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Guillermo Molina Miranda febrero 02, 2025

 


© Libro No. 397. La Casa de la Mezquita. Kader, Abdolah. Colección Emancipación Obrera. Marzo 23 de 2013.

 

Título original: ©  Het huis van de moskee

ISBN edición en papel: 978-84-9838-184-9

ISBN libro electrónico: 978-84-15470-12-0 (epub)

Primera edición en libro electrónico (epub): diciembre de 2011

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Título original: Het huis van de moskee

Traducción del neerlandés: Marta Arguilé Bernal

Con la colaboración de Foundation for the Production and Translation of Dutch Literature

Copyright © Kader Abdolah, 2005

Copyright de la edición en castellano © Ediciones Salamandra, 2008

 

Publicaciones y Ediciones Salamandra, S.A.

Almogàvers, 56, 7º 2ª - 08018 Barcelona - Tel. 93 215 11 99

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Versión Original: ©  Het huis van de moskee

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Portada e Ilustración E.O. de Imagen: De documento original

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

Abdolah, Kader - La Casa De La Mezquita

 

Sin duda uno de los más destacados narradores contemporáneos de los Países Bajos, el escritor de origen iraní Kader Abdolah —autor de El reflejo de las palabras— ha obtenido un rotundo éxito con esta nueva novela, que ha sido elegida por los lectores neerlandeses como segundo libro preferido de todos los tiempos.

Durante generaciones, la poderosa familia de Aga Yan ha ocupado una posición privilegiada en la tranquila ciudad de Seneyán.

Siguiendo una tradición secular, el clan habita un caserón de treinta y cinco habitaciones adosado a la mezquita, una enorme y animada colmena llena de abuelas, niños, sirvientes, comerciantes y santones.

Por el edificio fluyen a toda velocidad historias fascinantes, y allí conviven el poder económico y el poder espiritual, la religión y la vida social, las pasiones y los rezos. Sin embargo, todo cambia en los años setenta, cuando la religión se convierte en arma política y pone fin a décadas de armonía. Los grupos de izquierdas contrarios a la occidentalización del país y los extremistas islámicos provocan la caída del sah, y el regreso del ayatolá Jomeini marcará drásticamente el destino de la familia.

Epopeya familiar de marcado tono autobiográfico, en La casa de la mezquita confluyen la rica cultura persa con la vida cotidiana de los iraníes. Gente, arte, religión, sexo, literatura, cine, incluso el mundo de la radio y la televisión; el autor retrata, con el conocimiento que le otorga su experiencia personal, una sociedad islámica moderada, ligada a una sabia y fértil tradición milenaria y alejada de todo radicalismo.

 

 

 

 

 

 

 

La Casa de la Mezquita

Abdolah Kader

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

a Aga Yan,
 para que vayas en paz

 

 


Nun wal qalam wa ma yastarun:

 

«¡Por el cálamo y lo que los ángeles escriben!»

 

EL CÁLAMO

 


 

 

 

Las hormigas

 

Alef Lam Mim. Había una vez una casa muy antigua llamada «la casa de la mezquita».

Era grande, de treinta y cinco habitaciones, y durante siglos habían vivido en ella familias emparentadas al servicio de la mezquita.

Todas las estancias poseían una función y un nombre correspondiente, como el cuarto de la cúpula, el cuarto de fumar, el cuarto de las historias, el cuarto de las alfombras, el cuarto de los enfermos, el cuarto de las abuelas, la biblioteca y el cuarto del grajo.

Se había construido detrás de la mezquita, adosada a ésta. En un extremo del patio, una escalera de piedra conducía a la azotea, desde la que se accedía al templo. Y en medio del patio se hallaba el houz, la alberca hexagonal para las abluciones antes de la oración.

Por aquel entonces la casa estaba habitada por las familias de tres primos: Aga Yan, el vendedor de alfombras, responsable del viejo zoco de la ciudad; Alsaberi, el imán de la mezquita, y Aga Shoya, su muecín.

Era un viernes por la mañana a comienzos de primavera. El sol calentaba agradablemente y el jardín olía a tierra. Los árboles tenían hojas jóvenes, las plantas habían echado los primeros brotes y los pájaros, revoloteando de rama en rama, trinaban en el jardín. Las dos abuelas estaban recogiendo los restos de las plantas muertas el pasado invierno, mientras los niños jugaban a perseguirse y esconderse detrás de los recios árboles.

De pronto, un enjambre de hormigas surgió de debajo de los viejos muros y cubrió con un movedizo manto marrón el zaguán, junto al añoso cedro.

Millares de hormigas jóvenes, que por primera vez veían el sol y sentían su calor, se apretujaban unas contra otras.

Los gatos de la casa las observaban a distancia desde la alberca, perplejos ante aquella masa fluctuante. Los niños cesaron en sus juegos y acudieron a ver aquel portento que avanzaba por la entrada. Los pájaros enmudecieron y, posándose en las ramas del granado, estiraban el cuello para seguir el movimiento de las hormigas.

—¡Abuelas! —gritaron los niños—. ¡Venid a ver esto!

Las abuelas, atareadas en el otro extremo del jardín, no los oyeron.

—¡Venid, venid, hay millones de hormiguitas! —exclamó una de las niñas.

Las abuelas se acercaron.

—¡Jamás había visto nada semejante! —exclamó una.

—¡Ni había oído nada igual! —se admiró la otra.

Estupefactas, las dos se llevaron las manos a la boca. El número de hormigas crecía por momentos y en poco tiempo cubrieron por completo el zaguán, haciendo imposible llegar hasta la puerta principal.

Los niños corrieron hasta el estudio de Aga Yan, en el otro extremo del patio.

—¡Aga Yan, venga! ¡Ayúdenos! ¡Las hormigas!

Aga Yan descorrió las cortinas y miró fuera.

—¿Qué sucede?

—¿Puede venir un momento? Dentro de poco no podremos salir, las hormigas se dirigen hacia la casa. ¡Las hay a millares!

—Ahora mismo voy.

Se echó una larga túnica por los hombros, se caló el sombrero árabe y salió con los niños.

Aga Yan había vivido muchas cosas en aquella casa, pero jamás había presenciado nada igual.

—Esto me recuerda al profeta Suleimán —les dijo a los niños—. Tiene que haber un motivo especial para que ocurra algo así o no saldrían al exterior en masa. Si prestamos atención las oiremos hablar entre sí, aunque no sepamos su lenguaje. El profeta Suleimán sabía hablar con las hormigas, pero yo no. Se diría que están haciendo algo, una especie de ceremonia, o tal vez estén cambiando de hormiguero por la llegada de la primavera.

—¡Piensa algo! —lo instó Jolebé, la abuela más joven—. Haz que vuelvan a su nido o se meterán en la casa.

Aga Yan se arrodilló en el jardín, se puso las gafas y estudió las hormigas de cerca.

En ese momento intervino Jolbanú, la abuela de más edad.

—Lee el sura en que Suleimán habla con las hormigas que habían cubierto el valle para impedirle que pasara con su ejército. O lee Al Namal, el sura en que el profeta habla con Hodhod, la abubilla, cuando el pájaro le trae una carta de amor de la reina de Saba.

Los niños aguardaron la decisión de Aga Yan llenos de curiosidad.

—Lee Al Namal antes de que sea demasiado tarde y pide a las hormigas que regresen a su nido.

Los niños miraron de nuevo a Aga Yan.

—¡Lee la carta de amor o las hormigas se adueñarán de la casa!

Hubo un silencio.

—¡Traedme el Corán! —masculló Aga Yan.

Shabal, uno de los niños, fue corriendo hasta la alberca, se lavó las manos, se las secó con un trapo colgado en el tendedero y entró precipitadamente en el estudio. Al poco, regresó con un viejo ejemplar del Corán y se lo alargó a Aga Yan, quien lo hojeó en busca del sura Al Namal y, deteniéndose en la página 377, se inclinó hacia delante y empezó a declamar:

—Suleimán dijo: «Waqala ya ayo hanas elmana maneq altair waqala ya ayo hanas wa warthe soleiman davud waqale ya ayohanas olemana mantjal teir wa oteina men kolle sheian ena haza lahova alfazal almobin wa hashre soleiman yinude men alyen walens wal teir fahme yuzeun hatta eza atu ala wa ela wa danamal qalat namalato ya ayojallnamal adqalo maskanajom la yahtamanakom soleiman wa yanaho wa hom la yasharunwa

Todos miraban y callaban, todos esperaban la reacción de las hormigas.

Aga Yan siguió salmodiando y sopló sobre las hormigas. Las abuelas fueron en busca de dos hornillos y echaron un poco de esfand al fuego. Dos nubes de oloroso humo se expandieron por el aire. A continuación, se arrodillaron en el suelo junto a Aga Yan y fueron expeliendo el humo sobre las hormigas al tiempo que susurraban: «Suleimán, Suleimán, Suleimán, las hormigas, las hormigas, el valle, el pájaro Hodhod, el pájaro Hodhod, la reina de Saba, Saba, Saba, Saba. Suleimán, Suleimán, Suleimán, Hodhod, hormigas, hormigas, hormigas, hormigas.»

Los niños contuvieron la respiración.

De pronto los insectos se detuvieron, se hubiera dicho que escuchando, como si quisieran averiguar quién les cantaba y exhalaba sobre ellos aquel humo fragante.

—¡Fuera de aquí, niños! ¡Están retrocediendo! ¡No las molestéis! —los exhortó Jolbanú.

Los niños subieron a la planta superior y a través de las ventanas observaron cómo las hormigas se replegaban.

Muchos años después, cuando Shabal había dejado el país y vivía en el extranjero, solía evocar los recuerdos de aquel día para sus amigos. Les contaba que había presenciado con sus propios ojos cómo después de leer el sura de las hormigas, éstas habían desaparecido por los agujeros de los viejos muros como largas cuerdas parduscas.

La casa de la mezquita

 

Alef Lam Ra. Pasaron los años. Nunca volvió a salir aquel desorbitado número de hormigas de debajo de los muros centenarios. Del suceso no quedó más que un breve recuerdo. En la casa ancestral, la vida seguía su curso. Al anochecer, las abuelas trajinaban en la cocina como las demás mujeres. Faltaba poco para que llegase el imán Alsaberi y tendrían que prepararlo para la oración de la noche.

El viejo grajo sobrevoló la casa y emitió un graznido. Un carruaje se detuvo en el portal y Jolbanú salió a abrirle la puerta al imán.

El anciano cochero saludó a la abuela y siguió su camino. Era el último cochero, pues el ayuntamiento había prohibido la circulación de caballos en la ciudad y subvencionaba taxis a todos los que obtuvieran el permiso de conducir. Pero había un cochero entrado en años que no lograba aprobar el examen y, por mediación de la mezquita, se lo autorizó a trabajar al servicio del imán, pues Alsaberi consideraba impuros los taxis y no le parecía apropiado que un religioso anduviese por la ciudad en uno de aquellos vehículos como si fuese un ciudadano corriente.

Alsaberi llevaba un turbante negro, lo que indicaba que era descendiente del profeta Mahoma, y vestía una larga aba, la túnica marrón de los religiosos. Había asistido a la ceremonia nupcial de una destacada familia de la ciudad, y bendecido el matrimonio. Los niños sabían que no debían acercarse demasiado al imán pues, todas las noches, cientos de personas se situaban detrás de él para rezar. Nadie podía tocarlo antes de la oración.

Salam! —lo saludaban los niños a coro.

Salam! —respondía el imán con una sonrisa.

Años atrás, cuando Alsaberi llegaba a la casa con una bolsita de golosinas, se la entregaba a una de las niñas; entonces, todos los críos echaban a correr mientras él proseguía su camino hacia la biblioteca. Pero ahora que los niños habían crecido ya no salían a su encuentro, de modo que el imán les daba las golosinas a las abuelas para que ellas se encargaran de repartirlas.

En cuanto el imán Alsaberi llegaba a la casa, las abuelas se lavaban las manos en la alberca y acudían presurosas a la biblioteca para acompañarlo al baño.

Todo sucedía en silencio. Una de las abuelas le quitaba con cuidado el turbante de la cabeza y lo dejaba sobre la mesa, mientras la otra lo ayudaba a despojarse de la túnica y la colgaba en el perchero. El imán no hacía nada por sí mismo, ni siquiera tocaba la ropa.

—Esto no puede seguir así —solían quejarse las abuelas a Aga Yan—. Lo que hace y nos exige no es normal ni bueno. Nunca habíamos tenido un imán así en la casa. Bien está que quiera ir limpio, pero esto pasa de castaño oscuro. Ni siquiera toca a sus propios hijos, y sólo come con una cuchara que lleva siempre en el bolsillo. No podrá seguir así por mucho tiempo.

Las abuelas le contaban a Aga Yan todo lo que sucedía en la casa, hasta los secretos que nadie más podía saber.

En realidad, las abuelas no eran las verdaderas abuelas de la familia sino dos sirvientas que llevaban allí más de sesenta años. Eran aún un par de jovencitas cuando el padre de Aga Yan las llevó a la casa y allí se quedaron. Nadie sabía de dónde venían y ellas nunca hablaban de su pasado. No habían estado casadas, aunque todos sabían que las dos mantenían relaciones secretas con el tío de Aga Yan: siempre que él iba de visita, eran suyas.

Las abuelas formaban parte de la casa, igual que el viejo grajo, el cedro y los sótanos. Una de ellas había criado al imán y la otra a Aga Yan, ambas eran las confidentes de este último y se encargaban de velar por las costumbres de la casa.

Aga Yan era vendedor de alfombras y poseía la tienda más antigua del zoco de Seneyán, donde tenía más de un centenar de empleados a su servicio. Asimismo, contaba con un equipo de siete dibujantes dedicados exclusivamente a crear los motivos de sus tapices.

El zoco es una ciudad dentro de la ciudad; se puede acceder a él a través de varias puertas. Es un laberinto de callejas cubiertas con techos abovedados, e innumerables tenderetes se apiñan unos junto a otros.

Durante siglos, los zocos habían sido el principal centro económico del país. En sus locales se instalaban miles de mercaderes que, desde tiempos inmemoriales, comerciaban con telas, oro, grano, alfombras y metales labrados. Los vendedores de alfombras, en particular, habían desempeñado un papel crucial en la historia del país.

Gracias a su privilegiada posición, Aga Yan tenía en sus manos las riendas de la mezquita y el zoco.

Las alfombras de la tienda de Aga Yan lucían espléndidos dibujos y asombrosos colores. Los tapices que llevaban su marca valían su peso en oro y no estaban al alcance de cualquiera. Los comerciantes especializados los encargaban con mucha antelación para sus clientes de Europa y América. Aquellas alfombras eran inigualables. Nadie sabía de dónde procedían aquellas figuras inalcanzables o cómo era posible lograr tan hermosa mezcla cromática. Aquél era el secreto de la casa y el que le daba un gran prestigio a la tienda.

No habían llegado aún los tiempos en que cada casa tenía su propio cuarto de baño; no obstante, la ciudad contaba con varios baños públicos muy espaciosos. Fieles a la tradición familiar, los hombres de la casa de la mezquita iban siempre a la casa de baños más antigua, donde había un lugar reservado para el imán. Pero Alsaberi no quería ni oír hablar del asunto y se negaba en redondo a poner un pie en aquel lugar donde, a buen seguro, encontraría decenas de hombres lavándose a la vez. Se ponía enfermo sólo de imaginarse desnudo delante de los demás. Por esa razón, Aga Yan acabó contratando un albañil para que construyese un cuarto de baño en el interior de la casa. El albañil sólo tenía experiencia en la construcción de baños tradicionales, de modo que se limitó a hacer un agujero en la estancia contigua a la biblioteca e improvisó una curiosa bañera para el imán.

Aquella noche, como de costumbre, Alsaberi se sentó sobre la piedra cubierto con sus largos calzones blancos, mientras una de las abuelas le echaba una jarra de agua caliente por la cabeza.

—¡Fría! ¡Fría! —exclamó el imán.

Pero las abuelas no se inmutaron. Jolebé empezó a frotarle la espalda con jabón y Jolbanú siguió vertiéndole agua por los hombros despacio, para no salpicar.

Después de enjuagarle el jabón del cuerpo, lo ayudaron a meterse en la poco profunda bañera. Alsaberi se tumbó y permaneció bajo el agua un buen rato. Cuando volvió a salir, tenía el rostro ceniciento. Las abuelas lo ayudaron a incorporarse, le pusieron una toalla sobre los hombros y otra alrededor de la cintura, y luego lo acompañaron hasta la estufa, donde se desprendió con renuencia de los calzones mojados y se puso rápidamente otros limpios. Las mujeres le secaron la cabeza y le pusieron la camisa, ocultándole las manos en las mangas. A continuación, lo acompañaron de nuevo a la biblioteca.

Lo sentaron en una silla y le supervisaron las uñas bajo la luz. Una de las abuelas le recortó una puntita de la uña del índice. Terminaron de vestirlo, le pusieron el turbante y las gafas, y con un paño le sacaron lustre a los zapatos.

El imán estaba listo para ir a la mezquita. Jolbanú se dirigió al cedro donde estaba colgada la vieja campana y la hizo sonar. La campana estaba destinada al conserje de la mezquita. En cuanto el hombre la oía, aparecía en la azotea, bajaba la escalera y se dirigía a la biblioteca pasando por delante del cuarto de huéspedes.

Nunca veía a las abuelas, pues éstas se ocultaban detrás de los anaqueles de libros al verlo entrar en la estancia, pero siempre las saludaba y ellas le devolvían invariablemente el saludo. Después, el conserje cogía los libros que el imán había dejado preparados encima de la mesa y lo escoltaba hasta la mezquita. Andaba siempre delante del religioso para que ningún perro pudiera acercarse a él; era la persona de confianza de Alsaberi, el único, aparte de las abuelas, que podía tocarlo, alcanzarle algo o tomar algo de su mano. El conserje iba tan limpio como el propio imán. Tampoco él frecuentaba los baños de la ciudad, era su mujer quien lo lavaba en casa metido en una gran cuba.

Delante de la mezquita había un corrillo de hombres esperando para acompañar a Alsaberi hasta la sala de oración; eran los mismos que siempre ocupaban la primera fila detrás del imán. En cuanto lo veían llegar, lo saludaban: «¡Alabado sea el profeta Mahoma!»

Los numerosos fieles que habían acudido para la oración se hicieron a un lado para dejar paso al imán.

Alsaberi ocupó su lugar y el conserje dejó los libros a su lado, sobre una mesita.

Sólo quedaba esperar a que llegara el muecín, el hombre que desde el último peldaño del antiguo almimbar se ponía en pie y voceaba: «Alaho akbar! Haye alal salat! ¡Alá es grande! ¡Preparaos para la oración!»

En cuanto lo veían subir los peldaños del almimbar, todos sabían que la oración había comenzado.

El muecín era el ciego Aga Shoya, primo de Aga Yan. Tenía una hermosa voz. Tres veces al día se encaramaba a uno de los minaretes de la mezquita y convocaba a los fieles a la oración: «Haye alal salat!»

Lo hacía de madrugada, antes de la salida del sol, a las doce del mediodía y al atardecer, tras el crepúsculo. Nadie lo llamaba ya por su nombre sino que le habían otorgado el título honorífico de «Muecín» y hasta su familia lo llamaba así.

Alaho akbar! —gritó.

Todos se pusieron en pie y se situaron de cara a La Meca.

En teoría, un ciego no podía ocupar el puesto de muecín, pues era preciso que viera cuándo el imán se inclinaba hacia delante, cuándo posaba la frente en el suelo y cuándo volvía a enderezarse. Pero Aga Shoya no necesitaba la vista para saber esas cosas, bastaba con que el imán alzara un poco la voz en señal de advertencia.

Muecín tenía un hijo de catorce años llamado Shabal y una hija, Shahin, que ya estaba casada. Su esposa había fallecido de una grave enfermedad y él no había querido casarse de nuevo. Sin embargo, eso no le impedía mantener relaciones esporádicas con algunas mujeres de las montañas. De cuando en cuando, Muecín se ponía su mejor traje, se calaba el sombrero, cogía el bastón y desaparecía por unos días. Durante su ausencia, su hijo Shabal lo sustituía en sus funciones de almuédano, subía al minarete y llamaba al azan.

Al término de la oración, un grupo de hombres del zoco acompañaba al imán Alsaberi a casa.

Aga Yan solía quedarse un rato más en la mezquita para charlar con los fieles y casi siempre era el último en marcharse.

Aquella noche había estado hablando con el conserje sobre la reparación de la cúpula. Cuando se disponía a volver a casa, su sobrino Shabal lo llamó.

—Aga Yan, ¿podría hablar un momento con usted?

—Pues claro que sí, muchacho.

—¿Le importaría que fuésemos a dar un paseo a orillas del río?

—¿Al río? Pero en casa nos están esperando para cenar.

—Lo sé, pero es importante.

Echaron a andar hacia el río Sefiyani, que discurría plácidamente cerca de allí.

—No sé cómo empezar, no es preciso que me conteste enseguida.

—Tú dirás, hijo.

—Se trata de la Luna.

—¿La Luna?

—Bueno, de la Luna no. De la televisión, del imán.

—¿La televisión? ¿La Luna? ¿El imán? ¿Qué intentas decirme?

—Bueno, quiero decir que un imán debería saber un poco de todo. Tiene que estar al corriente de las cosas que pasan en el mundo. Alsaberi siempre está leyendo libros de su propia biblioteca, libros antiguos de hace siglos, pero nunca lee los periódicos. No sabe nada de… la Luna, por ejemplo.

—Explícate mejor, ¿qué es lo que Alsaberi debería saber de la Luna?

—Hoy se habla en todas partes de la Luna. En el colegio, en el zoco, en la calle, pero en nuestra casa jamás se habla de esos temas. ¿Tiene idea de lo que va a suceder de aquí a pocas horas?

—No, ¿qué va a suceder?

—Esta noche el hombre llegará a la Luna y usted ni siquiera lo sabe. Quizá no les importe ni a usted ni a Alsaberi, pero los americanos van a plantar su bandera en la superficie de la Luna y el imán de nuestra ciudad no está enterado. Jamás habla de eso en sus sermones. Esta noche debería haber dicho algo de lo que va a pasar, pero resulta que no tiene ni idea, y eso no es bueno para nuestra mezquita. En la mezquita se debería hablar de las cosas que interesan a la gente.

Aga Yan lo escuchaba pensativo.

—Lo malo es que ya he hablado de esto con Alsaberi —continuó Shabal—, pero no quiere ni oír hablar del asunto. No cree en esas cosas.

—¿Y qué opinas tú que deberíamos hacer?

—Esta noche retransmitirán por televisión la llegada del hombre a la Luna. Me gustaría que el imán y usted fuesen testigos de ese acontecimiento histórico.

—¿Cómo?

—¡Viendo la televisión!

—¿Quieres que veamos la televisión? —preguntó Aga Yan, estupefacto—. ¿Quieres que el imán de nuestra ciudad se siente delante de uno de esos chismes? ¿Sabes lo que me estás pidiendo, hijo? Desde la llegada de ese aparato, les hemos advertido a los fieles desde el almimbar que no lo vean, que no escuchen a ese sah corrupto, que no miren a los americanos. ¿Y ahora tú me pides que veamos cómo Estados Unidos planta su bandera en la Luna? Sabes de sobra que estamos en contra del sah y de los americanos que lo devolvieron al poder. No queremos ver la cara del sah y la bandera de los americanos en nuestra propia casa. ¿Por qué quieres sentarnos ante un televisor? ¡Ese aparato no es más que un arma de los americanos, así es como combaten nuestra cultura y nuestras creencias! He oído decir muchas cosas malas de ese aparato, de los programas perniciosos que enferman el espíritu.

—Lo que dice no es del todo cierto, también se emiten cosas interesantes, como lo de esta noche. ¡Tiene que verlo! ¡El imán tiene que verlo! Precisamente porque estamos en contra del sah y de América, debemos ver su televisión. Esta noche los americanos llegarán a la Luna. Usted es el hombre más importante de la ciudad y debería ser testigo. Pondré una antena en el tejado.

—¿Poner una antena en nuestro tejado? Mañana la ciudad murmurará a nuestra costa. La gente irá por ahí diciendo: «¿Habéis visto la antena en el tejado de su casa?»

—Nadie se enterará.

La petición de Shabal había turbado a Aga Yan. El muchacho conocía bien las reglas de la casa, pero se atrevía a defender sus ideas. Hacía tiempo que Aga Yan había descubierto aquella virtud en su sobrino y lo admiraba por ello.

Aga Yan tenía dos hijas y un hijo cinco años menor que Shabal, pero veía en su sobrino a la persona que habría de sucederlo al frente del zoco. Procuraba mantenerlo al corriente de los asuntos importantes de la casa, lo quería como a un hijo propio y lo educaba para que algún día ocupara su lugar.

A la salida del colegio, Shabal iba siempre directamente a la tienda de Aga Yan. Éste le contaba las novedades del zoco, le informaba de las decisiones que había tomado y le consultaba las que pensaba tomar.

Y ahí estaba Shabal, hablándole de la televisión y la Luna. Aga Yan sospechaba que aquella idea era propia de Nosrat, su hermano menor, que vivía en Teherán.

En cuanto llegaron a la casa, Aga Yan fue a ver a las abuelas y les dijo:

—Cenaré con el imán en la biblioteca, tengo que hablar con él. Que nadie nos moleste.

Luego se encaminó a la biblioteca, donde encontró al imán leyendo un libro, sentado en el suelo sobre su alfombrilla. Se acomodó a su lado y le preguntó qué leía.

—Es un libro sobre Jadiya, la esposa de Mahoma. En aquellos tiempos, Jadiya poseía tres mil camellos, lo que hoy en día equivaldría a unos tres mil camiones. Una riqueza exorbitante. Ahora lo entiendo. Mahoma era joven y pobre. Jadiya era una mujer madura y rica. Él necesitaba los camellos de ella, sus camiones, para poder llevar a cabo su misión —concluyó el imán esbozando una sonrisa.

—Pero no puedes explicarlo de ese modo —objetó Aga Yan.

—¿Por qué no? Todas las mujeres querían a Mahoma por esposo, ¿por qué si no eligió a la viuda Jadiya que le llevaba casi veinte años?

Las abuelas entraron con dos fuentes redondas. Las dejaron en el suelo delante de los hombres y volvieron a salir.

—Shabal me ha hablado de la Luna —comentó Aga Yan mientras comían—. Cree que deberíamos mirarla.

—¿Mirar la Luna? —preguntó el imán.

—Dice que el imán de la ciudad debería estar al corriente de los acontecimientos que suceden en el país, en el mundo. Cree que no está bien que no leas los periódicos y que sólo te intereses por los libros antiguos de tu biblioteca.

El imán se quitó las gafas y las limpió con el borde de su larga camisa blanca con aire pensativo.

—Sí, Shabal ya me ha dicho todas esas cosas a mí también.

—No creas que los reproches se dirigen sólo a ti, yo también me doy por aludido. Últimamente, sólo nos ocupamos de las cuestiones de nuestra fe, pero en la mezquita también deberían tratarse otros asuntos, como los hombres que esta noche llegarán a la Luna, por ejemplo.

—No estoy de acuerdo —observó el imán.

—Cree que deberías verlo. Quiere traer un televisor a la biblioteca.

—¿Te has vuelto loco, Aga Yan?

—Es listo y confío en él. Sabes que es un buen chico. El asunto quedará entre nosotros y no durará mucho. En cuanto acabe, volverá a llevarse el aparato de aquí.

—Si los ayatolás de Qom llegaran a enterarse de que hemos tenido un televisor en casa…

—Nadie tiene por qué enterarse. Ésta es nuestra casa y nuestra ciudad, nos corresponde a nosotros decidir cómo se hacen las cosas aquí. El chico tiene razón. Dice que casi todos los fieles que acuden a la mezquita han comprado un televisor. También es cierto que la televisión no está permitida en esta casa, pero no podemos encerrarnos entre estas cuatro paredes y cerrar los ojos a lo que pasa en el resto del mundo.

A través de la cortina de la cocina, las abuelas vieron a Shabal en la penumbra, dirigiéndose a la biblioteca con una caja.

Shabal saludó al imán y a Aga Yan al entrar y, sin más preámbulos, sacó un pequeño televisor de la caja y lo puso sobre una mesita que había junto a la pared. Después extrajo un cable muy largo y enchufó un extremo en la parte posterior del aparato. Con el otro extremo en la mano, salió al exterior y subió por la escalera que conducía a la azotea, donde un rato antes había instalado una antena portátil. Conectó el cable a la antena, lo ocultó bien y volvió a bajar.

Acto seguido, cerró con llave la puerta de la biblioteca y puso dos sillas delante del televisor.

—Pueden tomar asiento cuando gusten —les dijo.

En cuanto el imán y Aga Yan se hubieron acomodado en las sillas, encendió el aparato y apagó la luz.

Bajó un poco el volumen y les hizo una breve introducción.

—Lo que van a ver ahora está sucediendo en este preciso instante en el espacio. El Apolo XI se aproxima a la Luna y se dispone a aterrizar. Es un momento histórico. Miren, ahí está. ¡Dios mío!

El imán y Aga Yan se inclinaron hacia delante y observaron cómo el Apolo XI intentaba el alunizaje. Se hizo un profundo silencio.

—Algo está pasando en la biblioteca —le susurró Jolbanú a Jolebé—, algo importante que ni siquiera tú y yo podemos saber.

—El chico se ha encaramado por la escalera hasta la azotea, ha escondido algo y ha vuelto a bajar corriendo. Han apagado la luz. ¿Qué estarán haciendo ahí a oscuras?

—Vamos a ver.

Se acercaron con suma cautela.

—¡Mira! Hay un hilo que baja desde el tejado.

—¿Un hilo?

Fueron de puntillas hasta la ventana pero las cortinas estaban echadas. Con mucho tiento, pasaron por delante de la ventana y llegaron a la puerta. Una misteriosa luz plateada se colaba a través de los resquicios.

Pegaron la oreja a la puerta.

—Imposible —oyeron decir al imán.

—Increíble —oyeron decir a Aga Yan.

Miraron por la cerradura, pero sólo atisbaron aquella insólita luz que inundaba la estancia.

Decepcionadas, volvieron sobre sus pasos y desaparecieron en la oscuridad del patio.

Noruz

 

Con la primavera llega también el nuevo año persa, el Noruz.

En sus orígenes, el Noruz era una fiesta regia que se celebraba con gran pompa en los palacios de los primeros reyes persas, al inicio de la nueva estación.

Los preparativos empiezan dos semanas antes con una limpieza a fondo de la casa. Para dar la bienvenida a la primavera se plantan semillas de trigo de las que brota el sabzé, y los padres compran ropa y zapatos nuevos a sus hijos para visitar a sus parientes, especialmente a los abuelos.

Las mujeres se ocupan de todos los detalles y sólo cuando todo está dispuesto se toman un tiempo para sí mismas.

En la casa, las abuelas estaban muy atareadas preparándola para el Noruz con la ayuda de un par de sirvientas. La anciana peluquera había llegado para acicalar a las mujeres, cortarles el pelo y depilarles las cejas y la cara.

Llevaba más de cincuenta años cumpliendo con aquel ritual. La primera vez que pisó aquella casa no debía de tener más de diez o doce años y acompañaba a su madre como aprendiza. Más tarde, cuando su madre murió, ocupó su lugar y se convirtió en la persona de confianza de las mujeres de la casa.

El día que ella llegaba, los hombres tenían prohibida la entrada en aquella parte de la casa. Durante todo el día se oían las risas de las mujeres, que deambulaban por las estancias y el patio sin el velo y con las piernas al aire. Las abuelas las malcriaban sirviéndoles el narguile, limonadas y otras golosinas.

La peluquera las ponía al corriente de los chismorreos de la ciudad. Frecuentaba las casas de las familias ricas y conocía a fondo las cosas que interesaban a las mujeres. Siempre llevaba consigo un viejo maletín con perfumes, tintes, maquillaje, tijeras y horquillas, que vendía a sus clientas. Eran artículos vistosos y distintos de los que podían comprarse en el zoco de Seneyán. La peluquera tenía un hijo que trabajaba en Kuwait y, siempre que volvía a casa de visita, le llevaba una maleta llena de productos de belleza para vender.

Aquel día, la peluquera había ido especialmente a petición de Fagri Sadat, la esposa de Aga Yan. Fagri Sadat era una mujer respetada en los círculos privilegiados de la ciudad. A veces ayudaba a las abuelas en la cocina, cosía ropa para sus hijos y, mientras éstos fueron pequeños, les leía cuentos. A decir verdad, leer era su mayor ocupación, sobre todo libros y revistas femeninas que su cuñado Nosrat le traía de Teherán.

Cuando hacía buen tiempo, Fagri Sadat cazaba pájaros. Las abuelas la ayudaban a sacar del sótano la jaula trampa, un gran cesto de mimbre que fabricaban especialmente para el tamuz, el final del verano. La tapa de la trampa estaba atada con una cuerda a un largo palo. Fagri Sadat esparcía grano por el suelo del patio y luego se sentaba en una silla junto a la alberca, a esperar la llegada de los pájaros.

La bandada de aves llegaba volando desde el otro lado de las montañas y hacía un alto en el patio de la casa. En cuanto los pájaros entraban en el cesto picoteando las semillas, Fagri Sadat daba un tirón a la cuerda y la tapa se cerraba atrapando a sus presas, luego los trasladaba con presteza al cuarto de los pájaros, donde durante unos días los observaba en sus jaulas, les daba de comer, les hablaba, estudiaba sus plumas, las dibujaba y, por fin, los liberaba.

Mientras ella se ocupaba de los pájaros, los demás hablaban y se movían por la casa con mayor sigilo del habitual.

La peluquera acababa de depilar las piernas de Fagri Sadat cuando el viejo grajo se posó en el alero del tejado y graznó anunciando sus noticias. Nadie sabía la edad del grajo, pero debía de tener más de un siglo, porque Aga Yan había leído algo acerca de él en un antiguo archivo de la mezquita. El grajo formaba parte de la casa, lo mismo que la cúpula, los minaretes, la azotea, el centenario cedro o la alberca a la que iba a beber.

Fagri se incorporó al verlo y lo saludó:

—¡Salam, grajo! ¿Traes buenas noticias? ¿Quién está de camino? ¿Quién viene a visitarnos?

Anochecía ya cuando llegó el conserje de la mezquita seguido del imán Alsaberi, que iba ataviado con ropas festivas. Tenían por costumbre entrar por la puerta principal, pero aquel día habían subido por la escalera de la mezquita y estaban cruzando la azotea en dirección a la casa. Tal vez lo hicieron por la primavera. En esa estación, los tejados de las casas, hechos con una clase especial de barro y una mezcla de plantas del desierto, desprendían un delicioso aroma.

—¿Tengo tiempo para echarme un rato? No me siento muy bien —anunció Alsaberi a las abuelas nada más llegar al patio.

—Sí —repuso Jolbanú—. Aún tiene media hora. Aga Yan todavía no ha venido. En cuanto llegue, comeremos todos juntos en el salón de los días de fiesta y, a las doce en punto, saldremos al patio para la oración de Año Nuevo. Dentro de poco nos pondremos a extender las alfombras. Iré a despertarlo a tiempo.

Un taxi se detuvo en el portal y los niños salieron corriendo a la calle.

—¡Ha llegado el tío Nosrat! —corearon.

Desde la ventana de su cuarto, en la segunda planta, Fagri Sadat vio que Nosrat no estaba solo, sino que lo acompañaba una joven. Se puso el velo y bajó a recibirlos. Cuando Nosrat entró en la casa con la mujer se produjo un silencio. La joven no llevaba velo, sólo un pañuelo de cabeza que dejaba al descubierto buena parte del cabello. Las abuelas no daban crédito a lo que veían.

—¡Cómo se atreve ese desvergonzado a traer a casa a una mujer vestida así! —se escandalizó Jolbanú.

—¿Quién será? —preguntó Jolebé, picada por la curiosidad.

—Qué sé yo, una fulana.

Zinat Janum, la esposa del imán, se sumó al grupo acompañada de su hija Sediq, y lo mismo hizo el ciego Muecín. Shabal observó a la mujer a través de la ventana y se dijo que su tío era muy valiente atreviéndose a llevar a una muchacha como aquélla. Admiraba a Nosrat por no someterse a las costumbres y desafiar constantemente las viejas normas de la casa.

Era la primera vez en la historia de la casa que una mujer sin velo o, cuando menos, sin un velo apropiado, cruzaba el umbral. Todos la miraban. ¿Debían saludarla o no? ¿Qué pensaría Aga Yan?

Acababa de oscurecer, pero a la luz de las farolas las abuelas observaron que la mujer llevaba medias de nailon transparentes que dejaban sus piernas al descubierto.

Nasrin y Ensi, las hijas de Aga Yan, besaron efusivamente a su tío Nosrat.

—Permitidme que haga las presentaciones —dijo Nosrat—. Ésta es mi prometida Shadi.

Shadi sonrió y saludó a las muchachas.

—¡Vaya, es una noticia maravillosa! —exclamó Nasrin—. ¿Cuándo se ha prometido, tío? ¿Por qué no nos había dicho nada?

—¿Qué es eso de que está prometido? —rezongó Jolbanú echando la cortina—. Está mintiendo, ése no se casará en la vida. Se ha traído a esa fulana de Teherán sólo para divertirse. ¿Dónde se habrá metido Aga Yan? Tiene que impedírselo.

Fagri Sadat besó a la mujer de Teherán.

—Shadi, qué nombre más bonito. Sé bienvenida a nuestra casa.

—¿Dónde está Aga Yan? ¿Y Muecín? —quiso saber Nosrat—. ¿Y por dónde andan el imán y Shabal?

—Aga Yan todavía no ha vuelto a casa, pero Alsaberi debe de estar en la biblioteca —le informó Zinat.

—Voy a darle una sorpresa —dijo Nosrat encaminándose a la biblioteca.

Fagri Sadat llevó a Shadi al cuarto de huéspedes y las demás mujeres las siguieron.

Las abuelas se quedaron en la cocina esperando a Aga Yan. No le quitaban ojo a la puerta y en cuanto ésta se abrió, las dos corrieron a darle la noticia a coro.

—¡Ha venido Nosrat!

—¡Estupendo, justo a tiempo para celebrar el Año Nuevo! Así que mi hermano menor no me ha olvidado del todo. Nuestra fiesta será más entrañable aún —comentó satisfecho.

—Pero hay algo más —precisó Jolbanú con semblante preocupado.

—¿Qué?

—Ha traído consigo a una mujer.

—Y dice que es su prometida —añadió Jolebé.

—Ésas son buenas noticias. Por fin ha sentado la cabeza.

—No eches las campanas al vuelo —dijo Jolbanú.

—La mujer no lleva velo, sólo un diminuto pañuelo de cabeza.

—Y lleva pantis —siguió Jolebé en un susurro.

—¿Y eso qué es?

—Los pantis son unas medias tan finas y transparentes que parece como si una no llevara nada. Ésa es la clase de mujer que nos ha traído a casa. ¡Que Dios nos proteja! Por suerte ya había anochecido cuando llegaron. Imagínate que Nosrat se hubiese paseado con ella por delante de la mezquita a plena luz del día; mañana la ciudad entera murmuraría: «¡Hay una mujer con pantis en la casa de la mezquita!»

—Es suficiente —les dijo Aga Yan con calma—. Hablaré con él. Quiero que le deis una calurosa bienvenida a la mujer, dejadle un par de calcetines normales. Y si mañana quiere ir a la ciudad, prestadle un velo. Hay muchos velos bonitos en la casa. Regaladle uno.

—Dudo mucho que sea su prometida; para mí que se trata de una de sus amiguitas —murmuró Jolbanú.

—No podemos estar seguros de que así sea —objetó Aga Yan—. Sólo podemos esperar que se trate de su prometida. ¿Dónde está?

—En la biblioteca o en el cuarto de Muecín, supongo.

Aga Yan sabía que su hermano no rezaba y que siempre estaba en contra de las creencias y costumbres de la casa, pero esperaba que en esa ocasión Nosrat se comportara debidamente en vista de que había traído a una mujer con él.

—Todo saldrá bien —las tranquilizó y se encaminó al cuarto del ciego Muecín.

—¡A comer! —anunció Jolbanú.

—¡Niños! ¡Niñas! ¡A comer! —gritó Jolebé.

Los hombres entraron en la sala ataviados con sus trajes de fiesta; las mujeres ya estaban sentadas a la derecha del espacioso comedor.

Fagri Sadat presentó a la mujer de Teherán a Aga Yan, al imán y a Muecín.

—¡Bienvenida, hija mía! —la saludó Aga Yan—. No sabíamos que Nosrat llegaría a casa con su prometida, de lo contrario habríamos organizado una fiesta. Aunque, bien mirado, ya es una fiesta especial tenerte entre nosotros.

El imán Alsaberi la saludó con aire circunspecto. Entonces Fagri Sadat se la presentó a Muecín riendo.

—Tenemos entre nosotros a una mujer de Teherán; es distinta de las mujeres de nuestra ciudad y no se parece en nada a las de la montaña que tú conoces. Se llama Shadi y es muy hermosa. Tiene unos bonitos ojos oscuros, pelo castaño, unos dientes blancos y relucientes y una sonrisa adorable. Y esta noche lleva un precioso velo de color blanco con florecillas verdes que le han regalado las abuelas. ¿Qué más quieres saber?

—¡Así que es muy guapa! —exclamó Muecín riendo—. No esperaba menos de Nosrat.

Las abuelas entraron con un pequeño hornillo encendido y echaron un poco de esfand al fuego, que desprendió una nube de delicioso y fragante humo. Las muchachas se levantaron para traer las viandas de la cocina.

—¿No esperamos a Ahmad? —preguntó Alsaberi.

—Te pido mil perdones —repuso Aga Yan—, pero al ver a Nosrat se me olvidó darte el recado. Ahmad me ha llamado al zoco para decirme que no podría venir esta noche. Al parecer, celebran su propia fiesta en Qom.

Ahmad era el hijo de Alsaberi. Tenía diecisiete años y estaba cursando sus estudios coránicos en Qom con el poderoso ayatolá Jolpayejani.

Las abuelas habían preparado un espléndido banquete de Año Nuevo y todos permanecieron largo tiempo sentados a la mesa.

Después de la cena, sirvieron los dulces preparados especialmente para la ocasión. Las mujeres habían rodeado a Shadi y le hacían preguntas sobre Teherán y las mujeres que allí vivían. Shadi les había traído regalos: laca de uñas, carmín, pantis y elegantes sujetadores. Viendo que allí estaban de más, los hombres decidieron retirarse a otro salón.

Era casi medianoche cuando una de las abuelas anunció:

—¡Señoras! ¿Querrían ir a prepararse para la oración de Año Nuevo?

Nosrat se inclinó hacia Shadi.

—¿Adónde vamos? —le preguntó ella.

—Dentro de poco todos irán a rezar, pero a mí no me van esas cosas y por eso no participo —le susurró al oído—. Quiero que vengas conmigo a la biblioteca de la casa.

—¿Por qué, qué vamos a hacer ahí?

—Ya lo verás —dijo tomándola de la mano.

Sin soltar a Shadi del brazo, Nosrat rodeó el cedro a hurtadillas, fue hasta la biblioteca y abrió la puerta con cautela.

—¿Por qué no enciendes la luz?

—No hables tan alto, las abuelas oyen y ven todo. Si se enteran de que estamos aquí, aparecerán de pronto como un par de espíritus —dijo Nosrat en voz muy baja mientras empezaba a desabrocharle los botones de la blusa.

—¡No hagas eso! ¡Aquí no! —musitó ella y lo apartó con un suave empujón.

Él la sujetó por la cintura, la estrechó contra sí y le subió la falda.

—No, aquí no, este lugar me da pavor.

—No debes sentir pavor sino emoción; el espíritu ancestral de nuestra casa se esconde entre estos libros. Durante setecientos años, los imanes de la casa han hecho de este lugar un espacio dedicado a la oración. Es un lugar sagrado, han pasado muchas cosas aquí, pero esto todavía no, y yo quiero hacerlo contigo. Quiero aportar algo hermoso a la historia de esta habitación.

—¡Oh, Nosrat! —gimió ella.

Él encendió la vela que había sobre el escritorio del imán.

—¿Dónde se han metido todos? ¡Daos prisa, el imán ya está listo! —rezongó Jolbanú desde el patio donde habían extendido dos grandes alfombras para la oración. Sólo faltaba Nosrat y la mujer de Teherán.

—Ya te lo dije, es un desvergonzado, pone en evidencia a la mezquita en cuanto se le presenta la ocasión, pero no pienso permitírselo. ¡Debe estar presente en la oración! —se empeñó Jolbanú.

—¿Dónde se habrán metido?

Ambas clavaron los ojos en la biblioteca. Los cristales temblaban.

¿Estarían confundidas?

No, hasta las cortinas se movían.

Las abuelas se acercaron a la puerta con sigilo, pero no se atrevieron a abrirla. Se arrodillaron con cautela delante de la ventana y miraron a través del resquicio de la cortina. Atisbaron la luz de la vieja vela que nunca se encendía y, haciéndose visera con las manos, escrutaron el interior con más atención.

Los anaqueles fluctuaban a la luz de la vela. Las dos se asustaron por lo que vieron y se incorporaron de golpe.

¿Qué debían hacer? ¿Decírselo a Aga Yan? No, no sería prudente en una noche tan señalada. ¿Qué debían hacer entonces con el pecado imperdonable que Nosrat estaba cometiendo en la biblioteca?

Callar, se dijeron la una a la otra con la mirada.

Su deber era callar, del mismo modo que otras abuelas quizá tuvieron que hacerlo en el pasado. Necesitaban un corazón muy grande para poder guardar todos los secretos inconfesables de la casa.

Así pues, no habían visto ni oído nada.

El imán había empezado la oración. Todos se habían situado detrás de él y estaban postrados en dirección a La Meca. Las abuelas se sumaron discretamente al grupo de mujeres. La casa se sumió en el silencio y sólo se oyó la voz del imán:

 

Alah nurus smavat wal arzo masalu nurihi kamishkatin fiha…Él es luz.Su luz se asemeja a un nicho en el que hubiera una llama.El cristal es como una estrella brillante.Lo alimenta el aceite de un olivo bendito.El aceite casi se enciende por sí solo.Luz sobre luz.Jaljal

 

Las niñas de la casa crecieron y a algunas les llegó la hora de casarse. Pero ¿cómo iban a tomar esposo si ningún hombre había llamado a la puerta para pedir su mano?

En Seneyán, los forasteros no se presentaban en una casa de improviso para proponer en matrimonio a una de las hijas de la familia; aquélla era una tarea reservada a las mediadoras: ancianas casamenteras que se encargaban de poner en contacto al hombre con la familia de la mujer. Aquellos encuentros solían celebrarse en las frías veladas invernales.

Algunas familias no necesitaban casamenteras. Las mujeres se arrebujaban en sus velos, los hombres se calaban el sombrero y juntos se plantaban en la casa de alguna familia que tuviera una hija adolescente. Los padres con hijas casaderas estaban permanentemente a la espera de que llamaran a su puerta en el momento menos pensado, por eso los visitantes nunca los encontraban desprevenidos.

En aquellas veladas se hablaba largamente del oro y las alfombras que la novia aportaría como dote; y de la casa, el terreno o tal vez la suma de dinero que el novio debería entregar a su prometida en el caso de que finalmente el matrimonio no llegara a celebrarse.

En cuanto los hombres llegaban a un acuerdo, las mujeres se encargaban de ultimar los demás detalles, que solían centrarse en el vestido de la novia y las joyas que ésta recibiría durante la ceremonia.

Los relojes-brazalete femeninos eran el último grito en el zoco de Seneyán y todas las novias deseaban lucir uno de aquellos elegantes accesorios.

Si los vecinos veían por las ventanas la luz encendida de una casa hasta altas horas de la noche, sabían que la familia estaba negociando una boda. Los salones estaban caldeados y los cristales empañados por el humo de los narguiles. Pero aquellas largas veladas invernales también podían resultar desazonadoras para las familias con hijas casaderas que temían que nadie llamara a su puerta.

En la casa de la mezquita, Sediq, la hija del imán, estaba en edad de casarse.

Todos aguardaban en silencio: quizá llamaran a la puerta, quizá sonara el teléfono. Pero el invierno casi había terminado y aún no se había presentado nadie.

Las hijas de la casa de la mezquita lo tenían muy difícil para encontrar un buen partido, pues no estaba al alcance de todos pedir su mano. Una chica de ciudad podía elegir entre un carpintero, un albañil, un panadero, un funcionario del ayuntamiento, un maestro de escuela o un joven que acabase de entrar a trabajar en la compañía ferroviaria. Pero aquéllos no eran candidatos adecuados para una hija de aquella casa.

El régimen del sah era corrupto, por tanto, nadie que trabajara para el Estado podía aspirar a casarse con ellas. Tal vez un maestro, aunque, a decir verdad, los únicos candidatos aceptables eran los hijos de importantes comerciantes.

El invierno pasó y las muchachas que no habían recibido ninguna propuesta matrimonial sabían que tendrían que esperar un año más. Por suerte, la vida no siempre se ciñe a las tradiciones y a veces elige sus propios derroteros. Y así sucedió; una noche llamaron al timbre.

—¿Quién es? —preguntó Shabal, el hijo de Muecín.

—Yo —sonó una firme voz masculina desde el otro lado de la puerta.

Shabal abrió la puerta y vio bajo la luz amarillenta de la farola a un joven imán con un llamativo turbante negro. Lo llevaba ligeramente ladeado y olía a perfume de rosas. Lucía una túnica de imán, larga y oscura, y se notaba que era la primera vez que se la ponía.

—Buenas noches —saludó el joven imán.

—Buenas noches —contestó Shabal.

—Me llamo Mohamed Jaljal.

—Encantado de conocerlo. ¿En qué puedo servirlo?

—Desearía hablar con el imán Alsaberi, si es posible.

—Lo lamento mucho, pero es muy tarde y el imán no recibe visitas a estas horas. Si lo desea usted, puede verlo mañana en la mezquita.

—Pero es que querría hablar con él ahora.

—¿Puedo saber de qué se trata? Quizá yo pueda ayudarlo.

—Deseo hablar con él sobre su hija Sediq.

Por un instante Shabal no supo qué decirle, pero enseguida recobró la compostura.

—En ese caso será mejor que hable con Aga Yan. Iré a anunciarle su visita.

Shabal dejó la puerta entreabierta y se dirigió al estudio de Aga Yan, que estaba escribiendo en su cuaderno.

—Hay un joven imán en la puerta. Dice que viene a hablar de la hija de Alsaberi.

—¿Has dicho que está en la puerta?

—Sí, dice que quiere hablar con el imán.

—¿Lo conozco?

—Yo diría que no. Es un imán un tanto extraño, no es de la ciudad. Huele a rosas.

—Hazlo pasar —le pidió Aga Yan mientras recogía el cuaderno y se ponía en pie.

—Pase usted —le dijo Shabal al imán, y lo condujo hasta el estudio de Aga Yan.

—Buenas noches. Me llamo Mohamed Jaljal. ¿Llego en mal momento?

—No, claro que no. Sea usted bienvenido. Siéntese por favor —lo invitó Aga Yan al tiempo que le estrechaba la mano.

Aga Yan se dio cuenta de que, en efecto, no se trataba de un hombre común. Le agradó ver que llevaba un turbante negro como los imanes de la casa, lo que significaba que era descendiente del profeta Mahoma.

Aga Yan poseía un antiguo pergamino con el árbol genealógico de la familia, que se remontaba hasta el profeta Mahoma, y en él estaban todos los nombres del linaje masculino de la casa. Aquel pergamino y el anillo del santo Alí se hallaban conservados en una urna especial en la cámara del tesoro de la mezquita.

—¿Le apetece un té? —preguntó Aga Yan.

Al poco apareció Jolbanú con el servicio de té y un platito de dátiles, y le entregó la bandeja a Shabal, que puso la taza y los dátiles delante de Jaljal. Cuando el muchacho se disponía a abandonar la estancia, Aga Yan lo detuvo.

—Puedes quedarte.

Shabal tomó asiento en un rincón.

Jaljal se llevó un dátil a la boca y bebió un sorbo de té. A continuación, se aclaró la garganta y sin más preámbulos se dispuso a hablar.

—Vengo a pedir la mano de la hija del imán Alsaberi.

Aga Yan, que acababa de llevarse el vaso a los labios, volvió a dejarlo sobre la mesa, sin probarlo siquiera, y miró de soslayo a Shabal. No estaba preparado para una propuesta tan directa. Tampoco era habitual que el hombre acudiese solo para pedir la mano de la hija de la familia. La tradición mandaba que fuera el padre del novio quien tomara la iniciativa. Pero Aga Yan era un hombre de mundo y contestó con calma:

—Nos alegramos de recibirlo. ¿Puedo preguntarle dónde vive y qué ocupación tiene?

—Vivo en Qom y he completado mi formación de imán.

—¿Con qué ayatolá ha estudiado?

—Con el gran ayatolá Almakki.

—¿Almakki? —repitió Aga Yan con sorpresa—. Tengo el honor de conocer personalmente al ayatolá. —Al oír el nombre de Almakki, supo de inmediato que el joven religioso pertenecía a una corriente revolucionaria contraria al régimen del sah. El nombre Almakki era prácticamente sinónimo de oposición religiosa clandestina. Así pues, aquel joven imán que llevaba el turbante un poco ladeado y se había perfumado con agua de rosas no era neutral en asuntos de política—. ¿A qué se dedica usted por el momento? ¿Lo han destinado a una mezquita?

—No, todavía no, pero no me falta trabajo como suplente en las mezquitas de distintas ciudades. Cuando un imán cae enfermo o está de viaje, me llaman para sustituirlo.

—Entiendo. Aquí también sucede a veces, pero tenemos un suplente fijo. Se trata del imán de la aldea de Yeria. Es de confianza y siempre que lo necesitamos acude de inmediato. —Habría querido preguntarle dónde vivían sus padres y por qué no lo había acompañado nadie de su familia para pedir la mano de la hija de Alsaberi, pero se abstuvo. Sabía que el joven imán le replicaría: «Soy mayor de edad para saber con quién me caso. Me llamo Mohamed Jaljal y mi ayatolá se llama Almakki. ¿Qué más necesita usted saber?»—. ¿De qué conoce a nuestra hija? ¿La ha visto alguna vez?

—No, pero mi hermana sí la ha visto. Además, el ayatolá Almakki me la ha recomendado, ha escrito una carta para usted —le informó mientras sacaba un sobre de su bolsillo y se lo entregaba.

Si el joven llevaba consigo una carta del ayatolá, Aga Yan no tenía ya nada que objetar. Si Almakki había dado su aprobación a aquella unión, no había más que hablar. El asunto estaba zanjado.

Desdobló el papel con solemnidad. La carta del ayatolá rezaba así:

En el nombre de Alá.Aprovecho que Mohamed Jaljal va a visitarlo, para enviarle mis saludos.Wasalam AlmakkiEn aquella breve misiva había algo extraño que Aga Yan no acertó a discernir. Ciertamente no era una recomendación, y tampoco una disuasión, sólo era una simple constatación. El ayatolá no debía de estar muy impresionado con Jaljal o, de lo contrario, habría sido más explícito. Sin embargo, el joven imán llevaba consigo una carta de Almakki y ese detalle por sí solo ya significaba mucho. Aga Yan la guardó en el cajón.

—Tengo que pensar un poco en el siguiente paso. Podríamos acordar lo siguiente: hablaré de este encuentro con el imán Alsaberi y con su hija. Después concertaremos una cita y usted vendrá aquí con su familia, con su padre. ¿Le parece bien?

—De acuerdo —dijo Jaljal.

Shabal acompañó a Jaljal a la salida y regresó al estudio.

—¿Qué opinas tú, Shabal? —le preguntó Aga Yan.

—Me parece un hombre especial, es listo. Eso me gusta.

—Tienes razón. ¿Te fijaste en cómo se sentaba? No se puede comparar con esos imanes provincianos. Pero tengo mis reservas.

—¿Qué reservas?

—Es muy ambicioso. El ayatolá no dice nada concreto de él en su carta. Lo menciona pero no le dedica ni un solo comentario. Intuyo un fondo de duda en su carta. Seguro que Jaljal no es un mal partido, pero entraña un riesgo. ¿Será apropiado para nuestra mezquita? Alsaberi es blando, pero tengo la impresión de que este joven imán es duro.

—¿Qué quiere decir con eso?

—¿Está Alsaberi despierto aún?

Shabal separó las cortinas para mirar.

—Aún se ve luz en la biblioteca.

—Quiero que este asunto quede entre nosotros de momento. No debe llegar a oídos de las mujeres, ¿entendido? —le advirtió Aga Yan, y salió de la estancia en dirección a la biblioteca.

Llamó a la puerta y entró. Alsaberi se hallaba sentado sobre su alfombrilla leyendo un libro.

—¿Cómo te ha ido el día? —le preguntó Aga Yan.

—Normal —repuso Alsaberi.

—¿Qué estás leyendo?

—Un libro sobre la actuación política de los ayatolás en los últimos cien años. Parece que nunca han vivido tranquilos, siempre han encontrado algo contra lo que oponerse. Y siempre se las han ingeniado para hacerse con el poder. Este libro es como un espejo en el que me veo reflejado. No tengo nada en contra de la política, pero soy incapaz de ejercerla. No me siento preparado para esa clase de asuntos y eso me hace sentir culpable.

Alsaberi hablaba con inusitada franqueza y Aga Yan percibió que había ido a verlo en un momento importante.

—Sé que en Qom no están satisfechos conmigo. Temo que si sigo callando, la gente se vaya a otras mezquitas y la nuestra se quede vacía.

—No debes preocuparte por eso —lo tranquilizó Aga Yan—. Al contrario, habrá más gente que venga a nuestra mezquita si sabe que no te metes en política. Los fieles que acuden al templo son gente normal. La mezquita es su casa, llevan toda la vida viniendo a rezar y no van a cambiar de la noche a la mañana. Te conocen demasiado bien para hacer algo así y también te respetan demasiado.

—Pero el zoco —añadió el imán—, el zoco siempre ha sido el centro de la vida política, también lo dice este libro. Los zocos han tenido un papel decisivo en la historia de los dos últimos siglos y los imanes siempre los han utilizado como armas. Si los comerciantes del zoco cierran sus tiendas, todos saben que sucede algo excepcional, algo muy importante. Sé que el zoco no está contento conmigo.

Aga Yan sabía perfectamente a lo que Alsaberi se refería. Tampoco él estaba satisfecho con el imán, pero no podía destituirlo sólo porque el hombre fuese débil de carácter. Alsaberi era el imán de la mezquita y seguiría siéndolo hasta su muerte. Sabía que se oían quejas en el zoco; que los principales comerciantes esperaban más movimiento en la mezquita, pero ¿qué podía hacer él si Alsaberi no daba más de sí? No hacía mucho que Aga Yan había recibido una invitación para ir a Qom. Allí le habían dejado claro que la mezquita debía corregir su postura. Querían oír voces clamando contra el sah y sobre todo contra los americanos. Aga Yan les había prometido que conseguiría una mezquita más activa, pero sabía bien que Alsaberi no era el hombre adecuado para ello.

Qom era el centro del mundo chií. Todos los grandes ayatolás vivían en Qom, y desde allí dirigían a los demás clérigos. La mezquita de Seneyán era una de las más importantes del país y, precisamente por eso, los ayatolás esperaban más iniciativa por su parte. Qom hacía preguntas, Qom planteaba exigencias, pero, mientras Alsaberi estuviera al frente de la mezquita, no había nada que Aga Yan pudiera hacer. Tal vez por eso Almakki había enviado a aquel joven imán a la casa.

Aga Yan cambió de tema.

—Tengo una sorpresa para ti. Y además tiene relación con el libro que estás leyendo.

—¿Qué sorpresa es ésa?

—Alguien ha venido a pedir la mano de tu hija.

—¿Quién es?

—¡Un joven imán de Qom! Discípulo del ayatolá Almakki.

—¿Almakki? —repitió el imán, sorprendido, y dejó el libro sobre la alfombra.

—No teme la política, va bien vestido, se le ve seguro de sí mismo y lleva un turbante negro un poco ladeado —comentó Aga Yan sonriente.

—¿Cómo es que nos quiere a nosotros? A mi hija, quiero decir...

—En esta ciudad, todos saben que tienes una hija casadera. Y cualquiera puede pedir su mano, pero creo que a este joven imán le interesa no sólo tu hija, sino también la mezquita y tu almimbar.

—¿Cómo dices?

—Bueno, ya sabes que tratándose de Almakki la política siempre anda por medio.

—Tenemos que pensarlo bien antes de darle una respuesta. Hay que aclarar si viene por nuestra hija o por la mezquita.

—Lo haremos, pero no temo los cambios. Y tampoco le doy la espalda a las cosas que se cruzan en mi camino. No creo en el azar. Ese hombre no ha llamado a nuestra puerta porque sí; encaja muy bien en esta casa. La mezquita ha tenido algunos imanes muy fervorosos en el pasado. Iré personalmente a Qom para hablar con Almakki. Si él nos lo recomienda como persona y como esposo, le daré nuestra bendición. Llamaré a tu hijo Ahmad. No estudia en la misma madraza que Jaljal, pero es bastante probable que lo conozca.

—Haz lo que creas conveniente, pero sé cauteloso. Asegúrate de que no se trata de un matrimonio político-religioso. No quiero dar mi hija a cualquier imán. Debemos asegurarnos de que sea un buen hombre. Quiero un buen partido para ella. No deseo dejarla en manos de los ayatolás.

—No tienes nada que temer —lo tranquilizó Aga Yan.

—Últimamente no me siento muy bien. A menudo me invade la tristeza. Me he vuelto más miedoso, temo por todo, especialmente por la mezquita, a veces ya no sé de qué hablar durante el sermón del viernes.

—Estás cansado. ¿Por qué no vas a pasar unos días a Yeria? Llévate a las abuelas y descansa allí una semana. A ellas también les vendrá bien. Hace mucho tiempo que no han estado en la aldea. Te mortificas con las normas que tú mismo te impones. Nadie es tan riguroso con su aseo personal como tú, te aíslas de todo el mundo; no podrás seguir así por mucho tiempo. Ve a Yeria, quizá dentro de poco tendrás un flamante yerno sobre el que puedas apoyarte de vez en cuando —lo animó Agan Yan, y abandonó la biblioteca con una sonrisa.

Al día siguiente, Aga Yan llamó a Qom y habló con Ahmad.

—¿Conoces a Mohamed Jaljal?

—¿De qué lo conoce usted?

—Ha venido a pedir la mano de tu hermana.

—¡No hablará en serio! —exclamó Ahmad, perplejo.

—Sí, hablo en serio. ¿Qué puedes decirme de él?

—Es muy popular en Qom, aunque yo no lo conozco personalmente. Es muy elocuente y tiene las ideas muy claras. No se parece en nada a los demás imanes que conozco, pero no sabría decirle cuáles son sus intenciones.

—¿Tú qué opinas? ¿Crees que puede ser un marido adecuado para tu hermana?

—Qué puedo decir yo, es difícil opinar; por lo que sé, es un tipo duro. El único imán que mi hermana conoce es mi padre y está convencida de que todos los clérigos son como él.

—Para mí lo más importante es que tu hermana sea feliz a su lado —reconoció Aga Yan.

—Sólo puedo decirle que es un joven bueno y listo, pero no me atrevo a afirmar que vaya a ser un buen esposo para ella.

—Creo que con eso me basta, Ahmad.

A continuación, Aga Yan llamó a la residencia del ayatolá Almakki y concertó una cita con él. El jueves a primera hora de la mañana el chófer de Aga Yan se plantó delante del portal y lo condujo hasta la estación. Enfundado en un abrigo largo y con sombrero, Aga Yan se apeó y entró en el monumental vestíbulo. En cuanto el jefe de la estación lo vio llegar, apagó el cigarro y salió a su encuentro.

—Muy buenos días tenga usted. ¡Feliz viaje! —dijo educadamente.

Ensah Alah —dijo Aga Yan—. Si Dios quiere.

Aga Yan iba a subir al largo tren de color marrón, que había llegado a la estación hacía media hora procedente de los confines meridionales del país, en el golfo Pérsico, y que no tardaría en reanudar su trayectoria rumbo al este, hasta la frontera con Afganistán. El tren hacía muchísimas paradas a lo largo del recorrido. A Aga Yan le esperaban tres largas horas de viaje.

El vestíbulo de la estación estaba lleno de viajeros y de personas que iban a recibir a alguien. Vio a numerosos hombres con sombrero y a mujeres con abrigos largos, y reparó en que muchas de ellas no llevaban velo. Cada vez que viajaba en tren constataba cuánto había cambiado la fisonomía del país. Las gentes que venían del sur parecían mucho más desenvueltas y distintas de los habitantes de Seneyán. Algunas mujeres iban con la cabeza descubierta e incluso con los brazos desnudos. Había mujeres con sombrero, mujeres con bolso, mujeres que reían, que fumaban. Aga Yan sabía que todos aquellos cambios se debían al sah, que no era más que el siervo de los americanos. Estados Unidos estaba socavando las creencias del país y nadie podía hacer nada para evitarlo.

El jefe de la estación lo invitó a su despacho, le ofreció un vaso de té recién hecho y, cuando llegó la hora de partir, lo escoltó personalmente hasta un compartimento especial, reservado para los pasajeros importantes.

Tres horas después, Aga Yan divisó la cúpula del mausoleo de Fátima y el tren se adentró en la estación de Qom.

Cuando el viajero llegaba a Qom, tenía la impresión de entrar en otro mundo. Las mujeres iban tapadas con velos negros, todos los hombres llevaban barba y allá donde mirara los imanes eran omnipresentes.

Aga Yan se apeó del tren. Por todas partes se oía la voz de los muecines que, desde los minaretes de las mezquitas, declamaban el Corán por los altavoces. No había ni un solo retrato del sah, pero grandes telas colgaban de las paredes con fragmentos del Corán. El sah nunca se acercaría a esa ciudad. Tampoco los diplomáticos americanos se arriesgaban a pasar por Qom, ni en coche ni en tren.

Qom era el Vaticano de los chiíes, la ciudad sagrada del país donde se hallaba enterrada santa Fátima. La cúpula de oro de su tumba refulgía como una joya en el centro de la ciudad. Aga Yan tomó un taxi hasta la mezquita del ayatolá Almakki. Eran exactamente las doce del mediodía cuando se apeó del vehículo a las puertas del templo.

El ayatolá apareció con sus discípulos, jóvenes imanes que lo acompañaban hasta el lugar de oración. Al ver a Almakki, Aga Yan inclinó la cabeza con reverencia. El ayatolá le tendió la mano y Aga Yan se la estrechó, luego lo siguió hasta el lugar de oración y ocupó un lugar en la primera fila. Concluido el rezo, Aga Yan se arrodilló junto al ayatolá.

—¡Bienvenido sea! ¿Qué le trae por aquí? —le preguntó el ayatolá.

—En primer lugar deseaba ver su bendito rostro y en segundo lugar vengo para hablar de Mohamed Jaljal.

—Era mi mejor discípulo. Y cuenta con mis bendiciones —comentó el ayatolá.

—Siendo así, sé todo lo que debo saber —concluyó Aga Yan, lo besó en el hombro y se incorporó.

—Pero… —añadió el ayatolá.

Aga Yan volvió a sentarse.

—Siempre busca su propio camino.

—¿Qué quiere decir el ayatolá con eso? —inquirió Aga Yan.

—Bueno, pues que no se limita a seguir al rebaño.

—Entiendo.

—Le deseo un feliz matrimonio y un buen viaje de vuelta —le dijo el ayatolá estrechándole la mano.

Aga Yan estaba satisfecho con lo que el ayatolá le había dicho acerca de Jaljal. Le había expresado su aprobación. Y sin embargo, en su fuero interno seguía sintiendo una gran inquietud.

De nuevo en casa, llamó a Shabal a su estudio.

—Shabal, ¿podrías pedirle a Sediq que venga?

Cuando Sediq oyó que Aga Yan quería hablar con ella, supo que se trataba de algo importante.

—Siéntate. ¿Va todo bien? —le preguntó Aga Yan.

—Sí, todo va bien.

—Escucha, hija, ha venido un hombre a pedir tu mano.

A Sediq se le demudó el rostro y hundió la barbilla en el pecho.

—Se trata de un imán.

Sediq miró a Shabal y éste le sonrió.

—Es un imán joven y brillante —la animó el muchacho.

Sediq sonrió.

—He ido a Qom y me he entrevistado con su ayatolá. Me ha hablado muy bien de él. También tu hermano lo ve con buenos ojos. ¿Qué opinas tú? ¿Te gustaría casarte con un imán?

Sediq calló.

—El silencio no está permitido en una petición de matrimonio. Debes darme una respuesta —le recordó Aga Yan.

—Es un imán muy apuesto. Llevaba una túnica impecable y unos relucientes zapatos marrón claro. Su aspecto era irreprochable —le aseguró Shabal sonriente.

Aga Yan hizo como si no hubiera oído los comentarios de su sobrino, pero a Sediq, que sí los había oído, se le escapó otra sonrisa.

—Adelante pues —musitó tras una larga pausa.

—Quiero añadir una cosa más. Es muy distinto de tu padre. Es discípulo del ayatolá Almakki. ¿Te dice algo ese nombre?

Sediq desvió la mirada hacia Shabal.

—No es un imán de pueblo —le aclaró el chico.

—Te espera una vida agitada e incluso difícil —le advirtió Aga Yan—. ¿Crees que podrás vivir así?

—¿Qué cree usted? —repuso ella, después de meditar la respuesta.

—Por una parte, es un honor llevar esa clase de vida; por otra, puede convertirse en un infierno si uno no logra adaptarse.

—¿Podría hablar primero con él?

—¡Por supuesto! —exclamó Aga Yan.

Una semana más tarde, Shabal condujo a Jaljal al cuarto de huéspedes, donde había una fuente con fruta fresca y té recién hecho. A continuación, fue en busca de Sediq e hizo las presentaciones.

Sediq saludó al imán y permaneció de pie junto al espejo de pared. Él le preguntó si no deseaba tomar asiento y ella se aflojó un poco el velo para que pudiera verse mejor su cara. Shabal los dejó a solas y cerró la puerta con suavidad.

Las abuelas se habían apostado junto a la alberca y no perdían detalle. Fagri Sadat había espiado a Jaljal a través de la ventana de la segunda planta y Zinat Janum, la mujer de Alsaberi, permanecía en su habitación rezando para que su hija tuviera un buen matrimonio. Era lo único que podía hacer, pues nadie le pedía nunca su opinión. Lo que ella pensara no contaba para nada. En aquella casa quien tomaba las decisiones era Fagri Sadat.

Las hijas de Aga Yan estaban escondidas detrás de las cortinas para poder echar un vistazo a Jaljal en cuanto saliera del cuarto de huéspedes.

El encuentro entre Jaljal y la futura novia duró poco menos de una hora. A su término, la puerta de la estancia se abrió dejando paso a una Sediq radiante. Miró a las abuelas y subió a la planta superior.

Shabal acompañó a Jaljal al patio.

—Éstas son las abuelas de la casa.

Fagri Sadat salió a saludarlo.

—Y ésta es la esposa de Aga Yan, la reina de la casa —bromeó Shabal.

Jaljal la saludó sin mirarla siquiera. A continuación, todas las muchachas fueron desfilando ante el religioso y una vez estuvieron hechas las presentaciones, Shabal lo acompañó al zoco para que Aga Yan pudiera hablar con él.

Al cabo de unos días, Aga Yan recibió a Jaljal y a su padre en su estudio. Alsaberi también estaba presente. En aquella ocasión, su charla fue muy distinta de las conversaciones matrimoniales al uso, pues no se malgastó ni una sola palabra en hablar de oro o de dinero. La novia le daría al novio un ejemplar del Corán con tapas de oro y abandonaría la casa paterna con un velo blanco y un libro del poeta medieval Hafiz. Pero todo el mundo sabía que las familias ricas de la ciudad no dejaban que sus hijas llegaran a su nuevo hogar con las manos vacías, sino que se daba por sentado que la dotarían de todo lo necesario. Después, la conversación se centró en la mezquita, la biblioteca, los libros, los viejos sótanos, el ciego Muecín y, por supuesto, el centenario cedro de la casa. Por fin, se fijó el día de la boda.

Mobarak ensah Alah —dijeron los hombres y sellaron el acuerdo con un apretón de manos.

Cuando todo estuvo arreglado, Sediq entró en la estancia con una fuente de plata y cinco tazas de té.

La boda se celebraría el día del nacimiento de santa Fátima. Es uno de los días más hermosos del año; haría calor, pero el viento que soplaba de las montañas se encargaría de refrescar agradablemente el ambiente. Apetecería estrechar a la novia entre los brazos y acurrucarse bajo la fina colcha estival. En ese período, casi todo el mundo dormía en las azoteas, y en los tejados se veían muchas tiendas de campaña de un blanco translúcido. Eran las tiendas de las parejas de recién casados. Celebrarían una fiesta a la que invitarían a las principales familias de la ciudad y del zoco. No era una boda cualquiera, se casaba la hija del imán Alsaberi. Tampoco el novio era un maestro de escuela o un funcionario del registro civil, ni siquiera era un comerciante, sino un imán con turbante negro llegado de Qom.


Arusi

 

Llegó el arusi, el día de la boda. Zinat Janum llamó a su hija a su cuarto y cerró la puerta.

—¿Estás contenta de casarte con Jaljal? —le preguntó después de darle un beso.

—No sé…

—Debes alegrarte, es un hombre apuesto y tu padre dice que muy ambicioso.

—Eso es precisamente lo que me da miedo.

—Yo también estaba asustada cuando me casé con tu padre; todas las muchachas sienten miedo al irse a vivir con un hombre al que no conocen, pero, en cuanto estéis juntos, verás como tus temores se disipan. Al fin y al cabo, todas las muchachas deben casarse y abandonar la casa paterna.

Zinat Janum consolaba a su hija con palabras tranquilizadoras, pero en lo más profundo de su ser también albergaba dudas, aunque no supiera por qué. En aquel preciso instante, volvió a embargarla una desagradable desazón, pero no permitió que Sediq lo notara.

—Todavía no puedo creerlo. —Suspiró.

—¿Qué no puedes creer?

—Pues que te hayas hecho tan mayor, que estés a punto de casarte e irte de casa.

—¿Por qué pareces tan triste?

Zinat tenía los ojos anegados en lágrimas.

—Lloro por tu felicidad —musitó, y besó a su hija.

Desde el día en que Sediq nació, Zinat tuvo miedo de perderla. Miedo de encontrársela muerta de pronto en la cuna, en el jardín o en la alberca. La infancia de la pequeña fue una época lúgubre para ella. La atenazaba la angustia y por las noches no se atrevía a acostarse, sabiendo que le esperaban espantosas pesadillas.

Zinat Janum era sobrina del imán Alsaberi y tenía dieciséis años recién cumplidos cuando se casó con él. Tuvieron una hija, Ozra, cinco años mayor que Sediq, que al cumplir los dieciocho años se casó con un pariente de Zinat y se fue a vivir con él a Kashán. La pareja tenía tres hijos.

Después, Zinat tuvo un varón, Abas, que pronto se convirtió en la esperanza de la familia como futuro sucesor de Alsaberi al frente de la mezquita. Pero un caluroso día de verano sucedió algo terrible mientras Zinat estaba en casa sola con el niño. Abas empezaba a dar sus primeros pasos y se divertía siguiendo a los gatos de la casa con su andar vacilante. En un momento dado, Zinat subió a su habitación y se olvidó por completo de él. Sólo al reparar en el silencio, asomó la cabeza por la ventana, pero no vio a Abas por ninguna parte. Corrió escaleras abajo y vio los gatos junto a la alberca. En el agua flotaba el cuerpo de su hijo. Dando voces, Zinat intentó sacarlo del agua. Unos instantes después aparecieron varios hombres en la azotea de la mezquita y corrieron en su ayuda. Intentaron agarrar al niño por el vientre, pero fue en vano. Zinat gritó. Cogieron al niño por los pies y lo sacudieron, pero tampoco eso sirvió de nada. Zinat gritó. Encendieron fuego y acercaron al niño a las llamas. Pero era demasiado tarde. Zinat gritó. Los hombres dejaron al niño en el suelo y lo cubrieron con el velo de su madre. Abas, la esperanza de la casa, había muerto.

Nadie le reprochó a Zinat lo sucedido, pero ella se retiró a su habitación, destrozada. Aga Yan fue a hablar con ella.

—Zinat, yo acepto la voluntad de Dios y tú debes hacer lo mismo.

En la casa nadie habló más de Abas. Durante meses, todos lloraron su pérdida en silencio, pero nadie hablaba de él. Zinat interpretó aquel mutismo como un castigo, un duro castigo.

Al año siguiente, tras quedarse embarazada de Sediq, Zinat decidió salir por fin de su habitación y ayudar a las abuelas en la cocina. Pero hubieron de pasar dos años más y el nacimiento de Ahmad para que Zinat volviera a erguir la espalda y retomara su vida anterior.

Sin embargo, ya fuera por culpa del accidente o no, el caso fue que Zinat no volvió a encontrar su lugar en la casa. Vivía a la sombra de Fagri Sadat y se sentía una mujer de segunda clase. Si le hubiera sucedido algo así a Fagri Sadat, a buen seguro que Aga Yan le habría brindado todo su apoyo y habría hecho lo imposible para mitigar su dolor. Pero Alsaberi era débil. Nunca le recriminó nada a Zinat, pero tampoco le ofreció su consuelo en aquellos años difíciles. Jamás la abrazó ni tuvo palabras de ánimo para ella. Y sabido es que si tu propio marido te deja de lado, los demás hacen lo mismo; si tu marido no se fija en ti, nadie te ve. Y eso era precisamente lo que sucedía en aquel momento: su hija estaba a punto de casarse y nadie le había pedido su consentimiento.

—No importa —se dijo Zinat mirándose al espejo y enjugándose las lágrimas—. Ya llegará mi hora.

En la casa reinaba el ajetreo. Habían colgado en el patio una larga cortina, la misma que solían utilizar en la mezquita para separar a los hombres de las mujeres durante la oración. Habían extendido por el suelo costosas alfombras y los hombres de la mezquita habían forrado las paredes con tapices que contenían jubilosos textos sagrados.

De las ramas de los árboles colgaban retazos de satén verde con versos de los maestros poetas. Habían hecho venir de Qom a un recitador capaz de conmover a la gente declamando un rítmico sura del Corán.

Aga Yan se había puesto su traje nuevo y había ido al barbero. Le gustaba ir aseado y bien vestido, y gracias a Fagri Sadat era uno de los pocos mercaderes del zoco que dedicaba algo de tiempo a cuidar de su aspecto. Su criado se ocupaba de que los zapatos estuviesen siempre bien lustrados, y las abuelas le planchaban las camisas.

—Eres el hombre más apuesto de la ciudad —bromeaba a veces Fagri Sadat—. Cuando vas recién afeitado y con ese sombrero, nadie diría que sabes el Corán de memoria.

El imán aún estaba en la biblioteca. Más tarde, cuando todos los invitados hubiesen llegado, se dejaría ver un rato, pero no tardaría mucho en retirarse de nuevo con sus libros.

La fiesta había comenzado. Las principales familias y los prohombres de la ciudad habían ido llegando a la casa. Los hombres se situaban en el lado derecho del patio, junto al añoso cedro, y se sentaban en las sillas dispuestas alrededor de la alberca; las mujeres seguían hacia delante y desaparecían detrás de la gran cortina, donde se acomodaban en los hermosos y fragantes jardines que Am Ramazan, el jardinero de la casa, cuidaba con esmero. Nadie había llevado consigo a sus hijos pequeños, lo que era poco usual. Según la costumbre, los más chicos solían ser los primeros invitados de cualquier festejo, y no ocurrió así en aquel día único. Los invitados fueron agasajados con té y los mejores dulces de la panadería, y tanto los hombres como las mujeres fueron rociados con perfume de rosas sobre las manos.

Jaljal suscitaba mucha curiosidad, sobre todo entre el sector femenino.

Un coche se detuvo en el portal y el alcalde se apeó de él. Aga Yan fue a darle la bienvenida y los dos hombres tomaron asiento junto a la alberca. Al rato llegó un segundo coche y todo el mundo supo que se trataba del novio. Aga Yan salió a recibirlo y lo acompañó hasta donde estaba el alcalde, que se puso en pie para felicitarlo, pero Jaljal hizo como si no lo viera o no lo reconociera. Lo tenía por un siervo del sah y jamás se avendría a sentarse a su lado, y menos aún a estrecharle la mano. El alcalde volvió a sentarse como si no hubiera ocurrido nada. Aga Yan no presenció el incidente, pues en aquel momento se hallaba conversando con otro invitado.

Alrededor de las tres llegó el funcionario del registro civil acompañado de dos ayudantes con barba que portaban sendos libros bajo el brazo. Los tres se sentaron a la mesa donde poco después se firmarían las actas matrimoniales, abrieron los libros y dio comienzo la ceremonia oficial. En ese instante se oyeron murmullos al otro lado de la cortina.

Salam Fateme, salam bar Fateme! —corearon las mujeres.

Todos los asistentes supieron que la novia había llegado y que había tomado asiento frente a la mesa donde los funcionarios del registro civil seguían escribiendo.

La novia estaba más hermosa que nunca. Llevaba un vestido de un blanco marfileño y un velo verde claro con flores rosa. Se había puesto rímel y se notaba que se había depilado las cejas; así aparentaba ser una mujer joven, más que la muchacha que aún era.

El funcionario pidió la partida de nacimiento de la novia. Aga Yan sacó unos papeles del interior de la chaqueta y se los entregó. El hombre anotó pacientemente todos los datos en su grueso libro y a continuación se dispuso a hacer lo propio con los del novio.

Jaljal buscó en sus bolsillos pero no sacó nada, susurró algo al oído de su padre y rebuscó en la cartera. Todo el mundo tenía la mirada fija en él y esperaba que sacara los papeles, pero no los llevaba consigo.

—Los he olvidado —admitió Jaljal.

Al otro lado de la cortina, donde estaban las mujeres, el revuelo fue notorio.

La situación era inaudita.

—¿Lleva algún otro documento que pueda acreditarlo? —le preguntó el hombre del registro civil tras meditar unos instantes.

Jaljal volvió a rebuscar en los bolsillos y habló quedamente con su padre. No, no tenía ningún otro papel que lo acreditara.

Los murmullos arreciaron a ambos lados de la cortina. Aga Yan observó al alcalde y notó recelo en sus ojos, luego cruzó miradas con algunos hombres destacados del zoco: no, nadie aprobaba aquella situación. ¿Cómo era posible que alguien quisiera casarse y se olvidara de los documentos necesarios? Todos aguardaban la reacción de Aga Yan. Éste temía que Jaljal lo hubiera hecho a propósito. Quizá de ese modo quería forzar a la familia a casarlo con su hija sin que se llevara a cabo el registro oficial del matrimonio. Tal vez ésa era la costumbre en las zonas rurales: el imán de la aldea recitaba el sura del matrimonio, la novia consentía, el novio también y con sólo estos requisitos quedaba franqueado el acceso del novio al tálamo. En casos de matrimonios así, el hombre podía tomar varias esposas. Pero en las ciudades ya no se daban aquellas costumbres y menos aún en una familia distinguida como la de Aga Yan.

—Tal vez hayas olvidado los papeles en casa de tu padre —le sugirió Aga Yan.

—No, no lo creo. Están en Qom.

Aga Yan se sentó al lado del alcalde y hablaron.

—Tiene usted razón —convino el alcalde—. No debe hacerlo.

Acto seguido, Aga Yan se dirigió a Alsaberi, que acababa de salir de la biblioteca y estaba parado junto al cedro con el conserje de la mezquita a su lado.

—Interrumpiremos la boda —le comunicó Aga Yan—. Debe ir a buscar sus papeles.

—Pero si tiene que ir a Qom no podrá estar de regreso antes de la medianoche. Quizá sería conveniente acabar de leer primero el sura del matrimonio, así luego podrá ir tranquilamente a Qom a buscar sus papeles.

—No; si acabamos de leer el sura todo habrá concluido. Nuestra hija será suya y ya no habrá nada que hacer. Si se la lleva, nos quedaremos con las manos vacías. Lo sabes mejor que yo.

—Tienes razón. Haz que vaya a buscar su partida de nacimiento —repuso Alsaberi, y se dirigió nuevamente a la biblioteca.

Aga Yan se acercó hasta el funcionario del registro civil y le comunicó que sin los papeles en regla no había boda.

Se desataron los murmullos.

Aga Yan se dirigió entonces a Jaljal.

