© Libro
No. 397. La
Casa de la Mezquita. Kader, Abdolah. Colección Emancipación Obrera. Marzo 23 de 2013.
Título
original: © Het huis van de
moskee
ISBN edición en papel: 978-84-9838-184-9
ISBN libro electrónico: 978-84-15470-12-0 (epub)
Primera edición en libro electrónico (epub): diciembre de 2011
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Título original: Het huis van de moskee
Traducción del neerlandés: Marta Arguilé Bernal
Con la colaboración de Foundation for the Production and
Translation of Dutch Literature
Copyright © Kader Abdolah, 2005
Copyright de la edición en castellano © Ediciones Salamandra,
2008
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Portada e Ilustración E.O. de Imagen: De
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Abdolah,
Kader - La Casa De La Mezquita
Sin duda uno de los más destacados narradores contemporáneos de
los Países Bajos, el escritor de origen iraní Kader Abdolah —autor de El
reflejo de las palabras— ha obtenido un rotundo éxito con esta nueva novela,
que ha sido elegida por los lectores neerlandeses como segundo libro preferido
de todos los tiempos.
Durante generaciones, la poderosa familia de Aga Yan ha ocupado
una posición privilegiada en la tranquila ciudad de Seneyán.
Siguiendo una tradición secular, el clan habita un caserón de
treinta y cinco habitaciones adosado a la mezquita, una enorme y animada
colmena llena de abuelas, niños, sirvientes, comerciantes y santones.
Por el edificio fluyen a toda velocidad historias fascinantes, y
allí conviven el poder económico y el poder espiritual, la religión y la vida
social, las pasiones y los rezos. Sin embargo, todo cambia en los años setenta,
cuando la religión se convierte en arma política y pone fin a décadas de
armonía. Los grupos de izquierdas contrarios a la occidentalización del país y
los extremistas islámicos provocan la caída del sah, y el regreso del ayatolá
Jomeini marcará drásticamente el destino de la familia.
Epopeya familiar de marcado tono autobiográfico, en La casa de
la mezquita confluyen la rica cultura persa con la vida cotidiana de los
iraníes. Gente, arte, religión, sexo, literatura, cine, incluso el mundo de la
radio y la televisión; el autor retrata, con el conocimiento que le otorga su
experiencia personal, una sociedad islámica moderada, ligada a una sabia y
fértil tradición milenaria y alejada de todo radicalismo.
La Casa de la Mezquita
Abdolah Kader
a
Aga Yan,
para que vayas en paz
Nun wal qalam wa ma yastarun:
«¡Por
el cálamo y lo que los ángeles escriben!»
EL
CÁLAMO
Las
hormigas
Alef Lam Mim. Había una vez una casa muy antigua llamada «la casa
de la mezquita».
Era grande, de treinta y cinco habitaciones, y durante
siglos habían vivido en ella familias emparentadas al servicio de la mezquita.
Todas las estancias poseían una función y un nombre
correspondiente, como el cuarto de la cúpula, el cuarto de fumar, el cuarto de
las historias, el cuarto de las alfombras, el cuarto de los enfermos, el cuarto
de las abuelas, la biblioteca y el cuarto del grajo.
Se había construido detrás de la mezquita, adosada a
ésta. En un extremo del patio, una escalera de piedra conducía a la azotea,
desde la que se accedía al templo. Y en medio del patio se hallaba el houz, la alberca hexagonal para las
abluciones antes de la oración.
Por aquel entonces la casa estaba habitada por las
familias de tres primos: Aga Yan, el vendedor de alfombras, responsable del
viejo zoco de la ciudad; Alsaberi, el imán de la mezquita, y Aga Shoya, su
muecín.
Era un viernes por la mañana a comienzos de primavera.
El sol calentaba agradablemente y el jardín olía a tierra. Los árboles tenían
hojas jóvenes, las plantas habían echado los primeros brotes y los pájaros,
revoloteando de rama en rama, trinaban en el jardín. Las dos abuelas estaban
recogiendo los restos de las plantas muertas el pasado invierno, mientras los
niños jugaban a perseguirse y esconderse detrás de los recios árboles.
De pronto, un enjambre de hormigas surgió de debajo de
los viejos muros y cubrió con un movedizo manto marrón el zaguán, junto al
añoso cedro.
Millares de hormigas jóvenes, que por primera vez
veían el sol y sentían su calor, se apretujaban unas contra otras.
Los gatos de la casa las observaban a distancia desde
la alberca, perplejos ante aquella masa fluctuante. Los niños cesaron en sus
juegos y acudieron a ver aquel portento que avanzaba por la entrada. Los
pájaros enmudecieron y, posándose en las ramas del granado, estiraban el cuello
para seguir el movimiento de las hormigas.
—¡Abuelas! —gritaron los niños—. ¡Venid a ver esto!
Las abuelas, atareadas en el otro extremo del jardín,
no los oyeron.
—¡Venid, venid, hay millones de hormiguitas! —exclamó
una de las niñas.
Las abuelas se acercaron.
—¡Jamás había visto nada semejante! —exclamó una.
—¡Ni había oído nada igual! —se admiró la otra.
Estupefactas, las dos se llevaron las manos a la boca.
El número de hormigas crecía por momentos y en poco tiempo cubrieron por
completo el zaguán, haciendo imposible llegar hasta la puerta principal.
Los niños corrieron hasta el estudio de Aga Yan, en el
otro extremo del patio.
—¡Aga Yan, venga! ¡Ayúdenos! ¡Las hormigas!
Aga Yan descorrió las cortinas y miró fuera.
—¿Qué sucede?
—¿Puede venir un momento? Dentro de poco no podremos
salir, las hormigas se dirigen hacia la casa. ¡Las hay a millares!
—Ahora mismo voy.
Se echó una larga túnica por los hombros, se caló el
sombrero árabe y salió con los niños.
Aga Yan había vivido muchas cosas en aquella casa,
pero jamás había presenciado nada igual.
—Esto me recuerda al profeta Suleimán —les dijo a los
niños—. Tiene que haber un motivo especial para que ocurra algo así o no
saldrían al exterior en masa. Si prestamos atención las oiremos hablar entre
sí, aunque no sepamos su lenguaje. El profeta Suleimán sabía hablar con las
hormigas, pero yo no. Se diría que están haciendo algo, una especie de
ceremonia, o tal vez estén cambiando de hormiguero por la llegada de la
primavera.
—¡Piensa algo! —lo instó Jolebé, la abuela más joven—.
Haz que vuelvan a su nido o se meterán en la casa.
Aga Yan se arrodilló en el jardín, se puso las gafas y
estudió las hormigas de cerca.
En ese momento intervino Jolbanú, la abuela de más
edad.
—Lee el sura en que Suleimán habla con las hormigas
que habían cubierto el valle para impedirle que pasara con su ejército. O lee Al Namal, el sura en que el profeta
habla con Hodhod, la abubilla, cuando el pájaro le trae una carta de amor de la
reina de Saba.
Los niños aguardaron la decisión de Aga Yan llenos de
curiosidad.
—Lee Al Namal
antes de que sea demasiado tarde y pide a las hormigas que regresen a su nido.
Los niños miraron de nuevo a Aga Yan.
—¡Lee la carta de amor o las hormigas se adueñarán de
la casa!
Hubo un silencio.
—¡Traedme el Corán! —masculló Aga Yan.
Shabal, uno de los niños, fue corriendo hasta la
alberca, se lavó las manos, se las secó con un trapo colgado en el tendedero y
entró precipitadamente en el estudio. Al poco, regresó con un viejo ejemplar
del Corán y se lo alargó a Aga Yan, quien lo hojeó en busca del sura Al Namal y, deteniéndose en la página
377, se inclinó hacia delante y empezó a declamar:
—Suleimán dijo: «Waqala
ya ayo hanas elmana maneq altair waqala ya ayo hanas wa warthe soleiman davud
waqale ya ayohanas olemana mantjal teir wa oteina men kolle sheian ena haza
lahova alfazal almobin wa hashre soleiman yinude men alyen walens wal teir
fahme yuzeun hatta eza atu ala wa ela wa danamal qalat namalato ya ayojallnamal
adqalo maskanajom la yahtamanakom soleiman wa yanaho wa hom la yasharunwa.»
Todos miraban y callaban, todos esperaban la reacción
de las hormigas.
Aga Yan siguió salmodiando y sopló sobre las hormigas.
Las abuelas fueron en busca de dos hornillos y echaron un poco de esfand al fuego. Dos nubes de oloroso
humo se expandieron por el aire. A continuación, se arrodillaron en el suelo
junto a Aga Yan y fueron expeliendo el humo sobre las hormigas al tiempo que
susurraban: «Suleimán, Suleimán, Suleimán, las hormigas, las hormigas, el
valle, el pájaro Hodhod, el pájaro Hodhod, la reina de Saba, Saba, Saba, Saba.
Suleimán, Suleimán, Suleimán, Hodhod, hormigas, hormigas, hormigas, hormigas.»
Los niños contuvieron la respiración.
De pronto los insectos se detuvieron, se hubiera dicho
que escuchando, como si quisieran averiguar quién les cantaba y exhalaba sobre
ellos aquel humo fragante.
—¡Fuera de aquí, niños! ¡Están retrocediendo! ¡No las
molestéis! —los exhortó Jolbanú.
Los niños subieron a la planta superior y a través de
las ventanas observaron cómo las hormigas se replegaban.
Muchos años después, cuando Shabal había dejado el
país y vivía en el extranjero, solía evocar los recuerdos de aquel día para sus
amigos. Les contaba que había presenciado con sus propios ojos cómo después de
leer el sura de las hormigas, éstas habían desaparecido por los agujeros de los
viejos muros como largas cuerdas parduscas.
La
casa de la mezquita
Alef Lam Ra. Pasaron los años. Nunca volvió a salir aquel
desorbitado número de hormigas de debajo de los muros centenarios. Del suceso
no quedó más que un breve recuerdo. En la casa ancestral, la vida seguía su
curso. Al anochecer, las abuelas trajinaban en la cocina como las demás
mujeres. Faltaba poco para que llegase el imán Alsaberi y tendrían que
prepararlo para la oración de la noche.
El viejo grajo sobrevoló la casa y emitió un graznido.
Un carruaje se detuvo en el portal y Jolbanú salió a abrirle la puerta al imán.
El anciano cochero saludó a la abuela y siguió su
camino. Era el último cochero, pues el ayuntamiento había prohibido la
circulación de caballos en la ciudad y subvencionaba taxis a todos los que
obtuvieran el permiso de conducir. Pero había un cochero entrado en años que no
lograba aprobar el examen y, por mediación de la mezquita, se lo autorizó a
trabajar al servicio del imán, pues Alsaberi consideraba impuros los taxis y no
le parecía apropiado que un religioso anduviese por la ciudad en uno de aquellos
vehículos como si fuese un ciudadano corriente.
Alsaberi llevaba un turbante negro, lo que indicaba
que era descendiente del profeta Mahoma, y vestía una larga aba, la túnica marrón de los religiosos.
Había asistido a la ceremonia nupcial de una destacada familia de la ciudad, y
bendecido el matrimonio. Los niños sabían que no debían acercarse demasiado al
imán pues, todas las noches, cientos de personas se situaban detrás de él para
rezar. Nadie podía tocarlo antes de la oración.
—Salam! —lo
saludaban los niños a coro.
—Salam!
—respondía el imán con una sonrisa.
Años atrás, cuando Alsaberi llegaba a la casa con una
bolsita de golosinas, se la entregaba a una de las niñas; entonces, todos los
críos echaban a correr mientras él proseguía su camino hacia la biblioteca.
Pero ahora que los niños habían crecido ya no salían a su encuentro, de modo
que el imán les daba las golosinas a las abuelas para que ellas se encargaran
de repartirlas.
En cuanto el imán Alsaberi llegaba a la casa, las
abuelas se lavaban las manos en la alberca y acudían presurosas a la biblioteca
para acompañarlo al baño.
Todo sucedía en silencio. Una de las abuelas le
quitaba con cuidado el turbante de la cabeza y lo dejaba sobre la mesa,
mientras la otra lo ayudaba a despojarse de la túnica y la colgaba en el
perchero. El imán no hacía nada por sí mismo, ni siquiera tocaba la ropa.
—Esto no puede seguir así —solían quejarse las abuelas
a Aga Yan—. Lo que hace y nos exige no es normal ni bueno. Nunca habíamos
tenido un imán así en la casa. Bien está que quiera ir limpio, pero esto pasa
de castaño oscuro. Ni siquiera toca a sus propios hijos, y sólo come con una
cuchara que lleva siempre en el bolsillo. No podrá seguir así por mucho tiempo.
Las abuelas le contaban a Aga Yan todo lo que sucedía
en la casa, hasta los secretos que nadie más podía saber.
En realidad, las abuelas no eran las verdaderas
abuelas de la familia sino dos sirvientas que llevaban allí más de sesenta
años. Eran aún un par de jovencitas cuando el padre de Aga Yan las llevó a la
casa y allí se quedaron. Nadie sabía de dónde venían y ellas nunca hablaban de
su pasado. No habían estado casadas, aunque todos sabían que las dos mantenían
relaciones secretas con el tío de Aga Yan: siempre que él iba de visita, eran
suyas.
Las abuelas formaban parte de la casa, igual que el
viejo grajo, el cedro y los sótanos. Una de ellas había criado al imán y la
otra a Aga Yan, ambas eran las confidentes de este último y se encargaban de
velar por las costumbres de la casa.
Aga Yan era vendedor de alfombras y poseía la tienda
más antigua del zoco de Seneyán, donde tenía más de un centenar de empleados a
su servicio. Asimismo, contaba con un equipo de siete dibujantes dedicados
exclusivamente a crear los motivos de sus tapices.
El zoco es una ciudad dentro de la ciudad; se puede
acceder a él a través de varias puertas. Es un laberinto de callejas cubiertas
con techos abovedados, e innumerables tenderetes se apiñan unos junto a otros.
Durante siglos, los zocos habían sido el principal
centro económico del país. En sus locales se instalaban miles de mercaderes
que, desde tiempos inmemoriales, comerciaban con telas, oro, grano, alfombras y
metales labrados. Los vendedores de alfombras, en particular, habían
desempeñado un papel crucial en la historia del país.
Gracias a su privilegiada posición, Aga Yan tenía en
sus manos las riendas de la mezquita y el zoco.
Las alfombras de la tienda de Aga Yan lucían
espléndidos dibujos y asombrosos colores. Los tapices que llevaban su marca
valían su peso en oro y no estaban al alcance de cualquiera. Los comerciantes
especializados los encargaban con mucha antelación para sus clientes de Europa
y América. Aquellas alfombras eran inigualables. Nadie sabía de dónde procedían
aquellas figuras inalcanzables o cómo era posible lograr tan hermosa mezcla
cromática. Aquél era el secreto de la casa y el que le daba un gran prestigio a
la tienda.
No habían llegado aún los tiempos en que cada casa
tenía su propio cuarto de baño; no obstante, la ciudad contaba con varios baños
públicos muy espaciosos. Fieles a la tradición familiar, los hombres de la casa
de la mezquita iban siempre a la casa de baños más antigua, donde había un
lugar reservado para el imán. Pero Alsaberi no quería ni oír hablar del asunto
y se negaba en redondo a poner un pie en aquel lugar donde, a buen seguro,
encontraría decenas de hombres lavándose a la vez. Se ponía enfermo sólo de
imaginarse desnudo delante de los demás. Por esa razón, Aga Yan acabó
contratando un albañil para que construyese un cuarto de baño en el interior de
la casa. El albañil sólo tenía experiencia en la construcción de baños
tradicionales, de modo que se limitó a hacer un agujero en la estancia contigua
a la biblioteca e improvisó una curiosa bañera para el imán.
Aquella noche, como de costumbre, Alsaberi se sentó
sobre la piedra cubierto con sus largos calzones blancos, mientras una de las
abuelas le echaba una jarra de agua caliente por la cabeza.
—¡Fría! ¡Fría! —exclamó el imán.
Pero las abuelas no se inmutaron. Jolebé empezó a
frotarle la espalda con jabón y Jolbanú siguió vertiéndole agua por los hombros
despacio, para no salpicar.
Después de enjuagarle el jabón del cuerpo, lo ayudaron
a meterse en la poco profunda bañera. Alsaberi se tumbó y permaneció bajo el
agua un buen rato. Cuando volvió a salir, tenía el rostro ceniciento. Las
abuelas lo ayudaron a incorporarse, le pusieron una toalla sobre los hombros y
otra alrededor de la cintura, y luego lo acompañaron hasta la estufa, donde se
desprendió con renuencia de los calzones mojados y se puso rápidamente otros
limpios. Las mujeres le secaron la cabeza y le pusieron la camisa, ocultándole
las manos en las mangas. A continuación, lo acompañaron de nuevo a la
biblioteca.
Lo sentaron en una silla y le supervisaron las uñas
bajo la luz. Una de las abuelas le recortó una puntita de la uña del índice.
Terminaron de vestirlo, le pusieron el turbante y las gafas, y con un paño le
sacaron lustre a los zapatos.
El imán estaba listo para ir a la mezquita. Jolbanú se
dirigió al cedro donde estaba colgada la vieja campana y la hizo sonar. La
campana estaba destinada al conserje de la mezquita. En cuanto el hombre la
oía, aparecía en la azotea, bajaba la escalera y se dirigía a la biblioteca
pasando por delante del cuarto de huéspedes.
Nunca veía a las abuelas, pues éstas se ocultaban
detrás de los anaqueles de libros al verlo entrar en la estancia, pero siempre
las saludaba y ellas le devolvían invariablemente el saludo. Después, el
conserje cogía los libros que el imán había dejado preparados encima de la mesa
y lo escoltaba hasta la mezquita. Andaba siempre delante del religioso para que
ningún perro pudiera acercarse a él; era la persona de confianza de Alsaberi,
el único, aparte de las abuelas, que podía tocarlo, alcanzarle algo o tomar
algo de su mano. El conserje iba tan limpio como el propio imán. Tampoco él
frecuentaba los baños de la ciudad, era su mujer quien lo lavaba en casa metido
en una gran cuba.
Delante de la mezquita había un corrillo de hombres
esperando para acompañar a Alsaberi hasta la sala de oración; eran los mismos
que siempre ocupaban la primera fila detrás del imán. En cuanto lo veían
llegar, lo saludaban: «¡Alabado sea el profeta Mahoma!»
Los numerosos fieles que habían acudido para la
oración se hicieron a un lado para dejar paso al imán.
Alsaberi ocupó su lugar y el conserje dejó los libros
a su lado, sobre una mesita.
Sólo quedaba esperar a que llegara el muecín, el
hombre que desde el último peldaño del antiguo almimbar se ponía en pie y
voceaba: «Alaho akbar! Haye alal salat!
¡Alá es grande! ¡Preparaos para la oración!»
En cuanto lo veían subir los peldaños del almimbar,
todos sabían que la oración había comenzado.
El muecín era el ciego Aga Shoya, primo de Aga Yan.
Tenía una hermosa voz. Tres veces al día se encaramaba a uno de los minaretes
de la mezquita y convocaba a los fieles a la oración: «Haye alal salat!»
Lo hacía de madrugada, antes de la salida del sol, a
las doce del mediodía y al atardecer, tras el crepúsculo. Nadie lo llamaba ya
por su nombre sino que le habían otorgado el título honorífico de «Muecín» y
hasta su familia lo llamaba así.
—Alaho akbar! —gritó.
Todos se pusieron en pie y se situaron de cara a La
Meca.
En teoría, un ciego no podía ocupar el puesto de
muecín, pues era preciso que viera cuándo el imán se inclinaba hacia delante,
cuándo posaba la frente en el suelo y cuándo volvía a enderezarse. Pero Aga
Shoya no necesitaba la vista para saber esas cosas, bastaba con que el imán
alzara un poco la voz en señal de advertencia.
Muecín tenía un hijo de catorce años llamado Shabal y
una hija, Shahin, que ya estaba casada. Su esposa había fallecido de una grave
enfermedad y él no había querido casarse de nuevo. Sin embargo, eso no le
impedía mantener relaciones esporádicas con algunas mujeres de las montañas. De
cuando en cuando, Muecín se ponía su mejor traje, se calaba el sombrero, cogía
el bastón y desaparecía por unos días. Durante su ausencia, su hijo Shabal lo
sustituía en sus funciones de almuédano, subía al minarete y llamaba al azan.
Al término de la oración, un grupo de hombres del zoco
acompañaba al imán Alsaberi a casa.
Aga Yan solía quedarse un rato más en la mezquita para
charlar con los fieles y casi siempre era el último en marcharse.
Aquella noche había estado hablando con el conserje
sobre la reparación de la cúpula. Cuando se disponía a volver a casa, su
sobrino Shabal lo llamó.
—Aga Yan, ¿podría hablar un momento con usted?
—Pues claro que sí, muchacho.
—¿Le importaría que fuésemos a dar un paseo a orillas
del río?
—¿Al río? Pero en casa nos están esperando para cenar.
—Lo sé, pero es importante.
Echaron a andar hacia el río Sefiyani, que discurría
plácidamente cerca de allí.
—No sé cómo empezar, no es preciso que me conteste
enseguida.
—Tú dirás, hijo.
—Se trata de la Luna.
—¿La Luna?
—Bueno, de la Luna no. De la televisión, del imán.
—¿La televisión? ¿La Luna? ¿El imán? ¿Qué intentas
decirme?
—Bueno, quiero decir que un imán debería saber un poco
de todo. Tiene que estar al corriente de las cosas que pasan en el mundo.
Alsaberi siempre está leyendo libros de su propia biblioteca, libros antiguos
de hace siglos, pero nunca lee los periódicos. No sabe nada de… la Luna, por
ejemplo.
—Explícate mejor, ¿qué es lo que Alsaberi debería
saber de la Luna?
—Hoy se habla en todas partes de la Luna. En el
colegio, en el zoco, en la calle, pero en nuestra casa jamás se habla de esos
temas. ¿Tiene idea de lo que va a suceder de aquí a pocas horas?
—No, ¿qué va a suceder?
—Esta noche el hombre llegará a la Luna y usted ni
siquiera lo sabe. Quizá no les importe ni a usted ni a Alsaberi, pero los
americanos van a plantar su bandera en la superficie de la Luna y el imán de
nuestra ciudad no está enterado. Jamás habla de eso en sus sermones. Esta noche
debería haber dicho algo de lo que va a pasar, pero resulta que no tiene ni
idea, y eso no es bueno para nuestra mezquita. En la mezquita se debería hablar
de las cosas que interesan a la gente.
Aga Yan lo escuchaba pensativo.
—Lo malo es que ya he hablado de esto con Alsaberi
—continuó Shabal—, pero no quiere ni oír hablar del asunto. No cree en esas
cosas.
—¿Y qué opinas tú que deberíamos hacer?
—Esta noche retransmitirán por televisión la llegada
del hombre a la Luna. Me gustaría que el imán y usted fuesen testigos de ese
acontecimiento histórico.
—¿Cómo?
—¡Viendo la televisión!
—¿Quieres que veamos la televisión? —preguntó Aga Yan,
estupefacto—. ¿Quieres que el imán de nuestra ciudad se siente delante de uno
de esos chismes? ¿Sabes lo que me estás pidiendo, hijo? Desde la llegada de ese
aparato, les hemos advertido a los fieles desde el almimbar que no lo vean, que
no escuchen a ese sah corrupto, que no miren a los americanos. ¿Y ahora tú me
pides que veamos cómo Estados Unidos planta su bandera en la Luna? Sabes de
sobra que estamos en contra del sah y de los americanos que lo devolvieron al
poder. No queremos ver la cara del sah y la bandera de los americanos en
nuestra propia casa. ¿Por qué quieres sentarnos ante un televisor? ¡Ese aparato
no es más que un arma de los americanos, así es como combaten nuestra cultura y
nuestras creencias! He oído decir muchas cosas malas de ese aparato, de los
programas perniciosos que enferman el espíritu.
—Lo que dice no es del todo cierto, también se emiten
cosas interesantes, como lo de esta noche. ¡Tiene que verlo! ¡El imán tiene que
verlo! Precisamente porque estamos en contra del sah y de América, debemos ver
su televisión. Esta noche los americanos llegarán a la Luna. Usted es el hombre
más importante de la ciudad y debería ser testigo. Pondré una antena en el
tejado.
—¿Poner una antena en nuestro tejado? Mañana la ciudad
murmurará a nuestra costa. La gente irá por ahí diciendo: «¿Habéis visto la
antena en el tejado de su casa?»
—Nadie se enterará.
La petición de Shabal había turbado a Aga Yan. El
muchacho conocía bien las reglas de la casa, pero se atrevía a defender sus
ideas. Hacía tiempo que Aga Yan había descubierto aquella virtud en su sobrino
y lo admiraba por ello.
Aga Yan tenía dos hijas y un hijo cinco años menor que
Shabal, pero veía en su sobrino a la persona que habría de sucederlo al frente
del zoco. Procuraba mantenerlo al corriente de los asuntos importantes de la
casa, lo quería como a un hijo propio y lo educaba para que algún día ocupara
su lugar.
A la salida del colegio, Shabal iba siempre
directamente a la tienda de Aga Yan. Éste le contaba las novedades del zoco, le
informaba de las decisiones que había tomado y le consultaba las que pensaba
tomar.
Y ahí estaba Shabal, hablándole de la televisión y la
Luna. Aga Yan sospechaba que aquella idea era propia de Nosrat, su hermano
menor, que vivía en Teherán.
En cuanto llegaron a la casa, Aga Yan fue a ver a las
abuelas y les dijo:
—Cenaré con el imán en la biblioteca, tengo que hablar
con él. Que nadie nos moleste.
Luego se encaminó a la biblioteca, donde encontró al
imán leyendo un libro, sentado en el suelo sobre su alfombrilla. Se acomodó a
su lado y le preguntó qué leía.
—Es un libro sobre Jadiya, la esposa de Mahoma. En
aquellos tiempos, Jadiya poseía tres mil camellos, lo que hoy en día
equivaldría a unos tres mil camiones. Una riqueza exorbitante. Ahora lo
entiendo. Mahoma era joven y pobre. Jadiya era una mujer madura y rica. Él
necesitaba los camellos de ella, sus camiones, para poder llevar a cabo su
misión —concluyó el imán esbozando una sonrisa.
—Pero no puedes explicarlo de ese modo —objetó Aga
Yan.
—¿Por qué no? Todas las mujeres querían a Mahoma por
esposo, ¿por qué si no eligió a la viuda Jadiya que le llevaba casi veinte
años?
Las abuelas entraron con dos fuentes redondas. Las
dejaron en el suelo delante de los hombres y volvieron a salir.
—Shabal me ha hablado de la Luna —comentó Aga Yan
mientras comían—. Cree que deberíamos mirarla.
—¿Mirar la Luna? —preguntó el imán.
—Dice que el imán de la ciudad debería estar al
corriente de los acontecimientos que suceden en el país, en el mundo. Cree que
no está bien que no leas los periódicos y que sólo te intereses por los libros
antiguos de tu biblioteca.
El imán se quitó las gafas y las limpió con el borde
de su larga camisa blanca con aire pensativo.
—Sí, Shabal ya me ha dicho todas esas cosas a mí
también.
—No creas que los reproches se dirigen sólo a ti, yo
también me doy por aludido. Últimamente, sólo nos ocupamos de las cuestiones de
nuestra fe, pero en la mezquita también deberían tratarse otros asuntos, como
los hombres que esta noche llegarán a la Luna, por ejemplo.
—No estoy de acuerdo —observó el imán.
—Cree que deberías verlo. Quiere traer un televisor a
la biblioteca.
—¿Te has vuelto loco, Aga Yan?
—Es listo y confío en él. Sabes que es un buen chico.
El asunto quedará entre nosotros y no durará mucho. En cuanto acabe, volverá a
llevarse el aparato de aquí.
—Si los ayatolás de Qom llegaran a enterarse de que
hemos tenido un televisor en casa…
—Nadie tiene por qué enterarse. Ésta es nuestra casa y
nuestra ciudad, nos corresponde a nosotros decidir cómo se hacen las cosas
aquí. El chico tiene razón. Dice que casi todos los fieles que acuden a la
mezquita han comprado un televisor. También es cierto que la televisión no está
permitida en esta casa, pero no podemos encerrarnos entre estas cuatro paredes
y cerrar los ojos a lo que pasa en el resto del mundo.
A través de la cortina de la cocina, las abuelas
vieron a Shabal en la penumbra, dirigiéndose a la biblioteca con una caja.
Shabal saludó al imán y a Aga Yan al entrar y, sin más
preámbulos, sacó un pequeño televisor de la caja y lo puso sobre una mesita que
había junto a la pared. Después extrajo un cable muy largo y enchufó un extremo
en la parte posterior del aparato. Con el otro extremo en la mano, salió al
exterior y subió por la escalera que conducía a la azotea, donde un rato antes
había instalado una antena portátil. Conectó el cable a la antena, lo ocultó
bien y volvió a bajar.
Acto seguido, cerró con llave la puerta de la
biblioteca y puso dos sillas delante del televisor.
—Pueden tomar asiento cuando gusten —les dijo.
En cuanto el imán y Aga Yan se hubieron acomodado en
las sillas, encendió el aparato y apagó la luz.
Bajó un poco el volumen y les hizo una breve
introducción.
—Lo que van a ver ahora está sucediendo en este
preciso instante en el espacio. El Apolo
XI se aproxima a la Luna y se dispone a aterrizar. Es un momento histórico.
Miren, ahí está. ¡Dios mío!
El imán y Aga Yan se inclinaron hacia delante y
observaron cómo el Apolo XI intentaba
el alunizaje. Se hizo un profundo silencio.
—Algo está pasando en la biblioteca —le susurró
Jolbanú a Jolebé—, algo importante que ni siquiera tú y yo podemos saber.
—El chico se ha encaramado por la escalera hasta la
azotea, ha escondido algo y ha vuelto a bajar corriendo. Han apagado la luz.
¿Qué estarán haciendo ahí a oscuras?
—Vamos a ver.
Se acercaron con suma cautela.
—¡Mira! Hay un hilo que baja desde el tejado.
—¿Un hilo?
Fueron de puntillas hasta la ventana pero las cortinas
estaban echadas. Con mucho tiento, pasaron por delante de la ventana y llegaron
a la puerta. Una misteriosa luz plateada se colaba a través de los resquicios.
Pegaron la oreja a la puerta.
—Imposible —oyeron decir al imán.
—Increíble —oyeron decir a Aga Yan.
Miraron por la cerradura, pero sólo atisbaron aquella
insólita luz que inundaba la estancia.
Decepcionadas, volvieron sobre sus pasos y
desaparecieron en la oscuridad del patio.
Noruz
Con la primavera llega también el nuevo año persa, el Noruz.
En sus orígenes, el Noruz era una fiesta regia que se celebraba con gran pompa en los
palacios de los primeros reyes persas, al inicio de la nueva estación.
Los preparativos empiezan dos semanas antes con una
limpieza a fondo de la casa. Para dar la bienvenida a la primavera se plantan
semillas de trigo de las que brota el sabzé,
y los padres compran ropa y zapatos nuevos a sus hijos para visitar a sus
parientes, especialmente a los abuelos.
Las mujeres se ocupan de todos los detalles y sólo
cuando todo está dispuesto se toman un tiempo para sí mismas.
En la casa, las abuelas estaban muy atareadas
preparándola para el Noruz con la
ayuda de un par de sirvientas. La anciana peluquera había llegado para acicalar
a las mujeres, cortarles el pelo y depilarles las cejas y la cara.
Llevaba más de cincuenta años cumpliendo con aquel
ritual. La primera vez que pisó aquella casa no debía de tener más de diez o
doce años y acompañaba a su madre como aprendiza. Más tarde, cuando su madre
murió, ocupó su lugar y se convirtió en la persona de confianza de las mujeres
de la casa.
El día que ella llegaba, los hombres tenían prohibida
la entrada en aquella parte de la casa. Durante todo el día se oían las risas
de las mujeres, que deambulaban por las estancias y el patio sin el velo y con
las piernas al aire. Las abuelas las malcriaban sirviéndoles el narguile,
limonadas y otras golosinas.
La peluquera las ponía al corriente de los chismorreos
de la ciudad. Frecuentaba las casas de las familias ricas y conocía a fondo las
cosas que interesaban a las mujeres. Siempre llevaba consigo un viejo maletín
con perfumes, tintes, maquillaje, tijeras y horquillas, que vendía a sus
clientas. Eran artículos vistosos y distintos de los que podían comprarse en el
zoco de Seneyán. La peluquera tenía un hijo que trabajaba en Kuwait y, siempre
que volvía a casa de visita, le llevaba una maleta llena de productos de
belleza para vender.
Aquel día, la peluquera había ido especialmente a
petición de Fagri Sadat, la esposa de Aga Yan. Fagri Sadat era una mujer
respetada en los círculos privilegiados de la ciudad. A veces ayudaba a las
abuelas en la cocina, cosía ropa para sus hijos y, mientras éstos fueron
pequeños, les leía cuentos. A decir verdad, leer era su mayor ocupación, sobre
todo libros y revistas femeninas que su cuñado Nosrat le traía de Teherán.
Cuando hacía buen tiempo, Fagri Sadat cazaba pájaros.
Las abuelas la ayudaban a sacar del sótano la jaula trampa, un gran cesto de
mimbre que fabricaban especialmente para el tamuz,
el final del verano. La tapa de la trampa estaba atada con una cuerda a un
largo palo. Fagri Sadat esparcía grano por el suelo del patio y luego se
sentaba en una silla junto a la alberca, a esperar la llegada de los pájaros.
La bandada de aves llegaba volando desde el otro lado
de las montañas y hacía un alto en el patio de la casa. En cuanto los pájaros
entraban en el cesto picoteando las semillas, Fagri Sadat daba un tirón a la
cuerda y la tapa se cerraba atrapando a sus presas, luego los trasladaba con
presteza al cuarto de los pájaros, donde durante unos días los observaba en sus
jaulas, les daba de comer, les hablaba, estudiaba sus plumas, las dibujaba y,
por fin, los liberaba.
Mientras ella se ocupaba de los pájaros, los demás
hablaban y se movían por la casa con mayor sigilo del habitual.
La peluquera acababa de depilar las piernas de Fagri
Sadat cuando el viejo grajo se posó en el alero del tejado y graznó anunciando
sus noticias. Nadie sabía la edad del grajo, pero debía de tener más de un
siglo, porque Aga Yan había leído algo acerca de él en un antiguo archivo de la
mezquita. El grajo formaba parte de la casa, lo mismo que la cúpula, los
minaretes, la azotea, el centenario cedro o la alberca a la que iba a beber.
Fagri se incorporó al verlo y lo saludó:
—¡Salam,
grajo! ¿Traes buenas noticias? ¿Quién está de camino? ¿Quién viene a
visitarnos?
Anochecía ya cuando llegó el conserje de la mezquita
seguido del imán Alsaberi, que iba ataviado con ropas festivas. Tenían por
costumbre entrar por la puerta principal, pero aquel día habían subido por la
escalera de la mezquita y estaban cruzando la azotea en dirección a la casa.
Tal vez lo hicieron por la primavera. En esa estación, los tejados de las
casas, hechos con una clase especial de barro y una mezcla de plantas del
desierto, desprendían un delicioso aroma.
—¿Tengo tiempo para echarme un rato? No me siento muy
bien —anunció Alsaberi a las abuelas nada más llegar al patio.
—Sí —repuso Jolbanú—. Aún tiene media hora. Aga Yan
todavía no ha venido. En cuanto llegue, comeremos todos juntos en el salón de
los días de fiesta y, a las doce en punto, saldremos al patio para la oración
de Año Nuevo. Dentro de poco nos pondremos a extender las alfombras. Iré a
despertarlo a tiempo.
Un taxi se detuvo en el portal y los niños salieron
corriendo a la calle.
—¡Ha llegado el tío Nosrat! —corearon.
Desde la ventana de su cuarto, en la segunda planta,
Fagri Sadat vio que Nosrat no estaba solo, sino que lo acompañaba una joven. Se
puso el velo y bajó a recibirlos. Cuando Nosrat entró en la casa con la mujer
se produjo un silencio. La joven no llevaba velo, sólo un pañuelo de cabeza que
dejaba al descubierto buena parte del cabello. Las abuelas no daban crédito a
lo que veían.
—¡Cómo se atreve ese desvergonzado a traer a casa a
una mujer vestida así! —se escandalizó Jolbanú.
—¿Quién será? —preguntó Jolebé, picada por la
curiosidad.
—Qué sé yo, una fulana.
Zinat Janum, la esposa del imán, se sumó al grupo
acompañada de su hija Sediq, y lo mismo hizo el ciego Muecín. Shabal observó a
la mujer a través de la ventana y se dijo que su tío era muy valiente
atreviéndose a llevar a una muchacha como aquélla. Admiraba a Nosrat por no
someterse a las costumbres y desafiar constantemente las viejas normas de la
casa.
Era la primera vez en la historia de la casa que una
mujer sin velo o, cuando menos, sin un velo apropiado, cruzaba el umbral. Todos
la miraban. ¿Debían saludarla o no? ¿Qué pensaría Aga Yan?
Acababa de oscurecer, pero a la luz de las farolas las
abuelas observaron que la mujer llevaba medias de nailon transparentes que
dejaban sus piernas al descubierto.
Nasrin y Ensi, las hijas de Aga Yan, besaron
efusivamente a su tío Nosrat.
—Permitidme que haga las presentaciones —dijo Nosrat—.
Ésta es mi prometida Shadi.
Shadi sonrió y saludó a las muchachas.
—¡Vaya, es una noticia maravillosa! —exclamó Nasrin—.
¿Cuándo se ha prometido, tío? ¿Por qué no nos había dicho nada?
—¿Qué es eso de que está prometido? —rezongó Jolbanú
echando la cortina—. Está mintiendo, ése no se casará en la vida. Se ha traído
a esa fulana de Teherán sólo para divertirse. ¿Dónde se habrá metido Aga Yan?
Tiene que impedírselo.
Fagri Sadat besó a la mujer de Teherán.
—Shadi, qué nombre más bonito. Sé bienvenida a nuestra
casa.
—¿Dónde está Aga Yan? ¿Y Muecín? —quiso saber Nosrat—.
¿Y por dónde andan el imán y Shabal?
—Aga Yan todavía no ha vuelto a casa, pero Alsaberi
debe de estar en la biblioteca —le informó Zinat.
—Voy a darle una sorpresa —dijo Nosrat encaminándose a
la biblioteca.
Fagri Sadat llevó a Shadi al cuarto de huéspedes y las
demás mujeres las siguieron.
Las abuelas se quedaron en la cocina esperando a Aga
Yan. No le quitaban ojo a la puerta y en cuanto ésta se abrió, las dos
corrieron a darle la noticia a coro.
—¡Ha venido Nosrat!
—¡Estupendo, justo a tiempo para celebrar el Año
Nuevo! Así que mi hermano menor no me ha olvidado del todo. Nuestra fiesta será
más entrañable aún —comentó satisfecho.
—Pero hay algo más —precisó Jolbanú con semblante
preocupado.
—¿Qué?
—Ha traído consigo a una mujer.
—Y dice que es su prometida —añadió Jolebé.
—Ésas son buenas noticias. Por fin ha sentado la
cabeza.
—No eches las campanas al vuelo —dijo Jolbanú.
—La mujer no lleva velo, sólo un diminuto pañuelo de
cabeza.
—Y lleva pantis —siguió Jolebé en un susurro.
—¿Y eso qué es?
—Los pantis son unas medias tan finas y transparentes
que parece como si una no llevara nada. Ésa es la clase de mujer que nos ha
traído a casa. ¡Que Dios nos proteja! Por suerte ya había anochecido cuando
llegaron. Imagínate que Nosrat se hubiese paseado con ella por delante de la
mezquita a plena luz del día; mañana la ciudad entera murmuraría: «¡Hay una
mujer con pantis en la casa de la mezquita!»
—Es suficiente —les dijo Aga Yan con calma—. Hablaré
con él. Quiero que le deis una calurosa bienvenida a la mujer, dejadle un par
de calcetines normales. Y si mañana quiere ir a la ciudad, prestadle un velo.
Hay muchos velos bonitos en la casa. Regaladle uno.
—Dudo mucho que sea su prometida; para mí que se trata
de una de sus amiguitas —murmuró Jolbanú.
—No podemos estar seguros de que así sea —objetó Aga
Yan—. Sólo podemos esperar que se trate de su prometida. ¿Dónde está?
—En la biblioteca o en el cuarto de Muecín, supongo.
Aga Yan sabía que su hermano no rezaba y que siempre
estaba en contra de las creencias y costumbres de la casa, pero esperaba que en
esa ocasión Nosrat se comportara debidamente en vista de que había traído a una
mujer con él.
—Todo saldrá bien —las tranquilizó y se encaminó al
cuarto del ciego Muecín.
—¡A comer! —anunció Jolbanú.
—¡Niños! ¡Niñas! ¡A comer! —gritó Jolebé.
Los hombres entraron en la sala ataviados con sus
trajes de fiesta; las mujeres ya estaban sentadas a la derecha del espacioso
comedor.
Fagri Sadat presentó a la mujer de Teherán a Aga Yan,
al imán y a Muecín.
—¡Bienvenida, hija mía! —la saludó Aga Yan—. No
sabíamos que Nosrat llegaría a casa con su prometida, de lo contrario habríamos
organizado una fiesta. Aunque, bien mirado, ya es una fiesta especial tenerte
entre nosotros.
El imán Alsaberi la saludó con aire circunspecto.
Entonces Fagri Sadat se la presentó a Muecín riendo.
—Tenemos entre nosotros a una mujer de Teherán; es
distinta de las mujeres de nuestra ciudad y no se parece en nada a las de la
montaña que tú conoces. Se llama Shadi y es muy hermosa. Tiene unos bonitos
ojos oscuros, pelo castaño, unos dientes blancos y relucientes y una sonrisa
adorable. Y esta noche lleva un precioso velo de color blanco con florecillas
verdes que le han regalado las abuelas. ¿Qué más quieres saber?
—¡Así que es muy guapa! —exclamó Muecín riendo—. No
esperaba menos de Nosrat.
Las abuelas entraron con un pequeño hornillo encendido
y echaron un poco de esfand al fuego,
que desprendió una nube de delicioso y fragante humo. Las muchachas se
levantaron para traer las viandas de la cocina.
—¿No esperamos a Ahmad? —preguntó Alsaberi.
—Te pido mil perdones —repuso Aga Yan—, pero al ver a
Nosrat se me olvidó darte el recado. Ahmad me ha llamado al zoco para decirme
que no podría venir esta noche. Al parecer, celebran su propia fiesta en Qom.
Ahmad era el hijo de Alsaberi. Tenía diecisiete años y
estaba cursando sus estudios coránicos en Qom con el poderoso ayatolá
Jolpayejani.
Las abuelas habían preparado un espléndido banquete de
Año Nuevo y todos permanecieron largo tiempo sentados a la mesa.
Después de la cena, sirvieron los dulces preparados
especialmente para la ocasión. Las mujeres habían rodeado a Shadi y le hacían
preguntas sobre Teherán y las mujeres que allí vivían. Shadi les había traído
regalos: laca de uñas, carmín, pantis y elegantes sujetadores. Viendo que allí
estaban de más, los hombres decidieron retirarse a otro salón.
Era casi medianoche cuando una de las abuelas anunció:
—¡Señoras! ¿Querrían ir a prepararse para la oración
de Año Nuevo?
Nosrat se inclinó hacia Shadi.
—¿Adónde vamos? —le preguntó ella.
—Dentro de poco todos irán a rezar, pero a mí no me
van esas cosas y por eso no participo —le susurró al oído—. Quiero que vengas
conmigo a la biblioteca de la casa.
—¿Por qué, qué vamos a hacer ahí?
—Ya lo verás —dijo tomándola de la mano.
Sin soltar a Shadi del brazo, Nosrat rodeó el cedro a
hurtadillas, fue hasta la biblioteca y abrió la puerta con cautela.
—¿Por qué no enciendes la luz?
—No hables tan alto, las abuelas oyen y ven todo. Si
se enteran de que estamos aquí, aparecerán de pronto como un par de espíritus
—dijo Nosrat en voz muy baja mientras empezaba a desabrocharle los botones de
la blusa.
—¡No hagas eso! ¡Aquí no! —musitó ella y lo apartó con
un suave empujón.
Él la sujetó por la cintura, la estrechó contra sí y
le subió la falda.
—No, aquí no, este lugar me da pavor.
—No debes sentir pavor sino emoción; el espíritu
ancestral de nuestra casa se esconde entre estos libros. Durante setecientos
años, los imanes de la casa han hecho de este lugar un espacio dedicado a la
oración. Es un lugar sagrado, han pasado muchas cosas aquí, pero esto todavía
no, y yo quiero hacerlo contigo. Quiero aportar algo hermoso a la historia de
esta habitación.
—¡Oh, Nosrat! —gimió ella.
Él encendió la vela que había sobre el escritorio del
imán.
—¿Dónde se han metido todos? ¡Daos prisa, el imán ya
está listo! —rezongó Jolbanú desde el patio donde habían extendido dos grandes
alfombras para la oración. Sólo faltaba Nosrat y la mujer de Teherán.
—Ya te lo dije, es un desvergonzado, pone en evidencia
a la mezquita en cuanto se le presenta la ocasión, pero no pienso permitírselo.
¡Debe estar presente en la oración! —se empeñó Jolbanú.
—¿Dónde se habrán metido?
Ambas clavaron los ojos en la biblioteca. Los
cristales temblaban.
¿Estarían confundidas?
No, hasta las cortinas se movían.
Las abuelas se acercaron a la puerta con sigilo, pero
no se atrevieron a abrirla. Se arrodillaron con cautela delante de la ventana y
miraron a través del resquicio de la cortina. Atisbaron la luz de la vieja vela
que nunca se encendía y, haciéndose visera con las manos, escrutaron el
interior con más atención.
Los anaqueles fluctuaban a la luz de la vela. Las dos
se asustaron por lo que vieron y se incorporaron de golpe.
¿Qué debían hacer? ¿Decírselo a Aga Yan? No, no sería
prudente en una noche tan señalada. ¿Qué debían hacer entonces con el pecado
imperdonable que Nosrat estaba cometiendo en la biblioteca?
Callar, se dijeron la una a la otra con la mirada.
Su deber era callar, del mismo modo que otras abuelas
quizá tuvieron que hacerlo en el pasado. Necesitaban un corazón muy grande para
poder guardar todos los secretos inconfesables de la casa.
Así pues, no habían visto ni oído nada.
El imán había empezado la oración. Todos se habían
situado detrás de él y estaban postrados en dirección a La Meca. Las abuelas se
sumaron discretamente al grupo de mujeres. La casa se sumió en el silencio y
sólo se oyó la voz del imán:
Alah nurus smavat wal arzo masalu nurihi kamishkatin
fiha…Él es luz.Su luz se asemeja a un
nicho en el que hubiera una llama.El cristal es como una estrella brillante.Lo
alimenta el aceite de un olivo bendito.El aceite casi se enciende por sí
solo.Luz sobre luz.Jaljal
Las niñas de la casa crecieron y a algunas les llegó
la hora de casarse. Pero ¿cómo iban a tomar esposo si ningún hombre había
llamado a la puerta para pedir su mano?
En Seneyán, los forasteros no se presentaban en una
casa de improviso para proponer en matrimonio a una de las hijas de la familia;
aquélla era una tarea reservada a las mediadoras: ancianas casamenteras que se
encargaban de poner en contacto al hombre con la familia de la mujer. Aquellos
encuentros solían celebrarse en las frías veladas invernales.
Algunas familias no necesitaban casamenteras. Las
mujeres se arrebujaban en sus velos, los hombres se calaban el sombrero y
juntos se plantaban en la casa de alguna familia que tuviera una hija
adolescente. Los padres con hijas casaderas estaban permanentemente a la espera
de que llamaran a su puerta en el momento menos pensado, por eso los visitantes
nunca los encontraban desprevenidos.
En aquellas veladas se hablaba largamente del oro y
las alfombras que la novia aportaría como dote; y de la casa, el terreno o tal
vez la suma de dinero que el novio debería entregar a su prometida en el caso
de que finalmente el matrimonio no llegara a celebrarse.
En cuanto los hombres llegaban a un acuerdo, las
mujeres se encargaban de ultimar los demás detalles, que solían centrarse en el
vestido de la novia y las joyas que ésta recibiría durante la ceremonia.
Los relojes-brazalete femeninos eran el último grito
en el zoco de Seneyán y todas las novias deseaban lucir uno de aquellos
elegantes accesorios.
Si los vecinos veían por las ventanas la luz encendida
de una casa hasta altas horas de la noche, sabían que la familia estaba
negociando una boda. Los salones estaban caldeados y los cristales empañados
por el humo de los narguiles. Pero aquellas largas veladas invernales también
podían resultar desazonadoras para las familias con hijas casaderas que temían
que nadie llamara a su puerta.
En la casa de la mezquita, Sediq, la hija del imán,
estaba en edad de casarse.
Todos aguardaban en silencio: quizá llamaran a la
puerta, quizá sonara el teléfono. Pero el invierno casi había terminado y aún
no se había presentado nadie.
Las hijas de la casa de la mezquita lo tenían muy
difícil para encontrar un buen partido, pues no estaba al alcance de todos
pedir su mano. Una chica de ciudad podía elegir entre un carpintero, un
albañil, un panadero, un funcionario del ayuntamiento, un maestro de escuela o
un joven que acabase de entrar a trabajar en la compañía ferroviaria. Pero
aquéllos no eran candidatos adecuados para una hija de aquella casa.
El régimen del sah era corrupto, por tanto, nadie que
trabajara para el Estado podía aspirar a casarse con ellas. Tal vez un maestro,
aunque, a decir verdad, los únicos candidatos aceptables eran los hijos de
importantes comerciantes.
El invierno pasó y las muchachas que no habían
recibido ninguna propuesta matrimonial sabían que tendrían que esperar un año
más. Por suerte, la vida no siempre se ciñe a las tradiciones y a veces elige
sus propios derroteros. Y así sucedió; una noche llamaron al timbre.
—¿Quién es? —preguntó Shabal, el hijo de Muecín.
—Yo —sonó una firme voz masculina desde el otro lado
de la puerta.
Shabal abrió la puerta y vio bajo la luz amarillenta
de la farola a un joven imán con un llamativo turbante negro. Lo llevaba
ligeramente ladeado y olía a perfume de rosas. Lucía una túnica de imán, larga
y oscura, y se notaba que era la primera vez que se la ponía.
—Buenas noches —saludó el joven imán.
—Buenas noches —contestó Shabal.
—Me llamo Mohamed Jaljal.
—Encantado de conocerlo. ¿En qué puedo servirlo?
—Desearía hablar con el imán Alsaberi, si es posible.
—Lo lamento mucho, pero es muy tarde y el imán no
recibe visitas a estas horas. Si lo desea usted, puede verlo mañana en la
mezquita.
—Pero es que querría hablar con él ahora.
—¿Puedo saber de qué se trata? Quizá yo pueda
ayudarlo.
—Deseo hablar con él sobre su hija Sediq.
Por un instante Shabal no supo qué decirle, pero
enseguida recobró la compostura.
—En ese caso será mejor que hable con Aga Yan. Iré a
anunciarle su visita.
Shabal dejó la puerta entreabierta y se dirigió al
estudio de Aga Yan, que estaba escribiendo en su cuaderno.
—Hay un joven imán en la puerta. Dice que viene a
hablar de la hija de Alsaberi.
—¿Has dicho que está en la puerta?
—Sí, dice que quiere hablar con el imán.
—¿Lo conozco?
—Yo diría que no. Es un imán un tanto extraño, no es
de la ciudad. Huele a rosas.
—Hazlo pasar —le pidió Aga Yan mientras recogía el
cuaderno y se ponía en pie.
—Pase usted —le dijo Shabal al imán, y lo condujo
hasta el estudio de Aga Yan.
—Buenas noches. Me llamo Mohamed Jaljal. ¿Llego en mal
momento?
—No, claro que no. Sea usted bienvenido. Siéntese por
favor —lo invitó Aga Yan al tiempo que le estrechaba la mano.
Aga Yan se dio cuenta de que, en efecto, no se trataba
de un hombre común. Le agradó ver que llevaba un turbante negro como los imanes
de la casa, lo que significaba que era descendiente del profeta Mahoma.
Aga Yan poseía un antiguo pergamino con el árbol
genealógico de la familia, que se remontaba hasta el profeta Mahoma, y en él
estaban todos los nombres del linaje masculino de la casa. Aquel pergamino y el
anillo del santo Alí se hallaban conservados en una urna especial en la cámara
del tesoro de la mezquita.
—¿Le apetece un té? —preguntó Aga Yan.
Al poco apareció Jolbanú con el servicio de té y un
platito de dátiles, y le entregó la bandeja a Shabal, que puso la taza y los
dátiles delante de Jaljal. Cuando el muchacho se disponía a abandonar la
estancia, Aga Yan lo detuvo.
—Puedes quedarte.
Shabal tomó asiento en un rincón.
Jaljal se llevó un dátil a la boca y bebió un sorbo de
té. A continuación, se aclaró la garganta y sin más preámbulos se dispuso a
hablar.
—Vengo a pedir la mano de la hija del imán Alsaberi.
Aga Yan, que acababa de llevarse el vaso a los labios,
volvió a dejarlo sobre la mesa, sin probarlo siquiera, y miró de soslayo a
Shabal. No estaba preparado para una propuesta tan directa. Tampoco era
habitual que el hombre acudiese solo para pedir la mano de la hija de la
familia. La tradición mandaba que fuera el padre del novio quien tomara la
iniciativa. Pero Aga Yan era un hombre de mundo y contestó con calma:
—Nos alegramos de recibirlo. ¿Puedo preguntarle dónde
vive y qué ocupación tiene?
—Vivo en Qom y he completado mi formación de imán.
—¿Con qué ayatolá ha estudiado?
—Con el gran ayatolá Almakki.
—¿Almakki? —repitió Aga Yan con sorpresa—. Tengo el
honor de conocer personalmente al ayatolá. —Al oír el nombre de Almakki, supo
de inmediato que el joven religioso pertenecía a una corriente revolucionaria
contraria al régimen del sah. El nombre Almakki era prácticamente sinónimo de
oposición religiosa clandestina. Así pues, aquel joven imán que llevaba el
turbante un poco ladeado y se había perfumado con agua de rosas no era neutral
en asuntos de política—. ¿A qué se dedica usted por el momento? ¿Lo han destinado
a una mezquita?
—No, todavía no, pero no me falta trabajo como
suplente en las mezquitas de distintas ciudades. Cuando un imán cae enfermo o
está de viaje, me llaman para sustituirlo.
—Entiendo. Aquí también sucede a veces, pero tenemos
un suplente fijo. Se trata del imán de la aldea de Yeria. Es de confianza y
siempre que lo necesitamos acude de inmediato. —Habría querido preguntarle
dónde vivían sus padres y por qué no lo había acompañado nadie de su familia
para pedir la mano de la hija de Alsaberi, pero se abstuvo. Sabía que el joven
imán le replicaría: «Soy mayor de edad para saber con quién me caso. Me llamo
Mohamed Jaljal y mi ayatolá se llama Almakki. ¿Qué más necesita usted saber?»—.
¿De qué conoce a nuestra hija? ¿La ha visto alguna vez?
—No, pero mi hermana sí la ha visto. Además, el
ayatolá Almakki me la ha recomendado, ha escrito una carta para usted —le
informó mientras sacaba un sobre de su bolsillo y se lo entregaba.
Si el joven llevaba consigo una carta del ayatolá, Aga
Yan no tenía ya nada que objetar. Si Almakki había dado su aprobación a aquella
unión, no había más que hablar. El asunto estaba zanjado.
Desdobló el papel con solemnidad. La carta del ayatolá
rezaba así:
En el nombre de
Alá.Aprovecho que Mohamed Jaljal va a visitarlo, para enviarle mis
saludos.Wasalam AlmakkiEn
aquella breve misiva había algo extraño que Aga Yan no acertó a discernir.
Ciertamente no era una recomendación, y tampoco una disuasión, sólo era una
simple constatación. El ayatolá no debía de estar muy impresionado con Jaljal
o, de lo contrario, habría sido más explícito. Sin embargo, el joven imán
llevaba consigo una carta de Almakki y ese detalle por sí solo ya significaba
mucho. Aga Yan la guardó en el cajón.
—Tengo que pensar un poco en el siguiente paso.
Podríamos acordar lo siguiente: hablaré de este encuentro con el imán Alsaberi
y con su hija. Después concertaremos una cita y usted vendrá aquí con su
familia, con su padre. ¿Le parece bien?
—De acuerdo —dijo Jaljal.
Shabal acompañó a Jaljal a la salida y regresó al
estudio.
—¿Qué opinas tú, Shabal? —le preguntó Aga Yan.
—Me parece un hombre especial, es listo. Eso me gusta.
—Tienes razón. ¿Te fijaste en cómo se sentaba? No se
puede comparar con esos imanes provincianos. Pero tengo mis reservas.
—¿Qué reservas?
—Es muy ambicioso. El ayatolá no dice nada concreto de
él en su carta. Lo menciona pero no le dedica ni un solo comentario. Intuyo un
fondo de duda en su carta. Seguro que Jaljal no es un mal partido, pero entraña
un riesgo. ¿Será apropiado para nuestra mezquita? Alsaberi es blando, pero
tengo la impresión de que este joven imán es duro.
—¿Qué quiere decir con eso?
—¿Está Alsaberi despierto aún?
Shabal separó las cortinas para mirar.
—Aún se ve luz en la biblioteca.
—Quiero que este asunto quede entre nosotros de
momento. No debe llegar a oídos de las mujeres, ¿entendido? —le advirtió Aga
Yan, y salió de la estancia en dirección a la biblioteca.
Llamó a la puerta y entró. Alsaberi se hallaba sentado
sobre su alfombrilla leyendo un libro.
—¿Cómo te ha ido el día? —le preguntó Aga Yan.
—Normal —repuso Alsaberi.
—¿Qué estás leyendo?
—Un libro sobre la actuación política de los ayatolás
en los últimos cien años. Parece que nunca han vivido tranquilos, siempre han
encontrado algo contra lo que oponerse. Y siempre se las han ingeniado para
hacerse con el poder. Este libro es como un espejo en el que me veo reflejado.
No tengo nada en contra de la política, pero soy incapaz de ejercerla. No me
siento preparado para esa clase de asuntos y eso me hace sentir culpable.
Alsaberi hablaba con inusitada franqueza y Aga Yan
percibió que había ido a verlo en un momento importante.
—Sé que en Qom no están satisfechos conmigo. Temo que
si sigo callando, la gente se vaya a otras mezquitas y la nuestra se quede
vacía.
—No debes preocuparte por eso —lo tranquilizó Aga
Yan—. Al contrario, habrá más gente que venga a nuestra mezquita si sabe que no
te metes en política. Los fieles que acuden al templo son gente normal. La
mezquita es su casa, llevan toda la vida viniendo a rezar y no van a cambiar de
la noche a la mañana. Te conocen demasiado bien para hacer algo así y también
te respetan demasiado.
—Pero el zoco —añadió el imán—, el zoco siempre ha
sido el centro de la vida política, también lo dice este libro. Los zocos han
tenido un papel decisivo en la historia de los dos últimos siglos y los imanes
siempre los han utilizado como armas. Si los comerciantes del zoco cierran sus
tiendas, todos saben que sucede algo excepcional, algo muy importante. Sé que
el zoco no está contento conmigo.
Aga Yan sabía perfectamente a lo que Alsaberi se
refería. Tampoco él estaba satisfecho con el imán, pero no podía destituirlo
sólo porque el hombre fuese débil de carácter. Alsaberi era el imán de la
mezquita y seguiría siéndolo hasta su muerte. Sabía que se oían quejas en el
zoco; que los principales comerciantes esperaban más movimiento en la mezquita,
pero ¿qué podía hacer él si Alsaberi no daba más de sí? No hacía mucho que Aga
Yan había recibido una invitación para ir a Qom. Allí le habían dejado claro
que la mezquita debía corregir su postura. Querían oír voces clamando contra el
sah y sobre todo contra los americanos. Aga Yan les había prometido que
conseguiría una mezquita más activa, pero sabía bien que Alsaberi no era el
hombre adecuado para ello.
Qom era el centro del mundo chií. Todos los grandes
ayatolás vivían en Qom, y desde allí dirigían a los demás clérigos. La mezquita
de Seneyán era una de las más importantes del país y, precisamente por eso, los
ayatolás esperaban más iniciativa por su parte. Qom hacía preguntas, Qom
planteaba exigencias, pero, mientras Alsaberi estuviera al frente de la
mezquita, no había nada que Aga Yan pudiera hacer. Tal vez por eso Almakki
había enviado a aquel joven imán a la casa.
Aga Yan cambió de tema.
—Tengo una sorpresa para ti. Y además tiene relación
con el libro que estás leyendo.
—¿Qué sorpresa es ésa?
—Alguien ha venido a pedir la mano de tu hija.
—¿Quién es?
—¡Un joven imán de Qom! Discípulo del ayatolá Almakki.
—¿Almakki? —repitió el imán, sorprendido, y dejó el
libro sobre la alfombra.
—No teme la política, va bien vestido, se le ve seguro
de sí mismo y lleva un turbante negro un poco ladeado —comentó Aga Yan
sonriente.
—¿Cómo es que nos quiere a nosotros? A mi hija, quiero
decir...
—En esta ciudad, todos saben que tienes una hija
casadera. Y cualquiera puede pedir su mano, pero creo que a este joven imán le
interesa no sólo tu hija, sino también la mezquita y tu almimbar.
—¿Cómo dices?
—Bueno, ya sabes que tratándose de Almakki la política
siempre anda por medio.
—Tenemos que pensarlo bien antes de darle una
respuesta. Hay que aclarar si viene por nuestra hija o por la mezquita.
—Lo haremos, pero no temo los cambios. Y tampoco le
doy la espalda a las cosas que se cruzan en mi camino. No creo en el azar. Ese
hombre no ha llamado a nuestra puerta porque sí; encaja muy bien en esta casa.
La mezquita ha tenido algunos imanes muy fervorosos en el pasado. Iré
personalmente a Qom para hablar con Almakki. Si él nos lo recomienda como
persona y como esposo, le daré nuestra bendición. Llamaré a tu hijo Ahmad. No
estudia en la misma madraza que Jaljal, pero es bastante probable que lo conozca.
—Haz lo que creas conveniente, pero sé cauteloso.
Asegúrate de que no se trata de un matrimonio político-religioso. No quiero dar
mi hija a cualquier imán. Debemos asegurarnos de que sea un buen hombre. Quiero
un buen partido para ella. No deseo dejarla en manos de los ayatolás.
—No tienes nada que temer —lo tranquilizó Aga Yan.
—Últimamente no me siento muy bien. A menudo me invade
la tristeza. Me he vuelto más miedoso, temo por todo, especialmente por la
mezquita, a veces ya no sé de qué hablar durante el sermón del viernes.
—Estás cansado. ¿Por qué no vas a pasar unos días a
Yeria? Llévate a las abuelas y descansa allí una semana. A ellas también les
vendrá bien. Hace mucho tiempo que no han estado en la aldea. Te mortificas con
las normas que tú mismo te impones. Nadie es tan riguroso con su aseo personal
como tú, te aíslas de todo el mundo; no podrás seguir así por mucho tiempo. Ve
a Yeria, quizá dentro de poco tendrás un flamante yerno sobre el que puedas
apoyarte de vez en cuando —lo animó Agan Yan, y abandonó la biblioteca con una
sonrisa.
Al día siguiente, Aga Yan llamó a Qom y habló con
Ahmad.
—¿Conoces a Mohamed Jaljal?
—¿De qué lo conoce usted?
—Ha venido a pedir la mano de tu hermana.
—¡No hablará en serio! —exclamó Ahmad, perplejo.
—Sí, hablo en serio. ¿Qué puedes decirme de él?
—Es muy popular en Qom, aunque yo no lo conozco
personalmente. Es muy elocuente y tiene las ideas muy claras. No se parece en
nada a los demás imanes que conozco, pero no sabría decirle cuáles son sus
intenciones.
—¿Tú qué opinas? ¿Crees que puede ser un marido
adecuado para tu hermana?
—Qué puedo decir yo, es difícil opinar; por lo que sé,
es un tipo duro. El único imán que mi hermana conoce es mi padre y está
convencida de que todos los clérigos son como él.
—Para mí lo más importante es que tu hermana sea feliz
a su lado —reconoció Aga Yan.
—Sólo puedo decirle que es un joven bueno y listo,
pero no me atrevo a afirmar que vaya a ser un buen esposo para ella.
—Creo que con eso me basta, Ahmad.
A continuación, Aga Yan llamó a la residencia del
ayatolá Almakki y concertó una cita con él. El jueves a primera hora de la
mañana el chófer de Aga Yan se plantó delante del portal y lo condujo hasta la
estación. Enfundado en un abrigo largo y con sombrero, Aga Yan se apeó y entró
en el monumental vestíbulo. En cuanto el jefe de la estación lo vio llegar,
apagó el cigarro y salió a su encuentro.
—Muy buenos días tenga usted. ¡Feliz viaje! —dijo
educadamente.
—Ensah Alah
—dijo Aga Yan—. Si Dios quiere.
Aga Yan iba a subir al largo tren de color marrón, que
había llegado a la estación hacía media hora procedente de los confines
meridionales del país, en el golfo Pérsico, y que no tardaría en reanudar su
trayectoria rumbo al este, hasta la frontera con Afganistán. El tren hacía
muchísimas paradas a lo largo del recorrido. A Aga Yan le esperaban tres largas
horas de viaje.
El vestíbulo de la estación estaba lleno de viajeros y
de personas que iban a recibir a alguien. Vio a numerosos hombres con sombrero
y a mujeres con abrigos largos, y reparó en que muchas de ellas no llevaban
velo. Cada vez que viajaba en tren constataba cuánto había cambiado la
fisonomía del país. Las gentes que venían del sur parecían mucho más
desenvueltas y distintas de los habitantes de Seneyán. Algunas mujeres iban con
la cabeza descubierta e incluso con los brazos desnudos. Había mujeres con sombrero,
mujeres con bolso, mujeres que reían, que fumaban. Aga Yan sabía que todos
aquellos cambios se debían al sah, que no era más que el siervo de los
americanos. Estados Unidos estaba socavando las creencias del país y nadie
podía hacer nada para evitarlo.
El jefe de la estación lo invitó a su despacho, le
ofreció un vaso de té recién hecho y, cuando llegó la hora de partir, lo
escoltó personalmente hasta un compartimento especial, reservado para los
pasajeros importantes.
Tres horas después, Aga Yan divisó la cúpula del
mausoleo de Fátima y el tren se adentró en la estación de Qom.
Cuando el viajero llegaba a Qom, tenía la impresión de
entrar en otro mundo. Las mujeres iban tapadas con velos negros, todos los
hombres llevaban barba y allá donde mirara los imanes eran omnipresentes.
Aga Yan se apeó del tren. Por todas partes se oía la
voz de los muecines que, desde los minaretes de las mezquitas, declamaban el
Corán por los altavoces. No había ni un solo retrato del sah, pero grandes
telas colgaban de las paredes con fragmentos del Corán. El sah nunca se
acercaría a esa ciudad. Tampoco los diplomáticos americanos se arriesgaban a
pasar por Qom, ni en coche ni en tren.
Qom era el Vaticano de los chiíes, la ciudad sagrada
del país donde se hallaba enterrada santa Fátima. La cúpula de oro de su tumba
refulgía como una joya en el centro de la ciudad. Aga Yan tomó un taxi hasta la
mezquita del ayatolá Almakki. Eran exactamente las doce del mediodía cuando se
apeó del vehículo a las puertas del templo.
El ayatolá apareció con sus discípulos, jóvenes imanes
que lo acompañaban hasta el lugar de oración. Al ver a Almakki, Aga Yan inclinó
la cabeza con reverencia. El ayatolá le tendió la mano y Aga Yan se la
estrechó, luego lo siguió hasta el lugar de oración y ocupó un lugar en la
primera fila. Concluido el rezo, Aga Yan se arrodilló junto al ayatolá.
—¡Bienvenido sea! ¿Qué le trae por aquí? —le preguntó
el ayatolá.
—En primer lugar deseaba ver su bendito rostro y en
segundo lugar vengo para hablar de Mohamed Jaljal.
—Era mi mejor discípulo. Y cuenta con mis bendiciones
—comentó el ayatolá.
—Siendo así, sé todo lo que debo saber —concluyó Aga
Yan, lo besó en el hombro y se incorporó.
—Pero… —añadió el ayatolá.
Aga Yan volvió a sentarse.
—Siempre busca su propio camino.
—¿Qué quiere decir el ayatolá con eso? —inquirió Aga
Yan.
—Bueno, pues que no se limita a seguir al rebaño.
—Entiendo.
—Le deseo un feliz matrimonio y un buen viaje de
vuelta —le dijo el ayatolá estrechándole la mano.
Aga Yan estaba satisfecho con lo que el ayatolá le
había dicho acerca de Jaljal. Le había expresado su aprobación. Y sin embargo,
en su fuero interno seguía sintiendo una gran inquietud.
De nuevo en casa, llamó a Shabal a su estudio.
—Shabal, ¿podrías pedirle a Sediq que venga?
Cuando Sediq oyó que Aga Yan quería hablar con ella,
supo que se trataba de algo importante.
—Siéntate. ¿Va todo bien? —le preguntó Aga Yan.
—Sí, todo va bien.
—Escucha, hija, ha venido un hombre a pedir tu mano.
A Sediq se le demudó el rostro y hundió la barbilla en
el pecho.
—Se trata de un imán.
Sediq miró a Shabal y éste le sonrió.
—Es un imán joven y brillante —la animó el muchacho.
Sediq sonrió.
—He ido a Qom y me he entrevistado con su ayatolá. Me
ha hablado muy bien de él. También tu hermano lo ve con buenos ojos. ¿Qué
opinas tú? ¿Te gustaría casarte con un imán?
Sediq calló.
—El silencio no está permitido en una petición de
matrimonio. Debes darme una respuesta —le recordó Aga Yan.
—Es un imán muy apuesto. Llevaba una túnica impecable
y unos relucientes zapatos marrón claro. Su aspecto era irreprochable —le
aseguró Shabal sonriente.
Aga Yan hizo como si no hubiera oído los comentarios
de su sobrino, pero a Sediq, que sí los había oído, se le escapó otra sonrisa.
—Adelante pues —musitó tras una larga pausa.
—Quiero añadir una cosa más. Es muy distinto de tu
padre. Es discípulo del ayatolá Almakki. ¿Te dice algo ese nombre?
Sediq desvió la mirada hacia Shabal.
—No es un imán de pueblo —le aclaró el chico.
—Te espera una vida agitada e incluso difícil —le
advirtió Aga Yan—. ¿Crees que podrás vivir así?
—¿Qué cree usted? —repuso ella, después de meditar la
respuesta.
—Por una parte, es un honor llevar esa clase de vida;
por otra, puede convertirse en un infierno si uno no logra adaptarse.
—¿Podría hablar primero con él?
—¡Por supuesto! —exclamó Aga Yan.
Una semana más tarde, Shabal condujo a Jaljal al
cuarto de huéspedes, donde había una fuente con fruta fresca y té recién hecho.
A continuación, fue en busca de Sediq e hizo las presentaciones.
Sediq saludó al imán y permaneció de pie junto al
espejo de pared. Él le preguntó si no deseaba tomar asiento y ella se aflojó un
poco el velo para que pudiera verse mejor su cara. Shabal los dejó a solas y
cerró la puerta con suavidad.
Las abuelas se habían apostado junto a la alberca y no
perdían detalle. Fagri Sadat había espiado a Jaljal a través de la ventana de
la segunda planta y Zinat Janum, la mujer de Alsaberi, permanecía en su
habitación rezando para que su hija tuviera un buen matrimonio. Era lo único
que podía hacer, pues nadie le pedía nunca su opinión. Lo que ella pensara no
contaba para nada. En aquella casa quien tomaba las decisiones era Fagri Sadat.
Las hijas de Aga Yan estaban escondidas detrás de las
cortinas para poder echar un vistazo a Jaljal en cuanto saliera del cuarto de
huéspedes.
El encuentro entre Jaljal y la futura novia duró poco
menos de una hora. A su término, la puerta de la estancia se abrió dejando paso
a una Sediq radiante. Miró a las abuelas y subió a la planta superior.
Shabal acompañó a Jaljal al patio.
—Éstas son las abuelas de la casa.
Fagri Sadat salió a saludarlo.
—Y ésta es la esposa de Aga Yan, la reina de la casa
—bromeó Shabal.
Jaljal la saludó sin mirarla siquiera. A continuación,
todas las muchachas fueron desfilando ante el religioso y una vez estuvieron
hechas las presentaciones, Shabal lo acompañó al zoco para que Aga Yan pudiera
hablar con él.
Al cabo de unos días, Aga Yan recibió a Jaljal y a su
padre en su estudio. Alsaberi también estaba presente. En aquella ocasión, su
charla fue muy distinta de las conversaciones matrimoniales al uso, pues no se
malgastó ni una sola palabra en hablar de oro o de dinero. La novia le daría al
novio un ejemplar del Corán con tapas de oro y abandonaría la casa paterna con
un velo blanco y un libro del poeta medieval Hafiz. Pero todo el mundo sabía
que las familias ricas de la ciudad no dejaban que sus hijas llegaran a su
nuevo hogar con las manos vacías, sino que se daba por sentado que la dotarían
de todo lo necesario. Después, la conversación se centró en la mezquita, la
biblioteca, los libros, los viejos sótanos, el ciego Muecín y, por supuesto, el
centenario cedro de la casa. Por fin, se fijó el día de la boda.
—Mobarak ensah
Alah —dijeron los hombres y sellaron el acuerdo con un apretón de manos.
Cuando todo estuvo arreglado, Sediq entró en la
estancia con una fuente de plata y cinco tazas de té.
La boda se celebraría el día del nacimiento de santa
Fátima. Es uno de los días más hermosos del año; haría calor, pero el viento
que soplaba de las montañas se encargaría de refrescar agradablemente el
ambiente. Apetecería estrechar a la novia entre los brazos y acurrucarse bajo
la fina colcha estival. En ese período, casi todo el mundo dormía en las
azoteas, y en los tejados se veían muchas tiendas de campaña de un blanco
translúcido. Eran las tiendas de las parejas de recién casados. Celebrarían una
fiesta a la que invitarían a las principales familias de la ciudad y del zoco.
No era una boda cualquiera, se casaba la hija del imán Alsaberi. Tampoco el
novio era un maestro de escuela o un funcionario del registro civil, ni
siquiera era un comerciante, sino un imán con turbante negro llegado de Qom.
Arusi
Llegó el arusi,
el día de la boda. Zinat Janum llamó a su hija a su cuarto y cerró la puerta.
—¿Estás contenta de casarte con Jaljal? —le preguntó
después de darle un beso.
—No sé…
—Debes alegrarte, es un hombre apuesto y tu padre dice
que muy ambicioso.
—Eso es precisamente lo que me da miedo.
—Yo también estaba asustada cuando me casé con tu
padre; todas las muchachas sienten miedo al irse a vivir con un hombre al que
no conocen, pero, en cuanto estéis juntos, verás como tus temores se disipan.
Al fin y al cabo, todas las muchachas deben casarse y abandonar la casa
paterna.
Zinat Janum consolaba a su hija con palabras
tranquilizadoras, pero en lo más profundo de su ser también albergaba dudas,
aunque no supiera por qué. En aquel preciso instante, volvió a embargarla una
desagradable desazón, pero no permitió que Sediq lo notara.
—Todavía no puedo creerlo. —Suspiró.
—¿Qué no puedes creer?
—Pues que te hayas hecho tan mayor, que estés a punto
de casarte e irte de casa.
—¿Por qué pareces tan triste?
Zinat tenía los ojos anegados en lágrimas.
—Lloro por tu felicidad —musitó, y besó a su hija.
Desde el día en que Sediq nació, Zinat tuvo miedo de
perderla. Miedo de encontrársela muerta de pronto en la cuna, en el jardín o en
la alberca. La infancia de la pequeña fue una época lúgubre para ella. La
atenazaba la angustia y por las noches no se atrevía a acostarse, sabiendo que
le esperaban espantosas pesadillas.
Zinat Janum era sobrina del imán Alsaberi y tenía
dieciséis años recién cumplidos cuando se casó con él. Tuvieron una hija, Ozra,
cinco años mayor que Sediq, que al cumplir los dieciocho años se casó con un
pariente de Zinat y se fue a vivir con él a Kashán. La pareja tenía tres hijos.
Después, Zinat tuvo un varón, Abas, que pronto se
convirtió en la esperanza de la familia como futuro sucesor de Alsaberi al
frente de la mezquita. Pero un caluroso día de verano sucedió algo terrible
mientras Zinat estaba en casa sola con el niño. Abas empezaba a dar sus
primeros pasos y se divertía siguiendo a los gatos de la casa con su andar
vacilante. En un momento dado, Zinat subió a su habitación y se olvidó por
completo de él. Sólo al reparar en el silencio, asomó la cabeza por la ventana,
pero no vio a Abas por ninguna parte. Corrió escaleras abajo y vio los gatos
junto a la alberca. En el agua flotaba el cuerpo de su hijo. Dando voces, Zinat
intentó sacarlo del agua. Unos instantes después aparecieron varios hombres en
la azotea de la mezquita y corrieron en su ayuda. Intentaron agarrar al niño
por el vientre, pero fue en vano. Zinat gritó. Cogieron al niño por los pies y
lo sacudieron, pero tampoco eso sirvió de nada. Zinat gritó. Encendieron fuego
y acercaron al niño a las llamas. Pero era demasiado tarde. Zinat gritó. Los
hombres dejaron al niño en el suelo y lo cubrieron con el velo de su madre.
Abas, la esperanza de la casa, había muerto.
Nadie le reprochó a Zinat lo sucedido, pero ella se
retiró a su habitación, destrozada. Aga Yan fue a hablar con ella.
—Zinat, yo acepto la voluntad de Dios y tú debes hacer
lo mismo.
En la casa nadie habló más de Abas. Durante meses,
todos lloraron su pérdida en silencio, pero nadie hablaba de él. Zinat
interpretó aquel mutismo como un castigo, un duro castigo.
Al año siguiente, tras quedarse embarazada de Sediq,
Zinat decidió salir por fin de su habitación y ayudar a las abuelas en la
cocina. Pero hubieron de pasar dos años más y el nacimiento de Ahmad para que
Zinat volviera a erguir la espalda y retomara su vida anterior.
Sin embargo, ya fuera por culpa del accidente o no, el
caso fue que Zinat no volvió a encontrar su lugar en la casa. Vivía a la sombra
de Fagri Sadat y se sentía una mujer de segunda clase. Si le hubiera sucedido
algo así a Fagri Sadat, a buen seguro que Aga Yan le habría brindado todo su
apoyo y habría hecho lo imposible para mitigar su dolor. Pero Alsaberi era
débil. Nunca le recriminó nada a Zinat, pero tampoco le ofreció su consuelo en
aquellos años difíciles. Jamás la abrazó ni tuvo palabras de ánimo para ella. Y
sabido es que si tu propio marido te deja de lado, los demás hacen lo mismo; si
tu marido no se fija en ti, nadie te ve. Y eso era precisamente lo que sucedía
en aquel momento: su hija estaba a punto de casarse y nadie le había pedido su
consentimiento.
—No importa —se dijo Zinat mirándose al espejo y
enjugándose las lágrimas—. Ya llegará mi hora.
En la casa reinaba el ajetreo. Habían colgado en el
patio una larga cortina, la misma que solían utilizar en la mezquita para
separar a los hombres de las mujeres durante la oración. Habían extendido por
el suelo costosas alfombras y los hombres de la mezquita habían forrado las
paredes con tapices que contenían jubilosos textos sagrados.
De las ramas de los árboles colgaban retazos de satén
verde con versos de los maestros poetas. Habían hecho venir de Qom a un
recitador capaz de conmover a la gente declamando un rítmico sura del Corán.
Aga Yan se había puesto su traje nuevo y había ido al
barbero. Le gustaba ir aseado y bien vestido, y gracias a Fagri Sadat era uno
de los pocos mercaderes del zoco que dedicaba algo de tiempo a cuidar de su
aspecto. Su criado se ocupaba de que los zapatos estuviesen siempre bien
lustrados, y las abuelas le planchaban las camisas.
—Eres el hombre más apuesto de la ciudad —bromeaba a
veces Fagri Sadat—. Cuando vas recién afeitado y con ese sombrero, nadie diría
que sabes el Corán de memoria.
El imán aún estaba en la biblioteca. Más tarde, cuando
todos los invitados hubiesen llegado, se dejaría ver un rato, pero no tardaría
mucho en retirarse de nuevo con sus libros.
La fiesta había comenzado. Las principales familias y
los prohombres de la ciudad habían ido llegando a la casa. Los hombres se
situaban en el lado derecho del patio, junto al añoso cedro, y se sentaban en
las sillas dispuestas alrededor de la alberca; las mujeres seguían hacia
delante y desaparecían detrás de la gran cortina, donde se acomodaban en los
hermosos y fragantes jardines que Am Ramazan, el jardinero de la casa, cuidaba
con esmero. Nadie había llevado consigo a sus hijos pequeños, lo que era poco
usual. Según la costumbre, los más chicos solían ser los primeros invitados de
cualquier festejo, y no ocurrió así en aquel día único. Los invitados fueron
agasajados con té y los mejores dulces de la panadería, y tanto los hombres
como las mujeres fueron rociados con perfume de rosas sobre las manos.
Jaljal suscitaba mucha curiosidad, sobre todo entre el
sector femenino.
Un coche se detuvo en el portal y el alcalde se apeó
de él. Aga Yan fue a darle la bienvenida y los dos hombres tomaron asiento
junto a la alberca. Al rato llegó un segundo coche y todo el mundo supo que se
trataba del novio. Aga Yan salió a recibirlo y lo acompañó hasta donde estaba
el alcalde, que se puso en pie para felicitarlo, pero Jaljal hizo como si no lo
viera o no lo reconociera. Lo tenía por un siervo del sah y jamás se avendría a
sentarse a su lado, y menos aún a estrecharle la mano. El alcalde volvió a
sentarse como si no hubiera ocurrido nada. Aga Yan no presenció el incidente,
pues en aquel momento se hallaba conversando con otro invitado.
Alrededor de las tres llegó el funcionario del
registro civil acompañado de dos ayudantes con barba que portaban sendos libros
bajo el brazo. Los tres se sentaron a la mesa donde poco después se firmarían
las actas matrimoniales, abrieron los libros y dio comienzo la ceremonia
oficial. En ese instante se oyeron murmullos al otro lado de la cortina.
—Salam Fateme,
salam bar Fateme! —corearon las mujeres.
Todos los asistentes supieron que la novia había
llegado y que había tomado asiento frente a la mesa donde los funcionarios del
registro civil seguían escribiendo.
La novia estaba más hermosa que nunca. Llevaba un
vestido de un blanco marfileño y un velo verde claro con flores rosa. Se había
puesto rímel y se notaba que se había depilado las cejas; así aparentaba ser
una mujer joven, más que la muchacha que aún era.
El funcionario pidió la partida de nacimiento de la
novia. Aga Yan sacó unos papeles del interior de la chaqueta y se los entregó.
El hombre anotó pacientemente todos los datos en su grueso libro y a
continuación se dispuso a hacer lo propio con los del novio.
Jaljal buscó en sus bolsillos pero no sacó nada,
susurró algo al oído de su padre y rebuscó en la cartera. Todo el mundo tenía
la mirada fija en él y esperaba que sacara los papeles, pero no los llevaba
consigo.
—Los he olvidado —admitió Jaljal.
Al otro lado de la cortina, donde estaban las mujeres,
el revuelo fue notorio.
La situación era inaudita.
—¿Lleva algún otro documento que pueda acreditarlo?
—le preguntó el hombre del registro civil tras meditar unos instantes.
Jaljal volvió a rebuscar en los bolsillos y habló
quedamente con su padre. No, no tenía ningún otro papel que lo acreditara.
Los murmullos arreciaron a ambos lados de la cortina.
Aga Yan observó al alcalde y notó recelo en sus ojos, luego cruzó miradas con
algunos hombres destacados del zoco: no, nadie aprobaba aquella situación.
¿Cómo era posible que alguien quisiera casarse y se olvidara de los documentos
necesarios? Todos aguardaban la reacción de Aga Yan. Éste temía que Jaljal lo
hubiera hecho a propósito. Quizá de ese modo quería forzar a la familia a
casarlo con su hija sin que se llevara a cabo el registro oficial del matrimonio.
Tal vez ésa era la costumbre en las zonas rurales: el imán de la aldea recitaba
el sura del matrimonio, la novia consentía, el novio también y con sólo estos
requisitos quedaba franqueado el acceso del novio al tálamo. En casos de
matrimonios así, el hombre podía tomar varias esposas. Pero en las ciudades ya
no se daban aquellas costumbres y menos aún en una familia distinguida como la
de Aga Yan.
—Tal vez hayas olvidado los papeles en casa de tu
padre —le sugirió Aga Yan.
—No, no lo creo. Están en Qom.
Aga Yan se sentó al lado del alcalde y hablaron.
—Tiene usted razón —convino el alcalde—. No debe
hacerlo.
Acto seguido, Aga Yan se dirigió a Alsaberi, que
acababa de salir de la biblioteca y estaba parado junto al cedro con el
conserje de la mezquita a su lado.
—Interrumpiremos la boda —le comunicó Aga Yan—. Debe
ir a buscar sus papeles.
—Pero si tiene que ir a Qom no podrá estar de regreso
antes de la medianoche. Quizá sería conveniente acabar de leer primero el sura
del matrimonio, así luego podrá ir tranquilamente a Qom a buscar sus papeles.
—No; si acabamos de leer el sura todo habrá concluido.
Nuestra hija será suya y ya no habrá nada que hacer. Si se la lleva, nos
quedaremos con las manos vacías. Lo sabes mejor que yo.
—Tienes razón. Haz que vaya a buscar su partida de
nacimiento —repuso Alsaberi, y se dirigió nuevamente a la biblioteca.
Aga Yan se acercó hasta el funcionario del registro
civil y le comunicó que sin los papeles en regla no había boda.
Se desataron los murmullos.
Aga Yan se dirigió entonces a Jaljal.
—Esperaré. Esperaremos. Vaya tranquilamente a Qom a
buscar sus papeles —le notificó con aplomo.
Jaljal no había calculado aquella reacción.
—¡Pero eso es imposible! A estas horas ya no pasan
trenes para Qom y no confío en los autobuses.
—Descuide, yo lo arreglaré.
Aga Yan fue a hablar con el alcalde, que asintió un
par de veces en señal de conformidad.
