© Libro
No. 381. Crimen
y Castigo. Dostoiewski, Fiódor.
Colección Emancipación Obrera. Febrero 9 de 2013.
Título original: © Crimen y Castigo. Fiódor Dostoiewski.
Versión
Original: Fiódor Dostoiewski. Crimen y Castigo.
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://www.LibrosTauro.com.ar
Licencia
Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada
e Ilustración E.O. de Imagen: http://www.elresumen.com/libros/crimen_y_castigo.jpg
entremontonesdelibros.blogspot.com - 302 × 440
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Fiódor Dostoievski

(Fiódor Mijailovich Dostoievski, Moscú,
1821-San Petersburgo, 1881) Novelista ruso. Educado por su padre, un médico de
carácter despótico y brutal, encontró protección y cariño en su madre, que
murió prematuramente. Al quedar viudo, el padre se entregó al alcohol, y envió
finalmente a su hijo a la Escuela de Ingenieros de San Petersburgo, lo que no
impidió que el joven Dostoievski se apasionara por la literatura y empezara a
desarrollar sus cualidades de escritor.
Fiódor
Dostoievski
A
los dieciocho años, la noticia de la muerte de su padre, torturado y asesinado
por un grupo de campesinos, estuvo cerca de hacerle perder la razón. Ese
acontecimiento lo marcó como una revelación, ya que sintió ese crimen como
suyo, por haber llegado a desearlo inconscientemente. Al terminar sus estudios,
tenía veinte años; decidió entonces permanecer en San Petersburgo, donde ganó
algún dinero realizando traducciones.
La
publicación, en 1846, de su novela epistolar Pobres gentes, que estaba avalada
por el poeta Nekrásov y por el crítico literario Belinski, le valió una fama
ruidosa y efímera, ya que sus siguientes obras, escritas entre ese mismo año y
1849, no tuvieron ninguna repercusión, de modo que su autor cayó en un olvido
total.
En
1849 fue condenado a muerte por su colaboración con determinados grupos
liberales y revolucionarios. Indultado momentos antes de la hora fijada para su
ejecución, estuvo cuatro años en un presidio de Siberia, experiencia que
relataría más adelante en Recuerdos de la casa de los muertos. Ya en libertad,
fue incorporado a un regimiento de tiradores siberianos y contrajo matrimonio
con una viuda con pocos recursos, Maria Dmítrievna Isáieva.
Tras
largo tiempo en Tver, recibió autorización para regresar a San Petersburgo,
donde no encontró a ninguno de sus antiguos amigos, ni eco alguno de su fama.
La publicación de Recuerdos de la casa de los muertos (1861) le devolvió la
celebridad. Para la redacción de su siguiente obra, Memorias del subsuelo
(1864), también se inspiró en su experiencia siberiana. Soportó la muerte de su
mujer y de su hermano como una fatalidad ineludible. En 1866 publicó El
jugador, y la primera obra de la serie de grandes novelas que lo consagraron
definitivamente como uno de los mayores genios de su época, Crimen y castigo.
La presión de sus acreedores lo llevó a abandonar Rusia y a viajar
indefinidamente por Europa junto a su nueva y joven esposa, Ana Grigorievna.
Durante uno de esos viajes su esposa dio a luz una niña que moriría pocos días
después, lo cual sumió al escritor en un profundo dolor.
A
partir de ese momento sucumbió a la tentación del juego y sufrió frecuentes
ataques epilépticos. Tras nacer su segundo hijo, estableció un elevado ritmo de
trabajo que le permitió publicar obras como El idiota (1868) o Los endemoniados
(1870), que le proporcionaron una gran fama y la posibilidad de volver a su
país, en el que fue recibido con entusiasmo. En ese contexto emprendió la
redacción de Diario de un escritor, obra en la que se erige como guía
espiritual de Rusia y reivindica un nacionalismo ruso articulado en torno a la
fe ortodoxa y opuesto al decadentismo de Europa occidental, por cuya cultura no
dejó, sin embargo, de sentir una profunda admiración.
En
1880 apareció la que el propio escritor consideró su obra maestra, Los hermanos
Karamazov, que condensa los temas más característicos de su literatura: agudos
análisis psicológicos, la relación del hombre con Dios, la angustia moral del
hombre moderno y las aporías de la libertad humana. Máximo representante, según
el tópico, de la «novela de ideas», en sus obras aparecen evidentes rasgos de
modernidad, sobre todo en el tratamiento del detalle y de lo cotidiano, en el
tono vívido y real de los diálogos y en el sentido irónico que apunta en
ocasiones junto a la tragedia moral de sus personajes.
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/d/dostoievski.htm
Fiódor Dostoiewski
Crimen y Castigo
PRIMERA PARTE
I
Una tarde extremadamente
calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida habitación que
tenía alquilada en la callejuela de S... y, con paso lento e indeciso, se
dirigió al puente K...
Había
tenido la suerte de no encontrarse con su patrona en la escalera.
Su
cuartucho se hallaba bajo el tejado de un gran edificio de cinco pisos y, más
que una habitación, parecía una alacena. En cuanto a la patrona, que le había
alquilado el cuarto con servicio y pensión, ocupaba un departamento del piso de
abajo; de modo que nuestro joven, cada vez que salía, se veía obligado a pasar
por delante de la puerta de la cocina, que daba a la escalera y estaba casi
siempre abierta de par en par. En esos momentos experimentaba invariablemente
una sensación ingrata de vago temor, que le humillaba y daba a su semblante una
expresión sombría. Debía una cantidad considerable a la patrona y por eso temía
encontrarse con ella. No es que fuera un cobarde ni un hombre abatido por la
vida. Por el contrario, se hallaba desde hacía algún tiempo en un estado de
irritación, de tensión incesante, que rayaba en la hipocondría. Se había
habituado a vivir tan encerrado en sí mismo, tan aislado, que no sólo temía
encontrarse con su patrona, sino que rehuía toda relación con sus semejantes.
La pobreza le abrumaba. Sin embargo, últimamente esta miseria había dejado de
ser para él un sufrimiento. El joven había renunciado a todas sus ocupaciones
diarias, a todo trabajo.
En
el fondo, se mofaba de la patrona y de todas las intenciones que pudiera
abrigar contra él, pero detenerse en la escalera para oír sandeces y
vulgaridades, recriminaciones, quejas, amenazas, y tener que contestar con
evasivas, excusas, embustes... No, más valía deslizarse por la escalera como un
gato para pasar inadvertido y desaparecer.
Aquella
tarde, el temor que experimentaba ante la idea de encontrarse con su acreedora
le llenó de asombro cuando se vio en la calle.
«¡Que
me inquieten semejantes menudencias cuando tengo en proyecto un negocio tan
audaz! ‑pensó con una sonrisa extraña‑. Sí, el hombre lo tiene todo al alcance
de la mano, y, como buen holgazán, deja que todo pase ante sus mismas
narices... Esto es ya un axioma... Es chocante que lo que más temor inspira a
los hombres sea aquello que les aparta de sus costumbres. Sí, eso es lo que más
los altera... ¡Pero esto ya es demasiado divagar! Mientras divago, no hago
nada. Y también podría decir que no hacer nada es lo que me lleva a divagar.
Hace ya un mes que tengo la costumbre de hablar conmigo mismo, de pasar días
enteros echado en mi rincón, pensando... Tonterías... Porque ¿qué necesidad
tengo yo de dar este paso? ¿Soy verdaderamente capaz de hacer... "eso"?
¿Es que, por lo menos, lo he pensado en serio? De ningún modo: todo ha sido un
juego de mi imaginación, una fantasía que me divierte... Un juego, sí; nada más
que un juego.»
El
calor era sofocante. El aire irrespirable, la multitud, la visión de los
andamios, de la cal, de los ladrillos esparcidos por todas partes, y ese hedor
especial tan conocido por los petersburgueses que no disponen de medios para
alquilar una casa en el campo, todo esto aumentaba la tensión de los nervios,
ya bastante excitados, del joven. El insoportable olor de las tabernas,
abundantísimas en aquel barrio, y los borrachos que a cada paso se tropezaban a
pesar de ser día de trabajo, completaban el lastimoso y horrible cuadro. Una
expresión de amargo disgusto pasó por las finas facciones del joven. Era, dicho
sea de paso, extraordinariamente bien parecido, de una talla que rebasaba la
media, delgado y bien formado. Tenía el cabello negro y unos magníficos ojos
oscuros. Pronto cayó en un profundo desvarío, o, mejor, en una especie de
embotamiento, y prosiguió su camino sin ver o, más exactamente, sin querer ver
nada de lo que le rodeaba.
De
tarde en tarde musitaba unas palabras confusas, cediendo a aquella costumbre de
monologar que había reconocido hacía unos instantes. Se daba cuenta de que las
ideas se le embrollaban a veces en el cerebro, y de que estaba sumamente débil.
Iba tan miserablemente vestido, que nadie en su lugar, ni
siquiera un viejo vagabundo, se habría atrevido a salir a la calle en pleno día
con semejantes andrajos. Bien es verdad que este espectáculo era corriente en
el barrio en que nuestro joven habitaba.
La
vecindad del Mercado Central, la multitud de obreros y artesanos amontonados en
aquellos callejones y callejuelas del centro de Petersburgo ponían en el cuadro
tintes tan singulares, que ni la figura más chocante podía llamar a nadie la
atención.
Por
otra parte, se había apoderado de aquel hombre un desprecio tan feroz hacia
todo, que, a pesar de su altivez natural un tanto ingenua, exhibía sus harapos
sin rubor alguno. Otra cosa habría sido si se hubiese encontrado con alguna
persona conocida o algún viejo camarada, cosa que procuraba evitar.
Sin
embargo, se detuvo en seco y se llevó nerviosamente la mano al sombrero cuando
un borracho al que transportaban, no se sabe adónde ni por qué, en una carreta
vacía que arrastraban al trote dos grandes caballos, le dijo a voz en grito:
‑¡Eh, tú, sombrerero alemán[1]!
Era
un sombrero de copa alta, circular, descolorido por el uso, agujereado,
cubierto de manchas, de bordes desgastados y lleno de abolladuras. Sin embargo,
no era la vergüenza, sino otro sentimiento, muy parecido al terror, lo que se
había apoderado del joven.
‑Lo
sabía ‑murmuró en su turbación‑, lo presentía. Nada hay peor que esto. Una
nadería, una insignificancia, puede malograr todo el negocio. Sí, este sombrero
llama la atención; es tan ridículo, que atrae las miradas. El que va vestido
con estos pingajos necesita una gorra, por vieja que sea; no esta cosa tan
horrible. Nadie lleva un sombrero como éste. Se me distingue a una versta a la
redonda. Te recordarán. Esto es lo importante: se acordarán de él, andando el
tiempo, y será una pista... Lo cierto es que hay que llamar la atención lo
menos posible. Los pequeños detalles... Ahí está el quid. Eso es lo que acaba
por perderle a uno...
No
tenía que ir muy lejos; sabía incluso el número exacto de pasos que tenía que
dar desde la puerta de su casa; exactamente setecientos treinta. Los había
contado un día, cuando la concepción de su proyecto estaba aún reciente.
Entonces ni él mismo creía en su realización. Su ilusoria audacia, a la vez
sugestiva y monstruosa, sólo servía para excitar sus nervios. Ahora,
transcurrido un mes, empezaba a mirar las cosas de otro modo y, a pesar de sus
enervantes soliloquios sobre su debilidad, su impotencia y su irresolución, se
iba acostumbrando poco a poco, como a pesar suyo, a llamar «negocio» a aquella
fantasía espantosa, y, al considerarla así, la podría llevar a cabo, aunque
siguiera dudando de sí mismo.
Aquel
día se había propuesto hacer un ensayo y su agitación crecía a cada paso que
daba. Con el corazón desfallecido y sacudidos los miembros por un temblor
nervioso, llegó, al fin, a un inmenso edificio, una de cuyas fachadas daba al
canal y otra a la calle. El caserón estaba dividido en infinidad de pequeños
departamentos habitados por modestos artesanos de toda especie: sastres,
cerrajeros... Había allí cocineras, alemanes, prostitutas, funcionarios de
ínfima categoría. El ir y venir de gente era continuo a través de las puertas y
de los dos patios del inmueble. Lo guardaban tres o cuatro porteros, pero
nuestro joven tuvo la satisfacción de no encontrarse con ninguno.
Franqueó
el umbral y se introdujo en la escalera de la derecha, estrecha y oscura como
era propio de una escalera de servicio. Pero estos detalles eran familiares a
nuestro héroe y, por otra parte, no le disgustaban: en aquella oscuridad no
había que temer a las miradas de los curiosos.
«Si
tengo tanto miedo en este ensayo, ¿qué sería si viniese a llevar a cabo de
verdad el "negocio"?», pensó involuntariamente al llegar al cuarto
piso.
Allí
le cortaron el paso varios antiguos soldados que hacían el oficio de mozos y
estaban sacando los muebles de un departamento ocupado ‑el joven lo sabía‑ por
un funcionario alemán casado.
«Ya
que este alemán se muda -se dijo el joven‑, en este rellano no habrá durante
algún tiempo más inquilino que la vieja. Esto está más que bien.»
Llamó
a la puerta de la vieja. La campanilla resonó tan débilmente, que se diría que
era de hojalata y no de cobre. Así eran las campanillas de los pequeños
departamentos en todos los grandes edificios semejantes a aquél. Pero el joven
se había olvidado ya de este detalle, y el tintineo de la campanilla debió de
despertar claramente en él algún viejo recuerdo, pues se estremeció. La
debilidad de sus nervios era extrema.
Transcurrido un instante, la puerta se entreabrió. Por la
estrecha abertura, la inquilina observó al intruso con evidente desconfianza.
Sólo se veían sus ojillos brillando en la sombra. Al ver que había gente en el
rellano, se tranquilizó y abrió la puerta. El joven franqueó el umbral y entró
en un vestíbulo oscuro, dividido en dos por un tabique, tras el cual había una
minúscula cocina. La vieja permanecía inmóvil ante él. Era una mujer menuda,
reseca, de unos sesenta años, con una nariz puntiaguda y unos ojos chispeantes
de malicia. Llevaba la cabeza descubierta, y sus cabellos, de un rubio desvaído
y con sólo algunas hebras grises, estaban embadurnados de aceite. Un viejo chal
de franela rodeaba su cuello, largo y descarnado como una pata de pollo, y, a
pesar del calor, llevaba sobre los hombros una pelliza, pelada y amarillenta.
La tos la sacudía a cada momento. La vieja gemía. El joven debió de mirarla de
un modo algo extraño, pues los menudos ojos recobraron su expresión de
desconfianza.
‑Raskolnikof,
estudiante. Vine a su casa hace un mes ‑barbotó rápidamente, inclinándose a
medias, pues se había dicho que debía mostrarse muy amable.
‑Lo
recuerdo, muchacho, lo recuerdo perfectamente ‑articuló la vieja, sin dejar de
mirarlo con una expresión de recelo.
‑Bien;
pues he venido para un negocillo como aquél ‑dijo Raskolnikof, un tanto turbado
y sorprendido por aquella desconfianza.
«Tal
vez esta mujer es siempre así y yo no lo advertí la otra vez», pensó,
desagradablemente impresionado.
La
vieja no contestó; parecía reflexionar. Después indicó al visitante la puerta
de su habitación, mientras se apartaba para dejarle pasar.
‑Entre, muchacho.
La
reducida habitación donde fue introducido el joven tenía las paredes revestidas
de papel amarillo. Cortinas de muselina pendían ante sus ventanas, adornadas
con macetas de geranios. En aquel momento, el sol poniente iluminaba la
habitación.
«Entonces
‑se dijo de súbito Raskolnikof‑, también, seguramente lucirá un sol como éste.»
Y
paseó una rápida mirada por toda la habitación para grabar hasta el menor
detalle en su memoria. Pero la pieza no tenía nada de particular. El
mobiliario, decrépito, de madera clara, se componía de un sofá enorme, de
respaldo curvado, una mesa ovalada colocada ante el sofá, un tocador con
espejo, varias sillas adosadas a las paredes y dos o tres grabados sin ningún
valor, que representaban señoritas alemanas, cada una con un pájaro en la mano.
Esto era todo.
En
un rincón, ante una imagen, ardía una lamparilla. Todo resplandecía de
limpieza.
«Esto es obra de Lisbeth», pensó el joven.
Nadie
habría podido descubrir ni la menor partícula de polvo en todo el departamento.
«Sólo
en las viviendas de estas perversas y viejas viudas puede verse una limpieza
semejante», se dijo Raskolnikof. Y dirigió, con curiosidad y al soslayo, una
mirada a la cortina de indiana que ocultaba la puerta de la segunda habitación,
también sumamente reducida, donde estaban la cama y la cómoda de la vieja, y en
la que él no había puesto los pies jamás. Ya no había más piezas en el
departamento.
‑¿Qué
desea usted? ‑preguntó ásperamente la vieja, que, apenas había entrado en la
habitación, se había plantado ante él para mirarle frente a frente.
‑Vengo a empeñar esto.
Y
sacó del bolsillo un viejo reloj de plata, en cuyo dorso había un grabado que
representaba el globo terrestre y del que pendía una cadena de acero.
‑¡Pero
si todavía no me ha devuelto la cantidad que le presté! El plazo terminó hace
tres días.
‑Le pagaré los intereses de un mes más. Tenga paciencia.
‑¡Soy
yo quien ha de decidir tener paciencia o vender inmediatamente el objeto
empeñado, jovencito!
‑¿Me
dará una buena cantidad por el reloj, Alena [2]Ivanovna?
‑¡Pero
si me trae usted una miseria! Este reloj no vale nada, mi buen amigo. La vez
pasada le di dos hermosos billetes por un anillo que podía obtenerse nuevo en
una joyería por sólo rublo y medio.
‑Deme
cuatro rublos y lo desempeñaré. Es un recuerdo de mi padre. Recibiré dinero de
un momento a otro.
‑Rublo y medio, y le descontaré los intereses.
‑¡Rublo y medió! ‑exclamó el joven.
‑Si no le parece bien, se lo lleva.
Y
la vieja le devolvió el reloj. Él lo cogió y se dispuso a salir, indignado;
pero, de pronto, cayó en la cuenta de que la vieja usurera era su último
recurso y de que había ido allí para otra cosa.
‑Venga
el dinero‑ dijo secamente.
La
vieja sacó unas llaves del bolsillo y pasó a la habitación inmediata.
Al
quedar a solas, el joven empezó a reflexionar, mientras aguzaba el oído. Hacía
deducciones. Oyó abrir la cómoda.
«Sin
duda, el cajón de arriba ‑dedujo‑. Lleva las llaves en el bolsillo derecho. Un
manojo de llaves en un anillo de acero. Hay una mayor que las otras y que tiene
el paletón dentado. Seguramente no es de la cómoda. Por lo tanto, hay una caja,
tal vez una caja de caudales. Las llaves de las cajas de caudales suelen tener
esa forma... ¡Ah, qué innoble es todo esto!»
La
vieja reapareció.
‑Aquí
tiene, amigo mío. A diez kopeks [3]por rublo y por mes, los
intereses del rublo y medio son quince kopeks, que cobro por adelantado.
Además, por los dos rublos del préstamo anterior he de descontar veinte kopeks
para el mes que empieza, lo que hace un total de treinta y cinco kopeks. Por lo
tanto, usted ha de recibir por su reloj un rublo y quince kopeks. Aquí los
tiene.
‑Así,
¿todo ha quedado reducido a un rublo y quince kopeks?
‑Exactamente.
El
joven cogió el dinero. No quería discutir. Miraba a la vieja y no mostraba
ninguna prisa por marcharse. Parecía deseoso de hacer o decir algo, aunque ni
él mismo sabía exactamente qué.
‑Es
posible, Alena Ivanovna, que le traiga muy pronto otro objeto de plata... Una
bonita pitillera que le presté a un amigo. En cuanto me la devuelva...
Se detuvo, turbado.
‑Ya hablaremos cuando la traiga, amigo mío.
‑Entonces,
adiós... ¿Está usted siempre sola aquí? ¿No está nunca su hermana con usted? ‑preguntó
en el tono más indiferente que le fue posible, mientras pasaba al vestíbulo.
‑¿A usted qué le importa?
‑No
lo he dicho con ninguna intención... Usted en seguida... Adiós, Alena Ivanovna.
Raskolnikof
salió al rellano, presa de una turbación creciente. Al bajar la escalera se
detuvo varias veces, dominado por repentinas emociones. Al fin, ya en la calle,
exclamó:
‑¡Qué repugnante es todo esto, Dios mío! ¿Cómo es posible
que yo...? No, todo ha sido una necedad, un absurdo ‑afirmó resueltamente‑.
¿Cómo ha podido llegar a mi espíritu una cosa tan atroz? No me creía tan
miserable. Todo esto es repugnante, innoble, horrible. ¡Y yo he sido capaz de
estar todo un mes pen...!
Pero
ni palabras ni exclamaciones bastaban para expresar su turbación. La sensación
de profundo disgusto que le oprimía y le ahogaba cuando se dirigía a casa de la
vieja era ahora sencillamente insoportable. No sabía cómo librarse de la
angustia que le torturaba. Iba por la acera como embriagado: no veía a nadie y
tropezaba con todos. No se recobró hasta que estuvo en otra calle. Al levantar
la mirada vio que estaba a la puerta de una taberna. De la acera partía una
escalera que se hundía en el subsuelo y conducía al establecimiento. De él
salían en aquel momento dos borrachos. Subían la escalera apoyados el uno en el
otro e injuriándose. Raskolnikof bajó la escalera sin vacilar. No había entrado
nunca en una taberna, pero entonces la cabeza le daba vueltas y la sed le
abrasaba. Le dominaba el deseo de beber cerveza fresca, en parte para llenar su
vacío estómago, ya que atribuía al hambre su estado. Se sentó en un rincón
oscuro y sucio, ante una pringosa mesa, pidió cerveza y se bebió un vaso con
avidez.
Al
punto experimentó una impresión de profundo alivio. Sus ideas parecieron
aclararse.
«Todo
esto son necedades ‑se dijo, reconfortado‑. No había motivo para perder la
cabeza. Un trastorno físico, sencillamente. Un vaso de cerveza, un trozo de
galleta, y ya está firme el espíritu, y el pensamiento se aclara, y la voluntad
renace. ¡Cuánta nimiedad!»
Sin
embargo, a despecho de esta amarga conclusión, estaba contento como el hombre
que se ha librado de pronto de una carga espantosa, y recorrió con una mirada
amistosa a las personas que le rodeaban. Pero en lo más hondo de su ser
presentía que su animación, aquel resurgir de su esperanza, era algo enfermizo
y ficticio. La taberna estaba casi vacía. Detrás de los dos borrachos con que
se había cruzado Raskolnikof había salido un grupo de cinco personas, entre
ellas una muchacha. Llevaban una armónica. Después de su marcha, el local quedó
en calma y pareció más amplio.
En
la taberna sólo había tres hombres más. Uno de ellos era un individuo algo
embriagado, un pequeño burgués a juzgar por su apariencia, que estaba
tranquilamente sentado ante una botella de cerveza. Tenía un amigo al lado, un
hombre alto y grueso, de barba gris, que dormitaba en el banco, completamente
ebrio. De vez en cuando se agitaba en pleno sueño, abría los brazos, empezaba a
castañetear los dedos, mientras movía el busto sin levantarse de su asiento, y
comenzaba a canturrear una burda tonadilla, haciendo esfuerzos para recordar
las palabras.
Durante un año entero
acaricié a mi mujer...
Duran...te un año entero
a...ca...ricié a mi mu...jer.
O:
En la Podiatcheskaia [4]
me he vuelto a encontrar
con mi antigua...
Pero
nadie daba muestras de compartir su buen humor. Su taciturno compañero
observaba estas explosiones de alegría con gesto desconfiado y casi hostil.
El
tercer cliente tenía la apariencia de un funcionario retirado. Estaba sentado
aparte, ante un vaso que se llevaba de vez en cuando a la boca, mientras
lanzaba una mirada en torno de él. También este hombre parecía presa de cierta
agitación interna.
II
Raskolnikof no estaba
acostumbrado al trato con la gente y, como ya hemos dicho últimamente incluso
huía de sus semejantes. Pero ahora se sintió de pronto atraído hacia ellos. En
su ánimo acababa de producirse una especie de revolución. Experimentaba la necesidad
de ver seres humanos. Estaba tan hastiado de las angustias y la sombría
exaltación de aquel largo mes que acababa de vivir en la más completa soledad,
que sentía la necesidad de tonificarse en otro mundo, cualquiera que fuese y
aunque sólo fuera por unos instantes. Por eso estaba a gusto en aquella
taberna, a pesar de la suciedad que en ella reinaba. El tabernero estaba en
otra dependencia, pero hacía frecuentes apariciones en la sala. Cuando bajaba
los escalones, eran sus botas, sus elegantes botas bien lustradas y con anchas
vueltas rojas, lo que primero se veía. Llevaba una blusa y un chaleco de satén
negro lleno de mugre, e iba sin corbata. Su rostro parecía tan cubierto de
aceite como un candado. Un muchacho de catorce años estaba sentado detrás del
mostrador; otro más joven aún servía a los clientes. Trozos de cohombro,
panecillos negros y rodajas de pescado se exhibían en una vitrina que despedía
un olor infecto. El calor era insoportable. La atmósfera estaba tan cargada de
vapores de alcohol, que daba la impresión de poder embriagar a un hombre en
cinco minutos.
A
veces nos ocurre que personas a las que no conocemos nos inspiran un interés
súbito cuando las vemos por primera vez, incluso antes de cruzar una palabra
con ellas. Esta impresión produjo en Raskolnikof el cliente que permanecía
aparte y que tenía aspecto de funcionario retirado. Algún tiempo después, cada
vez que se acordaba de esta primera impresión, Raskolnikof la atribuía a una
especie de presentimiento. Él no quitaba ojo al supuesto funcionario, y éste no
sólo no cesaba de mirarle, sino que parecía ansioso de entablar conversación
con él. A las demás personas que estaban en la taberna, sin excluir al
tabernero, las miraba con un gesto de desagrado, con una especie de altivo
desdén, como a personas que considerase de una esfera y de una educación demasiado
inferiores para que mereciesen que él les dirigiera la palabra.
Era
un hombre que había rebasado los cincuenta, robusto y de talla media. Sus
escasos y grises cabellos coronaban un rostro de un amarillo verdoso, hinchado
por el alcohol. Entre sus abultados párpados fulguraban dos ojillos
encarnizados pero llenos de vivacidad. Lo que más asombraba de aquella
fisonomía era la vehemencia que expresaba ‑y acaso también cierta finura y un
resplandor de inteligencia‑, pero por su mirada pasaban relámpagos de locura.
Llevaba un viejo y desgarrado frac, del que sólo quedaba un botón, que mantenía
abrochado, sin duda con el deseo de guardar las formas. Un chaleco de nanquín
dejaba ver un plastrón ajado y lleno de manchas. No llevaba barba, esa barba
característica del funcionario, pero no se había afeitado hacía tiempo, y una capa
de pelo recio y azulado invadía su mentón y sus carrillos. Sus ademanes tenían
una gravedad burocrática, pero parecía profundamente agitado. Con los codos
apoyados en la grasienta mesa, introducía los dedos en su cabello, lo
despeinaba y se oprimía la cabeza con ambas manos, dando visibles muestras de
angustia. Al fin miró a Raskolnikof directamente y dijo, en voz alta y firme:
‑Señor:
¿puedo permitirme dirigirme a usted para conversar en buena forma? A pesar de
la sencillez de su aspecto, mi experiencia me induce a ver en usted un hombre
culto y no uno de esos individuos que van de taberna en taberna. Yo he
respetado siempre la cultura unida a las cualidades del corazón. Soy consejero
titular[5]: Marmeladof, consejero
titular. ¿Puedo preguntarle si también usted pertenece a la administración del
Estado?
‑No:
estoy estudiando ‑repuso el joven, un tanto sorprendido por aquel lenguaje
ampuloso y también al verse abordado tan directamente, tan a quemarropa, por un
desconocido. A pesar de sus recientes deseos de compañía humana, fuera cual
fuere, a la primera palabra que Marmeladof le había dirigido había
experimentado su habitual y desagradable sentimiento de irritación y
repugnancia hacia toda persona extraña que intentaba ponerse en relación con
él.
‑Es
decir, que es usted estudiante, o tal vez lo ha sido ‑exclamó vivamente
el funcionario‑. Exactamente lo que me había figurado. He aquí el resultado de
mi experiencia, señor, de mi larga experiencia.
Se
llevó la mano a la frente con un gesto de alabanza para sus prendas
intelectuales.
‑Usted es hombre de estudios... Pero permítame...
Se
levantó, vaciló, cogió su vaso y fue a sentarse al lado del joven. Aunque
embriagado, hablaba con soltura y vivacidad. Sólo de vez en cuando se le
trababa la lengua y decía cosas incoherentes. Al verle arrojarse tan ávidamente
sobre Raskolnikof, cualquiera habría dicho que también él llevaba un mes sin
desplegar los labios.
‑Señor
‑siguió diciendo en tono solemne‑, la pobreza no es un vicio: esto es una
verdad incuestionable. Pero también es cierto que la embriaguez no es una
virtud, cosa que lamento. Ahora bien, señor; la miseria sí que es un vicio. En
la pobreza, uno conserva la nobleza de sus sentimientos innatos; en la
indigencia, nadie puede conservar nada noble. Con el indigente no se emplea el
bastón, sino la escoba, pues así se le humilla más, para arrojarlo de la
sociedad humana. Y esto es justo, porque el indigente se ultraja a sí mismo. He
aquí el origen de la embriaguez, señor. El mes pasado, el señor Lebeziatnikof
golpeó a mi mujer, y mi mujer, señor, no es como yo en modo alguno. ¿Comprende?
Permítame hacerle una pregunta. Simple curiosidad. ¿Ha pasado usted alguna
noche en el Neva, en una barca de heno?
‑No,
nunca me he visto en un trance así ‑repuso Raskolnikof.
‑Pues bien, yo sí que me he visto. Ya llevo cinco noches
durmiendo en el Neva.
Llenó
su vaso, lo vació y quedó en una actitud soñadora. En efecto, briznas de heno
se veían aquí y allá, sobre sus ropas y hasta en sus cabellos. A juzgar por las
apariencias, no se había desnudado ni lavado desde hacía cinco días. Sus manos,
gruesas, rojas, de uñas negras, estaban cargadas de suciedad. Todos los
presentes le escuchaban, aunque con bastante indiferencia. Los chicos se reían
detrás del mostrador. El tabernero había bajado expresamente para oír a aquel
tipo. Se sentó un poco aparte, bostezando con indolencia, pero con aire de
persona importante. Al parecer, Marmeladof era muy conocido en la casa. Ello se
debía, sin duda, a su costumbre de trabar conversación con cualquier
desconocido que encontraba en la taberna, hábito que se convierte en verdadera
necesidad, especialmente en los alcohólicos que se ven juzgados severamente, e
incluso maltratados, en su propia casa. Así, tratan de justificarse ante sus
compañeros de orgía y, de paso, atraerse su consideración.
‑Pero
di, so fantoche ‑exclamó el patrón, con voz potente‑. ¿Por qué no trabajas? Si
eres funcionario, ¿por qué no estás en una oficina del Estado?
‑¿Que
por qué no estoy en una oficina, señor?‑dijo Marmeladof, dirigiéndose a
Raskolnikof, como si la pregunta la hubiera hecho éste‑ ¿Dice usted que por qué
no trabajo en una oficina? ¿Cree usted que esta impotencia no es un sufrimiento
para mí? ¿Cree usted que no sufrí cuando el señor Lebeziatnikof golpeó a mi
mujer el mes pasado, en un momento en que yo estaba borracho perdido? Dígame,
joven: ¿no se ha visto usted en el caso... en el caso de tener que pedir un
préstamo sin esperanza?
‑Sí...
Pero ¿qué quiere usted decir con eso de «sin esperanza»?
‑Pues,
al decir «sin esperanza», quiero decir «sabiendo que va uno a un fracaso». Por
ejemplo, usted está convencido por anticipado de que cierto señor, un ciudadano
íntegro y útil a su país, no le prestará dinero nunca y por nada del mundo...
¿Por qué se lo ha de prestar, dígame? El sabe perfectamente que yo no se lo
devolvería jamás. ¿Por compasión? El señor Lebeziatnikof, que está siempre al
corriente de las ideas nuevas, decía el otro día que la compasión está vedada a
los hombres incluso para la ciencia, y que así ocurre en Inglaterra, donde
impera la economía política. ¿Cómo es posible, dígame, que este hombre me
preste dinero? Pues bien, aun sabiendo que no se le puede sacar nada, uno se
pone en camino y...
‑Pero
¿por qué se pone en camino? ‑le interrumpió Raskolnikof.
‑Porque
uno no tiene adónde ir, ni a nadie a quien dirigirse. Todos los hombres
necesitan saber adónde ir, ¿no? Pues siempre llega un momento en que uno siente
la necesidad de ir a alguna parte, a cualquier parte. Por eso, cuando mi hija
única fue por primera vez a la policía para inscribirse, yo la acompañé...
(porque mi hija está registrada como...) ‑añadió entre paréntesis, mirando al
joven con expresión un tanto inquieta‑. Eso no me importa, señor ‑se apresuró a
decir cuando los dos muchachos se echaron a reír detrás del mostrador, e
incluso el tabernero no pudo menos de sonreír‑. Eso no me importa. Los gestos
de desaprobación no pueden turbarme, pues esto lo sabe todo el mundo, y no hay
misterio que no acabe por descubrirse. Y yo miro estas cosas no con desprecio,
sino con resignación... ¡Sea, sea, pues! Ecce Homo. Óigame, joven: ¿podría
usted...? No, hay que buscar otra expresión más fuerte, más significativa. ¿Se
atrevería usted a afirmar, mirándome a los ojos, que no soy un puerco?
El joven no contestó.
‑Bien
‑dijo el orador, y esperó con un aire sosegado y digno el fin de las risas que
acababan de estallar nuevamente‑. Bien, yo soy un puerco y ella una dama. Yo
parezco una bestia, y Catalina Ivanovna, mi esposa, es una persona bien
educada, hija de un oficial superior. Demos por sentado que yo soy un granuja y
que ella posee un gran corazón, sentimientos elevados y una educación perfecta.
Sin embargo... ¡Ah, si ella se hubiera compadecido de mí! Y es que los hombres
tenemos necesidad de ser compadecidos por alguien. Pues bien, Catalina
Ivanovna, a pesar de su grandeza de alma, es injusta..., aunque yo comprendo
perfectamente que cuando me tira del pelo lo hace por mi bien. Te repito sin
vergüenza, joven; ella me tira del pelo ‑insistió en un tono más digno aún, al
oír nuevas risas‑. ¡Ah, Dios mío! Si ella, solamente una vez... Pero, ¡bah!,
vanas palabras... No hablemos más de esto... Pues es lo cierto que mi deseo se
ha visto satisfecho más de una vez; sí, más de una vez me han compadecido. Pero
mi carácter... Soy un bruto rematado.
‑De acuerdo ‑observó el tabernero, bostezando.
Marmeladof dio un fuerte puñetazo en la mesa.
‑Sí,
un bruto... Sepa usted, señor, que me he bebido hasta sus medias. No los
zapatos, entiéndame, pues, en medio de todo, esto sería una cosa en cierto modo
natural; no los zapatos, sino las medias. Y también me he bebido su esclavina
de piel de cabra, que era de su propiedad, pues se la habían regalado antes de
nuestro casamiento. Entonces vivíamos en un helado cuchitril. Es invierno; ella
se enfría; empieza a toser y a escupir sangre. Tenemos tres niños pequeños, y
Catalina Ivanovna trabaja de sol a sol. Friega, lava la ropa, lava a los niños.
Está acostumbrada a la limpieza desde su más tierna infancia... Todo esto con
un pecho delicado, con una predisposición a la tisis. Yo lo siento de veras.
¿Creen que no lo siento? Cuanto más bebo, más sufro. Por eso, para sentir más,
para sufrir más, me entrego a la bebida. Yo bebo para sufrir más profundamente.
Inclinó la cabeza con un gesto de desesperación.
‑Joven
‑continuó mientras volvía a erguirse‑, creo leer en su semblante la expresión
de un dolor. Apenas le he visto entrar, he tenido esta impresión. Por eso le he
dirigido la palabra. Si le cuento la historia de mi vida no es para divertir a
estos ociosos, que, además, ya la conocen, sino porque deseo que me escuche un
hombre instruido. Sepa usted, pues, que mi esposa se educó en un pensionado
aristocrático provincial, y que el día en que salió bailó la danza del chal
ante el gobernador de la provincia y otras altas personalidades. Fue premiada
con una medalla de oro y un diploma. La medalla... se vendió hace tiempo. En
cuanto al diploma, mi esposa lo tiene guardado en su baúl. Últimamente se lo
enseñaba a nuestra patrona. Aunque estaba a matar con esta mujer, lo hacía
porque experimentaba la necesidad de vanagloriarse ante alguien de sus éxitos
pasados y de evocar sus tiempos felices. Yo no se lo censuro, pues lo único que
tiene son estos recuerdos: todo lo demás se ha desvanecido... Sí, es una dama
enérgica, orgullosa, intratable. Se friega ella misma el suelo y come pan
negro, pero no toleraría de nadie la menor falta de respeto. Aquí tiene usted
explicado por qué no consintió las groserías de Lebeziatnikof; y cuando éste,
para vengarse, le pegó ella tuvo que guardar cama, no a causa de los golpes
recibidos, sino por razones de orden sentimental. Cuando me casé con ella, era
viuda y tenía tres hijos de corta edad. Su primer matrimonio había sido de
amor. El marido era un oficial de infantería con el que huyó de la casa
paterna. Catalina adoraba a su marido, pero él se entregó al juego, tuvo
asuntos con la justicia y murió. En los últimos tiempos, él le pegaba. Ella no
se lo perdonó, lo sé positivamente; sin embargo, incluso ahora llora cuando lo
recuerda, y establece entre él y yo comparaciones nada halagadoras para mi amor
propio; pero yo la dejo, porque así ella se imagina, al menos, que ha sido
algún día feliz. Después de la muerte de su marido, quedó sola con sus tres
hijitos en una región lejana y salvaje, donde yo me encontraba entonces. Vivía
en una miseria tan espantosa, que yo, que he visto los cuadros más tristes, no
me siento capaz de describirla. Todos sus parientes la habían abandonado. Era
orgullosa, demasiado orgullosa. Fue entonces, señor, entonces, como ya le he
dicho, cuando yo, viudo también y con una hija de catorce años, le ofrecí mi
mano, pues no podía verla sufrir de aquel modo. El hecho de que siendo una
mujer instruida y de una familia excelente aceptara casarse conmigo, le permitirá
comprender a qué extremo llegaba su miseria. Aceptó llorando, sollozando,
retorciéndose las manos; pero aceptó. Y es que no tenía adónde ir. ¿Se da usted
cuenta, señor, se da usted cuenta exacta de lo que significa no tener dónde ir?
No, usted no lo puede comprender todavía... Durante un año entero cumplí con mi
deber honestamente, santamente, sin probar eso ‑y señalaba con el dedo la media
botella que tenía delante‑, pues yo soy un hombre de sentimientos. Pero no
conseguí atraérmela. Entre tanto, quedé cesante, no por culpa mía, sino a causa
de ciertos cambios burocráticos. Entonces me entregué a la bebida... Ya hace
año y medio que, tras mil sinsabores y peregrinaciones continuas, nos
instalamos en esta capital magnífica, embellecida por incontables monumentos.
Aquí encontré un empleo, pero pronto lo perdí. ¿Comprende, señor? Esta vez fui
yo el culpable: ya me dominaba el vicio de la bebida. Ahora vivimos en un
rincón que nos tiene alquilado Amalia Ivanovna Lipevechsel. Pero ¿cómo vivimos,
cómo pagamos el alquiler? Eso lo ignoro. En la casa hay otros muchos
inquilinos: aquello es un verdadero infierno. Entre tanto, la hija que tuve de
mi primera mujer ha crecido. En cuanto a lo que su madrastra la ha hecho
sufrir, prefiero pasarlo por alto. Pues Catalina Ivanovna, a pesar de sus
sentimientos magnánimos, es una mujer irascible e incapaz de contener sus
impulsos... Sí, así es. Pero ¿a qué mencionar estas cosas? Ya comprenderá usted
que Sonia no ha recibido una educación esmerada. Hace muchos años intenté enseñarle
geografía e historia universal, pero como yo no estaba muy fuerte en estas
materias y, además, no teníamos buenos libros, pues los libros que hubiéramos
podido tener..., pues..., ¡bueno, ya no los teníamos!, se acabaron las
lecciones. Nos quedamos en Ciro, rey de los persas. Después leyó algunas
novelas, y últimamente Lebeziatnikof le prestó La Fisiología, de Lewis. Conoce
usted esta obra, ¿verdad? A ella le pareció muy interesante, e incluso nos leyó
algunos pasajes en voz alta. A esto se reduce su cultura intelectual. Ahora,
señor, me dirijo a usted, por mi propia iniciativa, para hacerle una pregunta
de orden privado. Una muchacha pobre pero honesta, ¿puede ganarse bien la vida
con un trabajo honesto? No ganará ni quince kopeks al día, señor mío, y eso
trabajando hasta la extenuación, si es honesta y no posee ningún talento. Hay
más: el consejero de Estado Klopstock Iván Ivanovitch..., ¿ha oído usted hablar
de él...?, no solamente no ha pagado a Sonia media docena de camisas de Holanda
que le encargó, sino que la despidió ferozmente con el pretexto de que le había
tomado mal las medidas y el cuello le quedaba torcido.
»Y
los niños, hambrientos...
»Catalina
Ivanovna va y viene por la habitación, retorciéndose las manos, las mejillas
teñidas de manchas rojas, como es propio de la enfermedad que padece. Exclama:
»‑En
esta casa comes, bebes, estás bien abrigado, y lo único que haces es
holgazanear.
»Y
yo le pregunto: ¿qué podía beber ni comer, cuando incluso los niños llevaban
más de tres días sin probar bocado? En aquel momento, yo estaba acostado y, no
me importa decirlo, borracho. Pude oír una de las respuestas que mi hija
(tímida, voz dulce, rubia, delgada, pálida carita) daba a su madrastra.
»‑Yo no puedo hacer eso, Catalina Ivanovna.
»Ha
de saber que Daría Frantzevna, una mala mujer a la que la policía conoce
perfectamente, había venido tres veces a hacerle proposiciones por medio de la
dueña de la casa.
»‑Yo no puedo hacer eso ‑repitió,
remedándola, Catalina Ivanovna‑. ¡Vaya un tesoro para que lo guardes con tanto
cuidado!
»Pero
no la acuse, señor. No se daba cuenta del alcance de sus palabras. Estaba
trastornada, enferma. Oía los gritos de los niños hambrientos y, además, su
deseo era mortificar a Sonia, no inducirla... Catalina Ivanovna es así. Cuando
oye llorar a los niños, aunque sea de hambre, se irrita y les pega.
»Eran
cerca de las cinco cuando, de pronto, vi que Sonetchka se levantaba, se ponía
un pañuelo en la cabeza, cogía un chal y salía de la habitación. Eran más de
las ocho cuando regresó. Entró, se fue derecha a Catalina Ivanovna y, sin
desplegar los labios, depositó ante ella, en la mesa, treinta rublos. No
pronunció ni una palabra, ¿sabe usted?, no miró a nadie; se limitó a coger
nuestro gran chal de paño verde (tenemos un gran chal de paño verde que es
propiedad común), a cubrirse con él la cabeza y el rostro y a echarse en la
cama, de cara a la pared. Leves estremecimientos recorrían sus frágiles hombros
y todo su cuerpo... Y yo seguía acostado, ebrio todavía. De pronto, joven, de
pronto vi que Catalina Ivanovna, también en silencio, se acercaba a la cama de
Sonetchka. Le besó los pies, los abrazó y así pasó toda la noche, sin querer
levantarse. Al fin se durmieron, las dos, las dos se durmieron juntas,
enlazadas... Ahí tiene usted... Y yo... yo estaba borracho.
Marmeladof
se detuvo como si se hubiese quedado sin voz. Tras una pausa, llenó el vaso
súbitamente, lo vació y continuó su relato.
‑Desde
entonces, señor, a causa del desgraciado hecho que le acabo de referir, y por
efecto de una denuncia procedente de personas malvadas (Daría Frantzevna ha
tomado parte activa en ello, pues dice que la hemos engañado), desde entonces,
mi hija Sonia Simonovna figura en el registro de la policía y se ha visto
obligada a dejarnos. La dueña de la casa, Amalia Feodorovna[6], no hubiera tolerado su
presencia, puesto que ayudaba a Daría Frantzevna en sus manejos. Y en lo que
concierne al señor Lebeziatnikof..., pues... sólo le diré que su incidente con
Catalina Ivanovna se produjo a causa de Sonia. Al principio no cesaba de perseguir
a Sonetchka. DespUés, de repente, salió a relucir su amor propio herido. «Un
hombre de mi condición no puede vivir en la misma casa que una mujer de esa
especie.» Catalina Ivanovna salió entonces en defensa de Sonia, y la cosa acabó
como usted sabe. Ahora Sonia suele venir a vernos al atardecer y trae algún
dinero a Catalina Ivanovna. Tiene alquilada una habitación en casa del sastre
Kapernaumof. Este hombre es cojo y tartamudo, y toda su numerosa familia
tartamudea... Su mujer es tan tartamuda como él. Toda la familia vive
amontonada en una habitación, y la de Sonia está separada de ésta por un
tabique... ¡Gente miserable y tartamuda...! Una mañana me levanto, me pongo mis
harapos, levanto los brazos al cielo y voy a visitar a su excelencia Iván Afanassievitch.
¿Conoce usted a su excelencia Iván Afanassievitch? ¿No? Entonces no conoce
usted al santo más santo. Es un cirio, un cirio que se funde ante la imagen del
Señor... Sus ojos estaban llenos de lágrimas después de escuchar mi relato
desde el principio hasta el fin.
»‑Bien,
Marmeladof ‑me dijo‑. Has defraudado una vez las esperanzas que había
depositado en ti. Voy a tomarte de nuevo bajo mi protección.
ȃstas fueron sus palabras.
»‑Procura no olvidarlo ‑añadió‑. Puedes retirarte.
»Yo
besé el polvo de sus botas..., pero sólo mentalmente, pues él, alto funcionario
y hombre imbuido de ideas modernas y esclarecidas, no me habría permitido que
se las besara de verdad. Volví a casa, y no puedo describirle el efecto que
produjo mi noticia de que iba a volver al servicio activo y a cobrar un sueldo.
Marmeladof
hizo una nueva pausa, profundamente conmovido. En ese momento invadió la
taberna un grupo de bebedores en los que ya había hecho efecto la bebida. En la
puerta del establecimiento resonaron las notas de un organillo, y una voz de
niño, frágil y trémula, entonó la Petite
Ferme[7].
La sala se llenó de ruidos. El tabernero y los dos muchachos acudieron
presurosos a servir a los recién llegados. Marmeladof continuó su relato sin
prestarles atención. Parecía muy débil, pero, a medida que crecía su
embriaguez, se iba mostrando más expansivo. El recuerdo de su último éxito, el
nuevo empleo que había conseguido, le había reanimado y daba a su semblante una
especie de resplandor. Raskolnikof le escuchaba atentamente.
‑De
esto hace cinco semanas. Pues sí, cuando Catalina Ivanovna y Sonetchka se
enteraron de lo de mi empleo, me sentí como transportado al paraíso. Antes,
cuando tenía que permanecer acostado, se me miraba como a una bestia y no oía
más que injurias; ahora andaban de puntillas y hacían callar a los niños.
«¡Silencio! Simón Zaharevitch ha trabajado mucho y está cansado. Hay que
dejarlo descansar.» Me daban café antes de salir para el despacho, e incluso
nata. Compraban nata de verdad, ¿sabe usted? lo que no comprendo es de dónde
pudieron sacar los once rublos y medio que se gastaron en aprovisionar mi
guardarropa. Botas, soberbios puños, todo un uniforme en perfecto estado, por
once rublos y cincuenta kopeks. En mi primera jornada de trabajo, al volver a
casa al mediodía, ¿qué es lo que vieron mis ojos? Catalina Ivanovna había
preparado dos platos: sopa y lechón en salsa, manjar del que ni siquiera
teníamos idea. Vestidos no tiene, ni siquiera uno. Sin embargo, se había
compuesto como para ir de visita. Aun no teniendo ropa, se había arreglado.
Ellas saben arreglarse con nada. Un peinado gracioso, un cuello blanco y muy
limpio, unos puños, y parecía otra; estaba más joven y más bonita. Sonetchka,
mi paloma, sólo pensaba en ayudarnos con su dinero, pero nos dijo: «Me parece
que ahora no es conveniente qué os venga a ver con frecuencia. Vendré alguna
vez de noche, cuando nadie pueda verme.» ¿Comprende, comprende usted? Después
de comer me fui a acostar, y entonces Catalina Ivanovna no pudo contenerse.
Hacía apenas una semana había tenido una violenta disputa con Amalia Ivanovna,
la dueña de la casa; sin embargo, la invitó a tomar café. Estuvieron dos horas
charlando en voz baja.
»‑Simón
Zaharevitch ‑dijo Catalina Ivanovna‑ tiene ahora un empleo y recibe un sueldo.
Se ha presentado a su excelencia, y su excelencia ha salido de su despacho, ha
tendido la mano a Simón Zaharevitch, ha dicho a todos los demás que esperasen y
lo ha hecho pasar delante de todos. ¿Comprende, comprende usted?
"Naturalmente ‑le ha dicho su excelencia‑, me acuerdo de sus servicios,
Simón Zaharevitch, y, aunque usted no se portó como es debido, su promesa de no
reincidir y, por otra parte, el hecho de que aquí ha ido todo mal durante su
ausencia (¿se da usted cuenta de lo que esto significa?), me induce a creer en
su palabra."
»Huelga
decir ‑continuó Marmeladof‑ que todo esto lo inventó mi mujer, pero no por
ligereza, ni para darse importancia. Es que ella misma lo creía y se consolaba
con sus propias invenciones, palabra de honor. Yo no se lo reprocho, no se lo
puedo reprochar. Y cuando, hace seis días, le entregué íntegro mi primer
sueldo, veintitrés rublos y cuarenta kopeks, me llamó cariñito. "¡Cariñito
mío!", me dijo, y tuvimos un íntimo coloquio, ¿comprende? Y dígame, se lo
ruego: ¿qué encanto puedo tener yo y qué papel puedo hacer como esposo? Sin
embargo, ella me pellizcó la cara y me llamó cariñito.
Marmeladof
se detuvo. Intentó sonreír, pero su barbilla empezó a temblar. Sin embargo,
logró contenerse. Aquella taberna, aquel rostro de hombre acabado, las cinco
noches pasadas en las barcas de heno, aquella botella y, unido a esto, la
ternura enfermiza de aquel hombre por su esposa y su familia, tenían perplejo a
su interlocutor. Raskolnikof estaba pendiente de sus labios, pero experimentaba
una sensación penosa y se arrepentía de haber entrado en aquel lugar.
‑¡Ah,
señor, mi querido señor! ‑exclamó Marmeladof, algo repuesto‑. Tal vez a usted
le parezca todo esto tan cómico como a todos los demás; tal vez le esté
fastidiando con todos estos pequeños detalles, miserables y estúpidos, de mi
vida doméstica. Pero le aseguro que yo no tengo ganas de reír, pues siento todo
esto. Todo aquel día inolvidable y toda aquella noche estuve urdiendo en mi
mente los sueños más fantásticos: soñaba en cómo reorganizaría nuestra vida, en
los vestidos que pondrían a los niños, en la tranquilidad que iba a tener mi
esposa, en que arrancaría a mi hija de la vida de oprobio que llevaba y la
restituiría al seno de la familia... Y todavía soñé muchas cosas más... Pero he
aquí, caballero ‑y Marmeladof se estremeció de súbito, levantó la cabeza y miró
fijamente a su interlocutor‑, he aquí que al mismo día siguiente a aquel en que
acaricié todos estos sueños (de esto hace exactamente cinco días), por la
noche, inventé una mentira y, como un ladrón nocturno, robé la llave del baúl
de Catalina Ivanovna y me apoderé del resto del dinero que le había entregado.
¿Cuánto había? No lo recuerdo. Pero... ¡miradme todos! Hace cinco días que no
he puesto los pies en mi casa, y los míos me buscan, y he perdido mi empleo. El
uniforme lo cambié por este traje en una taberna del puente de Egipto. Todo ha
terminado.
Se
dio un puñetazo en la cabeza, apretó los dientes, cerró los ojos y se acodó en
la mesa pesadamente. Poco después, su semblante se transformó y, mirando a
Raskolnikof con una especie de malicia intencionada, de cinismo fingido, se
echó a reír y exclamó:
‑Hoy
he estado en casa de Sonia. He ido a pedirle dinero para beber.¡Ja, ja, ja!
‑¿Y
ella te lo ha dado? ‑preguntó uno de los que habían entrado últimamente,
echándose también a reír.
‑Esta
media botella que ve usted aquí está pagada con su dinero ‑continuó Marmeladof,
dirigiéndose exclusivamente a Raskolnikof‑. Me ha dado treinta kopeks, los
últimos, todo lo que tenía: lo he visto con mis propios ojos. Ella no me ha
dicho nada; se ha limitado a mirarme en silencio... Ha sido una mirada que no
pertenecía a la tierra, sino al cielo. Sólo allá arriba se puede sufrir así por
los hombres y llorar por ellos sin condenarlos. Sí, sin condenarlos... Pero es
todavía más amargo que no se nos condene. Treinta kopeks... ¿Acaso ella no los
necesita? ¿No le parece a usted, mi querido señor, que ella ha de conservar una
limpieza atrayente? Esta limpieza cuesta dinero; es una limpieza especial. ¿No
le parece? Hacen falta cremas, enaguas almidonadas, elegantes zapatos que
embellezcan el pie en el momento de saltar sobre un charco. ¿Comprende,
comprende usted la importancia de esta limpieza? Pues bien; he aquí que yo, su
propio padre, le he arrancado los treinta kopeks que tenía. Y me los bebo, ya
me los he bebido. Dígame usted: ¿quién puede apiadarse de un hombre como yo?
Dígame, señor: ¿tiene usted piedad de mí o no la tiene? Con franqueza, señor:
¿me compadece o no me compadece? ¡Ja, ja, ja!
Intentó
llenarse el vaso, pero la botella estaba vacía.
‑Pero
¿por qué te han de compadecer? ‑preguntó el tabernero, acercándose a
Marmeladof.
La
sala se llenó de risas mezcladas con insultos. Los primeros en reír e insultar
fueron los que escuchaban al funcionario. Los otros, los que no habían prestado
atención, les hicieron coro, pues les bastaba ver la cara del charlatán.
‑¿Compadecerme?
¿Por qué me han de compadecer? ‑bramó de pronto Marmeladof, levantándose,
abriendo los brazos con un gesto de exaltación, como si sólo esperase este
momento‑. ¿Por qué me han de compadecer?, me preguntas. Tienes razón: no
merezco que nadie me compadezca; lo que merezco es que me crucifiquen. ¡Sí, la
cruz, no la compasión...! ¡Crucifícame, juez! ¡Hazlo y, al crucificarme, ten
piedad del crucificado! Yo mismo me encaminaré al suplicio, pues tengo sed de
dolor y de lágrimas, no de alegría. ¿Crees acaso, comerciante, que la media
botella me ha proporcionado algún placer? Sólo dolor, dolor y lágrimas he
buscado en el fondo de este frasco... Sí, dolor y lágrimas... Y los he
encontrado, y los he saboreado. Pero nosotros no podemos recibir la piedad sino
de Aquel que ha sido piadoso con todos los hombres; de Aquel que todo lo
comprende, del único, de nuestro único Juez. Él vendrá el día del Juicio y
preguntará: «¿Dónde está esa joven que se ha sacrificado por una madrastra
tísica y cruel y por unos niños que no son sus hermanos? ¿Dónde está esa joven
que ha tenido piedad de su padre y no ha vuelto la cara con horror ante ese
bebedor despreciable?» Y dirá a Sonia: «Ven. Yo te perdoné..., te perdoné..., y
ahora te redimo de todos tus pecados, porque tú has amado mucho.» Sí, Él
perdonará a mi Sonia, El la perdonará, yo sé que Él la perdonará. Lo he sentido
en mi corazón hace unas horas, cuando estaba en su casa... Todos seremos
juzgados por Él, los buenos y los malos. Y nosotros oiremos también su verbo. Él
nos dirá: «Acercaos, acercaos también vosotros, los bebedores; acercaos,
débiles y desvergonzadas criaturas.» Y todos avanzaremos sin temor y nos
detendremos ante Él. Y Él dirá: «¡Sois unos cerdos, lleváis el sello de la
bestia y como bestias sois, pero venid conmigo también!» Entonces, los
inteligentes y los austeros se volverán hacia Él y exclamarán: «Señor, ¿por qué
recibes a éstos?» Y Él responderá: «Los recibo, ¡oh sabios!, los recibo, ¡oh
personas sensatas!, porque ninguno de ellos se ha considerado jamás digno de
este favor.» Y Él nos tenderá sus divinos brazos y nosotros nos arrojaremos en
ellos, deshechos en lágrimas..., y lo comprenderemos todo, entonces lo
comprenderemos todo..., y entonces todos comprenderán... También comprenderá
Catalina Ivanovna... ¡Señor, venga a nos el reino!
Se
dejó caer en un asiento, agotado, sin mirar a nadie, como si, en la profundidad
de su delirio, se hubiera olvidado de todo lo que le rodeaba.
Sus
palabras habían producido cierta impresión. Hubo unos instantes de silencio.
Pero pronto estallaron las risas y las invectivas.
‑¿Habéis oído?
¡Viejo
chocho!
‑¡Burócrata!
Y
otras cosas parecidas.
‑¡Vámonos,
señor! ‑exclamó de súbito Marmeladof, levantando la cabeza y dirigiéndose a
Raskolnikof‑. Lléveme a mi casa... El edificio Kozel... Déjeme en el patio...
Ya es hora de que vuelva al lado de Catalina Ivanovna.
Hacía
un rato que Raskolnikof había pensado marcharse, otorgando a Marmeladof su
compañía y su sostén. Marmeladof tenía las piernas menos firmes que la voz y se
apoyaba pesadamente en el joven. Tenían que recorrer de doscientos a
trescientos pasos. La turbación y el temor del alcohólico iban en aumento a
medida que se acercaban a la casa.
‑No
es a Catalina Ivanovna a quien temo ‑balbuceaba, en medio de su inquietud‑. No
es la perspectiva de los tirones de pelo lo que me inquieta. ¿Qué es un tirón
de pelos? Nada absolutamente. No le quepa duda de que no es nada. Hasta
prefiero que me dé unos cuantos tirones. No, no es eso lo que temo. Lo que me
da miedo es su mirada..., sí, sus ojos... Y también las manchas rojas de sus
mejillas. Y su jadeo... ¿Ha observado cómo respiran estos enfermos cuando los
conmueve una emoción violenta...? También me inquieta la idea de que voy a
encontrar llorando a los niños, pues si Sonia no les ha dado de comer, no
sé..., yo no sé cómo habrán podido..., no sé, no sé... Pero los golpes no me
dan miedo... Le aseguro, señor, que los golpes no sólo no me hacen daño, sino
que me proporcionan un placer... No podría pasar sin ellos. Lo mejor es que me
pegue... Así se desahoga... Sí, prefiero que me pegue... Hemos llegado...
Edificio Kozel... Kozel es un cerrajero alemán, un hombre rico... Lléveme a mi
habitación.
Cruzaron el patio y empezaron a subir hacia el cuarto
piso. La escalera estaba cada vez más oscura. Eran las once de la noche, y
aunque en aquella época del año no hubiera, por decirlo así, noche en
Petersburgo, es lo cierto que la parte alta de la escalera estaba sumida en la
más profunda oscuridad.
La ahumada puertecilla que daba al último rellano estaba
abierta. Un cabo de vela iluminaba una habitación miserable que medía unos diez
pasos de longitud. Desde el vestíbulo se la podía abarcar con una sola mirada.
En ella reinaba el mayor desorden. Por todas partes colgaban cosas,
especialmente ropas de niño. Una cortina agujereada ocultaba uno de los dos
rincones más distantes de la puerta. Sin duda, tras la cortina había una cama.
En el resto de la habitación sólo se veían dos sillas y un viejo sofá cubierto
por un hule hecho jirones. Ante él había una mesa de cocina, de madera blanca y
no menos vieja.
Sobre esta mesa, en una palmatoria de hierro, ardía el
cabo de vela. Marmeladof tenía, pues, alquilada una habitación. entera y no un
simple rincón[8],
pero comunicaba con otras habitaciones y era como un pasillo. La puerta que
daba a las habitaciones, mejor dicho, a las jaulas, del piso de Amalia
Lipevechsel, estaba entreabierta. Se oían voces y ruidos diversos. Las risas
estallaban a cada momento. Sin duda, había allí gente que jugaba a las cartas y
tomaba el té. A la habitación de Marmeladof llegaban a veces fragmentos de
frases groseras.
Raskolnikof
reconoció inmediatamente a Catalina Ivanovna. Era una mujer horriblemente
delgada, fina, alta y esbelta, con un cabello castaño, bello todavía. Como
había dicho Marmeladof, sus pómulos estaban cubiertos de manchas rojas. Con los
labios secos, la respiración rápida e irregular y oprimiéndose el pecho
convulsivamente con las manos, se paseaba por la habitación. En sus ojos había
un brillo de fiebre y su mirada tenía una dura fijeza. Aquel rostro trastornado
de tísica producía una penosa impresión a la luz vacilante y mortecina del cabo
de vela casi consumido.
Raskolnikof
calculó que tenía unos treinta años y que la edad de Marmeladof superaba
bastante a la de su mujer. Ella no advirtió la presencia de los dos hombres.
Parecía sumida en un estado de aturdimiento que le impedía ver y oír.
La
atmósfera de la habitación era irrespirable, pero la ventana estaba cerrada. De
la escalera llegaban olores nauseabundos, pero la puerta del piso estaba
abierta. En fin, la puerta interior, solamente entreabierta, dejaba pasar
espesas nubes de humo de tabaco que hacían toser a Catalina Ivanovna; pero ella
no se había preocupado de cerrar esta puerta.
El
hijo menor, una niña de seis años, dormía sentada en el suelo, con el cuerpo
torcido y la cabeza apoyada en el sofá. Su hermanito, que tenía un año más que
ella, lloraba en un rincón y los sollozos sacudían todo su cuerpo. Seguramente
su madre le acababa de pegar. La mayor, una niña de nueve años, alta y delgada
como una cerilla, llevaba una camisa llena de agujeros y, sobre los desnudos
hombros, una capa de paño, que sin duda le venía bien dos años atrás, pero que
ahora apenas le llegaba a las rodillas. Estaba al lado de su hermanito y le
rodeaba el cuello con su descarnado brazo. Al mismo tiempo, seguía a su madre
con una mirada temerosa de sus oscuros y grandes ojos, que parecían aún mayores
en su pequeña y enjuta carita.
Marmeladof
no entró en el piso: se arrodilló ante el umbral y empujó a Raskolnikof hacia
el interior. Catalina Ivanovna se detuvo distraídamente al ver ante ella a
aquel desconocido y, volviendo momentáneamente a la realidad, parecía
preguntarse: ¿Qué hace aquí este hombre? Pero sin duda se imaginó en seguida
que iba a atravesar la habitación para dirigirse a otra. Entonces fue a cerrar
la puerta de entrada y lanzó un grito al ver a su marido arrodillado en el
umbral.
‑¿Ya
estás aquí? ‑exclamó, furiosa‑. ¿Ya has vuelto? ¿Dónde está el dinero?
¡Canalla, monstruo! ¿Qué te queda en los bolsillos? ¡Éste no es el traje! ¿Qué
has hecho de él? ¿Dónde está el dinero? ¡Habla!
Empezó
a registrarle ávidamente. Marmeladof abrió al punto los brazos, dócilmente,
para facilitar la tarea de buscar en sus bolsillos. No llevaba encima ni un
kopek.
‑¿Dónde
está el dinero? ‑siguió vociferando la mujer‑. ¡Señor! ¿Es posible que se lo
haya bebido todo? ¡Quedaban doce rublos en el baúl!
En
un arrebato de ira, cogió a su marido por los cabellos y le obligó a entrar a
fuerza de tirones. Marmeladof procuraba aminorar su esfuerzo arrastrándose
humildemente tras ella, de rodillas.
‑¡Es
un placer para mí, no un dolor! ¡Un placer, amigo mío! ‑exclamaba mientras su
mujer le tiraba del pelo y lo sacudía.
Al
fin su frente fue a dar contra el entarimado. La niña que dormía en el suelo se
despertó y rompió a llorar. El niño, de pie en su rincón, no pudo soportar la
escena: de nuevo empezó a temblar, a gritar, y se arrojó en brazos de su
hermana, convulso y aterrado. La niña mayor temblaba como una hoja.
‑¡Todo,
todo se lo ha bebido! ‑gritaba, desesperada, la pobre mujer‑. ¡Y estas ropas no
son las suyas! ¡Están hambrientos! ‑señalaba a los niños, se retorcía los
brazos‑. ¡Maldita vida!
De pronto se encaró con Raskolnikof.
‑¿Y
a ti no te da vergüenza? ¡Vienes de la taberna! ¡Has bebido con él! ¡Fuera de
aquí!
El
joven, sin decir nada, se apresuró a marcharse. La puerta interior acababa de
abrirse e iban asomando caras cínicas y burlonas, bajo el gorro encasquetado y
con el cigarrillo o la pipa en la boca. Unos vestían batas caseras; otros,
ropas de verano ligeras hasta la indecencia. Algunos llevaban las cartas en la
mano. Se echaron a reír de buena gana al oír decir a Marmeladof que los tirones
de pelo eran para él una delicia. Algunos entraron en la habitación. Al fin se
oyó una voz silbante, de mal agüero. Era Amalia Ivanovna Lipevechsel en
persona, que se abrió paso entre los curiosos, para restablecer el orden a su
manera y apremiar por centésima vez a la desdichada mujer, brutalmente y con
palabras injuriosas, a dejar la habitación al mismo día siguiente.
Antes
de salir, Raskolnikof había tenido tiempo de Ilevarse la mano al bolsillo,
coger las monedas que le quedaban del rublo que había cambiado en la taberna y
dejarlo, sin que le viesen, en el alféizar de la ventana. Después, cuando
estuvo en la escalera, se arrepintió de su generosidad y estuvo a punto de
volver a subir.
«¡Qué
estupidez he cometido! ‑pensó‑. Ellos tienen a Sonia, y yo no tengo quien me
ayude.»
Luego se dijo que ya no podía volver a recoger el dinero
y que, aunque hubiese podido, no lo habría hecho, y decidió volverse a casa.
«Sonia
necesita cremas ‑siguió diciéndose, con una risita sarcástica, mientras iba por
la calle‑. Es una limpieza que cuesta dinero. A lo mejor, Sonia está ahora sin
un kopek, pues esta caza de hombres, como la de los animales, depende de la
suerte. Sin mi dinero, tendrían que apretarse el cinturón. Lo mismo les ocurre
con Sonia. En ella han encontrado una verdadera mina. Y se aprovechan... Sí, se
aprovechan. Se han acostumbrado. Al principio derramaron unas lagrimitas, pero
después se acostumbraron. ¡Miseria humana! A todo se acostumbra uno.»
Quedó
ensimismado. De pronto, involuntariamente, exclamó:
‑Pero
¿y si esto no es verdad? ¿Y si el hombre no es un ser miserable, o, por lo
menos, todos los hombres? Entonces habría que admitir que nos dominan los
prejuicios, los temores vanos, y que uno no debe detenerse ante nada ni ante
nadie. ¡Obrar: es lo que hay que hacer!
III
Al día siguiente se
despertó tarde, después de un sueño intranquilo que no le había procurado
descanso alguno. Se despertó de pésimo humor y paseó por su buhardilla una
mirada hostil. La habitación no tenía más de seis pasos de largo y ofrecía el
aspecto más miserable, con su papel amarillo y polvoriento, despegado a trozos,
y tan baja de techo, que un hombre que rebasara sólo en unos centímetros la
estatura media no habría estado allí a sus anchas, pues le habría cohibido el
temor de dar con la cabeza en el techo. Los muebles estaban en armonía con el
local. Consistían en tres sillas viejas, más o menos cojas; una mesa pintada,
que estaba en un rincón y sobre la cual se veían, como tirados, algunos
cuadernos y libros tan cubiertos de polvo que bastaba verlos para deducir que
no los habían tocado hacía mucho tiempo, y, en fin, un largo y extraño diván
que ocupaba casi toda la longitud y la mitad de la anchura de la pieza y que
estaba tapizado de una indiana hecha jirones. Éste era el lecho de Raskolnikof,
que solía acostarse completamente vestido y sin más mantas que su vieja capa de
estudiante. Como almohada utilizaba un pequeño cojín, bajo el cual colocaba,
para hacerlo un poco más alto, toda su ropa blanca, tanto la limpia como la
sucia. Ante el diván había una mesita.
No
era difícil imaginar una pobreza mayor y un mayor abandono; pero Raskolnikof,
dado su estado de espíritu, se sentía feliz en aquel antro. Se había aislado de
todo el mundo y vivía como una tortuga en su concha. La simple presencia de la
sirvienta de la casa, que de vez en cuando echaba a su habitación una ojeada,
le ponía fuera de sí. Así suele ocurrir a los enfermos mentales dominados por
ideas fijas.
Hacía
quince días que su patrona no le enviaba la comida, y ni siquiera le había
pasado por la imaginación ir a pedirle explicaciones, aunque se quedaba sin
comer. Nastasia, la cocinera y única sirvienta de la casa, estaba encantada con
la actitud del inquilino, cuya habitación había dejado de barrer y limpiar
hacía tiempo. Sólo por excepción entraba en la buhardilla a pasar la escoba.
Ella fue la que lo despertó aquella mañana.
‑¡Vamos!
¡Levántate ya! ‑le gritó‑. ¿Piensas pasarte la vida durmiendo? Son ya las
nueve... Te he traído té. ¿Quieres una taza? Pareces un muerto.
El
huésped abrió los ojos, se estremeció ligeramente y reconoció a la sirvienta.
‑¿Me
lo envía la patrona? ‑preguntó, incorporándose penosamente.
‑¿Cómo se le ha ocurrido ese disparate?
Y
puso ante él una rajada tetera en la que quedaba todavía un poco de té, y dos
terrones de azúcar amarillento.
‑Oye,
Nastasia; hazme un favor ‑dijo Raskolnikof, sacando de un bolsillo un puñado de
calderilla, cosa que pudo hacer porque, como de costumbre, se había acostado
vestido‑. Toma y ve a comprarme un panecillo blanco y un poco de salchichón del
más barato.
‑El
panecillo blanco te lo traeré en seguida pero el salchichón... ¿No prefieres un
plato de chtchis[9]?
Es de ayer y está riquísimo. Te lo guardé, pero viniste demasiado tarde.
Palabra que está muy bueno.
Cuando
trajo la sopa y Raskolnikof se puso a comer, Nastasia se sentó a su lado, en el
diván, y empezó a charlar. Era una campesina que hablaba por los codos y que
había llegado a la capital directamente de su aldea.
‑Praskovia
Pavlovna quiere denunciarte a la policía ‑dijo.
El frunció las cejas.
‑¿A
la policía? ¿Por qué?
‑Porque
ni le pagas ni lo vas a hacer: la cosa no puede estar más clara.
‑Es
lo único que me faltaba ‑murmuró el joven, apretando los dientes‑. En estos
momentos, esa denuncia sería un trastorno para mí. ¡Esa mujer es tonta! ‑añadió
en voz alta‑. Hoy iré a hablar con ella.
‑Desde
luego, es tonta. Tanto como yo. Pero tú, que eres inteligente, ¿por qué te
pasas el día echado así como un saco? Y no se sabe ni siquiera qué color tiene
el dinero. Dices que antes dabas lecciones a los niños. ¿Por qué ahora no haces
nada?
‑Hago
algo ‑replicó Raskolnikof secamente, como hablando a la fuerza.
‑¿Qué es lo que haces?
‑Un trabajo.
‑¿Qué trabajo?
‑Medito
‑respondió el joven gravemente, tras un silencio.
Nastasia
empezó a retorcerse. Era un temperamento alegre y, cuando la hacían reír, se
retorcía en silencio, mientras todo su cuerpo era sacudido por las mudas
carcajadas.
‑¿Has
ganado mucho con tus meditaciones? ‑preguntó cuando al fin pudo hablar.
‑No
se pueden dar lecciones cuando no se tienen botas. Además, odio las lecciones:
de buena gana les escupiría.
‑No escupas tanto: el salivazo podría caer sobre ti.
‑¡Para
lo que se paga por las lecciones! ¡Unos cuantos kopeks! ¿Qué haría yo con eso?
Seguía
hablando como a la fuerza y parecía responder a sus propios pensamientos.
‑Entonces, ¿pretendes ganar una fortuna de una vez?
Raskolnikof le dirigió una mirada extraña.
‑Sí, una fortuna ‑respondió firmemente tras una pausa.
‑Bueno,
bueno; no pongas esa cara tan terrible... ¿Y qué me dices del panecillo blanco?
¿Hay que ir a buscarlo, o no?
‑Haz lo que quieras.
‑¡Ah,
se me olvidaba! Llegó una carta para ti cuando no estabas en casa.
‑¿Una carta para mí? ¿De quién?
‑Eso
no lo sé. Lo que sé es que le di al cartero tres kopeks. Espero que me los
devolverás.
‑¡Tráela, por el amor de Dios! ¡Trae esa carta! ‑exclamó
Raskolnikof, profundamente agitado‑. ¡Señor...! ¡Señor...!
Un minuto después tenía la carta en la mano. Como había
supuesto, era de su madre, pues procedía del distrito de R. Estaba pálido.
Hacía mucho tiempo que no había recibido ninguna carta; pero la emoción que
agitaba su corazón en aquel momento obedecía a otra causa.
‑¡Vete, Nastasia! ¡Vete, por el amor de Dios! Toma tus
tres kopeks, pero vete en seguida; te lo ruego.
La carta temblaba en sus manos. No quería abrirla en
presencia de la sirvienta; deseaba quedarse solo para leerla. Cuando Nastasia
salió, el joven se llevó el sobre a sus labios y lo besó. Después estuvo unos
momentos contemplando la dirección y observando la caligrafía, aquella
escritura fina y un poco inclinada que tan familiar y querida le era; la letra
de su madre, a la que él mismo había enseñado a leer y escribir hacía tiempo.
Retrasaba el momento de abrirla: parecía experimentar cierto temor. Al fin rasgó
el sobre. La carta era larga. La letra, apretada, ocupaba dos grandes hojas de
papel por los dos lados.
«Mi querido Rodia ‑decía la carta‑: hace ya dos meses que
no te he escrito y esto ha sido para mí tan penoso, que incluso me ha quitado
el sueño muchas noches. Perdóname este silencio involuntario. Ya sabes cuánto
te quiero. Dunia y yo no tenemos a nadie más que a ti; tú lo eres todo para
nosotras: toda nuestra esperanza, toda nuestra confianza en el porvenir. Sólo
Dios sabe lo que sentí cuando me dijiste que habías tenido que dejar la
universidad hacía ya varios meses por falta de dinero y que habías perdido las
lecciones y no tenías ningún medio de vida. ¿Cómo puedo ayudarte yo, con mis
ciento veinte rublos anuales de pensión? Los quince rublos que te envié hace
cuatro meses, los pedí prestados, con la garantía de mi pensión, a un
comerciante de esta ciudad Ilamado Vakruchine. Es una buena persona y fue amigo
de tu padre; pero como yo le había autorizado por escrito a cobrar por mi
cuenta la pensión, tenía que procurar devolverle el dinero, cosa que acabo de
hacer. Ya sabes por qué no he podido enviarte nada en estos últimos meses.
»Pero ahora, gracias a Dios, creo que te podré mandar
algo. Por otra parte, en estos momentos no podemos quejarnos de nuestra suerte,
por el motivo que me apresuro a participarte. Ante todo, querido Rodia, tú no
sabes que hace ya seis semanas que tu hermana vive conmigo y que ya no
tendremos que volver a separarnos. Gracias a Dios, han terminado sus
sufrimientos. Pero vayamos por orden: así sabrás todo lo ocurrido, todo lo que
hasta ahora te hemos ocultado.
»Cuando
hace dos meses me escribiste diciéndome que te habías enterado de que Dunia
había caído en desgracia en casa de los Svidrigailof, que la trataban
desconsideradamente, y me pedías que te lo explicara todo, no me pareció
conveniente hacerlo. Si te hubiese contado la verdad, lo habrías dejado todo
para venir, aunque hubieras tenido que hacer el mismo camino a pie, pues
conozco tu carácter y tus sentimientos y sé que no habrías consentido que
insultaran a tu hermana.
»Yo
estaba desesperada, pero ¿qué podía hacer? Por otra parte, yo no sabía toda la
verdad. El mal estaba en que Dunetchka, al entrar el año pasado en casa de los
Svidrigailof como institutriz, había pedido por adelantado la importante
cantidad de cien rublos, comprometiéndose a devolverlos con sus honorarios. Por
lo tanto, no podía dejar la plaza hasta haber saldado la deuda. Dunia (ahora ya
puedo explicártelo todo, mi querido Rodia) había pedido esta suma especialmente
para poder enviarte los sesenta rublos que entonces necesitabas con tanta
urgencia y que, efectivamente, te mandamos el año pasado. Entonces te engañamos
diciéndote que el dinero lo tenía ahorrado Dunia. No era verdad; la verdad es
la que te voy a contar ahora, en primer lugar porque nuestra suerte ha cambiado
de pronto por la voluntad de Dios, y también porque así tendrás una prueba de
lo mucho que te quiere tu hermana y de la grandeza de su corazón.
»El
señor Svidrigailof empezó por mostrarse grosero con ella, dirigiéndole toda
clase de burlas y expresiones molestas, sobre todo cuando estaban en la mesa...
Pero no quiero extenderme sobre estos desagradables detalles: no conseguiría
otra cosa que irritarte inútilmente, ahora que ya ha pasado todo.
»En
resumidas cuentas, que la vida de Dunetchka era un martirio, a pesar de que
recibía un trato amable y bondadoso de Marfa Petrovna, la esposa del señor
Svidrigailof, y de todas las personas de la casa. La situación de Dunia era aún
más penosa cuando el señor Svidrigailof bebía más de la cuenta, cediendo a los
hábitos adquiridos en el ejército.
»Y
esto fue poco comparado con lo que al fin supimos. Figúrate que Svidrigailof,
el muy insensato, sentía desde hacía tiempo por Dunia una pasión que ocultaba
bajo su actitud grosera y despectiva. Tal vez estaba avergonzado y atemorizado
ante la idea de alimentar, él, un hombre ya maduro, un padre de familia,
aquellas esperanzas licenciosas e involuntarias hacia Dunia; tal vez sus
groserías y sus sarcasmos no tenían más objeto que ocultar su pasión a los ojos
de su familia. Al fin no pudo contenerse y, con toda claridad, le hizo
proposiciones deshonestas. Le prometió cuanto puedas imaginarte, incluso
abandonar a los suyos y marcharse con ella a una ciudad lejana, o al extranjero
si lo prefería. Ya puedes suponer lo que esto significó para tu hermana. Dunia
no podía dejar su puesto, no sólo porque no había pagado su deuda, sino por
temor a que Marfa Petrovna sospechara la verdad, lo que habría introducido la
discordia en la familia. Además, incluso ella habría sufrido las consecuencias
del escándalo, pues demostrar la verdad no habría sido cosa fácil.
»Aún
había otras razones para que Dunia no pudiera dejar la casa hasta seis semanas
después. Ya conoces a Dunia, ya sabes que es una mujer inteligente y de
carácter firme. Puede soportar las peores situaciones y encontrar en su ánimo
la entereza necesaria para conservar la serenidad. Aunque nos escribíamos con
frecuencia, ella no me había dicho nada de todo esto para no apenarme. El
desenlace sobrevino inesperadamente. Marfa Petrovna sorprendió un día en el
jardín, por pura casualidad, a su marido en el momento en que acosaba a Dunia,
y lo interpretó todo al revés, achacando la culpa a tu hermana. A esto siguió
una violenta escena en el mismo jardín. Marfa Petrovna llegó incluso a golpear
a Dunia: no quiso escucharla y estuvo vociferando durante más de una hora. Al
fin la envió a mi casa en una simple carreta, a la que fueron arrojados en
desorden sus vestidos, su ropa blanca y todas sus cosas: ni siquiera le
permitió hacer el equipaje. Para colmo de desdichas, en aquel momento empezó a
diluviar, y Dunia, después de haber sufrido las más crueles afrentas, tuvo que
recorrer diecisiete verstas [10]en una carreta sin toldo y
en compañía de un mujik. Dime ahora
qué podía yo contestar a tu carta, qué podía contarte de esta historia.
»Estaba
desesperada. No me atrevía a decirte la verdad, ya que con ello sólo habría
conseguido apenarte y desatar tu indignación. Además, ¿qué podías hacer tú?
Perderte: esto es lo único. Por otra parte, Dunetchka me lo había prohibido. En
cuanto a llenar una carta de palabras insulsas cuando mi alma estaba henchida
de dolor, no me sentía capaz de hacerlo.
»Desde que se supo todo esto, fuimos el tema preferido
por los murmuradores de la ciudad, y la cosa duró un mes entero. No nos
atrevíamos ni siquiera a ir a cumplir con nuestros deberes religiosos, pues
nuestra presencia era acogida con cuchicheos, miradas desdeñosas e incluso
comentarios en voz alta. Nuestros amigos se apartaron de nosotras, nadie nos
saludaba, e incluso sé de buena tinta que un grupo de empleadillos proyectaba
contra nosotras la mayor afrenta: embadurnar con brea la puerta de nuestra casa[11]. Por cierto que el casero
nos había exigido que la desalojáramos.
»Y
todo por culpa de Marfa Petrovna, que se había apresurado a difamar a Dunia por
toda la ciudad. Venía casi a diario a esta población, en la que conoce a todo
el mundo. Es una charlatana que se complace en contar historias de familia ante
el primero que llega, y, sobre todo, en censurar a su marido públicamente, cosa
que no me parece ni medio bien. Así, no es extraño que le faltara el tiempo
para ir pregonando el caso de Dunia, no sólo por la ciudad, sino por toda la
comarca.
»Caí
enferma. Tu hermana fue más fuerte que yo. ¡Si hubieras visto la entereza con
que soportaba su desgracia y procuraba consolarme y darme ánimos! Es un
ángel...
»Pero
la misericordia divina ha puesto fin a nuestro infortunio.
»El
señor Svidrigailof ha recobrado la lucidez. Torturado por el remordimiento y
compadecido sin duda de la suerte de tu hermana, ha presentado a Marfa Petrovna
las pruebas más convincentes de la inocencia de Dunia: una carta que Dunetchka
le había escrito antes de que la esposa los sorprendiera en el jardín, para
evitar las explicaciones de palabra y demostrarle que no quería tener ninguna
entrevista con él. En esta carta, que quedó en poder del señor Svidrigailof al
salir de la casa Dunetchka, ésta le reprochaba vivamente y con sincera
indignación la vileza de su conducta para con Marfa Petrovna, le recordaba que
era un hombre casado y padre de familia y le hacía ver la indignidad que
cometía persiguiendo a una joven desgraciada e indefensa. En una palabra,
querido Rodia, que esta carta respira tal nobleza de sentimientos y está
escrita en términos tan conmovedores, que lloré cuando la leí, e incluso hoy no
puedo releerla sin derramar unas lágrimas. Además, Dunia pudo contar al fin con
el testimonio de los sirvientes, que sabían más de lo que el señor Svidrigailof
suponía.
»María
Petrovna quedó por segunda vez estupefacta, como herida por un rayo, según su
propia expresión, pero no dudó ni un momento de la inocencia de Dunia, y al día
siguiente, que era domingo, lo primero que hizo fue ir a la iglesia e implorar
a la Santa Virgen le diera fuerzas para soportar su nueva desgracia y cumplir
con su deber. Acto seguido vino a nuestra casa y nos refirió todo lo ocurrido,
llorando amargamente. En un arranque de remordimiento, se arrojó en los brazos
de Dunia y le suplicó que la perdonara. Después, sin pérdida de tiempo,
recorrió las casas de la ciudad, y en todas partes, entre sollozos y en los
términos más halagadores, rendía homenaje a la inocencia, a la nobleza de
sentimientos y a la integridad de la conducta de Dunia. No contenta con esto,
mostraba y leía a todo el mundo la carta escrita por Dunetchka al señor
Svidrigailof. E incluso dejaba sacar copias, cosa que me parece una
exageración. Recorrió las casas de todas sus amistades, en lo cual empleó
varios días. Ello dio lugar a que algunas de sus relaciones se molestaran al
ver que daba preferencia a otros, lo que consideraban una injusticia. Al fin se
determinó con toda exactitud el orden de las visitas, de modo que cada uno pudo
saber de antemano el día que le tocaba el turno. En toda la ciudad se sabía
dónde tenía que leer Marfa Petrovna la carta tal o cual día, y el vecindario
adquirió la costumbre de reunirse en la casa favorecida, sin excluir aquellas
familias que ya habían escuchado la lectura en su propio hogar y en el de otras
familias amigas. Yo creo que en todo esto hay mucha exageración, pero así es el
carácter de Marfa Petrovna. Por otra parte, es lo cierto que ella ha
rehabilitado por completo a Dunetchka. Toda la vergüenza de esta historia ha
caído sobre el señor Svidrigailof, a quien ella presenta como único culpable, y
tan inflexiblemente, que incluso siento compasión de él. A mi juicio, la gente
es demasiado severa con este insensato.
»Inmediatamente
llovieron sobre Dunia ofertas para dar lecciones, pero ella las ha rechazado
todas. Todo el mundo se ha apresurado a testimoniarle su consideración. Yo creo
que a esto hay que atribuir principalmente el acontecimiento inesperado que va
a cambiar, por decirlo así, nuestra vida. Has de saber, querido Rodia, que
Dunia ha recibido una solicitud de matrimonio y la ha aceptado, lo que me
apresuro a comunicarte. Aunque esto se ha hecho sin consultarte, espero que nos
perdonarás, pues ya comprenderás que no podíamos retrasar nuestra decisión
hasta que recibiéramos tu respuesta. Por otra parte, no habrías podido juzgar
con acierto las cosas desde tan lejos.
»He
aquí cómo ha ocurrido todo:
»El
prometido de tu hermana, Piotr Petrovitch Lujine, es consejero de los
Tribunales y pariente lejano de Marfa Petrovna. Por mediación de ella, y
después de intervenir activamente en este asunto, nos transmitió su deseo de
entablar conocimiento con nosotras. Le recibimos cortésmente, tomamos café y,
al día siguiente mismo, nos envió una carta en la que nos hacía su petición con
finas expresiones y solicitaba una respuesta rápida y categórica. Es un hombre
activo y que está siempre ocupadísimo. Ha de partir cuanto antes para
Petersburgo y debe aprovechar el tiempo.
»Al
principio, como comprenderás, nos quedamos atónitas, pues no esperábamos en
modo alguno una solicitud de esta índole, y tu hermana y yo nos pasamos el día
reflexionando sobre la cuestión. Es un hombre digno y bien situado. Presta
servicios en dos departamentos y posee una pequeña fortuna. Verdad es que tiene
ya cuarenta y cinco años, pero su presencia es tan agradable, que estoy segura
de que todavía gusta a las mujeres. Es austero y sosegado, aunque tal vez un
poco altivo. Pero es muy posible que esto último sea tan sólo una apariencia
engañosa.
»Ahora
una advertencia, querido Rodia: cuando lo veas en Petersburgo, cosa que
ocurrirá muy pronto, no te precipites a condenarlo duramente, siguiendo tu
costumbre, si ves en él algo que te disguste. Te digo esto en un exceso de
previsión, pues estoy segura de que producirá en ti una impresión favorable.
Por lo demás, para conocer a una persona, hay que verla y observarla
atentamente durante mucho tiempo, so pena de dejarte llevar de prejuicios y
cometer errores que después no se reparan fácilmente.
»Todo
induce a creer que Piotr Petrovitch es un hombre respetable a carta cabal. En
su primera visita nos dijo que era un espíritu realista, que compartía en
muchos puntos la opinión de las nuevas generaciones y que detestaba los
prejuicios. Habló de otras muchas cosas, pues parece un poco vanidoso y le
gusta que le escuchen, lo cual no es un crimen, ni mucho menos. Yo,
naturalmente, no comprendí sino una pequeña parte de sus comentarios, pero
Dunia me ha dicho que, aunque su instrucción es mediana, parece bueno e
inteligente. Ya conoces a tu hermana, Rodia: es una muchacha enérgica,
razonable, paciente y generosa, aunque posee (de esto estoy convencida) un
corazón apasionado. Indudablemente, el motivo de este matrimonio no es, por
ninguna de las dos partes, un gran amor; pero Dunia, además de inteligente, es
una mujer de corazón noble, un verdadero ángel, y se impondrá el deber de hacer
feliz a su marido, el cual, por su parte, procurará corresponderle, cosa que,
hasta el momento, no tenemos motivo para poner en duda, pese a que el
matrimonio, hay que confesarlo, se ha concretado con cierta precipitación. Por
otra parte, siendo él tan inteligente y perspicaz, comprenderá que su felicidad
conyugal dependerá de la que proporcione a Dunetchka.
»En
lo que concierne a ciertas disparidades de genio, de costumbres arraigadas, de
opiniones (cosas que se ven en los hogares más felices), Dunetchka me ha dicho
que está segura de que podrá evitar que ello sea motivo de discordia, que no
hay que inquietarse por tal cosa, pues ella se siente capaz de soportar todas
las pequeñas discrepancias, con tal que las relaciones matrimoniales sean
sinceras y justas. Además, las apariencias son engañosas muchas veces. A
primera vista, me ha parecido un tanto brusco y seco; pero esto puede proceder
precisamente de su rectitud y sólo de su rectitud.
»En
su segunda visita, cuando ya su petición había sido aceptada, nos dijo, en el
curso de la conversación, que antes de conocer a Dunia ya había resuelto
casarse con una muchacha honesta y pobre que tuviera experiencia de las
dificultades de la vida, pues considera que el marido no debe sentirse en
ningún caso deudor de la mujer y que, en cambio, es muy conveniente que ella
vea en él un bienhechor. Sin duda, no me expreso con la amabilidad y delicadeza
con que él se expresó, pues sólo he retenido la idea, no las palabras. Además,
habló sin premeditación alguna, dejándose llevar del calor de la conversación,
tanto, que él mismo trató después de suavizar el sentido de sus palabras. Sin
embargo, a mí me parecieron un tanto duras, y así se lo dije a Dunetchka; pero
ella me contestó con cierta irritación que una cosa es decir y otra hacer, lo
que sin duda es verdad. Dunia no pudo pegar ojo la noche que precedió a su
respuesta y, creyendo que yo estaba dormida, se levantó y estuvo varias horas
paseando por la habitación. Finalmente se arrodilló delante del icono y oró
fervorosamente. Por la mañana me dijo que ya había decidido lo que tenía que
hacer.
»Ya
te he dicho que Piotr Petrovitch se trasladará muy pronto a Petersburgo, adonde
le llaman intereses importantísimos, pues quiere establecerse allí como
abogado. Hace ya mucho tiempo que ejerce y acaba de ganar una causa importante.
Si ha de trasladarse inmediatamente a Petersburgo es porque ha de seguir
atendiendo en el senado a cierto trascendental asunto. Por todo esto, querido
Rodia, este señor será para ti sumamente útil, y Dunia y yo hemos pensado que
puedes comenzar en seguida tu carrera y considerar tu porvenir asegurado. ¡Oh,
si esto llegara a realizarse! Sería una felicidad tan grande, que sólo la
podríamos atribuir a un favor especial de la Providencia. Dunia sólo piensa en
esto. Ya hemos insinuado algo a Piotr Petrovitch. El, mostrando una prudente
reserva, ha dicho que, no pudiendo estar sin secretario, preferiría,
naturalmente, confiar este empleo a un pariente que a un extraño, siempre y
cuando aquél fuera capaz de desempeñarlo. (¿Cómo no has de ser capaz de
desempeñarlo tú?) Sin embargo, manifestó al mismo tiempo el temor de que,
debido a tus estudios, no dispusieras del tiempo necesario para trabajar en su
bufete. Así quedó la cosa por el momento, pero Dunia sólo piensa en este
asunto. Vive desde hace algunos días en un estado febril y ha forjado ya sus
planes para el futuro. Te ve trabajando con Piotr Petrovitch e incluso llegando
a ser su socio, y eso sin dejar tus estudios de Derecho. Yo estoy de acuerdo en
todo con ella, Rodia, y comparto sus proyectos y sus esperanzas, pues la cosa me
parece perfectamente realizable, a pesar de las evasivas de Piotr Petrovitch,
muy explicables, ya que él todavía no te conoce.
»Dunia
está segura de que conseguirá lo que se propone, gracias a su influencia sobre
su futuro esposo, influencia que no le cabe duda de que llegará a tener. Nos
hemos guardado mucho de dejar traslucir nuestras esperanzas ante Piotr
Petrovitch, sobre todo la de que llegues a ser su socio algún día. Es un hombre
práctico y no le habría parecido nada bien lo que habría juzgado como un vano
ensueño. Tampoco le hemos dicho ni una palabra de nuestra firme esperanza de
que te ayude materialmente cuando estés en la universidad, y ello por dos
razones. La primera es que a él mismo se le ocurrirá hacerlo, y lo hará del
modo más sencillo, sin frases altisonantes. Sólo faltaría que hiciera un feo
sobre esta cuestión a Dunetchka, y más aún teniendo en cuenta que tú puedes
llegar a ser su colaborador, su brazo derecho, por decirlo así, y recibir esta
ayuda no como una limosna, sino como un anticipo por tu trabajo. Así es como
Dunetchka desea que se desarrolle este asunto, y yo comparto enteramente su
parecer.
»La
segunda razón que nos ha movido a guardar silencio sobre este punto es que
deseo que puedas mirarle de igual a igual en vuestra próxima entrevista. Dunia
le ha hablado de ti con entusiasmo, y él ha respondido que a los hombres hay
que conocerlos antes de juzgarlos, y que no formará su opinión sobre ti hasta
que te haya tratado.
»Ahora
te voy a decir una cosa, mi querido Rodia. A mí me parece, por ciertas razones
(que desde luego no tienen nada que ver con el carácter de Piotr Petrovitch y
que tal vez son solamente caprichos de vieja), a mí me parece, repito, que lo
mejor sería que, después del casamiento, yo siguiera viviendo sola en vez de
instalarme en casa de ellos. Estoy completamente segura de que él tendrá la
generosidad y la delicadeza de invitarme a no vivir separada de mi hija, y sé
muy bien que, si todavía no ha dicho nada, es porque lo considera natural; pero
yo no aceptaré. He observado en más de una ocasión que los yernos no suelen
tener cariño a sus suegras, y yo no sólo no quiero ser una carga para nadie,
sino que deseo vivir completamente libre mientras me queden algunos recursos y
tenga hijos como Dunetchka y tú.
»Procuraré
vivir cerca de vosotros, pues aún tengo que decirte lo más agradable, Rodia.
Precisamente por serlo lo he dejado para el final de la carta. Has de saber,
querido hijo, que seguramente nos volveremos a reunir los tres muy pronto, y
podremos abrazarnos tras una separación de tres años. Está completamente
decidido que Dunia y yo nos traslademos a Petersburgo. No puedo decirte la
fecha exacta de nuestra salida, pero puedo asegurarte que está muy próxima: tal
vez no tardemos más de ocho días en partir. Todo depende de Piotr Petrovitch,
que nos avisará cuando tenga casa. Por ciertas razones, desea que la boda se
celebre cuanto antes, lo más tarde antes de la cuaresma de la Asunción[12].
»¡Qué
feliz seré cuando pueda estrecharte contra mi corazón! Dunia está loca de
alegría ante la idea de volver a verte. Me ha dicho (en broma, claro es) que
esto habría sido motivo suficiente para decidirla a casarse con Piotr
Petrovitch. Es un ángel.
»No
quiere añadir nada a mi carta, pues tiene tantas y tantas cosas que decirte,
que no siente el deseo de empuñar la pluma, ya que escribir sólo unas líneas
sería en este caso completamente inútil. Me encarga te envíe mil abrazos.
»Aunque
estemos en vísperas de reunirnos, uno de estos días te enviaré algún dinero, la
mayor cantidad que pueda. Ahora que todos saben por aquí que Dunetchka se va a
casar con Piotr Petrovitch, nuestro crédito se ha reafirmado de súbito, y puedo
asegurarte que Atanasio Ivanovitch está dispuesto a prestarme hasta setenta y
cinco rublos, que devolveré con mi pensión. Por lo tanto, te podré mandar
veinticinco o, tal vez treinta. Y aún te enviaría más si no temiese que me
faltara para el viaje. Aunque Piotr Petrovitch haya tenido la bondad de
encargarse de algunos de los gastos del traslado (de nuestro equipaje, incluido
el gran baúl, que enviará por medio de sus amigos, supongo), tenemos que pensar
en nuestra llegada a Petersburgo, donde no podemos presentarnos sin algún
dinero para atender a nuestras necesidades, cuando menos durante los primeros
días.
»Dunia
y yo lo tenemos ya todo calculado al céntimo. El billete no nos resultará caro.
De nuestra casa a la estación de ferrocarril más próxima sólo hay noventa
verstas, y ya nos hemos puesto de acuerdo con un mujik que nos llevará en su carro. Después nos instalaremos
alegremente en un departamento de tercera. Yo creo que podré mandarte, no
veinticinco, sino treinta rublos.
»Basta
ya. He llenado dos hojas y no dispongo de más espacio. Ya te lo he contado
todo, ya estás informado del cúmulo de acontecimientos de estos últimos meses.
Y ahora, mi querido Rodia, te abrazo mientras espero que nos volvamos a ver y
te envío mi bendición maternal. Quiere a Dunia, quiere a tu hermana, Rodia,
quiérela como ella te quiere a ti; ella, cuya ternura es infinita; ella, que te
ama más que a sí misma. Es un ángel, y tú, toda nuestra vida, toda nuestra
esperanza y toda nuestra fe en el porvenir. Si tú eres feliz, lo seremos
nosotras también. ¿Sigues rogando a Dios, Rodia, crees en la misericordia de
nuestro Creador y de nuestro Salvador? Sentiría en el alma que te hubieras
contaminado de esa enfermedad de moda que se llama ateísmo. Si es así, piensa
que ruego por ti. Acuérdate, querido, de cuando eras niño; entonces, en
presencia de tu padre, que aún vivía, tú balbuceabas tus oraciones sentado en
mis rodillas. Y todos éramos felices.
»Hasta pronto. Te envío mil abrazos.
»Te querrá mientras viva
»
PULQUERIA RASKOLNIKOVA.»
Durante
la lectura de esta carta, las lágrimas bañaron más de una vez el rostro de
Raskolnikof, y cuando hubo terminado estaba pálido, tenía las facciones
contraídas y en sus labios se percibía una sonrisa densa, amarga, cruel. Apoyó
la cabeza en su mezquina almohada y estuvo largo tiempo pensando. Su corazón
latía con violencia, su espíritu estaba lleno de turbación. Al fin sintió que
se ahogaba en aquel cuartucho amarillo que más que habitación parecía un baúl o
una alacena. Sus ojos y su cerebro reclamaban espacio libre. Cogió su sombrero
y salió. Esta vez no temía encontrarse con la patrona en la escalera. Había
olvidado todos sus problemas. Tomó el bulevar V., camino de Vasilievski Ostrof[13]. Avanzaba con paso
rápido, como apremiado por un negocio urgente. Como de costumbre, no veía nada
ni a nadie y susurraba palabras sueltas, ininteligibles. Los transeúntes se
volvían a mirarle. Y se decían: Está bebido.»
IV
La carta de su madre le
había trastornado, pero Raskolnikof no había vacilado un instante, ni siquiera
durante la lectura, sobre el punto principal. Acerca de esta cuestión, ya había
tornado una decisión irrevocable: «Ese matrimonio no se llevará a cabo mientras
yo viva. ¡Al diablo ese señor Lujine!»
«La
cosa no puede estar más clara ‑pensaba, sonriendo con aire triunfal y
malicioso, como si estuviese seguro de su éxito‑. No, mamá; no, Dunia; no
conseguiréis engañarme... Y todavía se disculpan de haber decidido la cosa por
su propia cuenta y sin pedirme consejo. ¡Claro que no me lo han pedido! Creen
que es demasiado tarde para romper el compromiso. Ya veremos si se puede romper
o no. ¡Buen pretexto alegan! Piotr Petrovitch está siempre tan ocupado, que
sólo puede casarse a toda velocidad, como un ferrocarril en marcha. No,
Dunetchka, lo veo todo claro; sé muy bien qué cosas son esas que me tienes que
decir, y también lo que pensabas aquella noche en que ibas y venias por la
habitación, y lo que confiaste, arrodillada ante la imagen que siempre ha estado
en el dormitorio de mamá: la de la Virgen de Kazán[14]. La subida del Gólgota es
dura, muy dura... Decís que el asunto está definitivamente concertado. Tú,
Avdotia [15]Romanovna, has decidido
casarte con un hombre de negocios, un hombre práctico que posee cierto capital
(que ha amasado ya cierta fortuna: esto suena mejor e impone más respeto).
Trabaja en dos departamentos del Estado y comparte las ideas de las nuevas generaciones
(como dice mamá), y, según Dunetchka, parece un hombre bueno. Este parece es lo
mejor: Dunetchka se casa impulsada por esta simple apariencia. ¡Magnifico,
verdaderamente magnifico!
»...
Me gustaría saber por qué me habla mamá de las nuevas generaciones. ¿Lo habrá
hecho sencillamente para caracterizar al personaje o con la segunda intención
de que me sea simpático el señor Lujine...? ¡Las muy astutas! Otra cosa que me
gustaría aclarar es hasta qué punto han sido francas una con otra aquel día
decisivo, aquella noche y después de aquella noche. ¿Hablarían claramente o
comprenderían las dos, sin necesidad de decírselo, que tanto una como otra
tenían una sola idea, un solo sentimiento y que las palabras eran inútiles? Me
inclino por esta última hipótesis: es la que la carta deja entrever.
»A
mamá le pareció un poco seco, y la pobre mujer, en su ingenuidad, se apresuró a
decírselo a Dunia. Y Dunia, naturalmente, se enfadó y respondió con cierta
brusquedad. Es lógico. ¿Cómo no perder la calma ante estas ingenuidades cuando
la cosa está perfectamente clara y ya no es posible retroceder? ¿Y por qué me
dirá: quiere a Dunia, Rodia, porque ella te quiere a ti más que a su propia
vida? ¿No será que la tortura secretamente el remordimiento por haber
sacrificado su hija a su hijo? "Tú eres toda nuestra vida, toda nuestra
esperanza para el porvenir." ¡Oh mama...!»
Su
irritación crecía por momentos. Si se hubiera encontrado en aquel instante con
el señor Lujine, estaba seguro de que lo habría matado.
«Cierto
‑prosiguió, cazando al vuelo los pensamientos que cruzaban su imaginación‑,
cierto que para conocer a un hombre es preciso observarlo largo tiempo y de
cerca, pero el carácter del señor Lujine es fácil de descifrar. Lo que más me
ha gustado es el calificativo de hombre de negocios y eso de que parece bueno.
¡Vaya si lo es! ¡Encargarse de los gastos de transporte del equipaje, incluso
el gran baúl...! ¡Qué generosidad! Y ellas, la prometida y la madre, se ponen
de acuerdo con un mujik para
trasladarse a la estación en una carreta cubierta (también yo he viajado así).
Esto no tiene importancia: total, de la casa a la estación sólo hay noventa
verstas. Después se instalarán alegremente en un vagón de tercera para recorrer
un millar de verstas. Esto me parece muy natural, porque cada cual procede de
acuerdo con los medios de que dispone. Pero usted, señor Lujine, ¿qué piensa de
todo esto? Ella es su prometida, ¿no? Sin embargo, no se ha enterado usted de
que la madre ha pedido un préstamo con la garantía de su pensión para atender a
los gastos del viaje. Sin duda, usted ha considerado el asunto como un simple
convenio comercial establecido a medias con otra persona y en el que, por lo
tanto, cada socio debe aportar la parte que le corresponde. Ya lo dice el
proverbio: "El pan y la sal, por partes iguales; los beneficios, cada uno
los suyos. Pero usted sólo ha pensado en barrer hacia dentro: los billetes son
bastante más caros que el transporte del equipaje, y es muy posible que usted
no tenga que pagar nada por enviarlo. ¿Es que no ven ellas estas cosas o es que
no quieren ver nada? ¡Y dicen que están contentas! ¡Cuando pienso que esto no
es sino la flor del árbol y que el fruto ha de madurar todavía! Porque lo peor
de todo no es la cicatería, la avaricia que demuestra la conducta de ese
hombre, sino el carácter general del asunto. Su proceder da una idea de lo que
será el marido, una idea clara...
»¡Como
si mama tuviera el dinero para arrojarlo por la ventana! ¿Con qué llegará a
Petersburgo? Con tres rublos, o dos pequeños billetes, como los que mencionaba
el otro día la vieja usurera... ¿Cómo cree que podrá vivir en Petersburgo? Pues
es el caso que ha visto ya, por ciertos indicios, que le será imposible estar
en casa de Dunia, ni siquiera los primeros días después de la boda. Ese hombre
encantador habrá dejado escapar alguna palabrita que debe de haber abierto los
ojos a mamá, a pesar de que ella se niegue a reconocerlo con todas sus fuerzas.
Ella misma ha dicho que no quiere vivir con ellos. Pero ¿con qué cuenta?
¿Pretende acaso mantenerse con los ciento veinte rublos de la pensión, de los
que hay que deducir el préstamo de Atanasio Ivanovitch? En nuestra pequeña
ciudad desgasta la poca vista que le queda tejiendo prendas de lana y bordando
puños, pero yo sé que esto no añade más de veinte rublos al año a los ciento
veinte de la pensión; lo sé positivamente. Por lo tanto, y a pesar de todo,
ellas fundan sus esperanzas en los sentimientos generosos del señor Lujine.
Creen que él mismo les ofrecerá su apoyo y les suplicará que lo acepten. ¡Sí,
si...! Esto es muy propio de dos almas románticas y hermosas. Os presentan
hasta el último momento un hombre con plumas de pavo real y no quieren ver más
que el bien, nunca el mal, aunque esas plumas no sean sino el reverso de la
medalla; no quieren llamar a las cosas por su nombre por adelantado; la sola
idea de hacerlo les resulta insoportable. Rechazan la verdad con todas sus
fuerzas hasta el momento en que el hombre por ellas idealizado les da un
puñetazo en la cara. Me gustaría saber si el señor Lujine está condecorado.
Estoy seguro de que posee la cruz de Santa Ana y se adorna con ella en los
banquetes ofrecidos por los hombres de empresa y los grandes comerciantes.
También la lucirá en la boda, no me cabe duda... En fin, ¡que se vaya al
diablo!
»Esto
tiene un pase en mamá, que es así, pero en Dunia es inexplicable. Te conozco
bien, mi querida Dunetchka. Tenías casi veinte años cuando te vi por última
vez, y sé perfectamente cómo es tu carácter. Mamá dice en su carta que
Dunetchka posee tal entereza, que es capaz de soportarlo todo. Esto ya lo sabía
yo: hace dos años y medio que sé que Dunetchka es capaz de soportarlo todo. El
hecho de que haya podido soportar al señor Svidrigailof y todas las
complicaciones que este hombre le ha ocasionado demuestra que, en efecto, es
una mujer de gran entereza. Y ahora se imagina, lo mismo que mamá, que podrá
soportar igualmente a ese señor Lujine que sustenta la teoría de la
superioridad de las esposas tomadas en la miseria y para las que el marido
aparece como un bienhechor, cosa que expone (es un detalle que no hay que
olvidar) en su primera entrevista. Admitamos que las palabras se le han
escapado, a pesar de ser un hombre razonable (seguramente no se le escaparon,
ni mucho menos, aunque él lo dejara entrever así en las explicaciones que se
apresuró a dar). Pero ¿qué se propone Dunia? Se ha dado cuenta de cómo es este
hombre y sabe que habrá de compartir su vida con él, si se casa. Sin embargo,
es una mujer que viviría de pan duro y agua, antes que vender su alma y su
libertad moral: no las sacrificaría a las comodidades, no las cambiaría por
todo el oro del mundo, y mucho menos, naturalmente, por el señor Lujine. No, la
Dunia que yo conozco es distinta a la de la carta, y estoy seguro de que no ha
cambiado. En verdad, su vida era dura en casa de Svidrigailof; no es nada grato
pasar la existencia entera sirviendo de institutriz por doscientos rublos al
año; pero estoy convencido de que mi hermana preferiría trabajar con los negros
de un hacendado o con los sirvientes letones de un alemán del Báltico, que
envilecerse y perder la dignidad encadenando su vida por cuestiones de interés
con un hombre al que no quiere y con el que no tiene nada en común. Aunque el
señor Lujine estuviera hecho de oro puro y brillantes, Dunia no se avendría a
ser su concubina legítima. ¿Por qué, pues, lo ha aceptado?
»¿Qué
misterio es éste? ¿Dónde está la clave del enigma? La cosa no puede estar más
clara: ella no se vendería jamás por sí misma, por su bienestar, ni siquiera
por librarse de la muerte. Pero lo hace por otro; se vende por un ser querido.
He aquí explicado el misterio: se dispone a venderse por su madre y por su
hermano... Cuando se llega a esto, incluso violentamos nuestras más puras
convicciones. La persona pone en venta su libertad, su tranquilidad, su
conciencia. "Perezca yo con tal que mis seres queridos sean felices."
Es más, nos elaboramos una casuística sutil y pronto nos convencemos a nosotros
mismos de que nuestra conducta es inmejorable, de que era necesaria, de que la
excelencia del fin justifica nuestro proceder. Así somos. La cosa está clara
como la luz.
»Es
evidente que en este caso sólo se trata de Rodion Romanovitch Raskolnikof: él
ocupa el primer plano. ¿Cómo proporcionarle la felicidad, permitirle continuar
los estudios universitarios, asociarlo con un hombre bien situado, asegurar su
porvenir? Andando el tiempo, tal vez llegue a ser un hombre rico, respetado,
cubierto de honores, e incluso puede terminar su vida en plena celebridad...
¿Qué dice la madre? ¿Qué ha de decir? Se trata de Rodia, del incomparable
Rodia, del primogénito. ¿Cómo no ha de sacrificar al hijo mayor la hija, aunque
esta hija sea una Dunia? ¡Oh adorados e injustos seres! Aceptarían sin duda
incluso la suerte de Sonetchka, Sonetchka Marmeladova, la eterna Sonetchka, que
durará tanto como el mundo. Pero ¿habéis medido bien la magnitud del
sacrificio? ¿Sabéis lo que significa? ¿No es demasiado duro para vosotras? ¿Es
útil? ¿Es razonable? Has de saber, Dunetchka, que la suerte de Sonia no es más
terrible que la vida al lado del señor Lujine. Mamá ha dicho que no es éste un
matrimonio de amor. ¿Y qué ocurrirá si, además de no haber amor, tampoco hay
estimación, pues, por el contrario, ya existe la antipatía, el horror, el
desprecio? ¿Qué me dices a esto...? Habrá que conservar la
"limpieza". Sí, eso es. ¿Comprendéis lo que esta limpieza significa?
¿Sabéis que para Lujine esta limpieza no difiere en nada de la de Sonetchka? E
incluso es peor, pues, bien mirado, en tu caso, Dunetchka, hay cierta esperanza
de comodidades, de cosas superfluas, cierta compensación, en fin, mientras que
en el caso de Sonetchka se trata simplemente de no morirse de hambre. Esta
"limpieza" cuesta cara, Dunetchka, muy cara. ¿Y qué sucederá si el
sacrificio es superior a tus fuerzas, si te arrepientes de lo que has hecho?
Entonces todo serán lágrimas derramadas en secreto, maldiciones y una amargura
infinita, porque, en fin de cuentas, tú no eres una Marfa Petrovna. ¿Y qué será
de mamá entonces? Ten presente que ya se siente inquieta y atormentada. ¿Qué
será cuando vea las cosas con toda claridad? ¿Y yo? ¿Qué será de mí? Porque, en
realidad, no habéis pensado en mí. ¿Por qué? Yo no quiero vuestro sacrificio,
Dunetchka; no lo quiero, mamá. Esta boda no se llevará a cabo mientras yo viva.
¡No, no lo consentiré!»
De
pronto volvió a la realidad y se detuvo.
«Dices
que la boda no se celebrará, pero ¿qué harás para impedirla? Y ¿con qué derecho
te opondrás? Tú les dedicarás toda tu vida, todo tu porvenir, pero cuando hayas
terminado los estudios y estés situado. Ya sabemos lo que eso significa: no son
más que castillos en el aire... Ahora, inmediatamente, ¿qué harás? Pues es
ahora cuando has de hacer algo, ¿no comprendes? ¿Y qué es lo que haces? Las
arruinas, pues si te han podido mandar dinero ha sido porque una ha pedido un
préstamo sobre su pensión y la otra un anticipo en sus honorarios. ¿Cómo las
librarás de los Atanasio Ivanovitch y de los Svidrigailof, tú, futuro
millonario de imaginación, Zeus de fantasía que te irrogas el derecho de
disponer de su destino? En diez años, tu madre habrá tenido tiempo para perder
la vista haciendo labores y llorando, y la salud a fuerza de privaciones. ¿Y
qué me dices de tu hermana? ¡Vamos, trata de imaginarte lo que será tu hermana
dentro de diez años o en el transcurso de estos diez años! ¿Has comprendido?»
Se
torturaba haciéndose estas preguntas y, al mismo tiempo, experimentaba una
especie de placer. No podían sorprenderle, porque no eran nuevas para él: eran
viejas cuestiones familiares que ya le habían hecho sufrir cruelmente, tanto,
que su corazón estaba hecho jirones. Hacía ya tiempo que había germinado en su
alma esta angustia que le torturaba. Luego había ido creciendo, amasándose,
desarrollándose, y últimamente parecía haberse abierto como una flor y adoptado
la forma de una espantosa, fantástica y brutal interrogación que le atormentaba
sin descanso y le exigía imperiosamente una respuesta.
La
carta de su madre había caído sobre él como un rayo. Era evidente que ya no
había tiempo para lamentaciones ni penas estériles. No era ocasión de ponerse a
razonar sobre su impotencia, sino que debía obrar inmediatamente y con la mayor
rapidez posible. Había que tomar una determinación, una cualquiera, costara lo
que costase. Había que hacer esto o...
‑¡Renunciar
a la verdadera vida! ‑exclamó en una especie de delirio‑. Aceptar el destino
con resignación, aceptarlo tal como es y para siempre, ahogar todas las
aspiraciones, abdicar definitivamente el derecho de obrar, de vivir, de amar...
«¿Comprende
usted lo que significa no tener adónde ir?» Éstas habían sido las palabras
pronunciadas por Marmeladof la víspera y de las que Raskolnikof se había
acordado súbitamente, porque «todo hombre debe tener un lugar adonde ir».
De
pronto se estremeció. Una idea que había cruzado su mente el día anterior
acababa de acudir nuevamente a su cerebro. Pero no era la vuelta de este
pensamiento lo que le había sacudido. Sabía que la idea tenía que volver, lo
presentía, lo esperaba. No obstante, no era exactamente la misma que la de la
víspera. La diferencia consistía en que la del día anterior, idéntica a la de
todo el mes último, no era más que un sueño, mientras que ahora... ahora se le
presentaba bajo una forma nueva, amenazadora, misteriosa. Se daba perfecta
cuenta de ello. Sintió como un golpe en la cabeza; una nube se extendió ante
sus ojos.
Dirigió
una rápida mirada en torno de él como si buscase algo. Experimentaba la
necesidad de sentarse. Su vista erraba en busca de un banco. Estaba en aquel
momento en el bulevar K..., y el banco se ofreció a sus ojos, a unos cien pasos
de distancia. Aceleró el paso cuanto le fue posible, pero por el camino le
ocurrió una pequeña aventura que absorbió su atención durante unos minutos.
Estaba mirando el banco desde lejos, cuando advirtió que a unos veinte pasos
delante de él había una mujer a la que empezó por no prestar más atención que a
todas las demás cosas que había visto hasta aquel momento en su camino.
¡Cuántas veces entraba en su casa sin acordarse ni siquiera de las calles que
había recorrido! Incluso se había acostumbrado a ir por la calle sin ver nada.
Pero en aquella mujer había algo extraño que sorprendía desde el primer
momento, y poco a poco se fue captando la atención de Raskolnikof. Al
principio, esto ocurrió contra su voluntad e incluso le puso de mal humor, pero
en seguida la impresión que le había dominado empezó a cobrar una fuerza
creciente. De súbito le acometió el deseo de descubrir lo que hacia tan extraña
a aquella mujer.
Desde luego, a juzgar por las apariencias, debía de ser
una muchacha, una adolescente. Iba con la cabeza descubierta, sin sombrilla, a
pesar del fuerte sol, y sin guantes, y balanceaba grotescamente los brazos al
andar. Llevaba un ligero vestido de seda, mal ajustado al cuerpo, abrochado a
medias y con un desgarrón en lo alto de la falda, en el talle. Un jirón de tela
ondulaba a su espalda. Llevaba sobre los hombros una pañoleta y avanzaba con
paso inseguro y vacilante.
Este
encuentro acabó por despertar enteramente la atención de Raskolnikof. Alcanzó a
la muchacha cuando llegaron al banco, donde ella, más que sentarse, se dejó
caer y, echando la cabeza hacia atrás, cerró los ojos como si estuviera rendida
de fatiga. Al observarla de cerca, advirtió que su estado obedecía a un exceso
de alcohol. Esto era tan extraño, que Raskolnikof se preguntó en el primer
momento si no se habría equivocado. Estaba viendo una carita casi infantil, de
unos dieciséis años, tal vez quince, una carita orlada de cabellos rubios,
bonita, pero algo hinchada y congestionada. La chiquilla parecía estar por
completo inconsciente; había cruzado las piernas, adoptando una actitud
desvergonzada, y todo parecía indicar que no se daba cuenta de que estaba en la
calle.
Raskolnikof
no se sentó, pero tampoco quería marcharse. Permanecía de pie ante ella,
indeciso.
Aquel
bulevar, poco frecuentado siempre, estaba completamente desierto a aquella
hora: alrededor de la una de la tarde. Sin embargo, a unos cuantos pasos de
allí, en el borde de la calzada, había un hombre que parecía sentir un vivo
deseo de acercarse a la muchacha, por un motivo a otro. Sin duda había visto
también a la joven antes de que llegara al banco y la había seguido, pero
Raskolnikof le había impedido llevar a cabo sus planes. Dirigía al joven
miradas furiosas, aunque a hurtadillas, de modo que Raskolnikof no se dio
cuenta, y esperaba con impaciencia el momento en que el desharrapado joven le
dejara el campo libre.
Todo estaba perfectamente claro. Aquel señor era un
hombre de unos treinta años, bien vestido, grueso y fuerte, de tez roja y boca pequeña y encarnada, coronada por
un fino bigote.
Al
verle, Raskolnikof experimentó una violenta cólera. De súbito le acometió el
deseo de insultar a aquel fatuo.
‑Diga,
Svidrigailof: ¿qué busca usted aquí? ‑exclamó cerrando los puños y con una
sonrisa mordaz.
‑¿Qué significa esto? ‑exclamó el interpelado con
arrogancia, frunciendo las cejas y mientras su semblante adquiría una expresión
de asombro y disgusto.
‑¡Largo
de aquí! Esto es lo que significa.
‑¿Cómo
te atreves, miserable...?
Levantó su fusta. Raskolnikof se arrojó sobre él con los
puños cerrados, sin pensar en que su adversario podía deshacerse sin dificultad
de dos hombres como él. Pero en este momento alguien le sujetó fuertemente por
la espalda. Un agente de policía se interpuso entre los dos rivales.
‑¡Calma, señores! No se admiten riñas en los lugares
públicos.
Y preguntó a Raskolnikof, al reparar en su destrozado
traje:
‑¿Qué le ocurre a usted? ¿Cómo se llama?
Raskolnikof lo examinó atentamente. El policía tenía una
noble cara de soldado y lucía mostachos y grandes patillas. Su mirada parecía
llena de inteligencia.
‑Precisamente es usted el hombre que necesito ‑gritó el
joven cogiéndole del brazo‑. Soy Raskolnikof, antiguo estudiante... Digo que lo
necesito por usted ‑añadió dirigiéndose al otro‑ Venga, guardia; quiero que vea
una cosa...
Y sin soltar el brazo del policía lo condujo al banco.
‑Venga...
Mire... Está completamente embriagada. Hace un momento se paseaba por el
bulevar. Sabe Dios lo que será, pero desde luego, no tiene aspecto de mujer
alegre profesional. Yo creo que la han hecho beber y se han aprovechado de su
embriaguez para abusar de ella. ¿Comprende usted? Después la han dejado libre
en este estado. Observe que sus ropas están desgarradas y mal puestas. No se ha
vestido ella misma, sino que la han vestido. Esto es obra de unas manos
inexpertas, de unas manos de hombre; se ve claramente. Y ahora mire para ese
lado. Ese señor con el que he estado a punto de llegar a las manos hace un
momento es un desconocido para mí: es la primera vez que le veo. Él la ha visto
como yo, hace unos instantes, en su camino, se ha dado cuenta de que estaba
bebida, inconsciente, y ha sentido un vivo deseo de acercarse a ella y,
aprovechándose de su estado, llevársela Dios sabe adónde. Estoy seguro de no
equivocarme. No me equivoco, créame. He visto cómo la acechaba. Yo he
desbaratado sus planes, y ahora sólo espera que me vaya. Mire: se ha retirado
un poco y, para disimular, está haciendo un cigarrillo. ¿Cómo podríamos librar
de él a esta pobre chica y llevarla a su casa? Piense a ver si se le ocurre
algo.
El
agente comprendió al punto la situación y se puso a reflexionar. Los propósitos
del grueso caballero saltaban a la vista; pero había que conocer los de la
muchacha. El agente se inclinó sobre ella para examinar su rostro desde más
cerca y experimentó una sincera compasión.
‑¡Qué
pena! ‑exclamó, sacudiendo la cabeza‑. Es una niña. Le han tendido un lazo, no
cabe duda... Oiga, señorita, ¿dónde vive?
La
muchacha levantó sus pesados párpados, miró con una expresión de aturdimiento a
los dos hombres a hizo un gesto como para rechazar sus preguntas.
‑Oiga,
guardia ‑dijo Raskolnikof, buscando en sus bolsillos, de donde extrajo veinte
kopeks‑. Aquí tiene dinero. Tome un coche y llévela a su casa. ¡Si pudiéramos
averiguar su dirección...!
‑Señorita
‑volvió a decir el agente, cogiendo el dinero‑: voy a parar un coche y la
acompañaré a su casa. ¿Adónde hay que llevarla? ¿Dónde vive?
‑¡Dejadme
en paz! ¡Qué pelmas! ‑exclamó la muchacha, repitiendo el gesto de rechazar a
alguien.
‑Es
lamentable. ¡Qué vergüenza! ‑se dolió el agente, sacudiendo la cabeza
nuevamente con un gesto de reproche, de piedad y de indignación‑. Ahí está la
dificultad ‑añadió, dirigiéndose a Raskolnikof y echándole por segunda vez una
rápida mirada de arriba abajo. Sin duda le extrañaba que aquel joven andrajoso
diera dinero‑. ¿La ha encontrado usted lejos de aquí? ‑le preguntó.
‑Ya
le he dicho que ella iba delante de mí por el bulevar. Se tambaleaba y, apenas
ha llegado al banco, se ha dejado caer.
‑¡Qué
cosas tan vergonzosas se ven hoy en este mundo, Señor! ¡Tan joven, y ya bebida!
No cabe duda de que la han engañado. Mire: sus ropas están llenas de
desgarrones. ¡Ah, cuánto vicio hay hoy por el mundo! A lo mejor es hija de casa
noble venida a menos. Esto es muy corriente en nuestros tiempos. Parece una
muchacha de buena familia.
De
nuevo se inclinó sobre ella. Tal vez él mismo era padre de jóvenes bien
educadas que habrían podido pasar por señoritas de buena familia y finos
modales.
‑Lo
más importante ‑exclamó Raskolnikof, agitado‑, lo más importante es no permitir
que caiga en manos de ese malvado. La ultrajaría por segunda vez; sus
pretensiones son claras como el agua. ¡Mírelo! El muy granuja no se va.
Hablaba
en voz alta y señalaba al desconocido con el dedo. Éste lo oyó y pareció que
iba a dejarse llevar de la cólera, pero se contuvo y se limitó a dirigirle una
mirada desdeñosa. Luego se alejó lentamente una docena de pasos y se detuvo de
nuevo.
‑No
permitir que caiga en sus manos ‑repitió el agente, pensativo‑. Desde luego,
eso se podría conseguir. Pero tenemos que averiguar su dirección. De lo
contrario... Oiga, señorita. Dígame...
Se
había inclinado de nuevo sobre ella. De súbito, la muchacha abrió los ojos por
completo, miró a los dos hombres atentamente y, como si la luz se hiciera
repentinamente en su cerebro, se levantó del banco y emprendió a la inversa el
camino por donde había venido.
‑¡Los
muy insolentes! ‑murmuró‑. ¡No me los puedo quitar de encima!
Y
agitó de nuevo los brazos con el gesto del que quiere rechazar algo. Iba con
paso rápido y todavía inseguro. El elegante desconocido continuó la
persecución, pero por el otro lado de la calzada y sin perderla de vista.
‑No
se inquiete ‑dijo resueltamente el policía, ajustando su paso al de la muchacha‑:
ese hombre no la molestará. ¡Ah, cuánto vicio hay por el mundo! ‑repitió, y
lanzó un suspiro.
En
ese momento, Raskolnikof se sintió asaltado por un impulso incomprensible.
‑¡Oiga! ‑gritó al noble bigotudo.
El policía se volvió.
‑¡Déjela!
¿A usted qué? ¡Deje que se divierta! ‑y señalaba al perseguidor‑. ¿A usted qué?
El
agente no comprendía. Le miraba con los ojos muy abiertos.
Raskolnikof se echó a reír.
‑¡Bah!
‑exclamó el agente mientras sacudía la mano con ademán desdeñoso.
Y
continuó la persecución del elegante señor y de la muchacha.
Sin
duda había tomado a Raskolnikof por un loco o por algo peor.
Cuando el joven se vio solo se dijo, indignado:
«Se
lleva mis veinte kopeks. Ahora hará que el otro le pague también y le dejará la
muchacha: así terminará la cosa. ¿Quién me ha mandado meterme a socorrerla?
¿Acaso esto es cosa mía? Sólo piensan en comerse vivos unos a otros. ¿A mí qué
me importa? Tampoco sé cómo me he atrevido a dar esos veinte kopeks. ¡Como si
fueran míos...!»
A
pesar de estas extrañas palabras, tenía el corazón oprimido. Se sentó en el
banco abandonado. Sus pensamientos eran incoherentes. Por otra parte, pensar,
fuera en lo que fuere, era para él un martirio en aquel momento. Hubiera
deseado olvidarlo todo, dormirse, después despertar y empezar una nueva vida.
«¡Pobre
muchacha! ‑se dijo mirando el pico del banco donde había estado sentada‑.
Cuando vuelva en sí, llorará y su madre se enterará de todo. Primero, su madre
le pegará, después la azotará cruelmente, como a un ser vil, y acto seguido, a
lo mejor, la echará a la calle. Aunque no la eche, una Daría Frantzevna
cualquiera acabará por olfatear la presa, y ya tenemos a la pobre muchacha
rodando de un lado a otro... Después el hospital (así ocurre siempre a las que
tienen madres honestas y se ven obligadas a hacer las cosas discretamente), y
después... después... otra vez al hospital. Dos o tres años de esta vida, y ya
es un ser acabado; sí, a los dieciocho o diecinueve años, ya es una mujer
agotada... ¡Cuántas he visto así! ¡Cuántas han llegado a eso! Sí, todas
empiezan como ésta... Pero ¡qué me importa a mí! Un tanto por ciento al año ha
de terminar así y desaparecer. Dios sabe dónde..., en el infierno, sin duda,
para garantizar la tranquilidad de los demás... ¡Un tanto por ciento! ¡Qué
expresiones tan finas, tan tranquilizadoras, tan técnicas, emplea la gente...!
Un tanto por ciento; no hay, pues, razón, para inquietarse... Si se dijera de
otro modo, la cosa cambiaria..., la preocupación sería mayor...
»¿Y
si Dunetchka se viera englobada en este tanto por ciento, si no el año que
corre, el que viene?
»Pero,
a todo esto, ¿adónde voy?‑pensó de súbito‑. ¡Qué raro! Yo he salido de casa
para ir a alguna parte; apenas he terminado de leer, he salido para... ¡Ahora
me acuerdo: iba a Vasilievski Ostrof, a casa de Rasumikhine! Pero ¿para qué? ¿A
santo de qué se me ha ocurrido ir a ver a Rasumikhine? ¡Qué cosa tan
extraordinaria!»
Ni
él mismo comprendía sus actos. Rasumikhine era uno de sus antiguos compañeros
de universidad. Hay que advertir que Raskolnikof, cuando estudiaba, vivía
aparte de los demás alumnos, aislado, sin ir a casa de ninguno de ellos ni
admitir sus visitas. Sus compañeros le habían vuelto pronto la espalda. No
tomaba parte en las reuniones, en las polémicas ni en las diversiones de sus
condiscípulos. Estudiaba con un ahínco, con un ardor que le había atraído la
admiración de todos, pero ninguno le tenía afecto. Era pobre en extremo,
orgulloso, altivo, y vivía encerrado en si mismo como si guardara un secreto.
Algunos de sus compañeros juzgaban que los consideraba como niños a los que
superaba en cultura y conocimientos y cuyas ideas e intereses eran muy
inferiores a los suyos.
Sin
embargo, había hecho amistad con Rasumikhine. Por lo menos, se mostraba con él
más comunicativo, más franco que con los demás. Y es que era imposible
comportarse con Rasumikhine de otro modo. Era un muchacho alegre, expansivo y
de una bondad que rayaba en el candor. Pero este candor no excluía los
sentimientos profundos ni la perfecta dignidad. Sus amigos lo sabían, y por eso
lo estimaban todos. Estaba muy lejos de ser torpe, aunque a veces se mostraba
demasiado ingenuo. Tenía una cara expresiva; era alto y delgado, de cabello
negro, e iba siempre mal afeitado. Hacía sus calaveradas cuando se presentaba
la ocasión, y se le tenía por un hércules. Una noche que recorría las calles en
compañía de sus camaradas había derribado de un solo puñetazo a un gendarme que
media como mínimo uno noventa de estatura. Del mismo modo que podía beber sin
tasa, era capaz de observar la sobriedad más estricta. Unas veces cometía
locuras imperdonables; otras mostraba una prudencia ejemplar.
Rasumikhine
tenía otra característica notable: ninguna contrariedad le turbaba; ningún
revés le abatía. Podría haber vivido sobre un tejado, soportar el hambre más
atroz y los fríos más crueles. Era extremadamente pobre, tenía que vivir de sus
propios recursos y nunca le faltaba un medio a otro de ganarse la vida. Conocía
infinidad de lugares donde procurarse dinero..., trabajando, naturalmente.
Se
le había visto pasar todo un invierno sin fuego, y él decía que esto era
agradable, ya que se duerme mejor cuando se tiene frió. Había tenido también
que dejar la universidad por falta de recursos, pero confiaba en poder reanudar
sus estudios muy pronto, y procuraba por todos los medios mejorar su situación
pecuniaria.
Hacía
cuatro meses que Raskolnikof no había ido a casa de Rasumikhine. Y Rasumikhine
ni siquiera conocía la dirección de su amigo. Un día, hacía unos dos meses, se
habían encontrado en la calle, pero Raskolnikof se había desviado e incluso
había pasado a la otra acera. Rasumikhine, aunque había reconocido
perfectamente a su amigo, había fingido no verle, a fin de no avergonzarle.
V
No hace mucho ‑pensó‑ me
propuse, en efecto, ir a pedir a Rasumikhine que me proporcionara trabajo
(lecciones a otra cosa cualquiera); pero ahora ¿qué puede hacer por mí?
Admitamos que me encuentre algunas lecciones e incluso que se reparta conmigo
sus últimos kopeks, si tiene alguno, de modo que yo no pueda comprarme unas
botas y adecentar mi traje, pues no voy a presentarme así a dar lecciones. Pero
¿qué haré después con unos cuantos kopeks? ¿Es esto acaso lo que yo necesito
ahora? ¡Es sencillamente ridículo que vaya a casa de Rasumikhine!»
La
cuestión de averiguar por qué se dirigía a casa de Rasumikhine le atormentaba
más de lo que se confesaba a sí mismo. Buscaba afanosamente un sentido
siniestro a aquel acto aparentemente tan anodino.
«¿Se
puede admitir que me haya figurado que podría arreglarlo todo con la exclusiva
ayuda de Rasumikhine, que en él podía hallar la solución de todos mis graves
problemas?», se preguntó sorprendido.
Reflexionaba,
se frotaba la frente. Y he aquí que de pronto ‑cosa inexplicable‑, después de
estar torturándose la mente durante largo rato, una idea extraordinaria surgió
en su cerebro.
«Iré
a casa de Rasumikhine ‑se dijo entonces con toda calma, como el que ha tomado
una resolución irrevocable‑; iré a casa de Rasumikhine, cierto, pero no
ahora...; iré a su casa al día siguiente del hecho, cuando todo haya terminado
y todo haya cambiado para mí.»
Repentinamente, Raskolnikof volvió en sí.
«Después
del hecho ‑se dijo con un sobresalto‑. Pero este hecho ¿se llevará a cabo, se
realizará verdaderamente?»
Se
levantó del banco y echó a andar con paso rápido. Casi corría, con la intención
de volver a su casa. Pero al pensar en su habitación experimentó una impresión
desagradable. Era en su habitación, en aquel miserable tabuco, donde había
madurado la «cosa», hacía ya más de un mes. Raskolnikof dio media vuelta y
continuó su marcha a la ventura.
Un
febril temblor nervioso se había apoderado de él. Se estremecía. Tenía frío a
pesar de que el calor era insoportable. Cediendo a una especie de necesidad
interior y casi inconsciente, hizo un gran esfuerzo para fijar su atención en
las diversas cosas que veía, con objeto de librarse de sus pensamientos; pero
el empeño fue vano: a cada momento volvía a caer en su delirio. Estaba absorto
unos instantes, se estremecía, levantaba la cabeza, paseaba la mirada a su
alrededor y ya no se acordaba de lo que estaba pensando hacía unos segundos. Ni
siquiera reconocía las calles que iba recorriendo. Así atravesó toda la isla
Vasilievski, llegó ante el Pequeño Neva, pasó el puente y desembocó en las
islas menores.
En
el primer momento, el verdor y la frescura del paisaje alegraron sus cansados
ojos, habituados al polvo de las calles, a la blancura de la cal, a los enormes
y aplastantes edificios. Aquí la atmósfera no era irrespirable ni pestilente.
No se veía ni una sola taberna... Pero pronto estas nuevas sensaciones
perdieron su encanto para él, que otra vez cayó en un malestar enfermizo.
A
veces se detenía ante alguno de aquellos chalés graciosamente incrustados en la
verde vegetación. Miraba por la verja y veía a lo lejos, en balcones y
terrazas, mujeres elegantemente compuestas y niños que correteaban por el
jardín. Lo que más le interesaba, lo que atraía especialmente sus miradas, eran
las flores. De vez en cuando veía pasar elegantes jinetes, amazonas, magníficos
carruajes. Los seguía atentamente con la mirada y los olvidaba antes de que
hubieran desaparecido.
De
pronto se detuvo y contó su dinero. Le quedaban treinta kopeks... «Veinte al
agente de policía, tres a Nastasia por la carta. Por lo tanto, ayer dejé en
casa de los Marmeladof de cuarenta y siete a cincuenta...» Sin duda había hecho
estos cálculos por algún motivo, pero lo olvidó apenas sacó el dinero del
bolsillo y no volvió a recordarlo hasta que, al pasar poco después ante una
tienda de comestibles, un tabernucho más bien, notó que estaba hambriento.
Entró
en el figón, se bebió una copa de vodka y dio algunos bocados a un pastel que
se llevó para darle fin mientras continuaba su paseo. Hacía mucho tiempo que no
había probado el vodka, y la copita que se acababa de tomar le produjo un
efecto fulminante. Las piernas le pesaban y el sueño le rendía. Se propuso
volver a casa, pero, al llegar a la isla Petrovski[16], hubo de detenerse:
estaba completamente agotado.
Salió,
pues, del camino, se internó en los sotos, se dejó caer en la hierba y se quedó
dormido en el acto.
Los
sueños de un hombre enfermo suelen tener una nitidez extraordinaria y se
asemejan a la realidad hasta confundirse con ella. Los sucesos que se
desarrollan son a veces monstruosos, pero el escenario y toda la trama son tan
verosímiles y están llenos de detalles tan imprevistos, tan ingeniosos, tan
logrados, que el durmiente no podría imaginar nada semejante estando despierto,
aunque fuera un artista de la talla de Pushkin o Turgueniev. Estos sueños no se
olvidan con facilidad, sino que dejan una impresión profunda en el desbaratado
organismo y el excitado sistema nervioso del enfermo.
Raskolnikof
tuvo un sueño horrible. Volvió a verse en el pueblo donde vivió con su familia
cuando era niño[17].
Tiene siete años y pasea con su padre por los alrededores de la pequeña
población, ya en pleno campo. Está nublado, el calor es bochornoso, el paisaje
es exactamente igual al que él conserva en la memoria. Es más, su sueño le
muestra detalles que ya había olvidado. El panorama del pueblo se ofrece
enteramente a la vista. Ni un solo árbol, ni siquiera un sauce blanco en los
contornos. Únicamente a lo lejos, en el horizonte, en los confines del cielo,
por decirlo así, se ve la mancha oscura de un bosque.
A
unos cuantos pasos del último jardín de la población hay una taberna, una gran
taberna que impresionaba desagradablemente al niño, e incluso lo atemorizaba,
cuando pasaba ante ella con su padre. Estaba siempre llena de clientes que
vociferaban, reían, se insultaban, cantaban horriblemente, con voces
desgarradas, y llegaban muchas veces a las manos. En las cercanías de la
taberna vagaban siempre hombres borrachos de caras espantosas. Cuando el niño
los veía, se apretaba convulsivamente contra su padre y temblaba de pies a
cabeza. No lejos de allí pasaba un estrecho camino eternamente polvoriento.
¡Qué negro era aquel polvo! El camino era tortuoso y, a unos trescientos pasos
de la taberna, se desviaba hacia la derecha y contorneaba el cementerio.
En
medio del cementerio se alzaba una iglesia de piedra, de cúpula verde. El niño
la visitaba dos veces al año en compañía de su padre y de su madre para oír la
misa que se celebraba por el descanso de su abuela, muerta hacía ya mucho
tiempo y a la que no había conocido. La familia llevaba siempre, en un plato
envuelto con una servilleta, el pastel de los muertos[18], sobre el que había una
cruz formada con pasas. Raskolnikof adoraba esta iglesia, sus viejas imágenes
desprovistas de adornos, y también a su viejo sacerdote de cabeza temblorosa.
Cerca de la lápida de su abuela había una pequeña tumba, la de su hermano
menor, muerto a los seis meses y del que no podía acordarse porque no lo había
conocido. Si sabía que había tenido un hermano era porque se lo habían dicho. Y
cada vez que iba al cementerio, se santiguaba piadosamente ante la pequeña
tumba, se inclinaba con respeto y la besaba.
Y
ahora he aquí el sueño.
Va
con su padre por el camino que conduce al cementerio. Pasan por delante de la
taberna. Sin soltar la mano de su padre, dirige una mirada de horror al
establecimiento. Ve una multitud de burguesas endomingadas, campesinas con sus
maridos, y toda clase de gente del pueblo. Todos están ebrios; todos cantan.
Ante la puerta hay un raro vehículo, una de esas enormes carretas de las que
suelen tirar robustos caballos y que se utilizan para el transporte de barriles
de vino y toda clase de mercancías. Raskolnikof se deleitaba contemplando estas
hermosas bestias de largas crines y recias patas, que, con paso mesurado y
natural y sin fatiga alguna arrastraban verdaderas montañas de carga. Incluso
se diría que andaban más fácilmente enganchados a estos enormes vehículos que
libres.
Pero
ahora ‑cosa extraña‑ la pesada carreta tiene entre sus varas un
caballejo de una delgadez lastimosa, uno de esos rocines de aldeano que él ha
visto muchas veces arrastrando grandes carretadas de madera o de heno y que los
mujiks desloman a golpes, llegando a pegarles incluso en la boca y en los ojos
cuando los pobres animales se esfuerzan en vano por sacar al vehículo de un
atolladero. Este espectáculo llenaba de lágrimas sus ojos cuando era niño y lo
presenciaba desde la ventana de su casa, de la que su madre se apresuraba a
retirarlo.
De
pronto se oye gran algazara en la taberna, de donde se ve salir, entre cantos y
gritos, un grupo de corpulentos mujiks embriagados, luciendo camisas rojas y
azules, con la balalaika en la mano y la casaca colgada descuidadamente en el
hombro.
‑¡Subid,
subid todos! ‑grita un hombre todavía joven, de grueso cuello, cara mofletuda y
tez de un rojo de zanahoria‑. Os llevaré a todos. ¡Subid!
Estas palabras provocan exclamaciones y risas.
‑¿Creéis que podrá con nosotros ese esmirriado rocín?
‑¿Has
perdido la cabeza, Mikolka? ¡Enganchar una bestezuela así a semejante carreta!
‑¿No
os parece, amigos, que ese caballejo tiene lo menos veinte años?
‑¡Subid! ¡Os llevaré a todos! ‑vuelve a gritar Mikolka.
Y
es el primero que sube a la carreta. Coge las riendas y su corpachón se instala
en el pescante.
‑El
caballo bayo ‑dice a grandes voces‑ se lo llevó hace poco Mathiev, y esta
bestezuela es una verdadera pesadilla para mí. Me gusta pegarle, palabra de
honor. No se gana el pienso que se come. ¡Hala, subid! lo haré galopar, os
aseguro que lo haré galopar.
Empuña
el látigo y se dispone, con evidente placer, a fustigar al animalito.
‑Ya
lo oís: dice que lo hará galopar. ¡Ánimo y arriba! ‑exclamó una voz burlona
entre la multitud.
‑¿Galopar?
Hace lo menos diez meses que este animal no ha galopado.
‑Por lo menos, os llevará a buena marcha.
‑¡No
lo compadezcáis, amigos! ¡Coged cada uno un látigo! ¡Eso, buenos latigazos es
lo que necesita esta calamidad!
Todos
suben a la carreta de Mikolka entre bromas y risas. Ya hay seis arriba, y
todavía queda espacio libre. En vista de ello, hacen subir a una campesina de
cara rubicunda, con muchos bordados en el vestido y muchas cuentas de colores
en el tocado. No cesa de partir y comer avellanas entre risas burlonas.
La
muchedumbre que rodea a la carreta ríe también. Y, verdaderamente, ¿cómo no
reírse ante la idea de que tan escuálido animal pueda llevar al galope
semejante carga? Dos de los jóvenes que están en la carreta se proveen de
látigos para ayudar a Mikolka. Se oye el grito de U ¡Arre! y el caballo tira
con todas sus fuerzas. Pero no sólo no consigue galopar, sino que apenas logra
avanzar al paso. Patalea, gime, encorva el lomo bajo la granizada de latigazos.
Las risas redoblan en la carreta y entre la multitud que la ve partir. Mikolka
se enfurece y se ensaña en la pobre bestia, obstinado en verla galopar.
‑¡Dejadme
subir también a mí, hermanos! ‑grita un joven, seducido por el alegre
espectáculo.
‑¡Sube!
¡Subid! ‑grita Mikolka‑. ¡Nos llevará a todos! Yo le obligaré a fuerza de
golpes... ¡Latigazos! ¡Buenos latigazos!
La
rabia le ciega hasta el punto de que ya ni siquiera sabe con qué pegarle para
hacerle más daño.
‑Papá,
papaíto ‑exclama Rodia‑. ¿Por qué hacen eso? ¿Por qué martirizan a ese pobre
caballito?
‑Vámonos,
vámonos
‑responde el padre‑. Están borrachos... Así se divierten, los muy
imbéciles... Vámonos..., no mires...
E
intenta llevárselo. Pero el niño se desprende de su mano y, fuera de si, corre
hacia la carreta. El pobre animal está ya exhausto. Se detiene, jadeante; luego
empieza a tirar nuevamente... Está a punto de caer.
‑¡Pegadle
hasta matarlo! ‑ruge Mikolka‑. ¡Eso es lo que hay que hacer! ¡Yo os ayudo!
‑¡Tú
no eres cristiano: eres un demonio! ‑grita un viejo entre la multitud.
Y otra voz añade:
‑¿Dónde
se ha visto enganchar a un animalito así a una carreta como ésa?
‑¡Lo vas a matar! ‑vocifera un tercero.
‑¡Id
al diablo! El animal es mío y puedo hacer con él lo que me dé la gana. ¡Subid,
subid todos! ¡He de hacerlo galopar!
De
súbito, un coro de carcajadas ahoga la voz de Mikolka. El animal, aunque medio
muerto por la lluvia de golpes, ha perdido la paciencia y ha empezado a cocear.
Hasta el viejo, sin poder contenerse, participa de la alegría general. En
verdad, la cosa no es para menos: ¡dar coces un caballo que apenas se sostiene
sobre sus patas...!
Dos
mozos se destacan de la masa de espectadores, empuñan cada uno un látigo y
empiezan a golpear al pobre animal, uno por la derecha y otro por la izquierda.
‑Pegadle
en el hocico, en los ojos, ¡dadle fuerte en los ojos! ‑vocifera Mikolka.
‑¡Cantemos
una canción, camaradas! ‑dice una voz en la carreta‑. El estribillo tenéis que
repetirlo todos.
Los mujiks entonan una canción grosera acompañados por un
tamboril. El estribillo se silba. La campesina sigue partiendo avellanas y
riendo con sorna.
Rodia se acerca al caballo y se coloca delante de él. Así
puede ver cómo le pegan en los ojos..., ¡en los ojos...! Llora. El corazón se
le contrae. Ruedan sus lágrimas. Uno de los verdugos le roza la cara con el
látigo. Él ni siquiera se da cuenta. Se retuerce las manos, grita, corre hacia
el viejo de barba blanca, que sacude la cabeza y parece condenar el
espectáculo. Una mujer lo coge de la mano y se lo quiere llevar. Pero él se
escapa y vuelve al lado del caballo, que, aunque ha llegado al límite de sus fuerzas,
intenta aún cocear.
‑¡El
diablo te lleve! ‑vocifera Mikolka, ciego de ira.
Arroja
el látigo, se inclina y coge del fondo de la carreta un grueso palo.
Sosteniéndolo con las dos manos por un extremo, lo levanta penosamente sobre el
lomo de la víctima.
‑¡Lo vas a matar! ‑grita uno de los espectadores.
‑Seguro que lo mata ‑dice otro.
‑¿Acaso no es mío? ‑ruge Mikolka.
Y
golpea al animal con todas sus fuerzas. Se oye un ruido seco.
‑¡Sigue!
¡Sigue! ¿Qué esperas? ‑gritan varias voces entre la multitud.
Mikolka
vuelve a levantar el palo y descarga un segundo golpe en el lomo de la pobre
bestia. El animal se contrae; su cuarto trasero se hunde bajo la violencia del
golpe; después da un salto y empieza a tirar con todo el resto de sus fuerzas.
Su propósito es huir del martirio, pero por todas partes encuentra los látigos
de sus seis verdugos. El palo se levanta de nuevo y cae por tercera vez, luego
por cuarta, de un modo regular. Mikolka se enfurece al ver que no ha podido
acabar con el caballo de un solo golpe.
‑¡Es duro de pelar! ‑exclama uno de los espectadores.
‑Ya
veréis como cae, amigos: ha llegado su última hora ‑dice otro de los curiosos.
‑¡Coge
un hacha! ‑sugiere un tercero‑. ¡Hay que acabar de una vez!
‑¡No
decís más que tonterías! ‑brama Mikolka‑. ¡Dejadme pasar!
Arroja
el palo, se inclina, busca de nuevo en el fondo de la carreta y, cuando se pone
derecho, se ve en sus manos una barra de hierro.
‑¡Cuidado! ‑exclama.
Y,
con todas sus fuerzas, asesta un tremendo golpe al desdichado animal. El
caballo se tambalea, se abate, intenta tirar con un último esfuerzo, pero la
barra de hierro vuelve a caer pesadamente sobre su espinazo. El animal se
desploma como si le hubieran cortado las cuatro patas de un solo tajo.
‑¡Acabemos
con él! ‑ruge Mikolka como un loco, saltando de la carreta.
Varios
jóvenes, tan borrachos y congestionados como él, se arman de lo primero que
encuentran ‑látigos, palos, estacas‑ y se arrojan sobre el caballejo
agonizante. Mikolka, de pie junto a la víctima, no cesa de golpearla con la
barra. El animalito alarga el cuello, exhala un profundo resoplido y muere.
‑¡Ya está! ‑dice una voz entre la multitud.
‑Se había empeñado en no galopar.
‑¡Es
mío! ‑exclama Mikolka con la barra en la mano, enrojecidos los ojos y como
lamentándose de no tener otra victima a la que golpear.
‑Desde
luego, tú no crees en Dios ‑dicen algunos de los que han presenciado la escena.
El
pobre niño está fuera de sí. Lanzando un grito, se abre paso entre la gente y
se acerca al caballo muerto. Coge el hocico inmóvil y ensangrentado y lo besa;
besa sus labios, sus ojos. Luego da un salto y corre hacia Mikolka blandiendo
los puños. En este momento lo encuentra su padre, que lo estaba buscando, y se
lo lleva.
‑Ven, ven ‑le dice‑. Vámonos a casa.
‑Papá,
¿por qué han matado a ese pobre caballito? ‑gime Rodia. Alteradas por su
entrecortada respiración, sus palabras salen como gritos roncos de su contraída
garganta.
‑Están
borrachos ‑responde el padre‑. Así se divierten. Pero vámonos: aquí no tenemos
nada que hacer.
Rodia
le rodea con sus brazos. Siente una opresión horrible en el pecho. Hace un
esfuerzo por recobrar la respiración, intenta gritar... Se despierta.
Raskolnikof
se despertó sudoroso: todo su cuerpo estaba húmedo, empapados sus cabellos. Se
levantó horrorizado, jadeante...
‑¡Bendito
sea Dios! ‑exclamó‑. No ha sido más que un sueño.
Se sentó al pie de un árbol y respiró profundamente.
«Pero
¿qué me ocurre? Debo de tener fiebre. Este sueño horrible lo demuestra.»
Tenía
el cuerpo acartonado; en su alma todo era oscuridad y turbación. Apoyó los
codos en las rodillas y hundió la cabeza entre las manos.
«¿Es
posible, Señor, es realmente posible que yo coja un hacha y la golpee con ella
hasta partirle el cráneo? ¿Es posible que me deslice sobre la sangre tibia y
viscosa, para forzar la cerradura, robar y ocultarme con el hacha, temblando,
ensangrentado? ¿Es posible, Señor?»
Temblaba
como una hoja...
«Pero
¿a qué pensar en esto? ‑prosiguió, profundamente sorprendido‑. Ya estaba
convencido de que no sería capaz de hacerlo. ¿Por qué, pues, atormentarme
así...? Ayer mismo, cuando hice el... ensayo, comprendí perfectamente que esto
era superior a mis fuerzas. ¿Qué necesidad tengo de volver e interrogarme?
Ayer, cuando bajaba aquella escalera, me decía que el proyecto era vil,
horrendo, odioso. Sólo de pensar en él me sentía aterrado, con el corazón
oprimido... No, no tendría valor; no lo tendría aunque supiera que mis cálculos
son perfectos, que todo el plan forjado este último mes tiene la claridad de la
luz y la exactitud de la aritmética... Nunca, nunca tendría valor... ¿Para qué,
pues, seguir pensando en ello?»
Se
levantó, lanzó una mirada de asombro en todas direcciones, como sorprendido de
verse allí, y se dirigió al puente. Estaba pálido y sus ojos brillaban. Sentía
todo el cuerpo dolorido, pero empezaba a respirar más fácilmente. Notaba que se
había librado de la espantosa carga que durante tanto tiempo le había abrumado.
Su alma se había aligerado y la paz reinaba en ella.
«Señor
‑imploró‑, indícame el camino que debo seguir y renunciaré a ese maldito
sueño.»
Al
pasar por el puente contempló el Neva y la puesta del sol, hermosa y flamígera.
Pese a su debilidad, no sentía fatiga alguna. Se diría que el temor que durante
el mes último se había ido formando poco a poco en su corazón se había
reventado de pronto. Se sentía libre, ¡libre! Se había roto el embrujo, la
acción del maleficio había cesado.
Más
adelante, cuando Raskolnikof recordaba este período de su vida y todo lo
sucedido durante él, minuto por minuto, punto por punto, sentía una mezcla de
asombro e inquietud supersticiosa ante un detalle que no tenía nada de
extraordinario, pero que había influido decisivamente en su destino.
He aquí el hecho que fue siempre un enigma para él.
¿Por
qué, aun sintiéndose fatigado tan extenuado, que debió regresar a casa por el
camino más corto y más directo, había dado un rodeo por la plaza del Mercado
Central, donde no tenía nada que hacer? Desde luego, esta vuelta no alargaba
demasiado su camino, pero era completamente inútil. Cierto que infinidad de
veces había regresado a su casa sin saber las calles que había recorrido; pero
¿por qué aquel encuentro tan importante para él, a la vez que tan casual, que
había tenido en la plaza del Mercado (donde no tenía nada que hacer), se había
producido entonces, a aquella hora, en aquel minuto de su vida y en tales
circunstancias que todo ello había de ejercer la influencia más grave y
decisiva en su destino? Era para creer que el propio destino lo había preparado
todo de antemano.
Eran
cerca de las nueve cuando llegó a la plaza del Mercado Central. Los vendedores
ambulantes, los comerciantes que tenían sus puestos al aire libre, los
tenderos, los almacenistas, recogían sus cosas o cerraban sus establecimientos.
Unos vaciaban sus cestas, otros sus mesas y todos guardaban sus mercancías y se
disponían a volver a sus casas, a la vez que se dispersaban los clientes. Ante
los bodegones que ocupaban los sótanos de los sucios y nauseabundos inmuebles
de la plaza, y especialmente a las puertas de las tabernas, hormigueaba una
multitud de pequeños traficantes y vagabundos.
Cuando
salía de casa sin rumbo fijo, Raskolnikof frecuentaba esta plaza y las callejas
de los alrededores. Sus andrajos no atraían miradas desdeñosas: allí podía
presentarse uno vestido de cualquier modo, sin temor a llamar la atención. En
la esquina del callejón K., un matrimonio de comerciantes vendía artículos de
mercería expuestos en dos mesas: carretes de hilo, ovillos de algodón, pañuelos
de indiana... También se estaban preparando para marcharse. Su retraso se debía
a que se habían entretenido hablando con una conocida que se había acercado al
puesto. Esta conocida era Elisabeth Ivanovna, o Lisbeth, como la solían llamar,
hermana de Alena Ivanovna, viuda de un registrador, la vieja Alena, la usurera
cuya casa había visitado Raskolnikof el día anterior para empeñar su reloj y
hacer un «ensayo». Hacía tiempo que tenía noticias de esta Lisbeth, y también
ella conocía un poco a Raskolnikof.
Era
una doncella de treinta y cinco años, desgarbada, y tan tímida y bondadosa que
rayaba en la idiotez. Temblaba ante su hermana mayor, que la tenía esclavizada;
la hacía trabajar noche y día, e incluso llegaba a pegarle.
Plantada
ante el comerciante y su esposa, con un paquete en la mano, los escuchaba con
atención y parecía mostrarse indecisa. Ellos le hablaban con gran animación.
Cuando Raskolnikof vio a Lisbeth experimentó un sentimiento extraño, una
especie de profundo asombro, aunque el encuentro no tenía nada de sorprendente.
‑Usted
y nadie más que usted, Lisbeth Ivanovna, ha de decidir lo que debe hacer ‑decía
el comerciante en voz alta‑. Venga mañana a eso de las siete. Ellos vendrán
también.
‑¿Mañana?
‑dijo Lisbeth lentamente y con aire pensativo, como si no se atreviera a
comprometerse.
‑¡Qué
miedo le tiene a Alena Ivanovna! ‑exclamó la esposa del comerciante, que era
una mujer de gran desenvoltura y voz chillona‑. Cuando la veo ponerse así, me
parece estar mirando a una niña pequeña. Al fin y al cabo, esa mujer que la
tiene en un puño no es más que su medio hermana.
‑Le
aconsejo que no diga nada a su hermana ‑continuó el marido‑. Créame. Venga a
casa sin pedirle permiso. La cosa vale la pena. Su hermana tendrá que
reconocerlo.
‑Tal vez venga.
‑De
seis a siete. Los vendedores enviarán a alguien y usted resolverá.
‑Le daremos una taza de té ‑prometió la vendedora.
‑Bien,
vendré ‑repuso Lisbeth, aunque todavía vacilante.
Y empezó a despedirse con su calma característica.
Raskolnikof
había dejado ya tan atrás al matrimonio y su amiga, que no pudo oír ni una
palabra más. Había acortado el paso insensiblemente y había procurado no perder
una sola sílaba de la conversación. A la sorpresa del primer momento había
sucedido gradualmente un horror que le produjo escalofríos. Se había enterado,
de súbito y del modo más inesperado, de que al día siguiente, exactamente a las
siete, Lisbeth, la hermana de la vieja, la única persona que la acompañaba,
habría salido y, por lo tanto, que a las siete del día siguiente la vieja
¡estaría sola en la casa!
Raskolnikof
estaba cerca de la suya. Entró en ella como un condenado a muerte. No intentó
razonar. Además, no habría podido.
Sin
embargo, sintió súbitamente y con todo su ser, que su libre albedrío y su
voluntad ya no existían, que todo acababa de decidirse irrevocablemente.
Aunque
hubiera esperado durante años enteros una ocasión favorable, aunque hubiera
intentado provocarla, no habría podido hallar una mejor y que ofreciese más
probabilidades de éxito que la que tan inesperadamente acababa de venírsele a
las manos.
Y
aún era menos indudable que el día anterior no le habría sido fácil averiguar,
sin hacer preguntas sospechosas y arriesgadas, que al día siguiente, a una hora
determinada, la vieja contra la que planeaba un atentado estaría completamente
sola en su casa.
VI
Raskolnikof se enteró
algún tiempo después, por pura casualidad, de por qué el matrimonio de
comerciantes había invitado a Lisbeth a ir a su casa. El asunto no podía ser
más sencillo e inocente. Una familia extranjera venida a menos quería vender
varios vestidos. Como esto no podía hacerse con provecho en el mercado,
buscaban una vendedora a domicilio. Lisbeth se dedicaba a este trabajo y tenía
una clientela numerosa, pues procedía con la mayor honradez: ponía siempre el
precio más limitado, de modo que con ella no había lugar a regateos. Hablaba
poco y, como ya hemos dicho, era humilde y tímida.
Pero, desde hacía algún
tiempo, Raskolnikof era un hombre dominado por las supersticiones. Incluso era
fácil descubrir en él los signos indelebles de esta debilidad. En el asunto que
tanto le preocupaba se sentía especialmente inclinado a ver coincidencias
sorprendentes, fuerzas extrañas y misteriosas. El invierno anterior, un
estudiante amigo suyo llamado Pokorev le había dado, poco antes de regresar a
Karkov, la dirección de la vieja Alena Ivanovna, por si tenía que empeñar algo.
Pasó mucho tiempo sin que tuviera necesidad de ir a visitarla, pues con sus
lecciones podía ir viviendo mal que bien. Pero, hacía seis semanas, había
acudido a su memoria la dirección de la vieja. Tenía dos cosas para empeñar: un
viejo reloj de plata de su padre y un anillo con tres piedrecillas rojas que su
hermana le había entregado en el momento de separarse, para que tuviera un
recuerdo de ella. Decidió empeñar el anillo. Cuando vio a Alena Ivanovna,
aunque no sabía nada de ella, sintió una repugnancia invencible.
Después de recibir dos
pequeños billetes, Raskolnikof entró en una taberna que encontró en el camino.
Se sentó, pidió té y empezó a reflexionar. Acababa de acudir a su mente, aunque
en estado embrionario, como el polluelo en el huevo, una idea que le interesó
extraordinariamente.
Una mesa casi vecina a la
suya estaba ocupada por un estudiante al que no recordaba haber visto nunca y
por un joven oficial. Habían estado jugando al billar y se disponían a tomar el
té. De improviso, Raskolnikof oyó que el estudiante daba al oficial la
dirección de Alena Ivanovna y empezaba a hablarle de ella. Esto le llamó la
atención: hacía sólo un momento que la había dejado, y ya estaba oyendo hablar
de la vieja. Sin duda, esto no era sino una simple coincidencia, pero su ánimo
estaba dispuesto a entregarse a una impresión obsesionante y no le faltó ayuda
para ello. El estudiante empezó a dar a su amigo detalles acerca de Alena
Ivanovna.
‑Es una mujer única. En
su casa siempre puede uno procurarse dinero. Es rica como un judío y podría
prestar cinco mil rublos de una vez. Sin embargo, no desprecia las operaciones
de un rublo. Casi todos los estudiantes tenemos tratos con ella. Pero ¡qué miserable
es!
Y empezó a darle detalles
de su maldad. Bastaba que uno dejara pasar un día después del vencimiento, para
que se quedara con el objeto empeñado.
‑Da por la prenda la
cuarta parte de su valor y cobra el cinco y hasta el seis por ciento de interés
mensual.
El estudiante, que estaba
hablador, dijo también que la usurera tenía una hermana, Lisbeth, y que la
menuda y horrible vieja la vapuleaba sin ningún miramiento, a pesar de que
Lisbeth medía aproximadamente un metro ochenta de altura.
‑¡Una mujer fenomenal! ‑exclamó
el estudiante, echándose a reír.
Desde este momento, el
tema de la charla fue Lisbeth. El estudiante hablaba de ella con un placer
especial y sin dejar de reír. El oficial, que le escuchaba atentamente, le rogó
que le enviara a Lisbeth para comprarle alguna ropa interior que necesitaba.
Raskolnikof no perdió una
sola palabra de la conversación y se enteró de ciertas cosas: Lisbeth era medio
hermana de Alena (tuvieron madres diferentes) y mucho más joven que ella, pues
tenía treinta y cinco años. La vieja la hacía trabajar noche y día. Además de
que guisaba y lavaba la ropa para su hermana y ella, cosía y fregaba suelos
fuera de casa, y todo lo que ganaba se lo entregaba a Alena. No se atrevía a
aceptar ningún encargo, ningún trabajo, sin la autorización de la vieja. Sin
embargo, Alena ‑Lisbeth lo sabía‑ había hecho ya testamento y, según él, su
hermana sólo heredaba los muebles. Dinero, ni un céntimo: lo legaba todo a un
monasterio del distrito de N. para pagar una serie perpetua de oraciones por el
descanso de su alma.
Lisbeth procedía de la
pequeña burguesía del tchin[19].
Era una mujer desgalichada, de talla desmedida, de piernas largas y torcidas y
pies enormes, como toda su persona, siempre calzados con zapatos ligeros. Lo
que más asombraba y divertía al estudiante era que Lisbeth estaba continuamente
encinta.
‑Pero ¿no has dicho que
no vale nada? ‑inquirió el oficial.
‑Tiene la piel negruzca y
parece un soldado disfrazado de mujer, pero no puede decirse que sea fea. Su
cara no está mal, y menos sus ojos. La prueba es que gusta mucho. Es tan dulce,
tan humilde, tan resignada... La pobre no sabe decir a nada que no: hace todo
lo que le piden... ¿Y su sonrisa? ¡Ah, su sonrisa es encantadora!
‑Ya veo que a ti también
te gusta ‑dijo el oficial, echándose a reír.
‑Por su extravagancia. En
cambio, a esa maldita vieja, la mataría y le robaría sin ningún remordimiento,
¡palabra! ‑exclamó con vehemencia el estudiante.
El oficial lanzó una
nueva carcajada, y Raskolnikof se estremeció. ¡Qué extraño era todo aquello!
‑Oye ‑dijo el estudiante,
cada vez más acalorado‑, quiero exponerte una cuestión seria. Naturalmente, he
hablado en broma, pero escucha. Por un lado tenemos una mujer imbécil, vieja,
enferma, mezquina, perversa, que no es útil a nadie, sino que, por el
contrario, es toda maldad y ni ella misma sabe por qué vive. Mañana morirá de
muerte natural... ¿Me sigues? ¿Comprendes?
‑Sí ‑afirmó el oficial,
observando atentamente a su entusiasmado amigo.
‑Continúo. Por otro lado
tenemos fuerzas frescas, jóvenes, que se pierden, faltas de sostén, por todas
partes, a miles. Cien, mil obras útiles se podrían mantener y mejorar con el
dinero que esa vieja destina a un monasterio. Centenares, tal vez millares de
vidas, se podrían encauzar por el buen camino; multitud de familias se podrían
salvar de la miseria, del vicio, de la corrupción, de la muerte, de los
hospitales para enfermedades venéreas..., todo con el dinero de esa mujer. Si
uno la matase y se apoderara de su dinero para destinarlo al bien de la
humanidad, ¿no crees que el crimen, el pequeño crimen, quedaría ampliamente
compensado por los millares de buenas acciones del criminal? A cambio de una
sola vida, miles de seres salvados de la corrupción. Por una sola muerte, cien
vidas. Es una cuestión puramente aritmética. Además, ¿qué puede pesar en la
balanza social la vida de una anciana esmirriada, estúpida y cruel? No más que
la vida de un piojo o de una cucaracha. Y yo diría que menos, pues esa vieja es
un ser nocivo, lleno de maldad, que mina la vida de otros seres. Hace poco le
mordió un dedo a Lisbeth y casi se lo arranca.
‑Sin duda -admitió el
oficial‑, no merece vivir. Pero la Naturaleza tiene sus derechos.
‑¡Alto! A la Naturaleza
se la corrige, se la dirige. De lo contrario, los prejuicios nos aplastarían.
No tendríamos ni siquiera un solo gran hombre. Se habla del deber, de la
conciencia, y no tengo nada que decir en contra, pero me pregunto qué concepto
tenemos de ellos. Ahora voy a hacerte otra pregunta.
‑No, perdona; ahora me
toca a mí; yo también tengo algo que preguntarte.
‑Te escucho.
‑Pues bien, la pregunta
es ésta. Has hablado con elocuencia, pero dime: ¿serías capaz de matar a esa
vieja con tus propias manos?
‑¡Claro que no! Estoy
hablando en nombre de la justicia. No se trata de mí.