—Esperaré. Esperaremos. Vaya tranquilamente a Qom a buscar sus papeles —le notificó con aplomo.

Jaljal no había calculado aquella reacción.

—¡Pero eso es imposible! A estas horas ya no pasan trenes para Qom y no confío en los autobuses.

—Descuide, yo lo arreglaré.

Aga Yan fue a hablar con el alcalde, que asintió un par de veces en señal de conformidad.

—Ya está. Ahora vendrá un jeep a buscarlo, el conductor del alcalde lo llevará hasta Qom. Tengo paciencia, pero debe usted darse prisa.

Jaljal se quedó sin argumentos. Se levantó y salió al portal a esperar el coche. Por un segundo, a Aga Yan le pareció ver algo ruin en su mirada, como si de pronto se le hubiese caído la máscara que ocultaba su verdadero rostro.

En principio, los asistentes no estaban invitados al banquete, pero entonces Aga Yan se dirigió a ellos.

—Les ruego me disculpen. Son cosas que pasan. Ahora me complacería invitarlos a todos al banquete. —Y tras estas palabras envió a Shabal al restaurante de enfrente para encargar la comida.

Fagri Sadat llamó a Aga Yan a su habitación.

—¿No crees que has sido demasiado duro?

—Quizá no debería decir esto, pero no me fío de él.

—¿A estas alturas?

—No es un imán corriente, es listo. Reconozco que no había esperado que se presentase aquí sin sus papeles. Tiene un plan, pero no se me ocurre para qué.

—Los hombres siempre andáis hablando de planes, ¿a qué plan te refieres?

—Ahora ya está hecho y Jaljal está de camino a Qom. Debemos tener paciencia.

—Siempre estamos igual, vosotros decidís y a nosotras nos toca tener paciencia.

—Eso no es cierto. No pienso entregar a una hija de nuestra casa así por las buenas. Creí que me entenderías.

—Y te entiendo, pero ¿qué voy a decirles a las mujeres? —repuso ella esquivando su mirada.

—Sabes bien lo que debes decir a las mujeres. Recíbelas, come con ellas, sonríeles, demuestra que estás por encima de estos contratiempos y ten paciencia.

Eran las once y media y todavía no se sabía nada de Jaljal. La cena había terminado y los sirvientes pasaron por enésima vez ofreciendo té. Los narguiles iban de mano en mano. El alcalde, que se había ausentado un par de horas, había regresado ya. Después del banquete, los hombres del zoco se habían ido a dar un paseo por la orilla del río, no sin antes expresarle su comprensión a Aga Yan: ellos habrían hecho lo mismo en su lugar.

Shabal estaba en la azotea de la mezquita vigilando la calle. Cuando por fin vio llegar el coche, le hizo una señal a Aga Yan. Un momento después, el jeep se detuvo delante de la puerta.

Jaljal bajó del vehículo, se fue derecho hacia el funcionario del registro civil, y de forma ostensible puso los papeles sobre la mesa.

Salavat bar Mohamad… —gritó alguien.

Salavat bar Mohamad —corearon los demás.

Aga Yan sonrió. Los hombres del zoco regresaron del paseo y el recitador salmodió en voz alta:

¡Por la noche cuando extiende su velo!¡Por el día cuando resplandece!¡Por el sol y su claridad!¡Por la luna cuando lo sigue!¡Por el día cuando lo muestra brillante!¡Por el cielo y Quien lo edificó!¡Por la tierra y Quien la extendió!¡Por un alma y Quien le dio forma!Mahiha

 

Jaljal partió con su esposa a Qom, pero nadie sabía dónde vivían. La familia no entendía semejante reserva, pero no hizo comentarios.

—No importa —se consoló Aga Yan—. La puerta de nuestra casa estará siempre abierta para ellos.

Jaljal había acabado su formación de imán, pero todavía no le habían asignado una mezquita fija. Los imanes titulares de una mezquita podían llevar una vida independiente; en caso contrario, se veían obligados a mantenerse con la escasa asignación que percibían de su ayatolá.

Aga Yan les había ofrecido ayuda económica, pero Jaljal lo había rechazado. Pese a todo, no perdía ocasión de echarles una mano: cuando podía, recurría a sus numerosos contactos y siempre lograba que Jaljal consiguiera trabajo como imán suplente en alguna mezquita. Sediq iba a visitarlos de vez en cuando, pero Jaljal le había prohibido revelar dónde vivían. A veces se lamentaba de su nuevo hogar ante su madre, le decía que la casa era muy pequeña e inhóspita, y que todavía no había logrado tener trato con sus vecinos.

—Qom es muy distinto —le contaba a su madre—. Todos viven encerrados en sus casas con sus familias, las puertas siempre están cerradas, y las cortinas, echadas.

—Son cosas que pasan al empezar una nueva vida, sobre todo cuando uno se muda a una ciudad que no conoce, y más aún si se trata de una ciudad tan creyente como Qom. Jaljal es joven aún, acaba de terminar su formación y todavía no tiene su propia mezquita.

—Si eso lo entiendo, pero Jaljal es muy distinto de los demás hombres que conozco; no se parece en nada a mi padre, ni a Aga Yan, ni al tío Nosrat. No sé cómo acercarme a él. Resulta muy difícil entablar conversación. Los silencios son frecuentes cuando está en casa y eso me asusta, él no habla y yo no sé qué contarle.

—No debes comparar la vida de esta casa con la de la tuya. Esta casa es antigua y ha encontrado su propio ritmo con el paso de los siglos. La tuya es la morada de un joven imán sin historia. Debes construir tu propio hogar, darle calor, relacionarte con los vecinos y mostrarle amor e interés a tu marido.

—Resulta más fácil decirlo que hacerlo, madre. Sí, puedo darle amor, pero la cuestión es si él quiere que lo ame.

—¿Por qué no habría de quererlo?

—¡No lo sé!

Siempre que Sediq iba a casa era recibida con cariño. Le regalaban ropa y zapatos nuevos, le daban dinero y la devolvían a Qom cargada de paquetes.

Cuando Jaljal tenía que viajar a otra ciudad para sustituir a un imán, enviaba a Sediq a la casa familiar y pasaba a recogerla a la vuelta. Unas veces se marchaban el mismo día, otras se quedaban a pasar una semana. En esas ocasiones ocupaban el cuarto de la cúpula. La estancia tenía un pequeño balcón con una barandilla de madera desde la que podía admirarse la sombra de la cúpula reflejada en la pared opuesta, la misma de la que años atrás había surgido aquel enjambre de hormigas.

Cuando ochocientos años antes la casa fue construida, el arquitecto había diseñado aquella habitación especialmente para el imán de la mezquita. Al atardecer, el sol se entregaba a un hermoso juego con las sombras. Al principio sólo se veía la sombra de la cúpula reflejada en la pared, pero poco después se perfilaban también las siluetas de los minaretes; más tarde, desaparecía la cúpula y sólo quedaban los minaretes. De vez en cuando, el muro mostraba el escorzo de una paloma, del viejo grajo o de los gatos en la colorida luz vespertina. Al atardecer, los gatos de la mezquita iban al balcón y espiaban la bandada de murciélagos que sobrevolaban la alberca ruidosamente.

Cuando hacía buen tiempo, podía sacarse una alfombra al balcón, poner algunos cojines en el suelo y sentarse allí cómodamente a leer o tomar el té. El huésped que se alojaba en la habitación de la cúpula podía moverse con total libertad. Por eso mismo, Jaljal lo consideraba el lugar idóneo cuando estaba allí de visita. Se pasaba todo el día metido en el cuarto, las abuelas le llevaban la comida y nadie más lo molestaba.

Jaljal hacía buenas migas con Shabal y a menudo le pedía que comiese con él. Desde la primera vez que lo vio, Shabal se había sentido fascinado por el joven imán. Conocía a muchos clérigos, pero Jaljal poseía algo que no había visto en nadie más. Tenía ideas nuevas y hablaba de temas apasionantes, y él se encandilaba oyéndolo hablar y charlando con él.

Jaljal estaba enterado de todo. Le hablaba de Estados Unidos como si conociese el país al dedillo. Le contaba cómo los americanos se habían hecho con las riendas de su patria y manejaban los hilos del gobierno entre bastidores. También le habló de la primera vez que los estadounidenses llegaron a su tierra.

—Sucedió así. Estados Unidos se estaba convirtiendo en una gran superpotencia y quería utilizar nuestra patria como base militar contra la Unión Soviética, pero Mossadeq, el primer ministro electo, que era un hombre liberal y un presidente nacionalista, se negó a cederles aquel espacio. Estados Unidos no podía esperar más tiempo, temía que la Unión Soviética invitara a Mossadeq a Moscú, donde probablemente radicalizaría su postura antiamericana. Por ese motivo, la CIA organizó un golpe de Estado y el sah dio su conformidad. Juntos, decidieron preparar un atentado contra Mossadeq, pero la Unión Soviética lo descubrió e informó inmediatamente a nuestro primer ministro, que arrestó al grupo proamericano que pensaba llevar a cabo el atentado y luego ocupó el palacio del sah. Los agentes de la CIA lograron salvar al monarca por los pelos, sacándolo del palacio en helicóptero y enviándolo a Estados Unidos en un avión militar.

—Interesante. No estaba enterado de esos hechos —reconoció Shabal.

—Esas cosas no aparecen en los libros de texto. Os enseñan una historia falsa —le explicó Jaljal.

—¿Qué pasó después?

—Estados Unidos necesitaba a Irán para convertirse en una potencia mundial. Irán es un punto estratégico en Oriente Próximo, con más de dos mil kilómetros de frontera con la Unión Soviética. Así que planearon un segundo golpe de Estado. La CIA se puso en contacto con algunos generales del ejército iraní. Dos días después, cuando todos los iraníes creían que la crisis había terminado, Mossadeq fue arrestado. Había tanques estadounidenses en las principales encrucijadas de Teherán, y el Parlamento había sido ocupado. Después, hicieron desfilar a cientos de bandidos, criminales y prostitutas por las calles con retratos del sah. Al día siguiente, el sah fue conducido a su palacio, escoltado por un grupo de agentes de la CIA. El sah no es más que un títere, debe irse de aquí y llevarse consigo a los americanos.

A Shabal se le ponía la carne de gallina cuando oía los tajantes y enardecidos argumentos de Jaljal.

La última vez que habían comido juntos en el balcón, Jaljal le había hablado de la firme oposición de los ayatolás contra el régimen y de la histórica protesta del ayatolá Jomeini, que le valió la enemistad del sah y los estadounidenses. Aquel día murieron muchos jóvenes clérigos y muchos más fueron arrestados. A Jomeini lo condenaron al exilio.

Shabal había oído a menudo el nombre de Jomeini en casa, pero sabía muy poco de sus posturas políticas. Él debía de tener unos siete u ocho años cuando se produjeron aquellos incidentes. Jaljal le prometió que en su próxima visita le llevaría un libro clandestino en el que se contaba con detalle la historia reciente de la oposición de los ayatolás.

Aquella tarde Jaljal hizo un comentario que sorprendió a Shabal:

—Ya nadie tiene miedo de ir a la cárcel: la prisión se ha convertido en una especie de universidad para jóvenes activistas.

Aquélla era una visión totalmente nueva. A Shabal nunca se le habría ocurrido pensar en la cárcel en aquellos términos; para él era el lugar adonde iban a parar los delincuentes.

—Los presos políticos son muy distintos de los presos comunes —le explicó Jaljal—. Ellos luchan contra el régimen y se avergüenzan de la presencia de la CIA en este país. Las personas más inteligentes son aquellas que deciden tomar en sus manos el destino de su patria, las que quieren cambiar radicalmente el sistema político. El régimen arresta a esos hombres y los encierra en un espacio aislado. Pero ellos se mantienen en contacto. A veces encierran a diez o veinte presos juntos en una misma celda. En la cárcel se juntan toda clase de individuos: estudiantes, artistas, imanes, políticos, líderes, maestros y gente con nuevas ideas. Todos hablan, discuten entre ellos, de manera que la celda se convierte en una especie de universidad donde uno aprende muchas cosas. ¿Te imaginas lo que puede suceder al juntar en la misma celda a muchos tipos inteligentes? Intercambian experiencias y aprenden los unos de los otros. Así es como acaban formándose. Uno entra en la celda hecho un corderillo y sale transformado en león. Conozco a muchos presos: amigos, jóvenes clérigos y miembros de movimientos clandestinos de izquierdas o de derechas. ¿Nunca has oído hablar de ellos?

—No.

—¿Qué haces aquí?

—¿Qué quieres decir?

—Me refiero a qué haces en esta casa, en esta ciudad.

—Nada especial. Voy al colegio y a la mezquita.

—Lo sabía —suspiró Jaljal sacudiendo la cabeza—. No puede esperarse nada de esta ciudad. Es una ciudad débil. En el resto del país, la oposición contra el sah está ganando terreno, pero en Seneyán todos parecen sumidos en un plácido sueño. ¿Qué puede esperarse de una ciudad en la que el imán de la mezquita de Yome, su templo principal, es tan débil? ¿Qué hace Alsaberi todo el santo día metido en la biblioteca? ¡Nada! Dejar que las abuelas le limpien las pelotas. Es un pecado estando al frente de una mezquita tan grande y hermosa y con un pasado tan brillante a sus espaldas. Ha llegado la hora de que venga aquí un orador con carisma. ¿Entiendes a lo que me refiero?

Shabal disfrutaba con las palabras de Jaljal. Lo tenía por un gran hombre y se veía a sí mismo como alguien insignificante; deseaba hacerle preguntas, pero no se atrevía, pues temía decir alguna tontería.

Aquella tarde había permanecido casi todo el tiempo callado, pero cuando estaba a punto de volver a su habitación, dijo de pronto:

—Me gustaría enseñarte algo.

—¿El qué?

—Mis relatos. Escribo —confesó con cierto pudor.

—¡Qué interesante! Enséñamelos. ¿Los tienes aquí? Anda, léeme algo.

—No sé si son buenos.

—No soy quién para juzgar eso, pero el mero hecho de que escribas es ya de por sí positivo. Anda, ve a buscar tus escritos.

Shabal salió y al poco regresó con tres cuadernos que le tendió con timidez.

—Veo que ya has escrito mucho —comentó Jaljal con sorpresa mientras los hojeaba—. Ya en nuestro primer encuentro me di cuenta de que eras un muchacho inteligente. Elige uno de tus relatos y léelo en voz alta.

—No se los he enseñado a nadie —reconoció Shabal mientras pasaba las hojas buscando el cuento que iba a leer. Y añadió—: Me da mucho reparo, pero haré lo que pueda. —Luego empezó a leer—: «Una mañana muy temprano, mientras me dirigía a la alberca para hacer las abluciones antes de la oración, reparé en que la luz del cuarto de mi padre no estaba encendida como de costumbre. Él siempre era el primero en levantarse e ir a lavarse a la alberca; sin embargo, aquella mañana todo parecía distinto. Los peces, que siempre brincaban en el agua al verme, estaban inmóviles, con la cola vuelta hacia mí. En el agua flotaban escamas de colores y atisbé un rastro de sangre en una de las piedras de la alberca. Supe de inmediato que algo había pasado, corrí a la habitación de mi padre, empujé la puerta y encendí la luz…»

—¡Muy bien! No es necesario que sigas leyendo, lo haré yo. Tienes talento, deja ahí los cuadernos y ya me los miraré más tarde —dijo Jaljal poniéndose en pie.

Se encaminó hacia el patio y se acercó a la alberca, vio los peces durmiendo en el agua bajo el resplandor de la farola. La luz de la biblioteca estaba encendida y la sombra del imán se recortaba tras la cortina. Abrió la puerta de la calle con sigilo y echó a andar en dirección al río.


Aba

 

Eran las cinco de la tarde. La noche empezaba a caer lentamente y en el patio cubierto de nieve soplaba un viento gélido. Como de costumbre, las abuelas llevaron las toallas y la muda limpia de Alsaberi al cuarto de baño para lavarlo antes de la oración; por mucho que encendían la estufa de buena mañana, siempre hacía mucho frío en aquella estancia.

—Esto no puede seguir así. Es una insensatez —se lamentó Jolbanú—. El imán debería ir a los baños de la ciudad o acabará cayendo enfermo.

Era una fecha señalada, pues se cumplía el aniversario de la noche que murió el santo Alí, el cuarto califa del islam. Aquel día fatídico, mientras Alí se hallaba orando en una mezquita acompañado de cientos de fieles, llegó Ibn Mulyam y se situó detrás de él. Rezó con el califa y aguardó hasta que la oración hubo concluido. Entonces desenvainó su espada y la descargó con fuerza sobre la cabeza de Alí, que cayó muerto al suelo. A partir de entonces, el islam quedó escindido en dos facciones: los chiíes y los suníes.

Los chiíes propusieron que fuese Hassan, el primogénito de Alí, quien sucediera a su padre en el trono, pero los suníes propusieron a otro candidato. El enfrentamiento entre chiíes y suníes se ha mantenido durante siglos. Alí había caído, y se convirtió en el venerado santo de los chiíes, que catorce siglos después de su muerte le lloran todavía como el día que fue asesinado.

Aquella noche la mezquita estaría a rebosar. Alsaberi se había preparado bien y quería pronunciar un largo discurso sobre Alí. Había pensado algo nuevo para la ocasión: aquella noche, después de catorce siglos de hostilidad entre chiíes y suníes, quería hablar de reconciliación.

—¡Basta ya de enfrentamientos! ¡Somos hermanos! —Llevaba todo el día ensayando aquellas frases delante del espejo—. Os tiendo la mano. Deseo estrechar vuestra mano de todo corazón, por la amistad y la unidad del islam.

No había hablado con Aga Yan sobre el discurso porque deseaba darle una sorpresa. De habérselo comentado, era probable que le hubiese respondido: «No tiene sentido. En nuestra ciudad no hay suníes.» Pero aunque en Seneyán no vivieran suníes ni estuviesen presentes en la mezquita aquella noche, Alsaberi quería decir algo nuevo, algo que ningún otro imán hubiese dicho hasta entonces.

Las abuelas habían puesto las ollas de agua a calentar en espera de que llegase Alsaberi. El imán, sumido en sus cavilaciones, probó el agua y entró despacio en la bañera, agarrándose con las manos a ambos lados y sumergiéndose por completo. Al salir, exclamó:

—¡Suníes, estrecho vuestra mano! ¡Somos hermanos! ¡Hermanos! ¡Qué frío hace!

Una de las abuelas le echó agua caliente sobre la cabeza mientras la otra lo enjabonaba y él seguía ensayando su discurso, aterido de frío.

—¡El islam está en peligro! ¡Debemos dejar nuestras disputas a un lado y luchar codo con codo contra el enemigo común!

Se preguntó si debería decir «contra un enemigo común». Era una frase ambigua, pues ¿a quién se refería con eso de «un enemigo común»? ¿Al sah? ¿A los americanos? Si se atrevía a pronunciar aquellas palabras, sería sin duda el sermón más enardecido que habría pronunciado jamás, pero tenía sus dudas.

—¡Ya está! —dijo una de las abuelas.

Alsaberi se levantó y puso el pie derecho en la toalla extendida en el suelo, pero como no se agarró al borde de la bañera, resbaló y cayó al suelo, con la pierna izquierda aún dentro de la bañera.

—¡Muerte! —gritó asustado.

Las abuelas, sobresaltadas, lo ayudaron a incorporarse y volvieron a meterlo en la bañera. Al caer al suelo, había perdido la pureza para la oración. Pero en ese instante, asustado por el grito de Alsaberi, uno de los gatos de la mezquita salió de detrás de la estufa, cayó repentinamente en la bañera, rozó la pierna del imán, saltó fuera del agua y se fue corriendo. El gato había tocado la pierna mojada y desnuda del imán. ¡Le daban escalofríos de sólo pensarlo! Tal vez había hasta ratones en aquel lugar. Esta idea lo hizo estremecer. El cuarto de baño estaba mancillado, el agua había sido mancillada, las toallas eran impuras y las abuelas también, ¡y precisamente la noche en que el santo Alí había muerto! La noche en que pensaba dar un sermón extraordinario. ¿Qué debía hacer? ¿Cómo podía purificarse antes de la inminente oración? La gente lo esperaba en la mezquita.

—¡Alá! —gritó con un nudo en la garganta y, desnudo aún, echó a correr hacia la alberca en la oscuridad.

—¡No, no lo haga! —gritó Jolbanú—. ¡Ha nevado! ¡No lo haga!

Alsaberi se tiró al agua y se sumergió.

Los pececillos rojos escaparon al otro extremo de la alberca a la luz de la farola, el grajo de la mezquita graznó con fuerza y las abuelas corrieron al sótano y regresaron con toallas limpias.

—¡Ya está bien! —gritó Jolebé.

—¡Salga ya, por favor! —añadió Jolbanú.

Alsaberi emergió pero volvió a zambullirse un instante después.

—¡Salga inmediatamente!

Alsaberi logró ponerse en pie. Por un momento perdió el equilibrio, pero se recuperó y se dirigió a las abuelas, que lo envolvieron en las toallas. Jolbanú fue a la biblioteca para subir al máximo la estufa mientras Jolebé volvía al sótano en busca de más toallas.

—La estufa está al máximo, y las toallas, calientes, pero ¿dónde se ha metido Alsaberi?

—A lo mejor se ha ido a su dormitorio.

—¡Alsaberi! —lo llamó Jolbanú.

—¡Que Dios lo proteja! ¿Dónde está ese hombre? ¡Alsaberi!

Los pececillos rojos estaban apiñados en un extremo de la alberca. El grajo graznaba incesantemente, los gatos de la mezquita se sentaron en el borde de la azotea y las abuelas corrieron hacia el patio. Alsaberi yacía en el suelo nevado, el rostro iluminado por la luz amarillenta de la farola. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa helada en los labios.

—¡Alsaberi! —gritaron las abuelas.

Pero en la casa no había nadie más, todos estaban ya en la mezquita. Las abuelas subieron corriendo la escalera hasta la azotea y, al verlas, los gatos salieron disparados. Ellas corrieron hacia el minarete del lado izquierdo, donde siempre se ponía Muecín, y las dos gritaron con todas sus fuerzas:

—¡Alsaberi se nos ha ido!

La gente congregada en la mezquita oyó sus voces. Muecín salió a la azotea seguido de un grupo de hombres del zoco y todos corrieron escaleras abajo hasta el patio. Cuando el conserje de la mezquita divisó a Alsaberi en el suelo, exclamó:

Ena lelah!

Todos comprendieron entonces que Alsaberi había muerto.

Los hombres lo condujeron a la biblioteca y las abuelas dejaron de llorar, pues debían contenerse con el muerto de cuerpo presente. Conocían sus obligaciones y desaparecieron detrás de los anaqueles de libros. De un mueble antiguo sacaron una sábana blanca y se la entregaron al conserje. Era la mortaja que el imán había traído de La Meca. El conserje la desplegó y la extendió sobre el cadáver, salmodiando.

En ese instante Aga Yan entró precipitadamente en la biblioteca.

Ena lelah! —dijeron los hombres al unísono.

Ena lelah —contestó Aga Yan, sereno.

Se inclinó sobre el cadáver, retiró con cuidado la mortaja y contempló el rostro de Alsaberi. Luego le besó la frente y volvió a cubrirlo.

De pronto, Zinat apareció en el umbral con el semblante pálido y se abalanzó llorando hacia el cuerpo del imán. Las abuelas la ayudaron a incorporarse y la sacaron de allí. Se oyeron voces en el patio. Eran los fieles de la mezquita.

Aga Yan salió de la biblioteca y se dirigió al patio. La noticia se había extendido por la ciudad. Varios hombres estaban ya preparados con el ataúd que habían llevado hasta la alberca para depositar el cadáver y trasladarlo a la mezquita. Siete hombres subieron a la azotea y anunciaron a viva voz:

Hayye alal salat!

Cuantos lo oyeron, supieron de inmediato que el imán de la mezquita había fallecido. Todos los tenderos de la ciudad, salvo los panaderos y farmacéuticos, cerraron las puertas de sus negocios y acudieron a la mezquita. Apareció una larga comitiva de coches oficiales, y el vehículo en el que iba el alcalde se detuvo frente a la mezquita.

Todos coincidieron en que había sido una muerte bienaventurada, pues Alsaberi había fallecido el mismo día que el santo Alí.

A las nueve de la noche, el ataúd se hallaba sobre una tarima junto a la alberca de la mezquita. Se había decidido dejarlo allí hasta la mañana siguiente para que la gente pudiera despedirse de él y los parientes que vivían en otras ciudades tuvieran tiempo de llegar a Seneyán.

Aga Yan volvió a la casa; debía encontrar aquel mismo día un imán para que celebrase el rito funerario. En realidad, la persona idónea para hacerlo habría sido Ahmad, el hijo y sucesor de Alsaberi, pero el muchacho no había concluido aún sus estudios. Jaljal, el yerno del imán, era el otro candidato para celebrar las exequias, pero Aga Yan no tenía su teléfono ni sabía dónde vivía. Además, tampoco estaba seguro de que llegara a tiempo.

—Necesitamos que esté aquí a primera hora de la mañana —le dijo a Shabal.

—También habría que encontrar a Sediq, debe saber que su padre ha muerto —repuso Shabal.

—Haré todo lo que pueda. Llamaré al ayatolá Almakki a Qom. Es una oportunidad única para que Jaljal demuestre sus aptitudes; toda la ciudad estará presente y querrán conocerlo. Llamaré a todos los conocidos que tengo en Qom.

A la mañana siguiente, Aga Yan fue a la mezquita para hacer los últimos arreglos. Sabía que al poco rato llegarían miles de fieles de los pueblos cercanos y necesitaba a un imán importante. Para curarse en salud, había enviado recado al imán de Yeria, el suplente habitual de Alsaberi, y le había pedido que se preparase para dirigir la oración.

Cuando Aga Yan estaba hablando con el conserje, un taxi se detuvo delante de la mezquita; reconoció de inmediato el turbante negro de Jaljal y luego vio bajar a Sediq.

Jaljal se apeó del taxi, se dirigió a Aga Yan, le dio sus condolencias e hizo una breve inclinación ante él. Éste lo tomó como un gesto de reconciliación y aceptación de la lealtad que Aga Yan tenía para con la mezquita, pues, desde el día en que Jaljal olvidó sus papeles para la boda y Aga Yan lo mandó a Qom a buscarlos, el joven imán sólo hablaba lo justo con él. Sin embargo, en ese momento había inclinado la cabeza y Aga Yan lo había visto, y por eso le contestó de forma apropiada:

—Me siento orgulloso de ti y deseo que seas el imán de nuestra mezquita hasta el día que Ahmad sustituya a su padre. ¿Te parece bien?

—Sí —repuso Jaljal.

Aga Yan le besó el turbante y Jaljal, por su parte, lo besó en el hombro.

—Ve a casa y descansa un poco. Luego los hombres del zoco irán a buscarte. Shabal te avisará cuando llegue la hora.

Había mucha gente en la casa. Numerosos invitados habían llegado ya y las abuelas estaban muy atareadas. Cuando vieron entrar al imán Jaljal, las dos se apresuraron hacia la cocina en busca de fuego, manzanas rojas y un espejo para darle la bienvenida como imán de la casa.

A las doce se extendieron las alfombras para la oración en la calle de la mezquita. Sacaron el ataúd al exterior y lo colocaron sobre una alfombra de seda. Había miles de personas esperando a Jaljal. Un grupo de prohombres del zoco escoltaron a Jaljal hasta el ataúd, donde debía dirigir la oración.

El ciego Muecín exclamó desde la azotea: «Alaho akbar!»

El imán Jaljal se desató un extremo del turbante y lo dejó colgando sobre el pecho en señal de duelo, luego se dirigió hacia La Meca y empezó a salmodiar:

¡Tú, el arrebujado!¡Vela casi toda la noche,o media noche, o algo menos, o más!Por la noche cuando declinaos hemos mandado un enviadocomo antes enviamos un enviado al Faraón.¡Tú, el envuelto en un manto!¡Levántate y advierte!¡Por la luna!¡Por la mañana cuando apunta!


Familia

 

Siguiendo la tradición, el duelo por la muerte de Alsaberi se prolongó cuarenta días. De ese modo, todos los familiares que vivían en ciudades lejanas y que no habían podido asistir al entierro tuvieron la oportunidad de ir a la casa y hospedarse allí una semana.

Aquéllos eran encuentros únicos. Comían todos juntos y permanecían hasta altas horas de la madrugada charlando en grupos, repartidos por las numerosas estancias de la casa.

Uno de los huéspedes era Kazem Kan, el tío de Aga Yan. Era el miembro más anciano de la familia y todos lo trataban con cariño y veneración. Nunca llegaba solo, sino siempre acompañado por un grupo de aldeanos. Tampoco él era muy amante de viajar en autobús o en taxi. Mientras fue joven, llegó siempre montado en su caballo, seguido por otros jinetes. Y de mayor, se hacía trasladar en un jeep.

Kazem Kan mandaba parar el jeep delante de la mezquita, entraba en el templo, se sacudía el polvo de las ropas y se lavaba la cara y las manos. Luego subía a la azotea por la escalera de la mezquita y permanecía allí un rato. Se quitaba el sombrero ante las cigüeñas que tenían sus nidos en lo alto de un minarete y saludaba también al viejo grajo.

—¡Salam, grajo! —decía, agitando un poco el sombrero, y luego bajaba la escalera hasta el patio de la casa.

En cuanto los hombres veían a Kazem Kan en la azotea, se apresuraban hacia la escalera para recibirlo. Después, escoltado por aquella multitud como un viejo rey, Kazem Kan se dirigía al cuarto de fumar donde lo esperaba un juego de fumador de opio dispuesto para él y el fuego encendido.

Las mujeres y los niños lo adoraban; siempre tenía un poema en el bolsillo para ellas y algunos billetes para ellos. Era un poeta célebre, un hombre singular que habitaba en las montañas. Se había casado una vez, pero su esposa murió siendo joven y desde entonces vivía solo, aunque no le faltaban mujeres dispuestas a brindarle su amor.

Kazem Kan era frugal en las comidas, tenía un aspecto saludable y disfrutaba de la vida. Había vivido mucho y había perdido mucho, pero a lo largo de los años tres cosas habían permanecido inalterables: su amor por la poesía, el opio y las mujeres.

En cuanto lo veían llegar, las abuelas lo dejaban todo y se preparaban para agasajarlo. Solían adivinar su llegada y lo primero que hacían era abrir de par en par la puerta y las ventanas del cuarto de fumar para que estuviese bien ventilado. Luego le preparaban su tetera y su vaso para que encontrara el té recién hecho. Nada más verlo entrar, ponían su pipa de opio sobre la ceniza caliente y las bolitas de opio picado en un platito de porcelana china, que dejaban junto al hornillo en el que ardían tiernas ramas de cerezo con una tenue llama azul.

Cuando Kazem Kan iba de visita, las abuelas se vestían con sus mejores galas y se ponían un delicioso perfume. Todos sabían que lo hacían especialmente para él. Kazem Kan se dirigía a ellas con la palabra persa para señora: Janum.

Cuando Kazem Kan decía «Janum», las abuelas iban a su cuarto, pero nunca al mismo tiempo, primero una y luego la otra. Mientras Jolbanú se hallaba dentro, Jolebé vigilaba la puerta y al revés. Así había sido siempre. Las dos conocían a Kazem Kan desde que, siendo un par de jovencitas que vivían en una aldea de montaña, fueron conducidas a la casa de la mezquita en calidad de sirvientas. Y las dos se entregaron a Kazem Kan, pues ¿qué muchacha podría negarle algo al poeta en aquellos tiempos? Ya en su primer encuentro, cuando él llegó a la casa acompañado de sus jinetes, les había puesto la mano en el hombro a las dos sirvientas y por las noches las recibió por turnos en su cama.

Las épocas con Kazem Kan fueron los días más felices de la vida de las abuelas. De jóvenes, se las veía exultantes cuando él llegaba, correteaban por el patio y cantaban mientras trajinaban en la cocina. Las dos se habían hecho mayores, ya no se oían sus risitas sofocadas en la cocina, pero, si uno se fijaba bien, veía la sonrisa en su rostro y aspiraba el delicioso perfume de rosas que impregnaba la casa.

Cuando hubo descansado, comido y satisfecho su necesidad de fumar, Kazem Kan se incorporó y fue hasta el patio para saludar a los demás. Primero se acercó al cedro centenario, le dio unos golpecitos en el tronco con su bastón, contempló sus ramas y palpó las hojas, y después fue hasta la alberca, donde leyó su último poema:

 

Delaraaie delaraaie delaraaSaman yaddi boland bala delara…Las nubes derraman lágrimas de amanteEl jardín es como una amada sonrienteLos truenos suenan como lamentosQue dejo escapar a esa hora temprana.Los niños corrieron hacia él al verlo en el patio. Kazem Kan les acarició la cabeza y les leyó el último poema que había compuesto para ellos:

Un sordo pensó:Me echaré a dormir un pocoHasta que la caravana pase.Pero la caravana llegóComo una nube pasóPero él nunca la oyó.Y para explicar el sentido de su poema, añadió una breve aclaración:

«El sordo simboliza las personas que no valoran el tiempo, mientras que la caravana simboliza el tiempo que pasa muy deprisa.»

Tras la sesión poética, todos los pequeños recibían un billete. El poeta se mostraba especialmente atento con las niñas de la casa. Les daba un beso y un billete rojo extra. Después les tocaba el turno a las mujeres y, como no podía ser menos, Fagri Sadat era la que cosechaba más halagos. Kazem Kan siempre tenía un poema a punto para ella, la belleza de la casa. Le ponía la poesía en las manos y Fagri Sadat se la escondía entre la ropa con una sonrisa.

Esos ojos azotan el alma como un latigazoCandorosos como una manzana verdeTus pestañas me han robado el corazónTu boca es honesta, pero tus pestañas son ladronasY ahora exiges una recompensa por lo que has robado¡Qué extraño! ¿Es que soy yo, el robado, quien debe curar
 las heridas?Los gatos de la mezquita eran adictos al opio de Kazem Kan. Se ponían en fila en el borde del tejado de la mezquita y no le quitaban ojo. En cuanto lo veían dirigirse al cuarto de fumar, saltaban la tapia para apostarse en la puerta. Kazem Kan fumaba y expelía el humo hacia los felinos, que disfrutaban del delicioso aroma del opio.

Por las tardes, después de echar la siesta, el poeta iba al sótano para visitar a Muecín en su taller de alfarería. Allí tomaba el té, mientras charlaba con él.

—Mis saludos a Muecín —dijo en tono declamatorio desde la puerta del taller. Muecín levantó la cabeza, pero como tenía los brazos hundidos hasta los codos en el barro, permaneció donde estaba detrás del torno—. ¿Cómo estás?

—¡Bien!

—¿Y tu hijo Shabal?

—También bien.

—¿Y tu hija?

—Ya tiene su propia familia.

Muecín lo percibía casi todo con su fino oído y su aguzado sentido del olfato. Se decía de él que no era ciego y que podía ver detrás de sus gafas oscuras, pero lo cierto es que nació ciego. Llevaba siempre aquellas gafas oscuras que Nosrat le había traído de Teherán, se colocaba un sombrero y andaba bien erguido con su bastón.

—¿Qué tal tu reloj? ¿Todavía funciona? —se interesó Kazem Kan.

—Sí, afortunadamente —contestó con una sonrisa.

Muecín poseía una curiosa facultad: siempre sabía qué hora era. El tiempo era su don. Tenía un reloj en la cabeza que funcionaba con suma precisión y todo el mundo lo sabía. «¿Qué hora es, Muecín?», le preguntaba la gente al cruzárselo por la calle. Y él les decía la hora correcta. Los chicos y chicas de la ciudad eran los que más se divertían con su talento. «¿Nos podría decir qué hora es, señor Muecín?» Y se reían cuando él les contestaba con acierto.

Muecín creía que era su deber compartir con los demás su don sagrado.

Muecín era el almuédano oficial de la mezquita, pero su tiempo libre lo dedicaba a trabajar en el sótano como alfarero. No era un trabajo o un pasatiempo, era su vida. Sabía que sin el barro no podría vivir. De vez en cuando, su hijo Shabal llevaba sus cacharros al zoco y los entregaba a un comerciante que los vendía en su nombre.

Era el único alfarero tradicional de la región. Quizá por eso, las vasijas, los jarrones y las fuentes que hacía se vendían en un abrir y cerrar de ojos.

Los grandes tiestos de flores que había en el patio de la mezquita también eran obra suya, igual que el jarrón que decoraba el jardín de la plaza del zoco y que en verano estaba lleno de rojos geranios.

La alfarería lo salvaba del aburrimiento, pero había algo más que daba sentido a su vida: una pequeña radio que llevaba siempre escondida en el bolsillo. Los aparatos de radio estaban prohibidos en la casa, pues se consideraban impuros. Los verdaderos fieles jamás tocaban una radio, porque esos aparatos eran portavoces del sah. Aquel pequeño artilugio estaba fuera de lugar en la casa de la mezquita, pero Muecín había sabido esconderlo de tal manera que se había convertido en un apéndice de su cuerpo.

La radio era un regalo de Nosrat.

Nosrat era un tipo especial, nadie sabía a qué se dedicaba en Teherán. Algunos decían que trabajaba en un cine, pero ningún miembro de la casa quería hablar de ese asunto. Otros decían que se ganaba la vida como fotógrafo. Todos le tenían simpatía; siempre tenía historias que contar, llevaba cosas nuevas a la casa y los sorprendía con sus extrañas costumbres. Los habitantes de la casa veían en él una cara distinta de la vida.

Una de las veces que Nosrat había ido a la casa durante la primavera, advirtió que Muecín siempre iba al río por la mañana temprano. Un día, picado por la curiosidad, Nosrat fue tras él guardando una distancia prudencial para que no oyera sus pasos. Cruzó el puente hasta llegar a la otra orilla del río y atravesó viñedos y trigales. No había amanecido aún, pero en cualquier momento apuntaría la luz del día. Siguió caminando entre los almendros cuyas ramas se doblegaban por el peso de las flores. De pronto, Nosrat perdió de vista a Muecín.

Se deslizó entre los árboles con cautela, pero seguía sin verlo. Se detuvo junto a un árbol; todo estaba en silencio, pero bruscamente despuntó el alba y un sinfín de pajarillos rompieron a cantar al unísono. Fue una experiencia asombrosa. De pronto atisbó a Muecín entre los almendrales, escuchando a los pájaros en silencio, con la cabeza ligeramente ladeada. El aire estaba saturado por el fuerte aroma de las flores y las aves celebraban la mañana con sus trinos. Apoyado en su bastón, como una estatua de piedra entre los árboles, Muecín escuchaba.

Cuando los primeros haces de luz dorada alcanzaron los almendros, los pájaros enmudecieron y, poniéndose en movimiento todos a la vez, remontaron el vuelo en dirección a las montañas.

Una vez que los pájaros desaparecieron, Muecín regresó a casa.

Aquella tarde, Nosrat fue a verlo a su habitación.

—Muecín, ¿tienes un momento?

—Pasa, pasa, siempre tengo tiempo para ti.

—Me gustaría que vieras algo, bueno, que lo oyeras.

Nosrat sacó una radio de la bolsa y la enchufó. Una lucecita verde se encendió. Después hizo girar el dial hasta encontrar una emisora musical y súbitamente una melodía resonó en la estancia. Nosrat cerró la puerta.

—Escucha con atención.

Y Muecín obedeció. Se le veía aguzar el oído rastreando los sonidos. Cuando la música terminó, soltó un hondo suspiro y preguntó:

—¿Qué era eso?

—Una sinfonía. Lo que escuchabas esta mañana entre los almendros también era una sinfonía, la sinfonía de las aves. Y lo que acabas de oír es una sinfonía compuesta por los hombres. Te vi esta mañana entre los árboles, escuchando a los pájaros. Creo que necesitas esta música.

En su siguiente visita, Nosrat le llevó a Muecín una pequeña radio de bolsillo.

—Ahora podrás escuchar música día y noche, y también las noticias y hablar a otra gente.

—¿Una radio en la casa? ¿Qué voy a decirle a Aga Yan?

—Eres un hombre hecho y derecho, métela en el bolsillo de la chaqueta y no digas ni una palabra, no tienes por qué ir dando explicaciones a nadie de lo que haces y dejas de hacer. Y tengo otra cosa para ti, algo que nadie de Seneyán ha visto aún —añadió mientras le daba dos finos cables—. Son auriculares, te los pones en las orejas y escuchas la radio. Quédate quieto un momento, te enseñaré cómo se ponen.

Muecín titubeó. Nosrat le guardó la radio en el bolsillo, le pasó los auriculares por debajo del jersey y se los puso en las orejas. Luego encendió la radio.

—¿La oyes?

—¡Sí! La oigo.

—¡Perfecto! Y ten cuidado, si alguien te pregunta, no respondas nada.

Desde aquel día, Muecín iba por todas partes con los auriculares puestos, y si alguien le preguntaba qué llevaba en las orejas, él no contestaba. Al cabo de un tiempo, todos se acostumbraron a sus auriculares, que se convirtieron en una suerte de prolongación de sus gafas oscuras.

Muerto Alsaberi, todos los hombres de la familia se reunieron en el cuarto de fumar, sentados alrededor del juego de opio de Kazem Kan, que también ellos usaban.

Las abuelas habían sacado las pipas de las cajas que guardaban en el sótano y las habían puesto sobre las cenizas calientes.

Los hombres fumaban opio, bebían té, se llevaban algún terrón de azúcar cande a la boca y evocaban sus recuerdos de Alsaberi mientras exhalaban volutas de humo que se escurrían por la ventana entreabierta.

Las mujeres se instalaban cómodamente en el comedor y fumaban con narguiles. Zinat era la única ausente. Tras la muerte de Alsaberi, solía pasar muchas horas leyendo en la biblioteca de la mezquita. Aga Yan lo sabía y la dejaba hacer.

Al atardecer, los hombres salían a dar un paseo por el río y luego volvían a la mezquita para escuchar a Jaljal.

Durante las últimas semanas, Jaljal se había encargado de dirigir la oración de los viernes, pero hasta entonces se había limitado a pronunciar sermones sencillos, a modo de introducción, para los que elegía temas deliberadamente neutrales. Aguardaba con paciencia a que llegara el momento adecuado para demostrarle al zoco quién era él y cómo, si se daba el caso, era capaz de utilizar el almimbar como un cañón. Pero su hora no había llegado aún y debía esperar con calma hasta que la sombra de Alsaberi se hubiera disipado y él se hubiese ganado poco a poco la confianza de la gente. Aquella noche hablaría de Alsaberi y de la larga historia de la mezquita. Aga Yan le había proporcionado los documentos necesarios y los había estudiado con detenimiento.

Después del paseo, los hombres hicieron sus abluciones en la alberca y se encaminaron a la mezquita para no llegar tarde. Era una tradición que los hombres de la familia se apostasen en la puerta del templo para recibir a los demás fieles.

Las abuelas habían avisado varias veces a las mujeres para que fueran a la mezquita, pero ellas seguían en el comedor tomando té, comiendo fruta y fumando con el narguile. Al recibir la última advertencia de Aga Yan, las dos ancianas corrieron por la estancia, apremiándolas sin miramientos:

—¡La oración, señoras! ¡La oración! Hay cientos de mujeres en la mezquita esperándoos y vosotras seguís aquí con los narguiles. ¡Daos prisa o Aga Yan vendrá personalmente a buscaros!

Fagri Sadat se echó por encima su velo negro y las demás mujeres fueron tras ella. Zinat salió de la biblioteca y se sumó a la comitiva.

El único que todavía no había llegado era Nosrat, pero siempre se presentaba de forma inesperada y sin previo aviso. De pronto aparecía en el patio junto a la alberca o lo veían rondando por las estancias con su cámara para sacarles fotografías cuando menos lo esperaban.

Nosrat no pudo asistir al entierro de Alsaberi; no habían podido localizarlo por teléfono y cuando recibió el telegrama era ya demasiado tarde. Pero aquel día le había asegurado a Aga Yan que llegaría a la mezquita puntualmente.

Todos se habían ido y la casa estaba en silencio. Las abuelas fueron a lavarse las manos y la cara en la alberca y se sentaron en un banco debajo de la farola.

—No tengo ganas de ir a la mezquita —dijo Jolbanú.

—Descansemos un rato aquí antes de que todos regresen —repuso Jolebé.

Desde la muerte de Alsaberi ya no tenían nada que hacer en la biblioteca. No contaban con la confianza de Jaljal y no se atrevían a entrar allí cuando él estaba presente. Alsaberi había hecho de la biblioteca el dominio privado de las abuelas, pero Jaljal les había arrebatado aquel lugar y sólo por eso ya no les caía bien. Las dos suspiraban por el día en que Ahmad, el hijo de Alsaberi, acabara sus estudios y se convirtiese en el nuevo imán de la mezquita.

—Alsaberi era como una perla que cayó de nuestras manos —suspiró Jolebé—. Jaljal es arrogante, se pasea por la casa como si fuera un sultán, se mantiene distante de todos y ni siquiera se sienta con los demás hombres. En esta casa nunca ha habido un imán tan pagado de sí mismo. Se encierra en la biblioteca y espera que hasta Kazem Kan vaya a saludarlo. Aga Yan lo caló bien desde el primer momento, fue muy juicioso por su parte obligarlo a que fuera a Qom a buscar sus papeles.

Las abuelas se sentían heridas en lo más hondo y la muerte de Alsaberi las había hecho más conscientes de la proximidad de su propia muerte. De momento, los días aún les resultaban soportables pues andaban muy atareadas por la muerte del imán, pero ¿qué harían después, cuando todos los huéspedes se hubieran ido?

Desde que Jaljal había tomado posesión de la biblioteca, estaban condenadas a pasar día y noche en la cocina las dos solas, aunque no era lo que ellas querían. No se contentaban con confinarse en la cocina; sin la biblioteca, la casa estaba muerta para ellas.

En varias ocasiones pensaron acudir a Aga Yan para expresar sus preocupaciones, pero sabían que no serviría de nada: la muerte del imán había marcado el final de una época. A veces iban al baño vacío del imán y juntas lloraban en silencio.

Kazem Kan era su última esperanza, pero él también era un anciano y lo acechaba la muerte. Cuando él se fuera, la luz se apagaría para ellas definitivamente.

Las abuelas permanecieron un buen rato en silencio, sentadas en el banco. Era una noche clara, las estrellas empezaban a salir y se oía el chillido de los murciélagos. Si en ese momento un desconocido se hubiera asomado por el tejado de la mezquita para mirar el patio, probablemente habría tomado a las abuelas por un par de estatuas decorativas de la alberca. Quizá se habrían quedado dormidas, de no ser porque alguien rompió el silencio en aquel instante. Jolebé oyó un ruido en la oscuridad, detrás de los árboles.

—¿Has oído lo que yo? —le susurró a Jolbanú.

Pensaron que tal vez Kazem Kan se había quedado en su cuarto en lugar de acudir a la mezquita.

Se dirigieron con sigilo hasta el cuarto de fumar, pero la puerta estaba cerrada con llave. Se oyó una tenue risa femenina en el patio.

—¿Qué ha sido eso?

Se situaron detrás del gran cedro y escucharon atentamente los ruidos de la noche. La mujer volvió a reír por lo bajo y la puerta del cuarto de invitados se abrió.

—Será Nosrat —musitó Jolebé.

—¡Dios Santo!

En ese instante vieron claramente una silueta bajo la luz de la habitación y reconocieron la sombra de Nosrat.

—¿Cuándo habrá llegado, cómo es posible que no lo hayamos visto? ¿Y quién es esa mujer? —dijo Jolebé.

Una mujer envuelta en un velo negro apareció fugazmente a la luz amarillenta de los minaretes de la mezquita y volvió a desaparecer en la oscuridad.

—Tal vez sea esa de Teherán.

—No, ese bribón no está mucho tiempo con la misma mujer. La de Teherán era bajita, pero ésta es alta y lleva velo. Es muy distinta.

—¿Qué van a hacer?

—No entiendo nada.

Nosrat fue con la mujer hasta la escalera que conducía a la azotea de la mezquita.

—¡Ven aquí, cielo! —le susurró a la mujer.

—No, no te sigo, no me atrevo —repuso ella con una risita.

—No tengas miedo, nadie nos verá, todos están rezando y la casa está vacía —le aseguró Nosrat.

—¿Por qué querrá llevarla a la azotea? —se asombró Jolbanú.

—Ni el mismo diablo sabe lo que se propone —contestó Jolebé.

Se produjo un silencio antes de que la pareja apareciese de nuevo en el tejado. Las abuelas se acercaron con cuidado a la escalera y subieron los peldaños con mucho tiento; se aproximaron a la cúpula gateando y se escondieron detrás.

Nosrat abrió el postigo de un minarete, desde donde uno podía encaramarse a lo alto del mismo por una angosta escalerilla.

—¡No me atrevo! —se resistió la mujer.

—No tengas miedo, será una experiencia deliciosa. Prometiste que me acompañarías. Ven, quiero llevarte a lo alto del minarete. Quiero besarte y poseerte bajo la sagrada luz verde —susurró Nosrat.

—No voy, todos nos verán.

—No temas, te aseguro que nadie podrá vernos una vez allí —la animó mientras la ayudaba a escalar.

—No lo haré, no me atrevo, no quiero —volvió a resistirse ella entre risitas.

En cuanto ella subió el primer peldaño, Nosrat se coló también en el minarete y cerró el postigo desde dentro.

Las abuelas, aún escondidas detrás de la cúpula, se miraron azoradas.

—¡Dios mío, Santo Dios! —farfullaron las dos.

Nosrat y la mujer reaparecieron en lo alto del minarete bañados en la verdosa luz. Sus sombras se reflejaban en la pared del otro lado de la mezquita. El viento jugueteaba con el velo negro de ella y lo hacía ondear como una bandera sobre el alminar.

—No lo hagas —dijo la mujer en un suspiro, pero desde allí arriba su voz resonó por toda la mezquita.

La sombra de Nosrat hacía movimientos rítmicos en la pared. Con las manos sobre la boca, las abuelas temblaban por lo que sus ojos estaban viendo. De pronto, Nosrat empujó a la mujer contra el borde del minarete hasta que ella gritó riendo:

—¡No hagas eso! ¡Me voy a caer!

Su risa resonó en el templo, pero quedó ahogada por las palabras de Jaljal que salían por los altavoces. La mujer volvió a suspirar. De pronto todo se sumió en un inesperado silencio y las sombras desaparecieron.

Las abuelas se deslizaron furtivamente por la escalera hasta el patio. Una vez en su cuarto, extendieron las alfombrillas de la oración, se cubrieron con los velos y se arrodillaron en dirección a La Meca.


Sermón

 

Durante los primeros meses, Jaljal se mostró comedido en la mezquita; sabía que informadores de la policía acudirían a escuchar sus sermones para saber a qué atenerse con él.

En el trato diario, Jaljal era incapaz de ganarse la confianza de la gente, que lo tomaba por un imán frío y esquivo, pero cuando subía al almimbar se transformaba en otra persona. Era elocuente, sonreía a menudo y empleaba buenas dosis de humor, con lo que daba gusto oírlo hablar.

En sus primeros sermones eligió temas neutrales. Solía escoger un sura del Corán e intentaba comentar la parte narrativa e histórica del texto. A veces iba más allá y admiraba la fuerza de la lengua y la prosa poética de los versos. Ponía ejemplos y leía melodiosas aleyas con su hermosa voz.

El público disfrutaba con sus disertaciones, pues la mayoría de los asistentes a la mezquita no sabía leer el Corán y menos aún entenderlo. El Corán estaba escrito en árabe y en el país se hablaba el persa, que era muy distinto del primero. Además, el Corán había sido escrito mil cuatrocientos años atrás y en los suras había infinidad de alusiones históricas indescifrables para quienes no poseían los conocimientos adecuados.

Pero Jaljal conocía muy bien el contenido de los suras y era capaz de explicar el texto a los legos con una sencillez asombrosa. Los informantes de la policía lo consideraban ocurrente y estaban satisfechos con él, de manera que enviaron informes favorables sobre sus sermones.

También el zoco estaba satisfecho con él. Valoraban sus conocimientos históricos y su talento narrativo, pero había algunos que esperaban más de Jaljal y así se lo hicieron saber a Aga Yan.

—Sólo es un imán suplente —les dijo él—. No puedo exigirle mucho. Dentro de un par de años, el hijo de Alsaberi habrá terminado sus estudios, entonces tendremos un imán fijo y sabremos a qué atenernos.

Al final, Jaljal supo ganarse el corazón de toda la gente con temas nuevos y sorprendentes. A veces contaba cosas de las que nadie había oído hablar jamás. Últimamente les había hablado de las aves migratorias, un tema que nunca se había tratado en la mezquita. Les contó que las aves migratorias siempre encontraban la manera de regresar a su casa y encontrar su antiguo nido, incluso los recién nacidos, les dijo, eran capaces de volar por rutas desconocidas hasta que al final daban con el nido paterno.

Los fieles lo escuchaban admirados mientras él les hablaba de la jerarquía del poder en el mundo de las hormigas y sobre su eficiente forma de trabajar en equipo. Les mostraba el poder de Dios.

Aga Yan apreciaba la frescura de su mirada y se alegraba de que con sus temas modernos consiguiera arrastrar a los más jóvenes a la mezquita. Se había fijado en que el número de chicos y chicas crecía sin parar en la oración de los viernes.

Jaljal había aprendido algo de inglés y, aunque no lo hablaba demasiado bien, sí podía leer textos escritos en esa lengua. Compraba una revista científica en inglés y se pasaba horas en la biblioteca intentando descifrar el artículo con la ayuda de un diccionario. Después añadía su propia opinión al respecto y con todo ello lograba un sermón fascinante.

En una de sus intervenciones había hablado de los aviones y de la historia de la aviación. Elogió a los hermanos estadounidenses Wilbur y Orville Wright por sus valientes intentos para lograr volar como los pájaros, pero a renglón seguido añadió que no fueron los estadounidenses los primeros en volar, sino los persas. Y en clave de humor añadió que Estados Unidos siempre quería ser el primero en todo.

—Estados Unidos empezó a volar hace cincuenta o sesenta años, pero las raíces de la historia de la aviación se hallan profundamente arraigadas en nuestra tierra. Hace muchos años, uno de los antiguos reyes persas, Namrud, decidió que quería volar. Tenía tanto poder que pensó que podía lograr todo lo que se le antojara, incluso competir con el mismísimo Dios. Así que decidió ascender por los aires para enfrentarse a Él. Ordenó a los sabios de su reino que le construyeran un artefacto para volar. Ellos idearon algo espectacular, una especie de avión primitivo, un carruaje especial. Ataron cuatro fuertes águilas con gruesas y largas cuerdas que aseguraron después a un trono real hecho de paja. Namrud empuñó su espada y se sentó en la peculiar silla. Pusieron cuatro trozos de carne encima de las cabezas de las águilas, que empezaron a batir las alas para apoderarse de la carne y así fue como el trono de paja se elevó por los aires y surgió el primer aparato volador.

En otra ocasión, Jaljal habló de Einstein y de su teoría sobre la velocidad de la luz. Ninguno de los presentes había oído hablar de Einstein, ni siquiera imaginaban que la luz poseyera velocidad y, por supuesto, no tenían ni idea de que ésta fuese de 300.000 kilómetros por segundo.

Jaljal, consciente de la ignorancia de sus oyentes, empezó el sermón con una cita en inglés para causar impresión. Probablemente era el primer imán del país que pronunciaba palabras en inglés desde el almimbar.

—Einstein dijo: One thing I have learned in a long life: that all our science, measured against reality, is primitive and childlike… and yet it is the most precious thing we have. —No explicó el significado de aquellas palabras, sino que se limitó a explicar lo que él había entendido de la teoría de la luz—. Imaginad que tenemos un avión que vuela a una velocidad de trescientos cuarenta mil kilómetros por segundo. Imaginad que ese avión está sobre el tejado de la mezquita, listo para volar con un grupo de pasajeros. Imaginad que elegimos dos grupos, uno de chicos entre doce y quince años y otro de chicas de la misma edad.

»Dejamos a las muchachas aquí en la mezquita y enviamos a los chicos al avión como pasajeros. El piloto arranca el motor, el avión se pone en movimiento y se lleva a los muchachos al espacio. No olvidemos que el avión vuela a la velocidad de la luz. Ahora fijaos bien. Si los chicos se pasan tres horas volando por el espacio y vuelven a aterrizar en la azotea de la mezquita, habrán estado fuera tres horas según sus relojes. Los chicos bajarán del avión y entrarán en la sala de oración y cuando descorran la cortina para ver a las chicas no darán crédito a sus ojos. Todas las muchachas se habrán convertido en unas ancianas desdentadas.

Todos se miraron sin entender una palabra de todo aquello. ¿Cómo era posible que en esas tres horas ellas hubiesen envejecido tanto?

—La luz, la velocidad de la luz. Cuando uno vuela a la velocidad de la luz, está sometido a una lógica totalmente distinta. De ahí la cita: Todas son señales de Dios. Poder sobre poder. Luz sobre luz —explicó Jaljal.

Jaljal también se había hecho muy popular en la ciudad y su reputación crecía entre los jóvenes. Y atraía la atención de las mujeres.

A pesar de que estaba casado, siempre se lo veía por los pasillos de la mezquita rodeado de mujeres jóvenes con velo. Le daban cartas de amor a hurtadillas que él no miraba sino que se limitaba a guardarlas en la túnica.

—Es usted un imán muy apuesto —le dijo una mujer al cruzarse con él en el pasillo.

—Querría irme al espacio con usted en el avión de Einstein —le dijo otra al verlo pasar.

—Huele tan bien... ¿dónde compra ese perfume? —le preguntó una muchacha en la penumbra sin mostrarle el rostro.

—Está muy guapo con el turbante un poco ladeado —susurró otra.

En la mezquita, los hombres y las mujeres estaban separados por una cortina que atravesaba la estancia de punta a punta. El almimbar quedaba justo en medio y a cierta altura. Las muchachas jóvenes se sentaban en las primeras filas para ver mejor a Jaljal. Él disfrutaba de la atención que le prodigaban y esperaba pacientemente a que llegara el día del nacimiento del profeta Mahoma, en el que les mostraría su verdadero rostro. Pues la tradición mandaba que ese día se hablara de temas esenciales. No era casualidad que la mayoría de los acontecimientos históricos en la ciudad santa de Qom se hubiesen producido en esa fecha tan señalada. Todos se morían de curiosidad por saber lo que contaría Jaljal.

El día del nacimiento del Profeta, Jaljal entró en la sala de oración acompañado por Aga Yan y Shabal. Tomó asiento en su silla y tras unos breves instantes de silencio, entonó el melodioso sura de Al Zalzala:

 

Eza zolzolet alarzo zalzala…Cuando sea sacudida la tierra por su terremoto,Y los hombres parezcan mariposas dispersasY las montañas copos de lana cardadaY el hombre se pregunte:«¿Qué es lo que le pasa?»,Ese día contará sus noticias.El tono de Jaljal era distinto del habitual. Sus palabras resonaban con más fuerza que nunca.

La mezquita estaba abarrotada y los presentes lo escuchaban con atención.

—El imán Alsaberi nos dejó hace ya algún tiempo, pero la mezquita ha permanecido. Llegará el día en que también nosotros nos habremos ido, pero la mezquita seguirá aquí. ¿Es eso cierto? ¿Permanecerá la mezquita eternamente? No, ni siquiera la mezquita permanecerá por los siglos de los siglos. Los imanes pasan, las mezquitas pasan, lo que queda es la voz.

Los hombres se miraron extrañados. Aga Yan miró a Shabal:

—¿Qué está diciendo? ¿Qué quiere decir con eso de que lo que queda es la voz?

Pero Jaljal tenía razón, se dijo Aga Yan. Ya nadie se acordaba de Alsaberi y tampoco de sus palabras, porque no significaban nada. El padre de Alsaberi había sido muy distinto: un imán extraordinario que sabía dar enardecidos discursos; alguien que pretendía influir y cambiar los hechos, que se atrevía a llamar las cosas por su nombre. En los años que fue el imán de la casa, tuvo en sus manos las riendas de la ciudad y con un solo gesto era capaz de lograr que el zoco en pleno se pusiera en marcha. El padre de Alsaberi llevaba varias décadas muerto y sin embargo su voz había permanecido, su voz seguía perviviendo en la memoria de la ciudad.

En una ocasión, el día del nacimiento del profeta Mahoma, pronunció un encendido discurso contra Reza Kan, el padre del sah, después de que éste hubiese prohibido el velo y sus soldados detuvieran a las mujeres que lo usaban y las condujesen a las comisarías. El padre de Alsaberi fue arrestado y desterrado a la ciudad de Kashán. Después los agentes sellaron la puerta de la mezquita.

Aga Yan recordaba aquel día como si fuese ayer. Unos camiones del ejército aparecieron inesperadamente delante de la mezquita y de él saltaron soldados armados. Acto seguido, llegó un jeep con un oficial del ejército. Bajó del vehículo con una fusta debajo del brazo, entró en la mezquita profanando la sala de oración con sus botas y pretendió arrestar al anciano imán y conducirlo a la prisión.

Aga Yan, que por entonces era un muchacho y acababa de ponerse al frente de la mezquita, se dirigió al oficial con mucho aplomo.

—Si sale usted de la mezquita, el imán saldrá y lo acompañará por propia voluntad, pero, si no lo hace, me temo que estallará una auténtica revuelta. Queda usted advertido.

Habló con tal claridad y firmeza que no dejó lugar a dudas. El oficial miró a los fieles que se habían apostado alrededor del imán. Había captado el mensaje. Y poniendo la punta de su fusta contra el pecho de Aga Yan, masculló:

—Tráeme al imán. ¡Esperaré fuera! —Salió de la sala de oración y se quedó ante la puerta.

Aga Yan acompañó al anciano imán con la cabeza bien alta hasta el jeep del oficial, seguido por innumerables fieles. El oficial le hizo tomar asiento en el vehículo y se puso personalmente al volante. Después, los soldados desalojaron a los fieles de la mezquita y sellaron la puerta. Tres años más tarde, cuando Reza Kan se vio obligado a abandonar el país a instancias de los británicos y exiliarse en Egipto, la mezquita volvió a abrirse.

Aga Yan sonrió y esperó con curiosidad lo que Jaljal iba a decirles. El imán permaneció un buen rato en silencio, observando a los presentes. De pronto y sin que viniese a cuento después de lo que acababa de decir, soltó la palabra «¡América!». Fue como si hubiese arrojado una piedra contra el silencioso público, los murmullos se desataron a ambos lados de la cortina. Aquella palabra estaba prohibida en las mezquitas y tenía serias implicaciones políticas. América no era el mismo país que el resto del mundo conocía, aquella América era inmunda, era el enemigo directo del islam.

Después de que el joven sah hubiese huido, faltó poco para acabar con la monarquía que durante dos mil quinientos años había gobernado el país, pero los agentes de la CIA lo habían devuelto al poder con un golpe de Estado. Desde entonces, los ayatolás hablaban de América como si fuese Satán y desde las mezquitas se alentaba el antiamericanismo. Cuando un religioso ponía en sus labios la palabra «América», era tanto como decir: «¡Fuera Satán! ¡Fuera los americanos!»

—Los tiempos están cambiando. Reza Kan se ha ido, ha desaparecido, pero América sigue presente en todas partes. En Teherán. ¡En Qom! —proclamó Jaljal.

Había dicho algo pero no había dicho nada. En cierto modo se había limitado a hacer una constatación inocente: «Los tiempos están cambiando. América está presente en todas partes.»

Los hombres sabios de la ciudad sopesaron aquellas palabras como si fuesen oro y se dijeron que el imán era astuto como un zorro. Sabía cómo decir sus palabras en un orden determinado para darles mayor énfasis.

Jaljal volvió a escrutar a los fieles. Todos esperaban en vilo sus siguientes palabras. Rompió el silencio con apenas dos palabras:

—¡Alá, Alá!

¡Aquellas dos palabras podían significar tantas cosas! Cuando uno sentía admiración, exclamaba «¡Alá, Alá!», pero también gritaba «¡Alá, Alá!» si caía en desgracia. Y sin embargo, Jaljal las había utilizado en un contexto distinto. El hecho de haber mencionado Qom y América en una misma frase, le daba un sentido especial a aquel llamamiento. ¡Qom! ¡América! ¡Alá, Alá! Era como si hubiese disparado dos tiros en plena mezquita. Jaljal cambió el derrotero de su sermón y empezó a recitar el sura Al Fath.

Los ves inclinados, postrados o prosternadosbuscando el favor y la satisfacción de Dios.Su distintivo está en sus rostroscomo huella de prosternación.Ésta es la descripción de los creyentes dada en el Pentateuco,su descripción en el Evangelio:son semilla que, habiendo dado su brote,le da fuerza, engorda y se afirma sobre su tallo: admira al agricultor.Aga Yan miró a Shabal. Jaljal no siguió hablando de Al Fath sino que pasó casi inadvertidamente a la aleya Al Rum (Roma):

Los romanos han sido vencidosen los confines de la tierra.Ellos, después de su derrota, serán vencedoresdentro de algunos años.Entonces se alegrarán los creyentes.Él es el Poderoso, el Misericordioso.Y así concluyó su intervención. Había sido un sermón muy ambiguo que cada uno podía interpretar como quisiera. Había hablado de forma que los servicios secretos no pudiesen hacer nada contra él. Había empezado con el profeta Mahoma y había deslizado la palabra «América» para acabar con la decadencia de los romanos. Estaba claro que todavía no quería mostrar abiertamente hacia dónde iba y lo que se proponía.

Aga Yan intuyó que a la mezquita le aguardaban tiempos muy azarosos, algo que llevaba ya esperando desde hacía mucho.

Jaljal se puso en pie y se retiró del almimbar. Centenares de fieles permanecieron delante de él. Aga Yan se acercó al imán, lo abrazó, lo besó en el hombro izquierdo y lo escoltó hacia la salida con orgullo.


El cine

 

Jodaya to busideie hiti gahLabbe sorge fame zaniMast ra?Be pestane kaelshZadi dast ra? 

Dios, ¿has besado alguna vezlos labios de unamujer bebida?¿Has acariciadosus pechosaún tiernos? 

El poema estaba encima del escritorio de Jaljal. Aga Yan, que pasaba casualmente por allí, vio el papel, lo cogió y lo leyó. No daba crédito a sus ojos. «Jodaya to busideie hiti gah…»

Era un poema chocante. Dios, besar, mujer bebida, pechos tiernos… y en el escritorio de Jaljal. El nombre del poeta estaba en un extremo del papel: Nosrat Rahamani, pero a Aga Yan no le sonaba de nada. ¿Quién podía ser? ¿Quién era el que se atrevía a poner sobre papel tamañas blasfemias?

«Las cosas se nos han ido de las manos», pensó Aga Yan. El sah fomentaba aquella degeneración, pero ¿para qué necesitaba Jaljal esa basura? ¿Y por qué se había llevado algo así a la biblioteca? Sobre el escritorio había otros poemas y se puso a leerlos. Le llamó la atención uno de ellos por estar escrito por una mujer:

Mis labios sedientos te buscan.Desnúdame.Abrázame.Aquí están mis labiosAquí están mi cuello y mi pecho ardienteAquí está mi suave cuerpo.Oyó las pisadas de Jaljal en el patio y no pudo acabar de leer los versos. Volvió a dejarlos sobre el escritorio con precipitación, se dirigió a la librería y simuló que buscaba algo.

Cuando Jaljal entró, Aga Yan sacó un volumen del anaquel, salió atropelladamente de la biblioteca y se fue a su estudio con aire pensativo.

No podía quitarse el poema de la cabeza, se le había quedado grabado y no lograba concentrarse en su trabajo:

Aquí están mis labiosAquí están mi cuello y mi pecho ardienteAquí está mi suave cuerpo.¿Quién sería aquella poetisa? ¿Tanto había cambiado el país que hasta las mujeres podían hablar tan libremente de sí mismas y expresarse de forma tan íntima sobre su cuerpo y sus sentimientos? ¿Y cómo era posible que él no se hubiera dado ni cuenta? ¿Dónde estaban esas mujeres? ¿Por qué no se cruzaba con ellas por la calle? ¿Qué aspecto tenían? ¿Dónde vivían? ¿Vivían todas en Teherán?

El sah… La culpa la tenían el sah y los americanos. Su cultura entraba en las casas por la radio, la televisión, las películas. El régimen hacía cuanto podía por alejar a los jóvenes de las mezquitas y convertirlos en adeptos a las ideas del sah y sus secuaces. El monarca había empezado una «revolución blanca». Había repartido un librito que recogía sus proyectos para la patria. Quería erradicar el analfabetismo y para ello había enviado a mujeres jóvenes a los pueblos, para que trabajasen de maestras. Se quitaban el velo, se ponían una gorra y escalaban las montañas como si fuesen soldados para construir escuelas en las aldeas más recónditas.

Sí, todo había cambiado, y Aga Yan no lo había visto porque no quería verlo. El sah estaba decidido a industrializar el país y para ello dio permiso a muchos inversores extranjeros para que montasen fábricas en Teherán y las demás ciudades importantes del país. Tampoco Seneyán se había librado de los nuevos avances.

Numerosos empresarios japoneses y europeos habían sabido sacar tajada de aquella oportunidad. A las afueras de Seneyán estaban construyendo una fábrica de tractores que daría trabajo a muchísimos jóvenes de la ciudad y los pueblos circundantes. La gestión de la fábrica estaría en manos de Mitsubishi, la conocida empresa japonesa fabricante de tractores. La idea era diseñar un modelo de tractor pequeño que los agricultores pudieran emplear en la montaña. Gracias a una subvención estatal, todos los campesinos se beneficiarían de uno de aquellos tractores. Y de esa forma Mitsubishi ataba a los aldeanos al sah.

No, Aga Yan no estaba al tanto de todo aquello, se había quedado rezagado, no escuchaba la radio y jamás había tenido un televisor. Debería haber visto en la pantalla a Farah Diba, la esposa del sah, para comprender lo que estaba pasando en el país.

Farah Diba se había empleado a fondo para dar un nuevo rostro a la mujer del país. Aga Yan no sabía que era muy querida entre las mujeres, también entre las que frecuentaban las mezquitas. Era la tercera esposa del sah y la primera en darle un hijo varón, el príncipe heredero. De sus dos mujeres anteriores sólo había tenido hijas. La pareja se había conocido en una fiesta en París, donde Farah Diba estaba estudiando.

Convertida ya en reina del país, Farah Diba decidió mejorar la posición de las mujeres y sacarlas de la cocina. Y por el momento parecía que todo estaba saliendo a la perfección y que el sah había logrado mantener a raya a los ayatolás y recluirlos en las mezquitas. De modo que Farah Diba se iba tranquilamente a París todas las semanas para hacer sus compras en las mismas boutiques que frecuentaban las estrellas de Hollywood. Mientras el New York Times afirmaba que el país era un oasis de paz durante el reinado del sah, Farah Diba acudía a una clínica parisina para darle un toque francés a su nariz persa, y regresaba a la patria luciendo un nuevo peinado.

Ningún periódico se atrevió a hacer comentarios sobre su nariz, pero su nuevo peinado fue imitado inmediatamente por todas las mujeres del país que acudieron en masa a las peluquerías. El peinado de Farah estaba en boca de todas, hasta Fagri Sadat, la esposa de Aga Yan, se había hecho un corte farahi, o sea al estilo de Farah, aunque Aga Yan no se hubiese dado cuenta.

Estaban construyendo un hospital para mujeres en Seneyán. Las últimas estadísticas revelaban que las mujeres que vivían en las ciudades y aldeas más religiosas sufrían más dolencias que el resto de la población femenina, pero se negaban a que las visitasen médicos varones. Por ese motivo, las autoridades de esos lugares habían decidido abrir clínicas en las que sólo trabajase personal femenino. El de Seneyán sería el primer gran hospital de mujeres del país. El consejo real de Farah Diba había apoyado la iniciativa y la reina en persona tenía previsto desplazarse a Seneyán para inaugurar el hospital.

Jaljal sí seguía los perceptibles cambios que acontecían en el país y poco a poco empezó a comentar en sus sermones los asuntos cotidianos de Seneyán. Hacía poco, había criticado al alcalde por no dotar a la ciudad de una buena biblioteca, mientras que en los quioscos se vendían novelas americanas baratas a los jóvenes, como si se tratase de literatura.

En otra ocasión, se despachó a gusto contra el pequeño teatro de la ciudad donde se había representado una obra que ridiculizaba a un religioso. Era una obra pensada para los estudiantes y todos los días acudía al teatro un grupo de alumnos de una escuela. Jaljal se puso furioso.

—Es una vergüenza para la respetuosa ciudad de Seneyán. ¿Cómo se atreven a poner a un imán en el escenario para hacer reír a los jóvenes? Yo le advierto al zoco que ha empezado una solapada ofensiva contra el islam en esta ciudad. ¿Habéis revisado las carteras de vuestros hijos para enteraros de las ideas sacrílegas que les inculcan en el colegio? ¿Estáis al corriente de la poesía emponzoñada que obligan a estudiar a vuestras hijas como si fuese literatura? Me temblaron las manos el día que leí algunos de esos versos. Y por respeto a nuestras mujeres que se hallan al otro lado de la cortina no hablaré del contenido de esos poemas. Le han declarado la guerra a nuestra fe. No juguéis con fuego. Os lo advierto a todos. ¡No lo hagáis!

El alcalde oyó las duras palabras que resonaban desde el almimbar, y para evitar que la cosa fuera a mayores, prohibió que la obra volviese a representarse en el teatro.

El asunto aún no estaba olvidado cuando empezaron a circular nuevos rumores de que estaba previsto construir un cine en la ciudad. Un empresario que ya tenía un par de salas de cine en Teherán había comprado los viejos baños públicos de Seneyán, que ya no funcionaban, para reconvertirlos en un cine. Se trataba de un edificio monumental, un lugar único para actividades culturales, el local ideal para una sala de cine.

Jaljal le hizo saber de inmediato al alcalde que un cine en la ciudad religiosa de Seneyán era algo inaceptable, pero éste le contestó que las autoridades municipales no habían tenido nada que ver en el asunto y que la decisión se había tomado en Teherán. El Departamento de Cultura de la monarquía había impulsado el plan como un proyecto especial, y contaba además con la aprobación expresa de Farah Diba.

Cuando el propietario del futuro cine se enteró de que Farah Diba tenía previsto viajar a Seneyán para inaugurar el hospital de mujeres, decidió tenerlo todo dispuesto para pedirle que asistiera también a la apertura del cine. Se puso en contacto con Teherán y finalmente se decidió que la tarde en que la reina fuese a Seneyán, inauguraría también el cine. Pero en vista de que Seneyán era una ciudad muy religiosa, se acordó mantener la noticia en secreto hasta última hora.

Un soleado jueves, un impresionante helicóptero apareció en la ciudad y dio tres vueltas sobre el zoco. Los estudiantes se habían lanzado a las calles para ver pasar a Farah Diba en un coche descapotable de camino al hospital.

Todos aplaudían y gritaban: «Yavid sah! ¡Viva el sah!» En ese mismo instante, aparecieron en el cielo tres cazas de la fuerza aérea dejando una estela de humo con los colores de la bandera nacional. Decenas de agentes de la policía secreta vestidos de paisano se encontraban mezclados entre la multitud, y en todas las esquinas había furgones del ejército llenos de soldados, listos para sofocar el menor brote de disturbios.

Farah Diba saludaba sonriente a la muchedumbre. Una brisa fresca jugueteaba con su cabello. Irradiaba poder. Mientras pasaba en el coche, las maestras y el personal femenino del hospital se despojaron de sus velos para mostrarle que iban peinadas igual que ella y prorrumpieron en gritos de júbilo agitando sus velos al aire.

Las cámaras lo grababan todo para mostrar después por televisión cómo las mujeres de la ciudad religiosa de Seneyán habían honrado a Farah Diba, cómo la habían recibido con los brazos abiertos como ejemplo a seguir.

Era el primer viaje que la emperatriz hacía a una de las ciudades religiosas, y para el régimen constituía un indicador para saber si podría acabar conquistando los bastiones más creyentes del país, contrarios al régimen del sah. Y de momento todo había salido muy bien, tanto que las cadenas de televisión no quisieron esperar a las ocho de la tarde para emitir los boletines informativos del viaje y empezaron con la retransmisión en las noticias de las seis. El acontecimiento se vio como un triunfo del régimen sobre los ayatolás. Pero habían pasado por alto algo que a primera vista parecía irrelevante.

Algunas jóvenes de Seneyán y futuras empleadas del nuevo hospital estaban esperando en la puerta del edificio, vestidas con sus uniformes blancos de manga corta. Cuando Farah Diba se apeó del coche real, los fotógrafos se adelantaron y dirigieron las cámaras hacia las mujeres. Éstas entregaron un espléndido ramo de flores a la emperatriz e inclinaron la cabeza respetuosamente. Pero como las ropas que llevaban trasparentaban un poco, se les adivinaban las bragas azul celeste. El zoco no daba crédito a sus ojos y, tras enterarse de la noticia, Jaljal no pudo probar bocado.

Se puso furioso y lo consideró una agresión contra los ayatolás y una provocación a la autoridad del zoco. Aquel incidente se había producido en la ciudad donde él oficiaba de imán, y donde estaba la mezquita de Yome, la más importante de todas. En su próximo sermón tendría que mostrar su condena.

Aquella tarde sonó el teléfono de Aga Yan: alguien de Qom quería hablar con Jaljal. Fue una conversación breve y unilateral en la que Jaljal se limitó a escuchar. Sólo rompió el silencio al final para decir: «No, no lo sabía. Sí, entiendo. De acuerdo, sé lo que debo saber. Usted también.»

Aga Yan no sabía de qué se trataba y tampoco le preguntó a Jaljal el nombre de su interlocutor. Cuando más tarde miró hacia la ventana de la biblioteca, vio a Jaljal paseándose arriba y abajo con inquietud.

La retransmisión televisiva sugería que Farah Diba había regresado a Teherán después de la inauguración de la clínica, pero en realidad no había partido aún, sino que se había trasladado a una histórica fortaleza en las afueras de la ciudad.

La fortaleza, enclavada en los confines del desierto, había sido reconvertida en posada, una especie de parador de las caravanas donde antiguamente viajeros y mercaderes de la Ruta de la Seda solían detenerse a pernoctar. Farah Diba había estudiado arquitectura en París y dirigía varios proyectos de restauración de algunos monumentos históricos del país. La rehabilitación de aquella fortaleza era uno de sus principales intereses. Más tarde, tenía previsto regresar al centro para asistir a la apertura del cine.

El propietario del cine había mandado traer de Teherán, especialmente para la ocasión, una película romántica estadounidense que todavía no había sido proyectada en ninguna sala del país. No había informado a nadie de la presencia real, sino que se había limitado a decir que contarían con la asistencia de algunas importantes personalidades de Teherán.

Mientras Farah Diba se hallaba en la antigua fortaleza y se disponía a sentarse a la mesa para comer y descansar un poco, Jaljal recibía la llamada secreta en el despacho de Aga Yan.

A las siete, Jaljal estaba listo para ir a la mezquita. Cuando Shabal fue en su busca para acompañarlo, lo notó inquieto.

—¿Pasa algo?

—No. ¿Por qué lo dices? —repuso Jaljal mientras salían de la biblioteca.

—¿De qué vas a hablar en el sermón?

—Aún no lo he decidido, la presencia de esa furcia me ha distraído.

Shabal habría querido preguntarle a quién se refería con lo de «furcia», pero no se atrevió a repetir aquella palabra.

—¿Dónde está Aga Yan? —quiso saber Jaljal.

—En la mezquita.

Entraron en el templo. La sala de oración estaba abarrotada, había más fieles de lo habitual. Probablemente sentían curiosidad por conocer la reacción del imán ante la visita de Farah Diba.

Jaljal subió al almimbar y empezó a hablar con mucho aplomo acerca de la mezquita y la función del imán; la mezquita como corazón de la comunidad y el imán como la conciencia despierta de los fieles de la ciudad. No mencionó la inauguración del hospital y tampoco la retransmisión televisiva de la visita de Farah Diba, sino que dirigió todos sus dardos contra el cine.

—¡Tened cuidado! —los exhortó de pronto alzando el dedo en actitud amenazadora—. ¡Pensad bien dónde os estáis metiendo! —Y tras una breve pausa prosiguió—: En nombre de la mezquita, en nombre de la ciudad, en nombre del zoco, os digo, os pido, os advierto que no sigáis adelante. Detened vuestros diabólicos planes. Seneyán no es un lugar para la libertina cultura americana. No es un antro de pecado. ¡Deteneos u os detendremos nosotros!

Alaho akbar! —exclamó alguien.

Alaho akbar! —corearon los demás al unísono.

Nadie sabía lo que Jaljal pretendía con su sermón, pero todos comprendían que estaba expresando su rabia por el hospital de mujeres.

Los hombres del zoco miraron a Aga Yan con aire satisfecho: valoraban muy positivamente la respuesta de Jaljal. También Aga Yan se sentía orgulloso de él, pese a que intuía que el imán no permanecería mucho tiempo en Seneyán. Era demasiado ambicioso para conformarse con ser un religioso más; necesitaba espacio y seguramente se sentiría constreñido entre las paredes del templo. Sin embargo, de momento aquella mezquita era un excelente comienzo para él.

El propietario del cine estaba convencido de que Jaljal hablaría en contra de su local, pero no temía sus declaraciones. Sabía que los servicios secretos y la policía de la ciudad lo protegerían. Era jueves por la tarde y lo tranquilizaba la idea de que los fieles estuviesen en la mezquita escuchando a Jaljal a la misma hora de la inauguración del cine. Eso le permitiría recibir a Farah Diba sin sobresaltos. Sin embargo, aquel hombre no conocía bien a su adversario, pues Jaljal estaba bien informado y conocía la hora exacta en que iba a celebrarse el acontecimiento.

El imán le echó un vistazo a su reloj; faltaba poco tiempo, pero se relajó, se frotó la barba y sonrió. Aga Yan pensó que había terminado de hablar del cine y que se disponía a cambiar de tema; suponía que Jaljal se conformaba con expresar su amenaza de palabra, por eso se sorprendió al oír cómo Jaljal empezaba a recitar impávido el encendido sura de Abu Lahab y su esposa, a los que Dios interpeló con enojo.

 

¡Perezcan las dos manos de Abu Lahab!¡Perezca él mismo!Ni su hacienda ni sus adquisiciones le servirán de nada.Arderá en un fuego llameante,y su mujer acarreará la leña,teniendo en el cuello una cuerda de fibras.¡Perezca Abu Lahab! 

Por un momento, Aga Yan sintió que le faltaba el aire, había comprendido de pronto que Jaljal planeaba algo más que proferir amenazas.

Abu Lahab era el tío de Mahoma, hermano de su padre. También era el enemigo declarado del Profeta y el Corán. Durante la revelación del islam, la noche en que Mahoma pronunció un parlamento ante los poderosos de La Meca para convencerlos de su misión, Abu Lahab insultó al Profeta y abandonó la reunión. Su esposa lo imitó, injuriando a Mahoma y refiriéndose al Corán con palabras indecorosas. Y no contentos con eso, siguieron desacreditándolo en el zoco y burlándose del Corán y de su Alá. Mahoma sufría lo indecible, pero no podía hacer nada para evitarlo. Una noche, el sura de Abu Lahab le fue revelado:

Tabat yada Abu LahabPerezca su mujer, la acarreadora de leña,teniendo en el cuello una cuerda de fibras.¡Perezca Abu Lahab!Cuando alguien recitaba el sura de Abu Lahab, todos comprendían de inmediato la seriedad del asunto. Jaljal continuó:

Perezcan las manos del hombre que ha comprado la antigua casa de baños de la ciudad.Perezcan las manos del hombre que de la casa de baños pretende hacer un cine.Perezca la puerta de la casa de baños.Perezcan las piernas de los hombres que en estos momentos se hallan reunidos en la casa de baños.Y una cuerda en el cuello de sus esposas que también se encuentren allí.Aga Yan se sintió incapaz de alzar la cabeza y mirar a Jaljal a los ojos. Tenía la mirada clavada en las figuras de la alfombra y la sensación de que Jaljal estaba detrás de él, empujándole la cabeza hacia abajo.

Jaljal lo había sorprendido y, aunque debería sentirse contento, experimentaba sentimientos encontrados. ¿Por qué el imán no le había dicho que pensaba hablar del cine? ¿Y a qué venía ese tono tan repentinamente duro? ¿Beneficiaba a la mezquita aquella reacción? ¿Qué consecuencias podía tener para el resto de la ciudad? Pero no era el momento adecuado para esas consideraciones. Respiró hondo, alzó la cabeza y miró alrededor.