—Ya está. Ahora vendrá un jeep a buscarlo, el
conductor del alcalde lo llevará hasta Qom. Tengo paciencia, pero debe usted
darse prisa.
Jaljal se quedó sin argumentos. Se levantó y salió al
portal a esperar el coche. Por un segundo, a Aga Yan le pareció ver algo ruin
en su mirada, como si de pronto se le hubiese caído la máscara que ocultaba su
verdadero rostro.
En principio, los asistentes no estaban invitados al
banquete, pero entonces Aga Yan se dirigió a ellos.
—Les ruego me disculpen. Son cosas que pasan. Ahora me
complacería invitarlos a todos al banquete. —Y tras estas palabras envió a
Shabal al restaurante de enfrente para encargar la comida.
Fagri Sadat llamó a Aga Yan a su habitación.
—¿No crees que has sido demasiado duro?
—Quizá no debería decir esto, pero no me fío de él.
—¿A estas alturas?
—No es un imán corriente, es listo. Reconozco que no
había esperado que se presentase aquí sin sus papeles. Tiene un plan, pero no
se me ocurre para qué.
—Los hombres siempre andáis hablando de planes, ¿a qué
plan te refieres?
—Ahora ya está hecho y Jaljal está de camino a Qom.
Debemos tener paciencia.
—Siempre estamos igual, vosotros decidís y a nosotras
nos toca tener paciencia.
—Eso no es cierto. No pienso entregar a una hija de
nuestra casa así por las buenas. Creí que me entenderías.
—Y te entiendo, pero ¿qué voy a decirles a las
mujeres? —repuso ella esquivando su mirada.
—Sabes bien lo que debes decir a las mujeres.
Recíbelas, come con ellas, sonríeles, demuestra que estás por encima de estos
contratiempos y ten paciencia.
Eran las once y media y todavía no se sabía nada de
Jaljal. La cena había terminado y los sirvientes pasaron por enésima vez
ofreciendo té. Los narguiles iban de mano en mano. El alcalde, que se había
ausentado un par de horas, había regresado ya. Después del banquete, los
hombres del zoco se habían ido a dar un paseo por la orilla del río, no sin
antes expresarle su comprensión a Aga Yan: ellos habrían hecho lo mismo en su
lugar.
Shabal estaba en la azotea de la mezquita vigilando la
calle. Cuando por fin vio llegar el coche, le hizo una señal a Aga Yan. Un
momento después, el jeep se detuvo delante de la puerta.
Jaljal bajó del vehículo, se fue derecho hacia el
funcionario del registro civil, y de forma ostensible puso los papeles sobre la
mesa.
—Salavat bar
Mohamad… —gritó alguien.
—Salavat bar
Mohamad —corearon los demás.
Aga Yan sonrió. Los hombres del zoco regresaron del
paseo y el recitador salmodió en voz alta:
¡Por
la noche cuando extiende su velo!¡Por el día cuando resplandece!¡Por el sol y
su claridad!¡Por la luna cuando lo sigue!¡Por el día cuando lo muestra
brillante!¡Por el cielo y Quien lo edificó!¡Por la tierra y Quien la
extendió!¡Por un alma y Quien le dio forma!Mahiha
Jaljal partió con su esposa a Qom, pero nadie sabía
dónde vivían. La familia no entendía semejante reserva, pero no hizo
comentarios.
—No importa —se consoló Aga Yan—. La puerta de nuestra
casa estará siempre abierta para ellos.
Jaljal había acabado su formación de imán, pero
todavía no le habían asignado una mezquita fija. Los imanes titulares de una
mezquita podían llevar una vida independiente; en caso contrario, se veían
obligados a mantenerse con la escasa asignación que percibían de su ayatolá.
Aga Yan les había ofrecido ayuda económica, pero
Jaljal lo había rechazado. Pese a todo, no perdía ocasión de echarles una mano:
cuando podía, recurría a sus numerosos contactos y siempre lograba que Jaljal
consiguiera trabajo como imán suplente en alguna mezquita. Sediq iba a
visitarlos de vez en cuando, pero Jaljal le había prohibido revelar dónde
vivían. A veces se lamentaba de su nuevo hogar ante su madre, le decía que la
casa era muy pequeña e inhóspita, y que todavía no había logrado tener trato con
sus vecinos.
—Qom es muy distinto —le contaba a su madre—. Todos
viven encerrados en sus casas con sus familias, las puertas siempre están
cerradas, y las cortinas, echadas.
—Son cosas que pasan al empezar una nueva vida, sobre
todo cuando uno se muda a una ciudad que no conoce, y más aún si se trata de
una ciudad tan creyente como Qom. Jaljal es joven aún, acaba de terminar su
formación y todavía no tiene su propia mezquita.
—Si eso lo entiendo, pero Jaljal es muy distinto de
los demás hombres que conozco; no se parece en nada a mi padre, ni a Aga Yan,
ni al tío Nosrat. No sé cómo acercarme a él. Resulta muy difícil entablar
conversación. Los silencios son frecuentes cuando está en casa y eso me asusta,
él no habla y yo no sé qué contarle.
—No debes comparar la vida de esta casa con la de la
tuya. Esta casa es antigua y ha encontrado su propio ritmo con el paso de los
siglos. La tuya es la morada de un joven imán sin historia. Debes construir tu
propio hogar, darle calor, relacionarte con los vecinos y mostrarle amor e
interés a tu marido.
—Resulta más fácil decirlo que hacerlo, madre. Sí,
puedo darle amor, pero la cuestión es si él quiere que lo ame.
—¿Por qué no habría de quererlo?
—¡No lo sé!
Siempre que Sediq iba a casa era recibida con cariño.
Le regalaban ropa y zapatos nuevos, le daban dinero y la devolvían a Qom
cargada de paquetes.
Cuando Jaljal tenía que viajar a otra ciudad para
sustituir a un imán, enviaba a Sediq a la casa familiar y pasaba a recogerla a
la vuelta. Unas veces se marchaban el mismo día, otras se quedaban a pasar una
semana. En esas ocasiones ocupaban el cuarto de la cúpula. La estancia tenía un
pequeño balcón con una barandilla de madera desde la que podía admirarse la
sombra de la cúpula reflejada en la pared opuesta, la misma de la que años
atrás había surgido aquel enjambre de hormigas.
Cuando ochocientos años antes la casa fue construida,
el arquitecto había diseñado aquella habitación especialmente para el imán de
la mezquita. Al atardecer, el sol se entregaba a un hermoso juego con las
sombras. Al principio sólo se veía la sombra de la cúpula reflejada en la
pared, pero poco después se perfilaban también las siluetas de los minaretes;
más tarde, desaparecía la cúpula y sólo quedaban los minaretes. De vez en
cuando, el muro mostraba el escorzo de una paloma, del viejo grajo o de los gatos
en la colorida luz vespertina. Al atardecer, los gatos de la mezquita iban al
balcón y espiaban la bandada de murciélagos que sobrevolaban la alberca
ruidosamente.
Cuando hacía buen tiempo, podía sacarse una alfombra
al balcón, poner algunos cojines en el suelo y sentarse allí cómodamente a leer
o tomar el té. El huésped que se alojaba en la habitación de la cúpula podía
moverse con total libertad. Por eso mismo, Jaljal lo consideraba el lugar
idóneo cuando estaba allí de visita. Se pasaba todo el día metido en el cuarto,
las abuelas le llevaban la comida y nadie más lo molestaba.
Jaljal hacía buenas migas con Shabal y a menudo le
pedía que comiese con él. Desde la primera vez que lo vio, Shabal se había
sentido fascinado por el joven imán. Conocía a muchos clérigos, pero Jaljal
poseía algo que no había visto en nadie más. Tenía ideas nuevas y hablaba de
temas apasionantes, y él se encandilaba oyéndolo hablar y charlando con él.
Jaljal estaba enterado de todo. Le hablaba de Estados
Unidos como si conociese el país al dedillo. Le contaba cómo los americanos se
habían hecho con las riendas de su patria y manejaban los hilos del gobierno
entre bastidores. También le habló de la primera vez que los estadounidenses
llegaron a su tierra.
—Sucedió así. Estados Unidos se estaba convirtiendo en
una gran superpotencia y quería utilizar nuestra patria como base militar
contra la Unión Soviética, pero Mossadeq, el primer ministro electo, que era un
hombre liberal y un presidente nacionalista, se negó a cederles aquel espacio.
Estados Unidos no podía esperar más tiempo, temía que la Unión Soviética
invitara a Mossadeq a Moscú, donde probablemente radicalizaría su postura
antiamericana. Por ese motivo, la CIA organizó un golpe de Estado y el sah dio
su conformidad. Juntos, decidieron preparar un atentado contra Mossadeq, pero
la Unión Soviética lo descubrió e informó inmediatamente a nuestro primer
ministro, que arrestó al grupo proamericano que pensaba llevar a cabo el
atentado y luego ocupó el palacio del sah. Los agentes de la CIA lograron
salvar al monarca por los pelos, sacándolo del palacio en helicóptero y
enviándolo a Estados Unidos en un avión militar.
—Interesante. No estaba enterado de esos hechos
—reconoció Shabal.
—Esas cosas no aparecen en los libros de texto. Os
enseñan una historia falsa —le explicó Jaljal.
—¿Qué pasó después?
—Estados Unidos necesitaba a Irán para convertirse en
una potencia mundial. Irán es un punto estratégico en Oriente Próximo, con más
de dos mil kilómetros de frontera con la Unión Soviética. Así que planearon un
segundo golpe de Estado. La CIA se puso en contacto con algunos generales del
ejército iraní. Dos días después, cuando todos los iraníes creían que la crisis
había terminado, Mossadeq fue arrestado. Había tanques estadounidenses en las
principales encrucijadas de Teherán, y el Parlamento había sido ocupado.
Después, hicieron desfilar a cientos de bandidos, criminales y prostitutas por
las calles con retratos del sah. Al día siguiente, el sah fue conducido a su
palacio, escoltado por un grupo de agentes de la CIA. El sah no es más que un
títere, debe irse de aquí y llevarse consigo a los americanos.
A Shabal se le ponía la carne de gallina cuando oía
los tajantes y enardecidos argumentos de Jaljal.
La última vez que habían comido juntos en el balcón,
Jaljal le había hablado de la firme oposición de los ayatolás contra el régimen
y de la histórica protesta del ayatolá Jomeini, que le valió la enemistad del
sah y los estadounidenses. Aquel día murieron muchos jóvenes clérigos y muchos
más fueron arrestados. A Jomeini lo condenaron al exilio.
Shabal había oído a menudo el nombre de Jomeini en
casa, pero sabía muy poco de sus posturas políticas. Él debía de tener unos
siete u ocho años cuando se produjeron aquellos incidentes. Jaljal le prometió
que en su próxima visita le llevaría un libro clandestino en el que se contaba
con detalle la historia reciente de la oposición de los ayatolás.
Aquella tarde Jaljal hizo un comentario que sorprendió
a Shabal:
—Ya nadie tiene miedo de ir a la cárcel: la prisión se
ha convertido en una especie de universidad para jóvenes activistas.
Aquélla era una visión totalmente nueva. A Shabal
nunca se le habría ocurrido pensar en la cárcel en aquellos términos; para él
era el lugar adonde iban a parar los delincuentes.
—Los presos políticos son muy distintos de los presos
comunes —le explicó Jaljal—. Ellos luchan contra el régimen y se avergüenzan de
la presencia de la CIA en este país. Las personas más inteligentes son aquellas
que deciden tomar en sus manos el destino de su patria, las que quieren cambiar
radicalmente el sistema político. El régimen arresta a esos hombres y los
encierra en un espacio aislado. Pero ellos se mantienen en contacto. A veces
encierran a diez o veinte presos juntos en una misma celda. En la cárcel se
juntan toda clase de individuos: estudiantes, artistas, imanes, políticos,
líderes, maestros y gente con nuevas ideas. Todos hablan, discuten entre ellos,
de manera que la celda se convierte en una especie de universidad donde uno
aprende muchas cosas. ¿Te imaginas lo que puede suceder al juntar en la misma
celda a muchos tipos inteligentes? Intercambian experiencias y aprenden los
unos de los otros. Así es como acaban formándose. Uno entra en la celda hecho
un corderillo y sale transformado en león. Conozco a muchos presos: amigos,
jóvenes clérigos y miembros de movimientos clandestinos de izquierdas o de
derechas. ¿Nunca has oído hablar de ellos?
—No.
—¿Qué haces aquí?
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a qué haces en esta casa, en esta ciudad.
—Nada especial. Voy al colegio y a la mezquita.
—Lo sabía —suspiró Jaljal sacudiendo la cabeza—. No
puede esperarse nada de esta ciudad. Es una ciudad débil. En el resto del país,
la oposición contra el sah está ganando terreno, pero en Seneyán todos parecen
sumidos en un plácido sueño. ¿Qué puede esperarse de una ciudad en la que el
imán de la mezquita de Yome, su templo principal, es tan débil? ¿Qué hace
Alsaberi todo el santo día metido en la biblioteca? ¡Nada! Dejar que las
abuelas le limpien las pelotas. Es un pecado estando al frente de una mezquita
tan grande y hermosa y con un pasado tan brillante a sus espaldas. Ha llegado
la hora de que venga aquí un orador con carisma. ¿Entiendes a lo que me
refiero?
Shabal disfrutaba con las palabras de Jaljal. Lo tenía
por un gran hombre y se veía a sí mismo como alguien insignificante; deseaba
hacerle preguntas, pero no se atrevía, pues temía decir alguna tontería.
Aquella tarde había permanecido casi todo el tiempo
callado, pero cuando estaba a punto de volver a su habitación, dijo de pronto:
—Me gustaría enseñarte algo.
—¿El qué?
—Mis relatos. Escribo —confesó con cierto pudor.
—¡Qué interesante! Enséñamelos. ¿Los tienes aquí?
Anda, léeme algo.
—No sé si son buenos.
—No soy quién para juzgar eso, pero el mero hecho de
que escribas es ya de por sí positivo. Anda, ve a buscar tus escritos.
Shabal salió y al poco regresó con tres cuadernos que
le tendió con timidez.
—Veo que ya has escrito mucho —comentó Jaljal con
sorpresa mientras los hojeaba—. Ya en nuestro primer encuentro me di cuenta de
que eras un muchacho inteligente. Elige uno de tus relatos y léelo en voz alta.
—No se los he enseñado a nadie —reconoció Shabal
mientras pasaba las hojas buscando el cuento que iba a leer. Y añadió—: Me da
mucho reparo, pero haré lo que pueda. —Luego empezó a leer—: «Una mañana muy
temprano, mientras me dirigía a la alberca para hacer las abluciones antes de
la oración, reparé en que la luz del cuarto de mi padre no estaba encendida
como de costumbre. Él siempre era el primero en levantarse e ir a lavarse a la
alberca; sin embargo, aquella mañana todo parecía distinto. Los peces, que siempre
brincaban en el agua al verme, estaban inmóviles, con la cola vuelta hacia mí.
En el agua flotaban escamas de colores y atisbé un rastro de sangre en una de
las piedras de la alberca. Supe de inmediato que algo había pasado, corrí a la
habitación de mi padre, empujé la puerta y encendí la luz…»
—¡Muy bien! No es necesario que sigas leyendo, lo haré
yo. Tienes talento, deja ahí los cuadernos y ya me los miraré más tarde —dijo
Jaljal poniéndose en pie.
Se encaminó hacia el patio y se acercó a la alberca,
vio los peces durmiendo en el agua bajo el resplandor de la farola. La luz de
la biblioteca estaba encendida y la sombra del imán se recortaba tras la
cortina. Abrió la puerta de la calle con sigilo y echó a andar en dirección al
río.
Aba
Eran las cinco de la tarde. La noche empezaba a caer
lentamente y en el patio cubierto de nieve soplaba un viento gélido. Como de
costumbre, las abuelas llevaron las toallas y la muda limpia de Alsaberi al
cuarto de baño para lavarlo antes de la oración; por mucho que encendían la
estufa de buena mañana, siempre hacía mucho frío en aquella estancia.
—Esto no puede seguir así. Es una insensatez —se
lamentó Jolbanú—. El imán debería ir a los baños de la ciudad o acabará cayendo
enfermo.
Era una fecha señalada, pues se cumplía el aniversario
de la noche que murió el santo Alí, el cuarto califa del islam. Aquel día
fatídico, mientras Alí se hallaba orando en una mezquita acompañado de cientos
de fieles, llegó Ibn Mulyam y se situó detrás de él. Rezó con el califa y
aguardó hasta que la oración hubo concluido. Entonces desenvainó su espada y la
descargó con fuerza sobre la cabeza de Alí, que cayó muerto al suelo. A partir
de entonces, el islam quedó escindido en dos facciones: los chiíes y los
suníes.
Los chiíes propusieron que fuese Hassan, el
primogénito de Alí, quien sucediera a su padre en el trono, pero los suníes
propusieron a otro candidato. El enfrentamiento entre chiíes y suníes se ha
mantenido durante siglos. Alí había caído, y se convirtió en el venerado santo
de los chiíes, que catorce siglos después de su muerte le lloran todavía como
el día que fue asesinado.
Aquella noche la mezquita estaría a rebosar. Alsaberi
se había preparado bien y quería pronunciar un largo discurso sobre Alí. Había
pensado algo nuevo para la ocasión: aquella noche, después de catorce siglos de
hostilidad entre chiíes y suníes, quería hablar de reconciliación.
—¡Basta ya de enfrentamientos! ¡Somos hermanos!
—Llevaba todo el día ensayando aquellas frases delante del espejo—. Os tiendo
la mano. Deseo estrechar vuestra mano de todo corazón, por la amistad y la
unidad del islam.
No había hablado con Aga Yan sobre el discurso porque
deseaba darle una sorpresa. De habérselo comentado, era probable que le hubiese
respondido: «No tiene sentido. En nuestra ciudad no hay suníes.» Pero aunque en
Seneyán no vivieran suníes ni estuviesen presentes en la mezquita aquella
noche, Alsaberi quería decir algo nuevo, algo que ningún otro imán hubiese
dicho hasta entonces.
Las abuelas habían puesto las ollas de agua a calentar
en espera de que llegase Alsaberi. El imán, sumido en sus cavilaciones, probó
el agua y entró despacio en la bañera, agarrándose con las manos a ambos lados
y sumergiéndose por completo. Al salir, exclamó:
—¡Suníes, estrecho vuestra mano! ¡Somos hermanos!
¡Hermanos! ¡Qué frío hace!
Una de las abuelas le echó agua caliente sobre la
cabeza mientras la otra lo enjabonaba y él seguía ensayando su discurso,
aterido de frío.
—¡El islam está en peligro! ¡Debemos dejar nuestras
disputas a un lado y luchar codo con codo contra el enemigo común!
Se preguntó si debería decir «contra un enemigo común». Era una frase
ambigua, pues ¿a quién se refería con eso de «un enemigo común»? ¿Al sah? ¿A
los americanos? Si se atrevía a pronunciar aquellas palabras, sería sin duda el
sermón más enardecido que habría pronunciado jamás, pero tenía sus dudas.
—¡Ya está! —dijo una de las abuelas.
Alsaberi se levantó y puso el pie derecho en la toalla
extendida en el suelo, pero como no se agarró al borde de la bañera, resbaló y
cayó al suelo, con la pierna izquierda aún dentro de la bañera.
—¡Muerte! —gritó asustado.
Las abuelas, sobresaltadas, lo ayudaron a incorporarse
y volvieron a meterlo en la bañera. Al caer al suelo, había perdido la pureza
para la oración. Pero en ese instante, asustado por el grito de Alsaberi, uno
de los gatos de la mezquita salió de detrás de la estufa, cayó repentinamente
en la bañera, rozó la pierna del imán, saltó fuera del agua y se fue corriendo.
El gato había tocado la pierna mojada y desnuda del imán. ¡Le daban escalofríos
de sólo pensarlo! Tal vez había hasta ratones en aquel lugar. Esta idea lo hizo
estremecer. El cuarto de baño estaba mancillado, el agua había sido mancillada,
las toallas eran impuras y las abuelas también, ¡y precisamente la noche en que
el santo Alí había muerto! La noche en que pensaba dar un sermón extraordinario.
¿Qué debía hacer? ¿Cómo podía purificarse antes de la inminente oración? La
gente lo esperaba en la mezquita.
—¡Alá! —gritó con un nudo en la garganta y, desnudo
aún, echó a correr hacia la alberca en la oscuridad.
—¡No, no lo haga! —gritó Jolbanú—. ¡Ha nevado! ¡No lo
haga!
Alsaberi se tiró al agua y se sumergió.
Los pececillos rojos escaparon al otro extremo de la
alberca a la luz de la farola, el grajo de la mezquita graznó con fuerza y las
abuelas corrieron al sótano y regresaron con toallas limpias.
—¡Ya está bien! —gritó Jolebé.
—¡Salga ya, por favor! —añadió Jolbanú.
Alsaberi emergió pero volvió a zambullirse un instante
después.
—¡Salga inmediatamente!
Alsaberi logró ponerse en pie. Por un momento perdió
el equilibrio, pero se recuperó y se dirigió a las abuelas, que lo envolvieron
en las toallas. Jolbanú fue a la biblioteca para subir al máximo la estufa
mientras Jolebé volvía al sótano en busca de más toallas.
—La estufa está al máximo, y las toallas, calientes,
pero ¿dónde se ha metido Alsaberi?
—A lo mejor se ha ido a su dormitorio.
—¡Alsaberi! —lo llamó Jolbanú.
—¡Que Dios lo proteja! ¿Dónde está ese hombre?
¡Alsaberi!
Los pececillos rojos estaban apiñados en un extremo de
la alberca. El grajo graznaba incesantemente, los gatos de la mezquita se
sentaron en el borde de la azotea y las abuelas corrieron hacia el patio.
Alsaberi yacía en el suelo nevado, el rostro iluminado por la luz amarillenta
de la farola. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa helada en los labios.
—¡Alsaberi! —gritaron las abuelas.
Pero en la casa no había nadie más, todos estaban ya
en la mezquita. Las abuelas subieron corriendo la escalera hasta la azotea y,
al verlas, los gatos salieron disparados. Ellas corrieron hacia el minarete del
lado izquierdo, donde siempre se ponía Muecín, y las dos gritaron con todas sus
fuerzas:
—¡Alsaberi se nos ha ido!
La gente congregada en la mezquita oyó sus voces.
Muecín salió a la azotea seguido de un grupo de hombres del zoco y todos
corrieron escaleras abajo hasta el patio. Cuando el conserje de la mezquita
divisó a Alsaberi en el suelo, exclamó:
—Ena lelah!
Todos comprendieron entonces que Alsaberi había
muerto.
Los hombres lo condujeron a la biblioteca y las
abuelas dejaron de llorar, pues debían contenerse con el muerto de cuerpo
presente. Conocían sus obligaciones y desaparecieron detrás de los anaqueles de
libros. De un mueble antiguo sacaron una sábana blanca y se la entregaron al
conserje. Era la mortaja que el imán había traído de La Meca. El conserje la
desplegó y la extendió sobre el cadáver, salmodiando.
En ese instante Aga Yan entró precipitadamente en la
biblioteca.
—Ena lelah!
—dijeron los hombres al unísono.
—Ena lelah
—contestó Aga Yan, sereno.
Se inclinó sobre el cadáver, retiró con cuidado la
mortaja y contempló el rostro de Alsaberi. Luego le besó la frente y volvió a
cubrirlo.
De pronto, Zinat apareció en el umbral con el
semblante pálido y se abalanzó llorando hacia el cuerpo del imán. Las abuelas
la ayudaron a incorporarse y la sacaron de allí. Se oyeron voces en el patio.
Eran los fieles de la mezquita.
Aga Yan salió de la biblioteca y se dirigió al patio.
La noticia se había extendido por la ciudad. Varios hombres estaban ya
preparados con el ataúd que habían llevado hasta la alberca para depositar el
cadáver y trasladarlo a la mezquita. Siete hombres subieron a la azotea y
anunciaron a viva voz:
—Hayye alal
salat!
Cuantos lo oyeron, supieron de inmediato que el imán
de la mezquita había fallecido. Todos los tenderos de la ciudad, salvo los
panaderos y farmacéuticos, cerraron las puertas de sus negocios y acudieron a
la mezquita. Apareció una larga comitiva de coches oficiales, y el vehículo en
el que iba el alcalde se detuvo frente a la mezquita.
Todos coincidieron en que había sido una muerte
bienaventurada, pues Alsaberi había fallecido el mismo día que el santo Alí.
A las nueve de la noche, el ataúd se hallaba sobre una
tarima junto a la alberca de la mezquita. Se había decidido dejarlo allí hasta
la mañana siguiente para que la gente pudiera despedirse de él y los parientes
que vivían en otras ciudades tuvieran tiempo de llegar a Seneyán.
Aga Yan volvió a la casa; debía encontrar aquel mismo
día un imán para que celebrase el rito funerario. En realidad, la persona
idónea para hacerlo habría sido Ahmad, el hijo y sucesor de Alsaberi, pero el
muchacho no había concluido aún sus estudios. Jaljal, el yerno del imán, era el
otro candidato para celebrar las exequias, pero Aga Yan no tenía su teléfono ni
sabía dónde vivía. Además, tampoco estaba seguro de que llegara a tiempo.
—Necesitamos que esté aquí a primera hora de la mañana
—le dijo a Shabal.
—También habría que encontrar a Sediq, debe saber que
su padre ha muerto —repuso Shabal.
—Haré todo lo que pueda. Llamaré al ayatolá Almakki a
Qom. Es una oportunidad única para que Jaljal demuestre sus aptitudes; toda la
ciudad estará presente y querrán conocerlo. Llamaré a todos los conocidos que
tengo en Qom.
A la mañana siguiente, Aga Yan fue a la mezquita para
hacer los últimos arreglos. Sabía que al poco rato llegarían miles de fieles de
los pueblos cercanos y necesitaba a un imán importante. Para curarse en salud,
había enviado recado al imán de Yeria, el suplente habitual de Alsaberi, y le
había pedido que se preparase para dirigir la oración.
Cuando Aga Yan estaba hablando con el conserje, un
taxi se detuvo delante de la mezquita; reconoció de inmediato el turbante negro
de Jaljal y luego vio bajar a Sediq.
Jaljal se apeó del taxi, se dirigió a Aga Yan, le dio
sus condolencias e hizo una breve inclinación ante él. Éste lo tomó como un
gesto de reconciliación y aceptación de la lealtad que Aga Yan tenía para con
la mezquita, pues, desde el día en que Jaljal olvidó sus papeles para la boda y
Aga Yan lo mandó a Qom a buscarlos, el joven imán sólo hablaba lo justo con él.
Sin embargo, en ese momento había inclinado la cabeza y Aga Yan lo había visto,
y por eso le contestó de forma apropiada:
—Me siento orgulloso de ti y deseo que seas el imán de
nuestra mezquita hasta el día que Ahmad sustituya a su padre. ¿Te parece bien?
—Sí —repuso Jaljal.
Aga Yan le besó el turbante y Jaljal, por su parte, lo
besó en el hombro.
—Ve a casa y descansa un poco. Luego los hombres del
zoco irán a buscarte. Shabal te avisará cuando llegue la hora.
Había mucha gente en la casa. Numerosos invitados
habían llegado ya y las abuelas estaban muy atareadas. Cuando vieron entrar al
imán Jaljal, las dos se apresuraron hacia la cocina en busca de fuego, manzanas
rojas y un espejo para darle la bienvenida como imán de la casa.
A las doce se extendieron las alfombras para la
oración en la calle de la mezquita. Sacaron el ataúd al exterior y lo colocaron
sobre una alfombra de seda. Había miles de personas esperando a Jaljal. Un
grupo de prohombres del zoco escoltaron a Jaljal hasta el ataúd, donde debía
dirigir la oración.
El ciego Muecín exclamó desde la azotea: «Alaho akbar!»
El imán Jaljal se desató un extremo del turbante y lo
dejó colgando sobre el pecho en señal de duelo, luego se dirigió hacia La Meca
y empezó a salmodiar:
¡Tú,
el arrebujado!¡Vela casi toda la noche,o media noche, o algo menos, o más!Por
la noche cuando declinaos hemos mandado un enviadocomo antes enviamos un
enviado al Faraón.¡Tú, el envuelto en un manto!¡Levántate y advierte!¡Por la
luna!¡Por la mañana cuando apunta!
Familia
Siguiendo la tradición, el duelo por la muerte de
Alsaberi se prolongó cuarenta días. De ese modo, todos los familiares que
vivían en ciudades lejanas y que no habían podido asistir al entierro tuvieron
la oportunidad de ir a la casa y hospedarse allí una semana.
Aquéllos eran encuentros únicos. Comían todos juntos y
permanecían hasta altas horas de la madrugada charlando en grupos, repartidos
por las numerosas estancias de la casa.
Uno de los huéspedes era Kazem Kan, el tío de Aga Yan.
Era el miembro más anciano de la familia y todos lo trataban con cariño y
veneración. Nunca llegaba solo, sino siempre acompañado por un grupo de
aldeanos. Tampoco él era muy amante de viajar en autobús o en taxi. Mientras
fue joven, llegó siempre montado en su caballo, seguido por otros jinetes. Y de
mayor, se hacía trasladar en un jeep.
Kazem Kan mandaba parar el jeep delante de la
mezquita, entraba en el templo, se sacudía el polvo de las ropas y se lavaba la
cara y las manos. Luego subía a la azotea por la escalera de la mezquita y
permanecía allí un rato. Se quitaba el sombrero ante las cigüeñas que tenían
sus nidos en lo alto de un minarete y saludaba también al viejo grajo.
—¡Salam,
grajo! —decía, agitando un poco el sombrero, y luego bajaba la escalera hasta
el patio de la casa.
En cuanto los hombres veían a Kazem Kan en la azotea,
se apresuraban hacia la escalera para recibirlo. Después, escoltado por aquella
multitud como un viejo rey, Kazem Kan se dirigía al cuarto de fumar donde lo
esperaba un juego de fumador de opio dispuesto para él y el fuego encendido.
Las mujeres y los niños lo adoraban; siempre tenía un
poema en el bolsillo para ellas y algunos billetes para ellos. Era un poeta
célebre, un hombre singular que habitaba en las montañas. Se había casado una
vez, pero su esposa murió siendo joven y desde entonces vivía solo, aunque no
le faltaban mujeres dispuestas a brindarle su amor.
Kazem Kan era frugal en las comidas, tenía un aspecto
saludable y disfrutaba de la vida. Había vivido mucho y había perdido mucho,
pero a lo largo de los años tres cosas habían permanecido inalterables: su amor
por la poesía, el opio y las mujeres.
En cuanto lo veían llegar, las abuelas lo dejaban todo
y se preparaban para agasajarlo. Solían adivinar su llegada y lo primero que
hacían era abrir de par en par la puerta y las ventanas del cuarto de fumar
para que estuviese bien ventilado. Luego le preparaban su tetera y su vaso para
que encontrara el té recién hecho. Nada más verlo entrar, ponían su pipa de
opio sobre la ceniza caliente y las bolitas de opio picado en un platito de
porcelana china, que dejaban junto al hornillo en el que ardían tiernas ramas
de cerezo con una tenue llama azul.
Cuando Kazem Kan iba de visita, las abuelas se vestían
con sus mejores galas y se ponían un delicioso perfume. Todos sabían que lo
hacían especialmente para él. Kazem Kan se dirigía a ellas con la palabra persa
para señora: Janum.
Cuando Kazem Kan decía «Janum», las abuelas iban a su cuarto, pero nunca al mismo tiempo,
primero una y luego la otra. Mientras Jolbanú se hallaba dentro, Jolebé
vigilaba la puerta y al revés. Así había sido siempre. Las dos conocían a Kazem
Kan desde que, siendo un par de jovencitas que vivían en una aldea de montaña,
fueron conducidas a la casa de la mezquita en calidad de sirvientas. Y las dos
se entregaron a Kazem Kan, pues ¿qué muchacha podría negarle algo al poeta en
aquellos tiempos? Ya en su primer encuentro, cuando él llegó a la casa
acompañado de sus jinetes, les había puesto la mano en el hombro a las dos
sirvientas y por las noches las recibió por turnos en su cama.
Las épocas con Kazem Kan fueron los días más felices
de la vida de las abuelas. De jóvenes, se las veía exultantes cuando él
llegaba, correteaban por el patio y cantaban mientras trajinaban en la cocina.
Las dos se habían hecho mayores, ya no se oían sus risitas sofocadas en la
cocina, pero, si uno se fijaba bien, veía la sonrisa en su rostro y aspiraba el
delicioso perfume de rosas que impregnaba la casa.
Cuando hubo descansado, comido y satisfecho su
necesidad de fumar, Kazem Kan se incorporó y fue hasta el patio para saludar a
los demás. Primero se acercó al cedro centenario, le dio unos golpecitos en el
tronco con su bastón, contempló sus ramas y palpó las hojas, y después fue
hasta la alberca, donde leyó su último poema:
Delaraaie delaraaie delaraaSaman yaddi boland bala
delara…Las nubes derraman lágrimas de
amanteEl jardín es como una amada sonrienteLos truenos suenan como lamentosQue
dejo escapar a esa hora temprana.Los niños corrieron hacia él al verlo en
el patio. Kazem Kan les acarició la cabeza y les leyó el último poema que había
compuesto para ellos:
Un sordo pensó:Me
echaré a dormir un pocoHasta que la caravana pase.Pero la caravana llegóComo
una nube pasóPero él nunca la oyó.Y para explicar el sentido de su poema, añadió una
breve aclaración:
«El sordo simboliza las personas que no valoran el
tiempo, mientras que la caravana simboliza el tiempo que pasa muy deprisa.»
Tras la sesión poética, todos los pequeños recibían un
billete. El poeta se mostraba especialmente atento con las niñas de la casa.
Les daba un beso y un billete rojo extra. Después les tocaba el turno a las
mujeres y, como no podía ser menos, Fagri Sadat era la que cosechaba más
halagos. Kazem Kan siempre tenía un poema a punto para ella, la belleza de la
casa. Le ponía la poesía en las manos y Fagri Sadat se la escondía entre la
ropa con una sonrisa.
Esos ojos azotan el
alma como un latigazoCandorosos como una manzana verdeTus pestañas me han
robado el corazónTu boca es honesta, pero tus pestañas son ladronasY ahora
exiges una recompensa por lo que has robado¡Qué extraño! ¿Es que soy yo, el
robado, quien debe curar
las heridas?Los gatos de la mezquita eran
adictos al opio de Kazem Kan. Se ponían en fila en el borde del tejado de la
mezquita y no le quitaban ojo. En cuanto lo veían dirigirse al cuarto de fumar,
saltaban la tapia para apostarse en la puerta. Kazem Kan fumaba y expelía el
humo hacia los felinos, que disfrutaban del delicioso aroma del opio.
Por las tardes, después de echar la siesta, el poeta
iba al sótano para visitar a Muecín en su taller de alfarería. Allí tomaba el
té, mientras charlaba con él.
—Mis saludos a Muecín —dijo en tono declamatorio desde
la puerta del taller. Muecín levantó la cabeza, pero como tenía los brazos
hundidos hasta los codos en el barro, permaneció donde estaba detrás del
torno—. ¿Cómo estás?
—¡Bien!
—¿Y tu hijo Shabal?
—También bien.
—¿Y tu hija?
—Ya tiene su propia familia.
Muecín lo percibía casi todo con su fino oído y su
aguzado sentido del olfato. Se decía de él que no era ciego y que podía ver
detrás de sus gafas oscuras, pero lo cierto es que nació ciego. Llevaba siempre
aquellas gafas oscuras que Nosrat le había traído de Teherán, se colocaba un
sombrero y andaba bien erguido con su bastón.
—¿Qué tal tu reloj? ¿Todavía funciona? —se interesó
Kazem Kan.
—Sí, afortunadamente —contestó con una sonrisa.
Muecín poseía una curiosa facultad: siempre sabía qué
hora era. El tiempo era su don. Tenía un reloj en la cabeza que funcionaba con
suma precisión y todo el mundo lo sabía. «¿Qué hora es, Muecín?», le preguntaba
la gente al cruzárselo por la calle. Y él les decía la hora correcta. Los
chicos y chicas de la ciudad eran los que más se divertían con su talento.
«¿Nos podría decir qué hora es, señor Muecín?» Y se reían cuando él les
contestaba con acierto.
Muecín creía que era su deber compartir con los demás
su don sagrado.
Muecín era el almuédano oficial de la mezquita, pero
su tiempo libre lo dedicaba a trabajar en el sótano como alfarero. No era un
trabajo o un pasatiempo, era su vida. Sabía que sin el barro no podría vivir.
De vez en cuando, su hijo Shabal llevaba sus cacharros al zoco y los entregaba
a un comerciante que los vendía en su nombre.
Era el único alfarero tradicional de la región. Quizá
por eso, las vasijas, los jarrones y las fuentes que hacía se vendían en un
abrir y cerrar de ojos.
Los grandes tiestos de flores que había en el patio de
la mezquita también eran obra suya, igual que el jarrón que decoraba el jardín
de la plaza del zoco y que en verano estaba lleno de rojos geranios.
La alfarería lo salvaba del aburrimiento, pero había
algo más que daba sentido a su vida: una pequeña radio que llevaba siempre
escondida en el bolsillo. Los aparatos de radio estaban prohibidos en la casa,
pues se consideraban impuros. Los verdaderos fieles jamás tocaban una radio,
porque esos aparatos eran portavoces del sah. Aquel pequeño artilugio estaba
fuera de lugar en la casa de la mezquita, pero Muecín había sabido esconderlo
de tal manera que se había convertido en un apéndice de su cuerpo.
La radio era un regalo de Nosrat.
Nosrat era un tipo especial, nadie sabía a qué se
dedicaba en Teherán. Algunos decían que trabajaba en un cine, pero ningún
miembro de la casa quería hablar de ese asunto. Otros decían que se ganaba la
vida como fotógrafo. Todos le tenían simpatía; siempre tenía historias que
contar, llevaba cosas nuevas a la casa y los sorprendía con sus extrañas
costumbres. Los habitantes de la casa veían en él una cara distinta de la vida.
Una de las veces que Nosrat había ido a la casa
durante la primavera, advirtió que Muecín siempre iba al río por la mañana
temprano. Un día, picado por la curiosidad, Nosrat fue tras él guardando una
distancia prudencial para que no oyera sus pasos. Cruzó el puente hasta llegar
a la otra orilla del río y atravesó viñedos y trigales. No había amanecido aún,
pero en cualquier momento apuntaría la luz del día. Siguió caminando entre los
almendros cuyas ramas se doblegaban por el peso de las flores. De pronto, Nosrat
perdió de vista a Muecín.
Se deslizó entre los árboles con cautela, pero seguía
sin verlo. Se detuvo junto a un árbol; todo estaba en silencio, pero
bruscamente despuntó el alba y un sinfín de pajarillos rompieron a cantar al
unísono. Fue una experiencia asombrosa. De pronto atisbó a Muecín entre los
almendrales, escuchando a los pájaros en silencio, con la cabeza ligeramente
ladeada. El aire estaba saturado por el fuerte aroma de las flores y las aves
celebraban la mañana con sus trinos. Apoyado en su bastón, como una estatua de
piedra entre los árboles, Muecín escuchaba.
Cuando los primeros haces de luz dorada alcanzaron los
almendros, los pájaros enmudecieron y, poniéndose en movimiento todos a la vez,
remontaron el vuelo en dirección a las montañas.
Una vez que los pájaros desaparecieron, Muecín regresó
a casa.
Aquella tarde, Nosrat fue a verlo a su habitación.
—Muecín, ¿tienes un momento?
—Pasa, pasa, siempre tengo tiempo para ti.
—Me gustaría que vieras algo, bueno, que lo oyeras.
Nosrat sacó una radio de la bolsa y la enchufó. Una
lucecita verde se encendió. Después hizo girar el dial hasta encontrar una
emisora musical y súbitamente una melodía resonó en la estancia. Nosrat cerró
la puerta.
—Escucha con atención.
Y Muecín obedeció. Se le veía aguzar el oído
rastreando los sonidos. Cuando la música terminó, soltó un hondo suspiro y
preguntó:
—¿Qué era eso?
—Una sinfonía. Lo que escuchabas esta mañana entre los
almendros también era una sinfonía, la sinfonía de las aves. Y lo que acabas de
oír es una sinfonía compuesta por los hombres. Te vi esta mañana entre los
árboles, escuchando a los pájaros. Creo que necesitas esta música.
En su siguiente visita, Nosrat le llevó a Muecín una
pequeña radio de bolsillo.
—Ahora podrás escuchar música día y noche, y también
las noticias y hablar a otra gente.
—¿Una radio en la casa? ¿Qué voy a decirle a Aga Yan?
—Eres un hombre hecho y derecho, métela en el bolsillo
de la chaqueta y no digas ni una palabra, no tienes por qué ir dando
explicaciones a nadie de lo que haces y dejas de hacer. Y tengo otra cosa para
ti, algo que nadie de Seneyán ha visto aún —añadió mientras le daba dos finos
cables—. Son auriculares, te los pones en las orejas y escuchas la radio.
Quédate quieto un momento, te enseñaré cómo se ponen.
Muecín titubeó. Nosrat le guardó la radio en el
bolsillo, le pasó los auriculares por debajo del jersey y se los puso en las
orejas. Luego encendió la radio.
—¿La oyes?
—¡Sí! La oigo.
—¡Perfecto! Y ten cuidado, si alguien te pregunta, no
respondas nada.
Desde aquel día, Muecín iba por todas partes con los
auriculares puestos, y si alguien le preguntaba qué llevaba en las orejas, él
no contestaba. Al cabo de un tiempo, todos se acostumbraron a sus auriculares,
que se convirtieron en una suerte de prolongación de sus gafas oscuras.
Muerto Alsaberi, todos los hombres de la familia se
reunieron en el cuarto de fumar, sentados alrededor del juego de opio de Kazem
Kan, que también ellos usaban.
Las abuelas habían sacado las pipas de las cajas que
guardaban en el sótano y las habían puesto sobre las cenizas calientes.
Los hombres fumaban opio, bebían té, se llevaban algún
terrón de azúcar cande a la boca y evocaban sus recuerdos de Alsaberi mientras
exhalaban volutas de humo que se escurrían por la ventana entreabierta.
Las mujeres se instalaban cómodamente en el comedor y
fumaban con narguiles. Zinat era la única ausente. Tras la muerte de Alsaberi,
solía pasar muchas horas leyendo en la biblioteca de la mezquita. Aga Yan lo
sabía y la dejaba hacer.
Al atardecer, los hombres salían a dar un paseo por el
río y luego volvían a la mezquita para escuchar a Jaljal.
Durante las últimas semanas, Jaljal se había encargado
de dirigir la oración de los viernes, pero hasta entonces se había limitado a
pronunciar sermones sencillos, a modo de introducción, para los que elegía
temas deliberadamente neutrales. Aguardaba con paciencia a que llegara el
momento adecuado para demostrarle al zoco quién era él y cómo, si se daba el
caso, era capaz de utilizar el almimbar como un cañón. Pero su hora no había
llegado aún y debía esperar con calma hasta que la sombra de Alsaberi se hubiera
disipado y él se hubiese ganado poco a poco la confianza de la gente. Aquella
noche hablaría de Alsaberi y de la larga historia de la mezquita. Aga Yan le
había proporcionado los documentos necesarios y los había estudiado con
detenimiento.
Después del paseo, los hombres hicieron sus abluciones
en la alberca y se encaminaron a la mezquita para no llegar tarde. Era una
tradición que los hombres de la familia se apostasen en la puerta del templo
para recibir a los demás fieles.
Las abuelas habían avisado varias veces a las mujeres
para que fueran a la mezquita, pero ellas seguían en el comedor tomando té,
comiendo fruta y fumando con el narguile. Al recibir la última advertencia de
Aga Yan, las dos ancianas corrieron por la estancia, apremiándolas sin
miramientos:
—¡La oración, señoras! ¡La oración! Hay cientos de
mujeres en la mezquita esperándoos y vosotras seguís aquí con los narguiles.
¡Daos prisa o Aga Yan vendrá personalmente a buscaros!
Fagri Sadat se echó por encima su velo negro y las
demás mujeres fueron tras ella. Zinat salió de la biblioteca y se sumó a la
comitiva.
El único que todavía no había llegado era Nosrat, pero
siempre se presentaba de forma inesperada y sin previo aviso. De pronto
aparecía en el patio junto a la alberca o lo veían rondando por las estancias
con su cámara para sacarles fotografías cuando menos lo esperaban.
Nosrat no pudo asistir al entierro de Alsaberi; no
habían podido localizarlo por teléfono y cuando recibió el telegrama era ya
demasiado tarde. Pero aquel día le había asegurado a Aga Yan que llegaría a la
mezquita puntualmente.
Todos se habían ido y la casa estaba en silencio. Las
abuelas fueron a lavarse las manos y la cara en la alberca y se sentaron en un
banco debajo de la farola.
—No tengo ganas de ir a la mezquita —dijo Jolbanú.
—Descansemos un rato aquí antes de que todos regresen
—repuso Jolebé.
Desde la muerte de Alsaberi ya no tenían nada que
hacer en la biblioteca. No contaban con la confianza de Jaljal y no se atrevían
a entrar allí cuando él estaba presente. Alsaberi había hecho de la biblioteca
el dominio privado de las abuelas, pero Jaljal les había arrebatado aquel lugar
y sólo por eso ya no les caía bien. Las dos suspiraban por el día en que Ahmad,
el hijo de Alsaberi, acabara sus estudios y se convirtiese en el nuevo imán de
la mezquita.
—Alsaberi era como una perla que cayó de nuestras
manos —suspiró Jolebé—. Jaljal es arrogante, se pasea por la casa como si fuera
un sultán, se mantiene distante de todos y ni siquiera se sienta con los demás
hombres. En esta casa nunca ha habido un imán tan pagado de sí mismo. Se
encierra en la biblioteca y espera que hasta Kazem Kan vaya a saludarlo. Aga
Yan lo caló bien desde el primer momento, fue muy juicioso por su parte
obligarlo a que fuera a Qom a buscar sus papeles.
Las abuelas se sentían heridas en lo más hondo y la
muerte de Alsaberi las había hecho más conscientes de la proximidad de su
propia muerte. De momento, los días aún les resultaban soportables pues andaban
muy atareadas por la muerte del imán, pero ¿qué harían después, cuando todos
los huéspedes se hubieran ido?
Desde que Jaljal había tomado posesión de la
biblioteca, estaban condenadas a pasar día y noche en la cocina las dos solas,
aunque no era lo que ellas querían. No se contentaban con confinarse en la
cocina; sin la biblioteca, la casa estaba muerta para ellas.
En varias ocasiones pensaron acudir a Aga Yan para
expresar sus preocupaciones, pero sabían que no serviría de nada: la muerte del
imán había marcado el final de una época. A veces iban al baño vacío del imán y
juntas lloraban en silencio.
Kazem Kan era su última esperanza, pero él también era
un anciano y lo acechaba la muerte. Cuando él se fuera, la luz se apagaría para
ellas definitivamente.
Las abuelas permanecieron un buen rato en silencio,
sentadas en el banco. Era una noche clara, las estrellas empezaban a salir y se
oía el chillido de los murciélagos. Si en ese momento un desconocido se hubiera
asomado por el tejado de la mezquita para mirar el patio, probablemente habría
tomado a las abuelas por un par de estatuas decorativas de la alberca. Quizá se
habrían quedado dormidas, de no ser porque alguien rompió el silencio en aquel
instante. Jolebé oyó un ruido en la oscuridad, detrás de los árboles.
—¿Has oído lo que yo? —le susurró a Jolbanú.
Pensaron que tal vez Kazem Kan se había quedado en su
cuarto en lugar de acudir a la mezquita.
Se dirigieron con sigilo hasta el cuarto de fumar,
pero la puerta estaba cerrada con llave. Se oyó una tenue risa femenina en el
patio.
—¿Qué ha sido eso?
Se situaron detrás del gran cedro y escucharon
atentamente los ruidos de la noche. La mujer volvió a reír por lo bajo y la
puerta del cuarto de invitados se abrió.
—Será Nosrat —musitó Jolebé.
—¡Dios Santo!
En ese instante vieron claramente una silueta bajo la
luz de la habitación y reconocieron la sombra de Nosrat.
—¿Cuándo habrá llegado, cómo es posible que no lo
hayamos visto? ¿Y quién es esa mujer? —dijo Jolebé.
Una mujer envuelta en un velo negro apareció
fugazmente a la luz amarillenta de los minaretes de la mezquita y volvió a
desaparecer en la oscuridad.
—Tal vez sea esa de Teherán.
—No, ese bribón no está mucho tiempo con la misma
mujer. La de Teherán era bajita, pero ésta es alta y lleva velo. Es muy
distinta.
—¿Qué van a hacer?
—No entiendo nada.
Nosrat fue con la mujer hasta la escalera que conducía
a la azotea de la mezquita.
—¡Ven aquí, cielo! —le susurró a la mujer.
—No, no te sigo, no me atrevo —repuso ella con una
risita.
—No tengas miedo, nadie nos verá, todos están rezando
y la casa está vacía —le aseguró Nosrat.
—¿Por qué querrá llevarla a la azotea? —se asombró
Jolbanú.
—Ni el mismo diablo sabe lo que se propone —contestó
Jolebé.
Se produjo un silencio antes de que la pareja
apareciese de nuevo en el tejado. Las abuelas se acercaron con cuidado a la
escalera y subieron los peldaños con mucho tiento; se aproximaron a la cúpula
gateando y se escondieron detrás.
Nosrat abrió el postigo de un minarete, desde donde
uno podía encaramarse a lo alto del mismo por una angosta escalerilla.
—¡No me atrevo! —se resistió la mujer.
—No tengas miedo, será una experiencia deliciosa.
Prometiste que me acompañarías. Ven, quiero llevarte a lo alto del minarete.
Quiero besarte y poseerte bajo la sagrada luz verde —susurró Nosrat.
—No voy, todos nos verán.
—No temas, te aseguro que nadie podrá vernos una vez
allí —la animó mientras la ayudaba a escalar.
—No lo haré, no me atrevo, no quiero —volvió a
resistirse ella entre risitas.
En cuanto ella subió el primer peldaño, Nosrat se coló
también en el minarete y cerró el postigo desde dentro.
Las abuelas, aún escondidas detrás de la cúpula, se
miraron azoradas.
—¡Dios mío, Santo Dios! —farfullaron las dos.
Nosrat y la mujer reaparecieron en lo alto del
minarete bañados en la verdosa luz. Sus sombras se reflejaban en la pared del
otro lado de la mezquita. El viento jugueteaba con el velo negro de ella y lo
hacía ondear como una bandera sobre el alminar.
—No lo hagas —dijo la mujer en un suspiro, pero desde
allí arriba su voz resonó por toda la mezquita.
La sombra de Nosrat hacía movimientos rítmicos en la
pared. Con las manos sobre la boca, las abuelas temblaban por lo que sus ojos
estaban viendo. De pronto, Nosrat empujó a la mujer contra el borde del
minarete hasta que ella gritó riendo:
—¡No hagas eso! ¡Me voy a caer!
Su risa resonó en el templo, pero quedó ahogada por
las palabras de Jaljal que salían por los altavoces. La mujer volvió a
suspirar. De pronto todo se sumió en un inesperado silencio y las sombras
desaparecieron.
Las abuelas se deslizaron furtivamente por la escalera
hasta el patio. Una vez en su cuarto, extendieron las alfombrillas de la
oración, se cubrieron con los velos y se arrodillaron en dirección a La Meca.
Sermón
Durante los primeros meses, Jaljal se mostró comedido
en la mezquita; sabía que informadores de la policía acudirían a escuchar sus
sermones para saber a qué atenerse con él.
En el trato diario, Jaljal era incapaz de ganarse la
confianza de la gente, que lo tomaba por un imán frío y esquivo, pero cuando
subía al almimbar se transformaba en otra persona. Era elocuente, sonreía a
menudo y empleaba buenas dosis de humor, con lo que daba gusto oírlo hablar.
En sus primeros sermones eligió temas neutrales. Solía
escoger un sura del Corán e intentaba comentar la parte narrativa e histórica
del texto. A veces iba más allá y admiraba la fuerza de la lengua y la prosa
poética de los versos. Ponía ejemplos y leía melodiosas aleyas con su hermosa
voz.
El público disfrutaba con sus disertaciones, pues la
mayoría de los asistentes a la mezquita no sabía leer el Corán y menos aún
entenderlo. El Corán estaba escrito en árabe y en el país se hablaba el persa,
que era muy distinto del primero. Además, el Corán había sido escrito mil
cuatrocientos años atrás y en los suras había infinidad de alusiones históricas
indescifrables para quienes no poseían los conocimientos adecuados.
Pero Jaljal conocía muy bien el contenido de los suras
y era capaz de explicar el texto a los legos con una sencillez asombrosa. Los
informantes de la policía lo consideraban ocurrente y estaban satisfechos con
él, de manera que enviaron informes favorables sobre sus sermones.
También el zoco estaba satisfecho con él. Valoraban
sus conocimientos históricos y su talento narrativo, pero había algunos que
esperaban más de Jaljal y así se lo hicieron saber a Aga Yan.
—Sólo es un imán suplente —les dijo él—. No puedo
exigirle mucho. Dentro de un par de años, el hijo de Alsaberi habrá terminado
sus estudios, entonces tendremos un imán fijo y sabremos a qué atenernos.
Al final, Jaljal supo ganarse el corazón de toda la
gente con temas nuevos y sorprendentes. A veces contaba cosas de las que nadie
había oído hablar jamás. Últimamente les había hablado de las aves migratorias,
un tema que nunca se había tratado en la mezquita. Les contó que las aves
migratorias siempre encontraban la manera de regresar a su casa y encontrar su
antiguo nido, incluso los recién nacidos, les dijo, eran capaces de volar por
rutas desconocidas hasta que al final daban con el nido paterno.
Los fieles lo escuchaban admirados mientras él les
hablaba de la jerarquía del poder en el mundo de las hormigas y sobre su
eficiente forma de trabajar en equipo. Les mostraba el poder de Dios.
Aga Yan apreciaba la frescura de su mirada y se
alegraba de que con sus temas modernos consiguiera arrastrar a los más jóvenes
a la mezquita. Se había fijado en que el número de chicos y chicas crecía sin
parar en la oración de los viernes.
Jaljal había aprendido algo de inglés y, aunque no lo
hablaba demasiado bien, sí podía leer textos escritos en esa lengua. Compraba
una revista científica en inglés y se pasaba horas en la biblioteca intentando
descifrar el artículo con la ayuda de un diccionario. Después añadía su propia
opinión al respecto y con todo ello lograba un sermón fascinante.
En una de sus intervenciones había hablado de los
aviones y de la historia de la aviación. Elogió a los hermanos estadounidenses
Wilbur y Orville Wright por sus valientes intentos para lograr volar como los
pájaros, pero a renglón seguido añadió que no fueron los estadounidenses los
primeros en volar, sino los persas. Y en clave de humor añadió que Estados
Unidos siempre quería ser el primero en todo.
—Estados Unidos empezó a volar hace cincuenta o
sesenta años, pero las raíces de la historia de la aviación se hallan
profundamente arraigadas en nuestra tierra. Hace muchos años, uno de los
antiguos reyes persas, Namrud, decidió que quería volar. Tenía tanto poder que
pensó que podía lograr todo lo que se le antojara, incluso competir con el
mismísimo Dios. Así que decidió ascender por los aires para enfrentarse a Él.
Ordenó a los sabios de su reino que le construyeran un artefacto para volar.
Ellos idearon algo espectacular, una especie de avión primitivo, un carruaje
especial. Ataron cuatro fuertes águilas con gruesas y largas cuerdas que
aseguraron después a un trono real hecho de paja. Namrud empuñó su espada y se
sentó en la peculiar silla. Pusieron cuatro trozos de carne encima de las
cabezas de las águilas, que empezaron a batir las alas para apoderarse de la
carne y así fue como el trono de paja se elevó por los aires y surgió el primer
aparato volador.
En otra ocasión, Jaljal habló de Einstein y de su
teoría sobre la velocidad de la luz. Ninguno de los presentes había oído hablar
de Einstein, ni siquiera imaginaban que la luz poseyera velocidad y, por
supuesto, no tenían ni idea de que ésta fuese de 300.000 kilómetros por
segundo.
Jaljal, consciente de la ignorancia de sus oyentes,
empezó el sermón con una cita en inglés para causar impresión. Probablemente
era el primer imán del país que pronunciaba palabras en inglés desde el
almimbar.
—Einstein dijo: One
thing I have learned in a long life: that all our science, measured against
reality, is primitive and childlike… and yet it is the most precious thing we
have. —No explicó el significado de aquellas palabras, sino que se limitó a
explicar lo que él había entendido de la teoría de la luz—. Imaginad que tenemos un avión que vuela a una
velocidad de trescientos cuarenta mil kilómetros por segundo. Imaginad que ese
avión está sobre el tejado de la mezquita, listo para volar con un grupo de pasajeros.
Imaginad que elegimos dos grupos, uno de chicos entre doce y quince años y otro
de chicas de la misma edad.
»Dejamos a las muchachas aquí en la mezquita y
enviamos a los chicos al avión como pasajeros. El piloto arranca el motor, el
avión se pone en movimiento y se lleva a los muchachos al espacio. No olvidemos
que el avión vuela a la velocidad de la luz. Ahora fijaos bien. Si los chicos
se pasan tres horas volando por el espacio y vuelven a aterrizar en la azotea
de la mezquita, habrán estado fuera tres horas según sus relojes. Los chicos
bajarán del avión y entrarán en la sala de oración y cuando descorran la cortina
para ver a las chicas no darán crédito a sus ojos. Todas las muchachas se
habrán convertido en unas ancianas desdentadas.
Todos se miraron sin entender una palabra de todo
aquello. ¿Cómo era posible que en esas tres horas ellas hubiesen envejecido
tanto?
—La luz, la velocidad de la luz. Cuando uno vuela a la
velocidad de la luz, está sometido a una lógica totalmente distinta. De ahí la
cita: Todas son señales de Dios. Poder sobre poder. Luz sobre luz —explicó
Jaljal.
Jaljal también se había hecho muy popular en la ciudad
y su reputación crecía entre los jóvenes. Y atraía la atención de las mujeres.
A pesar de que estaba casado, siempre se lo veía por
los pasillos de la mezquita rodeado de mujeres jóvenes con velo. Le daban
cartas de amor a hurtadillas que él no miraba sino que se limitaba a guardarlas
en la túnica.
—Es usted un imán muy apuesto —le dijo una mujer al
cruzarse con él en el pasillo.
—Querría irme al espacio con usted en el avión de
Einstein —le dijo otra al verlo pasar.
—Huele tan bien... ¿dónde compra ese perfume? —le
preguntó una muchacha en la penumbra sin mostrarle el rostro.
—Está muy guapo con el turbante un poco ladeado
—susurró otra.
En la mezquita, los hombres y las mujeres estaban
separados por una cortina que atravesaba la estancia de punta a punta. El
almimbar quedaba justo en medio y a cierta altura. Las muchachas jóvenes se
sentaban en las primeras filas para ver mejor a Jaljal. Él disfrutaba de la
atención que le prodigaban y esperaba pacientemente a que llegara el día del
nacimiento del profeta Mahoma, en el que les mostraría su verdadero rostro.
Pues la tradición mandaba que ese día se hablara de temas esenciales. No era casualidad
que la mayoría de los acontecimientos históricos en la ciudad santa de Qom se
hubiesen producido en esa fecha tan señalada. Todos se morían de curiosidad por
saber lo que contaría Jaljal.
El día del nacimiento del Profeta, Jaljal entró en la
sala de oración acompañado por Aga Yan y Shabal. Tomó asiento en su silla y
tras unos breves instantes de silencio, entonó el melodioso sura de Al Zalzala:
Eza zolzolet alarzo zalzala…Cuando sea sacudida la tierra por su terremoto,Y los hombres parezcan
mariposas dispersasY las montañas copos de lana cardadaY el hombre se
pregunte:«¿Qué es lo que le pasa?»,Ese día contará sus noticias.El tono de
Jaljal era distinto del habitual. Sus palabras resonaban con más fuerza que
nunca.
La mezquita estaba abarrotada y los presentes lo
escuchaban con atención.
—El imán Alsaberi nos dejó hace ya algún tiempo, pero
la mezquita ha permanecido. Llegará el día en que también nosotros nos habremos
ido, pero la mezquita seguirá aquí. ¿Es eso cierto? ¿Permanecerá la mezquita
eternamente? No, ni siquiera la mezquita permanecerá por los siglos de los
siglos. Los imanes pasan, las mezquitas pasan, lo que queda es la voz.
Los hombres se miraron extrañados. Aga Yan miró a
Shabal:
—¿Qué está diciendo? ¿Qué quiere decir con eso de que
lo que queda es la voz?
Pero Jaljal tenía razón, se dijo Aga Yan. Ya nadie se
acordaba de Alsaberi y tampoco de sus palabras, porque no significaban nada. El
padre de Alsaberi había sido muy distinto: un imán extraordinario que sabía dar
enardecidos discursos; alguien que pretendía influir y cambiar los hechos, que
se atrevía a llamar las cosas por su nombre. En los años que fue el imán de la
casa, tuvo en sus manos las riendas de la ciudad y con un solo gesto era capaz
de lograr que el zoco en pleno se pusiera en marcha. El padre de Alsaberi
llevaba varias décadas muerto y sin embargo su voz había permanecido, su voz
seguía perviviendo en la memoria de la ciudad.
En una ocasión, el día del nacimiento del profeta
Mahoma, pronunció un encendido discurso contra Reza Kan, el padre del sah,
después de que éste hubiese prohibido el velo y sus soldados detuvieran a las
mujeres que lo usaban y las condujesen a las comisarías. El padre de Alsaberi
fue arrestado y desterrado a la ciudad de Kashán. Después los agentes sellaron
la puerta de la mezquita.
Aga Yan recordaba aquel día como si fuese ayer. Unos
camiones del ejército aparecieron inesperadamente delante de la mezquita y de
él saltaron soldados armados. Acto seguido, llegó un jeep con un oficial del
ejército. Bajó del vehículo con una fusta debajo del brazo, entró en la
mezquita profanando la sala de oración con sus botas y pretendió arrestar al
anciano imán y conducirlo a la prisión.
Aga Yan, que por entonces era un muchacho y acababa de
ponerse al frente de la mezquita, se dirigió al oficial con mucho aplomo.
—Si sale usted de la mezquita, el imán saldrá y lo
acompañará por propia voluntad, pero, si no lo hace, me temo que estallará una
auténtica revuelta. Queda usted advertido.
Habló con tal claridad y firmeza que no dejó lugar a
dudas. El oficial miró a los fieles que se habían apostado alrededor del imán.
Había captado el mensaje. Y poniendo la punta de su fusta contra el pecho de
Aga Yan, masculló:
—Tráeme al imán. ¡Esperaré fuera! —Salió de la sala de
oración y se quedó ante la puerta.
Aga Yan acompañó al anciano imán con la cabeza bien
alta hasta el jeep del oficial, seguido por innumerables fieles. El oficial le
hizo tomar asiento en el vehículo y se puso personalmente al volante. Después,
los soldados desalojaron a los fieles de la mezquita y sellaron la puerta. Tres
años más tarde, cuando Reza Kan se vio obligado a abandonar el país a
instancias de los británicos y exiliarse en Egipto, la mezquita volvió a
abrirse.
Aga Yan sonrió y esperó con curiosidad lo que Jaljal
iba a decirles. El imán permaneció un buen rato en silencio, observando a los
presentes. De pronto y sin que viniese a cuento después de lo que acababa de
decir, soltó la palabra «¡América!». Fue como si hubiese arrojado una piedra
contra el silencioso público, los murmullos se desataron a ambos lados de la
cortina. Aquella palabra estaba prohibida en las mezquitas y tenía serias
implicaciones políticas. América no era el mismo país que el resto del mundo
conocía, aquella América era inmunda, era el enemigo directo del islam.
Después de que el joven sah hubiese huido, faltó poco
para acabar con la monarquía que durante dos mil quinientos años había
gobernado el país, pero los agentes de la CIA lo habían devuelto al poder con
un golpe de Estado. Desde entonces, los ayatolás hablaban de América como si
fuese Satán y desde las mezquitas se alentaba el antiamericanismo. Cuando un
religioso ponía en sus labios la palabra «América», era tanto como decir:
«¡Fuera Satán! ¡Fuera los americanos!»
—Los tiempos están cambiando. Reza Kan se ha ido, ha
desaparecido, pero América sigue presente en todas partes. En Teherán. ¡En Qom!
—proclamó Jaljal.
Había dicho algo pero no había dicho nada. En cierto
modo se había limitado a hacer una constatación inocente: «Los tiempos están
cambiando. América está presente en todas partes.»
Los hombres sabios de la ciudad sopesaron aquellas
palabras como si fuesen oro y se dijeron que el imán era astuto como un zorro.
Sabía cómo decir sus palabras en un orden determinado para darles mayor
énfasis.
Jaljal volvió a escrutar a los fieles. Todos esperaban
en vilo sus siguientes palabras. Rompió el silencio con apenas dos palabras:
—¡Alá, Alá!
¡Aquellas dos palabras podían significar tantas cosas!
Cuando uno sentía admiración, exclamaba «¡Alá, Alá!», pero también gritaba
«¡Alá, Alá!» si caía en desgracia. Y sin embargo, Jaljal las había utilizado en
un contexto distinto. El hecho de haber mencionado Qom y América en una misma
frase, le daba un sentido especial a aquel llamamiento. ¡Qom! ¡América! ¡Alá,
Alá! Era como si hubiese disparado dos tiros en plena mezquita. Jaljal cambió
el derrotero de su sermón y empezó a recitar el sura Al Fath.
Los ves inclinados,
postrados o prosternadosbuscando el favor y la satisfacción de Dios.Su
distintivo está en sus rostroscomo huella de prosternación.Ésta es la
descripción de los creyentes dada en el Pentateuco,su descripción en el
Evangelio:son semilla que, habiendo dado su brote,le da fuerza, engorda y se
afirma sobre su tallo: admira al agricultor.Aga Yan miró a Shabal. Jaljal
no siguió hablando de Al Fath sino que pasó casi inadvertidamente a la aleya Al Rum
(Roma):
Los romanos han
sido vencidosen los confines de la tierra.Ellos, después de su derrota, serán
vencedoresdentro de algunos años.Entonces se alegrarán los creyentes.Él es el
Poderoso, el Misericordioso.Y
así concluyó su intervención. Había sido un sermón muy ambiguo que cada uno
podía interpretar como quisiera. Había hablado de forma que los servicios
secretos no pudiesen hacer nada contra él. Había empezado con el profeta Mahoma
y había deslizado la palabra «América» para acabar con la decadencia de los
romanos. Estaba claro que todavía no quería mostrar abiertamente hacia dónde
iba y lo que se proponía.
Aga Yan intuyó que a la mezquita le aguardaban tiempos
muy azarosos, algo que llevaba ya esperando desde hacía mucho.
Jaljal se puso en pie y se retiró del almimbar.
Centenares de fieles permanecieron delante de él. Aga Yan se acercó al imán, lo
abrazó, lo besó en el hombro izquierdo y lo escoltó hacia la salida con
orgullo.
El cine
Jodaya to busideie hiti gahLabbe sorge fame zaniMast
ra?Be pestane kaelshZadi dast ra?
Dios, ¿has besado
alguna vezlos labios de unamujer bebida?¿Has acariciadosus pechosaún tiernos?
El poema estaba encima del escritorio de Jaljal. Aga
Yan, que pasaba casualmente por allí, vio el papel, lo cogió y lo leyó. No daba
crédito a sus ojos. «Jodaya to busideie
hiti gah…»
Era un poema chocante. Dios, besar, mujer bebida,
pechos tiernos… y en el escritorio de Jaljal. El nombre del poeta estaba en un
extremo del papel: Nosrat Rahamani, pero a Aga Yan no le sonaba de nada. ¿Quién
podía ser? ¿Quién era el que se atrevía a poner sobre papel tamañas blasfemias?
«Las cosas se nos han ido de las manos», pensó Aga
Yan. El sah fomentaba aquella degeneración, pero ¿para qué necesitaba Jaljal
esa basura? ¿Y por qué se había llevado algo así a la biblioteca? Sobre el
escritorio había otros poemas y se puso a leerlos. Le llamó la atención uno de
ellos por estar escrito por una mujer:
Mis labios
sedientos te buscan.Desnúdame.Abrázame.Aquí están mis labiosAquí están mi
cuello y mi pecho ardienteAquí está mi suave cuerpo.Oyó las pisadas de Jaljal en el patio y no pudo acabar
de leer los versos. Volvió a dejarlos sobre el escritorio con precipitación, se
dirigió a la librería y simuló que buscaba algo.
Cuando Jaljal entró, Aga Yan sacó un volumen del
anaquel, salió atropelladamente de la biblioteca y se fue a su estudio con aire
pensativo.
No podía quitarse el poema de la cabeza, se le había
quedado grabado y no lograba concentrarse en su trabajo:
Aquí están mis
labiosAquí están mi cuello y mi pecho ardienteAquí está mi suave cuerpo.¿Quién sería aquella poetisa? ¿Tanto había cambiado el
país que hasta las mujeres podían hablar tan libremente de sí mismas y
expresarse de forma tan íntima sobre su cuerpo y sus sentimientos? ¿Y cómo era
posible que él no se hubiera dado ni cuenta? ¿Dónde estaban esas mujeres? ¿Por
qué no se cruzaba con ellas por la calle? ¿Qué aspecto tenían? ¿Dónde vivían?
¿Vivían todas en Teherán?
El sah… La culpa la tenían el sah y los americanos. Su
cultura entraba en las casas por la radio, la televisión, las películas. El
régimen hacía cuanto podía por alejar a los jóvenes de las mezquitas y
convertirlos en adeptos a las ideas del sah y sus secuaces. El monarca había
empezado una «revolución blanca». Había repartido un librito que recogía sus
proyectos para la patria. Quería erradicar el analfabetismo y para ello había
enviado a mujeres jóvenes a los pueblos, para que trabajasen de maestras. Se quitaban
el velo, se ponían una gorra y escalaban las montañas como si fuesen soldados
para construir escuelas en las aldeas más recónditas.
Sí, todo había cambiado, y Aga Yan no lo había visto
porque no quería verlo. El sah estaba decidido a industrializar el país y para
ello dio permiso a muchos inversores extranjeros para que montasen fábricas en
Teherán y las demás ciudades importantes del país. Tampoco Seneyán se había
librado de los nuevos avances.
Numerosos empresarios japoneses y europeos habían
sabido sacar tajada de aquella oportunidad. A las afueras de Seneyán estaban
construyendo una fábrica de tractores que daría trabajo a muchísimos jóvenes de
la ciudad y los pueblos circundantes. La gestión de la fábrica estaría en manos
de Mitsubishi, la conocida empresa japonesa fabricante de tractores. La idea
era diseñar un modelo de tractor pequeño que los agricultores pudieran emplear
en la montaña. Gracias a una subvención estatal, todos los campesinos se
beneficiarían de uno de aquellos tractores. Y de esa forma Mitsubishi ataba a
los aldeanos al sah.
No, Aga Yan no estaba al tanto de todo aquello, se
había quedado rezagado, no escuchaba la radio y jamás había tenido un
televisor. Debería haber visto en la pantalla a Farah Diba, la esposa del sah,
para comprender lo que estaba pasando en el país.
Farah Diba se había empleado a fondo para dar un nuevo
rostro a la mujer del país. Aga Yan no sabía que era muy querida entre las
mujeres, también entre las que frecuentaban las mezquitas. Era la tercera
esposa del sah y la primera en darle un hijo varón, el príncipe heredero. De
sus dos mujeres anteriores sólo había tenido hijas. La pareja se había conocido
en una fiesta en París, donde Farah Diba estaba estudiando.
Convertida ya en reina del país, Farah Diba decidió
mejorar la posición de las mujeres y sacarlas de la cocina. Y por el momento
parecía que todo estaba saliendo a la perfección y que el sah había logrado
mantener a raya a los ayatolás y recluirlos en las mezquitas. De modo que Farah
Diba se iba tranquilamente a París todas las semanas para hacer sus compras en
las mismas boutiques que frecuentaban las estrellas de Hollywood. Mientras el New York Times afirmaba que el país era
un oasis de paz durante el reinado del sah, Farah Diba acudía a una clínica
parisina para darle un toque francés a su nariz persa, y regresaba a la patria
luciendo un nuevo peinado.
Ningún periódico se atrevió a hacer comentarios sobre
su nariz, pero su nuevo peinado fue imitado inmediatamente por todas las
mujeres del país que acudieron en masa a las peluquerías. El peinado de Farah
estaba en boca de todas, hasta Fagri Sadat, la esposa de Aga Yan, se había
hecho un corte farahi, o sea al
estilo de Farah, aunque Aga Yan no se hubiese dado cuenta.
Estaban construyendo un hospital para mujeres en
Seneyán. Las últimas estadísticas revelaban que las mujeres que vivían en las
ciudades y aldeas más religiosas sufrían más dolencias que el resto de la
población femenina, pero se negaban a que las visitasen médicos varones. Por
ese motivo, las autoridades de esos lugares habían decidido abrir clínicas en
las que sólo trabajase personal femenino. El de Seneyán sería el primer gran
hospital de mujeres del país. El consejo real de Farah Diba había apoyado la iniciativa
y la reina en persona tenía previsto desplazarse a Seneyán para inaugurar el
hospital.
Jaljal sí seguía los perceptibles cambios que
acontecían en el país y poco a poco empezó a comentar en sus sermones los
asuntos cotidianos de Seneyán. Hacía poco, había criticado al alcalde por no
dotar a la ciudad de una buena biblioteca, mientras que en los quioscos se
vendían novelas americanas baratas a los jóvenes, como si se tratase de
literatura.
En otra ocasión, se despachó a gusto contra el pequeño
teatro de la ciudad donde se había representado una obra que ridiculizaba a un
religioso. Era una obra pensada para los estudiantes y todos los días acudía al
teatro un grupo de alumnos de una escuela. Jaljal se puso furioso.
—Es una vergüenza para la respetuosa ciudad de
Seneyán. ¿Cómo se atreven a poner a un imán en el escenario para hacer reír a
los jóvenes? Yo le advierto al zoco que ha empezado una solapada ofensiva
contra el islam en esta ciudad. ¿Habéis revisado las carteras de vuestros hijos
para enteraros de las ideas sacrílegas que les inculcan en el colegio? ¿Estáis
al corriente de la poesía emponzoñada que obligan a estudiar a vuestras hijas
como si fuese literatura? Me temblaron las manos el día que leí algunos de esos
versos. Y por respeto a nuestras mujeres que se hallan al otro lado de la
cortina no hablaré del contenido de esos poemas. Le han declarado la guerra a
nuestra fe. No juguéis con fuego. Os lo advierto a todos. ¡No lo hagáis!
El alcalde oyó las duras palabras que resonaban desde
el almimbar, y para evitar que la cosa fuera a mayores, prohibió que la obra
volviese a representarse en el teatro.
El asunto aún no estaba olvidado cuando empezaron a
circular nuevos rumores de que estaba previsto construir un cine en la ciudad.
Un empresario que ya tenía un par de salas de cine en Teherán había comprado
los viejos baños públicos de Seneyán, que ya no funcionaban, para
reconvertirlos en un cine. Se trataba de un edificio monumental, un lugar único
para actividades culturales, el local ideal para una sala de cine.
Jaljal le hizo saber de inmediato al alcalde que un
cine en la ciudad religiosa de Seneyán era algo inaceptable, pero éste le
contestó que las autoridades municipales no habían tenido nada que ver en el
asunto y que la decisión se había tomado en Teherán. El Departamento de Cultura
de la monarquía había impulsado el plan como un proyecto especial, y contaba
además con la aprobación expresa de Farah Diba.
Cuando el propietario del futuro cine se enteró de que
Farah Diba tenía previsto viajar a Seneyán para inaugurar el hospital de
mujeres, decidió tenerlo todo dispuesto para pedirle que asistiera también a la
apertura del cine. Se puso en contacto con Teherán y finalmente se decidió que
la tarde en que la reina fuese a Seneyán, inauguraría también el cine. Pero en
vista de que Seneyán era una ciudad muy religiosa, se acordó mantener la
noticia en secreto hasta última hora.
Un soleado jueves, un impresionante helicóptero
apareció en la ciudad y dio tres vueltas sobre el zoco. Los estudiantes se
habían lanzado a las calles para ver pasar a Farah Diba en un coche
descapotable de camino al hospital.
Todos aplaudían y gritaban: «Yavid sah! ¡Viva el sah!» En ese mismo instante, aparecieron en el
cielo tres cazas de la fuerza aérea dejando una estela de humo con los colores
de la bandera nacional. Decenas de agentes de la policía secreta vestidos de
paisano se encontraban mezclados entre la multitud, y en todas las esquinas
había furgones del ejército llenos de soldados, listos para sofocar el menor
brote de disturbios.
Farah Diba saludaba sonriente a la muchedumbre. Una
brisa fresca jugueteaba con su cabello. Irradiaba poder. Mientras pasaba en el
coche, las maestras y el personal femenino del hospital se despojaron de sus
velos para mostrarle que iban peinadas igual que ella y prorrumpieron en gritos
de júbilo agitando sus velos al aire.
Las cámaras lo grababan todo para mostrar después por
televisión cómo las mujeres de la ciudad religiosa de Seneyán habían honrado a
Farah Diba, cómo la habían recibido con los brazos abiertos como ejemplo a
seguir.
Era el primer viaje que la emperatriz hacía a una de
las ciudades religiosas, y para el régimen constituía un indicador para saber
si podría acabar conquistando los bastiones más creyentes del país, contrarios
al régimen del sah. Y de momento todo había salido muy bien, tanto que las
cadenas de televisión no quisieron esperar a las ocho de la tarde para emitir
los boletines informativos del viaje y empezaron con la retransmisión en las
noticias de las seis. El acontecimiento se vio como un triunfo del régimen
sobre los ayatolás. Pero habían pasado por alto algo que a primera vista
parecía irrelevante.
Algunas jóvenes de Seneyán y futuras empleadas del
nuevo hospital estaban esperando en la puerta del edificio, vestidas con sus
uniformes blancos de manga corta. Cuando Farah Diba se apeó del coche real, los
fotógrafos se adelantaron y dirigieron las cámaras hacia las mujeres. Éstas
entregaron un espléndido ramo de flores a la emperatriz e inclinaron la cabeza
respetuosamente. Pero como las ropas que llevaban trasparentaban un poco, se
les adivinaban las bragas azul celeste. El zoco no daba crédito a sus ojos y,
tras enterarse de la noticia, Jaljal no pudo probar bocado.
Se puso furioso y lo consideró una agresión contra los
ayatolás y una provocación a la autoridad del zoco. Aquel incidente se había
producido en la ciudad donde él oficiaba de imán, y donde estaba la mezquita de
Yome, la más importante de todas. En su próximo sermón tendría que mostrar su
condena.
Aquella tarde sonó el teléfono de Aga Yan: alguien de
Qom quería hablar con Jaljal. Fue una conversación breve y unilateral en la que
Jaljal se limitó a escuchar. Sólo rompió el silencio al final para decir: «No,
no lo sabía. Sí, entiendo. De acuerdo, sé lo que debo saber. Usted también.»
Aga Yan no sabía de qué se trataba y tampoco le
preguntó a Jaljal el nombre de su interlocutor. Cuando más tarde miró hacia la
ventana de la biblioteca, vio a Jaljal paseándose arriba y abajo con inquietud.
La retransmisión televisiva sugería que Farah Diba
había regresado a Teherán después de la inauguración de la clínica, pero en
realidad no había partido aún, sino que se había trasladado a una histórica
fortaleza en las afueras de la ciudad.
La fortaleza, enclavada en los confines del desierto,
había sido reconvertida en posada, una especie de parador de las caravanas
donde antiguamente viajeros y mercaderes de la Ruta de la Seda solían detenerse
a pernoctar. Farah Diba había estudiado arquitectura en París y dirigía varios
proyectos de restauración de algunos monumentos históricos del país. La
rehabilitación de aquella fortaleza era uno de sus principales intereses. Más
tarde, tenía previsto regresar al centro para asistir a la apertura del cine.
El propietario del cine había mandado traer de
Teherán, especialmente para la ocasión, una película romántica estadounidense
que todavía no había sido proyectada en ninguna sala del país. No había
informado a nadie de la presencia real, sino que se había limitado a decir que
contarían con la asistencia de algunas importantes personalidades de Teherán.
Mientras Farah Diba se hallaba en la antigua fortaleza
y se disponía a sentarse a la mesa para comer y descansar un poco, Jaljal
recibía la llamada secreta en el despacho de Aga Yan.
A las siete, Jaljal estaba listo para ir a la
mezquita. Cuando Shabal fue en su busca para acompañarlo, lo notó inquieto.
—¿Pasa algo?
—No. ¿Por qué lo dices? —repuso Jaljal mientras salían
de la biblioteca.
—¿De qué vas a hablar en el sermón?
—Aún no lo he decidido, la presencia de esa furcia me
ha distraído.
Shabal habría querido preguntarle a quién se refería
con lo de «furcia», pero no se atrevió a repetir aquella palabra.
—¿Dónde está Aga Yan? —quiso saber Jaljal.
—En la mezquita.
Entraron en el templo. La sala de oración estaba
abarrotada, había más fieles de lo habitual. Probablemente sentían curiosidad
por conocer la reacción del imán ante la visita de Farah Diba.
Jaljal subió al almimbar y empezó a hablar con mucho
aplomo acerca de la mezquita y la función del imán; la mezquita como corazón de
la comunidad y el imán como la conciencia despierta de los fieles de la ciudad.
No mencionó la inauguración del hospital y tampoco la retransmisión televisiva
de la visita de Farah Diba, sino que dirigió todos sus dardos contra el cine.
—¡Tened cuidado! —los exhortó de pronto alzando el
dedo en actitud amenazadora—. ¡Pensad bien dónde os estáis metiendo! —Y tras
una breve pausa prosiguió—: En nombre de la mezquita, en nombre de la ciudad,
en nombre del zoco, os digo, os pido, os advierto que no sigáis adelante.
Detened vuestros diabólicos planes. Seneyán no es un lugar para la libertina
cultura americana. No es un antro de pecado. ¡Deteneos u os detendremos
nosotros!
—Alaho akbar!
—exclamó alguien.
—Alaho akbar!
—corearon los demás al unísono.
Nadie sabía lo que Jaljal pretendía con su sermón,
pero todos comprendían que estaba expresando su rabia por el hospital de
mujeres.
Los hombres del zoco miraron a Aga Yan con aire
satisfecho: valoraban muy positivamente la respuesta de Jaljal. También Aga Yan
se sentía orgulloso de él, pese a que intuía que el imán no permanecería mucho
tiempo en Seneyán. Era demasiado ambicioso para conformarse con ser un
religioso más; necesitaba espacio y seguramente se sentiría constreñido entre
las paredes del templo. Sin embargo, de momento aquella mezquita era un
excelente comienzo para él.
El propietario del cine estaba convencido de que
Jaljal hablaría en contra de su local, pero no temía sus declaraciones. Sabía
que los servicios secretos y la policía de la ciudad lo protegerían. Era jueves
por la tarde y lo tranquilizaba la idea de que los fieles estuviesen en la
mezquita escuchando a Jaljal a la misma hora de la inauguración del cine. Eso
le permitiría recibir a Farah Diba sin sobresaltos. Sin embargo, aquel hombre
no conocía bien a su adversario, pues Jaljal estaba bien informado y conocía la
hora exacta en que iba a celebrarse el acontecimiento.
El imán le echó un vistazo a su reloj; faltaba poco
tiempo, pero se relajó, se frotó la barba y sonrió. Aga Yan pensó que había
terminado de hablar del cine y que se disponía a cambiar de tema; suponía que
Jaljal se conformaba con expresar su amenaza de palabra, por eso se sorprendió
al oír cómo Jaljal empezaba a recitar impávido el encendido sura de Abu Lahab y
su esposa, a los que Dios interpeló con enojo.
¡Perezcan las dos
manos de Abu Lahab!¡Perezca él mismo!Ni su hacienda ni sus adquisiciones le
servirán de nada.Arderá en un fuego llameante,y su mujer acarreará la
leña,teniendo en el cuello una cuerda de fibras.¡Perezca Abu Lahab!
Por un momento, Aga Yan sintió que le faltaba el aire,
había comprendido de pronto que Jaljal planeaba algo más que proferir amenazas.
Abu Lahab era el tío de Mahoma, hermano de su padre.
También era el enemigo declarado del Profeta y el Corán. Durante la revelación
del islam, la noche en que Mahoma pronunció un parlamento ante los poderosos de
La Meca para convencerlos de su misión, Abu Lahab insultó al Profeta y abandonó
la reunión. Su esposa lo imitó, injuriando a Mahoma y refiriéndose al Corán con
palabras indecorosas. Y no contentos con eso, siguieron desacreditándolo en el
zoco y burlándose del Corán y de su Alá. Mahoma sufría lo indecible, pero no
podía hacer nada para evitarlo. Una noche, el sura de Abu Lahab le fue
revelado:
Tabat yada Abu LahabPerezca su mujer, la acarreadora de leña,teniendo en el cuello una
cuerda de fibras.¡Perezca Abu Lahab!Cuando
alguien recitaba el sura de Abu Lahab, todos comprendían de inmediato la
seriedad del asunto. Jaljal continuó:
Perezcan las manos
del hombre que ha comprado la antigua casa de baños de la ciudad.Perezcan las
manos del hombre que de la casa de baños pretende hacer un cine.Perezca la
puerta de la casa de baños.Perezcan las piernas de los hombres que en estos
momentos se hallan reunidos en la casa de baños.Y una cuerda en el cuello de
sus esposas que también se encuentren allí.Aga Yan se sintió incapaz de alzar la cabeza y mirar a
Jaljal a los ojos. Tenía la mirada clavada en las figuras de la alfombra y la
sensación de que Jaljal estaba detrás de él, empujándole la cabeza hacia abajo.
Jaljal lo había sorprendido y, aunque debería sentirse
contento, experimentaba sentimientos encontrados. ¿Por qué el imán no le había
dicho que pensaba hablar del cine? ¿Y a qué venía ese tono tan repentinamente
duro? ¿Beneficiaba a la mezquita aquella reacción? ¿Qué consecuencias podía
tener para el resto de la ciudad? Pero no era el momento adecuado para esas
consideraciones. Respiró hondo, alzó la cabeza y miró alrededor.
La mezquita se había sumido en un silencio sepulcral,
todos los presentes miraban expectantes a Jaljal.