‑Pues yo creo que si tú
no te atreves a hacerlo, no puedes hablar de justicia... Ahora vamos a jugar
otra partida.
Raskolnikof se sentía
profundamente agitado. Ciertamente, aquello no eran más que palabras, una
conversación de las más corrientes sostenida por gente joven. Más de una vez
había oído charlas análogas, con algunas variantes y sobre temas distintos.
Pero ¿por qué había oído expresar tales pensamientos en el momento mismo en que
ideas idénticas habían germinado en su cerebro? ¿Y por qué, cuando acababa de
salir de casa de Alena Ivanovna con aquella idea embrionaria en su mente, había
ido a sentarse al lado de unas personas que estaban hablando de la vieja?
Esta coincidencia le
parecía siempre extraña. La insignificante conversación de café ejerció una
influencia extraordinaria sobre él durante todo el desarrollo del plan.
Ciertamente, pareció haber intervenido en todo ello la fuerza del destino.
Al regresar de la plaza
se dejó caer en el diván y estuvo inmóvil una hora entera. Entre tanto, la
oscuridad había invadido la habitación. No tenía velas. Por otra parte, ni
siquiera pensó en encender una luz. Más adelante, nunca pudo recordar si había
pensado algo en aquellos momentos. Finalmente, sintió de nuevo escalofríos de
fiebre y pensó con satisfacción que podía acostarse en el diván sin tener que
quitarse la ropa. Pronto se sumió en un sueño pesado como el plomo.
Durmió largamente y casi
sin soñar. A las diez de la mañana siguiente, Nastasia entró en la habitación.
No conseguía despertarlo. Le llevaba pan y un poco de té en su propia tetera,
como el día anterior.
‑¡Eh! ¿Todavía acostado? ‑gritó,
indignada‑. ¡No haces más que dormir!
Raskolnikof se levantó
con un gran esfuerzo. Le dolía la cabeza. Dio una vuelta por el cuarto y volvió
a echarse en el diván.
‑¿Otra vez a dormir? ‑exclamó
Nastasia‑. ¿Es que estás enfermo?
Raskolnikof no contestó.
‑¿Quieres té?
‑Más tarde ‑repuso el
joven penosamente. Luego cerró los ojos y se volvió de cara a la pared.
Nastasia estuvo un
momento contemplándolo.
‑A lo mejor está enfermo
de verdad -murmuró mientras se marchaba.
A las dos volvió a
aparecer con la sopa. Él estaba todavía acostado y no había probado el té.
Nastasia se sintió incluso ofendida y empezó a zarandearlo.
‑¿A qué viene tanta
modorra? ‑gruñó, mirándole con desprecio.
Él se sentó en el diván,
pero no pronunció ni una palabra. Permaneció con la mirada fija en el suelo.
‑¡Bueno! Pero ¿estás
enfermo o qué? ‑preguntó Nastasia.
Esta segunda pregunta
quedó tan sin respuesta como la primera.
‑Debes salir ‑dijo
Nastasia tras un silencio‑. Te conviene tomar un poco el aire. Comerás,
¿verdad?
‑Más tarde ‑balbuceó
débilmente Raskolnikof‑. Ahora vete.
Y reforzó estas palabras
con un ademán.
Ella permaneció todavía
un momento en el cuarto, mirándolo con un gesto de compasión. Luego se fue.
Minutos después,
Raskolnikof abrió los ojos, contempló largamente la sopa y el té, cogió la
cuchara y empezó a comer.
Dio tres o cuatro
cucharadas, sin apetito, maquinalmente. Se le había calmado el dolor de cabeza.
Cuando terminó de comer se echó de nuevo en el diván. Pero no pudo dormir y se
quedó inmóvil, de bruces, con la cabeza hundida en la almohada. Soñaba, y su sueño
era extraño. Se imaginaba estar en África, en Egipto... La caravana con la que
iba se había detenido en un oasis. Los camellos estaban echados, descansando.
Las palmeras que los rodeaban balanceaban sus tupidos penachos. Los viajeros se
disponían a comer, pero Raskolnikof prefería beber agua de un riachuelo que
corría cerca de él con un rumoreo cantarín. El aire era deliciosamente fresco.
El agua, fría y de un azul maravilloso, corría sobre un lecho de piedras
multicolores y arena blanca con reflejos dorados...
De súbito, las campanadas
de un reloj resonaron claramente en su oído. Se estremeció, volvió a la
realidad, levantó la cabeza y miró hacia la ventana. Entonces recobró por
completo la lucidez y se levantó precipitadamente, como si lo arrancaran del
diván. Se acercó a la puerta de puntillas, la entreabrió cautelosamente y aguzó
el oído, tratando de percibir cualquier ruido que pudiera llegar de la
escalera.
Su corazón latía con
violencia. En la escalera reinaba la calma más absoluta; la casa entera parecía
dormir... La idea de que había estado sumido desde el día anterior en un
profundo sueño, sin haber hecho nada, sin haber preparado nada, le sorprendió:
su proceder era absurdo, incomprensible. Sin duda, eran las campanadas de las
seis las que acababa de ofr... Súbitamente, a su embotamiento y a su inercia
sucedió una actividad extraordinaria, desatinada y febril. Sin embargo, los
preparativos eran fáciles y no exigían mucho tiempo. Raskolnikof procuraba
pensar en todo, no olvidarse de nada. Su corazón seguía latiendo con tal
violencia, que dificultaba su respiración. Ante todo, había que preparar un
nudo corredizo y coserlo en el forro del gabán. Trabajo de un minuto. Introdujo
la mano debajo de la almohada, sacó la ropa interior que había puesto allí y
eligió una camisa sucia y hecha jirones. Con varias tiras formó un cordón de
unos cinco centímetros de ancho y treinta y cinco de largo. Lo dobló en dos, se
quitó el gabán de verano, de un tejido de algodón tupido y sólido (el único
sobretodo que tenla) y empezó a coser el extremo del cordón debajo del sobaco
izquierdo. Sus manos temblaban. Sin embargo, su trabajo resultó tan perfecto,
que cuando volvió a ponerse el gabán no se veía por la parte exterior el menor
indicio de costura. El hilo y la aguja se los había procurado hacía tiempo y
los guardaba, envueltos en un papel, en el cajón de su mesa. Aquel nudo
corredizo, destinado a sostener el hacha, constituía un ingenioso detalle de su
plan. No era cosa de ir por la calle con un hacha en la mano. Por otra parte,
si se hubiese limitado a esconder el hacha debajo del gabán, sosteniéndola por
fuera, se habría visto obligado a mantener continuamente la mano en el mismo
sitio, lo cual habría llamado la atención. El nudo corredizo le permitía llevar
colgada el hacha y recorrer así todo el camino, sin riesgo alguno de que se le
cayera. Además, llevando la mano en el bolsillo del gabán, podría sujetar por
un extremo el mango del hacha e impedir su balanceo. Dada la amplitud de la
prenda, que era un verdadero saco, no había peligro de que desde el exterior se
viera lo que estaba haciendo aquella mano.
Terminada esta operación,
Raskolnikof introdujo los dedos en una pequeña hendidura que había entre el
diván turco y el entarimado y extrajo un menudo objeto que desde hacía tiempo
tenía allí escondido. No se trataba de ningún objeto de valor, sino simplemente
de un trocito de madera pulida del tamaño de una pitillera. Lo había encontrado
casualmente un día, durante uno de sus paseos, en un patio contiguo a un
taller. Después le añadió una planchita de hierro, delgada y pulida de tamaño
un poco menor, que también, y aquel mismo día, se había encontrado en la calle.
Juntó ambas cosas, las ató firmemente con un hilo y las envolvió en un papel
blanco, dando al paquetito el aspecto más elegante posible y procurando que las
ligaduras no se pudieran deshacer sin dificultad. Así apartaría la atención de
la vieja de su persona por unos instantes, y él podría aprovechar la ocasión.
La planchita de hierro no tenía más misión que aumentar el peso del envoltorio,
de modo que la usurera no pudiera sospechar, aunque sólo fuera por unos
momentos, que la supuesta prenda de empeño era un simple trozo de madera.
Raskolnikof lo había guardado todo debajo del diván, diciéndose que ya lo
retiraría cuando lo necesitara.
Poco después oyó voces en
el patio.
‑¡Ya son más de las seis!
‑¡Dios mío, cómo pasa el
tiempo!
Corrió a la puerta,
escuchó, cogió su sombrero y empezó a bajar la escalera cautelosamente, con
paso silencioso, felino... Le faltaba la operación más importante: robar el
hacha de la cocina. Hacía ya tiempo que había elegido el hacha como
instrumento. Él tenía una especie de podadera, pero esta herramienta no le
inspiraba confianza, y todavía desconfiaba más de sus fuerzas. Por eso había
escogido definitivamente el hacha.
Respecto a estas
resoluciones, hemos de observar un hecho sorprendente: a medida que se
afirmaban, le parecían más absurdas y monstruosas. A pesar de la lucha
espantosa que se estaba librando en su alma, Raskolnikof no podía admitir en
modo alguno que sus proyectos llegaran a realizarse.
Es más, si todo hubiese
quedado de pronto resuelto, si todas las dudas se hubiesen desvanecido y todas
las dificultades se hubiesen allanado, él, seguramente, habría renunciado en el
acto a su proyecto, por considerarlo disparatado, monstruoso. Pero quedaban aún
infinidad de puntos por dilucidar, numerosos problemas por resolver. Procurarse
el hacha era un detalle insignificante que no le inquietaba lo más mínimo. ¡Si
todo fuera tan fácil! Al atardecer, Nastasia no estaba nunca en casa: o pasaba
a la de algún vecino o bajaba a las tiendas. Y siempre se dejaba la puerta
abierta. Estas ausencias eran la causa de las continuas amonestaciones que
recibía de su dueña. Así, bastaría entrar silenciosamente en la cocina y coger
el hacha; y después, una hora más tarde, cuando todo hubiera terminado, volver
a dejarla en su sitio. Pero esto último tal vez no fuera tan fácil. Podía
ocurrir que cuando él volviera y fuese a dejar el hacha en su sitio, Nastasia
estuviera ya en la casa. Naturalmente, en este caso, él tendría que subir a su
aposento y esperar una nueva ocasión. Pero ¿y si ella, entre tanto, advertía la
desaparición del hacha y la buscaba primero y después empezaba a dar gritos? He
aquí cómo nacen las sospechas o, cuando menos, cómo pueden nacer.
Sin embargo, esto no eran
sino pequeños detalles en los que no quería pensar. Por otra parte, no tenía
tiempo. Sólo pensaba en la esencia del asunto: los puntos secundarios los
dejaba para el momento en que se dispusiera a obrar. Pero esto último le parecía
completamente imposible. No concebía que pudiera dar por terminadas sus
reflexiones, levantarse y dirigirse a aquella casa. Incluso en su reciente
«ensayo» (es decir, la visita que había hecho a la vieja para efectuar un
reconocimiento definitivo en el lugar de la acción) distó mucho de creer que
obraba en serio. Se había dicho: «Vamos a ver. Hagamos un ensayo, en vez de
limitarnos a dejar correr la imaginación.» Pero no había podido desempeñar su
papel hasta el último momento: habíase indignado contra sí mismo. No obstante,
parecía que desde el punto de vista moral se podía dar por resuelto el asunto.
Su casuística, cortante como una navaja de afeitar, había segado todas las
objeciones. Pero cuando ya no pudo encontrarlas dentro de él, en su espíritu,
empezó a buscarlas fuera, con la obstinación propia de su esclavitud mental,
deseoso de hallar un garfio que lo retuviera.
Los imprevistos y
decisivos acontecimientos del día anterior lo gobernaban de un modo poco menos
que automático. Era como si alguien le llevara de la mano y le arrastrara con
una fuerza irresistible, ciega, sobrehumana; como si un pico de sus ropas hubiera
quedado prendido en un engranaje y él sintiera que su propio cuerpo iba a ser
atrapado por las ruedas dentadas.
Al principio ‑de esto
hacía ya bastante tiempo‑, lo que más le preocupaba era el motivo de que todos
los crímenes se descubrieran fácilmente, de que la pista del culpable se
hallara sin ninguna dificultad. Raskolnikof llegó a diversas y curiosas
conclusiones. Según él, la razón de todo ello estaba en la personalidad del
criminal más que en la imposibilidad material de ocultar el crimen.
En el momento de cometer
el crimen, el culpable estaba afectado de una pérdida de voluntad y raciocinio,
a los que sustituía una especie de inconsciencia infantil, verdaderamente
monstruosa, precisamente en el momento en que la prudencia y la cordura le eran
más necesarias. Atribuía este eclipse del juicio y esta pérdida de la voluntad
a una enfermedad que se desarrollaba lentamente, alcanzaba su máxima intensidad
poco antes de la perpetración del crimen, se mantenía en un estado estacionario
durante su ejecución y hasta algún tiempo después (el plazo dependía del
individuo), y terminaba al fin, como terminan todas las enfermedades.
Raskolnikof se preguntaba
si era esta enfermedad la que motivaba el crimen, o si el crimen, por su misma
naturaleza, llevaba consigo fenómenos que se confundían con los síntomas
patológicos. Pero era incapaz de resolver este problema.
Después de razonar de
este modo, se dijo que él estaba a salvo de semejantes trastornos morbosos y
que conservaría toda su inteligencia y toda su voluntad durante la ejecución
del plan, por la sencilla razón de que este plan no era un crimen. No expondremos
la serie de reflexiones que le Ilevaron a esta conclusión. Sólo diremos que las
dificultades puramente materiales, el lado práctico del asunto, le preocupaba
muy poco.
«Bastaría ‑se decía‑ que
conserve toda mi fuerza de voluntad y toda mi lucidez en el momento de llevar
la empresa a la práctica. Entonces es cuando habrá que analizar incluso los
detalles más ínfimos.»
Pero este momento no
llegaba nunca, por la sencilla razón de que Raskolnikof no se sentía capaz de
tomar una resolución definitiva. Así, cuando sonó la hora de obrar, todo le
pareció extraordinario, imprevisto como un producto del azar.
Antes de que terminara de
bajar la escalera, ya le había desconcertado un detalle insignificante. Al
llegar al rellano donde se hallaba la cocina de su patrona, cuya puerta estaba
abierta como de costumbre, dirigió una mirada furtiva al interior y se preguntó
si, aunque Nastasia estuviera ausente, no estaría en la cocina la patrona. Y
aunque no estuviera en la cocina, sino en su habitación, ¿tendría la puerta
bien cerrada? Si no era así, podría verle en el momento en que él cogía el
hacha.
Tras estas conjeturas, se
quedó petrificado al ver que Nastasia estaba en la cocina y, además, ocupada.
Iba sacando ropa de un cesto y tendiéndola en una cuerda. Al aparecer
Raskolnikof, la sirvienta se volvió y le siguió con la vista hasta que hubo
desaparecido. Él pasó fingiendo no haberse dado cuenta de nada. No cabía duda:
se había quedado sin hacha. Este contratiempo le abatió profundamente.
«¿De dónde me había
sacado yo -me preguntaba mientras bajaba los últimos escalones‑ que era seguro
que Nastasia se abría marchado a esta hora?» Estaba anonadado; incluso
experimentaba un sentimiento de humillación. Su furor le llevaba a mofarse de
sí mismo. Una cólera sorda, salvaje, hervía en él.
Al llegar a la entrada se
detuvo indeciso. La idea de irse a pasear sin rumbo no le seducía; la de volver
a su habitación, todavía menos. «¡Haber perdido una ocasión tan magnífica!»,
murmuró, todavía inmóvil y vacilante, ante la oscura garita del portero, cuya
puerta estaba abierta. De pronto se estremeció. En el interior de la garita, a
dos pasos de él, debajo de un banco que había a la izquierda, brillaba un
objeto... Raskolnikof miró en torno de él. Nadie. Se acercó a la puerta andando
de puntillas, bajó los dos escalones que había en el umbral y llamó al portero
con voz apagada.
«No está. Pero no debe de
andar muy lejos, puesto que ha dejado la puerta abierta.»
Se arrojó sobre el hacha
(pues era un hacha el brillante objeto), la sacó de debajo del banco, donde
estaba entre dos leños, la colgó inmediatamente en el nudo corredizo, introdujo
las manos en los bolsillos del gabán y salió de la garita. Nadie le había
visto.
«No es mi inteligencia la
que me ayuda, sino el diablo», se dijo con una sonrisa extraña.
Esta feliz casualidad le
enardeció extraordinariamente. Ya en la calle, echó a andar tranquilamente, sin
apresurarse, con objeto de no despertar sospechas. Apenas miraba a los
transeúntes y, desde luego, no fijaba su vista en ninguno; su deseo era pasar lo
más inadvertido posible.
De súbito se acordó de
que su sombrero atraía las miradas de la gente.
«¡Qué estúpido he sido!
Anteayer tenía dinero: habría podido comprarme una gorra.»
Y añadió una imprecación
que le salió de lo más hondo.
Su mirada se dirigió
casualmente al interior de una tienda y vio un reloj que señalaba las siete y
diez minutos. No había tiempo que perder. Sin embargo, tenía que dar un rodeo,
pues quería entrar en la casa por la parte posterior.
Cuando últimamente
pensaba en la situación en que se hallaba en aquel momento, se figuraba que se
sentiría aterrado. Pero ahora veía que no era así: no experimentaba miedo
alguno. Por su mente desfilaban pensamientos, breves, fugitivos, que no tenían
nada que ver con su empresa. Cuando pasó ante los jardines Iusupof[20], se dijo que en sus
plazas se debían construir fuentes monumentales para refrescar la atmósfera, y
seguidamente empezó a conjeturar que si el Jardín de Verano se extendiera hasta
el Campo de Marte e incluso se uniera al parque Miguel, la ciudad ganaría mucho
con ello. Luego se hizo una pregunta sumamente interesante: ¿por qué los
habitantes de las grandes poblaciones tienen la tendencia, incluso cuando no
los obliga la necesidad, a vivir en los barrios desprovistos de jardines y
fuentes, sucios, llenos de inmundicias y, en consecuencia, de malos olores?
Entonces recordó sus propios paseos por la plaza del Mercado y volvió
momentáneamente a la realidad.
«¡Qué cosas tan absurdas
se le ocurren a uno! lo mejor es no pensar en nada.»
Sin embargo,
seguidamente, como en un relámpago de lucidez, se dijo:
«Así les ocurre, sin
duda, a los condenados a muerte: cuando los llevan al lugar de la ejecución, se
aferran mentalmente a todo lo que ven en su camino[21]».
Pero rechazó
inmediatamente esta idea.
Ya estaba cerca. Ya veía
la casa. Allí estaba su gran puerta cochera...
En esto, un reloj dio una
campanada.
«¿Las siete y media ya?
Imposible. Ese reloj va adelantado.»
Pero también esta vez
tuvo suerte. Como si la cosa fuera intencionada, en el momento en que él llegó
ante la casa penetraba por la gran puerta un carro cargado de heno. Raskolnikof
se acercó a su lado derecho y pudo entrar sin que nadie lo viese. Al otro lado
del carro había gente que disputaba: oyó sus voces. Pero ni nadie le vio a él
ni él vio a nadie. Algunas de las ventanas que daban al gran patio estaban
abiertas, pero él no levantó la vista: no se atrevió... La escalera que
conducía a casa de Alena Ivanovna estaba a la derecha de la puerta. Raskolnikof
se dirigió a ella y se detuvo, con la mano en el corazón, como si quisiera
frenar sus latidos. Aseguró el hacha en el nudo corredizo, aguzó el oído y
empezó a subir, paso a paso sigilosamente. No había nadie. Las puertas estaban
cerradas. Pero al llegar al segundo piso, vio una abierta de par en par.
Pertenecía a un departamento deshabitado, en el que trabajaban unos pintores.
Estos hombres ni siquiera vieron a Raskolnikof. Pero él se detuvo un momento y se
dijo: «Aunque hay dos pisos sobre éste, habría sido preferible que no
estuvieran aquí esos hombres.»
Continuó en seguida la
ascensión y llegó al cuarto piso. Allí estaba la puerta de las habitaciones de
la prestamista. El departamento de enfrente seguía desalquilado, a juzgar por
las apariencias, y el que estaba debajo mismo del de la vieja, en el tercero,
también debía de estar vacío, ya que de su puerta había desaparecido la tarjeta
que Raskolnikof había visto en su visita anterior. Sin duda, los inquilinos se
habían mudado.
Raskolnikof jadeaba.
Estuvo un momento vacilando. «¿No será mejor que me vaya?» Pero ni siquiera se
dio respuesta a esta pregunta. Aplicó el oído a la puerta y no oyó nada: en el
departamento de Alena Ivanovna reinaba un silencio de muerte. Su atención se
desvió entonces hacia la escalera: permaneció un momento inmóvil, atento al
menor ruido que pudiera llegar desde abajo...
Luego miró en todas
direcciones y comprobó que el hacha estaba en su sitio. Seguidamente se
preguntó: «¿No estaré demasiado pálido..., demasiado trastornado? ¡Es tan
desconfiada esa vieja! Tal vez me convendría esperar hasta tranquilizarme un
poco.» Pero los latidos de su corazón, lejos de normalizarse, eran cada vez más
violentos... Ya no pudo contenerse: tendió lentamente la mano hacia el cordón
de la campanilla y tiró. Un momento después insistió con violencia.
No obtuvo respuesta, pero
no volvió a llamar: además de no conducir a nada, habría sido una torpeza. No
cabía duda de que la vieja estaba en casa; pero era suspicaz y debía de estar
sola. Empezaba a conocer sus costumbres...
Aplicó de nuevo el oído a
la puerta y... ¿Sería que sus sentidos se habían agudizado en aquellos momentos
(cosa muy poco probable), o el ruido que oyó fue perfectamente perceptible? De
lo que no le cupo duda es de que percibió que una mano se apoyaba en el
pestillo, mientras el borde de un vestido rozaba la puerta. Era evidente que
alguien hacía al otro lado de la puerta lo mismo que él estaba haciendo por la
parte exterior. Para no dar la impresión de que quería esconderse, Raskolnikof
movió los pies y refunfuñó unas palabras. Luego tiró del cordón de la
campanilla por tercera vez, sin violencia alguna, discretamente, con objeto de
no dejar traslucir la menor impaciencia. Este momento dejaría en él un recuerdo
imborrable. Y cuando, más tarde, acudía a su imaginación con perfecta nitidez,
no comprendía cómo había podido desplegar tanta astucia en aquel momento en que
su inteligencia parecía extinguirse y su cuerpo paralizarse... Un instante
después oyó que descorrían el cerrojo.
VII
Como en su visita
anterior, Raskolnikof vio que la puerta se entreabría y que en la estrecha
abertura aparecían dos ojos penetrantes que le miraban con desconfianza desde
la sombra.
En este momento, el joven
perdió la sangre fría y cometió una imprudencia que estuvo a punto de echarlo
todo a perder.
Temiendo que la vieja,
atemorizada ante la idea de verse a solas con un hombre cuyo aspecto no tenía
nada de tranquilizador, intentara cerrar la puerta, Raskolnikof lo impidió
mediante un fuerte tirón. La usurera quedó paralizada, pero no soltó el pestillo
aunque poco faltó para que cayera de bruces. Después, viendo que la vieja
permanecía obstinadamente en el umbral, para no dejarle el paso libre, él se
fue derecho a ella. Alena Ivanovna, aterrada, dio un salto atrás e intentó
decir algo. Pero no pudo pronunciar una sola palabra y se quedó mirando al
joven con los ojos muy abiertos.
‑Buenas tardes, Alena
Ivanovna ‑empezó a decir en el tono más indiferente que le fue posible adoptar.
Pero sus esfuerzos fueron inútiles: hablaba con voz entrecortada, le temblaban
las manos‑. Le traigo..., le traigo... una cosa para empeñar... Pero entremos:
quiero que la vea a la luz.
Y entró en el piso sin
esperar a que la vieja lo invitara. Ella corrió tras él, dando suelta a su
lengua.
‑¡Oiga! ¿Quién es usted?
¿Qué desea?
‑Ya me conoce usted,
Alena Ivanovna. Soy Raskolnikof... Tenga; aquí tiene aquello de que le hablé el
otro día.
Le ofrecía el paquetito.
Ella lo miró, como dispuesta a cogerlo, pero inmediatamente cambió de opinión.
Levantó los ojos y los fijó en el intruso. Lo observó con mirada penetrante,
con un gesto de desconfianza e indignación. Pasó un minuto. Raskolnikof incluso
creyó descubrir un chispazo de burla en aquellos ojillos, como si la vieja lo
hubiese adivinado todo.
Notó que perdía la calma,
que tenía miedo, tanto, que habría huido si aquel mudo examen se hubiese
prolongado medio minuto más.
‑¿Por qué me mira así,
como si no me conociera? ‑exclamó Raskolnikof de pronto, indignado también‑. Si
le conviene este objeto, lo toma; si no, me dirigiré a otra parte. No tengo por
qué perder el tiempo.
Dijo esto sin poder
contenerse, a pesar suyo, pero su actitud resuelta pareció ahuyentar los
recelos de Alena Ivanovna.
‑¡Es que lo has
presentado de un modo!
Y, mirando el paquetito,
preguntó:
‑¿Qué me traes?
‑Una pitillera de plata.
Ya le hablé de ella la última vez que estuve aquí.
Alena Ivanovna tendió la
mano.
‑Pero, ¿qué te ocurre?
Estás pálido, las manos le tiemblan. ¿Estás enfermo?
‑Tengo fiebre ‑repuso
Raskolnikof con voz anhelante. Y añadió, con un visible esfuerzo‑: ¿Cómo no ha
de estar uno pálido cuando no come?
Las fuerzas volvían a
abandonarle, pero su contestación pareció sincera. La usurera le quitó el
paquetito de las manos.
‑Pero ¿qué es esto? ‑volvió
a preguntar, sopesándolo y dirigiendo nuevamente a Raskolnikof una larga y
penetrante mirada.
‑Una pitillera... de
plata... Véala.
‑Pues no parece que esto
sea de plata... ¡Sí que la has atado bien!
Se acercó a la lámpara
(todas las ventanas estaban cerradas, a pesar del calor asfixiante) y empezó a
luchar por deshacer los nudos, dando la espalda a Raskolnikof y olvidándose de
él momentáneamente.
Raskolnikof se desabrochó
el gabán y sacó el hacha del nudo corredizo, pero la mantuvo debajo del abrigo,
empuñándola con la mano derecha. En las dos manos sentía una tremenda debilidad
y un embotamiento creciente. Temiendo estaba que el hacha se le cayese. De
pronto, la cabeza empezó a darle vueltas.
‑Pero ¿cómo demonio has
atado esto? ¡Vaya un enredo! ‑exclamó la vieja, volviendo un poco la cabeza
hacia Raskolnikof.
No había que perder ni un
segundo. Sacó el hacha de debajo del abrigo, la levantó con las dos manos y,
sin violencia, con un movimiento casi maquinal, la dejó caer sobre la cabeza de
la vieja.
Raskolnikof creyó que las
fuerzas le habían abandonado para siempre, pero notó que las recuperaba después
de haber dado el hachazo.
La vieja, como de
costumbre, no llevaba nada en la cabeza. Sus cabellos, grises, ralos, empapados
en aceite, se agrupaban en una pequeña trenza que hacía pensar en la cola de
una rata, y que un trozo de peine de asta mantenía fija en la nuca. Como era de
escasa estatura, el hacha la alcanzó en la parte anterior de la cabeza. La
víctima lanzó un débil grito y perdió el equilibrio. Lo único que tuvo tiempo
de hacer fue sujetarse la cabeza con las manos. En una de ellas tenía aún el
paquetito. Raskolnikof le dio con todas sus fuerzas dos nuevos hachazos en el
mismo sitio, y la sangre manó a borbotones, como de un recipiente que se
hubiera volcado. El cuerpo de la víctima se desplomó definitivamente.
Raskolnikof retrocedió para dejarlo caer. Luego se inclinó sobre la cara de la
vieja. Ya no vivía. Sus ojos estaban tan abiertos, que parecían a punto de
salírsele de las órbitas. Su frente y todo su rostro estaban rígidos y
desfigurados por las convulsiones de la agonía.
Raskolnikof dejó el hacha
en el suelo, junto al cadáver, y empezó a registrar, procurando no mancharse de
sangre, el bolsillo derecho, aquel bolsillo de donde él había visto, en su
última visita, que la vieja sacaba las llaves. Conservaba plenamente la lucidez;
no estaba aturdido; no sentía vértigos. Más adelante recordó que en aquellos
momentos había procedido con gran atención y prudencia, que incluso había sido
capaz de poner sus cinco sentidos en evitar mancharse de sangre... Pronto
encontró las llaves, agrupadas en aquel llavero de acero que él ya había visto.
Corrió con las llaves al
dormitorio. Era una pieza de medianas dimensiones. A un lado había una gran
vitrina llena de figuras de santos; al otro, un gran lecho, perfectamente
limpio y protegido por una cubierta acolchada confeccionada con trozos de seda de
tamaño y color diferentes. Adosada a otra pared había una cómoda. Al acercarse
a ella le ocurrió algo extraño: apenas empezó a probar las llaves para intentar
abrir los cajones experimentó una sacudida. La tentación de dejarlo todo y
marcharse le asaltó de súbito. Pero estas vacilaciones sólo duraron unos
instantes. Era demasiado tarde para retroceder. Y cuando sonreía, extrañado de
haber tenido semejante ocurrencia, otro pensamiento, una idea realmente
inquietante, se apoderó de su imaginación. Se dijo que acaso la vieja no
hubiese muerto, que tal vez volviese en sí... Dejó las llaves y la cómoda y
corrió hacia el cuerpo yaciente. Cogió el hacha, la levantó..., pero no llegó a
dejarla caer: era indudable que la vieja estaba muerta.
Se inclinó sobre el
cadáver para examinarlo de cerca y observó que tenía el cráneo abierto. Iba a
tocarlo con el dedo, pero cambió de opinión: esta prueba era innecesaria.
Sobre el entarimado se
había formado un charco de sangre. En esto, Raskolnikof vio un cordón en el
cuello de la vieja y empezó a tirar de él; pero era demasiado resistente y no
se rompía. Además, estaba resbaladizo, impregnado de sangre... Intentó sacarlo
por la cabeza de la víctima; tampoco lo consiguió: se enganchaba en alguna
parte. Perdiendo la paciencia, pensó utilizar el hacha: partiría el cordón
descargando un hachazo sobre el cadáver. Pero no se decidió a cometer esta
atrocidad. Al fin, tras dos minutos de tanteos, logró cortarlo, manchándose las
manos de sangre pero sin tocar el cuerpo de la muerta. Un instante después, el
cordón estaba en sus manos.
Como había supuesto, era
una bolsita lo que pendía del cuello de la vieja. También colgaban del cordón
una medallita esmaltada y dos cruces, una de madera de ciprés y otra de cobre.
La bolsita era de piel de camello; rezumaba grasa y estaba repleta de dinero.
Raskolnikof se la guardó en el bolsillo sin abrirla. Arrojó las cruces sobre el
cuerpo de la vieja y, esta vez cogiendo el hacha, volvió precipitadamente al
dormitorio.
Una impaciencia febril le
impulsaba. Cogió las llaves y reanudó la tarea. Pero sus tentativas de abrir
los cajones fueron infructuosas, no tanto a causa del temblor de sus manos como
de los continuos errores que cometía. Veía, por ejemplo, que una llave no se
adaptaba a una cerradura, y se obstinaba en introducirla. De pronto se dijo que
aquella gran llave dentada que estaba con las otras pequeñas en el llavero no
debía de ser de la cómoda (se acordaba de que ya lo había pensado en su visita
anterior), sino de algún cofrecillo, donde tal vez guardaba la vieja todos sus
tesoros.
Se separó, pues, de la
cómoda y se echó en el suelo para mirar debajo de la cama, pues sabía que era
allí donde las viejas solían guardar sus riquezas. En efecto, vio un arca
bastante grande ‑de más de un metro de longitud‑, tapizada de tafilete rojo. La
llave dentada se ajustaba perfectamente a la cerradura.
Abierta el arca, apareció
un paño blanco que cubría todo el contenido. Debajo del paño había una pelliza
de piel de liebre con forro rojo. Bajo la piel, un vestido de seda, y debajo de
éste, un chal. Más abajo sólo había, al parecer, trozos de tela.
Se limpió la sangre de
las manos en el forro rojo.
«Como la sangre es roja,
se verá menos sobre el rojo.»
De pronto cambió de
expresión y se dijo, aterrado:
«¡Qué insensatez, Señor!
¿Acabaré volviéndome loco?»
Pero cuando empezó a
revolver los trozos de tela, de debajo de la piel salió un reloj de oro.
Entonces no dejó nada por mirar. Entre los retazos del fondo aparecieron joyas,
objetos empeñados, sin duda, que no habían sido retirados todavía: pulseras,
cadenas, pendientes, alfileres de corbata... Algunas de estas joyas estaban en
sus estuches; otras, cuidadosamente envueltas en papel de periódico en doble, y
el envoltorio bien atado. No vaciló ni un segundo: introdujo la mano y empezó a
llenar los bolsillos de su pantalón y de su gabán sin abrir los paquetes ni los
estuches.
Pero de pronto hubo de
suspender el trabajo. Le parecía haber oído un rumor de pasos en la habitación
inmediata. Se quedó inmóvil, helado de espanto... No, todo estaba en calma; sin
duda, su oído le había engañado. Pero de súbito percibió un débil grito, o,
mejor, un gemido sordo, entrecortado, que se apagó en seguida. De nuevo y
durante un minuto reinó un silencio de muerte. Raskolnikof, en cuclillas ante
el arca, esperó, respirando apenas. De pronto se levantó empuñó el hacha y
corrió a la habitación vecina. En esta habitación estaba Lisbeth. Tenía en las
manos un gran envoltorio y contemplaba atónita el cadáver de su hermana. Estaba
pálida como una muerta y parecía no tener fuerzas para gritar. Al ver aparecer
a Raskolnikof, empezó a temblar como una hoja y su rostro se contrajo
convulsivamente. Probó a levantar los brazos y no pudo; abrió la boca, pero de
ella no salió sonido alguno. Lentamente fue retrocediendo hacia un rincón, sin
dejar de mirar a Raskolnikof en silencio, aquel silencio que no tenía fuerzas
para romper. Él se arrojó sobre ella con el hacha en la mano. Los labios de la
infeliz se torcieron con una de esas muecas que solemos observar en los niños
pequeños cuando ven algo que les asusta y empiezan a gritar sin apartar la
vista de lo que causa su terror.
Era tan cándida la pobre
Lisbeth y estaba tan aturdida por el pánico, que ni siquiera hizo el movimiento
instintivo de levantar las manos para proteger su cabeza: se limitó a dirigir
el brazo izquierdo hacia el asesino, como si quisiera apartarlo. El hacha cayó
de pleno sobre el cráneo, hendió la parte superior del hueso frontal y casi
llegó al occipucio. Lisbeth se desplomó. Raskolnikof perdió por completo la
cabeza, se apoderó del envoltorio, después lo dejó caer y corrió al vestíbulo.
Su terror iba en aumento,
sobre todo después de aquel segundo crimen que no había proyectado, y sólo
pensaba en huir. Si en aquel momento hubiese sido capaz de ver las cosas más
claramente, de advertir las dificultades, el horror y lo absurdo de su situación;
si hubiese sido capaz de prever los obstáculos que tenía que salvar y los
crímenes que aún habría podido cometer para salir de aquella casa y volver a la
suya, acaso habría renunciado a la lucha y se habría entregado, pero no por
cobardía, sino por el horror que le inspiraban sus crímenes. Esta sensación de
horror aumentaba por momentos. Por nada del mundo habría vuelto al lado del
arca, y ni siquiera a las dos habitaciones interiores.
Sin embargo, poco a poco
iban acudiendo a su mente otros pensamientos. Incluso llegó a caer en una
especie de delirio. A veces se olvidaba de las cosas esenciales y fijaba su
atención en los detalles más superfluos. Sin embargo, como dirigiera una mirada
a la cocina y viese que debajo de un banco había un cubo con agua, se le
ocurrió lavarse las manos y limpiar el hacha. Sus manos estaban manchadas de
sangre, pegajosas. Introdujo el hacha en el cubo; después cogió un trozo de
jabón que había en un plato agrietado sobre el alféizar de la ventana y se
lavó.
Seguidamente sacó el
hacha del cubo, limpió el hierro y estuvo lo menos tres minutos frotando el
mango, que había recibido salpicaduras de sangre. Lo secó todo con un trapo
puesto a secar en una cuerda tendida a través de la cocina, y luego examinó
detenidamente el hacha junto a la ventana. Las huellas acusadoras habían
desaparecido, pero el mango estaba todavía húmedo.
Después de colgar el
hacha del nudo corredizo, debajo de su gabán, inspeccionó sus pantalones, su
americana, sus botas, tan minuciosamente como le permitió la escasa luz que
había en la cocina.
A simple vista, su
indumentaria no presentaba ningún indicio sospechoso. Sólo las botas estaban
manchadas de sangre. Mojó un trapo y las lavó. Pero sabía que no veía bien y
que tal vez no percibía manchas perfectamente visibles.
Luego quedó indeciso en
medio de la cocina, presa de un pensamiento angustioso: se decía que tal vez se
había vuelto loco, que no se hablaba en disposición de razonar ni de
defenderse, que sólo podía ocuparse en cosas que le conducían a la perdición.
«¡Señor! ¡Dios mío! Es
preciso huir, huir...» Y corrió al vestíbulo. Entonces sintió el terror más
profundo que había sentido en toda su vida. Permaneció un momento inmóvil, como
si no pudiera dar crédito a sus ojos: la puerta del piso, la que daba a la escalera,
aquella a la que había llamado hacía unos momentos, la puerta por la cual había
entrado, estaba entreabierta, y así había estado durante toda su estancia en el
piso... Sí, había estado abierta. La vieja se había olvidado de cerrarla, o tal
vez no fue olvido, sino precaución... Lo chocante era que él había visto a
Lisbeth dentro del piso... ¿Cómo no se le ocurrió pensar que si había entrado
sin llamar, la puerta tenía que estar abierta? ¡No iba a haber entrado
filtrándose por la pared!
Se arrojó sobre la puerta
y echó el cerrojo.
«Acabo de hacer otra
tontería. Hay que huir, hay que huir...»
Descorrió el cerrojo,
abrió la puerta y aguzó el oído. Así estuvo un buen rato. Se oían gritos
lejanos. Sin duda llegaban del portal. Dos fuertes voces cambiaban injurias.
«¿Qué hará ahí esa
gente?»
Esperó. Al fin las voces
dejaron de oírse, cesaron de pronto. Los que disputaban debían de haberse
marchado.
Ya se disponía a salir,
cuando la puerta del piso inferior se abrió estrepitosamente, y alguien empezó
a bajar la escalera canturreando.
«Pero ¿por qué harán
tanto ruido?», pensó.
Cerró de nuevo la puerta,
y de nuevo esperó. Al fin todo quedó sumido en un profundo silencio. No se oía
ni el rumor más leve. Pero ya iba a bajar, cuando percibió ruido de pasos. El
ruido venía de lejos, del principio de la escalera seguramente. Andando el
tiempo, Raskolnikof recordó perfectamente que, apenas oyó estos pasos, tuvo el
presentimiento de que terminarían en el cuarto piso, de que aquel hombre se
dirigía a casa de la vieja. ¿De dónde nació este presentimiento? ¿Acaso el
ruido de aquellos pasos tenía alguna particularidad significativa? Eran lentos,
pesados, regulares...
Los pasos llegaron al
primer piso. Siguieron subiendo. Eran cada vez más perceptibles. Llegó un
momento en que incluso se oyó un jadeo asmático... Ya estaba en el tercer
piso... «¡Viene aquí, viene aquí...!» Raskolnikof quedó petrificado.. Le
parecía estar viviendo una de esas pesadillas en que nos vemos perseguidos por
enemigos implacables que están a punto de alcanzarnos y asesinarnos, mientras
nosotros nos sentimos como clavados en el suelo, sin poder hacer movimiento
alguno para defendernos.
Las pisadas se oían ya en
el tramo que terminaba en el cuarto piso. De pronto, Raskolnikof salió de aquel
pasmo que le tenía inmóvil, volvió al interior del departamento con paso rápido
y seguro, cerró la puerta y echó el cerrojo, todo procurando no hacer ruido.
El instinto lo guiaba.
Una vez bien cerrada la puerta, se quedó junto a ella, encogido, conteniendo la
respiración.
El desconocido estaba ya
en el rellano. Se encontraba frente a Raskolnikof, en el mismo sitio desde
donde el joven había tratado de percibir los ruidos del interior hacía un rato,
cuando sólo la puerta lo separaba de la vieja.
El visitante respiró
varias veces profundamente.
«Debe de ser un hombre
alto y grueso», pensó Raskolnikof llevando la mano al mango del hacha.
Verdaderamente, todo aquello parecía un mal sueño. El desconocido tiró
violentamente del cordón de la campanilla.
Cuando vibró el sonido
metálico, al visitante le pareció oír que algo se movía dentro del piso, y
durante unos segundos escuchó atentamente. Volvió a llamar, volvió a escuchar
y, de pronto, sin poder contener su impaciencia, empezó a sacudir la puerta, asiendo
firmemente el tirador.
Raskolnikof miraba
aterrado el cerrojo, que se agitaba dentro de la hembrilla, dando la impresión
de que iba a saltar de un momento a otro. Un siniestro horror se apoderó de él.
Tan violentas eran las
sacudidas, que se comprendían los temores de Raskolnikof. Momentáneamente
concibió la idea de sujetar el cerrojo, y con él la puerta, pero desistió al
comprender que el otro podía advertirlo. Perdió por completo la serenidad; la
cabeza volvía a darle vueltas. «Voy a caer», se dijo. Pero en aquel momento oyó
que el desconocido empezaba a hablar, y esto le devolvió la calma.
‑¿Estarán durmiendo o las
habrán estrangulado? ‑murmuró‑. ¡El diablo las lleve! A las dos: a Alena
Ivanovna, la vieja bruja, y a Lisbeth Ivanovna, la belleza idiota... ¡Abrid de
una vez, mujerucas...! Están durmiendo, no me cabe duda.
Estaba desesperado. Tiró
del cordón lo menos diez veces más y tan fuerte como pudo. Se veía claramente
que era un hombre enérgico y que conocía la casa.
En este momento se
oyeron, ya muy cerca, unos pasos suaves y rápidos. Evidentemente, otra persona
se dirigía al piso cuarto. Raskolnikof no oyó al nuevo visitante hasta que
estaban llegando al descansillo.
‑No es posible que no
haya nadie ‑dijo el recién llegado con voz sonora y alegre, dirigiéndose al
primer visitante, que seguía haciendo sonar la campanilla‑. Buenas tardes,
Koch.
«Un hombre joven, a
juzgar por su voz», se dijo Raskolnikof inmediatamente.
‑No sé qué demonios
ocurre ‑repuso Koch‑. Hace un momento casi echo abajo la puerta... ¿Y usted de
qué me conoce?
‑¡Qué mala memoria!
Anteayer le gané tres partidas do billar, una tras otra, en el Gambrinus.
‑¡Ah, sí!
‑¿Y dice usted que no
están? ¡Qué raro! Hasta me pared imposible. ¿Adónde puede haber ido esa vieja?
Tengo que hablar con ella.
‑Yo también tengo que
hablarle, amigo mío.
‑¡Qué le vamos a hacer! ‑exclamó
el joven‑. Nos tendremos que ir por donde hemos venido. ¡Y yo que creía que
saldría de aquí con dinero!
‑¡Claro que nos tendremos
que marchar! Pero ¿por qué me citó? Ella misma me dijo que viniera a esta hora.
¡Con la caminata que me he dado para venir de mi casa aquí! ¿Dónde diablo
estará? No lo comprendo. Esta bruja decrépita no se mueve nunca de casa, porque
apenas puede andar. ¡Y, de pronto, se le ocurre marcharse a dar un paseo!
‑¿Y si preguntáramos al
portero?
‑¿Para qué?
‑Para saber si está en
casa o cuándo volverá.
‑¡Preguntar,
preguntar...! ¡Pero si no sale nunca!
Volvió a sacudir la
puerta.
‑¡Es inútil! ¡No hay más
solución que marcharse!
‑¡Oiga! ‑exclamó de
pronto el joven‑. ¡Fíjese bien! La puerta cede un poco cuando se tira.
‑Bueno, ¿y qué?
‑Esto demuestra que no
está cerrada con llave, sino con cerrojo. ¿Lo oye resonar cuando se mueve la
puerta?
‑¿Y qué?
‑Pero ¿no comprende? Esto
prueba que una de ellas está en la casa. Si hubieran salido las dos, habrían
cerrado con llave por fuera; de ningún modo habrían podido echar el cerrojo por
dentro... ¿Lo
oye, lo oye? Hay
que estar en casa para poder echar el cerrojo, ¿no comprende? En fin, que están
y no quieren abrir.
‑¡Sí! ¡Claro! ¡No cabe
duda! ‑exclamó Koch, asombrado‑. Pero ¿qué demonio estarán haciendo?
Y empezó a sacudir la
puerta furiosamente.
‑¡Déjelo! Es inútil ‑dijo
el joven‑. Hay algo raro en todo esto. Ha llamado usted muchas veces, ha
sacudido violentamente la puerta, y no abren. Esto puede significar que las dos
están desvanecidas o...
‑¿O qué?
‑Lo mejor es que vayamos
a avisar al portero para que vea lo que ocurre.
‑Buena idea.
Los dos se dispusieron a
bajar.
‑No ‑dijo el joven‑;
usted quédese aquí. Iré yo a buscar al portero.
‑¿Por qué he de quedarme?
‑Nunca se sabe lo que
puede ocurrir.
‑Bien, me quedaré.
‑Óigame: estoy estudiando
para juez de instrucción. Aquí hay algo que no está claro; esto es evidente...,
¡evidente!
Después de decir esto en
un tono lleno de vehemencia, el joven empezó a bajar la escalera a grandes
zancadas.
Cuando se quedó solo,
Koch llamó una vez más, discretamente, y luego, pensativo, empezó a sacudir la
puerta para convencerse de que el cerrojo estaba echado. Seguidamente se
inclinó, jadeante, y aplicó el ojo a la cerradura. Pero no pudo ver nada,
porque la llave estaba puesta por dentro.
En pie ante la puerta,
Raskolnikof asía fuertemente el mango del hacha. Era presa de una especie de
delirio. Estaba dispuesto a luchar con aquellos hombres si conseguían entrar en
el departamento. Al oír sus golpes y sus comentarios, más de una vez había
estado a punto de poner término a la situación hablándoles a través de la
puerta. A veces le dominaba la tentación de insultarlos, de burlarse de ellos,
e incluso deseaba que entrasen en el piso. «¡Que acaben de una vez! p, pensaba.
‑Pero ¿dónde se habrá
metido ese hombre? ‑murmuró el de fuera.
Habían pasado ya varios
minutos y nadie subía. Koch empezaba a perder la calma.
‑Pero ¿dónde se habrá
metido ese hombre? ‑gruñó.
Al fin, agotada su
paciencia, se fue escaleras abajo con su paso lento, pesado, ruidoso.
«¿Qué hacer, Dios mío
Raskolnikof descorrió el
cerrojo y entreabrió la puerta. No se percibía el menor ruido. Sin más
vacilaciones, salió, cerró la puerta lo mejor que pudo y empezó a bajar.
Inmediatamente ‑sólo había bajado tres escalones‑ oyó gran alboroto más abajo.
¿Qué hacer? No había ningún sitio donde esconderse... Volvió a subir a toda
prisa.
‑¡Eh, tú! ¡Espera!
El que profería estos
gritos acababa de salir de uno de los pisos inferiores y corría escaleras
abajo, no ya al galope, sino en tromba.
‑¡Mitri, Mitri, Miiitri! ‑vociferaba hasta
desgañitarse‑. ¿Te has vuelto loco? ¡Así vayas a parar al infierno!
Los gritos se apagaron;
los últimos habían llegado ya de la entrada. Todo volvió a quedar en silencio.
Pero, transcurridos apenas unos segundos, varios hombres que conversaban a
grandes voces empezaron a subir tumultuosamente la escalera. Eran tres o cuatro.
Raskolnikof reconoció la sonora voz del joven de antes.
Comprendiendo que no los
podía eludir, se fue resueltamente a su encuentro.
«¡Sea lo que Dios quiera!
Si me paran, estoy perdido, y si S me dejan pasar, también, pues luego se
acordarán de mí.»
El encuentro parecía
inevitable. Ya sólo les separaba un piso. Pero, de pronto..., ¡la salvación!
Unos escalones más abajo, a su derecha, vio un piso abierto y vacío. Era el
departamento del segundo, donde trabajaban los pintores. Como si lo hubiesen
hecho adrede, acababan de salir. Seguramente fueron ellos los que bajaron la
escalera corriendo y alborotando. Los techos estaban recién pintados. En medio
de una de las habitaciones había todavía una cubeta, un bote de pintura y un
pincel. Raskolnikof se introdujo en el piso furtivamente y se escondió en un
rincón. Tuvo el tiempo justo. Los hombres estaban ya en el descansillo. No se
detuvieron: siguieron subiendo hacia el cuarto sin dejar de hablar a voces.
Raskolnikof esperó un momento. Después salió de puntillas y se lanzó velozmente
escaleras abajo.
Nadie en la. escalera;
nadie en el portal. Salió rápidamente y dobló hacia la izquierda.
Sabía perfectamente que
aquellos hombres estarían ya en el departamento de la vieja, que les habría
sorprendido encontrar abierta la puerta que hacía unos momentos estaba cerrada;
que estarían examinando los cadáveres; que en seguida habrían deducido que el
criminal se hallaba en el piso cuando ellos llamaron, y que acababa de huir. Y
tal vez incluso sospechaban que se había ocultado en el departamento vacío
cuando ellos subían.
Sin embargo, Raskolnikof
no se atrevía a apresurar el paso; no se atrevía aunque tendría que recorrer
aún un centenar de metros para llegar a la primera esquina.
«Si entrara en un portal ‑se
decía‑ y me escondiese en la escalera... No, sería una equivocación... ¿Debo
tirar el hacha? ¿Y si tomara un coche? ¡Tampoco, tampoco...!»
Las ideas se le
embrollaban en el cerebro. Al fin vio una callejuela y penetró en ella más
muerto que vivo. Era evidente que estaba casi salvado. Allí corría menos riesgo
de infundir sospechas. Además, la estrecha calle estaba llena de transeúntes,
entre los que él era como un grano de arena,
Pero la tensión de ánimo
le había debilitado de tal modo que apenas podía andar. Gruesas gotas de sudor
resbalaban por su semblante; su cuello estaba empapado.
‑¡Vaya merluza, amigo! ‑le
gritó una voz cuando desembocaba en el canal.
Había perdido por
completo la cabeza; cuanto más andaba, más turbado se sentía.
Al llegar al malecón y
verlo casi vacío, el miedo de llamar la atención le sobrecogió, y volvió a la
callejuela. Aunque estaba a punto de caer desfallecido, dio un rodeo para
llegar a su casa.
Cuando cruzó la puerta,
aún no había recobrado la presencia de ánimo. Ya en la escalera, se acordó del
hacha. Aún tenía que hacer algo importantísimo: dejar el hacha en su sitio sin
llamar la atención.
Raskolnikof no estaba en
situación de comprender que, en vez de dejar el hacha en el lugar de donde la
había cogido, era preferible deshacerse de ella, arrojándola, por ejemplo, al
patio de cualquier casa.
Sin embargo, todo salió a
pedir de boca. La puerta de la garita estaba cerrada, pero no con llave. Esto
parecía indicar que el portero estaba allí. Sin embargo, Raskolnikof había
perdido hasta tal punto la facultad de razonar, que se fue hacia la garita y
abrió la puerta.
Si en aquel momento
hubiese aparecido el portero y le hubiera preguntado: «¿Qué desea?», él,
seguramente, le habría devuelto el hacha con el gesto más natural.
Pero la garita estaba
vacía como la vez anterior, y Raskolnikof pudo dejar el hacha debajo del banco,
entre los leños, exactamente como la encontró.
Inmediatamente subió a su
habitación, sin encontrar a nadie en la escalera. La puerta del departamento de
la patrona estaba cerrada.
Ya en su aposento, se
echó vestido en el diván y quedó sumido en una especie de inconsciencia que no
era la del sueño. Si alguien hubiese entrado entonces en el aposento,
Raskolnikof, sin duda, se habría sobresaltado y habría proferido un grito. Su
cabeza era un hervidero de retazos de ideas, pero él no podía captar ninguno,
por mucho que se empeñaba en ello.
SEGUNDA PARTE
I
Raskolnikof permaneció
largo tiempo acostado. A veces, salía a medias de su letargo y se percataba de
que la noche estaba muy avanzada, pero no pensaba en levantarse. Cuando el día
apuntó, él seguía tendido de bruces en el diván, sin haber logrado sacudir
aquel sopor que se había adueñado de todo su ser.
De la calle llegaron a su
oído gritos estridentes y aullidos ensordecedores. Estaba acostumbrado a oírlos
bajo su ventana todas las noches a eso de las dos. Esta vez el escándalo lo
despertó. «Ya salen los borrachos de las tabernas ‑se dijo‑ Deben de ser más de
las dos.»
Y dio tal salto, que
parecía que le habían arrancado del diván.
«¿Ya las dos? ¿Es
posible?»
Se sentó y, de pronto,
acudió a su memoria todo lo ocurrido.
En los primeros momentos
creyó volverse loco. Sentía un frío glacial, pero esta sensación procedía de la
fiebre que se había apoderado de él durante el sueño. Su temblor era tan
intenso, que en la habitación resonaba el castañeteo de sus dientes. Un vértigo
horrible le invadió. Abrió la puerta y estuvo un momento escuchando. Todo
dormía en la casa. Paseó una mirada de asombro sobre sí mismo y por todo cuanto
le rodeaba. Había algo que no comprendía. ¿Cómo era posible que se le hubiera
olvidado pasar el pestillo de la puerta? Además, se había acostado vestido e
incluso con el sombrero, que se le había caído y estaba allí, en el suelo, al
lado de su almohada.
«Si alguien entrara,
creería que estoy borracho, pero...»
Corrió a la ventana.
Había bastante claridad. Se inspeccionó cuidadosamente de pies a cabeza. Miró y
remiró sus ropas. ¿Ninguna huella? No, así no podía verse. Se desnudó, aunque
seguía temblando por efecto de la fiebre, y volvió a examinar sus ropas con
gran atención. Pieza por pieza, las miraba por el derecho y por el revés,
temeroso de que le hubiera pasado algo por alto. Todas las prendas, hasta la
más insignificante, las examinó tres veces.
Lo único que vio fue unas
gotas de sangre coagulada en los desflecados bordes de los bajos del pantalón.
Con un cortaplumas cortó estos flecos.
Se dijo que ya no tenía
nada más que hacer. Pero de pronto se acordó de que la bolsita y todos los
objetos que la tarde anterior había cogido del arca de la vieja estaban todavía
en sus bolsillos. Aún no había pensado en sacarlos para esconderlos; no se le
había ocurrido ni siquiera cuando había examinado las ropas.
En fin, manos a la obra.
En un abrir y cerrar de ojos vació los bolsillos sobre la mesa y luego los
volvió del revés para convencerse de que no había quedado nada en ellos. Acto
seguido se lo llevó todo a un rincón del cuarto, donde el papel estaba roto y
despegado a trechos de la pared. En una de las bolsas que el papel formaba
introdujo el montón de menudos paquetes. «Todo arreglado» , se dijo
alegremente. Y se quedó mirando con gesto estúpido la grieta del papel, que se
había abierto todavía más.
De súbito se estremeció
de pies a cabeza.
‑¡Señor! ¡Dios mío! ‑murmuró,
desesperado‑. ¿Qué he hecho? ¿Qué me ocurre? ¿Es eso un escondite? ¿Es así como
se ocultan las cosas?
Sin embargo, hay que
tener en cuenta que Raskolnikof no había pensado para nada en aquellas joyas.
Creía que sólo se apoderaría de dinero, y esto explica que no tuviera preparado
ningún escondrijo. «¿Pero por qué me he alegrado?‑se preguntó‑. ¿No es un
disparate esconder así las cosas? No cabe duda de que estoy perdiendo la
razón.»
Sintiéndose en el límite
de sus fuerzas, se sentó en el diván. Otra vez recorrieron su cuerpo los
escalofríos de la fiebre. Maquinalmente se apoderó de su destrozado abrigo de
estudiante, que tenía al alcance de la mano, en una silla, y se cubrió con él.
Pronto cayó en un sueño que tenía algo de delirio.
Perdió por completo la
noción de las cosas; pero al cabo de cinco minutos se despertó, se levantó de
un salto y se arrojó con un gesto de angustia sobre sus ropas.
«¿Cómo puedo haberme
dormido sin haber hecho nada? El nudo corredizo está todavía en el sitio en que
lo cosí. ¡Haber olvidado un detalle tan importante, una prueba tan evidente!»
Arrancó el cordón, lo deshizo e introdujo las tiras de tela debajo de su almohada,
entre su ropa interior.
«Me parece que esos
trozos de tela no pueden infundir sospechas a nadie. Por lo menos, así lo
creo», se dijo de pie en medio de la habitación.
Después, con una atención
tan tensa que resultaba dolorosa, empezó a mirar en todas direcciones para
asegurarse de que no se le había olvidado nada. Ya se sentía torturado por la
convicción de que todo le abandonaba, desde la memoria a la más simple facultad
de razonar.
«¿Es esto el comienzo del
suplicio? Sí, lo es.»
Los flecos que había
cortado de los bajos del pantalón estaban todavía en el suelo, en medio del
cuarto, expuestos a las miradas del primero que llegase.
‑Pero ¿qué me pasa? ‑exclamó,
confundido.
En este momento le asaltó
una idea extraña: pensó que acaso sus ropas estaban llenas de manchas de sangre
y que él no podía verlas debido a la merma de sus facultades. De pronto se
acordó de que la bolsita estaba manchada también. «Hasta en mi bolsillo debe de
haber sangre, ya que estaba húmeda cuando me la guardé.» Inmediatamente volvió
del revés el bolsillo y vio que, en efecto, había algunas manchas en el forro.
Un suspiro de alivio salió de lo más hondo de su pecho y pensó, triunfante: «La
razón no me ha abandonado completamente: no he perdido la memoria ni la
facultad de reflexionar, puesto que he caído en este detalle. Ha sido sólo un
momento de debilidad mental producido por la fiebre.» Y arrancó todo el forro
del bolsillo izquierdo del pantalón.
En este momento, un rayo
de sol iluminó su bota izquierda, y Raskolnikof descubrió, a través de un
agujero del calzado, una mancha acusadora en el calcetín. Se quitó la bota y
comprobó que, en efecto, era una mancha de sangre: toda la puntera del calcetín
estaba manchada... «Pero ¿qué hacer? ¿Dónde tirar los calcetines, los flecos,
el bolsillo...?»
En pie en medio de la
habitación, con aquellas piezas acusadoras en las manos, se preguntaba:
«¿Debo de echarlo todo en
la estufa? No hay que olvidar que las investigaciones empiezan siempre por las
estufas. ¿Y si lo quemara aquí mismo...? Pero ¿cómo, si no tengo cerillas? lo
mejor es que me lo lleve y lo tire en cualquier parte. Sí, en cualquier parte y
ahora mismo.» Y mientras hacía mentalmente esta afirmación, se sentó de nuevo
en el diván. Luego, en vez de poner en práctica sus propósitos, dejó caer la
cabeza en la almohada. Volvía a sentir escalofríos. Estaba helado. De nuevo se
echó encima su abrigo de estudiante.
Varias horas estuvo
tendido en el diván. De vez en cuando pensaba: «Sí, hay que ir a tirar todo
esto en cualquier parte, para no pensar más en ello. Hay que ir
inmediatamente.» Y más de una vez se agitó en el diván con el propósito de
levantarse, pero no le fue posible. Al fin un golpe violento dado en la puerta
le sacó de su marasmo.
‑¡Abre si no te has
muerto! ‑gritó Nastasia sin dejar de golpear la puerta con el puño‑. Siempre
está tumbado. Se pasa el día durmiendo como un perro. ¡Como lo que es! ¡Abre
ya! ¡Son más de las diez!
‑Tal vez no esté ‑dijo
una voz de hombre.
«La voz del portero ‑se
dijo al punto Raskolnikof‑. ¿Qué querrá de mí?»
Se levantó de un salto y
quedó sentado en el diván. El corazón le latía tan violentamente, que le hacía
daño.
‑Y echado el pestillo ‑observó
Nastasia‑. Por lo visto, tiene miedo de que se lo lleven... ¿Quieres levantarte
y abrir de una vez?
«¿Qué querrán? ¿Qué hace
aquí el portero? ¡Se ha descubierto todo, no cabe duda! ¿Debo abrir o hacerme
el sordo? ¡Así cojan la peste!»
Se levantó a medias,
tendió el brazo y tiró del pestillo. La habitación era tan estrecha, que podía
abrir la puerta sin dejar el diván.
No se había equivocado:
eran Nastasia y el portero.
La sirvienta le dirigió
una mirada extraña. Raskolnikof miraba al portero con desesperada osadía. Éste
presentaba al joven un papel gris, doblado y burdamente lacrado.
‑Esto han traído de la
comisaría.
‑¿De qué comisaría?
‑De la comisaría de
policía. ¿De qué comisaría ha de ser?
‑Pero ¿qué quiere de mí
la policía?
‑¿Yo qué sé? Es una
citación y tiene que ir.
Miró fijamente a
Raskolnikof, pasó una mirada por el aposento y se dispuso a marcharse.
‑Tienes cara de enfermo ‑dijo
Nastasia, que no quitaba ojo a Raskolnikof. Al oír estas palabras, el portero
volvió la cabeza, y la sirvienta le dijo‑: Tiene fiebre desde ayer.
Raskolnikof no contestó.
Tenía aún el pliego en la mano, sin abrirlo.
‑Quédate acostado ‑dijo
Nastasia, compadecida, al ver que Raskolnikof se disponía a levantarse‑. Si
estás enfermo, no vayas. No hay prisa.
Tras una pausa, preguntó:
‑¿Qué tienes en la mano?
Raskolnikof siguió la
mirada de la sirvienta y vio en su mano derecha los flecos del pantalón, los
calcetines y el bolsillo. Había dormido así. Más tarde recordó que en las vagas
vigilias que interrumpían su sueño febril apretaba todo aquello fuertemente con
la mano y que volvía a dormirse sin abrirla.
‑¡Recoges unos pingajos y
duermes con ellos como si fueran un tesoro!
Se echó a reír con su
risa histérica. Raskolnikof se apresuró a esconder debajo del gabán el triple
cuerpo del delito y fijó en la doméstica una mirada retadora.
Aunque en aquellos
momentos fuera incapaz de discurrir con lucidez, se dio cuenta de que estaba
recibiendo un trato muy distinto al que se da a una persona a la que van a
detener.
Pero... ¿por qué le
citaba la policía?
‑Debes tomar un poco de
té. Voy a traértelo. ¿Quieres? Ha sobrado.
‑No, no quiero té ‑balbuceó‑.
Voy a ver qué quiere la policía. Ahora mismo voy a presentarme.
‑¡Pero si no podrás ni
bajar la escalera!
‑He dicho que voy.
‑Allá tú.
Salió detrás del portero.
Inmediatamente, Raskolnikof se acercó a la ventana y examinó a la luz del día
los calcetines y los flecos.
«Las manchas están, pero
apenas se ven: el barro y el roce de la bota las ha esfumado. El que no lo
sepa, no las verá. Por lo tanto y afortunadamente, Nastasia no las ha podido
ver: estaba demasiado lejos.»
Entonces abrió el pliego
con mano temblorosa. Hubo de leerlo y releerlo varias veces para comprender lo
que decía. Era una citación redactada en la forma corriente, en la que se le
indicaba que debía presentarse aquel mismo día, a las nueve y media, en la
comisaría del distrito.
«¡Qué cosa más rara! ‑se
dijo mientras se apoderaba de él una dolorosa ansiedad‑. No tengo nada que ver
con la policía, y me cita precisamente hoy. ¡Señor, que termine esto cuanto
antes!»
Iba a arrodillarse para
rezar, pero, en vez de hacerlo, se echó a reír. No se reía de los rezos, sino
de sí mismo. Empezó a vestirse rápidamente.
«Si he de morir, ¿qué le
vamos a hacer?»
Y se dijo inmediatamente:
«He de ponerme los
calcetines. El polvo de las calles cubrirá las manchas.»
Apenas se hubo puesto el
calcetín ensangrentado, se lo quitó con un gesto de horror e inquietud. Pero en
seguida recordó que no tenía otros, y se lo volvió a poner, echándose de nuevo
a reír.
«¡Bah! esto no son más
que prejuicios. Todo es relativo en este mundo: los hábitos, las
apariencias..., todo, en fin.»
Sin embargo, temblaba de
pies a cabeza.
«Ya está; ya lo tengo
puesto y bien puesto.»
Pronto pasó de la
hilaridad a la desesperación.
«¡Esto es superior a mis
fuerzas!»
Las piernas le temblaban.
‑¿De miedo? ‑barbotó.
Todo le daba vueltas; le
dolía la cabeza a consecuencia de la fiebre.
«¡Esto es una celada!
Quieren atraerme, cogerme desprevenido ‑pensó mientras se dirigía a la escalera‑.
Lo peor es que estoy aturdido, que puedo decir lo que no debo.»
Ya en la escalera,
recordó que las joyas robadas estaban aún donde las había puesto, detrás del
papel despegado y roto de la pared de la habitación.
«Tal vez hagan un
registro aprovechando mi ausencia.»
Se detuvo un momento,
pero era tal la desesperación que le dominaba, era su desesperación. Tan
cínica, tan profunda, que hizo un gesto de impotencia y continuó su camino.
«¡Con tal que todo
termine rápidamente...!»
El calor era tan
insoportable como en los días anteriores. Hacía tiempo que no había caído ni
una gota de agua. Siempre aquel polvo aquellos montones de cal y de ladrillos
que obstruían las calles. Y el hedor de las tiendas llenas de suciedad, y de
las tabernas, y aquel hervidero de borrachos, buhoneros, coches de alquiler...
El fuerte sol le cegó y
le produjo vértigos. Los ojos le dolían hasta el extremo de que no podía
abrirlos. (Así les ocurre en los días de sol a todos los que tienen fiebre.)
Al llegar a la esquina de
la calle que había tomado el día anterior dirigió una mirada furtiva y
angustiosa a la casa... y volvió enseguida los ojos.
«Si me interrogan, tal
vez confiese», pensaba mientras se iba acercando a la comisaría.
La comisaría se había
trasladado al cuarto piso de una casa nueva situada a unos trescientos metros
de su alojamiento. Raskolnikof había ido una vez al antiguo local de la
policía, pero de esto hacía mucho tiempo.
Al cruzar la puerta vio a
la derecha una escalera, por la que bajaba un mujik con un cuaderno en la mano.
«Debe de ser un
ordenanza. Por lo tanto, esa escalera conduce a la comisaría.»
‑ Y, aunque no estaba
seguro de ello, empezó a subir. No quería preguntar a nadie.
«Entraré, me pondré de
rodillas y lo confesaré todo», pensaba mientras se iba acercando al cuarto
piso.
La escalera, pina y dura,
rezumaba suciedad. Las cocinas de los cuatro pisos daban a ella y sus puertas
estaban todo el día abiertas de par en par. El calor era asfixiante. Se veían
subir y bajar ordenanzas con sus carpetas debajo del brazo, agentes y toda
suerte de individuos de ambos sexos que tenían algún asunto en la comisaría. La
puerta de las oficinas estaba abierta. Raskolnikof entró y se detuvo en la
antesala, donde había varios mujiks. El calor era allí tan insoportable como en
la escalera. Además, el local estaba recién pintado y se desprendía de él un
olor que daba náuseas.
Después de haber esperado
un momento, el joven pasó a la pieza contigua. Todas las habitaciones eran
reducidas y bajas de techo. La impaciencia le impedía seguir esperando y le
impulsaba a avanzar. Nadie le prestaba la menor atención. En la segunda dependencia
trabajaban varios escribientes que no iban mucho mejor vestidos que él. Todos
tenían un aspecto extraño. Raskolnikof se dirigió a uno de ellos.
‑¿Qué quieres?
El joven le mostró la
citación.
‑¿Es usted estudiante? ‑preguntó
otro, tras haber echado una ojeada al papel.
‑Sí, estudiaba.
El escribiente lo observó
sin ningún interés. Era un hombre de cabellos enmarañados y mirada vaga.
Parecía dominado por una idea fija.
«Por este hombre no me
enteraré de nada. Todo le es indiferente», pensó Raskolnikof.
‑Vaya usted al secretario
‑dijo el escribiente, señalando con el dedo la habitación del fondo.
Raskolnikof se dirigió a
ella. Esta pieza, la cuarta, era sumamente reducida y estaba llena de gente.
Las personas que había en ella iban un poco mejor vestidas que las que el joven
acababa de ver. Entre ellas había dos mujeres. Una iba de luto y vestía pobremente.
Estaba sentada ante el secretario y escribía lo que él le dictaba. La otra era
de formas opulentas y cara colorada. Vestía ricamente y llevaba en el pecho un
broche de gran tamaño. Estaba aparte y parecía esperar algo. Raskolnikof
presentó el papel al secretario. Éste le dirigió una ojeada y dijo:
‑¡Espere!
Después siguió dictando a
la dama enlutada.
El joven respiró. «No me
han llamado por lo que yo creía», se dijo. Y fue recobrándose poco a poco.
Luego pensó: «La menor
torpeza, la menor imprudencia puede perderme... Es lástima que no circule más
aire aquí. Uno se ahoga. La cabeza me da más vueltas que nunca y soy incapaz de
discurrir.»
Sentía un profundo
malestar y temía no poder vencerlo. Trataba de fijar su pensamiento en
cuestiones indiferentes, pero no lo conseguía. Sin embargo, el secretario le
interesaba vivamente. Se dedicó a estudiar su fisonomía. Era un joven de unos
veintidós años, pero su rostro, cetrino y lleno de movilidad, le hacía parecer
menos joven. Iba vestido a la última moda. Una raya que era una obra de arte
dividía en dos sus cabellos, brillantes de cosmético. Sus dedos, blancos y
perfectamente cuidados, estaban cargados de sortijas. En su chaleco pendían
varias cadenas de oro. Con gran desenvoltura, cambió unas palabras en francés
con un extranjero que se hallaba cerca de él.
‑Siéntese, Luisa Ivanovna
‑dijo después a la gruesa, colorada y ricamente ataviada señora, que permanecía
en pie, como si no se atreviera a sentarse, aunque tenía una silla a su lado.
‑Ich danke [22]‑respondió Luisa lvanovna
en voz baja.
Se sentó con un frufrú de
sedas. Su vestido, azul pálido guarnecido de blancos encajes, se hinchó en
torno de ella como un globo y llenó casi la mitad de la pieza, a la vez que un
exquisito perfume se esparcía por la habitación. Pero ella parecía avergonzada
de ocupar tanto espacio y oler tan bien. Sonreía con una expresión de temor y
timidez y daba muestras de intranquilidad.
Al fin la dama enlutada
se levantó, terminado el asunto que la había llevado allí.
En este momento entró
ruidosamente un oficial, con aire resuelto y moviendo los hombros a cada paso.
Echó sobre la mesa su gorra, adornada con una escarapela, y se sentó en un
sillón. La dama lujosamente ataviada se apresuró a levantarse apenas le vio, y
empezó a saludarle con un ardor extraordinario, y aunque él no le prestó la
menor atención, ella no osó volver a sentarse en su presencia. Este personaje
era el ayudante del comisario de policía. Ostentaba unos grandes bigotes
rojizos que sobresalían horizontalmente por los dos lados de su cara. Sus
facciones, extremadamente finas, sólo expresaban cierto descaro.
Miró a Raskolnikof al
soslayo e incluso con una especie de indignación. Su aspecto era por demás
miserable, pero su actitud no tenía nada de modesta.
Raskolnikof cometió la
imprudencia de sostener con tanta osadía aquella mirada, que el funcionario se
sintió ofendido.
‑¿Qué haces aquí tú? ‑exclamó
éste, asombrado sin duda de que semejante desharrapado no bajara los ojos ante
su mirada fulgurante.
‑He venido porque me han
llamado ‑repuso Raskolnikof‑. He recibido una citación.
‑Es ese estudiante al que
se reclama el pago de una deuda ‑se apresuró a decir el secretario, levantando
la cabeza de sus papeles‑. Aquí está ‑y presentó un cuaderno a Raskolnikof,
señalándole lo que debía leer.
«¿Una deuda...? ¿Qué
deuda? ‑pensó Raskolnikof‑. El caso es que ya estoy seguro de que no se me
llama por... aquello.»
Se estremeció de alegría.
De súbito experimentó un alivio inmenso, indecible, un bienestar inefable.
‑Pero ¿a qué hora le han
dicho que viniera? ‑le gritó el ayudante, cuyo mal humor había ido en aumento‑.
Le han citado a las nueve y media, y son ya más de las once.
‑No me han entregado la
citación hasta hace un cuarto de hora ‑repuso Raskolnikof en voz no menos alta.
Se había apoderado de él una cólera repentina y se entregaba a ella con cierto
placer‑. ¡Bastante he hecho con venir enfermo y con fiebre!
‑¡No grite, no grite!
‑Yo no grito; estoy
hablando como debo. Usted es el que grita. Soy estudiante y no tengo por qué
tolerar que se dirijan a mí en ese tono.
Esta respuesta irritó de
tal modo al oficial, que no pudo contestar en seguida: sólo sonidos
inarticulados salieron de sus contraídos labios. Después saltó de su asiento.
‑¡Silencio! ¡Está usted
en la comisaría! Aquí no se admiten insolencias.
‑¡También usted está en
la comisaría! ‑replicó Raskolnikof‑, y, no contento con proferir esos gritos,
está fumando, lo que es una falta de respeto hacia todos nosotros.
Al pronunciar estas
palabras experimentaba un placer indescriptible.
El secretario presenciaba
la escena con una sonrisa. El fogoso ayudante pareció dudar un momento.
‑¡Eso no le incumbe a
usted! ‑respondió al fin con afectados gritos‑. Lo que ha de hacer es prestar
la declaración que se le pide. Enséñele el documento, Alejandro Grigorevitch.
Se ha presentado una denuncia contra usted. ¡Usted no paga sus deudas! ¡Buen
pájaro está hecho!
Pero Raskolnikof ya no le
escuchaba: se había apoderado ávidamente del papel y trataba, con visible
impaciencia, de hallar la clave del enigma. Una y otra vez leyó el documento,
sin conseguir entender ni una palabra.
‑Pero ¿qué es esto? ‑preguntó
al secretario.
‑Un efecto comercial cuyo
pago se le reclama. Ha de entregar usted el importe de la deuda, más las
costas, la multa, etcétera, o declarar por escrito en qué fecha podrá hacerlo.
Al mismo tiempo, habrá de comprometerse a no salir de la capital, y también a
no vender ni empeñar nada de lo que posee hasta que haya pagado su deuda. Su
acreedor, en cambio, tiene entera libertad para poner en venta los bienes de
usted y solicitar la aplicación de la ley.
‑¡Pero si yo no debo nada
a nadie!
‑Ese punto no es de
nuestra incumbencia. A nosotros se nos ha remitido un efecto protestado de
ciento quince rublos, firmado por usted hace nueve meses en favor de la señora
Zarnitzine, viuda de un asesor escolar, efecto que esta señora ha enviado al
consejero Tchebarof en pago de una cuenta. En vista de ello, nosotros le hemos
citado a usted para tomarle declaración.
‑¡Pero si esa señora es
mi patrona!
‑¡Y eso qué importa!
El secretario le miraba
con una sonrisa de superioridad e indulgencia, como a un novicio que empieza a
aprender a costa suya lo que significa ser deudor. Era como si le dijese: «¿Eh?
¿Qué te ha parecido?»
Pero ¿qué importaban en
aquel momento a Raskolnikof las reclamaciones de su patrona? ¿Valía la pena que
se inquietara por semejante asunto, y ni siquiera que le prestara la menor
atención? Estaba allí leyendo, escuchando, respondiendo, incluso preguntando,
pero todo lo hacía maquinalmente. Todo su ser estaba lleno de la felicidad de
sentirse a salvo, de haberse librado del temor que hacía unos instantes lo
sobrecogía. Por el momento, había expulsado de su mente el análisis de su
situación, todas las preocupaciones y previsiones temerosas. Fue un momento de
alegría absoluta, animal.
Pero de pronto se
desencadenó una tormenta en el despacho. El ayudante del comisario, todavía
bajo los efectos de la afrenta que acababa de sufrir y deseoso de resarcirse,
empezó de improviso a poner de vuelta y media a la dama del lujoso vestido, la
cual, desde que le había visto entrar, no cesaba de mirarle con una sonrisa
estúpida.
‑Y tú, bribona ‑le gritó
a pleno pulmón, después de comprobar que la señora de luto se había marchado ya‑,
¿qué ha pasado en tu casa esta noche? Dime: ¿qué ha pasado? Habéis despertado a
todos los vecinos con vuestros gritos, vuestras risas y vuestras borracheras.
Por lo visto, te has empeñado en ir a la cárcel. Te lo ha advertido lo menos
diez veces. La próxima vez te lo diré de otro modo. ¡No haces caso! ¡Eres una
ramera incorregible!
Raskolnikof se quedó tan
estupefacto al ver tratar de aquel modo a la elegante dama, que se le cayó el
papel que tenía en la mano. Sin embargo, no tardó en comprender el porqué de
todo aquello, y la cosa le pareció sobremanera divertida. Desde este momento
escuchó con interés y haciendo esfuerzos por contener la risa. Su tensión
nerviosa era extraordinaria.
‑Bueno, bueno, Ilia
Petrovitch... ‑empezó a decir el secretario, pero enseguida se dio cuenta de
que su intervención sería inútil: sabía por experiencia que cuando el impetuoso
oficial se disparaba, no había medio humano de detenerle.
En cuanto a la bella
dama, la tempestad que se había desencadenado sobre ella empezó por hacerla
temblar, pero ‑cosa extraña‑ a medida que las invectivas iban lloviendo sobre
su cabeza, su cara iba mostrándose más amable, y más encantadora la sonrisa que
dirigía al oficial. Multiplicaba las reverencias y esperaba impaciente el
momento en que su censor le permitiera hablar.
‑En mi casa no hay
escándalos ni pendencias, señor capitán ‑se apresuró a decir tan pronto como le
fue posible (hablaba el ruso fácilmente, pero con notorio acento alemán)‑. Ni
el menor escándalo ‑ella decía «echkándalo»‑. Lo que ocurrió fue que un
caballero llegó embriagado a mi casa... Se lo voy a contar todo, señor capitán.
La culpa no fue mía. Mi casa es una casa seria, tan seria como yo, señor
capitán. Yo no quería «echkándalos»... Él vino como una cuba y pidió tres
botellas ‑la alemana decía «potellas»‑. Después levantó las piernas y empezó a
tocar el piano con los pies, cosa que está fuera de lugar en una casa seria
como la mía. Y acabó por romper el piano, lo cual no me parece ni medio bien.
Así se lo dije, y él cogió la botella y empezó a repartir botellazos a derecha
e izquierda. Entonces llamé al portero, y cuando Karl llegó, él se fue hacia
Karl y le dio un puñetazo en un ojo. También recibió Enriqueta. En cuanto a mí,
me dio cinco bofetadas. En vista de esta forma de conducirse, tan impropia de una
casa seria, señor capitán, yo empecé a protestar a gritos, y él abrió la
ventana que da al canal y empezó a gruñir como un cerdo. ¿Comprende, señor
capitán? ¡Se puso a hacer el cerdo en la ventana! Entonces, Karl empezó a
tirarle de los faldones del frac para apartarlo de la ventana y..., se lo
confieso, señor capitán..., se le quedó un faldón en las manos. Entonces empezó
a gritar diciendo que man mouss [23]pagarle quince rublos de
indemnización, y yo, señor capitán, le di cinco rublos por seis Rock[24].
Como usted ve, no es un cliente deseable. Le doy mi palabra, señor capitán, de
que todo el escándalo lo armó él. Y, además, me amenazó con contar en los
periódicos toda la historia de mi vida.
‑Entonces, ¿es escritor?
‑Sí, señor, y un cliente
sin escrúpulos que se permite, aun sabiendo que está en una casa digna...
‑Bueno, bueno; siéntate.
Ya te he dicho mil veces...
‑Ilia Petrovitch... ‑repitió
el secretario, con acento significativo.
El ayudante del comisario
le dirigió una rápida mirada y vio que sacudía ligeramente la cabeza.
‑En fin, mi respetable
Luisa Ivanovna ‑continuó el oficial‑, he aquí mi última palabra en lo que a ti
concierne. Como se produzca un nuevo escándalo en lu digna casa, te haré
enchiquerar, como soléis decir los de tu noble clase. ¿Has entendido...? ¿De
modo que el escritor, el literato, aceptó cinco rublos por su faldón en tu
digna casa? ¡Bien por los escritores! ‑dirigió a Raskolnikof una mirada
despectiva‑. Hace dos días, un señor literato comió en una taberna y pretendió
no pagar. Dijo al tabernero que le compensaría hablando de él en su próxima
sátira. Y también hace poco, en un barco de recreo, otro escritor insultó
groseramente a la respetable familia, madre a hija, de un consejero de Estado.
Y a otro lo echaron a puntapiés de una pastelería. Así son todos esos
escritores, esos estudiantes, esos charlatanes... En fin, Luisa Ivanovna, ya
puedes marcharte. Pero ten cuidado, porque no te perderé de vista. ¿Entiendes?
Luisa Ivanovna empezó a
saludar a derecha e izquierda calurosamente, y así, haciendo reverencias,
retrocedió hasta la puerta. Allí tropezó con un gallardo oficial, de cara
franca y simpática, encuadrada por dos soberbias patillas, espesas y rubias.
Era el comisario en persona: Nikodim Fomitch. Al verle, Luisa Ivanovna se
apresuró a inclinarse por última vez hasta casi tocar el suelo y salió del
despacho con paso corto y saltarín.
‑Eres el rayo, el trueno,
el relámpago, la tromba, el huracán ‑dijo el comisario dirigiéndose
amistosamente a su ayudante‑. Te han puesto nervioso y tú te has dejado llevar
de los nervios. Desde la escalera lo he oído.
‑No es para menos ‑replicó
en tono indiferente Ilia Petrovitch llevándose sus papeles a otra mesa, con su
característico balanceo de hombros‑. Juzgue usted mismo. Ese señor escritor,
mejor dicho, estudiante, es decir, antiguo estudiante, no paga sus deudas,
firma pagarés y se niega a dejar la habitación que tiene alquilada. Por todo
ello se le denuncia, y he aquí que este señor se molesta porque enciendo un
cigarrillo en su presencia. ¡Él, que sólo comete villanías! Ahí lo tiene usted.
Mírelo; mire qué aspecto tan respetable tiene.
‑La pobreza no es un
vicio, mi buen amigo ‑respondió el comisario‑. Todos sabemos que eres
inflamable como la pólvora. Algo en su modo de ser te habrá ofendido y no has
podido contenerte. Y usted tampoco ‑añadió dirigiéndose amablemente a
Raskolnikof‑. Pero usted no le conoce. Es un hombre excelente, créame, aunque
explosivo como la pólvora. Sí, una verdadera pólvora: se enciende, se inflama,
arde y todo pasa: entonces sólo queda un corazón de oro. En el regimiento le
llamaban el «teniente Pólvora».
‑¡Ah, qué regimiento
aquél! ‑exclamó Ilia Petrovitch, conmovido por los halagos de su jefe aunque
seguía enojado.
Raskolnikof experimentó
de súbito el deseo de decir a todos algo desagradable.
‑Escúcheme, capitán ‑dijo
con la mayor desenvoltura, dirigiéndose al comisario‑. Póngase en mi lugar.
Estoy dispuesto a presentarle mis excusas si en algo le he ofendido, pero
hágase cargo: soy un estudiante enfermo y pobre, abrumado por la miseria ‑así
lo dijo: «abrumado»‑. Tuve que dejar la universidad, porque no podía atender a
mis necesidades. Pero he de recibir dinero: me lo enviarán mi madre y mi
hermana, que residen en el distrito de ... Entonces pagaré. Mi patrona es una
buena mujer, pero está tan indignada al ver que he perdido los alumnos que
tenía y que no le pago desde hace cuatro meses, que ni siquiera me da mi ración
de comida. En cuanto a su reclamación, no la comprendo. Me exige que le pague
en seguida. ¿Acaso puedo hacerlo? Juzguen ustedes mismos.
‑Todo eso no nos incumbe ‑volvió
a decir el secretario.
‑Permítame, permítame.
Estoy completamente de acuerdo con usted, pero permítame que les dé ciertas
explicaciones.
Raskolnikof seguía
dirigiéndose al comisario y no al secretario. También procuraba atraerse la
atención de Ilia Petrovitch, que, afectando una actitud desdeñosa, pretendía
demostrarle que no le escuchaba, sino que estaba absorto en el examen de sus
papeles.
‑Permítame explicarle que
hace tres años, desde que llegué de mi provincia, soy huésped de esa señora, y
que al principio..., no tengo por qué ocultarlo..., al principio le prometí
casarme con su hija. Fue una promesa simplemente verbal. Yo no estaba enamorado,
pero la muchacha no me disgustaba... Yo era entonces demasiado joven... Mi
patrona me abrió un amplio crédito, y empecé a llevar una vida... No tenía la
cabeza bien sentada.
‑Nadie le ha dicho que
refiera esos detalles íntimos, señor ‑le interrumpió secamente Ilia Petrovitch,
con una satisfacción mal disimulada‑. Además, no tenemos tiempo para
escucharlos.
Para Raskolnikof fue muy
difícil seguir hablando, pero lo hizo fogosamente.
‑Permítame, permítame
explicar, sólo a grandes rasgos, cómo ha ocurrido todo esto, aunque esté de
acuerdo con usted en que mis palabras son inútiles... Hace un año murió del
tifus la muchacha y yo seguí hospedándome en casa de la señora Zarnitzine.‑ Y
cuando mi patrona se trasladó a la casa donde ahora habita, me dijo
amistosamente que tenía entera confianza en mí; pero que desearía que le
firmase un pagaré de ciento quince rublos, cantidad que, según mis cálculos, le
debía... Permítame... Ella me aseguró que, una vez en posesión del documento,
seguiría concediéndome un crédito ilimitado y que jamás, jamás..., repito sus
palabras..., pondría el pagaré en circulación. Y ahora que no tengo lecciones
ni dinero para comer, me exige que le pague... Es inexplicable.
‑Esos detalles patéticos
no nos interesan, señor ‑dijo Ilia Petrovitch con ruda franqueza‑. Usted ha de
limitarse a prestar la declaración y a firmar el compromiso escrito que se le
exige. La historia de sus amores y todas esas tragedias y lugares comunes no
nos conciernen en absoluto.
‑No hay que ser tan duro ‑murmuró
el comisario, yendo a sentarse en su mesa y empezando a firmar papeles. Parecía
un poco avergonzado.
‑Escriba usted ‑dijo el
secretario a Raskolnikof.
‑¿Qué he de escribir? ‑preguntó
ásperamente el denunciado.
‑Lo que yo le dicte.
Raskolnikof creyó
advertir que el joven secretario se mostraba más desdeñoso con él después de su
confesión; pero, cosa extraña, a él ya no le importaban lo más mínimo los
juicios ajenos sobre su persona. Este cambio de actitud se había producido en
Raskolnikof súbitamente, en un abrir y cerrar de ojos. Si hubiese reflexionado,
aunque sólo hubiera sido un minuto, se habría asombrado, sin duda, de haber
podido hablar como lo había hecho con aquellos funcionarios, a los que incluso
obligó a escuchar sus confidencias. ¿A qué se debería su nuevo y repentino
estado de ánimo? Si en aquel momento apareciese la habitación llena no de
empleados de la policía, sino de sus amigos más íntimos, no habría sabido qué
decirles, no habría encontrado una sola palabra sincera y amistosa en el gran
vacío que se había hecho en su alma. Le había invadido una lúgubre impresión de
infinito y terrible aislamiento. No era el bochorno de haberse entregado a tan
efusivas confidencias ante Ilia Petrovitch, ni la actitud jactanciosa y triunfante
del oficial, lo que había producido semejante revolución en su ánimo. ¡Qué le
importaba ya su bajeza! ¡Qué le importaban las arrogancias, los oficiales, las
alemanas, las diligencias, las comisarías...! Aunque le hubiesen condenado a
morir en la hoguera, no se habría inmutado. Es más: apenas habría escuchado la
sentencia. Algo nuevo, jamás sentido y que no habría sabido definir, se había
producido en su interior. Comprendía, sentía con todo su ser que ya no podría
conversar sinceramente con nadie, hacer confidencia alguna, no sólo a los
empleados de la comisaría, sino ni siquiera a sus parientes más próximos: a su
madre, a su hermana... Nunca había experimentado una sensación tan extraña ni
tan cruel, y el hecho de que él se diera cuenta de que no se trataba de un
sentimiento razonado, sino de una sensación, la más espantosa y torturante que
había tenido en su vida, aumentaba su tormento.
El secretario de la
comisaría empezó a dictarle la fórmula de declaración utilizada en tales casos.
«No siéndome posible pagar ahora, prometo saldar mi deuda en... (tal fecha).
Igualmente, me comprometo a no salir de la capital, a no vender mis bienes, a
no regalarlos...»
‑¿Qué le pasa que apenas
puede escribir? La pluma se le cae de las manos ‑dijo el secretario, observando
a Raskolnikof atentamente‑. ¿Está usted enfermo?
‑Si... Me ha dado un
mareo... Continúe.
‑Ya está. Puede firmar.
El secretario tomó la
hoja de manos de Raskolnikof y se volvió hacia los que esperaban.
Raskolnikof entregó la
pluma, pero, en vez de levantarse, apoyó los codos en la mesa y hundió la
cabeza entre las manos. Tenía la sensación de que le estaban barrenando el
cerebro. De súbito le acometió un pensamiento incomprensible: levantarse,
acercarse al comisario y referirle con todo detalle el episodio de la vieja;
luego llevárselo a su habitación y mostrarle las joyas escondidas detrás del
papel de la pared. Tan fuerte fue este impulso que se levantó dispuesto a
llevar a cabo el propósito, pero de pronto se dijo: «¿No será mejor que lo
piense un poco, aunque sea un minuto...? No, lo mejor es no pensarlo y quitarse
de encima cuanto antes esta carga.
Pero se detuvo en seco y
quedó clavado en el sitio. El comisario hablaba acaloradamente con Ilia
Petrovitch. Raskolnikof le oyó decir:
‑Es absurdo. Habrá que
ponerlos en libertad a los dos. Todo contradice semejante acusación. Si
hubiesen cometido el crimen, ¿con qué fin habrían ido a buscar al portero?
¿Para delatarse a sí mismos? ¿Para desorientar? No, es un ardid demasiado
peligroso. Además, a Pestriakof, el estudiante, le vieron los dos porteros y
una tendera ante la puerta en el momento en que llegó. Iba acompañado de tres
amigos que le dejaron pero en cuya presencia preguntó al portero en qué piso
vivía la vieja. ¿Habría hecho esta pregunta si hubiera ido a la casa con el
propósito que se le atribuye? En cuanto a Koch, estuvo media hora en la
orfebrería de la planta baja antes de subir a casa de la vieja. Eran
exactamente las ocho menos cuarto cuando subió. Reflexionemos...
‑Permítame. ¿Qué
explicación puede darse a la contradicción en que han incurrido? Afirman que
llamaron, que la puerta estaba cerrada. Sin embargo, tres minutos después,
cuando vuelven a subir con el portero, la puerta está abierta.
‑Ésa es la cuestión
principal. No cabe duda de que el asesino estaba en el piso y había echado el
cerrojo. Seguro que lo habrían atrapado si Koch no hubiese cometido la tontería
de abandonar la guardia para bajar en busca de su amigo. El asesino aprovechó
ese momento para deslizarse por la escalera y escapar ante sus mismas narices.
Koch está aterrado; no cesa de santiguarse y decir que si se hubiese quedado
junto a la puerta del piso, el asesino se habría arrojado sobre él y le habría
abierto la cabeza de un hachazo. Va a hacer cantar un Tedeum...
‑¿Y nadie ha visto al
asesino?
‑¿Cómo quiere usted que
lo vieran? ‑dijo el secretario, que desde su puesto estaba atento a la
conversación‑. Esa casa es un arca de Noé.
‑La cosa no puede estar
más clara ‑dijo el comisario, en un tono de convicción.
‑Por el contrario, está
oscurísima ‑replicó Ilia Petrovitch.
Raskolnikof cogió su
sombrero y se dirigió a la puerta. Pero no llegó a ella...
Cuando volvió en sí, se
vio sentado en una silla. Alguien le sostenía por el lado derecho. A su
izquierda, otro hombre le presentaba un vaso amarillento lleno de un líquido
del mismo color. El comisario, Nikodim Fomitch, de pie ante él, le miraba
fijamente. Raskolnikof se levantó.
‑¿Qué le ha pasado? ¿Está
enfermo? ‑le preguntó el comisario secamente.
‑Apenas podía sostener la
pluma hace un momento, cuando escribía su declaración ‑observó el
secretario, volviendo a sentarse y empezando de nuevo a hojear papeles.
‑¿Hace mucho tiempo que
está usted enfermo? ‑gritó Ilia Petrovitch desde su mesa, donde también estaba
hojeando papeles. Se había acercado como todos los demás, a Raskolnikof y le
había examinado durante su desvanecimiento. Cuando vio que volvía en sí, se
apresuró a regresar a su puesto.
‑Desde anteayer ‑balbuceó
Raskolnikof.
‑¿Salió usted ayer?
‑Sí.
‑¿Aun estando enfermo?
‑Sí.
‑¿A qué hora?
‑De siete a ocho.
‑Permítame que le
pregunte dónde estuvo.
‑En la calle.
‑He aquí una contestación
clara y breve.
Raskolnikof había dado
estas respuestas con voz dura y entrecortada. Estaba pálido como un lienzo. Sus
grandes ojos, negros y ardientes, no se abatían ante la mirada de Ilia
Petrovitch.
‑Apenas puede tenerse en
pie, y tú todavía... ‑empezó a decir el comisario.
‑No se preocupe ‑repuso
Ilia Petrovitch con acento enigmático.
Nikodim Fomitch iba a
decir algo más, pero su mirada se encontró casualmente con la del secretario,
que estaba fija en él, y esto fue suficiente para que se callara. Se hizo un
silencio general, repentino y extraño.
‑Ya no le necesitamos ‑dijo
al fin Ilia Petrovitch‑. Puede usted marcharse.
Raskolnikof se fue.
Apenas hubo salido, la conversación se reanudó entre los policías con gran
vivacidad. La voz del comisario se oía más que las de sus compañeros. Parecía
hacer preguntas.
Ya en la calle,
Raskolnikof recobró por completo la calma.
«Sin duda, van a hacer un
registro, y en seguida ‑se decía mientras se encaminaba a su alojamiento‑. ¡Los
muy canallas! Sospechan de mí.»
Y el terror que le
dominaba poco antes volvió a apoderarse de él enteramente.
II
Y si el registro se ha
efectuado ya? También podría ser que me encontrase con la policía en casa.»
Pero en su habitación
todo estaba en orden y no había nadie. Nastasia no había tocado nada.
«Señor, ¿cómo habré
podido dejar las joyas ahí?»
Corrió al rincón,
introdujo la mano detrás del papel, retiró todos los objetos y fue echándolos
en sus bolsillos. En total eran ocho piezas: dos cajitas que contenían
pendientes o algo parecido (no se detuvo a mirarlo); cuatro pequeños estuches
de tafilete; una cadena de reloj envuelta en un trozo de papel de periódico, y
otro envoltorio igual que, al parecer, contenía una condecoración. Raskolnikof
repartió todo esto por sus bolsillos, procurando que no abultara demasiado,
cogió también la bolsita y salió de la habitación, dejando la puerta abierta de
par en par.
Avanzaba con paso rápido
y firme. Estaba rendido, pero conservaba la lucidez mental. Temía que la
policía estuviera ya tomando medidas contra él; que al cabo de media hora, o
tal vez sólo de un cuarto, hubiera decidido seguirle. Por lo tanto, había que apresurarse
a hacer desaparecer aquellos objetos reveladores. No debía cejar en este
propósito mientras le quedara el menor residuo de fuerzas y de sangre fría...
¿Adónde ir...? Este punto estaba ya resuelto. «Arrojaré las cosas al canal y el
agua se las tragará, de modo que no quedará ni rastro de este asunto.» Así lo
había decidido la noche anterior, en medio de su delirio, e incluso había
intentado varias veces levantarse para llevar a cabo cuanto antes la idea.
Sin embargo, la ejecución
de este plan presentaba grandes dificultades. Durante más de media hora se
limitó a errar por el malecón del canal, inspeccionando todas las escaleras que
conducían al agua. En ninguna podía llevar a la práctica su propósito. Aquí
había un lavadero lleno de lavanderas, allí varias barcas amarradas a la
orilla. Además, el malecón estaba repleto de transeúntes. Se le podía ver desde
todas partes, y a quien lo viera le extrañaría que un hombre bajara las
escaleras expresamente para echar una cosa al agua. Por añadidura, los estuches
podían quedar flotando, y entonces todo el mundo los vería. Lo peor era que las
personas con que se cruzaba le miraban de un modo singular, como si él fuera lo
único que les interesara. «¿Por qué me mirarán así? ‑se decía‑. ¿O todo será
obra de mi imaginación?»
Al fin pensó que acaso
sería preferible que se dirigiera al Neva. En sus malecones había menos gente.
Allí llamaría menos la atención, le sería más fácil tirar las joyas y ‑detalle
importantísimo‑ estaría más lejos de su barrio.
De pronto se preguntó,
asombrado, por qué habría estado errando durante media hora ansiosamente por
lugares peligrosos, cuando se le ofrecía una solución tan clara. Había perdido
media hora entera tratando de poner en práctica un plan insensato forjado en un
momento de desvarío. Cada vez era más propenso a distraerse, su memoria
vacilaba, y él se daba cuenta de ello. Había que apresurarse.
Se dirigió al Neva por la
avenida V. Pero por el camino tuvo otra idea. ¿Por qué ir al Neva? ¿Por qué
arrojar los objetos al agua? ¿No era preferible ir a cualquier lugar lejano, a
las islas, por ejemplo, buscar un sitio solitario en el interior de un bosque y
enterrar las cosas al pie de un árbol, anotando cuidadosamente el lugar donde
se hallaba el escondite? Aunque sabía que en aquel momento era incapaz de
razonar lógicamente, la idea le pareció sumamente práctica.
Pero estaba escrito que
no había de llegar a las islas. Al desembocar en la plaza que hay al final de
la avenida V. vio a su izquierda la entrada de un gran patio protegido por
altos muros. A la derecha había una pared que parecía no haber estado pintada
nunca y que pertenecía a una casa de altura considerable. A la izquierda,
paralela a esta pared, corría una valla de madera que penetraba derechamente
unos veinte pasos en el patio y luego se desviaba hacia la izquierda. Esta
empalizada limitaba un terreno desierto y cubierto de materiales. Al fondo del
patio había un cobertizo cuyo techo rebasaba la altura de la valla. Este
cobertizo debía de ser un taller de carpintería, de guarnicionería o algo
similar. Todo el suelo del patio estaba cubierto de un negro polvillo de
carbón.
«He aquí un buen sitio
para tirar las joyas ‑pensó‑. Después se va uno, y asunto concluido.»
Advirtiendo que no había
nadie, penetró en el patio. Cerca de la puerta, ante la empalizada, había uno
de esos canalillos que suelen verse en los edificios donde hay talleres. En la
valla, sobre el canal, alguien había escrito con tiza y con las faltas de
rigor: «Proivido acer aguas menores.» Desde luego, Raskolnikof no pensaba
llamar la atención deteniéndose allí. Pensó: «Podría tirarlo todo aquí, en
cualquier parte, y marcharme.
Miró nuevamente en todas
direcciones y se llevó la mano al bolsillo. Pero en ese momento vio cerca del
muro exterior, entre la puerta y el pequeño canal, una enorme piedra sin
labrar, que debía de pesar treinta kilos largos. Del otro lado del muro, de la
calle, llegaba el rumor de la gente, siempre abundante en aquel lugar. Desde
fuera nadie podía verle, a menos que se asomara al patio. Sin embargo, esto
podía suceder; por lo tanto, había que obrar rápidamente.
Se inclinó sobre la
piedra, la cogió con ambas manos por la parte de arriba, reunió todas sus
fuerzas y consiguió darle la vuelta. En el suelo apareció una cavidad.
Raskolnikof vació en ella todo lo que llevaba en los bolsillos. La bolsita fue
lo último que depositó. Sólo el fondo de la cavidad quedó ocupado. Volvió a
rodar la piedra y ésta quedó en el sitio donde antes estaba. Ahora sobresalía
un poco más; pero Raskolnikof arrastró hasta ella un poco de tierra con el pie
y todo quedó como si no se hubiera tocado.
Salió y se dirigió a la
plaza. De nuevo una alegría inmensa, casi insoportable, se apoderó
momentáneamente de él. No había quedado ni rastro. «¿Quién podrá pensar en esa
piedra? ¿A quién se le ocurrirá buscar debajo? Seguramente está ahí desde que
construyeron la casa, y Dios sabe el tiempo que permanecerá en ese sitio
todavía. Además, aunque se encontraran las joyas, ¿quién pensaría en mí? Todo
ha terminado. Ha desaparecido hasta la última prueba.» Se echó a reír. Sí, más
tarde recordó que se echó a reír con una risita nerviosa, muda, persistente.
Aún se reía cuando atravesó la plaza. Pero su hilaridad cesó repentinamente
cuando llegó al bulevar donde días atrás había encontrado a la jovencita
embriagada.
Otros pensamientos
acudieron a su mente. Le aterraba la idea de pasar ante el banco donde se había
sentado a reflexionar cuando se marchó la muchacha. El mismo temor le infundía
un posible nuevo encuentro con el gendarme bigotudo al que había entregado veinte
kopeks. «¡El diablo se lo lleve!
Siguió su camino,
lanzando en todas direcciones miradas coléricas y distraídas. Todos sus
pensamientos giraban en torno a un solo punto, cuya importancia reconocía. Se
daba perfecta cuenta de que por primera vez desde hacía dos meses se enfrentaba
a solas y abiertamente con el asunto.
«¡Que se vaya todo al
diablo! ‑se dijo de pronto, en un arrebato de cólera‑. El vino está escanciado
y hay que beberlo. El demonio se lleve a la vieja y a la nueva vida... ¡Qué
estúpido es todo esto, Señor! ¡Cuántas mentiras he dicho hoy! ¡Y cuántas
bajezas he cometido! ¡En qué miserables vulgaridades he incurrido para atraerme
la benevolencia del detestable Ilia Petrovitch! Pero, ¡bah!, qué importa. Me
río de toda esa gente y de las torpezas que yo haya podido cometer. No es esto
lo que debo pensar ahora...»
De súbito se detuvo;
acababa de planteársele un nuevo problema, tan inesperado como sencillo, que le
dejó atónito. «Si, como crees, has procedido en todo este asunto como un hombre
inteligente y no como un imbécil, si perseguías una finalidad claramente determinada,
¿cómo se explica que no hayas dirigido ni siquiera una ojeada al interior de la
bolsita, que no te hayas preocupado de averiguar lo que ha producido ese acto
por el que has tenido que afrontar toda suerte de peligros y horrores? Hace un
momento estabas dispuesto a arrojar al agua esa bolsa, esas joyas que ni
siquiera has mirado... ¿Qué explicación puedes dar a esto?»
Todas estas preguntas
tenían un sólido fundamento. Lo sabia desde antes de hacérselas. La noche en
que había resuelto tirarlo todo al agua había tomado esta decisión sin vacilar,
como si hubiese sido imposible obrar de otro modo. Sí, sabía todas estas cosas
y recordaba hasta los menores detalles. Sabía que todo había de ocurrir como
estaba ocurriendo; lo sabía desde el momento mismo en que había sacado los
estuches del arca sobre la cual estaba inclinado... Sí, lo sabía perfectamente.
«La causa de todo es que
estoy muy enfermo ‑se dijo al fin sombríamente‑. Me torturo y me hiero a mí
mismo. Soy incapaz de dirigir mis actos. Ayer, anteayer y todos estos días no
he hecho más que martirizarme... Cuando esté curado, ya no me atormentaré. Pero
¿y si no me curo nunca? ¡Señor, qué harto estoy de toda esta historia...!»
Mientras así
reflexionaba, proseguía su camino. Anhelaba librarse de estas preocupaciones,
pero no sabía cómo podría conseguirlo. Una sensación nueva se apoderó de él con
fuerza irresistible, y su intensidad aumentaba por momentos. Era un desagrado
casi físico, un desagrado pertinaz, rencoroso, por todo lo que encontraba en su
camino, por todas las cosas y todas las personas que lo rodeaban. Le repugnaban
los transeúntes, sus caras, su modo de andar, sus menores movimientos. Sentía
deseos de escupirles a la cara, estaba dispuesto a morder a cualquiera que le
hablase.
Al llegar al malecón del
Pequeño Neva, en Vasilievski Ostrof, se detuvo en seco cerca del puente.
«May vive en esa casa ‑pensó‑.
Pero ¿qué significa esto? Mis pies me han traído maquinalmente a la vivienda de
Rasumikhine. Lo mismo me
ocurrió el otro día. Esto es verdaderamente chocante. ¿He venido expresamente o
estoy agua por obra del azar? Pero esto poco importa. El caso es que dije que
vendría a casa de Rasumikhine "al día siguiente". Pues bien, ya he
venido. ¿Acaso tiene algo de particular que le haga una visita?»
Subió al quinto piso. En
él habitaba Rasumikhine.
Se hallaba éste
escribiendo en su habitación. Él mismo fue a abrir. No se habían visto desde
hacía cuatro meses. Llevaba una bata vieja, casi hecha jirones. Sus pies sólo
estaban protegidos por unas pantuflas. Tenía revuelto el cabello. No se había
afeitado ni lavado. Se mostró asombrado al ver a Raskolnikof.
‑¿De dónde sales? ‑exclamó
mirando a su amigo de pies a cabeza. Después lanzó un silbido‑. ¿Tan mal te van
las cosas? Evidentemente, hermano, nos aventajas a todos en elegancia ‑añadió,
observando los andrajos de su camarada‑. Siéntate; pareces cansado.
Y cuando Raskolnikof se
dejó caer en el diván turco, tapizado de una tela vieja y rozada (un diván,
entre paréntesis, peor que el suyo), Rasumikhine advirtió que su amigo parecía
no encontrarse bien.
‑Tú estás enfermo, muy
enfermo. ¿Te has dado cuenta?
Intentó tomarle el pulso,
pero Raskolnikof retiró la mano.
‑¡Bah! ¿Para qué? ‑dijo‑
He venido porque... me he quedado sin lecciones..., y yo quisiera... No, no me
hacen falta para nada las lecciones.
Rasumikhine le observaba
atentamente.
‑¿Sabes una cosa, amigo?
Estás delirando.
‑Nada de eso; yo no
deliro ‑replicó Raskolnikof levantándose.
Al subir a casa de
Rasumikhine no había tenido en cuenta que iba a verse frente a frente con su
amigo, y una entrevista, con quienquiera que fuese, le parecía en aquellos
momentos lo más odioso del mundo. Apenas hubo franqueado la puerta del piso,
sintió una cólera ciega contra Rasumikhine.
‑¡Adiós! ‑exclamó
dirigiéndose a la puerta.
‑¡Espera, hombre, espera!
¿Estás loco?
‑¡Déjame! ‑dijo
Raskolnikof retirando bruscamente la mano que su amigo le había cogido.
‑Entonces, ¿a qué diablos
has venido? Has perdido el juicio. Esto es una ofensa para mí. No consentiré
que te vayas así.
‑Bien, escucha. He venido
a tu casa porque no conozco a nadie más que a ti para que me ayude a volver a
empezar. Tú eres mejor que todos los demás, es decir, más inteligente, más
comprensivo... Pero ahora veo que no necesito nada, ¿entiendes?, absolutamente
nada... No me hacen falta los servicios ni la simpatía de los demás... Estoy
solo y me basto a mí mismo... Esto es todo. Déjame en paz.
‑¡Pero escucha un
momento, botarate! ¿Es que te has vuelto loco? Puedes hacer lo que quieras,
pero yo tampoco tengo lecciones y me río de eso. Estoy en tratos con el librero
Kheruvimof, que es una magnífica lección en su género. Yo no lo cambiaría por
cinco lecciones en familias de comerciantes. Ese hombre publica libritos sobre
ciencias naturales, pues esto se vende como el pan. Basta buscar buenos
títulos. Me has llamado imbécil más de una vez, pero estoy seguro de que hay
otros más tontos que yo. Mi editor, que es poco menos que analfabeto, quiere
seguir la corriente de la moda, y yo, naturalmente, le animo... Mira, aquí hay
dos pliegos y medio de texto alemán. Puro charlatanismo, a mi juicio. Dicho en
dos palabras, la cuestión que estudia el autor es la de si la mujer es un ser
humano. Naturalmente, él opina que sí y su labor consiste en demostrarlo
elocuentemente. Kheruvimof considera que este folleto es de actualidad en estos
momentos en que el feminismo está de moda, y yo me encargo de traducirlo. Podrá
convertir en seis los dos pliegos y medio de texto alemán. Le pondremos un
título ampuloso que llene media página y se venderá a cincuenta kopeks el
ejemplar. Será un buen negocio. Se me paga la traducción a seis rublos el
pliego, o sea quince rublos por todo el trabajo. Ya he cobrado seis por
adelantado. Cuando terminemos este folleto traduciremos un libro sobre las
ballenas, y para después ya hemos elegido unos cuantos chismes de Les
Confessions. También los traduciremos. Alguien ha dicho a Kheruvimof que
Rousseau es una especie de Radiscev[25]. Naturalmente, yo no he
protestado. ¡Que se vayan al diablo...! Bueno, ¿quieres traducir el segundo
pliego del folleto Es la mujer un ser
humano? Si quieres, coge inmediatamente el pliego, plumas, papel (todos
estos gastos van a cargo del editor), y aquí tienes tres rublos: como yo he
recibido seis adelantados por toda la traducción, a ti te corresponden tres.
Cuando hayas traducido el pliego, recibirás otros tres. Pero que te conste que
no tienes nada que agradecerme. Por el contrario, apenas te he visto entrar, he
pensado en tu ayuda. En primer lugar, yo no estoy muy fuerte en ortografía, y
en segundo, mis conocimientos del alemán son más que deficientes. Por eso me
veo obligado con frecuencia a inventar, aunque me consuelo pensando que la obra
ha de ganar con ello. Es posible que me equivoque... Bueno,¿aceptas?
Raskolnikof cogió en
silencio el pliego de texto alemán y los tres rublos y se marchó sin pronunciar
palabra. Rasumikhine le siguió con una mirada de asombro. Cuando llegó a la
primera esquina, Raskolnikof volvió repentinamente sobre sus pasos y subió de
nuevo al alojamiento de su amigo. Ya en la habitación, dejó el pliego y los
tres rublos en la mesa y volvió a marcharse, sin desplegar los labios.
Rasumikhine perdió al fin
la paciencia.
‑¡Decididamente, te has
vuelto loco! ‑vociferó‑. ¿Qué significa esta comedia? ¿Quieres volverme la
cabeza del revés? ¿Para qué demonio has venido?
‑No necesito traducciones
‑murmuró Raskolnikof sin dejar de bajar la escalera.
‑Entonces, ¿qué es lo que
necesitas? ‑le gritó Rasumikhine desde el rellano.
Raskolnikof siguió
bajando en silencio.
‑Oye, ¿dónde vives?
No obtuvo respuesta.
‑¡Vete al mismísimo
infierno!
Pero Raskolnikof estaba
ya en la calle. Iba por el puente de Nicolás, cuando una aventura desagradable
le hizo volver en sí momentáneamente. Un cochero cuyos caballos estuvieron a
punto de arrollarlo le dio un fuerte latigazo en la espalda después de haberle
dicho a gritos tres o cuatro veces que se apartase. Este latigazo despertó en
él una ira ciega. Saltó hacia el pretil (sólo Dios sabe por qué hasta entonces
había ido por medio de la calzada) rechinando los dientes. Todos los que
estaban cerca se echaron a reír.
‑¡Bien hecho!
‑¡Estos granujas!
‑Conozco a estos
bribones. Se hacen el borracho, se meten bajo las ruedas y uno tiene que pagar
daños y perjuicios.
‑Algunos viven de eso.
Aún estaba apoyado en el
pretil, frotándose la espalda, ardiendo de ira, siguiendo con la mirada el
coche que se alejaba, cuando notó que alguien le ponía una moneda en la mano.
Volvió la cabeza y vio a una vieja cubierta con un gorro y calzada con borceguíes
de piel de cabra, acompañada de una joven ‑su hija sin duda‑ que llevaba
sombrero y una sombrilla verde.
‑Toma esto, hermano, en
nombre de Cristo.
Él tomó la moneda y ellas
continuaron su camino. Era una pieza de veinte kopeks. Se comprendía que, al
ver su aspecto y su indumentaria, le hubieran tomado por un mendigo. La
generosa ofrenda de los veinte kopeks se debía, sin duda, a que el latigazo había
despertado la compasión de las dos mujeres.
Apretando la moneda con
la mano, dio una veintena de pasos más y se detuvo de cara al río y al Palacio
de Invierno. En el cielo no había ni una nube, y el agua del Neva ‑cosa
extraordinaria‑ era casi azul. La cúpula de la catedral de San Isaac [26](aquél era precisamente el
punto de la ciudad desde donde mejor se veía) lanzaba vivos reflejos. En el
transparente aire se distinguían hasta los menores detalles de la ornamentación
de la fachada.
El dolor del latigazo iba
desapareciendo, y Raskolnikof, olvidándose de la humillación sufrida. Una idea,
vaga pero inquietante, le dominaba. Permanecía inmóvil, con la mirada fija en
la lejanía. Aquel sitio le era familiar. Cuando iba a la universidad tenía la
costumbre de detenerse allí, sobre todo al regresar (lo había hecho más de cien
veces), para contemplar el maravilloso panorama. En aquellos momentos
experimentaba una sensación imprecisa y confusa que le llenaba de asombro.
Aquel cuadro esplendoroso se le mostraba frío, algo así como ciego y sordo a la
agitación de la vida... Esta triste y misteriosa impresión que invariablemente
recibía le desconcertaba, pero no se detenía a analizarla: siempre dejaba para
más adelante la tarea de buscarle una explicación...
Ahora recordaba aquellas
incertidumbres, aquellas vagas sensaciones, y este recuerdo, a su juicio, no
era puramente casual. El simple hecho de haberse detenido en el mismo sitio que
antaño, como si hubiese creído que podía tener los mismos pensamientos e
interesarse por los mismos espectáculos que entonces, e incluso que hacía poco,
le parecía absurdo, extravagante y hasta algo cómico, a pesar de que la
amargura oprimía su corazón. Tenía la impresión de que todo este pasado, sus
antiguos pensamientos e intenciones, los fines que había perseguido, el
esplendor de aquel paisaje que tan bien conocía, se había hundido hasta
desaparecer en un abismo abierto a sus pies... Le parecía haber echado a volar
y ver desde el espacio como todo aquello se esfumaba.
Al hacer un movimiento
maquinal, notó que aún tenía en su mano cerrada la pieza de veinte kopeks.
Abrió la mano, estuvo un momento mirando fijamente la moneda y luego levantó el
brazo y la arrojó al río.
Inmediatamente emprendió
el regreso a su casa. Tenía la impresión de que había cortado, tan limpiamente
como con unas tijeras, todos los lazos que le unían a la humanidad, a la
vida...
Caía la noche cuando
llegó a su alojamiento. Por lo tanto, había estado vagando durante más de seis
horas. Sin embargo, ni siquiera recordaba por qué calles había pasado. Se
sentía tan fatigado como un caballo después de una carrera. Se desnudó, se
tendió en el diván, se echó encima su viejo sobretodo y se quedó dormido
inmediatamente.
La oscuridad era ya
completa cuando le despertó un grito espantoso. ¡Qué grito, Señor...! Y
después... Jamás había oído Raskolnikof gemidos, aullidos, sollozos, rechinar
de dientes, golpes, como los que entonces oyó. Nunca habría podido imaginarse
un furor tan bestial.
Se levantó aterrado y se
sentó en el diván, trastornado por el horror y el miedo. Pero los golpes, los
lamentos, las invectivas eran cada vez más violentos. De súbito, con profundo
asombro, reconoció la voz de su patrona. La viuda lanzaba ayes y alaridos. Las
palabras salían de su boca anhelantes; debía de suplicar que no le pegasen más,
pues seguían golpeándola brutalmente. Esto sucedía en la escalera. La voz del
verdugo no era sino un ronquido furioso; hablaba con la misma rapidez, y sus
palabras, presurosas y ahogadas, eran igualmente ininteligibles.
De pronto, Raskolnikof
empezó a temblar como una hoja. Acababa de reconocer aquella voz. Era la de
Ilia Petrovitch. Ilia Petrovitch estaba allí tundiendo a la patrona. La
golpeaba con los pies, y su cabeza iba a dar contra los escalones; esto se
deducía claramente del sonido de los golpes y de los gritos de la víctima.
Todo el mundo se conducía
de un modo extraño. La gente acudía a la escalera, atraída por el escándalo, y
allí se aglomeraba. Salían vecinos de todos los pisos. Se oían exclamaciones,
ruidos de pasos que subían o bajaban, portazos...
«¿Pero por qué le pegan
de ese modo? ¿Y por qué lo consienten los que lo ven?», se preguntó
Raskolnikof, creyendo haberse vuelto loco.
Pero no, no se había
vuelto loco, ya que era capaz de distinguir los diversos ruidos...
Por lo tanto, pronto
subirían a su habitación. «Porque, seguramente, todo esto es por lo de ayer...
¡Señor, Señor...!»
Intentó pasar el pestillo
de la puerta, pero no tuvo fuerzas para levantar el brazo. Por otra parte,
¿para qué? El terror helaba su alma, la paralizaba... Al fin, aquel escándalo
que había durado diez largos minutos se extinguió poco a poco. La patrona gemía
débilmente. Ilia Petrovitch seguía profiriendo juramentos y amenazas. Después,
también él enmudeció y ya no se le volvió a oír.
«¡Señor! ¿Se habrá
marchado? No, ahora se va. Y la patrona también, gimiendo, hecha un mar de
lágrimas...»
Un portazo. Los
inquilinos van regresando a sus habitaciones. Primero lanzan exclamaciones,
discuten, se interpelan a gritos; después sólo cambian murmullos. Debían de ser
muy numerosos; la casa entera debía de haber acudido.
¿Qué significa todo esto,
Señor? ¿Para qué, en nombre del cielo, habrá venido este hombre aquí?»
Raskolnikof, extenuado,
volvió a echarse en el diván. Pero no consiguió dormirse. Habría transcurrido
una media hora, y era presa de un horror que no había experimentado jamás,
cuando, de pronto, se abrió la puerta y una luz iluminó el aposento. Apareció
Nastasia con una bujía y un plato de sopa en las manos. La sirvienta lo miró
atentamente y, una vez segura de que no estaba dormido, depositó la bujía en la
mesa y luego fue dejando todo lo demás: el pan, la sal, la cuchara, el plato.
‑Seguramente no has
comido desde ayer. Te has pasado el día en la calle aunque ardías de fiebre.
‑Oye, Nastasia: ¿por qué
le han pegado a la patrona?
Ella lo miró fijamente.
‑¿Quién le ha pegado?
‑Ha sido hace poco...,
cosa de una media hora... En la escalera... Ilia Petrovitch, el ayudante del
comisario de policía, le ha pegado. ¿Por qué? ¿A qué ha venido...?
Nastasia frunció las
cejas y le observó en silencio largamente. Su inquisitiva mirada turbó a
Raskolnikof e incluso llegó a atemorizarle.
‑¿Por qué no me
contestas, Nastasia? ‑preguntó con voz débil y acento tímido.
‑Esto es la sangre ‑murmuró
al fin la sirvienta, como hablando consigo misma.
‑¿La sangre? ¿Qué sangre?
‑balbuceó él, palideciendo y retrocediendo hacia la pared.
Nastasia seguía
observándole.
‑Nadie le ha pegado a la
patrona ‑lijo con voz firme y severa.
Él se quedó mirándola,
sin respirar apenas.
‑Lo he oído perfectamente
‑murmuró con mayor apocamiento aún‑. No estaba dormido; estaba sentado en el
diván, aquí mismo... lo he estado oyendo un buen rato... El ayudante del
comisario ha venido... Todos los vecinos han salido a la escalera...
‑Aquí no ha venido nadie.
Es la sangre lo que te ha trastornado. Cuando la sangre no circula bien, se
cuaja en el hígado y uno delira... Bueno, ¿vas a comer o no?
Raskolnikof no contestó.
Nastasia, inclinada sobre él, seguía observándole atentamente y no se marchaba.
‑Dame agua, Nastasiuchka.
Ella se fue y reapareció
al cabo de dos minutos con un cantarillo. Pero en este punto se interrumpieron
los pensamientos de Raskolnikof. Pasado algún tiempo, se acordó solamente de
que había tomado un sorbo de agua fresca y luego vertido un poco sobre su
pecho. Inmediatamente perdió el conocimiento.
III
Sin embargo, no estuvo
por completo inconsciente durante su enfermedad: era el suyo un estado febril
en el que cierta lucidez se mezclaba con el delirio. Andando el tiempo, recordó
perfectamente los detalles de este período. A veces le parecía ver varias
personas reunidas alrededor de él. Se lo querían llevar. Hablaban de él y
disputaban acaloradamente. Después se veía solo: inspiraba horror y todo el
mundo le había dejado. De vez en cuando, alguien se atrevía a entreabrir la
puerta y le miraba y le amenazaba. Estaba rodeado de enemigos que le
despreciaban y se mofaban de él. Reconocía a Nastasia y veía a otra persona a
la que estaba seguro de conocer, pero que no recordaba quién era, lo que le
llenaba de angustia hasta el punto de hacerle llorar. A veces le parecía estar
postrado desde hacía un mes; otras, creía que sólo llevaba enfermo un día. Pero
el... suceso lo había olvidado completamente. Sin embargo, se decía a cada
momento que había olvidado algo muy importante que debería recordar, y se
atormentaba haciendo desesperados esfuerzos de memoria. Pasaba de los arrebatos
de cólera a los de terror. Se incorporaba en su lecho y trataba de huir, pero
siempre había alguien cerca que le sujetaba vigorosamente. Entonces él caía
nuevamente en el diván, agotado, inconsciente. Al fin volvió en sí.
Eran las diez de la
mañana. El sol, como siempre que hacía buen tiempo, entraba a aquella hora en
la habitación, trazaba una larga franja luminosa en la pared de la derecha e
iluminaba el rincón inmediato a la puerta. Nastasia estaba a su cabecera. Cerca
de ella había un individuo al que Raskolnikof no conocía y que le observaba
atentamente. Era un mozo que tenía aspecto de cobrador. La patrona echó una
mirada al interior por la entreabierta puerta. Raskolnikof se incorporó.
‑¿Quién es, Nastasia? ‑preguntó,
señalando al mozo.
‑¡Ya ha vuelto en sí! ‑exclamó
la sirvienta.
‑¡Ya ha vuelto en sí! ‑repitió
el desconocido.
Al oír estas palabras, la
patrona cerró la puerta y desapareció. Era tímida y procuraba evitar los
diálogos y las explicaciones. Tenía unos cuarenta años, era gruesa y fuerte, de
ojos oscuros, cejas negras y aspecto agradable. Mostraba esa bondad propia de
las personas gruesas y perezosas y era exageradamente pudorosa.
‑¿Quién es usted?‑preguntó
Raskolnikof al supuesto cobrador.
Pero en este momento la
puerta se abrió y dio paso a Rasumikhine, que entró en la habitación
inclinándose un poco, por exigencia de su considerable estatura.
‑¡Esto es un camarote! ‑exclamó‑.
Estoy harto de dar cabezadas al techo. ¡Y a esto llaman habitación...! ¡Bueno,
querido; ya has recobrado la razón, según me ha dicho Pachenka!
‑Acaba de recobrarla ‑dijo
la sirvienta.
‑Acaba de recobrarla ‑repitió
el mozo como un eco, con cara risueña.
‑¿Y usted quién es? ‑le
preguntó rudamente Rasumikhine‑. Yo me llamo Vrasumivkine y no Rasumikhine,
como me llama todo el mundo. Soy estudiante, hijo de gentilhombre, y este señor
es amigo mío. Ahora diga quién es usted.
‑Soy un empleado de la
casa Chelopaief y he venido para cierto asunto.
‑Entonces, siéntese.
Al decir esto,
Rasumikhine cogió una silla y se sentó al otro lado de la mesa.
‑Has hecho bien en volver
en ti ‑siguió diciendo‑. Hace ya cuatro días que no te alimentas: lo único que
has tomado ha sido unas cucharadas de té. Te he mandado a Zosimof dos veces.
¿Te acuerdas de Zosimof? Te ha reconocido detenidamente y ha dicho que no
tienes nada grave: sólo un trastorno nervioso a consecuencia de una
alimentación deficiente. «Falta de comida ‑dijo‑. Esto es lo único que tiene.
Todo se arreglará.» Está hecho un tío ese Zosimof. Es ya un médico excelente...
Bueno ‑dijo dirigiéndose al mozo‑, no quiero hacerle perder más tiempo. Haga el
favor de explicarme el motivo de su visita... Has de saber, Rodia, que es la
segunda vez que la casa Chelopaief envía un empleado. Pero la visita anterior
la hizo otro. ¿Quién es el que vino antes que usted?
‑Sin duda, usted se
refiere al que vino anteayer. Se llama Alexis Simonovitch y, en efecto, es otro
empleado de la casa.
‑Es un poco más
comunicativo que usted, ¿no le parece?
‑Desde luego, y tiene más
capacidad que yo.
‑¡Laudable modestia!
Bien; usted dirá.
‑Se trata ‑dijo el
empleado, dirigiéndose a Raskolnikof‑ de que, atendiendo a los deseos de su
madre, Atanasio Ivanovitch Vakhruchine, de quien usted, sin duda, habrá oído
hablar más de una vez, le ha enviado cierta cantidad por mediación de nuestra
oficina. Si está usted en posesión de su pleno juicio le entregaré treinta y
cinco rublos que nuestra casa ha recibido de Atanasio Ivanovitch, el cual ha
efectuado el envío por indicación de su madre. Sin duda, ya estaría usted
informado de esto.
‑Sí, sí..., ya
recuerdo... Vakhruchine... ‑murmuró Raskolnikof, pensativo.
‑¿Oye usted? ‑‑exclamó
Rasumikhine‑. Conoce a Vakhruchine. Por lo tanto, está en su cabal juicio. Por
otra parte, advierto que también usted es un hombre capacitado. Continúe. Da
gusto oír hablar con sensatez.
‑Pues sí, ese Vakhruchine
que usted recuerda es Atanasio Ivanovitch, el mismo que ya otra vez, atendiendo
a los deseos de su madre, le envió dinero de este mismo modo. Atanasio
Ivanovitch no se ha negado a prestarle este servicio y ha informado del asunto
a Simón Simonovitch, rogándole le haga entrega de treinta y cinco rublos. Aquí
están.
‑Emplea usted expresiones
muy acertadas. Yo adoro también a esa madre. Y ahora juzgue usted mismo: ¿está
o no en posesión de sus facultades mentales?
‑Le advierto que eso está
fuera de mi incumbencia. Aquí se trata de que me eche una firma.
‑Se la echará. ¿Es un
libro donde ha de firmar?
‑Sí, aquí lo tiene.
‑Traiga... Vamos, Rodia;
un pequeño esfuerzo. Incorpórate; yo te sostendré. Coge la pluma y pon tu
nombre. En nuestros días, el dinero es la más dulce de las mieles.
‑No vale la pena ‑dijo
Raskolnikof rechazando la pluma.
‑¿Qué es lo que no vale
la pena?
‑Firmar. No quiero
firmar.
‑¡Ésa es buena! En este
caso, la firma es necesaria.
‑Yo no necesito dinero.
‑¿Que no necesitas
dinero? Hermano, eso es una solemne mentira. Sé muy bien que el dinero te hace
falta... Le ruego que tenga un poco de paciencia. Esto no es nada... Tiene
sueños de grandeza. Estas cosas le ocurren incluso cuando su salud es perfecta.
Usted es un hombre de buen sentido. Entre los dos le ayudaremos, es decir, le
llevaremos la mano, y firmará. ¡Hala, vamos!
‑Puedo volver a venir.
‑No, no. ¿Para qué tanta
molestia...? ¡Usted es un hombre de buen sentido...! ¡Vamos, Rodia; no
entretengas a este señor! ¡Ya ves que está esperando!
Y se dispuso a coger la
mano de su amigo.
‑Deja ‑dijo Raskolnikof‑.
Firmaré.
Cogió la pluma y firmó en
el libro. El empleado entregó el dinero y se marchó.
‑¡Bravo! Y ahora, amigo,
¿quieres comer?
‑Sí.
‑¿Hay sopa, Nastasia?
‑Sí; ayer sobró.
‑¿Está hecha con pasta de
sopa y patatas?
‑Sí.
‑Lo sabía. Tráenos
también té.
‑Bien.
Raskolnikof contemplaba
esta escena con profunda sorpresa y una especie de inconsciente pavor. Decidió
guardar silencio y esperar el desarrollo de los acontecimientos.
«Me parece que no deliro ‑pensó‑.
Todo esto tiene el aspecto de ser real. p
Dos minutos después llegó
Nastasia con la sopa y anunció que en seguida les serviría el té. Con la sopa
había traído no sólo dos cucharas y dos platos, sino, cosa que no ocurría desde
hacía mucho tiempo, el cubierto completo, con sal, pimienta, mostaza para la
carne... Hasta estaba limpio el mantel.
‑Nastasiuchka, Prascovia
Pavlovna nos haría un bien si nos mandara dos botellitas de cerveza. Sería un
buen final.
‑¡Sabes cuidarte! ‑rezongó
la sirvienta. Y salió a cumplir el encargo.
Raskolnikof seguía
observando lo que ocurría en su presencia, con inquieta atención y fuerte
tensión de ánimo. Entre tanto, Rasumikhine se había instalado en el diván,
junto a él. Le rodeó el cuello con su brazo izquierdo tan torpemente como lo
habría hecho un oso y, aunque tal ayuda era innecesaria, empezó a llevar a la
boca de Raskolnikof, con la mano derecha, cucharadas de sopa, después de soplar
sobre ellas para enfriarlas. Sin embargo, la sopa estaba apenas tibia.
Raskolnikof sorbió ávidamente una, dos, tres cucharadas. Entonces, súbitamente,
Rasumikhine se detuvo y dijo que, para darle más, tenía que consultar a
Zosimof.
En esto llegó Nastasia
con las dos botellas de cerveza.
‑¿Quieres té, Rodia? ‑preguntó
Rasumikhine.
‑Sí.
‑Corre en busca del té,
Nastasia; pues, en lo que concierne a esta pócima, me parece que podemos pasar
por alto las reglas de la facultad... ¡Ah! ¡Llegó la cerveza!
Se sentó a la mesa,
acercó a él la sopa y el plato de carne y empezó a devorar con tanto apetito
como si no hubiera comido en tres días.
‑Ahora, amigo Rodia, como
aquí, en tu habitación, todos los días ‑masculló con la boca llena‑. Ha sido
cosa de Pachenka, tu amable patrona. Yo, como es natural, no le llevo la
contraria. Pero aquí llega Nastasia con el té. ¡Qué lista es esta muchacha!
¿Quieres cerveza, Nastenka?
‑No gaste bromas.
‑¿Y té?
‑¡Hombre, eso...!
‑Sírvete... No, espera.
Voy a servirte yo. Déjalo todo en la mesa.
Inmediatamente se
posesionó de su papel de anfitrión y llenó primero una taza y después otra.
Seguidamente dejó su almuerzo y fue a sentarse de nuevo en el diván. Otra vez
rodeó la cabeza del enfermo con un brazo, la levantó y empezó a dar a su amigo
cucharaditas de té, sin olvidarse de soplar en ellas con tanto esmero como si
fuera éste el punto esencial y salvador del tratamiento.
Raskolnikof aceptaba en
silencio estas solicitudes. Se sentía lo bastante fuerte para incorporarse,
sentarse en el diván, sostener la cucharilla y la taza, e incluso andar, sin
ayuda de nadie; pero, llevado de una especie de astucia, misteriosa e instintiva,
se fingía débil, e incluso algo idiotizado, sin dejar de tener bien agudizados
la vista y el oído.
Pero llegó un momento en
que no pudo contener su mal humor: después de haber tomado una decena de
cucharaditas de té, libertó su cabeza con un brusco movimiento, rechazó la
cucharilla y dejó caer la cabeza en la almohada (ahora dormía con verdaderas
almohadas rellenas de plumón y cuyas fundas eran de una blancura inmaculada).
Raskolnikof observó este detalle y se sintió vivamente interesado.
‑Es necesario que
Pachenka nos envíe hoy mismo la frambuesa en dulce para prepararle un jarabe ‑dijo
Rasumikhine volviendo a la mesa y reanudando su interrumpido almuerzo.
‑¿Pero de dónde sacará
las frambuesas? ‑preguntó Nastasia, que mantenía un platillo sobre la palma de
su mano, con todos los dedos abiertos, y vertía el té en su boca, gota a gota
haciéndolo pasar por un terrón de azúcar que sujetaba con los labios.
‑Pues las sacará,
sencillamente, de la frutería, mi querida Nastasia... No puedes figurarte,
Rodia, las cosas que han pasado aquí durante tu enfermedad. Cuando saliste
corriendo de mi casa como un ladrón, sin decirme dónde vivías, decidí buscarte
hasta dar contigo, para vengarme. En seguida empecé las investigaciones. ¡Lo
que corrí, lo que interrogué...! No me acordaba de tu dirección actual, o tal
vez, y esto es lo más probable, nunca la supe. De tu antiguo domicilio, lo
único que recordaba era que estaba en el edificio Kharlamof, en las Cinco
Esquinas... ¡Me harté de buscar! Y al fin resultó que no estaba en el edificio
Kharlamof, sino en la casa Buch. ¡Nos armamos a veces unos líos con los
nombres...! Estaba furioso. Al día siguiente se me ocurrió ir a las oficinas de
empadronamiento, y cuál no sería mi sorpresa al ver que al cabo de dos minutos
me daban tu dirección actual. Estás inscrito.
‑¿Inscrito yo?
‑¡Claro! En cambio, no
pudieron dar las señas del general Kobelev, que solicitaron mientras yo estaba
allí. En fin, abreviemos. Apenas llegué allí, se me informó de todo lo que te
había ocurrido, de todo absolutamente. Sí, lo sé todo. Se lo puedes preguntar a
Nastasia. He trabado conocimiento con el comisario Nikodim Fomitch, me han
presentado a Ilia Petrovitch, y conozco al portero, y al secretario Alejandro
Grigorevitch Zamiotof. Finalmente, cuento con la amistad de Pachenka. Nastasia
es testigo.
‑La has engatusado.
Y, al decir esto, la
sirvienta sonreía maliciosamente.
‑Debes echar el azúcar en
el té en vez de beberlo así, Nastasia Nikiphorovna.
‑¡Oye, mal educado[27]! ‑replicó Nastasia. Pero
en seguida se echó a reír de buena gana. Cuando se hubo calmado continuó‑: Soy
Petrovna y no Nikiphorovna.
‑Lo tendré presente...
Pues bien, amigo Rodia, dicho en dos palabras, yo me propuse cortar de cuajo,
utilizando medios heroicos, cuantos prejuicios existían acerca de mi persona,
pues es el caso que Pachenka tuvo conocimiento de mis veleidades... Por eso no
esperaba que fuese tan... complaciente. ¿Qué opinas tú de todo esto?
Raskolnikof no contestó:
se limitó a seguir fijando en él una mirada llena de angustia.
‑Sí, está incluso
demasiado bien informada ‑dijo Rasumikhine, sin que le afectara el silencio de
Raskolnikof y como si asintiera a una respuesta de su amigo‑. Conoce todos los
detalles.
‑¡Qué frescura! ‑exclamó
Nastasia, que se retorcía de risa oyendo las genialidades de Rasumikhine.
‑El mal está, querido
Rodia, en que desde el principio seguiste una conducta equivocada. Procediste
con ella con gran torpeza. Esa mujer tiene un carácter lleno de imprevistos. En
fin, ya hablaremos de esto en mejor ocasión. Pero es incomprensible que hayas
llegado a obligarla a retirarte la comida... ¿Y qué decir del pagaré? Sólo no
estando en te juicio pudiste firmarlo. ¡Y ese proyecto de matrimonio con
Natalia Egorovna...! Ya ves que estoy al corriente de todo... Pero advierto que
estoy tocando un punto delicado... Perdóname; soy un asno... Y, ya que hablamos
de esto, ¿no opinas que Prascovia Pavlovna es menos necia de lo que parece a
primera vista?
‑Sí ‑respondió
Raskolnikof entre dientes y volviendo la cabeza, pues había comprendido que era
más prudente dar la impresión de que aceptaba el diálogo.
‑¿Verdad que sí? ‑exclamó
Rasumikhine, feliz ante el hecho de que Raskolnikof le hubiera contestado‑.
Pero esto no quiere decir que sea inteligente. No, ni mucho menos. Tiene un
carácter verdaderamente raro. A mí me desorienta a veces, palabra. No cabe duda
de que ya ha cumplido los cuarenta, y dice que tiene treinta y seis, aunque
bien es verdad que su aspecto autoriza el embuste. Por lo demás, te juro que yo
sólo puedo juzgarla desde un punto de vista intelectual, puramente metafísico,
por decirlo así. Pues nuestras relaciones son las más singulares del mundo. Yo
no las comprendo... En fin, volvamos a nuestro asunto. Cuando ella vio que
dejabas la universidad, que no dabas lecciones, que ibas mal vestido, y, por
otra parte, cuando ya no te pudo considerar como persona de la familia, puesto
que su hija había muerto, la inquietud se apoderó de ella. Y tú, para acabar de
echarlo a perder, empezaste a vivir retirado en tu rincón. Entonces ella
decidió que te fueras de su casa. Ya hacía tiempo que esta idea rondaba su
imaginación. Y te hizo firmar ese pagaré que, según le aseguraste, pagaría tu
madre...
‑Esto fue una vileza mía ‑declaró
Raskolnikof con voz clara y vibrante‑. Mi madre está poco menos que en la
miseria. Mentí para que siguiera dándome habitación y comida.
‑Es un proceder muy
razonable. Lo que te echó todo a perder fue la conducta del señor Tchebarof,
consejero y hombre de negocios. Sin su intervención, Pachenka no habría dado
ningún paso contra ti: es demasiado tímida para eso. Pero el hombre de negocios
no conoce la timidez, y lo primero que hizo fue preguntar: «¿Es solvente el
firmante del efecto?» Contestación: «Sí, pues tiene una madre que con su
pensión de ciento veinte rublos pagará la deuda de su Rodienka, aunque para
ello haya de quedarse sin comer; y también tiene una hermana que se vendería
como esclava por él.» En esto se basó el señor Tchebarof... Pero ¿por qué te
alteras? Conozco toda la historia. Comprendo que te expansionaras con Prascovia
Pavlovna cuando veías en ella a tu futura suegra, pero..., te lo digo
amistosamente, ahí está el quid de la cuestión. El hombre honrado y sensible se
entrega fácilmente a las confidencias, y el hombre de negocios las recoge para
aprovecharse. En una palabra, ella endosó el pagaré a Tchebarof, y éste no vaciló
en exigir el pago. Cuando me enteré de todo esto, me propuse, obedeciendo a la
voz de mi conciencia, arreglar el asunto un poco a mi modo, pero, entre tanto,
se estableció entre Pachenka y yo una corriente de buena armonía, y he puesto
fin al asunto atacándolo en sus raíces, por decirlo así. Hemos hecho venir a
Tchebarof, le hemos tapado la boca con una pieza de diez rublos y él nos ha
devuelto el pagaré. Aquí lo tienes; tengo el honor de devolvértelo. Ahora
solamente eres deudor de palabra. Tómalo.
Rasumikhine depositó el
documento en la mesa. Raskolnikof le dirigió una mirada y volvió la cabeza sin
desplegar los labios. Rasumikhine se molestó.
‑Ya veo, querido Rodia,
que vuelves a las andadas. Confiaba en distraerte y divertirte con mi charla, y
veo que no consigo sino irritarte.
‑¿Eres tú el que no
conseguía reconocer durante mi delirio?‑preguntó Raskolnikof, tras un breve
silencio y sin volver la cabeza.
‑Sí, mi presencia incluso
te horrorizaba. El día que vine acompañado de Zamiotof te produjo verdadero
espanto.
‑¿Zamiotof, el secretario
de la comisaría? ¿Por qué lo trajiste?
Para hacer estas
preguntas, Raskolnikof se había vuelto con vivo impulso hacia Rasumikhine y le
miraba fijamente.
‑Pero ¿qué te pasa? Te
has turbado. Deseaba conocerte. ¡Habíamos hablado tanto de ti! Por él he sabido
todas las cosas que te he contado. Es un excelente muchacho, Rodia, y más que
excelente..., dentro de su género, claro es. Ahora somos muy amigos; nos vemos
casi todos los días. Porque, ¿sabes una cosa? Me he mudado a este barrio. Hace
poco. Oye, ¿te acuerdas de Luisa Ivanovna?
‑¿He hablado durante mi
delirio?
‑¡Ya lo creo!
‑¿Y qué decía?
‑Pues ya lo puedes
suponer: esas cosas que dice uno cuando no está en su juicio... Pero no
perdamos tiempo. Hablemos de nuestro asunto.
Se levantó y cogió su
gorra.
‑¿Qué decía?
‑¡Mira que eres
testarudo! ¿Acaso temes haber revelado algún secreto? Tranquilízate: no has
dicho ni una palabra de tu condesa. Has hablado mucho de un bulldog, de
pendientes, de cadenas de reloj, de la isla Krestovsky, de un portero...
Nikodim Fomitch a Ilia Petrovitch estaban también con frecuencia en tus labios.
Además, parecías muy preocupado por una de tus botas, seriamente preocupado. No
cesabas de repetir, gimoteando: «Dádmela; la quiero. El mismo Zamiotof empezó a
buscarla por todas partes, y no le importó traerte esa porquería con sus manos,
blancas, perfumadas y llenas de sortijas. Cuando recibiste esa asquerosa bota
te calmaste. La tuviste en tus manos durante veinticuatro horas. No fue posible
quitártela. Todavía debe de estar en el revoltijo de tu ropa de cama. También
reclamabas unos bajos de pantalón deshilachados. ¡Y en qué tono tan lastimero
los pedías! Había que oírte. Hicimos todo lo posible por averiguar de qué bajos
se trataba. Pero no hubo medio de entenderte... Y vamos ya a nuestro asunto.
Aquí tienes tus treinta y cinco rublos. Tomo diez, y dentro de un par de horas
estaré de vuelta y te explicaré lo que he hecho con ellos. He de pasar por casa
de Zosimof. Hace rato que debería haber venido, pues son más de las once... Y
tú, Nastenka, no te olvides de subir frecuentemente durante mi ausencia, para
ver si quiere agua o alguna otra cosa. El caso es que no le falte nada... A
Pachenka ya le daré las instrucciones oportunas al pasar.
‑Siempre le llama
Pachenka, el muy bribón ‑dijo Nastasia apenas hubo salido el estudiante.
Acto seguido abrió la
puerta y se puso a escuchar. Pero muy pronto, sin poder contenerse, se fue a
toda prisa escaleras abajo. Sentía gran curiosidad por saber lo que Rasumikhine
decía a la patrona. Pero lo cierto era que el joven parecía haberla subyugado.
Apenas cerró Nastasia la
puerta y se fue, el enfermo echó a sus pies la cubierta y saltó al suelo. Había
esperado con impaciencia angustiosa, casi convulsiva, el momento de quedarse
solo para poder hacer lo que deseaba. Pero ¿qué era lo que deseaba hacer? No
conseguía acordarse.
«Señor: sólo quisiera
saber una cosa. ¿Lo saben todo o lo ignoran todavía? Tal vez están aleccionados
y no dan a entender nada porque estoy enfermo. Acaso me reserven la sorpresa de
aparecer un día y decirme que lo saben todo desde hace tiempo y que sólo
callaban porque... Pero ¿qué iba yo a hacer? Lo he olvidado. Parece hecho
adrede. Lo he olvidado por completo. Sin embargo, estaba pensando en ello hace
apenas un minuto...»
Permanecía en pie en
medio de la habitación y miraba a su alrededor con un gesto de angustia. Luego
se acercó a la puerta, la abrió, aguzó el oído... No, aquello no estaba allí...
De súbito creyó acordarse y, corriendo al rincón donde el papel de la pared
estaba desgarrado, introdujo su mano en el hueco y hurgó... Tampoco estaba
allí. Entonces se fue derecho a la estufa, la abrió y buscó entre las cenizas.
¡Allí estaban los bajos
deshilachados del pantalón y los retales del forro del bolsillo! Por lo tanto,
nadie había buscado en la estufa. Entonces se acordó de la bota de que
Rasumikhine acababa de hablarle. Ciertamente estaba allí, en el diván, cubierta
apenas por la colcha, pero era tan vieja y estaba tan sucia de barro, que
Zamiotof no podía haber visto nada sospechoso en ella.
«Zamiotof..., la
comisaría... ¿Por qué me habrán citado? ¿Dónde está la citación...? Pero ¿qué
digo? ¡Si fue el otro día cuando tuve que ir...! También entonces examiné la
bota... ¿Para qué habrá venido Zamiotof? ¿Por qué lo habrá traído Rasumikhine?»
Estaba extenuado. Volvió
a sentarse en el diván.
«¿Pero qué me sucede?
¿Estoy delirando todavía o todo esto es realidad? Yo creo que es realidad...
¡Ahora me acuerdo de una cosa! ¡Huir, hay que huir, y cuanto antes...! Pero
¿adónde? Además ¿dónde está mi ropa? No tengo botas tampoco... Ya sé: me las han
quitado, las han escondido... Pero ahí está mi abrigo. Sin duda se ha librado
de las investigaciones... Y el dinero está sobre la mesa, afortunadamente... ¡Y
el pagaré...! Cogeré el dinero y me iré a alquilar otra habitación, donde no
puedan encontrarme... Sí, pero ¿y la oficina de empadronamiento? Me
descubrirán. Rasumikhine daría conmigo... Es mejor irse lejos, fuera del país,
a América... Desde allí me reiré de ellos... Cogeré el pagaré: en América me
será útil... ¿Qué más me llevaré...? Creen que estoy enfermo y que no me puedo
marchar... ¡Ja, ja, ja...! He leído en sus ojos que lo saben todo... Lo que me
inquieta es tener que bajar esta escalera... Porque puede estar vigilada la
salida, y entonces me daría de manos a boca con los agentes... Pero ¿qué hay allí? ¡Caramba, té! ¡Y cerveza,
media botella de cerveza fresca!»
Cogió la botella, que
contenía aún un buen vaso de cerveza, y se la bebió de un trago. Experimentó
una sensación deliciosa, pues el pecho le ardía. Pero un minuto después ya se
le había subido la bebida a la cabeza. Un ligero y no desagradable estremecimiento
le recorrió la espalda. Se echó en el diván y se cubrió con la colcha. Sus
pensamientos, ya confusos e incoherentes, se enmarañaban cada vez más. Pronto
se apoderó de él una dulce somnolencia. Apoyó voluptuosamente la cabeza en la
almohada, se envolvió con la colcha que había sustituido a la vieja y
destrozada manta, lanzó un débil suspiro y se sumió en un profundo y saludable
sueño.
Le despertó un ruido de
pasos, abrió los ojos y vio a Rasumikhine, que acababa de abrir la puerta y se
había detenido en el umbral, vacilante. Raskolnikof se levantó inmediatamente y
se quedó mirándole con la expresión del que trata de recordar algo. Rasumikhine
exclamó:
‑¡Ya veo que estás
despierto...! Bueno, aquí me tienes...
Y gritó, asomándose a la
escalera:
‑¡Nastasia, sube el
paquete!
Luego añadió,
dirigiéndose a Raskolnikof:
‑Te voy a presentar las
cuentas.
‑¿Qué hora es? ‑preguntó
el enfermo, paseando a su alrededor una mirada inquieta.
‑Has echado un buen
sueño, amigo. Deben de ser las seis de la tarde. Has dormido más de seis horas.
‑¡Seis horas durmiendo,
Señor...!
‑No hay ningún mal en
ello. Por el contrario, el sueño es beneficioso. ¿Acaso tenías algún negocio
urgente? ¿Una cita? Para eso siempre hay tiempo. Hace ya tres horas que estoy
esperando que té despiertes. He pasado dos veces por aquí y seguías durmiendo.
También he ido dos veces a casa de Zosimof. No estaba... Pero no importa: ya
vendrá... Además, he tenido que hacer algunas cosillas. Hoy me he mudado de
domicilio, Ilevándome a mi tío con todo lo demás..., pues has de saber que
tengo a mi tío en casa. Bueno, ya hemos hablado bastante de cosas inútiles.
Vamos a lo que interesa. Trae el paquete, Nastasia... ¿Y tú cómo estás, amigo
mío?
‑Me siento perfectamente.
Ya no estoy enfermo... Oye, Rasumikhine: ¿hace mucho tiempo que estás aquí?
‑Ya té he dicho que hace
tres horas que estoy esperando que té despiertes.
‑No, me refiero a antes.
‑¿Cómo a antes?
‑¿Desde cuándo vienes
aquí?
‑Ya te lo he dicho. ¿Lo
has olvidado?
Raskolnikof quedó
pensativo. Los acontecimientos de la jornada se le mostraban como a través de
un sueño. Todos sus esfuerzos de memoria resultaban infructuosos. Interrogó a
Rasumikhine con la mirada.
‑Sí, lo has olvidado ‑dijo
Rasumikhine‑. Ya me había parecido a mí que no estabas en tus cabales cuando te
hablé de eso... Pero el sueño té ha hecho bien. De veras: tienes mejor cara. Ya
verás como recobras la memoria en seguida. Entre tanto, echa una mirada aquí,
grande hombre.
Y empezó a deshacer aquel
paquete que, al parecer, era para él cosa importante.
‑Te aseguro, mi fraternal
amigo, que era esto lo que más me interesaba. Pues es preciso convertirte en lo
que se llama un hombre. Empecemos por arriba. ¿Ves esta gorra? ‑preguntó
sacando del paquete una bastante bonita, pero ordinaria y que no debía de
haberle costado mucho‑. Permíteme que te la pruebe.
‑No, ahora no; después ‑rechazó
Raskolnikof, apartando a su amigo con un gesto de impaciencia.
‑No, amigo Rodia; debes
obedecer; después sería demasiado tarde. Ten en cuenta que, como la he comprado
a ojo, no podría dormir esta noche preguntándome si te vendría bien o no.
Se la probó y lanzó un
grito triunfal.
‑¡Te está perfectamente!
Cualquiera diría que está hecha a la medida. El cubrecabezas, amigo mío, es lo
más importante de la vestimenta. Mi amigo Tolstakof se descubre cada vez que
entra en un lugar público donde todo el mundo permanece cubierto. La gente
atribuye este proceder a sentimientos serviles, cuando lo único cierto es que
está avergonzado de su sombrero, que es un nido de polvo. ¡Es un hombre tan
tímido...! Oye, Nastenka, mira estos dos cubrecabezas y dime cuál prefieres, si
este palmón ‑cogió de un rincón el deformado sombrero de su amigo, al que
llamaba palmón por una causa que sólo él conocía‑ o esta joya... ¿Sabes lo que
me ha costado, Rodia? A ver si lo aciertas... ¿A ti qué te parece,
Nastasiuchka? ‑preguntó a la sirvienta, en vista de que su amigo no contestaba.
‑Pues no creo que te haya
costado menos de veinte kopeks.
‑¿Veinte kopeks,
calamidad? ‑exclamó Rasumikhine, indignado‑. Hoy por veinte kopeks ni siquiera
a ti se lo podría comprar... ¡Ochenta kopeks...! Pero la he comprado con una
condición: la de que el año que viene, cuando ya esté vieja, te darán otra
gratis. Palabra de honor que éste ha sido el trato... Bueno, pasemos ahora a
los Estados Unidos, como Ilamábamos a esta prenda en el colegio. He de
advertirte que estoy profundamente orgulloso del pantalón.
Y extendió ante
Raskolnikof unos pantalones grises de una frágil tela estival.
‑Ni una mancha, ni un
boquete; aunque usados, están nuevos. El chaleco hace juego con el pantalón,
como exige la moda. Bien mirado, debemos felicitamos de que estas prendas no
sean nuevas, pues así son más suaves, más flexibles... Ahora otra cosa, amigo Rodia.
A mi juicio, para abrirse paso en el mundo hay que observar las exigencias de
las estaciones. Si uno no pide espárragos en invierno, ahorra unos cuantos
rublos. Y lo mismo pasa con la ropa. Estamos en pleno verano: por eso he
comprado prendas estivales. Cuando llegue el otoño necesitarás ropa de más
abrigo. Por lo tanto, habrás de dejar ésta, que, por otra parte, estará hecha
jirones... Bueno, adivina lo que han costado estas prendas. ¿Cuánto te parece?
¡Dos rublos y veinticinco kopeks! Además, no lo olvides, en las mismas
condiciones que la gorra: el año próximo te lo cambiarán gratuitamente. El
trapero Fediaev no vende de otro modo. Dice que el que va a comprarle una vez
no ha de volver jamás, pues lo que compra le dura toda la vida... Ahora vamos
con las botas. ¿Qué té parecen? Ya se ve que están usadas, pero durarán todavía
lo menos dos meses. Están confeccionadas en el extranjero. Un secretario de la
Embajada de Inglaterra se deshizo de ellas la semana pasada en el mercado. Sólo
las había llevado seis días, pero necesitaba dinero. He dado por ellas un rublo
y medio. No son caras, ¿verdad?
‑Pero ¿y si no le vienen
bien?‑preguntó Nastasia.
‑¿No venirle bien estas
botas? Entonces, ¿para qué me he llevado esto? ‑replicó Rasumikhine, sacando
del bolsillo una agujereada y sucia bota de Raskolnikof‑. He tomado mis
precauciones. Las he medido con esta porquería. He procedido en todo
concienzudamente. En cuanto a la ropa interior, me he entendido con la patrona.
Ante todo, aquí tienes tres camisas de algodón con el plastrón de moda...
Bueno, ahora hagamos cuentas: ochenta kopeks por la gorra, dos rublos
veinticinco por los pantalones y el chaleco, unos cincuenta por las botas,
cinco por la ropa interior (me ha hecho un precio por todo, sin detallar), dan
un total de nueve rublos y cincuenta y cinco kopeks. O sea que tengo que
devolverte cuarenta y cinco kopeks. Y ya estás completamente equipado, querido
Rodia, pues tu gabán no sólo está en buen use todavía, sino que conserva un
sello de distinción. ¡He aquí la ventaja de vestirse en Charmar[28]!. En lo que concierne a
los calcetines, tú mismo te los comprarás. Todavía nos quedan veinticinco
buenos rublos. De Pachenka y de tu hospedaje no te has de preocupar: tienes un
crédito ilimitado. Y ahora, querido, habrás de permitirnos que te mudemos la
ropa interior. Esto es indispensable, pues en tu camisa puede cobijarse el
microbio de la enfermedad.
‑Déjame ‑le rechazó
Raskolnikof. Seguía
encerrado en una actitud sombría y había escuchado con repugnancia el alegre
relato de su amigo.
‑Es preciso, amigo Rodia ‑insistió
Rasumikhine‑. No pretendas que haya gastado en balde las suelas de mis
zapatos... Y tú, Nastasiuchka, no te hagas la pudorosa y ven a ayudarme.
Y, a pesar de la
resistencia de Raskolnikof, consiguió mudarle la ropa.
El enfermo dejó caer la
cabeza en la almohada y guardó silencio durante más de dos minutos. «No quieren
dejarme en paz, pensaba.
Al fin, con la mirada
fija en la pared, preguntó:
‑¿Con qué dinero has
comprado todo eso?
‑¿Que con qué dinero?
¡Vaya una pregunta! Pues con el tuyo. Un empleado de una casa comercial de aquí
ha venido a entregártelo hoy, por orden de Vakhruchine. Es tu madre quien te lo
ha enviado. ¿Tampoco de esto te acuerdas?
‑Sí, ahora me acuerdo ‑repuso
Raskolnikof tras un largo silencio de sombría meditación.
Rasumikhine le observó
con una expresión de inquietud.
En este momento se abrió
la puerta y entró en la habitación un hombre alto y fornido. Su modo de
presentarse evidenciaba que no era la primera vez que visitaba a Raskolnikof.
‑¡Al fin tenemos aquí a
Zosimof! ‑exclamó Rasumikhine.
IV
Zosimof era, como ya
hemos dicho, alto y grueso. Tenía veintisiete años, una cara pálida, carnosa y
cuidadosamente rasurada, y el cabello liso. Llevaba lentes y en uno de sus
dedos, hinchados de grasa, un anillo de oro. Vestía un amplio, elegante y ligero
abrigo y un pantalón de verano. Toda la ropa que llevaba tenía un sello de
elegancia y era cómoda y de superior calidad. Su camisa era de una blancura
irreprochable, y la cadena de su reloj, gruesa y maciza. En sus maneras había
cierta flemática lentitud y una desenvoltura que parecía afectada. Ejercía una
tenaz vigilancia sobre sí mismo, pero su presunción hallaba a cada momento el
modo de delatarse. Entre sus conocidos cundía la opinión de que era un hombre
difícil de tratar, pero todos reconocían su capacidad como médico.
‑He pasado dos veces por
tu casa, querido Zosimof ‑‑exclamó Rasumikhine‑. Como ves, el enfermo ha vuelto
en sí.
‑Ya lo veo, ya lo veo ‑dijo
Zosimof. Y preguntó a Raskolnikof, mirándole atentamente‑: ¿Qué, cómo van esos
ánimos?
Acto seguido se sentó en
el diván, a los pies del enfermo, mejor dicho, se recostó cómodamente.
‑Continúa con su
melancolía ‑dijo Rasumikhine‑. Hace un momento le ha faltado poco para echarse
a llorar sólo porque le hemos mudado la ropa interior.
‑Me parece muy natural,
si no tenía ganas de mudarse. La muda podía esperar... El pulso es
completamente normal... Un poco de dolor de cabeza, ¿eh?
‑Estoy bien, estoy
perfectamente ‑repuso Raskolnikof, irritado.
Al decir esto se había
incorporado repentinamente, con los ojos centelleantes. Pero pronto volvió a
dejar caer la cabeza en la almohada, quedando de cara a la pared. Zosimof le
observaba con mirada atenta.
‑Muy bien, la cosa va muy
bien ‑dijo en tono negligente‑. ¿Ha comido algo hoy?
Rasumikhine le explicó lo
que había comido y le preguntó qué se le podía dar.
‑Eso tiene poca
importancia... Té, sopa... Nada de setas ni de cohombros, por supuesto... Ni
carnes fuertes...
Cambió una mirada con
Rasumikhine y continuó:
‑Pero, como ya he dicho,
eso tiene poca importancia... Nada de pociones, nada de medicamentos. Ya
veremos si mañana... El caso es que hoy hubiéramos podido... En fin, lo
importante es que todo va bien.
‑Mañana por la tarde me
lo llevaré a dar un paseo ‑dijo Rasumikhine‑. Iremos a los jardines Iusupof y
luego al Palacio de Cristal.
‑Mañana tal vez no
convenga todavía... Aunque un paseo cortito... En fin, ya veremos.
‑Lo que me contraría es
que hoy estreno un nuevo alojamiento cerca de aquí y quisiera que estuviese con
nosotros, aunque fuera echado en un diván... Tú sí que vendrás, ¿eh? ‑preguntó
de improviso a Zosimof‑. No lo olvides; tienes que venir.
‑Procuraré ir, pero hasta
última hora me será imposible. ¿Has organizado una fiesta?
‑No, simplemente una
reunión íntima. Habrá arenques, vodka, té, un pastel.
‑¿Quién asistirá?
‑Camaradas, gente joven,
nuevas amistades en su mayoría. También estará un tío mío, ya viejo, que ha
venido por asuntos de negocio a Petersburgo. Nos vemos una vez cada cinco años.
‑¿A qué se dedica?
‑Ha pasado su vida
vegetando como jefe de correos en una pequeña población. Tiene una modesta
remuneración y ha cumplido ya los sesenta y cinco. No vale la pena hablar de
él, aunque té aseguro que lo aprecio. También vendrá Porfirio Simonovitch[29], juez de instrucción y
antiguo alumno de la Escuela de Derecho[30]. Creo que tú lo conoces.
‑¿Es también pariente
tuyo?
‑¡Bah, muy lejano...!
Pero ¿qué te pasa? Pareces disgustado. ¿Serás capaz de no venir porque un día
disputaste con él?
‑Eso me importa muy poco.
‑¡Mejor que mejor!
También asistirán algunos estudiantes, un profesor, un funcionario, un músico,
un oficial, Zamiotof...
‑¿Zamiotof? Te agradeceré
que me digas lo que tú o él ‑indicó al enfermo con un movimiento de cabeza‑
tenéis que ver con ese Zamiotof.
‑¡Ya salió aquello! Los
principios... Tú estás sentado sobre tus principios como sobre muelles, y no té
atreves a hacer el menor movimiento. Mi principio es que todo depende del modo
de ser del hombre. Lo demás me importa un comino. Y Zamiotof es un excelente
muchacho.
‑Pero no demasiado
escrupuloso en cuanto a los medios para enriquecerse.
‑Admitamos que sea así.
Eso a mí no me importa. ¿Qué importancia tiene? ‑exclamó Rasumikhine con una
especie de afectada indignación‑. ¿Acaso he alabado yo este rasgo suyo? Yo sólo
digo que es un buen hombre en su género. Además, si vamos a juzgar a los
hombres aplicándoles las reglas generales, ¿cuántos quedarían verdaderamente
puros? Apostaría cualquier cosa a que si se mostraran tan exigentes conmigo,
resultaría que no valgo un bledo... ni aunque té englobaran a ti con mi
persona.
‑No exageres: yo daría
dos bledos por ti.
‑Pues a mí me parece que
tú no vales más de uno... Bueno, continúo. Zamiotof no es todavía más que un
muchacho, y yo le tiro de las orejas. Siempre es mejor tirar que rechazar. Si
rechazas a un hombre, no podrás obligarlo a enmendarse, y menos si se trata de
un muchacho. Debemos ser muy comprensivos con estos mozalbetes... Pero
vosotros, estúpidos progresistas, vivís en las nubes. Despreciáis a la gente y
no veis que así os perjudicáis a vosotros mismos... Y té voy a decir una cosa:
Zamiotof y yo tenemos entre manos un asunto que nos interesa a los dos por
igual.
‑Me gustaría saber qué
asunto es ése.
‑Se trata del pintor, de
ese pintor de brocha gorda. Conseguiremos que lo pongan en libertad. No será
difícil, porque el asunto está clarísimo. Nos bastará presionar un poco para
que quede la cosa resuelta.
‑No sé a qué pintor té
refieres.
‑¿No? ¿Es posible que no
té haya hablado de esto...? Se trata de la muerte de la vieja usurera. Hay un
pintor mezclado en el suceso.
‑Ya tenía noticias de ese
asunto. Me enteré por los periódicos. Por eso sólo me interesó hasta cierto
punto. Bueno, explícame.
‑También asesinaron a
Lisbeth ‑dijo de pronto Nastasia dirigiéndose a Raskolnikof. (Se había quedado
en la habitación, apoyada en la pared, escuchando el diálogo.)
‑¿Lisbeth? ‑murmuró
Raskolnikof, con voz apenas perceptible.
‑Sí, Lisbeth, la
vendedora de ropas usadas. ¿No la conocías? Venía a esta casa. Incluso arregló
una de tus camisas.
Raskolnikof se volvió
hacia la pared. Escogió del empapelado, de un amarillo sucio, una de las
numerosas florecillas aureoladas de rayitas oscuras que había en él y se dedicó
a examinarla atentamente. Observó los pétalos. ¿Cuántos había? Y todos los trazos,
hasta los menores dentículos de la corola. Sus miembros se entumecían, pero él
no hacía el menor movimiento. Su mirada permanecía obstinadamente fija en la
menuda flor.
‑Bueno, ¿qué me estabas
diciendo de ese pintor? ‑preguntó Zosimof, interrumpiendo con viva impaciencia
la palabrería de Nastasia, que suspiró y se detuvo.
‑Que se sospecha que es
el autor del asesinato ‑dijo Rasumikhine, acalorado.
‑¿Hay cargos contra él?
‑Sí, y, fundándose en
ellos, se le ha detenido. Pero, en realidad, estos cargos no son tales cargos,
y esto es lo que pretendemos demostrar. La policía sigue ahora una falsa pista,
como la siguió al principio con..., ¿cómo se llaman...? Koch y Pestriakof...
Por muy poco que le afecte a uno el asunto, uno no puede menos de sublevarse
ante una investigación conducida tan torpemente. Es posible que Pestriakof pase
dentro de un rato por mi casa... A propósito, Rodia. Tú debes de estar enterado
de todo esto, pues ocurrió antes de tu enfermedad, precisamente la víspera del
día en que té desmayaste en la comisaría cuando se estaba hablando de ello.
‑¿Quieres que te diga una
cosa, Rasumikhine? ‑dijo Zosimof‑. Te estoy observando desde hace un momento y
veo que té alteras con una facilidad asombrosa.
‑¡Qué importa! Eso no
cambia en nada la cuestión ‑exclamó Rasumikhine dando un puñetazo en la mesa‑.
Lo más indignante de este asunto no son los errores de esa gente: uno puede
equivocarse; las equivocaciones conducen a la verdad. Lo que me saca de mis
casillas es que, aún equivocándose, se creen infalibles. Yo aprecio a Porfirio,
pero... ¿Sabes lo que les desorientó al principio? Que la puerta estaba
cerrada, y cuando Koch y Pestriakof volvieron a subir con el portero, la
encontraron abierta. Entonces dedujeron que Pestriakof y Koch eran los asesinos
de la vieja. Así razonan.
‑No té acalores. Tenían
que detenerlos... De ese Koch tengo noticias. Al parecer, compraba a la vieja
los objetos que no se desempeñaban.
‑No es un sujeto
recomendable. También compraba pagarés. ¡Que el diablo se lo lleve! lo que me
pone fuera de mí es la rutina, la anticuada e innoble rutina de esa gente. Éste
era el momento de renunciar a los viejos procedimientos y seguir nuevos
sistemas. Los datos psicológicos bastarían para darles una nueva pista. Pero
ellos dicen: «Nos atenemos a los hechos.» Sin embargo, los hechos no son lo
único que interesa. El modo de interpretarlos influye en un cincuenta por
ciento como mínimo en el éxito de las investigaciones.