La mezquita se había sumido en un silencio sepulcral, todos los presentes miraban expectantes a Jaljal.

—Llevo ya mucho tiempo advirtiendo a las autoridades y también al nuevo propietario de la casa de baños, pero no han querido escucharme sino que han seguido adelante con sus planes. Y esta noche piensan emitir una pecaminosa película americana. ¡Precisamente esta noche! ¿Sabéis qué día es hoy? ¡Hoy es el aniversario de la muerte de santa Fátima! Yo, Jaljal, el imán de la mezquita, lo prohíbo. Yo, Jaljal, el imán de la mezquita de Yome, prohíbo que se vaya al cine. Yo, Jaljal, con el Corán en las manos, sellaré las puertas de ese antro de pecado —clamó, al tiempo que sacaba el Corán del bolsillo.

Alaho akbar! Alaho akbar! Alaho akbar! —rugió la multitud.

—¡A la casa de baños! —los exhortó Jaljal.

Y se puso en pie y bajó con brío del almimbar. El gentío lo siguió. Aga Yan, que no esperaba aquel giro de los acontecimientos, estaba clavado en el suelo. Sentía que Jaljal lo había engañado, que le había arrebatado la iniciativa. Pero aún no era demasiado tarde. Aga Yan tenía más experiencia y debía intentar recuperar las riendas del asunto y salvaguardar la reputación y el prestigio de la mezquita. Jaljal no importaba, sólo la mezquita importaba. Se levantó y salió corriendo detrás del imán mientras llamaba a gritos a Shabal.

—¡Corre! ¡No lo dejes solo! ¡Ve con él!

Los ánimos estaban tan crispados que era imposible mantener a la gente bajo control.

«Yo sí podré —se dijo Aga Yan para sí—. Soy el único que puede evitar el caos.»

Jaljal se hallaba ya camino del cine, enarbolando el Corán sobre su cabeza, y los fieles iban tras él invocando el nombre de Dios. Los agentes de la policía secreta, sorprendidos, echaron a correr en la oscuridad, presa del pánico y gritando por sus transmisores: «¡Revuelta! ¡El cine está en peligro!»

Dos coches patrulla llegaron despacio, pero los agentes aún no se habían dado cuenta de las intenciones de la muchedumbre. Había unos camiones militares bloqueando la calle que llevaba al cine. Soldados armados se apearon y formaron un muro para contener a los manifestantes. También apareció un helicóptero que volaba hacia el cine. El artefacto aterrizó en medio del patio de la casa de baños para recoger a Farah Diba.

El coche del alcalde se detuvo delante de la entrada y el hombre salió a todo correr hacia la multitud agitando los brazos. Buscó a Aga Yan entre la masa de manifestantes y cuando lo halló, le gritó:

—¡En nombre de Dios, ¿qué estás haciendo?! ¡Has caído en una trampa! ¡Contén a esta gente o habrá un baño de sangre!

—¿De qué protestas ahora? La alcaldía ya no hace caso a la mezquita, insulta a toda la gente de esta ciudad trayendo un cine, ¿y tú me amenazas ahora con un baño de sangre?

—No, no es eso, no me malinterpretes, no soy yo quien te amenaza, te estoy pidiendo ayuda porque esto se nos va de las manos. —Y le susurró—: Farah Diba está en el cine. Créeme, si esta gente sigue acercándose al local, los soldados dispararán. ¡Haz algo! ¡Contenlos!

Los soldados bloqueaban el paso a los manifestantes, y un oficial del ejército con un megáfono en la mano los conminó a que retrocedieran. Pero Jaljal hizo caso omiso y, con el Corán en alto, pasó por delante de él e intentó romper la barrera de soldados. El oficial fue tras él y lo detuvo.

—He dicho que retrocedan o dispararemos —le advirtió.

—Pues disparen —le espetó Jaljal.

El oficial lo agarró del cuello y lo tiró hacia atrás.

—¡Como no retrocedas te lío el turbante al cuello y te llevo a rastras! —le gritó en la oreja.

Sus palabras hicieron reaccionar a Jaljal, que lo empujó con tanta fuerza que casi lo derribó. El oficial desenfundó su pistola, pero Aga Yan obró con rapidez. Apartó a Jaljal y le gritó a Shabal que lo sacara de allí. Mas el imán se zafó de las manos de Aga Yan y corrió hacia el oficial. Aga Yan consiguió frenarlo justo a tiempo.

—¡Ya basta! ¡Detente!

Jaljal volvió a empujar a Aga Yan a un lado, pero éste lo cogió de nuevo por el cuello.

—Nunca olvides que aquí quien manda soy yo. —Después arrebató el megáfono de manos del oficial—. ¡Queridos ciudadanos! ¡Calmaos y escuchad! ¡Tengo buenas noticias!

Se hizo el silencio.

—Acabo de hablar con el alcalde. Las autoridades retiran sus planes: no habrá ningún cine en la ciudad. ¡Volved a la mezquita!

Alaho akbar! —aclamó la multitud.

El incidente había causado una profunda impresión en los ciudadanos, que permanecieron largo rato en la mezquita. Aga Yan se sentía satisfecho. La mezquita había emprendido una acción rotunda y él había sido capaz de evitar que degenerara en una batalla campal. Había sido un ataque por sorpresa contra los planes del sah desde un rincón inesperado, así como una monumental bofetada a su primer ministro, que pretendía despojar a las ciudades religiosas de su poder y darles a cambio una falsa cultura occidental. Al día siguiente toda la prensa del país se haría eco del suceso: ¡Motín en Seneyán!

La mezquita de Yome de Seneyán había hecho valer su voz una vez más. Los ayatolás de Qom apreciarían mucho el gesto y los imanes hablarían de ellos en todas las mezquitas del país.

Era medianoche, todos se habían ido a sus casas, la mezquita estaba vacía y el portero había echado la llave. Aga Yan estaba escribiendo en su estudio.

«Después de un silencio, nuestra mezquita ha vuelto a hacerse oír. Acaso nos hallemos otra vez en el viejo camino.»

Aún seguía escribiendo cuando dos coches aparecieron por la mezquita. Uno de ellos aparcó bajo los árboles delante del edificio, mientras que el otro siguió avanzando con las luces apagadas hasta el callejón de la casa.

Tres agentes vestidos de paisano bajaron mientras el conductor permanecía al volante. El jefe fue hasta la puerta y llamó, los otros dos se quedaron junto al coche. Aga Yan oyó el timbre y presintió el peligro. Había contado con que la policía pasaría al día siguiente por el zoco, pero no que se plantarían en la casa a aquellas horas de la noche.

Las abuelas también oyeron que llamaban, pero comprendieron que se trataba de algo excepcional y que no debían salir. Esperarían la reacción de Aga Yan.

Shabal se dirigió apresuradamente al estudio de Aga Yan.

—Será la policía —le informó éste bajando la voz—. ¡Avisa a Jaljal! ¡Debe irse de aquí! ¡Acompáñalo! ¡Por la azotea!

Jaljal esperaba a los agentes y aún estaba en la biblioteca cuando sonó el timbre. Apagó la luz, salió del cuarto y subió la escalera furtivamente.

Aga Yan se puso el abrigo y el sombrero y salió al patio. Atisbó la silueta de Jaljal en la escalera y aguardó unos instantes hasta que la vio desaparecer en la negrura.

El timbre volvió a sonar.

Las mujeres espiaban detrás de las cortinas sin perder detalle.

—¿Quién es? —preguntó Aga Yan antes de abrir la puerta.

—¡Abra!

Obedeció y a la luz de la farola vio al agente y a los otros hombres que permanecían junto al coche. Supo de inmediato que se trataba de agentes de la policía secreta. Los policías de la ciudad no se habrían atrevido a llamar a su puerta a aquellas horas. Por sus modales, Aga Yan supuso que eran agentes nuevos o procedían de otra región. No conocían a Aga Yan y ni siquiera lo saludaron.

—Señores, ¿qué hacen ustedes en mi puerta en plena noche?

—¡Buscamos al imán! ¡Tiene que acompañarnos! —le espetó el jefe al tiempo que le mostraba la placa de policía.

La dureza de esas palabras convencieron a Aga Yan de la gravedad del asunto. Para ganar tiempo, salió a la calle y cerró la puerta a su espalda.

—El imán no está en casa —anunció—, pero si es urgente pueden hablar con él mañana por la noche en la mezquita.

El jefe le ordenó de malas maneras:

—¡Deje la puerta abierta!

—No hace falta que grite, agente, todos están durmiendo.

—¡Abra la puerta! —repitió mientras la aporreaba con los puños.

—¡Compórtese, agente! Acabo de decirle que el imán no está en casa. Ha salido. Y si no está, no está. Por la mañana irá a la mezquita. ¿Me entiende usted o no? —recalcó Aga Yan en voz alta para que Jaljal pudiese oírlo.

—Abra la puerta o le pego un tiro a la cerradura —amenazó el policía echando mano a la pistolera.

En ese momento uno de los policías entró en el callejón gritando.

—¡Está en el tejado! ¡Cogedlo!

Todos corrieron escaleras arriba, se detuvieron unos segundos en la azotea y siguieron en dirección a uno de los minaretes.

Aga Yan hizo ademán de subir la escalera, pero uno de los hombres se lo impidió.

—¡Quieto ahí!

Aga Yan fue entonces hasta el cuarto de huéspedes, se detuvo en la penumbra debajo de los árboles y permaneció atento a los acontecimientos.

—¡He visto una sombra detrás de la cúpula! —anunció uno de los agentes desde la calle.

—¡Salga de ahí con las manos en alto! —gritó el jefe en la azotea.

Aga Yan pensó que habían cogido a Jaljal y se situó junto al viejo cedro para ver mejor la azotea. A la luz verdosa de los minaretes vio al agente apuntando con la pistola hacia la cúpula, pero no vio a Jaljal.

—¡Aquí no hay nadie! —gritó uno de los hombres.

—Acabo de ver una sombra, no puede estar muy lejos —contestó el otro.

Aga Yan sintió un inmenso alivio y fue hasta la alberca, a la luz de la farola.

—¡Agente! La sombra que acaban de ver en la azotea es la del conserje de la mezquita. No sean tan malpensados. El conserje estaba conmigo cuando ustedes llegaron. Proceden de otra parte del país y no conocen esta mezquita. Nadie puede huir a través de la azotea si hay agentes en la calle. Se lo mostraré. —Y subió a la azotea—. Les he dicho que el imán no está. Ha ido a Qom con el último tren para asistir a una entrevista. Pueden llamar ustedes a la estación si así lo desean. Los funcionarios lo ven muy a menudo. No pongan las cosas más difíciles de lo que son. En la azotea no hay nada salvo la cúpula y los minaretes. ¡Vuelvan a mirar si quieren y luego váyanse de aquí! ¿Me han oído?

El jefe no respondió sino que siguió iluminando varios puntos de la azotea con la linterna.

—¡Quiten sus sucios zapatos de la azotea de la mezquita y salgan de mi casa! —los conminó Aga Yan señalándoles la escalera.

Los agentes bajaron del tejado y volvieron al patio refunfuñando.

—Ningún forastero había osado jamás entrar en esta casa, y esta noche cuatro canallas han irrumpido aquí por la fuerza. ¡Ya he tenido bastante, lárguense de aquí!

Pero el policía, sin mostrarse impresionado por las duras palabras de Aga Yan, ordenó a sus agentes:

—Registrad todas las habitaciones. ¡Ahora mismo!

Los hombres entraron a saco en la casa.

—¡Shabal! —llamó Aga Yan. No hubo respuesta—. ¡Llama al alcalde! —gritó de nuevo, aunque sabía de sobra que el muchacho había seguido a Jaljal.

Corrió a su estudio y buscó el teléfono del alcalde.

—¡Haz que estos canallas se vayan de mi casa o saco el arma que tengo en el sótano y los mato a todos! —le espetó.

Los agentes sacaron a empellones al ciego Muecín de su cuarto para registrar la estancia.

—¡Bastardos! —masculló el anciano—. ¡Sois unos bastardos! ¡Salid de mi habitación! ¡Idos todos de esta casa!

La puerta de la biblioteca estaba cerrada con llave.

—¡La llave! —gritó el agente.

—No hay ninguna llave —le dijo Aga Yan desde el otro extremo del patio.

—¡Dame la llave o echo la puerta abajo!

Las abuelas salieron de la penumbra, abrieron la puerta y encendieron la luz.

El hombre iba a entrar en la biblioteca cuando Jolbanú lo interpeló.

—¡Quítate los zapatos! —Pero él no le hizo caso.

—¡Quítate los zapatos, canalla! —gritó Jolebé.

El agente, visiblemente impresionado por la antigüedad de la biblioteca, se detuvo en el umbral, observó los venerables anaqueles y el antiguo escritorio del imán y salió de nuevo.

Los otros policías entraron en el cuarto de las alfombras, que estaba a oscuras. Había una alfombra a medio tejer colgada en la pared. Miraron por detrás. Luego abrieron los grandes y antiguos armarios y tiraron al suelo los carretes de lana. Enseguida se encaminaron hacia el cuarto de fumar.

En ésas sonó el transmisor del jefe y éste fue a la alberca para contestar. Pasados unos minutos, regresó.

—¡Muchachos, nos vamos de aquí!

Los agentes se reunieron en el patio, cerraron la puerta y se fueron.

Aga Yan echó el cerrojo y apagó la luz.

—¿Queda algo de comer por ahí? Tengo hambre y sed —les dijo a las abuelas.

Acababa de sentarse a la mesa cuando entró Shabal.

—¿Dónde está? —preguntó al muchacho.

—En la mezquita.

—En la mezquita ¿dónde?

—En la antigua cripta. El conserje se ha encargado de todo —le informó Shabal.

—Está a salvo allí, pero los agentes volverán. No se olvidarán de esto así como así. Vigilarán la mezquita. Debemos enviarlo a Qom. En cuanto el conserje abra mañana las puertas de la mezquita para la primera oración, esos tipos se meterán en el templo y no podremos impedírselo. Tenemos que encontrar la forma de sacarlo de allí.

En ese instante llegaron las abuelas con una fuente de plata. Extendieron una pulcra servilleta de algodón sobre el escritorio de Aga Yan y colocaron encima un decorativo plato de porcelana con pan caliente y queso. Al lado dejaron la antigua tetera de ribetes dorados llena de humeante té con dos vasos; luego salieron de la estancia. Aga Yan miró a Shabal y sonrió.

—Al parecer aprueban la actuación que tuvo usted —dijo Shabal mientras Aga Yan le servía una taza de té.

—Anda, coge una silla y acompáñame. Nos queda mucho por hacer; esta noche no dormiremos.

Cuando hubieron terminado de comer, Aga Yan fue a su estudio y regresó con un montón de cosas. Dejó sobre la mesa unas tijeras, un sombrero y un traje para Shabal.

—Tengo un plan. Dentro de un rato saldré a la calle y me quedaré en la acera, delante de la mezquita, como si estuviese esperando a alguien. Los agentes lo estarán vigilando todo desde sus coches, de modo que intentaré distraer su atención. Mientras tanto, tú coge las tijeras y el traje y ve a la mezquita por la azotea. Ayuda a Jaljal a recortarse la barba y dile que se ponga el traje y el sombrero. En cuanto amanezca, los fieles acudirán al rezo y, después de lo de ayer tarde, la asistencia será masiva. Cuando la gente salga a la calle después del sermón, los dos os ponéis detrás de mí y me seguís fuera. Yo me encargaré del resto. ¿Está claro?

—Sí.

No hacía frío, pero a aquella hora temprana de la madrugada soplaba un viento fresco procedente de las montañas. Tal como habían acordado, Aga Yan se situó enfrente de la mezquita y reparó en que la bombilla de la farola que había delante del templo, y que llevaba fundida mucho tiempo, volvía a dar luz. El conserje había ido varias veces a la compañía a quejarse, pero no había logrado que enviaran un electricista para cambiar la bombilla. Aga Yan había llamado personalmente al director de la compañía en un par de ocasiones, pero le había sido imposible hablar con él.

La calle estaba desierta aunque, unos metros más lejos, había dos hombres fumando en la acera. Al advertir que Aga Yan los miraba, volvieron a ocultarse en las sombras.

Un coche con cuatro individuos en su interior pasó por delante de la mezquita, dio la vuelta y volvió a pasar lentamente, aunque no se detuvo. Los hombres ocultos en la sombra salieron de nuevo a la luz de la farola, echaron a andar en dirección a Aga Yan y pasaron por su lado sin decirle nada. Eran forasteros o de lo contrario lo habrían reconocido y saludado.

Mientras estaba en la calle, Aga Yan pensó en lo mucho que había cambiado la ciudad en los últimos años. La autoridad estaba en manos de extraños. Hasta hacía unos años, todos los representantes municipales eran hombres a los que él conocía personalmente, hombres de buenas familias de Seneyán, hijos de los comerciantes del zoco. Y siempre que Aga Yan entraba en alguna institución pública, a su director le faltaba tiempo para salir a recibirlo en persona. Sin embargo, ya no conocía a los directores, pues ninguno de ellos quería tener contacto con la mezquita. Vestían traje y corbata y fumaban puros. Era como si la ciudad estuviese dividida; por una parte estaba la gente de toda la vida, los lugares emblemáticos y el zoco y, por otro, los nuevos directores, los nuevos agentes, los edificios modernos y la gente que iba a los teatros y cines. Antaño, Aga Yan era capaz de solucionar cualquier cosa con sólo un gesto, mientras que ahora ni siquiera lograba que cambiaran una bombilla fundida. Empezaba a entender la advertencia del alcalde: «Ten en cuenta que ya no puedo ayudarte como hace años.»

Aga Yan no era un hombre que se arredrase con facilidad, pero en ese instante lo asaltó el miedo. Un par de horas antes estaba convencido de que al final todo saldría bien; aun en el caso de que los agentes arrestaran a Jaljal, estaba convencido de que conseguiría liberarlo y llevárselo a casa con sólo hacer una llamada al comisario de policía, pero de pronto comprendió que estaba equivocado.

Parecía como si necesitase el aire fresco de las montañas para pensar con claridad y ver las cosas con más nitidez. Se dijo que también Jaljal era un forastero, amén de ser un hombre poco digno de confianza. ¿Qué sabía de él en realidad? Un imán completamente desconocido que había llegado de Qom para pedir la mano de una de las hijas de la mezquita. ¿Y aparte de eso? Nada.

El aire de la montaña había limpiado la atmósfera, y la bruma que le enturbiaba la vista había desaparecido. Por fin lo veía todo con claridad. Jaljal había urdido un peligroso plan; estaba al corriente de la presencia de Farah Diba en el cine, pero no se lo había dicho. Había querido provocar un desastre en la ciudad, había llevado a los incautos fieles de la mezquita hasta el cine para tenderle una trampa a Farah Diba, soliviantar los ánimos del país y saltar a la prensa mundial. Y Aga Yan no se había dado ni cuenta. Había sido cuestión de suerte que hubiese logrado truncar los planes del religioso justo a tiempo. Jaljal le había jugado una mala pasada y en esos momentos estaba en la vieja cripta. Su destino estaba en manos de Aga Yan. Le había pedido a Shabal que le recortara la barba.

A pesar del aire fresco, sintió que las gotas de sudor le llenaban la frente y, para ahuyentar sus temores, empezó a recitar:

¡Por la mañana!¡Por la noche cuando reina la calma!Tu Señor no te ha abandonado ni aborrecido.¿No te encontró huérfano y te recogió?¿No te encontró extraviado y te dirigió?¿No te encontró pobre y te enriqueció?¿No te liberó de la carga que agobiaba tu espalda?Él ha alzado tu reputación, porque la adversidady la felicidad van a una.Se dio la vuelta y descubrió que había amanecido. La gente empezaba a llegar a la mezquita. Eso le infundió ánimos y se encaminó hacia la puerta. La mezquita jamás había estado tan llena en la primera oración de la mañana, y no cesaban de llegar más fieles. Aga Yan no se había enterado, pero por la radio se informaba de disturbios en Seneyán y que un imán fanático había revolucionado la ciudad. Toda la prensa se hacía eco de la visita real al hospital y de la presencia de Farah Diba en el nuevo cine. Y en algunos periódicos se sugería que el imán había movilizado a los fieles de la mezquita con intenciones muy sospechosas.

Ése era el motivo por el cual había tanta gente en la mezquita a esa hora: porque querían tomar parte en los disturbios.

El conserje salió y se acercó a Aga Yan para saludarlo. Los dos hombres caminaron juntos unos pasos para concretar la situación. Después de regresar a la mezquita, Aga Yan bajó al sótano disimuladamente y se dirigió a la cripta. Shabal salió de la oscuridad.

—¿Dónde está?

—En el cobertizo.

—Ve arriba y dile a tu padre que empiece con el azan.

Aga Yan fue hasta el cobertizo, abrió la puerta despacio y dijo:

—Soy yo.

En la tenue luz de la vela, Jaljal estaba irreconocible. Llevaba el traje y el sombrero y se había recortado la barba.

—La policía lo tiene todo listo para arrestarte y tú conoces el motivo mejor que yo. Haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte a escapar, pero quiero que sepas una cosa: no estoy satisfecho con tu actuación. Tengo la sensación de que me has engañado. Podías haberme dicho lo que planeabas, pero no lo hiciste a propósito. Ahora no es el momento de hablar de esto. Dentro de un rato, cuando haya acabado la oración, Shabal vendrá a buscarte. Los tres saldremos de la mezquita con el resto de la gente. El sobrino del conserje te estará esperando junto a una moto en la plaza del zoco. Cuando lleguemos allí, monta en ella y él te llevará hasta la aldea de Wartie. El imán del pueblo te llevará a Kashán y el imán de Kashán conseguirá que llegues a Qom. Toma, aquí tienes algo de dinero. Ahora me voy —anunció Yan, y salió sin esperar la reacción de Jaljal.

Debería haber sido más duro con él, habría querido decirle: «¿En qué estabas pensando para poner en peligro la ciudad, la mezquita y la familia? Has traicionado mi confianza, desde el principio debería haber comprendido que no podía fiarme de ti. En fin, por fortuna todo ha salido bien. Ahora vete, no quiero volver a verte por el momento.» Pero no lo había hecho y se alegraba de haber sido capaz de contener su furia y medir sus palabras.

En ese momento, Aga Yan entró en la sala de oración y los presentes se pusieron en pie; todos estaban enterados de que por la noche la policía se había presentado en la casa y de que Jaljal había huido.

Un grupo de representantes del zoco encabezado por Aga Yan se dirigió al lugar desde el cual el imán solía pronunciar su sermón.

—Luego necesitaré vuestra ayuda —les advirtió Aga Yan en un susurro—; es un momento vital para la mezquita. Jaljal está en peligro. Yo dirigiré la oración, sé que es algo insólito, pero es una situación de emergencia. Después, quiero que permanezcáis aquí y que me acompañéis al zoco.

Tras esas palabras, Aga Yan subió el primer peldaño del almimbar y anunció:

—Hoy no contamos con ningún imán para la oración. El imán Jaljal ha tenido que ir a Qom inesperadamente. Sé que no es lo acostumbrado, pero hoy ocuparé su lugar. La oración de la mañana es breve, seguidme.

Se oyeron rumores en la mezquita pero cuando Muecín dijo: «Haye alal salat», se hizo el silencio y todos se orientaron hacia La Meca.

La oración de la mañana es la más breve del día y consiste en levantarse dos veces, postrarse dos veces y tocar el suelo con la frente dos veces más. Acabado el rezo, los hombres se acercaron solemnemente a Aga Yan y lo escoltaron fuera. Una vez en el patio, éste vio que Shabal y Jaljal salían del sótano y se sumaban al gentío. Aga Yan le había pedido a un pequeño grupo que lo acompañase al zoco, pero al parecer muchos otros habían intuido la urgencia del momento y echaron a andar en silencio detrás de ellos.

Por todas partes había policías que no entendían lo que estaba sucediendo y por qué aquel gentío se dirigía pacíficamente al zoco.

El sobrino del conserje estaba en una esquina de la plaza, debajo de la farola, con la moto lista para arrancar. Jaljal salió de la muchedumbre y montó detrás. El conductor arrancó sin mirar atrás. Shabal permaneció unos instantes vigilando hasta que la moto se perdió de vista, luego volvió a unirse a la procesión, se acercó a Aga Yan y le susurró:

—Ya se ha ido.


Pájaros

 

Ha Mim. El otoño pasó y Sediq partió hacia Qom para estar con su marido cuando llegase el invierno. Las primeras nieves habían caído en las montañas y dondequiera que uno mirase veía las blancas cumbres descollando sobre el pueblo. En la casa apenas se hablaba ya de Jaljal; todos andaban atareados con otros menesteres. Las aves migratorias estaban a punto de llegar y quizá ese año apareciese algún nuevo espécimen.

Aga Yan se despertó.

—Fagri, he tenido un hermoso sueño —le dijo a su mujer—. Siempre estoy en contacto con mis muertos. No me creerás, pero hoy he visto a mi padre. Ya no recuerdo cuándo murió, pero siempre se me aparece en sueños, y siempre son sueños que no sé explicar. Todo transcurre en una atmósfera particular y en un escenario adecuado. En el sueño de esta noche, mi padre acababa de fallecer; lo llevábamos al cementerio y lo enterrábamos, pero al regresar a casa él seguía en la cama cubierto por una sábana blanca. Yo sabía que era mi padre a pesar de que acabáramos de enterrarlo. Me arrodillé junto a él y sentí que no estaba muerto, que volvería a levantarse. Entonces se movió y asomó la cabeza por debajo de la sábana. Hizo ademán de incorporarse y yo corrí a asistirlo, lo ayudé a ponerse de pie, le di el bastón y le alcancé el sombrero. Él salió de la habitación, se dirigió con cuidado a la alberca, se sentó en un banco y se puso a contemplar los peces.

—Piensas en él, siempre estás pensando en los muertos —repuso Fagri Sadat—, por eso sueñas con ellos tan a menudo.

—No pienso en ellos; bueno, sí, a veces me acuerdo de mi padre, pero sueño con todos los muertos, hasta con algunos que no llegué a conocer en vida: con el padre de mi padre, por ejemplo, o el padre del padre de mi padre. Es muy extraño. Durante el día estoy en el mundo de los vivos y por las noches en el de los muertos.

—Tal vez es a causa de las crónicas que escribes sobre la mezquita.

Aga Yan se puso en pie y fue hasta la ventana.

—¡Fagri Sadat! —exclamó de pronto.

—¿Qué sucede?

—El sol del tamuz ha salido.

Fagri Sadat miró el sol que despuntaba como un círculo rojo sobre la cima del Zard Kuh, la montaña amarilla.

—Todos los días he vigilado la cumbre del Zard Kuh, pero no he visto nada. Creía que este año ya no lo veríamos —comentó Fagri Sadat.

—Últimamente ando siempre tan liado pensando en Jaljal que me había olvidado por completo del tamuz.

El invierno había llegado. A veces, cuando el otoño daba sus últimos coletazos o el invierno hacía su entrada, un sol rojo y ardiente emergía sobre el Zard Kuh: el sol del tamuz, el sol del verano.

En Seneyán, todos esperaban aquel día inusitadamente caluroso. Las aves migratorias intuían su aparición antes que los hombres y aprovechaban ese día para atravesar las cumbres nevadas. Llegaban de las lejanas tierras rusas y asiáticas que, desde tiempos inmemoriales, se conocían como la Ruta de la Seda, donde hacía más calor, y en poco tiempo cruzaban buena parte del desierto. Cuando llegaban a Seneyán, habían dejado atrás el tramo más duro del trayecto y desde ahí proseguían su viaje hasta zonas más cálidas, donde por fin construían sus nidos en las centenarias palmeras datileras, junto al golfo Pérsico.

El día del tamuz era una fecha muy señalada para la familia. También para el zoco y el comercio nacional de alfombras. Fagri Sadat y las abuelas permanecían en casa para capturar los pájaros.

La inspiración para los colores y diseños de las alfombras de la casa procedía de las plumas de las aves migratorias.

A través de los años, los habitantes de la casa habían aprendido que entre el tropel de aves siempre aparecían un par de especímenes cuyo plumaje poseía un colorido y unos dibujos inusitados. Nadie sabía de dónde procedían los motivos inimitables de las alfombras de Aga Yan y sus bellas combinaciones cromáticas. Aquél constituía el secreto de la casa y habían sido sus mujeres las que durante siglos lo habían mantenido.

Aquel día, como en años anteriores, las abuelas pusieron manos a la obra. Fueron a buscar los viejos cestos-trampa al sótano, los llevaron al patio y los dejaron contra el muro de la biblioteca y el cuarto de fumar.

Cuando las aves dejaban atrás el desierto y llegaban a Seneyán, solían sobrevolar los minaretes de la mezquita donde, desde antiguo, vivían cuatro cigüeñas, dos en cada minarete. Nadie sabía cuándo morían las cigüeñas viejas y cuándo sus crías las reemplazaban, pero el caso era que siempre estaban allí. Las cigüeñas formaban parte del alma de Seneyán y eran la primera señal de la ciudad que las aves avistaban en la lejanía.

Cuando las bandadas de pájaros llegaban a la ciudad, la sobrevolaban varias veces con estrépito e iban a posarse sobre el tejado de la mezquita. El viejo grajo, que se hallaba sobre la cúpula, no perdía detalle.

El conserje había esparcido grano en la azotea y puesto varios platitos con agua para las aves. En Seneyán todo el mundo estaba al corriente de que las aves migratorias recibían trigo y agua en la mezquita, pero nadie sospechaba que Fagri Sadat tendía sus cestos-trampa.

Fagri Sadat estaba sentaba en una silla junto a la alberca sosteniendo las cuerdas de los cestos. Las abuelas habían ido a esconderse detrás de la cortina y escrutaban el exterior furtivamente por una rendija.

Un grupo de aves se posó cerca de un cesto para picotear el grano esparcido por el suelo y, sin dejar de picotear, siguieron avanzando hacia los cestos donde habían puesto uvas pasas. En cuanto estuvieron debajo de las trampas, Fagri Sadat dio un tirón a las cuerdas y los pájaros quedaron atrapados.

Las abuelas salieron corriendo y se arrodillaron junto al primer cesto. Jolebé abrió la tapa, sacó un pájaro y se lo pasó a Fagri Sadat, que se puso a estudiarle el plumaje. La captura se había saldado con siete clases nuevas de aves. Las pusieron en jaulas separadas y las llevaron al estudio de Aga Yan.

Al anochecer, cuando Aga Yan regresó a la casa, fue directamente a su estudio, donde Fagri Sadat estaba esperándolo.

—¿Cómo ha ido el día? ¿Habéis capturado algún pájaro excepcional?

—Son magníficos. Hoy hemos podido ver bastantes muy de cerca —repuso Fagri Sadat.

—Siento curiosidad. ¿Dónde están las abuelas?

—Ahora vienen.

Luego, los cuatro permanecieron trabajando hasta bien entrada la madrugada.

Jolbanú sacaba un pájaro de la jaula y le tapaba la cabeza con un capuchón negro para que no se asustara por la intensa luz y permaneciera tranquilo sobre la mesa.

Aga Yan estudiaba atentamente las alas y las plumas.

—Éste tiene unas plumas preciosas, lástima que no sean originales —dijo mientras le mostraba a su mujer el dibujo de las alas con la punta del lápiz—. ¿Podéis venir a mirar también? —les pidió a las abuelas.

Las dos se pusieron las gafas y se acercaron.

—Los colores son distintos, pero el patrón me resulta familiar —dijo Jolbanú.

Cogieron el pájaro de Aga Yan, lo devolvieron a su jaula y sacaron el siguiente.

—¡Vaya! Estas plumas son magníficas, fijaos en esos dibujos del extremo. Hay líneas rojas y verdes que se cruzan unas con otras. Creo que los dibujantes sacarán algún provecho en su tablero de dibujo.

Fagri Sadat estudió las plumas con una lupa.

—Ciertamente son muy especiales y su intenso brillo las hace más bonitas aún. ¿Cómo es posible que cada uno de estos pájaros tenga un plumaje distinto? Todos son modelos únicos.

Aga Yan les echó un vistazo con la lupa de Fagri Sadat y asintió.

—Ponlos aparte.

Observaron otros dos pájaros, pero sus plumas no mostraban nada especial. Las abuelas cogieron el siguiente espécimen y desde el principio notaron que se trataba de un ejemplar singular; estaba muy inquieto y forcejeaba para liberarse.

—Éste es fuerte y tiene un plumaje más grueso de lo normal, fijaos —se admiró Jolebé.

—Es verdad, es distinto, sus manchas azuladas brillan como piedras preciosas —convino Jolbanú.

—Ya me fijé antes en él a la luz de día, pero ahora, sobre la mesa y bajo la lámpara, su plumaje se ve mucho más bonito aún.

—¡Es una obra maestra! —exclamó Aga Yan—. ¿De dónde sale tanta belleza?

Fagri Sadat cogió el lápiz y, estudiándolo a través de la lupa, empezó a copiar el dibujo de las plumas del ave. Cuando acabó, las abuelas le trajeron una vieja paleta y un pincel. No se consideraban artistas, sino que creían cumplir con la tradición de la casa, algo que tenía que ver con las alfombras y el negocio. Querían hacer los tapices más bellos del país y hasta de todo Oriente Próximo; lo consideraban su deber, sin detenerse a pensar en el porqué. Fagri Sadat dibujó las figuras e intentó reproducir en el papel los colores mágicos de las plumas empleando ora pinceles finos ora los dedos, y atendiendo a los consejos de las abuelas.

—Prueba este color, Fagri, el azul pavonado junto a este verde claro. No los mezcles, traza una fina línea sobre el azul —sugirió Jolebé.

Fagri hacía exactamente lo que las abuelas le decían.

—Pero quiero ese violeta brillante. ¿Cómo vamos a darle ese brillo a un violeta oscuro en los hilos de lana? —preguntó.

—No podemos reproducirlo exactamente en la tela —constató Aga Yan—: la pintura funciona de forma distinta que la lana.

—Traed el estuche de lanas —pidió Fagri Sadat. Las abuelas fueron al cuarto de las alfombras y regresaron con los estuches, que pusieron sobre la mesa—. Córtame un poco de esa lana azul.

—Temo que con un trozo tan pequeño no vaya a funcionar —le dijo Aga Yan—. Necesitarías muchos más hilos y combinarlos con otros de color rojo.

Puso un trozo grande de lana azul sobre la mesa e intentó combinar los hilos rojos y los azules.

—¿Lo tienes?

—No —repuso Fagri.

—Espera un momento —intervino Jolbanú y trenzó más hilos rojos en la lana azul.

—¿Y ahora?

—Empieza a parecérsele algo más —admitió Fagri.

—Es imposible imitar el efecto aquí sobre la mesa, pero en la alfombra se verá bien. Si anudamos miles de hilos rojos entre los azules, la tela mostrará ese brillo violáceo e inaudito. Siempre sucede igual. Vuelve a mirar las plumas con la lupa. Al verlas muy de cerca sólo se aprecia una profusión de pelos azules, varias decenas de pelos rojos y unos pocos verdes, lo demás viene rodado —concluyó Aga Yan.

Se miraron unos a otros en silencio.

—Aún no quiero echar las campanas al vuelo, pero creo que tenemos algo —afirmó.

Fagri Sadat acabó el dibujo y Aga Yan ordenó las notas que había tomado. Las abuelas llevaron de nuevo el material al sótano y ordenaron el estudio.

Mientras los demás andaban atareados, Zinat se ocupaba de la cocina. Les pasaba la comida a las abuelas y conducía al resto de la familia al comedor. Y para que estuvieran en silencio, les contaba una historia. Todos estaban pendientes de sus palabras y Zinat disfrutaba de aquella atención. Cada vez le pedían más a menudo que les contase historias y ella lo hacía cada vez mejor.

Por la mañana temprano, cuando la luz del sol empezó a introducirse en el interior, las abuelas llevaron los pájaros a la alberca, después de haber barrido el patio. Les dieron comida y agua, les besaron la cabeza y los pusieron en libertad. Los pájaros dieron una vuelta sobre la mezquita y se dirigieron hacia el sur, batiendo las alas con fuerza para alcanzar a sus compañeros. Si volaban sin descanso, al atardecer llegarían al golfo Pérsico, donde hacía calor y los grandes tiburones surcaban las aguas como barcos inusitados.


Yaneshin

 

Mis labios sedientoste buscan.Desnúdame.Abrázame.Aquí están mis labiosAquí están mi cuello y mi pecho ardienteAquí está mi suave cuerpo.Aga Yan escondió el poema en el cajón de su escritorio del zoco después de haberlo llevado algún tiempo en el bolsillo. Un par de veces había estado tentado de tirarlo a la basura, pero no lo había hecho. A pesar de que era un poema pecaminoso, tenía algo que lo incitaba a leerlo una y otra vez. Y a despecho suyo, los versos se le habían quedado grabados, de modo que podía recitarlos de memoria. Conocía muchos poemas clásicos, pero aquél era distinto y no lo dejaba en paz, las palabras volvían a su cabeza una y otra vez. ¿Cómo se atrevía una mujer a poner por escrito semejantes cosas? ¿Quién era ella?

La poetisa se llamaba Forug Farrojzad y por aquel entonces era muy conocida en Teherán. Era una mujer joven y hermosa que había levantado mucha polémica con su primera obra. Uno de sus poemas había desencadenado un auténtico terremoto en el mundo de la lírica tradicionalmente masculina:

 

Miré sus ojos donde se ocultaba un secretoMi corazón bajo su mirada implorabaPor la pasión de sus ansiosos ojos 

Alá, oh AláSus labios provocaron el deseo en los míos 

Y murmuré en su oídoTe quiero¡Dios, he pecado! 

Mi cuerpo desnudohundido en el suave lechogolpeando contra su pecho.Para algunos era una nueva y fulgurante estrella en el firmamento de la poesía persa; para otros, una puta que vendía su cuerpo tanto en la cama como en el papel. En Qom, un ayatolá había tenido palabras muy duras contra el editor que había publicado un libro tan blasfemo, y en uno de sus sermones lo había utilizado para demostrar que los siervos del régimen pretendían socavar el islam. «¡Es un insulto para nuestras mujeres! —había clamado—. ¡Nuestras hijas ya no están seguras en este país pecador!»

Teherán era insensible a críticas como aquélla. Teherán seguía su propia senda. Los periódicos estaban plagados de asuntos blasfemos y en las pantallas de los cines aparecían mujeres voluptuosas y ligeras de ropa.

Farah Diba inauguraba cada día un nuevo centro cultural, donde muchachas con las piernas desnudas bailaban para ella mientras otras recitaban poemas sobre sus cuerpos.

Aga Yan, que acababa de guardar los versos de Forug en el cajón entre otros papeles, volvió a sacarlo y se dijo que ese papel debería estar junto a las otras noticias sobre la mezquita, y lo metió en su cuaderno.

En ese instante llamaron a la puerta y entró el sirviente.

—Ha llegado el imán. ¿Lo hago pasar?

Aga Yan recordó que había concertado una cita con Yaneshin, el imán que habitualmente hacía las suplencias. Volvió a meter el poema en el cajón.

—Sí, hazlo pasar.

El hombre debía de rondar los cincuenta años y tenía las sienes y la barba canosas. Sus maneras algo desmañadas delataban que era un imán de pueblo.

—Tome asiento —le dijo Aga Yan, señalando la silla delante del escritorio.

El imán obedeció algo cohibido y escondió las manos en las mangas de la túnica. El sirviente les trajo el té en una fuente de plata y le ofreció una chocolatina de una elegante y colorida caja.

El imán tomó una, se la metió en la boca y masticó. Se hallaba visiblemente impresionado por aquel estudio casi principesco, con asientos de piel, sillas antiguas, una gran araña de cristal y el escritorio macizo donde Aga Yan, el responsable de todas las tiendas de alfombras de las aldeas y la ciudad, se hallaba sentado.

Aquel hombre era el imán de la mezquita de Yeria, una de las aldeas de la montaña. Aga Yan confiaba en él.

En el pasado, cuando el imán Alsaberi caía enfermo o tenía que viajar, Yaneshin ocupaba siempre su lugar, aunque sólo por pocos días. Pero en aquellos momentos, tras la fuga de Jaljal, probablemente tendría que quedarse en Seneyán por más tiempo. En cuanto Jaljal partió, Aga Yan mandó un jeep para recoger a Yaneshin para que pudiera dirigir la oración de la noche.

En sus visitas anteriores, Yaneshin se había instalado en el cuarto de huéspedes, pero en vista de que en esa ocasión tendría que permanecer en la mezquita bastante más tiempo, necesitaba un alojamiento más adecuado. Ése era el motivo por el que Aga Yan le había pedido que fuese al zoco.

—¿Cómo le va? —se interesó Aga Yan.

—Bien, alhamado lelah.

—¿Y su familia? ¿A su mujer y sus hijos no les molesta que tenga que ausentarse de la aldea por tanto tiempo?

—Las mujeres siempre se lamentan, pero iré a pasar un día a casa con regularidad.

—¿Está satisfecho con la mezquita?

—Yo lo estoy mientras lo esté usted.

—Estoy satisfecho…

Llamaron a la puerta.

—Pase.

Media docena de hombres mayores con gafas, vestidos con ropa de trabajo, entraron en el estudio. Llevaban las manos y la ropa manchadas de pintura. El más anciano extendió una hoja con un dibujo y la puso encima de la mesa.

—Aquí tiene el primer resultado. Como puede apreciar, el color lila aparece sobre el bosquejo como una tenue niebla, pero creemos que en la alfombra se verá aún mejor.

Aga Yan estudió el dibujo mientras los hombres se inclinaban y lo observaban también.

—¡Vaya! ¡No esperaba tanto! —exclamó—. Ha quedado justo como lo quería. No quiero perder más tiempo, en cuanto lo acabéis, quiero que vayáis a registrarlo esta misma tarde. ¿Podéis hacerlo?

—Haremos todo lo posible —le aseguró uno de los hombres, y se fueron.

—Le ruego me disculpe —le dijo Aga Yan al imán—. Llevo semanas en vilo esperando que me mostraran este bosquejo. Estos siete hombres son mis dibujantes. Son auténticos creadores de alfombras. Son magos. Su fama se extiende por todo Oriente Próximo. Las alfombras que se tejen siguiendo sus diseños valen su peso en oro. En fin, volviendo a nuestro asunto, ¿desea quedarse usted más tiempo con nosotros?

—Sí.

—Ya sabe que la estancia puede prolongarse un año o dos, pues el hijo de Alsaberi no ha concluido aún su formación de imán.

—Estoy enterado de ello, y me parece una excelente oportunidad para mí. Siempre quise oficiar de imán en la mezquita de alguna ciudad, pero no lo logré, por eso me siento muy agradecido por esta posibilidad, pero sé que no puedo hacerlo sin ayuda.

—No debe usted preocuparse por eso, yo lo ayudaré.

—Se lo agradezco. Quiero decir que preparar un sermón para una aldea es muy distinto que hacerlo para una ciudad. En la aldea, se habla de temas cotidianos: de las vacas, el pienso. En una ciudad hay que hablar de grandes temas, de política, por ejemplo. Me parece interesante tratar de esos temas, hablar con pasión cuando los hombres importantes de la ciudad estén presentes en la mezquita. Me gustaría destacar, que los oyentes me escuchen con atención.

Aga Yan sonrió, entendía lo que el imán trataba de decirle, pero personalmente no lo creía capaz. No tenía la apostura necesaria ni un gran don de palabra, ni siquiera poseía carisma. Era un imán de pueblo, de manos grandes y frente ancha. Había que ser un Jaljal para conseguir cautivar a los ancianos tanto como a las muchachas jóvenes.

—Todo llegará —repuso—, pero en estos tiempos de confusión, después de la muerte de Alsaberi y la fuga de Jaljal, no me parecería mal que la paz volviese a la mezquita. En la ciudad también puede hablar tranquilamente de los árboles y las plantas, de su experiencia en el campo, esos temas atraen mucho a los ciudadanos. Sea usted tal como es y todo saldrá bien.

El imán sonrió y hundió la barbilla en el pecho.

—Hablo en serio. Siento mucha curiosidad por saber lo que nos contará en el sermón del jueves por la noche. Háblenos de Yeria, de las montañas y los almendrales, de las cabras monteses y el azafrán. Si desea usted hablar conmigo, no tiene más que preguntarle al conserje por mí. Ya le he pedido que tome las medidas oportunas para preparar su estancia entre nosotros. ¿Hay algo más que quiera saber?

—No, creo que no.

El sirviente acompañó al imán a la salida.

Aquella noche, cuando Aga Yan estaba acostado al lado de Fagri Sadat empezó a reír de improviso.

—¿Qué te pasa? —le preguntó su mujer.

—No es nada. Estaba pensando en el imán suplente. Es un poco simple, pero tiene ambición, sólo que no sabe cómo lograr sus sueños.

—¿Y por eso te ríes de él?

—No, claro que no, valoro mucho sus esfuerzos por mejorar, es sólo que sus músculos y sus manos son demasiado toscos.

—¡No digas eso! —le reprochó Fagri sonriendo.

—Tienes razón, pero hablo por experiencia, hay que tener algo más, la botella sola no es suficiente, debe haber un genio en su interior. No diré nada más, pero ¿sabes una cosa?, se había puesto el turbante un poco inclinado y me dijo: «Me gustaría destacar.» —Aga Yan soltó una carcajada.

—Te estás burlando de él.

—No, no me burlo, es sólo que estoy contento, todo está saliendo como quería. Las cosas van bien en la mezquita, el nuevo imán hará bien su trabajo, el negocio va viento en popa y el nuevo diseño está acabado, ha quedado estupendo. Tengo una nueva remesa de contratos y el mercado espera ansiosamente nuestras nuevas alfombras. ¡Se pelean por ellas! Va a ser un buen año. Y además todos gozamos de buena salud, ¿qué más se puede pedir?

Se dio la vuelta y recostó la cabeza en el pecho de Fagri Sadat.

—Y te tengo a ti y te deseo, ¿qué más puede querer un hombre?

Fagri Sadat le retiró la mano con suavidad, se movió un poco y quedó de espaldas a él. Él deslizó la mano por debajo de su camisón y le acarició los muslos.

—Quítatelo todo. Quiero verte desnuda —le susurró.

Fagri Sadat se tapó con la sábana hasta la cabeza.

—¿Te has vuelto loco? ¿Qué ha comido el señor para quererme desnuda?

Aga Yan metió la mano entre sus cálidos muslos y musitó:

Mis labios sedientoste buscan.Desnúdame.Abrázame.Aquí están mis labiosAquí están mi cuello y mi pecho ardienteAquí está mi suave cuerpo.—Pero ¿qué estás diciendo? —exclamó Fagri Sadat con asombro. Le apartó las manos y se sentó en la cama.

—Es un poema moderno —contestó él y la besó en el cuello. Le quitó la ropa con delicadeza y tendiéndola de espaldas le pidió—: Recitaré el poema en voz alta, ¿querrías repetirlo para mí?

—No pienso hacerlo, me estás asustando. ¿Qué es lo que quieres?

—Te quiero a ti.

Fagri Sadat cerró los ojos.


Zinat

 

—Y Alá se enamoró de su creación. Se enamoró de las estrellas, de Su Vía Láctea y de Su Sol, de la Luna y, sobre todo, se enamoró de Su hermosa Tierra. Tan orgulloso estaba de ella, que quiso ir a morar allí. Pero ¿cómo podía Él ir a vivir a la Tierra?

»Una noche, se le ocurrió una hermosa idea. Le pidió a su mensajero Gabriel que fuese a la Tierra en busca de barro. Y Gabriel obedeció.

»Alá modeló al hombre según sus deseos y le pidió al alma que entrase en el cuerpo. Pero ésta se negó, pues estaba muy pagada de sí misma y no deseaba meterse en un cuerpo hecho de barro.

»Alá le pidió a Gabriel que intercediera en el asunto.

»—¡Entra en el cuerpo! —conminó Gabriel al alma, pero ésta se negó de nuevo.

»Entonces el ángel dijo:

»—En Su nombre te pido que entres en el cuerpo.

»—Si lo pides en Su nombre, obedeceré —dijo el alma y entró con renuencia en el cuerpo del hombre.

»A su paso por el pecho, el hombre se incorporó de súbito, pero perdió el equilibrio y cayó.

»—No tiene paciencia —le dijo Alá a Gabriel esbozando una sonrisa.

»Al hombre le dieron por nombre Adán.

»Adán esperó siete días. Alá le mandó un trono de oro rojo con piedras preciosas engastadas, vestidos de seda y una corona.

»Adán se vistió, se ciñó la corona y se sentó en el trono.

»Los ángeles alzaron a Adán sobre sus hombros y lo condujeron hasta la Tierra.

»En aquella época, la creación ya tenía mil doscientos cuarenta años.

Ésta era una de las cautivadoras historias que Zinat contaba los miércoles por la noche a la familia.

Las veladas de los miércoles estaban dedicadas a los relatos. Después de cenar, todos se reunían para escuchar a Zinat. Las abuelas servían bandejitas con nueces, encendían algunas velas y apagaban las luces.

Zinat Janum resultó ser una narradora nata. Su cálida voz incitaba a escucharla. Inspiraba sus relatos en libros antiquísimos, especialmente en aquellos que ofrecían una interpretación más prolija de los textos del Corán. El Corán es un libro sobrio y sugestivo, pero muy poco dado a recrearse en los detalles, eso explicaba que hubiese tantos libros que abundasen en sus sugerentes pasajes y Zinat se inspiraba en ellos para sus narraciones.

Zinat había sido siempre una mujer tranquila y algo introvertida. Nadie conocía sus dotes de fabulista hasta que un buen día improvisó un cuento para unos niños.

Después de que su hijo Abas se ahogara en la alberca, Zinat se recluyó en su cuarto y sólo volvió a salir con alguna frecuencia después de quedarse embarazada de Sediq; a veces se la veía por el patio o solía ir a la cocina para ayudar a las abuelas.

El nacimiento de Sediq sumió a Zinat en tal estado de congoja que por las noches no lograba conciliar el sueño. En aquellos días, las abuelas no la dejaban sola ni a sol ni a sombra, eran su apoyo y su consuelo y se quedaban con ella hasta que lograba dormirse.

Cuando Zinat dio a luz a Ahmad, sus miedos reaparecieron. Un día, Zinat puso al bebé en el regazo de Jolbanú.

—¡Vigílamelo, pues temo perderlo también! Voy a la mezquita, tengo necesidad de rezar.

A partir de entonces, Zinat acudió al templo todos los días.

Mientras Alsaberi vivía, solía encerrarse en su propio mundo en la biblioteca y no se implicaba en la vida de su esposa ni en la de sus hijos.

Para los hijos de Zinat, el hombre de la casa era Aga Yan y por eso todos lo llamaban padre.

Después de la muerte de Alsaberi, Zinat empezó a pasar la mayor parte del día en la mezquita. Todos pensaban que se refugiaba en la biblioteca para superar la pérdida de su marido, pero en realidad se estaba preparando para comenzar una nueva etapa en su vida.

Al principio solía estar sola, pero al cabo de un tiempo se relacionó con un grupo de mujeres que la invitaron a sus encuentros religiosos.

Parecía como si algo extraño le hubiera sucedido a Zinat desde la muerte de su marido. De repente se sintió como si la hubieran liberado de algo, aunque no acertaba a decir qué. Antes se sentía como un globo atado a la rama de un árbol, pero de pronto era como si se hubiese soltado del árbol y se alzara en el aire libremente. Era una sensación agradable, aunque también le infundía temor. En cuanto empezaron las vacaciones estivales, Zinat cogió a sus hijos y buscó la paz en la casa grande que sus padres tenían en las montañas.

Zinat nunca había visto en Alsaberi a un hombre, a un esposo. Para ella era más el imán de la mezquita que el padre de sus hijos.

Si comparaba su matrimonio con el de Fagri Sadat, Zinat se daba cuenta de que no había tenido vida matrimonial. Su papel había sido más bien el de engendrar al hijo que algún día se convertiría en el futuro imán de la casa. Fagri Sadat tenía a Aga Yan y una auténtica vida.

El cuarto de Zinat se hallaba también en el primer piso. Cuando por las noches pasaba por delante de la habitación de Fagri Sadat, veía a Aga Yan yaciendo a su lado, bañado en la luz amarillenta de la lamparilla. A veces oía la risa apagada de Fagri en medio de la noche.

Alsaberi, en cambio, nunca había dormido con Zinat, y sólo se acostaba con ella cuando la necesitaba, algo que no sucedía con frecuencia.

Después del nacimiento de Ahmad, Alsaberi no volvió al lecho de Zinat.

Zinat había aceptado que Fagri fuese la mujer de la casa. Era a ésta a quien las esposas de los demás comerciantes agasajaban como a una princesa, pero nadie se interesaba por Zinat.

Fagri era la mujer que cazaba pájaros, la que participaba del secreto de las alfombras; Zinat, en cambio, debía ocuparse de la cocina y preparar la comida para los demás.

Así había sido hasta entonces; todo sucedía sin que nadie tuviera en cuenta los deseos de Zinat. Ella se había resignado y había hallado consuelo en la oración, pero sabía que su vida no podría continuar así mucho más, que tarde o temprano tendría que hacerse ver. Que todo el mundo dijera: «¡Mirad, ahí va Zinat!»

Cuando empezó a asistir a los encuentros religiosos, lo hacía en calidad de discípula, pero poco a poco fue rodeándose de un círculo de mujeres con las que tenía gran afinidad. Cada vez dedicaba más tiempo a esas mujeres y les explicaba los textos sagrados.

Así fue como se convirtió en su persona de confianza. Ellas la escuchaban y Zinat les daba consejos.

Zinat se sentía satisfecha con su nueva posición, pero no había logrado aún la paz consigo misma. Seguía buscando algo.

Una tarde, cuando regresaba del hamam a casa, entró en la mezquita. Atardecía y por lo general a aquella hora ya no quedaba casi nadie en el recinto. Se dirigió a la sala de oración y volvió a salir. Se lavó las manos en la alberca y se echó un poco de agua en la cara.

¿Qué hacía en la mezquita a aquellas horas sabiendo que no era el momento de asistir a la oración? ¿Por qué se lavaba las manos en la alberca? Nunca había obrado así, ni siquiera durante los años en que su esposo era el imán. Además, acababa de salir del hamam, de los baños, por tanto ni siquiera era necesario.

El imán suplente que se hospedaba en la mezquita salió. Zinat le oyó a su espalda y se asustó.

Salam aleikum, Zinat Janum —la saludó.

Ella lo saludó sin levantar la vista. Se secó la cara con el velo y se apresuró a salir de allí, alejarse de la imagen del imán y de sus pensamientos pecaminosos y regresar al bullicio de la calle.

La noche anterior, mientras estaba en la cama, el imán suplente se había colado en sus pensamientos sin ella quererlo.

Ya había pensado en él muchas veces, pero en esa ocasión su recuerdo era tan vívido que no pudo ahuyentarlo. Nunca hasta entonces había soñado con otro hombre. Desde los dieciséis años, Alsaberi había sido el único hombre para ella. A él le había consagrado su vida y no tenía ojos para nadie más. En un intento por alejar el recuerdo del nuevo imán, se tapó la cabeza con la manta y se puso a recitar:

Jol auzo be rabben nasMalaken nasElahen nas 

ProtégemeProtégemeProtégeme contra el malDel susurrador huidizoQue susurra en mi ánimoEs un yinEs un yinEs un yinRey de los hombresProtégeme, protégemePero en cuanto terminó, su mente invocó de nuevo al imán, que deslizó los ojos desde el rostro de Zinat hasta sus senos.

Ni siquiera Alsaberi la había mirado así nunca.

Zinat se cubrió el pecho con los brazos y musitó algo, algo que bien podría haber sido el inicio de un buen poema, algo que le salía directamente del corazón. Ella no sabía nada de los versos de ciertas poetisas que hacía poco tiempo habían causado una conmoción en Teherán, versos que hablaban de sus sentimientos y de sus cuerpos. De lo contrario, habría cogido un lápiz para poner sus propias palabras sobre el papel:

Alguien llegaráMe miraráMe preguntará:¿Quieres quitarte el velo sólo para mí?¿Quieres mostrarme tu cabello?Zinat no sabía cuándo el imán suplente había aparecido en sus pensamientos por primera vez. Se relacionaba con él, hablaban de los textos sagrados, ella acudía a pedirle consejo sobre las preguntas que las demás mujeres le formulaban y para las que ella no tenía respuesta. Él la recibía en la sala de oración después del rezo, le hacía recomendaciones y se tomaba su tiempo para contestar a sus preguntas.

A menudo se lo encontraba fuera, cuando él estaba en el patio de la mezquita paseando y fumándose un cigarrillo.

No lo buscaba, pero se tropezaba continuamente con él; era como si el imán supiese exactamente cuándo iría ella a la mezquita, pues, en cuanto echaba a andar por los sombríos pasillos del templo, se lo encontraba.

A veces, al pasar por delante del cuarto del imán, Zinat lo vislumbraba por la puerta entreabierta, cuando ya se había quitado el turbante y estaba sentado en una silla leyendo el Corán. No quería mirar, pero no podía resistir la tentación, y él siempre percibía su mirada. Zinat intuía que dejaba la puerta abierta a propósito para que ella lo viera.

Naturalmente, podía hablar con él, pues era el imán de su mezquita, el sustituto de su marido y de su hijo Ahmad, que seguía sus estudios coránicos en Qom.

Zinat no era la única mujer que iba al cuarto del imán, muchas otras lo hacían también, pues una de las tareas del religioso consistía en recibir a las mujeres, escucharlas y darles consejo.

Pero en su segundo encuentro, Zinat se percató de que el imán se había perfumado especialmente para la ocasión. Reconoció el aroma, perfume de La Meca lo llamaban, porque su marido también había traído un frasquito de su estancia en Tierra Santa. Era una fragancia que sólo se utilizaba en momentos muy especiales.

El imán estaba sentado en su silla, Zinat se hallaba frente a él y la puerta estaba ligeramente entreabierta, algo que él acostumbraba hacer siempre que recibía la visita de una mujer.

Las mujeres siempre le contaban sus problemas personales; hablaban con él de cosas que ni siquiera les confesaban a sus maridos o sus médicos. Pero cuando Zinat acudía al imán era para preguntarle sobre los textos que no entendía.

Una tarde, fue a verlo a su cuarto después de la oración para comentar un par de aleyas del sura de Al Adiyat, los corceles. Entendía el sura, pero intuía que en el fondo del texto había algo que se le escapaba, algo más profundo y misterioso que ella no alcanzaba a comprender.

Cuando el imán se sentó frente a ella como era su costumbre, Zinat puso el Corán encima de la mesa, buscó el sura y deslizó el libro sagrado hasta él.

El imán se puso las gafas y fue siguiendo las aleyas con el dedo.

—¿Le importaría leerlo en voz alta? Me gustaría oírlo de sus labios —le pidió al tiempo que empujaba de nuevo el libro hacia ella con suavidad.

Zinat empezó a leer, algo azorada:

¡Por las que galopan, jadeantes,que hacen saltar chispas,que aparecen en el albay levantan una nube de polvoy, en su centro, atraviesan los grupos enemigos!—Tiene usted razón —afirmó él—, estos versos encierran un significado oculto. Mientras los escuchaba, me he dado cuenta de lo que quiere usted decir. Su voz me ha obligado a prestar atención, a reflexionar detenidamente sobre las palabras. Es usted una mujer extraordinaria; muy pocas veces he conocido a personas como usted. La escuchaba y era como si yo también estuviese corriendo junto a las «que galopan jadeantes que hacen saltar chispas». He leído ese sura en muchas ocasiones, pero es la primera vez que lo percibo de una forma tan profunda. ¡Y se lo debo a usted!

Zinat asimiló esas palabras con avidez, como la arena del desierto una lluvia inesperada, y su última frase le caló muy hondo.

Aquella noche, en la cama, repetía sus palabras: «¡Se lo debo a usted!»

Percibía algo cálido y enérgico en su voz: «Me hizo correr junto a las que galopan jadeantes que hacen saltar chispas.»

Encendió la luz y fue hasta el espejo. Observó su cabello, el negro había perdido algo de intensidad pero aún no estaba gris. Se miró las cejas, oscuras aún; los ojos castaños se veían cansados, pero aquella noche irradiaban un brillo especial. Con la yema de los dedos siguió el óvalo de su rostro hasta posarse en los labios. Había envejecido, sí, pero deseaba empezar de nuevo. Quería recuperar parte de los años perdidos en aquella casa.

Durante unos días, Zinat se abstuvo de visitarlo y lo evitaba siempre que se tropezaba con él. Hasta que un día él le susurró en la oscuridad:

—Zinat Janum. ¿Por qué ya no viene a verme? Pienso mucho en sus preguntas.

Tres días más tarde, Zinat volvía a estar frente a él, comentándole su interpretación de un texto. Él se limitó a observarla y escucharla en silencio, pero de pronto la interrumpió.

—Zinat Janum, sus ojos arden como dos llamas en la noche mientras me habla, mientras me explica el texto, quiero decir.

Zinat prosiguió su explicación como si no lo hubiese oído, pese a que no lograba concentrarse en el texto. El imán no dijo nada más y se comportó como cualquier otro imán cuando una mujer acudía a contarle sus problemas. Sabía que aún debía esperar un poco antes de que ella estuviese dispuesta a oír el resto de sus palabras.

Pero no tuvo que esperar mucho, pues al cabo de dos noches volvió a cruzarse con Zinat.

—¿Por qué no me acompaña? Casualmente no tengo nada que hacer esta noche y estoy aburrido. ¿Trae consigo algún texto?

Zinat se sentó y empezó a leer en voz alta el texto que llevaba. Él la escuchaba.

—Tiene usted una gracia extraordinaria contando historias: infunde vida a las palabras muertas, lo oigo, lo siento, lo veo en sus labios —le señaló la boca y a punto estuvo de rozarle el labio inferior.

Zinat hizo las maletas y se fue a pasar una semana a la casa de sus padres en Yeria para intentar quitarse de la cabeza al imán suplente.

Reflexionó detenidamente sobre la situación y decidió que no quería saber nada más de él. Era un hombre casado y con hijos y, por si eso no bastara, estaba al frente de la mezquita que su propio hijo ocuparía en un futuro no muy lejano.

Sin embargo, una vez de nuevo en casa, todo salió distinto de como lo había previsto.

Zinat se hallaba en el zoco delante del escaparate de una joyería cuando de pronto vio el reflejo del imán en el cristal. Estaba a sus espaldas y le susurró:

—Zinat Janum. La echo de menos. La silla donde se sienta usted está vacía.

Ella no dijo nada, ni siquiera se volvió, se limitó a escucharlo.

Su voz ejercía una intensa atracción. Aun así, Zinat decidió no acudir a la mezquita los dos días siguientes, ni a la oración matinal ni a la vespertina. Pero fue incapaz de alargarlo más. Después de que el conserje hubiese cerrado la puerta del templo y se hubiese ido, se echó por encima un velo negro y fue al templo a través de la azotea.

Pasó por delante del cuarto del imán en dirección a la sala de oración.

—¿Eres tú, Zinat? —preguntó el imán con voz serena desde su habitación.

—Sí, soy yo, vengo a buscar un libro de la mezquita.

—Puedes entrar si lo deseas, tengo té recién hecho.

Zinat fue primero a la sala de oración y tras coger el libro que buscaba volvió sobre sus pasos.

—Oigo siempre tus pisadas en la noche —le dijo el imán desde su cuarto.

Zinat entró en la estancia, tomó asiento en la silla y puso el libro sobre la mesa.

El imán se levantó, fue a cerrar la puerta con sigilo y echó la llave. Encendió una vela que dejó sobre la mesa y apagó la lámpara.

Zinat se quedó inmóvil en la silla, esperando.

Él cogió su Corán y buscó el sura Aan kahto, que un hombre recita cuando quiere acostarse con una mujer que no es su esposa. Después de leer el sura y de que Zinat hubiese pronunciado la palabra qabelto (accedo), él podría desnudarla, según la doctrina del libro.

El imán fue entonando los versos en voz baja.

Ella cerró los ojos.

Aan kahto wa zawagto —musitó el imán inclinado hacia delante.

Zinat calló.

Aan kahto wa zawagto —musitó por segunda vez.

Zinat calló.

Aan kahto wa zawagto —musitó por tercera vez.

Qabelto —susurró Zinat despacio, y dejó que el velo se deslizara de sus hombros.

El imán dejó el Corán sobre la mesa, rozó los labios de Zinat y le acarició su cálido cuello.


Kaaba

 

Inmediatamente después de levantarse, las abuelas cogieron las regaderas y las escobas y salieron al patio furtivamente. Echaron agua en el suelo y se pusieron a barrer. Ya no recordaban la edad que tenían cuando empezaron a barrer el portal de la casa; lo hacían porque querían ir a La Meca, y lo hacían en secreto.

La peregrinación a La Meca era el sueño de millones de musulmanes, pero aquel viaje no estaba al alcance de todos, sólo los fieles pudientes podían permitirse ir a Tierra Santa.

Las abuelas no tenían un céntimo, el dinero nunca les había interesado, y tampoco lo necesitaban puesto que en la casa tenían todo lo necesario para vivir. Pero desde su infancia sabían que todo aquel que quisiese ir a La Meca y no tuviese dinero, sólo podía conseguirlo barriendo. Pero había que cumplir tres requisitos: en primer lugar debían barrer el portal todas las mañanas antes del amanecer durante veinte años; en segundo lugar, nadie podía verlas, y en tercero y último lugar, nadie podía conocer su secreto.

Si cumplían con los requisitos, el profeta Gezr se les aparecería el último día para darles su recompensa. Gezr era uno de los primeros profetas que vivió antes de Mahoma, Iesa, Mosa, Ibrahim, Jakob y Dawud.

No obstante, cómo decidiría Gezr hacer realidad su viaje era un secreto entre el venerable profeta y los que barrían.

Las abuelas barrieron durante veinte años, pero el profeta no se presentó. Tal vez habían hecho algo mal o se habían despistado con los años. Quizá se habían dormido alguna vez y habían empezado más tarde a barrer, o alguien las había visto y había descubierto su secreto.

El caso es que volvieron a empezar otra tanda de veinte años.

Posiblemente no tenía mucho sentido, pero ¿qué otra cosa podían hacer? Su propósito de ir a La Meca daba sentido a sus vidas, las mantenía en pie, les daba esperanzas para despertar al día siguiente y aguardar un día más la llegada del profeta.

Según sus cálculos, habían completado ya la segunda ronda; sin embargo, no había el menor rastro o señal del profeta.

Al finalizar los primeros veinte años, las abuelas se sentían con fuerzas para ir a La Meca, pero cuando comenzaron la segunda ronda supieron que serían muy ancianas cuando terminasen el plazo y que carecerían de la fortaleza necesaria para emprender la santa peregrinación. Pese a todo, siguieron adelante.

Pasados unos días, las dos se hallaban en el cuarto de las alfombras, sentadas en el suelo y muy afligidas.

—Si alguien nos quitara la escoba de las manos, nos caeríamos muertas al instante —se lamentó Jolbanú—. No podemos dejar de barrer, debemos continuar y cuando ya no podamos más, iremos arrastrándonos hasta la puerta.

—Creo que seguimos haciendo algo mal —comentó Jolebé—. Quizá hemos vuelto a perder la cuenta de los años.

—No puede ser, hemos ido marcando año tras año con una cruz en la pared. Cuéntalos. Hemos cumplido de sobra los veinte años.

—Entonces tal vez hayamos descuidado una de las reglas.

—¿Qué reglas? Si no hay reglas. Sólo hay que madrugar, barrer y callar.

—Creo que ya lo sé.

—Siempre estás poniendo reparos. ¿Qué es lo que sabes?

—Hemos cometido un grave error. Las dos —dijo Jolebé.

—¿Qué error?

—No podíamos contarle nuestro secreto a nadie.

—Y no lo hemos hecho.

—Ya lo creo que sí, nos hemos contado el secreto la una a la otra. Tú sabes mi secreto y yo sé el tuyo, y eso no puede ser. ¡No puede ser! Tú no debes conocer mi secreto ni yo el tuyo. Deberíamos haber obrado cada una por nuestra cuenta.

—Cállate ya, anda.

Habían tomado juntas la decisión de barrer el portal, de encontrarse con el profeta Gezr y de ir a La Meca, pero las cosas no habían salido según lo planeado.

Apesadumbradas, permanecieron en el cuarto de las alfombras. Se habían fundido con la oscuridad y parecía como si ya nadie pudiera salvarlas, las escobas se les habían caído de las manos.

Ya no eran personas sino dos espectros en aquel cuarto oscuro. El graznido del grajo rompió el silencio y Jodsi la Loca apareció de pronto en la casa, echó un vistazo al cuarto de las alfombras y dijo:

—He oído a las abuelas. ¿Dónde están las abuelas? ¿O es que he oído mal? Pero diría que las he oído.

Las abuelas se sobresaltaron y se pusieron en pie. Si Jodsi la Loca las había oído, se lo contaría a todo el mundo, pues eso era lo que siempre hacía: contar secretos a los demás.

—¿Cómo estás, Jodsi? —la saludaron con cautela.

—¡Bien!

—¿Y cómo está tu madre?

—¡Bien!

—¿Y tu hermana?

—¿Mi hermana? Está loca, se está volviendo loca.

—¿Te apetece comer algo, Jodsi? —la invitó Jolbanú, y la acompañaron a la cocina para sonsacarle si las había oído o no, pero nada más entrar, Jodsi se dio media vuelta y se fue.

—¡Jodsi! —llamaron las abuelas, pero ella ya se había ido.

¿Cuántos años tenía Jodsi? ¿Treinta? ¿Cuarenta? ¿Era mayor, más joven? Nadie lo sabía. En cualquier caso, parecía joven, joven y loca.

Descendía de un linaje antiguo. Su padre, hombre noble y adinerado, poseía unas aldeas en las montañas y era pariente lejano de Aga Yan. Sin embargo, había algo que no iba bien en aquella familia, pues todos sus miembros habían acabado trastornados. Su esposa empezó a acusar problemas psíquicos después de tener a su primer hijo y ya no se recuperó. El niño nació deficiente mental, la hija mayor tampoco era muy normal y Jodsi se dedicaba a deambular por la ciudad como una vagabunda.

Cuando el padre murió, no hubo nadie que acogiese a la familia. Aga Yan fue el único que se preocupó de ir a echarles un vistazo de vez en cuando, hacer las disposiciones necesarias y visitarlos.

Todos siguieron viviendo en la casa familiar. Y siempre que la madre tenía que ir al zoco para algo, salía por la puerta como si fuese una princesa. En su porte se veía que provenía de una familia rica, pero si uno la observaba detenidamente, también se notaba que no regía demasiado bien. Jodsi y su hermana mayor la acompañaban en sus salidas por la ciudad y cada vez que tenían que atravesar una calle, las dos echaban a correr y bloqueaban la calzada de modo que ningún carromato, coche, autobús o bicicleta pudiese pasar hasta que su madre hubiese puesto el pie en la otra acera.

El hermano de Jodsi se llamaba Hashim, era mayor que ella y siempre que salía a la calle, iba vestido como un coronel, con el bastón bajo el brazo.

Llevaba un uniforme impecable y el emblema nacional del león persa de bronce refulgía en la gorra. Desde bien temprano por la mañana hasta bien entrada la noche se plantaba delante de la puerta del zoco para hacer guardia, y cada vez que pasaba algún policía, lo saludaba con presteza. El resto del tiempo permanecía inmóvil. Nadie le hacía caso y ningún niño lo molestaba. Lo aceptaban como si fuese un monumento del zoco. En cuanto Hashim veía entrar a Aga Yan por la puerta del zoco, exclamaba en tono militar «Saluuud». Y lo mismo hacía al ver que se disponía a marcharse. Después del saludo, Aga Yan se acercaba a él, le estrechaba la mano y charlaban un rato.

—¿Cómo te va, Hashim?

—¡Bien!

—¿Y cómo está tu madre?

—Bien.

—¿Y tu hermana?

—¡Bien!

—Saluda a tu madre de mi parte. Si me necesitáis para lo que sea, enviad a Jodsi a buscarme.

—Así lo haré.

—Muy bien —decía Aga Yan.

Jodsi se enteraba de casi todo.

—¿Alguna novedad, Jodsi? —le preguntaba la gente al cruzarse con ella.

Había que hablarle con cortesía y preguntarle por su madre y su hermana, o de lo contrario no respondía.

Tampoco hablaba de balde. Había que pagarle primero un par de céntimos, que ella se metía en la boca, y acto seguido recitaba sus noticias: «El viejo Jasem ha muerto, Miriam ha tenido una niña y la gallina del Sultán tiene siete polluelos.»

Por las mañanas, Jodsi empezaba con la boca vacía. Iba de casa en casa y contaba sus historias hasta que tenía la boca tan llena de monedas que ya no podía ni hablar.

Lo que hacía con el dinero que ganaba era un misterio. Algunos decían que lo metía en botes que escondía en el sótano de su casa, pues si su madre en su locura llegaba a enterarse de que su hija mendigaba, se habría caído muerta al instante.

—Jodsi, vienes de buena familia, eres una dama, no puedes ir entrando en las casas sin más ni más —solía decirle Aga Yan.

Pero ella no le hacía caso y se colaba por la primera puerta que encontraba abierta. Nunca se sentaba, se paseaba por todas las habitaciones, escuchaba a la gente y se iba a la casa de al lado. Así era como se enteraba de los chismes y las noticias.

A veces cruzaba el puente e iba a la otra orilla del río, hacia los viñedos.

—¡No debes ir allí! —le había advertido Aga Yan—. A una muchacha joven como tú no se le ha perdido nada en los viñedos.

—No lo haré más —respondía ella, pero no cumplía su palabra.

Cruzaba el puente e iba a los viñedos donde merodeaban hombres de dudosa reputación, hombres que le metían en la boca un buen puñado de céntimos.

Cuando un hombre la veía llegar, se la llevaba detrás de los árboles, le metía algunos céntimos en la boca y la besaba. Jodsi no decía ni pío. Le palpaba los pechos, pero ella no se inmutaba. Deslizaba la mano por debajo de la ropa y le tocaba el cuerpo. Jodsi no se movía, pero en cuanto él hacía ademán de bajarse los pantalones, se zafaba de él y salía disparada hacia el puente.

Jodsi iba a menudo al zoco a ver a Aga Yan, y si éste no estaba ocupado con ninguna visita, el sirviente Am Ramazan no la detenía. La muchacha se sentaba entonces en una silla junto al escritorio.

—¡Té para Jodsi Janum! —pedía Aga Yan.

El criado le llevaba una taza de té y un poco de chocolate en una bandejita de plata.

—¿Me traes noticias? —le preguntó ese día.

Jodsi se inclinó hacia delante y soltó entre susurros lo que había ido a contarle.

—Crucé el puente y fui a los viñedos.

—¿Otra vez?

—Había dos hombres. Me cogieron y yo grité y grité, grité tan fuerte que los hombres huyeron hacia las montañas.

—¿No te tengo dicho que no debes ir a los viñedos? Como vuelvas a ir otra vez, iré a ver a tu madre y tendré una larga charla con ella. No quiero que vuelvas ahí, ¿me has entendido?

—Sí, no volveré a hacerlo.

—¡Así me gusta! ¿Y tienes algo más que decirme?

—Sí —respondía, y acto seguido le endilgaba un cúmulo de noticias casi sin respirar—: El agente Rogani le pega a su mujer cada noche y fuma porquerías y el zapatero ha encerrado a su madre en el corral de las gallinas y ella llora porque quiere salir y Azam Azam siempre se lleva un cuchillo a la cama cuando se acuesta con su marido y el burro de Am Ramazan está enfermo y las abuelas creían que este año podrían ir a La Meca pero él no se ha presentado, es la segunda vez que no se presenta y las abuelas lloran.

—¿Qué has dicho sobre las abuelas? ¿Quién no se ha presentado? —preguntó Aga Yan.

—El profeta Gezr, es la segunda vez que no se presenta.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué quieres decir? —exclamó Aga Yan, sobresaltado.

—Tengo que irme —anunció ella.

Se puso en pie, se metió un trozo de chocolate en la boca, tomó un sorbo del té y salió corriendo.

—¡Espera un momento! —la llamó Aga Yan.

Aquella noche, después de acostarse, Aga Yan le contó a su mujer que Jodsi había ido a verlo.

—¿Y qué te ha contado?

—Disparates, no para de soltar desvaríos y lo mezcla todo.

—Sí, lo sé, se inventa muchas cosas, tiene algo de nuestra Zinat Janum.

—No puedes compararla a Zinat, Jodsi delira.

—No me malinterpretes, no las estoy comparando, sólo digo que Zinat tampoco puede parar quieta y tiene una cabeza muy fantasiosa.

—Tienes razón, pero las historias de Jodsi son pura charlatanería.

—Charlatanería o no, tiene gracia contando cosas, sólo que no lo cuenta todo. Sólo te dice una parte y mezcla unos temas con otros, eso lo hace más intrigante aún. ¿Qué te ha dicho hoy?

Aga Yan se quedó callado unos instantes, se había pasado el día dándole vueltas a lo de las abuelas, pero no quería hablar de eso con Fagri.

—Me ha hecho enfadar porque ha vuelto a ir a la otra ribera del río. Dijo que dos hombres la sujetaron y que ella gritó y gritó tan fuerte que los hombres huyeron hacia las montañas.

—¡Santo Dios! ¡Otra vez esos hombres! Tengo miedo de que algún día vayan a hacerle algo, te cargarán las culpas a ti, ya lo sabes. A lo mejor deberías charlar un rato con ella del tema para meterle miedo y conseguir que se mantenga alejada de esos tipos.

—Dijo que el burro de Am Ramazan está enfermo y que Azam Azam se lleva un cuchillo a la cama cuando se acuesta con su marido.

Fagri Sadat se echó a reír.

—¿Qué habrá querido decir con eso?

—No lo sé. Se lo saca todo de la manga, entra en las casas, ve algo y se inventa una historia. Tal vez haya visto un cuchillo en la cama de Azam Azam o algo por el estilo. También dijo que el agente Rogani le pega cada noche a su mujer.

—Eso bien podría ser cierto, tienes que hacer algo por esa pobre mujer. Ese hombre es un adicto y un agente malvado. Habla con Zinat, ella tiene contacto con la gente de la mezquita. Quizá sea capaz de solucionar esas cosas. Podría hacerle una visita a la mujer y ver qué pasa ahí. Coméntaselo a Zinat. ¿Hay algo más?

—Asegura que el zapatero ha encerrado a su madre en el corral.

—No puede ser. ¿Quién sería capaz de hacerle algo así a una anciana?

—Hay gente muy cruel, capaz de cualquier cosa.

—Pídele a Zinat que vaya a la casa, tal vez ella sea capaz de averiguar la verdad.

—Jodsi recuerda las cosas que le han causado impresión y luego las cuenta a su manera, pero mientras te lo estoy contando, lo veo de forma distinta. Creo que cuando viene a verme siempre quiere contarme algo importante, algo que no les puede contar a los demás. Pero tienes razón, fantasea como Zinat, aunque hay una diferencia: Zinat cuenta relatos antiguos mientras que Jodsi toma un fragmento de la realidad y teje con ello una historia. Lo que quiero decir es que en sus fabulaciones hay un fondo de verdad.

Fagri Sadat recostó la cabeza en el pecho de Aga Yan y cerró los ojos.

—Ya no quiero seguir hablando de Jodsi en la cama, cuéntame otras cosas, cosas bonitas, cariñosas… no quiero quejarme, pero últimamente no me prestas mucha atención. Antes íbamos de viaje a menudo, me llevabas a Mashad y nos quedábamos a pasar una semana en la fonda que hay cerca del mausoleo del imán Reza. Me llevabas a Isfahán, pero hace años que ya no lo hacemos, te vas solo de viaje y yo me quedo en casa. A veces pienso que ya estoy vieja y tú…

—Dijo algo más.

—¿Me estás escuchando? ¿Aún sigues pensando en Jodsi?

—Dijo algo del profeta Gezr, que ha dejado en la estacada a las abuelas.

—¿Quién ha dejado en la estacada a las abuelas? —repitió Fagri incorporándose.

—¡El profeta Gezr! Eso dijo Jodsi. Y no es pura palabrería, yo diría que oyó alguna conversación entre las abuelas. Creo que tienen un secreto.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Lo intuyo. Jodsi dijo que Gezr no se había presentado; era la segunda vez que no se presentaba y las abuelas lloraban.

Aga Yan recordó que los últimos años había visto a menudo a las abuelas escoba en mano muy temprano por la mañana, pero nunca se había parado a pensar en lo que hacían.

Antes del amanecer, Aga Yan salió de la cama, fue hasta la ventana y observó la habitación de las abuelas. La puerta de su cuarto no tardó en abrirse y las dos aparecieron cual espectros, escoba en mano.

Había estado dándole vueltas toda la noche y por fin sabía lo que debía hacer. Sonrió y volvió a la cama.

Sus ojos se posaron en la pierna desnuda de Fagri Sadat y atisbó un trozo de sus bragas granate a la luz de la lamparilla. Estaba en lo cierto, apenas le dedicaba tiempo y hacía mucho que no salían juntos de viaje. Él se iba solo y ni siquiera le llevaba regalos a la vuelta. Había pasado una eternidad desde el día en que le compró una caja de ropa interior de colores en Damasco. Se deslizó con cuidado bajo las sábanas, sujetó a Fagri y le bajó las bragas con suavidad.

—¡Estate quieto! —dijo Fagri soñolienta.

Como de costumbre, Aga Yan no le hizo caso y continuó.

—Estate quieto —susurró ella.

Luego ya no dijo nada más.


Eqra!

 

Cuando las abuelas llevaban un rato atareadas barriendo, oyeron un ruido extraño en el callejón. Escrutaron la oscuridad pero no vieron nada, de modo que siguieron con lo suyo. Mas de pronto resonó el relincho de un caballo. Volvieron a escudriñar la oscuridad, pero sus ancianos ojos no veían nada.

—¿Has oído tú también un caballo? —preguntó Jolbanú.

—Sí, y también he oído los cascos —dijo Jolebé.

El ruido fue haciéndose más intenso. Las abuelas se cogieron de la mano y permanecieron inmóviles, con la mirada fija en el callejón. Un caballo negro apareció a la luz de la farola. Lo montaba un árabe envuelto en una túnica blanca. Las abuelas se inclinaron en una silenciosa reverencia.

El jinete se dirigió a ellas en árabe.

Jaaaa ajooohaaaal nabieeee waaa salaaaaamooo namazoooo Gezr waal Mekaaa!

Pese a que las abuelas no entendían el árabe, supieron de inmediato de lo que les hablaba el jinete: las palabras Meca y Gezr eran lo bastante explícitas.

Volvieron a inclinarse ante el jinete árabe.

Waa enniee waa yaleha, Wa ennnie jaaa Jolbanú, Wa ennnie jaaa Jolebé!

Las abuelas temblaban de emoción, pues el árabe se había dirigido a ellas por sus nombres de pila. ¿Habían oído bien?

Jaaa ello haaannabieee. Eqraaa esmiiieee, Jolbanú! —añadió el jinete.

No se equivocaban, el hombre había llamado claramente a Jolbanú. ¿Qué se suponía que debían hacer?

Jolbanú dio un paso al frente e inclinó la cabeza. El jinete sacó una carta del bolsillo y se la alargó. Jolbanú se acercó con cautela y tomó el sobre.

Jolebé! —exclamó el jinete.

La otra abuela avanzó hasta él y también recibió un sobre blanco.

Waaa enna lellaaah. Wa Alllaaaho samaaad —pronunció el jinete y, dándole un tirón a las riendas, dio media vuelta y desapareció.

Salió el sol. Las abuelas seguían pasmadas con el sobre en la mano. No se atrevían a moverse, pues temían que todo aquello no hubiese sido más que un sueño. Pero no era ningún sueño, porque el grajo se posó en la farola y graznó con todas sus fuerzas.

De vuelta en su cuarto, cerraron la puerta, encendieron la luz y abrieron los sobres. Las dos cartas eran iguales, pero ninguna de las dos logró descifrar la escritura del profeta; debían de estar escritas en un lenguaje secreto. Tendrían que enseñarle las cartas a alguien, pero ¿a quién? ¿A Aga Yan? ¿A Fagri Sadat? ¿A Zinat Janum? No.

—Pidámosle a Shabal que nos diga su significado —propuso Jolebé.

Las dos se dirigieron a la habitación del muchacho.

—¡Despierta! ¿Todavía estás en la cama? ¿Es que no has ido a rezar aún? Debería darte vergüenza. Le diré a Aga Yan que remoloneas en la cama como un pecador. Eqra. Ten, léenos estas cartas, anda —dijo Jolbanú.

