en Cartagena y en sus alrededores, una
notable hechicera bajo cuya dirección se iniciaron muchos de los brujos
acusados por el Santo Oficio.
Desde el momento en que la Iglesia deja de ser ante todo cristiana para
convertirse en católica, apostólica y romana, queda planteado el problema de la
autoridad dogmática. San Pablo recomienda a Tito, obispo de Creta, se den dos
advertencias al hereje (una primera y una segunda vez) antes de rechazarlo,
esto es, de excluirlo de su seno.
En 1184, con el Concilio de Verona, presidido por Lucio III, se ordena
que los herejes impenitentes sean entregados al brazo seglar. La cruzada contra
los albigenses institucionaliza, finalmente, la Inquisición, cuyos gérmenes,
como hemos visto, datan de tiempo atrás.
La Inquisición antigua existía mientras existiera la herejía; tan pronto
como ésta fuera extirpada, la Inquisición desaparecía. Con la Inquisición
española sucede algo curioso: se transforma, con el tiempo, en institución
permanente. Solamente los cristianos pueden ser reos de herejía; por lo tanto,
solamente ellos entran en la jurisdicción del Tribunal, ya que el Santo Oficio
juzga a los fieles, no a los infieles; mejor dicho, juzga a los fieles que han
sido infieles. ¿ Y a judíos y musulmanes, bajo qué justificación se los manda a
la hoguera?
Toma de Orleans por Juana
de Arco
por J. E. Lenepveu.
Colección
pinturas murales del
Panteón de
París.
El edicto del 31 de marzo de 1492 colocó a los judíos españoles ante la
alternativa de convertirse al catolicismo o abandonar los dominios de la corona
española.
En 1481, Castilla estrena el sistema inquisitorial, codificado por el
Directorium inquisitorum de Nicolás Eimerich, publicado en Aviñón en 1376.
Las fobias de origen étnico se exacerban hacia 1492; los reinos de
Castilla y Aragón atraviesan un período de recesión económica y el malestar
social se manifiesta en la intolerancia de las elites hacia las minorías
étnicas, los extranjeros y todos aquellos que profesen credos diferentes del
católico.
Durante la Edad Media, el antisemitismo del pueblo español fue virulento.
Los judíos, para los católicos, eran los autores materiales de la muerte de
Cristo, reos del peor de los crímenes: el deicidio. Por lo tanto, cualquier
comportamiento inquisitorial contra cristianos judaizantes era legítimo.
Es durante esta época cuando surge el concepto de "cristianos nuevos
"(sospechosos) en contraposición a "cristianos viejos"
(intachables), distinción aberrante para la teología pero provechosa
socialmente.
Por cédula real del 25 de febrero de 1610 se constituyó el Tribunal de
Cartagena, que el 30 de noviembre del mismo año dio comienzo a sus tareas.
Esta institución tenía jurisdicción sobre los obispados de Panamá, Santa
Marta, Popayán, Puerto Rico, Venezuela y Santiago de Cuba. Su deber consistía
en velar por la pureza ideológica y moral de los inmigrantes peninsulares.
Cartagena era, en aquel entonces, una aldea de quinientos vecinos. Estaba
poblada por españoles en su gran mayoría, de todas las clases y ocupaciones;
portugueses, muchos de ellos mercaderes judíos; escasos indios y gran número de
negros, mulatos, cuarterones y zambos, todos ellos esclavos o libertos.
Allí tenían asiento la corte del gobernador, el cabildo municipal y las
representaciones de órdenes religiosas como las de los dominicos, jesuitas,
franciscanos, agustinos y mercedarios. La ciudad, en su constante bullicio,
oscilaba entre las tertulias mundanas, la obligatoria siesta del mediodía y las
ceremonias religiosas.
El ambiente social se hallaba cargado de supersticiones y, aunque de
manera no muy visible, la magia impregnaba la vida cotidiana de la ciudad
amurallada.