‑¿Y tú sabes interpretar
los hechos?
‑Lo que té puedo decir es
que cuando uno tiene la íntima convicción de que podría ayudar al
esclarecimiento de la verdad, le es imposible contenerse... ¿Conoces los
detalles del suceso?
‑Estoy esperando todavía
la historia de ese pintor de paredes.
‑¡Ah, sí! Pues escucha.
Al día siguiente del crimen, por la mañana, cuando la policía sólo pensaba aún
en Koch y Pestriakof (a pesar de que éstos habían dado toda clase de
explicaciones convincentes sobre sus pasos), he aquí que se produce un hecho
inesperado. Un campesino llamado Duchkhine, que tiene una taberna frente a la
casa del crimen, se presentó en la comisaría y entrega un estuche que contiene
un par de pendientes de oro. A continuación refiere la siguiente historia:
«‑Anteayer, un poco
después de las ocho de la noche (hora que coincide con la del suceso), Mikolai,
un pintor de oficio que frecuenta mi establecimiento, me trajo estos pendientes
y me pidió que le prestara dos rublos, dejándome la joya en prenda.
»‑¿De dónde has sacado
esto? ‑le pregunté.
»Él me contestó que se
los había encontrado en la calle, y yo no le hice más preguntas. Le di un rublo. Pensé que si yo no hacia
la operación, se aprovecharía otro, que Mikolai se bebería el dinero de todas
formas y que era preferible que la joya quedara en mis manos, pues estaba
decidido a entregarla a la policía si me enteraba de que era un objeto robado,
al venir alguien a reclamarla.»
‑Naturalmente ‑dijo
Rasumikhine‑, esto era un cuento tártaro. Duchkhine mentía descaradamente, pues
le conozco y sé que cuando aceptó de Mikolai esos pendientes que valen treinta
rublos no fue precisamente para entregarlos a la policía. Si lo hizo fue por
miedo. Pero esto poco importa. Dejemos que Duchkhine siga hablando.
«Conozco a Mikolai
Demetiev desde mi infancia, pues nació, como yo, en el distrito de Zaraisk,
gobierno de Riazán. No es un alcohólico, pero le gusta beber a veces. Yo sabía
que él estaba pintando unas habitaciones en la casa de enfrente, con Mitri, que
es paisano suyo. Apenas tuvo en sus manos el rublo, se bebió dos vasitos, pagó,
se echó el cambio al bolsillo y se fue. Mitri no estaba con él entonces. A la
mañana siguiente me enteré de que Alena Ivanovna y su hermana Lisbeth habían
sido asesinadas a hachazos. Las conocía y sabia que la vieja prestaba dinero
sobre los objetos de valor. Por eso tuve ciertas sospechas acerca de estos
pendientes. Entonces me dirigí a la casa y empecé a investigar con el mayor
disimulo, como si no me importara la cosa. Lo primero que hice fue preguntar:
»‑¿Está Mikolai?
»Y Mitri me explicó que
Mikolai no había ido al trabajo, que había vuelto a su casa bebido al amanecer,
que había estado en ella no más de diez minutos y que habia vuelto a marcharse.
Mitri no le había vuelto a ver y estaba terminando solo el trabajo.
»El departamento donde
trabajaban los dos pintores está en el segundo piso y da a la misma escalera
que las habitaciones de las victimas.
»Hechas estas
averiguaciones y sin decir ni una palabra a nadie, reuní cuantos datos me fue
posible acerca del asesinato y volví a mi casa sin que mis sospechas se
hubieran desvanecido.
»A la mañana siguiente, o
sea dos después del crimen ‑continuó Duchkhine‑, apareció Mikolai en mi
establecimiento. Había bebido, pero no demasiado, de modo que podía comprender
lo que se le decía. Se sentó en un banco sin pronunciar palabra. En aquel
momento sólo habia en la taberna otro cliente, que dormía en un banco, y mis
dos muchachos.
»‑¿Has visto a Mitri? ‑pregunté
a Mikolai.
»‑No, no lo he visto ‑repuso.
»‑Entonces, ¿no has
venido por aquí?
»‑No, no he venido desde
anteayer.
»‑¿Dónde has pasado esta
noche?
»‑En las Arenas, en casa
de los Kolomensky.
»Entonces le pregunté:
»‑¿De dónde sacaste los
pendientes que me trajiste anteanoche?
»‑Me los encontré en la
acera ‑respondió con un tonillo sarcástico y sin mirarme.
»‑¿Te has enterado de que
aquella noche y a aquella hora ocurrió tal y tal cosa en la casa donde
trabajabas?
»‑No, no sabía nada de
eso.
»Había escuchado mis
últimas palabras con los ojos muy abiertos. De pronto se pone blanco como la
cal, coge su gorro, se levanta... Yo intento detenerle.
»‑Espera, Mikolai. ¿No
quieres tomar nada?
»Y digo por señas a uno
de mis muchachos que se sitúe en la puerta. Yo, entre tanto, salgo de detrás
del mostrador. Pero él adivina mis intenciones y se planta de un salto en la
calle. Inmediatamente echa a correr y desaparece tras la primera esquina. Desde
este momento, ya no me cupo duda de que era culpable.»
‑Lo mismo creo yo ‑dijo
Zosimof.
‑Espera, escucha el
final... Naturalmente, la policía empezó a buscar a Mikolai por todas partes.
Se detuvo a Duchkhine y se registró su casa. En la vivienda de Mitri y en casa
de los Kolomensky no quedó nada por mirar y revolver. Al fin, anteayer se detuvo
a Mikolai en una posada próxima a la Barrera. Al llegar a la posada, Mikolai se
había quitado una cruz de plata que colgaba de su cuello y la había entregado
al dueño de la posada para que se la cambiara por vodka. Se le dio la bebida.
Unos minutos después, una campesina que volvía de ordeñar a las vacas vio en
una cochera vecina, mirando por una rendija, a un hombre que evidentemente iba
a ahorcarse. Habla colgado una cuerda del techo y, después de hacer un nudo
corredizo en el otro extremo, se había subido a un montón de leña y se disponía
a pasar la cabeza por el nudo corredizo. La mujer empezó a gritar con todas sus
fuerzas y acudió gente.
»‑¡Vaya unos pasatiempos
que té buscas!
»‑Llevadme a la
comisaría. Allí lo contaré todo.
»Se atendió a su demanda
y se le condujo a la comisaría correspondiente, que es la de nuestro barrio. En
seguida empezó el interrogatorio de rigor.
»‑¿Quién es usted y qué
edad tiene?
»‑Tengo veintidós años y
soy..., etcétera.
»Pregunta:
»‑Mientras trabajaba
usted con Mitri en tal casa, ¿no vio a nadie en la escalera a tal hora?
»Respuesta:
»‑Subía y bajaba bastante
gente, pero yo no me fijé en nadie.
»‑¿Y no oyó usted ningún
ruido?
»‑No oí nada de
particular.
»‑¿Sabía usted que tal
día y a tal hora mataron y desvalijaron a la vieja del cuarto piso y a su
hermana?
»‑No lo sabía en
absoluto. Me lo dijo Atanasio Pavlovitch anteayer en su taberna.
»‑¿De dónde sacó los
pendientes?
»‑Me los encontré en la
calle.
»‑¿Por qué no fue a
trabajar al día siguiente con su compañero Mitri?
»‑Tenía ganas de
divertirme.
»‑¿Adónde fue?
»‑De un lado a otro.
»‑¿Por qué huyó usted de
la taberna de Duchkhine?
»‑Tenía miedo.
»‑¿De qué?
»‑De que me condenaran.
»‑¿Cómo explica usted ese
temor si tenía la conciencia tranquila?
»Aunque parezca mentira,
Zosimof ‑continuó Rasumikhine‑, se le hizo esta pregunta y con estas mismas
palabras. Lo sé de buena fuente... ¿Qué té parece? Dime: ¿qué té parece?
‑Las pruebas son
abrumadoras.
‑Yo no té hablo de las
pruebas, sino de la pregunta que se le hizo, del concepto que tiene de su deber
esa gente, esos policías... En fin, dejemos esto... Desde luego, presionaron al
detenido de tal modo, que acabó por declarar:
«‑No fue en la calle
donde encontré los pendientes, sino en el piso donde trabajaba con Mitri.
»‑¿Cómo se produjo el
hallazgo?
»‑Lo voy a explicar. Mitri
y yo estuvimos todo el día trabajando y, cuando nos íbamos a marchar, Mitri
cogió un pincel empapado de pintura y me lo pasó por la cara. Después echó a
correr escaleras abajo y yo fui tras él, bajando los escalones de cuatro en cuatro
y lanzando juramentos. Cuando llegué a la entrada, tropecé con el portero y con
unos señores que estaban con él y que no recuerdo cómo eran. El portero empezó
a insultarme, el segundo portero hizo lo mismo; luego salió de la garita la
mujer del primer portero y se sumó a los insultos. Finalmente, un caballero que
en aquel momento entraba en la casa acompañado de una señora nos puso también
de vuelta y media porque no los dejábamos pasar. Cogí a Mitri del pelo, lo
derribé y empecé a atizarle. El, aunque estaba debajo, consiguió también asirme
por el pelo y noté que me devolvía los golpes. Pero todo era broma. Al fin,
Mitri consiguió libertarse y echó a correr por la calle. Yo le perseguí, pero,
al ver que no le podía alcanzar, volví al piso donde trabajábamos para poner en
orden las cosas que habíamos dejado de cualquier modo. Mientras las arreglaba,
esperaba a Mitri. Creía que volvería de un momento a otro. De pronto, en un
rincón del vestíbulo, detrás de la puerta, piso una cosa. La recojo, quito el
papel que la envuelve y veo un estuche, y en el estuche los pendientes.
‑¿Detrás de la puerta?
¿Has dicho detrás de la puerta? ‑preguntó de súbito Raskolnikof, fijando en
Rasumikhine una mirada llena de espanto. Seguidamente, haciendo un gran
esfuerzo, se incorporó y apoyó el codo en el diván.
‑Sí, ¿y qué? ¿Por qué té
pones así? ¿Qué té ha pasado? preguntó Rasumikhine levantándose de su asiento.
‑No, nada ‑balbuceó
Raskolnikof penosamente, dejando caer la cabeza en la almohada y volviéndose de
nuevo hacia la pared.
Hubo un momento de
silencio.
‑Debía de estar medio
dormido, ¿verdad? ‑preguntó Rasumikhine, dirigiendo a Zosimof una mirada
interrogadora.
El doctor movió
negativamente la cabeza.
Bueno ‑dijo‑, continúa.
¿Qué ocurrió después?
‑¿Después? Pues ocurrió
que, apenas vio los pendientes, se olvidó de su trabajo y de Mitri, cogió su
gorro y corrió a la taberna de Duchkhine. Éste le dio, como ya sabemos, un
rublo, y Mikolai le mintió diciendo que se había encontrado los pendientes en la
calle. Luego se fue a divertirse. En lo que concierne al crimen, mantiene sus
primeras declaraciones.»‑Yo no sabía nada ‑insiste‑, no supe nada hasta dos
días después.
»‑¿Y por qué se ocultó?
»‑Por miedo.
»‑¿Por qué quería
ahorcarse?
»‑Por temor.
»‑¿Temor de qué?
»‑De que me condenaran.
»Y esto es todo ‑terminó
Rasumikhine‑. ¿Qué conclusiones crees que han sacado?
‑No sé qué decirte.
Existe una sospecha, discutible tal vez pero fundada. No podían dejar en
libertad a tu pintor de fachadas.
‑¡Pero es que le
atribuyen el asesinato! ¡No les cabe la menor duda!
‑Óyeme. No te acalores.
Has de convenir que si el día y a la hora del crimen, unos pendientes que
estaban en el arca de la víctima pasaron a manos de Nicolás[31], es natural que se le
pregunte cómo se los procuró. Es un detalle importante para la instrucción del
sumario.
‑¿Que cómo se los
procuró? ‑‑‑exclamó Rasumikhine‑. Pero ¿es posible que tú, doctor en medicina
y, por lo tanto, más obligado que nadie a estudiar la naturaleza humana, y que
has podido profundizar en ella gracias a tu profesión, no hayas comprendido el
carácter de Nicolás basándote en los datos que te he dado? ¿Es posible que no
estés convencido de que sus declaraciones en los interrogatorios que ha sufrido
son la pura verdad? Los pendientes llegaron a sus manos exactamente como él ha
dicho: pisó el estuche y lo recogió.
‑Podrá decir la pura
verdad; pero él mismo ha reconocido que mintió la primera vez.
‑Oye, escúchame con
atención. El portero, Koch, Pestriakof, el segundo portero, la mujer del
primero, otra mujer que estaba en aquel momento en la portería con la portera,
el consejero Krukof, que acababa de bajar de un coche y entraba en la casa con
una dama cogida a su brazo; todas estas personas, es decir, ocho, afirman que
Nicolás tiró a Mitri al suelo y lo mantuvo debajo de él, golpeándole, mientras
Mitri cogía a su camarada por el pelo y le devolvía los golpes con creces.
Están ante la puerta y dificultan el paso. Se les insulta desde todas partes, y
ellos, como dos chiquillos (éstas son las palabras de los testigos), gritan,
disputan, lanzan carcajadas, se hacen guiños y se persiguen por la calle. Como
verdaderos chiquillos, ¿comprendes? Ten en cuenta que arriba hay dos cadáveres
que todavía conservan calor en el cuerpo; sí, calor; no estaban todavía fríos
cuando los encontraron... Supongamos que los autores del crimen son los dos
pintores, o que sólo lo ha cometido Nicolás, y que han robado, forzando la
cerradura del arca, o simplemente participado en el robo. Ahora, admitido esto,
permíteme una pregunta. ¿Se puede concebir la indiferencia, la tranquilidad de
espíritu que demuestran esos gritos, esas risas, esa riña infantil en personas
que acaban de cometer un crimen y están ante la misma casa en que lo han
cometido? ¿Es esta conducta compatible con el hacha, la sangre, la astucia
criminal y la prudencia que forzosamente han de acompañar a semejante acto?
Cinco o diez minutos después de haber cometido el asesinato (no puede haber
transcurrido más tiempo, ya que los cuerpos no se han enfriado todavía), salen
del piso, dejando la puerta abierta y, aun sabiendo que sube gente a casa de la
vieja, se ponen a juguetear ante la puerta de la casa, en vez de huir a toda
prisa, y ríen y llaman la atención de la gente, cosa que confirman ocho
testigos... ¡Qué absurdo!
‑Sin duda, todo esto es
extraño, incluso parece imposible, pero...
‑¡No hay pero que valga!
Yo reconozco que el hecho de que se encontraran los pendientes en manos de
Nicolás poco después de cometerse el crimen constituye un grave cargo contra
él. Sin embargo, este hecho queda explicado de un modo plausible en las declaraciones
del acusado y, por lo tanto, es discutible. Además, hay que tener en cuenta los
hechos que son favorables a Nicolás, y más aún cuando se da el caso de que
estos hechos están fuera de duda. ¿Tú qué crees? Dado el carácter de nuestra
jurisprudencia, ¿son capaces los jueces de considerar que un hecho fundado
únicamente en una imposibilidad psicológica, en un estado de alma, por decirlo
así, puede aceptarse como indiscutible y suficiente para destruir todos los
cargos materiales, sean cuales fueren? No, no lo admitirán jamás. Han
encontrado el estuche en sus manos y él quería ahorcarse, cosa que, a su
juicio, no habría ocurrido si él no se hubiera sentido culpable... Ésta es la
cuestión fundamental; esto es lo que me indigna, ¿comprendes?
‑Sí, ya veo que estás
indignado. Pero oye, tengo que hacerte una pregunta. ¿Hay pruebas de que esos
pendientes se sacaron del arca de la vieja?
‑Sí ‑repuso Rasumikhine
frunciendo las cejas‑. Koch reconoció la joya y dijo quién la había empeñado.
Esta persona confirmó que los pendientes le pertenecían.
‑Lamentable. Otra
pregunta. ¿Nadie vio a Nicolás mientras Koch y Pestriakof subían al cuarto
piso, con lo que quedaría probada la coartada?
‑Desgraciadamente, nadie
lo vio ‑repuso Rasumikhine, malhumorado‑. Ni siquiera Koch y Pestriakof los
vieron al subir. Claro que su testimonio no valdría ya gran cosa. «Vimos ‑dicen‑
que el piso estaba abierto y nos pareció que trabajaban en él, pero no
prestamos atención a este detalle y no podríamos decir si los pintores estaban
o no allí en aquel momento.»
‑¿Así, la inculpabilidad
de Nicolás descansa enteramente en las risas y en los golpes que cambió con su
camarada...? En fin, admitamos que esto constituye una prueba importante en su
favor. Pero dime: ¿cómo puedes explicar el proceso del hallazgo de los pendientes,
si admites que el acusado dice la verdad, o sea que los encontró en el
departamento donde trabajaba?
‑¿Que cómo puedo
explicarlo? Del modo más sencillo. La cosa está perfectamente clara. Por lo
menos, el camino que hay que seguir para llegar a la verdad se nos muestra con
toda claridad, y es precisamente esa joya la que lo indica. Los pendientes se
le cayeron al verdadero culpable. Éste estaba arriba, en el piso de la vieja,
mientras Koch y Pestriakof llamaban a la puerta. Koch cometió la tontería de
bajar a la entrada poco después que su compañero. Entonces el asesino sale del
piso y empieza a bajar la escalera, ya que no tiene otro camino para huir. A
fin de no encontrarse con el portero, Koch y Pestriakof, ha de esconderse en el
piso vacío que Nicolás y Mitri acaban de abandonar. Permanece oculto detrás de
la puerta mientras los otros suben al piso de las víctimas, y, cuando el ruido
de los pasos se aleja, sale de su escondite y baja tranquilamente. Es el
momento en que Mitri y Nicolás echan a correr por la calle. Todos los que
estaban ante la puerta se han dispersado. Tal vez alguien le viera, pero nadie
se fijó en él. ¡Entraba y salía tanta gente por aquella puerta! El estuche se
le cayó del bolsillo cuando estaba oculto detrás de la puerta, y él no lo
advirtió porque tenía otras muchas cosas en que pensar en aquel momento. Que el
estuche estuviera allí demuestra que el asesino se escondió en el piso vacío.
He aquí explicado todo el misterio.
‑Ingenioso, amigo
Rasumikhine, diabólicamente ingenioso, incluso demasiado ingenioso.
‑¿Por qué demasiado?
‑Porque todo es tan
perfecto, porque los detalles están tan bien trabados, que uno cree hallarse
ante una obra teatral.
Rasumikhine abrió la boca
para protestar, pero en este momento se abrió la puerta, y los jóvenes vieron
aparecer a un visitante al que ninguno de ellos conocía.
V
Era un caballero de
cierta edad, movimientos pausados y fisonomía reservada y severa. Se detuvo en
el umbral y paseó a su alrededor una mirada de sorpresa que no trataba de
disimular y que resultaba un tanto descortés. «¿Dónde me he metido?», parecía
preguntarse. Observaba la habitación, estrecha y baja de techo como un
camarote, con un gesto de desconfianza y una especie de afectado terror.
Su mirada conservó su
expresión de asombro al fijarse en Raskolnikof, que seguía echado en el mísero
diván, vestido con ropas no menos miserables, y que le miraba como los demás.
Después el visitante
observó atentamente la barba inculta, los cabellos enmarañados y toda la
desaliñada figura de Rasumikhine, que, a su vez y sin moverse de su sitio, le
miraba con una curiosidad impertinente.
Durante más de un minuto
reinó en la estancia un penoso silencio, pero al fin, como es lógico, la cosa
cambió.
Comprendiendo sin duda ‑pues
ello saltaba a la vista que su arrogancia no imponía a nadie en aquella especie
de camarote de trasatlántico, el caballero se dignó humanizarse un poco y se
dirigió a Zosimof cortésmente pero con cierta rigidez.
‑Busco a Rodion
Romanovitch Raskolnikof, estudiante o ex estudiante ‑dijo, articulando las
palabras sílaba a sílaba.
Zosimof inició un lento
ademán, sin duda para responder, pero Rasumikhine, aunque la pregunta no iba
dirigida a él, se anticipó.
‑Ahí lo tiene usted, en
el diván ‑dijo‑. ¿Y usted qué desea?
La naturalidad con que
estas palabras fueron pronunciadas pareció ablandar al presuntuoso caballero,
que incluso se volvió hacia Rasumikhine. Pero en seguida se contuvo y, con un
rápido movimiento, fijó de nuevo la mirada en Zosimof.
‑Ahí tiene usted a
Raskolnikof ‑repuso el doctor, indicando al enfermo con un movimiento de
cabeza. Después lanzó un gran bostezo y, seguidamente y con gran lentitud, sacó
del bolsillo de su chaleco un enorme reloj de oro, que consultó y volvió a
guardarse, con la misma calma.
Raskolnikof, que en aquel
momento estaba echado boca arriba, no quitaba ojo al recién llegado y seguía
encerrado en su silencio. Ahora se veía su semblante, pues ya no contemplaba la
florecilla del empapelado. Estaba pálido y en su expresión se leía un extraordinario
sufrimiento. Era como si el enfermo acabara de salir de una operación o de
experimentar terribles torturas... Sin embargo, el visitante desconocido le
inspiraba un interés creciente, que primero fue sorpresa, en seguida
desconfianza y finalmente temor.
Cuando Zosimof dijo: «Ahí
tiene usted a Raskolnikof, éste se levantó con un movimiento tan repentino, que
tuvo algo de salto, y manifestó, con voz débil y entrecortada pero agresiva:
‑Si, yo soy Raskolnikof.
¿Qué desea usted?
El visitante le observó
atentamente y repuso, en un tono lleno de dignidad:
‑Soy Piotr Petrovitch
Lujine. Tengo motivos para creer que mi nombre no le será enteramente
desconocido.
Pero Raskolnikof, que
esperaba otra cosa, se limitó a mirar a su interlocutor con gesto pensativo y
estúpido, sin contestarle y como si aquélla fuera la primera vez que oía
semejante nombre.
‑¿Es posible que todavía
no le hayan hablado de mí? ‑exclamó Piotr Petrovitch, un tanto desconcertado.
Por toda respuesta,
Raskolnikof se dejó caer poco a poco sobre la almohada. Enlazó sus manos debajo
de la nuca y fijó su mirada en el techo. Lujine dio ciertas muestras de
inquietud. Zosimof y Rasumikhine le observaban con una curiosidad creciente que
acabó de desconcertarle.
‑Yo creía..., yo
suponía...‑balbuceó‑ que una carta que se cursó hace diez días, tal vez
quince...
‑Pero oiga, ¿por qué se
queda en la puerta?‑le interrumpió Rasumikhine‑. Si tiene usted algo que decir,
entre y siéntese. Nastasia y usted no caben en el umbral. Nastasiuchka,
apártate y deja pasar al señor. Entre; aquí tiene una silla; pase por aquí.
Echó atrás su silla de
modo que entre sus rodillas y la mesa quedó un estrecho pasillo, y, en una
postura bastante incómoda, esperó a que pasara el visitante. Lujine comprendió
que no podía rehusar y llegó, no sin dificultad, al asiento que se le ofrecía.
Cuando estuvo sentado, fijó en Rasumikhine una mirada llena de inquietud.
‑No esté usted violento ‑dijo
éste levantando la voz‑. Hace cinco días que Rodia está enfermo. Durante tres
ha estado delirando. Hoy ha recobrado el conocimiento y ha comido con apetito.
Aquí tiene usted a su médico, que lo acaba de reconocer. Yo soy un camarada
suyo, un ex estudiante como él, y ahora hago el papel de enfermero. Por lo
tanto, no haga caso de nosotros: siga usted conversando con él como si no
estuviéramos.
‑Muy agradecido, pero ¿no
le parece a usted ‑se dirigía a Zosimof‑ que mi conversación y mi presencia
pueden fatigar al enfermo?
‑No, ‑repuso Zosimof‑.
Por el contrario, su charla le distraerá.
Y volvió a lanzar un
bostezo.
‑¡Oh! Hace ya bastante
tiempo que ha vuelto en sí: esta mañana ‑dijo Rasumikhine, cuya familiaridad
respiraba tanta franqueza y simpatía, que Piotr Petrovitch empezó a sentirse
menos cohibido. Además, hay que tener presente que el impertinente y
desharrapado joven se había presentado como estudiante.
‑Su madre... ‑comenzó a
decir Lujine.
Rasumikhine lanzó un
ruidoso gruñido. Lujine le miró con gesto interrogante.
‑No, no es nada.
Continúe.
‑Su madre empezó a
escribirle antes de que yo me pusiera en camino. Ya en Petersburgo, he
retrasado adrede unos cuantos días mi visita para asegurarme de que usted
estaría al corriente de todo. Y ahora veo, con la natural sorpresa...
‑Ya estoy enterado, ya
estoy enterado ‑replicó de súbito Raskolnikof, cuyo semblante expresaba viva
irritación‑. Es usted el novio, ¿verdad? Bien, pues ya ve que lo sé.
Piotr Petrovitch se
sintió profundamente herido por la aspereza de Raskolnikof, pero no lo dejó
entrever. Se preguntaba a qué obedecía aquella actitud. Hubo una pausa que duró
no menos de un minuto. Raskolnikof, que para contestarle se había vuelto ligeramente
hacia él, empezó de súbito a examinarlo fijamente, con cierta curiosidad, como
si no hubiese tenido todavía tiempo de verle o como si de pronto hubiese
descubierto en él algo que le llamara la atención. Incluso se incorporó en el
diván para poder observarlo mejor.
Sin duda, el aspecto de
Piotr Petrovitch tenía un algo que justificaba el calificativo de novio que
acababa de aplicársele tan gentilmente. Desde luego, se veía claramente, e
incluso demasiado, que Piotr Petrovitch había aprovechado los días que llevaba en
la capital para embellecerse, en previsión de la llegada de su novia, cosa tan
inocente como natural. La satisfacción, acaso algo excesiva, que experimentaba
ante su feliz transformación podía perdonársele en atención a las
circunstancias. El traje del señor Lujine acababa de salir de la sastrería. Su
elegancia era perfecta, y sólo en un punto permitía la crítica: el de ser
demasiado nuevo. Todo en su indumentaria se ajustaba al plan establecido, desde
el elegante y flamante sombrero, al que él prodigaba toda suerte de cuidados y
tenía entre sus manos con mil precauciones, hasta los maravillosos guantes de
color lila, que no llevaba puestos, sino que se contentaba con tenerlos en la
mano. En su vestimenta predominaban los tonos suaves y claros. Llevaba una ligera
y coquetona americana habanera, pantalones claros, un chaleco del mismo color,
una fina camisa recién salida de la tienda y una encantadora y pequeña corbata
de batista con listas de color de rosa. Lo más asombroso era que esta elegancia
le sentaba perfectamente. Su fisonomía, fresca e incluso hermosa, no
representaba los cuarenta y cinco años que ya habían pasado por ella. La
encuadraban dos negras patillas que se extendían elegantemente a ambos lados
del mentón, rasurado cuidadosamente y de una blancura deslumbrante. Su cabello
se mantenía casi enteramente libre de canas, y un hábil peluquero había
conseguido rizarlo sin darle, como suele ocurrir en estos casos, el ridículo
aspecto de una cabeza de marido alemán. Lo que pudiera haber de desagradable y
antipático en aquella fisonomía grave y hermosa no estaba en el exterior.
Después de haber
examinado a Lujine con impertinencia, Raskolnikof sonrió amargamente, dejó caer
la cabeza sobre la almohada y continuó contemplando el techo.
Pero el señor Lujine
parecía haber decidido tener paciencia y fingía no advertir las rarezas de
Raskolnikof.
‑Lamento profundamente
encontrarle en este estado ‑dijo para reanudar la conversación‑. Si lo hubiese
sabido, habría venido antes a verle. Pero usted no puede imaginarse las cosas
que tengo que hacer. Además, he de intervenir en un debate importante del
Senado. Y no hablemos de esas ocupaciones cuya índole puede usted deducir:
espero a su familia, es decir, a su madre y a su hermana, de un momento a otro.
Raskolnikof hizo un
movimiento y pareció que iba a decir algo. Su semblante dejó entrever cierta
agitación. Piotr Petrovitch se detuvo y esperó un momento, pero, viendo que
Raskolnikof no desplegaba los labios, continuó:
‑Sí, las espero de un
momento a otro. Ya les he encontrado un alojamiento provisional.
‑¿Dónde? ‑preguntó
Raskolnikof con voz débil.
‑Cerca de aquí, en el
edificio Bakaleev.
‑Eso está en el bulevar
Vosnesensky ‑interrumpió Rasumikhine‑. El comerciante Iuchine alquila dos pisos
amueblados. Yo he ido a verlos.
‑Sí, son departamentos
amueblados...
‑Aquello es un verdadero
infierno, sucio, pestilente y, además, un lugar nada recomendable. Allí han
ocurrido las cosas más viles. Sólo el diablo sabe qué vecindario es aquél. Yo
mismo fui allí atraído por un asunto escandaloso. Por lo demás, los departamentos
se alquilan a buen precio.
‑Como es natural, yo no
pude procurarme todos esos informes, pues acababa de llegar a Petersburgo ‑dijo
Piotr Petrovitch, un tanto molesto‑; pero, sea como fuere, las dos habitaciones
que he alquilado son muy limpias. Además, hay que tener en cuenta que todo esto
es provisional... Yo tengo ya contratado nuestro definitivo..., mejor dicho,
nuestro futuro hogar ‑añadió volviéndose hacia Raskolnikof‑. Sólo falta
arreglarlo, y ya lo estoy haciendo. Yo mismo tengo ahora una habitación
amueblada bastante reducida. Está a dos pasos de aquí, en casa de la señora de
Lipevechsel. Vivo con un joven que es amigo mío: Andrés Simonovitch
Lebeziatnikof. Él es precisamente el que me ha indicado la casa Bakaleev.
‑¿Lebeziatnikof? ‑preguntó
Raskolnikof, pensativo, como si este nombre le hubiese recordado algo.
‑Sí, Andrés Simonovitch
Lebeziatnikof. Está empleado en un ministerio. ¿Le conoce usted?
‑No..., no ‑repuso
Raskolnikof.
‑Perdone, pero su
exclamación me ha hecho suponer que lo conocía. Fui tutor suyo hace ya tiempo.
Es un joven simpatiquísimo, que está al corriente de todas las ideas. A mí me
gusta tratar con gente joven. Así se entera uno de las novedades que corren por
el mundo.
Piotr Petrovitch miró a
sus oyentes con la esperanza de percibir en sus semblantes un signo de
aprobación.
‑¿A qué clase de
novedades se refiere? ‑preguntó Rasumikhine.
‑Alas de tipo más serio,
es decir, más fundamental ‑repuso Piotr Petrovitch, al que el tema parecía
encantar‑. Hacía ya diez años que no habia venido a Petersburgo. Todas las
reformas sociales, todas las nuevas ideas han llegado a provincias, pero para
darse exacta cuenta de estas cosas, para verlo todo, hay que estar en
Petersburgo. Yo creo que el mejor modo de informarse de estas cuestiones es
observar a las generaciones jóvenes... Y créame que estoy encantado.
‑¿De qué?
‑Es algo muy complejo.
Puedo equivocarme, pero creo haber observado una visión más clara, un espíritu
más critico, por decirlo así, una actividad más razonada.
‑Es verdad ‑dijo Zosimof
entre dientes.
‑No digas tonterías ‑replicó
Rasumikhine‑. El sentido de los negocios no nos llueve del cielo, sino que sólo
lo podemos adquirir mediante un difícil aprendizaje. Y nosotros hace ya
doscientos años que hemos perdido el hábito de la actividad... De las ideas ‑continuó,
dirigiéndose a Piotr Petrovitch‑ puede decirse que flotan aquí y allá. Tenemos
cierto amor al bien, aunque este amor sea, confesémoslo, un tanto infantil.
También existe la honradez, aunque desde hace algún tiempo estemos plagados de
bandidos. Pero actividad, ninguna en absoluto.
‑No estoy de acuerdo con
usted ‑dijo Lujine, visiblemente encantado‑. Cierto que algunos se entusiasman
y cometen errores, pero debemos ser indulgentes con ellos. Esos arrebatos y
esas faltas demuestran el ardor con que se lanzan al empeño, y también las
dificultades, puramente materiales, verdad es, con que tropiezan. Los
resultados son modestos, pero no debemos olvidar que los esfuerzos han empezado
hace poco. Y no hablemos de los medios que han podido utilizar. A mi juicio, no
obstante, se han obtenido ya ciertos resultados. Se han difundido ideas nuevas
que son excelentes; obras desconocidas aún, pero de gran utilidad, sustituyen a
las antiguas producciones de tipo romántico y sentimental. La literatura cobra
un carácter de madurez. Prejuicios verdaderamente perjudiciales han caído en el
ridículo, han muerto... En una palabra, hemos roto definitivamente con el
pasado, y esto, a mi juicio, constituye un éxito.
‑Ha dado suelta a la
lengua sólo para lucirse ‑gruñó inesperadamente Raskolnikof.
‑¿Cómo? ‑preguntó Lujine,
que no había entendido.
Pero Raskolnikof no le
contestó.
‑Todo eso es exacto ‑se
apresuró a decir Zosimof.
‑¿Verdad? ‑‑exclamó Piotr
Petrovitch dirigiendo al doctor una mirada amable. Después se volvió hacia
Rasumikhine con un gesto de triunfo y superioridad (sólo faltaba que le llamase
«joven») y le dijo‑: Convenga usted que todo se ha perfeccionado, o, si se
prefiere llamarlo así, que todo ha progresado, por lo menos en los terrenos de
las ciencias y la economía.
‑Eso es un lugar común.
‑No, no es un lugar
común. Le voy a poner un ejemplo. Hasta ahora se nos ha dicho: «Ama a tu
prójimo.» Pues bien, si pongo este precepto en práctica, ¿qué resultará? ‑Piotr
Petrovitch hablaba precipitadamente‑. Pues resultará que dividiré mi capa en
dos mitades, daré una mitad a mi prójimo y los dos nos quedaremos medio
desnudos. Un proverbio ruso dice que el que persigue varias liebres a la vez no
caza ninguna. La ciencia me ordena amar a mi propia persona más que a nada en
el mundo, ya que aquí abajo todo descansa en el interés personal. Si te amas a
ti mismo, harás buenos negocios y conservarás tu capa entera. La economía
política añade que cuanto más se elevan las fortunas privadas en una sociedad
o, dicho en otros términos, más capas enteras se ven, más sólida es su base y
mejor su organización. Por lo tanto, trabajando para mí solo, trabajo, en
realidad, para todo el mundo, pues contribuyo a que mi prójimo reciba algo más
que la mitad de mi capa, y no por un acto de generosidad individual y privada,
sino a consecuencia del progreso general. La idea no puede ser más sencilla. No
creo que haga falta mucha inteligencia para comprenderla. Sin embargo, ha
necesitado mucho tiempo para abrirse camino entre los sueños y las quimeras que
la ahogaban.
‑Perdóneme ‑le
interrumpió Rasumikhine‑. Yo pertenezco a la categoría de los
imbéciles. Dejemos ese asunto. Mi intención al dirigirle la palabra no era
despertar su locuacidad. Tengo los oídos tan llenos de toda esa palabrería que
no ceso de escuchar desde hace tres años, de todas esas trivialidades, de todos
esos lugares comunes, que me sonroja no sólo hablar de ello, sino también que
se hable delante de mi. Usted se ha apresurado a alardear ante nosotros de sus
teorías, y no se lo censuro. Yo sólo deseaba saber quién es usted, pues en
estos últimos tiempos se han introducido en los negocios públicos tantos
intrigantes, y esos desaprensivos han ensuciado de tal modo cuanto ha pasado
por sus manos, que han formado a su alrededor un verdadero lodazal. Y no hablemos
más de este asunto.
‑Caballero ‑exclamó
Lujine, herido en lo más vivo y adoptando una actitud llena de dignidad‑,
¿quiere usted decir con eso que también yo...?
‑¡De ningún modo! ¿Cómo
podría yo permitirme...? En fin, basta ya...
Y después de cortar así
el diálogo, Rasumikhine se apresuró a reanudar con Zosimof la conversación que
había interrumpido la entrada de Piotr Petrovitch.
Éste tuvo el buen sentido
de aceptar la explicación del estudiante, y adoptó la firme resolución de
marcharse al cabo de dos minutos.
‑Ya hemos trabado
conocimiento ‑dijo a Raskolnikof‑. Espero que, una vez esté curado, nuestras
relaciones serán más íntimas, debido a las circunstancias que ya conoce usted.
Le deseo un rápido restablecimiento.
Raskolnikof ni siquiera
dio muestras de haberle oído, y Piotr Petrovitch se puso en pie.
‑Seguramente ‑dijo
Zosimof a Rasumikhine‑, el asesino es uno de sus deudores.
‑Seguramente ‑repitió
Rasumikhine‑. Porfirio no revela a nadie sus pensamientos pero sólo interroga a
los que tenían algo empeñado en casa de la vieja.
‑¿Los interroga?‑exclamó
Raskolnikof.
‑Sí, ¿por qué?
‑No, por nada.
‑Pero ¿cómo sabe quiénes
son? ‑preguntó Zosimof.
‑Koch ha indicado
algunos. Los nombres de otros figuraban en los papeles que envolvían los
objetos, y otros, en fin, se han presentado espontáneamente al enterarse de lo
ocurrido.
‑El culpable debe de ser
un profesional de gran experiencia. ¡Qué resolución, qué audacia!
‑Pues no ‑replicó
Rasumikhine‑. En eso, tú y todo el mundo estáis equivocados. Yo estoy seguro de
que es un inexperto de que éste es su primer crimen. Si nos imaginamos un plan
bien urdido y un criminal experimentado, nada tiene explicación. Para que la
tenga, hay que suponer que es un principiante y admitir que sólo la suerte le
ha permitido escapar. ¿Qué no podrá hacer el azar? Es muy posible que no
previera ningún obstáculo. ¿Y cómo lleva a cabo el robo? Busca en la caja donde
la vieja guardaba sus trapos, coge unos cuantos objetos que no valen más de
treinta rublos y se llena con ellos los bolsillos. Sin embargo, en el cajón
superior de la cómoda se ha encontrado una caja que contenía más de mil
quinientos rublos en metálico y cierta cantidad de billetes. Ni siquiera supo
robar. Lo único que supo hacer fue matar. ¡Lo dicho: un principiante! Perdió la
cabeza, y si no Lo han descubierto no Lo debe a su destreza, sino al azar.
‑¿Hablan ustedes del
asesinato de esa vieja prestamista? ‑intervino Lujine, dirigiéndose a Zosimof.
Con el sombrero en las manos se disponía a despedirse, pero deseaba decir
todavía algunas cosas profundas. Quería dejar buen recuerdo en aquellos
jóvenes. La vanidad podía en él más que la razón.
‑Sí. ¿Ha oído usted
hablar de ese crimen?
‑¿Cómo no? Ha ocurrido en
las cercanías de la casa donde me hospedo.
‑¿Conoce usted los
detalles?
‑Los detalles, no, pero
este asunto me interesa por la cuestión general que plantea. Dejemos a un lado
el aumento incesante de la criminalidad durante los últimos cinco años en las
clases bajas. No hablemos tampoco de la sucesión ininterrumpida de incendios
provocados y actos de pillaje. Lo que me asombra es que la criminalidad crezca
de modo parecido en las clases superiores. Un día nos enteramos de que un ex
estudiante ha asaltado el coche de correos en la carretera. Otro, que hombres
cuya posición los sitúa en las altas esferas fabrican moneda falsa. En Moscú se
descubre una banda de falsificadores de billetes de la lotería, uno de cuyos
jefes era un profesor de historia universal. Además, se da muerte a un
secretario de embajada por una oscura cuestión de dinero... Si la vieja usurera
ha sido asesinada por un hombre de la clase media (los mujiks no tienen el
hábito de empeñar joyas), ¿cómo explicar este relajamiento moral en la clase
más culta de nuestra ciudad?
‑Los fenómenos económicos
han producido transformaciones que... ‑comenzó a decir Zosimof.
‑¿Cómo explicarlo? ‑le
interrumpió Rasumikhine‑. Pues precisamente por esa falta de actividad
razonada.
‑¿Qué quiere usted decir?
‑¿Qué respondió ese
profesor de historia universal cuando le interrogaron? «Cada cual se enriquece
a su modo. Yo también he querido enriquecerme Lo más rápidamente posible.» No
recuerdo las palabras que empleó, pero sé que quiso decir «ganar dinero rápidamente
y sin esfuerzo». El hombre se acostumbra a vivir sin esfuerzo, a andar por el
camino llano, a que le pongan la comida en la boca. Hoy cada uno se muestra
como realmente es.
‑Pero la moral, las
leyes...
‑¿Qué le sorprende? ‑preguntó
repentinamente Raskolnikof‑. Todo esto es la aplicación de sus teorías.
‑¿De mis teorías?
‑Sí, la conclusión lógica
de los principios que acaba usted de exponer es que se puede incluso asesinar.
‑Un momento, un
momento... ‑exclamó Lujine.
‑No estoy de acuerdo ‑dijo
Zosimof.
Raskolnikof estaba pálido
y respiraba con dificultad. Su labio superior temblaba convulsivamente.
‑Todo tiene su medida ‑dijo
Lujine con arrogancia‑. Una idea económica no ha sido nunca una incitación al
crimen, y suponiendo...
‑¿Acaso no es cierto ‑le
interrumpió Raskolnikof con voz trémula de cólera, pero llena a la vez de un
júbilo hostil que usted dijo a su novia, en el momento en que acababa de
aceptar su petición, que lo que más le complacía de ella era su pobreza, pues
Lo mejor es casarse con una mujer pobre para poder dominarla y recordarle el
bien que se le ha hecho?
‑Pero... ‑exclamó Lujine,
trastornado por la cólera‑. ¡Oh, qué modo de desnaturalizar mi pensamiento!
Perdóneme, pero puedo asegurarle que las noticias que han llegado a usted sobre
este punto no tienen la menor sombra de fundamento. Ya sé dónde está el origen
del mal... Por Lo menos, Lo supongo... Se Lo diré francamente. Me pareció que
su madre, pese a sus excelentes prendas, poseía un espíritu un tanto exaltado y
propenso a las novelerías. Sin embargo, estaba muy lejos de creer que pudiera
interpretar mis palabras con tanta inexactitud y que, al citarlas, alterase de
tal modo su sentido. Además...
‑¡Óigame! ‑bramó el
joven, levantando la cabeza de la almohada y fijando en Lujine una mirada
ardiente‑. ¡Escuche!
‑Usted dirá.
Lujine pronunció estas
palabras en un tono de reto. A ellas siguió un silencio que duró varios
segundos.
‑Pues lo que quiero que
sepa es que si usted se permite decir una palabra más contra mi madre, lo echo
escaleras abajo.
‑¡Pero Rodia! ‑exclamó
Rasumikhine.
‑¡Si, escaleras abajo!
Lujine había palidecido y
se mordía los labios.
‑Óigame, señor ‑comenzó a
decir, haciendo un gran esfuerzo por dominarse‑: la acogida que usted me ha
dispensado me ha demostrado claramente y desde el primer momento su enemistad
hacia mí, y si he prolongado la visita ha sido solamente para acabar de
cerciorarme. Habría perdonado muchas cosas a un enfermo, a un pariente; pero,
después de lo ocurrido, ¡ni pensarlo!
‑¡Yo no estoy enfermo! ‑exclamó
Raskolnikof.
‑¡Peor que peor!
‑¡Váyase al diablo!
Lujine no había esperado
esta invitación. Se deslizaba ya entre la silla y la mesa. Esta vez,
Rasumikhine se levantó para dejarlo pasar. Lujine no se dignó mirarle y salió
sin ni siquiera saludar a Zosimof, que desde hacía unos momentos le estaba
diciendo por señas que dejara al enfermo tranquilo. Al verle alejarse con la
cabeza baja, era fácil comprender que no olvidaría la terrible ofensa recibida.
‑¡Vaya un modo de
conducirse! ‑dijo Rasumikhine al enfermo, sacudiendo la cabeza con un gesto de
preocupación.
‑¡Déjame! ¡Dejadme todos!
‑gritó Raskolnikof en un arrebato de ira‑. ¿Me dejaréis de una vez, verdugos?
No creáis que os temo. Ahora ya no temo a nadie, ¡a nadie! ¡Marchaos! ¡Quiero
estar solo! ¿Lo oís? ¡Solo!
‑Vámonos ‑dijo Zosimof a
Rasumikhine.
‑Pero ¿lo vamos a dejar
así?
‑Vámonos.
Rasumikhine reflexionó un
momento. Después siguió a Zosimof.
Cuando estuvieron en la
escalera, el doctor dijo:
‑Si no le hubiésemos
obedecido, habría sido peor. No hay que irritarlo.
‑Pero ¿qué tiene?
‑Le convendría una
impresión fuerte que le sacara de sus pensamientos. Ahora habría sido capaz de
todo... Algo le preocupa profundamente. Es una obsesión que te corroe y te
exaspera. Eso es lo que más me inquieta.
‑Tal vez este señor Piotr
Petrovitch tenga algo que ver con ello. De la conversación que ha sostenido con
él se desprende que se va a casar con la hermana de Rodia y que nuestro amigo
se ha enterado de ello poco antes de su enfermedad.
‑Sí, es el diablo el que
lo ha traído, pues su visita lo ha echado todo a perder. Y ¿has observado que,
aunque parece indiferente a todo, hay una cosa que le saca de su mutismo? Ese
crimen... Oír hablar de él le pone fuera de sí.
‑Lo he notado en seguida ‑respondió
Rasumikhine‑. Presta atención y se inquieta. Precisamente se puso enfermo el
día en que oyó hablar de ese asunto en la comisaría. Incluso se desvaneció.
‑Ven esta noche a mi
casa. Quiero que me cuentes detalladamente todo eso. Me interesa mucho. Yo
también tengo algo que contarte. Volveré a verle dentro de media hora. Por el
momento no hay que temer ningún trastorno cerebral grave.
‑Gracias por todo. Ahora
voy a ver a Pachenka. Diré a Nastasia que lo vigile.
Cuando sus amigos se
fueron, Raskolnikof dirigió una mirada llena de angustiosa impaciencia hasta
Nastasia, pero ella no parecía dispuesta a marcharse.
‑¿Te traigo ya el té? ‑preguntó.
‑Después. Ahora quiero
dormir. Vete.
Se volvió hacia la pared
con un movimiento convulsivo, y Nastasia salió del aposento.
VI
Apenas Se hubo marchado
la sirvienta, Raskolnikof se levantó, echó el cerrojo, deshizo el paquete de
las prendas de vestir comprado por Rasumikhine y empezó a ponérselas. Aunque
parezca extraño, se había serenado de súbito. La frenética excitación que hacía
unos momentos le dominaba y el pánico de los últimos días habían desaparecido.
Era éste su primer momento de calma, de una calma extraña y repentina. Sus
movimientos, seguros y precisos, revelaban una firme resolución. «Hoy, de hoy
no pasa», murmuró.
Se daba cuenta de su
estado de debilidad, pero la extrema tensión de ánimo a la que debía su
serenidad le comunicaba una gran serenidad en sí mismo y parecía darle fuerzas.
Por lo demás, no temía caerse en la calle. Cuando estuvo enteramente vestido
con sus ropas nuevas, permaneció un momento contemplando el dinero que
Rasumikhine había dejado en la mesa. Tras unos segundos de reflexión, se lo
echó al bolsillo. La cantidad ascendía a veinticinco rublos. Cogió también lo
que a su amigo le había sobrado de los diez rublos destinados a la compra de
las prendas de vestir y, acto seguido, descorrió el cerrojo. Salió de la
habitación y empezó a bajar la escalera. Al pasar por el piso de la patrona
dirigió una mirada a la cocina, cuya puerta estaba abierta. Nastasia daba la
espalda a la escalera, ocupada en avivar el fuego del samovar. No oyó nada. En
lo que menos pensaba era en aquella fuga.
Momentos después ya
estaba en la calle. Eran alrededor de las ocho y el sol se había puesto. La
atmósfera era asfixiante, pero él aspiró ávidamente el polvoriento aire,
envenenado por las emanaciones pestilentes de la ciudad. Sintió un ligero
vértigo, pero sus ardientes ojos y todo su rostro, descarnado y lívido,
expresaron de súbito una energía salvaje. No llevaba rumbo fijo, y ni siquiera
pensaba en ello. Sólo pensaba en una cosa: que era preciso poner fin a todo
aquello inmediatamente y de un modo definitivo, y que si no lo conseguía no
volvería a su casa, pues no quería seguir viviendo así. Pero ¿cómo lograrlo?
Del modo de «terminar», como él decía, no tenía la menor idea. Sin embargo,
procuraba no pensar en ello; es más, rechazaba este pensamiento, porque le
torturaba. Sólo tenía un sentimiento y una idea: que era necesario que todo
cambiara, fuera como fuere y costara lo que costase. «Sí, cueste lo que
cueste», repetía con una energía desesperada, con una firmeza indómita.
Dejándose llevar de una
arraigada costumbre, tomó maquinalmente el camino de sus paseos habituales y se
dirigió a la plaza del Mercado Central. A medio camino, ante la puerta de una
tienda, en la calzada, vio a un joven que ejecutaba en un pequeño órgano una
melodía sentimental. Acompañaba a una jovencita de unos quince años, que estaba
de pie junto a él, en la acera, y que vestía como una damisela. Llevaba
miriñaque, guantes, mantilla y un sombrero de paja con una pluma de un rojo de
fuego, todo ello viejo y ajado. Estaba cantando una romanza con una voz
cascada, pero fuerte y agradable, con la esperanza de que le arrojaran desde la
tienda una moneda de dos kopeks. Raskolnikof se detuvo junto a los dos o tres
papanatas que formaban el público, escuchó un momento, sacó del bolsillo una
moneda de cinco kopeks y la puso en la mano de la muchacha. Ésta interrumpió su
nota más aguda y patética como si le hubiesen cortado la voz.
‑¡Basta! ‑gritó a su
compañero. Y los dos se trasladaron a la tienda siguiente.
‑¿Le gustan las canciones
callejeras? ‑preguntó de súbito Raskolnikof a un transeúnte de cierta edad que
había escuchado a los músicos ambulantes y tenía aspecto de paseante
desocupado.
El desconocido le miró
con un gesto de asombro.
‑A mí ‑continuó
Raskolnikof, que parecía hablar de cualquier cosa menos de canciones‑ me gusta
oír cantar al son del órgano en un atardecer otoñal, frío, sombrío y húmedo,
húmedo sobre todo; uno de esos atardeceres en que todos los transeúntes tienen
el rostro verdoso y triste, y especialmente cuando cae una nieve aguda y
vertical que el viento no desvía. ¿Comprende? A través de la nieve se percibe
la luz de los faroles de gas...
‑No sé..., no sé...
Perdone ‑balbuceó el paseante, tan alarmado por las extrañas palabras de
Raskolnikof como por su aspecto. Y se apresuró a pasar a la otra acera.
El joven continuó su
camino y desembocó en la plaza del Mercado, precisamente por el punto donde
días atrás el matrimonio de comerciantes hablaba con Lisbeth. Pero la pareja no
estaba. Raskolnikof se detuvo al reconocer el lugar, miró en todas direcciones
y se acercó a un joven que llevaba una camisa roja y bostezaba a la puerta de
un almacén de harina.
‑En esa esquina montan su
puesto un comerciante y su mujer, que tiene aspecto de campesina, ¿verdad?
‑Aquí vienen muchos
comerciantes ‑respondió el joven, midiendo a Raskolnikof con una mirada de
desdén.
‑¿Cómo se llama?
‑Como le pusieron al
bautizarlo.
‑¿Eres tal vez de
Zaraisk? ¿De qué provincia?
El mozo volvió a mirar a
Raskolnikof.
‑Alteza, mi familia no es
de ninguna provincia, sino de un distrito. Mi hermano, que es el que viaja,
entiende de esas cosas. Pero yo, como tengo que quedarme aquí, no sé nada.
Espero de la misericordia de su alteza que me perdone.
‑¿Es un figón lo que hay
allí arriba?
‑Una taberna. Hay un
billar e incluso algunas princesas. Es un lugar muy chic.
Raskolnikof atravesó la
plaza. En uno de sus ángulos se apiñaba una multitud de mujiks. Se introdujo en
lo más denso del grupo y empezó a mirar atentamente las caras de unos y otros.
Pero los campesinos no le prestaban la menor atención. Todos hablaban a gritos,
divididos en pequeños grupos.
Después de reflexionar un
momento, prosiguió su camino en dirección al bulevar V. Pronto dejó la plaza y
se internó en una calleja que, formando un recodo, conduce a la calle de
Sadovaia. Había recorrido muchas veces aquella callejuela. Desde hacía algún
tiempo, una fuerza misteriosa le impulsaba a deambular por estos lugares cuando
la tristeza le dominaba, con lo que se ponía más triste aún. Esta vez entró en
la callejuela inconscientemente. Llegó ante un gran edificio donde todo eran
figones y establecimientos de bebidas. De ellos salían continuamente mujeres
destocadas y vestidas con negligencia (como quien no ha de alejarse de su
casa), y formaban grupos aquí y allá, en la acera, y especialmente al borde de
las escaleras que conducían a los tugurios de mala fama del subsuelo.
En uno de estos antros
reinaba un estruendo ensordecedor. Se tocaba la guitarra, se cantaba y todo el
mundo parecía divertirse. Ante la entrada había un nutrido grupo de mujeres.
Unas estaban sentadas en los escalones, otras en la acera y otras, en fin, permanecían
de pie ante la puerta, charlando. Un soldado, bebido, con el cigarrillo en la
boca, erraba en torno de ellas, lanzando juramentos. Al parecer no se acordaba
del sitio adonde quería dirigirse. Dos individuos desarrapados cambiaban
insultos. Y, en fin, se veía un borracho tendido cuan largo era en medio de la
calle.
Raskolnikof se detuvo
junto al grupo principal de mujeres. Éstas platicaban con voces desgarradas.
Vestían ropas de Indiana, Ilevaban la cabeza descubierta y calzado de
cabritilla. Unas pasaban de los cuarenta; otras apenas habían cumplido los
diecisiete. Todas tenían los ojos hinchados.
El canto y todos los
ruidos que salían del tugurio subterráneo cautivaron a Raskolnikof. Entre las
carcajadas y el alegre bullicio se oía una fina voz de falsete que entonaba una
bella melodía, mientras alguien danzaba furiosamente al son de una guitarra,
marcando el compás con los talones. Raskolnikof, inclinado hacia el sótano,
escuchaba, con semblante triste y soñador.
Mi hombre, amor mío,
no me pegues sin razón,
cantaba la voz aguda. El
oyente mostraba un deseo tan ávido de captar hasta la última sílaba de esta
canción, que se diría que aquello era para él cuestión de vida o muerte.
«¿Y si entrase? ‑pensó‑.
Se ríen. Es la embriaguez. ¿Y si yo me embriagase también?»
‑¿No entra usted,
caballero? ‑le preguntó una de las mujeres.
Su voz era clara y
todavía fresca. Parecía joven y era la única del grupo que no inspiraba
repugnancia.
Raskolnikof levantó la
cabeza y exclamó mientras la miraba:
‑¡Qué bonita eres!
Ella sonrió. El cumplido
la había emocionado.
‑Usted también es un
guapo mozo ‑dijo.
‑Demasiado delgado ‑dijo
otra de aquellas mujeres, con voz cavernosa‑. Seguro que acaba de salir del
hospital.
‑Parecen damas de la alta
sociedad, pero esto no les impide tener la nariz chata ‑dijo de súbito un
alegre mujik que pasaba por allí con
la blusa desabrochada y el rostro ensanchado por una sonrisa‑. ¡Esto alegra el
corazón!
‑En vez de hablar tanto,
entra.
‑Te obedezco, amor mío.
Dicho esto, entró..., y
se fue rodando escaleras abajo.
Raskolnikof continuó su
camino.
‑¡Oiga, señor! ‑le gritó
la muchacha apenas vio que echaba a andar.
‑¿Qué?
Ella se turbó.
‑Me encantaría pasar unas
horas con usted, caballero; pero me siento cohibida en su presencia. Déme seis
kopeks para beberme un vaso, amable señor.
Raskolnikof buscó en su
bolsillo y sacó todo lo que había en él: tres monedas de cinco kopeks.
‑¡Oh! ¡Qué príncipe tan
generoso!
‑¿Cómo te llamas?
‑Llámame Duklida.
‑¡Es vergonzoso! ‑exclamó
una de las mujeres del grupo, sacudiendo la cabeza con un gesto de
desesperación‑. No comprendo cómo se puede mendigar de este modo. Sólo de
pensarlo, me muero de vergüenza.
Raskolnikof miró con
curiosidad a la mujer que había hablado así. Representaba unos treinta años.
Estaba picada de viruelas y salpicada de equimosis. Tenía el labio superior un
poco hinchado. Había expresado su desaprobación en un tono de grave serenidad.
«¿Dónde he leído yo ‑pensaba
Raskolnikof al alejarse que un condenado a muerte decía, una hora antes de la
ejecución de la sentencia, que antes que morir preferiría pasar la vida en una
cumbre, en una roca escarpada donde tuviera el espacio justo para colocar los
pies, una roca rodeada de precipicios o perdida en medio del océano sin fin, en
una perpetua soledad, aunque esta vida durara mil años o fuera eterna? Vivir,
vivir sea como fuere. El caso es vivir... ‑y añadió al cabo de un momento‑: El
hombre es cobarde, y cobarde el que le reprocha esta cobardía.»
Desembocó en otra calle.
«¡Mira, el Palacio de
Cristal! Rasumikhine me hablaba de él no hace mucho. Pero ¿qué es lo que yo
quería hacer? ¡Ah, sí! Leer... Zosimof ha dicho que leyó en la prensa...»
‑¿Me dará los periódicos?
‑preguntó entrando en un salón de té espacioso, bastante limpio y que estaba
casi vacío.
Sólo había dos o tres
clientes tomando el té y, en un departamento algo lejano, un grupo de cuatro
personas que bebían champán. Raskolnikof creyó reconocer a Zamiotof entre
ellas, pero la distancia le impedía asegurar que fuese él.
«¡Bah, qué importa!»,
pensó.
‑¿Quiere usted vodka? ‑preguntó
el camarero.
‑Tráeme té y los
periódicos, los atrasados, los de estos últimos cinco días. Te daré propina.
‑Gracias, señor. Aquí
tiene los de hoy, de momento. ¿Quiere vodka también?
El camarero le trajo el
té y los demás periódicos. Raskolnikof se sentó y empezó a leer los títulos... Izler... Izler... Los Aztecas... Izler...
Bartola... Massimo... Los Aztecas... Izler. Ojeó los sucesos: un hombre que
se había caído por una escalera, un comerciante ebrio que había muerto
abrasado, un incendio en el barrio de las Arenas, otro incendio en el nuevo
barrio de Petersburgo, otro en este mismo barrio... Izler... Izler...
Massimo...
«¡Aquí está!»
Había encontrado al fin
lo que buscaba, y empezó a leer. Las líneas danzaban ante sus ojos. Sin
embargo, leyó el suceso hasta el fin de la información y buscó nuevas noticias
sobre el hecho en los números siguientes. Sus manos temblaban de impaciencia al
pasar las páginas...
De pronto, alguien se
sentó a su lado y él le dirigió una mirada. Era Zamiotof, Zamiotof en persona,
con la misma indumentaria que llevaba en la comisaría. Lucía sus anillos, sus
cadenas, sus cabellos negros, rizados, abrillantados y partidos por una raya
perfecta. Llevaba su maravilloso chaleco, su americana un tanto gastada y su
camisa no del todo nueva. Parecía de excelente humor, pues sonreía
afectuosamente. El champán había coloreado su cetrino rostro.
‑Pero ¿usted aquí? ‑dijo
con un gesto de asombro y con el tono que habría adoptado para dirigirse a un
viejo camarada‑. Pero si Rasumikhine me dijo ayer que estaba usted todavía
delirando. ¡Qué cosa tan rara! ¿Sabe que estuve en su casa?
Raskolnikof había
presentido que el secretario de la comisaría se acercaría a él. Dejó los
periódicos y se encaró con Zamiotof. En sus labios se percibía una sonrisa
irónica que dejaba traslucir cierta irritación.
‑Ya sé que vino usted ‑respondió‑;
ya me lo han dicho... Usted me buscó la bota... ¿Sabe que tiene subyugado a
Rasumikhine? Dice que estuvieron ustedes dos en casa de Luisa Ivanovna, aquella
a la que usted intentaba defender el otro día. Ya sabe lo que quiero decir.
Usted hacía señas al «teniente Pólvora» y él no lo entendía. ¿Se acuerda usted?
Sin embargo, no hacía falta ser un lince para comprenderlo. La cosa no podía
estar más clara.
‑¡Qué charlatán!
‑¿Se refiere al «teniente
Pólvora»?
‑No, a su amigo
Rasumikhine.
‑¡Vaya, vaya, señor
Zamiotof! ¡Para usted es la vida! Usted tiene entrada libre y gratuita en
lugares encantadores. ¿Quién le ha invitado a champán ahora mismo?
‑¿Invitado...? Hemos
bebido champán. Pero ¿a santo de qué tenían que invitarme?
‑Para corresponder a
algún favor. Ustedes sacan provecho de todo.
Raskolnikof se echó a
reír.
‑No se enfade, no se
enfade ‑añadió, dándole una palmada en la espalda‑. Se lo digo sin malicia
alguna, amistosamente, por pura diversión, como decía de los puñetazos que dio
a Mitri el pintor que detuvieron ustedes por el asunto de la vieja.
‑¿Cómo sabe usted que
dijo eso?
‑Yo sé muchas cosas, tal
vez más que usted, sobre ese asunto...
‑¡Qué raro está usted...!
No me cabe duda de que está todavía enfermo. No debió salir de casa.
‑¿De modo que le parece
que estoy raro?
‑Sí. ¿Qué estaba leyendo?
‑Los periódicos.
‑Sólo hablan de
incendios.
‑Yo no leía los
incendios.
Miró a Zamiotof con una
expresión extraña. Una sonrisa irónica volvió a torcer sus labios.
‑No ‑repitió‑, yo no leía
las noticias de los incendios ‑y añadió, guiñándole un ojo‑: Confiese, querido
amigo, que arde usted en deseos de saber lo que estaba leyendo.
‑Se equivoca usted. Le he
hecho esa pregunta por decir algo. ¿Es que no puede uno preguntar...? Pero ¿qué
le sucede?
‑Óigame: usted es un
hombre culto, ¿verdad? Usted debe de haber leído mucho.
‑He seguido seis cursos
en el Instituto ‑repuso Zamiotof, un tanto orgulloso.
‑¡Seis cursos! ¡Ah,
querido amigo! Lleva una raya perfecta, sortijas..., en fin, que es usted un
hombre rico... ¡Y qué linda presencia!
Raskolnikof soltó una
carcajada en la misma cara de su interlocutor, el cual retrocedió, no porque se
sintiera ofendido, sino a causa de la sorpresa.
‑¡Qué extraño está usted!
‑dijo, muy serio, Zamiotof‑. Yo creo que aún desvaría.
‑¿Desvariar yo? Te
equivocas, hijito... Así, ¿cree usted que estoy extraño? Y se pregunta usted
por qué, ¿no?
‑Sí.
‑Y desea usted saber lo
que he leído, lo que he buscado en estos periódicos... Mire, mire cuántos
números he pedido... Esto es sospechoso, ¿verdad?
‑Pero ¿qué dice usted?
‑Usted cree que ha
atrapado al pájaro en el nido.
‑¿Qué pájaro?
‑Después se lo diré.
Ahora le voy a participar..., mejor dicho, a confesar..., no, tampoco..., ahora
voy a prestar declaración y usted tomará nota. ¡Ésta es la expresión! Pues
bien, declaro que he estado buscando y rebuscando... ‑hizo un guiño, seguido de
una pausa‑ que he venido aquí a leer los detalles relacionados con la muerte de
la vieja usurera.
Las últimas palabras las
dijo en un susurro y acercando tanto su cara a la de Zamiotof, que casi llegó a
tocarla.
El secretario se quedó
mirándole fijamente, sin moverse y sin retirar la cabeza. Más tarde, al
recordar este momento, Zamiotof se preguntaba, extrañado, cómo podían haber
estado mirándose así, sin decirse nada, durante un minuto.
‑¿Qué me importa a mí lo
que usted estuviera leyendo? ‑exclamó de pronto, desconcertado y molesto por
aquella extraña actitud‑. ¿Por qué cree usted que me ha de importar? ¿Qué tiene
de particular que usted estuviera leyendo ese suceso?
Pero Raskolnikof, en voz
baja como antes y sin hacer caso de las exclamaciones de Zamiotof, siguió
diciendo:
‑Me refiero a esa vieja
de la que hablaban ustedes en la comisaría, ¿se acuerda?, cuando me desmayé...
¿Comprende usted ya?
‑Pero ¿qué he de
comprender? ¿Qué quiere usted decir? ‑preguntó Zamiotof, inquieto.
El semblante grave e
inmóvil de Raskolnikof cambió de expresión repentinamente, y el ex estudiante
se echó a reír con la misma risa nerviosa e incontenible que le había acometido
momentos antes. De súbito le pareció que volvía a vivir intensamente las escenas
turbadoras del crimen... Estaba detrás de la puerta con el hacha en la mano; el
cerrojo se movía ruidosamente; al otro lado de la puerta, dos hombres la
sacudían, tratando de forzarla y lanzando juramentos; y él se sentía dominado
por el deseo de insultarlos, de hacerles hablar, de mofarse de ellos, de
echarse a reír, con risa estrepitosa a grandes carcajadas...
‑O está usted loco, o... ‑dijo
Zamiotof.
Se detuvo ante la idea
que de súbito le había asaltado.
‑¿O qué...? Acabe,
dígalo.
‑No ‑replicó Zamiotof‑.
¡Es tan absurdo...!
Los dos guardaron
silencio. Raskolnikof, tras su repentino arrebato de hilaridad, quedó triste y
pensativo. Se acodó en la mesa y apoyó la cabeza en las manos. Parecía haberse
olvidado de la presencia de Zamiotof. Hubo un largo silencio.
‑¿Por qué no se toma el
té? ‑dijo Zamiotof‑. Se va a enfriar
‑¿Qué...? ¿El té...? ¡Ah,
sí!
Raskolnikof tomó un
sorbo, se echó a la boca un trozo de pan, fijó la mirada en Zamiotof y pareció
ahuyentar sus preocupaciones. Su semblante recobró la expresión burlona que
tenía hacía un momento. Después, Raskolnikof siguió tomándose el té.
‑Actualmente, los
crímenes se multiplican ‑dijo Zamiotof‑. Hace poco leí en las Noticias de Moscú
que habían detenido en esta ciudad a una banda de monederos falsos. Era una
detestable organización que se dedicaba a fabricar billetes de Banco.
‑Ese asunto ya es viejo ‑repuso
con toda calma Raskolnikof‑. Hace ya más de un mes que lo leí en la prensa.
Así, ¿usted cree que esos falsificadores son unos bandidos?
‑A la fuerza han de
serlo.
‑¡Bah! Son criaturas,
chiquillos inconscientes, no verdaderos bandidos. Se reúnen cincuenta para un
negocio. Esto es un disparate. Aunque no fueran más que tres, cada uno de ellos
habría de tener más confianza en los otros que en si mismo, pues bastaría que
cualquiera de ellos diera suelta a la lengua en un momento de embriaguez, para
que todo se fuera abajo. ¡Chiquillos inconscientes, no lo dude! Envían a
cualquiera a cambiar los billetes en los bancos. ¡Confiar una operación de esta
importancia al primero que llega! Además, admitamos que esos muchachos hayan
tenido suerte y que hayan logrado ganar un millón cada uno. ¿Y después? ¡Toda
la vida dependiendo unos de otros! ¡Es preferible ahorcarse! Esa banda ni
siquiera supo poner en circulación los billetes. Uno va a cambiar billetes
grandes en un banco. Le entregan cinco mil rublos y él los recibe con manos
temblorosas. Cuenta cuatro mil, y el quinto millar se lo echa al bolsillo tal
como se lo han dado, a toda prisa, pensando solamente en huir cuanto antes. Así
da lugar a que sospechen de él. Y todo el negocio se va abajo por culpa de ese
imbécil. ¡Es increíble!
‑¿Increíble que sus manos
temblaran? Pues yo lo comprendo perfectamente; me parece muy natural. Uno no es
siempre dueño de sí mismo. Hay cosas que están por encima de las fuerzas
humanas.
‑Pero ¡temblar sólo por
eso!
‑¿De modo que usted se
cree capaz de hacer frente con serenidad a una situación así? Pues yo no lo
seria. ¡Por ganarse cien rublos ir a cambiar billetes falsos! ¿Y adónde? A un
banco, cuyo personal es gente experta en el descubrimiento de toda clase de ardides.
No, yo habría perdido la cabeza. ¿Usted no?
Raskolnikof volvió a
sentir el deseo de tirar de la lengua al secretario de la comisaría. Una
especie de escalofrió le recorría la espalda.
‑Yo habría procedido de
modo distinto ‑manifestó‑. Le voy a explicar cómo me habría comportado al
cambiar el dinero. Yo habría contado los mil primeros rublos lo menos cuatro
veces, examinando los billetes por todas partes. Después, el segundo fajo. De
éste habría contado la mitad y entonces me habría detenido. Del montón habría
sacado un billete de cincuenta rublos y lo habría mirado al trasluz, y después,
antes de volver a colocarlo en el fajo, lo habría vuelto a examinar de cerca,
como si temiese que fuera falso. Entonces habría empezado a contar una
historia. «Tengo miedo, ¿sabe? Un pariente mío ha perdido de este modo el otro
día veinticinco rublos.» Ya con el tercer millar en la mano, diría: «Perdone:
me parece que no he contado bien el segundo fajo, que me he equivocado al
llegar a la séptima centena.» Después de haber vuelto a contar el segundo
millar, contaría el tercero con la misma calma, y luego los otros dos. Cuando
ya los hubiera contado todos, habría sacado un billete del segundo millar y otro
del quinto, por ejemplo, y habría rogado que me los cambiasen. Habría
fastidiado al empleado de tal modo, que él sólo habría pensado en librarse de
mí. Finalmente, me habría dirigido a la salida. Pero, al abrir la puerta...
«¡Ah, perdone!» y habría vuelto sobre mis pasos para hacer una pregunta. Así
habría procedido yo.
‑¡Es usted terrible! ‑exclamó
Zamiotof entre risas‑. Afortunadamente, eso no son más que palabras. Si usted
se hubiera visto en el trance, habría obrado de modo muy distinto a como dice.
Créame: no sólo usted o yo, sino ni el más ducho y valeroso aventurero habría
sido dueño de sí en tales circunstancias. Pero no hay que ir tan lejos. Tenemos
un ejemplo en el caso de la vieja asesinada en nuestro barrio. El autor del
hecho ha de ser un bribón lleno de coraje, ya que ha cometido el crimen durante
el día, y puede decirse que ha sido un milagro que no lo hayan detenido. Pues
bien, sus manos temblaron. No pudo consumar el robo. Perdió la calma: los
hechos lo demuestran.
Raskolnikof se sintió
herido.
‑¿De modo que los hechos
lo demuestran? Pues bien, pruebe a atraparlo -dijo con mordaz ironía.
‑No le quepa duda de que
daremos con él.
‑¿Ustedes? ¿Que ustedes
darán con él? ¡Ustedes qué han de dar! Ustedes sólo se preocupan de averiguar
si alguien derrocha el dinero. Un hombre que no tenía un cuarto empieza de
pronto a tirar el dinero por la ventana. ¿Cómo no ha de ser el culpable? Teniendo
esto en cuenta, un niño podría engañarlos por poco que se lo propusiera.
‑El caso es que todos
hacen lo mismo ‑repuso Zamiotof‑. Después de haber demostrado tanta destreza
como astucia al cometer el crimen, se dejan coger en la taberna. Y es que no
todos son tan listos como usted. Usted, naturalmente, no iría a una taberna.
Raskolnikof frunció las
cejas y miró a su interlocutor fijamente.
‑¡Oh usted es insaciable!
‑dijo, malhumorado‑. Usted quiere saber cómo obraría yo si me viese en un caso
así.
‑Exacto ‑repuso Zamiotof
en un tono lleno de gravedad y firmeza. Desde hacía unos momentos, su semblante
revelaba una profunda seriedad.
‑¿Es muy grande ese
deseo?
‑Mucho.
‑Pues bien, he aquí cómo
habría procedido yo.
Al decir esto,
Raskolnikof acercó nuevamente su cara a la de Zamiotof y le miró tan fijamente,
que esta vez el secretario no pudo evitar un estremecimiento.
‑He aquí cómo habría
procedido yo. Habría cogido las joyas y el dinero y, apenas hubiera dejado la
casa, me habría dirigido a un lugar apartado, cercado de muros y desierto; un
solar o algo parecido. Ante todo, habría buscado una piedra de gran tamaño, de
unas cuarenta libras por lo menos, una de esas piedras que, terminada la
construcción de un edificio, suelen quedar en algún rincón, junto a una pared.
Habría levantado la piedra y entonces habría quedado al descubierto un hoyo. En
este hoyo habría depositado las joyas y el dinero; luego habría vuelto a poner
la piedra en su sitio y acercado un poco de tierra con el pie en torno
alrededor. Luego me habría marchado y habría estado un año, o dos, o tres, sin
volver por allí... ¡Y ya podrían ustedes buscar al culpable!
‑¡Está usted loco! ‑exclamó
Zamiotof.
Lo había dicho también en
voz baja y se había apartado de Raskolnikof. Éste palideció horriblemente y sus
ojos fulguraban. Su labio superior temblaba convulsivamente. Se acercó a
Zamiotof tanto como le fue posible y empezó a mover los labios sin pronunciar
palabra. Así estuvo treinta segundos. Se daba perfecta cuenta de lo que hacía,
pero no podía dominarse. La terrible confesión temblaba en sus labios, como
días atrás el cerrojo en la puerta, y estaba a punto de escapársele.
‑¿Y si yo fuera el
asesino de la vieja y de Lisbeth? ‑preguntó, e inmediatamente volvió a la
realidad.
Zamiotof le miró con ojos
extraviados y se puso blanco como un lienzo. Esbozó una sonrisa.
‑¿Es posible? ‑preguntó
en un imperceptible susurro.
Raskolnikof fijó en él
una mirada venenosa.
‑Confiese que se lo ha
creído ‑dijo en un tono frío y burlón‑. ¿Verdad que sí? ¡Confiéselo!
‑Nada de eso ‑replicó
vivamente Zamiotof‑. No lo creo en absoluto. Y ahora menos que nunca.
‑¡Ha caído usted,
muchacho! ¡Ya le tengo! Usted no ha dejado de creerlo, por poco que sea, puesto
que dice que ahora lo cree moins que
jamais.
‑No, no ‑exclamó
Zamiotof, visiblemente confundido‑. Yo no lo he creído nunca. Ha sido usted,
confiéselo, el que me ha atemorizado para inculcarme esta idea.
‑Entonces, ¿no lo cree
usted? ¿Es que no se acuerda de lo que hablaron ustedes cuando salí de la
comisaría? Además, ¿por qué el «teniente Pólvora» me interrogó cuando recobré
el conocimiento?
Se levantó, cogió su
gorra y gritó al camarero:
‑¡Eh! ¿Cuánto le debo?
‑Treinta kopeks ‑dijo el
muchacho, que acudió a toda prisa.
‑Toma. Y veinte de
propina. ¡Mire, mire cuánto dinero! ‑continuó, mostrando a Zamiotof su
temblorosa mano, llena de billetes‑. Billetes rojos y azules, veinticinco
rublos en billetes. ¿De dónde los he sacado? Y estas ropas nuevas, ¿cómo han
llegado a mi poder? Usted sabe muy bien que yo no tenía un kopek. Lo sabe
porque ha interrogado a la patrona. De esto no me cabe duda. ¿Verdad que la ha
interrogado...? En fin, basta de charla... ¡Hasta más ver...! ¡Encantado!
Y salió del
establecimiento, presa de una sensación nerviosa y extraña, en la que había
cierto placer desesperado. Por otra parte, estaba profundamente abatido y su
semblante tenía una expresión sombría. Parecía hallarse bajo los efectos de una
crisis reciente. Una fatiga creciente le iba agotando. A veces recobraba de
súbito las fuerzas por obra de una violenta excitación, pero las perdía
inmediatamente, tan pronto como pasaba la acción de este estimulante ficticio.
Al quedarse solo,
Zamiotof no se movió de su asiento. Allí estuvo largo rato, pensativo.
Raskolnikof había trastornado inesperadamente todas sus ideas sobre cierto
punto y fijado definitivamente su opinión.
Ilia Petrovitch es un
imbécil», se dijo.
Apenas puso los pies en
la calle, Raskolnikof se dio de manos a boca con Rasumikhine, que se disponía a
entrar en el salón de té. Estaban a un paso de distancia el uno del otro, y aún
no se habían visto. Cuando al fin se vieron, se miraron de pies a cabeza.
Rasumikhine estaba estupefacto. Pero, de súbito, la ira, una ira ciega, brilló
en sus ojos.
‑¿Conque estabas aquí? ‑vociferó‑.
¡El hombre ha saltado de la cama y se ha escapado! ¡Y yo buscándote! ¡Hasta
debajo del diván, hasta en el granero! He estado a punto de pegarle a Nastasia
por culpa tuya... ¡Y miren ustedes de dónde sale...! Rodia, ¿qué quiere decir
esto? Di la verdad.
‑Pues esto quiere decir
que estoy harto de todos vosotros, que quiero estar solo ‑repuso con toda calma
Raskolnikof.
‑¡Pero si apenas puedes
tenerte en pie, tienes los labios blancos como la cal y ni fuerzas te quedan
para respirar! ¡Estúpido! ¿Qué haces en el Palacio de Cristal? ¡Dímelo!
‑Déjame en paz ‑dijo
Raskolnikof, tratando de pasar por el lado de su amigo.
Esta tentativa enfureció
a Rasumikhine, que apresó por un hombro a Raskolnikof.
‑¿Que te deje después de
lo que has hecho? No sé cómo te atreves a decir una cosa así. ¿Sabes lo que voy
a hacer? A cogerte debajo del brazo como un paquete, llevarte a casa y
encerrarte.
‑Óyeme, Rasumikhine ‑empezó
a decir Raskolnikof en voz baja y con perfecta calma‑: ¿es que no te das cuenta
de que tu protección me fastidia? ¿Qué interés tienes en sacrificarte por una
persona a la que molestan tus sacrificios e incluso se burla de ellos? Dime:
¿por qué viniste a buscarme cuando me puse enfermo? ¡Pero si entonces la muerte
habría sido una felicidad para mí! ¿No lo he demostrado ya claramente que tu
ayuda es para mí un martirio, que ya estoy harto? No sé qué placer se puede
sentir torturando a la gente. Y te aseguro que todo esto perjudica a mi
curación, pues estoy continuamente irritado. Hace poco, Zosimof se ha marchado
para no mortificarme. ¡Déjame tú también, por el amor de Dios! ¿Con qué derecho
pretendes retenerme a la fuerza? ¿No ves que ya he recobrado la razón por
completo? Te agradeceré que me digas cómo he de suplicarte, para que me
entiendas, que me dejes tranquilo, que no te sacrifiques por mí. ¡Dime que soy
un ingrato, un ser vil, pero déjame en paz, déjame, por el amor de Dios!
Había pronunciado las
primeras palabras en voz baja, feliz ante la idea del veneno que iba a derramar
sobre su amigo, pero acabó por expresarse con una especie de delirante frenesí.
Se ahogaba como en su reciente escena con Lujine.
Rasumikhine estuvo un
momento pensativo. Después soltó el brazo de su amigo.
‑¡Vete al diablo! ‑dijo
con un gesto de preocupación.
Se había colmado su
paciencia. Pero, apenas dio un paso Raskolnikof, le llamó, en un arranque
repentino.
‑¡Espera! ¡Escucha!
Quiero decirte que tú y todos los de tu calaña, desde el primero hasta el
último, sois unos vanidosos y unos charlatanes. Cuando sufrís una desgracia a
os acecha un peligro, lo incubáis como incuba la gallina sus huevos, y ni
siquiera en este caso os encontráis a vosotros mismos. No hay un átomo de vida
personal, original, en vosotros. Es agua clara, no sangre, lo que corre por
vuestras venas. Ninguno de vosotros me inspiráis confianza. Lo primero que os
preocupa en todas las circunstancias es no pareceros a ningún otro ser humano.
Raskolnikof se dispuso a
girar sobre sus talones. Rasumikhine le gritó, más indignado todavía:
‑¡Escúchame hasta el
final! Ya sabes que hoy estreno una nueva habitación. Mis invitados deben de
estar ya en casa, pero he dejado allí a mi tío para que los atienda. Pues bien,
si tú no fueras un imbécil, un verdadero imbécil, un idiota de marca mayor, un
simple imitador de gentes extranjeras... Oye, Rodia; yo reconozco que eres una
persona inteligente, pero idiota a pesar de todo... Pues, si no fueses un
imbécil, vendrías a pasar la velada en nuestra compañía en vez de gastar las
suelas de tus botas yendo por las calles de un lado a otro. Ya que has salido
sin deber, sigue fuera de casa... Tendrás un buen sillón; se lo pediré a la
patrona... Un té modesto... Compañía agradable... Si lo prefieres, podrás estar
echado en el diván: no por eso dejarás de estar con nosotros. Zosimof está
invitado. ¿Vendrás?
‑No.
‑¡No lo creo! ‑gritó
Rasumikhine, impaciente‑. Tú no puedes saber que no irás. No puedes responder
de tus actos y, además, no entiendes nada... Yo he renegado de la sociedad mil
veces y luego he vuelto a ella a toda prisa... Te sentirás avergonzado de tu
conducta y volverás al lado de tus semejantes... Edificio Potchinkof, tercer
piso. ¡No lo olvides!
‑Si continúas así, un día
te dejarás azotar por pura caridad.
‑¿Yo? Le cortaré las
orejas al que muestre tales intenciones. Edificio Potchinkof, número cuarenta y
siete, departamento del funcionario Babuchkhine...
‑No iré, Rasumikhine.
Y Raskolnikof dio media
vuelta y empezó a alejarse.
‑Pues yo creo que sí que
vendrás, porque lo conozco... ¡Oye! ¿Está aquí Zamiotof?
‑Sí.
‑¿Habéis hablado?
‑Sí.
‑¿De qué...? ¡Bueno, no
me lo digas si no quieres! ¡Vete al diablo! Potchinkof, cuarenta y siete,
Babuchkhine. ¡No lo olvides!
Raskolnikof llegó a la
Sadovia[32], dobló la esquina y
desapareció. Rasumikhine le había seguido con la vista. Estaba pensativo. Al
fin se encogió de hombros y entró en el establecimiento. Ya en la escalera, se
detuvo.
‑¡Que se vaya al diablo! ‑murmuró‑.
Habla como un hombre cuerdo y, sin embargo... Pero ¡qué imbécil soy! ¿Acaso los
locos no suelen hablar como personas sensatas?
Esto es lo que me parece
que teme Zosimof ‑y se llevó el dedo a la sien‑ ¿Y qué ocurrirá si...? No se le
puede dejar solo. Es capaz de tirarse al río... He hecho una tontería: no debí
dejarlo.
Echó a correr en busca de
Raskolnikof. Pero éste había desaparecido sin dejar rastro. Rasumikhine regresó
al Palacio de Cristal para interrogar cuanto antes a Zamiotof.
Raskolnikof se había
dirigido al puente de... Se internó en él, se acodó en el pretil y su mirada se
perdió en la lejanía. Estaba tan débil, que le había costado gran trabajo
llegar hasta allí. Sentía vivos deseos de sentarse o de tenderse en medio de la
calle. Inclinado sobre el pretil, miraba distraído los reflejos sonrosados del
sol poniente, las hileras de casas oscurecidas por las sombras crepusculares y
a la orilla izquierda del río, el tragaluz de una lejana buhardilla, incendiado
por un último rayo de sol. Luego fijó la vista en las aguas negras del canal y
quedó absorto, en atenta contemplación. De pronto, una serie de círculos rojos
empezaron a danzar ante sus ojos; las casas, los transeúntes, los malecones,
empezaron también a danzar y girar. De súbito se estremeció. Una figura
insólita, horrible, que acababa de aparecer ante él, le impresionó de tal modo,
que no llegó a desvanecerse. Había notado que alguien acababa de detenerse
cerca de él, a su derecha. Se volvió y vio una mujer con un pañuelo en la
cabeza. Su rostro, amarillento y alargado, aparecía hinchado por la embriaguez.
Sus hundidos ojos le miraron fijamente, pero, sin duda, no le vieron, porque no
veían nada ni a nadie. De improviso, puso en el pretil el brazo derecho,
levantó la pierna del mismo lado, saltó la baranda y se arrojó al canal.
El agua sucia se agitó y
cubrió el cuerpo de la suicida, pero sólo momentáneamente, pues en seguida
reapareció y empezó a deslizarse al suave impulso de la corriente. Su cabeza y
sus piernas estaban sumergidas: únicamente su espalda permanecía a flote, con
la blusa hinchada sobre ella como una almohada.
‑¡Se ha ahogado! ¡Se ha
ahogado! ‑gritaban de todas partes.
Acudía la gente; las dos
orillas se llenaron de espectadores; la multitud de curiosos aumentaba en torno
a Raskolnikof y le prensaba contra el pretil.
‑¡Señor, pero si es
Afrosiniuchka! ‑dijo una voz quejumbrosa‑. ¡Señor, sálvala! ¡Hermanos, almas
generosas, salvadla!
‑¡Una barca! ¡Una barca! ‑gritó
otra voz entre la muchedumbre.
Pero no fue necesario. Un
agente de la policía bajó corriendo las escaleras que conducían al canal, se
quitó el uniforme y las botas y se arrojó al agua. Su tarea no fue difícil. El
cuerpo de la mujer, arrastrado por la corriente, había llegado tan cerca de la
escalera, que el policía pudo asir sus ropas con la mano derecha y con la
izquierda aferrarse a un palo que le tendía un compañero.
Sacaron del canal a la
víctima y la depositaron en las gradas de piedra. La mujer volvió muy pronto en
sí. Se levantó, lanzó varios estornudos y empezó a escurrir sus ropas, con
gesto estúpido y sin pronunciar palabra.
‑¡Virgen Santa! ‑gimoteó
la misma voz de antes, esta vez al lado de Afrosiniuchka‑. Se ha puesto a
beber, a beber... Hace poco intentó ahorcarse, pero la descolgaron a tiempo.
Hoy me he ido a hacer mis cosas, encargando a mi hija de vigilarla, y ya ven
ustedes lo que ha ocurrido. Es vecina nuestra, ¿saben?, vecina nuestra. Vive
aquí mismo, dos casas después de la esquina...
La multitud se fue
dispersando. Los agentes siguieron atendiendo a la víctima. Uno de ellos
mencionó la comisaría.
Raskolnikof asistía a
esta escena con una extraña sensación de indiferencia, de embrutecimiento. Hizo
una mueca de desaprobación y empezó a gruñir:
‑Esto es repugnante...
Arrojarse al agua no vale la pena... No pasará nada... Es tonto ir a la
comisaría... Zamiotof no está allí. ¿Por qué...? Las comisarías están abiertas
hasta las diez.
Se volvió de espaldas al
pretil, se apoyó en él y lanzó una mirada en todas direcciones.
«¡Bueno, vayamos!», se
dijo. Y, dejando el puente, se dirigió a la comisaría. Tenía la sensación de
que su corazón estaba vacío, y no quería reflexionar. Ya ni siquiera sentía
angustia: un estado de apatía había reemplazado a la exaltación con que había salido
de casa resuelto a terminar de una vez.
«Desde luego, esto es una
solución ‑se decía, mientras avanzaba lentamente por la calzada que bordeaba el
canal‑. Sí, terminaré porque quiero terminar... Pero ¿es esto, realmente, una
solución...? El espacio justo para poner los pies... ¡Vaya un final! Además,
¿se puede decir que esto sea un verdadero final...? ¿Debo contarlo todo o
no...? ¡Demonio, qué rendido estoy! ¡Si pudiese sentarme o echarme aquí
mismo...! Pero ¡qué vergüenza hacer una cosa así! ¡Se le ocurre a uno cada
estupidez...!»
Para dirigirse a la
comisaría tenía que avanzar derechamente y doblar a la izquierda por la segunda
travesía. Inmediatamente encontraría lo que buscaba. Pero, al llegar a la
primera esquina, se detuvo, reflexionó un momento y se internó en la
callejuela. Luego recorrió dos calles más, sin rumbo fijo, con el deseo
inconsciente de ganar unos minutos. Iba con la mirada fija en el suelo. De
súbito experimentó la misma sensación que si alguien le hubiera murmurado unas
palabras al oído. Levantó la cabeza y advirtió que estaba a la puerta de
«aquella» casa, la casa a la que no había vuelto desde «aquella» tarde.
Un deseo enigmático e
irresistible se apoderó de él. Raskolnikof cruzó la entrada y se creyó obligado
a subir al cuarto piso del primer cuerpo de edificio, situado a la derecha. La
escalera era estrecha, empinada y oscura. Raskolnikof se detenía en todos los
rellanos y miraba con curiosidad a su alrededor. Al llegar al primero, vio que
en la ventana faltaba un cristal. «Entonces estaba», se dijo. Y poco después:
«Éste es el departamento del segundo donde trabajaban Nikolachka y Mitri. Ahora
está cerrado y la puerta pintada. Sin duda ya está habitado.» Luego el tercer
piso, y en seguida el cuarto... «¡Éste es!» Raskolnikof tuvo un gesto de
estupor: la puerta del piso estaba abierta y en el interior había gente, pues
se oían voces. Esto era lo que menos esperaba. El joven vaciló un momento;
después subió los últimos escalones y entró en el piso.
Lo estaban remozando,
como habían hecho con el segundo. En él había dos empapeladores trabajando,
cosa que le sorprendió sobremanera. No podría explicar el motivo, pero se había
imaginado que encontraría el piso como lo dejó aquella tarde. Incluso esperaba,
aunque de un modo impreciso, encontrar los cadáveres en el entarimado. Pero, en
vez de esto, veía paredes desnudas, habitaciones vacías y sin muebles... Cruzó
la habitación y se sentó en la ventana.
Los dos obreros eran
jóvenes, pero uno mayor que el otro. Estaban pegando en las paredes papeles
nuevos, blancos y con florecillas de color malva, para sustituir al empapelado
anterior, sucio, amarillento y lleno de desgarrones. Esto desagradó profundamente
a Raskolnikof. Miraba los nuevos papeles con gesto hostil: era evidente que
aquellos cambios le contrariaban. Al parecer, los empapeladores se habían
retrasado. De aquí que se apresurasen a enrollar los restos del papel para
volver a sus casas. Sin prestar apenas atención a la entrada de Raskolnikof,
siguieron conversando. Él se cruzó de brazos y se dispuso a escucharlos.
El de más edad estaba
diciendo:
‑Vino a mi casa al
amanecer, cuando estaba clareando, ¿comprendes?, y llevaba el vestido de los
domingos. «¿A qué vienen esas miradas tiernas?, le pregunté. Y ella me
contestó: «Quiero estar sometida a tu voluntad desde este momento, Tite
Ivanovitch...» Ya ves. Y, como te digo, iba la mar de emperifollada: parecía un
grabado de revista de modas.
‑¿Y qué es una revista de
modas? ‑preguntó el más joven, con el deseo de que su compañero le instruyera.
‑Pues una revista de
modas, hijito, es una serie de figuras pintadas. Todas las semanas las reciben
del extranjero nuestros sastres. Vienen por correo y sirven para saber cómo hay
que vestir a las personas, tanto a las del sexo masculino como a las del sexo
femenino. El caso es que son dibujos, ¿entiendes?
‑¡Dios mío, qué cosas se
ven en este Piter[33]! ‑exclamó el joven,
entusiasmado‑. Excepto a Dios, aquí se encuentra todo.
‑Todo, excepto eso, amigo
‑terminó el mayor con acento sentencioso.
Raskolnikof se levantó y
pasó a la habitación contigua, aquella en donde había estado el arca, la cama y
la cómoda. Sin muebles le pareció ridículamente pequeña. El papel de las
paredes era el mismo. En un rincón se veía el lugar ocupado anteriormente por
las imágenes santas. Después de echar una ojeada por toda la pieza, volvió a la
ventana. El obrero de más edad se quedó mirándole.
‑¿Qué desea usted? ‑le
preguntó de pronto.
En vez de contestarle,
Raskolnikof se levantó, pasó al vestíbulo y empezó a tirar del cordón de la
campanilla. Era la misma; la reconoció por su sonido de hojalata. Tiró del
cordón otra vez, y otra, aguzó el oído mientras trataba de recordar. La atroz
impresión recibida el día del crimen volvió a él con intensidad creciente. Se
estremecía cada vez que tiraba del cordón, y hallaba en ello un placer cuya
violencia iba en aumento.
‑Pero ¿qué quiere usted?
¿Y quién es? ‑le preguntó el empapelador de más edad, yendo hacia él.
Raskolnikof volvió a la
habitación.
‑Quiero alquilar este
departamento ‑repuso‑, y es natural que desee verlo.
‑De noche no se miran los
pisos. Además, ha de subir acompañado del portero.
‑Veo que han lavado el
suelo. ¿Van a pintarlo? ¿Queda alguna mancha de sangre?
‑¿De qué sangre?
‑Aquí mataron a la vieja
y a su hermana. Allí había un charco de sangre.
‑Pero ¿quién es usted? ‑exclamó,
ya inquieto, el empapelador.
‑¿Yo?
‑Sí.
‑¿Quieres saberlo? Ven
conmigo a la comisaría. Allí lo diré.
Los dos trabajadores se
miraron con expresión interrogante.
‑Ya es hora de que nos
vayamos ‑dijo el mayor‑. Incluso nos hemos retrasado. Vámonos, Aliochka.
Tenemos que cerrar.
‑Entonces, vamos ‑dijo
Raskolnikof con un gesto de indiferencia.
Fue el primero en salir.
Después empezó a bajar lentamente la escalera.
‑¡Hola, portero! ‑exclamó
cuando llegó a la entrada.
En la puerta había varias
personas mirando a la gente que pasaba: los dos porteros, una mujer, un burgués
en bata y otros individuos. Raskolnikof se fue derecho a ellos.
‑¿Qué desea? ‑le preguntó
uno de los porteros.
‑¿Has estado en la
comisaría?
‑De allí vengo. ¿Qué
desea usted?
‑¿Están todavía los
empleados?
‑Sí.
‑¿Está el ayudante del
comisario?
‑Hace un momento estaba.
Pero ¿qué desea?
Raskolnikof no contestó;
quedó pensativo.
‑Ha venido a ver el piso ‑dijo
el empapelador de más edad.
‑¿Qué piso?
‑El que nosotros estamos
empapelando. Ha dicho que por qué han lavado la sangre, que allí se ha cometido
un crimen y que él ha venido para alquilar una habitación. Casi rompe el cordón
de la campanilla a fuerza de tirones. Después ha dicho: «Vamos a la comisaría;
allí lo contaré todo.» Y ha bajado con nosotros.
El portero miró
atentamente a Raskolnikof. En sus ojos había una mezcla de curiosidad y recelo.
‑Bueno, pero ¿quién es
usted?
‑Soy Rodion Romanovitch
Raskolnikof, ex estudiante, y vivo en la calle vecina, edificio Schill,
departamento catorce. Pregunta al portero: me conoce.
Raskolnikof hablaba con
indiferencia y estaba pensativo. Miraba obstinadamente la oscura calle, y ni
una sola vez dirigió la vista a su interlocutor.
‑Diga: ¿para qué ha
subido al piso?
‑Quería verlo.
‑Pero si en él no hay
nada que ver...
‑Lo más prudente sería
llevarlo a la comisaría ‑dijo de pronto el burgués.
Raskolnikof le miró por
encima del hombro, lo observó atentamente y dijo, sin perder la calma ni salir
de su indiferencia:
‑Vamos.
‑Sí, hay que llevarlo ‑insistió
el burgués con vehemencia‑. ¿A qué ha ido allá arriba? No cabe duda de que
tiene algún peso en la conciencia.
‑A lo mejor dice esas
cosas porque está bebido ‑dijo el empapelador en voz baja.
‑Pero ¿qué quiere usted? ‑exclamó
de nuevo el portero, que empezaba a enfadarse de verdad‑. ¿Con qué derecho
viene usted a molestarnos?
‑¿Es que tienes miedo de
ir a la comisaría? ‑le preguntó Raskolnikof en son de burla.
‑Es un vagabundo ‑opinó
la mujer.
‑¿Para qué discutir? ‑dijo
el otro portero, un corpulento mujik
que llevaba la blusa desabrochada y un manojo de llaves pendiente de la cintura‑.
¡Hala, fuera de aquí...! Desde luego, es un vagabundo... ¿Has oído? ¡Largo!
Y cogiendo a Raskolnikof
por un hombro, lo echó a la calle.
Raskolnikof se tambaleó,
pero no llegó a caer. Cuando hubo recobrado el equilibrio, los miró a todos en
silencio y continuó su camino.
‑Es un bribón ‑dijo el
empapelador.
‑Hoy cualquiera se puede
convertir en un bribón ‑dijo la mujer.
‑Aunque no sea nada más
que un granuja, debimos llevarlo a la comisaría.
‑Lo mejor es no mezclarse
en estas cosas ‑opinó el corpulento mujik‑.
Desde luego, es un granuja. Estos tipos le enredan a uno de modo que luego no
sabe cómo salir.
«¿Voy o no voy?», se
preguntó Raskolnikof deteniéndose en medio de una callejuela y mirando a un
lado y a otro, como si esperase un consejo.
Pero ninguna voz turbó el
profundo silencio que le rodeaba. La ciudad parecía tan muerta como las piedras
que pisaba, pero muerta solamente para él, solamente para él...
De súbito, distinguió a
lo lejos, a unos doscientos metros aproximadamente, al final de una calle, un
grupo de gente que vociferaba. En medio de la multitud había un coche del que
partía una luz mortecina.
«¿Qué será?»
Dobló a la derecha y se
dirigió al grupo. Se aferraba al menor incidente que pudiera retrasar la
ejecución de su propósito, y, al darse cuenta de ello, sonrió. Su decisión era
irrevocable: transcurridos unos momentos, todo aquello habría terminado para él.
VII
En medio de la calle
había una elegante calesa con un tronco de dos vivos caballos grises de pura
sangre. El carruaje estaba vacío. Incluso el cochero había dejado el pescante y
estaba en pie junto al coche, sujetando a los caballos por el freno. Una nutrida
multitud se apiñaba alrededor del vehículo, contenida por agentes de la
policía. Uno de éstos tenía en la mano una linterna encendida y dirigía la luz
hacia abajo para iluminar algo que había en el suelo, ante las ruedas. Todos
hablaban a la vez. Se oían suspiros y fuertes voces. El cochero, aturdido, no
cesaba de repetir:
‑¡Qué desgracia, Señor,
qué desgracia!
Raskolnikof se abrió paso
entre la gente, y entonces pudo ver lo que provocaba tanto alboroto y
curiosidad. En la calzada yacía un hombre ensangrentado y sin conocimiento.
Acababa de ser arrollado por los caballos. Aunque iba miserablemente vestido,
llevaba ropas de burgués. La sangre fluía de su cabeza y de su rostro, que
estaba hinchado y lleno de morados y heridas. Evidentemente, el accidente era
grave.
‑¡Señor! ‑se lamentaba el
cochero‑. ¡Bien sabe Dios que no he podido evitarlo! Si hubiese ido demasiado
de prisa..., si no hubiese gritado... Pero iba poco a poco, a una marcha
regular: todo el mundo lo ha visto. Y es que un hombre borracho no ve nada:
esto lo sabemos todos. Lo veo cruzar la calle vacilando. Parece que va a caer.
Le grito una vez, dos veces, tres veces. Después retengo los caballos, y él
viene a caer precisamente bajo las herraduras. ¿Lo ha hecho expresamente o
estaba borracho de verdad? Los caballos son jóvenes, espantadizos, y han echado
a correr. Él ha empezado a gritar, y ellos se han lanzado a una carrera aún más
desenfrenada. Así ha ocurrido la desgracia.
‑Es verdad que el cochero
ha gritado más de una vez y muy fuerte ‑dijo una voz.
‑Tres veces exactamente ‑dijo
otro‑. Todo el mundo le ha oído.
Por otra parte, el
cochero no parecía muy preocupado por las consecuencias del accidente. El
elegante coche pertenecía sin duda a un señor importante y rico que debía de
estar esperándolo en alguna parte. Esta circunstancia había provocado la
solicitud de los agentes. Era preciso conducir al herido al hospital, pero
nadie sabía su nombre.
Raskolnikof consiguió
situarse en primer término. Se inclinó hacia delante y su rostro se iluminó
súbitamente: había reconocido a la víctima.
‑¡Yo lo conozco! ¡Yo lo
conozco! ‑exclamó, abriéndose paso a codazos entre los que estaban delante de
él‑. Es un antiguo funcionario: el consejero titular Marmeladof. Vive cerca de
aquí, en el edificio Kozel. ¡Llamen en seguida a un médico! Yo lo pago. ¡Miren!
Sacó dinero del bolsillo
y lo mostró a un agente. Era presa de una agitación extraordinaria.
Los agentes se alegraron
de conocer la identidad de la víctima. Raskolnikof dio su nombre y su dirección
e insistió con vehemencia en que transportaran al herido a su domicilio. No
habría mostrado más interés si el atropellado hubiera sido su padre.
‑El edificio Kozel ‑dijo‑
está aquí mismo, tres casas más abajo. Kozel es un acaudalado alemán. Sin duda
estaba bebido y trataba de llegar a su casa. Es un alcohólico... Tiene familia:
mujer, hijos... Llevarlo al hospital sería una complicación. En el edificio
Kozel debe de haber algún médico. ¡Yo lo pagaré! ¡Yo lo pagaré! En su casa le
cuidarán. Si le llevan al hospital, morirá por el camino.
Incluso deslizó con
disimulo unas monedas en la mano de uno de los agentes. Por otra parte, lo que
él pedía era muy explicable y completamente legal. Había que proceder
rápidamente. Se levantó al herido y almas caritativas se ofrecieron para
transportarlo. El edificio Kozel estaba a unos treinta pasos del lugar donde se
habia producido el accidente. Raskolnikof cerraba la marcha e indicaba el
camino, mientras sostenía la cabeza del herido con grandes precauciones.
‑¡Por aquí! ¡Por aquí!
Hay que llevar mucho cuidado cuando subamos la escalera. Hemos de procurar que
su cabeza se mantenga siempre alta. Viren un poco... ¡Eso es...! ¡Yo pagaré...!
No soy un ingrato...
En esos momentos,
Catalina Ivanovna se entregaba a su costumbre, como siempre que disponía de un
momento libre, de ir y venir por su reducida habitación, con los brazos
cruzados sobre el pecho, tosiendo y hablando en voz alta.
Desde hacía algún tiempo,
le gustaba cada vez más hablar con su hija mayor, Polenka, niña de diez años
que, aunque incapaz de comprender muchas cosas, se daba perfecta cuenta de que
su madre tenía gran necesidad de expansionarse. Por eso fijaba en ella sus
grandes e inteligentes ojos y se esforzaba por aparentar que todo lo
comprendía. En aquel momento, la niña se dedicaba a desnudar a su hermanito,
que había estado malucho todo el día, para acostarlo. El niño estaba sentado en
una silla, muy serio, esperando que le quitaran la camisa para lavarla durante
la noche. Silencioso e inmóvil, había juntado y estirado sus piernecitas y, con
los pies levantados, exhibiendo los talones, escuchaba lo que decían su madre y
su hermana. Tenía los labios proyectados hacia fuera y los ojos muy abiertos.
Su gesto de atención e inmovilidad era el propio de un niño bueno cuando se le
está desnudando para acostarlo. Una niña menor que él, vestida con auténticos
andrajos, esperaba su turno de pie junto al biombo. La puerta que daba a la
escalera estaba abierta para dejar salir el humo de tabaco que llegaba de las
habitaciones vecinas y que a cada momento provocaba en la pobre tísica largos y
penosos accesos de tos. Catalina Ivanovna parecía haber adelgazado sólo en unos
días, y las siniestras manchas rojas de sus mejillas parecían arder con un
fuego más vivo.
‑Tal vez no me creas,
Polenka ‑decía mientras medía con sus pasos la habitación‑, pero no puedes
imaginarte la atmósfera de lujo y magnificencia que habia en casa de mis padres
y hasta qué extremo este borracho me ha hundido en la miseria. También a
vosotros os perderá. Mi padre tenía en el servicio civil un grado que
correspondía al de coronel. Era ya casi gobernador; sólo tenía que dar un paso
para llegar a serlo, y todo el mundo le decía: «Nosotros le consideramos ya
como nuestro gobernador, Iván Mikhailovitch.» Cuando... ‑empezó a toser‑.
¡Maldita sea! ‑exclamó después de escupir y llevándose al pecho las crispadas
manos‑. Pues cuando... Bueno, en el último baile ofrecido por el mariscal de la
nobleza, la princesa Bezemelny, al verme... (ella fue la que me bendijo más
tarde, en mi matrimonio con tu papá, Polia), pues bien, la princesa preguntó:
«¿No es ésa la encantadora muchacha que bailó la danza del chal en la fiesta de
clausura del Instituto...?» Hay que coser esta tela, Polenka. Mira qué boquete.
Debiste coger la aguja y zurcirlo como yo te he enseñado, pues si se deja para
mañana... ‑de nuevo tosió‑, mañana... ‑volvió a toser‑, ¡mañana el agujero será
mayor! ‑gritó, a punto de ahogarse‑. El paje, el príncipe Chtchegolskoi,
acababa de llegar de Petersburgo... Había bailado la mazurca conmigo y estaba
dispuesto a pedir mi mano al día siguiente. Pero yo, después de darle las
gracias en términos expresivos, le dije que mi corazón pertenecía desde hacía
tiempo a otro. Este otro era tu padre, Polia. El mío estaba furioso... ¿Ya
está? Dame esa camisa. ¿Y las medias...? Lida ‑dijo dirigiéndose a la niña más
pequeña‑, esta noche dormirás sin camisa... Pon con ella las medias: lo
lavaremos todo a la vez... ¡Y ese desharrapado, ese borracho, sin llegar! Su
camisa está sucia y destrozada... Preferiría lavarlo todo junto, para no
fatigarme dos noches seguidas... ¡Señor! ¿Más todavía? ‑exclamó, volviendo a
toser y viendo que el vestíbulo estaba lleno de gente y que varias personas
entraban en la habitación, transportando una especie de fardo‑. ¿Qué es eso,
Señor? ¿Qué traen ahí?
‑¿Dónde lo ponemos? ‑preguntó
el agente, dirigiendo una mirada en torno de él, cuando introdujeron en la
pieza a Marmeladof, ensangrentado e inanimado.
‑En el diván; ponedlo en
el diván ‑dijo Raskolnikof‑. Aquí. La cabeza a este lado.
‑¡Él ha tenido la culpa!
¡Estaba borracho! ‑gritó una voz entre la multitud.
Catalina Ivanovna estaba
pálida como una muerta y respiraba con dificultad. La diminuta Lidotchka lanzó
un grito, se arrojó en brazos de Polenka y se apretó contra ella con un temblor
convulsivo.
Después de haber acostado
a Marmeladof, Raskolnikof corrió hacia Catalina Ivanovna.
‑¡Por el amor de Dios,
cálmese! ‑dijo con vehemencia‑. ¡No se asuste! Atravesaba la calle y un coche
le ha atropellado. No se inquiete; pronto volverá en sí. Lo han traído aquí
porque lo he dicho yo. Yo estuve ya una vez en esta casa, ¿recuerda? ¡Volverá
en sí! ¡Yo lo pagaré todo!
¡Esto tenía que pasar! ‑exclamó
Catalina Ivanovna, desesperada y abalanzándose sobre su marido.
Raskolnikof se dio cuenta
en seguida de que aquella mujer no era de las que se desmayan por cualquier
cosa. En un abrir y cerrar de ojos apareció una almohada debajo de la cabeza de
la víctima, detalle en el que nadie había pensado. Catalina Ivanovna empezó a
quitar ropa a su marido y a examinar las heridas. Sus manos se movían
presurosas, pero conservaba la serenidad y se había olvidado de sí misma. Se
mordía los trémulos labios para contener los gritos que pugnaban por salir de
su boca.
Entre tanto, Raskolnikof
envió en busca de un médico. Le habían dicho que vivía uno en la casa de al
lado.
‑He enviado a buscar un
médico ‑dijo a Catalina Ivanovna‑. No se inquiete usted; yo lo pago. ¿No tiene
agua? Déme también una servilleta, una toalla, cualquier cosa, pero pronto.
Nosotros no podemos juzgar hasta qué extremo son graves las heridas... Está
herido, pero no muerto; se lo aseguro... Ya veremos qué dice el doctor.
Catalina Ivanovna corrió
hacia la ventana. Allí había una silla desvencijada y, sobre ella, una cubeta
de barro llena de agua. La había preparado para lavar por la noche la ropa
interior de su marido y de sus hijos. Este trabajo nocturno lo hacía Catalina
Ivanovna dos veces por semana cuando menos, e incluso con más frecuencia, pues
la familia había llegado a tal grado de miseria, que ninguno de sus miembros
tenía más de una muda. Y es que Catalina Ivanovna no podía sufrir la suciedad
y, antes que verla en su casa, prefería trabajar hasta más allá del límite de
sus fuerzas. Lavaba mientras todo el mundo dormía. Así podía tender la ropa y
entregarla seca y limpia a la mañana siguiente a su esposo y a sus hijos.
Levantó la cubeta para
llevársela a Raskolnikof, pero las fuerzas le fallaron y poco faltó para que
cayera. Entre tanto, Raskolnikof había encontrado un trapo y, después de
sumergirlo en el agua de la cubeta, lavó la ensangrentada cara de Marmeladof.
Catalina Ivanovna permanecía de pie a su lado, respirando con dificultad. Se
oprimía el pecho con las crispadas manos.
También ella tenía gran
necesidad de cuidarse. Raskolnikof empezaba a decirse que tal vez había sido un
error llevar al herido a su casa.
‑Polia ‑exclamó Catalina
Ivanovna‑, corre a casa de Sonia y dile que a su padre le ha atropellado un
coche y que venga en seguida. Si no estuviese en casa, dejas el recado a los
Kapernaumof para que se lo den tan pronto como llegue. Anda, ve. Toma; ponte
este pañuelo en la cabeza.
Entre tanto, la
habitación se había ido llenando de curiosos de tal modo, que ya no cabía en
ella ni un alfiler. Los agentes se habían marchado. Sólo había quedado uno que
trataba de hacer retroceder al público hasta el rellano de la escalera. Pero,
al mismo tiempo, los inquilinos de la señora Lipevechsel habían dejado sus
habitaciones para aglomerarse en el umbral de la puerta interior y, al fin,
irrumpieron en masa en la habitación del herido.
Catalina Ivanovna se
enfureció.
‑¿Es que ni siquiera
podéis dejar morir en paz a una persona? ‑gritó a la muchedumbre de curiosos‑.
Esto es para vosotros un espectáculo, ¿verdad? ¡Y venís con el cigarrillo en la
boca! ‑exclamó mientras empezaba a toser‑. Sólo os falta haber venido con el
sombrero puesto... ¡Allí veo uno que lo lleva! ¡Respetad la muerte! ¡Es lo
menos que podéis hacer!
La tos ahogó sus
palabras, pero lo que ya había dicho produjo su efecto. Por lo visto, los
habitantes de la casa la temían. Los vecinos se marcharon uno tras otro con ese
extraño sentimiento de íntima satisfacción que ni siquiera el hombre más
compasivo puede menos de experimentar ante la desgracia ajena, incluso cuando
la víctima es un amigo estimado.
Una vez habían salido
todos, se oyó decir a uno de ellos, tras la puerta ya cerrada, que para estos
casos estaban los hospitales y que no había derecho a turbar la tranquilidad de
una casa.
‑¡Pretender que no hay
derecho a morir! ‑exclamó Catalina Ivanovna.
Y corrió hacia la puerta
con ánimo de fulminar con su cólera a sus convecinos. Pero en el umbral se dio
de manos a boca con la dueña de la casa en persona, la señora Lipevechsel, que
acababa de enterarse de la desgracia y acudía para restablecer el orden en el
departamento. Esta señora era una alemana que siempre andaba con enredos y
chismes.
‑¡Ah, Señor! ¡Dios mío! ‑exclamó
golpeando sus manos una contra otra‑. Su marido borracho. Atropellamiento por
caballo. Al hospital, al hospital. Lo digo yo, la propietaria.
‑¡Óigame, Amalia
Ludwigovna! Debe usted pensar las cosas antes de decirlas ‑comenzó Catalina
Ivanovna con altivez (le hablaba siempre en este tono, con objeto de que
aquella mujer no olvidara en ningún momento su elevada condición, y ni siquiera
ahora pudo privarse de semejante placer)‑. Sí, Amalia Ludwigovna...
‑Ya le he dicho más de
una vez que no me llamo Amalia Ludwigovna. Yo soy Amal Iván.
‑Usted no es Amal Iván,
sino Amalia Ludwigovna, y como yo no formo parte de su corte de viles
aduladores, tales como el señor Lebeziatnikof, que en este momento se está
riendo detrás de la puerta ‑se oyó, en efecto, una risita socarrona detrás de
la puerta y una voz que decía: «Se van a agarrar de las greñas‑, la seguiré
llamando Amalia Ludwigovna. Por otra parte, a decir verdad, no sé por qué razón
le molesta que le den este nombre. Ya ve usted lo que le ha sucedido a Simón
Zaharevitch. Está muriéndose. Le ruego que cierre esa puerta y no deje entrar a
nadie. Que le permitan tan sólo morir en paz. De lo contrario, yo le aseguro
que mañana mismo el gobernador general estará informado de su conducta. El
príncipe me conoce desde casi mi infancia y se acuerda perfectamente de Simón
Zaharevitch, al que ha hecho muchos favores. Todo el mundo sabe que Simón
Zaharevitch ha tenido numerosos amigos y protectores. Él mismo, consciente de
su debilidad y cediendo a un sentimiento de noble orgullo, se ha apartado de sus
amistades. Sin embargo, hemos encontrado apoyo en este magnánimo joven ‑señalaba
a Raskolnikof‑, que posee fortuna y excelentes relaciones y al que Simón
Zaharevitch conocía desde su infancia. Y le aseguro a usted, Amalia
Ludwigovna...
Todo esto fue dicho con
precipitación creciente, pero un acceso de tos puso de pronto fin a la
elocuencia de Catalina Ivanovna. En este momento, el moribundo recobró el
conocimiento y lanzó un gemido. Su esposa corrió hacia él. Marmeladof había
abierto los ojos y miraba con expresión inconsciente a Raskolnikof, que estaba
inclinado sobre él. Su respiración era lenta y penosa; la sangre teñía las
comisuras de sus labios, y su frente estaba cubierta de sudor. No reconoció al
joven; sus ojos empezaron a errar febrilmente por toda la estancia. Catalina
Ivanovna le dirigió una mirada triste y severa, y las lágrimas fluyeron de sus
ojos.
‑¡Señor, tiene el pecho
hundido! ¡Cuánta sangre! ¡Cuánta sangre! ‑exclamó en un tono de desesperación‑.
Hay que quitarle las ropas. Vuélvete un poco, Simón Zaharevitch, si te es
posible.
Marmeladof la reconoció.
‑Un sacerdote ‑pidió con
voz ronca.
Catalina Ivanovna se fue
hacia la ventana, apoyó la frente en el cristal y exclamó, desesperada:
‑¡Ah, vida tres veces
maldita!
‑Un sacerdote ‑repitió el
moribundo, tras una breve pausa.
‑¡Silencio! ‑le dijo
Catalina Ivanovna.
Él, obediente, se calló.
Sus ojos buscaron a su mujer con una expresión tímida y ansiosa. Ella había
vuelto junto a él y estaba a su cabecera. El herido se calmó, pero sólo
momentáneamente. Pronto sus ojos se fijaron en la pequeña Lidotchka, su
preferida, que temblaba convulsivamente en un rincón y le miraba sin pestañear,
con una expresión de asombro en sus grandes ojos.
Marmeladof emitió unos
sonidos imperceptibles mientras señalaba a la niña, visiblemente inquieto. Era
evidente que quería decir algo.
‑¿Qué quieres? ‑le
preguntó Catalina Ivanovna.
‑Va descalza, va descalza
‑murmuró el herido, fijando su mirada casi inconsciente en los desnudos
piececitos de la niña.
‑¡Calla! ‑gritó Catalina
Ivanovna, irritada‑. Bien sabes por qué va descalza.
‑¡Bendito sea Dios! ¡Aquí
está el médico! ‑exclamó Raskolnikof alegremente.
Entró el doctor, un
viejecito alemán, pulcramente vestido, que dirigió en torno de él una mirada de
desconfianza. Se acercó al herido, le tomó el pulso, examinó atentamente su
cabeza y después, con ayuda de Catalina Ivanovna, le desabrochó la camisa, empapada
en sangre. Al descubrir su pecho, pudo verse que estaba todo magullado y lleno
de heridas. A la derecha tenía varias costillas rotas; a la izquierda, en el
lugar del corazón, se veía una extensa mancha de color amarillo negruzco y
aspecto horrible. Esta mancha era la huella de una violenta patada del caballo.
El semblante del médico se ensombreció. El agente de policía le había explicado
ya que aquel hombre había quedado prendido a la rueda de un coche y que el
vehículo le había llevado a rastras unos treinta pasos.
‑Es inexplicable ‑dijo el
médico en voz baja a Raskolnikof‑ que no haya quedado muerto en el acto.
‑En definitiva, ¿cuál es
su opinión?
‑Morirá dentro de unos
instantes.
‑Entonces, ¿no hay
esperanza?
‑Ni la más mínima... Está
a punto de lanzar su último suspiro... Tiene en la cabeza una herida
gravísima... Se podría intentar una sangría, pero, ¿para qué, si no ha de
servir de nada? Dentro de cinco o seis minutos como máximo, habrá muerto.
‑Le ruego que pruebe a
sangrarlo.
‑Lo haré, pero ya le he
dicho que no producirá ningún efecto, absolutamente ninguno.
En esto se oyó un nuevo
ruido de pasos. La multitud que llenaba el vestíbulo se apartó y apareció un
sacerdote de cabellos blancos. Venía a dar la extremaunción al moribundo. Le
seguía un agente de la policía. El doctor le cedió su puesto, después de haber
cambiado con él una mirada significativa. Raskolnikof rogó al médico que no se
marchara todavía. El doctor accedió, encogiéndose de hombros.
Se apartaron todos del
herido. La confesión fue breve. El moribundo no podía comprender nada. Lo único
que podía hacer era emitir confusos e inarticulados sonidos.
Catalina Ivanovna se
llevó a Lidotchka y al niño a un rincón ‑el de la estufa‑ y allí se arrodilló
con ellos. La niña no hacía más que temblar. El pequeñuelo, descansando con la
mayor tranquilidad sobre sus desnudas rodillitas, levantaba su diminuta mano y
hacía grandes signos de la cruz y profundas reverencias. Catalina Ivanovna se
mordía los labios y contenía las lágrimas. Ella también rezaba y entre tanto,
arreglaba de vez en cuando la camisa de su hijito. Luego echó sobre los
desnudos hombros de la niña un pañuelo que sacó de la cómoda sin moverse de
donde estaba.
Los curiosos habían
abierto de nuevo las puertas de comunicación. En el vestíbulo se hacinaba una
multitud cada vez más compacta de espectadores. Todos los habitantes de la casa
estaban allí reunidos, pero ninguno pasaba del umbral. La escena no recibía más
luz que la de un cabo de vela.
En este momento, Polenka,
la niña que había ido en busca de su hermana, se abrió paso entre la multitud.
Entró en la habitación, jadeando a causa de su carrera, se quitó el pañuelo de
la cabeza, buscó a su madre con la vista, se acercó a ella y le dijo:
‑Ya viene. La he
encontrado en la calle.
Su madre la hizo
arrodillar a su lado.
En esto, una muchacha se
deslizó tímidamente y sin ruido a través de la muchedumbre. Su aparición en la
estancia, entre la miseria, los harapos, la muerte y la desesperación, ofreció
un extraño contraste. Iba vestida pobremente, pero en su barata vestimenta
había ese algo de elegancia chillona propio de cierta clase de mujeres y que
revela a primera vista su condición.
Sonia se detuvo en el
umbral y, con los ojos desorbitados, empezó a pasear su mirada por la
habitación. Su semblante tenía la expresión de la persona que no se da cuenta
de nada. No pensaba en que su vestido de seda, procedente de una casa de
compraventa, estaba fuera de lugar en aquella habitación, con su cola
desmesurada, su enorme miriñaque, que ocupaba toda la anchura de la puerta, y
sus llamativos colores. No pensaba en sus botines, de un tono claro, ni en su
sombrilla, que había cogido a pesar de que en la oscuridad de la noche no tenía
utilidad alguna, ni en su ridículo sombrero de paja, adornado con una pluma de
un rojo vivo. Bajo este sombrero, ladinamente inclinado, se percibía una carita
pálida, enfermiza, asustada, con la boca entreabierta y los ojos inmovilizados
por el terror.
Sonia tenía dieciocho
años. Era menuda, delgada, rubia y muy bonita; sus azules ojos eran
maravillosos. Miraba fijamente el lecho del herido y al sacerdote, sin
alientos, como su hermanita, a causa de la carrera. Al fin algunas palabras
murmuradas por los curiosos debieron de sacarla de su estupor. Entonces bajó
los ojos, cruzó el umbral y se detuvo cerca de la puerta.
El moribundo acababa de
recibir la extremaunción. Catalina Ivanovna se acercó al lecho de su esposo. El
sacerdote se apartó y antes de retirarse se creyó en el deber de dirigir unas
palabras de consuelo a Catalina Ivanovna.
‑¿Qué será de estas
criaturas? ‑le interrumpió ella, con un gesto de desesperación, mostrándole a
sus hijos.
‑Dios es misericordioso.
Confíe usted en la ayuda del Altísimo.
‑¡Sí, sí! Misericordioso,
pero no para nosotros.
‑Es un pecado hablar así,
señora, un gran pecado ‑dijo el pope sacudiendo la cabeza.
‑¿Y esto no es un pecado?
‑exclamó Catalina Ivanovna, señalando al agonizante.
‑Acaso los que
involuntariamente han causado su muerte ofrezcan a usted una indemnización,
para reparar, cuando menos, los perjuicios materiales que le han ocasionado al
privarla de su sostén.
‑¡No me comprende usted! ‑exclamó
Catalina Ivanovna con una mezcla de irritación y desaliento‑. ¿Por qué me han
de indemnizar? Ha sido él el que, en su inconsciencia de borracho, se ha
arrojado bajo las patas de los caballos. Por otra parte, ¿de qué sostén habla
usted? Él no era un sostén para nosotros, sino una tortura. Se lo bebía todo.
Se llevaba el dinero de la casa para malgastarlo en la taberna. Se bebía
nuestra sangre. Su muerte ha sido para nosotros una ventura, una economía.
‑Hay que perdonar al que
muere. Esos sentimientos son un pecado, señora, un gran pecado.
Mientras hablaba con el
pope, Catalina Ivanovna no cesaba de atender a su marido. Le enjugaba el sudor
y la sangre que manaban de su cabeza, le arreglaba las almohadas, le daba de
beber, todo ello sin dirigir ni una mirada a su interlocutor. La última frase
del sacerdote la llenó de ira.
‑Padre, eso son palabras
y nada más que palabras... ¡Perdonar...! Si no le hubiesen atropellado, esta
noche habría vuelto borracho, llevando sobre su cuerpo la única camisa que
tiene, esa camisa vieja y sucia, y se habría echado en la cama bonitamente para
roncar, mientras yo habría tenido que estar trajinando toda la noche. Habría
tenido que lavar sus harapos y los de los niños; después, ponerlos a secar en
la ventana, y, finalmente, apenas apuntara el día, los habría tenido que
remendar. ¡Así habría pasado yo la noche! No, no quiero oír hablar de perdón...
Además, ya le he perdonado.
Un violento ataque de tos
le impidió continuar. Escupió en su pañuelo y se lo mostró al sacerdote con una
mano mientras con la otra se apretaba el pecho convulsivamente. El pañuelo
estaba manchado de sangre.
EL sacerdote bajó la
cabeza y nada dijo.
Marmeladof agonizaba. No
apartaba los ojos de Catalina Ivanovna, que se había inclinado nuevamente sobre
él. El moribundo quería decir algo a su esposa y movía la lengua, pero de su
boca no salían sino sonidos inarticulados. Catalina Ivanovna, comprendiendo que
quería pedirle perdón, le gritó con acento imperioso:
‑¡Calla! No hace falta
que digas nada. Ya sé lo que quieres decirme.
El agonizante renunció a
hablar, pero en este momento su errante mirada se dirigió a la puerta y
descubrió a Sonia. Marmeladof no había advertido aún su presencia, pues la
joven estaba arrodillada en un rincón oscuro.
‑¿Quién es? ¿Quién es? ‑preguntó
ansiosamente, con voz ahogada y ronca, indicando con los ojos, que expresaban
una especie de horror, la puerta donde se hallaba su hija. Al mismo tiempo
intentó incorporarse.
‑¡Quieto! ¡Quieto! ‑exclamó
Catalina Ivanovna.
Pero él, con un esfuerzo
sobrehumano, consiguió incorporarse y permanecer unos momentos apoyado sobre
sus manos. Entonces observó a su hija con amarga expresión, fijos y muy
abiertos los ojos. Parecía no reconocerla. Jamás la había visto vestida de
aquel modo. Allí estaba Sonia, insignificante, desesperada, avergonzada bajo
sus oropeles, esperando humildemente que le llegara el turno de decir adiós a
su padre. De súbito, el rostro de Marmeladof expresó un dolor infinito.
‑¡Sonia, hija mía,
perdóname! ‑exclamó.
Y al intentar tender sus
brazos hacia ella, perdió su punto de apoyo y cayó pesadamente del diván,
quedando con la faz contra el suelo. Todos se apresuraron a recogerlo y a
depositarlo nuevamente en el diván. Pero aquello era ya el fin. Sonia lanzó un
débil grito, abrazó a su padre y quedó como petrificada, con el cuerpo
inanimado entre sus brazos. Así murió Marmeladof.
‑¡Tenía que suceder! ‑exclamó
Catalina Ivanovna mirando al cadáver de su marido‑. ¿Qué haré ahora? ¿Cómo te
enterraré? ¿Y cómo daré de comer mañana a mis hijos?
Raskolnikof se acercó a
ella.
‑Catalina Ivanovna ‑le
dijo‑, la semana pasada, su difunto esposo me contó la historia de su vida y
todos los detalles de su situación. Le aseguro que hablaba de usted con la
veneración más entusiasta. Desde aquella noche en que vi cómo les quería a
todos ustedes, a pesar de sus flaquezas, y, sobre todo, cómo la respetaba y la
amaba a usted, Catalina Ivanovna, me consideré amigo suyo. Permítame, pues, que
ahora la ayude a cumplir sus últimos deberes con mi difunto amigo. Tenga...,
veinticinco rublos. Tal vez este dinero pueda serle útil... Y yo..., en fin, ya
volveré... Sí, volveré seguramente mañana... Adiós. Ya nos veremos.
Salió a toda prisa de la
habitación, se abrió paso vivamente entre la multitud que obstruía el rellano
de la escalera, y se dio de manos a boca con Nikodim Fomitch, que había sido
informado del accidente y había decidido realizar personalmente las diligencias
de rigor. No se habían visto desde la visita de Raskolnikof a la comisaría,
pero Nikodim Fomitch lo reconoció al punto.
‑¿Usted aquí?‑exclamó.
‑Sí ‑repuso Raskolnikof‑.
Han venido un médico y un sacerdote. No le ha faltado nada. No moleste
demasiado a la pobre viuda: está enferma del pecho. Reconfórtela si le es
posible... Usted tiene buenos sentimientos, no me cabe duda ‑y, al decir esto,
le miraba irónicamente.
‑Va usted manchado de
sangre ‑dijo Nikodim Fomitch, al ver, a la luz del mechero de gas, varias
manchas frescas en el chaleco de Raskolnikof.
‑Sí, la sangre ha corrido
sobre mí. Todo mi cuerpo está cubierto de sangre.
Dijo esto con un aire un
tanto extraño. Después sonrió, saludó y empezó a bajar la escalera.
Iba lentamente, sin
apresurarse, inconsciente de la fiebre que le abrasaba, poseído de una única e
infinita sensación de nueva y potente vida que fluía por todo su ser. Aquella
sensación sólo podía compararse con la que experimenta un condenado a muerte que
recibe de pronto el indulto.
Al llegar a la mitad de
la escalera fue alcanzado por el pope, que iba a entrar en su casa. Raskolnikof
se apartó para dejarlo pasar. Cambiaron un saludo en silencio. Cuando llegaba a
los últimos escalones, Raskolnikof oyó unos pasos apresurados a sus espaldas.
Alguien trataba de darle alcance. Era Polenka. La niña corría tras él y le
gritaba:
‑¡Oiga, oiga!
Raskolnikof se volvió.
Polenka siguió bajando y se detuvo cuando sólo la separaba de él un escalón. Un
rayo de luz mortecina llegaba del patio. Raskolnikof observó la escuálida pero
linda carita que le sonreía y le miraba con alegría infantil. Era evidente que
cumplía encantada la comisión que le habían encomendado.
‑Escuche: ¿cómo se llama
usted...? ¡Ah!, ¿y dónde vive? ‑preguntó precipitadamente, con voz
entrecortada.
Él apoyó sus manos en los
hombros de la niña y la miró con una expresión de felicidad. Ni él mismo sabía
por qué se sentía tan profundamente complacido al contemplar a Polenka así.
‑¿Quién te ha enviado?
‑Mi hermana Sonia ‑respondió
la niña, sonriendo más alegremente aún que antes.
‑Lo sabía, estaba seguro
de que te había mandado Sonia.
‑Y mamá también. Cuando
mi hermana me estaba dando el recado, mamá se ha acercado y me ha dicho:
«¡Corre, Polenka!
‑¿Quieres mucho a Sonia?
‑La quiero más que a
nadie ‑repuso la niña con gran firmeza. Y su sonrisa cobró cierta gravedad.
‑¿Y a mí? ¿Me querrás?
La niña, en vez de
contestarle, acercó a él su carita, contrayendo y adelantando los labios para
darle un beso. De súbito, aquellos bracitos delgados como cerillas rodearon el
cuello de Raskolnikof fuertemente, muy fuertemente, y Polenka, apoyando su infantil
cabecita en el hombro del joven, rompió a llorar, apretándose cada vez más
contra él.
‑¡Pobre papá! ‑exclamó
poco después, alzando su rostro bañado en lágrimas, que secaba con sus manos‑.
No se ven más que desgracias ‑añadió inesperadamente, con ese aire
especialmente grave que adoptan los niños cuando quieren hablar como las
personas mayores.
‑¿Os quería vuestro
padre?
‑A la que más quería era
a Lidotchka ‑dijo Polenka con la misma gravedad y ya sin sonreír‑, porque es la
más pequeña y está siempre enferma. A ella le traía regalos y a nosotras nos
enseñaba a leer, y también la gramática y el catecismo ‑añadió con cierta
arrogancia‑. Mamá no decía nada, pero nosotros sabíamos que esto le gustaba, y
papá también lo sabía; y ahora mamá quiere que aprenda francés, porque dice que
ya tengo edad para empezar a estudiar.
‑¿Y las oraciones? ¿Las
sabéis?
‑¡Claro! Hace ya mucho
tiempo. Yo, como soy ya mayor, rezo bajito y sola, y Kolia y Lidotchka rezan en
voz alta con mamá. Primero dicen la oración a la Virgen, después otra: «Señor,
perdona a nuestro otro papá y bendícelo.» Porque nuestro primer papá se murió,
y éste era el segundo, y nosotros rezábamos también por el primero.
‑Poletchka, yo me llamo
Rodion. Nómbrame también alguna vez en tus oraciones... «Y también a tu siervo
Rodion...» Basta con esto.
‑Toda mi vida rezaré por
usted ‑respondió calurosamente la niña.
Y de pronto se echó a
reír, se arrojó sobre Raskolnikof y otra vez le rodeó el cuello con los brazos.
Raskolnikof le dio su
nombre y su dirección y le prometió volver al día siguiente. La niña se separó
de él entusiasmada. Ya eran más de las diez cuando el joven salió de la casa.
Cinco minutos después se hallaba en el puente, en el lugar desde donde la mujer
se había arrojado al agua.
«¡Basta! ‑se dijo en tono
solemne y enérgico‑. ¡Atrás los espejismos, los vanos terrores, los
espectros...! La vida está conmigo... ¿Acaso no la he sentido hace un momento?
Mi vida no ha terminado con la de la vieja. Que Dios la tenga en la gloria. ¡Ya
era hora de que descansara! Hoy empieza el reinado de la razón, de la luz, de
la voluntad, de la energía... Pronto se verá...»
Lanzó esta exclamación
con arrogancia, como desafiando a algún poder oculto y maléfico.
«¡Y pensar que estaba
dispuesto a contentarme con la plataforma rocosa rodeada de abismos!
»Estoy muy débil, pero me
siento curado... Yo sabía que esto había de suceder, lo he sabido desde el
momento en que he salido de casa... A propósito: el edificio Potchinkof está a
dos pasos de aquí. Iré a casa de Rasumikhine. Habría ido aunque hubiese tenido
que andar mucho más... Dejémosle ganar la apuesta y divertirse. ¿Qué importa
eso...? ¡Ah!, hay que tener fuerzas, fuerzas... Sin fuerzas no puede uno hacer
nada. Y estas fuerzas hay que conseguirlas por la fuerza. Esto es lo que ellos
no saben.»
Pronunció estas últimas
palabras con un gesto de resolución, pero arrastrando penosamente los pies. Su
orgullo crecía por momentos. Un gran cambio en el modo de ver las cosas se
estaba operando en el fondo de su ser. Pero ¿qué había ocurrido? Sólo un suceso
extraordinario había podido producir en su alma, sin que él lo advirtiera,
semejante cambio. Era como el náufrago que se aferra a la más endeble rama
flotante. Estaba convencido de que podía vivir, de que «su vida no había
terminado con la de la vieja». Era un juicio tal vez prematuro, pero él no se
daba cuenta.
«Sin embargo ‑recordó de
pronto‑, he encargado que recen por el siervo Rodion. Es una medida de
precaución muy atinada.»
Y se echó a reír ante
semejante puerilidad. Estaba de un humor excelente.
Le fue fácil encontrar la
habitación de Rasumikhine, pues el nuevo inquilino ya era conocido en la casa y
el portero le indicó inmediatamente dónde estaba el departamento de su amigo.
Aún no había llegado a la mitad de la escalera y ya oyó el bullicio de una
reunión numerosa y animada. La puerta del piso estaba abierta y a oídos de
Raskolnikof llegaron fuertes voces de gente que discutía. La habitación de
Rasumikhine era espaciosa. En ella había unas quince personas. Raskolnikof se
detuvo en el vestíbulo. Dos sirvientes de la patrona estaban muy atareados
junto a dos grandes samovares rodeados de botellas, fuentes y platos llenos de
entremeses y pastelillos procedentes de casa de la dueña del piso. Raskolnikof
preguntó por Rasumikhine, que acudió al punto con gran alegría. Se veía
inmediatamente que Rasumikhine había bebido sin tasa y, aunque de ordinario no
había medio de embriagarle, era evidente que ahora estaba algo mareado.
‑Escucha ‑le dijo con
vehemencia Raskolnikof‑. He venido a decirte que has ganado la apuesta y que,
en efecto, nadie puede predecir lo que hará. En cuanto a entrar, no me es
posible: estoy tan débil, que me parece que voy a caer de un momento a otro.
Por lo tanto, adiós. Ven a verme mañana.
‑¿Sabes lo que voy a
hacer? Acompañarte a tu casa. Cuando tú dices que estás débil...
‑¿Y tus invitados...?
Oye, ¿quién es ese de cabello rizado que acaba de asomar la cabeza?
‑¿Ése? ¡Cualquiera sabe!
Tal vez un amigo de mi tío... O alguien que ha venido sin invitación... Dejaré
a los invitados con mi tío. Es un hombre extraordinario. Es una pena que no
puedas conocerle... Además, ¡que se vayan todos al diablo! Ahora se burlan de
mí. Necesito refrescarme. Has llegado oportunamente, querido. Si tardas diez
minutos más, me pego con alguien, palabra de honor. ¡Qué cosas tan absurdas
dicen! No te puedes imaginar lo que es capaz de inventar la mente humana. Pero
ahora pienso que sí que te lo puedes imaginar. ¿Acaso no mentimos nosotros?
Dejémoslos que mientan: no acabarán con las mentiras... Espera un momento: voy
a traerte a Zosimof.
Zosimof se precipitó
sobre Raskolnikof ávidamente. Su rostro expresaba una profunda curiosidad, pero
esta expresión se desvaneció muy pronto.
‑Debe ir a acostarse
inmediatamente ‑dijo, después de haber examinado a su paciente‑, y tomará
usted, antes de irse a la cama, uno de estos sellos que le he preparado. ¿Lo
tomará?
‑Como si quiere usted que
tome dos.
El sello fue ingerido en
el acto.
‑Haces bien en
acompañarlo a casa ‑dijo Zosimof a Rasumikhine‑. Ya veremos cómo va la cosa
mañana. Pero por hoy no estoy descontento. Observo una gran mejoría. Esto
demuestra que no hay mejor maestro que la experiencia.
‑¿Sabes lo que me ha
dicho Zosimof en voz baja ahora mismo, cuando salíamos? ‑murmuró Rasumikhine
apenas estuvieron en la calle‑. No te lo diré todo, querido: son cosas de
imbéciles... Pues Zosimof me ha dicho que charlase contigo por el camino y te
tirase de la lengua para después contárselo a él todo. Cree que tú... que tú
estás loco, o que te falta poco para estarlo. ¿Te has fijado? En primer lugar,
tú eres tres veces más inteligente que él; en segundo, como no estás loco,
puedes burlarte de esta idea disparatada, y, finalmente, ese fardo de carne
especializado en cirugía está obsesionad desde hace algún tiempo por las
enfermedades mentales. Pero algo le ha hecho cambiar radicalmente el juicio que
había formado sobre ti, y es la conversación que has tenido con Zamiotof.
‑Por lo visto, Zamiotof
te lo ha contado todo.
‑Todo. Y ha hecho bien.
Esto me ha aclarado muchas cosas. Y a Zamiotof también... Sí, Rodia..., el caso
es... Hay que reconocer que estoy un poco chispa..., ¡pero no importa...! El
caso es que... Tenían cierta sospecha, ¿comprendes...?, y ninguno de ellos se
atrevía a expresarla, ¿comprendes...?, porque era demasiado absurda... Y cuando
han detenido a ese pintor de paredes, todo se ha disipado definitivamente. ¿Por
qué serán tan estúpidos...? Por poco le pego a Zamiotof aquel día... Pero que
quede esto entre nosotros, querido; no dejes ni siquiera entrever que sabes
nada del incidente. He observado que es muy susceptible. La cosa ocurrió en
casa de Luisa... Pero hoy..., hoy todo está aclarado. El principal responsable
de este absurdo fue Ilia Petrovitch, que no hacía más que hablar de tu desmayo
en la comisaría. Pero ahora está avergonzado de su suposición, pues yo sé
que...
Raskolnikof escuchaba con
avidez. Rasumikhine hablaba más de lo prudente bajo la influencia del alcohol.
‑Yo me desmayé ‑dijo
Raskolnikof‑ porque no pude resistir el calor asfixiante que hacía allí, ni el
olor a pintura.
‑No hace falta buscar
explicaciones. ¡Qué importa el olor a pintura! Tú llevabas enfermo todo un mes;
Zosimof así lo afirma... ¡Ah! No puedes imaginarte la confusión de ese bobo de
Zamiotof. Yo no valgo ‑ha dicho‑ ni el dedo meñique de ese hombre.» Es decir,
del tuyo. Ya sabes, querido, que él da a veces pruebas de buenos sentimientos.
La lección que ha recibido hoy en el Palacio de Cristal ha sido el colmo de la
maestría. Tú has empezado por atemorizarlo, pero atemorizarlo hasta producirle
escalofríos. Le has llevado casi a admitir de nuevo esa monstruosa estupidez, y
luego, de pronto, le has sacado la lengua... Ha sido perfecto. Ahora se siente
apabullado, pulverizado. Eres un maestro, palabra, y ellos han recibido lo que
merecen. ¡Qué lástima que yo no haya estado allí! Ahora él te estaba esperando
en mi casa con ávida impaciencia. Porfirio también está deseoso de conocerte.
‑‑¿También Porfirio...?
Pero dime: ¿por qué me han creído loco?
‑Tanto como loco, no...
Yo creo, querido, que he hablado demasiado... A él le llamó la atención que a
ti sólo te interesara este asunto... Ahora ya comprende la razón de este
interés... porque conoce las circunstancias... y el motivo de que entonces te
irritara. Y ello, unido a ese principio de enfermedad... Estoy un poco
borracho, querido, pero el diablo sabe que a Zosimof le ronda una idea por la
cabeza... Te repito que sólo piensa en enfermedades mentales... Tú no debes
hacerle caso.
Los dos permanecieron en
silencio durante unos segundos.
‑Óyeme, Rasumikhine ‑dijo
Raskolnikof‑: quiero hablarte francamente. Vengo de casa de un difunto, que era
funcionario... He dado a la familia todo mi dinero. Además, me ha besado una
criatura de un modo que, aunque verdaderamente hubiera matado yo a alguien... Y
también he visto a otra criatura que llevaba una pluma de un rojo de fuego...
Pero estoy divagando... Me siento muy débil... Sostenme... Ya llegamos.
‑¿Qué te pasa? ¿Qué
tienes? ‑preguntó Rasumikhine, inquieto.
‑La cabeza se me va un
poco, pero no se trata de esto. Es que me siento triste, muy triste..., sí,
como una damisela... ¡Mira! ¿Qué es eso? ¡Mira, mira...!
‑¿Adónde?
‑Pero ¿no lo ves? ¡Hay
luz en mi habitación! ¿No la ves por la rendija?
Estaban en el penúltimo
tramo, ante la puerta de la patrona, y desde allí se podía ver, en efecto, que
en la habitación de Raskolnikof había luz. .
‑¡Qué raro! ¿Será
Nastasia?‑dijo Rasumikhine.
‑Nunca sube a mi
habitación a estas horas. Seguro que hace ya un buen rato que está durmiendo...
Pero no me importa lo más mínimo. Adiós; buenas noches.
‑¿Cómo se te ha ocurrido
que pueda dejarte? Te acompañaré hasta tu habitación. Entraremos juntos.
‑Eso ya lo sé. Pero
quiero estrecharte aquí la mano y decirte adiós. Vamos, dame la mano y
digámonos adiós.
‑Pero ¿qué demonios te
pasa, Rodia?
‑Nada. Vamos. Lo verás
por tus propios ojos.
Empezaron a subir los
últimos escalones, mientras Rasumikhine no podía menos de pensar que Zosimof
tenía tal vez razón.
«A lo mejor, lo he
trastornado con mi charla se dijo.
Ya estaban cerca de la
puerta, cuando, de súbito, oyeron voces en la habitación.
‑Pero ¿qué pasa? ‑exclamó
Rasumikhine.
Raskolnikof cogió el
picaporte y abrió la puerta de par en par. Y cuando hubo abierto, se quedó
petrificado. Su madre y su hermana estaban sentadas en el diván. Le esperaban
desde hacía hora y media. ¿Cómo se explicaba que Raskolnikof no hubiera pensado
ni remotamente que podía encontrarse con ellas, siendo así que aquel mismo día
le habían anunciado dos veces su inminente llegada a Petersburgo?
Durante la hora y media
de espera, las dos mujeres no habían cesado de hacer preguntas a Nastasia, que
estaba aún ante ellas y las había informado de todo cuanto sabía acerca de
Raskolnikof. Estaban aterradas desde que la sirvienta les había dicho que el
huésped había salido de casa enfermo y seguramente bajo los efectos del
delirio.
‑Señor..., ¿qué será de
él?
Y lloraban las dos.
Habían sufrido lo indecible durante la larga espera.
Un grito de alegría
acogió a Raskolnikof. Las dos mujeres se arrojaron sobre él. Pero él permanecía
inmóvil, petrificado, como si repentinamente le hubieran arrancado la vida. Un
pensamiento súbito, insoportable, lo había fulminado. Raskolnikof no podía levantar
los brazos para estrecharlas entre ellos. No podía, le era materialmente
imposible.
Su madre y su hermana, en
cambio, no cesaban de abrazarlo, de estrujarlo, de llorar, de reír... Él dio un
paso, vaciló y rodó por el suelo, desvanecido.
Gran alarma, gritos de
horror, gemidos. Rasumikhine, que se había quedado en el umbral, entró
presuroso en la habitación, levantó al enfermo con sus atléticos brazos y, en
un abrir y cerrar de ojos, lo depositó en el diván.
‑¡No es nada, no es nada!
‑gritaba a la hermana y a la madre‑. Un simple mareo. El médico acaba de decir
que está muy mejorado y que se curará por completo... Traigan un poco de
agua... Miren, ya recobra el conocimiento.
Atenazó la mano de
Dunetchka tan vigorosamente como si pretendiera triturársela y obligó a la
joven a inclinarse para comprobar que, efectivamente, su hermano volvía en sí.
Tanto la hermana como la
madre miraban a Rasumikhine con tierna gratitud, como si tuviesen ante sí a la
misma Providencia. Sabían por Nastasia lo que había sido para Rodia, durante
toda la enfermedad, aquel «avispado joven», como Pulqueria Alejandrovna Raskolnikof
le llamó aquella misma noche en una conversación íntima que sostuvo con su hija
Dunia.
TERCERA PARTE
I
Raskolnikof se levantó y
quedó sentado en el diván. Con un leve gesto indicó a Rasumikhine que
suspendiera el torrente de su elocuencia desordenada y las frases de consuelo
que dirigía a su hermana y a su madre. Después, cogiendo a las dos mujeres de
la mano, las observó en silencio, alternativamente, por espacio de dos minutos
cuando menos. Esta mirada inquietó profundamente a la madre: había en ella una
sensibilidad tan fuerte, que resultaba dolorosa. Pero, al mismo tiempo, había
en aquellos ojos una fijeza de insensatez. Pulqueria Alejandrovna se echó a
llorar. Avdotia Romanovna estaba pálida y su mano temblaba en la de Rodia.
‑Volved a vuestro
alojamiento... con él ‑dijo Raskolnikof con voz entrecortada y señalando a
Rasumikhine‑. Ya hablaremos mañana. ¿Hace mucho que habéis llegado?
‑Esta tarde, Rodia ‑repuso
Pulqueria Alejandrovna‑. El tren se ha retrasado. Pero oye, Rodia: no te dejaré
por nada del mundo; pasaré la noche aquí, cerca de...
‑¡No me atormentéis! ‑la
interrumpió el enfermo, irritado.
‑Yo me quedaré con él ‑dijo
al punto Rasumikhine‑, y no te dejaré solo ni un segundo. Que se vayan al
diablo mis invitados. No me importa que les sepa mal. Allí estará mi tío para
atenderlos.
‑¿Cómo podré
agradecérselo? ‑empezó a decir Pulqueria Alejandrovna estrechando las manos de
Rasumikhine.
Pero su hijo la
interrumpió:
‑¡Basta, basta! No me
martiricéis. No puedo más.
‑Vámonos, mamá. Salgamos
aunque sólo sea un momento ‑murmuró Dunia, asustada‑. No cabe duda de que
nuestra presencia te mortifica.
‑¡Que no pueda quedarme a
su lado después de tres años de separación! ‑gimió Pulqueria Alejandrovna,
bañada en lágrimas.
‑Esperad un momento ‑dijo
Raskolnikof‑. Como me interrumpís, pierdo el hilo de mis ideas. ¿Habéis visto a
Lujine?
‑No, Rodia; pero ya sabe
que hemos llegado. Ya nos hemos enterado de que Piotr Petrovitch ha tenido la
atención de venir a verte hoy ‑dijo con cierta cortedad Pulqueria Alejandrovna.
‑Sí, ha sido muy
amable... Oye, Dunia, he dicho a ese hombre que lo iba a tirar por la escalera
y lo he mandado al diablo.
‑¡Oh Rodia! ¿Por qué has
hecho eso? Seguramente tú... No creerás que... ‑balbuceó Pulqueria
Alejandrovna, aterrada.
Pero una mirada dirigida
a Dunia le hizo comprender que no debía continuar. Avdotia Romanovna miraba
fijamente a su hermano y esperaba sus explicaciones. Las dos mujeres estaban
enteradas del incidente por Nastasia, que lo había contado a su modo, y se hallaban
sumidas en una amarga perplejidad.
‑Dunia ‑dijo Raskolnikof,
haciendo un gran esfuerzo‑, no quiero que se lleve a cabo ese matrimonio. Debes
romper mañana mismo con Lujine y que no vuelva a hablarse de él.
‑¡Dios mío! ‑exclamó
Pulqueria Alejandrovna.
‑Piensa lo que dices,
Rodia; =replicó Avdotia Romanovna, con una cólera que consiguió ahogar en
seguida‑. Sin duda, tu estado no lo permite... Estás fatigado ‑terminó con
acento cariñoso.
‑¿Crees que deliro? No:
tú te quieres casar con Lujine por mí. Y yo no acepto tu sacrificio. Por lo
tanto, escríbele una carta diciéndole que rompes con él. Dámela a leer mañana,
y asunto concluido.
‑Yo no puedo hacer eso ‑replicó
la joven, ofendida‑. ¿Con qué derecho...?
‑Tú también pierdes la
calma, Dunetchka ‑dijo la madre, aterrada y tratando de hacer callar a su hija‑.
Mañana hablaremos. Ahora lo que debemos hacer es marcharnos.
‑No estaba en su juicio ‑exclamó
Rasumikhine con una voz que denunciaba su embriaguez‑. De lo contrario, no se
habría atrevido a hacer una cosa así. Mañana habrá recobrado la razón. Pero hoy
lo ha echado de aquí. El otro, como es natural, se ha indignado... Estaba aquí
discurseando y exhibiendo su sabiduría y se ha marchado con el rabo entre
piernas.
‑O sea ¿que es verdad? ‑dijo
Dunia, afligida‑. Vamos, mamá... Buenas noches, Rodia.
‑No olvides lo que te he
dicho, Dunia ‑dijo Raskolnikof reuniendo sus últimas fuerzas‑. Yo no deliro.
Ese matrimonio es una villanía. Yo puedo ser un infame, pero tú no debes serlo.
Basta con que haya uno. Pero, por infame que yo sea, renegaría de ti. O Lujine
o yo... Ya os podéis marchar.
‑O estás loco o eres un
déspota ‑gruñó Rasumikhine.
Raskolnikof no le
contestó, acaso porque ya no le quedaban fuerzas.
Se había echado en el
diván y se había vuelto de cara a la pared, completamente extenuado. Avdotia
Romanovna miró atentamente a Rasumikhine. Sus negros ojos centellearon, y
Rasumikhine se estremeció bajo aquella mirada. Pulqueria Alejandrovna estaba
perpleja.
‑No puedo marcharme ‑murmuró
a Rasumikhine, desesperada‑. Me quedaré aquí, en cualquier rincón. Acompañe a
Dunia.
‑Con eso no hará sino
empeorar las cosas ‑respondió Rasumikhine, también en voz baja y fuera de sí‑.
Salgamos a la escalera. Nastasia, alúmbranos. Le juro ‑continuó a media voz
cuando hubieron salido‑ que ha estado a punto de pegarnos al doctor y a mí.
¿Comprende usted? ¡Incluso al doctor! Éste ha cedido por no irritarle, y se ha
marchado. Yo me he ido al piso de abajo, a fin de vigilarle desde allí. Pero él
ha procedido con gran habilidad y ha logrado salir sin que yo le viese. Y si
ahora se empeña usted en seguir irritándole, se irá igualmente, o intentará
suicidarse.
‑¡Oh! ¿Qué dice usted?
‑Por otra parte, Avdotia
Romanovna no puede permanecer sola en ese fonducho donde se hospedan ustedes.
Piense que están en uno de los lugares más bajos de la ciudad. Ese bribón de
Piotr Petrovitch podía haberles buscado un alojamiento más conveniente... ¡Ah!
Estoy un poco achispado, ¿sabe? Por eso empleo palabras demasiado...
expresivas. No haga usted demasiado caso.
‑Iré a ver a la patrona ‑dijo
Pulqueria Alejandrovna‑ y le suplicaré que nos dé a Dunia y a mí un rincón
cualquiera para pasar la noche. No puedo dejarlo así, no puedo.
Hablaban en el rellano,
ante la misma puerta de la patrona. Nastasia permanecía en el último escalón,
con una luz en la mano. Rasumikhine daba muestras de gran agitación. Media hora
antes, cuando acompañaba a Raskolnikof, estaba muy hablador (se daba perfecta
cuenta de ello), pero fresco y despejado, a pesar de lo mucho que había bebido.
Ahora sentía una especie de exaltación: el vino ingerido parecía actuar de
nuevo en él, y con redoblado efecto. Había cogido a las dos mujeres de la mano
y les hablaba con una vehemencia y una desenvoltura extraordinarias. Casi a
cada palabra, sin duda para mostrarse más convincente, les apretaba la mano
hasta hacerles daño, y devoraba a Avdotia Romanovna con los ojos del modo más
impúdico. A veces, sin poder soportar el dolor, las dos mujeres libraban sus
dedos de la presión de las enormes y huesudas manos; pero él no se daba cuenta
y seguía martirizándolas con sus apretones. Si en aquel momento ellas le
hubieran pedido que se arrojara de cabeza por la escalera, él lo habría hecho
sin discutir ni vacilar. Pulqueria Alejandrovna no dejaba de advertir que
Rasumikhine era un hombre algo extravagante y que le apretaba demasiado
enérgicamente la mano, pero la actitud y el estado de su hijo la tenían tan
trastornada, que no quería prestar atención a los extraños modales de aquel
joven que había sido para ella la Providencia en persona.
Avdotia Romanovna, aun
compartiendo las inquietudes de su madre respecto a Rodia, y aunque no fuera de
temperamento asustadizo, estaba sorprendida e incluso atemorizada al ver
fijarse en ella las miradas ardorosas del amigo de su hermano, y sólo la confianza
sin límites que le habían infundido los relatos de Nastasia acerca de aquel
joven le permitía resistir a la tentación de huir arrastrando con ella a su
madre.
Además, comprendía que no
podían hacer tal cosa en aquellas circunstancias. Y, por otra parte, su
intranquilidad desapareció al cabo de diez minutos. Rasumikhine, fuera cual
fuere el estado en que se encontrase, se manifestaba tal cual era desde el
primer momento, de modo que quien lo trataba sabía en el acto a qué atenerse.
‑De ningún modo deben
ustedes ir a ver a la patrona ‑‑exclamó Rasumikhine dirigiéndose a Pulqueria
Alejandrovna‑. Lo que usted pretende es un disparate. Por muy madre de él que
usted sea, lo exasperaría quedándose aquí, y sabe Dios las consecuencias que
eso podría tener. Escuchen; he aquí lo que he pensado hacer: Nastasia se
quedará con él un momento, mientras yo las llevo a ustedes a su casa, pues dos
mujeres no pueden atravesar solas las calles de Petersburgo... En seguida, en
una carrera, volveré aquí, y un cuarto de hora después les doy mi palabra de
honor más sagrada de que iré a informarlas de cómo va la cosa, de si duerme, de
cómo está, etcétera... Luego, óiganme bien, iré en un abrir y cerrar de ojos de
la casa de ustedes a la mía, donde he dejado algunos invitados, todos
borrachos, por cierto. Entonces cojo a Zosimof, que es el doctor que asiste a
Rodia y que ahora está en mi casa... Pero él no está bebido. Nunca está bebido.
Lo traeré a ver a Rodia, y de aquí lo llevaré inmediatamente a casa de ustedes.
Así, ustedes recibirán noticias dos veces en el espacio de una hora: primero
noticias mías y después noticias del doctor en persona. ¡Del doctor! ¿Qué más
pueden pedir? Si la cosa va mal, yo les juro que voy a buscarlas y las traigo
aquí; si la cosa va bien, ustedes se acuestan y ¡a dormir se ha dicho...! Yo
pasaré la noche aquí, en el vestíbulo. Él no se enterará. Y haré que Zosimof se
quede a dormir en casa de la patrona: así lo tendremos a mano... Porque,
díganme: ¿a quién necesita más Rodia en estos momentos: a ustedes o al doctor?
No cabe duda de que el doctor es más útil para él, mucho más útil... Por lo
tanto, vuélvanse a casa. Además, ustedes no pueden quedarse en el piso de la
patrona. Yo puedo, pero ustedes no: ella no lo querrá, porque... porque es una
necia. Tendría celos de Avdotia Romanovna, celos a causa de mi persona, ya lo
saben. Y, a lo mejor, también tendría celos de usted, Pulqueria Alejandrovna.
Pero de su hija no me cabe la menor duda de que los tendría. Es una mujer muy
rara... Bien es verdad que también yo soy un estúpido... ¡Pero no me
importa...! Bueno, vamos. Porque me creen, ¿verdad? Díganme: ¿me creen o no me
creen?
‑Vamos, mamá ‑dijo
Avdotia Romanovna‑. Hará lo que dice. Es el salvador de Rodia, y si el doctor
ha prometido pasar aquí la noche, ¿qué más podemos pedir?
‑¡Ah! Usted me comprende
porque es un ángel ‑exclamó Rasumikhine en una explosión de entusiasmo‑.
Vámonos. Nastasia, entra en la habitación con la luz y no te muevas de su lado.
Dentro de un cuarto de hora estoy de vuelta.
Pulqueria Alejandrovna,
aunque no del todo convencida, no hizo la menor objeción. Rasumikhine las cogió
a las dos del brazo y se las llevó escaleras abajo. La madre de Rodia no estaba
muy segura de que el joven cumpliera lo prometido. «Sin duda es listo y tiene
buenos sentimientos. Pero ¿se puede confiar en la palabra de un hombre que se
halla en semejante estado?
‑Ya entiendo: ustedes
creen que estoy bebido ‑dijo el joven, adivinando los pensamientos de las dos
mujeres y mientras daba tales zancadas por la acera, que ellas a duras penas
podían seguirle, cosa que él no advertía‑. Eso es absurdo... Quiero decir que,
aunque esté borracho perdido, esto no importa en absoluto. Estoy borracho, sí,
pero no de bebida. Lo que me ha trastornado ha sido la llegada de ustedes: me
ha producido el mismo efecto que si me dieran un golpe en la cabeza... Sin
embargo, esto no excluye mi responsabilidad... No me hagan caso, pues soy
indigno de ustedes completamente indigno... Y tan pronto como las haya dejado
en casa, me acercaré al canal y me echaré dos cubos de agua en la cabeza.
Entonces se me pasará todo... ¡Si ustedes supieran cuánto las quiero a las dos!
No se enfaden, no se rían... De la última persona de quien deben ustedes
burlarse es de mí. Yo soy amigo de él. Tenía el presentimiento de que sucedería
lo que ha sucedido. El año pasado ya lo presentí... Pero no, no pude presentirlo
el año pasado, porque, al verlas a ustedes, he tenido la impresión de que me
caían del cielo... Yo no dormiré esta noche... Ese Zosimof temía que Rodia
perdiera la razón. Por eso les he dicho que no deben contrariarle.
‑Pero ¿qué dice usted? ‑exclamó
la madre.
‑¿De veras ha dicho eso
el doctor? ‑preguntó Avdotia Romanovna, aterrada.
‑Lo ha dicho, pero no es
verdad. No, no lo es. Incluso le ha dado unos sellos; yo lo he visto. Cuando se
los daba, ya debían de haber llegado ustedes... Por cierto que habría sido
preferible que llegasen mañana... Hemos hecho bien en marcharnos... Dentro de
una hora, como les he dicho, el mismo Zosimof irá a darles noticias... Y él no
estará bebido, y yo tampoco lo estaré entonces... Pero ¿saben por qué he bebido
tanto? Porque esos malditos me han obligado a discutir... ¡Y eso que me había
jurado a mí mismo no tomar parte jamás en discusiones...! Pero ¡dicen unas
cosas tan absurdas...! He estado a punto de pegarles. He dejado a mi tío en mi
lugar para que los atienda... Aunque no lo crean ustedes, son partidarios de la
impersonalidad. No hay que ser jamás uno mismo. Y a esto lo consideran el colmo
del progreso. Si los disparates que dicen fueran al menos originales... Pero
no...
‑Óigame ‑dijo tímidamente
Pulqueria Alejandrovna. Pero con esta interrupción no consiguió sino enardecer
más todavía a Rasumikhine.
‑No, no son originales ‑prosiguió
el joven, levantando más aún la voz‑. ¿Y qué creen ustedes: que yo les detesto
porque dicen esos absurdos? Pues no: me gusta que se equivoquen. En esto radica
la superioridad del hombre sobre los demás organismos. Así llega uno a la
verdad. Yo soy un hombre, y lo soy precisamente porque me equivoco. Nadie llega
a una verdad sin haberse equivocado catorce veces, o ciento catorce, y esto es,
acaso, un honor para el género humano. Pero no sabemos ser originales ni
siquiera para equivocarnos. Un error original acaso valga más que una verdad
insignificante. La verdad siempre se encuentra; en cambio, la vida puede
enterrarse para siempre[34]. Tenemos abundantes
ejemplos de ello. ¿Qué hacemos nosotros en la actualidad? Todos, todos sin
excepción, nos hallamos, en lo que concierne a la ciencia, la cultura, el
pensamiento, la invención, el ideal, los deseos, el liberalismo, la razón, la
experiencia y todo lo demás, en una clase preparatoria del instituto, y nos
contentamos con vivir con el espíritu ajeno... ¿Tengo razón o no la tengo?
Díganme: ¿tengo razón?
Rasumikhine dijo esto a
grandes voces, sacudiendo y apretando las manos de las dos mujeres.
‑¿Qué sé yo, Dios mío? ‑exclamó
la pobre Pulqueria Alejandrovna.
Y Avdotia Romanovna
repuso gravemente:
‑Ha dicho usted muchas
verdades, pero yo no estoy de acuerdo con usted en todos los puntos.
Apenas había terminado de
pronunciar estas palabras, lanzó un grito de dolor provocado por un apretón de
manos demasiado enérgico.
Rasumilchine exclamó, en
el colmo del entusiasmo:
‑¡Ha reconocido usted que
tengo razón! Después de esto, no puedo menos de declarar que es usted un
manantial de bondad, de buen juicio, de pureza y de perfección. Déme su mano,
¡démela...! Y usted deme también la suya. Quiero besarlas. Ahora mismo y de rodillas.
Y se arrodilló en medio
de la acera, afortunadamente desierta a aquella hora.
‑¡Basta, por favor! ¿Qué
hace usted? ‑exclamó, alarmada, Pulqueria Alejandrovna.
‑¡Levántese, levántese! ‑dijo
Dunia, entre divertida e inquieta.
‑Por nada del mundo me
levantaré si no me dan ustedes la mano... Así. Esto es suficiente. Ahora ya
puedo levantarme. Sigamos nuestro camino... Yo soy un pobre idiota indigno de
ustedes, un miserable borracho. Pero inclinarse ante ustedes constituye un deber
para todo hombre que no sea un bruto rematado. Por eso me he inclinado yo...
Bueno, aquí tienen su casa. Después de ver esto, uno ha de pensar que Rodion ha
hecho bien en poner a Piotr Petrovitch en la calle. ¿Cómo se habrá atrevido a
traerlas a un sitio semejante? ¡Es bochornoso! Ustedes no saben la gentuza que
vive aquí. Sin embargo, usted es su prometida. ¿Verdad que es su prometida?
Pues bien, después de haber visto esto, yo me atrevo a decirle que su prometido
es un granuja.
‑Escuche, señor
Rasumikhine ‑‑comenzó a decir Pulqueria Alejandrovna‑. Se olvida usted...
‑Sí, sí; tiene usted
razón ‑se excusó el estudiante‑; me he olvidado de algo que no debí olvidar, y
estoy verdaderamente avergonzado. Pero usted no debe guardarme rencor porque
haya hablado así, pues he sido franco. No crea que lo he dicho por... No, no;
eso sería una vileza... Yo no lo he dicho para... No, no me atrevo a decirlo...
Cuando ese hombre vino a ver a Rodia, comprendimos muy pronto que no era de los
nuestros. Y no porque se había hecho rizar el pelo en la peluquería, ni porque
alardeaba de sus buenas relaciones, sino porque es mezquino e interesado,
porque es falso y avaro como un judío. ¿Creen ustedes que es inteligente? Pues
se equivocan: es un necio de pies a cabeza. ¿Acaso es ése el marido que le
conviene...? ¡Dios santo! Óiganme ‑dijo, deteniéndose de pronto, cuando subían
la escalera‑: en mi casa todos están borrachos, pero son personas de nobles
sentimientos, y, a pesar de los absurdos que decimos (pues yo los digo
también), llegaremos un día a la verdad, porque vamos por el buen camino. En
cambio, Piotr Petrovitch..., en fin, su camino es diferente. Hace un momento he
insultado a mis amigos, pero los aprecio. Los aprecio a todos, incluso a
Zamiotof. No es que sienta por él un gran cariño, pero sí cierto afecto: es una
criatura. Y también aprecio a esa mole de Zosimof, pues es honrado y conoce su
oficio... En fin, basta de esta cuestión. El caso es que allí todo se dice y
todo se perdona. ¿Estoy yo también perdonado aquí? ¿Sí? Pues adelante... Este
pasillo lo conozco yo. He estado aquí otras veces. Allí, en el número tres,
hubo un día un escándalo. ¿Dónde se alojan ustedes? ¿En el número ocho? Pues
cierren bien la puerta y no abran a nadie... Volveré dentro de un cuarto de
hora con noticias, y dentro de media hora con Zosimof. Bueno, me voy. Buenas
noches.
‑Dios mío, ¿adónde hemos
venido a parar? ‑preguntó, ya en la habitación, Pulqueria Alejandrovna a su
hija.
‑Tranquilízate, mamá ‑repuso
Dunia, quitándose el sombrero y la mantilla‑. Dios nos ha enviado a este
hombre, aunque lo haya sacado de una orgía. Se puede confiar en él, te lo
aseguro. Además, ¡ha hecho ya tanto por mi hermano!
‑¡Ay, Dunetchka! Sabe
Dios si volverá. No sé cómo he podido dejar a Rodia... Nunca habría creído que
lo encontraría en tal estado. Cualquiera diría que no se ha alegrado de vernos.
Las lágrimas llenaban sus
ojos.
‑Eso no, mamá. No has
podido verlo bien, porque no hacías más que llorar. Lo que ocurre es que está
agotado por una grave enfermedad. Eso explica su conducta.
‑¡Esa enfermedad, Dios
mío...! ¿Cómo terminará todo esto...? Y ¡en qué tono te ha hablado!