Medio dormido aún, Shabal estudió las cartas.

—Puedo leerlas pero no entiendo lo que dicen, están escritas en árabe.

Tal vez tendrían que mostrarle las cartas a Aga Yan, pero había ido a Yeria y no podían esperar hasta su vuelta. Así que se colocaron el velo y se encaminaron hacia la mezquita para enseñarle las cartas al imán suplente.

Éste acababa de concluir el rezo de la mañana y había vuelto a su cuarto para echarse una hora, cuando de repente llamaron a la puerta. Pensando que se trataba de Zinat Janum, dijo con voz soñolienta:

—Pasa.

Las abuelas entraron.

—¿Qué sucede, señoras? —preguntó el imán, desconcertado—. ¿Qué puedo hacer por ustedes?

—Hemos recibido una carta, mejor dicho, dos cartas muy confidenciales. ¿Podría usted leérnoslas?

—Será un placer. Tomen asiento.

Las abuelas le alcanzaron las cartas. Él cogió el turbante de la mesilla de noche y se lo puso, luego se sentó en la silla vestido con su larga camisa de algodón.

—Siéntense, señoras. Permitan que me ponga las gafas. —Se las puso y empezó a leer—. ¿Una carta en árabe?

—¿No puede leerla? —preguntó Jolbanú.

—Debería poder hacerlo, pero no sucede cada día que reciba una carta en árabe. Leo el Corán, sí, pero el lenguaje del libro sagrado es distinto, es la palabra de Dios. Leo el Corán y entiendo lo que dice, pero si me dieran un periódico árabe, no estoy seguro de que pudiera entenderlo. Digámoslo así: si hoy mismo me fuese a La Meca, no sé si me entendería con la gente de la calle. Esperen un momento, al final de la carta hay una dirección. ¿Es que tienen que ir ustedes a alguna parte? ¿Cómo han llegado a sus manos estas cartas? Parecen documentos muy formales. Y hay otro nombre: Hayi Aga Mustafá Mohayer.

—Puede ser. Conocemos a Hayi Aga Mustafá Mohayer, trabaja en el zoco —comentó Jolbanú.

—Entonces está claro. Tienen que ir a ver a Hayi. Wasalam!

Las abuelas, que de la emoción ya no podían permanecer sentadas ni un segundo más, le arrebataron las cartas de las manos. En cuanto salieron de allí, encaminaron sus pasos al zoco, pero Jolbanú dijo:

—Me parece que es demasiado temprano para ir al zoco, esperemos un poco a que el sol esté más alto. También creo que sería conveniente que fuésemos a ponernos algo más apropiado ahora que llevamos cartas tan importantes.

Cuando llegaron, todo se les antojó distinto. La casa estaba bañada en una radiante luz solar. Era como si todo les sonriese y todos compartiesen su secreto. Probablemente el cedro centenario había oído los cascos del caballo y hasta la alberca había absorbido la voz de Gezr.

Las flores del jardín observaban admiradas a las dos abuelas y el sol iluminaba los cristales de la biblioteca, el grajo sobrevoló sus cabezas y soltó un alegre graznido.

—Gracias, gracias, grajo —susurraron las abuelas.

Los viejos pececillos rojos emergieron del agua y dieron un salto en el aire.

—Gracias, gracias, pececillos.

—Oigo pasos alegres. ¿Qué feliz acontecimiento se ha producido? —dijo Muecín desde su taller en el sótano.

Jolbanú y Jolebé fueron a saludarlo y lo encontraron detrás de la mesa de trabajo, amasando el barro para dejarlo moldeable.

¿Debían decírselo? ¿Debían revelar parte de su secreto? No, antes debían ir a ver a Hayi Mustafá, entonces sabrían con seguridad si su viejo sueño se había cumplido por fin.

—¡Buenos días! —lo saludaron exultantes.

—Buenos días, señoras. Me parece que tienen algo que contar —sugirió Muecín.

—Es cierto, tenemos una grata noticia que dar —empezó Jolebé, pero Jolbanú la interrumpió.

—Muecín, ¡qué jarrones tan preciosos tienes ahí! Estoy segura de que son todos nuevos.

—No exageres, llevo toda mi vida haciendo vasijas y jarrones, es sólo que hoy los veis con otros ojos.

Las abuelas se miraron sonrientes.

—Acabamos de recibir muy buenas noticias, pronto te las contaremos y entonces podrás anunciarlo a los cuatro vientos desde el tejado de la mezquita.

—¡Cuánto secretismo! —dijo Muecín.

Las abuelas bajaron la escalera dando saltitos como si fuesen un par de chiquillas y volvieron al patio.

En su euforia no sabían qué hacer, adónde ir o a quién acudir. Vieron a Fagri Sadat dirigirse a la cocina y la saludaron con cierta torpeza, algo que jamás habrían hecho un día cualquiera. El viejo gato de la mezquita pasó por su lado. Ellas echaron a correr tras él y el animal, que nunca las había visto hacer algo semejante, salió despavorido hacia la azotea.

Las abuelas se pusieron sus mejores vestidos, se empolvaron un poco las mejillas, se echaron por encima su velo negro más nuevo y se dirigieron al zoco.

Hayi Mustafá era un viejo amigo de Aga Yan, un prohombre de la ciudad que tenía la exclusividad para preparar todos los viajes a los lugares santos y organizaba las peregrinaciones a Kerbala, Nayaf, Medina, Damasco y La Meca.

Su oficina se hallaba en el centro del zoco y cada día lo visitaban centenares de aspirantes a peregrinos para tratar los detalles de su viaje. Las abuelas entraron en el local, pero no tuvieron que hacer cola como los demás, pues las dos portaban cartas dirigidas personalmente a Hayi Mustafá.

Las abuelas miraron a través de la ventana de su despacho y, a pesar de que sólo lo habían visto una vez en la mezquita, lo reconocieron de inmediato. Estaba sentado a su escritorio y hablaba por teléfono. En cuanto las vio, les hizo una señal para que entrasen. Ellas abrieron la puerta con cuidado.

—¿Qué puedo hacer por ustedes? —dijo Hayi cuando hubo terminado la llamada.

Las abuelas le entregaron las cartas a la vez.

—Tenemos un recado para usted —le informó Jolbanú.

El hombre se puso las gafas, abrió las cartas y leyó con atención. De vez en cuando desviaba la mirada hacia ellas. Cuando acabó la segunda carta, permaneció un momento en silencio, sosteniendo las gafas en la mano.

Las abuelas se miraron sin saber qué hacer.

El hombre volvió a meter las cartas en sus respectivos sobres, las presionó contra su frente con reverencia y las metió en un cajón.

—Tomen asiento —les dijo en tono solemne.

Ellas se sentaron en dos anticuadas sillas de piel delante del escritorio.

Hayi Mustafá hojeó sus papeles, garabateó un par de anotaciones e hizo una enigmática llamada telefónica. Después, salió del despacho sin decir una palabra. Al cabo de un cuarto de hora regresó y sacó un voluminoso libro de un archivador marrón oscuro. Lo abrió y dijo:

—Jolbanú.

—Soy yo —dijo una de las abuelas poniéndose en pie.

El hombre dejó una almohadilla de tinta frente a ella.

—¿Le importaría poner el índice en la almohadilla y después estamparlo en el libro?

Con mano temblorosa, Jolbanú lo hizo.

—Ya puede volver a sentarse. —Escribió algo y luego dijo—: Jolebé.

—Soy yo —dijo la otra abuela con voz trémula, y se levantó del asiento.

—Ponga el dedo aquí y después aquí, por favor.

Jolebé presionó el índice contra la almohadilla y seguidamente lo puso en el lugar que Hayi le indicaba con la punta de su pluma.

—¿Dónde viven?

—En la casa de la mezquita —repuso Jolbanú.

—¿Las dos?

—Sí.

Cuando Hayi acabó de escribir, estampó un par de sellos en su libro, se puso en pie y dijo:

—Síganme.

Las abuelas así lo hicieron. Enfilaron por un pasillo, pasaron por una estancia pequeña, luego por otra sala más grande y por fin llegaron a otro pasillo en penumbra. Hayi se detuvo delante de una puerta, sacó una llave del bolsillo, abrió la puerta y les pidió que se quitaran los zapatos y siguieran adelante.

Ambas entraron en una singular estancia con las paredes forradas con grandes telas en las que se leían textos sagrados. También había cientos de viejas y desgastadas maletas de piel marrón claro que llegaban hasta el techo. El olor familiar a libros y piel impregnaba aquel lugar de una atmósfera sagrada. El suelo estaba enteramente cubierto por una antiquísima alfombra.

En una pared había un nicho con decenas de registros apilados, la fila superior cubierta por una gruesa capa de polvo.

A las abuelas les temblaban las manos por debajo del velo. Se quitaron los zapatos y avanzaron.

—Siéntense —les pidió Hayi, señalándoles las dos sillas que había junto a una antigua mesa de madera. Del techo colgaba una lucerna de plata labrada con siete velas medio consumidas. Las abuelas se sintieron llenas de esperanza.

—Lo que ha sucedido hasta el momento, lo que tratemos a continuación y lo que vean ustedes hoy aquí debe quedar entre nosotros. Si alguien llegase a enterarse de este secreto, el contrato se rescindirá inmediatamente —subrayó Hayi.

—Está perfectamente claro —repuso Jolbanú.

Hayi desapareció detrás de una cortina y salió con dos flamantes maletas de piel marrón claro que tenían una imagen de la Kaaba. Las puso delante de las abuelas con un gesto tan solemne que ellas casi se desmayaron de la emoción. Luego se sentó frente a ellas.

—Es muy probable que en casa les hagan preguntas —les explicó con seriedad—, pero no deben contestarlas. Se lo repito, no deben contestarlas.

—Entendido —dijo Jolbanú, impávida.

—El día del nacimiento de santa Fátima las dos se presentarán con las maletas en el zoco —dijo Hayi.

—De acuerdo.

—Si tienen alguna consulta que hacer, será mejor que la hagan ahora. Una vez hayan partido, ya no tendrán oportunidad de preguntar nada.

Las abuelas se dirigieron una mirada interrogante. ¿Tenían preguntas? No, todo estaba claro.

—Bueno, sí, ¿a qué hora exactamente tenemos que estar en el zoco? —preguntó Jolbanú.

—Temprano por la mañana, antes del amanecer.

Jolebé también tenía una pregunta pero no se atrevía a formularla, de modo que se la susurró a Jolbanú al oído.

—No se lo tome a mal —dijo ésta—, pero no nos ha dado usted ningún documento. Quizá no estaría de más que tuviéramos algo, algún papel en el que figuren nuestros nombres.

—Las maletas bastan —dijo Hayi—. Están marcadas con sus nombres.

Las dos se fijaron entonces en las maletas y vieron con estupor que sus nombres estaban escritos en letras grandes en un pequeño rectángulo protegido por un plástico.

—¡Es cierto! —exclamó Jolbanú y le dirigió una mirada airada a Jolebé por su inoportuna pregunta.

—Sus documentos de viaje les serán entregados el mismo día de la partida —añadió Hayi—. ¿Alguna pregunta más?

Las abuelas se miraron, no, no tenían más preguntas. Se sentían radiantes de felicidad. Ocultando su sonrisa detrás del velo, cogieron las maletas y salieron del local adentrándose en el bullicio del zoco.

Una vez en casa, escondieron las maletas en un arca desvencijada que había en el sótano e hicieron ver que nada había sucedido, aunque el peso del secreto les oprimía el pecho. No podían dormir y se les iban las horas despiertas en la cama. Los días se eternizaban y las noches no tenían fin. ¿Sería cierto? ¿Llegaría el día en que harían las maletas para emprender su peregrinación? ¿Aguantarían un viaje tan largo?

Tenían miedo de no llegar al día acordado, de sufrir cualquier percance, de romperse una pierna o morirse. Pero habían aguardado pacientemente durante cuarenta años, bien podían esperar un par de meses más.


La cámara del tesoro

 

¡Tú, el envuelto en un manto!¡Levántate y advierte!A tu Señor ¡ensálzalo!Tu ropa, ¡purifícala!La abominación, ¡huye de ella!¡Espera pacientemente!Siete hombres salieron del callejón. Cuatro de ellos cargaban sobre los hombros una enorme canasta de mimbre sujeta a dos maderos, mientras los otros tres iban delante. Eran vecinos de la aldea de Yeria y llevaban a Kazem Kan a la casa de la mezquita.

Uno de los hombres llamó a la puerta, pero Jolebé tardó en salir a abrirles.

—¿Señores? —inquirió la abuela, perpleja al verlos.

—Traemos a Kazem Kan —anunció uno de ellos señalando la canasta que sus compañeros llevaban a cuestas.

—¡Jolbanú, es Kazem Kan! —gritó Jolebé, alarmada.

En cuanto Jolbanú vio la canasta, supo lo que debía hacer. Los condujo al cuarto de fumar, donde sacaron a Kazem Kan con cuidado de la canasta y lo depositaron sobre la cama. Tenía los ojos cerrados y se lo veía pálido y demacrado. Los hombres salieron de la estancia y fueron a fumar una pipa junto a la alberca. Jolebé empezó a sollozar en silencio, pero Jolbanú puso manos a la obra. Tapó a Kazem Kan con una manta, dispuso un espejito y un Corán en la repisa que había sobre la cabeza del poeta y a continuación fue a la cocina para servirles el desayuno a los aldeanos de Yeria. Llevó una tetera a la mesa y sacó queso, pan, mermelada y una fuente de fruta; después fue a llamarlos.

—¿Querrían venir a desayunar, señores?

Entretanto, Aga Yan también había llegado a casa y había ido directamente al cuarto de fumar. Cuando vio a Kazem Kan tumbado en la cama, supo que ya no tenía sentido llevarlo al hospital. Se dio media vuelta y fue a saludar a los aldeanos, que se pusieron en pie nada más verlo. Uno de ellos le contó lo sucedido:

—Llevaba unos días sin ir al salón de té y creíamos que estaba de viaje. Una noche, oímos su caballo y supusimos que había regresado. Pero el caballo no paraba de relinchar, así que fuimos hasta su casa para ver qué pasaba y lo encontramos agonizante en la cama. Al día siguiente lo metimos en la canasta y vinimos en el autobús.

—Les agradezco el gesto y aprecio mucho lo que han hecho por mi tío —les dijo Aga Yan.

Aquella noche, Aga Yan arrimó una silla a la cama de Kazem Kan y permaneció largo rato sentado a su lado, leyéndole pausadamente el sura Al Fatiha, el Exordio.

Kazem Kan era el alma de la casa; sin embargo, pertenecía a esa clase de hombres que no sentía apego ni por la casa ni por la mezquita; justamente la clase de persona que Aga Yan jamás podría ser. Él era el hombre fuerte de la casa, de la mezquita y del zoco, atendía asimismo muchas otras responsabilidades en la ciudad. Por el contrario, Kazem Kan era tan libre como un pájaro y como tal había de morir. Los pájaros viejos caían de pronto en pleno vuelo, posaban la cabeza en el suelo, cerraban los ojos y ya no volvían a abrirlos. Kazem Kan era un poeta que no conocía límites. Lo había probado todo en la vida, cosas que ni Aga Yan se atrevía a imaginar.

Sacó del bolsillo su poemario y lo hojeó en busca de la última composición. Luego, musitó:

Si esos dulces labios, esa copa de vino,si todo acabará en la nada,piensa que, mientras existas,no eres más que lo que serás, nada:menos, no puedes ser.Durante setenta años siempre había habido alguien que corría a preparar la pipa de opio para Kazem Kan en cuanto éste llegaba a la casa de visita, pero ya no era necesario.

Las abuelas estaban en la cocina, cuchicheando y llorando quedamente. El hombre al que las dos amaban se había ido. ¿Cuándo lo habían visto por primera vez? Sucedió una tarde, medio siglo atrás; las dos no eran más que un par de jovencitas y el poeta Kazem Kan había entrado en el patio a lomos de su caballo. Ninguna de ellas había oído hasta entonces recitar un poema, pero a los pocos días Kazem Kan les compuso uno para cada una: versos que hablaban de sus ojos y sus largas trenzas, de sus sonrisas y sus manos, tan calientes cuando encendían el fuego para el opio. La siguiente vez que Kazem Kan fue a la casa, las dos se entregaron a él, para siempre.

Am Ramazan apareció en el umbral. Era el sirviente que se encargaba de cuidar el jardín y todos los días, a primera hora de la tarde, pasaba por el taller de Muecín para saludarlo. También supervisaba las provisiones de barro y encargaba más cuando hacía falta. Am Ramazan vivía solo, su esposa había fallecido y no tenía hijos, sólo un viejo burro con el que se ganaba el sustento. Se dedicaba a sacar tierra del río, que transportaba a casa de sus clientes con la ayuda del burro.

Am Ramazan saludó quedamente a Aga Yan, que le devolvió el saludo y le indicó que entrara.

—Escucha, hace días que Kazem Kan no fuma y su cuerpo está inquieto. Las abuelas van a prepararle una pipa de opio. Si quisieras fumar y exhalarle el humo en el rostro, se calmaría.

Am Ramazan fumaba ocasionalmente, pues no tenía dinero para pagarse el opio, pero se puso muy contento con el ofrecimiento de Aga Yan; sabía que Kazem Kan fumaba el mejor opio procedente de las montañas. El que él fumaba ocasionalmente con sus amigos era de un color pardusco y olía bastante mal, pero el de Kazem Kan era de color trigueño y desprendía un aroma a flores silvestres.

Aga Yan cogió media bola de opio y se la entregó a Am Ramazan, que se la metió en el bolsillo del abrigo y fue a ayudar a preparar el fuego.

Poco después llegó Jolebé con una tetera y un hornillo en el que ardían brasas azuladas. Miró a Kazem Kan con los ojos arrasados en lágrimas y dejó el hornillo en el suelo. Am Ramazan puso la pipa sobre la ceniza caliente y cortó la bola de opio en porciones muy pequeñas.

Cuando la pipa estuvo caliente, metió una porción de opio en la cazoleta ayudándose de una aguja, luego extrajo una brasa con unas tenazas y la acercó al opio. A continuación empezó a fumar despacio, inhalando cada vez con mayor intensidad. Por unos instantes se olvidó de que fumaba para Kazem Kan, pero entonces su mirada se posó en Aga Yan. Se incorporó sujetando la pipa con la mano izquierda mientras con la derecha seguía sosteniendo la brasa. Se inclinó sobre el poeta, acercó la brasa al opio que había en la pipa y aspiró, inhalando profundamente y exhalando el humo sobre su rostro.

En ese instante la puerta se abrió y Jodsi la Loca entró en la estancia. Las abuelas intentaron detenerla, pero Aga Yan les hizo un gesto para que la dejasen pasar. Jodsi llegó hasta la cama, se inclinó para observar el semblante de Kazem Kan, farfulló algo y se fue sin decirle ni una palabra a Aga Yan.

—Ya está bien —anunció Jolbanú a Am Ramazan—. Si son tan amables de salir de la habitación, le leeremos el Corán a Kazem Kan.

Aga Yan, ligeramente aturdido por el humo del opio, se puso en pie y abandonó la estancia seguido del sirviente.

Jolebé cogió el Corán y se sentó en el suelo al lado de Jolbanú. No tenían problemas para leer libros corrientes, pero la lectura de los versos del Corán les tomaba más tiempo. Por fortuna se sabían de memoria varios suras. Jolbanú abrió el libro y le echó una ojeada a una página, pero empezó a recitar los versos que conocía de memoria. Jolebé repitió sus palabras.

¡Por el cálamo y lo que los ángeles escriben!Hemos puesto a prueba a los dueños del jardín.Por la mañana se llamaron unos a otros:«¡Id temprano a vuestro camposi queréis coger los frutos!»Y marcharon temprano,pero cuando lo vieron, exclamaron:«¡Nosotros nos hemos extraviado!¡Nosotros estamos desconsolados!»Después acercó sus labios a la oreja de Kazem Kan y susurró:

—Kazem Kan, ha empezado su viaje. Nos reuniremos con usted dentro de muy poco. Tenemos un secreto que no podemos contar a nadie, pero queremos compartirlo con usted. Dentro de poco partiremos a La Meca, el profeta Gezr se ha encargado de todo. Habíamos pensado ir a Yeria para despedirnos de usted. Lo beso, Kazem Kan; las dos lo besamos. Hemos sido muy dichosas a su lado.

Ambas besaron a Kazem Kan en la frente y salieron del cuarto.

La tercera noche, Aga Yan supo que la muerte de Kazem Kan era inminente; fue hasta su cuarto y cerró la puerta, besó a su tío en la frente y le susurró:

—Puede irse si lo desea. Nunca lo olvidaremos y en la cámara del tesoro guardaré sus zapatos y sus poemas. Estoy aquí, a su lado, con su mano entre las mías.

Shabal abrió la puerta con sigilo y permaneció en el umbral.

—¿Podrías traerme un vaso de té bien cargado y una cucharilla? —le pidió Aga Yan.

Cuando Shabal se lo llevó, puso unas hebras de opio en el té y lo disolvió con la cucharilla.

—Anda, ve dándole cucharaditas de té. Su cuerpo lo necesita, de ese modo su espíritu podrá partir con más serenidad.

Cucharada a cucharada, Shabal fue poniendo en la boca de Kazem Kan aquel líquido amarillo pardusco.

Aga Yan posó la mano en el hombro desnudo de su tío.

—Se va —anunció e, inclinándose sobre el anciano, lo besó de nuevo en la frente. Poco a poco se le fue escapando la vida—. Se ha ido —constató Aga Yan, acongojado—. ¿Podrías ir a avisar a los demás?

Las abuelas fueron las primeras en acudir. Le dieron el pésame a Aga Yan y permanecieron allí en silencio. Poco después entraron llorando Fagri Sadat, Zinat y Muecín. Aga Yan tomó los zapatos y el poemario de Kazem Kan y se dirigió a la mezquita en la oscuridad.

La mezquita tenía una cámara del tesoro, un lugar secreto en la cripta donde a lo largo de los siglos habían ido guardando los objetos valiosos de la casa: pergaminos, actas, cartas y objetos personales de los imanes que habían vivido allí desde tiempos remotos. Había también centenares de cuadernos que contenían apuntes sobre el templo que los hombres de la casa habían ido anotando con el paso del tiempo. Todo estaba ordenado y clasificado cronológicamente en cajas.

La cámara del tesoro era un auténtico filón de datos históricos: con aquellos archivos podía reconstruirse el pasado religioso del país. También contenía muchos objetos personales de los habitantes de la casa.

En realidad, aquel archivo y el resto de las reliquias deberían haber sido trasladados a un museo para ser exhibidos, pero constituían una parte única y, sobre todo, personal de la casa de la mezquita.

El hombre de la casa llevaba siempre consigo la llave de la cámara del tesoro.

Además de Aga Yan, Shabal también estaba al corriente de la existencia de aquella estancia y de su contenido, pues su tío le había hablado del cuaderno.

—Sólo Dios sabe cuándo le llega la hora a cada uno de nosotros, pero, si yo muero, quiero que tengas la llave. Escribe en el cuaderno y decide lo que debe hacerse —le había dicho a Shabal.

Aga Yan tenía veintisiete años cuando entró por primera vez en la cámara del tesoro.

Sucedió después de la muerte de su padre. Aquella noche cogió una linterna y se internó en la oscura cripta de la mezquita. Con manos temblorosas, metió la llave en la vieja cerradura, abrió la puerta y entró.

Creyó estar soñando, pues aquel cuarto no tenía nada de particular. Había una antigua alfombra granate en el suelo y en un rincón vio una silla y una mesa sobre la cual había un libro abierto y, junto a él, una pluma de ganso en un tintero. En la pared vio decenas de pares de zapatos cubiertos por una fina capa de polvo; cada par tenía su etiqueta correspondiente con el nombre de su propietario. Eran los zapatos de los imanes fallecidos. Frente a la hilera de zapatos había unos percheros de los que colgaban las túnicas y los turbantes de los imanes. En algunas perchas había también un bastón y una caja con los efectos personales del imán y los documentos importantes que éste había guardado en vida.

Aga Yan no conocía exactamente la antigüedad de la mezquita y la casa, pero habría podido averiguarlo de ser ése su deseo. Habría podido adentrarse hasta el fondo de la estancia con su linterna, siguiendo los percheros y probablemente allí hallaría la caja más antigua con el primer cuaderno en el que aparecerían las crónicas de la mezquita. Tal vez, en los apuntes encontraría dibujos de la casa y el templo. Al fondo de aquella sala había un pasillo sumido en la penumbra. Aga Yan supuso que si lo seguía, encontraría más rincones ocultos con cajas más antiguas. Deseaba ir a echar un vistazo y alzó la linterna. En la pared había hileras de pergaminos escritos, pero la luz era demasiado débil para leerlos. Cuando se disponía a entrar en el pasillo, reparó en que la capa de polvo que cubría aquel tramo de la alfombra era más gruesa que la que había visto ante las primeras cajas y túnicas. Al parecer, en ese siglo nadie había ido más allá de donde él estaba. Aga Yan comprendió que tampoco él debía dar un paso más. Era como si aquella parte estuviera sellada por la capa de polvo y nadie pudiera franquearla. Ojalá pudiera andar entre las centenarias túnicas y leer los nombres de los imanes y antiguos habitantes de la casa. ¿Quiénes eran? ¿Qué clase de ropa llevaban? ¿Qué anillos lucían en el dedo? Habría querido abrir una de esas cajas y estudiar su contenido, olisquear la ropa, probarse algún anillo y leer las crónicas escritas en el cuaderno de la mezquita. ¿Qué clase de anotaciones hacían por aquella época? ¿Qué pasaba en la casa, en la mezquita, en el zoco? ¿De qué color eran los primeros peces de la alberca? ¿Y qué árbol había en medio del patio en lugar del cedro? ¿Qué grajo había sido el antecesor de su grajo? Habría querido permanecer en la cripta semanas, meses, y hacer un viaje hacia un pasado remoto. Deseaba encontrar respuestas a sus preguntas. Pero era imposible, la cámara del tesoro era un secreto que permanecía en la oscuridad, un secreto que pertenecía a la mezquita, al Corán y a la historia.

Aga Yan comprendió que no tenía acceso al tiempo pasado y desistió de alentar su curiosidad. Dejó los poemas de Kazem Kan en la caja, puso sus zapatos al final de la fila y apagó la linterna.

Kazem Kan había escrito en su testamento que no deseaba ser enterrado en la cripta de la mezquita. Por eso, los aldeanos de Yeria buscaron un hermoso lugar para darle sepultura. Eligieron un paraje en lo alto de un cerro, enfrente de la que había sido su casa, y donde cada primavera, un añoso almendro dejaría caer sus innumerables flores.

Al día siguiente, decenas de aldeanos acudieron a la ciudad para llevarse consigo los restos mortales de su poeta a Yeria. Aga Yan, Fagri Sadat, Zinat Janum, Muecín y las abuelas los acompañaron.

Catorce días después de la muerte de Kazem Kan, llegó el momento en que las abuelas debían emprender su viaje a La Meca. Tras la oración de la mañana, se cubrieron con sus velos, cogieron las maletas y se plantaron en la alberca.

—¡Nos vamos! —anunció Jolbanú a viva voz.

—Vamos a hacer el viaje de nuestra vida —añadió Jolebé.

Durante todo aquel tiempo las abuelas habían temido que su contrato se disolviera si alguien se enteraba de su secreto, pero aquella mañana no pudieron seguir conteniendo su emoción.

Muecín fue el primero en oírlas y salió de su habitación como una exhalación.

—¿Adónde vais?

—A La Meca —respondieron al unísono.

—¿En serio? ¿Vais a La Meca?

—En realidad, no podemos decírselo a nadie, créenos, Muecín.

El hombre palpó las maletas: eran las maletas de la sagrada Kaaba.

—¡Las abuelas se van a La Meca! —gritó entonces.

Al parecer, todos estaban despiertos, porque Aga Yan encendió las luces del patio y los demás aparecieron vestidos. Entre risas y sollozos, abrazaron a las abuelas y las besaron.

Fagri Sadat se acercó a ellas con un hornillo en el que ardía oloroso esfand, mientras que sus hijas, Nasrin y Ensi, portaban un espejo y manzanas rojas. Siguiendo la tradición, Zinat Janum llevaba un cuenco de agua para desearles buena suerte a las viajeras.

Shabal fue a buscar el antiguo Corán a la biblioteca y se lo alargó a Aga Yan. Jolbanú y Jolebé cogieron las maletas. Aga Yan las besó, sostuvo el Corán sobre sus cabezas y las acompañó hasta la puerta.

Zinat fue echando agua tras ellas y todos lloraban como si las abuelas ya no fuesen a regresar nunca a la casa.


Sayeh

 

Aga Yan se había percatado de que Zinat salía a veces por las noches, aunque no sabía adónde iba. Su cuarto estaba en la segunda planta, de modo que cuando bajaba, tenía que pasar forzosamente por delante del dormitorio de Fagri y Aga Yan.

Una noche muy tarde, mientras Aga Yan estaba leyendo en su estudio, oyó la puerta que daba a la escalera del piso de arriba. Al principio pensó que era Fagri, pero al no oír sus pisadas, miró por las cortinas entreabiertas y vio una sombra moviéndose en la oscuridad.

Salió al patio y por un instante acertó a ver el retazo de un velo negro en la escalera. Tal vez fuese Zinat, pero ¿adónde iría a aquellas horas?

Regresó a su estudio. El grajo graznó inesperadamente.

La advertencia del grajo hizo que Aga Yan recordase a la mujer de Sarandib:

«Había una vez un mercader de Sarandib que tenía una esposa llamada Yamis. Nadie podía creer que existiera una mujer tan hermosa. Su rostro deslumbraba como el día de la victoria y sus cabellos eran tan oscuros y tan largos como la noche en que uno espera a la amada que no llega.

»Yamis se citaba en secreto con un célebre pintor, capaz de hacer magia con su pincel. La mujer iba a verlo a escondidas y juntos compusieron algunas de las noches persas más sublimes. En uno de sus encuentros nocturnos ella le dijo: “Cada vez me resulta más difícil venir a verte, pero más difícil me resulta esperar a que llegue la noche oportuna. Piensa en algo para que podamos estar juntos más a menudo. ¿No eres acaso un artista?”

»“Se me ocurre algo —repuso él—. Te haré un velo: por un lado será claro como el lucero del alba sobre las aguas; por el otro, oscuro como las tinieblas. Al anochecer, te cubrirás con el lado oscuro y vendrás a mí como parte de la noche; por la mañana, le darás la vuelta y regresarás a casa con el velo claro como parte de la mañana.”»

Con la partida de las abuelas dio comienzo una nueva fase en la historia de la casa. El ritmo que ellas marcaban desapareció y el viejo reloj de pronto dejó de funcionar. Mientras las abuelas estuvieron en la casa, había vida en la cocina, el grajo de la mezquita graznaba cuando alguien llegaba de visita y la biblioteca estaba siempre limpia y ordenada, pero aquellos tiempos habían quedado atrás.

Antes, las abuelas se encargaban de ir a despertar a los niños y ayudaban a Fagri Sadat a recoger su habitación. Mantenían a Aga Yan al corriente de todo lo que sucedía en la casa y le echaban un vistazo al taller de alfarería de Muecín. Sin embargo, desde su partida, ya no había nadie que se hiciera cargo de aquellas tareas.

Nadie ocupaba el vacío que ellas habían dejado. Si todavía estuvieran en la casa, haría tiempo que se habrían encargado de seguir a Zinat a la azotea.

Aga Yan estaba satisfecho con el imán suplente; ponía mucho entusiasmo en su trabajo y se lo veía feliz. Ya en su primera conversación, Aga Yan se había dado cuenta de que el hombre era ambicioso, pero no esperaba mucho de sus aptitudes.

Seguía sin poder salir de los temas trillados propios de un imán de pueblo, pero lo hacía bien. Poco tiempo antes había interpelado al ministro de Agricultura con duras palabras en relación con sus escasos planes para subsanar la pobreza de las zonas rurales.

El imán nunca había estado en Teherán, pero en uno de sus sermones hizo un comentario que llegó a la primera página del periódico local:

«Según tengo oído, en Teherán todo el mundo tiene un teléfono en casa, pero no hay forma de encontrar un solo teléfono en los cientos de aldeas esparcidas por las montañas. En Teherán, si uno se corta un dedo en la cocina, puede llamar a una ambulancia para que acuda inmediatamente; sin embargo, ¿qué puedo hacer yo si mi padre yace en la cama moribundo? Yo advierto a Teherán. ¡Recapacitad! Dios nos ha creado a todos iguales.»

La policía y los servicios secretos reaccionaban ante sus ingenuos ataques con una sonrisa. Críticas como aquéllas eran valoradas de forma muy positiva y aun estimuladas.

Paulatinamente, las observaciones del imán suplente se hicieron cada vez más populares y la prensa local solía hacerse eco de ellas. Aga Yan estaba satisfecho y le cedía más protagonismo. En una ocasión, después de que un diario hubiese publicado una foto del imán y parte de sus declaraciones, uno de los compañeros de Aga Yan le dijo: «Es ingenuo, pero, cuando uno menos se lo espera, sale con un comentario muy atinado.»

Era la primera vez que la foto de un imán aparecía publicada en la prensa local. El periódico había enviado a un fotógrafo a la mezquita, y éste había retratado al imán en la azotea, entre los minaretes.

Cuando al día siguiente el religioso vio su foto en el diario, se puso tan nervioso que no podía parar quieto. Su sueño se había cumplido: desde joven había acariciado la idea de llegar a pronunciar un día un sermón en una gran mezquita, y hete ahí que sus palabras y su foto estaban en el periódico y de la noche a la mañana se había convertido en un personaje famoso en Seneyán.

Según la sharia, Zinat y el imán no hacían nada malo y, por tanto, no tenían nada que temer. Cuando un fiel se traslada a vivir lejos de su casa y su esposa por algún tiempo, puede tomar una mujer como sigué, esto es, como su concubina. Sin embargo, el imán sabía que con Zinat corría un gran riesgo y que Aga Yan lo pondría de patitas en la calle si llegaba a enterarse de su relación.

Zinat se sentía incómoda en su posición de segunda mujer. Y la vergüenza la asaltaba cada vez que se hallaba en la cama de la mezquita con el imán suplente, bajo la cual se hallaba la cripta donde yacían su esposo y muchos otros imanes.

Cuando veía al imán de día, no creía que fuese el mismo hombre con que se había acostado por la noche, pero en la oscuridad todo era distinto, no lo veía, sólo sentía sus manos, sus hombros, su espalda y sus movimientos en la cama: era fuerte como un semental.

En cuanto acababan de hacer el amor, Zinat volvía a cubrirse con el velo y salía precipitadamente de allí. No quería saber nada de él ni oír una palabra de sus labios. Pero a la noche siguiente, cuando apagaba la luz y se deslizaba bajo las sábanas, echaba de menos su cuerpo.

Su difunto marido, Alsaberi, nunca le había besado los pechos, jamás le había mordisqueado los muslos como una bestia; con el imán suplente encontraba un placer tan intenso que se olvidaba de todos y de todo.

La última vez la había llevado a la cripta, y después de desnudarla lo habían hecho encima de las frías y duras lápidas. Zinat se había resistido, pero ante la insistencia del imán se había limitado a abrazarlo y entregarse a él.

«Se acabó, no volveré a acercarme a ese hombre —se repetía Zinat cada vez que volvía a casa después de estar con él—. Ha estado bien y puedo darme por satisfecha de que nadie nos haya descubierto, pero tengo que acabar con esto y lo haré. Me iré de aquí una temporada; iré a pasar unos días a casa de mi hija en Qom. Iré a visitar la tumba de santa Fátima como arrepentimiento y penitencia. Eso es, mañana mismo haré las maletas y me iré.»

Pero no lo hacía y, en aquel preciso instante, iba de nuevo a su encuentro.

El imán la oyó subir la escalera con sigilo. Zinat desapareció unos segundos en la oscuridad, pero al poco fue a lavarse las manos en la alberca de la mezquita y se echó agua en la cara.

El imán le propuso volver a la cripta. Zinat se negó al principio, pero cuando él la sujetó con sus manos recias y le sobó los senos, acabó cediendo. Él la cogió en vilo, abrió la puerta del sótano con el pie y empezó a bajar la escalera.

En el fondo de la lóbrega cripta había una vela encendida encima de una alta losa. El imán le quitó la ropa, los zapatos y los calcetines y, descalza, la condujo hasta donde estaba la vela. Entonces sacó un racimo de uvas, lo puso sobre el pecho desnudo de ella y empezó a comer. El jugo de la fruta resbalaba sobre los senos y el vientre y él lo lamía; Zinat se sentía morir de gozo.

Tan enzarzados estaban en aquel juego que no vieron cómo una linterna pasaba por delante de los ventanucos del sótano.

El imán, ebrio de Zinat, empezó recitar en voz alta el sura Al Falaz, el alba, mientras la cubría.

Me refugio en Él,el Señor del albadel mal que hacen sus criaturasdel mal de la oscuridad cuando se extiende…Mientras él salmodiaba, Zinat lo escuchaba con los ojos cerrados. Ninguno de los dos percibió que alguien bajaba la escalera del sótano con una linterna. Hasta que de pronto atisbaron la luz y oyeron pisadas. Zinat apartó al imán de un empujón, cogió su velo negro y buscó el amparo de la oscuridad.

El imán se volvió y acertó a ver la silueta con la linterna encima de la cabeza.

—¡Imán, haz las maletas!


Peregrinación

 

Aga Yan mandó llamar a otro imán, un anciano de Saruq, un hombre tranquilo que solía hablar en sus sermones de la vida de los santos. Aga Yan estaba contento con la elección, convencido de que un poco de tranquilidad no le iría mal a la mezquita.

Pasaron tres meses y a los peregrinos que habían ido a La Meca les llegó el momento de volver a casa. Aga Yan quería organizarles a las abuelas una gran fiesta de bienvenida en la que estuvieran presentes todos los miembros de la familia.

La fiesta de bienvenida era siempre un acontecimiento muy especial. Las casas de los peregrinos se decoraban con luces de colores, se extendían alfombras en los patios y se hacían ofrendas. Durante esa semana, los familiares, amigos y vecinos acudían a felicitar a los recién llegados y eran agasajados con una comida de celebración. Durante esos mejmuni, el peregrino recibía el título honorífico de hajj, si era varón, o hajja si era mujer, un título que podían llevar con orgullo el resto de su vida.

Aga Yan le escribió una carta a su hermano Nosrat:

«Querido hermano: últimamente siempre estás lejos, me gustaría verte en casa más a menudo. He invitado a todo el mundo para celebrar el regreso de las abuelas y querría que tú también estuvieras presente. Intenta llegar puntual. Las abuelas han dedicado toda su vida a esta casa, es tu deber asistir a la fiesta más importante de su vida. Aquí todos echan mucho de menos al tío Nosrat. ¡Hasta pronto!»

Nosrat llamó a los pocos días: «Lo siento mucho pero no podré asistir, tengo una cita muy importante. Te prometo que iré después, ya os lo compensaré.»

La noche que las abuelas debían volver a casa, Nosrat iba a ir al teatro de Teherán, en la calle Lalezaar, para oír cantar a Mahwash. Nosrat tenía un contrato con el teatro para realizar unas sesiones de fotografías artísticas a varias cantantes famosas de Teherán. Era un encargo importante que no quería perder por nada del mundo: si lograba sacar unas cuantas instantáneas buenas, su reputación como artista quedaría consolidada.

Mahwash era el nombre de una estrella de la canción que había cambiado las noches de Teherán, y no precisamente por su voz, sino por sus movimientos, sus brazos, pechos y muslos. Era la viva encarnación de la mujer con la que todo persa soñaba, y se convirtió en el símbolo de una nueva era en la que las mujeres dejaban el velo en casa y salían a la calle a cara descubierta.

Los hombres se morían de deseo al ver a Mahwash en el escenario; ella los hechizaba con su forma de cimbrear los brazos desnudos y los pechos que asomaban por el escote, y los volvía locos con aquellos tacones altos, la falda ceñida y brillante y los labios pintados de carmín. Desvelaba los secretos ancestrales de las mujeres persas al tropel de hombres que acudían a ver sus representaciones. Los directores de los teatros de la capital la recibían como a una diosa y los fotógrafos se agolpaban ante ella.

Era la primera mujer en la historia de la nación en mostrar sus voluptuosidades en un escenario con aquellos vestidos tan asombrosamente ceñidos. Alzaba sus carnosos brazos y movía sus imponentes muslos, para de pronto ladear el trasero y cantar con voz seductora:

 

Dishab ke az Hend u ma dámBa machine Benz u ma dámYone man beqoIn kun kaye?Anoche volvía a casade la India,en un Mercedes-Benz,claro está,Anda, sed sinceros¿Tengo torcido el trasero?—No, no, ¿quién ha dicho eso? —la jaleaban los hombres, divertidos.

Madar shuhar!, ¡mi suegra! —contestaba ella.

Ba to laye… sólo tiene envidia de tu trasero —respondían ellos a coro.

Todos los días el periódico publicaba una foto de la cantante, pero hasta entonces ningún fotógrafo le había hecho un retrato más personal. Nosrat, que tenía buenas relaciones con el director de teatro Molanrug, lo convenció para que le permitiera hacer a la cantante un reportaje que resistiera el paso del tiempo.

Habían quedado en que ella lo recibiría en su casa, sólo porque el director del teatro le había dicho que se trataba de un fotógrafo muy especial y que no hacía aquel encargo por dinero sino por ella.

En el preciso instante en que Nosrat entraba en casa de Mahwash, Aga Yan se hallaba en su coche, camino de la estación, para recibir a las abuelas. A su lado iba Fagri Sadat y detrás una comitiva de vehículos con familiares y amigos.

El tren que estaba a punto de entrar en la estación iba lleno de peregrinos que llevaban ya tres semanas de viaje. Primero habían salido de La Meca en autobuses rumbo a Medina para ver la tumba del profeta Mahoma; después, habían abandonado Arabia Saudí para visitar las santas ciudades de Nayaf y Kerbala en Irak. Allí estaban enterrados el santo Alí y el santo Hussein respectivamente y, por último, habían cruzado el río fronterizo Arvandrud para regresar a su patria en tren.

Todos estaban deseando ver a las abuelas, especialmente los más jóvenes, pues sabían que, fieles a la tradición, les traerían regalos de La Meca. Relojes que se iluminarían en la noche como diminutas linternas y despertadores que harían sonar breves textos sagrados. Anillos y pulseras para las chicas y cinturones con proverbios para los chicos. Los obsequios de La Meca eran dones inolvidables que todo el mundo valoraba mucho; no eran meros regalos comprados en cualquier tienda, sino recuerdos de La Meca, la ciudad que albergaba la casa de Dios, la Kaaba, que vio nacer a Mahoma y en la que en otros tiempos Jadiya, la mujer más rica de La Meca, llegó a poseer tres mil camellos.

El tren que estaba a punto de llegar era un convoy especial que pasaba por las principales ciudades del país repartiendo peregrinos. La empresa ferroviaria había cuidado con esmero el interior de los vagones, que estaban decorados con banderitas verdes: el color del islam. De las ventanas colgaban telas también verdes con textos sagrados y todos los peregrinos llevaban un pañuelo del mismo color.

El tren silbó al hacer su entrada en la ciudad e irrumpió en la estación con los faros encendidos. En cuanto se hubo detenido del todo, la banda militar empezó a tocar con brío un himno de bienvenida.

Aga Yan aparcó el coche en la plaza de la estación. El jefe salió a recibirlo con su uniforme de gala y lo saludó desde la escalera. Luego esperó a que llegaran los demás familiares y los condujo a todos hasta la sala donde recibían a las personalidades importantes. Unos sirvientes acudieron con té y galletas, servidos en bandejas especiales de la compañía ferroviaria. Los cantantes de la mezquita entonaron melodiosos suras por los micrófonos y algunas mujeres mayores llevaban hornillos en los que quemaban esfand y esparcían nubes de oloroso humo. Las familias se agasajaban mutuamente con dulces y refrescos, y numerosos empleados de la estación pasaban con cuencos de agua de rosas que vertían en las manos de los visitantes.

Ése era el tren que traía a las abuelas de vuelta a casa. Centenares de peregrinos agitaban sus pañuelos verdes por las ventanillas saludando a la multitud que esperaba en el andén. Los tres vagones en que viajaban los peregrinos de Seneyán y los pueblos vecinos se detuvieron justo a las puertas de la estación. Los hajjs y hajjas fueron saliendo, cargados con pesadas maletas, y el jefe de estación les dio la bienvenida por el megáfono.

—¿Dónde están las abuelas? —preguntó Fagri Sadat.

—Probablemente aún estén en el tren —contestó Zinat Janum—. Ya las conoces, querrán dejar el vagón bien limpio y recogido antes de salir.

—Shabal, ¿podrías ir a mirar dónde se han metido? —le pidió Aga Yan—. Temo que el tren vaya a arrancar de nuevo mientras ellas siguen atareadas en el vagón.

Shabal buscó a las abuelas pero no dio con ellas.

—¡No están! —les gritó a los demás desde la ventanilla.

—Corre y mira en todos los vagones, es posible que se hayan perdido.

Era un tren muy largo y Shabal fue corriendo de un vagón a otro. Mientras, Aga Yan puso en antecedentes al jefe de estación.

—Las viajeras que esperamos aún no han aparecido, tal vez se hayan equivocado de compartimento y no sepan que tienen que bajar aquí.

El jefe tomó nota de sus nombres y fue a su despacho. Encendió la megafonía y dijo bien alto:

—Aviso importante. ¡Este mensaje es para las hajjas Jolbanú y Jolebé! Tienen que apearse en esta estación. Repito, las hajjas Jolbanú y Jolebé deben bajarse del tren ahora.

Pasaron diez minutos y ni rastro de las abuelas. Shabal llegó corriendo.

—He buscado por todos los compartimentos y no están. Quizá se han bajado en otra estación.

Los peregrinos se iban y el andén fue quedándose vacío. El maquinista subió y las puertas del tren se cerraron. La voz del jefe de estación volvió a sonar:

—Aviso urgente. Se ruega a las señoras Jolbanú y Jolebé que se presenten en el vestíbulo de la estación.

El maquinista esperó unos minutos más, luego echó un vistazo a su reloj e hizo sonar el silbato. El tren se puso en marcha y abandonó la estación dejando atrás a Aga Yan y su familia.

Durante toda la semana siguiente, con la ayuda del jefe de estación, Aga Yan llamó a todas las estaciones ferroviarias entre el río Arvandrud y Seneyán, pero nadie había visto a las abuelas. Visitó a todos los peregrinos que habían regresado de La Meca, pero tampoco ellos supieron darle noticias. La última vez que habían visto a las abuelas fue en La Meca y supusieron que habrían ido con otra caravana. A Aga Yan sólo le quedaba esperar la nota oficial de los guías de la organización, pero éstos no volvían hasta dentro de unas semanas, después de zanjar los asuntos administrativos del viaje.

No era frecuente que lloviera en verano, pero sobre la ciudad se cernían nubes oscuras procedentes del desierto. Había empezado a chispear cuando llamaron a la puerta.

Shabal encendió la luz y fue a ver quién era. Se trataba de Hayi Mustafá, el organizador de la peregrinación a La Meca. Traía una maleta en cada mano.

—Buenas noches, ¿está Aga Yan en casa?

—Si puede esperarse un momento, iré a buscarlo.

Shabal desapareció y al poco regresó presuroso para acompañar a Hayi Mustafá al estudio de Aga Yan. Cuando entró, dejó las maletas en el suelo y abrazó a Aga Yan.

—Nunca me había pasado nada igual —se lamentó—. Es una extraña historia y te confieso que no sé si llamarla bendición o tragedia. Será una bendición si se han perdido en la casa de Dios, pero una tragedia si se hallan en cualquier otra parte —añadió compungido.

—Cuéntame exactamente qué ha pasado.

—Aquí tienes sus maletas. Las abuelas desaparecieron en el desierto de La Meca como si fueran dos gotas de agua. Las he buscado por todas partes, en La Meca y por todas las comisarías de policía, hospitales, mezquitas, pero ni rastro de ellas. Estuvieron con el resto del grupo hasta el último día y todo iba de maravilla, se las veía con fuerzas y felices. Pero sucedió algo curioso: una hora antes de partir hacia Medina, vinieron a verme, dejaron sus maletas junto a mi escritorio, se cubrieron con los velos y se fueron sin decirme ni una sola palabra. Creí que querían ir por última vez al mercado para comprar algunos recuerdos más, pero ya no volvieron. Aquí tienes sus maletas. No sabes cuánto lo lamento, quizá debería haberlas vigilado más. Te pido mil perdones, haré todo cuanto esté en mi mano para encontrarlas. Te mantendré informado.

Hayi Mustafá se fue y Aga Yan se quedó solo con Shabal.

—No creo que se hayan extraviado o que se perdieran en La Meca —le confesó a Shabal.

—Entonces, ¿qué es lo que cree?

—Que se escondieron detrás de la sagrada cortina de la Kaaba. No querían o no quieren volver a casa.

—¿Y por qué habrían de esconderse? —preguntó Shabal, asombrado.

—Desean encontrar su final en La Meca, es la muerte más hermosa que un musulmán pueda desear. Yo diría que han llegado a la conclusión de que ya han vivido todo lo que les tocaba vivir. Se encontraban ante un dilema: volver a casa y aguardar a que les llegara una muerte normal, o entregar el alma en la Kaaba, la morada de Dios. Si uno fallece en la Kaaba va directo al paraíso. Dime, ¿qué elegirías tú si estuvieses en el lugar de las abuelas?

—No puedo creer que se hayan quedado allí a sabiendas. ¿Cómo ha llegado usted a esa conclusión?

—Me resulta difícil de explicar. Las abuelas han vivido cincuenta años con nosotros y durante todo este tiempo han sido testigos de las historias ajenas; ahora quieren vivir su propia historia.

Shabal sonrió.

—Abramos las maletas. A lo mejor hay alguna carta —propuso Aga Yan.

Shabal abrió las maletas. Estaban repletas de regalos: relojes, pulseras de oro, anillos, coloridas telas que deslumbraban a la luz de la lámpara; montones de magníficos presentes de La Meca para los habitantes de la casa.

—Aquí tienes la prueba —concluyó Aga Yan—. No han dejado ningún objeto propio en las maletas, ni siquiera su mortaja de La Meca. Todo peregrino sueña con comprar una mortaja en La Meca, es lo primero que hacen al llegar. Con ella serán enterrados. Las abuelas las llevan consigo, quizá hasta se las hayan puesto debajo de la ropa.

—¿Lo dice en serio? —se sorprendió Shabal—. ¿Y qué vamos a decirles a los demás?

—La verdad. ¿Podrías poner las maletas detrás del escritorio y decirles a todos que vengan?

Shabal hizo lo que le pedía y fue a avisar a los demás.

—Hayi Mustafá acaba de estar aquí —les anunció Aga Yan en cuanto todos estuvieron presentes—, pero lamentablemente no ha traído noticias nuevas. Eso sí, mantiene contacto diario con la policía de La Meca y nos avisará de inmediato en cuanto se produzcan novedades.

Todos estaban conmocionados y escuchaban a Aga Yan en silencio.

—¿Significa eso que ya no volveremos a ver a las abuelas? —dijo Nasrin, la hija mayor de Aga Yan.

—No pueden ir a ninguna parte, la policía las acabará encontrando —opinó su hermano Yawad.

—Lo sé. Hayi Mustafá ha hecho todo cuanto estaba en su mano. Quién sabe, quizá cogieran el tren hacia otra ciudad. A La Meca acuden millares de peregrinos, pueden haber pasado muchas cosas. Pero las abuelas han tenido un gesto muy entrañable. Le dieron a Hayi Mustafá los regalos que habían comprado para vosotros y, en mi opinión, es una señal de que se encuentran bien. ¡Shabal, trae las maletas!

Shabal dejó las maletas encima del escritorio y las abrió. Todos se quedaron boquiabiertos ante tanta belleza y abundancia. Había relojes, despertadores, collares, babuchas, diademas, perfumes, velos de colores, blusas preciosas y bolsos. Cada objeto venía con una tarjetita en la que figuraba el nombre del destinatario. A Nasri y Ensi, las hijas de Aga Yan, les habían comprado unas bonitas blusas, y para su hijo Yawad una gorra y un reloj; para Fagri Sadat, un juego de maquillaje; para Muecín, un bastón plegable, algo que nadie había visto hasta entonces. Zinat Janum recibió una antología de poesía de los poetas de La Meca; Aga Yan, una pluma con el grabado del santo Alí en la tapa, y Shabal, un reloj y un corte de tela azul oscuro con finas rayas blancas para que se hiciera un traje.

Todos estaban contentos, elogiaban a las abuelas por su buen gusto y admiraban los regalos de los demás, hasta que de pronto oyeron un grito procedente del exterior. Una mujer se lamentaba mientras otra la insultaba a grandes voces. No era frecuente que se produjeran altercados entre las mujeres, más bien era algo insólito. Vieron a dos mujeres peleándose en la azotea de la casa vecina situada al lado de la biblioteca.

—Son las dos esposas de Hayi Shishegar —dijo Zinat Janum.

Hayi Shishegar rondaba los sesenta años. Había ido a La Meca con el grupo de las abuelas y acababa de volver a casa. Comerciaba con objetos de cristal y poseía una gran tienda en el zoco.

Tenía dos esposas, Akram y Tala. Akram le había dado siete hijas, pero él deseaba un hijo y por eso se había buscado otra esposa. Tras mucho tiempo, por fin encontró a Tala, una mujer joven, y la tomó por esposa; sin embargo, resultó que los primeros tiempos ella no se quedaba encinta.

—¡No lo hagas! ¡No me pegues! ¡Lo siento mucho! ¡No lo sabía, de verdad que no lo sabía! —suplicaba Tala.

Pero Akram no se calmaba y, profiriendo un alarido, cogió a Tala del pelo y volvió a abofetearla.

—¡Basta ya! ¡No he hecho nada malo! Tus hijos son también mis hijos; te lo suplico, no lo hagas.

Zinat Janum, que había llegado a la azotea por la escalera, se interpuso entre las dos.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué os peleáis?

—Por nada —contestó Tala.

—¿Por qué le pegas entonces, Akram? ¿Y por qué estáis armando este alboroto en la azotea, si puede saberse?

—Hayi está en casa, por eso; tiene visita y yo… yo…

—¿Y tú qué?

—Yo estoy embarazada —dijo Tala en un susurro.

Akram, la primera esposa de Hayi, se marchó llorando.

—¡Tala está embarazada! —gritó Zinat.

Mobarak! Mobarak! —corearon las hijas de Aga Yan desde el otro patio en penumbra.

Durante su estancia en La Meca, Hayi Shishegar le había pedido a Dios en la Kaaba que le enviara un hijo y Él le concedió gemelos, dos varones a la vez.

Transcurrieron los meses en la casa de la mezquita. No se tenían noticias de las abuelas.

El regreso

 

Cuando Shabal se dirigía a la cocina una mañana para desayunar, vio a una mujer con una maleta sentada en el banco que había junto a la alberca. Sólo después de que dejara resbalar el velo hasta los hombros, la reconoció.

—¿Eres tú, Sediq?

Cuando Jaljal se dio a la fuga a raíz de los disturbios acaecidos en el cine de Seneyán, Sediq también regresó a Qom para estar con él y desde entonces no había vuelto a la casa de la mezquita.

Zinat abrazó y besó a su hija y le preguntó qué había sucedido, por qué había regresado a casa con aquel aspecto tan afligido. Sediq escondió el rostro en el hombro de su madre y se echó a llorar, pero no dijo nada.

Zinat sabía que su hija no era feliz con Jaljal, que él nunca le había dado una vida familiar normal. Sediq tenía prohibido recibir a nadie en su casa y vivía permanentemente con el corazón en un puño. Jaljal se ausentaba de casa con frecuencia dejándola sola, nunca le hablaba de sus actividades y ella no podía contarle nada a su familia.

La sonrisa que antaño bailaba siempre en sus labios había desaparecido; un velo de tristeza le ocultaba el rostro.

—¿Qué ha pasado?

Sediq no quería soltar prenda.

—¿Es que te has ido de casa? ¿Os habéis peleado?

Negó con la cabeza.

—Cuéntame qué ha sucedido.

Pero ella no dijo palabra.

Sediq se paseaba por el patio recordando tiempos pasados.

Jaljal se había ido por varios meses y la había dejado sola en casa sin decirle ni dónde estaba ni cuándo pensaba volver. Un día, recibió una carta en la que él le advertía: «No voy a regresar a casa de momento y es probable que mi ausencia se prolongue bastante tiempo. Vuelve con tu familia. ¡No hables con nadie de esto!»

Sediq callaba pero todos sabían que el motivo de su regreso era el fracaso de su matrimonio. La muchacha estaba ante un dilema. ¿Querría volver a su casa si su marido regresaba; regresar a aquella espantosa casa de Qom? ¿Querría vivir de nuevo con él? ¿Compartir con él su cama? Pero bien sabía que no tenía muchas opciones como mujer. Si él la quería de vuelta en casa, tendría que obedecer.

«No, no pienso volver con él —se decía—, y si me obliga, gritaré y gritaré hasta que todos los fieles de la mezquita hayan subido a la azotea.»

Fue a la cocina y sintió el vacío que las abuelas habían dejado.

Mientras Jolebé y Jolbanú vivían en la casa, la cocina siempre había estado impecable; sin embargo, ahora no había nada en su sitio, aquello era un caos. El cubo de la basura, lleno; los botes de especias que siempre estaban bien ordenados en una repisa de la alacena, esparcidos por el armario. Tampoco se olía ya el delicioso aroma de la fruta fresca que solían tener en una bandeja sobre la encimera. Sediq empezó a ordenar la cocina. Sacó el cubo de basura, limpió los botes de especias y los ordenó como antaño. Recogió las sartenes, barrió el suelo, limpió las ventanas y regó las plantas. A continuación, puso una sartén al fuego y empezó a cocinar.

Cuando todos volvieron a casa por la noche, vieron la luz de la cocina encendida y en el patio percibieron exquisitos aromas a comida recién hecha.

Sediq puso la mesa en el comedor y por primera vez en mucho tiempo, la familia se reunió en torno a ella para comer.

Nadie hizo preguntas ni mencionó a Jaljal. Todos sabían que Aga Yan ya se encargaría de hablar de ese tema con Sediq cuando llegara el momento oportuno.

Todos disfrutaron mucho de la cena, pues echaban en falta una buena comida. Cuando los demás se retiraron de la mesa, Sediq siguió trajinando en la cocina hasta bien entrada la noche. Después de fregar los platos, se sentó un rato junto a la ventana y en la oscuridad distinguió su maleta, aún al lado del banco de la alberca. Zinat le había propuesto a su hija que durmiese en su cuarto, pero Sediq había declinado el ofrecimiento.

Fue hasta el desgastado espejo de la cocina donde las abuelas solían mirarse y éste le anunció que había comenzado una nueva etapa en su vida. Había abrigado dudas todo el día, pero ya no. Se puso en pie, apagó la luz de la cocina y se dirigió al sótano.

—¿Quién anda ahí? —preguntó Muecín.

Sediq se sobresaltó.

—¿Eres tú, Sediq? ¿No me engaña mi oído?

—Sí, soy yo.

—No estaba seguro; tus pasos suenan distintos, apenas te he reconocido. ¿Qué buscas por aquí a estas horas de la noche?

—Una llave, tiene que estar en alguna de esas viejas cajas.

—¿Qué llave es ésa?

—La del cuarto junto a la escalera de la mezquita, el que está entre el estudio de Aga Yan y la escalera.

—¿Y tienes que encontrarla ahora mismo?

Sediq rebuscó en las viejas cajas, pero no tuvo suerte.

—Echa una ojeada detrás de la bóveda, ahí hay otra caja, coge una vela o no verás nada —le aconsejó Muecín.

En un pequeño nicho había una linterna y una caja de cerillas. Sediq encendió la vela de la linterna y fue hasta la caja. Hurgó, pero tampoco dio con la llave.

—Sé que hay otra caja más allá, en ese armario. A lo mejor está allí —sugirió Muecín.

Sediq encendió la luz del taller y vio que Muecín estaba delante del horno, ocupado en una de sus vasijas.

—Ten cuidado, ahora mismo acabo de dejar algunos objetos ahí.

Ella anduvo con tiento entre las vasijas recién cocidas hasta la caja y la abrió.

Había algunos viejos abrigos de caballero y bastones.

—¿La has encontrado?

—No, aquí sólo hay ropa.

—Tienen que estar ahí, oí tintineo de llaves cuando las abuelas ordenaban esas cajas.

Sediq sacó la ropa y de pronto oyó el sonido atenuado de las llaves.

—¡Helas ahí! —exclamó Muecín.

Sediq regresó al patio, pasó por delante del estudio de Aga Yan y se detuvo delante de la tercera puerta. Una a una, fue probando todas las llaves. Hubo una que entró en la cerradura, pero no consiguió girarla. Regresó al taller en busca de Muecín.

Él le puso un poco de aceite a la cerradura e intentó abrirla, pero seguía sin funcionar.

—Ya no recuerdo la última vez que se utilizó este cuarto. Tanto la llave como la cerradura están herrumbrosas.

Muecín deseaba preguntarle por qué se empeñaba en abrir esa puerta precisamente, y a las tantas de la noche. Si quería un sitio para dormir, haría mejor utilizando el cuarto de huéspedes. Pero en lugar de hablar, se limitó a engrasar más la cerradura e hizo un nuevo intento.

—Ahora ya va mejor, sí, creo que ya la tengo, gira… espera, se ha encallado. Tendría que darle unos golpecitos con un martillo, pero todos están durmiendo ya, temo despertarlos.

Aun así, Muecín fue a su cuarto a buscar el martillo, le dio unos golpes y la accionó.

—¡Ya está! Pero no entiendo qué demonios se te ha perdido en este cuarto a estas horas —le espetó, y sin esperar una respuesta, se volvió a su habitación y apagó la luz.

Sediq abrió la puerta despacio.

La habitación estaba a oscuras. Buscó a tientas el interruptor pero no funcionaba, así que volvió al taller a buscar la linterna y entró de nuevo en la estancia.

Todo, hasta la alfombra del suelo, estaba cubierto con sábanas blancas sobre las que había una fina capa de polvo. Sediq las fue retirando con cuidado y las dejó fuera.

Había una cama y a su lado un viejo espejo. En el perchero vio un velo y, debajo, unas zapatillas. Encima de la mesilla de noche halló un peine, una cajita de polvos y un juego de maquillaje. En la pared de la cama había un par de estantes con libros. En la estufa de madera había un vaso y un cuenco y vio algunos vestidos colgados en el armario.

Fue a buscar sábanas limpias al cuarto de lavar. Luego cogió su maleta, la entró en la habitación y la dejó junto al armario. Hizo la cama, se acurrucó bajo las mantas, cerró los ojos y se sumió en un sueño profundo.

Por la mañana temprano, los demás la encontraron muy atareada en el cuarto. Sacudió las alfombras y limpió a fondo todas las ventanas. Shabal le puso un nuevo cable eléctrico.

Aquella noche, en el cuarto de la escalera se veía luz encendida detrás de los cristales de colores, que proyectaban en el suelo haces rojos, verdes y amarillos.

Una noche que Sediq se hallaba en el umbral de la puerta mientras las lucecitas rojas, verdes y amarillas convergían sobre su vientre, Aga Yan anotó en su cuaderno: «Sediq está embarazada.»


Guerrilla

 

En las puertas del zoco había policías pegando carteles en la pared. Eran los retratos en blanco y negro de cuatro hombres con bigote y gafas. Debajo, un texto rezaba: «¡Presos fugados! ¡Comunistas armados! Quien pueda dar una pista será recompensado con 10.000 tumanes

En la primera página del periódico local aparecían también las fotos de los presos huidos, con el siguiente titular: «Cuatro terroristas peligrosos andan sueltos por la ciudad.»

Había mucha agitación en las puertas del zoco y se veían corrillos de hombres hablando. No sabían nada del comunismo, pero sí sabían que los comunistas eran gente peligrosa que no creía en Dios.

El periódico incluía asimismo la entrevista con un pastor que creía haber visto a los fugitivos.

—¿Llevaban armas? —preguntó el entrevistador.

—Sí, iban a caballo y llevaban un tofang al hombro.

—¿Dónde se cruzó usted con ellos?

—No me los crucé, yo estaba reuniendo mi rebaño y había echado a correr detrás de una cabra. De pronto vi cuatro jinetes y supe de inmediato que eran forasteros. Iban erguidos en las monturas como si fueran sultanes, uno no ve a gente así por las montañas.

—¿Habló con ellos?

—Al principio no, pero luego sí, aunque no les vi la cara; cabalgaban monte arriba, de modo que sólo les vi la espalda. Se dirigían a la cima, para mí que querían cruzar al otro lado, hacia la frontera con Afganistán. De pronto uno de ellos dio la vuelta, vino hasta mí y me preguntó si podía darle pan y algo de leche.

—¿Y se lo dio?

—Sí, pero es que yo no sabía que eran comunistas, si no, no lo habría hecho.

—¿Y no le preguntó usted su nombre?

—Pues no, no se suele preguntar el nombre a un desconocido de buenas a primeras. Cogí un cuenco y me puse a ordeñar una de las cabras.

—¿Qué hizo el hombre después de que usted le diera pan y leche?

—Me tendió la mano y después de estrechar la mía dijo: «Le ruego que me perdone por no poder pagarle.»

—¿Dijo algo más?

—Sí, dijo que quería acordarse de mi cara.

—¿Qué quiso decir con eso?

—No lo sé, pero al día siguiente vi sus fotos en la gendarmería de nuestra aldea. Cuatro terroristas. ¡Y yo les di mi pan!

La gente de a pie no tenía ni idea de lo que estaba pasando, pero los que escuchaban en secreto la emisora persa Radio Moscú sí estaban enterados de todo.

Los hombres que habían huido eran cuatro miembros importantes de un movimiento clandestino de izquierdas, que habían sido arrestados años atrás durante una revuelta en los bosques de la provincia septentrional de Shomal. Eran los cabecillas del llamado «Grupo del Bosque».

Esa organización guerrillera de izquierdas, con marcado carácter antiamericano, intentaba fraguar una sublevación contra el sah en la región boscosa del norte.

La mayoría de los pobladores de las montañas vivían en la pobreza y en condiciones muy precarias. Las aldeas no tenían escuelas, médicos ni teléfonos. Farahán, el pueblo natal de Hamid Ashraf, no recibía la menor atención por parte de las autoridades, que desatendían sistemáticamente el lugar a causa de las actividades políticas de Ashraf.

Hamid Ashraf había estudiado biología en la Universidad Técnica de Teherán. Aquellas aulas se habían convertido en un vivero donde se gestaban todos los movimientos de izquierdas del país. Ashraf era un joven líder que se había separado del partido comunista tradicional, el Tudeh, para formar una organización clandestina llamada Fadai, que había iniciado una lucha armada contra el sah.

Los hombres de aquel pueblo montañoso siempre se habían mostrado contrarios al régimen del sah, por lo que el lugar era conocido como la Aldea Roja, y sus paisanos estaban orgullosos de Ashraf y del sobrenombre que les habían dado.

Mientras que en otros pueblos no había ni un solo aparato de radio, en la Aldea Roja se escuchaba Radio Moscú.

En cuanto los aldeanos se enteraron de que Ashraf se había fugado de la cárcel, la noticia se extendió por las montañas.

Los hombres de la Aldea Roja acusaron al periódico de decir estupideces y aseguraban que no existía tal pastor; no eran más que burdas mentiras de la policía y los servicios secretos. Otros, en cambio, decían que el pastor había sido sobornado por la gente de la Aldea Roja para despistar a las autoridades.

Los simpatizantes de las organizaciones de izquierda de todo el país hablaban sobre aquel pueblo y se habían forjado una imagen idealizada del lugar. Aseguraban que todos sus habitantes eran comunistas, que en los días festivos colgaban banderas rojas en las puertas de las casas y que los gendarmes del sah no se atrevían a entrar allí.

Por entonces, la mayor parte de los habitantes de las montañas eran analfabetos, pero se decía que en la Aldea Roja todos sabían leer y escribir, porque maestros de izquierdas iban al pueblo en secreto para enseñarles.

Radio América emitió un reportaje sobre la fuga de Hamid Ashraf en el que se sugería que los aldeanos podrían haber proporcionado un escondite a Hamid y sus camaradas.

Al día siguiente, catorce carros blindados irrumpieron en el pueblo, guiados desde el aire por varios helicópteros. En las montañas nadie había visto hasta entonces un helicóptero de cerca, de modo que los aldeanos dejaron sus quehaceres y subieron a los cerros a contemplar el espectáculo.

Los artefactos volaban tan bajo que desde tierra se veía a sus ocupantes. Los lugareños habían dejado las puertas de sus casas abiertas de par en par para evitar que la policía las echara abajo, y muchos habían subido a las azoteas en señal de protesta.

Los soldados registraron casa por casa e interrogaron a las personas que estaban en los tejados. Pese a las precauciones, derribaron muchas puertas y pusieron la aldea patas arriba. Y aunque no hallaron ni rastro de los guerrilleros huidos, arrestaron a varios jóvenes que no pudieron demostrar que vivieran en el pueblo o tuviesen familia allí. Sólo al caer la noche, la policía y los militares concluyeron la búsqueda y abandonaron el lugar.

Aquella noche, Shabal no volvió a casa. Muecín, que había escuchado las noticias por la radio, empezó a preocuparse. Fue a ver a Aga Yan y le dijo que su hijo no había regresado aún.

Aga Yan había visto los retratos de los guerrilleros fugados en la plaza del zoco y estaba enterado de la huida de Hamid Ashraf. Conocía bien la Aldea Roja pues había allí varios talleres que tejían alfombras para él. También los lugareños conocían y respetaban a Aga Yan, pero a él jamás se le habría ocurrido que Shabal pudiera estar involucrado en las reuniones comunistas que se organizaban allí. Permaneció despierto hasta bien entrada la noche esperando a su sobrino, pero el muchacho no volvió.

—¿Tienes idea de dónde puede haber ido? —le preguntó a Muecín.

—Esta mañana vino a verme al sótano y me dijo que se iba y que volvería tarde a casa, pero no pensé que sería tan tarde.

—Probablemente sea una tontería, pero ¿crees que el chico podría tener algo que ver con Farahán?

—¿Con la Aldea Roja?

—Las autoridades han entrado en el pueblo haciendo un alarde de fuerza, lo he oído en el zoco, han arrestado a mucha gente.

—¿Y qué tiene que ver Shabal con eso? —inquirió Muecín, perplejo.

—En los tiempos que corren, todo tiene que ver con todo. Hoy había mucho revuelo en la ciudad, la Aldea Roja estaba en boca de todo el mundo. Pero, en fin, es medianoche pasada y lo único que podemos hacer es esperar. No debemos inquietarnos, será mejor que vayamos a dormir, ya veremos qué nos depara el día de mañana.

Muecín no dijo nada más y se retiró a su cuarto, pero de pronto a Aga Yan le vino algo a la mente.

—¡Espera! —gritó—. Imagínate por un momento que Shabal hubiera ido al pueblo y estuviese arrestado; en ese caso, deberíamos revisar sus cosas antes de que lo haga la policía. No sería la primera vez que se presentan en nuestra casa.

Aga Yan fue al cuarto de Shabal y empezó a registrar sus pertenencias. Para su sorpresa, halló una pila de libros debajo de la cama y otros tantos guardados en el armario; aquellos libros eran distintos de los que había en la biblioteca de la casa. Novelas, relatos y poesía moderna. También había libros clandestinos que criticaban duramente el régimen del sah, tachándolo de ser una burda prolongación del imperialismo estadounidense.

Hojeó los libros, pero no disponía de tiempo suficiente para estudiar a fondo aquel material, debía darse prisa. Lo metió todo en una bolsa y, al amparo de la oscuridad, la arrojó al río.

Shabal no regresó a casa aquella noche, tampoco la policía se presentó a su puerta.

Por la mañana, Aga Yan empezó su trabajo como si no pasara nada. Alrededor de las diez sonó el teléfono.

Era el jefe de policía y le pidió que acudiese a la comisaría.

Aga Yan se puso el sombrero e indicó a su chófer que lo llevara. Una vez allí, se sentó con aplomo en la silla que el inspector le ofreció.

—Hemos arrestado a su sobrino junto a un grupo de desconocidos —le informó el comisario.

—¿Arrestado? —repitió Aga Yan manteniendo la calma—. ¿Por qué motivo?

—Se hallaba en la Aldea Roja y en el abrigo llevaba un libro y una radio portátil.

—¿Qué hay de malo en tener una radio? Hoy en día todo el mundo tiene una.

—La tenía sintonizada con Radio Moscú.

—Es posible que no esté usted bien informado. Ese chico vive en la casa de la mezquita. En nuestra casa no tenemos necesidad de escuchar esa emisora.

—Así lo creo yo también, por eso mismo le he pedido a usted que viniera a verme.

—Se lo agradezco y aprecio el gesto —repuso Aga Yan.

—Mi pregunta es qué se le había perdido al chico en ese pueblo.

—Tenemos algunos talleres de alfombras en Farahán y muchos aldeanos trabajan para nosotros. Tengo por costumbre enviar regularmente a mis hombres para que inspeccionen el trabajo. Shabal fue allí con esa misión.

—Pero el libro que le encontramos en el abrigo era ilegal —arguyó el comisario.

—¿Qué libro es ése?

—Un libro sobre la Revolución rusa.

—¿Y por qué dice usted que es ilegal?

—Su autor es Máximo Gorki

—¿Quién es Máximo Gorki?

—Un escritor ruso. De haber pillado un libro como ése en el bolsillo de cualquier otro estudiante, le habrían caído por lo menos seis meses de prisión incondicional, pero su sobrino ha tenido la suerte de que lo conociéramos a usted. En esta ciudad nos necesitamos mutuamente, por eso lo dejaré ir por esta vez. Por usted y sólo por usted.

—Se lo agradezco y comprendo perfectamente lo que me dice. Cuando llegue a casa tendré una larga conversación con él —le aseguró Aga Yan al tiempo que se ponía en pie.

Poco después Shabal llegó a casa y Aga Yan lo llamó a su estudio.

—Tienes una radio y sintonizas Radio Moscú. ¿Qué significa esto? ¿Por qué yo no estaba enterado?

—La policía exagera un poco. Hoy en día todo el mundo tiene un televisor en casa, y no digamos ya una radio. Y todo el mundo la escucha. Yo suelo escuchar todas las emisoras, Moscú, la Voz de América, la BBC y también emisoras del país.

—Te han encontrado un libro comunista en el abrigo.

—Lo que estaba leyendo era una novela, una historia; los libros son libros, no importa de dónde vengan. ¡El inspector no puede decidir qué libros tengo que leer!

—¡Ya lo creo que puede, prueba de ello es que te ha arrestado!

—Puede arrestarme, pero no logrará imponerme su voluntad.

—¿Qué hacías en la Aldea Roja en plena noche?

—Ése es otro tema; sé que debería habérselo contado antes, pero tenía mis dudas. No es el mejor momento para hablar de este asunto, me temo que voy a darle un disgusto, pero si callo será aún peor.

—Habla, Shabal.

—Llevo ya bastante tiempo debatiéndome en una lucha interior. La duda crece y se hace más grande en mi cabeza.

—¿De qué dudas?

—De todo. No puedo hablar de ello, porque sigo dudando, no sé si me explico. El caso es que no puedo seguir yendo a la mezquita.

—Pero vas a la mezquita, yo te veo, estás siempre presente.

—Ya, pero se trata de mi presencia corporal, en realidad yo estoy ausente; mi cabeza está pensando en otras cosas mientras estoy arrodillado de cara a La Meca.

—¿En qué cosas?

—No me atrevo a decirlas en voz alta, por eso mismo pensé que sería mejor distanciarme de la mezquita y la oración.

—Dudar es humano, no debes sentirte culpable por el hecho de sentir dudas.

—Creo que ya estoy pasando la fase de duda, y perdiendo la fe. Ya no me siento cómodo en la mezquita —soltó Shabal atropelladamente.

Aga Yan se hundió más en la silla y Shabal vio que debajo del abrigo su mano aferraba el Corán que llevaba en el bolsillo.

—Lamento mucho causarle este dolor —musitó.

—Me duele mucho lo que dices, pero yo también tuve un período parecido en mi vida —confesó Aga Yan—. Pasará, tiene que ver sobre todo con la edad. En mi juventud no había radios ni televisores o libros de ésos. Esas cosas ejercen una gran influencia sobre ti, pero no tengo miedo, porque sé que no te he dado un mal ejemplo para que acabes negando a Dios. No hay nada que yo pueda hacer, así que esperaré. Pero hay una cosa que no debes olvidar: creo en ti, confío en ti. La duda forma parte de la vida. Ahora estás cansado, ve a descansar. Ya volveremos a hablar de esto en otra ocasión.

Con los ojos arrasados en lágrimas, Shabal se dio la vuelta para irse, pero Aga Yan lo sorprendió con otra pregunta:

—¿Sabes algo de los guerrilleros fugados?

—No —contestó, pero Aga Yan percibió que le ocultaba algo.

Aquella mañana muy temprano, cuando Aga Yan se dirigía al zoco, se topó con Jodsi la Loca por la calle.

—¿Cómo estás, Jodsi?

—¡Bien!

—¿Cómo está tu madre?

—¡Bien!

—¿Tienes noticias para mí?

—La hija de Moshiri anda por la calle enseñando las piernas.

Aga Yan no comprendió a qué se refería. Moshiri era uno de los comerciantes de alfombras más ricos del zoco. Tenía una hija de unos veinticuatro años con problemas mentales y por eso siempre la tenían encerrada en casa y no la dejaban salir.

—¿Qué dices que ha pasado con la hija de Moshiri? ¿Podrías repetirlo?

Jodsi inclinó la cabeza y dijo en un susurro:

—Hay fantasmas por la mezquita.

—¿Fantasmas? ¿Piernas desnudas? ¡Vamos, Jodsi, tienes que aclararme todo esto!

Pero ella desapareció por el umbral de la primera casa abierta que encontró.

Habían informado a la policía que en el sótano de la mezquita se habían detectado actividades sospechosas y pensaban que tal vez hubiese guerrilleros escondidos allí.

Aquella noche, dos agentes disfrazados de jóvenes imanes acudieron a la mezquita a la hora de la oración y se situaron detrás del imán suplente. Terminado el sermón, se quedaron sentados y entablaron conversación con el religioso. Le contaron que venían de Isfahán, que iban de camino a la ciudad santa de Qom y que tenían previsto pernoctar en una fonda de Seneyán.

El imán los invitó a tomar una taza de té en su cuarto y les contó que él estaba allí en calidad de suplente y que, si todo iba bien, en el plazo de un año, el hijo del difunto Alsaberi acabaría sus estudios y ocuparía el puesto de su padre. Los policías tomaron el té sin quitarle ojo al patio de la mezquita.

—¿Vive alguien más aquí o está usted solo?

—Vivo solo en la mezquita, pero el conserje casi siempre anda por aquí, la mezquita es su vida, aprecio mucho su dedicación, hace el trabajo de diez hombres. Viene muy temprano por la mañana y no regresa a su casa hasta entrada la noche.

—Me parece oír ruidos en el sótano —comentó el policía que acababa de salir fuera con un pretexto.

—Esta mezquita es antigua, muy antigua, y encierra muchos secretos. No me preguntéis quién entra y quién sale del sótano. Eso es algo que forma parte de las mezquitas centenarias. A veces oigo ruidos extraños, pisadas en la noche y voces apagadas: la mezquita tiene vida propia. Si uno duerme aquí, no debe prestar atención a esos ruidos. Hay que hundir la cabeza en la almohada y cerrar los ojos.

Al anochecer, oyeron pasos apagados en el patio. Los dos hombres se levantaron y se despidieron del imán. A continuación, envueltos en la oscuridad, se deslizaron hasta el ventanuco de piedra desde el que se veía el sótano.

Vieron una silueta con una vela en la mano. Parecía estar buscando algo; tal vez se trataba de un ritual. Llevaba algo en la mano izquierda, pero resultaba difícil distinguir qué era y qué hacía con ello. Hablaba con alguien o consigo mismo. Entró en el sótano y fue adentrándose en la negrura. Se oyó una puerta abrirse y la silueta desapareció.

Los agentes la siguieron con precaución, bajaron la escalera con tiento y se quedaron inmóviles, uno junto al otro, escuchando el silencio. No se atrevían a encender sus linternas, de modo que siguieron avanzando hasta el lugar donde la silueta había desaparecido, con cuidado de no tropezar con las lápidas. Al llegar junto a la puerta oyeron una voz débil y atisbaron una luz amarillenta por el quicio.

Los agentes se detuvieron delante de la puerta. La voz o las voces eran muy confusas; parecía como si alguien estuviese leyendo un texto o contándole algo a otra persona. Los agentes pegaron la oreja contra la puerta y oyeron frases entrecortadas que no lograban entender:

AspíraloCuando tengas miedo de élArrójalo al marNo temasY no te entristezcasLo devolveremos a tu ladoDe pronto se oyó un desgarrador grito de mujer. Los hombres se miraron, con el miedo en el rostro; no sabían si el sonido procedía del sótano o de la mezquita. Retrocedieron despacio sobre sus pasos y abandonaron el templo apresuradamente.

La mujer que había gritado era Sediq. Estaba junto a la alberca cuando sintió un profundo dolor que la traspasó del vientre a la espalda; fue un pinchazo tremendo que la dejó aturdida. Gritó y cayó al suelo. Aquella noche Aga Yan, Fagri, Zinat y Muecín habían hecho un peregrinaje hasta una aldea cercana y no regresarían hasta el día siguiente. Pero Shabal oyó el grito de Sediq y corrió a la alberca, la ayudó a levantarse y la acompañó hasta su cuarto. A la luz de la estancia, vio sangre en el suelo. Llamó a Nasrin, la hija mayor de Aga Yan.

—¡Llama al doctor! ¡Iré a buscar a la comadrona!

Y montándose en la bicicleta pedaleó con todas sus fuerzas en dirección al río.

Cuando la comadrona llegó y vio a Sediq dijo:

—Esto es serio, tiene que venir un médico, no puedo hacerlo yo sola.

—El médico ya está en camino —repuso Nasrin—. Iré a esperarlo.

Sediq no podía aguantar más y gritaba tan fuerte que la comadrona hizo un intento por salvar la vida del bebé.

—El niño quiere salir, pero no puede. No veo nada con esta luz. Nasrin, trae una lámpara y todas las toallas limpias que encuentres.

Nasrin corrió hasta una habitación y al poco regresó con una lámpara de pie y un montón de toallas.

—Ilumina aquí, no te quedes parada, concéntrate.

Nasrin avanzó un paso pero no miró a Sediq, sino que se limitó a sostener la lámpara sobre la cabeza de la comadrona.

—Me parece que ha llegado el médico —anunció.

—¡Cállate y sostén esa lámpara!

Un coche se detuvo en el portal. A Nasrin le temblaban las manos y se puso a recitar algo. La comadrona instaba a Sediq a empujar más fuerte y respirar.

—El niño viene girado y no puede salir, así no podremos sacarlo.

En ese instante, Sediq aulló de dolor y se desmayó.

El médico entró en el cuarto.

—Siempre tarde, estos médicos —rezongó la comadrona—. Siempre se les quedan pegadas las sábanas.

Al cabo de un par de horas, con la asistencia de la comadrona y el canturreo de Nasrin de fondo, el doctor logró por fin sacar al bebé, no sin muchas dificultades.

—¡Es un niño! —La comadrona lo puso cabeza abajo—. Pero algo no va bien... —Sacudió a la criatura varias veces y por fin ésta berreó—. ¡Alabado sea Dios!

El médico fue hasta Sediq, sacó el estetoscopio y la auscultó.

—Está agotada pero bien —constató. Luego fue hasta la comadrona que acababa de meter al bebé en el baño que Nasrin había preparado.

—Tiene algo en la espalda —dijo la comadrona poniendo al bebé boca abajo con cuidado.

El médico se puso las gafas, pasó el dedo por la columna vertebral del bebé y la estudió.

—Tiene una grave deformidad —susurró.

—Sí, eso me había parecido —suspiró la comadrona.

El médico se fue.

—La madre duerme y el bebé también —le dijo la comadrona a Nasrin—. Siento haberte hablado tan duramente; las situaciones como ésta son siempre difíciles. Iré a dormir unas horas y mañana temprano volveré. Hay algo que no está del todo bien en el pequeño, el médico llamará a Aga Yan mañana.