—Llevo ya mucho tiempo advirtiendo a las autoridades y
también al nuevo propietario de la casa de baños, pero no han querido
escucharme sino que han seguido adelante con sus planes. Y esta noche piensan
emitir una pecaminosa película americana. ¡Precisamente esta noche! ¿Sabéis qué
día es hoy? ¡Hoy es el aniversario de la muerte de santa Fátima! Yo, Jaljal, el
imán de la mezquita, lo prohíbo. Yo, Jaljal, el imán de la mezquita de Yome,
prohíbo que se vaya al cine. Yo, Jaljal, con el Corán en las manos, sellaré las
puertas de ese antro de pecado —clamó, al tiempo que sacaba el Corán del
bolsillo.
—Alaho akbar!
Alaho akbar! Alaho akbar! —rugió la multitud.
—¡A la casa de baños! —los exhortó Jaljal.
Y se puso en pie y bajó con brío del almimbar. El
gentío lo siguió. Aga Yan, que no esperaba aquel giro de los acontecimientos,
estaba clavado en el suelo. Sentía que Jaljal lo había engañado, que le había
arrebatado la iniciativa. Pero aún no era demasiado tarde. Aga Yan tenía más
experiencia y debía intentar recuperar las riendas del asunto y salvaguardar la
reputación y el prestigio de la mezquita. Jaljal no importaba, sólo la mezquita
importaba. Se levantó y salió corriendo detrás del imán mientras llamaba a
gritos a Shabal.
—¡Corre! ¡No lo dejes solo! ¡Ve con él!
Los ánimos estaban tan crispados que era imposible
mantener a la gente bajo control.
«Yo sí podré —se dijo Aga Yan para sí—. Soy el único
que puede evitar el caos.»
Jaljal se hallaba ya camino del cine, enarbolando el
Corán sobre su cabeza, y los fieles iban tras él invocando el nombre de Dios.
Los agentes de la policía secreta, sorprendidos, echaron a correr en la
oscuridad, presa del pánico y gritando por sus transmisores: «¡Revuelta! ¡El
cine está en peligro!»
Dos coches patrulla llegaron despacio, pero los
agentes aún no se habían dado cuenta de las intenciones de la muchedumbre.
Había unos camiones militares bloqueando la calle que llevaba al cine. Soldados
armados se apearon y formaron un muro para contener a los manifestantes.
También apareció un helicóptero que volaba hacia el cine. El artefacto aterrizó
en medio del patio de la casa de baños para recoger a Farah Diba.
El coche del alcalde se detuvo delante de la entrada y
el hombre salió a todo correr hacia la multitud agitando los brazos. Buscó a
Aga Yan entre la masa de manifestantes y cuando lo halló, le gritó:
—¡En nombre de Dios, ¿qué estás haciendo?! ¡Has caído
en una trampa! ¡Contén a esta gente o habrá un baño de sangre!
—¿De qué protestas ahora? La alcaldía ya no hace caso
a la mezquita, insulta a toda la gente de esta ciudad trayendo un cine, ¿y tú
me amenazas ahora con un baño de sangre?
—No, no es eso, no me malinterpretes, no soy yo quien
te amenaza, te estoy pidiendo ayuda porque esto se nos va de las manos. —Y le
susurró—: Farah Diba está en el cine. Créeme, si esta gente sigue acercándose
al local, los soldados dispararán. ¡Haz algo! ¡Contenlos!
Los soldados bloqueaban el paso a los manifestantes, y
un oficial del ejército con un megáfono en la mano los conminó a que
retrocedieran. Pero Jaljal hizo caso omiso y, con el Corán en alto, pasó por
delante de él e intentó romper la barrera de soldados. El oficial fue tras él y
lo detuvo.
—He dicho que retrocedan o dispararemos —le advirtió.
—Pues disparen —le espetó Jaljal.
El oficial lo agarró del cuello y lo tiró hacia atrás.
—¡Como no retrocedas te lío el turbante al cuello y te
llevo a rastras! —le gritó en la oreja.
Sus palabras hicieron reaccionar a Jaljal, que lo
empujó con tanta fuerza que casi lo derribó. El oficial desenfundó su pistola,
pero Aga Yan obró con rapidez. Apartó a Jaljal y le gritó a Shabal que lo
sacara de allí. Mas el imán se zafó de las manos de Aga Yan y corrió hacia el
oficial. Aga Yan consiguió frenarlo justo a tiempo.
—¡Ya basta! ¡Detente!
Jaljal volvió a empujar a Aga Yan a un lado, pero éste
lo cogió de nuevo por el cuello.
—Nunca olvides que aquí quien manda soy yo. —Después
arrebató el megáfono de manos del oficial—. ¡Queridos ciudadanos! ¡Calmaos y
escuchad! ¡Tengo buenas noticias!
Se hizo el silencio.
—Acabo de hablar con el alcalde. Las autoridades
retiran sus planes: no habrá ningún cine en la ciudad. ¡Volved a la mezquita!
—Alaho akbar!
—aclamó la multitud.
El incidente había causado una profunda impresión en
los ciudadanos, que permanecieron largo rato en la mezquita. Aga Yan se sentía
satisfecho. La mezquita había emprendido una acción rotunda y él había sido
capaz de evitar que degenerara en una batalla campal. Había sido un ataque por
sorpresa contra los planes del sah desde un rincón inesperado, así como una
monumental bofetada a su primer ministro, que pretendía despojar a las ciudades
religiosas de su poder y darles a cambio una falsa cultura occidental. Al día
siguiente toda la prensa del país se haría eco del suceso: ¡Motín en Seneyán!
La mezquita de Yome de Seneyán había hecho valer su
voz una vez más. Los ayatolás de Qom apreciarían mucho el gesto y los imanes
hablarían de ellos en todas las mezquitas del país.
Era medianoche, todos se habían ido a sus casas, la
mezquita estaba vacía y el portero había echado la llave. Aga Yan estaba
escribiendo en su estudio.
«Después de un silencio, nuestra mezquita ha vuelto a
hacerse oír. Acaso nos hallemos otra vez en el viejo camino.»
Aún seguía escribiendo cuando dos coches aparecieron
por la mezquita. Uno de ellos aparcó bajo los árboles delante del edificio,
mientras que el otro siguió avanzando con las luces apagadas hasta el callejón
de la casa.
Tres agentes vestidos de paisano bajaron mientras el
conductor permanecía al volante. El jefe fue hasta la puerta y llamó, los otros
dos se quedaron junto al coche. Aga Yan oyó el timbre y presintió el peligro.
Había contado con que la policía pasaría al día siguiente por el zoco, pero no
que se plantarían en la casa a aquellas horas de la noche.
Las abuelas también oyeron que llamaban, pero
comprendieron que se trataba de algo excepcional y que no debían salir.
Esperarían la reacción de Aga Yan.
Shabal se dirigió apresuradamente al estudio de Aga
Yan.
—Será la policía —le informó éste bajando la voz—.
¡Avisa a Jaljal! ¡Debe irse de aquí! ¡Acompáñalo! ¡Por la azotea!
Jaljal esperaba a los agentes y aún estaba en la
biblioteca cuando sonó el timbre. Apagó la luz, salió del cuarto y subió la
escalera furtivamente.
Aga Yan se puso el abrigo y el sombrero y salió al
patio. Atisbó la silueta de Jaljal en la escalera y aguardó unos instantes
hasta que la vio desaparecer en la negrura.
El timbre volvió a sonar.
Las mujeres espiaban detrás de las cortinas sin perder
detalle.
—¿Quién es? —preguntó Aga Yan antes de abrir la
puerta.
—¡Abra!
Obedeció y a la luz de la farola vio al agente y a los
otros hombres que permanecían junto al coche. Supo de inmediato que se trataba
de agentes de la policía secreta. Los policías de la ciudad no se habrían
atrevido a llamar a su puerta a aquellas horas. Por sus modales, Aga Yan supuso
que eran agentes nuevos o procedían de otra región. No conocían a Aga Yan y ni
siquiera lo saludaron.
—Señores, ¿qué hacen ustedes en mi puerta en plena
noche?
—¡Buscamos al imán! ¡Tiene que acompañarnos! —le
espetó el jefe al tiempo que le mostraba la placa de policía.
La dureza de esas palabras convencieron a Aga Yan de
la gravedad del asunto. Para ganar tiempo, salió a la calle y cerró la puerta a
su espalda.
—El imán no está en casa —anunció—, pero si es urgente
pueden hablar con él mañana por la noche en la mezquita.
El jefe le ordenó de malas maneras:
—¡Deje la puerta abierta!
—No hace falta que grite, agente, todos están
durmiendo.
—¡Abra la puerta! —repitió mientras la aporreaba con
los puños.
—¡Compórtese, agente! Acabo de decirle que el imán no
está en casa. Ha salido. Y si no está, no está. Por la mañana irá a la
mezquita. ¿Me entiende usted o no? —recalcó Aga Yan en voz alta para que Jaljal
pudiese oírlo.
—Abra la puerta o le pego un tiro a la cerradura
—amenazó el policía echando mano a la pistolera.
En ese momento uno de los policías entró en el
callejón gritando.
—¡Está en el tejado! ¡Cogedlo!
Todos corrieron escaleras arriba, se detuvieron unos
segundos en la azotea y siguieron en dirección a uno de los minaretes.
Aga Yan hizo ademán de subir la escalera, pero uno de
los hombres se lo impidió.
—¡Quieto ahí!
Aga Yan fue entonces hasta el cuarto de huéspedes, se
detuvo en la penumbra debajo de los árboles y permaneció atento a los
acontecimientos.
—¡He visto una sombra detrás de la cúpula! —anunció
uno de los agentes desde la calle.
—¡Salga de ahí con las manos en alto! —gritó el jefe
en la azotea.
Aga Yan pensó que habían cogido a Jaljal y se situó
junto al viejo cedro para ver mejor la azotea. A la luz verdosa de los
minaretes vio al agente apuntando con la pistola hacia la cúpula, pero no vio a
Jaljal.
—¡Aquí no hay nadie! —gritó uno de los hombres.
—Acabo de ver una sombra, no puede estar muy lejos
—contestó el otro.
Aga Yan sintió un inmenso alivio y fue hasta la
alberca, a la luz de la farola.
—¡Agente! La sombra que acaban de ver en la azotea es
la del conserje de la mezquita. No sean tan malpensados. El conserje estaba
conmigo cuando ustedes llegaron. Proceden de otra parte del país y no conocen
esta mezquita. Nadie puede huir a través de la azotea si hay agentes en la
calle. Se lo mostraré. —Y subió a la azotea—. Les he dicho que el imán no está.
Ha ido a Qom con el último tren para asistir a una entrevista. Pueden llamar
ustedes a la estación si así lo desean. Los funcionarios lo ven muy a menudo.
No pongan las cosas más difíciles de lo que son. En la azotea no hay nada salvo
la cúpula y los minaretes. ¡Vuelvan a mirar si quieren y luego váyanse de aquí!
¿Me han oído?
El jefe no respondió sino que siguió iluminando varios
puntos de la azotea con la linterna.
—¡Quiten sus sucios zapatos de la azotea de la
mezquita y salgan de mi casa! —los conminó Aga Yan señalándoles la escalera.
Los agentes bajaron del tejado y volvieron al patio
refunfuñando.
—Ningún forastero había osado jamás entrar en esta
casa, y esta noche cuatro canallas han irrumpido aquí por la fuerza. ¡Ya he
tenido bastante, lárguense de aquí!
Pero el policía, sin mostrarse impresionado por las
duras palabras de Aga Yan, ordenó a sus agentes:
—Registrad todas las habitaciones. ¡Ahora mismo!
Los hombres entraron a saco en la casa.
—¡Shabal! —llamó Aga Yan. No hubo respuesta—. ¡Llama
al alcalde! —gritó de nuevo, aunque sabía de sobra que el muchacho había
seguido a Jaljal.
Corrió a su estudio y buscó el teléfono del alcalde.
—¡Haz que estos canallas se vayan de mi casa o saco el
arma que tengo en el sótano y los mato a todos! —le espetó.
Los agentes sacaron a empellones al ciego Muecín de su
cuarto para registrar la estancia.
—¡Bastardos! —masculló el anciano—. ¡Sois unos
bastardos! ¡Salid de mi habitación! ¡Idos todos de esta casa!
La puerta de la biblioteca estaba cerrada con llave.
—¡La llave! —gritó el agente.
—No hay ninguna llave —le dijo Aga Yan desde el otro
extremo del patio.
—¡Dame la llave o echo la puerta abajo!
Las abuelas salieron de la penumbra, abrieron la
puerta y encendieron la luz.
El hombre iba a entrar en la biblioteca cuando Jolbanú
lo interpeló.
—¡Quítate los zapatos! —Pero él no le hizo caso.
—¡Quítate los zapatos, canalla! —gritó Jolebé.
El agente, visiblemente impresionado por la antigüedad
de la biblioteca, se detuvo en el umbral, observó los venerables anaqueles y el
antiguo escritorio del imán y salió de nuevo.
Los otros policías entraron en el cuarto de las
alfombras, que estaba a oscuras. Había una alfombra a medio tejer colgada en la
pared. Miraron por detrás. Luego abrieron los grandes y antiguos armarios y
tiraron al suelo los carretes de lana. Enseguida se encaminaron hacia el cuarto
de fumar.
En ésas sonó el transmisor del jefe y éste fue a la
alberca para contestar. Pasados unos minutos, regresó.
—¡Muchachos, nos vamos de aquí!
Los agentes se reunieron en el patio, cerraron la
puerta y se fueron.
Aga Yan echó el cerrojo y apagó la luz.
—¿Queda algo de comer por ahí? Tengo hambre y sed —les
dijo a las abuelas.
Acababa de sentarse a la mesa cuando entró Shabal.
—¿Dónde está? —preguntó al muchacho.
—En la mezquita.
—En la mezquita ¿dónde?
—En la antigua cripta. El conserje se ha encargado de
todo —le informó Shabal.
—Está a salvo allí, pero los agentes volverán. No se
olvidarán de esto así como así. Vigilarán la mezquita. Debemos enviarlo a Qom.
En cuanto el conserje abra mañana las puertas de la mezquita para la primera
oración, esos tipos se meterán en el templo y no podremos impedírselo. Tenemos
que encontrar la forma de sacarlo de allí.
En ese instante llegaron las abuelas con una fuente de
plata. Extendieron una pulcra servilleta de algodón sobre el escritorio de Aga
Yan y colocaron encima un decorativo plato de porcelana con pan caliente y
queso. Al lado dejaron la antigua tetera de ribetes dorados llena de humeante
té con dos vasos; luego salieron de la estancia. Aga Yan miró a Shabal y
sonrió.
—Al parecer aprueban la actuación que tuvo usted —dijo
Shabal mientras Aga Yan le servía una taza de té.
—Anda, coge una silla y acompáñame. Nos queda mucho
por hacer; esta noche no dormiremos.
Cuando hubieron terminado de comer, Aga Yan fue a su
estudio y regresó con un montón de cosas. Dejó sobre la mesa unas tijeras, un
sombrero y un traje para Shabal.
—Tengo un plan. Dentro de un rato saldré a la calle y
me quedaré en la acera, delante de la mezquita, como si estuviese esperando a
alguien. Los agentes lo estarán vigilando todo desde sus coches, de modo que
intentaré distraer su atención. Mientras tanto, tú coge las tijeras y el traje
y ve a la mezquita por la azotea. Ayuda a Jaljal a recortarse la barba y dile
que se ponga el traje y el sombrero. En cuanto amanezca, los fieles acudirán al
rezo y, después de lo de ayer tarde, la asistencia será masiva. Cuando la gente
salga a la calle después del sermón, los dos os ponéis detrás de mí y me seguís
fuera. Yo me encargaré del resto. ¿Está claro?
—Sí.
No hacía frío, pero a aquella hora temprana de la
madrugada soplaba un viento fresco procedente de las montañas. Tal como habían
acordado, Aga Yan se situó enfrente de la mezquita y reparó en que la bombilla
de la farola que había delante del templo, y que llevaba fundida mucho tiempo,
volvía a dar luz. El conserje había ido varias veces a la compañía a quejarse,
pero no había logrado que enviaran un electricista para cambiar la bombilla.
Aga Yan había llamado personalmente al director de la compañía en un par de
ocasiones, pero le había sido imposible hablar con él.
La calle estaba desierta aunque, unos metros más
lejos, había dos hombres fumando en la acera. Al advertir que Aga Yan los
miraba, volvieron a ocultarse en las sombras.
Un coche con cuatro individuos en su interior pasó por
delante de la mezquita, dio la vuelta y volvió a pasar lentamente, aunque no se
detuvo. Los hombres ocultos en la sombra salieron de nuevo a la luz de la
farola, echaron a andar en dirección a Aga Yan y pasaron por su lado sin
decirle nada. Eran forasteros o de lo contrario lo habrían reconocido y
saludado.
Mientras estaba en la calle, Aga Yan pensó en lo mucho
que había cambiado la ciudad en los últimos años. La autoridad estaba en manos
de extraños. Hasta hacía unos años, todos los representantes municipales eran
hombres a los que él conocía personalmente, hombres de buenas familias de
Seneyán, hijos de los comerciantes del zoco. Y siempre que Aga Yan entraba en
alguna institución pública, a su director le faltaba tiempo para salir a
recibirlo en persona. Sin embargo, ya no conocía a los directores, pues ninguno
de ellos quería tener contacto con la mezquita. Vestían traje y corbata y
fumaban puros. Era como si la ciudad estuviese dividida; por una parte estaba
la gente de toda la vida, los lugares emblemáticos y el zoco y, por otro, los
nuevos directores, los nuevos agentes, los edificios modernos y la gente que
iba a los teatros y cines. Antaño, Aga Yan era capaz de solucionar cualquier
cosa con sólo un gesto, mientras que ahora ni siquiera lograba que cambiaran
una bombilla fundida. Empezaba a entender la advertencia del alcalde: «Ten en
cuenta que ya no puedo ayudarte como hace años.»
Aga Yan no era un hombre que se arredrase con
facilidad, pero en ese instante lo asaltó el miedo. Un par de horas antes
estaba convencido de que al final todo saldría bien; aun en el caso de que los
agentes arrestaran a Jaljal, estaba convencido de que conseguiría liberarlo y
llevárselo a casa con sólo hacer una llamada al comisario de policía, pero de
pronto comprendió que estaba equivocado.
Parecía como si necesitase el aire fresco de las
montañas para pensar con claridad y ver las cosas con más nitidez. Se dijo que
también Jaljal era un forastero, amén de ser un hombre poco digno de confianza.
¿Qué sabía de él en realidad? Un imán completamente desconocido que había
llegado de Qom para pedir la mano de una de las hijas de la mezquita. ¿Y aparte
de eso? Nada.
El aire de la montaña había limpiado la atmósfera, y
la bruma que le enturbiaba la vista había desaparecido. Por fin lo veía todo
con claridad. Jaljal había urdido un peligroso plan; estaba al corriente de la
presencia de Farah Diba en el cine, pero no se lo había dicho. Había querido
provocar un desastre en la ciudad, había llevado a los incautos fieles de la
mezquita hasta el cine para tenderle una trampa a Farah Diba, soliviantar los
ánimos del país y saltar a la prensa mundial. Y Aga Yan no se había dado ni
cuenta. Había sido cuestión de suerte que hubiese logrado truncar los planes
del religioso justo a tiempo. Jaljal le había jugado una mala pasada y en esos
momentos estaba en la vieja cripta. Su destino estaba en manos de Aga Yan. Le
había pedido a Shabal que le recortara la barba.
A pesar del aire fresco, sintió que las gotas de sudor
le llenaban la frente y, para ahuyentar sus temores, empezó a recitar:
¡Por la mañana!¡Por
la noche cuando reina la calma!Tu Señor no te ha abandonado ni aborrecido.¿No te encontró
huérfano y te recogió?¿No te encontró extraviado y te dirigió?¿No te encontró
pobre y te enriqueció?¿No te liberó de la carga que agobiaba tu espalda?Él ha
alzado tu reputación, porque la adversidady la felicidad van a una.Se dio
la vuelta y descubrió que había amanecido. La gente empezaba a llegar a la
mezquita. Eso le infundió ánimos y se encaminó hacia la puerta. La mezquita
jamás había estado tan llena en la primera oración de la mañana, y no cesaban
de llegar más fieles. Aga Yan no se había enterado, pero por la radio se
informaba de disturbios en Seneyán y que un imán fanático había revolucionado
la ciudad. Toda la prensa se hacía eco de la visita real al hospital y de la
presencia de Farah Diba en el nuevo cine. Y en algunos periódicos se sugería
que el imán había movilizado a los fieles de la mezquita con intenciones muy
sospechosas.
Ése era el motivo por el cual había tanta gente en la
mezquita a esa hora: porque querían tomar parte en los disturbios.
El conserje salió y se acercó a Aga Yan para
saludarlo. Los dos hombres caminaron juntos unos pasos para concretar la
situación. Después de regresar a la mezquita, Aga Yan bajó al sótano
disimuladamente y se dirigió a la cripta. Shabal salió de la oscuridad.
—¿Dónde está?
—En el cobertizo.
—Ve arriba y dile a tu padre que empiece con el azan.
Aga Yan fue hasta el cobertizo, abrió la puerta
despacio y dijo:
—Soy yo.
En la tenue luz de la vela, Jaljal estaba
irreconocible. Llevaba el traje y el sombrero y se había recortado la barba.
—La policía lo tiene todo listo para arrestarte y tú
conoces el motivo mejor que yo. Haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte
a escapar, pero quiero que sepas una cosa: no estoy satisfecho con tu
actuación. Tengo la sensación de que me has engañado. Podías haberme dicho lo
que planeabas, pero no lo hiciste a propósito. Ahora no es el momento de hablar
de esto. Dentro de un rato, cuando haya acabado la oración, Shabal vendrá a
buscarte. Los tres saldremos de la mezquita con el resto de la gente. El sobrino
del conserje te estará esperando junto a una moto en la plaza del zoco. Cuando
lleguemos allí, monta en ella y él te llevará hasta la aldea de Wartie. El imán
del pueblo te llevará a Kashán y el imán de Kashán conseguirá que llegues a
Qom. Toma, aquí tienes algo de dinero. Ahora me voy —anunció Yan, y salió sin
esperar la reacción de Jaljal.
Debería haber sido más duro con él, habría querido
decirle: «¿En qué estabas pensando para poner en peligro la ciudad, la mezquita
y la familia? Has traicionado mi confianza, desde el principio debería haber
comprendido que no podía fiarme de ti. En fin, por fortuna todo ha salido bien.
Ahora vete, no quiero volver a verte por el momento.» Pero no lo había hecho y
se alegraba de haber sido capaz de contener su furia y medir sus palabras.
En ese momento, Aga Yan entró en la sala de oración y
los presentes se pusieron en pie; todos estaban enterados de que por la noche
la policía se había presentado en la casa y de que Jaljal había huido.
Un grupo de representantes del zoco encabezado por Aga
Yan se dirigió al lugar desde el cual el imán solía pronunciar su sermón.
—Luego necesitaré vuestra ayuda —les advirtió Aga Yan
en un susurro—; es un momento vital para la mezquita. Jaljal está en peligro.
Yo dirigiré la oración, sé que es algo insólito, pero es una situación de
emergencia. Después, quiero que permanezcáis aquí y que me acompañéis al zoco.
Tras esas palabras, Aga Yan subió el primer peldaño
del almimbar y anunció:
—Hoy no contamos con ningún imán para la oración. El
imán Jaljal ha tenido que ir a Qom inesperadamente. Sé que no es lo
acostumbrado, pero hoy ocuparé su lugar. La oración de la mañana es breve,
seguidme.
Se oyeron rumores en la mezquita pero cuando Muecín
dijo: «Haye alal salat», se hizo el
silencio y todos se orientaron hacia La Meca.
La oración de la mañana es la más breve del día y
consiste en levantarse dos veces, postrarse dos veces y tocar el suelo con la
frente dos veces más. Acabado el rezo, los hombres se acercaron solemnemente a
Aga Yan y lo escoltaron fuera. Una vez en el patio, éste vio que Shabal y
Jaljal salían del sótano y se sumaban al gentío. Aga Yan le había pedido a un
pequeño grupo que lo acompañase al zoco, pero al parecer muchos otros habían
intuido la urgencia del momento y echaron a andar en silencio detrás de ellos.
Por todas partes había policías que no entendían lo
que estaba sucediendo y por qué aquel gentío se dirigía pacíficamente al zoco.
El sobrino del conserje estaba en una esquina de la
plaza, debajo de la farola, con la moto lista para arrancar. Jaljal salió de la
muchedumbre y montó detrás. El conductor arrancó sin mirar atrás. Shabal
permaneció unos instantes vigilando hasta que la moto se perdió de vista, luego
volvió a unirse a la procesión, se acercó a Aga Yan y le susurró:
—Ya se ha ido.
Pájaros
Ha Mim. El otoño pasó y Sediq partió hacia Qom para estar
con su marido cuando llegase el invierno. Las primeras nieves habían caído en
las montañas y dondequiera que uno mirase veía las blancas cumbres descollando
sobre el pueblo. En la casa apenas se hablaba ya de Jaljal; todos andaban
atareados con otros menesteres. Las aves migratorias estaban a punto de llegar
y quizá ese año apareciese algún nuevo espécimen.
Aga Yan se despertó.
—Fagri, he tenido un hermoso sueño —le dijo a su
mujer—. Siempre estoy en contacto con mis muertos. No me creerás, pero hoy he
visto a mi padre. Ya no recuerdo cuándo murió, pero siempre se me aparece en
sueños, y siempre son sueños que no sé explicar. Todo transcurre en una
atmósfera particular y en un escenario adecuado. En el sueño de esta noche, mi
padre acababa de fallecer; lo llevábamos al cementerio y lo enterrábamos, pero
al regresar a casa él seguía en la cama cubierto por una sábana blanca. Yo sabía
que era mi padre a pesar de que acabáramos de enterrarlo. Me arrodillé junto a
él y sentí que no estaba muerto, que volvería a levantarse. Entonces se movió y
asomó la cabeza por debajo de la sábana. Hizo ademán de incorporarse y yo corrí
a asistirlo, lo ayudé a ponerse de pie, le di el bastón y le alcancé el
sombrero. Él salió de la habitación, se dirigió con cuidado a la alberca, se
sentó en un banco y se puso a contemplar los peces.
—Piensas en él, siempre estás pensando en los muertos
—repuso Fagri Sadat—, por eso sueñas con ellos tan a menudo.
—No pienso en ellos; bueno, sí, a veces me acuerdo de
mi padre, pero sueño con todos los muertos, hasta con algunos que no llegué a
conocer en vida: con el padre de mi padre, por ejemplo, o el padre del padre de
mi padre. Es muy extraño. Durante el día estoy en el mundo de los vivos y por
las noches en el de los muertos.
—Tal vez es a causa de las crónicas que escribes sobre
la mezquita.
Aga Yan se puso en pie y fue hasta la ventana.
—¡Fagri Sadat! —exclamó de pronto.
—¿Qué sucede?
—El sol del tamuz
ha salido.
Fagri Sadat miró el sol que despuntaba como un círculo
rojo sobre la cima del Zard Kuh, la montaña amarilla.
—Todos los días he vigilado la cumbre del Zard Kuh,
pero no he visto nada. Creía que este año ya no lo veríamos —comentó Fagri
Sadat.
—Últimamente ando siempre tan liado pensando en Jaljal
que me había olvidado por completo del tamuz.
El invierno había llegado. A veces, cuando el otoño
daba sus últimos coletazos o el invierno hacía su entrada, un sol rojo y
ardiente emergía sobre el Zard Kuh: el sol del tamuz, el sol del verano.
En Seneyán, todos esperaban aquel día inusitadamente
caluroso. Las aves migratorias intuían su aparición antes que los hombres y
aprovechaban ese día para atravesar las cumbres nevadas. Llegaban de las
lejanas tierras rusas y asiáticas que, desde tiempos inmemoriales, se conocían
como la Ruta de la Seda, donde hacía más calor, y en poco tiempo cruzaban buena
parte del desierto. Cuando llegaban a Seneyán, habían dejado atrás el tramo más
duro del trayecto y desde ahí proseguían su viaje hasta zonas más cálidas,
donde por fin construían sus nidos en las centenarias palmeras datileras, junto
al golfo Pérsico.
El día del tamuz
era una fecha muy señalada para la familia. También para el zoco y el comercio
nacional de alfombras. Fagri Sadat y las abuelas permanecían en casa para
capturar los pájaros.
La inspiración para los colores y diseños de las
alfombras de la casa procedía de las plumas de las aves migratorias.
A través de los años, los habitantes de la casa habían
aprendido que entre el tropel de aves siempre aparecían un par de especímenes
cuyo plumaje poseía un colorido y unos dibujos inusitados. Nadie sabía de dónde
procedían los motivos inimitables de las alfombras de Aga Yan y sus bellas
combinaciones cromáticas. Aquél constituía el secreto de la casa y habían sido
sus mujeres las que durante siglos lo habían mantenido.
Aquel día, como en años anteriores, las abuelas
pusieron manos a la obra. Fueron a buscar los viejos cestos-trampa al sótano,
los llevaron al patio y los dejaron contra el muro de la biblioteca y el cuarto
de fumar.
Cuando las aves dejaban atrás el desierto y llegaban a
Seneyán, solían sobrevolar los minaretes de la mezquita donde, desde antiguo,
vivían cuatro cigüeñas, dos en cada minarete. Nadie sabía cuándo morían las
cigüeñas viejas y cuándo sus crías las reemplazaban, pero el caso era que
siempre estaban allí. Las cigüeñas formaban parte del alma de Seneyán y eran la
primera señal de la ciudad que las aves avistaban en la lejanía.
Cuando las bandadas de pájaros llegaban a la ciudad,
la sobrevolaban varias veces con estrépito e iban a posarse sobre el tejado de
la mezquita. El viejo grajo, que se hallaba sobre la cúpula, no perdía detalle.
El conserje había esparcido grano en la azotea y
puesto varios platitos con agua para las aves. En Seneyán todo el mundo estaba
al corriente de que las aves migratorias recibían trigo y agua en la mezquita,
pero nadie sospechaba que Fagri Sadat tendía sus cestos-trampa.
Fagri Sadat estaba sentaba en una silla junto a la
alberca sosteniendo las cuerdas de los cestos. Las abuelas habían ido a
esconderse detrás de la cortina y escrutaban el exterior furtivamente por una
rendija.
Un grupo de aves se posó cerca de un cesto para
picotear el grano esparcido por el suelo y, sin dejar de picotear, siguieron
avanzando hacia los cestos donde habían puesto uvas pasas. En cuanto estuvieron
debajo de las trampas, Fagri Sadat dio un tirón a las cuerdas y los pájaros
quedaron atrapados.
Las abuelas salieron corriendo y se arrodillaron junto
al primer cesto. Jolebé abrió la tapa, sacó un pájaro y se lo pasó a Fagri
Sadat, que se puso a estudiarle el plumaje. La captura se había saldado con
siete clases nuevas de aves. Las pusieron en jaulas separadas y las llevaron al
estudio de Aga Yan.
Al anochecer, cuando Aga Yan regresó a la casa, fue
directamente a su estudio, donde Fagri Sadat estaba esperándolo.
—¿Cómo ha ido el día? ¿Habéis capturado algún pájaro
excepcional?
—Son magníficos. Hoy hemos podido ver bastantes muy de
cerca —repuso Fagri Sadat.
—Siento curiosidad. ¿Dónde están las abuelas?
—Ahora vienen.
Luego, los cuatro permanecieron trabajando hasta bien
entrada la madrugada.
Jolbanú sacaba un pájaro de la jaula y le tapaba la
cabeza con un capuchón negro para que no se asustara por la intensa luz y
permaneciera tranquilo sobre la mesa.
Aga Yan estudiaba atentamente las alas y las plumas.
—Éste tiene unas plumas preciosas, lástima que no sean
originales —dijo mientras le mostraba a su mujer el dibujo de las alas con la
punta del lápiz—. ¿Podéis venir a mirar también? —les pidió a las abuelas.
Las dos se pusieron las gafas y se acercaron.
—Los colores son distintos, pero el patrón me resulta
familiar —dijo Jolbanú.
Cogieron el pájaro de Aga Yan, lo devolvieron a su
jaula y sacaron el siguiente.
—¡Vaya! Estas plumas son magníficas, fijaos en esos
dibujos del extremo. Hay líneas rojas y verdes que se cruzan unas con otras.
Creo que los dibujantes sacarán algún provecho en su tablero de dibujo.
Fagri Sadat estudió las plumas con una lupa.
—Ciertamente son muy especiales y su intenso brillo
las hace más bonitas aún. ¿Cómo es posible que cada uno de estos pájaros tenga
un plumaje distinto? Todos son modelos únicos.
Aga Yan les echó un vistazo con la lupa de Fagri Sadat
y asintió.
—Ponlos aparte.
Observaron otros dos pájaros, pero sus plumas no
mostraban nada especial. Las abuelas cogieron el siguiente espécimen y desde el
principio notaron que se trataba de un ejemplar singular; estaba muy inquieto y
forcejeaba para liberarse.
—Éste es fuerte y tiene un plumaje más grueso de lo
normal, fijaos —se admiró Jolebé.
—Es verdad, es distinto, sus manchas azuladas brillan
como piedras preciosas —convino Jolbanú.
—Ya me fijé antes en él a la luz de día, pero ahora,
sobre la mesa y bajo la lámpara, su plumaje se ve mucho más bonito aún.
—¡Es una obra maestra! —exclamó Aga Yan—. ¿De dónde
sale tanta belleza?
Fagri Sadat cogió el lápiz y, estudiándolo a través de
la lupa, empezó a copiar el dibujo de las plumas del ave. Cuando acabó, las
abuelas le trajeron una vieja paleta y un pincel. No se consideraban artistas,
sino que creían cumplir con la tradición de la casa, algo que tenía que ver con
las alfombras y el negocio. Querían hacer los tapices más bellos del país y
hasta de todo Oriente Próximo; lo consideraban su deber, sin detenerse a pensar
en el porqué. Fagri Sadat dibujó las figuras e intentó reproducir en el papel
los colores mágicos de las plumas empleando ora pinceles finos ora los dedos, y
atendiendo a los consejos de las abuelas.
—Prueba este color, Fagri, el azul pavonado junto a
este verde claro. No los mezcles, traza una fina línea sobre el azul —sugirió
Jolebé.
Fagri hacía exactamente lo que las abuelas le decían.
—Pero quiero ese violeta brillante. ¿Cómo vamos a
darle ese brillo a un violeta oscuro en los hilos de lana? —preguntó.
—No podemos reproducirlo exactamente en la tela
—constató Aga Yan—: la pintura funciona de forma distinta que la lana.
—Traed el estuche de lanas —pidió Fagri Sadat. Las
abuelas fueron al cuarto de las alfombras y regresaron con los estuches, que
pusieron sobre la mesa—. Córtame un poco de esa lana azul.
—Temo que con un trozo tan pequeño no vaya a funcionar
—le dijo Aga Yan—. Necesitarías muchos más hilos y combinarlos con otros de
color rojo.
Puso un trozo grande de lana azul sobre la mesa e
intentó combinar los hilos rojos y los azules.
—¿Lo tienes?
—No —repuso Fagri.
—Espera un momento —intervino Jolbanú y trenzó más
hilos rojos en la lana azul.
—¿Y ahora?
—Empieza a parecérsele algo más —admitió Fagri.
—Es imposible imitar el efecto aquí sobre la mesa,
pero en la alfombra se verá bien. Si anudamos miles de hilos rojos entre los
azules, la tela mostrará ese brillo violáceo e inaudito. Siempre sucede igual.
Vuelve a mirar las plumas con la lupa. Al verlas muy de cerca sólo se aprecia
una profusión de pelos azules, varias decenas de pelos rojos y unos pocos
verdes, lo demás viene rodado —concluyó Aga Yan.
Se miraron unos a otros en silencio.
—Aún no quiero echar las campanas al vuelo, pero creo
que tenemos algo —afirmó.
Fagri Sadat acabó el dibujo y Aga Yan ordenó las notas
que había tomado. Las abuelas llevaron de nuevo el material al sótano y
ordenaron el estudio.
Mientras los demás andaban atareados, Zinat se ocupaba
de la cocina. Les pasaba la comida a las abuelas y conducía al resto de la
familia al comedor. Y para que estuvieran en silencio, les contaba una
historia. Todos estaban pendientes de sus palabras y Zinat disfrutaba de
aquella atención. Cada vez le pedían más a menudo que les contase historias y
ella lo hacía cada vez mejor.
Por la mañana temprano, cuando la luz del sol empezó a
introducirse en el interior, las abuelas llevaron los pájaros a la alberca,
después de haber barrido el patio. Les dieron comida y agua, les besaron la
cabeza y los pusieron en libertad. Los pájaros dieron una vuelta sobre la
mezquita y se dirigieron hacia el sur, batiendo las alas con fuerza para
alcanzar a sus compañeros. Si volaban sin descanso, al atardecer llegarían al
golfo Pérsico, donde hacía calor y los grandes tiburones surcaban las aguas como
barcos inusitados.
Yaneshin
Mis labios
sedientoste buscan.Desnúdame.Abrázame.Aquí están mis labiosAquí están mi cuello
y mi pecho ardienteAquí está mi suave cuerpo.Aga Yan escondió el poema en el cajón de su escritorio
del zoco después de haberlo llevado algún tiempo en el bolsillo. Un par de
veces había estado tentado de tirarlo a la basura, pero no lo había hecho. A
pesar de que era un poema pecaminoso, tenía algo que lo incitaba a leerlo una y
otra vez. Y a despecho suyo, los versos se le habían quedado grabados, de modo
que podía recitarlos de memoria. Conocía muchos poemas clásicos, pero aquél era
distinto y no lo dejaba en paz, las palabras volvían a su cabeza una y otra
vez. ¿Cómo se atrevía una mujer a poner por escrito semejantes cosas? ¿Quién
era ella?
La poetisa se llamaba Forug Farrojzad y por aquel
entonces era muy conocida en Teherán. Era una mujer joven y hermosa que había
levantado mucha polémica con su primera obra. Uno de sus poemas había
desencadenado un auténtico terremoto en el mundo de la lírica tradicionalmente
masculina:
Miré sus ojos donde
se ocultaba un secretoMi corazón bajo su mirada implorabaPor la pasión de sus
ansiosos ojos
Alá, oh AláSus
labios provocaron el deseo en los míos
Y murmuré en su
oídoTe quiero¡Dios, he pecado!
Mi cuerpo
desnudohundido en el suave lechogolpeando contra su pecho.Para algunos era una nueva y fulgurante estrella en el
firmamento de la poesía persa; para otros, una puta que vendía su cuerpo tanto
en la cama como en el papel. En Qom, un ayatolá había tenido palabras muy duras
contra el editor que había publicado un libro tan blasfemo, y en uno de sus
sermones lo había utilizado para demostrar que los siervos del régimen
pretendían socavar el islam. «¡Es un insulto para nuestras mujeres! —había
clamado—. ¡Nuestras hijas ya no están seguras en este país pecador!»
Teherán era insensible a críticas como aquélla.
Teherán seguía su propia senda. Los periódicos estaban plagados de asuntos
blasfemos y en las pantallas de los cines aparecían mujeres voluptuosas y
ligeras de ropa.
Farah Diba inauguraba cada día un nuevo centro
cultural, donde muchachas con las piernas desnudas bailaban para ella mientras
otras recitaban poemas sobre sus cuerpos.
Aga Yan, que acababa de guardar los versos de Forug en
el cajón entre otros papeles, volvió a sacarlo y se dijo que ese papel debería
estar junto a las otras noticias sobre la mezquita, y lo metió en su cuaderno.
En ese instante llamaron a la puerta y entró el
sirviente.
—Ha llegado el imán. ¿Lo hago pasar?
Aga Yan recordó que había concertado una cita con
Yaneshin, el imán que habitualmente hacía las suplencias. Volvió a meter el
poema en el cajón.
—Sí, hazlo pasar.
El hombre debía de rondar los cincuenta años y tenía
las sienes y la barba canosas. Sus maneras algo desmañadas delataban que era un
imán de pueblo.
—Tome asiento —le dijo Aga Yan, señalando la silla
delante del escritorio.
El imán obedeció algo cohibido y escondió las manos en
las mangas de la túnica. El sirviente les trajo el té en una fuente de plata y
le ofreció una chocolatina de una elegante y colorida caja.
El imán tomó una, se la metió en la boca y masticó. Se
hallaba visiblemente impresionado por aquel estudio casi principesco, con
asientos de piel, sillas antiguas, una gran araña de cristal y el escritorio
macizo donde Aga Yan, el responsable de todas las tiendas de alfombras de las
aldeas y la ciudad, se hallaba sentado.
Aquel hombre era el imán de la mezquita de Yeria, una
de las aldeas de la montaña. Aga Yan confiaba en él.
En el pasado, cuando el imán Alsaberi caía enfermo o
tenía que viajar, Yaneshin ocupaba siempre su lugar, aunque sólo por pocos
días. Pero en aquellos momentos, tras la fuga de Jaljal, probablemente tendría
que quedarse en Seneyán por más tiempo. En cuanto Jaljal partió, Aga Yan mandó
un jeep para recoger a Yaneshin para que pudiera dirigir la oración de la
noche.
En sus visitas anteriores, Yaneshin se había instalado
en el cuarto de huéspedes, pero en vista de que en esa ocasión tendría que
permanecer en la mezquita bastante más tiempo, necesitaba un alojamiento más
adecuado. Ése era el motivo por el que Aga Yan le había pedido que fuese al
zoco.
—¿Cómo le va? —se interesó Aga Yan.
—Bien, alhamado
lelah.
—¿Y su familia? ¿A su mujer y sus hijos no les molesta
que tenga que ausentarse de la aldea por tanto tiempo?
—Las mujeres siempre se lamentan, pero iré a pasar un
día a casa con regularidad.
—¿Está satisfecho con la mezquita?
—Yo lo estoy mientras lo esté usted.
—Estoy satisfecho…
Llamaron a la puerta.
—Pase.
Media docena de hombres mayores con gafas, vestidos
con ropa de trabajo, entraron en el estudio. Llevaban las manos y la ropa
manchadas de pintura. El más anciano extendió una hoja con un dibujo y la puso
encima de la mesa.
—Aquí tiene el primer resultado. Como puede apreciar,
el color lila aparece sobre el bosquejo como una tenue niebla, pero creemos que
en la alfombra se verá aún mejor.
Aga Yan estudió el dibujo mientras los hombres se
inclinaban y lo observaban también.
—¡Vaya! ¡No esperaba tanto! —exclamó—. Ha quedado
justo como lo quería. No quiero perder más tiempo, en cuanto lo acabéis, quiero
que vayáis a registrarlo esta misma tarde. ¿Podéis hacerlo?
—Haremos todo lo posible —le aseguró uno de los
hombres, y se fueron.
—Le ruego me disculpe —le dijo Aga Yan al imán—. Llevo
semanas en vilo esperando que me mostraran este bosquejo. Estos siete hombres
son mis dibujantes. Son auténticos creadores de alfombras. Son magos. Su fama
se extiende por todo Oriente Próximo. Las alfombras que se tejen siguiendo sus
diseños valen su peso en oro. En fin, volviendo a nuestro asunto, ¿desea
quedarse usted más tiempo con nosotros?
—Sí.
—Ya sabe que la estancia puede prolongarse un año o
dos, pues el hijo de Alsaberi no ha concluido aún su formación de imán.
—Estoy enterado de ello, y me parece una excelente
oportunidad para mí. Siempre quise oficiar de imán en la mezquita de alguna
ciudad, pero no lo logré, por eso me siento muy agradecido por esta
posibilidad, pero sé que no puedo hacerlo sin ayuda.
—No debe usted preocuparse por eso, yo lo ayudaré.
—Se lo agradezco. Quiero decir que preparar un sermón
para una aldea es muy distinto que hacerlo para una ciudad. En la aldea, se
habla de temas cotidianos: de las vacas, el pienso. En una ciudad hay que
hablar de grandes temas, de política, por ejemplo. Me parece interesante tratar
de esos temas, hablar con pasión cuando los hombres importantes de la ciudad
estén presentes en la mezquita. Me gustaría destacar, que los oyentes me
escuchen con atención.
Aga Yan sonrió, entendía lo que el imán trataba de
decirle, pero personalmente no lo creía capaz. No tenía la apostura necesaria
ni un gran don de palabra, ni siquiera poseía carisma. Era un imán de pueblo,
de manos grandes y frente ancha. Había que ser un Jaljal para conseguir
cautivar a los ancianos tanto como a las muchachas jóvenes.
—Todo llegará —repuso—, pero en estos tiempos de
confusión, después de la muerte de Alsaberi y la fuga de Jaljal, no me
parecería mal que la paz volviese a la mezquita. En la ciudad también puede
hablar tranquilamente de los árboles y las plantas, de su experiencia en el
campo, esos temas atraen mucho a los ciudadanos. Sea usted tal como es y todo
saldrá bien.
El imán sonrió y hundió la barbilla en el pecho.
—Hablo en serio. Siento mucha curiosidad por saber lo
que nos contará en el sermón del jueves por la noche. Háblenos de Yeria, de las
montañas y los almendrales, de las cabras monteses y el azafrán. Si desea usted
hablar conmigo, no tiene más que preguntarle al conserje por mí. Ya le he
pedido que tome las medidas oportunas para preparar su estancia entre nosotros.
¿Hay algo más que quiera saber?
—No, creo que no.
El sirviente acompañó al imán a la salida.
Aquella noche, cuando Aga Yan estaba acostado al lado
de Fagri Sadat empezó a reír de improviso.
—¿Qué te pasa? —le preguntó su mujer.
—No es nada. Estaba pensando en el imán suplente. Es
un poco simple, pero tiene ambición, sólo que no sabe cómo lograr sus sueños.
—¿Y por eso te ríes de él?
—No, claro que no, valoro mucho sus esfuerzos por
mejorar, es sólo que sus músculos y sus manos son demasiado toscos.
—¡No digas eso! —le reprochó Fagri sonriendo.
—Tienes razón, pero hablo por experiencia, hay que
tener algo más, la botella sola no es suficiente, debe haber un genio en su
interior. No diré nada más, pero ¿sabes una cosa?, se había puesto el turbante
un poco inclinado y me dijo: «Me gustaría destacar.» —Aga Yan soltó una
carcajada.
—Te estás burlando de él.
—No, no me burlo, es sólo que estoy contento, todo
está saliendo como quería. Las cosas van bien en la mezquita, el nuevo imán
hará bien su trabajo, el negocio va viento en popa y el nuevo diseño está
acabado, ha quedado estupendo. Tengo una nueva remesa de contratos y el mercado
espera ansiosamente nuestras nuevas alfombras. ¡Se pelean por ellas! Va a ser
un buen año. Y además todos gozamos de buena salud, ¿qué más se puede pedir?
Se dio la vuelta y recostó la cabeza en el pecho de
Fagri Sadat.
—Y te tengo a ti y te deseo, ¿qué más puede querer un
hombre?
Fagri Sadat le retiró la mano con suavidad, se movió
un poco y quedó de espaldas a él. Él deslizó la mano por debajo de su camisón y
le acarició los muslos.
—Quítatelo todo. Quiero verte desnuda —le susurró.
Fagri Sadat se tapó con la sábana hasta la cabeza.
—¿Te has vuelto loco? ¿Qué ha comido el señor para
quererme desnuda?
Aga Yan metió la mano entre sus cálidos muslos y
musitó:
Mis labios
sedientoste buscan.Desnúdame.Abrázame.Aquí están mis labiosAquí están mi cuello
y mi pecho ardienteAquí está mi suave cuerpo.—Pero ¿qué estás diciendo? —exclamó Fagri Sadat con
asombro. Le apartó las manos y se sentó en la cama.
—Es un poema moderno —contestó él y la besó en el
cuello. Le quitó la ropa con delicadeza y tendiéndola de espaldas le pidió—:
Recitaré el poema en voz alta, ¿querrías repetirlo para mí?
—No pienso hacerlo, me estás asustando. ¿Qué es lo que
quieres?
—Te quiero a ti.
Fagri Sadat cerró los ojos.
Zinat
—Y Alá se enamoró de su creación. Se enamoró de las
estrellas, de Su Vía Láctea y de Su Sol, de la Luna y, sobre todo, se enamoró
de Su hermosa Tierra. Tan orgulloso estaba de ella, que quiso ir a morar allí.
Pero ¿cómo podía Él ir a vivir a la Tierra?
»Una noche, se le ocurrió una hermosa idea. Le pidió a
su mensajero Gabriel que fuese a la Tierra en busca de barro. Y Gabriel
obedeció.
»Alá modeló al hombre según sus deseos y le pidió al
alma que entrase en el cuerpo. Pero ésta se negó, pues estaba muy pagada de sí
misma y no deseaba meterse en un cuerpo hecho de barro.
»Alá le pidió a Gabriel que intercediera en el asunto.
»—¡Entra en el cuerpo! —conminó Gabriel al alma, pero
ésta se negó de nuevo.
»Entonces el ángel dijo:
»—En Su nombre te pido que entres en el cuerpo.
»—Si lo pides en Su nombre, obedeceré —dijo el alma y
entró con renuencia en el cuerpo del hombre.
»A su paso por el pecho, el hombre se incorporó de
súbito, pero perdió el equilibrio y cayó.
»—No tiene paciencia —le dijo Alá a Gabriel esbozando
una sonrisa.
»Al hombre le dieron por nombre Adán.
»Adán esperó siete días. Alá le mandó un trono de oro
rojo con piedras preciosas engastadas, vestidos de seda y una corona.
»Adán se vistió, se ciñó la corona y se sentó en el
trono.
»Los ángeles alzaron a Adán sobre sus hombros y lo
condujeron hasta la Tierra.
»En aquella época, la creación ya tenía mil doscientos
cuarenta años.
Ésta era una de las cautivadoras historias que Zinat
contaba los miércoles por la noche a la familia.
Las veladas de los miércoles estaban dedicadas a los
relatos. Después de cenar, todos se reunían para escuchar a Zinat. Las abuelas
servían bandejitas con nueces, encendían algunas velas y apagaban las luces.
Zinat Janum resultó ser una narradora nata. Su cálida
voz incitaba a escucharla. Inspiraba sus relatos en libros antiquísimos,
especialmente en aquellos que ofrecían una interpretación más prolija de los
textos del Corán. El Corán es un libro sobrio y sugestivo, pero muy poco dado a
recrearse en los detalles, eso explicaba que hubiese tantos libros que
abundasen en sus sugerentes pasajes y Zinat se inspiraba en ellos para sus
narraciones.
Zinat había sido siempre una mujer tranquila y algo
introvertida. Nadie conocía sus dotes de fabulista hasta que un buen día
improvisó un cuento para unos niños.
Después de que su hijo Abas se ahogara en la alberca,
Zinat se recluyó en su cuarto y sólo volvió a salir con alguna frecuencia
después de quedarse embarazada de Sediq; a veces se la veía por el patio o
solía ir a la cocina para ayudar a las abuelas.
El nacimiento de Sediq sumió a Zinat en tal estado de
congoja que por las noches no lograba conciliar el sueño. En aquellos días, las
abuelas no la dejaban sola ni a sol ni a sombra, eran su apoyo y su consuelo y
se quedaban con ella hasta que lograba dormirse.
Cuando Zinat dio a luz a Ahmad, sus miedos
reaparecieron. Un día, Zinat puso al bebé en el regazo de Jolbanú.
—¡Vigílamelo, pues temo perderlo también! Voy a la
mezquita, tengo necesidad de rezar.
A partir de entonces, Zinat acudió al templo todos los
días.
Mientras Alsaberi vivía, solía encerrarse en su propio
mundo en la biblioteca y no se implicaba en la vida de su esposa ni en la de
sus hijos.
Para los hijos de Zinat, el hombre de la casa era Aga
Yan y por eso todos lo llamaban padre.
Después de la muerte de Alsaberi, Zinat empezó a pasar
la mayor parte del día en la mezquita. Todos pensaban que se refugiaba en la
biblioteca para superar la pérdida de su marido, pero en realidad se estaba
preparando para comenzar una nueva etapa en su vida.
Al principio solía estar sola, pero al cabo de un
tiempo se relacionó con un grupo de mujeres que la invitaron a sus encuentros
religiosos.
Parecía como si algo extraño le hubiera sucedido a
Zinat desde la muerte de su marido. De repente se sintió como si la hubieran
liberado de algo, aunque no acertaba a decir qué. Antes se sentía como un globo
atado a la rama de un árbol, pero de pronto era como si se hubiese soltado del
árbol y se alzara en el aire libremente. Era una sensación agradable, aunque
también le infundía temor. En cuanto empezaron las vacaciones estivales, Zinat
cogió a sus hijos y buscó la paz en la casa grande que sus padres tenían en las
montañas.
Zinat nunca había visto en Alsaberi a un hombre, a un
esposo. Para ella era más el imán de la mezquita que el padre de sus hijos.
Si comparaba su matrimonio con el de Fagri Sadat,
Zinat se daba cuenta de que no había tenido vida matrimonial. Su papel había
sido más bien el de engendrar al hijo que algún día se convertiría en el futuro
imán de la casa. Fagri Sadat tenía a Aga Yan y una auténtica vida.
El cuarto de Zinat se hallaba también en el primer
piso. Cuando por las noches pasaba por delante de la habitación de Fagri Sadat,
veía a Aga Yan yaciendo a su lado, bañado en la luz amarillenta de la
lamparilla. A veces oía la risa apagada de Fagri en medio de la noche.
Alsaberi, en cambio, nunca había dormido con Zinat, y
sólo se acostaba con ella cuando la necesitaba, algo que no sucedía con
frecuencia.
Después del nacimiento de Ahmad, Alsaberi no volvió al
lecho de Zinat.
Zinat había aceptado que Fagri fuese la mujer de la
casa. Era a ésta a quien las esposas de los demás comerciantes agasajaban como
a una princesa, pero nadie se interesaba por Zinat.
Fagri era la mujer que cazaba pájaros, la que
participaba del secreto de las alfombras; Zinat, en cambio, debía ocuparse de
la cocina y preparar la comida para los demás.
Así había sido hasta entonces; todo sucedía sin que
nadie tuviera en cuenta los deseos de Zinat. Ella se había resignado y había
hallado consuelo en la oración, pero sabía que su vida no podría continuar así
mucho más, que tarde o temprano tendría que hacerse ver. Que todo el mundo
dijera: «¡Mirad, ahí va Zinat!»
Cuando empezó a asistir a los encuentros religiosos,
lo hacía en calidad de discípula, pero poco a poco fue rodeándose de un círculo
de mujeres con las que tenía gran afinidad. Cada vez dedicaba más tiempo a esas
mujeres y les explicaba los textos sagrados.
Así fue como se convirtió en su persona de confianza.
Ellas la escuchaban y Zinat les daba consejos.
Zinat se sentía satisfecha con su nueva posición, pero
no había logrado aún la paz consigo misma. Seguía buscando algo.
Una tarde, cuando regresaba del hamam a casa, entró en la mezquita. Atardecía y por lo general a
aquella hora ya no quedaba casi nadie en el recinto. Se dirigió a la sala de
oración y volvió a salir. Se lavó las manos en la alberca y se echó un poco de
agua en la cara.
¿Qué hacía en la mezquita a aquellas horas sabiendo
que no era el momento de asistir a la oración? ¿Por qué se lavaba las manos en
la alberca? Nunca había obrado así, ni siquiera durante los años en que su
esposo era el imán. Además, acababa de salir del hamam, de los baños, por tanto ni siquiera era necesario.
El imán suplente que se hospedaba en la mezquita
salió. Zinat le oyó a su espalda y se asustó.
—Salam aleikum,
Zinat Janum —la saludó.
Ella lo saludó sin levantar la vista. Se secó la cara
con el velo y se apresuró a salir de allí, alejarse de la imagen del imán y de
sus pensamientos pecaminosos y regresar al bullicio de la calle.
La noche anterior, mientras estaba en la cama, el imán
suplente se había colado en sus pensamientos sin ella quererlo.
Ya había pensado en él muchas veces, pero en esa
ocasión su recuerdo era tan vívido que no pudo ahuyentarlo. Nunca hasta
entonces había soñado con otro hombre. Desde los dieciséis años, Alsaberi había
sido el único hombre para ella. A él le había consagrado su vida y no tenía
ojos para nadie más. En un intento por alejar el recuerdo del nuevo imán, se
tapó la cabeza con la manta y se puso a recitar:
Jol auzo be rabben nasMalaken nasElahen nas
ProtégemeProtégemeProtégeme
contra el malDel susurrador huidizoQue susurra en mi ánimoEs un yinEs un yinEs
un yinRey de los hombresProtégeme, protégemePero en cuanto terminó, su mente invocó de nuevo al
imán, que deslizó los ojos desde el rostro de Zinat hasta sus senos.
Ni siquiera Alsaberi la había mirado así nunca.
Zinat se cubrió el pecho con los brazos y musitó algo,
algo que bien podría haber sido el inicio de un buen poema, algo que le salía
directamente del corazón. Ella no sabía nada de los versos de ciertas poetisas
que hacía poco tiempo habían causado una conmoción en Teherán, versos que
hablaban de sus sentimientos y de sus cuerpos. De lo contrario, habría cogido
un lápiz para poner sus propias palabras sobre el papel:
Alguien llegaráMe
miraráMe preguntará:¿Quieres quitarte el velo sólo para mí?¿Quieres mostrarme
tu cabello?Zinat no sabía
cuándo el imán suplente había aparecido en sus pensamientos por primera vez. Se
relacionaba con él, hablaban de los textos sagrados, ella acudía a pedirle
consejo sobre las preguntas que las demás mujeres le formulaban y para las que
ella no tenía respuesta. Él la recibía en la sala de oración después del rezo,
le hacía recomendaciones y se tomaba su tiempo para contestar a sus preguntas.
A menudo se lo encontraba fuera, cuando él estaba en
el patio de la mezquita paseando y fumándose un cigarrillo.
No lo buscaba, pero se tropezaba continuamente con él;
era como si el imán supiese exactamente cuándo iría ella a la mezquita, pues,
en cuanto echaba a andar por los sombríos pasillos del templo, se lo
encontraba.
A veces, al pasar por delante del cuarto del imán,
Zinat lo vislumbraba por la puerta entreabierta, cuando ya se había quitado el
turbante y estaba sentado en una silla leyendo el Corán. No quería mirar, pero
no podía resistir la tentación, y él siempre percibía su mirada. Zinat intuía
que dejaba la puerta abierta a propósito para que ella lo viera.
Naturalmente, podía hablar con él, pues era el imán de
su mezquita, el sustituto de su marido y de su hijo Ahmad, que seguía sus
estudios coránicos en Qom.
Zinat no era la única mujer que iba al cuarto del
imán, muchas otras lo hacían también, pues una de las tareas del religioso
consistía en recibir a las mujeres, escucharlas y darles consejo.
Pero en su segundo encuentro, Zinat se percató de que
el imán se había perfumado especialmente para la ocasión. Reconoció el aroma,
perfume de La Meca lo llamaban, porque su marido también había traído un
frasquito de su estancia en Tierra Santa. Era una fragancia que sólo se
utilizaba en momentos muy especiales.
El imán estaba sentado en su silla, Zinat se hallaba
frente a él y la puerta estaba ligeramente entreabierta, algo que él
acostumbraba hacer siempre que recibía la visita de una mujer.
Las mujeres siempre le contaban sus problemas
personales; hablaban con él de cosas que ni siquiera les confesaban a sus
maridos o sus médicos. Pero cuando Zinat acudía al imán era para preguntarle
sobre los textos que no entendía.
Una tarde, fue a verlo a su cuarto después de la
oración para comentar un par de aleyas del sura de Al Adiyat, los corceles. Entendía el sura, pero intuía que en el
fondo del texto había algo que se le escapaba, algo más profundo y misterioso
que ella no alcanzaba a comprender.
Cuando el imán se sentó frente a ella como era su
costumbre, Zinat puso el Corán encima de la mesa, buscó el sura y deslizó el
libro sagrado hasta él.
El imán se puso las gafas y fue siguiendo las aleyas
con el dedo.
—¿Le importaría leerlo en voz alta? Me gustaría oírlo
de sus labios —le pidió al tiempo que empujaba de nuevo el libro hacia ella con
suavidad.
Zinat empezó a leer, algo azorada:
¡Por las que
galopan, jadeantes,que hacen saltar chispas,que aparecen en el albay levantan
una nube de polvoy, en su centro, atraviesan los grupos enemigos!—Tiene usted razón —afirmó él—, estos versos encierran
un significado oculto. Mientras los escuchaba, me he dado cuenta de lo que
quiere usted decir. Su voz me ha obligado a prestar atención, a reflexionar
detenidamente sobre las palabras. Es usted una mujer extraordinaria; muy pocas
veces he conocido a personas como usted. La escuchaba y era como si yo también
estuviese corriendo junto a las «que galopan jadeantes que hacen saltar
chispas». He leído ese sura en muchas ocasiones, pero es la primera vez que lo
percibo de una forma tan profunda. ¡Y se lo debo a usted!
Zinat asimiló esas palabras con avidez, como la arena
del desierto una lluvia inesperada, y su última frase le caló muy hondo.
Aquella noche, en la cama, repetía sus palabras: «¡Se
lo debo a usted!»
Percibía algo cálido y enérgico en su voz: «Me hizo
correr junto a las que galopan jadeantes que hacen saltar chispas.»
Encendió la luz y fue hasta el espejo. Observó su
cabello, el negro había perdido algo de intensidad pero aún no estaba gris. Se
miró las cejas, oscuras aún; los ojos castaños se veían cansados, pero aquella
noche irradiaban un brillo especial. Con la yema de los dedos siguió el óvalo
de su rostro hasta posarse en los labios. Había envejecido, sí, pero deseaba
empezar de nuevo. Quería recuperar parte de los años perdidos en aquella casa.
Durante unos días, Zinat se abstuvo de visitarlo y lo
evitaba siempre que se tropezaba con él. Hasta que un día él le susurró en la
oscuridad:
—Zinat Janum. ¿Por qué ya no viene a verme? Pienso
mucho en sus preguntas.
Tres días más tarde, Zinat volvía a estar frente a él,
comentándole su interpretación de un texto. Él se limitó a observarla y
escucharla en silencio, pero de pronto la interrumpió.
—Zinat Janum, sus ojos arden como dos llamas en la
noche mientras me habla, mientras me explica el texto, quiero decir.
Zinat prosiguió su explicación como si no lo hubiese
oído, pese a que no lograba concentrarse en el texto. El imán no dijo nada más
y se comportó como cualquier otro imán cuando una mujer acudía a contarle sus
problemas. Sabía que aún debía esperar un poco antes de que ella estuviese
dispuesta a oír el resto de sus palabras.
Pero no tuvo que esperar mucho, pues al cabo de dos
noches volvió a cruzarse con Zinat.
—¿Por qué no me acompaña? Casualmente no tengo nada
que hacer esta noche y estoy aburrido. ¿Trae consigo algún texto?
Zinat se sentó y empezó a leer en voz alta el texto
que llevaba. Él la escuchaba.
—Tiene usted una gracia extraordinaria contando
historias: infunde vida a las palabras muertas, lo oigo, lo siento, lo veo en
sus labios —le señaló la boca y a punto estuvo de rozarle el labio inferior.
Zinat hizo las maletas y se fue a pasar una semana a
la casa de sus padres en Yeria para intentar quitarse de la cabeza al imán
suplente.
Reflexionó detenidamente sobre la situación y decidió
que no quería saber nada más de él. Era un hombre casado y con hijos y, por si
eso no bastara, estaba al frente de la mezquita que su propio hijo ocuparía en
un futuro no muy lejano.
Sin embargo, una vez de nuevo en casa, todo salió
distinto de como lo había previsto.
Zinat se hallaba en el zoco delante del escaparate de
una joyería cuando de pronto vio el reflejo del imán en el cristal. Estaba a
sus espaldas y le susurró:
—Zinat Janum. La echo de menos. La silla donde se
sienta usted está vacía.
Ella no dijo nada, ni siquiera se volvió, se limitó a
escucharlo.
Su voz ejercía una intensa atracción. Aun así, Zinat
decidió no acudir a la mezquita los dos días siguientes, ni a la oración
matinal ni a la vespertina. Pero fue incapaz de alargarlo más. Después de que
el conserje hubiese cerrado la puerta del templo y se hubiese ido, se echó por
encima un velo negro y fue al templo a través de la azotea.
Pasó por delante del cuarto del imán en dirección a la
sala de oración.
—¿Eres tú, Zinat? —preguntó el imán con voz serena
desde su habitación.
—Sí, soy yo, vengo a buscar un libro de la mezquita.
—Puedes entrar si lo deseas, tengo té recién hecho.
Zinat fue primero a la sala de oración y tras coger el
libro que buscaba volvió sobre sus pasos.
—Oigo siempre tus pisadas en la noche —le dijo el imán
desde su cuarto.
Zinat entró en la estancia, tomó asiento en la silla y
puso el libro sobre la mesa.
El imán se levantó, fue a cerrar la puerta con sigilo
y echó la llave. Encendió una vela que dejó sobre la mesa y apagó la lámpara.
Zinat se quedó inmóvil en la silla, esperando.
Él cogió su Corán y buscó el sura Aan kahto, que un hombre recita cuando quiere acostarse con una
mujer que no es su esposa. Después de leer el sura y de que Zinat hubiese
pronunciado la palabra qabelto
(accedo), él podría desnudarla, según la doctrina del libro.
El imán fue entonando los versos en voz baja.
Ella cerró los ojos.
—Aan kahto wa
zawagto —musitó el imán inclinado hacia delante.
Zinat calló.
—Aan kahto wa
zawagto —musitó por segunda vez.
Zinat calló.
— Aan kahto wa
zawagto —musitó por tercera vez.
—Qabelto
—susurró Zinat despacio, y dejó que el velo se deslizara de sus hombros.
El imán dejó el Corán sobre la mesa, rozó los labios
de Zinat y le acarició su cálido cuello.
Kaaba
Inmediatamente después de levantarse, las abuelas
cogieron las regaderas y las escobas y salieron al patio furtivamente. Echaron
agua en el suelo y se pusieron a barrer. Ya no recordaban la edad que tenían
cuando empezaron a barrer el portal de la casa; lo hacían porque querían ir a
La Meca, y lo hacían en secreto.
La peregrinación a La Meca era el sueño de millones de
musulmanes, pero aquel viaje no estaba al alcance de todos, sólo los fieles
pudientes podían permitirse ir a Tierra Santa.
Las abuelas no tenían un céntimo, el dinero nunca les
había interesado, y tampoco lo necesitaban puesto que en la casa tenían todo lo
necesario para vivir. Pero desde su infancia sabían que todo aquel que quisiese
ir a La Meca y no tuviese dinero, sólo podía conseguirlo barriendo. Pero había
que cumplir tres requisitos: en primer lugar debían barrer el portal todas las
mañanas antes del amanecer durante veinte años; en segundo lugar, nadie podía
verlas, y en tercero y último lugar, nadie podía conocer su secreto.
Si cumplían con los requisitos, el profeta Gezr se les
aparecería el último día para darles su recompensa. Gezr era uno de los
primeros profetas que vivió antes de Mahoma, Iesa, Mosa, Ibrahim, Jakob y
Dawud.
No obstante, cómo decidiría Gezr hacer realidad su
viaje era un secreto entre el venerable profeta y los que barrían.
Las abuelas barrieron durante veinte años, pero el
profeta no se presentó. Tal vez habían hecho algo mal o se habían despistado
con los años. Quizá se habían dormido alguna vez y habían empezado más tarde a
barrer, o alguien las había visto y había descubierto su secreto.
El caso es que volvieron a empezar otra tanda de
veinte años.
Posiblemente no tenía mucho sentido, pero ¿qué otra
cosa podían hacer? Su propósito de ir a La Meca daba sentido a sus vidas, las
mantenía en pie, les daba esperanzas para despertar al día siguiente y aguardar
un día más la llegada del profeta.
Según sus cálculos, habían completado ya la segunda
ronda; sin embargo, no había el menor rastro o señal del profeta.
Al finalizar los primeros veinte años, las abuelas se
sentían con fuerzas para ir a La Meca, pero cuando comenzaron la segunda ronda
supieron que serían muy ancianas cuando terminasen el plazo y que carecerían de
la fortaleza necesaria para emprender la santa peregrinación. Pese a todo,
siguieron adelante.
Pasados unos días, las dos se hallaban en el cuarto de
las alfombras, sentadas en el suelo y muy afligidas.
—Si alguien nos quitara la escoba de las manos, nos
caeríamos muertas al instante —se lamentó Jolbanú—. No podemos dejar de barrer,
debemos continuar y cuando ya no podamos más, iremos arrastrándonos hasta la
puerta.
—Creo que seguimos haciendo algo mal —comentó Jolebé—.
Quizá hemos vuelto a perder la cuenta de los años.
—No puede ser, hemos ido marcando año tras año con una
cruz en la pared. Cuéntalos. Hemos cumplido de sobra los veinte años.
—Entonces tal vez hayamos descuidado una de las
reglas.
—¿Qué reglas? Si no hay reglas. Sólo hay que madrugar,
barrer y callar.
—Creo que ya lo sé.
—Siempre estás poniendo reparos. ¿Qué es lo que sabes?
—Hemos cometido un grave error. Las dos —dijo Jolebé.
—¿Qué error?
—No podíamos contarle nuestro secreto a nadie.
—Y no lo hemos hecho.
—Ya lo creo que sí, nos hemos contado el secreto la
una a la otra. Tú sabes mi secreto y yo sé el tuyo, y eso no puede ser. ¡No
puede ser! Tú no debes conocer mi secreto ni yo el tuyo. Deberíamos haber
obrado cada una por nuestra cuenta.
—Cállate ya, anda.
Habían tomado juntas la decisión de barrer el portal,
de encontrarse con el profeta Gezr y de ir a La Meca, pero las cosas no habían
salido según lo planeado.
Apesadumbradas, permanecieron en el cuarto de las
alfombras. Se habían fundido con la oscuridad y parecía como si ya nadie
pudiera salvarlas, las escobas se les habían caído de las manos.
Ya no eran personas sino dos espectros en aquel cuarto
oscuro. El graznido del grajo rompió el silencio y Jodsi la Loca apareció de
pronto en la casa, echó un vistazo al cuarto de las alfombras y dijo:
—He oído a las abuelas. ¿Dónde están las abuelas? ¿O
es que he oído mal? Pero diría que las he oído.
Las abuelas se sobresaltaron y se pusieron en pie. Si
Jodsi la Loca las había oído, se lo contaría a todo el mundo, pues eso era lo
que siempre hacía: contar secretos a los demás.
—¿Cómo estás, Jodsi? —la saludaron con cautela.
—¡Bien!
—¿Y cómo está tu madre?
—¡Bien!
—¿Y tu hermana?
—¿Mi hermana? Está loca, se está volviendo loca.
—¿Te apetece comer algo, Jodsi? —la invitó Jolbanú, y
la acompañaron a la cocina para sonsacarle si las había oído o no, pero nada
más entrar, Jodsi se dio media vuelta y se fue.
—¡Jodsi! —llamaron las abuelas, pero ella ya se había
ido.
¿Cuántos años tenía Jodsi? ¿Treinta? ¿Cuarenta? ¿Era
mayor, más joven? Nadie lo sabía. En cualquier caso, parecía joven, joven y
loca.
Descendía de un linaje antiguo. Su padre, hombre noble
y adinerado, poseía unas aldeas en las montañas y era pariente lejano de Aga
Yan. Sin embargo, había algo que no iba bien en aquella familia, pues todos sus
miembros habían acabado trastornados. Su esposa empezó a acusar problemas
psíquicos después de tener a su primer hijo y ya no se recuperó. El niño nació
deficiente mental, la hija mayor tampoco era muy normal y Jodsi se dedicaba a
deambular por la ciudad como una vagabunda.
Cuando el padre murió, no hubo nadie que acogiese a la
familia. Aga Yan fue el único que se preocupó de ir a echarles un vistazo de
vez en cuando, hacer las disposiciones necesarias y visitarlos.
Todos siguieron viviendo en la casa familiar. Y
siempre que la madre tenía que ir al zoco para algo, salía por la puerta como
si fuese una princesa. En su porte se veía que provenía de una familia rica,
pero si uno la observaba detenidamente, también se notaba que no regía
demasiado bien. Jodsi y su hermana mayor la acompañaban en sus salidas por la
ciudad y cada vez que tenían que atravesar una calle, las dos echaban a correr
y bloqueaban la calzada de modo que ningún carromato, coche, autobús o bicicleta
pudiese pasar hasta que su madre hubiese puesto el pie en la otra acera.
El hermano de Jodsi se llamaba Hashim, era mayor que
ella y siempre que salía a la calle, iba vestido como un coronel, con el bastón
bajo el brazo.
Llevaba un uniforme impecable y el emblema nacional
del león persa de bronce refulgía en la gorra. Desde bien temprano por la
mañana hasta bien entrada la noche se plantaba delante de la puerta del zoco
para hacer guardia, y cada vez que pasaba algún policía, lo saludaba con
presteza. El resto del tiempo permanecía inmóvil. Nadie le hacía caso y ningún
niño lo molestaba. Lo aceptaban como si fuese un monumento del zoco. En cuanto
Hashim veía entrar a Aga Yan por la puerta del zoco, exclamaba en tono militar
«Saluuud». Y lo mismo hacía al ver que se disponía a marcharse. Después del
saludo, Aga Yan se acercaba a él, le estrechaba la mano y charlaban un rato.
—¿Cómo te va, Hashim?
—¡Bien!
—¿Y cómo está tu madre?
—Bien.
—¿Y tu hermana?
—¡Bien!
—Saluda a tu madre de mi parte. Si me necesitáis para
lo que sea, enviad a Jodsi a buscarme.
—Así lo haré.
—Muy bien —decía Aga Yan.
Jodsi se enteraba de casi todo.
—¿Alguna novedad, Jodsi? —le preguntaba la gente al
cruzarse con ella.
Había que hablarle con cortesía y preguntarle por su
madre y su hermana, o de lo contrario no respondía.
Tampoco hablaba de balde. Había que pagarle primero un
par de céntimos, que ella se metía en la boca, y acto seguido recitaba sus
noticias: «El viejo Jasem ha muerto, Miriam ha tenido una niña y la gallina del
Sultán tiene siete polluelos.»
Por las mañanas, Jodsi empezaba con la boca vacía. Iba
de casa en casa y contaba sus historias hasta que tenía la boca tan llena de
monedas que ya no podía ni hablar.
Lo que hacía con el dinero que ganaba era un misterio.
Algunos decían que lo metía en botes que escondía en el sótano de su casa, pues
si su madre en su locura llegaba a enterarse de que su hija mendigaba, se
habría caído muerta al instante.
—Jodsi, vienes de buena familia, eres una dama, no
puedes ir entrando en las casas sin más ni más —solía decirle Aga Yan.
Pero ella no le hacía caso y se colaba por la primera
puerta que encontraba abierta. Nunca se sentaba, se paseaba por todas las
habitaciones, escuchaba a la gente y se iba a la casa de al lado. Así era como
se enteraba de los chismes y las noticias.
A veces cruzaba el puente e iba a la otra orilla del
río, hacia los viñedos.
—¡No debes ir allí! —le había advertido Aga Yan—. A
una muchacha joven como tú no se le ha perdido nada en los viñedos.
—No lo haré más —respondía ella, pero no cumplía su
palabra.
Cruzaba el puente e iba a los viñedos donde merodeaban
hombres de dudosa reputación, hombres que le metían en la boca un buen puñado
de céntimos.
Cuando un hombre la veía llegar, se la llevaba detrás
de los árboles, le metía algunos céntimos en la boca y la besaba. Jodsi no
decía ni pío. Le palpaba los pechos, pero ella no se inmutaba. Deslizaba la
mano por debajo de la ropa y le tocaba el cuerpo. Jodsi no se movía, pero en
cuanto él hacía ademán de bajarse los pantalones, se zafaba de él y salía
disparada hacia el puente.
Jodsi iba a menudo al zoco a ver a Aga Yan, y si éste
no estaba ocupado con ninguna visita, el sirviente Am Ramazan no la detenía. La
muchacha se sentaba entonces en una silla junto al escritorio.
—¡Té para Jodsi Janum! —pedía Aga Yan.
El criado le llevaba una taza de té y un poco de
chocolate en una bandejita de plata.
—¿Me traes noticias? —le preguntó ese día.
Jodsi se inclinó hacia delante y soltó entre susurros
lo que había ido a contarle.
—Crucé el puente y fui a los viñedos.
—¿Otra vez?
—Había dos hombres. Me cogieron y yo grité y grité,
grité tan fuerte que los hombres huyeron hacia las montañas.
—¿No te tengo dicho que no debes ir a los viñedos?
Como vuelvas a ir otra vez, iré a ver a tu madre y tendré una larga charla con
ella. No quiero que vuelvas ahí, ¿me has entendido?
—Sí, no volveré a hacerlo.
—¡Así me gusta! ¿Y tienes algo más que decirme?
—Sí —respondía, y acto seguido le endilgaba un cúmulo
de noticias casi sin respirar—: El agente Rogani le pega a su mujer cada noche
y fuma porquerías y el zapatero ha encerrado a su madre en el corral de las
gallinas y ella llora porque quiere salir y Azam Azam siempre se lleva un
cuchillo a la cama cuando se acuesta con su marido y el burro de Am Ramazan
está enfermo y las abuelas creían que este año podrían ir a La Meca pero él no
se ha presentado, es la segunda vez que no se presenta y las abuelas lloran.
—¿Qué has dicho sobre las abuelas? ¿Quién no se ha
presentado? —preguntó Aga Yan.
—El profeta Gezr, es la segunda vez que no se
presenta.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué quieres decir? —exclamó
Aga Yan, sobresaltado.
—Tengo que irme —anunció ella.
Se puso en pie, se metió un trozo de chocolate en la
boca, tomó un sorbo del té y salió corriendo.
—¡Espera un momento! —la llamó Aga Yan.
Aquella noche, después de acostarse, Aga Yan le contó
a su mujer que Jodsi había ido a verlo.
—¿Y qué te ha contado?
—Disparates, no para de soltar desvaríos y lo mezcla
todo.
—Sí, lo sé, se inventa muchas cosas, tiene algo de
nuestra Zinat Janum.
—No puedes compararla a Zinat, Jodsi delira.
—No me malinterpretes, no las estoy comparando, sólo
digo que Zinat tampoco puede parar quieta y tiene una cabeza muy fantasiosa.
—Tienes razón, pero las historias de Jodsi son pura
charlatanería.
—Charlatanería o no, tiene gracia contando cosas, sólo
que no lo cuenta todo. Sólo te dice una parte y mezcla unos temas con otros,
eso lo hace más intrigante aún. ¿Qué te ha dicho hoy?
Aga Yan se quedó callado unos instantes, se había
pasado el día dándole vueltas a lo de las abuelas, pero no quería hablar de eso
con Fagri.
—Me ha hecho enfadar porque ha vuelto a ir a la otra
ribera del río. Dijo que dos hombres la sujetaron y que ella gritó y gritó tan
fuerte que los hombres huyeron hacia las montañas.
—¡Santo Dios! ¡Otra vez esos hombres! Tengo miedo de
que algún día vayan a hacerle algo, te cargarán las culpas a ti, ya lo sabes. A
lo mejor deberías charlar un rato con ella del tema para meterle miedo y
conseguir que se mantenga alejada de esos tipos.
—Dijo que el burro de Am Ramazan está enfermo y que
Azam Azam se lleva un cuchillo a la cama cuando se acuesta con su marido.
Fagri Sadat se echó a reír.
—¿Qué habrá querido decir con eso?
—No lo sé. Se lo saca todo de la manga, entra en las
casas, ve algo y se inventa una historia. Tal vez haya visto un cuchillo en la
cama de Azam Azam o algo por el estilo. También dijo que el agente Rogani le
pega cada noche a su mujer.
—Eso bien podría ser cierto, tienes que hacer algo por
esa pobre mujer. Ese hombre es un adicto y un agente malvado. Habla con Zinat,
ella tiene contacto con la gente de la mezquita. Quizá sea capaz de solucionar
esas cosas. Podría hacerle una visita a la mujer y ver qué pasa ahí.
Coméntaselo a Zinat. ¿Hay algo más?
—Asegura que el zapatero ha encerrado a su madre en el
corral.
—No puede ser. ¿Quién sería capaz de hacerle algo así
a una anciana?
—Hay gente muy cruel, capaz de cualquier cosa.
—Pídele a Zinat que vaya a la casa, tal vez ella sea
capaz de averiguar la verdad.
—Jodsi recuerda las cosas que le han causado impresión
y luego las cuenta a su manera, pero mientras te lo estoy contando, lo veo de
forma distinta. Creo que cuando viene a verme siempre quiere contarme algo
importante, algo que no les puede contar a los demás. Pero tienes razón,
fantasea como Zinat, aunque hay una diferencia: Zinat cuenta relatos antiguos
mientras que Jodsi toma un fragmento de la realidad y teje con ello una
historia. Lo que quiero decir es que en sus fabulaciones hay un fondo de verdad.
Fagri Sadat recostó la cabeza en el pecho de Aga Yan y
cerró los ojos.
—Ya no quiero seguir hablando de Jodsi en la cama,
cuéntame otras cosas, cosas bonitas, cariñosas… no quiero quejarme, pero
últimamente no me prestas mucha atención. Antes íbamos de viaje a menudo, me
llevabas a Mashad y nos quedábamos a pasar una semana en la fonda que hay cerca
del mausoleo del imán Reza. Me llevabas a Isfahán, pero hace años que ya no lo
hacemos, te vas solo de viaje y yo me quedo en casa. A veces pienso que ya
estoy vieja y tú…
—Dijo algo más.
—¿Me estás escuchando? ¿Aún sigues pensando en Jodsi?
—Dijo algo del profeta Gezr, que ha dejado en la
estacada a las abuelas.
—¿Quién ha dejado en la estacada a las abuelas?
—repitió Fagri incorporándose.
—¡El profeta Gezr! Eso dijo Jodsi. Y no es pura
palabrería, yo diría que oyó alguna conversación entre las abuelas. Creo que
tienen un secreto.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Lo intuyo. Jodsi dijo que Gezr no se había
presentado; era la segunda vez que no se presentaba y las abuelas lloraban.
Aga Yan recordó que los últimos años había visto a
menudo a las abuelas escoba en mano muy temprano por la mañana, pero nunca se
había parado a pensar en lo que hacían.
Antes del amanecer, Aga Yan salió de la cama, fue
hasta la ventana y observó la habitación de las abuelas. La puerta de su cuarto
no tardó en abrirse y las dos aparecieron cual espectros, escoba en mano.
Había estado dándole vueltas toda la noche y por fin
sabía lo que debía hacer. Sonrió y volvió a la cama.
Sus ojos se posaron en la pierna desnuda de Fagri
Sadat y atisbó un trozo de sus bragas granate a la luz de la lamparilla. Estaba
en lo cierto, apenas le dedicaba tiempo y hacía mucho que no salían juntos de
viaje. Él se iba solo y ni siquiera le llevaba regalos a la vuelta. Había
pasado una eternidad desde el día en que le compró una caja de ropa interior de
colores en Damasco. Se deslizó con cuidado bajo las sábanas, sujetó a Fagri y
le bajó las bragas con suavidad.
—¡Estate quieto! —dijo Fagri soñolienta.
Como de costumbre, Aga Yan no le hizo caso y continuó.
—Estate quieto —susurró ella.
Luego ya no dijo nada más.
Eqra!
Cuando las abuelas llevaban un rato atareadas
barriendo, oyeron un ruido extraño en el callejón. Escrutaron la oscuridad pero
no vieron nada, de modo que siguieron con lo suyo. Mas de pronto resonó el
relincho de un caballo. Volvieron a escudriñar la oscuridad, pero sus ancianos
ojos no veían nada.
—¿Has oído tú también un caballo? —preguntó Jolbanú.
—Sí, y también he oído los cascos —dijo Jolebé.
El ruido fue haciéndose más intenso. Las abuelas se
cogieron de la mano y permanecieron inmóviles, con la mirada fija en el
callejón. Un caballo negro apareció a la luz de la farola. Lo montaba un árabe
envuelto en una túnica blanca. Las abuelas se inclinaron en una silenciosa
reverencia.
El jinete se dirigió a ellas en árabe.
—Jaaaa
ajooohaaaal nabieeee waaa salaaaaamooo namazoooo Gezr waal Mekaaa!
Pese a que las abuelas no entendían el árabe, supieron
de inmediato de lo que les hablaba el jinete: las palabras Meca y Gezr eran lo
bastante explícitas.
Volvieron a inclinarse ante el jinete árabe.
—Waa enniee waa
yaleha, Wa ennnie jaaa Jolbanú, Wa ennnie jaaa Jolebé!
Las abuelas temblaban de emoción, pues el árabe se
había dirigido a ellas por sus nombres de pila. ¿Habían oído bien?
—Jaaa ello
haaannabieee. Eqraaa esmiiieee, Jolbanú! —añadió el jinete.
No se equivocaban, el hombre había llamado claramente
a Jolbanú. ¿Qué se suponía que debían hacer?
Jolbanú dio un paso al frente e inclinó la cabeza. El
jinete sacó una carta del bolsillo y se la alargó. Jolbanú se acercó con
cautela y tomó el sobre.
—Jolebé!
—exclamó el jinete.
La otra abuela avanzó hasta él y también recibió un
sobre blanco.
—Waaa enna
lellaaah. Wa Alllaaaho samaaad —pronunció el jinete y, dándole un tirón a
las riendas, dio media vuelta y desapareció.
Salió el sol. Las abuelas seguían pasmadas con el
sobre en la mano. No se atrevían a moverse, pues temían que todo aquello no
hubiese sido más que un sueño. Pero no era ningún sueño, porque el grajo se
posó en la farola y graznó con todas sus fuerzas.
De vuelta en su cuarto, cerraron la puerta,
encendieron la luz y abrieron los sobres. Las dos cartas eran iguales, pero
ninguna de las dos logró descifrar la escritura del profeta; debían de estar
escritas en un lenguaje secreto. Tendrían que enseñarle las cartas a alguien,
pero ¿a quién? ¿A Aga Yan? ¿A Fagri Sadat? ¿A Zinat Janum? No.
—Pidámosle a Shabal que nos diga su significado
—propuso Jolebé.
Las dos se dirigieron a la habitación del muchacho.
—¡Despierta! ¿Todavía estás en la cama? ¿Es que no has
ido a rezar aún? Debería darte vergüenza. Le diré a Aga Yan que remoloneas en
la cama como un pecador. Eqra. Ten,
léenos estas cartas, anda —dijo Jolbanú.
Medio dormido aún, Shabal estudió las cartas.
—Puedo leerlas pero no entiendo lo que dicen, están
escritas en árabe.