Al decir esto, la madre
buscaba tímidamente la mirada de su hija, deseosa de leer en su pensamiento.
Sin embargo, la tranquilizaba la idea de que Dunia defendía a su hermano, lo
que demostraba que te había perdonado.
‑Estoy segura de que
mañana será otro ‑añadió para ver qué contestaba su hija.
‑Pues a mí no me cabe
duda ‑afirmó Dunia‑ de que mañana pensará lo mismo que hoy.
Pulqueria Alejandrovna
renunció a continuar el diálogo: la cuestión le parecía demasiado delicada.
Dunia se acercó a su
madre y la rodeó con sus brazos. Y la madre estrechó apasionadamente a la hija
contra su pecho.
Después, Pulqueria
Alejandrovna se sentó y desde este momento esperó febrilmente la vuelta de
Rasumikhine. Entre tanto observaba a su hija, que, pensativa y con los brazos
cruzados, iba de un lado a otro del aposento. Así procedía siempre Avdotia
Romanovna cuando tenía alguna preocupación. Y su madre jamás turbaba sus
meditaciones.
No cabía duda de que
Rasumikhine se había comportado ridículamente al mostrar aquella súbita pasión
de borracho ante la aparición de Dunia, pero los que vieran a la joven ir y
venir por la habitación con paso maquinal, cruzados los brazos, triste y pensativa,
habrían disculpado fácilmente al estudiante.
Avdotia Romanovna era
extraordinariamente hermosa, alta, esbelta, pero sin que esta esbeltez
estuviera reñida con el vigor físico. Todos sus movimientos evidenciaban una
firmeza que no afectaba lo más mínimo a su gracia femenina. Se parecía a su
hermano. Su cabello era de un castaño claro; su tez, pálida, pero no de una
palidez enfermiza, sino todo lo contrario; su figura irradiaba lozanía y
juventud; su boca, demasiado pequeña y cuyo labio inferior, de un rojo vivo,
sobresalía, lo mismo que su mentón, era el único defecto de aquel maravilloso
rostro, pero este defecto daba al conjunto de la fisonomía cierta original
expresión de energía y arrogancia. Su semblante era, por regla general, más
grave que alegre, pero, en compensación, adquiría un encanto incomparable las
contadas veces que Dunia sonreía, o reía con una risa despreocupada, juvenil,
gozosa...
No era extraño que el
fogoso, honesto y sencillo Rasumikhine, aquel gigante accidentalmente borracho,
hubiera perdido la cabeza apenas vio a aquella mujer superior a todas las que
había visto hasta entonces. Además, el azar había querido que viera por primera
vez a Dunia en un momento en que la angustia, por un lado, y la alegría de
reunirse con su hermano, por otro, la transfiguraban. Todo esto explica que, al
advertir que el labio de Avdotia Romanovna temblaba de indignación ante las
acusaciones de Rodia, Rasumikhine hubiera mentido en defensa de la joven.
El estudiante no había
mentido al decir, en el curso de su extravagante charla de borracho, que la
patrona de Raskolnikof, Praskovia Pavlovna, tendría celos de Dunia y,
seguramente, también de Pulqueria Alejandrovna, la cual, pese a sus cuarenta y
tres años, no había perdido su extraordinaria belleza. Por otra parte, parecía
más joven de lo que era, como suele ocurrir a las mujeres que saben conservar
hasta las proximidades de la vejez un alma pura, un espíritu lúcido y un
corazón inocente y lleno de ternura. Digamos entre paréntesis que no hay otro
medio de conservarse hermosa hasta una edad avanzada. Su cabello empezaba a
encanecer y a aclararse; hacía tiempo que sus ojos estaban cercados de arrugas;
sus mejillas se habían hundido a causa de los desvelos y los sufrimientos, pero
esto no empañaba la belleza extraordinaria de aquella fisonomía. Su rostro era
una copia del de Dunia, sólo que con veinte años más y sin el rasgo del labio
inferior saliente. Pulqueria Alejandrovna tenía un corazón tierno, pero su sensibilidad
no era en modo alguno sensiblería. Tímida por naturaleza, se sentía inclinada a
ceder, pero hasta cierto punto: podía admitir muchas cosas opuestas a sus
convicciones, mas había un punto de honor y de principios en los que ninguna
circunstancia podía impulsarla a transigir.
Veinte minutos después de
haberse marchado Rasumikhine se oyeron en la puerta dos discretos y rápidos
golpes. Era el estudiante, que estaba de vuelta.
‑No entro, pues el tiempo
apremia ‑dijo apresuradamente cuando le abrieron‑. Duerme a pierna suelta y con
perfecta tranquilidad. Quiera Dios que su sueño dure diez horas. Nastasia está
a su lado y le he ordenado que no lo deje hasta que yo vuelva. Ahora voy por
Zosimof para que le eche un vistazo. Luego vendrá a informarlas y ustedes
podrán acostarse, cosa que buena falta les hace, pues bien se ve que están
agotadas.
Y se fue corriendo por el
pasillo.
‑¡Qué joven tan
avispado... y tan amable! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna, complacida.
‑Yo creo que es una
excelente persona ‑dijo Dunia calurosamente y reanudando sus paseos por la
habitación.
Alrededor de una hora
después, volvieron a oírse pasos en el corredor y de nuevo golpearon la puerta.
Esta vez las dos mujeres habían esperado con absoluta confianza la segunda
visita de Rasumikhine, cuya palabra ya no ponían en duda. En efecto, era él y
le acompañaba Zosimof. Éste no había vacilado en dejar la reunión para ir a ver
al enfermo. Sin embargo, Rasumikhine había tenido que insistir para que
accediera a visitar a las dos mujeres: no se fiaba de su amigo, cuyo estado de
embriaguez era evidente. Pero pronto se tranquilizó, e incluso se sintió
halagado, al ver que, en efecto, se le esperaba como a un oráculo. Durante los
diez minutos que duró su visita consiguió devolver la confianza a Pulqueria
Alejandrovna. Mostró gran interés por el enfermo, pero habló en un tono
reservado y austero, muy propio de un médico de veintisiete años llamado a una
consulta de extrema gravedad. Ni se permitió la menor digresión, ni mostró
deseo alguno de entablar relaciones más íntimas y amistosas con las dos
mujeres. Como apenas entró advirtiera la belleza deslumbrante de Avdotia
Romanovna, procuró no prestarle la menor atención y dirigirse exclusivamente a
la madre. Todo esto le proporcionaba una extraordinaria satisfacción.
Manifestó que había
encontrado al enfermo en un estado francamente satisfactorio. Según sus
observaciones, la enfermedad se debía no sólo a las condiciones materiales en
que su paciente había vivido durante mucho tiempo, sino a otras causas de
índole moral. Se trataba, por decirlo así, del complejo resultado de diversas
influencias: inquietudes, cuidados, ideas, etc. Al advertir, sin demostrarlo,
que Avdotia Romanovna le escuchaba con suma atención, Zosimof se extendió sobre
el tema con profunda complacencia. Pulqueria Alejandrovna le preguntó,
inquieta, por «ciertos síntomas de locura» y el doctor repuso, con una sonrisa
llena de franqueza y serenidad que se había exagerado el sentido de sus
palabras. Sin duda, el enfermo daba muestras de estar dominado por una idea
fija, algo así como una monomanía. Él, Zosimof, estaba entonces enfrascado en
el estudio de esta rama de la medicina.
‑Pero no debemos olvidar ‑añadió‑
que el enfermo ha estado hasta hoy bajo los efectos del delirio... La llegada
de su familia ejercerá sobre él, seguramente, una influencia saludable, siempre
que se tenga en cuenta que hay que evitarle nuevas emociones.
Con estas palabras,
dichas en un tono significativo, dio por terminada su visita. Acto seguido se
levantó, se despidió con una mezcla de circunspección y cordialidad y se retiró
acompañado de un raudal de bendiciones, acciones de gracias y efusivas manifestaciones
de gratitud. Avdotia Romanovna incluso le tendió su delicada mano, sin que él
hubiera hecho nada por provocar este gesto, y el doctor salió, encantado de la
visita y más encantado aún de sí mismo.
‑Mañana hablaremos. Ahora
acuéstense inmediatamente ‑ordenó Rasumikhine mientras se iba con Zosimof‑.
Mañana, a primera hora, vendré a darles noticias.
‑¡Qué encantadora
muchacha esa Avdotia Romanovna! ‑dijo calurosamente Zosimof cuando estuvieron
en la calle.
Al oír esto, Rasumikhine
se arrojó repentinamente sobre Zosimof y le atenazó el cuello con las manos.
‑¿Encantadora? ¿Has dicho
encantadora? Como te atrevas a... ¿Comprendes...? ¿Comprendes lo que quiero
decir...? ¿Me has entendido...?
Y lo echó contra la
pared, sin dejar de zarandearle.
‑¡Déjame demonio...!
¡Maldito borracho! ‑gritó Zosimof debatiéndose.
Y cuando Rasumikhine le
hubo soltado, se quedó mirándole fijamente y lanzó una carcajada. Rasumikhine
permaneció ante él, con los brazos caídos y el semblante pensativo y triste.
‑Desde luego, soy un asno
‑dijo con trágico acento‑. Pero tú eres tan asno como yo.
‑Eso no, amigo; yo no soy
un asno: yo no pienso en tonterías como tú.
Continuaron su camino en
silencio, y ya estaban cerca de la morada de Raskolnikof, cuando Rasumikhine,
que daba muestras de gran preocupación, rompió el silencio.
‑Escucha ‑dijo a Zosimof‑,
tú no eres una mala persona, pero tienes una hermosa colección de defectos.
Estás corrompido. Eres débil, sensual, comodón, y no sabes privarte de nada. Es
un camino lamentable que conduce al cieno. Eres tan blando, tan afeminado, que
no comprendo cómo has podido llegar a ser médico y, sobre todo, un médico que
cumple con su deber. ¡Un doctor que duerme en lecho de plumas y se levanta por
la noche para ir a visitar a un enfermo...! Dentro de dos o tres años no harás
tales sacrificios... Pero, en fin, esto poco importa. Lo que quiero decirte es
lo siguiente: tú dormirás esta noche en el departamento de la patrona (he
obtenido, no sin trabajo, su consentimiento) y yo en la cocina. Esto es para ti
una ocasión de trabar más estrecho conocimiento con ella... No, no pienses mal.
No quiero decir eso, ni remotamente...
‑¡Pero si yo no pienso
nada!
‑Esa mujer, querido, es
el pudor personificado; una mezcla de discretos silencios, timidez, castidad
invencible y, al mismo tiempo, hondos suspiros. Su sensibilidad es tal, que se
funde como la cera. ¡Líbrame de ella, por lo que más quieras, Zosimof! Es bastante
agraciada. Me harías un favor que te lo agradecería con toda el alma. ¡Te juro
que te lo agradecería!
Zosimof se echó a reír de
buena gana.
‑Pero ¿para qué la quiero
yo?
‑Te aseguro que no te
ocasionará ninguna molestia. Lo único que tienes que hacer es hablarle, sea de
lo que sea: te sientas a su lado y hablas. Como eres médico, puedes empezar por
curarla de una enfermedad cualquiera. Te juro que no te arrepentirás... Esa
mujer tiene un clavicordio. Yo sé un poco de música y conozco esa cancioncilla
rusa que dice «Derramo lágrimas amargas». Ella adora las canciones
sentimentales. Así empezó la cosa. Tú eres un maestro del teclado, un
Rubinstein. Te aseguro que no te arrepentirás.
‑Pero oye: ¿le has hecho
alguna promesa...?, ¿le has firmado algún papel...?, ¿le has propuesto el
matrimonio?
‑Nada de eso, nada en
absoluto... No, esa mujer no es lo que tú crees. Porque Tchebarof ha
intentado...
‑Entonces, la plantas y
en paz.
‑Imposible.
‑¿Por qué?
‑Pues... porque es
imposible, sencillamente... Uno se siente atado, ¿no comprendes?
‑Lo que no entiendo es tu
empeño en atraértela, en ligarla a ti.
‑Yo no he intentado tal
cosa, ni mucho menos. Es ella la que me ha puesto las ligaduras, aprovechándose
de mi estupidez. Sin embargo, le da lo mismo que el ligado sea yo o seas tú: el
caso es tener a su lado un pretendiente... Es... es... No sé cómo explicarte...
Mira; yo sé que tú dominas las matemáticas. Pues bien; háblale del cálculo
integral. Te doy mi palabra de que no lo digo en broma; te juro que el tema le
es indiferente. Ella te mirará y suspirará. Yo le he estado hablando durante
dos días del Parlamento prusiano (llega un momento en que no sabe uno de qué
hablarle), y lo único que ella hacía era suspirar y sudar. Pero no le hables de
amor, pues podría acometerla una crisis de timidez. Limítate a hacerle creer
que no puedes separarte de ella. Esto será suficiente... Estarás como en tu
casa, exactamente como en tu casa; leerás, te echarás, escribirás... Incluso
podrás arriesgarte a darle un beso..., pero un beso discreto.
‑Pero ¿a santo de qué he
de hacer yo todo eso?
‑¡Nada, que no consigo
que me entiendas...! Oye: vosotros formáis una pareja perfectamente armónica.
Hace ya tiempo que lo vengo pensando... Y si tu fin ha de ser éste, ¿qué
importa que llegue antes o después? Te parecerá que vives sobre plumas; es ésta
una vida que se apodera de uno y te subyuga; es el fin del mundo, el ancla, el
puerto, el centro de la tierra, el paraíso.
Crêpes [35]
suculentos, sabrosos pasteles de pescado, el samovar por la tarde, tiernos
suspiros, tibios batines y buenos calentadores. Es como si estuvieses muerto y,
al mismo tiempo, vivo, lo que representa una doble ventaja. Bueno, amigo mío;
empiezo a decir cosas absurdas. Ya es hora de irse a dormir. Escucha: yo me
despierto varias veces por la noche. Cuando me despierte, iré a echar un
vistazo a Rodia. Por lo tanto, no te alarmes si me oyes subir. Sin embargo, si
el corazón te lo manda, puedes ir a echarle una miradita. Y si vieras algo
anormal..., delirio o fiebre, por ejemplo..., debes despertarme. Pero esto no
sucederá.
II
A la mañana siguiente
eran más de las siete cuando Rasumikhine se despertó. En su vida había estado
tan preocupado y sombrío. Su primer sentimiento fue de profunda perplejidad.
Jamás había podido suponer que se despertaría un día de semejante humor. Recordaba
hasta los más ínfimos detalles de los incidentes de la noche pasada y se daba
cuenta de que le había sucedido algo extraordinario, de que había recibido una
impresión muy diferente de las que le eran familiares. Además, comprendía que
el sueño que se había forjado era completamente irrealizable, tanto, que se
sintió avergonzado de haberle dado cabida en su mente, y se apresuró a
expulsarlo de ella, para dedicar su pensamiento a otros asuntos, a los deberes
más razonables que le había legado, por decirlo así, la maldita jornada
anterior.
Lo que más le abochornaba
era recordar hasta qué extremo se había mostrado innoble, pues, además de estar
ebrio, se había aprovechado de la situación de la muchacha para criticar ante
ella llevado de un sentimiento de celos torpe y mezquino, al hombre que era su
prometido, ignorando los lazos de afecto que existían entre ellos y, en
realidad, sin saber nada de aquel hombre. Por otra parte, ¿con qué derecho se
había permitido juzgarle y quién le había pedido que se erigiera en juez?
¿Acaso una criatura como Avdotia Romanovna podía entregarse a un hombre indigno
sólo por el dinero? No, no cabía duda de que Piotr Petrovitch poseía alguna
cualidad. ¿El alojamiento? Él no podía saber lo que era aquella casa. Les había
buscado hospedaje; por lo tanto, había cumplido su deber. ¡Ah, qué miserable
era todo aquello, y qué inadmisible la razón con que intentaba justificarse: su
estado de embriaguez! Esta excusa le envilecía más aún. La verdad está en la
bebida; por lo tanto, bajo la influencia del alcohol, él había revelado toda la
vileza de su corazón deleznable y celoso.
¿Podía permitirse un
hombre como él concebir tales sueños? ¿Qué era él, en comparación con una joven
como Avdotia Romanovna? ¿Cómo podía compararse con ella el borracho charlatán y
grosero de la noche anterior? Imposible imaginar nada más vergonzoso y cómico a
la vez que una unión entre dos seres tan dispares.
Rasumikhine enrojeció
ante estas ideas. Y, de pronto, como hecho adrede, se acordó de que la noche
pasada había dicho en el rellano de la escalera que la patrona tendría celos de
Avdotia Romanovna... Este pensamiento le resultó tan intolerable, que dio un
fuerte puñetazo en la estufa de la cocina. Tan violento fue el golpe, que se
hizo daño en la mano y arrancó un ladrillo.
‑Ciertamente ‑balbuceó a
media voz un minuto después profundamente avergonzado‑, estas torpezas ya no se
pueden evitar ni reparar. Por lo tanto, es inútil pensar en ello... Lo más
prudente será que me presente en silencio, cumpla mis deberes sin desplegar los
labios y... que me excuse con el mutismo... Naturalmente, todo está perdido.
Sin embargo, dedicó un
cuidado especial a su indumentaria. Examinó su traje. No tenía más que uno,
pero se lo habría puesto aunque tuviera otros. Sí, se lo habría puesto
expresamente. Sin embargo, exhibir cínicamente una descuidada suciedad habría
sido un acto de mal gusto. No tenía derecho a mortificar con su aspecto a otras
personas, y menos a unas personas que le necesitaban y le habían rogado que
fuera a verlas.
Cepilló cuidadosamente su
traje. Su ropa interior estaba presentable, como de costumbre (Rasumikhine era
intransigente en cuanto a la limpieza de la ropa interior). Procedió a lavarse
concienzudamente. Nastasia le dio jabón y él lo utilizó para el cuello, la
cabeza y ‑esto sobre todo‑ las manos. Pero cuando llegó el momento de decidir
si debía afeitarse (Praskovia Pavlovna poseía excelentes navajas de afeitar
heredadas de su difunto esposo, el señor Zarnitzine), se dijo que no lo haría,
y se lo dijo incluso con cierta aspereza.
«No, me mostraré tal cual
soy. Podrían suponer que me he afeitado para... Sí, seguro que lo pensarían...
No, no me afeitaré por nada del mundo. Y menos teniendo el convencimiento de
que soy un grosero, un mal educado, un... Admitamos que me considero, cosa que
en cierto modo es verdad, un hombre honrado, o poco menos. ¿Puedo
enorgullecerme de esta honradez? Todo el mundo debe ser honrado y más que
honrado... Además (bien lo recuerdo), yo tuve aquellas cosillas..., no
deshonrosas, desde luego, pero... ¡Y qué ideas me asaltan a veces...! ¿Cómo
poner al lado de todo esto a Avdotia Romanovna...? ¡Bueno, que se vaya al
diablo...! Me importa un comino... Haré cuanto esté en mi mano para mostrarme
tan grosero y desagradable como me sea posible, y no me importa lo que puedan
pensar.» _
En esto apareció Zosimof.
Había pasado la noche en el salón de Praskovia Pavlovna y se disponía a volver
a su casa. Rasumikhine le dijo que Raskolnikof dormía a pierna suelta. Zosimof
dispuso que no se le despertara y prometió volver a las once.
‑Pero veremos si lo
encuentro aquí ‑añadió‑. ¡Demonio de hombre! ¡Un paciente que no obedece al
médico! ¡Estudie usted una carrera para esto! ¿Sabes si irá a ver a su madre y
a su hermana, o si ellas vendrán aquí?
‑Creo que vendrán ellas ‑repuso
Rasumikhine, que había comprendido la finalidad de la pregunta‑. Sin duda,
tendrán que hablar de asuntos de familia. Por lo cual, me marcharé. Tú, como
eres el médico, tienes más derechos que yo.
‑Yo soy el médico, pero
no el confesor. Vendré sólo un momento. No puedo dedicarme exclusivamente a
ellas: tengo mucho trabajo.
‑Estoy preocupado por una
cosa ‑dijo Rasumikhine pensativo y con cara sombría‑. Ayer, como estaba bebido,
no pude poner freno a mi lengua y dije mil estupideces. Una de ellas fue que tú
temías que los síntomas que Rodion presentaba fueran un anuncio de... demencia.
Así se lo manifesté al mismo Rodia.
‑Y también a su hermana y
a su madre, ¿no?
‑Sí... Yo sé que esto fue
una idiotez y que merecería que me abofetearan. Pero, entre nosotros, ¿has
pensado en ello seriamente?
‑¡Seriamente...
seriamente...! Tú mismo me lo describiste como un maniático cuando me trajiste
a su casa... Y ayer lo trastornamos con nuestra conversación sobre el pintor de
paredes. ¡Buen tema para tratarlo con un hombre cuya locura puede haber sido
provocada por este suceso...! Si hubiese sabido exactamente lo que había pasado
en la comisaría, si hubiese estado enterado del detalle de que un canalla le
había herido con sus sospechas, habría evitado semejante conversación. Estos
maníacos hacen un océano de una gota de agua y toman por realidades los
disparates que imaginan. Ahora, gracias a lo que nos contó anoche en tu casa
Zamiotof, ya comprendo muchas cosas. Sí. Conozco el caso de un hombre de
cuarenta años, afectado de hipocondría, que un día no pudo soportar las
travesuras cotidianas de un niño de ocho años y lo estranguló. Y ahora nos
enfrentamos con un hombre reducido a la miseria y que se ve en el trance de
sufrir las insolencias de un policía. Añadamos a esto la enfermedad que le
minaba y el efecto de la grave sospecha. Piensa que se trata de un caso de
hipocondría en último grado, de un sujeto orgulloso en extremo: ahí tenemos la
base del mal... ¡Bueno, que se vaya todo al diablo! ¡Ah!, a propósito: ese
Zamiotof es un gran muchacho, pero ha cometido una torpeza contando todo esto.
Es un charlatán incorregible.
‑Pero ¿a quién lo ha
contado? A ti y a mí.
‑Y a Porfirio.
‑¡Bah! No hay ningún mal
en que Porfirio lo sepa.
‑Oye: ¿tienes alguna
influencia sobre la madre y la hermana? Habría que recomendarles que hoy fueran
prudentes con él.
‑Ya se las arreglarán ‑repuso
Rasumikhine, visiblemente contrariado.
‑¿Por qué atacaría tan
furiosamente a ese Lujine? Es un hombre acomodado y que no parece desagradar a
las mujeres... No andan bien de dinero, ¿verdad?
‑¡Esto es todo un
interrogatorio! ‑exclamó Rasumikhine fuera de sí‑. ¿Cómo puedo yo saber lo que
ellos tienen en el pensamiento? Pregúntaselo a ellas: tal vez te lo digan.
‑¡Qué arranques de
brutalidad tienes a veces! Por lo visto, todavía no se te ha pasado del todo la
borrachera. Adiós. Da las gracias de mi parte a Praskovia Pavlovna por su
hospitalidad. Se ha encerrado en su habitación y no ha respondido a mis buenos
días. Esta mañana se ha levantado a las siete y ha hecho que le entraran el
samovar al dormitorio. No he tenido el honor de verla.
A las nueve en punto
llegó Rasumikhine a la pensión Bakaleev. Las dos mujeres le esperaban desde
hacía un buen rato con impaciencia febril. Se habían levantado a las siete y
media. El estudiante entró en la casa con cara sombría, saludó torpemente y
esta torpeza le hizo enrojecer. Pero ocurrió algo que no tenía previsto.
Pulqueria Alejandrovna se arrojó sobre él, le cogió las manos y poco faltó para
que se las besara. Rasumikhine dirigió una tímida mirada a Avdotia Romanovna.
Pero aquel altivo rostro expresaba un reconocimiento tan profundo y una
simpatía tan afectuosa (en vez de las miradas burlonas y llenas de un desprecio
mal disimulado que esperaba recibir), que su confusión no tuvo límites. Sin
duda se habría sentido menos violento si le hubieran acogido con reproches.
Afortunadamente, tenía un tema de conversación obligado y se apresuró a echar
mano de él.
Cuando se enteró de que
su hijo seguía durmiendo y las cosas no podían ir mejor, Pulqueria Alejandrovna
manifestó que lo celebraba de veras, pues deseaba conferenciar con Rasumikhine
sobre cuestiones urgentes antes de ir a ver a Rodia.
Acto seguido preguntó al
visitante si había tomado el té, y, ante su respuesta negativa, la madre y la
hija le invitaron a tomarlo con ellas, ya que le habían esperado para
desayunarse.
Avdotia Romanovna hizo
sonar la campanilla y acudió un desastrado sirviente. Se le encargó el té, y
cómo lo serviría, que las dos mujeres se sonrojaron. Rasumikhine estuvo a punto
de echar pestes de la pensión, pero se acordó de Lujine, se sintió avergonzado
y nada dijo. Incluso se alegró cuando las preguntas de Pulqueria Alejandrovna
empezaron a caer sobre él como una granizada. Interrogado e interrumpido a cada
momento, estuvo tres cuartos de hora dando explicaciones. Contó cuanto sabía de
la vida de Rodion Romanovitch durante el año último, y terminó con un relato
detallado de la enfermedad de su amigo. Pasó por alto todo aquello que no
convenía referir, como, por ejemplo, la escena de la comisaría, con todas sus
consecuencias. Las dos mujeres le escucharon con ávida atención. Sin embargo,
cuando él creyó que había dado todos los detalles susceptibles de interesarlas
y, por lo tanto, consideraba cumplida su misión, advirtió que ellas no opinaban
así y que habían escuchado su largo relato simplemente como un preámbulo.
‑Dígame ‑dijo vivamente
Pulqueria Alejandrovna‑, ¿qué juzga usted...? ¡Oh, perdón...! No conozco
todavía su nombre.
‑Dmitri Prokofitch.
‑Pues bien, Dmitri
Prokofitch; yo quisiera saber... cuáles son las opiniones de Rodia, sus ideas,
en estos momentos... Es decir..., compréndame... ¡Oh!, no sé cómo decírselo...
Mire, yo quisiera saber qué es lo que le gusta y lo que no le gusta..., y si siempre
está tan irritado como anoche..., y cuáles son sus deseos, mejor dicho, sus
sueños y ambiciones..., y qué es lo que más influye en su ánimo en estos
momentos... En una palabra, yo quisiera saber...
‑Pero, mamá ‑le
interrumpió Dunia‑, ¿quién puede responder a ese torrente de preguntas?
‑¡Es verdad, Dios mío!
¡Es que estaba tan lejos de esperar encontrarlo así!
‑Sin embargo ‑dijo
Rasumikhine‑, esos cambios son muy naturales. Yo no tengo madre, pero sí un tío
que viene todos los años a verme. Y siempre me encuentra transformado, incluso
físicamente... Bueno, lo importante es que han ocurrido muchas cosas durante
los tres años que han estado ustedes sin ver a Rodion. Yo lo conozco desde hace
año y medio. Ha sido siempre un hombre taciturno, sombrío y soberbio.
Últimamente (o tal vez esto empezó antes de lo que suponemos) se ha convertido
en un ser receloso y neurasténico. No es amigo de revelar sus sentimientos:
prefiere mortificar a sus semejantes a mostrarse amable y expansivo con ellos.
A veces se limita a aparecer frío e insensible, pero hasta tal extremo, que
resulta inhumano. Es como si poseyese dos caracteres distintos y los fuera
alternando. En ciertos momentos se muestra profundamente taciturno. Da la
impresión de estar siempre atareado, lo que, de ser verdad, explicaría que todo
el mundo le moleste, pero es lo cierto que está horas y horas acostado y sin
hacer nada. No le gustan las ironías, y no porque carezca de mordacidad, sino
porque sin duda le parece que no puede perder el tiempo en semejantes
frivolidades. Lo que interesa a los demás, a él le es indiferente. Tiene una
elevada opinión de sí mismo, a mi entender no sin razón... ¿Qué más...? ¡Ah,
sí! Creo que la llegada de ustedes ejercerá sobre él una acción saludable.
‑¡Quiera Dios que sea
así! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna, consternada por las revelaciones de
Rasumikhine acerca del carácter de su Rodia.
Al fin el joven osó mirar
más francamente a Avdotia Romanovna. Mientras hablaba, le había dirigido
miradas al soslayo, pero rápidas y furtivas. A veces, la joven permanecía
sentada ante la mesa, escuchándolo atentamente; a veces, se levantaba y
empezaba a dar sus acostumbrados paseos por la habitación, con los brazos
cruzados, cerrada la boca, pensativa, haciendo de vez en cuando una pregunta,
pero sin detenerse. También ella tenía la costumbre de no escuchar hasta el
final a quien le hablaba. Llevaba un vestido sencillo y ligero, y en el cuello
un pañuelo blanco. Rasumikhine dedujo de diversos detalles que tanto ella como
su madre vivían en la mayor pobreza. Si Avdotia Romanovna hubiese ido ataviada
como una reina, es muy probable que Rasumikhine no se hubiera sentido cohibido
ante ella. Sin embargo, tal vez porque la veía tan modestamente vestida y se
imaginaba su vida de privaciones, estaba atemorizado y vigilaba atentamente sus
propios gestos y palabras, lo que aumentaba su timidez de hombre que desconfía
de sí mismo.
‑Nos ha dado usted ‑dijo
Avdotia Romanovna con una sonrisa‑ interesantes detalles acerca del carácter de
mi hermano, y lo ha hecho con toda imparcialidad. Eso está muy bien; pero yo
creía que usted lo admiraba... Sin duda, como usted supone, debe de haber
alguna mujer en todo esto ‑añadió, pensativa.
‑Yo no he dicho tal
cosa..., aunque tal vez tenga usted razón. Sin embargo...
‑¿Qué?
‑Que él no ama a nadie y
tal vez no sienta amor jamás ‑afirmó Rasumikhine.
‑Es decir, que lo
considera usted incapaz de amar.
‑¿Sabe usted, Avdotia
Romanovna, que se parece extraordinariamente, e incluso me atrevería a decir
que en todo, a su hermano? ‑dijo Rasumikhine sin pensarlo.
Pero en seguida se acordó
del juicio que acababa de expresar sobre tal hermano, y enrojeció hasta las
orejas. La joven no pudo menos de echarse a reír al advertirlo.
‑Es muy posible que
estéis los dos equivocados en vuestro juicio sobre Rodia ‑dijo Pulqueria
Alejandrovna, un tanto ofendida‑. No hablo del presente, Dunetchka. Lo que
Piotr Petrovitch nos dice en su carta y lo que tú y yo hemos sospechado acaso
no sea verdad; pero usted, Dmitri Prokofitch, no puede imaginarse hasta qué
extremo llega Rodia en sus fantasías y en sus caprichos... No he tenido con él
un momento de tranquilidad, ni cuando era un chiquillo de quince años. Todavía
le creo capaz de hacer algo que a nadie puede pasarle por la imaginación... Sin
ir más lejos, hace año y medio me dio un disgusto de muerte con su decisión de
casarse con la hija de su patrona, esa señora..., ¿cómo se llama...?,
Zarnitzine.
‑¿Conoce usted los
detalles de esa historia? ‑preguntó Avdotia Romanovna.
‑¿Cree usted ‑continuó
con vehemencia Pulqueria Alejandrovna‑ que habrían podido detenerle mis
lágrimas, mis súplicas, mi falta de salud, mi muerte, nuestra miseria, en fin?
No, él habría pasado sobre todos los obstáculos con la mayor tranquilidad del
mundo.
‑Él no me ha dicho ni una
sola palabra sobre este asunto ‑dijo prudentemente Rasumikhine‑, pero yo he
sabido algo por la viuda de Zarnitzine, la cual por cierto no es nada
habladora. Y lo que esa señora me ha dicho es bastante extraño.
‑¿Qué le ha dicho? ‑preguntaron
las dos mujeres a la vez.
‑¡Oh! Nada de particular.
Lo que he sabido es que ese matrimonio, que estaba irrevocablemente decidido y
que sólo la muerte de la prometida pudo impedir, no era del agrado de la señora
Zarnitzine... Supe, además, que la novia era una mujer fea y enfermiza..., una
joven extraña, aunque dotada de ciertas prendas. Sin duda, las debía de poseer,
pues, de otro modo, no se habría comprendido que Rodia... Además, la muchacha
no tenía dote... Sin embargo, él no se habría casado por interés... Es muy
difícil formular un juicio.
‑Estoy segura de que esa
joven tenía alguna cualidad ‑observó lacónicamente Avdotia Romanovna.
‑Que Dios me perdone,
pero me alegré de su muerte, pues no sé para cuál de los dos habría sido más
funesto ese matrimonio ‑dijo Pulqueria Alejandrovna.
Acto seguido,
tímidamente, con visibles vacilaciones y dirigiendo furtivas miradas a Dunia,
que no ocultaba su descontento, empezó a interrogar al joven sobre la escena
que se había desarrollado el día anterior entre Rodia y Lujine. Este incidente
parecía causarle profunda inquietud, e incluso verdadero terror.
Rasumikhine refirió
detalladamente la disputa, añadiendo sus propios comentarios. Acusó sin rodeos
a Raskolnikof de haber insultado a Piotr Petrovitch deliberadamente y no
mencionó el detalle de que la enfermedad que padecía su amigo podía disculpar
su conducta.
‑Había planeado todo esto
antes de su enfermedad ‑‑concluyó.
‑Yo pienso como usted ‑dijo
Pulqueria Alejandrovna, desesperada.
Pero, al mismo tiempo,
estaba profundamente sorprendida al ver que aquella mañana Rasumikhine hablaba
de Piotr Petrovitch con la mayor moderación e incluso con cierto respeto.
Avdotia Romanovna parecía no menos asombrada por este hecho. Pulqueria Alejandrovna
no pudo contenerse.
‑Así, ¿es ésa su opinión
sobre Piotr Petrovitch?
‑No puedo tener otra del
futuro esposo de su hija ‑respondió Rasumikhine con calurosa firmeza‑. Y no lo
digo por pura cortesía sino porque... porque la mejor recomendación para ese
hombre es que Avdotia Romanovna lo haya elegido por esposo... Si ayer llegué a
injuriarle fue porque estaba ignominiosamente embriagado... y como loco; sí,
como loco, completamente fuera de mí... Y hoy me siento profundamente
avergonzado.
Enrojeció y se detuvo.
Avdotia Romanovna se ruborizó también, pero no dijo nada. No había pronunciado
una sola palabra desde que había empezado a oír hablar de Lujine.
Pero Pulqueria
Alejandrovna se sentía un tanto desconcertada al faltarle la ayuda de su hija.
Finalmente, manifestó, vacilando y dirigiendo continuas miradas a la joven, que
había ocurrido algo que la trastornaba profundamente.
‑Verá usted, Dmitri
Prokofitch ‑comenzó a decir. Pero se detuvo y preguntó a su hija‑: Debo hablar
con toda franqueza a Dmitri Prokofitch, ¿verdad, Dunetchka?
‑Desde luego, mamá ‑respondió
sin vacilar Avdotia Romanovna.
‑Pues es el caso... ‑continuó
inmediatamente Pulqueria Alejandrovna, como si le hubiesen quitado una montaña
de encima al autorizarla a participar su dolor‑. En las primeras horas de esta
mañana hemos recibido un carta de Piotr Petrovitch, en respuesta a la que le
enviamos nosotras ayer anunciándole nuestra llegada. Él nos había prometido
acudir a la estación a recibirnos, pero no le fue posible y nos envió a una
especie de criado que nos condujo aquí. Este hombre nos dijo que Piotr
Petrovitch vendría a vernos esta mañana. Pero, en vez de venir, nos ha enviado
esta carta... Lo mejor será que la lea usted. Hay en ella un punto que me
preocupa especialmente. Usted mismo verá de qué punto se trata, Dmitri
Prokofitch, y me dará su sincera opinión. Usted conoce mejor que nosotros el
carácter de Rodia y podrá aconsejarnos. Le advierto que Dunetchka tomó una
decisión inmediatamente, pero yo no sé todavía qué hacer. Por eso le estaba
esperando.
Rasumikhine desdobló la
carta. Vio que estaba fechada el día anterior y leyó lo siguiente:
«Señora: deseo informarle
de que razones imprevistas me han impedido ir a recibirlas a la estación. Ésta
es la razón de que les enviara en mi lugar a un hombre que por su desenvoltura,
me pareció indicado para el caso. Los asuntos que exigen mi presencia en el
Senado me privarán igualmente del honor de visitarlas mañana por la mañana. Por
otra parte, no quiero poner ninguna traba a la entrevista que habrán de
celebrar, usted con su hijo, y Avdotia Romanovna con su hermano. Por lo tanto,
no tendré el honor de visitarlas hasta mañana, a las ocho en punto de la noche,
y les ruego encarecidamente que me eviten encontrarme con Rodion Romanovitch,
que me insultó del modo más grosero cuando ayer, al saber que estaba enfermo,
fui a visitarle. Esto aparte, es indispensable que hable con usted, con toda
seriedad, de cierto punto sobre el que deseo conocer su opinión. Me permito
advertirla de que si, a pesar de mi ruego, encuentro a Rodion Romanovitch al
lado de ustedes, me veré obligado a marcharme inmediatamente y que en este caso
la responsabilidad será exclusivamente de usted. Si le digo esto es porque sé
positivamente que Rodion Romanovitch está en disposición de salir a la calle y, por lo tanto, puede ir
a casa de ustedes. Sí, sé que su hijo, que tan enfermo parecía cuando le
visité, dos horas después recobró repentinamente la salud. Y puedo asegurarlo
porque lo vi con mis propios ojos en casa de un borracho que acababa de ser
atropellado por un coche y que murió poco después. Por cierto que Rodion
Romanovitch entregó veinticinco rublos "para el entierro" a la hija
del difunto, joven cuya mala conducta es del dominio público. Esto me
sorprendió sobremanera, pues no ignoro lo mucho que le ha costado a usted
conseguir ese dinero.
»Le ruego que salude en
mi nombre, con toda devoción, a Avdotia Romanovna y que acepte el respeto más
sincero de su fiel servidor.
»LUJINE.»
‑¿Qué debo hacer, Dmitri
Prokofitch?‑exclamó Pulqueria Alejandrovna casi con lágrimas en los ojos‑ ¿Cómo
voy a decir a Rodia que no venga? Él nos pidió insistentemente que rompiéramos
con Piotr Petrovitch, y he aquí ahora que Piotr Petrovitch me prohíbe que vea a
mi hijo... Pero si yo le digo a Rodia esto, él es capaz de venir ex profeso. ¿Y
qué ocurrirá entonces?
‑Haga usted lo que
Avdotia Romanovna juzgue más conveniente ‑repuso Rasumikhine en el acto y sin
la menor vacilación.
‑¡Dios mío! ‑exclamó la
madre. ¡Cualquiera sabe lo que ella opina! Dice lo que hay que hacer, pero sin
explicar el motivo. Su parecer es que conviene..., no que conviene, sino que es
indispensable... que Rodia venga a las ocho y se encuentre con Piotr
Petrovitch... Mi intención era no decirle nada de esta carta y procurar, con la
ayuda de usted, evitar que viniese... ¡Se irrita tan fácilmente...! En lo
referente a ese alcohólico que ha muerto, no sé de quién se trata, y tampoco
quién es esa hija a la que Rodia ha entregado un dinero que...
‑Que has logrado a costa
de tantos sacrificios ‑terminó Avdotia Romanovna.
‑Ayer su estado no era
normal ‑dijo Rasumikhine, pensativo‑. Sería interesante saber lo que hizo ayer
en la taberna... En efecto, me habló de un muerto y de una joven, cuando le
acompañaba a su casa; pero no comprendí ni una palabra. Ayer también estaba
yo...
‑Lo mejor, mamá, será que
vayamos ahora mismo a casa de Rodia. Allí veremos lo que conviene hacer.
Además, ya es Zora de que nos marchemos. ¡Más de las diez! ‑exclamó la joven
después de echar una ojeada al precioso reloj de oro guarnecido de esmaltes que
pendía de su cuello, prendido a una fina cadena de estilo veneciano. Esta joya
contrastaba singularmente con el resto de su atavío. «Un regalo de su prometido»,
pensó Rasumikhine.
‑Sí, Dunetchka, ya es
hora ‑dijo Pulqueria Alejandrovna, aturdida e inquieta‑; ya es hora de que nos
vayamos. Al ver que no llegamos, podría creer que estamos disgustadas con él
por la escena de anoche. ¡Dios mío, Dios mío...!
Mientras hablaba se ponía
apresuradamente el sombrero y la mantilla. Dunetchka se compuso también. Sus
guantes estaban no solamente desgastados, sino agujereados, como pudo ver
Rasumikhine. Sin embargo, esta evidente pobreza daba a las dos damas un aire de
especial dignidad, como es corriente en las personas que saben llevar vestidos
humildes. Rasumikhine contemplaba a Avdotia Romanovna con veneración y se
sentía orgulloso ante la idea de acompañarla. Y pensaba que la reina que se
arreglaba las medias en la prisión debía de tener más majestad en ese momento
que cuando aparecía en espléndidas fiestas y magníficos desfiles.
‑¡Dios mío! ‑exclamó
Pulqueria Alejandrovna‑. Nunca me habría imaginado que pudiera causarme temor
una entrevista con mi hijo, con mi querido Rodia. Pues la temo, Dmitri
Prokofitch ‑añadió, dirigiendo al joven una tímida mirada.
‑No debes inquietarte,
mamá ‑dijo Dunia, abrazándola‑. Ten confianza en él como la tengo yo.
‑Confianza en él no me
falta, hija ‑dijo la pobre mujer‑. Pero no he dormido en toda la noche.
Salieron de la casa.
‑¿Sabes lo que me ha
pasado, Dunetchka? Que esta mañana, cuando empezaba, al fin, a quedarme
dormida, la difunta Marfa Petrovna se me ha aparecido en sueños. Iba vestida de
blanco. Se ha acercado a mí, me ha cogido de la mano y ha sacudido la cabeza
con aire severo, como censurándome... ¿No te parece que esto es un mal
presagio? ¡Dios mío! ¡Dios mío...! Oiga, Dmitri Prokofitch: ¿sabía usted que
Marfa Petrovna murió?
‑¿Marfa Petrovna? No sé
quién es.
‑Pues sí, murió de
repente. Y figúrese que...
‑‑¡Pero, mamá; si te ha
dicho que no sabe quién es!
‑¿De modo que no lo sabe?
¡Y yo que creía que estaba al corriente de todo! Perdóneme, Dmitri Prokofitch.
Ando trastornada estos días. Le considero a usted como nuestra Providencia; por
eso le creía informado de todo lo que nos concierne. Usted es para mí como una
persona de la familia... No se enfade si le digo algo que no le guste... ¡Santo
Dios! ¿Qué tiene usted en la mano derecha? ¡Está herido!
‑Sí ‑gruñó Rasumikhine en
un tono de íntima satisfacción.
‑Soy tan expansiva a
veces, que Dunia ha de frenarme. Pero, ¡Dios mío, en qué tabuco vive! ¿Se habrá
despertado ya? Y esa mujer, su patrona, llama habitación a semejante tugurio...
Oiga: ¿dice usted que no le gusta que le hablen demasiado? Entonces, tal vez le
moleste yo, que... ¿Quiere darme algunos consejos, Dmitri Prokofitch? ¿Cómo
debo comportarme con él? Ya ve usted que estoy completamente desorientada.
‑No le haga demasiadas
preguntas si lo ve usted triste. Y, sobre todo, no le hable de su salud: esto
le molesta.
‑¡Ah, Dmitri Prokofitch;
qué duro es a veces ser madre! Ya entramos en la escalera... ¡Qué cosa tan
horrible!
‑Mamá, estás pálida.
Cálmate ‑le dijo Dunia, acariciándola‑. Te atormentas en balde, pues para él
será una gran alegría volverte a ver ‑añadió con ojos resplandecientes.
‑Iré yo delante ‑dijo
Rasumikhine‑, para asegurarme de que está despierto.
Las dos damas subieron lentamente detrás de
Rasumikhine. Cuando llegaron al cuarto piso advirtieron que la puerta del
departamento de la patrona estaba entreabierta y que a través de la abertura,
desde la sombra, las miraban dos ojos negros. Cuando estos ojos se encontraron
con los de ellas, la puerta se cerró tan ruidosamente, que Pulqueria
Alejandrovna estuvo a punto de lanzar un grito de terror.
III
Está mejor ‑les dijo
Zosimof apenas las vio entrar. Zosimof estaba allí desde hacía diez minutos,
sentado en el mismo ángulo del diván que ocupaba la víspera. Raskolnikof estaba
sentado en el ángulo opuesto. Se hallaba completamente vestido, e incluso se
había lavado y peinado, cosa que no había hecho desde hacía mucho tiempo.
El cuarto era tan
reducido, que quedó lleno cuando entraron los visitantes. Pero esto no impidió
a Nastasia deslizarse tras ellos para escuchar.
Raskolnikof tenía buen
aspecto en comparación con el de la víspera. Pero estaba muy pálido y su
semblante expresaba un sombrío ensimismamiento. Su aspecto recordaba el de un
herido o el de un hombre que acabara de experimentar un profundo dolor físico.
Tenía las cejas fruncidas; los labios, contraídos; los ojos, ardientes. Hablaba
poco y de mala gana, como a la fuerza, y sus gestos expresaban a veces una
especie de inquietud febril. Sólo le faltaba un vendaje para parecer
enteramente un herido.
Este sombrío y pálido
semblante se iluminó momentáneamente al entrar la madre y la hermana. Pero la
luz se extinguió muy pronto y sólo quedó el dolor. Zosimof, que examinaba a su
paciente con un interés de médico joven, observó con asombro que desde la entrada
de las dos mujeres el semblante del enfermo expresaba no alegría, sino una
especie de estoicismo resignado. Raskolnikof daba la impresión de estar
haciendo acopio de energías para soportar durante una o dos horas una tortura
que no podía eludir. Cada palabra de la conversación que sostuvo seguidamente
pareció ahondar una herida abierta en su alma. Pero, al mismo tiempo, mostró
una sangre fría que asombró a Zosimof: el loco furioso de la víspera era dueño
de sí mismo hasta el punto de poder disimular sus sentimientos.
‑Sí; ya me doy cuenta de
que estoy casi curado ‑lijo Raskolnikof, abrazando cariñosamente a su
madre y a su hermana, lo que llenó de alegría a Pulqueria Alejandrovna‑. Y no
digo esto como te dije ayer ‑añadió, dirigiéndose a Rasumikhine, mientras le
estrechaba la mano afectuosamente.
‑Estoy incluso asombrado ‑dijo
Zosimof alegremente, pues, en sus diez minutos de charla con el enfermo, éste
había llegado a desconcertarle con su lucidez‑. Si la cosa continúa así, dentro
de tres o cuatro días estará curado por completo y habrá vuelto a su estado
normal de un mes atrás..., o tal vez de dos o tres, pues hace mucho tiempo que
llevaba la enfermedad en incubación... ¿No es así? Confiéselo. Y confiese
también que tenía algún motivo para estar enfermo ‑añadió con una prudente
sonrisa, como si temiera irritarlo.
‑Es posible ‑respondió
fríamente Raskolnikof.
‑Digo esto ‑continuó
Zosimof, cuya animación iba en aumento‑ porque su curación depende en gran
parte de usted. Ahora que podemos hablar, desearía hacerle comprender que es
indispensable que expulse usted, por decirlo así, las causas principales del
mal. Sólo procediendo de este modo podrá usted curarse; en el caso contrario,
las cosas irán de mal en peor. Cuáles son esas causas, lo ignoro; pero usted
debe conocerlas. Usted es un hombre inteligente y puede observarse a sí mismo.
Me parece que el principio de su enfermedad coincide con el término de sus
actividades universitarias. Usted no es de los que pueden vivir sin ocupación:
usted necesita trabajar, tener un objetivo y perseguirlo tenazmente.
‑Sí, sí; tiene usted
razón. Volveré a inscribirme en la universidad cuanto antes y entonces todo irá
como sobre ruedas.
Zosimof, cuyos prudentes
consejos obedecían al deseo de lucirse ante las damas, quedó profundamente
decepcionado cuando, terminado su discurso, dirigió una mirada a su paciente y
advirtió que su rostro expresaba una franca burla. Pero esta decepción se desvaneció
muy pronto: Pulqueria Alejandrovna empezó a abrumar al doctor con sus
expresiones de gratitud, especialmente por su visita nocturna.
‑¿Cómo? ¿Ha ido a veros
esta noche? ‑exclamó Raskolnikof, visiblemente agitado‑. Entonces, no habréis
dormido, no habréis descansado después del viaje...
‑Eso no, Rodia: sólo
estuvimos levantadas hasta las dos. Cuando estamos en casa, Dunia y yo no nos
acostamos nunca más temprano.
‑Yo tampoco sé cómo darle
las gracias ‑dijo Raskolnikof a Zosimof, con semblante sombrío y bajando la
cabeza‑. Dejando aparte la cuestión de los honorarios, y perdone que aluda a
este punto, no sé a qué debo ese especial interés que usted me demuestra.
Francamente, no lo comprendo, y por eso..., por eso su bondad me abruma. Ya ve
que le hablo con toda sinceridad.
‑No se preocupe usted ‑repuso
Zosimof sonriendo afectuosamente‑. Imagínese que es mi primer paciente. Los
médicos que empiezan sienten por sus primeros enfermos tanto afecto como si
fuesen sus propios hijos. Algunos incluso los adoran. Y yo no tengo todavía una
clientela abundante.
‑Y no hablemos de ése ‑dijo
Raskolnikof, señalando a Rasumikhine‑. No ha recibido de mí sino insultos y
molestias, y...
‑¡Qué tonterías dices! ‑exclamó
Rasumikhine‑. Por lo visto, hoy te has levantado sentimental.
Si hubiese sido más
perspicaz, habría advertido que su amigo no estaba sentimental, sino todo lo
contrario. Avdotia Romanovna, en cambio, se dio perfecta cuenta de ello. La
joven observaba a su hermano con ávida atención.
‑De ti, mamá, no quiero
ni siquiera hablar ‑continuó
Raskolnikof en el tono
del que recita una lección aprendida aquella mañana‑. Hoy puedo darme cuenta de
lo que debiste sufrir ayer durante tu espera en esta habitación.
Dicho esto, sonrió y
tendió repentinamente la mano a su hermana, sin desplegar los labios. Esta vez
su sonrisa expresaba un sentimiento profundo y sincero.
Dunia, feliz y
agradecida, se apoderó al punto de la mano de Rodia y la estrechó tiernamente.
Era la primera demostración de afecto que recibía de él después de la querella
de la noche anterior. El semblante de la madre se iluminó ante esta
reconciliación muda pero sincera de sus hijos.
‑Ésta es la razón de que
le aprecie tanto ‑exclamó Rasumikhine con su inclinación a exagerar las cosas‑.
¡Tiene unos gestos...!
«Posee un arte especial
para hacer bien las cosas ‑pensó la madre‑. Y ¡cuán nobles son sus impulsos!
¡Con qué sencillez y delicadeza ha puesto fin al incidente de ayer con su
hermana! Le ha bastado tenderle la mano mientras le miraba afectuosamente...
¡Qué ojos tiene! Todo su rostro es hermoso. Incluso más que el de Dunetchka.
¡Pero, Dios mío, qué miserablemente vestido va! Vaska, el empleado de Atanasio
Ivanovitch, viste mejor que él... ¡Ah, qué a gusto me arrojaría sobre él, lo
abrazaría... y lloraría! Pero me da miedo..., sí, miedo. ¡Está tan extraño!
¡Tan finamente como habla, y yo me siento sobrecogida! Pero, en fin de cuentas,
¿qué es lo que temo de él?»
‑¡Ah, Rodia! ‑dijo,
respondiendo a las palabras de su hijo‑ No te puedes imaginar cuánto sufrimos
Dunia y yo ayer. Ahora que todo ha terminado y la felicidad ha vuelto a
nosotros, puedo decirlo. Figúrate que vinimos aquí a toda prisa apenas dejamos
el tren, para verte y abrazarte, y esa mujer... ¡Ah, mira, aquí está! Buenos
días, Nastasia... Pues bien, Nastasia nos contó que tú estabas en cama, con
alta fiebre; que acababas de marcharte, inconsciente, delirando, y que habían
salido en tu busca. Ya puedes imaginarte nuestra angustia. Yo me acordé de la
trágica muerte del teniente Potantchikof, un amigo de tu padre al que tú no has
conocido. Huyó como tú, en un acceso de fiebre, y cayó en el pozo del patio. No
se le pudo sacar hasta el día siguiente. El peligro que corrías se nos antojaba
mucho mayor de lo que era en realidad. Estuvimos a punto de ir en busca de
Piotr Petrovitch para pedirle ayuda..., pues estábamos solas, completamente
solas ‑terminó con acento quejumbroso.
Se había detenido ante la
idea de que todavía era peligroso hablar de Piotr Petrovitch, aunque todo
estuviera ya arreglado felizmente.
‑Sí, todo eso es muy
enojoso ‑dijo Raskolnikof en un tono tan distraído e indiferente, que Dunetchka
le miró sorprendida‑. ¿Qué otra cosa quería deciros? ‑continuó, esforzándose
por recordar‑. ¡Ah, si! No creas, mamá, ni tú, Dunetchka, que yo no quería ir a
veros sin que antes vinierais vosotras.
‑¡Qué ocurrencia, Rodia! ‑exclamó
Pulqueria Alejandrovna, asombrada.
«Nos habla como por pura
cortesía ‑pensó Dunetchka‑. Hace las paces y presenta sus excusas como si
cumpliera una simple formalidad o dijese una lección aprendida de memoria.»
‑Acabo de levantarme y me
preparaba para ir a veros, pero el estado de mi traje me lo ha impedido. Ayer
me olvidé de decir a Nastasia que limpiara las manchas de sangre, y ahora mismo
acabo de vestirme.
‑¿Manchas de sangre? ‑preguntó
Pulqueria Alejandrovna, aterrada.
‑No tiene importancia,
mamá; no te alarmes. Ayer, cuando salí de aquí delirando, me encontré de pronto
ante un hombre que acababa de ser víctima de un atropello... Un funcionario.
Por eso mis ropas estaban manchadas de sangre.
‑¿Cuando estabas
delirando? ‑dijo Rasumikhine‑. Pues te acuerdas de todo.
‑Es cierto ‑convino
Raskolnikof, presa de una singular preocupación‑. Me acuerdo de todo, y con los
detalles más insignificantes. Sin embargo, no consigo explicarme por qué fui
allí, ni por qué obré y hablé como lo hice.
‑El fenómeno es conocido ‑observó
Zosimof‑. El acto se cumple a veces con una destreza y una habilidad
extraordinarias, pero el principio que lo motiva adolece de cierta alteración y
depende de diversas impresiones morbosas. Es algo así como un sueño.
«Al fin y al cabo, debo
felicitarme de que me tomen por loco, pensó Raskolnikof.
‑Pero las personas
perfectamente sanas están en el mismo caso ‑observó Dunetchka, mirando a
Zosimof con inquietud.
‑La observación es muy
justa ‑respondió el médico‑. En este aspecto, todos solemos parecernos a los
alienados. La única diferencia es que los verdaderos enfermos están un poco más
enfermos que nosotros. Sólo sobre esta base podemos establecer distinciones.
Hombres perfectamente sanos, perfectamente equilibrados, si usted prefiere
llamarlos así, la verdad es que casi no existen: no se podría encontrar más de
uno entre centenares de miles de individuos, e incluso este uno resultaría un
modelo bastante imperfecto.
La palabra «alienado»,
lanzada imprudentemente por Zosimof en el calor de sus comentarios sobre su
tema favorito, recorrió como una ráfaga glacial toda la estancia. Raskolnikof
se mostraba absorto y distraído. En sus pálidos labios había una sonrisa extraña.
Al parecer, seguía reflexionando sobre aquel punto que le tenía perplejo.
‑Bueno, pero ¿ese hombre
atropellado? ‑se apresuró a decir Rasumikhine‑. Te he interrumpido cuando
estabas hablando de él.
Raskolnikof se
sobresaltó, como si lo despertasen repentinamente de un sueño.
‑¿Cómo...? ¡Ah, sí! Me
manché de sangre al ayudar a transportarlo a su casa... A propósito, mamá:
cometí un acto imperdonable. Estaba loco, sencillamente. Todo el dinero que me
enviaste lo di a la viuda para el entierro. Está enferma del pecho... Una verdadera
desgracia... Tres huérfanos de corta edad... Hambrientos... No hay nada en la
casa... Ha dejado otra hija... Yo creo que también tú les habrías dado el
dinero si hubieses visto el cuadro... Reconozco que yo no tenía ningún derecho
a obrar así, y menos sabiendo los sacrificios que has tenido que hacer para
enviarme ese dinero. Está bien que se socorra a la gente. Pero hay que tener
derecho a hacerlo. De lo contrario, Crevez chiens, si vous n'étes pas
contents.
Lanzó una carcajada.
‑¿Verdad, Dunia?
‑No ‑repuso enérgicamente
la joven.
‑¡Bah! También tú estás
llena de buenas intenciones ‑murmuró con sonrisa burlona y acento casi
rencoroso‑. Debí comprenderlo... Desde luego, eso es hermoso y tiene más
valor... Si llegas a un punto que no te atreves a franquear, serás desgraciada,
y si lo franqueas, tal vez más desgraciada todavía. Pero todo esto es pura
palabrería ‑añadió, lamentando no haber sabido contenerse‑. Yo sólo quería
disculparme ante ti, mamá ‑terminó con voz entrecortada y tono tajante.
‑No te preocupes, Rodia;
estoy segura de que todo lo que tú haces está bien hecho ‑repuso la madre
alegremente.
‑No estés tan segura ‑repuso
él, esbozando una sonrisa.
Se hizo el silencio. Toda
esta conversación, con sus pausas, el perdón concedido y la reconciliación, se
había desarrollado en una atmósfera no desprovista de violencia, y todos se
habían dado cuenta de ello.
«Se diría que me temen»,
pensó Raskolnikof mirando furtivamente a su madre y a su hermana.
Efectivamente, Pulqueria
Alejandrovna parecía sentirse más y más atemorizada a medida que se prolongaba
el silencio.
«¡Tanto como creía
amarlas desde lejos!», pensó Raskolnikof repentinamente.
‑¿Sabes que Marfa
Petrovna ha muerto, Rodia? ‑preguntó de pronto Pulqueria Alejandrovna.
‑¿Qué Marfa Petrovna?
‑¿Es posible que no lo
sepas? Marfa Petrovna Svidrigailova. ¡Tanto como te he hablado de ella en mis
cartas!
¡Ah, sí! Ahora me acuerdo
‑dijo como si despertara de un sueño‑. ¿De modo que ha muerto? ¿Cómo?
Esta muestra de
curiosidad alentó a Pulqueria Alejandrovna, que respondió vivamente:
‑Fue una muerte
repentina. La desgracia ocurrió el mismo día en que te envié mi última carta.
Su marido, ese monstruo, ha sido sin duda el culpable. Dicen que le dio una
tremenda paliza.
‑¿Eran frecuentes esas
escenas entre ellos? ‑preguntó Raskolnikof dirigiéndose a su hermana.
‑No, al contrario: él se
mostraba paciente, e incluso amable con ella. En algunos casos era hasta
demasiado indulgente. Así vivieron durante siete años. Hasta que un día, de
pronto, perdió la paciencia.
‑O sea que ese hombre no
era tan terrible. De serlo, no habría podido comportarse con tanta prudencia
durante siete años. Me parece, Dunetchka, que tú piensas así y lo disculpas.
‑¡Oh, no! Es
verdaderamente un hombre despiadado. No puedo imaginarme nada más horrible ‑repuso
la joven con un ligero estremecimiento.
Luego frunció las cejas y
quedó absorta.
‑La escena tuvo lugar por
la mañana ‑prosiguió precipitadamente Pulqueria Alejandrovna‑. Después, Marfa
Petrovna ordenó que le preparasen el coche, a fin de trasladarse a la ciudad
después de comer, como hacía siempre en estos casos. Dicen que comió con
excelente apetito.
‑¿A pesar de los golpes?
‑Ya se iba
acostumbrando... Apenas terminó de comer, fue a bañarse; así se podría marchar
en seguida... Seguía un tratamiento hidroterápico. En la finca hay un manantial
de agua fría y ella se bañaba en él todos los días con regularidad. Apenas
entró en el agua, sufrió un ataque de apoplejía.
‑No es nada extraño ‑observó
Zosimof.
‑¿Y dices que la paliza
había sido brutal?
‑Eso no influyó ‑dijo
Dunia.
Raskolnikof exclamó,
súbitamente irritado:
‑No sé, mamá, por qué nos
has contado todas esas tonterías.
‑Es que no sabía de qué
hablar, hijo mío ‑se le escapó decir a Pulqueria Alejandrovna.
‑¿Es posible que todos me
temáis? ‑dijo Raskolnikof, esbozando una sonrisa.
‑Sí, te tememos ‑respondió
Dunia con expresión severa y mirándole fijamente a los ojos‑. Mamá incluso se
ha santiguado cuando subíamos la escalera.
El semblante de
Raskolnikof se alteró profundamente: parecía reflejar una agitación convulsiva.
Pulqueria Alejandrovna
intervino, visiblemente aturdida:
‑Pero ¿qué dices, Dunia?
No te enfades, Rodia, te lo suplico... Bien es verdad que, desde que partimos,
no cesé de pensar en la dicha de volver a verte y charlar contigo... Tan feliz
me sentía con este pensamiento, que el largo viaje me pareció corto... Pero
¿qué digo? Ahora me siento verdaderamente feliz... Te equivocas, Dunia... Y mi
alegría se debe a que te vuelvo a ver, Rodia.
‑Basta, mamá ‑dijo él,
molesto por tanta locuacidad, estrechando las manos de su madre, pero sin
mirarla‑. Ya habrá tiempo de charlar y comunicarnos nuestra alegría.
Pero al pronunciar estas
palabras se turbó y palideció. Se sentía invadido por un frío de muerte al
evocar cierta reciente impresión. De nuevo tuvo que confesarse que había dicho
una gran mentira, pues sabía muy bien que no solamente no volvería a hablar a
su madre ni a su hermana con el corazón en la mano, sino que ya no pronunciaría
jamás una sola palabra espontánea ante nadie. La impresión que le produjo esta
idea fue tan violenta, que casi perdió la conciencia de las cosas
momentáneamente, y se levantó y se dirigió a la puerta sin mirar a nadie.
‑Pero ¿qué te pasa?‑le
dijo Rasumikhine cogiéndole del brazo.
Raskolnikof se volvió a
sentar y paseó una silenciosa mirada por la habitación. Todos le contemplaban
con un gesto de estupor.
‑Pero ¿qué os pasa que
estáis tan fúnebres? ‑exclamó de súbito‑. ¡Decid algo! ¿Vamos a estar mucho
tiempo así? ¡Ea, hablad! ¡Charlemos todos! No nos hemos reunido para estar
mudos. ¡Vamos, hablemos!
‑¡Bendito sea Dios! ¡Y yo
que creía que no se repetiría el arrebato de ayer! ‑dijo Pulqueria Alejandrovna
santiguándose.
‑¿Qué te ha pasado,
Rodia? ‑preguntó Avdotia Romanovna con un gesto de desconfianza.
‑Nada ‑respondió el joven‑:
que me he acordado de una tontería.
Y se echó a reír.
‑Si es una tontería, lo
celebro ‑dijo Zosimof levantándose‑. Pues hasta a mí me ha parecido... Bueno,
me tengo que marchar. Vendré más tarde... Supongo que le encontraré aquí.
Saludó y se fue.
‑Es un hombre excelente ‑dijo
Pulqueria Alejandrovna.
‑Sí, un hombre excelente,
instruido, perfecto ‑exclamó Raskolnikof precipitadamente y animándose de
súbito‑. No recuerdo dónde lo vi antes de mi enfermedad, pero sin duda lo vi en
alguna parte... Y ahí tenéis otro hombre excelente ‑añadió señalando a
Rasumikhine‑. ¿Te ha sido simpático, Dunia? ‑preguntó de pronto. Y se echó a
reír sin razón alguna.
‑Mucho ‑respondió Dunia.
‑¡No seas imbécil! ‑exclamó
Rasumikhine poniéndose colorado y levantándose.
Pulqueria Alejandrovna
sonrió y Raskolnikof soltó la carcajada.
‑Pero ¿adónde vas?
‑Tengo que hacer.
‑Tú no tienes nada que
hacer. De modo que te has de quedar. Tú te quieres marchar porque se ha ido
Zosimof. Quédate... ¿Qué hora es, a todo esto? ¡Qué preciosidad de reloj,
Dunia! ¿Queréis decirme por qué seguís tan callados? El único que habla aquí
soy yo.
‑Es un regalo de Marfa
Petrovna‑‑dijo Dunia.
‑Un regalo de alto precio
‑añadió Pulqueria Alejandrovna.
‑Pero es demasiado
grande. Parece un reloj de hombre.
‑Me gusta así.
«No es un regalo de su
prometido», pensó Rasumikhine, alborozado.
‑Yo creía que era un
regalo de Lujine ‑dijo Raskolnikof. ‑No, Lujine todavía no le ha regalado nada.
‑¡Ah!, ¿no...? ¿Te
acuerdas, mamá, de que estuve enamorado y quería casarme? ‑preguntó de pronto,
mirando a su madre, que se quedó asombrada ante el giro imprevisto que Rodia
había dado a la conversación, y también ante el tono que había empleado.
‑Sí, me acuerdo
perfectamente.
Y cambió una mirada con
Dunia y otra con Rasumikhine.
‑¡Bah! Hablando
sinceramente, ya lo he olvidado todo. Era una muchacha enfermiza ‑añadió,
pensativo y bajando la cabeza‑ y, además, muy pobre. También era muy piadosa:
soñaba con la vida conventual. Un día, incluso se echó a llorar al hablarme de
esto... Sí, sí; lo recuerdo, lo recuerdo perfectamente... Era fea... En
realidad, no sé qué atractivo veía en ella... Yo creo que si hubiese sido
jorobada o coja, la habría querido todavía más.
Quedó pensativo,
sonriendo, y terminó:
‑Aquello no tuvo
importancia: fue una locura pasajera...
‑No, no fue simplemente
una locura pasajera ‑dijo Dunetchka, convencida.
Raskolnikof miró a su
hermana atentamente, como si no hubiese comprendido sus palabras. Acaso ni
siquiera las había oído. Luego se levantó, todavía absorto, fue a abrazar a su
madre y volvió a su sitio.
‑¿La amas aún? ‑preguntó
Pulqueria Alejandrovna, enternecida.
‑¿A ella? ¿Ahora...?
Sí... Pero... No, no. Me parece que todo eso pasó en otro mundo... ¡Hace ya
tanto tiempo que ocurrió...! Por otra parte, la misma impresión me produce todo
cuanto me rodea.
Y los miró a todos
atentamente.
‑Vosotros sois un
ejemplo: me parece estar viéndoos a una distancia de mil verstas... Pero ¿para
qué diablos hablamos de estas cosas...? ¿Y por qué me interrogáis? ‑exclamó,
irritado.
Después empezó a roerse
las uñas y volvió a abismarse en sus pensamientos.
‑¡Qué habitación tan
mísera tienes, Rodia! Parece una tumba ‑dijo de súbito Pulqueria Alejandrovna
para romper el penoso silencio‑. Estoy segura de que este cuartucho tiene por
lo menos la mitad de culpa de tu neurastenia.
‑¿Esta habitación? ‑dijo
Raskolnikof, distraído‑. Sí, ha contribuido mucho. He reflexionado en ello...
Pero ¡qué idea tan extraña acabas de tener, mamá! ‑añadió con una singular
sonrisa.
Se daba cuenta de que
aquella compañía, aquella madre y aquella hermana a las que volvía a ver
después de tres años de separación, y aquel tono familiar, íntimo, de la
conversación que mantenían, cuando su deseo era no pronunciar una sola palabra,
estaban a punto de serle por completo insoportables.
Sin embargo, había un
asunto cuya discusión no admitía dilaciones. Así acababa de decidirlo,
levantándose. De un modo o de otro, debía quedar resuelto inmediatamente. Y
experimentó cierta satisfacción al hallar un modo de salir de la violenta
situación en que se encontraba.
‑Tengo algo que decirte,
Dunia ‑manifestó secamente y con grave semblante‑. Te ruego que me excuses por
la escena de ayer, pero considero un deber recordarte que mantengo los términos
de mi dilema: Lujine o yo. Yo puedo ser un infame, pero no quiero que tú lo
seas. Con un miserable hay suficiente. De modo que si te casas con Lujine,
dejaré de considerarte hermana mía.
‑¡Pero Rodia! ¿Otra vez.
Las ideas de anoche? ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna‑. ¿Por qué lo crees
infame? No puedo soportarlo. Lo mismo dijiste ayer.
‑Óyeme, Rodia ‑repuso
Dunetchka firmemente y en un tono tan seco como el de su hermano‑, la
discrepancia que nos separa procede de un error tuyo. He reflexionado sobre
ello esta noche y he descubierto ese error. La causa de todo es que tú supones
que yo me sacrifico por alguien. Ésa es tu equivocación. Yo me caso por mí,
porque la vida me parece demasiado difícil. Desde luego, seré muy feliz si
puedo ser útil a los míos, pero no es éste el motivo principal de mi
determinación.
«Miente ‑se dijo
Raskolnikof, mordiéndose los labios en un arranque de rabia‑. ¡La muy
orgullosa...! No quiere confesar su propósito de ser mi bienhechora. ¡Qué
caracteres tan viles! Su amor se parece al odio. ¡Cómo los detesto a todos!»
‑En una palabra ‑continuó
Dunia‑, me caso con Piotr Petrovitch porque de dos males he escogido el menor.
Tengo la intención de cumplir lealmente todo lo que él espera de mí; por lo
tanto, no te engaño. ¿Por qué sonríes?
Dunia enrojeció y un
relámpago de cólera brilló en sus ojos.
‑¿Dices que lo cumplirás
todo? ‑preguntó Raskolnikof con aviesa sonrisa.
‑Hasta cierto punto,
Piotr Petrovitch ha pedido mi mano de un modo que me ha revelado claramente lo
que espera de mí. Ciertamente, tiene una alta opinión de sí mismo, acaso
demasiado alta; pero confío en que sabrá apreciarme a mí igualmente... ¿Por qué
vuelves a reírte?
‑¿Y tú por qué te
sonrojas? Tú mientes, Dunia; mientes por obstinación femenina, para que no
pueda parecer que te has dejado convencer por mí... Tú no puedes estimar a
Lujine. Lo he visto, he hablado con él. Por lo tanto, te casas por interés, te
vendes. De cualquier modo que la mires, tu decisión es una vileza. Me siento
feliz de ver que todavía eres capaz de enrojecer.
‑¡Eso no es verdad! ¡Yo
no miento! ‑exclamó Dunetchka, perdiendo por completo la calma‑. No me casaría
con él si no estuviera convencida de que me aprecia; no me casaría sin estar
segura de que es digno de mi estimación. Afortunadamente, tengo la oportunidad
de comprobarlo muy pronto, hoy mismo. Este matrimonio no es una vileza como tú
dices... Por otra parte, si tuvieses razón, si yo hubiese decidido cometer una
bajeza de esta índole, ¿no sería una crueldad tu actitud? ¿Cómo puedes exigir
de mí un heroísmo del que tú seguramente no eres capaz? Eso es despotismo,
tiranía. Si yo causo la pérdida de alguien, no será sino de mí misma... Todavía
no he matado a nadie... ¿Por qué me miras de ese modo...? ¡Estás pálido...!
¿Qué te pasa, Rodia...? ¡Rodia, querido Rodia!
‑¡Señor! ¡Se ha
desmayado! Tú tienes la culpa ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna.
‑No, no..., no ha sido
nada... Se me ha ido un poco la cabeza, pero no me he desmayado... No piensas
más que en eso... ¿Qué es lo que yo quería decir...? ¡Ah, sí! ¿De modo que
esperas convencerte hoy mismo de que él te aprecia y es digno de tu estimación?
¿Es esto, no? ¿Es esto lo que has dicho...? ¿O acaso he entendido mal?
‑Mamá, da a leer a Rodia
la carta de Piotr Petrovitch ‑dijo Dunetchka.
Pulqueria Alejandrovna le
entregó la carta con mano temblorosa. Raskolnikof se apoderó de ella con un
gesto de viva curiosidad. Pero antes de abrirla dirigió a su hermana una mirada
de estupor y dijo lentamente, como obedeciendo a una idea que le hubiera
asaltado de súbito:
‑No sé por qué me ha de
preocupar este asunto... Cásate con quien quieras.
Parecía hablar consigo
mismo, pero había levantado la voz y miraba a su hermana con un gesto de
preocupación. Al fin, y sin que su semblante perdiera su expresión de estupor,
desplegó la carta y la leyó dos veces atentamente. Pulqueria Alejandrovna estaba
profundamente inquieta y todos esperaban algo parecido a una explosión.
‑No comprendo
absolutamente nada ‑dijo Rodia, pensativo, devolviendo la carta a su madre y
sin dirigirse a nadie en particular‑. Sabe pleitear, como es propio de un
abogado, y cuando habla te hace bastante bien. Pero escribiendo es un iletrado,
un ignorante.
Sus palabras causaron
general estupefacción. No era éste, ni mucho menos, el comentario que se
esperaba.
‑Todos los hombres de su
profesión escriben así ‑dijo Rasumikhine con voz alterada por la emoción.
‑¿Es que has leído la
carta?
‑Sí.
‑Tenemos buenos informes
de él, Rodia ‑dijo Pulqueria Alejandrovna, inquieta y confusa‑. Nos los han
dado personas respetables.
‑Es el lenguaje de los
leguleyos ‑dijo Rasumikhine‑. Todos los documentos judiciales están escritos en
ese estilo.
‑Dices bien: es el estilo
de los hombres de leyes, y también de los hombres de negocios. No es un estilo
de persona iletrada, pero tampoco demasiado literario... En una palabra, es un
estilo propio de los negocios.
‑Piotr Petrovitch no
oculta su falta de estudios ‑dijo Avdotia Romanovna, herida por el tono en que
hablaba su hermano‑. Es más: se enorgullece de deberlo todo a sí mismo.
‑Desde luego, tiene
motivos para estar orgulloso; no digo lo contrario. Al parecer, te ha molestado
que esa carta me haya inspirado solamente una observación poco seria, y crees
que persisto en esta actitud sólo para mortificarte. Por el contrario, en relación
con este estilo he tenido una idea que me parece de cierta importancia para el
caso presente. Me refiero a la frase con que Piotr Petrovitch advierte a
nuestra madre que la responsabilidad será exclusivamente suya si desatiende su
ruego. Estas palabras, en extremo significativas, contienen una amenaza. Lujine
ha decidido marcharse si estoy yo presente. Esto quiere decir que, si no le
obedecéis, está dispuesto a abandonaros a las dos después de haceros venir a
Petersburgo. ¿Qué dices a esto? Estas palabras de Lujine ¿te ofenden como si
vinieran de Rasumikhine, Zosimof o, en fin, de cualquiera de nosotros?
‑No ‑repuso Dunetchka
vivamente‑, porque comprendo que se ha expresado con ingenuidad casi infantil y
que es poco hábil en el manejo de la pluma. Tu observación es muy aguda, Rodia.
Te confieso que ni siquiera la esperaba.
‑Teniendo en cuenta que
es un hombre de leyes, se comprende que no haya sabido decirlo de otro modo y
haya demostrado una grosería que estaba lejos de su ánimo. Sin embargo, me veo
obligado a desengañarte. Hay en esa carta otra frase que es una calumnia contra
mí, y una calumnia de las más viles. Yo entregué ayer el dinero a esa viuda
tísica y desesperada, no «con el pretexto de pagar el entierro», como él dice,
sino realmente para pagar el entierro, y no a la hija, «cuya mala conducta es
del dominio público» (yo la vi ayer por primera vez en mi vida), sino a la
viuda en persona. En todo esto yo no veo sino el deseo de envilecerme a
vuestros ojos a indisponerme con vosotras. Este pasaje está escrito también en
lenguaje jurídico, por lo que revela claramente el fin perseguido y una avidez
bastante cándida. Es un hombre inteligente, pero no basta ser inteligente para
conducirse con prudencia... La verdad, no creo que ese hombre sepa apreciar tus
prendas. Y conste que lo digo por tu bien, que deseo con toda sinceridad.
Dunetchka nada repuso. Ya
había tomado su decisión: esperaría que llegase la noche.
‑¿Qué piensas hacer,
Rodia? ‑preguntó Pulqueria Alejandrovna, inquieta ante el tono reposado y grave
que había adoptado su hijo.
‑¿A qué te refieres?
‑Ya has visto que Piotr
Petrovitch dice que no quiere verte en nuestra casa esta noche, y que se
marchará si... si lo encuentra allí. ¿Qué harás, Rodia: vendrás o no?
‑Eso no soy yo el que
tiene que decirlo, sino vosotras. Lo primero que debéis hacer es preguntaros si
esa exigencia de Piotr Petrovitch no os parece insultante. Sobre todo, es Dunia
la que habrá de decidir si se siente o no ofendida. Yo ‑terminó secamente‑ haré
lo que vosotras me digáis.
‑Dunetchka ha resuelto ya
la cuestión, y yo soy enteramente de su parecer ‑respondió al punto Pulqueria
Alejandrovna.
‑Lo que he decidido,
Rodia, es rogarte encarecidamente que asistas a la entrevista de esta noche ‑dijo
Dunia‑. ¿Vendrás?
‑Iré.
‑También a usted le ruego
que venga ‑añadió Dunetchka dirigiéndose a Rasumikhine‑. ¿Has oído, mamá? He invitado a Dmitri Prokofitch.
‑Me parece muy bien. Que
todo se haga de acuerdo con tus deseos. Celebro tu resolución, porque detesto
la ficción y la mentira. Que el asunto se ventile con toda franqueza. Y si
Piotr Petrovitch se molesta, allá él.
IV
En ese momento, la puerta
se abrió sin ruido y apareció una joven que paseó una tímida mirada por la
habitación. Todos los ojos se fijaron en ella con tanta sorpresa como
curiosidad. Raskolnikof no la reconoció en seguida. Era Sonia Simonovna
Marmeladova. La había visto el día anterior ‑por primera vez‑, pero en
circunstancias y con un atavío que habían dejado en su memoria una imagen
completamente distinta de ella. Ahora iba modestamente, incluso pobremente
vestida y parecía muy joven, una muchachita de modales honestos y reservados y
carita inocente y temerosa. Llevaba un vestido sumamente sencillo y un sombrero
viejo y pasado de moda. Su mano empuñaba su sombrilla, único vestigio de su
atavío del día anterior. Fue tal su confusión al ver la habitación llena de
gente, que perdió por completo la cabeza, como si fuera verdaderamente una
niña, y se dispuso a marcharse.
‑¡Ah! ¿Es usted? ‑exclamó
Raskolnikof, en el colmo de la sorpresa. Y de pronto también él se sintió
turbado.
Recordó que su madre y su
hermana habían leído en la carta de Lujine la alusión a una joven cuya mala
conducta era del dominio público. Cuando acababa de protestar de la calumnia de
Lujine contra él y de recordar que el día anterior había visto por primera vez
a la muchacha, he aquí que ella misma se presentaba en su habitación. Se acordó
igualmente de que no había pronunciado ni una sola palabra de protesta contra
la expresión «cuya mala conducta es del dominio público». Todos estos
pensamientos cruzaron su mente en plena confusión y con rapidez vertiginosa, y
al mirar atentamente a aquella pobre y ultrajada criatura, la vio tan
avergonzada, que se compadeció de ella. Y cuando la muchacha se dirigió a la
puerta con el propósito de huir, en su ánimo se produjo súbitamente una especie
de revolución.
‑Estaba muy lejos de
esperarla ‑le dijo vivamente, deteniéndola con una mirada‑. Haga el favor de
sentarse. Usted viene sin duda de parte de Catalina Ivanovna. No, ahí no;
siéntese aquí, tenga la bondad.
Al entrar Sonia,
Rasumikhine, que ocupaba una de las tres sillas que había en la habitación, se
había levantado para dejarla pasar. Raskolnikof había empezado por indicar a la
joven el extremo del diván que Zosimof había ocupado hacía un momento, pero al
pensar en el carácter íntimo de este mueble que le servía de lecho cambió de
opinión y ofreció a Sonia la silla de Rasumikhine.
‑Y tú siéntate ahí ‑dijo
a su amigo, señalándole el extremo del diván.
Sonia se sentó casi
temblando y dirigió una tímida mirada a las dos mujeres. Se veía claramente que
ni ella misma podía comprender de dónde había sacado la audacia necesaria para
sentarse cerca de ellas. Y este pensamiento le produjo una emoción tan violenta,
que se levantó repentinamente y, sumida en el mayor desconcierto, dijo a
Raskolnikof, balbuceando:
‑Sólo... sólo un momento.
Perdóneme si he venido a molestarle. Vengo de parte de Catalina Ivanovna. No ha
podido enviar a nadie más que a mí. Catalina Ivanovna le ruega encarecidamente
que asista mañana a los funerales que se celebrarán en San Mitrofan... y que
después venga a casa, a su casa, para la comida... Le suplica que le conceda
este honor.
Dicho esto, perdió por
completo la serenidad y enmudeció.
‑Haré todo lo posible
por... No, no faltaré ‑repuso Raskolnikof, levantándose y tartamudeando también‑.
Tenga la bondad de sentarse ‑dijo de pronto‑. He de hablarle, si me lo permite.
Ya veo que tiene usted prisa, pero le ruego que me conceda dos minutos.
Le acercó la silla, y
Sonia se volvió a sentar. De nuevo la joven dirigió una mirada llena de
angustiosa timidez a las dos señoras y seguidamente bajó los ojos. El pálido
rostro de Raskolnikof se había teñido de púrpura. Sus facciones se habían
contraído y sus ojos llameaban.
‑Mamá ‑lijo con
voz firme y vibrante‑, es Sonia Simonovna Marmeladova, la hija de ese
infortunado señor Marmeladof que ayer fue atropellado por un coche... Ya os he
contado...
Pulqueria Alejandrovna
miró a Sonia, entornando levemente los ojos con un gesto despectivo. A pesar
del temor que le inspiraba la mirada fija y retadora de su hijo, no pudo
privarse de esta satisfacción. Dunetchka se volvió hacia la pobre muchacha y la
observó con grave estupor.
Al oír que Raskolnikof la
presentaba, Sonia levantó los ojos, logrando tan sólo que su turbación
aumentase.
‑Quería preguntarle ‑dijo
Rodia precipitadamente- cómo han ido hoy las cosas en su casa. ¿Las han
molestado mucho? ¿Les ha interrogado la policía?
‑No, todo se ha arreglado
sin dificultad. No había duda sobre las causas de la muerte. Nos han dejado
tranquilas. Sólo los vecinos nos han molestado con sus protestas.
‑¿Sus protestas?
‑Sí, el cadáver llevaba
demasiado tiempo en casa y, con este calor, empezaba a oler. Hoy, a la hora de
vísperas, lo trasladarán a la capilla del cementerio. Catalina Ivanovna se
oponía al principio, pero al fin ha comprendido que había que hacerlo.
‑¿O sea que hoy se lo
llevarán?
‑Sí, pero las exequias se
celebrarán mañana. Catalina Ivanovna le suplica que asista a ellas y que luego
vaya a su casa para participar en la comida de funerales.
‑¡Hasta comida de
funerales...!
‑Una sencilla colación.
También me ha encargado que le dé las gracias por la ayuda que nos ha prestado.
Sin ella, nos habría sido imposible enterrar a mi padre.
Sus labios y su barbilla
empezaron a temblar de súbito, pero contuvo el llanto y bajó nuevamente los
ojos.
Mientras hablaba con
ella, Raskolnikof la observaba atentamente. Era menuda y delgada, muy delgada,
y pálida, de facciones irregulares y un poco angulosas, nariz pequeña y afilada
y mentón puntiagudo. No podía decirse que fuera bonita, pero, en compensación,
sus azules ojos eran tan límpidos y, al animarse, le daban tal expresión de
candor y de bondad, que uno no podía menos de sentirse cautivado. Otro detalle
característico de su rostro y de toda ella era que representaba menos edad aún
de la que tenía. Parecía una niña, a pesar de sus dieciocho años, infantilidad
que se reflejaba, de un modo casi cómico, en algunos de sus gestos.
‑No comprendo cómo
Catalina Ivanovna ha podido arreglarlo todo con tan escasos recursos, y menos,
que todavía le haya sobrado para dar una colación ‑dijo Raskolnikof, deseoso de
que la conversación no se interrumpiera.
‑El ataúd es de los más
modestos y toda la ceremonia será sumamente sencilla... O sea, que no le
costará mucho. Entre ella y yo lo hemos calculado todo exactamente; por eso
sabemos que quedará lo suficiente para dar la colación de funerales. Esto es
muy importante para Catalina Ivanovna y no se la debe contrariar... Es un
consuelo para ella... Ya sabe usted cómo es...
‑Comprendo, comprendo...
También mi habitación es muy pobre. Mi madre dice que parece una tumba.
‑¡Y ayer nos entregó
usted hasta su última moneda! ‑murmuró Sonetchka bajando de nuevo los ojos.
Otra vez sus labios y su
barbilla empezaron a temblar. Apenas había entrado, le había llamado la
atención la pobreza del aposento de Raskolnikof. Lo que acababa de decir se le
había escapado involuntariamente.
Hubo un silencio. La
mirada de Dunetchka se aclaró y Pulqueria Alejandrovna se volvió hacia Sonia
con expresión afable.
‑Como es natural, Rodia ‑dijo
la madre, poniéndose en pie‑, comeremos juntos... Vámonos, Dunetchka. Y tú,
Rodia, deberías ir a dar un paseo, después descansar un rato y luego venir a
reunirte con nosotras... lo antes posible. Sin duda te hemos fatigado.
‑Iré, iré ‑se apresuró a
contestar Raskolnikof, levantándose‑. Además, tengo cosas que hacer.
‑¿Qué quieres decir con
eso? ‑exclamó Rasumikhine, mirando fijamente a Raskolnikof‑. Supongo que no se
te habrá pasado por la cabeza comer solo. Dime: ¿qué piensas hacer?
‑Te aseguro que iré. Y tú
quédate aquí un momento... ¿Podéis dejármelo para un rato, mamá? ¿Verdad que no
lo necesitáis?
‑¡No, no! Puede
quedarse... Pero le ruego, Dmitri Prokofitch, que venga usted también a comer
con nosotros.
‑Yo también se lo ruego ‑dijo
Dunia.
Rasumikhine asintió
haciendo una reverencia. Estaba radiante. Durante un momento, todos parecieron
dominados por una violencia extraña.
‑Adiós, Rodia. Es decir,
hasta luego: no me gusta decir adiós... Adiós, Nastasia. ¡Otra vez se me ha
escapado!
Pulqueria Alejandrovna
tenía intención de saludar a Sonia, pero no supo cómo hacerlo y salió de la
habitación precipitadamente.
En cambio, Avdotia
Romanovna, que parecía haber estado esperando su vez, al pasar ante Sonia
detrás de su madre la saludó amable y gentilmente. Sonetchka perdió la calma y
se inclinó con temeroso apresuramiento. Por su semblante pasó una sombra de
amargura, como si la cortesía y la afabilidad de Avdotia Romanovna le hubieran
producido una impresión dolorosa.
‑Adiós, Dunia ‑dijo
Raskolnikof, que había salido al vestíbulo tras ella‑. Dame la mano.
‑¡Pero si ya te la he
dado! ¿No lo recuerdas? ‑dijo la joven, volviéndose hacia él, entre
desconcertada y afectuosa.
‑Es que quiero que me la
vuelvas a dar.
Rodia estrechó
fuertemente la mano de su hermana. Dunetchka le sonrió, enrojeció, libertó con
un rápido movimiento su mano y siguió a su madre. También ella se sentía feliz.
‑¡Todo ha salido a pedir
de boca! ‑dijo Raskolnikof, volviendo al lado de Sonia, que se había quedado en
el aposento, y mirándola con un gesto de perfecta calma, añadió‑: Que el Señor
dé paz a los muertos y deje vivir a los vivos. ¿No te parece, no te parece? Di,
¿no te parece?
Sonia advirtió,
sorprendida, que el semblante de Raskolnikof se iluminaba súbitamente. Durante
unos segundos, el joven la observó en silencio y atentamente. Todo lo que su
difunto padre le había contado de ella acudió de pronto a su memoria...
‑¡Dios mío! ‑exclamó
Pulqueria Alejandrovna apenas llegó con su hija a la calle‑. ¡A quien se le
diga que me alegro de haber salido de esta casa...! ¡He respirado, Dunetchka!
¡Quién me había de decir, cuando estaba en el tren, que me alegraría de
separarme de mi hijo!
‑Piensa que está enfermo,
mamá. ¿No lo ves? Acaso ha perdido la salud a fuerza de sufrir por nosotras.
Hemos de ser indulgentes con él. Se le pueden perdonar muchas cosas, muchas
cosas...
‑Sin embargo, tú no has
sido comprensiva ‑dijo amargamente Pulqueria Alejandrovna‑. Hace un momento os
observaba a los dos. Os parecéis como dos gotas de agua, y no tanto en lo
físico como en lo moral. Los dos sois severos e irascibles, pero también
arrogantes y nobles. Porque él no es egoísta, ¿verdad, Dunetchka...? Cuando
pienso en lo que puede ocurrir esta noche en casa, se me hiela el corazón.
‑No te preocupes, mamá:
sólo sucederá lo que haya de suceder.
‑Piensa en nuestra
situación, Dunetchka. ¿Qué ocurrirá si Piotr Petrovitch renuncia a ese
matrimonio? ‑preguntó indiscretamente.
‑Sólo un hombre
despreciable puede ser capaz de semejante acción ‑repuso Dunetchka con gesto
brusco y desdeñoso.
Pulqueria Alejandrovna
siguió hablando con su acostumbrada volubilidad.
‑Hemos hecho bien en
marcharnos. Rodia tenía que acudir urgentemente a una cita de negocios. Le hará
bien dar un paseo, respirar el aire libre. En su habitación hay una atmósfera
asfixiante. Pero ¿es posible encontrar aire respirable en esta ciudad? Las calles
son como habitaciones sin ventana. ¡Qué ciudad, Dios mío! ¡Cuidado no te
atropellen...! Mira, transportan un piano... Aquí la gente anda empujándose...
Esa muchacha me inquieta.
‑¿Qué muchacha?
‑Esa Sonia Simonovna.
‑¿Por qué te inquieta?
‑Tengo un presentimiento,
Dunia. ¿Me creerás si te digo que, apenas la he visto entrar, he sentido que es
la causa principal de todo?
‑¡Eso es absurdo! ‑‑exclamó
Dunia, indignada‑. Para los presentimientos eres única. Ayer la vio por primera
vez. Ni siquiera la ha reconocido en el primer momento.
‑Ya veremos quién tiene
razón... Desde luego, esa joven me inquieta... He sentido verdadero miedo
cuando me ha mirado con sus extraños ojos. He tenido que hacer un esfuerzo para
no huir... ¡Y nos la ha presentado! Esto es muy significativo. Después de lo que
Piotr Petrovitch nos dice de ella en la carta, nos la presenta... No me cabe
duda de que está enamorado de ella.
‑No hagas caso de lo que
diga Lujine. También se ha hablado y escrito mucho sobre nosotras. ¿Es que lo
has olvidado...? Estoy segura de que es una buena chica y de que todo lo que se
cuenta de ella son estúpidas habladurías.
‑¡Ojalá sea así!
‑Y Piotr Petrovitch es un
chismoso ‑exclamó súbitamente Dunetchka.
Pulqueria Alejandrovna se
contuvo y en este punto terminó la conversación.
‑Ven; tenemos que hablar ‑dijo
Raskolnikof a Rasumikhine, llevándoselo junto a la ventana.
‑Ya diré a Catalina
Ivanovna que vendrá usted a los funerales ‑dijo Sonia precipitadamente y
disponiéndose a marcharse.
‑Un momento, Sonia
Simonovna. No se trata de ningún secreto; de modo que usted no nos molesta lo
más mínimo... Todavía tengo algo que decirle.
Se volvió de nuevo hacia
Rasumikhine y continuó:
‑Quiero hablarte de
ése..., ¿cómo se llama...? ¡Ah, sí! Porfirio Petrovitch... Tú le conoces,
¿verdad?
‑¿Cómo no lo he de
conocer si somos parientes? Bueno, ¿de qué se trata? ‑preguntó con viva
curiosidad.
‑Creo que es él el que
instruye el sumario de... de ese asesinato que comentabais ayer. ¿No?
‑Sí, ¿y qué? ‑preguntó
Rasumikhine, abriendo exageradamente los ojos.
‑Tengo entendido que ha
interrogado a todos los que tenían algún objeto empeñado en casa de la vieja.
Yo también tenía algo empeñado..., muy poca cosa..., una sortija que me dio mi
hermana cuando me vine a Petersburgo, y el reloj de plata de mi padre. Las dos
cosas juntas sólo valen cinco o seis rublos, pero como recuerdos tienen un gran
valor para mí. ¿Qué te parece que haga? No quisiera perder esos objetos,
especialmente el reloj de mi padre. Hace un momento, temblaba al pensar que mi
madre podía decirme que quería verlo, sobre todo cuando estábamos hablando del
reloj de Dunetchka. Es el único objeto que nos queda de mi padre. Si lo
perdiéramos, a mi madre le costaría una enfermedad. Ya Sabes cómo son las
mujeres. Dime, ¿qué debo hacer? Ya sé que hay que ir a la comisaría para
prestar declaración. Pero si pudiera hablar directamente con Porfirio... ¿Qué
te parece...? Así se solucionaría más rápidamente el asunto... Ya verás como,
apenas nos sentemos a la mesa, mi madre me habla del reloj.
Rasumikhine dio muestras
de una emoción extraordinaria.
‑No tienes que ir a la
policía para nada. Porfirio lo solucionará todo... Me has dado una verdadera
alegría... Y ¿para qué esperar? Podemos ir inmediatamente. Lo tenemos a dos
pasos de aquí. Estoy seguro de que lo encontraremos.
‑De acuerdo: vamos.
‑Se alegrará mucho de
conocerte. ¡Le he hablado tantas veces de ti...! Ayer mismo te nombramos... ¿De
modo que conocías a la vieja? ¡Estupendo...! ¡Ah! Nos habíamos olvidado de que
está aquí Sonia Ivanovna.
‑Sonia Simonovna ‑rectificó
Raskolnikof‑. Éste es mi amigo Rasumikhine, Sonia Simonovna; un buen
muchacho...
‑Si se han de marchar
ustedes... ‑comenzó a decir Sonia, cuya confusión había aumentado al
presentarle Rodia a Rasumikhine, hasta el punto de que no se atrevía a levantar
los ojos hacia él.
‑Vamos ‑decidió
Raskolnikof‑. Hoy mismo pasaré por su casa, Sonia Simonovna. Haga el favor de
darme su dirección.
Dijo esto con
desenvoltura pero precipitadamente y sin mirarla. Sonia le dio su dirección, no
sin ruborizarse, y salieron los tres.
‑No has cerrado la puerta
‑dijo Rasumikhine cuando empezaban a bajar la escalera.
‑No la cierro nunca...
Además, no puedo. Hace dos años que quiero comprar una cerradura.
Había dicho esto con aire
de despreocupación. Luego exclamó, echándose a reír y dirigiéndose a Sonia:
‑¡Feliz el hombre que no
tiene nada que guardar bajo llave! ¿No cree usted?
Al llegar a la puerta se
detuvieron.
‑Usted va hacia la
derecha, ¿verdad, Sonia Simonovna...? ¡Ah, oiga! ¿Cómo ha podido encontrarme? ‑preguntó
en el tono del que dice una cosa muy distinta de la que iba a decir. Ansiaba
mirar aquellos ojos tranquilos y puros, pero no se atrevía.
‑Ayer dio usted su
dirección a Poletchka.
‑¿Poletchka? ¡Ah, sí; su
hermanita! ¿Dice usted que le di mi dirección?
‑Sí, ¿no se acuerda?
‑Sí, sí; ya recuerdo.
‑Yo había oído ya hablar
de usted al difunto, pero no sabía su nombre. Creo que incluso mi padre lo
ignoraba. Pero ayer lo supe, y hoy, al venir aquí, he podido preguntar por «el
señor Raskolnikof». Yo no sabía que también usted vivía en una pensión. Adiós.
Ya diré a Catalina Ivanovna...
Se sintió feliz al
poderse marchar y se alejó a paso ligero y con la cabeza baja. Anhelaba llegar
a la primera travesía para quedar al fin sola, libre de la mirada de los dos
jóvenes, y poder reflexionar, avanzando lentamente y la mirada perdida en la lejanía,
en todos los detalles, hasta los más mínimos, de su reciente visita. También
deseaba repasar cada una de las palabras que había pronunciado. No había
experimentado jamás nada parecido. Todo un mundo ignorado surgía confusamente
en su alma.
De pronto se acordó de
que Raskolnikof le había anunciado su intención de ir a verla aquel mismo día,
y pensó que tal vez fuera aquella misma mañana.
‑Si al menos no viniera
hoy... ‑murmuró, con el corazón palpitante como un niño asustado‑. ¡Señor!
¡Venir a mi casa, a mi habitación...! Allí verá...
Iba demasiado preocupada
para darse cuenta de que la seguía un desconocido.
En el momento en que
Raskolnikof, Rasumikhine y Sonia se habían detenido ante la puerta de la casa,
conversando, el desconocido pasó cerca de ellos y se estremeció al cazar al
vuelo casualmente estas palabras de Sonia:
‑... he podido preguntar
por el señor Raskolnikof.
Entonces dirigió a los
tres, y especialmente a Raskolnikof, al que se había dirigido Sonia, una rápida
pero atenta mirada, y después levantó la vista y anotó el número de la casa.
Hizo todo esto en un abrir y cerrar de ojos y de modo que no fue advertido por
nadie. Luego se alejó y fue acortando el paso, como quien quiere dar tiempo a
que otro lo alcance. Había visto que Sonia se despedía de sus dos amigos y
dedujo que se encaminaría a su casa.
«¿Dónde vivirá? ‑pensó‑.
Yo he visto a esta muchacha en alguna parte. Procuraré recordar.»
Cuando llegó a la primera
bocacalle, pasó a la esquina de enfrente y se volvió, pudiendo advertir que la
muchacha había seguido la misma dirección que él sin darse cuenta de que la
espiaban. La joven llegó a la travesía y se internó por ella, sin cruzar la
calzada. El desconocido continuó su persecución por la acera opuesta, sin
perder de vista a Sonia, y cuando habían recorrido unos cincuenta pasos, él
cruzó la calle y la siguió por la misma acera, a unos cinco pasos de distancia.
Era un hombre corpulento,
que representaba unos cincuenta años y cuya estatura superaba a la normal. Sus
anchos y macizos hombros le daban el aspecto de un hombre cargado de espaldas.
Iba vestido con una elegancia natural que, como todo su continente, denunciaba
al gentilhombre. Llevaba un bonito bastón que resonaba en la acera a cada paso
y unos guantes nuevos. Su amplio rostro, de pómulos salientes, tenía una
expresión simpática, y su fresca tez evidenciaba que aquel hombre no residía en
una ciudad. Sus tupidos cabellos, de un rubio claro, apenas empezaban a
encanecer. Su poblada y hendida barba, todavía más clara que sus cabellos; sus
azules ojos, de mirada fija y pensativa, y sus rojos labios, indicaban que era
un hombre superiormente conservado y que parecía más joven de lo que era en
realidad.
Cuando Sonia desembocó en
el malecón, quedaron los dos solos en la acera. El desconocido había tenido
tiempo sobrado para observar que la joven iba ensimismada. Sonia llegó a la
casa en que vivía y cruzó el portal. Él entró tras ella un tanto asombrado. La
joven se internó en el patio y luego en la escalera de la derecha, que era la
que conducía a su habitación. El desconocido lanzó una exclamación de sorpresa
y empezó a subir la misma escalera que Sonia. Sólo en este momento se dio
cuenta la joven de que la seguían.
Sonia llegó al tercer
piso, entró en un corredor y llamó en una puerta que ostentaba el número 9 y
dos palabras escritas con tiza: «Kapernaumof, sastre.»
‑¡Qué casualidad! ‑exclamó
el desconocido.
Y llamó a la puerta
vecina, la señalada con el número 8. Entre ambas puertas había una distancia de
unos seis pasos.
‑¿De modo que vive usted
en casa de Kapernaumof? ‑dijo el caballero alegremente‑. Ayer me arregló un
chaleco. Además, soy vecino de usted: vivo en casa de la señora Resslich
Gertrudis Pavlovna. El mundo es un pañuelo.
Sonia le miró fijamente.
‑Sí, somos vecinos ‑continuó
el caballero, con desbordante jovialidad‑. Estoy en Petersburgo desde hace sólo
dos días. Para mí será un placer volver a verla.
Sonia no contestó. En
este momento le abrieron la puerta, y entró en su habitación. Estaba
avergonzada y atemorizada.
Rasumikhine daba muestras
de gran agitación cuando iba en busca de Porfirio Petrovitch, acompañado de
Rodia.
‑Has tenido una gran
idea, querido, una gran idea ‑dijo varias veces‑. Y créeme que me alegro, que
me alegro de veras.
«¿Por qué se ha de
alegrar?», se preguntó Raskolnikof.
‑No sabía que tú también
empeñabas cosas en casa de la vieja. ¿Hace mucho tiempo de eso? Quiero decir
que si hace mucho tiempo que has estado en esa casa por última vez.
«Es muy listo, pero
también muy ingenuo», se dijo Raskolnikof.
‑¿Cuándo estuve por
última vez? ‑preguntó, deteniéndose como para recordar mejor‑. Me parece que
fue tres días antes del crimen... Te advierto que no quiero recoger los objetos
en seguida ‑se apresuró a aclarar, como si este punto le preocupara
especialmente‑, pues no me queda más que un rublo después del maldito
«desvarío» de ayer.
Y subrayó de un modo
especial la palabra «desvarío».
‑¡Comprendido,
comprendido! ‑exclamó con vehemencia Rasumikhine y sin que se pudiera saber
exactamente qué era lo que comprendía con tanto entusiasmo‑. Esto explica que
te mostraras entonces tan... impresionado... E incluso en tu delirio nombrabas
sortijas y cadenas... Todo aclarado; ya se ha aclarado todo...
«Ya salió aquello. Están
dominados por esta idea. Incluso este hombre que seria capaz de dejarse matar
por mi se siente feliz al poder explicarse por qué hablaba yo de sortijas en mi
delirio. Todo esto los ha confirmado en sus suposiciones.»
‑¿Crees que encontraremos
a Porfirio? ‑preguntó Raskolnikof en voz alta.
‑¡Claro que lo
encontraremos! ‑repuso vivamente Rasumikhine‑. Ya verás qué tipo tan
interesante. Un poco brusco, eso sí, a pesar de ser un hombre de mundo. Bien es
verdad que yo no le considero brusco porque carezca de mundología. Es
inteligente, muy inteligente. Está muy lejos de ser un grosero, a pesar de su
carácter especial. Es desconfiado, escéptico, cínico. Le gusta engañar,
chasquear a la gente, y es fiel al viejo sistema de las pruebas materiales...
Sin embargo, conoce a fondo su oficio. El año pasado desembrolló un caso de
asesinato del que sólo existían ligeros indicios. Tiene grandes deseos de
conocerte.
‑¿Grandes deseos? ¿Por
qué?
‑Bueno, tal vez he
exagerado... Oye; últimamente, es decir, desde que te pusiste enfermo, le he
hablado mucho de ti. Naturalmente, él me escuchaba. Y cuando le dije que eras
estudiante de Derecho y que no podías terminar tus estudios por falta de
dinero, exclamó: «¡Es lamentable!» De esto deduzco... Mejor dicho, del conjunto
de todos estos detalles... Ayer, Zamiotof... Oye, Rodia, cuando te llevé ayer a
tu casa estaba embriagado y dije una porción de tonterías. Lamentaría que
hubieras tomado demasiado en serio mis palabras.
‑¿A qué te refieres? ¿A
la sospecha de esos hombres de que estoy loco? Pues bien, tal vez no se
equivoquen.
Y se echó a reír
forzadamente.
‑Si, si... ¡digo, no...!
Lo cierto es que todo lo que dije anoche sobre esa cuestión y sobre todas eran
divagaciones de borracho.
‑Entonces, ¿para qué
excusarse? ¡Si supieras cómo me fastidian todas estas cosas! ‑exclamó
Raskolnikof con una irritación fingida en parte.
‑Lo sé, lo sé. Lo
comprendo perfectamente; te aseguro que lo comprendo. Incluso me da vergüenza
hablar de ello.
‑Si te da vergüenza,
cállate.
Los dos enmudecieron.
Rasumikhine estaba encantado, y Raskolnikof se dio cuenta de ello con una
especie de horror. Lo que su amigo acababa de decirle acerca de Porfirio
Petrovitch no dejaba de inquietarle.
«Otro que me compadece ‑pensó,
con el corazón agitado y palideciendo‑. Ante éste tendré que fingir mejor y con
más naturalidad que ante Rasumikhine. Lo más natural sería no decir nada,
absolutamente nada... No, no; esto también podría parecer poco natural... En
fin, dejémonos llevar de los acontecimientos... En seguida veremos lo que
sucede... ¿He hecho bien en venir o no? La mariposa se arroja a la llama ella
misma... El corazón me late con violencia... Mala cosa.»
‑Es esa casa gris ‑lijo
Rasumikhine.
«Es de gran importancia
saber si Porfirio está enterado de que estuve ayer en casa de esa bruja y de
las preguntas que hice sobre la sangre. Es necesario que yo sepa esto
inmediatamente, que yo lea la verdad en su semblante apenas entre en el
despacho, al primer paso que dé. De lo contrario, no sabré cómo proceder, y ya
puedo darme por perdido.»
‑¿Sabes lo que te digo? ‑preguntó
de pronto a Rasumikhine con una sonrisa maligna‑. Que he observado que toda la
mañana te domina una gran agitación. De veras.
‑¿Agitación? Nada de eso ‑repuso,
mortificado, Rasumikhine.
‑No lo niegues. Eso se ve
a la legua. Hace un rato estabas sentado en el borde de la silla, cosa que no
haces nunca, y parecías tener calambres en las piernas. A cada momento te
sobresaltabas sin motivo, y unas veces tenías cara de hombre amargado y otras
eras un puro almíbar. Te has sonrojado varias veces y te has puesto como la
púrpura cuando te han invitado a comer.
‑Todo eso son invenciones
tuyas. ¿Qué quieres decir?
‑A veces eres tímido como
un colegial. Ahora mismo te has puesto colorado.
‑¡Imbécil!
‑Pero ¿a qué viene esa
confusión? ¡Eres un Romeo! Ya contaré todo esto en cierto sitio. ¡Ja, ja, ja!
¡Cómo voy a hacer reír a mi madre! ¡Y a otra persona!
‑Oye, oye... Hablemos en
serio... Quiero saber... ‑balbuceó Rasumikhine, aterrado‑. ¿Qué piensas
contarles? Oye, querido... ¡Eres un majadero!
‑Estás hecho una rosa de
primavera... ¡Si vieras lo bien que esto te sienta! ¡Un Romeo de tan aventajada
estatura! ¡Y cómo te has lavado hoy! Incluso te has limpiado las uñas. ¿Cuándo
habías hecho cosa semejante? Que Dios me perdone, pero me parece que hasta te
has puesto pomada en el pelo. A ver: baja un poco la cabeza.
‑¡Imbécil!
Raskolnikof se reía de
tal modo, que parecía no poder cesar de reír. La hilaridad le duraba todavía
cuando llegaron a casa de Porfirio Petrovitch. Esto era lo que él quería. Así,
desde el despacho le oyeron entrar en la casa riendo, y siguieron oyendo estas
risas cuando los dos amigos llegaron a la antesala.
‑¡Ojo con decir aquí una
sola palabra, porque te hago papilla! ‑dijo Rasumikhine fuera de sí y
atenazando con su mano el hombro de su amigo.
V
Raskolnikof entró en el
despacho con el gesto del hombre que hace descomunales esfuerzos para no
reventar de risa. Le seguía Rasumikhine, rojo como la grana, cohibido, torpe y
transfigurado por el furor del semblante. Su cara y su figura tenían en aquellos
momentos un aspecto cómico que justificaba la hilaridad de su amigo.
Raskolnikof, sin esperar a ser presentado, se inclinó ante el dueño de la casa,
que estaba de pie en medio del despacho, mirándolos con expresión
interrogadora, y cambió con él un apretón de manos. Pareciendo todavía que
hacía un violento esfuerzo para no echarse a reír, dijo quién era y cómo se
llamaba. Pero apenas se había mantenido serio mientras murmuraba algunas
palabras, sus ojos miraron casualmente a Rasumikhine. Entonces ya no pudo
contenerse y lanzó una carcajada que, por efecto de la anterior represión,
resultó más estrepitosa que las precedentes.
El extraordinario furor
que esta risa loca despertó en Rasumikhine prestó, sin que éste lo advirtiera,
un buen servicio a Raskolnikof.
‑¡Demonio de hombre! ‑gruñó
Rasumikhine, con un ademán tan violento que dio un involuntario manotazo a un
velador sobre el que había un vaso de té vacío. Por efecto del golpe, todo rodó
por el suelo ruidosamente.
‑No hay que romper los
muebles, señores míos ‑exclamó Porfirio Petrovitch alegremente‑. Esto es un
perjuicio para el Estado.
Raskolnikof seguía
riendo, y de tal modo, que se olvidó de que su mano estaba en la de Porfirio
Petrovitch. Sin embargo, consciente de que todo tiene su medida, aprovechó un
momento propicio para recobrar la seriedad lo más naturalmente posible.
Rasumikhine, al que el accidente que su conducta acababa de provocar había
sumido en el colmo de la confusión, miró un momento con expresión sombría los
trozos de vidrio, después escupió, volvió la espalda a Porfirio y a
Raskolnikof, se acercó a la ventana y, aunque no veía, hizo como si mirase al
exterior. Porfirio Petrovitch reía por educación, pero se veía claramente que
esperaba le explicasen el motivo de aquella visita.
En un rincón estaba
Zamiotof sentado en una silla. Al aparecer los visitantes se había levantado,
esbozando una sonrisa. Contemplaba la escena con una expresión en que el
asombro se mezclaba con la desconfianza, y observaba a Raskolnikof incluso con
una especie de turbación. La aparición inesperada de Zamiotof sorprendió
desagradablemente al joven, que se dijo:
«Otra cosa en que hay que
pensar.»
Y manifestó en voz alta,
con una confusión fingida:
‑Le ruego que me
perdone...
‑Pero ¿qué dice usted?
¡Si estoy encantado! Ha entrado usted de un modo tan agradable... ‑repuso
Porfirio Petrovitch, y añadió, indicando a Rasumikhine con un movimiento de
cabeza‑. Ése, en cambio, ni siquiera me ha dado los Buenos días.
‑Se ha indignado conmigo
no sé por qué. Por el camino le he dicho que se parecía a Romeo y le he
demostrado que mi comparación era justa. Esto es todo lo que ha habido entre
nosotros.
‑¡Imbécil! ‑exclamó
Rasumikhine sin volver la cabeza.
‑Debe de tener sus
motivos para tomar en serio una broma tan inofensiva ‑‑comentó Porfirio
echándose a reír.
‑Oye, juez de
instrucción... ‑empezó a decir Rasumikhine‑. ¡Bah! ¡Que el diablo os lleve a
todos!
Y se echó a reír de buena
gana: había recobrado de súbito su habitual buen humor.
‑¡Basta de tonterías! ‑dijo,
acercándose alegremente a Porfirio Petrovitch‑. Sois todos unos imbéciles...
Bueno, vamos a lo que interesa. Te presento a mi amigo Rodion Romanovitch
Raskolnikof, que ha oído hablar mucho de ti y deseaba conocerte. Además, quiere
hablar contigo de cierto asuntillo... ¡Hombre, Zamiotof! ¿Cómo es que estás
aquí? Esto prueba que conoces a Porfirio Petrovitch. ¿Desde cuándo?
«¿Qué significa todo
esto?, se dijo, inquieto, Raskolnikof.
Zamiotof se sentía un
poco violento.
‑Nos conocimos anoche en
tu casa ‑respondió.
‑No cabe duda de que Dios
está en todas partes. Imagínate, Porfirio, que la semana pasada me rogó
insistentemente que te lo presentase, y vosotros habéis trabado conocimiento
prescindiendo de mí. ¿Dónde tienes el tabaco?
Porfirio Petrovitch iba
vestido con ropa de casa: bata, camisa blanquísima y unas zapatillas viejas.
Era un hombre de treinta y cinco años, de talla superior a la media, bastante
grueso e incluso con algo de vientre. Iba perfectamente afeitado y no llevaba
bigote ni patillas. Su cabello, cortado al rape, coronaba una cabeza grande,
esférica y de abultada nuca. Su cara era redonda, abotagada y un poco achatada;
su tez, de un amarillo fuerte, enfermizo. Sin embargo, aquel rostro denunciaba
un humor agudo y un tanto burlón. Habría sido una cara incluso simpática si no
lo hubieran impedido sus ojos, que brillaban extrañamente, cercados por unas
pestañas casi blancas y unos párpados que pestañeaban de continuo. La expresión
de esta mirada contrastaba extrañamente con el resto de aquella fisonomía casi
afeminada y le prestaba una seriedad que no se percibía en el primer momento.
Apenas supo que
Raskolnikof tenía que tratar cierto asunto con él, Porfirio Petrovitch le
invitó a sentarse en el sofá. Luego se sentó él en el extremo opuesto al
ocupado por Raskolnikof y le miró fijamente, en espera de que le expusiera la
anunciada cuestión. Le miraba con esa atención tensa y esa gravedad extremada
que pueden turbar a un hombre, especialmente cuando ese hombre es casi un
desconocido y sabe que el asunto que ha de tratar está muy lejos de merecer la
atención exagerada y aparatosa que se le presta. Sin embargo, Raskolnikof le
puso al corriente del asunto con pocas y precisas palabras. Luego, satisfecho
de si mismo, halló la serenidad necesaria para observar atentamente a su
interlocutor. Porfirio Petrovitch no apartó de él los ojos en ningún momento
del diálogo, y Rasumikhine, que se habia sentado frente a ellos, seguía con
vivísima atención aquel cambio de palabras. Su mirada iba del juez de
instrucción a su amigo y de su amigo al juez de instrucción sin el menor
disimulo.
«¡Qué idiota!», exclamó
mentalmente Raskolnikof.
‑Tendrá que prestar usted
declaración ante la policía ‑repuso Porfirio Petrovitch con acento
perfectamente oficial‑. Deberá usted manifestar que, enterado del hecho, es
decir, del asesinato, ruega que se advierta al juez de instrucción encargado de
este asunto que tales y cuales objetos son de su propiedad y que desea usted
desempeñarlos. Además, ya recibirá una comunicación escrita.
‑Pero lo que ocurre ‑dijo
Raskolnikof, fingiéndose confundido lo mejor que pudo‑ es que en este momento
estoy tan mal de fondos, que ni siquiera tengo el dinero necesario para
rescatar esas bagatelas. Por eso me limito a declarar que esos objetos me
pertenecen y que cuando tenga dinero...
‑Eso no importa ‑le
interrumpió Porfirio Petrovitch, que pareció acoger fríamente esta declaración
de tipo económico‑. Además, usted puede exponerme por escrito lo que me acaba
de decir, o sea que, enterado de esto y aquello, se declara propietario de
tales objetos y ruega...
‑¿Puedo escribirle en
papel corriente? ‑le interrumpió Raskolnikof, con el propósito de seguir
demostrando que sólo le interesaba el aspecto práctico de la cuestión.
‑Sí, el papel no importa.
Dicho esto, Porfirio
Petrovitch adoptó una expresión francamente burlona. Incluso guiñó un ojo como
si hiciera un signo de inteligencia a Raskolnikof. Acaso esto del signo fue
simplemente una ilusión del joven, pues todo transcurrió en un segundo. Sin embargo,
algo debía de haber en aquel gesto. Que le había guiñado un ojo era seguro.
¿Con qué intención? Eso sólo el diablo lo sabía.
«Este hombre sabe algo,
pensó en el acto Raskolnikof. Y dijo en voz alta, un tanto desconcertado:
‑Perdone que le haya
molestado por tan poca cosa. Esos objetos sólo valen unos cinco rublos, pero
como recuerdos tienen un gran valor para mi. Le confieso que sentí gran
inquietud cuando supe...
‑Eso explica que ayer te
estremecieras al oírme decir a Zosimof que Porfirio estaba interrogando a los
propietarios de los objetos empeñados ‑‑exclamó Rasumikhine con una segunda
intención evidente.
Esto era demasiado.
Raskolnikof no pudo contenerse y lanzó a su amigo una mirada furiosa. Pero en
seguida se sobrepuso.
‑Tú todo lo tomas a broma
‑dijo con una irritación que no tuvo que fingir‑. Admito que me preocupan
profundamente cosas que para ti no tienen importancia, pero esto no es razón
para que me consideres egoísta e interesado, pues repito que esos dos objetos
tan poco valiosos tienen un gran valor para mí. Hace un momento te he dicho que
ese reloj de plata es el único recuerdo que tenemos de mi padre. Búrlate si
quieres, pero mi madre acaba de llegar ‑manifestó dirigiéndose a Porfirio‑, y
si se enterase ‑continuó, volviendo a hablar a Rasumikhine y procurando que la
voz le temblara de que ese reloj se había perdido, su desesperación no tendría
límites. Ya sabes cómo son las mujeres.
‑¡Estás muy equivocado!
¡No me has entendido! Yo no he pensado nada de lo que dices, sino todo lo
contrario ‑protestó, desolado, Rasumikhine.
«¿Lo habré hecho bien?
¿No habré exagerado? ‑pensó Raskolnikof, temblando de inquietud‑. ¿Por qué
habré dicho eso de "Ya sabes cómo son las mujeres"?»
‑¿De modo que su madre ha
venido a verle? ‑preguntó Porfirio Petrovitch.
‑Sí.
‑¿Y cuándo ha llegado?
‑Ayer por la tarde.
Porfirio no dijo nada:
parecía reflexionar.
‑Sus objetos no pueden
haberse perdido ‑manifestó al fin, tranquilo y fríamente‑. Hace tiempo que
esperaba su visita.
Dicho esto, se volvió con
toda naturalidad hacia Rasumikhine, que estaba echando sobre la alfombra la
ceniza de su cigarrillo, y le acercó un cenicero. Raskolnikof se había
estremecido, pero el juez instructor, atento al cigarrillo de Rasumikhine, no
pareció haberlo notado.
‑¿Dices que lo esperabas?
‑preguntó Rasumikhine a Porfirio Petrovitch‑. ¿Acaso sabías que tenía cosas
empeñadas?
Porfirio no le respondió,
sino que habló a Raskolnikof directamente:
‑Sus dos objetos, la
sortija y el reloj, estaban en casa de la víctima, envueltos en un papel sobre
el cual se leía el nombre de usted, escrito claramente con lápiz y, a
continuación, la fecha en que la prestamista había recibido los objetos.
‑¡Qué memoria tiene
usted! ‑exclamó Raskolnikof iniciando una sonrisa.
Ponía gran empeño en
fijar su mirada serenamente en los ojos del juez, pero no pudo menos de añadir:
‑He hecho esta
observación porque supongo que los propietarios de objetos empeñados son muy
numerosos y lo natural sería que usted no los recordara a todos. Pero veo que
me he equivocado: usted no ha olvidado ni siquiera uno..., y... y...
«¡Qué estúpido soy! ¿Qué
necesidad tenía de decir esto?» ‑Es que todos los demás se han presentado ya.
Sólo faltaba usted ‑dijo Porfirio Petrovitch con un tonillo de burla casi
imperceptible.
‑No me sentía bien.
‑Ya me enteré. También
supe que algo le había trastornado profundamente. Incluso ahora está usted un
poco pálido.
‑Pues me encuentro
admirablemente ‑replicó al punto Raskolnikof, en tono tajante y furioso.
Sentía hervir en él una
cólera que no podía reprimir.
«Esta indignación me va a
hacer cometer alguna tontería. Pero ¿por qué se obstinan en torturarme?»
‑Dice que no se sentía
bien ‑exclamó Rasumikhine‑, y esto es poco menos que no decir nada. Pues lo
cierto es que hasta ayer el delirio apenas le ha dejado... Puedes creerme,
Porfirio: apenas se tiene en pie... Pues bien, ayer aprovechó un momento, unos
minutos, en que Zosimof y yo le dejamos, para vestirse, salir furtivamente y
marcharse a Dios sabe dónde. ¡Y esto en pleno delirio! ¿Has visto cosa igual?
¡Este hombre es un caso!
‑¿En pleno delirio? ¡Qué
locura! ‑exclamó Porfirio Petrovitch, sacudiendo la cabeza.
‑¡Eso es mentira! ¡No
crea usted ni una palabra...! Pero sobra esta advertencia, porque usted no lo
ha creído, ni mucho menos ‑dejó escapar Raskolnikof, aturdido por la cólera.
Pero Porfirio no dio
muestras de entender estas extrañas palabras.
‑¿Cómo te habrías
atrevido a salir si no hubieses estado delirando? ‑exclamó Rasumikhine,
perdiendo la calma a su vez‑: ¿Por qué saliste? ¿Con qué intención? ¿Y por qué
lo hiciste a escondidas? Confiesa que no podías estar en tu juicio. Ahora que
ha pasado el peligro, puedo hablarte francamente.
‑Me fastidiaron
insoportablemente ‑dijo Raskolnikof, dirigiéndose a Porfirio con una sonrisa
burlona, insolente, retadora‑. Huí para ir a alquilar una habitación donde no
pudieran encontrarme. Y llevaba en el bolsillo una buena cantidad de dinero. El
señor Zamiotof lo sabe porque lo vio. Por lo tanto, señor Zamiotof, le ruego
que resuelva usted nuestra disputa. Diga: ¿estaba delirando o conservaba mi
sano juicio?
De buena gana habría
estrangulado a Zamiotof, tanto le irritaron su silencio y sus miradas
equívocas.
‑Me pareció ‑dijo al fin
Zamiotof secamente‑ que hablaba usted como un hombre razonable; es más, como un
hombre... prudente; sí, prudente. Pero también parecía usted algo exasperado.
‑Y hoy ‑intervino
Porfirio Petrovitch‑ Nikodim Fomitch me ha contado que le vio ayer, a hora muy
avanzada, en casa de un funcionario que acababa de ser atropellado por un
coche.
‑¡Ahí tenemos otra
prueba! ‑exclamó al punto Rasumikhine‑. ¿No es cierto que te condujiste como un
loco en casa de ese desgraciado? Entregaste todo el dinero a la viuda para el
entierro. Bien que la socorrieras, que le dieses quince, hasta veinte rublos,
con lo que te habrían quedado cinco para ti; pero no todo lo que tenías...
‑A lo mejor, es que me he
encontrado un tesoro. Esto justificaría mi generosidad. Ahí tienes al señor
Zamiotof, que cree que, en efecto, me lo he encontrado...
Y añadió, dirigiéndose a
Porfirio Petrovitch, con los labios temblorosos:
‑Perdone que le hayamos
molestado durante media hora con una charla tan inútil. Está usted abrumado,
¿verdad?
‑¡Qué disparate! Todo lo
contrario. Usted no sabe hasta qué extremo me interesa su compañía. Me encanta
verle y oírle... Celebro de veras, puede usted creerme, que al fin se haya
decidido a venir.
‑Danos un poco de té ‑dijo
Rasumikhine‑. Tengo la garganta seca.
‑Buena idea. Tal vez a
estos señores les venga el té tan bien como a ti... ¿No quieres nada sólido
antes?
‑¡Hala! No te
entretengas.
Porfirio Petrovitch fue a
encargar el té.
La mente de Raskolnikof
era un hervidero de ideas. El joven estaba furioso.
«Lo más importante es que
ni disimulan ni se andan con rodeos. ¿Por qué, sin conocerme, has hablado de mí
con Nikodim Fomitch, Porfirio Petrovitch? Esto demuestra que no ocultan que me
siguen la pista como una jauría de sabuesos. Me están escupiendo en plena
cara.»
Y al pensar esto,
temblaba de cólera.
«Pero llevad cuidado y no
pretendáis jugar conmigo como el gato con el ratón. Esto no es noble, Porfirio
Petrovitch, y yo no lo puedo permitir. Si seguís así, me levantaré y os
arrojaré a la cara toda la verdad. Entonces veréis hasta qué punto os desprecio.»
Respiraba penosamente.
«¿Pero y si me equivoco y
todo esto no son más que figuraciones mías? Podría ser todo un espejismo,
podría haber interpretado mal las cosas a causa de mi ignorancia. ¿Es que no
voy a ser capaz de mantener mi bajo papel? Tal vez no tienen ninguna intención
oculta... Las cosas que dicen son perfectamente normales... Sin embargo, se
percibe tras ellas algo que... Cualquiera podría expresarse como ellos, pero
sin duda bajo sus palabras se oculta una segunda intención... ¿Por qué Porfirio
no ha nombrado francamente a la vieja? ¿Por qué Zamiotof ha dicho que yo me
había expresado como un hombre "prudente"? ¿Y a qué viene ese tono en
que hablan? Sí, ese tono... Rasumikhine lo ha presenciado todo. ¿Por qué, pues,
no le ha sorprendido nada de eso? Ese majadero no se da cuenta de nada...
Vuelvo a sentir fiebre... ¿Me habrá guiñado el ojo Porfirio o habrá sido
simplemente un tic? Sin duda, sería absurdo que me lo hubiera guiñado... ¿A
santo de qué? ¿Quieren exasperarme...? ¿Me desprecian...? ¿Son suposiciones
mías...? ¿Lo saben todo...? Zamiotof se muestra insolente... ¿No me
equivocaré...? Debe de haber reflexionado durante la noche. Yo presentía que
estaría aquí... Está en esta casa como en la suya. ¿Puede ser la primera vez
que viene? Además, Porfirio no le trata como a un extraño, puesto que le vuelve
la espalda. Están de acuerdo; sí, están de acuerdo sobre mí. Y lo más probable
es que hayan hablado de mí antes de nuestra llegada... ¿Sabrán algo de mi
visita a las habitaciones de la vieja? Es preciso averiguarlo cuanto antes.
Cuando he dicho que había salido para alquilar una habitación, Porfirio no ha
dado muestras de enterarse... He hecho muy bien en decir esto... Puede serme
útil... Dirán que es una crisis de delirio... ¡Ja, ja, ja...! Ese Porfirio está
al corriente con todo detalle de mis pasos en la tarde de ayer, pero ignoraba
que había llegado mi madre... Esa bruja había anotado en el envoltorio la fecha
del empeño... Pero se equivocan ustedes si creen que pueden manejarme a su
antojo: ustedes no tienen pruebas, sino sólo vagas conjeturas. ¡Preséntenme
hechos! Mi visita a casa de la vieja no prueba nada, pues es una consecuencia
del estado de delirio en que me hallaba. Así lo diré si llega el caso... Pero
¿saben que estuve en esa casa? No me marcharé de aquí hasta que me entere...
¿Para qué habré venido...? Pero ya me estoy sulfurando: esto salta a la
vista... Es evidente que tengo los nervios de punta... Pero tal vez esto sea lo
mejor... Así puedo seguir desempeñando mi papel de enfermo... Ese hombre quiere
irritarme, desconcertarme... ¿Por qué habré venido?»
Todos estos pensamientos
atravesaron la mente de Raskolnikof con velocidad cósmica.
Porfirio Petrovitch llegó
momentos después. Parecía de mejor humor.
‑Todavía me duele la
cabeza. Consecuencia de los excesos de anoche en tu casa ‑dijo a Rasumikhine
alegremente, tono muy distinto del que había empleado hasta entonces‑. Aún
estoy algo trastornado.
‑¿Resultó interesante la
velada? Os dejé en el mejor momento. ¿Para quién fue la victoria?
‑Para nadie. Finalmente
salieron a relucir los temas eternos.
‑Imagínate, Rodia, que la
disputa había desembocado en esta cuestión: ¿existe el crimen...? Ya puedes
suponer las tonterías que se dijeron.
‑Yo no veo nada de
extraordinario en ello ‑repuso Raskolnikof distraídamente‑. Es una simple
cuestión de sociología.
‑La cuestión no se
planteó en ese aspecto ‑observó Porfirio.
‑Cierto: no se planteó
exactamente así ‑reconoció Rasumikhine acalorándose, como era su costumbre‑.
Oye, Rodia, te ruego que nos escuches y nos des tu opinión. Me interesa. Yo
hacía cuanto podía mientras te esperaba. Les había hablado a todos de ti y les
había prometido tu visita... Los primeros en intervenir fueron los socialistas,
que expusieron su teoría. Todos la conocemos: el crimen es una protesta contra
una organización social defectuosa. Esto es todo, y no admiten ninguna otra
razón, absolutamente ninguna.
‑¡Gran error! ‑exclamó
Porfirio Petrovitch, que se iba animando poco a poco y se reía al ver que
Rasumikhine se embalaba cada vez más.
‑No, no admiten otra
causa ‑prosiguió Rasumikhine con su creciente exaltación‑. No me equivoco. Te
mostraré sus libros. Ya leerás lo que dicen: «Tal individuo se ha perdido a
causa del medio.» Y nada más. Es su frase favorita. O sea que si la sociedad
estuviera bien organizada, no se cometerían crímenes, pues nadie sentiría el
deseo de protestar y todos los hombres llegarían a ser justos. No tienen en
cuenta la naturaleza: la eliminan, no existe para ellos. No ven una humanidad
que se desarrolla mediante una progresión histórica y viva, para producir al
fin una sociedad normal, sino que suponen un sistema social que surge de la
cabeza de un matemático y que, en un abrir y cerrar de ojos, organiza la
sociedad y la hace justa y perfecta antes de que se inicie ningún proceso
histórico. De aquí su odio instintivo a la historia. Dicen de ella que es un
amasijo de horrores y absurdos, que todo lo explica de una manera absurda. De
aquí también su odio al proceso viviente de la existencia. No hay necesidad de
un alma viviente, pues ésta tiene sus exigencias; no obedece ciegamente a la
mecánica; es desconfiada y retrógrada. El alma que ellos quieren puede apestar,
estar hecha de caucho; es un alma muerta y sin voluntad; una esclava que no se
rebelará nunca. Y la consecuencia de ello es que toda la teoría consiste en una
serie de ladrillos sobrepuestos; en el modo de disponer los corredores y las
piezas de un falansterio. Este falansterio se puede construir, pero no la
naturaleza humana, que quiere vivir, atravesar todo el proceso de la vida antes
de irse al cementerio. La lógica no basta para permitir este salto por encima
de la naturaleza. La lógica sólo prevé tres casos, cuando hay un millón.
Reducir todo esto a la única cuestión de la comodidad es la solución más fácil
que puede darse al problema. Una solución de claridad seductora y que hace
innecesaria toda reflexión: he aquí lo esencial. ¡Todo el misterio de la vida
expuesto en dos hojas impresas...!
‑Mirad como se exalta y
vocifera. Habría que atarlo ‑dijo Porfirio Petrovitch entre risas‑. Figúrese
usted -añadió dirigiéndose a Raskolnikof‑ esta misma música en una habitación y
a seis voces. Esto fue la reunión de anoche. Además, nos había saturado
previamente de ponche. ¿Comprende usted lo que sería aquello...? Por otra
parte, estás equivocado: el medio desempeña un gran papel en la criminalidad.
Estoy dispuesto a demostrártelo.
‑Eso ya lo sé. Pero dime:
pongamos el ejemplo del hombre de cuarenta años que deshonra a una niña de
diez. ¿Es el medio el que le impulsa?
‑Pues sí, se puede decir
que es el medio el que le impulsa ‑repuso Porfirio Petrovitch adoptando una
actitud especialmente grave‑. Ese crimen se puede explicar perfectamente,
perfectísimamente, por la influencia del medio.
Rasumikhine estuvo a
punto de perder los estribos.
‑Yo también te puedo
probar a ti ‑gruñó‑ que tus blancas pestañas son una consecuencia del hecho de
que el campanario de Iván el Grande [36]mida treinta toesas de
altura. Te lo demostraré progresivamente, de un modo claro, preciso e incluso
con cierto matiz de liberalismo. Me comprometo a ello. Di: ¿quieres que te lo
demuestre?
‑Sí, vamos a ver cómo te
las compones.
‑¡Siempre con tus burlas! ‑exclamó
Rasumikhine con un tono de desaliento‑. No vale la pena hablar contigo. Te
advierto, Rodia, que todo esto lo hace expresamente. Tú todavía no le conoces.
Ayer sólo expuso su parecer para mofarse de todos. ¡Qué cosas dijo, Señor! ¡Y
ellos encantados de tenerlo en la reunión...! Es capaz de estar haciendo este
juego durante dos semanas enteras. El año pasado nos aseguró que iba a ingresar
en un convento y estuvo afirmándolo durante dos meses. Últimamente se imaginó
que iba a casarse y que todo estaba ya listo para la boda. Incluso se hizo un
traje nuevo. Nosotros empezamos a creerlo y a felicitarle. Y resultó que la
novia no existía y que todo era pura invención.
‑Estás equivocado.
Primero me hice el traje y entonces se me ocurrió la idea de gastaros la broma.
‑¿De verdad es usted tan
comediante? ‑preguntó con cierta indiferencia Raskolnikof.
‑Le parece mentira,
¿verdad? Pues espere, que con usted voy a hacer lo mismo. ¡Ja, ja, ja...! No,
no; le voy a decir la verdad. A propósito de todas esas historias de crímenes,
de medios, de jovencitas, recuerdo un articulo de usted que me interesó y me sigue
interesando. Se titulaba... creo que «El crimen», pero la verdad es que de esto
no estoy seguro. Me recreé leyéndolo en
La Palabra Periódica hace dos meses.
‑¿Un artículo mío en La Palabra Periódica? ‑exclamó
Raskolnikof, sorprendido‑. Ciertamente, yo escribí un artículo hace unos seis
meses, que fue cuando dejé la universidad. En él hablaba de un libro que
acababa de aparecer. Pero lo llevé a La
Palabra Hebdomadaria y no a La
Palabra Periódica.
‑Pues se publicó en La Palabra Periódica.
‑La Palabra Hebdomadaria dejó de aparecer a poco de haber entregado
yo mi artículo, y por eso no pudo publicarlo...
‑Sí, pero, al
desaparecer, este semanario quedó fusionado con La Palabra Periódica, y ello explica que su articulo se haya
publicado en este último periódico. así, ¿no estaba usted enterado?
En efecto, Raskolnikof no
sabía nada de eso.
‑Pues ha de cobrar su
artículo. ¡Qué carácter tan extraordinario tiene usted! Vive tan aislado, que
no se entera de nada, ni siquiera de las cosas que le interesan materialmente.
Es increíble.
‑Yo tampoco sabía nada ‑exclamó
Rasumikhine‑. Hoy mismo iré a la biblioteca a pedir ese periódico... ¿Dices que
el articulo se publicó hace dos meses? ¿En qué día...? Bueno, ya lo
encontraré... ¡No decir nada! ¡Es el colmo!
‑¿Y usted cómo se ha
enterado de que el artículo era mío? lo firmé con una inicial.
‑Fue por casualidad.
Conozco al redactor jefe, le vi hace poco, y como su artículo me habia
interesado tanto...
‑Recuerdo que estudiaba
en él el estado anímico del criminal mientras cometía el crimen.
‑Sí, y ponía gran empeño
en demostrar que el culpable, en esos momentos, es un enfermo. Es una tesis
original, pero en verdad no es esta parte de su articulo la que me interesó
especialmente, sino cierta idea que deslizaba al final. Es lamentable que se limitara
usted a indicarla vaga y someramente... Si tiene usted buena memoria, se
acordará de que insinuaba usted que hay seres que pueden, mejor dicho, que
tienen pleno derecho a cometer toda clase de actos criminales, y a los que no
puede aplicárseles la ley.
Raskolnikof sonrió ante
esta pérfida interpretación de su pensamiento.
‑¿Cómo, cómo? ¿El derecho
al crimen? ¿Y sin estar bajo la influencia irresistible del miedo? ‑preguntó
Rasumikhine, no sin cierto terror.
‑Sin esa influencia
-respondió Porfirio Petrovitch‑. No se trata de eso. En el artículo que
comentamos se divide a los hombres en dos clases: seres ordinarios y seres
extraordinarios. Los ordinarios han de vivir en la obediencia y no tienen
derecho a faltar a las leyes, por el simple hecho de ser ordinarios. En cambio,
los individuos extraordinarios están autorizados a cometer toda clase de
crímenes y a violar todas las leyes, sin más razón que la de ser
extraordinarios. Es esto lo que usted decía, si no me equivoco.
‑¡Es imposible que haya
dicho eso! ‑balbuceó Rasumikhine.
Raskolnikof volvió a
sonreír. Habia comprendido inmediatamente la intención de Porfirio y lo que
éste pretendía hacerle decir. Y, recordando perfectamente lo que habia dicho en
su artículo, aceptó el reto.
‑No es eso exactamente lo
que dije -comenzó en un tono natural y modesto‑. Confieso, sin embargo, que ha
captado usted mi modo de pensar, no ya aproximadamente, sino con bastante
exactitud.
Y, al decir esto, parecía
experimentar cierto placer.
‑La inexactitud consiste
en que yo no dije, como usted ha entendido, que los hombres extraordinarios
están autorizados a cometer toda clase de actos criminales. Sin duda, un
artículo que sostuviera semejante tesis no se habría podido publicar. Lo que yo
insinué fue tan sólo que el hombre extraordinario tiene el derecho..., no el
derecho legal, naturalmente, sino el derecho moral..., de permitir a su
conciencia franquear ciertos obstáculos en el caso de que así lo exija la
realización de sus ideas, tal vez beneficiosas para toda la humanidad... Dice
usted que esta parte de mi artículo adolece de falta de claridad. Se la voy a
explicar lo mejor que pueda. Me parece que es esto lo que usted desea, ¿no?
Bien, vamos a ello. En mi opinión, si los descubrimientos de Képler y Newton,
por una circunstancia o por otra, no hubieran podido llegar a la humanidad sino
mediante el sacrificio de una, o cien, o más vidas humanas que fueran un
obstáculo para ello, Newton habría tenido el derecho, e incluso el deber, de
sacrificar esas vidas, a fin de facilitar la difusión de sus descubrimientos
por todo el mundo. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que Newton tuviera
derecho a asesinar a quien se le antojara o a cometer toda clase de robos. En
el resto de mi artículo, si la memoria no me engaña, expongo la idea de que
todos los legisladores y guías de la humanidad, empezando por los más antiguos
y terminando por Licurgo, Solón, Mahoma, Napoleón, etcétera; todos, hasta los
más recientes, han sido criminales, ya que al promulgar nuevas leyes violaban
las antiguas, que habían sido observadas fielmente por la sociedad y
transmitidas de generación en generación, y también porque esos hombres no
retrocedieron ante los derramamientos de sangre (de sangre inocente y a veces
heroicamente derramada para defender las antiguas leyes), por poca que fuese la
utilidad que obtuvieran de ello.
»Incluso puede decirse
que la mayoría de esos bienhechores y guías de la humanidad han hecho correr
torrentes de sangre. Mi conclusión es, en una palabra, que no sólo los grandes
hombres, sino aquellos que se elevan, por poco que sea, por encima del nivel
medio, y que son capaces de decir algo nuevo, son por naturaleza, e incluso
inevitablemente, criminales, en un grado variable, como es natural. Si no lo
fueran, les sería difícil salir de la rutina. No quieren permanecer en ella, y
yo creo que no lo deben hacer.
»Ya ven ustedes que no he
dicho nada nuevo. Estas ideas se han comentado mil veces de palabra y por
escrito. En
cuanto a mi división de
la humanidad en seres ordinarios y extraordinarios, admito que es un tanto
arbitraria; pero no me obstino en defender la precisión de las cifras que doy.
Me limito a creer que el fondo de mi pensamiento es justo. Mi opinión es que
los hombres pueden dividirse, en general y de acuerdo con el orden de la misma
naturaleza, en dos categorías: una inferior, la de los individuos ordinarios,
es decir, el rebaño cuya única misión es reproducir seres semejantes a ellos, y
otra superior, la de los verdaderos hombres, que se complacen en dejar oír en
su medio "palabras nuevas. Naturalmente, las subdivisiones son infinitas,
pero los rasgos característicos de las dos categorías son, a mi entender,
bastante precisos. La primera categoría se compone de hombres conservadores,
prudentes, que viven en la obediencia, porque esta obediencia los encanta. Y a
mí me parece que están obligados a obedecer, pues éste es su papel en la vida y
ellos no ven nada humillante en desempeñarlo. En la segunda categoría, todos
faltan a las leyes, o, por lo menos, todos tienden a violarlas por todos sus
medios.
»Naturalmente, los
crímenes cometidos por estos últimos son relativos y diversos. En la mayoría de
los casos, estos hombres reclaman, con distintas fórmulas, la destrucción del
orden establecido, en provecho de un mundo mejor. Y, para conseguir el triunfo
de sus ideas, pasan si es preciso sobre montones de cadáveres y ríos de sangre.
Mi opinión es que pueden permitirse obrar así; pero..., que quede esto bien
claro..., teniendo en cuenta la clase e importancia de sus ideas. Sólo en este
sentido hablo en mi artículo del derecho de esos hombres a cometer crímenes.
(Recuerden ustedes que nuestro punto de partida ha sido una cuestión jurídica.)
Por otra parte, no hay motivo para inquietarse demasiado. La masa no les
reconoce nunca ese derecho y los decapita o los ahorca, dicho en términos
generales, con lo que cumple del modo más radical su papel conservador, en el
que se mantiene hasta el día en que generaciones futuras de esta misma masa
erigen estatuas a los ajusticiados y crean un culto en torno de ellos..., dicho
en términos generales. Los hombres de la primera categoría son dueños del
presente; los de la segunda del porvenir. La primera conserva el mundo,
multiplicando a la humanidad; la segunda empuja al universo para conducirlo
hacia sus fines. Las dos tienen su razón de existir. En una palabra, yo creo
que todos tienen los mismos derechos. Vive donc
la guerre éternelle..., hasta la Nueva Jerusalén, entiéndase.
‑Entonces, ¿usted cree en
la Nueva Jerusalén?
‑Sí ‑respondió firmemente
Raskolnikof.
Y pronunció estas
palabras con la mirada fija en el suelo, de donde no la había apartado durante
su largo discurso.
‑¿Y en Dios? ¿Cree
usted...? Perdone si le parezco indiscreto.
‑Sí, creo ‑repuso
Raskolnikof levantando los ojos y fijándolos en Porfirio.
‑¿Y en la resurrección de
Lázaro?
‑Pues... sí. Pero ¿por
qué me hace usted estas preguntas?
‑¿Cree usted sin
reservas?
‑Sin reservas.
‑Bien, bien... La cosa no
tiene ninguna importancia. Simple curiosidad... Ahora, y perdone, permítame que
vuelva a nuestro asunto. No siempre se ejecuta a esos criminales. Por el
contrario, algunos...
‑Conservan su vida,
triunfantes. Sí, esto les sucede a algunos, y entonces...
‑Son ellos los que
ejecutan.
‑Siempre que sea
necesario, que es el caso más frecuente. Desde luego, su observación es muy
sutil.
‑Muchas gracias. Pero
dígame: ¿cómo distinguir a esos hombres extraordinarios de los otros?
¿Presentan alguna característica especial al nacer? Mi opinión es que en este
punto hay que observar la más rigurosa exactitud y alcanzar una gran precisión
en la distinción de los dos tipos de hombre. Perdone mi inquietud, muy natural
en un hombre práctico y bienintencionado, pero ¿no sería conveniente que esos
hombres fueran vestidos de un modo especial o llevaran algún distintivo...?
Porque suponga usted que un individuo perteneciente a una categoría cree formar
parte de la otra y se lanza «a destruir todos los obstáculos que se le oponen,
para decirlo con sus propias y felices palabras. Entonces...
‑¡Oh! Eso ocurre con
frecuencia. Es una observación que supera a la anterior en agudeza.
‑Gracias.
‑No hay de qué. Pero
piense que semejante error es sólo posible en la primera categoría, es decir,
en la de los hombres ordinarios, como yo les he calificado, tal vez
equivocadamente. A pesar de su tendencia innata a la obediencia, muchos de
ellos, llevados de un natural alocado que se encuentra incluso entre las vacas,
se consideran hombres de vanguardia, destructores llamados a exponer ideas
nuevas, y lo creen con toda sinceridad. Estos hombres no distinguen a los
verdaderos innovadores y suelen despreciarlos, considerándolos espíritus
mezquinos y atrasados. Pero me parece que no puede haber en ello ningún serio
peligro, ya que nunca van muy lejos. Por lo tanto, la inquietud de usted no
está justificada. A lo sumo, merecen que se les azote de vez en cuando para
castigarlos por su desvío y hacerlos volver al redil. No hay necesidad de
molestar a un verdugo, pues ellos mismos se aplican la sanción que merecen, ya
que son personas de alta moralidad. A veces se administran el castigo unos a
otros; a veces se azotan con sus propias manos. Se imponen penitencias
públicas, lo que no deja de ser hermoso y edificante. Es la regla general. En
una palabra, que no tiene usted por qué inquietarse.
‑Bien; me ha
tranquilizado usted, cuando menos por esta parte. Pero hay otra cosa que me
inquieta. Dígame: ¿son muchos esos individuos que tienen derecho a estrangular
a los otros, es decir, esos hombres extraordinarios? Desde luego, yo estoy
dispuesto a inclinarme ante ellos, pero no me negará usted que uno no puede
estar tranquilo ante la idea de que tal vez sean muy numerosos.
‑¡Oh! No se preocupe
tampoco por eso -dijo Raskolnikof sin cambiar de tono‑. Son muy pocos,
poquísimos, los hombres capaces de encontrar una idea nueva e incluso de decir
algo nuevo. De lo que no hay duda es de que la distribución de los individuos
en las categorías y subdivisiones que observamos en la especie humana está
estrictamente determinada por alguna ley de la naturaleza. Esta ley está vedada
todavía a nuestro conocimiento, pero yo creo que existe y que algún día se nos
revelará. La enorme masa de individuos que forma lo que solemos llamar el
rebaño, sólo vive para dar al mundo, tras largos esfuerzos y misteriosos cruces
de razas, un hombre que, entre mil, posea cierta independencia, o un hombre
entre diez mil, o entre cien mil, que eso depende del grado de elevación de la
independencia (estas cifras son únicamente aproximadas). Sólo surge un hombre
de genio entre millones de individuos, y millares de millones de hombres pasan
sobre la corteza terrestre antes de que aparezca una de esas inteligencias capaces
de cambiar la faz del mundo. Desde luego, yo no me he asomado a la retorta
donde se elabora todo eso, pero no cabe duda de que esta ley existe, porque
debe existir, porque en esto no interviene para nada el azar.
‑¿Estáis bromeando? ‑exclamó
Rasumikhine‑. ¿Os burláis el uno del otro? Os estáis lanzando pulla tras pulla.
Tú no hablas en serio, Rodia.
Raskolnikof no contestó a
su amigo. Levantó hacia él su pálido y triste rostro, y Rasumikhine, al ver
aquel semblante lleno de amargura, consideró inadecuado el tono cáustico,
grosero y provocativo de Porfirio.
‑Bien, querido ‑dijo el
estudiante‑. Si estáis hablando en serio, quiero decirte que tienes razón al
afirmar que no hay nada nuevo en esas ideas, que todas se parecen a las que
hemos oído exponer infinidad de veces. Pero yo veo algo original en tu
artículo, algo que a mi entender te pertenece por completo, muy a pesar mío, y
es ese derecho moral a derramar sangre que tú concedes con plena conciencia y
excusas con tanto fanatismo... Me parece que ésta es la idea principal de tu
artículo: la autorización moral a matar..., la cual, por cierto, me parece
mucho más terrible que la autorización oficial y legal.
‑Exacto: es mucho más
terrible ‑observó Porfirio.
‑Sin duda, tú te has
dejado llevar hasta más allá del límite de tu idea. Eso es un error. Leeré tu
artículo. Tú has dicho más de lo que querías decir... Tú no puedes opinar
así... Leeré tu artículo.
‑En mi artículo no hay
nada de todo eso ‑dijo Raskolnikof‑. Yo me limité a comentar superficialmente
la cuestión.
‑Lo cierto es ‑dijo
Porfirio, que apenas podía mantenerse en su puesto de juez‑ que ahora comprendo
casi enteramente sus puntos de vista sobre el crimen. Pero... Perdone que le
importune tanto (estoy avergonzado de molestarle de este modo). Oiga: acaba
usted de tranquilizarme respecto a los casos de error, esos casos de confusión
entre las dos categorías; pero... sigo sintiendo cierta inquietud al pensar en
el lado práctico de la cuestión. Si un hombre, un adolescente, sea el que
fuere, se imagina ser un Licurgo, o un Mahoma (huelga decir que en potencia, o
sea para el futuro), y se lanza a destruir todos los obstáculos que encuentra
en su camino..., se dirá que va a emprender una larga campaña y que para esta
campaña necesita dinero... ¿Comprende...?
Al oír estas palabras,
Zamiotof resolló en su rincón, pero Raskolnikof ni le miró siquiera.
‑Admito ‑repuso
tranquilamente‑ que esos casos deben presentarse. Los vanidosos, esos seres
estúpidos, pueden caer en la trampa, y más aún si son demasiado jóvenes.
‑Por eso se lo digo... ¿Y
qué hay que hacer en ese caso?
Raskolnikof sonrió
mordazmente.
‑¿Qué quiere usted que le
diga? Eso no me afecta lo más mínimo. Así es y así será siempre... Fíjese usted
en éste ‑‑e indicó con un gesto a Rasumikhine‑. Hace un momento decía que yo
disculpaba el asesinato. Pero ¿eso qué importa? La sociedad está bien protegida
por las deportaciones, las cárceles, los presidios, los jueces. No tiene motivo
para inquietarse. No tiene más que buscar al delincuente.
‑¿Y si se le encuentra?
‑Peor para él.
‑Su lógica es
irrefutable. Pero la conciencia está en juego.
‑Eso no debe preocuparle.
‑Es una cuestión que
afecta a los sentimientos humanos.
‑El que sufre
reconociendo su error, recibe un castigo que se suma al del penal.
‑Así ‑dijo Rasumikhine,
malhumorado‑, los hombres geniales, esos que tienen derecho a matar, ¿no han de
sentir ningún remordimiento por haber derramado sangre humana...?
‑No se trata de que deban
o no deban sentirlo. Sólo sufrirán en el caso de que sus víctimas les inspiren
compasión. El sufrimiento y el dolor van necesariamente unidos a un gran
corazón y a una elevada inteligencia. Los verdaderos grandes hombres deben de
experimentar, a mi entender, una gran tristeza en este mundo ‑añadió con un
aire pensativo que contrastaba con el tono de la conversación.
Levantó los ojos y miró a
los presentes con aire distraído. Después sonrió y cogió su gorra. Estaba
sereno, por lo menos mucho más que cuando había llegado, y se daba cuenta de
ello. Todos se levantaron. Porfirio Petrovitch dijo:
‑Enfádese conmigo,
insúlteme si quiere, pero no puedo remediarlo: tengo que hacerle otra
pregunta..., aunque reconozco que estoy abusando de su paciencia. Quisiera
exponerle cierta idea que se me acaba de ocurrir y que temo olvidar...
‑Bien, usted dirá ‑dijo
Raskolnikof, de pie, pálido y serio, frente al juez de instrucción.
‑Pues se trata... No sé
cómo explicarme... Es una idea tan extraña... De tipo psicológico, ¿sabe...?
Verá. Yo creo que cuando estaba usted escribiendo su artículo tenía
forzosamente que considerarse, por lo menos en cierto modo, como uno de esos
hombres extraordinarios destinados a decir «palabras nuevas», en el sentido que
usted ha dado a esta expresión... ¿No es así?
‑Es muy posible ‑repuso
desdeñosamente Raskolnikof.
Rasumikhine hizo un
movimiento.
‑En ese caso, ¿sería
usted capaz de decidirse, para salir de una situación económica apurada o para
hacer un servicio a la humanidad, a dar el paso..., en fin, a matar para robar?
Y guiñó el ojo izquierdo,
mientras sonreía en silencio, exactamente igual que antes.
‑Si estuviera decidido a
dar un paso así, tenga la seguridad de que no se lo diría a usted ‑repuso
Raskolnikof con retadora arrogancia.
‑Mi pregunta ha obedecido
a una curiosidad puramente literaria. La he hecho con el único fin de
comprender mejor el fondo de su artículo.
«¡Qué celada tan buena! ‑pensó Raskolnikof,
asqueado‑. La
malicia está cosida con hilo blanco.»
‑Permítame aclararle ‑dijo
secamente‑ que yo no me he creído jamás un Mahoma ni un Napoleón, ni ningún
otro personaje de este género, y que, en consecuencia, no puedo decirle lo que
haría en el caso contrario.
‑Pues es raro, porque
¿quién no se cree hoy en Rusia un Mahoma o un Napoleón? ‑exclamó Porfirio,
empleando de súbito un tono exageradamente familiar.
Incluso el acento que
había empleado para pronunciar estas palabras era singularmente explícito.
De súbito, Zamiotof
preguntó desde su rincón:
‑¿No sería un futuro
Napoleón el que mató a hachazos la semana pasada a Alena Ivanovna?
Raskolnikof seguía
mirando a Porfirio Petrovitch con firme fijeza. No dijo nada. Rasumikhine había
fruncido las cejas. Desde hacía un momento sospechaba algo que le hizo mirar
furiosamente a un lado y a otro. Hubo un minuto de penoso silencio. Raskolnikof
se dispuso a marcharse.
‑¿Ya se va usted? ‑exclamó
Porfirio Petrovitch con extrema amabilidad y tendiendo la mano al joven‑. Estoy
encantado de haberle conocido. En cuanto a su petición, puede estar tranquilo.
Haga usted el requerimiento por escrito tal como le he indicado. Sin embargo,
sería preferible que viniera a verme a la comisaría un día de éstos..., mañana,
por ejemplo. A las once estaré allí. Lo arreglaremos todo y hablaremos. Como
usted fue uno de los últimos que visitó aquella casa ‑añadió en tono amistoso‑,
tal vez pueda aclararnos algo.
‑Lo que usted pretende es
interrogarme en toda regla, ¿no es así? ‑preguntó rudamente Raskolnikof.
‑Nada de eso. ¿Por qué?
Por el momento, no hace falta. No me ha comprendido usted. Lo que ocurre es que
yo aprovecho todas las ocasiones y he hablado ya con todos los que tenían allí
algún objeto empeñado. Me han dado una serie de informes, y usted, siendo el
último... ¡Ah! ¡Ahora que me acuerdo! ‑exclamó alegremente, dirigiéndose a
Rasumikhine‑. He estado a punto de olvidarme otra vez... El otro día no paraste
de hablarme de Nikolachka. Pues bien, estoy convencido, completamente
convencido de que ese joven es inocente ‑se dirigía de nuevo a Raskolnikof‑.
Pero ¿qué puedo hacer yo? También he tenido que molestar a Mitri. En fin, he
aquí lo que quería preguntarle. Cuando usted subía la escalera..., por cierto
que creo que fue entre siete y ocho de la tarde, ¿no?
‑Sí, entre siete y ocho ‑repuso
Raskolnikof, que inmediatamente se arrepintió de haber dado esta contestación
innecesaria.
‑Bien, pues cuando subía
usted la escalera entre siete y ocho, ¿no vio usted en el segundo piso, en un
departamento cuya puerta estaba abierta..., recuerda usted..., no vio usted,
repito, dos pintores, o por lo menos uno, trabajando? ¿Los vio usted? Esto es
sumamente importante para ellos...
‑¿Dos pintores? Pues no,
no los vi ‑repuso Raskolnikof, fingiendo escudriñar en su memoria, mientras
ponía todo su empeño en descubrir la trampa que se ocultaba en aquellas
palabras‑. No, no los vi. Y tampoco advertí que hubiese ninguna puerta
abierta... Lo que recuerdo es que en el cuarto piso ‑continuó en tono
triunfante, pues estaba seguro de haber sorteado el peligro‑ había un
funcionario que estaba de mudanza..., precisamente el de la puerta que está
frente a la de Alena Ivanovna... Sí, lo recuerdo perfectamente. Por cierto que
unos soldados que transportaban un sofá me arrojaron contra la pared... Pero a
los pintores no recuerdo haberlos visto. Y tampoco ningún departamento con la
puerta abierta... No, no había ninguna abierta.
‑Pero ¿qué significa
esto? ‑dijo Rasumikhine a Porfirio, comprendiendo de súbito las intenciones del
juez de instrucción‑. Los pintores trabajaban allí el día del suceso y él
estuvo en la casa tres días antes. ¿Por qué le haces estas preguntas?
‑¡Pues es verdad! ¡Qué
cabeza la mía! ‑exclamó Porfirio golpeándose la frente‑. Este asunto acabará
volviéndome loco ‑dijo en son de excusa dirigiéndose a Raskolnikof‑. Es tan
importante para nosotros saber si alguien vio allí, entre siete y ocho, a esos
pintores, que me ha parecido que usted podría facilitarnos este dato. Ha sido
una confusión.
‑Hay que llevar cuidado ‑gruñó
Rasumikhine.
Estas palabras las
pronunció el estudiante cuando ya estaban en la antesala. Porfirio Petrovitch
acompañó amablemente a los dos jóvenes hasta la puerta. Ambos salieron de la
casa sombríos y cabizbajos y dieron algunos pasos en silencio. Raskolnikof
respiró profundamente...
VI
No lo creo, no puedo
creerlo ‑repetía Rasumikhine, rechazando con todas sus fuerzas las afirmaciones
de Raskolnikof.
Se dirigían a la pensión
Bakaleev, donde Pulqueria Alejandrovna y Dunia los esperaban desde hacía largo
rato. Rasumikhine se detenía a cada momento, en el calor de la disputa. Una
profunda agitación le dominaba, aunque sólo fuera por el hecho de que era la
primera vez que hablaban francamente de aquel asunto.
‑Tú no puedes creerlo ‑repuso
Raskolnikof con una sonrisa fría y desdeñosa‑; pero yo estaba atento al
significado de cada una de sus palabras, mientras tú, siguiendo tu costumbre,
no te fijabas en nada.
‑Tú has prestado tanta
atención porque eres un hombre desconfiado. Sin embargo, reconozco que Porfirio
hablaba en un tono extraño. Y, sobre todo, ese ladino de Zamiotof... Tiene
razón: había en él algo raro... Pero ¿por qué, Señor, por qué?
‑Habrá reflexionado
durante la noche.
‑No; es todo lo contrario
de lo que supones. Si les hubiera asaltado esa idea estúpida, lo habrían
disimulado por todos los medios, habrían procurado ocultar sus intenciones, a
fin de poder atraparte después con más seguridad. Intentar hacerlo ahora habría
sido una torpeza y una insolencia.
‑Si hubiesen tenido
pruebas, verdaderas pruebas, o suposiciones nada más que algo fundadas, habrían
procurado sin duda ocultar su juego para ganar la partida... O tal vez habrían
hecho un registro en mi habitación hace ya tiempo... Pero no tienen ni una sola
prueba. Lo único que tienen son conjeturas gratuitas, suposiciones sin
fundamento. Por eso intentan desconcertarme con sus insolencias... ¿Obedecerá
todo al despecho de Porfirio, que está furioso por no tener pruebas...? Tal vez
persiga algún fin que es para nosotros un misterio... Parece inteligente... Es
muy probable que haya intentado atemorizarme haciéndome creer que sabía algo...
Es un hombre de carácter muy especial... En fin, no es nada agradable pretender
hallar explicación a todas estas cuestiones... ¡Dejemos este asunto!
‑Todo esto es ofensivo,
muy ofensivo, ya lo sé; pero ya que estamos hablando sinceramente (y me
congratulo de que sea así, pues esto me parece excelente), no vacilo en decirte
con toda franqueza que hace ya tiempo que observé que habían concebido esta sospecha.
Entonces era una idea vaga, imprecisa, insidiosa, tomada medio en broma, pero
ni aun bajo esta forma tenían derecho a admitirla. ¿Cómo se han atrevido a
acogerla? ¿Y qué es lo que ha dado cuerpo a esta sospecha? ¿Cuál es su
origen...? ¡Si supieras la indignación que todo esto me ha producido...! Un
pobre estudiante transfigurado por la miseria y la neurastenia, que incuba una
grave enfermedad acompañada de desvarío, enfermedad que incluso puede haberse
declarado ya (detalle importante); un joven desconfiado, orgulloso, consciente
de su valía, y que acaba de pasar seis meses encerrado en su rincón, sin ver a
nadie; que va vestido con andrajos y calzado con botas sin suelas..., este
joven está en pie ante unos policías despiadados que le mortifican con sus
insolencias. De pronto, a quemarropa, se le reclama el pago de un pagaré
protestado. La pintura fresca despide un olor mareante, en la repleta sala hace
un calor de treinta grados y la atmósfera es irrespirable. Entonces el joven
oye hablar del asesinato de una persona a la que ha visto la víspera. Y para
que no falte nada, tiene el estómago vacío. ¿Cómo no desvanecerse? ¡Que hayan
basado todas sus sospechas en este síncope...! ¡El diablo les lleve! Comprendo
que todo esto es humillante, pero yo, en tu lugar, me reiría de ellos, me
reiría en sus propias narices. Es más: les escupiría en plena cara y les daría
una serie de sonoras bofetadas. ¡Escúpeles, Rodia! ¡Hazlo...! ¡Es intolerable!
«Ha soltado su perorata
como un actor consumado», se dijo Raskolnikof.
‑¡Que les escupa! ‑exclamó
amargamente‑. Eso es muy fácil de decir. Mañana, nuevo interrogatorio. Me veré
obligado a rebajarme a dar nuevas explicaciones. ¿Es que no me humillé bastante
ayer ante Zamiotof en aquel café donde nos encontramos?
‑¡Así se los lleve a
todos el diablo! Mañana iré a ver a Porfirio, y te aseguro que esto se
aclarará. Le obligaré a explicarme toda la historia desde el principio. En
cuanto a Zamiotof...
«Al fin lo he
conseguido», pensó Raskolnikof.
‑¡Óyeme! ‑‑exclamó
Rasumikhine, cogiendo de súbito a su amigo por un hombro‑. Hace un momento
divagabas. Después de pensarlo bien, te aseguro que divagabas. Has dicho que la
pregunta sobre los pintores era un lazo. Pero reflexiona. Si tú hubieses tenido
«eso» sobre la conciencia, ¿habrías confesado que habías visto a los pintores?
No: habrías dicho que no habías visto nada, aunque esto hubiera sido una
mentira. ¿Quién confiesa una cosa que le compromete?
‑Si yo hubiese tenido
«eso» sobre la conciencia, seguramente habría dicho que había visto a los
pintores, y el piso abierto ‑lijo Raskolnikof, dando muestras de
mantener esta conversación con profunda desgana.
‑Pero ¿por qué decir
cosas que le comprometen a uno?
‑Porque sólo los patanes
y los incautos lo niegan todo por sistema. Un hombre avisado, por poco culto e
inteligente que sea, confiesa, en la medida de lo posible, todos los hechos
materiales innegables. Se limita a atribuirles causas diferentes y añadir algún
pequeño detalle de su invención que modifica su significado. Porfirio creía
seguramente que yo respondería así, que declararía haber visto a los pintores
para dar verosimilitud a mis palabras, aunque explicando las codas a mi modo.
Sin embargo...
‑Si tú hubieses dicho
eso, él te habría contestado inmediatamente que no podía haber pintores en la
casa dos días antes del crimen, y que, por lo tanto, tú habías ido allí el
mismo día del suceso, de siete a ocho de la tarde.
‑Eso es lo que él quería.
creía que yo no tendría tiempo de darme cuenta de ese detalle, que me
apresuraría a responder del modo que juzgara más favorable para mí, olvidándome
de que los pintores no podían estar allí dos días antes del crimen.
‑Pero ¿es posible olvidar
una coda así?
‑Es lo más fácil. Estas
cuestiones de detalle constituyen el escollo de los maliciosos. El hombre más
sagaz es el que menos sospecha que puede caer ante un detalle insignificante.
Porfirio no es tan tonto como tú crees.
‑Entonces, es un ladino.
Raskolnikof se echó a
reír. Pero al punto se asombró de haber pronunciado sus últimas palabras con
verdadera animación e incluso con cierto placer, él, que hasta entonces había
sostenido la conversación como quien cumple una obligación penosa.
«Me parece que le voy
tomando el gusto a estas codas», pensó.
Pero de súbito se sintió
dominado por una especie de agitación febril, como si una idea repentina e
inquietante se hubiera apoderado de él. Este estado de ánimo llegó a ser muy
pronto intolerable. Estaban ya ante la pensión Bakaleev.
‑Entra tú solo ‑dijo de
pronto Raskolnikof‑. Yo vuelvo en seguida.
‑¿Adónde vas, ahora que
hemos llegado?
‑Tengo algo que hacer. Es
un asunto que no puedo dejar. Estaré de vuelta dentro de una media hora. Díselo
a mi madre y a mi hermana.
‑Espera, voy contigo.
‑¿También tú te has
propuesto perseguirme? ‑exclamó Raskolnikof con un gesto tan desesperado que
Rasumikhine no se atrevió a insistir.
El estudiante permaneció
un momento ante la puerta, siguiendo con mirada sombría a Raskolnikof, que se
alejaba rápidamente en dirección a su domicilio. Al fin apretó los puños,
rechinó los dientes y juró obligar a hablar francamente a Porfirio antes de que
llegara la noche. Luego subió para tranquilizar a Pulqueria Alejandrovna, que
empezaba a sentirse inquieta ante la tardanza de su hijo.
Cuando Raskolnikof llegó
ante la casa en que habitaba tenía las sienes empapadas de sudor y respiraba
con dificultad. Subió rápidamente la escalera, entró en su habitación, que
estaba abierta, y la cerró. Inmediatamente, loco de espanto, corrió hacia el escondrijo
donde había tenido guardados los objetos, introdujo la mano por debajo del
papel y exploró hasta el último rincón del escondite. Nada, allí no habia nada.
Se levantó, lanzando un suspiro de alivio. Hacía un momento, cuando se acercaba
a la pensión Bakaleev, le habia asaltado de súbito el temor de que algún
objeto, una cadena, un par de gemelos o incluso alguno de los papeles en que
iban envueltos, y sobre los que habia escrito la vieja, se le hubiera escapado
al sacarlos, quedando en alguna rendija, para servir más tarde de prueba
irrecusable contra él.
Permaneció un momento
sumido en una especie de ensoñación mientras una sonrisa extraña, humilde e
inconsciente erraba en sus labios. Al fin cogió su gorra y salió de la
habitación en silencio. Las ideas se confundían en su cerebro. Así, pensativo,
bajó la escalera y llegó al portal.
‑¡Aquí lo tiene usted! ‑dijo
una voz potente.
Raskolnikof levantó la
cabeza.
El portero, de pie en el
umbral de la portería, señalaba a Raskolnikof y se dirigía a un individuo de
escasa estatura, con aspecto de hombre del pueblo. Vestía una especie de
hopalanda sobre un chaleco y, visto de lejos, se le habría tomado por una campesina.