La paz volvió a la casa. La lámpara seguía encendida en la habitación de Sediq y la luz de colores se filtraba por los cristales y se proyectaba en las piedras del patio.

Shabal estaba muy impresionado por lo que había sucedido aquella noche.

Antes, cuando nacía un hijo en la casa, Aga Yan solía musitarle al bebé un fragmento de un sura melodioso, pues un dicho de Mahoma decía que: «Las primeras palabras que un niño oye permanecerán grabadas en su memoria para siempre, como una frase grabada en piedra.»

Shabal fue a la biblioteca, cogió el antiguo Corán de la librería y se dirigió al cuarto de Sediq. La muchacha estaba profundamente dormida y el bebé se hallaba en su cunita junto a la pared. Abrió el Corán y buscó un sura melodioso, pero cambió de opinión y dejó el libro en un estante. Se inclinó hacia delante y entre susurros recitó al oído del recién nacido un poema de un conocido poeta persa contemporáneo, Ahmad Shamlu:

En la mañana gris plomizo,inmóvil,el jinete a caballo,el viento en las crines.Dios,los jinetes no deben pararcuando el peligro acecha.El bebé abrió los ojos.


Lagartija

 

Lagartija había cumplido su primer año.

El pequeño se había arrastrado hasta la alberca, era la primera vez que se alejaba tanto de su habitación, y estaba jugando con el agua.

Al principio nadie le quitaba ojo, pero al cabo de un rato dejaron de prestarle atención. El niño observaba los pececillos rojos que nadaban en el agua y lo miraban con sus ojos inexpresivos. Nunca había visto peces. Abrió y cerró la boca imitándolos y luego se echó a reír, se sentía feliz. Se acercó más a la alberca y de repente cayó al agua. Todos se sobresaltaron y Sediq corrió a sacarlo, pero Lagartija no quería salir, se movía con agilidad por el agua y empezó a perseguir a los peces. Al final, Shabal se metió en la alberca, sacó al chiquillo y se lo dio a su madre, que se lo llevó llorando a su habitación.

Lagartija era el hijo de Sediq y Jaljal. El pequeño había nacido con una malformación en la columna que le impedía erguirse. Crecía deprisa y aprendió a desplazarse muy tempranamente. Como una gran lagartija, se deslizaba debajo de la cama y bajo las mantas. Pronto descubrió la forma de llegar hasta el patio y se escondía entre las plantas. Después, descubrieron que tampoco podía hablar.

A los hijos de Aga Yan no les gustaba que Lagartija entrara en sus habitaciones y se colara en la cama, por eso siempre cerraban la puerta con llave. Se avergonzaban de la repulsión que sentían por el niño, pero no podían remediarlo. Se necesitaba tiempo para acostumbrarse, para coger en los brazos a un niño que se asemejaba más a un animal que a un ser humano. Pero el pequeño elegía a sus propios amigos: en cuanto veía aparecer a Am Ramazan por la puerta, reptaba hacia él con rapidez.

Am Ramazan lo levantaba en vilo y se lo ponía sobre los hombros, luego lo paseaba por el patio y le mostraba las flores, los árboles, el grajo y los gatos de la mezquita.

Lagartija también se sentía bien con Muecín. Se escurría por su cuarto y se escondía debajo de la cama.

—¿Eres tú, pequeño, o es el gato? —exclamaba Muecín riendo.

El niño cogía el bastón del ciego y se lo daba, y con aquel gesto le estaba pidiendo que lo sacara a pasear. Muecín salía entonces a caminar por el patio con el chiquillo pisándole los talones.

Nadie sabía a quién se le ocurrió el sobrenombre de «Lagartija». Aga Yan había prohibido tajantemente a sus hijos emplear aquella palabra, pero el mote era tan adecuado que era imposible sustraerse a su uso.

En su acta de nacimiento, Aga Yan había elegido para él el hermoso nombre de Seyed Mohamad. El niño no reaccionaba ante aquel nombre, pero en cuanto le gritaban «Lagartija» acudía presto a la llamada.

Era una criatura que pertenecía por igual al mundo de los gatos, peces y gallinas que al de los humanos. Así lo aceptaban todos y su madre había dejado de resistirse, convencida de que aquél era su destino.

Jaljal había salido de su vida, pero había vuelto bajo la apariencia de Lagartija, que tenía las mismas facciones que su padre. Se metía en la cama de Sediq y se estrechaba contra su cuerpo. Ella lo detestaba, pero no podía hacer nada, tenía que aguantarse.

Zinat Janum, la abuela de Lagartija, lloraba en silencio al ver a su nieto moviéndose a rastras por el patio. Era creyente y se preocupaba por el destino y el bienestar de las demás mujeres de la comunidad, pero creía que aquel niño era un castigo de Dios. Un castigo por no haber sabido cuidar bien de su propio hijo Abas, que se había ahogado por su culpa. Y también por el grave pecado que había cometido en la mezquita. Zinat había hecho algo que ninguna mujer en su posición habría consentido jamás. En la cripta del templo, el suplente había tomado de ella lo que un hombre puede tomar de una mujer.

Había llegado el momento de recoger el fruto de lo sembrado: Lagartija.

La caída de Lagartija en la alberca se produjo en un día muy señalado para la casa.

Ahmad, el hijo del difunto Alsaberi, había completado su formación de imán y volvía a casa desde Qom para ocupar el puesto de su padre.

Faltaban pocos días para que se celebrara la toma de juramento y todos los familiares habían ido a verlo. Era una fiesta a la que uno asistía una vez en la vida. Aquello marcaría el inicio de una nueva etapa para la ciudad y traería un cambio en las relaciones entre la mezquita y el zoco. Todo el mundo sentía curiosidad por saber cómo dirigiría Ahmad la mezquita.

Aga Yan había ido a Qom la semana antes para asistir a la entrega de la túnica a su sobrino, y se quedó a dormir en la ciudad para tener la oportunidad de charlar tranquilamente con él sobre su importante función como imán de la mezquita.

Ahmad era inexperto, pero se trataba de un religioso joven y apuesto, que iba siempre bien vestido, tenía buen porte, usaba perfume y llevaba un turbante bastante elegante.

Poseía una voz profunda y tenía un don natural para contar historias y recitar melodiosos textos coránicos de memoria. En cuanto a lo demás, el tiempo ya se encargaría de demostrar sus aptitudes.

La noche anterior a la fiesta, Ahmad había llegado a la casa con su maleta y Aga Yan se lo había llevado directamente a la biblioteca para hablar sobre su discurso de investidura, pero Ahmad tenía otras prioridades. Dejó la maleta encima de la mesa, la abrió, sacó su flamante túnica y buscó un perchero para colgarla.

—¿Por qué no hay ningún perchero aquí? —dijo en tono irritado.

—Luego dejarás tu ropa en tu habitación —repuso Aga Yan.

Ahmad colgó la túnica del saliente de un estante. A continuación fue sacando uno a uno los demás objetos personales de la maleta.

—¿Dónde puedo dejarlos? Necesitaré un armario en la biblioteca.

—Luego dejarás las cosas en tu cuarto —le repitió Aga Yan con paciencia.

—Yo quiero tenerlas aquí —protestó Ahmad.

Aga Yan se dio cuenta de que no era el mejor momento para hablar con Ahmad.

—Me parece que necesitas descansar un poco. Hablaré contigo mañana en mi estudio —acordó y abandonó la estancia.

Aquella noche, Aga Yan escribió en su diario de la mezquita: «Mañana será el primer día del nuevo imán. Ahmad ha llegado. En su persona veo que los tiempos han cambiado, es muy distinto de su padre y de los demás imanes que he conocido. No debo dudar de su talento, es joven y a estas alturas no hay forma de saber qué derroteros seguirá, pero hay algo que sí sé: tenemos un nuevo y encantador imán en la casa. Me gusta y siento curiosidad por saber adónde nos guiará.»

El viernes, a las diez de la mañana, el zoco cerró sus puertas. Miles de personas se dirigieron a la mezquita para asistir a la investidura del nuevo imán. Se trataba de un acontecimiento sencillo, pero festivo. La oración se celebraría en el exterior de la mezquita, donde habían extendido grandes alfombras.

Había policías por todas partes, así como algunos camiones del ejército con soldados que aguardaban en las calles adyacentes. Era algo desacostumbrado en Seneyán.

Durante los últimos dos o tres años, la situación en el país había cambiado drásticamente. En la Universidad de Teherán, los estudiantes se manifestaban contra el sah y el «¡Americanos fuera!» se había convertido en una consigna popular.

El régimen temía las revueltas.

Aga Yan habló de los detalles con Ahmad, luego se puso el sombrero y salió de la casa para ir a la mezquita.

—Un día bienaventurado —dijo su vecino Hayi Shishegar, que también se dirigía a la mezquita con sus dos hijos.

—Si ésa es la voluntad de Alá —le contestó Aga Yan de buen humor.

—Si hoy me necesitara para cualquier cosa, estaré a su servicio —dijo Shishegar.

—Todo está preparado ya, pero se lo agradezco. ¿Son sus gemelos?

—Sí, los niños de hoy en día crecen muy deprisa.

—Tiene usted razón, Yawad se ha convertido en un buen mozo.

Aga Yan vio salir a Jodsi la Loca de una casa.

—Me alegro de verte, Jodsi. ¿Vendrá tu madre a la fiesta? —le preguntó.

—Se ha comprado un nuevo velo y todo.

—Me alegraré de verla.

—Pero no vendrá.

—¿Por qué no?

—Ha perdido su nuevo velo.

—¿Que ha perdido su nuevo velo? ¿Ya? ¿No lo habrás escondido tú por alguna parte? —le preguntó esbozando una sonrisa.

—No, no he sido yo.

—¿Cómo es posible que haya desaparecido su nuevo velo tan de repente?

—No lo sé. Se ha pasado la noche entera buscándolo, pero no ha habido forma de encontrarlo.

—Estoy seguro de que lo encontrará a tiempo —comentó Aga Yan.

—La hija loca de Moshiri sale por la calle con las piernas desnudas, también lo hizo ayer —le informó Jodsi en un murmullo.

—¿Sabes lo que puedes hacer? Ve a nuestra casa. Ahmad acaba de ponerse su nueva túnica de imán y te dará algunas monedas. ¡Anda, ve!

Jodsi se encaminó a la casa y Aga Yan salió a la calle donde se había congregado la multitud para asistir a la ceremonia.

Un hombre que llevaba una cámara colgada al hombro surgió entre el gentío y lo enfocó.

—Está usted muy elegante con su sombrero y ese traje azul marino de rayas —lo aduló el cámara.

—¿Eres tú, Nosrat? —se regocijó Aga Yan—. No sabes lo feliz que me hace tenerte aquí, creí que ya no volverías a vernos. ¿Cuándo has llegado?

—Ahora mismo. He cogido el tren nocturno.

El teniente de alcalde estrechó la mano de Aga Yan y lo felicitó.

—¡Válgame Dios!, ¿para qué necesitáis aquí esos camiones? —preguntó Aga Yan.

—Le da más categoría a la fiesta —se limitó a comentar el teniente de alcalde.

Los dos hombres fueron hasta la puerta de la mezquita donde se encontraban el comisario de policía, los responsables de la gendarmería, los funcionarios de la provincia, el director del hospital y los rectores de las escuelas.

Nosrat seguía a Aga Yan grabándolo todo con la cámara. Aga Yan se sintió muy satisfecho por la presencia de las autoridades municipales, aunque algo confundido también. Años atrás, los máximos responsables de la ciudad no faltaban a las fiestas de la mezquita, pero en los últimos tiempos apenas se dejaban ver, por eso no había contado con su presencia. Vio con sorpresa que no conocía a ninguno de ellos: todos eran caras nuevas.

Nosrat filmó a Aga Yan hablando con el jefe de policía. De pronto, Jodsi la Loca le tiró de la manga y le susurró al oído:

—Mi madre no puede venir, le han robado el velo negro y la hija loca de Moshiri va por la calle con las piernas al aire.

Aga Yan llamó a Shabal.

—¿Podrías llevar a Jodsi con las mujeres?

Una comitiva de Mercedes negros apareció en la lejanía.

Aga Yan avisó a Muecín de la llegada del anciano ayatolá Jolpejani.

Alaho akbar! —exclamó Muecín.

Y la multitud le contestó:

Sale ala Mohamad wa ale Mohamad! Saludos sean para Mahoma y sus descendientes.

Nosrat subió a la azotea para no perderse detalle.

Jolpejani era uno de los ayatolás más influyentes y había venido especialmente desde Qom para ratificar la toma de juramento de Ahmad.

Aga Yan y los prohombres de la ciudad, rodeados de un grupo de discípulos, fueron hasta el coche para recibir al ayatolá. Aga Yan lo ayudó a salir del vehículo, le dio su bastón, lo besó y lo cogió del brazo para conducirlo hasta la silla regia que habían dispuesto para él.

Jodsi apareció de nuevo y Aga Yan llamó irritado a Shabal, que se llevó a la mujer a pesar de sus airadas protestas.

Como el ayatolá había llegado, la ceremonia podía dar comienzo.

Ahmad apareció en la entrada de la mezquita flanqueado por seis jóvenes clérigos, y Muecín invocó:

Alaho akbar!

Y la muchedumbre coreó:

Alaho akbar!

Ahmad avanzó con sus acompañantes hasta donde se hallaba el ayatolá, se arrodilló ante él y le besó solemnemente la mano. El anciano tocó con suavidad el turbante de Ahmad y pronunció:

Jol auzo berabel falazMen sharre ma Jalaj… 

Me refugio en el Señor del albadel mal de la oscuridadcuando se extiendedel mal de las mujeres que soplan en los nudos.Aga Yan le dio la venerable y antiquísima túnica de juramento decorada con piedras preciosas que había sacado de la cámara del tesoro. A lo largo de los siglos, todos los imanes de la mezquita la habían llevado el día de su juramento.

Después de ponérsela, Ahmad se dirigió a la alfombra de oración. Aga Yan y el anciano ayatolá se pusieron detrás de él, manteniendo cierta distancia, y los fieles los siguieron.

Alaho akbar! —repitió Muecín.

Ahmad se orientó hacia La Meca y empezó su primera oración oficial.

Justo en ese momento, una joven salió del callejón que había enfrente de la mezquita. Llevaba un velo negro recién estrenado, se acercó a Ahmad con sus zapatos rojos de tacón alto y se detuvo frente a él.

Aga Yan la vio, pero no podía interrumpir la oración para echarla de allí. La mujer se soltó la túnica y dejó al descubierto la pierna derecha. No llevaba nada debajo. Ahmad cerró los ojos y se esforzó por concentrarse en la oración.

Alaho akbar! —exclamó Aga Yan en voz alta para ahuyentar a la mujer, pero ésta no se inmutó sino que se dio la vuelta y la túnica negra se agitó en el aire mostrando sus piernas. Iba completamente desnuda.

Alaho akbar!

El anciano ayatolá, que tenía los ojos cerrados y estaba profundamente concentrado en la oración, no se había percatado de nada y sólo los abrió cuando Aga Yan exclamó por tercera vez «Alaho akbar!», pero como no llevaba las gafas puestas sólo acertó a ver una difusa silueta negra. La mujer dejó caer el velo a la altura de sus pechos y volvió a girarse con una mirada llena de orgullo. Aga Yan interrumpió forzosamente su oración, se dirigió a la mujer y alargó la mano para taparla con el velo, pero en ese instante ella dejó caer la túnica y echó a correr en cueros hacia la multitud. En dos zancadas, Aga Yan logró darle alcance y agarrarla por el talle. Shabal le lanzó la túnica negra a su tío, que la cogió al vuelo y con un rápido movimiento cubrió a la mujer. Luego llamó a Fagri.

Fagri Sadat, que ya se acercaba corriendo, se hizo cargo de la mujer y la condujo a la acera, donde las demás mujeres estaban rezando.

Aga Yan no podía reanudar el rezo pues había tocado a la mujer, de modo que entró en la mezquita y se dirigió a la alberca. Él, que jamás había mirado a una desconocida, acababa de coger a una desnuda por la cintura y sentido en las manos el calor de sus suaves pechos. Se quitó el abrigo, se arremangó y metió los brazos hasta el codo en el agua fría.

No bastaba; se inclinó aún más hacia delante y sumergió la cabeza en el agua hasta el cuello. Así permaneció todo lo que pudo. Cuando volvió a sacar la cabeza, respiró hondo, se incorporó y se secó la cara con un pañuelo. A continuación se puso el abrigo y salió del templo, ya más sereno.

Nosrat lo había fotografiado todo.


Opio

 

Volvía a verse la luz encendida a través de las ventanas de la biblioteca.

De vez en cuando se producían los enfrentamientos de rigor, sobre todo como consecuencia de las exigencias que imponía el imán.

Fagri Sadat había contratado a una sirvienta de Yeria para que ayudara a Sediq, quien, después del nacimiento de Lagartija, no podía con todo el trabajo.

La sirvienta se llamaba Zara. Era una muchacha diligente y bien dispuesta que en poco tiempo logró hacerse cargo de todas las tareas de la casa. Sólo la cocina siguió siendo territorio de Sediq; se sentía a gusto allí y dedicaba casi todo su tiempo a cocinar.

Desde el instante en que volvió a haber un imán en la casa, todos se percataron de lo indispensables que habían sido las abuelas. Entre las dos se las habían arreglado para ocuparse de todas las tareas en silencio y la casa funcionaba como un viejo reloj. Mientras que ahora, ni cinco mujeres eran capaces de mantener aquel ritmo.

Zinat Janum había intentado repetidas veces tomar a su servicio a Azam, la mujer que una vez había amenazado a su marido con un cuchillo, pero Fagri Sadat dijo que ni hablar.

Desde la llegada de Zara, la casa volvía a funcionar puntualmente. Era una joven muy hacendosa aunque se mostraba distante y tímida, tanto que nunca miraba a su interlocutor a los ojos. «Ya va bien que sea tímida, de lo contrario podría traernos problemas —había comentado Zinat—. Hay muchos mozos en esta casa.»

Zara era una bonita muchacha, más bien una joven mujer, pues había cumplido ya los veintiún años. Tenía dieciséis cuando se casó con un hombre mayor, pero dado que no había logrado quedarse embarazada tras cuatro años de convivencia, el marido la había enviado de vuelta a la casa paterna.

Su familia estaba muy contenta de que su hija hubiese encontrado un trabajo de sirvienta en la casa y esperaban que pudiese permanecer allí durante años.

En el pasado, las abuelas habían tenido que dedicar mucho tiempo al imán Alsaberi, pero Ahmad no precisaba aquel tipo de ayuda.

Zara trabajaba en silencio, no molestaba y no se hacía notar. Entraba con sigilo en las habitaciones, lo ordenaba todo, retiraba los platos, ayudaba a Sediq a cuidar del pequeño Lagartija, limpiaba las ventanas, daba de comer a los peces, barría las hojas muertas e iba a echar un vistazo al sótano por si Muecín necesitaba algo. También limpiaba el polvo del escritorio de Ahmad, le hacía la cama y le planchaba las camisas.

Cuando el imán volvía a casa después de la primera oración de la mañana, se acurrucaba de nuevo entre las sábanas y dormía hasta las doce o a veces hasta las dos de la tarde. Ningún imán de la casa había hecho algo semejante hasta entonces. En realidad, Ahmad se quedaba en la cama hasta que Zara iba a avisarle.

—La comida está lista, imán.

Todas las mañanas, antes de que él se levantase para el rezo, Zara le llevaba un trozo de pan, mantequilla y miel. Llamaba a la puerta quedamente y susurraba:

—¿Está despierto?

—¡Pasa! —le decía él desde la cama.

Ella dejaba la bandeja sobre la mesita con aire cohibido y salía de la habitación.

En un principio, servir a Ahmad no formaba parte de los quehaceres de Zara, pero acabó siendo así de forma natural. Y Ahmad estaba contento con Zara.

Una mañana, cuando la chica fue a despertarlo para ir a la mezquita, él remoloneó demasiado en la cama y volvió a quedarse dormido. Cuando ella fue a llamarlo por segunda vez, el imán se vistió a toda prisa y salió presuroso del cuarto. Fue hasta la alberca, se arrodilló junto al desagüe y orinó. Zara lo miró atónita. Nadie hacía eso, estaba prohibido, pero comprendió que debía callar.

En otra ocasión, cuando Zara le llevó el desayuno y dejó la bandeja encima de la mesa junto a su cama, Ahmad la cogió de la mano y la acercó con suavidad hasta la cama. La muchacha se resistió unos instantes, pero luego lo dejó hacer. El imán la cogió por el talle y la metió bajo las sábanas. Ella cerró las piernas rápidamente.

Aan kahto wa zawagto —le susurró Ahmad al oído entre las sábanas.

Zara calló.

Aan kahto wa zawagto —susurró de nuevo.

Zara calló.

Aan kahto wa zawagto —susurró por tercera vez.

Qabelto —musitó Zara, y lo recibió.

Al cabo de un rato, Zara salió de la cama, se puso el velo y le dijo en voz baja:

—Es tarde. Debe ir a la mezquita.

Durante la oración del viernes, la mezquita se llenaba de muchachas jóvenes que iban especialmente a ver a Ahmad.

El imán tenía una forma de hablar completamente distinta de la de su padre o Jaljal. Procuraba hilvanar en sus sermones asuntos políticos y darles un enfoque interesante; no pretendía despertar temor en su público sino curiosidad.

Por lo que la policía secreta había averiguado, Ahmad no tenía contacto con movimientos religiosos serios en Qom, y respondía más a la imagen de vividor que a la de rebelde. Con todo, no estaba clara la trayectoria que podía seguir y cómo influiría en él su posición de imán.

En una de sus intervenciones había hablado de un Estado islámico en el que el Corán constituyera la piedra angular de la convivencia. Pero no había abundado en el tema, y tampoco había especificado lo que pretendía decir con aquello. Parecía más bien como si quisiera tirar una piedra para calcular la profundidad del agua.

En otro sermón hizo una jugada sublime. Dejó caer inesperadamente el nombre del ayatolá Jomeini con tal inocencia que nadie supo decir si lo había hecho a propósito o por casualidad. Pero Aga Yan se dio cuenta de que Ahmad sentía simpatía hacia el religioso exiliado.

El ayatolá Jomeini era un enconado opositor del sah. En el último discurso público que hizo, proclamó: «El sah es una humillación. Nos avergonzamos de ese hombre. No es un sah, sino un siervo de los americanos.»

Aquella intervención fue el detonante de una enorme revuelta en Qom, durante la cual la gente se echó a la calle gritando consignas contra el sah. El ejército intervino y la mezquita donde Jomeini había pronunciado su discurso fue acordonada. Centenares de clérigos jóvenes fueron en busca de armas al sótano del templo, subieron a las azoteas y se desató una auténtica guerra callejera.

Decenas de imanes perecieron y muchos otros fueron arrestados. El ejército acabó sofocando la resistencia, y un general se presentó en el domicilio de Jomeini para arrestarlo personalmente.

Los religiosos que custodiaban al ayatolá detuvieron al general y le dijeron que se quitara las botas o de lo contrario no se le permitiría entrar en el estudio del ayatolá. El general supo que ni siquiera el ejército estadounidense podría ayudarlo en aquella encrucijada, de modo que obedeció.

—Quítese la gorra también —le exigió otro de los guardianes.

El general se puso la gorra bajo el brazo y entró en la estancia; con una inclinación de la cabeza, dijo:

—Tengo órdenes de arrestarlo.

Aquel mismo día, Jomeini fue desterrado; el sah lo envió a Irak desde donde, años más tarde, lideraría una revolución contra la presencia americana en Irán y acabaría eliminando de raíz el régimen del sah.

Por aquel entonces, nadie osaba pronunciar en voz alta el nombre de Jomeini, aunque de vez en cuando corrían rumores sobre él, se distribuían en secreto panfletos y en algunas mezquitas de Qom habían colgado su retrato.

Jomeini estaba en el exilio, pero su espíritu seguía vivo, encarnado por una nueva generación de clérigos que empleaban todos los medios a su alcance para honrar el nombre de su maestro.

Gradualmente, Ahmad fue cobrando notoriedad, también en otras ciudades, y a menudo lo invitaban para que fuese a dar un sermón. Hacía poco tiempo había ido a Jomein, el pueblo natal de Jomeini.

Aquellos breves viajes contribuían a enriquecer sus sermones y él se refería a sus visitas en tono ingenuo.

—Estuve hace poco en Isfahán, es una ciudad espléndida, mis saludos a los isfahani. Mi siguiente destino fue Kashán, tan amada por su población. Mis saludos a los kashani. La semana pasada estuve en Jomein, era la primera vez que visitaba esa bendita aldea. Jomein es un lugar único, donde vive gente formidable, ¡saludos, jomeini!

Y con jomeini se refería a los habitantes de Jomein, pero todo el mundo interpretó su gesto y coreó: «Salam bar Jomeini!»

Aga Yan no cabía en sí de gozo. Sabía que aquél no había sido un comentario fortuito de Ahmad, había algo entre líneas, y sin duda se trataba de una consigna de Qom.

Aga Yan había recibido un mensaje secreto de Qom en el que se le informaba que Jaljal había huido a Irak para sumarse a la facción de Jomeini. Era un hombre astuto y no se había ido al país vecino porque sí. Había intuido que Jomeini acabaría alcanzando el poder tarde o temprano para hacer realidad su sueño de fundar una República Islámica. Así pues, ése era el motivo de que hubiera abandonado a su mujer y su hijo durante todo aquel tiempo.

En la calle no se advertían indicios de un inminente cambio de poder o de la revolución que se estaba gestando. El sah disfrutaba de los mejores años de su reinado; no hacía mucho que había declarado a la revista Times que se sentía muy tranquilo y que su país era un oasis de paz.

Estados Unidos recelaba de la Unión Soviética y no podía encontrar a un dirigente mejor para gobernar el país que el sah, que le compraba los últimos modelos de aviones y el armamento más sofisticado, e ingresaba gran parte de los beneficios del petróleo nacional en sus bancos.

El sah, convencido de ser el jefe del Estado iraní más conveniente para Estados Unidos, estaba plenamente seguro de su apoyo y sabía que no lo dejarían en la estacada. No veía pues motivos para inquietarse por alguien como Jomeini, que estaba exiliado en Irak. En consecuencia, se dedicó a preparar a su hijo para que le sucediera en el trono, con plena tranquilidad y confianza.

Mientras Ahmad se ocupaba de las actividades de la mezquita, Shabal estaba a punto de ingresar en la Universidad de Teherán. Había pensado estudiar literatura persa, pero Aga Yan le había aconsejado otra cosa.

—La literatura persa es algo que puedes estudiar tú solo en casa, no necesitas ir a la universidad para eso. Tienes talento, escoge estudios técnicos o una carrera de ciencias, algo orientado a las ciencias empresariales. Ya tenemos bastantes clásicos en nuestra propia biblioteca, la casa necesita un espíritu moderno.

El día en que Shabal se disponía a partir hacia Teherán, Aga Yan lo llevó en coche a la estación.

—Hay algunas cosas que no estoy seguro que deba contarle —le confesó Shabal durante el trayecto.

—¿Qué cosas son ésas?

—He pillado varias veces a Ahmad en la azotea de la mezquita fumando detrás de la cúpula. Él sabrá lo que hace, pero sus cigarrillos huelen a algo distinto del tabaco, algo que no es apropiado para un imán. Además, suele ir regularmente a casa de extraños para fumar opio a escondidas. Pensé que debía usted saberlo.

—Has hecho bien en decírmelo —repuso Aga Yan tras un silencio—. Veré lo que puedo hacer. ¿Hay algo más que debería saber?

—Bueno, quizá sólo que tiene debilidad por las mujeres. También me he fijado que en la mezquita se toma ciertas libertades con ellas que no convienen a un imán.

—Sí, yo también me he dado cuenta. Tiene que ser más prudente, tenemos enemigos en la ciudad.

En la estación, Aga Yan lo acompañó en silencio hasta el tren. Desde la última vez que su sobrino le había confesado tener dudas sobre su fe no habían vuelto a hablar del asunto. Aga Yan lo había intentado en varias ocasiones, pero había notado que Shabal no deseaba hablar de ello, y no había insistido. Sin embargo, en aquel momento, en el andén, deseaba advertirle que tuviese cuidado en la universidad. Pero Shabal no le dio oportunidad. Lo abrazó, lo besó en la mejilla y echó a correr hacia el tren.

Aga Yan permaneció en el andén hasta que el tren se puso en marcha y se perdió de vista.

Aga Yan vigilaba a Ahmad.

Una noche, vio a Zara entrar en la biblioteca, donde Ahmad estaba leyendo, con una bandeja a una hora intempestiva y la siguió. Por una rendija de la cortina vio que la muchacha se inclinaba para dejar la bandeja con una taza de té y un platito de dátiles sobre el escritorio. Ahmad le deslizó la mano por debajo de la blusa y ella se quedó quieta y le dejó hacer. El imán se puso de pie, le levantó la larga falda y la empujó contra una estantería.

A la mañana siguiente, Aga Yan llamó a Zara a su estudio.

—Toma asiento —le dijo con gesto afable.

Ella se sentó con timidez.

—Lo diré del siguiente modo: estoy muy satisfecho con el trabajo que realizas en esta casa. No podría desear una sirvienta mejor, pero deberás mantenerte alejada de Ahmad, de lo contrario ya puedes ir preparando las maletas. ¿Está claro?

Zara se asustó por el tono tajante de Aga Yan y se quedó sin palabras.

—¿Está claro? —repitió él.

Ella asintió con la cabeza, azorada.

—¿Qué decides? ¿Quieres quedarte aquí o prefieres que te envíe de vuelta con tus padres?

—Quiero quedarme aquí —contestó ella con voz temblorosa.

—Muy bien, puedes volver a tu trabajo. A Muecín le vendría bien que lo ayudases más a menudo, dedícale más tiempo cuando no tengas nada que hacer. Puedes irte.

Aquella noche, después de la oración, Aga Yan le pidió a Ahmad que lo acompañase a dar un paseo por el río; mientras caminaban por la oscura orilla, lo amonestó con duras palabras. Le dejó claro que no toleraría aquel comportamiento inadmisible con las mujeres, y que el opio estaba fuera de lugar en la mezquita; y añadió que si no le hacía caso, restringiría seriamente sus libertades.

Ahmad lo escuchó en silencio.

—¿Hay algo que quieras decirme? —inquirió Aga Yan.

Pero Ahmad siguió en silencio.

Al cabo de unos días, Aga Yan habló con el padre del vendedor de alfombras que tenía la tienda más antigua de la ciudad para plantearle la posibilidad de pedir la mano de su hija en nombre de Ahmad.

Al cabo de un mes, hubo una gran fiesta en casa de la familia de la novia. Alrededor de la medianoche, la novia llegó a la casa en un carruaje engalanado. A la pareja le fue asignada una de las habitaciones de la planta superior, aunque para las siete primeras noches habían dispuesto el cuarto de huéspedes.

A Ahmad le dieron una semana de fiesta y la familia se fue de vacaciones a Yeria para dejar a los novios solos.

El imán iba por la casa con holgadas y ligeras ropas de algodón y se conducía como un príncipe que acabara de llevar a su joven esposa a su palacio.

Ella se llamaba Samira, tenía dieciocho años y poseía una belleza clásica. La primera noche, Ahmad la hechizó y se amaron hasta el amanecer; sólo se quedaron dormidos con la primera luz del alba.

Por la tarde, alrededor de la una, Am Ramazan lo recibía en el cuarto de fumar, donde le tenía preparado un juego de opio digno de un rey. Ahmad le había pedido que le suministrara opio durante aquellos siete días, pues estimulaba el deseo masculino y prolongaba el acto sexual.

Tras fumarse medio cigarrillo de opio, volvía a su cuarto y se metía en la cama al lado de su esposa, que estaba profundamente dormida.

Con el tiempo, Samira dio a luz una hija, Masude. Todos estaban encantados con la niña, pero la casa esperaba la llegada del hijo que algún día habría de convertirse en el sucesor de su padre.

La mezquita seguía contando con gran afluencia de fieles y Ahmad pronunciaba unos sermones fascinantes. Era un narrador nato y contaba anécdotas fantásticas sobre las historias del Corán. Con sus palabras casi mágicas transportaba a sus oyentes a un pasado remoto, a la época del profeta Mahoma, cuando éste amaba a su adorada joven esposa Ayesah en la azotea.

Por aquel entonces, Mahoma había prohibido los músicos ambulantes y ningún musulmán debía escucharlos. Una noche, mientras se hallaba en el tejado con la joven Ayesah, de pronto oyeron música en la calle. «Quiero mirar, quiero mirar, quiero mirar», se empecinó Ayesah. Y el amor ganó la partida: Mahoma se agachó y Ayesah se montó sobre su espalda y por el borde del tejado vio a los músicos.

Nadie había contado antes historias como aquélla en la mezquita, pero Ahmad siempre encontraba algo distinto que cautivaba a los fieles.

En realidad, en lugar de imán debería haber sido poeta, un actor que hechizara a su público en la plaza del zoco.

A menudo viajaba a las ciudades religiosas más importantes del país como Kashán, Arak, Hamadán e Isfahán y se quedaba allí una semana. Y siempre regresaba con dos maletas: una llena de oro y la otra de regalos personales como calzoncillos, calcetines, perfumes, jabones, camisetas y anillos que las mujeres con velo le pedían furtivamente.

A pesar de que le había prometido a Aga Yan dejar el opio, frecuentaba algunos lugares clandestinos en la ciudad para fumar.

Para que nadie pudiera cortarle las alas, aceptaba tantas invitaciones como le hacían, y emprendía largos viajes. En esas ciudades, Aga Yan no tenía el menor control sobre él. Así fue como conoció a hombres que lo introdujeron en sus círculos, donde fumaban hasta la madrugada y se acostaban con mujeres.

Ahmad no disfrutaba de la misma libertad en Seneyán, por eso acabó entrando en contacto con los bajos fondos de la ciudad. Lo que no podía sospechar era que la policía secreta iba a tenderle una trampa.

Hacía un año que le habían prohibido fumar opio. Los adictos podían obtener dos veces al mes una limitada cantidad de opio legal en las farmacias municipales, pero Ahmad conseguía todo el que deseaba en el mercado negro.

Una noche, mientras se hallaba en un sótano de Seneyán en compañía de dos hombres más y varias mujeres, unos agentes irrumpieron en el local y lo sorprendieron fumando opio y con una mujer sin velo a cada lado. Los policías añadieron algunos cigarrillos de opio más a la escena y se hartaron de sacar fotografías. Luego condujeron a Ahmad esposado a una dirección secreta donde un oficial los estaba esperando.

Ahmad no tenía nada qué decir; sabía que había caído en una trampa de la que no lograría salir fácilmente.

—Puede usted dormir en su cama esta noche y mañana por la mañana acudir a la mezquita como de costumbre, con una condición.

—¿Qué condición? —preguntó Ahmad con voz temblorosa.

—Que a partir de este momento usted y yo mantengamos una relación cordial. Supongo que entiende lo que le pido.

—No, no entiendo lo que me pide.

—Pues si no lo entiende, todo será algo más complicado; tendré que encerrarlo inmediatamente en la cárcel y mañana, con el desayuno, recibirá un periódico con su foto en primera página. Seguramente entonces lo entenderá.

La noche fue larga. Ahmad lloraba en silencio. No estaba preparado para que la vida pudiera mostrarle, de repente, su lado más amenazador.

Cuando por fin amaneció, el oficial entró en la celda. Había hecho revelar las fotos y se las mostró.

—¿Qué hacemos? ¿Las llevamos al periódico esta misma mañana o prefiere que nos sentemos a hablar?

Ahmad no tenía salida; si la prensa publicaba fotos en las que él aparecía con mujeres sin velo y rollos de opio todo habría acabado para él y traería la desgracia sobre la casa. De modo que decidió acompañar al agente a su despacho, donde le ofrecieron un asiento y le dieron un formulario que debía rellenar.

—Si nos entendemos bien, dentro de cinco minutos habremos acabado y lo llevaré personalmente hasta su casa. Lo que le pedimos es muy sencillo: queremos que establezca usted contacto con Qom más a menudo y que nos procure la información que necesitamos. Eso es todo.

Media hora más tarde, un coche condujo a Ahmad a la mezquita y él se apeó en el portal.

—Tendrá noticias nuestras —dijo el agente y se fue.

Durante unos meses no pasó nada. Ahmad confiaba en que la policía sólo pretendiera asustarlo para tenerlo controlado. Estaba claro que no se habían olvidado aún de Jaljal y su asonada durante la visita de Farah Diba, y probablemente querían vengarse y tener medio secuestrado a Ahmad.

Albergaba la esperanza de que hubieran renunciado a sus planes de utilizarlo como una suerte de infiltrado, pues desde luego no sería capaz de cumplir esa función. Ser un soplón no encajaba con su forma de ser ni con su responsabilidad de imán de la ciudad. ¿Y qué iba a contarles llegado el caso?

Comprendía que de aquella forma la policía secreta había querido taparle la boca, y lo habían conseguido, pues ya no se atrevía a referirse al sah o a hacer veladas alusiones sobre Qom. Poco a poco volvió a sentirse feliz, y el miedo que lo atenazaba se fue diluyendo. Hasta que una noche, al término de la oración, aquel oficial se arrodilló junto a él en la sala de oración.

—¿Cómo le va? —le susurró con una sonrisa intimidante.

Ahmad se volvió, sobresaltado, para ver si Aga Yan estaba por allí, pero ya se había ido.

—¿Qué quiere usted de mí? —le preguntó con un hilo de voz.

—Se habrá enterado de que vuelve a haber revuelo en Qom. Queremos que viaje a la ciudad, que vea a los ayatolás y nos informe qué está pasando. Supongo que aún tendrá mi número de teléfono, ¿no?

—Sí, aún lo tengo —contestó Ahmad con el rostro ceniciento por el miedo, y apoyó la frente contra el suelo para dar a entender que reanudaba la oración. Cuando volvió a enderezarse, el oficial había desaparecido.

Se puso el aba sobre los hombros con manos temblorosas y emprendió el regreso a casa encorvado, como si padeciese un acceso de fiebre.

Nada más llegar, fue directamente al estudio de Aga Yan, se hincó de rodillas en el suelo y suplicó:

—¡Aga Yan, sálvame! Me han tendido una trampa.

Asombrado, Aga Yan lo observó.

—Me sacaron fotos, fotos repulsivas en las que salgo fumando opio y en compañía de mujeres y ahora quieren enviarme a Qom para que les haga de chivato. Si no cumplo, publicarán las fotos en los periódicos.

Aga Yan, que había esperado cualquier cosa menos aquello, permaneció sentado en la silla sin poder articular palabra.

—¿Dónde? —preguntó al fin.

—En un sótano de la ciudad.

—El opio puede no ser un problema, pero quiénes eran esas mujeres.

Sigués.

—Los de la policía secreta nos la han vuelto a jugar. ¿Has colaborado con ellos?

—¡No! ¡Nunca!

—¿Les has dado algún tipo de información?

—¡No, ni una palabra!

—Te lo repetiré una vez más —insistió Aga Yan—. ¿Les has contado algo?

—Nada, absolutamente nada —aseguró Ahmad.

—Pues entonces agradece haberlo hecho así, de lo contrario te habría echado de esta casa en el acto. Pero todavía no es demasiado tarde, creo que podemos remediar algo de este desaguisado. No dirás nada a nadie, y en los próximos meses no te dejaré solo. Me pondré manos a la obra para ver qué puedo hacer. Nos necesitan para mantener el orden en la ciudad, y por eso no publicarán las fotos en la prensa, sólo pretenden chantajearnos. Tú mantén la boca cerrada y, pase lo que pase, quédate junto a mí.

—Hay algo más que debo decirle —confesó Ahmad—. Si no fumo, no me salen bien los sermones. Lamento mucho darle este disgusto.

—Eso sí que me duele —dijo Aga Yan apenado—. Todos podemos cometer un error, pero el opio es un insulto, una humillación para todos nosotros. No soporto que un imán de nuestra mezquita sea incapaz de hablar sin fumar opio. Lo siento, pero no puedo mostrarme comprensivo. Deberás dejar ese hábito. Soy capaz de encerrarte en una jaula si es preciso. De momento no podrás salir a la calle sin mi consentimiento.

Al día siguiente, Aga Yan canceló todos los compromisos de Ahmad y le confió el problema al médico de cabecera de la familia.

De la consulta del médico se fue derecho a las oficinas de la policía secreta sin haber concertado cita previa y pidió hablar con el responsable. Lo hicieron pasar, y en cuanto se hubo sentado en un sillón de cuero marrón, le mostraron las fotos de Ahmad. Tuvo que alcanzar un acuerdo forzoso con el superior. Él mismo, Aga Yan, se encargaría de mantener la calma en la mezquita, en vista de que en Qom habían vuelto a desatarse los disturbios. A cambio, las fotos permanecerían guardadas en un cajón.

Aquella noche, abrió su cuaderno.

«El imán de nuestra mezquita es adicto al opio. Nos aguardan tiempos difíciles.»


Años de silencio

 

Pasó mucho tiempo sin sobresaltos.

Aga Yan tenía controlado a Ahmad con un severo régimen de vida. No lo autorizó a viajar a otras ciudades para dar sermones sin vigilancia, hasta que estuvo seguro de que había dejado por completo el opio.

A pesar de que el incidente de las fotografías había quedado atrás, Aga Yan creía que ese asunto significaba un punto de inflexión en la historia de la mezquita.

Al principio, Shabal volvía a casa al menos una vez al mes, pero a medida que pasaba el tiempo, fue espaciando sus visitas cada vez más. A veces llamaba al zoco para hablar con Aga Yan, pero siempre trataba con él de cuestiones de negocios: «¿Cómo está? ¿Va todo bien por ahí?»

—Qué puedo decir, el mundo está cambiando, hijo. Necesitamos a un hombre con nuevas ideas. Siento que me estoy haciendo viejo.

—¿Viejo usted? ¡Qué cosas tiene!

—Tal vez viejo no sea la palabra, sino desfasado. Hoy en día no se puede competir en el mundo de los negocios con las tradicionales ideas del zoco. Aprende mucho, te necesito. Ya hablaremos de eso cuando vengas a casa.

Pero cuando iba, Shabal solía llegar muy tarde y al día siguiente volvía a marcharse pronto, de modo que nunca tenían tiempo para hablar del negocio de las alfombras y del zoco.

El joven no le había confesado nada a su tío, pero ya no sentía el menor interés por los negocios y menos aún por las alfombras. En la universidad se había afiliado a una organización clandestina de izquierdas; aquéllos eran contactos muy distintos de los que había tenido en la Aldea Roja.

En cuanto llegó a la universidad, lo aceptaron en la pequeña redacción de un periódico estudiantil clandestino, donde se sentía como pez en el agua. Tenía una pluma certera y era mucho más maduro que el resto de sus compañeros, de modo que no tardaron en ver en él a la figura que debía liderar el grupo.

Pero Shabal no era el único que estaba cambiando. Todo era distinto. En otro tiempo, el zoco había tenido un papel decisivo en la ciudad, pero aquello había pasado a la historia. Las alfombras persas habían dejado de ser un factor determinante para la economía y la política; el gas y el petróleo habían ocupado su lugar.

Antes, Aga Yan tenía mucho poder en el zoco y las autoridades siempre le profesaban respeto, pero últimamente se mostraban tan descarados como para atreverse a enviar a un agente a la mezquita o a utilizar al imán como chivato. En el pasado, el alcalde solía llamarlo al menos una vez por semana para mantener un equilibro en las relaciones entre el zoco y el resto de la ciudad. Sin embargo, el nuevo alcalde ni siquiera lo había invitado a su fiesta de presentación y menos aún se había dignado llamarlo por teléfono, a pesar de haber invitado a otros comerciantes del zoco. Eso significaba que el régimen pretendía romper la unidad del zoco, que estaba perdiendo gradualmente su posición dominante como productor de alfombras. De la noche a la mañana, habían abierto en la ciudad muchas otras fábricas de alfombras. Antes, a nadie se le habría ocurrido comprar aquellos tapices baratos que olían a plástico, pero últimamente no cesaban de bombardear a la gente con su publicidad.

Hasta hacía unos años, tener una antena de televisión en el tejado era un tabú en Seneyán, pero también eso había quedado atrás. Cuando un empresario decidió reconvertir el antiguo hamam de la ciudad en un cine, hubo alguien como Jaljal capaz de movilizar a los fieles para echar de allí a la mismísima Farah Diba. Sin embargo, hacía poco un tipo había comprado un viejo garaje en el centro de la ciudad y lo había transformado en un moderno cine. Todas las tardes había montones de jóvenes haciendo cola para comprar una entrada.

La apertura de tantos locales llamativos por la ciudad había acabado por romper el contacto entre el zoco y los jóvenes. Hasta hacía poco, los chicos solían pasear por el zoco, pero ya no se los veía por allí. El ayuntamiento había construido un bonito paseo donde los chicos y chicas podían tomar un helado mientras se celebraba la oración de la noche y por el que paseaban bajo los árboles y alumbrados por tenues luces de neón.

El sah había acabado conquistando la ciudad. En los edificios públicos había carteles con su imagen y su voz se oía en todas las emisoras. Si hacía unos años los comerciantes ocultaban la radio bajo el mostrador por temor a perder su clientela, ahora todos la ponían en un lugar prominente, encima de un estante, para que se oyera bien. Hasta en el zoco se veían retratos del sah en algunas de las tradicionales tiendas de alfombras. Poco antes hubiera sido impensable, pero todo estaba cambiando tan vertiginosamente que a veces uno no reconocía su propia ciudad.

La plaza del zoco había dejado de ser el centro de Seneyán y había cedido el puesto al paseo, donde habían erigido una enorme estatua ecuestre del sah en medio de un estanque.

La voz del monarca se oía en casi todas las casas de la ciudad, y ni siquiera la casa de la mezquita con sus recios muros lograba resistírsele.

Cada vez que el sah pronunciaba un discurso en algún lugar, el ayuntamiento ponía un coche delante de la mezquita y lo retransmitía por megafonía, con lo que su voz resonaba todo el día en el patio. Fagri Sadat no comprendía por qué Aga Yan callaba y Ahmad no protestaba.

Hacía poco que el sah había visitado el mausoleo de Ciro, el primer rey del antiguo imperio persa, y había exclamado con grandilocuencia: «¡Ciro! Rey de reyes. ¡Descansa en paz, pues yo estoy despierto!»

La semana entera estuvo el jeep delante de la puerta de la mezquita repitiendo aquel mensaje día y noche.

«¡Qué días tan duros! ¡Qué noches tan largas! Es una gran humillación para todos nosotros, pero no hay nada que pueda hacer. ¡No me atrevo a entrar en la mezquita de la vergüenza que siento!», escribió Aga Yan en su cuaderno.

No, ya no había nadie capaz de mantener al sah fuera de sus casas; hasta el viento arrastraba a las viviendas su fotografía, que un helicóptero solía esparcir sobre la ciudad.

Lagartija había recogido algunas del suelo y las había dejado en el cuarto para que Aga Yan las viese.

Aga Yan se hallaba en el patio cuando oyó de pronto una música muy alta que procedía de la casa de Hayi Shishegar.

¿Música en la casa de su querido Shishegar? Debía de tratarse de un acontecimiento muy especial. En ese instante se fijó en la antena de televisión que había en el tejado de su amigo. ¿Una antena en el tejado de uno de los comerciantes de vidrio más respetables del zoco? ¿Sería posible?

La casa de Hayi estaba a rebosar de gente.

Aga Yan subió la escalera con sigilo y en la oscuridad se coló en la azotea de Hayi Shishegar para enterarse de lo que pasaba.

No, no estaba confundido: había una larga antena en su tejado.

Hayi había querido celebrar los nuevos acontecimientos en compañía de todos sus hijos. Había sido uno de los invitados a la fiesta de presentación del nuevo alcalde y a todos los asistentes les habían regalado un retrato del sah para que se lo llevaran a casa. Aquella imagen con un marco dorado estaba colgada sobre la chimenea, justo encima de donde habían puesto el televisor.

Pero ¿a qué venía aquella música tan estridente en la casa?

Con cuidado, Aga Yan fue hasta el borde del tejado y observó el patio de su vecino.

Estaban celebrando una fiesta a la que asistían familiares y amigos. Era una noche calurosa, demasiado calurosa para quedarse dentro de casa. En el patio habían colocado una gran cama de madera donde estaban acostados los niños, vestidos con sus largas camisas blancas de algodón. Un grupo de músicos tocaba sin mucha gracia una rítmica canción estadounidense, mientras algunos hombres bailaban cogidos de la mano.

Al parecer, Hayi había hecho circuncidar a sus hijos y estaban celebrando el acontecimiento. La madre de los gemelos llevaba el velo sobre los hombros y charlaba alegremente con los invitados. La primera esposa de Hayi y sus siete hijas no estaban presentes.

Había muchas fuentes con galletas y dulces, y los niños jugaban a pillarse por el espacioso patio. Hayi charlaba con todo el mundo y se paseaba con las fuentes ofreciendo galletas. De pronto, le cogió la cámara al fotógrafo para sacar algunas instantáneas de sus hijos circuncidados y por enésima vez se fue hacia la cama junto a ellos y exclamó: «¡Sacadnos una foto!» Poco después, fue a la sala de estar de su casa acompañado por otros dos hombres y regresó con un gran televisor que más bien parecía un mueble de madera. Dejaron el aparato junto a la alberca, debajo del árbol donde estaban sus hijos. Hayi lo encendió y en la pantalla apareció un grupo de bailarinas de Teherán; asombrados, todos los presentes se acercaron para contemplar aquellas mujeres.

Aga Yan volvió sobre sus pasos y se detuvo unos instantes junto a la cúpula azul, palpando los azulejos fríos y esmaltados, luego continuó andando. Por encima del muro del patio de la mezquita, vio la alberca y el árbol, y alzó los ojos hacia las viejas cigüeñas que ya no estaban allí; hasta sus nidos habían desaparecido. Pensó que estaba demasiado oscuro y que por eso no las veía; se fue hasta el otro extremo de la azotea y volvió a mirar, pero no se equivocaba: no se veía ni rastro de las cigüeñas.

Abrió uno de los postigos del alminar, subió por unos angostos escalones y llegó a lo alto del minarete. Bajo sus pies crujieron algunas ramas secas, probablemente del nido de las cigüeñas. Sintió que algo se rompía en su interior, que se hacía viejo, y eso lo sorprendió. Escrutó la ciudad; dondequiera que mirase, veía lucecitas de colores, en la puerta del zoco había un enorme póster del sah iluminado por dos grandes focos. En el nuevo centro parpadeaban las luces de neón amarillas y rojas del cine. A pesar de que era tarde, aún se oía la música y las voces femeninas en el paseo.

¿Cuándo había desaparecido en la ciudad el eco de los suras del Corán? Sabía que la mezquita, el zoco y el Corán no oponían resistencia suficiente, pero no había esperado que el régimen hubiese conquistado Seneyán con tanta rapidez.

¿Dónde estaban los ayatolás que luchaban contra el sah? ¿Qué había sido de los guerrilleros que habían logrado fugarse de la cárcel?

¿Qué habían cambiado los libros que Shabal había leído a escondidas?

¿Dónde estaban las radios que hablaban contra el régimen?

¿Dónde se había metido Jaljal, tan combativo contra el sah?

¿Dónde estaban los estudiantes que pretendían cambiar el mundo?

¿Y por dónde andaba Nosrat, que tenía que filmar todos esos cambios?

Eran años de calma, pero ¿cómo podía saber entonces que poco después sobrevendría una nueva era con vertiginosa rapidez? Una tormenta furiosa que lo forzaría a inclinarse, temblando como un viejo árbol.

Abatido, bajó la escalera, cerró el postigo del minarete y regresó al patio. Habría querido volver junto a Fagri Sadat, acurrucarse junto a ella y olvidarse de todo, pero no lo hizo, sino que salió de la casa y se dirigió hacia el río.

Todo estaba oscuro y tranquilo, ni siquiera el río hacía ruido. Oteó los viñedos y las montañas al otro lado. Reinaba el silencio. Sumido en sus pensamientos, echó a andar y fue recordando lo que había sido su vida.

Había nacido en la casa, había dedicado toda la vida a la mezquita, había trabajado con denuedo en el zoco, y había puesto todo su empeño y talento en el negocio de las alfombras. Sus hijas se habían hecho mayores y su hijo Jawad se había convertido en un hombre hecho y derecho y estaba acabando los exámenes para ir a la universidad. A Aga Yan se le ocurrió que aún no había ido a La Meca, pese a que como hombre adinerado tenía el deber de cumplir la peregrinación una vez en la vida.

Todo había cambiado y por si fuera poco Ahmad socavaba la reputación de la mezquita.

El grajo graznó inesperadamente entre los viñedos y cruzó el río volando. Aga Yan oyó las voces de varios hombres y vio la silueta de una mujer con velo que salía de detrás de los árboles y corría en dirección al puente.

La reconoció de pronto.

—¡Jodsi! —llamó Aga Yan.

Ella siguió corriendo.

—¡Espera, Jodsi!

—Todos morirán, pero usted no morirá —vaticinó Jodsi con la voz de un grajo.


Televisión

 

Lagartija creció convirtiéndose en una criatura enigmática. En la casa no sabían si considerarlo un niño discapacitado o un animalillo. La cabeza, las manos y los pies eran humanos, pero sus movimientos tenían mucho de animal.

Y a medida que se hacía mayor, se iba desarrollando más y más el animal que llevaba dentro.

Sediq intentó enseñarle a hablar, pero no lo logró; el niño no mostraba el menor interés por aprender.

Lagartija tenía sus propias maneras, que no se parecían en nada al comportamiento de las personas normales. No quería comer con los demás, no se acostaba cuando tocaba y se negaba a utilizar los cubiertos, prefiriendo comer como un gato.

—¡No lo soporto más! —se lamentó Sediq—. Estoy harta. ¡No quiero a ese bicho raro!

—No debes decir esas cosas —la reconvino Aga Yan.

Sediq rompió a llorar.

—¡Todo son desgracias! —sollozó—. ¿Por qué todo me ha salido mal en la vida?

—Aún eres joven, hija mía, te quedan muchos años por delante. La vida no siempre nos muestra la misma cara, no olvides que existe un motivo para todo lo que ocurre. Si hay alguien con derecho a quejarse, es Muecín, que nació ciego, y sin embargo no lo hace, ha aceptado su destino y nosotros también. No puede ver, pero tiene un oído finísimo, unas manos con una sensibilidad extraordinaria y unas piernas que recuerdan el camino. Yo diría que lo ve todo, hasta las cosas que no pueden verse. ¡No llores, hija mía! Tu hijo debe vivir, yo estoy contento con él, lo considero un regalo para nuestra casa, hablo en serio, lo necesitamos, de otro modo no nos habría sido dado. En esta casa han vivido innumerables personas y no será la primera vez que haya nacido en ella una criatura fuera de lo común. ¡Ten fe en la vida, necesitamos a tu hijo para algo, de lo contrario no estaría entre nosotros!

—Ojalá tuviese tanta fe como usted —le dijo Sediq llorando.

Al día siguiente, Aga Yan llamó a Lagartija a su cuarto y le explicó que quería verlo en su estudio cada día después de la oración de la mañana. Había decidido enseñarle a leer con paciencia y férrea disciplina. Y Lagartija tuvo una reacción asombrosamente favorable. Se arrastraba hasta Aga Yan con un libro entre los dientes, lo dejaba en su regazo y lo conminaba a leérselo palabra por palabra.

En cuanto aprendió a leer un poco, iba al jardín y se estiraba en el suelo, a la sombra del árbol centenario. Los días de mucho calor, se encaramaba con su libro por la escalera hasta la azotea y buscaba la sombra de la cúpula. Durante los meses invernales, iba al sótano y se ponía a leer al lado de la estufa de Muecín. Ahmad le permitía entrar en la biblioteca y allí se pasaba horas enfrascado en la lectura. Nadie sabía a ciencia cierta si comprendía algo de lo que leía o si se dedicaba a fantasear.

Su mundo era la casa y apenas salía de allí, salvo las veces que Am Ramazan iba a verlos y se lo llevaba al río a lomos de su burro. Algunos ancianos que estaban sentados delante de la tienda de comestibles se levantaban y se acercaban al burro para mirar a Lagartija. Todos habían oído hablar del chico. Se quitaban el gorro ante él, volvían a ponérselo y jugaban un rato con él. A Lagartija le divertía y se mostraba encantado.

Después, Am Ramazan se lo llevaba al río donde extraía arena, excavaba un hoyo en la arena caliente y Lagartija se tumbaba ahí con su libro.

El niño se sentía feliz con Am Ramazan.

En varias ocasiones, Sediq le había prohibido al sirviente llevarse al niño.

—¿Por qué no lo dejas venir? —le decía el hombre—. No puedes tenerlo siempre escondido.

En aquellos días, Zinat pasaba poco tiempo en casa, salía a menudo a las zonas rurales para dar clases de Corán a las aldeanas. Pero en cuanto volvía a casa, lo primero que hacía era ir en busca de Lagartija para contarle historias que él no se cansaba de escuchar.

Zinat se ocupaba más de Lagartija que el resto de la familia, pues consideraba al niño un castigo por su conducta. Lagartija no sabía hablar, pero tenía un oído excelente, era capaz de desplazarse con una rapidez pasmosa y forzaba a los demás a relacionarse con él.

Nosrat solía evitar al niño cuando iba de visita a la casa, le acariciaba la cabeza o le daba golosinas, pero poco más. Antes de acostarse por las noches, cerraba bien la puerta de su cuarto para que Lagartija no pudiera colarse. Sin embargo, una noche, el pequeño se las arregló para entrar en el dormitorio, se acurrucó en un rincón y sacó un libro del bolsillo.

Nosrat no sabía qué hacer con él, de modo que permaneció un rato de pie junto a la cama, observándolo. Quería hacer algo por el niño, pero no se le ocurría nada. De pronto tuvo una idea.

—¿Me acompañas?

Lagartija reptó detrás de él por el patio y lo siguió hasta el sótano.

—Escucha, en una ocasión Shabal trajo un televisor a la casa para enseñarle la Luna a tu abuelo y a Alsaberi. Alsaberi era un imán ingenuo, un día se cayó en la alberca y murió, pero el aparato aún debe de estar por aquí en alguna parte. ¿Sabes?, has nacido en la casa equivocada. El mundo está cambiando, pero aquí todo está prohibido. ¿Entiendes lo que te digo?

Lagartija lo observaba sin entender nada.

—Aun así has tenido suerte. Si hubieras nacido con otra familia haría mucho tiempo que te habrían vendido a un circo. Ellos te dan cariño y eso es importante para las personas. Sin embargo, en una casa atrasada, todos son temerosos de Dios y cualquier cosa les da miedo: la radio, la televisión, la música, el cine, el teatro, la alegría, las demás mujeres, los demás hombres, sólo les gustan sus cementerios. Allí se sienten cómodos, hablo en serio. ¿Los has acompañado alguna vez a un cementerio? De pronto se los ve emocionados, se comportan con alegría, se sienten a gusto con los muertos. Por eso me fui de esta casa cuando era joven. Ven, vamos a ver dónde anda ese televisor, debe de estar entre estos cachivaches. A menos que las abuelas decidieran tirarlo. ¡Ah, las abuelas! No llegaste a conocerlas, eran unas damas muy elegantes. Yo no les caía bien, pero qué remedio. Se fueron a La Meca y ya no regresaron, unas viejecillas muy listas. ¡Vaya, está aquí! ¡Mira! Un pequeño televisor para ti. Estoy a punto de cambiarte la vida con este cacharro. Déjame pensar dónde podría ponerlo para que no moleste a nadie. Ya sé, en el trastero que hay en la azotea, detrás de la cúpula. En otro tiempo fue mi escondite, adonde iba a leer libros indecentes. Luego Shabal puso una cama allí. Pero ahora que él se ha ido, el trastero será para ti.

Largartija serpenteó por la escalera detrás de Nosrat hasta la azotea. Allí, Nosrat dejó el televisor sobre una mesilla que había junto a la cama de Shabal.

—Esta cama será tuya a partir de ahora, puedes acostarte aquí. Bien, voy enseñarte cómo funciona este chisme.

Lagartija se subió a la cama. Nosrat sacó el cable del televisor al exterior y colocó la pequeña antena en el extremo de una viga para que nadie pudiese verla.

—Fíjate bien —le dijo y encendió el aparato.

Apareció una mujer joven y maquillada con un vestido rojo sin mangas.

—¡No te asustes, chico! El mundo fuera de estas paredes es muy distinto. ¿Te gustan las mujeres? Algún día te llevaré conmigo a Teherán. En realidad este televisor es demasiado pequeño, ya te traeré otro más grande. Pero de momento tendrás que arreglártelas con éste, cuídalo bien, es tuyo y nadie puede quitártelo. Si alguien intenta quitarte el televisor, dale un mordisco. ¡Híncale bien los dientes en el tobillo! ¿Me has entendido?

Lagartija consiguió mantener en secreto su escondite durante todo un año, pero una noche, Aga Yan subió a hurtadillas la escalera y abrió la puerta del trastero.

Lagartija, que no esperaba a nadie, saltó de la cama y con un rápido movimiento se encaramó sobre su televisor, aferrándose a él como un enorme gato, la cabeza por un lado del aparato, y los pies por el otro.

Aga Yan permaneció un momento en el umbral, antes de cerrar la puerta y volver a bajar.


Los saltamontes

 

Aquél iba a ser un día excepcional para Aga Yan. Sucedía más veces de las que él se imaginaba.

Llamaron a la puerta. Lagartija fue a abrir y se encontró con los ojos de un caballo que lo miraban en el sol vespertino. Apoyándose en el marco de la puerta, se incorporó un poco para ver mejor lo que pasaba. Delante de la puerta había un gran carruaje que contenía dos ataúdes. El cochero, enlutado con abrigo largo y sombrero, dijo:

—¡Aga Yan!

Lagartija se deslizó con rapidez hasta el estudio de Aga Yan y le señaló hacia la puerta al tiempo que emitía unos ruidos ahogados.

En cuanto Aga Yan vio al cochero, se puso su sombrero y se dirigió a la puerta.

Ena lelah! —exclamó el cochero.

Ena lelah —contestó Aga Yan—. ¿Qué puedo hacer por usted?

—Traigo a dos difuntos para usted.

—¿Difuntos? ¿Para mí?

—Discúlpeme. No son difuntos, sólo los restos que quedan de ellas.

—¿De quiénes?

—De dos mujeres de La Meca.

—¡Las abuelas! —exclamó Aga Yan ligeramente turbado.

—¿Podría firmar aquí, por favor? —le pidió el cochero tendiéndole unos papeles.

—Mis gafas —dijo Aga Yan.

Lagartija se metió en la casa con rapidez y volvió con las gafas de lectura.

El texto estaba en árabe. Había algunas aleyas del Corán, seguidas de un breve comunicado sobre las abuelas, cuyos cadáveres habían sido hallados en el monte Ararat, próximo a La Meca. El monte Ararat es el más sagrado del mundo islámico, allí iba Mahoma cada tarde a hablar con Alá, y también fue allí donde descendió Gabriel por primera vez desde los cielos para revelar la misión de Mahoma como profeta.

En aquel monte se encontraba la pequeña cueva donde Mahoma se había refugiado la vez que tuvo que huir de La Meca a Medina porque sus enemigos querían darle muerte mientras dormía. Aquella cueva y aquella noche fueron decisivas en la historia del islam: aquella noche, o aquel día, marcó el comienzo de la era islámica. La gruta recibió el nombre histórico de «la Cueva de la Araña»: cada vez que Mahoma entraba allí, una araña tejía una tela en la entrada para que nadie pudiese ver quién se escondía en su interior. Las abuelas se habían colado en la cueva, algo que parecía poco creíble, pero ellas lo habían conseguido y la policía había hallado su testamento junto a los cadáveres.

Era inconcebible. Estaba prohibido entrar en la gruta. Los millones de peregrinos que iban a visitarla cada año tenían que conformarse con admirarla desde la distancia.

Si la historia de las abuelas era cierta, debía de haber sido una experiencia extraordinaria para ellas. Aga Yan se sintió conmovido, pero en aquellos momentos tenía la mente en otra parte. Su hijo Yawad iba a volver a casa después de seis meses de ausencia. Aquel año había empezado sus estudios en la Universidad de Isfahán y era la primera vez que estaba fuera de casa tanto tiempo. Había elegido la carrera de biología porque quería trabajar de ingeniero del petróleo.

Habían descubierto un gran yacimiento de gas en el suelo de Seneyán. Una empresa petrolera estadounidense lo tenía todo dispuesto para empezar las perforaciones, y por eso habían creado una nueva especialidad en la universidad. Muchos estudiantes se habían inscrito, pero sólo habían admitido una docena después de someterlos a un duro examen de ingreso. Yawad estaba entre los elegidos. Los estudiantes seleccionados recibían clases de ingenieros estadounidenses. Formalmente, eran estudiantes de la Universidad de Isfahán, pero en realidad, pasados los primeros meses de clase, se trasladaron a unos cuarenta kilómetros de Seneyán para seguir sus estudios en la refinería petrolífera del sah, bajo la supervisión de la petrolera estadounidense, y se alojaron en una especie de internado donde sólo se hablaba inglés.

Eran unos estudios con un trabajo garantizado y cerca de su casa. No se podía pedir más. Cuando se enteraron de que habían aceptado a su hijo, Fagri Sadat no pudo pegar ojo de alegría y Aga Yan no cabía en sí de orgullo.

Éste lo había dispuesto todo para ir a la estación con Fagri Sadat para recoger a Yawad.

—¿Por qué trae los ataúdes a mi casa? —le preguntó al cochero—. Debería haberlos llevado a la mezquita o podría usted haberme informado por teléfono o haber pasado por aquí antes para avisar. No es muy oportuno presentarse de improviso en casa de alguien, tan tarde, y con dos ataúdes. ¿Qué voy a hacer ahora?

—Le ruego que no se moleste conmigo —se excusó el cochero—. No le traigo los cuerpos, sólo dos bolsas.

—¿Bolsas? ¿Cómo que bolsas?

El cochero subió al carruaje, abrió la tapa de un ataúd y sacó una bolsa. Sosteniéndola en el aire, comentó:

—Mire, los saudíes sólo nos han enviado estas dos bolsas. ¿Quiere usted que se las deje o prefiere que me las vuelva a llevar?

—¿Por qué las ha traído en dos grandes ataúdes? ¿Y por qué viene en un carruaje de dos caballos? ¿Y por qué tan tarde?

—Entiendo su extrañeza, pero no soy más que un cochero.

Aga Yan metió entonces un par de billetes en el bolsillo del hombre, cogió las bolsas, entró en la casa y cerró la puerta.

—¿Qué pasa? —preguntó Fagri Sadat desde la planta superior.

Aga Yan ocultó las bolsas en el jardín debajo de dos grandes hojas de calabaza.

—No es nada, nada importante. ¿Estás lista? ¡Tenemos que irnos ya o llegaremos tarde!

Un sol ardiente se hundía en el horizonte del desierto cuando Aga Yan se sentó al volante de su Ford y partió hacia la estación acompañado por su esposa.

A Fagri Sadat se le saltaron las lágrimas de alegría cuando vio a su hijo apearse del tren. Siempre había sido su preferido. Seis meses antes, hasta el día que partió a Isfahán, Fagri iba todas las noches a darle un beso a su cama; sin embargo, el chico que había regresado lucía un bigotito y se había dejado el pelo largo.

Su madre se había ocupado de su educación. No quería que estuviera demasiado apegado a la mezquita o a la política del zoco. Deseaba educarlo libremente para que algún día pudiese elegir su camino. Por fin había llegado el momento de recoger lo sembrado. Su hijo no demostraba la menor inclinación religiosa y a Fagri le gustó que se hubiera dejado crecer el pelo. Se parecía más a su tío Nosrat que a su propio padre.

Durante todos esos años, Yawad no se había inmiscuido en los asuntos de la mezquita y Fagri Sadat se alegraba de que Aga Yan tuviera los ojos puestos en Shabal como su futuro sucesor. Pero no sabía que Aga Yan se había decepcionado con Shabal y que había depositado sus esperanzas en el propio hijo de Fagri. Todavía no le había dicho nada al respecto.

Unos meses antes, cuando Shabal llamó por última vez a Aga Yan al zoco, no marcó su número directo sino que llamó al almacén. Tuvieron que ir a avisar a Aga Yan.

—¿Quién es?

—Un comerciante de Teherán.

—¿Por qué no llama a mi número?

—Dice que lo ha intentado, pero que no le contestaba nadie.

Aga Yan fue al almacén y cogió el auricular.

—Perdone que le moleste, Aga Yan, pero temo que puedan interceptar la llamada desde su teléfono. Sólo quería decirle que no tiene usted que preocuparse por mí si no voy a casa. En estos momentos estoy ocupado con algunos asuntos, pero deseaba oír su voz. ¿Podrá darle recuerdos a todos de mi parte?

—Así lo haré. Que Dios te proteja, hijo.

No fue preciso que Shabal dijera una palabra más. Aga Yan había comprendido. Pero en ese momento no tenía intención de decírselo a Fagri, era su celebración y no deseaba estropeársela.

Fue una velada entrañable, la sobremesa fue larga y todos permanecían despiertos. Si hubiera estado Zinat, habría contado alguna de sus historias. Aga Yan no estaba enterado aún, pero Zinat había entrado en contacto con Qom y tenía instrucciones de crear una organización de mujeres a través de las clases del Corán.

Para hacer honor a la tradición, Muecín tomó la palabra y contó la historia de Yunus.

El profeta Yunus, decepcionado, abandonó su casa para no volver jamás. Sus discípulos se quedaron sorprendidos y apenados. Yunus llegó hasta el mar, vio unos pasajeros embarcando en un navío y decidió unirse a ellos. El barco navegó tres días y tres noches, y al cuarto día todo se sumió en la oscuridad; de pronto, un pez enorme emergió del agua y le impidió el paso. Los pasajeros no sabían qué hacer y el pez no se marchaba. Un hombre curtido, que había navegado mucho, dijo:

—Uno de los presentes ha cometido un pecado. Tenemos que entregárselo al pez o de lo contrario no nos dejará marchar.

—El pez viene por mí; podéis arrojarme al agua y seguir vuestro viaje —les advirtió Yunus.

—Te conocemos —comentaron algunos pasajeros—. Eres un hombre justo, no es posible que hayas cometido ningún sacrilegio. También conocemos a tu padre, que fue un hombre piadoso. No, no puedes ser la persona que busca el pez.

Yunus, que estaba seguro de que el pez había ido por él, les contestó:

—Es algo entre mi Dios y yo. Por esa razón el pez está aquí.

Y entonces se encaramó a la borda y saltó al agua. El pez se lo tragó de un solo bocado y desapareció bajo el agua.

Todos estaban aún meditando la historia cuando oyeron un ruido extraño en el patio.

Aga Yan aguzó el oído.

—¿Qué ha sido ese ruido? —preguntó Muecín.

Aga Yan salió al patio y se fijó en que la noche se había vuelto inusitadamente oscura.

—Oigo cientos de insectos voladores —dijo Muecín.

—¡Saltamontes! —gritó Aga Yan—. ¡Cerrad todas las ventanas de las habitaciones!

Pero ya era demasiado tarde, miles de saltamontes entraban volando en la casa y el cielo se tornaba pardo, como si se ciñese una tormenta de arena.

Las mujeres se cubrieron la cabeza con los velos y corrieron a cerrar puertas y ventanas de todas las estancias. Ahmad se apresuró hacia la biblioteca mientras Aga Yan corría hacia el sótano a cerrar los postigos.

Los saltamontes cubrieron los tejados, árboles y jardines, incluso la alberca, y empezaron a arrasar cuanto hallaban a su paso dejándolo todo devastado.

Una vez cada muchos años, una plaga de saltamontes llegaba desde las lejanas ciudades de poniente, como La Meca, y arrasaba la ciudad. Sólo después de devorarlo todo se metían en los viñedos y desaparecían detrás de las montañas. Pero jamás habían visto una oleada tan inmensa como la de aquel día.

En un libro de la biblioteca se describía la plaga de saltamontes que había aparecido cincuenta años atrás: «Llegaron en masa, por millones, y el mundo se oscureció. Eran grandes como dedos y tenían el color de la tierra, de modo que cuando estaban en el suelo no se los distinguía, pero cuando se ponían en movimiento parecía como si el suelo se moviese. La gente subió a los tejados con sartenes y cucharas y se puso a repicar ruidosamente para asustarlos, pero parecían indiferentes a aquel estrépito. Después, encendieron hogueras con la esperanza de que el humo los espantara, pero los insectos no se asfixiaban. Entonces fueron en busca de sus Coranes y leyeron al unísono el sura de Suleimán: “El valle estaba cubierto por una masa de hormigas como si de un manto negro se tratase. La abubilla, mensajera de Suleimán, voló sobre el valle y gritó: ‘¡Hormigas! ¿Es que no os habéis enterado? El hombre al que acabáis de dirigiros es Suleimán, el que conoce la lengua de los animales. Va a visitar a la reina de Saba. ¿No habéis oído hablar de la hermosa Saba? Haceos a un lado. ¡Dejad libre el paso! ¡Permitid que pase el ejército! ¡Por Suleimán! ¡Por la reina de Saba! Algo grande está a punto de suceder. ¡Apartaos a un lado!’ Al principio no sucedió nada, pero entonces la masa de hormigas se puso en movimiento y desapareció en el suelo del valle.”»

Con la llegada de la aurora, los saltamontes se replegaron por fin y emprendieron el vuelo hacia las montañas. Habían devastado árboles y jardines y en la alberca flotaban las espinas de los peces. También se habían llevado consigo los sacos con las abuelas.

Aquél era un mal presagio, se dijo Aga Yan, mientras observaba el patio a través de la ventana; los saltamontes no aparecían porque sí.

Metió la mano en el bolsillo y cogió fuertemente su Corán.


Zaman

 

Muecían recitaba en su cama:

 

Por el Sol y su claridad¡Por la luna cuando le sigue!¡Por el día cuando le hace brillar!¡Por la noche cuando le cubre!¡Por el Cielo y Quien lo creó!Habían pasado siete días desde la llegada de los saltamontes, pero Muecín seguía en su cuarto, tumbado en la cama.

—Muecín, ¿por qué te encierras en tu habitación? —le preguntó Aga Yan desde el otro lado de la puerta—. ¿Por qué te niegas a salir?

—No me atrevo.

—¿Cómo que no te atreves? ¿De qué tienes miedo? ¿Qué te pasa? —repuso Aga Yan y entró en la habitación con cautela.

—El reloj de mi cabeza se ha parado. Ya no sé qué hora es.

—Estás cansado, Muecín, no es más que eso —lo tranquilizó Aga Yan—. Tal vez sea porque ya no puedes vender tus jarrones y vasijas.

—No, no es por eso, sino por los saltamontes. Cuando llegaron, mi reloj interior se paró. Ya no me atrevo a salir afuera, me entraría el pánico si la gente me preguntara el zaman.

El propietario de la tienda de artesanía que solía vender los objetos que hacía Muecín había anulado el acuerdo que tenían. Habían salido tantos productos de plástico, nuevos y baratos, al mercado que ya nadie tenía ojos para la cerámica. Pero Muecín no podía dejar la alfarería y seguía haciendo platos, fuentes, vasijas y jarras, que iba apilando en el sótano. Cuando ya no cupo ni uno más, los llevó al jardín y las metió entre las plantas, y cuando el jardín también estuvo lleno, los subió a la azotea con la ayuda de Lagartija y fue guardándolos en el tejado de la mezquita.

Muecín permaneció tres días más en la cama. A la décima noche su reloj volvió a ponerse en marcha de repente.

—Son las doce y tres minutos —murmuró Muecín, y se incorporó de la cama con alivio.

Aguzó el oído y oyó que llamaban a la puerta. Después percibió pisadas en el patio que se dirigían al estudio de Aga Yan.

¡Shabal!, supo de inmediato.

Se puso en pie y quiso gritar su nombre, pero se contuvo; sabía que Shabal debía de tener un buen motivo para ir a hablar con Aga Yan a aquellas horas de la noche. Debía esperar. Shabal ya iría más tarde a verlo.

Cuando Aga Yan vio a Shabal en el umbral de la puerta, lo primero que pensó fue lo mucho que había cambiado.

Los rasgos del muchacho que en otro tiempo había vivido en aquella casa habían desaparecido: delante de él tenía a un hombre.

Se puso de pie, lo abrazó y le ofreció una silla.

—¿Cómo estás, hijo mío? Nos tienes muy olvidados, hacía mucho tiempo que no sabíamos nada de ti.

—Es una larga historia, Aga Yan, pero se la resumiré en dos palabras: soy feliz y las cosas me van bien.

Aga Yan comprendió que no debía hacer más preguntas.

—¡Excelente, eso es todo lo que quería saber! —Luego calló para que Shabal siguiera hablando.

—Hay mucha agitación por la universidad estos días —dijo de sopetón—. El vicepresidente de Estados Unidos ha estado en Teherán. Los estudiantes bloquearon la carretera desde el aeropuerto hasta el palacio, pero fueron desalojados con mano dura por los antidisturbio. Luego se retiraron y se reagruparon para irrumpir en la embajada estadounidense. Allí, se encontraron con un destacamento de policía que los reprimió con dureza; lanzaron algunos cócteles molotov por las ventanas y se prendió fuego el ala delantera de la embajada. Entonces apareció un helicóptero que empezó a disparar a ciegas, dos estudiantes murieron y muchos resultaron heridos. La policía anda buscando a los estudiantes que participaron en la manifestación. Todos han huido. Yo también. Querría esconderme en algún sitio de la mezquita por unos días y esperar a que vuelva la calma, si usted no tiene inconveniente, claro está.

—¿Inconveniente? Es sensato por tu parte haber vuelto a casa, aquí estás más seguro que en cualquier otra parte y yo puedo ayudarte más que en Teherán.

—Muchas gracias.

—¿Por qué?

—Ya no vivo en esta casa, pero siempre que siento miedo o inseguridad, pienso en usted. Esta casa ha sido siempre un puerto seguro para mí. Gracias por haberme dado ese sentimiento tan fuerte. Y gracias también por la educación que me dio. No sabía bien quién era mientras vivía aquí, pero ahora sí lo sé. Usted ha hecho de mí un hombre fuerte.

Aga Yan se sintió impresionado por aquellas palabras de aprecio.

—Te has convertido en un hombre juicioso que sabe expresar bien sus sentimientos —repuso.

—Hay una cosa más que quiero contarle. El tren en que vine pasó por Qom y fui testigo de una escena sin precedentes. Centenares de jóvenes clérigos habían bloqueado la estación, se habían apostado en los raíles y no dejaban pasar el tren. Gritaban con fervor: «¡No hay más Dios que Alá!»

»Jamás había presenciado una demostración tan ferviente. Lo que vi allí es una nueva forma de oposición: los ayatolás han cambiado de táctica. Los imanes que antaño no querían saber nada de los trenes habían cortado los raíles. Un joven religioso se encaramó como un felino por la pared del vestíbulo de la estación y plantó un retrato de Jomeini encima de la fotografía enmarcada del sah. Fue una experiencia impresionante. Algo grande está a punto de ocurrir. ¿Sigue teniendo contacto con Qom?

Fue una pregunta inesperada. No, no mantenía ningún contacto con Qom y ningún ayatolá lo había llamado en los últimos años. Pero mientras Shabal le contaba aquello, sintió que un tren había partido con los ayatolás a bordo, y él lo había perdido.

Faltaban trece minutos para la una cuando Muecín oyó pasos en el callejón. Conocía aquellas pisadas, aunque en ese instante no supo ubicarlas. Sintió que alguien toqueteaba la cerradura de la puerta principal. Se levantó y fue descalzo hasta el cuarto de Aga Yan.

—He oído a alguien en el callejón. Hay alguien en la puerta —le susurró.

—¡Escóndete en un minarete! —le susurró Aga Yan a Shabal.

Tras besar fugazmente a su padre, Shabal corrió a la azotea, cogió una manta del trastero, abrió uno de los postigos del minarete izquierdo y se coló dentro. Luego volvió a cerrar la puerta.

Aga Yan vio a Lagartija en medio del patio; parecía desorientado y tenía la ropa mojada.

—¡No te quedes ahí! Ve arriba —le susurró.

A continuación se dirigió a la puerta con calma y la abrió.

Se encontró cara a cara con un individuo de gafas y sombrero que sostenía una llave en la mano. Aga Yan lo conocía de algo pero no logró ubicarlo.

—Diría que nos conocemos, pero mis ojos no ven bien en la oscuridad —dijo—. ¿Puedo hacer algo por usted?

El hombre se quitó el sombrero y Aga Yan lo reconoció al instante, pero necesitó algo de tiempo para asimilarlo. Era Jaljal, el padre de Lagartija. Había envejecido.

Salam aleikum! —lo saludó Jaljal.

Por un momento, Aga Yan no supo cómo reaccionar. Jaljal había destrozado la vida de Sediq, la había abandonado embarazada de un niño minusválido para ir a Irak junto a Jomeini. Y de pronto aparecía en la puerta de su casa después de todos aquellos años.

—¿Qué puedo hacer por usted? —repitió con frialdad, al tiempo que el otro entraba.

—He estado viajando por todo el país para propagar el mensaje de Jomeini. Hoy estuve en Seneyán y me reuní con algunos comerciantes importantes del zoco. Creí que usted estaría entre ellos y me sorprendió que no fuera así. Debo partir para Irak esta misma noche y deseo pedirle algo. ¿Podría hablar un momento con mi esposa?

—Legalmente Sediq ha dejado de ser su esposa. Si un hombre abandona a su mujer durante tanto tiempo sin dar señales de vida, el matrimonio queda disuelto. Usted debería saberlo mejor que yo. Así pues, no tiene ningún derecho a verla.

—Lo sé, pero quizá ella sí quiera verme.

—¡Aquí tomo yo las decisiones! ¡Sediq no desea verlo!

—Pero ella me ha dado un hijo y tengo derecho a conocerlo.

—Es cierto, pero será mejor para todos que se vaya usted de aquí y nos olvidemos de este encuentro —sentenció Aga Yan.

—Mire, no había planeado pasar por aquí, de hecho ya estaba en el coche a punto de irme. Comprendo su enojo, pero es usted un hombre avezado, hay una situación política, un régimen vendido a los americanos, y he tenido que sacrificar a mi esposa y mi hijo para acabar con ese régimen, no había alternativa. Debía hacerlo.

—No tengo tiempo de escuchar disparates a estas horas de la noche —lo atajó Aga Yan señalándole la calle.

Jaljal le dirigió una mirada resentida a través de sus gafas oscuras.

—Me iré si ése es su deseo, pero volveremos a vernos.

Cuando se hubieron acostado, Aga Yan le contó a Fagri la inesperada visita de Jaljal y hablaron un poco al respecto. Pero los dos estaban demasiado cansados para profundizar en el tema.

Al atardecer del día siguiente, Fagri llamó a la puerta del estudio de Aga Yan.

—¡Quiero hablar contigo!

—Pasa —le dijo él, algo sorprendido.

Fagri se plantó en medio de la estancia.

—Tengo la impresión de que Zinat está en contacto con Jaljal y que le ha dado permiso para que viera a Sediq.

—¿Qué dices? ¿De qué estás hablando? ¿Cómo lo sabes?

—Sospecho que trabajan juntos. Y diría más, creo que fue Jaljal quien puso en contacto a Zinat con Qom. Ella ha olido el poder y le ha gustado. Lo veo en su comportamiento. ¿No te has dado cuenta de que ya no frecuenta nuestra mezquita? Debes vigilarla. No me fío de ella. Hace cosas raras.

Fagri podía estar en lo cierto, pero ¿cómo era posible que a él no se le hubiera ocurrido pensar en todo aquello?

—Debo contarte algo que en realidad debería callarme, pero las cosas han llegado a un punto que debes saberlo. No es la primera vez que Jaljal ve a Sediq, y sospecho que ha sido algo más que un mero encuentro. Sediq vuelve a andar por el patio dando respingos.

—¿Qué? ¡No puede ser! No son más que chismorreos.

—Nada de chismorreos. Te fijas en todos los cambios que se producen en el zoco, ¿cómo es posible que seas tan ciego ante lo que sucede en tu propia casa? Cada vez que oigo los pasos de Zinat en la escalera me cubro con el velo. Ya no me atrevo a maquillarme en su presencia, siento como si un hombre desconocido me estuviese mirando. No sé qué hace, ni con quién tiene contacto, pero su forma de mirar ha cambiado. Tengo la misma impresión durante los encuentros de mujeres. Ninguna se atreve a decir nada en presencia de Zinat. Antes disfrutaba mucho de esos ratos juntas, pero ahora la acompañan un grupo de mujeres groseras que sólo saben hablar de la sharia, y Zinat es la mandamás.