Todos los viernes por la noche, tanto en la villa de Tolú como en
Cartagena, se reunían las cofradías de hechiceros y curanderas. Los documentos
mencionan, específicamente, los manzanillos de la ciénaga, la playa o la casa
de algunas de las mandatarias en Cartagena, y los parajes del Palo Güeco en
Tolú, como sitios de reunión.
Cartagena era una colonia multiétnica, con escaso control social; el
adulterio resultaba frecuente y los hijos naturales proliferaban. El clero
secular y regular estaba constituido por españoles, criollos y mestizos; era el
encargado de difundir y enseñar la nueva fe. Representaban al Estado unos
cuantos oficiales reales, los oficiales del fisco, los escribanos y los
militares. Entre quienes ejercían las profesiones liberales se destacaban los
médicos, los abogados, los maestros y los practicantes-cirujanos; y,
finalmente, en la base se encontraban los artesanos, los comerciantes y el
pueblo raso, constituido por vendedores callejeros, esclavos y libertos.
El número de letrados, exceptuando a los oidores, no pasaba de dos. En
cuanto a eclesiásticos, sólo el tesorero de la catedral tenía alguna noción de
letras. El padre fray Andrés de San Pedro había venido de España como
calificador del Santo Oficio, pero sus nociones de teología eran rudimentarias.
Los únicos que se disputaban el honor de ser titulares de la institución
eran los dos médicos. Con ocho mil ducados se compraron las casas para la sede
del tribunal y se mandaron labrar trece cárceles. Corría el año 1610.
Despues de tres años de sesiones irregulares, los procesos presentados
eran menos de lo deseado y de importancia muy mediana. Nunca los casos de
herejía colectiva que infestaban a España.
Esta relativamente poca popularidad de la institución española en tierras
tropicales no impidió la celebración del primer auto de fe, en la cuaresma de
1614. Ocho años después, se manda a la hoguera, por primera vez, a un inglés
calificado como hereje protestante, tan pertinaz que él mismo, por su propia
voluntad y sin estar atado, se sentó sobre la pira de leña y de allí no se
movió hasta quedar chamuscado.
El tribunal convocó, con el paso de los años, varios autos de fe, para
juzgar y condenar o absolver una variedad de reos, portugueses en su gran
mayoría, españoles, franceses, ingleses, mestizos, cuarterones, mulatos y
negros. Sus ocupaciones variaban; había comerciantes, marineros, mercaderes,
soldados, frailes, carpinteros, zapateros, labradores, esclavos, parteras,
hechiceros y brujos.
La base que sustenta el edificio de la Inquisición es la
delación. Todas las delaciones, aun las anónimas, eran tomadas en cuenta. A los
testigos no se les pedía que confirmaran o negaran el testimonio del delator
sino únicamente que declararan "si no habían visto u oído nada que les
pareciera contrario a la fe católica o a los derechos de la Inquisición
astuta manera de obtener una multitud de informaciones a partir de una sola
denuncia.
Cartagena in terra firma
Americae sita, Ichnographice repraesentata et recusa
Norimbergae ab Homan Heredibus. Escala aprox. 1:80. 450
23 x 28 cms. 1740
(aprox.) Colección
Biblioteca Luis-Angel Arango. Ref H-9.
2. LA TORTURA
Si el fiscal estimaba que el prisionero no había confesado lo suficiente,
se le aplicaba el tormento. Como en la justicia civil, existían varios tipos de
tormento: horca, garrote, caballete, garrucha y brasa; también se podía
recurrir al suplicio del agua.
En Cartagena se utilizó preferentemente el potro.
Durante el tormento, el acusado, para impedir que lo siguieran
atormentando, solía declararse culpable y era entonces cuando se le informaba
de qué se le acusaba. Venía a continuación la lectura de cargos y la acusación
formal. Si el prisionero no estaba de acuerdo, se le asignaba un abogado del
Santo Oficio. Luego se publicaban las pruebas, y los calificadores pronunciaban
el veredicto definitivo.