Tal vez tendrían que mostrarle las cartas a Aga Yan,
pero había ido a Yeria y no podían esperar hasta su vuelta. Así que se
colocaron el velo y se encaminaron hacia la mezquita para enseñarle las cartas
al imán suplente.
Éste acababa de concluir el rezo de la mañana y había
vuelto a su cuarto para echarse una hora, cuando de repente llamaron a la
puerta. Pensando que se trataba de Zinat Janum, dijo con voz soñolienta:
—Pasa.
Las abuelas entraron.
—¿Qué sucede, señoras? —preguntó el imán,
desconcertado—. ¿Qué puedo hacer por ustedes?
—Hemos recibido una carta, mejor dicho, dos cartas muy
confidenciales. ¿Podría usted leérnoslas?
—Será un placer. Tomen asiento.
Las abuelas le alcanzaron las cartas. Él cogió el
turbante de la mesilla de noche y se lo puso, luego se sentó en la silla
vestido con su larga camisa de algodón.
—Siéntense, señoras. Permitan que me ponga las gafas.
—Se las puso y empezó a leer—. ¿Una carta en árabe?
—¿No puede leerla? —preguntó Jolbanú.
—Debería poder hacerlo, pero no sucede cada día que
reciba una carta en árabe. Leo el Corán, sí, pero el lenguaje del libro sagrado
es distinto, es la palabra de Dios. Leo el Corán y entiendo lo que dice, pero
si me dieran un periódico árabe, no estoy seguro de que pudiera entenderlo.
Digámoslo así: si hoy mismo me fuese a La Meca, no sé si me entendería con la
gente de la calle. Esperen un momento, al final de la carta hay una dirección.
¿Es que tienen que ir ustedes a alguna parte? ¿Cómo han llegado a sus manos
estas cartas? Parecen documentos muy formales. Y hay otro nombre: Hayi Aga
Mustafá Mohayer.
—Puede ser. Conocemos a Hayi Aga Mustafá Mohayer,
trabaja en el zoco —comentó Jolbanú.
—Entonces está claro. Tienen que ir a ver a Hayi. Wasalam!
Las abuelas, que de la emoción ya no podían permanecer
sentadas ni un segundo más, le arrebataron las cartas de las manos. En cuanto
salieron de allí, encaminaron sus pasos al zoco, pero Jolbanú dijo:
—Me parece que es demasiado temprano para ir al zoco,
esperemos un poco a que el sol esté más alto. También creo que sería
conveniente que fuésemos a ponernos algo más apropiado ahora que llevamos
cartas tan importantes.
Cuando llegaron, todo se les antojó distinto. La casa
estaba bañada en una radiante luz solar. Era como si todo les sonriese y todos
compartiesen su secreto. Probablemente el cedro centenario había oído los
cascos del caballo y hasta la alberca había absorbido la voz de Gezr.
Las flores del jardín observaban admiradas a las dos
abuelas y el sol iluminaba los cristales de la biblioteca, el grajo sobrevoló
sus cabezas y soltó un alegre graznido.
—Gracias, gracias, grajo —susurraron las abuelas.
Los viejos pececillos rojos emergieron del agua y
dieron un salto en el aire.
—Gracias, gracias, pececillos.
—Oigo pasos alegres. ¿Qué feliz acontecimiento se ha
producido? —dijo Muecín desde su taller en el sótano.
Jolbanú y Jolebé fueron a saludarlo y lo encontraron
detrás de la mesa de trabajo, amasando el barro para dejarlo moldeable.
¿Debían decírselo? ¿Debían revelar parte de su
secreto? No, antes debían ir a ver a Hayi Mustafá, entonces sabrían con
seguridad si su viejo sueño se había cumplido por fin.
—¡Buenos días! —lo saludaron exultantes.
—Buenos días, señoras. Me parece que tienen algo que
contar —sugirió Muecín.
—Es cierto, tenemos una grata noticia que dar —empezó
Jolebé, pero Jolbanú la interrumpió.
—Muecín, ¡qué jarrones tan preciosos tienes ahí! Estoy
segura de que son todos nuevos.
—No exageres, llevo toda mi vida haciendo vasijas y
jarrones, es sólo que hoy los veis con otros ojos.
Las abuelas se miraron sonrientes.
—Acabamos de recibir muy buenas noticias, pronto te
las contaremos y entonces podrás anunciarlo a los cuatro vientos desde el
tejado de la mezquita.
—¡Cuánto secretismo! —dijo Muecín.
Las abuelas bajaron la escalera dando saltitos como si
fuesen un par de chiquillas y volvieron al patio.
En su euforia no sabían qué hacer, adónde ir o a quién
acudir. Vieron a Fagri Sadat dirigirse a la cocina y la saludaron con cierta
torpeza, algo que jamás habrían hecho un día cualquiera. El viejo gato de la
mezquita pasó por su lado. Ellas echaron a correr tras él y el animal, que
nunca las había visto hacer algo semejante, salió despavorido hacia la azotea.
Las abuelas se pusieron sus mejores vestidos, se
empolvaron un poco las mejillas, se echaron por encima su velo negro más nuevo
y se dirigieron al zoco.
Hayi Mustafá era un viejo amigo de Aga Yan, un
prohombre de la ciudad que tenía la exclusividad para preparar todos los viajes
a los lugares santos y organizaba las peregrinaciones a Kerbala, Nayaf, Medina,
Damasco y La Meca.
Su oficina se hallaba en el centro del zoco y cada día
lo visitaban centenares de aspirantes a peregrinos para tratar los detalles de
su viaje. Las abuelas entraron en el local, pero no tuvieron que hacer cola
como los demás, pues las dos portaban cartas dirigidas personalmente a Hayi
Mustafá.
Las abuelas miraron a través de la ventana de su
despacho y, a pesar de que sólo lo habían visto una vez en la mezquita, lo
reconocieron de inmediato. Estaba sentado a su escritorio y hablaba por
teléfono. En cuanto las vio, les hizo una señal para que entrasen. Ellas
abrieron la puerta con cuidado.
—¿Qué puedo hacer por ustedes? —dijo Hayi cuando hubo
terminado la llamada.
Las abuelas le entregaron las cartas a la vez.
—Tenemos un recado para usted —le informó Jolbanú.
El hombre se puso las gafas, abrió las cartas y leyó
con atención. De vez en cuando desviaba la mirada hacia ellas. Cuando acabó la
segunda carta, permaneció un momento en silencio, sosteniendo las gafas en la
mano.
Las abuelas se miraron sin saber qué hacer.
El hombre volvió a meter las cartas en sus respectivos
sobres, las presionó contra su frente con reverencia y las metió en un cajón.
—Tomen asiento —les dijo en tono solemne.
Ellas se sentaron en dos anticuadas sillas de piel
delante del escritorio.
Hayi Mustafá hojeó sus papeles, garabateó un par de
anotaciones e hizo una enigmática llamada telefónica. Después, salió del
despacho sin decir una palabra. Al cabo de un cuarto de hora regresó y sacó un
voluminoso libro de un archivador marrón oscuro. Lo abrió y dijo:
—Jolbanú.
—Soy yo —dijo una de las abuelas poniéndose en pie.
El hombre dejó una almohadilla de tinta frente a ella.
—¿Le importaría poner el índice en la almohadilla y
después estamparlo en el libro?
Con mano temblorosa, Jolbanú lo hizo.
—Ya puede volver a sentarse. —Escribió algo y luego
dijo—: Jolebé.
—Soy yo —dijo la otra abuela con voz trémula, y se
levantó del asiento.
—Ponga el dedo aquí y después aquí, por favor.
Jolebé presionó el índice contra la almohadilla y
seguidamente lo puso en el lugar que Hayi le indicaba con la punta de su pluma.
—¿Dónde viven?
—En la casa de la mezquita —repuso Jolbanú.
—¿Las dos?
—Sí.
Cuando Hayi acabó de escribir, estampó un par de
sellos en su libro, se puso en pie y dijo:
—Síganme.
Las abuelas así lo hicieron. Enfilaron por un pasillo,
pasaron por una estancia pequeña, luego por otra sala más grande y por fin
llegaron a otro pasillo en penumbra. Hayi se detuvo delante de una puerta, sacó
una llave del bolsillo, abrió la puerta y les pidió que se quitaran los zapatos
y siguieran adelante.
Ambas entraron en una singular estancia con las
paredes forradas con grandes telas en las que se leían textos sagrados. También
había cientos de viejas y desgastadas maletas de piel marrón claro que llegaban
hasta el techo. El olor familiar a libros y piel impregnaba aquel lugar de una
atmósfera sagrada. El suelo estaba enteramente cubierto por una antiquísima
alfombra.
En una pared había un nicho con decenas de registros
apilados, la fila superior cubierta por una gruesa capa de polvo.
A las abuelas les temblaban las manos por debajo del
velo. Se quitaron los zapatos y avanzaron.
—Siéntense —les pidió Hayi, señalándoles las dos
sillas que había junto a una antigua mesa de madera. Del techo colgaba una
lucerna de plata labrada con siete velas medio consumidas. Las abuelas se
sintieron llenas de esperanza.
—Lo que ha sucedido hasta el momento, lo que tratemos
a continuación y lo que vean ustedes hoy aquí debe quedar entre nosotros. Si
alguien llegase a enterarse de este secreto, el contrato se rescindirá
inmediatamente —subrayó Hayi.
—Está perfectamente claro —repuso Jolbanú.
Hayi desapareció detrás de una cortina y salió con dos
flamantes maletas de piel marrón claro que tenían una imagen de la Kaaba. Las
puso delante de las abuelas con un gesto tan solemne que ellas casi se
desmayaron de la emoción. Luego se sentó frente a ellas.
—Es muy probable que en casa les hagan preguntas —les
explicó con seriedad—, pero no deben contestarlas. Se lo repito, no deben
contestarlas.
—Entendido —dijo Jolbanú, impávida.
—El día del nacimiento de santa Fátima las dos se
presentarán con las maletas en el zoco —dijo Hayi.
—De acuerdo.
—Si tienen alguna consulta que hacer, será mejor que
la hagan ahora. Una vez hayan partido, ya no tendrán oportunidad de preguntar
nada.
Las abuelas se dirigieron una mirada interrogante.
¿Tenían preguntas? No, todo estaba claro.
—Bueno, sí, ¿a qué hora exactamente tenemos que estar
en el zoco? —preguntó Jolbanú.
—Temprano por la mañana, antes del amanecer.
Jolebé también tenía una pregunta pero no se atrevía a
formularla, de modo que se la susurró a Jolbanú al oído.
—No se lo tome a mal —dijo ésta—, pero no nos ha dado
usted ningún documento. Quizá no estaría de más que tuviéramos algo, algún
papel en el que figuren nuestros nombres.
—Las maletas bastan —dijo Hayi—. Están marcadas con
sus nombres.
Las dos se fijaron entonces en las maletas y vieron
con estupor que sus nombres estaban escritos en letras grandes en un pequeño
rectángulo protegido por un plástico.
—¡Es cierto! —exclamó Jolbanú y le dirigió una mirada
airada a Jolebé por su inoportuna pregunta.
—Sus documentos de viaje les serán entregados el mismo
día de la partida —añadió Hayi—. ¿Alguna pregunta más?
Las abuelas se miraron, no, no tenían más preguntas.
Se sentían radiantes de felicidad. Ocultando su sonrisa detrás del velo,
cogieron las maletas y salieron del local adentrándose en el bullicio del zoco.
Una vez en casa, escondieron las maletas en un arca
desvencijada que había en el sótano e hicieron ver que nada había sucedido,
aunque el peso del secreto les oprimía el pecho. No podían dormir y se les iban
las horas despiertas en la cama. Los días se eternizaban y las noches no tenían
fin. ¿Sería cierto? ¿Llegaría el día en que harían las maletas para emprender
su peregrinación? ¿Aguantarían un viaje tan largo?
Tenían miedo de no llegar al día acordado, de sufrir
cualquier percance, de romperse una pierna o morirse. Pero habían aguardado
pacientemente durante cuarenta años, bien podían esperar un par de meses más.
La
cámara del tesoro
¡Tú, el envuelto en
un manto!¡Levántate y advierte!A tu Señor ¡ensálzalo!Tu ropa, ¡purifícala!La
abominación, ¡huye de ella!¡Espera pacientemente!Siete hombres salieron del callejón. Cuatro de ellos
cargaban sobre los hombros una enorme canasta de mimbre sujeta a dos maderos,
mientras los otros tres iban delante. Eran vecinos de la aldea de Yeria y
llevaban a Kazem Kan a la casa de la mezquita.
Uno de los hombres llamó a la puerta, pero Jolebé
tardó en salir a abrirles.
—¿Señores? —inquirió la abuela, perpleja al verlos.
—Traemos a Kazem Kan —anunció uno de ellos señalando
la canasta que sus compañeros llevaban a cuestas.
—¡Jolbanú, es Kazem Kan! —gritó Jolebé, alarmada.
En cuanto Jolbanú vio la canasta, supo lo que debía
hacer. Los condujo al cuarto de fumar, donde sacaron a Kazem Kan con cuidado de
la canasta y lo depositaron sobre la cama. Tenía los ojos cerrados y se lo veía
pálido y demacrado. Los hombres salieron de la estancia y fueron a fumar una
pipa junto a la alberca. Jolebé empezó a sollozar en silencio, pero Jolbanú
puso manos a la obra. Tapó a Kazem Kan con una manta, dispuso un espejito y un
Corán en la repisa que había sobre la cabeza del poeta y a continuación fue a
la cocina para servirles el desayuno a los aldeanos de Yeria. Llevó una tetera
a la mesa y sacó queso, pan, mermelada y una fuente de fruta; después fue a
llamarlos.
—¿Querrían venir a desayunar, señores?
Entretanto, Aga Yan también había llegado a casa y
había ido directamente al cuarto de fumar. Cuando vio a Kazem Kan tumbado en la
cama, supo que ya no tenía sentido llevarlo al hospital. Se dio media vuelta y
fue a saludar a los aldeanos, que se pusieron en pie nada más verlo. Uno de
ellos le contó lo sucedido:
—Llevaba unos días sin ir al salón de té y creíamos
que estaba de viaje. Una noche, oímos su caballo y supusimos que había
regresado. Pero el caballo no paraba de relinchar, así que fuimos hasta su casa
para ver qué pasaba y lo encontramos agonizante en la cama. Al día siguiente lo
metimos en la canasta y vinimos en el autobús.
—Les agradezco el gesto y aprecio mucho lo que han
hecho por mi tío —les dijo Aga Yan.
Aquella noche, Aga Yan arrimó una silla a la cama de
Kazem Kan y permaneció largo rato sentado a su lado, leyéndole pausadamente el
sura Al Fatiha, el Exordio.
Kazem Kan era el alma de la casa; sin embargo,
pertenecía a esa clase de hombres que no sentía apego ni por la casa ni por la
mezquita; justamente la clase de persona que Aga Yan jamás podría ser. Él era
el hombre fuerte de la casa, de la mezquita y del zoco, atendía asimismo muchas
otras responsabilidades en la ciudad. Por el contrario, Kazem Kan era tan libre
como un pájaro y como tal había de morir. Los pájaros viejos caían de pronto en
pleno vuelo, posaban la cabeza en el suelo, cerraban los ojos y ya no volvían a
abrirlos. Kazem Kan era un poeta que no conocía límites. Lo había probado todo
en la vida, cosas que ni Aga Yan se atrevía a imaginar.
Sacó del bolsillo su poemario y lo hojeó en busca de
la última composición. Luego, musitó:
Si esos dulces
labios, esa copa de vino,si todo acabará en la nada,piensa que,
mientras existas,no eres más que lo que serás, nada:menos, no puedes ser.Durante
setenta años siempre había habido alguien que corría a preparar la pipa de opio
para Kazem Kan en cuanto éste llegaba a la casa de visita, pero ya no era
necesario.
Las abuelas estaban en la cocina, cuchicheando y
llorando quedamente. El hombre al que las dos amaban se había ido. ¿Cuándo lo
habían visto por primera vez? Sucedió una tarde, medio siglo atrás; las dos no
eran más que un par de jovencitas y el poeta Kazem Kan había entrado en el
patio a lomos de su caballo. Ninguna de ellas había oído hasta entonces recitar
un poema, pero a los pocos días Kazem Kan les compuso uno para cada una: versos
que hablaban de sus ojos y sus largas trenzas, de sus sonrisas y sus manos, tan
calientes cuando encendían el fuego para el opio. La siguiente vez que Kazem
Kan fue a la casa, las dos se entregaron a él, para siempre.
Am Ramazan apareció en el umbral. Era el sirviente que
se encargaba de cuidar el jardín y todos los días, a primera hora de la tarde,
pasaba por el taller de Muecín para saludarlo. También supervisaba las
provisiones de barro y encargaba más cuando hacía falta. Am Ramazan vivía solo,
su esposa había fallecido y no tenía hijos, sólo un viejo burro con el que se
ganaba el sustento. Se dedicaba a sacar tierra del río, que transportaba a casa
de sus clientes con la ayuda del burro.
Am Ramazan saludó quedamente a Aga Yan, que le
devolvió el saludo y le indicó que entrara.
—Escucha, hace días que Kazem Kan no fuma y su cuerpo
está inquieto. Las abuelas van a prepararle una pipa de opio. Si quisieras
fumar y exhalarle el humo en el rostro, se calmaría.
Am Ramazan fumaba ocasionalmente, pues no tenía dinero
para pagarse el opio, pero se puso muy contento con el ofrecimiento de Aga Yan;
sabía que Kazem Kan fumaba el mejor opio procedente de las montañas. El que él
fumaba ocasionalmente con sus amigos era de un color pardusco y olía bastante
mal, pero el de Kazem Kan era de color trigueño y desprendía un aroma a flores
silvestres.
Aga Yan cogió media bola de opio y se la entregó a Am
Ramazan, que se la metió en el bolsillo del abrigo y fue a ayudar a preparar el
fuego.
Poco después llegó Jolebé con una tetera y un hornillo
en el que ardían brasas azuladas. Miró a Kazem Kan con los ojos arrasados en
lágrimas y dejó el hornillo en el suelo. Am Ramazan puso la pipa sobre la
ceniza caliente y cortó la bola de opio en porciones muy pequeñas.
Cuando la pipa estuvo caliente, metió una porción de
opio en la cazoleta ayudándose de una aguja, luego extrajo una brasa con unas
tenazas y la acercó al opio. A continuación empezó a fumar despacio, inhalando
cada vez con mayor intensidad. Por unos instantes se olvidó de que fumaba para
Kazem Kan, pero entonces su mirada se posó en Aga Yan. Se incorporó sujetando
la pipa con la mano izquierda mientras con la derecha seguía sosteniendo la
brasa. Se inclinó sobre el poeta, acercó la brasa al opio que había en la pipa
y aspiró, inhalando profundamente y exhalando el humo sobre su rostro.
En ese instante la puerta se abrió y Jodsi la Loca
entró en la estancia. Las abuelas intentaron detenerla, pero Aga Yan les hizo
un gesto para que la dejasen pasar. Jodsi llegó hasta la cama, se inclinó para
observar el semblante de Kazem Kan, farfulló algo y se fue sin decirle ni una
palabra a Aga Yan.
—Ya está bien —anunció Jolbanú a Am Ramazan—. Si son
tan amables de salir de la habitación, le leeremos el Corán a Kazem Kan.
Aga Yan, ligeramente aturdido por el humo del opio, se
puso en pie y abandonó la estancia seguido del sirviente.
Jolebé cogió el Corán y se sentó en el suelo al lado
de Jolbanú. No tenían problemas para leer libros corrientes, pero la lectura de
los versos del Corán les tomaba más tiempo. Por fortuna se sabían de memoria
varios suras. Jolbanú abrió el libro y le echó una ojeada a una página, pero
empezó a recitar los versos que conocía de memoria. Jolebé repitió sus
palabras.
¡Por el cálamo y lo
que los ángeles escriben!Hemos puesto a prueba a los dueños del jardín.Por la
mañana se llamaron unos a otros:«¡Id temprano a vuestro camposi queréis coger
los frutos!»Y marcharon temprano,pero cuando lo vieron, exclamaron:«¡Nosotros nos
hemos extraviado!¡Nosotros estamos desconsolados!»Después acercó sus labios a la oreja de Kazem Kan y
susurró:
—Kazem Kan, ha empezado su viaje. Nos reuniremos con
usted dentro de muy poco. Tenemos un secreto que no podemos contar a nadie,
pero queremos compartirlo con usted. Dentro de poco partiremos a La Meca, el
profeta Gezr se ha encargado de todo. Habíamos pensado ir a Yeria para
despedirnos de usted. Lo beso, Kazem Kan; las dos lo besamos. Hemos sido muy
dichosas a su lado.
Ambas besaron a Kazem Kan en la frente y salieron del
cuarto.
La tercera noche, Aga Yan supo que la muerte de Kazem
Kan era inminente; fue hasta su cuarto y cerró la puerta, besó a su tío en la
frente y le susurró:
—Puede irse si lo desea. Nunca lo olvidaremos y en la
cámara del tesoro guardaré sus zapatos y sus poemas. Estoy aquí, a su lado, con
su mano entre las mías.
Shabal abrió la puerta con sigilo y permaneció en el
umbral.
—¿Podrías traerme un vaso de té bien cargado y una
cucharilla? —le pidió Aga Yan.
Cuando Shabal se lo llevó, puso unas hebras de opio en
el té y lo disolvió con la cucharilla.
—Anda, ve dándole cucharaditas de té. Su cuerpo lo
necesita, de ese modo su espíritu podrá partir con más serenidad.
Cucharada a cucharada, Shabal fue poniendo en la boca
de Kazem Kan aquel líquido amarillo pardusco.
Aga Yan posó la mano en el hombro desnudo de su tío.
—Se va —anunció e, inclinándose sobre el anciano, lo
besó de nuevo en la frente. Poco a poco se le fue escapando la vida—. Se ha ido
—constató Aga Yan, acongojado—. ¿Podrías ir a avisar a los demás?
Las abuelas fueron las primeras en acudir. Le dieron
el pésame a Aga Yan y permanecieron allí en silencio. Poco después entraron
llorando Fagri Sadat, Zinat y Muecín. Aga Yan tomó los zapatos y el poemario de
Kazem Kan y se dirigió a la mezquita en la oscuridad.
La mezquita tenía una cámara del tesoro, un lugar
secreto en la cripta donde a lo largo de los siglos habían ido guardando los
objetos valiosos de la casa: pergaminos, actas, cartas y objetos personales de
los imanes que habían vivido allí desde tiempos remotos. Había también
centenares de cuadernos que contenían apuntes sobre el templo que los hombres
de la casa habían ido anotando con el paso del tiempo. Todo estaba ordenado y
clasificado cronológicamente en cajas.
La cámara del tesoro era un auténtico filón de datos
históricos: con aquellos archivos podía reconstruirse el pasado religioso del
país. También contenía muchos objetos personales de los habitantes de la casa.
En realidad, aquel archivo y el resto de las reliquias
deberían haber sido trasladados a un museo para ser exhibidos, pero constituían
una parte única y, sobre todo, personal de la casa de la mezquita.
El hombre de la casa llevaba siempre consigo la llave
de la cámara del tesoro.
Además de Aga Yan, Shabal también estaba al corriente
de la existencia de aquella estancia y de su contenido, pues su tío le había
hablado del cuaderno.
—Sólo Dios sabe cuándo le llega la hora a cada uno de
nosotros, pero, si yo muero, quiero que tengas la llave. Escribe en el cuaderno
y decide lo que debe hacerse —le había dicho a Shabal.
Aga Yan tenía veintisiete años cuando entró por
primera vez en la cámara del tesoro.
Sucedió después de la muerte de su padre. Aquella
noche cogió una linterna y se internó en la oscura cripta de la mezquita. Con
manos temblorosas, metió la llave en la vieja cerradura, abrió la puerta y
entró.
Creyó estar soñando, pues aquel cuarto no tenía nada
de particular. Había una antigua alfombra granate en el suelo y en un rincón
vio una silla y una mesa sobre la cual había un libro abierto y, junto a él,
una pluma de ganso en un tintero. En la pared vio decenas de pares de zapatos
cubiertos por una fina capa de polvo; cada par tenía su etiqueta
correspondiente con el nombre de su propietario. Eran los zapatos de los imanes
fallecidos. Frente a la hilera de zapatos había unos percheros de los que colgaban
las túnicas y los turbantes de los imanes. En algunas perchas había también un
bastón y una caja con los efectos personales del imán y los documentos
importantes que éste había guardado en vida.
Aga Yan no conocía exactamente la antigüedad de la
mezquita y la casa, pero habría podido averiguarlo de ser ése su deseo. Habría
podido adentrarse hasta el fondo de la estancia con su linterna, siguiendo los
percheros y probablemente allí hallaría la caja más antigua con el primer
cuaderno en el que aparecerían las crónicas de la mezquita. Tal vez, en los
apuntes encontraría dibujos de la casa y el templo. Al fondo de aquella sala
había un pasillo sumido en la penumbra. Aga Yan supuso que si lo seguía, encontraría
más rincones ocultos con cajas más antiguas. Deseaba ir a echar un vistazo y
alzó la linterna. En la pared había hileras de pergaminos escritos, pero la luz
era demasiado débil para leerlos. Cuando se disponía a entrar en el pasillo,
reparó en que la capa de polvo que cubría aquel tramo de la alfombra era más
gruesa que la que había visto ante las primeras cajas y túnicas. Al parecer, en
ese siglo nadie había ido más allá de donde él estaba. Aga Yan comprendió que
tampoco él debía dar un paso más. Era como si aquella parte estuviera sellada
por la capa de polvo y nadie pudiera franquearla. Ojalá pudiera andar entre las
centenarias túnicas y leer los nombres de los imanes y antiguos habitantes de
la casa. ¿Quiénes eran? ¿Qué clase de ropa llevaban? ¿Qué anillos lucían en el
dedo? Habría querido abrir una de esas cajas y estudiar su contenido, olisquear
la ropa, probarse algún anillo y leer las crónicas escritas en el cuaderno de
la mezquita. ¿Qué clase de anotaciones hacían por aquella época? ¿Qué pasaba en
la casa, en la mezquita, en el zoco? ¿De qué color eran los primeros peces de
la alberca? ¿Y qué árbol había en medio del patio en lugar del cedro? ¿Qué
grajo había sido el antecesor de su grajo? Habría querido permanecer en la
cripta semanas, meses, y hacer un viaje hacia un pasado remoto. Deseaba
encontrar respuestas a sus preguntas. Pero era imposible, la cámara del tesoro
era un secreto que permanecía en la oscuridad, un secreto que pertenecía a la
mezquita, al Corán y a la historia.
Aga Yan comprendió que no tenía acceso al tiempo
pasado y desistió de alentar su curiosidad. Dejó los poemas de Kazem Kan en la
caja, puso sus zapatos al final de la fila y apagó la linterna.
Kazem Kan había escrito en su testamento que no
deseaba ser enterrado en la cripta de la mezquita. Por eso, los aldeanos de
Yeria buscaron un hermoso lugar para darle sepultura. Eligieron un paraje en lo
alto de un cerro, enfrente de la que había sido su casa, y donde cada
primavera, un añoso almendro dejaría caer sus innumerables flores.
Al día siguiente, decenas de aldeanos acudieron a la
ciudad para llevarse consigo los restos mortales de su poeta a Yeria. Aga Yan,
Fagri Sadat, Zinat Janum, Muecín y las abuelas los acompañaron.
Catorce días después de la muerte de Kazem Kan, llegó
el momento en que las abuelas debían emprender su viaje a La Meca. Tras la
oración de la mañana, se cubrieron con sus velos, cogieron las maletas y se
plantaron en la alberca.
—¡Nos vamos! —anunció Jolbanú a viva voz.
—Vamos a hacer el viaje de nuestra vida —añadió
Jolebé.
Durante todo aquel tiempo las abuelas habían temido
que su contrato se disolviera si alguien se enteraba de su secreto, pero
aquella mañana no pudieron seguir conteniendo su emoción.
Muecín fue el primero en oírlas y salió de su
habitación como una exhalación.
—¿Adónde vais?
—A La Meca —respondieron al unísono.
—¿En serio? ¿Vais a La Meca?
—En realidad, no podemos decírselo a nadie, créenos,
Muecín.
El hombre palpó las maletas: eran las maletas de la
sagrada Kaaba.
—¡Las abuelas se van a La Meca! —gritó entonces.
Al parecer, todos estaban despiertos, porque Aga Yan
encendió las luces del patio y los demás aparecieron vestidos. Entre risas y
sollozos, abrazaron a las abuelas y las besaron.
Fagri Sadat se acercó a ellas con un hornillo en el
que ardía oloroso esfand, mientras
que sus hijas, Nasrin y Ensi, portaban un espejo y manzanas rojas. Siguiendo la
tradición, Zinat Janum llevaba un cuenco de agua para desearles buena suerte a
las viajeras.
Shabal fue a buscar el antiguo Corán a la biblioteca y
se lo alargó a Aga Yan. Jolbanú y Jolebé cogieron las maletas. Aga Yan las
besó, sostuvo el Corán sobre sus cabezas y las acompañó hasta la puerta.
Zinat fue echando agua tras ellas y todos lloraban
como si las abuelas ya no fuesen a regresar nunca a la casa.
Sayeh
Aga Yan se había percatado de que Zinat salía a veces
por las noches, aunque no sabía adónde iba. Su cuarto estaba en la segunda
planta, de modo que cuando bajaba, tenía que pasar forzosamente por delante del
dormitorio de Fagri y Aga Yan.
Una noche muy tarde, mientras Aga Yan estaba leyendo
en su estudio, oyó la puerta que daba a la escalera del piso de arriba. Al
principio pensó que era Fagri, pero al no oír sus pisadas, miró por las
cortinas entreabiertas y vio una sombra moviéndose en la oscuridad.
Salió al patio y por un instante acertó a ver el
retazo de un velo negro en la escalera. Tal vez fuese Zinat, pero ¿adónde iría
a aquellas horas?
Regresó a su estudio. El grajo graznó inesperadamente.
La advertencia del grajo hizo que Aga Yan recordase a
la mujer de Sarandib:
«Había una vez un mercader de Sarandib que tenía una
esposa llamada Yamis. Nadie podía creer que existiera una mujer tan hermosa. Su
rostro deslumbraba como el día de la victoria y sus cabellos eran tan oscuros y
tan largos como la noche en que uno espera a la amada que no llega.
»Yamis se citaba en secreto con un célebre pintor,
capaz de hacer magia con su pincel. La mujer iba a verlo a escondidas y juntos
compusieron algunas de las noches persas más sublimes. En uno de sus encuentros
nocturnos ella le dijo: “Cada vez me resulta más difícil venir a verte, pero
más difícil me resulta esperar a que llegue la noche oportuna. Piensa en algo
para que podamos estar juntos más a menudo. ¿No eres acaso un artista?”
»“Se me ocurre algo —repuso él—. Te haré un velo: por
un lado será claro como el lucero del alba sobre las aguas; por el otro, oscuro
como las tinieblas. Al anochecer, te cubrirás con el lado oscuro y vendrás a mí
como parte de la noche; por la mañana, le darás la vuelta y regresarás a casa
con el velo claro como parte de la mañana.”»
Con la partida de las abuelas dio comienzo una nueva
fase en la historia de la casa. El ritmo que ellas marcaban desapareció y el
viejo reloj de pronto dejó de funcionar. Mientras las abuelas estuvieron en la
casa, había vida en la cocina, el grajo de la mezquita graznaba cuando alguien
llegaba de visita y la biblioteca estaba siempre limpia y ordenada, pero
aquellos tiempos habían quedado atrás.
Antes, las abuelas se encargaban de ir a despertar a
los niños y ayudaban a Fagri Sadat a recoger su habitación. Mantenían a Aga Yan
al corriente de todo lo que sucedía en la casa y le echaban un vistazo al
taller de alfarería de Muecín. Sin embargo, desde su partida, ya no había nadie
que se hiciera cargo de aquellas tareas.
Nadie ocupaba el vacío que ellas habían dejado. Si
todavía estuvieran en la casa, haría tiempo que se habrían encargado de seguir
a Zinat a la azotea.
Aga Yan estaba satisfecho con el imán suplente; ponía
mucho entusiasmo en su trabajo y se lo veía feliz. Ya en su primera
conversación, Aga Yan se había dado cuenta de que el hombre era ambicioso, pero
no esperaba mucho de sus aptitudes.
Seguía sin poder salir de los temas trillados propios
de un imán de pueblo, pero lo hacía bien. Poco tiempo antes había interpelado
al ministro de Agricultura con duras palabras en relación con sus escasos
planes para subsanar la pobreza de las zonas rurales.
El imán nunca había estado en Teherán, pero en uno de
sus sermones hizo un comentario que llegó a la primera página del periódico
local:
«Según tengo oído, en Teherán todo el mundo tiene un
teléfono en casa, pero no hay forma de encontrar un solo teléfono en los
cientos de aldeas esparcidas por las montañas. En Teherán, si uno se corta un
dedo en la cocina, puede llamar a una ambulancia para que acuda inmediatamente;
sin embargo, ¿qué puedo hacer yo si mi padre yace en la cama moribundo? Yo
advierto a Teherán. ¡Recapacitad! Dios nos ha creado a todos iguales.»
La policía y los servicios secretos reaccionaban ante
sus ingenuos ataques con una sonrisa. Críticas como aquéllas eran valoradas de
forma muy positiva y aun estimuladas.
Paulatinamente, las observaciones del imán suplente se
hicieron cada vez más populares y la prensa local solía hacerse eco de ellas.
Aga Yan estaba satisfecho y le cedía más protagonismo. En una ocasión, después
de que un diario hubiese publicado una foto del imán y parte de sus
declaraciones, uno de los compañeros de Aga Yan le dijo: «Es ingenuo, pero,
cuando uno menos se lo espera, sale con un comentario muy atinado.»
Era la primera vez que la foto de un imán aparecía
publicada en la prensa local. El periódico había enviado a un fotógrafo a la
mezquita, y éste había retratado al imán en la azotea, entre los minaretes.
Cuando al día siguiente el religioso vio su foto en el
diario, se puso tan nervioso que no podía parar quieto. Su sueño se había
cumplido: desde joven había acariciado la idea de llegar a pronunciar un día un
sermón en una gran mezquita, y hete ahí que sus palabras y su foto estaban en
el periódico y de la noche a la mañana se había convertido en un personaje
famoso en Seneyán.
Según la sharia,
Zinat y el imán no hacían nada malo y, por tanto, no tenían nada que temer.
Cuando un fiel se traslada a vivir lejos de su casa y su esposa por algún
tiempo, puede tomar una mujer como sigué,
esto es, como su concubina. Sin embargo, el imán sabía que con Zinat corría un
gran riesgo y que Aga Yan lo pondría de patitas en la calle si llegaba a
enterarse de su relación.
Zinat se sentía incómoda en su posición de segunda
mujer. Y la vergüenza la asaltaba cada vez que se hallaba en la cama de la
mezquita con el imán suplente, bajo la cual se hallaba la cripta donde yacían
su esposo y muchos otros imanes.
Cuando veía al imán de día, no creía que fuese el
mismo hombre con que se había acostado por la noche, pero en la oscuridad todo
era distinto, no lo veía, sólo sentía sus manos, sus hombros, su espalda y sus
movimientos en la cama: era fuerte como un semental.
En cuanto acababan de hacer el amor, Zinat volvía a
cubrirse con el velo y salía precipitadamente de allí. No quería saber nada de
él ni oír una palabra de sus labios. Pero a la noche siguiente, cuando apagaba
la luz y se deslizaba bajo las sábanas, echaba de menos su cuerpo.
Su difunto marido, Alsaberi, nunca le había besado los
pechos, jamás le había mordisqueado los muslos como una bestia; con el imán
suplente encontraba un placer tan intenso que se olvidaba de todos y de todo.
La última vez la había llevado a la cripta, y después
de desnudarla lo habían hecho encima de las frías y duras lápidas. Zinat se
había resistido, pero ante la insistencia del imán se había limitado a
abrazarlo y entregarse a él.
«Se acabó, no volveré a acercarme a ese hombre —se
repetía Zinat cada vez que volvía a casa después de estar con él—. Ha estado
bien y puedo darme por satisfecha de que nadie nos haya descubierto, pero tengo
que acabar con esto y lo haré. Me iré de aquí una temporada; iré a pasar unos
días a casa de mi hija en Qom. Iré a visitar la tumba de santa Fátima como
arrepentimiento y penitencia. Eso es, mañana mismo haré las maletas y me iré.»
Pero no lo hacía y, en aquel preciso instante, iba de
nuevo a su encuentro.
El imán la oyó subir la escalera con sigilo. Zinat
desapareció unos segundos en la oscuridad, pero al poco fue a lavarse las manos
en la alberca de la mezquita y se echó agua en la cara.
El imán le propuso volver a la cripta. Zinat se negó
al principio, pero cuando él la sujetó con sus manos recias y le sobó los
senos, acabó cediendo. Él la cogió en vilo, abrió la puerta del sótano con el
pie y empezó a bajar la escalera.
En el fondo de la lóbrega cripta había una vela
encendida encima de una alta losa. El imán le quitó la ropa, los zapatos y los
calcetines y, descalza, la condujo hasta donde estaba la vela. Entonces sacó un
racimo de uvas, lo puso sobre el pecho desnudo de ella y empezó a comer. El
jugo de la fruta resbalaba sobre los senos y el vientre y él lo lamía; Zinat se
sentía morir de gozo.
Tan enzarzados estaban en aquel juego que no vieron
cómo una linterna pasaba por delante de los ventanucos del sótano.
El imán, ebrio de Zinat, empezó recitar en voz alta el
sura Al Falaz, el alba, mientras la cubría.
Me refugio en Él,el
Señor del albadel mal que hacen sus criaturasdel mal de la oscuridad cuando se
extiende…Mientras él
salmodiaba, Zinat lo escuchaba con los ojos cerrados. Ninguno de los dos
percibió que alguien bajaba la escalera del sótano con una linterna. Hasta que
de pronto atisbaron la luz y oyeron pisadas. Zinat apartó al imán de un
empujón, cogió su velo negro y buscó el amparo de la oscuridad.
El imán se volvió y acertó a ver la silueta con la
linterna encima de la cabeza.
—¡Imán, haz las maletas!
Peregrinación
Aga Yan mandó llamar a otro imán, un anciano de Saruq,
un hombre tranquilo que solía hablar en sus sermones de la vida de los santos.
Aga Yan estaba contento con la elección, convencido de que un poco de
tranquilidad no le iría mal a la mezquita.
Pasaron tres meses y a los peregrinos que habían ido a
La Meca les llegó el momento de volver a casa. Aga Yan quería organizarles a
las abuelas una gran fiesta de bienvenida en la que estuvieran presentes todos
los miembros de la familia.
La fiesta de bienvenida era siempre un acontecimiento
muy especial. Las casas de los peregrinos se decoraban con luces de colores, se
extendían alfombras en los patios y se hacían ofrendas. Durante esa semana, los
familiares, amigos y vecinos acudían a felicitar a los recién llegados y eran
agasajados con una comida de celebración. Durante esos mejmuni, el peregrino recibía el título honorífico de hajj, si era varón, o hajja si era mujer, un título que podían
llevar con orgullo el resto de su vida.
Aga Yan le escribió una carta a su hermano Nosrat:
«Querido hermano: últimamente siempre estás lejos, me
gustaría verte en casa más a menudo. He invitado a todo el mundo para celebrar
el regreso de las abuelas y querría que tú también estuvieras presente. Intenta
llegar puntual. Las abuelas han dedicado toda su vida a esta casa, es tu deber
asistir a la fiesta más importante de su vida. Aquí todos echan mucho de menos
al tío Nosrat. ¡Hasta pronto!»
Nosrat llamó a los pocos días: «Lo siento mucho pero
no podré asistir, tengo una cita muy importante. Te prometo que iré después, ya
os lo compensaré.»
La noche que las abuelas debían volver a casa, Nosrat
iba a ir al teatro de Teherán, en la calle Lalezaar, para oír cantar a Mahwash.
Nosrat tenía un contrato con el teatro para realizar unas sesiones de
fotografías artísticas a varias cantantes famosas de Teherán. Era un encargo
importante que no quería perder por nada del mundo: si lograba sacar unas
cuantas instantáneas buenas, su reputación como artista quedaría consolidada.
Mahwash era el nombre de una estrella de la canción
que había cambiado las noches de Teherán, y no precisamente por su voz, sino
por sus movimientos, sus brazos, pechos y muslos. Era la viva encarnación de la
mujer con la que todo persa soñaba, y se convirtió en el símbolo de una nueva
era en la que las mujeres dejaban el velo en casa y salían a la calle a cara
descubierta.
Los hombres se morían de deseo al ver a Mahwash en el
escenario; ella los hechizaba con su forma de cimbrear los brazos desnudos y
los pechos que asomaban por el escote, y los volvía locos con aquellos tacones
altos, la falda ceñida y brillante y los labios pintados de carmín. Desvelaba
los secretos ancestrales de las mujeres persas al tropel de hombres que acudían
a ver sus representaciones. Los directores de los teatros de la capital la
recibían como a una diosa y los fotógrafos se agolpaban ante ella.
Era la primera mujer en la historia de la nación en
mostrar sus voluptuosidades en un escenario con aquellos vestidos tan
asombrosamente ceñidos. Alzaba sus carnosos brazos y movía sus imponentes
muslos, para de pronto ladear el trasero y cantar con voz seductora:
Dishab ke az Hend u ma dámBa machine Benz u ma dámYone
man beqoIn kun kaye?Anoche volvía a
casade la India,en un Mercedes-Benz,claro está,Anda, sed sinceros¿Tengo torcido
el trasero?—No, no, ¿quién ha dicho eso? —la jaleaban los hombres,
divertidos.
—Madar shuhar!,
¡mi suegra! —contestaba ella.
—Ba to laye…
sólo tiene envidia de tu trasero —respondían ellos a coro.
Todos los días el periódico publicaba una foto de la
cantante, pero hasta entonces ningún fotógrafo le había hecho un retrato más
personal. Nosrat, que tenía buenas relaciones con el director de teatro
Molanrug, lo convenció para que le permitiera hacer a la cantante un reportaje
que resistiera el paso del tiempo.
Habían quedado en que ella lo recibiría en su casa,
sólo porque el director del teatro le había dicho que se trataba de un
fotógrafo muy especial y que no hacía aquel encargo por dinero sino por ella.
En el preciso instante en que Nosrat entraba en casa
de Mahwash, Aga Yan se hallaba en su coche, camino de la estación, para recibir
a las abuelas. A su lado iba Fagri Sadat y detrás una comitiva de vehículos con
familiares y amigos.
El tren que estaba a punto de entrar en la estación
iba lleno de peregrinos que llevaban ya tres semanas de viaje. Primero habían
salido de La Meca en autobuses rumbo a Medina para ver la tumba del profeta
Mahoma; después, habían abandonado Arabia Saudí para visitar las santas
ciudades de Nayaf y Kerbala en Irak. Allí estaban enterrados el santo Alí y el
santo Hussein respectivamente y, por último, habían cruzado el río fronterizo
Arvandrud para regresar a su patria en tren.
Todos estaban deseando ver a las abuelas,
especialmente los más jóvenes, pues sabían que, fieles a la tradición, les
traerían regalos de La Meca. Relojes que se iluminarían en la noche como
diminutas linternas y despertadores que harían sonar breves textos sagrados.
Anillos y pulseras para las chicas y cinturones con proverbios para los chicos.
Los obsequios de La Meca eran dones inolvidables que todo el mundo valoraba
mucho; no eran meros regalos comprados en cualquier tienda, sino recuerdos de
La Meca, la ciudad que albergaba la casa de Dios, la Kaaba, que vio nacer a
Mahoma y en la que en otros tiempos Jadiya, la mujer más rica de La Meca, llegó
a poseer tres mil camellos.
El tren que estaba a punto de llegar era un convoy
especial que pasaba por las principales ciudades del país repartiendo
peregrinos. La empresa ferroviaria había cuidado con esmero el interior de los
vagones, que estaban decorados con banderitas verdes: el color del islam. De
las ventanas colgaban telas también verdes con textos sagrados y todos los
peregrinos llevaban un pañuelo del mismo color.
El tren silbó al hacer su entrada en la ciudad e
irrumpió en la estación con los faros encendidos. En cuanto se hubo detenido
del todo, la banda militar empezó a tocar con brío un himno de bienvenida.
Aga Yan aparcó el coche en la plaza de la estación. El
jefe salió a recibirlo con su uniforme de gala y lo saludó desde la escalera.
Luego esperó a que llegaran los demás familiares y los condujo a todos hasta la
sala donde recibían a las personalidades importantes. Unos sirvientes acudieron
con té y galletas, servidos en bandejas especiales de la compañía ferroviaria.
Los cantantes de la mezquita entonaron melodiosos suras por los micrófonos y
algunas mujeres mayores llevaban hornillos en los que quemaban esfand y esparcían nubes de oloroso
humo. Las familias se agasajaban mutuamente con dulces y refrescos, y numerosos
empleados de la estación pasaban con cuencos de agua de rosas que vertían en
las manos de los visitantes.
Ése era el tren que traía a las abuelas de vuelta a
casa. Centenares de peregrinos agitaban sus pañuelos verdes por las ventanillas
saludando a la multitud que esperaba en el andén. Los tres vagones en que
viajaban los peregrinos de Seneyán y los pueblos vecinos se detuvieron justo a
las puertas de la estación. Los hajjs
y hajjas fueron saliendo, cargados
con pesadas maletas, y el jefe de estación les dio la bienvenida por el
megáfono.
—¿Dónde están las abuelas? —preguntó Fagri Sadat.
—Probablemente aún estén en el tren —contestó Zinat
Janum—. Ya las conoces, querrán dejar el vagón bien limpio y recogido antes de
salir.
—Shabal, ¿podrías ir a mirar dónde se han metido? —le
pidió Aga Yan—. Temo que el tren vaya a arrancar de nuevo mientras ellas siguen
atareadas en el vagón.
Shabal buscó a las abuelas pero no dio con ellas.
—¡No están! —les gritó a los demás desde la
ventanilla.
—Corre y mira en todos los vagones, es posible que se
hayan perdido.
Era un tren muy largo y Shabal fue corriendo de un
vagón a otro. Mientras, Aga Yan puso en antecedentes al jefe de estación.
—Las viajeras que esperamos aún no han aparecido, tal
vez se hayan equivocado de compartimento y no sepan que tienen que bajar aquí.
El jefe tomó nota de sus nombres y fue a su despacho.
Encendió la megafonía y dijo bien alto:
—Aviso importante. ¡Este mensaje es para las hajjas Jolbanú y Jolebé! Tienen que
apearse en esta estación. Repito, las hajjas
Jolbanú y Jolebé deben bajarse del tren ahora.
Pasaron diez minutos y ni rastro de las abuelas.
Shabal llegó corriendo.
—He buscado por todos los compartimentos y no están.
Quizá se han bajado en otra estación.
Los peregrinos se iban y el andén fue quedándose
vacío. El maquinista subió y las puertas del tren se cerraron. La voz del jefe
de estación volvió a sonar:
—Aviso urgente. Se ruega a las señoras Jolbanú y
Jolebé que se presenten en el vestíbulo de la estación.
El maquinista esperó unos minutos más, luego echó un
vistazo a su reloj e hizo sonar el silbato. El tren se puso en marcha y
abandonó la estación dejando atrás a Aga Yan y su familia.
Durante toda la semana siguiente, con la ayuda del
jefe de estación, Aga Yan llamó a todas las estaciones ferroviarias entre el
río Arvandrud y Seneyán, pero nadie había visto a las abuelas. Visitó a todos
los peregrinos que habían regresado de La Meca, pero tampoco ellos supieron
darle noticias. La última vez que habían visto a las abuelas fue en La Meca y
supusieron que habrían ido con otra caravana. A Aga Yan sólo le quedaba esperar
la nota oficial de los guías de la organización, pero éstos no volvían hasta
dentro de unas semanas, después de zanjar los asuntos administrativos del
viaje.
No era frecuente que lloviera en verano, pero sobre la
ciudad se cernían nubes oscuras procedentes del desierto. Había empezado a
chispear cuando llamaron a la puerta.
Shabal encendió la luz y fue a ver quién era. Se
trataba de Hayi Mustafá, el organizador de la peregrinación a La Meca. Traía
una maleta en cada mano.
—Buenas noches, ¿está Aga Yan en casa?
—Si puede esperarse un momento, iré a buscarlo.
Shabal desapareció y al poco regresó presuroso para
acompañar a Hayi Mustafá al estudio de Aga Yan. Cuando entró, dejó las maletas
en el suelo y abrazó a Aga Yan.
—Nunca me había pasado nada igual —se lamentó—. Es una
extraña historia y te confieso que no sé si llamarla bendición o tragedia. Será
una bendición si se han perdido en la casa de Dios, pero una tragedia si se
hallan en cualquier otra parte —añadió compungido.
—Cuéntame exactamente qué ha pasado.
—Aquí tienes sus maletas. Las abuelas desaparecieron
en el desierto de La Meca como si fueran dos gotas de agua. Las he buscado por
todas partes, en La Meca y por todas las comisarías de policía, hospitales,
mezquitas, pero ni rastro de ellas. Estuvieron con el resto del grupo hasta el
último día y todo iba de maravilla, se las veía con fuerzas y felices. Pero
sucedió algo curioso: una hora antes de partir hacia Medina, vinieron a verme,
dejaron sus maletas junto a mi escritorio, se cubrieron con los velos y se
fueron sin decirme ni una sola palabra. Creí que querían ir por última vez al
mercado para comprar algunos recuerdos más, pero ya no volvieron. Aquí tienes
sus maletas. No sabes cuánto lo lamento, quizá debería haberlas vigilado más.
Te pido mil perdones, haré todo cuanto esté en mi mano para encontrarlas. Te
mantendré informado.
Hayi Mustafá se fue y Aga Yan se quedó solo con
Shabal.
—No creo que se hayan extraviado o que se perdieran en
La Meca —le confesó a Shabal.
—Entonces, ¿qué es lo que cree?
—Que se escondieron detrás de la sagrada cortina de la
Kaaba. No querían o no quieren volver a casa.
—¿Y por qué habrían de esconderse? —preguntó Shabal,
asombrado.
—Desean encontrar su final en La Meca, es la muerte
más hermosa que un musulmán pueda desear. Yo diría que han llegado a la
conclusión de que ya han vivido todo lo que les tocaba vivir. Se encontraban
ante un dilema: volver a casa y aguardar a que les llegara una muerte normal, o
entregar el alma en la Kaaba, la morada de Dios. Si uno fallece en la Kaaba va
directo al paraíso. Dime, ¿qué elegirías tú si estuvieses en el lugar de las
abuelas?
—No puedo creer que se hayan quedado allí a sabiendas.
¿Cómo ha llegado usted a esa conclusión?
—Me resulta difícil de explicar. Las abuelas han
vivido cincuenta años con nosotros y durante todo este tiempo han sido testigos
de las historias ajenas; ahora quieren vivir su propia historia.
Shabal sonrió.
—Abramos las maletas. A lo mejor hay alguna carta
—propuso Aga Yan.
Shabal abrió las maletas. Estaban repletas de regalos:
relojes, pulseras de oro, anillos, coloridas telas que deslumbraban a la luz de
la lámpara; montones de magníficos presentes de La Meca para los habitantes de
la casa.
—Aquí tienes la prueba —concluyó Aga Yan—. No han
dejado ningún objeto propio en las maletas, ni siquiera su mortaja de La Meca.
Todo peregrino sueña con comprar una mortaja en La Meca, es lo primero que
hacen al llegar. Con ella serán enterrados. Las abuelas las llevan consigo,
quizá hasta se las hayan puesto debajo de la ropa.
—¿Lo dice en serio? —se sorprendió Shabal—. ¿Y qué
vamos a decirles a los demás?
—La verdad. ¿Podrías poner las maletas detrás del
escritorio y decirles a todos que vengan?
Shabal hizo lo que le pedía y fue a avisar a los
demás.
—Hayi Mustafá acaba de estar aquí —les anunció Aga Yan
en cuanto todos estuvieron presentes—, pero lamentablemente no ha traído
noticias nuevas. Eso sí, mantiene contacto diario con la policía de La Meca y
nos avisará de inmediato en cuanto se produzcan novedades.
Todos estaban conmocionados y escuchaban a Aga Yan en
silencio.
—¿Significa eso que ya no volveremos a ver a las
abuelas? —dijo Nasrin, la hija mayor de Aga Yan.
—No pueden ir a ninguna parte, la policía las acabará
encontrando —opinó su hermano Yawad.
—Lo sé. Hayi Mustafá ha hecho todo cuanto estaba en su
mano. Quién sabe, quizá cogieran el tren hacia otra ciudad. A La Meca acuden
millares de peregrinos, pueden haber pasado muchas cosas. Pero las abuelas han
tenido un gesto muy entrañable. Le dieron a Hayi Mustafá los regalos que habían
comprado para vosotros y, en mi opinión, es una señal de que se encuentran
bien. ¡Shabal, trae las maletas!
Shabal dejó las maletas encima del escritorio y las
abrió. Todos se quedaron boquiabiertos ante tanta belleza y abundancia. Había
relojes, despertadores, collares, babuchas, diademas, perfumes, velos de
colores, blusas preciosas y bolsos. Cada objeto venía con una tarjetita en la
que figuraba el nombre del destinatario. A Nasri y Ensi, las hijas de Aga Yan,
les habían comprado unas bonitas blusas, y para su hijo Yawad una gorra y un
reloj; para Fagri Sadat, un juego de maquillaje; para Muecín, un bastón plegable,
algo que nadie había visto hasta entonces. Zinat Janum recibió una antología de
poesía de los poetas de La Meca; Aga Yan, una pluma con el grabado del santo
Alí en la tapa, y Shabal, un reloj y un corte de tela azul oscuro con finas
rayas blancas para que se hiciera un traje.
Todos estaban contentos, elogiaban a las abuelas por
su buen gusto y admiraban los regalos de los demás, hasta que de pronto oyeron
un grito procedente del exterior. Una mujer se lamentaba mientras otra la
insultaba a grandes voces. No era frecuente que se produjeran altercados entre
las mujeres, más bien era algo insólito. Vieron a dos mujeres peleándose en la
azotea de la casa vecina situada al lado de la biblioteca.
—Son las dos esposas de Hayi Shishegar —dijo Zinat
Janum.
Hayi Shishegar rondaba los sesenta años. Había ido a
La Meca con el grupo de las abuelas y acababa de volver a casa. Comerciaba con
objetos de cristal y poseía una gran tienda en el zoco.
Tenía dos esposas, Akram y Tala. Akram le había dado
siete hijas, pero él deseaba un hijo y por eso se había buscado otra esposa.
Tras mucho tiempo, por fin encontró a Tala, una mujer joven, y la tomó por
esposa; sin embargo, resultó que los primeros tiempos ella no se quedaba
encinta.
—¡No lo hagas! ¡No me pegues! ¡Lo siento mucho! ¡No lo
sabía, de verdad que no lo sabía! —suplicaba Tala.
Pero Akram no se calmaba y, profiriendo un alarido,
cogió a Tala del pelo y volvió a abofetearla.
—¡Basta ya! ¡No he hecho nada malo! Tus hijos son
también mis hijos; te lo suplico, no lo hagas.
Zinat Janum, que había llegado a la azotea por la
escalera, se interpuso entre las dos.
—¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué os peleáis?
—Por nada —contestó Tala.
—¿Por qué le pegas entonces, Akram? ¿Y por qué estáis
armando este alboroto en la azotea, si puede saberse?
—Hayi está en casa, por eso; tiene visita y yo… yo…
—¿Y tú qué?
—Yo estoy embarazada —dijo Tala en un susurro.
Akram, la primera esposa de Hayi, se marchó llorando.
—¡Tala está embarazada! —gritó Zinat.
—Mobarak!
Mobarak! —corearon las hijas de Aga Yan desde el otro patio en penumbra.
Durante su estancia en La Meca, Hayi Shishegar le
había pedido a Dios en la Kaaba que le enviara un hijo y Él le concedió
gemelos, dos varones a la vez.
Transcurrieron los meses en la casa de la mezquita. No
se tenían noticias de las abuelas.
El
regreso
Cuando Shabal se dirigía a la cocina una mañana para
desayunar, vio a una mujer con una maleta sentada en el banco que había junto a
la alberca. Sólo después de que dejara resbalar el velo hasta los hombros, la
reconoció.
—¿Eres tú, Sediq?
Cuando Jaljal se dio a la fuga a raíz de los
disturbios acaecidos en el cine de Seneyán, Sediq también regresó a Qom para
estar con él y desde entonces no había vuelto a la casa de la mezquita.
Zinat abrazó y besó a su hija y le preguntó qué había
sucedido, por qué había regresado a casa con aquel aspecto tan afligido. Sediq
escondió el rostro en el hombro de su madre y se echó a llorar, pero no dijo
nada.
Zinat sabía que su hija no era feliz con Jaljal, que
él nunca le había dado una vida familiar normal. Sediq tenía prohibido recibir
a nadie en su casa y vivía permanentemente con el corazón en un puño. Jaljal se
ausentaba de casa con frecuencia dejándola sola, nunca le hablaba de sus
actividades y ella no podía contarle nada a su familia.
La sonrisa que antaño bailaba siempre en sus labios
había desaparecido; un velo de tristeza le ocultaba el rostro.
—¿Qué ha pasado?
Sediq no quería soltar prenda.
—¿Es que te has ido de casa? ¿Os habéis peleado?
Negó con la cabeza.
—Cuéntame qué ha sucedido.
Pero ella no dijo palabra.
Sediq se paseaba por el patio recordando tiempos
pasados.
Jaljal se había ido por varios meses y la había dejado
sola en casa sin decirle ni dónde estaba ni cuándo pensaba volver. Un día,
recibió una carta en la que él le advertía: «No voy a regresar a casa de
momento y es probable que mi ausencia se prolongue bastante tiempo. Vuelve con
tu familia. ¡No hables con nadie de esto!»
Sediq callaba pero todos sabían que el motivo de su
regreso era el fracaso de su matrimonio. La muchacha estaba ante un dilema.
¿Querría volver a su casa si su marido regresaba; regresar a aquella espantosa
casa de Qom? ¿Querría vivir de nuevo con él? ¿Compartir con él su cama? Pero
bien sabía que no tenía muchas opciones como mujer. Si él la quería de vuelta
en casa, tendría que obedecer.
«No, no pienso volver con él —se decía—, y si me
obliga, gritaré y gritaré hasta que todos los fieles de la mezquita hayan
subido a la azotea.»
Fue a la cocina y sintió el vacío que las abuelas
habían dejado.
Mientras Jolebé y Jolbanú vivían en la casa, la cocina
siempre había estado impecable; sin embargo, ahora no había nada en su sitio,
aquello era un caos. El cubo de la basura, lleno; los botes de especias que
siempre estaban bien ordenados en una repisa de la alacena, esparcidos por el
armario. Tampoco se olía ya el delicioso aroma de la fruta fresca que solían
tener en una bandeja sobre la encimera. Sediq empezó a ordenar la cocina. Sacó
el cubo de basura, limpió los botes de especias y los ordenó como antaño.
Recogió las sartenes, barrió el suelo, limpió las ventanas y regó las plantas.
A continuación, puso una sartén al fuego y empezó a cocinar.
Cuando todos volvieron a casa por la noche, vieron la
luz de la cocina encendida y en el patio percibieron exquisitos aromas a comida
recién hecha.
Sediq puso la mesa en el comedor y por primera vez en
mucho tiempo, la familia se reunió en torno a ella para comer.
Nadie hizo preguntas ni mencionó a Jaljal. Todos
sabían que Aga Yan ya se encargaría de hablar de ese tema con Sediq cuando
llegara el momento oportuno.
Todos disfrutaron mucho de la cena, pues echaban en
falta una buena comida. Cuando los demás se retiraron de la mesa, Sediq siguió
trajinando en la cocina hasta bien entrada la noche. Después de fregar los
platos, se sentó un rato junto a la ventana y en la oscuridad distinguió su
maleta, aún al lado del banco de la alberca. Zinat le había propuesto a su hija
que durmiese en su cuarto, pero Sediq había declinado el ofrecimiento.
Fue hasta el desgastado espejo de la cocina donde las
abuelas solían mirarse y éste le anunció que había comenzado una nueva etapa en
su vida. Había abrigado dudas todo el día, pero ya no. Se puso en pie, apagó la
luz de la cocina y se dirigió al sótano.
—¿Quién anda ahí? —preguntó Muecín.
Sediq se sobresaltó.
—¿Eres tú, Sediq? ¿No me engaña mi oído?
—Sí, soy yo.
—No estaba seguro; tus pasos suenan distintos, apenas
te he reconocido. ¿Qué buscas por aquí a estas horas de la noche?
—Una llave, tiene que estar en alguna de esas viejas
cajas.
—¿Qué llave es ésa?
—La del cuarto junto a la escalera de la mezquita, el
que está entre el estudio de Aga Yan y la escalera.
—¿Y tienes que encontrarla ahora mismo?
Sediq rebuscó en las viejas cajas, pero no tuvo
suerte.
—Echa una ojeada detrás de la bóveda, ahí hay otra
caja, coge una vela o no verás nada —le aconsejó Muecín.
En un pequeño nicho había una linterna y una caja de
cerillas. Sediq encendió la vela de la linterna y fue hasta la caja. Hurgó,
pero tampoco dio con la llave.
—Sé que hay otra caja más allá, en ese armario. A lo
mejor está allí —sugirió Muecín.
Sediq encendió la luz del taller y vio que Muecín
estaba delante del horno, ocupado en una de sus vasijas.
—Ten cuidado, ahora mismo acabo de dejar algunos
objetos ahí.
Ella anduvo con tiento entre las vasijas recién
cocidas hasta la caja y la abrió.
Había algunos viejos abrigos de caballero y bastones.
—¿La has encontrado?
—No, aquí sólo hay ropa.
—Tienen que estar ahí, oí tintineo de llaves cuando
las abuelas ordenaban esas cajas.
Sediq sacó la ropa y de pronto oyó el sonido atenuado
de las llaves.
—¡Helas ahí! —exclamó Muecín.
Sediq regresó al patio, pasó por delante del estudio
de Aga Yan y se detuvo delante de la tercera puerta. Una a una, fue probando
todas las llaves. Hubo una que entró en la cerradura, pero no consiguió
girarla. Regresó al taller en busca de Muecín.
Él le puso un poco de aceite a la cerradura e intentó
abrirla, pero seguía sin funcionar.
—Ya no recuerdo la última vez que se utilizó este
cuarto. Tanto la llave como la cerradura están herrumbrosas.
Muecín deseaba preguntarle por qué se empeñaba en
abrir esa puerta precisamente, y a las tantas de la noche. Si quería un sitio
para dormir, haría mejor utilizando el cuarto de huéspedes. Pero en lugar de
hablar, se limitó a engrasar más la cerradura e hizo un nuevo intento.
—Ahora ya va mejor, sí, creo que ya la tengo, gira…
espera, se ha encallado. Tendría que darle unos golpecitos con un martillo,
pero todos están durmiendo ya, temo despertarlos.
Aun así, Muecín fue a su cuarto a buscar el martillo,
le dio unos golpes y la accionó.
—¡Ya está! Pero no entiendo qué demonios se te ha
perdido en este cuarto a estas horas —le espetó, y sin esperar una respuesta,
se volvió a su habitación y apagó la luz.
Sediq abrió la puerta despacio.
La habitación estaba a oscuras. Buscó a tientas el
interruptor pero no funcionaba, así que volvió al taller a buscar la linterna y
entró de nuevo en la estancia.
Todo, hasta la alfombra del suelo, estaba cubierto con
sábanas blancas sobre las que había una fina capa de polvo. Sediq las fue
retirando con cuidado y las dejó fuera.
Había una cama y a su lado un viejo espejo. En el
perchero vio un velo y, debajo, unas zapatillas. Encima de la mesilla de noche
halló un peine, una cajita de polvos y un juego de maquillaje. En la pared de
la cama había un par de estantes con libros. En la estufa de madera había un
vaso y un cuenco y vio algunos vestidos colgados en el armario.
Fue a buscar sábanas limpias al cuarto de lavar. Luego
cogió su maleta, la entró en la habitación y la dejó junto al armario. Hizo la
cama, se acurrucó bajo las mantas, cerró los ojos y se sumió en un sueño
profundo.
Por la mañana temprano, los demás la encontraron muy
atareada en el cuarto. Sacudió las alfombras y limpió a fondo todas las
ventanas. Shabal le puso un nuevo cable eléctrico.
Aquella noche, en el cuarto de la escalera se veía luz
encendida detrás de los cristales de colores, que proyectaban en el suelo haces
rojos, verdes y amarillos.
Una noche que Sediq se hallaba en el umbral de la
puerta mientras las lucecitas rojas, verdes y amarillas convergían sobre su
vientre, Aga Yan anotó en su cuaderno: «Sediq está embarazada.»
Guerrilla
En las puertas del zoco había policías pegando
carteles en la pared. Eran los retratos en blanco y negro de cuatro hombres con
bigote y gafas. Debajo, un texto rezaba: «¡Presos fugados! ¡Comunistas armados!
Quien pueda dar una pista será recompensado con 10.000 tumanes.»
En la primera página del periódico local aparecían
también las fotos de los presos huidos, con el siguiente titular: «Cuatro
terroristas peligrosos andan sueltos por la ciudad.»
Había mucha agitación en las puertas del zoco y se
veían corrillos de hombres hablando. No sabían nada del comunismo, pero sí
sabían que los comunistas eran gente peligrosa que no creía en Dios.
El periódico incluía asimismo la entrevista con un
pastor que creía haber visto a los fugitivos.
—¿Llevaban armas? —preguntó el entrevistador.
—Sí, iban a caballo y llevaban un tofang al hombro.
—¿Dónde se cruzó usted con ellos?
—No me los crucé, yo estaba reuniendo mi rebaño y
había echado a correr detrás de una cabra. De pronto vi cuatro jinetes y supe
de inmediato que eran forasteros. Iban erguidos en las monturas como si fueran
sultanes, uno no ve a gente así por las montañas.
—¿Habló con ellos?
—Al principio no, pero luego sí, aunque no les vi la
cara; cabalgaban monte arriba, de modo que sólo les vi la espalda. Se dirigían
a la cima, para mí que querían cruzar al otro lado, hacia la frontera con
Afganistán. De pronto uno de ellos dio la vuelta, vino hasta mí y me preguntó
si podía darle pan y algo de leche.
—¿Y se lo dio?
—Sí, pero es que yo no sabía que eran comunistas, si
no, no lo habría hecho.
—¿Y no le preguntó usted su nombre?
—Pues no, no se suele preguntar el nombre a un
desconocido de buenas a primeras. Cogí un cuenco y me puse a ordeñar una de las
cabras.
—¿Qué hizo el hombre después de que usted le diera pan
y leche?
—Me tendió la mano y después de estrechar la mía dijo:
«Le ruego que me perdone por no poder pagarle.»
—¿Dijo algo más?
—Sí, dijo que quería acordarse de mi cara.
—¿Qué quiso decir con eso?
—No lo sé, pero al día siguiente vi sus fotos en la
gendarmería de nuestra aldea. Cuatro terroristas. ¡Y yo les di mi pan!
La gente de a pie no tenía ni idea de lo que estaba
pasando, pero los que escuchaban en secreto la emisora persa Radio Moscú sí
estaban enterados de todo.
Los hombres que habían huido eran cuatro miembros
importantes de un movimiento clandestino de izquierdas, que habían sido
arrestados años atrás durante una revuelta en los bosques de la provincia
septentrional de Shomal. Eran los cabecillas del llamado «Grupo del Bosque».
Esa organización guerrillera de izquierdas, con
marcado carácter antiamericano, intentaba fraguar una sublevación contra el sah
en la región boscosa del norte.
La mayoría de los pobladores de las montañas vivían en
la pobreza y en condiciones muy precarias. Las aldeas no tenían escuelas,
médicos ni teléfonos. Farahán, el pueblo natal de Hamid Ashraf, no recibía la
menor atención por parte de las autoridades, que desatendían sistemáticamente
el lugar a causa de las actividades políticas de Ashraf.
Hamid Ashraf había estudiado biología en la
Universidad Técnica de Teherán. Aquellas aulas se habían convertido en un
vivero donde se gestaban todos los movimientos de izquierdas del país. Ashraf
era un joven líder que se había separado del partido comunista tradicional, el
Tudeh, para formar una organización clandestina llamada Fadai, que había
iniciado una lucha armada contra el sah.
Los hombres de aquel pueblo montañoso siempre se
habían mostrado contrarios al régimen del sah, por lo que el lugar era conocido
como la Aldea Roja, y sus paisanos estaban orgullosos de Ashraf y del
sobrenombre que les habían dado.
Mientras que en otros pueblos no había ni un solo
aparato de radio, en la Aldea Roja se escuchaba Radio Moscú.
En cuanto los aldeanos se enteraron de que Ashraf se
había fugado de la cárcel, la noticia se extendió por las montañas.
Los hombres de la Aldea Roja acusaron al periódico de
decir estupideces y aseguraban que no existía tal pastor; no eran más que
burdas mentiras de la policía y los servicios secretos. Otros, en cambio,
decían que el pastor había sido sobornado por la gente de la Aldea Roja para
despistar a las autoridades.
Los simpatizantes de las organizaciones de izquierda
de todo el país hablaban sobre aquel pueblo y se habían forjado una imagen
idealizada del lugar. Aseguraban que todos sus habitantes eran comunistas, que
en los días festivos colgaban banderas rojas en las puertas de las casas y que
los gendarmes del sah no se atrevían a entrar allí.
Por entonces, la mayor parte de los habitantes de las
montañas eran analfabetos, pero se decía que en la Aldea Roja todos sabían leer
y escribir, porque maestros de izquierdas iban al pueblo en secreto para
enseñarles.
Radio América emitió un reportaje sobre la fuga de
Hamid Ashraf en el que se sugería que los aldeanos podrían haber proporcionado
un escondite a Hamid y sus camaradas.
Al día siguiente, catorce carros blindados irrumpieron
en el pueblo, guiados desde el aire por varios helicópteros. En las montañas
nadie había visto hasta entonces un helicóptero de cerca, de modo que los
aldeanos dejaron sus quehaceres y subieron a los cerros a contemplar el
espectáculo.
Los artefactos volaban tan bajo que desde tierra se
veía a sus ocupantes. Los lugareños habían dejado las puertas de sus casas
abiertas de par en par para evitar que la policía las echara abajo, y muchos
habían subido a las azoteas en señal de protesta.
Los soldados registraron casa por casa e interrogaron
a las personas que estaban en los tejados. Pese a las precauciones, derribaron
muchas puertas y pusieron la aldea patas arriba. Y aunque no hallaron ni rastro
de los guerrilleros huidos, arrestaron a varios jóvenes que no pudieron
demostrar que vivieran en el pueblo o tuviesen familia allí. Sólo al caer la
noche, la policía y los militares concluyeron la búsqueda y abandonaron el
lugar.
Aquella noche, Shabal no volvió a casa. Muecín, que
había escuchado las noticias por la radio, empezó a preocuparse. Fue a ver a
Aga Yan y le dijo que su hijo no había regresado aún.
Aga Yan había visto los retratos de los guerrilleros
fugados en la plaza del zoco y estaba enterado de la huida de Hamid Ashraf.
Conocía bien la Aldea Roja pues había allí varios talleres que tejían alfombras
para él. También los lugareños conocían y respetaban a Aga Yan, pero a él jamás
se le habría ocurrido que Shabal pudiera estar involucrado en las reuniones
comunistas que se organizaban allí. Permaneció despierto hasta bien entrada la
noche esperando a su sobrino, pero el muchacho no volvió.
—¿Tienes idea de dónde puede haber ido? —le preguntó a
Muecín.
—Esta mañana vino a verme al sótano y me dijo que se
iba y que volvería tarde a casa, pero no pensé que sería tan tarde.
—Probablemente sea una tontería, pero ¿crees que el
chico podría tener algo que ver con Farahán?
—¿Con la Aldea Roja?
—Las autoridades han entrado en el pueblo haciendo un
alarde de fuerza, lo he oído en el zoco, han arrestado a mucha gente.
—¿Y qué tiene que ver Shabal con eso? —inquirió
Muecín, perplejo.
—En los tiempos que corren, todo tiene que ver con
todo. Hoy había mucho revuelo en la ciudad, la Aldea Roja estaba en boca de
todo el mundo. Pero, en fin, es medianoche pasada y lo único que podemos hacer
es esperar. No debemos inquietarnos, será mejor que vayamos a dormir, ya
veremos qué nos depara el día de mañana.
Muecín no dijo nada más y se retiró a su cuarto, pero
de pronto a Aga Yan le vino algo a la mente.
—¡Espera! —gritó—. Imagínate por un momento que Shabal
hubiera ido al pueblo y estuviese arrestado; en ese caso, deberíamos revisar
sus cosas antes de que lo haga la policía. No sería la primera vez que se
presentan en nuestra casa.
Aga Yan fue al cuarto de Shabal y empezó a registrar
sus pertenencias. Para su sorpresa, halló una pila de libros debajo de la cama
y otros tantos guardados en el armario; aquellos libros eran distintos de los
que había en la biblioteca de la casa. Novelas, relatos y poesía moderna.
También había libros clandestinos que criticaban duramente el régimen del sah,
tachándolo de ser una burda prolongación del imperialismo estadounidense.
Hojeó los libros, pero no disponía de tiempo
suficiente para estudiar a fondo aquel material, debía darse prisa. Lo metió
todo en una bolsa y, al amparo de la oscuridad, la arrojó al río.
Shabal no regresó a casa aquella noche, tampoco la
policía se presentó a su puerta.
Por la mañana, Aga Yan empezó su trabajo como si no
pasara nada. Alrededor de las diez sonó el teléfono.
Era el jefe de policía y le pidió que acudiese a la
comisaría.
Aga Yan se puso el sombrero e indicó a su chófer que
lo llevara. Una vez allí, se sentó con aplomo en la silla que el inspector le
ofreció.
—Hemos arrestado a su sobrino junto a un grupo de
desconocidos —le informó el comisario.
—¿Arrestado? —repitió Aga Yan manteniendo la calma—.
¿Por qué motivo?
—Se hallaba en la Aldea Roja y en el abrigo llevaba un
libro y una radio portátil.
—¿Qué hay de malo en tener una radio? Hoy en día todo
el mundo tiene una.
—La tenía sintonizada con Radio Moscú.
—Es posible que no esté usted bien informado. Ese
chico vive en la casa de la mezquita. En nuestra casa no tenemos necesidad de
escuchar esa emisora.
—Así lo creo yo también, por eso mismo le he pedido a
usted que viniera a verme.
—Se lo agradezco y aprecio el gesto —repuso Aga Yan.
—Mi pregunta es qué se le había perdido al chico en
ese pueblo.
—Tenemos algunos talleres de alfombras en Farahán y
muchos aldeanos trabajan para nosotros. Tengo por costumbre enviar regularmente
a mis hombres para que inspeccionen el trabajo. Shabal fue allí con esa misión.
—Pero el libro que le encontramos en el abrigo era
ilegal —arguyó el comisario.
—¿Qué libro es ése?
—Un libro sobre la Revolución rusa.
—¿Y por qué dice usted que es ilegal?
—Su autor es Máximo Gorki
—¿Quién es Máximo Gorki?
—Un escritor ruso. De haber pillado un libro como ése
en el bolsillo de cualquier otro estudiante, le habrían caído por lo menos seis
meses de prisión incondicional, pero su sobrino ha tenido la suerte de que lo
conociéramos a usted. En esta ciudad nos necesitamos mutuamente, por eso lo
dejaré ir por esta vez. Por usted y sólo por usted.
—Se lo agradezco y comprendo perfectamente lo que me
dice. Cuando llegue a casa tendré una larga conversación con él —le aseguró Aga
Yan al tiempo que se ponía en pie.
Poco después Shabal llegó a casa y Aga Yan lo llamó a
su estudio.
—Tienes una radio y sintonizas Radio Moscú. ¿Qué
significa esto? ¿Por qué yo no estaba enterado?
—La policía exagera un poco. Hoy en día todo el mundo
tiene un televisor en casa, y no digamos ya una radio. Y todo el mundo la
escucha. Yo suelo escuchar todas las emisoras, Moscú, la Voz de América, la BBC
y también emisoras del país.
—Te han encontrado un libro comunista en el abrigo.
—Lo que estaba leyendo era una novela, una historia;
los libros son libros, no importa de dónde vengan. ¡El inspector no puede
decidir qué libros tengo que leer!
—¡Ya lo creo que puede, prueba de ello es que te ha
arrestado!
—Puede arrestarme, pero no logrará imponerme su
voluntad.
—¿Qué hacías en la Aldea Roja en plena noche?
—Ése es otro tema; sé que debería habérselo contado
antes, pero tenía mis dudas. No es el mejor momento para hablar de este asunto,
me temo que voy a darle un disgusto, pero si callo será aún peor.
—Habla, Shabal.
—Llevo ya bastante tiempo debatiéndome en una lucha
interior. La duda crece y se hace más grande en mi cabeza.
—¿De qué dudas?
—De todo. No puedo hablar de ello, porque sigo
dudando, no sé si me explico. El caso es que no puedo seguir yendo a la
mezquita.
—Pero vas a la mezquita, yo te veo, estás siempre
presente.
—Ya, pero se trata de mi presencia corporal, en
realidad yo estoy ausente; mi cabeza está pensando en otras cosas mientras
estoy arrodillado de cara a La Meca.
—¿En qué cosas?
—No me atrevo a decirlas en voz alta, por eso mismo
pensé que sería mejor distanciarme de la mezquita y la oración.
—Dudar es humano, no debes sentirte culpable por el
hecho de sentir dudas.
—Creo que ya estoy pasando la fase de duda, y
perdiendo la fe. Ya no me siento cómodo en la mezquita —soltó Shabal
atropelladamente.
Aga Yan se hundió más en la silla y Shabal vio que
debajo del abrigo su mano aferraba el Corán que llevaba en el bolsillo.
—Lamento mucho causarle este dolor —musitó.
—Me duele mucho lo que dices, pero yo también tuve un
período parecido en mi vida —confesó Aga Yan—. Pasará, tiene que ver sobre todo
con la edad. En mi juventud no había radios ni televisores o libros de ésos.
Esas cosas ejercen una gran influencia sobre ti, pero no tengo miedo, porque sé
que no te he dado un mal ejemplo para que acabes negando a Dios. No hay nada
que yo pueda hacer, así que esperaré. Pero hay una cosa que no debes olvidar:
creo en ti, confío en ti. La duda forma parte de la vida. Ahora estás cansado,
ve a descansar. Ya volveremos a hablar de esto en otra ocasión.
Con los ojos arrasados en lágrimas, Shabal se dio la
vuelta para irse, pero Aga Yan lo sorprendió con otra pregunta:
—¿Sabes algo de los guerrilleros fugados?
—No —contestó, pero Aga Yan percibió que le ocultaba
algo.
Aquella mañana muy temprano, cuando Aga Yan se dirigía
al zoco, se topó con Jodsi la Loca por la calle.
—¿Cómo estás, Jodsi?
—¡Bien!
—¿Cómo está tu madre?
—¡Bien!
—¿Tienes noticias para mí?
—La hija de Moshiri anda por la calle enseñando las
piernas.
Aga Yan no comprendió a qué se refería. Moshiri era
uno de los comerciantes de alfombras más ricos del zoco. Tenía una hija de unos
veinticuatro años con problemas mentales y por eso siempre la tenían encerrada
en casa y no la dejaban salir.
—¿Qué dices que ha pasado con la hija de Moshiri?
¿Podrías repetirlo?
Jodsi inclinó la cabeza y dijo en un susurro:
—Hay fantasmas por la mezquita.
—¿Fantasmas? ¿Piernas desnudas? ¡Vamos, Jodsi, tienes
que aclararme todo esto!
Pero ella desapareció por el umbral de la primera casa
abierta que encontró.
Habían informado a la policía que en el sótano de la
mezquita se habían detectado actividades sospechosas y pensaban que tal vez
hubiese guerrilleros escondidos allí.
Aquella noche, dos agentes disfrazados de jóvenes
imanes acudieron a la mezquita a la hora de la oración y se situaron detrás del
imán suplente. Terminado el sermón, se quedaron sentados y entablaron
conversación con el religioso. Le contaron que venían de Isfahán, que iban de
camino a la ciudad santa de Qom y que tenían previsto pernoctar en una fonda de
Seneyán.
El imán los invitó a tomar una taza de té en su cuarto
y les contó que él estaba allí en calidad de suplente y que, si todo iba bien,
en el plazo de un año, el hijo del difunto Alsaberi acabaría sus estudios y
ocuparía el puesto de su padre. Los policías tomaron el té sin quitarle ojo al
patio de la mezquita.
—¿Vive alguien más aquí o está usted solo?
—Vivo solo en la mezquita, pero el conserje casi
siempre anda por aquí, la mezquita es su vida, aprecio mucho su dedicación,
hace el trabajo de diez hombres. Viene muy temprano por la mañana y no regresa
a su casa hasta entrada la noche.
—Me parece oír ruidos en el sótano —comentó el policía
que acababa de salir fuera con un pretexto.
—Esta mezquita es antigua, muy antigua, y encierra
muchos secretos. No me preguntéis quién entra y quién sale del sótano. Eso es
algo que forma parte de las mezquitas centenarias. A veces oigo ruidos
extraños, pisadas en la noche y voces apagadas: la mezquita tiene vida propia.
Si uno duerme aquí, no debe prestar atención a esos ruidos. Hay que hundir la
cabeza en la almohada y cerrar los ojos.
Al anochecer, oyeron pasos apagados en el patio. Los
dos hombres se levantaron y se despidieron del imán. A continuación, envueltos
en la oscuridad, se deslizaron hasta el ventanuco de piedra desde el que se
veía el sótano.
Vieron una silueta con una vela en la mano. Parecía
estar buscando algo; tal vez se trataba de un ritual. Llevaba algo en la mano
izquierda, pero resultaba difícil distinguir qué era y qué hacía con ello.
Hablaba con alguien o consigo mismo. Entró en el sótano y fue adentrándose en
la negrura. Se oyó una puerta abrirse y la silueta desapareció.
Los agentes la siguieron con precaución, bajaron la
escalera con tiento y se quedaron inmóviles, uno junto al otro, escuchando el
silencio. No se atrevían a encender sus linternas, de modo que siguieron
avanzando hasta el lugar donde la silueta había desaparecido, con cuidado de no
tropezar con las lápidas. Al llegar junto a la puerta oyeron una voz débil y
atisbaron una luz amarillenta por el quicio.
Los agentes se detuvieron delante de la puerta. La voz
o las voces eran muy confusas; parecía como si alguien estuviese leyendo un
texto o contándole algo a otra persona. Los agentes pegaron la oreja contra la
puerta y oyeron frases entrecortadas que no lograban entender:
AspíraloCuando
tengas miedo de élArrójalo al marNo temasY no te entristezcasLo devolveremos a
tu ladoDe pronto se oyó un
desgarrador grito de mujer. Los hombres se miraron, con el miedo en el rostro;
no sabían si el sonido procedía del sótano o de la mezquita. Retrocedieron
despacio sobre sus pasos y abandonaron el templo apresuradamente.
La mujer que había gritado era Sediq. Estaba junto a
la alberca cuando sintió un profundo dolor que la traspasó del vientre a la
espalda; fue un pinchazo tremendo que la dejó aturdida. Gritó y cayó al suelo.
Aquella noche Aga Yan, Fagri, Zinat y Muecín habían hecho un peregrinaje hasta
una aldea cercana y no regresarían hasta el día siguiente. Pero Shabal oyó el
grito de Sediq y corrió a la alberca, la ayudó a levantarse y la acompañó hasta
su cuarto. A la luz de la estancia, vio sangre en el suelo. Llamó a Nasrin, la
hija mayor de Aga Yan.
—¡Llama al doctor! ¡Iré a buscar a la comadrona!
Y montándose en la bicicleta pedaleó con todas sus
fuerzas en dirección al río.
Cuando la comadrona llegó y vio a Sediq dijo:
—Esto es serio, tiene que venir un médico, no puedo
hacerlo yo sola.
—El médico ya está en camino —repuso Nasrin—. Iré a
esperarlo.
Sediq no podía aguantar más y gritaba tan fuerte que
la comadrona hizo un intento por salvar la vida del bebé.
—El niño quiere salir, pero no puede. No veo nada con
esta luz. Nasrin, trae una lámpara y todas las toallas limpias que encuentres.
Nasrin corrió hasta una habitación y al poco regresó
con una lámpara de pie y un montón de toallas.
—Ilumina aquí, no te quedes parada, concéntrate.
Nasrin avanzó un paso pero no miró a Sediq, sino que
se limitó a sostener la lámpara sobre la cabeza de la comadrona.
—Me parece que ha llegado el médico —anunció.
—¡Cállate y sostén esa lámpara!
Un coche se detuvo en el portal. A Nasrin le temblaban
las manos y se puso a recitar algo. La comadrona instaba a Sediq a empujar más
fuerte y respirar.
—El niño viene girado y no puede salir, así no
podremos sacarlo.
En ese instante, Sediq aulló de dolor y se desmayó.
El médico entró en el cuarto.
—Siempre tarde, estos médicos —rezongó la comadrona—.
Siempre se les quedan pegadas las sábanas.
Al cabo de un par de horas, con la asistencia de la
comadrona y el canturreo de Nasrin de fondo, el doctor logró por fin sacar al
bebé, no sin muchas dificultades.
—¡Es un niño! —La comadrona lo puso cabeza abajo—.
Pero algo no va bien... —Sacudió a la criatura varias veces y por fin ésta
berreó—. ¡Alabado sea Dios!
El médico fue hasta Sediq, sacó el estetoscopio y la
auscultó.
—Está agotada pero bien —constató. Luego fue hasta la
comadrona que acababa de meter al bebé en el baño que Nasrin había preparado.
—Tiene algo en la espalda —dijo la comadrona poniendo
al bebé boca abajo con cuidado.
El médico se puso las gafas, pasó el dedo por la
columna vertebral del bebé y la estudió.
—Tiene una grave deformidad —susurró.
—Sí, eso me había parecido —suspiró la comadrona.
El médico se fue.
—La madre duerme y el bebé también —le dijo la
comadrona a Nasrin—. Siento haberte hablado tan duramente; las situaciones como
ésta son siempre difíciles. Iré a dormir unas horas y mañana temprano volveré.
Hay algo que no está del todo bien en el pequeño, el médico llamará a Aga Yan
mañana.
La paz volvió a la casa. La lámpara seguía encendida
en la habitación de Sediq y la luz de colores se filtraba por los cristales y
se proyectaba en las piedras del patio.