Aga Yan se hundió más en su asiento.

Llamaron a la puerta.

—¿Quién es?

—¡Sale humo del cine! —anunció la voz de Jodsi detrás de la puerta.

—¿Qué estás haciendo aquí a estas horas de la noche? —se sorprendió Aga Yan, y se puso de pie para abrir la puerta.

Vio una densa capa de humo cerniéndose sobre la ciudad y los coches de bomberos que acudían ululantes hacia el lugar del incendio.

¡Jaljal!, pensó de pronto, pero no compartió sus sospechas con Fagri; se cambió de ropa y salió precipitadamente hacia el centro de la ciudad.

Por todas partes había coches de policía y ambulancias que trasladaban heridos al hospital. Había estallado una bomba en el cine, causando tres muertos y más de un centenar de heridos.

A la semana siguiente estalló otra bomba en el cine de Isfahán, que engrosó la lista de muertos y heridos; sin embargo, el régimen no hizo declaración alguna sobre los incidentes y ningún periódico se hizo eco de la noticia.

El día del estreno de una nueva película estadounidense que iba a proyectarse en la sala más grande del país, en la ciudad meridional de Abadán, hubo una explosión muy potente. Habían pasado catorce días desde el atentado de Isfahán. Hubo 476 muertos y muchos heridos.

La noticia saltó a la primera página de toda la prensa mundial.

El sah oía los pasos de Jomeini, pero no podía imaginarse que el ayatolá hubiera sido capaz de alinear a todos los zocos y mezquitas del país en tan poco tiempo. Los acontecimientos le parecían sin duda alarmantes, pero en los análisis de sus asesores no se barajaba en absoluto la posibilidad de una revuelta popular. A oídos del sah sólo llegaban noticias de la enorme satisfacción del pueblo y la gratitud que le prodigaba. Los países occidentales confiaban plenamente en él, por consiguiente el monarca no veía ninguna razón para inquietarse por aquellos atentados.

En estas circunstancias, el mundo entero tenía los ojos puestos en Irak, donde Jomeini seguía exiliado.

Durante la oración del viernes, la sección persa de la BBC retransmitió las siguientes declaraciones de Jomeini: «No hemos tenido nada que ver. ¡Nosotros no cometemos semejantes crímenes! La culpa la tienen los servicios secretos.»

Fue una emisión histórica; era la primera vez que un imán, un ayatolá, difundía su mensaje a través de las ondas radiofónicas. Su voz sonaba más vieja, pero más combativa que nunca. No se rebajó a utilizar la palabra sah, sino que se refirió al monarca por su segundo nombre de pila, Reza, para humillarlo: «Ese Reza utiliza duras palabras, dejad que hable. Es un don nadie, no es más que un esbirro. Volveré y tiraré de sus orejas. No es a él a quien desafío, no lo merece. ¡Desafío a América!»

La BBC anunció que el viernes siguiente tendría lugar una manifestación en Teherán. La noticia cayó como una bomba.

El sah no comprendía por qué la gente quería salir a manifestarse si estaban tan satisfechos. Tampoco veía claro cómo podía producirse una insurrección cuando la policía y los servicios secretos mantenían el país estrechamente controlado.

Aquel histórico viernes, miles de comerciantes del zoco de Teherán salieron a la calle y se congregaron en la plaza Mayles, donde estaba el Parlamento. Por las calles adyacentes convergieron miles de fieles, que acababan de salir de las mezquitas tras la oración del viernes, y se sumaron a la manifestación.

Cuando la plaza estuvo a rebosar, la muchedumbre se puso en movimiento en dirección a la plaza del Sah. La cabeza de la manifestación estaba compuesta por jóvenes clérigos y, en primera línea, algo separado de los demás, se veía a un joven ayatolá, muy elegantemente vestido con una túnica de imán, que nadie conocía.

Por regla general, los imanes no prestaban mucha atención a su aspecto externo, pero aquel ayatolá era a todas luces distinto. Andaba bien erguido, llevaba la barba cuidada, una camisa blanca impecablemente planchada y unas llamativas babuchas amarillas.

Nadie lo había visto antes. La semana anterior había llegado al país procedente de Irak vía Dubai, haciéndose pasar por comerciante, vestido de traje y sombrero y hablando un perfecto inglés. Aquella primera demostración de fuerza tuvo un éxito inmediato. La BBC informó que cien mil personas habían salido a manifestarse por las calles de Teherán en contra del sah y que la iniciativa estaba en manos de una nueva generación de imanes.

Una fotografía del notable ayatolá apareció en la primera página de toda la prensa matutina. «¿Quién es este hombre?», rezaba el titular de Keyhan, el periódico más importante del país.

El hombre se llamaba ayatolá Beheshti y había nacido en Isfahán cincuenta y cinco años atrás. Por aquel entonces era uno de los ayatolás más jóvenes de la jerarquía chií.

Beheshti era una figura carismática que estaba a cargo de la mezquita iraní de Hamburgo, el templo chií más importante de Europa.

También había sido el primer imán en oír los pasos de la revolución. Abandonó de inmediato su puesto en Hamburgo y marchó a Irak para ponerse al servicio de Jomeini.

Después de llevar tantos años viviendo en Alemania, conocía bien los entresijos del mundo occidental, y ése era un talento que el anciano Jomeini necesitaba para hacer realidad su sueño de un estado islámico.

Beheshti conocía el valor de las historias de Oriente y el poder de las cámaras. Su plan era atraer la atención de la televisión occidental sobre la persona de Jomeini y cautivarla: «¡Un anciano imán sobre una sencilla alfombrilla persa, que vivía en el exilio, se alimentaba de pan y leche y desafiaba a Estados Unidos!»

A diferencia de Beheshti, Jomeini no sabía nada del mundo moderno y aun tenía que esforzarse para poner en sus labios la palabra «radio».

Atardecía cuando Beheshti llamó a la puerta del domicilio de Jomeini en Nayaf.

Jaljal salió a abrirle.

—Me llamo Beheshti, soy el imán de la mezquita de Hamburgo y he venido para hablar personalmente con el ayatolá —anunció.

Por aquellas fechas, Jaljal supervisaba todo cuanto acontecía en la casa de Jomeini. Llegaban muchos peregrinos que querían conocer al ayatolá.

Jaljal no conocía a Beheshti ni había oído hablar de él, pero su talante y su apostura lo atrajeron de inmediato.

—¿Le importaría decirme de qué quiere hablar con el ayatolá? —le preguntó.

—Comprendo su curiosidad, pero se trata de un asunto que sólo puedo tratar directamente con él.

Jaljal lo condujo al cuarto de las visitas, hizo que un sirviente le ofreciera un vaso de té y le pidió que aguardase un momento.

Jomeini tampoco conocía a Beheshti, pero había sido amigo de su padre. Por entonces, el hombre tenía a su cargo la dirección de la influyente mezquita de Yome en Isfahán.

—El ayatolá conoció a su padre y se alegrará de recibirlo —le comunicó Jaljal, y lo acompañó hasta la austera biblioteca del anciano ayatolá, donde éste permanecía sentado en el suelo sobre su alfombrilla.

Beheshti entró en la estancia, hizo una inclinación y cerró la puerta a sus espaldas.


París

 

Alef Lam Ra.Nunca sabremos con antelaciónCuáles son sus planesLo sigoLo sigo inclinadoNadie se había dado cuenta, nadie lo esperaba, nadie sabía a ciencia cierta lo que estaba pasando, pero de la noche a la mañana el anciano Jomeini apareció en el aeropuerto Charles de Gaulle de París.

Llegaron cuatro personas: Jomeini, Beheshti, Jaljal y Batul, la esposa del ayatolá.

En los catorce años de exilio que Jomeini había pasado en Irak, jamás salió de la ciudad de Nayaf. Se despertaba cada día a las cinco y media, dirigía la oración matinal y leía el Corán.

A las siete y media su mujer le llevaba el desayuno, y después permanecía trabajando en su pequeña biblioteca hasta las doce y media, hora de la oración del mediodía. Después de comer, hacía una corta siesta y volvía a trabajar hasta las cuatro. Hacia la media tarde recibía visitas, en su mayoría mercaderes de alfombras iraníes que viajaban a Irak por asuntos de negocios, aunque también se encontraban entre ellos algunos islamistas disidentes del régimen iraní que se reunían allí haciéndose pasar por comerciantes. Ellos eran los que hacían posible la comunicación entre el ayatolá y Qom.

Durante los meses de invierno, Jomeini permanecía todo el día encerrado en su biblioteca, pero en primavera y verano solía salir al jardín a trabajar a partir de las seis de la tarde, cuando había refrescado un poco.

Al atardecer hacía sus abluciones, se ponía la túnica y se encaminaba a la mezquita del santo imán Alí.

Su mujer iba tras él, a unos tres metros de distancia.

Y ahora, allí estaba Jomeini, en el aeropuerto Charles de Gaulle de París, apoyado en un carrito junto a la cinta portaequipajes.

En cuanto recogieron las maletas, el propietario del mayor comercio de alfombras persas de París condujo en una furgoneta a los recién llegados a Neauphle-le-Château, donde había dispuesto una casa para ellos.

Hacía aproximadamente unos sesenta años que Jomeini había abandonado su aldea natal para realizar sus estudios de imán en Qom.

Por aquel entonces no había coches en el pueblo donde vivía, ni siquiera había carreteras por las que pudiera pasar un coche. Cruzó las montañas a pie hasta la ciudad de Arak, para tomar allí la diligencia que lo llevaría hasta Qom. Décadas después, Reza Kan, el padre del sah, modernizaría el país y, con la ayuda de los británicos, tendería una línea de ferrocarril.

Cuando Jomeini llegó a Arak, se sorprendió al ver un camión en el que un conductor de origen armenio llevaba peregrinos a la ciudad santa de Qom. Había decenas de peregrinos sobre la caja del camión.

Aquél fue un viaje inolvidable para Jomeini, pero cuando llegaban a Qom, atravesando los cerros pedregosos, se sintió mareado por el penetrante olor del gasoil.

Años más tarde, convertido ya en ayatolá, siempre se hacía conducir en un elegante Mercedes-Benz, pero cada vez que subía al coche volvía a sentirse mareado por el olor del carburante.

En aquella furgoneta que los conducía por las calles parisinas en dirección a un tranquilo barrio de las afueras de la ciudad, volvió a sentir el mismo olor.

Beheshti, que lo había arreglado todo de antemano, sacó su agenda del maletín y cogió el teléfono.

Por aquellas fechas había una joven periodista iraní que trabajaba para la cadena de televisión estadounidense ABC. Beheshti marcó su número y le informó que Jomeini había abandonado Nayaf para instalarse en París, desde donde planeaba dirigir la revolución en Irán.

Le dijo que, si se daba prisa, le concedería a la ABC una entrevista con el ayatolá en primicia, pero en caso contrario llamaría directamente a la BBC.

Al día siguiente, un coche de la cadena estadounidense se detuvo delante de la residencia de Jomeini.

Era mediodía en París, pero en Irán estaba anocheciendo.

Am Ramazan llegó al callejón en estado de agitación, saltó del burro y se apresuró hasta el estudio de Aga Yan.

—¡Jomeini está en París y dentro de poco saldrá por televisión! —anunció.

—¿Dónde?

—En el aparato de la mezquita de Hayi Taqi Jan. ¿Se viene conmigo a verlo?

Aga Yan no quería ir a esa mezquita. En los últimos tiempos todo el mundo iba allí; se había convertido en el centro de agitación de la ciudad.

A la mezquita de Aga Yan ya sólo iban los ancianos, mientras que la de Hayi Taqi Jan estaba tan llena de gente que muchos tenían que quedarse en la calle.

Jóvenes clérigos procedentes de Qom acudían a pronunciar encendidos sermones y arrastraban consigo a una población enardecida para que se manifestase por las calles de Seneyán.

—¡Qué pena! Ahora mismo estoy ocupado, pero iré más tarde —le aseguró Aga Yan.

Le corroía la curiosidad. Él era un testigo. Debía verlo todo, registrarlo todo y conservarlo. Precisamente por eso debía estar presente. Aga Yan se puso el abrigo y el sombrero y se encaminó a la mezquita de Hayi Taqi Jan.

El templo estaba abarrotado de gente, cientos de personas se apiñaban en la calle. Aga Yan buscó el anonimato situándose en un rincón oscuro.

«No has robado nada, ¿por qué tienes que esconderte? —se dijo entonces—. ¡Ve ahí dentro y entérate de lo que está pasando!»

Se abrió paso entre el gentío y entró en la mezquita.

Los hombres estaban en el patio, mientras que las mujeres se habían congregado en la sala de oración.

En un momento dado, Aga Yan no pudo seguir avanzando, así que decidió retroceder y subir hasta la azotea por la escalera. Habían puesto dos enormes pantallas de televisión contra la pared. Era un acontecimiento insólito. Aga Yan se acordó del pequeño televisor que Shabal había llevado a casa años atrás para mostrarles la Luna a él y al imán Alsaberi. La conversación que aquel día había mantenido con su sobrino se le había quedado grabada en la memoria.

—Aga Yan, ¿podría hablar un momento con usted? —le había dicho Shabal

—Pues claro, muchacho, ¿de qué se trata?

—De la Luna.

—¿La Luna?

—No, de la televisión.

—¿La televisión? —preguntó Aga Yan, estupefacto.

—Un imán debería saber de todo. Tiene que estar al tanto de las cosas que suceden en el mundo —fue la respuesta de Shabal.

Alsaberi había muerto, luego había llegado Jaljal, le había sucedido Ahmad y ahora ocurría esto.

Se produjo un gran revuelo ante las puertas del templo.

Sale ala Mohamad wa ale Mohamad! —gritaron los hombres desde la calle.

Aga Yan miró hacia la puerta. Un grupo de hombres trajeados y con barba entraron en la mezquita. Escoltaron a un joven imán hasta uno de los televisores donde en breve se retransmitiría la entrevista de Jomeini.

Aga Yan reconoció a los hombres: eran los empresarios del zoco que se habían hecho cargo de la dirección.

Una mujer se dirigió a uno de los hombres de traje e intercambió unas palabras con él, tras lo cual regresó a la sala de oración. Aquella mujer era Zinat, pero Aga Yan no pudo reconocerla pues estaba muy lejos e iba tapada con un velo negro.

Un joven barbudo encendió el televisor. La muchedumbre contuvo el aliento y todos estiraron el cuello para ver mejor las imágenes.

La cámara empezó mostrando las calles tranquilas de Neauphle-le-Château. Aparecieron algunas mujeres francesas camino del supermercado. Un autocar escolar se detuvo en una parada donde había una valla publicitaria con la foto de una elegante joven. Dos niñas con mochilas bajaron del autocar y permanecieron unos segundos observando el objetivo. La cámara se desvió lentamente hacia la casa, mostró un primer plano de los árboles, la pérgola y el jardín.

En ese instante Jomeini apareció en pantalla. Se hallaba sentado sobre una alfombrilla persa.

Los emocionados fieles congregados en la mezquita corearon al unísono:

Salam bar Jomeini! Salam bar Jomeini!

Las cadenas extranjeras no podían sintonizarse mediante la televisión estatal iraní, pero los organizadores habían puesto una antena parabólica en el tejado de la mezquita para captar la imagen a través del vecino Irak.

La cámara enfocó el rostro de Jomeini. Por primera vez todo el mundo conocía al anciano ayatolá que quería luchar contra Estados Unidos.

Eran muy pocos los que conocían a Jomeini, y en vista de que nunca publicaban fotos recientes de él, la mayoría no sabía ni qué aspecto tenía.

La cámara se recreó unos instantes en su rostro. Llevaba una barba larga y canosa y la cámara le iluminaba el semblante rodeándolo de un halo sagrado.

Hizo ademán de ponerse en pie. Una mano (probablemente de alguien del equipo de televisión) apareció para prestarle ayuda, pero él la rechazó y se levantó por sus propios medios.

Salió fuera, donde acababan de extender dos alfombras en el suelo, una pequeña y una grande. Jomeini se quitó los zapatos y se sentó sobre la pequeña. Sacó una brújula del bolsillo con cierta ostentación y buscó la orientación correcta. Despacio, se puso las gafas, siguió la brújula y se situó en dirección a La Meca.

Beheshti se hallaba en la alfombra grande, detrás de él y a cierta distancia. Jaljal no quiso aparecer. Dada su condición de principal consejero de Jomeini, prefería mantenerse en el anonimato.

Batul, la esposa de Jomeini, apareció completamente tapada bajo un recio velo negro y se situó detrás de Beheshti para atender a la oración.

La cámara enfocó a la mujer del ayatolá, que permanecía quieta como una estatua. Después enfocó el verdoso seto del jardín, donde algunas francesas y sus hijos observaban la escena con extrañeza.

Poco después, una oleada de periodistas llegados de todas partes acudió en tropel a Neauphle-le-Château, y así fue como la revolución captó la atención del mundo.

Hasta entonces, Beheshti y Jaljal habían sido los únicos en permanecer fielmente al lado de Jomeini, pero a las veinticuatro horas de haberse difundido la entrevista llegaron siete hombres más procedentes de Estados Unidos, Alemania, Inglaterra y París. Entre todos formaron el nuevo Comité Ejecutivo de la Revolución.

Después, cuando el sah cayó y la revolución triunfó, todos ellos obtuvieron importantes cargos en el gobierno como presidente, primer ministro, ministro de Economía, ministro de Industria, presidente del Parlamento, jefe de los nuevos servicios secretos y ministro de Asuntos Exteriores.

Pero tres años después, tres de ellos habían sido eliminados por la oposición armada, otro había sido ejecutado por servir de espía a Estados Unidos, otro más fue a parar entre rejas por corrupción, y el que ocupara el cargo de presidente volvió a refugiarse en París y pidió asilo político. El primer ministro fue enviado a su casa al cabo de poco tiempo.

En Teherán se organizaban continuas manifestaciones multitudinarias.

A aquellas alturas no había nadie capaz de impedir la llegada de Jomeini.

La fisonomía del país cambió vertiginosamente. Los hombres se dejaron crecer la barba y casi todas las mujeres se ocultaron tras el velo.

Las grandes huelgas del sector petrolífero sumieron al país en una profunda crisis. Los trabajadores abandonaban las máquinas, los universitarios no asistían a clase y los niños dejaron las escuelas para echarse a la calle.

La revolución también marcó con su sello la casa de la mezquita.

Zinat se distanció abiertamente de la familia y Sediq se ausentaba a menudo para acompañar a su madre a los encuentros de mujeres islámicas.

Sediq, que antes iba por la casa con la cabeza descubierta, volvió a ponerse un velo para salir a la calle. Antes solía estar siempre en casa ocupándose de Lagartija, pero en esos días lo dejaba todo y se iba. Regresaba tarde, comía sola en la cocina y se acostaba.

Aga Yan seguía yendo al zoco cada día, pero todo el mundo tenía otras ocupaciones, nadie parecía interesado ya en el negocio de las alfombras y eso le hacía sentirse cada vez más como un extraño en su propia tienda.

Alfombras embaladas, que hacía tiempo que debían haber sido enviadas a Europa, seguían apiladas en el almacén. Bobinas de lana y otros materiales para tejer, que deberían haberse enviado a los talleres de las aldeas, se encontraban por los pasillos y repartidos por el local.

Su fiel criado, que solía acompañar a los clientes hasta su despacho y les servía el té, se había dejado crecer la barba. No llegaba nunca puntual al trabajo y se ausentaba de la tienda en el momento menos pensado, so pretexto de que debía ir a la mezquita.

Los trabajadores habían desalojado una habitación, sacando todas las sillas y mesas al exterior. Habían extendido unas alfombras y reconvertido el lugar en sala de oración.

Un gran retrato enmarcado de Jomeini colgaba de la pared y no faltaba el típico samovar de la mezquita encima de la mesa. Nadie trabajaba ya, sino que todos se pasaban el día merodeando por la tienda y comentando los acontecimientos. Tomaban té en aquella sala de oración y escuchaban la emisora persa de la BBC para conocer las últimas novedades de París.

Aga Yan asistía al ocaso de su negocio, pero ya no era capaz de hacer nada para evitarlo.

De vuelta en casa, tampoco encontraba a la chispeante Fagri Sadat. Su mujer había perdido la alegría. Antaño solía comprarse ropa nueva y bonitos camisones, pero ya no se compraba nada.

A Aga Yan le gustaba ver cómo su esposa se palpaba los senos delante del espejo para comprobar si aún estaban firmes, pero Fagri ya no lo hacía. No se ponía joyas, y el joyero que habitualmente descansaba junto al espejo estaba escondido en el fondo del armario.

Sus hijas también eran víctimas de aquellas transformaciones. Parecía como si los hombres de la ciudad se hubiesen olvidado de que sus hijas se habían hecho mayores y aún seguían viviendo en casa.

Aga Yan echaba de menos a Shabal. Le habría gustado hablar con él, abrirle su corazón, pero no era posible. Venía muy pocas veces a la casa y enseguida volvía a desaparecer. Aga Yan sabía que su sobrino había dejado los estudios. Había intentado hablar del tema algunas veces, pero había notado su reticencia. A pesar de todo, seguía confiando en él. Sabía que Shabal volvería a él.

En aquellos días, Aga Yan solía ir muy a menudo a pasear por la ribera del río en la oscuridad. Recordaba las palabras de su padre: «Cuando te sientas afligido por algo, vete al río. Habla con el río y él se llevará tu pena.»

—No quiero quejarme, pero siento un nudo en la garganta —le confesó al río una noche.

Le escocían los ojos; una lágrima le resbaló por la mejilla y cayó a la orilla. El río la tomó sigilosamente y se la llevó consigo en la penumbra sin que nadie se enterase.


Teherán

 

Aga Yan estaba en su oficina del zoco y su criado acababa de llevarle una taza de té. De pronto oyó ruido en la planta baja de la tienda. Todos los empleados habían dejado el trabajo para ver las noticias de las dos.

—¿Qué sucede? —preguntó Aga Yan.

—¡El sah ha huido! —le gritó su criado desde abajo.

Alaho akbar! —exclamó alguien.

Sin embargo, en el boletín de noticias no mencionaron el asunto. Al parecer no era más que un rumor, pero éste llegó a cobrar tanta fuerza que el régimen se vio obligado a sacar al sah por televisión para desmentirlo.

Las cámaras mostraron al monarca mientras se entrevistaba con dos de sus generales, pero aquella imagen no hizo sino agravar la situación. El sah, que en el pasado aparecía cada noche por televisión, llevaba bastante tiempo ausente de las cámaras, y su aspecto sorprendió a todo el mundo. Se le veía mucho más delgado; era la viva imagen de un hombre atemorizado que lo estaba perdiendo todo.

El rumor sólo contenía parte de verdad.

Al día siguiente volvieron a desatarse las habladurías: «¡Farah Diba se va a Estados Unidos y se lleva consigo a los niños!» La verdad era distinta: el sah le había pedido a su mujer que se fuera con los niños.

—No me voy. Tal como está la situación, no pienso dejarte ni un momento solo.

—No es por mí, sino por los niños —repuso el sah.

—En ese caso, lo haremos de otro modo. Le pediré a mi madre que se los lleve al extranjero —fue su respuesta.

Así pues, no fue Farah Diba sino su madre la que abandonó el país llevándose a los niños.

En Teherán se vivía con la inminente amenaza de una guerra callejera. Los manifestantes estaban cada vez más cerca del palacio y el ejército se había enterado de que los mulás tenían previsto asaltarlo.

En el momento en que un helicóptero abandonaba el palacio con rumbo a una base militar para que los hijos del sah abandonasen el país a bordo de un avión militar, Nosrat llegaba a Seneyán en el tren nocturno.

Llegó a la estación de la ciudad a las cuatro, tomó un taxi hasta la casa. Una vez allí, fue al cuarto de invitados para descansar.

Por la mañana, Lagartija se deslizó en la habitación y lo despertó.

—Tengo algo para ti —dijo Nosrat, y sacó un par de guantes de cuero—. Póntelos y luego iremos al zoco a comer algo, tengo hambre.

Lagartija se puso los guantes y acompañó a Nosrat a la ciudad andando a cuatro patas.

En la plaza del zoco se encaramó a la gran estatua ecuestre del sah.

Lagartija miró a Nosrat para ver si aprobaba su iniciativa. Nosrat le hizo un guiño y segundos después Lagartija estaba detrás del sah, a lomos del caballo.

Al principio nadie reparó en él, pero poco a poco se formó un creciente grupo de curiosos que se detenían en la plaza a mirarlo. El entusiasmo que vio en la gente que lo observaba animó a Lagartija, que se inclinó hacia delante, se agarró con fuerza al caballo e hizo la pantomima de galopar.

En aquel momento parecía más un mono que una lagartija. Brincaba del cuello del caballo a la cabeza del sah y a continuación se deslizaba por la larga cola del caballo y volvía a saltar con inusitada destreza sobre el sah.

La plaza se fue llenando de gente que prorrumpía en aplausos.

Pasaron por allí dos policías, pero ya no se atrevieron a intervenir. Uno de ellos informó de lo que estaba sucediendo a través de su transmisor. Un jeep militar se presentó en el lugar con una unidad de antidisturbios, pero también ellos tenían órdenes de no intervenir y se limitaron a controlar al gentío. El país atravesaba momentos de tanta tensión que la menor acción podía desencadenar una refriega de consecuencias imprevisibles.

Por un lado, aquella escena podía entenderse como un incidente en el que un chico severamente discapacitado se había subido a la estatua del sah, pero, por otro, su ingenua acción podía verse como un acto político.

Aquel gesto ponía en evidencia la debilidad del régimen, pero entonces nadie era capaz de prever que, poco después, una muchedumbre histérica derribaría aquella estatua con una cadena de hierro.

Al día siguiente, en el periódico local apareció una fotografía en primera plana con Lagartija colgado del cuello del caballo real.

Al cabo de una hora, la edición entera se había vendido, un hecho insólito que nunca había sucedido. Todos cuantos leyeron el artículo acudieron a la mezquita para ver a Lagartija. Aquello marcó un hito en la vida del muchacho y desde aquel día cogió la costumbre de encaramarse al minarete donde otrora estaban los nidos de las cigüeñas y allí se ponía a leer sus libros.

Nadie iba ya a la mezquita a manifestarse, pero después del episodio de la estatua centenares de jóvenes acudían a diario al templo para ver a Lagartija.

—Eres una mala influencia para él —le dijo Aga Yan a Nosrat por teléfono.

—¿Por qué? Yo no veo que sea un problema.

—Sube como un mono a los minaretes y se ha convertido en la diversión de toda la ciudad.

—Déjale que haga lo que le divierte. Además, esa atención no le vendrá nada mal a la dañada imagen de la mezquita.

—Estás hablando de una mezquita, no de un circo. No podemos seguir permitiendo que se burlen de nosotros; primero fueron las prédicas de Ahmad y ahora este chico.

—Hablaré con él —prometió Nosrat.

Dos noches después, Nosrat volvía a tomar el tren nocturno en dirección a Seneyán.

Poco podía imaginar entonces que aquélla sería la última vez que iría a su ciudad natal con el pelo negro; la próxima vez que pisara Seneyán habría encanecido y su rostro habría cambiado tanto que nadie lo reconocería.

Nosrat llamó a Lagartija a su habitación y le metió en el bolsillo un montón de panfletos en blanco y negro con el retrato de Jomeini.

—Cuando veas que hay mucha gente por la calle, te subes al minarete y lanzas todos estos papeles al suelo. ¿Lo has entendido? Así —le dijo agitando las manos—. Los arrojas todos a la vez sobre la gente.

A las once y media, Lagartija subió al minarete y después de dar un par de saltos para atraer la atención de los transeúntes arrojó los panfletos a la calle.

Nosrat, que estaba en la azotea, recuperó con presteza algunos panfletos que revolotearon por el aire y los lanzó a la gente que intentaba cogerlos.

Las fotos aparecieron en todos los periódicos del país: fue la primera vez que se publicaba un retrato de Jomeini.

El régimen estaba sorprendido, pero no podía tomar medidas debido a que la iniciativa de la publicación contaba con el respaldo de todos los periódicos del país. Aga Yan compró el diario y lo guardó en la caja donde solía colocar sus cuadernos.

Nosrat y su cámara siempre estaban donde se producía un acontecimiento importante. Cada día aparecían en los periódicos fotografías tomadas por él.

También había grabado imágenes de la primera gran manifestación en Teherán con Beheshti a la cabeza. El imán había entrado ilegalmente en el país para participar en aquella manifestación decisiva.

En aquellas imágenes, Nosrat había captado a la perfección la presencia de los ayatolás y su capacidad de mando. Viendo sus reportajes, uno casi podía augurar lo que iba a suceder en el país.

Las excepcionales grabaciones que Nosrat enviaba habitualmente al Comité de la Revolución parisino hizo que entablara una estrecha relación con Beheshti, que lo llamaba por teléfono para informarle de las manifestaciones que estaban previstas. De esa forma, Nosrat siempre disponía del tiempo suficiente para prepararse para el acontecimiento.

El comité contaba con alguien en el aeropuerto de Teherán que oficiaba secretamente de cartero. Nosrat le entregaba las fotografías y las películas, y el hombre se encargaba de enviarlas a París en el primer avión.

Nosrat era independiente, pero a veces se preguntaba qué facción obtenía más ventajas con su trabajo. ¿Estaba haciendo propaganda para Jomeini? No, no quería atarse a nada ni a nadie. No quería vincularse a grupos religiosos. Tampoco con la política. No le importaba nadie, sólo su cámara. Él estaba donde estaba. Su cámara grababa.

Secretamente, también mantenía contacto con Shabal y le pasaba fotos que éste publicaba en su gaceta clandestina. En uno de sus encuentros durante una manifestación se enzarzaron en una compleja conversación. Nosrat leía los artículos de Shabal y estaba enterado del encendido debate que había en el seno del partido sobre si éste debía o no sumarse al régimen islamista que Jomeini pretendía implantar.

A medida que Jomeini iba acumulando poder, los partidos de izquierda ilegales se vieron ante el dilema de qué actitud tomar frente al ayatolá. ¿Debían prestarle su apoyo o enfrentarse a él? Surgieron virulentas discusiones que derivaron en una dolorosa escisión. Una pequeña parte del movimiento no quería colaborar con Jomeini y decidió seguir operando en la clandestinidad, pero la gran mayoría del movimiento abandonó las armas y se sumó a la visión del ayatolá y su antiamericanismo.

Shabal, que había dejado sus estudios universitarios hacía tiempo, se apuntó a esta última facción.

El decimoséptimo día del mes de verano Sharivar se produjo un hecho decisivo. Los ayatolás unieron todas sus fuerzas en Teherán para convocar al mayor número posible de ciudadanos a las mezquitas. A las ocho de la mañana, todos salieron del templo y se encaminaron a la plaza del Parlamento gritando consignas. En aquella jornada, tanto los partidarios de Jomeini como los del régimen quisieron hacer un alarde de su poder.

Mientras miles de manifestantes llegados de todos los rincones de Teherán se dirigían a la plaza del Parlamento, el ejército abandonaba los cuarteles para darles una buena lección.

El general Rahimi, al mando de la operación, observaba cuanto sucedía en la plaza a través de sus gafas oscuras, desde un jeep aparcado en una esquina.

Cuando la plaza se oscureció a causa de la masa de manifestantes, el general dio orden de bloquear con tanques las calles adyacentes para que la muchedumbre no pudiera escapar.

La gente, que no tenía ni idea de lo que el ejército tramaba, regalaba flores a los soldados y éstos las aceptaban.

—¡Paz! ¡Paz! ¡Soldados, paz! —gritaba la multitud, y los oficiales agitaban las manos en señal de paz.

Los manifestantes también lo ignoraban, pero la intención era tomar por la fuerza el Parlamento y ocupar el edificio. Nosrat sí estaba enterado y, armado con su cámara, eligió una buena posición.

La cabeza de la manifestación llegó ante el edificio parlamentario y unos cuantos jóvenes intentaron saltar la valla, pero fueron abatidos por los tiradores apostados en los tejados próximos.

La gente echó a correr en desbandada gritando: «La ilaha ila Alah!»

A pesar de que todo el mundo pretendía huir, otro grupo de jóvenes intentó nuevamente encaramarse por la verja del Parlamento, pero también fueron abatidos.

La ilaha ila Alah! —gritaron los manifestantes, indignados, al tiempo que sacudían y empujaban las rejas de hierro para echarlas abajo. Pero no les dieron la oportunidad, pues el ejército abrió fuego contra la multitud desde todos los puntos de la plaza.

En pocos minutos hubo centenares de muertos y heridos.

Nosrat, que se encontraba oculto en el suelo de un balcón, registró todo lo sucedido con su cámara.

Los soldados perseguían a los manifestantes y disparaban contra cuantos se les ponían a tiro. Las mujeres llamaban a las puertas de las casas para que las dejaran entrar, los hombres se subían a los tejados y los árboles, chicos y chicas se ocultaban debajo de los coches y por doquier había zapatos, abrigos, gorras, cámaras, pañuelos y abundantes velos negros.

A Nosrat no se le escapó nada: el general con las gafas de sol dando las órdenes, los hombres que caían al suelo junto a la verja, individuos que se arrastraban por las aceras y otros que lograban escapar de la encerrona, tanques que se dirigían a la plaza a través de las calles adyacentes pasando por encima de los caídos.

Pasados siete minutos, sobre la plaza se abatió un silencio mortal. Los que habían podido huir lo habían hecho y un buen número de personas se había refugiado en las casas de los alrededores. Los demás yacían muertos o heridos.

El general había ordenado que no hubiera ningún periodista en la plaza y que todas las cámaras fuesen incautadas y destruidas en el acto. Se puso las gafas de sol y tras echar un vistazo al campo de batalla ordenó que desalojasen la plaza. A continuación, volvió a subir al jeep y puso rumbo al palacio para informar al sah de lo ocurrido.

En cuanto el general se hubo marchado, Nosrat huyó de la plaza a través de los tejados.

Tres días después, la cadena ABC emitió el reportaje de Nosrat. El incidente se había cobrado setecientas víctimas.

Aga Yan siguió los acontecimientos por el televisor de Lagartija.

El sah, asustado, se dirigió al pueblo.

«He oído la voz de la revolución. He oído a mi pueblo. Se han cometido errores, propondré al Parlamento un nuevo primer ministro para que ponga las cosas en orden. Le pido al pueblo que tenga un poco de paciencia.»

Le temblaba la voz, tartamudeaba y su discurso estaba plagado de incoherencias.

Al cabo de pocos días propuso un nuevo primer ministro, pero Jomeini lo rechazó de plano, de modo que el nuevo gabinete sólo resistió unas pocas semanas.

El sah buscó otro candidato, pero ya nadie se atrevía a cooperar con él.

La situación se hizo insostenible y el sah tuvo que dejar el poder en manos de los militares. El general Azhari, el más proamericano, formó un gabinete militar y ordenó el toque de queda en Teherán.

Para desafiar aquel mandato, Jomeini instó a la población a salir a sus azoteas por la noche. Millones de iraníes obedecieron y por las noches gritaban desde los tejados: «¡Fuera americanos! Alaho akbar!»

¿Por qué Aga Yan no subía a la azotea? ¿Acaso no estaba en contra del régimen? ¿No estaba contento de que el sah se hubiera hundido? ¿No se alegraba de la llegada de Jomeini?

¿Qué dirían los vecinos después si nadie subía al tejado?

—¡Fagri! —gritó Aga Yan.

Pero ella no le oyó a causa del griterío de la multitud.

—¡Chicas!

Nasrin, la hija mayor, apareció ante él.

—Todo el mundo está en los tejados de sus casas. Yo también voy a subir. ¿Dónde está tu madre? ¿Venís conmigo?

En la escalera se encontró a Lagartija.

—¿Podrías ir a buscar a Muecín? —le pidió Aga Yan.

Lagartija se apresuró hacia el sótano para avisar a Muecín.

Poco después, Aga Yan, Muecín, Fagri Sadat y sus dos hijas, arrebujadas en sus tupidos velos negros, se encontraban en la azotea gritando: «Alaho akbar! Alaho akbar!»

Lagartija se había encaramado a la cúpula y observaba con estupor a aquella multitud enardecida.

El sah intentó en vano hallar a un político que contase con el respeto nacional para que intentara una reconciliación en el seno del gabinete, pero no había ninguno dispuesto a acometer aquel audaz y desesperado esfuerzo.

Aun así, consiguió convencer a Baktiar, el segundo hombre fuerte del Partido Nacional, para que aceptase el cargo de presidente de la reconciliación. Pero éste sólo accedió con la condición de que el monarca abandonase el país por tiempo indefinido.

El sah aceptó y a partir de aquel momento los acontecimientos se sucedieron vertiginosamente. Era como si se hubiera desencadenado un alud que arrastraba todo cuanto encontraba a su paso.

A la mañana siguiente, Aga Yan se encontró con mucho alboroto en su tienda cuando llegó al zoco.

El sah se había ido. Aga Yan se sumó a sus empleados, que estaban mirando la televisión. El sah estaba en el aeropuerto de Teherán acompañado por Farah Diba y rodeado de un grupo de funcionarios.

Baktiar le estrechó la mano y le deseó buen viaje.

Un oficial se arrojó de pronto a los pies del sah y le besó los zapatos implorándole que no se fuera. Aquel gesto emocionó tanto al sah que se le saltaron las lágrimas.

Alguien fue en busca del Corán y lo puso sobre la cabeza del monarca para que caminase bajo el libro sagrado: una tradición iraní para desearles buena fortuna a los seres queridos durante su viaje.

El sah besó el Corán y se dirigió al avión. Farah Diba lo imitó en todo. Ambos subieron al aparato, que despegó rumbo a la frontera escoltado por dos cazas.

Trece días después, Aga Yan, acompañado de Fagri Sadat, sus hijas y Lagartija, miraba la imagen del aeropuerto francés donde el Concorde se preparaba para emprender el histórico vuelo de regreso del ayatolá.

Baktiar le había advertido a Jomeini que no daría su consentimiento para que el avión tomara tierra en Irán, pero el religioso hizo caso omiso de la advertencia: «¡Baktiar no es nadie, aquí mando yo! Yo formaré un gabinete revolucionario. Vuelvo a casa.»

Aquella mañana temprano, millones de personas fueron a pie hasta al aeropuerto de Teherán, donde el Concorde debía aterrizar.

Entre ellos se hallaba Shabal, que deseaba ver el acontecimiento con sus propios ojos y escribir un artículo sobre ello.

Nosrat, con su enorme cámara al hombro, se encontraba en un jeep descapotable conducido por el barbudo que lo llevaba a todas partes. Era el único que tenía permiso para filmarlo todo de cerca.

El Concorde apareció sobre el aeropuerto.

Sale ala Mohamad! Jomeini gosh amad! ¡Bienvenido, Jomeini!

En ese instante el aparato tomó tierra. Cuando la puerta se abrió poco después, Jomeini apareció en la escalerilla y saludó, circunspecto.

Salam bar Jomeini! —lo aclamó la muchedumbre con júbilo.

Aga Yan salió a la calle y se encontró a Ahmad en el callejón. Sin saber muy bien por qué, lo estrechó entre sus brazos y permaneció así un rato. Ninguno de los dos sospechaba lo que les depararía el destino.


Qazi, el juez

 

Astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah, astagfirulah —declamaba Jaljal mientras se dirigía al cuarto de Jomeini.

Uno dice astagfirulah cuando ha cometido un pecado o teme cometerlo, o quizá cuando teme verse enfrentado a algo que prefiere evitar. A veces, no es más que una forma de expresar asombro ante algo que le ha sucedido de forma inesperada o una manera de pedir perdón a Dios.

También puede decirse, como hacía Jaljal, cuando uno está convencido de que en el futuro cometerá fallos inevitables.

Jomeini no quiso alojarse en el palacio del sah y prefirió una habitación en una de las madrazas de uno de los barrios desfavorecidos de la ciudad.

Ya había anochecido cuando llegó a su cuarto y se sentó sobre su alfombrilla. Le ofrecieron té y unos dátiles y después de beber un sorbo pidió que le llevasen papel y pluma.

Permaneció solo en su cuarto durante media hora y luego llamó a Jaljal, quien intuyó la urgencia de su petición. En cuanto entró, cerró la puerta de la estancia, se arrodilló delante del ayatolá y le besó la mano.

Jaljal fue la primera persona en mostrar su humildad después de que Jomeini hubiese entrado en el país en calidad de dirigente. De aquella forma mostraba su disponibilidad para cualquier tarea que el ayatolá tuviera a bien encomendarle.

Jomeini le pidió en un susurro que se acercara. Jaljal comprendió que se trataba de una misión secreta; inclinó la cabeza hacia delante y escuchó.

—Te nombro juez de Alá —le dijo Jomeini mientras le entregaba un documento.

Las manos de Jaljal temblaron.

—América hará todo lo que pueda para acabar con nosotros, pero quiero eliminar todo lo que quede del régimen anterior. Elimina a todos los que se opongan a la revolución. ¡Aunque sea tu padre, elimínalo! ¡Aunque sea tu hermano, elimínalo! ¡Destruye todo lo que se oponga al islam!

»Eres mi emisario, pero sólo rendirás cuentas a Alá. Demuestra que la revolución es irreversible. ¡Tu misión comienza en este mismo instante! ¡Ahora mismo!

Jaljal volvió a besarle la mano, se puso en pie y salió del cuarto para cumplir con su cometido.

A pesar de que todo estaba oscuro, se puso las gafas de sol que había comprado en París.

Aquel Jaljal no tenía nada que ver con el hombre que un día había organizado una revuelta popular en Seneyán para impedir que Farah Diba consumara la inauguración del cine.

El nuevo Jaljal irradiaba poder con aquel turbante negro y su larga barba oscura que empezaba a encanecer por el mentón. La posición que acababa de serle encomendada haría que su persona infundiese temor.

Una hora después, subió al jeep que estaba esperándolo en el portal con una carpeta bajo el brazo.

El vehículo lo condujo al matadero principal de la ciudad, donde se sacrificaban a diario miles de vacas y ovejas para abastecer a los habitantes de Teherán.

En aquel lugar habían encarcelado secretamente a los funcionarios más destacados del régimen anterior.

Se temía que Estados Unidos emprendiese alguna acción para liberarlos y por eso los habían encerrado en aquellos establos junto al pestilente ganado.

Jaljal entró en una sala en penumbra donde había dos sillas: la más alta, situada detrás de un escritorio, era para el juez de Alá; la otra, para el acusado.

En el techo, justo encima de la silla baja, una lámpara arrojaba un tenue resplandor amarillento que sólo iluminaba la cara del reo.

El tiempo apremiaba, al alba del día siguiente todo el mundo debía comprender que el régimen anterior había sido definitivamente erradicado y que no había la menor posibilidad de que los americanos pudiesen devolver el poder al sah.

Jaljal dejó un expediente encima de la mesa.

—Traed al primer sospechoso —ordenó.

Era Howeeda, el antiguo primer ministro del sah. Lo llevaban esposado.

Howeeda había ocupado aquel cargo durante quince años, y siempre se lo veía impecablemente trajeado, con una orquídea en el ojal, la pipa en la boca y apoyándose en un bastón. Pero en aquel momento sólo llevaba un pijama mugriento.

Además de Jaljal, en el cuarto había un fotógrafo enmascarado, que iba y venía sacando fotos de los acusados.

—¡El acusado puede sentarse! —exclamó Jaljal tomando asiento también.

Howeeda se sentó.

—Está usted ante el juez de Alá —le comunicó Jaljal en tono glacial—. Su expediente ha sido estudiado y se le condena a la pena capital. ¿Hay algo que quiera decir?

Howeeda, que había sido recibido por el presidente de Estados Unidos como huésped de honor; Howeeda, que había sido ovacionado tres veces por el Senado estadounidense en pleno; Howeeda, que había estudiado derecho en Estados Unidos, jamás aceptaría como tribunal aquel maloliente establo, así que calló, pero su boca se movió como si estuviera fumando en pipa.

—¿Ha dicho algo? —inquirió Jaljal.

—Nada —repuso Howeeda, resignado.

—Condeno a muerte al acusado —sentenció Jaljal—. ¡La sentencia se ejecutará ahora mismo!

Dos guardias se llevaron a Howeeda, que aún no había asimilado del todo su condena a muerte. Lo condujeron al almacén detrás del matadero, donde había montañas de pieles de vaca apiladas, del último sacrificio. El hedor era tan insoportable que había que taparse la nariz. Los guardias lo pusieron contra la pared, entre dos montones de pieles, y le vendaron los ojos. Le ofrecieron un vaso de agua, pero él la rechazó con la mano.

Howeeda temblaba en su pijama, pero seguía sin creer que iban a ejecutarlo de verdad, pensaba que sólo pretendían asustarlo. Los pasos de Jaljal resonaron en el pasillo. Les hizo una seña a los guardianes, que se apartaron del político.

—En posición —ordenó Jaljal como si fuera un oficial del ejército.

Los guardias se arrodillaron en el suelo y apuntaron a Howeeda con sus fusiles.

—¡Soy inocente! —gritó Howeeda de pronto con voz entrecortada—. ¡Quiero un abogado!

—¡Fuego! —ordenó Jaljal.

Resonaron siete disparos y el cuerpo acribillado se desplomó, golpeándose la cabeza contra las piedras húmedas del suelo. El fotógrafo le sacó varias instantáneas.

Jaljal volvió a su silla y pidió que le llevaran al siguiente.

El ex jefe de los servicios secretos fue conducido a la habitación. Había oído los disparos y apenas podía andar, atenazado por el miedo.

—¡Siéntese!

Los guardias lo ayudaron a sentarse en la silla baja.

—¿Es usted Basiri?

—Sí —respondió tras un momento de vacilación.

—¿Es usted el jefe de los servicios secretos cuya orden provocó el arresto, la tortura y el asesinato de centenares de personas?

Basiri no contestó.

—¿Era usted el jefe de los servicios secretos? —repitió Jaljal.

—Sí —asintió en un susurro.

—El juez de Alá lo condena a la pena máxima —dictó Jaljal—. La sentencia será ejecutada de inmediato. ¿Tiene algo que decir?

El temido Basiri, cuyo nombre inspiraba pavor en la gente, se echó a llorar y suplicó clemencia, pero un ademán de Jaljal bastó para que lo sacasen del cuarto y lo condujesen a la sala de sacrificios donde acababan de ejecutar a Howeeda. Le taparon los ojos con un pañuelo, le ofrecieron un vaso de agua y lo pusieron contra la pared.

—¡En posición! —gritó Jaljal.

Los guardias se arrodillaron y apuntaron con sus armas a Basiri.

—¡Fuego hasta la última bala! —ordenó Jaljal, tajante.

El pelotón vació todos los cargadores. De ese modo el reo no tenía oportunidad de caer al suelo. Sólo después de recibir el último tiro cayó de bruces contra un montón de pieles, donde permaneció inmóvil con los brazos extendidos.

Jaljal prosiguió su tarea hasta bien entrada la madrugada, ordenando ejecutar a todos los altos cargos del régimen arrestados durante los últimos días y encerrados en el matadero.

Cuando acabó, fue a lavarse las manos y pidió que le sirvieran el desayuno. Le llevaron una bandeja de plata con leche caliente, miel, huevos cocidos y pan recién hecho. También le entregaron la primera edición del periódico. En primera página había una foto de Howeeda con los ojos vendados, en el preciso instante en que recibía el primer impacto en el pecho y alzaba los brazos al aire.

Durante una semana, Jaljal recibió a quince jóvenes imanes de Qom; eran estudiantes de la ley islámica.

Los nombró jueces del islam y los envió a seis grandes ciudades para juzgar a los funcionarios del régimen anterior directamente implicados en algún crimen. Les dio carta blanca para actuar sin piedad.

Llamaron a la puerta de Aga Yan, pero él aún no había vuelto del zoco, de modo que fue Lagartija quien abrió. Tres hombres armados y con pañuelos verdes en la frente irrumpieron en el interior. Eran los soldados del Ejército de Alá, que estaba compuesto por grupos de militantes formados en las mezquitas durante la revolución, para dar cumplimiento a las órdenes de Jomeini.

—¿Dónde está Ahmad? —le gritó uno de ellos a Lagartija.

Fagri Sadat estaba en la cocina y vio a los hombres, pero como no llevaba puesto el velo, no podía salir de allí. Abrió la ventana y gritó:

—¿Podrías traerme el velo, hijo?

Lagartija la obedeció.

Fagri Sadat se cubrió con el velo y salió al patio.

—¿En qué puedo servirles, señores?

—¿Dónde está Ahmad? —le soltó sin más uno de ellos—. Tenemos órdenes de prenderlo.

—¿Adónde piensan llevarlo?

—Al Tribunal Islámico.

En aquel instante, Ahmad salía de la biblioteca en dirección a la alberca. Iba sin la túnica y sin el turbante. Los hombres se abalanzaron sobre él.

Sobresaltado, Ahmad les preguntó qué querían.

—Nos han ordenado que lo llevemos ante el Tribunal Islámico.

—¿Por qué? ¿Qué tengo que hacer yo allí?

—Eso no es cosa nuestra.

—¡No pienso ir a ninguna parte! —dijo Ahmad, y se arrodilló delante de la alberca para lavarse las manos.

Los hombres lo agarraron y lo arrastraron hacia la puerta. Ahmad intentó zafarse de ellos.

—¿Qué significa esto? ¡Soltadme!

Pero los hombres no le hicieron caso.

Ahmad forcejeó para colocarse de cara a La Meca.

—¡Alá, ayúdame!

Fagri Sadat le pidió a Lagartija que cerrase la puerta.

Yawad, que había llegado a la casa la noche anterior, corrió al patio.

—¡Llama a Aga Yan ahora mismo! ¡Date prisa! —le gritó Fagri Sadat. Luego se puso delante de los hombres y los exhortó—: En nombre de Dios, ¿se puede saber qué están haciendo? ¡Es el imán de la mezquita! ¿Es que no les da vergüenza?

Lagartija oyó los pasos de Aga Yan en el callejón, corrió a abrirle la puerta y le soltó un galimatías. Aga Yan vio a Ahmad forcejeando con unos hombres armados.

—¡Basta, basta! ¿Qué es esto? ¡Déjenlo! —les gritó.

También Muecín llegó corriendo, y las hijas de Aga Yan se asomaron a la ventana. Ahmad cayó al suelo, quiso correr escaleras arriba hasta la azotea, pero un soldado le propinó una fuerte patada en la pierna que lo hizo rodar junto a la alberca. El hombre lo agarró con fuerza e hincándole la rodilla en la espalda lo tumbó y lo esposó.

Lagartija estaba junto a Muecín, desconcertado.

Aga Yan intentó razonar con los hombres.

—Yo mismo lo acompañaré al tribunal, pero no quiero que se haga de esta forma. Soy Aga Yan, pueden confiar en mi palabra, iré con ustedes. Lo que están haciendo no es correcto.

Uno de los hombres apartó a Aga Yan de un empujón. Yawad se interpuso entre los dos hombres y contuvo a su padre.

—¡Ya basta, no puede hacer nada más!

—¡Alá, Alá, Alá, Alá! —gritaba Ahmad mientras los hombres lo metían en el jeep por la fuerza.

—¿Dónde está vuestro tribunal? —les preguntó Aga Yan, impotente.

El coche arrancó sin más.

Fagri Sadat se echó a llorar y sus hijas la llevaron a su cuarto.

También Yawad quiso llevar a su padre arriba, pero Aga Yan se negó.

—¡Qué desgracia! Hay que averiguar adónde se lo llevan. —Y se echó de nuevo a la calle.

Los hombres condujeron a Ahmad a una dirección secreta, que a partir de aquel día se convertiría en la sede del Tribunal Islámico.

Cuando le quitaron la venda de los ojos, Ahmad se encontró en una habitación en penumbra. No tenía la menor idea de dónde estaba, aunque sabía que se trataba de un sótano pues había contado trece escalones al bajar. El cuarto no tenía ventanas y las paredes estaban forradas con grandes telas negras en las que se leían textos sagrados escritos con pintura blanca.

También vio una mesa y una silla alta detrás de la cual una bandera verde, símbolo del islam, colgaba de la pared con un clavo.

Ahmad tomó asiento en la silla baja y los hombres lo dejaron solo en aquel lugar sofocante, bajo la inquietante luz de una tenue lámpara amarillenta.

Durante una hora, Ahmad permaneció sentado sin que sucediera nada.

Aquel silencio y la incertidumbre lo intimidaban.

Oyó abrirse una puerta y pasos apresurados acercándose por la escalera.

Un guardián entró en la estancia.

—¡El juez de Alá! —anunció—. ¡En pie!

Ahmad se levantó y vio la silueta de un joven imán que tomaba asiento en la silla alta detrás del escritorio.

—El acusado puede sentarse —dijo.

Ahmad obedeció mientras intentaba verle la cara al imán, pero la lámpara le daba directamente en los ojos y no le dejaba distinguir los rasgos del religioso.

—Leeré su nombre y deberá usted asentir si es correcto. Después le haré algunas preguntas a las que deberá contestar —explicó el juez.

—Soy el imán de la ciudad. Antes de que empiece usted a hacerme preguntas quiero que me devuelvan mi túnica y mi turbante. De lo contrario no responderé.

—¿Es usted Ahmad Alsaberi, hijo de Mohamad Alsaberi?

Ahmad calló.

—El acusado ha sido miembro activo de los servicios secretos —prosiguió el juez—. El peor crimen que un imán puede cometer.

—Eso no es cierto, yo no he hecho nada —protestó Ahmad.

—Todo consta aquí —repuso el juez agitando un expediente en el aire.

—Pues es falso, yo sé muy bien que no tengo ningún crimen en la conciencia.

—Tenemos pruebas que lo acusan de haber colaborado activamente con los servicios secretos del sah —declaró el juez.

—Es imposible porque jamás he sido colaborador de ningún servicio secreto. Como imán de la ciudad he tenido contacto con muchas personas, ya fuese un indigente o un capitoste de los servicios secretos. Probablemente esos informes se refieran a esos contactos. ¡Pero eso no constituye ninguna prueba incriminatoria! He sido imán de la mezquita en tiempos tumultuosos, cada vez que pronunciaba un sermón vehemente, la policía se plantaba en el templo para llamarme al orden. Tampoco eso puede ser utilizado como prueba ante ningún tribunal. No he hecho nada malo.

—Es adicto al opio —lo acusó el juez.

—Eso no es ningún pecado, casi todos los ayatolás de este país son adictos al opio.

—Tenemos pruebas de que ha fumado opio con altos cargos de los servicios secretos.

—Eso es cierto, pero sólo he fumado opio, nada más.

—Aquí aparece anotado que le dieron dinero.

—Eso forma parte de mis responsabilidades como imán. Soy la persona de confianza de la gente, todos me dan dinero que va a parar a la caja de la mezquita.

—En numerosas ocasiones ha mantenido relaciones indecorosas con mujeres.

—Ciertamente he tenido relaciones con mujeres, pero siempre según la sharia del islam.

—Tengo en mi poder fotografías en las que aparece usted en actitud desvergonzada fumando opio y en compañía de prostitutas.

—Ésa fue una trampa que los servicios secretos me tendieron para dañar mi imagen, pero…

Hasta ese momento había intentado dar respuestas convincentes, pero a la luz de la lámpara se apreciaba el temblor de sus manos y las lágrimas que le resbalaban por las mejillas.

Empezó a tartamudear y a dejar las frases sin acabar. Era a causa del opio. Nunca había dejado de fumar. Se había comprado una moderna pipa eléctrica en Teherán para poder fumar a hurtadillas en cualquier parte. Aga Yan estaba enterado, pero lo había tolerado en silencio.

Si hubiese fumado su pipa habría podido defenderse con más convicción, pero lo habían arrestado en mal momento, justo cuando se disponía a fumar antes de ir a la mezquita. Bajo aquella presión inusitada, todas las células de su cuerpo le pedían opio a gritos. Sentía una fuerte opresión en el pecho, como si soportase el peso de un elefante. Siempre llevaba un pellizco de opio en el bolsillo de la túnica para casos de emergencia. Si lo hubiese llevado consigo, podría habérselo metido en la boca y se habría sentido mejor, pero aquellos barbudos lo habían llevado ante el juez en camisa.

Desesperado, se hurgó en los bolsillos de la camisa, pero estaban vacíos como el desierto. Intentó desabrocharse el botón del cuello para respirar mejor, pero no lo logró, los dedos ya no le respondían. Tenía la frente cubierta de un sudor frío, empezaban a zumbarle los oídos, las voces se apagaron y dejó de oír al juez. Quedó sumido en la negrura y cayó de la silla.

A la mañana siguiente, la mujer de Ahmad cogió a su hija y regresó a la casa de sus padres.


El burro

 

¡No! ¡Ya verán…!¡No y no! ¡Ya verán…!Hicimos de la noche vestiduraY colocamos una lámpara resplandecienteE hicimos bajar de las nubes un agua abundanteOs hemos prevenido contra un castigo cercanoEl día que el hombre medite en sus obras pasadasAga Yan pasó un mes entero buscando a Ahmad por todos los rincones la ciudad y fue a visitar a cuantas personas influyentes conocía, pero no halló ni rastro de su sobrino.

La ciudad entera sabía que habían arrestado al imán y corrían toda clase de rumores sobre él.

—¿Qué vas a hacer ahora? —le preguntó Fagri Sadat a Aga Yan.

—Tal cómo están las cosas, creo que lo más prudente será esperar. Tendrías que pasar por el zoco y ver cómo me evitan los demás vendedores. Me juego la reputación en este asunto.

Aga Yan se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta.

El timbre había sonado de forma distinta de lo habitual, como si en el portal hubiese alguien que viniera a anunciar el destino.

—¿Quién es? —preguntó Aga Yan con voz trémula.

—¡Abran la puerta! —gritó una voz masculina.

—¿Quién es? —repitió Aga Yan.

—Venimos a buscar a Aga Yan.

Abrió la puerta y ante él vio a un hombre con barba y un arma en la mano.

—¿En qué puedo ayudarlo?

—El imán quiere hablar personalmente con usted —anunció el hombre.

—¿Qué imán?

—Está en el coche.

Aga Yan se acercó al jeep y dirigiéndose al joven religioso que estaba sentado en el asiento trasero le dijo:

—Sea bienvenido. Puede entrar en la casa si lo desea, podemos hablar en mi estudio.

El imán se apeó y Aga Yan lo condujo hasta el estudio, donde le ofreció un asiento.

—En realidad deberíamos ser nosotros quienes lo citásemos a usted a un Tribunal Islámico —dejó caer el imán con mucho aplomo—. Pero nos queda poco tiempo y se trata de una notificación y una solicitud que deben ser confirmadas directamente.

—¿A qué se refiere? ¿De qué solicitud me habla?

—El tribunal ha tomado una resolución y yo estoy aquí para comunicársela. La traigo por escrito, así que se la leeré.

Aga Yan supuso que se trataba de Ahmad y de pronto sintió cierto alivio al pensar que el caso podía ser negociable.

El imán sacó un sobre abierto de su bolsillo y extrajo la carta, la desplegó cuidadosamente y leyó en voz alta:

—«En nombre de Alá, que actúa sin piedad contra los pecadores que no le obedecen. Y en nombre de nuestro guía espiritual, el ayatolá Jomeini. El Tribunal Islámico ha decidido que a partir de este momento y por tiempo indefinido la familia Gaem Magam Farahani ya no tiene poder de decisión sobre la mezquita de Yome de la ciudad de Seneyán.»

Aga Yan se puso en pie, desconcertado.

—Eso no puede ser. ¡La mezquita es nuestra!

—La mezquita es de Dios —lo corrigió el imán, impávido—, una mezquita jamás ha sido propiedad privada. ¡Debería usted saberlo!

—Pero tenemos documentos que confirman que el terreno y el edificio del templo pertenecen a esta casa, y además todo está registrado en las actas familiares. Es nuestro patrimonio. ¡Tengo pruebas de ello!

—No se sulfure usted. Es imposible que tenga un documento vigente que avale eso, la mezquita es de todos. En el pasado, su familia tenía autoridad sobre la mezquita, nada más, pero ésa no es una ley divina. Ahora que vivimos en un régimen islámico, un juez está en disposición de revisar la decisión. De ahora en adelante ya no es deseable su custodia del templo. Y no hay nada más que hablar. El Tribunal Islámico retira a su familia los derechos sobre la mezquita, se procederá a la separación entre la casa y el templo. Usted y su familia pueden quedarse a vivir aquí si lo desean, pero he venido para que me entregue las llaves de la mezquita. ¿Podría traérmelas?

—¡No pienso hacerlo! ¡No puedo ni quiero hacerlo! —exclamó Aga Yan—. Pero ¿qué es esto? ¿Es que quieren acabar con todos nosotros? ¿A qué vienen tantos agravios?

—Si no me da las llaves ahora mismo, los hombres que están fuera vendrán por ellas.

—¡No las obtendrán de mi mano! —le espetó Aga Yan decidido.

El imán salió de la casa y dio órdenes a sus hombres para que entraran a buscar las llaves.

Tres hombres irrumpieron en el estudio de Aga Yan. Él se hallaba en medio de la estancia y los interpeló furioso.

—¡Salgan de mi casa! ¡Fuera de aquí!

Pero los hombres lo apartaron a un lado bruscamente y empezaron a registrar el cuarto.

—¡Esto es un robo! —gritó Aga Yan a los hombres que revolvían en los cajones del escritorio. Fue hasta uno de ellos y le dio un empujón.

Yawad, alertado por el ruido, entró en el estudio y se interpuso entre el hombre y su padre.

Los hombres cogieron todas las llaves que encontraron y se fueron, pero no consiguieron dar con la llave de la cámara del tesoro, pues Aga Yan la llevaba siempre en el bolsillo junto a su Corán.

Tres días después, un helicóptero sobrevoló la mezquita al atardecer. A bordo iba el ayatolá Araki, uno de los clérigos que en nombre de Jomeini habían sido enviados a las grandes ciudades para supervisar la instauración de la sharia. Aquel grupo de ayatolás había conseguido del líder religioso un poder ilimitado y sólo debían rendirle cuentas a él. Eran conocidos como los imanes Yomas, pues utilizaban las principales mezquitas de Yome como centro de su actividad.

En la calle había una gran afluencia de fieles que, alzando los brazos hacia el helicóptero, invocaban consignas como «Yare imam gosh amad! ¡Damos la bienvenida al amigo del imán!».

El helicóptero aterrizó en la azotea y los prohombres del zoco subieron al tejado para recibir al anciano imán.

Una multitud de partidarios islámicos que lo aguardaban en el patio de la mezquita se golpearon el pecho al grito de «Yanam bé fadayet Jomeini!».

Dos hombres armados ayudaron al ayatolá a bajar la escalera y lo entraron a hombros en la mezquita.

Aga Yan, que quería verlo de cerca, abrió con sigilo el postigo de un minarete y se deslizó en el interior. Subió la escalera hasta el lugar adonde antaño Nosrat había llevado una mujer. Desde allí, asistió a lo que acontecía en el templo mientras la luz verdosa del minarete le iluminaba el rostro.

La mezquita se convirtió nuevamente en el centro de los sucesos más importantes de la ciudad y todos los viernes el ayatolá pronunciaba sermones a los que asistían los fieles de Seneyán y los pueblos vecinos.

El ayatolá era el hombre más poderoso de la ciudad, celebraba muchas reuniones en la mezquita y no se tomaba ninguna resolución sin su consentimiento.

Sólo el tribunal de justicia quedaba al margen de su poder autoritario, pues el juez islámico operaba de forma independiente y sólo en casos extraordinarios requería el parecer de Jaljal. El juez había mantenido una conversación telefónica con Jaljal sobre el expediente de Ahmad y éste le había dado una opinión tajante. «¡Tú eres el juez! ¡Cierra los ojos y dicta sentencia!»

Con todo, el juez fue a la mezquita para hablar del caso con el ayatolá y pedirle su opinión.

El religioso estudió el expediente entre un rezo y otro y reforzó la decisión del juez.

Besmelah tala! Precisamente por ser imán debe ser más duramente castigado que un ciudadano normal. Wasalam!

Al día siguiente, desde el amanecer hasta la una del mediodía, un jeep fue pasando por las calles de la ciudad con un altavoz:

—Queridos fieles de Seneyán. Os convocamos a acudir a la plaza del zoco a las dos de la tarde, donde el juez dará a conocer públicamente la sentencia contra Ahmad Alsaberi, antiguo miembro de los servicios secretos. Será el primer juicio islámico público. Alá es misericordioso, pero también es implacable cuando es preciso.

Aga Yan se hallaba en el patio junto a la alberca cuando oyó la noticia. Por un instante se quedó paralizado, no sentía las piernas y tuvo que agarrarse a la farola y apoyarse en ella.

También Fagri Sadat lo había oído.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó aturdida.

—Nada, sólo Dios puede ayudarnos. Durante este mes he llamado a todas las puertas y besado todas las manos, pero no ha servido de nada. Nadie sabe nada sobre los juicios, todo sucede en el máximo secreto —dijo Aga Yan.

—¿Por qué Zinat no hace nada? Ella tiene contacto con los ayatolás.

—Me temo que no hay mucho que pueda hacer. Ni siquiera ella debe conocer la identidad del juez que lleva el proceso. Además coopera con ellos en todo y, precisamente por eso, no puede salir en defensa de su hijo.

—¿Por qué no? Me has dicho cientos de veces que Ahmad es inocente.

—¡No lo sé, Fagri! ¡Ya no lo sé!

—Ahmad es en primer lugar su hijo y en segundo lugar el imán de la mezquita, ¿por qué tienes que ser tú el que vaya a ver a todo el mundo y besar un sinfín de manos mientras que ella no da la cara para nada? ¿Dónde se ha metido Zinat? ¿Por qué se esconde hasta de ti?

—Fagri, ha habido una revolución, no se trata sólo de una inversión de términos en el poder político. Es evidente que se han producido cambios muy profundos en la mentalidad de la gente. Sucederán cosas que jamás hubiéramos creído posibles en una situación normal. Algunas personas pueden ser capaces de cometer actos atroces. Mira a tu alrededor, todo el mundo se ha transformado, apenas reconocemos a nuestros vecinos. Ni siquiera sabemos ya si es que se han puesto una máscara o acaban de quitársela. ¿Quién sabe lo que ha pasado con Zinat? ¿Quién habría imaginado que Zinat se convertiría en alguien importante?

—¿Importante? ¿Qué quieres decir con importante? —replicó Fagri con vehemencia.

—Tiene poder, toma decisiones, organiza y sólo Dios sabe en qué más anda metida.

—No es nadie. Un adefesio, eso es lo que es, igual que todas esas mujeres que trabajan con ella. Son todas feas, mujeres a las que nadie ha mirado nunca.

—¡Fagri!

—Zinat es fea por dentro —replicó sin importarle la reacción de su marido.

—Ahora no es momento para hablar de eso. Iré a la plaza del zoco. Después de todo, quizá haya algo que pueda hacer por Ahmad.

—No vayas. No te traerá más que humillaciones. Quédate en casa y espera a que la tormenta haya pasado.

—Debo estar ahí, es mi vida, con humillación o sin ella, y bien poco me importa ya.

Aga Yan fue primero a rezar, luego se puso el sombrero, se irguió y fue al encuentro de su destino.

La plaza del zoco estaba abarrotada de gente. Se situó debajo de un árbol desde donde podía ver bien el podio en el que iba a celebrarse el juicio. La gente no paraba de murmurar y hacer comentarios, intrigada por conocer cómo se aplicaría la ley islámica, la sharia.

Aparecieron tres jeeps del ejército y de cada uno bajó un grupo de guardianes islámicos. Después, llegó a la plaza un Mercedes-Benz. Un guardián abrió la portezuela y un joven imán salió del vehículo. Los guardianes lo escoltaron hasta la silla alta.

—¡Traedlo! —ordenó el juez.

Sacaron a Ahmad de detrás de una cortina verde provisional. Tenía un aspecto descuidado y se lo veía débil. En los últimos días no había probado el opio y sus facciones y su figura habían cambiado mucho. Andaba encorvado, con el aspecto de un viejo vagabundo que no se hubiese lavado en mucho tiempo. Si el juez no hubiese pronunciado su nombre, nadie lo habría reconocido.

La muchedumbre miró estupefacta a Ahmad Alsaberi, el bienamado imán a quien en otro tiempo las mujeres le escribían montones de cartas de amor.

El juez impuso silencio al gentío y empezó a leer la sentencia.

—Ahmad Alsaberi se ha declarado culpable de haber colaborado estrechamente con los servicios secretos del régimen anterior. ¡Ha colaborado con Satán! ¡Eso es alta traición contra el islam y contra la mezquita donde oficiaba como imán! Sin embargo, no deseo manchar mis manos de sangre, y por eso sólo lo he condenado a diez años de prisión.

La gente se inquietó y el juez ordenó silencio y siguió dictando su veredicto.

—El acusado no podrá ejercer más responsabilidades de imán y por esa razón se le despojará del turbante y la túnica.

Ahmad temblaba en su camisa larga y mancillada.

—Pero como era el imán de la mezquita de Yome y su función era servir de ejemplo a los demás, será doblemente castigado —tronó el juez. Hizo una pausa antes de ordenar—: ¡Traed el burro!

Un guardián corrió en busca del burro blanco que se hallaba detrás de la tribuna.

Los murmullos se desataron en la plaza.

—¿Qué planean? ¿Qué piensan hacer con él?

El burro, que se había espantado por el rumor de la multitud, se negó a moverse y los guardianes tuvieron que llevarlo a rastras hasta el podio.

Aga Yan reconoció el burro blanco de Am Ramazan. De pronto aparecieron unos islamistas con pañuelos verdes anudados en la frente en los que se leía: «Soldados de Jomeini.»

—¡Alá es grande! ¡Muerte al cómplice del sah!

El juez continuó.

—Montaremos al acusado en el burro del revés y lo llevaremos hasta la mezquita de Yome. Será un castigo piadoso para alguien que tanto ha ultrajado su túnica de imán.

Todos reaccionaron con sorpresa, mirando atónitos a Ahmad, que seguía cabizbajo y con la mirada extraviada.

Aga Yan se sacó el pañuelo para limpiarse el sudor de la frente. No podía creer que pensaran poner a Ahmad del revés en un burro y pasearlo así por la ciudad. Sabía que su sobrino había cometido bastantes estupideces, pero no creía que hubiese colaborado con el sah; eso no iba con su carácter. ¿Por qué no decía nada, entonces? ¿Por qué no protestaba? ¿Por qué no se defendía?

Aga Yan dio un paso al frente y dijo a voz en grito:

—¡Ahmad! ¡No eres ningún traidor! ¡Defiéndete!

Todos se volvieron hacia él.

—¡Di algo! ¡No te quedes ahí callado! —lo exhortó.

Ahmad se sobresaltó al oír la voz de su tío.

—¡Silencio! —le conminó el juez.

—¡No puedes quedarte ahí sin decir nada, Ahmad! —insistió Aga Yan.

—¡Silencio! —repitió el juez.

Dos guardianes fueron hacia Aga Yan.

—¡Despierta, Ahmad! ¡Por mí! ¡Por nosotros! ¡Por la mezquita! —se desgañitó mientras forcejeaba con los hombres que intentaban sacarlo de allí—. Eres el imán de nuestra mezquita, defién…

Pero no pudo acabar la frase porque un guardián le retorció el brazo a la espalda, empujándole la cabeza hacia abajo.

—¡Ahmad, hazlo por nosotros! —gimió Aga Yan mientras los hombres lo reducían.

Dos comerciantes del zoco salieron entre el gentío, se lo arrebataron a los guardianes y se lo llevaron a un rincón.

Ahmad hizo acopio de todas sus fuerzas y se dirigió a la multitud alzando los brazos al cielo.

—¡Por el Corán! ¡Soy inocente!

—¡Cállate! —masculló el juez.

—¡Por la mezquita! ¡Jamás he sido cómplice de nadie!

—He dicho que te calles —le espetó el juez, furioso.

—Nunca he…

Pero no pudo continuar: dos guardianes lo cogieron en vilo y lo montaron en el burro. El animal retrocedió espantado. Uno de los hombres le golpeó el costado con el fusil y la bestia se tambaleó, cayó y volvió a ponerse en pie.

Un hombre entrado en años, con un arma a la espalda y un pañuelo verde en la frente, se adelantó hacia el burro, le acarició la cabeza y consiguió calmarlo fácilmente para que los guardianes pudiesen montar a Ahmad en su lomo.

A Aga Yan se le heló la sangre al ver a aquel hombre.

¿No le engañaban los ojos? Aquel hombre era su criado, Am Ramazan. Se había convertido en soldado del ejército islámico. Era inaudito. Había ofrecido voluntariamente su burro para humillar a Ahmad. Hasta se encargaba de mantener quieto al animal. Debería avergonzarse de hacer algo semejante, aún tenía la llave de su casa en el bolsillo de su abrigo. ¿Cómo era posible que la gente pudiera cambiar tanto de forma tan repentina?

Aga Yan se sintió tan dolido que, llevado por la desesperación, empezó a recitar a voz en grito el sura Al Mursalat, Los enviados.

Ese día ¡ay de los desmentidores!¡Ay de los enviados en ráfagas!¡De los que se diseminan en todos los sentidos!¡De los que se distinguen claramente!¡Ciertamente, aquello con que se os amenaza se cumplirá!Y cuando las estrellas pierdan su luzCuando el cielo se hiendaCuando las montañas sean reducidas a polvo¡Ay de los desmentidores!El burro se puso en marcha. Ahmad sollozaba en silencio. Alguien le arrojó una piedra e hizo blanco en la cabeza.

Aga Yan no pudo soportarlo más. Se adelantó bruscamente y le bloqueó el paso al burro.

—¡Deteneos! Nadie puede tirar piedras. No lo han condenado a lapidación. ¿Dónde se ha metido ese maldito juez?

Uno de los guardianes empujó con fuerza a Aga Yan, que cayó al suelo pero volvió a ponerse en pie con una rapidez que no habría creído posible, y se acercó de nuevo al burro.

El guardián se lo impidió con la culata del fusil.

Volvieron a tirar otra piedra, que dio a Ahmad en la oreja derecha. Aga Yan se sacó apresuradamente el Corán del bolsillo, apartó al esbirro de un empujón, se plantó delante de Ahmad y, alzando el Corán hacia el cielo, exclamó:

—¡Por este libro! ¡No lo lapidéis!

El guardián le arrebató el libro y le golpeó el rostro con él. Aga Yan perdió el equilibrio, aunque logró recuperarse. Cogió a Ahmad por la cintura y lo bajó del burro, pero los dos acabaron rodando por el suelo.

Dos guardianes volvieron a subir a Ahmad a lomos del animal mientras los otros se ensañaban a puntapiés con Aga Yan, que seguía tendido en el suelo.

El burro echó a andar y la gente lo siguió hasta la mezquita.

Aga Yan se quedó allí tirado, gimiendo de dolor.

¡Oh, tú el envuelto en un manto!¡El arrebujado!No puedes quedartetendido en el suelo¡Levántate!¡Por la luna!¡Por la mañana cuando apunta!Apoyó las manos en el suelo y se puso en pie con dificultad.


La vaca

 

En el principio fue la Vaca, lo demás era silencio. Eso creían los antiguos persas, por eso esculpían cabezas de vaca en los pilares de sus palacios en la provincia de Fars.

La Vaca murió y el resto de la vida brotó de su cuerpo. De su carne surgieron los animales y las plantas. El Fuego se convirtió entonces en algo sagrado y la Vaca se desvaneció.

El Fuego seguía ardiendo en los templos de las montañas cuando Zoroastro nació en Yazd. Fue el primer profeta persa y anunció que ni la Vaca ni el Fuego debían ser adorados. Situó a Dios en el cielo y le dio un nombre: «Ahura Mazda.»

Y el Fuego se convirtió en el símbolo de Ahura Mazda en la tierra.

El profeta ofreció a su pueblo el Avesta, los escritos que recogían la palabra sagrada de Dios.

Un siglo más tarde, Mahoma anunció el islam, todas las antiguas ideas persas desaparecieron y el Fuego se extinguió.

Durante catorce siglos, ni la Vaca ni el Fuego fueron adorados, pero el espíritu de esa idea ha seguido perviviendo en el alma de los persas.

Y ahora era el islam el que causaba una profunda ruptura en la familia de Aga Yan. En los ocho siglos pasados, la casa había luchado unida contra los enemigos del islam desde el almimbar de la mezquita. Pero por primera vez el enemigo que desafiaba a la familia era el propio islam.

A pesar de que los momentos más agitados de la revolución habían quedado atrás, Shabal seguía sin volver a casa.

A Nosrat las cosas le iban viento en popa. Trabajaba noche y día para establecerse en el mundo del cine iraní dentro de la nueva república islámica, y ya no tenía tiempo de ir a Seneyán, y ni siquiera llamaba por teléfono.

Zinat se había entregado en cuerpo y alma al islam de Jomeini y apenas iba por la casa. Había roto el contacto con la familia y nadie estaba enterado de lo que hacía realmente.

Muecín no se sentía bien y se ausentaba cada vez con más frecuencia, y también Yawad se iba a menudo de casa. No se lo decía a nadie, pero en realidad iba a Teherán. Había entrado en contacto con Shabal. En secreto, siempre había sentido simpatía por el movimiento de izquierda en el que Shabal tomaba parte activa.

—¿Por qué no vas a casa? —le preguntaba a Shabal.

—Cuando Jomeini estaba en París, prometió que sería tolerante con los demás, pero ahora que está en el poder ya no se acuerda. Ve a los partidarios de la izquierda como gente blasfema para los que no hay cabida en su régimen islámico. Por eso hemos dado un paso atrás y pasamos a la clandestinidad. No podemos fiarnos de Jomeini.

También Nasrin y Ensi, las hijas de Aga Yan, habían tomado la decisión de irse de casa. Querían alquilar una habitación en Teherán y mudarse a la capital.

Ninguna mujer de la casa había hecho algo semejante. Pero Nasrin y Ensi eran ya mujeres hechas y derechas y no querían quedarse en casa a la espera de un hombre. Fagri Sadat siempre las había protegido. No las obligaba a ir a la mezquita y las había enviado a los mejores colegios de la ciudad. Cuando las dos obtuvieron su diploma de enseñanza secundaria, empezaron estudios de magisterio. Si todo hubiese continuado como antes, ya habrían terminado la carrera y estarían trabajando en la enseñanza. Pero cuando la revolución estalló, todos los colegios y facultades cerraron sus puertas. Y después ya no pudieron retomar sus estudios.

El nuevo régimen islámico había empezado con una revolución cultural en empresas, oficinas, escuelas y universidades. Todos aquellos que según el comité no fuesen lo bastante islámicos, eran enviados a casa de inmediato. Nasrin y Ensi fueron las primeras de su curso en ser rechazadas de modo fulminante, lo que se debió en gran medida a Ahmad y la escena que Aga Yan había protagonizado en la plaza del zoco.

Las jóvenes permanecieron un tiempo en casa, pero no tenían futuro en Seneyán.

—Nasrin y Ensi me han confesado que quieren irse a Teherán —le dijo Fagri Sadat a su marido antes de acostarse.

—No podemos dejar a dos muchachas solas en Teherán —repuso él.

—¿Y qué quieres hacer con ellas? ¿Tenerlas siempre aquí metidas?

Aga Yan guardó silencio.

—Aquí no les espera ningún futuro. Debes dejarlas ir.

Un día, Nasrin y Ensi fueron al estudio de su padre y le dijeron que querían irse a Teherán para vivir y trabajar allí y que no debía intentar retenerlas.

—No lo haré —les aseguró él.

Las jóvenes se trasladaron a la capital y durante algún tiempo se alojaron con una antigua compañera de clase.

Aga Yan seguía yendo cada día al zoco, pero ya nada era como antes. Todos los hombres se habían dejado crecer barba y rivalizaban por imitar en todo a los clérigos islamistas. Todos se habían vuelto maleducados y no le mostraban el menor respeto. Su fiel criado iba al trabajo con su uniforme de miliciano, de modo que Aga Yan ya no se atrevía a hacer una llamada telefónica en su presencia.

Tiempo atrás, cuando Aga Yan visitaba los pueblos donde tenía talleres en los que tejían alfombras para él, era recibido como un rey por los aldeanos.

Un día, cuando un viejo amigo de Isfahán pasó por su despacho para saludarlo, lo halló detrás del escritorio, inclinado sobre sus papeles. Apenas lo reconoció. Aga Yan había envejecido. Se lo veía gris y hundido.

Intentó seguir trabajando, pero no podía. Cada vez regresaba antes a su casa y se ocupaba sólo del jardín. A veces desaparecía en el sótano y allí se le iban las horas revolviendo cachivaches hasta que Fagri Sadat iba a buscarlo.

—¿Se puede saber qué haces ahí metido tanto rato?

—Nunca he tenido tiempo para echarles un vistazo a todas estas cajas.

—Ya basta por hoy, ve a lavarte las manos. He preparado té.

Aga Yan fue a lavarse las manos y la cara en la alberca y luego se dirigió a la cocina para tomar el té con Fagri.

—Ten paciencia —le dijo cuando ella empezó a lamentarse de las perspectivas de futuro para sus hijos.

—¿Cómo voy a tener paciencia si mis tres hijos han abandonado su hogar sin tener ningún futuro y ni siquiera sabemos dónde están?

—Nuestros hijos no son los únicos que sufren por la nueva situación, hay millares que se enfrentan a un destino similar. Siempre ha sido así en la vida, y así será también ahora, pero hay un remedio que puede ayudarnos: la paciencia.

—Eso sólo puedes hacerlo tú que tienes una fe tan sólida; yo soy incapaz de eso, soy débil, dudo mucho, no me atrevo a decírtelo, pero dudo hasta de que Dios esté viendo todo lo que pasa.

—Fagri, has de ser fuerte, no sucumbas a las tinieblas o de lo contrario perderás la paz, y eso no te conviene.

—La gente sólo mira por sus propios intereses e intentan poner a salvo sus vidas, tú eres el único que eras honesto y sigues siéndolo, pero ¿qué has conseguido con ello? ¡Has ido a parar al sótano! Un día fuiste el hombre fuerte del zoco, tu palabra era ley, ¿y qué haces ahora? Esconderte en el sótano entre trastos viejos.

—No hables así, Fagri —repuso él, dolido.

—Lo siento, pero sabes bien a lo que me refiero. ¿Dónde están tus amigos, los poderosos hombres del zoco para ayudarte?

—No necesito la ayuda de nadie.

—Todo el mundo te ha dejado en la estacada. ¿Dónde está Zinat? ¿Y Muecín? Y sobre todo, ¿dónde se ha metido tu hermano Nosrat? ¿Sabes algo de él?

En aquel preciso instante, Nosrat estaba en su casa, bajo la ducha, pensando en la manera de ofrecer su aportación al desarrollo del cine persa, pero sabía muy bien que sin la aprobación de Jomeini no lograría nada. Mientras el agua chorreaba por su cabeza, se le ocurrió una idea descabellada.

—¡Lo he encontrado! ¡Lo he encontrado! —gritó.

Cerró el grifo de inmediato, se secó con una toalla, se vistió y salió precipitadamente de casa. Tomó un taxi hasta el palacio donde Beheshti había instalado su despacho.

Habían pasado nueve meses desde el inicio de la revolución y Jomeini seguía sin saber qué hacer con los cines. Las puertas de todas las salas habían sido selladas y las habían declarado impuras, igual que los burdeles.

Fruto de la estrecha colaboración habida entre Beheshti y Nosrat, entre ambos había surgido una relación de confianza mutua. Beheshti conocía el cine. En Alemania había ido a menudo a escondidas, pero creía que Jomeini no estaba preparado aún para hablarle de ese asunto.

—Sé lo que tengo que hacer —le aseguró Nosrat—. Hay que llevar al imán al cine, eso es todo. Tiene que ver con sus propios ojos que el cine no se parece en nada a un burdel.

—Sea realista —repuso Beheshti—, ¿qué podríamos mostrarle para convencerlo?

—¡Le pondré Vaca! —anunció Nosrat.

—¿Vaca?

—Es la primera película seria hecha en suelo persa, hasta podríamos considerarla una película islámica.

—¿Y se titula Vaca?

—Exacto: Vaca. Es un clásico persa. No pretendo decir que sea una obra maestra, pero es lo mejor que podemos mostrarle al imán. La Vaca se halla presente en el alma de todo persa, hasta en la de Jomeini. Prepararé un cine y usted se encargará de llevar al imán. El islam puede hacer mucho por el cine. Tengo grandes planes. Si Jomeini da el visto bueno a la película, se producirá un florecimiento del cine independiente en el corazón de nuestra cultura. Los chiíes poseen una visión del mundo distinta y contamos con nuestra milenaria cultura persa como bagaje; en poco tiempo conquistaremos todos los cines del mundo.