No satisfechos los inquisidores con las declaraciones obtenidas por
métodos persuasivos, las brujas de Tolú fueron puestas en el potro de tortura
con el fin de arrancarles la confesión de pertenecer a la secta y haber
participado en los ritos y ceremonias. Algunas de ellas, las más guapas,
aguantaron hasta siete vueltas de la mancuerda; otras perdieron el
conocimiento, impidiendo con ello que se avanzara con el tormento; pero, de
todas ellas, Ana Beltrán, vecina de Tolú, fue el verdadero chivo expiatorio; desnuda,
"recibió tres vueltas y estuvo en el potro desde las ocho hasta las nueve
y cuarto de la mañana del 19 de agosto de 1633. Desde ese día hubo de ser
entregada al cirujano, quien informó que la reo había resultado con los huesos
de la muñeca izquierda quebrados y que la mano estaba ya gangrenada, jurando en
forma que a su juicio era necesario cortársela con brevedad, pues corría riesgo
de la vida. Celebróse por esto junta de cirujanos; confesóse Ana y, como estaba
acordado, le cortaron la mano por cuatro dedos más arriba de la muñeca y
declararon que quedaba curada y cauterizada conforme al arte de la cirugía, sin
demasía de efusión de sangre" 3. Pero lo
cierto fue que murió al día siguiente. A este precio salió absuelta.
En los ritos de separación, la tortura es la forma que se utiliza para
expeler la impureza. Con ella comienza el proceso de separación de la víctima
del mundo ordinario.
Juana de Arco en la
hoguera.
J. E Lenepveu. Colección
de
pinturas murales del
Panteón
de París.
3. CONFISCAClON DE LOS BIENES
Los judíos portugueses establecidos en Cartagena y perseguidos por la
Inquisición se dedicaron, en un principio, al comercio de esclavos. Lograron
hacer fortuna y se convirtieron, con el tiempo, en poderosos comerciantes. A
mediados del Siglo XVII, los judíos portugueses dedicados al comercio contaban
con una tupida red de factorías. Eran hombres acaudalados y de cierta posición
social, marcados por el estigma de la circuncisión pero ignorantes y carentes
de verdadera fe judaica.
Sin embargo, nada despreciables resultaban las entradas que el Tribunal
del Santo Oficio recogía con motivo de la confiscación de los bienes de reos
condenados, especialmente de los judíos. En Cartagena, las cajas de la
Inquisición se engrosaron con los aportes de la hacienda confiscada a Francisco
Gómez de León, quien había sido reconciliado por judío, los cuales ascendieron
a la suma de ciento cuarenta y nueve mil pesos. Con estos fondos propios, el
tribunal dispuso el mejoramiento de la capilla y de la sala de audiencias.
4. CONVOCAClON DEL AUTO DE FE
Aprovechando la detención de las brujas de Tolú en las cárceles secretas
del Santo Oficio, los inquisidores convocan, mediante edicto público, el auto
de fe celebrado el 26 de marzo de 1634, en el que se condena veintiuna brujas,
dos blasfemos, un bígamo y una hechicera.
El auto de fe constituía una ceremonia, religiosa y civil, de gran pompa,
en la cual se exponían en público los prisioneros del Santo Oficio. La
población era, por lo general, obligada a asistir, y la asistencia otorgaba
indulgencias.
En el año 1610, en España, se da comienzo al auto de fe de Logroño con la
siguiente advertencia: "Para que todos en general y en particular puedan
tener noticia de las grandes maldades que se cometen en ella y les sirva de
advertencia para el cuidado con que todo cristiano ha de velar sobre su casa y
familia".