Shabal estaba muy impresionado por lo que había
sucedido aquella noche.
Antes, cuando nacía un hijo en la casa, Aga Yan solía
musitarle al bebé un fragmento de un sura melodioso, pues un dicho de Mahoma
decía que: «Las primeras palabras que un niño oye permanecerán grabadas en su
memoria para siempre, como una frase grabada en piedra.»
Shabal fue a la biblioteca, cogió el antiguo Corán de
la librería y se dirigió al cuarto de Sediq. La muchacha estaba profundamente
dormida y el bebé se hallaba en su cunita junto a la pared. Abrió el Corán y
buscó un sura melodioso, pero cambió de opinión y dejó el libro en un estante.
Se inclinó hacia delante y entre susurros recitó al oído del recién nacido un
poema de un conocido poeta persa contemporáneo, Ahmad Shamlu:
En la mañana gris
plomizo,inmóvil,el jinete a caballo,el viento en las crines.Dios,los jinetes no
deben pararcuando el peligro acecha.El bebé abrió los ojos.
Lagartija
Lagartija había cumplido su primer año.
El pequeño se había arrastrado hasta la alberca, era
la primera vez que se alejaba tanto de su habitación, y estaba jugando con el
agua.
Al principio nadie le quitaba ojo, pero al cabo de un
rato dejaron de prestarle atención. El niño observaba los pececillos rojos que
nadaban en el agua y lo miraban con sus ojos inexpresivos. Nunca había visto
peces. Abrió y cerró la boca imitándolos y luego se echó a reír, se sentía
feliz. Se acercó más a la alberca y de repente cayó al agua. Todos se
sobresaltaron y Sediq corrió a sacarlo, pero Lagartija no quería salir, se
movía con agilidad por el agua y empezó a perseguir a los peces. Al final, Shabal
se metió en la alberca, sacó al chiquillo y se lo dio a su madre, que se lo
llevó llorando a su habitación.
Lagartija era el hijo de Sediq y Jaljal. El pequeño
había nacido con una malformación en la columna que le impedía erguirse. Crecía
deprisa y aprendió a desplazarse muy tempranamente. Como una gran lagartija, se
deslizaba debajo de la cama y bajo las mantas. Pronto descubrió la forma de
llegar hasta el patio y se escondía entre las plantas. Después, descubrieron
que tampoco podía hablar.
A los hijos de Aga Yan no les gustaba que Lagartija
entrara en sus habitaciones y se colara en la cama, por eso siempre cerraban la
puerta con llave. Se avergonzaban de la repulsión que sentían por el niño, pero
no podían remediarlo. Se necesitaba tiempo para acostumbrarse, para coger en
los brazos a un niño que se asemejaba más a un animal que a un ser humano. Pero
el pequeño elegía a sus propios amigos: en cuanto veía aparecer a Am Ramazan
por la puerta, reptaba hacia él con rapidez.
Am Ramazan lo levantaba en vilo y se lo ponía sobre
los hombros, luego lo paseaba por el patio y le mostraba las flores, los
árboles, el grajo y los gatos de la mezquita.
Lagartija también se sentía bien con Muecín. Se
escurría por su cuarto y se escondía debajo de la cama.
—¿Eres tú, pequeño, o es el gato? —exclamaba Muecín
riendo.
El niño cogía el bastón del ciego y se lo daba, y con
aquel gesto le estaba pidiendo que lo sacara a pasear. Muecín salía entonces a
caminar por el patio con el chiquillo pisándole los talones.
Nadie sabía a quién se le ocurrió el sobrenombre de
«Lagartija». Aga Yan había prohibido tajantemente a sus hijos emplear aquella
palabra, pero el mote era tan adecuado que era imposible sustraerse a su uso.
En su acta de nacimiento, Aga Yan había elegido para
él el hermoso nombre de Seyed Mohamad. El niño no reaccionaba ante aquel
nombre, pero en cuanto le gritaban «Lagartija» acudía presto a la llamada.
Era una criatura que pertenecía por igual al mundo de
los gatos, peces y gallinas que al de los humanos. Así lo aceptaban todos y su
madre había dejado de resistirse, convencida de que aquél era su destino.
Jaljal había salido de su vida, pero había vuelto bajo
la apariencia de Lagartija, que tenía las mismas facciones que su padre. Se
metía en la cama de Sediq y se estrechaba contra su cuerpo. Ella lo detestaba,
pero no podía hacer nada, tenía que aguantarse.
Zinat Janum, la abuela de Lagartija, lloraba en
silencio al ver a su nieto moviéndose a rastras por el patio. Era creyente y se
preocupaba por el destino y el bienestar de las demás mujeres de la comunidad,
pero creía que aquel niño era un castigo de Dios. Un castigo por no haber
sabido cuidar bien de su propio hijo Abas, que se había ahogado por su culpa. Y
también por el grave pecado que había cometido en la mezquita. Zinat había
hecho algo que ninguna mujer en su posición habría consentido jamás. En la cripta
del templo, el suplente había tomado de ella lo que un hombre puede tomar de
una mujer.
Había llegado el momento de recoger el fruto de lo
sembrado: Lagartija.
La caída de Lagartija en la alberca se produjo en un
día muy señalado para la casa.
Ahmad, el hijo del difunto Alsaberi, había completado
su formación de imán y volvía a casa desde Qom para ocupar el puesto de su
padre.
Faltaban pocos días para que se celebrara la toma de
juramento y todos los familiares habían ido a verlo. Era una fiesta a la que
uno asistía una vez en la vida. Aquello marcaría el inicio de una nueva etapa
para la ciudad y traería un cambio en las relaciones entre la mezquita y el
zoco. Todo el mundo sentía curiosidad por saber cómo dirigiría Ahmad la
mezquita.
Aga Yan había ido a Qom la semana antes para asistir a
la entrega de la túnica a su sobrino, y se quedó a dormir en la ciudad para
tener la oportunidad de charlar tranquilamente con él sobre su importante
función como imán de la mezquita.
Ahmad era inexperto, pero se trataba de un religioso
joven y apuesto, que iba siempre bien vestido, tenía buen porte, usaba perfume
y llevaba un turbante bastante elegante.
Poseía una voz profunda y tenía un don natural para
contar historias y recitar melodiosos textos coránicos de memoria. En cuanto a
lo demás, el tiempo ya se encargaría de demostrar sus aptitudes.
La noche anterior a la fiesta, Ahmad había llegado a
la casa con su maleta y Aga Yan se lo había llevado directamente a la
biblioteca para hablar sobre su discurso de investidura, pero Ahmad tenía otras
prioridades. Dejó la maleta encima de la mesa, la abrió, sacó su flamante
túnica y buscó un perchero para colgarla.
—¿Por qué no hay ningún perchero aquí? —dijo en tono
irritado.
—Luego dejarás tu ropa en tu habitación —repuso Aga
Yan.
Ahmad colgó la túnica del saliente de un estante. A
continuación fue sacando uno a uno los demás objetos personales de la maleta.
—¿Dónde puedo dejarlos? Necesitaré un armario en la
biblioteca.
—Luego dejarás las cosas en tu cuarto —le repitió Aga
Yan con paciencia.
—Yo quiero tenerlas aquí —protestó Ahmad.
Aga Yan se dio cuenta de que no era el mejor momento
para hablar con Ahmad.
—Me parece que necesitas descansar un poco. Hablaré
contigo mañana en mi estudio —acordó y abandonó la estancia.
Aquella noche, Aga Yan escribió en su diario de la
mezquita: «Mañana será el primer día del nuevo imán. Ahmad ha llegado. En su
persona veo que los tiempos han cambiado, es muy distinto de su padre y de los
demás imanes que he conocido. No debo dudar de su talento, es joven y a estas
alturas no hay forma de saber qué derroteros seguirá, pero hay algo que sí sé:
tenemos un nuevo y encantador imán en la casa. Me gusta y siento curiosidad por
saber adónde nos guiará.»
El viernes, a las diez de la mañana, el zoco cerró sus
puertas. Miles de personas se dirigieron a la mezquita para asistir a la
investidura del nuevo imán. Se trataba de un acontecimiento sencillo, pero
festivo. La oración se celebraría en el exterior de la mezquita, donde habían
extendido grandes alfombras.
Había policías por todas partes, así como algunos
camiones del ejército con soldados que aguardaban en las calles adyacentes. Era
algo desacostumbrado en Seneyán.
Durante los últimos dos o tres años, la situación en
el país había cambiado drásticamente. En la Universidad de Teherán, los
estudiantes se manifestaban contra el sah y el «¡Americanos fuera!» se había
convertido en una consigna popular.
El régimen temía las revueltas.
Aga Yan habló de los detalles con Ahmad, luego se puso
el sombrero y salió de la casa para ir a la mezquita.
—Un día bienaventurado —dijo su vecino Hayi Shishegar,
que también se dirigía a la mezquita con sus dos hijos.
—Si ésa es la voluntad de Alá —le contestó Aga Yan de
buen humor.
—Si hoy me necesitara para cualquier cosa, estaré a su
servicio —dijo Shishegar.
—Todo está preparado ya, pero se lo agradezco. ¿Son
sus gemelos?
—Sí, los niños de hoy en día crecen muy deprisa.
—Tiene usted razón, Yawad se ha convertido en un buen
mozo.
Aga Yan vio salir a Jodsi la Loca de una casa.
—Me alegro de verte, Jodsi. ¿Vendrá tu madre a la
fiesta? —le preguntó.
—Se ha comprado un nuevo velo y todo.
—Me alegraré de verla.
—Pero no vendrá.
—¿Por qué no?
—Ha perdido su nuevo velo.
—¿Que ha perdido su nuevo velo? ¿Ya? ¿No lo habrás
escondido tú por alguna parte? —le preguntó esbozando una sonrisa.
—No, no he sido yo.
—¿Cómo es posible que haya desaparecido su nuevo velo
tan de repente?
—No lo sé. Se ha pasado la noche entera buscándolo,
pero no ha habido forma de encontrarlo.
—Estoy seguro de que lo encontrará a tiempo —comentó
Aga Yan.
—La hija loca de Moshiri sale por la calle con las
piernas desnudas, también lo hizo ayer —le informó Jodsi en un murmullo.
—¿Sabes lo que puedes hacer? Ve a nuestra casa. Ahmad
acaba de ponerse su nueva túnica de imán y te dará algunas monedas. ¡Anda, ve!
Jodsi se encaminó a la casa y Aga Yan salió a la calle
donde se había congregado la multitud para asistir a la ceremonia.
Un hombre que llevaba una cámara colgada al hombro
surgió entre el gentío y lo enfocó.
—Está usted muy elegante con su sombrero y ese traje
azul marino de rayas —lo aduló el cámara.
—¿Eres tú, Nosrat? —se regocijó Aga Yan—. No sabes lo
feliz que me hace tenerte aquí, creí que ya no volverías a vernos. ¿Cuándo has
llegado?
—Ahora mismo. He cogido el tren nocturno.
El teniente de alcalde estrechó la mano de Aga Yan y
lo felicitó.
—¡Válgame Dios!, ¿para qué necesitáis aquí esos
camiones? —preguntó Aga Yan.
—Le da más categoría a la fiesta —se limitó a comentar
el teniente de alcalde.
Los dos hombres fueron hasta la puerta de la mezquita
donde se encontraban el comisario de policía, los responsables de la
gendarmería, los funcionarios de la provincia, el director del hospital y los
rectores de las escuelas.
Nosrat seguía a Aga Yan grabándolo todo con la cámara.
Aga Yan se sintió muy satisfecho por la presencia de las autoridades
municipales, aunque algo confundido también. Años atrás, los máximos
responsables de la ciudad no faltaban a las fiestas de la mezquita, pero en los
últimos tiempos apenas se dejaban ver, por eso no había contado con su
presencia. Vio con sorpresa que no conocía a ninguno de ellos: todos eran caras
nuevas.
Nosrat filmó a Aga Yan hablando con el jefe de
policía. De pronto, Jodsi la Loca le tiró de la manga y le susurró al oído:
—Mi madre no puede venir, le han robado el velo negro
y la hija loca de Moshiri va por la calle con las piernas al aire.
Aga Yan llamó a Shabal.
—¿Podrías llevar a Jodsi con las mujeres?
Una comitiva de Mercedes negros apareció en la
lejanía.
Aga Yan avisó a Muecín de la llegada del anciano
ayatolá Jolpejani.
—Alaho akbar!
—exclamó Muecín.
Y la multitud le contestó:
—Sale ala
Mohamad wa ale Mohamad! Saludos sean para Mahoma y sus descendientes.
Nosrat subió a la azotea para no perderse detalle.
Jolpejani era uno de los ayatolás más influyentes y
había venido especialmente desde Qom para ratificar la toma de juramento de
Ahmad.
Aga Yan y los prohombres de la ciudad, rodeados de un
grupo de discípulos, fueron hasta el coche para recibir al ayatolá. Aga Yan lo
ayudó a salir del vehículo, le dio su bastón, lo besó y lo cogió del brazo para
conducirlo hasta la silla regia que habían dispuesto para él.
Jodsi apareció de nuevo y Aga Yan llamó irritado a
Shabal, que se llevó a la mujer a pesar de sus airadas protestas.
Como el ayatolá había llegado, la ceremonia podía dar
comienzo.
Ahmad apareció en la entrada de la mezquita flanqueado
por seis jóvenes clérigos, y Muecín invocó:
—Alaho akbar!
Y la muchedumbre coreó:
—Alaho akbar!
Ahmad avanzó con sus acompañantes hasta donde se
hallaba el ayatolá, se arrodilló ante él y le besó solemnemente la mano. El
anciano tocó con suavidad el turbante de Ahmad y pronunció:
Jol auzo berabel
falazMen sharre ma Jalaj…
Me refugio en el
Señor del albadel mal de la oscuridadcuando se extiendedel mal de las mujeres
que soplan en los nudos.Aga
Yan le dio la venerable y antiquísima túnica de juramento decorada con piedras
preciosas que había sacado de la cámara del tesoro. A lo largo de los siglos,
todos los imanes de la mezquita la habían llevado el día de su juramento.
Después de ponérsela, Ahmad se dirigió a la alfombra
de oración. Aga Yan y el anciano ayatolá se pusieron detrás de él, manteniendo
cierta distancia, y los fieles los siguieron.
—Alaho akbar!
—repitió Muecín.
Ahmad se orientó hacia La Meca y empezó su primera
oración oficial.
Justo en ese momento, una joven salió del callejón que
había enfrente de la mezquita. Llevaba un velo negro recién estrenado, se
acercó a Ahmad con sus zapatos rojos de tacón alto y se detuvo frente a él.
Aga Yan la vio, pero no podía interrumpir la oración
para echarla de allí. La mujer se soltó la túnica y dejó al descubierto la
pierna derecha. No llevaba nada debajo. Ahmad cerró los ojos y se esforzó por
concentrarse en la oración.
—Alaho akbar!
—exclamó Aga Yan en voz alta para ahuyentar a la mujer, pero ésta no se inmutó
sino que se dio la vuelta y la túnica negra se agitó en el aire mostrando sus
piernas. Iba completamente desnuda.
—Alaho akbar!
El anciano ayatolá, que tenía los ojos cerrados y
estaba profundamente concentrado en la oración, no se había percatado de nada y
sólo los abrió cuando Aga Yan exclamó por tercera vez «Alaho akbar!», pero como no llevaba las gafas puestas sólo acertó a
ver una difusa silueta negra. La mujer dejó caer el velo a la altura de sus
pechos y volvió a girarse con una mirada llena de orgullo. Aga Yan interrumpió
forzosamente su oración, se dirigió a la mujer y alargó la mano para taparla
con el velo, pero en ese instante ella dejó caer la túnica y echó a correr en
cueros hacia la multitud. En dos zancadas, Aga Yan logró darle alcance y
agarrarla por el talle. Shabal le lanzó la túnica negra a su tío, que la cogió
al vuelo y con un rápido movimiento cubrió a la mujer. Luego llamó a Fagri.
Fagri Sadat, que ya se acercaba corriendo, se hizo
cargo de la mujer y la condujo a la acera, donde las demás mujeres estaban
rezando.
Aga Yan no podía reanudar el rezo pues había tocado a
la mujer, de modo que entró en la mezquita y se dirigió a la alberca. Él, que
jamás había mirado a una desconocida, acababa de coger a una desnuda por la
cintura y sentido en las manos el calor de sus suaves pechos. Se quitó el
abrigo, se arremangó y metió los brazos hasta el codo en el agua fría.
No bastaba; se inclinó aún más hacia delante y
sumergió la cabeza en el agua hasta el cuello. Así permaneció todo lo que pudo.
Cuando volvió a sacar la cabeza, respiró hondo, se incorporó y se secó la cara
con un pañuelo. A continuación se puso el abrigo y salió del templo, ya más
sereno.
Nosrat lo había fotografiado todo.
Opio
Volvía a verse la luz encendida a través de las
ventanas de la biblioteca.
De vez en cuando se producían los enfrentamientos de
rigor, sobre todo como consecuencia de las exigencias que imponía el imán.
Fagri Sadat había contratado a una sirvienta de Yeria
para que ayudara a Sediq, quien, después del nacimiento de Lagartija, no podía
con todo el trabajo.
La sirvienta se llamaba Zara. Era una muchacha
diligente y bien dispuesta que en poco tiempo logró hacerse cargo de todas las
tareas de la casa. Sólo la cocina siguió siendo territorio de Sediq; se sentía
a gusto allí y dedicaba casi todo su tiempo a cocinar.
Desde el instante en que volvió a haber un imán en la
casa, todos se percataron de lo indispensables que habían sido las abuelas.
Entre las dos se las habían arreglado para ocuparse de todas las tareas en
silencio y la casa funcionaba como un viejo reloj. Mientras que ahora, ni cinco
mujeres eran capaces de mantener aquel ritmo.
Zinat Janum había intentado repetidas veces tomar a su
servicio a Azam, la mujer que una vez había amenazado a su marido con un
cuchillo, pero Fagri Sadat dijo que ni hablar.
Desde la llegada de Zara, la casa volvía a funcionar
puntualmente. Era una joven muy hacendosa aunque se mostraba distante y tímida,
tanto que nunca miraba a su interlocutor a los ojos. «Ya va bien que sea
tímida, de lo contrario podría traernos problemas —había comentado Zinat—. Hay
muchos mozos en esta casa.»
Zara era una bonita muchacha, más bien una joven
mujer, pues había cumplido ya los veintiún años. Tenía dieciséis cuando se casó
con un hombre mayor, pero dado que no había logrado quedarse embarazada tras
cuatro años de convivencia, el marido la había enviado de vuelta a la casa
paterna.
Su familia estaba muy contenta de que su hija hubiese
encontrado un trabajo de sirvienta en la casa y esperaban que pudiese
permanecer allí durante años.
En el pasado, las abuelas habían tenido que dedicar
mucho tiempo al imán Alsaberi, pero Ahmad no precisaba aquel tipo de ayuda.
Zara trabajaba en silencio, no molestaba y no se hacía
notar. Entraba con sigilo en las habitaciones, lo ordenaba todo, retiraba los
platos, ayudaba a Sediq a cuidar del pequeño Lagartija, limpiaba las ventanas,
daba de comer a los peces, barría las hojas muertas e iba a echar un vistazo al
sótano por si Muecín necesitaba algo. También limpiaba el polvo del escritorio
de Ahmad, le hacía la cama y le planchaba las camisas.
Cuando el imán volvía a casa después de la primera
oración de la mañana, se acurrucaba de nuevo entre las sábanas y dormía hasta
las doce o a veces hasta las dos de la tarde. Ningún imán de la casa había
hecho algo semejante hasta entonces. En realidad, Ahmad se quedaba en la cama
hasta que Zara iba a avisarle.
—La comida está lista, imán.
Todas las mañanas, antes de que él se levantase para
el rezo, Zara le llevaba un trozo de pan, mantequilla y miel. Llamaba a la
puerta quedamente y susurraba:
—¿Está despierto?
—¡Pasa! —le decía él desde la cama.
Ella dejaba la bandeja sobre la mesita con aire
cohibido y salía de la habitación.
En un principio, servir a Ahmad no formaba parte de
los quehaceres de Zara, pero acabó siendo así de forma natural. Y Ahmad estaba
contento con Zara.
Una mañana, cuando la chica fue a despertarlo para ir
a la mezquita, él remoloneó demasiado en la cama y volvió a quedarse dormido.
Cuando ella fue a llamarlo por segunda vez, el imán se vistió a toda prisa y
salió presuroso del cuarto. Fue hasta la alberca, se arrodilló junto al desagüe
y orinó. Zara lo miró atónita. Nadie hacía eso, estaba prohibido, pero
comprendió que debía callar.
En otra ocasión, cuando Zara le llevó el desayuno y
dejó la bandeja encima de la mesa junto a su cama, Ahmad la cogió de la mano y
la acercó con suavidad hasta la cama. La muchacha se resistió unos instantes,
pero luego lo dejó hacer. El imán la cogió por el talle y la metió bajo las
sábanas. Ella cerró las piernas rápidamente.
—Aan kahto wa
zawagto —le susurró Ahmad al oído entre las sábanas.
Zara calló.
—Aan kahto wa
zawagto —susurró de nuevo.
Zara calló.
—Aan kahto wa
zawagto —susurró por tercera vez.
—Qabelto
—musitó Zara, y lo recibió.
Al cabo de un rato, Zara salió de la cama, se puso el
velo y le dijo en voz baja:
—Es tarde. Debe ir a la mezquita.
Durante la oración del viernes, la mezquita se llenaba
de muchachas jóvenes que iban especialmente a ver a Ahmad.
El imán tenía una forma de hablar completamente
distinta de la de su padre o Jaljal. Procuraba hilvanar en sus sermones asuntos
políticos y darles un enfoque interesante; no pretendía despertar temor en su
público sino curiosidad.
Por lo que la policía secreta había averiguado, Ahmad
no tenía contacto con movimientos religiosos serios en Qom, y respondía más a
la imagen de vividor que a la de rebelde. Con todo, no estaba clara la
trayectoria que podía seguir y cómo influiría en él su posición de imán.
En una de sus intervenciones había hablado de un
Estado islámico en el que el Corán constituyera la piedra angular de la
convivencia. Pero no había abundado en el tema, y tampoco había especificado lo
que pretendía decir con aquello. Parecía más bien como si quisiera tirar una
piedra para calcular la profundidad del agua.
En otro sermón hizo una jugada sublime. Dejó caer
inesperadamente el nombre del ayatolá Jomeini con tal inocencia que nadie supo
decir si lo había hecho a propósito o por casualidad. Pero Aga Yan se dio
cuenta de que Ahmad sentía simpatía hacia el religioso exiliado.
El ayatolá Jomeini era un enconado opositor del sah.
En el último discurso público que hizo, proclamó: «El sah es una humillación.
Nos avergonzamos de ese hombre. No es un sah, sino un siervo de los
americanos.»
Aquella intervención fue el detonante de una enorme
revuelta en Qom, durante la cual la gente se echó a la calle gritando consignas
contra el sah. El ejército intervino y la mezquita donde Jomeini había
pronunciado su discurso fue acordonada. Centenares de clérigos jóvenes fueron
en busca de armas al sótano del templo, subieron a las azoteas y se desató una
auténtica guerra callejera.
Decenas de imanes perecieron y muchos otros fueron
arrestados. El ejército acabó sofocando la resistencia, y un general se
presentó en el domicilio de Jomeini para arrestarlo personalmente.
Los religiosos que custodiaban al ayatolá detuvieron
al general y le dijeron que se quitara las botas o de lo contrario no se le
permitiría entrar en el estudio del ayatolá. El general supo que ni siquiera el
ejército estadounidense podría ayudarlo en aquella encrucijada, de modo que
obedeció.
—Quítese la gorra también —le exigió otro de los
guardianes.
El general se puso la gorra bajo el brazo y entró en
la estancia; con una inclinación de la cabeza, dijo:
—Tengo órdenes de arrestarlo.
Aquel mismo día, Jomeini fue desterrado; el sah lo
envió a Irak desde donde, años más tarde, lideraría una revolución contra la
presencia americana en Irán y acabaría eliminando de raíz el régimen del sah.
Por aquel entonces, nadie osaba pronunciar en voz alta
el nombre de Jomeini, aunque de vez en cuando corrían rumores sobre él, se
distribuían en secreto panfletos y en algunas mezquitas de Qom habían colgado
su retrato.
Jomeini estaba en el exilio, pero su espíritu seguía
vivo, encarnado por una nueva generación de clérigos que empleaban todos los
medios a su alcance para honrar el nombre de su maestro.
Gradualmente, Ahmad fue cobrando notoriedad, también
en otras ciudades, y a menudo lo invitaban para que fuese a dar un sermón.
Hacía poco tiempo había ido a Jomein, el pueblo natal de Jomeini.
Aquellos breves viajes contribuían a enriquecer sus
sermones y él se refería a sus visitas en tono ingenuo.
—Estuve hace poco en Isfahán, es una ciudad
espléndida, mis saludos a los isfahani. Mi siguiente destino fue Kashán, tan
amada por su población. Mis saludos a los kashani. La semana pasada estuve en
Jomein, era la primera vez que visitaba esa bendita aldea. Jomein es un lugar
único, donde vive gente formidable, ¡saludos, jomeini!
Y con jomeini se refería a los habitantes de Jomein,
pero todo el mundo interpretó su gesto y coreó: «Salam bar Jomeini!»
Aga Yan no cabía en sí de gozo. Sabía que aquél no
había sido un comentario fortuito de Ahmad, había algo entre líneas, y sin duda
se trataba de una consigna de Qom.
Aga Yan había recibido un mensaje secreto de Qom en el
que se le informaba que Jaljal había huido a Irak para sumarse a la facción de
Jomeini. Era un hombre astuto y no se había ido al país vecino porque sí. Había
intuido que Jomeini acabaría alcanzando el poder tarde o temprano para hacer
realidad su sueño de fundar una República Islámica. Así pues, ése era el motivo
de que hubiera abandonado a su mujer y su hijo durante todo aquel tiempo.
En la calle no se advertían indicios de un inminente
cambio de poder o de la revolución que se estaba gestando. El sah disfrutaba de
los mejores años de su reinado; no hacía mucho que había declarado a la revista
Times que se sentía muy tranquilo y
que su país era un oasis de paz.
Estados Unidos recelaba de la Unión Soviética y no
podía encontrar a un dirigente mejor para gobernar el país que el sah, que le
compraba los últimos modelos de aviones y el armamento más sofisticado, e
ingresaba gran parte de los beneficios del petróleo nacional en sus bancos.
El sah, convencido de ser el jefe del Estado iraní más
conveniente para Estados Unidos, estaba plenamente seguro de su apoyo y sabía
que no lo dejarían en la estacada. No veía pues motivos para inquietarse por
alguien como Jomeini, que estaba exiliado en Irak. En consecuencia, se dedicó a
preparar a su hijo para que le sucediera en el trono, con plena tranquilidad y
confianza.
Mientras Ahmad se ocupaba de las actividades de la
mezquita, Shabal estaba a punto de ingresar en la Universidad de Teherán. Había
pensado estudiar literatura persa, pero Aga Yan le había aconsejado otra cosa.
—La literatura persa es algo que puedes estudiar tú
solo en casa, no necesitas ir a la universidad para eso. Tienes talento, escoge
estudios técnicos o una carrera de ciencias, algo orientado a las ciencias
empresariales. Ya tenemos bastantes clásicos en nuestra propia biblioteca, la
casa necesita un espíritu moderno.
El día en que Shabal se disponía a partir hacia
Teherán, Aga Yan lo llevó en coche a la estación.
—Hay algunas cosas que no estoy seguro que deba
contarle —le confesó Shabal durante el trayecto.
—¿Qué cosas son ésas?
—He pillado varias veces a Ahmad en la azotea de la
mezquita fumando detrás de la cúpula. Él sabrá lo que hace, pero sus
cigarrillos huelen a algo distinto del tabaco, algo que no es apropiado para un
imán. Además, suele ir regularmente a casa de extraños para fumar opio a
escondidas. Pensé que debía usted saberlo.
—Has hecho bien en decírmelo —repuso Aga Yan tras un
silencio—. Veré lo que puedo hacer. ¿Hay algo más que debería saber?
—Bueno, quizá sólo que tiene debilidad por las
mujeres. También me he fijado que en la mezquita se toma ciertas libertades con
ellas que no convienen a un imán.
—Sí, yo también me he dado cuenta. Tiene que ser más
prudente, tenemos enemigos en la ciudad.
En la estación, Aga Yan lo acompañó en silencio hasta
el tren. Desde la última vez que su sobrino le había confesado tener dudas
sobre su fe no habían vuelto a hablar del asunto. Aga Yan lo había intentado en
varias ocasiones, pero había notado que Shabal no deseaba hablar de ello, y no
había insistido. Sin embargo, en aquel momento, en el andén, deseaba advertirle
que tuviese cuidado en la universidad. Pero Shabal no le dio oportunidad. Lo
abrazó, lo besó en la mejilla y echó a correr hacia el tren.
Aga Yan permaneció en el andén hasta que el tren se
puso en marcha y se perdió de vista.
Aga Yan vigilaba a Ahmad.
Una noche, vio a Zara entrar en la biblioteca, donde
Ahmad estaba leyendo, con una bandeja a una hora intempestiva y la siguió. Por
una rendija de la cortina vio que la muchacha se inclinaba para dejar la
bandeja con una taza de té y un platito de dátiles sobre el escritorio. Ahmad
le deslizó la mano por debajo de la blusa y ella se quedó quieta y le dejó
hacer. El imán se puso de pie, le levantó la larga falda y la empujó contra una
estantería.
A la mañana siguiente, Aga Yan llamó a Zara a su
estudio.
—Toma asiento —le dijo con gesto afable.
Ella se sentó con timidez.
—Lo diré del siguiente modo: estoy muy satisfecho con
el trabajo que realizas en esta casa. No podría desear una sirvienta mejor,
pero deberás mantenerte alejada de Ahmad, de lo contrario ya puedes ir
preparando las maletas. ¿Está claro?
Zara se asustó por el tono tajante de Aga Yan y se
quedó sin palabras.
—¿Está claro? —repitió él.
Ella asintió con la cabeza, azorada.
—¿Qué decides? ¿Quieres quedarte aquí o prefieres que
te envíe de vuelta con tus padres?
—Quiero quedarme aquí —contestó ella con voz
temblorosa.
—Muy bien, puedes volver a tu trabajo. A Muecín le
vendría bien que lo ayudases más a menudo, dedícale más tiempo cuando no tengas
nada que hacer. Puedes irte.
Aquella noche, después de la oración, Aga Yan le pidió
a Ahmad que lo acompañase a dar un paseo por el río; mientras caminaban por la
oscura orilla, lo amonestó con duras palabras. Le dejó claro que no toleraría
aquel comportamiento inadmisible con las mujeres, y que el opio estaba fuera de
lugar en la mezquita; y añadió que si no le hacía caso, restringiría seriamente
sus libertades.
Ahmad lo escuchó en silencio.
—¿Hay algo que quieras decirme? —inquirió Aga Yan.
Pero Ahmad siguió en silencio.
Al cabo de unos días, Aga Yan habló con el padre del
vendedor de alfombras que tenía la tienda más antigua de la ciudad para
plantearle la posibilidad de pedir la mano de su hija en nombre de Ahmad.
Al cabo de un mes, hubo una gran fiesta en casa de la
familia de la novia. Alrededor de la medianoche, la novia llegó a la casa en un
carruaje engalanado. A la pareja le fue asignada una de las habitaciones de la
planta superior, aunque para las siete primeras noches habían dispuesto el
cuarto de huéspedes.
A Ahmad le dieron una semana de fiesta y la familia se
fue de vacaciones a Yeria para dejar a los novios solos.
El imán iba por la casa con holgadas y ligeras ropas
de algodón y se conducía como un príncipe que acabara de llevar a su joven
esposa a su palacio.
Ella se llamaba Samira, tenía dieciocho años y poseía
una belleza clásica. La primera noche, Ahmad la hechizó y se amaron hasta el
amanecer; sólo se quedaron dormidos con la primera luz del alba.
Por la tarde, alrededor de la una, Am Ramazan lo
recibía en el cuarto de fumar, donde le tenía preparado un juego de opio digno
de un rey. Ahmad le había pedido que le suministrara opio durante aquellos
siete días, pues estimulaba el deseo masculino y prolongaba el acto sexual.
Tras fumarse medio cigarrillo de opio, volvía a su
cuarto y se metía en la cama al lado de su esposa, que estaba profundamente
dormida.
Con el tiempo, Samira dio a luz una hija, Masude.
Todos estaban encantados con la niña, pero la casa esperaba la llegada del hijo
que algún día habría de convertirse en el sucesor de su padre.
La mezquita seguía contando con gran afluencia de
fieles y Ahmad pronunciaba unos sermones fascinantes. Era un narrador nato y
contaba anécdotas fantásticas sobre las historias del Corán. Con sus palabras
casi mágicas transportaba a sus oyentes a un pasado remoto, a la época del
profeta Mahoma, cuando éste amaba a su adorada joven esposa Ayesah en la
azotea.
Por aquel entonces, Mahoma había prohibido los músicos
ambulantes y ningún musulmán debía escucharlos. Una noche, mientras se hallaba
en el tejado con la joven Ayesah, de pronto oyeron música en la calle. «Quiero
mirar, quiero mirar, quiero mirar», se empecinó Ayesah. Y el amor ganó la
partida: Mahoma se agachó y Ayesah se montó sobre su espalda y por el borde del
tejado vio a los músicos.
Nadie había contado antes historias como aquélla en la
mezquita, pero Ahmad siempre encontraba algo distinto que cautivaba a los
fieles.
En realidad, en lugar de imán debería haber sido
poeta, un actor que hechizara a su público en la plaza del zoco.
A menudo viajaba a las ciudades religiosas más
importantes del país como Kashán, Arak, Hamadán e Isfahán y se quedaba allí una
semana. Y siempre regresaba con dos maletas: una llena de oro y la otra de
regalos personales como calzoncillos, calcetines, perfumes, jabones, camisetas
y anillos que las mujeres con velo le pedían furtivamente.
A pesar de que le había prometido a Aga Yan dejar el
opio, frecuentaba algunos lugares clandestinos en la ciudad para fumar.
Para que nadie pudiera cortarle las alas, aceptaba
tantas invitaciones como le hacían, y emprendía largos viajes. En esas
ciudades, Aga Yan no tenía el menor control sobre él. Así fue como conoció a
hombres que lo introdujeron en sus círculos, donde fumaban hasta la madrugada y
se acostaban con mujeres.
Ahmad no disfrutaba de la misma libertad en Seneyán,
por eso acabó entrando en contacto con los bajos fondos de la ciudad. Lo que no
podía sospechar era que la policía secreta iba a tenderle una trampa.
Hacía un año que le habían prohibido fumar opio. Los
adictos podían obtener dos veces al mes una limitada cantidad de opio legal en
las farmacias municipales, pero Ahmad conseguía todo el que deseaba en el
mercado negro.
Una noche, mientras se hallaba en un sótano de Seneyán
en compañía de dos hombres más y varias mujeres, unos agentes irrumpieron en el
local y lo sorprendieron fumando opio y con una mujer sin velo a cada lado. Los
policías añadieron algunos cigarrillos de opio más a la escena y se hartaron de
sacar fotografías. Luego condujeron a Ahmad esposado a una dirección secreta
donde un oficial los estaba esperando.
Ahmad no tenía nada qué decir; sabía que había caído
en una trampa de la que no lograría salir fácilmente.
—Puede usted dormir en su cama esta noche y mañana por
la mañana acudir a la mezquita como de costumbre, con una condición.
—¿Qué condición? —preguntó Ahmad con voz temblorosa.
—Que a partir de este momento usted y yo mantengamos
una relación cordial. Supongo que entiende lo que le pido.
—No, no entiendo lo que me pide.
—Pues si no lo entiende, todo será algo más
complicado; tendré que encerrarlo inmediatamente en la cárcel y mañana, con el
desayuno, recibirá un periódico con su foto en primera página. Seguramente
entonces lo entenderá.
La noche fue larga. Ahmad lloraba en silencio. No
estaba preparado para que la vida pudiera mostrarle, de repente, su lado más
amenazador.
Cuando por fin amaneció, el oficial entró en la celda.
Había hecho revelar las fotos y se las mostró.
—¿Qué hacemos? ¿Las llevamos al periódico esta misma
mañana o prefiere que nos sentemos a hablar?
Ahmad no tenía salida; si la prensa publicaba fotos en
las que él aparecía con mujeres sin velo y rollos de opio todo habría acabado
para él y traería la desgracia sobre la casa. De modo que decidió acompañar al
agente a su despacho, donde le ofrecieron un asiento y le dieron un formulario
que debía rellenar.
—Si nos entendemos bien, dentro de cinco minutos
habremos acabado y lo llevaré personalmente hasta su casa. Lo que le pedimos es
muy sencillo: queremos que establezca usted contacto con Qom más a menudo y que
nos procure la información que necesitamos. Eso es todo.
Media hora más tarde, un coche condujo a Ahmad a la
mezquita y él se apeó en el portal.
—Tendrá noticias nuestras —dijo el agente y se fue.
Durante unos meses no pasó nada. Ahmad confiaba en que
la policía sólo pretendiera asustarlo para tenerlo controlado. Estaba claro que
no se habían olvidado aún de Jaljal y su asonada durante la visita de Farah
Diba, y probablemente querían vengarse y tener medio secuestrado a Ahmad.
Albergaba la esperanza de que hubieran renunciado a
sus planes de utilizarlo como una suerte de infiltrado, pues desde luego no
sería capaz de cumplir esa función. Ser un soplón no encajaba con su forma de
ser ni con su responsabilidad de imán de la ciudad. ¿Y qué iba a contarles
llegado el caso?
Comprendía que de aquella forma la policía secreta
había querido taparle la boca, y lo habían conseguido, pues ya no se atrevía a
referirse al sah o a hacer veladas alusiones sobre Qom. Poco a poco volvió a
sentirse feliz, y el miedo que lo atenazaba se fue diluyendo. Hasta que una
noche, al término de la oración, aquel oficial se arrodilló junto a él en la
sala de oración.
—¿Cómo le va? —le susurró con una sonrisa intimidante.
Ahmad se volvió, sobresaltado, para ver si Aga Yan
estaba por allí, pero ya se había ido.
—¿Qué quiere usted de mí? —le preguntó con un hilo de
voz.
—Se habrá enterado de que vuelve a haber revuelo en
Qom. Queremos que viaje a la ciudad, que vea a los ayatolás y nos informe qué
está pasando. Supongo que aún tendrá mi número de teléfono, ¿no?
—Sí, aún lo tengo —contestó Ahmad con el rostro
ceniciento por el miedo, y apoyó la frente contra el suelo para dar a entender
que reanudaba la oración. Cuando volvió a enderezarse, el oficial había
desaparecido.
Se puso el aba
sobre los hombros con manos temblorosas y emprendió el regreso a casa
encorvado, como si padeciese un acceso de fiebre.
Nada más llegar, fue directamente al estudio de Aga
Yan, se hincó de rodillas en el suelo y suplicó:
—¡Aga Yan, sálvame! Me han tendido una trampa.
Asombrado, Aga Yan lo observó.
—Me sacaron fotos, fotos repulsivas en las que salgo
fumando opio y en compañía de mujeres y ahora quieren enviarme a Qom para que
les haga de chivato. Si no cumplo, publicarán las fotos en los periódicos.
Aga Yan, que había esperado cualquier cosa menos
aquello, permaneció sentado en la silla sin poder articular palabra.
—¿Dónde? —preguntó al fin.
—En un sótano de la ciudad.
—El opio puede no ser un problema, pero quiénes eran
esas mujeres.
—Sigués.
—Los de la policía secreta nos la han vuelto a jugar.
¿Has colaborado con ellos?
—¡No! ¡Nunca!
—¿Les has dado algún tipo de información?
—¡No, ni una palabra!
—Te lo repetiré una vez más —insistió Aga Yan—. ¿Les
has contado algo?
—Nada, absolutamente nada —aseguró Ahmad.
—Pues entonces agradece haberlo hecho así, de lo
contrario te habría echado de esta casa en el acto. Pero todavía no es
demasiado tarde, creo que podemos remediar algo de este desaguisado. No dirás
nada a nadie, y en los próximos meses no te dejaré solo. Me pondré manos a la
obra para ver qué puedo hacer. Nos necesitan para mantener el orden en la
ciudad, y por eso no publicarán las fotos en la prensa, sólo pretenden
chantajearnos. Tú mantén la boca cerrada y, pase lo que pase, quédate junto a
mí.
—Hay algo más que debo decirle —confesó Ahmad—. Si no
fumo, no me salen bien los sermones. Lamento mucho darle este disgusto.
—Eso sí que me duele —dijo Aga Yan apenado—. Todos
podemos cometer un error, pero el opio es un insulto, una humillación para
todos nosotros. No soporto que un imán de nuestra mezquita sea incapaz de
hablar sin fumar opio. Lo siento, pero no puedo mostrarme comprensivo. Deberás
dejar ese hábito. Soy capaz de encerrarte en una jaula si es preciso. De
momento no podrás salir a la calle sin mi consentimiento.
Al día siguiente, Aga Yan canceló todos los
compromisos de Ahmad y le confió el problema al médico de cabecera de la
familia.
De la consulta del médico se fue derecho a las
oficinas de la policía secreta sin haber concertado cita previa y pidió hablar
con el responsable. Lo hicieron pasar, y en cuanto se hubo sentado en un sillón
de cuero marrón, le mostraron las fotos de Ahmad. Tuvo que alcanzar un acuerdo
forzoso con el superior. Él mismo, Aga Yan, se encargaría de mantener la calma
en la mezquita, en vista de que en Qom habían vuelto a desatarse los
disturbios. A cambio, las fotos permanecerían guardadas en un cajón.
Aquella noche, abrió su cuaderno.
«El imán de nuestra mezquita es adicto al opio. Nos
aguardan tiempos difíciles.»
Años
de silencio
Pasó mucho tiempo sin sobresaltos.
Aga Yan tenía controlado a Ahmad con un severo régimen
de vida. No lo autorizó a viajar a otras ciudades para dar sermones sin
vigilancia, hasta que estuvo seguro de que había dejado por completo el opio.
A pesar de que el incidente de las fotografías había
quedado atrás, Aga Yan creía que ese asunto significaba un punto de inflexión
en la historia de la mezquita.
Al principio, Shabal volvía a casa al menos una vez al
mes, pero a medida que pasaba el tiempo, fue espaciando sus visitas cada vez
más. A veces llamaba al zoco para hablar con Aga Yan, pero siempre trataba con
él de cuestiones de negocios: «¿Cómo está? ¿Va todo bien por ahí?»
—Qué puedo decir, el mundo está cambiando, hijo.
Necesitamos a un hombre con nuevas ideas. Siento que me estoy haciendo viejo.
—¿Viejo usted? ¡Qué cosas tiene!
—Tal vez viejo no sea la palabra, sino desfasado. Hoy
en día no se puede competir en el mundo de los negocios con las tradicionales
ideas del zoco. Aprende mucho, te necesito. Ya hablaremos de eso cuando vengas
a casa.
Pero cuando iba, Shabal solía llegar muy tarde y al
día siguiente volvía a marcharse pronto, de modo que nunca tenían tiempo para
hablar del negocio de las alfombras y del zoco.
El joven no le había confesado nada a su tío, pero ya
no sentía el menor interés por los negocios y menos aún por las alfombras. En
la universidad se había afiliado a una organización clandestina de izquierdas;
aquéllos eran contactos muy distintos de los que había tenido en la Aldea Roja.
En cuanto llegó a la universidad, lo aceptaron en la
pequeña redacción de un periódico estudiantil clandestino, donde se sentía como
pez en el agua. Tenía una pluma certera y era mucho más maduro que el resto de
sus compañeros, de modo que no tardaron en ver en él a la figura que debía
liderar el grupo.
Pero Shabal no era el único que estaba cambiando. Todo
era distinto. En otro tiempo, el zoco había tenido un papel decisivo en la
ciudad, pero aquello había pasado a la historia. Las alfombras persas habían
dejado de ser un factor determinante para la economía y la política; el gas y
el petróleo habían ocupado su lugar.
Antes, Aga Yan tenía mucho poder en el zoco y las
autoridades siempre le profesaban respeto, pero últimamente se mostraban tan
descarados como para atreverse a enviar a un agente a la mezquita o a utilizar
al imán como chivato. En el pasado, el alcalde solía llamarlo al menos una vez
por semana para mantener un equilibro en las relaciones entre el zoco y el
resto de la ciudad. Sin embargo, el nuevo alcalde ni siquiera lo había invitado
a su fiesta de presentación y menos aún se había dignado llamarlo por teléfono,
a pesar de haber invitado a otros comerciantes del zoco. Eso significaba que el
régimen pretendía romper la unidad del zoco, que estaba perdiendo gradualmente
su posición dominante como productor de alfombras. De la noche a la mañana,
habían abierto en la ciudad muchas otras fábricas de alfombras. Antes, a nadie
se le habría ocurrido comprar aquellos tapices baratos que olían a plástico,
pero últimamente no cesaban de bombardear a la gente con su publicidad.
Hasta hacía unos años, tener una antena de televisión
en el tejado era un tabú en Seneyán, pero también eso había quedado atrás.
Cuando un empresario decidió reconvertir el antiguo hamam de la ciudad en un cine, hubo alguien como Jaljal capaz de
movilizar a los fieles para echar de allí a la mismísima Farah Diba. Sin
embargo, hacía poco un tipo había comprado un viejo garaje en el centro de la
ciudad y lo había transformado en un moderno cine. Todas las tardes había
montones de jóvenes haciendo cola para comprar una entrada.
La apertura de tantos locales llamativos por la ciudad
había acabado por romper el contacto entre el zoco y los jóvenes. Hasta hacía
poco, los chicos solían pasear por el zoco, pero ya no se los veía por allí. El
ayuntamiento había construido un bonito paseo donde los chicos y chicas podían
tomar un helado mientras se celebraba la oración de la noche y por el que
paseaban bajo los árboles y alumbrados por tenues luces de neón.
El sah había acabado conquistando la ciudad. En los
edificios públicos había carteles con su imagen y su voz se oía en todas las
emisoras. Si hacía unos años los comerciantes ocultaban la radio bajo el
mostrador por temor a perder su clientela, ahora todos la ponían en un lugar
prominente, encima de un estante, para que se oyera bien. Hasta en el zoco se
veían retratos del sah en algunas de las tradicionales tiendas de alfombras.
Poco antes hubiera sido impensable, pero todo estaba cambiando tan vertiginosamente
que a veces uno no reconocía su propia ciudad.
La plaza del zoco había dejado de ser el centro de
Seneyán y había cedido el puesto al paseo, donde habían erigido una enorme
estatua ecuestre del sah en medio de un estanque.
La voz del monarca se oía en casi todas las casas de
la ciudad, y ni siquiera la casa de la mezquita con sus recios muros lograba
resistírsele.
Cada vez que el sah pronunciaba un discurso en algún
lugar, el ayuntamiento ponía un coche delante de la mezquita y lo retransmitía
por megafonía, con lo que su voz resonaba todo el día en el patio. Fagri Sadat
no comprendía por qué Aga Yan callaba y Ahmad no protestaba.
Hacía poco que el sah había visitado el mausoleo de
Ciro, el primer rey del antiguo imperio persa, y había exclamado con
grandilocuencia: «¡Ciro! Rey de reyes. ¡Descansa en paz, pues yo estoy
despierto!»
La semana entera estuvo el jeep delante de la puerta
de la mezquita repitiendo aquel mensaje día y noche.
«¡Qué días tan duros! ¡Qué noches tan largas! Es una
gran humillación para todos nosotros, pero no hay nada que pueda hacer. ¡No me
atrevo a entrar en la mezquita de la vergüenza que siento!», escribió Aga Yan
en su cuaderno.
No, ya no había nadie capaz de mantener al sah fuera
de sus casas; hasta el viento arrastraba a las viviendas su fotografía, que un
helicóptero solía esparcir sobre la ciudad.
Lagartija había recogido algunas del suelo y las había
dejado en el cuarto para que Aga Yan las viese.
Aga Yan se hallaba en el patio cuando oyó de pronto
una música muy alta que procedía de la casa de Hayi Shishegar.
¿Música en la casa de su querido Shishegar? Debía de
tratarse de un acontecimiento muy especial. En ese instante se fijó en la
antena de televisión que había en el tejado de su amigo. ¿Una antena en el
tejado de uno de los comerciantes de vidrio más respetables del zoco? ¿Sería
posible?
La casa de Hayi estaba a rebosar de gente.
Aga Yan subió la escalera con sigilo y en la oscuridad
se coló en la azotea de Hayi Shishegar para enterarse de lo que pasaba.
No, no estaba confundido: había una larga antena en su
tejado.
Hayi había querido celebrar los nuevos acontecimientos
en compañía de todos sus hijos. Había sido uno de los invitados a la fiesta de
presentación del nuevo alcalde y a todos los asistentes les habían regalado un
retrato del sah para que se lo llevaran a casa. Aquella imagen con un marco
dorado estaba colgada sobre la chimenea, justo encima de donde habían puesto el
televisor.
Pero ¿a qué venía aquella música tan estridente en la
casa?
Con cuidado, Aga Yan fue hasta el borde del tejado y
observó el patio de su vecino.
Estaban celebrando una fiesta a la que asistían
familiares y amigos. Era una noche calurosa, demasiado calurosa para quedarse
dentro de casa. En el patio habían colocado una gran cama de madera donde
estaban acostados los niños, vestidos con sus largas camisas blancas de
algodón. Un grupo de músicos tocaba sin mucha gracia una rítmica canción
estadounidense, mientras algunos hombres bailaban cogidos de la mano.
Al parecer, Hayi había hecho circuncidar a sus hijos y
estaban celebrando el acontecimiento. La madre de los gemelos llevaba el velo
sobre los hombros y charlaba alegremente con los invitados. La primera esposa
de Hayi y sus siete hijas no estaban presentes.
Había muchas fuentes con galletas y dulces, y los
niños jugaban a pillarse por el espacioso patio. Hayi charlaba con todo el
mundo y se paseaba con las fuentes ofreciendo galletas. De pronto, le cogió la
cámara al fotógrafo para sacar algunas instantáneas de sus hijos circuncidados
y por enésima vez se fue hacia la cama junto a ellos y exclamó: «¡Sacadnos una
foto!» Poco después, fue a la sala de estar de su casa acompañado por otros dos
hombres y regresó con un gran televisor que más bien parecía un mueble de
madera. Dejaron el aparato junto a la alberca, debajo del árbol donde estaban
sus hijos. Hayi lo encendió y en la pantalla apareció un grupo de bailarinas de
Teherán; asombrados, todos los presentes se acercaron para contemplar aquellas
mujeres.
Aga Yan volvió sobre sus pasos y se detuvo unos
instantes junto a la cúpula azul, palpando los azulejos fríos y esmaltados,
luego continuó andando. Por encima del muro del patio de la mezquita, vio la
alberca y el árbol, y alzó los ojos hacia las viejas cigüeñas que ya no estaban
allí; hasta sus nidos habían desaparecido. Pensó que estaba demasiado oscuro y
que por eso no las veía; se fue hasta el otro extremo de la azotea y volvió a
mirar, pero no se equivocaba: no se veía ni rastro de las cigüeñas.
Abrió uno de los postigos del alminar, subió por unos
angostos escalones y llegó a lo alto del minarete. Bajo sus pies crujieron
algunas ramas secas, probablemente del nido de las cigüeñas. Sintió que algo se
rompía en su interior, que se hacía viejo, y eso lo sorprendió. Escrutó la
ciudad; dondequiera que mirase, veía lucecitas de colores, en la puerta del
zoco había un enorme póster del sah iluminado por dos grandes focos. En el
nuevo centro parpadeaban las luces de neón amarillas y rojas del cine. A pesar
de que era tarde, aún se oía la música y las voces femeninas en el paseo.
¿Cuándo había desaparecido en la ciudad el eco de los
suras del Corán? Sabía que la mezquita, el zoco y el Corán no oponían
resistencia suficiente, pero no había esperado que el régimen hubiese
conquistado Seneyán con tanta rapidez.
¿Dónde estaban los ayatolás que luchaban contra el
sah? ¿Qué había sido de los guerrilleros que habían logrado fugarse de la
cárcel?
¿Qué habían cambiado los libros que Shabal había leído
a escondidas?
¿Dónde estaban las radios que hablaban contra el
régimen?
¿Dónde se había metido Jaljal, tan combativo contra el
sah?
¿Dónde estaban los estudiantes que pretendían cambiar
el mundo?
¿Y por dónde andaba Nosrat, que tenía que filmar todos
esos cambios?
Eran años de calma, pero ¿cómo podía saber entonces
que poco después sobrevendría una nueva era con vertiginosa rapidez? Una
tormenta furiosa que lo forzaría a inclinarse, temblando como un viejo árbol.
Abatido, bajó la escalera, cerró el postigo del
minarete y regresó al patio. Habría querido volver junto a Fagri Sadat,
acurrucarse junto a ella y olvidarse de todo, pero no lo hizo, sino que salió
de la casa y se dirigió hacia el río.
Todo estaba oscuro y tranquilo, ni siquiera el río
hacía ruido. Oteó los viñedos y las montañas al otro lado. Reinaba el silencio.
Sumido en sus pensamientos, echó a andar y fue recordando lo que había sido su
vida.
Había nacido en la casa, había dedicado toda la vida a
la mezquita, había trabajado con denuedo en el zoco, y había puesto todo su
empeño y talento en el negocio de las alfombras. Sus hijas se habían hecho
mayores y su hijo Jawad se había convertido en un hombre hecho y derecho y
estaba acabando los exámenes para ir a la universidad. A Aga Yan se le ocurrió
que aún no había ido a La Meca, pese a que como hombre adinerado tenía el deber
de cumplir la peregrinación una vez en la vida.
Todo había cambiado y por si fuera poco Ahmad socavaba
la reputación de la mezquita.
El grajo graznó inesperadamente entre los viñedos y
cruzó el río volando. Aga Yan oyó las voces de varios hombres y vio la silueta
de una mujer con velo que salía de detrás de los árboles y corría en dirección
al puente.
La reconoció de pronto.
—¡Jodsi! —llamó Aga Yan.
Ella siguió corriendo.
—¡Espera, Jodsi!
—Todos morirán, pero usted no morirá —vaticinó Jodsi
con la voz de un grajo.
Televisión
Lagartija creció convirtiéndose en una criatura
enigmática. En la casa no sabían si considerarlo un niño discapacitado o un
animalillo. La cabeza, las manos y los pies eran humanos, pero sus movimientos
tenían mucho de animal.
Y a medida que se hacía mayor, se iba desarrollando
más y más el animal que llevaba dentro.
Sediq intentó enseñarle a hablar, pero no lo logró; el
niño no mostraba el menor interés por aprender.
Lagartija tenía sus propias maneras, que no se
parecían en nada al comportamiento de las personas normales. No quería comer
con los demás, no se acostaba cuando tocaba y se negaba a utilizar los
cubiertos, prefiriendo comer como un gato.
—¡No lo soporto más! —se lamentó Sediq—. Estoy harta.
¡No quiero a ese bicho raro!
—No debes decir esas cosas —la reconvino Aga Yan.
Sediq rompió a llorar.
—¡Todo son desgracias! —sollozó—. ¿Por qué todo me ha
salido mal en la vida?
—Aún eres joven, hija mía, te quedan muchos años por
delante. La vida no siempre nos muestra la misma cara, no olvides que existe un
motivo para todo lo que ocurre. Si hay alguien con derecho a quejarse, es
Muecín, que nació ciego, y sin embargo no lo hace, ha aceptado su destino y
nosotros también. No puede ver, pero tiene un oído finísimo, unas manos con una
sensibilidad extraordinaria y unas piernas que recuerdan el camino. Yo diría
que lo ve todo, hasta las cosas que no pueden verse. ¡No llores, hija mía! Tu
hijo debe vivir, yo estoy contento con él, lo considero un regalo para nuestra
casa, hablo en serio, lo necesitamos, de otro modo no nos habría sido dado. En
esta casa han vivido innumerables personas y no será la primera vez que haya
nacido en ella una criatura fuera de lo común. ¡Ten fe en la vida, necesitamos
a tu hijo para algo, de lo contrario no estaría entre nosotros!
—Ojalá tuviese tanta fe como usted —le dijo Sediq
llorando.
Al día siguiente, Aga Yan llamó a Lagartija a su
cuarto y le explicó que quería verlo en su estudio cada día después de la
oración de la mañana. Había decidido enseñarle a leer con paciencia y férrea
disciplina. Y Lagartija tuvo una reacción asombrosamente favorable. Se
arrastraba hasta Aga Yan con un libro entre los dientes, lo dejaba en su regazo
y lo conminaba a leérselo palabra por palabra.
En cuanto aprendió a leer un poco, iba al jardín y se
estiraba en el suelo, a la sombra del árbol centenario. Los días de mucho
calor, se encaramaba con su libro por la escalera hasta la azotea y buscaba la
sombra de la cúpula. Durante los meses invernales, iba al sótano y se ponía a
leer al lado de la estufa de Muecín. Ahmad le permitía entrar en la biblioteca
y allí se pasaba horas enfrascado en la lectura. Nadie sabía a ciencia cierta
si comprendía algo de lo que leía o si se dedicaba a fantasear.
Su mundo era la casa y apenas salía de allí, salvo las
veces que Am Ramazan iba a verlos y se lo llevaba al río a lomos de su burro.
Algunos ancianos que estaban sentados delante de la tienda de comestibles se
levantaban y se acercaban al burro para mirar a Lagartija. Todos habían oído
hablar del chico. Se quitaban el gorro ante él, volvían a ponérselo y jugaban
un rato con él. A Lagartija le divertía y se mostraba encantado.
Después, Am Ramazan se lo llevaba al río donde extraía
arena, excavaba un hoyo en la arena caliente y Lagartija se tumbaba ahí con su
libro.
El niño se sentía feliz con Am Ramazan.
En varias ocasiones, Sediq le había prohibido al
sirviente llevarse al niño.
—¿Por qué no lo dejas venir? —le decía el hombre—. No
puedes tenerlo siempre escondido.
En aquellos días, Zinat pasaba poco tiempo en casa,
salía a menudo a las zonas rurales para dar clases de Corán a las aldeanas.
Pero en cuanto volvía a casa, lo primero que hacía era ir en busca de Lagartija
para contarle historias que él no se cansaba de escuchar.
Zinat se ocupaba más de Lagartija que el resto de la
familia, pues consideraba al niño un castigo por su conducta. Lagartija no
sabía hablar, pero tenía un oído excelente, era capaz de desplazarse con una
rapidez pasmosa y forzaba a los demás a relacionarse con él.
Nosrat solía evitar al niño cuando iba de visita a la
casa, le acariciaba la cabeza o le daba golosinas, pero poco más. Antes de
acostarse por las noches, cerraba bien la puerta de su cuarto para que
Lagartija no pudiera colarse. Sin embargo, una noche, el pequeño se las arregló
para entrar en el dormitorio, se acurrucó en un rincón y sacó un libro del
bolsillo.
Nosrat no sabía qué hacer con él, de modo que
permaneció un rato de pie junto a la cama, observándolo. Quería hacer algo por
el niño, pero no se le ocurría nada. De pronto tuvo una idea.
—¿Me acompañas?
Lagartija reptó detrás de él por el patio y lo siguió
hasta el sótano.
—Escucha, en una ocasión Shabal trajo un televisor a
la casa para enseñarle la Luna a tu abuelo y a Alsaberi. Alsaberi era un imán
ingenuo, un día se cayó en la alberca y murió, pero el aparato aún debe de
estar por aquí en alguna parte. ¿Sabes?, has nacido en la casa equivocada. El
mundo está cambiando, pero aquí todo está prohibido. ¿Entiendes lo que te digo?
Lagartija lo observaba sin entender nada.
—Aun así has tenido suerte. Si hubieras nacido con
otra familia haría mucho tiempo que te habrían vendido a un circo. Ellos te dan
cariño y eso es importante para las personas. Sin embargo, en una casa
atrasada, todos son temerosos de Dios y cualquier cosa les da miedo: la radio,
la televisión, la música, el cine, el teatro, la alegría, las demás mujeres,
los demás hombres, sólo les gustan sus cementerios. Allí se sienten cómodos,
hablo en serio. ¿Los has acompañado alguna vez a un cementerio? De pronto se los
ve emocionados, se comportan con alegría, se sienten a gusto con los muertos.
Por eso me fui de esta casa cuando era joven. Ven, vamos a ver dónde anda ese
televisor, debe de estar entre estos cachivaches. A menos que las abuelas
decidieran tirarlo. ¡Ah, las abuelas! No llegaste a conocerlas, eran unas damas
muy elegantes. Yo no les caía bien, pero qué remedio. Se fueron a La Meca y ya
no regresaron, unas viejecillas muy listas. ¡Vaya, está aquí! ¡Mira! Un pequeño
televisor para ti. Estoy a punto de cambiarte la vida con este cacharro. Déjame
pensar dónde podría ponerlo para que no moleste a nadie. Ya sé, en el trastero
que hay en la azotea, detrás de la cúpula. En otro tiempo fue mi escondite,
adonde iba a leer libros indecentes. Luego Shabal puso una cama allí. Pero
ahora que él se ha ido, el trastero será para ti.
Largartija serpenteó por la escalera detrás de Nosrat
hasta la azotea. Allí, Nosrat dejó el televisor sobre una mesilla que había
junto a la cama de Shabal.
—Esta cama será tuya a partir de ahora, puedes
acostarte aquí. Bien, voy enseñarte cómo funciona este chisme.
Lagartija se subió a la cama. Nosrat sacó el cable del
televisor al exterior y colocó la pequeña antena en el extremo de una viga para
que nadie pudiese verla.
—Fíjate bien —le dijo y encendió el aparato.
Apareció una mujer joven y maquillada con un vestido
rojo sin mangas.
—¡No te asustes, chico! El mundo fuera de estas
paredes es muy distinto. ¿Te gustan las mujeres? Algún día te llevaré conmigo a
Teherán. En realidad este televisor es demasiado pequeño, ya te traeré otro más
grande. Pero de momento tendrás que arreglártelas con éste, cuídalo bien, es
tuyo y nadie puede quitártelo. Si alguien intenta quitarte el televisor, dale
un mordisco. ¡Híncale bien los dientes en el tobillo! ¿Me has entendido?
Lagartija consiguió mantener en secreto su escondite
durante todo un año, pero una noche, Aga Yan subió a hurtadillas la escalera y
abrió la puerta del trastero.
Lagartija, que no esperaba a nadie, saltó de la cama y
con un rápido movimiento se encaramó sobre su televisor, aferrándose a él como
un enorme gato, la cabeza por un lado del aparato, y los pies por el otro.
Aga Yan permaneció un momento en el umbral, antes de
cerrar la puerta y volver a bajar.
Los
saltamontes
Aquél iba a ser un día excepcional para Aga Yan.
Sucedía más veces de las que él se imaginaba.
Llamaron a la puerta. Lagartija fue a abrir y se
encontró con los ojos de un caballo que lo miraban en el sol vespertino.
Apoyándose en el marco de la puerta, se incorporó un poco para ver mejor lo que
pasaba. Delante de la puerta había un gran carruaje que contenía dos ataúdes.
El cochero, enlutado con abrigo largo y sombrero, dijo:
—¡Aga Yan!
Lagartija se deslizó con rapidez hasta el estudio de
Aga Yan y le señaló hacia la puerta al tiempo que emitía unos ruidos ahogados.
En cuanto Aga Yan vio al cochero, se puso su sombrero
y se dirigió a la puerta.
—Ena lelah!
—exclamó el cochero.
—Ena lelah
—contestó Aga Yan—. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Traigo a dos difuntos para usted.
—¿Difuntos? ¿Para mí?
—Discúlpeme. No son difuntos, sólo los restos que
quedan de ellas.
—¿De quiénes?
—De dos mujeres de La Meca.
—¡Las abuelas! —exclamó Aga Yan ligeramente turbado.
—¿Podría firmar aquí, por favor? —le pidió el cochero
tendiéndole unos papeles.
—Mis gafas —dijo Aga Yan.
Lagartija se metió en la casa con rapidez y volvió con
las gafas de lectura.
El texto estaba en árabe. Había algunas aleyas del
Corán, seguidas de un breve comunicado sobre las abuelas, cuyos cadáveres
habían sido hallados en el monte Ararat, próximo a La Meca. El monte Ararat es
el más sagrado del mundo islámico, allí iba Mahoma cada tarde a hablar con Alá,
y también fue allí donde descendió Gabriel por primera vez desde los cielos
para revelar la misión de Mahoma como profeta.
En aquel monte se encontraba la pequeña cueva donde
Mahoma se había refugiado la vez que tuvo que huir de La Meca a Medina porque
sus enemigos querían darle muerte mientras dormía. Aquella cueva y aquella
noche fueron decisivas en la historia del islam: aquella noche, o aquel día,
marcó el comienzo de la era islámica. La gruta recibió el nombre histórico de
«la Cueva de la Araña»: cada vez que Mahoma entraba allí, una araña tejía una
tela en la entrada para que nadie pudiese ver quién se escondía en su interior.
Las abuelas se habían colado en la cueva, algo que parecía poco creíble, pero
ellas lo habían conseguido y la policía había hallado su testamento junto a los
cadáveres.
Era inconcebible. Estaba prohibido entrar en la gruta.
Los millones de peregrinos que iban a visitarla cada año tenían que conformarse
con admirarla desde la distancia.
Si la historia de las abuelas era cierta, debía de
haber sido una experiencia extraordinaria para ellas. Aga Yan se sintió
conmovido, pero en aquellos momentos tenía la mente en otra parte. Su hijo
Yawad iba a volver a casa después de seis meses de ausencia. Aquel año había
empezado sus estudios en la Universidad de Isfahán y era la primera vez que
estaba fuera de casa tanto tiempo. Había elegido la carrera de biología porque
quería trabajar de ingeniero del petróleo.
Habían descubierto un gran yacimiento de gas en el
suelo de Seneyán. Una empresa petrolera estadounidense lo tenía todo dispuesto
para empezar las perforaciones, y por eso habían creado una nueva especialidad
en la universidad. Muchos estudiantes se habían inscrito, pero sólo habían
admitido una docena después de someterlos a un duro examen de ingreso. Yawad
estaba entre los elegidos. Los estudiantes seleccionados recibían clases de
ingenieros estadounidenses. Formalmente, eran estudiantes de la Universidad de
Isfahán, pero en realidad, pasados los primeros meses de clase, se trasladaron
a unos cuarenta kilómetros de Seneyán para seguir sus estudios en la refinería
petrolífera del sah, bajo la supervisión de la petrolera estadounidense, y se
alojaron en una especie de internado donde sólo se hablaba inglés.
Eran unos estudios con un trabajo garantizado y cerca
de su casa. No se podía pedir más. Cuando se enteraron de que habían aceptado a
su hijo, Fagri Sadat no pudo pegar ojo de alegría y Aga Yan no cabía en sí de
orgullo.
Éste lo había dispuesto todo para ir a la estación con
Fagri Sadat para recoger a Yawad.
—¿Por qué trae los ataúdes a mi casa? —le preguntó al
cochero—. Debería haberlos llevado a la mezquita o podría usted haberme
informado por teléfono o haber pasado por aquí antes para avisar. No es muy
oportuno presentarse de improviso en casa de alguien, tan tarde, y con dos
ataúdes. ¿Qué voy a hacer ahora?
—Le ruego que no se moleste conmigo —se excusó el
cochero—. No le traigo los cuerpos, sólo dos bolsas.
—¿Bolsas? ¿Cómo que bolsas?
El cochero subió al carruaje, abrió la tapa de un
ataúd y sacó una bolsa. Sosteniéndola en el aire, comentó:
—Mire, los saudíes sólo nos han enviado estas dos
bolsas. ¿Quiere usted que se las deje o prefiere que me las vuelva a llevar?
—¿Por qué las ha traído en dos grandes ataúdes? ¿Y por
qué viene en un carruaje de dos caballos? ¿Y por qué tan tarde?
—Entiendo su extrañeza, pero no soy más que un
cochero.
Aga Yan metió entonces un par de billetes en el
bolsillo del hombre, cogió las bolsas, entró en la casa y cerró la puerta.
—¿Qué pasa? —preguntó Fagri Sadat desde la planta
superior.
Aga Yan ocultó las bolsas en el jardín debajo de dos
grandes hojas de calabaza.
—No es nada, nada importante. ¿Estás lista? ¡Tenemos
que irnos ya o llegaremos tarde!
Un sol ardiente se hundía en el horizonte del desierto
cuando Aga Yan se sentó al volante de su Ford y partió hacia la estación
acompañado por su esposa.
A Fagri Sadat se le saltaron las lágrimas de alegría
cuando vio a su hijo apearse del tren. Siempre había sido su preferido. Seis
meses antes, hasta el día que partió a Isfahán, Fagri iba todas las noches a
darle un beso a su cama; sin embargo, el chico que había regresado lucía un
bigotito y se había dejado el pelo largo.
Su madre se había ocupado de su educación. No quería
que estuviera demasiado apegado a la mezquita o a la política del zoco. Deseaba
educarlo libremente para que algún día pudiese elegir su camino. Por fin había
llegado el momento de recoger lo sembrado. Su hijo no demostraba la menor
inclinación religiosa y a Fagri le gustó que se hubiera dejado crecer el pelo.
Se parecía más a su tío Nosrat que a su propio padre.
Durante todos esos años, Yawad no se había inmiscuido
en los asuntos de la mezquita y Fagri Sadat se alegraba de que Aga Yan tuviera
los ojos puestos en Shabal como su futuro sucesor. Pero no sabía que Aga Yan se
había decepcionado con Shabal y que había depositado sus esperanzas en el
propio hijo de Fagri. Todavía no le había dicho nada al respecto.
Unos meses antes, cuando Shabal llamó por última vez a
Aga Yan al zoco, no marcó su número directo sino que llamó al almacén. Tuvieron
que ir a avisar a Aga Yan.
—¿Quién es?
—Un comerciante de Teherán.
—¿Por qué no llama a mi número?
—Dice que lo ha intentado, pero que no le contestaba
nadie.
Aga Yan fue al almacén y cogió el auricular.
—Perdone que le moleste, Aga Yan, pero temo que puedan
interceptar la llamada desde su teléfono. Sólo quería decirle que no tiene
usted que preocuparse por mí si no voy a casa. En estos momentos estoy ocupado
con algunos asuntos, pero deseaba oír su voz. ¿Podrá darle recuerdos a todos de
mi parte?
—Así lo haré. Que Dios te proteja, hijo.
No fue preciso que Shabal dijera una palabra más. Aga
Yan había comprendido. Pero en ese momento no tenía intención de decírselo a
Fagri, era su celebración y no deseaba estropeársela.
Fue una velada entrañable, la sobremesa fue larga y
todos permanecían despiertos. Si hubiera estado Zinat, habría contado alguna de
sus historias. Aga Yan no estaba enterado aún, pero Zinat había entrado en
contacto con Qom y tenía instrucciones de crear una organización de mujeres a
través de las clases del Corán.
Para hacer honor a la tradición, Muecín tomó la
palabra y contó la historia de Yunus.
El profeta Yunus, decepcionado, abandonó su casa para
no volver jamás. Sus discípulos se quedaron sorprendidos y apenados. Yunus
llegó hasta el mar, vio unos pasajeros embarcando en un navío y decidió unirse
a ellos. El barco navegó tres días y tres noches, y al cuarto día todo se sumió
en la oscuridad; de pronto, un pez enorme emergió del agua y le impidió el
paso. Los pasajeros no sabían qué hacer y el pez no se marchaba. Un hombre
curtido, que había navegado mucho, dijo:
—Uno de los presentes ha cometido un pecado. Tenemos
que entregárselo al pez o de lo contrario no nos dejará marchar.
—El pez viene por mí; podéis arrojarme al agua y
seguir vuestro viaje —les advirtió Yunus.
—Te conocemos —comentaron algunos pasajeros—. Eres un
hombre justo, no es posible que hayas cometido ningún sacrilegio. También
conocemos a tu padre, que fue un hombre piadoso. No, no puedes ser la persona
que busca el pez.
Yunus, que estaba seguro de que el pez había ido por
él, les contestó:
—Es algo entre mi Dios y yo. Por esa razón el pez está
aquí.
Y entonces se encaramó a la borda y saltó al agua. El
pez se lo tragó de un solo bocado y desapareció bajo el agua.
Todos estaban aún meditando la historia cuando oyeron
un ruido extraño en el patio.
Aga Yan aguzó el oído.
—¿Qué ha sido ese ruido? —preguntó Muecín.
Aga Yan salió al patio y se fijó en que la noche se
había vuelto inusitadamente oscura.
—Oigo cientos de insectos voladores —dijo Muecín.
—¡Saltamontes! —gritó Aga Yan—. ¡Cerrad todas las
ventanas de las habitaciones!
Pero ya era demasiado tarde, miles de saltamontes
entraban volando en la casa y el cielo se tornaba pardo, como si se ciñese una
tormenta de arena.
Las mujeres se cubrieron la cabeza con los velos y
corrieron a cerrar puertas y ventanas de todas las estancias. Ahmad se apresuró
hacia la biblioteca mientras Aga Yan corría hacia el sótano a cerrar los
postigos.
Los saltamontes cubrieron los tejados, árboles y
jardines, incluso la alberca, y empezaron a arrasar cuanto hallaban a su paso
dejándolo todo devastado.
Una vez cada muchos años, una plaga de saltamontes
llegaba desde las lejanas ciudades de poniente, como La Meca, y arrasaba la
ciudad. Sólo después de devorarlo todo se metían en los viñedos y desaparecían
detrás de las montañas. Pero jamás habían visto una oleada tan inmensa como la
de aquel día.
En un libro de la biblioteca se describía la plaga de
saltamontes que había aparecido cincuenta años atrás: «Llegaron en masa, por
millones, y el mundo se oscureció. Eran grandes como dedos y tenían el color de
la tierra, de modo que cuando estaban en el suelo no se los distinguía, pero
cuando se ponían en movimiento parecía como si el suelo se moviese. La gente
subió a los tejados con sartenes y cucharas y se puso a repicar ruidosamente
para asustarlos, pero parecían indiferentes a aquel estrépito. Después,
encendieron hogueras con la esperanza de que el humo los espantara, pero los
insectos no se asfixiaban. Entonces fueron en busca de sus Coranes y leyeron al
unísono el sura de Suleimán: “El valle estaba cubierto por una masa de hormigas
como si de un manto negro se tratase. La abubilla, mensajera de Suleimán, voló
sobre el valle y gritó: ‘¡Hormigas! ¿Es que no os habéis enterado? El hombre al
que acabáis de dirigiros es Suleimán, el que conoce la lengua de los animales.
Va a visitar a la reina de Saba. ¿No habéis oído hablar de la hermosa Saba?
Haceos a un lado. ¡Dejad libre el paso! ¡Permitid que pase el ejército! ¡Por
Suleimán! ¡Por la reina de Saba! Algo grande está a punto de suceder. ¡Apartaos
a un lado!’ Al principio no sucedió nada, pero entonces la masa de hormigas se
puso en movimiento y desapareció en el suelo del valle.”»
Con la llegada de la aurora, los saltamontes se
replegaron por fin y emprendieron el vuelo hacia las montañas. Habían devastado
árboles y jardines y en la alberca flotaban las espinas de los peces. También
se habían llevado consigo los sacos con las abuelas.
Aquél era un mal presagio, se dijo Aga Yan, mientras
observaba el patio a través de la ventana; los saltamontes no aparecían porque
sí.
Metió la mano en el bolsillo y cogió fuertemente su
Corán.
Zaman
Muecían recitaba en su cama:
Por el Sol y su
claridad¡Por la luna cuando le sigue!¡Por el día cuando le hace brillar!¡Por la
noche cuando le cubre!¡Por el Cielo y Quien lo creó!Habían pasado siete días desde la llegada de los
saltamontes, pero Muecín seguía en su cuarto, tumbado en la cama.
—Muecín, ¿por qué te encierras en tu habitación? —le
preguntó Aga Yan desde el otro lado de la puerta—. ¿Por qué te niegas a salir?
—No me atrevo.
—¿Cómo que no te atreves? ¿De qué tienes miedo? ¿Qué
te pasa? —repuso Aga Yan y entró en la habitación con cautela.
—El reloj de mi cabeza se ha parado. Ya no sé qué hora
es.
—Estás cansado, Muecín, no es más que eso —lo
tranquilizó Aga Yan—. Tal vez sea porque ya no puedes vender tus jarrones y
vasijas.
—No, no es por eso, sino por los saltamontes. Cuando
llegaron, mi reloj interior se paró. Ya no me atrevo a salir afuera, me
entraría el pánico si la gente me preguntara el zaman.
El propietario de la tienda de artesanía que solía
vender los objetos que hacía Muecín había anulado el acuerdo que tenían. Habían
salido tantos productos de plástico, nuevos y baratos, al mercado que ya nadie
tenía ojos para la cerámica. Pero Muecín no podía dejar la alfarería y seguía
haciendo platos, fuentes, vasijas y jarras, que iba apilando en el sótano.
Cuando ya no cupo ni uno más, los llevó al jardín y las metió entre las
plantas, y cuando el jardín también estuvo lleno, los subió a la azotea con la
ayuda de Lagartija y fue guardándolos en el tejado de la mezquita.
Muecín permaneció tres días más en la cama. A la
décima noche su reloj volvió a ponerse en marcha de repente.
—Son las doce y tres minutos —murmuró Muecín, y se
incorporó de la cama con alivio.
Aguzó el oído y oyó que llamaban a la puerta. Después
percibió pisadas en el patio que se dirigían al estudio de Aga Yan.
¡Shabal!, supo de inmediato.
Se puso en pie y quiso gritar su nombre, pero se
contuvo; sabía que Shabal debía de tener un buen motivo para ir a hablar con
Aga Yan a aquellas horas de la noche. Debía esperar. Shabal ya iría más tarde a
verlo.
Cuando Aga Yan vio a Shabal en el umbral de la puerta,
lo primero que pensó fue lo mucho que había cambiado.
Los rasgos del muchacho que en otro tiempo había
vivido en aquella casa habían desaparecido: delante de él tenía a un hombre.
Se puso de pie, lo abrazó y le ofreció una silla.
—¿Cómo estás, hijo mío? Nos tienes muy olvidados,
hacía mucho tiempo que no sabíamos nada de ti.
—Es una larga historia, Aga Yan, pero se la resumiré
en dos palabras: soy feliz y las cosas me van bien.
Aga Yan comprendió que no debía hacer más preguntas.
—¡Excelente, eso es todo lo que quería saber! —Luego
calló para que Shabal siguiera hablando.
—Hay mucha agitación por la universidad estos días
—dijo de sopetón—. El vicepresidente de Estados Unidos ha estado en Teherán.
Los estudiantes bloquearon la carretera desde el aeropuerto hasta el palacio,
pero fueron desalojados con mano dura por los antidisturbio. Luego se retiraron
y se reagruparon para irrumpir en la embajada estadounidense. Allí, se
encontraron con un destacamento de policía que los reprimió con dureza;
lanzaron algunos cócteles molotov por las ventanas y se prendió fuego el ala delantera
de la embajada. Entonces apareció un helicóptero que empezó a disparar a
ciegas, dos estudiantes murieron y muchos resultaron heridos. La policía anda
buscando a los estudiantes que participaron en la manifestación. Todos han
huido. Yo también. Querría esconderme en algún sitio de la mezquita por unos
días y esperar a que vuelva la calma, si usted no tiene inconveniente, claro
está.
—¿Inconveniente? Es sensato por tu parte haber vuelto
a casa, aquí estás más seguro que en cualquier otra parte y yo puedo ayudarte
más que en Teherán.
—Muchas gracias.
—¿Por qué?
—Ya no vivo en esta casa, pero siempre que siento
miedo o inseguridad, pienso en usted. Esta casa ha sido siempre un puerto
seguro para mí. Gracias por haberme dado ese sentimiento tan fuerte. Y gracias
también por la educación que me dio. No sabía bien quién era mientras vivía
aquí, pero ahora sí lo sé. Usted ha hecho de mí un hombre fuerte.
Aga Yan se sintió impresionado por aquellas palabras
de aprecio.
—Te has convertido en un hombre juicioso que sabe
expresar bien sus sentimientos —repuso.
—Hay una cosa más que quiero contarle. El tren en que
vine pasó por Qom y fui testigo de una escena sin precedentes. Centenares de
jóvenes clérigos habían bloqueado la estación, se habían apostado en los raíles
y no dejaban pasar el tren. Gritaban con fervor: «¡No hay más Dios que Alá!»
»Jamás había presenciado una demostración tan
ferviente. Lo que vi allí es una nueva forma de oposición: los ayatolás han
cambiado de táctica. Los imanes que antaño no querían saber nada de los trenes
habían cortado los raíles. Un joven religioso se encaramó como un felino por la
pared del vestíbulo de la estación y plantó un retrato de Jomeini encima de la
fotografía enmarcada del sah. Fue una experiencia impresionante. Algo grande
está a punto de ocurrir. ¿Sigue teniendo contacto con Qom?
Fue una pregunta inesperada. No, no mantenía ningún
contacto con Qom y ningún ayatolá lo había llamado en los últimos años. Pero
mientras Shabal le contaba aquello, sintió que un tren había partido con los
ayatolás a bordo, y él lo había perdido.
Faltaban trece minutos para la una cuando Muecín oyó
pasos en el callejón. Conocía aquellas pisadas, aunque en ese instante no supo
ubicarlas. Sintió que alguien toqueteaba la cerradura de la puerta principal.
Se levantó y fue descalzo hasta el cuarto de Aga Yan.
—He oído a alguien en el callejón. Hay alguien en la
puerta —le susurró.
—¡Escóndete en un minarete! —le susurró Aga Yan a
Shabal.
Tras besar fugazmente a su padre, Shabal corrió a la
azotea, cogió una manta del trastero, abrió uno de los postigos del minarete
izquierdo y se coló dentro. Luego volvió a cerrar la puerta.
Aga Yan vio a Lagartija en medio del patio; parecía
desorientado y tenía la ropa mojada.
—¡No te quedes ahí! Ve arriba —le susurró.
A continuación se dirigió a la puerta con calma y la
abrió.
Se encontró cara a cara con un individuo de gafas y
sombrero que sostenía una llave en la mano. Aga Yan lo conocía de algo pero no
logró ubicarlo.
—Diría que nos conocemos, pero mis ojos no ven bien en
la oscuridad —dijo—. ¿Puedo hacer algo por usted?
El hombre se quitó el sombrero y Aga Yan lo reconoció
al instante, pero necesitó algo de tiempo para asimilarlo. Era Jaljal, el padre
de Lagartija. Había envejecido.
—Salam aleikum!
—lo saludó Jaljal.
Por un momento, Aga Yan no supo cómo reaccionar.
Jaljal había destrozado la vida de Sediq, la había abandonado embarazada de un
niño minusválido para ir a Irak junto a Jomeini. Y de pronto aparecía en la
puerta de su casa después de todos aquellos años.
—¿Qué puedo hacer por usted? —repitió con frialdad, al
tiempo que el otro entraba.
—He estado viajando por todo el país para propagar el
mensaje de Jomeini. Hoy estuve en Seneyán y me reuní con algunos comerciantes
importantes del zoco. Creí que usted estaría entre ellos y me sorprendió que no
fuera así. Debo partir para Irak esta misma noche y deseo pedirle algo. ¿Podría
hablar un momento con mi esposa?
—Legalmente Sediq ha dejado de ser su esposa. Si un
hombre abandona a su mujer durante tanto tiempo sin dar señales de vida, el
matrimonio queda disuelto. Usted debería saberlo mejor que yo. Así pues, no
tiene ningún derecho a verla.
—Lo sé, pero quizá ella sí quiera verme.
—¡Aquí tomo yo las decisiones! ¡Sediq no desea verlo!
—Pero ella me ha dado un hijo y tengo derecho a
conocerlo.
—Es cierto, pero será mejor para todos que se vaya
usted de aquí y nos olvidemos de este encuentro —sentenció Aga Yan.
—Mire, no había planeado pasar por aquí, de hecho ya
estaba en el coche a punto de irme. Comprendo su enojo, pero es usted un hombre
avezado, hay una situación política, un régimen vendido a los americanos, y he
tenido que sacrificar a mi esposa y mi hijo para acabar con ese régimen, no
había alternativa. Debía hacerlo.
—No tengo tiempo de escuchar disparates a estas horas
de la noche —lo atajó Aga Yan señalándole la calle.
Jaljal le dirigió una mirada resentida a través de sus
gafas oscuras.
—Me iré si ése es su deseo, pero volveremos a vernos.
Cuando se hubieron acostado, Aga Yan le contó a Fagri
la inesperada visita de Jaljal y hablaron un poco al respecto. Pero los dos
estaban demasiado cansados para profundizar en el tema.
Al atardecer del día siguiente, Fagri llamó a la
puerta del estudio de Aga Yan.
—¡Quiero hablar contigo!
—Pasa —le dijo él, algo sorprendido.
Fagri se plantó en medio de la estancia.
—Tengo la impresión de que Zinat está en contacto con
Jaljal y que le ha dado permiso para que viera a Sediq.
—¿Qué dices? ¿De qué estás hablando? ¿Cómo lo sabes?
—Sospecho que trabajan juntos. Y diría más, creo que
fue Jaljal quien puso en contacto a Zinat con Qom. Ella ha olido el poder y le
ha gustado. Lo veo en su comportamiento. ¿No te has dado cuenta de que ya no
frecuenta nuestra mezquita? Debes vigilarla. No me fío de ella. Hace cosas
raras.
Fagri podía estar en lo cierto, pero ¿cómo era posible
que a él no se le hubiera ocurrido pensar en todo aquello?
—Debo contarte algo que en realidad debería callarme,
pero las cosas han llegado a un punto que debes saberlo. No es la primera vez
que Jaljal ve a Sediq, y sospecho que ha sido algo más que un mero encuentro.
Sediq vuelve a andar por el patio dando respingos.
—¿Qué? ¡No puede ser! No son más que chismorreos.
—Nada de chismorreos. Te fijas en todos los cambios
que se producen en el zoco, ¿cómo es posible que seas tan ciego ante lo que
sucede en tu propia casa? Cada vez que oigo los pasos de Zinat en la escalera
me cubro con el velo. Ya no me atrevo a maquillarme en su presencia, siento
como si un hombre desconocido me estuviese mirando. No sé qué hace, ni con
quién tiene contacto, pero su forma de mirar ha cambiado. Tengo la misma
impresión durante los encuentros de mujeres. Ninguna se atreve a decir nada en
presencia de Zinat. Antes disfrutaba mucho de esos ratos juntas, pero ahora la
acompañan un grupo de mujeres groseras que sólo saben hablar de la sharia, y Zinat es la mandamás.