—Sobre el mundo ya hablaremos otro día, empezaremos mostrándole la película al imán.

—No tenemos mucho tiempo, tiene que ser dentro de poco, todos los cines han sido sellados y los grandes comerciantes de alfombras se han puesto de acuerdo para comprar las salas de cine de todo el país y reconvertirlas en mezquitas.

—No conseguiremos llevar al imán a un cine.

—Entonces lo haré al revés. Llevaré el cine ante el ayatolá.

—Ésa es una buena idea —sonrió Beheshti.

—Será un momento histórico y Jomeini se lo pasará bien. La película transcurre en una zona rural similar a su aldea natal.

Al día siguiente, Nosrat se presentó en la residencia de Jomeini, en los montes septentrionales de Teherán, con un lienzo bajo el brazo y un proyector en la mano.

Beheshti lo condujo hasta el estudio del líder, donde Jomeini se hallaba sentado sobre su alfombrilla, apoyado contra la pared en un cojín. Desde la revolución, Nosrat lucía un pelo canoso, se había dejado crecer la barba y llevaba un original sombrero. Todo el mundo se arrodillaba ante Jomeini y le besaba la mano, pero Nosrat no cumplió con ese ritual, sino que se limitó a quitarse el sombrero y hacer una leve inclinación de la cabeza.

Beheshti hizo las presentaciones.

—Éste es el cámara cuyos reportajes sobre la revolución fueron emitidos en muchas ocasiones por las televisiones extranjeras. Es un hombre de confianza. Procede de una familia buena y religiosa y tiene ideas interesantes sobre el cine. Los dejaré solos.

Se produjo un silencio después de que Beheshti abandonara la habitación.

Nosrat dejó sus bártulos y buscó un lugar apropiado para colgar el lienzo blanco. Sacó un pequeño martillo del bolsillo y, sin encomendarse a nadie, clavó la tela en la pared que el imán tenía delante.

Cambió de sitio una mesa que había contra la pared y puso encima el proyector. Seguidamente, colocó una silla en medio del cuarto.

—¿Podría sentarse en esta silla?

—Estoy bien aquí —refunfuñó Jomeini.

—Lo comprendo, pero la silla forma parte del cine.

Jomeini lo miró estupefacto. Nadie había osado hablarle así antes. Pero sabía que Nosrat era fotógrafo, como también sabía que hay dos personas a las que uno debe escuchar: el médico y el fotógrafo. Así pues, el anciano se puso en pie y tomó asiento en la silla situada en el centro de la estancia.

Nosrat corrió las cortinas y apagó la luz, de modo que la habitación quedó completamente a oscuras.

Entonces encendió el proyector y la bobina empezó a girar.

Era una película antigua, en blanco y negro. Apareció una vaca en la pantalla y soltó un mugido, algo que sorprendió a Jomeini. Después salió un granjero que besó a la vaca en la cabeza y la acarició.

«Eres mi vaca. Mi querida vaca. ¡Anda, ven! Vamos a dar un paseo.»

El granjero echó a andar delante del animal y lo condujo a los prados. Al llegar, el hombre sacó su pipa tradicional y fue a sentarse a la sombra de un árbol para fumar mientras contemplaba satisfecho cómo pastaba su vaca. En ese instante apareció una granjera que llevaba un pañuelo en la cabeza.

«Salam aleikum, Mashadi.»

«Salam aleikum, Bayi. Ven a sentarte un poco a la sombra, hoy hace calor. Voy a llevar mi vaca al río, la pobre se moría de calor en el establo. ¿Cómo te va, Bayi?»

La granjera se sentó a su lado y los dos se quedaron absortos, mirando la vaca en silencio.

La película no era nada especial pero había escenas mágicas sobre la vida rural. La historia era sobria, pero eso precisamente hacía que uno se sintiera conmovido al ver la primitiva forma de vida de aquellas gentes.

Era una cinta adecuada para la nueva república islámica de Jomeini, pues la modernidad brillaba por su ausencia en aquel pueblo. Todas las granjeras iban tapadas con velo y el Corán era omnipresente. El lugar carecía de electricidad y agua corriente. No se oía música en ninguna parte, nadie tenía radio. No podía haber encontrado una película mejor para el imán que aquélla. Seguramente, ante semejante escenario, Jomeini se reconocía a sí mismo y a sus paisanos.

La historia trataba de un granjero que no tenía hijos, pero que amaba a su vaca. Un día la vaca enfermaba. Los ancianos del pueblo le aconsejaban que la sacrificara antes de que fuese tarde, pero él se negaba en redondo.

Un día, la vaca caía muerta mientras el granjero se hallaba ausente. Los aldeanos decidían enterrarla antes de que su amo volviera.

Cuando el hombre regresaba y preguntaba por su vaca, todos le decían que se había escapado. El granjero sufría un ataque de angustia. Durante días y días buscaba sin descanso a su vaca, en vano. Perdía las ganas de vivir y dejaba de comer.

Los ancianos del pueblo iban a consolarlo y le explicaban que no era propio de hombres seguir un duelo por una vaca. Pero el granjero estaba tan enfermo que creía haberse transformado él mismo en vaca. Cuando los ancianos entraban en su casa, el hombre se ponía a dar mugidos de tristeza.

Los ancianos sacaban los pañuelos y lloraban en silencio por el granjero.

Cuando la película concluyó, Nosrat encendió la luz. Jomeini echó mano a su pañuelo.

El viernes siguiente, todos los ayatolás del país hicieron un anuncio extraordinario durante su sermón.

—Esta noche se emitirá una película por televisión. Se titula Vaca y cuenta con la aprobación del ayatolá Jomeini. ¡Los fieles pueden verla!

Aquella noche, la gente que no tenía televisor en casa se dirigió a los salones de té para ver la película.

Fue un día importante en la historia del arte iraní.

Aga Yan vio la película con Lagartija en el cobertizo de la azotea. También era la primera vez que él veía una película. Cuando vio la vaca, al granjero y las pobres chozas, se dijo que aquél no podía ser el cine que tanto se alababa en el mundo entero.

Shabal vio la película con Yawad.

Nasrin y Ensi, las hijas de Aga Yan, la vieron con su antigua compañera de estudios.

Sediq se hallaba en Teherán, en compañía de algunas mujeres islámicas. Por mediación de su hermana, Jaljal se había ocupado de que Sediq pudiera pasar una temporada en la capital.

Zinat Janum se alojaba en casa de Azam Azam, que la había aceptado como ayudante. Hacía poco que había repudiado públicamente a su hijo Ahmad en la mezquita. Aseguraba sentir vergüenza de él. Zinat no era la única. Por televisión aparecían muchos padres creyentes que les daban la espalda a sus propios hijos por haberse manifestado en contra de los ayatolás. Todo el mundo hablaba de ello, pero nadie acababa de entenderlo. ¿Lo hacían por sus creencias? ¿O acaso los clérigos les habían lavado el cerebro?

Después de que Zinat hubiese expresado su rechazo, fue recibida por el ayatolá en su estudio y mantuvieron una conversación privada.

—Zinat Janum, tú encarnas el modelo de mujer islámica que necesito para esta ciudad. Eres una auténtica mahyabe. Santa Fátima está contenta contigo. ¡Ahora atiende! Te encargo la misión de dar un rostro islámico a las mujeres de Seneyán. Quiero ver que todas ellas son como Zinat Janum. ¿Queda claro?

—Sí, muy claro, ayatolá —aseguró Zinat poniéndose en pie.

Con otras seis mujeres fanáticas, Zinat creó un comité de usos y costumbres y empezaron a islamizar el comportamiento público de las mujeres.

La mayoría de las mujeres de la ciudad se colocaban un velo por encima al salir a la calle, pero había bastantes muchachas que no querían obedecer al régimen islámico y se negaban a ponérselo. El comité disponía de tres jeeps con los que patrullaban por la ciudad. Iban dos mujeres con velo y un hombre armado y se dedicaban a controlar el hiyab de las mujeres de Seneyán.

En cuanto se cruzaban con alguna que no llevaba el velo conforme a las prescripciones islámicas o se había puesto maquillaje, saltaban del vehículo y la detenían. Si la mujer hacía caso de su advertencia y se ponía bien el pañuelo, la dejaban ir, pero si se mostraba descarada, la metían en el jeep y se la llevaban a un lugar secreto donde le daban una buena lección.

Todas las mujeres arrestadas caían en manos de Zinat. Con la ayuda de Azam Azam, Zinat había ideado métodos para atemorizarlas. Azam Azam les untaba las piernas con un jarabe y Zinat las encerraba en un cuarto oscuro infestado de cucarachas. Las chicas temerosas eran encerradas en un lugar oscuro donde los ratones se paseaban por sus pies emitiendo chillidos.

Unos días antes, Zinat había quitado el carmín de los labios de una mujer frotándolos con un pañuelo tan áspero que la había hecho sangrar.

La noche en que todo el mundo estaba delante del televisor viendo Vaca, un grupo de estudiantes islámicos que contaba con la aprobación de Jomeini saltó la verja de la embajada de Estados Unidos e irrumpió en el edificio. En una acción relámpago, arrestaron al embajador y sus sesenta y cinco empleados, que por motivos de seguridad permanecían allí. Los rehenes fueron conducidos de inmediato a un lugar secreto, pues el régimen islámico temía que Estados Unidos emprendiese una acción a gran escala para liberarlos.

Para mayor seguridad, las personas más destacadas fueron conducidas en jeep a Qom, Isfahán y Seneyán.

El ayatolá Araki de Seneyán fue despertado en plena noche por su ayudante.

—Debe vestirse deprisa —le susurró—. Hay alguien esperándolo en la sala.

—¿De quién se trata?

—Un hombre joven que necesita comunicarle un secreto de Estado.

El ayatolá se vistió apresuradamente y bajó a encontrarse con el joven. El religioso le tendió la mano y el muchacho se la besó.

—Soy estudiante de la Universidad de Teherán. Le traigo un mensaje secreto de parte del ayatolá Ruholah Jomeini.

El ayatolá inclinó la cabeza hacia delante y el estudiante le susurró el secreto al oído:

—En la calle hay tres coches con siete americanos que llevan los ojos vendados.

Sin perder un segundo, el ayatolá se puso el turbante, cogió el bastón y dijo:

—Vamos.

Subió a uno de los vehículos y se dirigieron hacia el desierto.

Durante varios meses, representantes de Irán y Estados Unidos mantuvieron muchas conversaciones con la mediación de Suiza para tratar sobre la liberación de los rehenes, pero aquellas largas negociaciones no llegaron a buen puerto. Jomeini había puesto dos condiciones a los estadounidenses: la entrega del sah para ser juzgado por un tribunal islámico, y la transferencia de los incontables millones de dólares procedentes del petróleo iraní que se encontraban depositados en bancos estadounidenses.

Pero Estados Unidos no podía extraditar al sah, pues sabía que los ayatolás lo ejecutarían en el acto. Tampoco podían devolver una cifra de dinero tan exorbitante en un plazo tan corto. Así pues, las negociaciones se interrumpieron y se hizo el silencio.

Ciento setenta y dos días más tarde, seis aviones de transporte estadounidenses sobrevolaban Seneyán al amparo de la oscuridad; nadie los vio ni los oyó. Hacía escasamente media hora que habían abandonado la cubierta de un portaaviones en el golfo Pérsico y, con el consentimiento de Sadam Husein, habían entrado en Irán atravesando el espacio aéreo iraquí.

Los aviones se dirigían a un aeródromo militar secreto enclavado en el desierto. El plan era que las antiguas unidades de comando del sah liberasen a los rehenes y los condujeran en helicóptero hasta el aeropuerto, desde donde serían evacuados del país.

Los estadounidenses habían descubierto dónde tenían escondidos a los rehenes a través de un espía infiltrado en el círculo de confianza de Jomeini.

Pero la acción fracasó. Un incidente que sólo Jomeini fue capaz de explicar, hizo que todo el plan se viniera abajo.

—¡Alá los ha detenido! —clamó el ayatolá al día siguiente cuando se difundió la noticia de que una operación militar secreta de Estados Unidos se había frustrado estrepitosamente—. Alá protege este país —prosiguió más calmado—. ¿Por qué los americanos no quieren entenderlo? Es muy sencillo: ha sido obra de Dios.

Cuando dos de los aviones iban a aterrizar en el aeródromo secreto, colisionaron con un helicóptero. Los tres aparatos saltaron por los aires envueltos en llamas, originando un mar de fuego en medio del árido desierto, pero nadie estaba al corriente.

Hubo ocho víctimas mortales y cinco heridos. Inmediatamente después del siniestro, los demás aviones regresaron al portaaviones.

Un pastor que se había echado a dormir bajo un árbol junto a un viejo pozo de agua, se despertó sobresaltado por un estrépito desconocido. Se puso en pie y oteó el desierto en la oscuridad. Vio una negra nube de humo alzarse en un cielo encarnado.

Se encaramó al árbol y divisó el fuego en la lejanía. Supo que había sucedido algo terrible, así que abandonó su rebaño y corrió hasta la aldea. Media hora después, todos los lugareños se habían subido a las azoteas de sus casas y contemplaban el incendio.

El imán corrió a la mezquita, abrió la puerta, levantó el auricular del único teléfono que había en todo el pueblo y marcó el número del ayatolá Araki.

—Veo altas llamas en el desierto. Los ancianos de la aldea dicen que jamás han visto nada igual. ¡Ha sucedido algo terrible!

El ayatolá envió a un comandante del ejército islámico para que efectuase una inspección. Tres cuartos de hora después, el ayatolá cogió el teléfono y llamó directamente a la casa de Jomeini en Teherán.

—Lenguas de fuego gigantescas. Parece que dos aviones se han estrellado. El incendio es demasiado grande, no podemos acercarnos más.

Antes de que Teherán hubiese reunido un equipo de inspección para enviarlo a Seneyán, los aldeanos habían ido en sus burros hasta los aviones derribados e intentaban salvar a los heridos.

Las autoridades todavía no sabían lo que había sucedido cuando Radio Moscú difundió la noticia en el boletín de las seis de la mañana: «Tres aviones estadounidenses se han estrellado en el desierto de Irán, cerca de la ciudad de Seneyán.»

Muecín, que todas las mañanas escuchaba aquella emisora, oyó la noticia, pero no comprendió su importancia. Sólo después de oír que repetían el nombre de Seneyán salió corriendo en busca de Aga Yan, gritando:

—¡Los americanos se han estrellado en el desierto!

La televisión estatal abrió las noticias de las dos con un reportaje en directo sobre el terrible accidente y la cámara enfocó los cadáveres de los pilotos estadounidenses. A continuación, apareció en pantalla el ayatolá Araki, kaláshnikov en mano, y pronunció un contundente alegato.

«El islam es un milagro. Después de catorce siglos, el islam sigue siendo un milagro. Los aviones americanos entraron en nuestro país desde Irak, sin luces y guiándose en la oscuridad por dispositivos electrónicos ultramodernos para esquivar nuestros radares. Lo tenían todo escrupulosamente planeado y sus ordenadores superinteligentes lo habían calculado todo al milímetro, pero se olvidaron de una cosa: ¡el Corán! Nosotros no necesitamos ordenadores supermodernos que nos calculen todo, no necesitamos ojos electrónicos que lo observen todo. Sólo hay alguien que salvaguarda este país, sólo hay uno que nos protege, uno que lo controla todo mientras dormimos, ¡y es Alá!

»América tiene sus máquinas, nosotros tenemos a Alá.

»América cuenta con sus enormes aviones de reconocimiento, nosotros tenemos a Alá.

»¡América! ¿Quieres saber quién ha hecho que se estrellaran tus aviones? Lee el sura Al Fil, el elefante.»

Alam tara kayfa rabuka bi as-habi-al fil¿No has visto lo que hizo tu Señor con los dueños del elefante?¿Acaso no confundió sus tretasy envió contra ellos los pájaros ababil?Les arrojaron piedras de arcillaY los dejaron como cereal verde comido.Alharab

 

Cinco meses más tarde, hacia el mediodía, tres reactores iraquíes cruzaron el cielo de Teherán. Volaban tan bajo que hasta se veía claramente a los pilotos. La gente huyó despavorida por el terrorífico y ensordecedor ruido.

Los aviones bombardearon el aeropuerto. De ese modo declaraban a Irán la alharab, la guerra.

La noche anterior, el ejército iraquí había penetrado en territorio iraní ocupando todos los lugares estratégicos de la rica provincia de Kuzestán, al sur del país. Las mayores refinerías de gas y petróleo de Irán se hallaban ya en manos de Sadam Husein.

El régimen se conmocionó ante la noticia y la gente no daba crédito a lo sucedido. Sólo después de que la televisión mostrara las primeras imágenes de los tanques iraquíes delante de las refinerías iraníes, empezaron a comprender que no se trataba de una mera amenaza sino de una guerra en toda regla.

Jomeini pronunció un discurso por televisión en el que convocó a todos cuantos tuvieran un arma a presentarse en la mezquita más cercana. «¡Es la yihad!»

Aquel llamamiento logró reunir en veinticuatro horas un enorme ejército de fieles. Miles de jóvenes y viejos sin experiencia alguna fueron cargados en camiones y enviados al frente.

Entretanto, los aviones de reconocimiento estadounidenses sobrevolaban a gran altura las zonas en conflicto para espiar los movimientos del ejército islámico y enviar la información a Sadam Husein.

Como consecuencia, las tropas iraníes eran bombardeadas continuamente por los aviones iraquíes.

Jomeini, que no se daba por vencido, infundió ánimos a su pueblo.

—Sólo la muerte puede salvarnos. América lo controla todo desde arriba. Sólo nos queda una opción: tendremos que tender un puente de muertos para luchar contra Irak.

Un ejército de fieles, vestidos con sudarios, empuñó las armas y partió para abrir un camino que los llevase hasta el ejército iraquí. Al final, las tropas iraníes alcanzaron a las iraquíes; aquello marcó el inicio de una contienda que habría de durar ocho largos años y en la que perecerían millones de soldados de ambos bandos.

Los ayatolás temían que sus opositores aprovechasen la coyuntura de la guerra para socavar el régimen. Jomeini no confiaba en las organizaciones de izquierdas, las consideraba enemigas de Alá y del Corán, de modo que esperó pacientemente a que se le presentara el momento idóneo para acabar con ellos de una vez por todas. Mientras, la oposición de izquierdas tramaba en secreto la forma de debilitar el fanático Estado islámico de los ayatolás y expulsarlos del poder si podían.

Finalmente, el régimen decidió eliminar todos los movimientos de izquierdas.

Jomeini se lo comunicó a Jaljal en primer lugar.

—Extírpalos de raíz. ¡Sin misericordia! Barre y destruye a todo aquel que se oponga al islam.

Los dirigentes del Tudeh, el partido comunista iraní, que en su día habían apoyado incondicionalmente a Jomeini, fueron arrestados en menos de una hora.

Pero el régimen no logró capturar a los líderes de los movimientos clandestinos, que se habían ido radicalizando con el tiempo y planeaban en secreto levantarse en armas. El Tudeh, que no había querido luchar contra Jomeini, cayó en la trampa.

Tres noches después, la televisión islámica mostró al anciano líder del partido para amedrentar a la población. Se lo veía destrozado, escuálido, apagado y sin afeitar. Se notaba que lo habían sacado directamente de la sala de torturas para ponerlo ante las cámaras. El hombre imploraba que lo dejasen en paz.

Fue una escena escalofriante, una filmación muy bien pensada para infundir miedo a la gente. Y surtió efecto, puesto que aquella misma noche los restantes miembros del partido huyeron hacia las fronteras para escapar del país.

En Seneyán, el ayatolá Araki recibió órdenes de desalojar sin contemplaciones la Aldea Roja.

Por aquel entonces, el pueblo vivía sus mejores años y se había convertido en una región autónoma, regida por sus propias reglas: un pueblo de fantasía donde los jóvenes podían poner en práctica a pequeña escala los ideales de un Estado comunista utópico. Por ejemplo, toda la cosecha se almacenaba conjuntamente y se procedía a hacer un reparto equitativo entre todos los aldeanos. También se organizaban veladas poéticas en la plaza del pueblo, en las que se leían poemas del escritor ruso Maiakovski.

La noche de la redada, el pueblo entero estaba viendo una película rusa cuando alguien gritó de pronto:

—¡Los tanques! ¡Vienen los tanques! Bloqueadlo todo.

Pero era demasiado tarde para bloqueos. En un abrir y cerrar de ojos el pueblo quedó vacío. Algunos lograron huir a las montañas, otros se atrincheraron en sus casas echando el cerrojo a las puertas, y los pocos que tenían alguna arma escondida la empuñaron y subieron a la azotea.

Un helicóptero sobrevoló la aldea y fue recibido a balazo limpio desde las azoteas. El artefacto dio la vuelta con un abrupto giro.

Los tanques entraron en el pueblo y, como caídos del cielo, aparecieron centenares de soldados que tomaron posiciones en la oscuridad. Enseguida, dos helicópteros volvieron a sobrevolar el pueblo iluminando las azoteas con sus potentes focos y abriendo fuego contra todo lo que se moviese.

El ataque resultó implacable. Los soldados vigilaban los alrededores y disparaban a todos los que intentaban escapar. Desde las azoteas también se disparaba con fanatismo, pero cada bala era respondida con una granada que hacía estallar el tejado.

No tenía sentido luchar, las puertas de las casas se abrieron y los aldeanos salieron fuera con los brazos en alto.

Los jeeps persiguieron a los que habían huido hacia las montañas, con orden de abatirlos si no se entregaban.

Todos los arrestados fueron conducidos a la cárcel aquella misma noche. Entre ellos estaba Yawad, el hijo de Aga Yan.

Jaljal, el temido juez de Alá, se desplazó hasta Seneyán en helicóptero para juzgar a los arrestados. Allí donde aterrizaba, sembraba la muerte y la destrucción.

El sol todavía no había salido y las gentes de Seneyán dormían aún cuando nueve jóvenes de la Aldea Roja fueron ejecutados.

La ciudad despertó conmocionada. Los padres cuyos hijos habían sido arrestados corrieron a la cárcel para ver la lista de ejecutados.

Los cuerpos eran entregados a sus familias, pero según la sharia eran cadáveres impuros y, por tanto, no podían ser enterrados en un cementerio normal. Los padres cargaban los cuerpos de sus hijos en una furgoneta y los llevaban a las montañas para rendirles el último homenaje.

Aga Yan no imaginaba que Yawad había sido arrestado, pues creía que su hijo se encontraba en Teherán.

No se le pasó por la cabeza que su muchacho pudiera contarse entre los detenidos. Conocía a uno de los ejecutados, pues era el hijo de un practicante que trabajaba en la acera de enfrente de la mezquita. Aga Yan estaba leyendo el Corán por él cuando sonó el teléfono. Levantó el auricular.

—Seré breve —dijo un hombre sin identificarse—. Soy amigo de Yawad. Ha sido arrestado en la Aldea Roja y probablemente lo ejecuten. Si quiere hacer algo por él, tendrá que darse prisa. Una vez que el juez de Alá dicte sentencia, será demasiado tarde. —Y colgó.

A Aga Yan le temblaba la mano cuando dejó el auricular. De pronto le pasaron mil pensamientos por la cabeza. Habría querido llamar a gritos a su mujer, pero no podía. Habían arrestado a su hijo. ¿Cómo era posible que él no estuviese enterado? ¿Dónde estaba el hombre que lo había llamado? ¿Y quién era?

Por lo que él sabía, Yawad estaba en Teherán. ¿Qué se le había perdido a su hijo en aquel pueblo?

¿Y qué podía hacer por él?

No sabía ni por dónde empezar. Levantó varias veces el auricular para llamar a alguien, pero volvía a colgarlo un instante después.

Cogió el abrigo del perchero, se puso el sombrero y salió del estudio. No había llegado a la puerta de la calle cuando el teléfono volvió a sonar.

—Yawad aún sigue en la cárcel de la ciudad —dijo la misma voz—. El juez volverá dentro de pocos días para juzgar a los detenidos. Debe usted darse prisa.

—Pero ¿qué hacía mi hijo en la aldea? ¿Quién es usted?

—Estábamos juntos en la Aldea Roja, yo logré escapar justo a tiempo y a él lo cogieron. Tiene que hacer algo por él y rápido. Lo siento, no puedo seguir hablando, tengo que colgar.

Aga Yan corrió a la puerta de la calle pero se volvió a medio camino para gritar:

—¡Fagri Sadat!

Ella no contestó.

—¡Fagri Sadat! —la llamó más fuerte.

Por el timbre de su voz, su esposa supo que se trataba de algo grave y bajó corriendo.

—Debes ser fuerte —le comunicó Aga Yan—. Han arrestado a Yawad.

Faltó poco para que Fagri se desmayara.

—¿Qué? ¿Por qué lo han arrestado? —apenas logró balbucear.

—Un amigo suyo acaba de llamar. Estaba en la Aldea Roja.

—¿Y qué hacía allí?

—No lo sé.

—Quizá había acompañado a Shabal. ¿Dónde está Shabal?

—Tampoco lo sé. Tenemos que hacer algo antes de que sea demasiado tarde —dijo Aga Yan e hizo ademán de salir—, pero no sé adónde ir ni qué hacer.

—¡Ve a la mezquita! ¡Habla con el ayatolá! —repuso ella, pálida como un cadáver.

Él quiso decir algo, pero se abstuvo y echó a correr hacia la mezquita. Desde que los islamistas le habían arrebatado las llaves, no había vuelto a pisar el templo, ni siquiera para orar. Entró, pero no vio al ayatolá.

—¿Dónde está el ayatolá? —le preguntó al nuevo conserje.

—Ha anulado todas sus citas para hoy. Ahora mismo no se encuentra en la mezquita. La gente no para de molestarlo con preguntas sobre las ejecuciones.

—¿Dónde puedo encontrarlo?

—No lo sé. Nadie lo sabe. Tiene varias residencias.

Aga Yan se dirigió al tendero que había enfrente de la mezquita.

—¿Puedo hacer algo por usted, Aga Yan?

—¿Sabría decirme dónde vive el ayatolá? Tengo que hablar urgentemente con él.

El hombre percibió la importancia de la pregunta.

La ilaha ila Alah! No puedo revelarlo, pero vaya a la casa grande donde antes vivía el jefe de los servicios secretos.

Aga Yan tomó un taxi y fue hasta aquella casa.

Delante de la puerta había dos guardias armados. Se dirigió hasta ellos, pero le gritaron que no se acercara más y que debía identificarse en el interfono del pilar de la entrada. Apretó un botón y tardaron bastante en responderle.

—¿Quién es? —preguntó una voz brusca y cortante.

—Necesito hablar con el ayatolá.

—Escriba lo que tenga que decirle en un papel y déjelo en el buzón que tiene a su derecha.

—Necesito hablar con él personalmente.

—Todo el mundo quiere hablar personalmente con él, pero eso es imposible.

—Pero es muy urgente. Soy Aga Yan, el anterior custodio de las llaves de la mezquita de Yome. Si se lo dice usted, seguro que me recibirá.

—No importa quién sea usted, el ayatolá no tiene tiempo. Además, ahora no está en casa y no sé cuándo volverá.

Aga Yan siguió delante del pilar con gesto desesperado.

—¡No se quede ahí pasmado! ¡Váyase!

Regresó a pie a la ciudad. Por primera vez en su vida, no sabía qué hacer.

Se oyó el frenazo de un coche, el conductor bajó la ventanilla y lo interpeló.

—¿Qué pretende? ¿Es que quiere que lo maten o qué?

—Le pido disculpas, ha sido culpa mía —dijo Aga Yan.

El hombre lo reconoció y vio su mirada extraviada.

—¿Adónde va? Si quiere, puedo llevarlo.

—¿Yo? Voy a la cárcel, si no le supone mucha molestia.

—¿A cuál, la nueva o la vieja?

—No lo sé, la cárcel donde ejecutan a los chicos.

—A la vieja. Suba.

La cárcel vieja estaba a las afueras de la ciudad. El coche se detuvo en la placita que había delante de los altos muros del edificio y Aga Yan se bajó. La imponente puerta de hierro estaba cerrada y había tres policías haciendo guardia en lo alto de los muros. No se veía a nadie más.

Todavía no había anochecido, pero los grandes reflectores se encendieron automáticamente.

—No le abrirán —le gritó el hombre—. Si quiere lo llevo a casa.

Pero Aga Yan no le oyó. Se encaminó a la puerta y buscó un timbre que no había, de modo que empezó a golpear la puerta de hierro con los puños, pero nadie le contestó.

—¡Abran, por favor! —gritó.

—¡Lo llevaré a casa! —insistió el hombre.

—¡Señores! —Aga Yan llamó a los guardias sobre el muro, pero éstos no le hicieron caso—. ¡Señores! —volvió a exhortarlos.

El conductor se bajó del coche, fue hasta él y lo cogió del brazo.

—Será mejor que vuelva ahora a casa, ya regresará usted mañana.

Lo ayudó a subir al coche, lo condujo a la ciudad y lo dejó delante de la casa de la mezquita.

En cuanto entró, Aga Yan llamó a su mujer.

—¡Fagri! ¡Ponte el velo! —la apremió.

—¿Por qué?

—Vamos a ver a Am Ramazan.

Hacía mucho tiempo que no veían a Am Ramazan. Ya no sabían muy bien a qué se dedicaba, sólo que había puesto su burro a disposición de los ayatolás y que vestía de uniforme. Aga Yan llamó a la puerta pero no vio luces encendidas en la casa.

Llamó de nuevo. Se oyeron pasos por el pasillo, la puerta se abrió y Am Ramazan apareció en el umbral. Llevaba una larga barba e iba armado con una pistola. En la oscuridad, su silueta parecía más alta.

No esperaba encontrarse a Aga Yan y Fagri Sadat.

—¿Podemos pasar? —le preguntó ella.

—Si ustedes quieren... —respondió.

Había un enorme póster de Jomeini colgado en la pared y muchos retratos enmarcados de otros ayatolás.

—Necesitamos que nos ayude, Am Ramazan —le dijo Aga Yan—. Han arrestado a Yawad. ¿Podría hacer algo por nosotros?

Am Ramazan los miró con estupor. Siempre había sido su sirviente y ellos habían sido buenos con él. Y ahora estaban frente a él, abatidos, implorándole ayuda.

—¿En qué puedo servirlos? La verdad es que no sé si yo podré hacer gran cosa.

—Necesito hablar con el ayatolá. ¿Podrías conseguirme una entrevista con él? ¡Tiene que ser ahora mismo! De lo contrario, temo que quizá sea demasiado tarde.

—¿Ahora mismo? No puede ser. Bueno, no sé, a ver, déjenme pensar un momento. Siéntense. Fagri Sadat, ¿quiere una taza de té? —dijo, y fue hasta el teléfono que le habían instalado hacía poco tiempo.

Marcó un número y habló:

—Soy yo. Necesito una cita con el ayatolá. ¿Podrías conseguírmela? No, no es para mí, sino para un conocido… Sí, lo conozco bien desde hace mucho tiempo, es muy importante… Esta noche a ser posible. ¿Y mañana? De acuerdo, en la mezquita. ¿Después del sermón? No, mejor antes del sermón.

A Aga Yan se le saltaron las lágrimas.

Era viernes y los fieles acudían en tropel a la mezquita. Aga Yan se había apostado delante de la puerta y esperaba la llegada del ayatolá, pero algo lo había entretenido.

Cuando el ayatolá se disponía a partir hacia la mezquita, sonó el teléfono.

—La semana pasada, Irak bombardeó nuestras tropas con armas químicas. Ha habido miles de muertos, entre ellos varios centenares de soldados de Seneyán y los pueblos vecinos —le informó el coordinador de los sermones del viernes—. Mañana recibiréis los cadáveres.

El Mercedes-Benz negro del ayatolá se detuvo delante de la mezquita. Dos guardianes se apearon. Aga Yan hizo ademán de acercarse hacia ellos, pero uno de los hombres lo detuvo.

—Tengo una cita con el ayatolá —le dijo Aga Yan.

—¡Hágase a un lado! —ordenó el guardián.

El ayatolá le dirigió una mirada a Aga Yan pero no lo reconoció, nunca lo había visto.

Aga Yan se quitó el sombrero y se inclinó. El ayatolá pasó delante de él.

—¡Tengo una cita con usted! —exclamó Aga Yan corriendo tras él—. ¡Soy el antiguo custodio de las llaves de la mezquita! —gritó antes de que un guardián lo detuviera.

El ayatolá hizo una señal para que lo soltasen.

Aga Yan se apresuró hasta él. Araki le alargó la mano mientras continuaba andando hacia el templo. Delante de la puerta de la sala de oración, Aga Yan le tomó la mano y la besó.

Los fieles que se hallaban en el interior vieron llegar al ayatolá y lo recibieron con vítores.

Todos fueron testigos de que Aga Yan se inclinaba para besar la mano del ayatolá y de que el religioso se detenía un instante a escucharlo. Todos fueron testigos de que Aga Yan todavía seguía hablando cuando el ayatolá echó a andar visiblemente irritado, y vieron cómo el comerciante de alfombras se aferraba a la túnica del ayatolá y los guardianes lo apartaban de allí a empellones.

El ayatolá Araki fue directamente al almimbar y subió el primer peldaño. Uno de los guardianes le alcanzó un arma que el religioso empuñó de forma simbólica para señalar que estaban en tiempos de guerra. Después empezó su sermón.

—¡Sadam, que no es hijo de su padre, ha bombardeado nuestra joya de Isfahán! ¡Sadam no es nada, no es más que un bastardo siervo de América! ¡América se venga de nosotros! ¡América utiliza a Sadam como una máquina de guerra! ¡No es Sadam quien bombardea nuestras mezquitas sino América!

»¡América! ¡Bombardéanos! ¡No te tememos! ¡América, destruye nuestros templos históricos! ¡No te tememos!

»¡Sadam es un siervo!

»Nos teme, teme a nuestro ejército, teme a vuestros hijos.

»¡Fieles de Seneyán, preparaos! Tengo tristes noticias que daros. Sadam ha bombardeado a nuestros hijos con armas químicas.

»¡Madre, prepárate!

»¡Padre, prepárate!

»Dentro de poco, deberéis enterrar a vuestros hijos. Pero pensad que ellos han llegado al paraíso y han sido recibidos por los ángeles.

Alaho akbar! Alaho akbar! —corearon los fieles.

—¡Alá es grande! ¡Venceremos! ¡Conquistaremos Bagdad! ¡Y no nos detendremos ahí sino que golpearemos América en Israel! ¡Liberaremos Alharem Alsharief!

Alaho akbar! Alaho akbar! —volvió a gritar el gentío.

—Son tiempos difíciles, pero vuestros hijos están escribiendo la historia. ¡Os felicito por la muerte de vuestro hijo!

»¡Pero estate alerta, madre! ¡Ten cuidado, padre! Luchamos en dos frentes a la vez. Mientras nuestros hijos se enfrentan a Sadam, aquí tenemos que combatir a los comunistas, un enemigo pequeño pero muy peligroso infiltrado entre nosotros. ¡También a ellos lograremos destruirlos por completo!

Y señalando a Aga Yan con el arma, gritó:

—¡Sin piedad! ¡Castigadlos duramente!

Alaho akbar!

Aga Yan, que había caído de rodillas en el suelo, sintió de pronto el peso de la mezquita sobre sus espaldas y, vencido, rezó:

A Ti solo servimos y a Ti solo imploramos ayuda.Dirígenos por la vía recta,La vía de los que Tú has agraciado, no de los que no han
 incurrido en la ira, ni de los extraviados.En cuanto Aga Yan volvió a casa y le contó a Fagri Sadat cómo lo había tratado el ayatolá, ésta se echó el velo por encima.

—¿Adónde vas?

—Voy a buscar a Zinat. ¡Tiene que ayudarnos!

—No hará nada por nosotros. No movió un dedo por su propio hijo, menos aún lo hará por Yawad. El mundo se ha vuelto loco. Jomeini ha hecho un llamamiento a la yihad. Ha exhortado a todo el mundo a denunciar a los opositores. Hasta las madres traicionan a sus hijos.

—Yawad no ha hecho nada malo.

—No seas tan ingenua, Fagri, eso mismo dicen todas las madres. Llevaba mucho tiempo viviendo fuera de casa. No sabemos lo que hacía y qué se le había perdido en ese pueblo.

—Aun así voy a buscar a Zinat.

—Zinat repudió públicamente a Ahmad en la mezquita. Si fue capaz de hacer una cosa así con su propio hijo, ¿crees que querrá ayudar al tuyo?

—No tenemos otra salida. Debemos ir. Tú también, iremos juntos.

Zinat seguía trabajando en la sección femenina de la prisión, donde sometía a las reclusas a una presión tan grande que éstas se entregaban por completo a su voluntad, dispuestas a rezar siete veces al día si hacía falta y a traicionar sin el menor escrúpulo a todos sus amigos.

Tiempo atrás, una tarde que Zinat se había presentado en la casa sin avisar para recoger sus últimos efectos personales, oyó la voz de Aga Yan en la penumbra.

—Zinat, ¿a qué viene tanto sigilo? ¿Por qué no quieres vernos y nos niegas el saludo?

Ella no se dignó contestarle siquiera y siguió andando hacia la puerta, pero Aga Yan la detuvo.

—No puedes huir de ese modo, me debes una respuesta. La gente habla mal de ti a tus espaldas. Dicen que eres una torturadora. ¿Es eso cierto?

—La gente puede decir lo que le plazca. ¡Cumplo con mi deber! Hago lo que Alá me pide.

—¿De qué Alá me estás hablando? ¿Por qué no conocemos nosotros a ese Alá?

—Los tiempos han cambiado —repuso Zinat.

Y abrió la puerta y se fue.

Zinat se sentía bien consigo misma, nunca se había sentido mejor. Lo que la gente dijera de ella la tenía sin cuidado; sabía que no hacía nada malo. Cuando Ahmad fue arrestado, Zinat concertó una cita en secreto con Jaljal, que por entonces se hallaba en Qom. Aquél fue un encuentro crucial que marcó un punto de inflexión en su vida. En ocasiones, le asaltaban las dudas de si estaba en el buen camino, pero Jaljal se había encargado de borrar todas sus incertidumbres.

—Una gran revolución ha triunfado —le había dicho el imán—, el islam ha logrado erradicar las viejas raíces de dos mil quinientos años de monarquía. Trabajamos con ahínco para fundar la primera república chií. Alá nos castigará sin misericordia si dejamos escapar esta oportunidad única. Alá tiene dos rostros, uno piadoso y el otro implacable, y son tiempos para este último. No hay otra forma de sostener el islam. Nuestros enemigos no se dan por vencidos. No tenemos elección. Acepta el islam y deja todo lo demás, sea tu hijo, tu padre o tu madre, da lo mismo. Alá te recompensará en el paraíso.

El Comité de Hermanas de Usos y Costumbres del Islam que operaba al mando de Zinat tenía su sede en la antigua vivienda del alcalde del régimen anterior.

Cuando Aga Yan y Fagri llegaron a la casa, vieron en el patio a un grupo de padres que iban a preguntar por sus hijas presas. Fagri Sadat se cubrió bien el rostro con el velo y se dirigió a la escalera. Dos mujeres embozadas con velos negros le impidieron el paso.

—¿Qué desea? —le preguntó una de ellas.

—Querría hablar con Zinat Janum.

—Hermana, hermana Zinat —la corrigió la otra.

—Le ruego que me disculpe. Por supuesto, me refería a la hermana Zinat.

—La hermana Zinat está muy ocupada y no puede recibir a nadie.

—Se trata de un asunto familiar, necesito hablar con ella.

—Le he dicho que está muy ocupada, que sea familia o no, no cambia nada.

—Soy su cuñada y él es Aga Yan, su cuñado. Necesitamos hablar con ella urgentemente. Si es tan amable de decirle que estamos aquí, estoy segura de que querrá recibirnos.

—Veré lo que puedo hacer, pero ahora regresen abajo y esperen ahí.

—Como mande.

Zinat había atisbado por un resquicio de la cortina de su despacho a sus cuñados. Estaba enterada del arresto de Yawad, pero sabía que no podía hacer nada por él.

Jaljal la llamaba de vez en cuando, pero ella no podía ponerse en contacto con él. No estaba al corriente de las actividades de su yerno, y no tenía ni la más remota idea de que fuese el temido juez de Alá.

¿Ayudaría a Yawad si su vida corriese peligro? Tembló de impotencia: no, no podía ayudarlo, ella no era quién para torcer el curso de los acontecimientos, se limitaba a cumplir órdenes. Jomeini había sido muy explícito al respecto en el discurso que pronunció ante las «hermanas»: «A partir de este día, el islam descansa sobre vuestras espaldas. ¡Sacrificad a vuestros hijos si es necesario!» Zinat volvió a mirar hacia el patio.

—No quiero verlos. Diles que no estoy —le dijo a la guardiana.

La mujer regresó abajo.

—La hermana Zinat no se encuentra aquí. Ha salido.

Fagri Sadat miró alrededor desesperada, luego alzó los ojos hacia las ventanas y su mirada se detuvo en una mujer que los espiaba detrás de una cortina. Reconoció a Zinat. La cortina se cerró del todo.

—Está ahí —dijo Fagri—, acabo de verla detrás de la ventana.

—Le he dicho que no está aquí, háganse a un lado —repitió la guardiana de malos modos.

Aga Yan cogió a Fagri Sadat del brazo.

—Anda, vámonos de aquí.

—¡No, yo no me voy, me quedo aquí, tengo que hablar con Zinat!

—Fuera de aquí o llamaré a los hermanos —los amenazó la mujer.

—¡Zinaaaaat! —gritó Fagri.

Apareció un hombre armado y la empujó hacia la puerta con la culata de su fusil. Fagri perdió el equilibrio, se golpeó contra la puerta y el velo se le resbaló de la cabeza. Aga Yan agarró al hombre por el cuello y lo empujó contra la pared, mientras la guardiana pedía ayuda a gritos. Otros dos hombres armados se abalanzaron sobre Aga Yan; en aquel instante Zinat abrió la ventana.

—¡No le peguéis! ¡Soltadlo! ¡Dejadlo ir!

Aga Yan cogió del suelo el velo de Fagri y le cubrió la cabeza y los hombros.

—¡Nos vamos a casa!

Aquella tarde, Jaljal regresó a Seneyán.

En vista de que habían caído tantos soldados de la ciudad en combate, era el momento idóneo para juzgar a los enemigos del régimen.

Recibió a los acusados en las antiguas cuadras de la prisión, donde aún hedía a estiércol. En las paredes se veían herraduras, sillas y recados de montar. Jaljal siempre elegía los rincones más lóbregos de cada lugar.

Trajeron a tres muchachos, y en menos de quince minutos Jaljal dictó sentencia. Uno de ellos fue condenado a muerte y los otros dos a diez y quince años de prisión.

Después le tocó el turno a una chica.

—¿Nombre?

—Mahbub.

—Has sido arrestada cuando intentabas huir. ¿Por qué huías?

—Porque tenía miedo de que me arrestasen.

—¿Qué habías hecho para temer que te arrestasen?

—No había hecho nada.

—Tenías panfletos en el bolso.

—Eso no es verdad. No había nada de eso en mi bolso.

—Te arrestaron en la Aldea Roja. ¿Vives ahí?

—No.

—¿Qué hacías ahí entonces?

—Visitaba a unas amigas.

—¿Cómo se llaman tus amigas?

—No puedo decirlo.

—No quieres decirlo. Entendido. ¿Te arrepientes de lo que has hecho?

—¡Pero si no he hecho nada malo! No tengo nada de qué arrepentirme.

—Si me das muestras de arrepentimiento y firmas aquí, te rebajaré la condena.

—¿Por qué habría de firmar si no he hecho nada malo?

—¡Seis años! ¡El siguiente! —gritó Jaljal.

Se llevaron a la muchacha y un guardia entró con Yawad.

—¡Nombre! —dijo Jaljal sin mirarlo siquiera.

—¡Yawad!

—¿Nombre de tu padre?

—¡Aga Yan!

Jaljal alzó bruscamente la cabeza, se diría que picado por una avispa en el cuello, y observó a Yawad a través de los cristales oscuros de sus gafas.

Una luz cegadora deslumbraba los ojos del acusado y le impedía ver al juez. La pluma de Jaljal cayó al suelo y éste se inclinó hacia delante para cogerla. Por una fracción de segundo, Yawad vio parte del rostro de Jaljal.

Tuvo la impresión de que el juez le resultaba familiar.

Jaljal hojeó los papeles, se notaba que quería ganar tiempo.

—¡Un vaso de agua! —pidió.

Dos guardianes entraron y agarraron a Yawad por los brazos para sacarlo fuera; creían que el juez los había llamado para que lo sacaran de allí.

—Dejadlo aquí sentado. ¡Traedme un vaso de agua! —ordenó Jaljal.

«Lo conozco de algo —pensó Yawad—. Me suena su voz.»

Uno de los guardianes le llevó a Jaljal un vaso de agua y se fue. El juez bebió un trago y luego habló.

—Tienes un historial muy serio. Eres miembro activo de un partido comunista, eres el cerebro gris. Te arrestaron con una pistola en el bolsillo con la que se habían disparado tres balas. Hay testigos que te vieron disparar a un helicóptero. Por crímenes tan graves, se impone una condena a muerte. ¿Tienes algo que decir?

—Todo eso no son más que mentiras. Además, no reconozco este tribunal. ¡Lo que usted hace es ilegal! ¡Tengo derecho a un abogado! ¡Derecho a defenderme!

—¡Cierra la boca y escúchame! —replicó Jaljal con vehemencia—. Te he dedicado más tiempo que a los demás. Tu historial es una sucesión de crímenes gravísimos.

—Es un expediente amañado, esos datos no son correctos. No llevaba ninguna pistola en el bolsillo y jamás he disparado contra ningún helicóptero.

—No tengo tiempo para discutir contigo. Te aconsejo que me prestes mucha atención, ¿me oyes? Conozco a tu padre y quiero ayudarte si colaboras.

«¡Es Jaljal! —supo Yawad de pronto—. ¡Jaljal es el juez de Alá!» Le entró pánico sólo de pensarlo, se le secó la boca y las manos empezaron a temblarle. Jaljal comprendió que lo había reconocido.

—Escúchame, chico. Mañana traerán a la ciudad más de trescientos cadáveres del frente, todos jóvenes de tu edad que han combatido contra el enemigo, mientras tú disparabas contra nuestros helicópteros. Me da igual quién seas, aunque fueses mi hermano te condenaría a muerte. Pero haré una excepción porque conozco a tu padre. Voy a hacerte tres preguntas. Piénsatelo bien antes de contestar. Si eres listo, me responderás lo correcto. Debes saber que hasta ahora nunca he concedido esta oportunidad a nadie y tampoco lo haré en el futuro. Bien, primera pregunta: ¿eres comunista o crees en el islam?

Yawad no comprendió la seriedad de las palabras de Jaljal y hervía de furia en su interior.

—No pienso contestar a esa pregunta. No tiene derecho a preguntarme algo así como juez. Además, esto no es un tribunal sino una cuadra.

—Modera tu lengua —le aconsejó Jaljal, visiblemente decepcionado—. Segunda pregunta: ¿rezarás siete veces al día con los demás en la cárcel si te reduzco la pena?

—Rezar es una cuestión personal, y por tanto tampoco responderé a eso —se obstinó Yawad.

—Tercera pregunta: ¿firmarías este papel en el que pone que muestras arrepentimiento?

—¿Por qué habría de mostrar arrepentimiento si no he hecho nada malo? No, no pienso hacerlo.

Jaljal se debatía entre la duda, quería salvar a Yawad de la muerte, pero el chico no colaboraba en nada.

—Te daré una última oportunidad y te aconsejo que la aproveches —le advirtió.

Sacó un Corán del bolsillo y se lo alargó a Yawad.

—¡Si juras sobre el Corán que no llevabas ninguna pistola en el bolsillo, te rebajaré la pena, pero, si no lo haces, te pongo directamente contra el paredón!

—Ha ejecutado a cientos de inocentes. Eso es un crimen. Un crimen contra el Corán. No pienso hacerlo. Precisamente porque usted conoce a mi padre, no lo haré. Me avergüenzo de lo que hace. Su débil personalidad es de sobra conocida en casa. Pretende hacerme un favor, pero no lo acepto. Se siente usted en deuda con mi familia, pero yo me avergüenzo de usted. No deseo que me rebaje la pena un verdugo que dejó en la estacada a su mujer y su hijo minusválido, un verdugo que maltrataba y torturaba a su propia esposa. Jamás me arrodillaré ante alguien que ordenó exterminar a cientos de kurdos en un solo día. No sería el hijo de mi padre si lo hiciera. Métase el Corán en el bolsillo, no lo necesito.

—¡Muerte! —bramó Jaljal.

Los guardianes irrumpieron en la estancia y se llevaron a Yawad al lugar de ejecución.

Uno de los hombres le vendó los ojos. Yawad estaba convencido de que sólo pretendían meterle miedo. Además, era falso que llevara una pistola en el bolsillo y hubiera disparado contra un helicóptero. No tenían motivos para llevarlo al paredón. Oyó pasos acercándose y supuso que se trataba de Jaljal que venía a hablar con él. Estaba convencido de que Jaljal se acercaría hasta él, de que no lo ejecutaría debido a su deuda con Aga Yan.

Yawad esperaba que Jaljal dijese: «Ya está bien, quitadle la venda de los ojos y llevadlo a la celda.» Pero el juez de Alá se limitó a ordenar:

—¡En posición!

Dos guardianes hincaron la rodilla en el suelo y apuntaron a Yawad.

El muchacho enderezó la espalda para demostrarle a Jaljal que no tenía miedo. Sabía que el juez no se atrevería a hacer cumplir la sentencia.

—¡Fuego! —rugió Jaljal.

Dispararon. Yawad casi no notó los impactos en su cuerpo. Por un instante se dijo: «¿Lo ves?, sólo querían asustarte.»

Se tambaleó.

Cayó.

Apoyó la cabeza contra el suelo y cerró los ojos.


Las montañas

 

Aga Yan había ido a recoger el cadáver de su hijo, y lo tenía en una furgoneta de reparto aparcada en el portal de la casa.

Fagri Sadat se hallaba junto a la ventana, mirando al patio, donde Muecín no dejaba de pasearse, inquieto. Tal como estaba detrás del cristal, parecía una estampa en blanco y negro; la estampa de una madre desconsolada.

Según la costumbre persa debía llorar, proferir gritos desgarradores, golpearse la cabeza y mesarse los grises cabellos. Las mujeres correrían hacia ella para sujetarle las manos y después la acompañarían en su llanto.

Pero les habían prohibido cualquier manifestación de dolor.

Aga Yan ni siquiera sabía aún dónde podría enterrar a Yawad. Se había pasado la tarde entera llamando por teléfono para conseguir un lugar donde dar sepultura a su hijo en la ciudad, pero nadie se atrevía a arriesgar el pellejo para ayudarlo.

Oyeron pasos en el callejón, Muecín aguzó el oído, no reconocía aquellas pisadas.

Una llave giró en la cerradura y la puerta se abrió. Era Shabal. Lagartija se arrastró rápidamente hasta él.

También Muecín se acercó al joven, lo abrazó y rompió a llorar quedamente sobre su hombro.

Shabal se había enterado de la ejecución de su primo y, pese a que corría un gran peligro yendo a Seneyán, había partido nada más enterarse.

Aga Yan salió de su estudio, vio a Shabal y lo saludó como de costumbre. Se hubiera dicho que Shabal había recorrido más de cuatrocientos kilómetros hasta allí para nada. Aga Yan no dejaba traslucir sus emociones.

—Alabado sea Dios. Has llegado en el momento preciso para echarme una mano. ¿Cómo te has enterado? —le preguntó Aga Yan, pero no esperó respuesta—. Debemos darnos prisa. Está en la furgoneta que hay aparcada delante de la puerta.

A la luz de la farola, Shabal leyó en los ojos de su tío lo que ya temía. Conocía bien aquella historia: un cadáver, un padre y ninguna tumba.

Shabal cogió a su tío por los hombros y lo abrazó.

—Lo siento, Aga Yan, lo siento mucho, mi pobre tío —musitó entre sollozos.

Se sentía culpable y temía que su tío fuese a rechazarlo.

—Es la voluntad de Dios, hijo mío. Ven, tenemos que irnos. Dentro de poco anochecerá, no disponemos de mucho tiempo.

Shabal tenía las llaves de la furgoneta en la mano, pero necesitaba ver a Yawad con sus propios ojos para creer de verdad lo que estaba sucediendo.

Fue hasta el vehículo y abrió la puerta de atrás. Allí estaba, envuelto en una sábana blanca. Frío, con las manos entre los muslos y apoyado sobre el costado derecho. Apartó un poco la sábana y la cabeza quedó al descubierto. Era Yawad, con varias heridas de bala y una en la sien izquierda.

—Debemos darnos prisa —insistió Aga Yan.

Shabal cerró la puerta y se sentó al volante.

—¿Adónde vamos? —preguntó mientras salían del callejón.

—Hacia allá. —Señaló la cadena montañosa que se extendía al norte de la ciudad.

Shabal ignoraba los planes de su tío, pero sabía que no era la clase de hombre que se conformaría con enterrar a su hijo en un lugar perdido en las montañas.

Habría querido hablar con él del dolor que ambos sentían, pero lo vio tan sumido en sus propios pensamientos que no osó importunarle, de modo que siguió conduciendo en silencio rumbo a la cordillera septentrional.

—¿Tiene algún plan? —preguntó Shabal al cabo de un buen rato.

—Vamos a Marzeyarán.

—¿A Marzeyarán? —se sorprendió Shabal—. Pero es una locura, todos sus habitantes son partidarios acérrimos de Jomeini. ¿No irá a pedirles a ellos una tumba para su hijo?

Aga Yan guardó silencio, pero Shabal comprendió lo que pasaba: su tío había consultado el Libro Sagrado en casa. Supo que no valía la pena discutir con él, de modo que siguió conduciendo.

Aquel camino no estaba hecho para coches pequeños; a decir verdad, ni siquiera podía decirse que hubiera un camino, sólo las huellas del autobús de la aldea.

Marzeyarán era el pueblo más próximo a Seneyán. Estaba situado detrás del primer cerro, en la ladera de las altas montañas. Shabal remontó el collado y empezó a bajar despacio. Ya se veían las primeras casas.

Hacía frío a causa de la nieve de las cumbres. No había oscurecido aún, pero las altas montañas proyectaban su negra sombra sobre la aldea. Las casas eran de piedra natural; si uno no hubiera sabido que allí había un pueblo, no habría sido capaz de distinguirlas de las rocas. A medida que se acercaban, divisaron el humo saliendo de la chimenea de la casa de baños: era el único rastro de vida.

En los pueblos como aquél se vive permanentemente a la espera de algo: de que alguien llegue o se vaya; de que nazca una criatura o alguien fallezca. La aldea adormecida aguardaba siempre un suceso, sólo después se ponía en movimiento.

La furgoneta enfiló la única calle y supusieron que no tendrían que explicar nada: un vehículo desconocido que descendía de la colina significaba que algo estaba a punto de suceder. ¿Quién se aventuraba por las montañas en pleno invierno? Nadie salvo un enemigo del régimen, alguien que intentase huir o alguien que llevase un cadáver en el coche.

Oyeron ladridos, unos perros saltaron de improviso desde una roca y se abalanzaron sobre la furgoneta. Acto seguido aparecieron unos hombres muy abrigados empuñando fusiles.

—¡Alá! —invocó Aga Yan.

Los perros rodearon el vehículo sin cesar de ladrar, al tiempo que los hombres se acercaban al vehículo.

—Quédate aquí sentado —le dijo a Shabal y se apeó de la furgoneta.

Se dirigió a los hombres para hablar con ellos y decirles que era amigo del imán del pueblo. Levantó la mano a modo de saludo, pero ellos pasaron de largo y siguieron avanzando hacia el coche.

Le dirigieron una mirada hostil a Shabal y fueron hasta la parte trasera con la intención de abrir la puerta. Aga Yan corrió hasta ellos perseguido por los ansiosos ladridos de los perros. Shabal bajó con rapidez y Aga Yan se apresuró a apartar a los hombres y ponerse de espaldas contra la furgoneta. Uno de los aldeanos le tiró de la manga y lo hizo a un lado, mientras otro abría la puerta trasera. Un perro se coló en el interior y mordió la mortaja. Shabal agarró el gato hidráulico que había junto al cadáver y lo descargó sobre el lomo del animal, que saltó del coche profiriendo un gañido.

Shabal, completamente enardecido, apartó a los hombres a empujones y, con el gato aún en la mano, se apostó delante del cadáver.

Los hombres, indignados por aquel insolente comportamiento en su aldea, se le echaron encima. Aga Yan intentó impedirlo, pero sus esfuerzos fueron en vano. Shabal trató de defenderse como pudo de la golpiza que le caía, hasta que llegó otro grupo de aldeanos y los separó. Aga Yan les tendió la mano.

—Os pido una tumba. Traigo conmigo el cuerpo de mi hijo.

No obtuvo ninguna reacción, nadie le contestó. Parecía como si fuesen de piedra, gentes petrificadas que lo miraban perplejas.

—¡Largo de aquí, pecadores! ¡No os daremos ninguna tumba! —espetó un hombre.

—Sólo os pido una…

—¡Os he dicho que os larguéis! —repitió el hombre.

Shabal cogió el gato, pero Aga Yan se lo quitó de las manos.

—Vamos.

Subieron a la furgoneta y Shabal dio la vuelta.

Cuando se hubieron alejado lo suficiente, Shabal miró a su tío de soslayo y se espantó: a su lado había un hombre derrotado. Lo vio en su postura. Había consultado el Corán, pero había salido mal. En aquel momento parecía un pájaro viejo que ya no se atreviese a remontar el vuelo.

Había anochecido. Shabal deambuló por las montañas sin rumbo fijo hasta que Aga Yan se enderezó en el asiento y sacó el Libro Sagrado del bolsillo. Había recuperado sus fuerzas. Lo abrió y deslizó los dedos por la página como haría un ciego. A los pocos segundos dijo con aplomo:

—Vamos a Sarug. —Y se guardó el Corán.

Shabal no lo consideró acertado. No veía la menor diferencia entre Sarug y el pueblo del que acababan de huir. Podían ir a centenares de aldeas, pero en todas se repetiría la misma escena. Aga Yan no quería enterrar a su hijo sin honor, por eso buscaba una tumba legal, pero aquello era imposible.

—Tampoco nos ayudarán allí —musitó rompiendo el silencio—. Debemos aceptar los hechos.

Aga Yan no le contestó, como si no le hubiese oído.

El cementerio de Sarug se hallaba a las afueras del pueblo, en un lugar frío y apartado.

—Espérame aquí, yo me acercaré hasta el pueblo —dijo Aga Yan.

Shabal obedeció. «Tiene razón —pensó—, ahora comprendo por qué busca una tumba oficial sin detenerse a pensar en el peligro que corre. Me avergüenzo profundamente por no haberme dado cuenta antes. No hemos hecho nada malo, Yawad no debe ser enterrado furtivamente.»

Cogió el gato y esperó. Al rato oyó voces y divisó a cinco hombres con linternas. Eran ancianos de la aldea, Aga Yan entre ellos. No traían ningún perro consigo.

Por la expresión de su tío adivinó que tampoco había podido convencerlos, pero eran amigos suyos y habían querido escoltarlo hasta las afueras del pueblo como muestra de condolencia. No obstante, conocían bien a los cómplices del régimen y sabían cuáles serían las consecuencias si accedían a enterrar el cuerpo en el pueblo.

Se acercaron a Shabal y quisieron darle el pésame a él también, pero no pudo soportarlo. Estaba furioso y al mismo tiempo se sentía impotente. Abrió la puerta del coche y se sentó al volante. Aga Yan se despidió de los hombres y subió por el otro lado.

Acababan de arrancar cuando oyeron que alguien los llamaba.

—¡Para! —exclamó Aga Yan, y bajó la ventanilla. Uno de los hombres llegó corriendo hasta ellos.

—Id a ver a Rahmanali —les aconsejó entre jadeos—. Él es el único que puede ayudaros.

Aga Yan asintió varias veces en señal de conformidad.

—A Yeria. Vamos a buscar a Rahmanali.

Yeria era la aldea donde tenían más probabilidades de hallar una tumba para Yawad, por los lazos familiares. Muchos parientes de Aga Yan y Fagri Sadat aún vivían allí, y Kazem Kan estaba enterrado en aquella tierra.

Aquél era el primer lugar adonde deberían haberse dirigido, pero el Libro Sagrado no había dado la menor indicación al respecto. Al oír el nombre de Rahmanali, Aga Yan había sabido que era lo adecuado.

Rahmanali era un enjuto anciano de barba larga y plateada. El pueblo se sentía orgulloso de él, pues había cumplido ya los ciento cuatro años. Lo tenían por un santo y se decía que tenía poderes mágicos y devolvía a la vida a los niños moribundos. Su palabra era ley entre sus paisanos. Si alguien le pedía asilo, podía sentirse completamente seguro: su casa era sagrada para el resto de los aldeanos. En situaciones difíciles, en tiempos en que uno no podía confiar en nadie, Aga Yan siempre podía acudir a Rahmanali. Los dos hombres se conocían bien, Aga Yan iba a visitarlo siempre que pasaba por Yeria, y le daba dinero cuando el anciano lo necesitaba.

Yeria estaba enclavada en lo alto de la montaña, cerca de la nieve. No había ningún camino de acceso, sólo una pista de tierra por la que autobuses y jeeps pasaban a duras penas. Avanzaron por el sendero con dificultad, temiendo que la furgoneta resbalara por la pendiente o una rueda se quedase atascada en algún hoyo. El frío era insoportable y la calefacción del vehículo no ayudaba gran cosa. Aga Yan le dirigió una mirada preocupada al cadáver que yacía en la parte trasera.

Cuando casi habían llegado al pueblo, Aga Yan pidió a su sobrino que apagase las luces y se detuviese detrás de una roca.

—No entraremos en el pueblo. Tú quédate aquí, ya iré yo a buscar a Rahmanali.

—Deje que lo acompañe —pidió Shabal.

—Será mejor que hable yo personalmente con él.

—No quiero dejarlo ir solo.

—No puede ser de otra forma, el cadáver no puede quedar sin vigilancia.

—No me fío de nadie, ni siquiera en este pueblo —repuso Shamal—. Todo ha cambiado. Si alguien lo reconoce, sabrá al instante lo que sucede.

Aga Yan metió la mano en el bolsillo para comprobar que llevaba el Corán.

—No tenemos elección. Me las arreglaré —le aseguró, y echó a andar.

Fue abriéndose paso con dificultad por la nieve y cruzó el puente que salvaba el río. Los perros no le oirían desde allí. El viento gélido que soplaba sobre la nieve helada le cortaba la piel. En su cabeza sólo tenía un pensamiento: «Debo localizar a Rahmanali antes de que me descubran los islamistas. Si quieren detenerme, gritaré su nombre con todas mis fuerzas y aunque esté en el más profundo de sus sueños, seguro que me oirá.»

Entró sigilosamente en el pueblo. Tenía que cruzar cuatro calles para llegar a la plaza detrás de la cual vivía Rahmanali.

Los perros habían olido su presencia. Un olor extraño en medio de la noche y en pleno invierno sólo podía significar peligro. Uno de los chuchos empezó a ladrar a sus espaldas. Despertaría a todo el pueblo. ¿Qué debía hacer, correr o seguir caminando como si nada? En la siguiente calle, un enorme perro negro saltó por encima de una valla de madera.

—¡Alá me valga! —Aga Yan echó a correr.

Los ladridos fueron creciendo en número e intensidad y el perro negro le iba a la zaga. Aga Yan corrió más deprisa y vio algunos aldeanos que salían a la calle, extrañados. Uno intentó cortarle el paso, pero él lo empujó con todas sus fuerzas y se puso a gritar: «¡Rahmanali!»

Corría todo lo rápido que podía, el corazón se le salía del pecho y ya no veía a causa de las lágrimas que le empañaban los ojos. Corrió a ciegas hasta la plaza. Todos sabían ya adónde se dirigía.

—¡Alaaaaaá! ¡Rahmanali! ¡Ayuda! ¡Busco asilo para mi hijo!

Tres hombres armados salieron de un callejón y fueron hacia él. Uno lo golpeó en la pierna y Aga Yan se tambaleó y cayó de bruces en la nieve. Otro le iluminó la cara con una linterna.

—¿Quién eres?

Cuando lo reconocieron, lo ayudaron a ponerse en pie y lo acompañaron hasta la salida del pueblo donde estaba aparcada la furgoneta; allí se habían congregado varias decenas de aldeanos.

Aquello era inaudito. Aga Yan no podía creer que sus propios paisanos lo trataran de aquel modo. Aquél era su pueblo, todos sus muertos yacían enterrados allí, ¿por qué lo humillaban de aquel modo? La revolución había despertado el lado más siniestro de las personas. Ya no se podía confiar en nadie, ni siquiera en la propia familia. En los libros sobre la vida de los reyes había leído que siempre había habido gente así. La traición y el crimen no eran ajenos a la naturaleza humana.

Aga Yan subió a la furgoneta y dijo:

—Volvamos a casa.

—¿A casa?

—Lo enterraré en nuestro patio, debajo del viejo árbol del jardín.

Shabal quiso decir algo, pero no halló palabras.

Empezaron a bajar la montaña en dirección a la ciudad. Las águilas volaban alto en el cielo; las había despertado el sol que asomaba despacio por el otro lado de las montañas y aquél era su primer vuelo matutino. Aún disponían de una hora antes de que la luz llegara a la ciudad. Debían darse prisa, pero Shabal no se atrevía a pisar más el acelerador. Cada vez que frenaba, las ruedas patinaban y el cadáver chocaba contra el asiento del conductor.

De pronto se dio cuenta de que un coche los seguía a cierta distancia. El conductor les hacía señas con los faros. Aga Yan también había visto el coche.

—Para un momento. Debe de pasar algo.

—Intenta llamar nuestra atención —dijo Shabal—. Viene hacia nosotros.

Sacó la linterna del bolsillo e hizo una señal para advertir al conductor que lo habían visto.

El coche desapareció unos instantes detrás de una roca y volvió a aparecer.

—¡Es un jeep! —exclamó Shabal.

El vehículo se detuvo detrás, el conductor apagó las luces y se apeó. Era un hombre con sombrero y botas. Se acercó hasta Aga Yan y le habló en voz baja:

Salam! —Luego lo abrazó y le besó la frente—. Yo me llevaré el cuerpo. Debo darme prisa antes de que se haga de día.

Shabal no entendía lo que pasaba. El hombre era un viejo amigo de Aga Yan, pero Shabal no lo conocía.

—¡Ayúdame, tenemos que cargar el cadáver en mi coche! —le dijo el hombre.

Entre los tres trasladaron el cuerpo de Yawad.

El hombre volvió a abrazar a Aga Yan, le dio una palmada en el hombro a Shabal y subió al jeep. Dio la vuelta y volvió a adentrarse en las montañas.

Aga Yan y Shabal se quedaron junto a la furgoneta vacía, viendo cómo el jeep se alejaba en la oscuridad. Las águilas sobrevolaron la furgoneta por última vez y se elevaron a gran altura.


Él es sabio

 

La pena cayó sobre la casa como un negro velo. Nadie hablaba, nadie lloraba, nadie rompía el silencio, pero había alguien que recitaba sin cesar: «¡Él es sabio! ¡Omnisciente!»

 

Oh tú, eres ciertamente un posesoNo hay nada de que no dispongamos.Pero no lo hacemos bajar,sino con arreglo a una medida determinada.Hemos enviado vientos que fecundany hacemos bajar del cielo agua.¡Él es sabio, omnisciente!Somos nosotros, sí, quienes damos la vida y la muerte,conocemos a los que de vosotros se adelantany conocemos a los que se retrasan.Las plantas se marchitaban por la tristeza, sólo quedaban unos pocos pececillos en la alberca y el viejo gato había muerto en el tejado de la mezquita.

Entretanto, habían ejecutado a una multitud de opositores al régimen y los habían enterrado fuera de la ciudad, al pie de las montañas, donde nadie podía visitarlos. Toda la atención se centraba en los mártires que entregaban la vida en el frente, cuyos cadáveres eran transportados a cientos, cada viernes, a las ciudades.

El grajo fue el primero en romper el silencio, alzó el vuelo, graznó con fuerza y anunció visita.

Fagri Sadat estaba en la cocina preparando la cena y Lagartija salió a abrir la puerta.

Un desconocido con un traje raído y sombrero se dirigió a la alberca.

Fagri Sadat miró con extrañeza al forastero, que pasó con mucho aplomo por delante de la ventana.

El hombre permaneció unos instantes frente a la alberca, contemplando los pececillos rojos en el agua. Seguidamente, empezó a pasearse por el patio con las manos a la espalda. Fue hasta la escalera que conducía a la azotea, después se dirigió al cuarto de huéspedes y asomó la cabeza por la ventana. Prosiguió hasta el cuarto de fumar e intentó abrir la puerta.

Fagri Sadat abrió la ventana de la cocina y le gritó:

—¡Eh, señor! ¿Busca usted a alguien?

El hombre no le contestó y se encaminó a la biblioteca.

Fagri quiso ir tras él para averiguar qué quería, pero no se atrevió.

—Muecín —llamó—, hay un desconocido rondando por el patio. ¿Podrías preguntarle qué quiere?

Lagartija, que se encontraba debajo de un árbol y no se había perdido detalle de la escena, fue al sótano para avisar a Muecín.

El hombre había desaparecido detrás del árbol.

De repente se oyó un ruido fuerte y seco.

Muecín salió del sótano apoyándose en el bastón, con Lagartija a su lado.

—El hombre va trajeado y lleva sombrero. Ha ido hacia la biblioteca, creo que está intentando forzar la puerta. ¿No lo oyes? —dijo Fagri Sadat.

Muecín fue hacia allá e interpeló al desconocido.

—¿Qué está haciendo aquí? ¿Quién es usted? ¿Y qué se ha creído que hace?

Fagri Sadat se puso el velo y vio cómo el hombre estaba destrozando la puerta de la biblioteca con una piedra.

—¿Qué aspecto tiene? —le preguntó Muecín a Fagri.

—No lo veo bien, lo tapan las sombras.

—¿Lleva barba?

—No, creo que no. No; sólo sombrero.

Muecín quería acercarse al hombre, pero ella lo detuvo.

—¡Creo que está loco! ¡Debe de ser un vagabundo!

Lagartija se escabulló detrás del árbol y espió al forastero.

—¡Ve a buscar a Aga Yan! —le pidió Fagri.

El muchacho saltó del árbol a la azotea y desapareció.

Muecín levantó el bastón en dirección al hombre.

—¿Quién es usted y qué quiere?

No obtuvo respuesta.

—¡Detente, loco! —lo exhortó Muecín blandiendo el bastón—. ¡Te he dicho que basta, canalla, o te rompo la crisma!

Pero el hombre no paraba y Muecín se fue hacia él para atizarle un buen bastonazo.

—¡No lo hagas! —exclamó Fagri Sadat—. No le pegues. ¡Está trastornado! —Y tiró de la manga de Muecín.

El forastero cesó los golpes en cuanto llegó Aga Yan.

—¿Qué está pasando aquí?

El hombre estaba bajo la sombra de la pared de la biblioteca.

—¿Quién es usted, señor?

El extraño no dijo nada.

—Venga. Deme la mano, no le haré nada, lo acompañaré hasta la calle —le aseguró Aga Yan. Fue hasta él con calma, lo cogió del brazo y lo acercó a la luz.

—¿Le apetece tomar algo? ¿Quizá tenga usted hambre?

El hombre tenía los ojos arrasados en lágrimas. ¡Aquellos ojos!

—¡Alá, Alá! —exclamó Aga Yan—. ¡Fagri, es nuestro Ahmad!

Muecín extendió los brazos y le palpó el sombrero y el rostro, luego lo atrajo hacia sí y lo estrechó entre sus brazos.

Fagri Sadat apoyó la cabeza en su hombro y rompió a llorar.

—¡Ven, Ahmad! ¡Nuestro Ahmad! Entremos en la casa. ¿Qué han hecho contigo? ¡Cómo se han atrevido! Todo va a ir bien.

Aga Yan abrió la puerta de la biblioteca para Ahmad, pero él se quedó en el umbral sin entrar. Fue hasta el cuarto de huéspedes, abrió la puerta, se quitó los zapatos y se desplomó en la cama.

—¡Dejadlo que duerma! —les dijo Fagri a Aga Yan y Muecín.

Ahmad había sido puesto en libertad antes de tiempo con ayuda de Jaljal, pero le habían arrebatado todo soplo de vida. Después de su arresto, su esposa regresó a la casa paterna con su hija, donde su influyente padre, que colaboraba con los islamistas, logró anular el matrimonio y dar la custodia de la niña a la madre, de manera que Ahmad había sido privado de su paternidad.

Al día siguiente, Fagri Sadat llamó a Ahmad para desayunar, pero él no estaba en condiciones de responder. Ella entró en el cuarto y lo ayudó a salir al patio. Con mucha ternura, le lavó las manos y la cara en la alberca y lo condujo a la biblioteca para mostrarle que la puerta estaba abierta.

Ahmad entró en la estancia, pasó ante los anaqueles llenos de libros deslizando el dedo por los lomos. Encendió la antigua lámpara de aceite que estaba sobre su escritorio, acarició la silla, pero no se sentó. Salió de nuevo al patio y volvió a su cuarto.

Miró la cama, la silla y los cuadernos donde tiempo atrás solía tomar apuntes para la oración del viernes. Después se sentó en la cama y allí permaneció el resto del día, mirando al frente con ojos extraviados.

Aga Yan le llevó comida e intentó hablar con él, pero se dio cuenta de que era demasiado pronto y que debía dejarlo descansar.

Aquella misma noche, Ahmad hizo la maleta y desapareció.

Lagartija lo vio y corrió a avisar a Aga Yan, pero llegaron demasiado tarde. Ya no había ni rastro de Ahmad por ninguna parte.


Los muyahidines

 

Los combates se recrudecieron en el frente; Irán reconquistó algunos puntos estratégicos y abrió un nuevo frente en territorio iraquí, pero aun así no lograba expulsar a los iraquíes de los centros petrolíferos de Quramshar y Abadán.

Sadam utilizaba armas químicas y no permitía que nadie se acercase a esas ciudades.

La oposición de izquierdas había sido prácticamente desmantelada, pero quedaba aún intacto un enemigo organizado del régimen: los muyahidines. Era un grupo compuesto por musulmanes que defendían una interpretación distinta del Corán. En público aparentaban apoyar a Jomeini, pero en secreto iban acumulando armas para atacar cuando llegase el momento.

Jomeini los consideraba el enemigo más peligroso, pues pretendían destruir el gobierno desde dentro. Mientras el país se debatía en una guerra interminable que lo dejaba cada vez más exhausto, el ayatolá decidió que había llegado la hora de barrer definitivamente a aquel enemigo interno, pero su condición de musulmanes le hacía difícil hacerlos desaparecer por las buenas.

El Comité de la Revolución celebró una reunión de emergencia para poner la cuestión sobre el tapete, y se resolvió unánimemente eliminar a los muyahidines como se había hecho con las organizaciones de izquierdas.

Aquella misma noche, unos jeeps se dirigieron a las casas de los dirigentes de la organización. Agentes armados entraron en las viviendas por los tejados, pero no encontraron a ninguno de los hombres que andaban buscando: todos habían logrado escapar a tiempo.

Llegaron a la conclusión de que había un espía en el comité.

El ayatolá Beheshti, que era su presidente, convocó a todos los miembros. Confiaba en que el espía no se presentaría y, de ese modo, se traicionaría a sí mismo. Pero todos acudieron puntualmente a la llamada y mantuvieron una larga discusión sobre cómo era posible que la noticia se hubiese filtrado.

Uno de los miembros del comité, conocido por sus meditadas decisiones y su talante resolutivo, dijo:

—Creo que sé cómo se filtró nuestra decisión y quién lo hizo.

Todos lo miraron estupefactos y aguardaron expectantes.

Subrepticiamente deslizó su maletín negro, que estaba debajo de la mesa, hasta los pies de Beheshti y se levantó.

—Tengo las pruebas en el cajón de mi escritorio, voy a buscarlas y vuelvo ahora mismo.

En cuanto salió de la sala de reuniones, se precipitó escaleras abajo, corrió hasta su coche y arrancó.

Aún no había llegado a la esquina cuando el edificio a sus espaldas voló por los aires tras una estruendosa explosión. El cielo se llenó de humo y fuego. Todos los miembros del comité habían muerto.

La noticia fue difundida por la radio y una muchedumbre de fieles se presentó ante la residencia de Jomeini para expresarle sus condolencias. Él salió al balcón y se dirigió a los presentes manteniendo la calma:

Ena lelelah wa ena eleihe rayeún! Esta vez la mano de América ha salido de la manga de los muyahidines. No importa. ¡Alá está con nosotros! Ya he formado un nuevo comité. Hace media hora han retomado el trabajo. ¡Nada ni nadie nos detendrá!

Al otro día empezó la caza de partidarios de los muyahidines. Por todas partes se disparaba arbitrariamente. Simpatizantes del grupo bloquearon las calles del centro de Teherán con las armas en la mano, con lo que se desató una auténtica guerra callejera entre ellos y el ejército islámico.

Todos los arrestados aquella jornada fueron ejecutados sumariamente, sin ningún proceso judicial.

Una semana después, el jefe de los servicios secretos visitó a Jomeini para tratar con él de un importante asunto de seguridad.

Se arrodilló ante el imán, le besó la mano y musitó:

—Miembros de los muyahidines están infiltrados en los puestos cruciales del régimen. Durante los últimos meses, mientras nuestra atención se centraba en los combates que tenían lugar en el frente, ellos lograban hacerse con los puestos estratégicos. Se encuentran también entre los hombres de su entorno. Tengo una lista de sospechosos que ocupan importantes puestos en los ministerios. Si me da su consentimiento, pondré al corriente al primer ministro y después procederemos a las detenciones.

Jomeini se puso las gafas, estudió la lista y dio su permiso para arrestarlos a todos.

El jefe de los servicios secretos partió de inmediato a una dirección secreta donde se reunía el comité y se entrevistó a solas con el primer ministro, al que puso al corriente de su conversación con Jomeini. Después fueron a la reunión del gabinete para informar a los ministros.

El jefe de la inteligencia tomó la palabra.

—Vengo de la residencia del imán Jomeini y he hablado a solas con él. Él sabe de mi presencia aquí y espero una llamada suya de un momento a otro. También he hablado con el primer ministro. Los muyahidines se han infiltrado secretamente en el gobierno…

En ese preciso instante sonó un teléfono. El jefe dejó su maletín negro encima de la mesa, se disculpó un momento y fue al despacho donde estaba el teléfono.

Levantó el auricular y dijo alto y claro para que todos lo oyeran:

—Sí, soy yo. Por supuesto, acabo de hablar ahora mismo con el primer ministro. Tengo la lista aquí…. bueno, en el coche. Sí, voy a buscarla, ¿puede esperar un momento? —Aquella última frase la pronunció más alta aún para que todos pudieran oírla con nitidez.

Dejó el auricular sobre el escritorio, salió del despacho, bajó la escalera hasta la calle, subió al coche y pisó a fondo el acelerador. Nadie había sospechado nada, nadie sabía que la historia se repetía. La explosión hizo temblar el pavimento de las calles cercanas.

La lucha de los muyahidines contra el régimen continuó. En el transcurso de las semanas siguientes estallaron bombas en diversos puntos de la ciudad. Incluso el nuevo gabinete que Jomeini había nombrado fue aniquilado del mismo modo. Pese a todo, el régimen no se rendía ante el terror de los muyahidines. Cuando esa realidad se hizo evidente, el grupo de combatientes islámicos optó por crear el caos en la ciudad. Quemaban autobuses, bancos y edificios públicos, y disparaban a todos los funcionarios que se les ponían a tiro.

Pero aquello fue más bien un suicidio político; la Guardia Revolucionaria detuvo a un gran número de simpatizantes, disparando sin vacilar contra todos los que intentaban huir. Centenares de muyahidines fueron ejecutados en pocos días sin juicio previo.

El grupo abandonó las calles y empezó a planear una venganza.

Dirigieron su furia contra los ayatolás de las grandes ciudades e intentaron liquidarlos uno tras otro.

Para sorpresa de todos, asesinaron al imán de Isfahán, al de Yazd y hasta al ayatolá Mortawazi, un filósofo islámico y uno de los teóricos más importantes del régimen que, sin embargo, no desempeñaba ningún cargo político. El hombre daba clases a jóvenes clérigos y por eso acudía a diario a la madraza. Una mañana, mientras se dirigía a la primera oración, se le acercó un joven imán.

Salam aleikum, ayatolá.

Salam aleikum, muchacho.

—Tengo un recado para usted.

—Tú dirás.

—¡Se han acabado sus interpretaciones del Corán!

—¿Cómo que se han…?

—¡Así! —exclamó el chico y le disparó tres tiros.

Aquella cadena de asesinatos sumió al régimen en una gran confusión. Nadie sabía dónde se producirían los atentados y qué ayatolá sería el siguiente en caer.

Tampoco el ayatolá de Qazwin logró escapar de la muerte: el ejecutor fue su propio sobrino. Por razones de seguridad, hacía unos días el ayatolá le había pedido al chico que fuese su chófer.

El religioso acababa de pronunciar un encendido alegato contra los atentados: «¡América nos mata; los muyahidines nos matan, pero seguimos en pie! ¡Ya le hemos dado una lección a América y ahora haremos lo mismo con Sadam Husein y los muyahidines!»

—¡Qué días tan duros vivimos! —se lamentó al subir al coche aquella noche para que su sobrino lo llevara a su casa.

—Y noches duras también —repuso el sobrino tomando un desvío.

—¿Adónde me llevas? —le preguntó el ayatolá.

—Al infierno —anunció el sobrino y le disparó a quemarropa.

Nadie se sentía seguro, y si los vecinos acusaban a alguien de actividades sospechosas, lo arrestaban de inmediato. La gente se escondía y los que podían intentaban escaparse.

Pero los atentados sorpresa no eran exclusivos de los muyahidines, también algunos miembros de organizaciones de izquierdas participaban individualmente en actos de represalia.

A pesar de aquella atmósfera de inseguridad, los ayatolás se negaban a ceder al terror y perseveraban en sus actividades. Uno de ellos era el ayatolá Araki de Seneyán. Se sabía que estaba en el punto de mira de los terroristas y por eso estaba sometido a estrecha vigilancia.

Araki era un ayatolá fanático que quería convertir Seneyán en un vivo ejemplo de ciudad islámica. Execraba públicamente a las familias de los ejecutados y había dado carta blanca a Zinat para que atormentara a las reclusas, de tal modo que todas se colocaban de cara a La Meca como autómatas al menor gesto suyo.

Los ciudadanos de Seneyán contenían la respiración, esperando a que alguien disparara contra aquel odiado ayatolá.

El momento no se hizo de rogar.

El sol acababa de ponerse y en la calle el calor había cedido al frescor de la noche. La puerta del estudio de Aga Yan se abrió con cautela y alguien se coló en su interior. Aga Yan estaba sentado en una silla leyendo un libro y al principio pensó que se trataba de Lagartija.

Levantó la cabeza. Desde la noche que habían llevado juntos el cadáver de Yawad a las montañas no había vuelto a ver a Shabal, pues tan pronto regresaron a casa, su sobrino se había vuelto a marchar. En aquel instante lo tenía ante sus ojos.

Aga Yan se puso las gafas.

—Me has sorprendido, ¿cuánto hace que has llegado?

—Ahora mismo.

—¿Ya has visto a tu padre?

—No, aún no. Yo… estaba casualmente en la ciudad y quería saludarlo. —Le temblaba la voz.

Aga Yan sintió que el destino iba a golpearlo de nuevo.

La puerta se abrió con suavidad y Lagartija se coló en el estudio, pero al ver la mirada de Aga Yan supo que no era bienvenido, de modo que salió de nuevo, cerró la puerta y se sentó delante.

—¿Qué es eso de que estabas casualmente en la ciudad?

—Tenía varias cosas que hacer en Seneyán y me pareció un buen momento para acercarme a saludarlo.

—¿Por qué no te sientas? Coge una silla.

—No me quedaré mucho rato, tengo que irme pronto, he venido a despedirme de usted.

—¿Despedirte? ¿Por qué? ¿Adónde piensas ir?