Un examen minucioso del origen, edad y oficio de las víctimas del proceso
de Madrid, llevado a cabo en 1680, nos permite distinguir ciertos rasgos
tendenciosos. De los 116 condenados, 79 eran portugueses, 28 españoles, 3
italianos y 6 de nacionalidad indefinida. Entre los oficios predominan aquellos
que tienen que ver con el comercio: hay 9 vendedores y moledores de tabaco,
planta venida de América, donde tenía connotaciones mágicas y estaba asociada
al curanderismo y a la brujería; 9 vendedores ambulantes y, entre los
restantes, plateros, sastres, carpinteros, hilanderas, mercaderes, laborantes
de seda, doradores de fuego, zapateros, especieros y otros. Es decir, artesanos
en su gran mayoría y desocupados, sectores sociales populares, preteridos y
temidos por las elites intelectuales y económicas, para las cuales aquellos
eran depositarios de un discurso irracional y amenazante. A casi todos ellos se
les condena por judaizantes, se les confiscan sus bienes y se les destierra.
Las edades van de 14 a 75 años.
Juana de Arco derribada
del caballo por sus enemigos
de J. E. Lenepveu. Colección de pinturas
murales del
Panteón de París.
En los procesos del tribunal de Cartagena, llaman la atención las
acusaciones por brujería, entre las cuales se mencionan específicamente: Echar
las varillas para descubrir tesoros (la moderna guaquería era perseguida como
cosa del diablo); utilizar las habas para hacerse invisible; utilizar palabras
sagradas para hacer amar y aborrecer; utilizar el sortilegio del cedazo; haber
hecho bailar un cántaro; hacer el sortilegio de las tijeras, batea y cedazo;
valerse del vaso de agua y de la clara de huevo; hacer andar el rosario;
bautizar muñecas con palabras sacramentales; utilizar el cubilete de vidrio, y
otros más. Los hechizos, sortilegios y conjuros utilizados por los brujos de
Cartagena tenían, al parecer, dos finalidades: "Amansar o aquietar" al
ser amado, al ser deseado, y "atraer, ligar o atrapar" al mismo.
A doña Lorenza de Acereto, procesada y posteriormente absuelta por el
tribunal, se le acusaba de utilizar los polvos resultantes de la trituración de
calaveras, cabezas de difuntos, sesos de asno y cabezas de gato prieto. A estos
polvos se añadían recortes de uñas de los pies y de las manos y los cabellos de
la cabeza de la parte del cogote. Esta mezcla se tostaba y colocaba en un
recipiente de plata y se echaban sobre ella, a manera de sal, unos pedazos de
ara consagrada.
Los prisioneros tenían tres posibilidades de abjuración: Abjuración de levi o
sospecha leve de herejía para los casados dos veces, rebautizados y aquellos
que celebraban sin tener órdenes.
Abjuración de vehementi o sospecha grave de herejía.
Abjuración de forma o para convictos y confesos del crimen de herejía
y judaizantes.
El propósito principal del auto era amedrentar a los asistentes,
movilizando las culpas individuales y colectivas.
El ordenamiento de la ceremonia era piramidal y jerárquico. En la parte
alta se colocaba una cruz verde, símbolo de la esperanza. Debajo de ésta se
ordenaban los reos que serían relajados a la justicia seglar; entre éstos,
algunos aparecían en persona, y los ausentes eran representados por estatuas o
por huesos. Más abajo tendríamos a los reconciliados y, por debajo de estos, a
los penitentes.
Al lado contrario, frente a los reos, estaban los inquisidores: El estado
eclesiástico a la derecha y la ciudad y los caballeros a la izquierda y, en lo
más alto, el fiscal del Santo Oficio. Los consultores, calificadores y
religiosos se acomodaban en las gradas.
Lectura pública del
edicto que convoca al Auto de Fe. P. Sautal.
Museo de Luxemburgo de
París.
Los prisioneros iban ataviados con insignias que correspondían a las
faltas cometidas. Llevaban en la cabeza una coroza (especie de mitra), con
llamas pintadas, y en las manos unos cofres con réplicas de sus propios huesos.