Aga Yan se hundió más en su asiento.
Llamaron a la puerta.
—¿Quién es?
—¡Sale humo del cine! —anunció la voz de Jodsi detrás
de la puerta.
—¿Qué estás haciendo aquí a estas horas de la noche?
—se sorprendió Aga Yan, y se puso de pie para abrir la puerta.
Vio una densa capa de humo cerniéndose sobre la ciudad
y los coches de bomberos que acudían ululantes hacia el lugar del incendio.
¡Jaljal!, pensó de pronto, pero no compartió sus
sospechas con Fagri; se cambió de ropa y salió precipitadamente hacia el centro
de la ciudad.
Por todas partes había coches de policía y ambulancias
que trasladaban heridos al hospital. Había estallado una bomba en el cine,
causando tres muertos y más de un centenar de heridos.
A la semana siguiente estalló otra bomba en el cine de
Isfahán, que engrosó la lista de muertos y heridos; sin embargo, el régimen no
hizo declaración alguna sobre los incidentes y ningún periódico se hizo eco de
la noticia.
El día del estreno de una nueva película
estadounidense que iba a proyectarse en la sala más grande del país, en la
ciudad meridional de Abadán, hubo una explosión muy potente. Habían pasado
catorce días desde el atentado de Isfahán. Hubo 476 muertos y muchos heridos.
La noticia saltó a la primera página de toda la prensa
mundial.
El sah oía los pasos de Jomeini, pero no podía
imaginarse que el ayatolá hubiera sido capaz de alinear a todos los zocos y
mezquitas del país en tan poco tiempo. Los acontecimientos le parecían sin duda
alarmantes, pero en los análisis de sus asesores no se barajaba en absoluto la
posibilidad de una revuelta popular. A oídos del sah sólo llegaban noticias de
la enorme satisfacción del pueblo y la gratitud que le prodigaba. Los países
occidentales confiaban plenamente en él, por consiguiente el monarca no veía
ninguna razón para inquietarse por aquellos atentados.
En estas circunstancias, el mundo entero tenía los
ojos puestos en Irak, donde Jomeini seguía exiliado.
Durante la oración del viernes, la sección persa de la
BBC retransmitió las siguientes declaraciones de Jomeini: «No hemos tenido nada
que ver. ¡Nosotros no cometemos semejantes crímenes! La culpa la tienen los
servicios secretos.»
Fue una emisión histórica; era la primera vez que un
imán, un ayatolá, difundía su mensaje a través de las ondas radiofónicas. Su
voz sonaba más vieja, pero más combativa que nunca. No se rebajó a utilizar la
palabra sah, sino que se refirió al monarca por su segundo nombre de pila,
Reza, para humillarlo: «Ese Reza utiliza duras palabras, dejad que hable. Es un
don nadie, no es más que un esbirro. Volveré y tiraré de sus orejas. No es a él
a quien desafío, no lo merece. ¡Desafío a América!»
La BBC anunció que el viernes siguiente tendría lugar
una manifestación en Teherán. La noticia cayó como una bomba.
El sah no comprendía por qué la gente quería salir a
manifestarse si estaban tan satisfechos. Tampoco veía claro cómo podía
producirse una insurrección cuando la policía y los servicios secretos
mantenían el país estrechamente controlado.
Aquel histórico viernes, miles de comerciantes del
zoco de Teherán salieron a la calle y se congregaron en la plaza Mayles, donde
estaba el Parlamento. Por las calles adyacentes convergieron miles de fieles,
que acababan de salir de las mezquitas tras la oración del viernes, y se
sumaron a la manifestación.
Cuando la plaza estuvo a rebosar, la muchedumbre se
puso en movimiento en dirección a la plaza del Sah. La cabeza de la
manifestación estaba compuesta por jóvenes clérigos y, en primera línea, algo
separado de los demás, se veía a un joven ayatolá, muy elegantemente vestido
con una túnica de imán, que nadie conocía.
Por regla general, los imanes no prestaban mucha
atención a su aspecto externo, pero aquel ayatolá era a todas luces distinto.
Andaba bien erguido, llevaba la barba cuidada, una camisa blanca impecablemente
planchada y unas llamativas babuchas amarillas.
Nadie lo había visto antes. La semana anterior había
llegado al país procedente de Irak vía Dubai, haciéndose pasar por comerciante,
vestido de traje y sombrero y hablando un perfecto inglés. Aquella primera
demostración de fuerza tuvo un éxito inmediato. La BBC informó que cien mil
personas habían salido a manifestarse por las calles de Teherán en contra del
sah y que la iniciativa estaba en manos de una nueva generación de imanes.
Una fotografía del notable ayatolá apareció en la
primera página de toda la prensa matutina. «¿Quién es este hombre?», rezaba el
titular de Keyhan, el periódico más
importante del país.
El hombre se llamaba ayatolá Beheshti y había nacido
en Isfahán cincuenta y cinco años atrás. Por aquel entonces era uno de los
ayatolás más jóvenes de la jerarquía chií.
Beheshti era una figura carismática que estaba a cargo
de la mezquita iraní de Hamburgo, el templo chií más importante de Europa.
También había sido el primer imán en oír los pasos de
la revolución. Abandonó de inmediato su puesto en Hamburgo y marchó a Irak para
ponerse al servicio de Jomeini.
Después de llevar tantos años viviendo en Alemania,
conocía bien los entresijos del mundo occidental, y ése era un talento que el
anciano Jomeini necesitaba para hacer realidad su sueño de un estado islámico.
Beheshti conocía el valor de las historias de Oriente
y el poder de las cámaras. Su plan era atraer la atención de la televisión
occidental sobre la persona de Jomeini y cautivarla: «¡Un anciano imán sobre
una sencilla alfombrilla persa, que vivía en el exilio, se alimentaba de pan y
leche y desafiaba a Estados Unidos!»
A diferencia de Beheshti, Jomeini no sabía nada del
mundo moderno y aun tenía que esforzarse para poner en sus labios la palabra
«radio».
Atardecía cuando Beheshti llamó a la puerta del
domicilio de Jomeini en Nayaf.
Jaljal salió a abrirle.
—Me llamo Beheshti, soy el imán de la mezquita de
Hamburgo y he venido para hablar personalmente con el ayatolá —anunció.
Por aquellas fechas, Jaljal supervisaba todo cuanto
acontecía en la casa de Jomeini. Llegaban muchos peregrinos que querían conocer
al ayatolá.
Jaljal no conocía a Beheshti ni había oído hablar de
él, pero su talante y su apostura lo atrajeron de inmediato.
—¿Le importaría decirme de qué quiere hablar con el
ayatolá? —le preguntó.
—Comprendo su curiosidad, pero se trata de un asunto
que sólo puedo tratar directamente con él.
Jaljal lo condujo al cuarto de las visitas, hizo que
un sirviente le ofreciera un vaso de té y le pidió que aguardase un momento.
Jomeini tampoco conocía a Beheshti, pero había sido
amigo de su padre. Por entonces, el hombre tenía a su cargo la dirección de la
influyente mezquita de Yome en Isfahán.
—El ayatolá conoció a su padre y se alegrará de
recibirlo —le comunicó Jaljal, y lo acompañó hasta la austera biblioteca del
anciano ayatolá, donde éste permanecía sentado en el suelo sobre su
alfombrilla.
Beheshti entró en la estancia, hizo una inclinación y
cerró la puerta a sus espaldas.
París
Alef Lam Ra.Nunca
sabremos con antelaciónCuáles son sus planesLo sigoLo sigo inclinadoNadie
se había dado cuenta, nadie lo esperaba, nadie sabía a ciencia cierta lo que
estaba pasando, pero de la noche a la mañana el anciano Jomeini apareció en el
aeropuerto Charles de Gaulle de París.
Llegaron cuatro personas: Jomeini, Beheshti, Jaljal y
Batul, la esposa del ayatolá.
En los catorce años de exilio que Jomeini había pasado
en Irak, jamás salió de la ciudad de Nayaf. Se despertaba cada día a las cinco
y media, dirigía la oración matinal y leía el Corán.
A las siete y media su mujer le llevaba el desayuno, y
después permanecía trabajando en su pequeña biblioteca hasta las doce y media,
hora de la oración del mediodía. Después de comer, hacía una corta siesta y
volvía a trabajar hasta las cuatro. Hacia la media tarde recibía visitas, en su
mayoría mercaderes de alfombras iraníes que viajaban a Irak por asuntos de
negocios, aunque también se encontraban entre ellos algunos islamistas
disidentes del régimen iraní que se reunían allí haciéndose pasar por comerciantes.
Ellos eran los que hacían posible la comunicación entre el ayatolá y Qom.
Durante los meses de invierno, Jomeini permanecía todo
el día encerrado en su biblioteca, pero en primavera y verano solía salir al
jardín a trabajar a partir de las seis de la tarde, cuando había refrescado un
poco.
Al atardecer hacía sus abluciones, se ponía la túnica
y se encaminaba a la mezquita del santo imán Alí.
Su mujer iba tras él, a unos tres metros de distancia.
Y ahora, allí estaba Jomeini, en el aeropuerto Charles
de Gaulle de París, apoyado en un carrito junto a la cinta portaequipajes.
En cuanto recogieron las maletas, el propietario del
mayor comercio de alfombras persas de París condujo en una furgoneta a los
recién llegados a Neauphle-le-Château, donde había dispuesto una casa para
ellos.
Hacía aproximadamente unos sesenta años que Jomeini
había abandonado su aldea natal para realizar sus estudios de imán en Qom.
Por aquel entonces no había coches en el pueblo donde
vivía, ni siquiera había carreteras por las que pudiera pasar un coche. Cruzó
las montañas a pie hasta la ciudad de Arak, para tomar allí la diligencia que
lo llevaría hasta Qom. Décadas después, Reza Kan, el padre del sah,
modernizaría el país y, con la ayuda de los británicos, tendería una línea de
ferrocarril.
Cuando Jomeini llegó a Arak, se sorprendió al ver un
camión en el que un conductor de origen armenio llevaba peregrinos a la ciudad
santa de Qom. Había decenas de peregrinos sobre la caja del camión.
Aquél fue un viaje inolvidable para Jomeini, pero
cuando llegaban a Qom, atravesando los cerros pedregosos, se sintió mareado por
el penetrante olor del gasoil.
Años más tarde, convertido ya en ayatolá, siempre se
hacía conducir en un elegante Mercedes-Benz, pero cada vez que subía al coche
volvía a sentirse mareado por el olor del carburante.
En aquella furgoneta que los conducía por las calles
parisinas en dirección a un tranquilo barrio de las afueras de la ciudad,
volvió a sentir el mismo olor.
Beheshti, que lo había arreglado todo de antemano,
sacó su agenda del maletín y cogió el teléfono.
Por aquellas fechas había una joven periodista iraní
que trabajaba para la cadena de televisión estadounidense ABC. Beheshti marcó
su número y le informó que Jomeini había abandonado Nayaf para instalarse en
París, desde donde planeaba dirigir la revolución en Irán.
Le dijo que, si se daba prisa, le concedería a la ABC
una entrevista con el ayatolá en primicia, pero en caso contrario llamaría
directamente a la BBC.
Al día siguiente, un coche de la cadena estadounidense
se detuvo delante de la residencia de Jomeini.
Era mediodía en París, pero en Irán estaba
anocheciendo.
Am Ramazan llegó al callejón en estado de agitación,
saltó del burro y se apresuró hasta el estudio de Aga Yan.
—¡Jomeini está en París y dentro de poco saldrá por
televisión! —anunció.
—¿Dónde?
—En el aparato de la mezquita de Hayi Taqi Jan. ¿Se
viene conmigo a verlo?
Aga Yan no quería ir a esa mezquita. En los últimos
tiempos todo el mundo iba allí; se había convertido en el centro de agitación
de la ciudad.
A la mezquita de Aga Yan ya sólo iban los ancianos,
mientras que la de Hayi Taqi Jan estaba tan llena de gente que muchos tenían
que quedarse en la calle.
Jóvenes clérigos procedentes de Qom acudían a
pronunciar encendidos sermones y arrastraban consigo a una población enardecida
para que se manifestase por las calles de Seneyán.
—¡Qué pena! Ahora mismo estoy ocupado, pero iré más
tarde —le aseguró Aga Yan.
Le corroía la curiosidad. Él era un testigo. Debía
verlo todo, registrarlo todo y conservarlo. Precisamente por eso debía estar
presente. Aga Yan se puso el abrigo y el sombrero y se encaminó a la mezquita
de Hayi Taqi Jan.
El templo estaba abarrotado de gente, cientos de
personas se apiñaban en la calle. Aga Yan buscó el anonimato situándose en un
rincón oscuro.
«No has robado nada, ¿por qué tienes que esconderte?
—se dijo entonces—. ¡Ve ahí dentro y entérate de lo que está pasando!»
Se abrió paso entre el gentío y entró en la mezquita.
Los hombres estaban en el patio, mientras que las
mujeres se habían congregado en la sala de oración.
En un momento dado, Aga Yan no pudo seguir avanzando,
así que decidió retroceder y subir hasta la azotea por la escalera. Habían
puesto dos enormes pantallas de televisión contra la pared. Era un
acontecimiento insólito. Aga Yan se acordó del pequeño televisor que Shabal
había llevado a casa años atrás para mostrarles la Luna a él y al imán
Alsaberi. La conversación que aquel día había mantenido con su sobrino se le
había quedado grabada en la memoria.
—Aga Yan, ¿podría hablar un momento con usted? —le
había dicho Shabal
—Pues claro, muchacho, ¿de qué se trata?
—De la Luna.
—¿La Luna?
—No, de la televisión.
—¿La televisión? —preguntó Aga Yan, estupefacto.
—Un imán debería saber de todo. Tiene que estar al
tanto de las cosas que suceden en el mundo —fue la respuesta de Shabal.
Alsaberi había muerto, luego había llegado Jaljal, le
había sucedido Ahmad y ahora ocurría esto.
Se produjo un gran revuelo ante las puertas del
templo.
—Sale ala
Mohamad wa ale Mohamad! —gritaron los hombres desde la calle.
Aga Yan miró hacia la puerta. Un grupo de hombres
trajeados y con barba entraron en la mezquita. Escoltaron a un joven imán hasta
uno de los televisores donde en breve se retransmitiría la entrevista de
Jomeini.
Aga Yan reconoció a los hombres: eran los empresarios
del zoco que se habían hecho cargo de la dirección.
Una mujer se dirigió a uno de los hombres de traje e
intercambió unas palabras con él, tras lo cual regresó a la sala de oración.
Aquella mujer era Zinat, pero Aga Yan no pudo reconocerla pues estaba muy lejos
e iba tapada con un velo negro.
Un joven barbudo encendió el televisor. La muchedumbre
contuvo el aliento y todos estiraron el cuello para ver mejor las imágenes.
La cámara empezó mostrando las calles tranquilas de
Neauphle-le-Château. Aparecieron algunas mujeres francesas camino del
supermercado. Un autocar escolar se detuvo en una parada donde había una valla
publicitaria con la foto de una elegante joven. Dos niñas con mochilas bajaron
del autocar y permanecieron unos segundos observando el objetivo. La cámara se
desvió lentamente hacia la casa, mostró un primer plano de los árboles, la
pérgola y el jardín.
En ese instante Jomeini apareció en pantalla. Se
hallaba sentado sobre una alfombrilla persa.
Los emocionados fieles congregados en la mezquita
corearon al unísono:
—Salam bar
Jomeini! Salam bar Jomeini!
Las cadenas extranjeras no podían sintonizarse
mediante la televisión estatal iraní, pero los organizadores habían puesto una
antena parabólica en el tejado de la mezquita para captar la imagen a través
del vecino Irak.
La cámara enfocó el rostro de Jomeini. Por primera vez
todo el mundo conocía al anciano ayatolá que quería luchar contra Estados
Unidos.
Eran muy pocos los que conocían a Jomeini, y en vista
de que nunca publicaban fotos recientes de él, la mayoría no sabía ni qué
aspecto tenía.
La cámara se recreó unos instantes en su rostro.
Llevaba una barba larga y canosa y la cámara le iluminaba el semblante
rodeándolo de un halo sagrado.
Hizo ademán de ponerse en pie. Una mano (probablemente
de alguien del equipo de televisión) apareció para prestarle ayuda, pero él la
rechazó y se levantó por sus propios medios.
Salió fuera, donde acababan de extender dos alfombras
en el suelo, una pequeña y una grande. Jomeini se quitó los zapatos y se sentó
sobre la pequeña. Sacó una brújula del bolsillo con cierta ostentación y buscó
la orientación correcta. Despacio, se puso las gafas, siguió la brújula y se
situó en dirección a La Meca.
Beheshti se hallaba en la alfombra grande, detrás de
él y a cierta distancia. Jaljal no quiso aparecer. Dada su condición de
principal consejero de Jomeini, prefería mantenerse en el anonimato.
Batul, la esposa de Jomeini, apareció completamente
tapada bajo un recio velo negro y se situó detrás de Beheshti para atender a la
oración.
La cámara enfocó a la mujer del ayatolá, que
permanecía quieta como una estatua. Después enfocó el verdoso seto del jardín,
donde algunas francesas y sus hijos observaban la escena con extrañeza.
Poco después, una oleada de periodistas llegados de
todas partes acudió en tropel a Neauphle-le-Château, y así fue como la
revolución captó la atención del mundo.
Hasta entonces, Beheshti y Jaljal habían sido los
únicos en permanecer fielmente al lado de Jomeini, pero a las veinticuatro
horas de haberse difundido la entrevista llegaron siete hombres más procedentes
de Estados Unidos, Alemania, Inglaterra y París. Entre todos formaron el nuevo
Comité Ejecutivo de la Revolución.
Después, cuando el sah cayó y la revolución triunfó,
todos ellos obtuvieron importantes cargos en el gobierno como presidente,
primer ministro, ministro de Economía, ministro de Industria, presidente del
Parlamento, jefe de los nuevos servicios secretos y ministro de Asuntos
Exteriores.
Pero tres años después, tres de ellos habían sido
eliminados por la oposición armada, otro había sido ejecutado por servir de
espía a Estados Unidos, otro más fue a parar entre rejas por corrupción, y el
que ocupara el cargo de presidente volvió a refugiarse en París y pidió asilo
político. El primer ministro fue enviado a su casa al cabo de poco tiempo.
En Teherán se organizaban continuas manifestaciones
multitudinarias.
A aquellas alturas no había nadie capaz de impedir la
llegada de Jomeini.
La fisonomía del país cambió vertiginosamente. Los
hombres se dejaron crecer la barba y casi todas las mujeres se ocultaron tras
el velo.
Las grandes huelgas del sector petrolífero sumieron al
país en una profunda crisis. Los trabajadores abandonaban las máquinas, los
universitarios no asistían a clase y los niños dejaron las escuelas para
echarse a la calle.
La revolución también marcó con su sello la casa de la
mezquita.
Zinat se distanció abiertamente de la familia y Sediq
se ausentaba a menudo para acompañar a su madre a los encuentros de mujeres
islámicas.
Sediq, que antes iba por la casa con la cabeza
descubierta, volvió a ponerse un velo para salir a la calle. Antes solía estar
siempre en casa ocupándose de Lagartija, pero en esos días lo dejaba todo y se
iba. Regresaba tarde, comía sola en la cocina y se acostaba.
Aga Yan seguía yendo al zoco cada día, pero todo el
mundo tenía otras ocupaciones, nadie parecía interesado ya en el negocio de las
alfombras y eso le hacía sentirse cada vez más como un extraño en su propia
tienda.
Alfombras embaladas, que hacía tiempo que debían haber
sido enviadas a Europa, seguían apiladas en el almacén. Bobinas de lana y otros
materiales para tejer, que deberían haberse enviado a los talleres de las
aldeas, se encontraban por los pasillos y repartidos por el local.
Su fiel criado, que solía acompañar a los clientes
hasta su despacho y les servía el té, se había dejado crecer la barba. No
llegaba nunca puntual al trabajo y se ausentaba de la tienda en el momento
menos pensado, so pretexto de que debía ir a la mezquita.
Los trabajadores habían desalojado una habitación,
sacando todas las sillas y mesas al exterior. Habían extendido unas alfombras y
reconvertido el lugar en sala de oración.
Un gran retrato enmarcado de Jomeini colgaba de la
pared y no faltaba el típico samovar de la mezquita encima de la mesa. Nadie
trabajaba ya, sino que todos se pasaban el día merodeando por la tienda y
comentando los acontecimientos. Tomaban té en aquella sala de oración y
escuchaban la emisora persa de la BBC para conocer las últimas novedades de
París.
Aga Yan asistía al ocaso de su negocio, pero ya no era
capaz de hacer nada para evitarlo.
De vuelta en casa, tampoco encontraba a la chispeante
Fagri Sadat. Su mujer había perdido la alegría. Antaño solía comprarse ropa
nueva y bonitos camisones, pero ya no se compraba nada.
A Aga Yan le gustaba ver cómo su esposa se palpaba los
senos delante del espejo para comprobar si aún estaban firmes, pero Fagri ya no
lo hacía. No se ponía joyas, y el joyero que habitualmente descansaba junto al
espejo estaba escondido en el fondo del armario.
Sus hijas también eran víctimas de aquellas
transformaciones. Parecía como si los hombres de la ciudad se hubiesen olvidado
de que sus hijas se habían hecho mayores y aún seguían viviendo en casa.
Aga Yan echaba de menos a Shabal. Le habría gustado
hablar con él, abrirle su corazón, pero no era posible. Venía muy pocas veces a
la casa y enseguida volvía a desaparecer. Aga Yan sabía que su sobrino había
dejado los estudios. Había intentado hablar del tema algunas veces, pero había
notado su reticencia. A pesar de todo, seguía confiando en él. Sabía que Shabal
volvería a él.
En aquellos días, Aga Yan solía ir muy a menudo a
pasear por la ribera del río en la oscuridad. Recordaba las palabras de su
padre: «Cuando te sientas afligido por algo, vete al río. Habla con el río y él
se llevará tu pena.»
—No quiero quejarme, pero siento un nudo en la
garganta —le confesó al río una noche.
Le escocían los ojos; una lágrima le resbaló por la
mejilla y cayó a la orilla. El río la tomó sigilosamente y se la llevó consigo
en la penumbra sin que nadie se enterase.
Teherán
Aga Yan estaba en su oficina del zoco y su criado
acababa de llevarle una taza de té. De pronto oyó ruido en la planta baja de la
tienda. Todos los empleados habían dejado el trabajo para ver las noticias de
las dos.
—¿Qué sucede? —preguntó Aga Yan.
—¡El sah ha huido! —le gritó su criado desde abajo.
—Alaho akbar! —exclamó
alguien.
Sin embargo, en el boletín de noticias no mencionaron
el asunto. Al parecer no era más que un rumor, pero éste llegó a cobrar tanta
fuerza que el régimen se vio obligado a sacar al sah por televisión para
desmentirlo.
Las cámaras mostraron al monarca mientras se
entrevistaba con dos de sus generales, pero aquella imagen no hizo sino agravar
la situación. El sah, que en el pasado aparecía cada noche por televisión,
llevaba bastante tiempo ausente de las cámaras, y su aspecto sorprendió a todo
el mundo. Se le veía mucho más delgado; era la viva imagen de un hombre
atemorizado que lo estaba perdiendo todo.
El rumor sólo contenía parte de verdad.
Al día siguiente volvieron a desatarse las
habladurías: «¡Farah Diba se va a Estados Unidos y se lleva consigo a los
niños!» La verdad era distinta: el sah le había pedido a su mujer que se fuera
con los niños.
—No me voy. Tal como está la situación, no pienso
dejarte ni un momento solo.
—No es por mí, sino por los niños —repuso el sah.
—En ese caso, lo haremos de otro modo. Le pediré a mi
madre que se los lleve al extranjero —fue su respuesta.
Así pues, no fue Farah Diba sino su madre la que
abandonó el país llevándose a los niños.
En Teherán se vivía con la inminente amenaza de una
guerra callejera. Los manifestantes estaban cada vez más cerca del palacio y el
ejército se había enterado de que los mulás tenían previsto asaltarlo.
En el momento en que un helicóptero abandonaba el
palacio con rumbo a una base militar para que los hijos del sah abandonasen el
país a bordo de un avión militar, Nosrat llegaba a Seneyán en el tren nocturno.
Llegó a la estación de la ciudad a las cuatro, tomó un
taxi hasta la casa. Una vez allí, fue al cuarto de invitados para descansar.
Por la mañana, Lagartija se deslizó en la habitación y
lo despertó.
—Tengo algo para ti —dijo Nosrat, y sacó un par de
guantes de cuero—. Póntelos y luego iremos al zoco a comer algo, tengo hambre.
Lagartija se puso los guantes y acompañó a Nosrat a la
ciudad andando a cuatro patas.
En la plaza del zoco se encaramó a la gran estatua
ecuestre del sah.
Lagartija miró a Nosrat para ver si aprobaba su
iniciativa. Nosrat le hizo un guiño y segundos después Lagartija estaba detrás
del sah, a lomos del caballo.
Al principio nadie reparó en él, pero poco a poco se
formó un creciente grupo de curiosos que se detenían en la plaza a mirarlo. El
entusiasmo que vio en la gente que lo observaba animó a Lagartija, que se
inclinó hacia delante, se agarró con fuerza al caballo e hizo la pantomima de
galopar.
En aquel momento parecía más un mono que una
lagartija. Brincaba del cuello del caballo a la cabeza del sah y a continuación
se deslizaba por la larga cola del caballo y volvía a saltar con inusitada
destreza sobre el sah.
La plaza se fue llenando de gente que prorrumpía en
aplausos.
Pasaron por allí dos policías, pero ya no se
atrevieron a intervenir. Uno de ellos informó de lo que estaba sucediendo a
través de su transmisor. Un jeep militar se presentó en el lugar con una unidad
de antidisturbios, pero también ellos tenían órdenes de no intervenir y se
limitaron a controlar al gentío. El país atravesaba momentos de tanta tensión
que la menor acción podía desencadenar una refriega de consecuencias
imprevisibles.
Por un lado, aquella escena podía entenderse como un
incidente en el que un chico severamente discapacitado se había subido a la
estatua del sah, pero, por otro, su ingenua acción podía verse como un acto
político.
Aquel gesto ponía en evidencia la debilidad del
régimen, pero entonces nadie era capaz de prever que, poco después, una
muchedumbre histérica derribaría aquella estatua con una cadena de hierro.
Al día siguiente, en el periódico local apareció una
fotografía en primera plana con Lagartija colgado del cuello del caballo real.
Al cabo de una hora, la edición entera se había
vendido, un hecho insólito que nunca había sucedido. Todos cuantos leyeron el
artículo acudieron a la mezquita para ver a Lagartija. Aquello marcó un hito en
la vida del muchacho y desde aquel día cogió la costumbre de encaramarse al
minarete donde otrora estaban los nidos de las cigüeñas y allí se ponía a leer
sus libros.
Nadie iba ya a la mezquita a manifestarse, pero
después del episodio de la estatua centenares de jóvenes acudían a diario al
templo para ver a Lagartija.
—Eres una mala influencia para él —le dijo Aga Yan a
Nosrat por teléfono.
—¿Por qué? Yo no veo que sea un problema.
—Sube como un mono a los minaretes y se ha convertido
en la diversión de toda la ciudad.
—Déjale que haga lo que le divierte. Además, esa
atención no le vendrá nada mal a la dañada imagen de la mezquita.
—Estás hablando de una mezquita, no de un circo. No
podemos seguir permitiendo que se burlen de nosotros; primero fueron las
prédicas de Ahmad y ahora este chico.
—Hablaré con él —prometió Nosrat.
Dos noches después, Nosrat volvía a tomar el tren
nocturno en dirección a Seneyán.
Poco podía imaginar entonces que aquélla sería la
última vez que iría a su ciudad natal con el pelo negro; la próxima vez que
pisara Seneyán habría encanecido y su rostro habría cambiado tanto que nadie lo
reconocería.
Nosrat llamó a Lagartija a su habitación y le metió en
el bolsillo un montón de panfletos en blanco y negro con el retrato de Jomeini.
—Cuando veas que hay mucha gente por la calle, te
subes al minarete y lanzas todos estos papeles al suelo. ¿Lo has entendido? Así
—le dijo agitando las manos—. Los arrojas todos a la vez sobre la gente.
A las once y media, Lagartija subió al minarete y
después de dar un par de saltos para atraer la atención de los transeúntes
arrojó los panfletos a la calle.
Nosrat, que estaba en la azotea, recuperó con presteza
algunos panfletos que revolotearon por el aire y los lanzó a la gente que
intentaba cogerlos.
Las fotos aparecieron en todos los periódicos del
país: fue la primera vez que se publicaba un retrato de Jomeini.
El régimen estaba sorprendido, pero no podía tomar
medidas debido a que la iniciativa de la publicación contaba con el respaldo de
todos los periódicos del país. Aga Yan compró el diario y lo guardó en la caja
donde solía colocar sus cuadernos.
Nosrat y su cámara siempre estaban donde se producía
un acontecimiento importante. Cada día aparecían en los periódicos fotografías
tomadas por él.
También había grabado imágenes de la primera gran
manifestación en Teherán con Beheshti a la cabeza. El imán había entrado
ilegalmente en el país para participar en aquella manifestación decisiva.
En aquellas imágenes, Nosrat había captado a la
perfección la presencia de los ayatolás y su capacidad de mando. Viendo sus
reportajes, uno casi podía augurar lo que iba a suceder en el país.
Las excepcionales grabaciones que Nosrat enviaba
habitualmente al Comité de la Revolución parisino hizo que entablara una
estrecha relación con Beheshti, que lo llamaba por teléfono para informarle de
las manifestaciones que estaban previstas. De esa forma, Nosrat siempre
disponía del tiempo suficiente para prepararse para el acontecimiento.
El comité contaba con alguien en el aeropuerto de
Teherán que oficiaba secretamente de cartero. Nosrat le entregaba las
fotografías y las películas, y el hombre se encargaba de enviarlas a París en
el primer avión.
Nosrat era independiente, pero a veces se preguntaba
qué facción obtenía más ventajas con su trabajo. ¿Estaba haciendo propaganda
para Jomeini? No, no quería atarse a nada ni a nadie. No quería vincularse a
grupos religiosos. Tampoco con la política. No le importaba nadie, sólo su
cámara. Él estaba donde estaba. Su cámara grababa.
Secretamente, también mantenía contacto con Shabal y
le pasaba fotos que éste publicaba en su gaceta clandestina. En uno de sus
encuentros durante una manifestación se enzarzaron en una compleja
conversación. Nosrat leía los artículos de Shabal y estaba enterado del
encendido debate que había en el seno del partido sobre si éste debía o no
sumarse al régimen islamista que Jomeini pretendía implantar.
A medida que Jomeini iba acumulando poder, los
partidos de izquierda ilegales se vieron ante el dilema de qué actitud tomar
frente al ayatolá. ¿Debían prestarle su apoyo o enfrentarse a él? Surgieron
virulentas discusiones que derivaron en una dolorosa escisión. Una pequeña
parte del movimiento no quería colaborar con Jomeini y decidió seguir operando
en la clandestinidad, pero la gran mayoría del movimiento abandonó las armas y
se sumó a la visión del ayatolá y su antiamericanismo.
Shabal, que había dejado sus estudios universitarios
hacía tiempo, se apuntó a esta última facción.
El decimoséptimo día del mes de verano Sharivar se produjo un hecho decisivo.
Los ayatolás unieron todas sus fuerzas en Teherán para convocar al mayor número
posible de ciudadanos a las mezquitas. A las ocho de la mañana, todos salieron
del templo y se encaminaron a la plaza del Parlamento gritando consignas. En
aquella jornada, tanto los partidarios de Jomeini como los del régimen
quisieron hacer un alarde de su poder.
Mientras miles de manifestantes llegados de todos los
rincones de Teherán se dirigían a la plaza del Parlamento, el ejército
abandonaba los cuarteles para darles una buena lección.
El general Rahimi, al mando de la operación, observaba
cuanto sucedía en la plaza a través de sus gafas oscuras, desde un jeep
aparcado en una esquina.
Cuando la plaza se oscureció a causa de la masa de
manifestantes, el general dio orden de bloquear con tanques las calles
adyacentes para que la muchedumbre no pudiera escapar.
La gente, que no tenía ni idea de lo que el ejército
tramaba, regalaba flores a los soldados y éstos las aceptaban.
—¡Paz! ¡Paz! ¡Soldados, paz! —gritaba la multitud, y
los oficiales agitaban las manos en señal de paz.
Los manifestantes también lo ignoraban, pero la
intención era tomar por la fuerza el Parlamento y ocupar el edificio. Nosrat sí
estaba enterado y, armado con su cámara, eligió una buena posición.
La cabeza de la manifestación llegó ante el edificio
parlamentario y unos cuantos jóvenes intentaron saltar la valla, pero fueron
abatidos por los tiradores apostados en los tejados próximos.
La gente echó a correr en desbandada gritando: «La ilaha ila Alah!»
A pesar de que todo el mundo pretendía huir, otro
grupo de jóvenes intentó nuevamente encaramarse por la verja del Parlamento,
pero también fueron abatidos.
—La ilaha ila
Alah! —gritaron los manifestantes, indignados, al tiempo que sacudían y
empujaban las rejas de hierro para echarlas abajo. Pero no les dieron la
oportunidad, pues el ejército abrió fuego contra la multitud desde todos los
puntos de la plaza.
En pocos minutos hubo centenares de muertos y heridos.
Nosrat, que se encontraba oculto en el suelo de un
balcón, registró todo lo sucedido con su cámara.
Los soldados perseguían a los manifestantes y
disparaban contra cuantos se les ponían a tiro. Las mujeres llamaban a las
puertas de las casas para que las dejaran entrar, los hombres se subían a los
tejados y los árboles, chicos y chicas se ocultaban debajo de los coches y por
doquier había zapatos, abrigos, gorras, cámaras, pañuelos y abundantes velos
negros.
A Nosrat no se le escapó nada: el general con las
gafas de sol dando las órdenes, los hombres que caían al suelo junto a la
verja, individuos que se arrastraban por las aceras y otros que lograban
escapar de la encerrona, tanques que se dirigían a la plaza a través de las
calles adyacentes pasando por encima de los caídos.
Pasados siete minutos, sobre la plaza se abatió un
silencio mortal. Los que habían podido huir lo habían hecho y un buen número de
personas se había refugiado en las casas de los alrededores. Los demás yacían
muertos o heridos.
El general había ordenado que no hubiera ningún
periodista en la plaza y que todas las cámaras fuesen incautadas y destruidas
en el acto. Se puso las gafas de sol y tras echar un vistazo al campo de
batalla ordenó que desalojasen la plaza. A continuación, volvió a subir al jeep
y puso rumbo al palacio para informar al sah de lo ocurrido.
En cuanto el general se hubo marchado, Nosrat huyó de
la plaza a través de los tejados.
Tres días después, la cadena ABC emitió el reportaje
de Nosrat. El incidente se había cobrado setecientas víctimas.
Aga Yan siguió los acontecimientos por el televisor de
Lagartija.
El sah, asustado, se dirigió al pueblo.
«He oído la voz de la revolución. He oído a mi pueblo.
Se han cometido errores, propondré al Parlamento un nuevo primer ministro para
que ponga las cosas en orden. Le pido al pueblo que tenga un poco de
paciencia.»
Le temblaba la voz, tartamudeaba y su discurso estaba
plagado de incoherencias.
Al cabo de pocos días propuso un nuevo primer
ministro, pero Jomeini lo rechazó de plano, de modo que el nuevo gabinete sólo
resistió unas pocas semanas.
El sah buscó otro candidato, pero ya nadie se atrevía
a cooperar con él.
La situación se hizo insostenible y el sah tuvo que
dejar el poder en manos de los militares. El general Azhari, el más
proamericano, formó un gabinete militar y ordenó el toque de queda en Teherán.
Para desafiar aquel mandato, Jomeini instó a la
población a salir a sus azoteas por la noche. Millones de iraníes obedecieron y
por las noches gritaban desde los tejados: «¡Fuera americanos! Alaho akbar!»
¿Por qué Aga Yan no subía a la azotea? ¿Acaso no
estaba en contra del régimen? ¿No estaba contento de que el sah se hubiera
hundido? ¿No se alegraba de la llegada de Jomeini?
¿Qué dirían los vecinos después si nadie subía al
tejado?
—¡Fagri! —gritó Aga Yan.
Pero ella no le oyó a causa del griterío de la
multitud.
—¡Chicas!
Nasrin, la hija mayor, apareció ante él.
—Todo el mundo está en los tejados de sus casas. Yo
también voy a subir. ¿Dónde está tu madre? ¿Venís conmigo?
En la escalera se encontró a Lagartija.
—¿Podrías ir a buscar a Muecín? —le pidió Aga Yan.
Lagartija se apresuró hacia el sótano para avisar a
Muecín.
Poco después, Aga Yan, Muecín, Fagri Sadat y sus dos
hijas, arrebujadas en sus tupidos velos negros, se encontraban en la azotea
gritando: «Alaho akbar! Alaho akbar!»
Lagartija se había encaramado a la cúpula y observaba
con estupor a aquella multitud enardecida.
El sah intentó en vano hallar a un político que
contase con el respeto nacional para que intentara una reconciliación en el
seno del gabinete, pero no había ninguno dispuesto a acometer aquel audaz y
desesperado esfuerzo.
Aun así, consiguió convencer a Baktiar, el segundo
hombre fuerte del Partido Nacional, para que aceptase el cargo de presidente de
la reconciliación. Pero éste sólo accedió con la condición de que el monarca
abandonase el país por tiempo indefinido.
El sah aceptó y a partir de aquel momento los
acontecimientos se sucedieron vertiginosamente. Era como si se hubiera
desencadenado un alud que arrastraba todo cuanto encontraba a su paso.
A la mañana siguiente, Aga Yan se encontró con mucho
alboroto en su tienda cuando llegó al zoco.
El sah se había ido. Aga Yan se sumó a sus empleados,
que estaban mirando la televisión. El sah estaba en el aeropuerto de Teherán
acompañado por Farah Diba y rodeado de un grupo de funcionarios.
Baktiar le estrechó la mano y le deseó buen viaje.
Un oficial se arrojó de pronto a los pies del sah y le
besó los zapatos implorándole que no se fuera. Aquel gesto emocionó tanto al
sah que se le saltaron las lágrimas.
Alguien fue en busca del Corán y lo puso sobre la
cabeza del monarca para que caminase bajo el libro sagrado: una tradición iraní
para desearles buena fortuna a los seres queridos durante su viaje.
El sah besó el Corán y se dirigió al avión. Farah Diba
lo imitó en todo. Ambos subieron al aparato, que despegó rumbo a la frontera
escoltado por dos cazas.
Trece días después, Aga Yan, acompañado de Fagri
Sadat, sus hijas y Lagartija, miraba la imagen del aeropuerto francés donde el
Concorde se preparaba para emprender el histórico vuelo de regreso del ayatolá.
Baktiar le había advertido a Jomeini que no daría su
consentimiento para que el avión tomara tierra en Irán, pero el religioso hizo
caso omiso de la advertencia: «¡Baktiar no es nadie, aquí mando yo! Yo formaré
un gabinete revolucionario. Vuelvo a casa.»
Aquella mañana temprano, millones de personas fueron a
pie hasta al aeropuerto de Teherán, donde el Concorde debía aterrizar.
Entre ellos se hallaba Shabal, que deseaba ver el
acontecimiento con sus propios ojos y escribir un artículo sobre ello.
Nosrat, con su enorme cámara al hombro, se encontraba
en un jeep descapotable conducido por el barbudo que lo llevaba a todas partes.
Era el único que tenía permiso para filmarlo todo de cerca.
El Concorde apareció sobre el aeropuerto.
—Sale ala
Mohamad! Jomeini gosh amad! ¡Bienvenido, Jomeini!
En ese instante el aparato tomó tierra. Cuando la
puerta se abrió poco después, Jomeini apareció en la escalerilla y saludó,
circunspecto.
—Salam bar
Jomeini! —lo aclamó la muchedumbre con júbilo.
Aga Yan salió a la calle y se encontró a Ahmad en el
callejón. Sin saber muy bien por qué, lo estrechó entre sus brazos y permaneció
así un rato. Ninguno de los dos sospechaba lo que les depararía el destino.
Qazi,
el juez
—Astagfirulah,
astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah,
astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah,
astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah —declamaba Jaljal
mientras se dirigía al cuarto de Jomeini.
Uno dice astagfirulah
cuando ha cometido un pecado o teme cometerlo, o quizá cuando teme verse
enfrentado a algo que prefiere evitar. A veces, no es más que una forma de
expresar asombro ante algo que le ha sucedido de forma inesperada o una manera
de pedir perdón a Dios.
También puede decirse, como hacía Jaljal, cuando uno
está convencido de que en el futuro cometerá fallos inevitables.
Jomeini no quiso alojarse en el palacio del sah y
prefirió una habitación en una de las madrazas de uno de los barrios
desfavorecidos de la ciudad.
Ya había anochecido cuando llegó a su cuarto y se
sentó sobre su alfombrilla. Le ofrecieron té y unos dátiles y después de beber
un sorbo pidió que le llevasen papel y pluma.
Permaneció solo en su cuarto durante media hora y
luego llamó a Jaljal, quien intuyó la urgencia de su petición. En cuanto entró,
cerró la puerta de la estancia, se arrodilló delante del ayatolá y le besó la
mano.
Jaljal fue la primera persona en mostrar su humildad
después de que Jomeini hubiese entrado en el país en calidad de dirigente. De
aquella forma mostraba su disponibilidad para cualquier tarea que el ayatolá
tuviera a bien encomendarle.
Jomeini le pidió en un susurro que se acercara. Jaljal
comprendió que se trataba de una misión secreta; inclinó la cabeza hacia
delante y escuchó.
—Te nombro juez de Alá —le dijo Jomeini mientras le
entregaba un documento.
Las manos de Jaljal temblaron.
—América hará todo lo que pueda para acabar con
nosotros, pero quiero eliminar todo lo que quede del régimen anterior. Elimina
a todos los que se opongan a la revolución. ¡Aunque sea tu padre, elimínalo!
¡Aunque sea tu hermano, elimínalo! ¡Destruye todo lo que se oponga al islam!
»Eres mi emisario, pero sólo rendirás cuentas a Alá.
Demuestra que la revolución es irreversible. ¡Tu misión comienza en este mismo
instante! ¡Ahora mismo!
Jaljal volvió a besarle la mano, se puso en pie y
salió del cuarto para cumplir con su cometido.
A pesar de que todo estaba oscuro, se puso las gafas
de sol que había comprado en París.
Aquel Jaljal no tenía nada que ver con el hombre que
un día había organizado una revuelta popular en Seneyán para impedir que Farah
Diba consumara la inauguración del cine.
El nuevo Jaljal irradiaba poder con aquel turbante
negro y su larga barba oscura que empezaba a encanecer por el mentón. La
posición que acababa de serle encomendada haría que su persona infundiese
temor.
Una hora después, subió al jeep que estaba esperándolo
en el portal con una carpeta bajo el brazo.
El vehículo lo condujo al matadero principal de la
ciudad, donde se sacrificaban a diario miles de vacas y ovejas para abastecer a
los habitantes de Teherán.
En aquel lugar habían encarcelado secretamente a los
funcionarios más destacados del régimen anterior.
Se temía que Estados Unidos emprendiese alguna acción
para liberarlos y por eso los habían encerrado en aquellos establos junto al
pestilente ganado.
Jaljal entró en una sala en penumbra donde había dos
sillas: la más alta, situada detrás de un escritorio, era para el juez de Alá;
la otra, para el acusado.
En el techo, justo encima de la silla baja, una
lámpara arrojaba un tenue resplandor amarillento que sólo iluminaba la cara del
reo.
El tiempo apremiaba, al alba del día siguiente todo el
mundo debía comprender que el régimen anterior había sido definitivamente
erradicado y que no había la menor posibilidad de que los americanos pudiesen
devolver el poder al sah.
Jaljal dejó un expediente encima de la mesa.
—Traed al primer sospechoso —ordenó.
Era Howeeda, el antiguo primer ministro del sah. Lo
llevaban esposado.
Howeeda había ocupado aquel cargo durante quince años,
y siempre se lo veía impecablemente trajeado, con una orquídea en el ojal, la
pipa en la boca y apoyándose en un bastón. Pero en aquel momento sólo llevaba
un pijama mugriento.
Además de Jaljal, en el cuarto había un fotógrafo
enmascarado, que iba y venía sacando fotos de los acusados.
—¡El acusado puede sentarse! —exclamó Jaljal tomando
asiento también.
Howeeda se sentó.
—Está usted ante el juez de Alá —le comunicó Jaljal en
tono glacial—. Su expediente ha sido estudiado y se le condena a la pena
capital. ¿Hay algo que quiera decir?
Howeeda, que había sido recibido por el presidente de
Estados Unidos como huésped de honor; Howeeda, que había sido ovacionado tres
veces por el Senado estadounidense en pleno; Howeeda, que había estudiado
derecho en Estados Unidos, jamás aceptaría como tribunal aquel maloliente
establo, así que calló, pero su boca se movió como si estuviera fumando en
pipa.
—¿Ha dicho algo? —inquirió Jaljal.
—Nada —repuso Howeeda, resignado.
—Condeno a muerte al acusado —sentenció Jaljal—. ¡La
sentencia se ejecutará ahora mismo!
Dos guardias se llevaron a Howeeda, que aún no había
asimilado del todo su condena a muerte. Lo condujeron al almacén detrás del
matadero, donde había montañas de pieles de vaca apiladas, del último
sacrificio. El hedor era tan insoportable que había que taparse la nariz. Los
guardias lo pusieron contra la pared, entre dos montones de pieles, y le
vendaron los ojos. Le ofrecieron un vaso de agua, pero él la rechazó con la
mano.
Howeeda temblaba en su pijama, pero seguía sin creer
que iban a ejecutarlo de verdad, pensaba que sólo pretendían asustarlo. Los
pasos de Jaljal resonaron en el pasillo. Les hizo una seña a los guardianes,
que se apartaron del político.
—En posición —ordenó Jaljal como si fuera un oficial
del ejército.
Los guardias se arrodillaron en el suelo y apuntaron a
Howeeda con sus fusiles.
—¡Soy inocente! —gritó Howeeda de pronto con voz
entrecortada—. ¡Quiero un abogado!
—¡Fuego! —ordenó Jaljal.
Resonaron siete disparos y el cuerpo acribillado se
desplomó, golpeándose la cabeza contra las piedras húmedas del suelo. El
fotógrafo le sacó varias instantáneas.
Jaljal volvió a su silla y pidió que le llevaran al
siguiente.
El ex jefe de los servicios secretos fue conducido a
la habitación. Había oído los disparos y apenas podía andar, atenazado por el
miedo.
—¡Siéntese!
Los guardias lo ayudaron a sentarse en la silla baja.
—¿Es usted Basiri?
—Sí —respondió tras un momento de vacilación.
—¿Es usted el jefe de los servicios secretos cuya
orden provocó el arresto, la tortura y el asesinato de centenares de personas?
Basiri no contestó.
—¿Era usted el jefe de los servicios secretos?
—repitió Jaljal.
—Sí —asintió en un susurro.
—El juez de Alá lo condena a la pena máxima —dictó
Jaljal—. La sentencia será ejecutada de inmediato. ¿Tiene algo que decir?
El temido Basiri, cuyo nombre inspiraba pavor en la
gente, se echó a llorar y suplicó clemencia, pero un ademán de Jaljal bastó
para que lo sacasen del cuarto y lo condujesen a la sala de sacrificios donde
acababan de ejecutar a Howeeda. Le taparon los ojos con un pañuelo, le
ofrecieron un vaso de agua y lo pusieron contra la pared.
—¡En posición! —gritó Jaljal.
Los guardias se arrodillaron y apuntaron con sus armas
a Basiri.
—¡Fuego hasta la última bala! —ordenó Jaljal, tajante.
El pelotón vació todos los cargadores. De ese modo el
reo no tenía oportunidad de caer al suelo. Sólo después de recibir el último
tiro cayó de bruces contra un montón de pieles, donde permaneció inmóvil con
los brazos extendidos.
Jaljal prosiguió su tarea hasta bien entrada la
madrugada, ordenando ejecutar a todos los altos cargos del régimen arrestados
durante los últimos días y encerrados en el matadero.
Cuando acabó, fue a lavarse las manos y pidió que le
sirvieran el desayuno. Le llevaron una bandeja de plata con leche caliente,
miel, huevos cocidos y pan recién hecho. También le entregaron la primera
edición del periódico. En primera página había una foto de Howeeda con los ojos
vendados, en el preciso instante en que recibía el primer impacto en el pecho y
alzaba los brazos al aire.
Durante una semana, Jaljal recibió a quince jóvenes
imanes de Qom; eran estudiantes de la ley islámica.
Los nombró jueces del islam y los envió a seis grandes
ciudades para juzgar a los funcionarios del régimen anterior directamente
implicados en algún crimen. Les dio carta blanca para actuar sin piedad.
Llamaron a la puerta de Aga Yan, pero él aún no había
vuelto del zoco, de modo que fue Lagartija quien abrió. Tres hombres armados y
con pañuelos verdes en la frente irrumpieron en el interior. Eran los soldados
del Ejército de Alá, que estaba compuesto por grupos de militantes formados en
las mezquitas durante la revolución, para dar cumplimiento a las órdenes de
Jomeini.
—¿Dónde está Ahmad? —le gritó uno de ellos a
Lagartija.
Fagri Sadat estaba en la cocina y vio a los hombres,
pero como no llevaba puesto el velo, no podía salir de allí. Abrió la ventana y
gritó:
—¿Podrías traerme el velo, hijo?
Lagartija la obedeció.
Fagri Sadat se cubrió con el velo y salió al patio.
—¿En qué puedo servirles, señores?
—¿Dónde está Ahmad? —le soltó sin más uno de ellos—.
Tenemos órdenes de prenderlo.
—¿Adónde piensan llevarlo?
—Al Tribunal Islámico.
En aquel instante, Ahmad salía de la biblioteca en
dirección a la alberca. Iba sin la túnica y sin el turbante. Los hombres se
abalanzaron sobre él.
Sobresaltado, Ahmad les preguntó qué querían.
—Nos han ordenado que lo llevemos ante el Tribunal
Islámico.
—¿Por qué? ¿Qué tengo que hacer yo allí?
—Eso no es cosa nuestra.
—¡No pienso ir a ninguna parte! —dijo Ahmad, y se
arrodilló delante de la alberca para lavarse las manos.
Los hombres lo agarraron y lo arrastraron hacia la
puerta. Ahmad intentó zafarse de ellos.
—¿Qué significa esto? ¡Soltadme!
Pero los hombres no le hicieron caso.
Ahmad forcejeó para colocarse de cara a La Meca.
—¡Alá, ayúdame!
Fagri Sadat le pidió a Lagartija que cerrase la
puerta.
Yawad, que había llegado a la casa la noche anterior,
corrió al patio.
—¡Llama a Aga Yan ahora mismo! ¡Date prisa! —le gritó
Fagri Sadat. Luego se puso delante de los hombres y los exhortó—: En nombre de
Dios, ¿se puede saber qué están haciendo? ¡Es el imán de la mezquita! ¿Es que
no les da vergüenza?
Lagartija oyó los pasos de Aga Yan en el callejón,
corrió a abrirle la puerta y le soltó un galimatías. Aga Yan vio a Ahmad
forcejeando con unos hombres armados.
—¡Basta, basta! ¿Qué es esto? ¡Déjenlo! —les gritó.
También Muecín llegó corriendo, y las hijas de Aga Yan
se asomaron a la ventana. Ahmad cayó al suelo, quiso correr escaleras arriba
hasta la azotea, pero un soldado le propinó una fuerte patada en la pierna que
lo hizo rodar junto a la alberca. El hombre lo agarró con fuerza e hincándole
la rodilla en la espalda lo tumbó y lo esposó.
Lagartija estaba junto a Muecín, desconcertado.
Aga Yan intentó razonar con los hombres.
—Yo mismo lo acompañaré al tribunal, pero no quiero
que se haga de esta forma. Soy Aga Yan, pueden confiar en mi palabra, iré con
ustedes. Lo que están haciendo no es correcto.
Uno de los hombres apartó a Aga Yan de un empujón.
Yawad se interpuso entre los dos hombres y contuvo a su padre.
—¡Ya basta, no puede hacer nada más!
—¡Alá, Alá, Alá, Alá! —gritaba Ahmad mientras los
hombres lo metían en el jeep por la fuerza.
—¿Dónde está vuestro tribunal? —les preguntó Aga Yan,
impotente.
El coche arrancó sin más.
Fagri Sadat se echó a llorar y sus hijas la llevaron a
su cuarto.
También Yawad quiso llevar a su padre arriba, pero Aga
Yan se negó.
—¡Qué desgracia! Hay que averiguar adónde se lo
llevan. —Y se echó de nuevo a la calle.
Los hombres condujeron a Ahmad a una dirección
secreta, que a partir de aquel día se convertiría en la sede del Tribunal
Islámico.
Cuando le quitaron la venda de los ojos, Ahmad se
encontró en una habitación en penumbra. No tenía la menor idea de dónde estaba,
aunque sabía que se trataba de un sótano pues había contado trece escalones al
bajar. El cuarto no tenía ventanas y las paredes estaban forradas con grandes
telas negras en las que se leían textos sagrados escritos con pintura blanca.
También vio una mesa y una silla alta detrás de la
cual una bandera verde, símbolo del islam, colgaba de la pared con un clavo.
Ahmad tomó asiento en la silla baja y los hombres lo
dejaron solo en aquel lugar sofocante, bajo la inquietante luz de una tenue
lámpara amarillenta.
Durante una hora, Ahmad permaneció sentado sin que
sucediera nada.
Aquel silencio y la incertidumbre lo intimidaban.
Oyó abrirse una puerta y pasos apresurados acercándose
por la escalera.
Un guardián entró en la estancia.
—¡El juez de Alá! —anunció—. ¡En pie!
Ahmad se levantó y vio la silueta de un joven imán que
tomaba asiento en la silla alta detrás del escritorio.
—El acusado puede sentarse —dijo.
Ahmad obedeció mientras intentaba verle la cara al
imán, pero la lámpara le daba directamente en los ojos y no le dejaba
distinguir los rasgos del religioso.
—Leeré su nombre y deberá usted asentir si es
correcto. Después le haré algunas preguntas a las que deberá contestar —explicó
el juez.
—Soy el imán de la ciudad. Antes de que empiece usted
a hacerme preguntas quiero que me devuelvan mi túnica y mi turbante. De lo
contrario no responderé.
—¿Es usted Ahmad Alsaberi, hijo de Mohamad Alsaberi?
Ahmad calló.
—El acusado ha sido miembro activo de los servicios
secretos —prosiguió el juez—. El peor crimen que un imán puede cometer.
—Eso no es cierto, yo no he hecho nada —protestó
Ahmad.
—Todo consta aquí —repuso el juez agitando un
expediente en el aire.
—Pues es falso, yo sé muy bien que no tengo ningún
crimen en la conciencia.
—Tenemos pruebas que lo acusan de haber colaborado
activamente con los servicios secretos del sah —declaró el juez.
—Es imposible porque jamás he sido colaborador de
ningún servicio secreto. Como imán de la ciudad he tenido contacto con muchas
personas, ya fuese un indigente o un capitoste de los servicios secretos.
Probablemente esos informes se refieran a esos contactos. ¡Pero eso no
constituye ninguna prueba incriminatoria! He sido imán de la mezquita en
tiempos tumultuosos, cada vez que pronunciaba un sermón vehemente, la policía
se plantaba en el templo para llamarme al orden. Tampoco eso puede ser
utilizado como prueba ante ningún tribunal. No he hecho nada malo.
—Es adicto al opio —lo acusó el juez.
—Eso no es ningún pecado, casi todos los ayatolás de
este país son adictos al opio.
—Tenemos pruebas de que ha fumado opio con altos
cargos de los servicios secretos.
—Eso es cierto, pero sólo he fumado opio, nada más.
—Aquí aparece anotado que le dieron dinero.
—Eso forma parte de mis responsabilidades como imán.
Soy la persona de confianza de la gente, todos me dan dinero que va a parar a
la caja de la mezquita.
—En numerosas ocasiones ha mantenido relaciones
indecorosas con mujeres.
—Ciertamente he tenido relaciones con mujeres, pero
siempre según la sharia del islam.
—Tengo en mi poder fotografías en las que aparece
usted en actitud desvergonzada fumando opio y en compañía de prostitutas.
—Ésa fue una trampa que los servicios secretos me
tendieron para dañar mi imagen, pero…
Hasta ese momento había intentado dar respuestas
convincentes, pero a la luz de la lámpara se apreciaba el temblor de sus manos
y las lágrimas que le resbalaban por las mejillas.
Empezó a tartamudear y a dejar las frases sin acabar.
Era a causa del opio. Nunca había dejado de fumar. Se había comprado una
moderna pipa eléctrica en Teherán para poder fumar a hurtadillas en cualquier
parte. Aga Yan estaba enterado, pero lo había tolerado en silencio.
Si hubiese fumado su pipa habría podido defenderse con
más convicción, pero lo habían arrestado en mal momento, justo cuando se
disponía a fumar antes de ir a la mezquita. Bajo aquella presión inusitada,
todas las células de su cuerpo le pedían opio a gritos. Sentía una fuerte
opresión en el pecho, como si soportase el peso de un elefante. Siempre llevaba
un pellizco de opio en el bolsillo de la túnica para casos de emergencia. Si lo
hubiese llevado consigo, podría habérselo metido en la boca y se habría sentido
mejor, pero aquellos barbudos lo habían llevado ante el juez en camisa.
Desesperado, se hurgó en los bolsillos de la camisa,
pero estaban vacíos como el desierto. Intentó desabrocharse el botón del cuello
para respirar mejor, pero no lo logró, los dedos ya no le respondían. Tenía la
frente cubierta de un sudor frío, empezaban a zumbarle los oídos, las voces se
apagaron y dejó de oír al juez. Quedó sumido en la negrura y cayó de la silla.
A la mañana siguiente, la mujer de Ahmad cogió a su
hija y regresó a la casa de sus padres.
El
burro
¡No! ¡Ya verán…!¡No
y no! ¡Ya verán…!Hicimos de la noche vestiduraY colocamos una lámpara
resplandecienteE hicimos bajar de las nubes un agua abundanteOs hemos prevenido
contra un castigo cercanoEl día que el hombre medite en sus obras pasadasAga Yan pasó un mes entero buscando a Ahmad por todos
los rincones la ciudad y fue a visitar a cuantas personas influyentes conocía,
pero no halló ni rastro de su sobrino.
La ciudad entera sabía que habían arrestado al imán y
corrían toda clase de rumores sobre él.
—¿Qué vas a hacer ahora? —le preguntó Fagri Sadat a
Aga Yan.
—Tal cómo están las cosas, creo que lo más prudente
será esperar. Tendrías que pasar por el zoco y ver cómo me evitan los demás
vendedores. Me juego la reputación en este asunto.
Aga Yan se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta.
El timbre había sonado de forma distinta de lo
habitual, como si en el portal hubiese alguien que viniera a anunciar el
destino.
—¿Quién es? —preguntó Aga Yan con voz trémula.
—¡Abran la puerta! —gritó una voz masculina.
—¿Quién es? —repitió Aga Yan.
—Venimos a buscar a Aga Yan.
Abrió la puerta y ante él vio a un hombre con barba y
un arma en la mano.
—¿En qué puedo ayudarlo?
—El imán quiere hablar personalmente con usted
—anunció el hombre.
—¿Qué imán?
—Está en el coche.
Aga Yan se acercó al jeep y dirigiéndose al joven
religioso que estaba sentado en el asiento trasero le dijo:
—Sea bienvenido. Puede entrar en la casa si lo desea,
podemos hablar en mi estudio.
El imán se apeó y Aga Yan lo condujo hasta el estudio,
donde le ofreció un asiento.
—En realidad deberíamos ser nosotros quienes lo
citásemos a usted a un Tribunal Islámico —dejó caer el imán con mucho aplomo—.
Pero nos queda poco tiempo y se trata de una notificación y una solicitud que
deben ser confirmadas directamente.
—¿A qué se refiere? ¿De qué solicitud me habla?
—El tribunal ha tomado una resolución y yo estoy aquí
para comunicársela. La traigo por escrito, así que se la leeré.
Aga Yan supuso que se trataba de Ahmad y de pronto
sintió cierto alivio al pensar que el caso podía ser negociable.
El imán sacó un sobre abierto de su bolsillo y extrajo
la carta, la desplegó cuidadosamente y leyó en voz alta:
—«En nombre de Alá, que actúa sin piedad contra los
pecadores que no le obedecen. Y en nombre de nuestro guía espiritual, el
ayatolá Jomeini. El Tribunal Islámico ha decidido que a partir de este momento
y por tiempo indefinido la familia Gaem Magam Farahani ya no tiene poder de
decisión sobre la mezquita de Yome de la ciudad de Seneyán.»
Aga Yan se puso en pie, desconcertado.
—Eso no puede ser. ¡La mezquita es nuestra!
—La mezquita es de Dios —lo corrigió el imán,
impávido—, una mezquita jamás ha sido propiedad privada. ¡Debería usted
saberlo!
—Pero tenemos documentos que confirman que el terreno
y el edificio del templo pertenecen a esta casa, y además todo está registrado
en las actas familiares. Es nuestro patrimonio. ¡Tengo pruebas de ello!
—No se sulfure usted. Es imposible que tenga un
documento vigente que avale eso, la mezquita es de todos. En el pasado, su
familia tenía autoridad sobre la mezquita, nada más, pero ésa no es una ley
divina. Ahora que vivimos en un régimen islámico, un juez está en disposición
de revisar la decisión. De ahora en adelante ya no es deseable su custodia del
templo. Y no hay nada más que hablar. El Tribunal Islámico retira a su familia
los derechos sobre la mezquita, se procederá a la separación entre la casa y el
templo. Usted y su familia pueden quedarse a vivir aquí si lo desean, pero he
venido para que me entregue las llaves de la mezquita. ¿Podría traérmelas?
—¡No pienso hacerlo! ¡No puedo ni quiero hacerlo!
—exclamó Aga Yan—. Pero ¿qué es esto? ¿Es que quieren acabar con todos
nosotros? ¿A qué vienen tantos agravios?
—Si no me da las llaves ahora mismo, los hombres que
están fuera vendrán por ellas.
—¡No las obtendrán de mi mano! —le espetó Aga Yan
decidido.
El imán salió de la casa y dio órdenes a sus hombres
para que entraran a buscar las llaves.
Tres hombres irrumpieron en el estudio de Aga Yan. Él
se hallaba en medio de la estancia y los interpeló furioso.
—¡Salgan de mi casa! ¡Fuera de aquí!
Pero los hombres lo apartaron a un lado bruscamente y
empezaron a registrar el cuarto.
—¡Esto es un robo! —gritó Aga Yan a los hombres que
revolvían en los cajones del escritorio. Fue hasta uno de ellos y le dio un
empujón.
Yawad, alertado por el ruido, entró en el estudio y se
interpuso entre el hombre y su padre.
Los hombres cogieron todas las llaves que encontraron
y se fueron, pero no consiguieron dar con la llave de la cámara del tesoro,
pues Aga Yan la llevaba siempre en el bolsillo junto a su Corán.
Tres días después, un helicóptero sobrevoló la
mezquita al atardecer. A bordo iba el ayatolá Araki, uno de los clérigos que en
nombre de Jomeini habían sido enviados a las grandes ciudades para supervisar
la instauración de la sharia. Aquel
grupo de ayatolás había conseguido del líder religioso un poder ilimitado y
sólo debían rendirle cuentas a él. Eran conocidos como los imanes Yomas, pues
utilizaban las principales mezquitas de Yome como centro de su actividad.
En la calle había una gran afluencia de fieles que,
alzando los brazos hacia el helicóptero, invocaban consignas como «Yare imam gosh amad! ¡Damos la
bienvenida al amigo del imán!».
El helicóptero aterrizó en la azotea y los prohombres
del zoco subieron al tejado para recibir al anciano imán.
Una multitud de partidarios islámicos que lo
aguardaban en el patio de la mezquita se golpearon el pecho al grito de «Yanam bé fadayet Jomeini!».
Dos hombres armados ayudaron al ayatolá a bajar la
escalera y lo entraron a hombros en la mezquita.
Aga Yan, que quería verlo de cerca, abrió con sigilo
el postigo de un minarete y se deslizó en el interior. Subió la escalera hasta
el lugar adonde antaño Nosrat había llevado una mujer. Desde allí, asistió a lo
que acontecía en el templo mientras la luz verdosa del minarete le iluminaba el
rostro.
La mezquita se convirtió nuevamente en el centro de
los sucesos más importantes de la ciudad y todos los viernes el ayatolá
pronunciaba sermones a los que asistían los fieles de Seneyán y los pueblos
vecinos.
El ayatolá era el hombre más poderoso de la ciudad,
celebraba muchas reuniones en la mezquita y no se tomaba ninguna resolución sin
su consentimiento.
Sólo el tribunal de justicia quedaba al margen de su
poder autoritario, pues el juez islámico operaba de forma independiente y sólo
en casos extraordinarios requería el parecer de Jaljal. El juez había mantenido
una conversación telefónica con Jaljal sobre el expediente de Ahmad y éste le
había dado una opinión tajante. «¡Tú eres el juez! ¡Cierra los ojos y dicta
sentencia!»
Con todo, el juez fue a la mezquita para hablar del
caso con el ayatolá y pedirle su opinión.
El religioso estudió el expediente entre un rezo y
otro y reforzó la decisión del juez.
—Besmelah tala!
Precisamente por ser imán debe ser más duramente castigado que un ciudadano
normal. Wasalam!
Al día siguiente, desde el amanecer hasta la una del
mediodía, un jeep fue pasando por las calles de la ciudad con un altavoz:
—Queridos fieles de Seneyán. Os convocamos a acudir a
la plaza del zoco a las dos de la tarde, donde el juez dará a conocer
públicamente la sentencia contra Ahmad Alsaberi, antiguo miembro de los
servicios secretos. Será el primer juicio islámico público. Alá es
misericordioso, pero también es implacable cuando es preciso.
Aga Yan se hallaba en el patio junto a la alberca
cuando oyó la noticia. Por un instante se quedó paralizado, no sentía las
piernas y tuvo que agarrarse a la farola y apoyarse en ella.
También Fagri Sadat lo había oído.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó aturdida.
—Nada, sólo Dios puede ayudarnos. Durante este mes he
llamado a todas las puertas y besado todas las manos, pero no ha servido de
nada. Nadie sabe nada sobre los juicios, todo sucede en el máximo secreto —dijo
Aga Yan.
—¿Por qué Zinat no hace nada? Ella tiene contacto con
los ayatolás.
—Me temo que no hay mucho que pueda hacer. Ni siquiera
ella debe conocer la identidad del juez que lleva el proceso. Además coopera
con ellos en todo y, precisamente por eso, no puede salir en defensa de su
hijo.
—¿Por qué no? Me has dicho cientos de veces que Ahmad
es inocente.
—¡No lo sé, Fagri! ¡Ya no lo sé!
—Ahmad es en primer lugar su hijo y en segundo lugar
el imán de la mezquita, ¿por qué tienes que ser tú el que vaya a ver a todo el
mundo y besar un sinfín de manos mientras que ella no da la cara para nada?
¿Dónde se ha metido Zinat? ¿Por qué se esconde hasta de ti?
—Fagri, ha habido una revolución, no se trata sólo de
una inversión de términos en el poder político. Es evidente que se han
producido cambios muy profundos en la mentalidad de la gente. Sucederán cosas
que jamás hubiéramos creído posibles en una situación normal. Algunas personas
pueden ser capaces de cometer actos atroces. Mira a tu alrededor, todo el mundo
se ha transformado, apenas reconocemos a nuestros vecinos. Ni siquiera sabemos
ya si es que se han puesto una máscara o acaban de quitársela. ¿Quién sabe lo
que ha pasado con Zinat? ¿Quién habría imaginado que Zinat se convertiría en
alguien importante?
—¿Importante? ¿Qué quieres decir con importante?
—replicó Fagri con vehemencia.
—Tiene poder, toma decisiones, organiza y sólo Dios
sabe en qué más anda metida.
—No es nadie. Un adefesio, eso es lo que es, igual que
todas esas mujeres que trabajan con ella. Son todas feas, mujeres a las que
nadie ha mirado nunca.
—¡Fagri!
—Zinat es fea por dentro —replicó sin importarle la
reacción de su marido.
—Ahora no es momento para hablar de eso. Iré a la
plaza del zoco. Después de todo, quizá haya algo que pueda hacer por Ahmad.
—No vayas. No te traerá más que humillaciones. Quédate
en casa y espera a que la tormenta haya pasado.
—Debo estar ahí, es mi vida, con humillación o sin
ella, y bien poco me importa ya.
Aga Yan fue primero a rezar, luego se puso el
sombrero, se irguió y fue al encuentro de su destino.
La plaza del zoco estaba abarrotada de gente. Se situó
debajo de un árbol desde donde podía ver bien el podio en el que iba a
celebrarse el juicio. La gente no paraba de murmurar y hacer comentarios,
intrigada por conocer cómo se aplicaría la ley islámica, la sharia.
Aparecieron tres jeeps del ejército y de cada uno bajó
un grupo de guardianes islámicos. Después, llegó a la plaza un Mercedes-Benz.
Un guardián abrió la portezuela y un joven imán salió del vehículo. Los
guardianes lo escoltaron hasta la silla alta.
—¡Traedlo! —ordenó el juez.
Sacaron a Ahmad de detrás de una cortina verde
provisional. Tenía un aspecto descuidado y se lo veía débil. En los últimos
días no había probado el opio y sus facciones y su figura habían cambiado
mucho. Andaba encorvado, con el aspecto de un viejo vagabundo que no se hubiese
lavado en mucho tiempo. Si el juez no hubiese pronunciado su nombre, nadie lo
habría reconocido.
La muchedumbre miró estupefacta a Ahmad Alsaberi, el
bienamado imán a quien en otro tiempo las mujeres le escribían montones de
cartas de amor.
El juez impuso silencio al gentío y empezó a leer la
sentencia.
—Ahmad Alsaberi se ha declarado culpable de haber
colaborado estrechamente con los servicios secretos del régimen anterior. ¡Ha
colaborado con Satán! ¡Eso es alta traición contra el islam y contra la
mezquita donde oficiaba como imán! Sin embargo, no deseo manchar mis manos de
sangre, y por eso sólo lo he condenado a diez años de prisión.
La gente se inquietó y el juez ordenó silencio y
siguió dictando su veredicto.
—El acusado no podrá ejercer más responsabilidades de
imán y por esa razón se le despojará del turbante y la túnica.
Ahmad temblaba en su camisa larga y mancillada.
—Pero como era el imán de la mezquita de Yome y su
función era servir de ejemplo a los demás, será doblemente castigado —tronó el
juez. Hizo una pausa antes de ordenar—: ¡Traed el burro!
Un guardián corrió en busca del burro blanco que se
hallaba detrás de la tribuna.
Los murmullos se desataron en la plaza.
—¿Qué planean? ¿Qué piensan hacer con él?
El burro, que se había espantado por el rumor de la
multitud, se negó a moverse y los guardianes tuvieron que llevarlo a rastras
hasta el podio.
Aga Yan reconoció el burro blanco de Am Ramazan. De
pronto aparecieron unos islamistas con pañuelos verdes anudados en la frente en
los que se leía: «Soldados de Jomeini.»
—¡Alá es grande! ¡Muerte al cómplice del sah!
El juez continuó.
—Montaremos al acusado en el burro del revés y lo
llevaremos hasta la mezquita de Yome. Será un castigo piadoso para alguien que
tanto ha ultrajado su túnica de imán.
Todos reaccionaron con sorpresa, mirando atónitos a
Ahmad, que seguía cabizbajo y con la mirada extraviada.
Aga Yan se sacó el pañuelo para limpiarse el sudor de
la frente. No podía creer que pensaran poner a Ahmad del revés en un burro y
pasearlo así por la ciudad. Sabía que su sobrino había cometido bastantes
estupideces, pero no creía que hubiese colaborado con el sah; eso no iba con su
carácter. ¿Por qué no decía nada, entonces? ¿Por qué no protestaba? ¿Por qué no
se defendía?
Aga Yan dio un paso al frente y dijo a voz en grito:
—¡Ahmad! ¡No eres ningún traidor! ¡Defiéndete!
Todos se volvieron hacia él.
—¡Di algo! ¡No te quedes ahí callado! —lo exhortó.
Ahmad se sobresaltó al oír la voz de su tío.
—¡Silencio! —le conminó el juez.
—¡No puedes quedarte ahí sin decir nada, Ahmad!
—insistió Aga Yan.
—¡Silencio! —repitió el juez.
Dos guardianes fueron hacia Aga Yan.
—¡Despierta, Ahmad! ¡Por mí! ¡Por nosotros! ¡Por la
mezquita! —se desgañitó mientras forcejeaba con los hombres que intentaban
sacarlo de allí—. Eres el imán de nuestra mezquita, defién…
Pero no pudo acabar la frase porque un guardián le
retorció el brazo a la espalda, empujándole la cabeza hacia abajo.
—¡Ahmad, hazlo por nosotros! —gimió Aga Yan mientras
los hombres lo reducían.
Dos comerciantes del zoco salieron entre el gentío, se
lo arrebataron a los guardianes y se lo llevaron a un rincón.
Ahmad hizo acopio de todas sus fuerzas y se dirigió a
la multitud alzando los brazos al cielo.
—¡Por el Corán! ¡Soy inocente!
—¡Cállate! —masculló el juez.
—¡Por la mezquita! ¡Jamás he sido cómplice de nadie!
—He dicho que te calles —le espetó el juez, furioso.
—Nunca he…
Pero no pudo continuar: dos guardianes lo cogieron en
vilo y lo montaron en el burro. El animal retrocedió espantado. Uno de los
hombres le golpeó el costado con el fusil y la bestia se tambaleó, cayó y
volvió a ponerse en pie.
Un hombre entrado en años, con un arma a la espalda y
un pañuelo verde en la frente, se adelantó hacia el burro, le acarició la
cabeza y consiguió calmarlo fácilmente para que los guardianes pudiesen montar
a Ahmad en su lomo.
A Aga Yan se le heló la sangre al ver a aquel hombre.
¿No le engañaban los ojos? Aquel hombre era su criado,
Am Ramazan. Se había convertido en soldado del ejército islámico. Era inaudito.
Había ofrecido voluntariamente su burro para humillar a Ahmad. Hasta se
encargaba de mantener quieto al animal. Debería avergonzarse de hacer algo
semejante, aún tenía la llave de su casa en el bolsillo de su abrigo. ¿Cómo era
posible que la gente pudiera cambiar tanto de forma tan repentina?
Aga Yan se sintió tan dolido que, llevado por la
desesperación, empezó a recitar a voz en grito el sura Al Mursalat, Los
enviados.
Ese día ¡ay de los
desmentidores!¡Ay de los enviados en ráfagas!¡De los que se diseminan en todos
los sentidos!¡De los que se distinguen claramente!¡Ciertamente, aquello con que
se os amenaza se cumplirá!Y cuando las estrellas pierdan su luzCuando el cielo
se hiendaCuando las montañas sean reducidas a polvo¡Ay de los desmentidores!El burro se puso en marcha. Ahmad sollozaba en
silencio. Alguien le arrojó una piedra e hizo blanco en la cabeza.
Aga Yan no pudo soportarlo más. Se adelantó
bruscamente y le bloqueó el paso al burro.
—¡Deteneos! Nadie puede tirar piedras. No lo han
condenado a lapidación. ¿Dónde se ha metido ese maldito juez?
Uno de los guardianes empujó con fuerza a Aga Yan, que
cayó al suelo pero volvió a ponerse en pie con una rapidez que no habría creído
posible, y se acercó de nuevo al burro.
El guardián se lo impidió con la culata del fusil.
Volvieron a tirar otra piedra, que dio a Ahmad en la
oreja derecha. Aga Yan se sacó apresuradamente el Corán del bolsillo, apartó al
esbirro de un empujón, se plantó delante de Ahmad y, alzando el Corán hacia el
cielo, exclamó:
—¡Por este libro! ¡No lo lapidéis!
El guardián le arrebató el libro y le golpeó el rostro
con él. Aga Yan perdió el equilibrio, aunque logró recuperarse. Cogió a Ahmad
por la cintura y lo bajó del burro, pero los dos acabaron rodando por el suelo.
Dos guardianes volvieron a subir a Ahmad a lomos del
animal mientras los otros se ensañaban a puntapiés con Aga Yan, que seguía
tendido en el suelo.
El burro echó a andar y la gente lo siguió hasta la
mezquita.
Aga Yan se quedó allí tirado, gimiendo de dolor.
¡Oh, tú el envuelto
en un manto!¡El arrebujado!No puedes quedartetendido en el suelo¡Levántate!¡Por
la luna!¡Por la mañana cuando apunta!Apoyó las manos en el suelo y se puso en pie con
dificultad.
La
vaca
En el principio fue la Vaca, lo demás era silencio.
Eso creían los antiguos persas, por eso esculpían cabezas de vaca en los
pilares de sus palacios en la provincia de Fars.
La Vaca murió y el resto de la vida brotó de su
cuerpo. De su carne surgieron los animales y las plantas. El Fuego se convirtió
entonces en algo sagrado y la Vaca se desvaneció.
El Fuego seguía ardiendo en los templos de las
montañas cuando Zoroastro nació en Yazd. Fue el primer profeta persa y anunció
que ni la Vaca ni el Fuego debían ser adorados. Situó a Dios en el cielo y le
dio un nombre: «Ahura Mazda.»
Y el Fuego se convirtió en el símbolo de Ahura Mazda
en la tierra.
El profeta ofreció a su pueblo el Avesta, los escritos
que recogían la palabra sagrada de Dios.
Un siglo más tarde, Mahoma anunció el islam, todas las
antiguas ideas persas desaparecieron y el Fuego se extinguió.
Durante catorce siglos, ni la Vaca ni el Fuego fueron
adorados, pero el espíritu de esa idea ha seguido perviviendo en el alma de los
persas.
Y ahora era el islam el que causaba una profunda
ruptura en la familia de Aga Yan. En los ocho siglos pasados, la casa había
luchado unida contra los enemigos del islam desde el almimbar de la mezquita.
Pero por primera vez el enemigo que desafiaba a la familia era el propio islam.
A pesar de que los momentos más agitados de la
revolución habían quedado atrás, Shabal seguía sin volver a casa.
A Nosrat las cosas le iban viento en popa. Trabajaba
noche y día para establecerse en el mundo del cine iraní dentro de la nueva
república islámica, y ya no tenía tiempo de ir a Seneyán, y ni siquiera llamaba
por teléfono.
Zinat se había entregado en cuerpo y alma al islam de
Jomeini y apenas iba por la casa. Había roto el contacto con la familia y nadie
estaba enterado de lo que hacía realmente.
Muecín no se sentía bien y se ausentaba cada vez con
más frecuencia, y también Yawad se iba a menudo de casa. No se lo decía a
nadie, pero en realidad iba a Teherán. Había entrado en contacto con Shabal. En
secreto, siempre había sentido simpatía por el movimiento de izquierda en el
que Shabal tomaba parte activa.
—¿Por qué no vas a casa? —le preguntaba a Shabal.
—Cuando Jomeini estaba en París, prometió que sería
tolerante con los demás, pero ahora que está en el poder ya no se acuerda. Ve a
los partidarios de la izquierda como gente blasfema para los que no hay cabida
en su régimen islámico. Por eso hemos dado un paso atrás y pasamos a la
clandestinidad. No podemos fiarnos de Jomeini.
También Nasrin y Ensi, las hijas de Aga Yan, habían
tomado la decisión de irse de casa. Querían alquilar una habitación en Teherán
y mudarse a la capital.
Ninguna mujer de la casa había hecho algo semejante.
Pero Nasrin y Ensi eran ya mujeres hechas y derechas y no querían quedarse en
casa a la espera de un hombre. Fagri Sadat siempre las había protegido. No las
obligaba a ir a la mezquita y las había enviado a los mejores colegios de la
ciudad. Cuando las dos obtuvieron su diploma de enseñanza secundaria, empezaron
estudios de magisterio. Si todo hubiese continuado como antes, ya habrían
terminado la carrera y estarían trabajando en la enseñanza. Pero cuando la
revolución estalló, todos los colegios y facultades cerraron sus puertas. Y
después ya no pudieron retomar sus estudios.
El nuevo régimen islámico había empezado con una
revolución cultural en empresas, oficinas, escuelas y universidades. Todos
aquellos que según el comité no fuesen lo bastante islámicos, eran enviados a
casa de inmediato. Nasrin y Ensi fueron las primeras de su curso en ser
rechazadas de modo fulminante, lo que se debió en gran medida a Ahmad y la
escena que Aga Yan había protagonizado en la plaza del zoco.
Las jóvenes permanecieron un tiempo en casa, pero no
tenían futuro en Seneyán.
—Nasrin y Ensi me han confesado que quieren irse a
Teherán —le dijo Fagri Sadat a su marido antes de acostarse.
—No podemos dejar a dos muchachas solas en Teherán
—repuso él.
—¿Y qué quieres hacer con ellas? ¿Tenerlas siempre
aquí metidas?
Aga Yan guardó silencio.
—Aquí no les espera ningún futuro. Debes dejarlas ir.
Un día, Nasrin y Ensi fueron al estudio de su padre y
le dijeron que querían irse a Teherán para vivir y trabajar allí y que no debía
intentar retenerlas.
—No lo haré —les aseguró él.
Las jóvenes se trasladaron a la capital y durante
algún tiempo se alojaron con una antigua compañera de clase.
Aga Yan seguía yendo cada día al zoco, pero ya nada
era como antes. Todos los hombres se habían dejado crecer barba y rivalizaban
por imitar en todo a los clérigos islamistas. Todos se habían vuelto
maleducados y no le mostraban el menor respeto. Su fiel criado iba al trabajo
con su uniforme de miliciano, de modo que Aga Yan ya no se atrevía a hacer una
llamada telefónica en su presencia.
Tiempo atrás, cuando Aga Yan visitaba los pueblos
donde tenía talleres en los que tejían alfombras para él, era recibido como un
rey por los aldeanos.
Un día, cuando un viejo amigo de Isfahán pasó por su
despacho para saludarlo, lo halló detrás del escritorio, inclinado sobre sus
papeles. Apenas lo reconoció. Aga Yan había envejecido. Se lo veía gris y
hundido.
Intentó seguir trabajando, pero no podía. Cada vez
regresaba antes a su casa y se ocupaba sólo del jardín. A veces desaparecía en
el sótano y allí se le iban las horas revolviendo cachivaches hasta que Fagri
Sadat iba a buscarlo.
—¿Se puede saber qué haces ahí metido tanto rato?
—Nunca he tenido tiempo para echarles un vistazo a
todas estas cajas.
—Ya basta por hoy, ve a lavarte las manos. He
preparado té.
Aga Yan fue a lavarse las manos y la cara en la
alberca y luego se dirigió a la cocina para tomar el té con Fagri.
—Ten paciencia —le dijo cuando ella empezó a
lamentarse de las perspectivas de futuro para sus hijos.
—¿Cómo voy a tener paciencia si mis tres hijos han
abandonado su hogar sin tener ningún futuro y ni siquiera sabemos dónde están?
—Nuestros hijos no son los únicos que sufren por la
nueva situación, hay millares que se enfrentan a un destino similar. Siempre ha
sido así en la vida, y así será también ahora, pero hay un remedio que puede
ayudarnos: la paciencia.
—Eso sólo puedes hacerlo tú que tienes una fe tan
sólida; yo soy incapaz de eso, soy débil, dudo mucho, no me atrevo a decírtelo,
pero dudo hasta de que Dios esté viendo todo lo que pasa.
—Fagri, has de ser fuerte, no sucumbas a las tinieblas
o de lo contrario perderás la paz, y eso no te conviene.
—La gente sólo mira por sus propios intereses e
intentan poner a salvo sus vidas, tú eres el único que eras honesto y sigues
siéndolo, pero ¿qué has conseguido con ello? ¡Has ido a parar al sótano! Un día
fuiste el hombre fuerte del zoco, tu palabra era ley, ¿y qué haces ahora?
Esconderte en el sótano entre trastos viejos.
—No hables así, Fagri —repuso él, dolido.
—Lo siento, pero sabes bien a lo que me refiero.
¿Dónde están tus amigos, los poderosos hombres del zoco para ayudarte?
—No necesito la ayuda de nadie.
—Todo el mundo te ha dejado en la estacada. ¿Dónde
está Zinat? ¿Y Muecín? Y sobre todo, ¿dónde se ha metido tu hermano Nosrat?
¿Sabes algo de él?
En aquel preciso instante, Nosrat estaba en su casa,
bajo la ducha, pensando en la manera de ofrecer su aportación al desarrollo del
cine persa, pero sabía muy bien que sin la aprobación de Jomeini no lograría
nada. Mientras el agua chorreaba por su cabeza, se le ocurrió una idea
descabellada.
—¡Lo he encontrado! ¡Lo he encontrado! —gritó.
Cerró el grifo de inmediato, se secó con una toalla,
se vistió y salió precipitadamente de casa. Tomó un taxi hasta el palacio donde
Beheshti había instalado su despacho.
Habían pasado nueve meses desde el inicio de la
revolución y Jomeini seguía sin saber qué hacer con los cines. Las puertas de
todas las salas habían sido selladas y las habían declarado impuras, igual que
los burdeles.
Fruto de la estrecha colaboración habida entre
Beheshti y Nosrat, entre ambos había surgido una relación de confianza mutua.
Beheshti conocía el cine. En Alemania había ido a menudo a escondidas, pero
creía que Jomeini no estaba preparado aún para hablarle de ese asunto.
—Sé lo que tengo que hacer —le aseguró Nosrat—. Hay
que llevar al imán al cine, eso es todo. Tiene que ver con sus propios ojos que
el cine no se parece en nada a un burdel.
—Sea realista —repuso Beheshti—, ¿qué podríamos
mostrarle para convencerlo?
—¡Le pondré Vaca!
—anunció Nosrat.
—¿Vaca?
—Es la primera película seria hecha en suelo persa,
hasta podríamos considerarla una película islámica.
—¿Y se titula Vaca?
—Exacto: Vaca.
Es un clásico persa. No pretendo decir que sea una obra maestra, pero es lo
mejor que podemos mostrarle al imán. La Vaca se halla presente en el alma de
todo persa, hasta en la de Jomeini. Prepararé un cine y usted se encargará de
llevar al imán. El islam puede hacer mucho por el cine. Tengo grandes planes.