Su cabeza, cubierta con un gorro grasiento, se inclinaba sobre su pecho. Era
tan cargado de espaldas, que parecía jorobado. Su rostro, fofo y arrugado, era
el de un hombre de más de cincuenta años. Sus ojillos, cercados de grasa,
lanzaban miradas sombrías.
‑¿Qué pasa?‑preguntó
Raskolnikof acercándose al portero.
El desconocido empezó por
dirigirle una mirada al soslayo; después lo examinó detenidamente, sin prisa;
al fin, y sin pronunciar palabra, dio media vuelta y se marchó.
‑¿Qué quería ese hombre? ‑preguntó
Raskolnikof.
‑Es un individuo que ha
venido a preguntar si vivía aquí un estudiante que ha resultado ser usted, pues
me ha dado su nombre y el de su patrona. En este momento ha bajado usted, yo le
he señalado y él se ha ido. Eso es todo.
El portero parecía
bastante asombrado, pero su perplejidad no duró mucho: después de reflexionar
un instante, dio media vuelta y desapareció en la portería. Raskolnikof salió
en pos del desconocido.
Apenas salió, lo vio por
la acera de enfrente. Aquel hombre marchaba a un paso regular y lento, tenía la
vista fija en el suelo y parecía reflexionar. Raskolnikof le alcanzó en
seguida, pero de momento se limitó a seguirle. Al fin se colocó a su lado y le
miró de reojo. El desconocido advirtió al punto su presencia, le dirigió una
rápida mirada y volvió a bajar los ojos. Durante un minuto avanzaron en
silencio.
‑Usted ha preguntado por
mí al portero, ¿no?‑dijo Raskolnikof en voz baja.
El otro no respondió. Ni
siquiera levantó la vista. Hubo un nuevo silencio.
‑Viene a preguntar por mí
y ahora se calla... ¿Por qué?
Raskolnikof hablaba con
voz entrecortada. Las palabras parecían resistirse a salir de su boca.
Esta vez, el desconocido
levantó la cabeza y dirigió al joven una mirada sombría y siniestra.
‑Asesino ‑dijo de pronto,
en voz baja pero clarísima.
Raskolnikof siguió a su
lado. Sintió que las piernas le flaqueaban y vacilaban. Un escalofrío recorrió
su espina dorsal. Su corazón dejó de latir como si se hubiera separado de su
organismo. Dieron en silencio un centenar de pasos más. El desconocido no le
miraba.
‑Pero ¿qué dice usted?
¿Quién... quién es un asesino? ‑balbuceó al fin Raskolnikof, con voz apenas
perceptible.
‑Tú, tú eres un asesino ‑respondió
el desconocido, articulando las palabras más claramente todavía.
Con una mirada triunfal y
llena de odio, miró el rostro pálido y los ojos vidriosos de Raskolnikof. Entre
tanto, habían llegado a una travesía. El desconocido dobló por ella y continuó
su camino sin volverse. Raskolnikof se quedó clavado en el suelo, siguiendo al
hombre con la vista. Éste se volvió para mirar al joven, que continuaba sin
hacer el menor movimiento. La distancia no permitía distinguir sus rasgos, pero
Raskolnikof creyó advertir que aquel hombre sonreía aún con su sonrisa glacial
y llena de un odio triunfante.
Transido de espanto,
temblándole las piernas, Raskolnikof volvió como pudo a su casa y subió a su
habitación. Se quitó la gorra, la dejó sobre la mesa y permaneció inmóvil
durante diez minutos. Al fin, ya en el límite de sus fuerzas, se dejó caer en
el diván y se extendió penosamente, con un débil suspiro. Cerró los ojos y así
estuvo una media hora.
No pensaba en nada
concreto: sólo pasaban por su imaginación retazos de ideas, imágenes vagas que
se hacinaban en desorden, rostros que había conocido en su infancia, fisonomías
vistas una sola vez, casualmente, y que en otras circunstancias no habría podido
recordar... Veía el campanario de la iglesia de V., una mesa de billar y, junto
a ella, de pie, un oficial desconocido... De un estanco instalado en un sótano
salía un fuerte olor a tabaco... Una taberna, una escalera de servicio oscura
como boca de lobo, cubiertas de cáscaras de huevo y toda clase de basuras
caseras; el sonido de una campana dominical... Los objetos cambian de continuo
y giran en torno de él como un frenético torbellino. Algunos le gustan e
intenta atraparlos, pero al punto se desvanecen. Experimenta una ligera
sensación de ahogo, pero en ella hay un algo agradable. Persiste el leve
temblor que se ha apoderado de él, y tampoco esta sensación es ingrata...
En esto oyó los pasos
presurosos de Rasumikhine, seguidos de su voz, y cerró los ojos para que lo
creyera dormido.
Rasumikhine abrió la
puerta y permaneció un momento en el umbral, indeciso. Luego entró
silenciosamente y se acercó al diván con grandes precauciones.
‑No lo despiertes; déjalo
dormir todo lo que quiera ‑murmuró Nastasia‑. Ya comerá más tarde.
‑Tienes razón ‑repuso
Rasumikhine.
Los dos salieron de
puntillas y cerraron la puerta.
Transcurrió una media
hora. De súbito, Raskolnikof empezó a abrir poco a poco los ojos. Después hizo
un rápido movimiento y quedó boca arriba, con las manos enlazadas bajo la nuca.
«¿Quién es? ¿Quién será
ese hombre que parece haber surgido de debajo de la tierra? ¿Dónde estaba y qué
vio? ¡Ah!, de que lo vio todo no hay duda. Bien, pero ¿desde dónde presenció la
escena? ¿Y por qué habrá esperado hasta este momento para dar señales de vida?
¿Cómo se las arreglaría para ver? Si parece imposible... Además -siguió
reflexionando Raskolnikof, dominado por un terror glacial‑, ahí está el estuche
que Nicolás encontró detrás de la puerta... ¿Se podía esperar que ocurriera
esto...? Pruebas... Basta equivocarme en una nimiedad para crear una prueba que
va creciendo hasta alcanzar dimensiones gigantescas.»
Con profundo pesar, notó
que las fuerzas le abandonaban, que una extrema debilidad le invadía.
«Debí suponerlo ‑se dijo
con amarga ironía‑. No sé cómo me atreví a hacerlo. Yo me conocía, yo sabía de
lo que era capaz. Sin embargo, empuñé el hacha y derramé sangre... Debí
preverlo todo... Pero ¿acaso no lo había previsto?»
Se dijo esto último con
verdadera desesperación. Después le asaltó un nuevo pensamiento.
«No, esos hombres están
hechos de otro modo. Un auténtico conquistador, uno de esos hombres a los que
todo se les permite, cañonea Tolón, organiza matanzas en París, olvida su
ejército en Egipto, pierde medio millón de hombres en la campaña de Rusia, se salva
en Vilna por verdadera casualidad, por una equivocación, y, sin embargo,
después de su muerte se le levantan estatuas. Esto prueba que, en efecto, todo
se les permite. Pero esos hombres están hechos de bronce, no de carne.»
De pronto tuvo un
pensamiento que le pareció divertido.
«Napoleón, las Pirámides,
Waterloo por un lado, y por otro una vieja y enjuta usurera que tiene debajo de
la cama un arca forrada de tafilete rojo... ¿Cómo admitir que puede haber una
semejanza entre ambas cosas? ¿Cómo podría admitirlo un Porfirio Petrovitch, por
ejemplo? Completamente imposible: sus sentimientos estéticos se oponen a
ello... ¡Un Napoleón introducirse debajo de la cama de una vieja...!
¡Inconcebible!»
De vez en cuando
experimentaba una exaltación febril y creía desvariar.
«La vieja no significa
nada -se dijo fogosamente‑. Esto tal vez sea un error, pero no se trata de
ella. La vieja ha sido sólo un accidente. Yo quería salvar el escollo
rápidamente, de un salto. No he matado a un ser humano, sino un principio. Y el
principio lo he matado, pero el salto no lo he sabido dar. Me he quedado a la
parte de aquí; lo único que he sabido ha sido matar. Y ni siquiera esto lo he
hecho bien del todo, al parecer... Un principio... ¿Por qué ese idiota de
Rasumikhine atacará a los socialistas? Son personas laboriosas, hombres de
negocios que se preocupan por el bienestar general... Sin embargo, sólo se vive
una vez, y yo no quiero esperar esa felicidad universal. Ante todo, quiero
vivir. Si no sintiese este deseo, sería preferible no tener vida. Al fin y al
cabo, lo único que he hecho ha sido negarme a pasar por delante de una madre
hambrienta, con mi rublo bien guardado en el bolsillo, esperando la llegada de
la felicidad universal. Yo aporto, por decirlo así, mi piedra al edificio común,
y esto es suficiente para que me sienta en paz... ¿Por qué, por qué me
dejasteis partir? Tengo un tiempo determinado de vida y quiero también... ¡Ah!
Yo no soy más que un gusano atiborrado de estética. Sí, un verdadero gusano y
nada más.»
Al pensar esto estalló en
una risa de loco. Y se aferró a esta idea y empezó a darle todas las vueltas
imaginables, con un acre placer.
«Sí, lo soy, aunque sólo
sea, primero, porque me llamo gusano a mí mismo, y segundo, porque llevo todo
un mes molestando a la Divina Providencia al ponerla por testigo de que yo no
hacía aquello para procurarme satisfacciones materiales, sino con propósitos
nobles y grandiosos. ¡Ah!, y también porque decidí observar la más rigurosa
justicia y la más perfecta moderación en la ejecución de mi plan. En primer
lugar elegí el gusano más nocivo de todos, y, en segundo, al matarlo, estaba
dispuesto a no quitarle sino el dinero estrictamente necesario para emprender
una nueva vida. Nada más y nada menos (el resto iría a parar a los conventos,
según la última voluntad de la vieja)... En fin, lo cierto es que soy un
gusano, de todas formas ‑añadió rechinando los dientes‑. Porque soy tal vez más
vil e innoble que el gusano al que asesiné y porque yo presentía que, después
de haberlo matado, me diría esto mismo que me estoy diciendo... ¿Hay nada
comparable a este horror? ¡Cuánta villanía! ¡Cuánta bajeza...! ¡Qué bien comprendo
al Profeta, montado en su caballo y empuñando el sable! "¡Alá lo ordena!
Sométete, pues, miserable y temblorosa criatura." Tiene razón, tiene razón
el Profeta cuando alinea sus tropas en la calle y mata indistintamente a los
culpables y a los justos, sin ni siquiera dignarse darles una explicación.
Sométete, pues, miserable y temblorosa criatura, y guárdate de tener voluntad.
Esto no es cosa tuya... ¡Oh! Jamás, jamás perdonaré a la vieja.»
Sus cabellos estaban
empapados de sudor, temblaban sus resecos labios, su mirada se fijaba en el
techo obstinadamente.
«Mi madre... mi
hermana... ¡Cómo las quería...! ¿Por qué las odio ahora? Sí, las odio con un
odio físico. No puedo soportar su presencia. Hace unas horas, lo recuerdo
perfectamente, me he acercado a mi madre y la he abrazado... Es horrible
estrecharla entre mis brazos y pensar que si ella supiera... ¿Y si se lo
contara todo...? Me quitaría un peso de encima... Ella debe de ser como yo.»
Pensó esto último
haciendo un gran esfuerzo, como si no le fuera fácil luchar con el delirio que
le iba dominando.
«¡Oh, cómo odio a la
vieja ahora! Creo que la volvería a matar si resucitara... ¡Pobre Lisbeth! ¿Por
qué la llevaría allí el azar...? ¡Qué extraño es que piense tan poco en ella!
Es como si no la hubiese matado... ¡Lisbeth...! ¡Sonia...! ¡Pobres y bondadosas
criaturas de dulce mirada...! ¡Queridas criaturas...! ¿Por qué no lloran? ¿Por
qué no gimen? Dan todo lo que poseen con una mirada resignada y dulce...
¡Sonia, dulce Sonia...!»
Perdió la conciencia de
las cosas y se sintió profundamente asombrado de verse en la calle sin poder
recordar cómo había salido. Ya era de noche. Las sombras se espesaban y la luna
resplandecía con intensidad creciente, pero la atmósfera era asfixiante. Las
calles estaban repletas de gente. Se percibía un olor a cal, a polvo, a agua
estancada.
Raskolnikof avanzaba,
triste y preocupado. Sabia perfectamente que había salido de casa con un
propósito determinado, que tenía que hacer algo urgente, pero no se acordaba de
qué. De pronto se detuvo y miró a un hombre que desde la otra acera le llamaba con
la mano. Atravesó la calle para reunirse con él, pero el desconocido dio media
vuelta y se alejó, con la cabeza baja, sin volverse, como si no le hubiera
llamado.
«A lo mejor, me ha
parecido que me llamaba y no ha sido así», se dijo Raskolnikof. Pero juzgó que
debía alcanzarle. Cuando estaba a una decena de pasos de él lo reconoció
súbitamente y se estremeció. Era el desconocido de poco antes, vestido con las
mismas ropas y con su espalda encorvada. Raskolnikof lo siguió de lejos. El
corazón le latía con violencia. Entraron en un callejón. El desconocido no se
volvía.
«¿Sabrá que le sigo?», se
preguntó Rodia.
El hombre encorvado entró
por la puerta principal de un gran edificio. Raskolnikof se acercó a él y le
miró con la esperanza de que se volviera y le llamase. En efecto, cuando el
desconocido estuvo en el patio, se volvió y pareció indicarle que se acercara.
Raskolnikof se apresuró a franquear el portal, pero cuando llegó al patio ya no
vio a nadie. Por lo tanto, el hombre de la hopalanda había tomado la primera
escalera. Raskolnikof corrió tras él. Efectivamente, se oían pasos lentos y
regulares a la altura del segundo piso. Aquella escalera ‑cosa extraña‑ no era
desconocida para Raskolnikof. Allí estaba la ventana del rellano del primer
piso. Un rayo de luna misteriosa y triste se filtraba por los cristales. Y
llegó al segundo piso.
«¡Pero si es aquí donde
trabajaban los pintores!»
¿Cómo no habría
reconocido antes la casa...? El ruido de los pasos del hombre que le precedía
se extinguió.
«Por lo tanto, se ha
detenido. Tal vez se haya ocultado en alguna parte... He aquí el tercer piso.
¿Debo seguir subiendo o no? ¡Qué silencio...!»
El ruido de sus propios
pasos le daba miedo.
«¡Señor, qué oscuridad!
El desconocido debe de estar oculto por aquí, en algún rincón... ¡Toma! La
puerta que da al rellano está abierta de par en par.»
Tras reflexionar un
momento, entró. El vestíbulo estaba oscuro y vacío como una habitación
desvalijada. Pasó a la sala lentamente, andando de puntillas. Toda ella estaba
iluminada por una luna radiante. Nada había cambiado: allí estaban las sillas,
el espejo, el sofá amarillo, los cuadros con sus marcos. Por la ventana se veía
la luna, redonda y enorme, de un rojo cobrizo.
«Es la luna la que crea
el silencio -pensó Raskolnikof‑, la luna, que se ocupa en descifrar enigmas.»
Estaba inmóvil,
esperando. A medida que iba aumentando el silencio nocturno, los latidos de su
corazón eran más violentos y dolorosos. ¡Qué calma tan profunda...! De pronto
se oyó un seco crujido, semejante al que produce una astilla de madera al
quebrarse. Después todo volvió a quedar en silencio. Una mosca se despertó y se
precipitó contra los cristales, dejando oír su bordoneo quejumbroso. En este
momento, Raskolnikof descubrió en un rincón, entre la cómoda y la ventana, una
capa colgada en la pared.
«¿Qué hace esa capa aquí?
‑pensó‑. Entonces no estaba.»
Apartó la capa con
cuidado y vio una silla, y en la silla, sentada en el borde y con el cuerpo
doblado hacia delante, una vieja. Tenía la cabeza tan baja, que Raskolnikof no
podía verle la cara. Pero no le cupo duda de que era ella... Permaneció un
momento inmóvil. «Tiene miedo», pensó mientras desprendía poco a poco el hacha
del nudo corredizo. Después descargó un hachazo en la nuca de la vieja, y otro
en seguida. Pero, cosa extraña, ella no hizo el menor movimiento: se habría
dicho que era de madera. Sintió miedo y se inclinó hacia delante para
examinarla, pero ella bajó la cabeza más todavía. Entonces él se inclinó hasta
tocar el suelo con su cabeza y la miró de abajo arriba. Lo que vio le llenó de
espanto: la vieja reventaba de risa, de una risa silenciosa que trataba de
ahogar, haciendo todos los esfuerzos imaginables.
De súbito le pareció que
la puerta del dormitorio estaba entreabierta y que alguien se reía allí
también. Creyó oír un cuchicheo y se enfureció. Empezó a golpear la cabeza de
la vieja con todas sus fuerzas, pero a cada hachazo redoblaban las risas y los cuchicheos
en la habitación vecina, y lo mismo podía decirse de la vieja, cuya risa había
cobrado una violencia convulsiva. Raskolnikof intentó huir, pero el vestíbulo
estaba lleno de gente. La puerta que daba a la escalera estaba abierta de par
en par, y por ella pudo ver que también el rellano y los escalones estaban
llenos de curiosos. Con las cabezas juntas, todos miraban, tratando de
disimular. Todos esperaban en silencio. Se le oprimió el corazón. Las piernas
se negaban a obedecerle; le parecía tener los pies clavados en el suelo...
Intentó gritar y se despertó.
tenía que hacer grandes
esfuerzos para respirar, y aunque estaba bien despierto le parecía que su sueño
continuaba. La causa de ello era que, en pie en el umbral de la habitación,
cuya puerta estaba abierta de par en par, un hombre al que no había visto jamás
le contemplaba atentamente.
Raskolnikof, que no había
abierto los ojos del todo, se apresuró a volver a cerrarlos. Estaba echado boca
arriba y no hizo el menor movimiento.
«¿Sigo soñando o ya estoy
despierto?», se preguntó.
Y levantó los párpados
casi imperceptiblemente para mirar al desconocido. Éste seguía en el umbral,
observándole con la misma atención. De pronto entró cautelosamente en el
aposento, cerró la puerta tras él con todo cuidado, se acercó a la mesa, estuvo
allí un minuto sin apartar los ojos del joven y, sin hacer el menor ruido, se
sentó en una silla, cerca del diván. Dejó su sombrero en el suelo, apoyó las
manos sobre el puño del bastón y puso la barbilla sobre las manos. Era evidente
que se preparaba para una larga espera.
Raskolnikof le dirigió
una mirada furtiva y pudo ver que el desconocido no era ya joven, pero sí de
complexión robusta, y que llevaba barba, una barba espesa, rubia, que empezaba
a blanquear.
Estuvieron así diez
minutos. Había aún alguna claridad, pero el día tocaba a su fin. En la
habitación reinaba el más profundo silencio. De la escalera no llegaba el menor
ruido. Sólo se oía un moscardón que se había lanzado contra los cristales y que
volaba junto a ellos, zumbando y golpeándolos obstinadamente. Al fin, este
silencio se hizo insoportable. Raskolnikof se incorporó y quedó sentado en el
diván.
‑Bueno, ¿qué desea usted?
‑Ya sabia yo que usted no
estaba dormido de veras, sino que lo fingía ‑respondió el desconocido,
sonriendo tranquilamente‑. Permítame que me presente. Soy Arcadio Ivanovitch
Svidrigailof...
CUARTA PARTE
I
Debo de estar soñando
todavía ‑volvió a pensar Raskolnikof, contemplando al inesperado visitante con
atención y desconfianza‑ ¡Svidrigailof! ¡Qué cosa tan absurda!»
‑No es posible ‑dijo en
voz alta, dejándose llevar de su estupor.
El visitante no mostró
sorpresa alguna ante esta exclamación.
‑He venido a verle ‑dijo‑
por dos razones. En primer lugar, deseaba conocerle personalmente, pues he oído
hablar mucho de usted y en los términos más halagadores. En segundo lugar,
porque confío en que no me negará usted su ayuda para llevar a cabo un proyecto
relacionado con su hermana Avdotia Romanovna. Solo, sin recomendación alguna,
sería muy probable que su hermana me pusiera en la puerta, en estos momentos en
que está llena de prevenciones contra mí. En cambio, contando con la ayuda de
usted, yo creo...
‑No espere que le ayude ‑le
interrumpió Raskolnikof.
‑Permítame una pregunta.
Hasta ayer no llegaron su madre y su hermana, ¿verdad?
Raskolnikof no contestó.
‑Sí, sé que llegaron
ayer. Y yo llegué anteayer. Pues bien, he aquí lo que quiero decirle, Rodion
Romanovitch. Creo innecesario justificarme, pero permítame otra pregunta: ¿qué
hay de criminal en mi conducta, siempre, claro es, que se miren las cosas imparcialmente
y sin prejuicios? Usted me dirá que he perseguido en mi propia casa a una
muchacha indefensa y que la he insultado con mis proposiciones deshonestas (ya
ve usted que yo mismo me adelanto a enfrentarme con la acusación), pero
considere usted que soy un hombre et nihil humanum... En una palabra, que soy
susceptible de caer en una tentación, de enamorarme, pues esto no depende de
nuestra voluntad. Admitido esto, todo se explica del modo más natural. La
cuestión puede plantearse así: ¿soy un monstruo o una víctima? Yo creo que soy
una víctima, pues cuando proponía al objeto de mi pasión que huyera conmigo a
América o a Suiza alimentaba los sentimientos más respetuosos y sólo pensaba en
asegurar nuestra felicidad común. La razón es esclava de la pasión, y era yo el
primer perjudicado por ella...
‑No se trata de eso
-replicó Raskolnikof con un gesto de disgusto‑. Esté usted equivocado o tenga
razón, nos parece usted un hombre sencillamente detestable y no queremos ningún
trato con usted. No quiero verle en mi casa. ¡Váyase!
Svidrigailof se echó a
reír de buena gana.
‑¡A usted no hay modo de
engañarlo! ‑exclamó con franca alegría‑. He querido emplear la astucia, pero
estos procedimientos no se han hecho para usted.
‑Sin embargo, sigue usted
intentando embaucarme.
‑¿Y qué? ‑exclamó
Svidrigailof, riendo con todas sus fuerzas‑. Son armas de bonne guerre, como
suele decirse; una astucia de lo más inocente... Pero usted no me ha dejado
acabar. Sea como fuere, yo le aseguro que no habría ocurrido nada desagradable
de no producirse el incidente del jardín. Marfa Petrovna...
‑Se dice ‑le interrumpió
rudamente Raskolnikof‑ que a Marfa Petrovna la ha matado usted.
‑¿Conque ya le han
hablado de eso? En verdad, es muy comprensible. Pues bien, en cuanto a lo que
acaba usted de decir, sólo puedo responderle que tengo la conciencia
completamente tranquila sobre ese particular. Es un asunto que no me inspira
ningún temor. Todas las formalidades en use se han cumplido del modo más
correcto y minucioso. Según la investigación médica, la muerte obedeció a un
ataque de apoplejía producido por un baño tomado después de una copiosa comida
en la que la difunta se había bebido una botella de vino casi entera. No se
descubrió nada más... No, no es esto lo que me inquieta. Lo que yo me
preguntaba mientras el tren me traía hacia aquí era si habría contribuido
indirectamente a esta desgracia... con algún arranque de indignación, o algo
parecido. Pero he llegado a la conclusión de que no puede haber ocurrido tal
cosa.
Raskolnikof se echó a
reír.
‑Entonces, no tiene usted
por qué preocuparse.
‑¿De qué se ríe? Óigame:
yo sólo le di dos latigazos tan flojos que ni siquiera dejaron señal... Le
ruego que no me crea un cínico. Yo sé perfectamente que esto es innoble y...,
etcétera; pero también sé que a Marfa Petrovna no le desagradó... mi arrebato,
digámoslo así. El asunto relacionado con la hermana de usted estaba ya agotado,
y Marfa Petrovna, no teniendo ningún asunto que ir llevando por las casas de la
ciudad, se veía obligada a permanecer en casa desde hacia tres días. Ya había
fastidiado a todo el mundo con la lectura de la carta (¿ha oído usted hablar de
esa carta?). De pronto cayeron sobre ella, como enviados por el cielo, aquellos
dos latigazos. Lo primero que hizo fue ordenar que preparasen el coche... Sin
hablar de esos casos especiales en que las mujeres experimentan un gran placer
en que las ofendan, a pesar de la indignación que simulan (casos que se
presentan a veces), al hombre, en general, le gusta que lo humillen. ¿No lo ha
observado usted? Pero esta particularidad es especialmente frecuente en las
mujeres. Incluso se puede afirmar que es algo esencial en su vida.
Hubo un momento en que
Raskolnikof pensó en levantarse e irse, para poner término a la conversación,
pero cierta curiosidad y también cierto propósito le decidieron a tener
paciencia.
‑Le gusta manejar el
látigo, ¿eh? ‑preguntó con aire distraído.
‑No lo crea ‑respondió
con toda calma Svidrigailof‑. En lo que concierne a Marfa Petrovna, no
disputaba casi nunca con ella. Vivíamos en perfecta armonía, y ella estaba
satisfecha de mí. Sólo dos veces usé el látigo durante nuestros siete años de
vida en común (dejando aparte un tercer caso bastante dudoso). La primera vez
fue a los dos meses de casarnos, cuando llegamos a nuestra hacienda, y la
segunda, en el caso que acabo de mencionar... Y usted me considera un monstruo,
¿no?, un retrógrado, un partidario de la esclavitud... A propósito, Rodion
Romanovitch, ¿recuerda usted que hace algunos años, en el tiempo de nuestras
felices asambleas municipales, se cubrió de oprobio a un terrateniente, cuyo
nombre no recuerdo, culpable de haber azotado a una extranjera en un vagón de
ferrocarril? ¿Se acuerda? Me parece que fue el mismo año en que se produjo «el
más horrible incidente del siglo». Es decir, Las noches egipcias[37],
las conferencias, ¿recuerda...? ¡Los ojos negros...! ¡Oh, tiempos maravillosos
de nuestra juventud!, ¿dónde estáis...? Pues bien, he aquí mi opinión. Yo
critico severamente a ese señor que fustigó a la extranjera, pues es un acto
inicuo que uno no puede menos de censurar. Pero también debo decirle que
algunas de esas extranjeras le soliviantan a uno de tal modo, que ni el hombre
de ideas más avanzadas puede responder de sus actos. Nadie ha examinado la
cuestión en este aspecto, pero estoy seguro de que ello es un error, pues mi
punto de vista es perfectamente humano.
Al pronunciar estas
palabras, Svidrigailof volvió a echarse a reír. Raskolnikof comprendió que
aquel hombre obraba con arreglo a un plan bien elaborado y que era un perillán
de clase fina.
‑Debe usted de llevar
varios días sin hablar con nadie, ¿verdad? ‑preguntó el joven.
‑Algo de eso hay. Pero
dígame: ¿no le extraña a usted mi buen carácter?
‑No, de lo que estoy
asombrado es de que tenga usted demasiado buen carácter.
‑Usted dice eso porque no
me he dado por ofendido ante el tono grosero de sus preguntas, ¿no es verdad?
Sí, no me cabe duda. Pero ¿por qué tenía que enfadarme? Usted me ha preguntado
francamente, y yo le he respondido con franqueza ‑su acento rebosaba
comprensión y simpatía‑. Ahora ‑continuó, pensativo‑ nada me preocupa, porque
ahora no hago absolutamente nada... Por lo demás, usted puede suponer que estoy
tratando de ganarme su simpatía con miras interesadas, ya que mi mayor deseo es
ver a su hermana, como le he confesado. Pero créame si le digo que estoy
verdaderamente aburrido, sobre todo después de mi inactividad de estos tres
últimos días. Por eso me he alegrado tanto de verle... No se enfade, Rodion
Romanovitch, pero me parece usted un hombre muy extraño. Usted podrá decir que
cómo se me ha ocurrido semejante cosa precisamente en este momento, pero es que
yo no me refiero a ahora, sino a estos últimos tiempos... En fin, me callo; no
quiero verle poner esa cara. No soy tan oso como usted cree.
Raskolnikof le dirigió
una mirada sombría.
‑Tal vez no lo sea usted
nada. A mí me parece que es un hombre sumamente sociable, o, por lo menos, que
sabe usted serlo cuando es preciso.
‑Sin embargo, a mí no me
preocupa la opinión ajena ‑repuso Svidrigailof en un tono seco y un tanto
altivo‑. Por otra parte, ¿por qué no adoptar los modales de una persona
mal educada en un país
donde esto tiene tantas ventajas, y sobre todo cuando uno se siente inclinado
por temperamento a la mala educación? ‑terminó entre risas.
‑Pues yo he oído decir
que usted tiene aquí muchos conocidos y que no es eso que llaman «un hombre sin
relaciones». Si no persigue usted ningún fin, ¿a qué ha venido a mi casa?
‑Es cierto que tengo aquí
conocidos ‑dijo el visitante, sin responder a la pregunta principal que se le
acababa de dirigir‑. Ya me he cruzado con algunos, pues llevo tres días
paseando. Yo los he reconocido y ellos me han reconocido a mí, creo yo. Es
natural que sea un hombre bien relacionado. Voy bien vestido y se me considera
como hombre acomodado, pues, a pesar de la abolición de la esclavitud, nos
quedan bosques y praderas fertilizados por nuestros ríos, que siguen
proporcionándonos una renta. Pero no quiero reanudar mis antiguas relaciones;
hace ya tiempo que estas amistades no me seducen. Ya hace tres días que voy
vagando por aquí, y todavía no he visitado a nadie... Además, ¡esta ciudad...!
¿Ha observado usted cómo está edificada? Es una población de funcionarios y
seminaristas. Verdaderamente, hay muchas cosas en que yo no me fijaba hace ocho
años, cuando no hacía otra cosa que holgazanear e ir por esos círculos, por
esos clubes, como el Dussaud[38]. No volveré a visitar
ninguno ‑continuó, fingiendo no darse cuenta de la muda interrogación del joven‑.
¿Qué placer se puede experimentar en hacer fullerías?
‑¡Ah!¿Hacía usted trampas
en el juego?
‑Sí. Éramos un grupo de
personas distinguidas que matábamos así el tiempo. Pertenecíamos a la mejor
sociedad. Había entre nosotros poetas y capitalistas. ¿Ha observado usted que
aquí, en Rusia, abundan los fulleros entre las personas de buen tono? Yo vivo
ahora en el campo, pero estuve encarcelado por deudas. El acreedor era un
griego de Nejin. Entonces conocí a Marfa Petrovna. Entró en tratos con mi
acreedor, regateó, me liberó de mi deuda mediante la entrega de treinta mil
rublos (yo sólo debía setenta mil), nos unimos en legítimo matrimonio y se me
llevó al punto a sus propiedades, donde me guardó como un tesoro. Ella tenía
cinco años más que yo y me adoraba. En siete años, yo no me moví de allí. Por
cierto, que Marfa Petrovna conservó toda su vida el cheque que yo había firmado
al griego con nombre falso, de modo que si yo hubiera intentado sacudirme el
yugo, ella me habría hecho enchiquerar. Si, no le quepa duda de que lo habría
hecho. Las mujeres tienen estas contradicciones.
‑De no existir ese
pagaré, ¿la habría plantado usted?
‑No sé qué decirle. Desde
luego, ese documento no me preocupaba lo más mínimo. Yo no sentía deseos de ir
a ninguna parte, y la misma Marfa Petrovna, viendo cómo me aburría, me propuso
en dos ocasiones que hiciera un viaje al extranjero. Pero yo habia ya salido
anteriormente de Rusia y el viaje me había disgustado profundamente. Uno
contempla un amanecer aquí o allá, o la bahía de Nápoles, o el mar, y se siente
dominado por una profunda tristeza. Y lo peor es que uno experimenta una
verdadera nostalgia. No, se está mejor en casa. Aquí, al menos, podemos acusar
a los demás de todos los males y justificarnos a nuestros propios ojos. Tal vez
me vaya al Polo Norte con una expedición, pues j'ai le vin mauvais [39]y no quiero beber. Pero es
que no puedo hacer ninguna otra cosa. Ya lo he intentado, pero nada. ¿Ha oído
usted decir que Berg va a intentar el domingo una ascensión en globo en el
parque Iusupof y que admite pasajeros?
‑¿Pretende usted subir al
globo?
‑¿Yo? No, no... Lo he
dicho por decir -murmuró Svidrigailof, pensativo.
«¿Será sincero?, pensó
Raskolnikof.
‑No, el pagaré no me
preocupó en ningún momento ‑‑dijo Svidrigailof, volviendo al tema interrumpido‑.
Permanecía en el campo muy a gusto. Por otra parte, pronto hará un año que
Marfa Petrovna, con motivo de mi cumpleaños, me entregó el documento, como
regalo, añadiendo a él una importante cantidad... Pues era rica. «Ya ves cuánta
es mi confianza en ti, Arcadio Ivanovitch», me dijo. Sí, le aseguro que me lo
dijo así. ¿No lo cree? Yo cumplía a la perfección mis deberes de propietario
rural. Se me conocía en toda la comarca. Hacía que me enviaran libros. Esto al
principio mereció la aprobación de Marfa Petrovna. Después temió que tanta
lectura me fatigara.
‑Me parece que echa mucho
de menos a Marfa Petrovna.
‑¿Yo...? Tal vez... A
propósito, ¿cree usted en apariciones?
‑¿Qué clase de
apariciones?
‑¿Cómo que qué clase? lo
que todo el mundo entiende por apariciones.
‑¿Y usted? ¿Usted cree?
‑Si y no. Si usted
quiere, no, pour vous plaire... En
resumen, que no lo puedo afirmar.
‑¿Usted las ha tenido?
Svidrigailof le dirigió
una mirada extraña.
‑Marfa Petrovna tiene la
atención de venir a visitarme ‑respondió torciendo la boca en una sonrisa
indefinible.
‑¿Es posible?
‑Se me ha aparecido ya
tres veces. La primera fue el mismo día de su entierro, o sea la víspera de mi
salida para Petersburgo. La segunda, hace dos días, durante mi viaje, en la
estación de Malaia Vichera[40], al amanecer, y la
tercera, hace apenas dos horas, en la habitación en que me hospedo. Estaba
solo.
‑¿Despierto?
‑‑Completamente despierto
las tres veces. Aparece, me habla unos momentos y se va por la puerta, siempre
por la puerta. Incluso me parece oírla marcharse.
‑¿Por qué tendría yo la
sensación de que habían de ocurrirle estas cosas? ‑dijo de súbito Raskolnikof,
asombrándose de sus palabras apenas las habia pronunciado. Estaba
extraordinariamente emocionado.
‑¿De veras ha pensado
usted eso? ‑exclamó Svidrigailof, sorprendido‑. ¿De veras? ¡Ah! Ya dela yo que
entre nosotros existía cierta afinidad.
‑Usted no ha dicho eso ‑replicó
ásperamente Raskolnikof.
‑¿No lo he dicho?
‑No.
‑Pues creía haberlo
dicho. Cuando he entrado hace un momento y le he visto acostado, con los ojos
cerrados y fingiendo dormir, me he dicho inmediatamente: «Es él mismo.»
‑¿Qué quiere decir eso de
«él mismo? ‑exclamó Raskolnikof‑. ¿A qué se refiere usted?
‑Pues no lo sé ‑respondió
Svidrigailof ingenuamente, desconcertado.
Los dos guardaron
silencio mientras se devoraban con los ojos.
‑¡Todo eso son tonterías!
‑exclamó Raskolnikof, irritado‑. ¿Qué le dice Marfa Petrovna cuando se le
aparece?
‑¿De qué me habla? De
nimiedades. Y, para que vea usted lo que es el hombre, eso es precisamente lo
que me molesta. La primera vez se me presentó cuando yo estaba rendido por la
ceremonia fúnebre, el réquiem, la comida de funerales... Al fin pude aislarme
en mi habitación, encendí un cigarro y me entregué a mis reflexiones. De
pronto, Marfa Petrovna entró por la puerta y me dijo: «con tanto trajín, te has
olvidado de subir la pesa del reloj del comedor.» Y es que durante siete años
me encargué yo de este trabajo, y cuando me olvidaba de él, ella me lo
recordaba... Al día siguiente partí para Petersburgo. Al amanecer, llegué a la
estación que antes le dije y me dirigí a la cantina. Había dormido mal y tenía
el cuerpo dolorido y los ojos hinchados. Pedí café. De pronto, ¿sabe usted lo
que vi? A Marfa Petrovna, que se sentó a mi lado con un juego de cartas en la
mano. «¿Quieres que te prediga, Arcadio Ivanovitch ‑me preguntó‑, cómo
transcurrirá tu viaje?» Debo decirle que era una maestra en el arte de echar
las cartas... Nunca me perdonaré haberme negado. Eché a correr, presa de
pánico. Bien es verdad que la campana que llama a los viajeros al tren estaba
ya sonando... Y hoy, cuando me hallaba en mi habitación, luchando por digerir
la detestable comida de figón que acababa de echar a mi cuerpo, con un cigarro
en la boca, ha entrado Marfa Petrovna, esta vez elegantemente ataviada con un
flamante vestido verde de larga cola.
»‑Buenos días, Arcadio
Ivanovitch. ¿Qué te parece mi vestido? Aniska no habría sido capaz de hacer una
cosa igual.
»Aniska es una costurera
de nuestra casa, que primero había sido sierva y que había hecho sus estudios
en Moscú... Una bonita muchacha.
»Marfa Petrovna no cesa
de dar vueltas ante mí. Yo contemplo el vestido, después la miro á ella a la
cara, atentamente.
»‑¿Qué necesidad tienes
de venir a consultarme estas bagatelas, Marfa Petrovna?
»‑¿Es que te molesta
hasta que venga a verte?
»‑Oye, Marfa Petrovna ‑le
digo para mortificarla‑, voy , a volver a casarme.
»‑Eso es muy propio de ti
‑me responde‑. Pero no te hace ningún favor casarte cuando todavía está tan
reciente la muerte de tu mujer. Aunque tu elección fuera acertada, sólo
conseguirías atraerte las críticas de las personas respetables.
»Dicho esto, se ha
marchado, y a mí me ha parecido oír el frufrú de su cola. ¡Qué cosas tan
absurdas!, ¿verdad?
‑¿No me estará usted
contando una serie de mentiras? ‑preguntó Raskolnikof.
‑Miento muy pocas veces ‑repuso
Svidrigailof, pensativo y sin que, al parecer, advirtiera lo grosero de la
pregunta.
‑Y antes de esto, ¿no
había tenido usted apariciones?
‑No... Mejor dicho, sólo
una vez, hace seis años. Yo tenía un criado llamado Filka. Acababan de
enterrarlo, cuando empecé a gritar, distraído: «¡Filka, mi pipa!» Filka entró y
se fue derecho al estante donde estaban alineados mis utensilios de fumador. Como
habíamos tenido un fuerte altercado poco antes de su muerte, supuse que su
aparición era una venganza. Le grité: «¿Cómo te atreves a presentarte ante mí
vestido de ese modo? Se te ven los codos por los boquetes de las mangas. ¡Fuera
de aquí, miserable!» El dio media vuelta, se fue y no se me apareció nunca más.
No dije nada de esto a Marfa Petrovna. Mi primera intención fue dedicarle una
misa, pero después pensé que esto sería una puerilidad.
‑Usted debe ir al médico.
‑No necesito que usted me
lo diga para saber que estoy enfermo, aunque ignoro de qué enfermedad. Sin
embargo, yo creo que mi conducta es cinco veces más normal que la de usted. Mi
pregunta no ha sido si usted cree que pueden verse apariciones, sino si opina
que las apariciones existen.
‑No, de ningún modo puedo
creer eso ‑dijo Raskolnikof con cierta irritación.
‑La gente ‑murmuró
Svidrigailof como si hablara consigo mismo, inclinando la cabeza y mirando de
reojo‑ suele decir: «Estás enfermo. Por lo tanto, todo eso que ves son
alucinaciones.» Esto no es razonar con lógica rigurosa. Admito que las
apariciones sólo las vean los enfermos; pero esto sólo demuestra que hay que
estar enfermo para verlas, no que las apariciones no existan.
‑Estoy seguro de que no
existen ‑exclamó Raskolnikof con energía.
‑¿Usted cree?
Observó al joven
largamente. Después siguió diciendo:
Bien, pero no me negará
usted que se puede razonar como yo voy a hacerlo... Le ruego que me ayude...
Las apariciones son algo así como fragmentos de otros mundos..., sus
ambiciones. Un hombre sano no tiene motivo alguno para verlas, ya que es, ante
todo, un hombre terrestre, es decir, material. Por lo tanto, sólo debe vivir
para participar en el orden de la vida de aquí abajo. Pero, apenas se pone
enfermo, apenas empieza a alterarse el orden normal, terrestre, de su
organismo, la posible acción de otro mundo comienza a manifestarse en él, y a
medida que se agrava su enfermedad, las relaciones con ese otro mundo se van
estrechando, progresión que continúa hasta que la muerte le permite entrar de
lleno en él. Si usted cree en una vida futura, nada le impide admitir este
razonamiento.
‑Yo no creo en la vida
futura ‑replicó Raskolnikof.
Svidrigailof estaba
ensimismado.
‑¿Y si no hubiera allí
más que arañas y otras cosas parecidas? ‑preguntó de pronto.
«Está loco, pensó
Raskolnikof.
‑Nos imaginamos la
eternidad -continuó Svidrigailofcomo algo inmenso e inconcebible. Pero ¿por qué
ha de ser así necesariamente? ¿Y si, en vez de esto, fuera un cuchitril, uno de
esos cuartos de baño lugareños, ennegrecidos por el humo y con telas de araña
en todos los rincones? Le confieso que así me la imagino yo a veces.
Raskolnikof experimentó
una sensación de malestar.
‑¿Es posible que no haya
sabido usted concebir una imagen más justa, más consoladora? ‑preguntó.
‑¿Más justa? ¡Quién sabe
si mi punto de vista es el verdadero! Si dependiera de mí, ya me las compondría
yo para que lo fuera ‑respondió Svidrigailof con una vaga sonrisa.
Ante esta absurda
respuesta, Raskolnikof se estremeció, Svidrigailof levantó la cabeza, le miró
fijamente y se echó a reír.
‑Fíjese usted en un
detalle y dígame si no es curioso -exclamó‑. Hace media hora, jamás nos
habíamos visto, y ahora todavía nos miramos como enemigos, porque tenemos un
asunto pendiente de solución. Sin embargo, lo dejamos todo a un lado para
ponernos a filosofar. Ya le decía yo que éramos dos cabezas gemelas.
‑Perdone ‑dijo
Raskolnikof bruscamente‑. Le ruego que me diga de una vez a qué debo el honor
de su visita. Tengo que marcharme.
‑Pues lo va usted a
saber. Dígame: su hermana, Avdotia Romanovna, ¿se va a casar con Piotr
Petrovitch Lujine?
‑Le ruego que no mezcle a
mi hermana en esta conversación, que ni siquiera pronuncie su nombre. Además,
no comprendo cómo se atreve usted a nombrarla si verdaderamente es
Svidrigailof.
‑¿Cómo quiere usted que
no la nombre si he venido expresamente para hablarle a ella?
‑Bien. Hable, pero de
prisa.
‑No me cabe duda de que
si ha tratado usted sólo durante media hora a mi pariente político el señor
Lujine, o si ha oído hablar de él a alguna persona digna de crédito, ya tendrá
formada su opinión sobre dicho señor. No es un partido conveniente para Avdotia
Romanovna. A mi juicio, Avdotia Romanovna va a sacrificarse de un modo tan
magnánimo como impremeditado por... por su familia. Fundándome en todo lo que
había oído decir de usted, supuse que le encantaría que ese compromiso
matrimonial se rompiera, con tal que ello no reportase ningún perjuicio a su
hermana. Ahora que le conozco, estoy seguro de la exactitud de mi suposición.
‑No sea usted ingenuo...,
mejor dicho, desvergonzado.
‑¿Cree usted acaso que
obro impulsado por el interés? Puede estar tranquilo, Rodion Romanovitch: si
fuera así, lo disimularía. No me crea tan imbécil. Respecto a este particular,
voy a descubrirle una rareza psicológica. Hace un momento, al excusarme de haber
amado a su hermana, le he dicho que yo había sido en este caso la primera
victima. Pues bien, le confieso que ahora no siento ningún amor por ella, lo
cual me causa verdadero asombro, al recordar lo mucho que la amé.
‑Lo que usted sintió
-dijo Raskolnikof‑ fue un capricho de hombre libertino y ocioso.
‑Ciertamente soy un
hombre ocioso y libertino; pero su hermana posee tan poderosos atractivos, que
no es nada extraño que yo no pudiera desistir. Sin embargo, todo aquello no fue
más que una nube de verano, como ahora he podido ver.
‑¿Hace mucho que se ha
dado cuenta de eso?
‑Ya hace tiempo que lo
sospechaba, pero no me convencí hasta anteayer, en el momento de mi llegada a
Petersburgo. Sin embargo, ya habia llegado el tren a Moscú, y aún tenía el
convencimiento de que venía aquí con objeto de desbancar a Lujine y obtener la mano
de Avdotia Romanovna.
‑Perdone, pero ¿no podría
usted abreviar y explicarme el objeto de su visita? Tengo cosas urgentes que
hacer.
‑Con mucho gusto. He
decidido emprender un viaje y quisiera arreglar ciertos asuntos antes de
partir... Mis hijos se han quedado con su tía; son ricos y no me necesitan para
nada. Además, ¿cree usted que yo puedo ser un buen padre? Para cubrir mis
necesidades personales, sólo me he quedado con la cantidad que me regaló Marfa
Petrovna el año pasado. Con ese dinero tengo suficiente... perdone, vuelvo al
asunto. Antes de emprender este viaje que tengo en proyecto y que seguramente
realizaré he decidido terminar con el señor Lujine. No es que le odie, pero él
fue el culpable de mi último disgusto con Marfa Petrovna. Me enfadé cuando supe
que este matrimonio había sido un arreglo de mi mujer. Ahora yo desearía que
usted intercediera para que Avdotia Romanovna me concediera una entrevista, en
la cual le explicaría, en su presencia si usted lo desea así, que su enlace con
el señor Lujine no sólo no le reportaría ningún beneficio, sino que, por el
contrario, le acarrearía graves inconvenientes. Acto seguido, me excusaría por
todas las molestias que le he causado y le pediría permiso para ofrecerle diez
mil rublos, lo que le permitiría romper su compromiso con Lujine, ruptura que
de buena gana llevará a cabo (estoy seguro de ello) si se le presenta una
ocasión.
‑Realmente está usted
loco ‑exclamó Raskolnikof, menos irritado que sorprendido‑. ¿Cómo se atreve a
hablar de ese modo?
‑Ya sabía yo que pondría
usted el grito en el cielo, pero quiero hacerle saber, ante todo, que, aunque
no soy rico, puedo desprenderme perfectamente de esos diez mil rublos, es
decir, que no los necesito. Si Avdotia Romanovna no los acepta, sólo Dios sabe
el estúpido use que haré de ellos. Por otra parte, tengo la conciencia bien
tranquila, pues hago este ofrecimiento sin ningún interés. Tal vez no me crea
usted, pero en seguida se convencerá, y lo mismo digo de Avdotia Romanovna. Lo
único cierto es que he causado muchas molestias a su honorable hermana, y como
estoy sinceramente arrepentido, deseo de todo corazón, no rescatar mis faltas,
no pagar esas molestias, sino simplemente hacerle un pequeño servicio para que
no pueda decirse que compré el privilegio de causarle solamente males. Si mi
proposición ocultara la más leve segunda intención, no la habría hecho con esta
franqueza, y tampoco me habría limitado a ofrecerle diez mil rublos, cuando le
ofrecí bastante más hace cinco semanas. Además, es muy probable que me case muy
pronto con cierta joven, lo que demuestra que no pretendo atraerme a Avdotia
Romanovna. Y, para terminar, le diré que si se casa con Lujine, su hermana
aceptará esta misma suma, sólo que de otra manera. En fin, Rodion Romanovitch,
no se enfade usted y reflexione sobre esto con calma y sangre fría.
Svidrigailof había
pronunciado estas palabras con un aplomo extraordinario.
‑Basta ya ‑dijo
Raskolnikof‑. Su proposición es de una insolencia imperdonable.
‑No estoy de acuerdo.
Según ese criterio, en este mundo un hombre sólo puede perjudicar a sus
semejantes y no tiene derecho a hacerles el menor bien, a causa de las
estúpidas conveniencias sociales. Esto es absurdo. Si yo muriese y legara esta
suma a mi hermana, ¿se negaría ella a aceptarla?
‑Es muy posible.
‑Pues yo estoy seguro de
que no la rechazaría. Pero no discutamos. Lo cierto es que diez mil rublos no
son una cosa despreciable. En fin, fuera como fuere, le ruego que transmita
nuestra conversación a Avdotia Romanovna.
‑No lo haré.
‑En tal caso, Rodion
Romanovitch, me veré obligado a procurar tener una entrevista con ella, cosa
que tal vez la moleste.
‑Y si yo le comunico su
proposición, ¿usted no intentará visitarla?
‑Pues... no sé qué
decirle. ¡Me gustaría tanto verla, aunque sólo fuera una vez!
‑No cuente con ello.
‑Pues es una lástima. Por
otra parte, usted no me conoce. Podríamos llegar a ser buenos amigos.
‑¿Usted cree?
‑¿Por qué no? ‑exclamó
Svidrigailof con una sonrisa.
Se levantó y cogió su
sombrero.
‑¡Vaya! No quiero
molestarle más. Cuando venía hacia aquí no tenía demasiadas esperanzas de...
Sin embargo, su cara me había impresionado esta mañana.
‑¿Dónde me ha visto usted
esta mañana? ‑preguntó Raskolnikof con visible inquietud.
‑Le vi por pura
casualidad. Sin duda, usted y yo tenemos algo en común... Pero no se agite. No
me gusta importunar a nadie. He tenido cuestiones con los jugadores de ventaja
y no he molestado jamás al príncipe Svirbey, gran personaje y pariente lejano
mío. Incluso he escrito pensamientos sobre la Virgen de Rafael en el álbum de
la señora Prilukof. He vivido siete años con Marfa Petrovna sin moverme de su
hacienda... Y antaño pasé muchas noches en la casa Viasemsky, de la plaza del
Mercado... Además, tal vez suba en el globo de Berg.
‑Permítame una pregunta.
¿Piensa usted emprender muy pronto su viaje?
‑¿Qué viaje?
‑El viaje de que me ha
hablado usted hace un momento.
‑¿Yo? ¡Ah, sí! Ahora lo
recuerdo... Es un asunto muy complicado. ¡Si usted supiera el problema que
acaba de remover!
Lanzó una risita aguda.
‑A lo mejor, en vez de
viajar, me caso. Se me han hecho proposiciones.
‑¿Aquí?
‑Sí.
‑No ha perdido usted el
tiempo.
‑Sin embargo, desearía
ver una sola vez a Avdotia Romanovna. Se lo digo en serio... Adiós, hasta la
vista... ¡Ah, se me olvidaba! Dígale a su hermana que Marfa Petrovna le ha
legado tres mil rublos. Esto es completamente seguro. Marfa Petrovna hizo
testamento en mi presencia ocho días antes de morir. Avdotia Romanovna tendrá
ese dinero en su poder dentro de unas tres semanas.
‑¿Habla usted en serio?
‑Sí. Dígaselo a su
hermana... Bueno, disponga de mí. Me hospedo muy cerca de su casa.
Al salir, Svidrigailof se
cruzó con Rasumikhine en el umbral.
II
Eran cerca de las ocho.
Los dos jóvenes se dirigieron a paso ligero al edificio Bakaleev, con el
propósito de llegar antes que Lujine.
‑¿Quién era ese señor que
estaba contigo? ‑preguntó Rasumikhine apenas llegaron a la calle.
‑Es Svidrigailof, ese
hacendado que hizo la corte a mi hermana cuando la tuvo en su casa como
institutriz. A causa de esta persecución, Marfa Petrovna, la esposa de
Svidrigailof, echó a mi hermana de la casa. Esta señora pidió después perdón a
Dunia, y ahora, hace unos días, ha muerto de repente. De ella hemos hablado
hace un momento. No sé por qué temo tanto a ese hombre. Inmediatamente después
del entierro de su mujer se ha venido a Petersburgo. Es un tipo muy extraño y
parece abrigar algún proyecto misterioso. ¿Qué es lo que proyectará? Hay que
proteger a Dunia contra él. Estaba deseando poder decírtelo.
‑¿Protegerla? Pero ¿qué
mal puede él hacer a Avdotia Romanovna? En fin, Rodia, te agradezco esta prueba
de confianza. Puedes estar tranquilo, que protegeremos a tu hermana. ¿Dónde
vive ese hombre?
‑No lo sé.
‑¿Por qué no se lo has
preguntado? Ha sido una lástima. Pero te aseguro que me enteraré.
‑¿Te has fijado en él? ‑preguntó
Raskolnikof tras una pausa.
‑Sí, lo he podido
observar perfectamente.
‑¿De veras lo has podido
examinar bien? ‑insistió Raskolnikof.
‑Sí, recuerdo todos sus
rasgos. Reconocería a ese hombre entre mil, pues tengo buena memoria para las
fisonomías.
Callaron nuevamente.
‑Oye ‑murmuró Raskolnikof‑,
¿sabes que...? Mira, estaba pensando que... ¿no habrá sido todo una ilusión?
‑Pero ¿qué dices? No lo
entiendo.
Raskolnikof torció la
boca en una sonrisa.
‑Te lo diré claramente.
Todos creeréis que me he vuelto loco, y a mí me parece que tal vez es verdad,
que he perdido la razón y que, por lo tanto, lo que he visto ha sido un
espectro.
‑Pero ¿qué disparates
estás diciendo?
‑Sí, tal vez esté loco y
todos los acontecimientos de estos últimos días sólo hayan ocurrido en mi
imaginación.
‑¡A ti te ha trastornado
ese hombre, Rodia! ¿Qué te ha dicho? ¿Qué quería de ti?
Raskolnikof no le
contestó. Rasumikhine reflexionó un instante.
‑Bueno, te lo voy a
contar todo ‑dijo‑. He pasado por tu casa y he visto que estabas durmiendo.
Entonces hemos comido y luego yo he visitado a Porfirio Petrovitch. Zamiotof
estaba con él todavía. Intenté empezar en seguida mis explicaciones, pero no lo
conseguí. No había medio de entrar en materia como era debido. Ellos parecían
no comprender y, por otra parte, no mostraban la menor desazón. Al fin, me
llevo a Porfirio junto a la ventana y empiezo a hablarle, sin obtener mejores
resultados. Él mira hacia un lado, yo hacia otro. Finalmente le acerco el puño
a la cara y le digo que le voy a hacer polvo. Él se limita a mirarme en
silencio. Yo escupo y me voy. Así termina la escena. Ha sido una estupidez. Con
Zamiotof no he cruzado una sola palabra... Yo temía haberte causado algún
perjuicio con mi conducta; pero cuando bajaba la escalera he tenido un
relámpago de lucidez. ¿Por qué tenemos que preocuparnos tú ni yo? Si a ti te
amenazara algún peligro, tal inquietud se comprendería; pero ¿qué tienes tú que
temer? Tú no tienes nada que ver con ese dichoso asunto y, por lo tanto, puedes
reírte de ellos. Más adelante podremos reírnos en sus propias narices, y si yo
estuviera en tu lugar, me divertiría haciéndoles creer que están en lo cierto.
Piensa en su bochorno cuando se den cuenta de su tremendo error. No lo pensemos
más. Ya les diremos lo que se merecen cuando llegue el momento. Ahora
limitémonos a burlarnos de ellos.
‑Tienes razón ‑dijo
Raskolnikof.
Y pensó: «¿Qué dirás más
adelante, cuando lo sepas todo...? Es extraño: nunca se me había ocurrido
pensar qué dirá Rasumikhine cuando se entere.»
Después de hacerse esta
reflexión miró fijamente a su amigo. El relato de la visita a Porfirio
Petrovitch no le había interesado apenas. ¡Se habían sumado tantos motivos de
preocupación durante las últimas horas a los que tenía desde hacía tiempo!
En el pasillo se
encontraron con Lujine. Había llegado a las ocho en punto y estaba buscando el
número de la habitación de su prometida. Los tres cruzaron la puerta exterior
casi al mismo tiempo, sin saludarse y sin mirarse siquiera. Los dos jóvenes
entraron primero en la habitación. Piotr Petrovitch, siempre riguroso en
cuestiones de etiqueta, se retrasó un momento en el vestíbulo para quitarse el
sobretodo. Pulqueria Alejandrovna se dirigió inmediatamente a él, mientras
Dunia saludaba a su hermano.
Piotr Petrovitch entró en
la habitación y saludó a las damas con la mayor amabilidad, pero con una
gravedad exagerada. Parecía, además, un tanto desconcertado. Pulqueria
Alejandrovna, que también daba muestras de cierta turbación, se apresuró a
hacerlos sentar a todos a la mesa redonda donde hervía el samovar. Dunia y
Lujine quedaron el uno frente al otro, y Rasumikhine y Raskolnikof se sentaron
de cara a Pulqueria Alejandrovna, aquél al lado de Lujine, y Raskolnikof junto
a su hermana.
Hubo un momento de
silencio. Lujine sacó con toda lentitud un pañuelo de batista perfumado y se
sonó con aire de hombre amable pero herido en su dignidad y decidido a pedir
explicaciones. Apenas había entrado en el vestíbulo, le había acometido la idea
de no quitarse el gabán y retirarse, para castigar severamente a las dos damas
y hacerles comprender la gravedad del acto que habían cometido. Pero no se
había atrevido a tanto. Por otra parte, le gustaban las situaciones claras y
deseaba despejar la siguiente incógnita: Pulqueria Alejandrovna y su hija
debían de tener algún motivo para haber desatendido tan abiertamente su
prohibición, y este motivo era lo primero que él necesitaba conocer. Después
tendría tiempo de aplicar el castigo adecuado.
‑Deseo que hayan tenido
un buen viaje ‑dijo a Pulqueria Alejandrovna en un tono puramente formulario.
‑Así ha sido, gracias a
Dios, Piotr Petrovitch.
‑Lo celebro de veras. ¿Y
para usted no ha resultado fatigoso, Avdotia Romanovna?
‑Yo soy joven y fuerte y
no me fatigo ‑repuso Dunia‑; pero mamá ha llegado rendida.
‑¿Qué quieren ustedes?‑dijo
Lujine‑. Nuestros trayectos son interminables, pues nuestra madre Rusia es
vastísima... A mí me fue materialmente imposible ir a recibirlas, pese a mi
firme propósito de hacerlo. Sin embargo, confío en que no tropezarían ustedes
con demasiadas dificultades.
‑Pues sí, Piotr
Petrovitch ‑se apresuró a contestar Pulqueria Alejandrovna en un tono especial‑,
nos vimos verdaderamente apuradas, y si Dios no nos hubiera enviado a Dmitri
Prokofitch, no sé qué habría sido de nosotras. Me refiero a este joven.
Permítame que se lo presente: Dmitri Prokofitch Rasumikhine.
‑¡Ah! ¿Es este joven? Ya
tuve el placer de conocerlo ayer ‑murmuró Lujine lanzando al estudiante una
mirada de reojo y enmudeciendo después con las cejas fruncidas.
Piotr Petrovitch era uno
de esos hombres que, a costa de no pocos esfuerzos, se muestran amabilísimos en
sociedad, pero que, a la menor contrariedad, pierde los estribos de tal modo,
que más parecen patanes que distinguidos caballeros.
Hubo un nuevo silencio.
Raskolnikof se encerraba en un obstinado mutismo. Avdotia Romanovna juzgaba que
en aquellas circunstancias no le correspondía a ella romper el silencio.
Rasumikhine no tenía nada que decir. En consecuencia, fue Pulqueria Alejandrovna
la que tuvo que reanudar la conversación.
‑¿Sabe usted que ha
muerto Marfa Petrovna? ‑preguntó, echando mano de su supremo recurso.
‑¿Cómo no? Me lo
comunicaron en seguida. Es más, puedo informarla a usted de que Arcadio
Ivanovitch Svidrigailof partió para Petersburgo inmediatamente después del
entierro de su esposa. Lo sé de buena tinta.
‑¿Cómo? ¿Ha venido a
Petersburgo? ‑exclamó Dunetchka, alarmada y cambiando una mirada con su madre.
‑Lo que usted oye. Y,
dada la precipitación de este viaje y las circunstancias que lo han precedido,
hay que suponer que abriga alguna intención oculta.
‑¡Señor! ¿Es posible que
venga a molestar a Dunetchka hasta aquí?
‑Mi opinión es que no
tienen ustedes motivo para inquietarse demasiado, ya que eludirán toda clase de
relaciones con él. En lo que a mí concierne, estoy ojo avizor y pronto sabré
adónde ha ido a parar.
‑¡Ah, Piotr Petrovitch! ‑exclamó
Pulqueria Alejandrovna‑. Usted no se puede imaginar hasta qué punto me inquieta
esa noticia. No he visto a ese hombre más que dos veces, pero esto ha bastado
para que le considere un ser monstruoso. Estoy segura de que es el culpable de
la muerte de Marfa Petrovna.
‑Sobre este punto, nada
se puede afirmar. Lo digo porque poseo informes exactos. No niego que los malos
tratos de ese hombre hayan podido acelerar en cierto modo el curso normal de
las cosas. En cuanto a su conducta y, en general, en cuanto a su índole moral,
estoy de acuerdo con usted. Ignoro si ahora es rico y qué herencia habrá
recibido de Marfa Petrovna, pero no tardaré en saberlo. Lo indudable es que, al
vivir aquí, en Petersburgo, reanudará su antiguo género de vida, por pocos
recursos que tenga para ello. Es un hombre depravado y lleno de vicios. Tengo
fundados motivos para creer que Maria Petrovna, que tuvo la desgracia de
enamorarse de él, además de pagarle todas sus deudas, le prestó hace ocho años
un extraordinario servicio de otra índole. A fuerza de gestiones y sacrificios,
esa mujer consiguió ahogar en su origen un asunto criminal que bien podría
haber terminado con la deportación del señor Svidrigailof a Siberia. Se trata
de un asesinato tan monstruoso, que raya en lo increíble.
‑¡Señor Señor! ‑exclamó
Pulqueria Alejandrovna.
Raskolnikof escuchaba
atentamente.
‑¿Dice usted que habla
basándose en informes dignos de crédito? ‑preguntó severamente Avdotia
Romanovna.
‑Me limito a repetir lo
que me confió en secreto Marfa Petrovna. Desde luego, el asunto está muy
confuso desde el punto de vista jurídico. En aquella época habitaba aquí, e
incluso parece que sigue habitando, una extranjera llamada Resslich que hacía
pequeños préstamos y se dedicaba a otros trabajos. Entre esa mujer y el señor
Svidrigailof existían desde hacía tiempo relaciones tan íntimas como
misteriosas. La extranjera tenía en su casa a una parienta lejana, me parece
que una sobrina, que tenía quince años, o tal vez catorce, y era sordomuda.
Resslich odiaba a esta niña: apenas le daba de comer y la golpeaba
bárbaramente. Un día la encontraron ahorcada en el granero. Cumplidas las
formalidades acostumbradas, se dictaminó que se trataba de un suicidio. Pero
cuando el asunto parecía terminado, la policía notificó que la chiquilla había
sido violada por Svidrigailof. Cierto que todo esto estaba bastante confuso y
que la acusación procedía de otra extranjera, una alemana cuya inmoralidad era
notoria y cuyo testimonio no podía tenerse en cuenta. Al fin, la denuncia fue
retirada, gracias a los esfuerzos y al dinero de Marfa Petrovna. Entonces todo
quedó reducido a los rumores que circulaban; pero esos rumores eran muy
significativos. Sin duda, Avdotia Romanovna, cuando estaba usted en casa de
esos señores, oía hablar de aquel criado llamado Filka, que murió a
consecuencia de los malos tratos que se le dieron en aquellos tiempos en que
existía la esclavitud.
‑Lo que yo oí decir fue
que Filka se había suicidado.
‑Eso es cierto y muy
cierto; pero no cabe duda de que la causa del suicidio fueron los malos tratos
y las sistemáticas vejaciones que Filka recibía.
‑Eso lo ignoraba ‑respondió
Dunia secamente‑. Lo que yo supe sobre este particular fue algo sumamente
extraño. Ese Filka era, al parecer, un neurasténico, una especie de filósofo de
baja estofa. Sus compañeros decían de él que el exceso de lectura le había
trastornado. Y se afirmaba que se había suicidado por librarse de las burlas
más que de los golpes de su dueño. Yo siempre he visto que el señor
Svidrigailof trataba a sus sirvientes de un modo humanitario. Por eso incluso
le querían, aunque, te confieso, les oí acusarle de la muerte de Filka.
‑Veo, Avdotia Romanovna,
que se siente usted inclinada a justificarle ‑dijo Lujine, torciendo la boca
con una sonrisa equívoca‑. De lo que no hay duda es de que es un hombre astuto
que tiene una habilidad especial para conquistar el corazón de las mujeres. La
pobre Marfa Petrovna, que acaba de morir en circunstancias extrañas, es buena
prueba de ello. Mi única intención era ayudarlas a usted y a su madre con mis
consejos, en previsión de las tentativas que ese hombre no dejará de renovar.
Estoy convencido de que Svidrigailof volverá muy pronto a la cárcel por deudas.
Marfa Petrovna no tuvo jamás la intención de legarle una parte importante de su
fortuna, pues pensaba ante todo en sus hijos, y si le ha dejado algo, habrá
sido una modesta suma, lo estrictamente necesario, una cantidad que a un hombre
de sus costumbres no le permitirá vivir más de un año.
‑No hablemos más del
señor Svidrigailof, Piotr Petrovitch; se lo ruego ‑dijo Dunia‑. Es un asunto
que me pone nerviosa.
‑Hace un rato ha estado
en mi casa ‑dijo de súbito Raskolnikof, hablando por primera vez.
Todos se volvieron a
mirarle, lanzando exclamaciones de sorpresa. Incluso Piotr Petrovitch dio
muestras de emoción.
‑Hace cosa de hora y
media ‑continuó Raskolnikof‑, cuando yo estaba durmiendo, ha entrado, me ha
despertado y ha hecho su propia presentación. Se ha mostrado muy simpático y
alegre. Confía en que llegaremos a ser buenos amigos. Entre otras cosas, me ha
dicho que desea tener contigo una entrevista, Dunia, y me ha rogado que le
ayude a obtenerla. Quiere hacerte una proposición y me ha explicado en qué
consiste. Además, me ha asegurado formalmente que Marfa Petrovna, ocho días
antes de morir, te legó tres mil rublos y que muy pronto recibirás esta suma.
‑¡Dios sea loado! ‑exclamó
Pulqueria Alejandrovna, santiguándose‑. ¡Reza por ella, Dunia, reza por ella!
‑Eso es cierto ‑no pudo
menos de reconocer Lujine.
‑Bueno, ¿y qué más? ‑preguntó
vivamente Dunetchka.
‑Después me ha dicho que
no es rico, pues la hacienda pasa a poder de los hijos, que se han ido a vivir
con su tía. También me ha hecho saber que se hospeda cerca de mi casa. Pero no
sé dónde, porque no se lo he preguntado.
‑Pero ¿qué proposición
quiere hacer a Dunetchka? ‑preguntó, inquieta, Pulqueria Alejandrovna‑. ¿Te lo
ha explicado?
‑Ya os he dicho que sí.
‑Bien, ¿qué quiere
proponerle?
‑Ya hablaremos de eso
después.
Y Raskolnikof empezó a
beberse en silencio su taza de té.
Piotr Petrovitch sacó el
reloj y miró la hora.
‑Un asunto urgente me
obliga a dejarles ‑dijo, y añadió, visiblemente resentido y levantándose‑: Así
podrán ustedes conversar más libremente.
‑No se vaya, Piotr
Petrovitch ‑dijo Dunia‑. Usted tenía la intención de dedicarnos la velada.
Además, usted ha dicho en su carta que desea tener una explicación con mi
madre.
‑Eso es muy cierto,
Avdotia Romanovna ‑dijo Lujine con acento solemne.
Se volvió a sentar, pero
conservando el sombrero en sus manos, y continuó:
‑En efecto, desearía
aclarar con su madre y con usted ciertos puntos de gran importancia. Pero, del
mismo modo que su hermano no quiere exponer ante mí las proposiciones del señor
Svidrigailof, yo no puedo ni quiero hablar ante terceros de esos puntos de extrema
gravedad. Por otra parte, ustedes no han tenido en cuenta el deseo que tan
formalmente les he expuesto en mi carta.
Al llegar a este punto se
detuvo con un gesto de dignidad y amargura.
‑He sido exclusivamente
yo la que ha decidido que no se tuviera en cuenta su deseo de que mi hermano no
asistiera a esta reunión ‑dijo Dunia‑. Usted nos dice en su carta que él le ha
insultado, y yo creo que hay que poner en claro esta acusación lo antes
posible, con objeto de reconciliarlos. Si Rodia le ha ofendido realmente, debe
excusarse y lo hará.
Al oír estas palabras,
Piotr Petrovitch se creció.
‑Las ofensas que he
recibido, Avdotia Romanovna, son de las que no se pueden olvidar, por mucho
empeño que uno ponga en ello. En todas las cosas hay un límite que no se debe
franquear, pues, una vez al otro lado, la vuelta atrás es imposible.
‑Usted no ha comprendido
mi intención, Piotr Petrovitch ‑replicó Dunia, con cierta impaciencia‑.
Entiéndame. Todo nuestro porvenir depende de la inmediata respuesta de esta
pregunta: ¿pueden arreglarse las cosas o no se pueden arreglar? He de decirle
con toda franqueza que no puedo considerar la cuestión de otro modo y que, si
siente usted algún afecto por mi, debe comprender que es preciso que este
asunto quede resuelto hoy mismo, por difícil que ello pueda parecer.
‑Me sorprende, Avdotia
Romanovna, que plantee usted la cuestión en esos términos ‑dijo Lujine con
irritación creciente‑. Yo puedo apreciarla y amarla, aunque no quiera a algún
miembro de su familia. Yo aspiro a la felicidad de obtener su mano, pero no
puedo comprometerme a aceptar deberes que son incompatibles con mi...
‑Deseche esa vana
susceptibilidad, Piotr Petrovitch ‑le interrumpió Dunia con voz algo agitada‑ y
muéstrese como el hombre inteligente y noble que siempre he visto y que deseo
seguir viendo en usted. Le he hecho una promesa de gran importancia: soy su
prometida. Confíe en mí en este asunto y créame capaz de ser imparcial en mi
fallo. El papel de árbitro que me atribuyo debe sorprender a mi hermano tanto
como a usted. Cuando hoy, después de recibir su carta, he rogado
insistentemente a Rodia que viniera a esta reunión, no le he dicho ni una
palabra acerca de mis intenciones. Comprenda que si ustedes se niegan a
reconciliarse, me veré obligada a elegir entre usted y él, ya que han llevado
la cuestión a este extremo. Y ni quiero ni debo equivocarme en la elección.
Acceder a los deseos de usted significa romper con mi hermano, y si escucho a
mi hermano, tendré que reñir con usted. Por lo tanto, necesito y tengo derecho
a conocer con toda exactitud los sentimientos que inspiro tanto a usted como a
él. Quiero saber si Rodia es un verdadero hermano para mí, y si usted me
aprecia ahora y sabrá amarme más adelante como marido.
‑Sus palabras, Avdotia
Romanovna ‑repuso Lujine, herido en su amor propio‑, son sumamente
significativas. E incluso me atrevo a decir que me hieren, considerando la
posición que tengo el honor de ocupar respecto a usted. Dejando a un lado lo
ofensivo que resulta para mí verme colocado al nivel de un joven... Lleno de
soberbia, usted admite la posibilidad de una ruptura entre nosotros. Usted ha
dicho que él o yo, y con esto me demuestra que soy muy poco para usted... Esto
es inadmisible para mí, dado el género de nuestras relaciones y el compromiso
que nos une.
‑¡Cómo! ‑exclamó Dunia
enérgicamente‑. ¡Comparo mi interés por usted con lo que hasta ahora más he
querido en mi vida, y considera usted que no le estimo lo suficiente!
Raskolnikof 'tuvo una
cáustica sonrisa. Rasumikhine estaba fuera de sí. Pero Piotr Petrovitch no
parecía impresionado por el argumento: cada vez estaba más sofocado e
intratable.
‑El amor por el futuro
compañero de toda la vida debe estar por encima del amor fraternal ‑repuso
sentenciosamente‑. No puedo admitir de ningún modo que se me coloque en el
mismo plano... Aunque hace un momento me he negado a franquearme en presencia
de su hermano acerca del objeto de mi visita, deseo dirigirme a su respetable
madre para aclarar un punto de gran importancia y que yo considero
especialmente ofensivo para mí... Su hijo ‑añadió dirigiéndose a Pulqueria
Alejandrovna‑, ayer, en presencia del señor Razudkine... Perdone si no es éste
su nombre ‑dijo, inclinándose amablemente ante Rasumikhine‑, pues no lo
recuerdo bien... Su hijo ‑repitió volviendo a dirigirse a Pulqueria
Alejandrovna‑ me ofendió desnaturalizando un pensamiento que expuse a usted y a
su hija aquel día que tomé café con ustedes. Yo dije que, a mi juicio, una
joven pobre y que tiene experiencia en la desgracia ofrece a su marido más
garantía de felicidad que una muchacha que sólo ha conocido la vida fácil y
cómoda. Su hijo ha exagerado deliberadamente y desnaturalizado hasta lo absurdo
el sentido de mis palabras, atribuyéndome intenciones odiosas. Para ello se
funda exclusivamente en las explicaciones que usted le ha dado por carta. Por
esta razón, Pulqueria Alejandrovna, yo desearía que usted me tranquilizara
demostrándome que estoy equivocado. Dígame, ¿en qué términos transmitió usted
mi pensamiento a Rodion Romanovitch?
‑No lo recuerdo ‑repuso
Pulqueria Alejandrovna, llena de turbación‑. Yo dije lo que había entendido.
Por otra parte, ignoro cómo Rodia le habrá transmitido a usted mis palabras.
Tal vez ha exagerado.
‑Sólo pudo haberlo hecho
inspirándose en la carta que usted le envió.
‑Piotr Petrovitch ‑replicó
dignamente Pulqueria Alejandrovna‑. La prueba de que no hemos tomado sus
palabras en mala parte es que estamos aquí.
‑Bien dicho, mamá ‑aprobó
Dunia.
‑Entonces soy yo el que
está equivocado ‑dijo Lujine, ofendido.
‑Es que usted, Piotr
Petrovitch ‑dijo Pulqueria Alejandrovna, alentada por las palabras de su hija‑,
no hace más que acusar a Rodia. Y no tiene en cuenta que en su carta nos dice
acerca de él cosas que no son verdad.
‑No recuerdo haber dicho
ninguna falsedad en mi carta.
‑Usted ha dicho ‑manifestó
ásperamente Raskolnikof, sin mirar a Lujine‑, que yo entregué ayer mi dinero no
a la viuda del hombre atropellado, sino a su hija, siendo así que la vi ayer
por primera vez. Usted se expresó de este modo con el deseo de indisponerme con
mi familia, y para asegurarse de que conseguiría sus fines juzgó del modo más
innoble a una muchacha a la que no conoce. Esto es una calumnia y una villanía.
‑Perdone usted ‑dijo
Lujine, temblando de cólera‑, pero si en mi carta he hablado extensamente de
usted ha sido únicamente atendiendo a los deseos de su madre y de su hermana,
que me rogaron que las informara de cómo le había encontrado a usted y del
efecto que me había producido. Por otra parte, le desafío a que me señale una
sola línea falsa en el pasaje al que usted alude. ¿Negará que ha gastado su
dinero y que en esa familia hay un miembro indigno?
‑A mi juicio, usted, con
todas sus cualidades, vale menos que el dedo meñique de esa desgraciada
muchacha a la que ha arrojado usted la piedra.
‑¿De modo que no
vacilaría usted en introducirla en la sociedad de su hermana y de su madre?
‑Ya lo he hecho. Hoy la
he invitado a sentarse junto a ellas.
‑¡Rodia! ‑exclamó
Pulqueria Alejandrovna.
Dunetchka enrojeció,
Rasumikhine frunció el entrecejo, Lujine sonrió altiva y despectivamente.
‑Ya ve usted, Avdotia
Romanovna, que es imposible toda reconciliación. Creo que podemos dar el asunto
por terminado y no volver a hablar de él. En fin, me retiro para no seguir
inmiscuyéndome en esta reunión de familia. Sin duda, tendrán ustedes secretos que
comunicarse.
Se levantó y cogió su
sombrero.
‑Pero, antes de irme,
permítanme que les diga que espero no volver a verme expuesto a encuentros y
escenas como los que acabo de tener. Me dirijo exclusivamente a usted,
Pulqueria Alejandrovna, ya que a usted y sólo a usted iba destinada mi carta.
Pulqueria Alejandrovna se
estremeció ligeramente.
‑Por lo visto, Piotr
Petrovitch, se considera usted nuestro dueño absoluto. Ya le ha explicado Dunia
por qué razón no hemos tenido en cuenta su deseo. Mi hija ha obrado con la
mejor intención. En cuanto a su carta, no puedo menos de decirle que está escrita
en un tono bastante imperioso. ¿Pretende usted obligarnos a considerar sus
menores deseos como órdenes? Por el contrario, yo creo que debe usted tratarnos
con los mayores miramientos, ya que hemos depositado toda nuestra confianza en
usted, que lo hemos dejado todo por venir a Petersburgo y que, en consecuencia,
estamos a su merced.
‑Eso no es totalmente
exacto, Pulqueria Alejandrovna, y menos ahora que ya sabe usted que Marfa
Petrovna ha legado a su hija tres mil rublos, suma que llega con gran
oportunidad, a juzgar por el tono en que me está usted hablando ‑añadió Lujine
secamente.
‑Esa observación ‑dijo
Dunia, indignada‑ puede ser una prueba de que usted ha especulado con nuestra
pobreza.
‑Sea como fuere, ahora
todo ha cambiado. Y me voy; no quiero seguir siendo un obstáculo para que su
hermano les transmita las proposiciones secretas de Arcadio Ivanovitch
Svidrigailof. Sin duda, esto es importantísimo para ustedes, e incluso
sumamente agradable.
‑¡Dios mío! ‑exclamó
Pulqueria Alejandrovna.
Rasumikhine hacía
inauditos esfuerzos para permanecer en su silla.
‑¿No te da vergüenza
soportar tanto insulto, Dunia? ‑preguntó Raskolnikof.
‑Sí, Rodia; estoy
avergonzada ‑y, pálida de ira, gritó a Lujine‑: ¡Salga de aquí, Piotr
Petrovitch!
Lujine no esperaba ni
remotamente semejante reacción. Tenía demasiada confianza en sí mismo y contaba
con la debilidad de sus víctimas. No podía dar crédito a sus oídos. Palideció y
sus labios empezaron a temblar.
‑Le advierto, Avdotia
Romanovna, que si me marcho en estas condiciones puede tener la seguridad de
que no volveré. Reflexione. Yo mantengo siempre mi palabra.
‑¡Qué insolencia! ‑gritó
Dunia, irritada‑. ¡Pero si yo no quiero volverle a ver!
‑¿Cómo se atreve a hablar
así? ‑exclamó Lujine, desconcertado, pues en ningún momento había creído en la
posibilidad de una ruptura‑. Tenga usted en cuenta que yo podría protestar.
‑¡Usted no tiene ningún
derecho a hablar así! ‑replicó vivamente Pulqueria Alejandrovna‑. ¿Contra qué
va a protestar? ¿Y con qué atribuciones? ¿Cree usted que puedo poner a mi hija
en manos de un hombre como usted? ¡Váyase y déjenos en paz! Hemos cometido la
equivocación de aceptar una proposición que no ha resultado nada decorosa. De
ningún modo debí...
‑No obstante, Pulqueria
Alejandrovna ‑exclamó Lujine, exasperado‑, usted me ató con una promesa que
ahora retira. Y, además..., además, nuestro compromiso me ha obligado a..., en
fin, a hacer ciertos gastos.
Esta última queja era tan
propia del carácter de Lujine, que Raskolnikof, pese a la cólera que le
dominaba, no pudo contenerse y se echó a reír.
En cambio, a Pulqueria
Alejandrovna la hirió profundamente el reproche de Lujine.
‑¿Gastos? ¿Qué gastos?
¿Se refiere usted, quizás, a la maleta que se encargó de enviar aquí? ¡Pero si
consiguió usted que la transportaran gratuitamente! ¡Señor! ¡Pretender que
nosotras le hemos atado! Mida bien sus palabras, Piotr Petrovitch. ¡Es usted el
que nos ha tenido a su merced, atadas de pies y manos!
‑Basta, mamá, basta ‑dijo
Dunia en tono suplicante‑. Piotr Petrovitch, tenga la bondad de marcharse.
‑Ya me voy ‑repuso
Lujine, ciego de cólera‑. Pero permítame unas palabras, las últimas. Su madre
parece haber olvidado que yo pedí la mano de usted cuando era el blanco de las
murmuraciones de toda la comarca. Por usted desafié a la opinión pública y
conseguí restablecer su reputación. Esto me hizo creer que podía contar con su
agradecimiento. Pero ustedes me han abierto los ojos y ahora me doy cuenta de
que tal vez fui un imprudente al despreciar a la opinión pública.
‑¡Este hombre se ha
empeñado en que le rompan la cabeza! ‑exclamó Rasumikhine, levantándose de un
salto y disponiéndose a castigar al insolente.
‑¡Es usted un hombre vil
y malvado! ‑lijo Dunia.
‑¡Quieto! ‑exclamó
Raskolnikof reteniendo a Rasumikhine.
Después se acercó a
Lujine, tanto que sus cuerpos casi se tocaban, y le dijo en voz baja pero con
toda claridad:
‑¡Salga de aquí, y ni una
palabra más!
Piotr Petrovitch, cuyo
rostro estaba pálido y contraído por la cólera, le miró un instante en
silencio. Después giró sobre sus talones y se fue, sintiendo un odio mortal
contra Raskolnikof, al que achacaba la culpa de su desgracia.
Pero mientras bajaba la
escalera se imaginaba ‑cosa notable‑ que no estaba todo definitivamente perdido
y que bien podía esperar reconciliarse con las dos damas.
III
Lo más importante era que
Lujine no había podido prever semejante desenlace. Sus jactancias se debían a
que en ningún momento se había imaginado que dos mujeres solas y pobres
pudieran desprenderse de su dominio. Este convencimiento estaba reforzado por su
vanidad y por una ciega confianza en sí mismo. Piotr Petrovitch, salido de la
nada, había adquirido la costumbre casi enfermiza de admirarse a sí mismo
profundamente. Tenía una alta opinión de su inteligencia, de su capacidad, y, a
veces, cuando estaba solo, llegaba incluso a admirar su propia cara en un
espejo. Pero lo que más quería en el mundo era su dinero, adquirido por su
trabajo y también por otros medios. A su juicio, esta fortuna le colocaba en un
plano de igualdad con todas las personas superiores a él. Había sido sincero al
recordar amargamente a Dunia que había pedido su mano a pesar de los rumores
desfavorables que circulaban sobre ella. Y al pensar en lo ocurrido sentía una
profunda indignación por lo que calificaba mentalmente de «negra ingratitud.
Sin embargo, cuando contrajo el compromiso estaba completamente seguro de que
aquellos rumores eran absurdos y calumniosos, pues ya los había desmentido
públicamente Marfa Petrovna, eso sin contar con que hacía tiempo que el
vecindario, en su mayoría, había rehabilitado a Dunia. Lujine no habría negado
que sabía todo esto en el momento de contraer el compromiso matrimonial, pero,
aun así, seguía considerando como un acto heroico la decisión de elevar a Dunia
hasta él. Cuando entró, días antes, en el aposento de Raskolnikof, lo hizo como
un bienhechor dispuesto a recoger los frutos de su magnanimidad y esperando oír
las palabras más dulces y aduladoras. Huelga decir que ahora bajaba la escalera
con la sensación de hombre ofendido e incomprendido.
Dunia le parecía ya algo
indispensable para su vida y no podía admitir la idea de renunciar a ella.
Hacía ya mucho tiempo, años, que soñaba voluptuosamente con el matrimonio, pero
se limitaba a reunir dinero y esperar. Su ideal, en el que pensaba con secreta
delicia, era una muchacha pura y pobre (la pobreza era un requisito
indispensable), bonita, instruida y noble, que conociera los contratiempos de
una vida difícil, pues la práctica del sufrimiento la llevaría a renunciar a su
voluntad ante él; y le miraría durante toda su vida como a un salvador, le
veneraría, se sometería a él, le admiraría, vería en él el único hombre. ¡Qué
deliciosas escenas concebía su imaginación en las horas de asueto sobre este
anhelo aureolado de voluptuosidad! Y al fin vio que el sueño acariciado durante
tantos años estaba a punto de realizarse. La belleza y la educación de Avdotia
Romanovna le habían cautivado, y la difícil situación en que se hallaba había
colmado sus ilusiones. Dunia incluso rebasaba el límite de lo que él había
soñado. Veía en ella una muchacha altiva, noble, enérgica, incluso más culta
que él (lo reconocía), y esta criatura iba a profesarle un reconocimiento de
esclava, profundo, eterno, por su acto heroico; iba a rendirle una veneración
apasionada, y él ejercería sobre ella un dominio absoluto y sin límites...
Precisamente poco antes de pedir la mano de Dunia había decidido ampliar sus
actividades, trasladándose a un campo de acción más vasto, y así poder ir
introduciéndose poco a poco en un mundo superior, cosa que ambicionaba
apasionadamente desde hacía largo tiempo. En una palabra, había decidido probar
suerte en Petersburgo. Sabía que las mujeres pueden ser una ayuda para
conseguir muchas cosas. El encanto de una esposa adorable, culta y virtuosa al
mismo tiempo podía adornar su vida maravillosamente, atraerle simpatías,
crearle una especie de aureola... Y todo esto se había venido abajo. Aquella
ruptura, tan inesperada como espantosa, le había producido el efecto de un
rayo. Le parecía algo absurdo, una broma monstruosa. Él no había tenido tiempo
para decir lo que quería; sólo había podido alardear un poco. Primero no había
tomado la cosa en serio, después se había dejado llevar de su indignación, y
todo había terminado en una gran ruptura. Amaba ya a Dunia a su modo, la
gobernaba y la dominaba en su imaginación, y, de improviso... No, era preciso
poner remedio al mal, conseguir un arreglo al mismo día siguiente y, sobre
todo, aniquilar a aquel jovenzuelo, a aquel granuja que había sido el causante
del mal. Pensó también, involuntariamente y con una especie de excitación
enfermiza, en Rasumikhine, pero la inquietud que éste le produjo fue pasajera.
‑¡Compararme con
semejante individuo...!
Al que más temía era a
Svidrigailof... En resumidas cuentas, que tenía en perspectiva no pocas
preocupaciones.
‑No, he sido yo la
principal culpable ‑decía Dunia, acariciando a su madre‑. Me dejé tentar por su
dinero, pero yo te juro, Rodia, que no creía que pudiera ser tan indigno. Si lo
hubiese sabido, jamás me habría dejado tentar. No me lo reproches, Rodia.
‑¡Dios nos ha librado de
él, Dios nos ha librado de él! ‑murmuró Pulqueria Alejandrovna, casi
inconscientemente. Parecía no darse bien cuenta de lo que acababa de suceder.
Todos estaban contentos,
y cinco minutos después charlaban entre risas. Sólo Dunetchka palidecía a
veces, frunciendo las cejas, ante el recuerdo de la escena que se acababa de
desarrollar. Pulqueria Alejandrovna no podía imaginarse que se sintiera feliz por
una ruptura que aquella misma mañana le parecía una desgracia horrible.
Rasumikhine estaba encantado; no osaba manifestar su alegría, pero temblaba
febrilmente como si le hubieran quitado de encima un gran peso. Ahora era muy
dueño de entregarse por entero a las dos mujeres, de servirlas... Además, sabía
Dios lo que podría suceder... Sin embargo, rechazaba, acobardado, estos
pensamientos y temía dar libre curso a su imaginación. Raskolnikof era el único
que permanecía impasible, distraído, incluso un tanto huraño. Él, que tanto
había insistido en la ruptura con Lujine, ahora que se había producido, parecía
menos interesado en el asunto que los demás. Dunia no pudo menos de creer que
seguía disgustado con ella, y Pulqueria Alejandrovna lo miraba con inquietud.
‑¿Qué tienes que decirnos
de parte de Svidrigailof? ‑le preguntó Dunia.
‑¡Eso, eso! ‑exclamó
Pulqueria Alejandrovna.
Raskolnikof levantó la
cabeza.
‑Está empeñado en
regalarte diez mil rublos y desea verte una vez estando yo presente.
‑¿Verla? ¡De ningún modo!
‑exclamó Pulqueria Alejandrovna‑. ¡Además, tiene la osadía de ofrecerle
dinero!
Entonces Raskolnikof
refirió (secamente, por cierto) su diálogo con Svidrigailof, omitiendo todo lo
relacionado con las apariciones de Marfa Petrovna, a fin de no ser demasiado
prolijo. Le molestaba profundamente hablar más de lo indispensable.
‑¿Y tú qué le has
contestado? ‑preguntó Dunia.
‑Yo he empezado por
negarme a decirte nada de parte suya, y entonces él me ha dicho que se las
arreglaría, fuera como fuera, para tener una entrevista contigo. Me ha
asegurado que su pasión por ti fue una ilusión pasajera y que ahora no le
inspiras nada que se parezca al amor. No quiere que te cases con Lujine. En
general, hablaba de un modo confuso y contradictorio.
‑¿Y tú qué opinas, Rodia?
¿Qué efecto te ha producido?
‑Os confieso que no lo
acabo de entender. Te ofrece diez mil rublos, y dice que no es rico. Afirma que
está a punto de emprender un viaje, y al cabo de diez minutos se olvida de
ello... De pronto me ha dicho que se quiere casar y que le buscan una novia...
Sin duda, persigue algún fin, un fin indigno seguramente. Sin embargo, yo creo
que no se habría conducido tan ingenuamente si hubiera abrigado algún mal
propósito contra ti... Yo, desde luego, he rechazado categóricamente ese dinero
en nombre tuyo. En una palabra, ese hombre me ha producido una impresión
extraña, e incluso me ha parecido que presentaba síntomas de locura... Pero
acaso sea una falsa apreciación mía, o tal vez se trate de una simple ficción.
La muerte de Marfa Petrovna debe de haberle trastornado profundamente.
‑¡Que Dios la tenga en la
gloria! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna‑. Siempre la tendré presente en mis
oraciones. ¿Qué habría sido de nosotras, Dunia, sin esos tres mil rublos? ¡Dios
mío, no puedo menos de creer que el cielo nos los envía! Pues has de saber,
Rodia, que todo el dinero que nos queda son tres rublos, y que pensábamos
empeñar el reloj de Dunia para no pedirle dinero a él antes de que nos lo
ofreciera.
Dunia parecía trastornada
por la proposición de Svidrigailof. Estaba pensativa.
‑Algún mal propósito
abriga contra mí ‑murmuró, como si hablara consigo misma y con un leve
estremecimiento.
Raskolnikof advirtió este
temor excesivo.
‑Creo que tendré ocasión
de volverle a ver ‑dijo a su hermana.
‑¡Lo vigilaremos! ‑exclamó
enérgicamente Rasumikhine‑. ¡Me comprometo a descubrir sus huellas! No le
perderé de vista. Cuento con el permiso de Rodia. Hace poco me ha dicho: «Vela
por mi hermana.» ¿Me lo permite usted, Avdotia Romanovna?
Dunia le sonrió y le
tendió la mano, pero su semblante seguía velado por la preocupación. Pulqueria
Alejandrovna le miró tímidamente, pero no intranquila, pues pensaba en los tres
mil rublos.
Un cuarto de hora después
se había entablado una animada conversación. Incluso Raskolnikof, aunque sin
abrir la boca, escuchaba con atención lo que decía Rasumikhine, que era el que
llevaba la voz cantante.
‑¿Por qué han de regresar
ustedes al pueblo? ‑exclamó el estudiante, dejándose llevar de buen grado del
entusiasmo que se había apoderado de él‑. ¿Qué harán ustedes en ese villorrio?
Deben ustedes permanecer aquí todos juntos, pues son indispensables el uno al
otro, no me lo negarán. Por lo menos, deben quedarse aquí una temporada. En lo
que a mí concierne, acépteme como amigo y como socio y les aseguro que
montaremos un negocio excelente. Escúchenme: voy a exponerles mi proyecto con
todo detalle. Es una idea que se me ha ocurrido esta mañana, cuando nada había
sucedido todavía. Se trata de lo siguiente: yo tengo un tío (que ya les
presentaré y que es un viejo tan simpático como respetable) que tiene un
capital de mil rublos y vive de una pensión que le basta para cubrir sus
necesidades. Desde hace dos años no cesa de insistir en que yo acepte sus mil
rublos como préstamo con el seis por ciento de interés. Esto es un truco: lo
que él desea es ayudarme. El año pasado yo no necesitaba dinero, pero este año voy
a aceptar el préstamo. A estos mil rublos añaden ustedes mil de los suyos, y ya
tenemos para empezar. Bueno, ya somos socios. ¿Qué hacemos ahora?
Rasumikhine empezó acto
seguido a exponer su proyecto. Se extendió en explicaciones sobre el hecho de
que la mayoría de los libreros y editores no conocían su oficio y por eso
hacían malos negocios, y añadió que editando buenas obras se podía no sólo cubrir
gastos, sino obtener beneficios. Ser editor constituía el sueño dorado de
Rasumikhine, que llevaba dos años trabajando para casas editoriales y conocía
tres idiomas, aunque seis días atrás había dicho a Raskolnikof que no sabía
alemán, simple pretexto para que su amigo aceptara la mitad de una traducción
y, con ella, los tres rublos de anticipo que le correspondían. Raskolnikof no
se había dejado engañar.
‑¿Por qué despreciar un
buen negocio ‑exclamó Rasumikhine con creciente entusiasmo‑, teniendo el
elemento principal para ponerlo en práctica, es decir, el dinero? Sin duda
tendremos que trabajar de firme, pero trabajaremos. Trabajará usted Avdotia
Romanovna; trabajará su hermano y trabajaré yo. Hay libros que pueden producir
buenas ganancias. Nosotros tenemos la ventaja de que sabemos lo que se debe
traducir. Seremos traductores, editores y aprendices a la vez. Yo puedo ser
útil a la sociedad porque tengo experiencia en cuestiones de libros. Hace dos
años que ruedo por las editoriales, y conozco lo esencial del negocio. No es
nada del otro mundo, créanme. ¿Por qué no aprovechar esta ocasión? Yo podría
indicar a los editores dos o tres libros extranjeros que producirían cien
rublos cada uno, y sé de otro cuyo título no daría por menos de quinientos
rublos. A lo mejor aún vacilarían esos imbéciles. Respecto a la parte
administrativa del negocio (papel, impresión, venta...), déjenla en mi mano,
pues es cosa que conozco bien. Empezaremos por poco e iremos ampliando el
negocio gradualmente. Desde luego, ganaremos lo suficiente para vivir[41].
Los ojos de Dunia
brillaban.
‑Su proposición me parece
muy bien, Dmitri Prokofitch. ‑Yo, como es natural ‑dijo Pulqueria Alejandrovna‑,
no entiendo nada de eso. Tal vez sea un buen negocio. Lo cierto es que el
asunto me sorprende por lo inesperado. Respecto a nuestra marcha, sólo puedo
decirle que nos vemos obligadas a permanecer aquí algún tiempo.
Y al decir esto último
dirigió una mirada a Rodia.
‑¿Tú qué opinas? ‑preguntó
Dunia a su hermano.
‑A mí me parece una
excelente idea. Naturalmente, no puede improvisarse un gran negocio editorial,
pero sí publicar algunos volúmenes de éxito seguro. Yo conozco una obra que
indudablemente se vendería. En cuanto a la capacidad de Rasumikhine, podéis
estar tranquilas, pues conoce bien el negocio... Además, tenéis tiempo de sobra
para estudiar el asunto.
‑¡Hurra! ‑gritó
Rasumikhine‑. Y ahora escuchen. En este mismo edificio hay un local
independiente que pertenece al mismo propietario. Está amueblado, tiene tres
habitaciones pequeñas y no es caro. Yo me encargaré de empeñarles el reloj
mañana para que tengan dinero. Todo se arreglará. Lo importante es que puedan
ustedes vivir los tres juntos. Así tendrán a Rodia cerca de ustedes... Pero
oye, ¿adónde vas?
‑¿Por qué te marchas,
Rodia? ‑preguntó Pulqueria Alejandrovna con evidente inquietud.
¡Y en este momento! ‑le reprochó Rasumikhine.
Dunia miraba a su hermano
con una sorpresa llena de desconfianza. Él, con la gorra en la mano, se
disponía a marcharse.
‑¡Cualquiera diría que
nos vamos a separar para siempre! ‑exclamó en un tono extraño‑. No me enterréis
tan pronto.
Y sonrió, pero ¡qué
sonrisa aquélla!
‑Sin embargo ‑dijo
distraídamente‑, ¡quién sabe si será la última vez que nos vemos!
Había dicho esto contra
su voluntad, como reflexionando en voz alta.
‑Pero ¿qué te pasa,
Rodia? ‑preguntó ansiosamente su madre.
‑¿Dónde vas? ‑preguntó
Dunia con voz extraña.
‑Me tengo que marchar ‑repuso.
Su voz era vacilante,
pero su pálido rostro expresaba una resolución irrevocable.
‑Yo quería deciros... ‑‑continuó‑.
He venido aquí para decirte, mamá, y a ti también, Dunia, que... debemos
separarnos por algún tiempo... No me siento bien... Los nervios... Ya
volveré... Más adelante..., cuando pueda. Pienso en vosotros y os quiero. Pero
dejadme, dejadme solo. Esto ya lo tenía decidido, y es una decisión
irrevocable. Aunque hubiera de morir, quiero estar solo. Olvidaos de mí: esto
es lo mejor... No me busquéis. Ya vendré yo cuando sea necesario..., y, si no
vengo, enviaré a llamaros. Tal vez vuelva todo a su cauce; pero ahora, si
verdaderamente me queréis, renunciad a mí. Si no lo hacéis, llegaré a odiaros:
esto es algo que siento en mí. Adiós.
‑¡Dios mío! ‑exclamó
Pulqueria Alejandrovna.
La madre, la hermana y
Rasumikhine se sintieron dominados por un profundo terror.
‑¡Rodia, Rodia, vuelve a
nosotras! ‑exclamó la pobre mujer.
Él se volvió lentamente y
dio un paso hacia la puerta. Dunia fue hacia él.
‑¿Cómo puedes portarte
así con nuestra madre, Rodia? ‑murmuró, indignada.
‑Ya volveré, ya volveré a
veros ‑dijo a media voz, casi inconsciente.
Y se fue.
‑¡Mal hombre, corazón de
piedra! ‑le gritó Dunia.
‑No es malo, es que está
loco ‑murmuró Rasumikhine al oído de la joven, mientras le apretaba con fuerza
la mano‑ Es un alienado, se lo aseguro. Sería usted la despiadada si no fuera
comprensiva con él.
Y dirigiéndose a
Pulqueria Alejandrovna, que parecía a punto de caer, le dijo:
‑En seguida vuelvo.
Salió corriendo de la
habitación. Raskolnikof, que le esperaba al final del pasillo, le recibió con
estas palabras:
‑Sabía que vendrías...
Vuelve al lado de ellas; no las dejes... Ven también mañana; no las dejes
nunca... Yo tal vez vuelva..., tal vez pueda volver. Adiós.
Se alejó sin tenderle la
mano.
‑Pero ¿adónde vas? ¿Qué
te pasa? ¿Qué te propones? ¡No se puede obrar de ese modo!
Raskolnikof se detuvo de
nuevo.
‑Te lo he dicho y te lo
repito: no me preguntes nada, pues no te contestaré... No vengas a verme. Tal
vez venga yo aquí... Déjame..., pero a ellas no las abandones... ¿Comprendes?
El pasillo estaba oscuro
y ellos se habían detenido cerca de la lámpara. Se miraron en silencio.
Rasumikhine se acordaría de este momento toda su vida. La mirada ardiente y
fija de Raskolnikof parecía cada vez más penetrante, y Rasumikhine tenía la
impresión de que le taladraba el alma. De súbito, el estudiante se estremeció.
Algo extraño acababa de pasar entre ellos. Fue una idea que se deslizó
furtivamente; una idea horrible, atroz y que los dos comprendieron...
Rasumikhine se puso pálido como un muerto.
‑¿Comprendes ahora? ‑preguntó
Raskolnikof con una mueca espantosa‑. Vuelve junto a ellas ‑añadió. Y dio media
vuelta y se fue rápidamente.
No es fácil describir lo
que ocurrió aquella noche en la habitación de Pulqueria Alejandrovna cuando
regresó Rasumikhine; los esfuerzos del joven para calmar a las dos damas, las
promesas que les hizo. Les dijo que Rodia estaba enfermo, que necesitaba reposo;
les aseguró que volverían a verle y que él iría a visitarlas todos los días;
que Rodia sufría mucho y no convenía irritarle; que él, Rasumikhine, llamaría a
un gran médico, al mejor de todos; que se celebraría una consulta... En fin,
que, a partir de aquella noche, Rasumikhine fue para ellas un hijo y un
hermano.
IV
Raskolnikof se fue
derecho a la casa del canal donde habitaba Sonia. Era un viejo edificio de tres
pisos pintado de verde. No sin trabajo, encontró al portero, del cual obtuvo
vagas indicaciones sobre el departamento del sastre Kapernaumof. En un rincón del
patio halló la entrada de una escalera estrecha y sombría. Subió por ella al
segundo piso y se internó por la galería que bordeaba la fachada. Cuando
avanzaba entre las sombras, una puerta se abrió de pronto a tres pasos de él.
Raskolnikof asió el picaporte maquinalmente.
‑¿Quién va? ‑preguntó una
voz de mujer con inquietud.
‑Soy yo, que vengo a su
casa ‑dijo Raskolnikof.
Y entró seguidamente en
un minúsculo vestíbulo, donde una vela ardía sobre una bandeja llena de
abolladuras que descansaba sobre una silla desvencijada.
‑¡Dios mío! ¿Es usted? ‑gritó
débilmente Sonia, paralizada por el estupor.
‑¿Es éste su cuarto?
Y Raskolnikof entró
rápidamente en la habitación, haciendo esfuerzos por no mirar a la muchacha.
Un momento después llegó
Sonia con la vela en la mano. Depositó la vela sobre la mesa y se detuvo ante
él, desconcertada, presa de extraordinaria agitación. Aquella visita inesperada
le causaba una especie de terror. De pronto, una oleada de sangre le subió al
pálido rostro y de sus ojos brotaron lágrimas. Experimentaba una confusión
extrema y una gran vergüenza en la que había cierta dulzura. Raskolnikof se
volvió rápidamente y se sentó en una silla ante la mesa. Luego paseó su mirada
por la habitación.
Era una gran habitación
de techo muy bajo, que comunicaba con la del sastre por una puerta abierta en
la pared del lado izquierdo. En la del derecho había otra puerta, siempre
cerrada con llave, que daba a otro departamento. La habitación parecía un hangar.
Tenía la forma de un cuadrilátero irregular y un aspecto destartalado. La pared
de la parte del canal tenía tres ventanas. Este muro se prolongaba oblicuamente
y formaba al final un ángulo agudo y tan profundo, que en aquel rincón no era
posible distinguir nada a la débil luz de la vela. El otro ángulo era
exageradamente obtuso.
La extraña habitación
estaba casi vacía de muebles. A la derecha, en un rincón, estaba la cama, y
entre ésta y la puerta había una silla. En el mismo lado y ante la puerta que
daba al departamento vecino se veía una sencilla mesa de madera blanca, cubierta
con un paño azul, y, cerca de ella, dos sillas de anea. En la pared opuesta,
cerca del ángulo agudo, había una cómoda, también de madera blanca, que parecía
perdida en aquel gran vacío. Esto era todo. El papel de las paredes, sucio y
desgastado, estaba ennegrecido en los rincones. En invierno, la humedad y el
humo debían de imperar en aquella habitación, donde todo daba una impresión de
pobreza. Ni siquiera había cortinas en la cama.
Sonia miraba en silencio
al visitante, ocupado en examinar tan atentamente y con tanto desenfado su
aposento. Y de pronto empezó a temblar de pies a cabeza como si se hallara ante
el juez y árbitro de su destino.
‑He venido un poco tarde.
¿Son ya las once? ‑preguntó Raskolnikof sin levantar la vista hacia Sonia.
‑Sí, sí, son las once ya ‑balbuceó
la muchacha ansiosamente, como si estas palabras le solucionaran un inquietante
problema‑: El reloj de mi patrona acaba de sonar y yo he oído perfectamente
las...
‑Vengo a su casa por
última vez ‑dijo Raskolnikof con semblante sombrío. Sin duda se olvidaba de que
era también su primera visita‑. Acaso no vuelva a verla más ‑añadió.
‑¿Se va de viaje?
‑No sé, no sé... Mañana,
quizá...
‑Así, ¿no irá usted
mañana a casa de Catalina Ivanovna? ‑preguntó Sonia con un ligero temblor en la
voz.
‑No lo sé... Quizá mañana
por la mañana... Pero no hablemos de este asunto. He venido a decirle...
Alzó hacia ella su mirada
pensativa y entonces advirtió que él estaba sentado y Sonia de pie.
‑¿Por qué está de pie?
Siéntese ‑le dijo, dando de pronto a su voz un tono bajo y dulce.
Ella se sentó. Él la miró
con un gesto bondadoso, casi compasivo.
‑¡Qué delgada está usted!
Sus manos casi se transparentan. Parecen las manos de un muerto.
Se apoderó de una de
aquellas manos, y ella sonrió.
‑Siempre he sido así ‑dijo
Sonia.
‑¿Incluso cuando vivía en
casa de sus padres?
‑Sí.
‑¡Claro, claro! ‑dijo
Raskolnikof con voz entrecortada. Tanto en su acento como en la expresión de su
rostro se había operado súbitamente un nuevo cambio.
Volvió a pasear su mirada
por la habitación.
‑Tiene usted alquilada
esta pieza a Kapernaumof, ¿verdad?
‑Sí.
‑Y ellos viven detrás de
esa puerta, ¿no?
‑Sí; tienen una
habitación parecida a ésta.
‑¿Sólo una para toda la
familia?
‑Sí.
‑A mí, esta habitación me
daría miedo ‑dijo Rodia con expresión sombría.
‑Los Kapernaumof son
buenas personas, gente amable ‑dijo Sonia, dando muestras de no haber recobrado
aún su presencia de ánimo‑. Y estos muebles, y todo lo que hay aquí, es de
ellos. Son muy buenos. Los niños vienen a verme con frecuencia.
‑Son tartamudos, ¿verdad?
‑Sí, pero no todos. El
padre es tartamudo y, además, cojo. La madre... no es que tartamudee, pero
tiene dificultad para hablar. Es muy buena. Él era esclavo. Tienen siete hijos.
Sólo el mayor es tartamudo. Los demás tienen poca salud, pero no tartamudean...
Ahora que caigo, ¿cómo se ha enterado usted de estas cosas?
‑Su padre me lo contó
todo... Por él supe lo que le ocurrió a usted... Me explicó que usted salió de
casa a las seis y no volvió hasta las nueve, y que Catalina Ivanovna pasó la
noche arrodillada junto a su lecho.
Sonia se turbó.
‑Me parece ‑murmuró,
vacilando‑ que hoy lo he visto.
‑¿A quién?
‑A mi padre. Yo iba por
la calle y, al doblar una esquina cerca de aquí, lo he visto de pronto. Me
pareció que venía hacia mí. Estoy segura de que era él. Yo me dirigía a casa de
Catalina Ivanovna...
‑No, usted iba...
paseando.
‑Sí ‑murmuró Sonia con
voz entrecortada. Y bajó los ojos llenos de turbación.
‑Catalina Ivanovna llegó
incluso a pegarle cuando usted vivía con sus padres, ¿verdad?
‑¡Oh no! ¿Quién se lo ha
dicho? ¡No, no; de ningún modo!
Y al decir esto Sonia
miraba a Raskolnikof como sobrecogida de espanto.
‑Ya veo que la quiere
usted.
‑¡Claro que la quiero! ‑exclamó
Sonia con voz quejumbrosa y alzando de pronto las manos con un gesto de
sufrimiento‑. Usted no la... ¡Ah, si usted supiera...! Es como una niña... Está
trastornada por el dolor... Es inteligente y noble... y buena... Usted no sabe
nada... nada...
Sonia hablaba con acento
desgarrador. Una profunda agitación la dominaba. Gemía, se retorcía las manos.
Sus pálidas mejillas se habían teñido de rojo y sus ojos expresaban un profundo
sufrimiento. Era evidente que Raskolnikof acababa de tocar un punto sensible en
su corazón. Sonia experimentaba una ardiente necesidad de explicar ciertas
cosas, de defender a su madrastra. De súbito, su semblante expresó una
compasión «insaciable», por decirlo así.
‑¿Pegarme? Usted no sabe
lo que dice. ¡Pegarme ella, Señor...! Pero, aunque me hubiera pegado, ¿qué?
Usted no la conoce... ¡Es tan desgraciada! Está enferma... Sólo pide
justicia... Es pura. Cree que la justicia debe reinar en la vida y la
reclama... Ni por el martirio se lograría que hiciera nada injusto. No se da
cuenta de que la justicia no puede imperar en el mundo y se irrita... Se irrita
como un niño, exactamente como un niño, créame... Es una mujer justa, muy
justa.
‑¿Y qué va a hacer usted
ahora?
Sonia le dirigió una
mirada interrogante.
‑Ahora ha de cargar usted
con ellos. Verdad es que siempre ha sido así. Incluso su difunto padre le pedía
a usted dinero para beber... Pero ¿qué van a hacer ahora?
‑No lo sé ‑respondió
Sonia tristemente.
‑¿Seguirán viviendo en la
misma casa?
‑No lo sé. Deben a la
patrona y creo que ésta ha dicho hoy que va a echarlos a la calle. Y Catalina
Ivanovna dice que no permanecerá allí ni un día más.
‑¿Cómo puede hablar así?
¿Cuenta acaso con usted?
‑¡Oh, no! Ella no piensa
en eso... Nosotros estamos muy unidos; lo que es de uno, es de todos.
Sonia dio esta respuesta
vivamente, con una indignación que hacía pensar en la cólera de un canario o de
cualquier otro pájaro diminuto e inofensivo.
‑Además, ¿qué quiere
usted que haga? ‑continuó Sonia con vehemencia creciente‑. ¡Si usted supiera lo
que ha llorado hoy! Está trastornada, ¿no lo ha notado usted? Sí, puede usted
creerme: tan pronto se inquieta como una niña, pensando en cómo se las
arreglará para que mañana no falte nada en la comida de funerales, como empieza
a retorcerse las manos, a llorar, a escupir sangre, a dar cabezadas contra la
pared. Después se calma de nuevo. Confía mucho en usted. Dice que, gracias a su
apoyo, se procurará un poco de dinero y volverá a su tierra natal conmigo. Se
propone fundar un pensionado para muchachas nobles y confiarme a mí la
inspección. Está persuadida de que nos espera una vida nueva y maravillosa, y
me besa, me abraza, me consuela. Ella cree firmemente en lo que dice, cree en
todas sus fantasías. ¿Quién se atreve a contradecirla? Hoy se ha pasado el día
lavando, fregando, remendando la ropa, y, como está tan débil, al fin ha caído
rendida en la cama. Esta mañana hemos salido a comprar calzado para Lena y
Poletchka, pues el que llevan está destrozado, pero no teníamos bastante
dinero: necesitábamos mucho más. ¡Eran tan bonitos los zapatos que quería...!
Porque tiene mucho gusto, ¿sabe...? Y se ha echado a llorar en plena tienda,
delante de los dependientes, al ver que faltaba dinero... ¡Qué pena da ver
estas cosas!
‑Ahora comprendo que
lleve usted esta vida ‑dijo Raskolnikof, sonriendo amargamente.
‑¿Es que usted no se
compadece de ella? ‑exclamó Sonia‑. Usted le dio todo lo que tenía, y eso que
no sabía nada de lo que ocurre en aquella casa. ¡Dios mío, si usted lo supiera!
¡Cuántas veces, cuántas, la he hecho llorar...! La semana pasada mismo, ocho
días antes de morir mi padre, fui mala con ella... Y así muchas veces... Ahora
me paso el día acordándome de aquello, y ¡me da una pena!
Se retorcía las manos con
un gesto de dolor.
‑¿Dice usted que fue mala
con ella?
‑Sí, fui mala... Yo había
ido a verlos ‑continuó llorando‑, y mi pobre padre me dijo: «Léeme un poco,
Sonia. Aquí está el libro.» El dueño de la obra era Andrés Simonovitch
Lebeziatnikof, que vive en la misma casa y nos presta muchas veces libros de
esos que hacen reír. Yo le contesté: «No puedo leer porque tengo que
marcharme...» Y es que no tenía ganas de leer. Yo había ido allí para enseñar a
Catalina Ivanovna unos cuellos y unos puños bordados que una vendedora a
domicilio llamada Lisbeth me había dado a muy buen precio. A Catalina Ivanovna
le gustaron mucho, se los probó, se miró al espejo y dijo que eran preciosos,
preciosos. Después me los pidió. « ¡Oh Sonia! ‑me dijo‑. ¡Regálamelos!» Me lo
dijo con voz suplicante... ¿En qué vestido los habría puesto...? Y es que le
recordaban los tiempos felices de su juventud. Se miraba en el espejo y se
admiraba a sí misma. ¡Hace tanto tiempo que no tiene vestidos ni nada...! Nunca
pide nada a nadie. Tiene mucho orgullo y prefiere dar lo que tiene, por poco
que sea. Sin embargo, insistió en que le diera los cuellos y los puños; esto
demuestra lo mucho que le gustaban. Y yo se los negué. «¿Para qué los quiere
usted, Catalina Ivanovna? Sí, así se lo dije. Ella me miró con una pena que
partía el corazón... No era quedarse sin los cuellos y los puños lo que la
apenaba, sino que yo no se los hubiera querido dar. ¡Ah, si yo pudiese reparar
aquello, borrar las palabras que dije...!
‑¿De modo que conocía
usted a Lisbeth, esa vendedora que iba por las casas?
‑Sí. ¿Usted también la
conocía? ‑preguntó Sonia con cierto asombro.
‑Catalina Ivanovna está
en el último grado de la tisis, y se morirá, se morirá muy pronto ‑dijo
Raskolnikof tras una pausa y sin contestar a la pregunta de Sonia.
‑¡Oh, no, no!
Sonia le había cogido las
manos, sin darse cuenta de lo que hacía, y parecía suplicarle que evitara
aquella desgracia.
‑Lo mejor es que muera ‑dijo
Raskolnikof.
‑¡No, no! ¿Cómo va a ser
mejor? ‑exclamó Sonia, trastornada, llena de espanto.
‑¿Y los niños? ¿Qué hará
usted con ellos? No se los va a traer aquí.
‑¡No sé lo que haré! ¡No
sé lo que haré! ‑exclamó, desesperada, oprimiéndose las sienes con las manos.
Sin duda este pensamiento
la había atormentado con frecuencia, y Raskolnikof lo había despertado con sus
preguntas.
‑Y si usted se pone
enferma, incluso viviendo Catalina Ivanovna, y se la llevan al hospital, ¿qué
sucederá? ‑siguió preguntando despiadadamente.
‑¡Oh! ¿Qué dice usted?
¿Qué dice usted? ¡Eso es imposible! ‑exclamó Sonia con el rostro contraído, con
una expresión de espanto indecible.
‑¿Por qué imposible? ‑preguntó
Raskolnikof con una sonrisa sarcástica‑. Usted no es inmune a las enfermedades,
¿verdad? ¿Qué sería de ellos si usted se pusiera enferma? Se verían todos en la
calle. La madre pediría limosna sin dejar de toser, después golpearía la pared
con la cabeza como ha hecho hoy, y los niños llorarían. Al fin quedaría tendida
en el suelo y se la llevarían, primero a la comisaría y después al hospital.
Allí se moriría, y los niños...
‑¡No, no! ¡Eso no lo
consentirá Dios! ‑gritó Sonia con voz ahogada.
Le había escuchado con
gesto suplicante, enlazadas las manos en una muda imploración, como si todo
dependiera de él.
Raskolnikof se levantó y
empezó a ir y venir por el aposento. Así transcurrió un minuto. Sonia estaba de
pie, los brazos pendientes a lo largo del cuerpo, baja la cabeza, presa de una
angustia espantosa.
‑¿Es que usted no puede
hacer economías, poner algún dinero a un lado? ‑preguntó Raskolnikof de pronto,
deteniéndose ante ella.
‑No ‑murmuró Sonia.
‑No me extraña. ¿Lo ha
intentado? ‑preguntó con una sonrisa burlona.
‑Sí.
‑Y no lo ha conseguido,
claro. Es muy natural. No hace falta preguntar el motivo.
Y continuó sus paseos por
la habitación. Hubo otro minuto de silencio.
‑¿Es que no gana usted
dinero todos los días? ‑preguntó Rodia.
Sonia se turbó más
todavía y enrojeció.
‑No ‑murmuró con un
esfuerzo doloroso.
‑La misma suerte espera a
Poletchka ‑dijo Raskolnikof de pronto.
‑¡No, no! ¡Eso es
imposible! ‑exclamó Sonia.
Fue un grito de
desesperación. Las palabras de Raskolnikof la habían herido como una
cuchillada.
‑¡Dios no permitirá una
abominación semejante!
‑Permite otras muchas.
‑¡No, no! ¡Dios la
protegerá! ¡A ella la protegerá! ‑gritó Sonia fuera de sí.
‑Tal vez no exista ‑replicó
Raskolnikof con una especie de crueldad triunfante.
Seguidamente se echó a
reír y la miró.
Al oír aquellas palabras
se operó en el semblante de Sonia un cambio repentino, y sacudidas nerviosas
recorrieron su cuerpo. Dirigió a Raskolnikof miradas cargadas de un reproche
indefinible. Intentó hablar, pero de sus labios no salió ni una sílaba. De súbito
se echó a llorar amargamente y ocultó el rostro entre las manos.
‑Usted dice que Catalina
Ivanovna está trastornada, pero usted no lo está menos ‑dijo Raskolnikof tras
un breve silencio.
Transcurrieron cinco
minutos. El joven seguía yendo y viniendo por la habitación sin mirar a Sonia.
Al fin se acercó a ella. Los ojos le centelleaban. Apoyó las manos en los
débiles hombros y miró el rostro cubierto de lágrimas. Lo miró con ojos secos,
duros, ardientes, mientras sus labios se agitaban con un temblor convulsivo...
De pronto se inclinó, bajó la cabeza hasta el suelo y le besó los pies. Sonia
retrocedió horrorizada, como si tuviera ante sí a un loco. Y en verdad un loco
parecía Raskolnikof.
‑¿Qué hace usted? ‑balbuceó.
Se había puesto pálida y
sentía en el corazón una presión dolorosa.
Él se puso en pie.
‑No me he arrodillado
ante ti, sino ante todo el dolor humano ‑dijo en un tono extraño.
Y fue a acodarse en la
ventana. Pronto volvió a su lado y añadió:
‑Oye, hace poco he dicho
a un insolente que valía menos que tu dedo meñique y que te había invitado a
sentarte al lado de mi madre y de mi hermana.
‑¿Eso ha dicho? ‑exclamó
Sonia, aterrada‑. ¿Y delante de ellas? ¡Sentarme a su lado! Pero si yo soy...
una mujer sin honra. ¿Cómo se le ha ocurrido decir eso?
‑Al hablar así, yo no
pensaba en tu deshonra ni en tus faltas, sino en tu horrible martirio. Sin duda
‑continuó ardientemente‑, eres una gran pecadora, sobre todo por haberte
inmolado inútilmente. Ciertamente, eres muy desgraciada. ¡Vivir en el cieno y
saber (porque tú lo sabes: basta mirarte para comprenderlo) que no te sirve
para nada, que no puedes salvar a nadie con tu sacrificio...! Y ahora dime ‑añadió,
iracundo‑: ¿Cómo es posible que tanta ignominia, tanta bajeza, se compaginen en
ti con otros sentimientos tan opuestos, tan sagrados? Sería preferible
arrojarse al agua de cabeza y terminar de una vez.
‑Pero ¿y ellos? ¿Qué
sería de ellos? ‑preguntó Sonia levantando la cabeza, con voz desfallecida y
dirigiendo a Raskolnikof una mirada impregnada de dolor, pero sin mostrar
sorpresa alguna ante el terrible consejo.
Raskolnikof la envolvió
en una mirada extraña, y esta mirada le bastó para descifrar los pensamientos
de la joven. Comprendió que ella era de la misma opinión. Sin duda, en su
desesperación, había pensado más de una vez en poner término a su vida. Y tan resueltamente
habia pensado en ello, que no le había causado la menor extrañeza el consejo de
Raskolnikof. No había advertido la crueldad de sus palabras, del mismo modo que
no había captado el sentido de sus reproches. Él se dio cuenta de todo ello y
comprendió perfectamente hasta qué punto la habría torturado el sentimiento de
su deshonor, de su situación infamante. ¿Qué sería lo que le había impedido
poner fin a su vida? Y, al hacerse esta pregunta, Raskolnikof comprendió lo que
significaban para ella aquellos pobres niños y aquella desdichada Catalina
Ivanovna, tísica, medio loca y que golpeaba las paredes con la cabeza.
Sin embargo, vio
claramente que Sonia, por su educación y su carácter, no podía permanecer
indefinidamente en semejante situación. También se preguntaba cómo había podido
vivir tanto tiempo sin volverse loca. Desde luego, comprendía que la situación
de Sonia era un fenómeno social que estaba fuera de lo común, aunque, por
desgracia, no era único ni extraordinario; pero ¿no era esto una razón más,
unida a su educación y a su pasado, para que su primer paso en aquel horrible
camino la hubiera llevado a la muerte? ¿Qué era lo que la sostenía? No el
vicio, pues toda aquella ignominia sólo había manchado su cuerpo: ni la menor
sombra de ella había llegado a su corazón. Esto se veía perfectamente; se leía
en su rostro.
«Sólo tiene tres
soluciones ‑siguió pensando Raskolnikof‑: arrojarse al canal, terminar en un
manicomio o lanzarse al libertinaje que embrutece el espíritu y petrifica el
corazón.»
Esta última posibilidad
era la que más le repugnaba, pero Raskolnikof era joven, escéptico, de espíritu
abstracto y, por lo tanto, cruel, y no podía menos de considerar que esta
última eventualidad era la más probable.
«Pero ¿es esto posible? ‑siguió
reflexionando‑. ¿Es posible que esta criatura que ha conservado la pureza de
alma termine por hundirse a sabiendas en ese abismo horrible y hediondo? ¿No
será que este hundimiento ha empezado ya, que ella ha podido soportar hasta
ahora semejante vida porque el vicio ya no le repugna...? No, no; esto es
imposible ‑exclamó mentalmente, repitiendo el grito lanzado por Sonia hacía un
momento‑: lo que hasta ahora le ha impedido arrojarse al canal ha sido el temor
de cometer un pecado, y también esa familia... Parece que no se ha vuelto loca,
pero ¿quién puede asegurar que esto no es simple apariencia? ¿Puede estar en su
juicio? ¿Puede una persona hablar como habla ella sin estar loca? ¿Puede una
mujer conservar la calma sabiendo que va a su perdición, y asomarse a ese
abismo pestilente sin hacer caso cuando se habla del peligro? ¿No esperará un
milagro...? Sí, seguramente. Y todo esto, ¿no son pruebas de enajenación
mental?»
Se aferró obstinadamente
a esta última idea. Esta solución le complacía más que ninguna otra. Empezó a
examinar a Sonia atentamente.
‑¿Rezas mucho, Sonia? ‑le
preguntó.
La muchacha guardó
silencio. Él, de pie a su lado, esperaba una respuesta.
‑¿Qué habría sido de mí
sin la ayuda de Dios?
Había dicho esto en un
rápido susurro. Al mismo tiempo, lo miró con ojos fulgurantes y le apretó la
mano.
«No me he equivocado», se
dijo Raskolnikof.
‑Pero ¿qué hace Dios por
ti? ‑siguió preguntando el joven.
Sonia permaneció en
silencio un buen rato. Parecía incapaz de responder. La emoción henchía su
frágil pecho.
‑¡Calle! No me pregunte.
Usted no tiene derecho a hablar de estas cosas ‑exclamó de pronto, mirándole,
severa e indignada.
«Es lo que he pensado, es
lo que he pensado», se decía Raskolnikof.
‑Dios todo lo puede ‑dijo
Sonia, bajando de nuevo los
«Esto lo explica todo»,
pensó Raskolnikof. Y siguió observándola con ávida curiosidad.
Experimentaba una
sensación extraña, casi enfermiza, mientras contemplaba aquella carita pálida,
enjuta, de facciones irregulares y angulosas; aquellos ojos azules capaces de
emitir verdaderas llamaradas y de expresar una pasión tan austera y vehemente; aquel
cuerpecillo que temblaba de indignación. Todo esto le parecía cada vez más
extraño, más ajeno a la realidad.
«Está loca, está loca»,
se repetía.
Sobre la cómoda había un
libro. Raskolnikof le había dirigido una mirada cada vez que pasaba junto a él
en sus idas y venidas por la habitación. Al fin cogió el volumen y lo examinó.
Era una traducción rusa del Nuevo Testamento, un viejo libro con tapas de
tafilete.
‑¿De dónde has sacado
este libro? ‑le preguntó desde el otro extremo de la habitación, cuando ella
permanecía inmóvil cerca de la mesa.
‑Me lo han regalado ‑respondió
Sonia de mala gana y sin mirarle.
‑¿Quién?
‑Lisbeth.
« ¡Lisbeth! ¡Qué raro! »,
pensó Raskolnikof.
Todo lo relacionado con
Sonia le parecía cada vez más extraño. Acercó el libro a la bujía y empezó a
hojearlo.
‑¿Dónde está el capítulo
sobre Lázaro? ‑preguntó de pronto.
Soma no contestó. Tenía
la mirada fija en el suelo y se había separado un poco de la mesa.
‑Dime dónde están las
páginas que hablan de la resurrección de Lázaro.
Sonia le miró de reojo.
‑Están en el cuarto
Evangelio ‑repuso Sonia gravemente y sin moverse del sitio.
‑Toma; busca ese pasaje y
léemelo.
Dicho esto, Raskolnikof
se sentó a la mesa, apoyó en ella los codos y el mentón en una mano y se
dispuso a escuchar, vaga la mirada y sombrío el semblante.
« Dentro de quince días o
de tres semanas ‑murmuró para sí‑ habrá que ir a verme a la séptima versta[42]. Allí estaré, sin duda,
si no me ocurre nada peor.»
Sonia dio un paso hacia
la mesa. Vacilaba. Había recibido con desconfianza la extraña petición de
Raskolnikof. Sin embargo, cogió el libro.
‑¿Es que usted no lo ha
leído nunca? ‑preguntó, mirándole de reojo. Su voz era cada vez más fría y
dura.
‑Lo leí hace ya mucho
tiempo, cuando era niño... Lee.
‑¿Y no lo ha leído en la
iglesia?
‑Yo... yo no voy a la
iglesia. ¿Y tú?
‑Pues... no ‑balbuceó
Sonia.
Raskolnikof sonrió.
‑Se comprende. No
asistirás mañana a los funerales de tu padre, ¿verdad?
‑Sí que asistiré. Ya fui
la semana pasada a la iglesia para una misa de réquiem.
‑¿Por quién?
‑Por Lisbeth. La mataron
a hachazos.
La tensión nerviosa de
Raskolnikof iba en aumento. La cabeza empezaba a darle vueltas.
‑Por lo visto, tenías
amistad con Lisbeth.
‑Sí. Era una mujer justa
y buena... A veces venía a verme... Muy de tarde en tarde. No podía venir
más... Leíamos y hablábamos... Ahora está con Dios.
¡Qué extraño parecía a
Raskolnikof aquel hecho, y qué extrañas aquellas palabras novelescas! ¿De qué
podrían hablar aquellas dos mujeres, aquel par de necias?
«Aquí corre uno el
peligro de volverse loco: es una enfermedad contagiosa», se dijo.
‑¡Lee! ‑ordenó de pronto,
irritado y con voz apremiante.
Sonia seguía vacilando.
Su corazón latía con fuerza. La desdichada no se atrevía a leer en presencia de
Raskolnikof. El joven dirigió una mirada casi dolorosa a la pobre demente.
‑¿Qué le importa esto?
Usted no tiene fe ‑murmuró Sonia con voz entrecortada.
‑¡Lee! ‑insistió
Raskolnikof‑. ¡Bien le leías a Lisbeth!
Sonia abrió el libro y
buscó la página. Le temblaban las manos y la voz no le salía de la garganta.
Intentó empezar dos o tres veces, pero no pronunció ni una sola palabra.
‑«Había en Betania un
hombre llamado Lázaro, que estaba enfermo...», articuló al fin, haciendo un
gran esfuerzo.
Pero inmediatamente su
voz vibró y se quebró como una cuerda demasiado tensa. Sintió que a su oprimido
pecho le faltaba el aliento. Raskolnikof comprendía en parte por qué se
resistía Sonia a obedecerle, pero esta comprensión no impedía que se mostrara cada
vez más apremiante y grosero. De sobra se daba cuenta del trabajo que le
costaba a la pobre muchacha mostrarle su mundo interior. Comprendía que
aquellos sentimientos eran su gran secreto, un secreto que tal vez guardaba
desde su adolescencia, desde la época en que vivía con su familia, con su
infortunado padre, con aquella madrastra que se había vuelto loca a fuerza de
sufrir, entre niños hambrientos y oyendo a todas horas gritos y reproches.
Pero, al mismo tiempo, tenía la seguridad de que Sonia, a pesar de su
repugnancia, de su temor a leer, sentía un ávido, un doloroso deseo de leerle a
él en aquel momento, sin importarle lo que después pudiera ocurrir... Leía todo
esto en los ojos de Sonia y comprendía la emoción que la trastornaba... Sin
embargo, Sonia se dominó, deshizo el nudo que tenía en la garganta y continuó
leyendo el capítulo 11 del Evangelio según San Juan. Y llegó al versículo 19.
‑« ... Y gran número de
judíos habían acudido a ver a Marta y a María para consolarlas de la muerte de
su hermano. Habiéndose enterado de la llegada de Jesús, Marta fue a su
encuentro, mientras María se quedaba en casa. Marta dijo a Jesús: Señor, si
hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto; pero ahora yo sé que todo lo
que pidas a Dios, Dios te lo dará...»
Al llegar a este punto,
Sonia se detuvo para sobreponerse a la emoción que amenazaba ahogar su voz.
‑«Jesús le dijo: tu
hermano resucitará. Marta le respondió: Yo sé que resucitará el día de la
resurrección de los muertos. Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida;
el que cree en mí, si está muerto, resucitará, y todo el que vive y cree en mí,
no morirá eternamente. ¿Crees esto? Y ella dice...»
Sonia tomó aliento
penosamente y leyó con energía, como si fuera ella la que hacía públicamente su
profesión de fe:
‑«... Sí, Señor; yo creo
que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo...»
Sonia se detuvo, levantó
momentáneamente los ojos hacia Raskolnikof y después continuó la lectura. El
joven, acodado en la mesa, escuchaba sin moverse y sin mirar a Sonia. La
lectora llegó al versículo 32.
‑« ... Cuando María llegó
al lugar donde estaba Cristo y lo vio, cayó a sus pies y le dijo: Señor, si
hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Y cuando Jesús vio que
lloraba y que los judíos que iban con ella lloraban igualmente, se entristeció,
se conmovió su espíritu y dijo: ¿Dónde lo pusisteis? Le respondieron: Señor,
ven y mira. Entonces Jesús lloró y dijeron los judíos: Ved cómo le amaba. Y
algunos de ellos dijeron: El que abrió los ojos al ciego, ¿no podía hacer que
este hombre no muriera?...»
Raskolnikof se volvió
hacia Sonia y la miró con emoción. Sí, era lo que él había sospechado. La joven
temblaba febrilmente, como él había previsto. Se acercaba al momento del
milagro y un sentimiento de triunfo se había apoderado de ella. Su voz había cobrado
una sonoridad metálica y una firmeza nacida de aquella alegría y de aquella
sensación de triunfo. Las líneas se entremezclaban ante sus velados ojos, pero
ella podía seguir leyendo porque se dejaba llevar de su corazón. Al leer el
último versículo ‑« El que abrió los ojos al ciego...»‑, Sonia bajó la voz para
expresar con apasionado acento la duda, la reprobación y los reproches de
aquellos ciegos judíos que un momento después iban a caer de rodillas, como
fulminados por el rayo, y a creer, mientras prorrumpían en sollozos... Y él, él
que tampoco creía, él que también estaba ciego, comprendería y creería
igualmente... Y esto iba a suceder muy pronto, en seguida... Así soñaba Sonia,
y temblaba en la gozosa espera.
‑« ... Jesús, lleno de
una profunda tristeza, fue a la tumba. Era una cueva tapada con una piedra.
Jesús dijo: Levantad la piedra. Marta, la hermana del difunto, le respondió:
Señor, ya huele mal, pues hace cuatro días que está en la tumba... »
Sonia pronunció con
fuerza la palabra «cuatro».
‑«... Jesús le dijo
entonces: ¿No te he dicho que si tienes fe verás la gloria de Dios? Entonces
quitaron la piedra de la cueva donde reposaba el muerto. Jesús levantó los ojos
al cielo y dijo: Padre mío, te doy gracias por haberme escuchado. Yo sabía que
Tú me escuchas siempre y sólo he hablado para que los que están a mi alrededor
crean que eres Tú quien me ha enviado a la tierra. Habiendo dicho estas
palabras, clamó con voz sonora: ¡Lázaro, sal! Y el muerto salió... ‑Sonia leyó
estas palabras con voz clara y triunfante, y temblaba como si acabara de ver el
milagro con sus propios ojos‑ ...vendados los pies y las manos con cintas
mortuorias y el rostro envuelto en un sudario. Jesús dijo: Desatadle y dejadle
ir. Entonces, muchos de los judíos que habían ido a casa de María y que habían
visto el milagro de Jesús creyeron en él. »
Ya no pudo seguir
leyendo. Cerró el libro y se levantó.
‑No hay nada más sobre la
resurrección de Lázaro.
Dijo esto gravemente y en
voz baja. Luego se separó de la mesa y se detuvo. Permanecía inmóvil y no se
atrevía a mirar a Raskolnikof. Seguía temblando febrilmente. El cabo de la vela
estaba a punto de consumirse en el torcido candelero y expandía una luz
mortecina por aquella mísera habitación donde un asesino y una prostituta se
habían unido para leer el Libro Eterno.
‑He venido a hablarle de
un asunto ‑dijo de súbito Raskolnikof con voz fuerte y enérgica. Seguidamente,
velado el semblante por una repentina tristeza, se levantó y se acercó a Sonia.
Ésta se volvió a mirarle y vio que su dura mirada expresaba una feroz
resolución. El joven añadió‑: Hoy he abandonado a mi familia, a mi madre y a mi
hermana. Ya no volveré al lado de ellas: la ruptura es definitiva.
‑¿Por qué ha hecho eso? ‑preguntó
Sonia, estupefacta.
Su reciente encuentro con
Pulqueria Alejandrovna y Dunia había dejado en ella una impresión imborrable
aunque confusa, y la noticia de la ruptura la horrorizó.
‑Ahora no tengo a nadie
más que a ti ‑dijo Raskolnikof‑. Vente conmigo. He venido por ti. Somos dos
seres malditos. Vámonos juntos.
Sus ojos centelleaban.
«Tiene cara de loco»,
pensó Sonia.
‑¿Irnos? ¿Adónde? ‑preguntó
aterrada, dando un paso atrás.
‑¡Yo qué sé! Yo sólo sé
que los dos seguimos la misma ruta y que únicamente tenemos una meta.
Ella le miraba sin
comprenderle. Ella sólo veía en él una cosa: que era infinitamente desgraciado.
‑Nadie lo comprendería si
les dijeras las cosas que me has dicho a mí. Yo, en cambio, lo he comprendido.
Te necesito y por eso he venido a buscarte.
‑No entiendo ‑balbuceó
Sonia.
‑Ya entenderás más
adelante. Tú has obrado como yo. Tú también has cruzado la línea. Has atentado
contra ti; has destruido una vida..., tu propia vida, verdad es, pero ¿qué
importa? Habrías podido vivir con tu alma y tu razón y terminarás en la plaza
del Mercado. No puedes con tu carga, y si permaneces sola, te volverás loca,
del mismo modo que me volveré yo. Ya parece que sólo conservas a medias la
razón. Hemos de seguir la misma ruta, codo a codo. ¡Vente!
‑¿Por qué, por qué dice
usted eso? ‑preguntó Sonia, emocionada, incluso trastornada por las palabras de
Raskolnikof.
‑¿Por qué? Porque no se
puede vivir así. Por eso hay que razonar seriamente y ver las cosas como son,
en vez de echarse a llorar como un niño y gritar que Dios no lo permitirá. ¿Qué
sucederá si un día lo llevan al hospital? Catalina Ivanovna está loca y tísica,
y morirá pronto. ¿Qué será entonces de los niños? ¿Crees que Poletchka podrá
salvarse? ¿No has visto por estos barrios niños a los que sus madres envían a
mendigar? Yo sé ya dónde viven esas madres y cómo viven. Los niños de esos
lugares no se parecen a los otros. Entre ellos, los rapaces de siete años son
ya viciosos y ladrones.
‑Pero ¿qué hacer, qué
hacer? ‑exclamó Sonia, llorando desesperadamente mientras se retorcía las
manos.
‑¿Qué hacer? Cambiar de
una vez y aceptar el sufrimiento. ¿Qué, no comprendes? Ya comprenderás más
adelante... La libertad y el poder, el poder sobre todo..., el dominio sobre
todos los seres pusilánimes... Sí, dominar a todo el hormiguero: he aquí el fin.
Acuérdate de esto: es como un testamento que hago para ti. Acaso sea ésta la
última vez que te hablo. Si no vengo mañana, te enterarás de todo. Entonces
acuérdate de mis palabras. Quizá llegue un día, en el curso de los años, en que
comprendas su significado. Y si vengo mañana, te diré quién mató a Lisbeth.
Sonia se estremeció.
‑Entonces, ¿usted lo
sabe?‑preguntó, helada de espanto y dirigiéndole una mirada despavorida.
‑Lo sé y te lo diré...
Sólo te lo diré a ti. Te he escogido para esto. No vendré a pedirte perdón,
sino sencillamente a decírtelo. Hace ya mucho tiempo que te elegí para esta
confidencia: el mismo día en que tu padre me habló de ti, cuando Lisbeth vivía
aún. Adiós. No me des la mano. Hasta mañana.
Y se marchó, dejando a
Sonia la impresión de que había estado conversando con un loco. Pero ella misma
sentía como si le faltara la razón. La cabeza le daba vueltas.
« ¡Señor! ¿Cómo sabe
quién ha matado a Lisbeth? ¿Qué significan sus palabras?»
Todo esto era espantoso.
Sin embargo, no sospechaba ni remotamente la verdad.
« Debe de ser muy
desgraciado... Ha abandonado a su madre y a su hermana. ¿Por qué? ¿Qué habrá
ocurrido? ¿Qué intenciones tiene? ¿Qué significan sus palabras?»
Le había besado los pies
y le había dicho..., le había dicho... que no podía vivir sin ella. Sí, se lo
había dicho claramente.
« ¡Señor, Señor...! »
Sonia estuvo toda la
noche ardiendo de fiebre y delirando. Se estremecía, lloraba, se retorcía las
manos; después caía en un sueño febril y soñaba con Poletchka, con Catalina
Ivanovna, con Lisbeth, con la lectura del Evangelio, y con él, con su rostro pálido
y sus ojos llameantes... Él le besaba los pies y lloraba... ¡Señor, Señor!
Tras la puerta que
separaba la habitación de Sonia del departamento de la señora Resslich había
una pieza vacía que correspondía a aquel compartimiento y que se alquilaba,
como indicaba un papel escrito colgado en la puerta de la calle y otros papeles
pegados en las ventanas que daban al canal. Sonia sabía que aquella habitación
estaba deshabitada desde hacía tiempo. Sin embargo, durante toda la escena
precedente, el señor Svidrigailof, de pie detrás de la puerta que daba al
aposento de la joven, había oído perfectamente toda la conversación de Sonia
con su visitante.
Cuando Raskolnikof se
fue, Svidrigailof reflexionó un momento, se dirigió de puntillas a su cuarto,
contiguo a la pieza desalquilada, cogió una silla y volvió a la habitación
vacía para colocarla junto a la puerta que daba al dormitorio de Sonia. La conversación
que acababa de oír le había parecido tan interesante, que había llevado allí
aquella silla, pensando que la próxima vez, al día siguiente, por ejemplo,
podría escuchar con toda comodidad, sin que turbara su satisfacción la molestia
de permanecer de pie media hora.
V
Cuando, al día siguiente,
a las once en punto, Raskolnikof fue a ver al juez de instrucción, se extrañó
de tener que hacer diez largos minutos de antesala. Este tiempo transcurrió,
como mínimo, antes de que le llamaran, siendo así que él esperaba ser recibido
apenas le anunciasen. Allí estuvo, en la sala de espera, viendo pasar personas
que no le prestaban la menor atención. En la sala contigua trabajaban varios
escribientes, y saltaba a la vista que ninguno de ellos tenía la menor idea de
quién era Raskolnikof.
El visitante paseó por
toda la estancia una mirada retadora, preguntándose si habría allí algún
esbirro, algún espía encargado de vigilarle para impedir su fuga. Pero no había
nada de esto. Sólo veía caras de funcionarios que reflejaban cuidados mezquinos,
y rostros de otras personas que, como los funcionarios, no se interesaban lo
más mínimo por él. Se podría haber marchado al fin del mundo sin llamar la
atención de nadie. Poco a poco se iba convenciendo de que si aquel misterioso
personaje, aquel fantasma que parecía haber surgido de la tierra y al que había
visto el día anterior, lo hubiera sabido todo, lo hubiera visto todo, él,
Raskolnikof, no habría podido permanecer tan tranquilamente en aquella sala de
espera. Y ni habrían esperado hasta las once para verle, ni le habrían
permitido ir por su propia voluntad. Por lo tanto, aquel hombre no había dicho
nada..., porque tal vez no sabía nada, ni nada había visto (¿cómo lo habría
podido ver?), y todo lo ocurrido el día anterior no había sido sino un espejismo
agrandado por su mente enferma.
Esta explicación, que le
parecía cada vez más lógica, ya se le había ocurrido el día anterior en el
momento en que sus inquietudes, aquellas inquietudes rayanas en el terror, eran
más angustiosas.
Mientras reflexionaba en
todo esto y se preparaba para una nueva lucha, Raskolnikof empezó a temblar de
pronto, y se enfureció ante la idea de que aquel temblor podía ser de miedo,
miedo a la entrevista que iba a tener con el odioso Porfirio Petrovitch. Pensar
que iba a volver a ver a aquel hombre le inquietaba profundamente. Hasta tal
extremo le odiaba, que temía incluso que aquel odio le traicionase, y esto le
produjo una cólera tan violenta, que detuvo en seco su temblor. Se dispuso a
presentarse a Porfirio en actitud fría e insolente y se prometió a sí mismo
hablar lo menos posible, vigilar a su adversario, permanecer en guardia y
dominar su irascible temperamento. En este momento le llamaron al despacho de
Porfirio Petrovitch.
El juez de instrucción
estaba solo en aquel momento. En el despacho, de medianas dimensiones, había
una gran mesa de escritorio, un armario y varias sillas. Todo este mobiliario
era de madera amarilla y te pagaba el Estado. En la pared del fondo había una
puerta cerrada. Por lo tanto, debía de haber otras dependencias tras aquella
pared. Cuando entró Raskolnikof, Porfirio cerró tras él la puerta
inmediatamente y los dos quedaron solos. El juez recibió a su visitante con
gesto alegre y amable; pero, poco después, Raskolnikof advirtió que daba
muestras de cierta violencia. Era como si le hubieran sorprendido ocupado en
alguna operación secreta.
Porfirio le tendió las
dos manos.
‑¡Ah! He aquí a nuestro
respetable amigo en nuestros parajes. Siéntese, querido... Pero ahora caigo en
que tal vez le disguste que le haya llamado «respetable» y «querido» así, tout court [43].
Le ruego que no tome esto como una familiaridad. Siéntese en el sofá, haga el
favor.
Raskolnikof se sentó sin
apartar de él la vista. Las expresiones «nuestros parajes», «como una
familiaridad», tout court, amén de otros detalles, le parecían muy propios de
aquel hombre.
«Sin embargo, me ha
tendido las dos manos sin permitirme estrecharle ninguna: las ha retirado a
tiempo», pensó Raskolnikof, empezando a desconfiar.
Se vigilaban mutuamente,
pero, apenas se cruzaban sus miradas, las desviaban con la rapidez del
relámpago.
‑Le he traído este papel
sobre el asunto del reloj. ¿Está bien así o habré de escribirlo de otro modo?
‑¿Cómo? ¿El papel del
reloj? ¡Ah, sí! ¡No se preocupe! Está muy bien ‑dijo Porfirio Petrovitch
precipitadamente, antes de haber leído el escrito. Inmediatamente, lo leyó‑.
Sí, está perfectamente. No hace falta más.
Seguía expresándose con
precipitación. Un momento después, mientras hablaban de otras cosas, lo guardó
en un cajón de la mesa.
‑Me parece ‑dijo
Raskolnikof‑ que ayer mostró usted deseos de interrogarme... oficialmente...
sobre mis relaciones con la mujer asesinada...
«¿Por qué habré dicho
"me parece"?»
Esta idea atravesó su
mente como un relámpago.
«Pero ¿por qué me ha de
inquietar tanto ese "me parece"?», se dijo acto seguido.
Y de súbito advirtió que
su desconfianza, originada tan sólo por la presencia de Porfirio, a las dos
palabras y a las dos miradas cambiadas con él, había cobrado en dos minutos
dimensiones desmesuradas. Esta disposición de ánimo era sumamente peligrosa. Raskolnikof
se daba perfecta cuenta de ello. La tensión de sus nervios aumentaba, su
agitación crecía...
« ¡Malo, malo! A ver si
hago alguna tontería.»
‑¡Ah, sí! No se
preocupe... Hay tiempo ‑dijo Porfirio Petrovitch, yendo y viniendo por el
despacho, al parecer sin objeto, pues ahora se dirigía a la mesa, e
inmediatamente después se acercaba a la ventana, para volver en seguida al lado
de la mesa. En sus paseos rehuía la mirada retadora de Raskolnikof, después de
lo cual se detenía de pronto y le miraba a la cara fijamente. Era extraño el
espectáculo que ofrecía aquel cuerpo rechoncho, cuyas evoluciones recordaban
las de una pelota que rebotase de una a otra pared.
Porfirio Petrovitch
continuó:
‑Nada nos apremia.
Tenemos tiempo de sobra... ¿Fuma usted? ¿Acaso no tiene tabaco? Tenga un
cigarrillo... Aunque le recibo aquí, mis habitaciones están allí, detrás de ese
tabique. El Estado corre con los gastos. Si no las habito es porque necesitan
ciertas reparaciones. Por cierto que ya están casi terminadas. Es magnífico eso
de tener una casa pagada por el Estado. ¿No opina usted así?
‑En efecto, es una cosa
magnífica ‑repuso Raskolnikof, mirándole casi burlonamente.
‑Una cosa magnífica, una
cosa magnífica ‑repetía Porfirio Petrovitch distraídamente‑. ¡Sí, una cosa
magnífica! ‑gritó, deteniéndose de súbito a dos pasos del joven.
La continua y estúpida
repetición de aquella frase referente a las ventajas de tener casa gratuita
contrastaba extrañamente, por su vulgaridad, con la mirada grave, profunda y
enigmática que el juez de instrucción fijaba en Raskolnikof en aquel momento.
Esto no hizo sino
acrecentar la cólera del joven, que, sin poder contenerse, lanzó a Porfirio
Petrovitch un reto lleno de ironía e imprudente en extremo.
‑Bien sé ‑empezó a decir
con una insolencia que, evidentemente, le llenaba de satisfacción‑ que es un
principio, una regla para todos los jueces, comenzar hablando de cosas sin
importancia, o de cosas serias, ‑si usted quiere, pero que no tienen nada que
ver con el asunto que interesa. El objeto de esta táctica es alentar, por
decirlo así, o distraer a la persona que interrogan, ahuyentando su
desconfianza, para después, de improviso, arrojarles en pleno rostro la
pregunta comprometedora. ¿Me equivoco? ¿No es ésta una regla, una costumbre
rigurosamente observada en su profesión?
‑Así... ¿usted cree que
yo sólo le he hablado de la casa pagada por el Estado para...?
Al decir esto, Porfirio
Petrovitch guiñó los ojos y una expresión de malicioso regocijo transfiguró su
fisonomía. Las arrugas de su frente desaparecieron de pronto, sus ojos se
empequeñecieron, sus facciones se dilataron. Entonces fijó su vista en los ojos
de Raskolnikof y rompió a reír con una risa prolongada y nerviosa que sacudía
todo su cuerpo. El joven se echó a reír también, con una risa un tanto forzada,
pero cuando la hilaridad de Porfirio, al verle reír a él, se avivó hasta el
punto de que su rostro se puso como la grana, Raskolnikof se sintió dominado
por una contrariedad tan profunda, que perdió por completo la prudencia. Dejó
de reír, frunció el entrecejo y dirigió al juez de instrucción una mirada de
odio que ya no apartó de él mientras duró aquella larga y, al parecer, un tanto
ficticia alegría. Por lo demás, Porfirio no se mostraba más prudente que él, ya
que se había echado a reír en sus mismas narices y parecía importarle muy poco
que a éste le hubiera sentado tan mal la cosa. Esta última circunstancia
pareció extremadamente significativa al joven, el cual dedujo que todo había
sucedido a medida de los deseos de Porfirio Petrovitch y que él, Raskolnikof,
se había dejado coger en un lazo. Allí, evidentemente, había alguna celada,
algún propósito que él no había logrado descubrir. La mina estaba cargada y
estallaría de un momento a otro.
Echando por la calle de
en medio, se levantó y cogió su gorra.
‑Porfirio Petrovitch ‑dijo
en un tono resuelto que dejaba traslucir una viva irritación‑. Usted manifestó
ayer el deseo de someterme a interrogatorio -subrayó con energía esta palabra‑,
y he venido a ponerme a su disposición. Si tiene usted que hacerme alguna
pregunta, hágamela. En caso contrario, permítame que me retire. No puedo perder
el tiempo; tengo cierto compromiso; me esperan para asistir al entierro de ese
funcionario que murió atropellado por un coche y del cual ya ha oído usted
hablar.
Inmediatamente se
arrepintió de haber dicho esto último. Después continuó, con una irritación
creciente:
‑Ya estoy harto de todo
esto, ¿sabe usted? Hace mucho tiempo que estoy harto... Ha sido una de las
causas de mi enfermedad... En una palabra ‑añadió, levantando la voz al
considerar que esta frase sobre su enfermedad no venía a cuento‑, en una
palabra: haga usted el favor de interrogarme o permítame que me vaya
inmediatamente... Pero si me interroga, habrá de hacerlo con arreglo a las
normas legales y de ningún otro modo... Y como veo que no decide usted nada,
adiós. Por el momento, usted y yo no tenemos nada que decirnos.
‑Pero ¿qué dice usted,
hombre de Dios? ¿Sobre qué le tengo que interrogar?‑exclamó al punto Porfirio
Petrovitch, cambiando de tono y dejando de reír‑. No se preocupe usted ‑añadió,
reanudando sus paseos, para luego, de pronto, arrojarse sobre Raskolnikof y
hacerlo sentar‑. No hay prisa, no hay prisa. Además, esto no tiene ninguna
importancia. Por el contrario, estoy encantado de que haya venido usted a
verme. Le he recibido como a un amigo. En cuanto a esta maldita risa,
perdóneme, mi querido Rodion Romanovitch... Se llama usted así, ¿verdad? Soy un
hombre nervioso y me chá hecho mucha gracia la agudeza de su observación. A
veces estoy media hora sacudido por la risa como una pelota de goma. Soy
propenso a la risa por naturaleza. Mi temperamento me hace temer incluso la
apoplejía... Pero siéntese, amigo mío, se lo ruego. De lo contrario, creeré que
está usted enfadado.
Raskolnikof no desplegaba
los labios. Se limitaba a escuchar y observar con las cejas fruncidas. Se
sentó, pero sin dejarla gorra.
‑Quiero decirle una cosa,
mi querido Rodion Romanovitch; una cosa que le ayudará a comprender mi carácter
‑continuó Porfirio Petrovitch, sin cesar de dar vueltas por la habitación, pero
procurando no cruzar su mirada con la de Raskolnikof‑. Yo soy, ya lo ve usted,
un solterón, un hombre nada mundano, desconocido y, por añadidura, acabado,
embotado, y... y... ¿ha observado usted, Rodion Romanovitch, que aquí en Rusia,
y sobre todo en los círculos petersburgueses, cuando se encuentran dos hombres
inteligentes que no se conocen bien todavía, pero que se aprecian mutuamente,
están lo menos media hora sin saber qué decirse? Permanecen petrificados y
confusos el uno frente al otro. Ciertas personas tienen siempre algo de que
hablar. Las damas, la gente de mundo, la de alta sociedad, tienen siempre un
tema de conversación, c'est de rigueur; pero las personas de la clase media,
como nosotros, son tímidas y taciturnas... Me refiero a los que son capaces de
pensar... ¿Cómo se explica usted esto, amigo mío? ¿Es que no tenemos el debido
interés por las cuestiones sociales? No, no es esto. Entonces, ¿es por un
exceso de honestidad, porque somos demasiado leales y no queremos engañarnos
unos a otros...? No lo sé. ¿Usted qué opina...? Pero deje la gorra. Parece que
esté usted a punto de marcharse, y esto me contraría, se lo aseguro, pues, en
contra de lo que usted cree, estoy encantado...
Raskolnikof dejó la
gorra, pero sin romper su mutismo. Con el entrecejo fruncido, escuchaba
atentamente la palabrería deshilvanada de Porfirio Petrovitch.
« Dice todas estas cosas
afectadas y ridículas para distraer mi atención.»
‑No le ofrezco café ‑prosiguió
el infatigable Porfirio- porque el lugar no me parece adecuado... El servicio
le llena a uno de obligaciones... Pero podemos pasar cinco minutos en amistosa
compañía y distraernos un poco... No se moleste, mi querido amigo, por mi
continuo ir y venir. Excúseme. Temo enojarle, pero necesito a toda costa el
ejercicio. Me paso el día sentado, y es un gran bien para mí poder pasear
durante cinco minutos... Mis hemorroides, ¿sabe usted...? Tengo el propósito de
someterme a un tratamiento gimnástico. Se dice que consejeros de Estado e
incluso consejeros privados no se avergüenzan de saltar a la comba. He aquí
hasta dónde ha llegado la ciencia en nuestros días... En cuanto a las
obligaciones de mi cargo, a los interrogatorios y todo ese formulismo del que
usted me ha hablado hace un momento, le diré, mi querido Rodion Romanovitch,
que a veces desconciertan más al magistrado que al declarante. Usted acaba de
observarlo con tanta razón como agudeza. ‑Raskolnikof no había hecho ninguna observación
de esta índole‑. Uno se confunde. ¿Cómo no se ha de confundir, con los
procedimientos que se siguen y que son siempre los mismos? Se nos han prometido
reformas, pero ya verá como no cambian más que los términos. ¡Je, je, je! En lo que concierne a
nuestras costumbres jurídicas, estoy plenamente de acuerdo con sus sutiles
observaciones... Ningún acusado, ni siquiera el mujik más obtuso, puede ignorar que, al empezar nuestro
interrogatorio, trataremos de ahuyentar su desconfianza (según su feliz expresión),
a fin de asestarle seguidamente un hachazo en pleno cráneo (para utilizar su
ingeniosa metáfora). ¡Je, je, je...! ¿De modo que usted creía que yo hablaba de
mi casa pagada por el Estado para...? Verdaderamente, es usted un hombre
irónico... No, no; no volveré a este asunto... Pero sí, pues las ideas se
asocian y unas palabras llevan a otras palabras. Usted ha mencionado el
interrogatorio según las normas legales. Pero ¿qué importan estas normas, que
en más de un caso resultan sencillamente absurdas? A veces, una simple charla
amistosa da mejores resultados. Estas normas no desaparecerán nunca, se lo digo
para su tranquilidad; pero ¿qué son las normas, le pregunto yo? El juez de
instrucción jamás debe dejarse maniatar por ellas. La misión del magistrado que
interroga a un declarante es, dentro de su género, un arte, o algo parecido. ¡Je, je, je!
Porfirio Petrovitch se
detuvo un instante para tomar alientos. Hablaba sin descanso y, generalmente,
para no decir nada, para devanar una serie de ideas absurdas, de frases
estúpidas, entre las que deslizaba de vez en cuando una palabra enigmática que
naufragaba al punto en el mar de aquella palabrería sin sentido. Ahora casi
corría por el despacho, moviendo aceleradamente sus gruesas y cortas piernas,
con
la mirada fija en el
suelo, la mano derecha en la espalda y haciendo con la izquierda ademanes que
no tenían relación alguna con sus palabras.
Raskolnikof se dio cuenta
de pronto que un par de veces, al llegar junto a la puerta, se había detenido,
al parecer para prestar atención.
«¿Esperará a alguien?»
‑Tiene usted razón
-continuó Porfirio Petrovitch alegremente y con una amabilidad que llenó a
Raskolnikof de inquietud y desconfianza‑. Tiene usted motivo para burlarse tan
ingeniosamente como lo ha hecho de nuestras costumbres jurídicas. Se pretende
que tales procedimientos (no todos, naturalmente) tienen por base una profunda
filosofía. Sin embargo, son perfectamente ridículos y generalmente estériles,
sobre todo si se siguen al pie de la letra las normas establecidas... Hemos
vuelto, pues, a la cuestión de las normas. Bien; supongamos que yo sospecho que
cierto señor es el autor de un crimen cuya instrucción se me ha confiado...
Usted ha estudiado Derecho, ¿verdad, Rodion Romanovitch?
‑Empecé.
‑Pues bien, he aquí un
ejemplo que podrá serle útil más adelante... Pero no crea que pretendo hacer de
profesor con usted, que publica en los periódicos artículos tan profundos. No,
yo sólo me tomo la libertad de exponerle un hecho a modo de ejemplo. Si yo
considero a un individuo cualquiera como un criminal, ¿por qué, dígame, he de
inquietarle prematuramente, incluso en el caso de que tenga pruebas contra él?
A algunos me veo obligado a detenerlos inmediatamente, pero otros son de un
carácter completamente distinto. ¿Por qué no he de dejar a mi culpable pasearse
un poco por la ciudad? ¡Je, je...! Ya veo que usted no me acaba de comprender.
Se lo voy a explicar más claramente. Si me apresuro a ordenar su detención, le
proporciono un punto de apoyo moral, por decirlo así. ¿Se ríe usted?
Raskolnikof estaba muy
lejos de reírse. Tenía los labios apretados, y su ardiente mirada no se
apartaba de los ojos de Porfirio Petrovitch.
‑Sin embargo ‑continuó
éste‑, tengo razón, por lo menos en lo que concierne a ciertos individuos, pues
los hombres son muy diferentes unos de otros y nuestra única consejera digna de
crédito es la práctica. Pero, desde el momento que tiene usted pruebas, me dirá
usted... ¡Dios mío! Usted sabe muy bien lo que son las pruebas: tres de cada
cuatro son dudosas. Y yo, a la vez que juez de instrucción, soy un ser humano y
en consecuencia, tengo mis debilidades. Una de ellas es mi deseo de que mis
diligencias tengan el rigor de una demostración matemática. Quisiera que mis
pruebas fueran tan evidentes como que dos y dos son cuatro, que constituyeran
una demostración clara e indiscutible. Pues bien, si yo ordeno la detención del
culpable antes de tiempo, por muy convencido que esté de su culpa, me privo de
los medios de poder demostrarlo ulteriormente. ¿Por qué? Porque le proporciono,
por decirlo así, una situación normal. Es un detenido, y como detenido se
comporta: se retira a su caparazón, se me escapa... Se cuenta que en
Sebastopol, inmediatamente después de la batalla de Alma, los defensores
estaban aterrados ante la idea de un ataque del enemigo: no dudaban de que
Sebastopol sería tomado por asalto. Pero cuando vieron cavar las primeras
trincheras para comenzar un sitio normal, se tranquilizaron y se alegraron.
Estoy hablando de personas inteligentes. «Tenemos lo menos para dos meses ‑se
decían‑, pues un asedio normal requiere mucho tiempo.» ¿Otra vez se ríe usted?
¿No me cree? En el fondo, tiene usted razón; sí, tiene usted razón. Éstos no
son sino casos particulares. Estoy completamente de acuerdo con usted en que
acabo de exponerle un caso particular. Pero hay que hacer una observación sobre
este punto, mi querido Rodion Romanovitch, y es que el caso general que
responde a todas las formas y fórmulas jurídicas; el caso típico para el cual
se han concebido y escrito las reglas, no existe, por la sencilla razón de que
cada causa, cada crimen, apenas realizado, se convierte en un caso particular,
¡y cuán especial a veces!: un caso distinto a todos los otros conocidos y que,
al parecer, no tiene ningún precedente.
»Algunos resultan hasta
cómicos. Supongamos que yo dejo a uno de esos señores en libertad. No lo mando
detener, no lo molesto para nada. Él debe saber, o por lo menos suponer, que en
todo momento, hora por hora, minuto por minuto, yo estoy al corriente de lo que
hace, que conozco perfectamente su vida, que le vigilo día y noche. Le sigo por
todas partes y sin descanso, y puede estar usted seguro de que, por poco que él
se dé cuenta de ello, acabará por perder la cabeza. Y entonces él mismo vendrá
a entregarse y, además, me proporcionará los medios de dar a mi sumario un
carácter matemático. Esto no deja de tener cierto atractivo. Este sistema puede
tener éxito con un burdo mujik, pero
aún más con un hombre culto e inteligente. Pues hay en todo esto algo muy
importante, amigo mío, y es establecer cómo puede haber procedido el culpable.
No nos olvidemos de los nervios. Nuestros contemporáneos los tienen enfermos,
excitados, en tensión... ¿Y la bilis? ¡Ah, los que tienen bilis...! Le aseguro
que aquí hay una verdadera fuente de información. ¿Por qué, pues, me ha de
inquietar ver a mi hombre ir y venir libremente? Puedo dejarlo pasear, gozar
del poco tiempo que le queda, pues sé que está en mi poder y que no se puede
escapar... ¿Adónde
iría? ¡Je, je, je! ¿Al extranjero, dice usted? Un polaco podría huir al
extranjero, pero no él, y menos cuando se le vigila y están tomadas todas las
medidas para evitar su evasión. ¿Huir al interior del país? Allí no encontrará
más que incultos mujiks, gente primitiva, verdaderos rusos, y un hombre
civilizado prefiere el presidio a vivir entre unos mujiks que para él son como
extranjeros. ¡Je, je...! Por otra parte, todo esto no es sino la parte externa
de la cuestión. ¡Huir! Esto es sólo una palabra. Él no huirá, no solamente porque
no tiene adónde ir, sino porque me pertenece psicológicamente... ¡Je, je! ¿Qué
me dice usted de la expresión? No huirá porque se lo impide una ley de la
naturaleza. ¿Ha visto usted alguna vez una mariposa ante una bujía? Pues él
girará incesantemente alrededor de mi persona como el insecto alrededor de la
llama. La libertad ya no tendrá ningún encanto para él. Su inquietud irá en
aumento; una sensación creciente de hallarse como enredado en una tela de araña
le dominará; un terror indecible se apoderará de él. Y hará tales cosas, que su
culpabilidad quedará tan clara como que dos y dos son cuatro. Para que así
suceda, bastará proporcionarle un entreacto de suficiente duración. Siempre,
siempre irá girando alrededor de mi persona, describiendo círculos cada vez más
estrechos, y al fin, ¡plaf!, se meterá en mi propia boca y yo lo engulliré
tranquilamente. Esto no deja de tener su encanto, ¿no le parece?
Raskolnikof no le
contestó. Estaba pálido e inmóvil. Sin embargo, seguía observando a Porfirio
con profunda atención.
«Me ha dado una buena
lección ‑se dijo mentalmente, helado de espanto‑. Esto ya no es el juego del
gato y el ratón con que nos entretuvimos ayer. No me ha hablado así por el
simple placer de hacer ostentación de su fuerza. Es demasiado inteligente para
eso. Sin duda persigue otro fin, pero ¿cuál? ¡Bah! Todo esto es sólo un ardid
para asustarme. ¡Eh, amigo! No tienes pruebas. Además, el hombre de ayer no
existe. Lo que tú pretendes es desconcertarme, irritarme hasta el máximo, para
asestarme al fin el golpe decisivo. Pero te equivocas; saldrás trasquilado...
¿Por qué hablará con segundas palabras? Pretende aprovecharse del mal estado de
mis nervios... No, amigo mío, no te saldrás con la tuya. No sé lo que habrás
tramado, pero te llevarás un chasco mayúsculo. Vamos a ver qué es lo que tienes
preparado.»
Y reunió todas sus
fuerzas para afrontar valerosamente la misteriosa catástrofe que preveía.
Experimentaba un ávido deseo de arrojarse sobre Porfirio Petrovitch y
estrangularlo.
En el momento de entrar
en el despacho del juez, ya había temido no poder dominarse. Sentía latir su
corazón con violencia; tenía los labios resecos y espesa la saliva. Sin
embargo, decidió guardar silencio para no pronunciar ninguna palabra
imprudente. Comprendía que ésta era la mejor táctica que podía seguir en su
situación, pues así no solamente no corría peligro de comprometerse, sino que
tal vez conseguiría irritar a su adversario y arrancarle alguna palabra
imprudente. Ésta era su esperanza por lo menos.
‑Ya veo que no me ha
creído usted -prosiguió Porfirio‑. Usted supone que todo esto son bromas
inocentes.
Se mostraba cada vez más
alegre y no cesaba de dejar oír una risita de satisfacción, mientras de nuevo
iba y venía por el despacho.