Tenían puesta una saya, conocida como sambenito, con un letrero en el pecho,
que decía el nombre de cada uno, y portaban en las manos velas amarillas
apagadas.
Los adúlteros y embusteros, con corozas, traían una soga al cuello con
tantos nudos como azotes debían recibir. Los pertinaces tenían pintados, en el
sambenito, dragones entre las llamas y demonios; iban amordazados y con las
manos atadas. Las llamas apuntando hacia abajo significaban que el reo había
sido absuelto y que sería readmitido en el seno de la Iglesia. Como si se
tratara de un asunto hereditario, familias enteras condenadas marchaban rumbo
al altar del sacrificio.
Elena de Vitoria fue condenada a salir al auto de fe de Cartagena con los
otros penitentes, "en cuerpo y una coroza en la cabeza y un hábito
penitencial de paño amarillo con dos aspas coloradas de señor de San Andrés, el
cual se le quite acabado el dicho auto, y una vela de cera en las manos".
Al ser absuelta y puesta en libertad, se le advirtió, "so pena de
excomunión y doscientos azotes, tenga y guarde secreto de todo lo que con ella
ha pasado sobre su negocio y de lo que ha visto y sabido y entendido en cualquier
manera después que entró presa en las cárceles de este Santo Oficio y no lo
diga ni revele a persona alguna debajo de ningún color" 4.
Más tardó el tribunal en hacerle la advertencia que ella en divulgar todo
lo acontecido y, al cabo del tiempo, se le apresó nuevamente.
6. LECTURA PUBLICA DE LOS PROCESOS
Pero, ¿quiénes eran las víctimas de esta persecución tan implacable?
Si hemos de creer la caracterización que de ellas hacen los inquisidores,
se trataba de individuos, en buena parte mujeres, acusados de judaizantes,
mahometismo, luteranismo, bigamia, proposiciones heréticas y blasfemas. Se les
cobijaba con el nombre genérico de "brujos ". Según los inquisidores,
estas personas tenían la capacidad de hacerse pequeños y de trasportarse por el
aire; se transformaban en gatos, perros y otros animales. Hacían polvos y
ponzoñas que extraían de sapos, culebras, lagartos, lagartijas, caracoles y
pedos de lobo. Utilizaban estos polvos para destruir las cosechas y hacer mal a
las personas y al ganado.
La imagen que los inquisidores tenían de las presuntas prácticas de sus
víctimas es bastante análoga, en muchos aspectos, a la que los conquistadores
españoles tenían del canibalismo y de los ritos iniciáticos de los indios
americanos.
Es común a la brujería de Europa occidental y a la de ciertas tribus
indígenas americanas la ingestión colectiva de plantas psicotrópicas, altamente
tóxicas. La utilización de plantas como la mandrágora, la belladona y el
beleño, en el caso europeo, solanáceas cuyos alcaloides activos son la
escopolamina, la atropina y la mandragorina, entre otras, y en el caso
americano, la datura, la brugmansia, el yopo y el yagé, entre otras, provocan
una serie de visiones de carácter diverso, entre las que se destacan el vuelo,
la inversión de símbolos religiosos y las sensaciones extraordinarias.
Según estudios recientes, la brujería de Europa occidental parece
resultar de un sincretismo, con supervivencias de una religión precristiana que
carateriza las creencias religiosas y los rituales de los brujos de la Edad
Media. Los testimonios prueban que, paralelamente a las prácticas cristianas,
este culto se celebraba clandestinamente entre los sectores populares. Su dios,
antropomórfico o teromórfico, llamado demonio, era adorado en ritos
perfectamente definidos. En los procesos por brujería la mentalidad de los
inquisidores les atribuyó a los rituales de fertilidad llevados a cabo por
estas sectas una importancia abrumadora e injustificada.