Si Jomeini da el visto bueno a la película, se producirá un florecimiento del
cine independiente en el corazón de nuestra cultura. Los chiíes poseen una
visión del mundo distinta y contamos con nuestra milenaria cultura persa como
bagaje; en poco tiempo conquistaremos todos los cines del mundo.
—Sobre el mundo ya hablaremos otro día, empezaremos
mostrándole la película al imán.
—No tenemos mucho tiempo, tiene que ser dentro de
poco, todos los cines han sido sellados y los grandes comerciantes de alfombras
se han puesto de acuerdo para comprar las salas de cine de todo el país y
reconvertirlas en mezquitas.
—No conseguiremos llevar al imán a un cine.
—Entonces lo haré al revés. Llevaré el cine ante el
ayatolá.
—Ésa es una buena idea —sonrió Beheshti.
—Será un momento histórico y Jomeini se lo pasará
bien. La película transcurre en una zona rural similar a su aldea natal.
Al día siguiente, Nosrat se presentó en la residencia
de Jomeini, en los montes septentrionales de Teherán, con un lienzo bajo el
brazo y un proyector en la mano.
Beheshti lo condujo hasta el estudio del líder, donde
Jomeini se hallaba sentado sobre su alfombrilla, apoyado contra la pared en un
cojín. Desde la revolución, Nosrat lucía un pelo canoso, se había dejado crecer
la barba y llevaba un original sombrero. Todo el mundo se arrodillaba ante
Jomeini y le besaba la mano, pero Nosrat no cumplió con ese ritual, sino que se
limitó a quitarse el sombrero y hacer una leve inclinación de la cabeza.
Beheshti hizo las presentaciones.
—Éste es el cámara cuyos reportajes sobre la
revolución fueron emitidos en muchas ocasiones por las televisiones
extranjeras. Es un hombre de confianza. Procede de una familia buena y
religiosa y tiene ideas interesantes sobre el cine. Los dejaré solos.
Se produjo un silencio después de que Beheshti
abandonara la habitación.
Nosrat dejó sus bártulos y buscó un lugar apropiado
para colgar el lienzo blanco. Sacó un pequeño martillo del bolsillo y, sin
encomendarse a nadie, clavó la tela en la pared que el imán tenía delante.
Cambió de sitio una mesa que había contra la pared y
puso encima el proyector. Seguidamente, colocó una silla en medio del cuarto.
—¿Podría sentarse en esta silla?
—Estoy bien aquí —refunfuñó Jomeini.
—Lo comprendo, pero la silla forma parte del cine.
Jomeini lo miró estupefacto. Nadie había osado
hablarle así antes. Pero sabía que Nosrat era fotógrafo, como también sabía que
hay dos personas a las que uno debe escuchar: el médico y el fotógrafo. Así
pues, el anciano se puso en pie y tomó asiento en la silla situada en el centro
de la estancia.
Nosrat corrió las cortinas y apagó la luz, de modo que
la habitación quedó completamente a oscuras.
Entonces encendió el proyector y la bobina empezó a
girar.
Era una película antigua, en blanco y negro. Apareció
una vaca en la pantalla y soltó un mugido, algo que sorprendió a Jomeini.
Después salió un granjero que besó a la vaca en la cabeza y la acarició.
«Eres mi vaca. Mi querida vaca. ¡Anda, ven! Vamos a
dar un paseo.»
El granjero echó a andar delante del animal y lo
condujo a los prados. Al llegar, el hombre sacó su pipa tradicional y fue a
sentarse a la sombra de un árbol para fumar mientras contemplaba satisfecho
cómo pastaba su vaca. En ese instante apareció una granjera que llevaba un
pañuelo en la cabeza.
«Salam aleikum,
Mashadi.»
«Salam aleikum,
Bayi. Ven a sentarte un
poco a la sombra, hoy hace calor. Voy a llevar mi vaca al río, la pobre se
moría de calor en el establo. ¿Cómo te va, Bayi?»
La granjera se sentó a su lado y los dos se quedaron
absortos, mirando la vaca en silencio.
La película no era nada especial pero había escenas
mágicas sobre la vida rural. La historia era sobria, pero eso precisamente
hacía que uno se sintiera conmovido al ver la primitiva forma de vida de
aquellas gentes.
Era una cinta adecuada para la nueva república
islámica de Jomeini, pues la modernidad brillaba por su ausencia en aquel
pueblo. Todas las granjeras iban tapadas con velo y el Corán era omnipresente.
El lugar carecía de electricidad y agua corriente. No se oía música en ninguna
parte, nadie tenía radio. No podía haber encontrado una película mejor para el
imán que aquélla. Seguramente, ante semejante escenario, Jomeini se reconocía a
sí mismo y a sus paisanos.
La historia trataba de un granjero que no tenía hijos,
pero que amaba a su vaca. Un día la vaca enfermaba. Los ancianos del pueblo le
aconsejaban que la sacrificara antes de que fuese tarde, pero él se negaba en
redondo.
Un día, la vaca caía muerta mientras el granjero se
hallaba ausente. Los aldeanos decidían enterrarla antes de que su amo volviera.
Cuando el hombre regresaba y preguntaba por su vaca,
todos le decían que se había escapado. El granjero sufría un ataque de
angustia. Durante días y días buscaba sin descanso a su vaca, en vano. Perdía
las ganas de vivir y dejaba de comer.
Los ancianos del pueblo iban a consolarlo y le
explicaban que no era propio de hombres seguir un duelo por una vaca. Pero el
granjero estaba tan enfermo que creía haberse transformado él mismo en vaca.
Cuando los ancianos entraban en su casa, el hombre se ponía a dar mugidos de
tristeza.
Los ancianos sacaban los pañuelos y lloraban en
silencio por el granjero.
Cuando la película concluyó, Nosrat encendió la luz.
Jomeini echó mano a su pañuelo.
El viernes siguiente, todos los ayatolás del país
hicieron un anuncio extraordinario durante su sermón.
—Esta noche se emitirá una película por televisión. Se
titula Vaca y cuenta con la
aprobación del ayatolá Jomeini. ¡Los fieles pueden verla!
Aquella noche, la gente que no tenía televisor en casa
se dirigió a los salones de té para ver la película.
Fue un día importante en la historia del arte iraní.
Aga Yan vio la película con Lagartija en el cobertizo
de la azotea. También era la primera vez que él veía una película. Cuando vio
la vaca, al granjero y las pobres chozas, se dijo que aquél no podía ser el
cine que tanto se alababa en el mundo entero.
Shabal vio la película con Yawad.
Nasrin y Ensi, las hijas de Aga Yan, la vieron con su
antigua compañera de estudios.
Sediq se hallaba en Teherán, en compañía de algunas
mujeres islámicas. Por mediación de su hermana, Jaljal se había ocupado de que
Sediq pudiera pasar una temporada en la capital.
Zinat Janum se alojaba en casa de Azam Azam, que la
había aceptado como ayudante. Hacía poco que había repudiado públicamente a su
hijo Ahmad en la mezquita. Aseguraba sentir vergüenza de él. Zinat no era la
única. Por televisión aparecían muchos padres creyentes que les daban la
espalda a sus propios hijos por haberse manifestado en contra de los ayatolás.
Todo el mundo hablaba de ello, pero nadie acababa de entenderlo. ¿Lo hacían por
sus creencias? ¿O acaso los clérigos les habían lavado el cerebro?
Después de que Zinat hubiese expresado su rechazo, fue
recibida por el ayatolá en su estudio y mantuvieron una conversación privada.
—Zinat Janum, tú encarnas el modelo de mujer islámica
que necesito para esta ciudad. Eres una auténtica mahyabe. Santa Fátima está contenta contigo. ¡Ahora atiende! Te
encargo la misión de dar un rostro islámico a las mujeres de Seneyán. Quiero
ver que todas ellas son como Zinat Janum. ¿Queda claro?
—Sí, muy claro, ayatolá —aseguró Zinat poniéndose en
pie.
Con otras seis mujeres fanáticas, Zinat creó un comité
de usos y costumbres y empezaron a islamizar el comportamiento público de las
mujeres.
La mayoría de las mujeres de la ciudad se colocaban un
velo por encima al salir a la calle, pero había bastantes muchachas que no
querían obedecer al régimen islámico y se negaban a ponérselo. El comité
disponía de tres jeeps con los que patrullaban por la ciudad. Iban dos mujeres
con velo y un hombre armado y se dedicaban a controlar el hiyab de las mujeres de Seneyán.
En cuanto se cruzaban con alguna que no llevaba el
velo conforme a las prescripciones islámicas o se había puesto maquillaje,
saltaban del vehículo y la detenían. Si la mujer hacía caso de su advertencia y
se ponía bien el pañuelo, la dejaban ir, pero si se mostraba descarada, la
metían en el jeep y se la llevaban a un lugar secreto donde le daban una buena
lección.
Todas las mujeres arrestadas caían en manos de Zinat.
Con la ayuda de Azam Azam, Zinat había ideado métodos para atemorizarlas. Azam
Azam les untaba las piernas con un jarabe y Zinat las encerraba en un cuarto
oscuro infestado de cucarachas. Las chicas temerosas eran encerradas en un
lugar oscuro donde los ratones se paseaban por sus pies emitiendo chillidos.
Unos días antes, Zinat había quitado el carmín de los
labios de una mujer frotándolos con un pañuelo tan áspero que la había hecho
sangrar.
La noche en que todo el mundo estaba delante del
televisor viendo Vaca, un grupo de
estudiantes islámicos que contaba con la aprobación de Jomeini saltó la verja
de la embajada de Estados Unidos e irrumpió en el edificio. En una acción
relámpago, arrestaron al embajador y sus sesenta y cinco empleados, que por
motivos de seguridad permanecían allí. Los rehenes fueron conducidos de
inmediato a un lugar secreto, pues el régimen islámico temía que Estados Unidos
emprendiese una acción a gran escala para liberarlos.
Para mayor seguridad, las personas más destacadas
fueron conducidas en jeep a Qom, Isfahán y Seneyán.
El ayatolá Araki de Seneyán fue despertado en plena
noche por su ayudante.
—Debe vestirse deprisa —le susurró—. Hay alguien
esperándolo en la sala.
—¿De quién se trata?
—Un hombre joven que necesita comunicarle un secreto
de Estado.
El ayatolá se vistió apresuradamente y bajó a
encontrarse con el joven. El religioso le tendió la mano y el muchacho se la
besó.
—Soy estudiante de la Universidad de Teherán. Le
traigo un mensaje secreto de parte del ayatolá Ruholah Jomeini.
El ayatolá inclinó la cabeza hacia delante y el
estudiante le susurró el secreto al oído:
—En la calle hay tres coches con siete americanos que
llevan los ojos vendados.
Sin perder un segundo, el ayatolá se puso el turbante,
cogió el bastón y dijo:
—Vamos.
Subió a uno de los vehículos y se dirigieron hacia el
desierto.
Durante varios meses, representantes de Irán y Estados
Unidos mantuvieron muchas conversaciones con la mediación de Suiza para tratar
sobre la liberación de los rehenes, pero aquellas largas negociaciones no
llegaron a buen puerto. Jomeini había puesto dos condiciones a los
estadounidenses: la entrega del sah para ser juzgado por un tribunal islámico,
y la transferencia de los incontables millones de dólares procedentes del
petróleo iraní que se encontraban depositados en bancos estadounidenses.
Pero Estados Unidos no podía extraditar al sah, pues
sabía que los ayatolás lo ejecutarían en el acto. Tampoco podían devolver una
cifra de dinero tan exorbitante en un plazo tan corto. Así pues, las
negociaciones se interrumpieron y se hizo el silencio.
Ciento setenta y dos días más tarde, seis aviones de
transporte estadounidenses sobrevolaban Seneyán al amparo de la oscuridad;
nadie los vio ni los oyó. Hacía escasamente media hora que habían abandonado la
cubierta de un portaaviones en el golfo Pérsico y, con el consentimiento de
Sadam Husein, habían entrado en Irán atravesando el espacio aéreo iraquí.
Los aviones se dirigían a un aeródromo militar secreto
enclavado en el desierto. El plan era que las antiguas unidades de comando del
sah liberasen a los rehenes y los condujeran en helicóptero hasta el
aeropuerto, desde donde serían evacuados del país.
Los estadounidenses habían descubierto dónde tenían
escondidos a los rehenes a través de un espía infiltrado en el círculo de
confianza de Jomeini.
Pero la acción fracasó. Un incidente que sólo Jomeini
fue capaz de explicar, hizo que todo el plan se viniera abajo.
—¡Alá los ha detenido! —clamó el ayatolá al día
siguiente cuando se difundió la noticia de que una operación militar secreta de
Estados Unidos se había frustrado estrepitosamente—. Alá protege este país
—prosiguió más calmado—. ¿Por qué los americanos no quieren entenderlo? Es muy
sencillo: ha sido obra de Dios.
Cuando dos de los aviones iban a aterrizar en el
aeródromo secreto, colisionaron con un helicóptero. Los tres aparatos saltaron
por los aires envueltos en llamas, originando un mar de fuego en medio del
árido desierto, pero nadie estaba al corriente.
Hubo ocho víctimas mortales y cinco heridos.
Inmediatamente después del siniestro, los demás aviones regresaron al
portaaviones.
Un pastor que se había echado a dormir bajo un árbol
junto a un viejo pozo de agua, se despertó sobresaltado por un estrépito
desconocido. Se puso en pie y oteó el desierto en la oscuridad. Vio una negra
nube de humo alzarse en un cielo encarnado.
Se encaramó al árbol y divisó el fuego en la lejanía.
Supo que había sucedido algo terrible, así que abandonó su rebaño y corrió
hasta la aldea. Media hora después, todos los lugareños se habían subido a las
azoteas de sus casas y contemplaban el incendio.
El imán corrió a la mezquita, abrió la puerta, levantó
el auricular del único teléfono que había en todo el pueblo y marcó el número
del ayatolá Araki.
—Veo altas llamas en el desierto. Los ancianos de la
aldea dicen que jamás han visto nada igual. ¡Ha sucedido algo terrible!
El ayatolá envió a un comandante del ejército islámico
para que efectuase una inspección. Tres cuartos de hora después, el ayatolá
cogió el teléfono y llamó directamente a la casa de Jomeini en Teherán.
—Lenguas de fuego gigantescas. Parece que dos aviones
se han estrellado. El incendio es demasiado grande, no podemos acercarnos más.
Antes de que Teherán hubiese reunido un equipo de
inspección para enviarlo a Seneyán, los aldeanos habían ido en sus burros hasta
los aviones derribados e intentaban salvar a los heridos.
Las autoridades todavía no sabían lo que había
sucedido cuando Radio Moscú difundió la noticia en el boletín de las seis de la
mañana: «Tres aviones estadounidenses se han estrellado en el desierto de Irán,
cerca de la ciudad de Seneyán.»
Muecín, que todas las mañanas escuchaba aquella
emisora, oyó la noticia, pero no comprendió su importancia. Sólo después de oír
que repetían el nombre de Seneyán salió corriendo en busca de Aga Yan,
gritando:
—¡Los americanos se han estrellado en el desierto!
La televisión estatal abrió las noticias de las dos
con un reportaje en directo sobre el terrible accidente y la cámara enfocó los
cadáveres de los pilotos estadounidenses. A continuación, apareció en pantalla
el ayatolá Araki, kaláshnikov en mano, y pronunció un contundente alegato.
«El islam es un milagro. Después de catorce siglos, el
islam sigue siendo un milagro. Los aviones americanos entraron en nuestro país
desde Irak, sin luces y guiándose en la oscuridad por dispositivos electrónicos
ultramodernos para esquivar nuestros radares. Lo tenían todo escrupulosamente
planeado y sus ordenadores superinteligentes lo habían calculado todo al
milímetro, pero se olvidaron de una cosa: ¡el Corán! Nosotros no necesitamos
ordenadores supermodernos que nos calculen todo, no necesitamos ojos electrónicos
que lo observen todo. Sólo hay alguien que salvaguarda este país, sólo hay uno
que nos protege, uno que lo controla todo mientras dormimos, ¡y es Alá!
»América tiene sus máquinas, nosotros tenemos a Alá.
»América cuenta con sus enormes aviones de
reconocimiento, nosotros tenemos a Alá.
»¡América! ¿Quieres saber quién ha hecho que se
estrellaran tus aviones? Lee el sura Al
Fil, el elefante.»
Alam tara kayfa rabuka bi as-habi-al fil¿No has visto lo que hizo tu Señor con los
dueños del elefante?¿Acaso no confundió sus tretasy envió contra ellos los
pájaros ababil?Les arrojaron piedras de arcillaY los dejaron como cereal verde
comido.Alharab
Cinco meses más tarde, hacia el mediodía, tres
reactores iraquíes cruzaron el cielo de Teherán. Volaban tan bajo que hasta se
veía claramente a los pilotos. La gente huyó despavorida por el terrorífico y
ensordecedor ruido.
Los aviones bombardearon el aeropuerto. De ese modo
declaraban a Irán la alharab, la
guerra.
La noche anterior, el ejército iraquí había penetrado
en territorio iraní ocupando todos los lugares estratégicos de la rica
provincia de Kuzestán, al sur del país. Las mayores refinerías de gas y
petróleo de Irán se hallaban ya en manos de Sadam Husein.
El régimen se conmocionó ante la noticia y la gente no
daba crédito a lo sucedido. Sólo después de que la televisión mostrara las
primeras imágenes de los tanques iraquíes delante de las refinerías iraníes,
empezaron a comprender que no se trataba de una mera amenaza sino de una guerra
en toda regla.
Jomeini pronunció un discurso por televisión en el que
convocó a todos cuantos tuvieran un arma a presentarse en la mezquita más
cercana. «¡Es la yihad!»
Aquel llamamiento logró reunir en veinticuatro horas
un enorme ejército de fieles. Miles de jóvenes y viejos sin experiencia alguna
fueron cargados en camiones y enviados al frente.
Entretanto, los aviones de reconocimiento
estadounidenses sobrevolaban a gran altura las zonas en conflicto para espiar
los movimientos del ejército islámico y enviar la información a Sadam Husein.
Como consecuencia, las tropas iraníes eran
bombardeadas continuamente por los aviones iraquíes.
Jomeini, que no se daba por vencido, infundió ánimos a
su pueblo.
—Sólo la muerte puede salvarnos. América lo controla
todo desde arriba. Sólo nos queda una opción: tendremos que tender un puente de
muertos para luchar contra Irak.
Un ejército de fieles, vestidos con sudarios, empuñó
las armas y partió para abrir un camino que los llevase hasta el ejército
iraquí. Al final, las tropas iraníes alcanzaron a las iraquíes; aquello marcó
el inicio de una contienda que habría de durar ocho largos años y en la que
perecerían millones de soldados de ambos bandos.
Los ayatolás temían que sus opositores aprovechasen la
coyuntura de la guerra para socavar el régimen. Jomeini no confiaba en las
organizaciones de izquierdas, las consideraba enemigas de Alá y del Corán, de
modo que esperó pacientemente a que se le presentara el momento idóneo para
acabar con ellos de una vez por todas. Mientras, la oposición de izquierdas
tramaba en secreto la forma de debilitar el fanático Estado islámico de los
ayatolás y expulsarlos del poder si podían.
Finalmente, el régimen decidió eliminar todos los
movimientos de izquierdas.
Jomeini se lo comunicó a Jaljal en primer lugar.
—Extírpalos de raíz. ¡Sin misericordia! Barre y
destruye a todo aquel que se oponga al islam.
Los dirigentes del Tudeh, el partido comunista iraní,
que en su día habían apoyado incondicionalmente a Jomeini, fueron arrestados en
menos de una hora.
Pero el régimen no logró capturar a los líderes de los
movimientos clandestinos, que se habían ido radicalizando con el tiempo y
planeaban en secreto levantarse en armas. El Tudeh, que no había querido luchar
contra Jomeini, cayó en la trampa.
Tres noches después, la televisión islámica mostró al
anciano líder del partido para amedrentar a la población. Se lo veía
destrozado, escuálido, apagado y sin afeitar. Se notaba que lo habían sacado
directamente de la sala de torturas para ponerlo ante las cámaras. El hombre
imploraba que lo dejasen en paz.
Fue una escena escalofriante, una filmación muy bien
pensada para infundir miedo a la gente. Y surtió efecto, puesto que aquella
misma noche los restantes miembros del partido huyeron hacia las fronteras para
escapar del país.
En Seneyán, el ayatolá Araki recibió órdenes de
desalojar sin contemplaciones la Aldea Roja.
Por aquel entonces, el pueblo vivía sus mejores años y
se había convertido en una región autónoma, regida por sus propias reglas: un
pueblo de fantasía donde los jóvenes podían poner en práctica a pequeña escala
los ideales de un Estado comunista utópico. Por ejemplo, toda la cosecha se
almacenaba conjuntamente y se procedía a hacer un reparto equitativo entre
todos los aldeanos. También se organizaban veladas poéticas en la plaza del
pueblo, en las que se leían poemas del escritor ruso Maiakovski.
La noche de la redada, el pueblo entero estaba viendo
una película rusa cuando alguien gritó de pronto:
—¡Los tanques! ¡Vienen los tanques! Bloqueadlo todo.
Pero era demasiado tarde para bloqueos. En un abrir y
cerrar de ojos el pueblo quedó vacío. Algunos lograron huir a las montañas,
otros se atrincheraron en sus casas echando el cerrojo a las puertas, y los
pocos que tenían alguna arma escondida la empuñaron y subieron a la azotea.
Un helicóptero sobrevoló la aldea y fue recibido a
balazo limpio desde las azoteas. El artefacto dio la vuelta con un abrupto
giro.
Los tanques entraron en el pueblo y, como caídos del
cielo, aparecieron centenares de soldados que tomaron posiciones en la
oscuridad. Enseguida, dos helicópteros volvieron a sobrevolar el pueblo
iluminando las azoteas con sus potentes focos y abriendo fuego contra todo lo
que se moviese.
El ataque resultó implacable. Los soldados vigilaban
los alrededores y disparaban a todos los que intentaban escapar. Desde las
azoteas también se disparaba con fanatismo, pero cada bala era respondida con
una granada que hacía estallar el tejado.
No tenía sentido luchar, las puertas de las casas se
abrieron y los aldeanos salieron fuera con los brazos en alto.
Los jeeps persiguieron a los que habían huido hacia
las montañas, con orden de abatirlos si no se entregaban.
Todos los arrestados fueron conducidos a la cárcel
aquella misma noche. Entre ellos estaba Yawad, el hijo de Aga Yan.
Jaljal, el temido juez de Alá, se desplazó hasta
Seneyán en helicóptero para juzgar a los arrestados. Allí donde aterrizaba,
sembraba la muerte y la destrucción.
El sol todavía no había salido y las gentes de Seneyán
dormían aún cuando nueve jóvenes de la Aldea Roja fueron ejecutados.
La ciudad despertó conmocionada. Los padres cuyos
hijos habían sido arrestados corrieron a la cárcel para ver la lista de
ejecutados.
Los cuerpos eran entregados a sus familias, pero según
la sharia eran cadáveres impuros y,
por tanto, no podían ser enterrados en un cementerio normal. Los padres
cargaban los cuerpos de sus hijos en una furgoneta y los llevaban a las
montañas para rendirles el último homenaje.
Aga Yan no imaginaba que Yawad había sido arrestado,
pues creía que su hijo se encontraba en Teherán.
No se le pasó por la cabeza que su muchacho pudiera
contarse entre los detenidos. Conocía a uno de los ejecutados, pues era el hijo
de un practicante que trabajaba en la acera de enfrente de la mezquita. Aga Yan
estaba leyendo el Corán por él cuando sonó el teléfono. Levantó el auricular.
—Seré breve —dijo un hombre sin identificarse—. Soy
amigo de Yawad. Ha sido arrestado en la Aldea Roja y probablemente lo ejecuten.
Si quiere hacer algo por él, tendrá que darse prisa. Una vez que el juez de Alá
dicte sentencia, será demasiado tarde. —Y colgó.
A Aga Yan le temblaba la mano cuando dejó el
auricular. De pronto le pasaron mil pensamientos por la cabeza. Habría querido
llamar a gritos a su mujer, pero no podía. Habían arrestado a su hijo. ¿Cómo
era posible que él no estuviese enterado? ¿Dónde estaba el hombre que lo había
llamado? ¿Y quién era?
Por lo que él sabía, Yawad estaba en Teherán. ¿Qué se
le había perdido a su hijo en aquel pueblo?
¿Y qué podía hacer por él?
No sabía ni por dónde empezar. Levantó varias veces el
auricular para llamar a alguien, pero volvía a colgarlo un instante después.
Cogió el abrigo del perchero, se puso el sombrero y
salió del estudio. No había llegado a la puerta de la calle cuando el teléfono
volvió a sonar.
—Yawad aún sigue en la cárcel de la ciudad —dijo la
misma voz—. El juez volverá dentro de pocos días para juzgar a los detenidos.
Debe usted darse prisa.
—Pero ¿qué hacía mi hijo en la aldea? ¿Quién es usted?
—Estábamos juntos en la Aldea Roja, yo logré escapar
justo a tiempo y a él lo cogieron. Tiene que hacer algo por él y rápido. Lo
siento, no puedo seguir hablando, tengo que colgar.
Aga Yan corrió a la puerta de la calle pero se volvió
a medio camino para gritar:
—¡Fagri Sadat!
Ella no contestó.
—¡Fagri Sadat! —la llamó más fuerte.
Por el timbre de su voz, su esposa supo que se trataba
de algo grave y bajó corriendo.
—Debes ser fuerte —le comunicó Aga Yan—. Han arrestado
a Yawad.
Faltó poco para que Fagri se desmayara.
—¿Qué? ¿Por qué lo han arrestado? —apenas logró
balbucear.
—Un amigo suyo acaba de llamar. Estaba en la Aldea
Roja.
—¿Y qué hacía allí?
—No lo sé.
—Quizá había acompañado a Shabal. ¿Dónde está Shabal?
—Tampoco lo sé. Tenemos que hacer algo antes de que
sea demasiado tarde —dijo Aga Yan e hizo ademán de salir—, pero no sé adónde ir
ni qué hacer.
—¡Ve a la mezquita! ¡Habla con el ayatolá! —repuso
ella, pálida como un cadáver.
Él quiso decir algo, pero se abstuvo y echó a correr
hacia la mezquita. Desde que los islamistas le habían arrebatado las llaves, no
había vuelto a pisar el templo, ni siquiera para orar. Entró, pero no vio al
ayatolá.
—¿Dónde está el ayatolá? —le preguntó al nuevo
conserje.
—Ha anulado todas sus citas para hoy. Ahora mismo no
se encuentra en la mezquita. La gente no para de molestarlo con preguntas sobre
las ejecuciones.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
—No lo sé. Nadie lo sabe. Tiene varias residencias.
Aga Yan se dirigió al tendero que había enfrente de la
mezquita.
—¿Puedo hacer algo por usted, Aga Yan?
—¿Sabría decirme dónde vive el ayatolá? Tengo que
hablar urgentemente con él.
El hombre percibió la importancia de la pregunta.
—La ilaha ila
Alah! No puedo revelarlo, pero vaya a la casa grande donde antes vivía el
jefe de los servicios secretos.
Aga Yan tomó un taxi y fue hasta aquella casa.
Delante de la puerta había dos guardias armados. Se
dirigió hasta ellos, pero le gritaron que no se acercara más y que debía
identificarse en el interfono del pilar de la entrada. Apretó un botón y
tardaron bastante en responderle.
—¿Quién es? —preguntó una voz brusca y cortante.
—Necesito hablar con el ayatolá.
—Escriba lo que tenga que decirle en un papel y déjelo
en el buzón que tiene a su derecha.
—Necesito hablar con él personalmente.
—Todo el mundo quiere hablar personalmente con él,
pero eso es imposible.
—Pero es muy urgente. Soy Aga Yan, el anterior
custodio de las llaves de la mezquita de Yome. Si se lo dice usted, seguro que
me recibirá.
—No importa quién sea usted, el ayatolá no tiene
tiempo. Además, ahora no está en casa y no sé cuándo volverá.
Aga Yan siguió delante del pilar con gesto
desesperado.
—¡No se quede ahí pasmado! ¡Váyase!
Regresó a pie a la ciudad. Por primera vez en su vida,
no sabía qué hacer.
Se oyó el frenazo de un coche, el conductor bajó la
ventanilla y lo interpeló.
—¿Qué pretende? ¿Es que quiere que lo maten o qué?
—Le pido disculpas, ha sido culpa mía —dijo Aga Yan.
El hombre lo reconoció y vio su mirada extraviada.
—¿Adónde va? Si quiere, puedo llevarlo.
—¿Yo? Voy a la cárcel, si no le supone mucha molestia.
—¿A cuál, la nueva o la vieja?
—No lo sé, la cárcel donde ejecutan a los chicos.
—A la vieja. Suba.
La cárcel vieja estaba a las afueras de la ciudad. El
coche se detuvo en la placita que había delante de los altos muros del edificio
y Aga Yan se bajó. La imponente puerta de hierro estaba cerrada y había tres
policías haciendo guardia en lo alto de los muros. No se veía a nadie más.
Todavía no había anochecido, pero los grandes
reflectores se encendieron automáticamente.
—No le abrirán —le gritó el hombre—. Si quiere lo
llevo a casa.
Pero Aga Yan no le oyó. Se encaminó a la puerta y
buscó un timbre que no había, de modo que empezó a golpear la puerta de hierro
con los puños, pero nadie le contestó.
—¡Abran, por favor! —gritó.
—¡Lo llevaré a casa! —insistió el hombre.
—¡Señores! —Aga Yan llamó a los guardias sobre el
muro, pero éstos no le hicieron caso—. ¡Señores! —volvió a exhortarlos.
El conductor se bajó del coche, fue hasta él y lo
cogió del brazo.
—Será mejor que vuelva ahora a casa, ya regresará
usted mañana.
Lo ayudó a subir al coche, lo condujo a la ciudad y lo
dejó delante de la casa de la mezquita.
En cuanto entró, Aga Yan llamó a su mujer.
—¡Fagri! ¡Ponte el velo! —la apremió.
—¿Por qué?
—Vamos a ver a Am Ramazan.
Hacía mucho tiempo que no veían a Am Ramazan. Ya no
sabían muy bien a qué se dedicaba, sólo que había puesto su burro a disposición
de los ayatolás y que vestía de uniforme. Aga Yan llamó a la puerta pero no vio
luces encendidas en la casa.
Llamó de nuevo. Se oyeron pasos por el pasillo, la
puerta se abrió y Am Ramazan apareció en el umbral. Llevaba una larga barba e
iba armado con una pistola. En la oscuridad, su silueta parecía más alta.
No esperaba encontrarse a Aga Yan y Fagri Sadat.
—¿Podemos pasar? —le preguntó ella.
—Si ustedes quieren... —respondió.
Había un enorme póster de Jomeini colgado en la pared
y muchos retratos enmarcados de otros ayatolás.
—Necesitamos que nos ayude, Am Ramazan —le dijo Aga
Yan—. Han arrestado a Yawad. ¿Podría hacer algo por nosotros?
Am Ramazan los miró con estupor. Siempre había sido su
sirviente y ellos habían sido buenos con él. Y ahora estaban frente a él,
abatidos, implorándole ayuda.
—¿En qué puedo servirlos? La verdad es que no sé si yo
podré hacer gran cosa.
—Necesito hablar con el ayatolá. ¿Podrías conseguirme
una entrevista con él? ¡Tiene que ser ahora mismo! De lo contrario, temo que
quizá sea demasiado tarde.
—¿Ahora mismo? No puede ser. Bueno, no sé, a ver,
déjenme pensar un momento. Siéntense. Fagri Sadat, ¿quiere una taza de té?
—dijo, y fue hasta el teléfono que le habían instalado hacía poco tiempo.
Marcó un número y habló:
—Soy yo. Necesito una cita con el ayatolá. ¿Podrías
conseguírmela? No, no es para mí, sino para un conocido… Sí, lo conozco bien
desde hace mucho tiempo, es muy importante… Esta noche a ser posible. ¿Y
mañana? De acuerdo, en la mezquita. ¿Después del sermón? No, mejor antes del
sermón.
A Aga Yan se le saltaron las lágrimas.
Era viernes y los fieles acudían en tropel a la
mezquita. Aga Yan se había apostado delante de la puerta y esperaba la llegada
del ayatolá, pero algo lo había entretenido.
Cuando el ayatolá se disponía a partir hacia la
mezquita, sonó el teléfono.
—La semana pasada, Irak bombardeó nuestras tropas con
armas químicas. Ha habido miles de muertos, entre ellos varios centenares de
soldados de Seneyán y los pueblos vecinos —le informó el coordinador de los
sermones del viernes—. Mañana recibiréis los cadáveres.
El Mercedes-Benz negro del ayatolá se detuvo delante
de la mezquita. Dos guardianes se apearon. Aga Yan hizo ademán de acercarse
hacia ellos, pero uno de los hombres lo detuvo.
—Tengo una cita con el ayatolá —le dijo Aga Yan.
—¡Hágase a un lado! —ordenó el guardián.
El ayatolá le dirigió una mirada a Aga Yan pero no lo
reconoció, nunca lo había visto.
Aga Yan se quitó el sombrero y se inclinó. El ayatolá
pasó delante de él.
—¡Tengo una cita con usted! —exclamó Aga Yan corriendo
tras él—. ¡Soy el antiguo custodio de las llaves de la mezquita! —gritó antes
de que un guardián lo detuviera.
El ayatolá hizo una señal para que lo soltasen.
Aga Yan se apresuró hasta él. Araki le alargó la mano
mientras continuaba andando hacia el templo. Delante de la puerta de la sala de
oración, Aga Yan le tomó la mano y la besó.
Los fieles que se hallaban en el interior vieron
llegar al ayatolá y lo recibieron con vítores.
Todos fueron testigos de que Aga Yan se inclinaba para
besar la mano del ayatolá y de que el religioso se detenía un instante a
escucharlo. Todos fueron testigos de que Aga Yan todavía seguía hablando cuando
el ayatolá echó a andar visiblemente irritado, y vieron cómo el comerciante de
alfombras se aferraba a la túnica del ayatolá y los guardianes lo apartaban de
allí a empellones.
El ayatolá Araki fue directamente al almimbar y subió
el primer peldaño. Uno de los guardianes le alcanzó un arma que el religioso
empuñó de forma simbólica para señalar que estaban en tiempos de guerra.
Después empezó su sermón.
—¡Sadam, que no es hijo de su padre, ha bombardeado
nuestra joya de Isfahán! ¡Sadam no es nada, no es más que un bastardo siervo de
América! ¡América se venga de nosotros! ¡América utiliza a Sadam como una
máquina de guerra! ¡No es Sadam quien bombardea nuestras mezquitas sino
América!
»¡América! ¡Bombardéanos! ¡No te tememos! ¡América,
destruye nuestros templos históricos! ¡No te tememos!
»¡Sadam es un siervo!
»Nos teme, teme a nuestro ejército, teme a vuestros
hijos.
»¡Fieles de Seneyán, preparaos! Tengo tristes noticias
que daros. Sadam ha bombardeado a nuestros hijos con armas químicas.
»¡Madre, prepárate!
»¡Padre, prepárate!
»Dentro de poco, deberéis enterrar a vuestros hijos.
Pero pensad que ellos han llegado al paraíso y han sido recibidos por los
ángeles.
—Alaho akbar!
Alaho akbar! —corearon los fieles.
—¡Alá es grande! ¡Venceremos! ¡Conquistaremos Bagdad!
¡Y no nos detendremos ahí sino que golpearemos América en Israel! ¡Liberaremos Alharem Alsharief!
—Alaho akbar!
Alaho akbar! —volvió a gritar el gentío.
—Son tiempos difíciles, pero vuestros hijos están
escribiendo la historia. ¡Os felicito por la muerte de vuestro hijo!
»¡Pero estate alerta, madre! ¡Ten cuidado, padre!
Luchamos en dos frentes a la vez. Mientras nuestros hijos se enfrentan a Sadam,
aquí tenemos que combatir a los comunistas, un enemigo pequeño pero muy
peligroso infiltrado entre nosotros. ¡También a ellos lograremos destruirlos
por completo!
Y señalando a Aga Yan con el arma, gritó:
—¡Sin piedad! ¡Castigadlos duramente!
—Alaho akbar!
Aga Yan, que había caído de rodillas en el suelo,
sintió de pronto el peso de la mezquita sobre sus espaldas y, vencido, rezó:
A Ti solo servimos
y a Ti solo imploramos ayuda.Dirígenos por la vía recta,La vía de los que Tú
has agraciado, no de los que no han
incurrido en la ira, ni de los extraviados.En cuanto Aga Yan volvió a casa y
le contó a Fagri Sadat cómo lo había tratado el ayatolá, ésta se echó el velo
por encima.
—¿Adónde vas?
—Voy a buscar a Zinat. ¡Tiene que ayudarnos!
—No hará nada por nosotros. No movió un dedo por su
propio hijo, menos aún lo hará por Yawad. El mundo se ha vuelto loco. Jomeini
ha hecho un llamamiento a la yihad. Ha exhortado a todo el mundo a denunciar a
los opositores. Hasta las madres traicionan a sus hijos.
—Yawad no ha hecho nada malo.
—No seas tan ingenua, Fagri, eso mismo dicen todas las
madres. Llevaba mucho tiempo viviendo fuera de casa. No sabemos lo que hacía y
qué se le había perdido en ese pueblo.
—Aun así voy a buscar a Zinat.
—Zinat repudió públicamente a Ahmad en la mezquita. Si
fue capaz de hacer una cosa así con su propio hijo, ¿crees que querrá ayudar al
tuyo?
—No tenemos otra salida. Debemos ir. Tú también,
iremos juntos.
Zinat seguía trabajando en la sección femenina de la
prisión, donde sometía a las reclusas a una presión tan grande que éstas se
entregaban por completo a su voluntad, dispuestas a rezar siete veces al día si
hacía falta y a traicionar sin el menor escrúpulo a todos sus amigos.
Tiempo atrás, una tarde que Zinat se había presentado
en la casa sin avisar para recoger sus últimos efectos personales, oyó la voz
de Aga Yan en la penumbra.
—Zinat, ¿a qué viene tanto sigilo? ¿Por qué no quieres
vernos y nos niegas el saludo?
Ella no se dignó contestarle siquiera y siguió andando
hacia la puerta, pero Aga Yan la detuvo.
—No puedes huir de ese modo, me debes una respuesta.
La gente habla mal de ti a tus espaldas. Dicen que eres una torturadora. ¿Es
eso cierto?
—La gente puede decir lo que le plazca. ¡Cumplo con mi
deber! Hago lo que Alá me pide.
—¿De qué Alá me estás hablando? ¿Por qué no conocemos
nosotros a ese Alá?
—Los tiempos han cambiado —repuso Zinat.
Y abrió la puerta y se fue.
Zinat se sentía bien consigo misma, nunca se había
sentido mejor. Lo que la gente dijera de ella la tenía sin cuidado; sabía que
no hacía nada malo. Cuando Ahmad fue arrestado, Zinat concertó una cita en
secreto con Jaljal, que por entonces se hallaba en Qom. Aquél fue un encuentro
crucial que marcó un punto de inflexión en su vida. En ocasiones, le asaltaban
las dudas de si estaba en el buen camino, pero Jaljal se había encargado de
borrar todas sus incertidumbres.
—Una gran revolución ha triunfado —le había dicho el
imán—, el islam ha logrado erradicar las viejas raíces de dos mil quinientos
años de monarquía. Trabajamos con ahínco para fundar la primera república chií.
Alá nos castigará sin misericordia si dejamos escapar esta oportunidad única.
Alá tiene dos rostros, uno piadoso y el otro implacable, y son tiempos para
este último. No hay otra forma de sostener el islam. Nuestros enemigos no se
dan por vencidos. No tenemos elección. Acepta el islam y deja todo lo demás,
sea tu hijo, tu padre o tu madre, da lo mismo. Alá te recompensará en el
paraíso.
El Comité de Hermanas de Usos y Costumbres del Islam
que operaba al mando de Zinat tenía su sede en la antigua vivienda del alcalde
del régimen anterior.
Cuando Aga Yan y Fagri llegaron a la casa, vieron en
el patio a un grupo de padres que iban a preguntar por sus hijas presas. Fagri
Sadat se cubrió bien el rostro con el velo y se dirigió a la escalera. Dos
mujeres embozadas con velos negros le impidieron el paso.
—¿Qué desea? —le preguntó una de ellas.
—Querría hablar con Zinat Janum.
—Hermana, hermana Zinat —la corrigió la otra.
—Le ruego que me disculpe. Por supuesto, me refería a
la hermana Zinat.
—La hermana Zinat está muy ocupada y no puede recibir
a nadie.
—Se trata de un asunto familiar, necesito hablar con
ella.
—Le he dicho que está muy ocupada, que sea familia o
no, no cambia nada.
—Soy su cuñada y él es Aga Yan, su cuñado. Necesitamos
hablar con ella urgentemente. Si es tan amable de decirle que estamos aquí,
estoy segura de que querrá recibirnos.
—Veré lo que puedo hacer, pero ahora regresen abajo y
esperen ahí.
—Como mande.
Zinat había atisbado por un resquicio de la cortina de
su despacho a sus cuñados. Estaba enterada del arresto de Yawad, pero sabía que
no podía hacer nada por él.
Jaljal la llamaba de vez en cuando, pero ella no podía
ponerse en contacto con él. No estaba al corriente de las actividades de su
yerno, y no tenía ni la más remota idea de que fuese el temido juez de Alá.
¿Ayudaría a Yawad si su vida corriese peligro? Tembló
de impotencia: no, no podía ayudarlo, ella no era quién para torcer el curso de
los acontecimientos, se limitaba a cumplir órdenes. Jomeini había sido muy
explícito al respecto en el discurso que pronunció ante las «hermanas»: «A
partir de este día, el islam descansa sobre vuestras espaldas. ¡Sacrificad a
vuestros hijos si es necesario!» Zinat volvió a mirar hacia el patio.
—No quiero verlos. Diles que no estoy —le dijo a la
guardiana.
La mujer regresó abajo.
—La hermana Zinat no se encuentra aquí. Ha salido.
Fagri Sadat miró alrededor desesperada, luego alzó los
ojos hacia las ventanas y su mirada se detuvo en una mujer que los espiaba
detrás de una cortina. Reconoció a Zinat. La cortina se cerró del todo.
—Está ahí —dijo Fagri—, acabo de verla detrás de la
ventana.
—Le he dicho que no está aquí, háganse a un lado
—repitió la guardiana de malos modos.
Aga Yan cogió a Fagri Sadat del brazo.
—Anda, vámonos de aquí.
—¡No, yo no me voy, me quedo aquí, tengo que hablar
con Zinat!
—Fuera de aquí o llamaré a los hermanos —los amenazó
la mujer.
—¡Zinaaaaat! —gritó Fagri.
Apareció un hombre armado y la empujó hacia la puerta
con la culata de su fusil. Fagri perdió el equilibrio, se golpeó contra la
puerta y el velo se le resbaló de la cabeza. Aga Yan agarró al hombre por el
cuello y lo empujó contra la pared, mientras la guardiana pedía ayuda a gritos.
Otros dos hombres armados se abalanzaron sobre Aga Yan; en aquel instante Zinat
abrió la ventana.
—¡No le peguéis! ¡Soltadlo! ¡Dejadlo ir!
Aga Yan cogió del suelo el velo de Fagri y le cubrió
la cabeza y los hombros.
—¡Nos vamos a casa!
Aquella tarde, Jaljal regresó a Seneyán.
En vista de que habían caído tantos soldados de la
ciudad en combate, era el momento idóneo para juzgar a los enemigos del
régimen.
Recibió a los acusados en las antiguas cuadras de la
prisión, donde aún hedía a estiércol. En las paredes se veían herraduras,
sillas y recados de montar. Jaljal siempre elegía los rincones más lóbregos de
cada lugar.
Trajeron a tres muchachos, y en menos de quince
minutos Jaljal dictó sentencia. Uno de ellos fue condenado a muerte y los otros
dos a diez y quince años de prisión.
Después le tocó el turno a una chica.
—¿Nombre?
—Mahbub.
—Has sido arrestada cuando intentabas huir. ¿Por qué
huías?
—Porque tenía miedo de que me arrestasen.
—¿Qué habías hecho para temer que te arrestasen?
—No había hecho nada.
—Tenías panfletos en el bolso.
—Eso no es verdad. No había nada de eso en mi bolso.
—Te arrestaron en la Aldea Roja. ¿Vives ahí?
—No.
—¿Qué hacías ahí entonces?
—Visitaba a unas amigas.
—¿Cómo se llaman tus amigas?
—No puedo decirlo.
—No quieres decirlo. Entendido. ¿Te arrepientes de lo
que has hecho?
—¡Pero si no he hecho nada malo! No tengo nada de qué
arrepentirme.
—Si me das muestras de arrepentimiento y firmas aquí,
te rebajaré la condena.
—¿Por qué habría de firmar si no he hecho nada malo?
—¡Seis años! ¡El siguiente! —gritó Jaljal.
Se llevaron a la muchacha y un guardia entró con
Yawad.
—¡Nombre! —dijo Jaljal sin mirarlo siquiera.
—¡Yawad!
—¿Nombre de tu padre?
—¡Aga Yan!
Jaljal alzó bruscamente la cabeza, se diría que picado
por una avispa en el cuello, y observó a Yawad a través de los cristales
oscuros de sus gafas.
Una luz cegadora deslumbraba los ojos del acusado y le
impedía ver al juez. La pluma de Jaljal cayó al suelo y éste se inclinó hacia
delante para cogerla. Por una fracción de segundo, Yawad vio parte del rostro
de Jaljal.
Tuvo la impresión de que el juez le resultaba
familiar.
Jaljal hojeó los papeles, se notaba que quería ganar
tiempo.
—¡Un vaso de agua! —pidió.
Dos guardianes entraron y agarraron a Yawad por los
brazos para sacarlo fuera; creían que el juez los había llamado para que lo
sacaran de allí.
—Dejadlo aquí sentado. ¡Traedme un vaso de agua!
—ordenó Jaljal.
«Lo conozco de algo —pensó Yawad—. Me suena su voz.»
Uno de los guardianes le llevó a Jaljal un vaso de
agua y se fue. El juez bebió un trago y luego habló.
—Tienes un historial muy serio. Eres miembro activo de
un partido comunista, eres el cerebro gris. Te arrestaron con una pistola en el
bolsillo con la que se habían disparado tres balas. Hay testigos que te vieron
disparar a un helicóptero. Por crímenes tan graves, se impone una condena a
muerte. ¿Tienes algo que decir?
—Todo eso no son más que mentiras. Además, no
reconozco este tribunal. ¡Lo que usted hace es ilegal! ¡Tengo derecho a un
abogado! ¡Derecho a defenderme!
—¡Cierra la boca y escúchame! —replicó Jaljal con
vehemencia—. Te he dedicado más tiempo que a los demás. Tu historial es una
sucesión de crímenes gravísimos.
—Es un expediente amañado, esos datos no son
correctos. No llevaba ninguna pistola en el bolsillo y jamás he disparado
contra ningún helicóptero.
—No tengo tiempo para discutir contigo. Te aconsejo
que me prestes mucha atención, ¿me oyes? Conozco a tu padre y quiero ayudarte
si colaboras.
«¡Es Jaljal! —supo Yawad de pronto—. ¡Jaljal es el
juez de Alá!» Le entró pánico sólo de pensarlo, se le secó la boca y las manos
empezaron a temblarle. Jaljal comprendió que lo había reconocido.
—Escúchame, chico. Mañana traerán a la ciudad más de
trescientos cadáveres del frente, todos jóvenes de tu edad que han combatido
contra el enemigo, mientras tú disparabas contra nuestros helicópteros. Me da
igual quién seas, aunque fueses mi hermano te condenaría a muerte. Pero haré
una excepción porque conozco a tu padre. Voy a hacerte tres preguntas.
Piénsatelo bien antes de contestar. Si eres listo, me responderás lo correcto.
Debes saber que hasta ahora nunca he concedido esta oportunidad a nadie y tampoco
lo haré en el futuro. Bien, primera pregunta: ¿eres comunista o crees en el
islam?
Yawad no comprendió la seriedad de las palabras de
Jaljal y hervía de furia en su interior.
—No pienso contestar a esa pregunta. No tiene derecho
a preguntarme algo así como juez. Además, esto no es un tribunal sino una
cuadra.
—Modera tu lengua —le aconsejó Jaljal, visiblemente
decepcionado—. Segunda pregunta: ¿rezarás siete veces al día con los demás en
la cárcel si te reduzco la pena?
—Rezar es una cuestión personal, y por tanto tampoco
responderé a eso —se obstinó Yawad.
—Tercera pregunta: ¿firmarías este papel en el que
pone que muestras arrepentimiento?
—¿Por qué habría de mostrar arrepentimiento si no he
hecho nada malo? No, no pienso hacerlo.
Jaljal se debatía entre la duda, quería salvar a Yawad
de la muerte, pero el chico no colaboraba en nada.
—Te daré una última oportunidad y te aconsejo que la
aproveches —le advirtió.
Sacó un Corán del bolsillo y se lo alargó a Yawad.
—¡Si juras sobre el Corán que no llevabas ninguna
pistola en el bolsillo, te rebajaré la pena, pero, si no lo haces, te pongo
directamente contra el paredón!
—Ha ejecutado a cientos de inocentes. Eso es un
crimen. Un crimen contra el Corán. No pienso hacerlo. Precisamente porque usted
conoce a mi padre, no lo haré. Me avergüenzo de lo que hace. Su débil
personalidad es de sobra conocida en casa. Pretende hacerme un favor, pero no
lo acepto. Se siente usted en deuda con mi familia, pero yo me avergüenzo de
usted. No deseo que me rebaje la pena un verdugo que dejó en la estacada a su
mujer y su hijo minusválido, un verdugo que maltrataba y torturaba a su propia
esposa. Jamás me arrodillaré ante alguien que ordenó exterminar a cientos de
kurdos en un solo día. No sería el hijo de mi padre si lo hiciera. Métase el
Corán en el bolsillo, no lo necesito.
—¡Muerte! —bramó Jaljal.
Los guardianes irrumpieron en la estancia y se
llevaron a Yawad al lugar de ejecución.
Uno de los hombres le vendó los ojos. Yawad estaba
convencido de que sólo pretendían meterle miedo. Además, era falso que llevara
una pistola en el bolsillo y hubiera disparado contra un helicóptero. No tenían
motivos para llevarlo al paredón. Oyó pasos acercándose y supuso que se trataba
de Jaljal que venía a hablar con él. Estaba convencido de que Jaljal se
acercaría hasta él, de que no lo ejecutaría debido a su deuda con Aga Yan.
Yawad esperaba que Jaljal dijese: «Ya está bien,
quitadle la venda de los ojos y llevadlo a la celda.» Pero el juez de Alá se
limitó a ordenar:
—¡En posición!
Dos guardianes hincaron la rodilla en el suelo y
apuntaron a Yawad.
El muchacho enderezó la espalda para demostrarle a
Jaljal que no tenía miedo. Sabía que el juez no se atrevería a hacer cumplir la
sentencia.
—¡Fuego! —rugió Jaljal.
Dispararon. Yawad casi no notó los impactos en su
cuerpo. Por un instante se dijo: «¿Lo ves?, sólo querían asustarte.»
Se tambaleó.
Cayó.
Apoyó la cabeza contra el suelo y cerró los ojos.
Las
montañas
Aga Yan había ido a recoger el cadáver de su hijo, y
lo tenía en una furgoneta de reparto aparcada en el portal de la casa.
Fagri Sadat se hallaba junto a la ventana, mirando al
patio, donde Muecín no dejaba de pasearse, inquieto. Tal como estaba detrás del
cristal, parecía una estampa en blanco y negro; la estampa de una madre
desconsolada.
Según la costumbre persa debía llorar, proferir gritos
desgarradores, golpearse la cabeza y mesarse los grises cabellos. Las mujeres
correrían hacia ella para sujetarle las manos y después la acompañarían en su
llanto.
Pero les habían prohibido cualquier manifestación de
dolor.
Aga Yan ni siquiera sabía aún dónde podría enterrar a
Yawad. Se había pasado la tarde entera llamando por teléfono para conseguir un
lugar donde dar sepultura a su hijo en la ciudad, pero nadie se atrevía a
arriesgar el pellejo para ayudarlo.
Oyeron pasos en el callejón, Muecín aguzó el oído, no
reconocía aquellas pisadas.
Una llave giró en la cerradura y la puerta se abrió.
Era Shabal. Lagartija se arrastró rápidamente hasta él.
También Muecín se acercó al joven, lo abrazó y rompió
a llorar quedamente sobre su hombro.
Shabal se había enterado de la ejecución de su primo
y, pese a que corría un gran peligro yendo a Seneyán, había partido nada más
enterarse.
Aga Yan salió de su estudio, vio a Shabal y lo saludó
como de costumbre. Se hubiera dicho que Shabal había recorrido más de
cuatrocientos kilómetros hasta allí para nada. Aga Yan no dejaba traslucir sus
emociones.
—Alabado sea Dios. Has llegado en el momento preciso
para echarme una mano. ¿Cómo te has enterado? —le preguntó Aga Yan, pero no
esperó respuesta—. Debemos darnos prisa. Está en la furgoneta que hay aparcada
delante de la puerta.
A la luz de la farola, Shabal leyó en los ojos de su
tío lo que ya temía. Conocía bien aquella historia: un cadáver, un padre y
ninguna tumba.
Shabal cogió a su tío por los hombros y lo abrazó.
—Lo siento, Aga Yan, lo siento mucho, mi pobre tío
—musitó entre sollozos.
Se sentía culpable y temía que su tío fuese a
rechazarlo.
—Es la voluntad de Dios, hijo mío. Ven, tenemos que
irnos. Dentro de poco anochecerá, no disponemos de mucho tiempo.
Shabal tenía las llaves de la furgoneta en la mano,
pero necesitaba ver a Yawad con sus propios ojos para creer de verdad lo que
estaba sucediendo.
Fue hasta el vehículo y abrió la puerta de atrás. Allí
estaba, envuelto en una sábana blanca. Frío, con las manos entre los muslos y
apoyado sobre el costado derecho. Apartó un poco la sábana y la cabeza quedó al
descubierto. Era Yawad, con varias heridas de bala y una en la sien izquierda.
—Debemos darnos prisa —insistió Aga Yan.
Shabal cerró la puerta y se sentó al volante.
—¿Adónde vamos? —preguntó mientras salían del
callejón.
—Hacia allá. —Señaló la cadena montañosa que se
extendía al norte de la ciudad.
Shabal ignoraba los planes de su tío, pero sabía que
no era la clase de hombre que se conformaría con enterrar a su hijo en un lugar
perdido en las montañas.
Habría querido hablar con él del dolor que ambos
sentían, pero lo vio tan sumido en sus propios pensamientos que no osó
importunarle, de modo que siguió conduciendo en silencio rumbo a la cordillera
septentrional.
—¿Tiene algún plan? —preguntó Shabal al cabo de un
buen rato.
—Vamos a Marzeyarán.
—¿A Marzeyarán? —se sorprendió Shabal—. Pero es una
locura, todos sus habitantes son partidarios acérrimos de Jomeini. ¿No irá a
pedirles a ellos una tumba para su hijo?
Aga Yan guardó silencio, pero Shabal comprendió lo que
pasaba: su tío había consultado el Libro Sagrado en casa. Supo que no valía la
pena discutir con él, de modo que siguió conduciendo.
Aquel camino no estaba hecho para coches pequeños; a
decir verdad, ni siquiera podía decirse que hubiera un camino, sólo las huellas
del autobús de la aldea.
Marzeyarán era el pueblo más próximo a Seneyán. Estaba
situado detrás del primer cerro, en la ladera de las altas montañas. Shabal
remontó el collado y empezó a bajar despacio. Ya se veían las primeras casas.
Hacía frío a causa de la nieve de las cumbres. No
había oscurecido aún, pero las altas montañas proyectaban su negra sombra sobre
la aldea. Las casas eran de piedra natural; si uno no hubiera sabido que allí
había un pueblo, no habría sido capaz de distinguirlas de las rocas. A medida
que se acercaban, divisaron el humo saliendo de la chimenea de la casa de
baños: era el único rastro de vida.
En los pueblos como aquél se vive permanentemente a la
espera de algo: de que alguien llegue o se vaya; de que nazca una criatura o
alguien fallezca. La aldea adormecida aguardaba siempre un suceso, sólo después
se ponía en movimiento.
La furgoneta enfiló la única calle y supusieron que no
tendrían que explicar nada: un vehículo desconocido que descendía de la colina
significaba que algo estaba a punto de suceder. ¿Quién se aventuraba por las
montañas en pleno invierno? Nadie salvo un enemigo del régimen, alguien que
intentase huir o alguien que llevase un cadáver en el coche.
Oyeron ladridos, unos perros saltaron de improviso
desde una roca y se abalanzaron sobre la furgoneta. Acto seguido aparecieron
unos hombres muy abrigados empuñando fusiles.
—¡Alá! —invocó Aga Yan.
Los perros rodearon el vehículo sin cesar de ladrar,
al tiempo que los hombres se acercaban al vehículo.
—Quédate aquí sentado —le dijo a Shabal y se apeó de
la furgoneta.
Se dirigió a los hombres para hablar con ellos y
decirles que era amigo del imán del pueblo. Levantó la mano a modo de saludo,
pero ellos pasaron de largo y siguieron avanzando hacia el coche.
Le dirigieron una mirada hostil a Shabal y fueron
hasta la parte trasera con la intención de abrir la puerta. Aga Yan corrió
hasta ellos perseguido por los ansiosos ladridos de los perros. Shabal bajó con
rapidez y Aga Yan se apresuró a apartar a los hombres y ponerse de espaldas
contra la furgoneta. Uno de los aldeanos le tiró de la manga y lo hizo a un
lado, mientras otro abría la puerta trasera. Un perro se coló en el interior y
mordió la mortaja. Shabal agarró el gato hidráulico que había junto al cadáver
y lo descargó sobre el lomo del animal, que saltó del coche profiriendo un
gañido.
Shabal, completamente enardecido, apartó a los hombres
a empujones y, con el gato aún en la mano, se apostó delante del cadáver.
Los hombres, indignados por aquel insolente
comportamiento en su aldea, se le echaron encima. Aga Yan intentó impedirlo,
pero sus esfuerzos fueron en vano. Shabal trató de defenderse como pudo de la
golpiza que le caía, hasta que llegó otro grupo de aldeanos y los separó. Aga
Yan les tendió la mano.
—Os pido una tumba. Traigo conmigo el cuerpo de mi
hijo.
No obtuvo ninguna reacción, nadie le contestó. Parecía
como si fuesen de piedra, gentes petrificadas que lo miraban perplejas.
—¡Largo de aquí, pecadores! ¡No os daremos ninguna
tumba! —espetó un hombre.
—Sólo os pido una…
—¡Os he dicho que os larguéis! —repitió el hombre.
Shabal cogió el gato, pero Aga Yan se lo quitó de las
manos.
—Vamos.
Subieron a la furgoneta y Shabal dio la vuelta.
Cuando se hubieron alejado lo suficiente, Shabal miró
a su tío de soslayo y se espantó: a su lado había un hombre derrotado. Lo vio
en su postura. Había consultado el Corán, pero había salido mal. En aquel
momento parecía un pájaro viejo que ya no se atreviese a remontar el vuelo.
Había anochecido. Shabal deambuló por las montañas sin
rumbo fijo hasta que Aga Yan se enderezó en el asiento y sacó el Libro Sagrado
del bolsillo. Había recuperado sus fuerzas. Lo abrió y deslizó los dedos por la
página como haría un ciego. A los pocos segundos dijo con aplomo:
—Vamos a Sarug. —Y se guardó el Corán.
Shabal no lo consideró acertado. No veía la menor
diferencia entre Sarug y el pueblo del que acababan de huir. Podían ir a
centenares de aldeas, pero en todas se repetiría la misma escena. Aga Yan no
quería enterrar a su hijo sin honor, por eso buscaba una tumba legal, pero
aquello era imposible.
—Tampoco nos ayudarán allí —musitó rompiendo el
silencio—. Debemos aceptar los hechos.
Aga Yan no le contestó, como si no le hubiese oído.
El cementerio de Sarug se hallaba a las afueras del
pueblo, en un lugar frío y apartado.
—Espérame aquí, yo me acercaré hasta el pueblo —dijo
Aga Yan.
Shabal obedeció. «Tiene razón —pensó—, ahora comprendo
por qué busca una tumba oficial sin detenerse a pensar en el peligro que corre.
Me avergüenzo profundamente por no haberme dado cuenta antes. No hemos hecho
nada malo, Yawad no debe ser enterrado furtivamente.»
Cogió el gato y esperó. Al rato oyó voces y divisó a
cinco hombres con linternas. Eran ancianos de la aldea, Aga Yan entre ellos. No
traían ningún perro consigo.
Por la expresión de su tío adivinó que tampoco había
podido convencerlos, pero eran amigos suyos y habían querido escoltarlo hasta
las afueras del pueblo como muestra de condolencia. No obstante, conocían bien
a los cómplices del régimen y sabían cuáles serían las consecuencias si
accedían a enterrar el cuerpo en el pueblo.
Se acercaron a Shabal y quisieron darle el pésame a él
también, pero no pudo soportarlo. Estaba furioso y al mismo tiempo se sentía
impotente. Abrió la puerta del coche y se sentó al volante. Aga Yan se despidió
de los hombres y subió por el otro lado.
Acababan de arrancar cuando oyeron que alguien los
llamaba.
—¡Para! —exclamó Aga Yan, y bajó la ventanilla. Uno de
los hombres llegó corriendo hasta ellos.
—Id a ver a Rahmanali —les aconsejó entre jadeos—. Él
es el único que puede ayudaros.
Aga Yan asintió varias veces en señal de conformidad.
—A Yeria. Vamos a buscar a Rahmanali.
Yeria era la aldea donde tenían más probabilidades de
hallar una tumba para Yawad, por los lazos familiares. Muchos parientes de Aga
Yan y Fagri Sadat aún vivían allí, y Kazem Kan estaba enterrado en aquella
tierra.
Aquél era el primer lugar adonde deberían haberse
dirigido, pero el Libro Sagrado no había dado la menor indicación al respecto.
Al oír el nombre de Rahmanali, Aga Yan había sabido que era lo adecuado.
Rahmanali era un enjuto anciano de barba larga y
plateada. El pueblo se sentía orgulloso de él, pues había cumplido ya los
ciento cuatro años. Lo tenían por un santo y se decía que tenía poderes mágicos
y devolvía a la vida a los niños moribundos. Su palabra era ley entre sus
paisanos. Si alguien le pedía asilo, podía sentirse completamente seguro: su
casa era sagrada para el resto de los aldeanos. En situaciones difíciles, en
tiempos en que uno no podía confiar en nadie, Aga Yan siempre podía acudir a Rahmanali.
Los dos hombres se conocían bien, Aga Yan iba a visitarlo siempre que pasaba
por Yeria, y le daba dinero cuando el anciano lo necesitaba.
Yeria estaba enclavada en lo alto de la montaña, cerca
de la nieve. No había ningún camino de acceso, sólo una pista de tierra por la
que autobuses y jeeps pasaban a duras penas. Avanzaron por el sendero con
dificultad, temiendo que la furgoneta resbalara por la pendiente o una rueda se
quedase atascada en algún hoyo. El frío era insoportable y la calefacción del
vehículo no ayudaba gran cosa. Aga Yan le dirigió una mirada preocupada al
cadáver que yacía en la parte trasera.
Cuando casi habían llegado al pueblo, Aga Yan pidió a
su sobrino que apagase las luces y se detuviese detrás de una roca.
—No entraremos en el pueblo. Tú quédate aquí, ya iré
yo a buscar a Rahmanali.
—Deje que lo acompañe —pidió Shabal.
—Será mejor que hable yo personalmente con él.
—No quiero dejarlo ir solo.
—No puede ser de otra forma, el cadáver no puede
quedar sin vigilancia.
—No me fío de nadie, ni siquiera en este pueblo
—repuso Shamal—. Todo ha cambiado. Si alguien lo reconoce, sabrá al instante lo
que sucede.
Aga Yan metió la mano en el bolsillo para comprobar
que llevaba el Corán.
—No tenemos elección. Me las arreglaré —le aseguró, y
echó a andar.
Fue abriéndose paso con dificultad por la nieve y
cruzó el puente que salvaba el río. Los perros no le oirían desde allí. El
viento gélido que soplaba sobre la nieve helada le cortaba la piel. En su
cabeza sólo tenía un pensamiento: «Debo localizar a Rahmanali antes de que me
descubran los islamistas. Si quieren detenerme, gritaré su nombre con todas mis
fuerzas y aunque esté en el más profundo de sus sueños, seguro que me oirá.»
Entró sigilosamente en el pueblo. Tenía que cruzar
cuatro calles para llegar a la plaza detrás de la cual vivía Rahmanali.
Los perros habían olido su presencia. Un olor extraño
en medio de la noche y en pleno invierno sólo podía significar peligro. Uno de
los chuchos empezó a ladrar a sus espaldas. Despertaría a todo el pueblo. ¿Qué
debía hacer, correr o seguir caminando como si nada? En la siguiente calle, un
enorme perro negro saltó por encima de una valla de madera.
—¡Alá me valga! —Aga Yan echó a correr.
Los ladridos fueron creciendo en número e intensidad y
el perro negro le iba a la zaga. Aga Yan corrió más deprisa y vio algunos
aldeanos que salían a la calle, extrañados. Uno intentó cortarle el paso, pero
él lo empujó con todas sus fuerzas y se puso a gritar: «¡Rahmanali!»
Corría todo lo rápido que podía, el corazón se le
salía del pecho y ya no veía a causa de las lágrimas que le empañaban los ojos.
Corrió a ciegas hasta la plaza. Todos sabían ya adónde se dirigía.
—¡Alaaaaaá! ¡Rahmanali! ¡Ayuda! ¡Busco asilo para mi
hijo!
Tres hombres armados salieron de un callejón y fueron
hacia él. Uno lo golpeó en la pierna y Aga Yan se tambaleó y cayó de bruces en
la nieve. Otro le iluminó la cara con una linterna.
—¿Quién eres?
Cuando lo reconocieron, lo ayudaron a ponerse en pie y
lo acompañaron hasta la salida del pueblo donde estaba aparcada la furgoneta;
allí se habían congregado varias decenas de aldeanos.
Aquello era inaudito. Aga Yan no podía creer que sus
propios paisanos lo trataran de aquel modo. Aquél era su pueblo, todos sus
muertos yacían enterrados allí, ¿por qué lo humillaban de aquel modo? La
revolución había despertado el lado más siniestro de las personas. Ya no se
podía confiar en nadie, ni siquiera en la propia familia. En los libros sobre
la vida de los reyes había leído que siempre había habido gente así. La
traición y el crimen no eran ajenos a la naturaleza humana.
Aga Yan subió a la furgoneta y dijo:
—Volvamos a casa.
—¿A casa?
—Lo enterraré en nuestro patio, debajo del viejo árbol
del jardín.
Shabal quiso decir algo, pero no halló palabras.
Empezaron a bajar la montaña en dirección a la ciudad.
Las águilas volaban alto en el cielo; las había despertado el sol que asomaba
despacio por el otro lado de las montañas y aquél era su primer vuelo matutino.
Aún disponían de una hora antes de que la luz llegara a la ciudad. Debían darse
prisa, pero Shabal no se atrevía a pisar más el acelerador. Cada vez que
frenaba, las ruedas patinaban y el cadáver chocaba contra el asiento del
conductor.
De pronto se dio cuenta de que un coche los seguía a
cierta distancia. El conductor les hacía señas con los faros. Aga Yan también
había visto el coche.
—Para un momento. Debe de pasar algo.
—Intenta llamar nuestra atención —dijo Shabal—. Viene
hacia nosotros.
Sacó la linterna del bolsillo e hizo una señal para
advertir al conductor que lo habían visto.
El coche desapareció unos instantes detrás de una roca
y volvió a aparecer.
—¡Es un jeep! —exclamó Shabal.
El vehículo se detuvo detrás, el conductor apagó las
luces y se apeó. Era un hombre con sombrero y botas. Se acercó hasta Aga Yan y
le habló en voz baja:
—Salam!
—Luego lo abrazó y le besó la frente—. Yo me llevaré el cuerpo. Debo darme
prisa antes de que se haga de día.
Shabal no entendía lo que pasaba. El hombre era un
viejo amigo de Aga Yan, pero Shabal no lo conocía.
—¡Ayúdame, tenemos que cargar el cadáver en mi coche!
—le dijo el hombre.
Entre los tres trasladaron el cuerpo de Yawad.
El hombre volvió a abrazar a Aga Yan, le dio una
palmada en el hombro a Shabal y subió al jeep. Dio la vuelta y volvió a
adentrarse en las montañas.
Aga Yan y Shabal se quedaron junto a la furgoneta
vacía, viendo cómo el jeep se alejaba en la oscuridad. Las águilas sobrevolaron
la furgoneta por última vez y se elevaron a gran altura.
Él
es sabio
La pena cayó sobre la casa como un negro velo. Nadie
hablaba, nadie lloraba, nadie rompía el silencio, pero había alguien que
recitaba sin cesar: «¡Él es sabio! ¡Omnisciente!»
Oh tú, eres
ciertamente un posesoNo hay nada de que no dispongamos.Pero no lo hacemos
bajar,sino con arreglo a una medida determinada.Hemos enviado vientos que
fecundany hacemos bajar del cielo agua.¡Él es sabio, omnisciente!Somos
nosotros, sí, quienes damos la vida y la muerte,conocemos a los que de vosotros
se adelantany conocemos a los que se retrasan.Las plantas se marchitaban por la tristeza, sólo
quedaban unos pocos pececillos en la alberca y el viejo gato había muerto en el
tejado de la mezquita.
Entretanto, habían ejecutado a una multitud de
opositores al régimen y los habían enterrado fuera de la ciudad, al pie de las
montañas, donde nadie podía visitarlos. Toda la atención se centraba en los
mártires que entregaban la vida en el frente, cuyos cadáveres eran
transportados a cientos, cada viernes, a las ciudades.
El grajo fue el primero en romper el silencio, alzó el
vuelo, graznó con fuerza y anunció visita.
Fagri Sadat estaba en la cocina preparando la cena y
Lagartija salió a abrir la puerta.
Un desconocido con un traje raído y sombrero se
dirigió a la alberca.
Fagri Sadat miró con extrañeza al forastero, que pasó
con mucho aplomo por delante de la ventana.
El hombre permaneció unos instantes frente a la
alberca, contemplando los pececillos rojos en el agua. Seguidamente, empezó a
pasearse por el patio con las manos a la espalda. Fue hasta la escalera que
conducía a la azotea, después se dirigió al cuarto de huéspedes y asomó la
cabeza por la ventana. Prosiguió hasta el cuarto de fumar e intentó abrir la
puerta.
Fagri Sadat abrió la ventana de la cocina y le gritó:
—¡Eh, señor! ¿Busca usted a alguien?
El hombre no le contestó y se encaminó a la
biblioteca.
Fagri quiso ir tras él para averiguar qué quería, pero
no se atrevió.
—Muecín —llamó—, hay un desconocido rondando por el
patio. ¿Podrías preguntarle qué quiere?
Lagartija, que se encontraba debajo de un árbol y no
se había perdido detalle de la escena, fue al sótano para avisar a Muecín.
El hombre había desaparecido detrás del árbol.
De repente se oyó un ruido fuerte y seco.
Muecín salió del sótano apoyándose en el bastón, con
Lagartija a su lado.
—El hombre va trajeado y lleva sombrero. Ha ido hacia
la biblioteca, creo que está intentando forzar la puerta. ¿No lo oyes? —dijo
Fagri Sadat.
Muecín fue hacia allá e interpeló al desconocido.
—¿Qué está haciendo aquí? ¿Quién es usted? ¿Y qué se
ha creído que hace?
Fagri Sadat se puso el velo y vio cómo el hombre
estaba destrozando la puerta de la biblioteca con una piedra.
—¿Qué aspecto tiene? —le preguntó Muecín a Fagri.
—No lo veo bien, lo tapan las sombras.
—¿Lleva barba?
—No, creo que no. No; sólo sombrero.
Muecín quería acercarse al hombre, pero ella lo
detuvo.
—¡Creo que está loco! ¡Debe de ser un vagabundo!
Lagartija se escabulló detrás del árbol y espió al
forastero.
—¡Ve a buscar a Aga Yan! —le pidió Fagri.
El muchacho saltó del árbol a la azotea y desapareció.
Muecín levantó el bastón en dirección al hombre.
—¿Quién es usted y qué quiere?
No obtuvo respuesta.
—¡Detente, loco! —lo exhortó Muecín blandiendo el
bastón—. ¡Te he dicho que basta, canalla, o te rompo la crisma!
Pero el hombre no paraba y Muecín se fue hacia él para
atizarle un buen bastonazo.
—¡No lo hagas! —exclamó Fagri Sadat—. No le pegues.
¡Está trastornado! —Y tiró de la manga de Muecín.
El forastero cesó los golpes en cuanto llegó Aga Yan.
—¿Qué está pasando aquí?
El hombre estaba bajo la sombra de la pared de la
biblioteca.
—¿Quién es usted, señor?
El extraño no dijo nada.
—Venga. Deme la mano, no le haré nada, lo acompañaré
hasta la calle —le aseguró Aga Yan. Fue hasta él con calma, lo cogió del brazo
y lo acercó a la luz.
—¿Le apetece tomar algo? ¿Quizá tenga usted hambre?
El hombre tenía los ojos arrasados en lágrimas.
¡Aquellos ojos!
—¡Alá, Alá! —exclamó Aga Yan—. ¡Fagri, es nuestro
Ahmad!
Muecín extendió los brazos y le palpó el sombrero y el
rostro, luego lo atrajo hacia sí y lo estrechó entre sus brazos.
Fagri Sadat apoyó la cabeza en su hombro y rompió a
llorar.
—¡Ven, Ahmad! ¡Nuestro Ahmad! Entremos en la casa.
¿Qué han hecho contigo? ¡Cómo se han atrevido! Todo va a ir bien.
Aga Yan abrió la puerta de la biblioteca para Ahmad,
pero él se quedó en el umbral sin entrar. Fue hasta el cuarto de huéspedes,
abrió la puerta, se quitó los zapatos y se desplomó en la cama.
—¡Dejadlo que duerma! —les dijo Fagri a Aga Yan y
Muecín.
Ahmad había sido puesto en libertad antes de tiempo
con ayuda de Jaljal, pero le habían arrebatado todo soplo de vida. Después de
su arresto, su esposa regresó a la casa paterna con su hija, donde su
influyente padre, que colaboraba con los islamistas, logró anular el matrimonio
y dar la custodia de la niña a la madre, de manera que Ahmad había sido privado
de su paternidad.
Al día siguiente, Fagri Sadat llamó a Ahmad para
desayunar, pero él no estaba en condiciones de responder. Ella entró en el
cuarto y lo ayudó a salir al patio. Con mucha ternura, le lavó las manos y la
cara en la alberca y lo condujo a la biblioteca para mostrarle que la puerta
estaba abierta.
Ahmad entró en la estancia, pasó ante los anaqueles
llenos de libros deslizando el dedo por los lomos. Encendió la antigua lámpara
de aceite que estaba sobre su escritorio, acarició la silla, pero no se sentó.
Salió de nuevo al patio y volvió a su cuarto.
Miró la cama, la silla y los cuadernos donde tiempo
atrás solía tomar apuntes para la oración del viernes. Después se sentó en la
cama y allí permaneció el resto del día, mirando al frente con ojos
extraviados.
Aga Yan le llevó comida e intentó hablar con él, pero
se dio cuenta de que era demasiado pronto y que debía dejarlo descansar.
Aquella misma noche, Ahmad hizo la maleta y
desapareció.
Lagartija lo vio y corrió a avisar a Aga Yan, pero
llegaron demasiado tarde. Ya no había ni rastro de Ahmad por ninguna parte.
Los
muyahidines
Los combates se recrudecieron en el frente; Irán
reconquistó algunos puntos estratégicos y abrió un nuevo frente en territorio
iraquí, pero aun así no lograba expulsar a los iraquíes de los centros
petrolíferos de Quramshar y Abadán.
Sadam utilizaba armas químicas y no permitía que nadie
se acercase a esas ciudades.
La oposición de izquierdas había sido prácticamente
desmantelada, pero quedaba aún intacto un enemigo organizado del régimen: los
muyahidines. Era un grupo compuesto por musulmanes que defendían una
interpretación distinta del Corán. En público aparentaban apoyar a Jomeini,
pero en secreto iban acumulando armas para atacar cuando llegase el momento.
Jomeini los consideraba el enemigo más peligroso, pues
pretendían destruir el gobierno desde dentro. Mientras el país se debatía en
una guerra interminable que lo dejaba cada vez más exhausto, el ayatolá decidió
que había llegado la hora de barrer definitivamente a aquel enemigo interno,
pero su condición de musulmanes le hacía difícil hacerlos desaparecer por las
buenas.
El Comité de la Revolución celebró una reunión de
emergencia para poner la cuestión sobre el tapete, y se resolvió unánimemente
eliminar a los muyahidines como se había hecho con las organizaciones de
izquierdas.
Aquella misma noche, unos jeeps se dirigieron a las
casas de los dirigentes de la organización. Agentes armados entraron en las
viviendas por los tejados, pero no encontraron a ninguno de los hombres que
andaban buscando: todos habían logrado escapar a tiempo.
Llegaron a la conclusión de que había un espía en el
comité.
El ayatolá Beheshti, que era su presidente, convocó a
todos los miembros. Confiaba en que el espía no se presentaría y, de ese modo,
se traicionaría a sí mismo. Pero todos acudieron puntualmente a la llamada y
mantuvieron una larga discusión sobre cómo era posible que la noticia se
hubiese filtrado.
Uno de los miembros del comité, conocido por sus
meditadas decisiones y su talante resolutivo, dijo:
—Creo que sé cómo se filtró nuestra decisión y quién
lo hizo.
Todos lo miraron estupefactos y aguardaron
expectantes.
Subrepticiamente deslizó su maletín negro, que estaba
debajo de la mesa, hasta los pies de Beheshti y se levantó.
—Tengo las pruebas en el cajón de mi escritorio, voy a
buscarlas y vuelvo ahora mismo.
En cuanto salió de la sala de reuniones, se precipitó
escaleras abajo, corrió hasta su coche y arrancó.
Aún no había llegado a la esquina cuando el edificio a
sus espaldas voló por los aires tras una estruendosa explosión. El cielo se
llenó de humo y fuego. Todos los miembros del comité habían muerto.
La noticia fue difundida por la radio y una
muchedumbre de fieles se presentó ante la residencia de Jomeini para expresarle
sus condolencias. Él salió al balcón y se dirigió a los presentes manteniendo
la calma:
—Ena lelelah wa
ena eleihe rayeún! Esta vez la mano de América ha salido de la manga de los
muyahidines. No importa. ¡Alá está con nosotros! Ya he formado un nuevo comité.
Hace media hora han retomado el trabajo. ¡Nada ni nadie nos detendrá!
Al otro día empezó la caza de partidarios de los
muyahidines. Por todas partes se disparaba arbitrariamente. Simpatizantes del
grupo bloquearon las calles del centro de Teherán con las armas en la mano, con
lo que se desató una auténtica guerra callejera entre ellos y el ejército
islámico.
Todos los arrestados aquella jornada fueron ejecutados
sumariamente, sin ningún proceso judicial.
Una semana después, el jefe de los servicios secretos
visitó a Jomeini para tratar con él de un importante asunto de seguridad.
Se arrodilló ante el imán, le besó la mano y musitó:
—Miembros de los muyahidines están infiltrados en los
puestos cruciales del régimen. Durante los últimos meses, mientras nuestra
atención se centraba en los combates que tenían lugar en el frente, ellos
lograban hacerse con los puestos estratégicos. Se encuentran también entre los
hombres de su entorno. Tengo una lista de sospechosos que ocupan importantes
puestos en los ministerios. Si me da su consentimiento, pondré al corriente al
primer ministro y después procederemos a las detenciones.
Jomeini se puso las gafas, estudió la lista y dio su
permiso para arrestarlos a todos.
El jefe de los servicios secretos partió de inmediato
a una dirección secreta donde se reunía el comité y se entrevistó a solas con
el primer ministro, al que puso al corriente de su conversación con Jomeini.
Después fueron a la reunión del gabinete para informar a los ministros.
El jefe de la inteligencia tomó la palabra.
—Vengo de la residencia del imán Jomeini y he hablado
a solas con él. Él sabe de mi presencia aquí y espero una llamada suya de un
momento a otro. También he hablado con el primer ministro. Los muyahidines se
han infiltrado secretamente en el gobierno…
En ese preciso instante sonó un teléfono. El jefe dejó
su maletín negro encima de la mesa, se disculpó un momento y fue al despacho
donde estaba el teléfono.
Levantó el auricular y dijo alto y claro para que
todos lo oyeran:
—Sí, soy yo. Por supuesto, acabo de hablar ahora mismo
con el primer ministro. Tengo la lista aquí…. bueno, en el coche. Sí, voy a
buscarla, ¿puede esperar un momento? —Aquella última frase la pronunció más
alta aún para que todos pudieran oírla con nitidez.
Dejó el auricular sobre el escritorio, salió del
despacho, bajó la escalera hasta la calle, subió al coche y pisó a fondo el
acelerador. Nadie había sospechado nada, nadie sabía que la historia se
repetía. La explosión hizo temblar el pavimento de las calles cercanas.
La lucha de los muyahidines contra el régimen
continuó. En el transcurso de las semanas siguientes estallaron bombas en
diversos puntos de la ciudad. Incluso el nuevo gabinete que Jomeini había
nombrado fue aniquilado del mismo modo. Pese a todo, el régimen no se rendía
ante el terror de los muyahidines. Cuando esa realidad se hizo evidente, el
grupo de combatientes islámicos optó por crear el caos en la ciudad. Quemaban
autobuses, bancos y edificios públicos, y disparaban a todos los funcionarios
que se les ponían a tiro.
Pero aquello fue más bien un suicidio político; la
Guardia Revolucionaria detuvo a un gran número de simpatizantes, disparando sin
vacilar contra todos los que intentaban huir. Centenares de muyahidines fueron
ejecutados en pocos días sin juicio previo.
El grupo abandonó las calles y empezó a planear una
venganza.
Dirigieron su furia contra los ayatolás de las grandes
ciudades e intentaron liquidarlos uno tras otro.
Para sorpresa de todos, asesinaron al imán de Isfahán,
al de Yazd y hasta al ayatolá Mortawazi, un filósofo islámico y uno de los
teóricos más importantes del régimen que, sin embargo, no desempeñaba ningún
cargo político. El hombre daba clases a jóvenes clérigos y por eso acudía a
diario a la madraza. Una mañana, mientras se dirigía a la primera oración, se
le acercó un joven imán.
—Salam aleikum,
ayatolá.
—Salam aleikum,
muchacho.
—Tengo un recado para usted.
—Tú dirás.
—¡Se han acabado sus interpretaciones del Corán!
—¿Cómo que se han…?
—¡Así! —exclamó el chico y le disparó tres tiros.
Aquella cadena de asesinatos sumió al régimen en una
gran confusión. Nadie sabía dónde se producirían los atentados y qué ayatolá
sería el siguiente en caer.
Tampoco el ayatolá de Qazwin logró escapar de la
muerte: el ejecutor fue su propio sobrino. Por razones de seguridad, hacía unos
días el ayatolá le había pedido al chico que fuese su chófer.
El religioso acababa de pronunciar un encendido
alegato contra los atentados: «¡América nos mata; los muyahidines nos matan,
pero seguimos en pie! ¡Ya le hemos dado una lección a América y ahora haremos
lo mismo con Sadam Husein y los muyahidines!»
—¡Qué días tan duros vivimos! —se lamentó al subir al
coche aquella noche para que su sobrino lo llevara a su casa.
—Y noches duras también —repuso el sobrino tomando un
desvío.
—¿Adónde me llevas? —le preguntó el ayatolá.
—Al infierno —anunció el sobrino y le disparó a
quemarropa.
Nadie se sentía seguro, y si los vecinos acusaban a
alguien de actividades sospechosas, lo arrestaban de inmediato. La gente se
escondía y los que podían intentaban escaparse.
Pero los atentados sorpresa no eran exclusivos de los
muyahidines, también algunos miembros de organizaciones de izquierdas
participaban individualmente en actos de represalia.
A pesar de aquella atmósfera de inseguridad, los
ayatolás se negaban a ceder al terror y perseveraban en sus actividades. Uno de
ellos era el ayatolá Araki de Seneyán. Se sabía que estaba en el punto de mira
de los terroristas y por eso estaba sometido a estrecha vigilancia.
Araki era un ayatolá fanático que quería convertir
Seneyán en un vivo ejemplo de ciudad islámica. Execraba públicamente a las
familias de los ejecutados y había dado carta blanca a Zinat para que
atormentara a las reclusas, de tal modo que todas se colocaban de cara a La
Meca como autómatas al menor gesto suyo.
Los ciudadanos de Seneyán contenían la respiración,
esperando a que alguien disparara contra aquel odiado ayatolá.
El momento no se hizo de rogar.
El sol acababa de ponerse y en la calle el calor había
cedido al frescor de la noche. La puerta del estudio de Aga Yan se abrió con
cautela y alguien se coló en su interior. Aga Yan estaba sentado en una silla
leyendo un libro y al principio pensó que se trataba de Lagartija.
Levantó la cabeza. Desde la noche que habían llevado
juntos el cadáver de Yawad a las montañas no había vuelto a ver a Shabal, pues
tan pronto regresaron a casa, su sobrino se había vuelto a marchar. En aquel
instante lo tenía ante sus ojos.
Aga Yan se puso las gafas.
—Me has sorprendido, ¿cuánto hace que has llegado?
—Ahora mismo.
—¿Ya has visto a tu padre?
—No, aún no. Yo… estaba casualmente en la ciudad y
quería saludarlo. —Le temblaba la voz.
Aga Yan sintió que el destino iba a golpearlo de
nuevo.
La puerta se abrió con suavidad y Lagartija se coló en
el estudio, pero al ver la mirada de Aga Yan supo que no era bienvenido, de
modo que salió de nuevo, cerró la puerta y se sentó delante.
—¿Qué es eso de que estabas casualmente en la ciudad?
—Tenía varias cosas que hacer en Seneyán y me pareció
un buen momento para acercarme a saludarlo.
—¿Por qué no te sientas? Coge una silla.
—No me quedaré mucho rato, tengo que irme pronto, he
venido a despedirme de usted.