‑Comprendo que lo haya
tomado usted a broma. Dios me ha dado una figura que sólo despierta en los
demás pensamientos cómicos. Tengo el aspecto de un bufón. Sin embargo, quiero
decirle y repetirle una cosa, mi querido Rodion Romanovitch... Pero, ante todo,
le ruego que me perdone este lenguaje de viejo. Usted es un hombre que está en
la flor de la vida, e incluso en la primera juventud, y, como todos los
jóvenes, siente un especial aprecio por la inteligencia humana. La agudeza de
ingenio y las deducciones abstractas le seducen. Esto me recuerda los antiguos
problemas militares de Austria, en la medida, claro es, de mis conocimientos
sobre la materia. En teoría, los austriacos habían derrotado a Napoleón, e
incluso le consideraban prisionero. Es decir, que en la sala de reuniones lo
veían todo de color de rosa. Pero ¿qué ocurrió en la realidad? Que el general
Mack se rindió con todo su ejército. ¡Je, je, je...! Ya veo, mi querido Rodion
Romanovitch, que en su interior se está riendo de mí, porque el hombre apacible
que soy en la vida privada echa mano, para todos sus ejemplos, de la historia
militar. Pero ¿qué le vamos a hacer? Es mi debilidad. Soy un enamorado de las
cosas militares, y mis lecturas predilectas son aquellas que se relacionan con
la guerra... Verdaderamente, he equivocado mi carrera. Debí ingresar en el
ejército. No habría llegado a ser un Napoleón, pero sí a conseguir el grado de
comandante. ¡Je,
je, je...! Bien;
ahora voy a decirle sinceramente todo lo que pienso, mi querido amigo, acerca
del «caso que nos interesa». La realidad y la naturaleza, señor mío, son cosas
importantísimas y que reducen a veces a la nada el cálculo más ingenioso. Crea
usted a este viejo, Rodion Romanovitch...
Y al pronunciar estas
palabras, Porfirio Petrovitch, que sólo contaba treinta y cinco años, parecía
haber envejecido: hasta su voz había cambiado, y se diría que se había arqueado
su espalda.
‑Además -continuó‑, yo
soy un hombre sincero... ¿Verdad que soy un hombre sincero? Dígame: ¿usted qué
cree? A mí me parece que no se puede ir más lejos en la sinceridad. Yo le he
hecho verdaderas confidencias sin exigir compensación alguna. ¡Je, je, je! En fin, volvamos a
nuestro asunto. El ingenio es, a mi entender, algo maravilloso, un ornamento de
la naturaleza, por decirlo así, un consuelo en medio de la dureza de la vida,
algo que permite, al parecer, confundir a un pobre juez que, por añadidura, se
ha dejado engañar por su propia imaginación, pues, al fin y al cabo, no es más
que un hombre. Pero la naturaleza acude en ayuda de ese pobre juez, y esto es
lo malo para el otro. Esto es lo que la juventud que confía en su ingenio y que
«franquea todos los obstáculos», como usted ha dicho ingeniosamente, no quiere
tener en cuenta.
»Supongamos que ese
hombre miente... Me refiero al hombre desconocido de nuestro caso particular...
Supongamos que miente, y de un modo magistral. Como es lógico, espera su
triunfo, cree que va a recoger los frutos de su destreza; pero, de pronto,
¡crac!, se desvanece en el lugar más comprometedor para él. Vamos a suponer que
atribuye el síncope a una enfermedad que padece o a la atmósfera asfixiante de
la habitación, cosa frecuente en los locales cerrados. Pues bien, no por eso
deja de inspirar sospechas... Su mentira ha sido perfecta, pero no ha pensado
en la naturaleza y se encuentra como cogido en una trampa.
»Otro día, dejándose
llevar de su espíritu burlón, trata de divertirse a costa de alguien que
sospecha de él. Finge palidecer de espanto, pero he aquí que representa su
papel con demasiada propiedad, que su palidez es demasiado natural, y esto será
otro indicio. Por el momento, su interlocutor podrá dejarse engañar, pero, si
no es un tonto, al día siguiente cambiará de opinión. Y el imprudente cometerá
error tras error. Se meterá donde no le llaman para decir las cosas más
comprometedoras, para exponer alegorías cuyo verdadero sentido nadie dejará de
comprender. Incluso llegará a preguntar por qué no lo han detenido todavía. ¡Je, je, je...! Y esto puede ocurrir al
hombre más sagaz, a un psicólogo, a un literato. La naturaleza es un espejo, el
espejo más diáfano, y basta dirigir la vista a él. Pero ¿qué le sucede, Rodion
Romanovitch? ¿Le ahoga esta atmósfera tal vez? ¿Quiere que abra la ventana?
‑No se preocupe ‑exclamó
Raskolnikof, echándose de pronto a reír‑. Le ruego que no se moleste.
Porfirio se detuvo ante
él, estuvo un momento mirándole y luego se echó a reír también. Entonces
Raskolnikof, cuya risa convulsiva se había calmado, se puso en pie.
‑Porfirio Petrovitch ‑dijo
levantando la voz y articulando claramente las palabras, a pesar del esfuerzo
que tenía que hacer para sostenerse sobre sus temblorosas piernas‑, estoy
seguro de que usted sospecha que soy el asesino de la vieja y de su hermana
Lisbeth. Y quiero decirle que hace tiempo que estoy harto de todo esto. Si
usted se cree con derecho a perseguirme y detenerme, hágalo. Pero no le
permitiré que siga burlándose de mí en mi propia cara y torturándome como lo
está haciendo.
Sus labios empezaron a
temblar de pronto; sus ojos, a despedir llamaradas de cólera, y su voz,
dominada por él hasta entonces, empezó a vibrar.
‑¡No lo permitiré! ‑exclamó,
descargando violentamente su puño sobre la mesa‑. ¿Oye usted, Porfirio
Petrovitch? ¡No lo permitiré!
‑¡Señor! Pero ¿qué dice
usted? ¿Qué le pasa? ‑dijo Porfirio Petrovitch con un gesto de vivísima
inquietud‑. ¿Qué tiene usted, mi querido Rodion Romanovitch?
‑¡No lo permitiré! ‑gritó
una vez más Raskolnikof.
‑No levante tanto la voz.
Nos pueden oír. Vendrán a ver qué pasa, y ¿qué les diremos? ¿No comprende?
Dijo esto en un susurro,
como asustado y acercando su rostro al de Raskolnikof.
‑No lo permitiré, no lo
permitiré ‑repetía Rodia maquinalmente.
Sin embargo, había bajado
también la voz. Porfirio se volvió rápidamente y corrió a abrir la ventana.
‑Hay que airear la
habitación. Y debe usted beber un poco de agua, amigo mío, pues está
verdaderamente trastornado.
Ya se dirigía a la puerta
para pedir el agua, cuando vio que había una garrafa en un rincón.
‑Tenga, beba un poco ‑dijo,
corriendo hacia él con la garrafa en la mano‑ Tal vez esto le...
El temor y la solicitud
de Porfirio Petrovitch parecían tan sinceros, que Raskolnikof se quedó
mirándole con viva curiosidad. Sin embargo, no quiso beber.
‑Rodion Romanovitch, mi
querido amigo, se va usted a volver loco. ¡Beba, por favor! ¡Beba aunque sólo
sea un sorbo!
Le puso a la fuerza el
vaso en la mano. Raskolnikof se lo llevó a la boca y después, cuando se
recobró, lo depositó en la mesa con un gesto de hastío.
‑Ha tenido usted un amago
de ataque ‑dijo Porfirio Petrovitch afectuosamente y, al parecer, muy turbado‑.
Se mortifica usted de tal modo, que volverá a ponerse enfermo. No comprendo que
una persona se cuide tan poco. A usted le pasa lo que a Dmitri Prokofitch.
Precisamente ayer vino a verme. Yo reconozco que está en lo cierto cuando me
dice que tengo un carácter cáustico, es decir, malo. Pero ¡qué deducciones ha
hecho, Señor! Vino cuando usted se marchó, y durante la comida habló tanto, que
yo no pude hacer otra cosa que abrir los brazos para expresar mi asombro. «
¡Qué ocurrencia! ‑pensaba‑. ¡Señor! ¡Dios mío! Le envió usted, ¿verdad...? Pero
siéntese, amigo mío; siéntese, por el amor de Dios.
‑Yo no lo envié ‑repuso
Raskolnikof‑, pero sabía que tenía que venir a su casa y por qué motivo.
‑¿Conque lo sabía?
‑Sí. ¿Qué piensa usted de
ello?
‑Ya se lo diré, pero
antes quiero que sepa, mi querido Rodion Romanovitch, que estoy enterado de que
usted puede jactarse de otras muchas hazañas. Mejor dicho, estoy al corriente
de todo. Sé que fue usted a alquilar una habitación al anochecer, y que tiró
del cordón de la campanilla, y que empezó a hacer preguntas sobre las manchas
de sangre, lo que dejó estupefactos a los empapeladores y al portero. Comprendo
su estado de ánimo, es decir, el estado de ánimo en que se hallaba aquel día
pero no por eso deja de ser cierto que va usted a volverse loco, sin duda
alguna, si sigue usted así. Acabará perdiendo la cabeza, ya lo verá. Una noble
indignación hace hervir su sangre. Usted está irritado, en primer lugar contra
el destino, después contra la policía. Por eso va usted de un lado a otro
tratando de despertar sospechas en la gente. Quiere terminar cuanto antes, pues
está usted harto de sospechas y comadreos estúpidos. ¿Verdad que no me
equivoco, que he interpretado exactamente su estado de ánimo?
Pero si sigue así, no
será usted solo el que se volverá loco, sino que trastornará al bueno de
Rasumikhine, y no me negará usted que no estaría nada bien hacer perder la
cabeza a ese muchacho tan simpático. Usted está enfermo; él tiene un exceso de
bondad, y precisamente esa bondad es lo que le expone a contagiarse. Cuando se
haya tranquilizado usted un poco, mi querido amigo, ya le contaré... Pero
siéntese, por el amor de Dios. Descanse un poco. Está usted blanco como la cal.
Siéntese, haga el favor.
Raskolnikof obedeció. El
temblor que le había asaltado se calmaba poco a poco y la fiebre se iba
apoderando de él. Pese a su visible inquietud, escuchaba con profunda sorpresa
las muestras de interés de Porfirio Petrovitch. Pero no daba fe a sus palabras,
a pesar de que experimentaba una tendencia inexplicable a creerle. La alusión
inesperada de Porfirio al alquiler de la habitación le había paralizado de
asombro.
«¿Cómo se habrá enterado
de esto y por qué me lo habrá dicho? »
‑Durante el ejercicio de
mi profesión ‑continuó inmediatamente Porfirio Petrovitch‑, he tenido un caso
análogo, un caso morboso. Un hombre se acusó de un asesinato que no había
cometido. Era juguete de una verdadera alucinación. Exponía hechos, los
refería, confundía a todo el mundo. Y todo esto, ¿por qué? Porque
indirectamente y sin conocimiento de causa había facilitado la perpetración de
un crimen. Cuando se dio cuenta de ello, se sintió tan apenado, se apoderó de
él tal angustia, que se imaginó que era el asesino. Al fin, el Senado aclaró el
asunto y el infeliz fue puesto en libertad, pero, de no haber intervenido el
Senado, no habría habido salvación para él. Pues bien, amigo mío, también a
usted se le puede trastornar el juicio si pone sus nervios en tensión yendo a
tirar del cordón de una campanilla al anochecer y haciendo preguntas sobre
manchas de sangre... En la práctica de mi profesión me ha sido posible estudiar
estos fenómenos psicológicos. Lo que nuestro hombre siente es un vértigo
parecido al que impulsa a ciertas personas a arrojarse por una ventana o desde
lo alto de un campanario; una especie de atracción irresistible; una
enfermedad, Rodion Romanovitch, una enfermedad y nada más que una enfermedad.
Usted descuida la suya demasiado. Debe consultar a un buen médico y no a ese
tipo rollizo que lo visita... Usted delira a veces, y ese mal no tiene más
origen que el delirio...
Momentáneamente,
Raskolnikof creyó ver que todo daba vueltas.
«¿Es posible que esté
fingiendo? ¡No, no es posible!», se dijo, rechazando con todas sus fuerzas un
pensamiento que ‑se daba perfecta cuenta de ello‑ amenazaba hacerle enloquecer
de furor.
‑En aquellos momentos, yo
no estaba bajo los efectos del delirio, procedía con plena conciencia de mis
actos ‑exclamó, pendiente de las reacciones de Porfirio Petrovitch, en su deseo
de descubrir sus intenciones‑. Conservaba toda mi razón, toda mi razón, ¿oye
usted?
‑Sí, lo oigo y lo
comprendo. Ya lo dijo usted ayer, e insistió sobre este punto. Yo comprendo
anticipadamente todo lo que usted puede decir. Óigame, Rodion Romanovitch, mi
querido amigo: permítame hacerle una nueva observación. Si usted fuese el
culpable o estuviese mezclado en este maldito asunto, ¿habría dicho que
conservaba plenamente la razón? Yo creo que, por el contrario, usted habría
afirmado, y se habría aferrado a su afirmación, que usted no se daba cuenta de
lo que hacía. ¿No tengo razón? Dígame, ¿no la tengo?
El tono de la pregunta
dejaba entrever una celada. Raskolnikof se recostó en el respaldo del sofá para
apartarse de Porfirio, cuyo rostro se había acercado al suyo, y le observó en
silencio, con una mirada fija y llena de asombro.
‑Algo parecido puede
decirse de la visita de Rasumikhine. Si usted fuese el culpable, habría dicho
que él había venido a mi casa por impulso propio y habría ocultado que usted le
había incitado a hacerlo. Sin embargo, usted ha dicho que Rasumikhine vino a
verme porque usted lo envió.
Raskolnikof se
estremeció. El no había hecho afirmación semejante.
‑Sigue usted mintiendo ‑dijo,
esbozando una sonrisa de hastío y con voz lenta y débil‑. Usted quiere
demostrarme que lee en mi pensamiento, que puede predecir todas mis respuestas ‑añadió,
dándose cuenta de que ya era incapaz de medir sus palabras‑. Usted quiere
asustarme; usted se está burlando de mí, sencillamente.
Mientras decía esto no
apartaba la vista del juez de instrucción. De súbito, un terrible furor fulguró
en sus ojos.
‑Está diciendo una
mentira tras otra -exclamó‑. Usted sabe muy bien que la mejor táctica que puede
seguir un culpable es sujetarse a la verdad tanto como sea posible..., declarar
todo aquello que no pueda ocultarse. ¡No le creo a usted!
‑¡Qué veleta es usted! ‑dijo
Porfirio con una risita mordaz‑. No hay medio de entenderse con usted. Está
dominado por una idea fija. ¿No me cree? Pues yo creo que empieza usted a
creerme. Con diez centímetros de fe me bastará para conseguir que llegue al
metro y me crea del todo. Porque le tengo verdadero afecto y sólo deseo su
bien.
Los labios de Raskolnikof
empezaron a temblar.
‑Sí, le tengo verdadero
afecto ‑prosiguió Porfirio, apretando amistosamente el brazo del joven‑, y no
se lo volveré a repetir. Además, tenga en cuenta que su familia ha venido a
verle. Piense en ella. Usted debería hacer todo lo posible para que su madre y
su hermana se sintieran dichosas y, por el contrario, sólo les causa
inquietudes...
‑Eso no le importa. ¿Cómo
se ha enterado usted de estas cosas? ¿Por qué me vigila y qué interés tiene en
que yo lo sepa?
‑Pero oiga usted, óigame,
amigo mío: si sé todo esto es sólo por usted. Usted no se da cuenta de que,
cuando está nervioso, lo cuenta todo, lo mismo a mí que a los demás.
Rasumikhine me ha contado también muchas cosas interesantes... Cuando usted me
ha interrumpido, iba a decirle que, a pesar de su inteligencia, su desconfianza
le impide ver las cosas como son... Le voy a poner un ejemplo, volviendo a
nuestro asunto. Lo del cordón de la campanilla es un detalle de valor
extraordinario para un juez que está instruyendo un sumario. Y usted se lo
refiere a este juez con toda franqueza, sin reserva alguna. ¿No deduce usted
nada de esto? Si yo le creyera culpable, ¿habría procedido como lo he hecho?
Por el contrario, habría procurado ahuyentar su desconfianza, no dejarle
entrever que estaba al corriente de este detalle, para arrojarle al rostro, de
súbito, la pregunta siguiente: «¿Qué hacia usted, entre diez y once, en las
habitaciones de las víctimas? ¿Y por qué tiró del cordón de la campanilla y
habló de las manchas de sangre? ¿Y por qué dijo a los porteros que le llevaran
a la comisaría?» He aquí cómo habría procedido yo si hubiera abrigado la menor
sospecha contra usted: le habría sometido a un interrogatorio en toda regla. Y
habría dispuesto que se efectuara un registro en la habitación que tiene
alquilada, y habría ordenado que le detuvieran... El hecho de que haya obrado
de otro modo es buena prueba de que no sospecho de usted. Pero usted ha perdido
el sentido de la realidad, lo repito, y es incapaz de ver nada.
Raskolnikof temblaba de
pies a cabeza, y tan violentamente, que Porfirio Petrovitch no pudo menos de
notarlo.
‑No hace usted más que
mentir ‑repitió resueltamente‑. Ignoro lo que persigue con sus mentiras, pero
sigue usted mintiendo. No hablaba así hace un momento; por eso no puedo
equivocarme... ¡Miente usted!
‑¿Que miento? ‑replicó
Porfirio, acalorándose visiblemente, pero conservando su acento irónico y
jovial y no dando, al parecer, ninguna importancia a la opinión que Raskolnikof
tuviera de él‑. ¿Cómo puede decir eso sabiendo cómo he procedido con usted?
¡Yo, el juez de instrucción, le he sugerido todos los argumentos psicológicos
que podría usted utilizar: la enfermedad, el delirio, el amor propio excitado
por el sufrimiento, la neurastenia, y esos policías...! ¡Je, je, je...! Sin embargo, dicho sea de
paso, esos medios de defensa no tienen ninguna eficacia. Son armas de dos filos
y pueden volverse contra usted. Usted dirá: «La enfermedad, el desvarío, la
alucinación... No me acuerdo de nada.» Y le contestarán: «Todo eso está muy
bien, amigo mío; pero ¿por qué su enfermedad tiene siempre las mismas
consecuencias, por qué le produce precisamente ese tipo de alucinación? » Esta
enfermedad podía tener otras manifestaciones, ¿no le parece? ¡Je, je, je!
Raskolnikof le miró con
despectiva arrogancia.
‑En resumidas cuentas ‑dijo
firmemente, levantándose y apartando a Porfirio‑, yo quiero saber claramente si
me puedo considerar o no al margen de toda sospecha. Dígamelo, Porfirio
Petrovitch; dígamelo ahora mismo y sin rodeos.
‑Ahora me sale con una
exigencia. ¡Hasta tiene exigencias, Señor! ‑exclamó Porfirio Petrovitch con
perfecta calma y cierto tonillo de burla‑. Pero ¿a qué vienen esas preguntas?
¿Acaso sospecha alguien de usted? Se comporta como un niño caprichoso que
quiere tocar el fuego. ¿Y por qué se inquieta usted de ese modo y viene a
visitarnos cuando nadie le llama?
‑¡Le repito ‑replicó
Raskolnikof, ciego de ira‑ que no puedo soportar...!
‑¿La incertidumbre? ‑le
interrumpió Porfirio.
‑¡No me saque de quicio!
¡No se lo puedo permitir! ¡De ningún modo lo permitiré! ¿Lo ha oído? ¡De ningún
modo!
Y Raskolnikof dio un
fuerte puñetazo en la mesa.
‑¡Silencio! Hable más
bajo. Se lo digo en serio. Procure reprimirse. No estoy bromeando.
Al decir esto Porfirio,
su semblante había perdido su expresión de temor y de bondad. Ahora ordenaba
francamente, severamente, con las cejas fruncidas y un gesto amenazador.
Parecía haber terminado con las simples alusiones y los misterios y estar
dispuesto a quitarse la careta. Pero esta actitud fue momentánea.
Raskolnikof se sintió
interesado al principio; después, de súbito, notó que la ira le dominaba. Sin
embargo, aunque su exasperación había llegado al límite, obedeció ‑cosa extraña‑
la orden de bajar la voz.
‑No me dejaré torturar
-murmuró en el mismo tono de antes. Pero advertía, con una mezcla de amargura y
rencor, que no podía obrar de otro modo, y esta convicción aumentaba su cólera‑.
Deténgame ‑añadió‑, regístreme si quiere; pero aténgase a las reglas y no
juegue conmigo. ¡Se lo prohíbo!
‑Nada de reglas ‑respondió
Porfirio, que seguía sonriendo burlonamente y miraba a Raskolnikof con cierto
júbilo‑. Le invité a venir a verme como amigo.
‑No quiero para nada su
amistad, la desprecio. ¿Oye usted? Y ahora cojo mi gorra y me marcho. Veremos qué dice usted, si tiene intención de
arrestarme.
Cogió su gorra y se
dirigió a la puerta.
‑¿No quiere ver la
sorpresa que le he reservado?‑le dijo Porfirio Petrovitch, con su irónica
sonrisita y cogiéndole del brazo, cuando ya estaba ante la puerta. Parecía cada
vez más alegre y burlón, y esto ponía a Raskolnikof fuera de sí.
‑¿Una sorpresa? ¿Qué
sorpresa? ‑preguntó Rodia, fijando en el juez de instrucción una mirada llena
de inquietud.
‑Una sorpresa que está
detrás de esa puerta... ¡Je, je, je!
Señalaba la puerta
cerrada que comunicaba con sus habitaciones.
‑Incluso la he encerrado
bajo llave para que no se escape.
‑¿Qué demonios se trae
usted entre manos?
Raskolnikof se acercó a
la puerta y trató de abrirla, pero no le fue posible.
‑Está cerrada con llave y
la llave la tengo yo -dijo Porfirio.
Y, en efecto, le mostró
una llave que acababa de sacar del bolsillo.
‑No haces más que mentir
-gruñó Raskolnikof sin poder dominarse‑. ¡Mientes, mientes, maldito
polichinela!
Y se arrojó sobre el juez
de instrucción, que retrocedió hasta la puerta, aunque sin demostrar temor
alguno.
‑¡Comprendo tu táctica!
¡Lo comprendo todo! ‑siguió vociferando Raskolnikof‑. Mientes y me insultas
para irritarme y que diga lo que no debo.
‑¡Pero si usted no tiene
nada que ocultar, mi querido Rodion Romanovitch! ¿Por qué se excita de ese
modo? No grite más o llamo.
‑¡Mientes, mientes! ¡No
pasará nada! ¡Ya puedes llamar! Sabes que estoy enfermo y has pretendido
exasperarme, aturdirme, para que diga lo que no debo. Éste ha sido tu plan. No
tienes pruebas; lo único que tienes son míseras sospechas, conjeturas tan vagas
como las de Zamiotof. Tú conocías mi carácter y me has sacado de mis casillas
para que aparezcan de pronto los popes y los testigos. ¿Verdad que es éste tu
propósito? ¿Qué esperas para hacerlos entrar? ¿Dónde están? ¡Ea! Diles de una
vez que pasen.
‑Pero ¿qué dice usted?
¡Qué ideas tiene, amigo mío! No se pueden seguir las reglas tan ciegamente como
usted cree. Usted no entiende de estas cosas, querido. Las reglas se seguirán
en el momento debido. Ya lo verá por sus propios ojos.
Y Porfirio parecía
prestar atención a lo que sucedía detrás de la puerta del despacho.
En efecto, se oyeron
ruidos procedentes de la pieza vecina.
‑Ya vienen ‑exclamó
Raskolnikof‑. Has enviado por ellos... Los esperabas... Lo tenías todo
calculado... Bien, hazlos entrar a todos; haz entrar a los testigos y a quien
quieras... Estoy preparado.
Pero en ese momento
ocurrió algo tan sorprendente, tan ajeno al curso ordinario de las cosas, que,
sin duda, ni Porfirio Petrovitch ni Raskolnikof lo habrían podido prever jamás.
VI
He aquí el recuerdo que
esta escena dejó en Raskolnikof. En la pieza inmediata aumentó el ruido
rápidamente y la puerta se entreabrió.
‑¿Qué pasa? ‑gritó
Porfirio Petrovitch, contrariado‑. Ya he advertido que...
Nadie contestó, pero fue
fácil deducir que tras la puerta había varias personas que trataban de impedir
el paso a alguien.
‑¿Quieren decir de una
vez qué pasa? ‑repitió Porfirio, perdiendo la paciencia.
‑Es que está aquí el
procesado Nicolás ‑dijo una voz.
‑No lo necesito. Que se
lo lleven.
Pero, acto seguido,
Porfirio corrió hacia la puerta.
‑¡Esperen! ¿A qué ha
venido? ¿Qué significa este desorden?
‑Es que Nicolás... ‑empezó
a decir el mismo que había hablado antes.
Pero
se interrumpió de súbito. Entonces, y durante unos segundos, se oyó el fragor
de una verdadera lucha. Después pareció que alguien rechazaba violentamente a
otro, y, seguidamente, un hombre pálido como un muerto irrumpió en el despacho.
El
aspecto de aquel hombre era impresionante. Miraba fijamente ante sí y parecía
no ver a nadie. Sus ojos tenían un brillo de resolución. Sin embargo, su
semblante estaba lívido como el del condenado a muerte al que llevan a viva
fuerza al patíbulo. Sus labios, sin color, temblaban ligeramente.
Era
muy joven y vestía con la modestia de la gente del pueblo. Delgado, de talla
media, cabello cortado al rape, rostro enjuto y finas facciones. El hombre al
que acababa de rechazar entró inmediatamente tras él y le cogió por un hombro.
Era un gendarme. Pero Nicolás consiguió desprenderse de él nuevamente.
Algunos
curiosos se hacinaron en la puerta. Los más osados pugnaban por entrar. Todo
esto había ocurrido en menos tiempo del que se tarda en describirlo.
‑¡Fuera
de aquí! ¡Espera a que te llamen! ¿Por qué lo han traído? ‑exclamó el juez,
sorprendido e irritado.
De
pronto, Nicolás se arrodilló.
‑¿Qué
haces? ‑exclamó Porfirio, asombrado.
‑¡Soy
culpable! ¡He cometido un crimen! ¡Soy un asesino! ‑dijo Nicolás con voz
jadeante pero enérgica.
Durante
diez segundos reinó en la estancia un silencio absoluto, como si todos los
presentes hubieran perdido el habla. El gendarme había retrocedido: sin
atreverse a acercarse a Nicolás, se había retirado hacia la puerta y allí
permanecía inmóvil.
‑¿Qué
dices?‑preguntó Porfirio cuando logró salir de su asombro.
‑Yo... soy... un asesino ‑repitió
Nicolás tras una pausa.
‑¿Tú? ‑exclamó el juez de
instrucción, dando muestras de gran desconcierto‑. ¿A quién has matado?
Tras un momento de
silencio, Nicolás respondió:
‑A Alena Ivanovna y a su
hermana Lisbeth Ivanovna. Las maté... con un hacha. No estaba en mi juicio ‑añadió.
Y guardó silencio, sin
levantarse.
Porfirio Petrovitch
estuvo un momento sumido en profundas reflexiones. Después, con un violento
ademán, ordenó a los curiosos que se marcharan. Éstos obedecieron en el acto y
la puerta se cerró tras ellos. Entonces, Porfirio dirigió una mirada a Raskolnikof,
que permanecía de pie en un rincón y que observaba a Nicolás petrificado de
asombro. El juez de instrucción dio un paso hacia él, pero, como cambiando de
idea, se detuvo, mirándole. Después volvió los ojos hacia Nicolás, luego miró
de nuevo a Raskolnikof y al fin se acercó al pintor con una especie de
arrebato.
‑Ya dirás si estabas o no
en tu juicio cuando se lo pregunte ‑exclamó, irritado‑. Nadie te ha preguntado
nada sobre ese particular. Contesta a esto: ¿has cometido un crimen?
‑Sí, soy un asesino; lo
confieso ‑repuso Nicolás.
‑¿Qué arma empleaste?
‑Un hacha que llevaba
conmigo.
‑¡Con qué rapidez
respondes! ¿Solo?
Nicolás no comprendió la
pregunta.
‑Digo que si tuviste
cómplices.
‑No, Mitri es inocente.
No tuvo ninguna participación en el crimen.
‑No te precipites a
hablar de Mitri... Sin embargo, habrás de explicarme cómo bajaste la escalera.
Los porteros os vieron a los dos juntos.
‑Corrí hasta alcanzar a
Mitri. Me dije que de este modo no se sospecharía de mí ‑respondió Nicolás al
punto, como quien recita una lección bien aprendida.
‑La cosa está clara:
repite una serie de palabras que ha estudiado ‑murmuró para sí el juez de
instrucción.
En esto, su vista tropezó
con Raskolnikof, de cuya presencia se había olvidado, tan profunda era la
emoción que su escena con Nicolás le había producido.
Al ver a Raskolnikof
volvió a la realidad y se turbó. Se fue hacia él, presuroso.
‑Rodion Romanovitch,
amigo mío, perdóneme... Ya ve usted que... Usted no tiene nada que hacer
aquí... Yo soy el primer sorprendido, como puede usted ver... Váyase, se lo
ruego...
Y le cogió del brazo,
indicándole la puerta.
‑Esto ha sido inesperado
para usted, ¿verdad? ‑dijo Raskolnikof, que, dándose cuenta de todo, había
cobrado ánimos.
‑Tampoco usted lo
esperaba, amigo mío. Su mano tiembla.¡Je, je, je!
‑También usted está
temblando, Porfirio Petrovitch.
‑Desde luego, no ha sido
una sorpresa para mí.
Estaban ya junto a la
puerta. Porfirio esperaba con impaciencia que se marchara Raskolnikof. El joven
preguntó de pronto:
‑Entonces, ¿no me muestra
usted la sorpresa?
‑¡Le están castañeteando
los dientes y miren ustedes cómo habla! ¡Es usted un hombre cáustico! ¡Bueno,
hasta la vista!
‑Yo creo que sería mejor
que nos dijéramos adiós.
‑Será lo que Dios quiera,
lo que Dios quiera -gruñó Porfirio con una sonrisa sarcástica.
Al cruzar la oficina,
Raskolnikof advirtió que varios empleados le miraban fijamente. Al llegar a la
antesala vio que, entre otras personas, estaban los dos porteros de la casa del
crimen, aquellos a los que él había pedido días atrás que lo llevaran a la
comisaría. De su actitud se deducía que esperaban algo. Apenas llegó a la
escalera, oyó que le llamaba Porfirio Petrovitch. Se volvió y vio que el juez
de instrucción corría hacia él, jadeante.
‑Sólo dos palabras,
Rodion Romanovitch. Este asunto terminará como Dios quiera, pero yo tendré que
hacerle todavía, por pura fórmula, algunas preguntas. Nos volveremos a ver,
¿no?
Porfirio se había
detenido ante él, sonriente.
‑¿No? ‑repitió.
Al parecer, deseaba
añadir algo, pero no dijo nada más.
‑Perdóneme por mi
conducta de hace un momento -dijo Raskolnikof, que había recobrado la presencia
de ánimo y experimentaba un deseo irresistible de fanfarronear ante el
magistrado‑. He estado demasiado vehemente.
‑No tiene importancia ‑repuso
Porfirio con excelente humor‑. También yo tengo un carácter bastante áspero; lo
reconozco. Ya nos volveremos a ver, si Dios quiere.
‑Y terminaremos de
conocernos -dijo Raskolnikof.
‑Sí ‑convino Porfirio,
mirándole seriamente, con los ojos entornados‑. Ahora va usted a una fiesta de
cumpleaños,¿no?
‑No; a un entierro.
‑¡Ah, sí! A un
entierro... Cuídese, créame; cuídese.
‑Yo no sé qué desearle ‑dijo
Raskolnikof, que ya había empezado a bajar la escalera y se había vuelto de
pronto‑. Quisiera poderle desear grandes éxitos, pero ya ve usted que sus
funciones resultan a veces bastante cómicas.
‑¿Cómicas? ‑exclamó el
juez de instrucción, que ya se disponía a volver a su despacho, pero que se
había detenido al oír la réplica de Raskolnikof.
‑Sí. Ahí tiene usted a
ese pobre Nicolás, al que habrá atormentado usted con sus métodos psicológicos
hasta hacerle confesar. Sin duda, usted le repetía a todas horas y en todos los
tonos: «Eres un asesino, eres un asesino.» Y ahora que ha confesado, empieza
usted a torturarlo con esta otra canción: «Mientes; no eres un asesino, no has
cometido ningún crimen; dices una lección aprendida de memoria.» Después de
esto, usted no puede negar que sus funciones resultan a veces bastante cómicas.
‑¡Je, je, je! Ya veo que usted se ha
dado cuenta de que he dicho a Nicolás que repetía palabras aprendidas de
memoria.
‑¡Claro que me he dado
cuenta!
‑¡Je, je! Es usted muy
sutil. No se le escapa nada. Además, posee usted una perspicacia especial para
captar los detalles cómicos. ¡Je, je! Me parece que era Gogol el escritor que
se distinguía por esta misma aptitud.
‑Sí, era Gogol.
‑¿Verdad que sí? Bueno,
hasta que tenga el gusto de volverle a ver.
Raskolnikof volvió
inmediatamente a su casa. Estaba tan sorprendido, tan desconcertado ante todo
lo que acababa de suceder, que, apenas llegó a su habitación, se dejó caer en
el diván y estuvo un cuarto de hora tratando de serenarse y de recobrar la lucidez.
No intentó explicarse la conducta de Nicolás: estaba demasiado confundido para
ello. Comprendía que aquella confesión encerraba un misterio que él no
conseguiría descifrar, por lo menos en aquellos momentos. Sin embargo, esta
declaración era una realidad cuyas consecuencias veía claramente. No cabía duda
de que aquella mentira acabaría por descubrirse, y entonces volverían a pensar
en él. Mas, entre tanto, estaba en libertad y debía tomar sus precauciones ante
el peligro que juzgaba inminente.
Pero ¿hasta qué punto
estaba en peligro? La situación empezaba a aclararse. No pudo evitar un
estremecimiento de inquietud al recordar la escena que se había desarrollado
entre Porfirio y él. Claro que no podía prever las intenciones del juez de
instrucción ni adivinar sus pensamientos, pero lo que había sacado en claro le
permitía comprender el peligro que había corrido. Poco le había faltado para
perderse irremisiblemente. El temible magistrado, que conocía la irritabilidad
de su carácter enfermizo, se había lanzado a fondo, demasiado audazmente tal
vez, pero casi sin riesgo. Sin duda, él, Raskolnikof, se había comprometido
desde el primer momento, pero las imprudencias cometidas no constituían pruebas
contra él, y toda su conducta tenía un valor muy relativo.
Pero ¿no se equivocaría
en sus juicios? ¿Qué fin perseguía el juez de instrucción? ¿Sería verdad que le
había preparado una sorpresa? ¿En qué consistiría? ¿Cómo habría terminado su
entrevista con Porfirio si no se hubiese producido la espectacular aparición de
Nicolás?
Porfirio no había
disimulado su juego; táctica arriesgada, pero cuyo riesgo había decidido
correr. Raskolnikof no dejaba de pensar en ello. Si el juez hubiera tenido
otros triunfos, se los habría enseñado igualmente. ¿Qué sería aquella sorpresa
que le reservaba? ¿Una simple burla o algo que tenía su significado?
¿Constituiría una prueba? ¿Contendría, por lo menos, alguna acusación...? ¿El
desconocido del día anterior? ¿Cómo se explicaba que hubiera desaparecido de
aquel modo? ¿Dónde estaría? Si Porfirio tenía alguna prueba, debía de estar
relacionada con aquel hombre misterioso.
Raskolnikof estaba
sentado en el diván, con los codos apoyados en las rodillas y la cara en las
manos. Un temblor nervioso seguía agitando todo su cuerpo. Al fin se levantó,
cogió la gorra, se detuvo un momento para reflexionar y se dirigió a la puerta.
Consideraba que, por lo
menos durante todo aquel día, estaba fuera de peligro. De pronto experimentó
una sensación de alegría y le acometió el deseo de trasladarse lo más
rápidamente posible a casa de Catalina Ivanovna. Desde luego, era ya demasiado
tarde para ir al entierro, pero llegaría a tiempo para la comida y vería a
Sonia.
Volvió a detenerse para
reflexionar y esbozó una sonrisa dolorosa.
‑Hoy, hoy ‑murmuró‑. Hoy
mismo. Es necesario...
Ya se disponía a abrir la
puerta, cuando ésta se abrió sin que él la tocase. Se estremeció y retrocedió
rápidamente. La puerta se fue abriendo poco a poco, sin ruido, y de súbito
apareció la figura del personaje del día anterior, del hombre que parecía haber
surgido de la tierra.
El desconocido se detuvo
en el umbral, miró en silencio a Raskolnikof y dio un paso hacia el interior
del aposento.
Vestía exactamente igual
que la víspera, pero su semblante y la expresión de su mirada habían cambiado.
Parecía profundamente apenado. Tras unos segundos de silencio, lanzó un
suspiro. Sólo le faltaba llevarse la mano a la mejilla y volver la cabeza para
parecer una pobre mujer desolada.
‑¿Qué desea usted? ‑preguntó
Raskolnikof, paralizado de espanto.
El recién llegado no
contestó. De pronto hizo una reverencia tan profunda, que su mano derecha tocó
el suelo[44].
‑¿Qué hace usted? ‑exclamó
Raskolnikof.
‑Me siento culpable ‑dijo
el desconocido en voz baja.
‑¿De qué?
‑De pensar mal.
Cruzaron una mirada.
‑Yo no estaba
tranquilo... Cuando llegó usted, el otro día, seguramente embriagado, y dijo a
los porteros que lo llevaran a la comisaría, después de haber interrogado a los
pintores sobre las manchas de sangre, me contrarió que no le hicieran caso por
creer que estaba usted bebido. Esto me atormentó de tal modo, que no pude
dormir. Y como me acordaba de su dirección, decidimos venir ayer a preguntar...
‑¿Quién vino? ‑le
interrumpió Raskolnikof, que empezaba a comprender.
‑Yo. Por lo tanto, soy yo
el que le insultó.
‑Entonces, ¿vive usted en
aquella casa?
‑Sí, y estaba en el
portal con otras personas. ¿No se acuerda? Hace ya mucho tiempo que vivo y
trabajo en aquella casa. Tengo el oficio de peletero. Lo que más me inquieta
es...
Raskolnikof se acordó de
súbito de toda la escena de la antevíspera. Efectivamente, en el portal, además
de los porteros, había varias personas, hombres y mujeres. Uno de los hombres
había dicho que debían llevarle a la comisaría. No recordaba cómo era el que
había manifestado este parecer ‑ni siquiera ahora podía reconocerle‑, pero
estaba seguro de haberse vuelto hacia él y haber respondido algo...
Se había aclarado el
inquietante misterio del día anterior. Y lo más notable era que había estado a
punto de perderse por un hecho tan insignificante. Aquel hombre únicamente
podía haber revelado que él, Raskolnikof, había ido allí para alquilar una habitación
y hecho ciertas preguntas sobre las manchas de sangre. Por consiguiente, esto
era todo lo que Porfirio Petrovitch podía saber; es decir, que tenía
conocimiento de su acceso de delirio, pero de nada más, a pesar de su «arma
psicológica de dos filos». En resumidas cuentas, que no sabía nada positivo. De
modo que, si no surgían nuevos hechos (y no debían surgir), ¿qué le podían
hacer? Aunque llegaran a detenerle, ¿cómo podrían confundirle? Otra cosa que
podía deducirse era que Porfirio acababa de enterarse de su visita a la
vivienda de las víctimas. Antes de ver al peletero no sabía nada.
‑¿Ha sido usted el que le
ha contado hoy a Porfirio mi visita a aquella casa? ‑preguntó, obedeciendo a
una idea repentina.
‑¿Quién es Porfirio?
‑El juez de instrucción.
‑Sí, yo he sido. Como los
porteros no fueron, he ido yo.
‑¿Hoy?
‑He llegado un momento
antes que usted y lo he oído todo: sé cómo le han torturado.
‑¿Dónde estaba usted?
‑En la vivienda del juez,
detrás de la puerta interior del despacho. Allí he estado durante toda la
escena.
‑Entonces, ¿era usted la
sorpresa? Cuéntemelo todo. ¿Por qué estaba usted escondido allí?
‑Pues verá ‑dijo el
peletero‑. En vista de que los porteros no querían ir a dar parte a la policía,
con el pretexto de que era tarde y les pondrían de vuelta y media por haber ido
a molestarlos a hora tan intempestiva, me indigné de tal modo, que no pude
dormir, y ayer empecé a informarme acerca de usted. Hoy, ya debidamente
informado, he ido a ver al juez de instrucción. La primera vez que he
preguntado por él, estaba ausente. He vuelto una hora después y no me ha
recibido. Al fin, a la tercera vez, me han hecho pasar a su despacho. Se lo he
contado todo exactamente como ocurrió. Mientras me escuchaba, Porfirio
Petrovitch iba y venía apresuradamente por el despacho, golpeándose el pecho
con el puño. « ¡Qué cosas he de hacer por vuestra culpa, cretinos! ‑exclamó‑.
Si hubiera sabido esto antes, lo habría hecho detener.» En seguida salió
precipitadamente del despacho, llamó a alguien y se puso a hablar con él en un
rincón. Después volvió a mi lado y de nuevo empezó a hacerme preguntas y a
insultarme. Mientras él me dirigía reproche tras reproche, yo se lo he contado
todo. Le he dicho que usted se había callado cuando yo le acusé de asesino y
que no me reconoció. Él ha vuelto a sus idas y venidas precipitadas y a darse
golpes en el pecho, y cuando le han anunciado a usted, ha venido hacia mí y me
ha dicho: «Pasa detrás de esa puerta y, oigas lo que oigas, no te muevas de
ahí.» Me ha traído una silla, me ha encerrado y me ha advertido: «Tal vez te
llame.» Pero cuando ha llegado Nicolás y le ha despedido a usted, en seguida me
ha dicho a mí que me marchase, advirtiéndome que tal vez me llamaría para
interrogarme de nuevo.
‑¿Ha interrogado a
Nicolás delante de ti?
‑Me ha hecho salir
inmediatamente después de usted, y sólo entonces ha empezado a interrogar a
Nicolás.
El visitante se inclinó
otra vez hasta tocar el suelo.
‑Perdone mi denuncia y mi
malicia.
‑Que Dios lo perdone ‑dijo
Raskolnikof.
El visitante se volvió a
inclinar; aunque ya no tan profundamente, y se fue a paso lento.
«Ya no hay más que
pruebas de doble sentido», se dijo Raskolnikof, y salió de su habitación
reconfortado.
«Ahora, a continuar la
lucha» se dijo con una agria sonrisa mientras bajaba la escalera. Se detestaba
a sí mismo y se sentía humillado por su pusilanimidad.
QUINTA PARTE
I
Al día siguiente de la
noche fatal en que había roto con Dunia y Pulqueria Alejandrovna, Piotr
Petrovitch se despertó de buena mañana. Sus pensamientos se habían aclarado, y
hubo de reconocer, muy a pesar suyo, que lo ocurrido la víspera, hecho que le
había parecido fantástico y casi imposible entonces, era completamente real e
irremediable. La negra serpiente del amor propio herido no había cesado de
roerle el corazón en toda la noche. Lo primero que hizo al saltar de la cama
fue ir a mirarse al espejo: temía haber sufrido un derrame de bilis.
Afortunadamente, no se
había producido tal derrame. Al ver su rostro blanco, de persona distinguida, y
un tanto carnoso, se consoló momentáneamente y tuvo el convencimiento de que no
le sería difícil reemplazar a Dunia incluso con ventaja; pero pronto volvió a
ver las cosas tal como eran, y entonces lanzó un fuerte salivazo, lo que
arrancó una sonrisa de burla a su joven amigo y compañero de habitación Andrés
Simonovitch Lebeziatnikof. Piotr Petrovitch, que había advertido esta sonrisa,
la anotó en el debe, ya bastante cargado desde hacía algún tiempo, de Andrés
Simonovitch.
Su cólera aumentó, y se
dijo que no debió haber confiado a su compañero de hospedaje el resultado de su
entrevista de la noche anterior. Era la segunda torpeza que su irritación y la
necesidad de expansionarse le habían llevado a cometer. Para colmo de desdichas,
el infortunio le persiguió durante toda la mañana. En el Senado tuvo un fracaso
al debatirse su asunto. Un último incidente colmó su mal humor. El propietario
del departamento que había alquilado con miras a su próximo matrimonio,
departamento que había hecho reparar a costa suya, se negó en redondo a
rescindir el contrato. Este hombre era extranjero, un obrero alemán
enriquecido, y reclamaba el pago de los alquileres estipulados en el contrato
de arrendamiento, a pesar de que Piotr Petrovitch le devolvía la vivienda tan
remozada que parecía nueva. Además, el mueblista pretendía quedarse hasta el
último rublo de la cantidad anticipada por unos muebles que Piotr Petrovitch no
había recibido todavía.
« ¡No voy a casarme sólo
por tener los muebles! », exclamó para sí mientras rechinaba los dientes. Pero,
al mismo tiempo, una última esperanza, una loca ilusión, pasó por su
pensamiento. «¿Es verdaderamente irremediable el mal? ¿No podría intentarse
algo todavía?» El seductor recuerdo de Dunetchka le atravesó el corazón como
una aguja, y si en aquel momento hubiera bastado un simple deseo para matar a
Raskolnikof, no cabe duda de que Piotr Petrovitch habría expresado.
«Otro error mío ha sido
no darles dinero ‑siguió pensando mientras regresaba, cabizbajo, al rincón de
Lebeziatnikof‑. ¿Por qué demonio habré sido tan judío? Mis cálculos han fallado
por completo. Yo creía que, dejándolas momentáneamente en la miseria, las
preparaba para que luego vieran en mí a la providencia en persona. Y se me han
escapado de las manos... Si les hubiera dado..., ¿qué diré yo?, unos mil
quinientos rublos para el ajuar, para comprar esas telas y esos menudos
objetos, esas bagatelas, en fin, que se venden en el bazar inglés, me habría
conducido con más habilidad y el negocio me habría ido mejor. Ellas no me
habrían soltado tan fácilmente. Por su manera de ser, después de la ruptura se
habrían creído obligadas a devolverme el dinero recibido, y esto no les habría
sido ni grato ni fácil. Además, habría entrado en juego su conciencia. Se
habrían dicho que cómo podían romper con un hombre que se había mostrado tan
generoso y delicado con ellas. En fin, que he cometido una verdadera pifia.»
Y Piotr Petrovitch, con
un nuevo rechinar de dientes, se llamó imbécil a sí mismo.
Después de llegar a esta
conclusión, volvió a su alojamiento más irritado y furioso que cuando había
salido. Sin embargo, al punto despertó su curiosidad el bullicio que llegaba de
las habitaciones de Catalina Ivanovna, donde se estaba preparando la comida de
funerales. El día anterior había oído decir algo de esta ceremonia. Incluso se
acordó de que le habían invitado, aunque sus muchas preocupaciones le habían
impedido prestar atención.
Se apresuró a informarse
de todo, preguntando a la señora Lipevechsel, que, por hallarse ausente
Catalina Ivanovna (estaba en el cementerio), se cuidaba de todo y correteaba en
torno a la mesa, ya preparada para la colación. Así se enteró Piotr Petrovitch
de que la comida de funerales sería un acto solemne. Casi todos los inquilinos,
incluso algunos que ni siquiera habían conocido al difunto, estaban invitados.
Andrés Simonovitch Lebeziatnikof se sentaría a la mesa, no obstante su reciente
disgusto con Catalina Ivanovna. A él, Piotr Petrovitch, se le esperaba como al
huésped distinguido de la casa. Amalia Ivanovna había recibido una invitación
en toda regla a pesar de sus diferencias con Catalina Ivanovna. Por eso ahora
se preocupaba de la comida con visible satisfacción. Se había arreglado como
para una gran solemnidad: aunque iba de luto, lucía orgullosamente un flamante
vestido de seda.
Todos estos informes y
detalles inspiraron a Piotr Petrovitch una idea que ocupaba su magín mientras
regresaba a su habitación, mejor dicho, a la de Andrés Simonovitch
Lebeziatnikof.
Andrés Simonovitch había
pasado toda la mañana en su aposento, no sé por qué motivo. Entre éste y Piotr
Petrovitch se habían establecido unas relaciones sumamente extrañas, pero
fáciles de explicar. Piotr Petrovitch le odiaba, le despreciaba profundamente,
casi desde el mismo día en que se había instalado en su habitación; pero, al
mismo tiempo, le temía. No era únicamente la tacañería lo que le había llevado
a hospedarse en aquella casa a su llegada a Petersburgo. Este motivo era el
principal, pero no el único. Estando aún en su localidad provinciana, había
oído hablar de Andrés Simonovitch, su antiguo pupilo, al que se consideraba
como uno de los jóvenes progresistas más avanzados de la capital, e incluso
como un miembro destacado de ciertos círculos, verdaderamente curiosos, que
gozaban de extraordinaria reputación. Esto había impresionado a Piotr
Petrovitch. Aquellos círculos todopoderosos que nada ignoraban, que
despreciaban y desenmascaraban a todo el mundo, le infundían un vago terror.
Claro que, al estar alejado de estos círculos, no podía formarse una idea
exacta acerca de ellos. Había oído decir, como todo el mundo, que en
Petersburgo había progresistas, nihilistas y toda suerte de enderezadores de
entuertos, pero, como la mayoría de la gente, exageraba el sentido de estas
palabras del modo más absurdo. Lo que más le inquietaba desde hacía ya tiempo,
lo que le llenaba de una intranquilidad exagerada y continua, eran las
indagaciones que realizaban tales partidos. Sólo por esta razón había estado mucho
tiempo sin decidirse a elegir Petersburgo como centro de sus actividades.
Estas sociedades le
inspiraban un terror que podía calificarse de infantil. Varios años atrás,
cuando comenzaba su carrera en su provincia, había visto a los revolucionarios
desenmascarar a dos altos funcionarios con cuya protección contaba. Uno de
estos casos terminó del modo más escandaloso en contra del denunciado; el otro
había tenido también un final sumamente enojoso. De aquí que Piotr Petrovitch,
apenas llegado a Petersburgo, procurase enterarse de las actividades de tales
asociaciones: así, en caso de necesidad, podría presentarse como simpatizante y
asegurarse la aprobación de las nuevas generaciones. Para esto había contado
con Andrés Simonovitch, y que se había adaptado rápidamente al lenguaje de los
reformadores lo demostraba su visita a Raskolnikof.
Pero en seguida se dio
cuenta de que Andrés Simonovitch no era sino un pobre hombre, una verdadera
mediocridad. No obstante, ello no alteró sus convicciones ni bastó para
tranquilizarle. Aunque todos los progresistas hubieran sido igualmente
estúpidos, su inquietud no se habría calmado.
Aquellas doctrinas,
aquellas ideas, aquellos sistemas (con los que Andrés Simonovitch le llenaba la
cabeza) no le impresionaban demasiado. Sólo deseaba poder seguir el plan que se
había trazado, y, en consecuencia, únicamente le interesaba saber cómo se producían
los escándalos citados anteriormente y si los hombres que los provocaban eran
verdaderamente todopoderosos. En otras palabras, ¿tendría motivos para
inquietarse si se le denunciaba cuando emprendiera algún negocio? ¿Por qué
actividades se le podía denunciar? ¿Quiénes eran los que atraían la atención de
semejantes inspectores? Y, sobre todo, ¿podría llegar a un acuerdo con tales
investigadores, comprometiéndolos, al mismo tiempo, en sus asuntos, si eran en
verdad tan temibles? ¿Sería prudente intentarlo? ¿No se les podría incluso
utilizar para llevar a cabo los propios proyectos? Piotr Petrovitch se habría
podido hacer otras muchas preguntas como éstas...
Andrés Simonovitch era un
hombrecillo enclenque, escrofuloso, que pertenecía al cuerpo de funcionarios y
trabajaba en una oficina pública. Su cabello era de un rubio casi blanco y
lucía unas pobladas patillas de las que se sentía sumamente orgulloso. Casi
siempre tenía los ojos enfermos. En el fondo, era una buena persona, pero su
lenguaje, de una presunción que rayaba en la pedantería, contrastaba
grotescamente con su esmirriada figura. Se le consideraba como uno de los
inquilinos más distinguidos de Amalia Ivanovna, ya que no se embriagaba y
pagaba puntualmente el alquiler.
Pese a todas estas
cualidades, Andrés Simonovitch era bastante necio. Su afiliación al partido
progresista obedeció a un impulso irreflexivo. Era uno de esos innumerables
pobres hombres, de esos testarudos ignorantes que se apasionan por cualquier
tendencia de moda, para envilecerla y desacreditarla en seguida. Estos
individuos ponen en ridículo todas las causas, aunque a veces se entregan a
ellas con la mayor sinceridad.
Digamos además que
Lebeziatnikof, a pesar de su buen carácter, empezaba también a no poder
soportar a su huésped y antiguo tutor Piotr Petrovitch: la antipatía había
surgido espontánea y recíprocamente por ambas partes. Por poco perspicaz que
fuera, Andrés Simonovitch se había dado cuenta de que Piotr Petrovitch no era
sincero con él y le despreciaba secretamente; en una palabra, que tenía ante sí
a un hombre distinto del que Lujine aparentaba ser. Había intentado exponerle
el sistema de Furier y la teoría de Darwin, pero Piotr Petrovitch le escuchaba
con un gesto sarcástico desde hacía algún tiempo, y últimamente incluso le
respondía con expresiones insultantes. En resumen, que Lujine se había dado
cuenta de que Andrés Simonovitch era, además de un imbécil, un charlatán que no
tenía la menor influencia en el partido. Sólo sabía las cosas por conductos
sumamente indirectos, e incluso en su misión especial, la de la propaganda, no
estaba muy seguro, pues solía armarse verdaderos enredos en sus explicaciones.
Por consiguiente, no era de temer como investigador al servicio del partido.
Digamos de paso que Piotr
Petrovitch, al instalarse en casa de Lebeziatnikof, sobre todo en los primeros
días, aceptaba de buen grado los cumplimientos, verdaderamente extraños, de su
patrón, o, por lo menos, no protestaba cuando Andrés Simonovitch le consideraba
dispuesto a favorecer el establecimiento de una nueva commune en la calle de los Bourgeois[45], o a consentir que
Dunetchka tuviera un amante al mes de casarse con ella, o a comprometerse a no
bautizar a sus hijos. Le halagaban de tal modo las alabanzas, fuera cual fuere
su condición, que no rechazaba estos cumplimientos.
Aquella mañana había
negociado varios títulos y, sentado a la mesa, contaba los fajos de billetes
que acababa de recibir. Andrés Simonovitch, que casi siempre andaba escaso de
dinero, se paseaba por la habitación, fingiendo mirar aquellos papeles con una
indiferencia rayana en el desdén. Desde luego, Piotr Petrovitch no admitía en
modo alguno la sinceridad de esta indiferencia, y Lebeziatnikof, además de
comprender esta actitud de Lujine se decía, no sin amargura, que aun se
complacía en mostrarle su dinero para mortificarle, hacerle sentir su
insignificancia y recordarle la distancia que los bienes de fortuna establecían
entre ambos.
Andrés Simonovitch
advirtió que aquella mañana su huésped apenas le prestaba atención, a pesar de
que él había empezado a hablarle de su tema favorito: el establecimiento de una
nueva commune.
Las objeciones y las
lacónicas réplicas que lanzaba de vez en cuando Lujine sin interrumpir sus
cuentas parecían impregnadas de una consciente ironía que se confundía con la
falta de educación. Pero Andrés Simonovitch atribuía estas muestras de mal
humor al disgusto que le había causado su ruptura con Dunetchka, tema que ardía
en deseos de abordar. Consideraba que podía exponer sobre esta cuestión puntos
de vista progresistas que consolarían a su respetable amigo y prepararían el
terreno para su posterior filiación al partido.
‑¿Sabe usted algo de la
comida de funerales que da esa viuda vecina nuestra?‑preguntó Piotr Petrovitch,
interrumpiendo a Lebeziatnikof en el punto más interesante de sus
explicaciones.
‑Pero ¿no se acuerda de
que le hablé de esto ayer y le di mi opinión sobre tales ceremonias...? Además,
la viuda le ha invitado a usted. Incluso habló usted con ella ayer.
‑Es increíble que esa
imbécil se haya gastado en una comida de funerales todo el dinero que le dio
ese otro idiota: Raskolnikof. Me he quedado estupefacto al ver hace un rato, al
pasar, esos preparativos, esas bebidas... Ha invitado a varias personas. El diablo
sabrá por qué lo hace.
Piotr Petrovitch parecía
haber abordado este asunto con una intención secreta. De pronto levantó la
cabeza y exclamó:
‑¡Cómo! ¿Dice que me ha
invitado también a mí? ¿Cuándo? No recuerdo... No pienso ir... ¿Qué papel haría
yo en esa casa? Yo sólo crucé unas palabras con esa mujer para decirle que,
como viuda pobre de un funcionario, podría obtener en concepto de socorro una
cantidad equivalente a un año de sueldo del difunto. ¿Me habrá invitado por
eso? ¡Je, je!
‑Yo tampoco pienso ir
-dijo Lebeziatnikof.
‑Sería el colmo que fuera
usted. Después de haber dado una paliza a esa señora, comprendo que no se
atreva a ir a su casa.¡Je, je, je!
‑¿Qué yo le di una
paliza? ¿Quién se lo ha dicho? ‑exclamó Lebeziatnikof, turbado y enrojeciendo.
‑Me lo contaron ayer:
hace un mes o cosa así, usted golpeó a Catalina Ivanovna... ¡Así son sus
convicciones! Usted dejó a un lado su feminismo por un momento. ¡Je, je, je!
Piotr Petrovitch, que
parecía muy satisfecho después de lo que acababa de decir, volvió a sus
cuentas.
‑Eso son estúpidas
calumnias ‑replicó Andrés Simonovitch, que temía que este incidente se
divulgara‑. Las cosas no ocurrieron así. ¡No, ni mucho menos! lo que le han
contado es una verdadera calumnia. Yo no hice más que defenderme. Ella se
arrojó sobre mí con las uñas preparadas. Casi me arranca una patilla... Yo
considero que los hombres tenemos derecho a defendernos. Por otra parte, yo no
toleraré jamás que se ejerza sobre mi la menor violencia... Esto es un
principio... Lo contrario sería favorecer el despotismo. ¿Qué quería usted que
hiciera: que me dejase golpear pasivamente? Yo me limité a rechazarla.
Lujine dejó escapar su
risita sarcástica.
‑¡Je, je, je!
‑Usted quiere molestarme
porque está de mal humor. Y dice usted cosas que no tienen nada que ver con la
cuestión del feminismo. Usted no me ha comprendido. Yo me dije que si se
considera a la mujer igual al hombre incluso en lo que concierne a la fuerza física
(opinión que empieza a extenderse), la igualdad debía existir también en el
campo de la contienda. Como es natural, después comprendí que no había lugar a
plantear esta cuestión, ya que la sociedad futura estaría organizada de modo
que las diferencias entre los seres humanos no existirían... Por lo tanto, es
absurdo buscar la igualdad en lo que concierne a las riñas y a los golpes.
Claro que no estoy ciego y veo que las querellas existen todavía..., pero,
andando el tiempo no existirán, y si ahora existen... ¡Demonio! Uno pierde el
hilo de sus ideas cuando habla con usted... Si no asisto a la comida de
funerales no es por el incidente que estamos comentando, sino por principio,
por no aprobar con mi presencia esa costumbre estúpida de celebrar la muerte
con una comida... Cierto que habría podido acudir por diversión, para reírme...
Y habría ido si hubiesen asistido popes; pero, por desgracia, no asisten.
‑Es decir, que usted
aceptaría la hospitalidad que le ofrece una persona y se sentaría a su mesa
para burlarse de ella y escupirle, por decirlo así, si no he entendido mal.
‑Nada de escupir. Se
trata de una simple protesta. Yo procedo con vistas a una finalidad útil. Así
puedo prestar una ayuda indirecta a la propaganda de las nuevas ideas y a la
civilización, lo que representa un deber para todos. Y este deber tal vez se cumple
mejor prescindiendo de los convencionalismos sociales. Puedo sembrar la idea,
la buena semilla. De esta semilla germinarán hechos. ¿En qué ofendo a las
personas con las que procedo así? Empezarán por sentirse heridas, pero después
verán que les he prestado un servicio. He aquí un ejemplo: se ha reprochado a
Terebieva, que ahora forma parte de la commune y que ha dejado a su familia
para... entregarse libremente, que haya escrito una carta a sus padres
diciéndoles claramente que no quería vivir ligada a los prejuicios y que iba a
contraer una unión libre. Se dice que ha sido demasiado dura, que debía haber
tenido piedad y haberse conducido con más diplomacia. Pues bien, a mí me parece
que este modo de pensar es absurdo, que en este caso las fórmulas están de más
y se impone una protesta clara y directa. Otro caso: Ventza ha vivido siete
años con su marido y lo ha abandonado con sus dos hijos, enviándole una carta
en la que le ha dicho francamente: «Me he dado cuenta de que no puedo ser feliz
a tu lado. No te perdonaré jamás que me hayas engañado, ocultándome que hay
otra organización social: la commune. Me ha informado de ello últimamente un
hombre magnánimo, al que me he entregado y al que voy a seguir para fundar con
él una commune. Te hablo así porque me parecería vergonzoso engañarte. Tú
puedes hacer lo que quieras. No esperes que vuelva a tu lado: ya no es posible.
Te deseo que seas muy feliz.» Así se han de escribir estas cartas.
‑Oiga: esa Terebieva, ¿no
es aquella de la que usted me dijo que andaba por la tercera unión libre?
‑Bien mirado, sólo era la
segunda. Pero aunque fuese la cuarta o la decimoquinta, esto tiene muy poca
importancia. Ahora más que nunca siento haber perdido a mi padre y a mi madre.
¡Cuántas veces he soñado en mi protesta contra ellos! Ya me las habría arreglado
para provocar la ocasión de decirles estas cosas. Estoy seguro de que les
habría convencido. Los habría anonadado. Créame que siento no tener a nadie a
quien...
‑Anonadar. ¡Je, je, je! En fin, dejemos esto.
Oiga: ¿conoce usted a la hija del difunto, esa muchachita delgaducha? ¿Verdad
que es cierto lo que se dice de ella?
‑¡He aquí un asunto
interesante! A mi entender, es decir, según mis convicciones personales, la
situación de esa joven es la más normal de la mujer. ¿Por qué no? Es decir, distinguons[46].
En la sociedad actual, ese género de vida no es normal, desde luego, pues se
adopta por motivos forzosos, pero lo será en la sociedad futura, donde se podrá
elegir libremente. Por otra parte, ella tenía perfecto derecho a entregarse.
Estaba en la miseria. ¿Por qué no había de disponer de lo que constituía su
capital, por decirlo así? Naturalmente, en la sociedad futura, el capital no
tendría razón de ser, pero el papel de la mujer galante tomará otra
significación y será regulado de un modo racional. En lo que concierne a Sonia
Simonovna, yo considero sus actos en el momento actual como una viva protesta,
una protesta simbólica contra el estado de la sociedad presente. Por eso siento
por ella especial estimación, tanto, que sólo de verla experimento una gran
alegría.
‑Pues a mí me han dicho
que usted la echó de la casa.
Lebeziatnikof montó en
cólera.
‑¡Nueva calumnia! ‑bramó‑.
Las cosas no ocurrieron así, ni mucho menos. ¡No, no, de ningún modo! Catalina
Ivanovna lo ha contado todo como le ha parecido, porque no ha comprendido nada.
Yo no he buscado nunca los favores de Sonia Simonovna. Yo procuré únicamente
ilustrarla del modo más desinteresado, esforzándome en despertar en ella el
espíritu de protesta... Esto era todo lo que yo deseaba. Ella misma se dio
cuenta de que no podía permanecer aquí.
‑Supongo que la habrá
invitado usted a formar parte de la commune.
‑Permítame que le diga
que usted todo lo toma a broma y que ello me parece lamentable. Usted no
comprende nada. La commune no admite ciertas situaciones personales;
precisamente se ha fundado para suprimirlas. El papel de esa joven perderá su
antigua significación dentro de la commune: lo que ahora nos parece una
torpeza, entonces nos parecerá un acto inteligente, y lo que ahora se considera
una corrupción, entonces será algo completamente natural. Todo depende del
medio, del ambiente. El medio lo es todo, y el hombre nada. En cuanto a Sonia
Simonovna, mis relaciones con ella no pueden ser mejores, lo que demuestra que
esa joven no me ha considerado jamás como enemigo. Verdad es que yo me esfuerzo
por atraerla a nuestra agrupación, pero con intenciones completamente distintas
a las que usted supone... ¿De qué se ríe? Nosotros tenemos el propósito de
establecer nuestra propia commune sobre bases más sólidas que las precedentes;
nosotros vamos más lejos que nuestros predecesores. Rechazamos muchas cosas. Si
Dobroliubof [47]saliera
de la tumba, discutiría con él. En cuanto a Bielinsky[48], remacharé el clavo que
él ha clavado. Entre tanto, sigo educando a Sonia Simonovna. Tiene un natural
hermoso.
‑Y usted se aprovecha de
él, ¿no? ¡Je, je!
‑De ningún modo; todo lo
contrario.
‑Dice que todo lo
contrario. ¡Je, je! lo que es a usted, palabras no le faltan.
‑Pero ¿por qué no me
cree? ¿Por qué razón he de engañarle, dígame? Le aseguro que..., y yo soy el
primer sorprendido..., ella se muestra conmigo extremadamente, casi
morbosamente púdica.
‑Y usted, naturalmente,
sigue ilustrándola. ¡Je, je, je! Usted procura hacerle comprender que todos
esos pudores son absurdos.¡Je, je, je!
‑¡De ningún modo, de
ningún modo; se lo aseguro...! ¡Oh, qué sentido tan grosero y, perdóneme, tan
estúpido da a la palabra «cultura»! Usted no comprende nada. ¡Qué poco avanzado
está usted todavía, Dios mío! Nosotros deseamos la libertad de la mujer, y usted,
usted sólo piensa en esas cosas... Dejando a un lado las cuestiones de la
castidad y el pudor femeninos, que a mi entender son absurdos e inútiles,
admito la reserva de esa joven para conmigo. Ella expresa de este modo su
libertad de acción, que es el único derecho que puede ejercer. Desde luego, si
ella viniera a decirme: «Te quiero, yo me sentiría muy feliz, pues esa muchacha
me gusta mucho, pero en las circunstancias actuales nadie se muestra con ella
más respetuoso que yo. Me limito a esperar y confiar.
‑Sería más práctico que
le hiciera usted un regalito. Estoy seguro de que no ha pensado en ello.
‑Usted no comprende nada,
se lo repito. La situación de esa muchacha le autoriza a pensar así, desde
luego; pero no se trata de eso, no, de ningún modo. Usted la desprecia sin más
ni más. Aferrándose a un hecho que le parece, erróneamente, despreciable, se
niega a considerar humanamente a un ser humano. Usted no sabe cómo es esa
joven. Lo que me contraría es que en estos últimos tiempos ha dejado de leer.
Ya no me pide libros, como hacía antes. También me disgusta que, a pesar de
toda su energía y de todo el espíritu de protesta que ha demostrado, dé todavía
pruebas de cierta falta de resolución, de independencia, por decirlo así; de
negación, si quiere usted, que le impide romper con ciertos prejuicios..., con
ciertas estupideces. Sin embargo, esa muchacha comprende perfectamente muchas
cosas. Por ejemplo se ha dado exacta cuenta de lo que supone la costumbre de
besar la mano, mediante la cual el hombre ofende a la mujer, puesto que le
demuestra que no la considera igual a él. He debatido esta cuestión con mis
compañeros y he expuesto a la chica los resultados del debate. También me
escuchó atentamente cuando le hablé de las asociaciones obreras de Francia.
Ahora le estoy explicando el problema de la entrada libre en las casas
particulares en nuestra sociedad futura.
‑¿Qué es eso?
‑En estos últimos tiempos
se ha debatido la cuestión siguiente: un miembro de la commune, ¿tiene derecho
a entrar libremente en casa de otro miembro de la commune, a cualquier hora y
sea este miembro varón o mujer...? La respuesta a esta pregunta ha sido afirmativa.
‑¿Aun en el caso de que
ese hombre o esa mujer estén ocupados en una necesidad urgente? ¡Je, je, je!
Andrés Simonovitch se
enfureció.
‑¡No tiene usted otra
cosa en la cabeza! ¡Sólo piensa en esas malditas necesidades! ¡Qué arrepentido
estoy de haberle expuesto mi sistema y haberle hablado de esas necesidades
prematuramente! ¡El diablo me lleve! ¡Ésa es la piedra de toque de todos los hombres
que piensan como usted! Se burlan de una cosa antes de conocerla. ¡Y todavía
pretenden tener razón! Adoptan el aire de enorgullecerse de no sé qué. Yo
siempre he sido de la opinión de que estas cuestiones no pueden exponerse a los
novicios más que al final, cuando ya conocen bien el sistema, en una palabra,
cuando ya han sido convenientemente dirigidos y educados. Pero, en fin, dígame,
se lo ruego, qué es lo que ve usted de vergonzoso y vil en... Las letrinas,
llamémoslas así. Yo soy el primero que está dispuesto a limpiar todas las
letrinas que usted quiera, y no veo en ello ningún sacrificio. Por el
contrario, es un trabajo noble, ya que beneficia a la sociedad, y desde luego
superior al de un Rafael o un Pushkin, puesto que es más útil.
‑Y más noble, mucho más
noble. ¡Je,
je, je!
‑¿Qué quiere usted decir
con eso de «más noble»? Yo no comprendo esas expresiones cuando se aplican a la
actividad humana. Nobleza..., magnanimidad... Estos conceptos no son sino
absurdas estupideces, viejas frases dictadas por los prejuicios y que yo rechazo.
Todo lo que es útil a la humanidad es noble. Para mí sólo tiene valor una
palabra: utilidad. Ríase usted cuanto quiera, pero es así.
Piotr Petrovitch se
desternillaba de risa. Había terminado de contar el dinero y se lo había
guardado, dejando sólo algunos billetes en la mesa. El tema de las letrinas,
pese a su vulgaridad, había motivado más de una discusión entre Piotr
Petrovitch y su joven amigo.
Lo gracioso del caso era
que Andrés Simonovitch se enfadaba de verdad. Lujine no veía en ello sino un
pasatiempo, y entonces sentía el deseo especial de ver a Lebeziatnikof
encolerizado.
‑Usted está tan nervioso
y cizañero por su fracaso de ayer ‑se atrevió a decir Andrés Simonovitch, que,
pese a toda su independencia y a sus gritos de protesta, no osaba enfrentarse
abiertamente con Piotr Petrovitch, pues sentía hacia él, llevado sin duda de
una antigua costumbre, cierto respeto.
‑Dígame una cosa ‑replicó
Lujine en un tono de grosero desdén‑: ¿podría usted...? Mejor dicho, ¿tiene
usted la suficiente confianza en esa joven para hacerla venir un momento? Me
parece que ya han regresado todos del cementerio. Los he oído subir. Necesito
ver un momento a esa muchacha.
‑¿Para qué?‑preguntó
Andrés Simonovitch, asombrado.
‑Tengo que hablarle. Me
marcharé pronto de aquí y quisiera hacerle saber que... Pero, en fin; usted
puede estar presente en la conversación. Esto será lo mejor, pues, de otro
modo, sabe Dios lo que usted pensaría.
‑Yo no pensaría
absolutamente nada. No he dado a mi pregunta la menor importancia. Si usted
tiene que tratar algún asunto con esa joven, nada más fácil que hacerla venir.
Voy por ella, y puede estar usted seguro de que no les molestaré.
Efectivamente, al cabo de
cinco minutos, Lebeziamikof llegaba con Sonetchka. La joven estaba, como era
propio de ella, en extremo turbada y sorprendida. En estos casos, se sentía
siempre intimidada: las caras nuevas le producían verdadero terror. Era una
impresión de la infancia, que había ido acrecentándose con el tiempo.
Piotr Petrovitch le
dispensó un cortés recibimiento, no exento de cierta jovial familiaridad, que
parecía muy propia de un hombre serio y respetable como él que se dirigía a una
persona tan joven y, en ciertos aspectos tan interesante. Se apresuró a instalarla
cómodamente ante la mesa y frente a él. Cuando se sentó, Sonia paseó una mirada
en torno de ella: sus ojos se posaron en Lebeziatnikof, después en el dinero
que había sobre la mesa y finalmente en Piotr Petrovitch, del que ya no
pudieron apartarse. Se diría que había quedado fascinada. Lebeziatnikof se
dirigió a la puerta.
Piotr Petrovitch se
levantó, dijo a Sonia por señas que no se moviese y detuvo a Andrés Simonovitch
en el momento en que éste iba a salir.
‑¿Está abajo Raskolnikof?
‑le preguntó en voz baja‑. ¿Ha llegado ya?
‑¿Raskolnikof? Sí, está
abajo. ¿Por qué? Sí, lo he visto entrar. ¿Por qué lo pregunta?
‑Le ruego que permanezca
aquí y que no me deje solo con esta... señorita. El asunto que tenemos que
tratar es insignificante, pero sabe Dios las conclusiones que podría extraer de
nuestra entrevista esa gente... No quiero que Raskolnikof vaya contando por
ahí... ¿Comprende lo que quiero decir?
‑Comprendo, comprendo‑
dijo Lebeziatnikof con súbita lucidez‑. Está usted en su derecho. Sus temores
respecto a mí son francamente exagerados, pero... Tiene usted perfecto derecho
a obrar así. En fin, me quedaré. Me iré al lado de la ventana y no los
molestaré lo más mínimo. A mi juicio, usted tiene derecho a...
Piotr Petrovitch volvió
al sofá y se sentó frente a Sonia. La miró atentamente, y su semblante cobró
una expresión en extremo grave, incluso severa. «No vaya usted a imaginarse
tampoco cosas que no son», parecía decir con su mirada. Sonia acabó de perder
la serenidad.
‑Ante todo, Sonia
Simonovna, transmita mis excusas a su honorable madre... No me equivoco,
¿verdad? Catalina Ivanovna es su señora madre, ¿no es cierto?
Piotr Petrovitch estaba
serio y amabilísimo. Evidentemente abrigaba las más amistosas relaciones
respecto a Sonia.
‑Sí ‑repuso ésta,
presurosa y asustada‑, es mi segunda madre.
‑Pues bien, dígale que me
excuse. Circunstancias ajenas a mi voluntad me impiden asistir al festín. Me
refiero a esa comida de funerales a que ha tenido la gentileza de invitarme.
‑Se lo voy a decir ahora
mismo.
Y Sonetchka se puso en
pie en el acto.
‑Tengo que decirle algo
más ‑le advirtió Piotr Petrovitch, sonriendo ante la ingenuidad de la muchacha
y su ignorancia de las costumbres sociales‑. Sólo quien no me conozca puede
suponerme capaz de molestar a otra persona, de hacerle venir a verme, por un
motivo tan fútil como el que le acabo de exponer y que únicamente tiene interés
para mí. No, mis intenciones son otras.
Sonia se apresuró a
volver a sentarse. Sus ojos tropezaron de nuevo con los billetes multicolores,
pero ella los apartó en seguida y volvió a fijarlos en Lujine. Mirar el dinero
ajeno le parecía una inconveniencia, sobre todo en la situación en que se hallaba...
Se dedicó a observar los lentes de montura de oro que Piotr Petrovitch tenía en
su mano izquierda, y después fijó su mirada en la soberbia sortija adornada con
una piedra amarilla que el caballero ostentaba en el dedo central de la misma
mano. Finalmente, no sabiendo adónde mirar, fijó la vista en la cara de Piotr
Petrovitch. El cual, tras un majestuoso silencio, continuó:
‑Ayer tuve ocasión de
cambiar dos palabras con la infortunada Catalina Ivanovna, y esto me bastó para
darme cuenta de que se halla en un estado... anormal, por decirlo así.
‑Cierto: es un estado
anormal ‑se apresuró a repetir Sonia.
‑O, para decirlo más
claramente, más exactamente, en un estado morboso.
‑Sí, sí, más
claramente..., morboso.
‑Pues bien; llevado de un
sentimiento humanitario y... y de compasión, por decirlo así, yo desearía serle
útil, en vista de la posición extremadamente difícil en que forzosamente se ha
de encontrar. Porque tengo entendido que es usted el único sostén de esa
desventurada familia.
Sonia se levantó
súbitamente.
‑Permítame preguntarle ‑dijo‑
si usted le habló ayer de una pensión. Ella me dijo que usted se encargaría de
conseguir que se la dieran. ¿Es eso verdad?
‑¡No, no, ni remotamente!
Eso es incluso absurdo en cierto sentido. Yo sólo le hablé de un socorro
temporal que se le entregaría por su condición de viuda de un funcionario
muerto en servicio, y le advertí que tal socorro sólo podría recibirlo si
contaba con influencias. Por otra parte, me parece que su difunto padre no
solamente no había servido tiempo suficiente para tener derecho al retiro, sino
que ni siquiera prestaba servicio en el momento de su muerte. En resumen, que
uno siempre puede esperar, pero que en este caso la esperanza tendría poco
fundamento pues no existe el derecho de percibir socorro alguno... ¡Y ella
soñaba ya con una pensión! ¡Je, je, je! ¡Qué imaginación posee
esa señora!
‑Sí, esperaba una
pensión..., pues es muy buena y su bondad la lleva a creerlo todo..., y es...,
sí, tiene usted razón... Con su permiso.
Sonia se dispuso a
marcharse.
‑Un momento. No he
terminado todavía.
‑¡Ah! Bien ‑balbuceó la
joven.
‑Siéntese, haga el favor.
Sonia, desconcertada, se
sentó una vez más.
‑Viendo la triste
situación de esa mujer, que ha de atender a niños de corta edad, yo desearía,
como ya le he dicho, serle útil en la medida de mis medios... Compréndame, en
la medida de mis medios y nada más. Por ejemplo, se podría organizar una
suscripción, o una rifa, o algo análogo, como suelen hacer en estos casos los
parientes o las personas extrañas que desean acudir en ayuda de algún
desgraciado. Esto es lo que quería decir. La cosa me parece posible.
‑Sí, está muy bien...
Dios se lo... ‑balbuceó Sonia sin apartar los ojos de Piotr Petrovitch.
‑La cosa es posible, sí,
pero... dejémoslo para más tarde, aunque hayamos de empezar hoy mismo. Nos
volveremos a ver al atardecer, y entonces podremos establecer las bases del
negocio, por decirlo así. Venga a eso de las siete. Confío en que Andrés Simonovitch
querrá acompañarnos... Pero hay un punto que desearía tratar con usted
previamente con toda seriedad. Por eso principalmente me he permitido llamarla,
Sonia Simonovna. Yo creo que el dinero no debe ponerse en manos de Catalina
Ivanovna. La comida de hoy es buena prueba de ello. No teniendo, como quien
dice, un pedazo de pan para mañana, ni zapatos que ponerse, ni nada, en fin,
hoy ha comprado ron de Jamaica, e incluso creo que café y vino de Madera. lo he
visto al pasar. Mañana toda la familia volverá a estar a sus expensas y usted
tendrá que procurarles hasta el último bocado de pan. Esto es absurdo. Por eso
yo opino que la suscripción debe organizarse a espaldas de esa desgraciada
viuda, para que sólo usted maneje el dinero. ¿Qué le parece?
‑Pues... no sé... Ella es
así sólo hoy..., una vez en la vida... Tenía en mucho poder honrar la
memoria... Pero es muy inteligente. Además, usted puede hacer lo que le
parezca, y yo le quedaré muy... muy..., y todos ellos también... Y Dios le...
Le..., y los huerfanitos...
Sonia no pudo terminar:
se lo impidió el llanto.
‑Entonces no se hable más
del asunto. Y ahora tenga la bondad de aceptar para las primeras necesidades de
su madre esta cantidad, que representa mi aportación personal. Es mi mayor
deseo que mi nombre no se pronuncie para nada en relación con este asunto. Aquí
tiene. Como mis gastos son muchos, aun sintiéndolo de veras, no puedo hacer
más.
Y Piotr Petrovitch
entregó a Sonia un billete de diez rublos después de haberlo desplegado
cuidadosamente. Sonia lo tomó, enrojeció, se levantó de un salto, pronunció
algunas palabras ininteligibles y se apresuró a retirarse. Piotr Petrovitch la
acompañó con toda cortesía hasta la puerta. Ella salió de la habitación a toda
prisa, profundamente turbada, y corrió a casa de Catalina Ivanovna, presa de
extraordinaria emoción.
Durante toda esta escena,
Andrés Simonovitch, a fin de no poner al diálogo la menor dificultad, había
permanecido junto a la ventana, o había paseado en silencio por la habitación;
pero cuando Sonia se hubo retirado, se acercó a Piotr Petrovitch y le tendió la
mano con gesto solemne.
‑Lo he visto todo y todo
lo he oído -dijo, recalcando esta última palabra‑. Lo que usted acaba de hacer
es noble, es decir, humano. Ya he visto que usted no quiere que le den las
gracias. Y aunque mis principios particulares me prohíben, lo confieso,
practicar la caridad privada, pues no sólo es insuficiente para extirpar el mal,
sino que, por el contrario, lo fomenta, no puedo menos de confesarle que su
gesto me ha producido verdadera satisfacción. Sí, sí; su gesto me ha
impresionado.
‑¡Bah! No tiene
importancia ‑murmuró Piotr Petrovitch un poco emocionado y mirando a
Lebeziatnikof atentamente.
‑Sí, sí que tiene
importancia. Un hombre que como usted se siente ofendido, herido, por lo que
ocurrió ayer, y que, no obstante, es capaz de interesarse por la desgracia
ajena: un hombre así, aunque sus actos constituyan un error social, es digno de
estimación. No esperaba esto de usted, Piotr Petrovitch, sobre todo teniendo en
cuenta sus ideas, que son para usted una verdadera traba, ¡y cuán importante!
¡Ah, cómo le ha impresionado el incidente de ayer! ‑exclamó el bueno de Andrés
Simonovitch, sintiendo que volvía a despertarse en él su antigua simpatía por
Piotr Petrovitch‑. Pero dígame: ¿por qué da usted tanta importancia al
matrimonio legal, mi muy querido y noble Piotr Petrovitch? ¿Por qué conceder un
puesto tan alto a esa legalidad? Pégueme si quiere, pero le confieso que me
siento feliz, sí, feliz, de ver que ese compromiso se ha roto; de saber que es
usted libre y de pensar que usted no está completamente perdido para la
humanidad... Sí, me siento feliz: ya ve usted que le soy franco.
‑Yo doy importancia al
matrimonio legal porque no quiero llevar cuernos ‑repuso Lujine, que parecía
preocupado por decir algo‑ y porque tampoco quiero educar hijos de los que no
seria yo el padre, como ocurre con frecuencia en las uniones libres que usted
predica.
‑¿Los hijos? ¿Ha dicho
usted los hijos? ‑exclamó Andrés Simonovitch, estremeciéndose como un caballo
de guerra que oye el son del clarín‑. Desde luego, es una cuestión social de la
más alta importancia, estamos de acuerdo, pero que se resolverá mediante normas
muy distintas de las que rigen ahora. Algunos llegan incluso a no considerarlos
como tales, del mismo modo que no admiten nada de lo que concierne a la
familia... Pero ya hablaremos de eso más adelante. Ahora analicemos tan sólo la
cuestión de los cuernos. Le confieso que es mi tema favorito. Esta expresión
baja y grosera difundida por Pushkin no figurará en los diccionarios del
futuro. Pues, en resumidas cuentas, ¿qué es eso de los cuernos? ¡Oh, qué
aberración! ¡Cuernos...! ¿Por qué? Eso es absurdo, no lo dude. La unión libre
los hará desaparecer. Los cuernos no son sino la consecuencia lógica del
matrimonio legal, su correctivo, por decirlo así..., un acto de protesta...
Mirados desde este punto de vista, no tienen nada de humillantes. Si alguna vez...,
aunque esto sea una suposición absurda..., si alguna vez yo contrajera
matrimonio legal y llevara esos malditos cuernos, me sentiría muy feliz y diría
a mi mujer: « Hasta este momento, amiga mía, me he limitado a quererte; pero
ahora lo respeto por el hecho de haber sabido protestar... » ¿Se ríe...? Eso
prueba que no ha tenido usted valor para romper con los prejuicios... ¡El
diablo me lleve...! Comprendo perfectamente el enojo que supone verse engañado
cuando se está casado legalmente; pero esto no es sino una mísera consecuencia
de una situación humillante y degradante para los dos cónyuges. Porque cuando a
uno le ponen los cuernos con toda franqueza, como sucede en las uniones libres,
se puede decir que no existen, ya que pierden toda su significación, e incluso
el nombre de cuernos. Es más, en este caso, la mujer da a su compañero una
prueba de estimación, ya que le considera incapaz de oponerse a su felicidad y
lo bastante culto para no intentar vengarse del nuevo esposo... ¡El diablo me
lleve...! Yo me digo a veces que si me casase, si me uniese a una mujer, legal
o libremente, que eso poco importa, y pasara el tiempo sin que mi mujer tuviera
un amante, se lo llevaría yo mismo y le diría: «Amiga mía, te amo de veras,
pero lo que más me importa es merecer tu estimación.» ¿Qué le parece? ¿Tengo
razón o no la tengo?
Piotr Petrovitch sonrió
burlonamente pero con gesto distraído. Su pensamiento estaba en otra parte,
cosa que Lebeziatnikof no tardó en notar, además de leer la preocupación en su
semblante.
Lujine parecía afectado y
se frotaba las manos con aire pensativo. Andrés Simonovitch recordaría estos
detalles algún tiempo después.
II
No es fácil explicar cómo
había nacido en el trastornado cerebro de Catalina Ivanovna la idea insensata
de aquella comida. En ella había invertido la mitad del dinero que le había
entregado Raskolnikof para el entierro de Marmeladof. Tal vez se creía obligada
a honrar convenientemente la memoria del difunto, a fin de demostrar a todos
los inquilinos, y sobre todo a Amalia Ivanovna, que él valía tanto como ellos,
si no más, y que ninguno tenía derecho a adoptar un aire de superioridad al
compararse con él. Acaso aquel proceder obedecía a ese orgullo que en
determinadas circunstancias, y especialmente en las ceremonias públicas
ineludibles para todas las clases sociales, impulsa a los pobres a realizar un
supremo esfuerzo y sacrificar sus últimos recursos solamente para hacer las
cosas tan bien como los demás y no dar pábulo a comadreos.
También podía ser que
Catalina Ivanovna, en aquellos momentos en que su soledad y su infortunio eran
mayores, experimentara el deseo de demostrar a aquella «pobre gente» que ella,
como hija de un coronel y persona educada en una noble y aristocrática mansión,
no sólo sabía vivir y recibir, sino que no había nacido para barrer ni para
lavar por las noches la ropa de sus hijos. Estos arrebatos de orgullo y vanidad
se apoderan a veces de las más míseras criaturas y cobran la forma de una
necesidad furiosa e irresistible. Por otra parte, Catalina Ivanovna no era de
esas personas que se aturden ante la desgracia. Los reveses de fortuna podían
abrumarla, pero no abatir su moral ni anular su voluntad.
Tampoco hay que olvidar
que Sonetchka afirmaba, y no sin razón, que no estaba del todo cuerda. Esto no
era cosa probada, pero últimamente, en el curso de todo un año, su pobre cabeza
había tenido que soportar pruebas especialmente rudas. En fin, también hay que
tener en cuenta que, según los médicos, la tisis, en los períodos avanzados de
su evolución, perturba las facultades mentales.
Las botellas no eran
numerosas ni variadas. No se veía en la mesa vino de Madera: Lujine había
exagerado. Había, verdad es, otros vinos, vodka, ron, oporto, todo de la peor
calidad, pero en cantidad suficiente. El menú, preparado en la cocina de Amalia
Ivanovna, se componía, además del kutia [49]ritual, de tres o cuatro
platos, entre los que no faltaban los populares crêpes.
Además, se habían
preparado dos samovares para los invitados que quisieran tomar té o ponche
después de la comida.
Catalina Ivanovna se
había encargado personalmente de las compras ayudada por un inquilino de la
casa, un polaco famélico que habitaba, sólo Dios sabía por qué, en el
departamento de la señora Lipevechsel y que desde el primer momento se había
puesto a disposición de la viuda. Desde el día anterior había demostrado un
celo extraordinario. A cada momento y por la cuestión más insignificante iba a
ponerse a las órdenes de Catalina Ivanovna, y la perseguía hasta los Gostiny
Dvor[50], llamándola pani [51]comandanta.
De aquí que, después de haber declarado que no habría sabido qué hacer sin este
hombre, Catalina Ivanovna acabara por no poder soportarlo. Esto le ocurría con
frecuencia: se entusiasmaba ante el primero que se presentaba a ella, lo
adornaba con todas las cualidades imaginables, le atribuía mil méritos
inexistentes, pero en los que ella creía de todo corazón, para sentirse de
pronto desencantada y rechazar con palabras insultantes al mismo ante el cual
se había inclinado horas antes con la más viva admiración. Era de natural
alegre y bondadoso, pero sus desventuras y la mala suerte que la perseguía le
hacían desear tan furiosamente la paz y el bienestar, que el menor tropiezo la
ponía fuera de sí, y entonces, a las esperanzas más brillantes y fantásticas
sucedían las maldiciones, y desgarraba y destruía todo cuanto caía en sus
manos, y terminaba por dar cabezadas en las paredes.
Amalia Feodorovna
adquirió una súbita y extraordinaria importancia a los ojos de Catalina
Ivanovna y el puesto que ocupaba en su estimación se amplió considerablemente,
tal vez por el solo motivo de haberse entregado en alma y vida a la
organización de la comida de funerales. Se había encargado de poner la mesa,
proporcionando la mantelería, la vajilla y todo lo demás, amén de preparar los
platos en su propia cocina.
Catalina Ivanovna le
había delegado sus poderes cuando tuvo que ir al cementerio, y Amalia
Feodorovna se había mostrado digna de esta confianza. La mesa estaba sin duda
bastante bien puesta. Cierto que los platos, los vasos, los cuchillos, los
tenedores no hacían juego, porque procedían de aquí y de allá; pero a la hora
señalada todo estaba a punto, y Amalia Feodorovna, consciente de haber
desempeñado sus funciones a la perfección, se pavoneaba con un vestido negro y
un gorro adornado con flamantes cintas de luto. Y así ataviada recibía a los
invitados con una mezcla de satisfacción y orgullo.
Este orgullo, aunque
legítimo, contrarió a Catalina Ivanovna, que pensó: « ¡Cualquiera diría que
nosotros no habríamos podido poner la mesa sin su ayuda! » El gorro adornado
con cintas nuevas le chocó también. «Esta estúpida alemana estará diciéndose
que, por caridad, ha venido en socorro nuestro, pobres inquilinos. ¡Por
caridad! ¡Habráse visto! » En casa del padre de Catalina Ivanovna, que era
coronel y casi gobernador, se reunían a veces cuarenta personas en la mesa, y
aquella Amalia Feodorovna, mejor dicho, Ludwigovna, no habría podido figurar
entre ellas de ningún modo.
Catalina Ivanovna decidió
no manifestar sus sentimientos en seguida, pero se prometió parar los pies
aquel mismo día a aquella impertinente que sabe Dios lo que se habría creído.
Por el momento se limitó a mostrarse fría con ella.
Otra circunstancia
contribuyó a irritar a Catalina Ivanovna. Excepto el polaco, ningún inquilino
había ido al cementerio. Pero en el momento de sentarse a la mesa acudió la
gente más mísera e insignificante de la casa. Algunos incluso se presentaron
vestidos de cualquier modo. En cambio, las personas un poco distinguidas
parecían haberse puesto de acuerdo para no presentarse, empezando por Lujine,
el más respetable de todos.
El mismo día anterior,
por la noche, Catalina Ivanovna había explicado a todo el mundo, es decir, a
Amalia Feodorovna, a Poletchka, a Sonia y al polaco, que Piotr Petrovitch era
un hombre noble y magnánimo, y además rico y superiormente relacionado, que había
sido amigo de su primer esposo y había frecuentado la casa de su padre. Y
afirmó que le había prometido dar los pasos necesarios para que le asignaran
una importante pensión. A propósito de esto hay que decir que cuando Catalina
Ivanovna se hacía lenguas de la fortuna o las relaciones de alguien y se
envanecía de ello, no lo hacía por interés personal, sino simplemente para
realzar el prestigio de la persona que era objeto de sus alabanzas.
Como Lujine, y
seguramente por seguir su ejemplo, faltaba aquel tunante de Lebeziatnikof. ¿Qué
idea se habría forjado de sí mismo aquel hombre? Ella le había invitado
solamente porque compartía la habitación de Piotr Petrovitch y habría sido un
desaire no hacerlo. Tampoco habían acudido una gran señora y su hija, no ya
demasiado joven, que vivían desde hacía sólo dos semanas en casa de la señora
Lipevechsel, pero que habían tenido tiempo para quejarse más de una vez de los
ruidos y los gritos procedentes de la habitación de los Marmeladof, sobre todo
cuando el difunto llegaba bebido. Como es de suponer, Catalina Ivanovna había
sido informada inmediatamente de ello por Amalia Ivanovna en persona, que, en
el calor de sus disputas, había llegado a amenazarla con echarla a la calle con
toda su familia por turbar ‑así lo decía a voz en grito‑ el reposo de unos
inquilinos tan honorables que los Marmeladof no eran dignos ni siquiera de
atarles los cordones de los zapatos.
Catalina Ivanovna había
tenido especial interés en invitar a aquellas dos damas «a las que ni siquiera
merecía atar los cordones de los zapatos», sobre todo porque le habían vuelto
la cabeza desdeñosamente cada vez que se habían encontrado con ella. Catalina
Ivanovna se decía que su invitación era un modo de demostrarles que era
superior a ellas en sentimientos y que sabía perdonar las malas acciones. Por
otra parte, las invitadas tendrían ocasión de convencerse de que ella no había
nacido para vivir como vivía. Catalina Ivanovna tenía la intención de
explicarles todo esto en la mesa, hablándoles también de las funciones de
gobernador desempeñadas en otros tiempos por su padre. Y entonces, de paso, les
diría que no había motivo para que le volviesen la cabeza cuando se cruzaban
con ella y que tal proceder era sencillamente ridículo.
También faltaba un grueso
teniente coronel (en realidad no era más que un capitán retirado), pero se supo
que estaba enfermo y obligado a guardar cama desde el día anterior.
En fin, que sólo
asistieron, además del polaco, un miserable empleadillo, de aspecto horrible,
vestido con ropas grasientas, que despedía un olor nauseabundo y, por
añadidura, era mudo como un poste; un viejecillo sordo y casi ciego que había
sido empleado de correos y cuya pensión en casa de Amalia Ivanovna corría a
cargo, desde tiempo inmemorial y sin que nadie supiera por qué, de un
desconocido; un teniente retirado, o, mejor dicho, empleado de intendencia...
Este último entró del
modo más incorrecto, lanzando grandes carcajadas. ¡Y sin chaleco!
Apareció otro invitado,
que fue a sentarse a la mesa directamente, sin ni siquiera saludar a Catalina
Ivanovna. Y, finalmente, se presentó un individuo en bata. Esto era demasiado,
y Amalia Ivanovna lo hizo salir con ayuda del polaco. Éste había traído a dos
compatriotas que nadie de la casa conocía, porque jamás habían vivido en ella.
Todo esto irritó
profundamente a Catalina Ivanovna, que juzgó que no valía la pena haber hecho
tantos preparativos. Por temor a que faltara espacio, había dispuesto los
cubiertos de los niños no en la mesa común, que ocupaba casi toda la
habitación, sino en un rincón sobre un baúl. Los dos más pequeños estaban
sentados en una banqueta, y Poletchka, como niña mayor, había de cuidar de
ellos, hacerles comer, sonarlos, etc.
Dadas las circunstancias,
Catalina Ivanovna se creyó obligada a recibir a sus invitados con la mayor
dignidad e incluso con cierta altanería. Les dirigió, especialmente a algunos,
una mirada severa y los invitó desdeñosamente a sentarse a la mesa. Achacando,
sin que supiera por qué, a Amalia Ivanovna la culpa de la ausencia de los demás
invitados, empezó de pronto a tratarla con tanta descortesía, que la patrona no
tardó en advertirlo y se sintió profundamente ofendida.
La comida comenzó bajo
los peores auspicios. Al fin todo el mundo se sentó a la mesa. Raskolnikof
había aparecido en el momento en que regresaban los que habían ido al
cementerio. Catalina Ivanovna se mostró encantada de verle, en primer lugar
porque, entre todos los presentes, él era la única persona culta (lo presentó a
sus invitados diciendo que dos años después sería profesor de la universidad de
Petersburgo), y en segundo lugar, porque se había excusado inmediatamente y en
los términos más respetuosos de no haber podido asistir al entierro, pese a sus
grandes deseos de no faltar.
Catalina Ivanovna se
arrojó sobre él y lo sentó a su izquierda, ya que Amalia Ivanovna se había
sentado a su derecha, e inmediatamente empezó a hablar con él en voz baja, a
pesar del bullicio que había en la habitación y de sus preocupaciones de dueña
de casa que quería ver bien servido a todo el mundo, y, además, pese a la tos
que le desgarraba el pecho. Catalina Ivanovna confió a Raskolnikof su justa
indignación ante el fracaso de la comida, indignación cortada a cada momento
por las más incontenibles y mordaces burlas contra los invitados y
especialmente contra la patrona.
‑La culpable de todo es
esa detestable lechuza, de ella y sólo de ella. Ya sabe usted de quién hablo.
Catalina Ivanovna le
indicó a la patrona con un movimiento de cabeza y continuó:
‑Mírela. Se da cuenta de
que estamos hablando de ella, pero no puede oír lo que decimos: por eso abre
tanto los ojos. ¡La muy lechuza! ¡Ja, ja, ja! ‑Un golpe de tos y continuó‑:
¿Qué perseguirá con la exhibición de ese gorro? ‑Tosió de nuevo‑. ¿Ha observado
usted que pretende hacer creer a todo el mundo que me protege y me hace un
honor asistiendo a esta comida? Yo le rogué que invitara a personas
respetables, tan respetables como lo soy yo misma, y que diera preferencia a
los que conocían al difunto. Y ya ve usted a quién ha invitado: a una serie de
patanes y puercos. Mire ese de la cara sucia. Es una porquería viviente... Y a
esos polacos nadie los ha visto nunca aquí. Yo no tengo la menor idea de
quiénes son ni de dónde han salido... ¿Para qué demonio habrán venido? Mire qué
quietecitos están... ¡Eh, pane[52]!
‑gritó de pronto a uno de ellos‑. ¿Ha comido usted crêpes? ¡Coma más! ¡Y beba cerveza! ¿Quiere vodka...? Fíjese: se
levanta y saluda. Mire, mire... Deben de estar hambrientos los pobres diablos.
¡Que coman! Por lo menos, no arman bulla... Pero temo por los cubiertos de la
patrona, que son de plata... Oiga, Amalia Ivanovna -dijo en voz bastante alta,
dirigiéndose a la señora Lipevechsel‑, sepa usted que si se diera el caso de
que desaparecieran sus cubiertos, yo me lavaría las manos. Se lo advierto.
Y se echó a reír a
carcajadas, mirando a Raskolnikof e indicando a la patrona con movimientos de
cabeza. Parecía muy satisfecha de su ocurrencia.
‑No se ha enterado,
todavía no se ha enterado. Ahí está con la boca abierta. Mírela: parece una
lechuza, una verdadera lechuza adornada con cintas nuevas... ¡Ja, ja, ja!
Esta risa terminó en un
nuevo y terrible acceso de tos que duró varios minutos. Su pañuelo se manchó de
sangre y el sudor cubrió su frente. Mostró en silencio la sangre a Raskolnikof,
y cuando hubo recobrado el aliento, empezó a hablar nuevamente con gran
animación, mientras rojas manchas aparecían en sus pómulos.
‑óigame, yo le confié la
misión delicadísima, sí, verdaderamente delicada, de invitar a esa señora y a
su hija... Ya sabe usted a quién me refiero... Había que proceder con sumo
tacto. Pues bien, ella cumplió el encargo de tal modo, que esa estúpida extranjera,
esa orgullosa criatura, esa mísera provinciana, que, en su calidad de viuda de
un mayor, ha venido a solicitar una pensión y se pasa el día dando la lata por
los despachos oficiales, con un dedo de pintura en cada mejilla, ¡a los
cincuenta y cinco años...!; esa cursi, no sólo no se ha dignado aceptar mi
invitación, sino que ni siquiera ha juzgado necesario excusarse, como exige la
más elemental educación. Tampoco comprendo por qué ha faltado Piotr
Petrovitch... Pero ¿qué le habrá pasado a Sonia? ¿Dónde estará...? ¡Ah, ya
viene...! ¿Qué te ha ocurrido, Sonia? ¿Dónde te has metido? Debiste arreglar
las cosas de modo que pudieras acudir puntualmente a los funerales de tu
padre... Rodion Romanovitch, hágale sitio a su lado... Siéntate, Sonia, y coge
lo que quieras. Te recomiendo esta carne en gelatina. En seguida traerán los
crêpes... ¿Ya están servidos los niños? ¿No te hace falta nada, Poletchka...?
Pórtate bien, Lena; y tú, Kolia, no muevas las piernas de ese modo. Compórtate
como un niño de buena familia... ¿Qué hay, Sonetchka?
Sonia se apresuró a
transmitirle las excusas de Piotr Petrovitch, levantando la voz cuanto pudo, a
fin de que todos la oyeran, y exagerando las expresiones de respeto de Lujine.
Añadió que Piotr Petrovitch le había dado el encargo de decirle que vendría a
verla tan pronto como le fuera posible para hablar de negocios, ponerse de
acuerdo sobre los pasos que había de dar, etc.
Sonia sabía que estas
palabras tranquilizarían a Catalina Ivanovna y, sobre todo, que serían un
bálsamo para su amor propio. Se había sentado al lado de Raskolnikof y le había
dirigido una mirada rápida y curiosa; pero durante el resto de la comida evitó
mirarle y hablarle.
Al mismo tiempo que
distraída, parecía estar atenta a descubrir el menor deseo en el semblante de
su madrastra. Ninguna de las dos iba de luto, por no tener vestido negro. Sonia
llevaba un trajecito pardo, y Catalina Ivanovna un vestido de indiana oscuro, a
rayas, que era el único que tenía.
Las excusas de Piotr
Petrovitch produjeron excelente impresión. Después de haber escuchado las
palabras de Sonia con grave semblante, Catalina Ivanovna se informó con la
misma dignidad de la salud de Piotr Petrovitch. En seguida dijo a Raskolnikof,
casi en voz alta, que habría sido verdaderamente chocante ver un hombre tan
serio y respetable como Lujine en aquella extraña sociedad, y que se comprendía
que no hubiera acudido, a pesar de los lazos de amistad que le unían a su
familia.
‑He aquí por qué le
agradezco especialmente, Rodion Romanovitch, que no haya despreciado mi
hospitalidad, aunque usted está en condiciones parecidas ‑añadió en voz lo
bastante alta para que todos la oyeran‑. Estoy segura de que sólo la gran
amistad que le unía a mi pobre esposo ha podido inducirle a mantener su
palabra.
Acto seguido recorrió las
caras de todos los invitados con una mirada ceñuda, y de pronto, de un extremo
a otro de la mesa, preguntó al viejo sordo si no quería más asado y si había
bebido oporto. El viejecito no contestó y tardó un buen rato en comprender lo
que le preguntaban, aunque sus vecinos habían empezado a zarandearlo para
reírse a su costa. Él no hacía más que mirar confuso en todas direcciones, lo
que llevaba al colmo la alegría general.
‑¡Qué estúpido! ‑exclamó
Catalina Ivanovna, dirigiéndose a Raskolnikof‑. ¡Fíjese! ¿Por qué le habrán
traído? En cuanto a Piotr Petrovitch, siempre he estado segura de él, y en
verdad puede decirse ‑ahora se dirigía a Amalia Ivanovna y con un gesto tan
severo que la patrona se sintió intimidada‑ que no se parece en nada a sus
quisquillosas provincianas. Mi padre no las habría querido ni para cocineras, y
si mi difunto esposo les hubiera hecho el honor de recibirlas, habría sido tan
sólo por su excesiva bondad.
‑¡Y cómo le gustaba
beber! ‑exclamó de pronto el antiguo empleado de intendencia mientras vaciaba
su décima copa de vodka‑. ¡Tenía verdadera debilidad por la bebida!
Catalina Ivanovna se
revolvió al oír estas palabras.
‑Mi difunto marido tenía
ciertamente ese defecto, nadie lo ignora, pero era un hombre de gran corazón
que amaba y respetaba a su familia. Su desgracia fue que, llevado de su bondad
excesiva, alternaba con todo el mundo, y sólo Dios sabe los desarrapados con
que se reuniría para beber. Los individuos con que trataba valían menos que su
dedo meñique. Figúrese usted, Rodion Romanovitch, que encontraron en su
bolsillo un gallito de mazapán. Ni siquiera cuando estaba embriagado olvidaba a
sus hijos.
-¿Un gaaallito? ‑exclamó
el ex empleado de intendencia‑. ¿Ha dicho usted un ga... gallito?
Catalina Ivanovna no se
dignó contestar. Estaba pensativa. De pronto lanzó un suspiro.
Luego dijo, dirigiéndose
a Raskolnikof:
‑Usted creerá, sin duda,
como cree todo el mundo, que yo era demasiado severa con él. Pues no. Él me
respetaba, me respetaba profundamente. Tenía un hermoso corazón y yo le
compadecía a veces. Cuando, sentado en su rincón, levantaba los ojos hacia mí,
yo me conmovía de tal modo, que sentía la tentación de mostrarme cariñosa con
él. Pero me retenía la idea de que inmediatamente empezaría a beber de nuevo.
Tenía que ser rigurosa, pues éste era el único modo de frenarlo.
‑Sí ‑dijo el de
intendencia, apurando una nueva copa de vodka‑, había que tirarle de los pelos.
Y muchas veces.
‑Hay imbéciles ‑replicó
vivamente Catalina Ivanovna ‑a los que no sólo habría que tirar del pelo, sino
también que echarlos a la calle a escobazos..., y no me refiero al difunto
precisamente.
Sus mejillas enrojecían
cada vez más, la ahogaba la rabia y parecía a punto de estallar. Algunos
invitados reían disimuladamente: al parecer, les divertía la escena. No
faltaban los que incitaban al de intendencia, hablándole en voz baja: eran los
eternos cizañeros.
‑Per...mí...tame
preguntarle a... quién se re...fiere usted ‑dijo el ex empleado‑. Pero no...,
no vale la pena... La cosa no tiene importancia... Una viuda... Una pobre
viuda... La per... perdono... No se hable más del asunto.
Y se bebió otra copa de
vodka.
Raskolnikof escuchaba
todo esto en silencio y con una expresión de disgusto. Sólo comía por no
desairar a Catalina Ivanovna, limitándose a mordisquear los manjares con que
ella le llenaba continuamente el plato. Toda su atención estaba concentrada en
Sonia. Ésta temblaba, dominada por una inquietud creciente, pues presentía que
la comida terminaría mal, y seguía con la vista, aterrada, los progresos de la
exasperación de Catalina Ivanovna. Sabía muy bien que ella misma, Sonia, había
sido la causa principal del insultante desaire con que las dos damas habían
respondido a la invitación de su madrastra. Se había enterado por Amalia
Ivanovna de que la madre incluso se había sentido ofendida y había preguntado a
la patrona: «¿Cree usted que yo puedo sentar a mi hija junto a esa...
señorita?» La joven sospechaba que su madrastra estaba enterada de ello, en
cuyo caso este insulto la mortificaría más que una afrenta dirigida contra ella
misma, contra sus hijos y contra la memoria de su padre. En fin, que Catalina
Ivanovna, ante el terrible ultraje, no descansaría hasta haber dicho a aquellas
provincianas que las dos eran unas..., etc., etc.
Para colmo de desdichas,
uno de los invitados que se sentaba en el otro extremo de la mesa envió a Sonia
un plato donde se veían dos corazones traspasados por una flecha, modelados con
pan de centeno. Catalina Ivanovna, en un súbito arranque de cólera, manifestó a
voz en grito que el autor de semejante broma era seguramente un asno borracho.
Amalia Ivanovna, presa
también de los peores presentimientos acerca del desenlace de la comida y, por
otra parte, herida profundamente por la aspereza con que la trataba Catalina
Ivanovna, se propuso dar un giro a la atención general y, al mismo tiempo, hacerse
valer a los ojos de todos los presentes. Para ello empezó a contar de pronto
que un amigo suyo, que era farmacéutico y se llamaba Karl, había tomado una
noche un simón cuyo cochero había intentado asesinarle.
‑Y Karl le suplicó que no
le matara, y se echó a llorar con las manos enlazadas. Tan aterrado estaba, que
él también sintió su corazón traspasado.
Aunque esta historia le
hizo sonreír, Catalina Ivanovna dijo que Amalia Ivanovna no debía contar
anécdotas en ruso. La alemana se sintió profundamente ofendida y respondió que
su Vater aus Berlin [53]fue un hombre muy
importante que paseaba todo el día las manos por los bolsillos.
La burlona Catalina
Ivanovna no pudo contenerse y lanzó tal carcajada, que Amalia Ivanovna acabó
por perder la paciencia y hubo de hacer un gran esfuerzo para no saltar.
‑¿Ha oído usted a esa
vieja lechuza?‑siguió diciendo en voz baja Catalina Ivanovna a Raskolnikof‑. Ha
querido decir que su padre se paseaba con las manos en los bolsillos, y todo el
mundo habrá creído que se estaba registrando los bolsillos a todas horas. ¡Ji,
ji! ¿Ha observado usted, Rodion Romanovitch, que, por regla general, los
extranjeros establecidos en Petersburgo, especialmente los alemanes, que llegan
de Dios sabe dónde, son bastante menos inteligentes que nosotros? Dígame usted
si no es una necedad contar una historia como esa del farmacéutico cuyo corazón
estaba traspasado de espanto. El muy mentecato, en vez de echarse sobre el
cochero y atarlo, enlaza las manos y llora y suplica... ¡Ah, qué mujer tan
estúpida! Cree que esta historia es conmovedora y no se da cuenta de su
necedad. A mi juicio, ese alcohólico que fue empleado de intendencia es más
inteligente que ella. Cuando menos, se ve en seguida que está dominado por la
bebida y que hasta el último destello de su lucidez ha naufragado en alcohol...
En cambio, todos esos que están tan serios y callados... Pero fíjese cómo abre
los ojos esa mujer. Está enojada... ¡Ja, ja, ja! Está que trina...
Catalina Ivanovna, con
alegre entusiasmo, habló de otras mil cosas insignificantes, y de improviso
anunció que tan pronto como obtuviera la pensión se retiraría a T., su ciudad
natal, para abrir un centro de enseñanza que se dedicaría a la educación de muchachas
nobles. Aún no había hablado de este proyecto a Raskolnikof, y se lo expuso con
todo detalle. Como por arte de magia, exhibió aquel diploma de que Marmeladof
había hablado a Raskolnikof cuando le contó en una taberna que Catalina
Ivanovna, al salir del pensionado, había bailado en presencia del gobernador y
de otras personalidades la danza del chal. Podría creerse que Catalina Ivanovna
utilizaba este diploma para demostrar su derecho a abrir un pensionado, pero su
verdadero fin había sido otro: había pensado utilizarlo para confundir a
aquellas provincianas endomingadas en el caso de que hubieran asistido a la
comida de funerales, demostrándoles así que ella pertenecía a una de las
familias más nobles, que era hija de un coronel y, en fin, que valía mil veces
más que todas las advenedizas que en los últimos tiempos se habían multiplicado
de un modo exorbitante.
El diploma dio la vuelta
a la mesa. Los invitados lo pasaban de mano en mano, sin que Catalina Ivanovna
se opusiera a ello, ya que aquel papel la presentaba en toutes lettres como
hija de un consejero de la corte, de un caballero, lo que la autorizaba a considerarse
hija de un coronel. Después, la viuda, inflamada de entusiasmo, empezó a hablar
de la existencia tranquila y feliz que pensaba llevar en T. Incluso se refirió
a los profesores que llamaría para instruir a sus alumnas, citando al señor
Mangot, viejo y respetable francés que le había enseñado a ella este idioma.
Entonces estaba pasando los últimos años de su vida en T. y no vacilaría en
ingresar como profesor de su pensionado por un módico sueldo. Finalmente,
anunció que Sonia la acompañaría y la ayudaría a dirigir el centro de
enseñanza, lo cual produjo una risa ahogada en un extremo de la mesa.
Catalina Ivanovna fingió
no haberla oído, pero, levantando de pronto la voz, empezó a enumerar las
cualidades incontables que permitirían a Sonia Simonovna secundarla en su
empresa. Ensalzó su dulzura, su paciencia, su abnegación, su nobleza de alma,
su vasta cultura; dicho lo cual, le dio un golpecito cariñoso en la mejilla y
se levantó para besarla, cosa que hizo dos veces. Sonia enrojeció y Catalina
Ivanovna, hecha un mar de lágrimas, dijo de pronto que era una tonta que se
dejaba impresionar demasiado por los acontecimientos y que, ya que la comida
había terminado, iba a servir el té.
Entonces Amalia Ivanovna,
molesta por el hecho de no haber podido pronunciar una sola palabra en la
conversación precedente, y también al ver que nadie le prestaba atención,
decidió arriesgarse nuevamente y, aunque dominada por cierta inquietud, hizo a
Catalina Ivanovna la sabia observación de que debería prestar atención
especialísima a la ropa interior de las alumnas (die Wasche) y de contratar una
mujer para que se cuidara exclusivamente de ello (die Dame), y, en fin, que
sería una medida prudente vigilar a las muchachas, de modo que no pudieran leer
novelas por las noches. Catalina Ivanovna, que se hallaba bajo los efectos
estimulantes de la animada ceremonia, le respondió ásperamente que sus
observaciones eran desatinadas y que no entendía nada, que el cuidado de la
Wasche incumbía al ama de llaves y no a la directora de un pensionado de
muchachas nobles. En cuanto a la observación relacionada con la lectura de
novelas, le parecía simplemente una inconveniencia. Todo esto equivalía a
decirle que se callase.
De pronto, Amalia
Ivanovna enrojeció y replicó agriamente que ella siempre había dado muestras de
las mejores intenciones y que hacía ya bastante tiempo que no recibía Geld [54]por el alquiler de la
habitación de Catalina Ivanovna. Ésta le replicó que mentía al hablar de buenas
intenciones, pues el mismo día anterior, cuando el difunto estaba todavía en el
aposento, se había presentado para reclamarle con malos modos el dinero del
alquiler. Entonces la patrona dijo que había invitado a las dos damas y que
éstas no habían aceptado porque era nobles y no podían ir a casa de una mujer
que no era noble. A lo cual repuso Catalina Ivanovna que, como ella no era
nada, no estaba capacitada para juzgar a la verdadera nobleza. Amalia Ivanovna
no pudo soportar esta insolencia y declaró que su Vater aus Berlin era un
hombre muy importante que siempre iba con las manos en los bolsillos y haciendo
« ¡puaf, puaf! » Y para dar una idea más exacta de cómo era el tal Vater, la
señora Lipevechsel se levantó, introdujo las dos manos en sus bolsillos, hinchó
los carrillos y empezó a imitar el « ¡puaf, puaf! » paterno, en medio de las
risas de todos los inquilinos, cuya intención era alentarla, con la esperanza
de asistir a una batalla entre las dos mujeres.
Catalina Ivanovna,
incapaz de seguir conteniéndose, declaró a voz en grito que seguramente Amalia
Ivanovna no había tenido nunca Vater, que era una vulgar finesa de Petersburgo,
una borracha que había sido cocinera o algo peor.
La señora Lipevechsel se
puso tan roja como un pimiento y replicó a grandes voces que era Catalina
Ivanovna la que no había tenido Vater, pero que ella tenía un Vater aus Berlin
que llevaba largos redingotes y siempre iba haciendo « ¡puaf, puaf! »
Catalina Ivanovna
respondió desdeñosamente que todo el mundo conocía su propio origen y que en su
diploma se decía con caracteres de imprenta que era hija de un coronel,
mientras que el padre de Amalia Ivanovna, en el caso de que existiera, debía de
ser un lechero finés; pero que era más que probable que ella no tuviera padre,
ya que nadie sabía aún cuál era su patronímico, es decir, si se llamaba Amalia
Ivanovna o Amalia Ludwigovna.
Al oír estas palabras, la
patrona, fuera de sí, empezó a golpear con el puño la mesa mientras decía a
grandes gritos que ella era Ivanovna y no Ludwigovna, que su Vater se llamaba
Johann y era bailío, cosa que no había sido jamás el Vater de Catalina Ivanovna.
Ésta se levantó en el
acto y, con una voz cuya calma contrastaba con la palidez de su semblante y la
agitación de su pecho, dijo a Amalia Ivanovna que si osaba volver a comparar,
aunque sólo fuera una vez, a su miserable Vater con su padre, le arrancaría el
gorro y se lo pisotearía.
Al oír esto, Amalia
Ivanovna empezó a ir y venir precipitadamente por la habitación, gritando con
todas sus fuerzas que ella era la dueña de la casa y que Catalina Ivanovna
debía marcharse inmediatamente.
Acto seguido se arrojó
sobre la mesa y empezó a recoger sus cubiertos de plata.
A esto siguió una
confusión y un alboroto indescriptibles. Los niños se echaron a llorar. Sonia
se abalanzó sobre su madrastra para intentar retenerla, pero cuando Amalia
Ivanovna aludió a la tarjeta amarilla[55], la viuda rechazó a la
muchacha y se fue derecha a la patrona con la intención de poner en práctica su
amenaza.
En este momento se abrió
la puerta y apareció en el umbral Piotr Petrovitch Lujine, que paseó una mirada
atenta y severa por toda la concurrencia.
Catalina Ivanovna corrió
hacia él.
III
Piotr Petrovitch ‑exclamó
Catalina Ivanovna‑, protéjame. Haga comprender a esta mujer estúpida que no
tiene derecho a insultar a una noble dama abatida por el infortunio, y que hay
tribunales para estos casos... Me quejaré ante el gobernador general en persona
y ella tendrá que responder de sus injurias... En memoria de la hospitalidad
que recibió usted de mi padre, defienda a estos pobres huérfanos.
‑Permítame, señora,
permítame ‑respondió Piotr Petrovitch, tratando de apartarla‑. Yo no he tenido
jamás el honor, y usted lo sabe muy bien, de tratar a su padre. Perdone, señora
‑alguien se echó a reír estrepitosamente‑, pero no tengo la menor intención de
mezclarme en sus continuas disputas con Amalia Ivanovna... Vengo aquí para un
asunto personal. Deseo hablar inmediatamente con su hijastra Sonia Simonovna.
Se llama así, ¿no es cierto? Permítame...
Y Piotr Petrovitch,
pasando por el lado de Catalina Ivanovna, se dirigió al extremo opuesto de la
habitación, donde estaba Sonia.
Catalina Ivanovna quedó
clavada en el sitio, como fulminada. No comprendía por qué Piotr Petrovitch
negaba que había sido huésped de su padre. Esta hospitalidad creada por su
fantasía había llegado a ser para ella un artículo de fe. Por otra parte, le sorprendía
el tono seco, altivo y casi desdeñoso con que le había hablado Lujine.
Ante la aparición de
Piotr Petrovitch se había ido restableciendo el silencio poco a poco. Aun
dejando aparte que la gravedad y la corrección de aquel hombre de negocios
contrastaba con el aspecto desaliñado de los inquilinos de la señora
Lipevechsel, todos ellos comprendían que sólo un motivo de excepcional
importancia podía justificar la presencia de Lujine en aquel lugar y, en
consecuencia, esperaban un golpe teatral.
Raskolnikof, que estaba
al lado de Sonia, se apartó para dejar el paso libre a Piotr Petrovitch, el
cual, al parecer, no advirtió su presencia.
Transcurrido un instante,
apareció Lebeziatnikof, pero no entró en la habitación, sino que se quedó en el
umbral. En su semblante se mezclaban la curiosidad y la sorpresa, y prestó
atención a lo que allí se decía, demostrando un vivo interés, pero con el gesto
del que nada comprende.
‑Perdónenme que les
interrumpa ‑dijo Piotr Petrovitch sin dirigirse a nadie particularmente‑, pero
me he visto obligado a venir por un asunto de gran importancia. Además, celebro
poder hablar ante testigos. Amalia Ivanovna, le ruego que, en su calidad de
propietaria de la casa, preste atención al diálogo que voy a mantener con Sonia
Simonovna.
Y volviéndose hacia la
joven, que daba muestras de profunda sorpresa y estaba atemorizada, continuó:
‑Sonia Simonovna,
inmediatamente después de su visita he advertido la desaparición de un billete
de Banco de cien rublos que estaba sobre una mesa en la habitación de mi amigo
Andrés Simonovitch Lebeziatnikof. Si usted sabe dónde está ese billete y me lo dice,
le doy palabra de honor, en presencia de todos estos testigos, de que el asunto
no pasará adelante. En el caso contrario, me veré obligado a tomar medidas más
serias, y entonces no tendrá derecho a quejarse sino de usted misma.
Un gran silencio siguió a
estas palabras. Incluso los niños dejaron de llorar.
Sonia, pálida como una
muerta, miraba a Lujine sin poder pronunciar palabra. Daba la impresión de no
haber comprendido. Transcurrieron unos segundos.
‑Bueno, decídase ‑le dijo
Piotr Petrovitch, mirándola fijamente.
‑Yo no sé..., yo no sé
nada -repuso Sonia con voz débil.
‑¿De modo que no sabe
usted nada?
Dicho esto, Lujine dejó
pasar varios segundos más. Luego continuó, en tono severo:
‑Piénselo bien, señorita.
Le doy tiempo para que reflexione. Comprenda que si no estuviera completamente
seguro de lo que digo, me guardaría mucho de acusarla tan formalmente como lo
estoy haciendo. Tengo demasiada experiencia para exponerme a un proceso por
difamación... Esta mañana he negociado varios títulos por un valor nominal de
unos tres mil rublos. La suma exacta consta en mi cuaderno de notas. Al
regresar a mi casa he contado el dinero: Andrés Simonovitch es testigo. Después
de haber contado dos mil trescientos rublos, los he puesto en una cartera que
me he guardado en el bolsillo. Sobre la mesa han quedado alrededor de
quinientos rublos, entre los que había tres billetes de cien. Entonces ha
llegado usted, llamada por mí, y durante todo el tiempo que ha durado su visita
ha dado usted muestras de una agitación extraordinaria, hasta el extremo de que
se ha levantado tres veces, en su prisa por marcharse, aunque nuestra
conversación no había terminado. Andrés Simonovitch es testigo de que todo cuanto
acabo de decir es exacto. Creo que no lo negará usted, señorita. La he mandado
llamar por medio de Andrés Simonovitch con el exclusivo objeto de hablar con
usted sobre la triste situación en que ha quedado su segunda madre, Catalina
Ivanovna (cuya invitación me ha sido imposible atender), y tratar de la
posibilidad de ayudarla mediante una rifa, una suscripción o algún otro
procedimiento semejante... Le doy todos estos detalles, en primer lugar, para
recordarle cómo han ocurrido las cosas, y en segundo, para que vea usted que lo
recuerdo todo perfectamente... Luego he cogido de la mesa un billete de diez
rublos y se lo he entregado, haciendo constar que era mi aportación personal y
el primer socorro para su madrastra... Todo esto ha ocurrido en presencia de
Andrés Simonovitch. Seguidamente la he acompañado hasta la puerta y he podido
ver que estaba tan trastornada como cuando ha llegado. Cuando usted ha salido,
yo he estado conversando durante unos diez minutos con Andrés Simonovitch.
Finalmente, él se ha retirado y yo me he acercado a la mesa para recoger el
resto de mi dinero, contarlo y guardarlo. Entonces, con profundo asombro, he
visto que faltaba uno de los tres billetes. Comprenda usted, señorita. No puedo
sospechar de Andrés Simonovitch. La simple idea de esta sospecha me parece un
disparate. Tampoco es posible que me haya equivocado en mis cuentas, porque las
he verificado momentos antes de llegar usted y he comprobado su exactitud.
Comprenda que la agitación que usted ha demostrado, su prisa en marcharse, el
hecho de que haya tenido usted en todo momento las manos sobre la mesa, y
también, en fin, su situación social y los hábitos propios de ella, son motivos
suficientes para que me vea obligado, muy a pesar mío y no sin cierto horror, a
concebir contra usted sospechas, crueles sin duda pero legítimas. Quiero añadir
y repetir que, por muy convencido que esté de su culpa, sé que corro cierto
riesgo al acusarla. Sin embargo, no vacilo en hacerlo, y le diré por qué. Lo
hago exclusivamente por su ingratitud. La llamo para hablar de una posible
ayuda a su infortunada segunda madre, le entrego mi óbolo de diez rublos, y he
aquí el pago que usted me da. No, esto no está nada bien. Necesita usted una
lección. Reflexione. Le hablo como le hablaría su mejor amigo, y, en verdad, no
puede usted tener en este momento otro amigo mejor, pues, si no lo fuese,
procedería con todo rigor e inflexibilidad. Bueno, ¿qué dice usted?
‑Yo no le he quitado nada
-murmuró Sonia, aterrada‑. Usted me ha dado diez rublos. Mírelos. Se los
devuelvo.
Sacó el pañuelo del
bolsillo, deshizo un nudo que había en él, sacó el billete de diez rublos que
Lujine le había dado y se lo ofreció.
‑¿Así ‑dijo Piotr
Petrovitch en un tono de censura y sin tomar el billete‑, persiste usted en
negar que me ha robado cien rublos?
Sonia miró en todas
direcciones y sólo vio semblantes terribles, burlones, severos o cargados de
odio. Dirigió una mirada a Raskolnikof, que estaba en pie junto a la pared. El
joven tenía los brazos cruzados y fijaba en ella sus ardientes ojos.
‑¡Dios mío! ‑gimió Sonia.
‑Amalia Ivanovna ‑dijo
Lujine en un tono dulce, casi acariciador‑, habrá que llamar a la policía, y le
ruego que haga subir al portero para que esté aquí mientras llegan los agentes.
‑Gott
der harmberzige[56]! ‑dijo la señora Lipevechsel‑. Ya sabía yo
que era una ladrona.
‑¿Conque lo sabía usted?
Entonces no cabe duda de que existen motivos para que usted haya pensado en
ello. Honorable Amalia Ivanovna, le ruego que no olvide las palabras que acaba
de pronunciar, por cierto ante testigos.
En este momento se
alzaron rumores de todas partes. La concurrencia se agitaba.
‑¿Pero qué dice usted? ‑exclamó
de pronto Catalina Ivanovna, saliendo de su estupor y arrojándose sobre Lujine‑.
¿Se atreve a acusarla de robo? ¡A ella, a Sonia! ¡Cobarde, canalla!
Se arrojó sobre Sonia y
la rodeó con sus descarnados brazos.
‑¡Sonia! ¿Cómo has podido
aceptar diez rublos de este hombre? ¡Qué infeliz eres! ¡Dámelos, dámelos en
seguida...! ¡Ahí los tiene!
Catalina Ivanovna se
había apoderado del billete, lo estrujó y se lo tiró a Lujine a la cara. El
papel, hecho una bola, fue a dar contra un ojo de Piotr Petrovitch y después
cayó al suelo. Amalia Ivanovna se apresuró a recogerlo. Lujine se indignó.
‑¡Cojan a esta loca!
En ese momento, varias
personas aparecieron en el umbral, al lado de Lebeziatnikof. Entre ellas
estaban las dos provincianas.
‑¿Loca? ¿Loca yo? ‑gritó
Catalina Ivanovna‑. ¡Tú sí que eres un imbécil, un vil agente de negocios, un
infame...! ¡Sonia quitarle dinero! ¡Sonia una ladrona! ¡Antes te lo daría que
quitártelo, idiota!
Lanzó una carcajada
histérica y, yendo de inquilino en inquilino y señalando a Lujine, exclamaba:
‑¿Ha visto usted un
imbécil semejante?
De pronto vio a Amalia
Ivanovna y se detuvo.
‑¡Y tú también,
salchichera, miserable prusiana! ¡Tú también crees que es una ladrona...! ¿Cómo
es posible? ¡Ella ‑dijo a Lujine‑ ha venido de tu habitación aquí, y de aquí no
ha salido, granuja, más que granuja! ¡Todo el mundo ha visto que se ha sentado
a la mesa y no se ha movido! ¡Se ha sentado al lado de Rodion Romanovitch...!
¡Regístrenla! ¡Como no ha ido a ninguna parte, si ha cogido el billete ha de
llevarlo encima...! Busca, busca... Pero si no encuentras nada, amigo mío,
tendrás que responder de tus injurias... ¡Iré a quejarme al emperador en
persona, al zar misericordioso! Me arrojaré a sus pies, ¡y hoy mismo! Como soy
huérfana, me dejarán entrar. ¿Crees que no me recibirá? Estás muy equivocado.
Llegaré hasta él... Confiabas en la bondad y en la timidez de Sonia, ¿verdad?
Seguro que contabas con eso. Pero yo no soy tímida y nos las vas a pagar.
¡Busca, regístrala! ¡Hala! ¿Qué esperas?
Catalina Ivanovna, ciega
de rabia, sacudía a Lujine y lo arrastraba hacia Sonia.
‑Lo haré, correré con esa
responsabilidad... Pero cálmese, señora. Ya veo que usted no teme a nada ni a
nadie. Esto..., esto se debía hacer en la comisaría... Aunque ‑prosiguió
Lujine, balbuceando -hay aquí bastantes testigos... Estoy dispuesto a
registrarla... Sin embargo, es una cuestión delicada, a causa de la diferencia
de sexos... Si Amalia Ivanovna quisiera ayudarnos... Desde luego, no es así
como se hacen estas cosas, pero hay casos en que...
‑¡Hágala registrar por
quien quiera! ‑vociferó Catalina Ivanovna‑. Enséñale los bolsillos... ¡Mira,
mira, monstruo! En éste no hay nada más que un pañuelo, como puedes ver. Ahora
el otro. ¡Mira, mira! ¿Lo ves bien?
Y Catalina Ivanovna, no
contenta con vaciar los bolsillos de Sonia, los volvió del revés uno tras otro.
Pero apenas deshizo los pliegues que se habían formado en el forro del segundo,
el de la derecha, saltó un papelito que, describiendo en el aire una parábola,
cayó a los pies de Lujine. Todos lo vieron y algunos lanzaron una exclamación.
Piotr Petrovitch se inclinó, cogió el papel con los dedos y lo desplegó: era un
billete de cien rublos plegado en ocho dobles. Lujine lo hizo girar en su mano
a fin de que todo el mundo lo viera.
‑¡Ladrona! ¡Fuera de
aquí! ¡La policía! ¡La policía! ‑exclamó la señora Lipevechsel‑. ¡Deben
mandarla a Siberia! ¡Fuera de aquí!
De todas partes salían
exclamaciones. Raskolnikof no cesaba de mirar en silencio a Sonia; sólo
apartaba los ojos de ella de vez en cuando para fijarlos en Lujine. Sonia
estaba inmóvil, como hipnotizada. Ni siquiera podía sentir asombro. De pronto
le subió una oleada de sangre a la cara, se la cubrió con las manos y lanzó un
grito.
‑¡Yo no he sido! ¡Yo no
he cogido el dinero! ¡Yo no sé nada! ‑exclamó en un alarido desgarrador y,
corriendo hacia Catalina Ivanovna.
Ésta le abrió el asilo
inviolable de sus brazos y la estrechó convulsivamente contra su corazón.
‑¡Sonia, Sonia! ¡No te
creo; ya ves que no te creo! ‑exclamó Catalina Ivanovna, rechazando la
evidencia.
Y mecía en sus brazos a
Sonia como si fuera una niña, y la estrechaba una y otra vez contra su pecho, o
le cogía las manos y se las cubría de besos apasionados.
‑¿Robar tú? ¡Qué
imbéciles, Señor! ¡Necios, todos sois unos necios! ‑gritó, dirigiéndose a los
presentes‑. ¡No sabéis lo hermoso que es su corazón! ¿Robar ella..., ella?
¡Pero si sería capaz de vender hasta su último trozo de ropa y quedarse
descalza para socorrer a quien lo necesitase! ¡Así es ella! ¡Se hizo extender
la tarjeta amarilla para que mis hijos y yo no muriésemos de hambre! ¡Se vendió
por nosotros! ¡Ah, mi querido difunto, mi pobre difunto! ¿Ves esto, pobre
esposo mío? ¡Qué comida de funerales, Señor! ¿Por qué no la defiendes, Dios
mío? ¿Y qué hace usted ahí, Rodion Romanovitch, sin decir nada? ¿Por qué no la
defiende usted? ¿Es que también usted la cree culpable? ¡Todos vosotros juntos
valéis menos que su dedo meñique! ¡Señor, Señor! ¿Por qué no la defiendes?
La desesperación de la
infortunada Catalina Ivanovna produjo profunda y general emoción. Aquel rostro
descarnado de tísica, contraído por el sufrimiento; aquellos labios resecos,
donde la sangre se había coagulado; aquella voz ronca; aquellos sollozos, tan
violentos como los de un niño, y, en fin, aquella demanda de auxilio, confiada,
ingenua y desesperada a la vez, todo esto expresaba un dolor tan punzante, que
era imposible permanecer indiferente ante él. Por lo menos Piotr Petrovitch dio
muestras de compadecerse.
‑Cálmese, señora, cálmese
‑dijo gravemente‑. Este asunto no le concierne en lo más mínimo. Nadie piensa
acusarla de premeditación ni de complicidad, y menos habiendo sido usted misma
la que ha descubierto el robo al registrarle los bolsillos. Esto basta para
demostrar su inocencia... Me siento inclinado a ser indulgente ante un acto en
que la miseria puede haber sido el móvil que ha impulsado a Sonia Simonovna.
Pero ¿por qué no quiere usted confesar, señorita? ¿Teme usted al deshonor? ¿Ha
sido la primera vez? ¿Acaso ha perdido usted la cabeza? Todo esto es
comprensible, muy comprensible... Sin embargo, ya ve usted a lo que se ha
expuesto... Señores ‑continuó, dirigiéndose a la concurrencia‑, dejándome
llevar de un sentimiento de compasión y de simpatía, por decirlo así, estoy
dispuesto todavía a perdonarlo todo, a pesar de los insultos que se me han
dirigido.
Se volvió de nuevo hacia
Sonia y añadió:
‑Pero que esta
humillación que hoy ha sufrido usted, señorita, le sirva de lección para el
futuro. Daré el asunto por terminado y las cosas no pasarán de aquí.
Piotr Petrovitch miró de
reojo a Raskolnikof, y las miradas de ambos se encontraron. Los ojos del joven
llameaban.
Catalina Ivanovna, como
si nada hubiera oído, seguía abrazando y besando a Sonia con frenesí. También
los niños habían rodeado a la joven y la estrechaban con sus débiles bracitos.
Poletchka, sin comprender
lo que sucedía, sollozaba desgarradoramente, apoyando en el hombro de Sonia su
linda carita, bañada en lágrimas.
‑¡Qué ruindad! ‑dijo de
pronto una voz desde la puerta.
Piotr Petrovitch se
volvió inmediatamente.
‑¡Qué ruindad! ‑repitió
Lebeziatnikof sin apartar de él la vista.
Lujine se estremeció
(todos recordarían este detalle más adelante), y Andrés Simonovitch entró en la
habitación.
‑¿Cómo ha tenido usted
valor para invocar mi testimonio? ‑dijo acercándose a Lujine.
Piotr Petrovitch
balbuceó:
‑¿Qué significa esto,
Andrés Simonovitch? No sé de qué me habla.
‑Pues esto significa que
usted es un calumniador. ¿Me entiende usted ahora?
Lebeziatnikof había
pronunciado estas palabras con enérgica resolución y mirando duramente a Lujine
con sus miopes ojillos. Estaba furioso. Raskolnikof no apartaba la vista de la
cara de Andrés Simonovitch y le escuchaba con avidez, sin perder ni una sola de
sus palabras.
Hubo un silencio. Piotr
Petrovitch pareció desconcertado, sobre todo en los primeros momentos.
‑Pero ¿qué le pasa? ‑balbuceó‑.
¿Está usted en su juicio?
‑Sí, estoy en mi juicio,
y usted..., usted es un miserable... ¡Qué villanía! lo he oído todo, y si no he
hablado hasta ahora ha sido para ver si comprendía por qué ha obrado usted así,
pues le confieso que hay cosas que no tienen explicación para mí... ¿Por qué lo
ha hecho usted? No lo comprendo.
‑Pero ¿qué he hecho yo?
¿Quiere dejar de hablar en jeroglífico? ¿Es que ha bebido más de la cuenta?
‑Usted, hombre vil, sí que es posible que
se emborrache. Pero yo no bebo jamás ni una gota de vodka, porque mis
principios me lo vedan... Sepan ustedes que ha sido él, él mismo, el que ha
transmitido con sus propias manos el billete de cien rublos a Sonia Simonovna.
Yo lo he visto, yo he sido testigo de este acto. Y estoy dispuesto a declarar
bajo juramento. ¡El mismo, él mismo! ‑repitió Lebeziatnikof, dirigiéndose a
todos.
‑¿Está usted loco? ‑exclamó
Lujine‑. La misma interesada, aquí presente, acaba de afirmar ante testigos que
sólo ha recibido de mi un billete de diez rublos. ¿Cómo puede usted decir que
le he dado el otro billete?
‑¡Lo he visto, lo he
visto! ‑repitió Lebeziatnikof‑. Y, aunque ello sea contrario a mis principios,
estoy dispuesto a afirmarlo bajo juramento ante la justicia. Yo he visto cómo
le introducía usted disimuladamente ese dinero en el bolsillo. En mi candidez,
he creído que lo hacía usted por caridad. En el momento en que usted le decía
adiós en la puerta, mientras le tendía la mano derecha, ha deslizado con la
izquierda en su bolsillo un papel. ¡Lo he visto, lo he visto!
Lujine palideció.
‑¡Eso es pura invención! ‑exclamó,
en un arranque de insolencia‑. Usted estaba entonces junto a la ventana. ¿Cómo
es posible que desde tan lejos viera el papel? Su miopía le ha hecho ver
visiones. Ha sido una alucinación y nada más.
‑No, no he sufrido
ninguna alucinación. A pesar de la distancia, me he dado perfecta cuenta de
todo. En efecto, desde la ventana no he podido ver qué clase de papel era: en
esto tiene usted razón. Sin embargo, cierto detalle me ha hecho comprender que
el papelito era un billete de cien rublos, pues he visto claramente que, al
mismo tiempo que entregaba a Sonia Simonovna el billete de diez rublos, cogía
usted de la mesa otro de cien... Esto lo he visto perfectamente, porque
entonces e hallaba muy cerca de usted, y recuerdo bien este detalle porque me
ha sugerido cierta idea. Usted ha doblado el billete de cien rublos y lo ha
mantenido en el hueco de la mano. Después he dejado de pensar en ello, pero
cuando usted se ha levantado ha hecho pasar el billete de la mano derecha a la
izquierda, con lo que ha estado a punto de caérsele. Entonces me he vuelto a
fijar en él, pues de nuevo he tenido la idea de que usted quería socorrer a
Sonia Simonovna sin que yo me enterase. Ya puede usted suponer la gran atención
con que desde ese instante he seguido hasta sus menores movimientos. Así he
podido ver cómo le ha deslizado usted el billete en el bolsillo. ¡Lo he visto,
lo he visto, y estoy dispuesto a afirmarlo bajo juramento!
Lebeziatnikof estaba rojo
de indignación. Las exclamaciones más diversas surgieron de todos los rincones
de la estancia. La mayoría de ellas eran de asombro, pero algunas fueron
proferidas en un tono de amenaza. Los concurrentes se acercaron a Piotr Petrovitch
y formaron un estrecho círculo en torno de él. Catalina Ivanovna se arrojó
sobre Lebeziatnikof.
‑¡Andrés Simonovitch, qué
mal le conocía a usted! ¡Defiéndala! Es huérfana. Dios nos lo ha enviado,
Andrés Simonovitch, mi querido amigo.
Y Catalina Ivanovna, en
un arrebato casi inconsciente, se arrojó a los pies del joven.
‑¡Está loco! ‑exclamó
Lujine, ciego de rabia‑. Todo son invenciones suyas... ¡Que si se había
olvidado y luego se ha vuelto a acordar...! ¿Qué significa esto? Según usted,
yo he puesto intencionadamente estos cien rublos en el bolsillo de esta
señorita. Pero ¿por qué? ¿Con qué objeto?
‑Esto es lo que no
comprendo. Pero le aseguro que he dicho la verdad. Tan cierto estoy de no
equivocarme, miserable criminal, que en el momento en que le estrechaba la mano
felicitándole, recuerdo que me preguntaba con qué fin habría regalado usted ese
billete a hurtadillas, o, dicho de otro modo, por qué se ocultaba para hacerlo.
Misterio. Me he dicho que tal vez quería usted ocultarme su buena acción al
saber que soy enemigo por principio de la caridad privada, a la que considero
como un paliativo inútil. He deducido, pues, que no quería usted que se supiera
que entregaba a Sonia Simonovna una cantidad tan importante, y, además, que
deseaba dar una sorpresa a la beneficiada... Todos sabemos que hay personas que
se complacen en ocultar las buenas acciones... También me he dicho que tal vez
quería usted poner a prueba a la muchacha, ver si volvía para darle las gracias
cuando encontrara el dinero en su bolsillo. O, por el contrario, que deseaba
usted eludir su gratitud, según el principio de que la mano derecha debe
ignorar..., y otras mil suposiciones parecidas. Sólo Dios sabe las conjeturas
que han pasado por mi cabeza... Decidí reflexionar más tarde a mis anchas sobre
el asunto, pues no quería cometer la indelicadeza de dejarle entrever que
conocía su secreto. De pronto me ha asaltado un temor: al no conocer su acto de
generosidad, Sonia Simonovna podía perder el dinero sin darse cuenta. Por eso
he tomado la determinación de venir a decirle que usted había depositado un
billete de cien rublos en su bolsillo. Pero, al pasar, me he detenido en la
habitación de las señoras Kobiliatnikof a fin de entregarles la «Ojeada general
sobre el método positivo» y recomendarles especialmente el artículo de Piderit[57], y también el de Wagner.
Finalmente, he llegado aquí y he podido presenciar el escándalo. Y dígame: ¿se
me habría ocurrido pensar en todo esto, me habría hecho todas estas reflexiones
si no le hubiera visto introducir el billete de cien rublos en el bolsillo de
Sonia Simonovna?
Andrés Simonovitch
terminó este largo discurso, coronado con una conclusión tan lógica, en un
estado de extrema fatiga. El sudor corría por su frente. Por desgracia para él,
le costaba gran trabajo expresarse en ruso, aunque no conocía otro idioma. Su
esfuerzo oratorio le había agotado. Incluso parecía haber perdido peso. Sin
embargo, su alegato verbal había producido un efecto extraordinario. Lo había
pronunciado con tanto calor y convicción, que todos los oyentes le creyeron.
Piotr Petrovitch advirtió que las cosas no le iban bien.
‑¿Qué me importan a mí
las estúpidas preguntas que hayan podido atormentarle? ‑exclamó‑. Eso no
constituye ninguna prueba. Todo lo que usted ha pensado puede ser obra de su
imaginación. Y yo, señor, puedo decirle que miente usted. Usted miente y me
calumnia llevado de un deseo de venganza personal. Usted no me perdona que haya
rechazado el impío radicalismo de sus teorías sociales.
Pero este falso
argumento, lejos de favorecerle, provocó una oleada de murmullos en contra de
él.
‑¡Eso es una mala excusa!
‑exclamó Lebeziatnikof‑. Te digo en la cara que mientes. Llama a la policía y
declararé bajo juramento. Un solo punto ha quedado en la oscuridad para mí: el
motivo que lo ha impulsado a cometer una acción tan villana. ¡Miserable!
¡Cobarde!
‑Yo puedo explicar su
conducta y, si es preciso, también prestaré juramento ‑dijo Raskolnikof con voz
firme y destacándose del grupo.
Estaba sereno y seguro de
si mismo. Todos se dieron cuenta desde el primer momento de que conocía la
clave del enigma y de que el asunto se acercaba a su fin.
‑Ahora todo lo veo claro ‑dijo
dirigiéndose a Lebeziatnikof‑. Desde el principio del incidente me he olido que
había en todo esto alguna innoble intriga. Esta sospecha se fundaba en ciertas
circunstancias que sólo yo conozco y que ahora mismo voy a revelar a ustedes.
En ellas está la clave del asunto. Gracias a su detallada exposición, Andrés
Simonovitch, se ha hecho la luz en mi mente. Ruego a todo el mundo que preste
atención. Este señor ‑señalaba a Lujine pidió en fecha reciente la mano de una
joven, hermana mía, cuyo nombre es Avdotia Romanovna Raskolnikof; pero¿ cuando
llegó a Petersburgo, hace poco, y tuvimos nuestra primera entrevista,
discutimos, y de tal modo, que acabé por echarle de mi casa, escena que tuvo
dos testigos, los cuales pueden confirmar mis palabras. Este hombre es todo
maldad. Yo no sabía que se hospedaba en su casa, Andrés Simonovitch. Así se
comprende que pudiera ver anteayer, es decir, el mismo día de nuestra disputa,
que yo, como amigo del difunto, entregaba dinero a la viuda para que pudiera
atender a los gastos del entierro. El señor Lujine escribió en seguida una
carta a mi madre, en que le decía que yo había entregado dinero no a Catalina
Ivanovna, sino a Sonia Simonovna. Además, hablaba de esta joven en términos en
extremo insultantes, dejando entrever que yo mantenía relaciones íntimas con
ella. Su finalidad, como ustedes pueden comprender, era indisponerme con mi
madre y con mi hermana, haciéndoles creer que yo despilfarraba ignominiosamente
el dinero que ellas se sacrificaban en enviarme. Ayer por la noche, en
presencia de mi madre, de mi hermana y de él mismo, expuse la verdad de los
hechos, que este hombre había falseado. Dije que había entregado el dinero a
Catalina Ivanovna, a la que entonces no conocía aún, y añadí que Piotr
Petrovitch Lujine, con todos sus méritos, valía menos que el dedo meñique de
Sonia Simonovna, de la que hablaba tan mal. Él me preguntó entonces si yo sería
capaz de sentar a Sonia Simonovna al lado de mi hermana, y yo le respondí que
ya lo había hecho aquel mismo día. Furioso al ver que mi madre y mi hermana no
reñían conmigo fundándose en sus calumnias, llegó al extremo de insultarlas
groseramente. Se produjo la ruptura definitiva y lo pusimos en la puerta. Todo
esto ocurrió anoche. Ahora les ruego a ustedes que me presten la mayor
atención. Si el señor Lujine hubiera conseguido presentar como culpable a Sonia
Simonovna, habría demostrado a mi familia que sus sospechas eran fundadas y que
tenía razón para sentirse ofendido por el hecho de que permitiera a esta joven
alternar con mi hermana, y, en fin, que, atacándome a mí, defendía el honor de
su prometida. En una palabra, esto suponía para él un nuevo medio de
indisponerme con mi familia, mientras él reconquistaba su estimación. Al mismo
tiempo, se vengaba de mí, pues tenía motivos para pensar que la tranquilidad de
espíritu y el honor de Sonia Simonovna me afectaban íntimamente. Así pensaba
él, y esto es lo que yo he deducido. Tal es la explicación de su conducta: no
es posible hallar otra.
Así, poco más o menos,
terminó Raskolnikof su discurso, que fue interrumpido frecuentemente por las
exclamaciones de la atenta concurrencia. Hasta el final su acento fue firme,
sereno y seguro. Su tajante voz, la convicción con que hablaba y la severidad
de su rostro impresionaron profundamente al auditorio.
‑Sí, sí, eso es; no cabe
duda de que es eso ‑se apresuró a decir Lebeziatnikof, entusiasmado‑. Prueba de
ello es que, cuando Sonia Simonovna ha entrado en la habitación, él me ha
preguntado si estaba usted aquí, si yo le había visto entre los invitados de
Catalina Ivanovna. Esta pregunta me la ha hecho en voz baja y después de
llevarme junto a la ventana. 0 sea que deseaba que usted fuera testigo de todo
esto. Sí, sí; no cabe duda de que es eso.
Lujine guardaba silencio
y sonreía desdeñosamente. Pero estaba pálido como un muerto. Evidentemente,
buscaba el modo de salir del atolladero. De buena gana se habría marchado, pero
esto no era posible por el momento. Marcharse así habría representado admitir
las acusaciones que pesaban sobre él y reconocer que había calumniado a Sonia
Simonovna.
Por otra parte, los
asistentes se mostraban sumamente excitados por las excesivas libaciones. El de
intendencia, aunque era incapaz de forjarse una idea clara de lo sucedido, era
el que más gritaba, y proponía las medidas más desagradables para Lujine.
La habitación estaba
llena de personas embriagadas, pero también habían acudido huéspedes de otros
aposentos, atraídos por el escándalo. Los tres polacos estaban indignadísimos y
no cesaban de proferir en su lengua insultos contra Piotr Petrovitch, al que
llamaban, entre otras cosas, pane ladak[58].
Sonia escuchaba con gran
atención, pero no parecía acabar de comprender lo que pasaba: su estado era
semejante al de una persona que acaba de salir de un desvanecimiento. No
apartaba los ojos de Raskolnikof, comprendiendo que sólo él podía protegerla.
La respiración de Catalina Ivanovna era silbante y penosa. Estaba completamente
agotada. Pero era Amalia Ivanovna la que tenía un aspecto más grotesco, con su
boca abierta y su cara de pasmo. Era evidente que no comprendía lo que estaba
ocurriendo. Lo único que sabía era que Piotr Petrovitch se hallaba en una
situación comprometida.
Raskolnikof intentó
volver a hablar, pero en seguida renunció a ello al ver que los inquilinos se
precipitaban sobre Lujine y, formando en torno de él un círculo compacto, le
dirigían toda clase de insultos y amenazas. Pero Lujine no se amilanó. Comprendiendo
que había perdido definitivamente la partida, recurrió a la insolencia.
‑Permítanme, señores,
permítanme. No se pongan así. Déjenme pasar ‑dijo mientras se abría paso‑. No
se molesten ustedes en intentar amedrentarme con sus amenazas. Tengan la
seguridad de que no adelantarán nada, pues no soy de los que se asustan
fácilmente. Por el contrario, les advierto que tendrán que responder de la
cooperación que han prestado a un acto delictivo. La culpabilidad de la ladrona
está más que probada, y presentaré la oportuna denuncia. Los jueces no están
ciegos... ni bebidos. Por eso rechazarán el testimonio de dos impíos, de dos
revolucionarios que me calumnian por una cuestión de venganza personal, como
ellos mismos han tenido la candidez de reconocer. Permítanme, señores.
‑No podría soportar ni un
minuto más su presencia en mi habitación ‑le dijo Andrés Simonovitch‑. Haga el
favor de marcharse. No quiero ningún trato con usted. ¡Cuando pienso que he
estado dos semanas gastando saliva para exponerle...!
‑Andrés Simonovitch,
recuerde que hace un rato le he dicho que me marchaba y usted trataba de
retenerme. Ahora me limitaré a decirle que es usted un tonto de remate y que le
deseo se cure de la cabeza y de los ojos. Permítanme, señores...
Y consiguió terminar de
abrirse paso. Pero el de intendencia no quiso dejarle salir de aquel modo.
Considerando que los insultos eran un castigo insuficiente para él, cogió un
vaso de la mesa y se lo arrojó con todas sus fuerzas. Desgraciadamente, el proyectil
fue a estrellarse contra Amalia Ivanovna, que empezó a proferir grandes
alaridos, mientras el de intendencia, que había perdido el equilibrio al tomar
impulso para el lanzamiento, caía pesadamente sobre la mesa.
Piotr Petrovitch logró
llegar a su aposento, y, una hora después, había salido de la casa.
Antes de esta aventura,
Sonia, tímida por naturaleza, se sentía más vulnerable que las demás mujeres,
ya que cualquiera tenía derecho a ultrajarla. Sin embargo, había creído hasta
entonces que podría contrarrestar la malevolencia a fuerza de discreción, dulzura
y humildad. Pero esta ilusión se había desvanecido y su decepción fue muy
amarga. Era capaz de soportarlo todo con paciencia y sin lamentarse, y el golpe
que acababa de recibir no estaba por encima de sus fuerzas, pero en el primer
momento le pareció demasiado duro. A pesar del triunfo de su inocencia en el
asunto del billete, transcurridos los primeros instantes de terror, y al poder
darse cuenta de las cosas, sintió que su corazón se oprimía dolorosamente ante
la idea de su abandono y de su aislamiento en la vida. Sufrió una crisis
nerviosa y, sin poder contenerse, salió de la habitación y corrió a su casa.
Esta huida casi coincidió con la salida de Lujine.
Amalia Ivanovna, cuando
recibió el proyectil destinado a Piotr Petrovitch en medio de las carcajadas de
los invitados, montó en cólera y su indignación se dirigió contra Catalina
Ivanovna, sobre la que se arrojó vociferando como si la hiciera responsable de
todo lo ocurrido.
‑¡Fuera de aquí en
seguida! ¡Fuera!
Y, al mismo tiempo que
gritaba, cogía todos los objetos de la inquilina que encontraba al alcance de
la mano y los arrojaba al suelo. La pobre viuda, que se había tenido que echar
en la cama, exhausta y rendida por el sufrimiento, saltó del lecho y se arrojó
sobre la patrona. Pero las fuerzas eran tan desiguales, que Amalia Ivanovna la
rechazó tan fácilmente como si luchara con una pluma.
‑¡Es el colmo! ¡No
contenta con calumniar a Sonia, ahora la toma conmigo! ¡Me echa a la calle el
mismo día de los funerales de mi marido! ¡Después de haber recibido mi
hospitalidad, me pone en medio del arroyo con mis pobres huérfanos! ¿Adónde
iré?
Y la pobre mujer
sollozaba, en el límite de sus fuerzas. De pronto sus ojos llamearon y gritó
desesperadamente:
‑¡Señor! ¿Es posible que
no exista la justicia aquí abajo? ¿A quién defenderás si no nos defiendes a
nosotros...? En fin, ya veremos. En la tierra hay jueces y tribunales.
Presentaré una denuncia. Prepárate, desalmada... Poletchka, no dejes a los
niños. Volveré en seguida. Si es preciso, esperadme en la calle. ¡Ahora veremos
si hay justicia en este mundo!
Catalina Ivanovna se
envolvió la cabeza en aquel trozo de paño verde de que había hablado
Marmeladof, atravesó la multitud de inquilinos embriagados que se hacinaban en
la estancia y, gimiendo y bañada en lágrimas, salió a la calle. Estaba resuelta
a que le hicieran justicia en el acto y costara lo que costase. Poletchka,
aterrada, se refugió con los niños en un rincón, junto al baúl. Rodeó con sus
brazos a sus hermanitos y así esperó la vuelta de su madre. Amalia Ivanovna iba
y venía por la habitación como una furia, rugiendo de rabia, lamentándose y
arrojando al suelo todo lo que caía en sus manos.
Entre los inquilinos
reinaba gran confusión: unos comentaban a grandes voces lo ocurrido, otros
discutían y se insultaban y algunos seguían entonando canciones.
«Ha llegado el momento de
marcharse ‑pensó Raskolnikof‑. Vamos a ver qué dice ahora Sonia Simonovna.»
Y se dirigió a casa de
Sonia.
IV
Aunque llevaba su propia
carga de miserias y horrores en el corazón, Raskolnikof había defendido
valientemente y con destreza la causa de Sonia ante Lujine. Dejando aparte el
interés que sentía por la muchacha y que le impulsaba a defenderla, había sufrido
tanto aquella mañana, que había acogido con verdadera alegría la ocasión de
ahuyentar aquellos pensamientos que habían llegado a serle insoportables.
Por otra parte, la idea
de su inmediata entrevista con Sonia le preocupaba y le colmaba de una ansiedad
creciente. Tenía que confesarle que había matado a Lisbeth. Presintiendo la
tortura que esta declaración supondría para él, trataba de apartarla de su
pensamiento. Cuando se había dicho, al salir de casa de Catalina Ivanovna: «
Vamos a ver qué dice ahora Sonia Simonovna», se hallaba todavía bajo los
efectos del ardoroso y retador entusiasmo que le había producido su victoria
sobre Lujine. Pero ‑‑cosa singular‑ cuando llegó al departamento de
Kapernaumof, esta entereza de ánimo le abandonó de súbito y se sintió débil y
atemorizado. Vacilando, se detuvo ante la puerta y se preguntó:
«¿Es necesario que revele
que maté a Lisbeth?»
Lo extraño era que, al
mismo tiempo que se hacía esta pregunta, estaba convencido de que le era
imposible no sólo eludir semejante confesión, sino retrasarla un solo instante.
No podía explicarse la razón de ello, pero sentía que era así y sufría horriblemente
al darse cuenta de que no tenía fuerzas para luchar contra esta necesidad.
Para evitar que su
tormento se prolongara se apresuró a abrir la puerta. Pero no franqueó el
umbral sin antes observar a Sonia. Estaba sentada ante su mesita, con los codos
apoyados en ella y la cara en las manos. Cuando vio a Raskolnikof, se levantó
en el acto y fue hacia él como si lo estuviese esperando.
‑¿Qué habría sido de mí
sin usted? ‑le dijo con vehemencia, al encontrarse con él en medio de la
habitación.
Al parecer, sólo pensaba
en el servicio que le había prestado, y ansiaba agradecérselo. Luego adoptó una
actitud de espera. Raskolnikof se acercó a la mesa y se sentó en la silla que
ella acababa de dejar. Sonia permaneció en pie a dos pasos de él, exactamente
como el día anterior.
‑Bueno, Sonia ‑dijo
Raskolnikof, y notó de pronto que la voz le temblaba‑; ya se habrá dado usted
cuenta de que la acusación se basaba en su situación y en los hábitos ligados a
ella.
El rostro de Sonia tuvo
una expresión de sufrimiento.
‑Le ruego que no me hable
como ayer. No, se lo suplico. Ya he sufrido bastante.
Y se apresuró a sonreír,
por temor a que este reproche hubiera herido a Raskolnikof.
‑He salido corriendo como
una loca. ¿Qué ha pasado después? He estado a punto de volver, pero luego he
pensado que usted vendría y...
Raskolnikof le explicó
que Amalia Ivanovna había despedido a su familia y que Catalina Ivanovna se
había marchado en busca de justicia no sabía adónde.
‑¡Dios mío! ‑exclamó
Sonia‑. ¡Vamos, vamos en seguida!
Y cogió apresuradamente
el pañuelo de la cabeza.
‑¡Siempre lo mismo! ‑exclamó
Raskolnikof, indignado‑. No piensa usted más que en ellos. Quédese un momento
conmigo.
‑Pero Catalina
Ivanovna...
‑Catalina Ivanovna no la
olvidará: puede estar segura ‑dijo Raskolnikof, molesto‑. Como ha salido,
vendrá aquí, y si no la encuentra, se arrepentirá usted de haberse marchado.
Sonia se sentó, presa de
una perplejidad llena de inquietud. Raskolnikof guardó silencio, con la mirada
fija en el suelo. Parecía reflexionar.
‑Tal vez Lujine no tenía
hoy intención de hacerla detener, porque no le interesaba. Pero si la hubiese
tenido y ni Lebeziatnikof ni yo hubiéramos estado allí, usted estaría ahora en
la cárcel, ¿no es así?
‑Sí ‑respondió Sonia con
voz débil y sin poder prestar demasiada atención a lo que Raskolnikof le decía,
tal era la ansiedad que la dominaba.
‑Pues bien, habría sido
muy fácil que yo no estuviera allí, y en cuanto a Lebeziatnikof, ha sido una
casualidad que fuese.
Sonia no contestó.
‑Y si la hubieran metido
en la cárcel, ¿qué habría pasado? ¿Se acuerda de lo que le dije ayer?
Ella seguía guardando
silencio. El esperó unos segundos. Después siguió diciendo, con una risa un
tanto forzada:
‑Creía que me iba usted a
repetir que no le hablara de estas cosas... ¿Qué? ‑preguntó tras una breve
pausa‑. ¿Insiste usted en no abrir la boca? Sin embargo, necesitamos un tema de
conversación. Por ejemplo, me gustaría saber cómo resolvería cierta
cuestión..., como diría Lebeziatnikof ‑añadió, notando que empezaba a perder la
sangre fría‑. No, no hablo en broma. Supongamos, Sonia, que usted conoce por
anticipado todos los proyectos de Lujine y sabe que estos proyectos sumirían
definitivamente en el infortunio a Catalina Ivanovna, a sus hijos y, por
añadidura, a usted..., y digo «por añadidura» porque a usted sólo se la puede
considerar como cosa aparte. Y supongamos también que, a consecuencia de esto,
Poletchka haya de verse obligada a llevar una vida como la que usted lleva.
Pues bien, si en estas circunstancias estuviera en su mano hacer que Lujine
pereciera, con lo que salvaría a Catalina Ivanovna y a su familia, o dejar que
Lujine viviera y llevase a cabo sus infames propósitos, ¿qué partido tomaría
usted? Ésta es la pregunta que quiero que me conteste.
Sonia le miró con
inquietud. Aquellas palabras, pronunciadas en un tono vacilante, parecían
ocultar una segunda intención.
‑Ya sabía yo que iba a
hacerme una pregunta extraña ‑dijo la joven dirigiéndole una mirada penetrante.
‑Eso poco importa. Diga:
¿qué decisión tomaría usted?
‑¿A qué viene hacer esas
preguntas absurdas? ‑repuso Sonia con un gesto de desagrado.
‑Dígame: ¿dejaría usted
que Lujine viviera y pudiese cometer sus desafueros? ¿Es que ni siquiera tiene
valor para tomar una decisión en teoría?
‑Yo no conozco las
intenciones de la Divina Providencia. ¿Por qué me interroga sobre hechos que no
existen? ¿A qué vienen esas preguntas inútiles? ¿Acaso es posible que la
existencia de un hombre dependa de mi voluntad? ¿Cómo puedo erigirme en árbitro
de los destinos humanos, de la vida y de la muerte?
‑Si hace usted intervenir
a la Providencia divina, no hablemos más ‑dijo Raskolnikof en tono sombrío.
Sonia respondió con
acento angustiado:
‑Dígame francamente qué
es lo que desea de mí... Sólo oigo de usted alusiones. ¿Es que ha venido usted
con el propósito de torturarme?
Sin poder contenerse, se
echó a llorar. Él la miró tristemente, con una expresión de angustia. Hubo un
largo silencio.
Al fin, Raskolnikof dijo
en voz baja:
‑Tienes razón, Sonia.
Se había producido en él
un cambio repentino. Su ficticio aplomo y el tono insolente que afectaba
momentos antes habían desaparecido. Hasta su voz parecía haberse debilitado.
‑Te dije ayer que no
vendría hoy a pedirte perdón, y he aquí que he comenzado esta conversación poco
menos que excusándome. Al hablarte de Lujine y de la Providencia pensaba en mí
mismo, Sonia, y me excusaba.
Trató de sonreír, pero
sólo pudo esbozar una mueca de impotencia. Luego bajó la cabeza y ocultó el
rostro entre las manos.
De súbito, una extraña y
sorprendente sensación de odio hacia Sonia le traspasó el corazón. Asombrado,
incluso aterrado de este descubrimiento inaudito, levantó la cabeza y observó
atentamente a la joven. Vio que fijaba en él una mirada inquieta y llena de una
solicitud dolorosa, y al advertir que aquellos ojos expresaban amor, su odio se
desvaneció como un fantasma. Se había equivocado acerca de la naturaleza del
sentimiento que experimentaba: lo que sentía era, simplemente, que el momento
fatal había llegado.
Bajó de nuevo la cabeza y
otra vez ocultó el rostro entre las manos. De pronto palideció, se levantó,
miró a Sonia y sin pronunciar palabra, fue maquinalmente a sentarse en el
lecho. Su impresión en aquel momento era exactamente la misma que había experimentado
el día en que, de pie a espaldas de la vieja, había sacado el hacha del nudo
corredizo, mientras se decía que no había que perder ni un segundo.
‑¿Qué le ocurre? ‑preguntó
Sonia, llena de turbación.
Raskolnikof no pudo
pronunciar ni una palabra. Había pensado dar «la explicación» en circunstancias
completamente distintas y no comprendía lo que estaba ocurriendo en su
interior.
Sonia se acercó paso a
paso, se sentó a su lado, en el lecho, y, sin apartar de él los ojos, esperó.
Su corazón latía con violencia. La situación se hacía insoportable. Él volvió
hacia la joven su rostro, cubierto de una palidez mortal. Sus contraídos labios
eran incapaces de pronunciar una sola palabra. Entonces el pánico se apoderó de
Sonia.
‑¿Qué le pasa? ‑volvió a
preguntarle, apartándose un poco de él.
‑Nada, Sonia. No te
asustes... Es una tontería... Sí, basta pensar en ello un instante para ver que
es una tontería ‑murmuró como delirando‑. No sé por qué he venido a
atormentarte ‑añadió, mirándola‑. En verdad, no lo sé. ¿Por qué? ¿Por qué? No
ceso de hacerme esta pregunta, Sonia.
Tal vez se la había hecho
un cuarto de hora antes, pero en aquel momento su debilidad era tan extrema que
apenas se daba cuenta de que existía. Un continuo temblor agitaba todo su
cuerpo.
‑¡Cómo se atormenta
usted! ‑se lamentó Sonia, mirándole.
‑No es nada, no es
nada... He aquí lo que te quería decir...
Una sombra de sonrisa
jugueteó unos segundos en sus labios.
‑¿Te acuerdas de lo que
quería decirte ayer?
Sonia esperó,
visiblemente inquieta.
‑Cuando me fui, te dije
que tal vez te decía adiós para siempre, pero que si volvía hoy te diría quién
mató a Lisbeth.
De pronto, todo el cuerpo
de Sonia empezó a temblar.
‑Pues bien, he venido a
decírtelo.
‑Así, ¿hablaba usted en
serio? ‑balbuceó Sonia haciendo un gran esfuerzo‑. Pero ¿cómo lo sabe usted? ‑preguntó
vivamente, como si acabara de volver en sí.
Apenas podía respirar. La
palidez de su rostro aumentaba por momentos.
‑El caso es que lo sé.
Sonia permaneció callada
un momento.
‑¿Lo han encontrado? ‑preguntó
al fin, tímidamente.
‑No, no lo han
encontrado.
‑Entonces, ¿cómo sabe
usted quién es? ‑preguntó la joven tras un nuevo silencio y con voz casi
imperceptible.
Él se volvió hacia ella y
la miró fijamente, con una expresión singular.
‑¿Lo adivinas?
Una nueva sonrisa de
impotencia flotaba en sus labios. Sonia sintió que todo su cuerpo se
estremecía.
‑Pero usted me... ‑balbuceó
ella con una sonrisa infantil‑. ¿Por qué quiere asustarme?
‑Para saber lo que sé ‑dijo
Raskolnikof, cuya mirada seguía fija en la de ella, como si no tuviera fuerzas
para apartarla‑, es necesario que esté «ligado» a «él»... Él no tenía intención
de matar a Lisbeth... La asesinó sin premeditación... Sólo quería matar a la
vieja... y encontrarla sola... Fue a la casa... De pronto llegó Lisbeth..., y
la mató a ella también.
Un lúgubre silencio
siguió a estas palabras. Los dos jóvenes se miraban fijamente.
‑Así, ¿no lo adivinas? ‑preguntó
de pronto.
Tenía la impresión de que
se arrojaba desde lo alto de una torre.