—Todavía no lo sé con seguridad, antes tengo que solventar un par de asuntos Después es probable que abandone el país por algún tiempo. Pero antes quería volver a verlo, tío. Lo siento, tengo… tengo que irme —dijo echando un vistazo al reloj.

—¿Qué significa todo esto, hijo?

La silueta de Muecín se recortó detrás de la ventana, pero no entró.

—¿Quieres que vaya a llamar a tu padre?

—No; tengo que irme, ya lo llamaré más tarde, he venido por usted, me preocupaba usted, tengo que irme, hay alguien que me espera en la ciudad.

Aga Yan tuvo la certeza de que algo no encajaba. Acababa de anochecer, ¿por qué no tenía tiempo de despedirse de su padre? ¿Por qué consultaba el reloj a cada momento? No hallaba explicación para tan solemne despedida. De pronto Aga Yan supo lo que estaba a punto de suceder. Faltaban escasamente diez minutos para que empezase la oración en la mezquita y la llegada del Mercedes del ayatolá era inminente.

Tenía que evitarlo, pero ¿cómo?

—Me voy —dijo Shabal y abrazó a su tío, que notó la pistola que su sobrino llevaba en la cintura.

Con un movimiento rápido, lo empujó contra la pared y le arrebató la pistola.

—¿Qué te pasa, chico? —le espetó.

Lagartija se puso a cuatro patas.

—No necesita que le dé explicaciones, Aga Yan —repuso Shabal, impávido—. No tengo tiempo. Por favor, deme eso antes de que sea demasiado tarde.

Aga Yan se sintió impotente frente a él. Habría querido gritarle: «¡No está bien! ¡Fuera de aquí! ¡Sal de mi estudio!» Pero no pudo. Se sorprendió al darse cuenta de que en realidad no quería detenerlo, sino que aprobaba su acción.

Shabal le cogió la pistola de las manos.

Aga Yan quiso retenerlo por el brazo, pero Shabal se desasió con un gesto.

—¡No haga nada! ¡No diga nada! ¡Guarde las palabras para más tarde y deséeme suerte!

Aga Yan permaneció en la habitación, consternado. Era como si se hubiese apeado de su vida por un instante. Durante un minuto le fue imposible moverse, no podía articular palabra.

Shabal se arrodilló junto a Lagartija, lo besó y salió de allí precipitadamente. Chocó con su padre, que cayó al suelo. Se arrodilló, le cogió la cabeza entre las manos y se la besó.

—Tengo prisa, padre, lo llamaré luego.

Lagartija fue detrás de Shabal.

El Mercedes del ayatolá se detuvo delante de la mezquita. Shabal, oculto en la oscuridad del callejón, no se perdía detalle. Tres guardaespaldas bajaron del coche e inspeccionaron los alrededores: no se veía ni un alma. Uno de ellos abrió la portezuela, mientras los otros se adelantaban hacia la mezquita. Shabal sacó la pistola del cinturón. Lagartija, que hasta entonces se había mantenido en cuclillas a su lado, se arrastró hasta el Mercedes. Shabal trató de impedírselo, pero era demasiado tarde. El muchacho se acercó al ayatolá gateando. El guardaespaldas que había ayudado al religioso a salir del vehículo dio un respingo al verlo. El ayatolá dio un paso atrás con indiferencia, como si Lagartija fuese un perro y masculló: «¡Lárgate!»

Pero Lagartija siguió avanzando, metió la cabeza debajo de la túnica y consiguió que el religioso trastabillara.

—¡Ayatolá! —gritó Shabal.

El religioso alzó los ojos sorprendido, pero no sabía adónde mirar.

Se oyeron tres disparos. El ayatolá levantó los brazos al cielo, dio dos pasos atrás y cayó fulminado. Los guardaespaldas empezaron a disparar a ciegas a todo lo que se moviera.

—¡Alaaaaaaaaá! —gritó Aga Yan desde la azotea.

Una moto dobló la esquina del callejón a toda velocidad, Shabal saltó detrás del conductor y éste aceleró a fondo, desapareciendo en la oscuridad.

Delante de la mezquita, en el suelo, yacía el cuerpo sin vida del ayatolá. El turbante había caído unos metros más allá del lugar donde Lagartija yacía cuan largo era. Ya no parecía una lagartija sino un muchacho que en la oscuridad dormía sobre la sangre que se le escapaba del cuerpo.

Aga Yan se arrodilló a su lado y le besó la fría mejilla, luego lo cogió en brazos y lo levantó del suelo.


Tayyare

 

Desde el patio se oía el ruido constante de los aviones que sobrevolaban la ciudad. Llegaban de Teherán, atravesaban el desierto y seguían hasta el golfo Pérsico rumbo a Europa o América.

En el viaje de vuelta solían seguir un itinerario distinto, atravesando el mar de Omán y entrando en el país por Bandar Abás.

Cuando los niños eran pequeños, se ponían a cantar una canción en cuanto oían pasar un avión. Dirigiéndose a aquel pájaro diminuto y misterioso entonaban:

Tayyare, tayyare¿Adónde vas tayyare?¿Quién va a bordo, tayyare?¿Iré yo pronto, tayyare?Fagri Sadat hacía punto sentada en el banco junto a la alberca. Había empezado un jersey para Lagartija, pero no había llegado a terminarlo.

Aga Yan trabajaba en el jardín y enterraba su dolor en un hoyo a la vez que las hojas secas. En ese instante pasó un avión de pasajeros volando casi a ras de la casa. El sol destelló sobre las anchas alas y el reflejo reverberó sobre el rostro de Fagri Sadat, los árboles, la alberca y las ventanas de la casa.

Creyendo que se trataba de un avión militar, Aga Yan cogió a su mujer del brazo y la llevó corriendo al sótano donde estaba Muecín.

Desde el ventanuco otearon el cielo, pero el avión ya había desaparecido.

Tras reponerse del susto, vieron a Muecín sentado detrás de la mesa, con las manos hundidas en el barro; llevaba un traje azul marino, se había puesto sus gafas de viaje y el sombrero y tenía una maleta a sus pies.

—¿Te vas de viaje, Muecín? —le preguntó Fagri Sadat, afligida.

—Veo que has hecho la maleta, ¿adónde piensas ir? —inquirió Aga Yan.

—Tú que todo lo anotas, anota esto también: dejo la casa.

—¿Que dejas la casa? ¿Por qué? —exclamó Fagri, perpleja.

—El chico se pasa la noche entera llorando entre estas paredes. Está muerto, pero aún se arrastra hasta el sótano y se cuela entre mis pies mientras trabajo. Está enterrado ahí en el jardín, pero sigue encaramándose al árbol y por las noches gime delante de mi puerta, repta en mis sueños.

Fagri Sadat se echó a llorar en silencio.

—También nosotros lo sentimos y lo oímos en el jardín, pero ésa no es razón para abandonar la casa.

—No soy yo quien quiere irse, es la casa la que me echa de aquí, me pone de patitas en la calle. Mírame las manos, ya no puedo hacer nada. El sótano está atestado de objetos, el jardín está atestado de objetos y en la azotea ya no cabe ni un alfiler. Nadie compra ya mis bandejas. Me expulsan de aquí, deséame suerte. Déjame ir, hermano.

Se acercó a Aga Yan y lo abrazó, luego besó a Fagri, cogió la maleta y subió la escalera del sótano. Se detuvo unos instantes en el patio, escuchando los sonidos de la casa, y exclamó:

—¡Viejo grajo, cuida bien de la casa! Me voy.

Acababa de cerrar la puerta a sus espaldas, cuando tres cazas sobrevolaron la casa con un ruido ensordecedor y desaparecieron entre las nubes.

—¡Iraquíes! —gritó Aga Yan.

Pero se equivocaba, no eran aviones iraquíes sino tres reactores de la fuerza aérea de Irán que pretendían interceptar el avión de pasajeros. A bordo de éste viajaba Bani Sadr, el presidente iraní, que intentaba huir del país. Los cazas volaban a la máxima velocidad para impedírselo. Hacía una semana que Jomeini lo había destituido de su cargo, acusándolo de colaborar con los muyahidines.

El presidente se había ocultado y los muyahidines habían elaborado un plan maestro para sacarlo del país. Todo estaba controlado hasta el último detalle, también Sadam Husein estaba enterado de la fuga y había aviones iraquíes preparados para escoltar al presidente fugitivo.

Los reactores iraníes llegaron tarde; el avión consiguió cruzar el espacio aéreo iraquí justo a tiempo y seguir su vuelo rumbo a Europa.

Cuatro horas y media más tarde, el aparato sobrevolaba París. El piloto se puso en contacto con la torre de control francesa.

—Se trata de un vuelo de emergencia. Llevo a bordo al presidente de Irán. Pide asilo político.

El responsable del aeropuerto fue puesto en antecedentes y llamó inmediatamente a la oficina del presidente francés. Después le hizo unas preguntas al presidente iraní, que respondió en un francés impecable.

—Soy el presidente electo de la República Islámica de Irán. Me acompaña también el jefe de los muyahidines. Pido asilo para nosotros y para el piloto.

El avión dio unas cuantas vueltas sobre París: el tiempo necesario para que las autoridades francesas tomaran una decisión.

Bani Sadr había vivido muchos años en París y había estudiado allí la carrera de Economía. Aún conservaba en el bolsillo la llave de su apartamento parisino. Acababa de empezar el posgrado cuando Jomeini abandonó Irak y llegó a la capital francesa.

Durante sus estudios, Bani Sadr había ideado un modelo de economía que pretendía conjugar las ideas capitalistas con los preceptos islámicos. Sus planes eran perfectos para Jomeini, que no tenía ni idea de asuntos económicos.

Cuando el ayatolá regresó a Teherán, Bani Sadr fue uno de los siete hombres con estudios universitarios cursados en el extranjero que lo asistió en el gobierno. Posteriormente fue nombrado primer presidente de la República Islámica de Irán.

El avión se disponía a iniciar la cuarta vuelta sobre París cuando sonó el teléfono móvil. El responsable del aeropuerto comunicó la noticia a Bani Sadr:

—El gobierno francés le ofrece asilo político a usted y sus compañeros. El avión puede aterrizar. Le damos la bienvenida.

El telediario francés abrió con la noticia de la llegada de Bani Sadr.

Jomeini acababa de concluir el rezo de la noche cuando Rafsanjani, el antiguo comandante de las fuerzas armadas, se arrodilló a su lado y le comunicó la noticia.

A pesar de que el imán acababa de decir sus oraciones, volvió a incorporarse y reanudó el rezo. Tras conocer aquella aciaga noticia, quería volver a acercarse a Dios para pedirle consejo. Cuando pronunció el último rokat, tenía un brillo especial en la mirada. Se volvió hacia Rafsanjani y anunció:

—¡Ha llegado el momento glorioso!

Desde el inicio de la guerra, el ejército iraní esperaba la llegada del momento oportuno para liberar la ciudad petrolífera de Khoramshar. En aquella estratégica ciudad portuaria se hallaba la mayor refinería de petróleo de Oriente Próximo. Hasta aquel momento, la operación para retomarla había sido imposible porque los satélites estadounidenses transmitían a Irak todos los movimientos que se producían en los alrededores de la ciudad.

—¡Alá está de nuestro lado! —le dijo Jomeini a Rafsanjani—. Liberaremos Khoramshar. El momento ha llegado. ¡Reúne a todos los generales!

Sadam saboreaba las mieles del triunfo. En aquel momento se dirigía a la reunión de su gabinete para hablar de la exitosa huida de Bani Sadr a Francia. Quería ser él en persona quien les diera la buena nueva a sus ministros.

No había llegado aún, cuando el ejército iraní atacó Khoramshar por seis lugares distintos a la vez.

Cientos de soldados iraquíes e iraníes cayeron; el suelo de la ciudad quedó sembrado de cadáveres. Después de un encarnizado combate que se prolongó media jornada, dos soldados iraníes lograron arriar la bandera de Irak que ondeaba sobre la refinería de petróleo y poner en su lugar la bandera verde del islam. Los iraquíes reunieron sus fuerzas, pero los ayatolás habían abierto de improviso un nuevo frente en la ciudad portuaria de Basora, en territorio iraquí. El temor ante aquella inesperada invasión volvió locos a los soldados de Sadam, que destruyeron las casas de Khoramshar y prendieron fuego a los árboles. Después se replegaron con la esperanza de poder salvar Basora, pero sus esfuerzos fueron en vano.

Tras aquella victoria histórica, las pantallas de televisión mostraron por primera vez a un Jomeini sonriente. Dio gracias a Alá y felicitó a los padres de los soldados caídos por el valor que sus hijos habían demostrado. Millones de personas salieron a las calles del país para celebrar la liberación de Khoramshar. Se lanzaron fuegos artificiales y los coches pasaban tocando el claxon. La gente bailaba sobre el techo de los autobuses y todos se invitaban mutuamente a pastas, dulces y fruta.

La fiesta se prolongó hasta altas horas de la madrugada; era la primera celebración del país desde la llegada de los ayatolás.

Aquella noche había luna llena, lo que llenó de orgullo a los iraníes después de haber padecido tanto dolor y miseria a causa de la guerra.

Pero no todos estaban de fiesta, también hubo algunos que aprovecharon aquella noche de júbilo para vengarse. La luz de la misma luna se reflejaba en el lago salado a las puertas del desierto de Seneyán, donde el cadáver de Zinat Janum tenía medio cuerpo en el agua y el resto tendido en la arena.

En el cuello le habían prendido un papel protegido por una funda de plástico. Rezaba así: «Obligaba a las jóvenes solteras condenadas a muerte a entregarse a los islamistas antes de ejecutarlas. En este salar ha sido juzgada y castigada por deseo de las madres cuyas hijas murieron y que fueron novias la última noche de sus vidas.»

Faltaba poco para que la luna se retirase cediendo terreno al sol. Una bandada de aves del desierto divisaría el cadáver de Zinat en el salar y volaría en círculos graznando estrepitosamente. Algún viajero montado en su camello avistaría las aves y se dirigiría al lago para ver qué pasaba. Bajaría del camello, se acercaría al cuerpo exangüe, se arrodillaría junto a él y leería la nota.


Akkas, el fotógrafo

 

Aga Yan estaba dando un paseo por las márgenes del río. Después de la primera oración de la mañana ya no había vuelto a acostarse. Se sentó en la ribera, sobre un montículo de arena. A pesar de que el agua estaba fría, había una mujer con los pies en el agua. Se los secó con el velo, se puso los zapatos y se acercó a él.

—¿Tiene unos céntimos para mí? Aún no tengo ninguno en la boca.

—Jodsi, ¿eres tú?

Jodsi, otrora tan joven y vivaz, se veía vieja y ajada. Tenía el cabello gris y el rostro surcado de arrugas.

—Hace mucho tiempo que no te veía, Jodsi, ¿dónde te habías metido? ¿Cómo está tu madre?

—Muerta —contestó apenada.

—¿Cuándo falleció, cómo es que no me he enterado?

—Se murió sin más.

—¿Y cómo está tu hermana?

—Muerta también.

—¿También? ¿Cómo? ¿De qué?

Jodsi no contestó.

—¿Y tu hermano?

—Muerto también.

—Pero ¿qué estás diciendo?

—Pero usted no morirá. Usted vivirá hasta que todos se vayan y hasta que todos vengan. —Y, dándose la vuelta, echó a andar.

—¿Adónde vas, Jodsi? Aún no me has dado ninguna noticia.

—Hay cuatro hombres, de ellos vendrán tres, uno se irá, otro permanecerá echado, otro morirá y otro sembrará. Pero usted vivirá hasta que todos vengan y hasta que todos se vayan —contestó sin mirarlo.

Aga Yan siguió andando por la orilla.

¿Quién más podía irse? ¿Y quién estaba aún por venir?, se preguntó.

En ese instante pensó en Nosrat.

Durante las turbulentas noches de terror, nadie tenía acceso a las veladas de Jomeini. Salvo un hombre: Nosrat.

Gracias a Nosrat, Jomeini se aislaba de la dura realidad cotidiana, lejos de su entorno. Nosrat lo conducía a otro mundo donde no quedaba sitio para los reactores iraquíes, las bombas y las ejecuciones.

Nosrat había cautivado a Jomeini con el cine. Le mostraba fragmentos de películas, documentales sobre la naturaleza, sobre pájaros, abejas, serpientes y también sobre los ríos o las estrellas. Era un secreto entre los dos, nadie más sabía lo que pasaba al otro lado de la puerta cerrada del cuarto de Jomeini.

Jomeini era el líder del mundo chií, alguien capaz de movilizar con sus palabras a millones de personas, pero se sentía solo. Se pasaba todo el día, a veces toda la semana, a solas en su estudio.

Era un líder carismático y los demás se esforzaban por causarle la mejor impresión. Pero Nosrat se mostraba tal como era, para conseguir acercarse lo máximo posible a él como persona. Jomeini no tenía ni idea de matemáticas y sabía muy poco de la naturaleza, pero sentía un gran interés por la luz, la luna, el sol, el espacio y sobre todo los meteoritos.

Nosrat había abierto al imán las puertas a un mundo maravilloso que desconocía por completo, transformando sus noches solitarias en animadas y entretenidas veladas durante las cuales podía olvidarse de todo.

En cuanto Nosrat entraba en el cuarto de Jomeini, se quitaba la americana, la colgaba en el perchero y empezaba a hablarle de sus películas:

—He traído algunos cortometrajes. Se trata de documentales únicos sobre la vida de dos especies animales. Le gustarán, uno trata de las hormigas y de la jerarquía de su sistema de poder; el otro trata de los monos. ¡Es extraordinario verlos actuar como humanos! Traigo también una magnífica cinta sobre las innumerables piedras que se mueven en el universo, una vez cada mucho tiempo una roca enorme se precipita sobre la Tierra, un meteorito. ¡Es brillante!

Jomeini lo miró perplejo, ni siquiera su propio hijo hablaba con tanta espontaneidad en su presencia. Había oído decir a menudo que los artistas eran gente especial, pero antes de Nosrat no había conocido a ninguno.

En realidad lo que Nosrat hacía entroncaba con la tradición de los antiguos reyes persas. El rey siempre tenía un maliyak en casa, un bufón que lo divertía. El maliyak era el único que tenía acceso a las estancias privadas del monarca y podía hablar y obrar con plena libertad mientras entretuviera a su rey.

—¿Cómo se llama esa cadena? —preguntó Jomeini.

—¿Qué cadena?

—Esa de los americanos en que ya me han entrevistado varias veces.

—¿Se refiere a la CNN?

—Sí, ésa.

—¿Qué quiere saber de ella?

—Nada, sólo sé que todos los presidentes de los países importantes tienen un televisor en su despacho en el que siempre está puesta la CNN.

—Es cierto, me sorprende que no tenga usted ningún televisor en su despacho.

—Hablan en inglés, supongo.

Jomeini no tenía ni televisores ni radios en su despacho, y todas las noticias le eran transmitidas por escrito.

—También hay una cadena árabe que como la CNN sólo emite noticias, pero en árabe —le informó Nosrat—. Lo arreglaré para que pueda sintonizarla desde aquí.

Al día siguiente, Nosrat le llevó un pequeño televisor y lo dejó dentro del ropero para que nadie pudiese verlo. Después le enseñó a Jomeini a encender y apagar el aparato y a cambiar de canal.

—Con que esté en el canal árabe ya está bien —dijo el ayatolá bajando la voz, como si se tratase de algo prohibido.

Unas semanas después, Nosrat recibió una llamada de un corresponsal de la CNN que estaba enterado de la estrecha relación que mantenía con Jomeini. Quedaron en verse en un salón de té de la plaza de la estación. Nosrat le habló de su trabajo. Después de la charla, el periodista le preguntó con cautela si estaría interesado en hacer un documental sobre Jomeini.

—¿Qué clase de documental? —inquirió Nosrat.

—Un reportaje sobre él y su vida cotidiana.

Aquella petición sorprendió a Nosrat, que llevaba algún tiempo pensando en hacer algo así pero le parecía irrealizable.

—La CNN quiere un documental exclusivo de una media hora sobre su vida privada —explicó el periodista—. Naturalmente, cobraría usted unos honorarios nada desdeñables y en dólares.

A Nosrat no lo encandilaban tanto los dólares como la oportunidad de hacer un reportaje excepcional. Aquélla era posiblemente la oportunidad de su vida, pero no era posible.

—No puede ser —dijo por fin—. ¿Por qué iba a consentir el imán que lo filme?

—No se pierde nada con probar. Piense en ello y no dude en ponerse en contacto conmigo si necesita alguna cosa.

—De acuerdo —repuso Nosrat.

En su cabeza veía los planos que le gustaría tomar. Aquella noche no pudo pegar ojo de la emoción.

Habría querido hablar de aquello con alguien, pero no se atrevía a abrir la boca, temía que la suerte lo abandonara si lo hacía.

Un atardecer, mientras Nosrat paseaba con Jomeini por el lago que había detrás de la residencia del religioso, le contó una historia fascinante sobre los satélites y cómo funcionaban.

Le dijo que era toda una revolución tecnológica el hecho de que la gente pudiese ver al presidente de Estados Unidos en directo mientras se hallaba en su despacho de la Casa Blanca tomando café.

—El hombre es curioso por naturaleza —prosiguió—, y para dar rienda suelta a esa curiosidad inventa aparatos y los manda al espacio. La gente quiere saberlo todo, le intriga por ejemplo cómo vive usted, dónde vive y qué come. Y no hay nada de malo en esa curiosidad.

Nosrat intentaba prepararlo para su petición, pero sabía que en cuanto mencionase la CNN saldría a colación el nombre de América. Temía que si le hacía la pregunta, pasaría a ser persona non grata en aquella casa y tendría que recoger todos sus bártulos e irse.

Pero la idea de filmar al imán lo tenía tan obsesionado que no pudo reprimirse. Nosrat llevaba consigo siempre su cámara, así que aquella noche, mientras se hallaba en el despacho de Jomeini y le ponía la televisión, apretó el botón rojo de la cámara a hurtadillas y filmó al ayatolá descalzo y sentado en el suelo mirando a escondidas la televisión que guardaba en el ropero.

En los meses siguientes, Nosrat hizo muchas tomas cortas de Jomeini. Cómo paseaba por el lago contemplando los patos, cómo aparecían unos gorriones trinando y revoloteaban sobre su cabeza, cómo tropezaba de pronto con la raíz de un árbol y se le caía el turbante al suelo, que rodaba hasta el agua y los patos acudían prestos a picotearlo.

En una de las escenas, Jomeini yacía en la cama, enfermo, con el rostro vuelto hacia La Meca, exactamente como suelen poner a los muertos musulmanes en el ataúd. También su mujer aparecía unos segundos en escena, le tocaba la frente con suavidad y se marchaba sin decir palabra.

En otra toma se veía al imán paseándose por la sala de estar. De pronto fue al lavabo, se lavó las manos, tomó el Corán y leyó una página atentamente. Enseguida cogió la pluma y escribió algo, metió el papel en un sobre, lo cerró y llamó a su mujer: «¡Batul!»

Ella acudió y él le tendió el sobre diciendo: «¡Dáselo a los militares!» Ella se guardó rápidamente el sobre bajo el velo y se fue.

Jomeini se dio cuenta muy pronto de que Nosrat lo filmaba a escondidas, y éste estaba convencido de que el ayatolá colaboraba tácitamente.

Un día, el corresponsal de la CNN volvió a telefonear a Nosrat.

—No me ha llamado usted, así que deduzco que no está interesado en aceptar nuestro encargo.

—Tengo un material magnífico —dejó caer Nosrat.

Un cuarto de hora después, un hombre estaba en la puerta de su casa.

Nosrat estaba demasiado entusiasmado para percatarse de que los servicios secretos del nuevo régimen islámico lo tenían vigilado, y no imaginaba que pudiesen estar al corriente de sus contactos con la CNN.

El periodista entró en la casa, Nosrat fue a preparar un té, puso una cinta de vídeo y se sentó. Su visitante se quedó anonadado.

—¡Es fantástico! —exclamó.

Iban por la mitad de la grabación cuando cinco hombres armados saltaron al balcón desde el tejado. Echaron la puerta abajo, irrumpieron en la casa y arrestaron a Nosrat y al corresponsal. Dos soldados permanecieron en la vivienda para registrarla de arriba abajo, y metieron en cajas todo lo que les pareció sospechoso.

El reportero de la CNN fue expulsado del país al día siguiente, pero a Nosrat lo encarcelaron para someterlo a interrogatorio. Estando en su celda, Nosrat pensó que el asunto estaba tomando un cariz mucho más serio del que él había previsto, comprendió que se había arriesgado demasiado y que le esperaba un duro castigo por aquellas grabaciones. Aun así, albergaba la esperanza de que Jomeini lo ayudara.

Nosrat intentó convencer a su interrogador de que respetaba mucho al ayatolá y que había obrado por sincera simpatía hacia él. Explicó que sus grabaciones poseían un marcado carácter histórico y que resultaban muy importantes para la herencia cultural de la patria. Subrayó que nunca había tenido la intención de vender las grabaciones a los americanos y que sólo las había hecho por su pasión por la filmación. Juró que había sido fiel a su cámara y a Jomeini. Dejó entrever que el ayatolá estaba al corriente de las filmaciones y que podía demostrarlo si era necesario.

La defensa de Nosrat sonaba convincente, y lo habrían creído de no haber encontrado en su casa una cinta sospechosa. Las imágenes recogidas en aquella grabación eran tan inquietantemente hermosas que Nosrat no supo qué hacer con ellas, de modo que había escondido la cinta entre las vigas del techo de su taller con la esperanza de que nadie las encontrara jamás. Y de puro miedo, las había borrado de su memoria. Pero los servicios secretos habían dado con ella.

«Debes tener cuidado de que tu inclinación por las mujeres no te haga caer en una trampa», le había aconsejado Aga Yan en más de una ocasión. Nosrat siempre andaba a la búsqueda de una mujer excepcional a la que retratar. Nunca se había parado a pensar seriamente que aquella mujer pudiera ser la esposa de Jomeini.

De pronto, el interrogador puso la cinta sobre la mesa delante de él. Nosrat palideció al reconocerla y supo que todo había terminado. Se quedó paralizado, presa del pánico.

¿Qué habría visto en aquella mujer ya madura para que, de improviso y muy a su pesar, le diese por filmarla? Batul era la esposa del hombre más poderoso del mundo chií, aunque ella personalmente carecía por completo de autoridad. Nosrat era incapaz de explicarlo, pero había sido la impotencia silenciosa de aquella mujer la que lo había obligado a registrar sus imágenes en silencio, a plasmarla, a conservarla para quizá, algún día, darla a conocer.

Batul se había pasado toda la vida tapada con un velo, ningún desconocido le había visto jamás el cabello, las facciones, las manos o los pies. Y precisamente por eso, ella sentía la necesidad de mostrarse.

Al principio, Nosrat no se percató. Cuando llamaba a la puerta de la sala de estar, Batul salía a abrirle y lo recibía siempre con una sonrisa. Era unos veinte años más joven que Jomeini y se percibía claramente en su rostro.

Batul se mostraba amable con Nosrat, un gesto impropio viniendo de una mujer tan religiosa. Pero él no se daba cuenta de que no lo hacía por él, sino por su cámara. Era una mujer hermosa y deseaba mostrarse en todo su esplendor, deseaba ser captada por la cámara. Era el mismo deseo de las demás mujeres de la patria que, tras siglos de vivir oprimidas por los hombres, nunca habían tenido la oportunidad de enseñar su belleza.

Así pues, había concertado una entrevista secreta con Nosrat y la filmó en silencio. Los periódicos habían publicado miles de fotos de Jomeini, pero nadie había mostrado ni un pequeño retrato de Batul. La trataban como si no existiese. Batul se hallaba junto a la ventana con la mirada perdida en el lago. Había cambiado su velo negro por uno de color lechoso con florecillas azules. Nosrat le enfocó el rostro y un mechón de cabellos plateados quedaba al descubierto. Entonces, ella dejó caer el velo hasta los hombros. Fue una revelación.

Pero fue una escena en concreto la que le puso la soga al cuello. Había hecho la filmación en el cuarto de Batul y la puerta estaba ligeramente entreabierta. Filmó la habitación con una cama individual en un rincón, y una mesilla de noche sobre la que había un pequeño espejo y un anticuado bote azul de Nivea.

El agente de los servicios secretos cogió la cámara y la descargó con fuerza sobre la cabeza de Nosrat.

El artilugio se rompió en pedazos y Nosrat cayó al suelo, inconsciente.

Después llegó la calma.

Y a lo largo y ancho del país, la calma fue ganando terreno.

Sadam Husein dejó de bombardear las ciudades, y Jomeini, de consultar el Corán para saber si debía seguir invadiendo el suelo iraquí.

Hubo un largo silencio. Las ejecuciones cesaron y no hubo más atentados contra los ayatolás. Todo el mundo estaba exhausto y necesitaba paz.


Los allegados

 

¡Por el monte!¿Es esto magia?¿Es esto magia? ¿O es que no veis claro?¡Por el Libro escrito!Por el pergamino enrollado.¡Por el templo frecuentado!¡Por el techo elevado!¡Por el mar encrespado!Ese día, ¡ay de los desmentidores!¡Por el monte! ¡Por el monte!¿Cuántos años habían pasado? ¿Cuántos meses habían transcurrido?

¿Quién se había ido? ¿Quién había llegado?

Habían dejado de contar los años; ya no tenía sentido calcular el transcurso de los meses. El tiempo se había detenido para los que vivían transidos de dolor, para los muertos y para quienes los lloraban.

También para los que cavaban en el jardín como forma de superar su pérdida y para las que trajinaban en la cocina, preparando viandas para repartir en los platos junto con su pena.

La paz parecía haber vuelto al país, pero una persona armada con una pistola estaba cruzando el desierto a lomos de un camello para ajusticiar al juez de Alá. Quizá después se acabaría por fin el duelo y el tiempo volvería a ponerse en movimiento. Entonces sabrían cuántos años habían transcurrido desde que unos llegaron y los otros se fueron.

Durante aquel silencio impuesto, Jomeini fue perdiendo gradualmente la memoria hasta que llegó el día en que ya no conocía a las personas de su entorno más cercano. Rafsanjani y Jamenei, sus dos colaboradores más destacados, fueron haciéndose progresivamente con el poder y relegando al ayatolá a un segundo plano.

Jaljal fue el primero en darse cuenta de que Jomeini estaba cayendo lentamente en la demencia senil.

Se arrodilló a su lado y se asustó al percatarse de que el imán no lo reconocía.

Él era el único colaborador que actuaba de forma independiente, como una suerte de prolongación del propio Jomeini. Con él era poderoso, sin él no era nadie; había llegado el momento de desaparecer de escena.

Además, el tiempo de las ejecuciones había pasado, el régimen había demostrado sobradamente su fuerza. Había logrado expulsar de su territorio a los iraquíes y eliminado a todos sus opositores. Era hora de buscar la estabilidad. Y en tales circunstancias, ya no había sitio para un juez odiado como Jaljal.

Había que pensar en una nueva función para él, pero no era tarea fácil. Entretanto, miembros de los muyahidines y de las organizaciones de izquierdas habían descubierto su identidad y los terribles crímenes que había cometido. Todos estaban al acecho para eliminarlo.

Jaljal habría querido volver a Qom y dedicarse a la docencia en alguna escuela de derecho islámico, pero, tal como estaban las cosas, era imposible. Sospechaba que, como el de Jomeini, el fin de su servicio al islam estaba próximo.

El ayatolá no había muerto aún, pero pertenecía al pasado. Jaljal ya no tenía futuro y en el presente no había lugar para él. Debía regresar al pasado, pero la cuestión era cómo.

Por fortuna, los sucesores de Jomeini sabían cómo enviar a Jaljal de vuelta al pasado. Por aquella época, los talibanes estaban sentando las bases de un régimen islamista en el vecino Afganistán. Con gran ostentación de violencia, pretendían imponer en el país una versión obsoleta de la sharia.

Los ayatolás de Irán mantenían un estrecho contacto con los talibanes; representantes de ambos países se reunían periódicamente para consolidar sus respectivas posiciones frente a sus adversarios occidentales.

Al régimen se le ocurrió regalar el juez de Alá a los talibanes, convencidos de que, para el fanatismo talibán, Jaljal sería un gran fichaje. Era la única solución para él y la agradeció de corazón. Se sentía atraído por el integrismo de los talibanes, así que hizo las maletas y, vestido de comerciante, con barba y sombrero, viajó en tren hasta la ciudad fronteriza de Mashad, ocultándose en el anonimato.

Pernoctó en una posada donde al día siguiente un militante talibán iría a buscarlo. Vestido como un afgano, cruzó la frontera con ese hombre y viajó hasta Kabul, donde el líder del régimen talibán le prodigó una calurosa bienvenida y le ofreció una casa en la capital.

La vida de Jaljal cambió por completo, había ido a parar a un lugar de aguas mansas. Oficialmente le ofrecieron un trabajo en el archivo de la ciudad, pero en secreto se convirtió en uno de los pesos pesados del régimen.

Disfrutaba del anonimato que la ciudad le brindaba; por fin había encontrado la tranquilidad para profundizar en sus estudios de derecho islámico. Se pasaba todo el día en la antiquísima biblioteca del archivo municipal, estudiando documentos islámicos únicos, que traían especialmente para él de las bibliotecas reales de Arabia Saudí. Pasados unos meses, se casó con una mujer afgana y fundó una nueva familia.

Era feliz y su nueva vida le gustaba. Paseaba libremente por la ciudad y entraba en las tiendas, algo que nunca había podido hacer. También iba a visitar con frecuencia a su familia política afgana. Nadie conocía su pasado, y él se presentaba como un investigador que estaba escribiendo un libro sobre la historia del islam.

Y así, Jaljal se olvidó de que todavía lo andaban buscando, de que sus crímenes no habían caído en el olvido.

Shabal era uno de los que andaba tras su pista. Pero había llegado a un punto muerto.

Sólo habían sobrevivido tres miembros de la cúpula directiva del partido de Shabal. Los demás habían sido arrestados y ejecutados, o habían huido del país. En el último y precipitado encuentro de los líderes de la organización, Shabal recibió la misión de eliminar a Jaljal. Aquélla sería la última decisión que tomase el partido. Shabal quería vengarse personalmente del juez por la muerte de Yawad. No podía borrar de su memoria la larga y fría noche, su periplo por las montañas en busca de una tumba. No soportaba haber sufrido aquella humillación. Tenía que hacer algo o no podría volver a dormir tranquilo. Sólo después de cumplir su misión podría retomar su vida.

Desde el atentado contra el ayatolá, ningún miembro de la familia conocía su paradero. Aga Yan creía que Shabal se había marchado a algún país europeo o americano. Pero Shabal no se había ido. Seguía viviendo en Teherán. Se había dejado crecer la barba y trabajaba de taxista en uno de los miles de taxis anaranjados que circulaban por la ciudad.

Los partidos clandestinos no utilizaban vehículos propios por razones de seguridad. Por eso solían disponer de una pequeña flota de taxis que los llevaban a todas partes.

Shabal tenía el taxi de cuando trabajaba de redactor en el periódico del partido. Lo utilizaba como medio de transporte y, de paso, se ganaba el sustento con él. Los miembros del partido habían dejado de celebrar reuniones periódicas por motivos de seguridad, pero de vez en cuando se veían en un salón de té en el zoco de Teherán.

En uno de esos encuentros, Shabal se enteró de que Jaljal estaba en Kabul.

—Debí haberlo imaginado —dijo perplejo—. ¿Cómo habéis conseguido esa información?

—El Tudeh —le contestó uno escuetamente y le pasó un papel donde constaba una dirección.

También el Tudeh había sido desmantelado. El régimen lo había eliminado. Pero los antiguos miembros de aquel partido comunista rusófilo habían mantenido el contacto con la vecina Unión Soviética.

Shabal sabía lo que tenía que hacer.

Durante los años de comunismo en Afganistán, las organizaciones clandestinas de izquierdas iraníes habían establecido buenas relaciones con los simpatizantes afganos. Cuando los talibanes se hicieron con el poder, muchos comunistas huyeron a la Unión Soviética, pero algunos permanecieron en el país. Habían sido necesarios varios meses para que Shabal lograra ponerse en contacto con los izquierdistas afganos para que lo introdujeran a escondidas en el país.

En aquel momento, en la oscuridad de la noche, andaba por el desierto a lomos de un camello en dirección a la frontera con Afganistán; allí lo estaría esperando un afgano con su moto.

Cuando llegó a la frontera, dejó el camello en los establos de la posada y fue a pie hasta el lugar donde el afgano lo esperaba, al otro lado del alambre de espino. Después de intercambiar el santo y seña convenido, el hombre le señaló el punto donde podía colarse por debajo de la alambrada.

Shabal lo hizo, montó en la moto y el hombre arrancó. Al cabo de media hora, el afgano se detuvo en la cabaña de un pastor. Entró y volvió a salir con un atuendo tradicional del país. Después de que Shabal se hubiese cambiado de ropa, continuaron hasta el primer pueblo, donde al día siguiente Shabal tomaría un autobús hacia Kabul.

Aún era otoño, pero nevaba en las montañas y el viento era cortante. El hombre compró pan y dátiles frescos para Shabal y lo acompañó hasta el vehículo.

Después de cinco horas de recorrido por las montañas y un sinfín de paradas por el camino, el autobús llegó por fin al centro de Kabul.

Shabal se apeó y fue a un café para comer algo. Pidió una sopa afgana, caliente y espesa, y bebió varios vasos de té recién hecho.

Llevaba tres noches casi sin dormir, así que fue a una pensión cerca del café y se metió directamente en un camastro. Durmió de un tirón hasta la mañana siguiente, y sólo despertó cuando un empleado de la pensión llamó a la puerta de la habitación para preguntarle si se encontraba bien.

Sentía una necesidad imperiosa de lavarse, pero la pensión no disponía de cuarto de baño. Mientras buscaba unos baños públicos por la ciudad, pasó por delante de una mezquita. Allí pudo lavarse a sus anchas y después fue a un salón de té donde desayunó. El archivo municipal donde trabajaba Jaljal quedaba a poca distancia de allí. El archivo estaba cerrado al público, pero se veía luz a través de las ventanas.

El despacho de Jaljal estaba en el piso de arriba y se encontraba solo. Su escritorio estaba junto a la ventana y cuando levantaba los ojos veía a la gente de la calle. Empezaba a trabajar temprano, como los demás empleados, pero cuando el archivo cerraba a las cuatro, él solía quedarse una hora más y era el último en abandonar el edificio.

A pesar de su vestimenta afgana, Shabal lo reconoció nada más verlo salir. Había engordado, pero su forma de andar lo delataba. Acababa de anochecer y Shabal lo siguió hasta una panadería. Con un pan bajo el brazo, Jaljal se acercó a un hombre que vendía en la acera las últimas uvas otoñales. Compró un racimo y se dirigió a casa.

Shabal lo siguió hasta su nuevo hogar, inspeccionó los alrededores y regresó a la pensión. Bien, se enfrentaría a él en su casa, a solas. No obstante, cuando a la noche siguiente fisgó de nuevo por la ventana, lo vio sentado en el suelo, comiendo con su nueva mujer afgana. Shabal no podía esperar más tiempo, debía cumplir su misión sin más retrasos, antes de que la policía afgana se enterara de su presencia en el país.

Fue a dar una vuelta por los alrededores mientras Jaljal acababa de cenar. Cuando volvió a pasar por delante de la ventana, vio a la mujer en la cocina. Atisbó luz en el piso de arriba. Era su oportunidad. Se coló por una ventana y se dirigió sigilosamente hasta la cocina. La mujer, que estaba atareada fregando los platos, oyó algo. Se volvió y vio a un hombre armado en el umbral de la puerta, pero antes de que pudiese gritar, Shabal le tapó la boca con la mano y le susurró:

—¡Quédese quieta! No voy a hacerle daño. Escúcheme bien, su marido es un criminal iraní, responsable de la ejecución de cientos de jóvenes inocentes. Si permanece tranquila, no le pasará nada. ¿Entiende el persa que le hablo?

Conmocionada, la mujer asintió con la cabeza.

—Muy bien —dijo él y la amordazó. La dejó en el suelo de la cocina y subió cautelosamente la escalera que llevaba al piso de arriba.

Una vez allí y con la pistola en la mano, escrutó el interior de la habitación por la rendija de la puerta. Jaljal, con las gafas puestas, estaba sentado a una mesa, leyendo un libro y tomando apuntes.

Shabal abrió la puerta con suavidad y entró. Jaljal creyó que era su mujer que le subía el té y por eso no alzó los ojos. Pero al ver que ella no decía nada, se quitó las gafas y miró hacia la puerta, donde vio a un afgano apuntándolo con un arma.

—¡No te muevas! —dijo Shabal.

Su persa reveló que de afgano no tenía nada. Jaljal lo miró, desconcertado.

Shabal se quitó la gorra afgana y habló con mucha calma:

—Mohamad al Jaljal, llamado juez de Alá, un tribunal clandestino me ha ordenado ejecutarlo.

Jaljal reconoció a Shabal y se asustó, quiso decir algo, pero tenía la lengua seca como si fuese de madera. Había llegado su fin, nada podía salvarlo.

—No le entiendo —farfulló.

Señalándole el vaso de agua que había sobre la mesa, Shabal le conminó:

—¡Beba!

Con mano temblorosa, Jaljal tomó un trago.

—¿Puedo ponerme en dirección a La Meca? —añadió con voz apagada.

—Puede.

Jaljal se incorporó. Dio un paso en dirección a la ventana y en la oscuridad de la noche se orientó hacia La Meca y empezó a recitar:

Los de la derecha, ¿qué son los de la derecha?Los de la izquierda, ¿qué son los de la izquierda?Shabal le disparó al centro del pecho. El juez se tambaleó, pero se apoyó en el bastidor de la ventana y continuó:

¡Hombre! te esfuerzas con denuedo en encontrar a tu SeñorY lo encontrarásCuando el cielo se hienda,Cuando los astros se dispersen…Shabal volvió a dispararle dos tiros más. Jaljal se soltó bruscamente del bastidor de la ventana y cayó al suelo. Mientras yacía presa de las convulsiones, siguió salmodiando con voz apenas audible:

Los allegados son los primerosSon los que están junto a ÉlEn los jardines de la Delicia.Shabal corrió escaleras abajo y desató a la mujer.

—¡Deprisa, vuelve con tu familia! —la exhortó.

A continuación, salió a la calle, giró a la izquierda y caminó tranquilo por las oscuras callejuelas en dirección al centro. Allí compró pan y un racimo de uva y subió al autobús nocturno con dirección a Pakistán.

El autobús pasó por las calles tenuemente iluminadas de Kabul. Era una ciudad muy hermosa. Algún día regresaría a aquel lugar misterioso.


Los jardines de la Delicia

 

Alef Lam Mim Ra. Los años pasaron y la pena de la casa creció como un árbol en el jardín.

Los rehenes estadounidenses dormían desde hacía tiempo en sus propias camas, allá en su país. Jomeini había muerto.

La guerra había acabado y Estados Unidos, que no había logrado nada con Sadam, había desistido de utilizar sus aviones de espionaje.

Las aves migratorias llegaron nuevamente a la ciudad y sobrevolaron la casa de la mezquita, pero, al no encontrar pienso, prosiguieron el vuelo.

Las hijas de Aga Yan vivían en Teherán y se habían casado a escondidas durante los agitados años de la guerra y las ejecuciones. Ensi tenía un hijo al que le había puesto de nombre Yawad. Iba a menudo a la casa con su marido y ponía a Yawad en brazos de su madre. La primera vez que llevaron al niño, Fagri Sadat, que estaba convencida de que no lograría sobreponerse jamás a su dolor, besó al pequeño y, poniéndose en pie, llamó a su marido:

—¡Aga Yan! ¿Dónde te has metido? ¡Ven a verlo, es igualito que nuestro Yawad!

El viejo grajo oyó a Fagri y dio una vuelta alrededor de la casa. Los peces de la alberca saltaron de alegría en el agua, el añoso cedro enderezó el tronco y sonrió, los pajarillos volvieron a posarse en las ramas y el viento que soplaba de las montañas les trajo consigo el aroma de las flores silvestres de primavera. Aga Yan se puso el abrigo y el sombrero, cogió el bastón y partió contento hacia el zoco para comprar una caja de galletas recién hechas.

¿Cuándo había sido la última vez que había comprado una caja de galletas para celebrar un feliz acontecimiento?

No lo había olvidado: fue el día que las abuelas se fueron a La Meca.

Un hermoso día de primavera, Aga Yan sacó su viejo Ford del garaje y por primera vez lo lavó él mismo en el portal de la casa. Metió la maleta de Fagri en el maletero y la ayudó a subir. Luego, se sentó al volante y condujo hasta Yeria.

En otros tiempos, casi todas las mujeres de la aldea tejían alfombras para Aga Yan y salían a recibirle como si fuera un rey. Pero también hubo un momento en que se negaron a darle sepultura a su hijo. Por fortuna, aquellos días habían quedado atrás, pues en cuanto aparcó el coche en la plaza del mercado y echó a andar con Fagri a su lado, los aldeanos se apartaron para dejarlos pasar e inclinaron la cabeza respetuosamente.

Superada la ola de violencia, terminada la guerra y asentado el polvo de la revolución, las cosas volvían a distinguirse con mayor claridad. Y la gente vio los resultados de tantos años de conflictos: los innumerables muertos y las discrepancias políticas habían desintegrado muchas familias, las cárceles estaban a rebosar de opositores al régimen, la tasa de desempleo era muy alta, y los recursos, muy limitados.

Aga Yan nunca llegó a contarle a Fagri lo sucedido aquella noche en la aldea, pero ella se había enterado de la historia por boca de sus familiares.

—Sigo sin comprender cómo la gente puede cambiar tanto de un día para otro —dijo mientras se dirigían a la que fuera su casa paterna.

—Son gentes sencillas, la mayoría analfabeta. El sah no hizo nada por ellos y los ayatolás no fueron mucho mejores. No lo tomo a mal. Además, aquí en esta tierra se hunden profundamente nuestras raíces, aquí están todos nuestros muertos enterrados. Que vaya bien depende de nosotros; que vaya mal, también.

El viejo hotel donde solían hospedarse había sido ocupado por el ejército islámico, de modo que pasaron su primera noche en la casa paterna de Fagri, donde seguía viviendo su hermana menor.

Al día siguiente fueron a visitar la casa de Kazem Kan. Iban caminando bajo los almendros cubiertos de flores rosa pálido. Los pajarillos trinaban con tanta alegría como si quisieran celebrar el final del dolor. La parte antigua de la aldea estaba intacta, pero las parejas de recién casados estaban construyendo nuevas casas en los cerros. Yeria era conocida por sus alfombras y el azafrán que crecía en sus montes, muy aromático. En tiempos pasados, cuando uno iba a caballo hasta la casa de Kazem Kan no veía otra cosa que plantas amarillentas de azafrán cubriendo las laderas. Pero ahora, las colinas más bajas estaban salpicadas por centenares de casitas sencillas. En tiempos del sah habían empezado a construir un depósito de agua en la parte más alta del monte, pero el proyecto no se llegó a terminar.

—Los árboles han envejecido —observó Fagri.

—También yo he envejecido —repuso Aga Yan.

Antes de que llegara el frío, las muchachas de la aldea iban a los cerros a coger las hebras de azafrán, que luego se vendían a precio de oro. A su regreso, cantaban con alborozo, las manos teñidas de un amarillo trigueño y oliendo todas ellas a azafrán.

Durante las largas noches invernales, las jóvenes permanecían encerradas en sus casas tejiendo alfombras. En cuanto llegaba la primavera, abrían las ventanas y se las oía cantar y reír. Ahora, las ventanas estaban abiertas, pero ya no se las oía: cantar no estaba permitido.

Aga Yan y Fagri Sadat pasaron despacio por delante del anciano nogal y siguieron hacia la casa de Kazem Kan, que se hallaba en lo alto de una loma, frente a los montes del azafrán.

De pronto aparecieron dos jinetes que galopaban en su dirección. Cuando estaban a pocos metros de ellos, desmontaron y, tirando de las riendas de los caballos, se acercaron a Aga Yan. Los hombres, que se parecían como dos gotas de agua, hicieron una inclinación y lo saludaron. No dijeron nada.

Aga Yan no los reconoció y le dirigió una mirada a Fagri.

—Ya caigo, son los dos hijos sordos del viejo sirviente de Kazem Kan —dijo Fagri sonriendo.

Aga Yan les devolvió el saludo con gestos y les preguntó por sus esposas e hijos. Los hombres respondieron que todo iba bien en sus casas y que sus hijos ya se habían hecho mayores.

—Hemos traído estos caballos para ustedes —gesticuló uno de los hombres—, los necesitarán mientras estén aquí de visita.

Aga Yan miró a Fagri, sonriente.

—Te ofrecen un caballo, ¿qué opinas?

—Ni hablar —contestó ella riendo—. Tú aún puedes arreglártelas bien, pero esto ya no es para mí. No soy la Fagri que era, ya no me atrevo a montar.

—Sus mujeres te invitan a que vayas a visitarlas —le dijo Aga Yan.

—¡Estupendo, sí, iré con mucho gusto! —señaló Fagri con gestos para que la entendieran.

Los hombres les entregaron las riendas y se fueron a pie.

La casa de Kazem Kan se alzaba entre centenarios árboles como una joya, no podía ser de otro modo, siendo la casa del poeta del pueblo. La tumba de Kazem Kan estaba al fondo del jardín, bajo los almendrales, toda ella cubierta de pétalos.

En vida del poeta, los pájaros trinaban hasta que él abría las ventanas del cuarto de fumar y el humo del opio salía flotando al exterior. Cuando terminaba de fumar, les decía: «¡A casa, pequeños, a descansar!» Y ellos remontaban el vuelo.

La pareja de granjeros que antaño trabajaban para él, lo habían dispuesto todo para la llegada de Aga Yan y su esposa. Almorzaron en el jardín, charlaron de Kazem Kan y evocaron divertidos cómo había conquistado a las mujeres de las montañas con sus versos.

Por la noche, la granjera se acercó a Fagri Sadat.

—Hay unas mujeres que querrían pasar a saludarla, si no tiene usted inconveniente.

—¿Qué mujeres? —preguntó Fagri con sorpresa.

—Mujeres de la aldea que hace años tejían alfombras para ustedes.

—¿Cuándo vendrán?

—Dentro de un rato, si le parece bien.

Aga Yan fue a la biblioteca de Kazem Kan.

Llegó un grupito de mujeres de edad que besaron a Fagri y se sentaron en el suelo en silencio. Enseguida aparecieron más mujeres que imitaron a las primeras. Fagri estaba desconcertada. La mayoría habían tejido para ellos, aún reconocía sus caras. Por último entraron siete mujeres más y la abrazaron. Eran las chicas que tiempo atrás habían ido a su casa para tejer unas alfombras de prueba.

—¡Qué sorpresa! Vuestra visita ilumina mi corazón. No había esperado algo así, creí que os habíais olvidado de mí —se emocionó Fagri.

Una de las mujeres de más edad tomó la palabra y habló prudentemente.

—Fagri, sabemos que has sufrido mucho. Perdiste un hijo y nosotros le negamos una tumba. Eso nos pesará siempre en la conciencia. Hemos venido esta tarde para pedirte que dejes el duelo. Hemos hecho un vestido para ti. Te pedimos que guardes en el armario la ropa de luto y te pongas este vestido. Deberíamos haberlo hecho hace mucho tiempo, han sido años difíciles para ti.

Y le entregaron un alegre vestido de flores. Con los ojos anegados en lágrimas, Fagri se miró su negro atuendo. Se había quedado sin palabras y lloró en silencio llevándose la mano a la boca.

Habría querido salir corriendo escaleras arriba para mostrarle el vestido a Aga Yan, pero en ese instante vio a un grupo de hombres subir por la escalera. Eran los ancianos de la aldea, que antaño también habían trabajado para Aga Yan.

Uno de ellos llamó a la puerta de la biblioteca y pidió permiso para entrar.

—¡Por supuesto! —exclamó Aga Yan—. Sed bienvenidos.

Los hombres entraron y se sentaron en las antiguas sillas que había junto a la ventana. Permanecieron un minuto en silencio y después uno de ellos tomó la palabra.

—Aga Yan, prácticamente todas las familias de la aldea han perdido a un hijo en la guerra. Todos se encuentran enterrados en nuestro cementerio. No te ofrecimos una tumba para tu hijo y ahora llevamos el cuerpo de tu hijo en nuestra conciencia. ¡Perdónanos!

—Dios es omnisciente y misericordioso —repuso Aga Yan pausadamente—. Nunca le guardé rencor a nadie. Vuestra visita alivia mi dolor. Siempre he creído en la bondad de los hombres. Os agradezco mucho vuestra presencia aquí.

El anciano sacó una camisa blanca y añadió:

—Los días de luto han terminado. Acepta esta camisa de nuestra parte, y guarda la negra en tu armario.

En la cama, Fagri apoyó la cabeza en el pecho de Aga Yan.

—Qué noche tan hermosa. Estoy tan contenta de estar de nuevo en nuestra aldea…

A través de la ventana contemplaron el cielo estrellado.

—Han sabido reconciliarse. Son gentes experimentadas, estos viejos lugareños. Son sabios y su sabiduría procede de las ricas tradiciones de esta tierra; saben cómo curar viejas heridas.

—Mañana vendrán algunas amigas para ponerme alheña en el cabello, para la buena suerte —contó Fagri emocionada.

—Me alegro mucho por ti. Te lo mereces —dijo Aga Yan.

Y se durmieron abrazados.

Por la mañana, los pájaros despertaron a Aga Yan con sus trinos. Después de la oración, salió a dar un paseo por el jardín. Llevaba puesta la camisa blanca que los aldeanos le habían regalado y se sentía bien. Miró las ramas jóvenes cubiertas de flores y volvió a sentir fuerza en las piernas. Anduvo hasta la tumba de Kazem Kan, se arrodilló ante la lápida, cogió una piedra y dio unos suaves golpecitos contra ella mientras recitaba uno de sus poemas:

 

Ruzegar ast ke ghah ezzat dehadGhah ghar daradTiarje bazighar azin bazitieha besiar daradAsí es como obra la vida:Juega con unoUnas veces lo amaY otras lo humilla.Soplaba un agradable viento de primavera procedente de las montañas. De pronto, Aga Yan recordó que había soñado con Hushang Kan.

Hushang Kan era un viejo amigo, un noble que vivía en lo alto de las montañas. Fue el hombre que aquella noche lo había salvado, apareciendo con su jeep por las montañas y llevándose el cuerpo de Yawad.

Vivía en un castillo en los alrededores de su propia aldea, lejos de los demás pueblos de la montaña.

Desde la noche en que Hushang Kan se llevó el cuerpo de Yawad, Aga Yan no había vuelto a las montañas. Sabía que debía tener paciencia y que algún día llegaría el momento propicio.

En ese instante, delante de la tumba de su tío, recordó el sueño. El aroma y el recuerdo de Yawad colmaron su alma como la fragancia de las flores.

Cogió un caballo de la cuadra, montó en la silla y galopó hacia Sawoybolaq.

Hushang Kan rondaba los sesenta años y era hijo de un poderoso noble. Era un tipo especial que nunca había querido tener nada que ver con su padre y tampoco, en su momento, con el régimen del sah.

Hushang tenía cuatro esposas y cada una de ellas le había dado cinco hijos. Vivía en una especie de colonia autosuficiente y apenas necesitaba nada del exterior. Poseía un jeep, algunos tractores, rebaños de vacas, caballos y ovejas. Tenía también una pequeña destilería en el sótano del castillo, donde fabricaba su propio vino.

Apenas mantenía contacto con el exterior, sólo con los amigos que iban a visitarlo con regularidad. Eran conocidos poetas, escritores, músicos de Isfahán, Yazd, Shiraz y Kashán. Las puertas de su castillo siempre estaban abiertas para ellos, que paseaban con Hushang por las montañas, fumaban opio, degustaban el vino de la casa y disfrutaban de los frutos del jardín. El camino que conducía al pueblo era inaccesible para los coches; él era el único que podía pasar con su viejo jeep por las rocas y las pendientes de los valles. Sus huéspedes iban en autobús hasta Yeria y subían el resto del trayecto a lomos de mulas.

Hushang Kan había estudiado en París, donde había residido bastante tiempo, pero un buen día hizo las maletas y volvió a las montañas iraníes.

Siempre llevaba botas altas, un curioso sombrero y perfume de París. Todos los días subía a la cima de la montaña para presenciar el amanecer. Tenía una radio enorme siempre sintonizada en una emisora de habla francesa, y escuchaba música y las noticias.

Pese a que tenía cuatro esposas, vivía solo en el castillo. Sus mujeres se alojaban en casas aledañas.

Los montes que rodeaban la aldea de Sawoybolaq tenían algo de misterioso. En la montaña más alta había un cráter del que salía humo de un antiguo volcán. El castillo se erigía en una de las laderas de la montaña, orientado a un árido valle.

De camino hacia allí se pasaba por delante de tres enigmáticas cuevas que encerraban parte de la milenaria historia persa. En el sitio más recóndito de una de ellas se podía admirar una sencilla estatua de piedra del rey Shapur, uno de los primeros reyes de la dinastía sasánida. En la pared de otra se había grabado un león luchando contra el rey de los aqueménidas, que iba a lomos de un toro. En la tercera cueva aparecía esculpida una representación del rey Darío, el rey más grande que haya existido. En la entrada de las cuevas ondeaban banderas verdes, en las que se leían textos sagrados. Los peregrinos subían hasta las cuevas en mulas para admirar aquellas escenas. Las águilas volaban en círculo alrededor de las cuevas y lo controlaban todo: los peregrinos las llamaban los guardianes de las cuevas.

En la cima del monte había una campana de iglesia. Los huéspedes podían tocarla y de ese modo avisaban a Hushang Kan de su llegada. Aga Yan lo hizo y agitó el sombrero en dirección al castillo.

—¡Kaaaaaaaaaaan! —Su voz reverberó en el valle que se extendía debajo.

Los niños que jugaban delante del castillo lo oyeron y gritaron todos a la vez:

—¿Quién es usteeeeeeeeeeed?

—¡Agaaaaaaaaa Yaaaaaaaaaan!

Los chiquillos entraron corriendo en el castillo para avisar a Kan de la llegada de un huésped.

Aga Yan siguió subiendo con las riendas del caballo en la mano.

Un instante después, Hushang se acercaba al galope, agitando su sombrero.

Al llegar junto a Aga Yan, saltó del caballo y lo abrazó.

—¡Mi querido amigo, sé bienvenido! ¡Qué sorpresa tan agradable! ¡Mi casa es tu casa!

Cubrieron el último tramo del camino a pie.

—Cuéntame, amigo, ¿qué te trae por aquí?

—Lo creas o no, ha sido un sueño —confesó Aga Yan.

—¿Qué sueño es ése?

—He ido a Yeria con Fagri y anoche soñé contigo.

—¿Por qué no has traído a Fagri?

—No tenía previsto venir, pero cuando esta mañana me acordé del sueño, vine directamente.

—¿De qué trataba ese sueño?

—No sabría decirte con exactitud, pero yo estaba al lado de la campana y te veía bajar por el valle. La hacía sonar, pero tú no me oías, yo tiraba más fuerte de la cuerda, pero tú tampoco te dabas por enterado. Con un nudo en la garganta, tocaba la campana con frenesí, hasta que todos los habitantes de la montaña me oían menos tú. He olvidado el resto.

—Sé cómo proseguía tu sueño. Sígueme. —Montó de nuevo sobre su caballo y se dirigió al valle.

Era un valle árido y seco, lleno de rocas pardas, y no se veía la menor señal de vida. Kan descendió la pendiente con destreza y se detuvo al llegar abajo. Fue hasta el barranco del fondo del valle.

—Esta tierra está tan sedienta que aunque el golfo Pérsico se desbordara en ella, no lograría calmar su sed. Pero no imaginas lo fértil que es este suelo. He soñado con hacer de este valle un jardín del Edén. Hay algo que quiero mostrarte. ¿Estás listo?

—¿Para qué?

—Para algo doloroso y hermosísimo a la vez.

Se encaramó a unas rocas y Aga Yan fue tras él.

—La naturaleza ha obrado un milagro en este paraje —prosiguió—, aquí sólo se ve tierra árida, pero detrás del castillo, el suelo es húmedo y mullido. ¿Te cuento un secreto? ¿Y si te digo que debajo del castillo tengo una enorme reserva de agua?

—¿Una reserva de agua?

—Es cierto, una reserva de agua subterránea natural. No sé cómo se ha formado o de dónde procede, tal vez de las montañas septentrionales, aquellas de las nieves eternas. Es el secreto de mi castillo, nadie lo sabe, yo mismo lo descubrí hace apenas tres años cuando un amigo francés me visitó. Es geógrafo y estaba interesado en descubrir de dónde brotaba el agua del pozo. Con una cuerda, bajó por el pozo y al volver me dijo: «Debajo de este castillo hay oro.» «¿Oro?», le pregunté perplejo. «Agua, hay una enorme reserva de agua con la que podrías hacerte de oro», me aseguró. No se lo he dicho a nadie. Temo que si llegase a oídos de los ayatolás me quitarán el castillo y me echarán de aquí. Mantendré el secreto mientras viva, pero ya he hecho una prueba a escondidas con ayuda de un pariente tuyo.

—¿Qué pariente?

—Hablaremos de eso más tarde. Compré una potente bomba de agua y muchos metros de manguera. Será mejor que veas el resto con tus propios ojos. Ciérralos y te conduciré al lugar del que te hablo. Vamos.

Aga Yan cerró los ojos, titubeante, y agarrándose del brazo de Kan lo siguió rodeando la alta pared rocosa.

—Ya puedes abrir los ojos —le dijo Kan.

Aga Yan lo hizo y no dio crédito a sus ojos. Ante él se extendía un vasto jardín cubierto de olorosas flores primaverales de todos los colores y salpicado de árboles jóvenes en pleno desarrollo.

—¡Es increíble! —musitó.

—Este suelo conserva aún el calor del viejo volcán y es muy rico. El jardín está protegido por grandes rocas. Ésta no es más que una parte de mi sueño para el valle. Hoy has soñado algo, pero no sabes exactamente el qué. Yo te lo explicaré. Mira ahí, debajo de ese árbol, contra esa pared de roca de tono trigueño yace tu hijo, aún no le he puesto lápida, pero está cubierto de flores y brotes.

Aga Yan cogió el brazo de Kan.

—Los pajarillos comunes no se atreven a venir hasta aquí, es territorio de las águilas que sobrevuelan el valle y lo controlan todo.

Con lágrimas en los ojos, Aga Yan contempló las flores anaranjadas y rosadas que cubrían la tumba. Habían crecido apretujadas entre sí, como si temiesen revelar la ubicación de la tumba. Las lágrimas le resbalaron por las mejillas. Se arrodilló y besó el suelo:

Alef Lam Mim RaÉl lo dispone todoÉl es quien ha extendido la tierraY puesto en ella montañas firmesY hecho fluir ríosElevó los cielosSin pilares visiblesSujetó el sol y la lunaprosiguiendo cada uno su cursohacia un plazo determinado.Él lo dispone todoCubre el día con la noche.Y al revés.Ha puesto una parejaen cada frutoY en la tierra hay parcelas de terrenos colindantesViñedos, cereales, palmeras de dátilesDe tronco simple o múltipleTodo lo riega una misma aguaÉl lo dispone todo,Ciertamente hay en ello signos para la gente que razona.Alef Lam Mim Ra.—Te doy las gracias, Kan, te doy las gracias, amigo. Siento que mi corazón se llena de dicha.

—Tengo algo más que también te colmará de felicidad —dijo Hushang Kan.

—Nada podría hacerme más feliz que esto.

—Nunca se sabe. Te lo acabo de decir: he contado con ayuda, con la ayuda de alguien que posee la fuerza de un elefante. Sin su apoyo habría sido imposible crear este jardín. ¿Me acompañas? ¿Quieres verlo? Está detrás del castillo con su tractor. Hemos empezado a trabajar en una nueva parcela, he sembrado girasoles. Mi amigo francés me trajo las semillas. Los girasoles autóctonos apenas crecen más de un metro aquí en las montañas, pero esta especie francesa es más alta. Pronto habrá centenares de solecitos en el campo que producirán ricas semillas. El año pasado hicimos la prueba, y con la cosecha de este año es bastante probable que podamos extraer nuestro propio aceite de las semillas. El hombre que vas a ver es muy hábil. Trabaja día y noche, ara, siembra, repara la maquinaria y me da consejos. Jamás había tenido un trabajador tan excelente.

Tirando de las riendas de los caballos, ambos hombres caminaron despacio hasta el otro lado de la ladera.

Al llegar a una arboleda, Kan ató los animales y dijo:

—Vamos a darle una sorpresa, no hagas ruido.

Avanzaron entre los árboles hasta el lugar donde un hombre estaba trabajando.

—¡Quédate aquí! —susurró Kan.

Aga Yan observó al hombre que conducía el tractor. Llevaba puesto un sombrero y sólo se le veía parcialmente la cara. Fue hasta un árbol centenario, detuvo el tractor, saltó a tierra y se acercó al tronco, donde había dejado sus cosas. El porte del hombre y su manera de moverse le resultaron familiares.

Kan sonrió.

El hombre cogió un trozo de pan y se sentó en el suelo, apoyándose contra el tronco. Alzó la mirada y el sol le iluminó el semblante.

—¡Ahmad! ¡Es Ahmad! —exclamó Aga Yan.

Dio un paso al frente y lo observó bien. No se equivocaba, era Ahmad, su Ahmad, el hijo de su casa, el imán de su mezquita.

—Ve y abrázalo —lo animó Kan.

Unas águilas aparecieron sobre el campo y describieron círculos.

Aga Yan echó a andar hacia el huerto. Ahmad lo vio acercarse y se puso en pie, arrebatado por la emoción. Aga Yan abrió los brazos y se estrecharon en un fuerte abrazo.

—Te has convertido en un auténtico labrador, y un labrador moderno además: conduces un tractor, hueles a gasolina y tienes las manos de un mecánico —bromeó Aga Yan exultante de felicidad—. Te has convertido en un hombre experimentado, has visto las distintas caras de la vida. Alá, te doy las gracias por este bienaventurado momento.

Ahmad estaba tan conmovido por la repentina aparición de Aga Yan que era incapaz de pronunciar palabra; se secó los ojos con manos temblorosas.

—Todo saldrá bien, hijo mío, las desgracias pasarán, te lo aseguro. La mezquita volverá a ser nuestra y tú podrás regresar a tu biblioteca —le aseguró Aga Yan.

—No desea volver a ser imán —dijo Kan sonriente—, puedes tirarles la túnica y el turbante a los ayatolás. Bueno, ahora Ahmad tiene que trabajar. Anda, vamos a comer, los dos tenéis que reponeros de las emociones.

Perplejo, conmovido y feliz, Aga Yan volvió al castillo con Kan.

—Eres un buen amigo, Kan. No tengo palabras para agradecerte todo lo que has hecho por mí.

—No es necesario que digas nada, pero hay algo que podrías hacer por mí.

—Con mucho gusto. Tú dirás.

—Ya hablaremos luego de eso, tenemos mucho tiempo.

Cuando llegaron al castillo, Aga Yan fue recibido con muestras de júbilo por los niños.

—Diría que hay criaturas a docenas —se asombró Aga Yan.

—No lo sé, eso deberás preguntárselo a sus madres —repuso Kan sonriente, y lo acompañó a su elegante sala de estar, iluminada por arañas de cristal con velas que ardían en soportes con forma de tulipán.

La luz se reflejaba sobre un antiguo espejo. El ambiente estaba agradablemente caldeado, y en el suelo, las antiquísimas alfombras persas le daban calidez y color a la estancia. El mobiliario era de época renacentista, pero todavía conservaba todo su esplendor. En la extensa librería convivían libros franceses con volúmenes persas.

—Espero que te quedes una semana al menos —dijo Kan.

—Me encantaría, pero no puede ser. Fagri está sola en Yeria. Hoy tiene varias reuniones con mujeres que pasarán a verla, ni siquiera sabe que estoy aquí, sólo he avisado al sirviente de que llegaría tarde.

—Lo comprendo, pero no pienso dejarte ir. Haré que alguien traiga a Fagri.

—Creo que es demasiado pronto para ella. Justo ahora empieza a sentirse un poco mejor. Nunca llegué a contarle que fuiste tú quien se llevó el cadáver aquella noche. Tengo la sensación de que no desea hablar de ello.

—Bueno, eso no es problema. En ese caso, enviaré a alguien para avisarle que pasarás aquí la noche. Puede ir a dormir a casa de su hermana, ¿no? No debes dejar que tu mujer se acostumbre a tus brazos. Déjala que pase una noche sola, le vendrá bien —bromeó.

Dos sirvientes sirvieron la comida en fuentes de plata.

Aquella tarde dieron un paseo por las montañas y hablaron de los acontecimientos de los últimos años.

Al anochecer, Kan lo llevó a conocer a sus esposas, que lo recibieron con té recién hecho y galletas caseras. Se quedaron a cenar en casa de la primera esposa.

De vuelta en el castillo, Kan lo condujo al cuarto de huéspedes, iluminado por numerosas velas.

—Toma asiento, eres mi huésped. Enseguida vuelvo —anunció.

Aga Yan sintió que lo embargaba una súbita tristeza, el ajetreo de aquella jornada había hecho mella en él. Se quedó ensimismado, esperando a su amigo, que reapareció poco después con una botella añeja que dejó sobre la mesa. Del aparador sacó dos copas con ribete dorado.

—Esta noche tú y yo tenemos sobradas razones para brindar. Es una hermosa y nostálgica noche, lo leo en tu rostro.

Aga Yan, que jamás había probado el alcohol, sacudió la cabeza esbozando una sonrisa.

—No bebo —informó.

—Te equivocas. Hace apenas un instante querías darme las gracias y no sabías cómo. Es muy sencillo, bebe conmigo y lo aceptaré como muestra de agradecimiento. Mira, he ido a buscar este vino añejo a la bodega especialmente por ti. Es del tiempo de mi padre, hace treinta años que la guardo. Durante todo este tiempo he esperado una noche en que me visitara un amigo y un auténtico hombre. Espera, no te precipites a rehusar. Sé que va contra tus principios, pero deseo beber este vino contigo por tu hijo, que está ahí fuera enterrado, y por Ahmad, que conduce su tractor. Es una noche especial y no debes estropearla con tus creencias. Te serviré una copa. Cuando alce mi copa, tú haces lo mismo y bebemos.

Descorchó la botella y aspiró el aroma.

—¡Alá, Alá, todos beben cuando quieren, pero deseo tomar este vino contigo!

Aga Yan calló. Kan vertió un poco en su propia copa y la hizo girar despacio.

—Los aromas paradisíacos del vino tinto, mencionados en el Corán, están presentes en este vino.

Aga Yan lo observó en silencio.

—No me mires así —protestó Kan—, no estoy diciendo nada malo, no eres el único que lee el Corán, también yo lo leo, cada uno a su manera. En el Corán hay palabras prometedoras sobre el paraíso, sobre las mujeres que le servirán a uno allí, hermosas mujeres cuyos labios saben a leche y miel. Que servirán bebidas celestiales. Toma, alza tu copa conmigo, este vino te será ofrecido también en el paraíso.

Aga Yan no tocó la copa.

—He cometido muchos pecados —dijo Kan—, pero tú no, y jamás te pediría que cometieras uno. Este vino lo he hecho yo mismo con las uvas negras de mis viñedos. Durante la vendimia, las muchachas más hermosas de las aldeas suben hasta aquí para recoger las uvas y ponerlas en grandes cubas de barro en la bodega.

Bebió un sorbo, paladeó el vino atentamente y exclamó:

—¡Increíble! Todas las partículas del milenario volcán, todas las partículas del universo están contenidas en este vino. Huele a las manos de las muchachas del pasado. Levanta tu copa y bebe, Aga Yan.

No insistió, sino que se incorporó y salió fuera.

Los murciélagos volaban sobre los campos en la ladera donde estaba el tractor. Vio a Ahmad andando en dirección al establo, llevando algo al hombro. Tomó otro sorbo de vino y escuchó los sonidos de la noche. Sus hijos jugaban fuera en la oscuridad. Oyó a sus hijas perseguirse en la penumbra. En otra época había vivido en París. El París de los años turbulentos, cuando los partidos de izquierdas salían a manifestarse por los barrios, cuando el existencialismo vivía su máximo esplendor y Simone de Beauvoir había conquistado la ciudad con sus libros. Allí había sido feliz y muy querido. Sus amigos franceses lo trataban como a un auténtico príncipe persa. Habría podido quedarse a vivir en la Ciudad Luz para siempre, pero al cabo de cierto tiempo algo cambió. Ya no se sentía feliz allí, echaba de menos su hogar, los cerros de su juventud y las mujeres de las montañas. París era una ciudad hermosa, pero aquella belleza no era para él. Guardó los recuerdos de sus años parisinos en la memoria y regresó a su castillo, para siempre.

Con la copa en la mano, Kan caminó por el jardín. Por un instante se volvió y vio a Aga Yan detrás de la ventana. ¿Estaba bebiendo? Le habría gustado asegurarse, pero no lo hizo. De repente sintió que lo embargaba de nuevo la nostalgia de sus últimos años en París. No quería estar solo con su pena, así que se encaminó a la casa de la más joven de sus esposas, en cuyos brazos siempre hallaba el sosiego. Llamó a su puerta y ella le abrió.

—¿Por qué pareces tan afligido?

—Es parte del dolor de un amigo —le dijo.

Ella no le hizo más preguntas, se lo llevó a la cama y pegó su cuerpo al suyo.

A la mañana siguiente, el anciano sirviente acompañó a Aga Yan al baño principal. Se metió en la bañera y sintió las piedras calientes en el fondo; después de aquella noche inusitadamente larga, aquél fue un momento de dicha. El agua le llegaba hasta la barbilla. Se sumergió unos instantes y declamó:

 

Los allegados son los primeros en llegarEn los jardines de la DeliciaEn lechos entretejidos de oro y piedras preciosasHabrá huríes de grandes ojosSemejantes a perlas ocultasCircularán con cálices, jarrosY copas de vinoQue no les dará dolor de cabeza ni los embriagaráCon fruta que ellos escogeránCon la carne de ave que les apetezcaVolvió a sumergirse y el agua se derramó por los bordes de la bañera. Permaneció largamente bajo el agua, como si hubiera cometido un pecado. Cuando emergió de nuevo, recuperó el aliento y gritó con todas sus fuerzas:

—¡En los jardines de la Delicia!

Luego se secó y se vistió. Se puso el sombrero y mandó al sirviente a que le trajera el caballo. Montó en la silla y se fue galopando.


Él es Luz

 

Luz de Luces

 

La historia de la casa de la mezquita no ha llegado a su fin, pero se parece a la vida: todos deben apearse de ella en algún momento.

Hay una frase que se repite con frecuencia al final de los antiguos relatos persas: «Nuestra historia se ha acabado, pero el grajo todavía no ha llegado a su nido.»

Un día, mientras Aga Yan estaba trabajando en el zoco, recibió una carta inesperada, una carta del extranjero. Se sintió desconcertado, había pasado mucho tiempo desde que recibía regularmente cartas comerciales del extranjero. Pero aquella carta era distinta y tampoco reconoció el sello. Los sellos alemanes eran siempre tan solemnes, con retratos de músicos, filósofos o monumentos históricos... Pero en aquel sello tan colorido había un ramillete de tulipanes rojos.

Aga Yan cogió la lupa de su cajón y estudió el sello. Tal vez fuese de Suiza; una vez había hecho un envío de alfombras a ese país.

Percibía esperanza en el sobre, pero nunca se sabía, las malas noticias estaban siempre al acecho. Dejó la carta encima del escritorio y pidió a su sirviente que le trajese una taza de té.

Cuando estuvo listo el té, cogió el abrecartas y abrió el sobre con cuidado. Estaba escrito en persa y con pluma:

Mi querido Aga Yan, salam!Un salam desde lo más hondo de mi corazón.Un salam impregnado de nostalgia por nuestra casa.Mi querido y apreciado Aga Yan, le escribo desde un país al que jamás pensé que iría a parar. Si lo viese con sus ojos, diría que ha sido la voluntad de Dios que llegase aquí, aunque si utilizo mis propias palabras, diré que un cúmulo de casualidades me han conducido a donde estoy. Así ha sido y usted me enseñó a aceptar las cosas tal como vienen.Reconozco que allá donde voy llevo conmigo sus sabios consejos como un viejo y querido recordatorio.Sus palabras me han dado esperanza y ayudado a mantenerme firme para construir una nueva vida, para seguir adelante y convertirme en un auténtico hijo de la casa de la mezquita. 

 

Mi querido Aga Yan, anhelo que llegue el día en que pueda abrir de nuevo la puerta de nuestra casa y entrar. La llave sigue estando en mi bolsillo.Usted me enseñó a no dejarme vencer por las dificultades, a trabajar con tesón y tener paciencia. He seguido sus consejos.Abandoné nuestra casa, pero jamás le di la espalda. Ahora vivo aquí y sueño con el día en que pueda pasear con usted por el canal que hay enfrente de mi casa. ¡Ese día llegará! No puede ser de otro modo: usted siempre me decía que tenía que soñar y hacer realidad mis sueños. Y eso haré. Guardo secretos que sólo puedo revelarle en la libertad de esta ciudad.Una noche estará usted aquí y yo invitaré a todos mis amigos para que vengan a conocerlo.Les he hablado tanto de usted que casi lo conocen tan bien como yo. 

 

Mi querido tío, sigo escribiendo. Los años pasados no han hecho más que dar forma a mis historias. Lo he hecho por usted y por nuestro país.He cambiado de lengua, no sé si debo alegrarme por ello o pedir perdón. Las cosas han ido así y yo no he tenido fuerza para que fuesen diferentes. Ha sido mi salvación. Era la única forma de poner en palabras mi dolor y el dolor de nuestra patria. He cambiado de lengua, pero me he esforzado siempre por incluir el espíritu poético de nuestra hermosa y antigua lengua en mis relatos.Mis disculpas.Mi querido tío, sueño tan a menudo con nuestra casa y con ustedes que podría decirse que no es aquí donde vivo, sino allí, en casa. 

 

Usted no morirá. Permanecerá hasta que todos se vayan y todos lleguen.ShabalAquella noche, Aga Yan se puso el abrigo y el sombrero, cogió el bastón, salió de su estudio y paseó por el patio.

Hacía frío, el agua de la alberca estaba helada y las ramas de los árboles, cubiertas por una fina capa de escarcha. El cielo se veía azul oscuro y las estrellas se extendían hasta La Meca. Aga Yan anduvo despacio hasta la escalera y subió con cuidado a la azotea.

El viejo grajo de la mezquita, que reconocía sus pisadas, graznó una vez, aunque permaneció en su nido bajo la cúpula, sin quitarle ojo de encima.

—¡Gracias, grajo! Tendré cuidado —dijo Aga Yan al pasar por la cúpula hacia la escalera de la mezquita.

El grajo graznó otra vez.

—Gracias, grajo. Te agradezco que me lo recuerdes. No, no encenderé la luz. Grajo, la cámara del tesoro es nuestro secreto.

Se apoyó en la barandilla de madera, bajó y entró en la mezquita. En la penumbra avanzó hasta la cripta y abrió la puerta con sigilo.

No veía nada, titubeó unos instantes, indeciso en encender la luz. No lo hizo, bajó los peldaños del sótano y fue a tientas hasta la puerta de la cámara del tesoro. Había un profundo silencio. Sólo se oían sus pisadas y el sonido del bastón.

Metió la llave en la cerradura y un instante después chirriaron los goznes de la centenaria puerta maciza. Su silueta apenas se distinguía en la penumbra. Al entrar en la cámara del tesoro se fundió con la oscuridad.

Sobre la alfombra roja, anduvo hasta el último perchero de la larga fila. Sacó del bolsillo la carta doblada de Shabal y se arrodilló para meterla en la caja del archivo. Luego rompió el silencio y declamó:

Él es luz.Su Luz es comparable a una hornacinaEl cristal es como una estrella fulguranteSe alimenta del aceite de un olivo benditoEl aceite alumbra casi por sí mismo¡Luz de Luces!

 

 

 

 

 

Glosario

 

Aan kahto wa zawagto: Te pido que seas mi mujer.

Aba: Túnica

Ahura Mazda: Primer dios persa.

Alhamado lelah: Alabado sea Alá.

Alharem Alsharief: La mezquita de Al Aksa en Jerusalén.

Avesta: Libro sagrado de Zaratustra.

Aya: Una o más frases cuyos significados están relacionados entre sí.

Azan: Llamada a la oración.

Besmelah tala: En nombre de Alá.

Ena lelah: Expresión que se utiliza cuando alguien ha fallecido. Es una versión acortada de Ena lelelah wa ena eleihe rayeun, que significa: «Al final, todos volvemos a Él.»

Ensah Alah: Si Dios quiere.

Esfand: Planta olorosa que se quema para ahuyentar el mal de ojo.

Hiyab: Normas de vestimenta para las mujeres musulmanas.

Inyil: La Biblia.

Mahiha: Peces.

Mahyabe: Mujer con velo.

Mobarak ensah Alah: Bendecir, desear buena suerte.

Rokat: Una parte de la oración.

Salam bar Fateme: La paz sea con Fátima (hija del profeta Mahoma).

Salavat bar Mohamad: La paz sea con el profeta Mahoma.

Sayeh: Sombra.

Sigué: Según la sharia islámica, un musulmán puede tener más mujeres además de su esposa legítima. Esas mujeres temporales no tienen derechos de herencia y no figuran oficialmente ni en el registro civil ni en la mezquita.

Tamuz: Final del verano.

Taura: La Torá.

Tofang: Arma sencilla.

Tumán: Moneda iraní.

Wasalam: Eso es todo.

Yanam bé fadayet Jomeini: Nos sacrificamos por usted, Jomeini.

Yome, mezquita de: Mezquita principal de una ciudad donde se celebra la oración del viernes.


Agradecimientos

 

Algunos capítulos de La casa de la mezquita empiezan con letras del alfabeto árabe, como sucede con algunos pasajes del Corán. A primera vista, pueden parecer letras sin importancia, pero en el mundo islámico han corrido ríos de tinta acerca de ellas. Se las considera letras arcanas, un código del universo. Muchos musulmanes creen que las letras son palabras clave que dan acceso al secreto de la creación.

La historia que se relata en el capítulo «Mahiha» está basada en un párrafo de una novela del escritor iraní Yalal Alle Ahmad.

Los poemas incluidos en el capítulo «Familia» proceden de Una caravana de Persia.

Algunas citas del Corán han sido adaptadas y en ocasiones sacadas de su contexto. Manejo diversos Coranes y he consultado varias interpretaciones. Mi agradecimiento a Fred Leemhuis por su excelente traducción del Corán al neerlandés, publicado por la editorial Fibula. [Para la traducción en castellano se ha consultado la versión de Julio Cortés, publicada por la editorial Herder.]

A pesar de que las historias contenidas en La casa de la mezquita están basadas en hechos históricos, los nombres y las anécdotas que remiten a la realidad deben ser leídos según las leyes de la literatura.

La casa de la mezquita

 

Kader Abdolah

 

ISBN edición en papel: 978-84-9838-184-9

 

ISBN libro electrónico: 978-84-15470-12-0 (epub)

 

Primera edición en libro electrónico (epub): diciembre de 2011

 

Reservados todos los derechos sobre la/s obra/s protegida/s. Quedan rigurosamente prohibidos, sin la autorización de derechos otorgada por los titulares de forma previa, expresa y por escrito y/o a través de los métodos de control de acceso a la/s obra/s, los actos de reproducción total o parcial de la/s obra/s en cualquier medio o soporte, su distribución, comunicación pública y/o transformación, bajo las sanciones civiles y/o penales establecidas en la legislación aplicable y las indemnizaciones por daños y perjuicios que correspondan. Asimismo, queda rigurosamente prohibido convertir la aplicación a cualquier formato diferente al actual, descompilar, usar ingeniería inversa, desmontar o modificarla en cualquier forma así como alterar, suprimir o neutralizar cualquier dispositivo técnico utilizado para proteger dicha aplicación.

 

Título original: Het huis van de moskee

 

Traducción del neerlandés: Marta Arguilé Bernal

 

Con la colaboración de Foundation for the Production and Translation of Dutch Literature

 

Copyright © Kader Abdolah, 2005

 

Copyright de la edición en castellano © Ediciones Salamandra, 2008

 

Publicaciones y Ediciones Salamandra, S.A.

 

Almogàvers, 56, 7º 2ª - 08018 Barcelona - Tel. 93 215 11 99

 

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