—¿Despedirte? ¿Por qué? ¿Adónde piensas ir?
—Todavía no lo sé con seguridad, antes tengo que
solventar un par de asuntos Después es probable que abandone el país por algún
tiempo. Pero antes quería volver a verlo, tío. Lo siento, tengo… tengo que irme
—dijo echando un vistazo al reloj.
—¿Qué significa todo esto, hijo?
La silueta de Muecín se recortó detrás de la ventana,
pero no entró.
—¿Quieres que vaya a llamar a tu padre?
—No; tengo que irme, ya lo llamaré más tarde, he
venido por usted, me preocupaba usted, tengo que irme, hay alguien que me
espera en la ciudad.
Aga Yan tuvo la certeza de que algo no encajaba.
Acababa de anochecer, ¿por qué no tenía tiempo de despedirse de su padre? ¿Por
qué consultaba el reloj a cada momento? No hallaba explicación para tan solemne
despedida. De pronto Aga Yan supo lo que estaba a punto de suceder. Faltaban
escasamente diez minutos para que empezase la oración en la mezquita y la
llegada del Mercedes del ayatolá era inminente.
Tenía que evitarlo, pero ¿cómo?
—Me voy —dijo Shabal y abrazó a su tío, que notó la
pistola que su sobrino llevaba en la cintura.
Con un movimiento rápido, lo empujó contra la pared y
le arrebató la pistola.
—¿Qué te pasa, chico? —le espetó.
Lagartija se puso a cuatro patas.
—No necesita que le dé explicaciones, Aga Yan —repuso
Shabal, impávido—. No tengo tiempo. Por favor, deme eso antes de que sea
demasiado tarde.
Aga Yan se sintió impotente frente a él. Habría
querido gritarle: «¡No está bien! ¡Fuera de aquí! ¡Sal de mi estudio!» Pero no
pudo. Se sorprendió al darse cuenta de que en realidad no quería detenerlo,
sino que aprobaba su acción.
Shabal le cogió la pistola de las manos.
Aga Yan quiso retenerlo por el brazo, pero Shabal se
desasió con un gesto.
—¡No haga nada! ¡No diga nada! ¡Guarde las palabras
para más tarde y deséeme suerte!
Aga Yan permaneció en la habitación, consternado. Era
como si se hubiese apeado de su vida por un instante. Durante un minuto le fue
imposible moverse, no podía articular palabra.
Shabal se arrodilló junto a Lagartija, lo besó y salió
de allí precipitadamente. Chocó con su padre, que cayó al suelo. Se arrodilló,
le cogió la cabeza entre las manos y se la besó.
—Tengo prisa, padre, lo llamaré luego.
Lagartija fue detrás de Shabal.
El Mercedes del ayatolá se detuvo delante de la
mezquita. Shabal, oculto en la oscuridad del callejón, no se perdía detalle.
Tres guardaespaldas bajaron del coche e inspeccionaron los alrededores: no se
veía ni un alma. Uno de ellos abrió la portezuela, mientras los otros se
adelantaban hacia la mezquita. Shabal sacó la pistola del cinturón. Lagartija,
que hasta entonces se había mantenido en cuclillas a su lado, se arrastró hasta
el Mercedes. Shabal trató de impedírselo, pero era demasiado tarde. El muchacho
se acercó al ayatolá gateando. El guardaespaldas que había ayudado al religioso
a salir del vehículo dio un respingo al verlo. El ayatolá dio un paso atrás con
indiferencia, como si Lagartija fuese un perro y masculló: «¡Lárgate!»
Pero Lagartija siguió avanzando, metió la cabeza
debajo de la túnica y consiguió que el religioso trastabillara.
—¡Ayatolá! —gritó Shabal.
El religioso alzó los ojos sorprendido, pero no sabía
adónde mirar.
Se oyeron tres disparos. El ayatolá levantó los brazos
al cielo, dio dos pasos atrás y cayó fulminado. Los guardaespaldas empezaron a
disparar a ciegas a todo lo que se moviera.
—¡Alaaaaaaaaá! —gritó Aga Yan desde la azotea.
Una moto dobló la esquina del callejón a toda
velocidad, Shabal saltó detrás del conductor y éste aceleró a fondo,
desapareciendo en la oscuridad.
Delante de la mezquita, en el suelo, yacía el cuerpo
sin vida del ayatolá. El turbante había caído unos metros más allá del lugar
donde Lagartija yacía cuan largo era. Ya no parecía una lagartija sino un
muchacho que en la oscuridad dormía sobre la sangre que se le escapaba del
cuerpo.
Aga Yan se arrodilló a su lado y le besó la fría
mejilla, luego lo cogió en brazos y lo levantó del suelo.
Tayyare
Desde el patio se oía el ruido constante de los
aviones que sobrevolaban la ciudad. Llegaban de Teherán, atravesaban el
desierto y seguían hasta el golfo Pérsico rumbo a Europa o América.
En el viaje de vuelta solían seguir un itinerario
distinto, atravesando el mar de Omán y entrando en el país por Bandar Abás.
Cuando los niños eran pequeños, se ponían a cantar una
canción en cuanto oían pasar un avión. Dirigiéndose a aquel pájaro diminuto y
misterioso entonaban:
Tayyare, tayyare¿Adónde vas tayyare?¿Quién
va a bordo, tayyare?¿Iré yo pronto, tayyare?Fagri Sadat hacía punto sentada
en el banco junto a la alberca. Había empezado un jersey para Lagartija, pero
no había llegado a terminarlo.
Aga Yan trabajaba en el jardín y enterraba su dolor en
un hoyo a la vez que las hojas secas. En ese instante pasó un avión de
pasajeros volando casi a ras de la casa. El sol destelló sobre las anchas alas
y el reflejo reverberó sobre el rostro de Fagri Sadat, los árboles, la alberca
y las ventanas de la casa.
Creyendo que se trataba de un avión militar, Aga Yan
cogió a su mujer del brazo y la llevó corriendo al sótano donde estaba Muecín.
Desde el ventanuco otearon el cielo, pero el avión ya
había desaparecido.
Tras reponerse del susto, vieron a Muecín sentado
detrás de la mesa, con las manos hundidas en el barro; llevaba un traje azul
marino, se había puesto sus gafas de viaje y el sombrero y tenía una maleta a
sus pies.
—¿Te vas de viaje, Muecín? —le preguntó Fagri Sadat,
afligida.
—Veo que has hecho la maleta, ¿adónde piensas ir?
—inquirió Aga Yan.
—Tú que todo lo anotas, anota esto también: dejo la
casa.
—¿Que dejas la casa? ¿Por qué? —exclamó Fagri,
perpleja.
—El chico se pasa la noche entera llorando entre estas
paredes. Está muerto, pero aún se arrastra hasta el sótano y se cuela entre mis
pies mientras trabajo. Está enterrado ahí en el jardín, pero sigue
encaramándose al árbol y por las noches gime delante de mi puerta, repta en mis
sueños.
Fagri Sadat se echó a llorar en silencio.
—También nosotros lo sentimos y lo oímos en el jardín,
pero ésa no es razón para abandonar la casa.
—No soy yo quien quiere irse, es la casa la que me
echa de aquí, me pone de patitas en la calle. Mírame las manos, ya no puedo
hacer nada. El sótano está atestado de objetos, el jardín está atestado de
objetos y en la azotea ya no cabe ni un alfiler. Nadie compra ya mis bandejas.
Me expulsan de aquí, deséame suerte. Déjame ir, hermano.
Se acercó a Aga Yan y lo abrazó, luego besó a Fagri,
cogió la maleta y subió la escalera del sótano. Se detuvo unos instantes en el
patio, escuchando los sonidos de la casa, y exclamó:
—¡Viejo grajo, cuida bien de la casa! Me voy.
Acababa de cerrar la puerta a sus espaldas, cuando
tres cazas sobrevolaron la casa con un ruido ensordecedor y desaparecieron
entre las nubes.
—¡Iraquíes! —gritó Aga Yan.
Pero se equivocaba, no eran aviones iraquíes sino tres
reactores de la fuerza aérea de Irán que pretendían interceptar el avión de
pasajeros. A bordo de éste viajaba Bani Sadr, el presidente iraní, que
intentaba huir del país. Los cazas volaban a la máxima velocidad para
impedírselo. Hacía una semana que Jomeini lo había destituido de su cargo,
acusándolo de colaborar con los muyahidines.
El presidente se había ocultado y los muyahidines
habían elaborado un plan maestro para sacarlo del país. Todo estaba controlado
hasta el último detalle, también Sadam Husein estaba enterado de la fuga y
había aviones iraquíes preparados para escoltar al presidente fugitivo.
Los reactores iraníes llegaron tarde; el avión
consiguió cruzar el espacio aéreo iraquí justo a tiempo y seguir su vuelo rumbo
a Europa.
Cuatro horas y media más tarde, el aparato sobrevolaba
París. El piloto se puso en contacto con la torre de control francesa.
—Se trata de un vuelo de emergencia. Llevo a bordo al
presidente de Irán. Pide asilo político.
El responsable del aeropuerto fue puesto en
antecedentes y llamó inmediatamente a la oficina del presidente francés.
Después le hizo unas preguntas al presidente iraní, que respondió en un francés
impecable.
—Soy el presidente electo de la República Islámica de
Irán. Me acompaña también el jefe de los muyahidines. Pido asilo para nosotros
y para el piloto.
El avión dio unas cuantas vueltas sobre París: el
tiempo necesario para que las autoridades francesas tomaran una decisión.
Bani Sadr había vivido muchos años en París y había
estudiado allí la carrera de Economía. Aún conservaba en el bolsillo la llave
de su apartamento parisino. Acababa de empezar el posgrado cuando Jomeini
abandonó Irak y llegó a la capital francesa.
Durante sus estudios, Bani Sadr había ideado un modelo
de economía que pretendía conjugar las ideas capitalistas con los preceptos
islámicos. Sus planes eran perfectos para Jomeini, que no tenía ni idea de
asuntos económicos.
Cuando el ayatolá regresó a Teherán, Bani Sadr fue uno
de los siete hombres con estudios universitarios cursados en el extranjero que
lo asistió en el gobierno. Posteriormente fue nombrado primer presidente de la
República Islámica de Irán.
El avión se disponía a iniciar la cuarta vuelta sobre
París cuando sonó el teléfono móvil. El responsable del aeropuerto comunicó la
noticia a Bani Sadr:
—El gobierno francés le ofrece asilo político a usted
y sus compañeros. El avión puede aterrizar. Le damos la bienvenida.
El telediario francés abrió con la noticia de la
llegada de Bani Sadr.
Jomeini acababa de concluir el rezo de la noche cuando
Rafsanjani, el antiguo comandante de las fuerzas armadas, se arrodilló a su
lado y le comunicó la noticia.
A pesar de que el imán acababa de decir sus oraciones,
volvió a incorporarse y reanudó el rezo. Tras conocer aquella aciaga noticia,
quería volver a acercarse a Dios para pedirle consejo. Cuando pronunció el
último rokat, tenía un brillo
especial en la mirada. Se volvió hacia Rafsanjani y anunció:
—¡Ha llegado el momento glorioso!
Desde el inicio de la guerra, el ejército iraní
esperaba la llegada del momento oportuno para liberar la ciudad petrolífera de
Khoramshar. En aquella estratégica ciudad portuaria se hallaba la mayor
refinería de petróleo de Oriente Próximo. Hasta aquel momento, la operación
para retomarla había sido imposible porque los satélites estadounidenses
transmitían a Irak todos los movimientos que se producían en los alrededores de
la ciudad.
—¡Alá está de nuestro lado! —le dijo Jomeini a
Rafsanjani—. Liberaremos Khoramshar. El momento ha llegado. ¡Reúne a todos los
generales!
Sadam saboreaba las mieles del triunfo. En aquel
momento se dirigía a la reunión de su gabinete para hablar de la exitosa huida
de Bani Sadr a Francia. Quería ser él en persona quien les diera la buena nueva
a sus ministros.
No había llegado aún, cuando el ejército iraní atacó
Khoramshar por seis lugares distintos a la vez.
Cientos de soldados iraquíes e iraníes cayeron; el
suelo de la ciudad quedó sembrado de cadáveres. Después de un encarnizado
combate que se prolongó media jornada, dos soldados iraníes lograron arriar la
bandera de Irak que ondeaba sobre la refinería de petróleo y poner en su lugar
la bandera verde del islam. Los iraquíes reunieron sus fuerzas, pero los
ayatolás habían abierto de improviso un nuevo frente en la ciudad portuaria de
Basora, en territorio iraquí. El temor ante aquella inesperada invasión volvió
locos a los soldados de Sadam, que destruyeron las casas de Khoramshar y
prendieron fuego a los árboles. Después se replegaron con la esperanza de poder
salvar Basora, pero sus esfuerzos fueron en vano.
Tras aquella victoria histórica, las pantallas de
televisión mostraron por primera vez a un Jomeini sonriente. Dio gracias a Alá
y felicitó a los padres de los soldados caídos por el valor que sus hijos
habían demostrado. Millones de personas salieron a las calles del país para
celebrar la liberación de Khoramshar. Se lanzaron fuegos artificiales y los
coches pasaban tocando el claxon. La gente bailaba sobre el techo de los
autobuses y todos se invitaban mutuamente a pastas, dulces y fruta.
La fiesta se prolongó hasta altas horas de la
madrugada; era la primera celebración del país desde la llegada de los
ayatolás.
Aquella noche había luna llena, lo que llenó de
orgullo a los iraníes después de haber padecido tanto dolor y miseria a causa
de la guerra.
Pero no todos estaban de fiesta, también hubo algunos
que aprovecharon aquella noche de júbilo para vengarse. La luz de la misma luna
se reflejaba en el lago salado a las puertas del desierto de Seneyán, donde el
cadáver de Zinat Janum tenía medio cuerpo en el agua y el resto tendido en la
arena.
En el cuello le habían prendido un papel protegido por
una funda de plástico. Rezaba así: «Obligaba a las jóvenes solteras condenadas
a muerte a entregarse a los islamistas antes de ejecutarlas. En este salar ha
sido juzgada y castigada por deseo de las madres cuyas hijas murieron y que
fueron novias la última noche de sus vidas.»
Faltaba poco para que la luna se retirase cediendo
terreno al sol. Una bandada de aves del desierto divisaría el cadáver de Zinat
en el salar y volaría en círculos graznando estrepitosamente. Algún viajero
montado en su camello avistaría las aves y se dirigiría al lago para ver qué
pasaba. Bajaría del camello, se acercaría al cuerpo exangüe, se arrodillaría
junto a él y leería la nota.
Akkas,
el fotógrafo
Aga Yan estaba dando un paseo por las márgenes del
río. Después de la primera oración de la mañana ya no había vuelto a acostarse.
Se sentó en la ribera, sobre un montículo de arena. A pesar de que el agua
estaba fría, había una mujer con los pies en el agua. Se los secó con el velo,
se puso los zapatos y se acercó a él.
—¿Tiene unos céntimos para mí? Aún no tengo ninguno en
la boca.
—Jodsi, ¿eres tú?
Jodsi, otrora tan joven y vivaz, se veía vieja y
ajada. Tenía el cabello gris y el rostro surcado de arrugas.
—Hace mucho tiempo que no te veía, Jodsi, ¿dónde te
habías metido? ¿Cómo está tu madre?
—Muerta —contestó apenada.
—¿Cuándo falleció, cómo es que no me he enterado?
—Se murió sin más.
—¿Y cómo está tu hermana?
—Muerta también.
—¿También? ¿Cómo? ¿De qué?
Jodsi no contestó.
—¿Y tu hermano?
—Muerto también.
—Pero ¿qué estás diciendo?
—Pero usted no morirá. Usted vivirá hasta que todos se
vayan y hasta que todos vengan. —Y, dándose la vuelta, echó a andar.
—¿Adónde vas, Jodsi? Aún no me has dado ninguna
noticia.
—Hay cuatro hombres, de ellos vendrán tres, uno se
irá, otro permanecerá echado, otro morirá y otro sembrará. Pero usted vivirá
hasta que todos vengan y hasta que todos se vayan —contestó sin mirarlo.
Aga Yan siguió andando por la orilla.
¿Quién más podía irse? ¿Y quién estaba aún por venir?,
se preguntó.
En ese instante pensó en Nosrat.
Durante las turbulentas noches de terror, nadie tenía
acceso a las veladas de Jomeini. Salvo un hombre: Nosrat.
Gracias a Nosrat, Jomeini se aislaba de la dura
realidad cotidiana, lejos de su entorno. Nosrat lo conducía a otro mundo donde
no quedaba sitio para los reactores iraquíes, las bombas y las ejecuciones.
Nosrat había cautivado a Jomeini con el cine. Le
mostraba fragmentos de películas, documentales sobre la naturaleza, sobre
pájaros, abejas, serpientes y también sobre los ríos o las estrellas. Era un
secreto entre los dos, nadie más sabía lo que pasaba al otro lado de la puerta
cerrada del cuarto de Jomeini.
Jomeini era el líder del mundo chií, alguien capaz de
movilizar con sus palabras a millones de personas, pero se sentía solo. Se
pasaba todo el día, a veces toda la semana, a solas en su estudio.
Era un líder carismático y los demás se esforzaban por
causarle la mejor impresión. Pero Nosrat se mostraba tal como era, para
conseguir acercarse lo máximo posible a él como persona. Jomeini no tenía ni
idea de matemáticas y sabía muy poco de la naturaleza, pero sentía un gran
interés por la luz, la luna, el sol, el espacio y sobre todo los meteoritos.
Nosrat había abierto al imán las puertas a un mundo
maravilloso que desconocía por completo, transformando sus noches solitarias en
animadas y entretenidas veladas durante las cuales podía olvidarse de todo.
En cuanto Nosrat entraba en el cuarto de Jomeini, se
quitaba la americana, la colgaba en el perchero y empezaba a hablarle de sus
películas:
—He traído algunos cortometrajes. Se trata de
documentales únicos sobre la vida de dos especies animales. Le gustarán, uno
trata de las hormigas y de la jerarquía de su sistema de poder; el otro trata
de los monos. ¡Es extraordinario verlos actuar como humanos! Traigo también una
magnífica cinta sobre las innumerables piedras que se mueven en el universo,
una vez cada mucho tiempo una roca enorme se precipita sobre la Tierra, un
meteorito. ¡Es brillante!
Jomeini lo miró perplejo, ni siquiera su propio hijo
hablaba con tanta espontaneidad en su presencia. Había oído decir a menudo que
los artistas eran gente especial, pero antes de Nosrat no había conocido a
ninguno.
En realidad lo que Nosrat hacía entroncaba con la
tradición de los antiguos reyes persas. El rey siempre tenía un maliyak en casa, un bufón que lo
divertía. El maliyak era el único que
tenía acceso a las estancias privadas del monarca y podía hablar y obrar con
plena libertad mientras entretuviera a su rey.
—¿Cómo se llama esa cadena? —preguntó Jomeini.
—¿Qué cadena?
—Esa de los americanos en que ya me han entrevistado
varias veces.
—¿Se refiere a la CNN?
—Sí, ésa.
—¿Qué quiere saber de ella?
—Nada, sólo sé que todos los presidentes de los países
importantes tienen un televisor en su despacho en el que siempre está puesta la
CNN.
—Es cierto, me sorprende que no tenga usted ningún
televisor en su despacho.
—Hablan en inglés, supongo.
Jomeini no tenía ni televisores ni radios en su
despacho, y todas las noticias le eran transmitidas por escrito.
—También hay una cadena árabe que como la CNN sólo
emite noticias, pero en árabe —le informó Nosrat—. Lo arreglaré para que pueda
sintonizarla desde aquí.
Al día siguiente, Nosrat le llevó un pequeño televisor
y lo dejó dentro del ropero para que nadie pudiese verlo. Después le enseñó a
Jomeini a encender y apagar el aparato y a cambiar de canal.
—Con que esté en el canal árabe ya está bien —dijo el
ayatolá bajando la voz, como si se tratase de algo prohibido.
Unas semanas después, Nosrat recibió una llamada de un
corresponsal de la CNN que estaba enterado de la estrecha relación que mantenía
con Jomeini. Quedaron en verse en un salón de té de la plaza de la estación.
Nosrat le habló de su trabajo. Después de la charla, el periodista le preguntó
con cautela si estaría interesado en hacer un documental sobre Jomeini.
—¿Qué clase de documental? —inquirió Nosrat.
—Un reportaje sobre él y su vida cotidiana.
Aquella petición sorprendió a Nosrat, que llevaba
algún tiempo pensando en hacer algo así pero le parecía irrealizable.
—La CNN quiere un documental exclusivo de una media
hora sobre su vida privada —explicó el periodista—. Naturalmente, cobraría
usted unos honorarios nada desdeñables y en dólares.
A Nosrat no lo encandilaban tanto los dólares como la
oportunidad de hacer un reportaje excepcional. Aquélla era posiblemente la
oportunidad de su vida, pero no era posible.
—No puede ser —dijo por fin—. ¿Por qué iba a consentir
el imán que lo filme?
—No se pierde nada con probar. Piense en ello y no
dude en ponerse en contacto conmigo si necesita alguna cosa.
—De acuerdo —repuso Nosrat.
En su cabeza veía los planos que le gustaría tomar.
Aquella noche no pudo pegar ojo de la emoción.
Habría querido hablar de aquello con alguien, pero no
se atrevía a abrir la boca, temía que la suerte lo abandonara si lo hacía.
Un atardecer, mientras Nosrat paseaba con Jomeini por
el lago que había detrás de la residencia del religioso, le contó una historia
fascinante sobre los satélites y cómo funcionaban.
Le dijo que era toda una revolución tecnológica el
hecho de que la gente pudiese ver al presidente de Estados Unidos en directo
mientras se hallaba en su despacho de la Casa Blanca tomando café.
—El hombre es curioso por naturaleza —prosiguió—, y
para dar rienda suelta a esa curiosidad inventa aparatos y los manda al
espacio. La gente quiere saberlo todo, le intriga por ejemplo cómo vive usted,
dónde vive y qué come. Y no hay nada de malo en esa curiosidad.
Nosrat intentaba prepararlo para su petición, pero
sabía que en cuanto mencionase la CNN saldría a colación el nombre de América.
Temía que si le hacía la pregunta, pasaría a ser persona non grata en aquella
casa y tendría que recoger todos sus bártulos e irse.
Pero la idea de filmar al imán lo tenía tan
obsesionado que no pudo reprimirse. Nosrat llevaba consigo siempre su cámara,
así que aquella noche, mientras se hallaba en el despacho de Jomeini y le ponía
la televisión, apretó el botón rojo de la cámara a hurtadillas y filmó al
ayatolá descalzo y sentado en el suelo mirando a escondidas la televisión que
guardaba en el ropero.
En los meses siguientes, Nosrat hizo muchas tomas
cortas de Jomeini. Cómo paseaba por el lago contemplando los patos, cómo
aparecían unos gorriones trinando y revoloteaban sobre su cabeza, cómo
tropezaba de pronto con la raíz de un árbol y se le caía el turbante al suelo,
que rodaba hasta el agua y los patos acudían prestos a picotearlo.
En una de las escenas, Jomeini yacía en la cama,
enfermo, con el rostro vuelto hacia La Meca, exactamente como suelen poner a
los muertos musulmanes en el ataúd. También su mujer aparecía unos segundos en
escena, le tocaba la frente con suavidad y se marchaba sin decir palabra.
En otra toma se veía al imán paseándose por la sala de
estar. De pronto fue al lavabo, se lavó las manos, tomó el Corán y leyó una
página atentamente. Enseguida cogió la pluma y escribió algo, metió el papel en
un sobre, lo cerró y llamó a su mujer: «¡Batul!»
Ella acudió y él le tendió el sobre diciendo: «¡Dáselo
a los militares!» Ella se guardó rápidamente el sobre bajo el velo y se fue.
Jomeini se dio cuenta muy pronto de que Nosrat lo
filmaba a escondidas, y éste estaba convencido de que el ayatolá colaboraba
tácitamente.
Un día, el corresponsal de la CNN volvió a telefonear
a Nosrat.
—No me ha llamado usted, así que deduzco que no está
interesado en aceptar nuestro encargo.
—Tengo un material magnífico —dejó caer Nosrat.
Un cuarto de hora después, un hombre estaba en la
puerta de su casa.
Nosrat estaba demasiado entusiasmado para percatarse
de que los servicios secretos del nuevo régimen islámico lo tenían vigilado, y
no imaginaba que pudiesen estar al corriente de sus contactos con la CNN.
El periodista entró en la casa, Nosrat fue a preparar
un té, puso una cinta de vídeo y se sentó. Su visitante se quedó anonadado.
—¡Es fantástico! —exclamó.
Iban por la mitad de la grabación cuando cinco hombres
armados saltaron al balcón desde el tejado. Echaron la puerta abajo,
irrumpieron en la casa y arrestaron a Nosrat y al corresponsal. Dos soldados
permanecieron en la vivienda para registrarla de arriba abajo, y metieron en
cajas todo lo que les pareció sospechoso.
El reportero de la CNN fue expulsado del país al día
siguiente, pero a Nosrat lo encarcelaron para someterlo a interrogatorio.
Estando en su celda, Nosrat pensó que el asunto estaba tomando un cariz mucho
más serio del que él había previsto, comprendió que se había arriesgado
demasiado y que le esperaba un duro castigo por aquellas grabaciones. Aun así,
albergaba la esperanza de que Jomeini lo ayudara.
Nosrat intentó convencer a su interrogador de que
respetaba mucho al ayatolá y que había obrado por sincera simpatía hacia él.
Explicó que sus grabaciones poseían un marcado carácter histórico y que
resultaban muy importantes para la herencia cultural de la patria. Subrayó que
nunca había tenido la intención de vender las grabaciones a los americanos y
que sólo las había hecho por su pasión por la filmación. Juró que había sido
fiel a su cámara y a Jomeini. Dejó entrever que el ayatolá estaba al corriente
de las filmaciones y que podía demostrarlo si era necesario.
La defensa de Nosrat sonaba convincente, y lo habrían
creído de no haber encontrado en su casa una cinta sospechosa. Las imágenes
recogidas en aquella grabación eran tan inquietantemente hermosas que Nosrat no
supo qué hacer con ellas, de modo que había escondido la cinta entre las vigas
del techo de su taller con la esperanza de que nadie las encontrara jamás. Y de
puro miedo, las había borrado de su memoria. Pero los servicios secretos habían
dado con ella.
«Debes tener cuidado de que tu inclinación por las
mujeres no te haga caer en una trampa», le había aconsejado Aga Yan en más de
una ocasión. Nosrat siempre andaba a la búsqueda de una mujer excepcional a la
que retratar. Nunca se había parado a pensar seriamente que aquella mujer
pudiera ser la esposa de Jomeini.
De pronto, el interrogador puso la cinta sobre la mesa
delante de él. Nosrat palideció al reconocerla y supo que todo había terminado.
Se quedó paralizado, presa del pánico.
¿Qué habría visto en aquella mujer ya madura para que,
de improviso y muy a su pesar, le diese por filmarla? Batul era la esposa del
hombre más poderoso del mundo chií, aunque ella personalmente carecía por
completo de autoridad. Nosrat era incapaz de explicarlo, pero había sido la
impotencia silenciosa de aquella mujer la que lo había obligado a registrar sus
imágenes en silencio, a plasmarla, a conservarla para quizá, algún día, darla a
conocer.
Batul se había pasado toda la vida tapada con un velo,
ningún desconocido le había visto jamás el cabello, las facciones, las manos o
los pies. Y precisamente por eso, ella sentía la necesidad de mostrarse.
Al principio, Nosrat no se percató. Cuando llamaba a
la puerta de la sala de estar, Batul salía a abrirle y lo recibía siempre con
una sonrisa. Era unos veinte años más joven que Jomeini y se percibía
claramente en su rostro.
Batul se mostraba amable con Nosrat, un gesto impropio
viniendo de una mujer tan religiosa. Pero él no se daba cuenta de que no lo
hacía por él, sino por su cámara. Era una mujer hermosa y deseaba mostrarse en
todo su esplendor, deseaba ser captada por la cámara. Era el mismo deseo de las
demás mujeres de la patria que, tras siglos de vivir oprimidas por los hombres,
nunca habían tenido la oportunidad de enseñar su belleza.
Así pues, había concertado una entrevista secreta con
Nosrat y la filmó en silencio. Los periódicos habían publicado miles de fotos
de Jomeini, pero nadie había mostrado ni un pequeño retrato de Batul. La
trataban como si no existiese. Batul se hallaba junto a la ventana con la
mirada perdida en el lago. Había cambiado su velo negro por uno de color
lechoso con florecillas azules. Nosrat le enfocó el rostro y un mechón de
cabellos plateados quedaba al descubierto. Entonces, ella dejó caer el velo
hasta los hombros. Fue una revelación.
Pero fue una escena en concreto la que le puso la soga
al cuello. Había hecho la filmación en el cuarto de Batul y la puerta estaba
ligeramente entreabierta. Filmó la habitación con una cama individual en un
rincón, y una mesilla de noche sobre la que había un pequeño espejo y un
anticuado bote azul de Nivea.
El agente de los servicios secretos cogió la cámara y
la descargó con fuerza sobre la cabeza de Nosrat.
El artilugio se rompió en pedazos y Nosrat cayó al
suelo, inconsciente.
Después llegó la calma.
Y a lo largo y ancho del país, la calma fue ganando
terreno.
Sadam Husein dejó de bombardear las ciudades, y
Jomeini, de consultar el Corán para saber si debía seguir invadiendo el suelo
iraquí.
Hubo un largo silencio. Las ejecuciones cesaron y no
hubo más atentados contra los ayatolás. Todo el mundo estaba exhausto y
necesitaba paz.
Los
allegados
¡Por el monte!¿Es
esto magia?¿Es esto magia? ¿O es que no veis claro?¡Por el Libro escrito!Por el
pergamino enrollado.¡Por el templo frecuentado!¡Por el techo elevado!¡Por el
mar encrespado!Ese día, ¡ay de los desmentidores!¡Por el monte! ¡Por el monte!¿Cuántos años habían pasado? ¿Cuántos meses habían
transcurrido?
¿Quién se había ido? ¿Quién había llegado?
Habían dejado de contar los años; ya no tenía sentido
calcular el transcurso de los meses. El tiempo se había detenido para los que
vivían transidos de dolor, para los muertos y para quienes los lloraban.
También para los que cavaban en el jardín como forma
de superar su pérdida y para las que trajinaban en la cocina, preparando
viandas para repartir en los platos junto con su pena.
La paz parecía haber vuelto al país, pero una persona
armada con una pistola estaba cruzando el desierto a lomos de un camello para
ajusticiar al juez de Alá. Quizá después se acabaría por fin el duelo y el
tiempo volvería a ponerse en movimiento. Entonces sabrían cuántos años habían
transcurrido desde que unos llegaron y los otros se fueron.
Durante aquel silencio impuesto, Jomeini fue perdiendo
gradualmente la memoria hasta que llegó el día en que ya no conocía a las
personas de su entorno más cercano. Rafsanjani y Jamenei, sus dos colaboradores
más destacados, fueron haciéndose progresivamente con el poder y relegando al
ayatolá a un segundo plano.
Jaljal fue el primero en darse cuenta de que Jomeini
estaba cayendo lentamente en la demencia senil.
Se arrodilló a su lado y se asustó al percatarse de
que el imán no lo reconocía.
Él era el único colaborador que actuaba de forma
independiente, como una suerte de prolongación del propio Jomeini. Con él era
poderoso, sin él no era nadie; había llegado el momento de desaparecer de
escena.
Además, el tiempo de las ejecuciones había pasado, el
régimen había demostrado sobradamente su fuerza. Había logrado expulsar de su
territorio a los iraquíes y eliminado a todos sus opositores. Era hora de
buscar la estabilidad. Y en tales circunstancias, ya no había sitio para un
juez odiado como Jaljal.
Había que pensar en una nueva función para él, pero no
era tarea fácil. Entretanto, miembros de los muyahidines y de las
organizaciones de izquierdas habían descubierto su identidad y los terribles
crímenes que había cometido. Todos estaban al acecho para eliminarlo.
Jaljal habría querido volver a Qom y dedicarse a la
docencia en alguna escuela de derecho islámico, pero, tal como estaban las
cosas, era imposible. Sospechaba que, como el de Jomeini, el fin de su servicio
al islam estaba próximo.
El ayatolá no había muerto aún, pero pertenecía al
pasado. Jaljal ya no tenía futuro y en el presente no había lugar para él.
Debía regresar al pasado, pero la cuestión era cómo.
Por fortuna, los sucesores de Jomeini sabían cómo
enviar a Jaljal de vuelta al pasado. Por aquella época, los talibanes estaban
sentando las bases de un régimen islamista en el vecino Afganistán. Con gran
ostentación de violencia, pretendían imponer en el país una versión obsoleta de
la sharia.
Los ayatolás de Irán mantenían un estrecho contacto
con los talibanes; representantes de ambos países se reunían periódicamente
para consolidar sus respectivas posiciones frente a sus adversarios
occidentales.
Al régimen se le ocurrió regalar el juez de Alá a los
talibanes, convencidos de que, para el fanatismo talibán, Jaljal sería un gran
fichaje. Era la única solución para él y la agradeció de corazón. Se sentía
atraído por el integrismo de los talibanes, así que hizo las maletas y, vestido
de comerciante, con barba y sombrero, viajó en tren hasta la ciudad fronteriza
de Mashad, ocultándose en el anonimato.
Pernoctó en una posada donde al día siguiente un
militante talibán iría a buscarlo. Vestido como un afgano, cruzó la frontera
con ese hombre y viajó hasta Kabul, donde el líder del régimen talibán le
prodigó una calurosa bienvenida y le ofreció una casa en la capital.
La vida de Jaljal cambió por completo, había ido a
parar a un lugar de aguas mansas. Oficialmente le ofrecieron un trabajo en el
archivo de la ciudad, pero en secreto se convirtió en uno de los pesos pesados
del régimen.
Disfrutaba del anonimato que la ciudad le brindaba;
por fin había encontrado la tranquilidad para profundizar en sus estudios de
derecho islámico. Se pasaba todo el día en la antiquísima biblioteca del
archivo municipal, estudiando documentos islámicos únicos, que traían
especialmente para él de las bibliotecas reales de Arabia Saudí. Pasados unos
meses, se casó con una mujer afgana y fundó una nueva familia.
Era feliz y su nueva vida le gustaba. Paseaba
libremente por la ciudad y entraba en las tiendas, algo que nunca había podido
hacer. También iba a visitar con frecuencia a su familia política afgana. Nadie
conocía su pasado, y él se presentaba como un investigador que estaba
escribiendo un libro sobre la historia del islam.
Y así, Jaljal se olvidó de que todavía lo andaban
buscando, de que sus crímenes no habían caído en el olvido.
Shabal era uno de los que andaba tras su pista. Pero
había llegado a un punto muerto.
Sólo habían sobrevivido tres miembros de la cúpula
directiva del partido de Shabal. Los demás habían sido arrestados y ejecutados,
o habían huido del país. En el último y precipitado encuentro de los líderes de
la organización, Shabal recibió la misión de eliminar a Jaljal. Aquélla sería
la última decisión que tomase el partido. Shabal quería vengarse personalmente
del juez por la muerte de Yawad. No podía borrar de su memoria la larga y fría
noche, su periplo por las montañas en busca de una tumba. No soportaba haber
sufrido aquella humillación. Tenía que hacer algo o no podría volver a dormir
tranquilo. Sólo después de cumplir su misión podría retomar su vida.
Desde el atentado contra el ayatolá, ningún miembro de
la familia conocía su paradero. Aga Yan creía que Shabal se había marchado a
algún país europeo o americano. Pero Shabal no se había ido. Seguía viviendo en
Teherán. Se había dejado crecer la barba y trabajaba de taxista en uno de los
miles de taxis anaranjados que circulaban por la ciudad.
Los partidos clandestinos no utilizaban vehículos
propios por razones de seguridad. Por eso solían disponer de una pequeña flota
de taxis que los llevaban a todas partes.
Shabal tenía el taxi de cuando trabajaba de redactor
en el periódico del partido. Lo utilizaba como medio de transporte y, de paso,
se ganaba el sustento con él. Los miembros del partido habían dejado de
celebrar reuniones periódicas por motivos de seguridad, pero de vez en cuando
se veían en un salón de té en el zoco de Teherán.
En uno de esos encuentros, Shabal se enteró de que
Jaljal estaba en Kabul.
—Debí haberlo imaginado —dijo perplejo—. ¿Cómo habéis
conseguido esa información?
—El Tudeh —le contestó uno escuetamente y le pasó un
papel donde constaba una dirección.
También el Tudeh había sido desmantelado. El régimen
lo había eliminado. Pero los antiguos miembros de aquel partido comunista
rusófilo habían mantenido el contacto con la vecina Unión Soviética.
Shabal sabía lo que tenía que hacer.
Durante los años de comunismo en Afganistán, las
organizaciones clandestinas de izquierdas iraníes habían establecido buenas
relaciones con los simpatizantes afganos. Cuando los talibanes se hicieron con
el poder, muchos comunistas huyeron a la Unión Soviética, pero algunos
permanecieron en el país. Habían sido necesarios varios meses para que Shabal
lograra ponerse en contacto con los izquierdistas afganos para que lo
introdujeran a escondidas en el país.
En aquel momento, en la oscuridad de la noche, andaba
por el desierto a lomos de un camello en dirección a la frontera con
Afganistán; allí lo estaría esperando un afgano con su moto.
Cuando llegó a la frontera, dejó el camello en los
establos de la posada y fue a pie hasta el lugar donde el afgano lo esperaba,
al otro lado del alambre de espino. Después de intercambiar el santo y seña
convenido, el hombre le señaló el punto donde podía colarse por debajo de la
alambrada.
Shabal lo hizo, montó en la moto y el hombre arrancó.
Al cabo de media hora, el afgano se detuvo en la cabaña de un pastor. Entró y
volvió a salir con un atuendo tradicional del país. Después de que Shabal se
hubiese cambiado de ropa, continuaron hasta el primer pueblo, donde al día
siguiente Shabal tomaría un autobús hacia Kabul.
Aún era otoño, pero nevaba en las montañas y el viento
era cortante. El hombre compró pan y dátiles frescos para Shabal y lo acompañó
hasta el vehículo.
Después de cinco horas de recorrido por las montañas y
un sinfín de paradas por el camino, el autobús llegó por fin al centro de
Kabul.
Shabal se apeó y fue a un café para comer algo. Pidió
una sopa afgana, caliente y espesa, y bebió varios vasos de té recién hecho.
Llevaba tres noches casi sin dormir, así que fue a una
pensión cerca del café y se metió directamente en un camastro. Durmió de un
tirón hasta la mañana siguiente, y sólo despertó cuando un empleado de la
pensión llamó a la puerta de la habitación para preguntarle si se encontraba
bien.
Sentía una necesidad imperiosa de lavarse, pero la
pensión no disponía de cuarto de baño. Mientras buscaba unos baños públicos por
la ciudad, pasó por delante de una mezquita. Allí pudo lavarse a sus anchas y
después fue a un salón de té donde desayunó. El archivo municipal donde
trabajaba Jaljal quedaba a poca distancia de allí. El archivo estaba cerrado al
público, pero se veía luz a través de las ventanas.
El despacho de Jaljal estaba en el piso de arriba y se
encontraba solo. Su escritorio estaba junto a la ventana y cuando levantaba los
ojos veía a la gente de la calle. Empezaba a trabajar temprano, como los demás
empleados, pero cuando el archivo cerraba a las cuatro, él solía quedarse una
hora más y era el último en abandonar el edificio.
A pesar de su vestimenta afgana, Shabal lo reconoció
nada más verlo salir. Había engordado, pero su forma de andar lo delataba.
Acababa de anochecer y Shabal lo siguió hasta una panadería. Con un pan bajo el
brazo, Jaljal se acercó a un hombre que vendía en la acera las últimas uvas
otoñales. Compró un racimo y se dirigió a casa.
Shabal lo siguió hasta su nuevo hogar, inspeccionó los
alrededores y regresó a la pensión. Bien, se enfrentaría a él en su casa, a
solas. No obstante, cuando a la noche siguiente fisgó de nuevo por la ventana,
lo vio sentado en el suelo, comiendo con su nueva mujer afgana. Shabal no podía
esperar más tiempo, debía cumplir su misión sin más retrasos, antes de que la
policía afgana se enterara de su presencia en el país.
Fue a dar una vuelta por los alrededores mientras
Jaljal acababa de cenar. Cuando volvió a pasar por delante de la ventana, vio a
la mujer en la cocina. Atisbó luz en el piso de arriba. Era su oportunidad. Se
coló por una ventana y se dirigió sigilosamente hasta la cocina. La mujer, que
estaba atareada fregando los platos, oyó algo. Se volvió y vio a un hombre
armado en el umbral de la puerta, pero antes de que pudiese gritar, Shabal le
tapó la boca con la mano y le susurró:
—¡Quédese quieta! No voy a hacerle daño. Escúcheme
bien, su marido es un criminal iraní, responsable de la ejecución de cientos de
jóvenes inocentes. Si permanece tranquila, no le pasará nada. ¿Entiende el
persa que le hablo?
Conmocionada, la mujer asintió con la cabeza.
—Muy bien —dijo él y la amordazó. La dejó en el suelo
de la cocina y subió cautelosamente la escalera que llevaba al piso de arriba.
Una vez allí y con la pistola en la mano, escrutó el
interior de la habitación por la rendija de la puerta. Jaljal, con las gafas
puestas, estaba sentado a una mesa, leyendo un libro y tomando apuntes.
Shabal abrió la puerta con suavidad y entró. Jaljal
creyó que era su mujer que le subía el té y por eso no alzó los ojos. Pero al
ver que ella no decía nada, se quitó las gafas y miró hacia la puerta, donde
vio a un afgano apuntándolo con un arma.
—¡No te muevas! —dijo Shabal.
Su persa reveló que de afgano no tenía nada. Jaljal lo
miró, desconcertado.
Shabal se quitó la gorra afgana y habló con mucha
calma:
—Mohamad al Jaljal, llamado juez de Alá, un tribunal
clandestino me ha ordenado ejecutarlo.
Jaljal reconoció a Shabal y se asustó, quiso decir
algo, pero tenía la lengua seca como si fuese de madera. Había llegado su fin,
nada podía salvarlo.
—No le entiendo —farfulló.
Señalándole el vaso de agua que había sobre la mesa,
Shabal le conminó:
—¡Beba!
Con mano temblorosa, Jaljal tomó un trago.
—¿Puedo ponerme en dirección a La Meca? —añadió con
voz apagada.
—Puede.
Jaljal se incorporó. Dio un paso en dirección a la
ventana y en la oscuridad de la noche se orientó hacia La Meca y empezó a
recitar:
Los de la derecha,
¿qué son los de la derecha?Los de la izquierda, ¿qué son los de la izquierda?Shabal le disparó al centro del pecho. El juez se
tambaleó, pero se apoyó en el bastidor de la ventana y continuó:
¡Hombre! te
esfuerzas con denuedo en encontrar a tu SeñorY lo encontrarásCuando el cielo se
hienda,Cuando los astros se dispersen…Shabal volvió a dispararle dos tiros más. Jaljal se
soltó bruscamente del bastidor de la ventana y cayó al suelo. Mientras yacía
presa de las convulsiones, siguió salmodiando con voz apenas audible:
Los allegados son
los primerosSon los que están junto a ÉlEn los jardines de la Delicia.Shabal corrió escaleras abajo y desató a la mujer.
—¡Deprisa, vuelve con tu familia! —la exhortó.
A continuación, salió a la calle, giró a la izquierda
y caminó tranquilo por las oscuras callejuelas en dirección al centro. Allí
compró pan y un racimo de uva y subió al autobús nocturno con dirección a
Pakistán.
El autobús pasó por las calles tenuemente iluminadas
de Kabul. Era una ciudad muy hermosa. Algún día regresaría a aquel lugar
misterioso.
Los
jardines de la Delicia
Alef Lam Mim Ra. Los años pasaron y la pena de la casa creció como un
árbol en el jardín.
Los rehenes estadounidenses dormían desde hacía tiempo
en sus propias camas, allá en su país. Jomeini había muerto.
La guerra había acabado y Estados Unidos, que no había
logrado nada con Sadam, había desistido de utilizar sus aviones de espionaje.
Las aves migratorias llegaron nuevamente a la ciudad y
sobrevolaron la casa de la mezquita, pero, al no encontrar pienso, prosiguieron
el vuelo.
Las hijas de Aga Yan vivían en Teherán y se habían
casado a escondidas durante los agitados años de la guerra y las ejecuciones.
Ensi tenía un hijo al que le había puesto de nombre Yawad. Iba a menudo a la
casa con su marido y ponía a Yawad en brazos de su madre. La primera vez que
llevaron al niño, Fagri Sadat, que estaba convencida de que no lograría
sobreponerse jamás a su dolor, besó al pequeño y, poniéndose en pie, llamó a su
marido:
—¡Aga Yan! ¿Dónde te has metido? ¡Ven a verlo, es
igualito que nuestro Yawad!
El viejo grajo oyó a Fagri y dio una vuelta alrededor
de la casa. Los peces de la alberca saltaron de alegría en el agua, el añoso
cedro enderezó el tronco y sonrió, los pajarillos volvieron a posarse en las
ramas y el viento que soplaba de las montañas les trajo consigo el aroma de las
flores silvestres de primavera. Aga Yan se puso el abrigo y el sombrero, cogió
el bastón y partió contento hacia el zoco para comprar una caja de galletas
recién hechas.
¿Cuándo había sido la última vez que había comprado
una caja de galletas para celebrar un feliz acontecimiento?
No lo había olvidado: fue el día que las abuelas se
fueron a La Meca.
Un hermoso día de primavera, Aga Yan sacó su viejo
Ford del garaje y por primera vez lo lavó él mismo en el portal de la casa.
Metió la maleta de Fagri en el maletero y la ayudó a subir. Luego, se sentó al
volante y condujo hasta Yeria.
En otros tiempos, casi todas las mujeres de la aldea
tejían alfombras para Aga Yan y salían a recibirle como si fuera un rey. Pero
también hubo un momento en que se negaron a darle sepultura a su hijo. Por
fortuna, aquellos días habían quedado atrás, pues en cuanto aparcó el coche en
la plaza del mercado y echó a andar con Fagri a su lado, los aldeanos se
apartaron para dejarlos pasar e inclinaron la cabeza respetuosamente.
Superada la ola de violencia, terminada la guerra y
asentado el polvo de la revolución, las cosas volvían a distinguirse con mayor
claridad. Y la gente vio los resultados de tantos años de conflictos: los
innumerables muertos y las discrepancias políticas habían desintegrado muchas
familias, las cárceles estaban a rebosar de opositores al régimen, la tasa de
desempleo era muy alta, y los recursos, muy limitados.
Aga Yan nunca llegó a contarle a Fagri lo sucedido
aquella noche en la aldea, pero ella se había enterado de la historia por boca
de sus familiares.
—Sigo sin comprender cómo la gente puede cambiar tanto
de un día para otro —dijo mientras se dirigían a la que fuera su casa paterna.
—Son gentes sencillas, la mayoría analfabeta. El sah
no hizo nada por ellos y los ayatolás no fueron mucho mejores. No lo tomo a
mal. Además, aquí en esta tierra se hunden profundamente nuestras raíces, aquí
están todos nuestros muertos enterrados. Que vaya bien depende de nosotros; que
vaya mal, también.
El viejo hotel donde solían hospedarse había sido
ocupado por el ejército islámico, de modo que pasaron su primera noche en la
casa paterna de Fagri, donde seguía viviendo su hermana menor.
Al día siguiente fueron a visitar la casa de Kazem
Kan. Iban caminando bajo los almendros cubiertos de flores rosa pálido. Los
pajarillos trinaban con tanta alegría como si quisieran celebrar el final del
dolor. La parte antigua de la aldea estaba intacta, pero las parejas de recién
casados estaban construyendo nuevas casas en los cerros. Yeria era conocida por
sus alfombras y el azafrán que crecía en sus montes, muy aromático. En tiempos
pasados, cuando uno iba a caballo hasta la casa de Kazem Kan no veía otra cosa
que plantas amarillentas de azafrán cubriendo las laderas. Pero ahora, las
colinas más bajas estaban salpicadas por centenares de casitas sencillas. En
tiempos del sah habían empezado a construir un depósito de agua en la parte más
alta del monte, pero el proyecto no se llegó a terminar.
—Los árboles han envejecido —observó Fagri.
—También yo he envejecido —repuso Aga Yan.
Antes de que llegara el frío, las muchachas de la
aldea iban a los cerros a coger las hebras de azafrán, que luego se vendían a
precio de oro. A su regreso, cantaban con alborozo, las manos teñidas de un
amarillo trigueño y oliendo todas ellas a azafrán.
Durante las largas noches invernales, las jóvenes
permanecían encerradas en sus casas tejiendo alfombras. En cuanto llegaba la
primavera, abrían las ventanas y se las oía cantar y reír. Ahora, las ventanas
estaban abiertas, pero ya no se las oía: cantar no estaba permitido.
Aga Yan y Fagri Sadat pasaron despacio por delante del
anciano nogal y siguieron hacia la casa de Kazem Kan, que se hallaba en lo alto
de una loma, frente a los montes del azafrán.
De pronto aparecieron dos jinetes que galopaban en su
dirección. Cuando estaban a pocos metros de ellos, desmontaron y, tirando de
las riendas de los caballos, se acercaron a Aga Yan. Los hombres, que se
parecían como dos gotas de agua, hicieron una inclinación y lo saludaron. No
dijeron nada.
Aga Yan no los reconoció y le dirigió una mirada a
Fagri.
—Ya caigo, son los dos hijos sordos del viejo
sirviente de Kazem Kan —dijo Fagri sonriendo.
Aga Yan les devolvió el saludo con gestos y les
preguntó por sus esposas e hijos. Los hombres respondieron que todo iba bien en
sus casas y que sus hijos ya se habían hecho mayores.
—Hemos traído estos caballos para ustedes —gesticuló
uno de los hombres—, los necesitarán mientras estén aquí de visita.
Aga Yan miró a Fagri, sonriente.
—Te ofrecen un caballo, ¿qué opinas?
—Ni hablar —contestó ella riendo—. Tú aún puedes
arreglártelas bien, pero esto ya no es para mí. No soy la Fagri que era, ya no
me atrevo a montar.
—Sus mujeres te invitan a que vayas a visitarlas —le
dijo Aga Yan.
—¡Estupendo, sí, iré con mucho gusto! —señaló Fagri
con gestos para que la entendieran.
Los hombres les entregaron las riendas y se fueron a
pie.
La casa de Kazem Kan se alzaba entre centenarios
árboles como una joya, no podía ser de otro modo, siendo la casa del poeta del
pueblo. La tumba de Kazem Kan estaba al fondo del jardín, bajo los almendrales,
toda ella cubierta de pétalos.
En vida del poeta, los pájaros trinaban hasta que él
abría las ventanas del cuarto de fumar y el humo del opio salía flotando al
exterior. Cuando terminaba de fumar, les decía: «¡A casa, pequeños, a
descansar!» Y ellos remontaban el vuelo.
La pareja de granjeros que antaño trabajaban para él,
lo habían dispuesto todo para la llegada de Aga Yan y su esposa. Almorzaron en
el jardín, charlaron de Kazem Kan y evocaron divertidos cómo había conquistado
a las mujeres de las montañas con sus versos.
Por la noche, la granjera se acercó a Fagri Sadat.
—Hay unas mujeres que querrían pasar a saludarla, si
no tiene usted inconveniente.
—¿Qué mujeres? —preguntó Fagri con sorpresa.
—Mujeres de la aldea que hace años tejían alfombras
para ustedes.
—¿Cuándo vendrán?
—Dentro de un rato, si le parece bien.
Aga Yan fue a la biblioteca de Kazem Kan.
Llegó un grupito de mujeres de edad que besaron a
Fagri y se sentaron en el suelo en silencio. Enseguida aparecieron más mujeres
que imitaron a las primeras. Fagri estaba desconcertada. La mayoría habían
tejido para ellos, aún reconocía sus caras. Por último entraron siete mujeres
más y la abrazaron. Eran las chicas que tiempo atrás habían ido a su casa para
tejer unas alfombras de prueba.
—¡Qué sorpresa! Vuestra visita ilumina mi corazón. No
había esperado algo así, creí que os habíais olvidado de mí —se emocionó Fagri.
Una de las mujeres de más edad tomó la palabra y habló
prudentemente.
—Fagri, sabemos que has sufrido mucho. Perdiste un
hijo y nosotros le negamos una tumba. Eso nos pesará siempre en la conciencia.
Hemos venido esta tarde para pedirte que dejes el duelo. Hemos hecho un vestido
para ti. Te pedimos que guardes en el armario la ropa de luto y te pongas este
vestido. Deberíamos haberlo hecho hace mucho tiempo, han sido años difíciles
para ti.
Y le entregaron un alegre vestido de flores. Con los
ojos anegados en lágrimas, Fagri se miró su negro atuendo. Se había quedado sin
palabras y lloró en silencio llevándose la mano a la boca.
Habría querido salir corriendo escaleras arriba para
mostrarle el vestido a Aga Yan, pero en ese instante vio a un grupo de hombres
subir por la escalera. Eran los ancianos de la aldea, que antaño también habían
trabajado para Aga Yan.
Uno de ellos llamó a la puerta de la biblioteca y
pidió permiso para entrar.
—¡Por supuesto! —exclamó Aga Yan—. Sed bienvenidos.
Los hombres entraron y se sentaron en las antiguas
sillas que había junto a la ventana. Permanecieron un minuto en silencio y
después uno de ellos tomó la palabra.
—Aga Yan, prácticamente todas las familias de la aldea
han perdido a un hijo en la guerra. Todos se encuentran enterrados en nuestro
cementerio. No te ofrecimos una tumba para tu hijo y ahora llevamos el cuerpo
de tu hijo en nuestra conciencia. ¡Perdónanos!
—Dios es omnisciente y misericordioso —repuso Aga Yan
pausadamente—. Nunca le guardé rencor a nadie. Vuestra visita alivia mi dolor.
Siempre he creído en la bondad de los hombres. Os agradezco mucho vuestra
presencia aquí.
El anciano sacó una camisa blanca y añadió:
—Los días de luto han terminado. Acepta esta camisa de
nuestra parte, y guarda la negra en tu armario.
En la cama, Fagri apoyó la cabeza en el pecho de Aga
Yan.
—Qué noche tan hermosa. Estoy tan contenta de estar de
nuevo en nuestra aldea…
A través de la ventana contemplaron el cielo
estrellado.
—Han sabido reconciliarse. Son gentes experimentadas,
estos viejos lugareños. Son sabios y su sabiduría procede de las ricas
tradiciones de esta tierra; saben cómo curar viejas heridas.
—Mañana vendrán algunas amigas para ponerme alheña en
el cabello, para la buena suerte —contó Fagri emocionada.
—Me alegro mucho por ti. Te lo mereces —dijo Aga Yan.
Y se durmieron abrazados.
Por la mañana, los pájaros despertaron a Aga Yan con
sus trinos. Después de la oración, salió a dar un paseo por el jardín. Llevaba
puesta la camisa blanca que los aldeanos le habían regalado y se sentía bien.
Miró las ramas jóvenes cubiertas de flores y volvió a sentir fuerza en las
piernas. Anduvo hasta la tumba de Kazem Kan, se arrodilló ante la lápida, cogió
una piedra y dio unos suaves golpecitos contra ella mientras recitaba uno de
sus poemas:
Ruzegar ast ke ghah ezzat dehadGhah ghar daradTiarje
bazighar azin bazitieha besiar daradAsí
es como obra la vida:Juega con unoUnas veces lo amaY otras lo humilla.Soplaba
un agradable viento de primavera procedente de las montañas. De pronto, Aga Yan
recordó que había soñado con Hushang Kan.
Hushang Kan era un viejo amigo, un noble que vivía en
lo alto de las montañas. Fue el hombre que aquella noche lo había salvado,
apareciendo con su jeep por las montañas y llevándose el cuerpo de Yawad.
Vivía en un castillo en los alrededores de su propia
aldea, lejos de los demás pueblos de la montaña.
Desde la noche en que Hushang Kan se llevó el cuerpo
de Yawad, Aga Yan no había vuelto a las montañas. Sabía que debía tener
paciencia y que algún día llegaría el momento propicio.
En ese instante, delante de la tumba de su tío,
recordó el sueño. El aroma y el recuerdo de Yawad colmaron su alma como la
fragancia de las flores.
Cogió un caballo de la cuadra, montó en la silla y
galopó hacia Sawoybolaq.
Hushang Kan rondaba los sesenta años y era hijo de un
poderoso noble. Era un tipo especial que nunca había querido tener nada que ver
con su padre y tampoco, en su momento, con el régimen del sah.
Hushang tenía cuatro esposas y cada una de ellas le
había dado cinco hijos. Vivía en una especie de colonia autosuficiente y apenas
necesitaba nada del exterior. Poseía un jeep, algunos tractores, rebaños de
vacas, caballos y ovejas. Tenía también una pequeña destilería en el sótano del
castillo, donde fabricaba su propio vino.
Apenas mantenía contacto con el exterior, sólo con los
amigos que iban a visitarlo con regularidad. Eran conocidos poetas, escritores,
músicos de Isfahán, Yazd, Shiraz y Kashán. Las puertas de su castillo siempre
estaban abiertas para ellos, que paseaban con Hushang por las montañas, fumaban
opio, degustaban el vino de la casa y disfrutaban de los frutos del jardín. El
camino que conducía al pueblo era inaccesible para los coches; él era el único
que podía pasar con su viejo jeep por las rocas y las pendientes de los valles.
Sus huéspedes iban en autobús hasta Yeria y subían el resto del trayecto a
lomos de mulas.
Hushang Kan había estudiado en París, donde había
residido bastante tiempo, pero un buen día hizo las maletas y volvió a las
montañas iraníes.
Siempre llevaba botas altas, un curioso sombrero y
perfume de París. Todos los días subía a la cima de la montaña para presenciar
el amanecer. Tenía una radio enorme siempre sintonizada en una emisora de habla
francesa, y escuchaba música y las noticias.
Pese a que tenía cuatro esposas, vivía solo en el
castillo. Sus mujeres se alojaban en casas aledañas.
Los montes que rodeaban la aldea de Sawoybolaq tenían
algo de misterioso. En la montaña más alta había un cráter del que salía humo
de un antiguo volcán. El castillo se erigía en una de las laderas de la
montaña, orientado a un árido valle.
De camino hacia allí se pasaba por delante de tres
enigmáticas cuevas que encerraban parte de la milenaria historia persa. En el
sitio más recóndito de una de ellas se podía admirar una sencilla estatua de
piedra del rey Shapur, uno de los primeros reyes de la dinastía sasánida. En la
pared de otra se había grabado un león luchando contra el rey de los
aqueménidas, que iba a lomos de un toro. En la tercera cueva aparecía esculpida
una representación del rey Darío, el rey más grande que haya existido. En la entrada
de las cuevas ondeaban banderas verdes, en las que se leían textos sagrados.
Los peregrinos subían hasta las cuevas en mulas para admirar aquellas escenas.
Las águilas volaban en círculo alrededor de las cuevas y lo controlaban todo:
los peregrinos las llamaban los guardianes de las cuevas.
En la cima del monte había una campana de iglesia. Los
huéspedes podían tocarla y de ese modo avisaban a Hushang Kan de su llegada.
Aga Yan lo hizo y agitó el sombrero en dirección al castillo.
—¡Kaaaaaaaaaaan! —Su voz reverberó en el valle que se
extendía debajo.
Los niños que jugaban delante del castillo lo oyeron y
gritaron todos a la vez:
—¿Quién es usteeeeeeeeeeed?
—¡Agaaaaaaaaa Yaaaaaaaaaan!
Los chiquillos entraron corriendo en el castillo para
avisar a Kan de la llegada de un huésped.
Aga Yan siguió subiendo con las riendas del caballo en
la mano.
Un instante después, Hushang se acercaba al galope,
agitando su sombrero.
Al llegar junto a Aga Yan, saltó del caballo y lo
abrazó.
—¡Mi querido amigo, sé bienvenido! ¡Qué sorpresa tan
agradable! ¡Mi casa es tu casa!
Cubrieron el último tramo del camino a pie.
—Cuéntame, amigo, ¿qué te trae por aquí?
—Lo creas o no, ha sido un sueño —confesó Aga Yan.
—¿Qué sueño es ése?
—He ido a Yeria con Fagri y anoche soñé contigo.
—¿Por qué no has traído a Fagri?
—No tenía previsto venir, pero cuando esta mañana me
acordé del sueño, vine directamente.
—¿De qué trataba ese sueño?
—No sabría decirte con exactitud, pero yo estaba al
lado de la campana y te veía bajar por el valle. La hacía sonar, pero tú no me
oías, yo tiraba más fuerte de la cuerda, pero tú tampoco te dabas por enterado.
Con un nudo en la garganta, tocaba la campana con frenesí, hasta que todos los
habitantes de la montaña me oían menos tú. He olvidado el resto.
—Sé cómo proseguía tu sueño. Sígueme. —Montó de nuevo
sobre su caballo y se dirigió al valle.
Era un valle árido y seco, lleno de rocas pardas, y no
se veía la menor señal de vida. Kan descendió la pendiente con destreza y se
detuvo al llegar abajo. Fue hasta el barranco del fondo del valle.
—Esta tierra está tan sedienta que aunque el golfo
Pérsico se desbordara en ella, no lograría calmar su sed. Pero no imaginas lo
fértil que es este suelo. He soñado con hacer de este valle un jardín del Edén.
Hay algo que quiero mostrarte. ¿Estás listo?
—¿Para qué?
—Para algo doloroso y hermosísimo a la vez.
Se encaramó a unas rocas y Aga Yan fue tras él.
—La naturaleza ha obrado un milagro en este paraje
—prosiguió—, aquí sólo se ve tierra árida, pero detrás del castillo, el suelo
es húmedo y mullido. ¿Te cuento un secreto? ¿Y si te digo que debajo del
castillo tengo una enorme reserva de agua?
—¿Una reserva de agua?
—Es cierto, una reserva de agua subterránea natural.
No sé cómo se ha formado o de dónde procede, tal vez de las montañas
septentrionales, aquellas de las nieves eternas. Es el secreto de mi castillo,
nadie lo sabe, yo mismo lo descubrí hace apenas tres años cuando un amigo
francés me visitó. Es geógrafo y estaba interesado en descubrir de dónde
brotaba el agua del pozo. Con una cuerda, bajó por el pozo y al volver me dijo:
«Debajo de este castillo hay oro.» «¿Oro?», le pregunté perplejo. «Agua, hay
una enorme reserva de agua con la que podrías hacerte de oro», me aseguró. No
se lo he dicho a nadie. Temo que si llegase a oídos de los ayatolás me quitarán
el castillo y me echarán de aquí. Mantendré el secreto mientras viva, pero ya
he hecho una prueba a escondidas con ayuda de un pariente tuyo.
—¿Qué pariente?
—Hablaremos de eso más tarde. Compré una potente bomba
de agua y muchos metros de manguera. Será mejor que veas el resto con tus
propios ojos. Ciérralos y te conduciré al lugar del que te hablo. Vamos.
Aga Yan cerró los ojos, titubeante, y agarrándose del
brazo de Kan lo siguió rodeando la alta pared rocosa.
—Ya puedes abrir los ojos —le dijo Kan.
Aga Yan lo hizo y no dio crédito a sus ojos. Ante él
se extendía un vasto jardín cubierto de olorosas flores primaverales de todos
los colores y salpicado de árboles jóvenes en pleno desarrollo.
—¡Es increíble! —musitó.
—Este suelo conserva aún el calor del viejo volcán y
es muy rico. El jardín está protegido por grandes rocas. Ésta no es más que una
parte de mi sueño para el valle. Hoy has soñado algo, pero no sabes exactamente
el qué. Yo te lo explicaré. Mira ahí, debajo de ese árbol, contra esa pared de
roca de tono trigueño yace tu hijo, aún no le he puesto lápida, pero está
cubierto de flores y brotes.
Aga Yan cogió el brazo de Kan.
—Los pajarillos comunes no se atreven a venir hasta
aquí, es territorio de las águilas que sobrevuelan el valle y lo controlan
todo.
Con lágrimas en los ojos, Aga Yan contempló las flores
anaranjadas y rosadas que cubrían la tumba. Habían crecido apretujadas entre
sí, como si temiesen revelar la ubicación de la tumba. Las lágrimas le
resbalaron por las mejillas. Se arrodilló y besó el suelo:
Alef Lam Mim RaÉl
lo dispone todoÉl es quien ha extendido la tierraY puesto en ella montañas
firmesY hecho fluir ríosElevó los cielosSin pilares visiblesSujetó el sol y la
lunaprosiguiendo cada uno su cursohacia un plazo determinado.Él lo dispone
todoCubre el día con la noche.Y al revés.Ha puesto una parejaen cada frutoY en
la tierra hay parcelas de terrenos colindantesViñedos, cereales, palmeras de
dátilesDe tronco simple o múltipleTodo lo riega una misma aguaÉl lo dispone
todo,Ciertamente hay en ello signos para la gente que razona.Alef Lam Mim
Ra.—Te doy las gracias, Kan, te doy las gracias, amigo. Siento que mi corazón
se llena de dicha.
—Tengo algo más que también te colmará de felicidad
—dijo Hushang Kan.
—Nada podría hacerme más feliz que esto.
—Nunca se sabe. Te lo acabo de decir: he contado con
ayuda, con la ayuda de alguien que posee la fuerza de un elefante. Sin su apoyo
habría sido imposible crear este jardín. ¿Me acompañas? ¿Quieres verlo? Está
detrás del castillo con su tractor. Hemos empezado a trabajar en una nueva
parcela, he sembrado girasoles. Mi amigo francés me trajo las semillas. Los
girasoles autóctonos apenas crecen más de un metro aquí en las montañas, pero
esta especie francesa es más alta. Pronto habrá centenares de solecitos en el
campo que producirán ricas semillas. El año pasado hicimos la prueba, y con la
cosecha de este año es bastante probable que podamos extraer nuestro propio
aceite de las semillas. El hombre que vas a ver es muy hábil. Trabaja día y
noche, ara, siembra, repara la maquinaria y me da consejos. Jamás había tenido
un trabajador tan excelente.
Tirando de las riendas de los caballos, ambos hombres
caminaron despacio hasta el otro lado de la ladera.
Al llegar a una arboleda, Kan ató los animales y dijo:
—Vamos a darle una sorpresa, no hagas ruido.
Avanzaron entre los árboles hasta el lugar donde un
hombre estaba trabajando.
—¡Quédate aquí! —susurró Kan.
Aga Yan observó al hombre que conducía el tractor.
Llevaba puesto un sombrero y sólo se le veía parcialmente la cara. Fue hasta un
árbol centenario, detuvo el tractor, saltó a tierra y se acercó al tronco,
donde había dejado sus cosas. El porte del hombre y su manera de moverse le
resultaron familiares.
Kan sonrió.
El hombre cogió un trozo de pan y se sentó en el
suelo, apoyándose contra el tronco. Alzó la mirada y el sol le iluminó el
semblante.
—¡Ahmad! ¡Es Ahmad! —exclamó Aga Yan.
Dio un paso al frente y lo observó bien. No se
equivocaba, era Ahmad, su Ahmad, el hijo de su casa, el imán de su mezquita.
—Ve y abrázalo —lo animó Kan.
Unas águilas aparecieron sobre el campo y describieron
círculos.
Aga Yan echó a andar hacia el huerto. Ahmad lo vio
acercarse y se puso en pie, arrebatado por la emoción. Aga Yan abrió los brazos
y se estrecharon en un fuerte abrazo.
—Te has convertido en un auténtico labrador, y un
labrador moderno además: conduces un tractor, hueles a gasolina y tienes las
manos de un mecánico —bromeó Aga Yan exultante de felicidad—. Te has convertido
en un hombre experimentado, has visto las distintas caras de la vida. Alá, te
doy las gracias por este bienaventurado momento.
Ahmad estaba tan conmovido por la repentina aparición
de Aga Yan que era incapaz de pronunciar palabra; se secó los ojos con manos
temblorosas.
—Todo saldrá bien, hijo mío, las desgracias pasarán,
te lo aseguro. La mezquita volverá a ser nuestra y tú podrás regresar a tu
biblioteca —le aseguró Aga Yan.
—No desea volver a ser imán —dijo Kan sonriente—,
puedes tirarles la túnica y el turbante a los ayatolás. Bueno, ahora Ahmad
tiene que trabajar. Anda, vamos a comer, los dos tenéis que reponeros de las
emociones.
Perplejo, conmovido y feliz, Aga Yan volvió al
castillo con Kan.
—Eres un buen amigo, Kan. No tengo palabras para
agradecerte todo lo que has hecho por mí.
—No es necesario que digas nada, pero hay algo que
podrías hacer por mí.
—Con mucho gusto. Tú dirás.
—Ya hablaremos luego de eso, tenemos mucho tiempo.
Cuando llegaron al castillo, Aga Yan fue recibido con
muestras de júbilo por los niños.
—Diría que hay criaturas a docenas —se asombró Aga
Yan.
—No lo sé, eso deberás preguntárselo a sus madres
—repuso Kan sonriente, y lo acompañó a su elegante sala de estar, iluminada por
arañas de cristal con velas que ardían en soportes con forma de tulipán.
La luz se reflejaba sobre un antiguo espejo. El
ambiente estaba agradablemente caldeado, y en el suelo, las antiquísimas
alfombras persas le daban calidez y color a la estancia. El mobiliario era de
época renacentista, pero todavía conservaba todo su esplendor. En la extensa
librería convivían libros franceses con volúmenes persas.
—Espero que te quedes una semana al menos —dijo Kan.
—Me encantaría, pero no puede ser. Fagri está sola en
Yeria. Hoy tiene varias reuniones con mujeres que pasarán a verla, ni siquiera
sabe que estoy aquí, sólo he avisado al sirviente de que llegaría tarde.
—Lo comprendo, pero no pienso dejarte ir. Haré que
alguien traiga a Fagri.
—Creo que es demasiado pronto para ella. Justo ahora
empieza a sentirse un poco mejor. Nunca llegué a contarle que fuiste tú quien
se llevó el cadáver aquella noche. Tengo la sensación de que no desea hablar de
ello.
—Bueno, eso no es problema. En ese caso, enviaré a
alguien para avisarle que pasarás aquí la noche. Puede ir a dormir a casa de su
hermana, ¿no? No debes dejar que tu mujer se acostumbre a tus brazos. Déjala
que pase una noche sola, le vendrá bien —bromeó.
Dos sirvientes sirvieron la comida en fuentes de
plata.
Aquella tarde dieron un paseo por las montañas y
hablaron de los acontecimientos de los últimos años.
Al anochecer, Kan lo llevó a conocer a sus esposas,
que lo recibieron con té recién hecho y galletas caseras. Se quedaron a cenar
en casa de la primera esposa.
De vuelta en el castillo, Kan lo condujo al cuarto de
huéspedes, iluminado por numerosas velas.
—Toma asiento, eres mi huésped. Enseguida vuelvo
—anunció.
Aga Yan sintió que lo embargaba una súbita tristeza,
el ajetreo de aquella jornada había hecho mella en él. Se quedó ensimismado,
esperando a su amigo, que reapareció poco después con una botella añeja que
dejó sobre la mesa. Del aparador sacó dos copas con ribete dorado.
—Esta noche tú y yo tenemos sobradas razones para
brindar. Es una hermosa y nostálgica noche, lo leo en tu rostro.
Aga Yan, que jamás había probado el alcohol, sacudió
la cabeza esbozando una sonrisa.
—No bebo —informó.
—Te equivocas. Hace apenas un instante querías darme
las gracias y no sabías cómo. Es muy sencillo, bebe conmigo y lo aceptaré como
muestra de agradecimiento. Mira, he ido a buscar este vino añejo a la bodega
especialmente por ti. Es del tiempo de mi padre, hace treinta años que la
guardo. Durante todo este tiempo he esperado una noche en que me visitara un
amigo y un auténtico hombre. Espera, no te precipites a rehusar. Sé que va
contra tus principios, pero deseo beber este vino contigo por tu hijo, que está
ahí fuera enterrado, y por Ahmad, que conduce su tractor. Es una noche especial
y no debes estropearla con tus creencias. Te serviré una copa. Cuando alce mi
copa, tú haces lo mismo y bebemos.
Descorchó la botella y aspiró el aroma.
—¡Alá, Alá, todos beben cuando quieren, pero deseo
tomar este vino contigo!
Aga Yan calló. Kan vertió un poco en su propia copa y
la hizo girar despacio.
—Los aromas paradisíacos del vino tinto, mencionados
en el Corán, están presentes en este vino.
Aga Yan lo observó en silencio.
—No me mires así —protestó Kan—, no estoy diciendo
nada malo, no eres el único que lee el Corán, también yo lo leo, cada uno a su
manera. En el Corán hay palabras prometedoras sobre el paraíso, sobre las
mujeres que le servirán a uno allí, hermosas mujeres cuyos labios saben a leche
y miel. Que servirán bebidas celestiales. Toma, alza tu copa conmigo, este vino
te será ofrecido también en el paraíso.
Aga Yan no tocó la copa.
—He cometido muchos pecados —dijo Kan—, pero tú no, y
jamás te pediría que cometieras uno. Este vino lo he hecho yo mismo con las
uvas negras de mis viñedos. Durante la vendimia, las muchachas más hermosas de
las aldeas suben hasta aquí para recoger las uvas y ponerlas en grandes cubas
de barro en la bodega.
Bebió un sorbo, paladeó el vino atentamente y exclamó:
—¡Increíble! Todas las partículas del milenario
volcán, todas las partículas del universo están contenidas en este vino. Huele
a las manos de las muchachas del pasado. Levanta tu copa y bebe, Aga Yan.
No insistió, sino que se incorporó y salió fuera.
Los murciélagos volaban sobre los campos en la ladera
donde estaba el tractor. Vio a Ahmad andando en dirección al establo, llevando
algo al hombro. Tomó otro sorbo de vino y escuchó los sonidos de la noche. Sus
hijos jugaban fuera en la oscuridad. Oyó a sus hijas perseguirse en la
penumbra. En otra época había vivido en París. El París de los años
turbulentos, cuando los partidos de izquierdas salían a manifestarse por los
barrios, cuando el existencialismo vivía su máximo esplendor y Simone de
Beauvoir había conquistado la ciudad con sus libros. Allí había sido feliz y
muy querido. Sus amigos franceses lo trataban como a un auténtico príncipe
persa. Habría podido quedarse a vivir en la Ciudad Luz para siempre, pero al
cabo de cierto tiempo algo cambió. Ya no se sentía feliz allí, echaba de menos
su hogar, los cerros de su juventud y las mujeres de las montañas. París era
una ciudad hermosa, pero aquella belleza no era para él. Guardó los recuerdos
de sus años parisinos en la memoria y regresó a su castillo, para siempre.
Con la copa en la mano, Kan caminó por el jardín. Por
un instante se volvió y vio a Aga Yan detrás de la ventana. ¿Estaba bebiendo?
Le habría gustado asegurarse, pero no lo hizo. De repente sintió que lo
embargaba de nuevo la nostalgia de sus últimos años en París. No quería estar
solo con su pena, así que se encaminó a la casa de la más joven de sus esposas,
en cuyos brazos siempre hallaba el sosiego. Llamó a su puerta y ella le abrió.
—¿Por qué pareces tan afligido?
—Es parte del dolor de un amigo —le dijo.
Ella no le hizo más preguntas, se lo llevó a la cama y
pegó su cuerpo al suyo.
A la mañana siguiente, el anciano sirviente acompañó a
Aga Yan al baño principal. Se metió en la bañera y sintió las piedras calientes
en el fondo; después de aquella noche inusitadamente larga, aquél fue un
momento de dicha. El agua le llegaba hasta la barbilla. Se sumergió unos
instantes y declamó:
Los allegados son
los primeros en llegarEn los jardines de la DeliciaEn lechos entretejidos de
oro y piedras preciosasHabrá huríes de grandes ojosSemejantes a perlas
ocultasCircularán con cálices, jarrosY copas de vinoQue no les dará dolor de
cabeza ni los embriagaráCon fruta que ellos escogeránCon la carne de ave que
les apetezcaVolvió a sumergirse
y el agua se derramó por los bordes de la bañera. Permaneció largamente bajo el
agua, como si hubiera cometido un pecado. Cuando emergió de nuevo, recuperó el
aliento y gritó con todas sus fuerzas:
—¡En los jardines de la Delicia!
Luego se secó y se vistió. Se puso el sombrero y mandó
al sirviente a que le trajera el caballo. Montó en la silla y se fue galopando.
Él
es Luz
Luz
de Luces
La historia de la casa de la mezquita no ha llegado a
su fin, pero se parece a la vida: todos deben apearse de ella en algún momento.
Hay una frase que se repite con frecuencia al final de
los antiguos relatos persas: «Nuestra historia se ha acabado, pero el grajo
todavía no ha llegado a su nido.»
Un día, mientras Aga Yan estaba trabajando en el zoco,
recibió una carta inesperada, una carta del extranjero. Se sintió
desconcertado, había pasado mucho tiempo desde que recibía regularmente cartas
comerciales del extranjero. Pero aquella carta era distinta y tampoco reconoció
el sello. Los sellos alemanes eran siempre tan solemnes, con retratos de
músicos, filósofos o monumentos históricos... Pero en aquel sello tan colorido
había un ramillete de tulipanes rojos.
Aga Yan cogió la lupa de su cajón y estudió el sello.
Tal vez fuese de Suiza; una vez había hecho un envío de alfombras a ese país.
Percibía esperanza en el sobre, pero nunca se sabía,
las malas noticias estaban siempre al acecho. Dejó la carta encima del
escritorio y pidió a su sirviente que le trajese una taza de té.
Cuando estuvo listo el té, cogió el abrecartas y abrió
el sobre con cuidado. Estaba escrito en persa y con pluma:
Mi querido Aga Yan, salam!Un salam desde lo
más hondo de mi corazón.Un salam
impregnado de nostalgia por nuestra casa.Mi querido y apreciado Aga Yan, le
escribo desde un país al que jamás pensé que iría a parar. Si lo viese con sus
ojos, diría que ha sido la voluntad de Dios que llegase aquí, aunque si utilizo
mis propias palabras, diré que un cúmulo de casualidades me han conducido a
donde estoy. Así ha sido y usted me enseñó a aceptar las cosas tal como
vienen.Reconozco que allá donde voy llevo conmigo sus sabios consejos como un
viejo y querido recordatorio.Sus palabras me han dado esperanza y ayudado a
mantenerme firme para construir una nueva vida, para seguir adelante y
convertirme en un auténtico hijo de la casa de la mezquita.
Mi querido Aga Yan, anhelo que llegue el día en que
pueda abrir de nuevo la puerta de nuestra casa y entrar. La llave sigue estando
en mi bolsillo.Usted me enseñó a no dejarme vencer por las dificultades, a
trabajar con tesón y tener paciencia. He seguido sus consejos.Abandoné nuestra
casa, pero jamás le di la espalda. Ahora vivo aquí y sueño con el día en que
pueda pasear con usted por el canal que hay enfrente de mi casa. ¡Ese día
llegará! No puede ser de otro modo: usted siempre me decía que tenía que soñar
y hacer realidad mis sueños. Y eso haré. Guardo secretos que sólo puedo
revelarle en la libertad de esta ciudad.Una noche estará usted aquí y yo
invitaré a todos mis amigos para que vengan a conocerlo.Les he hablado tanto de
usted que casi lo conocen tan bien como yo.
Mi querido tío, sigo escribiendo. Los años pasados no
han hecho más que dar forma a mis historias. Lo he hecho por usted y por
nuestro país.He cambiado de lengua, no sé si debo alegrarme por ello o pedir
perdón. Las cosas han ido así y yo no he tenido fuerza para que fuesen
diferentes. Ha sido mi salvación. Era la única forma de poner en palabras mi
dolor y el dolor de nuestra patria. He cambiado de lengua, pero me he esforzado
siempre por incluir el espíritu poético de nuestra hermosa y antigua lengua en
mis relatos.Mis disculpas.Mi querido tío, sueño tan a menudo con nuestra casa y
con ustedes que podría decirse que no es aquí donde vivo, sino allí, en
casa.
Usted no morirá. Permanecerá hasta que todos se vayan
y todos lleguen.ShabalAquella noche, Aga Yan se puso el abrigo y el sombrero,
cogió el bastón, salió de su estudio y paseó por el patio.
Hacía frío, el agua de la alberca estaba helada y las
ramas de los árboles, cubiertas por una fina capa de escarcha. El cielo se veía
azul oscuro y las estrellas se extendían hasta La Meca. Aga Yan anduvo despacio
hasta la escalera y subió con cuidado a la azotea.
El viejo grajo de la mezquita, que reconocía sus
pisadas, graznó una vez, aunque permaneció en su nido bajo la cúpula, sin
quitarle ojo de encima.
—¡Gracias, grajo! Tendré cuidado —dijo Aga Yan al
pasar por la cúpula hacia la escalera de la mezquita.
El grajo graznó otra vez.
—Gracias, grajo. Te agradezco que me lo recuerdes. No,
no encenderé la luz. Grajo, la cámara del tesoro es nuestro secreto.
Se apoyó en la barandilla de madera, bajó y entró en
la mezquita. En la penumbra avanzó hasta la cripta y abrió la puerta con
sigilo.
No veía nada, titubeó unos instantes, indeciso en
encender la luz. No lo hizo, bajó los peldaños del sótano y fue a tientas hasta
la puerta de la cámara del tesoro. Había un profundo silencio. Sólo se oían sus
pisadas y el sonido del bastón.
Metió la llave en la cerradura y un instante después
chirriaron los goznes de la centenaria puerta maciza. Su silueta apenas se
distinguía en la penumbra. Al entrar en la cámara del tesoro se fundió con la
oscuridad.
Sobre la alfombra roja, anduvo hasta el último
perchero de la larga fila. Sacó del bolsillo la carta doblada de Shabal y se
arrodilló para meterla en la caja del archivo. Luego rompió el silencio y
declamó:
Él
es luz.Su Luz es comparable a una hornacinaEl cristal es como una estrella
fulguranteSe alimenta del aceite de un olivo benditoEl aceite alumbra casi por
sí mismo¡Luz de Luces!
Glosario
Aan kahto wa
zawagto: Te pido que seas
mi mujer.
Aba: Túnica
Ahura Mazda: Primer dios persa.
Alhamado lelah: Alabado sea Alá.
Alharem Alsharief: La mezquita de Al Aksa en Jerusalén.
Avesta: Libro sagrado de Zaratustra.
Aya: Una o más frases cuyos significados están
relacionados entre sí.
Azan: Llamada a la oración.
Besmelah tala: En nombre de Alá.
Ena lelah:
Expresión que se utiliza cuando alguien ha fallecido. Es una versión acortada
de Ena lelelah wa ena eleihe rayeun,
que significa: «Al final, todos volvemos a Él.»
Ensah Alah: Si Dios quiere.
Esfand: Planta olorosa que se quema para ahuyentar el mal de
ojo.
Hiyab: Normas de vestimenta para las mujeres musulmanas.
Inyil: La Biblia.
Mahiha: Peces.
Mahyabe: Mujer con velo.
Mobarak ensah Alah: Bendecir, desear buena suerte.
Rokat: Una parte de la oración.
Salam bar Fateme: La paz sea con Fátima (hija del profeta Mahoma).
Salavat bar Mohamad: La paz sea con el profeta Mahoma.
Sayeh: Sombra.
Sigué: Según la sharia
islámica, un musulmán puede tener más mujeres además de su esposa legítima.
Esas mujeres temporales no tienen derechos de herencia y no figuran
oficialmente ni en el registro civil ni en la mezquita.
Tamuz: Final del verano.
Taura: La Torá.
Tofang: Arma sencilla.
Tumán: Moneda iraní.
Wasalam: Eso es todo.
Yanam bé fadayet
Jomeini: Nos sacrificamos
por usted, Jomeini.
Yome, mezquita de:
Mezquita principal de una ciudad donde se celebra la oración del viernes.
Agradecimientos
Algunos capítulos de La casa de la mezquita empiezan con letras del alfabeto árabe, como
sucede con algunos pasajes del Corán. A primera vista, pueden parecer letras
sin importancia, pero en el mundo islámico han corrido ríos de tinta acerca de
ellas. Se las considera letras arcanas, un código del universo. Muchos
musulmanes creen que las letras son palabras clave que dan acceso al secreto de
la creación.
La historia que se relata en el capítulo «Mahiha» está
basada en un párrafo de una novela del escritor iraní Yalal Alle Ahmad.
Los poemas incluidos en el capítulo «Familia» proceden
de Una caravana de Persia.
Algunas citas del Corán han sido adaptadas y en
ocasiones sacadas de su contexto. Manejo diversos Coranes y he consultado
varias interpretaciones. Mi agradecimiento a Fred Leemhuis por su excelente
traducción del Corán al neerlandés, publicado por la editorial Fibula. [Para la
traducción en castellano se ha consultado la versión de Julio Cortés, publicada
por la editorial Herder.]
A pesar de que las historias contenidas en La casa de la mezquita están basadas en
hechos históricos, los nombres y las anécdotas que remiten a la realidad deben
ser leídos según las leyes de la literatura.
La casa de la
mezquita
Kader Abdolah
ISBN edición en papel: 978-84-9838-184-9
ISBN libro electrónico: 978-84-15470-12-0 (epub)
Primera edición en libro electrónico (epub): diciembre
de 2011
Reservados todos los derechos sobre la/s obra/s
protegida/s. Quedan rigurosamente prohibidos, sin la autorización de derechos
otorgada por los titulares de forma previa, expresa y por escrito y/o a través
de los métodos de control de acceso a la/s obra/s, los actos de reproducción
total o parcial de la/s obra/s en cualquier medio o soporte, su distribución,
comunicación pública y/o transformación, bajo las sanciones civiles y/o penales
establecidas en la legislación aplicable y las indemnizaciones por daños y
perjuicios que correspondan. Asimismo, queda rigurosamente prohibido convertir
la aplicación a cualquier formato diferente al actual, descompilar, usar
ingeniería inversa, desmontar o modificarla en cualquier forma así como
alterar, suprimir o neutralizar cualquier dispositivo técnico utilizado para
proteger dicha aplicación.
Título original: Het
huis van de moskee
Traducción del neerlandés: Marta Arguilé Bernal
Con la colaboración de Foundation for the Production and Translation of
Dutch Literature
Copyright
© Kader Abdolah, 2005
Copyright
de la edición en castellano © Ediciones Salamandra, 2008
Publicaciones y Ediciones Salamandra, S.A.
Almogàvers, 56, 7º 2ª - 08018 Barcelona - Tel. 93 215
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