‑No ‑murmuró Sonia con
voz apenas audible.
‑Piensa.
En el momento de
pronunciar esta palabra, una sensación ya conocida por él le heló el corazón.
Miraba a Sonia y creía estar viendo a Lisbeth. Conservaba un recuerdo
imborrable de la expresión que había aparecido en el rostro de la pobre mujer
cuando él iba hacia ella con el hacha en alto y ella retrocedía hacia la pared,
como un niño cuando se asusta y, a punto de echarse a llorar, fija con terror
la mirada en el objeto que provoca su espanto. Así estaba Sonia en aquel
momento. Su mirada expresaba el mismo terror impotente. De súbito extendió el
brazo izquierdo, apoyó la mano en el pecho de Raskolnikof, lo rechazó
ligeramente, se puso en pie con un movimiento repentino y empezó a apartarse de
él poco a poco, sin dejar de mirarle. Su espanto se comunicó al joven, que
miraba a Sonia con el mismo gesto despavorido, mientras en sus labios se
esbozaba la misma triste sonrisa infantil.
‑¿Has comprendido ya? ‑murmuró.
‑¡Dios mío! ‑gimió,
horrorizada.
Luego, exhausta, se dejó
caer en su lecho y hundió el rostro en la almohada.
Pero un momento después
se levantó vivamente, se acercó a Raskolnikof, le cogió las manos, las atenazó
con sus menudos y delgados dedos y fijó en él una larga y penetrante mirada.
Con esta mirada, Sonia
esperaba captar alguna expresión que le demostrase que se había equivocado.
Pero no, no cabía la menor duda: la simple suposición se convirtió en certeza.
Más adelante, cuando
recordaba este momento, todo le parecía extraño, irreal. ¿De dónde le había
venido aquella certeza repentina de no equivocarse? Porque en modo alguno podía
decir que había presentido aquella confesión. Sin embargo, apenas le hizo él la
confesión, a ella le pareció haberla adivinado.
‑Basta, Sonia, basta. No
me atormentes.
Había hecho esta súplica
amargamente. No era así como él había previsto confesar su crimen: la realidad
era muy distinta de lo que se había imaginado.
Sonia estaba fuera de sí.
Saltó del lecho. De pie en medio de la habitación, se retorcía las manos. Luego
volvió rápidamente sobre sus pasos y de nuevo se sentó al lado de Raskolnikof,
tan cerca que sus cuerpos se rozaban. De pronto se estremeció como si la
hubiera asaltado un pensamiento espantoso, lanzó un grito y, sin que ni ella
misma supiera por qué, cayó de rodillas delante de Raskolnikof.
‑¿Qué ha hecho usted?
Pero ¿qué ha hecho usted? ‑exclamó, desesperada.
De pronto se levantó y
rodeó fuertemente con los brazos el cuello del joven.
Raskolnikof se desprendió
del abrazo y la contempló con una triste sonrisa.
‑No lo comprendo, Sonia.
Me abrazas y me besas después de lo que te acabo de confesar. No sabes lo que
haces.
Ella no le escuchó.
Gritó, enloquecida:
‑¡No hay en el mundo
ningún hombre tan desgraciado como tú!
Y prorrumpió en sollozos.
Un sentimiento ya
olvidado se apoderó del alma de Raskolnikof. No se pudo contener. Dos lágrimas
brotaron de sus ojos y quedaron pendientes de sus pestañas.
‑¿No me abandonarás,
Sonia? ‑preguntó, desesperado.
‑No, nunca, en ninguna
parte. Te seguiré adonde vayas. ¡Señor, Señor! ¡Qué desgraciada soy...! ¿Por
qué no te habré conocido antes? ¿Por qué no has venido antes? ¡Dios mío!
‑Pero he venido.
‑¡Ahora...! ¿Qué podemos
hacer ahora? ¡Juntos, siempre juntos! ‑exclamó Sonia volviendo a abrazarle‑.
¡Te seguiré al presidio!
Raskolnikof no pudo
disimular un gesto de indignación. Sus labios volvieron a sonreír como tantas
veces habían sonreído, con una expresión de odio y altivez.
‑No tengo ningún deseo de
ir a presidio, Sonia.
Tras los primeros
momentos de piedad dolorosa y apasionada hacia el desgraciado, la espantosa
idea del asesinato reapareció en la mente de la joven. El tono en que
Raskolnikof había pronunciado sus últimas palabras le recordaron de pronto que
estaba ante un asesino. Se quedó mirándole sobrecogida. No sabía aún cómo ni
por qué aquel joven se había convertido en un criminal. Estas preguntas
surgieron de pronto en su imaginación, y las dudas le asaltaron de nuevo. ¿Él
un asesino? ¡Imposible!
‑Pero ¿qué me pasa?
¿Dónde estoy? ‑exclamó profundamente sorprendida y como si le costara gran
trabajo volver a la realidad‑. Pero ¿cómo es posible que un hombre como usted
cometiera...? Además, ¿por qué?
‑Para robar, Sonia ‑respondió
Raskolnikof con cierto malestar.
Sonia se quedó
estupefacta. De pronto, un grito escapó de sus labios.
‑¡Estabas hambriento!
¡Querías ayudar a tu madre! ¿Verdad?
‑No, Sonia, no ‑balbuceó
el joven, bajando y volviendo la cabeza‑. No estaba hambriento hasta ese
extremo... Ciertamente, quería ayudar a mi madre, pero no fue eso todo... No me
atormentes, Sonia.
Sonia se oprimía una mano
con la otra.
‑Pero ¿es posible que
todo esto sea real? ¡Y qué realidad, Dios mío! ¿Quién podría creerlo? ¿Cómo se
explica que usted se quede sin nada por socorrer a otros habiendo matado por
robar...?
De pronto le asaltó una
duda.
‑¿Acaso ese dinero que
dio usted a Catalina Ivanovna..., ese dinero, Señor, era...?
‑No, Sonia ‑le
interrumpió Raskolnikof‑, ese dinero no procedía de allí. Tranquilízate. Me lo
había enviado mi madre por medio de un agente de negocios y lo recibí durante
mi enfermedad, el día mismo en que lo di... Rasumikhine es testigo, pues firmó
el recibo en mi nombre... Ese dinero era mío y muy mío.
Sonia escuchaba con un
gesto de perplejidad y haciendo grandes esfuerzos por comprender.
‑En cuanto al dinero de
la vieja, ni siquiera sé si tenía dinero ‑dijo en voz baja, vacilando‑. Desaté
de su cuello una bolsita de pelo de camello, que estaba llena, pero no miré lo
que contenía... Sin duda no tuve tiempo... Los objetos: gemelos, cadenas, etc.,
los escondí, así como la bolsa, debajo de una piedra en un gran patio que da a
la avenida V. Todo está allí todavía.
Sonia le escuchaba
ávidamente.
‑Pero ¿por qué, si mató
usted para robar, según dice..., por qué no cogió nada? ‑dijo la joven
vivamente, aferrándose a una última esperanza.
‑No lo sé. Todavía no he
decidido si cogeré ese dinero o no ‑dijo Raskolnikof en el mismo tono
vacilante. Después, como si volviera a la realidad, sonrió y siguió diciendo‑:
¡Qué estúpido soy! ¡Contar estas cosas!
Entonces un pensamiento
atravesó como un rayo la mente de Sonia. «¿Estará loco?» Pero desechó esta idea
en seguida. «No, no lo está.» Realmente, no comprendía nada.
Él exclamó, como en un
destello de lucidez:
‑Oye, Sonia, oye lo que
voy a decirte.
Y continuó, subrayando
las palabras y mirándola fijamente, con una expresión extraña pero sincera:
‑Si el hambre fuese lo
único que me hubiera impulsado a cometer el crimen, me sentiría feliz, sí,
feliz. Pero ¿qué adelantarías ‑exclamó en seguida, en un arranque de
desesperación‑, qué adelantarías si yo te confesara que he obrado mal? ¿Para
qué te serviría este inútil triunfo sobre mí? ¡Ah, Sonia! ¿Para esto he venido
a tu casa?
Sonia quiso decir algo,
pero no pudo.
‑Si te pedí ayer que me
siguieras es porque no tengo a nadie más que a ti.
‑¿Seguirte...? ¿Para qué?
‑preguntó la muchacha tímidamente.
‑No para robar ni matar,
tranquilízate ‑respondió él con una sonrisa cáustica‑. Somos distintos, Sonia.
Sin embargo... Oye, Sonia, hace un momento que me he dado cuenta de lo que yo
pretendía al pedirte que me siguieras. Ayer te hice la petición
instintivamente, sin comprender la causa. Sólo una cosa deseo de ti, y por eso
he venido a verte... ¡No me abandones! ¿Verdad que no me abandonarás?
Ella le cogió la mano, se
la oprimió...
Un segundo después,
Raskolnikof la miró con un dolor infinito y lanzó un grito de desesperación.
‑¿Por qué te habré dicho
todo esto? ¿Por qué te habré hecho esta confesión...? Esperas mis
explicaciones, Sonia, bien lo veo; esperas que te lo cuente todo... Pero ¿qué
puedo decirte? No comprenderías nada de lo que te dijera y sólo conseguiría que
sufrieras por mí todavía más... Lloras, vuelves a abrazarme. Pero dime: ¿por
qué? ¿Porque no he tenido valor para llevar yo solo mi cruz y he venido a
descargarme en ti, pidiéndote que sufras conmigo, ya que esto me servirá de
consuelo? ¿Cómo puedes amar a un hombre tan cobarde?
‑¿Acaso no sufres tú
también? ‑exclamó Sonia.
Otra vez se apoderó del
joven un sentimiento de ternura.
‑Sonia, yo soy un hombre
de mal corazón. Tenlo en cuenta, pues esto explica muchas cosas. Precisamente
porque soy malo he venido en tu busca. Otros no lo habrían hecho, pero yo... yo
soy un miserable y un cobarde. En fin, no es esto lo que ahora importa. Tengo
que hablarte de ciertas cosas y no me siento con fuerzas para empezar.
Se detuvo y quedó
pensativo.
‑Desde luego, no nos
parecemos en nada; somos muy diferentes... ¿Por qué habré venido? Nunca me lo
perdonaré.
‑No, no; has hecho bien
en venir ‑exclamó Sonia‑. Es mejor que yo lo sepa todo, mucho mejor.
Raskolnikof la miró
amargamente.
‑Bueno, al fin y al cabo,
¡qué importa! ‑‑exclamó, decidido a hablar‑. He aquí cómo ocurrieron las cosas.
Yo quería ser un Napoleón: por eso maté. ¿Comprendes?
‑No ‑murmuró Sonia,
ingenua y tímidamente‑. Pero no importa: habla, habla. ‑Y añadió, suplicante‑:
Haré un esfuerzo y comprenderé, lo comprenderé todo.
‑¿Lo comprenderás? ¿Estás
segura? Bien, ya veremos.
Hizo una larga pausa para
ordenar sus ideas.
‑He aquí el asunto. Un
día me planteé la cuestión siguiente: « ¿Qué habría ocurrido si Napoleón se
hubiese encontrado en mi lugar y no hubiera tenido, para tomar impulso en el
principio de su carrera, ni Tolón, ni Egipto, ni el paso de los Alpes por el Mont
Blanc, sino que, en vez de todas estas brillantes hazañas, sólo hubiera
dispuesto de una detestable y vieja usurera, a la que tendría que matar para
robarle el dinero..., en provecho de su carrera, entiéndase? ¿Se habría
decidido a matarla no teniendo otra alternativa? ¿No se habría detenido al
considerar lo poco que este acto tenía de heroico y lo mucho que ofrecía de
criminal...?» Te confieso que estuve mucho tiempo torturándome el cerebro con
estas preguntas, y me sentí avergonzado cuando comprendí repentinamente que no
sólo no se habría detenido, sino que ni siquiera le habría pasado por el
pensamiento la idea de que esta acción pudiera ser poco heroica. Ni siquiera
habría comprendido que se pudiera vacilar. Por poco que hubiera sido su
convencimiento de que ésta era para él la única salida, habría matado sin el
menor escrúpulo. ¿Por qué había de tenerlo yo? Y maté, siguiendo su ejemplo...
He aquí exactamente lo que sucedió. Te parece esto irrisorio, ¿verdad? Sí, te
lo parece. Y lo más irrisorio es que las cosas ocurrieron exactamente así.
Pero Sonia no sentía el
menor deseo de reír.
‑Preferiría que me
hablara con toda claridad y sin poner ejemplos ‑dijo con voz más tímida aún y
apenas perceptible.
Raskolnikof se volvió
hacia ella, la miró tristemente y la cogió de la mano.
‑Tienes razón otra vez,
Sonia. Todo lo que te he dicho es absurdo, pura charlatanería... La verdad es
que, como sabes, mi madre está falta de recursos y que mi hermana, que por
fortuna es una mujer instruida, se ha visto obligada a ir de un sitio a otro como
institutriz. Todas sus esperanzas estaban concentradas en mí. Yo estudiaba,
pero, por falta de medios, hube de abandonar la universidad. Aun suponiendo que
hubiera podido seguir estudiando, en el mejor de los casos habría podido
obtener dentro de diez o doce años un puesto como profesor de instituto o una
plaza de funcionario con un sueldo anual de mil rublos ‑parecía estar recitando
una lección aprendida de memoria‑, pero entonces las inquietudes y las
privaciones habrían acabado ya con la salud de mi madre. Para mi hermana, las
cosas habrían podido ir todavía peor... ¿Y para qué verse privado de todo,
dejar a la propia madre en la necesidad, presenciar el deshonor de una hermana?
¿Para qué todo esto? ¿Para enterrar a los míos y fundar una nueva familia destinada
igualmente a perecer de hambre...? En fin, todo esto me decidió a apoderarme
del dinero de la vieja para poder seguir adelante, para terminar mis estudios
sin estar a expensas de mi madre. En una palabra, decidí emplear un método
radical para empezar una nueva vida y ser independiente... Esto es todo.
Naturalmente, hice mal en matar a la vieja..., ¡pero basta ya!
Al llegar al fin de su
discurso bajó la cabeza: estaba agotado.
‑¡No, no! ‑exclamó Sonia,
angustiada‑. ¡No es eso! ¡No es posible! Tiene que haber algo más.
‑Creas lo que creas, te
he dicho la verdad.
‑¡Pero qué verdad, Dios
mío!
‑Al fin y al cabo, Sonia,
yo no he dado muerte más que a un vil y malvado gusano.
‑Ese gusano era una
criatura humana.
‑Cierto, ya sé que no era
gusano ‑dijo Raskolnikof, mirando a Sonia con una expresión extraña‑. Además,
lo que acabo de decir no es de sentido común. Tienes razón: son motivos muy
diferentes los que me impulsaron a hacer lo que hice... Hace mucho tiempo que
no había dirigido la palabra a nadie, Sonia, y por eso sin duda tengo ahora un
tremendo dolor de cabeza.
Sus ojos tenían un brillo
febril. Empezaba a desvariar nuevamente, y una sonrisa inquieta asomaba a sus
labios. Bajo su animación ficticia se percibía una extenuación espantosa. Sonia
comprendió hasta qué extremo sufría Raskolnikof. También ella sentía que una
especie de vértigo la iba dominando... ¡Qué modo tan extraño de hablar! Sus
palabras eran claras y precisas, pero..., pero ¿era aquello posible? ¡Señor,
Señor...! Y se retorcía las manos, desesperada.
‑No, Sonia, no es eso ‑dijo,
levantando de súbito la cabeza, como si sus ideas hubiesen tomado un nuevo giro
que le impresionaba y le reanimaba‑. No, no es eso. Lo que sucede..., sí, esto
es..., lo que sucede es que soy orgulloso, envidioso, perverso, vil, rencoroso
y..., para decirlo todo ya que he comenzado..., propenso a la locura. Acabo de
decirte que tuve que dejar la universidad. Pues bien, a decir verdad, podía
haber seguido en ella. Mi madre me habría enviado el dinero de las matrículas y
yo habría podido ganar lo necesario para comer y vestirme. Sí, lo habría podido
ganar. Habría dado lecciones. Me las ofrecían a cincuenta kopeks. Así lo hace
Rasumikhine. Pero yo estaba exasperado y no acepté. Sí, exasperado: ésta es la
palabra. Me encerré en mi agujero como la araña en su rincón. Ya conoces mi
tabuco, porque estuviste en él. Ya sabes, Sonia, que el alma y el pensamiento
se ahogan en las habitaciones bajas y estrechas. ¡Cómo detestaba aquel
cuartucho! Sin embargo, no quería salir de él. Pasaba días enteros sin moverme,
sin querer trabajar. Ni siquiera me preocupaba la comida. Estaba siempre
acostado. Cuando Nastasia me traía algo, comía. De lo contrario, no me
alimentaba. No pedía nada. Por las noches no tenía luz, y prefería permanecer
en la oscuridad a ganar lo necesario para comprarme una bujía.
»En vez de trabajar,
vendí mis libros. Todavía hay un dedo de polvo en mi mesa, sobre mis cuadernos
y mis papeles. Prefería pensar tendido en mi diván. Pensar siempre... Mis
pensamientos eran muchos y muy extraños... Entonces empecé a imaginar... No, no
fue así. Tampoco ahora cuento las cosas como fueron... Entonces yo me
preguntaba continuamente: "Ya que ves la estupidez de los demás, ¿por qué
no buscas el modo de mostrarte más inteligente que ellos?" Más adelante,
Sonia, comprendí que esperar a que todo el mundo fuera inteligente suponía una
gran pérdida de tiempo. Y después me convencí de que este momento no llegaría
nunca, que los hombres no podían cambiar, que no estaba en manos de nadie
hacerlos de otro modo. Intentarlo habría sido perder el tiempo. Sí, todo esto
es verdad. Es la ley humana. La ley, Sonia, y nada más. Y ahora sé que quien es
dueño de su voluntad y posee una inteligencia poderosa consigue fácilmente
imponerse a los demás hombres; que el más osado es el que más razón tiene a los
ojos ajenos; que quien desafía a los hombres y los desprecia conquista su
respeto y llega a ser su legislador. Esto es lo que siempre se ha visto y lo
que siempre se verá. Hay que estar ciego para no advertirlo.
Raskolnikof, aunque
miraba a Sonia al pronunciar estas palabras, no se preocupaba por saber si ella
le comprendía. La fiebre volvía a dominarle y era presa de una sombría
exaltación (en verdad, hacía mucho tiempo que no había conversado con ningún
ser humano). Sonia comprendió que aquella trágica doctrina constituía su ley y
su fe.
‑Entonces me convencí,
Sonia ‑continuó el joven con ardor‑, de que sólo posee el poder aquel que se
inclina para recogerlo. Está al alcance de todos y basta atreverse a tomarlo.
Entonces tuve una idea que nadie, ¡nadie!, había tenido jamás. Vi con claridad
meridiana que era extraño que nadie hasta entonces, viendo los mil absurdos de
la vida, se hubiera atrevido a sacudir el edificio en sus cimientos para
destruirlo todo, para enviarlo todo al diablo... Entonces yo me atreví y
maté... Yo sólo quería llevar a cabo un acto de audacia, Sonia. No quería otra
cosa: eso fue exclusivamente lo que me impulsó.
‑¡Calle, calle! ‑exclamó
Sonia fuera de sí‑. Usted se ha apartado de Dios, y Dios le ha castigado, lo ha
entregado al demonio.
‑Así, Sonia, ¿tú crees
que cuando todas estas ideas acudían a mí en la oscuridad de mi habitación era
que el diablo me tentaba?
‑¡Calle, ateo! No se
burle... ¡Señor, Señor! No comprende nada...
‑Óyeme, Sonia; no me
burlo. Estoy seguro de que el demonio me arrastró. Óyeme, óyeme ‑repitió con
sombría obstinación‑. Sé todo, absolutamente todo lo que tú puedas decirme. He
pensado en todo eso y me lo he repetido mil veces cuando estaba echado en las
tinieblas... ¡Qué luchas interiores he librado! Si supieras hasta qué punto me
enojaban estas inútiles discusiones conmigo mismo. Mi deseo era olvidarlo todo
y empezar una nueva vida. Pero especialmente anhelaba poner fin a mis
soliloquios... No creas que fui a poner en práctica mis planes
inconscientemente. No, lo hice todo tras maduras reflexiones, y eso fue lo que
me perdió. Créeme que yo no sabía que el hecho de interrogarme a mí mismo
acerca de mi derecho al poder demostraba que tal derecho no existía, puesto que
lo ponía en duda. Y que preguntarme si el hombre era un gusano demostraba que
no lo era para mí. Estas cosas sólo son aceptadas por el hombre que no se
plantea tales preguntas y sigue su camino derechamente y sin vacilar. El solo
hecho de que me preguntara: «¿Habría matado Napoleón a la vieja?» demostraba
que yo no era un Napoleón... Sobrellevé hasta el final el sufrimiento
ocasionado por estos desatinos y después traté de expulsarlos. Yo maté no por
cuestiones de conciencia, sino por un impulso que sólo a mí me atañía. No
quiero engañarme a mí mismo sobre este punto. Yo no maté por acudir en socorro
de mi madre ni con la intención de dedicar al bien de la humanidad el poder y
el dinero que obtuviera; no, no, yo sólo maté por mi interés personal, por mí
mismo, y en aquel momento me importaba muy poco saber si sería un bienhechor de
la humanidad o un vampiro de la sociedad, una especie de araña que caza seres
vivientes con su tela. Todo me era indiferente. Desde luego, no fue la idea del
dinero la que me impulsó a matar. Más que el dinero necesitaba otra cosa...
Ahora lo sé... Compréndeme... Si tuviera que volver a hacerlo, tal vez no lo
haría... Era otra la cuestión que me preocupaba y me impulsaba a obrar. Yo
necesitaba saber, y cuanto antes, si era un gusano como los demás o un hombre,
si era capaz de franquear todos los obstáculos, si osaba inclinarme para asir
el poder, si era una criatura temerosa o si procedía como el que ejerce un
derecho.
‑¿Derecho a matar? ‑exclamó
la joven, atónita.
‑¡Calla, Sonia! ‑exclamó
Rodia, irritado. A sus labios acudió una objeción, pero se limitó a decir‑: No
me interrumpas. Yo sólo quería decirte que el diablo me impulsó a hacer aquello
y luego me hizo comprender que no tenía derecho a hacerlo, puesto que era un
gusano como los demás. El diablo se burló de mí. Si estoy en tu casa es porque
soy un gusano; de lo contrario, no te habría hecho esta visita... Has de saber
que cuando fui a casa de la vieja, yo solamente deseaba hacer un experimento.
‑Usted mató.
‑Pero ¿cómo? No se
asesina como yo lo hice. El que comete un crimen procede de modo muy
distinto... Algún día lo contaré todo detalladamente... ¿Fue a la vieja a quien
maté? No, me asesiné a mí mismo, no a ella, y me perdí para siempre... Fue el
diablo el que mató a la vieja y no yo.
Y de pronto exclamó con
voz desgarradora:
‑¡Basta, Sonia, basta!
¡Déjame, déjame!
Raskolnikof apoyó los
codos en las rodillas y hundió la cabeza entre sus manos, rígidas como tenazas.
‑¡Qué modo de sufrir! ‑gimió
Sonia.
‑Bueno, ¿qué debo hacer?
Habla ‑dijo el joven, levantando la cabeza y mostrando su rostro horriblemente
descompuesto.
‑¿Qué debes hacer? ‑exclamó
la muchacha.
Se arrojó sobre él. Sus
ojos, hasta aquel momento bañados en lágrimas, centellaron de pronto.
‑¡Levántate!
Le había puesto la mano
en el hombro. Él se levantó y la miró, estupefacto.
‑Ve inmediatamente a la
próxima esquina, arrodíllate y besa la tierra que has mancillado. Después
inclínate a derecha e izquierda, ante cada persona que pase, y di en voz alta:
« ¡He matado! » Entonces Dios te devolverá la vida.
Temblando de pies a
cabeza, le asió las manos convulsivamente y le miró con ojos de loca.
‑¿Irás, irás? ‑le
preguntó.
Raskolnikof estaba tan
abatido, que tanta exaltación le sorprendió.
‑¿Quieres que vaya a
presidio, Sonia? ‑preguntó con acento sombrío‑. ¿Pretendes que vaya a
presentarme a la justicia?
‑Debes aceptar el
sufrimiento, la expiación, que es el único medio de borrar tu crimen.
‑No, no iré a presentarme
a la justicia, Sonia.
‑¿Y tu vida qué? ‑exclamó
la joven‑. ¿Cómo vivirás? ¿Podrás vivir desde ahora? ¿Te atreverás a dirigir la
palabra a tu madre...? ¿Qué será de ellas...? Pero ¿qué digo? Ya has abandonado
a tu madre y a tu hermana. Bien sabes que las has abandonado... ¡Señor...! Él
ya ha comprendido lo que esto significa... ¿Se puede vivir lejos de todos los
seres humanos? ¿Qué va a ser de ti?
‑No seas niña, Sonia ‑respondió
dulcemente Raskolnikof‑. ¿Quién es esa gente para juzgar mi crimen? ¿Qué podría
decirles? Su autoridad es pura ilusión. Dan muerte a miles de hombres y ven en
ello un mérito. Son unos bribones y unos cobardes, Sonia... No iré. ¿Qué
quieres que les diga? ¿Que he escondido el dinero debajo de una piedra por no
atreverme a quedármelo? ‑Y añadió, sonriendo amargamente‑: Se burlarían de mí.
Dirían que soy un imbécil al no haber sabido aprovecharme. Un imbécil y un
cobarde. No comprenderían nada, Sonia, absolutamente nada. Son incapaces de
comprender. ¿Para qué ir? No, no iré. No seas niña, Sonia.
‑Tu vida será un martirio
‑dijo la joven, tendiendo hada él los brazos en una súplica desesperada.
‑Tal vez me haya
calumniado a mí mismo ‑dijo, absorto y con acento sombrío‑. Acaso soy un hombre
todavía, no un gusano, y me he precipitado al condenarme. Voy a intentar seguir
luchando.
Y sonrió con arrogancia.
‑¡Pero llevar esa carga
de sufrimiento toda la vida, toda la vida...!
‑Ya me acostumbraré ‑dijo
Raskolnikof, todavía triste y pensativo.
Pero un momento después
exclamó:
‑¡Bueno, basta de
lamentaciones! Hay que hablar de cosas más importantes. He venido a decirte que
me siguen la pista de cerca.
‑¡Oh! ‑exclamó Sonia,
aterrada.
‑Pero ¿qué te pasa? ¿Por
qué gritas? Quieres que vaya a presidio, y ahora te asustas. ¿De qué? Pero
escucha: no me dejaré atrapar fácilmente. Les daré trabajo. No tienen pruebas.
Ayer estuve verdaderamente en peligro y me creí perdido, pero hoy el asunto parece
haberse arreglado. Todas las pruebas que tienen son armas de dos filos, de modo
que los cargos que me hagan no puedo presentarlos de forma que me favorezcan,
¿comprendes? Ahora ya tengo experiencia. Sin embargo, no podré evitar que me
detengan. De no ser por una circunstancia imprevista, ya estaría encerrado.
Pero aunque me encarcelen, habrán de dejarme en libertad, pues ni tienen
pruebas ni las tendrán, te doy mi palabra, y por simples sospechas no se puede
condenar a un hombre... Anda, siéntate... Sólo te he dicho esto para que estés
prevenida... En cuanto a mi madre y a mi hermana, ya arreglaré las cosas de
modo que no se inquieten ni sospechen la verdad... Por otra parte, creo que mi
hermana está ahora al abrigo de la necesidad y, por lo tanto, también mi
madre... Esto es todo. Cuento con tu prudencia. ¿Vendrás a verme cuando esté
detenido?
‑¡Sí, sí!
Allí estaban los dos,
tristes y abatidos, como náufragos arrojados por el temporal a una costa
desolada. Raskolnikof miraba a Sonia y comprendía lo mucho que lo amaba. Pero ‑cosa
extraña‑ esta gran ternura produjo de pronto al joven una impresión penosa y
amarga. Una sensación extraña y horrible. Había ido a aquella casa diciéndose
que Sonia era su único refugio y su única esperanza. Había ido con el propósito
de depositar en ella una parte de su terrible carga, y ahora que Sonia le había
entregado su corazón se sentía infinitamente más desgraciado que antes.
‑Sonia ‑le dijo‑‑, será
mejor que no vengas a verme cuando esté encarcelado.
Ella no contestó.
Lloraba. Transcurrieron varios minutos.
De pronto, como
obedeciendo a una idea repentina, Sonia preguntó:
‑¿Llevas alguna cruz?
Él la miró sin comprender
la pregunta.
‑No, no tienes ninguna,
¿verdad? Toma, quédate ésta, que es de madera de ciprés. Yo tengo otra de cobre
que fue de Lisbeth. Hicimos un cambio: ella me dio esta cruz y yo le regalé una
imagen. Yo llevaré ahora la de Lisbeth y tú la mía. Tómala ‑suplicó‑. Es una
cruz, mi cruz... Desde ahora sufriremos juntos, y juntos llevaremos nuestra
cruz.
‑Bien, dame ‑dijo
Raskolnikof.
Quería complacerla, pero
de pronto, sin poderlo remediar, retiró la mano que había tendido.
‑Más adelante, Sonia.
Será mejor.
‑Sí, será mejor ‑‑dijo
ella, exaltada‑. Te la pondrás cuando empiece tu expiación. Entonces vendrás a
mí y la colgaré en tu cuello. Rezaremos juntos y después nos pondremos en
marcha.
En este momento sonaron
tres golpes en la puerta.
‑¿Se puede pasar, Sonia
Simonovna? ‑preguntó cortésmente una voz conocida.
Sonia corrió hacia la
puerta, llena de inquietud. La abrió y la rubia cabeza de Lebeziatnikof
apareció junto al marco.
V
Lebeziatnikof daba
muestras de una turbación extrema. ‑Vengo por usted, Sonia Simonovna.
Perdone... No esperaba encontrarlo aquí ‑dijo de pronto, dirigiéndose a
Raskolnikof‑. No es que vea nada malo en ello, entiéndame; es, sencillamente,
que no lo esperaba.
Se volvió de nuevo hacia
Sonia y exclamó:
‑Catalina Ivanovna ha
perdido el juicio.
Sonia lanzó un grito.
‑Por lo menos ‑dijo
Lebeziatnikof‑ lo parece. Claro que... Pero es el caso que no sabemos qué
hacer... Les contaré lo ocurrido. Después de marcharse ha vuelto. A mí me
parece que le han pegado... Ha ido en busca del jefe de su marido y no lo ha
encontrado: estaba comiendo en casa de otro general. Entonces ha ido al
domicilio de ese general y ha exigido ver al jefe de su esposo, que estaba
todavía a la mesa. Ya pueden ustedes figurarse lo que ha ocurrido.
Naturalmente, la han echado, pero ella, según dice, ha insultado al general e
incluso le ha arrojado un objeto a la cabeza. Esto es muy posible. Lo que no
comprendo es que no la hayan detenido. Ahora está describiendo la escena a todo
el mundo, incluso a Amalia Ivanovna, pero nadie la entiende, tanto grita y se
debate... Dice que ya que todos la abandonan, cogerá a los niños y se irá con
ellos a la calle a tocar el órgano y pedir limosna, mientras sus hijos cantan y
bailan. Y que irá todos los días a pedir ante la casa del general, a fin de que
éste vea a los niños de una familia de la nobleza, a los hijos de un
funcionario, mendigando por las calles. Les pega y ellos lloran. Enseña a Lena
a cantar aires populares y a los otros dos a bailar. Destroza sus ropas y les
confecciona gorros de saltimbanqui. Como no tiene ningún instrumento de música,
está dispuesta a llevarse una cubeta para golpearla a manera de tambor. No
quiere escuchar a nadie. Ustedes no se pueden imaginar lo que es aquello.
Lebeziatnikof habría
seguido hablando de cosas parecidas y en el mismo tono si Sonia, que le
escuchaba anhelante, no hubiera cogido de pronto su sombrero y su chal y echado
a correr. Raskolnikof y Lebeziatnikof salieron tras ella.
‑No cabe duda de que se
ha vuelto loca ‑dijo Andrés Simonovitch a Raskolnikof cuando estuvieron en la
calle‑. Si no lo he asegurado ha sido tan sólo para no inquietar demasiado a
Sonia Simonovna. Desde luego, su locura es evidente. Dicen que a los tísicos se
les forman tubérculos en el cerebro. Lamento no saber medicina. Yo he intentado
explicar el asunto a la enfermera, pero ella no ha querido escucharme.
‑¿Le ha hablado usted de
tubérculos?
‑No, no; si le hubiera
hablado de tubérculos, ella no me habría comprendido. Lo que quiero decir es
que, si uno consigue convencer a otro, por medio de la lógica, de que no tiene
motivos para llorar, no llorará. Esto es indudable. ¿Acaso usted no opina así?
‑Yo creo que si tuviera
usted razón, la vida sería demasiado fácil.
‑Permítame. Desde luego,
Catalina Ivanovna no comprendería fácilmente lo que le voy a decir. Pero
usted... ¿No sabe que en Paris se han realizado serios experimentos sobre el
sistema de curar a los locos sólo por medio de la lógica? Un doctor francés, un
gran sabio que ha muerto hace poco, afirmaba que esto es posible. Su idea
fundamental era que la locura no implica lesiones orgánicas importantes, que
sólo es, por decirlo así, un error de lógica, una falta de juicio, un punto de
vista equivocado de las cosas. Contradecía progresivamente a sus enfermos,
refutaba sus opiniones, y obtuvo excelentes resultados. Pero como al mismo
tiempo utilizaba las duchas, no ha quedado plenamente demostrada la eficacia de
su método... Por lo menos, esto es lo que opino yo.
Pero Raskolnikof ya no le
escuchaba. Al ver que habían Llegado frente a su casa, saludó a Lebeziatnikof
con un movimiento de cabeza y cruzó el portal. Andrés Simonovitch se repuso en
seguida de su sorpresa y, tras dirigir una mirada a su alrededor, prosiguió su
camino.
Raskolnikof entró en su
buhardilla, se detuvo en medio de la habitación y se preguntó:
‑¿Para qué habré venido?
Y su mirada recorría las
paredes, cuyo amarillento papel colgaba aquí y allá en jirones..., y el
polvo..., y el diván...
Del patio subía un ruido
seco, incesante: golpes de martillo sobre clavos. Se acercó a la ventana, se
puso de puntillas y estuvo un rato mirando con gran atención... El patio estaba
desierto; Raskolnikof no vio a nadie. En el ala izquierda había varias ventanas
abiertas, algunas adornadas con macetas, de las que brotaban escuálidos
geranios. En la parte exterior se veían cuerdas con ropa tendida... Era un
cuadro que estaba harto de ver. Dejó la ventana y fue a sentarse en el diván.
Nunca se había sentido tan solo.
Experimentó de nuevo un
sentimiento de odio hacia Sonia. Sí, la odiaba después de haberla atraído a su
infortunio. ¿Por qué habría ido a hacerla llorar? ¿Qué necesidad tenía de
envenenar su vida? ¡Qué cobarde había sido!
‑Permaneceré solo ‑se
dijo de pronto, en tono resuelto‑, y ella no vendrá a verme a la cárcel.
Cinco minutos después
levantó la cabeza y sonrió extrañamente. Acababa de pasar por su cerebro una
idea verdaderamente singular. «Acaso sea verdad que estaría mejor en presidio.»
Nunca sabría cuánto duró
aquel desfile de ideas vagas.
De pronto se abrió la
puerta y apareció Avdotia Romanovna. La joven se detuvo en el umbral y estuvo
un momento observándole, exactamente igual que había hecho él al llegar a la
habitación de Sonia. Después Dunia entró en el aposento y fue a sentarse en una
silla frente a él, en el sitio mismo en que se había sentado el día anterior.
Raskolnikof la miró en silencio, con aire distraído.
‑No te enfades, Rodia ‑dijo
Dunia‑. Estaré aquí sólo un momento.
La joven estaba
pensativa, pero su semblante no era severo. En su clara mirada había un
resplandor de dulzura. Raskolnikof comprendió que era su amor a él lo que había
impulsado a su hermana a hacerle aquella visita.
‑Oye, Rodia: lo sé
todo..., ¡todo! Me lo ha contado Dmitri Prokofitch. Me ha explicado hasta el
más mínimo detalle. Te persiguen y te atormentan con las más viles y absurdas
suposiciones. Dmitri Prokofitch me ha dicho que no corres peligro alguno y que
no deberías preocuparte como te preocupas. En esto no estoy de acuerdo con él:
comprendo tu indignación y no me extrañaría que dejara en ti huellas
imborrables. Esto es lo que me inquieta. No te puedo reprochar que nos hayas
abandonado, y ni siquiera juzgaré tu conducta. Perdóname si lo hice. Estoy
segura de que también yo, si hubiera tenido una desgracia como la tuya, me
habría alejado de todo el mundo. No contaré nada de todo esto a nuestra madre,
pero le hablaré continuamente de ti y le diré que tú me has prometido ir muy
pronto a verla. No te inquietes por ella: yo la tranquilizaré. Pero tú ten
piedad de ella: no olvides que es tu madre. Sólo he venido a decirte ‑y Dunia
se levantó‑ que si me necesitases para algo, aunque tu necesidad supusiera el
sacrificio de mi vida, no dejes de llamarme. Vendría inmediatamente. Adiós.
Se volvió y se dirigió a
la puerta resueltamente.
.‑¡Dunia! ‑la llamó su
hermano, levantándose también y yendo hacia ella‑. Ya habrás visto que
Rasumikhine es un hombre excelente.
Un leve tabor apareció en
las mejillas de Dunia.
‑¿Por qué lo dices? ‑preguntó,
tras unos momentos de espera.
‑Es un hombre activo,
trabajador, honrado y capaz de sentir un amor verdadero... Adiós, Dunia.
La joven había enrojecido
vivamente. Después su semblante cobró una expresión de inquietud.
‑¿Es que nos dejas para
siempre, Rodia? Me has hablado como quien hace testamento.
‑Adiós, Dunia.
Se apartó de ella y se
fue a la ventana. Dunia esperó un momento, lo miró con un gesto de
intranquilidad y se marchó llena de turbación.
Sin embargo, Rodia no
sentía la indiferencia que parecía demostrar a su hermana. Durante un momento,
al final de la conversación, incluso había deseado ardientemente estrecharla en
sus brazos, decirle así adiós y contárselo todo. No obstante, ni siquiera se
había atrevido a darle la mano.
«Más adelante, al
recordar mis besos, podría estremecerse y decir que se los había robado.»
Y se preguntó un momento
después:
«Además, ¿tendría la
entereza de ánimo necesaria para soportar semejante confesión? No, no la
soportaría; las mujeres como ella no son capaces de afrontar estas cosas.»
Sonia acudió a su
pensamiento. Un airecillo fresco entraba por la ventana. Declinaba el día.
Cogió su gorra y se marchó.
No se sentía con fuerzas
para preocuparse por su salud, ni experimentaba el menor deseo de pensar en
ella. Pero aquella angustia continua, aquellos terrores, forzosamente tenían
que producir algún efecto en él, y si la fiebre no le había abatido ya era precisamente
porque aquella tensión de ánimo, aquella inquietud continua, le sostenían y le
infundían una falsa animación.
Erraba sin rumbo fijo. El
sol se ponía. Desde hacía algún tiempo, Raskolnikof experimentaba una angustia
completamente nueva, no aguda ni demasiado penosa, pero continua e invariable.
Presentía largos y mortales años colmados de esta fría y espantosa ansiedad.
Generalmente era al atardecer cuando tales sensaciones cobraban una intensidad
obsesionante.
:Con estos estúpidos
trastornos provocados por una puesta de sol ‑se dijo malhumorado‑ es imposible
no cometer alguna tontería. Uno se siente capaz de ir a confesárselo todo no
sólo a Sonia, sino a Dunia.»
Oyó que le llamaban y se
volvió. Era Lebeziatnikof, que corría hacia él.
‑Vengo de su casa. He ido
a buscarle. Esa mujer ha hecho lo que se proponía: se ha marchado de casa con
los niños. A Sonia Simonovna y a mí nos ha costado gran trabajo encontrarla.
Golpea con la mano una sartén y obliga a los niños a cantar. Los niños lloran.
Catalina Ivanovna se va parando en las esquinas y ante las tiendas. Los sigue
un grupo de imbéciles. Venga usted.
‑¿Y Sonia? ‑preguntó,
inquieto, Raskolnikof, mientras echaba a andar al lado de Lebeziatnikof a toda
prisa.
‑Está completamente
loca... Bueno, me refiero a Catalina Ivanovna, no a Sonia Simonovna. Ésta está
trastornada, desde luego; pero Catalina Ivanovna está verdaderamente loca, ha
perdido el juicio por completo. Terminarán por detenerla, y ya puede usted figurarse
el efecto que esto le va a producir. Ahora está en el malecón del canal, cerca
del puente de N., no lejos de casa de Sonia Simonovna, que está cerca de aquí.
En el malecón, cerca del
puente y a dos pasos de casa de Sonia Simonovna, había una verdadera multitud,
formada principalmente por chiquillos y rapazuelos. La voz ronca y desgarrada
de Catalina Ivanovna llegaba hasta el puente. En verdad, el espectáculo era lo
bastante extraño para atraer la atención de los transeúntes. Catalina Ivanovna,
con su vieja bata y su chal de paño, cubierta la cabeza con un mísero sombrero
de paja ladeado sobre una oreja, parecía presa de su verdadero acceso de
locura. Estaba rendida y jadeante. Su pobre cara de tísica nunca había tenido
un aspecto tan lamentable (por otra parte, los enfermos del pecho tienen
siempre peor cara en la calle, en pleno día, que en su casa). Pero, a pesar de
su debilidad, Catalina Ivanovna parecía dominada por una excitación que iba en
continuo aumento. Se arrojaba sobre los niños, los reñía, les enseñaba delante
de todo el mundo a bailar y cantar, y luego, furiosa al ver que las pobres
criaturas no sabían hacer lo que ella les decía, empezaba a azotarlos.
A veces interrumpía sus
ejercicios para dirigirse al público. Y cuando veía entre la multitud de
curiosos alguna persona medianamente vestida, le decía que mirase a qué extremo
habían llegado los hijos de una familia noble y casi aristocrática. Si oía risas
o palabras burlonas, se encaraba en el acto con los insolentes y los ponía de
vuelta y media. Algunos se reían, otros sacudían la cabeza, compasivos, y todos
miraban con curiosidad a aquella loca rodeada de niños aterrados.
Lebeziatnikof debía de
haberse equivocado en lo referente a la sartén. Por lo menos, Raskolnikof no
vio ninguna. Catalina Ivanovna se limitaba a llevar el compás batiendo palmas
con sus descarnadas manos cuando obligaba a Poletchka a cantar y a Lena y Kolia
a bailar. A veces se ponía a cantar ella misma; pero pronto le cortaba el canto
una tos violenta que la desesperaba. Entonces empezaba a maldecir de su
enfermedad y a llorar. Pero lo que más la enfurecía eran las lágrimas y el
terror de Lena y de Kolia.
Había intentado vestir a
sus hijos como cantantes callejeros. Le había puesto al niño una especie de
turbante rojo y blanco, con lo que parecía un turco. Como no tenía tela para
hacer a Lena un vestido, se había limitado a ponerle en la cabeza el gorro de
lana, en forma de casco, del difunto Simón Zaharevitch, al que añadió como
adorno una pluma de avestruz blanca que había pertenecido a su abuela y que
hasta entonces había tenido guardada en su baúl como una reliquia de familia.
Poletchka llevaba su vestido de siempre. Miraba a su madre con una expresión de
inquietud y timidez y no se apartaba de ella. Procuraba ocultarle sus lágrimas;
sospechaba que su madre no estaba en su juicio, y se sentía aterrada al verse
en la calle, en medio de aquella multitud. En cuanto a Sonia, se había acercado
a su madrastra y le suplicaba llorando que volviera a casa. Pero Catalina
Ivanovna se mostraba inflexible.
‑¡Basta, Sonia! ‑exclamó,
jadeando y sin poder continuar a causa de la tos‑ No sabes lo que me pides.
Pareces una niña. Ya lo he dicho que no volveré a casa de esa alemana borracha.
Que todo el mundo, que todo Petersburgo vea mendigar a los hijos de un padre
noble que ha servido leal y fielmente toda su vida y que ha muerto, por decirlo
así, en su puesto de trabajo.
Aquel trastornado cerebro
había urdido esta fantasía, y Catalina Ivanovna creía en ella ciegamente.
‑Que ese bribón de
general vea esto. Además, tú no te das cuenta de una cosa, Sonia. ¿De dónde
vamos a sacar ahora la comida? Ya te hemos explotado bastante y no quiero que
esto continúe...
En esto vio a Raskolnikof
y corrió hacia él.
‑¿Es usted, Rodion
Romanovitch? Haga el favor de explicarle a esta tonta que la resolución que he
tomado es la más conveniente. Bien se da limosna a los músicos ambulantes. A
nosotros nos reconocerán en seguida: verán que somos una familia noble caída en
la miseria, y ese detestable general será expulsado del ejército: ya lo verá
usted. Iremos todos los días a pedir bajo sus ventanas. Y cuando pase el
emperador, me arrojaré a sus pies y le mostraré a mis hijos. «Protéjame, señor», le
diré. Es
un hombre misericordioso, un padre para los huérfanos, y nos protegerá, ya lo
verá usted. Y ese detestable general... Lena, tenez‑vous droite . Tú, Kolia, vas a volver a
bailar en seguida. Pero ¿por qué lloras? ¿De qué tienes miedo, so tonto? Señor,
¿qué puedo hacer con ellos? Le hacen perder a una la paciencia, Rodion
Romanovitch.
Y entre lágrimas (lo que
no le impedía hablar sin descanso) mostraba a Raskolnikof sus desconsolados
hijos.
El joven intentó
convencerla de que volviera a su habitación, diciéndole (creía que levantaría
su amor propio) que no debía ir por las calles como los organilleros, cuando
estaba en vísperas de ser directora de un pensionado para muchachas nobles.
‑¿Un pensionado? ¡Ja, ja,
ja! ¡Ésa es buena! ‑exclamó Catalina Ivanovna, a la que acometió un acceso de
tos en medio de su risa‑. No, Rodion Romanovitch: ese sueño se ha desvanecido.
Todo el mundo nos ha abandonado. Y ese general... Sepa usted, Rodion
Romanovitch, que le arrojé a la cabeza un tintero que había en una mesa de la
antecámara, al lado de la hoja donde han de poner su nombre los visitantes. No
escribí el mío, le arrojé el tintero a la cabeza y me marché. ¡Cobardes!
¡Miserables...! Pero ahora me río de ellos. Me encargaré yo misma de la
alimentación de mis hijos y no me humillaré ante nadie. Ya la hemos explotado
bastante ‑señalaba a Sonia‑. Poletchka, ¿cuánto dinero hemos recogido? A ver.
¿Cómo? ¿Dos kopeks nada más? ¡Qué gente tan miserable! No dan nada. Lo único
que hacen es venir detrás de nosotros como idiotas. ¿De qué se reirá ese
cretino? ‑señalaba a uno del grupo de curiosos‑. De todo esto tiene la culpa
Kolia, que no entiende nada. La saca a una de quicio... ¿Qué quieres,
Poletchka? Háblame
en francés, parle‑moi français. Te he dado lecciones; sabes muchas frases.
Si no hablas en francés, ¿cómo sabrá la gente que perteneces a una familia
noble y que sois niños bien educados y no músicos ambulantes? Nosotros no
cantaremos cancioncillas ligeras, sino hermosas romanzas. Bueno, vamos a ver
qué cantamos ahora. Haced el favor de no interrumpirme... Oiga, Rodion
Romanovitch nos hemos detenido aquí para escoger nuestro repertorio...
Necesitamos un aire que pueda bailar Kolia... Ya comprenderá usted que no
tenemos nada preparado. Primero hay que ensayar, y cuando ya podamos presentar
un trabajo de conjunto, nos iremos a la avenida Nevsky[59], por donde pasa mucha
gente distinguida, que se fijará en nosotros inmediatamente. Lena sabe esa
canción que se llama La casita de campo, pero ya la conoce todo el mundo y
resulta una lata. Necesitamos un repertorio de más calidad. Vamos, Polia, dame
alguna idea; ayuda a tu madre... ¡Ah, esta memoria mía! ¡Cómo me falla! Si no
me fallase, ya sabría yo lo que tenemos que cantar. Pues no es cosa de que
cantemos El húsar apoyado en su sable... ¡Ah, ya sé! Cantaremos en francés
Cinq sous. Vosotros
sabéis esta canción porque os la he enseñado, y como es una canción francesa,
la gente verá en seguida que pertenecéis a una familia noble y se conmoverá
También podríamos cantar Marlborough s'en va‑t‑en guerre, que es una canción
infantil que se canta en todas las casas aristocráticas para dormir a los
niños.
»Marlborough s'en va‑t‑en guerre,
ne sait quand reviendra.
Había empezado a cantar,
pero en seguida se interrumpió. ‑No, es mejor que cantemos Cinq sous... Anda,
Kolia: las manos en las caderas, y a moverse vivamente. Y tú, Lena, da vueltas
también, pero en sentido contrario. Poletchka y yo cantaremos y batiremos
palmas.
»Cinq sous, cinq sous
Pour monter notre ménage.
La acometió un acceso de
dos.
‑Poletchka ‑dijo sin
cesar de toser‑, arréglate el vestido. Las hombreras te cuelgan. Ahora vuestro
porte debe ser especialmente digno y distinguido, a fin de que todo el mundo
pueda ver que pertenecéis a la nobleza. Ya decía yo que tu corpiño debía ser
más largo. Mira el resultado: esta niña es una caricatura... ¿Otra vez
llorando? Pero ¿qué os pasa, estúpidos? Vamos, Kolia, empieza ya. ¡Anda! Animo.
¡Oh, qué criatura tan insoportable!
»Cinq sous, cinq sous.
»¿Ahora un soldado? ¿A
qué vienes?
Era un gendarme, que se
había abierto paso entre la muchedumbre. Pero, al mismo tiempo, se había
acercado un señor de unos cincuenta años y aspecto imponente, que llevaba
uniforme de funcionario y una condecoración pendiente de una cinta que rodeaba
su cuello (lo cual produjo gran satisfacción a Catalina Ivanovna y causó cierta
impresión al gendarme). El caballero, sin desplegar los labios, entregó a la
viuda un billete de tres rublos, mientras su semblante reflejaba una compasión
sincera. Catalina Ivanovna aceptó el obsequio y se inclinó ceremoniosamente.
‑Muchas gracias, señor ‑dijo
en un tono lleno de dignidad‑. Las razones que nos han impulsado a... Toma el
dinero, Poletchka. Ya ves que todavía hay en el mundo hombres generosos y
magnánimos prestos a socorrer a una dama de la nobleza caída en el infortunio.
Los huérfanos que ve ante usted, señor, son de origen noble, e incluso puede
decirse que están emparentados con la más alta aristocracia... Ese miserable
general estaba comiendo perdices... Empezó a golpear el suelo con el pie,
contrariado por mi presencia, y yo le dije: «Excelencia, usted conocía a Simón
Zaharevitch. Proteja a sus huérfanos. El mismo día de su entierro, su hija ha
tenido que soportar las calumnias del más miserable de los hombres...» ¿Todavía
está aquí este soldado?
Y gritó, dirigiéndose al
funcionario:
‑Protéjame, señor. ¿Por
qué me acosa este soldado? Ya hemos tenido que librarnos de uno en la calle de
los Burgueses... ¿Qué quieres de ml, imbécil?
‑Está prohibido armar
escándalo en la calle. Haga el favor de comportarse con más corrección.
‑¡Tú sí que eres
incorrecto! Yo no hago sino lo que hacen los músicos ambulantes. ¿Por qué te
has de ensañar conmigo?
‑Los músicos ambulantes
necesitan un permiso. Usted no lo tiene y provoca escándalos en la vía pública.
¿Dónde vive usted?
‑¿Un permiso? ‑exclamó
Catalina Ivanovna‑. ¡He enterrado hoy a mi marido! ¿Qué permiso puedo tener?
‑Cálmese, señora ‑dijo el
funcionario‑. Venga, la acompañaré a su casa. Usted no es persona para estar
entre esta gente. Está usted enferma...
‑¡Señor, usted no conoce
nuestra situación! ‑dijo Catalina Ivanovna‑. Tenemos que ir a la avenida
Nevsky... ¡Sonia, Sonia...! ¿Dónde estás? ¿También tú lloras? Pero ¿qué os pasa
a todos...? Kolia Lena, ¿adónde vais? ‑exclamó, súbitamente aterrada‑. ¡Qué
niños tan estúpidos! ¡Kolia, Lena! ¿Adónde vais?
Lo ocurrido era que los
niños, ya asustados por la multitud que los rodeaba y por las extravagancias de
su madre, habían sentido verdadero terror al ver acercarse al gendarme
dispuesto a detenerlos y habían huido a todo correr.
La infortunada Catalina
Ivanovna se había lanzado en pos de ellos, gimiendo y sollozando. Era
desgarrador verla correr jadeando y entre sollozos. Sonia y Poletchka salieron
en su persecución.
‑¡Cógelos, Sonia! ¡Qué
niños tan estúpidos e ingratos! ¡Detenlos, Polia! Todo lo he hecho por
vosotros.
En su carrera tropezó con
un obstáculo y cayó.
‑¡Se ha herido! ¡Está
cubierta de sangre! ¡Dios mío!
Y mientras decía esto,
Sonia se había inclinado sobre ella.
La gente se apiñó en
torno de las dos mujeres. Raskolnikof y Lebeziatnikof habían sido de los
primeros en llegar, así como el funcionario y el gendarme.
‑¡Qué desgracia! ‑gruñó
este último, presintiendo que se hallaba ante un asunto enojoso.
Luego trató de dispersar
a la multitud que se hacinaba en torno de él.
‑¡Circulen, circulen!
‑Se muere ‑dijo uno.
‑Se ha vuelto loca ‑afirmó
otro.
‑¡Piedad para ella,
Señor! ‑dijo una mujer santiguándose‑. ¿Se ha encontrado a los niños? Sí, ahí
vienen; los trae la niña mayor. ¡Qué desgracia, Dios mío!
Al examinar atentamente a
Catalina Ivanovna se pudo ver que no se había herido, como creyera Sonia, sino
que la sangre que teñía el pavimento salía de su boca.
‑Yo sé lo que es eso ‑dijo
el funcionario en voz baja a Raskolnikof y Lebeziatnikof‑. Está tísica. La
sangre empieza a salir y ahoga al enfermo. Yo he presenciado un caso igual en
una parienta mía. De pronto echó vaso y medio de sangre. ¿Qué podemos hacer? Se
va a morir.
‑¡Llévenla a mi casa! ‑suplicó
Sonia‑. Vivo aquí mismo... Aquella casa, la segunda... ¡A mi casa, pronto...!
Busquen un médico... ¡Señor!
Todo se arregló gracias a
la intervención del funcionario. El gendarme incluso ayudó a transportar a
Catalina Ivanovna. La depositaron medio muerta en la cama de Sonia. La
hemorragia continuaba, pero la enferma se iba recobrando poco a poco.
En la habitación, además
de Sonia, habían entrado Raskolnikof, Lebeziatnikof, el funcionario y el
gendarme, que obligó a retirarse a algunos curiosos que habían llegado hasta la
puerta. Apareció Poletchka con los fugitivos, que temblaban y lloraban. De casa
de Kapernaumof llegaron también, primero el mismo sastre, con su cojera y su
único ojo sano, y que tenía un aspecto extraño con sus patillas y cabellos
tiesos; después su mujer, cuyo semblante tenía una expresión de espanto, y en
pos de ellos algunos de sus niños, cuyas caras reflejaban un estúpido estupor.
Entre toda esta multitud apareció de pronto el señor Svidrigailof. Raskolnikof
le contempló con un gesto de asombro. No comprendía de dónde había salido: no
recordaba haberlo visto entre la multitud.
Se habló de llamar a un
médico y a un sacerdote. El funcionario murmuró al oído de Raskolnikof que la
medicina no podía hacer nada en este caso, pero no por eso dejó de aprobar la
idea de que se fuera a buscar un doctor. Kapernaumof se encargó de ello.
Entre tanto, Catalina
Ivanovna se había reanimado un poco. La hemorragia había cesado. La enferma
dirigió una mirada llena de dolor, pero penetrante, a la pobre Sonia, que,
pálida y temblorosa, le limpiaba la frente con un pañuelo. Después pidió que la
levantaran. La sentaron en la cama y le pusieron almohadas a ambos lados para
que pudiera sostenerse.
‑¿Dónde están los niños? ‑preguntó
con voz trémula‑. ¿Los has traído, Polia? ¡Los muy tontos! ¿Por qué habéis
huido? ¿Por qué?
La sangre cubría aún sus
delgados labios. La enferma paseó la mirada por la habitación.
‑Aquí vives, ¿verdad,
Sonia? No había venido nunca a tu casa, y al fin he tenido ocasión de verla.
Se quedó mirando a Sonia
con una expresión llena de amargura.
‑Hemos destrozado tu vida
por completo... Polia, Lena, Kolia, venid... Aquí están, Sonia... Tómalos...
Los pongo en tus manos... Yo he terminado ya... Se acabó la fiesta...
Acostadme... Dejadme morir tranquila.
La tendieron en la cama.
‑¿Cómo? ¿Un sacerdote?
¿Para qué? ¿Es que a alguno de ustedes les sobra un rublo...? Yo no tengo
pecados... Dios me perdonará... Sabe lo mucho que he sufrido en la vida... Y si
no me perdona, ¿qué le vamos a hacer?
El delirio de la fiebre
se iba apoderando de ella. Sus ideas eran cada vez más confusas. A cada momento
se estremecía, miraba al círculo formado en torno del lecho, los reconocía a
todos. Después volvía a hundirse en el delirio. Su respiración era silbante y
penosa. Se oía en su garganta una especie de hervor.
‑Yo le dije:
«¡Excelencia...!» ‑exclamó, deteniéndose después de cada palabra para tomar
aliento‑. ¡Esa Amalia Ludwigovna...! ¡Lena, Kolia, las manos en las caderas...!
Vivacidad, mucha vivacidad... Ligereza y elegancia... Un poco de taconeo... ¡A
ver si lo hacéis con gracia...!
»Du
hast Diamanten and Perlen[60].
»¿Qué viene después...? ¡Ah, sí!
»Du hast die schonsten Augen...
Madchen, was willst du meher?
»¡Qué falso es esto! Was willst du meher...? Bueno, ¿qué más dijo el
muy imbécil...? Ya, ya recuerdo lo que sigue...
»En los mediodías ardientes
de los llanos del Daghestan...
»¡Ah, cómo me gustaba,
como me encantaba esta romanza, Poletchka! Me la cantaba tu padre antes de
casarnos... ¡Qué tiempos aquellos...! Esto es lo que debemos cantar... Pero
¿qué viene después...? Lo he olvidado... Ayúdame a recordar...
La dominaba una profunda
agitación. Intentaba incorporarse... De pronto, con voz ronca, entrecortada,
siniestra, deteniéndose para respirar después de cada palabra, con una
creciente expresión de inquietud en el rostro, volvió a cantar:
En los mediodias ardientes
de
los llanos del Daghestan...,
con
una bala en el pecho...
De pronto rompió a llorar
y exclamó con una especie de ronquido:
‑¡Excelencia, proteja a
los huérfanos en memoria del difunto Simón Zaharevitch, del que incluso puede
decirse que era un aristócrata!
Tras un estremecimiento,
volvió a su juicio, miró con un gesto de espanto a cuantos la rodeaban y se vio
que hacía esfuerzos por recordar dónde estaba. En seguida reconoció a Sonia,
pero se mostró sorprendida de verla a su lado.
‑Sonia..., Sonia...‑dijo
dulcemente‑, ¿también estás tú aquí?
La levantaron de nuevo.
‑¡Ha llegado la hora...!
¡Esto se acabó, desgraciada...! La bestia está rendida..., ¡muerta! ‑gritó con
amarga desesperación, y cayó sobre la almohada.
Quedó adormecida, pero
este sopor duró poco. Echó hacia atrás el amarillento y enjuto rostro, su boca
se abrió, sus piernas se extendieron convulsivamente, lanzó un profundo suspiro
y murió.
Sonia se arrojó sobre el
cadáver, se abrazó a él, dejó caer su cabeza sobre el descarnado pecho de la
difunta y quedó inmóvil, petrificada. Poletchka se echó sobre los pies de su
madre y empezó a besarlos sollozando.
Kolia y Lena, aunque no
comprendían lo que había sucedido, adivinaban que el acontecimiento era
catastrófico. Se habían cogido de los hombros y se miraban en silencio. De
pronto, los dos abrieron la boca y empezaron a llorar y a gritar.
Los dos llevaban aún sus
vestidos de saltimbanqui: uno su turbante, el otro su gorro adornado con una
pluma de avestruz.
No se sabe cómo, el
diploma obtenido por Catalina Ivanovna en el internado apareció de pronto en el
lecho, al lado del cadáver. Raskolnikof lo vio. Estaba junto a la
almohada.
Rodia se dirigió a la
ventana. Lebeziatnikof corrió a reunirse con él.
Se ha muerto ‑murmuró.
‑Rodion Romanovitch ‑dijo
Svidrigailof acercándose a ellos‑, tengo que decirle algo importante.
Lebeziatnikof se retiró
en el acto discretamente. No obstante, Svidrigailof se llevó a Raskolnikof a un
rincón más apartado. Rodia no podía ocultar su curiosidad.
‑De todo esto, del
entierro y de lo demás, me encargo yo. Ya sabe usted que tengo más dinero del
que necesito. Llevaré a Poletchka y sus hermanitos a un buen orfelinato y
depositaré mil quinientos rublos para cada uno. Así podrán llegar a la mayoría
de edad sin que Sonia Simonovna tenga que preocuparse por su sostenimiento. En
cuanto a ella, la retiraré de la prostitución, pues es una buena chica, ¿no le
parece? Ya puede usted explicar a Avdotia Romanovna en qué gasto yo el dinero.
‑¿Qué persigue usted con
su generosidad? ‑preguntó Raskolnikof.
‑¡Qué escéptico es usted!
‑exclamó Svidrigailof, echándose a reír‑. Ya le he dicho que no necesito el
dinero que en esto voy a gastar. Usted no admite que yo pueda proceder por un
simple impulso de humanidad. Al fin y al cabo, esa mujer no era un gusano ‑señalaba
con el dedo el rincón donde reposaba la difunta‑ como cierta vieja usurera. ¿No
sería preferible que, en vez de ella, hubiera muerto Lujine, ya que así no
podría cometer más infamias? Sin mi ayuda, Poletchka seguiría el camino de su
hermana...
Su tono malicioso parecía
lleno de reticencia, y mientras hablaba no apartaba la vista de Raskolnikof, el
cual se estremeció y se puso pálido al oír repetir los razonamientos que había
hecho a Sonia. Retrocedió vivamente y fijó en Svidrigailof una mirada extraña.
‑¿Cómo sabe usted que yo
he dicho eso?‑balbuceó.
‑Vivo al otro lado de ese
tabique, en casa de la señora Resslich. Este departamento pertenece a
Kapernaumof, y aquél, a la señora Resslich, mi antigua y excelente amiga. Soy
vecino de Sonia Simonovna.
‑¿Usted?
‑Sí, yo ‑dijo
Svidrigailof entre grandes carcajadas‑. Le doy mi palabra de honor, querido
Rodion Romanovitch, de que me ha interesado usted extraordinariamente. Le dije
que seríamos buenos amigos. Pues bien, ya lo somos. Ya verá como soy un hombre
comprensivo y tratable con el que se puede alternar perfectamente.
SEXTA PARTE
I
Empezó para Raskolnikof
una vida extraña. Era como si una especie de neblina le hubiera envuelto y
hundido en un fatídico y doloroso aislamiento. Cuando más adelante recordaba
este período de su vida, comprendía que entonces su razón vacilaba a cada momento
y que este estado, interrumpido por algunos intervalos de lucidez, se había
prolongado hasta la catástrofe definitiva. Tenía el convencimiento de que había
cometido muchos errores, sobre todo en las fechas y sucesión de los hechos. Por
lo menos, cuando, andando el tiempo, recordó, y trató de poner en orden estos
recursos, y después de explicarse lo sucedido, sólo gracias al testimonio de
otras personas pudo conocer muchas de las cosas que pertenecían a aquel período
de su propia vida. Confundía los hechos y consideraba algunos como consecuencia
de otros que sólo existían en su imaginación. A veces le dominaba una angustia
enfermiza y un profundo terror. Y también se acordaba de haber pasado minutos,
horas y acaso días sumido en una apatía que sólo podía compararse con el estado
de indiferencia de ciertos moribundos. En general, últimamente parecía preferir
cerrar los ojos a su situación que darse cuenta exacta de ella. Así, ciertos
hechos esenciales que se veía obligado a dilucidar le mortificaban, y, en compensación,
descuidaba alegremente otras cuestiones cuyo olvido podía serle fatal, teniendo
en cuenta su situación.
Svidrigailof le
inquietaba de un modo especial. Incluso podía decirse que su pensamiento se
había fijado e inmovilizado en él. Desde que había oído las palabras, claras y
amenazadoras, que este hombre había pronunciado en la habitación de Sonia el
día de la muerte de Catalina Ivanovna, las ideas de Raskolnikof habían tomado
una dirección completamente nueva. Pero, a pesar de que este hecho imprevisto
le inquietaba profundamente, no se apresuraba a poner las cosas en claro. A
veces, cuando se encontraba en algún barrio solitario y apartado, solo ante una
mesa de alguna taberna miserable, sin que pudiera comprender cómo había llegado
allí, el recuerdo de Svidrigailof le asaltaba de pronto, y se decía, con febril
lucidez, que debía tener con él una explicación cuanto antes. Un día en que se
fue a pasear por las afueras, se imaginó que se había citado con Svidrigailof.
Otra vez se despertó al amanecer en un matorral, sin saber por qué estaba allí.
En los dos o tres días
que siguieron a la muerte de Catalina Ivanovna, Raskolnikof se había encontrado
varias veces con Svidrigailof, casi siempre en la habitación de Sonia, a la que
iba a visitar sin objeto alguno y para volverse a marchar en seguida. Se
limitaba a cambiar rápidamente algunas palabras triviales, sin abordar el punto
principal, como si se hubieran puesto de acuerdo tácitamente en dejar a un lado
de momento esta cuestión. El cuerpo de Catalina Ivanovna estaba aún en el
aposento. Svidrigailof se encargaba de todo lo relacionado con el entierro y
parecía muy atareado. También Sonia estaba muy ocupada.
La última vez que se
vieron, Svidrigailof enteró a Raskolnikof de que había arreglado felizmente la
situación de los niños de la difunta. Gracias a ciertas personalidades que le
conocían, había conseguido que admitieran a los huérfanos en excelentes orfelinatos,
donde recibirían un trato especial, ya que había entregado una buena suma por
cada uno de ellos.
Después dijo algunas
palabras acerca de Sonia, prometió a Raskolnikof pasar pronto por su casa y le
recordó que deseaba pedirle consejo sobre ciertos asuntos.
Esta conversación tuvo
lugar en la entrada de la casa, al pie de la escalera. Svidrigailof miraba
fijamente a Raskolnikof. De pronto bajó la voz y le dijo:
‑Pero ¿qué le pasa a
usted, Rodion Romanovitch? Cualquiera diría que no está usted en su juicio.
Usted escucha y mira con la expresión del hombre que no comprende nada. Hay que
animarse. Tenemos que hablar, a pesar de que estoy muy ocupado tanto por asuntos
propios como por ajenos... Oiga, Rodion Romanovitch ‑le dijo de pronto‑, todos
los hombres necesitamos aire, aire libre... Esto es indispensable.
Se apartó para dejar paso
a un sacerdote y a un sacristán que venían a celebrar el oficio de difuntos.
Svidrigailof lo había arreglado todo para que esta ceremonia se repitiese dos
veces cada día a las mismas horas. Se marchó. Raskolnikof estuvo un momento
reflexionando. Después siguió al sacerdote hasta el aposento de Sonia.
Se detuvo en el umbral.
Comenzó el oficio, triste, grave, solemne. Las ceremonias fúnebres le
inspiraban desde la infancia un sentimiento de terror místico. Hacía mucho
tiempo' que no había asistido a una misa de difuntos. La ceremonia que estaba
presenciando era para él especialmente conmovedora e impresionante. Miró a los
niños. Los tres estaban arrodillados junto al ataúd. Poletchka lloraba. Tras
ella, Sonia rezaba, procurando ocultar sus lágrimas.
« En todos estos días ‑se
dijo Raskolnikof‑ no me ha dirigido ni una palabra ni una mirada.»
El sol iluminaba la
habitación, y el humo del incienso se elevaba en densas volutas.
El sacerdote leyó:
‑«Concédele, Señor, el
descanso eterno.»
Raskolnikof permaneció en
el aposento hasta el final del oficio. El pope repartió sus bendiciones y
salió, dirigiendo a un lado y a otro miradas de extrañeza.
Después, el joven se
acercó a Sonia. Ella se apoderó de sus manos y apoyó en su hombro la cabeza.
Esta demostración de amistad produjo a Raskolnikof un profundo asombro. ¿De
modo que ella no experimentaba la menor repulsión, el menor horror hacia él? La
mano de Sonia no temblaba lo más mínimo en la suya. Era el colmo de la
abnegación: ésta era, por lo menos, la explicación que Raskolnikof daba a
semejante detalle. Sonia no desplegó los labios. Raskolnikof le estrechó la
mano y se fue.
Se habría sentido feliz
si hubiera podido retirarse en aquel momento a un lugar verdaderamente
solitario, incluso para siempre. Pero, por desgracia para él, en aquellos
últimos días de su crisis, aunque estaba casi siempre solo, no tenía nunca la
sensación de estarlo completamente.
A veces salía de la
ciudad y se alejaba por la carretera. En una ocasión incluso se había internado
en un bosque. Pero cuanto más solitario y apartado era el paraje, más
claramente percibía Raskolnikof la presencia de algo semejante a un ser, cuya
proximidad le aterraba menos que le abatía.
Por eso se apresuraba a
volver a la ciudad y se mezclaba con la multitud. Entraba en las tabernas, en
los figones; se iba a la plaza del Mercado, al mercado de las Pulgas. Así se
sentía más tranquilo y más solo.
Una vez que entró en uno
de estos figones, oyó que estaban cantando. Anochecía. Estuvo una hora
escuchando, e incluso con gran satisfacción. Pero al fin una profunda agitación
volvió a apoderarse de él y le asaltó una especie de remordimiento.
«Aquí estoy escuchando
canciones ‑se dijo‑ Pero ¿es esto lo que debo hacer?» Además, comprendió que no
era éste su único motivo de inquietud. Había otra cuestión que debía resolverse
inmediatamente, pero que no lograba identificar y que ni siquiera podía
expresar con palabras. Lo sentía en su interior como una especie de torbellino.
«Más vale luchar ‑se dijo‑:
encontrarse cara a cara con Porfirio o Svidrigailof... Sí, recibir un reto:
tener que rechazar un ataque... No cabe duda de que esto es lo mejor.»
Después de hacerse estas
reflexiones, salió precipitadamente del figón. En esto acudió a su pensamiento
el recuerdo de su madre y de su hermana, y se apoderó de él un profundo terror.
Fue ésta la noche en que se despertó al oscurecer en un matorral de la isla
Kretovski. Estaba helado y temblaba de fiebre cuando tomó el camino de su
alojamiento. Llegó ya muy avanzada la mañana. Tras varias horas de descanso, le
desapareció la fiebre; pero cuando se levantó eran más de las dos de la tarde.
Se acordó de que era el
día de los funerales de Catalina Ivanovna y se alegró de no haber asistido.
Nastasia le trajo la comida y él comió y bebió con gran apetito, casi con
glotonería. Tenía la cabeza despejada y gozaba de una calma que no había
experimentado desde hacía tres días. Incluso se asombró de los terrores que le
habían asaltado. La puerta se abrió y entró Rasumikhine.
‑¡Ah, estás comiendo!
Luego no estás enfermo.
Cogió una silla y se
sentó frente a su amigo. Parecía muy agitado y no lo disimulaba. Habló con una
indignación evidente, pero sin apresurarse ni levantar la voz. Era como si le
impulsara una intención misteriosa.
‑Escucha ‑dijo en tono
resuelto‑: el diablo os lleve a todos, y no quiero saber nada de vosotros, pues
no entiendo absolutamente nada de vuestra conducta. No creas que he venido a
interrogarte, pues no tengo el menor interés en averiguar nada. Si te tirase de
la lengua, empezarías, a lo mejor, a contarme todos tus secretos, y yo no
querría escucharlos: escupiría y me marcharía. He venido para aclarar, por mí
mismo y definitivamente, si en verdad estás loco. Pues has de saber que algunos
creen que lo estás. Y te confieso que me siento inclinado a compartir esta
opinión, dado tu modo de obrar estúpido, bastante villano y perfectamente
inexplicable, así como tu reciente conducta con tu madre y con tu hermana. ¿Qué
hombre lo haría, Tu madre está muy enferma desde ayer. Quería verte, y aunque e
que no sea un monstruo, un canalla o un loco se habría portado con ellas como
te has portado tú? En consecuencia, tú estás loco.
‑¿Cuándo las has visto?
‑Hace un rato. ¿Y tú?
¿Desde cuándo no las has visto? Dime, te lo ruego: ¿dónde has pasado el día? He
estado tres veces aquí y no he conseguido verte. tu hermana ha hecho todo lo
posible por retenerla, ella no ha querido escucharla. Ha dicho que si estabas
enfermo, si perdías la razón, sólo tu madre podía venir en tu ayuda. Por lo
tanto, nos hemos venido hacia aquí los tres, pues, como comprenderás, no
podíamos dejarla venir sola, y por el camino no hemos cesado de tratar de
calmarla. Cuando hemos llegado aquí, tú no estabas. Mira, aquí se ha sentado, y
sentada ha estado diez minutos, mientras nosotros permanecíamos de pie ante
ella. Al fin se ha levantado y ha dicho: « Si sale, no puede estar enfermo. La
razón es que me ha olvidado. No me parece bien que una madre vaya a buscar a su
hijo para mendigar sus caricias.» Cuando ha vuelto a su casa, ha tenido que
acostarse. Ahora tiene fiebre. «Para su amiga sí que tiene tiempo», ha dicho.
Se refería a Sonia Simonovna, de la que supone que es tu prometida o tu amante.
No sabe si es una cosa a otra, y como yo tampoco lo sé, amigo mío, y deseaba
salir de dudas, he ido en seguida a casa de esa joven... Al entrar, veo un
ataúd, niños que lloran y a Sonia Simonovna probándoles vestidos de luto. Tú no
estabas allí. Después de buscarte con los ojos, me he excusado, he salido y he
ido a contar a Avdotia Romanovna los resultados de mis pesquisas. O sea que las
suposiciones de tu madre han resultado inexactas, y puesto que no se trata de
una aventura amorosa, la hipótesis más plausible es la de la locura. Pero ahora
te encuentro comiendo con tanta avidez como si llevaras tres días en ayunas.
Verdad es que los locos también comen, y que, además, no me has dicho ni una
palabra; pero estoy seguro de que no estás loco. Eso es para mí tan
indiscutible, que lo juraría a ojos cerrados. Así, que el diablo se os lleve a
todos. Aquí hay un misterio, un secreto, y no estoy dispuesto a romperme la
cabeza para resolver este enigma. Sólo he venido aquí ‑terminó, levantándose‑
para decirte lo que te he dicho y descargar mi conciencia. Ahora ya sé lo que
tengo que hacer.
‑¿Qué vas a hacer?
‑¡A ti qué te importa!
‑Vas a beber. Lleva
cuidado.
‑¿Cómo lo has adivinado?
‑No es nada difícil.
Rasumikhine permaneció un
momento en silencio.
‑Tú eres muy inteligente
y nunca has estado loco ‑exclamó con vehemencia‑. Has dado en el clavo. Me voy
a beber. Adiós.
Y dio un paso hacia la
puerta.
‑Hablé de ti a mi
hermana, Rasumikhine. Me parece que fue anteayer.
Rasumikhine se detuvo.
‑¿De mí? ¿Dónde la viste?
Había palidecido
ligeramente, y bastaba mirarle para comprender que su corazón había empezado a
latir con violencia.
‑Vino a verme. Se sentó
ahí y estuvo hablando conmigo.
‑¿Ella?
‑Sí.
‑Bueno, pero ¿qué le
dijiste de mí?
‑Le dije que eres una
excelente persona, un hombre honrado y trabajador. De tu amor no tuve que
decirle nada, pues ella bien sabe que tú la quieres.
‑¿Lo sabe?
‑¡Pero, hombre...! Oye:
me vaya yo donde me vaya y ocurra lo que ocurra, tú debes seguir siendo su
providencia. Las pongo en tus manos, Rasumikhine. Te digo esto porque sé que la
amas y estoy seguro de la pureza de tu amor. También sé que ella puede amarte,
si no te ama ya. Ahora a ti te concierne decidir si debes irte a beber.
‑Rodia... Mira... Oye...
¡Demonio! ¿Qué quieres decir con eso de que las pones en mis manos...? Bueno,
si es un secreto, no me digas nada: yo lo descubriré. Estoy seguro de que todo
eso son tonterías forjadas por tu imaginación. Por lo demás, eres una buena
persona, un hombre excelente.
‑Cuando me has
interrumpido, te iba a decir que haces bien en renunciar a conocer mis
secretos. No pienses en esto, no te preocupes. Todo se aclarará a su debido
tiempo, y entonces ya no habrá secretos para ti. Ayer alguien me dijo que los
hombres tenemos necesidad de aire, ¿lo oyes?, de aire. Ahora mismo voy a ir a
preguntarle qué quería decir con eso.
Rasumikhine reflexionó
febrilmente. De pronto tuvo una idea.
« Seguramente ‑pensó‑,
Raskolnikof es un conspirador político y está en vísperas de dar un golpe
decisivo. No puede ser otra cosa... Y Dunia está enterada.»
‑Así ‑dijo recalcando las
palabras‑, Avdotia Romanovna viene a verte y tú vas ahora a ver a un hombre que
dice que hace falta aire, que eso es lo primero... Por lo tanto, esa carta ‑terminó
como si hablara consigo mismo‑ debe referirse a todo esto.
‑¿Qué carta?
‑Tu hermana ha recibido
hoy una carta que parece haberla afectado. Yo diría incluso que la ha
trastornado profundamente. Yo he intentado hablarle de ti, y ella me ha rogado
que me callara. Luego me ha dicho que tal vez tuviéramos que separarnos muy
pronto. Me ha dado las gracias calurosamente no sé por qué y luego se ha
encerrado en su habitación.
‑¿Dices que ha recibido
una carta? ‑preguntó Raskolnikof, pensativo.
‑Sí, una carta. ¿No lo
sabías?
Los dos guardaron
silencio.
‑Adiós, Rodia. Te
confieso, amigo mío, que hubo un momento... Bueno, adiós... Sí, hubo un momento
en que... Adiós, adiós; tengo que marcharme. En cuanto a eso de beber, no lo
haré. Te equivocas si crees que eso es necesario.
Parecía tener mucha
prisa, pero apenas hubo salido, volvió a entrar y dijo a Raskolnikof sin
mirarle:
‑Oye, ¿te acuerdas de
aquel asesinato, de aquel asunto que Porfirio estaba encargado de instruir? Me
refiero a la muerte de la vieja. Pues bien, ya se ha descubierto al asesino. Él
mismo ha confesado y presentado toda clase de pruebas. Es uno de aquellos pintores
que yo defendía con tanta seguridad, ¿te acuerdas? Aunque parezca mentira,
todas aquellas escenas de risas y golpes que se desarrollaron mientras el
portero subía con dos testigos no eran más que un truco destinado a desviar las
sospechas. ¡Qué astucia, qué presencia de ánimo la de ese bribón!
Verdaderamente, cuesta creerlo, pero él lo ha explicado todo, y su declaración
es de las más completas. ¡Cómo me equivoqué! A mi juicio, ese hombre es un
genio, el genio del disimulo y de la astucia, un maestro de la coartada, por
decirlo así, y, teniendo esto en cuenta, no hay que asombrarse de nada. En
verdad, personas así pueden existir. Que no haya podido mantener su papel hasta
el fin y haya acabado por confesar es una prueba de la veracidad de sus declaraciones...
Pero no comprendo cómo pude cometer tamaña equivocación. Estaba dispuesto a
sostener en todos los terrenos la inocencia de esos hombres.
‑Dime,
por favor, ¿dónde te has enterado de todo eso y por qué te interesa tanto este
asunto? ‑preguntó Raskolnikof, visiblemente afectado.
‑¿Que
por qué me interesa? ¡Vaya una pregunta! En cuanto Al origen de mis informes,
ha sido Porfirio, y otros, pero Porfirio especialmente, el que me lo ha
explicado todo.
‑¿Porfirio?
‑Sí.
‑Bueno, pero ¿qué te ha
dicho? ‑preguntó Raskolnikof perdiendo la calma.
‑Me lo ha explicado todo
con gran claridad, procediendo según su método psicológico.
‑¿Te ha explicado eso?
¿Él mismo te lo ha explicado?
‑Sí, él mismo. Adiós.
Tengo todavía algo que contarte, pero habrá de ser en otra ocasión, pues ahora
tengo prisa. Hubo un momento en que creí... Bueno, ya te lo contaré en otro
momento... Lo que quiero decirte es que ya no tengo necesidad de beber: tus palabras
han bastado para emborracharme. Sí, Rodia, estoy embriagado, embriagado sin
haber bebido... Bueno, adiós. Hasta pronto.
Se marchó.
« Es un conspirador
político: estoy seguro, completamente seguro ‑se dijo con absoluta convicción
Rasumilchine mientras bajaba la escalera‑. Y ha complicado a su hermana en el
asunto. Esta hipótesis es más que plausible, dado el carácter de Avdotia
Romanovna. Los dos hermanos tienen entrevistas. Algunas de sus palabras,
ciertas alusiones, me lo demuestran. Por otra parte, ésta es la única explicación
que puede tener este embrollo. Y yo que creía... ¡Señor, lo que llegué a
pensar...! Una verdadera aberración; me siento culpable ante él. Pero fue él
mismo el que el otro día, en el pasillo, junto a la lámpara, me inspiró
semejante insensatez... ¡Qué idea tan villana, tan burda, me asaltó! Mikolka ha
hecho muy bien en confesar... Ahora todo lo ocurrido queda perfectamente
explicado: la enfermedad de Rodia, su extraña conducta... Incluso en sus
tiempos de estudiante se mostraba sombrío y huraño... Pero ¿qué significa esa
carta? ¿Quién la envía? Hay todavía algo por aclarar... Ya lo averiguaré todo.»
De pronto se acordó de lo
que Rodia le había dicho de Dunetchka, y creyó que el corazón se le iba a
paralizar. Entonces hizo un esfuerzo y echó a correr.
Apenas se hubo marchado
Rasumikhine, Raskolnikof se levantó y se acercó a la ventana. Después dio
algunos pasos y tropezó con una pared. Luego tropezó con otra. Parecía haberse
olvidado de las reducidas dimensiones de su habitación. Al fin se dejó caer en
el diván. Daba la impresión de que se había operado en él un cambio profundo y
completo. De nuevo podía luchar: tenía una posible salida.
Sí, ahora podía tener una
salida, un medio de poner fin a la espantosa situación que le asfixiaba y le
tenía sumido en una especie de embrutecimiento desde la confesión de Mikolka en
casa de Porfirio. A esto había seguido su escena con Sonia, cuyo desarrollo y
desenlace no habían correspondido a sus previsiones ni a sus intenciones. Se
había mostrado débil en el último momento. Había reconocido ante la muchacha, y
con toda sinceridad, que no podía seguir llevando él solo una carga tan
pesada...
¿Y Svidrigailof?
Svidrigailof era para él un inquietante enigma, aunque esta inquietud tenía un
matiz diferente. Tendría que luchar, pero seguramente encontraría un modo de
deshacerse de él. Porfirio era otra cosa.
Así, pues, había sido el
mismo Porfirio el que había demostrado a Rasumikhine la culpabilidad de
Mikolka, procediendo por su método psicológico.
«Siempre está con su
maldita psicología ‑se dijo Raskolnikof‑. Porfirio no ha creído en ningún
momento en la culpabilidad de Mikolka después de la escena que hubo entre
nosotros y que no admite más que una explicación.»
Raskolnikof había
recordado en varias ocasiones retazos de aquella escena, pero no la escena
entera, pues no habría podido soportar su recuerdo.
En aquella escena habían
cambiado palabras y miradas que demostraban en Porfirio una seguridad tan
absoluta y adquirida tan rápidamente, que no era posible que la confesión de
Mikolka hubiera podido quebrantarla. ¡Pero qué situación la suya! El mismo Rasumikhine
empezaba a sospechar. El incidente del corredor había dejado huellas en él.
«Entonces corrió a casa
de Porfirio... Pero ¿por qué habrá querido ese hombre engañarle? ¿Por qué razón
habrá intentado desviar sus sospechas hacia Mikolka? No, no puede haber hecho
esto sin motivo. Abriga alguna intención, pero ¿cuál? Verdad es que desde
entonces ha transcurrido mucho tiempo, y no he tenido noticias de Porfirio.
Esto es tal vez mala señal.»
Cogió la gorra y se
dirigió a la puerta. Iba pensativo. Por primera vez desde hacía mucho tiempo se
sentía en un estado de perfecto equilibrio.
«Hay que terminar con
Svidrigailof a toda costa y lo antes posible. Sin duda está esperando que vaya
a verle.»
En este momento, en su
agotado corazón brotó tal odio contra sus dos enemigos, Svidrigailof y
Porfirio, que no habría vacilado en matar a cualquiera de ellos si los hubiese
tenido a su merced. Por lo menos tuvo la impresión de que seria capaz de
hacerlo algún día.
‑Ya lo verán, ya lo verán
‑murmuró.
Pero apenas abrió la
puerta se dio de manos a boca con Porfirio, que estaba en el vestíbulo.
El juez de instrucción
venía a visitarle. Raskolnikof quedó estupefacto en el primer momento, pero se
recobró rápidamente. Por extraño que pueda parecer, esta visita le extrañó muy
poco y no le inquietó apenas.
Tras un ligero
estremecimiento se puso en guardia.
« Esto puede ser el final
‑se dijo‑ Pero ¿cómo habrá podido llegar tan en silencio que no lo he oído?
¿Habrá venido a espiarme?»
‑No esperaba usted mi
visita, ¿verdad, Rodion Romanovitch? ‑dijo alegremente Porfirio Petrovitch‑.
Hace mucho tiempo que quería venir a verle. Ahora, al pasar casualmente ante su
casa, me he preguntado: «¿Por qué no subes un momento?» Ya veo que iba usted a
salir; pero no tema, que sólo le distraeré el tiempo que dura un cigarrillo. Es
decir, si usted me lo permite.
‑¡Pues claro que sí!
Siéntese, Porfirio Petrovitch, siéntese.
Y Raskolnikof ofreció una
silla a su visitante, tan amable y sereno, que él mismo se habría sorprendido
si se hubiera podido ver en aquel momento. No había quedado en él ni rastro de
inquietud. Es el caso del hombre que cae en poder de un bandido y, después de
pasar media hora de angustia mortal, recobra su sangre fría cuando nota la
punta del puñal en la garganta.
Raskolnikof se sentó ante
Porfirio Petrovitch y le miró a la cara. El juez de instrucción guiñó un ojo y
encendió un cigarrillo.
«¡Vamos, habla! ‑le
incitó Raskolnikof mentalmente‑. ¿Por qué no empiezas de una vez?»
II
Ah, estos cigarrillos! ‑dijo
al fin Porfirio Petrovitch‑. Son un veneno, un verdadero veneno. Tengo tos, se
me irrita la garganta, padezco de asma. Como soy algo aprensivo, he ido a ver
al doctor B., que es un médico que está examinando a cada enfermo durante media
hora como mínimo. Se ha echado a reír al verme, y, después de palparme y
auscultarme cuidadosamente, me ha dicho: «El tabaco no le va nada bien. Tiene
usted los pulmones dilatados.» No lo dudo, pero ¿cómo dejar el tabaco? ¿Por qué
otra cosa lo puedo sustituir? Yo no bebo: eso es lo malo... ¡Je, je, je! Toda mi desgracia viene
de que no bebo. Pues todo es relativo en este mundo, Rodion Romanovitch, todo
es relativo.
«Ya está de nuevo con sus
tonterías», pensó Raskolnikof, contrariado.
Al punto le vino a la
memoria su última entrevista con el juez de instrucción, y este recuerdo trajo
a su ánimo todos sus anteriores sentimientos.
‑Anteayer por la tarde
estuve aquí, ¿no lo sabía usted? ‑continuó Porfirio Petrovitch, paseando una
mirada por la habitación‑. Estuve aquí dentro. Al pasar por esta calle se me
ocurrió, como se me ha ocurrido hoy, hacerle una visita. La puerta estaba
abierta de par en par. Esperé un momento y me volví a marchar sin ni siquiera
ver a la sirvienta para darle mi nombre. ¿Nunca cierra usted la puerta?
El rostro de Raskolnikof
aparecía cada vez más sombrío. Porfirio pareció adivinar los pensamientos que
lo agitaban.
‑He venido a darle una
explicación, mi querido Rodion Romanovitch. Se la debo ‑dijo sonriendo y
dándole una palmada en la rodilla.
Su semblante cobró de
pronto una expresión seria y preocupada. Incluso pasó por él una sombra de
tristeza, para gran asombro de Raskolnikof, que jamás había visto en él nada
semejante ni le creía capaz de tales sentimientos.
‑Hubo una escena extraña
entre nosotros, Rodion Romanovitch, la última vez que nos vimos. Pero
entonces... En fin, he aquí el asunto que me trae. He cometido errores con
usted, bien lo sé. Ya recordará usted cómo nos separamos. Verdad es que los dos
somos bastante nerviosos; pero no procedimos como personas bien educadas,
aunque nuestros Buenos modales son evidentes y me atrevería a decir que están
por encima de todo. Estas cosas no se deben olvidar. ¿Recuerda usted hasta qué
extremo llegamos? Rebasamos todos los límites.
«¿Adónde querrá ir a
parar?», se preguntaba Raskolnikof, asombrado y devorando a Porfirio con los
ojos.
‑Yo creo que lo mejor que
podemos hacer es ser francos ‑‑continuó Porfirio Petrovitch, volviendo un poco
la cabeza y bajando la vista, como si temiera turbar a su antigua víctima y
quisiera demostrarle su desdén por los procedimientos y las celadas que había
utilizado‑. Estas sospechas, estas escenas, no deben repetirse. Si no hubiera
sido por Mikolka, que llegó y puso fin a aquella escena, no sé cómo habrían
terminado las cosas. Ese maldito papanatas estaba escondido detrás del tabique.
Ya lo sabe usted, ¿verdad? Me enteré de que había venido a su casa
inmediatamente después de aquella escena. Pero usted se equivocó en sus
suposiciones. Yo no mandé a buscar a nadie aquel día y no había tomado medida
alguna. Usted se preguntará por qué razón no lo hice. Pues... no sé cómo
explicárselo. Me limité a citar a los porteros, a los que usted vio al pasar.
Una idea, rápida como un relámpago, había acudido a mi imaginación. Yo estaba
demasiado seguro de mí mismo, Rodion Romanovitch, y me decía que si lograba
apresar un hecho, aunque fuera renunciando a todo lo demás, obtendría el
resultado que deseaba.
»Usted tiene un carácter
en extremo irascible, Rodion Romanovitch, incluso demasiado. Es un rasgo
predominante de su naturaleza, que yo me jacto de conocer, por lo menos en
parte. Yo me dije que no es cosa corriente que un hombre nos arroje sin más ni
más la verdad a la cara. Sin duda, esto puede hacerlo un hombre que esté fuera
de sí, pero este caso es excepcional. Yo me hice este razonamiento: "Si
pudiese arrancarle el hecho más insignificante, la más mínima confesión, con
tal que fuera una prueba palpable, algo distinto, en fin, a estos hechos
psicológicos..." Pues yo estaba seguro de que si un hombre es culpable,
uno acaba siempre por arrancarle una prueba evidente. Di por descontado los
resultados más sorprendentes. Dirigía mis golpes a su carácter, Rodion
Romanovitch, a su carácter sobre todo. Le confieso que confiaba demasiado en
usted mismo.
‑Pero ¿por qué me cuenta
usted todo esto? ‑gruñó Raskolnikof, sin darse cuenta del alcance de su
pregunta.
«¿Me creerá acaso
inocente?», se preguntó con el pensamiento.
‑¿Que por qué le cuento
todo esto? Yo he venido a darle una explicación. Considero que esto es un deber
sagrado para mí. Quiero exponerle con todo detalle el proceso de mi aberración.
Le sometí a usted a una verdadera tortura, Rodion Romanovitch, pero no soy un
monstruo. Pues me hago cargo de lo que debe experimentar una persona
desgraciada, orgullosa, altiva y poco paciente, sobre todo poco paciente, al
verse sometida a una prueba semejante. Le aseguro que le considero como un
hombre de noble corazón y, hasta cierto punto, como un hombre magnánimo, aunque
no me sea posible compartir todas sus opiniones. Juzgo como un deber hacerle
cierta declaración en el acto, pues no quiero que usted forme un juicio falso.
»Cuando empecé a
conocerle, se despertó en mí una verdadera simpatía hacia usted. Esta confesión
le hará tal vez reír. Pues bien, ríase: tiene usted perfecto derecho. Sé que
usted, en cambio, sintió desde el primer momento una viva antipatía hacia mí.
Bien es verdad que yo no tengo nada que pueda hacerme simpático; pero,
cualquiera que sea su opinión sobre mí, puedo asegurarle que deseo con todas
mis fuerzas borrar la mala impresión que le produje, reparar mis errores y
demostrarle que soy un hombre de buen corazón. Le estoy hablando sinceramente,
créame.
Pronunciadas estas
palabras, Porfirio Petrovitch se detuvo con un gesto lleno de dignidad, y
Raskolnikof se sintió dominado por un nuevo terror. La idea de que el juez de
instrucción le creía inocente le sobrecogía.
‑No es necesario
remontarse al origen de los acontecimientos ‑continuó Porfirio Petrovitch‑.
Creo que sería una rebusca inútil e imposible. Al principio circularon rumores
sobre cuyo origen y naturaleza creo superfluo extenderme. Inútil también
explicarle cómo se encontró su nombre enzarzado en todo esto. Lo que a mí me
dio la señal de alarma fue un hecho completamente fortuito, del que tampoco le
hablaré. El conjunto de rumores y circunstancias accidentales me llevaron a
concebir ciertas ideas. Le confieso con toda franqueza (pues si uno quiere ser
sincero debe serlo hasta el fin) que fui yo el primero que le mezclé a usted en
este asunto. Las anotaciones de la vieja en los envoltorios de los objetos y
otros mil detalles de la misma índole no significan nada independientemente;
pero se podían contar hasta un centenar de hechos importantes. Tuve también
ocasión de conocer hasta en sus más mínimos detalles el incidente de la
comisaría. Me enteré de ello por un simple azar. Me lo refirió con gran lujo de
pormenores la persona que había desempeñado en la escena el papel principal,
con gran propiedad por cierto, aunque sin darse cuenta.
»Todos estos hechos se
acumulan, mi querido Rodion Romanovitch. En estas condiciones, ¿cómo no adoptar
una posición determinada? "Así como cien conejos no hacen un caballo, cien
presunciones no constituyen una prueba", dice el proverbio inglés. Pero en
este caso habla la razón, y las pasiones son algo muy distinto. Pruebe usted a
luchar contra las pasiones. Al fin y al cabo, un juez de instrucción es un
hombre y, por lo tanto, accesible a las pasiones.
»Además, pensé en el
artículo que usted publicó en cierta revista, ¿recuerda usted? Hablamos de él
en nuestra primera conversación. Entonces me mofé de él, pero lo hice con la
intención de hacerle hablar. Porque, se lo repito, usted es un hombre poco paciente,
Rodion Romanovitch, y tiene los nervios echados a perder. En cuanto a su
osadía, su orgullo, la seriedad de su carácter y sus sufrimientos, hacía ya
tiempo que los había advertido. Conocía todos estos sentimientos y consideré
que su artículo exponía ideas que no eran un secreto para nadie. Estaba escrito
con mano febril y corazón palpitante en una noche de insomnio y era el producto
de un alma rebosante de pasión reprimida. Pues bien, esta pasión y este
entusiasmo contenidos de la juventud son peligrosos. Entonces me burlé de
usted, pero ahora quiero decirle que, mirando las cosas como simple lector, me
deleitó el juvenil ardor de su pluma. Esto no es más que humo, niebla, una
cuerda que vibra entre brumas. Su artículo es absurdo y fantástico, pero ¡respira
tanta sinceridad! Rezuma un insobornable y juvenil orgullo, y también osadía y
desesperación. Es un artículo pesimista, pero este pesimismo le va bien.
Entonces lo leí, después puse en orden sus ideas, y, al ordenarlas, me dije:
"No creo que este hombre se limite a esto." Y ahora dígame: teniendo
estos antecedentes, ¿cómo no había de dejarme influir por lo que sucedió
después? Pero entonces no dije nada y ahora no me arriesgaré a hacer la menor
afirmación. Entonces me limité a observar y ahora mi pensamiento es éste:
"Tal vez toda esta historia es pura imaginación, un simple producto de mi
fantasía. Un juez de instrucción no debe apasionarse de este modo. A mí sólo
debe interesarme una cosa, y es que tengo a Mikolka." Usted podría decir
que los hechos son los hechos y que empleo con usted mi psicología personal.
Pero es preciso que lo mire todo en este caso, pues es una cuestión de vida o
muerte.
»Usted se preguntará por
qué le cuento todo esto. Pues se lo cuento para que pueda usted juzgar con
conocimiento de causa y no considere un crimen mi conducta del otro día, tan
cruel en apariencia. No, no fui cruel.
»Usted se estará
preguntando también por qué no he venido a registrar su casa. Pues sepa usted
que vine. ¡Je,
je, je! Usted
estaba enfermo, acostado en su diván. No vine como magistrado, es decir,
oficialmente, pero vine. Esta habitación fue registrada a fondo cuanto tuve la
primera sospecha. Me dije: "Ahora este hombre vendrá a verme, vendrá a mi
casa, y no tardará mucho. Si es culpable, vendrá. Otro no lo haría, pero él
sí." ¿Se acuerda usted de la palabrería de Rasumikhine? La provocamos
nosotros para asustarle a usted: le pusimos al corriente de nuestras
conjeturas, seguros de que vendría a contárselo a usted, pues Rasumikhine no es
hombre que pueda disimular su indignación.
»El señor Zamiotof quedó
impresionado ante su cólera y su osadía. ¡Decir a gritos en un establecimiento
público: "¡Yo he matado...!" Esto es verdaderamente audaz y
arriesgado. Yo me dije: "Si este hombre es culpable, es un luchador
enconado." Esto es lo que pensaba. Y me dediqué a esperar..., le esperaba
ansiosamente. A Zamiotof le aplastó usted, sencillamente. Y es que esta maldita
psicología es un arma de dos filos:.. Bueno, pues cuando le estaba esperando,
he aquí que Dios le envía. ¡Cómo se desbocó mi corazón cuando te vi aparecer!
¿Qué necesidad tenía usted de venir entonces? ¡Y aquella risa! No sé si se
acordará, pero entró usted riéndose a carcajadas, y yo, a través de su risa, vi
lo que ocurría en su interior, tan claramente como se ve a través de un
cristal. Sin embargo, yo no habría prestado a esa risa la menor atención si no
hubiese estado prevenido. Y entonces Rasumikhine... Y la piedra, aquella
piedra, ya recordará usted, bajo la cual estaban ocultos los objetos... Porque
habló usted de un huerto a Zamiotof, ¿verdad? Después, cuando empezamos a
hablar de su artículo, creímos percibir un segundo sentido en cada una de sus
palabras.
»He aquí, Rodion
Romanovitch, cómo se fúe formando mi convicción poco a poco. Pero cuando ya me
sentía seguro, volví en mí y me pregunté qué me había ocurrido. Pues todo
aquello podía explicarse de un modo diferente e incluso más natural... Un
verdadero suplicio. ¡Cuánto mejor habría sido la prueba más insignificante!
Cuando supe lo del cordón de la campanilla, me estremecí de pies a cabeza.
"Ya tengo la prueba", me dije. Y ya no quise pensar en nada. En aquel
momento habría dado mil rublos por verle con mis propios ojos dar cien pasos al
lado de un hombre que le había llamado asesino y al que no se atrevió a
responder una sola palabra. »Y aquellos estremecimientos que le acometían... Y
aquel cordón de una campanilla de que usted hablaba en su delirio... Después de
esto, Rodion Romanovitch, ¿cómo puede usted extrañarse de que procediera con
usted como lo hice? ¿Por qué vino usted a mi casa en aquel preciso momento? Era
como si el demonio le hubiera impulsado. En verdad, si Mikolka no se hubiese
interpuesto entre nosotros en aquel momento... ¿Se acuerda usted de la llegada
de Mikolka? Fue como una chispa eléctrica. Pero ¿cómo lo recibí? No di la menor
importancia a esta descarga, es decir, que no creí ni una sola de sus palabras.
Es más, después de marcharse usted y de oír las razonables respuestas de
Mikolka (pues sepa usted que me respondió de modo tan inteligente sobre ciertos
puntos, que quedé asombrado), después de esto, yo permanecí tan firme en mis
convicciones como una roca. "Este no dice una palabra de verdad",
pensé... Me refiero a Mikolka.
‑Rasumikhine acaba de
decirme que está usted seguro de su culpabilidad, que usted le ha asegurado...
No pudo terminar: le
faltaba el aliento. Escuchaba con una turbación indescriptible a aquel hombre
que había cambiado tan radicalmente de juicio. No podía dar crédito a sus oídos
y buscaba ávidamente el sentido exacto de sus ambiguas palabras.
‑¿Rasumikhine? ‑exclamó
Porfirio Petrovitch, que parecía muy satisfecho de haber oído, al fin, decir
algo a Raskolnikof‑. ¡Je, je, je! De algún modo tenía que deshacerme de él,
que es completamente ajeno a este asunto. Se presentó en mi casa
descompuesto... En fin, dejémoslo aparte. Respecto a Mikolka, ¿quiere usted
saber cómo es, o, por lo menos, la idea que yo me he forjado de él? Ante todo,
es como un niño. No ha llegado aún a la mayoría de edad. Y no diré que sea un
cobarde, pero sí que es impresionable como un artista. No, no se ría de mi
descripción. Es ingenuo y en extremo sensible. Tiene un gran corazón y un
carácter singular. Canta, baila y narra con tanto arte, que vienen a verle y
oírle de las aldeas vecinas. Es un enamorado del estudio, aunque se ríe como un
loco por cualquier cosa. Puede beber hasta perder el conocimiento, pero no
porque sea un borracho, sino porque se deja llevar como un niño. No cree que
cometiera un robo apropiándose el estuche que se encontró. « Lo cogí del suelo ‑dijo‑
Por lo tanto, puedo quedarme con él.» Pertenece a una secta cismática...,
bueno, no tanto como cismática, y era un fanático. Pasó dos años con un
ermitaño. Según cuentan sus camaradas de Zaraisk, era un devoto exaltado y
quería retirarse también a una ermita. Pasaba noches enteras rezando y leyendo
los libros santos antiguos. Petersburgo ha ejercido una gran influencia en él.
Las mujeres, el vino..., ¿comprende? Es muy impresionable, y esto le ha hecho
olvidar la religión. Me he enterado de que un artista se interesó por él y le
daba lecciones. Así las cosas, llegó el desdichado asunto. El pobre chico
perdió la cabeza y se puso una cuerda en el cuello. Un intento de evasión muy
natural en un pueblo que tiene una idea tan lamentable de la justicia. Hay
personas a las que la simple palabra « juicio» produce verdadero terror. ¿De
quién es la culpa? Ya veremos lo que hacen los nuevos tribunales. Quiera Dios
que todo vaya bien...
»Una vez en la cárcel,
Mikolka ha vuelto a su anterior misticismo. Se ha acordado del ermitaño y ha
abierto de nuevo la Biblia. ¿Sabe usted, Rodion Romanovitch, lo que es la
expiación para ciertas personas? Es una simple sed de sufrimiento, y si este
sufrimiento lo imponen las autoridades, mejor que mejor. Conocí a un preso que
era un ejemplo de mansedumbre. Estuvo un año en la cárcel y todas las noches
leía la Biblia. Y un día, sin motivo alguno, arrancó un trozo de hierro de la
estufa y lo arrojó sobre un guardián, aunque tomando precauciones para no
hacerle ningún daño. ¿Sabe usted la suerte que se reserva a un preso que ataca
con un arma cualquiera a un guardián de la cárcel? Aquel hombre obró tan sólo
llevado de su sed de expiación.
»Yo estoy seguro de que
Mikolka siente una sed de expiación semejante. Mi convicción se funda en hechos
positivos, pero él ignora que yo he descubierto las causas. ¿Qué? ¿No cree
usted que en un pueblo como el nuestro puedan aparecer tipos extraordinarios?
Pues se ven por todas partes. La influencia de la ermita ha vuelto a él con
toda pujanza, sobre todo después del episodio del nudo corredizo en su cuello.
Ya verá usted como acabará viniendo a confesármelo todo. ¿Lo cree usted capaz
de sostener su papel hasta el fin? No, vendrá a abrirme su pecho, a retractarse
de sus declaraciones..., y no tardará. Me ha interesado Mikolka y lo he
estudiado a fondo. Reconozco, ¡je, je!, que en ciertos puntos ha conseguido dar
un carácter de verosimilitud a sus declaraciones (sin duda las había
preparado), pero otras están en contradicción absoluta con los hechos, sin que
él tenga de ello la menor sospecha. No, mi querido Rodion Romanovitch, no es
Mikolka el culpable. Estamos en presencia de un acto siniestro y fantástico. Este
crimen lleva el sello de nuestro tiempo, de una época en que el corazón del
hombre está trastornado; en que se afirma, citando autores, que la sangre
purifica; en que sólo importa la obtención del bienestar material. Es el sueño
de una mente ebria de quimeras y envenenada por una serie de teorías. El
culpable ha desplegado en este golpe de ensayo una audacia extraordinaria, pero
una audacia de tipo especial. Obró resueltamente, pero como quien se lanza
desde lo alto de una torre o se deja caer rodando desde la cumbre de una
montaña. Fue como si no se diera cuenta de lo que hacía. Se olvidó de cerrar la
puerta al entrar, pero mató, mató a dos personas, obedeciendo a una teoría.
Mató, pero no se apoderó del dinero, y lo que se llevó fue a esconderlo debajo
de una piedra. No le bastó la angustia que había experimentado en el recibidor
mientras oía los golpes que daban en la puerta, sino que, en su delirio, se
dejó llevar de un deseo irresistible de volver a sentir el mismo terror, y fue
a la casa para tirar del cordón de la campanilla... En fin, carguemos esto en
la cuenta de la enfermedad. Pero hay otro detalle importante, y es que el
asesino, a pesar de su crimen, se considera como una persona decente y
desprecia a todo el mundo. Se cree algo así como un ángel infortunado. No, mi
querido Rodion Romanovitch, Mikolka no es el culpable.
Estas palabras, después
de las excusas que el juez había presentado, sorprendieron e impresionaron
profundamente a Raskolnikof, que empezó a temblar de pies a cabeza.
‑Pero..., entonces... ‑preguntó
con voz entrecortada‑, ¿quién es el asesino?
Porfirio Petrovitch se
recostó en el respaldo de su silla. Su semblante expresaba el asombro del
hombre al que acaban de hacer una pregunta insólita.
‑¿Que quién es el
asesino? ‑exclamó como no pudiendo dar crédito a sus oídos‑. ¡Usted, Rodion Romanovitch! ‑Y añadió en voz baja y
en un tono de profunda convicción‑: Usted es el asesino.
Raskolnikof se puso en
pie de un salto, permaneció asi un momento y se volvió a sentar sin pronunciar
palabra. Ligeras convulsiones sacudían los músculos de su cara.
‑Sus labios vuelven a
temblar como el otro díà ‑dijo Porfirio Petrovitch en un tono de cierto interés‑.
Creo que no me ha comprendido usted, Rodion Romanovitch ‑añadió tras una pausa‑.
Ésta es la razón de su sorpresa. He venido para explicárselo todo, pues desde
ahora quiero llevar este asunto con franqueza absoluta.
‑Yo no soy el culpable ‑balbuceó
Raskolnikof, defendiéndose como el niño al que sorprenden haciendo algo malo.
‑Sí, es usted y sólo
usted ‑replicó severamente el juez de instrucción.
Los dos callaron. Este
silencio, en el que había algo extraño, se prolongó no menos de diez minutos.
Raskolnikof, con los
codos en la mesa, se revolvía el cabello con las manos. Porfirio Petrovitch
esperaba sin dar la menor muestra de impaciencia. De pronto, el joven dirigió
al magistrado una mirada despectiva.
‑Vuelve usted a su
antigua táctica, Porfirio Petrovitch. ¿Nose cansa usted de emplear siempre los
mismos procedimientos?
‑¿Procedimientos? ¿Qué
necesidad tengo de emplearlos ahora? La cosa cambiaría si habláramos ante
testigos. Pero estamos solos. Yo no he venido aquí a cazarle como una liebre.
Que confiese usted o no en este momento, me importa muy poco. En ambos casos,
mi convicción seguiría siendo la misma.
‑Entonces, ¿por qué ha
venido usted? ‑preguntó Raskolnikof sin ocultar su enojo‑. Le repito lo que le
dije el otro día: si usted me cree culpable, ¿por qué no me detiene?
‑Bien; ésa, por lo menos,
es una pregunta sensata y la contestaré punto por punto. En primer lugar, le
diré que no me conviene detenerle en seguida.
‑¿Qué importa que le
convenga o no? Si está usted convencido, tiene el deber de hacerlo.
‑Mi convicción no tiene
importancia. Hasta este momento sólo se basa en hipótesis. ¿Por qué he de darle
una tregua haciéndolo detener? Usted sabe muy bien que esto sería para usted un
descanso, ya que lo pide. También podría traerle al hombre que le envié para
confundirle. Pero usted le diría: « Eres un borracho. ¿Quién me ha visto
contigo? Te miré simplemente como a un hombre embriagado, pues lo estabas.» ¿Y
qué podría replicar yo a esto? Sus palabras tienen más verosimilitud que las
del otro, que descansan únicamente en la psicología y, por lo tanto,
sorprenderían, al proceder de un hombre inculto. En cambio, usted habría tocado
un punto débil, pues ese bribón es un bebedor empedernido. Ya le he dicho otras
veces que estos procedimientos psicológicos son armas de dos filos, y en este
caso pueden obrar en su favor, sobre todo teniendo en cuenta que pongo en juego
la única prueba que tengo contra usted hasta el momento presente. Pero no le
quepa duda de que acabaré haciéndole detener. He venido para avisarlo; pero le
confieso que no me servirá de nada. Además, he venido a su casa para...
‑Hablemos de ese segundo
objeto de su visita ‑dijo Raskolnikof, que todavía respiraba con dificultad.
‑Pues este segundo objeto
es darle una explicación a la que considero que tiene usted derecho. No quiero
que me tenga por un monstruo, siendo así que, aunque usted no lo crea, mi deseo
es ayudarle. Por eso le aconsejo que vaya a presentarse usted mismo a la
justicia. Esto es lo mejor que puede hacer. Es lo más ventajoso para usted y
para mí, pues yo me vería libre de este asunto. Ya ve que le soy franco. ¿Qué
dice usted?
Raskolnikof reflexionó un
momento.
‑Oiga, Porfirio
Petrovitch ‑dijo al fin‑; usted ha confesado que no tiene contra mí más que
indicios psicológicos y, sin embargo, aspira a la evidencia matemática. ¿Y si
estuviera equivocado?
‑No, Rodion Romanovitch,
no estoy equivocado. Tengo una prueba. La obtuve el otro día como si el cielo
me la hubiera enviado.
‑¿Qué prueba?
‑No se lo diré, Rodion
Romanovitch. De todas formas, no tengo derecho a contemporizar. Mandaré
detenerle. Reflexione. No me importa la resolución que usted pueda tomar ahora.
Le he hablado en interés de usted. Le juro que le conviene seguir mis consejos.
Raskolnikof sonrió,
sarcástico.
‑Sus palabras son
ridículas e incluso imprudentes. Aun suponiendo que yo fuera culpable, cosa que
no admito de ningún modo, ¿para qué quiere usted que vaya a presentarme a la
justicia? ¿No dice usted que la estancia en la cárcel sería un descanso para
mí?
‑Oiga, Rodion
Romanovitch, no tome mis palabras demasiado al pie de la letra. Acaso no
encuentre usted en la cárcel ningún reposo. En fin de cuentas, esto no es más
que una teoría, y personal por añadidura. Por lo visto, soy una autoridad para
usted. Por otra parte, quién sabe si le oculto algo. Usted no me puede exigir
que le revele todos mis secretos.¡Je, je!
»Pasemos a la segunda
cuestión, al provecho que obtendría usted de una confesión espontánea. Este
provecho es indudable. ¿Sabe usted que aminoraría considerablemente su pena?
Piense en el momento en que haría usted su propia denuncia. Por favor, reflexione.
Usted se presentaría cuando otro se ha acusado del crimen, trastornando
profundamente el proceso. Y yo le juro ante Dios que me las compondría de modo
que a la vista del tribunal gozara usted de todos los beneficios de su acto, el
cual parecería completamente espontáneo. Le prometo que destruiríamos toda esa
psicología y que reduciría usted a la nada todas las sospechas que pesan sobre
usted, de modo que su crimen apareciese como la consecuencia de una especie de
arrebato, cosa que en el fondo es cierta. Yo soy un hombre honrado, Rodion
Romanovitch, y mantendré mi palabra.
Raskolnikof bajó la
cabeza tristemente y quedó pensativo. Al fin sonrió de nuevo; pero esta vez su
sonrisa fue dulce y melancólica.
‑No me interesa ‑dijo
como si no quisiera seguir hablando con Porfirio Petrovitch‑. No necesito para
nada su disminución de pena.
‑¡Vaya! Esto es lo que me
temía ‑exclamó Porfirio como a pesar suyo‑ Sospechaba que iba usted a desdeñar
nuestra indulgencia.
Raskolnikof le miró con
expresión grave y triste.
‑No, no dé por terminada
su existencia ‑continuó Porfirio‑. Tiene usted ante sí muchos años de ida. No
comprendo que no quiera usted una disminución de pena. Es usted un hombre
difícil de contentar.
‑¿Qué puedo ya esperar?
‑La vida. ¿Por qué quiere
usted hacer el profeta? ¿Qué puede usted prever? Busque y encontrará. Tal vez
le esperaba Dios tras este recodo..: Por otra parte, no le condenarán a usted a
cadena perpetua.
‑Tendré a mi favor
circunstancias atenuantes ‑dijo Raskolnikof con una sonrisa.
‑Sin que usted se dé
cuenta, es tal vez cierto orgullo de persona culta lo que le impide declararse
culpable. Usted debería estar por encima de todo eso.
‑Lo estoy: esas cosas
sólo me inspiran desprecio ‑repuso Raskolnikof con gesto despectivo.
Después fue a levantarse,
pero se volvió a sentar bajo el peso de una desesperación inocultable.
‑Sí, no me cabe duda. Es
usted desconfiado y cree que le estoy adulando burdamente, con una segunda
intención. Pero dígame: ¿ha tenido usted tiempo de vivir lo bastante para
conocer la vida? Inventa usted una teoría y después se avergüenza al ver que no
conduce a nada y que sus resultados están desprovistos de toda originalidad. Su
acción es baja, lo reconozco, pero usted no es un criminal irremisiblemente
perdido. No, no; ni mucho menos. Me preguntará qué pienso de usted. Se lo diré:
le considero como uno de esos hombres que se dejarían arrancar las entrañas
sonriendo a sus verdugos si lograsen encontrar una fe, un Dios. Pues bien,
encuéntrelo y vivirá. En primer lugar, hace ya mucho tiempo que necesita usted
cambiar de aires. Y en segundo, el sufrimiento no es mala cosa. Sufra usted.
Mikolka tiene tal vez razón al querer sufrir. Sé que es usted escéptico, pero
abandónese sin razonar a la corriente de la vida y no se inquiete por nada: esa
corriente le llevará a alguna orilla y usted podrá volver a ponerse en pie.
¿Qué orilla será ésta? Eso no lo puedo saber. Pero estoy convencido de que le
quedan a usted muchos años de vida. Bien sé que usted se estará diciendo que no
hago sino desempeñar mi papel de juez de instrucción, y que mis palabras le
parecerán un largo y enojoso sermón, pero tal vez las recuerde usted algún día:
sólo con esta esperanza le digo todo esto. En medio de todo, ha sido una suerte
que no haya usted matado más que a esa vieja, pues con otra teoría habria
podido usted hacer cosas cientos de millones de veces peores. Dé gracias a Dios
por no haberlo permitido, pues Él tal vez, ¿quién sabe?, tiene algún designio
sobre usted. Tenga usted coraje, no retroceda por pusilanimidad ante la gran
misión que aún tiene que cumplir. Si es cobarde, luego se avergonzará usted. Ha
cometido una mala acción: sea fuerte y haga lo que exige la justicia. Sé que
usted no me cree, pero le aseguro que volverá a conocer el placer de vivir. En
este momento sólo necesita aire, aire, aire...
Al oír estas palabras,
Raskolnikof se estremeció.
‑Pero ¿quién es usted ‑exclamó‑
para hacer el profeta? ¿Dónde está esa cumbre apacible desde la que se permite
usted dejar caer sobre mí esas máximas llenas de una supuesta sabiduría?
‑¿Quién soy? Un hombre
acabado y nada más. Un hombre sensible y acaso capaz de sentir piedad, y que
tal vez conoce un poco la vida..., pero completamente acabado. El caso de usted
es distinto. Tiene usted ante sí una verdadera vida (¿quién sabe si todo lo
ocurrido es en usted como un fuego de paja que se extingue rápidamente?). ¿Por
qué, entonces, temer al cambio que se va a operar en su existencia? No es el
bienestar lo que un corazón como el suyo puede echar de menos. ¿Y qué importa
la soledad donde usted se verá largamente confinado? No es el tiempo lo que
debe preocuparle, sino usted. Conviértase en un sol y todo el mundo lo verá. Al
sol le basta existir, ser lo que es. ¿Por qué sonríe? ¿Por mi lenguaje poético?
Juraría que usted cree que estoy utilizando la astucia para atraerme su
confianza. A lo mejor tiene usted razón. ¡Je, je! No le pido que crea todas mis
palabras, Rodion Romanovitch. Hará usted bien en no creerme nunca por completo.
Tengo la costumbre de no ser jamás completamente sincero. Sin embargo, no
olvide esto: el tiempo le dirá si soy un hombre vil o un hombre leal.
‑¿Cuándo piensa usted
mandar que me detengan?
‑Puedo concederle todavía
un día o dos de libertad. Reflexione, amigo mío, y ruegue a Dios. Esto es lo
que le interesa, créame.
‑¿Y si huyera? ‑preguntó
Raskolnikof con una sonrisa extraña.
‑No, usted no huirá. Un mujik huiría; un revolucionario de los
de hoy, también, pues se le pueden inculcar ideas para toda la vida. Pero usted
ha dejado de creer en su teoría. ¿Para qué ha de huir? ¿Qué ganaría usted
huyendo? Y ¡qué vida tan horrible la del fugitivo! Para vivir hace falta una
situación determinada, fija, y aire respirable. ¿Encontraría usted ese aire en
la huida? Si huyese usted, volvería. Usted no puede pasar sin nosotros. Si lo
hiciera encarcelar, para un mes o dos, por ejemplo, o tal vez para tres, un
buen día, téngalo presente, vendría usted de pronto y confesaría. Vendría usted
aun sin darse cuenta. Estoy seguro de que decidirá usted someterse a la
expiación. Ahora no me cree usted, pero lo hará, porque la expiación es una
gran cosa, Rodion Romanovitch. No se extrañe de oír hablar así a un hombre que
ha engordado en el bienestar. El caso es que diga la verdad..., y no se burle
usted. Estoy profundamente convencido de lo que acabo de decirle. Mikolka tiene
razón. No, usted no huirá, Rodion Romanovitch.
Raskolnikof se levantó y
cogió su gorra. Porfirio Petrovitch se levantó también.
‑¿Va usted a dar una
vuelta? La noche promete ser hermosa. Aunque a lo mejor hay tormenta... Lo cual
seria tal vez preferible, porque así se refrescaría la atmósfera.
‑Porfirio Petrovitch ‑dijo
Raskolnikof en tono seco y vehemente‑, que no le pase por la imaginación que le
he hecho la confesión más mínima. Usted es un hombre extraño, y yo sólo le he
escuchado por curiosidad. Pero no he confesado nada, absolutamente nada. No lo
olvide.
‑Entendido; no lo
olvidaré... Está usted temblando... No se preocupe, amigo mío: se cumplirán sus
deseos. Pasee usted, pero sin rebasar los límites... Ahora voy a hacerle un
último ruego ‑añadió bajando la voz‑. Es un punto un poco delicado pero
importante. En el caso, a mi juicio sumamente improbable de que en estas
cuarenta y ocho o cincuenta horas le asalte la idea de poner fin a todo esto de
un modo poco común, en una palabra, quitándose la vida (y perdone esta absurda
suposición), tenga la bondad de dejar escrita una nota; dos líneas, nada más
que dos líneas, indicando el lugar donde está la piedra. Esto será lo más
noble... En fin, hasta más ver. Que Dios le inspire.
Porfirio salió, bajando
la cabeza para no mirar al joven. Éste se acercó a la ventana y esperó con
impaciencia el momento en que, según sus cálculos, el juez de instrucción se
hubiera alejado un buen trecho de la casa.
Entonces salió él a toda
prisa.
III
Quería ver cuanto antes a
Svidrigailof. Ignoraba sus propósitos, pero aquel hombre tenía sobre él un
poder misterioso. Desde que Raskolnikof se había dado cuenta de ello, la
inquietud lo consumía. Además, había llegado el momento de tener una
explicación con él.
Otra cuestión le
atormentaba. Se preguntaba si Svidrigailof habría ido a visitar a Porfirio.
Raskolnikof suponía que
no había ido: lo habría jurado. Siguió pensando en ello, recordó todos los
detalles de la visita de Porfirio y llegó a la misma conclusión negativa.
Svidrigailof no había visitado al juez, pero ¿tendría intención de hacerlo?
También respecto a este
punto se inclinaba por la negativa. ¿Por qué? No lograba explicárselo. Pero,
aunque se hubiera sentido capaz de hallar esta explicación, no habría intentado
romperse la cabeza buscándola. Todo esto le atormentaba y le enojaba a la vez.
Lo más sorprendente era que aquella situación tan crítica en que se hallaba le
inquietaba muy poco. Le preocupaba otra cuestión mucho más importante,
extraordinaria, también personal, pero distinta. Por otra parte, sentía un
profundo desfallecimiento moral, aunque su capacidad de razonamiento era
superior a la de los días anteriores. Además, después de lo sucedido, ¿valía la
pena tratar de vencer nuevas dificultades, intentar, por ejemplo, impedir a
Svidrigailof ir a casa de Porfirio, procurar informarse, perder el tiempo con
semejante hombre?
¡Qué fastidioso era todo
aquello!
Sin embargo, se dirigió
apresuradamente a casa de Svidrigailof. ¿Esperaba de él algo nuevo, un consejo,
un medio de salir de aquella insoportable situación? El que se está ahogando se
aferra a la menor astilla. ¿Era el destino o un secreto instinto el que los
aproximaba? Tal vez era simplemente que la fatiga y la desesperación le
inspiraban tales ideas; acaso fuera preferible dirigirse a otro, no a
Svidrigailof, al que sólo el azar había puesto en su camino.
¿A Sonia? ¿Con qué objeto
se presentaría en su casa? ¿Para hacerla llorar otra vez? Además, Sonia le daba
miedo. Representaba para él lo irrevocable, la decisión definitiva. Tenía que
elegir entre dos caminos: el suyo o el de Sonia. Sobre todo en aquel momento,
no se sentía capaz de afrontar su presencia. No, era preferible probar suerte
con Svidrigailof. Aunque muy a su pesar, se confesaba que Svidrigailof le
parecía en cierto modo indispensable desde hacía tiempo.
Sin embargo, ¿qué podía
haber de común entre ellos? Incluso la perfidia de uno y otro eran diferentes.
Por añadidura, Svidrigailof le era profundamente antipático. Tenía todo el
aspecto de un hombre despejado, trapacero, astuto, y tal vez era un ser extremadamente
perverso. Se contaban de él cosas verdaderamente horribles. Cierto que había
protegido a los niños de Catalina Ivanovna, pero vaya usted a saber el fin que
perseguía. Era un hombre Reno de segundas intenciones.
Desde hacía algunos días,
otra idea turbaba a Raskolnikof, a pesar de sus esfuerzos por rechazarla para
evitar el profundo sufrimiento que le producía. Pensaba que Svidrigailof
siempre había girado, y seguía girando, alrededor de él. Además, aquel hombre
había descubierto su secreto. Y, finalmente, había abrigado ciertas intenciones
acerca de Dunia. Tal vez seguía alimentándolas. Y sin «tal vez»: era seguro.
Ahora que conocía su secreto, bien podría utilizarlo como un arma contra Dunia.
Esta suposición le había
quitado el sueño, pero nunca había aparecido en su mente con tanta nitidez como
en aquellos momentos en que se dirigía a casa de Svidrigailof. Y le bastaba
pensar en ello para ponerse furioso. Sin duda, todo iba a cambiar, incluso su
propia situación. Debía confiar su secreto a Dunetchka y luego entregarse a la
justicia para evitar que su hermana cometiese alguna imprudencia. ¿Y qué pensar
de la carta que aquella mañana había recibido Dunia? ¿De quién podía recibir su
hermana una carta en Petersburgo? ¿De Lujine? Rasumikhine era un buen guardián,
pero no sabía nada de esto. Y Raskolnikof se dijo, contrariado, que tal vez
fuera necesario confiarse también a su amigo.
«Sea como fuere, tengo
que ir a ver a Svidrigailof cuanto antes ‑se dijo‑ Afortunadamente, en este
asunto los detalles tienen menos importancia que el fondo. Pero este hombre, si
tiene la audacia de tramar algo contra Dunia, es capaz de... Y en este caso,
yo...»
Raskolnikof estaba tan
agotado por aquel mes de continuos sufrimientos, que no pudo encontrar más que
una solución. «Y en este caso, yo lo mataré», se dijo, desesperado.
Un sentimiento angustioso
le oprimía el corazón. Se detuvo en medio de la calle y paseó la mirada en
torno de él. ¿Qué camino había tomado? Estaba en la avenida ..., a treinta o
cuarenta pasos de la plaza del Mercado, que acababa de atravesar. El segundo
piso de la casa que había a su izquierda estaba ocupado por una taberna. Tenía
abiertas todas las ventanas y, a juzgar por las personas que se veían junto a
ellas, el establecimiento debía de estar abarrotado. De él salían cantos,
acompañados de una música de clarinete, violín y tambor. Se oían también voces
y gritos de mujer.
Raskolnikof se disponía a
desandar lo andado, sorprendido de verse allí, cuando, de pronto, distinguió en
una de las últimas ventanas a Svidrigailof, con la pipa en la boca y ante un
vaso de té. El joven sintió una mezcla de asombro y horror. Svidrigailof le
miró en silencio y ‑cosa que sorprendió a Raskolnikof todavía más profundamente‑
se levantó de pronto, como si pretendiera eclipsarse sin ser visto. Rodia
fingió no verle, pero mientras parecía mirar a lo lejos distraído, le observaba
con el rabillo del ojo. El corazón le latía aceleradamente. No se había
equivocado: Svidrigailof deseaba pasar inadvertido. Se quitó la pipa de la boca
y se dispuso a ocultarse, pero, al levantarse y apartar la silla, advirtió sin
duda que Raskolnikof le espiaba. Se estaba repitiendo entre ellos la escena de
su primera entrevista. Una sonrisa maligna se esbozó en los labios de
Svidrigailof. Después la sonrisa se hizo más amplia y franca. Los dos se daban
cuenta de que se vigilaban mutuamente. Al fin, Svidrigailof lanzó una carcajada.
‑¡Eh! ‑le gritó‑. ¡Suba en vez de estar ahí parado!
Raskolnikof subió a la
taberna. Halló a su hombre en un gabinete contiguo al salón donde una nutrida
clientela ‑pequeños burgueses, comerciantes, funcionarios‑ bebía té y escuchaba
a las cantantes en medio de una infernal algarabía. En una pieza vecina se
jugaba al billar. Svidrigailof tenía ante sí una botella de champán empezada y
un vaso medio lleno. Estaban con él un niño que tocaba un organillo portátil y
una robusta muchacha de frescas mejillas que llevaba una falda listada y un
sombrero tirolés adornado con cintas. Esta joven era una cantante. Debía de
tener unos dieciocho años, y, a pesar de los cantos que llegaban de la sala,
entonaba una cancioncilla trivial con una voz de contralto algo ronca,
acompañada por el organillo.
‑¡Basta! ‑dijo
Svidrigailof a los artistas al ver entrar a Raskolnikof.
La muchacha dejó de
cantar en el acto y esperó en actitud respetuosa. También respetuosa y
gravemente acababa de cantar su vulgar cancioncilla.
‑¡Felipe, un vaso! ‑pidió
a voces Svidrigailof.
‑Yo no bebo vino ‑dijo
Raskolnikof.
‑Como usted guste. Pero
no he pedido un vaso para usted. Bebe, Katia. Hoy ya no lo volveré a necesitar.
Toma.
Le sirvió un gran vaso de
vino y le entregó un pequeño billete amarillo.
La muchacha apuró el vaso
de un solo trago, como hacen todas las mujeres, tomó el billete y besó la mano
de Svidrigailof, que aceptó con toda seriedad esta demostración de respeto
servil. Acto seguido, la joven se retiró acompañada del organillero. Svidrigailof
los había encontrado a los dos en la calle. Aún no hacía una semana que estaba
en Petersburgo y ya parecía un antiguo cliente de la casa. Felipe, el camarero,
le servía como a un parroquiano distinguido. La puerta que daba al salón estaba
cerrada, y Svidrigailof se desenvolvía en aquel establecimiento como en casa
propia. Seguramente pasaba allí el día. Aquel local era un antro sucio,
innoble, inferior a la categoría media de esta clase de establecimientos.
‑Iba a su casa ‑dijo
Raskolnikof‑, y, no sé por qué, he tomado la avenida ... al dejar la plaza del
Mercado. No paso nunca por aquí. Doblo siempre hacia la derecha al salir de la
plaza. Además, éste no es el camino de su casa. Apenas he doblado hacia este
lado, le he visto a usted. Es extraño, ¿verdad?
‑¿Por qué no dice usted,
sencillamente, que esto es un milagro?
‑Porque tal vez no es más
que un azar.
‑Aquí todo el mundo peca
de lo mismo ‑replicó Svidrigailof echándose a reír‑. Ni siquiera cuando se cree
en un milagro hay nadie que se atreva a confesarlo. Incluso usted mismo ha
dicho que se trata «tal vez» de un azar. ¡Qué poco valor tiene aquí la gente
para mantener sus opiniones! No se lo puede usted imaginar, Rodion Romanovitch.
No digo esto por usted, que tiene una opinión personal y la sostiene con toda
franqueza. Por eso mismo me ha llamado la atención lo que ha dicho.
‑¿Por eso sólo?
‑Es más que suficiente.
Svidrigailof estaba
visiblemente excitado, aunque no en extremo, pues sólo había bebido medio vaso
de champán.
‑Me parece que cuando
usted vino a mi casa ‑observó Raskolnikof‑ no sabía aún que yo tenía eso que
usted llama una opinión personal.
‑Entonces nos preocupaban
otras cosas. Cada cual tiene sus asuntos. En lo que concierne al milagro, debo
decirle que parece haber pasado usted durmiendo estos días. Yo le di la
dirección de esta casa. El hecho de que usted haya venido no tiene, pues, nada
de extraordinario. Yo mismo le indiqué el camino que debía seguir y las horas
en que podría encontrarme aquí. ¿No recuerda usted?
‑No; no lo había olvidado
‑repuso Raskolnikof, profundamente sorprendido.
‑Lo creo. Se lo dije dos
veces. La dirección se grabó en su cerebro sin que usted se diera cuenta, y
ahora ha seguido este camino sin saber lo que hacía. Por lo demás, cuando le
hablé de todo esto, yo no esperaba que usted se acordase. Usted no se cuida, Rodion
Romanovitch... ¡Ah! Quiero decirle otra cosa. En Petersburgo hay mucha gente
que va hablando sola por la calle. Uno se encuentra a cada paso con personas
que están medio locas. Si tuviéramos verdaderos sabios, los médicos, los
juristas y los filósofos podrían hacer aquí, cada uno en su especialidad,
estudios sumamente interesantes. No hay ningún otro lugar donde el alma humana
se vea sometida a influencias tan sombrías y extrañas. El mismo clima influye
considerablemente. Por desgracia, Petersburgo es el centro administrativo de la
nación y su influencia se extiende por todo el país. Pero no se trata
precisamente de esto. Lo que quería decirle es que le he observado a usted
varias veces en la calle. Usted sale de su casa con la cabeza en alto, y cuando
ha dado unos veinte pasos la baja y se lleva las manos a la espalda. Basta
mirarle para comprender que entonces usted no se da cuenta de nada de lo que
ocurre en torno de su persona. Al fin empieza usted a mover los labios, es
decir, a hablar solo. A veces dice cosas en voz alta, entre gestos y ademanes,
o permanece un rato parado en medio de la calle sin motivo alguno. Piense que,
así como le he visto yo, pueden verle otras personas, y esto sería un peligro
para usted. En el fondo, poco me importa, pues no tengo la menor intención de
curarle, pero ya me comprenderá...
‑¿Sabe usted que me
persiguen? ‑preguntó Raskolnikof dirigiéndole una mirada escrutadora.
‑No, no lo sabía ‑repuso
Svidrigailof con un gesto de asombro.
‑Entonces, déjeme en paz.
‑Bien: le dejaré en paz.
‑Pero dígame: si es
verdad que usted me ha citado dos veces aquí y esperaba mi visita, ¿por qué,
hace un momento, al verme levantar los ojos hacia la ventana, ha intentado
ocultarse? Lo he visto perfectamente.
‑¡Je, je! ¿Y por qué
usted el otro día, cuando entré en su habitación, se hizo el dormido, estando
despierto y bien despierto?
‑Podía... Tener mis
razones..., ya lo sabe usted.
‑Y yo las mías..., que
usted no sabrá nunca.
Raskolnikof había apoyado
el codo del brazo derecho en la mesa y, con el mentón sobre la mano, observaba
atentamente a su interlocutor. El aspecto de aquel rostro le había causado
siempre un asombro profundo. En verdad, era un rostro extraño. Tenía algo de
máscara. La piel era blanca y sonrosada; los labios, de un rojo vivo; la barba,
muy rubia; el cabello, también rubio y además espeso. Sus ojos eran de un azul
nítido, y su mirada, pesada e inmóvil. Aunque bello y joven ‑cosa sorprendente
dada su edad‑, aquel rostro tenía un algo profundamente antipático.
Svidrigailof llevaba un elegante traje de verano. Su camisa, finísima, era de
una blancura irreprochable. Una gran sortija con una valiosa piedra brillaba en
su dedo.
‑Ya que usted lo quiere,
seguiremos hablando ‑dijo Raskolnikof, entrando en liza repentinamente y con
impaciencia febril‑. Por peligroso que sea usted y por poco que desee
perjudicarme, no quiero andarme con rodeos ni con astucias. Le voy a demostrar
ahora mismo que mi suerte me inspira menos temor del que cree usted. He venido
a advertirle francamente que si usted abriga todavía contra mi hermana las
intenciones que abrigó, y piensa utilizar para sus fines lo que ha sabido
últimamente, le mataré sin darle tiempo a denunciarme para que me detengan.
Puede usted creerme: mantendré mi palabra. Y ahora, si tiene algo que decirme
(pues en estos últimos días me ha parecido que deseaba hablarme), dígalo
pronto, pues no puedo perder más tiempo.
‑¿A qué vienen esas
prisas? ‑preguntó Svidrigailof, mirándole con una expresión de curiosidad.
‑Todos tenemos nuestras
preocupaciones ‑repuso Raskolnikof, sombrío e impaciente.
‑Acaba de invitarme usted
a hablar con franqueza ‑dijo Svidrigailof sonriendo‑, y a la primera pregunta
que le dirijo me contesta con una evasiva. Usted cree que yo lo hago todo con
una segunda intención y me mira con desconfianza. Es una actitud que se
comprende, dada su situación; pero, por mucho que sea mi deseo de estar en buenas
relaciones con usted, no me tomaré la molestia de engañarle. No vale la pena.
Por otra parte, no tengo nada de particular que decirle.
‑Siendo así, ¿por qué ese
empeño en verme? Pues usted está siempre dando vueltas a mi alrededor.
‑Usted es un hombre
curioso y resulta interesante observarlo. Me seduce lo que su situación tiene
de fantástica. Además, es usted hermano de una mujer que me interesó mucho. Y,
en fin, tiempo atrás me habló tanto de usted esa mujer, que llegué a la conclusión
de que ejercía usted una fuerte influencia sobre ella. Me parece que son
motivos suficientes. ¡Je, je! Sin embargo, le confieso que su pregunta me
parece tan compleja, que me es difícil responderle. Ahora mismo, si usted ha
venido a verme, no ha sido por ningún asunto determinado, sino con la esperanza
de que yo le diga algo nuevo. ¿No es así? Confiéselo ‑le invitó Svidrigailof
con una pérfida sonrisita‑. Bien, pues se da el caso de que también yo, cuando
el tren me traía a Petersburgo, alimentaba la esperanza de conocer cosas nuevas
por usted, de sonsacarle algo.
‑¿Qué me podía sonsacar?
‑Pues ni yo mismo lo
sé... Ya ve usted en qué miserable taberna paso los días. Aquí estoy muy a
gusto, y, aunque no lo estuviera, en alguna parte hay que pasar el tiempo...
¡Esa pobre Katia...! ¿La ha visto usted...? Si al menos fuera un glotón o un
gastrónomo... Pero no: eso es todo lo que puedo comer ‑y señalaba una mesita
que había en un rincón, donde se veía un plato de hojalata con los restos de un
mísero bistec‑. A propósito, ¿ha comido usted? Yo he dado un bocado sin
apetito. Vino no bebo: sólo champán, y nunca más de un vaso en toda una noche,
lo que es suficiente para que me duela la cabeza. Si hoy he pedido una botella
es porque necesito animarme: tengo que verme con una persona para tratar de
ciertos asuntos, y quiero aparecer vehemente y resuelto. Por lo tanto, usted me
encuentra de un humor especial. Si hace un momento he intentado esconderme como
un colegial ha sido por terror a que su visita me impidiera atender al asunto
de que le he hablado. Sin embargo ‑consultó su reloj‑, tenemos aún un buen rato
para hablar, pues no son más que las cuatro y media... Créame que en ciertos
momentos siento no ser nada, nada absolutamente: ni propietario, ni padre de
familia, ni ulano, ni fotógrafo, ni periodista. A veces resulta enojoso no
tener ninguna profesión. Le aseguro que esperaba oír de su boca algo nuevo.
‑Pero ¿quién es usted? ¿Y
por qué ha venido a Petersburgo?
‑¿Que quién soy? Ya lo
sabe usted: un gentilhombre que sirvió dos años en la caballería. Después
estuve otros dos vagando por Petersburgo. Luego me casé con Marfa Petrovna y me
fui a vivir al campo. Aquí time usted mi biografía.
‑Era usted jugador,
¿verdad?
‑Jugador de ventaja.
‑¿Hacía trampas?
‑Sí.
‑Alguien debió de
abofetearle, ¿no?
‑Sí. ¿Por qué lo dice?
‑Porque entonces tuvo
usted ocasión de batirse en duelo. Eso presta animación a la vida.
‑No le digo lo
contrario..., pero no estoy preparado para discusiones filosóficas. Ahora le
voy a hacer una confesión: he venido a Petersburgo por las mujeres.
‑¿Apenas enterrada Marfa
Petrovna?
‑Pues sí. ¿Qué importa? ‑respondió
Svidrigailof sonriendo con una franqueza que desarmaba‑. ¿Se escandaliza de
oírme hablar así de las mujeres?
‑¿CÓmo no escandalizarme
su libertinaje?
‑¡Libertinaje,
libertinaje...! Para responder a su primera pregunta, le hablaré de la mujer en
general. Estoy dispuesto a charlar un rato. Dígame: ¿por qué he de huir de las
mujeres siendo un gran amador? Esto es, al menos, una ocupación para mí.
‑Entonces, ¿usted sólo ha
venido aquí para ir de jarana?
‑Admitamos que sea así.
Sin duda, eso de la disipación le tiene obsesionado, pero le confieso que me
gustan las preguntas directas. El libertinaje tiene, cuando menos, un carácter
de continuidad fundado en la naturaleza y no depende de un capricho: es algo
que arde en la sangre como un carbón siempre incandescente y que sólo se apaga
con la edad, y aun así difícilmente, a fuerza de agua fría. Confiese que esto,
en cierto modo, es una ocupación.
‑Pero ¿qué tiene de
divertido para usted esa vida? Es una enfermedad, y de las malas.
‑Ya le veo venir. Admito
que eso es una enfermedad como todas las inclinaciones exageradas, y en este
caso uno rebasa siempre los límites de lo normal; pero tenga en cuenta que esto
es cosa que cambia según los individuos. Desde luego, hay que reprimirse,
aunque sólo sea por conveniencia; pero si yo no tuviera esta ocupación,
acabaría por descerrajarme de un tiro en la cabeza. Bien sé que el hombre
honrado tiene que aburrirse, pero aun así...
‑¿Sería usted capaz de
dispararse un balazo en la cabeza?
‑¿A qué viene esa
pregunta? ‑exclamó Svidrigailof con un gesto de contrariedad‑. Le ruego que no
hablemos de estas cosas ‑se apresuró a añadir, dejando su tono de jactancia.
Incluso su semblante
había cambiado.
‑No puedo remediarlo. Sé
que esto es una debilidad vergonzosa pero temo a la muerte y no me gusta oír
hablar de ella. ¿Sabe usted que soy un poco místico?
‑Ya sé lo que quiere
usted decir... El espectro de Marfa Petrovna... Dígame: se le aparece todavía.
‑No me hable de eso ‑exclamó,
irritado‑. En Petersburgo no se me ha aparecido aún. ¡Que el diablo se lo
lleve...! Hablemos de otra cosa... Además, no me sobra el tiempo. Aun
sintiéndolo mucho, pronto tendremos que dejar nuestra charla... Pero aún tengo
algo que decirle.
‑Le espera una mujer,
¿verdad?
‑Sí... Un caso
extraordinario. Pura casualidad... Pero no es de esto de lo que quería
hablarle.
‑¿No le inquieta la
bajeza de esta conducta? ¿Es que no tiene usted fuerza de voluntad suficiente
para detenerse?
‑Fuerza de voluntad...
¿Acaso la tiene usted? ¡Je, je, je! Me deja usted boquiabierto, Rodion
Romanovitch, y eso que esperaba oírle decir algo parecido. ¡Que hable usted de
disipación, de cuestiones morales! ¡Que haga usted el Schiller, el idealista!
Desde luego, esos puntos de vista son muy naturales, y lo asombroso sería oír
sustentar la opinión contraria, pero, teniendo en cuenta las circunstancias, la
cosa resulta un poco rara... ¡Cuánto lamento que el tiempo me apremie! Me
parece usted un hombre en extremo interesante. A propósito, ¿le gusta Schiller?
A mí me encanta.
‑Es usted un fanfarrón ‑repuso
Raskolnikof con un gesto de repugnancia.
‑Le aseguro que no lo
soy, pero, aun admitiendo que lo fuera, ¿haría con ello algún mal a alguien? He
vivido siete años en el campo con Marfa Petrovna. Por eso, cuando me he
encontrado con un hombre inteligente como usted..., inteligente y, además,
interesante..., es natural que me sienta feliz de charlar con él. Además, me he
bebido el champán que me quedaba en el vaso y se me ha subido a la cabeza. Sin
embargo, lo que más me trastorna es cierto acontecimiento del que no quiero
hablar... Pero ¿dónde va usted? ‑preguntó, sorprendido.
Raskolnikof se había
levantado. Se ahogaba, se sentía a disgusto en aquel ambiente y se arrepentía
de haber entrado allí. Svidrigailof se le aparecía como el más despreciable
malvado que pudiera haber en el mundo.
‑Espere, espere un
momento. Pida un vaso de té. No se marche. Le aseguro que no hablaré de cosas
absurdas, es decir, de mí. Tengo que decirle una cosa... ¿Quiere usted que le
cuente cómo una mujer se propuso salvarme, como usted diría? Es una cuestión
que le interesará, pues esta mujer es su hermana. ¿Se lo cuento? Así
emplearemos el tiempo de que aún dispongo.
‑Hable, pero espero
que...
‑No se inquiete. Avdotia
Romanovna no puede inspirar, ni siquiera a un hombre tan corrompido como yo,
sino el respeto más profundo.
IV
Sin duda sabe usted...,
sí, sí, lo sabe porque se lo conté yo mismo ‑dijo Svidrigailof, iniciando su
relato‑, que estuve en la cárcel por deudas, una deuda cuantiosa que me era
absolutamente imposible pagar. No quiero entrar en detalles acerca de mi
rescate por Marfa Petrovna. Ya sabe usted cómo puede trastornar el amor la
cabeza a una mujer. Marfa Petrovna era una mujer honesta y bastante
inteligente, aunque de una completa incultura. Esta mujer celosa y honesta,
tras varias escenas llenas de violencia y reproches, cerró conmigo una especie
de contrato que observó escrupulosamente durante todo el tiempo de nuestra vida
conyugal. Ella era mayor que yo. Yo tuve la vileza, y también la lealtad, de
decirle francamente que no podía comprometerme a guardarle una fidelidad
absoluta. Estas palabras le enfurecieron, pero al mismo tiempo, mi ruda
franqueza debió de gustarle. Sin duda pensó: «Esta confesión anticipada
demuestra que no tiene el propósito de engañarme.» Lo cual era importantísimo
para una mujer celosa.
»Tras una serie de
escenas de lágrimas, llegamos al siguiente acuerdo verbal:
»Primero. Yo me
comprometía a no abandonar jamás a Marfa Petrovna, o sea a permanecer siempre a
su lado, como corresponde a un marido.
»Segundo. Yo no podía
salir de sus tierras sin su autorización.
»Tercero. No tendría
jamás una amante fija.
»Cuarto. En compensación,
Marfa Petrovna me permitiría cortejar a las campesinas, pero siempre con su
consentimiento secreto y teniéndola al corriente de mis aventuras.
»Quinto. Prohibición
absoluta de amar a una mujer de nuestro nivel social.
»Y sexto. Si, por
desgracia, me enamorase profunda y seriamente, me comprometía a enterar de ello
a Marfa Petrovna.
»En lo concerniente a
este último punto, he de advertirle que Marfa Petrovna estaba muy tranquila.
Era lo bastante inteligente para saber que yo era un libertino incapaz de
enamorarme en serio. Sin embargo, la inteligencia y los celos no son
incompatibles, y esto fue lo malo... Por otra parte, si uno quiere juzgar a los
hombres con imparcialidad, debe desechar ciertas ideas preconcebidas y de tipo
único y olvidar los hábitos que adquirimos de las personas que nos rodean. En
fin, confío en poder contar al menos con su juicio.
»Tal vez haya oído usted
contar cosas cómicas y ridículas sobre Marfa Petrovna. En efecto, tenía ciertas
costumbres extrañas, pero le confieso sinceramente que siento verdadero
remordimiento por las penas que le he causado. En fin, creo que esto es una oración
fúnebre suficiente del más tierno de los maridos a la más afectuosa de las
mujeres. Durante nuestros disgustos, yo guardaba silencio casi siempre, y este
acto de galantería no dejaba de producir efecto. Ella se calmaba y sabía
apreciarlo. En algunos casos incluso se sentía orgullosa de mí. Pero no pudo
soportar a su hermana de usted. ¿Cómo se arriesgó a tomar como institutriz a
una mujer tan hermosa? La única explicación es que, como mujer apasionada y
sensible, se enamoró de ella. Sí, tal como suena; se enamoró... ¡Avdotia
Romanovna! Desde el primer momento comprendí que su presencia sería una
complicación, y, aunque usted no lo crea, decidí abstenerme incluso de mirarla.
Pero fue ella la que dio el primer paso. Aunque le parezca mentira, al principio
Marfa Petrovna llegó incluso a enfadarse porque yo no hablaba nunca de su
hermana: me reprochaba que permaneciera indiferente a los elogios que me hacía
de ella. No puedo comprender lo que pretendía. Como es natural, mi mujer contó
a Avdotia Romanovna toda mi biografía. Tenía el defecto de poner a todo el
mundo al corriente de nuestras intimidades y de quejarse de mí ante el primero
que llegaba. ¿Cómo no había de aprovechar esta ocasión de hacer una nueva y
magnífica amistad? Sin duda estaban siempre hablando de mí, y Avdotia Romanovna
debía de conocer perfectamente los siniestros chismes que se me atribuían.
Estoy seguro de que algunos de esos rumores llegaron hasta usted.
‑Sí. Lujine incluso le ha
acusado de causar la muerte de un niño. ¿Es eso verdad?
‑Hágame el favor de no
dar crédito a esas villanías ‑exclamó Svidrigailof con una mezcla de cólera y
repugnancia‑. Si usted desea conocer la verdad de todas esas historias
absurdas, se las contaré en otra ocasión, pero ahora...
‑También me han dicho que
fue usted culpable de la muerte de uno de sus sirvientes...
‑Le agradeceré que no
siga por ese camino ‑dijo Svidrigailof, agitado.
‑¿No es aquel que,
después de muerto, le cargó la pipa? Conozco este detalle por usted mismo.
Svidrigailof le miró
atentamente, y Rodia creyó ver brillar por un momento en sus ojos un relámpago
de cruel ironía. Pero Svidrigailof repuso cortésmente:
‑Sí, ese criado fue. Ya
veo que todas esas historias le han interesado vivamente, y me comprometo a
satisfacer su curiosidad en la primera ocasión. Creo que se me puede considerar
como un personaje romántico. Ya comprenderá la gratitud que debo guardar a Marfa
Petrovna por haber contado a su hermana tantas cosas enigmáticas e interesantes
sobre mí. No sé qué impresión le producirían estas confidencias, pero apostaría cualquier cosa a que me
favorecieron. A pesar de la aversión que su hermana sentía hacia mi persona, a
pesar de mi actitud sombría y repulsiva, acabó por compadecerse del hombre
perdido que veía en mí. Y cuando la piedad se apodera del corazón de una joven,
esto es sumamente peligroso para ella. La asalta el deseo de salvar, de hacer
entrar en razón, de regenerar, de conducir por el buen camino a un hombre, de
ofrecerle, en fin, una vida nueva. Ya debe de conocer usted los sueños de esta
índole.
»En seguida me di cuenta
de que el pájaro iba por impulso propio hacia la jaula, y adopté mis
precauciones. No haga esas muecas, Rodion Romanovitch: ya sabe usted que este
asunto no tuvo consecuencias importantes... ¡El diablo me lleve! ¡Cómo estoy
bebiendo esta tarde...! Le aseguro que más de una vez he lamentado que su
hermana no naciera en el siglo segundo o tercero de nuestra era. Entonces
habría podido ser hija de algún modesto príncipe reinante, o de un gobernador,
o de un procónsul en Asia Menor. No cabe duda de que habría engrosado la lista
de los mártires y sonreído ante los hierros al rojo y toda clase de torturas.
Ella misma habría buscado este martirio... Si hubiese venido al mundo en el
siglo quinto, se habría retirado al desierto de Egipto, y allí habría pasado
treinta años alimentándose de raíces, éxtasis y visiones. Es una mujer que
anhela sufrir por alguien, y si se la privase de este sufrimiento, sería capaz,
tal vez, de arrojarse por una ventana.
»He oído hablar de un
joven llamado Rasumilchine, un muchacho inteligente, según dicen. A juzgar por
su nombre, debe de ser un seminarista... Bien, que este joven cuide de su
hermana.
»En resumen, que he
conseguido comprenderla, de lo cual me enorgullezco. Pero entonces, es decir,
en el momento de trabar conocimiento con ella, fui demasiado ligero y poco
clarividente, lo que explica que me equivocara... ¡El diablo me lleve! ¿Por qué
será tan hermosa? Yo no tuve la culpa.
»La cosa empezó por un
violento capricho sensual. Avdotia Romanovna es extraordinariamente,
exageradamente púdica (no vacilo en afirmar que su recato es casi enfermizo, a
pesar de su viva inteligencia, y que tal vez le perjudique). Así las cosas, una
campesina de ojos negros, Paracha, vino a servir a nuestra casa. Era de otra
aldea y nunca había trabajado para otros. Aunque muy bonita, era increíblemente
tonta: las lágrimas, los gritos con que esta chica llenó la casa produjeron un
verdadero escándalo.
»Un día, después de
comer, Avdotia Romanovna me llevó a un rincón del jardín y me exigió la promesa
de que dejaría tranquila a la pobre Paracha. Era la primera vez que hablábamos
a solas. Yo, como es natural, me apresuré a doblegarme a su petición a hice
todo lo posible por aparecer conmovido y turbado; en una palabra, que desempeñé
perfectamente mi papel. A partir de entonces tuvimos frecuentes conversaciones
secretas, escenas en que ella me suplicaba con lágrimas en los ojos, sí, con
lágrimas en los ojos, que cambiara de vida. He aquí a qué extremos llegan
algunas muchachas en su deseo de catequizar. Yo achacaba todos mis errores al
destino, me presentaba como un hombre ávido de luz, y, finalmente, puse en
práctica cierto medio de llegar al corazón de las mujeres, un procedimiento
que, aunque no engaña a nadie, es siempre de efecto seguro. Me refiero a la
adulación. Nada hay en el mundo más difícil de mantener que la franqueza ni
nada más cómodo que la adulación. Si en la franqueza se desliza la menor nota falsa,
se produce inmediatamente una disonancia y, con ella, el escándalo. En cambio,
la adulación, a pesar de su falsedad, resulta siempre agradable y es recibida
con placer, un placer vulgar si usted quiere, pero que no deja de ser real.
»Además, la lisonja, por
burda que sea nos hace creer siempre que encierra una parte de verdad. Esto es
así para todas las esferas sociales y todos los grados de la cultura. Incluso
la más pura vestal es sensible a la adulación. De la gente vulgar no hablemos.
No puedo recordar sin reírme cómo logré seducir a una damita que sentía
verdadera devoción por su marido, sus hijos y su familia. ¡Qué fácil y
divertido fue! El caso es que era verdaderamente virtuosa, por lo menos a su
modo. Mi táctica consistió en humillarme ante ella e inclinarme ante su
castidad. La adulaba sin recato y, apenas obtenía un apretón de mano o una
mirada, me acusaba a mí mismo amargamente de habérselos arrancado a la fuerza y
afirmaba que su resistencia era tal, que jamás habría logrado nada de ella sin
mi desvergüenza y mi osadía. Le decía que, en su inocencia, no podía prever mis
bribonadas, que había caído en la trampa sin darse cuenta, etcétera. En una
palabra, que conseguí mis propósitos, y mi dama siguió convencida de su inocencia:
atribuyó su caída a un simple azar. No puede usted imaginarse cómo se enfureció
cuando le dije que estaba completamente seguro de que ella había ido en busca
del placer exactamente igual que yo.
»La pobre Marfa Petrovna
tampoco resistía a la adulación, y, si me lo hubiera propuesto, habría
conseguido que pusiera su propiedad a mi nombre (estoy bebiendo demasiado y
hablando más de la cuenta). No se enfade usted si le digo que Avdotia Romanovna
no fue insensible a los elogios de que la colmaba. Pero fui un estúpido y lo
eché a perder todo con mi impaciencia. Más de una vez la miré de un modo que no
le gustó. Cierto fulgor que había en mis ojos la inquietaba y acabó por serle
odioso. No entraré en detalles: sólo le diré que reñimos. También en esta
ocasión me conduje estúpidamente: me reí de sus actividades conversionistas.
»Paracha volvió a contar
con mis atenciones, y otras muchas le siguieron. O sea que empecé a llevar una
vida infernal. ¡Si hubiera usted visto, Rodion Romanovitch, aunque sólo hubiera
sido una vez, los rayos que pueden lanzar los ojos de su hermana...!
»No crea demasiado al pie
de la letra mis palabras. Estoy embriagado. Acabo de beberme un vaso entero.
Sin embargo, digo la verdad. El centelleo de aquella mirada me perseguía hasta
en sueños. Llegué al extremo de no poder soportar el susurro de sus vestidos.
Temí que me diera un ataque de apoplejía. Nunca hubiese creído que pudiera
apoderarse de mí una locura semejante. Yo deseaba hacer las paces con ella,
pero la reconciliación era imposible. Y ¿sabe usted lo que hice entonces? ¡A
qué grado de estupidez puede conducir a un hombre el despecho! No tome usted
ninguna determinación cuando está furioso, Rodion Romanovitch. Teniendo en
cuenta que Avdotia Romanovna era pobre (¡Oh perdón!, no quería decir eso...,
pero ¿qué importan las palabras si expresan nuestro pensamiento?), teniendo en
cuenta que vivía de su trabajo y que tenía a su cargo a su madre y a usted
(¿otra vez arruga usted las cejas?), decidí ofrecerle todo el dinero que poseía
(en aquel momento podía reunir unos treinta mil rublos) y proponerle que huyera
conmigo, a esta capital, por ejemplo. Una vez aquí, le habría jurado amor
eterno y sólo habría pensado en su felicidad. Entonces estaba tan prendado de
ella, que si me hubiera dicho: "Envenena, asesina a Marfa Petrovna",
yo lo habría hecho, puede usted creerme. Pero todo esto terminó con el desastre
que usted conoce, y ya puede usted figurarse a qué extremo llegaría mi cólera
cuando me enteré de que Marfa Petrovna había hecho amistad con ese farsante de
Lujine y amañado un matrimonio con su hermana, que no aventajaba en nada a lo
que yo le ofrecía. ¿No lo cree usted así...? Dígame, responda... Veo que usted
me ha escuchado con gran atención, interesante joven...
Svidrigailof, impaciente,
había dado un puñetazo en la mesa. Estaba congestionado. Raskolnikof comprendió
que el vaso y medio de champán que se había bebido a pequeños sorbos le había
transformado profundamente, y decidió aprovechar esta circunstancia para
sonsacarle, pues aquel hombre le inspiraba gran desconfianza.
‑Después de todo eso ‑dijo
resueltamente, con el propósito de exasperarle‑, no me cabe la menor duda de
que ha venido aquí por mi hermana.
‑Nada de eso ‑respondió
Svidrigailof haciendo esfuerzos por serenarse‑. Ya le he dicho que... Además,
su hermana no me puede ver.
‑No lo dudo, pero no se
trata de eso.
‑¿De modo que está usted
seguro de que no me puede soportar? ‑Svidrigailof le hizo un guiño y sonrió
burlonamente‑. Tiene usted razón: le soy antipático. Pero nunca se pueden poner
las manos al fuego sobre lo que pasa entre marido y mujer o entre dos amantes.
Siempre hay un rinconcito oculto que sólo conocen los interesados. ¿Está usted
seguro de que Avdotia Romanovna me mira con repugnancia?
‑Ciertas frases y
consideraciones de su relato me demuestran que usted sigue abrigando infames
propósitos sobre Dunia.
Svidrigailof no se mostró
en modo alguno ofendido por el calificativo que Raskolnikof acababa de aplicar
a sus propósitos, y exclamó con ingenuo temor:
‑¿De veras se me han
escapado frases y reflexiones que le han hecho pensar a usted eso?
‑En este mismo momento
está usted dejando entrever sus fines. ¿De qué se ha asustado? ¿Cómo explica
usted esos repentinos temores?
‑¿Que yo me he asustado?
¿Que tengo miedo? ¿Miedo de usted? Es usted el que puede temerme a mí, cher
ami. ¡Qué tonterías! Por lo demás, estoy borracho, ya lo veo. Si bebiera un
poco más podría cometer algún disparate. ¡Que se vaya al diablo la bebida! ¡Eh,
traedme agua!
Cogió la botella de
champán y la arrojó por la ventana sin contemplaciones. Felipe le trajo agua.
‑Todo eso es absurdo ‑añadió,
empapando una servilleta y aplicándosela a la frente‑. En dos palabras puedo
reducir a la nada sus suposiciones. ¿Sabe usted que voy a casarme?
‑Ya me lo dijo.
‑¡Ah!, ¿sí? Pues no me
acordaba... Pero entonces nada podía afirmar, porque aún no había visto a mi
prometida y sólo se trataba de una intención. Ahora es cosa hecha. Si no fuera
por la cita de que le he hablado, le llevaría a casa de mi novia. Pues me gustaría
que usted me aconsejase... ¡Demonio! No dispongo más que de diez minutos. Mire
usted mismo el reloj. El proceso de este matrimonio es sumamente interesante.
Ya se lo contaré. ¿Adónde va usted? ¿Todavía quiere marcharse?
‑No, ya no me quiero
marchar.
‑¿De modo que no quiere
usted dejarme? Eso lo veremos. Le llevaré a casa de mi prometida, pero no
ahora, sino en otra ocasión, pues nos tendremos que separar en seguida. Usted
irá hacia la derecha y yo hacia la izquierda. ¿Conoce usted a esa señora llamada
Resslich? Es la mujer en cuya casa me hospedo... ¿Me escucha? No, está usted
pensando en otra cosa. Ya sabe usted que se acusa a esa señora de haber
provocado este invierno el suicidio de una jovencita... Bueno, ¿me escucha
usted o no...? En fin, es esa señora la que me ha arreglado este matrimonio. Me
dijo: «Tienes aspecto de hombre preocupado. Has de buscarte una distracción.»
Pues yo soy un hombre taciturno. ¿No me cree usted? Pues se equivoca. Yo no
hago daño a nadie: vivo apartado en mi rincón. A veces pasan tres días sin que
hable con nadie. Esa bribona de Resslich abriga sus intenciones. Confía en que
yo me cansaré muy pronto de mi mujer y la dejaré plantada. Y entonces ella la
lanzará a la... circulación, bien en nuestro mundo, bien en un ambiente más
elevado. Me ha contado que el padre de la chica es un viejo sin carácter, un
antiguo funcionario que está enfermo: hace tres años que no puede valerse de
sus piernas y está inmóvil en su sillón. También tiene madre, una mujer muy
inteligente. El hijo está empleado en una ciudad provinciana y no ayuda a sus
padres. La hija mayor se ha casado y no da señales de vida. Los pobres viejos
tienen a su cargo dos sobrinitos de corta edad. La hija menor ha tenido que
dejar el instituto sin haber terminado sus estudios. Dentro de dos o tres meses
cumplirá los dieciséis años y entonces estará en edad de casarse. Ésta es mi
prometida. Una vez obtenidos estos informes, me presenté a la familia como un
propietario viudo de buena casa, bien relacionado y rico. En cuanto a la
diferencia de edades (ella dieciséis años y yo más de cincuenta), es un detalle
sin importancia. Un hombre así es un buen partido, ¿no?, un partido tentador.
»¡Si me hubiera usted
visto hablar con los padres! Se habría podido pagar por presenciar ese
espectáculo. En esto llega la chiquilla con un vestidito corto y semejante a un
capullo que empieza a abrirse. Hace una reverencia y se pone tan encarnada como
una peonía. Sin duda le habían enseñado la lección. No conozco sus gustos en
materia de caras de mujer, pero, a mi juicio, la mirada infantil, la timidez,
las lagrimitas de pudor de las jovencitas de dieciséis años valen más que la
belleza. Por añadidura, es bonita como una imagen. Tiene el cabello claro y
rizado como un corderito, una boquita de labios carnosos y purpúreos... ¡Un
amor! Total, que trabamos conocimiento, yo dije que asuntos de familia me
obligaban a apresurar la boda, y al día siguiente, es decir, anteayer, nos
prometimos. Desde entonces, apenas llego, la siento en mis rodillas y ya no la
dejo marcharse. Su cara enrojece como una aurora y yo no ceso de besarla. Su
madre la ha aleccionado, sin duda, diciéndole que soy su futuro esposo y que lo
que hago es normal. Conseguida esta comprensión, el papel de novio es más
agradable que el de marido. Esto es lo que se llama la nature et la vérité.
¡Ja, ja! He hablado dos veces con ella. La muchachita está muy lejos de ser
tonta. Tiene un modo de mirarme al soslayo que me inflama la sangre. Tiene una
carita que recuerda a la de la Virgen Sixtina de Rafael. ¿No le impresiona la
expresión fantástica y alucinante que el pintor dio a esa Virgen? Pues el
semblante de ella es parecido. Al día siguiente de nuestros esponsales le llevé
regalos por valor de mil quinientos rublos: un aderezo de brillantes, otro de
perlas, un neceser de plata para el tocador; en fin, tantas cosas, que la
carita de Virgen resplandecía. Ayer, cuando la senté en mis rodillas, debí de mostrarme
demasiado impulsivo, pues ella enrojeció vivamente y en sus ojos aparecieron
dos lágrimas que trataba de ocultar.
»Nos dejaron solos.
Entonces ella rodeó mi cuello con sus bracitos (fue la primera vez que hizo
esto por propio impulso), me besó y me juró ser una esposa obediente y fiel que
dedicaría su vida entera a hacerme feliz y que todo lo sacrificaría por merecer
mi cariño, y añadió que esto era lo único que deseaba y que para ella no
necesitaba regalos. Convenga usted que oír estas palabras en boca de un ángel
de dieciséis años, vestido de tul, de cabellos rizados y mejillas teñidas por
un rubor virginal, es sumamente seductor... Confiéselo, confiéselo... Oiga...,
oiga..., le llevaré a casa de mi novia..., pero no puedo hacerlo ahora mismo.
‑Total, que esa
monstruosa diferencia de edades aviva su sensualidad. ¿Es posible que usted
piense seriamente en casarse en esas condiciones?
‑¿Por qué no? Es cosa
completamente decidida. Cada uno hace lo que puede en este mundo, y hacerse
ilusiones es un medio de alegrar la vida... ¡Ja, ja! ¡Pero qué moralista es
usted! Tenga compasión de mí, amigo mío. Soy un pecador. ¡Je, je, je!
‑Ahora comprendo que se
haya encargado usted de los hijos de Catalina Ivanovna. Tenía usted sus
razones.
‑Adoro a los niños, los
adoro de veras ‑exclamó Svidrigailof, echándose a reír‑. Sobre este particular
puedo contarle un episodio sumamente curioso. El mismo día de mi llegada empecé
a visitar antros. Estaba sediento de ellos después de siete años de rectitud.