Mirando la Inquisición desde esta perspectiva, resulta
ser una institución concebida para extirpar antiguos cultos precristianos
presentes en Europa durante la Edad Media, algo muy parecido a la extirpación
de idolatrías llevada a cabo por la corona española en sus colonias americanas.
La prisionera es
desnudada antes de la tortura. P.H. Calderón.
Tate Gallery Londres.
7. RELAJAClON AL BRAZO SEGLAR
El auto se cerraba con una fórmula que le permitía a la Iglesia eximirse
de toda responsabilidad por la ejecución y muerte de los acusados. La fórmula
dice: "Debemos relajar y relajamos la persona del dicho fulano a la
justicia y brazo seglar, especialmente a fulano, corregidor de esta ciudad y su
lugarteniente en dicho oficio. A los cuales rogamos y encargamos, muy
afectuosamente, como de derecho mejor podemos, se hayan benigna y piadosamente
con él".
Una vez leída la fórmula, el reo era entregado a la justicia, la cual se
encargaba de quemarlo.
La Inquisición perseguía, acusaba, torturaba y condenaba pero no mataba.
Esto lo hacía el verdugo, un ser impersonal, con la cara tapada, sin nombre,
que, por lo mismo, podía matar sin ninguna consecuencia moral.
Hereje con sambenito. La
cruz de San Andrés roja sobre fondo
amarillo indica que el
reo será condenado a una de las
penitencias menos severas
(grabado de Andreas
Schoonebech, en Historia
inquisitionis, de Philip van
Limborch, Amsterdam,
1692).
8. MUERTE POR ASFIXIA
De esta forma, los reos relajados, miembros corruptos del cuerpo de
Cristo, víctimas contaminadas de herejía, debían ser quemados, disgregados,
separados sus componentes de forma que no pudieran volver a ser en el otro
mundo, cualquiera que éste fuese. Con esto se erradicaba la simiente del mal.
Entre las llamas, el chivo expiatorio, escogido por el conjunto de la
sociedad para expiar sus propias culpas, consumaba la transferencia del mal,
eliminándolo y permitiéndole al conjunto de la sociedad salir purificado.
BIBLIOGRAFIA
CARO BAROJA, Julio, El señor inquisidor y otras vidas por oficio, Madrid,
Alianza Editorial, 1983.
DUFOUR, Gérard, La Inquisición española, Barcelona, Biblioteca de
Divulgación Temática Montesinos, 1986.
GENEP, Arnold van, The rites of passage, Londres, Routledge and
Kegan, 1960.
HENNINGSEN, Gustav, El abogado de las brujas. Brujería vasca e
Inquisición, Madrid, Alianza Editorial, 1983.
JIMENEZ MONTESERIN, Miguel, Introducción a la Inquisición española, Madrid,
Biblioteca de visionarios heterodoxos y marginados, Editora Nacional, 1980.
MEDINA, José Toribio, La Inquisición en Cartagena de Indias, Bogotá,
Carlos Valencia Editores, 1978.
MURRAY, Margaret, El culto de la brujería en Europa occidental, Barcelona,
Editorial Labor, 1978.
SAVATER, Fernando; VILLENA, Luis A. de, Heterodoxias y contracultura, Barcelona,
Biblioteca de Divulgación Temática Montesinos, 1982.
TEJADO FERNANDEZ, Manuel, Aspecto de la vida social en Cartagena de
Indias durante el seiscientos, Sevilla, Publicaciones de la Escuela de
Estudios Hipanoamericanos de Sevilla, 1954.
Herejes con sambenito y
coraza en un auto de fe español. El reo de la izquierda lleva una vela y un
rosario como signo de penitencia. Las llamas apuntando hacia abajo de su
sambenito significan que ha sido absuelto y será readmitido en el seno de la
SantaMadre Iglesia. Derecha, un hereje con símbolos que indican que va a ser
quemado: demonios, la cabeza de Jano y llamas vivas (grabado de A. Schoonebech,
1692).