Ya habrá observado usted que no tengo ninguna prisa en volver a reunirme con
mis antiguos amigos, y quisiera no verlos en mucho tiempo. Debo decirle que
durante mi estancia en la propiedad de Marfa Petrovna me atormentaba con
frecuencia el recuerdo de estos rincones misteriosos. ¡El diablo me lleve! El
pueblo se entrega a la bebida; la juventud culta se marchita o perece en sus
sueños irrealizables: se pierde en teorías monstruosas. Los demás se entregan a
la disipación. He aquí el espectáculo que me ha ofrecido la ciudad a mi
llegada. De todas partes se desprende un olor a podrido...
»Fui a caer en eso que
llaman un baile nocturno. No era más que una cloaca repugnante, como las que a
mí me gustan. Se levantaban las piernas en un cancán desenfrenado, como jamás
se había hecho en mis tiempos. ¡Es el progreso! De pronto veo una encantadora
muchachita de trece años que está bailando con un apuesto joven. Otro joven los
observa de cerca. Su madre estaba sentada junto a la pared, como espectadora.
Ya puede usted suponer qué clase de baile era. La muchachita está avergonzada,
enrojece; al fin se siente ofendida y se echa a llorar. El arrogante bailarín
la obliga a dar una serie de vueltas, haciendo toda clase de muecas, y el
público se echa a reír a carcajadas y empieza a gritar: "¡Bien hecho! ¡Así
aprenderán a no traer niñas a un sitio como éste!" Esto a mí no me importa
lo más mínimo. Me siento al lado de la madre y le digo que yo también soy
forastero y que toda aquella gente me parece estúpida y grosera, incapaz de
respetar a quien lo merece. Insinúo que soy un hombre rico y les propongo llevarlas
en mi coche. Las acompaño a su casa y trabo conocimiento con ellas. Viven en un
verdadero tugurio y han llegado de una provincia. Me dicen que consideran mi
visita como un gran honor. Me entero de que no tienen un céntimo y han venido a
hacer ciertas gestiones. Yo les ofrezco dinero y mis servicios. También me
dicen que han entrado en el local nocturno por equivocación, pues creían que se
trataba de una escuela de baile. Entonces yo les propongo contribuir a la
educación de la muchacha dándole lecciones de francés y de baile. Ellas aceptan
con entusiasmo, se consideran muy honradas, etcétera..., y yo sigo
visitándolas. ¿Quiere usted que vayamos a verlas? Pero habrá de ser más tarde.
‑¡Basta! No quiero seguir
escuchando sus sucias y viles anécdotas, hombre ruin y corrompido.
‑¡Ah, escuchemos al
poeta! ¡Oh Schiller! ¿Dónde va a esconderse la virtud...? Mire, le contaré
cosas como ésta sólo para oír sus gritos de indignación. Es para mí un
verdadero placer.
‑Lo creo. Hasta yo mismo
me veo en ridículo en estos instantes ‑murmuró Raskolnikof, indignado.
Svidrigailof reía a
mandíbula batiente. Al fin llamó a Felipe y, después de haber pagado su
consumición, se levantó.
‑Vámonos. Estoy bebido. Assez causé ‑exclamó‑. He tenido un verdadero
placer.
‑Lo creo. ¿Cómo no ha de
ser un placer para usted referir anécdotas escabrosas? Esto es una verdadera
satisfacción para un hombre encenagado en el vicio y desgastado por la
disipación, sobre todo cuando tiene un proyecto igualmente monstruoso y lo
cuenta a un hombre como yo... Es una cosa que fustiga los nervios.
‑Pues si es así ‑dijo
Svidrigailof con cierto asombro‑, si es así, a usted no le falta cinismo. Usted
es capaz de comprender muchas cosas. Bueno, basta ya. Siento de veras no poder
seguir hablando con usted. Pero ya volveremos a vernos... Tenga un poco de
paciencia.
Salió de la taberna
seguido de Raskolnikof. Su embriaguez se disipaba a ojos vistas. Parecía
preocupado por asuntos importantes y su semblante se había nublado como si
esperase algún grave acontecimiento. Su actitud ante Raskolnikof era cada vez
más grosera e irónica. El joven se dio cuenta de este cambio y se turbó. Aquel
hombre le inspiraba una gran desconfianza. Ajustó su paso al de él.
Estaban ya en la calle.
‑Yo voy hacia la
izquierda ‑dijo Svidrigailof‑, y usted hacia la derecha. O al revés, si usted
lo prefiere. El caso es que nos separemos. Adiós. Mon plaisir. Celebraré volver a verle.
Y tomó la dirección de la
plaza del Mercado.
V
Raskolnikof le alcanzó y
se puso a su lado.
‑¿Qué significa esto? ‑exclamó
Svidrigailof‑. Ya le he dicho a usted que...
‑Esto significa que no le
dejo a usted.
‑¿Cómo?
Los dos se detuvieron y
estuvieron un momento mirándose.
‑Lo que usted me ha
contado en su embriaguez me demuestra que, lejos de haber renunciado a sus
odiosos proyectos contra mi hermana, se ocupa en ellos más que nunca. Sé que
esta mañana ha recibido una carta. Usted puede haber encontrado una prometida
en sus vagabundeos, pero esto no quiere decir nada. Necesito convencerme por
mis propios ojos.
A Raskolnikof le habría
sido difícil explicar qué era lo que quería ver por sí mismo.
‑¿Quiere usted que llame
a la policía?
‑Llámela.
Se detuvieron de nuevo y
se miraron a la cara. Al fin, el rostro de Svidrigailof cambió de expresión.
Viendo que sus amenazas no intimidaban a Raskolnikof lo más mínimo, dijo de
pronto, en el tono más amistoso y alegre:
‑¡Es usted el colmo! Me
he abstenido adrede de hablarle de su asunto, a pesar de que la curiosidad me
devora. He dejado este tema para otro día. Pero usted es capaz de hacer perder
la paciencia a un santo... Puede usted venir si quiere, pero le advierto que
voy a mi casa sólo para un momento: el tiempo necesario para coger dinero.
Luego cerraré la puerta y me iré a las Islas a pasar la noche. De modo que no
adelantará nada viniendo conmigo.
‑Tengo que ir a su casa.
No a su habitación, sino a la de Sonia Simonovna: quiero excusarme por no haber
asistido a los funerales.
‑Haga usted lo que
quiera. Pero le advierto que Sonia Simonovna no está en su casa. Ha ido a
llevar a los huérfanos a una noble y anciana dama, conocida mía y que está al
frente de varios orfelinatos. Me he captado a esta señora entregándole dinero
para los tres niños de Catalina Ivanovna, más un donativo para las
instituciones. Finalmente, le he contado la historia de Sonia Simonovna sin
omitir detalle, y esto le ha producido un efecto del que no puede tener usted
idea. Ello explica que Sonia Simonovna haya recibido una invitación para
presentarse hoy mismo en el hotel donde se hospeda esa distinguida señora desde
su regreso del campo.
‑No importa.
‑Haga usted lo que
quiera, pero yo no iré con usted cuando salga de casa. ¿Para qué...? Óigame:
estoy convencido de que usted desconfía de mí sólo porque he tenido la
delicadeza de no hacerle preguntas enojosas... Usted ha interpretado
erróneamente mi actitud. Juraría que es esto. Sea usted también delicado
conmigo.
‑¿Con usted, que escucha
detrás de las puertas?
‑¡Ya salió aquello! ‑exclamó
Svidrigailof entre risas‑. Le aseguro que me habría asombrado que no mencionara
usted este detalle. ¡Ja, ja! Aunque comprendí perfectamente lo que usted había
hecho, no entendí todo lo demás que dijo. Tal vez soy un hombre anticuado,
incapaz de comprender ciertas cosas. Explíquemelo, por el amor de Dios.
Ilústreme, enséñeme las ideas nuevas.
‑Usted no pudo oír nada.
Todo eso son invenciones suyas.
‑Lo que quiero que me
explique no es lo que usted se imagina. Pero, desde luego, oí parte de sus
confidencias. Yo me refiero a sus continuas lamentaciones. Tiene usted alma de
poeta y siempre está a punto de dejarse llevar de la indignación. ¿De modo que le
parece a usted mal que la gente escuche detrás de las puertas? Ya que tan
severo es usted, vaya a presentarse a las autoridades y dígales: «Me ha
ocurrido una desgracia; he sufrido un error en mis teorías filosóficas.» Pero
si está usted convencido de que no se debe escuchar detrás de las puertas y, en
cambio, se puede matar a una pobre vieja con cualquier arma que se tenga a
mano, lo mejor que puede hacer es marcharse a América cuanto antes. ¡Huya! Tal
vez tenga tiempo aún. Le hablo con toda franqueza. Si no tiene usted dinero, yo
le daré el necesario para el viaje.
‑No me pienso marchar ‑dijo
Raskolnikof con un gesto despectivo.
‑Comprendo... (desde
luego, usted puede callarse si no quiere hablar), comprendo que usted se
plantee una serie de problemas de índole moral. ¿Verdad que se los plantea?
Usted se pregunta si ha obrado como es propio de un hombre y un ciudadano. Deje
estas preguntas, rechácelas. ¿De qué pueden servirle ya? ¡Je, je! No vale la
pena meterse en un asunto, empezar una operación que uno no es capaz de
terminar. Por lo tanto, levántese la tapa de los sesos. ¿Qué, no se decide?
‑Usted quiere irritarme
para deshacerse de mí.
‑¡Qué ocurrencia tan
original! En fin, ya hemos llegado. Subamos... Mire, ésa es la puerta de la
habitación de Sonia Simonovna. No hay nadie, convénzase... ¿No me cree?
Preguntemos a los Kapernaumof, a quienes ella entrega la llave cuando se va...
Mire, ahí está la señora de Kapernaumof... ¡Oiga! ¿Dónde está la vecina? (Es un
poco sorda, ¿sabe...?) ¿Que ha salido...? ¿Adónde se ha marchado...? Ya lo ha
oído usted; no está en casa y no volverá hasta la noche... Bueno, ahora venga a
mis habitaciones. Pues quiere usted venir, ¿verdad...? Ya estamos. La señora
Resslich ha salido. Siempre está muy atareada, pero es una buena mujer, se lo
aseguro. Si usted hubiera sido más razonable, ella le habría podido ayudar...
Mire, cojo un título del cajón de mi mesa (como usted ve, me quedan bastantes
todavía). Hoy mismo lo convertiré en dinero. ¿Ya lo ha visto usted todo bien?
Tengo prisa. Cerremos el cajón. Ahora la puerta. Y de nuevo estamos en la
escalera. ¿Quiere usted que tomemos un coche? Ya le he dicho que voy a las Islas.
¿No quiere usted dar una vuelta? El simón nos llevará a la isla Elaguine. ¿Qué,
no quiere? Vamos, decídase. Yo creo que va a llover, pero ¿qué importa?
Levantaremos la capota.
Svidrigailof estaba ya en
el coche. Raskolnikof se dijo que sus sospechas eran por el momento poco
fundadas. Sin responder palabra, dio media vuelta y echó a andar en dirección a
la plaza del Mercado. Si hubiese vuelto la cabeza, aunque sólo hubiera sido una
vez, habría podido ver que Svidrigailof, después de haber recorrido un centenar
de metros en el coche, se apeaba y pagaba al cochero. Pero el joven avanzaba
mirando sólo hacia delante y pronto dobló una esquina. La profunda aversión que
Svidrigailof le inspiraba le impulsaba a alejarse de él lo más de prisa
posible. Se decía: «¿Qué se puede esperar de este hombre vil y grosero, de ese
miserable depravado?» Sin embargo, esta opinión era un tanto prematura y tal
vez mal fundada. En la manera de ser de Svidrigailof había algo que le daba
cierta originalidad y lo envolvía en un halo de misterio. En lo concerniente a
su hermana, Raskolnikof estaba seguro de que Svidrigailof no había renunciado a
ella. Pero todas estas ideas empezaron a resultarle demasiado penosas para que
se detuviera a analizarlas.
Al quedarse solo cayó,
como siempre, en un profundo ensimismamiento, y cuando llegó al puente se acodó
en el pretil y se quedó mirando fijamente el agua del canal. Sin embargo,
Avdotia Romanovna estaba cerca de él, observándole. Se habían cruzado a la entrada
del puente, pero él había pasado cerca de ella sin verla. Dunetchka no le había
visto jamás en la calle en semejante estado y se sintió inquieta. Estuvo un
momento indecisa, preguntándose si se acercaría a él, y de pronto divisó a
Svidrigailof que se dirigía rápido hacia ella desde la plaza del Mercado.
Procedía con sigilo y
misterio. No entró en el puente, sino que se detuvo en la acera, procurando que
Raskolnikof no le viese. A Dunia la había visto desde lejos y le hacía señas.
La joven comprendió que le decía que se acercase, procurando no llamar la atención
de Raskolnikof. Atendiendo a esta muda demanda, pasó en silencio por detrás de
su hermano y fue a reunirse con Svidrigailof.
‑¡Vámonos! Su hermano no
debe enterarse de nuestra entrevista. Acabo de pasar un rato con él en una
taberna adonde ha venido a buscarme y no me ha sido nada fácil deshacerme de
él. No sé cómo se ha enterado de que le he escrito una carta, pero parece sospechar
algo. Sin duda, usted misma le ha hablado de ello, pues nadie más puede
habérselo dicho.
‑Ahora que hemos doblado
la esquina y que mi hermano ya no puede vernos, sepa usted que ya no le seguiré
más lejos. Dígame aquí mismo lo que tenga que decirme. Nuestros asuntos pueden
tratarse en plena calle.
‑En primer lugar, no es
éste un asunto que pueda tratarse en plena calle. En segundo, quiero que oiga
usted también a Sonia Simonovna. Y, finalmente, tengo que enseñarle algunos
documentos. Si usted no viene a mi casa, no le explicaré nada y me marcharé ahora
mismo. Le ruego que no olvide que poseo el curioso secreto de su querido
hermano.
Dunia se detuvo,
indecisa, y dirigió una mirada penetrante a Svidrigailof.
‑¿Qué teme usted? ‑dijo
éste‑. La ciudad no es el campo. Además, incluso en el campo me ha hecho usted
más daño a mí que yo a usted. Aquí...
‑¿Está prevenida Sonia
Simonovna?
‑No, no le he hablado de
esto y no sé si está ahora en su casa. Creo que sí que estará, pues ha
enterrado hoy a su madrastra y no debe de tener humor para salir. No he querido
hablar a nadie de este asunto, e incluso siento haberme franqueado un poco con usted.
En este caso, la menor imprudencia equivale a una denuncia... He aquí la casa
donde vivo. Ya hemos llegado. Ese hombre que ve usted a la puerta es nuestro
portero. Me conoce perfectamente y, como usted ve, me saluda. Bien ha advertido
que voy acompañado de una dama y, sin duda, ha visto su cara. Estos detalles
pueden tranquilizarla si usted desconfía de mí. Perdóneme si le hablo tan
crudamente. Yo tengo mi habitación junto a la de Sonia Simonovna. Las dos
piezas están separadas solamente por un tabique. En el piso hay numerosos
inquilinos. ¿A qué vienen, pues, esos temores infantiles? No soy tan temible
como todo eso.
Svidrigailof esbozó una
sonrisa bonachona, pero estaba ya demasiado nervioso para desempeñar a la
perfección su papel. Su corazón latía con violencia; sentía una fuerte opresión
en el pecho. Procuraba levantar la voz para disimular su creciente agitación.
Pero Dunia ya no veía nada: las últimas palabras de Svidrigailof sobre sus
temores de niña la habían herido en su amor propio hasta cegarla.
‑Aunque sé que es usted
un hombre sin honor ‑dijo, afectando una calma que desmentía el vivo color de
su rostro‑, no me inspira usted temor alguno. Indíqueme el camino.
Svidrigailof se detuvo
ante la habitación de Sonia.
‑Permítame que vea si
está... Pues no, se ha marchado. Es una contrariedad. Pero estoy seguro de que
no tardará en volver. Sin duda ha ido a ver a una señora por el asunto de los
huérfanos. La madre de esos niños acaba de morir. Yo me he interesado en el asunto
y he dado ya ciertos pasos. Si Sonia Simonovna no ha regresado dentro de diez
minutos y usted quiere hablar con ella, la enviaré a su casa esta misma tarde.
Ya estamos en mis habitaciones. Son dos... Mi patrona, la señora Resslich,
habita al otro lado del tabique. Ahora eche una mirada por aquí. Quiero
mostrarle mis «documentos», por decirlo así. La puerta de mi habitación da a un
alojamiento de dos piezas, que está completamente vacío... Mire con atención.
Debe usted tener un conocimiento exacto del lugar del hecho.
Svidrigailof disponía de
dos habitaciones amuebladas bastante espaciosas. Dunetchka miró en torno de
ella con desconfianza, pero no vio nada sospechoso en la colocación de los
muebles ni en la disposición del local. Sin embargo, debió advertir que el alojamiento
de Svidrigailof se hallaba entre otros dos deshabitados. No se llegaba a sus
habitaciones por el corredor, sino atravesando otras dos piezas que formaban
parte del compartimiento de su patrona. Svidrigailof abrió la puerta de su
dormitorio, que daba a uno de los alojamientos vacíos, y se lo mostró a Dunia,
que permaneció en el umbral sin comprender por qué el huésped deseaba que
mirase aquello. Pero en seguida recibió la explicación.
‑Mire aquella habitación,
la segunda y más espaciosa. Observe su puerta: está cerrada con llave. ¿Ve
aquella silla colocada junto a la puerta? Es la única que hay en las dos
habitaciones. La llevé yo de aquí para poder escuchar más cómodamente. Al otro
lado de esa puerta está la mesa de Sonia Simonovna. La joven estaba sentada
ante su mesa mientras hablaba con Rodion Romanovitch, y yo escuchaba la
conversación desde este lado de la puerta. Escuché dos tardes seguidas, y cada
tarde dos horas como mínimo. Por lo tanto, pude enterarme de muchas cosas, ¿no
cree usted?
‑¿Escuchaba usted detrás
de la puerta?
‑Sí, escuchaba detrás de
la puerta... Venga, venga a mi alojamiento. Aquí ni siquiera hay donde
sentarse.
Volvieron a las
habitaciones de Svidrigailof y éste invitó a la joven a sentarse en la pieza
que utilizaba como sala. Él se sentó también, pero a una prudente distancia, al
otro lado de la mesa. Sin embargo, sus ojos tenían el mismo brillo ardiente que
hacía unos momentos había inquietado a Dunetchka. Ésta se estremeció y volvió a
mirar en torno a ella con desconfianza. Fue un gesto involuntario, pues su
deseo era mostrarse perfectamente serena y dueña de sí misma. Pero el
aislamiento en que se hallaban las habitaciones de Svidrigailof había acabado
por atraer su atención. De buena gana habría preguntado si la patrona estaba en
casa, pero no lo hizo: su orgullo se lo impidió. Por otra parte, el temor de lo
que a ella le pudiera ocurrir no era nada comparado con la angustia que la
dominaba por otras razones. Esta angustia era para Dunia un verdadero tormento.
‑He aquí su carta ‑dijo
depositándola en la mesa‑. Lo que usted me dice en ella no es posible. Me deja
usted entrever que mi hermano ha cometido un crimen. Sus insinuaciones son tan
claras, que sería inútil que ahora tratase usted de recurrir a subterfugios. Le
advierto que, antes de recibir lo que usted considera como una revelación, yo
estaba enterada ya de este cuento absurdo, del que no creo ni una palabra. Es
una suposición innoble y ridícula. Sé muy bien de dónde proceden esos rumores.
Usted no puede tener ninguna prueba. En su carta me promete demostrarme la
veracidad de sus palabras. Hable, pues. Pero sepa por anticipado que no le
creo, no le creo en absoluto.
Dunetchka había dicho
esto precipitadamente, dominada por una emoción que tiñó de rojo su cara.
‑Si usted no lo creyera,
no habría venido aquí. Porque no creo que haya venido por simple curiosidad.
‑No me atormente: hable
de una vez.
‑Hay que convenir en que
es usted una muchacha valiente. Yo esperaba, le doy mi palabra, que pidiera
usted al señor Rasumikhine que la acompañase. Pero él no estaba con usted, ni
rondaba por los alrededores, cuando nos hemos encontrado: me he fijado bien. Ha
sido una verdadera demostración de valor. Ha querido defender por sí sola a
Rodion Romanovitch... Por lo demás, todo en usted es divino. En cuanto a su
hermano, ¿qué puedo decirle? Usted le acaba de ver. ¿Qué le ha parecido su
actitud?
‑Supongo que no fundará
usted en esto sus acusaciones.
‑No, las fundo en sus
propias palabras. Ha venido dos días seguidos a pasar la tarde con Sonia
Simonovna. Ya le he indicado el lugar donde hablaban. Su hermano lo confesó
todo a la muchacha. Es un asesino. Mató a una vieja usurera en cuya casa tenía
empeñados algunos objetos, y además a su hermana Lisbeth, que llegó casualmente
en el momento del crimen. Las asesinó a las dos con un hacha que llevaba
consigo. El móvil del crimen era el robo, y su hermano robó: se llevó dinero y
algunos objetos. Me limito a repetir la confesión que hizo a Sonia Simonovna,
que es la única que conoce este secreto, pero que no tiene participación
alguna, ni material ni moral, en el crimen. Por el contrario, esa muchacha, al
enterarse, sintió un horror tan profundo como el que usted demuestra ahora.
Puede estar tranquila: esa joven no le denunciará.
‑¡Imposible! ‑balbuceó
Dunetchka, jadeante y con los labios pálidos‑. Eso no es posible. Él no tenía
el más mínimo motivo para cometer ese crimen... ¡Eso es mentira, mentira!
‑Mató por robar: ahí
tiene el motivo. Cogió dinero y joyas. Verdad es que, según ha dicho, no ha
sacado provecho del botín, pues lo escondió debajo de una piedra, donde está
todavía. Pero esto demuestra, simplemente, que no se ha atrevido a hacer use de
él.
‑Pero ¿es posible que
haya robado? ‑exclamó Dunia, levantándose de un salto‑. ¿Se puede creer tan
sólo que haya tenido esa idea? Usted lo conoce. ¿Acaso tiene aspecto de ladrón?
Había olvidado su terror
de hacía un momento y hablaba en tono suplicante.
‑Esa pregunta tiene mil
respuestas, infinidad de explicaciones. El ladrón comete sus fechorías
consciente de su infamia. Pero yo he oído hablar que un hombre de probada
nobleza desvalijó un correo. A lo mejor, creyó cometer una acción loable. Yo me
habría resistido, como se resiste usted, a creer que su hermano hubiera
cometido un acto así si me lo hubieran contado; pero no tengo más remedio que
dar crédito al testimonio de mis propios oídos. Explicó los motivos de su
proceder a Sonia Simonovna. Ésta, al principio, no podía creer en lo que estaba
oyendo; pero acabó por rendirse a la evidencia. Así tenía que ser, ya que era
el mismo autor del hecho el que lo contaba.
‑¿Cuáles fueron los
motivos de que habló?
‑Eso sería demasiado
largo de explicar, Avdotia Romanovna. Se trata..., ¿cómo se lo haré
comprender...?, de una teoría, algo así como si dijéramos: el crimen se permite
cuando persigue un fin loable. ¡Un solo crimen y cien buenas acciones! Por otra
parte, para un joven colmado de cualidades y de orgullo es penoso reconocer que
le gustaría apoderarse de una suma de tres mil rublos, por saber que esta
cantidad sería suficiente para cambiar su porvenir. Añada usted a esto la
irritación morbosa que produce una mala alimentación continua, un cuarto
demasiado estrecho, una ropa hecha jirones, la miseria de la propia situación
social y, al mismo tiempo, la de una madre y una hermana. Y por encima de todo
la ambición, el orgullo... Y todo ello a pesar de no carecer seguramente de
excelentes cualidades... No vaya usted a creer que le acuso. Además, esto no es
de mi incumbencia. También expuso una teoría personal según la cual la
humanidad se divide en individuos que forman el rebaño y en personas
extraordinarias, es decir, seres que, gracias a su superioridad, no están
obligados a acatar la ley. Por el contrario, éstos son los que hacen las leyes
para los demás, para el rebaño, para el polvo. En fin, c'est une théorie
comme une autre. Napoleón
lo tenía fascinado o, para decirlo con más exactitud, lo que le seducía era la
idea de que los hombres de genio no temen cometer un crimen inicial, sino que
se lanzan a ello resueltamente y sin pensarlo. Yo creo que su hermano se
imaginó que también era genial o, por lo menos, que esta idea se apoderó de él
en un momento dado. Ha sufrido mucho y sufre aún ante la idea de que es capaz
de inventar una teoría, pero no de aplicarla, y que, por lo tanto, no es un
hombre genial. Esta idea es sumamente humillante para un joven orgulloso y,
especialmente, de nuestro tiempo.
‑¿Y el remordimiento? ¿Es
que le niega usted todo sentimiento moral? ¿Acaso es mi hermano como usted
pretende que sea?
‑¡Oh Avdotia Romanovna!
Ahora todo es desorden y anarquía. Por otra parte, el orden ha sido siempre
algo ajeno a él. Los rusos, Avdotia Romanovna, tienen un alma generosa y grande
como su país, y también una tendencia a las ideas fantásticas y desordenadas.
Pero es una desgracia poseer un alma grande y noble sin genio. ¿Se acuerda
usted de nuestras conversaciones sobre este tema, en la terraza, después de
cenar? Usted me reprochaba esta amplitud de espíritu. Y quién sabe si mientras
usted me hablaba así, él estaba echado, dándole vueltas a su proyecto... Hay
que reconocer, Avdotia Romanovna, que la tradición en nuestra sociedad culta es
muy endeble. La única que posee es la que se adquiere por medio de los libros,
de las crónicas del pasado. Y eso se queda para los sabios, los cuales, por
otra parte, son tan cándidos que un hombre de mundo se avergonzaría de seguir
sus enseñanzas. Por lo demás, ya conoce usted mi opinión: yo no acuso a nadie.
Vivo en el ocio y estoy aferrado a este género de vida. Ya hemos hablado de
esto más de una vez. Incluso he tenido la dicha de interesarle exponiéndole mis
juicios... Está usted muy pálida, Avdotia Romanovna.
‑Conozco la teoría de que
usted me ha hablado. He leído en una revista un artículo de mi hermano acerca
de los hombres superiores. Me lo trajo Rasumikhine.
‑¿Rasumikhine? ¿Un
artículo de su hermano en una revista? Ignoraba que hubiera escrito semejante
artículo... Pero ¿adónde va, Avdotia Romanovna?
‑Quiero ver a Sonia
Simonovna ‑repuso Dunia con voz débil‑. ¿Dónde está la puerta de su habitación?
Tal vez ha regresado ya. Quiero verla en seguida para que ella me...
No pudo terminar; se
ahogaba materialmente.
‑Sonia Simonovna no
volverá hasta la noche. Así lo supongo. Tenía que volver en seguida y no lo ha
hecho. Esto es señal de que regresará tarde.
‑¡Me has engañado! ¡Me
has mentido! ‑exclamó Dunia en un arrebato de cólera que la enloquecía‑. Ahora
lo veo claro. ¡Me has mentido! ¡No te creo, no te creo!
Y cayó casi desvanecida
en una silla que Svidrigailof se apresuró a acercarle.
‑Pero, ¿qué le ocurre,
Avdotia Romanovna? Cálmese. Tenga, beba un poco de agua.
Svidrigailof le salpicó
el rostro. Dunetchka se estremeció y volvió en sí.
‑Ha sido un golpe
demasiado violento ‑murmuró Svidrigailof, apenado‑. Tranquilícese, Avdotia
Romanovna. Su hermano tiene amigos. Le salvaremos. ¿Quiere usted que lo mande
al extranjero? No tardaré más de tres días en conseguirle un billete. En cuanto
a su crimen, él lo borrará a fuerza de buenas acciones. Cálmese. Todavía puede
llegar a ser un gran hombre. ¿Se siente usted mejor?
‑¡Qué cruel e indigno es
usted! Todavía se atreve a burlarse. ¡Déjeme en paz!
‑¿Adónde va?
‑A casa de Rodia. ¿Dónde
está ahora? Usted lo sabe... ¿Por qué está cerrada esta puerta? Hemos entrado
por aquí y ahora está cerrada con llave. ¿Cuándo la ha cerrado?
‑No iba a dejar que todo
el mundo oyera lo que decíamos. Estoy muy lejos de burlarme. Lo que ocurre es
que estoy cansado de hablar en este tono. ¿Adónde se propone usted ir? ¿Es que
quiere entregar a su hermano a la justicia? Piense que usted puede enloquecerlo
y dar lugar a que se entregue él mismo. Sepa usted que le vigilan, que le
siguen los pasos. Espere. Ya le he dicho que le he visto hace un rato y que he
hablado con él. Todavía podemos salvarlo. Espere; siéntese y vamos a estudiar
juntos lo que se puede hacer. La he hecho venir para que hablemos
tranquilamente. Siéntese, haga el favor.
¿Cómo va usted a
salvarlo? ¿Acaso tiene salvación?
Dunia se sentó.
Svidrigailof ocupó otra silla cerca de ella. ‑Eso depende de usted, de usted,
sólo de usted ‑dijo en un susurro.
Sus ojos centelleaban. Su
agitación era tan profunda, que apenas podía articular las palabras. Dunia
retrocedió, inquieta. El prosiguió, temblando:
‑De usted depende... Una
sola palabra de usted, y lo salvaremos. Yo... yo lo salvaré. Tengo dinero y
amigos. Le mandaré en seguida al extranjero. Sacaré un pasaporte para mí...;
no, dos pasaportes: uno para él y otro para mí. Tengo amigos, hombres influyentes...
¿Quiere...? Sacaré también un pasaporte para usted..., y otro para su madre...
Usted no necesita para nada a Rasumikhine. Yo la amo tanto como él. Yo la amo
con todo mi ser... Déme el borde de su falda para besarlo, démelo. El susurro
de su vestido me enloquece. Usted me mandará y yo la obedeceré. Sus creencias
serán las mías. Haré todo, todo lo que usted quiera... No me mire así, por
favor. ¿No ve usted que me está matando?
Empezó a desvariar.
Parecía haberse vuelto loco. Dunia se levantó de un salto y corrió hacia la
puerta.
‑¡Ábranme, ábranme! ‑dijo
a gritos mientras la golpeaba‑. ¿Por qué no me abren? ¿Es posible que no haya
nadie en la casa?
Svidrigailof volvió en sí
y se levantó. Una aviesa sonrisa apareció en sus labios, todavía temblorosos.
‑No, no hay nadie ‑dijo
lentamente y en voz baja‑. Mi patrona ha salido. Sus gritos son, pues,
inútiles.
‑¿Dónde está la llave?
¡Abre la puerta, abre inmediatamente! ¡Miserable, canalla!
‑La llave se me ha
perdido.
‑¡Comprendo! ¡Esto es una
emboscada!
Y Dunia, pálida como una
muerta, corrió hacia un rincón, donde se atrincheró tras una mesa.
Ya no gritaba. Estaba
inmóvil y tenía la mirada fija en su enemigo, para no perder ninguno de sus
movimientos.
Svidrigailof estaba
también inmóvil. Al parecer iba recobrándose, pero el color no había vuelto a
su rostro. Su sonrisa seguía mortificando a Avdotia Romanovna.
‑Ha pronunciado usted la
palabra «emboscada», Avdotia Romanovna. Bien, pues si existe esa emboscada,
habrá de pensar usted en que he tomado toda clase de precauciones. Sonia
Simonovna no está en su habitación. Los Kapernaumof quedan lejos, a cinco
piezas de aquí. Soy mucho más fuerte que usted, y tampoco puedo temer que usted
me denuncie, porque en este caso perdería a su hermano, y usted no quiere
perderlo, ¿verdad? Además, nadie la creería. ¿Qué explicación puede tener que
una joven vaya sola a visitar a un hombre soltero? O sea que si usted se
decidiese a sacrificar a su hermano, sería inútil, porque no podría probar
nada. Una violación es sumamente difícil de demostrar.
‑¡Miserable!
‑Puede decir lo que
quiera, pero le advierto que hasta ahora me he limitado a hacer simples
suposiciones. Personalmente, estoy de acuerdo con usted. Obrar por la fuerza
contra alguien es una bajeza. Mi intención era únicamente tranquilizar su
conciencia en el caso de que usted..., de que usted quisiera salvar a su
hermano de buen grado, es decir, tal como yo le he propuesto. Usted no haría
entonces sino inclinarse ante las circunstancias, ceder a la necesidad, por
decirlo así... Piense usted en ello. La suerte de su hermano, y también la de
su madre, está en sus manos. Piense, además, que yo seré su esclavo, y para
toda la vida... Espero su resolución.
Svidrigailof se sentó en
el sofá, a unos ocho pasos de Dunia. La joven no tenía la menor duda acerca de
sus intenciones: sabía que eran inquebrantables, pues conocía bien a
Svidrigailof... De pronto sacó del bolsillo un revólver, lo preparó para
disparar y lo dejó en la mesa, al alcance de su mano.
Svidrigailof hizo un
movimiento de sorpresa.
‑¡Ah, caramba! ‑exclamó
con una pérfida sonrisa‑. Así la cosa cambia por completo. Usted misma me
facilita la tarea, Avdotia Romanovna... Pero ¿de dónde ha sacado usted ese
revólver? ¿Se lo ha proporcionado el señor Rasumikhine? ¡Toma, si es el mío!
¡Un viejo amigo! ¡Tanto como lo busqué! Las lecciones de tiro que tuve el honor
de darle en el campo no fueron inútiles, por lo que veo.
‑Este revólver no es
tuyo, monstruo, sino de Marfa Petrovna. No había nada tuyo en su casa. Lo cogí
cuando comprendí de lo que eras capaz. Si das un paso, te juro que te mato.
Dunia había empuñado el
revólver. En su desesperación, estaba dispuesta a disparar.
‑Bueno, ¿y su hermano? Le
hago esta pregunta por pura curiosidad ‑dijo Svidrigailof sin moverse del
sitio.
‑Denúnciale si quieres.
Un paso y disparo. Tú envenenaste a tu esposa: estoy segura. Tú también eres un
asesino.
‑¿Está usted segura de
que envenené a Marfa Petrovna?
‑Sí, tú mismo me lo
dejaste entrever. Me hablaste de un veneno. Sé que te lo habías procurado, que
lo habías preparado... Fuiste tú, tú..., ¡infame!
‑Si eso fuera verdad,
sólo lo habría hecho por ti: tú habrías sido la causa.
‑¡Mientes! Yo siempre lo
he odiado, ¡siempre!
‑Por lo visto, Avdotia
Romanovna, usted se ha olvidado de que, cuando trataba de convertirme, se
inclinaba sobre mí y me dirigía lánguidas miradas. Yo, entonces, la miraba
fijamente a los ojos, ¿recuerda...? La noche..., el claro de luna... Un
ruiseñor cantaba...
La ira llameó en los ojos
de Dunia.
‑¡Mientes, mientes! ¡Eres
un calumniador!
‑¿Miento? Bien, lo
admito. No se deben recordar estas cosillas a las mujeres ‑añadió con una
sonrisa burlona‑. Sé que vas a disparar, preciosa bestezuela. Pues bien,
dispara...
Dunia le apuntó. Sólo
esperaba que hiciera un movimiento para apretar el gatillo. Estaba mortalmente
pálida, temblaba su labio inferior y sus grandes ojos negros lanzaban
llamaradas. Svidrigailof no la había visto nunca tan hermosa. En el momento en
que la joven levantó el revólver, el fuego de sus ojos penetró en el pecho del
enemigo y quemó su corazón, que se contrajo dolorosamente. Dio un paso hacia
delante y se oyó una detonación. La bala rozó el cabello de Svidrigailof y fue
a incrustarse en la pared, a sus espaldas. Svidrigailof se detuvo y dijo,
esbozando una sonrisa:
‑Una picadura de
avispa... Ya veo que ha tirado usted a la cabeza... Pero ¿qué es esto? Parece
sangre.
Y sacó el pañuelo para
limpiarse un hilillo de sangre que resbalaba por su sien. La bala debió de
rozar la piel del cráneo.
Dunia había bajado el
revólver y miraba a Svidrigailof con un gesto de pasmo más que de temor.
Parecía incapaz de comprender lo que había hecho y lo que ocurría ante ella.
‑Ya lo ve: ha errado el
tiro. Vuelva a disparar. Ya ve que estoy esperando.
Hablaba en voz baja y con
una sonrisa que ahora tenía algo de siniestro.
‑Si tarda usted tanto ‑continuó‑,
podré caer sobre usted antes de que haya vuelto a apretar el gatillo.
Dunetchka se estremeció,
preparó el revólver y apuntó.
‑¡Déjeme! ‑gritó,
desesperada‑. Le juro que volveré a disparar ¡y le mataré!
‑¡Qué importa! Desde
luego, disparando a tres pasos es imposible fallar. Pero si usted no me mata...
Sus ojos centellearon y
dio dos pasos más. Dunetchka disparó, pero no salió la bala.
‑Ese revólver está mal
cargado. Pero no importa: le queda una bala todavía. Arréglelo. Espero.
Estaba a dos pasos de la
joven y la miraba con una ardiente fijeza que expresaba una resolución
indómita. Dunia comprendió que preferiría morir a renunciar a ella. Y... y
ahora estaba segura de matarle, ya que sólo lo tenía a dos pasos.
De pronto arrojó el arma.
‑¡No quiere matarme! ‑exclamó
Svidrigailof, asombrado.
Luego respiró
profundamente. Su alma acababa de librarse de un gran peso que no era sólo el
temor a la muerte. Sin embargo, le habría sido difícil explicar lo que sentía.
Tenía la sensación de que se había librado de otro sentimiento más penoso que
el de la muerte, pero no lograba identificarlo.
Se acercó a Dunia y la
enlazó suavemente por el talle. Ella no opuso la menor resistencia, pero
temblaba como una hoja y le miraba con ojos suplicantes. Él intentó hablarle,
mas sus labios sólo consiguieron hacer una mueca. No pudo pronunciar una sola
palabra.
‑¡Déjame! ‑suplicó Dunia.
Svidrigailof se
estremeció. Este tuteo no era el mismo que el de hacía un momento.
‑Así, ¿no me amas? ‑preguntó
en un susurro.
Dunia negó con la cabeza.
‑¿No puedes...? ¿No
podrás nunca? ‑murmuró con acento desesperado.
‑Nunca ‑respondió Dunia,
también en voz baja.
Durante unos momentos se
estuvo librando una lucha espantosa en el alma de Svidrigailof. Sus ojos se
habían fijado en la joven con una expresión indescriptible. De súbito retiró el
brazo con que había rodeado su talle, dio media vuelta y se dirigió a la ventana.
Tras unos instantes de
silencio, sacó la llave del bolsillo izquierdo de su gabán y la dejó en la mesa
que estaba a sus espaldas, sin volver los ojos hacia Dunia.
‑Ahí tiene la llave.
Cójala y váyase en seguida.
Siguió mirando
obstinadamente a través de la ventana.
Dunia se acercó a la mesa
y cogió la llave.
‑¡Pronto, pronto! ‑exclamó
Svidrigailof sin hacer el menor movimiento, pero dando a sus palabras un tono
terrible.
Dunia no se lo hizo
repetir. Con la llave en la mano, corrió hacia la puerta, la abrió
precipitadamente y salió a toda prisa. Un instante después corría como una loca
a lo largo del canal en dirección al puente de ...
Svidrigailof permaneció
todavía tres minutos ante la ventana. Después se volvió lentamente, dirigió una
mirada en torno a él y se pasó la mano por la frente. Una sonrisa horrible
crispó sus facciones, una lastimosa sonrisa que expresaba impotencia, tristeza
y desesperación. Su mano se manchó de sangre. Se la miró con un gesto de
cólera. Luego mojó una toalla y se lavó la sien. El revólver arrojado por Dunia
había rodado hasta la puerta. Lo recogió y empezó a examinarlo. Era pequeño, de
tres tiros y de antiguo modelo. Aún quedaba en él una bala. Tras un momento de
reflexión, se lo guardó en el bolsillo, cogió el sombrero y se marchó.
VI
Estuvo hasta las diez de
la noche recorriendo tabernas y tugurios. Halló a Katia en uno de estos
establecimientos. La muchacha cantaba sus habituales y descaradas
cancioncillas. Svidrigailof la invitó a beber, así como a un organillero, a los
camareros, a los cantantes y a dos empleadillos que atrajeron su simpatía sólo
porque tenían torcida la nariz. En uno, este apéndice se ladeaba hacia la
derecha y en el otro hacia la izquierda, cosa que le sorprendió sobremanera.
Éstos acabaron por llevarle a un jardín de recreo. Svidrigailof pagó las
entradas. En el jardín había un abeto escuálido, tres arbolillos más y una
construcción que ostentaba el nombre de Vauxhall, pero que no era más que una
taberna, donde también podía tomarse té.
En el jardín había
igualmente varios veladores verdes con sillas. Un coro de malos cantantes y un
payaso de nariz roja completamente borracho y extraordinariamente triste se
encargaban de distraer al público.
Los empleadillos se
encontraron con varios colegas y empezaron a reñir con ellos. Se escogió como
árbitro a Svidrigailof. Éste estuvo un cuarto de hora tratando de averiguar el
motivo del pleito; pero todos gritaban a la vez y no había medio de entenderse.
Lo único que comprendió fue que uno de ellos había cometido un robo y vendido
el objeto robado a un judío que había llegado oportuna y casualmente, hecho lo
cual se negaba a repartirse con sus compañeros el producto de la operación. Al
fin se descubrió que el objeto robado era una cucharilla de plata perteneciente
al Vauxhall. Los empleados del establecimiento se dieron cuenta de la
desaparición de la cucharilla, y el asunto habría tomado un cariz desagradable
si Svidrigailof no hubiera acallado las protestas de los perjudicados.
Después de pagar la
cucharilla salió del jardín. Eran alrededor de las diez. No había bebido ni una
gota de alcohol en toda la noche. Había tomado té, y eso porque había que
pedir algo para
permanecer en el local.
La noche era oscura y el
aire denso. A eso de las diez, el cielo se cubrió de negras y espesas nubes y
estalló una violenta tempestad. La lluvia no caía en gotas, sino en verdaderos
raudales que azotaban el suelo. Relámpagos de enorme extensión iluminaban el
espacio. Svidrigailof llegó a su casa calado hasta los huesos. Se encerró en su
habitación, abrió el cajón de su mesa, sacó dinero y rompió varios papeles.
Después de guardarse el dinero en el bolsillo, pensó cambiarse la ropa, pero,
al ver que seguía lloviendo, juzgó que no valía la pena, cogió el sombrero y
salió sin cerrar la puerta. Se fue derecho a la habitación de Sonia. Allí
estaba la joven, pero no sola, sino rodeada de los cuatro niños de Kapernaumof,
a los que hacía tomar una taza de té.
Sonia acogió
respetuosamente a su visitante. Miró con una expresión de sorpresa sus mojadas
ropas, pero no hizo el menor comentario. Al ver entrar a un desconocido, los
niños echaron a correr despavoridos.
Svidrigailof se sentó
ante la mesa e invitó a Sonia a sentarse a su lado. La muchacha se dispuso
tímidamente a escucharle.
‑Sonia Simonovna ‑empezó
a decir el visitante‑, es muy posible que me vaya a América, y como
probablemente no nos volveremos a ver, he venido a arreglar con usted ciertos
asuntos. Bueno, ¿ha hablado ya con esa señora? No hace falta que me cuente lo
que le ha dicho, pues lo sé muy bien.
Sonia hizo un ademán y
enrojeció. Svidrigailof siguió diciendo:
‑Esas
damas tienen sus costumbres, sus ideas... En
cuanto a sus hermanitos, tienen el porvenir asegurado, pues el dinero que he
depositado para ellos está en lugar seguro y lo he entregado contra recibo.
Aquí tiene los recibos; guárdelos por lo que pueda ocurrir. Y demos por
terminado este asunto. Ahora tenga usted estos tres títulos al cinco por
ciento. Su valor es de tres mil rublos. Esto es para usted y sólo para usted.
Deseo que la cosa quede entre nosotros. No diga nada a nadie, oiga lo que oiga.
Este dinero le será útil, ya que debe usted dejar la vida que lleva ahora. No
estaría nada bien que siguiera viviendo como vive, y con este dinero no tendrá
necesidad de hacerlo.
‑Ha sido usted tan bueno
conmigo, con los huérfanos y con la difunta ‑balbuceó Sonia‑, que nunca sabré
cómo agradecérselo, y créame que...
‑¡Bah! Dejemos eso...
‑En cuanto a ese dinero,
Arcadio Ivanovitch, muchas gracias, pero no lo necesito. Sabré ganarme el pan.
No me considere una ingrata. Ya que es usted tan generoso, ese dinero...
‑Es para usted y sólo
para usted, Sonia Simonovna. Y le ruego que no hablemos más de este asunto,
pues tengo prisa. Le será útil, se lo aseguro. Rodion Romanovitch no tiene más
que dos soluciones: o pegarse un tiro o ir a parar a Siberia.
Al oír estas palabras,
Sonia empezó a temblar y miró aterrada a su vecino.
‑No se inquiete usted ‑continuó
Svidrigailof‑. Lo he oído todo de sus propios labios, pero no me gusta hablar y
no diré ni una palabra a nadie. Hizo usted muy bien en aconsejarle que fuera a
presentarse a la justicia: es el mejor partido que podría tomar... Pues bien,
cuando lo envíen a Siberia, usted lo acompañará, ¿no es así? ¿Verdad que lo
acompañará? En este caso, necesitará usted dinero: lo necesitará para él.
¿Comprende? Darle a usted este dinero es como dárselo a él. Además, usted ha
prometido a Amalia Ivanovna pagarle. Yo lo oí. ¿Por qué contrae usted
compromisos tan ligeramente, Sonia Simonovna? Era Catalina Ivanovna la que
estaba en deuda con ella y no usted. Usted debió enviar a paseo a esa alemana.
No se puede vivir así... En fin, si alguien le pregunta a usted por mí mañana,
pasado mañana o cualquiera de estos días, cosa que sin duda ocurrirá, no hable
usted de esta visita ni diga que le he dado dinero. Bueno, adiós ‑dijo
levantándose‑. Salude de mi parte a Rodion Romanovitch. ¡Ah, se me olvidaba! Le
aconsejo que dé usted a guardar su dinero al señor Rasumikhine. ¿Le conoce? Sí,
debe usted de conocerle. Es un buen muchacho. Llévele el dinero mañana... o
cuando usted lo crea oportuno. Hasta entonces procure que no se lo quiten.
Sonia se había levantado
también y miraba confusa a su visitante. Deseaba hablarle, hacerle algunas
preguntas, pero se sentía intimidada y no sabía por dónde empezar.
‑Pero... pero ¿va usted a
salir con esta lluvia?
‑¿Cómo puede importarle
la lluvia a un hombre que se marcha a América? ¡Je, je! Adiós, querida Sonia
Simonovna. Le deseo muchos años de vida, muchos años, pues usted será útil a
los demás. A propósito: salude de mi parte al señor Rasumikhine. No lo olvide.
Dígale que Arcadio Ivanovitch Svidrigailof le ha dado a usted recuerdos para
él. No deje de hacerlo.
Y se fue, dejando a la
muchacha inquieta, temerosa y dominada por confusas sospechas.
Más adelante se supo que
Svidrigailof había hecho aquella misma noche otra visita extraordinaria y
sorprendente. Seguía lloviendo. A las once y veinte se presentó, completamente
empapado, en casa de los padres de su prometida, que habitaban un pequeño departamento
en la tercera avenida de Vasilievski Ostrof. No le fue fácil conseguir que le
abrieran. Su llegada a aquella hora intempestiva causó gran desconcierto. Pero
Arcadio Ivanovitch tenía el don de captarse a las personas cuando se lo
proponía, y aquellos padres que en el primer momento ‑y con sobrados motivos‑
habían considerado la visita de Svidrigailof como una calaverada de borracho,
se convencieron muy pronto de su error.
La inteligente y amable
madre de la novia le acercó el sillón del achacoso padre y abrió la
conversación con grandes rodeos. Nunca iba derecha al asunto y empezaba por una
serie de sonrisas, gestos y ademanes. Por ejemplo, cuando quiso saber la fecha
en que Arcadio Ivanovitch se proponía celebrar la boda, comenzó interesándose
vivamente por París y la vida de su alta sociedad, para ir trasladándolo poco a
poco desde aquella lejana capital a Vasilievski Ostrof.
Arcadio Ivanovitch había
respetado siempre estas pequeñas argucias, pero aquella noche estaba más
impaciente que de costumbre y solicitó ver en seguida a su futura esposa, a
pesar de que le habían dicho que estaba acostada. Su demanda fue atendida.
Svidrigailof dijo
simplemente a su novia que un asunto urgente le obligaba a ausentarse de
Petersburgo y que por esta razón le entregaba quince mil rublos, insignificante
cantidad que tenía intención de ofrecerle desde hacía tiempo y que le rogaba
que la aceptase como regalo de boda. No se comprendía la relación que pudiera
existir entre semejante obsequio y el anunciado viaje, y tampoco se veía en el
asunto una urgencia que justificase aquella visita en plena noche y bajo una
lluvia torrencial. No obstante, las explicaciones de Arcadio Ivanovitch
obtuvieron una excelente acogida: incluso las exclamaciones de sorpresa y las
preguntas de rigor se hicieron en un tono delicadamente moderado. Pero ello no
impidió que los padres pronunciaran calurosas palabras de gratitud reforzadas
por las lágrimas de la inteligente madre.
Arcadio Ivanovitch se
levantó. Sonriendo, besó a su prometida y le dio una palmadita cariñosa en la
cara. Seguidamente le dijo que volvería pronto, y como descubriera en sus ojos
una expresión de curiosidad infantil al mismo tiempo que una grave y muda interrogación
volvió a besarla, mientras se decía, con cierta contrariedad, que el regalo que
acababa de hacer sería encerrado bajo llave por aquella madre que era un
ejemplo de prudencia.
Cuando se fue, la familia
quedó en un estado de agitación extraordinaria. Pero la inteligente madre
resolvió inmediatamente ciertos puntos importantes. Manifestó que Arcadio
Ivanovitch era una personalidad ocupada continuamente en negocios de gran
importancia y que estaba relacionado con los personajes más eminentes. Sólo
Dios sabía las ideas que pasaban por su cerebro. Había decidido hacer un viaje
y realizaba su proyecto sin vacilar. Lo mismo podía decirse del regalo en
dinero que acababa de hacer a su prometida. Tratándose de un hombre así, uno no
debía asombrarse de nada. Ciertamente, había motivo para sorprenderse al verle
tan empapado, pero mayores extravagancias se observaban en los ingleses.
Además, a las personas del gran mundo no les importaban las murmuraciones y no
se preocupaban por nada ni por nadie. Tal vez él se mostraba así adrede, para
demostrar lo indiferente que le era la opinión ajena.
Lo más importante era no
decir ni una palabra a nadie, pues sabía Dios cómo terminaría aquel asunto.
Había que guardar el dinero bajo llave sin pérdida de tiempo. Afortunadamente,
nadie se había enterado de lo ocurrido. Sobre todo, habría que procurar mantener
en la ignorancia a la trapacera señora Resslich. Los padres estuvieron hablando
de estas cosas hasta las dos de la madrugada. Pero a esta hora la hija hacía ya
tiempo que había vuelto a la cama, perpleja y un poco triste.
Svidrigailof entró en la
ciudad por la puerta ... La lluvia había cesado, pero el viento soplaba con
violencia. Se estremeció y se detuvo para contemplar con una atención extraña,
vacilante, la oscura agua del Pequeño Neva. Pero al cabo de un momento de permanecer
inclinado sobre el barandal sintió frío y echó a andar, internándose en la
avenida... Durante cerca de media hora estuvo recorriendo esta inmensa vía como
si buscase algo. Hacía poco, un día que pasaba casualmente por allí, había
visto, a la derecha, una gran construcción de madera, un hotel llamado, si mal
no recordaba, «Andrinópolis.» Al fin lo encontró. En verdad, era imposible no
verlo en aquella oscuridad: era un largo edificio, iluminado todavía, a pesar
de la hora, y en el que se percibían ciertos indicios de animación.
Entró y pidió un aposento
a un mozo andrajoso que encontró en el pasillo. El sirviente le dirigió una
mirada y lo condujo a una pequeña y asfixiante habitación situada al final del
corredor, debajo de la escalera. No había otra: el hotel estaba lleno. El mozo
esperaba, mirando a Svidrigailof con expresión interrogante.
‑¿Tienen té? ‑preguntó el
huésped.
‑Sí.
‑¿Y qué más?
‑Ternera, vodka,
fiambres...
‑Tráigame un trozo de
carne y té.
‑¿Nada más? ‑preguntó el
sirviente con cierto asombro. ‑Nada más.
El mozo se fue, dando
muestras de contrariedad.
«Este lugar no debe de
ser muy decente ‑pensó Svidrigailof‑. ¿Cómo es posible que no lo haya advertido
antes? También yo debo de tener el aspecto de un hombre que viene de divertirse
y ha tenido una aventura por el camino. Me gustaría saber qué clase de gente se
hospeda aquí.»
Encendió la bujía y
examinó el aposento atentamente. Era una verdadera jaula en la que habían
abierto una ventana. Tan bajo tenía el techo, que un hombre de la talla de
Svidrigailof difícilmente podía estar de pie. Además de la sucia cama, había
una mesa de madera blanca pintada y una silla, lo que bastaba para llenar la
habitación. Las paredes parecían construidas con simples tablas y estaban
revestidas de un papel tan sucio y lleno de polvo que era imposible deducir su
color. La escalera cortaba al sesgo el techo y un trozo de pared, lo que daba a
la pieza un aspecto de buhardilla.
Svidrigailof depositó la
bujía en la mesa, se sentó en la cama y empezó a reflexionar. Pero un murmullo
de voces, que subían de tono hasta convertirse en gritos y que procedían de la
habitación inmediata, acabó por atraer su atención. Aguzó el oído. Sólo una
persona hablaba, quejándose a otra con voz plañidera.
Svidrigailof se levantó,
puso la mano a modo de pantalla delante de la llama de la bujía y en seguida
distinguió una grieta iluminada en el tabique. Se acercó y miró. La habitación
era un poco mayor que la suya. En ella había dos hombres. Uno de ellos estaba
de pie, en mangas de camisa; tenía el cabello revuelto, la cara enrojecida, las
piernas abiertas y una actitud de orador. Se daba fuertes golpes en el pecho y
sermoneaba a su compañero con voz patética, recordándole que lo había sacado
del lodo, que podía abandonarlo nuevamente y que el Altísimo veía lo que
ocurría aquí abajo. El amigo al que se dirigía tenía el aspecto del hombre que
quiere estornudar y no puede. De vez en cuando miraba estúpidamente al orador,
cuyas palabras, evidentemente, no comprendía. Sobre la mesa había un cabo de
vela que estaba en las últimas, una botella de vodka casi vacía, vasos de
varios tamaños, pan, cohombros y tazas de té.
Después
de haber contemplado atentamente este cuadro, Svidrigailof dejó su puesto de
observación y volvió a sentarse en la cama. Al traerle el té y la carne, el
harapiento mozo no pudo menos de volverle a preguntar si quería alguna otra
cosa, pero de nuevo recibió una respuesta negativa y se retiró definitivamente.
Svidrigailof se apresuró a tomarse un vaso de té para entrar en calor. Pero no
pudo comer nada. Empezaba a tener fiebre y esto le quitaba el apetito. Se
despojó del abrigo y de la americana y se introdujo entre las ropas del lecho.
Se sentía molesto.
«Quisiera
estar bien en esta ocasión», pensó con una sonrisita irónica.
La
atmósfera era asfixiante, la bujía iluminaba débilmente la habitación, fuera
rugía el viento. Llegaba de un rincón ruido de ratas; además, un olor de cuero
y de ratón llenaba la pieza. Svidrigailof fantaseaba tendido en su lecho. Las
ideas se sucedían confusamente en su cerebro. Deseaba que su imaginación se
detuviera sobre algo. Pensó:
«Debe
de haber un jardín debajo de la ventana. Oigo el rumor del ramaje agitado por
el viento. ¡Cómo odio este rumor de follaje en las noches de tormenta! Es
verdaderamente desagradable. »
Y
recordó que hacía un momento, al pasar por el parque Petrovitch, había
experimentado la misma ingrata sensación. Luego pensó en el Pequeño Neva y
volvió a estremecerse como se había estremecido hacía un rato cuando se había
asomado a mirar el agua.
«
Nunca he podido ver el agua ni en pintura. »
Y
acto seguido le asaltaron otras extrañas ideas que le hicieron sonreír de
nuevo.
«En
estos momentos, todo eso de la comodidad y la estética debería tenerme sin
cuidado. Sin embargo, estoy procediendo como el animal que lucha por conseguir
un buen sitio... ¡En estas circunstancias...! Lo mejor habría sido ir en
seguida a Petrovski Ostrof. Pero no, me han dado miedo el frío y las tinieblas.
¡Je, je! ¡El señor necesita sensaciones agradables...! Pero ¿por qué no he
apagado ya la vela?»
La apagó de un soplo y,
al no ver luz en la grieta del tabique, siguió diciéndose:
«Mis vecinos se han
acostado ya... Ahora sería oportuna tu visita, Marfa Petrovna. La oscuridad es
completa; el lugar, adecuado; el momento, propicio... Pero ya veo que no
quieres venir. »
De pronto se acordó de
que, poco antes de poner en práctica su proyecto sobre Dunia, había aconsejado
a Raskolnikof que confiara a su hermana a la custodia de Rasumikhine.
«Lo he dicho para
fustigarme los nervios, como ha adivinado Rodion Romanovitch. ¡Qué astuto es!
Ha sufrido mucho. Puede llegar a ser algo con el tiempo, cuando se vea libre de
las disparatadas ideas que ahora le obsesionan. Está anhelante de vida. En tales
circunstancias, todos los hombres como él son cobardes... ¡En fin, que el
diablo le lleve! ¡Qué me importa a mí lo que haga o deje de hacer!
El sueño seguía huyendo
de él. Poco a poco, la imagen de Dunia fue esbozándose en su imaginación y un
estremecimiento recorrió todo su cuerpo.
« ¡No, hay que terminar! ‑se
dijo, volviendo en sí‑. Pensemos en otra cosa. Es verdaderamente extraño y
curioso que yo no haya odiado jamás seriamente a nadie, que no haya tenido el
deseo de vengarme de nadie. Esto es mala señal... ¡Cuántas promesas le he
hecho! Esa mujer podría haberme gobernado a su antojo.»
Se detuvo y apretó los
dientes. La imagen de Dunetchka surgió ante él tal como la había visto en el
momento de hacer el primer disparo. Después había tenido miedo, había bajado el
revólver y se había quedado mirándole como petrificada por el espanto. Entonces
él habría podido cogerla, y no una, sino dos veces, sin que ella hubiera
levantado el brazo para defenderse. Sin embargo, él la avisó. Recordaba que se
había compadecido de ella. Sí, en aquel momento su corazón se había conmovido.
« ¡Diablo! ¿Todavía
pensando en esto? ¡Hay que terminar, terminar de una vez ! »
Ya empezaba a dormirse,
ya se calmaba su temblor febril, cuando notó que algo corría sobre la cubierta,
a lo largo de su brazo y de su pierna.
«¡Demonio! Debe de ser un
ratón. Me he dejado la carne en la mesa y...»
No
quería destaparse ni levantarse con aquel frío. Pero de pronto notó en la
pierna un nuevo contacto desagradable. Entonces echó a un lado la cubierta y
encendió la bujía. Después, temblando de frío, empezó a inspeccionar la cama.
De súbito vio que un ratón saltaba sobre la sábana. Intentó atraparlo, pero el
animal, sin bajar del lecho, empezó a corretear y a zigzaguear en todas
direcciones, burlando a la mano que trataba de asirlo. Al fin se introdujo
debajo de la almohada. Svidrigailof arrojó la almohada al suelo, pero notó que
algo había saltado sobre su pecho y se paseaba por encima de su camisa. En este
momento se estremeció de pies a cabeza y se despertó. La oscuridad reinaba en
la habitación y él estaba acostado y bien tapado como poco antes. Fuera seguía
rugiendo el viento.
«
¡Esto es insufrible! » se dijo con los nervios crispados.
Se
levantó y se sentó en el borde del lecho, dando la espalda a la ventana.
«Es
preferible no dormir», decidió.
De
la ventana llegaba un aire frío y húmedo. Sin moverse de donde estaba,
Svidrigailof tiró de la cubierta y se envolvió en ella. Pero no encendió la
bujía. No pensaba en nada, no quería pensar. Sin embargo, vagas visiones, ideas
incoherentes, iban desfilando por su cerebro. Cayó en una especie de letargo.
Fuera por la influencia del frío, de la humedad, de las tinieblas o del viento
que seguía agitando el ramaje, lo cierto es que sus pensamientos tomaron un
rumbo fantástico. No veía más que flores. Un bello paisaje se ofrecía a sus
ojos. Era un día tibio, casi cálido; un da de fiesta: la Trinidad. Estaba
contemplando un lujoso chalé de tipo inglés rodeado de macizos repletos de
flores. Plantas trepadoras adornaban la escalinata guarnecida de rosas. A ambos
lados de las gradas de mármol, cubiertas por una rica alfombra, se veían
jarrones chinescos repletos de flores raras. Las ventanas ostentaban la
delicada blancura de los jacintos, que pendían de sus largos y verdes tallos
sumergidos en floreros, y de ellos se desprendía un perfume embriagador.
Svidrigailof
no sentía ningún deseo de alejarse de allí. Subió por la escalinata y llegó a
un salón de alto techo, repleto también de flores. Había flores por todas
partes: en las ventanas, al lado de las puertas abiertas, en el mirador... El
entarimado estaba cubierto de fragante césped recién cortado. Por las ventanas
abiertas penetraba una brisa deliciosa. Los pájaros cantaban en el jardín. En
medio de la estancia había una gran mesa revestida de raso blanco, y sobre la
mesa, un ataúd acolchado, orlado de blancos encajes y rodeado de guirnaldas de
flores. En el féretro, sobre un lecho de flores, descansaba una muchachita
vestida de tul blanco. Sus manos, cruzadas sobre el pecho, parecían talladas en
mármol. Su cabello, suelto y de un rubio claro, rezumaba agua. Una corona de
rosas ceñía su frente. Su perfil severo y ya
petrificado parecía igualmente de mármol. Sus pálidos labios sonreían,
pero esta sonrisa no tenía nada de infantil: expresaba una amargura desgarradora,
una tristeza sin límites.
Svidrigailof conocía a
aquella jovencita. Cerca del ataúd no había ninguna imagen, ningún cirio
encendido, ni rumor alguno de rezos. Aquella muchacha era una suicida: se había
arrojado al río. Sólo tenia catorce años y había sufrido un ultraje que había destrozado
su corazón, llenado de terror su conciencia infantil, colmado su alma de una
vergüenza que no merecía y arrancado de su pecho un grito supremo de
desesperación que el mugido del viento había ahogado en una noche de deshielo
húmeda y tenebrosa...
Svidrigailof se despertó,
saltó de la cama y se fue hacia la ventana. Buscó a tientas la falleba y abrió.
El viento entró en el cuartucho, y Svidrigailof tuvo la sensación de que una
helada escarcha cubría su rostro y su pecho, sólo protegido por la camisa.
Debajo de la ventana debía de haber, en efecto, una especie de jardín...,
probablemente un jardín de recreo. Durante el día se cantarían allí canciones
ligeras y se serviría té en veladores. Pero ahora los árboles y los arbustos
goteaban, reinaba una oscuridad de caverna y las cosas eran manchas oscuras
apenas perceptibles.
Svidrigailof estuvo cinco
minutos acodado en el antepecho de la ventana mirando aquellas tinieblas. De
pronto resonó un cañonazo en la noche, al que siguió otro inmediatamente.
« La señal de que sube el
agua ‑pensó‑. Dentro de unas horas, las panes bajas de la ciudad estarán
inundadas. Las ratas de las cuevas serán arrastradas por la corriente y, en
medio del viento y la lluvia, los hombres, calados hasta los huesos, empezarán
a transportar, entre juramentos, todos sus trastros a los pisos altos de las
casas. A todo esto, ¿qué hora será?»
En el momento en que se
hacía esta pregunta, en un reloj cercano resonaron tres poderosas y apremiantes
campanadas.
«Dentro de una hora será
de día. ¿Para qué esperar más? Voy a marcharme ahora mismo. Me iré directamente
a la isla Petrovski. Allí elegiré un gran árbol tan empapado de lluvia que,
apenas lo roce con el hombro, miles de diminutas gotas caerán sobre mi cabeza.»
Se retiró de la ventana,
la cerró, encendió la bujía, se vistió y salió al pasillo con la palmatoria en
la mano. Se proponía despertar al mozo, que sin duda dormiría en un rincón,
entre un montón de trastos viejos, pagar la cuenta y salir del hotel.
«He escogido el mejor
momento ‑se dijo‑ Imposible encontrar otro más indicado.»
Estuvo un rato yendo y
viniendo por el estrecho y largo corredor sin ver a nadie. Al fin descubrió en
un rincón oscuro, entre un viejo armario y una puerta, una forma extraña que le
pareció dotada de vida. Se inclinó y, a la luz de la bujía, vio a una niña de
unos cuatro años, o cinco a lo sumo. Lloraba entre temblores y sus ropitas
estaban empapadas. No se asustó al ver a Svidrigailof, sino que se limitó a
mirarlo con una expresión de inconsciencia en sus grandes ojos negros,
respirando profundamente de vez en cuando, como ocurre a los niños que, después
de haber llorado largamente, empiezan a consolarse y sólo de tarde en tarde le
acometen de nuevo los sollozos. La niña estaba helada y en su fina carita había
una mortal palidez. ¿Por qué estaba allí? Por lo visto, no había dormido en
toda la noche. De pronto se animó y, con su vocecita infantil y a una velocidad
vertiginosa, empezó a contar una historia en la que salía a relucir una taza
que ella había roto y el temor de que su madre le pegara. La niña hablaba sin
cesar.
Svidrigailof dedujo que
se trataba de una niña a la que su madre no quería demasiado. Ésta debía de ser
una cocinera del barrio, tal vez del hotel mismo, aficionada a la bebida y que
solía maltratar a la pobre criatura. La niña había roto una taza y había huido
presa de terror. Sin duda había estado vagando largo rato por la calle, bajo la
fuerte lluvia, y al fin había entrado en el hotel para refugiarse en aquel
rincón, junto al armario, donde había pasado la noche temblando de frío y de
miedo ante la idea del duro castigo que le esperaba por su fechoría.
La cogió en sus brazos,
la llevó a su habitación, la puso en la cama y empezó a desnudarla. No llevaba
medias y sus agujereados zapatos estaban tan empapados como si hubieran pasado
una noche entera dentro del agua. Cuando le hubo quitado el vestido, la acostó
y la tapó cuidadosamente con la ropa de la cama. La niña se durmió en seguida.
Svidrigailof volvió a sus sombríos pensamientos.
«¿Para qué me habré
metido en esto? ‑se dijo con una sensación opresiva y un sentimiento de cólera‑.
¡Qué absurdo!»
Cogió la bujía para
volver a buscar al mozo y marcharse cuanto antes.
«Es una golfilla», pensó,
añadiendo una palabrota, en el momento de abrir la puerta.
Pero volvió atrás para
ver si la niña dormía tranquilamente. Levantó el embozo con cuidado. La
chiquilla estaba sumida en un plácido sueño. Había entrado en calor y sus
pálidas mejillas se habían coloreado. Pero, cosa extraña, el color de aquella
carita era mucho más vivo que el que vemos en los niños ordinariamente.
«Es el color de la
fiebre», pensó Svidrigailof.
Aquella niña tenía el
aspecto de haber bebido, de haberse bebido un vaso de vino entero. Sus
purpúreos labios parecían arder... ¿Pero qué era aquello? De pronto le pareció
que las negras y largas pestañas de la niña oscilaban y se levantaban
ligeramente. Los entreabiertos párpados dejaron escapar una mirada penetrante,
maliciosa y que no tenía nada de infantil. ¿Era que la niña fingía dormir? Sí,
no cabía duda. Su boquita sonrió y las comisuras de sus labios temblaron en un
deseo reprimido de reír. Y he aquí que de improviso deja de contenerse y se ríe
francamente. Algo desvergonzado, provocativo, aparece en su rostro, que no es
ya el rostro de una niña. Es la expresión del vicio en la cara de una
prostituta. Y los ojos se
abren francamente,
enteramente, y envuelven a Svidrigailof en una mirada ardiente y lasciva, de
alegre invitación... La carita infantil tiene un algo repugnante con su
expresión de lujuria.
« ¿Cómo es posible que a
los cinco años...? ‑piensa, horro‑
rizado‑. Pero ¿qué otra
cosa puede ser?»
La niña vuelve hacia él
su rostro ardiente y le tiende los brazos.
Svidrigailof lanza una
exclamación de espanto, levanta la mano, amenazador..., y en este momento se
despierta.
Vio que seguía acostado,
bien cubierto por las ropas de la cama. La vela no estaba encendida y en la
ventana apuntaba la luz del amanecer.
«Me he pasado la noche en
una continua pesadilla.»
Se incorporó y advirtió,
indignado, que tenía el cuerpo dolorido. En el exterior reinaba una espesa
niebla que impedía ver nada. Eran cerca de las cinco. Había dormido demasiado.
Se levantó, se puso la americana y el abrigo, húmedos todavía, palpó el revólver
guardado en el bolsillo, lo sacó y se aseguró de que la bala estaba bien
colocada. Luego se sentó ante la mesa, sacó un cuaderno de notas y escribió en
la primera página varias líneas en gruesos caracteres. Después de leerlas, se
acodó en la mesa y quedó pensativo. El revólver y el cuaderno de notas estaban
sobre la mesa, cerca de él. Las moscas habían invadido el trozo de carne que
había quedado intacto. Las estuvo mirando un buen rato y luego empezó a
cazarlas con la mano derecha. Al fin se asombró de dedicarse a semejante
ocupación en aquellos momentos; volvió en sí, se estremeció y salió de la
habitación con paso firme. Un minuto después estaba en la calle. Una niebla
opaca y densa flotaba sobre la ciudad. Svidrigailof se dirigió al Pequeño Neva por
el sucio y resbaladizo pavimento de madera, y mientras avanzaba veía con la
imaginación la crecida nocturna del río, la isla Petrovski, con sus senderos
empapados, su hierba húmeda, sus sotos, sus macizos cargados de agua y, en fin,
aquel árbol... Entonces, indignado consigo mismo, empezó a observar los
edificios junto a los cuales pasaba, para desviar el curso de sus ideas.
La avenida estaba
desierta: ni un peatón, ni un coche. Las casas bajas, de un amarillo intenso,
con sus ventanas y sus postigos cerrados tenían un aspecto sucio y triste. El
frío y la humedad penetraban en el cuerpo de Svidrigailof y lo estremecían. De
vez en cuando veía un rótulo y lo leía detenidamente. Al fin terminó el
pavimento de madera y se encontró en las cercanías de un gran edificio de
piedra. Entonces vio un perro horrible que cruzaba la calzada con el rabo entre
piernas. En medio de la acera, tendido de bruces, había un borracho. Lo miró un
momento y continuó su camino.
A su izquierda se alzaba
una torre.
«He aquí un buen sitio.
¿Para qué tengo que ir a la isla Petrovski? Aquí, por lo menos, tendré un
testigo oficial.»
Sonrió ante esta idea y
se internó en la calle donde se alzaba el gran edificio coronado por la torre.
Apoyado en uno de los
batientes de la maciza puerta principal, que estaba cerrada, había un
hombrecillo envuelto en un capote gris de soldado y con un casco en la cabeza.
Su rostro expresaba esa arisca tristeza que es un rasgo secular en la raza
judía.
Los dos se examinaron un
momento en silencio. Al soldado acabó por parecerle extraño que aquel
desconocido que no estaba borracho se hubiera detenido a tres pasos de él y le
mirara sin decir nada.
‑¿Qué quiere usted? ‑preguntó
ceceando y sin hacer el menor movimiento.
‑Nada, amigo mío ‑respondió
Svidrigailof‑. Buenos días.
‑Siga su camino.
‑¿Mi
camino? Me voy al extranjero.
‑¿Al extranjero?
‑A América.
‑¿A América?
Svidrigailof sacó el
revólver del bolsillo y lo preparó para disparar. El soldado arqueó las cejas.
‑Oiga, aquí no quiero
bromas ‑ceceó.
‑¿Por qué?
‑Porque no es lugar a
propósito.
‑El sitio es excelente,
amigo mío. Si alguien te pregunta, tú le dices que me he marchado a América.
Y apoyó el cañón del
revólver en su sien derecha.
‑¡Eh, eh! ‑exclamó el
soldado, abriendo aún más los ojos y mirándole con una expresión de terror‑. Ya
le he dicho que éste no es sitio para bromas.
Svidrigailof oprimió el
gatillo.
VII
Aquel mismo día, entre
seis y siete de la tarde, Raskolnikof se dirigía a la vivienda de su madre y de
su hermana. Ahora habitaban en el edificio Bakaleev, donde ocupaban las
habitaciones recomendadas por Rasumikhine. La entrada de este departamento daba
a la calle. Raskolnikof estaba ya muy cerca cuando empezó a vacilar. ¿Entraría?
Sí, por nada del mundo volvería atrás. Su resolución era inquebrantable.
«No saben nada ‑pensó‑, y
están acostumbradas a considerarme como un tipo raro.»
Tenía un aspecto
lamentable: sus ropas estaban empapadas, sucias de barro, llenas de
desgarrones. Tenía el rostro desfigurado por la lucha que se estaba librando en
su interior desde hacía veinticuatro horas. Había pasado la noche a solas
consigo mismo Dios sabía dónde. Pero había tomado una decisión y la cumpliría.
Llamó a la puerta. Le
abrió su madre, pues Dunetchka había salido. Tampoco estaba en casa la
sirvienta. En el primer momento, Pulqueria Alejandrovna enmudeció de alegría.
Después le cogió de la mano y le hizo entrar.
‑¡Al fin! ‑exclamó con
voz alterada por la emoción‑. Perdóname, Rodia, que lo reciba derramando
lágrimas como una tonta. No creas que lloro: estas lágrimas son de alegría. Te
aseguro que no estoy triste, sino muy contenta, y cuando lo estoy no puedo
evitar que los ojos se me llenen de lágrimas. Desde la muerte de yu padre, las
derramo por cualquier cosa... Siéntate, hijo: estás fatigado. ¡Oh, cómo vas!
‑Es que ayer me mojé ‑dijo
Raskolnikof.
‑¡Bueno, nada de
explicaciones! ‑replicó al punto Pulqueria Alejandrovna‑. No te inquietes, que
no te voy a abrumar con mil preguntas de mujer curiosa. Ahora ya lo comprendo
todo, pues estoy iniciada en las costumbres de Petersburgo y ya veo que la
gente de aquí es más inteligente que la de nuestro pueblo. Me he convencido de
que soy incapaz de seguirte en tus ideas y de que no tengo ningún derecho a
pedirte cuentas... Sabe Dios los proyectos que tienes y los pensamientos que
ocupan tu imaginación... Por lo tanto, no quiero molestarte con mis preguntas.
¿Qué te parece...? ¡Ah, qué ridícula soy! No hago más que hablar y hablar como
una imbécil... Oye, Rodia: voy a leer por tercera vez aquel artículo que
publicaste en una revista. Nos lo trajo Dmitri Prokofitch. Ha sido para mí una
revelación. «Ahí tienes, estúpida, lo que piensa, y eso lo explica todo ‑me
dije‑. Todos los sabios son así. Tiene ideas nuevas, y esas ideas le absorben
mientras tú sólo piensas en distraerlo y atormentarlo... En tu artículo hay muchas
cosas que no comprendo, pero esto no tiene nada de extraño, pues ya sabes lo
ignorante que soy.
‑Enséñame ese artículo,
mamá.
Raskolnikof abrió la
revista y echó una mirada a su artículo. A pesar de su situación y de su estado
de ánimo, experimentó el profundo placer que siente todo autor al ver su primer
trabajo impreso, y sobre todo si el escritor es un joven de veintitrés años.
Pero esta sensación sólo duró un momento. Después de haber leído varias líneas,
Rodia frunció las cejas y sintió como si una garra le estrujara el corazón. La
lectura de aquellas líneas le recordó todas las luchas que se habían librado en
su alma durante los últimos meses. Arrojó la revista sobre la mesa con un gesto
de viva repulsión.
‑Por estúpida que sea,
Rodia, puedo comprender que dentro de poco ocuparás uno de los primeros
puestos, si no el primero de todos, en el mundo de la ciencia. ¡Y pensar que
creían que estabas loco! ¡Ja, ja, ja! Pues esto es lo que sospechaban. ¡Ah,
miserables gusanos! No alcanzan a comprender lo que es la inteligencia. Hasta
Dunetchka, sí, hasta la misma Dunetchka parecía creerlo. ¿Qué me dices a
esto...? Tu pobre padre había enviado dos trabajos a una revista, primero unos
versos, que tengo guardados y algún día te enseñaré, y después una novela corta
que copié yo misma. ¡Cómo imploramos al cielo que los aceptaran! Pero no, los
rechazaron. Hace unos días, Rodia, me apenaba verte tan mal vestido y
alimentado y viviendo en una habitación tan mísera, pero ahora me doy cuenta de
que también esto era una tontería, pues tú, con tu talento, podrás obtener
cuanto desees tan pronto como te lo propongas. Sin duda, por el momento te
tienen sin cuidado estas cosas, pues otras más importantes ocupan tu
imaginación.
‑¿Y Dunia, mamá?
‑No está, Rodia. Sale muy
a menudo, dejándome sola. Dmitri Prokofitch tiene la bondad de venir a hacerme
compañía y siempre me habla de ti. Te aprecia de veras. En cuanto a tu hermana,
no puedo decir que me falten sus cuidados. No me quejo. Ella tiene su carácter
y yo el mío. A ella le gusta tener secretos para mí y yo no quiero tenerlos
para mis hijos. Claro que estoy convencida de que Dunetchka es demasiado
inteligente para... Por lo demás, nos quiere... Pero no sé cómo terminará todo
esto. Ya ves que está ausente durante esta visita tuya que me ha hecho tan
feliz. Cuando vuelva le diré: «Tu hermano ha venido cuando tú no estabas en
casa. ¿Dónde has estado?» Tú, Rodia, no te preocupes demasiado por mí. Cuando
puedas, pasa a verme, pero si te es imposible venir, no te inquietes. Tendré
paciencia, pues ya sé que sigues queriéndome, y esto me basta. Leeré tus obras
y oiré hablar de ti a todo el mundo. De vez en cuando vendrás a verme. ¿Qué más
puedo desear? Hoy, por ejemplo, has venido a consolar a tu madre...
Y Pulqueria Alejandrovna
se echó de pronto a llorar.
‑¡Otra vez las lágrimas!
No me hagas caso, Rodia: estoy loca.
Se levantó
precipitadamente y exclamó:
‑¡Dios mío! Tenemos café
y no te he dado. ¡Lo que es el egoísmo de las viejas! Un momento, un momento...
‑No, mamá, no me des
café. Me voy en seguida. Escúchame, te ruego que me escuches.
Pulqueria Alejandrovna se
acercó tímidamente a su hijo. ‑Mamá, ocurra lo que ocurra y oigas decir de mí
lo que oigas, ¿me seguirás queriendo como me quieres ahora? ‑preguntó Rodia,
llevado de su emoción y sin medir el alcance de sus palabras.
‑Pero, Rodia, ¿qué te
pasa? ¿Por qué me haces esas preguntas? ¿Quién se atreverá a decirme nada
contra ti? Si alguien lo hiciera, me negaría a escucharle y le volvería la
espalda.
‑He venido a decirte que
te he querido siempre y que soy feliz al pensar que no estás sola ni siquiera
cuando Dunia se ausenta. Por desgraciada que seas, piensa que tu hijo te quiere
más que a sí mismo y que todo lo que hayas podido pensar sobre mi crueldad y mi
indiferencia hacia ti ha sido un error. Nunca dejaré de quererte... Y basta ya.
He comprendido que debía hablarte así, darte esta explicación.
Pulqueria Alejandrovna
abrazó a su hijo y lo estrechó contra su corazón mientras lloraba en silencio.
‑No sé qué te pasa, Rodia
‑dijo al fin‑. Creía sencillamente que nuestra presencia te molestaba, pero
ahora veo que te acecha una gran desgracia y que esta amenaza te llena de
angustia. Hace tiempo que lo sospechaba, Rodia. Perdona que te hable de esto,
pero no se me va de la cabeza e incluso me quita el sueño. Esta noche tu
hermana ha soñado en voz alta y sólo hablaba de ti. He oído algunas palabras,
pero no he comprendido nada absolutamente. Desde esta mañana me he sentido como
el condenado a muerte que espera el momento de la ejecución. Tenía el
presentimiento de que ocurriría una desgracia, y ya ha ocurrido. Rodia, ¿dónde
vas? Pues vas a emprender un viaje, ¿verdad?
‑Sí.
‑Me lo figuraba. Pero
puedo acompañarte. Y Dunia también. Te quiere mucho. Además, puede venir con
nosotros Sonia Simonovna. De buen grado la aceptaría como hija. Dmitri
Prokofitch nos ayudará a hacer los preparativos... Pero dime: ¿adónde vas?
‑Adiós.
‑Pero ¿te vas hoy mismo? ‑‑exclamó
como si fuera a perder a su hijo para siempre.
‑No puedo estar más
tiempo aquí. He de partir en seguida.
‑¿No puedo acompañarte?
‑No. Arrodíllate y ruega
a Dios por mi. Tal vez te escuche.
‑Deja que te dé mi
bendición... Así... ¡Señor, Señor...!
Rodia se felicitaba de
que nadie, ni siquiera su hermana, estuviera presente en aquella entrevista. De
súbito, tras aquel horrible período de su vida, su corazón se había ablandado.
Raskolnikof cayó a los pies de su madre y empezó a besarlos. Después los dos se
abrazaron y lloraron. La madre ya no daba muestras de sorpresa ni hacia
pregunta alguna. Hacía tiempo que sospechaba que su hijo atravesaba una crisis
terrible y comprendía que había llegado el momento decisivo.
‑Rodia, hijo mío, mi
primer hijo ‑decía entre sollozos‑, ahora te veo como cuando eras niño y venías
a besarme y a ofrecerme tus caricias. Entonces, cuando aún vivía tu padre, tu
presencia bastaba para consolarnos de nuestras penas. Después, cuando el pobre
ya habia muerto, ¡cuántas veces lloramos juntos ante su tumba, abrazados como
ahora! Si hace tiempo que no ceso de llorar es porque mi corazón de madre se
sentía torturado por terribles presentimientos. En nuestra primera entrevista,
la misma tarde de nuestra llegada a Petersburgo, tu cara me anunció algo tan
doloroso, que mi corazón se paralizó, y hoy, cuando te he abierto la puerta y
te he visto, he comprendido que el momento fatal había llegado. Rodia, ¿verdad
que no partes en seguida?
‑No.
‑¿Volverás?
‑Si.
‑No te enfades, Rodia; no
quiero interrogarte; no me atrevo a hacerlo. Pero quisiera que me dijeses una
cosa: ¿vas muy lejos?
‑Sí, muy lejos.
‑¿Tendrás allí un empleo,
una posición?
‑Tendré lo que Dios
quiera. Ruega por mí.
Raskolnikof se dirigió a
la puerta, pero ella lo cogió del brazo y lo miró desesperadamente a los ojos.
Sus facciones reflejaban un espantoso sufrimiento.
‑Basta, mamá.
En aquel momento se
arrepentía profundamente de haber ido a verla.
‑No te vas para siempre,
¿verdad? Vendrás mañana, ¿no es cierto?
‑Si, si. Adiós.
Y huyó.
La tarde era tibia,
luminosa. Pasada la mañana, el tiempo se había ido despejando. Raskolnikof
deseaba volver a su casa cuanto antes. Quería dejarlo todo terminado antes de
la puesta del sol y su mayor deseo era no encontrarse con nadie por el camino.
Al subir la escalera
advirtió que Nastasia, ocupada en preparar el té en la cocina, suspendía su
trabajo para seguirle con la mirada.
«¿Habrá alguien en mi
habitación?», se preguntó Raskolnikof, y pensó en el odioso Porfirio.
Pero cuando abrió la
puerta de su aposento vio a Dunetchka sentada en el diván. Estaba pensativa y
debía de esperarle desde hacía largo rato. Rodia se detuvo en el umbral. Ella
se estremeció y se puso en pie. Su inmóvil mirada se fijó en su hermano: expresaba
espanto y un dolor infinito. Esta mirada bastó para que Raskolnikof
comprendiera que Dunia lo sabía todo.
‑¿Debo entrar o
marcharme? ‑preguntó el joven en un tono de desafío.
‑He pasado el día en casa
de Sonia Simonovna. Allí te esperábamos las dos. Confiábamos en que vendrías.
Raskolnikof entró en la
habitación y se dejó caer en una silla, extenuado.
‑Me siento débil, Dunia.
Estoy muy fatigado y, sobre todo en este momento, necesitaría disponer de todas
mis fuerzas.
Él le dirigió de nuevo
una mirada retadora.
‑¿Dónde has pasado la
noche? ‑preguntó Dunia.
‑No lo recuerdo. Lo único
que me ha quedado en la memoria es que tenía el propósito de tomar una
determinación definitiva y paseaba a lo largo del Neva. Quería terminar, pero
no me he decidido.
Al decir esto, miraba
escrutadoramente a su hermana.
‑¡Alabado sea Dios! ‑exclamó
Dunia‑. Eso era precisamente lo que temíamos Sonia Simonovna y yo. Eso
demuestra que aún crees en la vida. ¡Alabado sea Dios!
Raskolnikof sonrió
amargamente.
‑No creo en la vida. Pero
hace un momento he hablado con nuestra madre y nos hemos abrazado llorando. Soy
un incrédulo, pero le he pedido que rezara por mí. Sólo Dios sabe cómo ha
podido suceder esto, Dunetchka, pues yo no comprendo nada.
‑¿Cómo? ¿Has estado
hablando con nuestra madre? ‑exclamó Dunetchka, aterrada‑. ¿Habrás sido capaz
de decírselo todo?
‑No, yo no le he dicho
nada claramente; pero ella sabe muchas cosas. Te ha oído soñar en voz alta la
noche pasada. Estoy seguro de que está enterada de buena parte del asunto. Tal
vez he hecho mal en ir a verla. Ni yo mismo sé por qué he ido. Soy un hombre
vil, Dunia.
‑Sí, pero dispuesto a ir
en busca de la expiación. Porque irás, ¿verdad?
‑Sí: iré en seguida. Para
huir de este deshonor estaba dispuesto a arrojarme al río, pero en el momento
en que iba a hacerlo me dije que siempre me había considerado como un hombre
fuerte y que un hombre fuerte no debe temer a la vergüenza. ¿Es esto un acto de
valor, Dunia?
‑Sí, Rodia.
En los turbios ojos de
Raskolnikof fulguró una especie de relámpago. Se sentía feliz al pensar que no
había perdido la arrogancia.
‑No creas, Dunia, que
tuve miedo a morir ahogado ‑dijo, mirando a su hermana con una sonrisa
horrible.
‑¡Basta, Rodia! ‑exclamó
la joven con un gesto de dolor.
Hubo un largo silencio.
Raskolnikof tenía la mirada fija en el suelo. Dunetchka, en pie al otro lado de
la mesa, le miraba con una expresión de amargura indecible. De pronto, Rodia se
levantó.
‑Es ya tarde. Tengo que
ir a entregarme. Aunque no sé por qué lo hago.
Gruesas lágrimas rodaban
por las mejillas de Dunia.
‑Estás llorando, hermana
mía. Pero me pregunto si querrás darme la mano.
‑¿Lo dudas?
Lo estrechó fuertemente
contra su pecho.
‑Al ir a ofrecerte a la
expiación, ¿acaso no borrarás la mitad de tu crimen? ‑exclamó, cerrando más
todavía el cerco de sus brazos y besando a Rodia.
‑¿Mi crimen? ¿Qué crimen?
‑exclamó el joven en un repentino acceso de furor‑. ¿El de haber matado a un
gusano venenoso, a una vieja usurera que hacía daño a todo el mundo, a un
vampiro que chupaba la sangre a los necesitados? Un crimen así basta para
borrar cuarenta pecados. No creo haber cometido ningún crimen y no trato de expiarlo.
¿Por qué me han de gritar por todas partes: « ¡Has cometido un crimen! »? Ahora
que me he decidido a afrontar este vano deshonor me doy cuenta de lo absurdo de
mi proceder. Sólo por cobardía y por debilidad voy a dar este paso..., o tal
vez por el interés de que me habló Porfirio.
‑Pero ¿qué dices, Rodia? ‑exclamó
Dunia, consternada‑. Has derramado sangre.
‑Sangre..., sangre... ‑exclamó
el joven con creciente vehemencia‑. Todo el mundo la ha derramado. La sangre ha
corrido siempre en oleadas sobre la tierra. Los hombres que la vierten como el
agua obtienen un puesto en el Capitolio y el título de bienhechores de la
humanidad. Analiza un poco las cosas antes de juzgarlas. Yo deseaba el bien de
la humanidad, y centenares de miles de buenas acciones habrían compensado
ampliamente esta única necedad, mejor dicho, esta torpeza, pues la idea no era
tan necia como ahora parece. Cuando fracasan, incluso los mejores proyectos
parecen estúpidos. Yo pretendía solamente obtener la independencia, asegurar
mis primeros pasos en la vida. Después lo habría reparado todo con buenas
acciones de gran alcance. Pero fracasé desde el primer momento, y por eso me
consideran un miserable. Si hubiese triunfado, me habrían tejido coronas; en
cambio, ahora creen que sólo sirvo para que me echen a los perros.
‑Pero ¿qué dices, Rodia?
‑Me someto a la ética,
pero no comprendo en modo alguno por qué es más glorioso bombardear una ciudad
sitiada que asesinar a alguien a hachazos. El respeto a la ética es el primer
signo de impotencia. Jamás he estado tan convencido de ello como ahora. No puedo
comprender, y cada vez lo comprendo menos, cuál es mi crimen.
Su rostro, ajado y
pálido, había tomado color, pero, al pronunciar estas últimas palabras, su
mirada se cruzó casualmente con la de su hermana y leyó en ella un sufrimiento
tan espantoso, que su exaltación se desvaneció en un instante. No pudo menos de
decirse que había hecho desgraciadas a aquellas dos pobres mujeres, pues no
cabía duda de que él era el causante de sus sufrimientos.
‑Querida Dunia, si soy
culpable, perdóname..., aunque esto es imposible si soy verdaderamente un
criminal... Adiós; no discutamos más. Tengo que marcharme en seguida. Te ruego
que no me sigas. Tengo que pasar todavía por casa de ... Ve a hacer compañía a nuestra
madre, te lo suplico. Es el último ruego que te hago. No la dejes sola. La he
dejado hundida en una angustia a la que difícilmente se podrá sobreponer. Se
morirá o perderá la razón. No te muevas de su lado. Rasumikhine no os
abandonará. He hablado con él. No te aflijas. Me esforzaré por ser valeroso y
honrado durante toda mi vida, aunque sea un asesino. Es posible que oigas
hablar de mí todavía. Ya verás como no tendréis que avergonzaros de mí. Todavía
intentaré algo. Y ahora, adiós.
Se había despedido
apresuradamente, al advertir una extraña expresión en los ojos de Dunia
mientras le hacía sus últimas promesas.
‑¿Por qué lloras? No
llores, Dunia, no llores: algún día nos volveremos a ver... ¡Ah, espera! Se me
olvidaba.
Se acercó a la mesa,
cogió un grueso y empolvado libro, lo abrió y sacó un pequeño retrato pintado a
la acuarela sobre una lámina de marfil. Era la imagen de la hija de su patrona,
su antigua prometida, aquella extraña joven que soñaba con entrar en un convento
y que había muerto consumida por la fiebre. Observó un momento aquella carita
doliente, la besó y entregó el retrato a Dunia.
‑Le hablé muchas veces de
«eso». Sólo a ella le hablé ‑dijo, recordando‑. Le confié gran parte de mi
proyecto, del plan que tuvo un resultado tan lamentable. Pero tranquilízate,
Dunia: ella se rebeló contra este acto como te has rebelado tú. Ahora celebro
que haya muerto.
Después volvió a sus
inquietudes.
‑Lo más importante es
saber si he pensado bien en el paso que voy a dar y que motivará un cambio
completo de mi vida. ¿Estoy preparado para sufrir las consecuencias de la
resolución que voy a llevar a cabo? Me dicen que es necesario que pase por ese
trance. Pero ¿es realmente preciso? ¿De qué me servirán esos absurdos
sufrimientos? ¿Qué vigor habré adquirido y qué necesidad tendré de vivir cuando
haya salido del presidio destrozado por veinte años de penalidades? ¿Y por qué
he de entregarme ahora voluntariamente a semejante vida...? Bien me he dado
cuenta esta mañana de que era un cobarde cuando vacilaba en arrojarme al Neva.
Al fin se marcharon.
Durante esta escena, sólo el cariño que sentía por su hermano había podido
sostener a Dunia.
Se separaron, pero
Dunetchka, después de haber recorrido no más de cincuenta pasos, se volvió para
mirar a su hermano por última vez. Y él, cuando llegó a la esquina, se volvió
también. Sus miradas se cruzaron, y Raskolnikof, al ver los ojos de su hermana
fijos en él, hizo un ademán de impaciencia, incluso de cólera, invitándola a
continuar su camino.
« Soy duro, soy malo; no
me cabe duda ‑se dijo avergonzado de su brusco ademán‑; pero ¿por qué me
quieren tanto si no lo merezco? ¡Ah, si yo hubiera estado solo, sin ningún
afecto y sin sentirlo por nadie! Entonces todo habría sido distinto. Me
gustaría saber si en quince o veinte años me convertiré en un hombre tan
humilde y resignado que venga a lloriquear ante toda esa gente que me llama
canalla. Sí, así me consideran; por eso quieren enviarme a presidio; no desean
otra cosa... Miradlos llenando las calles en interminables oleadas. Todos,
desde el primero hasta el último, son unos miserables, unos canallas de
nacimiento y, sobre todo, unos idiotas. Si alguien intentara librarme del
presidio, sentirían una indignación rayana en la ferocidad. ¡Cómo los odio! »
Cayó en un profundo
ensimismamiento. Se preguntó si llegaría realmente un día en que se sometería
ante todos y aceptaría su propia suerte sin razonar, con una resignación y una
humildad sinceras.
«¿Por qué no? ‑se dijo‑
Un yugo de veinte años ha de terminar por destrozar a un hombre. La gota de
agua horada la piedra. ¿Y para qué vivir, para qué quiero yo la vida, sabiendo
que las cosas han de ocurrir de este modo? ¿Por qué voy a entregarme cuando
estoy convencido de que todo ha de pasar así y no puedo esperar otra cosa?»
Más de cien veces se
había hecho esta pregunta desde el día anterior. Sin embargo, continuaba su
camino.
VIII
Caía la tarde cuando
llegó a casa de Sonia Simonovna. La joven le había estado esperando todo el
día, presa de una angustia espantosa. Dunia había compartido esta ansiedad. Al
recordar que el día anterior Svidrigailof le había dicho que Sonia Simonovna lo
sabía todo, Dunetchka había ido a verla aquella misma mañana. No entraremos en
detalles sobre la conversación que sostuvieron las dos mujeres, las lágrimas
que derramaron ni la amistad que nació entre ellas.
En esta entrevista, Dunia
obtuvo el convencimiento de que su hermano no estaría nunca solo. Sonia había
sido la primera en recibir su confesión: Rodia se había dirigido a ella cuando
sintió la necesidad de confiar su secreto a un ser humano. A cualquier parte
que el destino le llevara, ella le seguiría. Avdotia Romanovna no había
interrogado sobre este punto a Sonetchka, pero estaba segura de que procedería
así. Miraba a la muchacha con una especie de veneración que la confundía. La
pobre Sonia, que se consideraba indigna de mirar a Dunia, se sentía tan
avergonzada, que poco faltaba para que se echase a llorar. Desde el día en que
se vieron en casa de Raskolnikof, la imagen de la encantadora muchacha que tan
humildemente la había saludado había quedado grabada en el alma de Dunia como
una de las más bellas y puras que había visto en su vida.
Al fin, Dunetchka,
incapaz de seguir conteniendo su impaciencia, había dejado a Sonia y se había
dirigido a casa de su hermano para esperarlo allí, segura de que al fin
llegaría.
Apenas volvió a verse
sola, Sonia sintió una profunda intranquilidad ante la idea de que Raskolnikof
podía haberse suicidado. Este temor atormentaba también a Dunia. Durante todo
el día, mientras estuvieron juntas, se habían dado mil razones para rechazar
semejante posibilidad y habían conseguido conservar en parte la calma, pero
apenas se hubieron separado, la inquietud renació por entero en el corazón de
una y otra. Sonia se acordó de que Svidrigailof le había dicho que Raskolnikof
sólo tenía dos soluciones: Siberia o... Por otra parte, sabía que Rodia tenía
un orgullo desmedido y carecía de sentimientos religiosos.
«¿Es posible que se
resigne a vivir sólo por cobardía, por temor a la muerte?», se preguntó de pie
junto a la ventana y mirando tristemente al exterior.
Sólo veía la gran pared,
ni siquiera blanqueada, de la casa de enfrente. Al fin, cuando ya no abrigaba
la menor duda acerca de la muerte del desgraciado, éste apareció.
Un grito de alegría se
escapó del pecho de Sonia, pero cuando hubo observado atentamente la cara de
Raskolnikof, la joven palideció.
‑Aquí me tienes, Sonia ‑dijo
Rodion Romanovitch con una sonrisa de burla‑. Vengo en busca de tus cruces. Tú
misma me enviaste a confesar mi delito públicamente por las esquinas. ¿Por qué
tienes miedo ahora?
Sonia le miraba con un
gesto de estupor. Su acento le parecía extraño. Un estremecimiento glacial le
recorrió todo el cuerpo. Pero en seguida advirtió que aquel tono, e incluso las
mismas palabras, era una ficción de Rodia. Además, Raskolnikof, mientras le
hablaba, evitaba que sus ojos se encontraran con los de ella.
‑He pensado, Sonia, que,
en interés mío, debo obrar así, pues hay una circunstancia que... Pero esto
sería demasiado largo de contar, demasiado largo y, además, inútil. Pero me
ocurre una cosa: me irrita pensar que dentro de unos instantes todos esos brutos
me rodearán, fijarán sus ojos en mí y me harán una serie de preguntas necias a
las que tendré que contestar. Me apuntarán con el dedo... No iré a ver a
Porfirio. Lo tengo atragantado. Prefiero presentarme a mi amigo el «teniente
Pólvora». Se quedará boquiabierto. Será un golpe teatral. Pero necesitaré
serenarme: estoy demasiado nervioso en estos últimos tiempos. Aunque te parezca
mentira, acabo de levantar el puño a mi hermana porque se ha vuelto para verme
por última vez. Es una vergüenza sentirse tan vil. He caído muy bajo... Bueno,
¿dónde están esas cruces?
Raskolnikof estaba fuera
de sí. No podía permanecer quieto un momento ni fijar su pensamiento en ninguna
idea. Su mente pasaba de una cosa a otra en repentinos saltos. Empezaba a
desvariar y sus manos temblaban ligeramente.
Sonia, sin desplegar los
labios, sacó de un cajón dos cruces, una de madera de ciprés y la otra de
cobre. Luego se santiguó, bendijo a Rodia y le colgó del cuello la cruz de
madera.
‑En resumidas cuentas,
esto significa que acabo de cargar con una cruz. ¡Je, je! Como si fuera poco lo
que he sufrido hasta hoy... Una cruz de madera, es decir, la cruz de los
pobres. La de cobre, que perteneció a Lisbeth, te la quedas para ti. Déjame verla.
Lisbeth debía de llevarla en aquel momento. ¿Verdad que la llevaba? Recuerdo
otros dos objetos: una cruz de plata y una pequeña imagen. Las arrojé sobre el
pecho de la vieja. Eso es lo que debía llevar ahora en mi cuello... Pero no
digo más que tonterías y me olvido de las cosas importantes. ¡Estoy tan
distraído! Oye, Sonia, he venido sólo para prevenirte, para que lo sepas
todo... Para eso y nada más... Pero no, creo que quería decirte algo más... Tú
misma has querido que diera este paso. Ahora me meterán en la cárcel y tu deseo
se habrá cumplido... Pero ¿por qué lloras? ¡Bueno, basta ya! ¡Qué enojoso es
todo esto!
Sin embargo, las lágrimas
de Sonia le habían conmovido; sentía una fuerte presión en el pecho.
«Pero ¿qué razón hay para
que esté tan apenada? ‑pensó‑. ¿Qué soy yo para ella? ¿Por qué llora y quiere
acompañarme, por lejos que vaya, como si fuera mi hermana o mi madre? ¿Querrá
ser mi criada, mi niñera...?u
‑Santíguate... Di al
menos unas cuantas palabras de alguna oración ‑suplicó la muchacha con voz
humilde y temblorosa.
‑Lo haré. Rezaré tanto
como quieras. Y de todo corazón, Sonia, de todo corazón.
Pero no era exactamente
esto lo que quería decir.
Hizo varias veces la
señal de la cruz. Sonia cogió su chal y se envolvió con él la cabeza. Era un
chal de paño verde, seguramente el mismo del que hablara Marmeladof en cierta
ocasión y que servía para toda la familia. Raskolnikof pensó en ello, pero no hizo
pregunta alguna. Empezaba a sentirse incapaz de fijar su atención. Una
turbación creciente le dominaba, y, al advertirlo, sintió una profunda
inquietud. De pronto observó, sorprendido, que Sonia se disponía a acompañarle.
‑¿Qué haces? ¿Adónde vas?
No, no; quédate; iré solo ‑dijo, irritado, mientras se dirigía a la puerta‑. No
necesito acompañamiento ‑gruñó al cruzar el umbral.
Sonia permaneció inmóvil
en medio de la habitación. Rodia ni siquiera le había dicho adiós: se había
olvidado de ella. Un sentimiento de duda y de rebeldía llenaba su corazón.
«¿Debo hacerlo? ‑se
preguntó mientras bajaba la escalera‑. ¿No seria preferible volver atrás,
arreglar las cosas de otro modo y no ir a entregarme?
Pero continuó su camino,
y de pronto comprendió que la hora de las vacilaciones había pasado.
Ya en la calle, se acordó
de que no había dicho adiós a Sonia y de que la joven, con el chal en la
cabeza, habia quedado clavada en el suelo al oír su grito de furor... Este
pensamiento lo detuvo un instante, pero pronto surgió con toda claridad en su
mente una idea que parecía haber estado rondando vagamente su cerebro en espera
de aquel momento para manifestarse.
«¿Para qué he ido a su
casa? Le he dicho que iba por un asunto. Pero ¿qué asunto? No tengo ninguno.
¿Para anunciarle que iba a presentarme? ¡Como si esto fuera necesario! ¿Será
que la amo? No puede ser, puesto que acabo de rechazarla como a un perro. ¿Acaso
tenía yo alguna necesidad de la cruz? ¡Qué bajo he caído! Lo que yo necesitaba
eran sus lágrimas, lo que quería era recrearme ante la expresión de terror de
su rostro y las torturas de su desgarrado corazón. Además, deseaba aferrarme a
cualquier cosa para ganar tiempo y contemplar un rostro humano... ¡Y he osado
enorgullecerme, creerme llamado a un alto destino! ¡Qué miserable y qué cobarde
soy!
Avanzaba a lo largo del
malecón del canal y ya estaba muy cerca del término de su camino. Pero al
llegar al puente se detuvo, vaciló un momento y, de pronto, se dirigió a la
plaza del Mercado.
Miraba ávidamente a
derecha e izquierda. Se esforzaba por examinar atentamente las cosas más
insignificantes que encontraba en su camino, pero no podía fijar la atención:
todo parecía huir de su mente.
« Dentro de una semana o
de un mes ‑se dijo‑ volveré a pasar este puente en un coche celular... ¿Cómo
miraré entonces el canal? ¿Volveré a fijarme en el rótulo que ahora estoy
leyendo? En él veo la palabra "Compañía". ¿Leeré las letras una a una
como ahora? Esa "a" que ahora estoy viendo, ¿me parecerá la misma
dentro de un mes? ¿Qué sentiré cuando la mire? ¿Qué pensaré entonces? ¡Dios
mío, qué mezquinas son estas preocupaciones...! Verdaderamente, todo esto debe
de ser curioso... dentro de su género... ¡Ja, ja, ja! ¡Qué cosas se me ocurren!
Estoy haciendo el niño y me gusta mostrarme así a mí mismo... ¿Por qué he de
avergonzarme de mis pensamientos...? ¡Qué barahúnda...! Ese gordinflón, que sin
duda es alemán, acaba de empujarme, pero ¡qué lejos está de saber a quién ha
empujado! Esa mujer que tiene un niño en brazos y pide limosna me cree, no cabe
duda más feliz que ella. Seria chocante que pudiera socorrerla... ¡Pero si
llevo cinco kopeks en el bolsillo! ¿Cómo diablo habrán venido a parar aquí?»
‑Toma, hermana.
‑Que Dios se lo pague ‑dijo
con voz lastimera la mendiga.
Llegó a la plaza del
Mercado. Estaba llena de gente. Le molestaba codearse con aquella multitud, sí,
le molestaba profundamente, pero no por eso dejaba de dirigirse a los lugares
donde la muchedumbre era más compacta. Habría dado cualquier cosa por estar
solo, pero, al mismo tiempo, se daba cuenta de que no podría soportar la
soledad un solo instante. En medio de la multitud, un borracho se entregaba a
las mayores extravagancias: intentaba bailar, pero lo único que conseguía era
caer. Los curiosos le habían rodeado. Raskolnikof se abrió paso entre ellos y
llegó a la primera fila. Estuvo contemplando un momento al borracho y, de
pronto, se echó a reír convulsivamente. Poco después se olvidó de todo. Estuvo
aún un momento mirando al hombre bebido y luego se alejó del grupo sin darse
cuenta del lugar donde se hallaba. Pero, al llegar al centro de la plaza, le
asaltó una sensación que se apoderó de todo su ser.
Acababa de acordarse de
estas palabras de Sonia: « Ve a la primera esquina, saluda a la gente, besa la
tierra que has mancillado con tu crimen y di en voz alta, para que todo el
mundo te oiga: "¡Soy un asesino!"
Ante este recuerdo empezó
a temblar de pies a cabeza. Estaba tan aniquilado por las inquietudes de los
días últimos y, sobre todo, de las últimas horas, que se abandonó ávidamente a
la esperanza de una sensación nueva, fuerte y profunda. La sensación se apoderó
de él con tal fuerza, que sacudió su cuerpo, iluminó su corazón como una
centella y al punto se convirtió en fuego devorador. Una inmensa ternura se
adueñó de él; las lágrimas brotaron de sus ojos. Sin vacilar, se dejó caer de
rodillas en el suelo, se inclinó y besó la tierra, el barro, con verdadero
placer. Después se levantó y en seguida volvió a arrodillarse.
‑¡Éste ha bebido lo suyo!
‑dijo un joven que pasaba cerca.
El comentario fue acogido
con grandes carcajadas.
‑Es un peregrino que
parte para Tierra Santa, hermanos ‑dijo otro, que había bebido más de la cuenta‑,
y que se despide de sus amados hijos y de su patria. Saluda a todos y besa el
suelo patrio en su capital, San Petersburgo.
‑Es todavía joven ‑observó
un tercero.
‑Es un noble ‑dijo una
voz grave.
‑Hoy en día es imposible
distinguir a los nobles de los que no lo son.
Estos comentarios
detuvieron en los labios de Raskolnikof las palabras «Soy un asesino» que se
disponía a pronunciar. Sin embargo, soportó con gran calma las burlas de la
multitud, se levantó y, sin volverse, echó a andar hacia la comisaría.
Pronto apareció alguien
en su camino. No se asombró, porque lo esperaba. En el momento en que se había
arrodillado por segunda vez en la plaza del Mercado había visto a Sonia a su
izquierda, a unos cincuenta pasos. Trataba de pasar inadvertida para él, ocultándose
tras una de las barracas de madera que había en la plaza. Comprendió que quería
acompañarle mientras subía su Calvario.
En este momento se hizo
la luz en la mente de Raskolnikof. Comprendió que Sonia le pertenecía para
siempre y que le seguiría a todas partes, aunque su destino le condujera al fin
del mundo. Este convencimiento le trastornó, pero en seguida advirtió que había
llegado al término fatal de su camino.
Entró en el patio con
paso firme. Las oficinas de la comisaría estaban en el tercer piso.
«El tiempo que tarde en
subir me pertenece», se dijo.
El minuto fatídico le
parecía lejano. Aún tendría tiempo de pensarlo bien.
Encontró la escalera como
la vez anterior: cubierta de basuras y llena de los olores infectos que salían
de las cocinas cuyas puertas se abrían sobre los rellanos. Raskolnikof no había
vuelto a la comisaría desde su primera visita. Sus piernas se negaban a
obedecerle y le impedían avanzar. Se detuvo un momento para tomar aliento,
recobrarse y entrar como un hombre.
«Pero ¿por qué he de
preocuparme del modo de entrar? ‑se preguntó de pronto‑. De todas formas, he de
apurar la copa. ¿Qué importa, pues, el modo de bebérmela? Cuanto más amargue el
contenido, más mérito tendrá mi sacrificio.»
Pensó de pronto en Ilia
Petrovitch, el «teniente Pólvora».
«Pero ¿es que sólo con él
puedo hablar? ¿Acaso no podría dirigirme a otro, a Nikodim Fomitch, por
ejemplo? ¿Y si volviera atrás y fuese a visitar al comisario de policía en su
domicilio? Entonces la escena se desarrollaría de un modo menos oficial y menos...
No, no; me enfrentaré con el "teniente Pólvora". Puesto que hay que
beberse la copa, me la beberé de una vez.»
Y presa de un frío de
muerte, con movimientos casi inconscientes, Raskolnikof abrió la puerta de la
comisaría.
Esta vez sólo vio en la
antecámara un ordenanza y un hombre del pueblo. Ni siquiera apareció el
gendarme de guardia. Raskolnikof pasó a la pieza inmediata.
«A lo mejor, no puedo
decir nada todavía», pensó.
Un empleado que vestía de
paisano y no el uniforme reglamentario escribía inclinado sobre su mesa.
Zamiotof no estaba. El comisario, tampoco.
‑¿No hay nadie? ‑preguntó
al escribiente.
‑¿A quién quiere ver?
En esto se dejó oír una
voz conocida.
‑No necesito oídos ni
ojos: cuando llega un ruso, percibo por instinto su presencia..., como dice el
cuento. Encantado de verle.
Raskolnikof empezó a
temblar. El «teniente Pólvora» estaba ante él. Había salido de pronto de la
tercera habitación.
« Es el destino ‑pensó
Raskolnikof‑. ¿Qué hace este hombre aquí?»
‑¿Viene usted a vernos?
¿Con qué objeto?
Parecía estar de
excelente humor y bastante animado.
‑Si ha venido usted por
algún asunto del despacho ‑continuó‑, es demasiado temprano. Yo estoy aquí por
casualidad... Dígame: ¿puedo serle útil en algo? Le aseguro, señor... ¡Caramba
no me acuerdo del apellido! Perdóneme...
‑Raskolnikof.
‑¡Ah, sí! Raskolnikof. Lo
siento, pero se me había ido de la memoria... Le ruego que me perdone, Rodion
Ro... Ro... Rodionovitch, ¿no?
‑Rodion Romanovitch.
‑¡Eso es: Rodion
Romanovitch! Lo tenía en la punta de la lengua. He procurado tener noticias de
usted con frecuencia. Le aseguro que he lamentado profundamente nuestro
comportamiento con usted hace unos días. Después supe que era usted escritor,
incluso un sabio, en el principio de su carrera. ¿Y qué escritor joven no ha
empezado por...? Tanto mi mujer como yo somos aficionados a la lectura. Pero mi
mujer me aventaja: siente verdadera pasión, una especie de locura, por las
letras y las artes... Excepto la nobleza de sangre, todo lo demás puede
adquirirse por medio del talento, el genio, la sabiduría, la inteligencia.
Fijémonos, por ejemplo, en un sombrero. ¿Qué es un sombrero? Sencillamente, una
cosa que se puede comprar en casa de Zimmermann. Pero lo que queda debajo del
sombrero, usted no lo podrá comprar... Le aseguro que incluso estuve a punto de
ir a visitarlo, pero me dije que... Bueno, a todo esto no le he preguntado qué
es lo que desea... Su familia está en Petersburgo, ¿verdad?
‑Sí, mi madre y mi
hermana.
‑Incluso he tenido el
honor y el placer de conocer a su hermana, persona tan encantadora como
instruida. Le confieso que lamento profundamente nuestro altercado. En cuanto a
las conjeturas que hicimos sobre su desvanecimiento, todo ha quedado explicado
de un modo que no deja lugar a dudas. Fue una ofuscación, un desatino. Su
indignación es muy explicable... ¿Se va usted a mudar a causa de la llegada de
su familia?
‑No, no; no es eso. Yo
venía para... Creía que encontraría aquí a Zamiotof.
‑Ya comprendo. He oído
decir que eran ustedes amigos. Pues bien, ya no está aquí. Desde anteayer nos
vemos privados de sus servicios. Discutió con nosotros y estuvo bastante
grosero. Habíamos fundado ciertas esperanzas en él, pero ¡vaya usted a
entenderse con nuestra brillante juventud! Se le ha metido en la cabeza
presentarse a unos exámenes sólo para poder darse importancia. No tiene nada en
común con usted ni con su amigo el señor Rasumikhine. Ustedes viven para la
ciencia, y los reveses no pueden abatirlos. Las diversiones no son nada para
ustedes. Nihil esi, como dicen. Ustedes llevan una vida austera, monástica, y
un libro, una pluma en la oreja, una indagación científica, bastan para
hacerlos felices. Incluso yo, hasta cierto punto... ¿Ha leído usted las
Memorias de Livinstone?
‑No.
‑Yo sí que las he leído.
Desde hace algún tiempo, el número de nihilistas ha aumentado
considerablemente. Esto es muy comprensible si uno piensa en la época que
atravesamos. Pero le digo esto porque... Usted no es nihilista, ¿verdad?
Respóndame francamente.
‑No lo soy.
‑Sea franco, tan franco
como lo sería con usted mismo. La obligación es una cosa, y otra la... Creía
usted que iba a decir la «amistad», ¿verdad? Pues se ha equivocado: no iba a
decir la amistad, sino el sentimiento de hombre y de ciudadano, un sentimiento
de humanidad y de amor al Altísimo. Yo soy un personaje oficial, un
funcionario, pero no por eso debo ser menos ciudadano y menos hombre...
Hablábamos de Zamiotof, ¿verdad? Pues bien, Zamiotof es un muchacho que quiere
imitar a los franceses de vida disipada. Después de beberse un vaso de champán
o de vino del Don en un establecimiento de mala fama, empieza a alborotar. Así
es su amigo Zamiotof. Estuve tal vez un poco fuerte con él, pero es que me dejé
llevar de mi celo por los intereses del servicio. Por otra parte, yo desempeño
cierto papel en la sociedad, tengo una categoría, una posición. Además, estoy
casado, soy padre de familia y cumplo mis deberes de hombre y de ciudadano. En
cambio, él ¿qué es? Permítame que se lo pregunte. Me dirijo a usted como a un
hombre ennoblecido por la educación. ¿Y qué me dice de las comadronas?. También
se han multiplicado de un modo exorbitante...
Raskolnikof arqueó las
cejas y miró al oficial con una expresión de desconcierto. La mayoría de las
palabras de aquel hombre, que evidentemente acababa de levantarse de la mesa,
carecían para él de sentido. Sin embargo, comprendió parte de ellas y observaba
a su interlocutor con una interrogación muda en los ojos, preguntándose adónde
le quería llevar.
‑Me refiero a esas
muchachas de cabellos cortos ‑continuó el inagotable Ilia Petrovitch‑. Las
llamo a todas comadronas y considero que el nombre les cuadra admirablemente.
¡Je, je! Se introducen en la escuela de Medicina y estudian anatomía. Pero le
aseguro que si caigo enfermo, no me dejaré curar por ninguna de ellas. ¡Je, je!
Ilia Petrovitch se reía,
encantado de su ingenio.
‑Admito que todo eso es
solamente sed de instrucción; pero ¿por qué entregarse a ciertos excesos? ¿Por
qué insultar a las personas de elevada posición, como hace ese tunante de
Zamiotof? ¿Por qué me ha ofendido a mí, pregunto yo...? Otra epidemia que hace
espantosos estragos es la del suicidio. Se comen hasta el último céntimo que
tienen y después se matan. Muchachas, hombres jóvenes, viejos, se quitan la
vida. Por cierto que acabamos de enterarnos de que un señor que llegó hace poco
de provincias se ha suicidado. Nil
Pavlovitch, ¡eh, Nil Pavlovitch! ¿Cómo se llama ese caballero que se ha
levantado la tapa de los sesos esta mañana?
‑Svidrigailof ‑respondió
una voz ronca e indiferente desde la habitación vecina.
Raskolnikof se
estremeció.
‑¿Svidrigailof? ¿Se ha
matado Svidrigailof?‑‑exclamó.
‑¿Cómo? ¿Le conocía
usted?
‑Sí... Había llegado
hacía poco.
‑En efecto. Había perdido
a su mujer. Era un hombre dado a la crápula. Y de pronto se suicida. ¡Y de qué
modo! No se lo puede usted imaginar... Ha dejado unas palabras escritas en un
bloc de notas, declarando que moría por su propia voluntad y que no se debía
culpar a nadie de su muerte. Dicen que tenía dinero. ¿Cómo es que lo conoce
usted?
‑¿Yo? Pues... Mi hermana
fue institutriz en su casa.
‑Entonces, usted puede
facilitarnos datos sobre él. ¿Sospechaba usted sus propósitos?
‑Le vi ayer. Estaba
bebiendo champán. No observé en él nada anormal.
Raskolnikof tenía la
impresión de que había caído un peso enorme sobre su pecho y lo aplastaba.
‑Otra vez se ha puesto
usted pálido. ¡Está tan cargada la atmósfera en estas oficinas!
‑Sí ‑murmuró Raskolnikof‑.
Me marcho. Perdóneme por haberle molestado.
‑No diga usted eso. Estoy
siempre a su disposición. Su visita ha sido para mí una verdadera satisfacción.
Y tendió la mano a Rodion
Romanovitch.
‑Sólo quería ver a
Zamiotof.
‑Comprendido. Encantado
dé su visita.
‑Yo también... he tenido
mucho gusto en verle –dijo Raskolnikof con una sonrisa‑. Usted siga bien.
Salió de la comisaría con
paso vacilante. La cabeza le daba vueltas. Le costaba gran trabajo mantenerse
sobre sus piernas. Empezó a bajar la escalera apoyándose en la pared. Le
pareció que un ordenanza que subía a la comisaría tropezó con él; que, al llegar
al primer piso, oyó ladrar a un perro, y vio que una mujer le arrojaba un
rodillo de pastelería mientras le gritaba para hacerle callar. Al fin llegó a
la planta baja y salió a la calle. Entonces vio a Sonia. Estaba cerca del
portal, y, pálida como una muerta, le miraba con una expresión de extravío.
Raskolnikof se detuvo ante ella. Una sombra de sufrimiento y desesperación pasó
por el semblante de la joven. Enlazó las manos, y una sonrisa que no fue más
que una mueca le torció los labios. Rodia permaneció un instante inmóvil. Luego
sonrió amargamente y volvió a subir a la comisaría.
Ilia Petrovitch, sentado
a su mesa, hojeaba un montón de papeles. El mujik
que acababa de tropezar con Raskolnikof estaba de pie ante él.
‑¿Usted otra vez? ¿Se le
ha olvidado algo? ¿Qué le pasa?
Con los labios amoratados
y la mirada inmóvil, Raskolnikof se acercó lentamente a la mesa de Ilia
Petrovitch, apoyó la mano en ella e intentó hablar, pero ni una sola palabra
salió de sus labios: sólo pudo proferir sonidos inarticulados.
‑¿Se siente usted mal?
¡Una silla! Siéntese. ¡Traigan agua!
Raskolnikof se dejó caer
en la silla sin apartar los ojos del rostro de Ilia Petrovitch, donde se leía
una profunda sorpresa. Durante un minuto, los dos se miraron en silencio.
Trajeron agua.
‑Fui yo... ‑empezó a
decir Raskolnikof.
‑Beba.
El joven rechazó el vaso
y, en voz baja y entrecortada, pero con toda claridad, hizo la siguiente
declaración:
‑Fui yo quien asesinó a
hachazos, para robarles, a la vieja prestamista y a su hermana Lisbeth.
Ilia Petrovitch abrió la
boca. Acudió gente de todas partes. Raskolnikof repitió su confesión.
EPÍLOGO
I
Ln Siberia. O orillas de
un ancho río que discurre por tierras desiertas hay una ciudad, uno de los
centros administrativos de Rusia. La ciudad contiene una fortaleza, y la
fortaleza, una prisión. En este presidio está desde hace nueve meses el
condenado a trabajos forzados de la segunda categoría Rodion Raskolnikof. Cerca
de año y medio ha transcurrido desde el día en que cometió su crimen. La
instrucción de su proceso no tropezó con dificultades. El culpable repitió su
confesión con tanta energía como claridad, sin embrollar las circunstancias,
sin suavizar el horror de su perverso acto, sin alterar la verdad de los
hechos, sin olvidar el menor incidente. Relató con todo detalle el asesinato y
aclaró el misterio del objeto encontrado en las manos de la vieja, que era,
como se recordará, un trocito de madera unido a otro de hierro. Explicó cómo
había cogido las llaves del bolsillo de la muerta y describió minuciosamente
tanto el cofre al que las llaves se adaptaban como su contenido.
Incluso enumeró algunos
de los objetos que había encontrado en el cofre. Explicó la muerte de Lisbeth,
que había sido hasta entonces un enigma. Refirió cómo Koch, seguido muy pronto
por el estudiante, había golpeado la puerta y repitió palabra por palabra la
conversación que ambos sostuvieron.
Después él se había
lanzado escaleras abajo; había oído las voces de Mikolka y Mitri y se había
escondido en el departamento desalquilado.
Finalmente habló de la
piedra bajo la cual había escondido (y fueron encontrados) los objetos y la
bolsa robados a la vieja, indicando que tal piedra estaba cerca de la entrada
de un patio del bulevar Vosnesensky.
En una palabra, aclaró
todos los puntos. Varias cosas sorprendieron a los magistrados y jueces
instructores, pero lo que más les extrañó fue que el culpable hubiera escondido
su botín sin sacar provecho de él, y más aún, que no solamente no se acordara de
los objetos que había robado, sino que ni siquiera pudiera precisar su numero.
Aún se juzgaba más
inverosímil que no hubiera abierto la bolsa y siguiera ignorando lo que
contenía. En ella se encontraron trescientos diecisiete rublos y tres piezas de
veinte kopeks. Los billetes mayores, por estar colocados sobre los otros,
habían sufrido considerables desperfectos al permanecer tanto tiempo bajo la
piedra. Se estuvo mucho tiempo tratando de comprender por qué el acusado mentía
sobre este punto ‑pues así lo creían‑, habiendo confesado espontáneamente la
verdad sobre todos los demás.
Al fin algunos psicólogos
admitieron que podía no haber abierto la bolsa y haberse desprendido de ella
sin saber lo que contenía, de lo cual se extrajo la conclusión de que el crimen
se había cometido bajo la influencia de un ataque de locura pasajera: el
culpable se había dejado llevar de la manía del asesinato y el robo, sin ningún
fin interesado. Fue una buena ocasión para apoyar esa teoría con la que se
intenta actualmente explicar ciertos crímenes.
Además, que Raskolnikof
era un neurasténico quedó demostrado por las declaraciones de varios testigos:
el doctor Zosimof, algunos camaradas de universidad del procesado, su patrona,
Nastasia...
Todo esto dio origen a la
idea de que Raskolnikof no era un asesino corriente, un ladrón vulgar, sino que
su caso era muy distinto. Para decepción de los que opinaban así, el procesado
no se aprovechó de ello para defenderse. Interrogado acerca de los motivos que
le habían impulsado al crimen y al robo respondió con brutal franqueza que los
móviles habían sido la miseria y el deseo de abrirse paso en la vida con los
tres mil rublos como mínimo que esperaba encontrar en casa de la víctima, y que
había sido su carácter bajo y ligero, agriado además por los fracasos y las
privaciones, lo que había hecho de él un asesino. Y cuando se le preguntó qué
era lo que le había impulsado a presentarse a la justicia, contestó que un
arrepentimiento sincero. En conjunto, su declaración produjo mal efecto.
Sin embargo, la condena
fue menos grave de lo que se esperaba. Tal vez favoreció al acusado el hecho de
que, lejos de pretender justificarse, se había dedicado a acumular cargos
contra sí mismo. Todas las particularidades extrañas de la causa se tomaron en
consideración. El mal estado de salud y la miseria en que se hallaba antes de
cometer el crimen no podían ponerse en duda. El hecho de que no se hubiera
aprovechado del botín se atribuyó, por una parte, a un remordimiento tardío y,
por otra, a un estado de perturbación mental en el momento de cometer el
crimen. La muerte impremeditada de Lisbeth fue un detalle favorable a esta
última tesis, pues no tenía explicación que un hombre cometiera dos asesinatos
¡habiéndose dejado la puerta abierta! Finalmente, el culpable se había
presentado a la justicia por su propio impulso y en un momento en que las
falsas declaraciones de un fanático (Nicolás) habían embrollado el proceso y
cuando, además, la justicia no sólo no poseía ninguna prueba contra el
culpable, sino que ni siquiera sospechaba de él. (Porfirio Petrovitch había
mantenido religiosamente su palabra.)
Todas estas
circunstancias contribuyeron considerablemente a suavizar el veredicto. Además,
en el curso de los debates se habían puesto en evidencia otros hechos
favorables al acusado: los documentos presentados por el estudiante Rasumikhine
demostraban que, durante su permanencia en la universidad, el asesino
Raskolnikof se había repartido por espacio de seis meses sus escasos recursos,
hasta el último kopek, con un compañero necesitado y tuberculoso. Cuando éste
murió, Raskolnikof prestó toda la ayuda posible al padre del difunto, un
anciano que era ya como un niño y del que su hijo se había tenido que cuidar
desde que tenía trece años. Rodia consiguió que lo admitieran en un asilo y más
tarde, cuando murió, pagó su entierro.
Todos estos testimonios
favorecieron en gran medida al acusado. La viuda de Zarnitzine, su antigua
patrona y madre de la difunta prometida, acudió también a declarar y dijo que
en la época en que vivía en las Cinco Esquinas, teniendo a Raskolnikof como huésped,
una noche se había declarado un incendio en la casa vecina, y su pupilo, con
peligro de perder la vida, había salvado a dos niños de las llamas, sufriendo
algunas quemaduras. Esta declaración fue escrupulosamente comprobada mediante
una encuesta: numerosos testigos certificaron su exactitud. En resumidas
cuentas, que el tribunal, teniendo en consideración la declaración espontánea
del culpable y sus buenos antecedentes, sólo lo condenó a ocho años de trabajos
forzados (segunda categoría).
Apenas comenzaron los
debates, la madre de Raskolnikof cayó enferma. Dunia y Rasumikhine consiguieron
mantenerla alejada de Petersburgo durante toda la instrucción del sumario.
Dmitri Prokofitch alquiló una casa para las mujeres en un pueblo de las cercanías
de la capital por el que pasaba el ferrocarril. Así pudo seguir toda la marcha
del proceso y visitar con cierta frecuencia a Avdotia Romanovna. La enfermedad
de Pulqueria Alejandrovna era una afección nerviosa bastante rara, acompañada
de una perturbación parcial de las facultades mentales.
Al volver a casa tras su
última visita a su hermano, Duma encontró a su madre con alta fiebre y
delirando. Aquella misma noche se puso de acuerdo con Rasumikhine sobre lo que
debían decir a Pulqueria Alejandrovna cuando les preguntara por Rodia. Urdieron
toda una novela en torno a la marcha de Rodion a una provincia de los confines
de Rusia con una misión que le reportaría tanto honor como provecho. Pero, para
sorpresa de los dos jóvenes, Pulqueria Alejandrovna no les hizo jamás pregunta
alguna sobre este punto. Había inventado su propia historia para explicar la
marcha precipitada de su hijo. Refería llorando, la escena de la despedida y
daba a entender que sólo ella conocía ciertos hechos misteriosos e
importantísimos. Afirmaba que Rodia tenia enemigos poderosos de los que se veía
obligado a ocultarse, y no dudaba de que alcanzaría una brillante posición
cuando lograse allanar ciertas dificultades. Decía a Rasumikhine que su hijo
sería un hombre de Estado. Para ello se fundaba en el artículo que había escrito
y que denotaba, según ella, un talento literario excepcional. Leía sin cesar
este artículo, a veces en voz alta. No se apartaba de él ni siquiera cuando se
iba a dormir. Pero no preguntaba nunca dónde estaba Rodia, aunque el cuidado
que tenían su hija y Rasumikhine en eludir esta cuestión debía de parecer
sospechosa. El extraño mutismo en que se encerraba Pulqueria Alejandrovna acabó
por inquietar a Dunia y a Dmitri Prokofitch. Ni siquiera se quejaba del
silencio de su hijo, siendo así que, cuando estaban en el pueblo, vivía de la
esperanza de recibir al fin una carta de su querido Rodia. Esto pareció tan
inexplicable a Dunia, que la joven llegó a sentirse verdaderamente alarmada. Se
dijo que su madre debía de presentir que había ocurrido a Rodia alguna gran
desgracia y que no se atrevía a preguntar por temor a oír algo más horrible de
lo que ella suponía. Fuera como fuese, Dunia se daba perfecta cuenta de que su
madre tenía trastornado el cerebro. Sin embargo, un par de veces Pulqueria
Alejandrovna había conducido la conversación de modo que tuvieran que decirle
dónde estaba Rodia. Las vagas e inquietas respuestas que recibió la sumieron en
una profunda tristeza y durante mucho tiempo se la vio sombría y taciturna.
Finalmente, Dunia
comprendió que mentir continuamente e inventar historia tras historia era
demasiado difícil y decidió guardar un silencio absoluto sobre ciertos puntos.
Sin embargo, cada vez era más evidente que la pobre madre sospechaba algo
horrible. Dunia recordaba perfectamente que, según Rodia le había dicho, su
madre la había oído soñar en voz alta la noche que siguió a su conversación con
Svidrigailof. Las palabras que había dejado escapar en sueños tal vez habían
dado una luz a la pobre mujer. A veces, tras días o semanas de lágrimas y
silencio, Pulqueria Alejandrovna se entregaba a una agitación morbosa y
empezaba a monologar en voz alta, a hablar de su hijo, de sus esperanzas, del
porvenir. Sus fantasías eran a veces realmente extrañas. Dunia y Rasumikhine le
seguían la corriente, y ella tal vez se daba cuenta, pero no por eso cesaba de
hablar.
La sentencia se dictó
cinco meses después de la confesión del culpable. Rasumikhine visitó a su amigo
en la prisión con tanta frecuencia como le fue posible, y Sonia igualmente.
Llegó al fin el momento de la separación. Dunia y Rasumikhine estaban seguros
de que no sería eterna. El fogoso joven había concebido ciertos proyectos y
estaba firmemente resuelto a cumplirlos. Se proponía reunir algún dinero
durante los tres o cuatro años siguientes y luego trasladarse con la familia de
Rodia a Siberia, país repleto de riqueza que sólo esperaba brazos y capitales
para cobrar validez. Se instalarían en la población donde estuviera Rodia y
empezarían todos juntos una vida nueva.
Todos derramaron lágrimas
al decirse adiós. Los últimos días, Raskolnikof se mostró profundamente
preocupado. Estaba inquieto por su madre y preguntaba continuamente por ella.
Esta ansiedad acabó por intranquilizar a Dunia. Cuando le explicaron detalladamente
la enfermedad que padecía Pulqueria Alejandrovna, el semblante de Rodia se
ensombreció todavía más.
A Sonia apenas le dirigía
la palabra. Contando con el dinero que le había entregado Svidrigailof, la
joven se había preparado hacía tiempo para seguir al convoy de presos de que
formara parte Raskolnikof. Jamás habían cambiado una sola palabra sobre este
punto; pero los dos sabían que sería así.
En el momento de los
últimos adioses, el condenado tuvo una sonrisa extraña al oír que su hermana y
Rasumikhine le hablaban con entusiasmo de la vida próspera que les esperaba
cuando él saliera del presidio. Rodia preveía que la enfermedad de su madre tendría
un desenlace doloroso. Al fin partió, seguido de Sonia.
Dos meses después,
Dunetchka y Rasumikhine se casaron. Fue una ceremonia triste y silenciosa.
Entre los invitados figuraban Porfirio Petrovitch y Zamiotof.
Desde hacía algún tiempo,
Rasumikhine daba muestras de una resolución inquebrantable. Dunia tenía fe
ciega en él y creía en la realización de sus proyectos. En verdad, habría sido
difícil no confiar en aquel joven que poseía una voluntad de hierro. Había
vuelto a la universidad a fin de terminar sus estudios y los esposos no cesaban
de forjar planes para el porvenir. Tenían la firme intención de emigrar a
Siberia al cabo de cinco años a lo sumo. Entre tanto, contaban con Sonia para
sustituirlos.
Pulqueria Alejandrovna
bendijo de todo corazón el enlace de su hija con Rasumikhine, pero después de
la boda aumentaron su tristeza y ensimismamiento. Para procurarle un rato
agradable, Rasumikhine le explicó la generosa conducta de Rodia con el estudiante
enfermo y su anciano padre, y también que había sufrido graves quemaduras por
salvar a dos niños de un incendio. Estos dos relatos exaltaron en grado sumo el
ya trastornado espíritu de Pulqueria Alejandrovna. Desde entonces no cesó de
hablar de aquellos nobles actos. Incluso en la calle los refería a los
transeúntes, en las tiendas, allí donde encontraba un auditor paciente empezaba
a hablar de su hijo, del artículo que había publicado, de su piadosa conducta
con el estudiaritg, del espíritu de sacrificio que había demostrado en un
incendio, de las quemaduras que había recibido, etc.
Dunetchka no sabía cómo
hacerla callar. Aparte el peligro que encerraba esta exaltación morbosa, podía
darse el caso de que alguien, al oír el nombre de Raskolnikof, se acordara del
proceso y empezase a hablar de él.
Pulqueria Alejandrovna se
procuró la dirección de los dos niños salvados por su hijo y se empeñó en ir a
verlos. Al fin su agitación llegó al límite. A veces prorrumpía de pronto en
llanto, la acometían con frecuencia accesos de fiebre y entonces empezaba a
delirar. Una mañana dijo que, según sus cálculos, Rodia estaba a punto de
regresar, pues, al despedirse de ella, él mismo le había asegurado que volvería
al cabo de nueve meses. Y empezó a arreglar la casa, a preparar la habitación
que destinaba a su hijo (la suya), a quitar el polvo a los muebles, a fregar el
suelo, a cambiar las cortinas... Dunia sentía gran inquietud al verla en
semejante estado, pero no decía nada e incluso la ayudaba a preparar el
recibimiento de Rodia.
Al fin, tras un día de
agitación, de visiones, de ensueños felices y de lágrimas, Pulqueria
Alejandrovna perdió por completo el juicio y murió quince días después. Las
palabras que dejó escapar en su delirio hicieron suponer a los que le rodeaban
que sabía de la suerte de su hijo mucho más de lo que se sospechaba.
Raskolnikof ignoró
durante largo tiempo la muerte de su madre. Sin embargo, desde su llegada a
Siberia recibía regularmente noticias de su familia por mediación de Sonia, que
escribía todos los meses a los esposos Rasumikhine y nunca dejaba de recibir respuesta.
Las cartas de Sonia parecieron al principio demasiado secas a Dunia y su
marido. No les gustaban. Pero después comprendieron que Sonia no podía escribir
de otro modo y que, al fin y al cabo, aquellas cartas les daban una idea clara
y precisa de la vida del desgraciado Raskolnikof, pues abundaban en detalles
sobre este punto. Sonia describía tan simple como minuciosamente la existencia
de Raskolnikof en el presidio. No hablaba de sus propias esperanzas, de sus
planes para el futuro ni de sus sentimientos personales. En vez de explicar el
estado espiritual, la vida interior del condenado, de interpretar sus
reacciones, se limitaba a citar hechos, a repetir las palabras pronunciadas por
Rodia, a dar noticias de su salud, a transmitir los deseos que había expresado,
los encargos que había hecho... Gracias a estas noticias en extremo detalladas,
pronto creyeron tener junto a ellos a su desventurado hermano, y no podían
equivocarse al imaginárselo, pues se fundaban en datos exactos y precisos.
Sin embargo, las noticias
que recibían no tenían, especialmente al principio, nada de consolador para el
matrimonio. Sonia contaba a Dunia y a su marido que Rodia estaba siempre
sombrío y taciturno, que permanecía indiferente a las noticias de Petersburgo
que ella le transmitía, que la interrogaba a veces por su madre. Y cuando Sonia
se dio cuenta de que sospechaba la verdad sobre la suerte de Pulqueria
Alejandrovna, le dijo francamente que había muerto, y entonces, para sorpresa
suya, vio que Raskolnikof permanecía poco menos que impasible. Aunque
concentrado en sí mismo y ajeno a cuanto le rodeaba ‑le explicaba Sonia en una
carta‑, miraba francamente y con entereza su nueva vida. Se daba perfecta
cuenta de su situación y no esperaba que mejorase en mucho tiempo. No
alimentaba vanas esperanzas, contrariamente a lo que suele ocurrir en los casos
como el suyo, y no parecía experimentar extrañeza alguna en su nuevo ambiente,
tan distinto del que había conocido hasta entonces.
Su salud era
satisfactoria. Iba al trabajo sin resistencia ni apresuramiento; no lo eludía,
pero tampoco lo buscaba. Se mostraba indiferente respecto a la alimentación,
pero ésta era tan mala, exceptuando los domingos y días de fiesta, que al fin
aceptó algún dinero de Sonia para poder tomar té todos los días. Sin embargo,
le rogó que no se preocupara por él, pues le contrariaba ser motivo de
inquietud para otras personas.
En otra de sus cartas,
Sonia les explicó que Rodia dormía hacinado con los demás detenidos. Ella no
había visto la fortaleza donde estaban encerrados, pero tenía noticias de que
los presos vivían amontonados, en condiciones nada saludables y francamente horribles.
Raskolnikof dormía sobre un jergón cubierto por un simple trozo de tela y no
deseaba tener un lecho más cómodo.
Si rechazaba todo aquello
que podía suavizar su vida, hacerla un poco menos ingrata, no era por
principio, sino simplemente por apatía, por indiferencia hacia su suerte. Sonia
contaba que, al principio, sus visitas, lejos de complacer a Raskolnikof, lo irritaban.
Sólo abría la boca para hacerle reproches. Pero después se acostumbró a
aquellas entrevistas, y llegaron a serle tan indispensables, que cayó en una
profunda tristeza en cierta ocasión en que Sonia se puso enferma y estuvo algún
tiempo sin ir a visitarle.
Los días de fiesta lo
veía en la puerta de la prisión o en el cuerpo de guardia, adonde dejaban ir al
preso para unos minutos cuando ella lo solicitaba. Los días laborables iba a
verlo en los talleres donde trabajaba o en los cobertizos de la orilla del Irtych.
En sus cartas, Sonia
hablaba también de sí misma. Decía que había logrado crearse relaciones y
obtener cierta protección en su nueva vida. Se dedicaba a trabajos de aguja, y
como en la ciudad escaseaban las costureras, había conseguido bastantes
clientes. Lo que no decía era que había logrado que las autoridades se
interesaran por la suerte de Raskolnikof y lo excluyeran de los trabajos más
duros.
Al fin, Rasumikhine y
Dunia supieron (esta carta, como todas las últimas de Sonia, pareció a Dunia
colmada de un terror angustioso) que Raskolnikof huía de todo el mundo, que sus
compañeros de prisión no le querían, que estaba pálido como un muerto y que
pasaba días enteros sin pronunciar una sola palabra.
En una nueva carta, Sonia
manifestó que Rodia estaba enfermo de gravedad y se le había trasladado al
hospital del presidio.
II
Hacía tiempo que llevaba
la enfermedad en incubación, pero no era la horrible vida del presidio, ni los
trabajos forzados, ni la alimentación, ni la vergüenza de llevar la cabeza
rapada e ir vestido de harapos lo que había quebrantado su naturaleza. ¡Qué le
importaban todas estas miserias, todas estas torturas! Por el contrario, se
sentía satisfecho de trabajar: la fatiga física le proporcionaba, al menos,
varias horas de sueño tranquilo. ¿Y qué podía importarle la comida, aquella
sopa de coles donde nadaban las cucarachas? Cosas peores había conocido en sus
tiempos de estudiante. Llevaba ropas de abrigo adaptadas a su género de vida.
En cuanto a los grilletes, ni siquiera notaba su peso. Quedaba la humillación
de llevar la cabeza rapada y el uniforme de presidiario. Pero ¿ante quién podía
sonrojarse? ¿Ante Sonia? Sonia le temía. Además, ¿qué vergüenza podía sentir
ante ella? Sin embargo, enrojecía al verla y, para vengarse, la trataba grosera
y despectivamente.
Pero su vergüenza no la
provocaban los grilletes ni la cabeza rapada. Le habían herido cruelmente en su
orgullo, y era el dolor de esta herida lo que le atormentaba. ¡Qué feliz habría
sido si hubiese podido hacerse a sf mismo alguna acusación! ¡Qué fácil le
habría sido entonces soportar incluso el deshonor y la vergüenza! Pero, por más
que quería mostrarse severo consigo mismo, su endurecida conciencia no hallaba
ninguna falta grave en su pasado. Lo único que se reprochaba era haber
fracasado, cosa que podía ocurrir a todo el mundo. Se sentía humillado al
decirse que él, Raskolnikof, estaba perdido para siempre por una ciega
disposición del destino y que tenía que resignarse, que someterse al absurdo de
este juicio sin apelación si quería recobrar un poco de calma. Una inquietud
sin finalidad en el presente y un sacrificio continuo y estéril en el porvenir:
he aquí todo lo que le quedaba sobre la tierra. Vano consuelo para él poder
decirse que, transcurridos ocho años, sólo tendria treinta y dos y podría empezar
una nueva vida. ¿Para qué vivir? ¿Qué provecho tenía? ¿Hacia dónde dirigir sus
esfuerzos? Bien que se viviera por una idea, por una esperanza, incluso por un
capricho, pero vivir simplemente no le había satisfecho jamás: siempre habla
querido algo más. Tal vez la violencia de sus deseos le había hecho creer
tiempo atrás que era uno de esos hombres que tienen más derechos que el tipo
común de los mortales.
Si al menos el destino le
hubiera procurado el arrepentimiento, el arrepentimiento punzante que destroza
el corazón y quita el sueño, el arrepentimiento que llena el alma de terror
hasta el punto de hacer desear la cuerda de la horca o las aguas profundas...
¡Con qué satisfacción lo habría recibido! Sufrir y llorar es también vivir.
Pero él no estaba en modo alguno arrepentido de su crimen. ¡Si al menos hubiera
podido reprocharse su necedad, como había hecho tiempo atrás, por las torpezas
y los desatinos que le habían llevado a la prisión! Pero cuando reflexionaba
ahora, en los ratos de ocio del cautiverio, sobre su conducta pasada, estaba
muy lejos de considerarla tan desatinada y torpe como le había parecido en
aquella época trágica de su vida.
«¿Qué tenía mi idea ‑se
preguntaba‑ para ser más estúpida que las demás ideas y teorías que circulan y
luchan por imponerse sobre la tierra desde que el mundo es mundo? Basta mirar
las cosas con amplitud e independencia de criterio, desprenderse de los
prejuicios para que mi plan no parezca tan extraño. ¡Oh, pensadores de cuatro
cuartos! ¿Por qué os detenéis a medio camino...? ¿Por qué mi acto os ha
parecido monstruoso? ¿Por qué es un crimen? ¿Qué quiere decir la palabra
"crimen"? Tengo la conciencia tranquila. Sin duda, he cometido un
acto ilícito; he violado las leyes y he derramado sangre. ¡Pues cortadme la
cabeza, y asunto concluido! Pero en este caso, no pocos bienhechores de la
humanidad que se adueñaron del poder en vez de heredarlo desde el principio de
su carrera debieron ser entregados al suplicio. Lo que ocurre es que estos
hombres consiguieron llevar a cabo sus proyectos; llegaron hasta el fin de su
camino y su éxito justificó sus actos. En cambio, yo no supe llevar a buen
término mi plan... y, en verdad, esto demuestra que no tenía derecho a intentar
ponerlo en práctica.
Éste era el único error
que reconocía; el de haber sido débil y haberse entregado. Otra idea le
mortificaba. ¿Por qué no se había suicidado? ¿Por qué habría vacilado cuando
miraba las aguas del río y, en vez de arrojarse, prefirió ir a presentarse a la
policía? ¿Tan fuerte y tan difícil de vencer era el amor a la vida? Pues
Svidrigailof lo había vencido, a pesar de que temía a la muerte.
Reflexionaba amargamente
sobre esta cuestión y no podía comprender que en el momento en que, inclinado
sobre el Neva, pensaba en el suicidio, acaso presentía ya su tremendo error, la
falsedad de sus convicciones. No comprendía que este presentimiento podía
contener el germen de una nueva concepción de la vida y que le anunciaba su
resurrección.
En vez de esto, se decía
que había obedecido a la fuerza oscura del instinto: cobardía, debilidad...
Observando a sus
compañeros de presidio, se asombraba de ver cómo amaban la vida, cuán preciosa
les parecía. Incluso creyó ver que este sentimiento era más profundo en los
presos que en los hombres que gozaban de la libertad. ¡Qué espantosos
sufrimientos habían soportado algunos de aquellos reclusos, los vagabundos, por
ejemplo! ¿Era posible que un rayo de sol, un bosque umbroso, un fresco
riachuelo que corre por el fondo de un valle solitario y desconocido, tuviesen
tanto valor para ellos; que soñaran todavía, como se sueña en una amante, en
una fuente cristalina vista tal vez tres años atrás? La veían en sus sueños,
con su cerco de verde hierba y con el pájaro que cantaba en una rama próxima.
Cuanto más observaba a aquellos hombres, más cosas inexplicables descubría.
Sí, muchos detalles de la
vida del presidio, del ambiente que le rodeaba, eludían su comprensión, o acaso
él no quería verlos. Vivía como con la mirada en el suelo, porque le era
insoportable lo que podía percibir a su alrededor. Pero, andando el tiempo, le
sorprendieron ciertos hechos cuya existencia jamás había sospechado, y acabó
por observarlos atentamente. Lo que más le llamó la atención fue el abismo
espantoso, infranqueable, que se abría entre él y aquellos hombres. Era como si
él perteneciese a una raza y ellos a otra. Unos y otros se miraban con hostil
desconfianza. Él conocía y comprendía las causas generales de este fenómeno,
pero jamás había podido imaginarse que tuviesen tanta fuerza y profundidad. En
el penal había políticos polacos condenados al exilio en Siberia. Éstos
consideraban a los criminales comunes como unos ignorantes, unos brutos, y los
despreciaban. Raskolnikof no compartía este punto de vista. Veía claramente
que, en muchos aspectos, aquellos brutos eran más inteligentes que los polacos.
También había rusos (un oficial y varios seminaristas) que miraban con desdén a
la plebe del penal, y Raskolnikof los consideraba igualmente equivocados.
A él nadie le quería:
todos se apartaban de su lado. Acabaron por odiarle. ¿Por qué? lo ignoraba. Le
despreciaban y se burlaban de él. Igualmente se mofaban de su crimen condenados
que habían cometido otros crímenes más graves.
‑Tú eres un señorito ‑le
decían‑. Eso de asesinar a hachazos no se ha hecho para ti.
‑No son cosas para la
gente bien.
La segunda semana de
cuaresma le correspondió celebrar la pascua con los presos de su departamento.
Fue a la iglesia y asistió al oficio con sus compañeros. Un día, sin que se
supiera por qué, se produjo un altercado entre él y los demás presos. Todos se
arrojaron sobre él furiosamente.
‑Tú eres un ateo; tú no
crees en Dios ‑le gritaban‑. Mereces que te maten.
Él no les había hablado
de Dios ni de religión jamás. Sin embargo, querían matarlo por infiel. Rodia no
contestó. Uno de los reclusos, ciego de cólera, se fue hacia él, dispuesto a
atacarlo. Raskolnikof le esperó en silencio, con una calma absoluta, sin parpadear,
sin que ni un solo músculo de su cara se moviera. Un guardián se interpuso a
tiempo. Si hubiese tardado un minuto en intervenir, habría corrido la sangre.
Había otra cuestión que
no conseguía resolver. ¿Por qué estimaban todos tanto a Sonia? Ella no hacía
nada para atraerse sus simpatías. Los penados sólo la podían ver de tarde en
tarde en los astilleros o en los talleres adonde iba a reunirse con Raskolnikof.
Sin embargo, todos la conocían y todos sabían que Sonetchka le había seguido al
penal. Estaban al corriente de su vida y conocían su dirección. Ella no les
daba dinero ni les prestaba ningún servicio. Solamente una vez, en Navidad,
hizo un regalo a todos los presos: pasteles y panes rusos.
Pero, insensiblemente,
las relaciones entre ellos y Sonia fueron estrechándose. La muchacha escribía
cartas a los presos para sus familias y después las echaba al correo. Cuando
los deudos de los reclusos iban a la ciudad para verlos, ellos les indicaban
que enviaran a Sonia los paquetes e incluso el dinero que quisieran remitirles.
Las esposas y las amantes de los presidiarios la conocían y la visitaban.
Cuando Sonia iba a ver a Raskolnikof a los lugares donde trabajaba con sus
compañeros, o cuando se encontraba con un grupo de penados que iba camino del
lugar de trabajo, todos se quitaban el gorro y la saludaban.
‑Querida Sonia Simonovna,
tú eres nuestra tierna y protectora madrecita ‑decían aquellos presidiarios,
aquellos hombres groseros y duros a la frágil mujercita.
Ella contestaba sonriendo
y a ellos les encantaba esta sonrisa.
Adoraban incluso su
manera de andar. Cuando se marchaba, se volvían para seguirla con la vista y se
deshacían en alabanzas. Alababan hasta la pequeñez de su figura. Ya no sabían
qué elogios dirigirle. Incluso la consultaban cuando estaban enfermos.
Raskolnikof pasó en el
hospital el final de la cuaresma y la primera semana de pascua. Al recobrar la
salud se acordó de las visiones que había tenido durante el delirio de la
fiebre. Creyó ver el mundo entero asolado por una epidemia espantosa y sin precedentes,
que se había declarado en el fondo de Asia y se había abatido sobre Europa.
Todos habían de perecer, excepto algunos elegidos. Triquinas microscópicas de
una especie desconocida se introducían en el organismo humano. Pero estos
corpúsculos eran espíritus dotados de inteligencia y de voluntad. Las personas
afectadas perdían la razón al punto. Sin embargo ‑cosa extraña‑, jamás los
hombres se habían creído tan inteligentes, tan seguros de estar en posesión de
la verdad; nunca habían demostrado tal confianza en la infalibilidad de sus
juicios, de sus teorías científicas, de sus principios morales. Aldeas,
ciudades, naciones enteras se contaminaban y perdían el juicio. De todos se
apoderaba una mortal desazón y todos se sentían incapaces de comprenderse unos
a otros. Cada uno creía ser el único poseedor de la verdad y miraban con
piadoso desdén a sus semejantes. Todos, al contemplar a sus semejantes, se
golpeaban el pecho, se retorcían las manos, lloraban... No se ponían de acuerdo
sobre las sanciones que había que imponer, sobre el bien y el mal, sobre a
quién había que condenar y a quién absolver. Se reunían y formaban enormes
ejércitos para lanzarse unos contra otros, pero, apenas llegaban al campo de
batalla, las tropas se dividían, se rompían las formaciones y los hombres se
estrangulaban y devoraban unos a otros.
En las ciudades, las
trompetas resonaban durante todo el día. Todos los hombres eran llamados a las
armas, pero ¿por quién y para qué? Nadie podía decirlo y el pánico se extendía
por todas partes. Se abandonaban los oficios más sencillos, pues cada trabajador
proponía sus ideas, sus reformas, y no era posible entenderse. Nadie trabajaba
la tierra. Aquí y allá, los hombres formaban grupos y se comprometían a no
disolverse, pero poco después olvidaban su compromiso y empezaban a acusarse
entre sí, a contender, a matarse. Los incendios y el hambre se extendían por
toda la tierra. Los hombres y las cosas desaparecían. La epidemia seguía
extendiéndose, devastando. En todo el mundo sólo tenían que salvarse algunos
elegidos, unos cuantos hombres puros, destinados a formar una nueva raza
humana, a renovar y purificar la vida humana. Pero nadie había visto a estos
hombres, nadie había oído sus palabras, ni siquiera el sonido de su voz.
Raskolnikof estaba
amargado, pues no lograba librarse de la penosa impresión que le había causado
aquel sueño absurdo. Era ya la segunda semana de pascua. Los días eran tibios,
claros, verdaderamente primaverales. Se abrieron las ventanas del hospital, todas
enrejadas y bajo las cuales iba y venía un centinela. Durante toda la
enfermedad de Rodia, Sonia sólo le había podido ver dos veces, pues se
necesitaba para ello una autorización sumamente difícil de obtener. Pero había
ido muchos días, sobre todo al atardecer, al patio del hospital para verlo
desde lejos, un momento y a través de las rejas.
Una tarde, cuando ya
estaba casi curado, Raskolnikof se durmió. Al despertar se acercó
distraídamente a la ventana y vio a Sonia de pie junto al portal. Parecía
esperar algo. Raskolnikof se estremeció: había sentido una dolorosa punzada en
el corazón. Se apartó a toda prisa de la ventana. Al día siguiente Sonia no
apareció; al otro, tampoco. Rodia se dio cuenta de que la esperaba
ansiosamente. Al fin dejó el hospital. Ya en el presidio, sus compañeros le
informaron de que Sonia Simonovna estaba enferma. Profundamente inquieto,
Raskolnikof envió a preguntar por ella. En seguida supo que su enfermedad no
tenía importancia. Sonia, al saber que su estado preocupaba a Rodia, le
escribió una carta con lápiz para decirle que estaba mucho mejor y que sólo
padecía un enfriamiento. Además, le prometía ir a verlo lo antes posible al
lugar donde trabajaba. El corazón de Raskolnikof empezó a latir con violencia.
Era un día cálido y
hermoso. A las seis de la mañana, Rodia se dirigió al trabajo: a un horno para
cocer alabastro que habían instalado a la orilla del río, en un cobertizo. Sólo
tres hombres trabajaban en este horno. Uno de ellos se fue a la fortaleza, acompañado
de un guardián, en busca de una herramienta; otro estaba encendiendo el horno.
Raskolnikof salió del cobertizo, se sentó en un montón de maderas que había en
la orilla y se quedó mirando el río ancho y desierto. Desde la alta ribera se
abarcaba con la vista una gran extensión del país. En un punto lejano de la
orilla opuesta, alguien cantaba y su canción llegaba a oídos del preso. Allí,
en la estepa infinita inundada de sol, se alzaban aquí y allá, como puntos
negros apenas perceptibles, las tiendas de campaña de los nómadas. Allí reinaba
la libertad, allí vivían hombres que no se parecían en nada a los del presidio.
Se tenía la impresión de que el tiempo se había detenido en la época de Abraham
y sus rebaños. Raskolnikof contemplaba el lejano cuadro con los ojos fijos y
sin hacer el menor movimiento. No pensaba en nada: dejaba correr la imaginación
y miraba. Pero, al mismo tiempo, experimentaba una vaga inquietud.
De pronto vio a Sonia a
su lado. Se había acercado en silencio y se había sentado junto a él. Era
todavía temprano y el fresco matinal se dejaba sentir. Sonia llevaba su vieja y
raída capa y su chal verde. Su cara, delgada y pálida, conservaba las huellas
de su enfermedad. Sonrió al preso con expresión amable y feliz y, como de
costumbre, le tendió tímidamente la mano.
Siempre hacía este
movimiento con timidez. A veces, incluso se abstenía de hacerlo, por temor a
que él rechazara su mano, pues le parecía que Rodia la tomaba a la fuerza. En
algunas de sus visitas incluso daba muestras de enojo y no abría la boca
mientras ella estaba a su lado. Había días en que la joven temblaba ante su
amigo y se separaba de él profundamente afligida. Esta vez, por el contrario,
sus manos permanecieron largo rato enlazadas. Rodia dirigió a Sonia una rápida
mirada y bajó los ojos sin pronunciar palabra. Estaban solos. Nadie podía
verlos. El guardián se había alejado. De súbito, sin darse cuenta de lo que
hacía y como impulsado por una fuerza misteriosa Raskolnikof se arrojó a los
pies de la joven, se abrazó a sus rodillas y rompió a llorar. En el primer
momento, Sonia se asustó. Mortalmente pálida, se puso en pie de un salto y le
miró, temblorosa. Pero al punto lo comprendió todo y una felicidad infinita
centelleó en sus ojos. Sonia se dio cuenta de que Rodia la amaba: sí, no cabía
duda. La amaba con amor infinito. El instante tan largamente esperado había
llegado.
Querían hablar, pero no
pudieron pronunciar una sola palabra. Las lágrimas brillaban en sus ojos. Los
dos estaban delgados y pálidos, pero en aquellos rostros ajados brillaba el
alba de una nueva vida, la aurora de una resurrección. El amor los resucitaba.
El corazón de cada uno de ellos era un manantial de vida inagotable para el
otro. Decidieron esperar con paciencia. Tenían que pasar siete años en Siberia.
¡Qué crueles sufrimientos, y también qué profunda felicidad, llenaría aquellos
siete años! Raskolnikof estaba regenerado. Lo sabía, lo sentía en todo su ser.
En cuanto a Sonia, sólo vivía para él.
Al atardecer, cuando los
presos fueron encerrados en los dormitorios, Rodia, echado en su lecho de
campaña, pensó en Sonia. Incluso le había parecido que aquel día, todos
aquellos compañeros que antes habían sido enemigos de él le miraban de otro
modo. Él les había dirigido la palabra, y todos le habían contestado
amistosamente. Ahora se acordó de este detalle, pero no sintió el menor
asombro. ¿Acaso no había cambiado todo en su vida?
Pensaba en Sonia. Se
decía que la había hecho sufrir mucho. Recordaba su pálida y delgada carita.
Pero estos recuerdos no despertaban en él ningún remordimiento, pues sabía que
a fuerza de amor compensaría largamente los sufrimientos que le había causado.
Por otra parte, ¿qué
importaban ya todas estas penas del pasado? Incluso su crimen, incluso la
sentencia que le había enviado a Siberia, le parecían acontecimientos lejanos
que no le afectaban.
Además, aquella noche se
sentía incapaz de reflexionar largamente, de concentrar el pensamiento. Sólo
podía sentir. Al razonamiento se había impuesto la vida. La regeneración
alcanzaba también a su mente.
En su cabecera había un
Evangelio. Lo cogió maquinalmente. El libro pertenecía a Sonia. Era el mismo en
que ella le había leído una vez la resurrección de Lázaro. Al principio de su
cautiverio, Raskolnikof esperó que Sonia le perseguiría con sus ideas religiosas.
Se imaginó que le hablaría del Evangelio y le ofrecería libros piadosos sin
cesar. Pero, con gran sorpresa suya, no había ocurrido nada de esto: ni una
sola vez le había propuesto la lectura del Libro Sagrado. Él mismo se lo había
pedido algún tiempo antes de su enfermedad, y ella se lo había traído sin hacer ningún comentario. Aún no lo
había abierto.
Tampoco ahora lo abrió.
Pero un pensamiento pasó veloz por su mente.
«¿Acaso su fe, o por lo
menos sus sentimientos y sus tendencias, pueden ser ahora distintos de los
míos?»
Sonia se sintió también
profundamente agitada aquel día y por la noche cayó enferma. Se sentía tan
feliz y había recibido esta dicha de un modo tan inesperado, que experimentaba
incluso cierto terror.
¡Siete años! ¡Sólo siete
años! En la embriaguez de los primeros momentos, poco faltó para que los dos
considerasen aquellos siete años como siete días. Raskolnikof ignoraba que no
podría obtener esta nueva vida sin dar nada por su parte, sino que tendría que
adquirirla al precio de largos y heroicos esfuerzos...
Pero aquí empieza otra
historia, la de la lenta renovación de un hombre, la de su regeneración
progresiva, su paso gradual de un mundo a otro y su conocimiento escalonado de
una realidad totalmente ignorada. En todo esto habría materia para una nueva
narración, pero la nuestra ha terminado.
FIN
[1] Los rusos llamaban «alemana» a la indumentaria de tipo europeo,
muy distinta a la tipica del país. Ademas, solían emplear el termino «aleman»,
como sinonimo de «extranjero».
[2] El verdadero nombre es Helena. Alena es una deformación hija del
lenguaje popular.
[3] El rubro tiene cien kopecks.
[4] Calle del centro de San Petesburgo.
[5] Noveno grado de la jerarquía civil rusa en aquella época.
[6] El autor llama a este personaje unas veces Amalia Feodorovna y
otras Amalia Ivanovna.
[7] Canción popular.
[8] Tener alquilada una habitación entera estaba considerado como un
lujo por la gente pobre, que alquilaba generalmente una parte, un ricón de
habitación.
[9] Sopa de coles, plato corriente en Rusia.
[10] La versta tiene poco más de un kilometro
[11] Cuando no había duda de la mala conducta de una muchacha, se
manchaba con brea la puerta de la casa de sus padres.
[12] Del 1 al 15 de agosto.
[13] Isla de la desembocadura del Neva.
[14] Fue una de las vírgenes mas veneradas en Rusia. En la catedral de
Kazán, de Petesburgo, hubo, desde el año 1721, una imagen de la VirgDunia es
diminutivo de Avdotia; Dunetchka, de Dunia.en que hacía grandes milagros y
procedía de Kazán.
[16] Esta isla debe su nombre a Pedro el Grande, que construyó un
parque en ella.
[17] El sueño de Roskolnikof se entremezcla con los recuerdos de las
vacaciones que Dostoiewski pasó con sus padres, cuando era niño, a 150
kilómetros de Moscú.
[18] Plato de arroz de gachas de trigo, con pasas y frutas de dulce,
que sirve en las comidas de funerales y que se lleva a la iglesia cuando se
celebran oficios conmemorativos.
[19] Funcionarios del Estado.
[20] Dostoiewski habitó cerca de estos jardines en cierta época de su
vida.
[21] Dostoiewski fue condenado a muerte por cuestiones políticas y
conducido al lugar de la ejecución. Allí se le conmutó la pena por trabajos
forzados. Despues de haber cumplido su condena, escribió una de sus obras más
admirables. Recuerdo de la casa de los muertos, donde describe lo que vio en el
presidio.
[22] «Gracias». En alemán en el original.
[23] «Se debe» En alemán en el original.
[24] «Su frac» En alemán en el original.
[25] Escritor ruso de fines del siglo XVIII. Es autor de un libro
famoso: Viaje de San Petesburgo a Moscú, obra en la que ataca violentamente los
abusos del sistema judicial ruso. Catalina II lo desterró a Siberia.
[26] La mayor iglesia de San Petesburgo. Tiene una soberbia cúpula que
recuerda la de San Pedro de Roma. Tambien se parece a la del Panteón.
[27] En Rusia se considera indelicadeza cualquier error sobre el
patrinímico de la persona con que se habla, ya que con ello se le demuestra que
se ignora el nombre de su padre.
[28] Famoso sastre petersburgués de aquella época.
[29] Mas adelante, el autor llama a este personaje Porfirio Petrovitch.
[30] Centro donde estudiaba la aristocracia.
[31] Mikolai es diminutivo de Nicolás.
[32] Calle de los Jardines.
[33] Diminuto de Petersburgo.
[34] Es una carta escrita a madame Fouvizine, Dostoiewski dice acerca
de la verdad: «Si alguien me demostrara que Cristo está fuera de la verdad, si
estuviera positivamente demostrado que la verdad está fuera de Cristo, yo
preferiría permanecer con Cristo que permanecer con la verdad.»
[35] Hojas de pasta frita. Es un alimento muy popular en Rusia. Se come
con caviar, con mantequilla, con setas, con crema o con anchoas, y al mezcla se
rocia con vodka.
[36] Campanario del Kremlin. Mide ochenta y dos metros de altura y se
terminó en la época de Boris Godunov. Sobre él había una cruz dorada de quince
metros de altura, que los franceses se llevaron en 1812, creyendo que era de
oro, y que fue reemplazada posteriormente.
[37] Obra inacabada de Pushkin.
[38] Hotel y restaurante donde habitó Dostoiewski.
[39] Tengo el vino malo
[40] Pequeña estación de ferrocarril de la región de Petersburgo.
[41] Dostoiewski abrigó los mismos sueños que este personaje. Durante
toda su vida se vio hostigado por los editores, que le exigían la terminación
de sus trabajos en el plazo convenido. Ademas, cedió al editor Stellovski por
una pequeña cantidad el derecho a publicar sus obras completas. De aquí que
siempre acariciara es deseo de editar sus propias obras. Este sueño no pudo
realizarlo Dostoiewski, pero su esposa, Anna Grigorievna, al enviudar, logró lo
que nohabía logrado su marido, pues editó por su cuenta Los endemoniados y als
producciones siguientes. Además, reeditó todas las obras del gran novelista.
Por lo tanto, no cabe duda de que Dostoiewski, al hacer hablar a Rasumikhine,
pensaba en sí mismo.
[42] A siete verstas de San Petersburgo había un manicomio. En Rusia es
frecuente designar los lugares por las distancias que los separan de la ciudad
más proxima.
[43] Sin más ni más.
[44] Esta inclinación se emplea frecuentemente en Rusia como saludo o
para excusarse. Tambiénse utiliza en la iglesia para posternarse sin poner la
rodilla en el suelo.
[45] Esta calle pertenece a uno de los barrios más populosos de San
Petersburgo. Dostoiewski habitó en ella en la época en que fue redactor de la
revista Le Temps.
[46] Distingamos
[47] Escritor y crítico de la oposición que ejercitó gran influencia en
Rusia en los años de 1860.
[48] Célebre critico y publicista ruso.
[49] El pastel de los funerales.
[50] Serie de grandes tiendas bordeadas de columnas, que ocupaban
cuatro calles de San Petersburgo.
[51] Señora en polaco
[52] Señor en polaco.
[53] Su padre de Berlín.
[54] Dinero
[55] El documento de las prostitutas.
[56] ¡Dios misericordioso!
[57] Escritor y médico alemán
[58] Señor bribon, en polaco.
[59] La más larga avenida de San Petersburgo. Mide cinco kilometros y
atraviesa la ciudad de un extremo a otro.
[60] Romanza compuesta sobre la poesía de Heine. La traducción es:
Tienes diamantes y perlas... Tienes bellísimos ojos.... ¿Qué más quieres,
muchacha?

